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Full text of "Historia de España: Resumen crítico"

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Unwsi^of 




ARTES SCIENTIA VERITAÍ 




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D,g,t7cdb/GOOgIC 



Ángel salcedo ruiz 
HISTORIA DE ESPAÑA 

(ReSUMBN CBlTiCO) 
MANUEL ANQBL Y ALVAREZ 

HISTORIA GRÁFICA DE LA 
CIVILIZACIÓN ESPAÑOLA 



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a ftunoaa eacnltara conocida por ..La Dama di Elche" 



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HISTORIA 
DE ESPAÑA 

RESUMEN CRÍTICO 
por Ángel SalcedOjRuiz 

Académico de número de la Peal de Ciencias 

Morales y PoKlicas 

é 

HISTORIA GRÁFICA DE LA 
CIVILIZACIÓN ESPAÑOLA 

(ILUSTRACIÓN Y NOTAS 
EXPLICATIVAS DE LA MISMA) 

por Manuel Ángel y Álvarez 

t.71G trabados; III Idmlnaa de prehls- 
forla. arqucoloffld. IndumenlarlH, armas, 
monedas, cerámica, orfebrería, one. 
suniuaríns. ele. ele. 904 retratos; mulil- 
lud de reproducciones de documentos 
diversos, etc. 




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Es propiedad del Ediior. 

Reservados todos los derechos li- 
temrios y artísticos para todos los 
países, incluidos Suecia. Noruega, Di- 
namarca y el Imperio de Rusia. 

UejaF 



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Excmo. Sr. R.*» P. Fidel Fita 

Director de la Real Academia de la Historia. 

Por homenaje de admiración, tributo de gratitud y pago 
de una deuda de justicia, imprímese vuestro esclarecido nombre 
al frente de estas páginas. [Lástima que sea tan pobre la lápida 
para tan noble inscripciónl 

Acreditando una vez más la generosidad propia de la gran- 
deza verdadera, os habéis dignado, con mengua del tiempo que 
os íalta para vuestros inacabables y elevados estudios y para 
las sagradas funciones del ministerio sacerdotal y religioso apos- 
tolado, echar una mirada compasiva sobre las cuartillas de este 
Resmnen conforme se iban escribiendo, y dejar en ellas testimo- 
nio fehaciente de la minuciosidad del examen y, como en cuanto 
toca vuestra mano, de la erudición asombrosa y del tino crítico 
que os hacen uno de los príncipes y soberanos de la disciplina 
histórica en la Europa moderna. 

Madrid, i.° Mayo 1914. 

Jíngel Salcedo l{mz. 



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Dos palabras. 



Pasen de largo los sabios; no es para ellos este libro. 
Como su tftulo declara, es un Resumtn, y busca su público en el gremio 
estudiantil y en aquella multitud de gentes ilustradas que desean conocer la 
historia de su patria y saberla conforme á los últimos adelantos de la inves- 
tigación erudita y crítica, pero que por la índole de sus estudios 6 por sus 
ocupaciones profesionales no pueden dedicar á esta tarea ni el dispendio ni 
el tiempo necesario para adquirir y leer las obras voluminosas y la muche- 
dumbre de monografías, opúsculos, conferencias, discursos y artículos en que 
anda esparcida esa última palabra de la ciencia histórica. 

No hace muchos días que el docto académico D. Jerónimo Becquer, en 
articulo publicado en ¿a Época, se lamentaba de la falta de libros manuales 
vulgari^adores del copiosfsimo caudal de investigaciones y sana critica crea- 
do por tantos varones doctos é infatigables para el trabajo. Este libro quiere 
ser uno de esos que el Sr. Becquer echa de menos. 

Comprende tres partes distintas, ó mejor dicho, cuatro. 
La primera (438 páginas), distribuida en diez y seis capítulos, es el re- 
sumen de nuestro pasado, desde la formación geológica del suelo peninsular 
hasta la guerra de la Independencia. Se ha procurado familiarizar al lector 
con las fuentes directas, indicando precisamente lo que dicen ellas y advir- 
tiendo lo que omiten para que puedan darse cuenta de los que son hechos 
Probados, ó por lo menos datos probailes, y los distingan de las conjeturas ó 
las moenciotus, que tanto abundan en nuestros más acreditados libros de his- 
toria. Los faístoríadores antiguos, más artistas ó literatos que científicos, as- 
piraban á convencer á su público de que sabían ellos perfectamente cuanto 
había ocurrido en el período historiado, y de aquí los inventos con que 
llenaban las lagunas de su inevitable ignorancia. Vinieron luego los historia- 



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HISTORIA DE ESPAÑA 



dores ñlosófícos y politices, para quienes los hechos eran argumentos con que 
probar tesis preconcebidas. ;Y qué no ha de idear quien aprecia el dato como 
razón para ganar su pleito? Quien de veras quiera iniciarse en la Historia á la 
moderna, no sólo tiene que aprender muchas cosas nuevas, sino que olvidar 
otras muchas que han pasado por keckos, y no son más o¿at figur aciones. 

La segunda parte (desde la página 439 á ta 665) es una monografía del 
reinado de Fernando VII, y se le ha dado esta extensión porque ese período 
tiene singularísima importancia para los lectores de nuestra ¿poca, toda vez 
que constituye lo que, parodiando á Taine, podemos llamar Orígenes de la 
España contemporánea: entonces, en efecto, planteáronse todas las cuestiones 
religiosas, políticas y sociales que aún están sobre el tapete, y nuestro tiempo 
no es sino la prolongación de aquel tiempo. La historia del reinado de Fer- 
nando Vil se ha escrito muchas veces, algunas en absolutista, otras — las 
más — en liberal. Nosotros hemos ensayado, y sentiríamos extraordinaria- 
mente no haberlo conseguido, escribirla tn kisíoriador. 

La tercera parte (desde la página 665 á la 912) son unos Anales contem- 
poráneos. Cada año, desde el 29 de Septiembre de 1833 al 31 de Diciembre 
de 1912, es objeto de una breve crónica en que se apuntan los principales 
acontecimientos sociales, religiosos, políticos y militares, y basta 1868 tam- 
bién los de orden científico, literario y artístico, sin excluir la tauromaquia, 
que, aunque lo deploremos algunos, tiene tanto interés para muchos, y da á 
nuestro desenvolvimiento histórico un rasgo especial de fisonomía. En obse- 
quio á la brevedad, ó mejor dicho, para no hacer demasiado voluminoso el 
libro, desde 1868 se ha omitido esta parte, tan interesante de suyo, asi como 
en todos los Anales, citar las fuentes de que brota y en que se apoya la re- 
lación de hechos. Más sentimos no haber incluido, siquiera fuese sucinta- 
mente, la historia de las naciones de América, nuestras hermanas; pero nues- 
tro libro comprende toda la de la emancipación ó separación, con lo que las 
grandes figuras de Bolívar, San Martin y demás caudillos hispano america- 
nos, reverenciados al otro lado del Océano como padres y fundadores de 
pueblos, se ofrecen en estas páginas con el conveniente relieve, quizás por 
vez primera en un Mannat de Historia de España escrito en la Península. 

La cuarta parte, á que nos referimos arriba, y qué quizás muchos apre- 
cien más que ninguna, está esparcida por todo el libroi es la Historia gráfica 
de la civilización española, por el notable artista D. Manuel Ángel. Comprende, 
como verá el lector, una copiosa ilnsíradón preiisíórica, otra no menos inte- 
resante de obras artísticas, reproducciones de cuadros de asunto histórico, 
dibujos originales del Sr. Ángel interpretando escenas y sucesos, retratos 
morales, 6 sea imaginados por el mismo artista en virtud de los datos histó- 
ricos, y de cuya importancia no cabe dudar en una obra que aspira á intere- 
sar á los niños, pues es sabido que la representación gráfica, aunque no sea 
real, es el mejor instrumento pedagógico para ñjar en las mentes infantiles el 
recuerdo del personaje retratado, y, finalmente, dos seríes que han de agra- 



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HISTORIA DE BSFANA 1 3 

dar á todos: uoa, la historia del traje en España, desde los tiempos primitivos 
hasta nuestros dias; otra, la galería de retratos de personajes amtetnporáneos. 
Para el mejor conocimiento de su Historia gráfica ha redactado el Sr. Ángel 
unas notas explicativas que van en el texto, con la conveniente distribución 
li separación de las del cuerpo del libro. Quizás repare algún lector meticulo- 
so que no siempre coinciden los datos y apreciaciones de las notas explicati- 
vas del artista con los del texto y notas de éste: no achaquen á descuido la 
discrepancia; es que, tan respetuosos con la obra artística como con la lite- 
raria, hemos querido que dentro del Resumen kistórico- critico vaya la Histo- 
ria gráfica de la civilización española de D. Manuel Ángel, formando, no un 
accidente ó complemento de aquél, sino un cuerpo orgánico independiente. 




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D,g,t7cdb/GOOgIC 



PRELIMINARES 

LMoinbres Je España.— t. Unidad j variedad geográficas de nuestra Península. — 3, Su re Helo 
en naetlra Historia. — t. Poimacidn geológica del macizo peoinsaiar. — 5. Descripción 
snmaria de la Península. 



1. — <La postrera de las tierras bada donde el Sol se pone es nuestra 
España> (i). De aquí que la llamaran los gnegos Hesperia, ó región del ocaso. 
También fué denominada por los antiguos Iberia, tierra de los iberos, ó ba- 
ñada por IberHs ó Ebro, <el histórico rio que á tuda la Península da nom- 
bre> (2). Mas la denominación que ha prevalecido es España, de origen feni- 
cio (Spamia en lengua pícnica, ffispania en latfn), derivada de Span, vocablo 
sobre cuyo significado porfían los etimologistas. Según unos, querfa decir 
oc%Uo, y se aplicó á nuestra tierra por los comerciantes de Tiro y Sidón 
atendiendo á que, como tan apartada de la suya y de todas las regiones en 
que á la sazón florecía la cultura, era poco menos que desconocida para los 
hombres civilizados, únicos dignos de figurar en la Historia; según otros, 
Span es conejo, y Spauia, por tanto, región abundante en conejos. Monedas 
del tiempo de Adriano que representan á España como una matrona sentada 
con un conejo á los pies atestiguan que en aquella época era creída esta úl- 
tima versión etimológica. 

2. ^ Lo que importa dejar sentado es que Iberia, Hesperia y España — 
términos sinónimos — no ciñen su significación al reino que ahora llamamos 
España, sino que comprenden también á Portugal, ó sea que España es toda 
la Península, unidad geográfica perfecta que <parte término con Francia por 
•los montes Pirineos y con África por el angosto estrecho de Gibraltar, tiene 
>6gura y semejanza de un cuero de buey tendido, que así la comparan los 
•geógrafos, y está rodeada por todas partes y ceñida del mar, si no es por 

• la que tiene por aledaño á los Pirineos, cuyas cordilleras corren del uno al 
•otro mar y se rematan en dos cabos ó promontorios» (3). <No cabe posición 
•geográfica más señalada, ni hubo jamás límites más patentes — dice un his- 

• toriador notable; — y nosotros añadimos: ni condiciones más ventajosas para 

• la constitución de un grande Imperio» (4). 



MuiaDB, Hiiloña di España. 

Menéndez Pelado. 

Mariana, ídem. 

G&mez de Arteche, Geegra/ía hislérkú-mililar de España y Psrtu^l. 



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l6 HISTORIA DE SSPAÍÍA 

Á esta unidad de conjuoto corresponde, sin embargo, dentro de la Pen- 
fnsula la más rica variedad de condiciones y circunstancias geográficas. <£s 

• difícil hallar, dí en la geogénesis, ni en la constitución geológica, ni en la 

• orografía, ni en la hidrografía, ni en el clima, ni en la vegetación, un rasgo 
•dominante, un carácter exclusivo que pueda considerarse como general á 
(toda la región española». 'Pudiera decirse que el carácter distintivo del te- 

• rritorio español es no tener ninguno» (ij. Ó, mejor dicho, tenerlos todos. 
Separada del resto del mundo por barreras ó límites inconfundibles, España 
es un microcosmos, y cuanta variedad ostenta la Tierra en la muchedumbre 
de sus regiones ofrécese aquí condeusada y reducida dentro de un territo- 
rio relativamente pequeño. A pocas leguas de comarcas privilegiadas por su 
fertilidad y dulzura de clima, verdaderos paraísos que recuerdan los cam- 
pos Elíseos ó el jardín de las Hespérides, dilátanse vastas llanuras que son 
ceñudas estepas semejantes á desiertos africanos; hay montañas calvas en 
que los rayos solares caen sobre las piedras calcinadas como piensan los as- 
trónomos que hieren á las rocas en los paisajes lunares, mientras que otras 
montañas, cubiertas de vegetación exuberante, protegidas del sol por vapo- 
res de agua constantemente difundidos en la atmósfera, muestran el grato 
espectáculo de las tierras altas de Escocia ó de los encantadores valles de 
Suiza, El viajero, según llegue á la Península por una ú otra de sus entradas, 
ó según la comarca que recorra, forma de nuestro suelo una idea distinta: ya 
le parece la más hermosa, la más feraz y la más habitable de todas las regio- 
nes del planeta, ya la más horrible, la más estéril y la más ingrata para sus 
infelices habitantes. 

3. — Esta unidad y variedad del medio geográfico refléjase tan intensa y 
constantemente en nuestra historia (z), que si cabe señalar para ésta una ley 
general, es sin duda la de la unidad y la variedad. Desde que conquistaron 
nuestra Península los romanos España ha formado algunas veces una unidad 
política correspondiente á su perfecta unidad geográfica, y en otras ocasio- 
nes se ha dividido en reinos ó estados autónomos, y aun rivales y enemigos 
entre sí. Pero cuando constituyó unidad siempre hubo elementos que ten- 
dieron á fraccionarla y dividirla; y cuando se dividió y fraccionó hubo, cons- 
tantemente también.factores que operaron por volver á juntarla. Parecen indi- 
car á una la Naturaleza y la Historia que nuestra Península es asiento adecuada 
para un solo Imperio; mas no para un Imperio de absoluta homogeneidad in- 
terna y de administración severamente centralizada, sino para uno en que la 
autoridad suprema del Estado sea como unidad superior que abarque y ar- 
monice, respetándolas y protegiéndolas, las inferiores unidades regionales. 

4. — .\ través de los siglos vemos cumplida esta ley, y cabe añadir que su 
fundamento arranca de la misma constitución geológica de nuestro territorio. 

No es propio de la Historia de España, sino de la Universal, el estudio de 
la formación del globo terráqueo; formación paulatina y gradual en incalcula- 
ble serie de siglos (3), que ha ido dejando sus huellas en los estratos ü capas 



(i) Ríseña /¡íográfica y eiltbiillira dt Eifaña psr ¡a Diretción gitural Ji¡ Iníittuto Getg'á- 
fico Y EslaáislicB. 

|l) Sobre este panto de la ÍDlIuencia del medio ^topifica en el desarrollo histórico 



aie Ensavo di análisis y sinttsis giográficas, por D. Carlos Garcfa Alonso, de la Real Socie- 
d GeogrAñca y profesor de la Escuela SupenOT de Cutris. Madrid, 1911. Es un tratado tan 

!ro de años trasi 
iel hombre, es cii 
líos más moderad 
nto,» (Goniilez 1 

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profundo como de breve, fácil y amena lectora. 

(3) o , , , aunque no podemos evalnar exactamente el número de años trascuirídos 
desde la aparición del primer organismo viviente hasta la creación del hombre, es cierto qne 
ese número no puede expresarse sino por muchos millones. Los cálculos más moderados atro- 
jan como mfnimum veínle millones de años, y como máximum, ciento,» (Goniilez de Arin- 
tero, El Examiroit y la ciíHíia medima.) 



ti 



sobrepuestas, coo razón comparadas i las hojas mal encuadernadas de un libro, 
constitutivas de la corteza terrestre. Examinando la especial de nuestra Pen- 
ínsula descúbrese como primera verdad ó punto de partida de su desarrollo 
geológico que lo más antiguo, «la cuna y principio del continente que debía 
»ser nuestra Espafia» (i), fué una isla de granito compuesta de casi todo lo 
que hoy es Galicia, gran parte del norte y aun del centro de Portugal, y algo 
de León y Extremadura. No estuvo siempre sola esa gran isla, sino que pasó 
i cabeza de numeroso archipiélago; separada de ella por ua estrecho hubo 
otra, también de extensión considerable, que comprendía Avila, Segovia, 
Béjar y Toledo, con las sierras de Gredos y Guadarrama, dilatándose por el 
Sur hasta Orgaz y Navahermosa. Más al mediodía surgieron aquí y allá 
muchos islotes, algunos no pequeños, unos en lo que ahora es Portugal y 
otros en lo que actualmente es reino de España. Hacia Norte y Levante las 
tierras no cubiertas por el mar eran harto más exiguas y raras: los Picos de 
Europa, algo de Cataluña, y sobre todo una serie de islotes marcando las 
que muchos siglos más tarde habían de ser crestas pirenaicas. Tal fué el 
primitivo diseño de esta Península en aquellas edades tan remotas, vecinas 
de la ígnea ó plutónica, ó sea de la ebullición de todas las materias que for- 
man el globo terráqueo; mares cubrían ya enteramente su corteza, y, relati- 
vamente a la edad anterior, el enfriamiento había adelantado mucho; mas era 
todavía tal el calor, que derretía la sihce y hacía imposible toda vida en el 
planeta (a). 

5. — He aquí en breve síntesis las principales tras formaciones expe- 
rimentadas por nuestro territorio desde su primoral aparición, ya indicada, 
hasta que fué morada del hombre. 

En el periodo carbo ífcro el primiiívo archipiélago hispánico ensanchóse 
considerablemente. Las dos grandes islas ( gala ico-portuguesa y Ávila-Se- 
govia) se juntaron, constituyendo una extensísima que bajaba por el Sur 
hasta to que hoy es provincia de Huelva, y por Lev nte hacia un espacioso 
golfo, en cuyo centro estaba et terreno donde actualmente se asienta Ma- 
drid. Las otras islas aumentaron también en número y extensión; los Piri- 
neos marcaban ya su presente configuración, aunque rodeados del Océano 
por todos lados. Finalmente, al concluir lI periodo los mares interiores de la 
Península se habían convertido en inmensos pantanos, sobre los cuales se al- 
zaban islas innumerables, cubiertas de la más portentosa vegetación. 

Como que este periodo carbonífero fué el del reinado de las plantas; y 
de su gigantesca Sora, sólo dando riend.i suelta á la fantasía podemos for- 
marnos idea, «Figurémonos, no bosques, sino hacinamientos de vegetales 
•pantanosos brotando unos sobre los otros; agrandemos las imágenes de 

• tal modo que las equisetáceas (colas de caballo) sean alias como álamos 

• blancos; los heléchos, como palmas; los licopodios, como encinas* (3). «Bos- 
•ques admirables de coniferas, de gigantescas siguillarias, de elegantes lepido- 
•dendros, de gallardos loma tophloí eos, de graciosos calamites, unidos por 
•multitud de licopodiáceas, de equisitáceas y de heléchos herbáceos, exten- 
•dian por doquier sus apretados tallos, formando masas sombrías donde 
•revoloteaban algunos escasos insectos ó se deslizaban extraños anfibios, 



(2| Slr W. Ijgan ha señalada, lin embargo, en aquella primen edad la eiiilcnci 
otoon eanaárnit como oreiniíinD primitivo; i muchos eeúloeos les parece dudoso qu 
ifalmente na orginitmo. De lodos modos, sólo aparece al fin ie la edad, y en España 
han enconlrido todavía sus fósiles; ünicarnente Mr, Oarrlgon ha creído hallarlos en los 
n«» IraDceses. 

(3) Dupaigne. La Moitlagaa. 



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|8 HISTORIA DB ESPAÑA 

•como Única muestra de la vida aaimali (i). Aquella colosal vegetación, de 
cuya vista no pudo disfrutar el hombre, ha rendido, sin embargo, á la espe- 
cie humana muchos mulares de años después de su florecimiento el tributo 
de su fuerza: la industria del siglo xix no hubiera sido posible sin el carbón 
de piedra; es decir, sin los yacimientos dejados en la corteza terrestre por 
el período carbonífero. 

Tras el periodo carbonífero vino el pérmico, cuando ya casi lodo el suelo 
de nuestra Península estaba fuera de las aguas, el África, unida á ella, y la cor- 
dillera Penibética, enlazada con la MarÜnica, cortaban la comunicación entri; 
el Mediterráneo y el Atlántico. El período pérmico parece ser de gran retro- 
ceso ó decadencia en las fuerzas productivas de la Tierra. Con él termina el 
ciclo de la vida más antigua, y empieza luego la era mesoojoica ó secundaria, 
dividida en tres períodos; tridsico, jurásico y creldceo. «Durante esta era de 
ncalma reinan los reptiles como señores casi absolutos de la superficie del 
•globo: apenas si se batían vestigios de ciertos mamíferos inferiores, precur- 
■sores de la edad venidera, y las aves que aparecen ostentan caracteres 
■mixtos que las acercan mucho á los reptiles' ¡2). Eran reptiles voladores, 
con cabeza de pájaro y alas de murciélago: uso:! verdaderamente los drago- 
unes de la fábula, y ni la imaginación en sus mayores extravíos pudo inven- 
»tar una colección de monstruos semejantes á los que vivieron en el período 
•jurásico! (3). 

La edad terciaria se caracteriza á su ve£ por la aparición y predominio 
de los mamíferos, «Los continentes adquieren sus dimensiones, sus principa- 
■les rasgos y sus relieves actuales» (4). 'Las condiciones físicas y biológicas, 
•hasta entonces notablemente uniformes, se diferenciaron hasta el punto de 
•producir la variedad que caracteriza á la era modernai (5). iLos dos reinos, 
•animal y vegetal, habían llegado á su apogeo; todo clamaba ya por la apari- 
■ción del hombre, porque, según la prudente reflexión de Boyd-Davokius, 
•reproducida y confirmada por Lapparent, en cualquier punto de vista en 
■que uno se coloque, el hombre debe aparecer como el coronamiento del 
• mundo orgánico luego que el reino animal y el vegetal adquieren todo su 
■desarrollo. Y entonces, al terminar el pliocénico, postrer período de la 
■edad terciaria, debió de aparecer el hombre, por lo mismo que no se han ha- 
■ liado aún señales de su existencia hasta dentro de la edad cuaternaria, y 
■que tales señales aparecen desde que principia esta edadi (6). 

Los cambios experimentados por el territorio peninsular durante estos 
larguísimos períodos no son para expuestos sumariamente, ni su determina- 
ción es tan segura que muchos de tos puntos que se tienen por más averigua- 
dos no den cómodo asidero á las controversias. 

De aquella elaboración de la Naturaleza resultó este macizo peninsu- 
lar, que es como inmenso promontorio, con una extensa meseta por cima y 
vertientes muy desiguales; una rápida hacia el Mediterráneo; otra suave 
hacia el Atlántico. Separado de Europa y defendido en toda la costa Norte 
por los montes Pirineos, muéstrase á su vez cortado en trozos ó regiones 
por las cordilleras que, arrancando de los Pirineos, lo cruzan y recruzan en 
todas direcciones. La altura del suelo es tan diversa de región á región, y 

ID Bolellm ob. dL 

12) LtppiTtn.TralUdeQíoIogle 

0) Conlcglin. 



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aun de comarca á comarca, que determina una variedad de temperatura 
como en pocas otras tierras podrá observarse: desde i3 grados bajo cero á 
que se ha llegado algunos inviernos en ciertos parajes, hasta 40 y 48 grados 
á que sube con frecuencia en otros casi todos los veranos. Efecto también 
de esa desigualdad de nivel es que Hueva tan poco, excepto en ei Norte y 
Noroeste, y que las aguas dulces se distribuyan pésimamente, alieroando la 
devoradora sequía con las inundaciones asoladoras. «Los lugares marítimos 
•lienea abundancia de pesca, de que padecen falla los que están tierra más 
■adentro, por caerles el mar lejos y tener España pocos ríos, y lagos no mu- 
•chosii (1). La comunicación, en efecto, de las costas con el Centro ha sido 
difícil en todos épocas, y cada comarca costera ha formado como una nación 
aparte, con fisonomía geográfica, producción, costumbres y hasta modo de 
hablar diverso, y todas ellas han aventajado á la meseta central en clima, ri- 
queza y población. De aquí la tendencia á la disgregación regional, con^atida 
ó moderada por el sentimiento de la unidad peninsular, fundado ó robusteci- 
do en ta idea de no ser suficiente cada región para constituir un solo im 



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11 

PREHISTORIA 

!.— 7. Lo quí noB revela li Oíolost»; la tiprcit 



6,— La Sagrada Escritura cita eoire los hijos de Jafet á Túbal (i). Al 
exponer este pasaje del Génesis, Joscfo sienta que »los nietos de Noé, á fin 
"de honrar su memoria, dieron sus respectivos nombres á las tierras en que 
vfueroD cada uno á establecerse después del diluvio*; y en la enumeración 
de pobladores y tierras dice: nTübal dio su nombre á los lobelianos, que al 
"presente se llaman iberoS" (2). Estos textos tan vagos han bastado, sin em- 
bargo, para construir toda una historia de la primitiva población de l£spaña. 
■Túbal, hijo de Jafet (escribió nuestro historiador clásico), fué el primer hom- 
nbre que vino i España; asi lo sientan y certifican autores muy graves, que 
i>en esta pane del mundo pobló en diversos lugares, poseyó y gobernó á Es- 
»paña con imperio templado y justo» (3). Y hasta se ha disputado sobre los 
parajes de la Península en que puso su residencia Túbal, señalando unos á 
Setúbat en Portugal, otros á Tudela, etc., sin más razón que e' 



(expHcaclón de ¡a lámina ¡} (1). 

1. Arcilla arenosa.— Z. Creaon.— 1. Arenas.— 4. Aieillas.-S. Arenas y cantos.— fi. Arenas.— 7. Artnis 
con silex labrados.-8. Arenas arcillosas con huesos. -9. Arenas y grava.- 10. Quijos con silen labrados.— 
11. Cantos, maigas terciarias. 

El esquelelo que aparece en la parte inferior de la plana es de un Eleplias Merídianalis, caracterís- 
tico de la ípoca terciaria. Junio í ti estl la calavera de un oso de las cavernas. Sl|pi« el mamut, elefante 
con pelo, del periodo paleolítico, primero de la ípoca cuaternaria. Después el teño, del período mesalílieo, 
y arriba el caballo, como representante de los animales domíslícos del periodo neolítico. Innwdiatimenie 
la formación actual. 

ID LOS PUEBLOS PRIMITIVOS Ó PREHISTÓRICOS.-La ÉpocK de la pledr>.~Los pri- 

p.iises de Europa, en los sílex tállanos. Al basificar esias piedras y darles nombres, los eeol6|[os Ifs pusie- 
ron los mismos que á los tres perioilos en que se lilviiie la época KCol6E¡ca cualetniria: la época pafeoZ/Iícd 
o megollílca, de la piedra tallada; l.i mesolltlca, de la piedra perfeccionada, y la aeollUca ó de t» piedra 



,,.CoogIc 



Historia Gráfica de la Civilización Española 




y parte del terciaria de San Uidro (Madrid). 

D,g,t7cdb/COOgIC 



33 HISTORIA DI SSfAHA 

En cuanto á la voz iberos con que, según Josefo, eran designados en su 
tiempo los tobelianos, se debe apuntar que es de origen helénico (i) y e:cpresa 
un pueblo, ó mejor dicho, una raza á que en general griegos y romanos atri- 
buyeron la primera población de España. Terencio Varron, contempor&neo 
y servidor de Císar (3), y al que tanto elogió Marco Tulio por haber revelado 
á los romanos su historia nacional (3), más erudito que historiador, sin em- 
bargo, y como erudito nada critico, escribió que nuestra Península «fué con- 
■quisiada sucesivamente por los iberos, los persas, los fenicios, los celtas y 
»los cartagineses». 

Pero ¿quiénes eran los iberos? ¿De dónde y cuándo vinieron á España? 
Nada se sabe. En el siglo xvi, cuando tamas y tan toscas patrañas se trató 
de incorporar á nuestra historia, inventóse un ¡bero, hijo de Noé, que dio su 
nombre al rio y á la descendencia que dejó en sus márgenes; especie que re- 
chaza Mariana, (Como quier que sea antes vcrosimil que los iberos que mo- 
i<rabaa el monte Euxino, entre Coicos y las Armenias, cercados de los montes 
■CáucBSos, vinieran en gran número á España, y fundado que hubieron ta 
"Ciudad de Iberia, cerca de donde hoy está Tortosa, comunicaron su nombre 
■ y lo pusieron primero al río Ebro, después á toda la provincia de España^. 
Esta verosimilitud que halla Mariana está contradicha, empero, por un texto 
de Sirabon, según el cual los iberos de Asia eran colonia de los de Europa. 

Lo cierto es que el origen, asiento y vicisitudes de los iberos está cu- 
bierto para nosotros por el impenetrable velo del tiempo. Unos los suponen 
de procedencia asiática, llegados á nuestra tierra en la edad del bronce, ya 
por los Pirineos, ya por el Estrecho, entonces istmo de Gibraliar, y aun sv 



(1) .Por primer» 


et suena en n 


viajero griego del siglo 


VI (.. de ]. C.1 


llamado Scilix.> (Alu- 


m Eiltleeonlifl 


a creación de li 


primer 


■ biblialeca piíblic 


eti Roma. 




Oí lErunoicomo 






ciudad; tn> libros 


noi U han hec 


conocer: gracias á t> 




etc. (Cicerón i Varron.) Se dice 




«los VirrOD lubl* ttcrilo 


480 llbroi lobre 


tod» 








IscnstrtB y lii cuesís lab 


mdu en las roca 


,~^ 


de esto rs lógico 


suponer que e 


hombre se rcfiieló en 


tu cuevM y cavemia n>t 


ral«; y isl deb 


i' de ha 


ler sucedido, cotn 


parecen aiestlguirlo muchas seflilei 




ntraton. Sí por 










0" irbofS'nlIííc» ["tibí 




la prueba ño podía ptrsi 


lir. 




En ti Norte dr Esp 


nr^erMeVo" 


adcF 


ancia hay mullilu 


ac CBvornas d 


lacubiertai en eslos ñl- 


linoi liempo», en ¡tí cuales le encuentríti prueb 


s ir recusables de 


ue han sido h 


abiladas por el hombre 






cha es imposible 


alcular. De es 


as cuevas ton tamos». 


entre luet|nn(il«.U< de 


AIUinlta(piov 




San(arder), Casti 


0, Hornos de 


a Pefta. Covalanas, Li 


Hlu,S*ntilube1]rolrM 


Muchas esUn 


ecorsd 


as con dibujos esg 


afiados en la 


oca y policromados que 



alcanun raía perfecdón. 

Despuéf de eilas manifestaciones de civlliíaclón ni 
conalrucciones megalillcas. 

Novinrat 1 pretender aquí fijar la cronología de los monumento? prehislúrl eos, paralo qne 
mos autoridad; pero lodo el mundo sabe que la ludeía úr una obra, como el atraso de un pueblo, 
nen antirledad en la una ni en e 
tica (de Ta piedra Ullada). otras t 
hacia slplos hablan entrada en la 

Hacemos eitas consideraci 
le respecto 1 la antigüedad de los monumentos prehistóricos, sostenidas ambas por perionalldades de gran 

La primera sostiene que los monumenlos megalllicos pertenecen al primer periodo geoló^co de la 
ípococa cuaternaria (el paltolltko), v son obras de la raía de Coiataiíf: que estos monumentos Se perfec- 
cionaron dorante el periodo meiollllco con la raía de Cro-Magnon {ipaci de \>, pitdra pirflccionada). y 
llegan 1 la pltttra puHmenlada con la raía de Furfooi en el periodo aeolillco, ultimo de la época cuater- 
naria i inmediato í la ípoca geológica aclualmenle en formación. 

La otra niega todo eslo y sostiene que el dolmtn e^una imitación lasca de los sepulcroi de MIceois. 
y que hablfadose lormado el arte mlctniano despu^ de la guerra de 1'raya, sobre el siglo X <a. de 1. C), 

y Occidente deEuropi. 

Tampoco nos consideramos con autoridad para optar por cualquiera de estas leorias. Esta clase de 
estadios ha adquirido recientemente un impulso muy grande; cada nuevo hallazgoó nueva descubrimiento 
despeja una duda O plantea un nuevo problema, y quizás muy pronto lo que hoy es para nosotros un mis 
lerio será nn hecho evidente é irrefutable. A esto conltibuirin de modo eficaz en cuanto á Espalla respecta 



,,CoogIc 



diargsa á establecer que hubieron de entrar aquí como conquisiadores, des- 
alojando ó sometiendo á una población más antigua. Otros los hacen venir 
de la Atlántida, y aun de América. Oíros, y su opinión ha corrido con vali- 
miento, y ven en ellos tos restos fraccionados de un gran Imperio que en el 
siglo XV ames de Jesucristo, ó quizás antes, comprendía, no sólo la Pen- 
ínsula española, sino vastas porciones de Francia, Italia y África. Todo 
son hipótesis más ó menos fundadas en datos incompletos é inciertos, soste- 
nidos con mayor ó menor ingenio. 

7. — La ciencia moderna nos permite asegurar, en cambio, que hubo 
pobladores en España desde la remotísima edad llamada por los geólo- 
gos cuaiemaria, ó sea desde que los hubo en el globo terráqueo. Todavía 
nuestra Península estaba unida con el África por el Mediodía; con Italia, y 
también con África, por Levante; el Mediterráneo formaba dos grandes lagos, 
r al Oeste prolongábase aquella inmensa extensión de terreno que, ya cons- 
limyendo una sola masa continental, ya diseminada en islas, unía nuestra 
Europa con lo que tantos siglos después había de ser saludado como un 
nuevo mundo. «La flora pUocénica era riquísima por efecto del suave clima 
•propio de la edad terciariai (i)- La fauna, no menos copiosa, ofrecía caba- 
llos, sucesores del extinguido hipparione; bueyes, osos, rinocerontes, hipopó- 
tamos, y también el elefante, el mastodonte, el mammuth y la hiena de las 
cavernas. Dos veces, por lo menos, nuestro hemisferio fué invadido por olas 
enormes que pasaron rápidamente, a.solándolo y barriéndolo todo, ó, más 
^ien dicho, pr ríos de hielo, según la {e\iz expresión de Carlos Martins; cata- 



(1) Lippircni. 



«triordlnarloi deuabrlmlcntoi mliudos por el lli 

ncioncí pnolin tcr eilninuluy «todiidaí por el i 

Nui-itn millón ei «justunos 1 1» qu( pod t]>ii 



irrefntiblct ion loidleí tillldoirnconlndos ta plrna tpocí terciarla en los lerrencn mioceno y püoceno, 
coma lo ion lat tillidos limblín del período paliollfíco, los peiíeccloniilos del maolltlco y ioípul'imto- 
lidot del titMHco. (Vtinie lu limlnas I y II.) 

PoFilo que eito es evident*, cabe pteaiintaT: Los sílex de estas tte» daseí hallidot en las cámiris 
sepalciales, en loi Mlmtnet, ¿suponen en éitoi iiual antigardad respectiva? 

Ya nemos dicho que para nosotras laimperftcdóndeunaobra no supone anli^rdad, sino el estado 
de atraso en que el pueblo d la Iribú que la eríeiá se hallaba. Hay ademis otra consideración que precisa 
iFUer en cuenta. Hemos hablado de tat cuevas de Altatnira y deroáí. Como se ve en el grabado (víanse las 
iiminii III y iV), en estas cuevas loa animales que aprecen representados son el bisonte y el tena, ciiac- 
lerbticas del periodo mtiolltlto, el segundo de li época geológica cuaternaria. 

Por «cepciAn se hallan representados el Jabalí y efcabaTla, este último, como se sabe, pertenecienle 
al ETOpo de liM tnimales doméiticos que caracterlian el periodo {eolágica siguiente, el neolítico, último 
déla época euattraarla. 

Estas pintora» son una manileilaci6n arllslica sin precedente y que no se repite en la historia del arte. 
U espon taneldid y la Uruicza del trazo, que no vacil* jamás; la vida, el movimiento y el vigor de carácter 
qne supieron dar á li repreientaciftn de aquellos animales, son verdadersmenle ciltaordin arios, )^ suponen 
uní capacidad mental qne no puede poseer una riza Inferior, y un estada de adelanto muy supeii.ii al que 
revela la piedra perjeceionada. no súlo por las facultades poderosísimas que manifiestan para lo gráfico 
en sus intoreí, sino i>orque en lis mismas cuevas se han hallado multitud de huesos y astas de renos 
con grabados tan finos y delicados, que súla con instrumentos muy perfectos pudieron elecutarse. (Véase 
li lámina II, núm. II.) 

En U época á que pertenecen estas pinturas atravesaba Europa un periodo (¡lacial.Pasadoíste, con la 
lutiAn de Us nieves sobrevino liformiciún llamada df rovíom. Este tendmeno ocasionó trastornos muv i^rin- 
des que aniquilaron i la Humanidad, poniéndola á punto de desaparecer. Nada de extraño es que 1 causa 
de cito se «itlni^íeri la civilización que tan brillantemente con esas pinturas se iniciaba. Aquella noble 

iiereía de inimaTes formidables; que le disputó el albergue en luchas terribles, de que hay leliales en la 
cueva de Altamira, al oso de las cavernas, por el cual algunas veces fui trágicamente vencido, y que ápesar 
'-r una vida tan dura aún le quedaba, por el vigor de su genio, tiempo y bumor para entregarse al arte, 



deiapareclA como el pueblo griego, y no volvií 
iE»i5«« íB el datmení Nosotros créeme 



o creemos esto, no creemos tampoco. 



qne éste, llámese aii 6 peláiglco ó clclúpro, es una lesultanie del dolmen, es decir, del arte neollllco, de la 
cirllizaeiáa de la piedra, común entonces á muchos países, y que en Oréela, por ratones de mayor adelanto 
y aptitud de uta, dio un paso gigante, dHando atrás i los demás pueblos de Europa, como pocos siglos 



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Historia Gráfica de la Citiuzacióm Española 






D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAÑA 



i5 



clismo que inaugura la edkd cuaíernaria, y que se dciVi scotir en la Península 
cspaftola como en todas partes, aunque quizás más atenuado que en otras, sí 
se ha di; atender i los rastros que ha dejado en las rocas> (i). Entre la primera 
y la segunda inundación medió un periodo de calma, seguramente muy largo, 
en que se restauraron las especies animales casi extintas; pero lo más notable 
es que á tal periodo, en que la Tierra debia de estar cubierta de hielos y ser 
el clima eslremosisimo por el frío, corresponden tas más antiguas señales in- 
equívocas de la presencia del hombre en nuestro planeta. 

En los detritus del terreno cjaternario ó en el limo de las cavernas, mez- 
clados con fósiles del e'efante, del oso y de la hiena, hállansc, en efecto, ha- 
chas, cuñas, punzones, cuchillos, moharras de lanza, flechas, todo de piedra 
labrada. Las primeras que se descubrieron — dos pedernales toscamente talla- 
dos— (2) fuéronlo en it-So por D. Casiano del Prado, é iniciaron las inves- 
tigaciones y estudios que, vulgarizados por D. Juan Vilanova. han dado justo 
renombre á la estación prehistórica del cerro de ^an Isidro, en Madrid. Los 
ingleses Brome (1862), Falcouer y Brusch, en Gibraliar, >). Guillermo Mac- 
pherson, en el cerro de la Mesa del Baño (Alhama de Granada); D. Francisco 
.Maria Tu^ído, en la caverna de Canilorias (Alpandeire-Málaga), y otros ex- 
plotadores no menos inteligentes y meritorios han comprobado esta ver- 
dad, indiscutible hoy: que la especie humana vivía en España desde los co- 
mienxos de la edad cuaternaria. 

Lo que no resulta tan claro es si aquellos primitivos pobladores sobrevi- 
vivieron i la terrible catástrofe ó gran diluvi-.nii, último de los cataclismos geo* 
lógicos. Las erupciones volcánicas del Mediterráneo, el Tanaro y los Andes 
se dejaron sentir en nuestra Península por modo espantoso; entonces se 
hundió la Atlántida, quedando de Fíníi terr^ nuestra punta costera más oc- 
cidental, hasta que Colón volvió á encontrar el continente perdido; entonces 
se hiso golfo el de Vizcaya; entonces nos separamos de África; y libre y dila- 
tado el Mediterráneo, sólo surgieron de sus aguas las graciosas islas que lo 
esmaltan. 

Es probabilísimo que la población posterior al gran diluviiim fuera de 
otra casta y viniera de otra parte que la anterior. El estudio arquLC^ógico 
nos revela que la vida primitiva se desenvolvió en dos fases ó largos perio- 
dos perfectamente caracterizados por la industria humana: el de la piedra 
tallada y el de la pulimentada, correspondiendo el primero á la época cuater- 
naria y el segundo á la moderna ó histórica, pero sin precisarnos si fueron 



(1) BoielU. 

(Ü Se halliron 1 una prolundldid de 19 y 19 metcoa, rn vez dr seis, que [uf la mayor de 
Ualiei honunoi encontradi» en Francia, io qne, Mgün el Sr. Vilanova. les da una antigüe- 



explltaetón Ot la lámina II J 

>nliado en el terreno plloetno (lil- 

. _- , -3 y* SileiUlladosperlcnecienlís 

no, sefando de la ípoca terciarla. Son loj mil antiguos que se conocen, -II. Época 
OUImarlB, período pBlaoHlko. - S. Ciinro lamoso de ConsUdt. que da nomb e n la raza de eiti épocn. 
(uCtiníollamadode Neanderthal, viatodepeiril.de frtnteypor la patle siiper¡or.-T. Cráneo de íiibra'- 
I». viito de perfil y de Irenle.— a Diversos sil ei tallados, caiacleriülicos ili- rsla época.— III. Periodo me- 
aolttlcfl.- «. Cráneo de Cro-Magnon, que da nombre i la admirable raza de csia época.— 10. %í\tt prrjei- 
clanBúm . Son pontu de flecbas.— 11 , Objetos arnsli eos de hueso. ~IV. Periodo neolítico ó déla piedra 

Ihdtiion.— 14. Piedni labndaí y pnllinentidaa.— IS. Muestra mis anligua que se conoce üc cerámica. 

n,g,t7cdb/G00gIc 



36 HISTORIA DE ESPAÑA 

dos inmigraciones diversas ó dos ¿pocas distintas las que las determinaron. 

8.— La época de la piedra tallada divídese comúnmente en dos periu- 
Jos: el jrqueolítíco ó paleoUlico (de palaios-anúgno y /ifft oí- piedra), y mesoli- 
iico (de mesos-medio y ¡ithos-piedra). oEpoca en que el hombre conquista su 
»dura existencia en épica lucha con la inclemente Naturaleza, teniendo que 
■disputar á los grandes y ñero.s mamíferos de especies extinguidas las ásperas 
■cavernas pera asentar en ellas su morada. ^ Ha merecido que se le llame 
del iiiammutk por abundar entonces este monstruoso anima), terrible ene- 
migo de nuestros remotos antepasados. 

Los que han estudiado la Historia primitiva con el prejuicio darwiniano. iV 
con el más trascendental de negar la verdad de la relación mosaica, han 
creído que M. Dubois encontró en la isla de Java un cráneo fósil correspon- 
diente a un ser intermedio entre el mono y el hombre — el pilecantropus,— 
y dan por sentado que el hombre de la edad cuaternaria era muy inferior al 
más degradado de los australianos actuales; una verdadera bestia que «alma- 
Bcenaba en sus músculos toda !a fuerza que derrochan hoy cerebralmente sus 
■descendientes, y de tan feroz instinto, que sólo cabe compararle con el tipo 
»de criminal nato ideado por Lombroso y los antropólogos de su escuelai (i); 
incapaz de formar ningún concepto abstracto y general, y por tanto de len- 
guaje, reduciíndosc el suyo á gritos interjeccionales, ruda expresión de su 
grosero instinto; en absoluto desprovisto de toda idea religiosa, tanto por lo 
que se refiere á la creencia en un Ser supremo y en un destino humano ulte- 
rior á la muerte, como á la moral; sin organización política ni aun familiar, pues 
vivió al principio aislado como las ñeras, y luego, á la manera que hacen 
hoy los lobos, se juntó en manadas con los de su especie para la caza; que 
las relaciones sexuales no se diferenciaban, á no ser por fugitivas y brutales, 
de las que hay actualmente entre las bestias más refractarias á constituir pa- 
rejas estables; que, incierta la paternidad y obligada la hembra á permanccet 
en un sitio abrigado para el parto y la lactancia, éste fué el origen del hogar, 
exclusivamente femenino en sus comienzos, y por eso el matriarcado precedió 
en muchos siglos al patriarcado, el cual no apareció hasta tiempos muy 

Todo esto es imaginación, y está contradicho por la ciencia y por la His- 
toria. El materialista Virchow decía en 1888: .En cuanto á la teoría de que 
■el hombre ha nacido de un animal, no sé qué decir, porque es un hecho cuya» 
■transiciones no se hallan, y deberían hallarse si hubieran existido' |:i)< 
En 1890 afladifl: «El proanthropos continúa en estado de hipótesis; sabemos, 
•en cambio, que los hombres de las edades prehistóricas no se parecían á los 

■ monos más que los actuales» (3). En iHyi dijo por fin: «Estamos rechazados 
■en toda la línea. . . No existe el poanthropos; no existe el hombre-mono; ese 
■anillo intermedio es un fantasmai< (4) Vorgt, no menos materialista que Vir- 
chow, ha escrito á su vez: <iEI puente para pasar del mono al hombre es'como 
•el arco iris; el puente aéreo de la Walhalla, sobre el cual cabalgan las Wal- 
"kyrias y otros seres de la fábula; un puente que sólo existe en la imagi- 

■ nación» (3). 

Los cráneos encontrados en los terrenos cuaternarios no revelan ningunH 
conformación anormal; c:ilculando en pulgadas sus dimensiones de altura, 



(1) Lagranat, El nombre pr, 

m En rí Congreio «nttopol 

(3) En c[ Congreso de Vicn¡ 

W En el conireso de Moscí 

(S) Dogma de la tcltace. 



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Historia Gráfica de ui Civilización Española 



la ta nitvB de 



n j el lecho polkromido. 




nita 4c CalaMobaa, cu la !«■■ de Menorca. - Hibitacloncs itoglodin 



T.ooglc 



amplitud y profundidad, sos dan un término medio de i8.S33, siendo ssi que 
el promedio actual de los habitantes de las mismas regiones es sólo de 18.479, 
y de i7>795 el de los hotentotes. Bastan, sin embargo, los restos del periodu 
paleolítico hallados en España, aunque no sean tan abundantes como en otras 
partes, para persuadirnos de que el hombre era entonces sustancíalmeme 
idéntico al hombre actual, y que colocado en las condiciones de vida mis 
desventajosas, desplegó en la lucha por su conservación y predominio una 
energía no sólo muscular, sino intelectual, de que apenas podemos formarnos 
idea sus remotos descendientes, paciñcos y dichosos herederos de los gran' 
des medios que él empezó á construir y acumular. Su fuerza física hu- 
hiérale sido inútil para disputar á las gigantescas y espantosas ñeras que 
á la sazón corrian por la tierra la caverna que fué su primer hogar, los ve- 
getales y animales que fueron su primer alimento y el agreste terreno que 
fué su primera patria. Luchó con aquclh s monstruos, y los venció' principal- 
mente por su astucia, es decir, por su inteligenvia; y puede afirmarse que el 
entendimiento humano no ha llegado nunca después á dar de si tan potem» 
muestras como en la edad de piedra, ya que después ha dispuesto siempre 
de un inmenso caudal de conocimientos adquiridos, que se ha ido trasmi- 
tiendo y acrecentando de generación en generación, al paso que en aquellos 
tiempos primitivos carecía de experiencia y de saber y tenia que hacerii' 
lodo á fuerza de ingenio, discurriendo é inventando cuanto necesi aba pars 
subsistir. Si son insignes los hombres que en las edades históricas han reali- 
zado portentosos descubrí rr. Lentos ó invenciones que, bien analizados, no pa- 
san de ser aplicación feliz de principios científicos elaborados en muchos 
siglos de estudio, ¿qué juicio deben merecernos aquellos remotísimos antepa- 
sados que sin tal preparación fabricaron las primeras herramientas y armas 
de que todas las posteriores, aun las que hoy más nos pasman en fábricas j 
parques, son perfeccionamientos; que discurrieron cerrar la caverna con una 
puerta, doble defensa contra la inclemencia del clima en la época de los gla- 
ciares y las acometidas nocturnas é imprevistas de las fieras; que conservaron 
primero y ensenaron luego á encender el fuego, y que, finalmente, inventaron 
el arte culinario, por cuya virtud se hacen comestibles las substancias que en 
estado natural parecen más refractarias a nuestro organismo? (1). 

Ninguna de estas maravillas pudo realizarlas el hombre cuaternario 
sin íntehgencia perfectamente desarrollada, ó sea capaz de concebir ideas 
generales, de formar juicios y de raciocinar, induciündo y deduciendo; tam- 
poco sin ia cooperación de sus semejantes, esto es, siendo desde su principio 
el animal político, que dijo Aristóteles; y ia sociedad supone la existencia de 
una autoridad y de una organización idéntica en su esencia, aunque fuera tan 
diversa en sus formas a las que hoy vemos y siempre se han visto donde hay 
hombres. 



(Explicactón dt la 'amina I V.l 

Plotnru 1 grabada* en ■*■ civemaa prfhlsMricaí de Allamlr», Covalanaa, HiiraM dt 
la Peda, etc.— 1. Techo pintado del iilón de Allamiía.—l. Figurat intiopamorlas gnbidat en Ii roci.- 
3. Reno grabado en U toca.— 4. Caballo grabado en la gnita de Covalanas. Debajo ;r ve la cabeía de no 
a!no, «rabada en la cueva de Horno* de la Peña,- 5, Jabalí al galope.— 6. Mano roja. Junio i íala hay oai 
manila que parece haher sido hecha pot el tislema de patrón.— 7. Bisonte policromtdD.- 8. Biaonte poli- 
rromado tonii.to de una íüloirada directa.— 9. Cierva policromada y pequeño bisonte negro.— Todas lis 
figuras pertenecen a la cueva de Altamiri, excepta aiguellas cuy* procedencia se indica. 



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Historia Gráfica db la Civilización Espaüola 




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3o IltSTOKIA DR ESPaA. 



9. — La comprobación terminante de la igualdad de la especie humaní 
á través del tiempo nos la ofrecen las pinturas no ha mucho descubiertas e 
la cueva de Altamira y después en las de la Dordoña (Francia) (i|- Son lalts 
pinturas representación de animales — toros ó bisontes y ciervos — traía- 
das en la roca con almazarrón y ocre, en parajes hondos y oscuros, donde 
no pudieron ser ejecutadas ni vistas sino á la luz de antorchas. Posterior- 
mente otras cavernas, también de la provincia de Santander, han revelado 
pinturas semejantes (x). kEI hombre prehistórico, que habia comenzado por 
«esculpir en trozos de asta, desarrolló sus aficiones figurativas por medio del 
■grabado, y al emplearlo en la bóveda de la cueva de Altamira !o hace alguna 
•vez aprovechando salientes de la roca para que la figura tenga relieve; y no 
• solamente graba ó dibuja, sino 
iique ilumina lo dibujado. Elco- 
«lor empleado, como es consi- 
Dguiente, en tinta lisa no sirve 
■al decorador más que para que 
■la figura destaque del fondo...» 
■ El arte está esencialmente tu 
•el dibujo ingenuo, sencillo, 
■revelador de una observación 
■del natural tan justa, que ad- 
■mira á los artisUs de hoy...» 
•I... los aciertos de aquellos i^ 
acoradores se han comparado 
B justificad a mente con los efec 
bIos de la fotografía instantá- 
Piedlas con escritura oval. .nea. . . » «Aquellos decorado- 

.res, en su empirismo, deseo- 
«nocen el valor que las figuras pueden tener como elemento decorativo; no 
iisabcn agruparlas, disponerlas en serie; aisladamente las concibieron, y las 
I-trazaron sin orden ni conexión, en confuso amontonamiento, como el artista 
"de hoy lo hace en una hoja de papel por ejercitar la mano y ensayarse en el 
udibujo de un motivo. Es que la Humanidad comenzaba su aprendizaje aitis- 
.lico. (3). 

Las cuevas de la provincia de Santander no nos muestran sólo pintu- 
ras, sino también unos signos que indudablemente son jeroglíficos, ó de uní 
escritura rudimentaria, que ofrece notables semejanzas en los rasgos de algu- 
nas de sus letras i:on la usada por los egipcios en la misma edad prehistó- 
rica. (Me asalta la sospecha— escribe el Sr. Mélida — de que las gentes que 
»por tal medio esbozaban en nuestra Península el arte de la escritura fuesen 
"Originarias del Egiptoi (4). Sabemos que en aquella remotísima edad EspaOi 
estaba unida al África por el Mediodía y por Levante. 

10.— El período neolítico ó de la piedra pulimentada corresponde á la 
edad geológica actual, ó, mejor dicho, se desarrolló después de la inmensa 
y terrible catástrofe diluvial de la edad cuaternaria, -durante largos días de 



ii pinluiBS de la cueva de Altamira par propiot y ei- 
-(Mélida, Discurso de recepción en ' - - ■ ■- 



"fulanos. Hornos de la Ptnii y Castilt 
.Mélida. <!i:cursu cii.<d.<. 
' ídem, fd. 



preMitórlcaí át la aravlmla dt Santander. Ai 



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Historia Gráfica oe la Civilización Española 



OoiBoi de Antcqncra, 




la de OuMnc» tLuga) Éimcb DMlItlca. 



t CMWudaÓnJL 

X.ooqIc 



^a HISTORIA DK ESPAÑA 

•clima templado, que 
nfavorece la vegeca- 
■dón, embellecedora 
>de la vida, y el ere- 
•cimiento de aDÍmales 
■■dóciles y úliles ai 
xhombre* ¡i) 

Es imposible ñjar 

crODológicamente ni 

cuándo empezó este 

periodo ni cuánto 

duró— con seguridad, 

Muralla del úpea. míle^ de aftos. — Al 

inaugurarse ya estaba 

formada nuestra Península tal y como boy la vemos, lo que no significa que 

todos y cada uno de los detalles de su geografía fueran los que at préseme. 

«La quietud es más aparente que verdadera. Nunca cesan de trabajar en 



(1) M tilda, dilcn rao dtado. 



¡Explicación de la lámina VI) (I). 

Los dibujos quí no tienen núnicra repmenUndoip1anUs[(nera1e) de túmulos ygilcríii cnbiedas. 
de um ó de dos entndas. 

1. Mcnhir de Cardona (CalaluRD.—l. Trilito.- 3. Ringlera.- 4. Camino cubierto.— S. DolineD de 
üguilaz (Vizcaya), — b. Emldolmen. Son muchos los que creen que esta clase de monumentos no ton ml$ 
que dAlmenes dttiuldos.— T. Dolmen de VillagOTguina.— B, Tümulo de Cangas de Onli, con la igleiia it 
5anta Cruz encima. En el dibujo aparece un corte ideal para dejar ver el dolmen.— 9 Túmulo de 5alat con 
doienlradas,— 10, Tümulo de Constanlina rodeado por cuatro croinfeitf, y con un dolmen en lacúspide.- 
ll.Tümulo de dos entradas. En el dibujóte presenta un corle ideal para dejar ver la> galerías cubiertas qnr 
conducen a las salas íunerarias.— 12, Maínoade Galicia. Eslos monUculos. muy abundantes en esta región, 
suelen confundiisc con los liimulos dolménicos. Son mucho mis pequeAos (3 meiros el mis alio), j denlro 
nn contienen nada, creyéndose que la urna cineraria baya sido extraída por los eiploi adores. 





(1) LOS MONUMENTOS HEOALITICOS.- K.ie.on 


co 


sid 


.l.loa hait. 


KK 


comoobrisde 


lose 




mentos de diversas clases, que p 




Rtandlo id>d 


de su consmic- 






er que Irs es común y que hace i 




ibt 


conhindir 


osconobasdeotraclaH. 












n, rntahir 


Diaibaa 


trillto. mera. 


ringl 


ra. solería ó lamlno 


cnbitrli,, piedra oscilantt. cram 


¡ek 


(d 








Acerca del putblo Ó 


mi que los erigió, nada positivo 


esabe 


M.o'ía'H'isto'ri» pned 


e afirmar jraqM 


no fu 


ton los celtas, porqu 


ísios, 6 el pueblo i que puede d 










España hada el 


siglo 


XVI (a, de J. C). y den 


to de la civiltiac/An de los meU 




lo 




« referimos per- 




n i la cMllzaclón d 


la piedra. 












, 


Eslín comprendidos 
Baleares, 
Los dólmenes y dem 


como congéneres de eslos monu 


me 


tos 


as toaloi 


naaeíai y 


laleyatt de las 












graii ndm 


ero en la India, 


en la 


Siria, en toda U cosía 






chi 


de EgiptOí 




el EsUecSo de 


Qibr liar, inv.den España, 


Francia y lot Países Bajos, y pen 








rídlonat de las isla* Btiti- 


Micas 


ydeEscandinavia. Mo 


se conocen en la llalla septentrio 


nal 


ni 


n Suiía ni 


nlaQenn 





y c< 



;l Mar Negro, 



, vocablo céltico del 



bretón, que significa mpsa de piedra, puesto en uso por los arqueólogos de fines del siglo Xviii, 

El lipo común del dolmen t% el de una habitación mis 6 menos grande, formada por tres lápidas sin 
labrar, colocadas veilic.i mente, una al lando y dos á ambos lados en Inniio redo con aquélla, dejando 
descubierta la entrada, y oir.i de gran tamaRo que, apoyándose horizontalraente sobre ellas, constilnye el 
techo. Dentro de estos elementos principales es grande la variedad, como puede verse en la* limlnas V y VI. 
Eslos monumentos servían de cámaras sepulcrales. Algún autor supone que eran viviendas de jefe* de tribu. 

hiay dólmeaei libres, sin túmulo (V. túmulos) y dólmenes ailuado* sobre tos túmulos. Hay además 
dólmenes dobles, ya con la cámara dividida en una ú varias losas, ya separadas ambas cámara* par an 
pasillo 6 dromos. Al primen de eslos tipos pertenece el lamoso dolmen ue Antequera, conocido vulgai^ 
mente por la Cueva del Mengue flam. V). ef más imporlaule de Espafl., y quizás del mundo. 

Mcnbir o pcalbaa.— El menhlres una piedra estrecha y alia, y, como las del dolmen, tin labrar, que 

encuentran muy pocos. En Inglaterra son abundantes, y los bay con esculturas y ruaet (inicripciooet). 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



Historia Üb^ucií. dk la Civilización Española 
2 




to 



MontiBicato* nctaUtlco*. 
Silccdo, Historia de EspaSa í^ ^í-^,-í\ A 

Digitrccl b>' Vjl.>(.)y IL 



Historia (iRj(fica de la Civ[L[z.tciÓN Esi'AÑo: 






I® 




yCOOglC 



HISTORIA DE ESPAÑA 35 

• la sombra las cau- 

• sas constantes que 
•á la larga deter- 
>inman los grandes 

• cataclismos peoló- 
•gÍcos> (i). 'Engá- 

• ñase quien imagine 
>haber algo que 
•dure perpetuamen- 
■te en su ser y pris- 

• tino estado sobre 

• la Tierra: el nifio 

• se hace mozo; el 

• mozo, hombre, y 
»el hombre , viejo; 
>y de igual suerte 
>envejecen y mue- 

.ren las ciudades. Entrad, de un > cuev.. 

•los pueblos, y aun 

• los territorios mis- 

'mos> (2). Sabemos, v. gr., que el Guadalquivir desaguó en remotísi- 
mos tiempos por siete grandes bocas, y después por dos, quedando entre 



inchi ir mil griTidr, {V, Tanla). 

Croalcki. — Loi cromlcks son dtcnnfcmidasfomiidu por mtnklrts. Unos rodean los tümulos. 
T no son de mcnhlro, sino de picdr» Inloinici; olroi rodean loi dólmenes, y esMn faimidos indlatlnlj- 
incnie de mcnhÍTCi y piedras: y otros, en Rn, no rnderrui nada. Estos sueren estar en grupos y unidos entre 
u por avenidu á dromoi, y siempre ettln liedlos con menhlres. Algunos tienen un trilito en el centro. 

En Eipana no se conoda más cromlrli que el descubierto en Santa MarU de Ortigueiri (Corulla) 
llamina Vlli por D. F. Manclfldra. pero reden lemente se han descubierto tres mis en una explanada o 
meseta del Tm/o. monte situado entre ladescmlMcadura del rio MIRO y [a villa de La Guardia (Pon levedn), 
lodos de mayor lamaflo que taatí, y ano de dimensiones tan extraordinarias, que supera al de Avebury (In- 
(lilrrra). que mtde más de KXUnO metros de superficie, y considerado hasta hoy como el monumento mis 
inporlinte de esta dase, 

Plcdrat oacllaatc*. — Son unos peñascos colocados sobre otros en que no se apoyan mí: que en 
BB punto, y hacen equilibrio de modo que les mueve un pequeño impulso. Porque fueron considerados basta 
atura estas piedras como monumentos megaliticos, damos en la lámina V el dibuja de uno de ellos; pero la 
ciencia sabe ya qne csUn formados por la natuialeis. 

T««IO«. - Son unos montículos de tierra, de base circular en su mayoría y en otros elizolde, cuyo 
Únalo cñedlo es de unos 10 metros de diámetro. 



dra, oíros con cámara mexallllca ú dolmen, y olroi con un dolmen encima. Algunos tienen abierta una Va- 
leria que da acceso á la cámara. 

Finalmente, hay lü mulos rodeados por nn circulo de piedras en su base(V. cromlek) y otros varios cir- 
cuios concíntri eos que rodejín el montículo á distlnlas alturas, como para dar más consislencii i1 monumento. 

Catiros. — Eran unas fortalezas consiruídas sobre eminencias apropiadas para la defensa. Las cons- 
tituían Hnos parapetos drculates hechos con la tierra que excavaban para hacer el foso que lis ceñía eate- 
riomenle (V. Idm. Vil, núm. 4. Bl nüm 5 et el plano de este cailro. tn íl u vt ú la iiquierda un 
antieaslro, parUealarldad qm aHadr Importancia d esle monamtnlo.) 
(EiflkoíiÓH de la lámina VII.) 

I. Cromlek descubierto en Oaticla. en Santa MatU de Ortieueira(COrufta), por D. Federico Macl- 
neira. Es el único que se conocía en Espalla. Pertenece i la 
amBcial.-a. Planos de cromleks. — l. Casiro de Célticos, 
adoat. — S. Plano del casiro de Celtigos. —b. Plano del do 
nado Cueras de la Pastora. 



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36 HISTORIA DE ESPASA 

ambos brazos una isla de tan portentosa fertilidad, que los griegos pusie- 
ron en ella el mito de los Campos Elíseos; sabemos que la isla gaditana d» 
estuvo sola, y especialmente que el Estrecho de Gibraltar es hoy <mucho 
menos estrecbo> que en aquella edad lejana (i). Asf en casi todos los lugares 
de nuestro territorio. 

La abundancia y dispersión de los rastros humanos por toda la Península 
demuestran que durante este largo período toda nuestra tierra estuvo pobla- 
da, y que su población debió de ser muy varia, ya que los restos acusan una 
diversidad de usos y cultura sólo explicable por las diferencias regionales. 

Kn general, la especie humana alcanzó en el periodo neolítico grandes 
mejoras en su modo de vivir y en las artes. Ya no se contentaban los 
hombres' con hacer su morada en las cuevas naturales, sino que las abrían 
ellos mismos en las rocas con arreglo á plan y de un modo adecuado para 
satisfacer sus necesidades: son verdaderas casas de distinta forma, y que 
fueron habitación, no de una sola familia, sino de muchas; es decir, no 
caseríos aislados, sino aldeas ó clanes de tribu. En San Vicente de Po- 
llensa (Menorca), en Bocairente (Valencia), en Perales del Tajuila y en 
Salas de los Infantes se encuentran curiosísimos ejemplares de estas al- 
deas neolíticas (Véase la lámina III). íion series de grutas abiertas en 
un risco, próximas á un río, dispuestas en varios pisos, con oríñcios y 



(i) Sólo de la époc:t romana tenemos los «iguieiiles datase Turtanio Gracula y PompoDÍo 
Mel* daban al Kstiecho no ancho de poco más de legua y inedia; Julio Solino señaloyndoslegaas 
y msdis: Víctor Vítense, tres legaas; hoy la distancia de Pun:a de Earopa á Pnnla de la Almtn] 
es de 33 kilómetros. De suerte que en veinte siglos el Estrecho lia ganado un doble de aachun 



{ExplUfííim d: la /ÓBiiiia VUl) (I). 

l,Rec¡nloamiiiallídoylaula.-2. Naneti. 3.Taljyol.-<. riuli.-S.Talayolc™ rcdnloamonIU.:-'. 
(I) MONUMENTOS MEOALlTICOS DE LAS ISLAS BALEARES. - Nada se sabe cnpM) 



Todos $on conslrvcctones hechas con grandes bloques, apenas desbastados, tallados rudimoiuiii 

En varios lugares de Menotca. i alguna distancia del mar. se ven restos de las cinturas de defensa q<K 
rodeaban grupos de construcciones. Dentro una gran confutiún de bloques, apiladas ú en series, y birbarii 

lóeos 1 estas construcciones 'recintiis amurallados- slam- ViILfig, 5). 

Entre ellas las que tienen aspecto más tosco y marcadamente megililico son de Interior redncid^i 1 
empequefleeido por columnas. Están formadas por varias pirtras superpuestas, que ■ ' ' 



ita llegar á las losasque forman f\ lecho lldm. IX, ftg. 2¡. Se lis supone lu- 
cuevasf/dm IX. fl^ II. aunque, la verdad, en la idm.iJf.fljj. 2, no partir 



!. El aparejo interior es mis menudo Si la galería es prolongada, d interior ea mis bi 

Lo> talayott {lám. VIU,ftgs-3ySJ son una especie de torres formadas por hiladas de bloques su 

perpiKSlos. hasta de unos 1 1 metros de altura los maynres. 

Está por rewlver si eslas torres fueron en su orinen conos perfectos, y no truncados, como hoy lo 



is talayots tienen fran lueable el reducido corredor que I 



is por piedras snp"- 



latlo, galera en mallorquín, lleva este nnmhre por la semeiania que llene con el casco invertii 
■. y como el lulayot tiene una cámara interior, con columnas ó sin ellas, y un pasillo que «■ 
puerta, la cual siempre es pequei\a. Hay una típica ^lúot. VIII, fig. 2) en cuya gran eí man eli 
dos losas empotradas en cad 1 citrrmo de la pared. El «pesor de los muros llega en algún» 
os. Estin orientadas al Oeste, y se ienota el destino que tuvieron, aunque se cree que hieran m 
inerarios, á juzgar por los muchos huesos que en ellos se incontriron. 
o*f/íej. 1 y 3. Tóm.S), mesas ó altares, son monumentos f ■— -:• — ->- ■"- •"' 



la de hemiciclo, y an 

b.CoogIc 



]IisTODi\ Cráfjc.v de la CiviuzaciAh ESPAÜ'OL.V 



,, Google 



jS HISTORIA DE ESPAÑA 

ventanas de comunicación entre sus cámaras, y situadas á considerable 
altura. Con estas casas coexistieron los palafitos ó habitaciones lacustres, 
construidas en medio de lagos y ríos, de las cuales hay también en Es- 
paña vestigios correspondientes á este período en la laguna del Puig 
de Mala,vella (Gerona) y en las de Lamas y Carragal (Galicia). 

Más notables que las casas son los monumentos funerarios, demostrativos 
de un profundo respeto á los 
muertos y de una creencia 
firme en la vida del hombre 
más allá del sepulcro. De 
carácter funerario son los 
más importantes momanen- 
tos megaliticos { de megas. 
grande, y luios piedra), de 
los que hay en abundancia 
iíál>HeM£s (mesas de piedra 
formadas por una más ó me- 
nos perfectamente horizon- 
tal sobre dos verticales, de- 
jando e! espacio ó cámara 
para el cadáver y objetos 
; ( que con éste se colocaban): 

Caev» habitación. cromlék (dólmenes rodeados 

de piedras colocadas de pun- 
ta) y túmulos. Pero también los hay de otras clases, como los mexkires (pie- 
dras clavadas en el suelo verticalmente, cuyo primitivo uso es objeto de 
disputas), y kioken modingos, ó despojos de cocina (i)< 

En todos estos monumentos háUanse objetos reveladores de cierto estado 
de cultura y de una organización social complicada. Parece deducirse de la 
existencia de algunas agujas encontradas que los vestidos no eran ya senci- 
llas pieles, sino elaborados tomo los actuales: es seguro que hombres y 
mujeres se adornaban con brazaletes, piedras y collares, y alguien ha creído 



' (i) De las palabras escandinavas tiakeii, cocina, y nioiling, despojo. lEn estas mismas 
ij^nas pueden veisc las notai del señor Ángel á su muy notable Histoña Gráfica tU ¡a Civi- 
■jiciítt Eipañola, que enriquece extraordinariamente este libra, y en las cuales da sucinta, pero 
itnpleta y clara noticia délas diversas variedades de estos curi 



(Explicación de la lámina JX) (i). 

£p«ca neolítica. Arma* de piedra. - 

di hueso. — 3. Hacha de diorita puliinentiiJa, 
ce i la colección de piedras de Mr. Bishop (coleccionista norteamericano), de la que hiio una obra moi»- 
metital en varios lomos, editada con lujo y perlecciún verdaderamente eitraordiniiios.— 4. Piedra perfora- 
da y de uso desconocido. Se conocen muchas de esle tipo, y á juzgar por la clase de mineral de todas días. 
ílsuponequesonpiedrasdeafilar. -6. 7y 10. Cuchillosdeílleí. -8, 9y 12, Sienas de sílex. -11, II al 
27. Diversas puntas de flecha de lileí, halladas en Aliueria, (En este grupo estln comprendidas las fartn» 
de tlechis que se han encontr.ido en esa región). — 30. Pullal de pedernal. 

(1) Entre los Investieadorts que más kan conlrlbuldo al desarrollo dt loi ntudlos arqueológicos 
en EspaSa, flgaran los iluslres Ingenieros franceses messieurs Sirel. los caalrt hícttron, hacia el 
-'- 7, grandes excavaciones tn la provincia dr — ' "" " '" " ' " "" *" 



Cabezas, Lugarlco V'/"; Parazatlas y olros^ lagares), realizando notabilísimos deseabrlmientot j 



/I la córlenla, caballerosidad y amor á España de uno dt dichos ilustres arqueólogos, M. Leuis 
Slrel, debemos el poder ofrecer al publico espaüol la colección de objetos arqueológicos de la época neo- 
mica de Iraasición. y de ios melales comprendidos en esta lámina y siiiaienles liasta la nam. 19, la 
mavorla de los cuales fueron lomados de su admirable obra L'agedes inelauíi, en que el autor da eum- 
lo de sus descubrimientos citados. 



D,g,t7cdb/COOgIC 



^ Civilización EspaSoi* 



Época aeolltka. Anna* de piedra. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



40 



HISTORIA I>E ESPASa 



ver hasta bastones de mando construidos con cuerno de reno, aunque otros 
(Legrange entre ellos) se burlen de semejante interpretación. La cerámi- 
ca, finalmente, indica un notable adelanto artístico: aparecen las copas con 
pie, y tanto éstas corno los simples vasos están decorados con adornos li- 
neales, obtenidos al principio á fuerza de dedos y uñas, y después valién- 
dose de punzones de hueso ó de pedernal. También en esta ornamentación 
se descubren singulares analogías entre las españolas y las egipcias. 

11. — Y ocurre 
ahora preguntar: es- 
tas gentes neolíticas 
de la Península, json 
los iberos de que ha- 
blaron tanto tiempo 
después griegos y ro- 
manosf iO hubo antes 
de estos iberos oira 
población turania, ó, 
según prudentemente 
dicen otros, euskara ó 
vascona, de que son 
restos vivos los vas- 
congados, como creía 
maestro de tan respe- 
table autoridad en to- 
dos sus juicios comoel 
Puerta de la muralla ciclópea de Tarragona. inolvidable Menéndei 

Pe layo al publicar la 
primera edición de los 
Hettrodoxos? {i). ¡Ó no hubo nunca iberos, sino diversas razas que vinieron 
á Espafia y aqui tomaron en conjunto, para los extranjeros, esc nombre? 

Lo probable, casi lo seguro, es lo último, pues parecen probados los si- 
guientes hechos: i." Que hay estaciones prehistóricas en España que nos 
ofrecen ejemplares ciertos de restos de todas las épocas antiguas, empezando 
por la arqueolltica y llegando hasta la romana, lo que indica una continuidad 
no interrumpida de vida desde los tiempos primitivos en dichos parajes. 
2." Que todos los escritores clásicos, refiriéndose á tradiciones antiquísimas 
de España, indican, á su vez, que hubo en nuestra Península varías invasiones 
ó irrupciones de pueblos distintos. 3." Que es lógico suponerlo así, y que lo 
comprueba la variedad de tipos en las distintas regiones de España, harto más 
marcados que al presente, siéndolo todavía mucho, en la época que señaló 
para nuestra patria su entrada en la historia, propiamente dicha. De tales 
hechos se deduce que la primitiva población de la Península no fué homo- 
génea, sino derivada de diversos grupos, llegados aquí por distintos sitios y 
en diferentes tiempos, y que durante un largo periodo debieron de vivir, 
aislados, cada uno en su región ó comarca, hasta que su mismo desarrollo fué 
poniéndolos en contacto. 



(I) //iiUrí,, ,l( les /fttiroJoi,., nfnñoUs. Víase et discurso de Fidel Fita El Gtrumiftisr 
y til Kipami frimiliva. P»rece seguro i[ue en esa primitiva población ibera hubo Umbiín ctH- 
tas, iiue quizáü son los ctllas ¡hero¡ ó celuberos. dislintos de los ctltas giUs, que vinieron mu- 
cho desputs. Para la claridad, indispensable en iinn obra elemental, llamaremos celtas siSlo il 
los últimos. Kl nrimer Ionio de la nueva edición de la Hi'loria df los Hiier,'doxi>s (1912) es e 
sabe y se conjetura en el momento actual de 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



III 

espaNa ante-romana 



U. Edad de los metales. Fenicios j griegos. — 13. Los celtas. ~ 11. Geografía antigua de Ks- 
pa&a: fuentes. — U. < ¡alaicos, astoreí y cántabros. — lé, Autrfgones, carísiios, várdulos y 
tiscanes. — 17. Celtiberos. — U. Carpetanos, Taceos, orelanos, Fas i taños, velones, glelaa y 



12. — De ¡a edad de piedra pasó nuestra especie á la de ¡os metales^ ó sea 
á UQ tiempo en que ya se habla descubierto el modo de trabajar y utilizar el 
metal. Algunos autores suponen que hubo un periodo en que se usó exclusi- 
vamente el cobre; sin' embargo, la mayoría sólo distingue dos períodos en 
la edad de los metales: el del bronce (aleación de cobre y estaño) y el del 
hierro. Ni la edad de los metales en general ni cada uno de sus periodos en 
particular ba empezado para todos los pueblos á la misma hora; es más, aún 
hay pueblos en que no ha sonado ésta. Semejante cambio industrial, tras- 
cendente á todos los órdenes de la vida individual y colectiva, es el que de- 
termina el tránsito de la prehistoria propiamente dicha ó de las épocas pri- 
mitivas á lo que llamamos la cwiliaación. Los primeros focos poderosos de 
ésta Tueron, como es sabido, Egipto y Babilonia, donde se constituyeron Im- 
perios unos cuatro mil años antes de }. C. A la Europa occidental llegó 
aquella cultura de reflejo, importada por inmigrantes colonizadores, conquis- 
tadores ó mercaderes, Y llegó tan tarde, que los autores menos exigentes 
seiialan poco antes del año looo (antes de J.C.) como la fecha probable en que 
se dejó de enterrar en dólmenes, y abandonaron sus palañtos los habitantes 
de Suiza. Por lo que se reñere á España, según los cálculos más seguros, debió 
de ser hacia el siglo xiv cuando arribaron los fenicios y se establecieron 
en Cádiz. Poco después quizás debieron de llegar los griegos. Fenicios y 
grifos, aquéllos por Mediodía y éstos por Levante, comentaron la obra de 
civilizar á la población primitiva, es decir, de hacerla pasar del período neo- 
Utico á la edad de los metales; pero semejante obra fué lentísima, y sólo in- 
tensa y eficaz en las comarcas costeras, adonde se asentaron tales gentes ex- 
trañas y cultas. De aquí una división regional muy marcada en nuestra Pe- 
niasula, que es menester tener en cuenta para comprender nuestra historia 
antigua. 

Todo lo que hoy es Andalucía, Murcia, Valencia y Cataluña constituyó 
una región cuyos habitantes, educados por fenicios y griegos desde tiempos 
remotos, merecieron título de civilizados, y así vivieron siglos, mientras que 



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Historia (íráfica dk la Ciencia Eepaí'ola 



Anna* prcbtot^caí de la ípoca del bronce. 



,,CoogIc 



HISTORIA DE ESrAÍA 43 

los habitantes del interior y de las costas del Océano y del Cantábrico se - 
guian en plena edad de piedra. Pero no todos en el mismo grado ni por el 
mismo tiempo: los más próximos á la región culta sentían, naturalmente, su 
benéfica influencia, y también en cierta medida los de todo el litoral, por ser 
navegantes los pueblos civilizadores y rodear con sus flotas á la Península en- 
tera. Finalmente, los habitantes de las riberas de los grandes rfosy en general 
los de las llanuras fueron recibiendo el influjo civilizador antes que los 
apartados de las corrientes de agua y los moradores de las montaflas. *Lo5 
> colonizadores que en las costas establecieron pequeños focos de su civiliza- 
>ción, hubieron de difundirla entre las tribus iberas más próximas (ha escrito 

■ uno de nuestros más ilustres arqueólogos), que de cierto hallaron en su edad 
meolitica, segunda infancia de la Humanidad, de la cual por virtud de tan sa- 

■ ludable influjo pasaron á su adolescencia, ó sea la edad del metal, no todos 

• i un tiempo ni en breve término, sino aislada, sincrónica, trabajosa y paula- 

• ttnamente; y mientras en unas comarcas vivían prósperos y adelantados co- 
'lonizadores y colonizados, muy cerca, al otro lado de un río ó de una cordi- 
>llera, vivían tribus indígenas en plena edad neolítica» (i). 

13. — Muchos siglos llevaban fenicios y griegos de convivir con los indí- 
genas en la región meridional y levantina, la cual por este tiempo debía de 
estar ya muy civilizada por el influjo de aquellos cultos extranjeros, cuando 
en el resto de la Península ocurrió un suceso de la mayor transcendencia: 
tal fué la iava^ón de los celtas. Segiin unos, en el siglo iv ó comienzos del v; 
según otros, á fines del vi. Al decir de algunos de una sola vez, y al de otros 
en varias invasiones sucesivas, es lo cierto que los celtas, kombres de alta esta- 
tura, éloMcos ji ndios, de origen indogermánico, habitadores durante más de 
mil aflos del valle del Danubio, de donde los arrojaron ios escitas, y que ya 
se hallaban en la edad de kierro, es decir, en la última fase de su desarrollo 
histórico, se presentaron en España seguramente después de haber atrave- 
sado y dejado en Francia importantes núcleos de su población (2). 

([) Mélídm, Discutso citado. 

(1) Asilo piensa Guillermo de iliimboll,y es lo racional, Masdeu y Fldreí creyeron que 
loicdUs de España toa mis antiguos que los de In Calla; pero jcfimo pasaron entonces i 
nneitra Península, ya coa forma de tal en esta épocaf Esto no se opone i que hubiera grandes 
dileicDdaí entre los celtas de la Galla (galos) y los de HspaRa. El mismo Hnmbolt intUca que 
los antiguos Hamaban ctllici i los galos, y cillas á los espaíioles. La invasión celta debió de 
ser semejante á la de los bárbaios del Norte diei siglos despuís: unas tribus se empujarían á 
Ia> otras, y las qne encontraran el teiritorío sólidamente ocupado por las precedentes ó por 
tribus indígenas, pasarían adelante. 

IE>flU;uw„ di la Idmíma X.) 

AnDaiprtiriatMcaidelaépocadcIbroBCC. - I. Cellóhicha plana de robre. La palabra celt 
proiioie de cttiis, que significa cincel Ó forniAn, y funan los romanos los que dieran ese nombre á esta 
armi. Se ignora cómo estaba enastada, y hay quien cree que la usaban como las hachas de pielra, agarrin' 
dolí con la mano por el eitremo superior i mantra de puílal, y que era á la vei arma y herramiinla 6 lilll 
deinluio, — 2y 3. Alabardas de bronce.- 4. Celt de cobre. — 5. Sección vertical de la alabarda núm.2. — 
Ail l4,Wy 21. t>unlii de flecha ife cobre y bronce. Como hicimos can las de sílex, damos en esta colec- 
ción tDdw los tipos de flechas melilicas de esta época. ^15 al 19. Para el estudio de las formas comparadas 
dH lucha presentamos leunidas estas cinco siluetas. [>espués del hacha de diorita pulimenladi (V. lámi- 
na IX), perteneciente i la ípoca neolítica, viene el celt 6 hacha plana de cobre (niím. 15), de la época de Iran- 
tíciAn.(Enel núm. I se ve esla misma hacha 1 poco más de la mitad del larnodel original). Áhla sigue el 
número ló, también de cobre y plana, pero más ancha y con el corle ligeramente alatr^ado. La núm. IS, tam- 
bién de cobre y plana, tiene el corle extremadamente más ancho. Esta, cnma las dos que la siguen, no perte- 
necen ya á la época de iransiciAn, sino á b del metal. La núm, 19 tiene ligeros rebordes laterales en el corle; 
rUndni. 17.planatambien.es ya de broice. de silueta más gallarda y con el corte más ancho y circular. 



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44 HISTOniA DE ESPAPlA 

Cómo se efectuó esta invasión céltica, si hubo ó no luchas entre los cel- 
tas y los más antiguos pobladores y qué comarcas habitaron aquéllos y en 
cuáles quedaron éstos por señores, son puntos que la oscuridad de los tiem- 
pos antiguos cubre por completo. Lo inconcuso es que á la región culta (An- 
dalucía, Murcia, Valencia y Cataluña) no llegaron los celtas, y por eso los 
historiadores dicen unánimemente que en tales comarcas se conservó siempre 
pura la sangre ibérica. Sin duda la civilización de que hacía siglos disfruta- 
ban sus habitantes merced al inñujo de fenicios y griegos había dado á las 
tribus meridionales y levantinas una organización superior, y por ende más 
adecuada para la resistencia. En cambio, en el interior, Norte y Oeste los 
celtas, ó dominaron i la población primitiva, ó se fundieron con ella. Es lu- 
gar común en nuestras Historias que el Occidente y el Septentrión fueron de 
allí en adelante celtas, y que en el centro se formó una raza mixta: la de los 
celtiberos; cuento que á pesar de haber sido tan repetido no tiene, sin em- 
bargo, fundamento sólido. 

14. — Con el establecimiento de los celtas se completa el cuadro de la 
población de nuestra Península tal y como habían de hallarla primero los 
conquistadores cartagineses y después los romanos. Conviene, pues, hacer 
aquí un breve alto y dar un resumen de antigua geograüa española tal y 
como la expusieron geógrafos é historiadores clásicos, sin cuyo conocimiento, 
siquiera sea muy ligero, es imposible formarse idea, tanto de los hechos ante- 
riores como de los posteriores á la dominación romana. 

Strabon ó Estrabón, geógrafo del tiempo de Tiberio, es quien en su obra 
Riruní Geographicarum nos suministra (i) las más antiguas noticias circuns- 
tanciadas de nuestra Península. A esta descripción, tan interesante para 
nosotros, está dedicado todo el libro III de su obra. Hacia el año 43 de nues- 
tra era escribió Pomponio Mela su Comiographía (2}, y en ella describe gran 
parte de las costas de España. Plinío el Mayor en su Historia Natural, Cayo 
Silio en las Guerras pánicas, Tolomeo, Rufo Festo Avieno, que, aunque flore- 
ciera en la época de Teodosio tuvo el capricho de dar á los lugares que citó 

(1) Hay (radocciñn española de D.Jii.in I.ópez. 

12) Traducción castellsna por D. Ltiis Tribaldos de Toledo. Madiid, 1Ó41. Otra de Gon- 
zález de Salas (D. Josepe AnloniaX 



(StfJi.Miíti ,1.- 1,1 lamimí AV.) 

AmiM de la ipoo del bronce. - I. Espada famosa, con ta empuñadura de bronce y I1 hoja dr 
hierro, pirticularidiid que la hace única. Kué encontrada en (ialicia pnt el Ilustre arqueóloeo Villamil 
y Caslrn. Rcalnirnie no i'S una espada, sino un fiuflal, y debe de ser celta. De este tipo se conocen varii^ 
espadas y puñales, con pequeñas variantes, en el norte de Europa. (Henirod publica en su historia del 
tr.iie dos que atribuye 1 los germinos, y ntra que supone de los galos; pero las Ires son lomplctamenie de 

ícmejanza en tas hojas con las que se conocen de lus galos y celias. La niim. 1, de Upo completamente dis. 
tinlii. tenia el puJlo de madera y conserva los tachones qoe lo sujetaban. Es de notar que todas las espadas 
i)ue en Almería encontrarrin los hermanos Siret son de esta misma forma. El contraste enire la industria de 
los pueblos de Levante y los del Norte y Oeste de la 1>entnsuia es evidente, y en esta misma Ilmina tenemos 
otro ejem|>lo en las luchas.— O, 6, 9. 10 y 11. Hachas de bronce. Las números 6 y 8 pertenecen á la colección 
<lel ilustrado arquedloeo D. Kedrcico MaciAeira, que las encontró en distintos castros de Oalicia. Tienen 
nervios de refucr^ii y una ó dos anillas laterales. La niim. 10 es de las llamadas de talón, jiot la cabeía que 
lienr en la parte superior, taltal la vista. La diferencia entre estas hachas y la nüm. II, de tipo cfll. Todas 
l.i- halladas en Almería son de este tipo, y no se encontró ni una siquiera de las otras,— 7, 12 y U. PitAalei 
de cobre y bronce en sus Ires formas más características, -9. Con este número aparecen cuatro puntas de 
flech.l en hrnncc v de forma Ciiracteristici, que lis dlitingue de cuanta* se han hallado en España. -13. Molde 
de hacha en lierra cocida. Todos los objetas marcados con * ]<i-rlcnecen al Mueco Arqucolúgico Nacional 



D,g,t7cdb/COOgIC 



Historia ijráfica de i.\ Civilizaciún Esi'Aíola 



Armu de la época del bronce. 



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40 HISTORIA DB ESPA.^A 

en sus libros Ora manima y Déscriptio orbisterra sus nombres más anti^^os, 
y el desconocido autor del Itinerario de AniomHO Pió (l) completan las noti- 
cias de Strabon y de Mola, constituyendo con éstas las fuentes de nuestra 
Geografía antigua. 

15. — Empecemos por el Norte nuestra somera descripción. Tres regio- 
nes distinguieron los romanos en 
la larga franja de terreno monta- 
ñoso que corre paralela al Can- 
tábrico, y que torciendo hacia el 
Sur en el cabo Ortegal [ProtnoH- 
torium Celticum, según Tomponio 
Mela) baja hasta el Duero. Esta 
región, que tanto contrasta por 
I sus producciones y por el asi>ec- 

' to del paisaje con el resto de 
España, toda ella cubierta de di- 
latados y frondosos bosques, es- 
taba ocupada por tres grandes pue- 
blos: galaicos, astures y cántabros. 
I-os primeros, en cuanto es hoy 
Galicia y las provincias portugue- 
Torques de OTO hallados en U>lici> por elUustrc sas de Tras- os- montes y Entre 
irqueúlogo Villamil y Cwtro. Duero y Miño; los astures, en la 

,...,. ,, mayor parte de Asturias y en la 

bros, al oriente de Asturias y en 
Santander. <Es una la manera de vivir (escribió Strabon) de galaicos, astures 
y cántabros basta los vascones y el Pirineo. En efecto; ó toda la r^ión estaba 
poblada exclusivamente por celtas, ó como parece más probable, el elemento 
céltico habla predominado sobre la población primitiva. Al extremo meri- 
dional, ó sea en la costa que va entre Uuero y Miño, había, desde una época 
muy antigua colonización griega. Mela señala en esta playa á los gramos, 

(1) Por haberse atribuido i este Emperador: probablemenie ea obra del siglo iv. 



\Exp¡icaíiéH di ¡a lámina X/J.) 

Certnica preMatArlca. ■ l. Es» vasija, uno de los ejemplares mts cariosos hilUdoi por los hn- 
■ninos Slrel durante sus excavaciones en la provincia de Alnterfi, eslalii colocada en t\ fondo de una cama. 
en el lugar llamado Cueva de los Toyos, sobre un saliente de la roca que (oruiaba una especie de banqueta, 
y rodeada pot algunas piedras colocadas delante de ella. Parecescrdeardlla, ysu color es gris amaríllcDlo. 
Ciertas paites de la superficie son negras. Está provista de tres asasanchas, aplanadas y ornamentadas. Tres 
franjas de nmainentación hechas con Incisiones rodean su panza. Otra mis estredia rodea el nacimicnio 
del cuello. Pertenece i la época neolítica recicnle. y la reproducimos i la octava parte de su tamalio. — 
2. Vaso del Upo chocolatera, — 3. Pie de una copa. — 4, 5. 6, 7, B y 9, Fragmentas de loia omanienlados con 
grabados 6 incisiones de líneas y puntos. La tierra está bien cocida, y su cíJor varia del rojo al negro. 
Uno de los fragmentos conserva la impresión de únatela Grosera; otros, partículas de cobre, como si hubieran 



servido para fundir este me 


1. Fueron encontrado 


en La Qerundia.- IL', 19, 20 y 21. Vaiillí de barro rojo 


m*s ó menos negro. En la n 


um. 10 la superficie ha 


sido cuidadosamente alisada, par tocuat parece el barro 


más fino. Es notable en esta 




o parecido con la Uttera de hoy. - 16 y 18. Dos urtiis 


sumamente bkn hedías. Su 


asta contiene multitu 


de fragmet.tos de es^uiu, cuaria, etc. La mitad inlema 


de su espesor es roja; la enl 


rna, ncRta, excepto la 




Tienen cuatro asas en forma 


de pezón. Reducción 


un octavo de su tamafio, y proceden de Tres Cabeíai.— 








fabricado este ejemplar se e 


cuf ntra ewrito en su 




gares para hacer el hueco. F 


ué cocida al fuego de 


rasas, que dejaron señales en la superliele. 



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HiSTORU Gráfica de la Civiuzación 



C«ráwka prcUatórIca. 



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HtSTÜRIil GKÁV'ICA de la CtVILIZAClÚS EüPAÑC 



CcráHlcm prckllléilcl. 



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HISTORIA DE ESPAÑA 



49 



pueblo que, según Plinio, descendía de los helenos, y cuyo origen remontó 
poéticamente Silio Itálico á los tiempos de la guerra de Troya. Ciertos nom- 
bres de localidades, noticias y rastros de mitología helénica y algunos monu- 
mentos arqueológicos atestiguan la presencia del pueblo más culto de la an- 
tigüedad en aquella región. El romántico regionalismo gallego ve señales 
de tan ilustre progenie hasta en los correctos perfiles de las hermosas hijas 
de la tierra: 

Yo \t3 he listo, con sos grandes ojos, 
con sus pañuelos rojos, 
que se anudan atrás A la cintura, 
mirarido t¡ mar, absortas en nn saeño, 
y hallé que en su diseño 
es la Venus de Milo menos puta. 

{Y quién sabe si en épocas temotis, 
coando loa griegas Sotas 
TÍnieron i abordar á estos lugares, 
el modelo que fué de Praxileles 
DO hajú de sDs clDceles 
y alzó aquí sus domésticos altaiesí (l). 

Sin embargo, parece indudable que la influencia helénica tuvo reducidí- 
simo campo de acción, ó que no se dejó sentir hasta época muy moderna. 
Strabon, escribiendo más de siglo y medio después de haber sido reducidos 
los galaicos á la dominación romana, excúsase de entrar en pormenores des- 
criptivos de Galicia, por la dificultad de escribir, pronunciar y retener los 
nombres locales: tan bárbaros y disonontes eran para griegos y romanos los 
vocablos que alli se usaban. Strabon supone también á los galaicos ateos, 
cuando no debían de ser sino pantelstas, adoradores de la Naturaleza, cuyo 
culto, en parte por natural evolución (2), en parte por la influencia de los 
pueblos extraños, se trasformó en un copioso politeísmo; son ya más dé cin- 
cuenta tos nombres de divinidades galaicas revelados por las inscripciones: 
Vagodonoaego, Neton y su mujer Neta, Eudcvolico, Vérora, Tullonio, Togo- 



,_. _ , tntre nuestras celtas e! culto de ta dios» 

FoDtaoa (Hiíteria dt les Htttredoxtt Eipañolct). 

[ExfilitaciSn de la lamina XIIJ.) 

Ccrinka itrebtetórlca. - 1. Este vaso de forma extraSa (urna) (lene tres series de aus, de las que 
sdlo K pnedoi ver dos en etdibujo,nnld*sentteslporun nervio continuo. En sentido trasversal tiene unos 
cardones salientes que ondulan de an modo Irregular, y sobre los cuales se ha trazado un ornamenta primiti- 
vo. Hacia la base se advierte una endidura que (ué remendada, sin duda, por medio de correhuelas, pasando 
por Vx agujeros hechos en el espesor dd barro. La extremidad inferior ha sido rífonada por un rodete elr- 
calar y otros dlametralca (V. el nóni. 2). La boca esti incompleta, pero debe de fallarle poco. Su pasta es to- 
¡Iza al eiterior y negra por dentro; está llena de pied recillas de mica y muy mil preparada, pero bien cocida. 
Procede de Páramelos (Almería), y hié hallado entre las ruinas del pcblado primitivo. Su tamaño es prúii- 
Bummie de M centímetros de alto. Por su falta de base y por la Índole de las asas parece haber sido hecho 
piti estar colgado. —2. Base, i mejor dicho, eitiemo inferior visto en proyección geométrica, del vaso que 
antecede.— 3. Vasija de barro grosero y pedregoso, de color negro parduzcoen el espesor y rojo en la super- 
ficie. Como el lector verá, no es íste el único cacharro prehistórico que tiene eiliaordinarla semejanza con 
kB de épocas posteriores, inclusa lamodema.— 1,5yT. Urnas cinerarias. Proceden deParazuelos — 3. Vaso 
grosero de pcqneAo tamaño y de uso desconocido.— Q, 10 y 11. Variantes de la forma de chocolatera con [a 
baiecoaveía como las modernas de barro. — 12, 13, 14 y 13. Pequeñas tazas deformas verdaderamente gra- 
ciolas y originales, — 15. Urna de barro, — lA, IT y 19. Vasos muy sem^anles i los actuales pucheros,— 
20. Urna cineraria. 



Salcedo, Historia de espaíIa 



,,CoogIc 



50 HISTORIA DE ESPAÑA 

lis, Suttunio, Poemaoa, etc. La evoluciÓQ no debió de consumarse hasta la 
época romana, como indica el hecho de estar en latfn las inscripcioDes reve- 
ladoras. Dedicábanse los galaicos í la pesca y á la navegación en barcas 
cubiertas de pieles, como las de los piratas sajones. 

Los escritores antiguos de los astures ponderan el valor en la guerra y 
su industria minera. Siliu Itálico escribió que el ejército de Aníbal üFrecla tan 
imponente aspecto, que kuéUra sido capaz de asustar d los misftios astures. Se 
pintaban éstos la cara con bermellón, dejábanse crecer el cabello y la barba, 
vestían de pieles de fieras, comían lo que cazaban y los frutos silvestres, be- 
bían sidra, labraban la tierra con la laya. £1 desarrollo de la minería debió de 
ser posterior á la conquista romana. Plinio cuenta que el beneficio del oro, 
la plata y demás metales llegaba á veinte mil libras al año. Lucano caracterizó 
al astur por su profesión de minero {astur scrutator palUdus axri). El mismo 
Plinio menciona el lino de Zoela, que hacía mucho tiempo se exportaba 
á Italia para vendajes {l). De lino hacían también los astures sus trajes; para 
concordar la noticia de estos finos vestidos con la otra de las pieles de fie- 
ras, algunos historiadores modernos suponen que los varones guerreros 
usaban esta última, dejando el lino para las mujeres y los niños. Indudable- 
mente, cada noticia se refiere á una época distinta; antes y después de haber 
sido domados aquellos pueblos por las legiones de Augusto, sometidos por 
el hierro civilizador de los romanos á una vida civil, industriosa y culta. 

La costa de Cantabria corría desde la desembocadura del Nalón hasta 
la ría de Bilbao. Y la tierra cántabra se internaba por el Mediodía hasta 
Haro y Aguilar de Campoó. De los cántabros cuentan los clásicos detalles 
muy salientes: su valor en la guerra quedó acreditadísimo en el Imperio ro- 
mano con la terrible que por su independencia sostuvieron contra las legio- 
nes de Augusto, en la cual tuvieron múltiples rasgos de ferocidad extrema; 
ferocísimos debían de ser, cuando ellos mismos despeinaban á sus ancianos ya 
int^paces de pelear, y nada pulcros en sus aficiones, cuando bebían sangre 
de caballo mezclada con leche (2) y se lavaban la cara con orines (3). Pero lo 
más curioso es la institución de la covvada: al nacer un niño el padre se me- 
tía en la cama para abrigar á la matura, y alli recibía tas felicitaciones de 
parientes y amigos, y aun los cuidados de la esposa, como si el que había pa- 

que Zocla era ciudad délos asiiires trasmontanos; pero como 
de Galicia, ha dado motivo i. largas dispuras enire los coRienli- 



y geógrafos: la opinión común y mds aalorizada » que ersegundo texto es equivocación 
I copistas, y que la Zoela de Plinio es Aviles. 

(i) Lo dice Horacio, refiriéndose, sin embargo, á una sola de las tribus cantibricas, los 
. que Slrabon llama conianos. 

t3) Lo cuenta Catulo. 

\ExfUtaHin dt ¡a hiimiia XIV.) 

CcráBica prcbtotórica. ■ 1. Copa «1 lormí de cáliz. Es de tierra roja oscura y negra por clccnUa. 
con la supcríicie alisada ó pulimentada. Estos vasos, que casi nunca faltan en las sepultaras de esta ípaca. 
median aproiimadamrnlt unos 20 eenlimelros de alto, y algunos teman un anillo pbno de cobre en el cne- 
Iki, — 2. Bocadeun vaso. — 3. Oran taza con pie de tierra roja ordinaria.-4 y 6. Crisoles de llerra codda 
para fundir tos metales. Conservan adheridas partículas de bronce, y proceden de El Azgar. — í. Vaso muy 
grueso de tierra nesra. RnayUsii.— T. Asa de vasija,— S. Q. 16 y 17. Urnas de diferentes tamifl os, pcrodelor- 
inaanáloRa,-H. Vasija eslír lea con orejas perforadas.-lS. Cuenco. 19 y 24. Urnas de barro ordinario lo- 
jiio, pero bien alisadas y con pezones en el borde. - 20 y 23. Vasos hallados en una casa de Lugarico Viejo 
(Almería). Son de barro, rojo amarillenta el primero y ne^ro el segundo. Eslán ornamentados á punzón con 
lin reproducidos á un octavo de so tamaña.— Zl y 15. Urna d- 
ecoTiítruJdas, y recuerdan los vasos griegos arcaicos en so forma 



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rilSTORIA GRXnCit !>■ LA ClVtLIZACIÓK ESPAÑOLA 



Ccránica ptth\ttMct. 



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52 HISTORIA DE ESPASA 

rido fuera él. Los positivistas modernos ven en esta singular costumbre, co- 
mún á muchos pueblos antiguos, un reconocimiento simbólico de Ja paterni- 
dad, que indica en la evolución humana el tránsito del matriarcado al patriar- 
cado; es decir, de la época en que sólo ^ reconocía la filiación femenina á la 
que reconoce la paternidad como raíz del parentesco. 

{ExpIUaciiH di la ¡amina XV) (l). 

Época neolítica. Objeto* de adorno de loa prhnltlvaa cipaflolca. - I, 1, 3 y 9. Condiai y 

caracoles perforados para enhrbrar tn los collares.— T, Ompo de cuentas de collar de seipenlina, picdia 
blanca y Irasparenle. — 4, 5, «, 15, 46. 17 y 57. Omamenlos de marfil, colmillos y dienles di jabalí, dcrlos 
quependian, cómase ve tn el niiin. 5, anillos de cobre. — 23 al 29. Cacnlas de hueso.- 14. Muestra del si^ 
tema de dlvisíún en róndelas de los tubos de hueso por cortes de siena. — 27, Vértebra de pescado. - 
47 i 58. Perlas de piedra.- II. Posición teórica del perforador en d tubo.— 10, Vírfebra de pescado— 31 i 
3?. Perlas de piedra— 38. Perforación casi dlfndrici, -39. Petíoraciún bic6nica,-31. Perforación sin ter- 
minar, — 18, 19 y 20. Diferentes tipos de cuentas de collar. — 43. Picos de pijaios.— 22. Objeto en forma de 
cTji de esquita blanda. Ignoramos si a simplemente un adorno, un colgante, un amuleto ó un ídolo. 
21. Coentas en estealila mostrando diferentes casos de perforación. — 42, Biauüdes hechos con conchas de 
venera, en que la parte central ha sido limada. - 62 yó3. Piedras y caracoles de varias formas y tamaños. 

(1) EL TRAJE, LAS ARMAS Y LAS COSTUMBRES EN LOS TIEMPOS PRIMITIVOS.— 

La variedad de trajes que hubieron de usar los habitantes de Espaüa enta época prehistdrica, cualquiera qoe 

dé vida tn las diversas regiones de la Península y la diversidad de raías que la poblaban. A mis de esto, el 
distiniD grada de civiliíación que cada ano de estos pueblos alcanió — pues mientras hacia el interioi se ea- 
contraban en plena barbarie de la época neolitica, en las costas estaban ya en la civiliíaciún délos metala — 
tuvo forzosaoienle que manifestarse en sus costumbres y manera de vestirse. Esto es reflrlénitonoseiclnii- 
vamente á las razas primitlvaí, de cuyo origen nada se sabe, i incluyendo entre elbs 1 los llamados celtas. 
éstas, las colonias fenicias y griegas que aquí se establecieron en la misma época pretiisló- 
.,¡Qj civiliíación á esa variedad. Variedad que fueron fomentando los diver- 



u, que adornaban con una fimbria purpurea, y en una laceria ú clímlde de 1 

Todos I evaban el pelo largo, que ataban con Ínfulas, y cuando se trataba 
para que no les estorbara. 

Respecto 1 armas, las tenían ofensivas y defensivas. De las primeras eran U Unza, la espada, la 
tamba ó pitñat y el aclíde ó clava. Valíanse tambiín de dardos, que según su estructura y la materia de qne 
estaban hechos tom iban el nombre de Jalariat, solijirras. somnlonts.sparoi, sada.gttot j Irágalat. 

La falaria era larga j tenía metido en la punía un hierro de tres pies. Envolvíanla algunas veces en 
pez y eslopa, y después dr encenderla arro.lbanla de las torres y lugares altos, de donde le provino el 
llamarse asi, por darse entonces á las torres el nombre da Phalas. 

La soliietia se diferenciaba de la anleiior en que era toda de hierro. 

La espada tenia filo por ambas partes, y su hoja era muy tuerte. La habla de diferentes clases. 
La ramba ó puhal era un cuchillo largo y puntiagudo como }mtsloqacs di armas. 
Las armas defensivas eran la mlfra, especie de casco que tenia una visera llamada tácala, y que se 
sujetaba con correas por debajo de la barba. Adornábanla con cimeras d crestas de plumas y crines de caballos. 
T.—.... — .._., ,. __.. ierfas gáleas cubiertas de pieles defieras. Defendían el cuerpo con 



ispudilos que aquí han venido, y que aun hoy persiste i pesar de la influencia untñcadora quec 
do, como en otr^lS mudios, e|erce la civiliíación actual. 

Parece que los que habitaban el Norte y las costas del Océano Cantábrico usaban sayos ó válleos nebros: 
ubrian las piernas con ciertos bolines denominados ocrtat, cuyo material era un tejido de cerda. Los que 
el Mediodía iban vestidos mis ligeramente. Consistía su traje comünmenteennna túnica de /afo 



pespuntes de lino. 


áüY^lS 


CLeroOu 


o Itálico) 






BdiVH. 


i^í que se daba e 




deceíro 


Estos esc 


udos eran 


tandes. y se apoyaban en ellos para d 






iban al 




teramenl desnudos 




sa.ypor 




enablo 








a. Algunos se cubrían con pieles de 




manera de zalea, q 


ue llama 


han slslon 


lí. Otros 




igero sayo. Su arma principal eia la h 
a alrededordelacintura, y fá tercera en 


nda yU 


usaron de tres das 


s. Una 1 


llevaban 








Estaban hechas d 






ñas. pelo 






crocolon. y eran p 


raUnz 


r'lá. Bied 




herir de 


cerca, se llamaban 


br.,chkolon. Las 


mediáis"''" ^^''''"" 


para las d 


stancias regulares. Los tiros, piedras ó glandes 


de plomo los llev.i 






olgado al 


cuello. El p 




hibíendo 


algunas que pes:ib 


ñ hasu 












En campaña 


usaban 


1 odre d"e 


piel de c 


mero, que 


inflaban Diia vadear sobre él los ríos 


Este en 


Tales son U 


el mism 


objeto empleaban 1 




s notici 


s que los 


historiad 


res clásico 




Strabon. 


Appiano. etc., nos 
















no piicd 


despreci 






ue ilustre ana época Un oscura de núes 


trahUto- 


ría, pero es preciso 


conven 




n pocas y 


de escaso v 


alor las que los historiadores antiguos 


tn dui.T 


















que dan 




y ntios objetos, ó son de origen griego 


ófranca- 


mente latims, fld 


más,l.s 


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cída una 


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0, en el 


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emás que se mencionan en el siglo I de 


a misma. 



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HrSTOKrA ÜRllflCA DB LA ClVILIZACtÓH ESPaSOLA 






Época DcoliHcB. Objeto* de adorno de loi prlmltlTOS «ipalloles. 



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Historia Gráfica db la Civilización Espigóla 




Época neolftlca rcdcnlc. Úlllcí domésticos para labores rcnealnai. 



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DE ESPAÍiA 



16. — At oriente de los cántabros, en una faja de terreno, cuya puma 
meridional puede señalarse en Briviesca y la septentrional en Bilbao, vivían 
los autrigones; más á Levante, los caristos, y en lo que hoy es provincia de 
Guipúzcoa, los vdrdutos, que, si no mienten las interpretaciones de antiguos 

fpoci. Pntnccm, pun. todmfstos bi^totiadores i \» época en que Espafla sufrió mayor trasfamiación. En 
Mtebmpo, ya la ¡nnuendade iMtmicioi y de Icugrieiñis le hiblí hiiiiD sentir mucho en lodo elUtoial de 
la Península por su permanencia secular en el país, y solre esto habla venido la ocupación de los cart>EÍ- 
IMMS. y después la de los romanos. 

No es posible, pues, conceder i estas noticias mis que un valor relativo, y esto solamente en cuanto 
se refiere i la época en que EspaÜa entra en la Historia. 

Cierto que los pueblos en la barbatle cambian muy poco y con gran lentitud, y que, por consiguien- 
te, el espafiol conservarla su Bsonomla propia en tiempos de Diodoio SIculo (siglo i a. de C.) cu muchas 
reiioaes de la Península; pero en las costas no, especialmente en las de Levante y Mediodía. Cuanto á esto 
se refioe Iq mconlrarli el lector perfectamente explicado por el culUsImo autor de esta HISTORIA DE Es- 
— '■■ O. Ángel S,-'~- " — ■ ■-" '- ' '-- :'— — ■ -■- -i --..—■< .- - 



que grMcainmte se puede dar nollda, y remitir, por lo tanto, al lector los grabados de las esculturas y 

los objetos que de época tan remota pudimos hallar, cuyo examen '- '-' " -' - -"- 

dones pudiétimos 



Dbjeios que de época tan remota pudimos lialbr, cuyo examen Ic informarl mis que cuantas expllca- 



.._.., ., mlaláralnaXX, lo que creémosnos agñideceiin 

aquellos de auestioslectoresl quienes les sean desconocidos, per tratarse de los únicos trajes que de la época 
prehistórica llegaron hasta nosotros. 

En AlbuRol (prorincia de Granada), en un paraje llamado Barranco de las Angosturas, existe una 
cueva natural, conocida por los hijos del país con el nombre de la Cueva de lot Mareiílagai. Esta cueva 
había sido un cementerio allí en la época remota de la piedra. Unos obreros hicieron en mal hora este des- 
cubrimiento sobre el aflo treinta y tintr» del siglo pasado. 

Uno de los primeros cadlveres que encontraron tenia en la cabeu una diadema de oru (núm. I de 
la plana), y, según se supo después, el oro de esta diadema era de 2* quilate», tenia de peso 25 adarmes y as- 
cendía su valor, seedn la moneda de entonces, 1 60 escudos. Este hallazgo excitó la codlda, no sabemos si 

todo, y arrojando por el harranco los esqueletos para desembarazar el local y poder con rals desahogo rea- 
lizar su hazaña. La codicia y la estupidez de unos cuantos desdichados borró aquel día una de las páginas 

mitlvos y de su dviliíación, que serla seguramente superior á la de los bárbaros que tan brutalmente pro- 

Por lo» escasos restos que se salvaron y por las noticias que bastante» años después del lamentable su- 
ceso pudo adquirir el benemérito catedrático de la Universidad de Orinada D, Manuel Oóugora, sabemos que 
«1 el lugar B del plano que damos de la cueva (V. lámina XIX) se enconb^ron tres cadáveres, el del centro 
con la cabeza entre dos peflas. Este era el déla diadema, y vestia una corta túnica de tela Hnisima deespsrto 
1 minera de cota de malta, y lo mismo todos los demás, aunque de tejido más tosco. Todos tenían gorros (Z) 
y raizado de la misma materia, primorosamente labrados. 

A su lado tenia cada uno una bolsa, todas también de esparto (fizuras S, ó y T), aunque de distinto 

rios cestiIlo« (fia, 4) con mtchontí de cabello» i floret ú gran cantidad dt atlormlderat y coneñaa anl- 
ralwat. En el sitio del plano marcado con una Cse encontraron otros tres cadáveres, y en el recinto Z> se ha- 
llaron doce colocados en semicírculo alrededor de un cadáver de mujer admirablemente conservado, vestido 
con túnica de piel abierta por el costado liqulerdo y sujeta por medio de correas enlazadas. Tenia al cuello 
un collar de esparto (lig. 21), de cuyos anillas pendían caracoles (flg. 19) y del del centro un colmillo de 
iaball (lig. 18). Se supone que tenia larciitos de piedra negra pendiente» de algo que no se encontró. Junto 
á los esqueletos había, á más de los objetos mendonados. cuchillos de esquisto, instrumentos y hachas de 
piedra, cuchillos y flechas con puntas de pedernal pegadas á toscos palos con betún fortisimo, armas hechas 
it guijarros, y cucharas de madera labradas á piedra y fuego. 

En diferentes partesdelacueva,espedaimente en el punto C del plano, seencontraron hasta 50 cadá- 
leiís mis, todos con iguales trajes que lo» ya descrilos. También se hallaron fragmentos de cerámica 
(Rgura IT| y otros objetos. 

Tal era, por loque pudo averiguarse, a^uel tesoro histórico -arqueológico que un fenómeno de la 
utBrakzi hizo llegar basta nosotros, y que la ignorancia y la codicia arrebataron i la ciencia. 

iEjífÜcación éí la Límina Xl^í.) 

£pacaaeoUilMreeleBt«.ÚHlMdométtlcM paraUborc* Icmeulaat. ' i,6, 13, 15. IQ, 2\ 

24 y M. Aguias de hueso.-g, 10, II, 14, 15, M, 26, 27, 28, 29. 30, Jl, 32 y 33. Todos estos son puntas y 
pnBiones de hueso. — 2, 3 y *. Agujas de cobre. — 5. Punzón. La parle metálica no se pudo encontrar. 
Sólo le hallaron pedazos del mango, con los cuales se pudo reconstituir la forma.- T. Punzón con maiiRO 
de madera. 9. Punzón con mango de madera, rodeado de una iimina de plata. (Procede de Oatas.)— 
12. Cínctl en cobre. - 16. PnnU de flecha de cobre. — 17, Ctchillo-puflal, Tiene la huella del puño, y con- 

bído, acompaflabaná los cadáveres con comida y otros objetos. Procede del Azgar.-34 A 3B, Objetos de 
bronce cuyo uso ignoramos, aunque los creamos propios para labores femeninas. Á juzgar por su lorma, Ó 
son de época muy posterior á los demás útiles de esta lámina, ó proceden de importación. Lo más prnhable 
e« que pertenezcan al arte púnico y que procedan de Ibiza ó de Cartazo. (Véase más adelante). 



,,CoogIc 



Historia Grípica db l* C:v:uzaciün Española 




Jojrai de li époc* oeolltica reciente y del 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAÑA 57 

textos que parecen más seguras, internábanse en Navarra, puesto que en 
Kstella partían limites con los vascones. Éstos habitaban el resto de Navarra, 
confinando en lafalla con los várdulos; suyo era también el alto Aragón, 
exceptuando la comarca de Jaca, donde estaban los jacetanos, y por el Sur 
se dilataban hasta el Moncayo. 

Varios problemas de solución difícil nos ofrece la ñliación de estos pue- 
blos y su correspondencia con la población actual. ^Descienden únicamente 
de los antiguos vascones, ó también de autrlgones, caristos y várdulos? ¿A 
qoé raza pertenecían estos tres últimosP jEran cántabros, ó del mismo origen 
que ellos^ ¿Eran vascones? jY los vascones? Suponen algunos que el elemento 
vasco es resto de la pura y primitiva sangre ibera, lo que implica otra supo- 
sición: la de que efectivamente hubo una raza ibera, pura y primitiva. Otros 
ven en los vascos el resto de una población turania anterior á la ibérica. 

17. — Los historiadores y geógrafos antiguos emplearon tan variamente 
los nombres de ctUiberos y Cdtibtria, que la lectura de sus textos engendra 
verdadera confusión. Llamando celtiberos á los habitantes de doble origen, 
ibero y celta, como expresamente declara Diodoro de Sicilia, no es de mara- 
villar que dondequiera que notaran esta duplicidad de raza aplicasen el vo- 
cablo, y así Plinio apellidó celtiberos á los gallegos, fronteros á las islas Casi- 
teridas, y toda España, exceptuando las regiones costeras del Mediterráneo 
y la parte meridional del Atlántico, pudo ser llamada Celtiberia, pues en toda 
ella se mezclaron más ó menos los invasores celtas con los pobladores más 
antiguos. Por eso decfa ya Strabon que la Celtiberia era una región < vastísi- 
ma y de muy variados carácter y aspecto». Cuando en el Senado romano era 
calificada la Celtiberia de «Mft'o rebülatrix (la nación rebelde por excelencia), 
es de creer que se aludía, no á un pueblo en particular, sino al conjunto de 
tribus que en el centro de Espafia — cuanto son hoy las dos Castillas y Ara- 
gón — resistían con invariable constancia á las armas de Roma. 

El mismo Strabon parece darnos la clave para descifrar algún tanto estos 
enigmas históricos en dos preciosos textos: uno, el que nos dice que llegaba 
á punto tal la fama de la nación celtibérica, que muchos pueblos tomaron su 
nombre, y en este sentido debió de llamar Plutarco ciudad de Celtiberia á 
Castulon; el otro, que la Celtiberia era una confederación comprensiva de 
celtiberos propiamente dichos y de alcades, aravacos, pelcndones y lusones. 
De aquí podemos conjeturar la existencia de una Celtiberia semejante al Im- 
perio de Méjico conquistado por Hernán Cortés, también constituido por una 
tribu guerrera conquistadora, que habla impuesto su autoridad á cuantas po- 
blaban la región central de Nueva España, excepto unas pocas, cual los tlas- 

' ExftiiarÍBH d/ ¡a lámina X l^ll.) 

Joja* de la «p«c* neoUtlca reciente j del aetBl. - I. 12 y 24. Diademas de plata. Consli- 
Uycd ciUi joyas los tm tipos di diadema de «ta época en la tegidn de Almería evploradi por los hemii- 
noi Slret La primfra tní encontrada en El Aigar, puesta sobre el trineo del cadáver. Debido á esta cirnins- 
tiiHÍa. (abeniiM que se la pontan con d apéndice hacia abajo, como nariguera para defensa de la narii. 
Ciniciva fraii^eiitm détela adheridos en la parle interior. La niimero 12 es mii rara y está decorada con 
pnnfaH hedías 1 golpe de punzón, y la núm. 24, como se ve, no'es mis que un simple aro aplanado por la 
parte inirríor, y lonnaba parte del ajuar de un sepulcro de Fuente del Álamo. Los draiís objetos compa- 
fteros de esta diadema los encontrará el lector en distiuUs láminas, según su tlase. — 2 y 3. Anillos de pla- 
ta. — 4. Caracol marino quelormaba parte de un cuUar. — 6. Cuentas de collar en pasta vitrea aiut, verde A 
blanca. Las delaizqnierdaesUn hechas de espirales de bronce rotas.— 5, S, II y 21. Anillos de cobre ó bron- 
ce. El ndm. 21 se conierra pegado i la (alange del dedo.— T, 14 y 17. Braialcteíi de plata. — 20, Brazalete en 
(Obre adherido al hueso. -9, 10,22,25 y 27. Braialetes de cobre 6 bronce.— 15 y 16. Pendientes de oro.— 
II y 18. Pendientes de piala. — 23. Un pendiente de plata y dos de cobre unidos con nn fragmento de tela.— 
Ifl, J6, 28, 31 y 32. Pendientes de a>bre y bronce.- 29 y JO. Cuentas de collar en hueso y serpentina. 



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Historia Gráfica de la Civilización Española Lamina WIII 

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Historia CR.incA de la Civiusaciún Española 

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8 . 




22 



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ObjetM iMvUatórícM tudlados «a la „CiieT* de lot Mnrclélafoi". 



»',glc 



6o HISTORIA DE 



caltecas. Por modo análogo, el núcleo primitivo de los celtíberos debió de 
ser una tribu, probablemente céltica, que dominó á las vecinas y por lazos 
de confederación militar fué agrandándose con el tiempo: ese núcleo debiiS 
de radicar en la comarca de Segorbe, llamada por los latinos Caput Celtiberia, 
y se dilató hacia et interior. En sus buenos tiempos guerreros, la Celtiberia 
subía hasta Zaragoza y extendíase por Magallón, Tarazona, las fuentes del 
Duero y sierra Cebollera, que eran sus limites septentrionales, bajando por 
Aranda á Segovia, Consuegra, Alcázar de San Juan y Ayora, para ir bus- 
cando Otra vez por Requena los términos de Segorbe. £s muy signiñcativa 
esta expansión del núcleo primitivo hacia el interior: es que como ya hemos 
dicho, en las comarcas mediterráneas no pudieron penetrar los celtas; con- 
tuviéronlos allí los habitantes primitivos — iberos, para entendernos — for- 
talecidos por su civilización más adelantada, que les habían importado los 
griegos, y sostenían estos mismos con su presencia y constante influjo. 

En cuanto S costumbres, las que señalan algunos autores clásicos como 
dominantes en los celtíberos vienen á ser las mismas notadas entre los cán- 
tabros y otros pueblos del Norte. 

18. — Al mediodía y al oriente de la Celtiberia cafa la Carpetania, limita- 
da por el Guadarrama y el Alberche, y que bajaba por el Sur hasta Dairaiel. 
(Laminmnt de los romanos). Dentro de la Carpetania estaban Toledo, ciudad 
anterior á la dominación latina, y la Mantua carpetanorum, citada por Tolo- 
meo, que sin fundamento se ha querido hacer antecesora de Madrid, lo que 
no signiñca que no hubiese población donde ahora es la corte, ó muy poco 
distante: el cerro de San Isidro estuvo pobladísimo en la edad cuaternaria, y 
próxima al nacimiento del Arroyo de los Meaques, que riega la Casa de Cam- 
po, estuvo la ciudad de Miaatm. 

Tito Livio califica á los carpetanos á& /troces en la guerra, y quizás sea 
ésta la única mención especial de sus costumbres que nos ba dejado la anti- 
güedad. 

La región de los vaceos tenía por núcleo la tierra de Campos, y se ex- 
tendía por gran parte de las actuales provincias de Falencia, Valladol id, Sala- 
manca y Zamora. También eran valientes los vaceos, según lo acreditaron en 
muchas guerras, ya defendiendo á los cartagineses, ya á los romanos, ya su 
propia libertad contra unos y otros. Cuéntase de ellos que practicaban el co- 
munismo agrario, por estilo semejante al del tnir 6 municipio rural de los 
rusos: la tierra era de la tribu, ó mejor dicho, del clan, y se distribuía por 
familias para el cultivo; almacenábanse los frutos en un granero común, de 
donde se repartían, no con arreglo al trabajo puesto, sino á las necesidades 
de cada uno. Es probable que esta organización no fuera privativa de ios 
vaceoa, sino de otras muchas naciones de la España ante-romana. Los vaceos 



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Época neolillMTec 


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construidas ron losas, en hoyos á 



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HlSTOBIA GrAFICA DB la ClVlLlIACIÓN EstftfiOLA 



¿poca aeolitlca reciente. Scpntcroi. 



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HliTORlA GRi(FICA de la CIVILIZACIÓN EsPaSoLA 



HISTORIA DEL TRA|E. - Traje de loa Iberoa. 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DB SSFAÑA C3 

vívfaa en cuevas 6 silos, y íueron nómadas mucho tiempo: ¡ate vagantes los 
llamó Si lío Itálico. 

Los oretanos ocupaban la parte meridional de Ciudad Real, confinando 
cerca de Daimiel con la Carpetania y en las fuentes del Guadiana con la 
Celtiberia. Por el Sur entraban en Andalucía, según Strabon, hasta las Alpu- 
jarras, y según Tolomeo y Plinio, sólo hasta jaén. La Oretania marca el trán- 
wto entre las regiones mediterráneas influidas por la civilización extranjera 
y las del interior, que sólo habían de recibir esta influencia por las armas de 
cartagineses y romanos: así era ciudad oretana la famosa Castulo (hoy et cor- 
tijo de Cazlona), fundada por los focenses al decir de Sillo Itálico, y más 
probabiemenie por los fenicios, ya que fueron éstos los colonizadores de 
.Andalucía. 

La palabra Lusitania tiene dos sentidos en nuestra Geografía antigua: 
uno es el de la provincia romana de este nombre, y otro el de la región ha- 
bitada por los lusitanos, harto más pequeña que aquélla, pues sólo compren- 
día la actual provincia de Beira y parte de la Extremadura portuguesa; todo 
entre el Tajo y el Duero. La Extremadura española y la provincia de Avila 
eran de los veíones, gente tan trabajadora, según Strabon, que al verá los rO' 
manos paseándose por los foros creyeron que se habían perdido y no sabían 
volver á su alojamiento, pues no concebían ellos que pudieran estar sin hacer 
nada de provecho. En cuanto á los lusitanos, son descritos por los antiguos 
como los galaicos, cántabros y astures; es decir, como celtas: tan frugales, 
que sólo hacían una comida diariamente; valentísimos y muy astutos en la 
lucha; grandes cazadores; se lavaban el cuerpo dos veces al día con aceite; 
exponían los enfermos en los caminos públicos; cortaban la mano derecha á 
los prisioneros de guerra ó los mataban en holocausto á sus ídolos, escudri- 
ñando augurios en sus palpitantes entrañas. 

AI mediodía de los lusitanos, ó sea en la región portuguesa del Tajo al 
Océano, habitaban los celias propiamente dichos, ó gletas, según algunos au- 
tores, y los ejruetas ó cuneos, en cuya tierra estaba el promontorio Sacro (Cabo 
de San Vicente), en que Apolo detenía su carro de fuego y descansaba du- 
rante la noche, por lo cual miraban con supersticioso temor aquella punta 
avanzada en el mare extemuM. 

Tales eran los principales pueblos de la España central, occidental y 
septentrional, que no entraron en la vida propiamente histórica hasta la épo- 
ca, relativamente muy moderna, de las guerras púnicas. Veamos ahora los de 
Levante y Mediodía, relacionados con la civilización universal desde remolt- 
siroos tiempos. 

' Exfliítíiin de ¡a lámina XXI) 

HISTORIA DEL TRAJE. - TraJ«t de lol Iberos. - I. Sanrdotist tn Iraie át gran ceremonia. - 
1. Qaareiot con rodela, y vistiendo qnlilt U coraza corta de lino de que dice Strabon que los Iberos hacían 
madra uso, - 3. Múiico tocando la doble HaLla etirga. — 4. Otra tipo de perrero. Éste lleva el gran escu- 
Ja oralado de lo« celtiberos; sable de guarda ceitada. labrada en forma de cabeza de caballo, de ho}a curva 
como el yaUeln, como las espadas de Almedinilla (véase la lámina XXII). Ca^co con cimera que parece de 
crines que cirn por la parte posterior. 

Eitis escultural, descubiertas en Osuna con oirás más por el arqueólogo M. Fierre Patis. se hallan 
en el Museo del Louvre, de Paris. 



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IV 

espaNa ante-romana 

{Coutinuación) 

19. CaUluña.— Coloniíación gci*Ba. — JO. La Edetania.— 31. La Conlestenia.— M. Turdelanim 
ó Bética, — Betuna, — Bistuloi. — Biítalo3-penos. — U. Túrduloa y curdelanot. — 14. Co- 
lonias griegas en la Tuidetania. — El rey Argantonio. — Tarteso. — K. Colonias feDÍcias. — 
Los cartagineses. 



19> — La región que ahora llamamos Cataluña, y qtie en la Edad antigua 
no tenía nombre especial, estaba poblada por los indigetes, en el Ampurdán 
actual; los austíanos, cuyo principal núcleo era la ciudad de Ausa, Ausona en 
los siglos medios, y actualmente Vich; los laletanos, desde el río Kubricato de 
Plinio (Lliibregal) al Tordera, y en cuya costa se asentó Barcino, después 
Barcelona; los cosetanos, famosos por el emplazamiento de Tarraco ( Farra^ooa); 
los lacetanos, desde Yesson (Guisona), por el Llobregat arriba, hasta Bagá: 
gens sUrifistris, que dijo Tito Livio; los caslellanis, nombre del cual Zurita 
creyó que se deriva el de catalaties, y que habitaban entre el Llobregat y el 
Congos, en los parajes donde al presente se hallan las industriosas pobla- 
ciones de Sabadell y Tarrasa; los certetanos, en Llivia, Ripoll, Olot y Campro- 
dón; finalmente, los Uergttes, pobladores del llano de Lérida y de parte de 
la provincia de Huesca. 

Li que caracterizaba, y trasformó moralmente á esta región, fué la co- 
lonización griega. De tiempos antiquísimos, y en diferentes expediciones de 
carácter mercantil, vinieron los helenos á nuestra patria. Sus primeros arribos, 
si no fueron anteriores ó simultáneos al de los fenicios, debieron de ser muy 
poco después, y seguramente cuando las colonias púnicas no estaban todavía 
bien asentadas. A la costa catalana llegaron, sin embargo, harto más tarde, 
quizás unos seis siglos antes de J. C, y no directamente de Grecia, sino de 
Marsella, colonia fócense, ya por entonces muy próspera. Estableciéronse pri- 
mero en las islas Medas, y después, por tratado con los indigetes, fundaron 



(EypUíaeióit di ¡a lát 

Arn 
Puntas de 



XXJJ) 
pTDtohlstóricaí de hierro. . 1.2,4. 11, IS, 20 y 33. Espidas. -1, 7, S, 10, 11, 14, 16 y 17, 
a. — 5. ft, ^Hy 15. Hierro; de picas.- 13. Puntís dellíchis. — 19, 21 y22, Puflalesdtdivcr- 
lU formas. Son nolabilisiinas por su forma de yatagán oriental las espadas núm. 2, IS y 20, llamadas falca- 
tai en Arquculngía, y de las euales no se conocen más que las que damos aquí, encontradas, con Us denls 
(rm^s que figuran en la plana, en Almedinilb (Córdoba), otra hallada en Portugal, que figura en el Mosco 
Etnológico Portugués con et nombre de la Espada de Galacla, y creemos que dos que aislen en el Museo 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



k GrAfica db la CiviuzAciÓN EspaAola 



Arma» proiohistórlca* de hierro. 
Salcedo, Historia de EspaRa 



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K CivímzaciiJn K) 



LÁMINA XX.II1 




Bronces Ibérico!. 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTOltlA TIE ESPAfiA Cyj 

á orÜlas del mar una factoría junto á una ciudad de estos iberos: tal fué Eiii- 
porium, que se hizo en breve población floreciente, pegada á la ibérica, pero 
separada de ella por un muro con puertas que se cerraban durante la noche. 
Todavía en tiempo de Strabon se conservaba esta manera de vivir, común, 
dice el geógrafo, á otras muchas ciudades de España. En la época de la 
conquista romana se dio el caso de ser aliados los griegos de Emporium de 
los romanos, y sus vecinos los indigetes, enemigos de ellos. El cónsul Catón 
entraba triunfal mente con sus tropas y era muy ^asajado en el recinto helé- 
nico, mientras que al otro lado del 
muro los iberos estaban apercibi- 
dos á la lucha. 

Sin embargo, esta separación 
material y política no era obstácu- 
lo para que la influencia religiosa, 
moral, cientlñca y artística de un 
pueblo tan superior como el grie- 
go dejara de dilatarse, no sólo á 
la ciudad y comarcas vecinas, sino 
átodalaregión,y aun á tribus muy 

apartadas de la costa. Andando el To™ ibírico de Osuna. 

tiempo, los griegos tuvieron allí 

otras muchas ciudades á estilo y semejanza de Emporium: la más famosa, 
Shoda ó Rhode, cuyo nombre pregona su origen rodio. 

20. — De otros pueblos de Cataluña tenemos noticia, tales como los 
itiesttaiios, en las montañas de Prades; los bergisíattos, en Berga, y los éerga- 
vents, que desde Tortosa se extendían hacia el interior hasta Cantavieja, que 
probablemente es la Carlagoriehts que contraponían los antiguos á la Carta- 
gonova, fundada ó mejorada por Asdrúbal. Los iUrgavones confinaban por 
Mediodía con la Edetania, región feliz de cuya fertilidad y hermosura no se 
hartan de hablar los clásicos: comprendía, en efecto, desde el rio Ebro por 
Zaragoza hasta más abajo de Valencia, ó sea la mitad aproximadamente de la 

■ actual provincia de Zaragoza, lo mejor de la de Teruel, el Maestrazgo y las pro- 
vincias de Castellón y Valencia en su mayor parte. Plinio nos ha legado una 
descripción de Valencia y la Albufera que concuerda perfectamente con la 
situación actual, acreditándose asi la equivocación de los que suponen que es 
obra de los árabes el paraíso de la huerta valenciana en la Edetania, como en 
todaslasregionesquevamosenumerando. Había muchas tribus: ie¡litanos,cel- 
ftHies, ítiria/oiunses, Uluméeritanoí, etc.: la principal ó más antigua, ó de la que 
tomó nombre la comarca entera, era la de los e-ietanos, que, según se cree, ha- 
bitaban en lo que hoy es Liria. Mas lo característico de la región era la abun- 
dancia y preponderante influjo del elemento helénico: al inaugurarse los 
lierapns históricos los edítanos, en general, eran iberos lulenizados. 

21. — Y lo mismo debe decirse de los contéstanos, moradores de Alicante 
y Murcia. Dianmm (Denia), fundación de los fucenses de Marsella, era el po- 
tente foco de la cultura helénica en la Contestania: allí estaba el templo de 
Diana, deidad de que eran devotísimas las gentes, no sólo próximas, sino 



(Ejrfütadén di la Icmiina XXUl.) 

Bronce* IbérICM. - Li ligura s¡n núniíro fs df influencia eritgi. — La mlm. I fvttt un jugador 
de dhcobolo. —7. Ídolo. - 3. Jinete. .-4. Buslo de influencia romana. - 5. Un pie en que se advierte li 
riíif de culzado que usaban los iberos. — 6. Eílatuita de Atenea. — 7. Ffbula en forma de figura ecuestre. (E*- 
kn bronces se hallan ea el Museo Arqueológico Nacional de Madrid). 



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Historia GrAfica de la Civilización EspaSola L:(hina X>^[V 



Cerámica Ibérica de Dche. 



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HISTORIA DE ESPAÑA 69 

muy remotas. S^ún atestigua Strabon, no es Tundada la sospecha de Ma- 
riana de que en aquel templo se hiciesen sacriñctos liumaQOs(i), cosa re- 
pugnante á la suavidad de costumbres y al buen gusto de los griegos. Otras 
divinidades recibían culto en Denia, como Palas Atenea, de cuya hermosa es- 
tatua se conservan importantes fragmentos (2). 

22. — Inscribió Strabon que la Bética se llamaba asi del rio Betis, y 
TurdOania, por el nombre de sus habitantes. jEran, pues, turdetanos todos 
éstosí No lo parece. En primer lugar, hay que descartar la Beturia, comarca 
perteneciente á la Bética romana, y que es la provincia de Badajoz actual. 
Pliaio distinguió dos Betunas: una céltica, separada por el Guadiana de la 
tierra de los celtas ó gUtas, de Portugal, y con naturales de la misma raza 
que ellos; otra iúránUt, que era el país desde Badajoz hasta Fregenal y de Mé- 
rida i Guadalcanal, poco más 6 menos. 

Concretándonos á lo que hoy es Andalucfa, los escritores de la época 
del Imperio romano señalan cuatro pueblos distintos: los turdetanos, los lúr- 
dulos, bástulos ó bastitanos, y bás tu los- peños ó fenicios. Los bastidos i¡basti- 
tanos ocupaban en la costa, entre el Guadalquivir y el Guadiana (Betis y 
Ana), una estrecha faja de terreno, dice Strabon; los hástulos-penos eran, como 
lo pregona su nombre, un pueblo mixto de bástulos y fenicios, y se asentaba 
en la región costera desde Tarifa hasta Vera. Sin embargo, no todas sus ciu- 
dades maritimas eran de fundación fenicia ó cartaginesa, sino que tas habla 
también griegas; v. gr., Maenaca, de la que escribió Strabon que fué la última 
colonia dt los f acenses, contando, sin duda, desde Emporiitm. Esta concurren- 
cia de ambas colonizaciones civilizadoras comprueba que hubo periodo de lu- 
chas entre griegos y fenicios por la posesión ó monopolio de la explotación 
mercantil de España. 

23. — En cuanto á los túrdulos y turdetanos, tenemos un pasaje de 
Strabon del cual resulta que eran los mismos; pero Tolomeo distingue la 
Túrdula de la Turdetania, colocando la primera desde Córdoba á Granada, y 
la segunda en lo que después fué llamado reino de Sevilla, y más especial- 
mente en las dos provincias actuales de Sevilla y Cádiz. Gades, Ituci {Chi- 
clana ?), Oleastrum (Sanlúcar de Barrameda), Asido (Medinasidonia), Hispa- 
lis (Sevilla), Itálica, etc., eran las principales ciudades de la Turdetania pro- 
piamente dicha en tiempo de los romanos. 

Los cuates, siguiendo en esto á los griegos, no se hartaban de ponderar 
y celebrar la fertilidad y hermosura de la región y la dicha en que vivían sus 
felices moradores. Homero señaló en esta comarca los Campos Elíseos, la 
tierra de los bienaventurados. Mil poéticas leyendas corrían en la Hélade 
acerca de la remota Turdetania. Hércules, prendado de los bueyes que allf 
se criaban, fué á robar anos cuantos al rey Gerión, y de aquí una guerra te- 
rrible con multitud de fabulosos episodios. Strabon describe minuciosamente 
la Bética, alabando su clima y sus producciones. Cuenta que tos turdetanos 
eran la nación más culta de España, y que hacia seis mil años que tenían 



. (i) Pnedc creene que, confonne i. las costumbres de los lauros, sacrificaban á aqneila 
» los huéspedes y eenie mtranje— •"■--•--'- ■•- r....,-.. ■:■._. i .__ i..«. 
Ut Víase la limina X^C^CV!. 



II hatspedes y eenie extranjera. (Hiiteria ¡ie F.staña, libro I, cap. XIV). 
—'"Vi. 



ExflUadón de la lámina XXÜ'.) 

CeráoileB Ibtilca de Elche. - Es raracieiistica de la legiún de Levadle en esta ípoca la ceriinica 
decorada con animales y Tiguns eslillzadas. El arqueólogo franca M. Piert<; París cree encontrar en esla de- 
coración derivaciones de la cerímica griega de Micenas, (Se encuentran estos ejemplares en el Museo Ar- 
queológico Nacional de Madrid y en el de Burdeos.) 



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70 H'STORIA DK E«PaSa 

I poemas y leyes escritas en 

verso. Sin entrar en ridicu- 
los regateos de fecha, es in- 
! dudable que la civilizacióo 

turdetana databa de tiem- 
pos muy remotos; como que 
en aquellas costas parece 
que se dieron cita griegos y 
fenicios para empezir la co- 
lonización de nuestra patria. 
24. — Cuenta ileíodoto 
que en las primeras largas 
navegaciones que hicieron, 
no con naves redondas, sino 
de cincuenta remos, los fo- 
censes llegaron á Tartcso, 
en la Iberia. En Tarteso rei- 
naba Argantonio, quien los 
recibió tan amablemente, 
que hubo de ofrecerles tie- 
rra en que fundar una colo- 
FundadúQ de Cádií (I). nja; no lo aceptaron los grie- 

gos; y habiendo sabido Ar- 
gantonio poco después que los persas amenazabao á la patria de sus hués- 
pedes, les regaló tanta cantidad de dinero, que tuvieron para rodear su 
ciudad con un muro de piedras de sillería. De este rey Argantonio ha- 
blaron largamente muchos autores clásicos. Según Anacreonte, vivió ciento 
cuarenta años, edad que Silio Itálico alargó hasta doscientos. Valerio 
Máximo le llama rey de Cádiz, donde había nacido; y Cicerón, en su tra- 
tado De setiectuíe, también le hace reinar en Cádiz, y le pone por tipo 
ideal de una vejez prolongada y dichosa. Pero jcuál era el reino de Tar- 
teso? Fundándose en textos clásicos, algunos suponen que toda la Tur- 
detania fué Tarteso; otros restringen este nombre asólo la isla gaditana. 
Lo cierto es que Tarteso era una de las islas que formaba el Betis en aque- 
llos tiempos á que se refiere el Sr, Fernández Guerra al escribir: «¿Qué fué 

• de las siete grandes bocas por donde el Betis desaguaba en el mar? ¿Qué fué 

• de los dos ingentes brazos con que ceñía las comarcas de Lebrija, Mesa de 

• Asta, Jerez de la Frontera é isla de León, presentando los elíseos tartcsios 

• campos, y á su frente la renombrada Cádiz, á la codiciosa expectación de los 

• navegantes griegos? Perdió á cercén el izquierdo brazo en la retlida y por- 

• tiada batalla con los siglos furiosos: de su gran estanque surgieron las islas 

• Mayor y Menor, y las siete bocas del Guadalquivir parecerán á muchos 

• un mito^ {2). 

Conviene recordar que la isla gaditana no es verdaderamente una isla, 
sino un archipiélago de islotes: Cádiz, San Fernando y la Carraca. Tarteso. 
separada de! continente por los brazos del Guadalquivir, era la isla mayor de 



(i) Tanto £sta como laü demás compo^ciones del iluslre BTtisU Manuel nngel ijue 
ilustran )■ pre.sente obra esUn peifeclamente docamenudas, to mismo en lo lelativo t trajes, 

- '- -' ■ ■ ■ >íí// de la escena que representan, no obsunK 

Tiaginarias que el dibujante ha compuesto con 



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HISTORIA DE ESPAÑA Jl 

aquel archipiélago, como expresamente lo dice Pliaio, añadiendo que en esta 
isla grande estuvo Gadium, nombre de la misma etimología que Gddir, Gades 
6 CddÍB, pero que se aplicaba á una ciudad distinta. Por último, es un hecho 
indudable que los griegos tuvieron colonias en la costa occidental de Anda- 
lucía, tales como el puerto de Menesteo y Carteya. 

25. — Junto i estas tradiciones helénicas, y sin enlazarse con ellas más 
que por conjeturas, preponderan las Tenicias. Cádiz — la Gades de los roma- 
nos — era una ciudad púnica. Colonia de Tiro se apellidaba todavía en la época 
del Imperio. Lll Hércules adorado en Gades no era el Hércules griego, sino 
Harokel, el traficante de Tiro que vino á estas regiones á robar los bueyes 
de Gerion, leyenda reveladora del carácter mercantil de su empresa. Factoría 
fué la primitiva Cádiz, y es indudable que en tiempos muy anteriores á la 
historia escrita llegó á gran prosperidad, y aun pujanza política. Macrobio nos 
ha conservado la tradición de una batalla naval entre tos fenicios gaditanos y 
la escuadra de un Terón, rey de la España citerior, que se propuso saquear 
el templo de Hércules: vencieron los gaditanos, que por medio de un fuego 
artificial destruyeron las naves de Terón, á quien también habían espanta- 
do las ñguras de leones que ostentaban los barcos fenicios en sus proas. £1 
hecho no puede expresar mejor el carácter de las luchas entre los coloniza- 
dores y sus contemporáneos, los habitantes de España: el relato de Macrobio 
es idéntico al de cualquiera de nuestros historiadores de Indias reñríen- 
do batallas entre los conquistadores españoles y los mejicanos ó los pe- 
ruanos. 

Sabemos que los fenicios no se contentaron con su colonia de Cádiz, sino 
que fundaron otras muchas en Andalucía, y aun en Murcia, no sólo en las cos- 
tas, mas también en el interior. Málaga, Sevilla, Adra, Jaén, etc., tienen este 
origen. Sabemos que en la Bética hubo un pueblo básUdo-pmo, y que toda la re- 
gión del Guadalquivir fué influida decisivamente por aquellos orientales. Sabe- 
mos que las colonias fenicias, al contrario de las griegas, que no mantenían con 
el país de origen otros lazos de unión que los sociales de religión, lengua y cul- 
tura.dependianpollticamen- 
te de la metrópoli; y ast, 
cuando los babilonios pri- 
mero, después los persas, y 
por último Alejandro Mag- 
no se hicieron señores de 
Fenicia, es natural que las 
colonias españolas recono- 
cieran y acataran este se- 
ñorío — hecho que explica 
suficientemente la tradición 
de haber dominado en Es- 
paña Nabucodonosor, el 
contar Varron á los persas 
entre los conquistadores de 
nuestra patria y el haber 
una estatua de Alejandro 
Magno en el templo de Hér- 
cules, de Cádiz. — Sabemos, 
finalmente, que hacia el si- 
glo vil antes de Jesucristo 
las colonias que hasla en- 
tonces hablan dependido de Llegada i Esp.iña de una colonia grisE»- 



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Historia Gráfica db la Civilización Esfaüola LAhima XXV 



ARTE IBÉRICO. • EsUtuascnconUaiUseD elCcrro de l<i*8>Blofl. 



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Tiro, pasaron á depender de Cartago. No sabemos cómo se realizó este 
cambio. 

Nuestras historias vienen repitiendo que hubo una guerra entre los ga- 
ditanos y los tartesios, y que, apretados aquéllos, llamaron á los cartagineses 
en sn ayuda. Acudieron; pero cobrándose iraidoradamente el auxilio cun la 
dominación. Hasta se ha hecho intervenir al rey Ai^antonio en estos suce- 
sos, suponiéndole el monarca de Tartesio que atacó á los fenicios de Gades, 
y aun llegó á dominar en esta ciudad. Sin embargo, nada de eso tiene fun- 
damento histórico: todo se ha construido sobre un texto de Vitrubio, el tra- 
tadista militar romano, según el cual, sitiando una vez los cartagineses á Cá- 
diz abrieron brecha en el muro con el artiñcio que se le ocurrió al carpintero 
Pephasemenos de hacer caer sobre la muralla un gran madero suspendido de 
otro hincado en tierra, que fué la invención del ariete. Vitrubio no dice la 
ocasión ni el motivo de este sitio de Cádiz; pero se ha supuesto que fué para 
echar de allí á los tartesios, que se hablan apoderado de la ciudad. 

Lo único positivo es que Cattago sustituyó á Tiro en la dominación, ó, 
mejor dicho, en la protección de la España fenicia. 



ttfüíaaía 


A ¿I iámiaa XXI'.) 














ARTE IBÉRICO.- Laacatati 


lu del Cerro de los Santo* y 


..La 


Dama de 


□che" 


.-Hancon- 






tn llimir -Arte 


ibírico.. al arte 




n España 




rollóenlrela 


epoa ptoiohi! 








ríe, c 








Iiíritgiisom 


■ por lodu piries, pero si 






pesai 






dtiasttridad, 


enereia y noble reiliimo 


que constiluyen 


licararteriBlifa 




ríe español, perteni 






halliditel lAolSMI poi 




íti una pequeña 






DCldade 




fl nombre df ■ 




la en el lérmino ' 


de Monte Alegre 










El. el si' 


lio donde se encontriron 


había eiistldo i 


jn leoiplo de [ipo ítrie¿o, cuyc 




peni sien, el 


culi debió de e 


star abierto al cullodurjir 


ISX-?,'K 




TiHur 




íornabaí 


1 se advierten 


diUiniM eftilos. que denoUn épocas di' 


l'otienWI caldeo 


■1 e 


Si 


nal mente al romano. 


De BUS «Ulu». U que di el li 


po ideal y car» 




lipir. 


nflm. 1), 


oiyotocadí 



•"■is 



. .. meicja de hieratlsmo. anaismo y reailunoiiivez. que, unidos i lo robusto y firm; 

, le dan un arlctec exltaflo y la hacen obra única y eminentemente española. 

la oncr aAoi despuít de realizado t¡ descubrimiento no empezó i preocuparse de íl el Oobtemo. 
uiuuu uiatián con semejante abandono i qnc cierto menestral, un relojero de Yecla, hombre medio loco, 
tony codicioso y por completo attprtocapado. emprendiera las eicavaciones por su cuenta y se apoderase 
lie casi lodas las estatnas. No estuvo el mal en esto, sino en que, llevado de su codicia y delirio de grandevas 
Imurii hxoenel hospital). empeiAl hacer copias cnn piedra de la misma cantera del cetro; y tanta maña se 
dio, que hiio también orleinaleí, imitados con rara habilidad. Tanto se hibia idenliñcada con aquel arte y 
tal urlcter supo darle*, que cuando los arqueólogos fueron i estudiarlas se encontraron, descubierta la su- 
perehrtía. con que no sabían cutíes eran las auténticas y cuites las falsas. 

Estudiada* después con gran detenimiento, se adquirió la evidencia de la autenllcidad de muchas de 

""" ■' í las queestln en el (estero déla puerta de entrada á la sala en que se hallan (en el Museo 

.fdode- ■'■ 



Arqueológico Nacional) respondo de su autenticidad: de las demás, no>. hemos oído decir al Sr. Méüda. 
Pero la obra maestra del -Arte Ibérico- es el famoso busto de la 'Dama de E1che> (véale -' — 
i<¡ en la anteportada del présenle libro). 

Califican unos esta escullura de greco.ibérica. y oíros de Ibero-fenicia; pero todos eslln c 

i.;. . J^ — :. ,„ importancia de documento histórico y su caticter esencialmente esp 

in obras de otros países. 

letced H li actividad y diplomacia de M. Pierre París 
n el Museo del Louvte, de París, en vei de estar ei 



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Historia Gráfica d 



Ohimd. 
DalekI. 



Caph. 
Liin«d. 



Coph. 
Rfsth. 



fpsilon. 
Omegi. 

O Ligaciones. 



K CiviuzAcidN EsfaRola 
Ibérico. 



P-. P. !>. 7. 0...., 



LAMINA XXV[ 

Procedencia. 



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A 

k. i. f. *. í. 
t. t. /N. A... 

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Oritgo; K ffnicio. 
Hebreo umiriuní 



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O larga. S^.fl. íí n. o..g.„i,í.. 

ñ. ñ .n. n.n... a. ■vi"-"'"" 

M T =K. A\yH=MH.. 



«b. F.nld...,¡„ 



Griego ai 



Alfabeto Ibero, segAn notables cpIfralUtaa. 



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CARTAGINESES Y ROMANOS 



U. Cartagineses j griegos. — 17. Primera puena púnica: Los Barcas, Amllcar. — U. Asdrúbal. 
». Aníbal: Sagnnlo; expedición á Itaiía. — SO. Los romanos eo España. — 31. Reiumen de 
la gnerra entre cartagineses ; romanos por el dominio de nuestra Península. Consideracio- 
nes generales sobre esta guerra. — 31. Antigüedades ~~ 



26. — Desde que los cartagineses asumieron la representación ó cabeza 
del clemeoto fenicio espaüol hasta el desembarco de Amflcar Barca {238 an- 
tes de Jesucrislo), Irascurrieion por lo menos cualrocientos años. De tan 
largo período apenas tenemos noticias. £11 conjunto sólo cabe asegurar 
que Cartago, potencia política y militar harto más poderosa que Tiro, conso- 
lidó, perfeccionó y ensanchó el dominio é influjo púnicos en nuestra Penín- 
sula, y expulsó ó dominó á los griegos en toda la región costera desde el pro- 
montono Feíraria (cabo de San Martín) hacia el Sur. No fué lo último sin gue- 
rras largas y porfiadas, en que los etruscos ayudaran á los cartagineses, y que 
labraron entre éstos y los griegos y helenizados españoles profundo surco de 
enemistades que habían de aprovechar luego los romanos. 

Las relaciones entre cartagineses y griegos se nos ofrecen en esta época 
por un doble aspecto: políticamente, de oposición y lucha; socialmente, de 
progresivo influjo del helenismo en Cartago. Nunca dejó de ser fenicia en el 
fondo esta insigne ciudad; pero fué adaptándose á las formas griegas y tras- 
formándose por su influencia, hasta el punto de que en la época de los Barcas, 
es decir, de las guerras púnicas, los generales cartagineses redactaban sus 
despachos en griego, y es probable que en el Senado cartaginés no se hablara 
otro idioma. Grecia es el ejemplo más señalado que nos ofrece la Historia, 
fuera del religioso de los hebreos, de una potencia espiritual fundada en la 
ciencia y en el arte, superiorlsima en intensidad y extensión á la potencia 
política del pueblo que acertó á crearla. Aquí, en España, y lo mismo en Cer- 
deiia y en Sicilia, los cartagineses vencieron y acorralaron á los griegos con sus 
armas; pero, aunque vencidos, los griegos se sobrepusieron á los cartagineses 
por el espíritu civilizador, del propio modo que andando el tiempo y"en más 
vasto teatro Roma, conquistadora de Grecia, fué conquistada por Grecia en 
el orden de la cultura. Como en la lucha suprema que decidió la suerte del 
mundo antiguo venció Roma, la civilización moderna es greco-romana; si hu- 
biere vencido Cartago, sería greco -cartaginesa. 



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I LA ClVIl-lZACiÓN ESPASOLA 



Umina XXVIl 




y por su aspecto mislrrlc 
Sanios y de la £><jfnii di 



"ire: 



Diadema encontrada cu Jlvca (Alicante). 

ser ¡ndigoiis). rs evidentt ijiw s; i)uslaron a\ gimo iMrico. 



Hipogeo tenido 



en la Pnnta de )a V 



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HISTORIA DE ESPAÑA 77 

27. — La primera guerra púnica empezó en el aflo de 264, y duró hasta 
el de 241. Sus teatros fueron Sicilia, el Mediterráneo y la tierra de África 
poseída por Cartago. España no sufrió más consecuencias directas que las 
de proveer á tos cartagineses de recursos, con especialidad de soldados, que 
sacaban, ora exigiéndolos á las tribus sobre que tenían dominación, ora reclu- 
tándolos por contrato en las tribus independientes. Pero la consecuencia in- 
directa no pudo ser mayor: Cartago, vencida por Roma y á punto de perecer 
luego á manos de sus propios mercenarios, comprendió que para conservar 
su potencia mercantil tenia necesidad de crear una potencia militar propor- 
cionada, y concibió el pensamiento de fundar esta potencia en nuestra Penín- 
sula. ^Por qué Roma, más pobre que Cartago, habla resultado más fuerte y 
poderosa en la lucha? Pues porque bajo su autoridad política y militar ha- 
bla unificado y disciplinado á todos los pueblos de la Península italiana. Car- 
tago quiso hacer lo mismo con los pueblos de la Península ibéiica. 

Esta idea fué sugerida por un partido imperialista que había en Carta- 
zo, enfrente de otro partido pacifista ó mercantil, conservador, en suma, de 
tüs usos y prácticas que había seguido la República desde su fundación, y con 
lus cuales habla llegado á su prosperidad y grandeza. Pero el éxito desgraciado 
de la guerra con Roma y el tremendo peligro de la insurrección de los mer- 
cenarios dieron la razón á los imperialistas, y Amílcar Barca, su jefe, general 
que se babia distinguido luchando contra los romanos y salvado á Cartago 
(le sus propias huestes rebeladas, investido de plenos poderes, acaudillando 
un ejército y con una escuadra mandada por Asdrúbal, pariente suyo, reco- 
rrió la costa septentrional de Afjica, y, pasando el Estrecho, desembarcó 
en Gades. 

Ocho años gobernó Amílcar Barca en España á nombre de Cartago, 
siempre con la vista fija en la futura guerra contra Roma. Sa política fué de 
atracción, según correspondía á su objeto ñnal; y así, habiendo ganado á tas 
tribus del interior una gran batalla en que hizo diez mil prisioneros, les dio 
libertad, y á los demás que cautivaba, lejos de sacriRcartos ó reducirlos á es- 
clavitud, conforme á la costumbre de la época, los convertía en soldados su- 
yos. Con estos cautivos y con el contingente sacado de los pueblos sometidos 
organizó un ejército formidable, que, adiestrado en la constante vida de cam- 
pamento y en la guerra permanente con celtiberos y carpeíanos, llegó á ser 
modelo de valor y disciplina. Tampoco descuidó Amílcar el desarrollo de la 
pública riqueza, sabiendo, cual todos los grandes capitanes, que sin ella el 
poder militar es una ficción ó un aparato sin consistencia, y fundó ciudades, 
v.gr. Cartagovetus {Q»r\lA\\K]a), Akra-Leuca (t'eñíscola) y, según creen algunos, 
Barcelona, dando también impulso á la explotación de las minas y al comercio 
con ta metrópoli. Fué tan sabia y vigorosa su administración, que las rentas 
de la España cartaginesa no sólo bastaban para sostener el ejército y las 
obras públicas é ir ganándose á fuerza de oro á las tribus traspirenaicas, á 
través de las cuales tenia pensado Amílcar dirigirse á Italia, sino que sobraba 
un remanente que era mandado á Cartago como producto liquido de la colo- 
nia. Catón el Censor, que vino á España una generación después de Amílcar, 
dijo que ningún rey podía compararse con este general cartaginés. En efec- 
to; como gran rey, mejor aún, como grao fundador de dinastía se portó en 
todo: basta en el fausto, de que dieron testimonio, por ejemplo, las solemní- 
simas bodas de su hija Himilce con Asdtúbal, que hizo celebrar con extraor- 
dinaria pompa en un campo á orillas del Fbro. 

El poder de Amílcar en España tenia sólida base en la Turdetania y en 
twla la región levantina^ menos en los pueblos helénicos y helenizados, que 
siempre le fueron hostiles. La primera insurrección que hubo de reprimir fué 



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78 HISTORIA DK ESPASa 

la de una ciudad fócense de la Bética cuyo ROmbre ha olvidado la Historia. 
En la Edetania encontró muchas dificultades, suscitadas por los mismos he- 
lenos; y los saguntinos, que si no eran griegos de origen pretendían serlo, 
buscaron ya la protección de los romanos por escudo contra él. Amilcar 
llevó á la Edetania una colonia de turdetanos como instrumento de cartagem- 
zoíiÓH del pafs y para sujetar á los saguntinos y demás helenos. £n cuanto á 
las tribus ó naciones del interior, Amilcar no sostuvo con ellas otras relacio- 
nes que las que nuestros gobernadores de Chile hablan de mantener con los 
araucanos, ó los capitanes generales de Filipinas con los moros de Joló: por 
SÍ ó por medio de sus lugartenientes hizo varias expediciones á la meseta 
central, y en dos de ellas cayeron sucesivamente prisioneros dos régulos de 
celtiberos, llamados Istolacio é Indertes, que pagaron con la muerte en crui 
aquella primera visita Je ios poderosos extranjeros á su territorio. 

Amilcar murió en batalla con un tal Orisson, régulo de Hélice ó Vélice, 
que unos dicen corresponder á Belchite y otros á Elche. Lo cierto es que 
Orisson fué un traidor que se fingió aliado del cartaginés, y como tal se in- 
corporó á su campo con gente de guerra, sin duda para atraerle á una em- 
boscada. Cuentan algunos historiadores antiguos que Orisson empleó la estra- 
tagema de poner delante de los suyos una fila de carros tirados por toros á 
cuyos cuernos hizo atar haces de paja y leña seca, que encendidos en el 
momento preciso, embravecieron al ganado de tal modo, que rompió á los 
cartagineses. Sin duda llevaban éstos en tal ocasión un reducido contingente 
de tropas. 

(Eyflicacién d.- la Idaiina XXi'lü) (l). 

I. Vasij> de burro cocido de formí elcguilt. -2. Visiji inlerísínlisinu por su iorm» yli ddia- 
d»a dt SD t|ccucidn. Es de barro «tgunlino. y corresponde 1 los Ires primeros siglos de ti era nlgar. 
untfienlarío (V. P. ?)- 3. Vaso de crrimlci. i an quinto 
y esmalUdí {Ere$ii.) — 5. Vaso de cera mica 1 un quinto 
parte de su tamallo. — T. Plato con eomida, resto de in- 
— 8. Desconocemos el uso de esta vasija: sólo diremos que su origen es egipcio y que seBSúmacbo. 
Esdebarro, y procede de Talemanca, Ibiza. — 9. Urna de incineraciún con despojos fúnebres.— 10. Otra 
urna con igual deslino. Las dns proceden de Eresa.— II. Vasija de crrimica, con su tapadera, detalle de qoe 
calecen todas lasque conocemos de esta procedencia (Talemanca.)— 13. Jarro de cerámica (Talenana.) — 
II al 16. Cuatro vasijas que por su forma lecuerdan el botijo actual, y vienen á corroborar la opinión de 
los arqueólogos de que en la eerimici persisten mucho las formas. No cierlamenie en este solo caso, en otros 
muchos encontrarl el lector vasijas iguales ó casi iguales á las que se fabrican hoy. — 17. Otra nmacon 
despojos humanos incinerados. ~ 18. Vaso ú |>ledra ahuecada de uso desconocido. Esta (educido ii la octava 
parte de su tamiHo, y procede de Talemanca, — 19, Jarro de cerimiea, Ocliva parte del natnnl: procede de 
Ophinsaó Formentera. -10 y 21. Urnas con despojos funerarios. — 21. Vjso de cerlmica (sexta parte del 
original.) - 23. I'lato de cerimica fina. 

(1) ARTE PÚNICO. — Los lenicios no tuvieron arte propio. Viajeros constantes por todo el audo 

Interesaba, llevando aquellas impresiones i otros paises y comnnicindolas k su manera, por haber sido nna 
impresión, y no un apiendízaje completo, lo qnc habian recogido. Efecto de esto es el carácter extraflo qne 
dieron i sus producciones artísticas ú Industriales, que desorienlin i primera villa, pero qne delatan diri- 
mente so oriEDi. el punto de partida, á poco que se In estudie, comparándolas con las producciones de b 
misma das." de las civilizaciones que los precedieron; la egipcia, la caldea y la griega, por más que esta 
filllma aparezca mis tarde que ellos en la historia dr la clvtlliación. 

En el srnlldo artístico prupjamenle dicho, su inferioridad re!^pecto á los modelos que se propusieran 
initar salta á la vJiU. 

Tales fueron la Industria y el arte que llevaron á Cartjgo, y que los caiUgineseses á su vea (raa- 
porlaron á Ibiza cuando la conquistaron. 

Perleneccn, pues, al arle fenicio todosestosobjelos que bajo el epígrale de ■Ar1epúnico> presentamoi 
en las limini', XXVII á XXXIII. 

TdUos estos objetiis, en «tremo interesantes desde miichns pnntos de vista, se hallan en el Mnseo de 
Ibiía, la anticua Hreíade los cartsgine-cs, en cuya ncccúpolls lueion enconirados. Algunos hay que perte- 

inmediato á ibiza, ignorándose áquf pueblo ú raza pertenecía, por masque haya quien le suponga cananco. 

D,g,t7cdb/COOgIC 



Mldel2centim 


eltosd 


e alio, y regularmente ! 


del natuial. — < 


1. Bote 


Hila ú frasco de cerám 


desuUmafio.- 


6. Va; 


>o de barro cocido,áli 



Historia Crípica oe la Civilización Española Lámina XXVItl 



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fllSTORlA GRÍFICA de LA ClVlUZACIÚN ESPAÑOLA 



LiiirNA XXJX 




^ 



Arle púnico Ibtrlco. 



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HISTORIA DE ESPAÑA 8l 

26. — Los cabos principales del ejército eligieron en Akra-Leuca al 
yerno de Amllcar, Asdrúbal, para sucederle en el mando. La elección fué ra- 
tificada por el Senado de Cartago, aunque no sin la oposición de los anti- 
tmfer ¡alistas, que velan con sobresalto el crecimiento de tan gran poder 
militar en España y bajo una verdadera dinastía — la de los Barcas — que 
se iba entronizando. 

Asdrúbal gobernó cerca de octio años (de 22$ á 220), y muñó asesi- 
nado por un esclavo celtibero que, con raro ejemplo de postuma fidelidad, 
vengó asi la muerte de su señor, ejecutado de orden del general cartaginés. 
Colocado entre dos gigantes — su antecesor y suegro Amilcar y su sucesor 
y cuñado Aníbal, — parece que Asdrúbal no desmereció del uno ni del otro. 
Pocos casoB, pero si algunos, nos ofrece la Historia de estas familias que en 
una ó dos generaciones cuentan sus grandes hombres por sus individuos. 
Quizás los Barcas cartagineses sean el más señalado de semejantes raros ca- 
sos. Este Asdrúbal fundó ó, según quieren otros, fortificó, engrandeció y dio 
nombre de Cartagonova á la ciudad levantina que hizo capital de la España 
púnica. Las colonias griegas, cada vez más hostiles á Cartago y más temero- 
sas del creciente poderlo de los Barcas, consiguieron que Roma las tomase 
bajo su protección directa: se ajustó un tratado entre romanos y cartagineses, 
según el cual los segundos no debían extender sus conquistas más allá del 
Ebro. Ningún historiador griego ó latino nos ha conservado, sin embargo, 
el texto de este célebre pacto, cuyo rompimiento por Aníbal fué cau- 
sa ó pretexto de la segunda guerra púnica: hay fundados motivos para 
creer que, ó no debió de existir, al menos con la formalidad que luego 
se hubo de suponer, ó que no estaba tan explícito como sostuvieron los 
romanos. 

29, — En el año de 220, también por aclamación del ejército y confir- 
mación del Senado cartaginés, Aníbal sucedió á su cuñado Asdrúbal, Contaba 
el nuevo caudillo veintinueve años; estaba desde los trece en Eí'pafla.j» 
maestra tti el arte militar, como escribió Floro. En los ejércitos de su padre y 
de su hermano polflico hizo, en efecto, sus primeras campañas y ascendió 
basta general de la Caballería, cargo que desempeñaba á la muerte de As- 
drúbal. En España se habla casado con una española principal; y no hay que 
ponderar sus méritos de soldado ni de caudillo: para el encomio basta su 



ARTE PONICO. - Damos en ali planj uní coIccdAn de eslaluflas de barros l> mayar de ellas, 

alfemo inferior de la dcretha, no mide mis que 36 (enlimttroa. Aunque reprcicnUndo dislínlos 
nliposot. tí¡úat cWta parlicipan del mismo carider, con sus reniniscendas orientales, y aun 
bdtekai. 

Hasta abara sdlo han sido clasificadas las dos del centro. La mayor, con la diadema y los tres colla- 
u. emblema de la supitma jerarquía. e< el dios Baal, y la otra es la diosa Tahnit, 

Toda* «las eitatultas estin modeladas sdlo por la parte anterior, lo que indica que fueron hechas para 
otar adosadas 1 alguna parte, y todas proceden del cementerio de Eresa; pero hay aide cabecitaa que difie- 
ren notablemente de las anteriores en el calilo y en el espirito, con tal carácter de realismo é individualidad, 
que pareen retratos. Estas cabezas no proceden de la necrópolis de Eresa, capital de lacolonlacartaglncsa 
de Ibiía, lino de pDlgden Valla, poblaciAn emplazada al norte de Eresa, y, según se cree, fundada por los 
aúneos, que llegaron í las Pythlnsas hacia el iflo HW (i. de C.) Los cartagineses no se establecieron en 
Ibiía hasfa el 170 (a. de C) De ahí la diferencia que se nota enire unas y otras figuritas. 

Los cananeos eran hcnnanos de raza y religión de los fenicios, y siendo los cartagineses descendien- 
tes de estos Ñllimos, k explica perfectamente que después de establecidos en Eresa como colonizadores 
hayan conrlirido con ellos sus predecesores de Puig den Valls hasta la romanización de las islas en el 
primer siglo del cristianismo. 



I. Historia de EspaRa 



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* CrVILlíAOlÚN RSP*ÑOLA 





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irisroRiA itE espaS^a í<3 

nombre, pues el de Aníbal sólo puede figuiar en la Historia dignamente al 
lado de los de Alejandro, César y Napoleón (i). 

Cuéntase que antes de salir de Cartago, y siendo Aníbal muy niño, su 
padre le hizo jurar sobre el ara de un templo odio implacable á los romanos. 
Ed efecto; la destrucción de Roma, ó por lo menos su anulación como 
potencia política, Tué el único fin de la vida del gran caudillo, que siguió la 
empresa acometida por Amílcar y continuada por Asdrúbal, en que le ayu- 
daron eñcazmente sus hermanos, todos insignes capitanes y valerosos solda- 
dos. La segunda guerra púnica, masque un duelo 
entre Roma y Cartago, lo fué entre Roma y tos 
Barcas. Esta familia singular habfa preparado la 
guerra en una de sus generaciones, y en la si- 
guiente la dirigió: cuando los Barcas sucumbie- 
ron, desapareció Cartago. 

Las primeras expediciones que dirigió Aní- 
bal fueron al interior de nuestra Península; sin 
duda no tuvieron más objeto que mover sus ve- 
teranos y proporcionarse reclutas y recursos. Si- 
guió el curso del Tajo por la orilla derecha, y 
atropellando tribus, obligando dondequiera que 
pasaba á reconocer la superioridad de sus armas 
y á rendirle tributo, cruzó la cordillera divisoria 
de ambas Castillas y se dejó caer sobre la tierra 
de los vaceos, apoderándose, no sin resistencia, 
de Elmántica (Salamanca). AI regreso, carpetanos 
y celtiberos reunidos en número considerable in- Anibíi. 

tentaron cortarle el paso, ó quizás, mejor di- 
cho, quitarle parte del inmenso convoy que seguía á su ejército: lo segun- 
do es lo que parece deducirse de la relación de Polibio, y lo más ve- 
rosímil. La pelea duró dos días: en el primero, carpetanos y celtiberos, ca- 
yendo con extraordinario empuje, que Polibio alaba, sobre la retaguardia 
de Aníbal, consiguieron desordenarla y apoderarse, si no de todo, de algo 
del botín que llevaban los cartagineses; al otro día se revolvieron éstos, y 
causaron á los indígenas espantosa derrota. La fama de este suceso llegó á 
los confines de España, y las tribus más apartadas se apresuraron á tratar con 



(i) Sod JDDiinicribles los libroi antigaos y modernoi que ae lian escrito sobre Aníbnl. 
Sdto lobre el paso de los Alpes cita el (!eneral Almirante (Bi/iUo^ra/ia mililiir di Eifioiía) 
TcintidAs (fíalos de monogrilTas inglesas, Iranceíaa, alemanas é ilalianas. En la Biblioteca >te 
H Escorial hay dos curiosos cMices del siglo i», Uno titulado: Contiaciin qut le fingí ctilre 
Aiiiiai, icipión y AUxanárí mbre mayúriAid i prtsidentia anit Míaos, íoiufunta tn xriíga fiir 
Ltuiamo. traducida al latín fer Auriifa y a¡ taílcllana por Martín di Avila, íl eual /.iio ri/a 
traduíciitt nt servicia de D. Juan de Sitvit. El olio, sobre el mismo asunto, se alribuye i Vasco 
Ramfrez da Gnzmin, Arcediano de ToUdo, á mediados del siglo xt, j icaductoi de Salnstio. 

\E]¡pUeaciótt de la lámina XXX.) 

Arte pÍBico Ibérico. • l. Vaso de forma muy primitiva. — 2. Vaso de barro cocido (Eresa.) — 3 y 4. 
Vas« esmaltados (Purniiry.)- 5. Vasija fsraallada de barro cocido (Eresa). — 6. Vaso de barro cocido (de 
Xamci. Ibija.) — T. TaiadebarrosaguntinotEres*). — 8, Vasija de barro muy fino de color negro. Parece 
romaaa (Eresa). — 9. Vasija de color negro (Iblza), ~ 10. Lucerna de barro. — II. Lacrimatorio de vidrio.— 
II. Ánfora dr gran lamino. — 13. Vasija esmallada (Purmary). — 14. Vasija esmaltada de barro cocida 
(Eresa.) -15. UngfienUtio de barro. - 16. Hermosa ánfora de mis de 1,25 delito hallada en el lilaral 
de lUza. — 17. Vaso de vidrio irisad i (Pnig den Vatls). - IB y 10. Vasijas esmaltadas. La 19 esti decorada 
en azul (Eresa.) — 20. Vaso que parece un lacrimaloris. Es de vidrio con irisación» metílicas. 



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«4 HISTORIA DE ESFAÜA 

el general carUgioés, que se limitó á pedir soldados á todas ellas para orga- 
nizar los tres ejércitos, base estratégica de su empresa: uno que mandó al 
África, y en el cual fueron muchos españoles; otro que habla de quedarse 
guarneciendo á España, compuesto principalmente de africanos, y el tercero, 
que á sus órdenes inmediatas había de realizar la maravillosa expedición de 
Italia: también en este último formaron los españoles en número considera- 
ble. Una supuesta tradición vascongada intenta recordar que los remotos 
antepasados tomaron también su parte en la más brillante operación militar 
del mundo antiguo; pero, por desdicha, todo eso es apócrifo (i). 

Aníbal tenia, sin embargo, en nuestra Península enemigos tenaces y pe- 
ligrosos: eran los griegos, adversarios tradicionales de la expansión púnica. 
Impotentes para resistir por si solos á los cartagineses, aproximábanse cada 
vez más á Roma, esperándolo todo de esta potencia, y llamando constante- 
mente á los romanos como á sus libertadores. Es indudable que Roma mos- 
tró en esta ocasión más prudencia que audacia: si desde luego hubiese en- 
viado un ejército á España, es probable que Aníbal no hubiera podido pasar 
á Italia. Dejó á los griegos habérselas solos con el general cartaginés, é Inten- 
tó detenerle con procedimientos diplomáticos: tratados, embajadas, ame- 
nazas, y aun suscitándole dificultades políticas en Cartago por medio del 
partido conservador ó tradición a lista cartaginés, siempre opuesto al imperia- 
lismo de los Barcas. El cálculo de los políticos falló entonces, como tantas 
otras veces. Cuando la guerra es inevitable, lo mejor, lo cuerdo, es arrostrar- 
la cuanto antes. Lo dice el refrán: «Quien da primero, da dos veces.» 

Aun abandonados los griegos á sus propias fuerzas, opusieron una resis- 
tencia tenaz. ;Qué no hubieran hecho con el apoyo de un buen ejército ro- 
mano^ Primero atacó Aníbal á los saguntinos, que defendieron heroicamente 
su ciudad. Dice Tito Livio qup Aníbal reunió en torno de Sagunto un ejér- 
cito de 150.000 hombres; y debe de ser cierto, pues, aparte de que aún ten- 
dría bajo su mann casi todas las fuerzas que luego distribuyó entre el África 
y la Península, le ayudarían los contingentes de los indígenas, sus aliados ó 
clientes, del mismo modo que Cortés juntó 200.00 > indios para sitiar á Mé- 
jico. De máquinas de batir — arietes, catapultas, etc. — habla en aquel ejér- 
cito cartaginés cuanto el arte de la destrucción había producido hasta enton- 
ces de más perfecto. Utilizóse también contra Sagunto una torre de madera, 
más alia que los muros de la ciudad, y desde cuya elevada plataforma ba- 

(I) Víase Rítumtn hitlóriio-crilico lit la /.itíralura Espahota, pot D. AnECl Salcedo 
Ruii (página 11). Cnsa editorial Calleja. 



{ExpUcaeiótt dt la 1 


ámi;a XXX/.) 


Art« pdako. - 


I.TodoslasDbjctassenaladaB con este número «m amolelí» de marfil hallados n 


1) necrópolis de Ercsa 


y Talemanca (Ibiía.) - 1. Colganles de toUir de marfil que se mezclaban con las 


cuentJs.-3.Anillodí 




df Piirminy (Ibiía.)- 


S. Sortija demeljl. — 6. Sortijadeoro. — 7. Hacha de afei-ar como las deCarUjo. 


halladlen lbiia.-8. 


Braialetedcinílal.-9.Tniaiasde cobre- 10. Sello de marfil. -11. Coleante de 


RiirRl en forma de un 




Sello. -H y 15. Sorti 


3s(necrdpolisdeEresa.)— 16. Collar de cuenUs de vidrio y piedra. — 17. Anillode 


oroconinsrripdúncor 




latinizada - 18. Pend 


ente de ora. — 19. Anillos de hierro (neciñpolls de Talemanca).- 20. Disco de piedra 


perforado. -21 á 23, A 


nillosdebrüncc.— 24. Brazalete ú collar melilico en forma de loiquí.-IS. Espeio 


melilico reducídu á la 


usrta parle de su iliámelro. -2b. Aro de vidrio. - 27. Agnia de malla para hwrerre- 


des. TaniaflQ. dos Icrci 


s del oriBinal. — 27 bis. Tubo de vidrio con irisationes metílicas, de uso descono- 


tido: reducido 1 dos le 


cio5 del tamaño njiuial. Procede de la necrópolis de Talemanca (Ibiía.) 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



Historia GrApica db la CiviuzaciiÍ» Española LXmina XXXJ 



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^ CivíLizAciÚN Española Líuin* XXXU 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPÁÍ^/l S/ 

liase con aceite hirviendo y toda suerte de armas arrojadizas á los defenso- 
res. Éstos, sin embargo, desplegaron tal energía, que se hicieron dignos 
de figurar en la historia del humano heroísmo al lado de los hombres de Ma- 
rathón y de las Termopilas, sus antepasados de raza, y de los hombres de 
Zaragoza y de Gerona, sus remotos descendientes en España. £1 mismo Anf- 
bal fué herido ante las murallas (i) al hacer un reconocimiento. Tito Lívití, 
Polibio, Plutarco, Appiano, Floro, todos los historiadores del tremendo suce- 
so están conformes; los saguntínos se suicidaron colectivamente, arrojándose 
al fuego con sus riquezas antes que entregarse al enemigo. El sacrificio, sin 
embaído, no pudo ser completo, ya que la ciudad no fué destruida, toda vez 
que Aníbal dejó en ella guarnición, ni perecieron todas sus riquezas ni todos 
sus moradores, pues consta que fueron enviados cautivos y botín á Cartago 
como trofeo de la victoria; y cuando los romanos tomaron á Sagunto, volvie- 
ron á poblarlo los sobrevivientes de la catástrofe. Quizás escaparan muchos 
en la última desesperada salida que refieren los historiadores. 

El ataque á Sagunto trajo como inmediata consecuencia el rompimien- 
to de la guerra entre Roma y Cartago. Antes de emprender la tan pre- 
parada expedición, Aníbal recorrió España, ofreció en Cádiz sacrificios á 
Hércules, y presidió la distribución definitiva de sus tropas; pasó el Ebro 
con un ejército de 90.000 peones, 12.000 jinetes y 40 elefantes, dejando en 
Cartagena con otra hueste á su hermano Asdrúbal y en Sagunto á Bostar, 
encargado especialmente de guardar los rehenes de las tribus confederadas. 
Los griegos é iberos helenizados de Cataluña opusiéronle tal resistencia, á 
pesar del escarmiento de Sagunto, que desde el Ebro hasta los Pirineos Ani- 
b^ perdió la cuarta parte de su gente. Hamnón quedó en esta comarca mal 
sometida para presidiarla, y por el Canigó cruzó el gran caudillo la cordillera 
pirenaica. Estaba en el difícil paso cuando supo que unos 3.000 carpeta- 
nos hablan desertado. Aníbal no se inmutó; hizo indagaciones, y descubrió 
qne habla otros 7.000 españoles igualmente disgustados de que los llevaran 
tan lejos y dispuestos á seguir el mal ejemplo: adelantóse á sus deseos, y 
con aparato militar los licenció, ó, mejor dicho, los despidió ignominiosamen- 
te como indignos de ir en aquel ejército. Asi sabía excitar el pundonor 



lO Según Tito Livio, es 
hwe (aponer qne fneion comí 
■raaiteciara militar upa Kola. 



(EiflÜMÓH Jí Li lámina XXX J I.) 

Arte péalCO. ■ 1. Eslc idminhlc cjnnplir « uno de los mis Inlcmantcs di;1 irte cartaginés tn Us 
Saltara. 1 poai ie «■ pcqiwflo tamaflo. Mide 20 cmlimdros de alto por VI it ancho, pesa 188 gramos, y 
Ib^ CakicKlo en el siglo 111 de la Era vulgar. Es del llamado barro lagunllno, con el cual los romanos hi- 
cieran mucha loza ycerlmlcí, y tiene el colar carmín pardusco que le es ciraderistica. Ostenta en relieve un 
CDBlHte de na homlire con un león, que representa al dios Bes en su función de exterminar á los animales 
pan protegn al homttrc. —1. No es inlerloral anterior como obra de arte esta tacita, tambiín de barro sa- 
KaBlii». coa la ora de un dios en relieve. No mide mis de 12 centímetros de eitremo í extrema de lasasa^. 
l>rocedc de Eren. — 3. Taza detanaito proporcional á la anterior {Talemanca). — 4. Otro vaso de tamaño 
prapordonado a) interior. — 5. Urna con despolos htimanos Incinerados (Eresa). —b. Jarro de barro sagun- 
bMO fTalemaiKa, Iblu). — T, Vaso de barro laguntlno (Talemanca.) — 8. Urna con despojos fúnebres. — 
t. Vaso de kni (Ibiía). — 10. Taza de cerlmica flna. Qnlnla parte del natural. — 11. Botella. Reducdún 1 la 
qúMa parte. ~ 12. Botella de loza ornamentada y con dos asas. Tamaño de la anterior (Pottus magnus). — 
11. Vaso de vidrio naorado. El original mide 12 cenlimetros de alto (Portus mB«nust. — 14. Taza de barro 
cocido. Su lamailo son cinco centímetros (Portuí niagnuí]. — 1 í. Ungúentario de cerámica fina. Mide nut- 
re lentfmetro» de alto, y procede de Talemanca. 



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88 HISTORIA DE BSFaSa 

individual, que es la más sólida base de la discipliaa, y sin el cual no puede 
haber ejércitos dignos de tal nombre. 

30. — Anibat salió de nuestra Península ya muy mediada la primavera 
del 2l8, A primeros de Agosto desembarcaba en Emporium un ejército 
romano mandado por Cneo Scipión. Habla sido preparada su venida por 
emisarios que recorrieron los pueblos excitándolos á levantarse contra los 
cartagineses. En algunos lugares estos emisarios bubieron de oir amargos re- 
proches por el abandono en que los habla tenido Roma mientras ellos lucha- 
ban con Aníbal; pero el espíritu de todas aquellas gentes era an ti cartaginés, 
y al saber que Scipión estaba en EtHporium y habla sido recibido por los 
griegos como un libertador, aprestáronse á sacudir el yugo que aborrecían: 
únicamente los iUrgetes se mantuvieron fieles á los cartagineses, y su régulo 
Indibil acudió al campamento de Hamnón. Se dio la batalla cerca de Tarra- 
gona (i), la ganaron los romanos, quedaron prisioneros Hamnón é Indibil, y 
la región entre los Pirineos y el Ebro fué perdida para Carlago. Cuando, vi- 
niendo á marchas forzadas desde Cartagena, Asdrúbal se preseató cerca de 
Tarragona, ya todo estaba perdido, y el hermano de Aníbal tuvo que repa- 
sar el Ebro precipitadamente. 

En lo que hoy es Cataluña, excepto la provincia de Lérida, Cneo Scipión 
encontró una solidísima base de operaciones, fundada en el odio archisecu- 
lar de los helenos á los cartagineses: ya que no podían ser libres, aquellos 
pueblos querían ser romanos. Durante todo aquel año de 218 el Ebro fué li- 
mite entre romanos y cartagineses. En la primavera de 217 Asdrúbal se 
acercó al río con un ejército muy reforzado y en combinación con una es- 
cuadra mandada por Himticon, que subía costeando paralelamente al ejér- 
cito de tierra. Scipión tuvo entonces un pensamiento genial: embarcó en sus 
naves lo mejor de su hueste, y fuese contra la flota de Himilcon, á la que 
derrotó por completo en la desembocadura del río. Cumplióse, como tantas 
otras veces, que el dueño del mar lo es también de la tierra: los romanos co- 
rrieron la costa de Levante hasta Cartagena, destruyendo los establecimien- 
tos marítimos de sus enemigos, desembarcando donde querían, haciendo in- 



{l-:x/>U,„dhi dt l„ hu,n,„t XXXI l¡.\ 

Arte ptollCO. - 1, i. a), 21,2; y 23. t-raiímratos de cfrSniicalinl decorada con rtlirvH y polidomii 
Hinallida de un Ei'^Io ndniirablr. Todos «lán reducidos á la quinta parte de su tamaflo — 2. Escanbaja de 
|iifdr:i. — 1. Lucerna de ccidmica fina. En la elegancia de su larnia 9e advierten reminiscencias griegas. F.^l 
reducidla lacunrla parir de sil taniaüii. rrtKvdedeTalemanca. — 4. Escarabajo («mal lado de varios colom 
y con irií9d<>nesmetillri<i. - í. Ceiániica Rna cnn relieves cnmo lanüm. I, y, como aquélla, poticromada < 
esmaltada, b y 9. El niimero 9 es un vaso para saciilicius con (res recepticulos para la distinta colocadAn de 
los cileos sagrados y ottat materias emplead.15. Ostenta una cabeíade camero, inliEua representación de Bail. 
dlD'. siipremí) adorado <n Eresa como en ]> milrópnli CirlaKo, En lis ruinas de esta ciudad se han encon- 
trado muclios viios ilecslos de iijual íorma. La c.ihcza de carnero que señala el nilm. 6 pertenece! olroJc 
estos vasos. Todi« ellos sen de barro cocido, Eslos ejeinplsres fueron hallados en b necrópolis del poebh 
de San Rafael, si bien ti mayor número de vasos de esla Clase se encontraron en un templo subleriíneo J' 
]>iiii; lien Valli. S. (llandes de plomo de los añílenos honderos baleares. Fueron hallados en la necrúf»- 
lis de l'ulB den Valls, iHililacifln primiliva inmediili y muy anterior á Ercsa. - 10. Objeto de uso descoii> 
cido. 7,11. 13 y 23. Impresión de varios selloscon caracteres púnicos y latinos.- 12. IS, 16 y IS. LiK«ii>« 
de barro cocido. Los números liy 16s<nidecerámicafina,y proceden, rcspedivamenle, deTalemanay En~ 
sa. E' de notar la gran senK)an/a de eslas Inccmas con los candiles romanos y griegos, - 19, Criba de «- 
r.imic.i. Se enciuMiir.in ,-n .li,tintfi! hii;,iri;' de Ihi^a, - 17, Eí-votos de barro cocido. Necnipolis de Eiesa, 



,C^.ootílc 



Historia Grífic* db lh Civilización Española Uhiha XXXIII 



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Historia ChÍcic* db i^ Civiu/aciún EspaSola 




Monedas ■utdaomat cspaAolRi. 



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HISTORIA DE ESPaSa yl 

cursiones, garbeando botín y ganándose aliados. Asdrúbal no avanzó hacia 
Tarragona: al ver deshecha su armada retrocedió para cubrir las ciudades 
del litoral, y, sin perder batalla, perdió la campaña. 

31. — Ño es propio de una Historia elemental el circunstanciado relato 
de una guerra tan larga y Tecuada en peripecias como la sostenida entre car- 
tagineses y romanos por la posesión de España. He aquí en breve resumen 
sus principales acontecimientos: 

A^ 2IJ. — Después de la batalla naval ya referida vino Publio Sd- 
pión, hermano de Cneo, con treinta galeras y 8,000 soldados. Indibil, que 
habla recobrado la libertad, y Mandonio, otro régulo de los ilergetes, ataca- 
ron á los pueblos confederados de Roma, y fueron vencidos por éstos con ei 
apoyo de un destacamento romano. En este año ganó Anfbal en Italia la gran 
batalla de Trasimeno, 

AHo 2¡6. — En este aña, famoso por la victoria de Aníbal en Cannas, 
los dos Sdpiones pasaron el Ebro y llegaron á Sagunto. No pudieron rendir 
la Quamidón cartaginesa mandada por Bostar; pero hicieron con éste un 
trato en cuya virtud les fueron entregados los rehenes celtibéricos, carpeta- 
nos y de otras naciones del interior que habla dejado allf Aníbal. Los gene- 
rales romanos les dieron aparatosamente libertad y los mandaron á sus pue- 
blo* colmados de agasajos y presentes: asi se pusieron en relaciones directas 
con las tribus del interior y tuvieron expedito el camino para la recluta mer- 
cenaria; desde entonces siempre hubo celtiberos en los ejércitos romanos. 

AMo 2I¡. — Asdrúbal Barca fué completamente derrotado por los Sci- 
piones á orillas del Ebro. Dfcese que murieron 25.000 cartagineses, quedando 
10.000 prisioneros. A consecuencia de esta gran batalla los romanos reco- 
rrieron toda la Edetania y la Contestania, apareciendo por primera vez en la 
Bética, donde algunas ciudades, como Uliturge (Andújar), tomaron su partido. 

AOo 214. — Los Scipiones se apoderaron de Sagunto, volviendo á esta- 
blecer en ella á los habitantes que habían sobrevivido á la catástrofe. 

A^ 212. — Reacñán ofensiva de los cartagineses. — Reforzados éstos 
por tropas venidas de África, entre ellai Masinisa con sus númidas, los Sci- 
picmes fueron derrotados y muertos separadamente: un mes de intervalo hubo 
entre una y otra batalla. Cneo pereció peleando con Asdrúbal Giscón, y por 
la defección de 30.000 celtiberos mercenarios que llevaba en su ejército, á 
qniencs ganó el cartaginés con la promesa de mejor soldada. Publio sufrió la 
misma suerte combatiendo con Asdrúbal Barca, Masinisa y el español Indibil. 
Los romanos se retiraron al Ebro capitaneados por Tito Fonteyo; pero un sim- 
ple caballero. Ludo Marcio, oficial de insigne mérito, reanimó el decaldo va- 
lor de los legionarios, que le aclamaron por su general y asi volvió cara el 
ejército derrotado, y derrotó á su vez á Asdrúbal y á Magón. Los soldados 
dieron á Lucio Marcio el titulo de pro-pretor. 

Aiu» 211. — Al recibir las cartas de Marcio participando tan gloriosa vic- 
toria, el Senado de Roma elogió su conducta; pero juzgó mal que se diera 
el título de pretor, que no le habla sido concedido legalmente, y nombró 
pro-pretor á Claudio Nerón. Desembarcó éste con un refuerzo de 11.000 
infantes y i. 000 jinetes; Mardo se apresuró á ponerse á sus órdenes y vol- 
ver á las ñlas de donde habla salido en el instante del peligro, para brillar 

{fiftííaciin ¡ü ¡a láiHina XXXIi'.) 

Oailir.~4, 5, 6y 7. Aric Saicuntuni. — 8, A[f« 
unas.- 14. IS y 16. PHODE. - 17 «126 Em- 
I*. - 30. Insulx «diacfnie. — 31. Tolrtom,— 



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02 HISTOSIA DE ESPAÑA 

tan esplendorosamente. [As! era la disciplina política y militar de los roma- 
nos en la época de su engrandecimiento! ¡Qué contraste con lo que fué luego, 
en la decadencia del Imperiol 

Claudio Nerón consiguió envolver al ejército de Asdrúbal; pero el astuto 
cartaginés le engañó con falsas negociaciones de paz, y esquivó el peligro. 

En el otoBo de este año llegó á Tarragona Publto Cornelio Scipión, joven 
de veinticuatro años, hijo del difunto Publio. Trata otro ejército de ii.ooo 
hombres. 

Añt? SIO. — Aprovechando la situación de los tres ejércitos cartagineses 
— el de Magón estaba cerca de Cádiz; el de Asdrúbal Giscón, en la desem- 
bocadura del Guadiana, y el de Astrúbal Barca, en Carpetanja, — Publio 
Cornelio Sdpión pasó el Ebro cnn 25.000 infantes 
y 2.500 jinetes, y por la costa, marchando siempre 
en comunicación con la escuadra que cubría su flan- 
co izquierdo, á los siete días llegó delante de Car- 
tagena. Fué una sorpresa; en aquel momento no 
pasaba de mil hombres la guarnición de Cartago 
Nova: tal confianza teniao loa cartagineses en la 
fortaleza del lugar. Scipión lo tomó por un golpe 
de audacia. Dice á sus soldados: \Mosotros atacare- 
ntos, y el dios NeptuMo nos entregará la cÍHdad\ 
Organizó sus columnas de asalto y las dirigió con- 
tra los montes abruptos, robusto é inaccesible ci- 
miento de los muros. La empresa no podía pare- 
cer más descabellada: aquel asalto era imposible. 
No se trataba, en efecto, sino de deslumbrar á la 
pequeña guarnición y atraerla á las murallas. Sci- 
ScipWn el AfrUano. pj^,, sabia que bordeando la base de uno de ios 
montes que daban al mar habla un estrecho é irre- 
gular caminejo de playa, descubierto á trozos y vadeable en los parajes en 
que lo cubrían las aguas: por alli dirigió una centuria de soldados escogi- 
dos, que llegaron á la muralla por un sitio donde no habla defensores, y 
á la escalada entraron en Cartagena. Esta plaza fortfsima fué asf tomada en 
media mañana. 

Cornelio Scipión, gran capitán, el mayor que produjo Roma, con la única 
excepción de César, es quizás el primero de toda la Historia en el acer- 
tado empleo de la poliiica de la guerra, ó sea el arte de ganar los corazones 
de sus enemigos y de saber reducirlos y dividirlos por la astucia: la fuerza 
material de las armas sólo era en manos de Scipión uno de los factores 
del combate y de la victoria. En Cartagena trató á los españoles auxiliares 
de los cartagineses con una calculada generosidad tan grande y de tanto apa- 
rato, que los hizo enteramente suyos y moralmcnte los separó para siempre 
de Cartago. Mientras que los soldados carlagineses eran reducidos á duro 
cautiverio, los españoles eran puestos en libertad por el general romano, col- 
mados de regalos y tratados como amigos á quienes se quiere libertar de un 
yugo duro y afrentoso. Lleváronle los soldados una españolita de rara belleza 
que vivía en Cartagena, prometida de un principe celtibero llamado Allucio. 



I.Carmo. ~ 12. Orbiila. 



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MlSTOKEA (JfiínCA DB LA ClVILIZACII>N ESPAÑOLA 



Umina XXXV 




MODCdia KntónomBS Mpafloli 



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<J4 HISTORIA DE ESPAÑA 

como el mayor presente que podían ofrecer á un general joven y enamora- 
dizo. ScipiÓQ guardó á la hermosa cautiva como hubiera podido hacerlo con 
una hermana suya, y la entregó á su novio, diciéndole: •Recíbela de mis ma- 
>no5 tan pura como salió del techo paterno: en recompensa sólo te pido 
>amistad parael pueblo romano». Entusiasmado Allucio por este acto, rarl- 
sirao en la edad antigua, hizo grabar la conmovedora escena en un escudo de 
plata que regaló á Scipión. La misma conducta observó éste con la mujer de 
Mandonio y las hijas de ladib\l,jáven£sj/ hermosas, dice Tito Livio, y coq igual 
resultado, pues, conmovidos los intrépidos régulos de los ilergetes, tan devo- 
tos de los cartagineses y sus más valientes auxiliares en España, dejaron el 
partido que seguían y se pasaron á los romanos. 

Año 210. — Ganó Scipión una batalla á los cartagineses, mandados por 
Asdrúbal. Entre los prisioneros estaba un sobrino del rey Masinisa. Sciptón 
le dio libertad después de agasajarle en su tienda, y le mandó á los reales del 
rey númida con una escolta de caballería, y regalado con un anillo de oro, 
un traje militar y un caballo enjaezado ricamente. 

Año 208. — Asdrúbal Barca pasa los Pirineos con un ejército para ir en 
socorro de Aníbal. Queda mandando á los cartagineses otro Hamnon, recién 
llegado de Cartago. 

Aib) 20^. — Silano, lugarteniente de Scipión, sorprende á Hamnon en la 
Celtiberia ocupado en hacer levas, y le aprisiona. Lucio Scipión, hermano de 
Cornelio, rinde varias ciudades en la Bélica. 

Año 206. — Asdrúbal Ciscón y Magón, con dos ejércitos, únicos que res- 
taban á los cartagineses, sólo dominaban ya el extremo meridional de la Bé- 
lica (Sevilla y Cádiz). Allí l.is buscó Scipión, y los derrotó. Asdrúbal se refu- 
gió en Cádiz con su gente dispersa. Viendo lan caido el partido cartaginés, 
Masinisa «acordó de moverse al movimiento de la fortuna y bailar al son que 
ella le hacia* (1), y entregó la ciudad de Gades á los romanos. La entrega se 
formalizó por un pacto solemne entre Roma y Gades; por donde esta última 
fué siempre considerada como colonia de Tiro, aliada del pueblo romano. 

Asf terminó la dominación cartaginesa en España. Magón, el último que 
aquí mandó á nombre de Cartago, se refugió en Ibiza. 

La guerra entre cartagineses y romanos por el dominio de nuestra Pe- 
nínsula habla durado doce años; y la historia de aquellas campañas, que co- 
nocemos harto mejor que la de muchas otras muy posteriores, gracias á los 
escritores clásicos que las narraron con toda la prolijidad que consentía la 
sobriedad antigua, aunque algo dura dé aprender por la diücultad de fijar 
bien los lugares en que se operaba y por la confusión que origina la iden- 
tidad de nombres de varios de los principales generales (z), es provecho- 
sísima para el militar, aun en nuestra época, y también para el político. En 
efecto; semejante lucha no fué, como tantas otras lo han sido, una serie de 
matanzas confusas, sino una obra maestra de estrategia por ambos belige- 
rantes, y del arte de atraerse y ulili/ar á pueblos de inferior cultura, cual 
eran entonces los españoles del interior de la Península. 

Nada más metódico, más desenvuelto con arreglo á plan ni ejecutado 
coa más habilidad y firmeza que la acción de los romanos. Desembarcaron 
en Cataluña, región donde los pobladores, griegos de origen ó iberos heleni- 



(I) Mariana, libro II-XXII. 

(21 Dice D. Modesto Lafueme, en nota al cap. V, libro I d« su ¡Rttoria dt España: 
«Esta idenlidnd de nombres, tantos HamniSn, lautas Magón y laníos Asdrúbal, como asimismo 
lita pluralidad de Scípíones, rácilmente pueden producir confusíAn no poniendo cuidado en 
.. j;..: — :_, __ .. j._ , — _ .. ,. — j| ],js[oriador no puede remediai». 



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HISIORIA UE ESPAÑA C|5 

zados, los esperaban como libertadores: ast no tuvieron que luchar alli mis 
que COD el ejército cartaginés de guarnicián — los 1 1 .000 hombres mandados 
por Hamnón — y con los ilei^etes (lendanos), fíeles aliados de la gente pú- 
nica, y en una sola batalla feliz quedó decidida la suerte de la comarca, te- 
niendo ya los romanos con tal triunfo una inexpugnable base de opera- 
ciones, constituida por las actuales provincias de Tarragona, Barcelona y 
Gerona. 

Los primeros Scipiones llegaron al Ebro, y allí se detuvieron, haciendo 
de este río, tan fácilmente defendible, la barrera fortlsima de lo ganado en 
la campaña. Aunque más allá del río contaban con amigos y altados que los 
llamaban — todos los pueblos edetanos de espíritu helénico, — no se aven- 
turaron en un avance prematuro, sino que aguardaron pacientemente á que 
los cartagineses fueran á estrellarse en la barrera que habían establecido. 
No avanzaron hasta que se hubieron realizado estos tres hechos: I." Haber 
derrotado varias veces á los ejércitos de Cartago en la linea defensiva del 
Ebro. 2." Haber conseguido la superioridad marítima para dominar toda la 
costa, desde la boca del Ebro basta Cartagena. Y 3.° Haber conseguido con 
diestra política abrirse en la Celtiberia una caja de reclutamiento mercenario 
in^otable. 

Sentados estos fundamentos de la conquista con la solidez con que asen- 
taban la base de sus grandes edificios, avanzaron resueltamente, hicieron 
atrevidas incursiones hasta el corazón de la Bética, y vino un periodo, inevi - 
tablemente algo confuso, de operaciones múltiples, en que, sin embargo, 
siempre fueron ganando terreno, hasta que en una reacción ofensiva de los 
cartagineses y por la defección de los mercenarios celtíberos perecieron los 
dos Scipiones. Mas la solidez militar del ejército romano, en que había oficia- 
les subalternos, como Marcio, capaces de mandar en jefe y legionarios capa- 
ces de dejarse mandar por ellos, y la solidez política de la conquista, fundada 
en la adhesión de los pueblos, resistieron victoriosamente Á la prueba: cuan- 
do llegó el gran Scipíún, todo estaba preparado para consumar la obra. 
La consamó Scipión con golpes de genio en que si es de admirar al militar, 
prudentísimo 6 audacísimo según pedían las circunstancias de cada momen- 
to, aún más al político que sabe dividir á sus adversarios y quitarles los alia- 
dos que eran su fuerza. Repásese la Historia, y se verá que en esto de man- 
dar soldados y conquistar pueblos pocas veces ha rayado más alta la inteli- 
gencia humana ni desarrollado el hombre con más firmeza un plan bien con- 
cebido. 

También los cartagineses demostraron ser dignos de disputar á los ro- 
manos la supremacía en el mundo. Sus generales, especialmente Asdrúbal 
Barca, hermano de Aníbal, acreditáronse de profundos estrategas y de cau- 
dillos valerosos y tenaces. Empero Cartago era inferiora Roma en su consti- 
tución interna. De Cartago 00 salían los admirables legionarios, ciudadanos, 
soldados, que formaban la base rocácea de los ejércitos de Scipión: todos sus 
hombres de guerra eran ó mercenarios, ó prisioneros, ó levantados forzosa- 
mente en las tribus sometidas. Hs verdad que con una primera materia tan 
mala organizó Aníbal un ejército admirable; pero lo mejor de este ejército se 
fué con su caudillo á Italia, y las tropas que aquí quedaron con Hamnón y 
Asdrúbal debían de ser las inferiores. Además, como la guerra fué tan larga, 
consumió las huestes que combatieron al principio; hubo que ir reemplazán- 
dolas de cualquier modo, y este reemplazo atropellado basta para explicar 
la progresiva decadencia de la potencia militar de los cartagineses. ^Eran 
acaso los soldados de Marengo, Austerlitz y Jena los que presentó Napoleón 
en Leipzig? Pues tampoco Aníbal luchó en Zama con sus veteranos de Can- 



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Historia Gkáfica db la Civilización Española LAmina XXXVI 



K Atenea dMcnbicrU 
•a Denli. 

(Víast píg. M), 



Eicnllora ibérica de 
laflDcacla romaoB, 
pertciiccleaie i la 

encontrad* en el Ce- 
rro de loa SantL.a (Al- 
bacete). 



Iduloa baatltano*. 

nigiUrrlb/GOOglC 



HISTOBIA DE ESPASa (jJ 

Das y Trasimeno. En las campañas de nuestra Península basta la lectura de 
su relato para notar que los ejércitos cartagineses que peleaban en 206 eran 
mucho menos consistentes que los que luchaban once años antes en las már- 
genes del Ebro. 

Ahondando más, no larda en advertirse que Roma era un pueblo per- 
rectamente moldeado por sus condiciones de raza y por su espontáneo des- 
arrollo histórico para la guerra y para la dominación, al paso que en Cartago 
(/ imperialismo no fué más que un accidente, producto, no de la propia sus- 
tancia nacional, sino de un partido, ó, quizás mejor, de una familia: la de 
los Barcas. 

32. — Las densas tinieblas que nos cubren los tiempos ante-romanos, 
que bien pueden calificarse de casi prehistóricos, pues aunque tenemos de 
ellos datos escritos no son los suficientes para reconstruir su historia, es- 
clarécense algún tanto por los monumentos que conservamos de tan re- 
mota época, cuyo estudio es el objeto propio de la Arqueología. Algunos 
hemos citado ya¡ pero aquí conviene resumir los más importantes: debiendo 
advertirse que no de todos los monumentos ante-romanos se tiene la seguridad 
de que lo sean en términos rigurosos de Cronología; es decir, que pue- 
den datar de fechas posteriores á la conquista romana. Lo que significa el 
anie-romoMÜmo en este caso es que artísticamente corresponden á las ci- 
vilizaciones que florecieron en nuestra Península antes de predominar la 
latina. 

De la Edad prehistórica se conservan muchas cavernas, que fueron mo- 
rada de los hombres paleolíticos, vestigios de palañtos ó casas lacustres, 
multitud de cuevas artíñcialcs — algunas de las cuales, como las circulares de 
Palmella (Portugal), más bien parecen sepulcros que viviendas — agrupadas 
formando aldeas, casi todas en montes y próximas á rios, algunas con varias 
cámaras interiores: deben de ser de tiempos más adelantados los castras, de 
Galicia, las citamos^ del Norte de Portugal, que son verdaderas plazas fuertes, 
y los talayots, de las Baleares; tenemos todas las variedades conocidas de 
turnias prekisióricas, mucha cerámica, algunas joyas, y de armas y herramien- 
tas, un copiosísimo catálogo. 

Del arte miceniano son indudablemente la parte más antigua de las 
murallas de Tarragona, «uno de los monumentos de primer orden — como 
ha escrito Tlübner — que Espaifa ha poseído y posee> , aunque bien pudieron 
ser construidas en tiempo de los Scipiones, y sepulcros como el dolmen de 
El Romeral (Antequera), y una gruta funeraria en Carmona. ¿Cómo vino á 
España este arte miceniano? No se sabe. 

La coexistencia de fenicios y griegos en nuestra Península explica la co- 
existencia de monumentos púnicos, ó, mejor dicho, orientales, de monumen- 
tos griegos y de otros que ofrecen una rara mezcla de orientalismo y hele- 
nismo. El primer grupo es poco numeroso, y su más curioso ejemplar, que es 
el antropoide, descubierto en Cádiz (10 Marzo, 188;), figura de un venerable 
varón esculpida en la tapa de un sepulcro, si por la fisonomía y el ropaje de- 
nuncia su carácter púnico, por la maravillosa ejecución parece revelar una 
mano helénica. Obras griegas tenemos varias, y muy hermosas, pero de au- 
tenticidad dudosa, ya que en los tiempos de Adriano y de allí en adelante 
los escultores latinos tenían á gala imitar las antiguas estatuas de Grecia. 
¿Quién puede, pues, saber si el Apolo que se conserva en el Museo de Tarra- 
gona, ó el Centauro que se custodia en el Arqueológico Nacional, son heléni- 
cos ó imitación latina del helenismo!' 

El curioso grupo de monumentos greco-orientales está representado: 
i.° Por las muchas estatuas descubiertas en el Cerro de los Santos (tér- 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



íjiS HISTOUIA DE ESPAÑA 

mino de Montealegre, linddndo con el de Yecla) en 1871. 2° Por el Busto de 
Biche, descubierto el 4 de Julio de 1897, hermosísima figura de mujer que es 
una de las obras más admiradas en el Museo del Louvre. 3.° Por las estatuillas 
denominadas idoloi ibéricos. 4." Por la esfinge de Balasoie (Museo Arqueológi- 
co Nacional) y el león de Bocaireitíe {tAusto de Valencia). V 5." Por el tesoro 
de Jávta (Alicante), ó sea una pequeña colección de piezas de orfebrería 
labradas primorosamente, y del carácter artístico de las que adornan á las 
estatuas del Cerro de los Santos. 

No pertenecen á este género, sino á un arte primitivo y tosquísimo, los 
toros 6 cerdos de Guisando, Avila y otras localidades de Castilla, que, según 
Fernández Guerra, fueron piedras terminales, y, según Hiibner y Gómez-Mo- 
reno, monumentos funerarios. Tienen en el lomo unos hoyuelos ó cavidades 
en que John Rivett-Carnac ha visto caracteres del alfabeto hemisférico, de 
que van apareciendo inscripciones en Inglaterra, Escocia y en las más pro- 
fundas capas de las ruinas de Numancia: algunos tienen también inscripcio- 
nes latinas. 



^y^ 



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VI 



VIRIATO Y NUMANCIA 



SS. Cuácler de la conquista loinana: cuino suelea descríbiila nuestros liistoriadores. — 
M. Cómo faé realmente. — SS. Loi íletgetes: Indibil y Mandonio. — M. Ka la Espaüa ceñ- 
irá] f ocddealal. — 37. Roma. — 3t. CriÜca histórica. — 39. Los prímetoi aHos déla con- 
igaiitB. — tO- SumUiónde la Celtiberia. — ti. Virimto. — 13. Numancia. — «3. Sumisión de 
lo da la Península. 



33. — ÍLs costumbre de nuestros historiadores — especialmente del si- 
glo xviu acá — pintar la resistencia que hubieron de ir venciendo los roma- 
nos en nuestra Feninsula hasta dominarla, ó, mejor dicho, hasta romanizarla 
6 latinizarla, como una guerra nacional valerosamente sostenida por un pue- 
blo independiente contra una potencia invasora. Liste cuadro, en que se han 
derrochado los más brillantes colores de la elocuencia patriótica, no puede 
ser más contrario á la realidad histórica. 

3%. — No pudo ser nacional aquella resistencia, porque en la España so- 
ju^da por los romanos no habla nación alguna, ni la más vaga ¡dea de for- 
marla, sino tribus de diferente origen y diverso modo de ser; unas, las que 
poblaban las regiones costeras del Mediodía y Levante, civilizadas desde 
muy antiguo por el contacto educador de cultos extranjeros, no opusieron á 
Koma otra resistencia que la de algunos pueblos ñeles á los anteriores do- 
minadores cartagineses, ó que se habían comprometido más con ellos. Asf 
como Cartago encontró segura base para su imperio peninsular en las co- 
marcas de antiguo influidas por el elemento púnico, y oposición tenaz en las 
helenizadas, los romaoos tuvieron su base sólida en estas comarcas helcniza- 
das, y oposición en las púnicas. Por amor ó por ñdelidad á Cartago, muchas 
ciudades de la Bélica lucharon valientemente contra Cornelio Scipión, y obli- 
garon á ir sometiéndolas por una campaña metódica de sitios que dirigió 
su lugarteniente Marcio: Castulón, lUturgo, y sobre todo Asiapa, se distin- 
guieron en estas defensas; Astapa hizo por no caer en poder de Marcio, lo 
mismo que Sagunto había hecho por no caer en poder de Aníbal; un suicidio 
colectivo, trágica corona de una resistencia desesperada. Pero cuando Car- 
lago desapareció de la escena peninsular, perdiéndose la esperanza de su 
vuelta, las ciudades púnicas compitieron con las helénicas en devoción al 
pueblo romano. Desde el Pirineo oriental hasta el Océano Atlántico, siguien- 
do á lo lai^o de la costa — Cataluña, Valencia, Murcia, Andalucía y los Al- 
garbes, — todo fué romano; y si algunas veces hubo en estas regiones guerra 



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lOO HISTORIA DE ESPAÑA 

contra Roma, es que la llevaron tas tribus del interior en incursiones ó ex- 
pediciones por el botín, y tratando tan cruelmente á los habitantes como á 
ios mismos romanos venidos de fuera. 

35. — En cuanto á las tribus del interior, hay que distinguir: i." A los 
galaicos, astures y cántabros, y quizás también á los vascones, que no estu- 
vieron en contacto con los romanos, ni tuvieron éstos sino vagas noticias de 
ellos hasta mucho tiempo después de su establecimientu en España. 2." A 
los habitantes de las zonas intermedias entre la civilización costera y la bar- 
barie central, de que son ejemplares los ilergetes ó leridanos en Cataluña, y 
ios celtiberos, que por Segorbe y Requena confinaban con la Edetania. Y 3." 
A la masa confusa de pueblos que ocupaban las grandes mesetas, y que los 
romanos solian apellidar en conjunto, sin distinguir tribus, celtiberos y lusi- 
tanos. 

Los habitantes de las zonas intermedias estaban, sin duda, en un grado 
de cultura superior á sus vecinos occidentales, aunque inferior á sus vecinos 
por Levante, k lo menos en el orden militar habían sido educados por los 
cartagineses, ó, mejor dicho, por los Barcas, y poseían ya el arte de juntar 
grandes masas de combatientes y hacer la guerra con algún orden. Tipo de 
estos pueblos en la época de la conquista son los ilergetes regidos por In- 
dibi] y Mandonio. Aliados ó clientes de Cartago, acuden al campo de Ham- 
nón para ayudarle contra el primer ejército romano que desembarcó en Km- 
porium: en la batalla queda prisionero Indibil, y Cneo Scipión le perdona á 
cambio de su protesta de sumisión. Vuelve á su tierra; pero á poco le vemos 
otra vez con Mandonio atacando á los pueblos aliados de Roma. Tito Livio, 
el gran retórico de la Historia, pone con esta ocasión en labios de los dos 
régulos un discurso patriótico, y hasta erudito, tan verosímil como los que 
nuestro poeta iircilla puso siglos después en boca de los caciques arauca- 
nos (1), Siguen haciendo la guerra hasta que Cornelio Scipión gana sus volun- 
tades: por la generosidad con dos mujeres cautivas de sus familias, de que ya 
queda hecha mención, se hacen entonces aliados de los romanos; mas al 
saber que Scipión estaba enfermo en Cartagena y que ocho mil mercenarios 
(le Roma acampados á orillas del Ebro se habían revuelto por falta de pa- 
gas, toman al partido cartaginés; son vencidos de nuevo, y de nuevo los per- 
dona Scipión, sin otro castigo que una contribución de guerra. En cuanto el 
conquistador salió de España levantáronse otra vez, llegando á reunir, según 
Livio, una hueste de 30,000 infantes y 4.000 caballos — probablemente seria 
de los mercenarios de Roma y Cartago, habituados á la guerra, y que con el 
término de ésta quedaron sin ocupación, — Los procónsules Léntulo y Aci- 
dino dispersaron á esla gente en un combate que costó !a vida á Indibil. 
Mandonio, enttegado por los suyos, fué ajusticiado, (Año 201 antes de Je- 
sucristo,) 

36. — Peor papel todavía que Indibil y Mandonio representaron en la 



(1) L¡b. XXir. — Véase la miiestrn: «No os fiéis de Unos exlranjcros que con prettilo 
le abatir et orgullo de los caitaiiineses vienen á quiuros vuestra libeiiad y usurparos vues- 
ros bienes. Asi vinieron antes los griegos; así los mismos cartagineses (de que [ndihil y Man- 
lonio eran ausiliarc» I , prometiéndonos fideli Jad con dulces palabras, para levantarse des- 
iQué necesitamos de los romanos para sacudir el yugo d« los carl^!i- 



sesiLos que se 


an unido á ellos son traidores á su patria y á su libertad,» No es 


lar que Tito Liv 




cliindoselas de 


an progresivo como D, Modeilo Lafuenle, haya escrito esla ton 




storiadores espafloles hay.in reparado bastante «n este primer i;ri 


pendencia;)-, si 


embaiíio, si aquellos dos jefes hubieran sido mis afortunado 


hubiera enconlra 


do eco entre sus compatricios, hubieran podido pasar por los pr 



uradores de Esp 



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Historia GrAfica de ij¡ Civilización Española 



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D,g,t7cdb/GOOgIC 



I02 HISTORIA DE ESPaSa 

guerra púnica los celtiberos. Ya los hemos visto venderse de soldados al me- 
jor postor: 30.000 de ellos iban con los Scipiones, y al ofrecerles Asdrúbal 
mayor paga abandonaron sus banderas. Semejante traición fué una de las 
causas principales de la derrota y muerte de aquellos generales romanos. 
Mas la palabra traición es anacrónica é impropia para califícar su conducta. 
(Qaé vinculo moral ni jurídico tenían aquellos rudos celtiberos con los roma- 
nos? Ninguno. ^Ni qué idea podian tener del honor militar, ni de las virtudes 
y cualidades que lo fundan, unos hombres que no tenían otra organización 
política que la rudimentaria de la ttibu? Varias familias unidas por el vínculo 
de la común descendencia constituían el grupo á que los latinos llamaban 
¿etts, muy semejante, por no decir idéntico, á la kaáila de los riffeños, nuestros 
enemigos actuales en el campo de MclÜla; no se dice idéntico, porque las kabi- 
ias ritTeñas tienen entre sí la unidad efectiva de religión y la política, más ó me- 
nos nominal, del Imperio marroquí á que todas pertenecen. Las kabila3Ó¿-CTi/« 
celtibéricas y lusitanas andaban sueltas; cada una adoraba sus ídolos, proba- 
blemente los manes de sus peculiares antepasados, y sus relaciones reciprocas 
se reducían á guerrear unas con otras permanentemente, como ahora las tri- 
bus negras del interior de África ó de Australia. Cada clan ocupaba un terri- 
torio más Ó menos extenso — nunca mucho— dedicado al cultivo ó al pastoreo, 
según las localidades, y en el paraje más á propósito para la defensa tenían 
su fortaleza ó cindadela, donde se guardaban los ídolos de la comunidad, 
vivían los jefes (1), celebrábanse las juntas ó asambleas para los negocios im- 
portantes y se recogían todos con sus ganados é instrumentos de labranza en 
caso de irrupción de poderosos enemigos. A estas fortalezas es á las que los 
romanos califícaron de ciudades celtibéricas, de las cuales nos dice Posidonto, 
reliríéndose á las trescientas que mandó destruir Tiberio Graco, ser tan pe- 
queñas, que no merecían otro nombre que el de aldeas fortificadas con torres. 
Los mismos romanos distinguieron también en las juntas de las tribus el sena- 
tus, ó sea la reunión de los jefes principales, y el concilinm, ó sea la junta ge- 
neral de todos los que formaban el pueblo. 

Para comprender bien esta organización conviene tener presente que 
durante el largo período de las insurrecciones y luchas contra los romanos 
no permaneció estacionaría, sino evolucionando en sentido progresivo: car- 
tagineses y romanos enseñaron á celtíberos y lusitanos á perfeccionar su or- 
ganización guerrera, ya por el aprendizaje directo en sus banderas, ya por el 
indirecto de la guerra misma, y este progreso en las armas tenía que refle- 
jarse en lo social. Así, durante este período de lucha podemos observar la 
tendencia constante de celtiberos y lusitanos á formar núcleos mayores de 
población; y esta tendencia á construir verdaderas ciudades se maniñesta en 
dos series de hechos aparentemente contradictorios: unos muestran la oposi- 
ción constante de los romanos á la formación de núcleos grandes; asi, Tiberio 
Sempronto Graco impuso en el tratado que hizo con las tribus centrales la 
prohibición de construir nuevas ciudades; y habiéndose reunido toda la tribu 
de los bellir en la antigua ciudad de Ségeda y comenzado la obra de ensan- 
charla rodeándola de un muro de cuarenta estadios, el Senado se opuso 
terminantemente. Strabon refiere que habiendo dejado los lusitanos de culti- 
var sus tierras para dedicarse á vivir del pillaje, con el fin de obligarlos á 
mejor vida los romanos dividieron en pequeñas agrupaciones los centros de 
población numerosa que había en el territorio. Por otra parte, los mismos ro- 

Lll Kslo es lo que sii;ntñca, sin duda, el dicho de algunos hístoríndores respecto di qvie 
In a-¡s(ocrnda vivía on las ciudades, y los plebeyos en el campo, 

D,g,t7cdb/COOgIC 



HISTORIA DE ESPaSa I03 

manos fundaron 6 agrandaron centros urbanos. La contradicciÓD aparente se 
resuelve considerando que Roma se oponía á las coDcentracíones que pudie- 
ran servir para resistirla, y favorecía las que no llevaban otro objeto que 
facilitar la vida civil ó pacfñca á que quería reducir & los habitantes. 

Por lo que se refiere á la cultura propiamente dicha, quizás bastará 
apuntar que al ponerse en contacto con los romanos estas tribus del interior 
no conocían la moneda; es decir, que no hablan pasado de la permuta en sus 
relaciones económicas, lo que indica el considerable atraso en que se hallaban 
respecto de la civilización de su época. 

37. — En cambio, Roma representaba toda la cultura de la edad antigua, 
tomada, es cierto, de los griegos en cuanto saber y arte, pero asimilada per- 
fectamente. Además, ha sido la ciudad ó Estado que mejor ha comprendido 
y ejercido hasta la hora presente la función del gobierno, la ciudad verdade- 
ramente imperial, y no por capricho humano, sino por voluntad divina, reina 
y seQora de las naciones. «Dios (escribió Santo Tomás) inspiró á los romanos 
'la sabiduría del gobierno ó ciencia política, con cuyo auxilio conquistaron 
>el mundo* (i). San Agustín habla dicho ya que en ningún pueblo brillaron 
como en la Roma conquistadora el amor á ta patria, el celo por el Derecho y 
la solicitud por la felicidad de sus subditos. Y explicando estas dos últimas 
cualidades dice: «Los pueblos se sometían á su imperio para disfrutar de la 
•equidad de sus Ieyes> (2). *Y nunca entraban en ningún pafs comoconquis- 
•tadores, ni se mantenían en él á título de amos, sino como amigos y compa- 
•fleros de tos pueblos que sojuzgaban* (3). Asf procedieron en España; como 
aliados y protectores de ios espaíloles se presentaron, y, en efecto, lo fueron, 
toda vez que crearon aquí lo que no había, y para lo que eran incapaces los 
naturales en el grado histórico de civilización en que se hallaban: un Poder 
central robustísimo que imponía la paz material á las tribus belicosas, obli- 
gándolos al cultivo de la tierra y demás industrias pacíficas y á dirimir sus 
caestiones y pleitos jurídicamente ante los tribunales establecidos por ellos. 
Decían los griegos que la diferencia entre una ciudad helénica y otra ciudad 
bárbara consistía en que por la primera podía andarse sin armas; es decir, 
que la ley y el magistrado eran suficiente custodia de la seguridad indivi- 
dual. En la Espaüa de los siglos inmediatamente anteriores á Jesucristo había 
esa misma diferencia entre las comarcas dominadas por los romanos y las que 
se mantenían independientes: en las primeras se vivía vida civil, regulada por 
leyes y edictos, mantenida por una organización gubernativa y judicial muy 
perfeccionada y al amparo de los ejércitos proconsulares, que defendían la 
comunidad de las tribus bárbaras del interior y mantenían á cada particular 
y á cada ciudad en la órbita del Derecho; en tas segundas todo era violencia 
y confusión, bravezas y desafueros de los más fuertes, humillación y trabajo 
para los débiles: la fuerza bruta dominaba en absoluto. 

Por un espejismo anacrónico sin realidad alguna, consideramos como á 
nuestros antepasados á los habitantes de España que resistieron á Roma, y 
no á los que valían más, que eran los civilizados desde antiguo, que ayuda- 
roo á la gran República en su obra inmensa, nunca bastante agradecida, de 
hacer ingresar á esta Península en el concierto de la civilización. Y nos- 
otros, si por la carne y por la sangre descendemos en gran parte de los fe- 
roces lusitanos y celtíberos que tanto dieron que hacer á los legionarios de 
Roma dejando al mundo atroces ejemplos de bárbaro heroísmo, por el espl- 

íl( Hí regimÍHe firiníi/'iiM. 

Ill Dt Civilalí DíL 

rj) Santo Tomii, ídem, fd. 



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104 HISTORIA nii ESPAÑ-A 

rilu, que es lo que importa, somos latinos. La población indígena será, á lo 
sumo, la materia prima de la nación española; pero i» forma sustancial se la 
dio el Estado romano. Entusiasmarnos con el recuerdo de la defensa de Ku- 
mancia y abominar de los que tomaron ó arrasaron aquella ciudad, están 
absurdo como en los mejieanos actuales entusiasmarse con Guatimocín y 
abominar de Hernán Cortés. 

35. — A lo caá! no se opone que los romanos cometieran, como efectiva- 
mente lo hicieron, y hablamos nosotros de hacer luego en América, los más 
vituperables excesos en la conquista, ni á que los indígenas demostraran, 
como efectivamente demostraron, admirables cualidades de raza, un vigor en 
el combate, una perseverancia en la lucha y un despego á la vida, inferiorísima 
para ellos á la libertad, que asombraron á los mismos romanos. Por ellos, es 
decir, por sus historiadores, sabemos tanto los excesos de sus pretores, pro- 
cónsules y caudillos, como las proezas de los indígenas, del mismo modo que 
por Fray Bartolomé de las Casas y otros españoles del siglo xvi se saben las 
crueldades y avaricias de los conquistadores de Indias, no inferiores, por 
cierto, á cuanto más horrible pudieran realizar aquí procónsules y pretores, 
y por españoles son también conocidas las hazañas de tiascaltecas y meji- 
canos. Y asi como en la España de! citado siglo hubo mh partido de indiÓJilos, 
ó sea de hombres buenos que tomaron sobre sí la noble empresa de poner 
coto á los desmanes de la conquista, en la antigua Roma hubo un partido es- 
pañol (\ae clamó contra los excesos de los conquistadores de entonces y en 
favor de los indígenas. En la Historia todo varía constantemente, y todo es 
siempre igual. 

39. — Veamos ahora en rápida síntesis los principales sucesos de la 
conquista. 

Es difícil fijar bien la cronología y la geografía de este período. De la 
primera tuvieron poco cuidado los historiadores antiguos al referirse á nues- 
tra Península, y suelen ser contradictorias las fechas que señalan unos y 
otros. En cuanto á los nombres de lugares, la confusión dimana de dos 
causas: primera, los errores de los copistas, y segunda, la concisión clásica. 
Los antiguos cuentan brevemente los hechos acaecidos en el gobierno de 
cada procónsul ó pretor, y así resulta, por ejemplo, que á continuación de 
una batalla sostenida con ilergetes á orillas del Segre, ponen otra con celtí- 
beros á orillas del Tajo; y al hallar unidos dos hechos que realmente acae- 
cieron en tiempos distintos y dimanaron de causas inmediatas diversas, el es- 
critor moderno está expuesto á caer en el grave error de relacionarlos entre 
si tomándolos por episodios de una sola insurrección general ó de una sola 
campaña: si á esto se une la mala interpretación de algún nombre de lugar, 
se llega fácilmente á la más caprichosa é inverosímil exposición histórica. De 
aquí las disputas interminables é irresolubles entre los eruditos sobre la re- 
gión ó paraje en que se dio tal ó cual combate ó en que operó tal ó cual 
caudillo. Se ha intentado, aunque en vano, hacer un catálogo de todos los go- 
bernadores romanos que hubo en la Península; pero ni todos ellos constan 
en las historias, ni todos han dejado rastro epigráñco de su paso, ni los cita- 
dos ó cuyos nombres conocemos vinieron sucesivamente, sino que goberna- 
ron á la \e?., cada uno en su provincia. Debemos atenernos á los hechos pro- 
bados, respetando el misterio, ya indescifrable, de lo desconocido, por la 
lejanía del tiempo y la falta de datos. 

Scipión el grande salió de España el año 206 antes de J. C. Dejó 
echados los cimientos de la futura organización romana. Cerca de Híspalis 
fundó con inválidos de su ejército la colonia de ItkWca. (Positio sanctorum, es- 
tablecimiento de inválidos, de donde ha venido por corrupción Santíponce), 



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HISTORIA l>E ESPAÑA loj 

admitió como aliadas á muchas ciudades, reconociendo su autonomía muni- 
cipal y sometiendo á algunas á pagar un tributo; Cádiz, que se habla entre- 
gado voluntariamente, es el modelo de municipio libre y ciudad aliada. Final- 
mente, tuvo en Cartagena una asamblea genera) [concilium) á que acudieron 
representantes de todas las tribus amigas, y en que se acató por ellas la su- 
premacía imperial de Roma, dirimiéndose alü por trámites deliberativos y 
resolución del general romano varias cuestiones entre ios régulos indígenas. 
Dos de éstos, llamados Corbis y Ürsua, se disputaban el señorío de la ciudad 
de Iba, y, no habiendo aceptado el segundo el arbitraje del romano, ventila- 
ron el litigio por un desafío judicial (i), suceso que demuestra la antigüedad 
de este absurdo procedimiento y la política del conquistador, respetuosa 
hasta el extremo con el derecho y lascostumbres de sus aliados. Hechas todas 
estas cosas, «Scipión, dejando en España un ejército pequeño por estar so- 
>segada la provincia, se hizo á la vela para Roma en una flota numerosa y 
■ bien equipada, atiborrada de cautivos, dinero, armas y despojos de todas 

• clases. La ciudad le recibió con magniflcencia y aplauso increíbles, admíran- 

• do hasta sus émulos los pocos años del conquistador y la brevedad con 

• que había rematado una empresa tan grande> {2). El mismo historiador 
añade que «desde este tiempo empezaron los romanos á enviar á la Iberia 

• magistrados anuales que presidiesen y gobernasen las provincias en tiempo 

• de paz». Ya se distinguían en España dos provincias. Citerior y Ulterior, 
divididas por el Ebro, y cada una tenía un procónsul, jefe de carácter ente- 
ramente militar; once años después los gobernadores tomaron el titulo de 
pretores, designativo de un carácter más amplio de gobernación, esto es, 
civil y judicial, sin dejar por eso el mando de las tropas en paz y guerra. 

40. — Léntulo y Accidino fueron los procónsules á quienes tocó re- 
primir la postrera insurrección de Indibil y Mandonio (año zoi). Appiano 
Alejandrino cita después á Sempronio Tuditano, Marco Helvecio y Minucio; 
pero quien dejó de sí más señalada memoria fué Marco Porcio Catón, que 
vino á España con la dignidad consular, dos legiones, cinco mil jinetes y dos 
pretores que bajo su gobierno superior debían regir ambas provincias ibé- 
ricas. Son deñcientes los textos para darse cuenta de las causas y desarrollo 
del estado anárquico en que Catón halló á España y que originó su venida. 
Desde luego, hay que desechar la idea de una insurrección general contra 
los romanos: lo probable es que se complicaran entonces irrupciones de 
los indígenas del interior y revueltas locales en las comarcas civilizadas 
de la costa, quizás alguna insurrección de los mercenarios, que sin duda ha- 
bían levantado Léntulo y Accidino para someter á los ilergetes, pues, como 
ya sabemos, Scipión dejó pocas tropas romanas en la Península. El hecho 
es que Catón desembarcó en Emporium y fué admirablemente recibido por 
los vecinos de la ciudad griega; pero los de la contigua ciudad ibérica se le 
mostraron hostiles. Dice Appiano que en aquellos contornos se habían 
reunido 40.000 enemigos para resistirle, aunque no especifica de qué casta 
eran. Para levantar la moral de su ejército el Cónsul hizo algo semejante 
á lo de Hernán Cortés, que fué despachar la escuadra á Marsella, ponien- 
do así á los soldados en la alternativa de vencer ó morir. Todo se decidió 
en una batalla, y Catón quedó dueño del campo, mereciendo ser llamado el 
SvgMMíio conquistador de España. 

Catón estuvo en nuestra Península menos de dos años (19O-195): puso 
orden en la administración, reprimió severamente á los enemigos de la Repú- 



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I03 HISTORIA DE ESPAÍÍA 

blica, y ordenó que en un plazo de ocho dias demolieran sus murallas todas 
las ciudades del interior (i). Durante diez ó más años vemos á los pretores 
romanos sostener una guerra defensiva contra celtiberos y lusitanos, que se 
dejaban caer con frecuencia en vandálicas incursiones, ya sobre los campos 
de la Bélica, ya sobre los de la Edetania; pero desde 189 en adelante inicia- 
se y se prosigue perseverantemente una acción ofensiva en las mesetas cen- 
trales. Roma tenia ya en la Península un ejército permanente, compuesto de 
cuatro legiones (unos 40.000 hombres), y con estas fuerzas inmejorables y I<is 
auxilia, esto es, los contingentes de las milicias locales suministradas por las 
ciudades y tribus aliadas, tributarias ó estípendiarias, los pretores no sólo 
guarnecieron sólidamente las fronteras de la región lalina, sino que iban en- 
sanchándola de continuo, obligando por la fuerza de las armas á los indígenas 
i vivir vida pacífica, industriosa y regularizada. No sabemos de esta guerra 
más que los episodios de gran bulto; v. gr., las victorias de Lucio Emilio 
Paulo y Gayo Calpurnio en las riberas del Tajo. Quinto Fulvio Flaco, que 
gobernaba en 181, pudo jactarse de haber dominado la Celtiberia; enten- 
diendo por tal, no la región propiamente asi llamada, sino cuanto es hoy Cas- 
tilla la Nueva. La sierra de Guadarrama fué durante más de treinta años el 
limite de la España romana. Tiberio Graco, el famoso tribuno, sucesor de 
Flaco en la pretura de la Citerior, consolidó la nueva conquista y supo 
atraerse á los naturales é incorporar á los más audaces al ejército romano; 
este Graco dejó en nuestra tierra muy buen recuerdo. 

Sin embargo, las tribus de la otra meseta ó, como diriamos ahora, de 
Castilla la Vieja, y los lusitanos habitantes de entre Duero y Tajo, frecuen- 
temente invadían á lo guerrillero las comarcas recién sometidas, y se atraían 
á todos tos elementos díscolos de la región, mal avenidos con el régimen que 
se les había impuesto. Tuvieron, pues, los romanos que dar un paso más en 
su conquista cruzando la cordillera y llevando sus armas hasta las costas lu- 
sitanas. En 153 se hicieron famosos dos jefes lusitanos, Púnico y Cesaron, 
que con sus bandas recorrieron sucesivamente la Espaiía romana, devastando 
campos, arruinando ciudades y haciendo frente á los legionarios con increíble 
audacia. El Cesaron jugó al pretor Lucio Mumnio una estratagema que se 
ha repetido después varias veces en las guerras peninsulares: tal fué la de 
fingirse derrotado, y hasta dejarse tomar su campamento; y cuando los roma- 
nos, enfrascados en la persecución, habían perdido su orden de batalla, re- 
volvió contra ellos con gente de refresco, y tanto se hartó de acuchillar, que, 
según los historiadores de la época, aquel día perdió Roma 9.000 soldados. 

La situación general se puso tan grave, que vino á la Península el cónsul 
Quinto Fulvio Nobilior, pero como no debía entrar en sus funciones consu- 
lares hasta I." de Marzo, se adelantó la fecha á i." de Enero, y desde enton- 
ces fué considerado este día como principio del año. ;Buena prueba de Id 
urgente que pareció su marcha! 

Quinto Fulvio, Marco Claudio Marcelo, Lucio Li'iculo, Lóculo y Servio 
Sulpicio Galba pelearon con varia fortuna durante muchos años con lusita- 
nos, vaceos, arevacos y celtiberos: fué una guerra horrible, llena de incidentes 
y episodios, en que si bien el éxito favorecía siempre á los romanos, era á 
costa de muchos reveses, y aun desastres parciales. De esta época es cuando 
mejor conocemos las costumbres de las tribus del interior: sabemos, por 
ejemplo, que los celtíberos vestían el sagttn negro (2) y en la guerra usaban 

lll Sei^ún Corles, esin orden sólo fuÉ cumplimentada en la reeión catalana; es decir, 
del Rbro I, los Pirineos. 

(2I Quizás la anguarina acliial, Sánchez Casado, F.limrntcs dt Histeria '¡ii Esf.ilfa. 

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\ Civilización Esi 



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LÍMISA XXWlll 









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loy HISTORIA DE ESPaSa 

escudos, cascos de bronce, espadas de dos ñtos y puñales; calzaban una espe- 
cie de botines con correas, y que los lusitanos eran muy hábiles en el ma- 
nejo del arco. 

41. — De tan prolongadas luchas y de los varios jefes lusitanos y celtibe- 
ros que esclarecieron su nombre en ellas, los más famosos son la guerra y 
el nombre de Viriato. Los romanos no escasean sus elogios á este célebre 
caudillo: Lucio Floro dijo que había sido el Rómulo de Lspaña; Justino, que 
en tantos siglos España sólo habla producido un gran capitán, que fué Vi- 
riato. Dificilísimo es, sin embargo, historiar sus campañas, toda vez que 
hasta su cronología resulta imposible de ñjar por la contradicción de los 
textos. Según Appiano, sus correrías duraron ocho años; segi)n Justino, diez; 
segün Diadoro, once, y según Tito Livio, catorce. No es menos dudosa la 
geografía. Siguiendo á loa más autorizados intérpretes de los historiado- 
res antiguos, hay que admitir que comenzó sus operaciones en la Lusitania, 
que luego se corrió á la Bastitania, región montuosa entre la Citerior y la 
i'lterior, y que desde allf hacia incursiones á la Celtiberia y la Bética por el 
Sur y á la Edetania por Levante. El episodio de su muerte suele colocarse 
en las cercanías de bagunto. Lo positivo es que guerreó, no á lo general, 
sino á lo guerrillero. Del relato de sus campañas se deduce que no poseía 
territorio fijo ni plazas fuertes, sino una hueste muy ágil de movimientos, 
con la cual acampaba en lugares montuosos 6 escondidos; que aparecía y 
desaparecía, ora en un punto, ora en otro, con la rapidez del rayo; que dis- 
persaba á su gente cuando se veía comprometido, dándole cita para un lugar 
distante; que en combinación con su ejército ó partida corrían la tierra otras 
innumerables, y que tuvo en jaque á todo el poder de Roma, venciendo, des- 
truyendo, aburriendo y desesperando á muchísimos generales romanos. Como 
tantos otros que han seguido sus huellas en nuestra larga historia, era un hom- 
bre sencillo, pastor de origen, iletrado, pero de gran entendimiento natural, 
nacido para mandar hombres, fuerte y valerosísimo. Sin dejar de ser un perso- 
naje de indiscutible realidad, y cuyas hazañas conocemos, no por romances ni 
cuentos populares, sino por relatos rigurosamente históricos de escritores ene- 
migos suyos, Viriato es en España un tipo que ha ido reproduciéndose á tra- 
vés de largos intervalos de tiempo siempre que las circunstancias le han sido 
propicias; tipo que, como casi todos los humanos, ofrece sus aspectos buenos 
y sus aspectos malos, una faz hermosa y heroica y otra. . . no tanto. 

La gloría de Viriato está íntimamente ligada con la ignominia del pretor 
Servio Sulpicio Galba, tipo de gobernadores crueles, avaros, corrompidos y 
despreciables. Kn las luchas de pueblos civilizados con bárbaros son frecuen- 
tes los tipos como Galba, que desacreditan y manchan la causa de la civiliza- 
ción y nos hacen amar la barbarie misma, mil veces preferible en el orden 
moral á la vil corrupción. Galba no llevaba en sus empresas de guerra y de 
gobierno más fin personal que enriquecerse, y los medios que ponía enjuego 
para conseguirlo eran dignos de tal ñn. En una ocasión, habiendo alcanzado 
ventajas en la persecución de los lusitanos, les propuso la paz y les prometió 
una tierra fértil en que establecerse: 7.000 dieron oídos á las palabras del 
pretor, y cuando hubieron entregado las armas los infelices, ó fueron acuchi- 
llaJos, ó reducidos á esclavitud. Para vergüenza de la especie humana, debe 
decirse que después de veinte siglos de cristianismo todavía hay espíritus 
tan felones y ruines como el de Galba, convencidos de que al efecto de aca- 
bar con enemigos incómodos y tenaces todos los medios son buenos. Segt'm 
los historiadores romanos, Viriato fué de los pocos que escaparon de la trai- 
ción de Galba, y desde aquel momento tuvo partida, la cual, como es uso, 
fué acrecentándose hasta formar una hueste considerable. 



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HISTORIA DE ESPAÑA luí) 

Ejércitos poderosos lucharon en vano contra él. Vetilio, Lelio, Unima- 
no, Quinto Fabío Máximo Emiliano, Serviliano y Quinto Servilio Cepión fra- 
casaron en sus empresas contra Viriato. La guerra era tan penosa, que los 
militares romanos se resistían á venir destinados á la Península, como siglos 
después Napoleón reliuia ser destinado á la Vendée. Acostumbrada La 
República á las victorias brillantes y rápidas, se cansó y aburrió de la lucha 
coa Viriato. Tuvo ésta sus obligadas peripecias: en el año 143 el gran gue- 
rrillero envolvió al cónsul Serviliano, y le obligó á ñrmar un tratado reco- 
nociendo su independencia, que fué raliñcado en Roma; mas en 140, á su 
vez, Viriato pidió paz á Cepión y Marco Popilio, y la obtuvo entregando 
para que fueran ajusticiados como traidores á todos los hispano- latinos, es 
decir, habitantes de las regiones ya romanizadas, que se hablan pasado á su 
ejército: tuvo que entregar á su mismo suegro. Por fin la traición y el más 
abominable crimen libraron á Roma de tan incómodo enemigo. 

Appiano Alejandrino refiere así el suceso: «Viriato envió Á sus fieles ami- 
>gos Andax Ditalcon y Minuzo á tratar con Cepión; mas ellos, corrompidos 

• por el romano con dones grandes y magnificas promesas, se ofrecieron A 
-quitarle la vida. Ejecutáronlo de esta suerte: era Viriato de muy poco dor- 
>mir: descansaba sin quitarse las armas para estar pronto al primer aviso, y 
'SUS amigos tenían franca la entrada en su tienda para poder darle cualquier 

• aviso urgente. Prevalidos de esta confianza, Andax y sus cómplices entra- 

• ron en la tienda cuando el caudillo estaba en el primer sueño, y le hirieron 

• en la garganta, única parte de su cuerpo que tenía desguarnecida. Salié- 
'TOnse de allí sin que nadie advirtiese lo que habían hecho, y se fueron al 

■ campo de Cepión á pedir el premio. Venido el dia, los criados de Viriato 

• y toda la hueste se maravillaban de que, contra su costumbre, aún dur- 

■ miera el general. Por último se supo que yacia muerto, y aquí fueron los 

• lloros y lamentos en el campo, doliéndose todos de tal pérdida y temiendo 

• cada uno por su seguridad, pues la daban todos por perdida faltándoles tan 
gran capitán; pero lo que más los afligia en aquel momento era no hallar á 

• los criminales. Adornaron el cadáver magníñcamente y lo quemaron en una 
•pira muy alta, degollando en su honor muchas victimas y celebrando sus 
•exequias, según la costumbre de los bárbaros, con cuadrillas de jinetes y 
•peones armados que corrían en torno de la pira. Ninguno se apartó de allí 

• hasta que el fuego se hubo extinguido enteramente, üespués hubo combate 
•de gladiadores sobre su tumba (l). Tanta sensación produjo la muerte de 

• Viriato, hombre apto como ninguno para mandar bárbaros, pues siempre fué 

• el primero en el peligro y justísimo en la repartición del botín; nunca con- 

• sintió quedarse con mayor parte que sus soldados, aunque le instaban mu- 

• chas veces á que lo hiciera así, y aun lo que á él tocaba en el reparto lo 
'regalaba generosamente á los más esforzados (2). Con esta conducta consi- 
•'.{uió que no hubiese jamás sedición en su hueste, y eso que era allegadiza, 
■compuesta de las gentes más diversas, y tuvo siempre á los suyos sumisos 

• V prontos á correr por su orden los mayores peligros: nada es más difícil 
'á un general de tropas como las de Viriato, y no es fácil hallar otro capa/ 

• de tanto. 

•Después de su muerte eligieron por jefe á Tántalo, y se emprendió una 

(i] Seeñn Diodoro d« Sicilia, se sacrificaron doscienlns paiejns de gladiadores sobre el 
scpalcra de Viriilo. 

(l) Diodoro SIculo «logia también esta equidad de Viriato en el reparto dfl botir.y Ci- 
cerAn (Olfi. 2) observa que tal justicia es necesaria en ios capiUnes de bandoleros, pensa- 
miento repelido henrtosatnente por nuestro CeTranles en el Quijoli. 



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un HISTORIA DE ESPAÑA 

■ expedición contra Sagunto; pero rechazados de aquf los lusitanos, fueron 
>luego puestos en tal aprieto por Cepión al pasar un río (i), que Tántalo se 

• rindió con los suyos, á condición de que hablan de ser tratados en adelante 

• como subditos del pueblo romano. Cepión, en efecto, los hizo desarmar y 

• les dio tierras que cultivar para que no fuesen ladrones por necesidad. Tal 

• fué el resultado de la guerra de Viriato.» 

42. — Consecuencia, y como prolongación de la guerra de Viriato, fué 
la de Numancía. 

Durante mucho tiempo se ha disputado acerca del lugar donde estuvo 
esta ciudad famosa. Las opiniones de los doctos no iban, sin embargo, muy 
descaminadas, pues ya Mariana escribía que «más de una legua sobre la ciu- 
»dad de Soria, donde al presente está la puente de Garray, no lejos del na- 

• cimiento del río Duero, se muestran tos rastros de aquella noble ciu- 

• dad> (2). En 1825 un obrero que sacaba piedra en el término de Garray bailó 
un collar de plata de diez y ocho onzas de peso, del cua! se hizo un copón 
para la parroquia del pueblo, y en 1844 se descubrió alH mismo un idoíillo 
de bronce. En 1853 D. Eduardo Saavedra fijó de una manera precisa el 
sitio de Numancía, que se asentaba sobre el cerro llamado el Castro, al Sur 
del pueblo de Garray, y siete kilómetros al Norte de Soria, junto á la con- 
fluencia del Duero y el Tera (3). Es el paraje descrito por Appiano: «ciudad 

• bañada por dos ríos, cortada por barrancos y rodeada de bosques espcsos>, 
y que Lucio Anneo Floro sintetiza diciendo que Numancia ocupaba «un al- 
tozano junto al Duero». 

El mismo Sr. Saavedra emprendió en el terreno investigaciones ar- 
queológicas, que, continuadas en 1860 bajo loa auspicios de la Academia de 
la Historia, y suspendidas después por falta de recursos (4), se han reanuda- 
do seriamente en 1905 por iniciativa del sabio alemán Herr Adolf Schul- 
ten (s), de una parte, y de otra por la de nuestro rey Don Alfonso XIIJ, 
que, en su generoso entusiasmo patriótico, no quiso dejar á los alemanes so- 
los la gloria de sacar de su sepulcro á la ciudad muerta antes que venci- 
da (6). Merced á estos trabajos, aún no concluidos, sabemos cómo era Nu- 

Asentada en un cerro inaccesible por tres de sus lados, y defendida por 
un muro en la parte que daba al llano, era, más bien que una ciudad tal y 

(i) El Wvio dice el rio Belis, y así lo trascriben traductores lan entendidos como el 
Sr. Cortís; pero salla i la vista el enoime disparate. ¡Cómo los lusitaoos al retirarse de sa in- 
(rucluoso ataijue á Sagunto iban á pasar el Cuadalquiviií Es muy probable que el notnbre de 
Sagunto sea tambiín una equivocación, porque 00 parece probable que Viriato operase en 
campo abierta contra el gruesa del ejercita del procónsul en una región como el actual itiao 
de Valencia, completamente romanizada en aquella ípoca. 

(2) Hiileria de Espaüa, III. cap. I. 

Cl) üiscripcUH d, la vi,, r - - 

idemii de la Historia en i&'i 
premio á tan importante trab^ji 

(4) Por Real orden de 15 de Agosto de iSSl las ruinas de Numancía fueron decluadu 
monumento nacional, 

(5) Prolesor de Historia antigua en la Universidad de Golinga: Numantia. Eiiit íefep'- 
fi/iisch hisloñsíhe UnUrsuchun^ van Adoif Sckutltn. Berlín, 1905. De este trabajo publicó 'I 
Sr. Pijoán un resumen en Cultura Española. Noviembre, 1906. Protegido encálmente pare' 
( iobierno alemán, Schulten Vaa nuevas investigaciones en el verano y oíoSo de 1905, ayudado 
por Herr Koenen, arqueólogo del Museo de Bonn. 

16) Don Alfonso Xlll visitó las ruinas de Numancia con et ministro D. Andrós Mellado 
eslando allí los arqueólogos alemanes. Se votó luego en Cortes una ley consignando no crídila 
pira escavaciones y ttal)aios; en 1." de Mayo de 190b se nombró una Comisión (seilure* 
Saavedra. Catalina García, Mélida, Aníbal Alvares, doctores Juan José García, Ramfreí J Ga- 
nados), que empezó á trabajar sobre el terreno el 16 de Julio de 1906. 



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HISTORIA DE ESPAÑA 111 

cumo coacebimos hoy este término, una fortaleza ó ciudadela cerrada por 
Ires recintos murados. El exterior, constituido por un muro de cantos sin la- 
brar, que servía para contener el terreno; el poblado estaba en la cumbre del 
altozano, también cercado con murallas. Entre las exteriores y las interiores 
quedaba un espacio relativamente aecho, donde se guarecían los campesi- 
nos con sus ganados en caso de ataque. La población estaba muy desparra- 
mada por la campiña: los historiadores hablan de lugares distantes de la 
fortaleza guarnecidos por numantinos, de donde se inñere que Numancia 
era una república ó una confederación de clanes ó tribus que tenia su centro 
ó capital en la ciudad propiamente dicha, y que la guerra numantina, soste- 
nida durante veinte años, no fué un sitio de plaza fuerte, sino lucha de cam- 
po ó por la posesión de un territorio más ó menos dilatado: sólo al ñn, cuafi- 
do Scipión Emiliano concluyó la campaña, quedaron los numantinos ence- 
rrados en su fortaleza principal, donde hubieron de perecer tan gloriosa- 
mente. 

Appiaao dice que Viriato arrastró en su rebelión á los numantinos, y no 
se alarga más en la explicación de las causas de la guerra (i). Pero por otros 
testimonios se sabe que la ciudad habla dado hospitalidad á enemigos de 
Roma, creyéndose libre é independiente por virtud de un antiguo tratado 
del tiempo de Tiberio Graco. La lucha empezó, ó, mejor dicho, se formalizó 
en el año de I41, gobernando las armas romanas el cónsul Quinto Fompeyo. 

• Los numantinos eran excelentes soldados de á píe y de á caballo; mas no 
'llegaban más que á 8.000 hombres, y, con ser tan pocos, con su valor díe- 
»ron muchísimo que hacer á los romanos» (2). Los episodios y vicisitudes de 
la lai^a lucha fueron muchos, y algunos tan raros como el haber obligado á 
capitular los de Numancia al ejército romano mandado por Mancino. Baste 
decir que en catorce años de guerra fracasaron sucesivamente ante aquella 
gente indomable los generales Nobilior, Claudio Marcelo, Celio Mételo, Pom- 
peyo Aulo, Marco PopiÜo Lenas, Hostilio Mancino y Emilio Lepido. Por fin 
hubo de venir Publio Scipión Emiliano, destructor de Cartago en la tercera 
guerra púnica, nieto de Scipión el grande, y digno de tal abuelo. «Marchó 

■ diligentemente á Numancia — escribe Appiano — sin alistar tropas por 

• estar á la sazón la República empeñada en muchas guerras y haber en 

• Iberia ejército suficiente: sólo le permitió el Senado hacerse acompañar por 

• algunos varones de diferentes reinos y ciudades que voluntariamente y 
'por su interés propio quisieron seguirle; agregáronsele también hasta qui- 

■ nientos romanos entre clientes y amigos suyos, y todos ellos formaron un 

■ cuerpo á que llamó él cohorte de los amigos, y que llegó á contar cuatro mil 

• soldados. Scipión encardó á su sobrino Buteon conducir esta cohorte, y él 
>Con muy pocos acompañantes apresuró su viaje por tener informes de que 

■ el ejército de España estaba desmoralizado por la indolencia, las discordias 

• y los deleites, y que para vencer era preciso empezar por restaurar las vir- 

• tudes militares en los campamentos. 

>Asfque llegó echó del campo á los mercaderes, alas rameras y á los ago- 

• reros y adivinos que explotaban la credulidad de los soldados, abatidos por 
>tantos infortunios. Prohibió todo lo superfino: hasta las víctimas páralos 

■ vaticinios. Hizo vender los carros que no eran indispensables. No permitió 

• á cada uno más ajuar de mesa que iin asador, una olla de bronce y un vaso, 



a como soldado 



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IIJ HISTORIA DE ESPaSA 

• prescribiendo además que los manjares fuesen invariablemente carne asada 
>ó cocida. Prohibió ios lechos, y, dando ejemplo, dormía él sobre una estera. 

> Igualmente los bagajes para las marchas. <|iQué se ha de esperar en la guc- 

• rra — decía — de hombres que no pueden marchar á pieí> También los sier- 

> vos, para ungirse y lavarse en el baño: decía festivamente que los que nece- 
. sitan de tales auxiliares son como las bestias, que por carecer de manos 
■ han menester de otras para rascarse. Por este sistema introdujo la templan- 
>za militar, y completó su obra de restaurar las virtudes castrenses hacién- 
>dose inaccesible al favor y siendo justo con todos. Decía con frecuencia 



L'lt¡(no d(a de Nar 
(Copia dil aiiíJro <U D. AUJq Vira ixislenit /n d Muico d/ Artí Madirtio.) 



• que «los generales austeros y rígidos eran muy convenientes á los soldados, 

• y los blandos y suaves sólo aprovechaban á los enemigos^. 

Scipión no tomó la ofensiva hasta tener á sus soldados endurecidos por 
toda suerte de trabajos, así de ingeniería como de maniobras. Procediendo 
metódicamente, limpió primero el campo y acorraló á los numantinos dentro 
de la ciudad. Sus antecesores habían distraído muchas fuerzas en destaca- 
mentos y guarniciones; él cambió de sistema, y dominó la campiña con mar- 
chas rápidas y combinadas sin enflaquecer el grueso del ejército. Por último 
formalizó el sitio, y para que fuera efectivo circunvaló la ciudad con un doble 
muro protector de sus campamentos, en que reunió nada menos que 60.0OU 
hombres entre legionarios y auxilia. En Agosto de iijo6 encontró el profesor 
Schulten en un cerro distante seiscientos metros del de Numancia, llamado 
el Castillejo, 1<)S restos de uno de aquellos sólidos campamentos: los cimientos 
de piedra de las tiendas, en su mayoría cuadradas, de unos tres metros por 
lido; en comunicación unas tiendas con otras, y de cabida cada una para ocho 
hombres. Debieron de tener muros de adobe 6 tablas y techos de troncos y ra- 
maje, como las casas de Numancia. También halló restos del vallado y foso y 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



KISTOKIA DE ESPAÑA II3 

la aacba calle trasversal del castrum. Otros campamentos iguales ha descu- 
bierto el mismo sabio en la altura de Feñarredonda y en el paraje denomi- 
nado el Reai, junto al puente del Duero, asi como parte de tas vías milita- 
res que ponían en comanicación unos con otros (l). 

Estas obras gigantescas y este riguroso método hicieron sucumbir á Nu- 
mancia. Según Appiano, los numantinos acabaron por rendirse (2). Floro 
cuenta el suicidio colectivo por el fuego y el hierro, y ésta es la versión que 
ha prevalecido. Cervantes pinta á Gayo Mario dando cuenta á Scipión de la 
espantosa tragedia: 

NtuniDcia está en un lago convertida 
de roja sangre y de mil cuerpos llena, 
de quien (oí su rigor propio homicida: 
de Ib pesada y sin igaal cadena 
dura de esclavitud se han escapado 
con presta audacia, de temor ajena. 
En medio de la plaza levantado 
está nn ardiente fuego temeroso, 
de sus cuerpos y haciendas sustentado (3). 

Las excavacioaes arqueoli^icas patentizan que Numancia pereció por el 
fuego: huesos humanos calcinados aparecen entre las ruinas de la ciudad cel- 
tibera, calcinadas también. Pero fuera este incendio obra exclusiva de los 
mbmos numantinos, ó de tos romanos en venganza de la obstinada defensa, 
6 de unos y otros, y sobreviviesen ó no algunos de tos primeros, el hecho 
nada pierde de su imponente y salvaje grandeza: es siempre una de las ca- 
tástrofes magnas que registra la Historia. 'Scipión — dice Appiano — fué 
•más diestro que todos sus antecesores, porque nunca quiso venir á las ma- 
>oos con aquellas fieras de numantinos, sino rendirlas por hambre, que era, 
> en efecto, el único modo de sojuzgarlas. > Los romanos reedificaron Nu- 
manda, que durante su dominación fué una ciudad modesta, estación ó 
mansíÓD de la gran vía que iba desde Astorga {Asturica) hasta Zaragoza {Ce- 
sar Augusta), pasando por la Celtiberia. 

43. — Durante la guerra de Numancia el cónsul Décimo Junio Bruto 
conquistó la Lusitania, no sin vencer la obstinada resistencia de muchas ciu- 
dades, y el mismo resultado obtuvo en la Gatéela; de suerte que eo la se- 
gunda mitad del siglo 11 puede decirse que toda España era romana, al me- 
nos nominalmente, salvo los distritos montuosos de Asturias y Cantabria. 



de Julio á Di- 



, . Rtiibuye á Appiano la noticia de que al entrai 

hallaron aiganos vivos \ pero lo que dice el griego es que salieron i. rendi 



Salcedo, Historia i> 



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VII 



LOS CÉSARES Y EL CiaSTIANISMO 



U. Sertoría. — tS. Julio César en España.^ 4«. íDónde estuvo Manda? — «T. Los Balbos. 
4S. Angosto. — Organización política y judicial de España-^Fisonomía general de la España 
romana.^ (9. España bajo los emperadores. ^50. Cuitara hispano-romana.— 51. Las 
bellas artes.— 5S. Estado económico y lida social.— S3. Predicación cristiana. jHabfa 
judíos en Espaiia antes del siglo I? — 0[ganizacián de la Iglesia. 



4%. — ■Conforme á su costumbre, los romanos enviaron á Iberia diez 
•senadores para cimentar la paz entre los pueblos que Scipión y Bruto hablan 
• conqtiistado* (i). Esta Comisión senatorial organizó á la romana los territo- 
rios nuevamente anexionados, y fomentó en general la romanización de la 
Península. Observamos que á sus trabajos hubo de seguir un período de tran- 
quilidad, sólo turbado por una guerra de partidas en Lusitania, que duró 
quince años, y ala cual puso término Craso (109). En 123 Quinto Cecilio Mé- 
telo había conquistado las Baleares, ó, mejor dicho, exterminado los nidos de 
piratas que allí había desde la segunda guerra púnica, y en Mallorca (hoy 
Palma) y Pollentia fueron establecidos como colonos tres mil hispano-latinos, 
número que demuestra lo abundante de la población romana en nuestra tie- 
rra. Seguros los mares y los caminos de tierra, funcionando regularmente las 
autoridades, pacificado el país, progresaron la agricultura, la industria y el 
comercio, y lo mismo la cultura. AI terminar el siglo 11 teníase á España ya 
por la posesión romana mejor organizada y más floreciente. 

El siglo I (antes de J. C.) había de ofrecer otras luchas; pero de carácter 
muy distinto que las de la centuria precedente. La guerra civil entre Sila y 
Mario tuvo en España interesante y sangriento epílogo. Entre los partidarios 
del segundo proscritos por el primero figuraba an caudillo de grandes ta- 
lentos militares y políticos que el azar de las revoluciones trajo á nuestra 
Península: tal fué Quinto Sertorio. 

Natural de Nursia, se distinguió Sertorio, como todos los jóvenes patricios 
de su tiempo, disputando en el foro, y en seguida se incorporó á los ejércitos. 
En el año 98 era tribuno de la guarnición de Castulón en España. Ocurrió 
que, exasperados por desmanes de la soldadesca, los vecinos urdieron un 
complot para librarse de aquellos legionarios, y cierta noche, cuando los sol- 
dados dormían, lanzáronse sobre ellos y degollaron á muchos: algunos se sal- 
varon, y también el tribuno. Sertorio reunió á sus hombres dispersos, se re- 
to Appiíro. 

D,g,t7cdb/COOgIC 



HISTORIA DE ESPAÜA IIS 

volvió contra Castulón, é hizo allf lo que cualquier militar de cualquier tiempo 
en semejantes circuastancias. De seguro que no les quedaron ganas á los cas- 
tulonenses de repetir su hazaña de degollar soldados dormidos. ¥ no fué eso 
sólo. Descubrió que los vecinos de una ciudad inmediata estaban en conni- 
vencia con los de Castulón: en seguida marchó contra la ciudad cómplice. 
Para no despertar sospechas disfrazó á sus soldados con trajes de castulo- 
neoses, y asi se apresuraron aquéllos á salir á recibirle, y llevaron su castigo 
cuando menos lo esperaban. 

De España pasó Sertorio á la Galia cisalpina, y en la guerra de los cim- 
bríos se ganó la amistad de Mario con su arrojo de penetrar como espía en el 
campamento enemigo. En la guerra civil figuraba ya de cuestor, y en uno 
de sus encuentros perdió un ojo. Sertorio — escribió Plutarco, — «tuerto como 
• Aníbal, Antfgono y Filipo, á ninguno de estos tres fué inferior por el enten- 
>dimiento, aunque lo fuese tanto por la fortuna». Vencido el partido de Ma- 
rio, Sertorio, que mandaba un pequeño cuerpo de tropas, tomó el camino de 
nuestra Penisula, donde las guarniciones de Lusitania fieles al bando derro- 
tado le hablan proclamado pretor (i). Para venir más pronto pagó á peso de 
oro á los montañeses alpinos el paso por sus abruptas tierras; y como alguien 
le censurase por aquel dispendio, dijo: <quien medita designios grandes no 
paga nunca caro el tiempo.» 

¿Cuáles eran estos designios grandes de Sertorio? Pues hacer de la Es- 
paña romana un baluarte primero, y una base de operaciones después, del 
partido de Mario contra el bando de SiJa; esto es, continuar la guerra civil. 
Su pensamiento constante fué levantar aquí un ejército que, repitiendo la 
marcha de Aníbal, llevase á Roma el triunfo del partido popular. El obstáculo 
que halló para realizarlo estuvo en que entre loS romanos de la Península, si 
habla Mortfíoj, habla también, y quizás en mayor número, siíisias, y el gobier- 
no de Sila envió ejércitos considerables; y asi Sertorio, aunque desplegó en la 
empresa las más excelsas cualidades de político y de militar, sólo alcanzó á sos- 
tenerse: esto es, realizó la primera parte de su programa; pero no pudo ni 
siquiera intentar la segunda (2). 

En su calidad de pretor de la Citerior, aunque parece que únicamente 
llegó á dominar por entonces en Lusitania, Sertorio se atrajo á los naturales 
con medidas tales como suavizar los tributos, suprimir la carga de alojamien- 
tos, etc., y tratándolos afectuosamente; mas no se ha de entender por esto 
(|ue se hiciera él lusitano ni que nunca significase su nombre protesta ú opo- 
sición contra el dominio de Roma. Sertorio y su bando fueron siempre tan 
romanos como Mételo y Pompeyo, que les hicieron la guerra. Las campañas 
de Sertorio fueron dos: en la primera llegó á reunir 9.000 hombres; pero Cayo 
Amnio, ganando por soborno al jefe sertoriano que guarnecía ciertos desfila- 
deros (3), y persiguiéndole con las muchas fuerzas que trajo de la Galla, 
le obligó á salir de la Península: vagó entonces por el Mediterráneo al frente 
de una pequeña escuadra haciendo el corsario (4); pero llamado de nuevo 



(1) Appiano dice terminantemente^ «Durante la Iregu» se dirigid d España, «n la que 
de ■nLcmaní) habla sido nombrado pretar>. 

(3) Consta que muchíiimos españoles ayudaron á Sila. Los gaditanos se distinguieron 
timo en este lentido, que en recompensa de sus servicios i Mételo y Pompeyo Sila concediA, 
secún unos á nueve y segisi otros á sesenta, el titulo y los derechos de ciudadano romano. 
IVíase Cicerón, Pm Balbo]. 

(3} No al que mandaba en jefe, sino á un saballerno que asesinó al primero. 

(41 Según FoUbío. en esta ípoca pensó pasar á las Islas Alorlunadas, donde, según rela- 
ciones que le hicieron algunos comerciantes, la temperatura era deliciosa, soplaban de conti- 
nuo vientos suaves y frescos como el roclo matutino. Se cree que Polibío alude i las Canarias; 
pero hay disputas sobre esto. 



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Il6 HISTORIA DE ESPAÑA 

por SUS amigos hispanos, pasó el Estrecho, y derrotó á una escuadra de Sila, 
mandada por Cota, surta en Mellaría (Tarifa). Desembarcó con 2.500 hom- 
bres, de ellos 300 africanos, y se le incorporaron en seguida 5.000 lusitanos. 
Poco era parad ejército que sostenía en Iberia el gobierno de Roma (120.000 
infantes, 2.000 arqueros y 6,000 jinetes), formado de legionarios y milicias 
locales. Para contrarrestar tan enorme desproporción Sertorio peleó á lo 
j^errillero, siendo el Viriato romano: de este modo no sólo hizo frente á 
Mételo y Pompeyo, sino que los derrotó muchas veces con audaces golpes 
de mano, y dominó gran parte del país. Era supersticioso, como tantos otros 
hombres de guerra. Tenia domesticada una cierva 
blanca que solía acompañarle en sus marchas, mas 
que de cuando en cuando desaparecía yéndose á 
correr por el campo: en los días de uno de sus cho- 
ques decisivos con Pompeyo la cierva andaba au- 
sente, y Sertorio, tomándolo por ma! agüero, «es- 
>taba triste y pesaroso, no intentando nada en cr- 
iden á la guerra, preocupándole más la cierva que 
>los propósitos de sus enemigos. Un día, cuando 
»menos ya lo esperaba, vio venir corriendo y sal- 

• tando ala cierva, y en seguida, sacudiendo su tris- 

• teía y abatimiento, ordenó el ataque> (1). 

Sertorio alcanzó una inmensa popularidad en- 
tre lusitanos y celtiberos, de los cuales se formó 
una guardia personal de amigos, juramentados á 
morir defendiéndole. Pero, como político astuto, no 
Sertí»». fiaba sólo en el cariño de sus parciales, sino que 

buscaba más positivas garantías: asi, guardaba en 
Huesca en calidad de rehenes á los hijos de ¡as principales familias ibérica», y 
allí, sin duda para disimular el cautiverio con el mejor pretexto, los hacía ins- 
truir por maestros griegos y latinos (2). Sin embargo, Sertorio no dejó nun- 
ca de considerarse romano y de considerar á los romanos como superiores 
á los que no lo eran; y, según uso invariable de todos los rebeldes contra 
el gobierno de su patria, miraba el espíritu de ésta, no en la capital, domi- 
nada por el partido que combatía él, sino en su campamento. <Roma — de- 
cía — no está ya en Roma, sino donde yo estoy»; esto es, donde se defienden 
y observan sus antiguas leyes y su libertad. Por eso contra el Senado ro- 
mano, dócil instrumento de Sila, estableció él en Évora otro Senado compues- 
to de ciudadanos romanos, y de esta suerte la ¡dea de Roma, hasta enton- 
ces ligada indisolublemente alas siete colinas del Tlber, empezó á ensanchar- 
se y, por decirlo así, á espiritualizarse, iniciándose una evolución que siglos 
después coronó Caracalla declarando ciudadanos romanos á todos los subdi- 
tos del Imperio. 

Otro proscrito, Perpena, vino con un ejército á unirse á Sertorio; pero 
tal hecho, que pudo haber sido tan favorable al general romano, no pudo 
serle más adverso, Perpena, que se creía superior á Sertorio y que solóse le 
sometió por fuerza, no tardó en urdir una conjuración contra su jefe. .\p- 
piano cuenta de esle modo el trágico fin del famoso caudillo: <AI año si- 
• guíente {73 antes de J. C.) Pompeyo y Mételo venían con mayores fuerzas 



,,.CoogIc 



HISTORIA DE ESPAÍÍA I 1 ? 

•contra su CDemigo, y á la vez Sertorio, trastornado su juicio como por obra 
>de los dioses, inactivo y huyendo de los trabajos tanto como antes habfa 

• sido al revés, empezó á darse á las mujeres y á comer y beber, y de tal es- 
>tado de su ánimo se siguió que en la campaña llevase la peor parte. Irrítá- 

• banle los reveses, y concebía sospechas de todos; no se fiaba de nadie, y era 

• cruelísimo en los castigos que im- 
>ponfa. Por estas cosas empezó á re- 

• celar Perpena y á temer por su per- 
isona, yconcibió el propósito de apo- 

• derarse de Sertorio por asechanzas. 

• Confió su pensamiento á diez hom- 

• bres; pero, descubierta la conjura, 

• unos pagaron con la vida, y otros se 

• salvaron huyendo. Perpena no pudo 

• ser aprehendido (i) y procuró accle- 

• rar el negocio. Sertorio estaba siem- 

• pre rodeado de su guardia; pero cier- 
>to dfa fué á un banquete con unos 
•amigos prescindiendo de la guar- 
idla, y allí, cuando él y sus adictos 

• se hablan emborrachado, perdió la 
>vida>. No se sabe dónde ocurrió 
esta tragedia. Perpena intentó con- 
tinuar la guerra; pero no tardó en 
caer en manos de Pompeyo, que le 
hizo ejecutar, 

45. — julio César vino á España 
cuatro veces. Aquí empezó su carrera 
militar. En el año 68, teniendo él 
treinta y dos, vino como cuestor del 
pretor Antistio Vetus. A este su pri- 
mer viaje se refieren dos singulares 
anécdotas de su estancia en Cádiz. 
Una, que visitando el templo de Hér- 
cules, al ver la estatua de Alejandro 
M^no que allí había rompió á llorar, 
y dijo que lloraba porque á su edad 
Alejandro habfa ya conquistado el 
mondo, mientras que él no había he- 
cho nada sonado. La otra, que una 

noche soñó la comisión con su madre ■'" " 

del incesto más repugnante, lo que, 

según Suetonio, significó, que había de abusar de su patria. Por Cicerón (2) sa- 
bemos que César reformó el gobierno municipal de Cádiz abrogando lo que to- 
davía quedaba de la época cartaginesa: asi, los sufetas fueron reemplazados por 
aimitmri, y es probable que por este tiempo dejaran de usarse todos los nom- 
bres púnicos, aun los propios y familiares. A principios de aquel siglo figuraba 
un gaditano influyente, muy partidario de Sila, llamado Asdrúbal, y después 



(1} De aquí puede deducir 


le que Perpe 


na no i 


bnenl 


ahu. 


esle de Sertorio, sin 


que cada 


cindillo debd de tener 1 


I> suy», * 






r cteitB 




especie, qae ac 


:epta 


n Iodos los 


modemoi (h>st> Cantúl 


, de v¿ 


Perpena as 








mo í Senorio 1 




1 banquele. 


F.I asesinato debió de se 


r obra de 






3S por ■ 




de Perpena. 






(i) FreBatbú. 



















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lis HISTORIA DE ESPAÑA 

ya no se leen en las historias ni en las incripciones más que nombres latinos. 

César volvió á nuestra Península en el año Go con la dignidad de pretor. 
£1 motivo que le trajo entonces no pudo ser más ruío: sacar dinero para salir 
de las trampas que le agobiaban en Roma. Los acreedores no le dejaron par- 
tir hasta que Craso fió por él la enorme suma de 850 talentos. No es de 
maravillar que un gobernador impulsado por tales propósitos moviese gue- 
rra en cuanto llegó á las pocas tribus lusitanas y galaicas'que todavía se con- 
servaban independientes. Los historiadores concuerdan en condenar la du- 
reza con que trató á los citados pueblos, asi como en admirar la heroica 
firmeza con que algunos se defendieron en el monte Herminio (Sierra de la 
Estrella). A su regreso á Roma, ya rico, formó el triunvirato con Pompcyo 
y Craso, 

Su tercera venida fué (año 49) ya en la guerra civil. Dueño de Italia y 
habiendo hecho huir á Pompeyo á Grecia, no quiso perseguirle sin haber 
antes destruido el ejército que su rival tenía en España. Este ejército, man- 
dado por Afranío, Petreyo y Varrón, era la flor de las huestes pompeyanas. 
Se cuenta que al venir á combatirle dijo César: «Vamos á pelear con un 
>eiército sin general, para ir luego contra un general sin ejército.* Su cam- 
paña en la Península, aunque muy breve, es una de las obras maestras de su 
genio militar. En muy pocos días del mes de Agosto arrolló á Petreyo y Afra- 
nio en la confluencia del Segre y el Cinca, y los hizo deponer las armas junto 
á Octogesa (Mequinenza). Adelantándose á la Bética, donde Varrón tenia 
otro ejército, convocó en Córdoba una asamblea de todas las ciudades de la 
provincia, por el estilo de la que Scipión había tenido en Cartagena, y todo 
se allanó á su prodigiosa fortuna. 

La cuarta y última venida de César (año 46) es la que puso término á la 
guerra civil. Los hijos de Pompeyo, Cneo y Sexto, levantaron en España el 
ejército que disputó á César por vez postrera el imperio Mrbis tí orbe. Con ex- 
traordinaria rapidez acudió el Dictador desde Roma: la guerra se desenvolvió 
entre Córdoba y una ciudad llamada Munda, bajo cuyos muros se libró la ba- 
talla decisiva. 

46. — Uno de los puntos más controvertidos entre nuestros historiado- 
res y entre los innumerables biógrafos de César y comentaristas de sus cam- 
pañas, es el sitio en que fué Munda. Unos señalan la* cercanías de Málaga (1), 
y esta opinión tiene á su favor la autoridad de Napoleón I. Otros, á Ron- 
da (2). Otros, las inmediaciones de Córdoba (3). Otros, Palma del Río (4*. 
Otros, Montilla (5}. Otros, un paraje denominado Rosa alta, entre Osuna y 
Puebla de Cazalla (6). Otros, el cerro Gibalcín, junto á Jerez (7). La cuestión 
es insoluble mientras algún descubrimiento arqueológico no la esclarez- 
ca. Toda la disputa versa sobre la interpretación del texto de los Comentarios, 
que en esta parte es muy breve y oscuro. Hasta el siglo xviii se creyó 
que todos los Comentarios son obra de César. Federico II y Warnery pusie- 
ron en duda su completa autenticidad, y desde entonces vienen trabajando 
los críticos en distinguir las distintas manos que los escribieron. Es seguro 
que basta el libro 7.", ó sétima campaña de las Gallas, fueron, como añrma 
Suetonio, escritos por el grande hombre. Lo demás fué añadido por un cónti- 



Méndez Silva, Tamayo de Vareas, . 
Lafuente, <'or1¿i>, Madoi, Maltebru 
(■'ernándeí V.ntttn (1), AurelinnoV 



,,GoogIc 



HISTORIA DE ESPAÑA II9 

nuador — según unos, Oppio, y según otros, Hircio, — calificado, sea quien 
fuere, por Napoleón I de tntptoy mediocre. Los trozos referentes á la batalla 
de Munda no parecen ser siquiera de este continuador, sino de redactores 
desconocidos que quizás se aprovecharon de apuntes de Hircio: asi resiilta 
del profundo estudio critico de Nipperdie. 

47. — Por aquel tiempo España empezó á dar á Roma hombres ilustres. 
Los que abren la serie son los Balbos, tio y sobrino, llamados respectiva- 
mente el Mayor y el Menor; ambos gaditanos. £1 primero, Lucio Cornelio 
Batbo (ij, sirvió desde muy joven en el ejército, militando á las órdenes de 
Mételo y Pompeyo contra Sertorio. En Cádiz le conoció César cuando vino 
de cuestor. Pompejo le hizo ciudadano romano, le regaló una quinta y un 
jardín, y se lo llevó á Roma, donde desde luego figuró en primera linea: fué 
gran amigo del griego Teopbanes, protegido y confidente de Pompeyo. Du- 
rante el triunvirato, los tres triunviros parecieron competir en honrar y pro- 
teger á Balbo: sin embargo, otro gaditano, envidioso de la prosperidad de su 
compatricio ([si será antiguo este defecto nacionall), presentó contra él una 
acusación judicial en forma; pero ¿cuáles serian la importancia y las relaciones 
del acusado, que mientras Cádiz castigaba con una multa al acusador y en- 
viaba embajadores al pueblo romano recomendándole, fueron en Roma sus 
abogados Craso, Pompeyo y Cicerón, que hablaron sucesivamente hasta ob- 
tener para su cliente la libre absolución? 

ti rompimiento entre César y Pompeyo fué un escollo en que pudo tro- 
pezar la nave de la fortuna de Balbo; pero la habilidad del gaditano supo 
evitarlo. Trabajó primero por reconciliar á los triunviros (3), y después abrazó 
resueltamente la parcialidad de César. A Cicerón le disgustó esta conducta de 
su antiguo amigo, y en sus carias de esta época le llama despectivamente el 
tartesio, tildándole de advenedizo en Roma (3). Balbo, empero, reconcilió des- 
pués á Cicerón con César, y fué senador, edil, pretor, y por último cónsul; 
el primero no nacido en Roma que alcanzó tan elevada dignidad. Tuvo in- 
mensas riquezas y popularidad muy grande. No se sabe cuándo muñó. Dejó 
escritos un libro titulado Exegetion y unas Efemérides de César. Sólo se con- 
servan de él cuatro cartas á Cicerón, dignas por su estilo de aquel á quien 
, fueron dirigidas. 

Balbo el Menor, sobrino det anterior y llamado igualmente Lucio Come- 
nelio (4), ha dejado una memoria menos pura. Como militar fué brillante. Ve- 
leyo Petérculo elogia el arrojo con que se introdujo en el campo pompeyano 
para explorarlo y ganar á César la voluntad de Léntulo (5) poco antes de la ba- 



(ll En latin balbus sj^iRca InrlamuJo. Sabido es que los rontanos hadan el pro nomins 
A legando apellido de li^iina cualidad n drfeclo de la peifona. Kn una caiu á Papiíio Pelo 
Cicerón alude festiTamenle si dereelo de Balbo: sin embarp". Nebrija, cuya autoridad en len- 
gua latina es indiscutible, ínterpieta las voces lallulirt y batim por cecíar y ctt e¡<¡e. iCecea- 
nao ya en lalln los andaluces como lo hacen ho^ en castellano? i'~s carioso representatnos á 
Lacio Cornelio hablando en Roma an latm iindaiuiaJo. como en Madrid hemos oído i Cáno- 
vas del Casliito, Albnrcda y oíros personajes modernos un cnítetlano que adolecía del mismo 
delecto pronSdico. 

<2) Castro (Iñiioria di Cádit) publica tiadocidas tas cortas que se conservan de las 
mochas qne debiú de escribir en este sentido; v. e-: «Te ruego, Cicer<\n inio, que tomes & tu 
'" ir á Císar T Pompeyo, á quienes la perüdia de algunos ha enemistado. Mo- 
se reolizata esta grande obra.» Ftc, etc. 

,^, «Tengo que ausentarme de Roma, escribid á Alteo, no sea que si voy al Senado á 
defender la República me salga el Tartesio recIsmAndcme lo que debo á Císar.>' 

(4) Esta identidad de notnbres engendra confusión entre las noticias biográficas de am- 
bos ^Ibos; dnaestro juicio, quien mejor ha distinguido entre uno y otro es Castro. (lUíUxia 
dr Caái%.} 

(^) Justo Lipsio atribaye el íiitode la batalla de Farsalia á la seducci/in de Lintulc, 
hecha por Ralt>o.| 



,,CoogIc 



I20 HISTORIA DE ESFAÜA 

talla de Farsalia, y en una de las escaramuzas de aquella campaña, siendo 
centurión, recibió una herida. Procónsul de África imperando Augusto, some- 
tió á los garamantas, y obtuvo en Roma el triunfo, con la particularidad de 
haber sido el primer extranjero y el último particular que alcanzó tan grandes 
honores, También Augusto le confirió el pontificado, con cuyas sagradas insig- 
nias aparece su imagen en las monedas que los gaditanos batieron para hon- 
rarle. £n Cádiz gobernó mucho tiempo, ya con el título de cuatororio, ya 
como cuestor del pretor Asinio Polion, y construyó una nueva ciudad, lla- 
mada Neápolis, junto á la primitiva Gades, que era muy pequeña. Pero á su 
gobierno en Cádiz se refieren hechos que no le favorecen, tales como injustas 
exacciones y la crueldad de que dio muestras en los juegos del dico empe- 
ñándose en que un gladiador ya indultado por el pueblo siguiese luchando; 
hubo un motín y pedrea contra Balbo, que reprimió éste con mano dura ha- 
ciendo acuchillar á la multitud por un cuerpo de caballería y degollar al infe- 
liz gladiador en la cavea del anfiteatro. Cierto es, sin embaído, que conocemos 
estos sucesos por una carta de Asinio Polion á Marco Tulio, escrita en mo- 
mentos de enemistad del pretor contra su cuestor por las cuestiones políticas. 

La descendencia de los Balbos brilló en Roma centenares de años. En 
una arenga al Senado el emperador Claudio ponía á|esta familia como ejem- 
plo de las que venidas de fuera eran ilustres en la capital del Imperio. Rei- 
nando Adriano fué cónsul CelioBalbino, y todavía en el siglo nt otro Balbino, 
uno de los principales personajes de la época, se ufanaba de descender de les 
Balbos gaditanos. 

48. — Los españoles sometidos á Roma compitieron entre si y con los 
romanos de las otras provincias en los homenajes, ofrendas y adulaciones á 
César. Batiéronse en su honor monedas y medallas, erigiéronsete estatuas y 
altares, y muchas ciudades tomaron su nombre: llliturge (Andújar) se llamó 
Fomm yulium; Ittuci (Marios), Yirtus Jitlia; Astigi (Ecija), Claritas yniia, 
etcétera, etc., servilismo que fué repitiéndose acrecentado con Augusto y 
todos sus sucesores, aun los más indignos de respeto. 

Augusto sancionó la división administrativa de España en tres provincias 
que habían establecido los pompeyanos: Tarraconense (antigua Citerior), 
Bética y Lusilania (antigua Ulterior, separada por el Guadiana). La Bética, . 
enteramente romanizada y donde no había que temer sublevaciones de indí- 
genas ni ataques de enemigos de fuera, fué provincia senatorial, es decir, con 
gobernador titulado pretor, de carácter civil, que nombraba el Senado: las 
otras dos, en que aún quedaban elementos hostiles á Roma, íucron provincias 
imperiales y regidas por un legado del César, especie de capitán general con 
tropas suficientes (legiones, auxilia y milicias locales) para lo que ocurriese. 

La organización judicial y administrativa de las tres provincias era idén- 
tica. £1 gobernador recorría constantemente su demarcación, y se detenta en 
determinadas ciudades para fallar los litigios entre las tribu* ó entre los parti- 
culares que por su calidad ó importancia no debían ser resueltas por las au- 
toridades locales. A esas ciudades acudían todos los litigantes del distrito, 
y ese concurso se llamaba convento jurídico. Consta que en tiempo de César 
Cádiz tenía ya el carácter de convento jurídico, ó sea ciudad donde se reunía 
el convento. Augusto fijó catorce conventos: en la Tarraconense, Tarraco, Cé- 
sar Augusta, Cartagonova, Clunia, Asturiza (Astuga), Lugo y Braga; en la Lu- 
sitania. Emérita Augusta (Mérida), Beja y Santaren; en la Bética, Gades, Hís- 
palis, Kcija y Córdoba. 

No sólo se reunían los representantes de la provincia para litigar, sino 
para deliberar sobre los asuntos públicos, hacer reclamaciones al gobernador, 
y hasta quejarse de él ante el César. Estas asambleas ó diputaciones provin- 

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HISTORIA DE ESPAÜA 121 

cíales se parecían mucho á las futuras Cortes de la -Edad Media, y son sin 
duda uno de sus positivos precedentes. 

No eran estas asambleas et único contrarresto de la autoridad de los 
gobernadores: teníanlo también, y muy eficaz, en la necesidad de proceder 
en todo con arreglo á la ley escrita, pues no hay que olvidar que Roma fué 
el pueblo jurídico por excelencia. Y además, en el respeto á las autonomías 
locales, toda vez que e! gobierno romano era verdaderamente imperial, ó 
gobierno de los gotíemos; un Estado superior dentro- del cual se desenvolvían 
libremente mucbos Estados, con plena capacidad jurídica para lisiar, juzgar 
y gobernar á sus respectivos subditos. Se llamaban colonias las ciudades fun- 
dadas por romanos ó por latinos y que se regían por el Derecho ro- 
mano ó por el latino, ó que, aunque no fundadas así, habían alcanzado 
para todos los suyos el privilegio de la ciudadanía. Tarso en Cilicia tenía 
semejante privilegio, rarísimo en los primeros tiempos del Imperio, y por eso 
pudo decir San Pablo: cives romaitits sum. Los ciudadanos délas colonias pro- 
piamente dichas gozaban de todos los derechos del qufrite, menos del sttf- 
tragimm en Roma, por estar ausentes de la ciudad tterna, su verdadera pa- 
tria. En España las colonias más famosas fueron: Hispalis, fundación de ve- 
teranos de César; Itucci, Attubi, Cartagooova, Valentía, Tarraco, Celsa, 
Acci (Guádix), Scalabis, Corduba, Asta Asido, Astigi, Ilici, César Augusta, 
Emérita Augusta, etc.; unas romanas, otras latinas; unas por origen, y otras 
por privilegio. 

Los municipios eran ciudades autónomas que, á semejanza de Roma, se 
regían por un senado (luria) y dos cónsules {duumviri). El pueblo también 
lomaba parte activa en el gobierno local. Dividíanse los habitantes en duda- 
danos ó vecinos, íncolas ó domiciliados y kospites ó adventores (transeúntes). Los 
funcionarios municipales eran los ediUs^ los cuestores ó tesoreros, los lictores 
(maceros 6 alguaciles) y los quinquenales, que formaban el censo. Las leyes 
locales esculpíanse, como en Roma, en tablas de bronce. A fines de Octubre 
de 1851 fueron descubiertas en Málaga dos de dichas tablas que contenían la 
primera diez y ocho leyes y la segunda nueve, pertenecientes á los munici- 
pios malagueño y saipcnsano (1). Los epígrafes de algunas de estas leyes dan 
idea de su contenido; «De la celebración de los comicios». tEn qué curia 
han de votar los incolas>. «De los bienes comunes de la ciudad», etc., etc. 
En 1870 se descubrieron junto á Osuna otras tablas del mismo género, con 
la particularidad de no ser de municipio, sino de la colonia Genua Julia (2). 

La colonia, especialmente la romana, era superior al municipio en cuan- 
to el ciudadano romano lo era á quien no había alcanzado tal honor. Pero en 
cuanto á libertades locales, disfrutábalas el municipio más amplías y segu- 
ras. Por eso á medida que los privilegios de ciudadanía fueron debilitándo- 
se la condición de municipio parecía preferible á ta de colonia. Aulo Gelio 
refiere en sus Noches áticas que Adriano reprendió á los de Itálica porque, 
siendo municipio, solicitaban el titulo de colonia, creyendo el Emperador que 
pedían menos de lo que ya poseían (3). Gades, con ser ciudad tan importan- 

• Ú EtluMoi ¡obre ht dot bromct mcimtradts en Málaga á fines de Octubre de iS^t por t¡ 
■Lniar D. M-íttuel Rodri¡pie% de Birlanga. Málagft, 1IÍ53. Según Berlinga, el municipio sil pen- 
»no estaba catee Ronda jr Utrera: otroi, dindándose en una iascripción, lo sildan entre Utrera 

V I^OtODil. 

(2) Loi bronces de Osuna, que publica Manuel Rodriguet Berla-iga.tJliXt^», 187J. 
ji Ello puede explicarse tambita considerando que el Ifluto de colonia no entrababa 

Caía los habitantes el de cíudadiDOS romanos, toda vez que habla colonias latinas cu<ros 
■bituiles DO eran ciudadanos romanos, sino simplemente latinos. Quizás fuera esta condición 
inferior ü solicitada por lUUica. 



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122 HISTORIA DE £SPA(>A 

te, siempre fué municipio, y se consideraba 
colonia, no de Roma, sino de Tiro (l). 

La condición de municipio no significa- 
ba el máximum de autonomía Jocal: habia 
además las ciudades impunes — tan pocas, 
que en España sólo eran seis, — que no te- 
□ian que pagar ningún tributu á Roma y sc 
gobernaban con entera independencia, y las 
confederadas, que Roma consideraba, no 
como sometidas, sino como aliadas. Hn cam- 
bio, se llamaban tributarias las que tenían 
que rendir tributo al Gobierno imperial, y 
stifendiarias las agregadas á otras de mayor 
importancia. Según Plinio, se contaban en 
la Bética 175 ciudades, 9 colonias, H muni- 
cipios, 29 latinas, O libres, 3 aliadas y 120 
tributarias. \Ln análoga proporción estaban 
en la Tarraconense y en la Lusitania. An- 
Nerón. dando el tiempo todas estas diferencias fue- 

ron borrándose; pero en la época de la con- 
quista y en la primera del Imperio contribuyeron eficazmente á la dominación 
romana. Las ciudades rivalizaban entre si por alcanzar el título y rango 
que no tenían, é iban al convento jurídico á exponer al pretor sus aspiracio- 
nes encontradas y á disputar unas con otras: el Gobierno imperial lo deci- 
día todo con arreglo á la ley escrita ó á las inspiraciones de la equidad, 
y ta paz material era un hecho en la Península. Contribuían á su sostenimien- 
to el ejército permanente y la red de caminos que cruzaba y recruzaba el te- 
rritorio entero. Una ve^ pacificado el país las legiones tuvieron sus castras 
estables, en que vivían los soldados durante su largo servicio (veinte años) 
con sus mujeres é hijos, por modo análogo á los guardias civiles y carabineros 
actuales; algunos de aquellos campamentos se convinieron en ciudades, como 
el de la Legio séptima gemina, que fué la ciudad de León. En época de paz 
los legionarios trabajaban en las obras públicas, ó en cortos destacamentos 
guardaban las carreteras persiguiendo á los ladrones; para este último ser- 
vicio tenían torres de trecho en trecho, generalmente levantadas en los altos, 
de muchas de las cuales todavía se encuentran restos después de haber 
servido en la Edad Media de fortines á moros y cristianos, y en la guerra de 
la Independencia á los puestos del ejército napoleónico. Los caminos que los 
romanos construyeron ó perfeccionaron eran generales, dependientes de la 
Administración imperial, ó locales sostenidos por las ciudades: medíanse por 
millas, que constaban de ocho estadios, señalados con columnas de piedra 
(signa ó semeia), contando desde el Milirio, establecido en Roma por Augusto 
como punto céntrico de todas las provincias. Los pueblos de etapa ó descanso 
para el viajero se llamaban mansiones. 

49. — Es lo cierto que España, unificada por la acción civilizadora de 
Roma, ni antes ni después ha tenido un periodo tan largo de paz interior 
■como bajo los emperadores romanos. Fueron cinco siglos de orden y tranqui- 
lidad, sólo turbados por la irrupción pasajera de algunas tribus berberiscas 
en la Bélica (siglo iij y de otras tribus de francos por Cataluña (siglo 111), por 
las depredaciones de los piratas en las costas y por alguna que otra altera- 
si tíluio de colonin -se rtlen'a princip símenle Ú ongec,; el de mu- 

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HISTORIA DE ESpAÍt/i I>3 

ción de carácter local. Tan prolongada paz, tantas generaciones pasando por 
la vida sin ejercitar las virtudes guerreras, hablan de producir su natural re- 
sultado: el progreso material é intelectual, una cultura intensa; pero también 
una debilitación muy sensible en las cualidades viriles de la raza. Así, los 
hispano-romanos, hijos de gentes lan batalladoras y heroicas como las que 
hablan luchado durante dos siglos por la posesión de la Península, unas con 
el valor ciego y tumultuoso de los bárbaros, otras con el valor inteligente y 
disciplinado de los pueblos cultos, al concluir el periodo de paz parecían otros 
hombres, y nadie hubiera podido reconocer en ellos á los descendientes de 
los guerrilleros de Viriato y de los soldados de Scipión: hablan alcanzado, si, 
un alto grado de civilización, pero eran incapaces para defenderla; se habían 
afeminado, y unos cuantos bárbaros del Norte que no sabían leer ni escribir, 
mas que no temían dar ni recibir golpes en los campos de batalla, fueron 
iMstantes para reducirlos á servidumbre. 

Mientras no llegó tan triste caso todo fué bien, y bajo el Gobierno impe- 
rial disfrutó España de la ventura de no tener apenas historia política. 

Augusto declaró á toda la Península tributaria de Koma; es decir, par- 
te integrante del Imperio romano. El año 58 (antes de J. C.) se hizo 
esta solemne declaración, y de ahí parte la «era de Augusto> ó »era espa- 
ñola», sistema cronológico por el cual se contó en Cataluña hasta iiíjo, en 
Aragón y en Castilla hasta 1383 (1). En el ano 26 vino el Emperador á Es- 
paña para someter á cántabros y astures, únicas naciones que se mante- 
nían independientes. Fueron atacados aquellos rudos montañeses por tierra 
y por mar: la guerra fué larga, difícil y sangrienta. Los cántabros dieron en 
el Monte Medulio y en otros lugares ejemplos de heroica ferocidad, igua- 
les al de Numancia. Hubo primero una sumisión aparente; después, una 
rebelión, seguida de otra guerra de exterminio. Por fin Agripa, yerno del 
Emperador, pudo vanagloriarse de haber humillado la cerviz de pueblos tan 
indómitos, y escribir Tito Livio: «España, la primera región que invadieron 
>los romanos, y la última que sometieron>. La guerra cantábrica concluyó en 
el año 19. 

Ya no hay suceso político digno de mención histórica hasta el reinado 
de Nerón, en que las legiones de España proclamaron emperador á Galba, 
procónsul de la Tarraconense (año 68 después de J. C). Otón (año 69), 
lucesor de Galba, había sido también gobernador de Lusitania, y agregó á la 
provincia de fiética la comarca septentrional de África con el nombre de 
//ispamia íittgitana, de su capital Tingts (Tánger). Vespasiano concedió á to- 
dos los españoles el Derecho latino. En tiempo de 
DomicJano un procónsul de España fué acusado 
ante el César por sus subditos de injustas depre- 
daciones: defendieron la causa de los subditos Pli- 
nio el joven y el andaluz Herennio, y el procónsul 
salió condenado al secuestro de sus bienes. Traja- 
no y Adriano fueron de Itálica, aunque el segundo 
nació en Roma, y de este modo la Bélica, que ha- 
bía dado en Balbo á la Ciudad eterna el primer 
cónsul forastero, le dio también en Trajano el pri- 
mer emperador no nacido en Italia. Adriano, que 
tenía por máxima «el emperador debe ser como el 

(1) Nida mis Ucilque reducir IossKoü de la era de Au- 
i Im cristiaDS, por que ahora contamosi no hay más que 
-*-' -^ dÜrainaJT, l^n los casos, treinta y ocho aüos. César Augusto. 



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124 HISTORIA DE ESPAÑA 

•Sol y alumbrar á todo el Imperio», estuvo en España, y en Tarragona con- 
vocó y presidió una asamblea general de las tres provincias hispánicas, en 
que, por cierto, los representantes de las ciudades negaron al César el con- 
tingente militar que habia pedido. (No se ve en esta lucha la imagen perfec- 
ta de las futuras Cortes castellanas y aragonesas? 

Caracalla segregó de la Tarraconense el extremo occidental y creó ana 
nueva provincia, que se llamó primeramente Hispania ciierior antvmtiia- 
na, y después Galecia. Sin embargo, lo más importante de su Imperio fué 
declarar ciudadanos romanos á todos los subditos 
de Roma (año 21G}. Diocleciano dividió el Impe- 
rio en prefecturas-, las prefecturas, en diócesis, y las 
diócesis, en provincias. España fué una diócesis de 
la prefectura de las Gallas, y sus provincias. Tarra- 
conense, Cartaginense, Bética, Lusitania y Galecia; 
anejas, la Baleárica y la Tingitana. Finalmente, el 
último emperador grande que hubo ^n Roma, Teo- 
dosio, español fué, é hijo de otro español ilustre, 
también llamado Teodosio. Teodosio el padre, des- 
pués de haber libertado el África y conseguido mu- 
chas victorias, fué recompensado con el cadalso: su 
hijo, el futuro emperador, se retiró entonces del 
ejército y de los negocios públicos, dedicándose, 
nuevo Cincinato, á cultivar su heredad, que era 
una buena posesión en Cauca, entre Segovia y Va- 
¡ííwVaT de C°rdTbr''y "adolid. Allí vivfa tranquilo con su madre, Ter- 
inae«tro de Nenin, (|u¡en mancia, y su mujer, Facila, ambas españolas, y de 
le condenó í muerie; alH le sacó Graciano para asociarle al Imperio. En 
año 65. g| reinado de su sucesor, Honorio, entraron los 

bárbaros en España. 
50. — Durante toda esta época la cultura fué á la vez extensa é Intensa. 
Las lenguas habladas antes de la conquista, y que, como dice Strabon, eran 
muchas y diversas, fueron reemplazadas por el latfn, no quedando de lo anti- 
guo más que el vascuence, relegado á las fragosidades del Pirineo. La lengua 
latina fue el canal por donde vino á los españoles la antigua cultura greco- 
romana ó, quizás mejor, enteramente griega, ya que los romanos no hicieron 
más que asimilársela y cultivarla con más ó menos ventura en algunos, no en 
todos sus órdenes. El idioma griego debió de ser abandonado en el trato de la 
vida hasta en las colonias helénicas de Levante, siendo únicamente conoñdo 
de los sabios ó ilustrados. Es evidente que la lengua latina no fué nunca pro- 
nunciada de una manera uniforme en todo el Imperio, y que su corrupción po- 
pular debió de comenzar con su misma expansión; mantúvola en el libro y en 
el discurso la educación hteraria, basada en el estudio de los buenos autores. 
En España tuvimos scholas (escuelas de primeras letras) dirigidas por gramm- 
íistas ó liberatores, y escuelas de disciplinas liberales, en que, por lo menos 
desde el siglo 111, contábanse el triviitnt (Gramática, Retórica y Dialéctica) y 
el quairiviitm (Aritmética, Geometría, Música y Astronomía), escuelas parti- 
culares en que los discípulos pagaban al maestro, á diferencia de las otras 
citadas, costeadas por las curias, y, ?in3.\me.ntz, pedagogos 6 preceptores de los 
niños ricos. Las Confesiones de San Agustín nos ofrecen un cuadro, admirable 
por su colorido, de lo que era un retórico ó profesor superior en los últimos 
tiempos del Imperio. Tenía el Santo colegio particular en Cartago, y lo aban- 
donó porque los alumnos cartagineses, mal educados ó indisciplinados, daban 
bromas inciviles y hadan crueles burlas al maestro; se trasladó á Roma, donde 



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lajuveDtudpareciamás discreta; <pero allí me informaron — escribe San Agus- 
'tía — deque los estudiantes, por no pagará su profesor, se conjuraban para 
•pasarse de repente á otra escuela, faltandoá la palabra empeñada». Para evi- 
tarse tan graves sinsabores San Agustín decidió entrar en el profesorado oñ- 
cial, aprovechando unas oposiciones á la cátedra de Retórica anunciadas por 
la curia de Milán. Otros documentos de la época nos informan de que la ge- 
neralidad de los profesores oficiales tampoco lo pasaban bien, porque los mu- 
nicipios descuidaban mucho el pago del sueldo y de la ración de víveres en 
que consistía el estipendio del maestro, e¿ cualsoua 
¿tier hasta el pan qne comia. \Qaé antiguos son cier- 
tos malesl 

A pesar de todo habla ensefianza, y los librari 
^copistas) hadan multitud de copias de los tratados 
que merecían el favor del público, escribiéndolas, 
ya en tabletas enceradas, ya en papyrus ó en per- 
gamino; y estas copias se vendían en las taberna 
(tiendas), y habla bibliotecas públicas y particula- 
res; y considerable afición á la lectura. No es de 
maravillar que se desarrollasen las letras. Los es- 
cntorcs hispa no- la ti nos tormaron un grupo, el más 
brillante que presenta el Imperio romano fuera de 
Italia; basta citar — ya que las proporciones de este 
libro no consieoten otra cosa — los nombres de am- 
bos Sénecas, de Lucano, de Quintiliano, de Marcial, 

de Columela, de Pomponio Mela. ¡Qué provincia del Teodosio el Gramü. 

Imperio pudo gloriarse de una galería semejante? 

51. — Nuestra Península es rica en monumentos romanos acreditativos 
de lo arraigada y brillante que fué aquí la civilización latina. 

De caminos ó vías quedan trozos en varias comarcas: el más importante 
es el llamado cantÍMo líe la plata (entre Salamanca y Alba de Tormes), resto de 
la gran carretera que unía á Zaragoza con Mérida. 

Fuentes tenemos tres: el del Diablo, en Martorell; el de Mérida, y el de 
Akdníara. Acueductos, tres ciertos: el de Segovia, el de Mérida y el de Ta- 
rragona: otros se señalan como romanos; pero, ó consta su falta de autentici- 
dad, ó es muy dudosa. De construcciones militares son notables: la parte más 
moderna de las murallas de Tarragona (según el notable arqueólogo González 
Simancas, todas ellas); el edificio de la misma ciudad denominado Casa de Pi- 
lotos, que probablemente fué un cuartel; las murallas de Lugo y el trazado y 
base de las de León; la Torre de Hércules (Coruña), que debió de ser un 
fuerte costero, etc. 

Arcos triunfales hay cinco, por lo menos, de autenticidad rigurosa: el de 
Martorell, junto al Puente del Diablo; et de Gabanes, el de Capera (entre 
PIssencia y Granadilla-Ventas de Caparra); el de Mérida, que quizás fué parte 
de un edificio desaparecido, y el llamado Portal de Bará (en la costa, entre 
Barcelona y Tarragona), erigido en honor de Lucio Licinio Stira, general de 
la época de Trajano. 

Espectáculos públicos: en Mérida, las Siete Sillas, ó sean siete gradas 
del teatro de Emérita Augusta, y restos del Circo máximo y de la naumaquia. 
En Sagunto, el teatro, que es el mejor conservado del mundo, mediante el 
cual cabe, por tanto, formarse mejor idea de cómo eran los teatros romanos. 
En Itálica, restos del anfiteatro. De templos y palacios no hay más que frag- 
mentos arquitectónicos; el templo de Augusto en Tarragona ' 
por medallas. 



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126 HISTORIA DE ESPAÑA 

En sepulcros es nutabilfsimo et llamado de los Scipiones en Tarragona, 
que probablemente fué de una dama, Cornelia, de donde debe de haber 
venido la confusión que le ha atribuido á los dos generales primeros conquis- 
tadores de la Península. Tenemos muchísimas tumbas ordinarias y lápidas 
sepulcrales; dos que se guardan en el Museo Provincial de León y una en el 
Arqueológico Nacional ofrecen en su ornamentación el arco de herradura 
como elemento decorativo arquitectónico, demostrándose asi la remota anti- 
güedad de este arco en la Península, falsamente atribuido á los árabes, que 
lo tomaron de la España latina y visigoda. 

La colección de estatuas y bajorrelieves romanos más 6 menos deterio- 
rados es copiosfsima: hay hermosos ejemplares en el Museo Arqueológico 
Nacional y en las provincias de Tarragona, Barcelona, Sevilla, Cádiz, etcé- 
tera. Constantemente se descubren más. 

Respecto del arte latino cristiano dispútase sobre si la iglesia subterrá- 
nea de Santa Engracia (Zaragoza) y otras criptas de catedrales y otros tem- 
plos son catacumbas: la más probable atribución de éstas es la de Santa ¿m- 
gracia, donde se conservan unos sepulcros del tiempo de Constantino. Las 
ruinas de Cent-Celias, en el pueblo de Constanti (Tarragona), pertenecen, 
según arqueólogos modernos, á una viUa que fué del emperador Adriano, y 
aprovecharon los primeros cristianos para iglesia. También se considera como 
de la época romana la cripta de la catedral de Santiago; y en cuanto á se- 
pulcros, hay varios (Gerona, Astorga, Valencia, etc.). 

52. — De la fertilidad de España hiciéronse lenguas los escritores roma- 
nos. Nuestra Península enviaba, en efecto, á la imperial metrópoli, como/r^- 
vincia ntitrix que era, grandes cantidades de trigo, aceite de la Hética, esií- 
madlsimo ya en aquel tiempo, lo mismo que el fiicff át Cddi£ (Jerez) y el la- 
cttano (del Priorato). Del próspero estado de la agricultura puede juegarsc 
por aquellos encomios y estos datos, asi como de la abundancia de población 
rural en algunas regiones, especialmente Andalucía, por tos muchos vestigios 
y ruinas que se hallan constantemente: hasta en parajes que son hoy vastos 
despoblados hubo poblados, algunos importantes. Durante la dominación ro- 
mana el valle del Guadalquivir debió de ser por ambas riberas del rio como 
una ciudad inmensa. Con la agricultura competían la cria de ganados y la 
pesca: también habla fábricas de salazón, industria que, según parece, ve- 
nia ejerciéndose desde la época de los fenicios, que la implantaron. Pero nada 
en este orden económico tenia la importancia de la minería. Se cuenta que 
sólo las minas de Cartagena ocupaban á cuarenta mil trabajadores: unas mioas 
eran del Estado y otras de las ciudades ó de particulares; y en pocos puntos 
de nuestro territorio donde al presente hay minas 6 posibilidad de haberlas 
dejan de hallarse rastros de las galerías construidas en aquel tiempo, tan ba- 
jas y estrechas, que los mismos mineros — esclavos de la pena ó del dueño — 
tenían que andar á gatas con un farolillo puesto en la frente, sin ver nunca 
la luz del día ni abandonar la incómoda postura como no fuera para tenderse 
á lo largo. Esta visión del antiguo minero es una de las que más horrible- 
mente impresionan cuando tratamos de imaginarnos la vida de la pobre Hu- 
manidad en los tiempos pasados. 

En la España romana, como en todo el Imperio, reinó la esclavitud 
con todas sus terribles manifestaciones y consecuencias. Puede añadirse 
que la esclavitud era en aquella sociedad el fundamento del orden eco- 
nómico, y, por tanto, del orden social. Si de súbito hubiera desaparecido 
tan bárbara institución, habría sido menester suspender todos los traba- 
jos, interrumpir la vida. Pero también en España, como en el resto del 
Imperio, empezaron á ser minados los cimientos de la esclavitud por el in- 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DB ESPAÍÍA IZJ 

tlujo civilizador y libertador del Cristianismo desde los principios de la pre- 
dicación cristiana. 

53. — En su epístola á los romanos escribió San Pablo: 'Cuando me en- 
'caminare á España, espero veros al paso y que me acompañaréis basta 
• allá>. Y un poco más adelante: «Pues cuando haya cutitplido esto (entregar 
<el producto de una colecta hecha en Macedonia y Grecia para los pobres de 
•lerusalén) iré á España, pasando por ahi* (l). En su epístola á los corintios 
San Clemente asegura que San Pablo llevó la fe 'hasta el último confín del 
>Occidente», No se sabe más de cierto de la predicación de San Pablo en 
nuestra patria (2). Respecto de la de Santiago, los testimonios históricos más 
antiguos son del siglo vii (3). Próximamente de la misma época los que cer- 
tifican la venida de los siete Varones apostólicos enviados de Roma por San 
Pedro y San Pablo (4). Lo incontrovertible «s que el Evangelio fué predicado 
aquí en el mismo siglo ]. V ocurre preguntar: jHabfa por aquel tiempo ju- 
díos en Españai* Las tradiciones rabinico- españolas suponían su antigüedad 
en nuestra tierra desde la primera dispersión; esto es, desde el imperio de 
Nabucodonosor, y así lo asegura Imanuel Abaad en su Nomología (5). Aún de 
antes de Nabucodonosor sabemos que las naves de Salomón navegaban con 
las del rey de Tiro Hirán. Strabon asegura que en casi todas partes flo- 
recían colonias judaicas, y Filón, que «las había en todas las tierras fértiles de 
>Asia, África y Europa». «Las actasde los Apóstoles> indican que la cos- 
tumbre de éstos al llegar á cualquier ciudad era ir ¿predicar en la Sinagoga 
la resurrección de Cristo, y cuando eran rechazados allí pasaban á predicar 
á los gentiles. ¿Hicieron Ío mismo en España? Cabe sospecharlo; pero no se 
puede afirmar. £1 primer documento de la existencia de los judíos en España 
es el Concilio de Iliberís (año 300), aunque los cánones de aquella severa 
asamblea presuponen una existencia ya muy antigua del elemento hebr^co 
convÍTÍendo coa los demás de la población española (6). 

Los hechos de nuestra historia eclesiástica referentes á su primera y más 
interesante época de propagación del Evangelio y persecuciones y martirios 
están desfigurados y falseados por aquellos escritores, más sandios que per- 
versos, que en tos siglos xvi y xvii se dedicaron á inventar tradiciones é his- 
torias de santos acreditándolas con documentos apócrifos, creyendo así ser- 
vir á ta causa de Dios y fomentar la piedad de los fieles, como si á Dios se le 
pudiera servir con la meotíra, y la piedad basada en el error no fuera supers- 
ticiosa. Quien más se distinguió en estas tristes empresas fué el P. Jerónimo 
Román de la Higuera; pero no fué sólo él quien tas acometió. Servicio seña- 



di XV: 34 T aS. 

,i> «No se lista de nn> tndicióa <1« la [gl«sia de E: 
inm tradición general y aDiiqniííma de la Iglesia gii^a y 
liña Je Ui Helerodtxo! tspañflti). 

(3) El libro i^.vr'uwaíj/v/'ii/ruiw, atribuido á San Isidoro, el Misal fiAtico ó muzirabe, 
> UD comeatarío lobre Nahum, atribaldo á San Julián, Iodos de Ib época visigoda. 

U) Pleiiry dice que no encuentra apoyo i esta tiadicióD hasta el siglo ix; pero eloRcio eiS- 
tico habU ya de los Varonei spostáikos (víase Flores. Esfañn Sagrada, 1[[, IV, y LtJuenle, Hii- 
Ijria eeliiiáílUa di Esfaña, I, cap. I). S^án la rradición, los siete Varones se llamaban Torcua- 
10. Teiifonte, Segnodo, Indalecio, Cecilio, Esicioy Eupaso. — Fila y Fernández Guerts, Rnucr- 
■i^'i di MU viejt á Saitl¡a/;o dt Galicia (Madrid, l33l)< En estn obra, ademis de los documentos 
hiitñricos, se citan y describen loa arqueolúgicos de época romana, que apoyan la tradición. 

'J) Véase el texto en loi Estudios sobrí los judíos de España, por Amador de los Ríos. 

(6j En Adía, de la provincia de Almería, ta anticua Abdera que acuitó monedas púnicas, 
le bailó ana inscripción del si^lo 1 ó u de la era cristiana |H(ibnet, Instriplienes hispamic la- 
iiHo, DÓm. 19S1), sencilla lipida lepulcral de la niHa que falleció en edad de nn año, cuatro 
cuatro meses v un día, expresando el epitafio que era Judia (EVDEAI y se llamaba Salomonl- 
Ua (SALOMONVLA). 



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129 HISTORIA DE ESPAN'A 

ladlsimo prestó á la verdad D. José Godoy Alcántara con su obra Historia 
critica de tos falsos crtmicones (i), en que sacó á la pública vei^enza á los ne- 
cios inventores de tantas patrañas. Pero todavía quedan bobos ó torpemente 
interesados en reconocerles algún crédito. 

Por fortuna, aunque no tantos como desearíamos, no faltan testimo- 
nios históricos de la edad heroica de nuestra Iglesia. En el siglo ii Tertu- 
liano certifica que la fe cristiana estaba extendida por toda la Península (2). 
A ñnes de la misma centuria el retórico Arnobio llamaba innumerables á los 
cristianos espafloles (3). De la misma época son las actas del martirio de San 
Fructuoso, obispo de Tarragona, y 8us diáconos Augurio y Eulogio (4). Mas 
quien nos lia conservado con la perenne frescura de la poesía los laureles 
sobrenaturales conquistados por nuestros padres en la fe es Aurelio Pruden- 
cio, Pindaro cristiano, según Eragmo; el Tuds inspirado poeta lírico que vio el 
mundo latino después de Horacioy antes del Dante, en sentir de Villemain. En 
sus himnos se refleja la trágica belleza de los mártires, toda la sugestiva 
grandeza en que 

Mas de teñiise la gentil espada 
Ni un punto en sangre de los naestros cesa; 
A cada eolpe del granizo brotan 
Mártires oaeToi (5). 

En tiempo de Díocleciano vino á España como gobernador 6 presidente, 
un tal Daciano, que persiguió cruelisimamente á tos discípulos de Cristo. 
<No hubo extremo ni apartado rincón de la Península, desde Laletania á 
'Celtiberia, desde Celtiberia á Lusitania, donde no llegase la cruenta ejecu- 
>ción de los edictos imperiales» (6). 

Pero la Iglesia fué organizada en medio de tan deshecha tempestad. A 
mediados del siglo iii sabemos que había obispos, presbíteros, diáconos y 
simples fieles. El Concilio de Ilíberis ó de Elvira, celebrado á principios del 
siglo IV (7), nos ofrece el cuadro completo de la España eclesiástica: reunié- 
ronse allí diez y nueve obispos, cinco de la Tarraconense, tres de la Lusitania 
y el resto de la Bélica, y asistieron también hasta treinta y seis presbíteros, 
representantes de obispos ausentes ó acompañantes de los que concurrieron. 
Distínguense los cánones de Elvira por su rigidez, no sólo con los judíos y 
herejes, sino con los simples pecadores: tal severidad hace suponer, ó una ex- 
traordinaria pureza de costumbres en los cristianos de aquella época, ó que 
ya se había ingerido en nuestro modo de ser religioso la dura severidad que 
habla de caracterizarnos en lo futuro. 

(i) Premiada poc la Real Academia de la Ilistoiia y publicada á sos expensas. 186S. 

(2) Centra Jtidafs. V[I. 

(1) Centra GtntiUi. libro 1. 

(41 Alta 5ancli Fruíluosi (Ruinan). Eifaña Sagrada. XXV.65-II. 

(5I jñmtm in honor df ¡01 mártires de Zarogota. Traducción de Menéndn Pelajo. 

lili Menéndez t'elayo. Htltrodoxos. 

(7) En el siglo \vi solí» asignarse al Concilio la Techa de 334 á 325: pero los trabajos 
críticos de Mendoza y Klúrez la colocan en el .loo b 301. 



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VIII 

EDAD MEDIA 



H. InvastóD de los btrbaroi. — IS, Lose< 
ST. SiiuaciÓD de Espiíta en tiempo de M 
ClodoTco. 



54. — El martes 28 de Setiembre de 409, segÚD el cómputo de Idado, 
cruzaron los Pirineos y se derramaron por nuestra Península tres copiosas 
hordas de bárbaros: los alanos, acaudillados por Respendial; los suevos, por 
Hermaurico, y los vándalos, por Gunderico. La causa ocasional de tan tre- 
menda desgracia fué la siguiente: hacía tiempo que las Gallas estaban pertur- 
badas y afligidas por un doble mal; la guerra civil movida por un soldado de 
fortuna, llamado Constantino, que se iiabía hecho proclamar emperador y 
fijado su corte en Arles, y la irrupción de los citados bárbaros y de otros 
de la misma catadura que desde 407 venían vagando por toda la región y aso- 
lándola y destruyéndola, ya por su cuenta propia, ya en calidad de auxilia- 
res y mercenarios del usurpador Constantino ó del mismo emperador Ho- 
norio; sin embargo, no extendían sus excursiones por España, merced á las 
milicias hispánicas provinciales y locales que guardaban los pasos de la cor- 
dillera. Esta salvaguardia no tardó en desaparecer. Constantino dió á su hijo 
Constante titulo de cesar, y con él y un ejército vino Constante aquende los 
montes á que la España romana reconociese la soberanía usurpada de su 
padre: le salió su intento á maravilla, pues Didimo y Veriniano, de la familia 
de Teodosio y que sostuvieron la causa de Honorio, sólo le ofmsieron una 
hueste colecticia de siervos y clientes sin instrucción militar. Constante dejó 
áEspañasometidaenteramentealaugustode Arles, y por gobernador al con- 
de Geroncio. Pero sea que en cuanto su jefe hubo traspuesto los Pirineos 
este conde se sublevase á su vez proclamando emperador á un tal Máximo, ó 
que Constante ó Geroncio cometieran el desacierto de retirar de la linea pire- 
naica las milicias hispánicas que la guarnecían encomendando su defensa á 
mercenarios suevos y vándalos, el hecho positivo es que las nombradas hor- 
das, ávidas de saquear un pais floreciente, se precipitaron por nuestros cam- 
pos como un río que se sale de madre, y no hay en los tiempos históricos 
memoria de invasión tan horrible. 

Idacio describe con vivos colores sus inmediatos efectos: «Llevávanlo 
• todo — dice — á sangre y fuego, y el hacinamiento de cadáveres trajo la 



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I30 



•peste, que hacia no menos estragos que el hierro de los bárbaros; y como 
(dejaron de ser cultivados los campos, sobrevino un hambre tan espantosa, 
>que llegaron los hombres á comerse unos á otros, y hasta hubo madres que 
>se comieron á sus hijos. Finalmente, las ñeras, atraídas por el hedor de tanta 
>carne muerta, bajaron á los pueblos, y entre tantos enemigos se iba aca- 
>bando el género humano». 

Por ñn, y según el mismo historiador, hartos de matar y saquear, los bár- 
baros acordaron entre st establecerse de un modo permanente en la Penín- 
sula, y á tal electo echaron suertes, tocando la Galecia á los suevos y parte 
de los vándalos, Lusitania y Cartaginense á los alanos, y la Bética á otra tribu 
de vándalos apellidados sillngos. Tomáronse estos tres reinos, ó, mejor dicho, 
estas tres ocupaciones violentas del territorio; pero los hispan o- romanos se 
mantuvieron independientes en muchos puntos y comarcas, ora por no ha- 
berlos ocupado los bárbaros, ora por guarecerse los invadidos en algunas pla- 
zas 6 fortalezas y resistir alK á la invasión. El sistema descentralizador ro- 
mano dio entonces sus naturales frutos: los miembros del cuerpo político, 
arrancados del centro y separados unos de otros, siguieron viviendo, porque 
tenían vida propia, porque cada uno de ellos era un oi^aaísmo perfecto. Lo 
que Sertorio habia dicho arrogantemente de sí mismo siglos antes realizábase 
del modo más natural: dondequiera que se hallaba un romano libre de los 
bárbaros, allí estaba Koma. 

55. — Más de trescientos años antes de J. C Pitheas, navegante marse- 
Ilés, habló de un pueblo llamado de los gHítones, que habitaba en lo que es 
hoy Prusia oriental, y comerciaba con ei ámbar recogido en las playas del 
Báltico. En el año 79 (después de J. C.) escribió Plioio e! Mayor: «Los gut- 
itones, pueblo de Germania, viven en las riberas del golfo Mentonomose; 
*á una jornada de este golfo, cuya extensión es de 6.000 estadios, está la isla 
rAbalus, donde el mar deposita el ámbar en primavera». Tácito habia se- 
ñalado entre las tribus germánicas á los goíones, refíriendo de ellos que sus 
reyes tenían más poder que en otras naciones vecinas suyas; y que habiendo 
huido del pafs de los marcomanos el guerrero Catualda perseguido por su 
rival Marobodo, halló entre los gotones no sólo hospitalidad, sino medios 
de rehacer su fortuna, y volviendo á su patria con gente de guerra arrojó 
á Marobodo. Los guitones de Pitheas y de Plinio y los goíones de Tácito son 
los godos, que aparecieron en las fronteras del Imperio romano antes de me- 
diar el siglo III, y que hablan de tener tanta importancia en nuestra Historia. 

El camino que recorrieran desde las orillas del Báltico en que cogían el 
ámbar hasta que los vieron los romanos como una horda guerrera capaz de 
resistir y vencer á sus legionarios, nos es desconocido en gran parte. Tampoco 
sabemos las causas ocasionales ó inmediatas de sus emigraciones colectivas, 
aunque sea racional presumir que el exceso de población en relación con los 
mantenimientos fuera el móvil que los impulsase á tan largo y dincil éxodo. 
Parece que desde muy antiguo esta nación estaba dividida en tres tribus: los 
íervingos, los grentun^os y los gépidos. Jornandes, quizás el único historiador 
godo, refiere el siguiente cuento á propósito del origen de estas tribus: los 
godos vivían en la isla de Scancia (Escandinavia), y pasaron á la Germania 
á las órdenes de su rey Berig en tres buques; uno de éstos, por tener pe- 



{ExfÜ.aíUm át la UmUia .V.\".\7.\".) 
Época visigótica. - 1. Joya; visigí 



Arqutológic» Nado 


al 


lodas lueroB 


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Historia GrXpica db la Civiluación Española 



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Historia GrXfic* db la CnnuzActúM Española Láioha XI, 



HIsrORlA DEL TRAJE. -TraJ» de loi vUlgadoc 

D,g,t7cdb/COOgIC 



HISTORIA DE ESFAflA I3J 

sado el velameD, llegó mucho después, y de aquí que los otros godos llama- 
sen i sus tripulantes gépidost que significa tardíos. En cuanto á los tervingoi, 
Sidonio Apolinar, en sus cartas escritas á fines del siglo v, los apellida visi- 
ff>dos (godos occidentales), y ya en el siglo ni Trebelio Folión había llamado 
á los greníMngos, ostrogodos (godos orientales). Sobre cuándo empezaron i ser 
usadas estas denominaciones y si fueron de origen godo ó romano, no caben 
más que conjeturas. 

Los relieves de la colitmxa historiada, erigida en Constan ti nopla por Ar- 
cadto en honor de su padre Teodosio, nos muestran varias figuras de cauti- 
vos godos y godas; ellos son unos hombretones, altos y robustos, de larga y 
rizada cabellera y corrida barba; visten pantalones hasta el tobillo — algunos 
más cortos — y una espede de blusa con cinturón, ancho cuello vuelto y 
mangas cortas; un rey que figura entre los prisioneros lleva un collar, y la 
blusa festoneada. Las godas cautivas son hembras dignas de tales varones: 
poco menos altas que ellos, y también de fornidos miembros y con muy re- 
gulares y nobles facciones; unas se cubren la cabeza con cofias, y otras llevan 
el cabello suelto; su traje es un vestido lai^o, pero muy escotado: muestran 

(EapUeoítin di ¡a ¡amina XI.^ 

HISTORIA DEL TRA|E.-Tr«Jn de loa Tliisadoa(l). 1. Efcaltura vistgdtica exlstenle en U 
baiillca de San Juan BauUita de Baflm, fundida par Rccnvlnto. ~~ 1. Soldidol ó guerreros visigodos. 
FraEOOitos de uní escultura lulladi en Sevllli. -- 3. Arqueros germlnicos aniiliares del ejército romano. 
Visten uno de los trajes de su pneblo, pero usan el cisco de los romanos. Están tomadas estas figuras de ios 
bajorrelient de ti columni de Tnjino. — 4. De Ii misma columna tomamos estos soldados dados enartio- 
lando la ensella en forma de serpiente hecha de telas de color, y que al marchar se Inflamaba con el aire. 
Anaqnecadi nnode los pueblos gcrminicos tenían distintos usos y costumbres según el pafs que habitaban, 
d grado de dvlllzidón que hablan alcanzado y la mayor ó menor aproximaddn á los pueblos civilizados, 
conaemban todo* muchos detalles qne lea eran comunes. Par eso no dudinios que la bandera ó enseña mi- 
litar de los godos podría ser por el estilo. — 5. Honderos germlnicos. (Tomados de la columna de Marco 
Anrelio). - b. Trompetero godo de los siglas v al vil. 



En su eslido primilivo. para resEuardarse dd frió de tas regiones septentrionales que ocupaban se 
cubiiaicon pieles, de donde les vino el apodo de ■empelleiados- que les pusieron los romanos; y lo que los 
caracterizaba entre los demis pueblos bárbaros era su larga cabellera, que cuidaban ron esmerOt rifándola 
j sabiéndola hasta la coronilla tormindo cresta, y adornatidola con agajai, lamlnillaa, platas y navajas, 
— ■■— ^1. poblada y larga, partí-" — ' '- ■-■—■-- 



pedernales (Conde Clunard) ^'). huesos aguzados 
po de cualquier pueblo primitivo. 

Pero cuando llegaron á Euiaña estaban ^a medio romanizados; y como los españoles i su ve 
tabiu ya por completo desde hacia tiempo, no es de extraflar que una vez posesionados de la Penfns 
sen absorbidos por su civilizatiún. 

Su organizaci6n militar no se diferencia de la romana mis que en la preferencia que daban á 
Hería. Lm decanos, centenaria!, qalngealarlos, milenarios y Iluphados, que loi 
de ra ejtrcilo, correspondían i los de la cohor' 

Arcidlo erigid en Constanllnopla. En ella se v< , ., . _ 

■joitida al cuerpo con el balito: encima de ía túnica, el reno, y el manto prendido del hombro derecho por 
Itfibnla. De la cintura caelgan lai bulgas 6 escarcelas: las piernas cubiertas con las bracas, prenda nacio- 
nal, especie de pantildn que usaron todos los pueblos germánicos, galos y sármalas, y de ellos lo tomaron 
Jos [ominos pan su ejírdto; y calzados con abarcas, y aun con lapalos. Algunos llei'aban gorras de dile- 
renles tormas; pero los proceres y opllmales vesdan la armadura romana, y sus caballos llevaban paramen- 
tos, sillas^ frenos. Las mujeres se adornaban con largas túnicas, velos y locados que las cubrían acta cabe- 

En cuanta á las armas, convencidos de la superioridad de las de los romanos, las adoplaron todas, si 

loriga y el yelmo, y en el Fuero Juzgo se habla, además de éstas, de zabas, escados, etpadas. 



ra que en su estado primitivo los godos no usaron la flecha. 

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134 HISTORIA DE ESFARa 

al descubierto brazos, pecho, y hasu casi todo el seno. En los mismos relie- 
ves se VCD otros godos, no cautivos, sino soldados romanos, custodiando i 
sus compatriotas prisioneros, y éstos llevan armadura como los legionarios^ 
los jefes, á caballo, están vestidos á la goda, aunque con la adición respecto 
de cautivos y soldados de un largo capote de pieles. 

Los escritores romanos cl<^ian muchas cualidades de este pueblo: unas, 
como el valor en los combates y la fortaleza moral para sufrir trabajos y pri- 
vaciones que eran obligadas en su condición errabunda y belicosa, y otras 
que verdaderamente le enaltecen, como la castidad y el amor á la familia. 
En cambio, Salvtano acusa á los godos át pérfidos; y no parece infundada esta 
censura, si se tiene en cuenta que el Concilio XVIÍ de Toledo declaró en su 
canon VI <que era común la infidelidad en los contratos y en las palabras*. 
Con todo, los romanos de la' decadencia no eran quién para hacer un cai^ 
semejante á los godos ni á nadie (i). Por lo demás, los godos participaban del 
carácter general germánico: eran harto más individualistas que griegos y ro- 



(l) «Esle ca^o, dice Bridlc; [fñileria at los godei) lo huí dirigido frccncD lera eme lot 
pacbloi cjtilizidoi á los báibRroi, y cod mayor razón podrían los blrbsros devolverlo. Me- 
n£ndez Pelado (Hiitoria dt lo¡ Hticradoisi) Eicríbr; «Eiror iaranlll y que mileve 1 risa es el de 
la pretendida virginidad de los bárbaros. Quizás en sus nativos boiqaes faeran inocentes; pero 
In^o que cayeron sobre el Mediodía. . . o, etc. Sigue un párrafo may hermoso de exaltado 
amor á lo clásico, que responde perlectamente al estado de ánimo juvenil del poeta mtot de 
la Epístola á Horacio, en que se abomina de todo lo teutúnico. Claro que los godos se corrom- 
pieron luego; pero eslo no se opone á que en sos primeros tiempos fueran castos, al menos 
relativamente i los lomacos. 



}iXRzat y laetas. La zaba era el Ihoracómaco , delsni y fieltro, úc los roniinos, que llcgitu histi las rodi- 
llas, y que más Urde se iisú de cuero de butilo. Sin Isidoro, que conoclú estas armas, describe las /o rtoa^y 
perpantes. diciendo que -eran túnicas de cilicio cubiertas de liminis de hierra 6 bronce, tríbadas eitlie si 



zaba & llioracómaco viene á ser un> túnica acolchada qi 
parece haber s 
y que por Ir ocultos 



loriga, tíílibano a , 

__ '-■'los muy pnndes. El pila parece haber sido el venablo. El canto er 



ia especie de p^rtiEi de bastante lonellud y lin mohiira, peí 



Je la palabra dolo (Clonard), 

Como la caballería era pira los godos el cuerpo mlltlir de su preferencia, se esmeraron en dotarte de 

El rey era el K<nerai en jefe del ejercito, y en su defecto los duques y conde*. 

Otros grandes dignatarios llevaban el titulo de condes: por ejemplo, el opltin de la guardia del rey. 
)ue Ikvabí el titulo de conde Btpatarla. y equivalía il escudera que llevi el i^toque ó espada del rey: y el 
íue cuidaba de las reales ciballerizis se llamaba C'omei SIdball. Sin embargo, lanío este conde como los 
proceres, magnala, prtmatts, las ptnonai genrroiai y los ttnlorts, eran mis birn titulos de nobleza j 
le representación política que de autoridad militar. 

Ademls de los duques y condes habla en el elérclto otro oHclil superior llamado gardingo. cuyas 
ilribociones na están bien definidas. 

Lafucnle cree que serian jueces de la milicia: ligo asi como nuestros auditores de guerra. 

Le seKuia en categotia el llaphado, Ululo equivalente, según Clonard, á Jefe de la cohorte romana. 

El orden categórico de los empleos militares era el siguiente: duque, conde, vicario, girdingo, tiuphi- 
lo. Estos son los rte primen categoría, y siguen después en orden descendente los milenarios, qnlngentarioi. 



Los 


porta 


cnseR 


is se llamaban bpndóforos. y 


ten 


n su pueslo al lado del rey. La existencia de este 


-"Tí 


lies 


pnne 


qu 










crine 


pes 


esi; 






púrpura, la seda y el oro. Los riealos calzaban abar- 


cas de piel cerd 


sa, que d 




las pierna 


íias 


talas rodillas; llevaban el vMtido de varios colote^ 












a á las cor 




usaban saeoí Diiiltareí de color verde, bordados 


de encarn 


doy 


cefl'i 


os 


on balito,, cu 


as manga 






cuerpo sus 






ado 


de flecos Seg- 


n San Isidoro, 


os rtnos cubrían los hombros y el pecho hasta U 


cintura, y 






hos 








servarlos i 


ela 








) del Rhi 




de comúnmente se usaba. 


■ La 








el hombro, y ei 


la diestra 


llev 


aban lama, y itgaret arrojadlzat; en el brazo 


'■•""X; 






ISa 


Isidoro). 










quce 




ado se presente 


completa 






callados, drreo 


dch 




gaita, escudo 


espada y 




.> (Fuecn Juieo). 


Sólo 


altru 






tes podían ir cu 




aileí 


y caballo, al estilo de los ealafraclartos 6 cltKh 








ñas de metal ú de caico de 




lio ó con hierro; wro, de lodos modos, los scrfda- 


dos ibai°ni 








JS. y slcmpic m 


jorque la 





D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAÑA I35 

manos, lo que depeadU, no de distinta complexión espiritual, como supuso 
Mr. Guizot (i) al atribuiries gratuitamente haber introducido en Europa el 
sentimiento de la dignidad personal y de los derechos y libertades indivi- 
duales, sino de su estado social atrasado. Aún no hablan llegado á esas gran- 
des ideas de patria y de ciudad ó Estado, que son propias y exclusivas del 
grado superior de civilización: para ellos el Poder público cifraba todas sus 
funciones en el caudillaje guerrero y en algo de vaga dirección civil, ó, mejor 
dicho, de arbitraje para dirimir alguna vez las discordias entre individuos que 
lo fiaban todo ó casi todo al esfuerzo de su brazo y no reconocían más ley 
que su voluntad ó capricho. 

Cuanto se dice de sus costumbres políticas es resultado de conjeturas 
fondadas en la comparación entre lo que cuenta Tácito del modo de vivir de 
los germanos en general y las leyes ¿ instituciones de los reinos fundados por 
los godos en Italia y en España. Pero ambos términos comparativos son poco 
seguros: sin duda el libro de Tácito fué escrito, más que para referir impar- 
cialmente las costumbres de los pueblos de allende el Rhin, como acabada 
crítica de la Roma de los Césares, y en vida de Tácito los godos estaban de- 
masiado lejos de la frontera del Imperio para que el austero historiador re- 
publicano pudiese tener de ellos algo más que muy confusas referencias. 
En cuanto á las instituciones de visigodos y ostrogodos ya establecidos en 
reinos, no fueron obra exclusiva suya, sino principalmente de otros elemen- 
tos sociales de mayor potencia jurídica y civilizadora, con especialidad de los 
romanos. Lo único que cabe afirmar es que elegían sus jefes ó reyes prefi- 
riendo á varias familias esclarecidas, entre las cuales descollaban los Amalin- 
gos, descendientes del héroe Amalo, y los Baltingos, á cuya estirpe parece 
que pertenecieron muchos de nuestros reyes visigodos. 

56. — No pertenecen á la Historia de España, sino á la Universal, las 
correrías y vicisitudes de los godos desde principios del siglo in, en que se 
pusieron en contacto con los romanos, hasta 414, en que apareció Ataúlfo en 
nuestra Península. Basta recordar que este periodo de contacto fué de dos- 
cientos años próximamente, y que durante él, si hubo guerras entre godos 
y romanos y algunos choques tan terribles como la batalla de Adrianópo- 
lis (378), en que pereció el emperador Valente — el mayor desastre sufrido 
por los segundos desde la batalla de Cannas , — lo más del tiempo fué de 
paz, ó, mejor dicho, de sumisión de los godos á los emperadores. Formaban 
ios godos en la península balkánica una gran tribu guerrera al modo de los 
cosacos de hoy en el Imperio de Rusia, sirviendo al emperador de Constan- 
tinopla con sus hombres de armas á cambio de las tierras que se les daban 
en usufructo y de algúu estipendio en metálico 6 en especie. Nuestro paisa- 
noTeodosio el Grande hizo sumo aprecio de esta valerosa milicia: ella cons- 
tituyó la flor de sus huestes, y los jefes godos figuraron entre los magnates 
de la corte imperial y en el estado mayor del ejército romano. Jordanes re- 
fiere la impresión que al régulo godo Atanarico hicieron la corte de Teodo- 
sio y la ciudad de Constan tinopla. «Frecuentemente — dijo el godo — había 
•oído yo hablar de la grandeza de esta ciudad; pero nunca creí que la reali- 
■dad sobrepujase alas descripciones. £1 Emperador no parece un hombre, 
■sino un dios, y todo el que se le resiste se hace reo de muerte». Atanarico 
murió en Constan tinopla (Enero de 381}, y se le hicieron regios funerales y 
un sepulcro magnifico. Alaríco, el antecesor de Ataúlfo y famoso asaltante de 
Roma, era en la época de Teodosio un joven noble, de la familia de los Baltin- 



(l) Hittoria ilt la civUitaciitt eurtpea. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



136 HISTORIA DE ESPAÑA 

gos ó Battos (i), jefe de un numeroso cuerpo 
de sus compatriotas en el ejército imperial, 
que se habla distinguido en muchas bata- 
llas, especialmente en la de Aquileya, con- 
tra el pretendiente Eugenio, muy acostum- 
brado á lucirse á caballo en Constanttnopla 
con su gabán de pieles, como los oñciales 
ecuestres de ila columna historiada*, y á 
figurar en los interminables cortejos pala- 
tinos con que los Augustos y Césares de 
Bizancio querían dar al mundo idea de la 
majestad, ya más aparatosa que efectiva, 
del Imperio romano. 

Todo esto acredita suficientemente 
que cuando los visigodos vinieron á Espa- 
ña tenían ya más de romanos que de visi- 
godos y que de su primitivo modo de ser 
germánico debía de quedarles muy poco. 
Tanto, que de su religión politeísta nada se 
sabe actualmente, y en e! siglo v nada sa- 
bían ellos tampoco (2). A principios de la 
centuria anterior, en 311, según Bessel, ha- 
bía nacido Wulfila ó Ulfila (3), hombre sa- 
bio y de carácter apostólico, el cual, ha- 
biendo recibido en Constantinopja esmera- 
da educación religiosa y literaria, consagró 
- su vida á evangelizar á sus compatriotas. 
Tradujo la Biblia á la lengua gótica, escri- 
biéndola en caracteres griegos y latinos y 
Gala Placidiajr su hijo VaUnliniano III; algunos rúnicos suplementarios (4); para 
l7.°.,í&t.";S.u;"MÍr.:: ;™,'»« god». p„die.en 1,., este libro tuvo 
Ulfila que dedicarse mucho tiempo á ser 
maestro de escuela. El emperador Cons- 
tancio apreciaba tanto á Ulfila, que le llamaba «nuestro segundo Moisés», y 
le hizo consagrar obispo de los godos. Desde él tuvieron éstos jerarquía ecle- 
siástica, y no faltó entre ellos la fe cristiana, aunque contaminada por la here- 
jía de Arrio, que bebió Ulfila en Constant inopia. 



ÍO Según Dahn, habla nacido en la ista Peuce, del Danubio, entre tos años 370 á 37;. 
Tenfa veinticinco cuando la batalla de A<|ui1eyn. 

(2) Se conjetura que adoraban & Waban {espíritu del viento), Tivq (padre de lodos los 

13) Algunos le suponen godo de pura taia; otros, nieto de un capadocio cautivo de los 
godos. 

14) Alfabeto I iiuiVa es el us.ido por los godos y casi todos los pueblos germanos en su 
ípoca pagana liAllanM: inscripciones en letras rúnicas en centenares de lápidas sepulcrales 
esparcidas por Kscan din avia, Islandin t Islas Iirit!<nicas. Los eruditas modernos (Taylor y 
Olrosícreen que esie alfabeto e-; cortupción de alguno helénico antiquísimo, importado al Norte 

empleadas por Ullila cu su lüblia diez J ocho son griegas j siete latinas. Bradley, sin embar- 
go, dice: «Algunos sonidos fóticos no podrían expresarse con letras griegas, y para ellos adop- 
»ti) t'lñla los caracteres rúnicos, :íí bien alteranilo la forma de los signos para asemejarlos en 
"lo posible A los tjriegos.^ De la Biblia de Ulfila sftio se conservan fragmentos en seis manus- 
critos antiquísimos, considerados como otras tantas joyas: el más precioso es el llamado Cd/fi 
Argfnleris. escrito con letras de oro y plata en pergamino color de púrpura, y encuadernado 
en plata maciza en 1662 por el conde sueco de la (iardie: se conserva en la Universidad de 
UpSBla. 



,,CoogIc 



HISTORIA DE ESPAÑA IJJ 

Eran, pues, los godos, 6, mejor dicho, su rama visigoda, un pueblo crís- 
liano y romanizado cuando en el año de 395, envidiosos los magnates cas- 
trenses y palatinos de la corte de Arcadio de la posición adquirida por tos 
auxiliares visigodos merced á la protección de Teodosio, solicitaron del Em- 
perador que los despidiese de su servicio y que mandase á toda la horda re- 
pasar el Danubio. No se atrevió á tanto el Gobierno imperial; mas, cediendo 
en parte al clamir de la opinión pública, rebajó el estipendio á los auxiliares: 
irritáronse éstos, pusiéronse de acuer- 
do sus jcres en pocas semanas, y eli- 
giendo por caudillo al joven Alarico, 
el Baltingo, se rebelaron y recorrie- 
roa toda la península de los Balkanes 
en incursioncíi victoriosas saqueando 
unas ciudades, y contentándose en 
otras con imponer contribuciones de 
guerra. Abrico resultó un gran ge- 
neral. En una ocasión los romanos, 
mandados por Stilícon, envolvieron 
completamente á la horda visigoda, la 
cercaron entre lineas atrincheradas, 
y hasta, torciendo el curso de un río, 
llegaron á privarla de agua. De un 
momento á otro esperábase la rendi- 
ción de los bárbaros, ó que perecieran 
de hambre y de sed en su campamen- 
to; pero Alarico hizo una marcha ad- 
mirable de treinta leguas por un pafs 
escabroso y salvó á toda su gente, 
que no era sólo de guerreros, sino de 
mujeres y niños formando una impe- 
dimenta considerable (i). 

Eq el otoño del año 400 pene- ^^^1,^ 

traron en Itaha los visigodos. Ln 
el 408 Alarico amenazó por primera 

vez á Roma, y en el 410 la saqueó durante diez y seis días, muriendo poco 
después en Polleoza. Para reemplazarle fué elegido Ataúlfo, su cuñado. Re- 
fiere Orosio haber oído á un narbonense contar á San Jerónimo que Ataúlfo 
tuvo el propósito de destruir el Imperio romano y fundar sobre sus ruinas 
un reino godo; pero que muy pronto hubo de convencerse de que sus com- 
patriotas eran demasiado rudos é ignorantes para tamaña empresa; entonces 
varió de política, prefiriendo volver á someterse á los romanos y militar á 
sueldo del emperador como antes de la sublevación que había tenido tan gran- 



(l) «Loi viajeros conocedores del pRfs (la Tesslia) dicen que esta marcha de Alarico es 
-en su género uno de tos hechos mis admirables que pueden recordarse» (llradley). 

(il De la magnífica colección de refritos de los reyes españoles con que lie enriquecido 
Manuel Ángel la Llusiración de esta Historia db KspaSa podemos decir lo que hemos indi- 
cado en la nota de la página 70. Muchos de ellos son imaginarios, pues no sólo carecemos, 
como es nototio, de relralos, por ejemplo, de los reyes godos, sino que no se conservan datos 
acerca de »n fisonomía. Pero Ángel ha procurado, cuando no había otras noticias, interpretar 
el iipirilu del retratado, tal como se deduce de sus hechos, ó .il menos del carácter de su rei- 
nado. Desde Inego en los detalles de indumentaria es, como siempre, perfectamente concien- 
ludo j docnmenlado el lipii del eicelente ailista. Víase, por ejemplo, la nota al retrato de 
Atil» (pig. 14J), De lodos los reyes cayo retrato se conserva, el que publicamos es copia exacta 
del original. (Ñola dil Editor.) 



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138 HISTORIA DB ESPAÑA. 

des consecuenci;]S. Debió de ínclÍDarle á esta solución prudente el haberse 
enamorado de üala Placidia, hermana de Arcadio y Honorio, cautiva de lo» 
godos en Roma, y una de las mujeres de más singular y novelesco destino que 
figuran en la Historia. Es lo cierto que se hizo un ajuste en cuya virtud Ataúlfo 
reconoció la soberanía de Honorio, y marchó á la Galla como general suyo á 
someter á Jovino, que se habla pro- 
clamado emperador. Con este ca- 
rácter, y no sin luchar con otros 
generales romanos, como Constan- 
cio, rival suyo en el amor de Placi- 
dia, ó como Bonifacio, que no le 
dejó entrar en Marsella por justi- 
ficado temor á la preponderancia 
visigoda en el Imperio, se estable- 
ció en Narbona, y allí se solemni- 
zaron con gran fausto sus bodas 
con la hermana de los emperado- 
res (4I4), que, según Jordanes, ya 
se hablan celebrado en Forli. En 
el banquete Ataúlfo ocupó el se- 
gundo puesto al lado de Gala, re- 
conociendo asi la superioridad de 
la hija y hermana de cesares, la 
cual, regiamente ataviada, recibió, 
entre otros muchos regalos, cien 
joyeros llenos de piedras preciosas 
y piezas de oro presentados por 
cincuenta jóvenes de la Nobleza 
goda vestidos con túnicas de seda. 
Átalo, músico famoso, dirigía el 
Sigerico. coro que cantó el amor nupcial de 

aquellos esposos, en que algunos 
romanos eruditos vieron cumplida una profecía de Daniel: -la hija del rey del 
■ Mediodía se desposará en prenda de paz con el rey del Norte; pero no podrá 
>ella contener el fuerte brazo de su esposo, ni subsistirá su estirpe» (i). 

Sólo un año sobrevivió Ataúlfo á esta ñesta. Quizás por intrigas de Cons- 
tancio, su constante rival en amor y en poderío, se indispuso con la corte im- 
perial, y aun trató de elevar sobre su pavés al trono de los Césares á un tal 
Átalo, que Alarico habla proclamado ya emperador en Italia, abandonándole 
luego. Acudió Constancio con un ejército á sofocar la nueva rebelión de la 
banda visigoda, y Ataúlfo, no pudiendo resistirle, vino á España: llegó hasta 
Barcelona, donde Ebetwulfo, un siervo apodado Duííms (el dudoso) le aseu- 
nó (415), según unos, por rencores personales (2), según otros, como instru- 
mento de una facción política (3). Le sucedió Sigerico, que á su vez fué ase- 
sinado á los siete días de mando, y que sólo ha dejado memoria perla estúpida 
crueldad con que trató á la viuda de Ataúlfo, Gala Placidia, haciéndola andar 
12 millas (17 kilómetros) delante de su caballo. Walia, 6 Walya, elegido 

ÍO Sun [errtnimo, Tiislino. Valerio Máximo. 

Í2\ I)iihÍTis habi.i sídn siervo At Snro, godo al stcvicío de Roma, j macrto por orden de 
Auulla. THmbién se cuenta rjue Dubtus era de figura may ridicula y qne Atanlfo se burlaba 



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HISTORIA DE ESPaSa I39 

en SU lugar, estrenóse guerreando cod los romanos, ó quizás mejor, con Cons- 
tancio, enemigo implacable de los godos. Se cuenta que, afligido por la falta de 
mantenimientos, proyectó pasarse con toda su banda 6 nación al África; mas 
no pudiendo hacerlo, por falta de buques ó porque la escuadra romana le ce* 
rraba el paso, volvió á la política de Ataúlfo, y reconoció de nuevo la sobera- 
nía de Honorio mediante un ajuste 
por el que recibió 600.000 modios 
de trigo, y se comprometió á echar 
de EspaSa á los bárbaros que la 
ocupaban y restablecer en nuestra 
Península la autoridad imperial. 
Por supuesto, que la primera con- 
dición del convenio fué devolver 
á Gala Placidia, esta compatriota 
nuestra, nuevaHelena, manzana de 
la discordia por cuya mano pelea- 
ron tantos pueblos y se derramó 
tanta sangre. £1 retrato en marfil 
que se conserva de la célebre prin- 
cesa, aunque muestra muy regula- 
res facciones de carácter castiza- 
raente latino, induce á creer que 
no por la hermosura, sino por el 
rango, fué tan disputada. Constan- 
cio logró por fin hacerla suya, y en 
ella hubo á Valcntiniano III, suce- 
sor de Honorio, y durante cuya 
minoría gobernó Gala el Imperio 
romano (i). 

57. — En el momento en que 
con titulo degeneral romano apres- '^ 

tábase Walia no á conquistar á Es- 
paña ni á fundar en ella un reino visigodo, sino á libertarla de tos bárbaros 
restableciendo la autoridad imperial, conviene fijar cuál era la situación de 
nuestra Peoínsula. 

Los vándalos — bárbaros entre los bárbaros — hablan establecido en la 
Bélica su piiocípal tribu — la de los silingos. — Su rey Genserico abrazó el 
arríanismo, y persiguió sañudamente á los católicos de la región: entre sus 
víctimas se cuenta una hermosa doncella de noble estirpe romana degollada 
por no consentir que la rebautizaran según el rito arríano (2). Los alanos á su 
vez ncuparon vastas regiones de Cartaginense y Lusitania; su jefe, Respan- 
dial, murió en 41 5, y le sucedió Atace. Los suevos, que eran idólatras, mora- 
ron en Galecia y se extendieron cuanto pudieron hacia el interior de la Penín- 
sula. Los hispano-romanos, 6 se conservaban independientes en multitud de 
parajes manteniéndose por fuerza de armas contra los invasores, ó gemían bajo 
el yugo de éstos en los territorios de que se habían enseñoreado. Se sabe que 
los suevos despojaron de las dos terceras partes de su propiedad territorial á 
los hispano-romanos, y probablemente harían lo mismo vándalos y alanos. La 



(1) En Rá*ena te conserra la magnlHca capilla sepalcral erigida por Gala á loa santos 
Naxarío j Celso, donde repoaan los restos de la Emperalrii con los de Honorio, Constancio 
T Valenliniano. 

(i) Víctor Vítense (HiHoHápírsccufíBnis Vanialintin África). San Isidoro (Vándala- 
rímm UitfHa). Menéndea FeUfo (Hist. clL). 



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I40 



medida no pudo ser más violenta; pero para formarse idea de sus efectos hay 
que teoer en cuenta que en aquellos últimos tiempos de la dominación roma- 
na casi toda la propiedad ó era del emperador, provincias y ciudades, ó de 
muy pocas personas que poseían enormes extensiones de terreno (latifundios). 
La clase de pequeños terratenientes no era conocida. Labraban los campos 
«siervos adscritos á la gleba*, y éstos siguieron cultivándolos, sin más dife- 
rencia que haber de entregar la cosecha, salvo lo indispensable para el sus- 
tento del siervo y su familia, á un amo suevo en vez de un amo romano. 

Pero si por este concepto no parece que el antagonismo entre los anti- 
guos pobladores y los nuevos huéspedes fuera extremado, en todo lo demás 
no podia ser más violento. £1 romano juntamente temía y despreciaba al 
bárbaro. Le miraba como un azote de la cólera divina. La conversión de los 
invasores al cristianismo pudo haber sido un lazo de unión entre unos y 
otros; pero, por desgracia, las diferencias religiosas suscitadas por las here- 
jías malograron también este vínculo posible. 

La cristiandad hispano -romana se había distinguido desde sus comienzos, 
no sólo por la firmeza heroica de sus mártires, cantados por Prudencio, y por 
la rigidez disciplinar de sus cánones — ya hemos hablado de los dcllíberis, — 
sino por la pureza de su fe católica. No habían faltado, es verdad, sus tenta- 
tivas heréticas, y algunas de suma gravedad; pero la masa de los fíeles las re- 
chazó siempre. En el siglo iii, durante la persecución de Decio, apostataron 
dos obispos, é inmediaUmente fueron depuestos por sus respectivas Igle- 
sias (i): en la herejía ó cisma de los donatistas (rebautizantes) tuvo parte 
principal una española rica, Lucila, vecina de Cartago; pero aquel movimiento 
heterodoxo fué africano, no español, ya que ni siquiera repercutió en nues- 
tra Península. La única herejía de importancia que se levantó en España du- 
rante la época romana fué el prizcilianismo. Prisciliano era hispano* romano 
de Galecia, y predicó en la segunda mitad del siglo iv errores teológicos y 
morales que hasta hoy, que merced á felices descubrimientos se conocen 
libros de la secta, ha sido imposible precisar (z). Se sabe que esta herejía 
cundió en España bastante, para lo que aquí suelen arraigar tales plantas; 
pero pronto fué ahogada por el unánime sentir ortodoxo del clero y del 
pueblo. Prisciliano pereció en el cadalso, con otros partidarios suyos, de 
orden del español Máximo, cesar intruso de las Gaitas. £1 cronicón atribuido 
á San Próspero de Aquitania refiere así esta tragedia: «En el aüo del Se- 
>ñor 385, siendo cónsules Arcadio y Bcustón, fué degollado en Tréveris Pris- 
>ciliano, juntamente con Eucrocía, mujer del poeta Delfidio, con I^troniano 
• y otros cómplices de su herejía.» En la primera mitad del siglo v sólo se 
conservaban del priscilianismo restos dispersos y confusos en las monta&as 
de Galicia. 

La gran herejía de aquella época era el arríanísmo. San Jerónimo pudo 
escribir con justicia su magnifica frase «el mundo se asombró al verse arria- 
no.. Arrio, presbítero de Alejandría, negó la divinidad de Nuestro Señor 
Jesucristo, pues no admitía que la unidad de Dios se compadeciese con la 
Trinidad de personas; según él, Cristo no es cofisustaneial al padre, como en- 
seña el Evangelio de San Juan, sino semejante al Padre; un ser intermedio 
entre Dios y el hombre, creado por Dios para que realizara en el mundo la 

(|1 Mnrciat y Rasí[i<<ís, oliispos de Aslari;a y Marida. |V£ase Vicente LBfuente,//ii«<rn.i 
EíUñásli,-a. y M. Pelayo. Hhl. cit.l. 

(2) Con su asombro^'R eruiUciiSn y cUriviiI encía critica, Menéndez Pelayo reconstruye 
en cnanto es po<iiK1e con loa e^cnE^os b i ncom píelos documentos que poseemos la dogmática 
y moral priscilianislas, (Hisl. cit., tomo I, desde la pAgina 100.) Posteriormente se ha hecho en 
Alemania un trabajo sobre el mismo asunto de que no tenemos más que ana vaga rerereocia. 



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HISTORIA DB BSPAÑA I4I 

creación y redención de nuestro linaje. Dilatóse esta herejía por todo el Im- 
perio romano; á pesar de la apostólica oposición de San Atanasio, llegaron á. 
protegerla civilmente los sucesores de Constantino, y ya hemos visto cómo 
ll^ó á los visigodos por ministerio de Ul&Ia, y i los vándalos en el reinado 
de Gen se rico. 

En la España romana, lejos de cundir el arrianismo, encontró uno de sus 
más poderosos y eficaces contrarrestos. Tal fué Osio, la gran fígnra de la 
Iglesia católica en el siglo iv. Nacido en Córdoba, vivió ciento un años (del 
256 -al 357), y, ya obispo de su ciudad natal, padeció por la fe tormento y des- 
tierro en la persecución de Diocle- 
ciano; amigo y consejero de Cons- 
tantino, tomó parte principal en la 
conversión del Emperador, y fué 
iniciador, presidente, como legado 
del Papa, y alma, puede decirse, 
del Concilio de Nícea (325), el pri- 
mero de los ecuménicos, reunido 
precisamente para condenar la be- 
rejia arriana. Osio fué el redactor 
del credo ó símbolo de Nicea; esto 
es, de la fórmula antiarriana de la 
fe católica. Osio se mantuvo hasta 
el fin de su larga vida en la fe de 
.N'icea, por la que sufrió un segun- 
do martirio eti la vejez. Por espacio 
de un año fué objeto de los más 
crueles tratamientos, «llegando el 
•caso de ultrajar sus canas con azo- 

• tes y toda clase de tormentos. Al 
'peso de las injurias y de los años 
•desfalleció la naturaleza, mas no 
■el vigor; y no contentos los arria- 
rnos con matar su vida, asesina- 

•ron su honor ultrajando la fe del Teodoredo. 

■ muerto, de quien no pudieron 

■triunfar en vida. Hacíales falta el nombre de Osio para salvaguardia de sus 

• lalsos símbolos, y publicaron á la faz de la Iglesia que por fin habla suscrito 
•sus fórmulas. Esta superchería no engañó por entonces á todcs los catoli- 
zeos f i), y hoy á ninguno engaña después de los estudios definitivos sobre la 

• materia de Flórez, del P. Miguel José de Maceda (2) y de Menéndez Pelayo» (3). 

Mas aunque Osio hubiera tenido un momento de ofuscación ó debilidad 
al fin de su vida, no por eso dejaría de ser el sentido de ésta y de su obra 
opuesto/^ dia^ulrum al arrianismo. De este sentido anti-arriano participa- 
ron siempre el clero y los fieles hispano-romanos, los cuales, por tanto, ha- 
bían de ver, como vieron, en los bárbaros, no sóio unos invasores ferocísimos, 
y unos dominadores tiranos, y unos salvajes, enemigos natos de toda cultura, 
cuyo sólo aspecto infundía á la vei espanto y repugnancia — Salviano escri- 
bió que el hedor de sus cuerpos y vestidos era insoportable, — sino también 
unos herejes que traían á España la peor de las infecciones morales. Así que 



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14^ HISTORIA DE ESPÁÜK 

la conversión de los forzados hués- 
pedes, lejos de aminorar el anta- 
gonismo entre las dos razas, lo au- 
mentó y exacerbó, dándole carác- 
ter religioso y toda la acritud de 
las disputas teológicas entre los 
obispos y el clero de ambas con- 
fesiones. 

Así estaban las cosas cuando 
Walia viao á España en auxilio de 
los hispan o- román os y contra ván- 
dalos, alanos y suevos. Le acom- 
pañó la fortuna en su empresa, 
pues en rápida campaña extermi- 
nó á los alanos, cuyo rey murió en 
la batalla (41S }}, y de ellos ya no 
vuelve á decir nada la Historia; 
echó á los vándalos de Andalucía, 
obligándolos á buscar refugio en- 
tre ios suevos de Galicia, y ence- 
rró á éstos en las montañas del 
Noroeste: toda la Península, ex- 
cepto estas montañas, volvió á 
Tutisinundo. quedar bajo la dependencia del 

Emperador de Occidente: es de- 
cir, libre; y en recompensa de tan eminente servicio el Gobierno imperial con- 
cedió á los visigodos la posesión del país comprendido entre el Carona, los 
Pirineos, el Atlántico, llamado la segunda Aquitania, en que habia seis buenas 
ciudades: Burdigala (Burdeos), PeírocoriuM (Perigueux), Engolisma (Angule- 
ma), Aginnum (Agen), SantoMuirt (Saintes) y Pictavium (Poitiers), y además 
Tolosa, á orillas del Garona, donde Walia fijó su residencia como rey de la 
banda visigoda, pero vasallo del Emperador. 

58. — No se comprende por qué estos reyes ó jefes militares de los visi- 
godos son contados como primeros de la serie de monarcas españoles. Ni 
Ataúlfo, ni Sigerico, ni Walia reinaron en España, ni tuvieron la pretensión 
de hacerlo. Lo mismo los sucesores de Walia. Teodoredo invirtió su reinado 
(de42oá45i)en guerrear con los generales romanos 
de las Gallas, procurando ensanchar sus dominios, á 
la vez que mandaba socorros á los romanos de Espa- 
ña para que luchasen contra vándalos y suevos. Esto 
último no tuvo eñcacia, puesto que los vándalos, sa- 
liendo de Galicia, adonde ios había recluido Walia, 
volvieron á enseñorearse de la Bética, después de ha- 
ber derrotado al general romano Castinn (422)- Y fué 
fortuna que Bonifacio, gobernador de África, resenti- 
do con Aecio, llamase á los vándalos y que éstns, con 
su rey Genserico, y en número de 80.000, pasasen el 

(i) h''lr,¡to di Alil<t. — Era este rey de nna fealdad txtre- 
innda: teni.i la («ide color <le aceiluna, gruesa c a beia, nariiroraa, 
lieigiieíins y hundidos los ojns, algnnot, aunque pocos pelos en la 
li^itba^ademáseraenT licito en carnes y vigoroso. Mostrábase arro- 
l^niile en su apostura y rn su mirada como hombre que se sienle 
Atila (il, superior en enetgi.i ¡I cnnnlo le rodea (Caktú, /fiítoria Unifenal). 



,,CoogIc 



HISTORIA DE ESFAÍIA. I43 

Estrecho (429) para fundar en Berbería el reino que se hizo luego tan triste- 
mente famoso: los vándalos sólo conservaron en su poder las Islas Baleares. 
L^ partida de estos molestísimos huéspedes dio la preponderancia en la Pe- 
nínsula á los suevos. Teodoredo casó á una de sus hijas con el rey de los sue- 
vos, y á Otra con Humerico, hijo mayor del rey de los vándalos: por cierto que 
este rey, creyendo que su nuera conspiraba contra él, le hizo cortar narices y 
orejas, y asi la mandó á su padre i Tolosa. Jordanes relaciona este agravio con 
la última irrupción de los hunos, á quienes supone llamados por los vándalos, 
para librarse con su ayuda de la justa cólera de Teodoredo. Lo cierto es que 
Atila no necesitaba de tales exci- 
taciones para invadir tas tierras del 
Imperio, y que los godos eran ene- 
migos tradicionales de los hunos. 
Una de las pocas leyendas góti- 
cas antiguas que conocemos por el 
mismo Jordanes es la siguiente: el 
rey Filimer hizo salir del clan visi- 
godo, á la sazón todavía muy lejos 
de las fronteras del Imperio, á las 
karinuros 6 magas, depositarías del 
rm»o de Ha'jia, es decir, del miste- 
rio del Infierno; las desterradas hu- 
yeron al desierto, y allí de su con- 
tubernio con los espíritus malignos 
nacieron los huuos. Contra gente 
de tan perversa ralea salió Teodo- 
redo á combatir, en unión de Aecio 
el romano y de Meroveo, rey de 
los francos: fué la famosísima ba- 
talla de los Campos Cataláunicos. 
Según la muy estudiada y erudi- 
ta versión de Anatolio de Berthe- 
lemy, hubo dos batallas: una, el 
14 de Junio de 451, al píe de los 

muros de Orleans, en que murió Teodorico. 

Teodoredo; otra, antes del 7 de 

Septiembre, cerca de la aldea de Moirey, en que triunfaron los aliados, acau- 
dillando á los visigodos Turismundo, hijo de Teodoredo (i). 

Turismundo sólo gobernó tres años, y pereció asesinado por sus herma- 
nos Teodorico y Federico (405). Teodorico {2), que heredó el caudillaje, era 
un visigodo completamente romanizado. Sidonio Ap')linar pondera lo culti- 
vado de su inteligencia, su gusto refinado y sus distinguidas maneras: bien es 
verdad que Sidonio era yerno de Avilo, senador romano y prefecto de las Ga- 
llas, á quien Teodorico apoyó en sus pretensiones al trono imperial; como de- 
legado de este emperador Avito, en gran parte hechura suya, vino el jefe 
visigodo á España, en ayuda, como sus antecesores, de los hispano-roraanos. 

Dos grandes calamidades afligían entonces á éstos: una, los suevos, que 
dilataban constantemente sus incursiones y conquistas, derrotando siempre 

hht,'rii¡iie', VIII, y>,i). Conviene 
Los que llnman Teodoricii á Teodoredo denominan i £sie Teodorico II. 

D,g,t7cdb/COOgIC 



144 



á los ejércitos romanos, ni sombra ya de lo que habían sido, pues solían re- 
ducirse á tropeles colecticios sin ninguna preparación para la guerra; otra, 
los «siervos de la gleba* ó cultivadores del campo, que en la Tarraconense, 
aún provincia del todo romana, se hablan levantado contra los propietarios. 
Esta guerra social afligió las postrimerías del Imperio, y, como los conflictos 
contemporáneos de a oálogo carácter, se desenvolvió en una serie de rebe- 
liones parciales que iban estallando ahora en un punto y luego en utro: la 
primera de que se tiene noticia ocurrió en las Galias (año 270}; esta de la 
Tarraconense debió de ser formidable. Los siervos rebeldes llamábanse á sí 
mismos bagadts ó bagaudas. palabra céltica que significa insurgente. Es digno 
de ser notado que en la Galecia, donde los suevos hablan despojado á los 
propietarios romanos de las dos terceras partes del suelo, no hubiese baga»- 
das, y si en la Tarraconense, donde subsistía el antiguo régimen: el hecho 
puede explicarse por el mayor vigor que tendría el Poder público en la re- 
gión dominada por tos suevos respecto de las todavía libres de invasióo, en 
que la decadencia de la organización imperial tenia que reflejarse en un aíflo- 
jamiento muy sensible de los resortes de gobierno; pero, de todas suertes, in- 
dica que el despojo de los propietarios por los bárbaros, medida que vista á 
distancia nos parece tan tniscenden taimen te violenta, nada debió de impor- 
tar, según ya hemos dicho, á la masa de la población rural. Tan mal, ó quizás 
peor, estaban los labradores reconociendo por amo á un latino como á un sue - 
vo ó á un visigodo. Los amos eran muy pocos en uno y en otro caso. 

Teodorico envió á su hermano Federico en auxilio de las autoridades y 
propietarios de la Tarraconense para someter á los bagaudas, y él en per- 
sona vino á luchar con los suevos. Los venció por completo (456), ocupó todo 
su territorio, hizo mata? en Braga á su rey Ricimero, y puso en su lugar á 
Aquiulfo. Habiendo intentado éste hacerse independiente aprovechando la 
vuelta de! godo á Tolosa, ios lugartenientes jie Teodoredo le hicieron ajusti- 
ciar en Portucale (457). Apoyaron entonces los visigodos á Remisnundo, 
quien reinó sobre los suevos después de vencer al pretendiente Fratan: tan 
dominado estaba Remisnundo por Teodoredo, que bastó que le enviara un 
gálata llamado Ayax para que renegase de la religión católica, en que vivían 
los suevos desde el tiempo de Teodoredo y se hiciese arriano con todo su pue- 
blo. jTan poca importancia daban todavía los bárbaros á las fórmulas teoló- 
gicas! Bien dijo Salviano que los visigodos eran herejes sin saberlo, 

Teodorico también murió asesinado por un hermano suyo, Eurico, que 
reinó diez y nueve años {de 460 á 484 ?) (i). En este tiempo desapareció e! 
Imperio de Occidente, y Eurico aprovechó tal circunstancia para extender 
su poder y hacerse señor de toda la Galia hasta el Loira y el Ródano, com- 
prendiendo además su reino á Marsella y Arles, las dos principales ciudades 
romanas de aquella región; y en España tomó á Cesar Augusta y á Pamplona, 
dominando asi la Tarraconense, hasta entonces libre de visigodos. 

De todos los Estados nacidos sobre las ruinas del Imperio, el de Eurico 



HISTORIA DEL TRAJE. -Traje* de lo* vltleodos. SlgloB V á Vil. - t,2y3 Trajes pópala- 
fS.— 4. Siírso armjJo de espida y guaJ;uia.— 5. Siervo armado deescrama y lanía.— 6. Siervo aniutro.— 
. Liherlo aimadn út yi^lnio y conlc). (\'cp-e lo i]iie acetca de los trajes y armas de los godos deeimot « 
■S|)áH¡ndS]}3y 114). 



D,g,t7cdb/COOgIC 



Historia GrXpica db l^ Civilización Española 



HISTORIA DEL TRAJE. - Trajea de los Tincados. (Sigloi V al Vil). 

Sílcfdn. Historia de EspaSA D,g,t7ccib.CoOgIlíl 



DE ESPAÍÍA 



era el más poderoso. Y lejos de mostrarse refractario á la ctvilizaciÓa y á la 
gente latinas, en ésta escogió sus más queridos é influyentes consejeros; ver- 
bigracia, el narbonense León, Mecenas de este augusto visigodo que repartía 
dones espléndidos entre los hombres de mérito atraídos por él á su corte. 
Quizás por consejo de León ó de algún otro ministro latino del mismo ca- 
rácter, hi20 Eurico un código ó compilación de ley«s para su pueblo; es de- 
cir, para los visigodos. En 1750 los Benedictinos de San Germán de los 
Prados notaron en las hojas de 
un antiguo códice del Tratado de 
Varones ilustres de San Jeróni- 
mo señales de una escritura más 
antigua, que habla sido borrada 
para escribir sobre ella: aplicaron 
reactivos sobre las letras nuevas, 
y aparecieron unos fragmentos del 
código de Teodosio, el panegírico 
de un emperador romano, un co- 
mentario sobre Vii^ilio y trozos 
de una antigua ley visigoda; todo 
esto habla sido inutilizado por unos 
monjes del siglo vi para escribir el 
libro de San Jerónimo. En 1839 
Kust se dedicó á descifrar los tro- 
zos de la ley visigoda, trabajo que 
continuó Blume, dándolo á luz 
en 1847 con el título Reuartdi, 
Wisigotkorum Regis, antiguas ¡e- 
gem collectio. Como se ve por este 
epígrafe, Blume atribuyó i Reca- 
rcdo tales leyes; pero Gaupp y 
Batbié, catedráticos respectiva- 
'^'"''^°' mente de Breslau y Tolosa, han 

sostenido que los preciosos frag- 
mentos son del código de Eurico. La cuestión es muy dudosa, y, al parecer, 
insoluble. El argumento contra la opinión de Gaupp y Batbié fundado en que 
las leyes descubiertas son en el fondo romanas no tiene valor, porque los vi- 
sigodos en esta época, si no eran romanos, estaban completamente romaniza- 
dos. Nueva y muy estimada luz sobre este punto difundieron los fragmentos 
de la «Lex romana WisÍEothorum> tomados de un códice del siglo vii, y pu- 
blicados en 1S96 por la Real Academia de la Historia, con un prólogo erudi- 
tísimo que redactaron D. Francisco de Cárdenas y el Rvdo. P. Fidel Fita. 

Para consolidar el vasto reino que había engrandecido tanto, Eurico tro- 
pezó con un inconveniente muy grave: su religión arriana. Los galo-romanos 
veían en él, á pesar de su ministro León y de la cortés tolerancia con que 
trató á San EpÍf:<nio, obispo católico, al hereje dominador de la más hermosa 
parte de la Galia cristiana, y, sea por fanatismo sectario del visigodo, ó, como 
suponen nuestros historiadores, aun tan poco sospechosos como D. Vicente 
Lafuente, porque los católicos urdieran conspiraciones contra su gobierno (i). 

(I) Sidonio Apolinar, contemporáneo que ceUbrft en verso d U mujer de Eurico, coiro- 
borm lo del fanatismo de é^ite. pnes liice: «La soln palabra calñlico le sabia al rey á vinagre». 
La hipi^lesis de las conspiraciones de los católicos se lunda en lo que »ucedi& después, reí- 



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HISTORIA DE BSPAÍ^A I47 

hubo persecución de la Iglesia, vanos obispos sufrieron la muerte, otros el 
destierro, y se prohibió la provisión de diócesis. «No habiendo obispos, tam- 
»poco podfa ser renovado el sacerdocio, y quedaron las parroquias sin clero y 
>la Iglesia desorganizada, irritando semejante ruina á los católicos, tanto del 
• reino como de las comarcas vecinas» (i). Maravilla esta persecución, porque 
hasta entonces los visigodos hablan sido tolerantes con los fieles al Símbolo 
de Nicea, y por la circunstancia de no haberse extendido á nuestra Teninsula, 
aunque quizás sea eso indicio de 
que ¿sta, al menos en su mayor 
parte, do obedecía á Eurico. 

Murió este monarca en Arles, 
y — [Cosa rara en los príncipes de 
su raza! — de muerte natural, su- 
cediéndole pacificamente su hijo 
Alarico. Éste se halló desde luego 
frente al grave problema político 
de la profunda enemistad de sus 
sábditos galo-romanos contra él y 
los visigodos por causa de reli- 
gión. Quizás con la mira de resol- 
verlo en lo posible, hizo componer 
un código, calcado en el Teodo- 
siano, para que rigiese á la pobla- 
ción latina de su reino, y que re- 
dactó una Comisión presidida por 
el conde Goyarico. Y no sólo esto, 
sino que una vez redactado, y an- 
tes de promulgarlo, lo sometió á 
«ODSulta de los obispos católicos, 
reconociendo asi que los pastores 
de la Iglesia, en que no comulgaba 

ét, eran los verdaderos represen- , 

tantes de sus subditos romanos. """' 

Consintió además la celebración 

de concilios (2); pero todas estas medidas, que en circunstancias ordinarias 
probablemente hubieran bastado para calmar la irritación de los ánimos y 
establecer una corriente de tolerancia, ya que no de simpatía, entre los dos 
pueblos que había en el reino, en aquella ocasión se malograron, porque sur- 
gió un factor nuevo que vino á complicar la situación y provocar la catástrofe. 

Este factor fué la potencia militar de los francos, que se levantó formida- 
ble al otro lado del Loira. Clodoveo, rey de los francos salios, establecidos 
á orillas del Escalda, en lo que hoy es la región belga del Henao, salió con 
arrestos para conquistar toda la Galia. Habla allí un reino independiente de 
galo-romanos, y Clodoveo lo acometió y sojuzgó rápidamente: su rey, Siagro, 
huydá la corte de Alarico. confiado en la hospitalidad visigoda; mas presen- 
tándose de súbito el franco en la frontera con su victorioso ejército, exigió de 
la corte de Tolosa la inmediata entrega del fugitivo. Alarico, que no debía de 
estar preparado para resistir dignamente aquella exigencia, ó que no tuvo áni- 
mo para contestarla como merecía, cometió la vileza de entregar al infeliz Sia- 

(11 BradUr- 

(zl L«s act«i del Agnlhtiue rezan al principio: Cum in D.i nootitu ex termistu Rañs Ala- 
ríei. ..Vtlñn; Uratíai Dio primitiis, ti Demina nailrt Kigi as;ainut. 



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148 HISTORIA DE ESFAt^A 

gro, calcado de cadenas, á Clodoveo. Visigodos y galo-romanos á una despre- 
ciaron á su monarca por cobarde. En el año de 496 Clodoveo declaró la guerra 
á los alemanes, derrotándolos en Toibiac. Y cuando el prestigio del rey tranco 
estaba en el cénit por efecto de tan continuadas y grandes victorias, sucedió 
su conversión al catolicismo. «Orgulloso Sicambro, adora lo que has quemado, 
>y quema lo que has adorado», dljolc San Remigio al bautizarle; y pocas 
veces un acto religioso habrá tenido más transcendentales consecuencias 
políticas. £1 Papa dio á Clodoveo el titulo de •cristianísimo' y de < hijo 
primogénito de la Iglesia»: era él á la sazón el único monarca católico, pues 
los reyes bárbaros profesaban el arrianismo, y el emperador de Oriente el 
eutiquianismo. Los galo-latinos vieron en Clodoveo á su libertador; habla 
todavía cohortes romanas acantonadas entre el Sena y el Loira, y los I^io- 
narios, al oír la noticia de la conversión, se apresuraren á ponerse á las 
órdenes de Clodoveo, mientras que las ciudades de la Armórica, que hasta 
entonces hablan resistido á los francos, se entregaban al rey católico entu- 
siasmadas. 

En el reino de Alarico la inesperada nueva hizo el efecto de una explo- 
sión. «Desde aquel punto — escribió San Gregorio de Tours — todo el mun- 
•do deseó el gobierno de los francos; en toda la Galia querían tenerlos por 
>señores>. Dícese que en las iglesias católicas del reino de Tolosa se hicie- 
ron públicamente rogativas por el triunfo de Clodoyeo sobre Alarico. Éste, 
sin duda asustado ante tan formidable manifestación del odio popular, des- 
aprovechó la ocasión que le ofreció la guerra entre francos y borgoñones, y 
dejó derrotar á los segundos, aunque — para que desacertara en todo — sin 
disimular la simpatía que le inspiraban aquellos enemigos de su enemigo. 
Luego quiso desarmar á Clodoveo con adulaciones y humillaciones; pero ya 
era tarde. 

Excitado Clodoveo por los católicos de toda la Galia, y llamado insis- 
tentemente por los del reino de Tolosa, declaró en el campo de Mayo: «Es 
»un dolor que las más hermosas comarcas de la Galia estén en poder de los 
•arrianos. Vamos á quitárselas, con la ayuda de Dios». 

La guerra tuvo un carácter enteramente religioso. Clodoveo era recibido 
en las catedrales con los cánticos bíblicos que celebran las victorias de Israel 
sobre Canaán. Las poblaciones congregábanse á orillas de los caminos y á 
las puertas de las ciudades aclamando al nuevo Josué que venia á limpiar la 
tierra del Señor de las abominaciones de la herejía. Inñnidad de prodigiosas 
leyendas enlázanse en las crónicas de la Edad Media con la historia de esta 
campaña. El pobre Alarico, aturdido ante sucesos que no podía dominar, acu- 
dió á última hora al expediente de alterar el valor de la moneda para pro- 
veerse de fondos, reclutó soldados mercenarios, y cifró toda su esperanza en 
el auxilio de los ostrogodos, que no llegó á tiempo. La batalla se libró al 
sur de Poitiers, en el campo de Voelad (hoy Voug'e), y los visigodos fueron 
completamente derrotados. Clodoveo mató con sus propias manos á Alarico. 
El Turonense insulta á los vencidos diciendo que «huyeron, según su cos- 
• tumbre-. De este modo, escribió Jordanes, «la grandeza de los visigodos, 
«fundada por el primer Alarico, vino á deshacerse con el segundo rey de este 
»nombre». Tolosa cayó en poder de los francos, y el reino así llamado dejó 
de existir (año 50;). 



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IX 



DEL ARRIANISMO A LA ORTODOXIA 



M. Domiiución oitrogoda. Teodorico el Graodc ^ sus sucesores en Etpaüi. — 60. Pi^onde- 
nacu buaDtÍD&. — 6L Leovigildo ; Hermeaegildo. — 61. Recaredo. — 63. Relaciones eotie 
la Iglesia j el Estado. Coadlios de Toledo. — 6t. Sucesores de Recaredo, hasta Wanba.— 
65- Critico de la Monarquía vUigoda. 



59. — Ea todos los acontecimientos que acabamos de referir tocó re- 
presentar $ España poco papel, ó, si lo representó, no fué coasignado en la 
Historia. Alarico, el desdichado vencido de Voelard, probablemente no puso 
los pies en nuestra Península. Jordanes, siempre que habla de sus compa- 
triotas los godos, se refiere á la Galia. Nuestra Península no parecía ser en 
aquel tiempo sino como una prolongación provincial y algo confusa del rei- 
no de 'i'olosa. Decimos algo confusa, porque, á pesar de las conquistas de 
Eurico, debían de subsistir aqui núcleos hispano-romanos independientes. 
Choca la circunstancia de haber pasado Alarico tantos apuros para reunir la 
gente de guerra con que se opuso á Clodoveo, habiendo tenido por último 
que recurrir á mercenarios, y también la de la cobardía ó poca consistencia 
que, según acabamos de ver por testimonio del Turonensc, mostraron los 
soldados de Alarico en Voelard. ^Dónde estaban los visigodos, nación toda 
ella guerrera y tan valerosa en las batallas? Cabe sospechar que la primitiva 
banda visigoda, la que con Alarico I vino de Oriente, con Ataúlfo estuvo en 
Narbona y con Walia batalló en España, nunca muy numerosa con relación 
á los hispano-romanos, una vez fundado el reino de Tolosa fué esparcién- 
dose por las tierras ocupadas, y en tiempo de Alarico II debía de haber muy 
pocos alrededor del rey; es de presumir que muchos se habrían establecido 
en España, lejos unos de otros, perdiendo así el pueblo la cohesión que le 
habla hecho tan temible en sus primeros arranques. En la historia de todos 
los bárbaros se observa el mismo fenómeno. Presentábanse juntos, en clan 
guerrero, y nada era capaz de resistirlos: fundaban un reino, y éste rapidfsi- 
mamente se convertía en potencia formidable, de las que amenazan tragarse 
al mundo; pero en seguida empezaba la decadencia con la dispersión de los 
conquistadores en el territorio conquistado, y en una sola batalla desapare- 
cía el reino poco ha tan pujante. Es que se había presentado una nueva tribu, 
ó UQ nuevo conjunto de bandas con la cohesión que le daba fuerza. 

S^ún todas las probabilidades, esto sucedió á los visigodos; y es igual- 



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I50 HlSTOItlA DE ESPAÑA 

mente de presumir que entouceü, y al combinado impulso de francos y ro- 
manos, hubieran desaparecido por completo, á no coincidir con su derrota de 
Voelard y con la muerte de Alarico la preponderancia de sus hermanos de 
raza y religión los ostrogodos. Regidos éstos á la sazón por un hombre de ge- 
nio, Teodorico el Grande, habían fundado en Italia poderoso Imperio. Uesde 
Teodosio basta Carlomagno no apareció en Europa ningún personaje compa- 
rable á este ostrogodo Teodorico, de la familia Ó clan de los AmaÜDgOs. 
Educado en Constantinopla, en el palacio del emperador León, á los diez y 
ocho años, viviendo todavía su padre Teudemeco, organizó á la romana un 
cuerpo de 6.000 hombres y derrotó á los sármatas; y habiendo sucedido en 
el caudillaje de su pueblo, á los veinte años, triunfó de los rivales que le dis- 
putaban la jefatura, se impuso al emperador Zenón, y en 488 obtuvo el en- 
cargo imperial de arrojar de Italia á los hérulos. Cinco años duró la guerra 
entre ostrogodos y hérulos, al cabo de los cuales quedaron los primeros due- 
ños de toda la Península, y Teodorico con título de rey; y aunque nominal- 
mente subordinado al emperador, en realidad era el monarca más poderoso de 
Occidente. Lo merecía, pues á las prendas del guerrero, del caudillo y del 
político habilísimo juntaba las de! gobernante sabio y justo, protector enten- 
dido de las letras y de las artes. Rodeóse de sabios y literatos como Casiodo- 
ro (i), Symmaco y Boecio, el vulgarizador de Aristóteles; salvó de la ruina 
los grandes monumentos de Roma (2), y en todo procedió como hombre de 
miras elevadas y profundas — bárbaro civilizado que tuvo por norte de su 
conducta reanudar la tradición clásica en el gobierno y en la cultura. — La 
historia de los bárbaros se reduce á una serie de esfuerzos para destruir el 
Imperio romano y á otra serie de esfuerzos por restaurarlo. Teodorico inició 
esta segunda serie: cuanto hizo después en España Leovigitdo fué imitación 
de lo que antes había hecho en Italia Teodorico. 

Este gran rey de los ostrogodos buscó por medio de enlaces matrimo- 
niales con los reyes sus contemporáneos el establecimiento de un verdadero 
sistema político internacional que asegurase la estabilidad de las nacientes 
monarquías germánicas. Casó á su hermana con el rey de los vándalos, á ana 
sobrina con el de Turingia y á sus dos hijas, respectivamente, con el rey de 
los borgoñones y con Alarico de Tolosa. Él se casó con Audafleda, hermana 
de C lodo veo. 

En cuanto á sus relaciones con Alarico, no fueron sólo de parentesco. 
Ostrogodos y visigodos no hablan olvidado su común origen, y se miraban 
como hermanos, ramas separadas de la misma familia. En las guerras de Teo- 
dorico con los hérulos un ejército visigodo enviado desde Tolosa resolvió 
á favor del primero una de las más peligrosas crisis de la campaña (Agosto 
de 490). Después, en la desastrosa lucha de Alarico con Clodoveo, Teodorico 
intervino, primero como mediador, y después como auxiliar de su yerno. La 
grave falta cometida por Alarico, á la que parece que le precipitaron sus ofi- 
ciales, fué aceptar la batalla de Voelard sin aguardar la llegada del ejército 
ostrogodo. 

Todo induce á creer que, á no ser por Teodorico, la nación visigoda hu- 
biera desaparecido entonces completamente. Aunque nada digan los conci- 

(I) Compuso una Htsloria tU los gndut. desytaciaclamenle perdida, piro de la cual *» nn 
exlracto U de lordmts. Dice ésle qiie "^i^lo tuvo Ires dfas en su poder la d« Casiodoro. Tl"^ 
compuso Is suya por Us ñolas c|iie lomA en tan corlo plazo. 

izt nNada excitaba su cAlera como la destrucción de las obras artísticas. . . Decretó qa« 
j'se deslinasen doscientas libras de oro antiales para reparación de los muros y monninento* 
»de Roma. Si se ha viiuperado á los godos la destrucción de esta ciudad, no es menoi cierto 
aque á un rey godo se debe la conservación de la mayor parte de sus edificios.» (Bradlej.) 



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HISTORIA DE ESPAPJa IjÍ 

SOS cronistas de la época, es indudable que los sentimientos de la poblacióa 
romana de nuestra Penfnsula no eran diferentes de los de la población roma- 
na de las Gaüas: aquf, lo mismo que allí, Clodoveo católico habría sido reci- 
bido como libertador. Pero Clodoveo no pudo penetrar ea la Península por- 
que se interpuso Teodorico. Envió á las Gallas un ejército poderoso, y pro- 
cediendo con el tinu que le era característico, el general que mandó, Ibbas, 
era católico, y así pudo apaciguar los ánimos de los latinos, cuya oposición 
religiosa habla sido causa principal de las desgracias de Alarico. El rey os- 
trogodo, aunque arriano, por po- 
lítica ó por cierto indiferentismo 
natural, era tolerantísimo en ma- 
terias de religión. En una de las 
cartas que Casiodoro escribió en 
su nombre se leen estas palabras, 
realmente raras para dichas á prin- 
cipios del siglo vi: <La religión no 
>es cosa que se debe imponer, por 

■ que ningún hombre puede ser 

• violentado á creer contra su vo- 

• luntad>. Conforme áesta máxima, 
trató con igualdad no sólo á cató- 
licos y arríanos, sino á los judíos, 
y á nadie admiró como á Epifanio, 
obispo de Pavía, del que dijo va- 
rias veces con profunda venera- 
ción; • No tiene igual en el Oriente ' 
.ni cu el Occidente; sólo haberle 

■ podido ver es una dicha>. 

Un príncipe asi era el propio 
para salvar á la gente visigoda de 
la disolución y destrucción que 
tenfan encima. Y, en efecto, la 
salvó con su poder militar de los 

francos, y con su diestra política Cesaleico. 

de los hispano - romanos. Alarico 

habla dejado un hijo menor de edad, Amalarico, y á titulo de tutor ó regente 
suyo, según creen algunos, ó por derecho de conquista ó elección más ó 
menos forzada, ejerció Teodorico el gobierno de España hasta su muerte, 
ocurrida en Italia (526), después de haber reinado treinta y tres afíos, de 
ellos quince en nuestra Península. Cuando murió su poderoso abuelo Ama- 
larico tenia ya veinticuatro años, y no consta en ningún documento que el 
ostrogodo tratase de ponerle en el ejercicio de su realeza ó se disculpara por 
no hacerlo: quizás todo eso de haber entrado á gobernar como regente, sea 
explicación anacrónica, inventada mucho después, cuando, ya establecida la 
monarquía hereditaria, era difícil concebir el modo, sencillo y natural en aquel 
tiempo de fuerza militar y poder electivo, como Teodorico unió á su gobier- 
no de Italia el de España y parte del Mediodía de las Gallas. 

Lo cierto es que Teodorico imperó en España como dueño y señor ab- 
soluto por medio de gobernadores ó generales, que fueron el ya citado Ibbas, 
despu¿ Ampedio y Liberio, cuyos nombres suenan á hispano-romanos, y, 
por último Teudis, que casó aquí con una señora principal tan rica, que con 
sus siervos ó colonos podía levantar una hueste de dos mil hombres. En 
sus cartas citaba el gran rey á España como parte de sus Establos. San Isi- 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



152 HISTORIA DE ESPAÑA 

doro le incluye en el catálogo 
de los reyes visigodos, y los Con- 
cilios de Tarragona (517) y Ge- 
rona (512) le reconocen por so- 
berano, fechando sus actas por los 
aüos de su reinado (i)- £s más; 
como restaurador de las costum- 
bres romanas, Teodonco restable- 
ció la de que se enviaran de Es- 
paña á Italia remesas de trigo, 
tnbuto debido por la península 
conquistada á la conquistadora. 

El enérgico y político gobier- 
no del ostrogodo debió de ser 
bueno para los visigodos y tolera- 
ble para tos liispano-romanos. Ib- 
baa reprimió con fuerte mano una 
insurrección de visigodos que pro- 
clamaron rey á Gesaleico, bastar- 
do de Alarico, y que como preten- 
diente á la corona reinó con va- 
rias alternativas desde 507, en que 
fué elegido en Narbona, hasta 511 
que le mataron los ostrogodos 
^""''""^'' cuando iba fugitivo de la última 

derrota. El mismo Ibbas y su su- 
cesor Teudis disputaron con gloría y fortuna á Clodoveo el dominio de la 
Galla meriodional; y si no alcanzaron á reconquistar á Tolosa, conservaron 
Narbona y Arles y toda la Septimania. Finalmente, la religión católica disfrutó 
de completa libertad, como lo atestiguan los Concilios que en aquel tiempo 
se celebraron. 

Amalarico, que sucedió á Teodorico el Grande, temeroso de los francos, 
ó por la debilitación del poder de los ostrogodos, ó por querer afianzarse sin 
el apoyo prolector de éstos, casó con Clotilde, hermana de Childeberto, rey 
de Parts. No siendo tolerante como su abuelo, intentó atraer á su esposa al 
arrianismo, y no triunfando las razones ni los halagos, recurrió á los malos 
tratamientos; la princesa franca mandó á su hermanr> un lienzo ensangren- 
tado por las heridas que le habla causado su fanático y cruel marido, y Chil- 
deberto emprendió una expedición religiosa y caballeresca contra el visi- 
godo para libertar á Clolilde. Así lo consiguió, derrotando á Amalarico, que 
murió en la batalla. 

El ostrogodo Teudis fué elevado al supremo poder á fines de 53 1 ó prin- 
cipios del año siguiente (2). Fué un rey batallador que guerreó con los fran- 
cos en una y otra vertiente del Pirineo. A una de estas guerras se refiere el 



coníiilerarniie sa nliiiela debió poiierl« en p 
(sl El P. Kiiful Kiu \in panuiaíiíado iiue t 
cbreto de 531 \fí,'l,-liii .U la A:u<Uhií<i ,Ií /,i 



dalos hay dos i]ue parecen contrarios: el Concilio II de 
nuerle de Teodorico, que dice: aniiii quinte rigis Anial- 
mt.ino, mclropoliíano de Toledo muerto en 531, qae ha- 
<¡Ji' Amnlitrico. Para explicar la conlradicción laponen 
O ¡lot rey hacia el 521. No hay dalos. Quiíás desputs de 
]iiisÍGra <jue su reinado se conlase letrospectivanieDte. 



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HISTORIA DE ESpAÜA I53 

curioso caso de sitiar aquéllos á Cesar Augusta y encomendarse los habitan- 
tes con solemnes y[fcrvorosas rogativas á San Vicente, mártir. Temerosos los 
flancos de la cólera celeste por atacar Á un pueblo tan piadoso, pactaron con 
los sitiados el levantamiento del asedio á cambio de una reliquia del Santo: 
les dieron la estola de ^an Vicente, y la llevaron á I'arfs, donde para guardarla 
y venerarla fundaron la célebre abadía de San Germán de los Prados (1). Teu- 
dis gobernó por el modelo de Tcodorico el Grande, como lo demuestran dos 
hechos: uno, la libertad de la Iglesia católica para celebrar Concilios (Elarce- 
lona, Lérida y Valencia); otro, la constitución que dio protegiendo á los liti- 
gantes contra las exacciones indebidas de la curia: esta ley, calcada en otra 
Italiana de Teodomiro, fué hace pocos años descubierta en un palimpsesto 
• le la Catedral de León por D. Rodolfo Bur, sacada á luz por D. Jesús Mañoz 
Rivero y comentada por D. Francisco de Cárdenas (i), y es la única que co- 
nocemos de los reyes visigodos de esta época. 

60. — En el reinado deTeudis ocurrieron hechos que, aunque no perte- 
necientes i la Historia de España, sino á la Universal, hubieron de ejercer 
en la nuestra considerable influencia: tales fueron los determinantes de l.t 
súbita é inesperada preponderancia que adquirió el Imperio de Oriente. El 
día 1," de Abril de 527 ciñó Justiniano la corona imperial; y aunque este Em- 
perador no fuera, ni mucho menos, un grande hombre, tuvo el tino 6 la suerte 
de utilizar en su servicio las más excelsas capacidades: quizás sea ésta la 
mejor cualidad de un soberano. Es lo cierto que merced á los hombres emi- 
nentes que empleó en la guerra y en la paz, bajo su cetro recobró el Im- 
perio gran parte de su autigua grandeza, y el nombre del Emperador ha 
quedado esculpido en letras áureas, que no borrarán los siglos aunque 
la Humanidad viva todavía muchos miles de años, en la cúpula suntuo- 
sa de una de las mayores y más magnflicas construcciones morales del 
espíritu del hombre: el Derecho 
Romano. 

Los vándalos, de que ya se 
lia hablado varias veces en este 
libro, habtaa fundado en el norte 
de África un Imperio poderoiio 
que, como antes Cartago, y siglos 
después Turquía, tuvo incontras- 
table hegemonía naval en el Me- 
diterráneo. Justiniano envió con- 
tra los vándalos una escuadra y un 
ejército al mando de Belisario, y 
en una sola campafia de tres me- 
ses, ó mejor dicho, en la sola bata- 



. e loi francos fueroD deiraudos ei. . 
rcürtda por TeadJielOi eatoaces ecQer:il 
de Teadii, coa la pirtlcalarídad inveío- 
límil de haberse dado si ejíicito franco, 
encerrado en aa desfiladero del Pirineo, 
J por UD faerte rescate de dinero, paso 
libre duranl* nialicaatro horas; los que 
DO padieroD pasar en este tiempo fueron 
BCBchillailos. 

(1) Bettlin di la Acadtmia de la 
Hillaria. 1881). 



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154 HISTORIA riE ESPAÑA 

lia de Tricameroo, se hundió aquel Estado, que parecía tan formidable: como 
ya hemos dicho, era la manera corriente de caer los reinos fundados por los 
bárbaros; manera muy natural, porque la población latina odiaba en todas 
partes á sus dominadores, los cuales en realidad no constituían más que un 
ejército de ocupación, que, una vez derrotado, llevaba consigo la desapari- 
ción del reino. Restableciéronse desde luego en África la religión calólica y 
las leyes y autoridades romanas, y á este régimen, siempre apetecido por el 
pueblo ó masa general de habitantes volvieron también nuestras Islas Balea- 
res, donde hasta entonces hablan 
dominado los vándalos. 

A la conquista y nueva romn- 
nizacióo de África siguió el ataque 
al reino ostrogodo de Italia. ¿Qué 
intervención tuvoTeudisen estos 
sucesos? Según San Isidoro, había 
en Ceuta una guarnición goda, que 
fué arrojada de allí; la crónica no 
dice por quién, y el rey visigodo 
acudió á recobrar la plaza en el 
aSo 522. Hubo un largo sitio; pero 
un domingo que los godos esta- 
ban ocupados en los oficios divi- 
nos, ó desarmados en atención A 
la festividad del dia, fueron derro- 
tados por los de la plaza. Sobre 
este texto nuestros manuales de 
Historia han urdido el relato de 
que Teudis fué al África ea auxi- 
lio indirecto de los vándalos 6 de 
los ostrogodos, atacando allí á los 
bizantinos. Nada más contrarío á la 
verdad: la expedición de Teudis 
fué dos años antes de la conquista 
romana, y seguramente contra los 
bereberes, que, como refiere Pro- 
copin, habían arrojado á los vándalos de la región septentrional de lo que hoy 
es Marruecos. Caído luego el país en poder de los imperiales, Jusliniano puso 
en Ceuta una guarnición mandada por un tribuno y bajo la autoridad del du- 
que de la Mauíitania Cesariense (i). No parece que volvieran >a nunca los 
visigodos Á poner el pie en la costa de África {2). 

Quizás Teudis, apretado por los francos y temeroso de sus propios sub- 
ditos hispano-romanos, no tuviera medios ni oportunidad de acudir al soco- 
rro de sus hermanos de raza y religión, ó cuando se aprestara para ello le 
sorprendió la muerte, que le dio un fingido loco {548). Antes de expirar 
declaró que consideraba su asesinato como justo castigo divino por cierto 
crimen que tiempo atrás habfa él cometido en la persona de un jefe suyo. Le 
sucedió Teudiselo, sobrino del rey ostrogodo Totila, general distinguido en 
las guerras de su antecesor, y á quien la concisa historia de la época pinta 
como i un principe ávido de dinero, cruel y licencioso. Al año y cinco dias 

(il CídiKoJiisiininneo. UbroI-X.-ÍVII-a. 

(21 Saavedra, /:,lu /i,' sol'fc ¡a invasUti de h$ .iruhes tn España, pie. j6; Juan Menéndei 
l'iiíal, /./;v«,í;, ,/W ii//im« ,,'_^ .;W,i, p-lg. 6.-. 



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HISTORIA DE E5FAÍÍA 155 

de reioar, en una de sus cenas orgiásticas los comensales apagaronde repente 
las luces, se lanzaron contra él y le asesinaron. 

En su lugar fui puesto Agila, cd cuyo tiempo estalló en Córdoba, y pro- 
bablemeate en toda la región del Sudeste, una formidable insurrección de 
hispano -roma nos. A su frente se puso un magnate godo (Atanagildo), que, 
según un texto dudoso de San Isidoro, era católico, aunque oculto (i). Es 
indudable que esta insurrección (2) estuvo relaciona di sima con la prepondC' 
rancia bizantina en Occidente: al ver tan cerca las águilas imperiales, ya domi- 
nadoras en las Baleares, los his- 
pano-Tomaoos creyeron llegado el 
momento de recobrar su libertad, 
ó quizás sólo de afianzarla y ex- 
tenderla, ya que es muy probable 
que en la costa levantina nunca 
hasta entonces hubieran imperado 
los visigodos de un modo efectivo; 
por lo menos, en esta parte de la 
Península es donde debieron siem- 
pre de abundar más aquellos nú- 
cleos latinos independientes, ó 
semi- independí en tes, á que nos 
hemos referido antes. 

Para dar calor á los subleva- 
dos, que habían conseguido ya 
una importante victoria sobre las 
tropas de Agila junto á Córdo- 
ba (3),Justtniano envió una escua- 
dra con ejército al mando del pa- 
tricio Liberio, seguramente poco 
numeroso si se atiende á lo que 
entonces era uso en Constaotino- 
pla (4); pero no necesitaban los im- 
periales mover muchos soldados 

para este género de empresas, Agila. 

pues los encontraban decididos y 

entusiastas en todas las comarcas dominadas por los bárbaros. £1 hecho 
es que por resultas de esta rebelión y guerra quedaron bajo la autoridad 
efectiva y directa del Emperador las ciudades de Asido (Medina Sidn- 
nia), Malaca, Addera (Adra), Urci (Almería). Begastri (Cehegln), Cartago- 
nnva, Ilici (Elche), Dianium (Denia), Acci (Guadix), Bastri (Baza) y Beatia 
(Baeza); es decir, desde la desembocadura del Betis hasta el Júcar, üegan- 
df» el territorio por el interior hasta Despeñaperros. Cartagonova, que ha- 
bía sido arruinada por los vándalos y después restaurada, fué la capital 
de esta región romana, que no debe ser considerada al uso de los ma- 
ní EKcxlodice; Fidím Catkalicaní acuUe l/nuil,et Críslianii vaUe ieiin'oluj fuil; pero 
como Uti ci< algunos ci^dicea, los críticos sospechiin si fué inlerpoUdo desnoés. 

(l| Según el cálculo fundadísimo del P. Pita, ocurrii^ antes del 14 de Diciembre de 551. 
I }l Mnríó en ella un hijn del Rey, perdióse el tesoro tea!, y Aei'a huyó á Méridji. 
I4I Belisirio Uctú al Afíica lo.ooo infantes y 5.000 iineles, y á Italia unos 10.000 hom- 
bres. Con raiúa dicen los hisloriadoies modernos que Belisaria ha sido el caudillo que con 
menores fnetias ha consegnido mayores resultados. Si d Belisario le daban tan cortos elemen- 
Iqi para las mái grandes empresas del reinada, claro es que á Liberio no debieron de darle 
mis; y, segdn todas las probabilidades, dj¿ronle bastante menos. 



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IS6 HISTORIA DE ESPaSa 

Duates y de la historia anacrónica como resultado de una ocupación ó do- 
minación extranjera, sino como de liberación é independencia de los fais- 
pano-ronianos en una parte del territorio. Que la población latina inde- 
pendiente allí bajo el protectorado de las águilas imperiales aspiraba á ex- 
tender su libertad por las comarcas que seguían dominando los visigodos, 
dedúcese lógicamente de la naturaleza de las cosas, y está indicado ade- 
más, aunque con vaguedad, por el hecho de que los obispos de Cartagena 
compitieran con los de Toledo en titularse <mctropolitanos> de la provin- 
cia eclesiástica Cartaginense. Como esta dignidad de metropolitano era en- 
tonces de hecho aneja al obispo de la capital civil de la provincia, la cotn- 
petencia entre los prelados parece ser efecto de otra civil ó temporal entre 
sus ciudades. Al llamarse metropolitano, el obispo de Toledo parece decJn 
«yo soy metropolitano porque en mi ciudad está el rey godo, soberano de 
>toda la Cartaginense»; y el obispo de Cartagena, á su vez: «lo soy yo, por- 
>que aquí reside el gobernador imperial, al qne corresponde de derecho 
■ mandar en toda la provincia*. 

Atribuyese generalmente á Atanagildo el acto de una cesión en regla á 
los bizantinos de toda la región citada, como estímulo ó recompensa del apoyo 
prestado á su rebelión contra Agita. AI parecer, contradice esta versión el 
hecho de que asesinado Agua por sus parciales (554) y reconocido rey Ata- 
nagildo por todos los visigodos, púsose inmediatamente á guerrear con los 
bizantinos, tratando de arrojarlos de las ciudades dichas, sin poder conse- 
guirlo. Quizás en la rebelión contra Agila entrasen al principio elementos visi- 
godos y elementos hispano-romanos; quizás los segundos se levantaron apro- 
vechando un mero pronunciamiento visigótico de Atanagildo por el Poder su- 
premo, y su inesperada intervención dio á la revuelta el carácter gravísimo 
que tuvo, sin que Atanagildo tuviera en ello parte; como suele acontecer en 
todas las revoluciones, que los que las inician no son los que las dirigen, sino 
que los acontecimientos van precipitándose y arrastran en su virtiginosa 
carrera á los que imprudentemente los causaron. Es prabable que Atanagildo 
quisiera remediar, tarde ya, el daño que habla producido á su raza separán- 
dose de los hispano-romanos, que le auxiliaron en los comienzos de la revo- 
cíón, y que en este momento fué elegido, pareciendo este suceso como una 
tentativa de unión ó concentración de los bandos visigodos contra los enemi- 
gos poderosísimos que amenazaban por todos lados al pueblo entero. 

Porque es lo positivo que el reinado de Atanagildo señala una de las 
mayores depresiones ó decadencias de los visigodos en su siempre azarosa 
historia. Mientras que por Mediodía y Levante se levantaban contra ellos 
hispano-romanos y bi:!antinos, en el Noroeste el reino de los suevos, antes 
dividido en pequeííos Estados ó fracciones, volvió á su unidad política 
bajo el cetro de Remismundo, y, lo que peor era para los visigodos, realizóse 
allí cumplidamente la fusión de germanos y latinos, abrazando los primeros 
la religión católica. El rey Cariarico ó Charrarico, según el Turonense, mer- 
ced á la curación prodigiosa de un hijo suyo, lograda por mediación de San 
Martin de Tours, ó el rey Teodomiro, según San Isidoro, por la predicación 
de San Martín de Braga, fueron los abjuradores del arrianismo. Este San Mar- 
tín de Braga, apóstol de los suevos y húngaro de nación, es una de nuestras 
bellas ñguras eclesiásticas; hombre muy docto, trabajó en la grande obra ñlo- 
sólica de la Edad Media, que fué conciliar la sabiduría clásica con la ense- 
ñanza evangélica. Sus tratados (1) inspíranse á la vez en el Evangelio y en la 

(ll FormuU viU hontxUt. Di vhi. etc. Eslán coleccionado! en el tomo XV de la Eipaüa 

S^gr.../.,. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



HisTORu GulriCA DB LA Civilización Española 



D,g,t7cdb/COOgIC 



158 HISTORIA DE ESPAÑA 

Moral de Séneca (t). Fundó el monasterio Dumiense, cerca de Braga, y redac- 
tó una colección de cánones. Este grao cambio en la manera de ser de los 
suevos los constituía en nueva esperanza de la población hispano- romana, sub- 
yugada por los visigodos, y, por lo tanto, era un mal para éstos. Mucha debfa 
de ser la debilidad del reino en este tiempo cuando Atanagildo no parece que 
intentara siquiera tomar venganza 
del franco Chilperico, rey de Sois- 
sons, marido de su hija Galsuinda, 
á la que hizo ahogar en el lecho 
por un esclavo para complacer á 
su manceba Fredegunda. Otra hija 
del visigodo, Brunequilda, estaba 
casada con Sigiberto, rey de Metz, 
habiendo abrazado la religión ca- 
tólica ambas príucesas al contraer 
matrimonio. Por el crimen referi- 
do hubo largas y sangrientas con- 
tiendas entre los reinos de Metz 
y Soissons, ó quizás mejor entre 
Brunequilda y Fredegunda; pero 
no consta que Atanagildo tomara 
en ellas ninguna parte, aunque 
tan interesado como padre de la 
victima. 

Fué Atanagildo el primero de 
los reyes visigodos que residió en 
Toledo; murió en 567. Hubo un 
interregno de cinco meses, que 
debió de ser muy agitado y re- 
vuelto, al cabo del cual eligieron 
Atamgildo. por ^gy ¿ Liuva, gobernador de 

la Galia Narbonense (entre 14 de 
Noviembre y 31 de Diciembre de 567) (2). Liuva se asoció á su hermano 
Leovigildo un año después (3) para que gobernara en la Península, pues 
él permaneció allende el Pirineo hasta su muerte (572), reuniendo entonces 
Leovigildo todo el reino bajo su cetro. 

61. — El reinado de Leovigildo (4) (de 568 á 5S6) sería uno de los capí- 
tulos más interesantes de nuestra Historia si tuviéramos documentos sufi- 
cientes para conocerlo. Marca, en efecto, un nuevo florecimiento de la Mo- 
narquía visigoda y la lucha suprema entre los dos elementos, germánico y 
latino, que venían disputándose el predominio de la Península. Cabe consi- 
derar á Leovigildo como verdadero fundador de la Monarquía visigoda, y, en 
su virtud, primer rey de España, no sólo por haber revestido su autoridad con 
el aparato mayestático de corona, cetro, manto y trono (5), sino principal- 
mente por haber organizado el reino á la manera ó por el patrón del Imperio 

:iguo de los ssnequistas de U Peninsula Ibf tict. Meníndei Peliyo. 

lu notabilísima Historia, )« llama Liuvigildo. Creemos preferible atener- 
nos a la lormn, SI mas impropia, usual ya entre nosotros. 

(si ¡(uta aquí las vocís dt Irene, cilro y corona ivlo hútt pedido utnrií en ¡enlide figHTodf. 
df'il/ Ltoviiilde son los verdaderos eriiblemas del poder real. (D. Modesto Lafaente. HiítBrio de 
F.sf'aña. Tomo II, página 31). 



(1) 


Es el más anl 


di 


Padre Kita. 




Id«m, 


I4l 


Altamira. en ! 



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HISTORIA DE 



1 59 



romano. Junto al rey hubo un ofUh palatino ó Consejo, compuesto por los 
jefes supremos de la administración: el comes notariomm (conde de los nota- 
rios ó canciller mayor del reino), el comes exercilus, el comes IkesaHrorum, el 
de las laigicines, el de los spalhkrioi, el stahfli y el del patrimonü, encarga- 
dos respectivamente del ejército, de la hacienda, de las mercedes ó gracias, 
de mandar la guardia real y de di- 
rigir las reales caballerizas y el 
real patrimonio; la corte se llamó 
curia (i), y los magnates que con- 
currían i, é\\a, primates ji proceres; 
fué creado el ñsco, ó Hacienda 
pública, como institución perma- 
nente, y el régimen local sobre la 
base de ocho provincias (Galecia, 
Asturia, Autrigonia, Iberia, Lusi- 
tania, Bética, Hispalis y Auraitida), 
gobernadas por duques, con condes 
en las ciudades principales, cu- 
rias ó ayuntamientos en las po- 
blaciones mayores, y prepósitos y 
concejo (conventus publicus vicino- 
runt) en las aldeas. Quien ideó y 
realizó toda esta obra bien mere- 
ce título de gran gobernante y 
preferente atención al historiador, 
sobre todo teniendo en cuenta las 
circunstancias diñcilf simas en que 
subió al trono. 

Porque al advenimiento de 
JLeovigildo el reino visigodo es- 
taba poco menos que al borde de Liuva I. 
su completa ruina. Los bizantinos 

por un lado y los suevos por otro lo amenazaban siempre; y no era esto lo 
peor, sino que dentro del territorio que aún conservaba la población estaba 
levantada en muchos puntos, formando núcleos independientes y en relación 
constante con suevos, bizantinos y francos. Así, Leovigildo tuvo que comen- 
zar sus empresas restaurando el decaído poder militar de su raza, y desde el 
año 569 hasta el 580 le vemos recorrer constantemente la Península al frente 
de sus tiHjadias (2), rechazando á los suevos y á los imperiales, tomando á 
Córdoba, sometiendo á Sabaria (3) y á los cántabros, en cuyo pafs conquistó 
la ciudad de Amaya (4), y sojuzgando dos veces consecutivas á los montañe- 
ses del Orospeda (5), que debían de constituir uno de los núclp.os hispano- 
romanos más importantes. 

En este punto el reinado de Leovigildo, vino su episodio de más inte- 
rés: las reyertas con Hermenegildo. De nada se ha escrito y disputado más, 
y de nada tampoco con menos fundamento. Los textos de Juan Abad de Vi- 



(■) Y por extensión, lambiín cl palacio renl. 

(1) Caerpo equivalente i loi raimientos actuales, pues conslaba de l.ooo hombres, divi- 
dido en cenluriai Ó compattlas. 

(3) En U lonja de Salamanca y Zimora, entre el Cubo y San Cristóbal del Monte, según 
Fernández Gacrra ^ Saavedra. 

(4) A corla distancia de Aguilnr de Campdo. 

(5) Sierras de Alcaraz, Segura y Caiorla. 



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l60 HISTORIA DE ESPAÍÍA 

clara, de San Gregorio de Tours, de San Isidoro y de San Gregorio Magno, 
únicas Tuentes directas, son tan concisos, y además oscuros y contradicto- 
rios, que se prestan á las interpretaciones más diversas, dejando anchísimo 
campo á toda suerte de conjeturas é hipótesis. Ninguna quizás ha dejado de 
hacerse: el proceso de Leovigüdo y Hermenegildo se ha instruido mil veces, 
y Tallado por los historiadores se- 
gún las andones de cada uno. £1 
juez verdaderamente imparcial, en 
vista de la deñcíencia de los autos, 
debería limitarse á sobreseer por 
falta de prueba. 

He aquí los datos conocidos 
ó hechos probados. 

Leovigildo, arriano como to- 
dos sus predecesores, se distinguió 
de muchos de ellos en ser perse- 
guidor de los ca:ólicos. Quilas bus- 
cara por este medio la unidad reli- 
giosa de su reino, base para la mi- 
litar y política que había fundado 
con su espada y sus disposiciones 
administrativas. Pero, fueran las 
que quisiesen las causas de perse- 
guir á los católicos, el hecho en sf 
mismo resulta no sólo de Gregoiio 
de Tours, sino de San Isidoro. El 
texto del último no puede ser más 
explícito: «Lleno de furor — di- 
»ce, — inspirado por la perfidia 
Leovigildo. .arriana, persiguió á los católicos, 

• desterrando á muchos obispos. 
>Quitó á las iglesias sus rentas y privilegios, é impulsó á muchos á que abra- 

• zasen la pestilente herejía de Arrio, no por la persuasión, sino con dinero y 
■ favores. Llegó á hacer que fueran rebautizados los católicos, no sólo de la 
>plebe, sino los ordenados en la dignidad sacerdotal, como hizo con Vicen- 

• te, obispo de César Augusta, al que haciéndole apostatar arrojó del Cielo al 

• Infiernoi. V algo más adelante añade: «Hasta para los suyos fué pernicio- 
>so; y cuando vefa á los nobles adquirir gran poder, 6 mandaba que les cor- 

• tasen la cabeza, ó los desterraba, incautándose de sus riquezas» (l). 

Juan de Viciara maniñesta el motivo y causa ocasional de la persecu- 
ción de Leovigildo refiriendo que en el año de 580 convocó el rey en Toledo 
un sfnodo de obispos arríanos, el cual modiñcó las antiguas fórmulas de la 
herejía, sustituyéndolas por otras que parecieran más aceptables á los cató- 
licos. Al «Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto» de la liturgia de Arrio su- 
cedió: «Gloria Patri per Fitium in Spiritu Sancto»; y Leovigildo, creyendo, 
como siglos después Enrique VIII é Isabel de Inglaterra, que había encot- 
trado el punto feliz de conciliación entre la ortodoxia y la herejía, quiso im- 



(I) Hisl. Golh. Ann. 585. números 50 y 51. Menéndei Peisyo ffíiit. de los Htttr.) Dice: 
:ovígildo no era tirano, ni opresor, ni Faniitico; antes (enfa mis grandtia de alma qae todot 

s nrincioes de su i>ente su memori 1. respetadR siempie por San Isidcro etc.» El 

<ny Ft (Diciembre, 1(103) copia I05 testos de S«n Iiidoro (rascrilos «qui, 



y níiade con gracia: iiVX respeto de San Isidoro i la memoria de Leovieildo guarda alguna 
iitogln con el que luvo el alcalde de Z.ilnmen al capitln d quien prendió.» 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAÑA l6l 

poner á católicos y arríanos esta fórmula capciosa, desistiendo á la vez de 
que fueran rebautizados los prímeíos (i). Es probable que algunos arríanos 
se resistiesen al edicto real, y quizás á eso se refiere baa Isidoro al decir en 
el texto copiado más arriba: «hasta para los suyos fué pernicioso>. Lo posi- 
tivo es que muchos católicos se resistieron. £1 diácono Pablo, escritor del si- 
glo vin, en un episcopólogo de M¿rida que compuso (2), reñere, aunque con 
leyendas y consejas, el episodio de la persecución de Mascona, obispo de 
aquella ciudad. 

£1 lance harto más ruidoso de Hermenegildo sólo fué otro episodio de 
esta lucha religiosa. 

Leovigildo estaba casado en segundas nupcias con Gosvinda, viuda de 
Atanagildo. De esta Gosvinda hizo la tradición católica un retrato semejante 
al que en el siglo xvi se hizo de Ana Bolena: era, se dice, tuerta, y la más 
mala mujer que se habla conocido. Tenia el Rey dos hijos de su primer ma- 
trimonio (3): Hermen^ldo y Recaredo, y el primero casó con Ingunda, prin- 
cesa franca y católica, bija de Brunequitda, la reina de Metz, y, por tanto, 
nieta de la misma Gosvinda. Cuenta el Turonense que la abuela y suegra se 
empeñó en que su nieta abrazara el arrianismo, lo cual no debió de ser por 
fanatismo arriano, ya que ella había consentido en que sus dos hijas se hicie- 
ran católicas para casarse con los reyes de Metz y Soíssons, sino quizás más 
bien por creer que las mujeres, sobre todo las princesas, debían seguir la 
religión de su marido ó de la familia real. £1 historiador franco llega á decir 
que en su furor contra Ingunda, Gosvinda llegó á rasgarle los vestidos, ti- 
rarle del cabello y arrastrarla por el suelo hasta hacerle verter sangre. 

Según el Viclarense, en el año 573, es decir, á los principios del reina- 
do, Leovigildo asoció al reino á Hermenegildo y Recaredo {consortes regut 
facii). Seis años después, ó sea en 579, el mismo cronista escribe: '£1 rey 
■ Leovigildo trató el casamiento de su hijo Hermenegildo con la hija de Sis- 
»berto, rey de los francos, y le dió una parte de la Provincia para que reinase 
'{oáregMandum)'. Después de referir los malos tratos de Gosvinda, dice el 
obispo de Tours: <Les cedió (Leovigildo á Hermenegildo é Ingunda) una de 
• las ciudades en que residiendo reinasen (»» qun residentes regnarenf)* . Ni 
uno ni otro cronista especiñcan cuál fué esta ciudad ó parte de la «provin- 
cial en que reinaron Hermenegildo é Ingunda, ni mucho menos la autoridad 
de que los invistió (4). Del período de 579 á 583 únicamente poseemos tres 
noticias: una, en los Diálogos de San Gregorio Magno (5), reducida á que 
Hermenegildo se convirtió á la religión católica, tomando el nombre de Juan, 
y que al saberlo su padre trató con premios y amenazas de hacerle volver 
al arrianismo, hasta que, frustrados sus propósitos, lleno de ira le quitó el 
reino (privatít regno). Esta frase, como casi todas las auténticas que se refie- 
ren á estos sucesos, ha sido objeto de controversias, entendiendo unos que 

(i) Se dicpnio cito, como decimoa, en 
de Ltorigilda de tebantizar i lot católicos. \ 
de coDciOnr los lexloi. 

(3j yu.r falruM Emeñlaiiium (Espetía Ugrada. Tomo XIII). 

(1) &i machai historias le lee que la primera mujei de LeoTÍgildo fu£ romans, hija del 
gobeniador biíantiiio de CartaiieD*, y llamada Teodosia. Hl F. Flórez pnio en claro con el texto 
del Cronicón de Adón qae ae llamaba Rinchüde. 

(4) D. Vicente Lalnente (ITut. EcUs.) interpreta el texto así: «Enijfi á su hijo i Sevilla 
i^aia que TÍvieta con aparato regio». Refutan eita aserción el P. Guillermo Antolín («San Vin- 
mCBettUdo ante la crfüc» bislórica». La Ciuáadde Dio¡, Octubre i Diciembre, 1901). y el P. Ro- 
chel (lag. cit), pero suponiendo qae HermcDegildo fu£ soberano por completo independiente 
por concesión de Leovigildo, lo qae nada autoriza i creer. 

(5) Lib. III, cap. XXXI. 

SikHlo. HlSrORIA DE ESPAÍlA 



,,Coojíc 



|62 HISTORIA DE ESPAÑA 

prioatitregno significa que le «des- 
heredó* ó pnvó de la sucesión á 
la cdroaa; otros que le quitó el 
reino de Hispalis, como biio efec- 
tivamente con las armas, y otros 
que antes de proceder á esta vio- 
lencia le exoneró del titulo regió 
que le había dado, jVaya usted á 
saber! 

La segunda noticia es del Tu- 
ronense, y se reduce á que, sabedor 
de la conversión de su hijo, Leo- 
vigildo «se dio á buscar con cau- 
>tela la manera de perderle» (i). 
La tercera, por último, es del Vi- 
clarense, el cual dice: 'Nameodem 
>annq (579) ñlius ejus Hermene- 
>gildus, raccíone Gosvintbse Re(<i- 

• nae tyrannidem assumensin His- 

• pali Civitate rebelione facta re- 
>cluditur>; esto es, que en el mis- 
mo año en que su padre le dió 

• parte de la provincia para que 

• reinase*, Hermenegildo se rebe- 
Recaredo 1. 1^ ^^ Sevilla, haciéndose allí tira- 
no, 6 sea usurpador, é hizo esto 

«por Tacción de la reina Gosvinda*. El P. FIórez entendió que la palabra 
Gorointka debe de ser equivocación de loa copistas, y la verdadera Ingint- 
dai porque 'el nombre de facción no puede aplicarse á quien da la oca- 
úón á la rebelión, sino á quien la mueve y sostiene* (2); es decir, que. 
según el P, FIórez, Hermenegildo se levantó siguiendo el bando formado 
por su mujer Ingunda; pero se ha hecho notar, acertadamente, que el abla- 
tivo /accione puede muy bien interpretarse <á causa ó con ocasión del ban- 
do ó partido de la reina Gosvinda>. El Turonense dice en otro pasaje que 
Gosvinda era cabeza {caput) de los arríanos. 

Más honda duda nos ofrece por otro aspecto el texto de Juan de Vicia- 
ra. Al decir que Leovigildo dio á su hijo un territorio en que reinara, no 
especiñca cuál fué, y al aúadir que se rebeló, usurpando la soberanía, señala 
muy precisamente que ocurrió esto en Hispalis, ó Sevilla. ^No cabe sospechar 
que, ó por no satisfacerse Hermenegildo con el territorio que le dio su padre, 
ó por otras causas ignoradas, se fué á Sevilla, no porque fuera ésta la ciudad 
cedida, sino por su posición en la Bélica, poblada de hispano- román os, cer- 
cana á Córdoba, independiente hasta 572, y á las comarcas todavfa imperia- 
les, ó que acababan de serlo? jNo es verosímil suponer, no una guerra me- 
ramente defensiva del pequeño reino de Sevilla, como se empeñan en ver 
ios que no transigen con qee Hermenegildo fuera rebelde, sino una lucha 
general de todos los católicos de la Península — hispano-romanos, suevos y 
bizantinos — contra los visigodos? Leovigildo habla ido venciéndolos ó so- 
metiéndolos por partes, atacando uno por uno á todos los núcleos antigólicos: 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAÑA I63 

era l<^ico que el epdc^o de esta serie de guerras fuera una insurrección su- 
prema y combinada de todos los elementos, vencidos, mas no destruidos, 
y era natural que buscasen su unidad en la proclamación de un; rey cató- 
lico opuesto al rey arríano. Hermenegildo, recién convertido á la fe católica, 
esposo de una princesa franca, era el principe adecuado para desempeñar 
semejante papel, y él pudo aceptarlo de completa buena fe, creyendo firme- 
mente que sus deberes para con la verdadera Iglesia perseguida eran supe- 
riores en excelencia y grado á los de hijo, acostumbrado además á que seme- 
jantes luchas civiles entre próximos parientes eran el a ¿ c en la historia de 
üu raza, y con la complexión moral, por último, de esta misma raza germá- 
nica, profundamente individualista, en que los hijos en cuanto podían mane- 
jar las armas se consideraban emancipados en absoluto de la autoridad pa- 
terna. Juzgar á un príncipe visigodo del siglo vi con el criterio propio de otros 
tiempos es, no sólo un agravio á su memoria, sino un ridiculo anacronismo. 

Mirando así la cosas, explicanse muy bien la extensión y duración que 
luvo la guerra entre Leovigildo y Hermenegildo, el hecho de haber interve- 
nido en ella suevos é imperiales, la embajada de San Leandro, obispo (je 
Hispalls, á Constan tino pía como legado regis wissigotiorum á tratar asuntos 
de su fe pro causa Jideis (i), rey de los visigodos que no puede ser otro que 
Hermenegildo; los dos monumentos epigráficos que se conocen de éste y en 
los que se da el título de rey, no de Sevilla, sino en absoluto (2); y, finalmente, 
el hecho muy significativo, é inexplicable de otro modo, de que San Isidoro, 
San Gregorio y el Abad de Viciara, aunque católicos, y escribiendo uno en 
laüalia y los otros en reinados ya católicos, llamen, sin embargo, áHerme- 
n^ildo tirano y rebelde, lo que ciertamente no hubieran hecho á limitarse el 
(irincipe á la defensa del reino en que su mismo padre le había puesto (3). 

En resumen, que nada se sabe de cierto. Lo positivo es que en el citado 
año de 583 Leovigildo estaba en 
campaña contra su hijo; que tomó 
á Mérida; revolvió luego al Norte 
4 sofocar una insurrección de vas- 
cones, haciendo é muchos de éstos 
emigrar á la Aquitania y fundando 
para contener á los dichos monta- 
ñeses la forUleía de Victoriaco 

(t| Falabru de San Gregorio Mag- 
no i San Lesadni en la dedicatoria de los 

(1) Unas monedaí 6 medallas qne 
'tieaenal anierso un tfono con craz y en- 
cima la lejrenda: Rrmemi^hic; al reveno 
nna leyenda en que Mariana 7 Morales le- 
yeron RígetK devila: huye del re;, pero qne 
ho;f le inleipreta: Kegeá DtQ mío; y una 
Upidacon ínscrípciAn.eDConlradaen 1669 
en Alcalá de Caadaira. 

(3) Tan difíciles de eipUcar ion es- 
UM textos sin la hipótesii formulada, que 
el P. Kochel apunta la sospecha de si ha- 
brán sido «dullerados, especialmenle el de 
Saa Isidoro, por los herejes. Pero jqué he- 
rejesí Cnaado San Isidoro escribía la he. 
rejia esuba ya vencida, San Gregorio de 
Toan llega á decir que el Príncipe atentó 
contra la vida de su padre, y por eso le 
llama muerabU. Lluva II. 



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(Vitoria); que tuvo que conjurar una iavasiáii de francos negociando el matrí- 
mooio de Recaredo con Kingunda, hija de la feroz Fredegunda; que, bajando 
otra vei al Mediodía, envolvió é hizo capitular al ejército suevo que mandaba 
al socorro de Hermenegildo, obligando al rey Miro á reconocer su sobera- 
nía (i); vino luego el sitio de Sevilla, del que sólo se sabe que fué largo y que 
Leovigildo mandó reedificar du- 
rante él, quizás para su residencia, 
la ciudad de Itálica, é intentó tor- 
cer el curso del Betis; que huyó 
Hermenegildo, aunque haciendo 
frente á sus perseguidores, y en 
Osset (San Juan de AlFarache), se- 
gún San Gregorio de Tours, ó en 
Córdoba, según el Abad de Vicia- 
ra, entregóse á su padre, habiendo 
mediado en este acto su hermano 
Recaredo. Todavía son más esca- 
sas y vagas las referencias sobre 
el último periodo de la vida de 
Hermenegildo. Sólo puede asegu- 
rarse que quizás en Tarragona, y 
estando preso, un obispo arrian» 
le invitó á recibir la comunión pas- 
cual por el rito de la secta, y ha- 
biéndose negado el Principe, fué 
muerto de orden ó á manos de un 
tal Sisberto. ffermttugUdus in urbe 
Tarraeotumíi d Sisbtrio inierfid- 
tud, dice el Viclarensc con conci- 
. sión desesperante para la posteri- 

^'*''""- dad. Tan noble fin borró cuanta 

culpa hubiera podido tener Her- 
menegildo en sus empresas políticas, si es que tuvo alguna, de lo que nada 
cabe afirmar ni negar, ateniéndose, como debe hacer la Historia critica, á los 
datos auténticos. Aun en el orden puramente humano, el martirio del prin- 
cipe visigodo acredita que el móvil de sus actos no fué mera ambición de rei- 
nar, sino Intimo convencimiento de la verdad religiosa que habla aceptado. 
Después de este suceso aún reinó Leovigildo cerca de dos años, ilus- 
trados con la conquista del reino de los suevos y guerras defensivas y glo- 
riosas contra los francos, dirigidas en la Septimania por su htjo Recaredo. 
Éste, que habla acompañado siempre á su padre, y en cuyo honor habla 
puesto Leovigildo el nombre de RecopoHs á una ciudad fundada en el tér- 
mino de Almonacid de Zurita, junto á la confluencia del Guadiela con et 
Tajo, heredó el reino. 

62. — Cuenta el Turonense que Leovigildo se convirtió á la verdadera 
religión antes de morir, y que aconsejó á su hijo Recaredo que siguiera su 
ejemplo. Prescindiendo aquí de lo que pudiese haber de sobrenatural en este 
caso, discurriendo á lo humano, es verosímil que el Rey moribundo, algo es- 
céptico, como debía de ser en religión, á lo menos en lo referente á delíca- 



mpafln; según el TuTonente, toItíó enfcmi» 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DS ESPAÑA I65 

dezas dogmáticas, dirtciles de apreciar bien por un lego, comprendiese, á fuer 
de político, que la unidad del reino tan vigorosamente establecida por su es- 
pada sería deleznable y efímera mientras no se reconciliasen las dos razas. 
Tenia delante de si el ejemplo de la Galia, donde á la conversión de Clodoveo 
habia seguido la nnión entre francos y latinos, contrastando con los de los 
reinos vandálico y ostrogodo, en 
que la desunión religiosa perpc- 
tuó la debilidad, demostrada por 
la súbita ruina de ambos Estados 
al primer embate algo enérgico de 
un invasor extranjero. Realmente 
la obra realizada por Leovigildo 
^ estaba pidiendo su remate ó coro- 
na en la unidad religiosa de am- 
bos pueblos, y es de admirar la 
rapidez con que Recaredo lo puso, 
dando á sospechar con tal premu- 
ra que la cosa estaba resuelta des- 
de antes. 

En efecto; á los diez meses de 
reinar recibió el bautismo, y antes 
de este acto habla hecho celebrar 
en Toledo una asamblea de obis- 
pos católicos y arríanos, á ver si 
se ponían de acuerdo sobre la fe. 
[^ solemne abjuración del arría- 
nismo ae veríñcd en el Concilio III 
de Toledo, á tal efecto convoca- 
do, y al cual asistieron sesenta y 
tres obispos y seis vicarios, presi- 

diéndoloMansona, de Mérida; pero Gundemaro. 

elalma de aquel célebre sínodo fué 

San Leandro, de Sevilla, que habla catequizado A Hermenegildo y, según pare- 
ce, también á Recaredo. Se abrió el Concilio el 4 de Mayo de 627, y el Rey, 
con la reina Bada y ocho obispos arríanos, admitió el símbolo de Nicea, con- 
fesando que Nuestro Señor Jesucristo es verdaderamente Hijo de Dios, la Se- 
gunda Persona de la Beatísima Trinidad, el Verbo que fué antes de todas las 
cosas y será por toda la eternidad. Asi quedó establecida la unidad católica 
en España ít), gran bien en sf mismo, no sólo religioso, sino social y político, 
pues dio á las diversas gentes pobladoras de la Península una cohesión moral 
que no podían tener de otro modo, y contribuyó eficazmente á constituir un 
verdadero pueblo de lo que no era sino informe conjunto de razas diversas, 
antagónicas y enemigas entre sf. 

Por desgracia, en éste mundo aun los bienes mayores no vienen sin 
mezcla de mal; y el tan excelso de la unidad religiosa no parece que pueda 
sostenerse por los solos medios de la persuasión y del amor, y de aquf que 
para mantenerlo sea menester garantirlo con penas que contengan y repri- 

(I) En su fíiileria d¿ Tiodaih /I Crundt Klíchiít considera como una usurpaciAn histft- 
ñct uríbnir á Recaredo tal eit«bleci miento, cnando no hiio m*i (¡iie restablecerla. Quien la 
fundó, no sólo en EipaAa, sino en todo el Imperio, fué Teodosio. haciendo civilmente obliga- 
torio el sfmbolo de Nicea, prÍTando i loi apilsiatis de los derechos de testar y heredar y pro- 
hibicnio la idolatría. 



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l66 HISTORIA DE ESPAÍlA 

man á los díscolos. Serla de apetecer que bastasen á 
tal efecto las penas canónicas, de suyo correcciona- 
les y suaves; pero para quien se aparta de la Iglesia 
por no creer en sus dogmas ni acatar como divina su 
autoridad, /qué eficacia subjetiva pueden tener ana- 
temas, excomuniones, cebsuras y penitencias? De 
este modo por líbica sucesión de ideas llégase á que 
el Estado ó el Principe secular impongan penas civi- 
les á los enemigos de la religión; y una vez declara- 
das delitos comunes ia apostasfa, la herejía y la infi- 
delidad, la misma lógica impone que estos delitos 
sean los más graves de todos, pues ninguno puede 
serlo como los que tan directamente van contra Dios. 
Asf resulta por natural encadenamiento de racioci- 
nios, pero con profunda pena de los espíritus verda- 
SuiLeandiD. deramente cristianos, convertido el Estado católico 

en perseguidor de los subditos anticatólicos, y se da 
el enorme y desconsolador contrasentido de que en nombre de Aquel que dijo 
á sus discípulos <no arranquéis la cizafia, no sea que arranquéis también el buen 
ttrigo, dejad crecer una y otro hasta el tiempo de la siega> , y con el pretexto 
de extirpar la cizafía, se hayan levantado cadalsos y hecho sufrir horribles 
tormentos y crueles privaciones á hombres y mujeres en quienes cabe supo- 
ner siempre buena fe 6 conciencia equivocada en la profesión de sus errores. 
En todas las naciones estas ideas de intolerancia civil con inRelesy 
herejes predominaron en cuanto hubo pasado la era de las persecuciones 
paganas y arrianas, y en todas el pueblo católico de perseguido se convir- 
tió en perseguidor: tal era el espíritu público ú opinión universal, por na- 
die contradicha, en aquellos tiem- 
pos (i), Pero hay que reconocer 
que en Espafía, quizás por la mis- 
ma vehemencia del carácter popu- 
lar, tomó desde un principio este 
espíritu de intransigencia religiosa 
un tono de dureza y acritud sin- 
gulares: en otros pueblos se ha 
llegado en este orden & extremos 
que han sobrepujado á veces i tos 
de España; pero en ninguno ha 
sido tan sistemático y perseveran- 
te el odio implacable, no ya á la 
infidelidad y á la herejía, sino á los 
inñeles y herejes y á los sospecho- 
sos de serlo. 



(i) «Si los reyes jr el pueblo se 

Bgenlís en inatcria religiosa 6 extraordi- 
"naiiBinente fHTorecedotrs de la Iglesia. 
"es porque lo sienten metu prepñe. por- 
»qiie es íste el espíritu de la sociedad. ^ 
»no porque cada ley, oda detemnin ación 
»esté tomada y aconsejada directamente 
»por los obispos», — (Allamira, Iñsl, Je 



yCOOgll 



DE ESPAÑA 167 



Ed el Concitio III de Toledo dio comienzo la serie de leyes perseguido- 
ras de los enemigos de la Iglesia, que no concluye hasta los tiempos moder- 
nos, por influjo de las ideas liberales. Los libros arrianos fueron mandados 
quemar (i); y si el Concilio de Ilfberís impuso nada menos que la excomu- 
nión al clérigo ó fiel que comiese con un judfo, el tercero toledano excluyó 
á los hebreos de los cargos públicos, prohibiéndoles casarse con cristianas ó 
tener concubinas y sicrvas de nuestra religión. Verdad es que estas leyes se 
pueden justificar ó excusar como 
meramente preservativas del con- 
tagio y predominio de los infieles. 

Recaredo tuvo que luchar con 
los arríanos recalcitrantes, que ur- 
dieron diferentes conspiraciones, 
y aun osaron rebelarse contra el 
nuevo orden de cosas establecido. 
Parece que los judíos ayudaron i 
los sectarios en estas empresas, y 
de ello, naturalmente, se les hizo 
nuevos cargos, como si no fue- 
ra muy natural también que gen- 
tes tan perseguidas procnrasen su 
emancipación y libertad. Domi- -, 
nó el Rey todos estos obstáculos 
opuestos á su gobierno, y fué pa- 
cifica la mayor parte de su reina- 
do, que duró hasta 601. Con la 
abrogación del arríanismo desapa- 
reció la lengua gótica, en que se 
oficiaba en aquella secta conforme 
i los ritos de Ulfila, y también se 
usó siempre ya el latin en los ac- 
tos de curia civil. Recaredo era Kecaredo [I. 
romano de corazón, como lo acre- 
ditó tomando el nombre de Flavio, y se sirvió del elemento latino en los 
puestos más elevados del reino: el general que tuvo en la Septimania para 
reprimir á los arrianos y rechazar á los francos se llamaba Claudio. 

63. — De su reinado data la extraordinaria influencia é importancia ex- 
cepcional del episcopado y clero católicos en la Monarquía visigoda. «Cuando 

• francos y godos — escribió el protestante Gibdon — renunciaron á la idola- 

• trla y al arrianismo, aceptaron con igual sumisión las ventajas y los inconve- 
>nientes de este cambio. Pero mientras los prelados franceses, cazadores y 
•guerreros, olvidaron el antiguo uso de los sínodos y todas las máximas de cas- 

• tidad y caridad, entregándose al lujo y á la ambición con perjuicio de sus 

• deberes sacerdotales, los obispos de España hiciéronse respetar y estimar 
>de los pueblos, y la regularidad de la disciplina eclesiástica introdujo la esta- 

• bilidad, la pa^ y el orden en el gobierno del Estado. Los Concilios de Toledo, 
•en que la política episcopal templaba y dirigía el espíritu indisciplinado y 

• feroz de los bárbaros, dieron algunas leyes sabias, ventajosas por igual á re- 

• yes y á subditos. Los conquistadores fueron dejando insensiblemente su 

(i) «No me sienlo tentado á lloriT pérdidas quÍ7Ís in 
■tener lo» birbari» viitigodoi? ... Ni un tola nombre de es 
>á Bnlgarano 6 i Siscbnto». — (Meníndez Pelayo). 



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I68 HISTORIA DE ESPAÑA 

>lengua teutónica, y, sometían do- 
>se al yugodela justicia, partieron 
>con los vencidos las ventajas de 
»1a libertad» (t). 

Conviene tener presente: 
I." Que el clero católico era 
e.i aquel tiempo el único Je le men- 
tó culto de la sociedad. Todos los 
escritores que florecieron en la 
época visigótica fueron eclesiásti- 
cos: los cronistas, como Juan de Vi- 
clara y San Julián de Toledo; y 
los moralistas, juristas y teólogos, 
como San Martín de Brago, Apnn- 
gio de Eeja, Fortunato Masona, 
San Leandro, San Ildefonso, etc.; 
y descollando sobre todos San Isi- 
doro, también cronista y grao re- 
copilador de la ciencia antigua, y 
»in disputa el hombre más sabio 
de su época. Nombres visigodos y 
seglares sólo figuran por rarísima 
excepción en la esfera de la cul- 
. tura, como los del Conde Bulgara- 

no, autor de Cartas, y el del rey 
Sisebuto, que escribió una Vida 
de San Desiderio y cartas. Y ¡quién sabe si estas obras lo fueron real- 
mente de tales magnates, ó del inevitable secretario y capellán hispano- 
latino! Sólo las cuestiones religiosas ó las relacionadas íntimamente con la 
religión interesaban en las escuelas. Chindasvinto envió á Roma al obispo 
Tajón con encargo de buscar libros; pero no de poesía ó ciencia profanas, 
sino ¡os Morales de Gregorio Magno. Si algunos estudiaron la Astronomía, 
como Juan de Zaragoza, hermano de San Braulio, Eugenio II de Toledo y el 
mismo San Isidoro, era para disponer los cómputos eclesiásticos y cálculos 
pascuales. La poesía ceñíase casi siempre á cantos rituales ó devotos. Y lo 
mismo la música. Finalmente, toda la enseñanza circunscribíase á escuelas 
de primeras letras, monasteriales ó parroquiales, ó á seminarios para la for- 
mación del clero, como el establecido en Sevilla por San Isidoro. En resumen, 
que e! sacerdocio era entonces la ciencia, las letras y las artes en su total 
expresión positiva. Si los visigodos hubieran prescindido de este factor social 
en su gobierno, si no le hubiesen reconocido la influencia predominante que 
le reconocían, como doce siglos después han pretendido enciclopedistas, 
filósofos y juristas que debieron hacer, habrían prescindido de todo lo que 
significaba cultura, ilustración y ciencia en su reino. 

2." Que el clero era el representante genuino del pueblo hispano-ro- 
mano, dominado por los visigodos, pero del cual necesitaban éstos para cons- 
tituir un Estado y que no fuera su dominación una mera ocupación bélica. 
Teniendo en cuenta estos dos puntos, se comprende aquel gobierno, sin 
duda extraño en nuestro actual modo de ser, pero que hace doce siglos 
tuvo sólido fundamento y cumplida raión, no en lucubraciones ó declara- 



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HISTORIA. DE ESPAÍÍA 1 69 

ciooes de 61ósofos ó de una Cámara legislativa, sino en el desarrollo espon- 
táneo, y por ende natural, de las cosas y de los sucesos. No fué aquello una 
teocracia, como dijeron Montcsquieu, Sampere, D. Joaquín Marta Pacheco y 
otros que consideraron el Fuero Juzgo y los cánones de los Concilios toledanos 
á la luz de las ideas dominantes en los siglos xviii y xix; no fué <un reino en 
manos de sacerdotes», como dice Bradley, sino un Estado en que los sacer- 
dotes tuvieron, no por usurpación ni concesión de nadie, sino por efecto de 
las circunstancias de lugar y tiempo, el doble carácter de obispos y de mag- 
nates seculares, y además eran los únicos capaces de redactar un escrito, de 
componer un discurso, de preparar una ley ó de dar un dictamen fundado 
en ciencia y precedentes históricos sobre cualquier asunto de gobierno y ad- 
ministración; y como consecuencia de esto y del fervor religioso de los re- 
clin convertidos visigodos, un Estado en que Dios y el César, el Sacerdocio 
y el Imperio se unieron, confundieron y compenetraron de tal modo, que pa- 
recieron formar un todo compacto, una sola cosa. Por eso, si vemos á los 
obispos legislar en los Concilios sobre asuntos civiles ó, con más precisión 
de términos, deliberar y proponer las leyes que el rey sancionaba después 
y erigirse en censores natos de los jueces seculares (i) — cosa que tanto es- 
candalizó á Pacheco — (2), en cambio, también vemos establecidos los recur- 
sos de fuerza ante el rey contra las violencias de los jueces eclesiásticos (3]; 
á Recaredo y Siscbuto, conocer de causas eclesiásticas; á todos los reyes, nom- 
brar y trasladar obispos, convocar Concilios y — ^qué raásl — hasta legislar 
sobre los ayunos (4). Si los partidarios de las regalías de la Corona ó, como 
ahora se dice, de la independencia del Poder civU, encuentran mucho de 
abusivo en la organización del reino visigodo, los MltramoHtanos, según escribe 
D. Vicente Lafucnte, «apenas si contienen su indignacii^n contra algunas dis- 
■ posiciones conciliares* (5) de aquella misma época. 

Resultado ó reflejo de este carácter general de las relaciones entre la 
Iglesia y el Estado fué el particu- 
lar de los Concilios de Toledo. Es 
indudable que los godos tuvieron 
asambleas deliberantes de orden 
puramente civil, como lo es tam- 
bién que las asambleas provinciaies 
de la época romana nunca fueron 
olvidadas del todo. Los cronistas 
hablan alguna vez del Senado, que 
debia de ser una junta de magna- 
tes principales. Los Concilios á su 
vez eran asambleas eclesiásticas, y 



(1) CoDc. IV de Toledo. 

(2) Dhtuno friUminar al fuera 
?inn>. (Ccdeccióo de CAdieos eipaüoles.) 

(3) CoDciUoXII. 

(4) Mudeu (España Critica. To- 
mo XI - 9) scfiíla eilu cnitro regaifas de 
los monarcas visigodos: du' áidenes jpa- 
blícKT decretoi para bien de los fíeles, te- 
ner iríbanal de coaceiÓD en las causas 
cclesiásiicas, nombrar obispos en todo el 
reino, ^ convocar y confírmar los Conci- 
lios nacionales. 

(5) Hist. Eilit. d! B¡paña. Tomo I, 
pigina 138. 



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170 HISTORIA DE ESPAÑA 

venían celebrándose para tratar de asuntos religiosos desde mucho antes de 
entrar en España los visigodos. Todo esto es ciertlsimo, y puede probarse con 
hechos y documentos; pero no lo es menos que desde el Concilio III de 
Toledo estas asambleas tomaran un carácter sui geturis: las convocaba el rey; 
asistían no sólo prelados, sino magnates; el rey confirmaba los cánones; dis- 
cutíanse materias políticas y civi- 
les; en el tomo regio ó discurso de 
apertura el monarca solfa empe- 
zar por la protesta de fe, y expo- 
nía á la consideración de los Fa- 
dres, no sólo los asuntos tempo- 
rales sobre que debían deliberar, 
sino los religiosos. Claro es que 
para un canonista experimentado 
habla alli dos cosas distintas, aun- 
que simultáneas ó poco menos: un 
Concilio y un gran Consejo del 
Reino; que en el primera actuaban 
los obispos como pastores y doc- 
tores de la Iglesia, y en el segundo, 
como proceres del Estado; que 
cuando la asamblea deliberaba con 
su carácter conciliar, según bace 
notar D. Vicente Lafuente, el rey 
era el «hijo mayor de la Iglesia, 
>pero al fin hijo»; y cuando deli- 
beraba como Consejo, *Ios obis- 
•pos no eran sino los primeros 
^vasallos del monarca». Está muy 
Cbintil*. bien; mas el caso és que Concilio y 

Consejo eran una sola asamblea. 
64. — A Recaredo le sucedió su hijo Liuva II (601-603), contra el cual 
se rebeló Viterico (i), noble que, habienrdo abjurado el arrianismo en tiempo 
de Recaredo, entró luego en conspiraciones arrianas, y, perdonado por el pa- 
dre, se vengó luego en el hijo destronándole, haciéndole cortar la mano de- 
recha, y por último condenándole á muerte. Viterico reinó siete afios (603 
á 610). Quitó á los bizantinos la ciudad de Seguntia (Jigonza, cerca de Cádiz), 
y su fin no pudo ser más desastroso: asesináronle en un banquete, y su cadá- 
ver fué arrastrado por las calles y tirado á un muladar. Gundemaro (610-61 2) 
guerreó con francos, vascones y bizantinos. Sisebuto (612-620) atacó resuel- 
tamente á los bizantinos con ánimo de arrojarlos de España, ó sea de someter 
á los hispano-romanos, que aún vivían independientes á la sombra de la le- 
jana majestad imperial. Era emperador Heraclio, y gobernador de la España 
romana, el patricio Cesáreo. En esta época el territorio bizantino comprendía, 
además de lo ya expuesto, el sur de Portugal, que hoy llamamos los AJgarbes. 
Los visigodos derrotaron á Cesáreo en dos batallas campales, y se dice que 
en esta guerra Sisebuto trató á los enemigos con humanidad desusada en 
aquel tiempo: los heridos eran curados en el campo godo, y los prisioneros, 
puestos en libertad; conducta, se añade, que le conquistó las simpatías de los 
vencidos, y que demuestra cómo en esta lucha el rey de Toledo no trataba 



(I) Antes cJel 30 de Diciembre de bo2, según el P. Fita. 

D,g,t7cdb/COOgIC 



HISTORIA DE ESPAÑA 171 

de arrojar á )os invasores, sino de ganarse subditos; era como decir á los his- 
pano-romanos que aún recha23ban el scñorio de los germanos: con nosotros 
nada ter.éis que temer; ya somos católicos como vosotros, y hemos de trataros 
igual 6 mejor que los gobernadores venidos de Constantinopla. Concluyó la 
guerra por un tratado, cuyos preliminares ajustó Liberio y ratiñcó Heraclio: 
sus cláusulas fueron la entrega á 
Sisebuto de todas las plazas impe- 
riales, menos los Algarbes, y, ade- 
rois, que fueran compeJidos á bau- 
tizarse sus vasallos los judíos. 

El Emperador profesaba un 
odio terrible á estos infieles, y, se- 
gún parece, su causa inmediata 
fueron las crueldades cometidas 
por los de Persia con los prisio- 
neros cristianos que les habla ven- 
dido Cosroes(i). Lo cierto es que 
movió una persecución general 
contra la raza hebrea. Los visigo- 
dos ¿ hispano -roma nos, que cier- 
tamente no necesitaban estímulos 
exteriores para proceder con du- 
reía en este asunto, debieron de 
dejar muy satisfecho al Empera- 
dor: por UD edicto de Sisebuto se 
presentó á los judíos la alternati- 
va de emigrar ó de bautizarse. Y 
auD esto fué lo más suave, «por- 

>que no solamente los judíos fue- - — 

•ron echados de España y de todo Tulg». 

•el señorío de los godos, que era 
>lo que les pedfa el Emperador, sino que también con amenazas y por fuer- 

• za los apremiaron para que se bautizasen; cosa ilícita y vedada entre los 
•cristianos, que i ninguno se haga fuerza para que lo sea contra su voluntad; 

• y aun entonces esta determinación de Sisebuto, tan arrojada, no contentó á 

• los más prudentes, como lo testiñca San Isidoro* (2). Veinte años después el 
Concilio de Toledo condenó la conducta de Sisebuto; pero no consintió que 
loi bautizados forzados volviesen á profesar el judaismo, porque, mejor ins- 
truidos, podfan y debían reconocer de buen grado la verdad cristiana. 

Recaredo II, hijo de Sisebuto, reinó pocos meses, y le sucedió Suintila, 
ó Ftavio Suintila, como él se llamaba (621-631). Conquistó lo poco de la Pe- 
nínsula que aún se mantenía bajo la autoridad del Emperador; y, como de to- 
dos los reyes visigodos, se dice que sometió á los vascones (3): para tenerlos 
sujetos fundó la ciudad de Oligitum (Olite). Una insurrección auxiliada por 
los francos puso en el trono á Siscnando (631-63S}, quien en el IV Concilio 
de Toledo pidió humildemente á los Padres que sancionaran el herho con- 

rio seria desiruido poruña 
□a judíos, cuanao realmente &e referia á los 

' (I) Mariana, Hisl. dt Eipaü^, lib. V[, cap. II. 
()) oOe donde se in&e re»— observa Navarro Vil I oslada en et prf^logode su novela ..fni^jjn. 
i tai vastos en el sigh ¡II — «que ningUDO lo» somelíA, y que los vkscos permanecieron inde- 
■pendtcDleí de los TÍsigodois. 



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173 HISTORIA DE ESFAClA 

sumado de la usurpación. Chintila (636-640) también acudió al Concilio V ea 
demanda de confirmación eclesiástica de su autoridad. En el Concilio VI (638) 
se hizo un canon ó ley en cuya virtud el Monarca debía jurar á su adveni- 
miento no mitigar ni suavizar nunca la legislación contra los judíos conver- 
sos ó bautizadas que abjurasen la fe cristiana (i). Sucedió á Chintila su hijo 
Tulga (640-641), que fué depuesto, decalvado y recluido en un monasterin 
por ChJndasvinto (611-652). Monarca enérgico, Cbindasvinto reprimió con 
dure^ta á los grandes y facciosos y consiguió que el país estuviese tranquilo. 
Abrogó la ley, vigente todavía, y 
de procedencia, no visigoda sino 
romana, que prohibía los matri- 
monios entre visigodos y latinos, 
y se le atribuye, aunque no se 
sabe de cierto, la primitiva redac- 
ción del Fuero Juzgo, ó sea de un 
código común para todo el reino. 
Al decir de algunos historiadores, 
su bijo, y asociado en sus tres úl- 
timos años, Recesvinto (652-672) 
fué como el Antonino Pío de los 
visigodos: un príncipe benigno, sin 
ser débil, y sabio legislador. Con- 
vocó tres Concilios (VII, IX y X), 
y perfeccionó (según otros, fué el 
compilador, es decir, el que le dio 
la traza que aún conserva) el Fue- 
ro Juzgo. Murió tranquilamente, 
como habla reinado, en Gérticos, 
y con espontaneidad y justicia 
desusadas en el sistema electivo 
proclamaron para sucederle al an- 
ciano Wamba. La humildad y de- 
ChindMTJDio. licadeza del electo correspondie- 

ron cumplidamente al acierto y 
desinterés de los electores, pues Wamba no se resignó á ser rey sino ante la 
espada de un magnate que le amenazaba con la muerte si no aceptaba la co- 
rona. Triunfó Wamba del rebelde y traidor conde Paulo; y por mar, de una 
flota árabe que intentó un desembarco en Algeciras. Fué destronado de la 
manera más singular: Ervigio, magnate palatino, hijo ó nieto, según se dice, 
de un bizantino de ilustre linaje, y a] que quizás el Monarca habla designado 
por sucesor suyo, le dÍ6 un narcótico, y Wamba cayó en sopor semejante á 
la muerte; el astuto palatino se apresuró á que decalvasen y vistiesen de 
monje al supuesto cadáver y á tomar él las insignias y ejercicio del Poder 
soberano. Cuando Wamba volvió en si aceptó el hecho consumado, y se re- 
tiró á pasar sus últimos dias en el monasterio de Pamptiega. 

65. — Con Wamba termina la grandeza de la Monarquía visigoda. Este 
periodo visigótico, en conjunto, es de retroceso 6 de decadencia. Verdad 
que bajo el cetro de los reyes de Toledo nuestra Península constituyó 
un Estado indcpend-cnte; pero la independencia es un gran bien cuando 

(Madrid, 1881), lan;amen)e i'MrncIailn y dísculida p 
Gr''m„„^f,. lomo VI. pí^infl.-. Oti-^'^. Leipíig, 1885. 



,,CoogIc 



HISTORIA DE ESPAÑA 173 

la dbfnitaii Estados constituidos 
por verdaderas naciones, es decir, 
por gentes que la Naturaleza, la 
Historia ó su voluntad colectiva 
ha unido con vínculos semejantes 
á los familiares; no cuando, como 
sucedia en esta época, no se asea- 
taba más que sobre la conviven- 
cia puramente material de dos ra- 
ías, invasora y dominadora la una, 
vencida y dominada la otra, y que, 
aunque comenzaron á unirse y lle- 
garan á estarlo en ciertos órdenes 
de la vida — v, g., el religioso, — 
hasta el fin mantuvieron la me- 
moria de su diverso origen y nun- 
ca dejaron de mirarse con preven- 
ci¿D y antipatía. £n la época ro- 
mana España no estaba domina- 
da por Roma, sino que era ella 
Roma ó parte de Roma; en la vi- 
sigoda si que lo estuvo por una 
gente advenediza que impuso y 

mantuvo su imperio por la fuerza; Recesvinto. 

{¡ente de inferior cultura respecto , 

de la población genuinamenie española, y que, por tanto, era para el espa- 
ñol latino temible y despreciable al mismo tiempo. 

¡Y qué diferenciadeorganizaciónpolftica.decivilizacióny de modo de vi- 
vir! Roma signiñcó para España 
cuatro largos siglos de profunda 
paz: los visigodos, menos de tres de 
guerra continua, ya con extranje- 
ros, ya entre los diversos poblado- 
res de la Península, ya por la suce- 
sión del trono. Si en teoría el régi- 
men monárquico era electivo, en 
la práctica la rebelión fué medio 
usual de conquistar el Poder, y el 
asesinato, la manera casi regular de 
perderlo. Sucedíanse los reyes con 
vertiginosa rapidez, y se han en- 
contrado medallas y monedas de 
monarcas nocitadosen las crónicas. 
Debieron de ser pretendienies, ó 
usurpadores, ó fautores de guerras 
civiles (i): el laconismo de los cro- 
nistas nos oculta, sin duda, muchos 
de los horrores que se cometieron 
en aquellos tres siglos de barbarie. 

(O Asf, st conocen tres leyts no 
mencionados en In Hbloria: Judili, Jaji- 
WiBiba. la } Suniefredo 6 Cunielredo. 



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HiSTOKi* Gititpic.i DB i.ií Civilización Espajíoi^ 



LiHlNA XLIII 




Ortcbrerl* vlilgAtlcK. 



,,CoogIc 



HISTORIA DE I 



I7S 



Tol1o9 los males de 
la sociedad romana, tales 
como la esclavitud, la ser- 
vidumbre de la gleba, el 
concubinato tolerado, la 
potestad marital excesi- 
va, los impedimentos 
para el matrímonio fun- 
dados en la diferencia de 
condición ó clase, etcé- 
tera, etc., se conservaron 
en ^ sociedad visigoda, 
y muchos agravados. En 
la España romana el que 
lio tenia ó no había teni- 
do la desgracia de ser es- 
clavo era verdaderamen- 
te libre; en la España vi- 
sigoda el hombre poco 
poderoso no pudo con- 
servar esta libertad, y 
tuvo que ponerse bajo la 
protección de un magna- 
te ó señor si qucrfa tener 
alguna seguridad perso- 
nal: de aqui la clase de 
los ocelarios, antes des- 
conocida. «El hecho ge- 
>neral era la existencia 

• de pocos hombres com- 
>pletamente libres y la 

• formación de distintos 
•grados intermedios, hasta el más inferior de la esclavitud ó servidumbre' (i). 

Lo bueno que hubo en esta época fué lo que se conservó de la pasada, 
y los bis pan o- romanos, quienes lo conservaron. Así, la religión católica, la 
Teología y sus ciencias auxiliares, el espíritu de la legislaci¿n, las bellas 
artes, la i^ricultura, la industria y el comercio; todo heredado de Roma, todo 
cultivado por híspano- roma nos, y todo algo estropeado bajo el poder visigo- 



Interíor de l> iglesia de Santa Comba de Baude (siglo v 



Allamira (/ñsl. d( Etf.). 



si, 2 y 3. Biaseiillo, jarro y pendienle de oro que perlenecid il 
uUs quelosgodoj guron dopués de su establecimiento en el Me- 
■sucltimente biíatilino, pertenecieron al Tesoro di l'tlrenoaa, y 



{ExflUaáÓH di la liúai'ia XLHI.) 

Orlebrerí* vlalsAilca.-Núineio 
icy Atanarico. EiUs joras, que, eomotod 
diodií de Europa, son de guita y estilo ri 
panceqae fueron regaladas á Atanaiicopor el emperador de Biaincio. — 4. Adorna, regularmente colgante 
de collar, y que poi su dilo debió de pertenecer i los visigodos. — 5. Anillo del rey Reccsvinlo. Las demás 
jofas, cruces, coronas y colgantes sin numerar que ñguran en esta limina pertenecen al lamoso ttioro 4t 
Oaarrazar, conocidos con este nombre por haber sido halladas en Üuarrazar, pueblo Inmediato i Toledo, 

EspaOa. dada la época i que pcftenecen muchas de días, como la corona de Recesvinla, durante cuyo reina- 
las arles j la industria, aunque siempre como lieles imitador» de los bizantinos, que 
nie de la civiUiaddn. 



D,g,t7cdb/COOgIC 



1/6 HISTORIA DE ESPAÑA 

do. Si la Iglesia alcanzó cotii>iderable influeacia social y )>ol[iica, fué á costa 
de una confusión de atribuciones entre ambas potestades y de una cruel 
intolerancia, harto excesiva, que rayó en opresora de la conciencia. Por mu- 
cho que se ponderen desde el punto de vista católico las épocas de Reca- 
redo y Recesvinto, mejor ban de parecer las de Constantino y Teodosio. 
Por mucho que nos admire el J^utro Juzgo, código calcado en leyes romanas, 
nadie sostendrá con fundamento su superioridad respecto de las obras legis- 
lativas de Justiniano. En el terreno literario y en el artístico, los visigodos, 
ó mejor dicho, los hispan o -román os que trabajaron bajo su dominación , se 
limitaron á seguir el impulso recibido en la época imperial ó á copiar los mo- 
delos que iba ofreciendo Con stant inopia. Véanse en cualquier monetario 
donde las haya unas monedas bizantinas al lado de otras visigodas de la 
misma época: son exactamente iguales, con la diferencia de que las visigo- 
das, copia servil de las bizantinas, están muy mal hechas; se distinguen por 
su tosquedad, por su imperfección. He aquf sintetizado ó representado en 
este hecho el carácter general del reino visigodo: como sus monedas res- 
pecto de las imperiales, era él una tosca copia del Imperio romano. En reali- 
dad era una parte del Imperio dominada militarmente por una banda de bár- 
baros: la población soportaba á sus dominadores porque no tenia otro reme- 
dio; mas sentíase espiritualmente tan lejos de ellos como si hubieran seguido 
acampando á orillas del Báltico. 

Romano de corazón, el pueblo hispánico de aquel tiempo segufa sintién- 
dose subdito del emperador: en Constan tinopla vela su verdadera capital, y 
en el César, su verdadero y legitimo soberano. Hasta el tiempo de Cario- 
magno ésta fué la opinión común en toda la Europa occidental, y la res- 
tauración de aquel Imperio un deseo universal que, circunscrito luego, en 
la época de suprema barbarie, al gremio clerical ó de los honbres doctos, 
vuelve á expansionarse siglos después para determinar el Renacimiento. 

En el periodo visigodo continúa, pues, la civilización latina; pero sin es- 
cuelas, sin elementos suficientes de cultura, esa civilización va decayendo 
siempre; van siendo cada vez menos los que la poseen, y los que la poseen, 
con menos intensidad. 

Sin embargo, comparada la suerte de nuestra patria con la de otras pro- 
vincias occidentales del Imperio, fué feliz; porque si los visigodos eran bár- 
baros, parece que fueron de los menos bárbaros de todos. En este sentido 
pueden admitirse los panegíricos del P. Tasban (i) y de otros historiadores 
antiguos y modernos que presentan con risueños colores el cuadro de nues- 
tra Monarquía visigoda (2). 

(1} Nono-Melang. d'Archtel., I V. 

(:} Víanse: Hübner, ¡ncriptionti lliifani,í Cristiana (Berlín, 187I j 19E0); FiU, ¡«¿ieeio- 
nísp-iígia ín lápidas visifóíirai ¡Madrid. 1892); Alvaro Ctmptñtt, Inditader maimal ái la A'if- 
miiiaálica tsfañda (Madiid, 1891); Amador de los Rloi, E¡ arle laliHe-bitanline en EipaSa y las 
coroaat viñniidat Jt Cuarretar (Madrid, 1861!; P. Madiazo, Corona] y írueei gélUoí del tesare 
di Cuarratar (Tomo I de Monumenleí Arquitiilómces de Esfaüa). 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



X 



PARÉNTESIS EN NUESTRA HISTORIA 



M. L> pan ligana de la Historia de Exptfta. — Í7. ^ca y Ervigio. ~ M. Witiza. — 69. Don 
Kodngo. — TO. El Conde Don Jalián. — 71. Invasión inbe. — 7S. WaJIes ó gobernadores. ~~ El 
emirato íadependicDte. — RoncesTalIes. — 13. La restauración ciiitiana. — Muidrabe*. — 
74. Reyes de Aitnrias. — Reconquista pirenaica y catalana. 



66. — Reioando Alfonso III el Magno, en el año tle 883 la una y poco 
antes la otra, escribiéronse dos crónicas: aquélla, por un monje del monaste- 
rio de Albelda [Cronicón albetuietise) (i); ésta, atribuida al obispo Sebastián de 
Salamanca, Sebastiani Chrotiicon, moftiine AlfoHsi iertÜ, recens vulgaíum, 
que comprende todo el período entre Wamba y Ordoño I (672-865J (2). Se- 
bastián, ó quien fuera autor de la crónica, lamentábase de que desde Isidoro 
Hispalense, ó sea durante más de doscientos cincuenta años, no se hubiera 
escrito nada de Historia de España, y asi éi para llenar tan largo vacio había 
de fundar su relato en lamerá tradición oral. 

Engañóse al aRrmar lo primero, porque posterior á la i.sidoriana es la 
crónio ó historia particular del rey Wamba, ó mejor dicho, del episodio de 
la rebelión del conde Paulo, escrita por San Julián de Toledo, y sobre todo 
por haber una preciosa crónica, obra de un cristiano contemporáneo de la 
invasión árabe que vivió en Toledo y en Córdoba, y, aunque con la deses- 
perante concisión propia de la época, narró los principales sucesos ocurridos 
desde Sisebuto hasta el año 754: tal es el precioso documento publicado 
por el P. Flórez con el titulo de Isidori Petcensis Chronicon (3), y muy bien 
estudiado por el doctísimo P. Taishan {4), quien, habiendo demostrado que 
no es obra de Isidoro, obispo de fieja, propuso el título de 'El Anónimo de 
Córdoba», acepUdo generalmente, á pesar de que el Sr. Saavedra, fundán- 
dose en no ser cosa cierta haber sido escrito en Córdoba, le llama «El Anó- 
nimo latino» (5). 

(i) España SagraJa, tomo XIII, ap. 6.°. 

(31 ¡d^m,^.^.^.'•. 

l3) /fliw, lomoVIILap. a.". 

(4) L'Anfitymi át Cerdeut. Chreniquí rintii <Us átmUri rait de Toüdc tí dt ¡a esnquett 
dt rStpairnc par Us arabti, tdilet it ennolic par ¡e P. y. Taiiha», de ¡a Cempagnie di Jitus. 
París, tSSj. 

(5) Éitudie Jobrt la invaiian de leí áraies en Eipaña. 

Salcedo, Historia de EspaRa -^ .'2 

D,g,t7cdb/tjOOglC 



178 HlSrORlA DF. ESPAÑA 

De todas suertes, una sola crónica (l) incompleta y extremadamente 
concisa, escrita por un autor que, viviendo entre árabes, nada supo, 6 at me- 
nos nada dice de los principios de la Reconquista, y al que de nada sirvió 
esa convivencia para enterarse bien de la cronología mahometana {2), dima- 
nando de aquí una lamentabilísima conTusíón de fechas, equivocada además 
en puntos tan conocidos como muchos referentes á los emperadores de 
Constan tinopla, y, por último, plagada de errores materiales, ya del autor, 
ya de los copistas por cuyas pecadoras manos ha ido pasando su texto á 
través de ios siglos, no es una fuente que pueda llenar ese gran vacío;' y hay 
que decir con Dozy que desde Wamba hasta Alfonso III «corte una época 
>extraordinariamente fecunda para el poeta y el novelista, pero que es una 
alaguna en la historia de la Península> (3); 6, con Bradley, que «lo que posi- 
>tivamente se conoce del reinado de Rodrigo puede sintetizarse en la añrma- 
• ción de que con su derrota concluyó el Imperio 
>de los godos en España>. 

Tampoco los árabes españoles que pudieran 
suplir la falta de nuestros cronistas escribieron 
de su dominación en la Península hasta Rnes del 
siglo X, ó sea doscientos cincuenta años después 
de la conquista. Sus más antiguas crónicas cono- 
cidas son: la llamada del Moro Rasis (Ahmed-Ar- 
Razi), de tanta autoridad entre los suyos, que le 
caliñcaron de icronista por excelencia> (Altariji), 
y que comprende hasta el año de 976 (4), y la de 
Aben Alcotia {£! kijo de la goda), cu^no nieto del 
rey Witiza, que vivía en Córdoba como cliente 
de los Omeyas, traducida en parte al francés por 
Cherbonneau é Hondas, y empezada á traducir al 
castellano por el Sr, Gayangos. Poco posterior es 
Sao Isidoro. j^ colección de tradiciones titulada AJiar Macku- 

ma (5), y á que el Sr, Gayangos diú el título de 
■ Anónimo de París-. Por desgracia, cuando los árabes ó sus clientes y vasa- 
llos, como Aben Alcotia, pusieron mano á escribir la historia de esta época, 
la fantasía oriental y el amorá lo maravilloso y extraordinario, característicos 
de aquella gente, la hablan desfigurado con cuentos, fábulas y consejas, urdi- 
dos principalmente, ó al menos los más estupendos, en Egipto y en Siria; 
pero que, como es uso, vinieron luego á formar en la misma España árabe 

^0 Ha,r otro pretendido nnñnímo de la misma ípoca, publicado f España Sagrada, l'íí 
con el (ftulo de El continuador del r(c/<i»Hjf , que es una historia eeneral con pirraros relativoí 
á España, y que el P. Ptñreí señaló con asteriscos. Villanoeva (Viaje literario) demostró q'ie 
casi todos estos párrafos son noiat mac^inales puestas por D. Juan Bautista Pires. 

(2) A tía saber que los años mahometanos son lunares atrlbuje Saavedra las conTosio- 
Des cronológicas del Anómmo. 

( J) Reckerchtssur r/iisloireil la UHiratun di F Espagite pendanl U Meyen &gt. Le^de, iSSi. 

(4) Del texto árabe sólo se conocen trozos sueltos copiados por hisloiiadores poMeiioTes. 
Tenemos una traducción castellana del siglo xiv, vertida de otra portuguesa hecha por ti maes- 
tro Mohamad jr el clírigo Gil Péreí— «dictada de viva voz» (dice Saavedra] «por un moro ili- 
»terato á On clérigo portuga£s desconocedor de la lengua arAbiga». — Faltaba un trozo rereren- 
te á D. Rodrigo, que ha sido descubierto por D. Ramón Menéndez Pidat, intercalado en nn 
códice de la Se^^nda Crónica gtneral. (Calálogo de la Real BiHioUra. MamiscriUt. Criniíat 
gemraltt de España, desifitas por Ramón Mmindet Fidal. Madrid, lE^.} Víate también 
Memoria sobre la aulenlicidad de la crónua denominada del Mora Rasis. (Memorias áe la Atadt- 
mia áe la Historia, tomo VIII, 1850). 

(5) Traducida por Lafuente Alcántara (Colección de crónicas aniíipn de la Academia de 
la Historia, lomo I). 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAÑA 



Con tan pocos datos auténticos y tal copia de leyendas es moralmente 
imposible descubrir la verdad sobre un período rico como ninguno en acon- 
tecimientos interesantes. Mucho y muy meritoño ha hecho la moderna crí- 
tica por descorrer esc velo tupidí- 
simo que nos oculta lo pasado: los 
trabajos de Dozy, de Gayangos, de 
iSimonct y de Codera (i), de don 
Aureliano Fernández Guerra (2), 
del P, Taishan, de D. Eduardo 
Saavedra, de los hermanos Oli- 
ver {3), de Menéndez Pelayo {4) y 
de los hermanos Pídal (Ramón y 
Juan), por no citar sino lo más 
granado, tienen extraordinario mé- 
rito, aunque no sean completos 
ni pueda serlo ninguno mientras 
nuevas y ahora desconocidas fuen- 
tes no llenen esa laguna de nues- 
tra historia. 

Contentémonos, pues, con 
apuntar lo cierto é indicar lo pro- 
bable. 

67. — De Ervigio y Egica, in- 
mediatos sucesores de Wamba, se 
tienen noticias auténticas por los 
Concilios de Toledo que hicieron 
celebrar. Ervigio reinó de 680 

á6S7, y er su tiempo fueron tos Emgio. 

Concilios XII y XIII. Las actas del 

primero, celebrado en 681, nos revelan que el destronador de Wamba pre- 
sentó á los Padres testimonios de ln esponiánea abdicación (?) de la victima 
de su intriga, y que no sólo fué creído y reverentemente absuelto, sino, qué 
la asamblea calificó con suma dureza los actos del monarca destronado por 
lo que se refiere á intromisiones en el orden religioso; pero, contradiciendo 
en seguida á favor del rey reinante la doctrina de la independencia eclesiás- 
tica aducida en contra del rey desposeído, reconoció al Poder Reai la facul- 
tad que ya venía ejerciendo de nombrar todos los obispos de acuerdo con el 
Primado, y — lo que aún es más extraño — impuso al clero la obligación 
de comunicar espirítualmente con aquellos excomulgados á quienes el rey 
admitía en su gracia ó er su mesa; canon que si se entiende á la letra, como 
hizo Masdeu, demostrarla que, lejos de ser el visigodo un reino gobernado 
por sacerdotes, era más bien un rey servido por la Iglesia (5 ). Los canonistas 
explican tan extraigo canon diciendo que la excomunión á que se refiere es 

(O BiSürltia arMga-itfiaiiola (Madrid, iSga), y El Ua-Hiflo CvnJi D. yulián, por don 
Fraacbco Codera (Rtvitla de Aragón. Mano, 1901'. 

(al Caída y ruina dil Jm/itriti vin/iélieii tipañol (Madrid, 1883). 

(31 La batalla di Víjir ó dil iago de la Jandii, por José y Maouel Oliver y Hurtado (Gra- 
nad!, 1S69). 

(4) Áotologla. 

(5) Iiutnvemtnla, dice D. Vicente Lafuenle, dt ¡a pflilica. aun cuamÍB admilida por la 
¡::lciia cúH Imett/in. 



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la que se imponía á los condenados civilmente ó por delitos polfticos, y 
siendo aquí la pena espiritual accesoria de la temporal — cosa también muy 
malsonante, — era líbico que, remitida por el indulto la civil, quedase ipso 
/acto levantada la eclesiástica. Wamba habla sido muy celoso del servicio 
militar, comprendiendo la extraordinaria importancia del rigor de las institu- 
ciones castrenses para la defensa 
del Estado: de él fueron las famo- 
sas leyes ( VIII-IX, tlt. II, libro IX 
del Fuero jFusgo) que establecie- 
ron sobre sólidas bases morales y 
jurídicas la obligación de acudir á 
la hueste para rechazar invasores, 
sin que pudiera exceptuarse na- 
die, «si quier sea obispo, si quier 
clérigo, si quier conde, si quier du- 
que>. etc., como dice la edición ro- 
manceada. Parte de esta saludable 
legislación era la nota de infamia 
impuesta á los desertores. A pro- 
puesta de Ervigio, el Concilio su- 
primió este rigor: se conoce que el 
<antimilitarísmo> levantaba la ca- 
beza, como suele en vísperas de las 
supremas catástrofes nacionales. 
En el Concilio XIII (683) dié- 
ronse nuevos cánone.s favorables á 
la política de Ervigio, y unoestable- 
ciendo un tribunal de obispos, mag- 
nates y gardingos ( i) para juzgar los 
, delitos de los oficiales palatinos, 

^"^"' con independencia del rey suce- 

sor de aquel á que habfan servido. 
Egica. pariente de Wamba y casado con una hija de Ervigio, sucedió á 
éste, habiéndole jurado antes, según consta en las actas del Concilio XV (2), 
que no haría ningún daño á su familia. El nuevo Rey sintió el escrúpulo de 
que este juramento podía ser incompatible con el que había prestado al em- 
puñar el cetro de administrar justicia sin consideración á personas, y fué 
con este cuento i los Padres, que, como es natural, hubieron de responderle 
que el juramento de cumplir bien su oficio de rey era superior y debía pre- 
valecer sobre el otro (3). No consta que Egica hiciera uso de la declaración 
conciliar; pero sí que hubo contra él una terrible conspiración en que entra- 
ron la viuda de Ervigio y el metropolitano Sisberlo. Para juzgar á los conspi- 
radores se celebró el Concilio XVI (693) (4). Y el XVII lo fué para tomar 



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ibe: hay quien Joi supone jueces con carider mililar. 

líenle censara al Concilio por haber i^ 
■ al afirmar qae los Padrcü procedieron 
1 Derecho el caso csiaba bien resuello. 
en sus Elementas dt Hiileria de Etpaña, 
uir por maerte del respcUble y virtuoso 

agora 



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DE ESPAÑA 



medidas contra los judíos, que, según dijo el Rey en el tomo regio, hablan 
urdido un vasto complot coa el fin de entregar España á sus correligiona- 
rios trasmarinos (i). Muy natural es, en efecto, que aquel pueblo tan dura- 
mente oprimido descara la ruina de sus implacables opresores, y que se 
hubiera soliviantado al oir que ios árabes dejaban á $us hermanos de los paí- 
ses que dominaban en libertad re- 
ligiosa y civil, sin otro gravamen 
que el pago del impuesto. El Con- 
cilio fué terrible con los hebreos: 
se les confiscaron los bienes, se los 
dispersó por el reino, se dispuso 
quitarles su$ hijos á la edad de sie- 
te años .para educarlos bien. Con 
razón escribió el Sr. Lafuente (don 
Vicente): iMejor hubiera sido ex- 
• pulsarlos completamente que su- 
>jetarlos á tan crueles medidas, 
•contrarias al espíritu del cristia- 
>oismo>. 

6S. — Egica reinó hasta No- 
viembre del 700, que abdicó en sti 
hijo Witiza, al que habla asociado 
al trono en 693 y encomendado 
en 698 el ejercicio de la soberanía 
por sentirse él incapaz de ejercer- 
la. Todavía vivió el padre un año 
después de su abdicación (2). 

Y henos aquí en otro de los 
puntos estratégicos de la discu- 
sión y de la fantasía, de la crítica , 
y de las hipótesis, aspirando á te- '""' 
jer nuestra historia. jWitiza fué 

bueno, ó fué malo? jEn qué consistieron sus maldades? (Cuáles fueron sus 
virtudes? ¡Sólo Dios lo sabe! 

Los documentos dan de sí lo siguiente; El Anónimo de Córdoba computa 
el reinado de Witijia en quince años, añadiendo que el XV empezó en la 
era española 745, de donde resulta que acabó de reinar en el año 705 {3). 
Cuenta que perdonó á muchos de los perseguidos por Egica gobernando aún 
asociado con su padre, y después de ungido, á los que todavía vagaban des- 
terrados 6 fugitivos. Con esto queda justificado el calificativo de cUmeniissi' 
mus puesto por el Anónimo á Witiza, y que ha servido de base á tantas apo- 
l(^{as posteriores. Pero aquel ignorado cronista no dijo eso sólo; su frase es: 
gnam^Hom petuianter, cUmtHtissimus. jQué significa petulanter? La Crónica 
general tradujo: era ome muy litxurioso, y pudo traducirlo asi: i.°, porque la 
palabra tiene, en efecto, esa significación, aunque traslaticia ó figurada, ade- 
más de la directa de atrevido y descarado; y 2.", porque al entenderla de 
ese modo no hada el autor de la Crónica general sino acomodarse á la tra- 
dición muy antigua, explicativa del texto contemporáneo. 

li) Mi)ch«i dicen que á los ÍTabes, daeSos ya de .^rrica; p^ro ni asi lo dice et discurso 
del Rey. ni era pasible, pues las árabes no estaban enlonces en África. 
'2 1 Saavedn. 
VS\ Coinciden con este cómputo el Albaldense y Sebastián de S.iUinanca. 



,i.Cooglc 



l82 HLSTORIA DE ESPAÑA 

Tan antigua es, efectivamente, dicha tradición, que San Bonifacio de Ma- 
guncia, tan del tiempo de la pérdida de España como «/ Anánimo, atribuye 
la catástrofe de los visigodos d los escándalos regios; y si esta proposición, 
según observó Masdeu, por demasiado genérica nada dice (i), afal está la 
crónica aquitana de A/oissac, que en el siglo ix traza esta semblanza del hijo 
de Kgica: <Dado á la pasión de las mujeres, con su ejemplo enseñó á los 

• sacerdotes y al pueblo á vivir en la lujuria, irritando asi la cólera de Dios. 

• Entonces los sarracenos entraron en EspaÁa> (2). Y sesenta afios más tarde 
Sebastián de Salamanca pinta al mismo rey viviendo como una bestia entre 
mujeres y concubinas, prohibiendo la celebración de Concilios (3), sellando 
los cánones de los anteriores sínodos y mandando á los obispos, sacerdotes 
y diáconos que tomasen mujer. En este mismo sentido van escribiendo ó 
copiándose todos los cronistas cristianos: en el siglo xiii D. Lucas de Túy 
añade que Witiza mandó arrasar todas las fortalezas del reino, excepto To- 
ledo, León y Astoi^a, añadiendo que su sucesor prohibió poseer armas á los 
vasallos; mas D, Rodrigo Ximénez de Rada atribuyó ambas cosas á Witiza: 
éste fué, según D. Rodrigo, quien ordenó convertir arma férrea in vomeres 
(las férreas armas en arados). También en D. Lucas y en D. Rodrigo hállanse 
las primeras noticias escritas referentes á la protección dispensada por Witiza 
á los judíos. 

Corriendo ya el siglo xviu, los historiadores abrieron un proceso de 
rehabilitación de Witiza. <Las criticas de Mayans y de Masdeu — escribe 
Saavedra — no lograron desvanecer el horrible retrato de Witiza trazado 
•con honda huella por el buril de D, Rodrigo Ximénez y duramente som- 

• bteado por el insigne P. Mariana; Dozy, Fernández Guerra y Taishan han 
■ rehecho la figura, cada cual de diverso modo* (4). ¡De tan diverso! . . . Como 
diversa es también la manera de rehacerla el ilustre académico citado. En lo 
que no difieren los modernos, excepto Simonet (5), que, á fuer de tradiciona- 
lista fervoroso, estaba tan románticamente enamorado de lo antiguo, es en 
creer que el Anónimo de Córdoba elogia sin cortapisas á Witiza, y que éste 
fué muy buen sujeto, aunque quizás un poco atolondrado. 

Nosotros repetimos aquí lo dicho respecto de la cuestión de San Her- 
menegildo con su padre: es éste un proceso en que también hay que sobre- 
seer por falta de pruebas. 

69. — Según el arzobispo D. Rodrigo, entre los crimenes de Witiza se 
contó el siguiente: los duques de Cantabria y de Córdoba, Favila y Teodo- 
fredo, hijos de Chindasvinto y hermanos de Recesvinto, eran virtuosos pa- 
tricios, y sin razón ni motivo el tirano mató al primero de un bastonazo é 
hizo sacar los ojos al segundo. Los Duques tenían, respectivamente, dos 
hijos: Pelayo y Rodrigo. Pelayo huyó, y hasta se añade que peregrinó á ]«- 
rusalén; Rodrigo, poniéndose al frente de una sublevación, desironó á Witi- 
za, y, como es consiguiente, le sacó también los ojos en represalia de lo 
hecho con Teodofredo. Que hubo un Teodofredo en aquel tiempo, atestf- 
guanlo las actas del Concilio XVI, en que Rrmó un conde Teodofredo, y una 

11) Masdeu opone >I (exio de San Bonibcioj otro del Conli'iuadar átl Yitlaretiu, que, 
como ya se ha indicado, nada vale, 

12) Citado por J. Meníndez Fidal {Ijyfitdas, pie. So). 

I3I España Sagrada (VI. - Cap XXII) Irae noliciait de un Concilio celebrado por Wiüi* 
en Toledo, que se reducen i un texio del ariobíspo D. Rodrigo y 6 otro del Anénimú dt Cor- 
de/ia; éste, que es el nue tiene lalor, salo dice que Fílix, obispo de Toledo, piesidi¿ Concilios. 

(4) ¿/W/« (pan. 2S). 

(5^ L,'! hiim Je Hi'iiía, leyenda muzárabe publicada eo el folletín de El Sigla fu- 
ture, 1S84. 



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HISTORIA DE ESPASa 18J 

lápida sepulcral hallada en Córdoba que ostenta el mismo nombre. Lo del 
destierro de Felayo indícalo el monje de Albelda. Lo demás do se sabe de 
dónde pudo sacarlo el arzobispo D. Rodrigo, 

Porque todos los cronistas, asi árabes como latinos, sin exceptuar at 
Tudense, dicen ó dejan entender que Witiza murió de muerte natural y en 
posesión del trono (i). La crónica del moro Rasis cuenta que á la muerte del 
Key siguió un azaroso interregno de luchas civiles. Es indudable que los hijos 
de Witiza, tan tristemente célebres en nuestras tradiciones, fueron causa y 
actores de aquellas revueltas. La 
misma crónica árabe y Aben Alco- 
tia, testigo de mayor excepción en 
este punto por ser descendiente 
de uno de estos hijos, están de 
acuerdo en que todos eran meno- 
res de edad cuando murió su pa- 
dre. El hijo dt la goda añade que 
su ascendiente se llamaba Olmun- 
do y era el mayor; pero Eos numis- 
máticos recaban la primogenitura, 
ó al menos la sucesión de Wttiza, 
para Achila, del que hay monedas 
acuñadas en Narbona y Tarrago- 
na (2). El Sr. Saavedra, con la fan- 
tasía indudablemente sobrexcita- 
da por la lectura de tantos docu- 
mentos incompletos y contradic- 
torios en su concisión, ha visto al 
joven Achila, en vida todavía de 
su padre, reinando en Narbonense 
y Tarraconense bajo la regencia ó 
tutela de un Rechesindo, forma 
gótica, á su entender, de cierto 

Uigasindos de que habla Aben Don Rodrigo. 

Adari, no por cierto suponiéndole 

regente de Achila ni de nadie, sino rey, á quien Rodrigo maíÓ después de 
iaier desposeído (3). Aben Alcotia llama Kómulo á este Achila (4). Por último, 
un tercer hijo llamábase Artavasdes. Otro personaje de más siniestra cata- 
dura 6guraba en la familia: tal era Opas {Oppa en el Anómmo de Córdoba), 
hermano del difunto Rey y arzobispo de Sevilla (3). Aben Alcotia habla, 
Rnalmente, de la viuda de Witiza, sin dar su nombre, que quedó de gober- 
nadora del reino á la muerte de su marido. 

El Sr. Saavedra supone que los magnates sublevados contra la familia 
de Witiza, después de haber arrojado de Toledo á la Regente con sus hijos 
Olmundo y Artavasdes obligándolos á buscar refugio en Galicia, proclama- 
ron rey A Rodrigo, duque de la Bética, elegido en una asamblea que se cele- 
bró en Toledo, Lo único positivo es que el Anónimo de Córdoba escribió: 

íll «... sin eiceptaír í Aben Adarí, í quien atribuye Dozy opinión cootratia» (Saavedra). 

Ill Aloiss lleiss (Deieriftion p'ncraU da monnain des rois ^aisi^eths d'Etpaxtu). 

(Jl ¡No sería interpretación más leDcills, y por eode mis natural del conciso texto, supo- 
ner i Ua¡asÍDdai b Rechesindo uno de tantos macales conio se alzarían por reyes en aquella 
anirqnÍB > 

U) Femdndei v Coniilez (España Madrina. Tomo XI, pig. S3). 

(5) «Tal vez elEppa, obispo de Elche en 693» (Saavedra). 



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184 HISTORIA DE SSPAÜA 

RoderUus inmultuose regMuní, kortaníe Senatu, invadit. £1 cronicón de Moissao 
y el de Sebastiáa de Salamanca indican la misma idea de una elección, quel 
debió de hacerse hacia el verano del año 710. < 

70. — Aquí aparece otro personaje odioso: el conde D. Julián. £1 Silensel 
(siglo xii) es quien primero da este nombre de D. Julián, y conocida es lat 
historia que ha corrido por todas partes: era gobernador de Ceuta por el reyj 
visigodo, y tenia una hija doncella que mandó á educarse ó á servir de damaj 
con la reina en el palacio real de Toledo, conforme á la costumbre de los| 
magnates de su época. D. Rodrigo vio á esta doncella en el baño, y la sedujo i 
ó violó; ella se quejó á D. Julián, y éste, por vengar el agravio, entregó Es- 1 
paña á los moros. 

Tal relato no tiene fundamento; pero, á decir verdad, tampoco lo halla- 1 
mns en los eruditísimos que hoy se proponen para sustituirlo. El Anónimo • 
de CárdoSa habla de un Urbano, varón muy nobU quí acompañó á Muta eit sus 
expediciones ji ¡e siguió luego d ¡a corte del Cali/a. Dozy sospechó que el Julián 
del Silense y el Urbano del Auóniuto fueran una misma persona. Taishan y 
Codera parecen haberlo demostrado cumplidamente. Por lo tanto, debe de 
aplicarse al conde de nuestros romances el siguiente pasaje de Aben Jaldun 
y Almakkari: <En la comarca que ahora se llama Jebal Ghomarak (montes de 

• Gomera) había un rey (jefe ó régulo) de los bereberes que se reconocía súb- 

• dito de los godos, obedecía su autoridad y seguía su religión. África estaba 

• gobernada entonces por Muza Ibn Nosseir Bajo su mando los musul- 

s dominaron casi toda el África penetraron en las montañas hasta 



>llegar al Estrecho, y el rey Illán, no pudiendo resistir sus ataques, se rindió 
>y sometió al poder islamita. • En otro pasaje apellida el mismo historiador á 
Illán señor de Tánger. y rey de los gomeras, y Ahmed Anasiri: <de los masa- 

• mudas son los gomeras, y de éstos era OIyan el cristiano, señor ó rey de 

• Ceuta en tiempo de Ocba.> 

Unos tienen á OIyan, Illán ó Julián por bizantino (1); otros, por beré- 
ber (2), y cabe sostener que fuera visigodo; pues, aparte de que asf le llaman 
antiguos historiadores árabes y cristianos, en la genealogía de su descenden- 
cia, establecida en Córdoba, consta que lo era. Quizás fué las tres cosas á la 
vez: beréber y gomara por su nacimiento, y aun jefe hereditario de algún nu- 
meroso clan ó tribu; bizantino, porque su patria formaba parte del Imperio de 
Constantinopla, y como señor principal de la tierra, sirviese á los emperado- 
res, y aun obtuviese joven la dignidad y cargo de tribuno, según dice Saave- 
dra; finalmente, visigodo, porque al caer la soberanía imperial en la Tingitana 
quedó él de jefe de uno de los núcleos que se conservaron independientes 
más tiempo, y, como es lógico, entonces buscó el apoyo del reino cristiano 
que tenía más cerca, ó sea de los visigodos, y se puso bajo el patronato del 
rey de Toledo, á la sazón Witiza. Este vínculo de la clientela colocó al prin- 
cipado de Illán, ó sea á las ciudades de Tánger y Ceuta, bajo la dependen- 
cia, ó formando parte de la Monarquía visigoda (3), y, dadas las costumbres de 



(il KotKoel [Lts l'.'rl.cr,-'. Elude mr ¡a c.-u/ui-le Je V Afriaui par les arahet, á útrts /-■< 
le r/ri .irjfi/t impriaiés. yaiis, !>>,■!<,.) \>iáí\{VA/tUue AytaHlhie. //isMrt de la dominalioH itt.li.- 
Une en Afrique. Paría. 189S'. Sa.ivedra {BH. eil.^ 

(2) Taislinn, Cndeni, Juan Menúndez Pidal. 

fsi Sa.ivedra y Meníndez Ptdal, por no cí'nr olios, prueban cumplidamente que Ceala v 
Tánger no raeran nunca de los vi;igados, sino bizantinos hasta la conquista irabe. Estd iniiT 
bien; pero eso no ge opone á que en ios momentos de la invasián ó poco antes Ceuta (ja [ll.in 
había perdido á TAnget'l dependiera de Toledo poc este lazo de la clientela que los mismos 
autores consignan. Tuvieron, pues, rajón los antiguos el decir (|Ue entonces, por eia cjrcuns- 
tanci:t especial, Ceuta y su eon.le {■ ^obermidor eran visigodos, ó dependientes de los visigodos. 



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HISTORIA DE ESPAÑA I85 

'i* época, nada tendría de extraño que el conde de Ceuta (para los visigodos, 
(j^^isciuc mandaban en una plaza fuerte eran condes) tuviese garantizado su 
fasallaje ó clientela dejando una hija en rehenes en la corte del rey su patro- 
•/ao. Ni tampoco es absurdo creer que un agravio personalfsimo, como el que 
^jfírma la tradición, inferido por D. Rodrigo determinase al Conde á la ven- 
r (anza, ya por si solo, ya unido á la necesidad de capitular impuesta por las 
■ frepotentes armas de Muza, y de variar en consecuencia el rumbo de su po- 
lítica. Supongamos al Conde después de una larga lucha reducido á la plaza de 
, Ceuta y sosteniéndose allí á duras 
.■ penas contra el torrente cada vez 
más embravecido de la invasión 
' mahometana: su única esperanza 
de salvación está en España, en el 
rey visigodo, del que se ha hecho 
clienlecon ese objeto; pero Espa- 
ña, entregada á la anarquía, devo- 
rada por la guerra civil, no le man- 
da ningún auxilio. En cambio. Mu- 
ía le promete, no sólo respetar su 
religión y la de sus guerreros, sino 
dejar la ciudad de Ceuta bajo su 
mando, con tal que reconozca la 
soberanía suprema del calila; en 
esto, por aquel estrecho por donde 
aguardaba con ansia creciente, y 
ya desesperada, los socorros á que 
tenia derecho y que se le habían 
prometido, lo que le llega es la 
noticia de un agravio brutal que 
los padres han sentido siempre, lo 
mismo en el siglo vii que ahora (i). 
Hay que tener en cuenta que la no- 
ticia del agravio es antiquísima (z). Uo" Pelayo, 

Esta explicación de la conduc- 
ta de D. Julián es, por lo menos, más verosímil, atendiendo á lo que es el cora- 
lón humano, el mismo en todas las épocas, que la dada por Saavedra, según la 
cual, Illán se puso de parte de los árabes únicamente por favorecer á los hijos 
de Wiiiza contra D. Rodrigo, que les habla quitado el trono. Verdad que el 
jeft át los gomeras se puso bajn el patronato de Witiza, rey ala sazón, que se 
hizo uno de Síis leudes ó fieles; pero basta el buen sentido para comprender 
que este acto no debió de ser por consideración personal al hijo de Egica, 
aunque patrono y cliente descendieran délos persas bizantinos, como apunta 
el mismo ilustre escritor, sino al rey de Toledo, y con la esperanza de los so- 
corros que necesitaba el apretado cliente para sostenerse contra Muza. ;Qué 
podía importarle á Illán que reinaran en España Rodrigo ó un hijo de Witiía? 



(11 No comprendernos lo <|ue dice Saavedra: kEd aquellos tiempos de niarmas y tcastor- 
>^M el honor era bastante nienoa \idríoio que en nuestros días, y una violscíñn más fi menns 
"no ligniGcaba gran cosa.» Por muchas alarmas qae hubiese, es seguro que á los padres no 
les aeradaba que violaran i sus hijas. 

12) El Silense y los cronistas árabes hablan seneillsmenie de /.) MJa de Julián. Pedro 
del Corral, en la troaUa larmiira (siglo xv). fui quien la llamó primero la Cain.y Miguel de 
Lana, en su irnleña ii/ríiaikra dil riy D. Rodri^f (15*9). Fhriiiíla, nombre que por su eufonía 
iné aceptado por los 1 



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l86 HISTORIA DR BSPAÑA 

Bien es cierto que Saavedra 
necesitaba que D. Julián fuese tan 
desaprensivo en cuanto á que atro- 
pellaran ó no á sus hijas como ni- 
miamente escrupuloso en cumplir 
sus deberes de letide con un rey 
que ya había fallecido, para pre- 
sentar su tesis de que la invasión 
árabe no fué otra cosa que la inter- 
vención mercenaria de un ejército 
muslln á favor del bando visigodo 
de los witizanos. ¡Qué exacto es 
que la tradición, aun embellecida, 
afeada ó simplemente desfigurada 
en su marcha confusa á través de 
los siglos, suele conservar en sus 
líneas generales un sello, no sólo 
de grandeza, sino de verdad fílo- 
sóñca ó esencial fundada en la na- 
turaleza humana, casi siempre su- 
perior á las explicaciones más sa- 
bias urdidas por los eruditos! El 
D, Julián de la leyenda y de los 
Don I'mviIi. romances, identificado por datos 

positivos con el Urbán ó Illán de 
los historiadores árabes y primitivos cronistas cristianos, es un hombre como 
han sido y serán siempre los hombres en las circunstancias por que él atra- 
vesó; el que resulta del Estudio, de Saavedra, por otra parte tan meritorio, es 
un ser incomprensible por ilógico. 
71. — Todos los datos conoci- 
dos concuerdan en que en el mo- 
mento de la invasión árabe no ha- 
bla guerra civil entre witizanos y 
rodriguistas. Siquiera fuera sólo 
aparentemente, todo el reino se- 
guía á D. Rodrigo. Sólo habla algo 
de insurrección donde siempre la 
hubo durante la época visigoda, ó 
sea entre los vascones, quizás ayu- 
dados por los francos, si se ha de 
creer en esto al Tudense (i). Que 
habla conspiración contra Rodrigo 
y que los conspiradores (hijos y 
parientes de Wiliza) estaban de 
acuerdo con los enemigos, es in- 
dudable; pero que se disimulaban 
tan perversos propósitos, parécelo 
también. El Anónimo de Córdoba 
dice: • . . . fué puesto en fuga el 

li) Uice D. Lucas qaejulián incitó 
á loi francos pata [[ue expi>);naT3n la Es- 
paña riteiior. Alfonso 1. 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAfÍA 18? 



>ejéTcito de los godos, los cuales habían acudido á la guerra de mala fe y con 
■ ¡DteDción de sostener cada cual su partido y ambición de reinar. Rodrigo 
«pereció allí jun'iamente con sus ¿mulos, y con uno y otros el reino y la pa- 
riría.» El único texto contemporáneo desmiente las explicaciones inventadas 
once siglos después para dejar por embustera á la tradición. Rodrigo no fué 
victíma de una facción rival que le atacase frente á frente auxiliada por un 
ejército extranjero, sino de verdaderos abominables traidores. En su hueste 
iban D. Oppas y un tal Sisbcrto(i), que mandó el ala derecha en la desastrosa 
batalla, los cuales se pasaron al 
enemigo en lo más recio de la pe- 
lea, como ha establecido la tradi- 
ción. Quien no parece que fuese 
traidor es D. Julián, toda vez que 
á cara descubierta y acaudillan- 
do á sus gomeras vino á España 
coa los árabes, á cuyo imperio 
pertenecía desde que capituló con 
Muza (2). 

£1 primer desembarco fué de 
una partida de 500 hombres, acau- 
dillada por Taríf ben Malic, apo- 
dado AAuaiEa, y con ella vino Ju- 
lián. Corrieron la tierra entre Al- 
t;eciras y Tarifa en Julio de 710, y 
volviéronse á Ceuta cargados de 
botín; el segundo, dirigido por Tá- 
rik, gobernador de Tánger, se rea- 
lizó de Abril á Mayo de 711, y 
puso un verdadero ejército en el 
entonces solitario Peñón de Gi- 
braltar. Julián vino á ta cabeza de 
sus gomeras. Abdelmélic, séptimo 

abuelo de Alraanzor, se apoderó k r i 

de Algeciras y de algún otro pun- "" ' ' 

to de la costa (3). Vencidos tam- 
bién algunos pequeños destacamentos visigodos que por alli se presentaron, 
los árabes nada tuvieron que temer hasta que Rodrigo apareció en Córdoba 
con un ejército numeroso á defender su reino (4). Tárik fué reforzado por 
otra divi^ón á las órdenes de Abuzuza, y, según el Silense, llegó á jun- 



(i) Según nnoi, hijo de Wiliza; legún Saavedra, de su paccialidad. 

¡3) Los texto» antigaos coafinnan el del ^hAhíiho. Sebastián de SaJimanca: "Muerlo 
■Wima, iat Dombndo Rodrigo rey de loi godoi. Los hijos del dirimió, movidos de envidia 
i>por haber ocupado Rodrigo el reino de su padre, enviaron embajadores i Arries pidiendo 
■a]nda á los árabes, Rodrigo, coando supo. ■ . . etc.» El Albaldense: oPoi Tavor ; convenio 
*<le los miamoi godos enlraroQ los sarracenos en Eipaña en el año ele.» 

(]} Edrisi (siglo xn] raí quien contó primero que Tárik mandA incendiar las naves. 

(4) £/ii/í iw /a^iúla dice termlnantemeDle que los hijos de Wiliin, sus ascendientes, 
it»ii en el eíérclto de Rodrigo. Si eran menores de edad, como cabe suponer, aunque no con 
ccnaa absolma, el Itxio debe entenderse en el sentido de que iban con Rodrigo los partida- 
rio* de aqaellos principes mondados por Sisberto (si es que ésle no era también hijo) y por 
ti. Oppaa. Saavedra, siempre laborando por so tesis, afirma que mochos partidarios de Wiiija 
se joDtaTQD coa Tárik; pero la añrmaciAn no se funda en ningún texto. Ximénei de Rada dice 
qae habia godos en el campo árabe, pero mandados por D, (ulíán; es decir, ^omerat, que eran 
6 hablan sido dientes de los godos. Aparte de que hemos convenido en que Ximénei no tiene 
autoridad en este pnnto- 



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l88 HISTOItlA DE ESPAÑA 

tar 25.000 combatientes, aunque el Ajbar Síanchua sólo le da 1 2.000. Ninguno 
de nuestros antiguos cronistas ñja el lugar de la batalla: el arzobispo D. Ro- 
drigo fui quien primeramente lo señaló á orillas del Guadalete, junto á Jerez. 
El Ajbar Mattckua, que es á quien ahora se reconoce más autoridad en este 
punto, cuenta el suceso de este modo: 

t.W saber D. Rodrigo — dice — la correría de Tárik consideró el asunto 
>como cosa grave; estaba ausente de sn corte, combatiendo á Pamplona, y 

• se dirigió al Mediodía, reuniendo, según se cuenta, un ejército de lOO.OOO 

• hombres poco más ó menos. AI enterarse Tárik pidió refuerzos á Muza, 

• dándole parte de que se había apoderado de Algecirasy ácXLago Muza, 

• que habfa mandado construir muchos barcos, le mandó 5.000 hombres, y 
•asi el ejército llegó á 12.000. Tenia ya cautivos muchos personajes, y es- 
piaba con los árabes Julián, acompañado de mucha gente del pais, que les 

• indicaba tos puntos indefensos y servia para el espionaje 

«Acercóse Rodrigo con la flor de la Nobleza y los hijos de los reyes, y 

• éstos tuvieron una conferencia, y dijéronse: este hijo de mala mujer se ha 

• hecho dueño de nuestro reino sin ser de sangre real, sino uno de nuestros 

• inferiores. Esa gente no tiene propósito de establecerse en nuestro país: no 

• desea más que botfn, y ganado que lo hayan, se marcharán y nos dejarán. 

• Emprendamos la fuga en medio de la pelea, y el hijo de mala mujer será de- 

• rrotado.» «En esto quedaron convenidos (i). Dio Rodrigo el mando del ala 

• derecha á Sisberto y el de la izquierda á Obba, hijos naturales de su ante- 

• cesor Gaitixa, y cabezas de dicha conspiración Encontráronse Rodrigo 

•y Tárik, que había permanecido en Algeciras, en un lugar llamado el Lap>, y 

• pelearon encarnizadamente. Pero las alas mandadas por Sisberto y Obba, 

• hijos de Gaitixa, huyeron; y aunque el centro resistió, al cabo Rodrigo fué 
•también derrotado, y desapareció, pues los muslimes sólo hallaron su caballo 

• blanco con su silla de oro guarnecida de rubíes y esmeraldas y un manto 
•tejido de oro y bordado de perlas y de rubíes (2). El caballo habla caldo en 

• un lodazal, y el cristiano, que habla caldo con él, al sacar el pie se habla dtja- 

• do un botfn en el lodo. Sólo Dios sabe lo que le pasó, pues no se tuvo noti- 
•cta de él, ni se le encontró vivo ni muerto. Marchó en seguida Tárik á la an- 

• gostura de Algeciras, y después á la ciudad de Écija: sus habitantes, con los 

• fugitivos del ejército grande saliéronle al encuentro, y se trabó un tenaz com- 

• bate, en que los muslimes tuvieron muchos muertos y heridos. Dios los ayu- 
>dó al ñn, y los idólatras fueron derrotados, sin que los muslimes volviesen 

• á encontrar una resistencia semejante.' 

El lago á que se refiere esta crónica es, sin duda, el de la Janda. Los her- 
manos Oliver suponen á Tárik con su derecha apoyada en el lago, la izquier- 
da en el mar y el frente protegido por el río Barbate. Poco más ó menos, 
Dozy, Saavedra y Mancheño (3). 

Indiscutible acierto de Saavedra es extender á siete años la conquista de 
España, que los antiguos supusieron tan breve: del relato del ilustre acadé- 
mico sólo hay que borrar, á nuestro juicio, por falta de documentos en que 
fundarlo, la supuesta batalla de Segoyuela, en que, según él, murió Rodrigo, 



(1I ni AiJ" d^ 1.1 /:,.,/a conrirma esla conspiracián ci 
del enemigo, nñ adíen da i|iie los conspiradores 5( 
du éste de darles los bienes que habían perdido. 

■2) El moro Rasis pondera el lujo de Don Rodrigo en esta bstalli: dice qae ibi leslido 
<lc piirpnrn r en un carro de oro lirado por dos mal.is, ele, etc. 

1ÍI L'a hilall'i ilíl Raihiilf. Kstudio por D. Miguel MancheÜo Olivares, Arcos de la Fron- 
tera, 1899. 



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HISTORIA DE ESPAÑA I89 

y el poco airoso papel de witizano que hace desempeñar á Teodomiro. Los 
hechos probados y probables son estos: 

Tárik tomó á Écija después de un mes de asedio (i); dejó delante de 
Córdoba á su teniente Mogueit, cruzó el río por Mcnjfbar, y marchó á Tole- 
do: según el Tudense, en esa ciudad le facilitaron los judies la entrada, y hu- 
yeroD la mayoría de tos cristianos. Llegó hasta las márgenes del Henares, y 
CD Toledo ó en Cómpluto cogió, entre otros muchos trofeos, la mesa de Salo- 
man y las coronas votivas de los reyes godos. Aquélla, tan célebre en las le- 
yendas árabes, era un arca con 
andas, toda de oro y piedras pre- 
ciosas, que se guardaba en una 
iglesia de Toledo próxima al Pa- 
lacio Real, y, según parece, pan- 
teón regio; el arca contenia los 
Santos Evangelios en que jura- 
ban los monarcas al tomar pose- 
sión. Tan ricas joyas constituían 
un verdadero tesoro, del cual, 
apremiado por las necesidades de 
la guerra, Rodrigo habla trata- 
do de incautarse antes de salir a 
campaña (2). 

Mientras que Tárik hacia esta 
fecunda excursión Mogueit se ha- 
bla apoderado de Córdoba por un 
audaz golpe de mano, no sin que 
el Conde y un puñado de valientes 
se defendieran durante dos meses 
en la iglesia de San Acisclo. En 
Abril de 712 vino Muzaá socorrer 
á su atrevido tugarte alen te; en 
una buena escuadra trajo 18.000 
hombres esct^dos; tomó la forta- 
leza de Ranán ó Zanac (Alcalá de Aurelio. 
Guadaira, según Lafuente Alcán- 
tara), Carmona y Sevilla, interviniendo también en esta última ciudad los 
judíos, hasta el punto de quedar encargados de guarnecerla por el general 
árabe. Puso sitio formal á Mérida, que no se rindió hasta el 30 de Junio 
de 713. Sevilla se insurreccionó contra los invasores, y Muza envió á su hijo 
Abdelaziz á someterla. Entre el Tajo y el Tietar avistáronse Muza y Tárik; 
el primero reprendió al segundo (3), y juntas ambas huestes pasaron el 
puerto de Siete Carreras, Volvió Muza á Toledo, que, según un cronista 
árabe, tuvo que tomar otra vez, y entonces parece que hizo proclamar so- 
lemnemente la soberanía del Califa de Damasco y entronizó en la Sede al 



(i) Es CDIÍ030 el cnento de Almacirl sobie Ib tamn de esla ciudad, Al gobernador, dk«, 
H le ocurrió uní Tnañanit silir fuen de murallas í evicuar una necesidad urgente; pero he 
aqnf qae el candiLo Irsbe había tenido la miima urgencia, y fué á salisrucerla en el mismo sitio 
que eí cristíono. Viíronse ambos en tan poco airosa situación, y se pusieron á pelear: el árabe 
hno prisioTiero al criiliano, y le obliga á entregar la plaza. 

|3) Ene fondo bUlórico de las leyendas de Rodrigo, Tárik y Muía esiá admirablemente 
dilodilad» por J. Mcnfndez y Pldal en sn ob. cit 

(3I ... cim luiHaa. dice Saavedra, pere lambiin een morlifiíante asptrita. No alcanzamoi 
en qaé eituTO la jiutlcla. 



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igO HISTORIA DE ESPAÑA 

traidor Oppas (t): lo positivo es que acuñó moneda con inscripción latina 
que decía: En el nombre del Seüor, gue es único, sabios sin semejante, fórmula 
que no podía ofender á los nuevos subditos cristianos, aunque capciosa- 
mente ocultara la negación de la Trinidad, base del Koran. La fecba era 
mahometana y cristiana; antes de Septiembre de 712 corrieron ya monedas 
de oro de esta clase; mas entonces se repitieron, sin duda en mayor escala, 
las acuñaciones. 

Zaragoza fué ocupada en 714. £1 obispo Bencio huyó al monasterio de 
Tabernes con sagrados códices y reliquias. En ese mismo año Muza y Táñk, 
llamados por el Calira, salieron de España (2). 

72. — En ausencia de Muza quedó gobernando su hijo Abdelaziz, que 
ñjó su residencia en Sevilla; tuvo sa palacio en et monasterio contiguo á la 
iglesia de Santa Ruñna, y este templo le servía de mezquita (3). Abdelaziz 
continuó la guerra contra los vencidos, mas todavía no rendidos visigodos: 
no pudo subyugar áTeodomiro, que se resistía valerosamente en lo que des- 
pués fué reino de Murcia, y concluyó con él un tratado (4) en virtud del cual 
quedaron libres los cristianos en las ciudades de Orihuela, Valentela (5), 
Alicante, Muía, Begastro (6), Anaya (7) y Lorca, á condición de no dar asilo 
á fugitivos ni enemigos de los árabes, y de pagar un impuesto personal todos 
los residentes en aquel teriitorio inmune. No fué, pues, éste, como se ba 
supuesto, un reino independiente, ni siquiera tributario, sino una comarca 
de régimen autonómico. Con autonomía semejante dejaron los invasores á 
los cristianos en muchas ciudades gobernadas por sus condes y obispos. Lo 
característico de Orihuela es que este régimen de libertad no se concedió 
como merced, sino por tratado, reconociéndose además á Teodomiro la digni- 
dad condal como propia suya, y aun hereditaria, por más que lo último no 
aparece muy claro. 

Abdelaziz terminó la obra de la conquista, quedando toda España some- 
ti'Ja al califa de Damasco; y cuando empezaba á organizar el gobierno y se 
había casado con Egilona, viuda de Rodrigo, algunos mahometanos celosos, 
escandalizados del lujo que desplegaba y del favor que daba á los cristianos, 
y aun, según antiguas versiones, temerosos de que tratara de hacerse rey de 
España, asesináronle un día del año 71; al entrar en la mezquita. Su cabeza 
cortada fué remitida á Damasco como testimonio de aquel acto dé celo mu- 
sulmán contra un gobernador sospechoso; pero no parece que al Califa le 
agradara el hecho, pues mandó instruir proceso, que no siguió adelante por 
fallecimiento de aquel soberano. 

Los mismos conjurados triunfantes eligieron para sucederle á un sobrino 
de Muza llamado Ayub. No tardó en venir gobernador ó wali legítimamente 



_ ., , ir el califa Valid. 

(3) Aben Alcolia da lis senai que apropii^ i la topografía de Sevilla D. Pedro Madraio 
(Rfc.ybtlLdtE'p.). 

(4) En RasíB está e:<tract!tdo; Casirilo publicó (niegro, aunque con poca coirecciAa: hoj 
lenemoü el te.tlo depurado por Codera, y en facHmiU en su edición del Dabf. 

{5) Kn la iraducción de Rasis dice Vattmia. En Casiri Valcnlola. D. Fanstino de Barbón 
(siglo xvill) leyfl Baltnlelal. Nuestra versión es de Sasvedra, quien cree qae coneipande á nn 
lugar i cinco kilómetros de Murcia, en la conñiiencia del antiguo canee del Segurs con el San- 
io) Según Fernindez ílucrra (D.'ilania. - Beltlin dt la Sotitiad Geagráfica. VI), cerca de 
Cehegin. 

(7) Según Fernindez (luerra, S¡o, junto i Veda. Saavedra, en el (érroino de San Migncl 
de Salinas, donde subsiste el nombre de Cutvnt de Anaya. 



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ESPAÑA 191 

nombrado, que fué Alahor (i). Coosiderando ya bien subyugada la Penfasula, 
hizo acuñar en las monedas la inscripción arábiga Makoma, 6 enviado de Dios, 
é invadió la Galia.Alzama gobernó dos años(7ip-;2i). V.a la Galia se apoderé 
de Narbona, y fué derrotado delante de Tolosa por Éudes, duque de Aquita- 
nia. Abderrahman ben Abdala el Gafequi ejerció el mando dos veces: ta pri- 
mera un año, y la segunda dos (730-732). En el intervalo desñiaron por el 
antiguo palacio de los condes visigodos de Córdoba, convertido en mora- 
da de los walfes, Ambiía, Odzra, ¡Yahya, Hodeyfa, Otsmen, Al-Haitsana y 
Mobammed. Abderrahman se en- 
cargó la segunda vez del veleyato 
de España, ó del Andalús (2) que 
decian los árabes, á título de per- 
sonaje pnncii>al para dominar á los 
berberiscos, que ya levantaban ca- 
beza deseosos de sacudií el yugo 
de los árabes y sirios. Era, efecti- 
vamente, un gran general y gober- 
nante astuto á la vez que enérgico. 
Un tal Muauza,jefe de tribus 
berberiscas establecidas en Espa- 
ña, se rebeló, en efecto, contra el 
walf, aliándose con el duque Eu- 
des, el enemigo más formidable 
que tenían entonces los árabes. 
Munuza se casó con una hija del 
Duque, llamada Lampegla. Abde- 
rrahman no sólo redujo á Munuza 
é hizo cautiva á Lampegía, que 
mandó i Damasco como un rega- 
lo al Califa, sino que, atacando á 
Eudes en sus tierras, exterminó su 
ejército á orillas del Dordoña.Toda 

la Aquitania fué inundada por los ^''''■ 

árabes vencedores, y el sueño que 

habia tenido Muza de marchar á través de la Europa subyugada hasta Cons- 
tantinopta, pareció en aquel momento á punto de realizarse. Por fortuna de la 
cristiandad y de nuestra raza latina, Carlos Martel acudió en socorro de 
Eudes, su rival, y en la batalla de Poitiers, apellidada por los árabes de la 
calsada de los mártires por los muchísimos muslimes que allí perecieron, 
quedó contenido el torrente que amenazaba inundarlo todo. Difícil ó, mejor 
dicho, imposible seria hoy reconstruir históricamente los hechos de aquella 
lucha. Los cronistas francos y árabes y nuestro Anónimo de Córdoba diAeren 
ea todas sus circunstancias: la fecha, el lugar, el modo de desarrollarse la ba- 
talla. Pero sobre este caos de noticias diversas y contradictorias queda incon- 



(1) Nombre qae te dan nne 

OtrainelTsBkifi. Elplinelemen. 

milen la cxictilnd en estos nombies árabes, (an enievesanos t mgraios a nueslros amos y Kf- 
pirita latíaos. Noi comentamos, pues, con citar lobriamenle y poi los nombres usuales en 
nuestras hisloriis. 

(2) Según Doiy (Rechenhís...) el nombre /ÍHí/n/iíió /üWff.'ií/f'ié dado «1 puerto de Ta- 
rifa poi haberse embarcado en él los vándalos caando se ruaron ni África, y los berberiscos, 
lomando el todo por la parle, üamaion Andalús á toda la Heninsula. No sabemos hasta qué 
pnnto sea «atisractoria esta explicación. 



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IQ2 H1S10RIA DE ESPAÑA 

movible una verdad: que los árabes fueron completamente derrotados por 
Carlos Martel, y que Francia prestó entonces á la civilización cristiana un 
servicio que nunca podrá serle agradecido coroo merece. 

Abderrahman murió en el combate, que señala el principio, si no de la de- 
cadencia, del estacionamiento del islamismo, y desde 732 basta 756 pasaron 
por el veleyato Abdelmelik, Ocba, Balch, Tsaalaba, Abuljatar, Tsuaba, Abde- 
rrahman ben Cataia y Yussuf. Este periodo de veinticuatro años fué de anar- 
quía desenfrenada y sangrienta: árabes, sirios y berberiscos, yemenitas y maa- 
ditas se degollaron á placer y sin descanso en toda Espada, pareciendo raro 
al que lee el monótono relato de tales horrores que una sociedad pueda sub- 
sistir tanto tiempo en un medio semejante de motines, sublevaciones, guerras 
civiles, matanzas, saqueos y cuantos males concibe la imaginación en este 
orden ó, mejor dicho, en este desorden espantoso é inacabable. Admiran 
también dos cosas: una, que los cristianos de aquel tiempo no quisieran ó no 
pudieran sacudir el yugo de unos dominadores que empleaban toda su salva- 
je energía en destruirse unos á otros; y otra, que haya cristianos en nuestro 
tiempo que pinten la dominación árabe como una época de dicha, en que 
todo era tolerancia, paz, cortesía, suavidad de costumbres y recitar versos á 
las bellas huríes á la sombra de las palmeras ó de los sicómoros. 

El natural deseo de poner término á una situación semejante, concerta- 
do en una junta de magnates árabes que se celebró en Córdoba, según unos 
historiadores, y, según otros, una intriga de los yei.ienitas para sobreponerse 
á sus enemigos, trajeron á España al joven Abderrahman, príncipe real de los 
Omeyas ú Omniadas, dinastía de califas reinante desde 661 hasta 750. Des- 
tronada y exterminada por los Abbasidaa, fué Abderrahman el único que se 
salvó de la traidora matanza dispuesta por el califa Abul Abbas. Mozo de 
arranque, con el presentimiento desde niño de grandes destinos, aventurero, 
romántico, poeta, y á la vez astuto, felino, capaz de las mayores atrocidades 
por lograr los objetos de su ambi- 
ción, alma compleja y de múlti- 
ples y contrarias manifestaciones, 
en cuyo fondo había sin duda el 
desaforado egoísmo propio de los 
fundadoresde Imperios; audaz, va- 
lentísimo, de gallarda presencia, 
este Abderrahman es una de las 
figuras más interesantes de la his- 
toria musulmana. Desde las orillas 
del Eufrates hasta las ruinas de 
Cartago vino fugitivo con su criado 
ó escudero Badr, siempre perse- 
guido por ios enemigos de su pros- 
crita dinastía, vagando de aduar en 
aduar, y con el pensamiento fijo de 
que tan larga y fatigosa peregrina- 
ción Labia de concluir sentándose 
en un trono. Llamado á España 
por los jeques yemenitas, desem- 
barcó cerca de Almuñécar (Sep- 
tiembre de 755). Pasó el invierno 
primero en una casa de campo, y 
después en el castillo de Torrox; 
Maurc^atd. y á la primavera, habiéndosele 



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HisioHiA uK espaSa 193 

juntado algunas tcibus berberiscas 
y seis jeques cai&itas, eiUró en Al- 
mu/iécar (756), donde dispuso que 
en las oraciones de las mezquitas 
substituyese su nombre al del wali 
Yussuf, no al del Califa; esto es, 
que Abderrahman no se rebeló 
contra la autoridad del Califa, sino 
contra la provincial de España. 
Conquistó el emirato á filo de es- 
pada, y del mismo modo se sos- 
tuvo en él hasta 788, que murió. 
En este reinado de treinta y tres 
años no hubo crueldad ni perfidia 
que no llevase á cabo con rebel- 
des y conspiradores; pero ¿cómo 
imponerse á tales subditos? Lo 
cierto es que á pesar de las suble- 
vaciones casi continuas, en con- 
junto mejoró el estado social, y la 
mayor parte del territorio disfrutó 
de largos periodos de paz. Garan- 
tizábala un ejército permanente ó 
guardia real de 40.000 hombres re- 
b<!Tmadol,ríD,<u^.,r. cluUdos entre esclavos que com- 

pró y berberiscos que hizo venir 
de África, bisn organizados y enteramente adictos á la persona del Emir. 
Empezó la construcción de la aljama de Córdoba, invirtíendo en esta obra 
grandiosa más de 100.000 doblas de oro. 

En su tiempo acaeció la venida de Carlomagno y la rota de Roncesvalles. 
Según los más fidedignos cronistas árabes, sincera y sabiamente interpretados 
por Codera (i), Suleimán, gobernador de Zaragoza, deseoso de sacudir el yugo 
del emir de Córdoba, llamó á Carlomagno (777). Vino el Emperador, y Za- 
ragoza le cerró sus puertas, aunque Suleimán estaba detenido en el campa- 
mento franco; se retiró Carlomagno, y en su retirada cayeron sobre él Ma- 
truch y Aixón, hijos del gobernador, derrotándole y consiguiendo libertar á 
Suleimán. Según las crónicas francesas (Eginhardo, Vü^ dt Carlomagno; 
Anales, de Angilberto?), no fueron los árabes de Zaragoza, sino los vascones, 
quienes derrotaron á Carlomagno, muriendo en la batalla Eggibardo, prepó- 
sito de la real mesa, el conde palatino Anselmo y el prefecto de la Marca de 
Bretafia, Rolando. En el siglo xi aparece la Ckanson de Roüands, indudable 
refundición de más antiguos cantares (2), probablemente compuestos, refun- 
didos y ampliados varias veces por juglares franceses de [os que venían en 
peregrinación á Santiago; y en este monumento literario, eco de las tradicio- 
nes francas, á vuelta de invenciones estupendas, como la conquista de Espa- 
ña por Carlomagno, se sigue en lo principal á los cronistas árabes, atribu- 
yendo á los islamitas la derrota de Roncesvalles, aunque también se dé á los 
vascos el papel de auxiliares de los vencedores. Según la Canción de Rolando, 

[D DUcucso de rcc^pciño en la Academia de U Hislorii (zo de Abril de iSt9). 

\i\ El lexlD de la ChoniBH dt Rollmtdi, aun en el manuscrito de Oxford, que es el mis 
■ntieDo conocido, presenta huellas de refundición. (M. Pelajo, TraUídú di ¡os nniaticís --i/ie!. 
Antthgúl, XI.) 



Salcedo. HtSIORIA D 



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194 HIsTOKIA Dü ESPAÑA 

fué derrotado este caudillo, y no el Emperador en persona. Mandaba Rolando, 
con los Doce Pares de Francia, la retaguardia de la hueste imperial, que fué la 
destrozada en las gargantas del Pirineo; el rey ó jeque de Zaragoza no es 5u- 
leimán, como en los cronistas, sino Marsilio (i). Tejiendo retazos de las cró- 
nicas árabes con las francas y con los épicos relatos á que la ChansoH de Ro- 
lands dio origen, compuso Uozy una historia de la expedición de Carlomagno 
tan ingeniosa y entretenida como la de nuestro Saavedra de la invasión de los 
árabes, y con arreglo á la cual el ejército franco vino á España llamado por uoa 
gran coalición de enemigos de Abderrahman que fueron á solicitar la ayuda 
del Emperador en el Campo de Mayo de Pederborn: habiéndole cerrado sus 
puertas Zaragoza, Carlomagno tuvo que desistir del sitio al recibir la noticia de 
que los sajones se revolvían de nuevo contra él, del mismo modo que en iSotí 
Napoleón hubo de r^resar precipitadamente á Francia ai recibir en Astorga 
la noticia de los nuevos movimientos hostiles de Austria. Menos afortunado 
el Napoleón del siglo viii que el del xix, al pasar su retaguardia por Ronces- 
valles sufrió la derrota que han hecho inmortal las gestas de la Edad Media. 

Lo positivo es que semejante versión, aunque seductora en el texto de 
Dozy, no puede sostenerse como histórica después de la severa critica de 
Codera, y que en nuestra Península la fama de la rota de Roncesvalles no 
viene directamente de la tradición nacional (2), sino de los épicos cantos de 
los juglares franceses, iniciadores de nuestra épica castellana. 

Al fundador de la dinastía Omeya sucedió su hijo Hixen I, que reinó ocho 
años, concluyó la mezquita de Córdoba y mereció de los cronistas árabes dic- 
tados como el Justo (Ai Adhil) y el Afable (Al Rhadi): píntanle como el ideal 
de un principe piadoso y caritativo según rl Koran. Del mismo carácter fué 
su hijo Alhaquen I (796-822); pero los faquíes echaron á volar la especie de 
que no hacía caso de la prohibición coránica del vino, y con este motivo le 
dieron grandísimos di^ustos. Sin embargo, aunque tan rezador como le re- 
tratan, no era el Emir para sufrirlos con paciencia, sino que con estupenda 
crueldad castigó á conspiradores y amotinados: setenta y dos de los primeros 
fueron de una vez cruciñcados en Córdoba; en Toledo el renegado Aurús. 
gobernador de la ciudad, cometió el crimen conocido por la ntatanta de la 
Cueoa, en que setecientos, según unos, y al decir de otros más de cinco mil 
nobles, llamados pérfidamente al Alcázar, fueron degollados por verdugos dis- 
puestos en el pasillo que tenían que recorrer; de Córdoba, finalmente, fueron 
expulsadas más de quince mil personas, resto de todo un barrio amotinado, 
que los guardias del Emir acuchillaron en castigo de una revuelta. 

Páginas de sangre tiene también el reinado de Abderrahman 11 (822-852I, 
£1 hijo de Alhaquen hubo de combatir con el hermano de su abuelo Abdatá, 
con muchos otros rebeldes, con los cristianos, y con tos normandos, que de- 
vastaron el valle del Guadalquivir hasta los arrabales de Córdoba; pero, se- 
gún los cronistas árabes, la característica de su tiempo es la magnificencia 



(i) Véate '.Reaumen blitartoo-crlilco de la Literatura BapaAola», por D. Aa^el 
Saloedo Ralx, lU (Hdlclúo de la Ca«a CalIHa). 

(2) Kn l8í4 el ypumal 4i I' InUilut Wílorique publicó como traducido del vasco al 
francés por Mr. Giray ie Monelave, el Cnnlo ¡ir AllMicar. pretendida remembrania potticn- 
popular de la derrota de los francos por los vascones. Luis Diihnlde de Mon^lsTe pnblicA la 
versión, es decir, el supuetto original vascuence. Todo fat broma de nletinos alamnos de la 
Escueln Polilícnica de Psris, enlenifidm en poesía oaiÍTtiea; pero, tan bien dada, que hombres 
como Faiiriel v nuestro Aimdor de loa RÍos lomaron la superchería por reilidad. creyeTtdo qne 
el Canlo de AÜohhcar t,t& efectivamente un canto vascaence del iif>lo Viil. (Sobre todoasatoa 
linnloa *<aie el citado "Reanmen Hlalúrlco-crllloo do la Lltaratora HipaAolS", por <lo<i 
Aoi-el Salcedo Rola. (Bdlclón de la Caaa Cállela. Precio, 6 peietaa), qae ea al ooaaple- 
menlo oalnral de eate libro.) 



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HISTOKIA DE ESPAÑA I95 

oriental de que ae revistió el Emir, imitando á los califas de Bagdad. l£l pala- 
cio de Córdoba fué rodeado de jardines encantadores, con fuentes de mármol, 
mezquitas y pabellones, y por ellos paseaba este Luis XV de los árabes, se- 
guido de numeroso cortejo, entre huríes, eunucos, poetas, músicos y todo 
linaje de cortesanos y servidores. Tenia el Emir una camarilla, compuesta de 
la sultana Tarub, un faquí, un músico venido del Oriente y un español rene- 
gado, Nasr, que no podía ver á sus compatriotas ñeles á la religión cristiana. 
No es extraño que en este reinado empezaran las terribles persecuciones 
contra los muzárabes. 

73. — Hora es de volver los ojos á nuestros antepasados en la fe y en la 
patria, vencidos por Táril^ y Muza. 

El golpe de la conquista dividió á los cristianos españoles en dos grupos: 
el de los que vivieron sometidos á los árabes y el de los que no admitieron 
este yugo. Pero dentro de cada grupo hubo situaciones diferentes. 

El grupo primero (sometido) subdividese en tres: 

1." Los que por virtud de un tratado ó capitulación quedaron en una 
independencia relativa, más bien bajo el protectorado que bajo la autoridad 
de walíes y emires. £1 titulado reino de Teodomiro, de que se habló más 
arnba, señala el grado máximo de autonomía disfrutada por los cristianos de 
«ste grupo: de ahí para abajo tenían libertades semejantes los cristianos de 
Mérída, parece que también los de Toledo, y es indudable que los de otros 
puntos. En cuanto á Teodomiro, murió en ^43, sucediéndole Atanaildo, que 
vivía en 754. No se sabe cuándo acabó su gobierno ni quién le reemplazó; si 
<]ue en 779 una expedición enviada por los Abasidas contra Abderrahman 
arribó á las costas de Todmis ó Teodomiro, y en ellas fué destruida por las 
gentes del emir de Córdoba. Después pierde la Historia el rastro de este nú- 
cteosemi-independiente(i). 

a," Los mnlaíües. Fueron los cristianos que renegaron de la fe y se 
convirtieron al mahometiamo (2). Hubo muchos. Los hijos de Witiza, aunque 
de los primeros en someterse y de los más considerados por los musulma- 
nes, no llegaron á la apostasía en varias generaciones: Achila vivió en Toledo, 
y de él procedió un Hafs que desempeñó en aquella ciudad el oficio de juez 
de los extranjeros. Artavasdes trasmitió á sus descendientes el titulo de 
C3nde. V de CÚmundo, establecido en Sevilla, fueron hijos Sara y dos varo- 
nes: uno que llegó á ser obispo, y otro que murió en la España libre. En cam- 
bio, si bien no parece que apostatase D. Julián, residente en Córdoba, lo hizo 
su hijo Balácayas, de quien se conoce descendencia esclarecida entre los mu- 
sulmanes por varios siglos. ' 

Huchas de las conversiones de los muladles fueron indudablemente si- 
muladas y de pura conveniencia, y la tradición cristiana se conservó en la 
mayor parte de aquellos hogares, determinando esto que los renegados for- 
masen siempre una clase aparte, con ideas y costumbres distintas de la pobla- 
ción árabe y berberisca, y que en las insurrecciones de que hablaremos luego 
¿tfs renegados^ aun habiendo trascurrido ya mucho tiempo de su cambio de 
religión, volviesen fácilmente á la cristiana. 

3." Los muzárabes (3). Fueron los cristianos que, sometidos á la autori- 

(i) Femindei Guarr». Díílania. 

{x) Otroi llaman amladíei, no d toiloi I01 renegadoi, sino á los que lo eran por ser hijos 
de niacríiiianioi mixto* de cristianos j mahometanos y i los qu« la \tf obligaba A ser lo úítimo- 

(3l E«ta TOi viene, segdn anoj. de ntixli-iraéfí, rntu-íado' ion les irahts: según otros, de 
moilara, arabiudo. Meníndel Pida! (Ltyendas . . .) dice: ti . . .árabes de íWiíjí — muiírabes — le 
»empei4 á llamar i los cristianos qne iban mezclándose con los mnsalmanes, efecto de la tole- 
v.rancia empleada sagiizmente por aqael Emir.» 



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ig6 HISTORIA DE ESPaSA 

dad civil de lus árabes, conserva- 
ron üu religión. Por efecto de las 
capitulaciones ajustadas en tiempo 
de la conquista, diversas según las 
ciudades, en todas fué más ó me- 
nos respetado el culto de los ven- 
cidos, y aun se concedió á éstos 
cierta organización administrativa 
y judicial se mi -autonómica. Por 
testimonio de San Eul<^io consta 
que en Córdoba conservaban seis 
iglesias: San Acisclo, San Zoilo, 
Los tres Santos, San Cipriano, San 
Ginés mártir y Santa Eulalia; dos 
monasterios cerca de la ciudad, 
seis en la sierra, escuelas y biblio- 
tecas. Fué célebre la escuela del 
abad Spera-in-Deo, varón elocuen- 
tísimo, lumbrera grande de la Igle- 
sia en nuestro tiempo^ escribe el 
citado Santo. Tenían para su go- 
bierno civil un comes cÁristiaMormm, 
el censor, el exactor de tributos y ei 
tesorero. Reconocíase á estas auto- 
Alfonso II. íi Casio. ridades, y aun á los obispos, la fa- 
cultad de imponer penas tempora- 
les. Las ciencias y letras, cultivadas en la época visigoda, y cuyo más insigne 
representante fué San Isidoro, tuvieron en los muzárabes cordobeses maes- 
tros y discípulos dignos de la tradición que seguían. iPara nada influye en 
>las obras de los primeros muzárabes la cultura musulmana, fuese grande ó 

• pequeña la que entonces poseían los conquistadores. Bajo el aspecto litera- 
>rio son el último eco de una civilización ahogada por la esclavitud.» «La 

• necesidad en que los gobernantes mahometanos se velan alas veces de tra- 

• ducir documentos latinos y entenderse con reyes cristianos, les hizo valerse 
>de algunos muzárabes doctos en la lengua de Arabia. De ellos fué el abad 
•Sansón» (i). 

Este ministerio de comunicar á los árabes las ciencias, letras y artes no 
lo ejercieron sólo los muzárabes, sino tambiéri, y quizás principalmente, los 
muladies ó renegados (2). <EI arte musulmán es sirio en Siria, copto en Egipto, 

• bizantino en Asia Menor, romano berberisco en África, romano-ibero en Es- 
»paña, parto y sassanida en Mesopolamia, del propio modo que la civilización 

• musulmana no es árabe, sino, según los modelos en que se ha inspirado y los 

• medios en que ha crecido, griega, persa, siria, egipcia, española, Índia> (5). 

• La ciencia arábiga fué siempre de segunda mano: en Oriente, como Muack 

• confiesa, nació del trato con los cristianos, sirios y caldeos. Algo semejante 

|i) Menéndez Pelnyo. 

(2) Simonel {¡¡linaria délas j.fces Uiriíai y lalinas uiadat tntri let mutarabts, pricr£ae 
,U «n tsludio sobre ti diitleilo hisfiano-muzáraie (Msdrid, 1889) da la mayor inflaencia i los 
muzárabes; pero, i nuestro juicio, la lógica induce á lo contiario: es i saher, que los que tavie- 
ion relación más fnlima con los conquistadores debieron de serlos que mis lafluyeron en exie 

(Jl Afiinueí ifArl wiitiilman: II. Sahtáin, ariiuilfíle, y G. Migtoa, fro/nar del Letnprr 



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HISTORIA UE ESPAÍÍA I97 

<en cuanto á la trasmisión de la ciencia cristiana debió de acontecer en 
• nuestra Peninsula> (i). 

Á medida que pasaba et tiempo los muzárabes disminutan eti número, 
creciendo, en cambio, los muladies ó renegados. Conspiraban á esto, en pri- 
mer lugar, las contribuciones que tenían que pagar aquéllos, capitaciones, 
diezmos, etc., y de que se libraban al reni'gar; en segundo, el trato constante 
con infieles, del que provenían los matrimonios mixius, cuyos hijos hablan de 
ser mahometanos por fuerza, y por último, las persecuciones. Lt-galmente no 
se impuso á los cristianos más prohibición que la de no maldecir ó blasfemar 
públicamente de Maboma; pero demasiado sabemos que no siempre el estado 
social responde á las leyes escritas. Hixem I prohibió á los cristianos el uso 
de la lengua latina, y obligó á los niños á asistir á las escuelas árabes. En el 
año 850, Perfecto, presbítero de San Zoilo, acusado de haber maldecido á 
Mahoma, no en público, sino en secreto, sufrió la última pena; y enardecidos 
ios ánimos de los muzárabes con este y otros iguales sucesos, profirieron las 
prohibidas maldiciones delante de todoel mundo, hasta de los jueces, originán- 
dose de aquí una violenta persecución, en que corrió mucha sangre cristiana. 

Se dividió entonces la grey muzárabe en dos bandos: uno, el de los pru • 
dentes, que condenaban estos alardea; otro, el de los fervorosos, que los aplau- 
dían. El emir Adherrahman II, fallecido en 1852, trasmitió con el trono el 
odioso papel de perseguidor á su hijo Mohammed I (852-886}, en cuyo tiempo 
sufrió el martirio San Eulogio, obispo de Toledo, una de las más bellas figu- 
ras de nuestra historia: doctor, historiador y defensor de la grey muzárabe. El 
ardimiento de ésta, lejos de apagarse con la muerte de su buen pastor, cobró 
nuevos bríos, y las maldiciones á Mahoma eran constantes, provocando por 
una parte terribles represiones, tanto del pueblo musulmán como de las auto- 
ridades, y por otra, una reacción cristiana en los mismos renegados, muchos 
de los cuales profesaban en secreto su antiguo culto, ó por lo menos conser- 
vaban con amor la tradición reli- 
giosa de sus antepasados. 

En efecto; en este reinado de 
Mohammed I es cuando estallaron 
las sublevadooes de los muladies. 
Aben Meruán, renegado de Míri- 
da, se alzó contra el Emir formando 
un principado independiente. To- 
ledo estuvo veinte años en poder 
de sus antiguos dueños visigodos. 
En Zaragoza los Beni-Casi, des- 
cendientes de un magnate godo 
que apostató en la época de la 
conquista para conservar sus vas- 
tas propiedades, y cuyos indivi- 
duos, tanto por sus riquezas como 
por su valer, figuraban en primera 
linea entre la aristocracia musul- 
mana y tomaron parte activa en 
las luchas civiles, se hablan hecho 
independientes de hecho y domi- 
naban como soberanos en todo lo 



(1^ MenCndei PeUfO. Ramiro I. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



198 HISTORIA DE ESPaS* 

que lus árabes llamaban la Frontera Superior (Zaragoza, Huesca, Tudela, etc.). 
Muza II, contemporáneo de Mobammed, tratando de igual á igual al Califa, á 
los reyes de lus cristianos y al mismo Carlos el Calvo, que le mandaba regalos, 
se titulaba el tercer rey de España. Pero de todos estos hcclius el más caracte- 
rístico y notable es el levantamiento de Ornar ben Háfsun. Descendía de un 
conde Alfonso: su familia se había hecho mahomeíana en el reinado de Alha- 
quen 1; pero era de las que conservaban en secreto sentimientos cristianos. 
Ornar se lanzó á la sierra de Archidona en 880 á 88 1 con una partida de cua- 
renta y tantos hombres, y, peleando á lo guerrillero, engrosó su pequeña hues- 
te, fortificando un lugar inaccesible de las montañas, llamado Bobastro, que 
fué el centrode sus operaciones (i). Con razón le han titulado los historiadores 
modernos el Viriato de la España árabe. Llegó á ser verdadero dueño y señor 
de las sierras de Andalucía y á tener en jaque todo el poder de los emires. 

Almondzir sucedió en el emirato á su padre Mohammed I cuando estaba 
sitiando á Ornar en Bobastro, y todo su reinado (886-888) lo invirtió en comba- 
tir al audaz guerrillero. Heredó esta guerra con el trono, ganado por el fratri- 
cidio, su hermano Abdalá (2), quien en veinticuatro años de emirato (888-912) 
no hizo otra cosa que pelear con Ornar, el cual en este tiempo (899) profesó 
en público el cristianismo: su familia, especialmente su hija, era tan piado- 
sa, que la casa-fuerte de Bobastro, corte del Viriato andaluz, parecía un ob- 
servante monasterio. 

74. — Sólo nos queda por tratar de los cristianos que no se sometieron 
á los árabes, de aquel grupo, gloiíoso por excelencia, que ñó desde luego 
á su espada, y no á capitulaciones más ó menos graciosas, la libertad de su 
fe y la dignidad de su condición. La patria española es hija de aquellos vale- 
rosos cristianos, indiscutibles fundadores y padres de nuestro pueblo. Iberos, 
celtas, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, visigodos, son nuestros ante- 
pasados remotos: por nuestras venas corre sangre de todos ellos, y en nues- 
tro carácter nacional todos han dejado huellas; pero nosotros, los españoles 
de hoy, no nacimos á la vida histórica hasta que en los riscos asturianos des- 
plegó Pelayo el estandarte de la Cruz, y proclamó con varonil acento que ni 
él ni sus compafieros querían ser siervos, clientes ó subditos de los califas, 
sino Ubres é independientes; palabras que, gracias á Dios y por el esfuerzo 
de cuarenta generaciones, han podido sostenerse hasta el momento actual á 
través de todas las vicisitudes y peripecias de trece siglos de una historia 
varia y agitada cual ninguna. 

La reconquista española no se inició solamente en ese núcleo de Astu- 
rias, sino además en otros dos en ambos extremos de la cordillera pirenaica; 
pero al de Asturias corresponde la primacía, no por ser el más antiguo (3), ni 
tampoco el mejor rr^nncidn ^4), sino por su carácter de verdadera y consciente 

( 1) Conde fué quien primeio dift noticia de este notabiUsimo Ornar en su ¡íisUria Jt la 
aomh'aíióti ae las árúhrs e» £.<fu¡la; pero padeciií la equivocación de lomar este Bobastro. ó 
Bobaster, por Barbastro. de ArAgñn,y de aquilas mayores conlusiones en el relato de las cam- 
panas de Omar. Los arabistas posteriores, especialmente Sirnonet, han rectificado tales eriorca 
fijando Ja silnacirtn de Bobastro, aue estaba en un sitio llamado hoy ti C/isHllSn, á un cuarto 
de legua de Guadaljorce y i ana de Antequeta. 

(z) Cuentan los historiadores árabes que AbdaiA ganú al cirujano de Almondiir pan 
que al >an?ratle lo hiciese i^n una lanceta envenenada. 

I}) Indudablemente fiíeron coetáneos entie s( y con la pérdida de EspaÜa; es decir, i|n« 
empezaron en cuanto Kspaña se perdió. 

14) Lo et indudablemente el de Astuiias por las crónicas de Salumanca y del Monje de 
Albelda y por las crónicas árabes. De los otros dos sólo tenemos noticias vagas en alcanas 
documentos de nuLemicidad dudosa v. er.. los privilegias de ios monasterios de Santa Marta 
de Alaen, Sama Maria de Ovairn, San |unn de la Peíia. Ripoll, etc. (Véase tomo IV de la Co- 
eccirtn del Cardenal A^uirru'. 



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HISTORIA DE ESPAÑA 199 

restauración de la monarquía deshecha por Tárik y Muza. <l£n la persona de 
>Don Pelayo reanudó de una manera paciñca, legal y solemne la línea de los 

• monarcas godos de España, desconcertada, perú no destruida por la guerra 

• civil y la invasión extranjera. Por eso no aparece ningún otro caudillo de la 

• restauración. . . .\ la corte de Oviedo asistían los obispos titulares de Aragón 

• y de Navarra> (i); es decir, que allí se consideraba refugiada y resumida la 
Monarquía visigoda, lo que supone el natural intento de restaurarla en su 
pristino ser, ó sea de libertar á toda España del yugo en que habia caído. 

Las crónicas asturianas, aunque tan posteriores á los primeros 
de la Reconquista y fundadas en 
la tradición oral, son indudable- 
mente documentos de autentici- 
dad rigurosa en cuanto á los he- 
chos principales que narran, si 
bien desfigurados por las exage- 
raciones de la leyenda. ^Cómo ha- 
bia de olvidar esa tradición los 
nombres de los reyes predeceso- 
res de Alfonso III, ni acontecí 
mienf^s de tanto bulto y trascen 
dcDcia para el naciente reino como 
la batalla de Covadonga, primer 
encuentro en que los cristianos 
consiguieron triunfar de los mus- 
limes? Que al pasar la noticia de 
generación en generación se baya 
engrandecido hasta convertir el 
combate de unos cuantos guerri- . 
Ileros con un corto destacamento 
musulmán en descomunal batalla 
que costó la vida á centenares de 
miles de sarracenos, es naturalfsi- 
roo. Si se toman al pie de la letra 
la inscripción grabada en el Bruch 
y los relatos que se oyen á los cam- 
pesinos, guardadores de la tradi- 
ción oral, los somatenes derrotaron allí nada menos que á los vencedores de 
Marengo, Jena y Austerlitz; es decir, á ejércitos de más de cien mil hombres 
mandados por Napoleón, cuando realmente la lucha sólo fué con una colum- 
nita de ta guarnición de Barcelona; pero aunque no tuviéramos hoy tantos 
relatos escritos de los combates del Bruch, nos bastarla la tradición oral para 
saber ciertamente que en el Bruch paisanos de Cataluila derrotaron á trance- 
ses, pocos ó muchos, y para traducir la extraordinaria importancia moral de 
aquella jomada, en que aprendieron los campesinos que no eran los franceses 
invencibles y que aprovechando el terreno era posible triunfar de su disci- 
plina y organización. Del mismo modo, la batalla de Covadonga, que en sí 
misma debió de tener escasísima importancia militar, que no debió de ser 
sino un accidente sufrido por una columna árabe desconocedora del terreno, 
y que, ó engañada por los guías, ó dirigida por un jefe atolondrado, se metió 
imprudentemente por )a honda cañada que forman las sierras de Segiienco y 



Oidoño r. 



,,CoogIc 



20O HISrOKIA HE ESfANA 

Priena creyendo que al fin del desfiladero habría terreno despejado, y al 
desembocar en la plazoleta sin salida que se hace delante de la Santa Cue- 
va de Covadonga no pudo revolverse y fué destruida por los cristianos, que 
le tiraban peñascos enormes desde todos aquellos cerros; este encuentro, 
decimos, tuvo incalculable trascendencia, pues fortificó en los nuestros su 
resolución de resistir, y convenció á loa muslimes de que para vencer á los 
refugiados en tales breñas necesitaban muchas más fuerzas de las que por 
el pronto podfan disponer para ocupar aquellas montailas. Resultado: que 
ellos evacuaron las Asturias, dejando para mejor ocasión la reducción de 
tan agreste comarca montañesa, y que los nuestros quedaron alU libres y 
constituidos en reino independiente, sin que en muchos años pensaran en 
llevar la guerra á las llanuras (i). 

En cuanto á las circunstancias particulares del hecho, imposible es ya 
conocerlas. Que los árabes estaban en Asturíaí', teniendo allí un gobernador, 
Munuza, que residía en Gijón, asi como que se llamaba Alkamah el jefi: que 
mandó la columna ó destacamento — ejército numerosísimo según los cronis- 
tas — que fué deshecho en Covadonga, son hechos probables. Las crónicas 
árabes (Ajbar, Manchua, Ab&n Jaldon. Almakari, etc.) de acuerdo con las cris- 
tianas dan á Pelayo diez y nueve años de reinado. Según la tradición asturia- 
na, el suceso de Covadonga fué en 718. Sebastián de Salamanca refiere la 
proclamación del Rey como anterior á la batalla. Parece que antes estuvo 
Pelayo en Córdoba, y que de allí escapó secretamente para ponerse al frente 
de los asturcs. El Sr, Saavedra supone que ya era rey, elegido por los obis- 
pos y magnates que seguían á D. Rodrigo, inmediatamente después de la 
supuesta batalla de Segoyuela, en que, según el docto académico, pereció 
D. Rodrigo (2). Todo es difícil de conciliar, y sólo caben hipótesis más ó me- 
nos probables. Lo positivo es que un puñado de españoles buscaron refugio 
en los riscos de Asturias contra los invasores mahometanos, y que allf, eli- 
giendo por rey á D. Pelayo (3), triunfaron de los árabes y constituyeron un 



(1) AlguDos, entre ellos el iluslrido esc ri tur militar Sr. Berruele, hin sosten id o que la ba- 
talla de Covadonga no <lebi/i de darse en las angoslurss del Anseba, sino hacia Llanes. dande 
hay espacio para un vasto campo atrincherado. Pero esta hipólesls no sólo va contra la tra- 
dición perpetuada en las crónicas del tiempo de Alfonso III, sino conUa lo que la raidn dicta 
<iae (uvo que ser aquel combate. Sí ios cristianos hubieran tenido tuertas para llenar un gran 
campo Btrínch erado, es seguro que los árabes habrían acudido con nn ejercito considerable. 
dejando para mis adelante la guerra de Ins Galias, en que A la sazón estaban empellados, 
y seguro también que los asturianos, después de rechazar en bus posiciones á un gran ejército 
árabe, habrían tomado una vigorosa olensiva. Nada de esto sucedió; poique la batalla de 
Covadonga fué un episodio de pequera guerra de partidas en región montuosa, la vistii de 
los lugares se saca la impresión de que los itrabes que allf se empellaron no Itegarfan quizás ii 
mil liombres, y los cristianos serian otros tantos, no metidos en la cueva, sino ocupando las ci- 
mas de todos aquellos monles, desde las cuales arrojaron los peñascales que hicieron tan lerñ- 
ble efecto. En cuanto á la eslrnlegia de la partida crisltano, la vista de los lugares persuade tam- 
bién de que, como decimos, consistió en atraer al destacamento irabe por el desfiladeio á la 
plazn ó campo sin salida, en una de cuyas ingentes paredes se abre la Santa Cueva como una 
ventana. Cuando estuvieron los muslimes en aquella ratonera empezó el combale ofensivo. Los 
Árabes trataron en seguida de retroceder por el único camino franqueable (el que hablan traído '. 
y no pudlendo desplegar — muchos de ellos eran de caballería, — fueron casi aniquilados en el 
callcji'in. l^n nuestras últimas guerras civiles se han dado varias veces episodios semejantes. 

I2t El destino de D.Rodrigo posterior ala batalla del Lago-- tradición almente deK'Ua- 
dalete — pertenece d la leyenda y á la poesía, r no á la Historia. Ksta tiene que limitarle i de- 
cir con el Monje de Albelda: cHasta hoy se desconoce cómo murió el rey Rodrigo.» (Sobre su 
penitencia en Viseo y sepulcro en esta población, véanse los tantas veces citados textos de 
Mcnénde/. Pelayo y hermanos Men6ndez Pidal.1 

13^ «Muchoi autores árabes hablan de Pel.-iyo con mis ó menos exactitud; pero ningano 
«conozco que le llame riimi (romano ñ hispmo-lalinol, como corre por varios libros.^' iSaa- 



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HISTORIA DE ESPAÑA 301 

reino indepeodiente que, ensanchándose poco á poco, y siempre por la espa- 
da, llegó en el siglo xv, después de unirse con los otros procedentes de los 
demás núcleos reconquistadores, á ser esta Monarquía española que es nues- 
tra patria (i). 

De los sucesores de Pelayo soto tenemos las concisas noticias de las cró- 
nicas tantas veces citadas, y algunos monumentos arqueológicos, testigos mu- 
dos, pero elocuentes, de su paso por la vida. De Favila únicamente se cuenta 
que murió en cacería destrozado por un oso (739)- Alfonso I (739-756), yerno 
de Pelayo, fué un guerrillero que corrió toda la tierra leonesa hasta el Duero, 
y en ocasiones hasta el Guadarrama, devastando 
las vastas planicies que los cronicones de la Edad 
Media designan con el nombre de Catufos góticos 
iCampi gothorum), y hoy se llaman tierra de Cam- 
pos (2); en esta región leonesa había establecidas 
desde la conquista unas tribus berberiscas que por 
este tiempo emigraron hacia el Mediodía. Frue- 
la I (756-768) luchó con el fundador del emirato 
de Córdoba y con cristianos de su reino subleva- 
dos cuntra él, y fundó á Oviedo. De los reinados de 
Silo, Mauregato y Berraudo el Diácono (774-791) 
sólo quedan confusos recuerdos. Alfonso II el 
Casto(79i-842), varias veces desposeído y expul- 
sado del reino [>or revoltosos magnates, restau- 
rado otras tantas por fíeles subditos, afortunado 
defensor de Asturias contra el emir de Córdoba 
que invadió aquella tierra en auerra santa, orga- 
nizador de sus Estados, fundador de catedrales 
é iglesias, enlaza su recuerdo con las más piado- 
sas tradiciones de la patria; la cruz de oro que 
regaló á la catedral de Oviedo dfcese que fué 
construida por ángeles, y en su reinado se descu- 
brió el cuerpo del apóstol Santiago (3). Refieren 

los historiadores franceses que en el año ^98 reci- Cruz votiv» llamada ¡it 
bió Carlomagno, estando en Aqutsgrán, á itasilico 
y Troya, embajadores de este rey de Asturias, 
que fueron á ofrecerle como presentes dignos de 
la grandeza imperial los despojos de una excursión de D. Alfonso á la des- 
embocadura del Tajo. Es indudable que hubo amistad estrecha entre el po- 
deroso restaurador del Imperio de Occidente y el rey de las montañas cdn- 
tabro-galaÍ£as. Indignanse los cronistas españoles, á partir del Silense, ante la 
idea de que tal unión pudiese haber signiñcado algo de vasallaje en nuestro rey 
y de predominio, siquiera feudal, en el francés; pero, mal que pese á un patrio- 
tismo retrospectivo, no es probable que hayan existido nunca relaciones sobre 
un pie de perfecta igualdad entre soberanos de tan distinta grandeza política. 

Ramiro 1 (842-850) no sólo tuvo que combatir, como todos los de aquella 
serie de monarcas guerreros, con los árabes y con turbulentos proceres, sino 
con los normandos, que aparecieron en las costas de Galicia, y, según nues- 

/ll Víase el precioso libro Di Llana á Covadonga, por D. Manuel Foronda. Madrid, iSqí- 

■2) Loi anti¡ruBs rampos giiicúi { Eiiarsionei históHco-aTlislicos ) . por D. Francisco Si mrtn 

>■ Nielo. Las incuniones de Alfonso I ea tierra da Campos están tratadns en El Libro Je VUU- 

■w. "premiado ^ publicado por el Ayaotamiento de dicha villa», original del autor de esta 

"Hisioria». Madrid, n»i. 

( ; I kecundo! dt un viaje . . . IFemández Guerra y Fita.» 



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tros cronistas, salieron úe allí, muy escarmentados. A esie rey se refirió, si- 
glos después de su muerte, la fabulosa batalla de Clavijo y voto de Santiago, 
torpes invenciones de la codicia y de una piedad poco ilustrada. Sin necesi- 
dad de tales infundios, es un hecho rigorosamente demostrado que la fe reli- 
giosa era el alma de las heroicas empresas de aquellos antepasados nuestros 
que se hicieron libres por no ser mahometanos, y que la devoción al Apóstol 
inflamaba el valor de tan indómitos guerreros, los cuales no necesitaban, cier- 
tamente, que se apareciera Santia- 
go en traje y arreos militares, tan 
contrarios á su pacífica condición 
evangélica, para verle en las bata- 
llas y atribuirle la mayor parte en 
sus prodigiosos triunfos. 

De Ordoflo I (850-866) dice el 
Albaldense que mereció ser lla- 
mado padre dt las gentes; sus vic- 
torias sobre los sarracenos fueron 
muchas y señaladas. Le sucedió 
su hijo Alfonso 111 el Magno, cuyo 
reinado (866-910) (i) es un poema 
de guerras interiores y exteriores, 
vicisitudes novelescas, episodios 
terribles, como la justicia que hizo 
ejecutar en cuatro hermanos su- 
yos á ios cuales condenó á la ce- 
guera, y grandes trabajos de Te- 
población y organización del rei- 
no, en que no es difícil descubrir 
un plan general y bien medita- 
do (2). El Albaldense describe á 
este monarca cuando á los vein- 
,,, ,,, , ,, tilín años casó con Jimena.cOTti»- 

ortHone Carotí regís (3) (panenta 
de Carlos el Calvo), como de ros- 
tro agradable, estatura gallarda y hombre sabio. Sus excursiones por tie- 
rra de moros fueron casi tantas como años reinó, y venció siempre; pero to 
mejor que hizo en este orden fué consolidar lo ganado, fijando en la línea del 
Duero la frontera meridional de su reino, y fortificando esa línea con plazas 
como Dueñas, Simancas, Zamora y Toro. 

Con tan esclarecido principe termina un período natural de ta recon- 
quista y se inaugura otro. El primero es más incierto y obscuro por falta de 
historiadores; pero también el más heroico. Los árabes rinden tributo en sus 
crónicas á las virtudes guerreras de los progenitores de la patria. <Los galle- 
•gos (4) — dice Almakari — son un pueblo de fortaleza de corazón y rostro 

• hermoso que guerrea de continuo con los muslimes». Aben Jaldum añade: 

• Son los más fuertes y numerosos entre los francos occidentales». No es, jxtr 
cierto, tan encomiástica la descripción que hace Aben Ahvard: «En tierra de 



1 1) ooS, seKÚn el P. Taishan, 
ííi El Libro, le VUla.üi, III. 

f4t l!n^ árabes llamaban ^alh^os á los Imbilanles de lodo el pa(s al Norle dtl Gnada- 
tiama, hacia el Noroeste. 



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HISTORIA DE ÍSPaSA. 20¡ 

(gallegos — escribió — hay pueblos ainnijinero, tanto grandes ciudades como 

• aldeas. La ignorancia y la necedad dominan á esta gente, que suele vestirse 
>con ropa sucia, sin tavarU nunca, y en sus usos y costumbres son como bes- 

• iias>. Ésteretrato, trazado por mano de enemigo, quizás convenga á los caba- 
lleros cristianos Maxaados/romieros, ó que vivían en la raya de los árabes, aper- 
cibidos siempre á rechazar los rebatos de éstos, y que, según las Memorias del 
tiempo, moraban en chozones de una sola pieza con sus Tamilias y sus caba- 
llos (i), ün general el reino de Astu- 
rias quizás no merecfa tales rasgos 
descriptivos, aunque sea exageradí- 
simo el juicio de Masdeu: <Sin rebajar 

• á las demás naóones europeas ni 

• ensalzar demasiado á España, puede 
>a!>cgurarse que, á pesar de la guerra 

• y estragos de los inüeles, nuestra 
>patría era en aquel siglo de tinieblas 
>]a más adelantada del continente 
•europeo» (2). 

Empezaron á erigirse estas igle- 
^s y otras construcciones especial- 
mente religiosas á la vez que con la 
espada se reconquistaba el suelo in- 
dispensable para poner la planta. Al- 
fonso I, el gran guerrillero, ya restau- 
ró y erigió muchos templos. En 761 
el sacerdote Máximo levantó la igle- 
sia de San Vicente mártir y monas- 
terio contiguo en el despoblado que 
luego fué Oviedo; allí erigió Fruela 1 
la basílica del Salvador, con doce al- 
tares dedicados á los Apóstoles, casi 
al mismo tiempo que Abderrahman I 
bada construir en Córdoba la gran Al- 
jama; Alfonso II reconstruyó el tem- 
plo del Salvador con obras que du- 
raron treinta aiíos, dirigidas por el arquitecto Tioda, <ñgura semilegendaria, 
>aún casi envuelta en las sombras de lo desconocido» (3), asf como las conti- 
guas iglesias ó capillas de Santa Marfa, destinada á regio panteón; de San Ju- 
lián y San Esteban y la de San Miguel, para custodiar las preciosas reliquias 
salvadas de la invasión agarena (4). Estas mismas reliquias, además de su im- 
portancia religiosa, dan testimonio en las arcas ó relicarios que las guardan, y 
á pesar de las restauraciones y embellecimientos posteriores, del adelanto de 
la orfebrería en el heroico reino montañés, así como las miniaturas, que osten- 
tan privilegios y donaciones del arte de la pintura. En la primera hoja de una 
donación de Alfonso el Casto á la Catedral de Oviedo ( 1 3 Octubre 802) tene- 
mos, no sólo la más antigua pintura española, sino curiosísima revelación grá- 
fica de los trajes y armaduras de la época: el Rey viste áurea túnica, larga y 
holgada, circuida de orla multicolor; azules calzas muy ceñidas; negros y pun- 




LvH llamada i¿i ¡ai yictorias, donada, 
ce la iiuciipci6n que llene la misma 
T Alfonso I[l el Magno el año 903. 



^^^ Simonet (Discorso al tomar posesión de su cátedra de árabe ei 

(ji mu. crii., xiit. 

(31 Madrazo (lugar citadol. 

(4) Hoy esta capilla se llama la Cámam Sania. 



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204 HISTORIA DE ESPaSa 

tiagudos borceguíes; cúbrete un manto á la ronnana, sujeto por un broche al 
hombro izquierdo, y ciñe corona de forma piramidal, compuesta de tres so- 
brepuestos círculos de oro, de que salen púas rematadas en perlas. £1 escu- 
dero ó armigero, va más modesto: su túnica es blanca, con adornos encarna- 
dos; no lleva manto, y tiene en la mano la espada y el escudo del Monarca; 
el escudo es azul con orla roja, puntiagudo, y con agujeros para los ojos del 
que se amparaba de ét en los combates (i). 

74. — Los principios de la reconquista pirenaica son obscurísimos. Quizás 
quien más verosímilmente los describa, si no en los detalles, en conjunto, 
embelleciéndolos demasiado, sea el novelista Navarro Vitloslada, suponiendo 
que los vascones, independientes de hecho durante la monarquía visigoda, 
como lo acredita el que de ningún rey de Toledo deje de contarse que sometió 
dios vascones, y algunos varias veces, siguieron independientes de los árabes, 
y que entre ellos debieron de hallar refugio algunos visigodos fugitivos de los 
presidios de Pamplona, Vitoria y Olite, construidos allf para contener á la in- 
dómita gente vascongada. De este modo debieron de formarse los primitivos 
núcleos que andando el tiempo fueron condados de Aragón y Ribagorza y 
reino de Navarra (z). La intervención de Carlomagno y sus sucesores en el 
desarrollo de esMs pueblos nacientes es indudable, así como que los reyes de 
Asturias dominaron más ó menos efectivamente, si no todo, parte principal 
del pais. A mediados del siglo ix San Eulogio de Córdoba hizo un viaje á Na- 
varra, y encontró allf muchos monasterios en que se cultivaban las letras, y á 
Sancho Sánchez gobernando como subdito de Carlos el Calvo, aunque rebela- 
do en aquel momento. En 850-60 Iñigo Arista, rey ó príncipe de ios navarros, 
ya muy anciano, estaba retirado en el monasterio de Leire, mientras que su 
hermano García Jiménez gobernaba en Pamplona. Sancho Garcés, hijo de Gar- 
cía liltguez, puede ser considerado como fundador del reino de Navarra (905). 

Iguales sombras cubren los orígenes de la reconquista catalana. También 
en las altas montañas del después tan floreciente Principado hubo cristianos 
valerosos que luchaban contra los muslimes, y á socorrerlos en su heroica 
empresa vino una cruzada de francos, promovida por el santo duque Gui- 
llermo de Tolosa y dirigida por Ludovico Pío. Tomada Barcelona (Sol), 
Carlomagno organizó la Marca Hispánica, independiente del reino de Aqui- 
tania, compuesta de cuatro obispados (Barcelona, Gerona, Urgel y Ausona) y 
unos diez ó doce condados autónomos, pero jerárquicamente subordirtados 
al conde de Barcelona, ó gobernador puesto para regir toda la Marca por los 
reyes francos. De 801 á 87S se suceden estos gobernadores, el último de los 
cuales fué Wifredoel Velloso, héroe semíhistórico, semilegendario, fundador 
de los monasterios de San Juan de las Abadesas y de Santa María de Ripolt. 
azote de la morisma, y en cuya persona se hizo hereditaria la dignidad condal 
por concesión de los monarcas francos, aunque sin romperse por eso el tazo 
feudal de vasallaje, más nominal que efectivo, que unía á los condes con los 
más poderosos reyes de Occidente (3). Wifredo murió el 1 1 de Agosto de 898. 



\l\ Sobre todd oto, víaae „!,■( BellBi Arte* en BspaAB", por I>. Aac«l SaloMIV 
Ruli. (Caía Bdllorial Cállela.) 

(zl nAmajBiú ioi raaooi en al alflo VIH", pablioado en „Lb Novela de Ah»- 
ra", trea tomo*. 

■ %■ Sobre la reconmii<itn pirenaica Téanse; Maadeu (IRst. tril.. lomo XVV Tra{^U 
(ttffm. df ¡a Acad. ./- la Ihsl., Vi, y Fiórez ¡Esp. Sagr., Xll[, sdemis de los hiitariadares de 
Nívnrra. Sobre Cnlnluña- Feliii de la Peña [AnnUs df CalaluSa), BoUnill ¡Wfí. cril. dt Cata- 
lHÍ\ci\. I ). Joaquín RuliLA y Olb? [Comidiratioa/s /liilóríie-critkat aeerca di la indtptndencia df¡ 
Covdiiil,' oilauin. Barcelona, 1SS6]. y sobre todo el libro magistral El régimtn ítñvrial jt la íhii- 
li:<it .igraria m O'/alaiia duranit la Edad Media, por D. Eduardo de Hinojo». Madrid, 1905. 



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XI 

MOROS Y CRISTIANOS 



Tí. Lai califas de Córdoba. — Jé. Reinos de uifat. — 77. Reyes de León. Condado de Casli- 
lla y Sancho el Mavor de Narura. — 7S. Kcyes de Castilla, el Cid y conquista de Toledo. — 
79. Loi almorávides. — U. Alfonso Vil y Alfonso VIII. — SI. Las Navas de Tolosa. 



75. — Abderrahman III, que vivió sesenta y dos años y reinó cuarenta 
y nueve (912-961), fué el primer emir que se tituló emir al mumenin (princi- 
pe de los creyentes), cali/a (sucesor del Profeta) é imdK (jefe de la religión), 
usando de todas las insignias mayestáticas, antes reservadas á los califas de 
Oriente: la bandera blanca de los Omeyas (i), el trono, el anillo con sello, el 
tüat ú orla del vestido con versículos del Koran (2), la maksura ó tribuna 
especial en la mezquita, y el mihrab ó pulpito para dirigir á los fíeles la pa- 
labra en su calidad de supremo doctor del islamismo. A estos pomposos 
adminículos juntábanse muchas prerrogativas, tales como la de que todos 
los viernes se orara por él en la mezquita, citando su nombre en la plegaria 
solemne después de los de Mahoma y su familia, la de acuñar moneda con 
so nombre, y, en suma, todas las constitutivas de ambos poderes, espiritual 
y temporal, en su expresión más absoluta. 

iJa Monarquía mahometana fué despótica en nuestra Península, como en 
todas partes, sin otra limitación que la moral impuesta por el Koran y la 
material del miedo á los subditos, prontos siempre á rebelarse; esta última 
tanto más efectiva ó peligrosa para el soberano, cuanto menos ha contado con 
ejército permanente adicto á su persona. Comprendiéndolo así los Omeyas 
de Córdoba, sin descuidar la general organización castrense del reino, indis- 
pensable para el algikth (guerra sania) á que debían concurrir todos los mu- 
sulmanes (3), procuraron tener su guardia real, que Abderrahman III elevó 
á 12.000 hombres: 4.000 infantes y 8.000 jinetes (4), armados de lanza y es- 
pada {alfaracts, de donde vino la voz alférez), ó de lanza y ballesta {almoga- 



II) Lo* Abasida) la usaban negra. 

(1) Rile uso era muy antiguo en el Oriente; los fariseos contemporáneo 

taban las filacteríai, que eran eitas orlas ó franjas con versículos de U Biblia. 

(O Que reanieran eslas cuatro condiciones: adultos, libres, sanos y i 



de Jesús g as- 
ín Instrucción 



n «tlavos; los jinetes, la mitad andaluces y la otea mitad xenetes 



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206 HISTORIA DE ESPAÑA 

rawi), y divididos en tai/as 6 escuadrones. Con esta fuerza, que aseguraba el 
orden interior en las grandes poblaciones teniendo á raya á díscolos y des- 
• contentos, y otro ejercito á sueldo (iisu) encargado de guardar permanente- 
mente las fronteras, en el cual descollaban los rabilas ó morabitos (fervorosos 
musulmanes obligados por voto religioso á pelear siempre con los infieles), y 
haciendo uso discretamente, sólo cuando la ocasión lo exigía de veras, del 
algiheb ú levantamiento nacional, pudo Abderrahman poner término á la in- 
surrección de Ornar ben Hafsun, que habla durado treinta afios; reducir á 
Toledo, que hacía ochenta era independiente de hecho; destruir á los Beni- 
casi, dueños también hacía tanto tiempo de Zaragoza y de lo mejor de Aragón; 
ser, en suma, efectivo soberano de la España musulmana, y pelear, con varios 
sucesos, con los cristianos leoneses y navarros. 

Viardot (i), hoy con tan poco crédito en esto de los árabes como Bor- 
bón (2) y Conde, señala muy bien el carácter general de la guerra entre mus- 
limes y cristianos, sobre todo en esta época esplendorosa del Califato. Leone- 
ses y navarros no dejaban nunca las armas; atacaban siempre, sin hacer caso 
de los descalabros y sin cansarse jamás, las fronteras musulmanas, y ganaban 
constantemente terreno, rechazando y acosando al kisu, ó tropas fronterizas 
del Califa; incomodábase éste, desplegaba su bandera blanca, convocaba al- 
giheb, y al frente de inmensa hueste, dividida en las cinco akkamis (diW- 
siones) del ritual táctico musulmán: almúcadtmn (vanguardia), calb (centro), 
almamara (ala derecha), almaisaca (izquierda) y assaca (retaguardia), invadía 
las tierras de los ferros infieles. Todo cedía entonces ásu ímpetu: las ciudades 
y las fortalezas caían rendidas rápidamente (3); los cristianos huian con las 
reliquias é imágenes de los santos y sus familias y ganados á las crestas de 



Conde de Toreno. 

(2) D. Faustino de Borbún, que se decfa bastardo del infanle D. Gabriel; autor de /?it- 
euriBs i preliminaret cronclé^cos fura üuslrar la hiileriit de la España árabi. Madrid, 1797. 
«... BorbAn (dice M.Pidal. Ltyendas. . ,), á qaien todos justamente acusan de mordaí y estra- 
falario, pero de quien nadie señala los acierlos felices, aunque de ellos algnien se aproveche... « 

(3) De e<ile género fué la a'^aiúa de Abderrahman III en Navarra; los meses de la pri- 
mavera de 924 bastaron al Califa para tomar todas las ciudades, incluso Pamplona. 

(ExplUacUu ai la lámitta XLIV.) 

HISTORIA DEL TRAJE. -TrajM del alelo Jt.-I. El re^ don Sancha 111. f/Drin>ifo. B^orrr- 
lievc del sepulcro de su esposa Dona Blanca de Navarra, en Santa MarladeNljen. — 2. Don Riiniít) II. De 
una miniatura drl Códict dt los Testomenloi, del siglo X, que se conserví en li catedral de Oviedo.— 
3, Damos aqui las muestras de bs distintas maneras de confeccionar las lorigas 1 partir del siglo ix. De.- 
pués de la lorifia eicamala, que estaba compuesta de laminillas de hierro te 
la tela. semeiandD escamas de pez (véase la Uniina anterior), se encuentran en los códices yer 
de la época las que presentamos aquí, L» primera, de Izquierda i derecha, es de cuem, reforzada con tiras 
délo mismo, formando cuadrados las que están fijadas á la cola con roblones remadiados. y otros mis 
grandes en el centro. Á esta misma época pertenece la última, también de cuero, pero sdlo cosida, «egda 
indica el dibujo. La sefrunda es también de cuero, y tiene los anillos de hierro cosidos. Esta clase de loci- 
uas. como la siguiente de anillos de hierro ensartados en tiras dr piel j unidas entre si las sartas 1 la tela 
por medio de un cordel grueso, sobre el que se enrosca el hilo que las sujeta, se usaron lodo el siglo xi j 
el xri. Al ñnal de este siglo apareció la ingeniosa malla, que aparen aquí en cuarto lugar, toda de acera j 
tan flexible como una tela. Tardó mucho en generalizarse i causa de su mucho coste, pues sólo los magna- 
tes podían osarla, y persistió toda la Edad Media y principios del siglo XVI, — 4. Soldados de principios 
del siglo X. Está lomado de un bajorrelieve en piedra existente en el monasterio de Sanio I>amingo de 
Silos. Todos los soldadas tienen la loriga acolchada, con costuras que se cruzan diagonalmente. San (si- 



n,g,t7cdb/G00gIc 



Htstoria Gráf 



\ Civilización Española 



LXmlsa XLIV 



HISTORIA DEL TRAJE-TraJct del «lelo X. 



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208 HISTORIA DE ESPaSa 

los montes cantábricos y [lireníiicob: por un momento pareda que hubian 
vuelto los tiempos de Petayo; perú la algatáa (campana) no podía prolon- 
garse mucho, por lo mismo que era tan crecido el ejército y no habfa orga- 
nizada administración militar que atendiese á sus necesidades; el Calila 
regresaba triunfalmente á Córdoba precedido y seguido de largas cuerdas 
de cautivos de toda edad, sexo y condición, de toda suerte también de des- 
pojos — imágenes de santos, campanas de iglesia, columnas arrancadas de 
los edificios, muebles, arcones con joyas y telas, ganados — y con el macabro 
acó m palpamiento de millares de cabezas cortadas prendidas en las lanzas de 
los zenetes y andaluces. Tan numeroso y brillante cortejo entraba en la capi- 
tal á los acordes de miles de instrumentos músicos (i), entre cantos de poe- 
tas y vítores del pueblo que celebraba el brazo todopoderoso del emir AÍmu- 
menín y el exterminio de los infieles. Pero cuando el Califa recibía tales 
aclamaciones de sus serviles vasallos los efectos de su caropaita se habfan 
borrado ya: los cristianos salieron de sus riscos en cuanto la assaca des- 
apareció á lo lejos en el horizonte; sólo quedó en la frontera el histi, menos 
fuerte que sus perseverantes enemigos, y las ciudades volvían á ser tomadas, 
y no quedaba la raya como antes, sino más al Mediodía, pues la reacción 
ofensiva de leoneses y navarros iba siempre más allá. En esta lucha la victo- 
ria deñnitiva, aunque muy lenta, tenía que premiar la constancia invencible 
de nuestros antepasados; pero en la época de Abderrahman 111 tos árabes, 
aunque perdiendo algi^n terreno, pudieron conservar todavía los principales 
puntos de sus posiciones anteriores. 

El fundador del Califato dio á su pueblo la paz interior y exterior posi- 
ble en el siglo x y en un Estado musulmán. £1 de Abderrahman III com- 
prendía, no sólo nuestra Península, sino cuanto ahora es Marruecos: de 
aquí que tuviese marina. La Administración pública, enpezada á organizar 
por Abderrahman 1, llegó en este reinado á su mayor desarrollo y perfec- 
ción: al lado del Califa funcionaba el mexuar, especie de Senado consultivo, 
compuesto de los jefes de las principales familias cordobesas, que no se halla 
en los otros países mahometanos, pareciendo, por lo mismo, una originalidad 
de los árabes españoles, quizás introducida por el primer Omeya con la mira 
política de atraerse á los jeques andaluces. Parece que sólo intervenía en los 
negocios más graves de gobierno y cuando el walí ó califa quería consultarle, 
aumentando ó disminuyendo su autoridad en razón inversa de la del .sobe- 
rano. Para los asuntos administrativos habfa cuatro divanes ó Consejos (Gue- 
rra, Hacienda, Fundaciones y censos, y Sello). Los políticos árabes decían que 
la espada, la pluma y el dinero son las tres columnas del Estado. Abderrah- 
man I sólo tuvo un wasir (ministro). Después hubo varios; de Hacienda. Es- 
tado, Inspector de las fortalezas fronterizas, etc. El mayordomo mayor ó jefe 
superior de Palacio se llamaba el fiagib y también era un wazir, llegando en 
este reinado á presidirlos á todos, y asf el hagib fué primer ministro: se le 
daba el pomposo título de señor de las dos potestades; la espada y la pluma. 
De los wazires dependían los alcatibes (secretarios), y uno de ellos, el Kati- 
budi-dzimain (secretario de protección), tenía el honroso caigo de proteger á 
los cristianos y á los judíos. El jefe superior de la Policía {satribuechoria), 
encargado de! orden público y seguridad de las personas y ejecución de las 
sentencias judíriales, tenía omnímodas atribuciones y un ejército de agentes 
y auxiliares á sus órdenes. El cadi de los cadies era como presidente del Tri- 



(1) "No contemos loa muslimes de la PenfninU (dice EruíIuz.mDíscUciO doctoral»! 
i o si ru memos grieBOS y ár.ihes, lomaron oíros de lot egipcios, berebere» y ladaneses. 



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HISTORIA DE ESPAÑA 209 

bnnal Supremo, formado por otros cuatro cadfes, y superior jerárquico de los 
cadies locales. Finalmente, para el culto y enseñanza religiosa existían los 
iniaius (capellanes), los aljatibts (predicadores), los muflís (intérpretes del 
Koran), los uümas (teólogos), los faquies (jurisconsultos), y los modestos 
muesimes (sacristanes) que desde los minaretes de las mezquitas llamaban 
á voces á las oraciones litúrgicas. De todas estas clases había en la aljama 
cordobesa, y el resto andaba repartido por las innumerables mezquitas del 
Califato. Tan numeroso clero ejercía considerable influencia social, y la me- 
recía; en primer lugar, porque la creencia religiosa, de que eran ellos depo- 
sitarios é intérpretes, formaba el único vinculo moral de aquella colecticia 
y abigarrada multitud constitutiva del pueblo mahometano; y en segundo, 
porque en la época á que nos referimos eran hombres cultísimos, abundando 
entre ellos los teólogos y filósofos profundos, que aspiraban á dar al Koran 
una base cientlüca, principalmente buscada en el estudio de los antiguos 
grandes maestros de Grecia. Este movimiento intelectual no se había produ- 
cido en España, sino en el Oriente, y, como ya indicamos, iniciado por los 
bizantinos de Siria y Egipto; pero aquí se reflejaba intensamente, siendo muy 
notable la rapidez de comunicaciones espirituales dentro del vasto mundo 
mahometano, desde más allá de las orillas del Eufrates hasta las costas lusi- 
tanas del Atlántico. 

Los historiadores árabes cuentan, y no acaban, de las maravillas de Ab- 
derrahman III y de su hijo Alhaquen II (gñi-^^G), cuyo califato fué feliz y 
brillante continuación del de su padre. Córdoba, dicen, llegó á tener medio 
millón de habitantes, ciento trece mil casas, veintiocho arrabales, trescientos 
baños públicos, tres mil mezquitas. Abderrahman fundó auna legua de Cór- 
doba el sitio real de Azzahra (i), ciudad encantada, resumen de los prodigios 
de las Afiij> una noches. Alhaquen no sólo ensanchó y hermoseó la aljama, 
sino que hizo construir el tnikraó (santuario), que subsiste todavía, para con- 
vencernos de que, contra lo que aconseja el buen sentido, debemos dar algún 
crédito á las descripciones de los autores árabes. El mihrai no parece obra 
de hombres, sino de hadas. Más que admirar, fascina. Hay, sin embargo, que 
reconocer la verdad con que escribió Fi Margall: 

•La arquitectura árabe no es primitiva, es derivada; pero no simple res- 

• tauración del arte antiguo. Desarrolló sobre los elementos bizantinos formas 

• caprichosas, y logró hacer desaparecer sus plagios bajo la oriental armonía 
•del conjunto. Adoptó, además de las lineas romanas, el capitel bizantino, el 

• abaco de los egipcios, la ojiva de los cruzados, el ornato de los arquitec- 

• tosdel bajo Imperio; mas combinó con tanto acierto y novedad estos confu- 

• sos elementos, que identificada con ellos se presentó original, si no como la 
•mejor, como la más vistosa y llamativa de las arquitecturas. La arquitectura 
•árabe es indudablemente una paradoja: está compuesta de miembros hete- 
•rogéneos, y forma, sin embargo, un cuerpo del todo compacto y homogéneo; 
«apenas tiene un detalle suyo, y es, sin embargo, suyo el conjunto. Es ge- 
•neralmente sensualista y caprichosa: se apodera hoy de un arco, de un 
•adorno, de una forma cualquiera, y mañana hace ya con ella miles de com- 
•binadones; busca, para mejor dcslumbrar, los mármoles más preciados; dora 

• los capiteles, pinta el fondo de los relieves, engasta ópalos y cornalinas en 

• las celosías, forma con menuda piedra los mosaicos, distribuye con profusión 

• lodos los elementos de que dispone: columnas, arcos, cúpulas y cupulinos, al- 

(t) Madrazo (Rtcutrdot y BtICctas di EspaSa) señala el sitio de esta ciudad, de que no 
qncd^an ni Tcilígíoi, en Cótdeia ¡a Vitia. Hoy han sido descubiertas las ruinas y «sián ex- 
plorladoie bajo la dirección del Sr, Veláiquei. 



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2IO HISTORIA DE ESPAÑA ' 

■ mocárabes, cintas, hojas, entre- 
>lazos, flores; procura que cadaj 

• monumento tenga su perspecti-' 
>va, estudia con detención cómo 
>ha de sorprender los sentidos, y 
•apela para alcanzarlo, no sólo al 
>arte, sino á la vegetación, á la 
>Naturaleza> fi). 

Y la no menor exactitud con 
que habla Gayet: .Muy á disgusto 
«me veo forzado á escribir al fren- 
»te de este libro el titulo consa- 
>grado por el uso: E¡ Arte drak. 
•Tal denominación ha obtenido 

• carta de naturaleza en la historia 
•del Arte, y de buen ó mal grado 
»he de resignarme á ella; pero si 

• hubo jamás titulo vacío de scn- 
>tido, y aun en aposición absoluta 

• con la cosa por él defínida, lo 
•es seguramente aquél. El árabe 

• nunca ha sido artista... El es- 

• tudio de las formas y de los co- 
cieres le deja en la indiferencia, ó 

Gwcia 1 de Leún. .no suscita cn él sino una sensa- 

• ciin diametral mente opuesta áU 
.que experimentaríamos colocados en su lugar; tan opuesta, que cuando las 

• circunstancias le fuerzan á hacerse arquitecto no sabe sino tomar sus mate- 
niales de los edificios griegos ó bizantinos, trastrocando el orden en que ellos 

• estaban reunidos. Esta ineptitud artística es el primero en reconocerla un 

• historiador musulmán muy reputado, 1 bu llhaldoun, diciendo: .Cuando una 

• nación se compone de Bédano'i (árabes), tiene necesidad de gentes de otro 

• país para construir; y asi es que los califas emplearon para la edificación de 

• sus monumentos á los arquitectos y trabajadores de los pueblos que paso i 

• paso iban conquistando: coptos de Egipto, persas de Ctesifón, griegos de 

• Bizancio, sirios ó lidios de las costas de Levante ó de África; todos apor- 

• taron á las construcciones de que fueron encargados algo de las afinidades 

• propias de su raza^ {2). 

En España el arco de herradura, que nos parece tan árabe, es de la época 
visigoda, ó, mejor dicho, de la romana, y de los cristianos lo tomaron los 
musulmanes. Este arte, sin embargo, por su caprichosa originalidad y por s" 
visualidad fascinadora tendrá siempre admiradores, y los monumentos que 
ha dejado en España, únicos en Europa, son hoy una de las hermosas pecu- 
liaridades de nuestra patria. Tenemos magníficas catedrales é iglesias de la 
Edad Media y del Renacimiento: tenemos alcázares y palacios de todas la* 
épocas y de todos los estilos; pero ;en qué nación de Europa no los hay 
semejantes? Lo que sólo puede verseen España es la aljama de Córdoba co" 
su maravilloso mikrab, es la .Mhambra de Granada, son esf^s raros edificios 
que no parecen hechos de piedra, sino de flores caprichosamente combina- 
das sobre encajes. 

(I) Rííuirilo, y Billf^i dt F'faf,« {Cird<,!'a\ 



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HISTORIA ))E ESPaSa 211 

Si ta pintura, restringida por el Koráa, únicamente llegó entre los árabes 
españoles A ta decoración de ediñcios con dibujos y ñguras de animales y 
á tal cual rarísimo retrato de persona (i), en cambio, la poesfa alcanzó un 
desarrollo sólo comparable al de la arquitectura. Siempre fueron los oríenla- 
lales amigos del canto y del apólogo, engendrando éste los relatos noveles- 
cos y dando lugar aquél á una poesía espontánea, expresión melancólica de los 
afectos humanos, especialmente amorosos, ó recuerdo vibrante de las hazañas 
guerreras. En esta época las aficiones nativas del pueblo árabe, pulidas por 
el estudio y engrandecidas por la gloria política y militar de la raza, produ- 
jeron HM siglo de oro, de que Abderrahman 311, Alhaquen II y sus inmediatos 
sucesores fueron los Augustos ó los León Uécimos. Akmed ben Addirrabbite, 
poeta cortesano, cantó los triunfos de los Omeyas en sus almoiuahat, poemilas 
de un género por él inventado, y distrajo las veladas del Califa con las leyen- 
das del fnitai Alicd {lÁhYo del Collar). 'Como éste brillaron innumerables 
vates, entre los cuales hay que contar á muchos emires, empezando por el 
romántico fundador de la dinastía, y á poetisas — Fátima, Aixa, etc. — que no 
sólo encantan coo sus versos álos conocedores de la lengua árabe, sino que 
han dado que pensar á muchos sobre si la España mahometana fué una ex- 
cepción del mundo musulmán, á que pertenecía, en lo referente á la condi- 
ción social de la mujer: los más discretos consideran este feminismo árabe, 
circunscrito á la inspiración poética que no repara en sexos y al influjo poé- 
tico de algunas sultanas, debido al elemento muzárabe y muladíe, y aun al 
cristiano libre, que dio esposas y madres á los emires {2), 

Al calor de la poesía, ó simultáneamente con ella, prosperaron la Gramá- 
tica, la Retórica, la Historia, la Geografía, hs Matemáticas, la Astronomía y 
las ciencias naturales. Serían nece- 
sarias muchas páginas únicamente 
pata citai nombres y obras de los 
más insignes cultivadores de tan- 
to saber. Baste decir que en aque- 
lla pléyade brillaron muchísimos 
espaítotes de las antiguas familias 
cristianas, tales como el ya nom- 
brado Aien Alcuthia {El hijo de la 
goda), no sólo historiador, sino el 
mejor gramático del Andalús, y 
Rahl BeH Zaid, Recemundo en 
cristiano, que fué obispo de Illbe- 
ris, autor de un Calendario astro- 
nómico, agronómico ¿ higiénico de- 
dicado á Alhaquen II (3). 

Completaban la civilización 
árabe una agricultura floreciente y 



(1) IXccK qae en Azzahni estaba el 
Tclralo de l> fkvoritade Abderrahman III. 

(1) VCaie aobre «te punto el dii- 
<nno de D. A. Femindez Guerra en la re- 
cepcidn de sn hemuuio LuU en la Acade- 



,^, Doij ha publicado esta obra 
I Llerdc, iST}]- Simoaet (articulo lobie este 
ptEladoea¿íi Ciudad Je Dii»,wñw.*,iifrf)- 



Catedral de Oviedo. 



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212 mSTOKIA DE ESPA.lA 

protegida por los califas(i); la minería, de que aún quedaa vestigios en las ga- 
lerías y pozos cuadrados, á diferencia de los redondos de los romanos, y la in- 
dustria, señaladísima en la fabricación de armas; en la del papel, que introdu- 
jeron los árabes en nuestra patria, y de aqui pasó al resto de Europa; en la pre- 
paración del cuero y en la tintorería; en la cría y explotac ón del gusano de 
seda, también por ellos introducida, y en las artes suntuarias del mueble, de 
que aos quedan todavía como.rnuestras gallardas de su perfección las arcas de 
plata y marfil conservadas en las catedrales de Gerona, Pamplona y Braga y 
en el Museo South Kensington, de Londres (2). Los subditos de Abdcrrah- 
raan III y Alhaquen II comerciaban activamente con África y Bizaocio, y las 
rentas de la Corona en estos reinados venturosos llegaron á cifras que pare- 
cen más propias de un Estado moderno que del siglo x. Los historiadores mus- 
limes atribuyen, como es uso, la extraordinaria grandeza y brillante gloria del 
Califato á las cualidades personales*de los dos califas: algo, sin duda, debie- 
ron de contribuir al resultado, aunque de Abderrahman conste que los place- 
res é intrigas de serrallo propios de todas las cortes mahometanas consumie- 
ron gran parte de su vida, y aun determinaron su acción en sucesos tan impor- 
tantes como la fundación de Azzahra, capricho de su favorita de este nom- 
bre. Además, el martirio de San Pelayo de Córdoba es un episodio acredi- 
tativo de que en el celebrado Califa corrían parejas la crueldad con la más 
inmunda lascivia. En cuanto á Alhaquen 11, era un fanático que mandó arran- 
car todas las viñas que habla en EspaSa, <no dejando más que una tercera 
• parte para que con su fruto se hiciesen pasas, arrope y otras composiciones 

|l) AuDque na se> cierto que ellos intiodujeran el sistema de riegos en Valencia. Mui- 
ci» y Granada (Simonet, Dt ¡a iiiflueníia del lUmtnte indígena íh la citnliíacién aráiige-ki: pa- 
na), es indudable que lo mejoraron. Las palabras castellanas «cria, urr fuia j azud ton irabrs. 

(z) Víanse, además de las obras citadas, especiaimentc Recuerdoi y Éelíttat de Etpaüa. 
y los Irabnjos de Simonet, t'ernindez y González {JHhiíii Etfañel de AntigüedaJet, VI), í^nta- 
leni, De I'ititredudUu des precidéi relatifs a la fairiíatien des éloffes Je loie dans ¡a Petúniule 
kispanique laui la dmainalion des árabes. París, iS^), y Riaflo ( Tie industriel artt in Sf-iin . 

{ExplieaciiH de ¡a ¡áiiiina XLV.) 

Cicaltnr* «a Marfil 4e loa ár*Iw* en España.- 1. Arqueta. Marlil tillado y calado sobre cveio 
dorada y atmazán de luadeta con guarniciones de cobre esmaltado <0,23 de altura total, 0,U de latitud de 
los frentes y 0,23 en loa costados). Fué librada en Cuenca, y procede de li Catedral de Falencia. Arle miho. 
metino. Periodo de los reyes de taifa. Es d* planta rectangular y de tapa de forma tumbada. V» loda ella 
adornada con placas de maríll delicadamente tallado y calido, con antílopes y aves afrontadas, vastagos y ho- 
jas picadas y rizadas, episodios de la fibuia pérsica de ti lucha del genio del mal (el letin) y el genio del 
bien (el antilape y la gacela) y escenas venatorias, y en la orla de encaje de li tapa lleva en cancteres cu- 
fíeos de relieve una inscripción declarando que fué hecha l> arqueta en Cuenca el iflo 441 de la Hígira(llM<' 
1 lOiO de ), C) por el artista Abd-er-Rahmam ben Zoyin. y orden del príncipe Kosam-ud-Danlih Mohim- 
mad Ismail, hijo de Al-Mamum-Abu-Moammad-Ben-Dii-n-Nún, régulo de Toledo y de Cuenca. Es ejem- 
plar notable y de gran mérito en esta clase de mobiliirio. que servia para contener joyas, peifunei y c4iietas 
anilogos. Siglo \ de li Hégira (XI de ]. C.) Donación del limo. Sr. Obispo y Cabildo Catedral de Falencia. 
(Amador de los Kios, tarjeta ciplicatlva de la arqueta, como la que damos en otro tugar).— I y 4. Arqueta 
hispano-árabc de tos siglos ia\ al .\\ , propiedad de la Reil Academia de la Historia de Madrid. En el nu- 
mero 2 está vista la arqueta por la parte superior de la lapa y posterior de la caja: en el numero 4 ^tarree 
el frente con la cerradura. Los herrajes son de bronce y han estado dorados.— 3. Caja cilindrica del siglo \ 
que se guarda en el museo Soulh Kensington. I^ inscripción dice: Un furor dt DIot ai fierro M Diot Al 
Haktitt al Moslanstr Btllab, coadlllo dt los creyentes. Este fuéel Califa que reinó en Córdoba de 9al 
i 9Iti,—i. Como se ve, esta arqueta es de forma oblonga y se guarda, como la iiilm. 3, en el mismo tnaieo y 
con igual eslimación. La inscripciíin en caracteres cúficos dice: tnnombTedt Dio*, ttla caja fui maitdaila 
hactr por Stldat Tllah. ttposa dt Abdo-r-ltalimam.prínciptdtlos creyenlet. Sta Dloa miserla>rttlan> 
y contento con él. Pertenece al mismo siglo que la anterior. 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



Historia GrJfica db la Civilización Española Límiha XLV 



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214 HISTORIA DE ESFAKA 

• lícitas y saludables*, según cuentan los cronistas de su reinado. Indiscuti- 
ble que los gobernantes buenos son un bien inestimable para los pueblos; 
pero no menos cierto que éstos decaen muchas veces á pesar de los mejores 
gobernantes, y otras prosperan aunque sus gobiernos hagan todo lo posible 
por arruinarlos. En la vida social el elemento directivo es un factor, impor- 
tantísimo sin duda, pero un factor cada más: obran otros, quizás más disimu- 
lados, pero no menos eficaces, contra cuya oposición nada puede un Gobier- 



{EiflUaciín dt la lá.,iina X L V !) (l)- 

HISTORIA DEL TRAJE.-TnJ<» délo* «IcIoaX al Xl.-ly6. Armlgtr. Se llamaba a*i aT 
porti-armasd ucaderodel rey. El primero p:rtmecc i Bcrnmdo II, tí OoUno, y el ním. 6 1 Fernanda I. 
ti Orandt. Ambos estln tomados de las mínialuras del Códice de los Teslameatos {<üt,lo x).— 2. 3 y 4. Son. 

cespecliva mente, un arzobispo, el rey Femando V, tí Noble, y la reina, su aiujer. —5. Hombre de arntai.— 
7 y \2.PtdlCtta y Cubkularia. Doncellas camareras del servicio inmediato de la reina, cargo que debía de 
tener analoeia con el de las damas de honor actuales. — 8. La rdna. esposa de Ordollo [[. — 9 y 10. Ano- 
bispoy sum/n/i/er(secretaiÍo).— Jl. Otrominlsler, qne.iomo se ve, lenta cari der sacerdotal. Esta lisura, 
como todas las anteriores, está tomada del Códice de lot Teslamentoi. que se guarda en la Catedral de 
Oviedo.- ny 14. Un lecho y un candelabro. Dtí Vódice de San Sento. que se conserva en la Catedral de 
úerona. — 15 y 16. Porta><nsefla y guerrero de caballería, del mismo Códice. — 17. Mueble 1 nuneta de 
velador, que hacia las veces de esaitorio. Da Códice Viglllano {íiglo x}, biblioleca de El Escorial. 

(I) El trs]« M Ik Edad Media. - La aracterlsllcí de U Edad Media en España es. 6 al menos su 
aspecto míssaliente, el estado militare), y esta eircunslanda debía ínlluirde un modo poderoso en el traje 
y en las costumbres. Las leyes y ordenanias de aqnellaípoca nos dan dalos precisos que complementan los 
que las esculturas y pinturas nos suministran. 

Encontramos en aquíUos los cargos de manadero, decenario, al/írii 6 portaptndin, amblalor. 
Habla mesnadas de peones descuderos y ¡ineiesó caballeros. Además, el alalayero ó vigía, que hacia la seiVal 

proveyese 1 la caballeña de calías, capas y espadas. Si los que desempcfiaban estos carjos y otros que dta- 
temos vestían algún traje especia! 6 Uevabün alguna insignia como distintivo de su cilegoria, nolo sabe- 
mos. Los documentos de la ípoca guardan e" 

Se habla de tiendas de campaña de v( 

ballesta con dos cuerdas y una abancuerda __ . „ . ., 

le los vílltes romanos, renian que 
. , «r llrar bien de ballesta, y llevar 
,-. r -'1 d feclta ée ballithria. 

_..- imaban almocadacei. Los soldados se manlenlan con pan y hierbas que llevaban en 

un zurrún. Usaban antiparas en las piernas, calzaban abarcas y se cubrían la cabeza con una rededlla para 
sujetar el cabello. A mis de las armas dichas usaban A dardo en el siglo xiv. 

En los promedios del siglo KV el ejército feudal tenia esplngardtrot, ballaleros i lanceros con es- 
cudos, que se dividían en colJoc'anei al mando iKlmadot, y estas en decenal con sus decenarios. Estiban 
provistos (los del condestable D. MIrucI Lucas. Hla)deeaiiactsdepaio azul y amarillo á melladts.eon 
focadurai. Los sobresalientes tenían ademis íomlíoa mofiteo», e tocat tureaí,« etnlttet almaizares, t 
capítoles morlicoi, e borceguíes e marloqales. 

Al principio de la Edad Media }is armas que usaban nuestros soldados eran, como claramente se 
colige, las mismas que se usaban antes. La loriga, pcrjiunte y escudo; y la lanza, espada, arco, saeta, honda, 
hacha, maza y guadaña. No se abandonaran con el tiempo estas armas, sino que se perfeccionaron. La in- 
vención del arnís como arma defensiva ex¡EÍá espadas mis largas, más pesadas y mejor templadas, y lo 
mismo en las demás armas, especialmente la ballesta. En el siglo xiv se habla dcfoíai e fojas r piezas con 
faldón, e qatjotei e eanilleras e avambraios, etfuyas el bacinetes con camal, e capellina con sa gor- 

Saera ó yelmo, e elavte estoque el facha el data. Los que no pudieran llevar esto, que llevasen lanza t 
ardo ef un escudo, e fojas, ecota, el bacinete de fierro im camal ó capellina, ti espada el esloijiu o 
cuchillo cumplido. 

Se citan otros con menos armas de las dichas, y otros con ballesta dt nuez el de estrlrtra Con earrda 
l avancaerda, el clnlo, et un tarcage, con tres docenas de viratones: y los más humildes con lanza y un 
dardo, y finalmente, los que non avienen al st non sus cuerpos sean tenadas dt Itntr lanza It dardo ti 
foja. 

El amís completo puede decirse que no se usó hasta el siglo W. Empezaron á usarse chapas de aceto 



n el siglo XII. En d siglo xiv se ven ya cubkrtoi 

brizos y las piernas con láminas de acero /ovamfcraxoiíí/Sya,^ " " "' ' ' ' " 

añade el peto y espaldar y se perfecci" " "' ' — " 



!ro /Dvonibnuoi et/njxii, qaijota y cañilltras), y en el siglo 

nan todas estas piezas. 
introducida en EspaHa en el siglo \iv en tiempo de Alfonso X 

r- , Jo los sitiados hadan alguna salida, al retirarse á la plaza sol, 

injeros que hablan venido a pelear como cruiados podían legulrles al alcance hasta debajo de las 



EspaHa en el siglo \iv en tiempo de Alfonso XI. En 

_ _ ,. uiados podían ■egulrles al alcai. . .. ., 

iballos defendidas. A los nuestros les era Imposible, porque desde la plaza c 



ta época lo que dice el teito de este libra. 

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Historia Gráfica dk la Civiuzación Española Hyiom XLVI 



HISTORIA DEL TRAJE.-SIglo* X al XI. 

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2IÓ HISTORIA DE ESPaSa 

no, por inteligente y activo que sea, y que en ocasiones, en esos momentos 
felices en que todo tiende á la grandeza y á la gloría, impulsan y empujan i 
los gobernantes, á veces contra la voluntad de ellos mismos. 

El Califato de Córdoba tuvo su feliz momento de poderío y esplendor 
en los sesenta y cuatro años de reinado del tercero de los Abderrahmanes y 
segundo de los Alhaquencs. En seguida empezó á decaer, i pesar de bríllar 
inmediatamente después de Alhaquen II una ñgura que por sus condiciones 

En esta «poca, y prccisamcnlc dunnl; ístc siDa, fué cuando Míanso XI fundA U Orden de la Banda, 
cuya Insienia persiste hoy aplicada i todas las Ordenes. 

Las compa/ílat ó cuerpos militirn LLevabín %uí banderas, que Us leyes de los siglos Mlt, \l\' y \V 

En el siglo XIII se creó el cargo de adtlaatada mayar, que correspondí» al pririet provinclt át tos 
romanos. D. Juan I creó los cargos de condalabit y mariscal en 1382, como cílegorla militar suptemí 
después del rey. Este conleria el car^o al agraciado poniéndole en el dedo un anillo de oro j eipreundo 

Todo el que mandaba fuerza armada usaba un dlstíatlvo que le daba á conocer entre su gente. L'nos 
•lo llevaban en la armadura y otros en los yelmos, pero el mis corriente era el pendftn. LasstAatcmracidas 
con esle nombr^ eran varias: La baadtra rtal, baadtra, gallón, eilandarlt, ptndón, palóa, grímpola y 
eoafaUa. EX guitón era el distintivo peculiar del rey, qne llevaba además el ettandarlt y la bandera real: 
pero ésta no se desplegaba sino en el momento de comoalir. 

También usaban los duques y demás títulos la bandera; pero ésta se diferenciaba de la del rey por 

La bandera de los primogénitos se dislineula de los segundones por una cola. El pendón era la ense- 
na de tas Ordenes militares, y se llamaba poiiiíera. 

Las Ordenes militares tenían templos especiales para sus ceremonias, de lorma particular, de los 
cualei todavía existen dos: la Vera Cruz, en Segovla, y el olro en Nai-arra. 

Una ordenanza hace referencia á los caballeros que llevaban del diestro taballos de batalla, con 
lorigas, coberteras ú pammenlos, íona/as ó eaícabats. 

La mesnada llevaba su estandarte, llamado pendtn pasadero, que era ancho contra el asía e agado 
facía los cabos. 

El capdillo, ¡ele de diei hombres de caballería, llevaba Otra enseña cuadrada, más laenga que ancha. 
bien el tercio ilel asta ayi'so e non es ferpada. 

Allonso XI ordenó en 1 158 que los síflores presentasen sus soldados gultadas de gambojes el lori- 
gas, ti captllians. et fojas, el gorgera. , 

Las lorigas fueron en todo tiempo prendan de cosí-, como lo drnueslran las repetidas mandas que de 
ellas se encuentran en los testamentos. 

En otro lugar hemos dicho ya que el Fuero Juzgo habla de lorigas e perpanlet. 

En documentos del siglD xiii se habla del gamftoi di ceniífli, — dMUtO /o /or/jo y de lorigas de nce- 
ro calado con el almófar doblado. 

El almófar era una pieía que cubría la cabeza bajo el capacete, y el gambax un ¡ubdn acolchado que 
se usaba debajo de la armidura, fuere loriga i peto, segiln la época. 

Los nombres de brunfii, cerlania y aUebergo 6 arbtrch coi responden i las lorigas ya .descritas. 

El vtlmei y el perpunte parece que tuvieron la misma aplicación que el gambax. 
Desde el siglo viH se usú el almófar, que era una pieza de malta parecida i la capilla de los francis- 
canos, y que sólo dejaba libre el rostro desde las cejas hasta la parte Inferior de U boca. Se llevaba caída 

ú imantós. prenda conocida de muy 

s. (Poema del Cid). 

„ ,._._ reíoriarlos, que selli 

bligo del mismo. 

También se llamaba adarga al escudo, y este nombre, mis que expresar i 

LaJ amas ofensivas, ya lo hemos dicho, eran más fuertes qi 
de guardámmo, y componían el pufto la manzana ú pomo y el at 

La lanza tenia cuento 6 contó y moharra ó cuchilla de forma de hoj* de laurel. 
El puflal es mucho mis moderno y poco variado en su forma, lardgnlo, puñal de misericordia, 
estoque de bordo y de broncha, segarones. cuchiilloi y trenchas. 

Las sillas de las caballos eran de cuero, defendidas con liminas de hierro, y se labrioaban en Oalicía 
de un mudo admirable. (Poema del Cid). 



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HISTOKIA DE ESPAÑA 21? 

personales fué quizás la más grande de toda la España árabe, Mokammtd 
btK Abdaid ben Abi AAejur, apodado por sus victorias Al-mansur billak (ayu- 
dado por Dios), ó sea Almanzor, de una familia distinguida, aunque no de las 
principales (i), que desde la conquista se habla establecido junto á Algeci- 
ras. Estudiante pobre en Córdoba y después memorialista ó procurador (2), 
entró en la corte, y fué protegido por la sultana Sobk (Aurora), madre de 
Hixea, heredero de Alhaquen II. Sobh, vascongada de origen, era mujer 
ambiciosa y madre desnaturaliza- 
da, que al morir su marido Alha- 
quen (976) se propuso gobernar 
l)0r sí el Califato, y al efecto re- 
cluyó á su hijo en el harén entre 
juguetes, concubinas y eunucos, 
l>oniendo especíalfsímo cuidado en 
que no se desarrollara su inteli- 
gencia y no tuviese ninguna co- 
municación de fuera de Palacio. 
Para este plan necesitaba un hom- 
bre inteligente y activo y á la vez 
sumiso á su voluntad, y tal fué el 
papel que asignó al futuro Alman- 
zor, á quien habla sacado de la 
nada, y que nombró hagib. Pero 
no contó la pérfida sultana con 
que no era el kagib para servir á 
nadie, sino para que le sirviesen á 
él. Gobernante, administrador y 
guerrero de primera línea, reorga- 
nizó el ejército reforzándolo con 
berberiscos mercenarios; se des- 
hizo de su suegro Galib, general 

de las fronteras cristianas, y des- Kruela U. 

de'j^r hasta looz hizo cincuenta 

aígaatas contra los cristianos, á los que redujo i la mayor extremidad. 
Tomó á Zamora y Simancas (981), á Barcelona el 6 de Julio de 9S5 (3), 
á León (987), que destruyó enteramente, no dejando en pie más que un 
trozo de muro como testimonio de la ruina; á Astorga /gos), y en 997 á 
Santiago de Galicia, la Meca de los cristianos, según Idrisi: las puertas de 
la ciudad y las campanas de la basílica fueron llevadas á Córdoba á hombros 
de cautivos cristianos. Su postrer algaata (1002) es dudosa. Según D. Lucas 
de Túy, que escribió doscientos años después, navarros, leoneses y castella- 
nos coligados le derrotaron en Calatattazor, y Almanzor murió á consecuen- 
cia de las heridas recibidas en la batalla. (En Calataüazor Almantor perdió el 
tambor) (4). Las crónicas árabes dicen que al regreso de su expedición á la 
Rioja enfermó, y murió en el castillo de Medinaceli la noche del lo de 



<i> Su lípiimo abuelo, A b del mel ik, m andaba una columna del cjércilo de Tárík,c< 
caal lomó P«iesi6n de Caneya ]r de Ale'C'i'". 

<2) Tdvo ana oficina en qae leaactaba los memoríates que habían de pieientar! 
Califa. 



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2l8 HISTORIA DK ESPAÑA 

Agosto. Mortuus est Almanatr tt sepulhts esi \i» in/ernú, escribió el Cronicón 
burgalés. Los Auaies Composielanos^ aún son más lacónicos : <Eh d año tooz 
murió Almatieor.* 

Este famoso caudillo, aunque ilustrado, por fanatismo mahometano, ó por 
estimar que asf virilÍ7aba á su raza y contenía la decadencia del Califato, fué 
perseguidor de ciencias y letras, y mandó quemar todos los libros de Astrono- 
mía y Filosofía reunidos por Alha- 
quen II: únicamente protegió á los 
teólogos y á los poetas, y tuvo el 
gusto de las constiuccioncs fas- 
tuosas. Para guardar al degenera- 
do Hixen y á la misma sultana, 
instrumento y víctima de su do- 
minación, hizo construir un nuevo 
sitio real al Este de Córdoba {As- 
zatíra). Durante muchos años se 
contentó con el titulo de Hagib; 
en 9QI invistió de él á su hijo Ab- 
delmélik, y en 996 mandó que fue- 
ra suprimido el nombre de Hixen 
de los documentos públicos, sus- 
tituyéndole con el suyo. Almanzor 
se llamó y fué llamado Moway- 
dad, said (señor) y melk carint 
(noble rey). 

76. — Sucediéronle sucesiva- 
mente sus hijos Abdelmélik y 
Abderrahman Sanckejo (i). Impe- 
rando éste, el omeya Makammed- 
Almadkl ^guiado por Dios) su- 
Aifonsoiv,í/J/«yr. blcvó á Córdoba con el prctex- 

(í:am.xáa áti CédUt di los Tíiiammuí) to de dar el gobierno al infeliz: 

Hixen II; pero una vez que se 
hubo entronizado, y muerto el hijo de Almanzor, ñngió la muerte de 
Hixen, haciendo enterrar pomposamente á un cristiano muy parecido al 
desgraciado Califa. Tales sucesos provocaron una terrible anarquía, en que 
tomaron activísima parte los veteranos de Almanzor, distinguiéndose los 
denominados eslavos (gallegos, francos, lombardos, calabreses, etc., roba- 
dos siendo niños por los piratas sarracenos, y que formaban una guardia 
especial), y los berberiscos, con los partidarios y con los adversarios de 
los Omeyas, los habitantes de Córdoba y príncipíües ciudades y las tribus 
establecidas en la campiña; en suma, todos los elementos constitutivos del 
Califato se pusieron en ebullición, y no una, sino cien guerras civiles es- 
tallaron á la vez, complicándose unos disturbios con otros, simultaneando 
los motines callejeros con las batallas camr^alcs. Ciita'anes, leoneses y caste- 
llanos intervinieron en estas revueltas en calidad de auxiliares de unos y 
otros jeques, saqueando más de una Vez á Córdoba y aprovechándose, como 
es natural, de las estúpidas luchas de sus enemigos. En esta espantosa con- 
fusión desapareció Hixen II, al que en una de las peripecias de la inacabable 
contienda hablan sacado del Palacio y presentado al pueblo, que le aclamó 



•t ni«to mitcrno de un Sancho, crisiiano. 

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HISTORIA DE ESPAÑA 219 

con entusiasmo; vuelto á cDCerrar por el omeya Suleyman, no se sabe sí éste 
le bÍ20 matar, ó si murió en la clausura, ó si huyó de Córdoba y fué á consu- 
mar su extraño y triste destino en la oscuridad: durante mucho tiempo flotó 
la leyenda de que Hixen vivfa y que habfa de reaparecer en el momento 
menos pensado. tremolando la bandera blanca de Ommiah para restaurar la 
•grandeza de su casa y del Califato. De esta creencia popular, tantas veces 
repetida en la Historia, se aprove- 
charon audaces impostores para 
nuevas turbulencias. 

Resultado ñnal de todas ellas 
fué que la España árabe se frac- 
cionó en más de veinte reinos ó 
principados [reytsdt taifas), de los 
cuales los principales fueron Sevi- 
lla, Málaga, Granada, Almería, De- 
nla, Murcia, Valencia, Zaragoza, 
Toledo y Badajoz. Córdoba tam- 
bién formó Estado independiente, 
y con la particularidad, rarísima 
en la historia musulmana, de que 
durante un periodo no breve se 
gobernó por el mexuar ó gran Con- 
sejo, es decir, republicana, y no 
monárquicamente. Los árabes es- 
pañoles, la gente más noble y más 
culta de cuantos mahometanos ha- 
bla en la Península, predominaron 
en Sevilla con la familia de los Al~ 
naditas, en Zaragoza con la de los 
Btni-Zínd, y en Almería con la de 
los Betti-Somaditk. Los africanos 

fundaron en Málaga el reino de R»miro II. 

los Hammudiías, en Granada el de 

los ZHrüas, en Toledo el de los BeHÍ-DsinnuH, y en Badajoz el de los Al/d- 
sidas. Los eslavos dominaron en Levante y en las Baleares. 

Esta di^regación, fatal para el poderlo político de los árabes españoles, 
no lo fué para su civilización: por el contrario, parece que la cultura en todos 
sus ramos superiores cobró nuevos bríos y se hizo más intensa y variada en 
las cortes de los reyes de taifas que lo habla sido en la de los califas. Bajo los 
Abderrah manes y Alhaquenes no habfa más que un foco de ciencia y letras: 
Córdoba. Después hubo tantos como capitales de Estados independientes, y 
los jeques soberanos compitieron entre si en proteger á poetas, gramáticos, 
historiadores y filósofos, en coleccionar libros, atraerse á sabios y literatos de 
otros países, en abrir escuelas, y hasta en cultivar por si mismos las bellas le- 
tras. Aben Hazfn, ü más cristiano di los vates musttlmaius {i), la princesa Wa- 
íiada, hija de uno de los últimos Omeyas, y Aién ZaiduM, su enamorado cantor, 
forman con otros muchísimos poetas y con los cultivadores de la Filosofía, 
de las Ciendas naturales y de la Medicina, un cielo lleno de estrellas de pr¡- 
rnera, segunda y tercera magnitud, tan rico y brillante, que pocos pueblos anti- 
guos ni modernos habrán visto igual. El médico Aben Firnd inventó la fabrica- 



(1) D017. El biubudo de Abin Hu(d era upaftol crúti 

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220 HISTORIA DE ESPAÑA 

ción del cristal é hizo un ensayo, por desgracia sin efecto, de navegación areos- 
látíca. Aben Arzarquel fabricó un reloj de agua que maravilló á sus contem- 
poiáneos. Los botánicos y mineralogistas enriquecieron el catálogo de los 
cuerpos naCurales;y mucho antea que en la Europa cristiana se pensara en ello, 
decididos y entusiastas entregáronse á la experimentación. Tuvo, pues, fun- 
damento el gran Humboldt para concederá los árabes el glorioso titulo de 
fundadores de la Física moderna; y si bien CS cierto que, por odio á la civili- 
zación cristiana udos{i), y otros 
por mal entendido patriotismo (2), 
han ensalzado más de lo justo la 
grandeza de la cultura arábiga y su 
influjo en la moderna, no lo es me- 
nos que esa cultura fué sólida y 
esplendorosa y que realmente ha 
influido en la nuestra. Idiáquez 
Masdeu, Amador de los Ríos, don 
Pedro de Madrazo, Fernández 
Guerra, Milá y Fontanals, Vale- 
ra, Simonet, etc. (3), han reduci- 
do á su justo valor ese mérito y 
esa Influencia; y si Dozy escribió 
en las primeras ediciones de sus 
Reckerches: c , .los drahts, queeram 
superiores d los vencidos, les impH- 
sieroM su lengua, ji hasta cierto pun- 
to su religiÓMt, en la tercera recti- 
ficó noblemente, diciendo: ». . .los 
árabes, aprovechándose kábUm^ntt 
del saber de los vencidos, llega- 
ron. . ., eto 

Los reinos de taifas no jun- 
taron á esta gloria científica y li- 
OrdoAo III. teraria el tino y cordura para go- 

bernarse: aspirando á destruirse 
recíprocamente, vivieron en guerra perpetua y buscaron hasta en los cris- 
tianos, enemigos de todos ellos, alianzas y auxilios para saciar sus pasiones 
y codicias del momento. £1 resultado fué que los españoles del Norte, con- 
tenidos en su lento avance hacia el Mediodía por los grandes califas v du- 
ramente castigados por Almanzor, tomaron resueltamente la ofensiva, alcan- 
zaron la supremacía en la Península, y si no expulsaron á los árabes, es 
porque éstos, viéndose ya perdidos, provocaron una nueva invasión: la de 
los almorávides. 

77. — Viviendo aún Alfonso III el Magno, una sublevación interior impuso 
al insigne monarca el repartimiento entre sus hijos del pequeño reino que 
había, si no fundado, consolidado con su espada. García fué establecido en 
León, Ramiro en Asturias y Ordoño en Galicia. A Fruela se le dio también en 



(i) Puvde citarse entre éstos al portugués HercuUno, que llegó i decir que toi muziri- 

(II Por íjímplo, el Abate Andrés, en su Origen, progreso j tttado actual dt ¡tda Ulerahint. 

(}> Este punto está tralndo admirablemente por U. Félix Sinchez Calado enius Elemem- 
de Hiítoria ¡le Espolia, ¡S</2. que por desgracia dejó sin concluir, por haberle sorprendido 
nilerte. Kl trabajo del virtuoso catedrático estaba hecho, según declara él mismo en ana 
a, sobre apuntéis facilitados por el Sr. Simonel. 



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S.xncho (-/ Lrase. 



HISTORIA DE ESPAÑA 

León una especie de seSorio su- 
bordinado al de García, tenido por 
sucesor de la Corona, ó sea por 
superior jerárquico de todos sus 
taernianos. De 910 a 925 reinaron 
sucesivamente García, Ordoño y 
Fruela; vinieron después los nie- 
tos del gran Alfonso, Sancho Or- 
dóAei, Alfonso IV el Monje y Ra- 
miro II (925-951); después, y tam- 
bién sucesivamente, dos biznie- 
tos, Ordoño III y Sancho el Cra- 
so (951-966). La historia de todos 
estos priDcipes es muy semejante: 
guerras continuas con la morisma, 
alternativas de triunfos y reveses, 
en ocasiones cierta confusa de- 
pendencia del Califato, enérgica- 
mente negada siglos después por 
los cronistas cristianos, y guerras 
interiores con magnates díscolos ó 
inquietos. Eran de veras aquéllos 
tiempos heroicos, en que dar y 
recibir golpes en las batallas pa- 
recía ser la única ocupación dig- 
na del hombre. Sólo alternaban con tan rudo quehacer el fundar y dotar igle- 
sias y monasterios ó ir en peregrinación á Santiago. Con Ramiro lll, que fué 
reconocido rey á los cinco años (966) bajo la tutela de su tía Elvira, monja 
en León, inaugúranse las turbu- 
lentas minorías características de 
la Edad Media. Bermudo H pI Gif- 
toso (982-999) hubo aesufrir lor 
^Ipts, y, lu t{Ue es peor, la hu- 
millante protección de Almanzor. 
Alfonso V (999-1027) es notable 
por las Cortes y fuero de León. 

Al oriente de este reino as- 
túrico-leonés-galaico, núcleo de 
nuestra independencia, se liabia 
ido formando poco á poco una pe- 
queña región fronteriza erizada de 
castillos, y que por eso se llamó 
Castiella ó Castilla. Los reyes de 
León gobernaban esta tierra por 
I medio de condes, ni hereditarios, 

ni permanentes, ni únicos, sino 
que había varios á la vez, y eran 
nombrados y depuestos, como fun- 
cionarios amovibles que eran. Or- 
doño II hizo terrible justicia en 
cuatro de ellos — Ñuño Fernán- 
dez, Almondar el Blanco, su hijo 
Ramifolll. Diego y ¡Fernando Ansúrez, — 



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222 HISTORIA DE ESFAClA 

acto que Sampiro, obispo de Astorga, caliñca en su Cronicón de justo, 
llamando rebeldes á los condes (i). D. Lucas de Túy en el siglo xm refi- 
rió que los castellanos, irritados por la muerte de sus condes, se decla- 
raron independientes, eligieodo 
para que los gobernase á un sim- 
ple caballero [stMfiíicem militan) 
llamado Ñuño Rasura; y el arzo- 
bispo D. Rodrigo, conviniendo 
con el Tudense en lo del levan- 
tamiento, difiere en cuanto dice 
que los nombrados para gober- 
nar Castilla fueron dos jueces; 
Ñuño Rasura y Lain Calvo. La 
critica moderna no puede admi- 
tir esta historia, ni la existen- 
cia de estos jueces como jefes 
de Estado, sino como arbitros, 
establecidos, no inmediatamente 
después del suplicio de los con- 
des, sino en un tiempo que se 
desconoce y para evitarse la mo- 
lestia de llevar los pleitos á León. 
Así lo declara el proemio dclJ'He- 
ro dé alétdrio ó de líts fazañas: <et 
los castellanos, dice, gué vivían en 
las montañas de Castilla, faciaUs 
muy grave de ir d León, porque era 
Bermudo H, fl Coloso. ^,y, luengo. . . c por esta rasim or- 

denaron dos ornes buenos. . . ¿ estos 
que aviniesen los pleitos porqué no oviesen de ir á León. , . > A estos ornes bue- 
nos dieron los cronistas eclesiásticos del siglo xiii el nombre de jueces — qui- 
zás recordando á los de Israel, — y la poesía popular castellana, el más castizo 
de alcaldes, ó de alcaldes cibdadanos (2). 

(1) La rebeldía ñ desobediencia parece que cons 

cuando é«le peleA y fu£ vencido por Abderrahmín III ei 

(l) El Mntir dr ClrrtUa de Fernán Goniileí, dice: 

n Todos los CBStellanoi en una se acordaron, 

Dos omnes de gran guisa por alcaldes los algaron, 

Los pueblos caslellanos por ellos se guiaron. . .», et 

Víanse los demás ejemplos en el mognfñco estudio del mae! 

nifico COTnO todos los suyos) sobre Fernán González {Aalologia, K 

{ExplUaüén di ¡a Idaiiiia XL VH.) 

HISTORIA DEL TRAJB.-Tralca del «Iflo XI.- I. Estitua en piedra de dan Pernando 1. fl 
Mopio, existente en «I Monasterio de San Isidoro de Leún. — 2, Don Alfonso VI, (amado de una cstitBi 
del Monísterio de Carracedo. —3. Aunque ros tiernos propuesto ilustrar esla obn eiclnsivimenle con do- 
cumentos aulínti eos, pot creer que ís el sis ema más serio í inslrurlivo, tiacemos una exctpdún con estado» 
fiEuris, hechas scei^n la inlerpretaciún de diversos documentos del siglo Xi. i fin de que nneslroi leetom 
puedan, sin esfuerzo, darse cuenta exacti de cdmo vestían los hambres de irmis de iquelli centuria. La in- 
perleccián de los dncumentos de aquella ípoca, tanto en pintura come en escultura, nos mueve á ella.— 
4. Instrumentos músicos. Fi[utas tomadas del Códia dt San Beato, ano 108!, existente en U Biblioteca 
Nacional de Madrid— 5 y 6. Outrrctos de inlanlerfa y cabailrria. El primero es un» escnltnra de San Vi- 
cente de Muguia (Vizcaya), y los últimos son de un relieve del sepulcro de DoBa Urraca. 



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Historia Gráfica db la Civilización Española 



HISTORIA DEL TRAJE.- Tnjc* dd ilslo XI. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



234 HISTORIA DE ESPAÑA 

Sin embargo, esta magistratura popular ejerció indudablemente consi- 
derabilisima influencia en la separación de la región fronterisa de los casti- 
llos del reino de León, á que pertenecía de derecho. Fieles á la tradición visi- 
goda, de que se tenían por continuadores y restauradores, los monarcas leone- 
ses cuidaban de la observancia del Fuero Juzgo; pero en Castilla los jueces ar- 
bitros, como \qs pretores de los peregrinos en Koma, fallaban los pleitos (y en 
aquella época los procesos criminales también eran pleitos) sin más norma que 
su razón natural, ó, mejor dicho, que los usos y costumbres de la tierra, ó sea 
de una sociedad pobre y guerrera, tan distinta de la romana en los tiempos 
en que se hicieron los códigos, de que el Fuero Juzgo no era más que una de 
tantas adaptaciones. De los fallos de aquel tribunal popular brotó natural- 
mente un Derecho, popular también, que es el que nuestros juristas han de- 
nominado germánico ó propio de Castilla, en contraposición al romano. Qui- 
zás aun en la época de los visigodos este Derecho coexistió como popular 
con el oficial ó romano de los códigos. El proemio át'\a& faeañas citado re- 
fiere arriba que los castellanos quemaron en la iglesia de Burgos los libros 
del fuero de León, et ordenaron que alcaldes en las comarcas Iterasen por albe- 
drio. No será cierto lo de la quema; mas la noticia denota una rebelión, más 
ó menos solemne, pero efectiva, contra la ley escrita y á favor del Derecho 
popular ó consuetudinario. 

Esta oposición, y otras causas que se desconocen, determinaron que 
Castilla, siendo tan pequeña que 

«F.nlonces er> Castilla un pequeño rincón, 

Kr> Montesdoca de Caalilla mojón, 
Moios tenlsD á Caraso ea aquesta saion, 
Y de la otra parte Tibero mojón, 
lintonces era Castilla toda una alcaldía, 
maguer que era pobre 



se constituyera en región independiente. Contribuyó á ello el Conde Fernán 
González, personaje legendario y de poesía popular, que «eclipsó á todos los 

• héroes castellanos, excepto al Cid, y no faltó quien le pusiera en parangón 

• con él, y aun le diese la preferencia, , , Tuvo el privilegio, no alcanzado por 

• Bernardo del Carpió ni por el Cid, de ser cantado juntamente por la musa 

• popular y por la erudita, por los juglares y por los clérigos» (i). Hay que 
distinguir en él dos personalidades: la histórica y la épica. De la primera 
sólo tenemos imperfectas noticias por algunos privilegios y escrituras {2) y 
referencias del cronicón de Sampiro. <£n los documentos auténticos resulta 

• más afortunado y sagaz que heroico, más hábil para aprovecharse de las 

• discordias de León y Navarra que para ampliar su territorio á costa de los 

• morosa (í). Pero por fiier:(ay por maña sacó álos castellanos de /ríwf/atói/í 
servidumbre del rey de León, logrando su propósito de no besar ntano á Hom- 
bre del muHdo, ni moro ni cristiano. Personajes también de leyenda fueron su 
hijo Garci-Fernándc/ y su nieto Sancho Garcfa, que falleció en 102 1, ó 1017, 



(1) Menéndei Pelayo, An/t/oxia. 

¡z) La firma más antigua que tenemos del Conde es en la eiciltura de Iundaci6n del roo~ 
naslerio de Arlania englí. Véase JUsloria díl (•rígm y ¡oktnaiia dtl cendade y rtint dt Caili- 
¡la. y luicrián Jí sus ctmdts, hasta su ertcción á ¡a real dignidad di reino, por (juliérreí Coronel 
(üiegoV Madrid, 17S5. 

íjl Meníndez Felajo, ídem. 



,,CoogIc 



HISTORIA DE ESPAÑA 225 

dejando un hijo de menor edad, García Sánchez, bajo la tutela de Sancho el 
Mayor de Navarra, casado con su otra hija, Munia ó Mayora. 

Este Sancho el Mayor, hijo y sucesor de García Sánchez, apodado el 
También, inicia en España un movimiento que no ha sido hasta ahora bien ■ 
comprendido por nuestros historiadores, los cuales le han considerado frag- 
mentaríaaiente y con criterio inspirado por ideas y preocupaciones anacró- 
nicas ó propias de otros tiempos 
de aquellos en que se realizó. 

Tal movimiento fué — digá- 
moslo con frase que en nuestros 
dfas ha hecho fortuna — hmh turo- 
ftiioñÓH de España, ó sea una ten- 
dencia eficaz y coronada por el 
éxito más cumplido para reincor- 
poramos á la corriente general de 
la cultura europea á que pertene- 
cemos los españoles por el medio 
geogiáñco, la raza, la religión y los 
antecedentes históricos, aunque 
por nuestro apartamiento en el 
confín occidental de Europa y por 
las circunstancias de la invasión 
mahometana nos alejáramos bas- 
tante de su curso en los primeros 
siglos de la Reconquista. 

Nunca dejaron nuestros ante- 
pasados de ser europeos y cristia- 
nos: por serlo se levantaron contra 
tos árabes y lucharon contra ellos 
tan heroicamente; pero el mismo 
constante batallar, la pequenez y 
pobreza de tos reinos formados en 
las montañas y en las más esté- 
riles comarcas de la Península, y 
el inevitable roce con los muslimes, á pesar de ser nuestros enemigos, hicie- 
ron, no que se adoptase la cultura árabe, que era refractaría á nuestro modo 
de ser nacional, y por tanto inasimilable, sino que se debilitase extraordina- 
riamente la nuestra, la europea y cristiana. Decayeron las ciencias, las letras 
y las artes; vivíamos de la substancia cada vez más debilitada de la monar- 
quía visigoda, sin relaciones apenas con el continente de que formábamos 
parte. 

Es indudable, aunque después se quisiera negar, que en la época de 
Alfonso II se pidió ayuda y protección á Carlomagno; y quizás si el Imperio 
carolingio hubiera subsistido, el proceso de la Reconquista hubiese sido muy 
otro, saliendo de él España como una derivación ó prolongación de aquel 
Imperio. No sucedió así, y á la lai^a por fortuna desde el punto de vista na- 
cional español; pero por lo pronto quedamos abandonados por Europa, redu- 
cidos á nuestras fuerzas, y en el orden intelectual sin comunicación con los 
centros de la cultura europea, de donde tentamos entonces, como tendremos 
siempre, que tomar la savia indispensable para no morir. Único contrarresto 
de tan grave inconveniente fueron las peregrinaciones á Santiago, que traían 
constantemente de ultra- puertos multitudes de piadosos extranjeros deseo- 
sos de adorar las reliquias del Apóstol; asi se fué formando en Compostela un 
Siindo, Historia de espaRa 



D,g,t7cdb/GOOgfc 



226 HISTORIA DE ESPAÑA 

centro europeo predominan- 
temenie francés, y centros 
parecidos á todo lo largo del 
camino seguidopor los pere- 
grinos {camino de los francos). 
Sancho el Mayor, su 
hijo Fernando I, su nieto 
Alfonso VI y su tataranieto 
Alfonso VII, con algunos 
j>ersonajes, entre los cuales 
debe concederse el primer 
puesto al arzobispo Gelmf- 
rez, representan el movi- 
miento gubernativo de favo- 
recer esta invasión de ideas, 
costumbres y personas eu- 
ropeas: de ese plan fueron 
parte la venida de los moa- 
jes cluniacenses, de los gue- 
rreros francos y de arquitec- 
tos traspirenaicos, el cam- 
Aiesinato de D.'.Gírcla 11. bio de rito mozárabe por el 

romano, los matrimonios de 
las hijas de Alfonso VI con principes franceses, la exaltación de extranjeros 
á las sillas episcopales y á las abadías; en suma, todo lo que se hizo entonces, 
y de que fueron efecto el adelantamiento de la Reconquista, la mayor cul- 
tura, el principio de la poesía nacional con los cantares de gesta, el estilo 
románico, etc., etc. 

Limitémonos ahora á indicar tos principales sucesos de la Historia ex- 
terna. Sancho el Mayor de Navarra heredó el cetro en 970, y, según los Ana- 
les de ComposUla y el Ordo 
Regum Pampilonensinm, rei- 
nó sesenta y cinco años. 
Antes de 1001 debió de ca- 
sarse con la hija del Conde 
de Castilla, y en 101 5 era ya 
conde ó señor de Ribagor- 
za y Sobrarbe, y se titulaba 
rey de toda Gascuña; por la 
muerte de su cuñado Garci 
Fernández regentó el con- 
dado de Castilla como tutor 
de García Sánchez, el cual 
en la primavera de 1029 fué 
á León para casarse con la 
infanta Sancha, hermana de 
Bermundo III, sucesor en 
aquel trono de Alfonso V. 
Lo que acaeció entonces 
en León constituye uno de 

los temas predilectos de las 

leyendas castellanas, y su 

trascendencia histórica fué Muerte de'Bennudo III de León. 



D,g,t7cdb/COOgIC 



HISTORIA DE ESPAÑA 22J 

incalculable. Hallábanse en la ciudad los Condes Velas, casa tradicional- 
mente enemiga de la de Castilla, expulsada de ésta con pérdida de sus bie- 
nes por Fernán González, aunque luego Sancho García se los devolvió y 
levantó el destierro. En esta ocasión los Velas acudieron á rendir el debido 
homenaje al joven conde García Sánchez; pero fué traid órame n te, pues el 
martes 13 de Marzo, al despuntar la aurora, entrando el Conde en la iglesia 
de San Juan Bautista cayeron sobre él los Velas, y con la mayor alevosía le 
mataron: el Vela que descargó el 
primer golpe era padrino de bautis- 
mo de la victima. Asf cuentan el 
hecho D. Lucas de Tú y y el arzobis- 
po D. Rodrigo, aunque discrepando 
en los nombres de los condes ase- 
sinos (1). Un documento perdido, 
pero citado en la Crónica gentral 
con el titulo de Estoria del romancé 
del infamtt Garda, refiere que fue- 
ron muertos todos los caballeros 
del cortejo del Conde en medio de 
los regocijos de las bodas; y el Con- 
de, que estaba en el palacio /ii^¿ii«- 
do con íH esposa ¿ non íadiendo nada 
de sn MMtrte, salió á la rúa, y le 
cogieron los Velas, matándole luego 
con extraiga ferocidad delante de la 
Infanta su esposa, que habla ¡do á 
suplicar por su vida (2). 

Lo cierto es que en este cri- 
men no tuvo ninguna parte et rey 
de León Bermudo 111, quien se ha- 
llaba á la sazón en Oviedo reden 

casado con la reina Jimena; pero BefmudoIII. 

hubo de sufrir sus consecuencias. 

Sancho el Mayor heredó el condado de Castilla, y, con pretexto de perse- 
gnir á los asesinos de su sobrino, invadió la tierra leonesa, apoderándose de 
toda la parte llana, y titulándose rejí de León, de Astorga y de las Asturias (3). 
En el castillo de Monzón cogió á los Velas y los hizo quemar vivos. 

La vida del poderoso rey navarro, también cubierta en gran parte por 
los velos de la leyenda, concluyó en Febrero de 1035, repartiendo sus Esta- 
dos entre sus hijos del modo siguiente: á su primogénito García le dejó Nava- 
rra y Vizcaya; á Fernando, casado con Sancha, la infeliz prometida del conde 
victima de los Velas, Castilla; á Gonzalo, Sobrarbe y Ribagorza, y á Ramiro, 
habido en una concubina, según el Silense (ancilla nobilisima et puUkerrima), 
Aragón, con titulo de rey. 

78. — Fernando 1(1037-1065), heredero de Castilla, tomó título de rey, 
y aliado con su hermano García de Navarra, acometió á Bermundo III de 
León, que á la muerte de Sancho el Mayor salió de las montañas de Asturias 



(it D. Lacu.por ejemplo, tlim a Diego al padrino, y D. Rodrigo le liamB Rodrigo. 

{t) Víase Menéndez Pelayo, tugar citado y prólogo al lomo vin de lai Comediai de 
Lope de Vega. 

(3) Coasta qae Bermudo aaedd dueño de Altarías y Galicia. Esie úllimo titulo, pues, 
& iadicAba Dua ptetensiÓD, ó debía de referirse á las Asturias de Lvedo. 



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228 HISTORIA DE ESPAÍQA 

y recobró la tierra llana coa la misma facilidad con que la habla perdido. Ahora 
lo perdió todo definitivamente, con la vida, en la batalla de Tamarón (Julio 
de 103;), y Fernando fué consagrado (22 de dicho mes) por el obispo Ser- 
vando rey de Castillla y de León. Envidioso de tal grandeza, García de Na- 
varra, después de haber intentado en vano apoderarse tratdoramente de Fer- 
nando, le atacó cara á cara; pero en la batalla de Atapuerca perdió también 
reino y vida, quedando así Fernando por seiüor de casi toda la España cris- 
tiana. Agregó á Castilla la Rioja, dejando Navarra á su sobrino Sancho, hijo 
del desgraciado García; pero tanto sobre este pequeño reino como sobre el 
de Aragón ejerció cierta supremacía feudal, justiñcindose de este modo su 
titulo de alterador, expresivo no sólo de su poder en la Península, sino de su 

{ExplUaeiéndt ¡alamina XLyílJ) 

IconocrmllB de la Cnu en EtpRfla. ■ S y S. Siguiendo el arden cronolúelco, los signe» 6 cnscñus 
mis antiguas dtl crislimiimo en Espina ion las que corresponden á los nilnuros 5 y 8. «L» cnii como el 
ciismón ómonogrami de Crislo. el cordera y el león, simboloiú representaciones dotmllicu del Redentor, 
asi como el pescado, el pelicano, el bnen pastar, el pesador, el águila, la gtlllna, la vid, la higuera, el olivo, 
el cedro, las piedras preciosas, emblemas 6 fleuns alegóricas del mismo, era designada por slgaam Chrislt 
La cruz en aspa X (crax decuiíta). inicial del nombre de Ciisto en gríego, fai tal vez la piimera loimi que 
revistid coma dislintivo de secta el sagrado madero, por ofrecer la ventaja de que su doble signlücacidn no 
podia ser comprendida sino de los prosélitos de la nueva [e. La adición de la P constituyó el monograma 
constaotinlano.» 

Asi, pues, el crismdn de bronce (núm. B) que pertenece al siglo II y Int hallado en Córdoba, rs U 
ensefla mis antigua del cristianiamo que hasta hoy se conoce en España. Le signe la llmpara de barní (nu- 
mero S), como el anterior de absoluto caricter romano, pero ya con la P; y siguiendo el orden cronológico. 
los números 4 y 9, dos (ragmenlos decorativos en piedra de la fpoca visigótica. 

2. Cristo llamido del Cid, perteneciente at siglo x¡, y que se halla en Salamanca. 

3. Conocido con el sobrenombre de Crislo de las Batallas, del^glo XI también, y que se encuentra en 

b. Es una placa de cobre esmaltada del siglo MI, representando un Calvario. Su estilo conesponde al 
de su tiempo, denominado remáaico en la historia del Arte, y el procedimiento del esmalte es el que «i el 
argot profesional se llama champlrvt ó ¡tmoga. (Véase nuestra nota acerca de los esmaltes.) 

7. Crnz proiesionai de bronce, con los bustos de los cualro Evangelistas en los extremos délas raalr» 
aspas. Pertenece 1 los siglos Xll al Mil. 

I. Vahora vamos á hablar de este Cristo de marfil, una de las maravillas que nos ha legadoelartecs- 

Es una cruz procesional de lormí latina, con ambas caras cuajadas de figuras, adomus y relieves, 

cuyo fondo se cree que estuvo chapeado de oro. Mide 52 centímetros de alio: 3t ■/! de largo de li travesera. 

Una lujosa orla recorre las orillas. La imagen, muy ínlerior en mérito arlíslico 1 la craz, y qulils de distin- 

li mano, conslituye pieza aparte, y está sujeta por las manos y el supedáneo con clavos de hierro. En lo mis 

alto de la cabecera se ve en relieve el Salvador resucitado, y debajo la inscripción 

IHE NAZA 

RENVS REX 

IVDEoRVM 

Debajo del supedáneo, la figuci 

Después, los nombres de los re 
rabie obra. 

En 1063 los reyes Don hemando I y DoRa Sancha, su esposa, otorgaron á lavor de la iglesia parro- 
quial de San Juan Bautista, de León (hoy San Isidoro), una carta-donación d testamento haciéndole cuantio- 
sos regalos é importantes mercedes. Los movió á esto so piedad y < 
Ellos fueron quienes hicieron trasladar el cuerpo de San Isidoro d 
para depositarla en la misma ieiesia. 

En la ciladi carta de donación aparecen como regalas 'un frontal de aliar de oro con piedras precio- 
sas: olios dos de plata; tres coronas de oro, la una con tres alfas alrededor y con tcatei pendientes de ella. 
la oira con amelhtaa con olovitrio, dorada; y la tercera es la corana de oro de mi caben. Una arquilla de 
cristal cubierta de chapas de oto; una cruz de aro sembrada de 'piedraa preciosas: sn craciflto út marfil; 



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Historia GsÁFict de la Civilización Escarola LitiirtÁ. XLVIU 



ICMografta de U Crní en Etpafli. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



230 HISTORIA DE ESPAÑA 



intento de no reconocer la preten- 
dida superioridad jerárquica de los 
emperadores de Alemania, los cua- 
les, como herederos de Carlomagno, 
se atribuían la jefatura, siquiera ho- 
noríñca, de toda la cristiandad. 

Aprovechó Fernando la fuerza 
que había reunido y la debilidad de 
los reinos de taifas para proseguir 
activamente la reconquista, y tomó 
á Lamego, Viseo y Coimbra, ponien- 
do por aquella parte la frontera cd 
el Mondegoi por la de Castilla no 
sólo dominó sólidamente todo el te- 
rritorio hasta el Guadarrama, sino 
que pasó la cordillera y empezó á 
formar lo que se llamó Castilla Ia 
Nueva para distinguirla de la primi- 
tiva 6 vieja; los reyes árabes de To- 
ledo, Zaragoza y Sevilla rindiéronle 
vasallaje. Piadoso y caritativo, re- 
partía á los pobres el botín ganado 
en la guerra; fundó, dotó y restauró 
F«>i.ndo I, W Grande. 'g'«sias y monasterios; se retiraba 

de cuando en cuando al de i>ahagun 
á ejercicios espirituales, haciendo 
allí la vida del último monje, y murió {27 Uiciembre 1065) edifícando á todos 
con su fervor; se hizo llevar al templo, y allí se despojó de las insignias reales, 
exclamando: Señor, íujto es el reino; me lo diste, > te lo dtvuelvo; ten misericor- 
dia de mi aima. Los obispos le pusieron un saco de penitente y ceniza en la 
cabeza, y asi volvió á Palacio, donde al otro día expiró. 

Su error fué repartir el reino entre sus hijosi á Sancho II le dio Castilla; 
á Alfonso, León; á García, Galicia, y á Urraca y Elvira, respectivamente, 
las fuertes ciudades de Zamora y Toro. Sancho respetó el repartimien- 



dos incenurfos de oro con la navelü de oro; otro grande de piala; un ciliz y palma de plata esmaltada; un^ 
estola de brocado; unas ateas áe matril labradas de plata, y en una de ellas van otrai tres encajadas: otra; 
arquiías primorosamenlc labradas; lies fronlales labrados pata los altares; doi mantos df btocado; casulla 

Cita otros dunatlvos de menos Impottancia. De toda esta ríqueía, que hoy tendría un valor hi^tóríCI 
imposible de calcular, sólo se conserva la cruz de marfil de que tiatamoi. sin guarnición alguna, pero coi 
señales de haberla tenido. Esla guarnición que rodeaba la cruz era de oro. La tradición arirma que el reí 
Kernanda llevaba esta cruz en las baiallas. 

l'or el reverso eila crui. artística mente considerada, es igualmente admirable. Parejas de cuadriipc 
dos, aves entre la bojarasca, luchas de hombres y animales, entre los que se ve un centauro. La orla es súk 

Evangelistas: el águila, el ángel, el león y el buey. 

Pero lo mis admirable de esta cruz, lo que causa una Impresión Igualmente profunda y eitralla. c 
que su estilo es Eenuiua y francamente árabe. Todos los caracteres y toda la riqueza de los trabajos musul 
manes que pueden verse en otras planas en la ornamentación de los cofres de marfil y plata repujados si 
sia CTu;.,;Esque fué hecha por un artista educado por los árabes? ¿fui quizás esta cruzhectL 



n España colaborando en obras esenc jal nenie 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAÍ^A 251 

to mientras vivió su madre 
Doña Sancha: al morir esta 
señora (7 Noviembre 1067) 
acometió á su hermano Al- 
fonso, derrotándole en Llan- 
tada(i9julioio68)yenGol- 
pejar f25 Julio 1071) (i), y 
obligándole á buscar refugio 
en la corte de Almanum de 
Toledo. García fué despo- 
seído de Galicia inmediata- 
mente. Sancho sitió á Zamo- 
ra, cuyo concejo defendió 
con lealtad castellana á Dona 
Urraca; pero la nobleza y el 
valor heroico de Arias Gon- 
zalo, el hidalgo paladín, fue- 
ron eclipsados en este cé- 
lebre asedio por ta felonía 
legendaria de Bellido Dol- 

íos (2). Víctima de la trai- ,, 

ción pereció Sancho, y los Muene de Alion.o V, e-, Vi,«. 

castellanos no reconocieron 

por sucesor suyo al desterrado Alfonso sino después de haber jurado qtie no 
tuvo parte ninguna en la muerte de su hermano. 

Enlázase aqui tan poética é intimamente la historia de España con la 
leyenda, inspiradora de nuestra más rica epopeya nacional, que es imposible 
separarlas. En efecto, en este punto de nuestra historia surge la ñgura colo- 
sal del Cid Campeador, representación sintética de las empresas heroicas de 
Castilla en su lucha secular con los sarracenos, pe rsoniñc ación épica sin duda 
de muchos guerreros, de todo un estado social, de las virtudes, y también de 
la rudeza y crueldad de toda su época y de toda su raza. En el Cid cifró el 
pueblo castellano el ideal que se habla formado del héroe, y para componer 
esa cifra hubo de acumular en el individuo rasgos y proezas y alguna que 
otra maravilla que históricamente no le corresponden. Pero la personalidad 
individual del Cid es positiva (3). Acredltanla documentos auténticos (4): 
la historia árabe de la conquista de Valencia por Aben Bassan, escrita diez 
años después de la muerte del héroe; otra historia árabe incorporada á la 
Crénica general de Alfonso X; muchos libros cristianos, como el CkronicoH 

(1) Sobre uta batall*, TÍase coronel D. Juan de Quiroga: Et CU en la batalla de Col- 
fijar (Memorial de Ingenieres, 1872}. 

(2) l-cmández Duro, Memorias hiitóricas de la liudad de Zamora. 

(3) La negó Masdeu {Jíiit. Crií. XX), diciendo: De Jfadrígn Diat nada absolutanuníe 
¡ahemoí con probabilidad, ni aun su mismo ser existencia, nfrase, dice Menéndez Pelayo, me- 
moiabte en los anales de la iniroiatez ciflica». En 180S el general Thiebiull, gobernador Iran- 
cís de Bureos, hizo construir un monumento para encerrar laa cenizas del Cid en San Pe- 
dro de Cárdena, y... euál no sería mi asombro, eiciibe en sus Memorias, cuando vino a diiiniie 
í/r^aüs/ (afrancesado] Llórenle que el Cid no había existido nunta. Habiéndose dado cuenta 
del incidente á Napoleón, conteslA íste que no debía permitirse poner en duda ta E\i3tencia 
de hotubres como el Cid, qae resumen la eloría de lodo un pueblo. D. Antonio Alcalá Galiano, 
en iBi notas á la tiadncciún de ta Histona di España de Dunham, siguiú la opinión de Mas- 
den, ■j D. Casimito de Orense le demandó por injuria, llevando al tribunal en calidad de hom- 
bre bueno el libro del padre Risco La Castilla y el más famoso castellano. 

Ul Prirílegio de Femando 1 al Monasteiio de Sorban (Coimbra). arras de Rodrigo y 
limeña (1074), fneroi de SepiÜTeda, un privilegio del Monasterio de Aguilar. etc., ele. 



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232 III<iTORIA DE ESPAÑA 

MalUacense, escrito en Francia; los Anales ToledaMOí, los CompoiítlanoSy el 
Cronicón burgnenst, el de Cárdena, el Liber Regum, y sobre todo la Gesta Ru- 
derici Campidocti, descubierta y publicada en 1 792 por el padre Risco, escrita 
en el siglo xii (según Doíy, en 1 1 70). 

De todo ello resulta que Rodrigo Díaz, nacido hacia 1026 (i), en Burgos, 
según l.i tradición, 6 en Vivar, como algunos sospechan, era de muy caliñcado 
linaje, descendiente de los jueces de Castilla y de un conde de Asturias; al- 
férez ó jere de la milicia castellana 
en tiempo de Sancho II, intervino 
de modo decisivo en las batallas de 
Llantada y Gojpejar; fué uno de los 
doce compurgatgres que exigieron á 
Don Alfonso VI el juramento de no 
haber tenido parte en la muerte ale- 
vosa de Don Sancho; enemistado 6 
en desgracia con el rey de Castilla, 
guerreó por su CMcnXa^ ganando su 
pan alomadas: de aquí que Dozy le 
tenga por un condottieri á sueldo de 
los Beni Sud de Zaragoza; fué arbi- 
tro de Aragón, derrotando al conde 
de Barcelona y al rey Sancho Ramí- 
rez, y en 1094 se apoderó de Va- 
lencia, ya dominada por los almora- 
vides, y allf se sostuvo hasta Julio 
de logg, en que murió. Su viuda Ji- 
mena evacuó la ciudad en 1 102, lle- 
vándose el cadáver del hóroe, que 
hizo enterrar en San Pedro de Cár- 
dena, para cuyos monjes fué el Cid 
un santo {2). •£! poderío de este 
Sancho II, íí^uiía. tirano (escribió Aben Bassan) fué 

creciendo hasta sobrepujar á las más 

• altas cimas. He oído contar que dijo: si un Rodrigo perdió esta España, otro 

• Rodrigo la reconguistará. Azote y plaga de su tiempo, fué un milagro del Se- 

• ñor por su amor á la gloria, prudente firmeza y valor heroico. La victoria 

• siguió siempre á su bandera (¡maldígale Alai). Combatió á los príncipes, y 

• con pocos soldados desbarató numerosos ejércitos. Hacia leer en su presén- 
tela las gestas de los árabes, y cuando itegó á las hazañas de Al-MokaUab 

• cayó en éxtasis, lleno de admiración por este héroe». Hombre extraordina- 
rio tenia que ser quien Podía arrancar laies elogios de stts enemigos (3). 

Dueño Alfonso VI He la corima, encerró á su hermano García, preten- 
diente al reino de Galicia, en el castillo de Luna, y se aplicó á co itinuar la 

(i) Fecha conjetuMda por el padre Risco. 

[i\ Según parece, Felipe 11 inslA en Roma su cananiziciún. 

13) Meníndez Petayo. 

{Exfiüíaciin di la lámina XI í.\). 

IcodOKratfa de U Crai ca la Edad Media. - 1. Cníto biuniino de marfil (Museo provincial de 

Lertn). - 2. Crui de madera y Cristo rcpu'adn, estilo biíantino. - 3. Crui de Sanüaio de PeflaWa (León). 
SIkIoin. -4. Cruz alfonilna. Estila eúIíco ¡Catedril de Sevilla). ^ S. Ciui de bronce esmaltada, de pro- 
piedid particular. Siglos M al \il (OiliciaJ. — b. Crji llamadi trabe (S:vllla). 



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IIisTOKiA Gráfica ds la Civilizaciún Es^aSIola 



LVMINA XLIX 




IcoMocntia d« la Crax tu la Edad Media ta Eapala. 



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234 HISTORIA DE ESPACIA 

obra de su padre Fernan- 
do 1. Fué uno de los gran- 
des reconquistadores. De 
1080 ai 25 de Mayo de 1085 
duró la guerra de Toledo, 
gloriosamente terminada 
con la entrega de la ciudad, 
antigua metrópoli de Espa- 
ña, que así volvió á serlo 
después de tresdentos se- 
tenta y cuatro años de do- 
minación musulmán a. Al fon- 
so tomó el titulo de empe- 
rador, no disimulando su 
propósito de reconquistar 
toda la Península. 

79.— Y de seguro hu- 
biese cumplido su propósito 
á no acudir los reinos de tai- 
fas á un recurso extremo, 
. „ . „ , .. , , cual fué llamar á A)j a/«íora- 

Mu*rte de Sancho II «. el s.tio de Z«nor.. ^^^^ ^^ ^^^¡,i^ ^1^ ,^ ^^y. 

gión mahometana, amenaza- 
da de perder su imperio en España por el tirano Alfonso, como llaman sus 
cronistas al reconquistador de Toledo. i|~,^^ ^ ^''*-. 

A la sazón los almorávides eran los'.dueños del Mogreb: su Imperio se 
dilataba desde la Guinea hasta el Mediterráneo y desde Túnez hasta el 
Atlántico; su jefe, titulado emir al mft>nenÍM'{tey de los musulmanes) y nasre- 
éfín (defensor de la fe), se llamaba 
Yussuf ben Taxfín. Habla naci- 
do en 1009, tenia un ejército de 
100.000 hombres, siempre aperci- 
bido para combatir, y brillalñn en 
él las cualidades y los defectos que 
son propios de los bárbaros es- 
clarecidos: poca ó ninguna ins- 
trucción, pero mucha capacidad 
aatural, frugalidad excesiva (éste 
parece que se alimentaba exclu- 
sivamente de leche y carne de 
camello), sencillez en el traje — 
vestía de lana grosera, — com- 
plexión robustísima, audacia sin 
limites, valor extraordinario, y no 
menos extraordinaria marrullería 
para tratar los asuntos más com- 
plicados y llevar adelante sus in- 
tentos. Tal rey representaba dig- 
namente á su pueblo: la palabra 
alntoravide ó almorabetín significa 
ermitaño, y, más en general, coit- 
sagrado d Dios, denunciando asi 
Alfonso VI. el carácter religioso de las gentes 



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HISTORIA DE ESPAÑA 2J5 

á quienes se aplicaba. En efecto; no eran los aliMoravides sino unas tribus del 
Sahara, ya próximas al Senegaí, que á mediados del siglo xi hablan sido 
fanatizadas por un morabito y lanzadas por él á la conquista del África ma- 
hometana. No constituían realmente una secta dentro del Islam, pues sus 
doctrinas en nada discrepaban de las de Mahoms; eran un recrudecimiento 
del fervor primitivo. Abdalá ben Zasin (asi se llamó el morabito fanatizador) 
no se propuso reformar en nada la enseñanza koránica, sino volver al mundo 
musulmán al ser y estado que tenia cuando Mahoma marchó contra la Meca 
en son de guerra al frente de sus (ieles de Medina; todo lo que se había he- 
cho después era para el mo- 
rabito y sus discípulos co- 
rrupción, comprendiendo en 
esta palabra no sólo el lujo 
y la molicie, sino las ciencias 
y las artes, tan florecientes 
en todos los Estados musul- 
manes. Con todo esto había 
que acabar para cumplir la 
voluntad de Alá y la ley de 
su Profeta. 

Entre semejantes gen- 
tes y los árabes y berberis- 
cos — ya iguales en cultura 
y costumbres — del Ánda- 
las había un abismo: mien- 
tras que el Imperio atmo- 
ravide representaba lo más 
rudo, incivil, grosero, bár- 
baro y fanático del islamis- 
mo, los españoles reinos de 
taifas hablan llegado á la 

más refinada y brillante ci- ^'^ '?''<""'' *'« '' """"^ *'« "'^'*'- 

vilización. No es de mara- 
villar que vacilaran éstos entre los dos inmensos peligros que los amagaban: 
los cristianos por el Norte, y los almorávides por el Sur. 

Almotamid, rey de Sevilla y el principal de los de taifas, estuvo perple- 
jo mucho tiempo, y al fin, en un momento de inminente temor á los cristia- 
nos, dice Almakari que exclamó: mds valí gnardar camellos en África qft€ 
cerdos en Castilla. Llamó á Vussuf, aunque parece que tomando algunas pre- 
cauciones, como la de no entregarle Algeciras; pero todas resultaron inútiles, 
porque el bárbaro se apresuró i cruzar el Estrecho con sus kabilas y se apo- 
deró de aquella ciudad (30 Junio 1086), Tenía entonces Yussuf setenta y siete 
aQos; pero estaba fuerte y ágil como un mozo. Los sevillanos vieron con es- 
panto á este rey del desierto y á la feroz multitud que le seguía. Almotamid 
organizó muy de prisa un ejército de andaluces, y todo se dispuso apresura- 
damente para invadir las tierras castellanas. 

Alfonso VI estaba sitiando á Zaragoza cuando empezó á descargar este 
nublado en los campos de Extremadura, y dejando el sitio, acudió con sus 
huestes, las de Sancho Ramírez de Aragón, Berenguer Ramón 11 de Barcelo- 
na y cruzados del mediodía de Francia: según los cronistas árabes, el campo 
cristiano llegó á contar 100.000 infantes y 80.000 caballos. Ni en este punto 
ni en casi ninguno de aquella campaña son creíbles sus relatos; y como los 
del CkronicMm lusitaitnm y de los Anales c<miplutenses, únicas fuentes directas 



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2j6 IllSTOKIA DE ESPAÑA 

de nuestra parte {i), son concisos y algo contradictorios, cabe decir que de 
la batalla de balaca ó de Badajoz (2) sólo se puede asegurar que fué á 23 de 
Octubre de 1086, vicroes, día de San Servando y San Germán (3), y una de 
las mayores derrotas que ha sufrido jamás nuestra nación. 

Los historiadores atribuyen la salvación de Espatía después del desastre 
á la circunstancia de haber recibido Yussuf en el campo de batalla, la noche 
del mismo día de su victoria, la noticia de la muerte de su hijo predilecto. 
Sin duda pudo influir esta noticia determinando la Inmediata partida del rey 
africano; pero en la Edad Media lo usual era no sacar partido proporcionado 
de las grandes batallas. Los vencedores quedaban dueños del campo, corrían 
la tierra contigua en todas direcciones durante una temporada más ó menos 
breve, se apoderaban á lo sumo de algún castillo ó plaza inmediatos al lugar 
del combate, y por lo común no sucedía más, excepto cuando al día siguien- 
te de la victoria el ejército vencedor se dispersaba por el mismo entusiasmo 
del triunfo. Las batallas campales no eran, como en la época moderna, inci- 
dentes de un proceso estratégico, sino más bien duelos entre dos ejércitos 6 
entre dos naciones. Por la batalla de Zalaca no ganaron los muslimes ni una 
pulgada de terreno. Cuatro años más tarde (1090) Yussuf y Almotamid sitia- 
ban la fortaleza de Aledo, situada en medio de las tierras musulmanas de 
Levante: acudió Alfonso VI con ejército de socorro, y les hizo levantar el 
sitio. Los almorávides volvieron entonces sus armas contra los reinos de tai- 
fas, á quienes la rudeza y barbarie de sus correligionarios habla llegado á ser- 
les más odiosa que In impiedad de los infieles, y en su virtud entraron en alian- 
zas secretascon Alfonso VI para expulsar á los molestos huéspedes. Des- 
de 1091 á 1115 se ocuparon los generales de Yussuf en conquistar la España 
árabe. Antes murieron Yussuf (Septiembre 1 106), dejando el Imperio á su hijo 
All, y Alfonso V! {30 Junio 1 109) (4), un año después de la derrota de Uclés 
(30 Mayo 1 108), en que perecieron á manos de los almorávides el infante don 
Sancho y la flor de la nobleza de Castilla {5). 

Doña Urraca (iiog-1126), viuda de Ramón Borgoña, de cuyo matrimonio 
habla tenido al principe Alfonso (después Vil), casó con Alfonso I el Bata- 
llador, rey de Aragón. 

No hemos hablado de este pequeño reino — reducido á poco más de lo 
que hoy es partido judicial de Jaca— desde que Sancho el Mayor lo dejó á 
su bastardo Ramiro. Éste (1035-1063) lo aumentó por muerte de su hermano 
Gonzalo con los condados de Sobrarbe y Ribagorza, y con Benabarre, to- 
mada á los moros. Su hijo Sancho Ramírez (1063-1094) fué rey de Navarra, 



ron un> vid> de Alfonso VI escñía por 
el Monje de Silos, lioy perdidi. 

Í2) Así 1> llaman los AnaUs complulttists. Debió de librane ■! Norte de Badajoi, pwtido 
de Alburqaerque, por donde existe una dehes.i denominada de AiOf¡alla. (Víanse los discanoi 
de Lafuente Alcántara y Cánovas del Caslillo, en la recepción del primero en la Academia de 
li Hi.rarl..) 

U) Según el relato de D. Rodrigo, hubo una batalla preliminar en Roda, también desas- 

wT o 2% según el Cronicón Compostelaoo. 

(5) Pumo dilícil de esclarecer es el de la familia de Alfonso VI. Estuvo casada con 
Águeda, hija de (Guillermo el Conquistador, que murió antes de rcQoirse con el esposo; con 
Inés de Guyena, cuyo matrimooío declaró nulo el Papa; con Constanza de Borgoña. de [■ qne 
turo i llnica; con Berta, según unos, de la Casa de Éste, y según otros, de la de Bordona: con 
Isabel de Francia, de quien luvo á las intantai Sanch» y Elvira; y con Beatríi de Este. Jimena 
Miiiioi ó ÑúPiez, según iinos esposa, y según otros dama, le dio sus hijas Teresa y Elvirm; la 
primera casó con Enrique de Besanzón, y fué condesa de Portugal. Por último. 1>. Rodripo 
también considera esposa á i^eida, hija de Almotamid de Sevilla, baatiíada con el nombre de 
Matia Isabel, y madre del infante D, Sancho, muerto en Uclís. 



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HISTOiUA DE ESPaSa 237 

elegido por los naturales cuando Sancho, llamado el Noble, y también el de 
Peñalén, fué arteramente despefiado por sus propios hermanos en una parti- 
da de caía. Murió este príncipe de la manera más digna de un rey de la Re- 
conquista: de un saetazo de los moros defensores de Huesca, y haciendo 
jurar á sus hijos Pedro y Alfonso, antes de expirar, que no habían de levan- 
tar el sitio hasta rendir la plaza. Cumplió la solemne promesa Pedro I (l) 
(10^-1104), aunque le costó ganar i Huesca dos años de asedio y la san- 
grienta batalla de Alcaraz contra 
los moros de Zaragoza. Dejó el ce- 
tro—mejor dicho, la espada, único 
cetro de aquellos guerreros mon- 
tañeses, — á su hermano Alfonso, 
uno de los grandes soldados que 
ha producido España, justamente 
apellidado el Batallador. 

Su matrimonio con Urraca no 
fué de inclinación, sino político. 
Alfonao VI buscó sin duda en el 
fuerte brazo del aragonés un apo- 
yo para su hija, y el soldado pi- 
renaico la manera de acrecentar 
sus medios de guerra, de ser, 
como hubo de titularse, empera- 
dor de Ltón y rey de tuda España. 
Las discordias entre los regios 
cónyuges empezaron desde que 
■ venidos los nobles y condes al 
■castillo que dicen Muñaez, allf 
«casaron é ayuntaron á la reina 
>DoñaUrracay alreyde Aragón>, 
según se lee en la historia de Sa- 
hagün. Autores no coetáneos, sino 
por lo menos siglo y medio pos- 
teriores á este desgraciado matri- 
monio, han tomado resueltamente 

la causa del marido ó de la mujer, según el humor de cada uno; y mientras 
los patrocinadores del aragonés han pintado á Doña Urraca como la más libi- 
dinosa de las mujeres, entregándose al conde D. Gómez, á D. Pedro de Lara 
y á otros galanes desconocidos, tos abogados de la castellana trazan el retra- 
to de Don Alfonso como el de un monstruo sin religión y sin vergüenza, gol- 
peador de su mujer, profanador de iglesias, ladrón de vasos sagrados y am- 
tñdoso sin freno. 

Los documentos de la época no reflejan colores tan vivos. Aparece, sí, 
de e!los que Doña Urraca era mujer de coitdiciÓM brava, como escribió el pa- 
dre Mariana con frase sintética, muy sobre si, y recelosa siempre de su ma- 
rido, al que no estimaba. Las dudas sobre la validez del matrimonio colo- 
rearon de escrúpulos religiosos las malquerencias conyugales; el arzobispo 
D. Bernardo y otros obispos habfan protestado desde un principio contra un 



DoB& Urraca de Caitílla. 



(1) Sancho Kamlnz dejó í Pedro I la corona con los lilulos de rty ae Seirarht, Rüa- 
gitay Mentin. Pedro lomó A^tTty dt Aragón, ¡¡obrarbiy FampÍBtia, y desde entonces pre- 
' '- ■ ■ ' ' ey y reino de Aragón, tan gloriosos en nuestra Historia. 



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23^ HISTORIA UE ESFA^fA 

consorcio entre primos (i), grado de parentesco, según la opinión comente, 
prohibido é ÍDvalidable para las justas nupcias (2). Envenenaron las discor- 
dias, como es de rigor tratándose de reyes, las facciones y banderías polí- 
ticas. Don Alfonso tuvo un poderoso partido en Castilla, en que formaron 
las más insignes ciudades, los nobles más calificados y héroes como Alvar 
Fáñez, el insigne gobernador de To- 
ledo; á Doña Urraca la siguieron otros, 
por respeto escrupuloso á la legitimi- 
dad monárquica y á la venerada me- 
moria de Alfonso VI, ó por no acomo- 
darse al mando enérgico y militar del 
Batallador. Pero quien aprovechó más 
diestramente aquellas turbulencias 
fué un personaje de primera mag- 
nitud que por entonces florecía, y al 
que no hay que ver á la luz de los 
principios admitidos hoy generalmen- 
te, sino dentro del cuadro confuso y 
tumultuoso de la Edad Media en que 
le tocó brillar; nos referimos al famo- 
sísimo Diego Gelmírez, obispo de 
Compostela desde 11 10, y que tuvo 
por norte de su vida el engrandeci- 
miento de su Sede episcopal, que con- 
siguió al cabo, después de las mayo- 
res y más extrañas peripecias, por 
bula de Calixto II (20 Febrero 1120) 
que la elevó á dignidad de metropo- 
litana. Gelmirez es el tipo perfecto 
del gran magnate eclesiástico del si- 
glo XII. Protector de los pueblos con- (Según 1 
tra las demasías de los nobles; celo- 
sísimo, no ya de la inmunidad é in- 
dependencia, sino del predominio de la Iglesia en la vida social y política; 
exaltado amante de Galicia, su patria; sabio en el consejo, audaz y per- 
severante en la acción, aquel hombre extraordinario llegó á ser el verda- 
dero soberano de Galicia, no sólo por los muchos lugares y castillos que po- 
seía guarnecidos con sus hombres de armas, sino por el amor de la multitud 
allí donde no alcanzaba su jurisdicción temporal. Si en una ocasión Doña Urraca 
le hizo poner preso, el pueblo de Santiago sublevado la obligó á devolverle 



Alfonso VII. 



(1) Ramiro 1, abuelo de Alfonio y Fernando el Magno, de Urraca, eran hermanos 

(2) Como es sabido, en ios concilios de Falencia (35 Octubre 1114); Oviedo {Pentecos- 
lis de 1115) sedecretd li separación del malrimonio; pero aunque la mayor parle de los hls' 
tonadores apuntan que lo decretado fué /o nuUdnd fter impidimenlo áirimentí, Brii Martiaez y 
Vicenle Lafuente sostienen, con copia de razones, que súto iué un divorcie sin anulación del 



{E.xfliead.m di la lámima i.) 

HISTORIA DEL TRAJE. - Slflo XII. - 1. DoAa Urri 
la Basílica df San Victnfe, tu Avila, -2. D. Ramún de Borgofl 



» de Castilla. De una «cultura del pAtlicodc 
, de ¡cual procedencia.— 3. Alfonso VI con (o 
le homenaje. Tomado dd relieve dd sepulcro 
4. D. AltonsoVl, De las mismas «cultoras.— 



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Historia OrXfica db l\ Civilización Española 



HISTORÍA DEL TRAJE. • Slgl» XII. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



240 HISTORIA DE ESPAílA 



la libertad más que deprisa. ¥ fué además arbitro de España; si Alfonso \'1I 
fué Tf.y, Á Diego GelmJrez se lo debió. 

Cuando murió Alfonso VI, su nieto quedó en Galicia bajo la guarda 
del conde Frolai de Trava, y destinado por su abuelo á ser rey nada más que 
de aquella región. Gelmfrez le ungió soberano de León y (Otilia el 25 de 
Septiembre de 1 1 10 ante el altar del Apóstol; y este tercer partido acabó por 
sobreponerse al del aragonés y al de doña Urraca, aunque no sin sangrientas 
luchas y variados episodios, cuya simple enumeración no cabe dentro de un 
resumen histórico como el nuestro. 

Doña Urraca murió en Saldaña el 8 de Mano de 1126 (i). Al ocurrir su 
fallecimiento estaba su heroico esposo en la más singular y atrevida de sus 
empresas bélicas. El Batallador, que por los sucesos de Castilla no habia des- 
cuidado ni un momento la obra de la reconquista, que en iiio se apoderó 
de Tudela, en Iii8 (2) (miércoles 18 de Diciembre) de Zaragoza, después 
de siete meses de cerco, en 1119 de Borja y Tarazona, y en iiaodeDaroca 
y Calatayud, á primeros de Septiembre de 11 25 salió de Zaragoza con 4.000 
caballeros juramentados sobre los Santos Evangelios para no abandonarse 
unos á otros, y rompiendo por las tierras de los intieles, en expedición muy 
semejante á las que en el siglo xix hicieron varios caudillos carlistas de la 
guerra de los siete años, recorrió Valencia y Murcia y se internó en Andalu- 
cía, llegando hasta la costa de Málaga: su objeto era servir de núcleo á una 
insurrección general de muzárabes, todavía muy numerosos. Y, en efecto, 
frente á Granada el campo cristiano contó 50.000 hombres; pero, ó no eran 
estos hombres á propósito para el intento, ó surgieron dificultades insupera- 
bles; el hecho es que D. Alfonso, nunca vencido, se volvió á su reino trayen- 
do unos 10.000 cristianos andaluces, y el resto de esta población fué destrui- 
do por los sarracenos, que, como los cristianos siglos después con los moris- 
cos, la desterraron en masa al África. Cuando San Fernando conquistó el 
mediodía de España, apenas si halló allí algún que otro cristiano suelto. 

Todavía el heroico soldado aragonés ganó nuevos laureles. En 11 3 1 pasó 
los Pirineos y tomó á Bayona. En Junio de 1133 arrebató á los moros Mequi- 
nenza, y en seguida emprendió el sitio de Fraga: derrotado, murió de pesar 
el 7 de Septiembre de 1 1 34, después de haber dado en su gloriosa carrera 29 
batallas campales, conquistado inñnidad de ciudades, y más que duplicado el 
reino que heredó de sus mayores. 

Ocho años hacia ya que reinaba en Castilla su entenado Alfonso VIL 
Este príncipe (1126-1157), esclarecido por sus victorias sobre los infieles, 
entre las cuales son dignas de mención especial la toma de Almería y la entra- 
da en Córdoba, es ante todo célebre por haber intentado la unidad de la 
España cristiana sobre la base de la dignidad imperial en el sentido y con el 
objeto que ya la vimos en Fernando I y Alfonso VL Pero ninguno la tomó 
con la solemnidad que Alfonso VII (lunes de Pentecostés, 26 Mayo 1135) en 
la catedral de León, donde fué consagrado y aclamado como «feliz, ínclito, 
> triunfador y siempre invicto, famosísimo emperador, por la divina Provi- 
>dencia, de toda España». Quizás si el Imperio se hubiera establecido real- 
mente, España hubiese podido no sólo alcanzar desde luego su unidad na- 
cional sino resolver á la vez el problema, todavía sobre el tapete, de las 
variedades regionales, representadas en ese caso por Estados autónomos su- 
bordinados mas no confundidos en el Estado superior ó imperial. Por des- 

(1) Quien meioi defiende i esta reina es Cabanilles en sa bien ucrita Ifíilma áe Esfaüa. 
(z) Ea la fecha inAs segara, aunque Blancas cita dos documentos de Ilt6 eo que se 

üíCK qui ya íta ganada Zaragoza. 



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HISTORIA DE ESPAÑA 




AJfonso Enríqaei proclamado re; de Portugal. 



gracia, las circunstancias no 
lavorecieron el cumplimien- 
to de este pensamiento po- 
lítico, qne, de lealizarse, ha- 
bría cambiado, según todas 
las probabilidades, la faz de 
nuestra Historia. Y cuenta 
que la oposición más bien 
nació de los pueblos que de 
los reyes. Veamos cuál era 
la situación de España en 
aquel momento, y cuál fué 
la actitud de los diversos 
Estados ante la proclama- 
ción del Imperio. 

£1 condado de Barcelo- 
na habla alcanzado notable 
incremento y esplendor re- 
gido por los sucesores de 
Wifiredo el Velloso. Sunia- 
rio (914-947), Borrell II y 
Mirón (947-992), Ramón Bo- 
rrell ni (992-1018), Beren- 
guer Ramón, el Curvo (1018-1035), Ramón Berenguer, el Viejo (1035-1076), 
Ramón Berenguer II, Cabeza de Estopa, y su hermano Berenguer Ramón II, el 
Fratricida (1076-1092); pero sobre todos Ramón Berenguer III, apellidado el 
Grande (1096-1 131), consolidaron y aumentaron el poderlo del condado, que 
coneste títuloeraun verdadero principado de Cataluña. Berenguer el Grande, 
si no pudo tomar á Tortosa, fortiñcó el castillo de Amposta, libró á Balaguer 
de sarracenos, dirigió una cruzada marítima contra las Baleares, restauró la 
sede arzobispal de Tarragona, y por su matrimonio con doña Dulce incor- 
poró á sus Estados la Frovcnza, titulándose: < por la gracia de Dios, mar- 
•qués de Barcelona y de las Españas, conde de Besalú y de Provenza >. Le- 
jos de ser hostil al pensamiento imperial de Alfonso Vil, dio á éste por mu- 
jer á su hija Berenguela, la cual fué la emperatriz, asistiendo con su marido á 
la fastuosa ceremonia de la coronación (i). Cuando se celebró tan solemne 
acto ya era conde de Barcelona Ramón Berenguer IV, el Sarrio, quien, titu- 
lándose Principe de Aragón, prestó vasallaje á su cuñado el Emperador, tanto 
por su condado hereditario como por tas ciudades de Zaragoza y Calatayud. 
Reconoció, pues, la soberanía imperial. 

Mientras vivió su padrastro Alfonso el Batallador, no pudo ni soñar el 
de Castilla que los aragoneses acataran su imperial supremacía: bastante hizo 
con defenderse de las rudas acometidas del marido de su madre, implacable 
enemigo de los Boi^oñas. Murió el heroico re conquistador de Zaragoza sin 
sucesión directa, y dejó un testamento extravagante, manifestación postrera 
del odio á su entenado, por el cual dejaba el reino al Santo Sepulcro de Jeru- 
salén, ó, mejor dicho, á la Orden Templarla; pero ni aragoneses ni navarros 
acataron tal cosa: los primeros, reunidos en Jaca, proclamaron rey á Rami- 
ro II, hermano menor del difunto, aunque era del estado eclesiástico y habla 
sido abad de Sahagún y obispo electo de Burgos, Pamplona y Barbastro; él 



(I) No coiuu qne la Reina fnese lainbiéD coronada. 
Salndo, KrsTORiA de ESpaRa 



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242 



HISTORIA DE BSPAflA 



aceptó, según sus palabras, «no por ambición ni vanidad, sino por bien del 
»reino y para tranquilidad de la Iglesia», y, por lo mismo {uxorem fw^tu mom 
camis, libídine, std tanguitrís acprogeme restauratitme duxi) casó con una prin- 
cesa de Aquitania, de la que tuvo á Petronila. Lejos de ser Ramiro II hostil 
á la constitución del Imperio español, no sólo le vemos ceder en todas las 
cuestiones de limites y preeminencias con Alfonso VII, sino negociar el ma- 
trimonio de Petronila con D. San- 
cho, primi^énito del castellano. 
Los aragoneses eran los que no 
velan bien esta política, y prefi- 
rieron los esponsales de su prin- 
cesita. niüa de dos años, con Ra- 
món Berenguer de Barcelona. El 
Rey Monje, al que se ha colgado 
caprichosamente la sombria le- 
yenda de la Campana de Huesca, 
dejó á su yerno gobernar con el 
titulo de Principt de Aragón has- 
ta que se efectuó el matrimonio 
y fué rey, y él volvió á su estado 
religioso. En cuanto á los navarros, 
eligieron rey á D. García, y éste 
tan reconoció la dignidad imperial 
en Alfonso VII, que figuró como 
rey feudatario suyo en el acto de 
la coronación. 

Los únicos príncipes cristia- 
nos que se resistieron á estas pre- 
tensiones, no de ambición perso- 
nal, aunque también pudieran ser- 
lo, sino de muy profunda y eleva- 
da política española, fueron los del 
condado hereditario establecido 
por Alfonso VI al Sur del Miito 
para su hija bastarda Teresa, mu- 
jer de Enrique de fiorgoña. Simple feudatario de Castilla, Enrique, quizás 
^uijoneado por su mujer, á la muerte de Alfonso VI hizo pinitos de sobe- 
rano independiente; pero cuando murió, Teresa, que era hermosa, viva, astu- 
ta y de ánimo varonil, se atrevió á tomar el titulo de reina, intervino en las 
guerras civiles entre doña Urraca y el Batallador, y si, por su conducta más 
que dudosa, fué destronada por su propio hijo Alfonso Enríquez, trasmitió 
á éste sus ambiciones y su valor para realizarlas, prendas que el hijo mejoró 
con su pureza de vida y varonil fortaleza. En efecto; este Alfonso Enríquez, 
verdadero fundador del reino de Portugal, fué uno de los grandes héroes 
de la Edad Media, y aunque sus hazañas en Ouríque hayan sido tan abulta- 
das por la leyenda, es indudable que reconquistó de los moros toda la tierra 



Sancho III, el Deiiade. 

(iTDmkdo de un bajortelieve del sepalcr 

' de 9D esposa doBa Blaoca de Navarra, ei 

San» M>da de Nájera.] 



(ElplUaciÓH A ¡a lamina Z/.l 

HISTORIA DEL TRAJE.-Tr«Jc» de flnea del algktXIKcMIcc de iMtCado*).- Damos en « 

plana la reproducción de dot itiinialuias que ilustran la inlemanHsíma colecddn de docuniFntos inelt 
hecha en tiempo de D, Alfonso II de Aragón, hijo del conde don Ramón Berenguer IV (úllimí» dil ! 
(¡lo \ii). Repte^rnta la primera i dicho rey D. Alfonso II despachando con su ministro. La segunda. 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



KiSTOSM GrAfICA DB hk ClVILUAaÓH ESPAÜOL* 



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244 



HISTORIA DE ESPAÑA 



que aún hoy forma el reino mal llamado lusitano, y que consiguió de su pri- 
mo el Emperador Alfonso VII el reconocimiento de su dignidad real. 

Sucedió, pues, en conjunto que un movimiento consciente hada la uni- 
dad nacional, cual el de la constitución del Imperio español en la persona de 
Alfonso VII, en que entraron todos los jefes de Estados autónomos que había 
en la Península, excepto los condes dePortugal, coincidió con los principios de 
una más profunda disgregación na- 
cional. En efecto; á Levante se cons- 
tituyó, por la unión de Aragón y 
Cataluña, un Estado poderoso, y, 
por ende, más irreducible á Casti- 
lla que sus componentes cuando 
andaban separados; y al Occiden- 
te se levantó, puede decirse que 
de la nada, ó por lo menos sin 
fundamento étnico ni geográfico y 
sin antecedentes históricos apre- 
ciables, un reino que todavía re- 
presenta — [y quién sabe hasta cuán- 
do lo representará) — la nega- 
ción política de nuestra unidad 
peninsular. 

Et mismo Alfonso VII, por ra- 
zones que no se alcanian hoy, pa- 
rece que conspiró contra la obra de 
la unidad en que había cifrado la 
grandeza y gloria de su reinado, re- 
partiendo la Monarquía entre sus hi- 
jos Sancho y Fernando. Entre Alfon- 
so Vil y San Fernando hay, pues, 
AlfoDio VIH. una doble serie de reyes: reinaron 

(DeuabMorrelUvedcsQ «pulcro, eústente en « León Fernando II (1157-I188), 
el Real MoDuterío de Ibs Huelgas de Bu^os.) fundador de Ciudad Rodrigo, y Al- 
fonso IX (1188-1230), padre del 
Rey Santo. En Castilla, Sancho III (1157-1158), que sólo se recuerda por 
haber trasmitido la corona á su hijo Alfonso VIH (1158-12I4J. 

Este insigne monarca, cuyo nombre va indisolublemente unido al de las 
Navas de Tolosa, nació el 11 de Noviembre de 11 55. No habla cumplido tres 
años cuando heredó la corona, entrando á reinar el 31 de Agosto de II 58, 
quecayó en dom¡ngo(i). Su minoría fué como ninguna turbulenta y agitada 
por la rivalidad de las dos casas más poderosas de Castilla: la de Lara y la 
de Castro, y la ambición de Sancho de Navarra y de Fernando de León, lle- 
gando el último á usurpar el trono, guarneciendo con leoneses á Toledo y 
titulándose Rejí de España por la gracia de Dios. Corrió el augusto niño aven- 
turas peligrosas y novelescas, como la escapada de Soria <á uña de caballo, 
•asiéndose de la cintura y envuelto bajo los pliegues de la capa del fiel 
•D, Pedro Núñez de Fuente Almegir (2)». Once años contaba cuando se 
puso á la empresa de recobrar su reino, y en Maqueda recibió el hotnenaje 



(1) Víanse sobre este reinado ios trabajos del P. Fita {Bol. dt la Acad. de la Hisl., t»- 
>s XXVI y xxvn, y Elogio de Doña Leonor de Inglaltrra, en junta de la Academia, de 

Noviembre igoSl. 
(í) Fila (EUgio). 



,,CoogIc 



HISTORIA DE ESPAÑA 245 

de grandes y prelados. Esteban Illán, famoso en las Memorias toledanas, le 
introdujo furtivamente de noche en la imperial ciudad, y al alborear el dfa 
vieron los toledanos el real pendón tremolado sobre la torre de la iglesia de 
San Román: acuden los vecinos, entéranse de que alli está el monarca legi- 
timo, y al grito de [viva el Rey! estaJIa formidable levantamiento, que pone 
en fuga á los leoneses después de cuatro años de dominación. 

Quien tan gallardamente reconquistaba el perdido trono era un mozo 

• de aspecto vivo, feliz memoria y 
capaz entendimiento» (i). En las 
Cortes de Burgos (1169) fué acor- 
dado su matrimonio con doña Leo- 
nor de Inglaterra, hija de Enri- 
que II (Plantagenet), .muy fermo- 
.»sa,et mucho limosnera, muy ama- 
>bre á su marido el rey et mucbo 
■ honraderaá todas las gentes, cada 
>uno en sus estados», según se lee 
en la Crónica General. Fué grande 
la influencia de doña Leonor, úni- 
ca mujer de D. Alfonso, y, por lo 
que se sabe, siempre para bien. Es 
indudablemente una fábula, inge- 
rida por aviesa mano de falsifica- 
dor en la Estoria de Espanna del 
Rey Sabio y en el Li^o de los Com- 
ujos de Sancho e) Bravo, aquella 
que reza: «estando (el Rey en To- 

- >ledo) pagóse mucho de una judia 
>que avíe nombre Fermosa (2), é 
rolvidó la mujer, é encerróse con 
•ella gran tiempo..... é estovo 

•encerrado con ella poco menos Pendan qae llenba el ejército de Alfonio VIH 
»de siete años, que non se mem- «■ 1» baulln de lu Navas (Catedral de Bo^os). 
•braba de s(, nin de su reyno. Y 

•por esta mala vida diol Dios gran llaga é gran ajamiento en la batalla de 
•Alarcos, en que fué vencido, é fuyó é demás matol (Dios) los hijos va- 

• rones, é por que el Rey se conoció después á Dios é se repintió de tan mal 

• pecado, por el qual fizo después el Monesterio de las Huelgas é el Hospi- 
•tal; Dios diol después buena andanza contra tos moros en la batalla de 
•Übeda (3)^. 

Nunca permaneció D. Alfonso en la inacción pecaminosa que le atribuye 
tan infamante conseja: lejos de eso, invirtió todos los días de su largo reinado, 
ya en defenderse de su tío Femando de León, que llegó á ser aliado de los 
moros en su daño, ya de su primo Alfonso IX, que, aunque al ascender al 
trono leonés se reconoció su feudatario en las Cortes de Carrión, urdió 



e así: gui havit (6 tenía) nemire 

,.. .._ r ^ ^ — tajndfa. 

(3) Esta leyenda ba lerrído de baie i muchas poesías y tragedias, como U Kaqutl, de 
Cartii de la Huerta. Mariana y Colmenares pusieron en dada sa Tonda histórico! sostuviéron- 
lo Amador de los Ríos (Historia ái loi Judiiis], Aschbach y Gractz. D. Francisco Fernández y 
Gonzileí la reduio á una hablilla del vulgo, y Fidel Fita {Elog. cit.) ha demostrado cumplida- 
jntQte lu falsedad. 



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246 HISTORIA DE ESPAÑA 

luego con Sancho de Portugal (i), 
hijo y sucesor de Alfonso Enríquez» 
y con los reyes de Aragón y Nava- 
rra una liga ofensiva y defensiva 
contra Castilla, ya en guerras con los 
inñeles. El Imperio almoravide, que 
tanto diera que hacer á Alfonso VI, 
se habia desplomado tan súbitamen- 
te como se habia engrandecido. Mo- 
ha>Kuud ien Tumart, que pretendia 
descender de Fátima, hija de Maho- 
ma, fanatizó á los masamudas del 
Atlas con sus austeridades y prédi- 
cas, y utilizando la misma cantinela 
que había servido de base á los almo- 
rávides, ó sea la necesidad de volver 
á las puras tradiciones coránicas, co- 
rrompidas por generaciones poco pia- 
dosas, se presentó en Marruecos al 
frente de kabilas bárbaras entre las 
bárbaras, y destruyó el Imperio almo- 
ravide. Éstos nuevos fanáticos, que 
contaban la aversión á la música entre 
los preceptos fundamentales de la re- 
ligión, se llamaron almumakidin (al- 
mohades), que significa unitarios. 
Crai de pl.i. qn« 11«T>b. AlfouM Vni . , De esta gente era califa Yacub 

en U batalla de Las NB*B)(»egu>rd>«n Almanzor, el que derrotó á nuestro 

JisHaclgai de Burgos). Alfonso en Alarcos el 19 de Julio 

de 1 195, tan completamente como los 
almorávides en Zalaca al conquistador de Toledo. Pero, como entonces, y 
por las mismas causas, la derrota sólo tuvo un efecto moral, y realmente 
ahora este efecto moral fué beneficioso toda vez que ante el peligro común 
de la Espafia cristiana se desbarató la liga urdida contra Castilla por el 
leonés Alfonso IX. Alfonso 11, hijo de Ramón Berenguer y de Petronila, que 
habia concurrido con el castellano al sitio y toma de Cuenca (2), alcanzando 
por ello librar á su reino del pleito- homenaje á Castilla, y que luego, envi- 
dioso del poderio de ésta, entró en los torpes manejos del de León, apresu- 
róse luego á deshacer aquella infausta obra; y en Coimbra {Febrero de 1 196) 
convenció á Sancho de Portugal de la necesidad de ayudar en beneficio co- 
mún al vencido de Alarcos. Alfonso de Aragón murió el 25 de Abril del mis- 
mo año; pero su sucesor, Pedro II (i 196-12 13), envió desde luego sus huestes, 
que pelearon ya juntas con las castellanas en los llanos manchegos contra 
los almohades. Con Navarra parecía más difícil la concordia por haber incor- 
porado Alfonso VIII á su corona las provincias de Álava y Guipúzcoa (i 199), 
poseídas por los navarros setenta y siete años, aprovechando el novelesco 
viaje de SoMcko ti Fuertí al África por amores de una princesa almohade; pero 
ante et peligro común acabó también aquel monarca por cumplir sus deberes 
de rey cristiano y español. En cuanto á León, se hizo también la paz con AI- 



(t) Reina de 1 1S5 i 

(2) Empeidesteasec 
Schirrmacher (IRit. di Castilla en los sigh 

nigiUrrlb/GOOglC 



Empeideste asedioenOctnbtedc 1176, )r se nndió la ptaia aniel del 18 Julio ii77,s»án 



HISTORIA DE ESPAÜJí 247 

fonso IX (1197), siendo prenda de ella el matrimonio de este príncipe con 
Doña Berenguela, hija del castellano, consorcio (Diciembre 1197) cual ningu- 
no fecundo en bienes, pues de él nadó San Fernando y dio años de paz á los 
dos pueblos hermanos, por más que la severidad canónica de Inocencio III, 
en general muy saludable, lo anulase nueve años después de celebrado. 

81. — Toda la España cristiana volvió, pues, i unirse, si no con el vinculo 
imperial, magnifico sueño de Fernando 1, Alfonso VI y Alfonso VII, con el 
más modesto de alianza, y fruto de esta unión fué la memorable victoria de las 
Navas de Tolosa (16 Julio 1212), ó ácAl-Icab (i) (el desastre), como escriben 
los musulmanes, expresando que aquella rota fué para ellos el desastre por 
antonomasia. En las Navas peleó todo el pueblo de España, como en las 
batallas de Josué y David peleaba todo el pueblo de Israel: alli estuvieron 
todos los reinos eo que se dividía la Península, todas las mesnadas señoria- 
les, todas las milicias concejiles, el arzobispo de Toledo D. Rodrigo con infi- 
nidad de eclesiásticos al lado de los seglares. Si un sacerdote vestido d£ 
casulla y con una cruz en la mano tuvo miedo y echó á correr, según refieren 
las crónicas, ante unos moros que le persiguieron burlándose de su pusila- 
nimidad y del sagrado signo que llevaba, otro sacerdote — el canónigo tole- 
dano D. Domingo Pascual, — tremolando el pendón del Arzobispado, en que 
iba pintada la imagen de Nuestra Señora, se metió en lo más apretado de la 
morisma, y swuido de muchos á quienes entusiasmó su arrojo, llegó hasta 
la tienda del Califa. En una de las peripecias del combate los moros se pre- 
cipitaron hacia el paraje donde estaban el rey de Castilla y el Arzobispo. El 
Rey, sin inmutarse «nin en la color, nin en la fabla, nin en el continente, dijo 
>en alta voz: Arzobispo, yo é vos aquí muramos. Repuso D. Rodrigo: Non 
•quiera Dios que aquí murades; antes aqu( babedes de triunfar de los ene- 
• migos. Replicó el Rey: Pues vayamos aprisa á acorrer á los de la primera 
•haz, que están en grande afin- 
>camiento>. Fué aquél, cierta- 
mente, uno de los dfas hermo- 
sos de nuestra vida nacional, y su 
recuerdo, ya tan lejano, entu- 
siasma todavía. En nuestras cate- 
drales se canta todos los años, el 
16 de Julio, Te Dtum solemne por 
aquella victoria, y un predicador 
bien escogido cuenta en heroico 
estilo al devoto concurso las peri- 
pecias de la memorable jornada, 
recordando siempre la intcrven- 
dÓD del misterioso pastorcillo, en 
que la fe popular vio á San Isidro 
labrador, que condujo á la hueste 
cristiana por los vericuetos de Sie- 
rra Morena, burlando asi á los al- 
mohades que guardaban el paso 
principal. Pero en ninguna parte 
es tan conmovedora la fiesta como 
en las Huelgas de Burgos, donde 
duermen el sueño de la muerte 



Alfonso IX de León. 



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248 HISTORIA DE ESPAfiA 

Alfonso VIH y doña Leonor Plantagenet, fundadores del famoso Moaasterío, 
cuando el capitán general vestido de gala sale tremolando el roto y deste- 
jido Pendón de las Navas para que la vieja insignia, símbolo de gloria inmar- 
cesible, reciba el homenaje del pueblo y del ejército. ¡Infeliz España cuando 
estas reliquias del pasado gionoso no conmuevan los corazones! 'Los pue- 
>blos — ya lo dijo Macaulay — que no saben honrar las hazañas de sus re- 
>motos antepasados, no harán nunca nada que sea digno de honra por sus 
■ remotos descendientes.» 



"^ 



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XII 



LO MAS GLORIOSO DE LA EDAD MEDIA 



■1. San Femando j Don Jmiine «1 Conqoitlidor. ^M. Historia ÍDMrn*. — Cuicter geoeral 
de los EsUdos cnslianoieD la Edad Media. — >4. 
ti. InstlIDcionea locialeí y políticas. I* ^lesia. Las Coit«s.~ 
t3. La lengaa castellana: oaeitra épica nacioaal, — U. El primer r< .... 
glo xm. — Alfonso el Sabio j Sancho el Bra*o. — Pedro KI de Aragón, 



<s Quniacensei. " 



82. — Poco más de dos años sobrevivió Alfoaso VIII á la victoria que 
ha inmortalizado su nombre. Muñó el 6 de Octubre de IZ14, dejando el trono 
á su hijo Enrique bajo la tutela de la reina viuda; pero esta ejemplar señora, 
«resignada á la Providencia soberana de Dios, no perdió la constanda 
>de ánimo cuando en Madrid recebó en sus labios angustiados el último sus- 
>piro de su hijo Fernando, esperanza de la nación; mas cuando perdió á su 
•esposo y le vio morir, murió también ella de quebranto pocos días des- 
>paés> (i) (25 de Octubre). Quedó por tutora del rey niño su hermana ma- 
yor Doña Berenguela, separada de su marido Alfonso de León por sentencia 
pontificia de nulidad de matrimonio. Nada perdió Enrique con el cambio, 
pues era DotU Berenguela espejo de juiciosas y prudentes princesas. Sin em- 
bargo, como ja constituía uso para los de su regia condición, el niño cayó en 
manos de los prepotentes Laras. Fué inútil. Teniendo el augusto doncel trece 
años y jugando con otros de su edad en el patio del palacio episcopal de Fa- 
lencia, una teja cayó sobre su cabeza, y concluyeron asf los días del hijo de 
Alfonso Vin. 

Conforme á la costumbre, que ya tenía fuerza de ley, aunque no escrita, 
la corona debfa pasar á las sienes de Doña Berenguela. Y pasó, en efecto, 
pero para ser trasmitida inmediatamente á su hijo Fernando. Empezó de 
este modo un reinado en que la historia se confunde con la leyenda áurea de 
los santos, y la crónica se hace poema religioso -heroico. Con toda la bondad 
angélica de su primo Saa Luis, aventajóle en la fortuna guerrera y política, 
dejando á España casi libre de musulmanes, pues los únicos que se libraron 
de su vencedora espada — los granadinos — quedaron tributarios y vasallos 
de su corona. Si algunos de sus actos, propios de la época en que floreció, 
disuenan al espíritu moderno — v. gr., el llevar él mismo sobre sus hombros la 
teña para quemar herejes, — en el espíritu de todos tos tiempos han de resonar 
como voz del Cielo aquellas palabras suyas, programa de su heroica y santa 
vida: Más temo ¡tu maldiciones de una vejezuela de Castilla que todas las lanzas 
de los inores. 



(|i Fidel Fita, ^/«.fV. 



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250 HISTORIA DF, ESPAFlA 

No podemos sÍQO apuntar á la ligera los principales episodios del niara- 
villoso poema. 

Alzado rey en Valladolid (Julio de 1217), resistió pasivamente á su pa- 
dre, que invadió á Castilla, y enérgicamente á los Laras y á otros magnates 
turbulentos. Terminaron estas desagradables contiendas en Julio de 12 19. El 
30 de Noviembre del mismo año se celebró en la Catedral de Burgos su matri- 
monio con Beatriz de Suavia. En el verano de 1224 hizo su primera campaña 
contra los moros, apoderándose de 
Quesada y otros lugares. Falleci- 
do su padre Alfonso desheredán- 
dole del reino de León, se apoderó 
pacificamente de este reino, que 
ya no volvió á separarse nunca de 
Castilla, no sin dotar con soberana 
esplendidez á las herederas testa- 
mentarias, sus hermanas doña San- 
cha y doña Dulce. En 1231 fué la 
victoria del Guadalete, ganada por 

Sepulcrodelrey Alfonso VIII (en lísHoelgía el infante leonés Don AlfonSO (l). 

de Burgos). En 1235 murió la reina Doña Bea- 

triz. Al año siguiente fué la toma 
de Córdoba; en la primavera de 1243, la ocupación de Murcia; en 1246, la 
entrada en Jaén; en 1247, la de Carmona, y empezó (20 de Agosto) el cer- 
co de Sevilla. La rotura del puente de barcas por las naves chapadas de 
hierro del almirante Bonifaz ocurrió el 3 de Mayo de 124S; la ciudad se 
rindió el 23 de Noviembre, y el ejército cristiano entró triunfalmente el 
22 de Diciembre. Jerez fué tomada, según todas las probabilidades, aunque 
no es seguro, en 1251, y en el mismo año cayeron sucesivamente todas las 
poblaciones de la actual provincia de Cádiz. Esta última campaña la dirigió 
el hijo de San Fernando, Don Alfonso el Sabio. 

Meditaba y preparaba el santo conquistador una expedición al África 
cuando murió en Sevilla (noche del jueves 30 de Mayo de 1232I, edificando 
al mundo con su piedad y contrición. Cuenta su nieto D. Juan Manuel, por 
habérselo referido á él Sancho el Bravo, que «cuando el rey Don Femando 
«fincó en Sevilla», á todos sus hijos, presentes en su agonía, dejó muy bien 
heredados, menos al padre de dicho D. Juan Manuel, que era muy mozo: 
<et D. Pedro López de Ayala, que lo criaba, dijo Sancho el Bravo, trajo el 
tmozo al rey, et pidió por merced que se acordase del... Estaba ya el rey 
acerca de la muerte, y non pudiendo fablar si non á muy grand fuerza, dijo: 
>Fijo, vos sodes el postrero fijo que yo hobe de la reina Doña Beatriz, que 
• fué muy santa et muy buena mujer, et sé que vos amaba mucho. Otros!, fiero 
>nos vos puedo dar heredad ninguna, mas dovos la mi espada lobera, que es 

(i) Era hijo de Alfonso IX 7 de Doña Berenguelí ei decir: herm&no de padre y medie 
de San Fernando. Refiere Don Alfonso el Sabio que leoneses ; galiegoi, por oposición i U 
anión de las dos coronas, iralsron de dar la de León á este infante; pero él le opuso, tigniendo 
los consejos de su madre Doña Berenguela. 

(Exflicación de ¡,i Mmina Lll.) 

EMultnra en marfil de hn árabes en Eapalla. - 1 , Atquelí f> cofre de msrf II estilo iribe-blin- 
lino, finnddíiglo \i. Se guirdien el monaslerio de Sanio Domlneodc Silos (Burgos). -~ 2 y I. joyero y n 
tipa, siglo \IV', colección del conde de Valencia de Donjuán. — 4. Cofre de estilo pena.inbe del siglo XIV, 
exilíenle en 1i catedral de Pimplona. Lleva el nombre Al-Minzor y data del iffo lOQS. 



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HiSTOKiji Grífica a» LA Civilización Española 



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EiCBltnra cu mnrta de loi árabe* en Eipala. 



252 HISTORIA DB ESPAÑA 

>cosa de muy grand virtud, et con que me ñzo Dios á mi mucho bieD> (i). 
San Fernando tuvo digno compañero en la gobernación de la Península 
y en las empresas contra infieles en su contemporáneo el rey de Aragón Don 
Jaime, á quien para santo sólo le faltó la continencia, y fué quizás el rey más ref 
de nuestros anales. Nacido en Montpeller el sábado 2 de Febrero de i2otJ, 
hijo de Pedro II, el de las Navas, y de María de Montpeller, de la que 
dijo el mismo Don Jaime: <si en el mundo habla una mujer buena, era ella; 
>temfa y honraba á Dios; fué ama- 
>da por cuantos la conocían, y to- 
ldos la llamaron santa> (2), hubo 
de correr desde la más tierna in- 
fancia extrañas vicisitudes. Su pa- 
dre, que se apellidaba ti Católico 
y había llegado á declararse feu- 
datario de la Santa Sede, por fa- 
vorecer á su cuñado el conde de 
Tolosa se puso de parte de los al- 
bigenses y contra los cruzados de 
Simón deMonfort.Vencidoymuer- 
to en la batalla de Muret (13 Sep- 
tiembre I2i3),quedó el niño Jaime 
caulivo de Monfort, y sólo pudo 
volver á su reino por una orden de 
libertad dada porinocendoIII, del 
que dijo él luego en su Crónica: d 
mejor pontífice que en un siglo kabia 
ocupado la Silla del Apóstol. Los tíos 
del Rey tuviéronle en el castillo de 
Monzón no menos cautivo que hu- 
biera podido tenerle Simón ; pero 
á los diez años se evadió y gober- 
^ , „ , , , nó por si. El 6 de Febrero de 1222 

Don. B«Mgud.. ,3) se casó teniendo nada más que tre- 

ce años, en Agreda, con doña Leo- 
nor de Castilla, hermana de Doña Berenguela, enlazándose así con San Fer- 
nando y con la Casa de Suavia. Luchó decidido y perseverante con los ricos 
hombres de Aragón; en las Cortes de Barcelona (Diciembre 1228) resolvió la 
conquista de Baleares, que duró hasta 1232 (4). Esta presa no era, sin em- 
bargo, más que el principio de la guerra, que, según él mismo dice, había de- 

(r) «Traclado que fiío D. Juan Manuel sobre lai simu qne (atron didas i sa padre el íd- 
Kfante U. Manuel... et de cómo pasó la Tabla que con el re; Don Sancho ovo antes qae finaso. 

IJ) Bernardo d'EscloC j Muntaner retiereD, aunque diürtendo en pormcDOres, qae los 
cónsules y prohombres de Montpeller, disgustados il vei que Pedro II, may aficionado i las 
laidas — hoiae ilt femkras dice la crónica, — no hacía caso de su esposa jr así no habla real sm- 
cesión, discurrieron con Guillen de Álcali, rico hombre tragonas, la estratagema de tntrodo- 
cir á la reina en el cuarto donde aguardaba el rey i su amiga. A la maíiana el Re; exclamó' 
Ftits que asi ei, guitra H ciclo cumpUr nueilros volas. D. Jaime en su Crónica no sólo no habla 
de esto sino que parece contradecirlo al consignar que fué concebido en Mírebal. 

(í) LaestatuadeD.'' Berenguela lo mismo que la de Enrique! fueroncolocadasenlaCate- 
dral-Me¡quitade Toledo muya principios del siglo xiii, por el arzobispo D. Rodiigo.AI demolei- 
se aquel templo árabe, se retiraron de allí ambas y la de D.» Berenguela fui i parar al Taller Jí¡ 
moro, en donde permanecía en los promedios del siglo pasado. La de D. Enrique esti colocadi 
éntrelas de los otros reyes en la capilla mayor de dicha catedral, en el machón mis próximo 
al aliar. 

(,]) Hasta 1235 no fué sometida Ibiza. 



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HISTORIA DE ESPAtÍA 253 

clarado <á todos los sarracenos del mundo por tíerra y por mar, soportando 
>el viento, la lluvia, laa tempestadess el hambre, la sed, el frfo y el calor para 

• conquistar á los infieles ciudades, castillos y aldeas en los montes y en los 
•llanosi. En seguida acometió la empresa de Valencia. La guerra fué porfía- 
disima, llena de incidentes heroicos, y tan prolongada, que do terminó hasta 
el sábado 9 de Octubre de 1238, dia de la solemne entrada de los cristianos 
en la hermosa ciudad del Turía. Pero contra los iufíeles siguió luchando hasta 
que, conquistada Murcia, no tuvo 

Aragón fronteras musulmanas. 
Murió de sesenta y nueve ahos 
(miércoles 27 de Julio de 1276). 

• frente á frente de San Luis, de 
•San Femando y de Alfonso el 
•Sabio, Don Jaime tiene un lugar 
•aparte. Por desgracia suya, no es 

• santo, y, afortunadamente para 

• sus vasallos, no es sabio: es rey, 
•no es más que rey; y lo es en la 

• más hermosa acepción de la pa- 
•labra rtx, dirigiendo á su pueblo 

• por los caminos de la justicia y 
>de la civilización. Jaime es por 
•excelencia el hombre de acción, 
•de la acción inteligente, noble, 
•desinteresada y sublime, cuya 
•popnlaridad consiste en la gran- 
•deza misma de sus pensamien- 
.los. (i). 

S3. — Con estos dos grandes 
monarcas Castilla y Aragón no 
sólo alcanzaron un gran desarrollo 
territorial, sino que asentaron de- 
finitivamente su organización poli- Eariquel. (a) 
tica, y tomaron resueltamente el 

camino de la cultura que podemos llamar moderna. Seflalan, pues, tan glo- 
riosos reinados un punto natural de separación entre dos épocas — cuanto 
semejantes puntos y épocas no sean del todo arbitrarios, — de tal suerte que 
la faz general de las cosas antes y después de ellos preséntase de muy dis- 
tinto modo. Momento es el presente, por tanto, el más oportuno para dete- 
nemos en la narración y presentar el cuadro sintético de la historia interna 
de los reinos cristianos de la Península durante tan largo periodo. 

Y lo primero que hay que apuntar en este orden es que las monarquías 
cristiano -españolas de la Edad Media fueron del mismo sistema social, polí- 
tico y administrativo que sus contemporáneas del continente europeo. Las 
nadones son independientes naciendo á la vida pública y desarrollándose 
autonómicamente; pero forman entre sí grupos por comunidad de origen y 
de civilización, dentro de cada uno de los cuales se va cumpliendo la misma 
ley evolutiva, hasta el punto de que las instituciones y el modo de ser de 

(I) Sinchcz Cando. V*»»e Toartoolon (Jíame I Ii Conqueranl). El «ño &t I908 se ce- 
lebrí CD Mantpeller y en todos los reinos de la aaligua corona de Aragón el séptimo cenlena- 
rio del nacimiento de Don Jaime. Entre loa trabajos lilerarios propios de las solemnes fiestas 
debe citarse la edición monumental de la Créniía real, escrita por el mismo Conquistador. 

'3) Viiie la nota 3 de la plgina 351. 



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254 HISTORIA DE BSPAÑA | 

todas son, si no absolutamente iguales, muy semejantes: sólo difieren unas de 
otras en pormenores que, ó son verdaderas excepciones, ó singularidades res- 
pecto del tipo general. Y á medida que se profundiza en su estudio comparado 
va notándose que tales singularidades 6 excepciones son, ó meramente de 
nombres ó apariencias, ó harto más insignificantes, que lo que se creyó en un 
principio. La España cristiana pertenece al grupo de naciones propiamente 
dicho europeo, y siempre ha seguido en-su desarrollo histórico el camino 
que todas las de su grupo, 
no marcando su individuali- 
dad nacional sino en algunos 
puntos determinados por 
las circunstancias especiales 
su carácter colectivo 6 por 
que ha ido atravesando. 

De nuestro antiguo régi- 
men medioévico puede afir- 
marse, pues, cuanto del bri- 
tánico ha escrito el profundo 
Macaulay: ique pertenece á 
>la clase de aquellas monar- 
>qufas limitadas que nacie- 
>ron en la Europa occiden- 
»tal durante la Edad Media, 
»y que á pesar de sus dife- 
>rencias se daban todas cier- 
>to aire de familia; parecido 
>que no causará extrañeza 
>si se advierte que las co- 
„ , „ , ,_■ ^ „ . "marcas en las cuales se 

Doña BerengaeUrenunc. « su h,,o Do» Fenundo. .forn,aron fueron provincias 
>del mismo grande Imperio 
icivilizado, y sin excepción invadidas y conquistadas casi al mismo tiem- 
>po por las tribus del mismo bárbaro y belicoso pueblo; que formaron par- 
>te de la misma coalición contra los sectarios de Mahoma; que se haila- 
>ron todas en comunión con la misma Iglesia; que sus constituciones polltí- 
>cas adoptaron naturalmente la misma forma en todas partes; que sus insti- 
>tuciones procedían de la Roma imperial, de la pontificia y de la antigua 
• Germania; que todas tuvieron reyes y en todas se hizo hereditario el ejer- 
>cÍcio de la realeza; que todas tuvieron nobles, cuyos Htulos indicaban origen 
■ militar y dignidades de caballería y reglamentos heráldicos idénticos; y to- 
>das, finalmente, fundaciones eclesiásticas dotadas de pingües rentas, y mu- 
>nicipios también con grandes franquicias, y asambleas cuyo consentimiento 
>era indispensable á la validez de ciertos actos públtcos> (i). 

El mismo Macaulay nos enseña que estas constituciones, sólo una en 
esencia, de los diversos Estados cristianos, no fueron formadas, como laa mo- 
dernas del continente europeo, de una sola vez ó por acto legislativo de 
asambleas constituyentes imbuidas en ciertos principios ó ideas de filosofía 
política, sino que se elaboraron espontánea y lentamente por el choque de 
unos elementos sociales con otros, por recuerdos de tiempo viejo latino y 
germánico, y al impulso de necesidades que iban surgiendo; por el influjo de 
doctrinas buenas, cuales eran las de la religión cristiana y del Derecho ro- 

D,g,t7cdb/COOgIC 



HISTORIA DB ESPAÍJA 255 

mano, nunca olvidado, al meaos por los más doctos, mezcladas y confundidas 
con errores y preocupaciones hijos de la ignorancia y de la barbarie. Asi re- 
sultaron esas uniformes constituciones con una excelsa cualidad y un grave 
defecto: la cualidad fué la solidez, dimanada de su compenetración perfecta 
con el estado social, ya que no eran sino este mismo estado social tal y como 
babfa ido cristalizando en formas políticas, ó constituyéndose sin ñlósofos 6 
políticos empeñados en amoldar la sodedad á las normas ideales conce- 
bidas en su gabinete. El defecto era la confusión, porque ni se bablan sen- 
tado principios fundamentales de que fueran las leyes ó costumbres un des- 
arrollo metódico, ni se hablan inducido estos principios, como modernamente 
se ha hecho en Inglaterra, del estudio de las leyes mismas; en la Edad Me- 
día no estaban legalmente determinadas ni limitadas las atribuciones de na- 
die; todos los elementos sociales — Iglesia, Estado, papa, reyes, nobles, et- 
cétera — parece que aspiraban por igual al predominio absoluto, no tolerando 
á los otros factores ó elementos de la sociedad sino á la fuerza; y de aquf un 
equilibrio inestable ó un aumento á disminución constantes de poderio en 
cada uno según las circunstancias del momento ó las condiciones de talento, 
valor y ambición de las personas á quien tocaba representar cada orden. 
Esta confusión engendraba un inacabable y agitadlsimo periodo constitu- 
yente, que duró toda la Edad Media. 

Dos fenómenos sociales contribuyeron poderosamente al acrecenta- 
miento de esta confusión: el feudalismo y la organización militar. 

84. — Feudalismo. — Esta palabra se nos ofrece hoy con una signiñca- 
ción algo confusa, y es porque la institución ó sistema caracteristicos de la 
Edad Media á que se aplica variaron mucho según los tiempos y países en 
que rigió, y así, el feudalisfiw no fué lo mismo antes y después de Carlomagno 
ni en Francia ó Alemania como en nuestra Península (i). Pero en todas partes 
y en todos tiempos tuvo caracteres lípicos comunes, dimanados de la idea, ó, 
mejor dicho, del error que fué su origen. 

La etimología del vocablo feudo nos da razón de este origen común. 
FíMdo no viene alfides: fe, ni á^faedus: alianza, como apuntó Monlau, sino 
de voces germánicas expresivas todas de la idea de propiedad territorial (3); y, 
efectivamente, los conceptos át feudo y feudalisttio estuvieron siempre y en 
todas partes asociados al concepto de posesión del suelo. El feudatario era 
un terrateniente, ó que posda derechos (tus in re) sobre la tierra. Aho- 
ra bien; la idea de propiedad, tan claramente deñnida por el Derecho ro- 
mano, se embrolló en la Edad Media por lo que se refiere á la inmue- 
ble, en parte por efecto del hecho de la invasión de los bárbaros, y en parte 
por desarrollo anormal y excesivo ó por mala inteligenda de algunos prind- 
pios del mismo Derecho romano, y el resultado fué que se llegó á la conclu- 
sión absurda de que el dueSo de un terreno es señor de todos los que viven 
en él, confundiéndose así dos cosas que deben ser tan distintas como la pro- 
piedad y la soberanía. £1 Derecho romano habla ofrecido ya en la senñdum- 
l>re de ¡a gleba d tipo de heredades con hombres adscritos á ella indisolu- 
blemente, y sobre los cuales tenía dominio absoluto el dueño del terreno; 
pero esos hombres eran esclavos, y para esclavos tal género de servidumbre 

¡1) De donde dimana, i nueatrojaicio. que Martínez Marina, Lista y otras hayan podido 
negar la existencia del feadalismo en España, especialmente en Castilla y León. Tenían razón 
en cnanto comparabaD nuestro itgimen ieadal con el de Francia, Alemania é Italia, es decir, 
de loa países que constitayeron el Imperio carolingio, muy distinto del nuestro, exceptuando 



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3^6 HISTORIA DE ESPAÍ^A 

representaba, sin duda, un alivio en su misera condición; en la Edad Media, 
no ya el siervo, sino todo hombre que moraba eo el terruño, estaba subor- 
dinado al dueño. Mas si por efecto de tan grosero error el que vivía en tierra 
ajena era vasallo del terrateniente, éste, á consecuencia del mismo absurdo 
principio, no podía ser verdadero propietario de su heredad, sino mero po- 
seedor, ya que el soberano ó rey había de asumir la propiedad de todo el t%- 
rritorio, ser dominios rerum (señor de las cosas), como lo era de las personas, ó 
rey propietario, según la locución castellana. En resumen: el feudatario era un 
terrateniente que dentro de su heredad ó feudo tenía la soberanía sobre las 
personas que allí habitaban, y que á la vez se reconocía mero poseedor de 
la tierra, porque no había en todo el Estado más que un verdadero propieta- 
rio: el rey. Más breve: el feudatario era el propietario territorial, seg;ún se 
concibió este tipo en la Edad Media. 

Sobre esta base la institución nació y se desarrolló según la índole de 
los pueblos. Después de la desmembración del Imperio carolingio, en los 
reinos fundados sobre su ruina fué organizada sistemáticamente para la de- 
fensa militar, dándose las tierras por el soberano como estipendio y recom- 
pensa del servicio de las armas y en proporción á la entidad del mismo ser- 
vicio, ó sea al número de hombres con que cada feudatario debía acudir á la 
guerra. En España sólo en Cataluña tomó este carácter, si bien tendió á él en 
todas las regiones. 

Organización uilh-ar — El Imperio romano impuso al mundo domira- 
do por él el inestimable beneficio de la paz interior merced al instrumento 
de un ejército permanente, bien organizado y sumiso por el vínculo de la 
obediencia pasiva al emperador ó soberano. En nuestra época las naciones 
viven también en paz interior por haberse restaurado en todas ellas aquella 
institución romana del ejército permanente como cuerpo separado de la po- 
blación civil. Asi, en nuestros días, lo mismo que en los buenos tiempos de 
Roma, mientras los militares profesan el arte de la guerra procurando lle- 
varlo á su mayor perfección y están siempre apercibidos, no sólo á rechazar 
acometidas de enemigos exteriores sino á reducir á los díscolos y descon- 
tentos, que nunca faltan en ninguna nación, por bueno que sea el gobierno, 
la masa de ciudadanos puede dedicarse tranquilamente á las artes de la paz, 
cada uno en su oficio; y de aquí que haya orden ó libertad, que es lo mismo, 
y que constantemente progresen la industria, las ciencias y todo lo que enno- 
blece y hace grata la vida humana. Pero en la Edad Media estaba muy lejos 
de ser asf: no había ejército propiamente dicho, sino que todos los hombres 
libres eran soldados, y organizábanse como querían, y para ser más fuertes 
armaban á sus siervos, y los feudatarios hacían de sus casas plazas fuertes y 
dirimían á viva fuerza las querellas con los vecinos. La obligación legal era 
estar prontos al llamamiento del rey, ya para ir at fonsado (hacer entradas 
en tierra enemiga), ya para defender el territorio invadido por enemigos; 
quien podía, iba con caballo, y disfrutaba por eso de grandes prerrogativas 
sociales y políticas; quien no, sólo con su persona y armas. Los tiempos más 
pacíficos entonces eran los de las guerras, que ahora nos parecen mayores, 
pues á ellas acudía toda la multitud de hombres de armas, que cuando no 
había tales motivos se dedicaban á guerrear unos contra otros. <En aquellos 

• tiempos — dice Macaulay, — si un jefe popular levantaba pendones por 
>una causa simpática, en veinticuatro horas reunía un ejercito irregular, que 
>regular no lo habla, pues si todos entendían algo del oficio de soldado, casi 
>ninguno lo sabía por completo. Y como los rebaños, las cosechas y las roez- 

• quinas viviendas constituían toda la riqueza nacional, y todo el menage de 
»los hogares, y las provisionei de las tiendas, y los instrumentos y útiles que 



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HISTORIA DE ESPAÑA 257 

• habla en el reino apenas vallan lo que la propiedad actual de algunas pa- 

• TToquias, y las manuracturas eran groseras, y el crédito público cosa deseo- 
•nocida, la sociedad se reponía fácilmente no bien pasaba la tormenta, que- 

• daodo reducidas las calamidades de la guerra civil á una matanza mayor ó 

• menor en el campo de batalla y á las ejecuciones y confiscaciones subsi- 
•guientes, y ocho días después del combate los gañanes uncían los bueyes al 

• arado para labrar la tierra que ^rvió de palenque á la contienda, y el señor 

• lanzaba sus halcones como si nin- 
•gún suceso extraordinario hubie- 

• ra interrumpido poco hacía el 

• curso regular de la vida huma- 
na» (i). Pero estas peripecias, tan 
admirablemente pintadas por el 
gran historiador inglés, repetíanse 
con suma frecuencia, y hoy, le- 
yendo las crónicas, á pesar de ser 
tan concisas , nos preguntamos 
asombrados cómo podía vivir la 
gente en aquella permanente anar- 
quía, co aquella guerra trasmitida 
de generación en generación du- 
rante vanos siglos. 

Teniendo muy en cuenta es- 
tos fenómenos es como pueden 
comprenderse las instituciones y 
los hechos de la historia interna 
de la Edad Media. 

85. — Monarquía. — En to- 
dos los reinos fué electiva, menos 
en el condado de Barcelona, don- 
de, según ya hemos visto, la dig- 
nidad condal nació de nombra- 
miento de los reyes francos, en un 
principio temporal, y después he- (^^ ' 
rcditaría. En las otras regiones el 
rey era, según la frase tradicional, 
oltMÍo ó levantado, lo que indica bien claramente el carácter electivo de la pro^ 
clamación. Antiquísima ó inmemorial era la costumbre de jurar el rey la obser- 
vancia de las leyes, fueros, privilegios, buenos usos y costumbres del reino 
antes de recibir el pleito homenaje de los prelados, ricos- hombres, caballe- 
ros, ciudades y villas; finalmente, el rey era ungido con el óleo santo. Siem- 
pre hubo la tendencia á la tras formación de la monarquía de electiva en 
hereditaria, y pocas veces, aun en los primeros siglos, salió la corona de 
la misma familia; desde Pelayo hasta Fernando el Magno, menudean los casos 
de sucesión hereditaria; á dicho Fernando le vemos tomar el reino de León 
por derecho de su mujer, y á su muerte dejar sus Estados repartidos entre 
sus hijos, lo que nos indica que el error del feudalismo se había incorporado 
va al concepto de la monarquía, teniéndose el rey por propietario del reino. 
Habiéndose dicho á Don Fernando que hacia mal repartiendo el reino, con- 
testó qne, como lo había conquistado ó ganado, podía disponer de él como 
quisiera: las palabras conquistas^ ganancias y compras se habían hecho sinóni- 



Fcnnndo III el Saate. 



(1) Obrmcit. 
ilccdo. Historia d 



D,g,t7cdb/COOglC 



258 HISTORIA DE ESPAÑA 

mas, como vemos en los fueros de Navarra. La trasformación de la monar- 
quía en hereditaria fné un bien que hay que agradecer al error del feadalts- 
mo, aunque por lo pronto trajera el mal de las reparticiones del reino y de las 
minorías turbulentas. Consecuencia de tan notable cambio fueron la jura del 
inmediato sucesor en vida del rey su padre, y la intervención del reino en 
los matrimonios regios. Alfonso VI consultó con los prelados y sefiores el 
casamiento de su bija con el rey de Aragón. Alfonso VI[ «casó teniendo por 
>bien los ornes buenos de su Imperio, ya era en edat de casar, é de facer 
«heredero que mantuviese el reino é los pueblos enpaz>. Las Cortes de Bur- 
gos intervinieron en el matrimonio de Alfonso VIII y Doña Leonor, y las de 
Carrión (i iSS), en el proyectado enlace de Doña Berenguela con Conrado de 
Suavia. Se ve que ta costumbre había establecido el orden de suceder tal y 
como las Partidas luego lo sancionaron. 

En cuanto á la autoridad real, los antiguos fueros la resumen en las cua- 
tro prerrogativas esenciales de Justicia (administrarla en todo el reino, pues 
hasta los señores lo hacían por delegación real), mongda (derecho de acuñarla), 
Jtmsadera (facultad de exigir á todos los hombres del reino que le sigan á la 
guerra ó le paguen una redención por el servicio militar), ¿ shos yaniarts 
(derecho de ser alimentado por el reino, y especialmente por la ciudad en 
que residía): en estas prerrogativas iban incluidas la potestad l^slativa más 
amplia y todo el poder ejecutivo. £1 rey era legislador, gobernador y juez 
supremo del reino. 

En los Estados cristianos las personas eran síervas ó libres. Se caia en 
servidumbre: por nacimiento, por obnoxacián (voluntariamente, es decir, por 
renuncia de la libertad), por deudas y por cautiverio. El siervo de nacimiento 
se llamaba de criasÓH, y el que voluntariamente se hada siervo de la Iglesia, 
oblato. El siervo era una cosa, y no una persona. La servidumbre de la gleba 
consistía en la unión jurídica y material del cultivador con el predio que cul- 
tivaba. Los siervos labraban á sus expensas y retenían los frutos, entregando 
al señor una parte mayor ó menor, según la costumbre del lugar; como en- 
tonces corría poco el dinero, el canon se pagaba en especie: ganado, aves, 
manteca, lienzo, etc., amén de los servicios personales exigidos por el ama. 
Aun cuando andando el tiempo el siervo se convirtió en colono y disfrutó de 
cierta libertad, su condición fué siempre muy triste. En Cataluña, por ejem- 
plo, estaba sometido, además de á las prestaciones ordinarias, á las s§a malas 
»soí, entre los cuales era singularmente odiosa la otgMcia, en virtud del cual, si 
la mujer del payés cometía adulterio sin consentimiento del marido, sus bie- 
nes se repartían por mitad entre dicho marido y el señor; y si se probaba que 
el marido consintió, todo era para el amo: de aquí vino el adagio sobre cormas 
sin^uo sóidos. También era un mal uso la firma de spoli, sobre el cual se ha 
fantaseado que consistía en un vergonzoso tributo de la payesa al señor antes 
de consumar el matrimonio; nada menos cierto, sin embargo. Solsona, maes- 
tro de los doctores catalanes, ha probado que \i firma de spoli 6 Jerma dt 
spoli forsaí no era otra cosa sino un canon que había de pagar el payés al 
señor por la autorización para hipotecar la tierra en seguridad de la dote 
recibida. En la Compilación de Pedro Albert hay una constitución que pres- 
cribe á la mujer heredera del feudo prestar homenaje al señor, y como una 
de las ceremonias del pleito -homenaje era el ósculo del señor al vasallo, se 

a LIO). 

■ I. Jirrón árabe del si^to MH, niftenle en d MuiM ArqucolAgico NadoiuJ. 
de nn tener teflejos metílicos, — 2. Jim hiipano-inbe, siglo xv. — J. Bolc dr 
xorido con oro y xvA. — \. Plilo-bruero hiipano-moirlico, siglo f\. 



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Historia Gkípica de la Civilizaciún Española 



Cartmiea árabe. 



D,g,t7cdb/COOgIC 



Historia GkIfick de la Civilizacióm Espaüoi 





Hierro* arllstlCM. 



,,CoogIc 



HISTORIA DE ESPAÑA 26l 

previno que eo ese caso nombrase la payesa un representante para cumplir 
esta parte del ceremonial. 

Los hombres libres eran de dos clases: i.' Los nobles, que en los prime- 
ros tiempos eran designados con los nombres de príncipes, potestate terrae, 
proceres, magnates y rici-komnes, auxiliares y casi compañeros del rey en la 
guerra, á que acudían con sus vasallos, y en la paz, ya desempeñando los 
gobiernos (condados), ya en oficios palatinos {magnates togae piUatii). Después 
la nobleza fué organizada en grupos jerárquicos: infantes (hijos legítimos del 
rey), condes y viscúndes, ricos-honus, infanzones, caballeros, escuderos é hidal- 
gos, que en Cataluña se llamaban komes deparatge. En Aragón ios infanzones 
fueron llamados al principio mesnaderos, y existia la clase de los harona des- 
pués de la de los ricos-hombres. 2.' L^s hombres libres sin nobleza: patrocina- 
dos ó sometidos á benefactoría de otro, y los colonos ingenuos (colonos, coUa- 
tos, solariegos, foreros, trihttarios, villanos, etc.) 

Propiedad territorial. — Partiendo de los principios feudales ya ex- 
puestos ligeramente, el rey daba las tierras á quien le parecía, ó se las reser- 
vaba. De aquí la división de los terrenos en de realengo y señoriaUs, subdivi- 
didos ios últimos en eclesiásticos (de abadengo) y seculares. Era dominio 
abadial ó de juro de heredad el perpetuo, irrevocable y trasmisible á los here- 
deros. Prestimonio, el título porque un vasallo adquiría terreno dentro de la 
jurisdicción señorial, con deber de prestar al señor algún servido ó pensión. 
Encomienda, la cesión temporal de una tierra ó lugar, generalmente por la 
vida del bencfídado. 

Poco á poco el siervo fué convirtiéndose en colono, el colono en vasallo, 
y nadendo la clase de hombres libres no nobles, á la vez que la propiedad, 
sin perder su carácter juridico de mera posesión, iba consolidándose, y con 
lodo esto nació el verdadero pueblo, el conjunto de los homes buenos de GiJ- 
(t//a. La tnfluenda de la Iglesia en este provechoso cambio es indiscutible. 
<£lla tomó bajo su protecdón á la sociedad, y la salvó de los horrores de la 
•anarquía. Valiéndose de su poder moral, obliga á los opresores á asociarse, 
"bajo juramento, con los oprimidos á fin de hacer que se respete la paz pú- 

• blica, la ley y los derechos de todos. La paz de Dios penetró por los reinos 
>i)e León y de Castilla, como la paz y tregua habfa penetrado en el siglo xi 
•en Cataluña. En el Concilio de Oviedo de 11 15, á que asistieron los obispos 

• y magnates y el pueblo de la diócesis, juraron todos conservar la paz, tmpe- 
>dir que se quitasen al colono sus animales domésticos, se saquease, robase, 
•ni hidese daño alguno, y castigar al ladrón ó malhechor, al que le auxiliase 
>y al que de cualquiera otra manera quebrantase la paz, imponiendo, además 

• del anatema de la Iglesia, otras severas penas. Esta constitución se exten- 

• dió por todos los territorios de Asturias, Castilla y León, jurando todos los 
•hatütantes su' observan da. Don Alfonso el Batallador la hizo extensiva á Ara- 
•gón, donde se conservó por mucho tiempo, como lo prueban las constitucio- 
•nes de Don Ramón Berengner de 1 164 y las que posteriormente se hicieron 
•en la época de Don Jamie el Conquistador. Don Alfonso Vil confirmó también 
'la paz hecha en el Concilio de Oviedo, conservándose esta Institución, como 
•lo atestiguan las constitudones hechas por su nieto Alfonso IX de León> {\). 

(1) Muñoz y Romero (Díicnno de recepción). 

Espli-mion at la lamina LIV). 

Hierro* artiltlcoi. - 1. Cuiddibro. siglo MV, Iglnla de San Pedto de Tarrisa. — Z. Reja del si- 
llo W.Baillicadí San Viirdte, Ávila.— 3. Braieto de bronce, siglo XIV. — í. Aldabón del sigloxv. — 5, De- 
ulte de la iter|a del altar de San Anlonio.ilglo XI. Basílica de San Vicmle, Ávili. 



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262 HISTORIA DE ESPASa 

La influencia eclesiástica se manifestó por los obispos y por el clero, 
pero muy especialmente también por el monacato. Las Órdenes religiosas son 
tan antiguas en España, que en el Concilio I de Zaragoza (3S0) y en el I de 
Toledo ^00) se legisló sobre ellas. En la época visigoda llegaron los monas- 
terios á un gran esplendor, y empezada la Reconquista, no sólo renacieron á 
nueva vida y se fundaron muchos, sino que constituyeron el elemento más 
activo de colonización y repoblación de los terrenos reconquistados. En 
aquella época de hierro en que se conceptuaba el ejercicio de las armas única 
profesión digna de un hombre libre, los monjes que, apartados por sus votos 
de ta vida militar y considerando el trabajo corporal y el cultivo de las faculta- 
des del alma más como un acto de penitencia propio de su instituto que como 
un modo de ganarse el sustento, no temían rebajarse coa las faenas más du- 
ras; eran los únicos que comprendían que el destino humano sobre la Tierra 
se cumple tan perfectamente ó mejor que dando y recibiendo cuchilladas en 
los campos de batalla, leyendo, estudiando, meditando y escribiendo, labrando 
la tierra, construyendo edificios; ejerciendo, en suma, todas las artes de la paz. 

Por tanto, el monacato no constituía en aquel tiempo un elemento de 
civilización, según ha podido serlo después, sino que era la dvÜizadóu, toda 
¡a civiliíorión, en su triple aspecto moral, intelectual y material; era el dere- 
cho, la ciencia y el trabajo, y fuera del monasterio difícil es hallar más que 
fuerza bruta, ignorancia y belicoso ardimiento. Es verdad que habla héroes; 
pero héroes que no sabían escribir su nombre ni leer una línea, que despre- 
ciaban el trabajo como cosa propia de siervos, y que creían con absoluta 
buena fe, con la firmeza con que se creen las preocupaciones hereditarias, 
que el buen caballero se rebaja ganándose el sustento de otro modo que 
despojando á los enemigos en el campo de batalla; hombres, en suma, en quie- 
nes el guerrear perpetuo habla desarrollado, aunque de cierta manera noble, 
todos los instintos crueles de la matanza y de la rapiña. 

Innumerables fueron los monasterios fundados y las donaciones de reyes 
y particulares que los enriquecieron desde el siglo vm al xi. El más famoso, 
el de Sahagún, llamado primitivamente Domnos Santos por hallarse en el 
sitio que se creía sepultura de los mártires Facundo y Primitivo, y después 
de San Facundo, y que fué sin duda en la mente de Alfonso III su fundador, 
y en la realidad de los hechos, el elemento más activo de repoblación en los 
devastados campos góticos; toda aquella comarca se llenó de colonias mona- 
cales en torno de iglesias reedificadas servidas por los monjes de Sahagún, y 
que fueron otras tantas villas ó granjas agrfcolas, base de futuros lugares. 

Estos núcleos de población plebeya se desarrollaron poco á poco, dando 
lugar á las behetrías (lugares ó grupos de lugares con facultad de elegirse 
señor, ya libremente, behetría de mar d mar — ya entre los individuos de una 
familia — behetrías de linaje d linaje), y á las villas ó concejos (pueblos inde- 
pendientes de toda jurisdicción que no fuera la del rey, tipo del municipio 
español), de los cuales los más importantes — los que eran sedes episcopales — 
tomaron el título de ciudades. 

Así nació el pueblo, cuya importancia política creció siempre, contraba- 
anceó la de la nobleza, y apoyó á los reyes en su grande obra de crear el Es- 
tado moderno. 

Los reyes contaron con el pueblo, llamándolo á los grandes Consejos de 



( ExplUadón di la lamina 1. 1 .) 

Emalteadtí ilflo Xtl.-I. Piito 



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Historia Obífica dk la Civilizaciúm Española 



Etnudtc* ilel «Ifla XII. 



D,g,t7cdb/COOgIC 



Historia (íhÍfica de la Civiliiaciók Rsvañola 



HISTORIA DEL TRAJE.-SIglal Xllt yXIV. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAÑA 365 

b Corona en cuanto tuvo importancia social proporcionada á la fundón polí- 
tica. Al Parlamento inglés no concurrieron lús comunes hasta 1226^ á las Dietas 
germánicas no fueron los burgueses hasta 1237, y en Francia el estado llano no 
asistió á los Generales del Reino hasta 1303. En Castilla y León tenemos las 
Cortes celebradas por Alfonso IX en su capital, aflo de 1 1 88, de las que dice 
el mismo monarca: ^nos ayuntamos en León, cibdat real, en la honrada com- 
>pañía de obispos, é la gloriosa de los ricos príncipes y barones, é muche- 
•dumbre de las cibdades ó embiados de cada cibdat por escote.> Y antes, 
en 1 169 consta que hubo representación de los concejos en las Cortes de 
Burgos, convocadas por Alfonso VIII. En Navarra, según Moret, asistieron 
legMlos dt todos los pueblos á las Cortes de 1194; y en Aragón, según Zurita, 
por la misma fecha. 

Realmente hasta que el pueblo entró en las Cortes no tuvieron estas 
asambleas dicho nombre, ni fueron verdaderas representaciones del reino; 
pero esto no significa que antes no se celebraran. Consta, por el contrario, 
que desde el siglo ix reuníanse concilios, continuadores de los de Toledo, y 
confusos, como ellos, en sus funciones á la vez eclesiásticas y seculares. Con- 
currían á estos concilios, como se ve por el de León, en el reinado de Alfon- 
so V, omnes pontífices, et aibates, et optimates regni Hispaniae; ó por el de Co- 
yania (1050), á que asistieron episcopi, et abbates, et omnes regni optimates. Se 
trataba de lo religioso y de lo temporal — cada vez menos de lo primero y 
más de lo segundo, — y cuando llegaron los procuradores de las ciudades, ya 
no se habló más que de la gobernación del reino, dejando á los sínodos ecle- 
siásticos el arreglo de la Iglesia. 

66. — Contribuyó á esta debida y necesaria separación entre lo temporal 
y lo eterno un suceso de la mayor importancia, ó, mejor dicho, una revolu- 
ción trascendental realizada en todo el mundo cristiano, y que en España se 
consumó á la segunda mitad del siglo xi. Desde que fué establecido en nues- 
tra Península el cristianismo, los obispos y el pueblo cristianos reconocieron 
y acataron como instituida por Jesucristo la supremacía, no sólo de honor 
sino de jurisdicción, del obispo de Roma, sucesor de San Pedro y vicario de 
nuestro Señor, sobre toda la Iglesia: multitud de documentos atestiguan en 
todos los siglos esta verdad. Es, sin embargo, cierto que, ya por la diñcultad 
de las comunicaciones, ya por las vicisitudes de los tiempos, la autoridad 
apostólica, lazo de unión del mundo cristiano, no era ejercida en las provin- 
cias un tanto alejadas de Roma con la regularidad que resulta tan eficaz y 
salvadora. Oe aquí una especie de indedepencia de hecho ó de aparta- 
miento material del centro de la unidad católica, de que no podían derivarse 
sino males. Gracias á la buena doctrina y virtudes de nuestros antepasados 
estos males no llegaron á la corrupción ó adulteración de la verdad religiosa, 
ni al intento de cistna, ni á la debilitación de la fe; pero la confusión de atri- 
buciones eclesiásticas y seculares y la intervención predominante del Poder 
civil en los asuntos relif^sos, ¿no eran consecuencias de aquel estado? 

(Sx/)¡¡í-a.i¡a dt ia lámina L VJ.) 

HISTORIA DELTRige. Siglo XIII yXIV.- 1. E^Ulua en b Mista del «unro de U catedral vieii 
deSilaminca. — 1. Eitaluí sepulcral d: la Infanta Dorta Leonor Rodríguez de Castro, Villalciiar de Sirga 
(Pilencia). — !, Esculluri sepulcral del infanle Don Felipe, vnialcázar de Sirga (Falencia). — 4 y 5. DoAi 
ConiluKiadc Arisdn y id apoto D. Quillernia Ramún de Moneada, Seztcscal deCalaliifla. (EsUn lomadas 
estas ñgoras de las eMaluas yacentes de sns sepulcros qne se hallan en la Catedral de Lítlda). - f>. Dona 
Eliielda de Moneada, esposa de Don Jaime II de Aragón (estatua sobre su sepulcro en el Real Monasterio 
de ladrales, junto 1 Barcelona). — ?. La reina Doña Blanca, «posa dt Don Jaime 11 de Aragón <I>e la esta. 
loa de su sepulcro existente en el monaslerlo de Santas Cruces, provincia de Tarragona). — S, D. Bernarda 
de Anglesola (De U estatua sepulcral en el monasletio de Poblet), Este traje es del siglo Mv 



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266 HTSTORIA DE ESPAÍlA 

El insigne pontífice San Gregorio VII, de quien ha escrito el protestante 
Gregorovius: «sus victorias, debidas, no al hierro ni al plomo, sino á las armas 
>niás delicadas y espirituales, hacen á la Edad Media muy superior á los 
•tiempos modernos, y este papa, más grande y admirable que Alejandro, 
>César y Napoleón», se propuso que la antoridad pontificia fuera efectiva en 
toda la cristiandad, y que en toda ella se tributase á Dios culto por el mismo 
rito, para que en lo grande y en lo pequefio resplandeciera el »i*««m ovüe eí 
unus pastor, prescrito por Jesucristo. 

Auxiliares inteligentes y activos de la obra de Gregorio Vil fueron los 
monjes de ta abadía de Cluny. La Orden benedictina no se parece á las 
otras religiosas más modernas en constituir un conjunto ot^ánico ó una sola 
familia espiritual establecida en diferentes casas, pero dependiente de un 
superior único. El vínculo que la une, ó, mejor dicho, que la unía en la Edad 
Medía, pues luego ya se ha establecido por los papas Superior general, era la 
observancia de la regla de San Benito, que contíene reglas generales de vida 
monástica. Dentro de esta regla cada monasterio se constituía con su parti- 
cular observancia, á menos que adoptase la de otro ya fundado. De aquellos 
monasterios, tipos ó matrices de otros, fueron especialmente famosos los de 
Monte Casino y Cluny. El último llegó á contar en el siglo xii 2.000 monas- 
terios á su imagen y semejanza, y constituyó el foco de civilización más po- 
tente en la Europa occidental. Según las crónicas benedictinas, ciertas en el 
fondo, aunque no en todos sus pormenores y fundamentos, los cluniacenses 
vinieron á España á principios del siglo xi, reinando en Navarra Sancho el 
Mayor, y reformaron algunos monasterios det Norte; á últimos de la misma 
centuria {1062) el legado pontificio Hugo Cándido intentó ya que se adopta- 
se la liturgia romana; pero encontró contradicción en nuestros prelados, y 
Alejando II reconoció y aprobó el ritual (1063) que venia observándose en 
España (i); en 1068 volvió Hugo Cándido á la Península, y consiguió que en 
Navarra y Aragón fuese adoptado el misal romano, diciéndose la misa romana 
en San Juan de la Peña el 22 de Mayo de 1071. 

Aunque aparentemente tan distinta, estaba relacionada Intimamente coa 
esta cuestión del rito la de la exención de los Monasterios ú órdenes reli- 
giosas. En efecto; una y otra tendían á lo mismo: al ejercido constante y 
efectivo de la autoridad pontificia en toda la cristiandad. Por medio de la 
unidad del culto pretendíase hacer patente á los fieles la unidad de la Igle- 
sia, de que el papa es padre común; y eximiendo á los religiosos de la auto- 
ridad de cada obispo particular y sometiéndolos á la directa del romano 
pontífice se daba á éste como una milicia espiritual enteramente suya, esta- 
blecida en todas las diócesis. La experiencia posterior nos acredita que 
cuantos enemigos de la unidad de la Iglesia han atacado después á la auto- 
ridad pontificia, han empezado siempre su tarea arremetiendo contra las 
Órdenes religiosas y procurando echarlas del pafs que han querido apartar 

[O Procedía de los primeros Uempos, y fnt períeccionindose poco á poco en los conci- 
lios de Toledo (III y IV) ypoi los más esclarecidos varones de la Iglesia, tenieodo San Isidoro 
la m.-iyor parle en la obra. For eso <e la llama liturgia isideriatut. Los nombres de rilo iriuxa' 
rabe y gótice bod impropios, 

(EipUiación de la ¡amina L Vil.) 

kooocrafU de NuMirm Stbora la Vlrsca Marta.- 1. Nuesiri ScHori de Ujní, «¡eio \ili (Niv*. 

Trt). — 2, Nutslra Señara de U Arrivací, antigua pitrona de Murcia (principios del ligio XID). - 3. Imagen 
déla Virgen en el púrtico de la Catedral de Tarragona. — 4. Virgen del Pllar-Zaragou(fines del siglo w.— 
í. La Virgin con el Niflo. cobre «mallido. Iglesia de Husillos (Palencia). ~t. Virgen gfttici del siglo XV 
tToledo). 



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Historia Gráfica db la Civilización Esi-aüola LAmiha LVII 



Icoaoirana d« Nneitra Scftora la Vitfta Harta. 

D,g,t7cdb/COOgIC 



268 HISTORIA DE ESPAÑA 

del centro de la unidad católica; prueba decisiva, si no hubiera otras, de que 
los papas de aquellos siglos, especialmente Gregorio VII, y los cluniacenses 
que los ayudaron en su empresa sabían muy bien adonde iban y lo que ha- 
bla que hacer para evitar que el catolicismo se fraccionara en cantones na- 
cionales, los cuales, al constituirse luego vigorosamente las nacionalidades 
modernas, hubieran caldo todos bajo la dependencia del Poder temporal. 
Cierto que así ha sucedido en los Estados cismáticos y protestantes; pero 
para ello ha sido menester proclamar abiertamente la herejía, y en ninguno 
han faltado nunca núcleos fíeles á la unidad católica, ó sea d ¡a Piedra sagra- 
da puesta por Jesucristo por cimiento del edificio religioso. 

En Castilla la reforma pontificia tropezó con obstáculos dimanados, no 
de oposición doctrinal sino de mero apego á los antiguos usos litúrgicos. 
Pero la favorecieron los reyes, especialmente Alfonso VI. A Sahagún vino de 
abad el cluniacense Roberto^ y después de él, Bernardo, «hombre de muy 

• buenas costumbres y suaves, de muy buen ingenio, de doctrina aventajada, 
>entereza y rectitud probada en muchas cosas y en quien resplandecía un 

• ejemplo y dechado de la virtud antigua» (i), circunstancias que determina- 
ron su elección para la sede de Toledo al ser reconquistada, aunque era 
francés. Y no fué solo: Pedro de Bourges, Raimundo de Salvitate, Gerardo 
de Moisac, Bernardo de Agen, Pedro de Agen, Jerónimo de Perigneux y 
otros muchos cluniacenses figuraron al frente de nuestra Iglesia ocupando 
las sedes más importantes durante los reinados de Alfonso VI, Doña Urraca 
y Alfonso VII, mientras que muchedumbre de monjes franceses se avecin- 
daba en todos [los monasterios peninsulares. Esto es lo que después se llamó 
¡a invasión galieana, contra la cual tronaron tanto Masdeu y casi todos nues- 
tros historiadores elesiásticos, aun los ultramontanos, en los siglos xvm y xix. 

De los regalistas no hay que decir, pues para ellos es inconcuso que los 
galicanos arrasaron las buenas tradiciones elesiásticas de nuestra patria. Lo 
positivo es que, efecto de su influencia, la autoridad pontificia, aquí nunca 
puesta en duda, ejercióse de una manera regular y constante; que el mona- 
cato tomó una nueva faz emancipándose de la jurisdiccióu ordinaria de los 
obispos, y desarrollándose en lo sucesivo bajo la dirección inmediata de la 
Santa Sede, y, finalmente, que el rito antiguo español fué reemplazado por 
el romano (2). 

Na, por cierto, sin resistencia. He aquí cómo el arzobispo D. Rodrigo 
refiejaba un siglo después esta oposición: (Turbáronse, dice, el clero y pue- 

• blo de toda España al verse obligados por el principe y por el cardenal á 

• recibir el oficio galicano: señalóse día, y congregados el Rey, el Arzobispo, 

• el legado y multitud grande del clero y del pueblo, se disputó largamente, 

• resistiendo con firmeza el clero, la milicia y el pueblo la mudanza del oficio. 

• El Rey, empeñado en lo contrario y persuadido por su mujer, amenazólos 

• con venganzas y terrores. Llegaron las cosas á punto de concertarse un 

• duelo para que la cuestión se decidiera. Y elegidos dos campeones, el uno 

• por el Rey en defensa del rito galicano, y el otro por la milicia y el pueblo 
>en pro del oficio de Toledo, el campeón del Rey fué vencido, con grande 

• aplauso y alegría del pueblo. Pero el Rey, estimulado por Doña Constanza 
■ no cejó de su propósito, y declaró que el duelo no era bastante. El defensor 

• del oficio toledano fué de la casa de los Matanzas, cerca de Pisuei^a. 

(i) Mariana (IX-XVII). 

|2) Conviene advertir que est 
desde et pontiRcado de San Gelas 
adoptase en [oda la Iglesia. 



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HISTORIA DE ESPA5ÍA 



269 



•Levantóse grao sediciún en la milicia y el pueblo; acordaron poner en 
■el fuego el misal toledano y el muzárabe. Y observado por todos escrupu- 
>loso ayuno y hecha devota oración, alabaron y bendijeron al Señor ai ver 
^abrasado el oficio galicano, mientras saltaba sobre todas las llamas del in- 
>cendio el toledano, enteramente ileso. Mas el Rey, como era pertinacísimo 
>ea sus voluntades, ni se aterró por el milagro ni se rindió á tas súplicas, 

■ sino que, amenazando con muertes y conñscacíones á los que resistían, man- 
ido observar en todos sus reinos 

■ el ofido romano. Y asf, llorando 
■y doliéndose todos, nació aquel 

■ proverbio; AUd van U/es do quie- 
*reM reyes. • 

Este relato debe de ser legen- 
dario é inspirado en un tiempo en 
que le espíritu nacional, ya forta- 
lecido por el progreso que nos tra- 
jeron los extranjeros, habla reac- 
cionado contra esta influencia fo- 
rastera. Hay constantemente vi- 
vos en toda nación dos espíritus 
que son necesarios por igual para 
el progreso de la especie humana: 
uno es el nacional propiamente di- 
cho ó indígena y exclusivista que 
rechaza por instinto todo lo que 
viene de afuera; y otro es el espí- 
ritu verdaderamente humano ó 
universal, por el cual nos recono- 
cemos miembros de la gran fami- 
lia humana. Si este segundo llega- 
se á dominar algún día, desapare- 
cerían las naciones ó patrias; pero 
si dominara exclusivamente el pri- 
mero, los pueblos aislados acaba- 
rían por consumirse en su propia 

decadencia. Es conveniente que los pueblos sean autónomos; pero es me- 
nester que de cuando en cuando vengan aires exteriores á desentumecerlos 
y refrescarlos ó, aunque no sea más, á ponerlos en comunicación efectiva con 
tas corrientes de la civilización universal. La Historia nos acredita que han 
ido predominando sucesivamente uno y otro espíritu, y que al predominio de 
cada uno ha seguido una reacción del otro. La ÍKoasión galicana, ó sea la 
fítropeisación que se inicia en el reinado de Sancho el Mayor, fué uno de esos 
momentos en que se abrieron nuestras fronteras á las aguas exteriores , y le 
siguió inmediatamente otro en que volvieron á cerrarse, hasta con vergüenza 
retrospectiva de haberlasdejado abiertas: en este segundo momento es cuando 
escribía el arzobispo D. Rodrigo; pero ya. /a influencia galicana, ó mejor dicho, 
europea, había producido sus beneficiosos efectos. 

Aquel siglo xn precisamente, las Órdenes religiosas llegaron á su apogeo 
en España, naciendo otras nuevas, como las de los Dominicos, fundada en 
Tolosa (1201) por el noble español Santo Domingo de Guzmán, y que se in- 
trodujo en nuestra Península á principios del siglo xiii; la de los Franciscanos, 
que el mismo Patriarca deAsís trajo á España (11 13); la de los Trinitarios, que 
también su fundador San Juan de Mata estableció aquí á fines del siglo xn; la 



Allomo X, ti Satie. 

(Tomado de una escultura de la Catedral 

de Toledo.) 



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270 



de los Mercedaríos, en cuya fundación tanta parte tuvo Ooa Jaime et Conquis- 
tador. Pero las más singulares fueron las Ordenes Militares: las de Oriente te- 
nían Casas en España desde muy antiguo, y alcanearon grau influencia política, 
sobre todo en Aragón; á su semejanza organizáronse aqui muchas naciona- 
les, de las cuales fueron las más célebres, consiguiendo arraigo y gran pode- 
rlo, las de Calatrava, Alcántara, Santiago y Montesa. 

S7. — La influencia de los cluniacensea y cistercienses, hijos del espíritu 
de San Bernardo y d^nos émulos de los primeros, no fué sólo religiosa, sino 
social, política y literaria. Los adversarios retrospectivos de la invasión gali- 
cana señalan como un mal de aquella ioflencia la introducción de bárbaros 
usos feudales en los fueros, procedentes de Francia y desconocidos antes en 
España (i). Sea de esto lo que quiera, en lo que no cabe negar el influjo be- 
neñcioso de aquella eur^eitación es en el desarrollode la cultura nacional y en 
)a formación de nuestra lengua y literatura. En efecto; los cluniacenses lleva- 
ron á París la filosofía y la ciencia de los árabes españoles, y trajeron á Es- 
paña las obras didácticas y literarias en que se inspiraron nuestros autores 
latinos del siglo xm. Pero lo más señalado y trascendental fué que divu^a- 
ron aquí la épica popular francesa, ó sean los cantos de Cartomi^no, y á su 
imitación brotó la épica popular española, que habla de fijar nuestro idioma 
y ser robusto tallo del árbol gigantesco de nuestra poesía. 

Hada siglos que el romance castellano iba elaborándose en labios del 
vulgo, despreciado por los doctos, que no veían en él sino una jerga bár- 
bara,producto de la corrupción del latín. Algunos documentos han quedado 
en que puede observarse la trasformación sucesiva y constante del idioma: 
en un privilegio, por ejemplo, nada menos que del siglo vni, entre las pala- 
bras latinas vense ya las de rocino, muía, capa, cJlices, cruce de argento, fron- 
tales y campanas de ferro. Por mucho tiempo se ha creído que lo más antiguo 



(ExfUcacióii di la láiaina L VIH.) 

OrlCt>rcrUcri*tllM.-SlBlMX)alXV.-l. Cilii dr San Secundo, siglo Xii (Avila). ~ 2. Cálit 
<\üc usabí Sinlo Domingo, siglo xi. — 3. Cilii, siglo xiv. — A. Cillz y palcni, siglo XV, C»ledt»l de Sego- 
via. — S. Cllii de DoRi Utrací, siglo XII. Se goirdi en el monaslerio de Su Isidro (Lean) - Cáliz ádSe- 
ñor. Enlre todas las rellqnlai de la Catedral de Valencia, bdnnse y venérase como principal Islmi, el Cáliz 
del Señor, el qne faé instrumento ugrido pan la InsUtución de U Eucirlstfi. AlU por los siglos XIII y xtv 
habla en el monasterio de San Juan dr la PefU un dlii que era, wgñn la liwticiún, d de la Cena del Seflor. 
El rey Don Martin quiso poseerlo y logró que los monjes se lo cediesen, y lo llevó i su palado de la Alja- 
ferla. en Zaragoza, hasta que Ailonsa V dispuso depoiltirlo con otras reliquias en el Real de Valencia; y 
leniendo qne dejar esta ciudad, mandó depositarlas en la sacristía de la Catedral el 11 de Abril de 1414, y 
como depúiito lo guardó el Cabildo hasta que el mismo monarca, desde Italia, k hizo donación completa 
de ellas por escritura de IS de Mirto de 1418. Hasta aquí la historia. 

La tradición refiere, según los monjes de San Juan de ta Pena, que el Santo Cáliz fué llevada de ]eni- 
salen í Roma portas discípulos del Sellar, y que cuando San Lorento se vio amenaiado de entregar los bie- 
nes de la Iglesia al César, envió aquel cálit 1 Huesca, por ser sn palrla. Allí estuvo hasta la Invasión de los 
trabes: lo escondieron en la cueva que lué cuna del monasterio famoso, y también de la monarquía arago- 
nesa. De todo cslo no hay más pormenores que la tradición. 

El cáliz es de una especie de ágata, que los tipidaríos llaman cornerina oriental, de color rojo obten ro, 
con aguas y visos de varios matices. El píe, de la misma piedra, está adornado con treinta y ocho perlas, dos 
baianas y dos esmeraldas. El cuello y lat asas son de oro cincelada. Hasta 1T44 usábase este cáliz para la 
fiesla de Jueves Santo, colocándose en él It Hostia que se reservaba en el monumento. Aquel alio cay* al 
ponerla en el altar y se rompió, y para evitar percances se determinó no usarlo mis. Solamente se le extrae 
del relicario el primer domingo d< Julio, en que se le dedica tiesta solemne. 



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Historia Gráfica de la Civilización Española LAmiha LVIII 



ORPEBKEKiA CRISTIANA. - S1bId« XI tí XV. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



272 HISTORIA DE ESPAÑA 

conocido escrito en lengua castellana es la carta-puebla de Aviles, otorgada 
por Alfonso VII en 1155 (i); pero la severa critica del primer Marqués de 
Pidal y de D. Aureliano Fernández Guerra (2) ha demostrado que tal docu- 
mento es apócrifo. La primada corresponde al Poema de Mió Cid, y este 
poema (3) no es otra cosa sino uno de tantos cantares de gesta como los ju- 
glares castellanos del siglo xii cantaban en las plazas públicas, en los cami- 
nos, en las cámaras de los castillos, enalteciendo á los héroes nacionales del 
mismo modo que los primitivos poetas helénicos cantaron á los héroes de la 
guerra de Troya, formando la epopeya que después, arreglada y retocada 
por retóricos, fué la litada. 

Este gusto por los juglares y sus cantos heroicos nos vino de Francia, 
y es notoria la ínñuencia cluniacense en su introducción. Primero cantaron 
nuestros Juglares las hazañas de Carlomagno, y después, al iniciarse la reac- 
ción del espíritu nacional contra la invasión galicana, transformaron esa 
leyeada en sentido español, creando el personaje novelesco de Bernar- 
do del Carpió, vencedor de Roldan y los Doce Pares, y apareciendo los ci- 
clos épicos de nuestra propia historia: el del Cid, el de los Jalantes de 
Lara, etc. (4). 

La lengua española tenía ya forma precisa, estaba salvada; en ella escrf- 
bense desde luego poemas religiosos ( Vida de Santa María Egipciaca, Libre 
de los tres Reys d'Orient), misterios para ser representados en las catedrales 
{Poema de los Reyes Magos, descubierto por Amador de los Rfos en el archivo 
catedralicio de Toledo), poemas eruditos, como los de Gonzalo de Bcrceo, 
que, dejando el latín, escribe: 



El de AUxandre, atribuido á Juan Lorenzo de Segura, y que ahora parece 
ser del mismo Berceo; el liira de Apolonio, el poema de Fernán González y el 
aljamiado de ^osé, y, finalmente, San Fernando, poniendo al edificio la corona 
que le faltaba, emplea el idioma castellano parala prosa didáctica en el Ubro 
de los doce sahios, ó Tractado de la nobleza et lealtad (;) y las lloras de la Filo- 
sofía que hizo componer en romance, y para la legislación en et Setenario, 
primer bosquejo de las Partidas, y en la traducción del Futro ^mgo (6). 

88. — Esta época, iniciada por San Fernando en Castilla y Don Jaime 
en Aragón, es de tal esplendor de cultura y de adelanto en todos los órde- 
nes de la vida social, que justamente se la ha llamado prímer renacimiento 6 
renacimiento del siglo xiii. Se la puede considerar personificada en Don Al- 
fonso el Sabio, que reinó desde r252 (7) hasta 1284. 

El hijo de san Fernando era un buen guerrero, como lo acreditó en vida de 
su padre y en su propio reinado sometiendo á los moros del reino de Sevilla 

(O Así lo creyeron Risco, Campomanes, Martínez María*, Tiknor. Amador de los Ríos 
j Goniílez Llanos. 

(3{ El primero, en su discurso de recepci&n en la Academia EspaHola; el segundo, en d 
opúsculo El fuere át Avile!. 

(3) Véase Cantar de Mió Cid; texto, gramática y vocaturio, por R. Menindez Pidal, obra 
premiada por la Reat Academia Española. Madrid, igoS. 

[.)) Muchas obras podrían citarse para el estudio de esta inleresantisima materia; pero 
todo está admitablemente resumido, y ademis engrandecido y hermoseado, en el Irataáo de 
Ibs romances viejos de Meníndez Peláyo (Ant-, XI y XIl). 

(5) Gayangos lo cree posterior al santo rey. 

(6) Vfaae <caeaum«i UitArloo-crltlco de la Llteíalnra Bipaflola», por D. Ángel 
Saloodo Rala. <Pabllcaolúii de U Caía Calleja.) 

17) Habla nacido en I3II. 



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HISTORIA DE ESPAÑA 273 

que se sublevaron; pero le faltó aquel tino en la práctica de la vida y aquel 
conocimiento de los hombres y de las cosas sin los cuales no es posible la 
política, ó, como escribió Feijóo, el ars artium ei scüníia scieHtiamm Aomittut» 
rtgnt. Persiguió quimeras, como el Imperio de Alemania; incurrió en yerros 
tan grandes como pretender aumentar la riqueza pública alterando el valor 
de la moneda; no acertó á reprimir á los grandes, tan firmemente sujetos por 
su santo antecesor; tampoco supo gobernar su propia familia, y su hijo San- 
cho le quitó el reino en vida, no dejándole más que su kal cibdat dé Sevilla, 
en perjuicio de los nietos, á quienes él quería, los infantesde la Cerda; come- 
tió, por ultimo, la indelicadeza de llamar en su auxilio y contra su bijo y 
subditos á los moros de África. Pues con todas estas cosas, cada una de las 
cuales bastarla para deshonrar la memoria de cualquier rey, la de Don Al- 
fonso es gloriosísima, y, en su orden, la primera y más excelsa de los monar- 
cas españoles. Porque fué, como su sobrenombre justamente pregona, un 
sabio, y, cual suelen los verdaderos sabios, buentsimo, y tan candido, que, 
aventajando en sabiduría á todos sus contemporáneos, constantemente le 
engañaron y burlaron cuantos quisieron. Su corazón era el de un niño, y de 
niño sus arrebatos y las maldiciones que lanzaba en fermosa fabla contra su 
hijo díscolo y sus subditos rebeldes, para desdecirse en seguida enternecido, 
atribuyéndolo todo á mancebía ó mocedad de sus implacables enemigos. Figu- 
ra extraordinariamente simpática por la bondad del carácter, es digna de 
admiración perdurable por lo que llevó á cabo en las esferas del Derecho, de 
las Ciencias y de las Letras. Su reinado temporal, por decirlo asi, fué cala- 
mitoso para él y para España; pero después de su muerte, v cuando ya había 
desaparecido la generación que sufrió las consecuencias de su incapacidad de 
gobernante, empezó para el Rey Sabio un reinado espiritual que en tas cáte- 
dras de Astronomía duró siglos, en et Foro y en las Facultades de Jurispru- 
dencia se ha perpetuado hasta nuestros días, y en las letras castellanas no 
concluirá nunca. £1 monarca que no supo mantener en paz y justicia á los 
hombres á quienes tocó ser subditos suyos, con la palabra inmortal de su 
Código ha regulado la justicia en muchísimas generaciones posteriores. 

Conviene ñjarse, siquiera sea con brevedad suma, en los distintos aspec- 
tos de esta ñgura gigantesca: 

I." En el Derecho. — Los reyes de Asturias y León intentaron man- 
tener el Fuero Juzgo como ley general de ta España cristiana, aunque ni en 
tos tiempos visigodos debió de ser aplicado íntegramente, ni contener toda 
la vigente legislación (i). Las costumbres germánicas, en parte no escritas y 
en parte formuladas en los fueros municipales ó de clase — verbigracia, los no- 
Iñliaríos — se sobrepusieron á este pensamiento de unidad legislativa, y el 
Derecho en la Edad Media fué un conjunto caótico de usos y fueros, algunos 
buenos; por ejemplo, los gananciales en el matrimonio, la libertad de contra- 
tación, etc. Contra este Derecho, elaborado espontáneamente por la sociedad 
y á que llamamos hoy germdntío, se levantó la ciencia jurídica, representada 
por los que ansiaban ta restauración íntegra del Derecho romano, y que tenía 
SD principal foco en ta Universidad de Bolonia, de donde irradiaba á las nues- 
tras, especialmente ta de Salamanca, fundada por Alfonso IX de León. San 
Femando, según queda dicho, empezó ó diseñó la obra que Don Alfonso 
llevó á cabo con El EspictUo (espejo de las leyes), el Fuero Real, y sobre 
todo las Partidas. Éstas, llamadas por su autor El Libro de las leyes, y que en 
el siglo XIV recibieron de los juríconsultos la denominación de Partidas, co- 
menzáronse describir viesper a de San yohan Bautista {i^ Junio) de 1256, y se 



(1) Hiaojo». (DlMUito de recepción citada). 

liado, HISTORIA DE ESPAflA 



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274 HISTORIA DE ESPASa 

terminaron «• la vUipera dése mismo Sant J^kan Baptista cuando fui marüri- 
tado (28 Agosto) de 1265; pero en otros códices, quizá los más, se lee que 
fui acabado el Itbro de las Leyes desqut fui camettsado d los siete años cumpli- 
dos, 6 sea en 1263. El P. Burriel sostuvo (i) que Don Alfonso redactó por si 
mismo el código Inmortal. Marina (2) señala como autores materiales al doc- 
tor Jácome Ruiz, ayo que fué del Rey Sabio, para cuya instrucción escribió 
las Flores de las lejies, al maestre Fernando Martínez, arcediano de Zamora, 
y al maestre Roldan, á los que añade Reguera Valdelomar, García Hispalense 
y Bernardo, presbítero de 
Compostela. Todos éstos 
fueron notables jurisconsul- 
tos det reinado de Alfon- 
so X, y es probable que le 
ayudasen en sus tareas le- 
gislativas; pero ni hay prue- 
ba directa de su interven- 
ción en las Partidas, ni la 
unidad de estilo de la obra 
permite sospechar más de 
lina mano en su composi- 
ción literaria. 

2." En LA Historia. — 
La reina Doña Berengucla 
encargó á D. Lucas, obispo 
de Tuy, compilarlas breves 
crónicas que por entonces 
corrían, y el Tudense com- 
puso su Crónica, ya en for- 
ma de historia, terminán- 
dola en 1236. Pero la gloría 
AlfoQj» el SabioT? lus colaboradores redactando de haber fundado en Espa- 

las Partidai. ¡ja [^ historia erudita co- 

rresponde á D. Rodrigo 
Ximénez de Rada, nacido en Puente la Reina por los años de 1 170, estu- 
diante en París, arzobispo de Toledo en izio, y autor del Breviario de la 
Historia, Historia Oálica, Historia de los Árabes, etc., todo en latín, aunque la 
Gótica fué traducida al romance de orden de San Fernando. Estos materiales 
sirvieron á Don Alfonso el Sabio para componer la Crónica general: <manda- 
■ mos ayuntar, escribió, cuantos libros pudimos aver de historias que alguna 
•cosa contasen de fechos de España, y tomamos la Crónica del Arzobispo don 
• Rodrigo... y de maese Lucas, Obispo de Túy... y compusimos este libro», Y 
no sólo estas fuentes, sino que Don Alfonso utilizó las historias de árabes y 
judíos, y, lo que más vale, las tradiciones populares y los cantares de gesta. 
Habla pasado el tiempo de /os ya^aríj épicos, délos que cantaban reciamente 
al aire libre ó en los palacios y castillos las hazañas de los guerreros: el oticio 
de juglar se habla ya envilecido, y á las gentes, sobre todo de las clases ele- 
vadas, les gustaba más leer la historia que oiría cantar. Don Alfonso intercaló 
en su Crónica muchos de aquellos fragmentos épicos, variando ligeramente 
la forma para convertir el verso en prosa; asi ha podido encontrar Ramón 
Menéndez Pldal en tos párrafos de la Crónica general e\ trágico episodio de los 



(il 



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HISTORIA DE ESPAÑA 27$ 

infantes de Lara (i). La obra bistórica del Rey Sabio do se publicó hasta 1 541, 
por FloriáD de Ocampo que la adulteró lastimosamente: hoy podemos gozar 
de su texto depurado {2). También escribió Don Alfonso la Grande et gnu- 
ral Eitoria, ensayo de Historia uoiversal, de que sólo conservamos cinco 
partes. 

3.° Ek la Ciencia. — La obra dentífíca de Don Alfonso el Sabio está 
muy relacionada con la condición de los judios. No fué ésta en nuestros rei- 
nos' cristianos de la Edad Media tan dura, ni mucho menos, como lo habla sido 
en la época visigoda. Aunque siempre odiados por el pueblo en su doble 
calidad de enemigos de la religión cristiana y de más hábiles, en conjunto, 
que los cristianos para ganar dinero y conservario — cualidad que nunca se 
perdona, — y formando un pueblo dentro de otro sin más relación que las 
prevenciones reciprocas, los judíos llegaron á poseer grandes riquezas, y aun 
influencia política muy notable bajo los reyes musulmanes: en algunas cortes 
de taifas fueron primeros ministros. También los monarcas cristianos los pro- 
tegieron, si protección se llama dejarlos vivir é impedir algunas veces que la 
plebe, movida por fanáticos ó por deudores tramposos, los degollase. Corrían 
contra los judíos las especies más terribles: ya que robaban hostias consagradas 
para clavarlas y profanarlas de mil modos, ya que secuestraban niños cristia- 
nos y en sus sinagogas los crucificaban como á Nuestro Seflor, prefiriendo para 
estas abominaciones el Viernes Santo. Se los acusaba igualmente de implaca- 
bles usureros que chupaban impasibles la sangre, ó sea la hacienda, de los que 
tenían que pedirles dinero prestado. Ellos, encerrados en sus gkeíos ó barrios 
aparte, que se llamaban juderías, iban acumulando caudales y preparando 
á la chita callando la industria principal de la Edad Moderna, ó sea el comer- 
cio de banca. Pero no descuidaban por eso las elevadas especulaciones filo- 
sóñcas y científicas ni el cultivo de las letras, para las cuales tiene su raza tan 
maravillosa aptitud, demostrándose con ello, como con todo, que son verda- 
deramente descendientes del pueblo escogido por Dios, aunque su ingratitud 
y dura cervii venga acarreándoles desde tiempos remotísimos los más ñeros 
males. 

Alfonso el Sabio protegió á los judíos en cuanto se lo consentían las 
preocupaciones dominantes, y estuvo en continua relación con los sabios 
hebreos, especialmente los astrónomos. Quizás brotaran de aqui las leyendas 
Ó consejas populares, desprovistas en absoluto de fundamento, sobre su Im- 
piedad, llegando un imbécil cuento á suponerle ateo ó peor aún, pues afirma 
que, mirando una noche al firmamento desde el Alcázar de Segovia soltó la 
blasfemia de que si él hubiera hecho el mundo, lo hubiese hecho mejor que 
Dios. Lo cierto es que hizo trasladar de Córdoba á Toledo las academias 
hebreas, florecientes en la corte de los califas desde el siglo x, y que en To- 
ledo sostuvo largas conferencias con los sabios ornamento de tales escue- 
las (3), especialmente con los rabinos Zehudah-har, Moseh-ben-Mosca y 
Zag-ben-Zaqnit. Fruto de tales estudios fueron las Tablas Astronómicas 6 
A^OHSÍes, que hasta el siglo xvii sirvieron de texto en las Universidades. Es- 

(t) o ... el libro mogiltral de I). R«inóo Menéndei Pidal, La Uyenda di los infantis de 
Lora (1895), que es sin dispnta el mis poderoso esfuerzo que ha cesJ izado tu crítica espaSoU 
sobre naesna epopeya de la Edad Media desde 1S74. techa del memorable trabajo de Mili T 
FooUnals «cerca Dttapoísia htroUe-pgpniaT castellaHa... El muy detallado relato de la Crit- 
nUe g/ntral ts mera traicripcióo de un texio épico, quedando todavía huellas de versificación 
'T muchos asonantes...» (Menéndei Pelayo, AHlologia, I^C, 265.) 

(3) Por el mismo MeDindez Pidal en la Nueva Col. di Aul. Eifiañ., de BaUÉy-Bailliére. 

a) Et eruditísimo canónigo de Toledo D. Ramiro Fernindez Valbuena ha ñjado el 
onde se reanian las academias rabfnícas y conferenciaba Don Alfonso con los astróno- 
mói hebreo*. 



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376 



BISTORIA DE BSPAflA 



cribió además Don Alfonso basta veintiún tratados científicos (Lapidarios, 
Libro de la esfera, Relogto de agua, etc.). 

4.° En la PoEsfA. — Las únicas poesías castellanas que se conservan de 
Doo Alfonso son dos estrofas del Libro de las querellas (l), si es que no fuer 
ron inventadas posteriormente, como parece probable ó casi segaro; 



js pedían limosna en mancUli: 

El qae de hueste maoCaTO en SeTÍlU 
Diez mit de b ciballoC trai dobles peones, 
El qae acatado en lejanas naciones, 
Tai por sus Tablas, i por su cochillo. 

En cambio, tenemos del Rey Sabio las Cantigas á la Virgen Marta, escri- 
tas en romance galaico- por tugues, uno de los tres formados en la Península 
por la corrupción del latín, y quizás más antiguo que el castellano y el catalán. 
Por lo menos era el romance que no sólo Don Alfonso, sino todos los poetas 
líricos de Castilla emplearon hasta el siglo xiv. 

El movimiento científico y literario iniciado por Don Alfonso el Sabio 
continuóse por su hijo Sancho el Bravo (1284-1295), á quien, no se atina por 
qué, caliñca de iliterato D. Modesto Lafuente. Muy lejos de eso, fué, como su 
padre, escritor, quedándonos de él dos obras preciosas: El Lucidario, tratado 
de apologética en que se muestra la armonía entre la fe y la ciencia, y El 
Libro de los castigos, pedagogía de príncipes, muchos de cuyos preceptos no 
envejecerán nunca. Hizo traducir delfrancés la Granl conquista de Ultramar 
(historia de las Cruzadas) y el Li- 
bro del Tesoro; fundó los Estudios 
generales de Alcalá de Henares 
(i 293), y protegió á la gente de le- 
tras. En los escritos autobiográfi- 
cos de su primo hermano D. Juan 
Manuel, aparece Don Sancbp, no 
con la rudeza y corazón duro que 
gratuitamente se le atribuye, sino 
como un principe discreto y muy 
humano, al que acosaron hasta en 
el lecho de muerte crueles remor- 
dimientos por su conducta para 
con su padre. Lo cierto es que ni 
se le puede acusar de usurpador 
de la corona, perteneciente á sus 
sobrinos los infantes de la Cerda, 
ya que aún no estaba establecida, 
aunque si escrita en las Partidas, 
la ley de sucesión, y el mismo Don 
Alfonso le reconoció heredero, por 
más que se desdijese luego; ni fal- 
tan atenuantes, quizás eximentes. 



Sancho IV, il Bratie. 
(De ana miniatara del cádice Caitígoi t 
dtítimtntos que se guarda en la Biblioteca 

Nacional de Madrid.) 



Moratln nlua, con fundaineato, 
qae Don Alfonso escribiera el Libra di lai 
"oj. La obia poética que no es del 

:e le ha atribuido, es el Titorv, obra. 

11 slquimistM del siglo xr. 



K urdía 



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HISTORIA DE ESPAÑA 2^7 

¿ SU toma de posesiÓD del reino 
viviendo su padre, fundados en 
el desgobierno del Hey Sabio y 
sos frutos de anarquía desen- 
frenada, y los pueblos, aunque 
deben sumisión á los Poderes 
legltimoa, tienen siempre el de- 
recho de mirar por si y no ser 
jt^uete de soberanos que por 
vicios, ó por bondades excesi- 
vas, como Don Alfonso, son in- 
capaces para el mando; ni, fínal- 
mente, se puede desconocer 
que en circunstancias tan difí- 
ciles Don Sancho se portó coa 
suma delicadeza absteniéndose 
de todo acto agresivo contra su 
padre, al que tan fácilmente 
hubiese podido recluir en un 
alcázar ó castillo con sus esfe- 
ras, relojes y pergaminos. 

La célebre contestación á 
los embajadores marroquíes: ík 

mm, ma^ tengo él pan, j> m la ^^^ „^ ^^ ^^^^ 

Otra el palo; escena lo qtu qMte- (Oe U Mt.lM yacente de m lepolcro 

ra (i), manifiesta el carácter exiateote ea ValladoUd.) 

enérgico que tuvo ó quiso te- 
ner Sancho el Bravo, pues con la realidad de tal entereza no se compadece 
mucho su propensión á entregarse á favoritos como D. Lope de Haro, señor 
de Vizcaya, el cual, desvanecido con la privanza, llegó á pretender que el 
Rey se casara con una sobrina suya, separándose de la reina Doña Marfa de 
Molina, cuyo matrimonio habla tachado el Papa de incestuoso con el rigor 
propio de aquella época. Pero aquí de una de las buenas cualidades de Don 
Sancho: el amor que tuvo á su esposa, realpiente merecidlsimo, ya que Doña 
Maria, espejo de castellanas hermosas y buenas, no prudente, sino la misma 
Pmdmcia en la mujer, según la calificó Tirso de Molina en una de sus me- 
jores comedias, valia más que el Rey, y fué la gran figura del reinado y de 
los siguientes. 

^lo compite con ella, si bien en otro orden, la de Guzmán el Bueno, 
gobernador de Tarifa, sitiada por el infante D. Juan y los manoquies, en su 
tremendo rasgo, digno de Bruto, de arrojar por el adarve la cuchilla para que 
matasen á su hijo, amenaza con que el pérfido infante quería apoderarse de 
la plaza (i2>^). Las Partidas, en sus severas Ordenanzas militares (Partida 
segunda), prescriben que el alcaide de una fortaleza antes de rendirla debe 
cortar en trozos á su hijo y comerlo con los demás defensores; bárbara exa- 
geración con que se quiso expresar sin duda el extremo á que habia que 
llegar antes de capitular honradamente, pero que en el hecho atroz de Alonso 
Pérez de Guzmán tiene como un comentario vivo, un ejemplo memorable de 
que tales brutalidades heroicas no eran vanas palabras. 

Más grande monarca que Sancho el Bravo fué su contemporáneo Pe- 



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27^ HISTORIA DE ESPAÑA 



dro III de Aragóa (1276-1285), iniciador de la política aragonesa y después 
española en Italia, con su anexión de Sicilia, después de las vísperas sicilia' 
Mos (1282) ó degüello general de franceses en aquella isla. Excomulgado y 
privado de su reino por el Papa, invadido su reino por un ejército de más de 
cien mil franceses, atacado también por Jaime II de Mallorca, abandonado, 
puede decifse, de sus subditos aragoneses, que en aquellas circunstancias 
críticas le impusieron el anárquico privilegio de la unión, y de los catalanes, 
que le regatearon subsidios, el indomable principe, con un puñado de almo- 
gávares en las crestas del Pirineo y su escuadra en el Mediterráneo, resistió 
á todos y de todos triunfó. Quizás nadie haya conseguido nunca tan inmen- 
sos resultados con medios tan exiguos. Al legado pontificio, que le pedia la 
renunda del reino, le contestó: <£s fácil dar y quitar reinos que no han costado 
>Qada; pero sabed que éstos los ganaron mis abuelos con sangre, y no se han 
>de comprar sino al mismo precio*. Cuando agonizaba en Villafranca del Pa- 
nadés dijo á su hijo Alfonso: «Vete á conquistar Menorca; tú no eres un 
>roédicoque pueda serme útil aquf. Dios hará de mi loque sea su voluntad». 



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XIII 

FIN DE LA EDAD MEDIA 



n, — Reacción de barbarie en «I li^o xiv. — Complejidad det carácter históiico de aquel 
ligio. — El infante D. Juan Mantiel.— Poesía.— Kistoria. — Novela.— TO.ReTcs del siglo xtv. — 
91. El siglo XV.— Aragón. — Castilla.— 9t. Enrique IV.— 9S. Bellas Aries en la Edad Media. 



89. — Con razón señalan los historiadores en el siglo xiv un r 
la barbarie de los primeros periodos de la Edad Media. Ya no vemos sobre 
los tronos de la Península figuras tan bellas como las de San Fernando, 
Don Jaime el Conquistador y Don Alfonso el Sabio, sino príncipes extrema- 
damente crueles, de una dureza terrible; y las rebeliones y luchas entre los 
prepotentes magnates ó de éstos contra el rey ofrecen un cuadro sangrien- 
to y á la vez monótono en su inacabable serie de horrores, por decirlo así, 
sistemáticos y organizados. 

Engañarfase, sin embargo, quien creyera que tal retroceso fué una ver- 
dadera decadencia social. Lejos de eso, en el siglo xiv progresó la sociedad 
en todos los órdenes de la vida, lo mismo en la libertad del mayor número 
de sus individuos, ó sea en la condición de las clases, siervas ó sometidas en 
los anteriores períodos, que en la organización política del Estado y de los 
Municipios; igual en el arte la guerra y en el de la administración que en las 
ciencias, letras y poesía. Todo fué adelante y para arriba en el siglo xiv, 
aunque no con la rapidez y fuerza correapon dientes á la intensidad del movi- 
miento iniciado en la anterior centuria. Pero mientras sucedía esto, los mag- 
nates andaban en revuelta continua contra el rey y unos contra otros y con- 
tra los municipios, y el rey contra todos, y esta lucha sin tregua y sin tér- 
mino tomó un carácter de ferocidad extraordinaria por parte de unos y de 
otros. Así, el retroceso puede decirse que fué político, y no social, ó tan sólo 
de la clase gobernante; los gobernados no hicieron más qne sufrir las depre- 
daciones y crueldades de los superiores. Pero no con la resignación servil de 
otras ¿pocas, sino luchando consciente y tenazmente por emanciparse y cons- 
tituir un estado social mejor. Los campesinos no soportaban ya los malos usos 
y titania á que habían vivido sujetos tantas generaciones de antepasados 
suyos; los municipios, ya ricos y fuertes, pugnaban por substituir el imperio 
de la ley al de la violencia guerrera, aspirando á un estado de paz interior 
que permitiera el desarrollo de la industria y del comercio; las Universida- 
des formulaban científicamente esto^ deseos generales, cifrando su cumpli- 



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Historia GRiüncA db la Civiluación EsfaSolá 



HISTORIA DEL TRAIE. • Trajes del ilgki Xllli 



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HISTORIA DE ESPAÑA 28l 

miento en la restauraciÓD del Derecho romano, considerado como la rasótt 
tscrita, y única garantía eñcaz del orden en las sociedades políticas. La conS- 
titudón de una monarquía robusta, á la que nadie contradijese, al menos por 
medio de la fuerza ó rebelión, capaz por ende de imponer á todos, grandes y 
chicos, el imperio de la ley, asesorada por graves letrados y con el doble 
instrumento de un ejército y una oi^anizacíón admÍDÍstrativa para llevar su 
amistad i todas partes; es decir, la resurrección del imperio cesáreo coa to- 
das sus instituciones fundamentales, fué el ideal de la época, y lo que en 
medio de los mayores trastornos fué elaborándose. 

Todos tos hombres cultos participaban más ó menos de este ideal, á que 
rendían, por decirlo así, fervoroso culto, ó del que eran apóstoles los legistas, 
clase que rápidamente tomaba incremento é iba ganando influjo á costa del 
clero y de la aristocracia guerrera. Reclutados en la Nobleza de segunda clase, 
habían renunciado á la profesión de las armas sin adscribirse por eso á la 
^Icsia — cosa inconcebible en los anteriores siglos, — y se los vela en las 
Universidades explicando el Corpus Juris canonici y el Corpus juris civilt, 
diciendo que el rey debía ser en lo temporal como el papa en lo espiritual, 
recalcando mucho á este propósito el texto evangélico: dad d Dios lo ^m es 
dt Dios, y al César lo que es del César, y describiendo cómo debía ser este 
César para que hubiera paz en el mundo y cada cual pudiera dedicarse libre 
y tranquilamente al cuidado de su hacienda y al arreglo de su casa; se los 
veía en la corte, asesorando al monarca en el Consejo real y jujeando en SU 
nombre, y por su delegación^ en las reales audiencias del regio tribunal; se 
los veía en los concejos, también administrando justicia é interpretando el 
fuero municipal siempre en sentido favorable á la libertad del común; se 
los vela de procuradores en las Cortes, de alcaldes mayores en los pueblos; 
y los que no ejercían estas funciones públicas abogaian por otro ante loa tri- 
bunales, alcanzando en poco tiempo esta profesión de vocero ú abc^ado un 
desarrollo extraordinario. En todas partes manifestaban la misma enemiga 
contra los usos germánicos, que ellos llamaban bárbaros, y tendían al rena- 
cimiento del Derecho romano; y en su torno iban apareciendo otras figuras 
que complementaban la suya: los escríbanos, los personeros ó procuradores; 
CQ suma, el mundo de la curia ó forense, que trafa en sus haldas ó Jaldas lar- 
gas, co sus códices de las Partidas, en sus glosas y comentarlos, en sus es- 
carcelas llenas de pergaminos y, sobre todo, en su cerebro henchido de Ideas 
romanas, la edad moderna. 

Y coadyuvando á su acción, harto meaos estrepitosa que la de los oli- 
garcas feudales, pero que abría más hondo surco social, poetas y literatos 
volvían también los ojos cada vez con más amor á la antigüedad clásica, de- 
jándose influir más intensamente por aquel espíritu artístico que habla inspi- 
rado á la civilización greco-latina. Toda esta labor de jurisconsultos y litera- 
tos se realizaba constantemente durante el siglo xiv preparando una socie- 
dad nueva, y no dejaba de ir modificando en sentido progresivo las institu- 
ciones y el modo de ser á la sazón vigentes; pero, con todo, representaba lo 

{EipUtoíiin <U ¡a íámina LIX.) 

HISTORIA DEL TRA|E.- Trates del tifio XIII.-]. E^tiu At Fernanda III, tt Santo, Ct- 
tnlril Ot BniEM. — 2. Don rHegO López át H»ro, el Bueno, seBor de Viicay» t '11*, EsUtu» yacente en 
Santa Mirla U Real de Nijera. — 3. Don Diego Martínez de Villamiyoi. Bnlto «pnlcril «i el derraldo 
monuterio de Benvlvre. Eitf policroniido. — 4. Eititna de Allomo el Sabio, Catedral de Toledo, — 5. El 
Infante Don Alonao. EscnlMra en la Catedral de Burüoi. — (> y T. Estatuas yacentes de la Catedral vieja de 
Stlaminca. Dofia Elena, muerta en 11T3, y el d»nlre Aparicio, 12T1.— S, DoAa Beatriz de Sutvía, esposa de 
San Finundo- Catedral de Bargm. 



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282 HISTORIA DE ESPAÑA 



por venir: lo prtsenie entonces era un atroz remolino de pasiones bárbaras, 
una guerra horrible que do concluía nunca entre Iqs magnates y los concejos, 
entre el rey y los subditos, compitiendo todos en crueldad, y aun eu malas 
artes para destruirse reciprocamente, y atento cada factor de aquel drama 
larguísimo, monótono y repugnante nada más que á su provecho. 

Ningún hombre personifica más cumplidamente la complejidad hetero- 
génea de la sociedad en aquella época que el célebre infante ó hijo de in- 
fante D. Juan Muiuel. Nació este nieto de San Fernando en Escaloua el 5 de 
Mayo de 1282. Antes de cumplir los doce años le mandó su primo Sancho el 
Bravo al reino de Murcia con el cargo de adelantado mayor. Desde enton- 
ces, ó poco después, hasta su muerte, ocurrida, según cálculos del Sr. Ca- 
yangos, en 1349, su vida es en el orden político y militar la de un oligarca 
desenfrenado, no perdonando jamás ningún medio para engrandecerse, inca- 
paz de perdonar una injuria, siempre turbulento, casi siempre rebelde, azote 
de los pueblos, factor constante de anarquía; pero á la vez en el orden lite- 
rario es un sabio, y de tan consumada experiencia del mundo, y de tan per- 
fecto conocimiento del corazón humano, y hablista y estilista tan seguro, re- 
posado y gracioso, que leyendo su Ubro del CabaÚero eí del Escudero, ó su 
ZJéro de los- Castigos, ó el De las maneras de amor, ó el de los Estados, y sobre 
todo El conde Lncanor, no se comprende, como dice Tiknor, que aquel autor 
haya vivido más de treinta años en la intriga, la violencia y la rebelión, te- 
niendo á su patria y á sus reyes en permanente inquietud. Y sin embaído 
asf es, y tal el carácter histórico del siglo xiv. 

La legislación progresó, llegando á ser declaradas las Partidas leyes del 
reino en el Ordenamiento de Alcaid, obra de los juristas en el reinado de Al- 
fonso XI. Y la poesía rió regocijada, pero con hondo y trascendental rego- 
cijo, en los cantares del arcipreste de Hiu, filósofo que componía sus cantigas 

p>r> judias t marss é para entendederas, 
■niegos 

y también cantó las hazañas guerreras de Alfonso XI en la Crónica rimada 
de RuízYáñez(i),mientras que daba profunday amena enseñanza en los Coh- 

g'os et documentos al rey Don Pedro del rabino don Sem Tob ó don Santo de 
.rrión (2). La Historia no dio de sf menos gallardas muestras que la poesía 
en las Tres Crónicas (de Alfonso el Sabio, Sancho el Bravo y Femando IV) (3); 
en la más animada y viva de estilo, de Alfonso XI; en las de Pedro I y En- 
rique II, obras del canciller Pedro López de Ayala, autor también de El Ri- 
mado de Palacio. Y entre la poesía y la historia surge la novela con El conde 
iMcanor y las ñcciones caballerescas que á últimos de esta centuria empie- 
zan á deleitar á nuestro público. 

90. — Los reyes que durante el siglo xiv desñlaron por el trono de Cas- 
tilla fueron: 

Fernando IV (1295-1312J. Nueve años tenía al suceder á su padre San- 
cho, y Dios le deparó por guia y regente un ángel de la guarda en la perso- 
na de su madre Doña Maria de Molina. Ya hombre, sólo ha dejado memo- 



(rt Publicada Inleeinmenle por D. Florencio Janet (1863) de orden de Isabel II. 

(3) Compuso su obra por los años de 1360, dedicada al rey Don Pedro. 

( j) Pellicer y D. Nicolás Antonio atiibuyeton la paternidad de las Trts Cróiacas á Fer- 
11 Sánchez de Tovar, notario y canciller mayor de Castilla, opinión contradicha por Qf 
ncln y Hknor. La Academia Española presenta como autor á Jnan Nijñez de VUlaiiin. 



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283 



ría por U acción indelicada de pedir, si no directamente á su madre, al can- 
ciller abad de Santander, cuentas de la tutela, resultando que la insigne 
dama habla vendido sus alhajas para sostener la causa de su hijo en tas re- 
vueltas de la minoría, no reservándose más que un vaso de plata; y por su 
misterioso ñn al cumplirse el plazo de treinta dfas en que le citaron ante el 
tribunal de Dios D. Pedro y D. Juan de Carvajal, mandados despeñar en 
Martos por suponerlos autores de la muerte de D. Juan de Benavldes. 

Alfonso XI (1312-1350). «Fué (dice su Crónica) no mny grande de cuer- 
•po, mas de buen talante, et de buena fuerza, et rubio, et blanco, et ventu- 

• roso en guerras*. Heredó antes 
de haber cumplido los trece me- 
ses, y su minoridad fué tal de tur- 
bulenta, qui; <el Rey falló al salir 
•de la tutoria el regno muy des- 

• poblado, et muchos logares yer- 

• mos; ca muchas de las gentes del 

• regno desamparaban heredades, 
•et los logares en que vtvian, et 
tfueroa á poblar á regaos de Ara- 
•gón et de Portugal*. Al cumplir 
Don Alfonso los catorce años en- 
vió á llamar al Concejo de Valla- 
dolid, y le dijo que, pues ya tenfa 
aquella edad y el común estaba 
tan necesitado de regidor, queda 
desde luego andar por sus regnos 
y gobernar por sí. Los buenos cas- 
tellanos se prendaron de aquel 
Rey niño que hablaba y se movía 
con tanta desenvoltura y firmeza. 
Su palabra, dice la Crónica, era 
üen castellana et no dudaba en lo ■ 
pu koAia dt decir. Gran jinete, añ- 
donadlsimo á las armas, templado 
en comer y beber, apuesto en el 
vestir, gustaba de vivir con hom- 
bres forzudos, valerosos y enten- 
didos en el arte militar, y cum- 
plía escrupulosamente su oficio de 
rey, sentándose tres dias á la se- 
mana en su tribunal d oir las que- 
rellas y los pleitos qne ante ¿I venían. Hacia justicia sin acepción de perso- 
nas, y si alguna vez se inclinaba un poco su balanza, era en favor de los pe- 
queños. 

Deslustraron tan excelsas cualidades la crueldad y la inñdelidad con- 
yugal. Resuelto á tener en un puño á la turbulenta oligarquía, azote del reino, 
no reparó en medios para apoderarse de los magnates más peligrosos, ni 
tuvo nunca compasión á la hora en que juzgaba necesario hacer justicia. 
Hizo matar al infante D. Juan el Tuerto, á Alvar Núñez, que habla sido favo- 
rito suyo, á D. Juan de Haro, á D. Lope Gil, etc., etc. Por dondequiera que 
iba con su hueste, á la manera que lo hacían en nuestra época los sultanes de 
Marruecos, iba dejando lúgubre rastro de cabezas cortadas. Con el único que 
no pudo fué con D. Juan Manuel, el insigne literato, perturbación y gloria de 



Fernando IV, el Emf laudo. 
(Retrato moral de esle rey, hecho sobre 
oiro dibujado por D. José Cúado del Ali- 
sal, y ajustándose á las noticias que de su 
aspecto Rsíco da la Crirúca.) 



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384 HrSTORIA DE ESPAÜA 

SU reinado. En vano quiso atraer- 
le con astucia: D. Juan Manuel do 
se dejó cazar. Mandóle á decir el 
Rey <que se venga á ver con él, 
>que le hará merced y le dará tal 
>lugar en sus reinos cual pertene- 
>ce A su sangre y estado*. El in- 
fante, tan hábil para idear inge- 
niosos ejemplos y componer ju- 
gosa y pintoresca fabla como para 
saber loquelecon venia, responde 
«que no se verá con él si non en 
>l(^rdo baya un rio que esté 
>entre ambos á dos y el rio sea 
■ bastante grande para que no 
• puedan pasar los unos á los 
>otros>. Replicó el Rey que le 
piada; pero entonces le contestó 
D. Juan que lo mis s^uro era no 
verse con él en ninguna parte. 

Casado con Doita María de 
Portugal, vio en Sevilla á doña 
Leonor de Guzmán, m»y fija dal- 
go et enfermoatra la más apuesta 
Alfonso XI, fi yusiiciirí). muger qué avia en el regm>t y dejó 

(S^ún un dibujo de D. José Casado abandonada á la Reina con su 

del Alisal.) [lijo Pedro, y vivió con la querida 

y sus bastardos escandalizando á 
toda la cristiandad. El Papa le escribía cartas reprendiéndole en severos 
términos paternales; pero Alfonso contestaba como hijo calavera respetuoso, 
con buenas palabras y sin enmendarse nunca. Puso á los bastardos en rango 
de príncipes, mientras que su heredero legitimo pasaba la mocedad en el 
abandono y casi en la pobreza, y á causa del adulterio hubo que sostener 
guerra con Portugal. 

A pesar de todo tuvo su día, Un grande como el de Alfonso VIII en las 
Navas. Ahora fueron los ieninurines, que vinieron de África al socorro de los 
moros granadinos, última invasión de los africanos en España. Los sucesos 
parecieron repetición de los de las Navas deTolosa, si bien desarrollados, no 
en ta cordillera mariánica, sino sobre la costa del Estrecho. Hubo cruzada, 
alianza de todos los reinos cristianos, concurriendo á la batalla portugueses 
mandados por su rey Alfonso IV, aragoneses y catalanes y castellanos, y al 
lado de Alfonso XI estuvo otro arzobispo de Toledo, D. Gil de Albornoz, como 
al lado de Alfonso VIH habla estado Ximénez de Rada. La batalla del Salado 
fué el 30 de Octubre de 1340. España no ha de olvidar al rey que, entrando 
lanza en ristre por las masas enemigas, gríuba á los suyos señalándoles á los 
moros: «iFeridlos, feridlos, que yo soy el rey Don Alfonso de Casticlla ct de 
»Leon, ct hoy veré quiénes son mis vasallos, et verán ellos quién soy yoU. 
Concedióle la Providencia la victoria, no solo allí, sino en el empeñado y 
largo sitio de Algeciras, y la honra de morir en el campo del honor sitiando á 
Gibraltar. 

Pedro I (i 350-1369). Es verdad que la principal y casi única fuente con- 
temporánea por donde conocemos la vida y reinado de este Monarca es «la 
«admirable crónica de Pedro López de Ayala, «monumento sin par en la his- 



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HISTORIA DB K-SPAÍlA 285 

toríograña castellaoa de los tiempos mediosi {i); pero al fin y al cabo obra de 
un enriquista decidido, interesado en justificar la usurpación y el regicidio. Es 
verdad que muchos, ó por lo menos algunos de los que hizo matar Don Pedro 
eran rebeldes ó conspiradores, y aun verdaderos traidores, perdonados vanas 
veces por el Rey antes de ser castigados; cierto que Don Pedro se ensañó 
principalmente con los grandes ó magnates, pareciendo seguir en esto la polí- 
tica, en cierto sentido democrática, de todos los monarcas de aquella época; 
positivo que muchas de sus crueldades 6 justicias no desentonan por excesi- 
vas al lado de las de su glorioso y terrible padre; indudable, por ultimo, que 
agriaron su carácter el abandono sufrido por su madre y él mismo en la pri- 
mera juventud, pospuestos ignominiosamente á una manceba y unos bastardos, 
y que tal situación insufrible é injusta debió de hacerle criar muy mala san- 
gre y encender su ira contra la querida de Alfonso XI y contra sus hermanos 
adulterinos, elevados caprichosamente á las primeras dignidades del reino, y 
contra los nobles y cortesanos que hablan adulado á doña Leonor y á sus 
hijos en cl tiempo de su prosperidad y grandeza usurpadas; pero, con todo 
esto, que puede constituir una explicación de defensa ó, si se quiere, circuns- 
tancias atenuantesdelaconductade Don Pedro, bien compulsados los hechos 
resulta que el rey, tan encomiado por la poesía popular y erudita de tiempos 
posteriores á su vida, el que la leyenda nos presenta como una especie *de 
■sultán de las Miij' una tiockes, juzgador caprichoso y fantástico, tirano á 
•ratos benéfico que restablece con formas de ingenioso simbolismo y rápidos 
• y extravagantes procedimientos la justicia ultrajada amparando á los débi- 
»les contra las tropelías de los poderosos» (2); el que tantas veces nos han 
hecho aplaudir en el teatro Lope de Vega, Pérez de Montalbán, el duque de 
Rivas, Zorrilla y otros muchos 
autores dramáticos; si que toda- 
vía parece vivir en las moriscas 
callejuelas de Sevilla, donde gran- 
des y chicos saben de memoria 
los cuentos de la vieja del candi- 
lejo, del zapatero y el prebenda- 
do, etc., en la realidad histórica 
no fué sino un degenerado, un 
hombre al que sólo cabe 'discul- 
par suponiéndole loco. La lista 
de sus crímenes es interminable, 
y aunque de algunos quizás sea 
cuerdo absolverle — verbigracia, 
del parricidio en la persona de su 
esposa, la inocente y desgraciada 
reina E>oña Blanca,— quedan bas- 
tantes para llenar la hoja de ser- 
vicios del tirano más acreditado. 
Las correrías de Don Pedro por 
Castilla eran como de lobo que 
por todas partes va dejando ras- 
tro de sangre y lágrimas. Sólo á 
titulo de ejercido de sofista pue- 
den apreciarse las alegaciones de 
D. Pedro I, el Cruel. 



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285 HISTORIA DE ESPAÑA 



algunos escritores mudemos en defensa del rey Uoa Pedro tratando de que 
la Historia te sustituya el merecidlsimo mote de el Cruel por el de yitsticüro. 

Era este tirano, según le retrata López de Ayala, ^asaz grande de cuer- 
>po, é blanco é rubio, £ ceceaba un poco en la fabla; muy cazador de aves, 
>muy sofrídor de trabajos, muy ttabajador en guerra, muy temprado é bien 
«acostumbrado en el comer í beber, cobdicioso de allegar tesoros é joyas. 
>Dorraía poco, é amó mucho mujeres. Mató muchos en su regno, por lo cual 
>le vino todo el daño. Por ende diremos aquf lo que dijo el profeta David: 
>agora los reyes aprended, é sed castigados todos los que juzgades el mundo: 
>ca gran juicio é maravilloso fué éste, é muy espantables 

La tiranta de Don Pedro aprovechó á su hermano bastardo Don Enrique 
para destronarlo, darle muerte en Montiel y desposeer de la corona á su des- 
cendencia, sustituyendo con su persona y descendientes á las de aquel loco 
coronado. Estas reyertas entre los dos hermanos, hijos de Alfonso Xt, inicia- 
ron en España la intervención y rivalidad por el influjo en nuestra Península 
entre Francia é Inglaterra. Don Pedro fué ayudado por ^\ príníipe Negro, y 
su hija casó con el duque de Lancáster, quien de este modo fué pretendiente 
á la corona de Castilla. En cambio, á Don Enrique le ayudó decisivamente Bel- 
trán Duguesclln, el que en la trágica noche de Montiel dijo las cfnicas pala- 
bras: ni quito ni pongo rey, pero ayudo d mi seOor; y tanto Don Enrique como 
sus sucesores hasta los Reyes Católicos fueron ñdeíisimos á la alianza francesa. 

Enrique II reinó de 1369 á 1379. Era hombre de muy despejado entendi- 
miento, y hubiera ?ido un gran rey á no ensombrecer su figura la mancha 
del regicidio, y á no tener que prodigar las mercedes entre los que le habían 
ayudado á escalar el trono. Murió recomendando á su hijo que fuera siempre 
amigo de la casa de Francia, de quien yo recibí muchas ayudas, y que observara 
una prudente conducta en los asuntos eclesiásticos: afligía entonces á la Igle- 

(ExftUaiiBH di ¡a lámina IX.) 

Scpslcro* de la Edad Media. - 1 . Ato scpulcnl de San Isidro. Á primen riiu k advierte que 
ote Inteieunttsinio ejemplai del Arte suntuario de li Edad Media fat ronitmldo con gran piMleriortdad al 
año UTO, fecha en que murlú San isidro. Joan Diácono, biógrafo del santo Patrón de Madrid, refiere que 
íste fué sepultado en la ¡eieala parroquial de San Andtís. en un urcAlafto de piedra que existía en los pos- 
treros días del siglo Xlll. Alguna obra que por entonces se hiio en dicha iglesia motlvd la exhamidún del 
cadlver y la coutrucciún del arca sepulcral que nos ocupa. Segdn el doctísimo arqueólogo D. Rodriga 
Amador de ios Rio», pertcncre esta olira al siglo XIV, lo que no hay Inconveniente en adnilir siendo muy 
al principia de esta centuria, puesto que su aspecto general y ciertoa detalles de la indumentaria de las 
figuras son de un marcado satnr del siglo xiii. Es de madera y está forrada de tela, la que ha sido Impre' 
mada ú estucada con yeso y cola se^n el procedimiento de la ípoca para ledblr la pintura; esto es, á la 
tncáiallca. La decoración es de un efecto de ornamentación y policromía admirables. En el frontal, tiajo 
ocho graeiosisimas arcadas de nlilo ojival, se representan alusiones í los milagros del santo. En la primera. 
San Isidro y su mujer Santa María de la Cabeza «i actitud de orar; en la segunda, los bueyes abandonados; 
en ia tercera, el amo ó seflor del sinlo, Ibin de Bargas, á caballo; sigue el milagro de los ingeles arando; 
después, el santo camina del malino cuando da de comer á las palomas; inmediatamente, el molino en que 
se multiplicó la harina; dKpuís, otra vez el santo y su esposa como en actitud de dar gradas al Seflor, y en 
la última, el mendiga i quien socorría. La decoración de la tipa, del mismo eslUo é Igual resultado artístico, 
se hallatan deteriorada, que naes pasible identificar los asuntos que sirven de tema i las pinturas, t.0 mismo 
pasa con las troniales laterales. Los herrajes que complementan demodoadmlnble la decoración estuvieron 
dotado».— 1 y 3. Dos urnas sepulcrales del siglo Xiv, donadas por la Comisión de Monumentos Artistieo» de 
Valencia al Museo Arqueológico Nacional, procedentes del convento de Irailes de Santo Domingo de aque- 
lla dudad. Pertenecen al tipo de las que se colocaban en los muros i cierta altura á manera de voladizos y 
se apoyaban en ménsulas. Han estado policromadas, y estas pequeñas sepulturas son por su estilo carade- 
risticas de la Corona de Aragón, dondelashayabundantisimas.— 4. Otra variante de las formas de luninas 
sepulcrales y de íruíI procedencia, — S, Cenotaflo de Don AHanso el Sabio en el Real Monasterio de las 
Huelgas de Burgos. 



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KiSTOR» GhJfica dk la Civilización Española 



Sepalcrot de la Edad Media. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



Historia GrXfica db la Civilizaciúk EspaíÍola 



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HISTORIA HE ESPAÑA 289 

sia eigran cisma de Occidente. Juan I (i 379-1390) pudo haber dado un paso 
decisivo en la obra de la uaidad oacional juntando á su corona )a de Portugal: 
asi fué de derecho, pues á la muerte de Don Fernando de Portugal la heredera 
legitima era su hija Doña Beatriz, mujer de Don Juan; pero el maestre de 
Avis, bastardo del difunto Monarca, soliviantó á los portugueses con la idea 
de que iban á ser esclavos de los castellanos. Las armas tuvieron que decidir 
la cuestión, y en la batalla de Aljubarrota {14 Agosto 1385) quedó decidido 
que Portugal no se unirla más á sus hermanos de la Península. La propaganda 
a n ti castellana que se hizo entonces en Portugal penetró muy en lo hondo del 
alma de aquellos españoles, tan españoles como los castellanos y los arago- 
neses, y trasmitido el estúpido odio i Castilla de generación en generación, 
todos los esfuerzos posteriO' 
res para conseguir la unión 
peninsular hablan de resul- 
tar inútiles. En este sentido 
quizá sea la batalla de Alju- 
barrota, que todavía cele- 
bran los portugueses como 
su mayor gloria (la gloria de 
ser un pueblo chico, juguete 
y casi colonia de prepoten- 
tes extranjeros), la más de- 
sastrosa para España que se 
haya dado desde que el 
mundo es mundo. Euri- 
que III, apellidado el Do- 
liente (1390-I406), cierra la 
serie de los monarcas caste- 
llanos del siglo XIV. 

Los reyes de Aragón en 
igual periodo fueron: Jai- 
me II (1291-1327), en cuyo 
tiempo fué la legendaria y 

casi fantástica expedición Muerte de Don Pedro I. 

de loa aventureros aragone- 
ses y catalanes al Oriente; Alfonso IV (1327-1336), que pasó su vida gue- 
rreando en Italia. La política aragonesa habla tomado un rumbo enteramente 
italiano: casado con Doña Leonor, hermana de Alfonso XI de Castilla, y 
como una diputación de valencianos presidida por Guillen de Binatea recla- 
mase enérgicamente á los regios esposos contra ciertas donaciones territo- 
riales que hablan disgustado al pueblo, cuéntase que la Reina contestó: «Esto 

• no lo sufrirla mi hermano el rey de Castilla, quien mandaría degollar á 
•estos sediciosos>; y que el Rey contestó: <Reina, nuestro pueblo es más 

• libre que el de Castilla; nuestros subditos nos reverencian como á su señor 
natural, y nos los tenemos á ellos por buenos vasallos y compañeros.* 

Pedro IV (1335-1387), á quien llamaron el Ceremonioso por su esmero y 
minuciosidad en la etiqueta palatina, fué contemporáneo de Pedro de Cas- 

( Explicación dt U lamiaa LÁJ.) 

HISTORIA DEL TRAJE. -Traje* del Siglo Xlir.-Esu lámina típrncnu li memonla de la co- 
roudón dtl rcjr San Fernando, Reproduce una minialiiri del OMict 
6 Libreril del rey [km Pedro I de Ciitilli, que se guarda en la Bibli< 



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2go 



HISTORIA DE ESPaRA 



títla y de Pedro I de Portugal (i 356-1366), los tres Pedros á cual mis duros y 
crueles. De los tres, el castellano fué sin duda el peor, ya que sus crueldades 
más paredan de loco ó de salvaje que de hombre; el portugués es un desdi- 
chado sediento de venganza, explicable, si no disculpable, contra los que 
hablan inhumanamente sacrificado A Doüa Inés de Castro, la mujer que amó 
COD un amor sin limites: el aragonés, en cambio, era un político convencido 
de la necesidad de aplicar cuchilla y cauterio á la sociedad por él re^da 
para curarla del mal de anarquía: un tipo semejante al de Alfonso XI de Cas- 
tilla. El privilegio de la Unión arrancado á Pedro III en momentos de angus- 
tia suprema para el heroico rey, 
no era sino la rebelión perma- 
nentemente organizada y cons- 
tantemente funcionando; algo se- 
mejante, aunque peor por la 
condición de los tiempos, á la 
Milicia nacional que conocieron 
nuestros abuelos y padres en los 
más agitados periodos revolucio- 
narios del reinado de Isabel II. 
Del mismo modo que con la Mi- 
licia nacional no había semanas, 
y á veces días sin motín, y por 
el más ftitil pretexto salían los 
tambores tocando generala y se 
armaba la gresca; con el privile- 
gio de la Unión no se tocaban 
tambores, pero sí las campanas, 
apellidando á las gentes para 
defender las libertades aragone- 
sas, que nadie pensaba en ata- 
car. Ni en Aragón ni en el reino 
de Valencia (los catalanes no tu- 
vieron Unión) se podía vivir, y 
Pedro IV libertó i los dos reinos 
de una tiranía insoportable. Con 
su propio puñal rasgó el perga- 
mino en que estaba escrito el 
anárquico Privilegio, y como se 
hiriese en una mano, exclamó: 
• Cosa que ha costado tanta sangre, no se ha de romper sino derramándola*. 
Demostró el Rey su sentido político enalteciendo el oñcio de Justicia Mayor 
y sometiéndose á su decisión cuando por instigaciones de su cuarta mujer, 
Sibília de Porcia, quiso privar de la gobernación á su primogénito Don Juan; 
y su dureza ó crueldad en los horribles castigos impuestos í los vencidos 
unionistas: verbigracia, el de hacer beber á algunos de aquellos desgraciados 
el metal derretido de una de las campanas que la Unión utilizaba para tocar 
á rebato y mover tumulto. 



Enrique II, ''/ di ¡at Mtrctáa. 

rronuda d« la estala» jrueote del sepulcro 

d« este rey, ^ue se halla en la capilla de los 

Reyes viejos de la Catedral de Toledo.) 



(B:^PÍHC 



k la lámina LXII.) 



HISTORIA OFL TRAJE. • Trajea t CMt««brcB del títXo XIV. - 1 , MiniíluTi de U Crónin 
de Don Ji<nie ti Congalitador. Códice de Poblrt. — 1. Crónica de Don Jiime ti Coitqulilador. Miniílu- 
ra dd CAdic? inídilo de Poblel. exislenti en la Biblioleci de San Juan (Barcelona). - 3. Hislaríi de Trc- 
yi. Códice blstoriado perteneciente 1 Don Pedro i de Castilla. Se conserva en U Biblioteca de El Eicorial. 



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Historia GkApica dk la Civiluacióh Española 



HISTORIA DEL TRAJE. - Trale* j coslnabres del liclo XIV. 

D„;l7,-.l-,.C00gIC 



Historia Grárca de la Civilización Espaüola 



MucUm de I* Edad Media. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAÑA 



293 



Juan I (1387-1395) persiguió á su madrastra Sibilia y condenó i muerte á 
veintinueve personas no bien ocupó el trono, por creer que le hablan dado 
hechizos siendo principe; Las bellas artes y los deportes físicos preocuparon 
á este Don Juan más que los negocios políticos; y eso que afligieron su rei- 
nado insurrecciones en Sicilia y CerdeSa, y en el mismo Aragón horribles 
matanzas de judíos por el populacho. El Rey no se fijaba en estas cosas; pa- 
saba la vida rodeado de trovadores y de músicos, cuando no cazando. Tres 
conciertos diarios se daban en su palacio. Doña Carroza de Vilaragut, muy 
entendida en ia gaya ciencia, te- 
nia sorbido el seso á Don Juan y 
á la Reina, su mujer. Envió Don 
Juan una solemne embajada á 
Carlos VI de Francia con el ex- 
clusivo objeto de que vinieran á 
Barcelona algunos trovadores de 
Tolosa que sirvieran de núcleo A 
una institución semejante á la 
Sobre -gaya coinpankia deh set 
Trovadorls 6 iepts setiorhs man- 
tentdors del Gay Saber, estable- 
cida en 1323 para restaurar la 
lengua y literatura provenzales, 
destruidas ó muy decaídas á 
consecuencia de la guerra de los 
albigenses. Y en efecto, en 1390 
se abrió en la ciudad condal el 
Consistorio de la gaya rítncia, 
desarrollándose á su calor un in- 
tenso movimiento literario ó de 
poesía trovadoresca, de que fue- 
ron Ausias March, mosén Jordí 
y otros los más insignes repre- 
sentantes. Juan I murió desastra- 
damente en una cacería, y le su- Ju«n I de Cisiilla, 
cedió Martín I (1395-1410), que, 
habiendo muerto sin heredero 
directo, dio lugar á que los Par- 
lamentos — así se llamaban las 

Cortes cuando se reunían en un interregno — de Aragón, Cataluña y Va- 
lencia, para evitar la guerra civil entre los pretendientes á la corona, y dando 
pruebas de un elevado sentido político, acordasen elegir tres varones de 
ciencia, prudencia y conciencia por cada reino, y que juntos los nueve en la 
iglesia mayor de Caspe designasen la persona con mejor derecho según las 
leyes del reino á sentarse en el trono. San Vicente Ferrer, el apóstol de Va- 
lencia, fué el alma de tan importante comisión, resultando agraciado — no 
elegido en el sentido estricto de la palabra— el infante de Castilla D. Fer- 



(De la eslatuí aianie de xu sepulcn 
capilla de los Reyes viejos de \ 
Catedral de Toledo.) 



(E^plh 



iin tlt ¡a lámina LXIII.) 



MaeMea de I* Edad Media. - 1. Anón góiico del si^to xii 
herrajo dorados. Procede de Víllbon» de Us Monjas y se conserva e 
qnrta tallada, de nogal, del ilglo xiv Ú principios del xv. — 3. Arcón 
estilo ojival, siglo xv. Museo Arqueológico NacJonil. 



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294 HISTORIA DE ESPAÑA 

dando, apellidado de Antefiera por haber tomado esta plaza á los moros en 
Granada. 

91. — £1 siglo XV nos ofrece dos aspectos históricos diversos: hasta 1474, 
en que comienza el reinado de los Reyes Católicos, no es sino continuación 
del siglo XIV con todas sus luchas oligárquicas, su confusión y su barbarie 
política, y también con su constante progreso social en todos los órdenes de 
)a vida. Desde la citada fecha las cosas variaron completamente de faz, y 
España, que parecía estar al borde de su ruina, se alzó de repente á la mayor 
altura que ha conseguido jamás 
en su larga historia. Ese aSo de 
1474 es, por tanto, el más ade- 
cuado para señalar el fín entre 
nosotros de la Edad Media y el 
comienzo de la Moderna. 

El primer periodo del siglo xv 
caracterízase por una tendencia 
cada vez más enérgica y cons- 
ciente hacia la unidad nacional. 
Ni en los períodos más anárqui- 
cos de la Edad Media había de- 
jado de manifestarse dicha ten- 
dencia, ni de reconocerse como 
españoles aragoneses, navarros, 
castellanos y portugueses. Había 
en la Península diversos Estados, 
pero todos dentro de una supe- 
rior unidad geográñca, histórica, 
religiosa y social. Ahora, princi- 
palmente por obra de los juris- 
consultos y de los literatos, cada 
vez más influyentes, el deseo de 
la unidad política era más vivo 
y apremiante, y lo sentían los 
""'''" reyes lo mismo que los pueblos. 

(StgÚD D. Joií CM«do del Alisal.) Hasta la casa de Avís, en Portu- 

gal, fundada en el odio popular 
á Castilla, buscaba alianzas matrimoniales con el Estado central; desde 1438 
reinó allí Alfonso V, // Africano, que por su proyectado casamiento con la 
Beltratuja aspiró á la unión de Castilla con Portugal en los mismos términos 
con que realizó Fernando por su matrimonio con Isabel la unión de Castilla 
con Aragón. 

En este reino últimamente citado puede decirse que durante todo el 
siglo XV los reyes y príncipes no hicieron más que preparar la unidad nacio- 
nal. Entronizada con Fernando I la dinastía castellana, los infantes de Aragón 
no se consideraron ya nunca extraños en Castilla, sino que tomaron parte 
activísima en la política del Estado central, donde tampoco eran ya ellos 



HISTORIA DEL TRAJE. - Trajea del ilglo XIV. ■ 1 y 3. Orupas díl cortejo fúnebre, escDlpi- 
aos m el urcófago de Don Felipe Boíl, seflor de Miniscs. (Mutco Piovlnciil de Vilendi). — 2. Estatuí yt- 
cenle de Don Felipe Boil. — 4, Don Bernarda Ouillín de Entenu y de Monlpeller. Figan de li nrní jepul- 
cnl de dicho señor cxitlenle en el Museo Arqueoidgico Nacional de Madrid. 



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Historia GkÁFicA db la Civilización Española Lájim* LXIV 



HISTORIA DEL TRAJE.-TraJet del ilglo XIV. 

D„j,i7<-,ib,.CoogIc 



Historia Gbífica de la Civilización Fspañola Lámina LXV 



Macotes de Ift Edid Media j d« la Edad Modcri 



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HISTORIA DE ESPAÑA 2gj 

mirados como forasteros. La guerra entre los dos Pedros (el Cruel y el Cere- 
iHomioso) fué la última entre castellanos y aragoneses: de alli en adelante la 
frontera cas te I laño -aragonesa empezó, por decirlo así, á borrarse, y se pasaba 
de un reino á otro como quien no sale de su casa. 

Femando I murió en 1416. Su hijo mayor y heredero Alfonso V (1416 
á I458J no bien empuíió el cetro embarcóse en su escuadra para Italia y so- 
metió á Cerdeña; peleaba en Córcega, cuando la inmoral y versátil Juana II de 
Ñapóles pidió su ayuda, ofreciéndole la sucesión de su reino, y allí fué esie 
Rey, cual ninguno audaz y aventurero; conquistó á Ñapóles, regresó á Es- 
paña, y por el camino se apoderó, á lo corsario, de Marsella, dudad que per- 
tenecía entonces á su rival 
Luis de Anjuu. Vuelve á 
Italia, donde su hermano 
Fcdro, dejado por guardián 
de su conquista, había sido 
expulsado de la ciudad y 
del reino por Renato de 
Anjou, hijo de Luis. Alfon- 
so V no se amilana: pone I 
sitio á Gaeta; pero es derro- 
tado por completo en una 
batalla naval y cae prisio- 
nero. Tratado caballeresca- 
mente por el Duque de Mi- 
lán, que le tuvo, no cauti- 
vo, sino alojado en su pa- 
lacio, recobró pronto la li- 
bertad y volvió á conquis- 
tar á Ñapóles. Allí vivió 
con toda la magnificencia 
de un gran príncipe italia- 
no, siendo de los monarcas I,^¡„ B,_„^^ ^^ „,^„, 
mas influyentes en Europa. . ■■ . ™. 
En su tiímpo cayó Cons- P"''°"~ " '^ ='*""'' ^' °'"'- 
tantinopla en poder de los 

turcos (1453J y llegaron á Italia fugitivos aquellos sabios y retóricos griegos 
que determinaron la explosión definitiva del Renacimiento. 

Mientras que asi guerreaba y triunfaba en Italia Alfonso V sus berma- 
nos agitaban á Castilla y gobernaban en Aragón. Uno de ellos, Juan, primero 
gobernador y á la muerte de Alfonso V rey de Aragón, casó con Doña 
Blanca, reina de Navarra, y tuvo tres hijos de este matrimonio: D. Carlos, 
príncipe de Viana, Doña Blanca y Doña Leonor, siendo los dos primeros los 
príncipes quizás más desgraciados que figuran en nuestra Historia y de los 
menos dignos de serlo. D. Carlos tenía todas laa partes de un gran monarca; 
además era un sabio, y tan bueno, que en el pueblo catatán quedó la tra- 
dición de su santidad, aunque para esto le sobró galantería. Pero nada le 

{ExpUtaíiin di la ¡amina LXV.) 

MacblMdeta Edad HwU>7<le la Edad Modcraa.-I. SilU llamad* de I09 AntíRuos Juects. 
Museo Provincial dt Burgos. Siglo xtll. — 2. Sitial tallado df nlilo ;;ótlco del si^lo xill al X]v. Colección 
del Conde de Valencia de Don Juan. - 3. Silla del siglo Wti, procfdcnti de la Universidad de Alcili. - 
4, Silla llamada de Dofla Urraca, ilglo X. Mmeo Provincial de Burgos. — 5. Trono episcopal de mármol 
gríSi de una pieza, slsloxil. Catedral de Qerona. - í. Silla de San Raimundo de Roda (Aragón). Siglo Xll. 



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298 HISTORIA DE ESPARa 

valió contra la suerte adversa. Muerta su madre, D. Juan casó con la rica 
hembra castellana doKa Juana Enrlquez, mujer de talento y energía varoail, 
mas el tipo acabado de la mala madrastra, que puso en juego todas sus facul- 
tades para que su marido aborreciese á los hijos del primer matrimonio, como 
lo consiguió. Navarra estaba dividida desde 1438 en dos bandos: agramonie- 
ses, cuyo núcleo era la casa de Agramont, y biamonteses, que segufan á la fa- 
milia de Beaumont. En esta ocasión los primeros se declararon por los re- 
yes Don Juan y Dofia Juana, apoyándolos en el intento de desposeer á Don 
Carlos de sus indiscutibles derechos á la sucesión y de la lugartenencia ge- 
neral del reino, que le había encomendado por testamento su madre Doña 
Blanca, reina propietaria. Los biamonieses se pusieron de parte del hijo. Es- 
talló la guerra civil, y el principe de Viana fué preso. Novelescas fueron ésta 
y las siguientes prisiones de D. Carlos, siempre querido y aclamado por los 
pueblos, y siempre perseguido por 
su ambiciosa madrastra y su des- 
naturalizado padre, hasta que al 
cabo murió (23 Septiembre r46l), 
de enfermedad natural según Zu- 
rita; envenenado según el vulgo. 
Así pudo heredar los reinos ara- 
k goneses sin contradicción el hijn 
I de D. Juan y la Enrlquez, ó sea 
I Fernando el Católico, nacido en 
I Sos el 10 de Marzo de 1432. La 
' saña de los regios esposos no se 
satisñzo con el sacriñcio de tan 
interesante victima como el prín- 
cipe de Viana; Doña Blanca, here- 
dera legitima de Navarra y de 
todos los Estados de su padre, 
culpable de haber querido á su 

_ . . _•-,_,,.„ ,,,..- infeliz hermano, fué también presa 

Rneds d* na prívü«eio de Alfonio V (Archivo ^ j ^ u _ 

g.nerd de 1. Villl de M«Jrid). ABo .17a. I entregada á su hermana menor 
dona Leonor, casada con Gastón 
de Foix. En el castillo de Olite, y después de muchos sufrimientos, pereció 
la infeliz Princesa envenenada por su hermana. Algunos de nuestros escrito- 
res suelen hacer no pocos aspavientos ante los crímenes que por esta época 
eran usuales en las cortes de Italia, donde el puñal y el veneno hablan llegado 
á ser los instrumentos, por decirlo asf, ordinarios de la ambición ó de la codi- 
cia de los grandes; y es lo cierto que, recordando los bárbaros episodios que 
acaban de indicarse, en este respecto nada podemos echar en cara los españo- 
les á los italianos, siendo quizás lo que más desconcierta el sentido moral 
considerar que los abominables crímenes de D. Juan y de su consorte la Enrl- 
quez, según todas las probabilidades, fueron beneficiosos á España, ya que 
facilitaron el camino del trono á rey tan grande como Femando el Católico. 
Verdad que también D. Carlos de Viana aspiró á la mano de Doña Isabel; 
pero semejante principe romancesco y sabio era más á propósito para hacerse 
amar de los pueblos que para gobernarlos: probablemente, con él hubiéramos 
tenido una segunda edición de Alfonso X. 

Durante este periodo reinaron en Castilla Juan II y Enrique IV. 

El reinado del primero (14C6-1454) ofrece dos aspectos distintos: el lite- 
rario y el político. 

Literariamente, pocos reinados aventajarán al de Juan II. El mismo Rey 



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Historia Gráfica db la Civiuzacióh Española 



•Miltmdu. CalButa jnTaJaccc«.-SI|il(it XIII, XIV J XV. 
(Dr la CoItccOn lUI Conát at Valtncla dt Donjuán). 

D,g,t7cdb/COOgIC 



30O HISTORIA DE ESPASa 

daba el imi'.ulso. <Era hombre (escribió uno de sus más ilustres contempo- 

• ráneos) que hablaba cuerda ¿ razonadamente, é habia conoscimiento de los 

• hombres para entender cuál hablaba mejor, e más atentado e más gracioso. 

• Placíale oir los hombres avisados...; sabía hablar y entender latín; leía muy 

• bien; placíanle mucho hbros é historias; oía muy de grado los decires ríma- 
>dos, é conocía los vicios dellos; había gran placer en oir palabras alegres é 

• bien apuntadas, é aun él mismo las sabía bien decir. Usaba mucho la caza... 
>Sabía del arte de la música, cantaba é tañía bien* (i). Y componía versos 
amorosos, ó querellándose dulcemente de los magnates que no podía do- 
me ííar. 

Viniendo de tan alto la iniciativa, no es de maravillar que la Castilla de 
Juan 11 fuese como una academia en que grandes y chicos competían cons- 
tantemente por el laurel de Apolo. Verdad es 
que había llegado la hora al Renacimiento greco- 
romano: la Humanidad parecía haberse hartado 
ya de tosquedad y rudeza, y por todas partes flo- 
recia el ingenio, como si aquel tiempo fuese una 
primavera del espíritu. D. Alvaro de Luna, el 
gran personaje político y militar del reinado, pro- 
fesaba de moralista en sus Virtuosas mujeres, y 
de poeta en versos que hoy pasarían por blas- 
femos. El marqués de Villena D. Enrique de Ara- 
gón, el marqués de Santillana D. Iñigo López 
de Mendoza, Fernán Pérez de Guzmán, Juan de 
Mena, D. Alonso de Cartagena, El Tostado, el 
disputado autor de la Crónica de Juan II (2), el 
ignorado de la D. Alvaro de Luna, Gutiérrez Díaz 
„ „ , „, . , „. de Gómez que escribió £■/ Fíf/oríó/ i/íGiia'/írOí, 

° h"i?¿7Í;';f'líS"r 1 P"» Rodrigue, de Lena, que compuso El />«„ 
(Tomado de uns minUtura de honroso; el buen conde de Haro D. Pero Fernán- 
dez de Velasco, el Arcipreste de Talavera Alfonso 
Martínez de Toledo, sólo comparable por su gra- 
cioso .y profundo desenfado al otro Arcipreste 
poeta de la centuria precedente, y cien nombres más que podrían citarse, 
acreditan el intenso y extenso cultivo de todo el jardín de las letras en este 
periodo, Tradujéronse también muchísimas obras clásicas, no sólo de filoso- 
fía, poesía y elocuencia, sino de arte militar; v. gr., el Vegecio {3), que fué el 
vademécum de los grandes y de todos los hombres de guerra, el texto en que 
se iba estudiando poco á poco para resucitar la legión romana. Empezaron 
también á formarse colecciones de poesías ó Canciomros: el más antiguo es 
el ordenado por el judío converso Alonso de Baena para solaz del Rey. 

Pero sí mirado literariamente es grato el reinado de Juan II, por el as- 
pecto político no pudo ser más desgraciado. Sólo tuvo una época feliz: la de 

(l| FernAn Pérez de Cuimin, en Gmerafioni! y stmhlanxas, b parle tercera de so obia 
Mar di historias. Gitiiraciottis y stmbUmttts, además de su gran mérilo intrínseco, histórico y 
liteinrio llene el especial de ser ta primera colección de blogralTag escrita en cutellano. Con- 
tiene 34; de Juan II, D. Alvaro de Luna, Ü. Enrique de Villena, etc. 

(2) Galíndez de CarTajal la atribuye á Fernán Pérez de Cinmán. Amador de los Ríos, á 
Alvar García de Santamaría. Otros, á Juan Rodríguez de la Cámara. Otros, al mismo Juan II. 

tjl «Libro de la Caballería, compuesto por Vegecio, el cual fué trasladado por man- 
»dado del muy alto príncipe é señor D. Enrique, del latín en nuestro volear romance por 
»Fr. Alfonso de San Cristóbal, del Orden de predicadores». En la Biblioteca dé El Escorial hly 

dos códices del siglo XV de esta traducción. 



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DE ESPAJÍA 



301 



la niñez del Rey, en que fué regente Don Femando de Antequera. Nom- 
brado éste rey de Aragón, dejó á Don Juan, de seis años, y á Castilla en las 
turbulencias propias de las minorías en aquellos tiempos. V no salió de ellas 
el reino con la mayor edad del Monarca, sino que puede decirse que fueron 
mayores con un monarca que se dejó dominar por su privado D. Alvaro de 
Luna, al que luego hizo ahorcar en Valladolid, y que fué siempre juguete de 
las facciones y no acertó jamás á tener su reino en paz y justicia. " 

92. — Enrique IV (1454-1474). Tenia ya treinta aftos cuando subió al 
trono, y habla dado de si muy ma- 
las muestras en vida de su padre, 
ya rebelándose varias veces, ya con 
ei escándalo del proceso de nuli- 
dad de su matrimonio con la infor- 
tunada princesa Doña Blanca de Na- 
varra, desde cuyo punto la gente se 
habla dado á pensar muy mal y ha- 
blar peor del entonces principe, 
atribuyendo á sus vicios inmundos 
la enfermedad que le imposibilitaba 
ser cabeza defamilla.EI afán de ori- 
ginalidad y el de contradecir todo 
lo tradición a Imen te aceptado como 
cierto han movido á unos pocos es- 
critores modernos á intentar algo 
que suena á defensa de Enrique IV, 
y que no viene á ser en el fondo sino 
censura de la conducta y memoria 
de los Reyes Católicos. Pero mien- 
tras más se estudia el reinado del 
ignominioso Impotente, se ve mejor 
la justicia seca con que el elegante 
historiador Cabanilles ha escrito: 
t El rubor enciende nuestro rostro 
>y la pluma se nos cae de la mano 
>al llegar al reinado del cuarto de 
>Ios Enriques. Debemos, empero, 

■ dedicarle un lugar en nuestra Historia para enseñanza de pueblos y reyes, 
>á la manera que en las cartas náuticas se señalan los escollos para que huyan 
*de ellos los navegantes. No hay en toda la Historia de España nada compa- 

■ rable á este afrentoso reinado: sería necesaria la pluma de Tácito para tra- 
>2ar con rasgos de fuego tal degradación y tanto oprobio» (l). 

Se ha dicho que la Crónica de Enrique IV, por Alonso de Falencia no 
merece crédito, ya que Falencia era cronista de su hermano el infante don 
Alfonso y, por tanto, acérrimo adversario político del Rey: por la misma razón 
son recusados todos los escritores contemporáneos como parciales de los 
Reyes Católicos y deseosos de agradarles; pero, aparte de que esta unanimi- 
dad de pareceres en los contemporáneos tiene una inmensa fuerza acusato- 
ria, pues todos ellos se declararon contra Enrique cuando éste vivía y era 
poderoso, asqueados de su conducta y no pudiendo sufrir el desgobierno en 
que tenia el reino, ahí está la Crónica escrita por Diego Enrfquez del Castillo, 



JuiD II de Caitilla. 
(Tomado d« ud retablo de la «poca 

de la Cartuja de Miraflores, Burgos.) 



(1) Historia dt Es[ah 



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302 HISTORIA DE ESPAÑA 

capellán y cronista asalariado del Impotente. Y jqué semblanza traza del de- 
generado Monarca este escritor, atento á mitigar ó atenuar sus defectos? Hay 
que oírle: 

«Era, dice, persona de larga estatura y espeso en el cuerpo y de fuer- 
>tes miembros; los dedos, largos y recios; el aspecto, feroz, casi á semejanza 

• de león, cuyo acatamiento ponía temor á los que miraba; las narices, romas 

• é muy llanas; no que asf nasciese, mas porque en su niñez rescibió lesión 
>en ellas; los ojos, garzos é algo esparcidos; encarnizados los párpados; don- 
>de ponia la vista mucho, te duraba el mirar; la cabeza, grande y redonda; la 
>frente, ancha; las cejas, altas; las sienes, sumidas; las quixadas, luengas y 

• tendidas á la parte de ayuso; los dientes, espesos y traspellados; los ca- 
>belIos, rubios; la barba, luenga é pocas veces afeytada; el faz de la cara, 

• entre roxo y moreno; las carnes, muy blancas; tas piernas, muy luengas y 

• bien entalladas; los pies, delicados. . . Holgábase mucho con sus servidores 

• y criados; avia placer por darles estado y ponerles en honra. . . ; compañía 

• de muy pocos le placía; toda conversación de gentes le daba pena; á sus 

• pueblos pocas veces se mostraba; hufa de los negocios; despachábalos louy 

• tarde... Acelerado é amansado muy presto. .. Ll tono de su voz, dulce é 

• muy proporcionado; todo canto triste le daba deleite; preciábase de tener 

• cantores, y con ellos cantaba muchas veces... Estaba siempre retraydo . . . 

• Tañía muy dulcemente el laúd; sentía bien la perfección de ta música; los 

• instrumentes de ella te placían. Era gran cazador de todo linaje de animales 

• y bestias fieras; su mayor deporte era andar por los montes, y en aquéllos 

• hacer edíñcios é sitios cercados de diversas maneras de animales, k tenía 

• con ellos grandes gastos . . . Las insignias é cerimonias reales muy ajenas 

• fueron de su condición. > 

El segundo matrimonio del Rey con Doña Juana, hermana de Alfonso V 
de Portugal, noy señalada mujerde gracilts ji hermosura, se^ña la misma cróni- 
ca; los cínicos amoríos de Don Enrique con doña Catalina de Sandoval, á la 
que hizo abadesa de un convento con el ridículo pretexto de que las monjas 
necesitaban reforma — • buen titulo, dice Mariana, pero mala traza, pues no 

• era para esto á propósito la amiga del Rey>, — y con la portuguesa dama de 
la Reina, doña Guiomar de Castro, á que aludían las desenfadadas coplas sa- 
tíricas de la época, diciendo: 

Y san el torpe, majidcro 
Qae se precia de certero, 
Fasta aqaella lagaleja , 
La de Nava Luateja, 
Le ha traído al letortero (l); 

la escandatosluma privanza con la Reina del valeroso y gallardo hidalgo an- 
daluz D. Beltrán de la Cueva, súbitamente ascendido de paje de lanza á 
mayordomo mayor; el nacimiento de la princesa Doña Juana (Marzo 1462), en 
cuyas fiestas palatinas se agració á D. Beltrán con el condado de Ledesma, 
desatándose la maledicencia en tales términos, que la inocente niña fué desde 
luego rebautizada por grandes y chicos con el denigrante mote de la Bá- 
tratuja, que no habla de perder nunca, y contra el cual no pudieron pre- 
valecer nunca las ficciones jurídicas de la legitimidad, resistiéndose muchos 
á jurarla por heredera del reino, y no consintiéndolo algunos, como el conde 
de Medinaceti, á pesar de habérsele prometido si juraba mil vasallos; la 
cobardía del Rey, bien manifiesta en las viles palabras que dijo á su anti- 



(l) Coplas de Mingo Revulgo. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



HtsTORiA G&ÁFiCA DB t« Civilización EspaÍÍola 



LAmiha LXVII 





^ 



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HisTOKiJt Grífica db la Civilización Española 



I.{MIMA L>:viii 



J\ 



T-—~r----r 



Diversa» tipo* de eUvos 6 hierro* •rtltllcoi e«pafl«let de lot sillo* XIII, XIV j XV. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAÑA .305 

guo ayo el obispo de Cuenca D. Lope Barríeotos, lealfsimo servidor de su 
padre Don Juan y de él, cuando le excitaba á someter por armas á Iqs re- 
beldes: tíos que no habéis de pelear, padre obispo, sois muy pródigos de las 

• vidas ajenas*, á lo que respondió indignado D. Lope: <Se&or, pues que V. A. 
•no quiere defender su honra, vos certifico que desde agora quedaréis por el 
>más abatido rey que hobo en España, é arrepentiios heis cuando no apro- 

• vecliare>; y la incalificable conducta observada en la batalla de Olmedo, 
donde mientras los suyos, fieles no á él, sino á la institución monárquica en 
abstracto, peleaban y vencían, escondióse Don 

Enrique, y, ya consegida la victoria, tuvo que ir á 
buscarle su capellán y decirle: «jCómo los reyes 

• que son vencedores ansi se han de arredrar de 
>su hueste? . . . Andad acá, señor, que sois ven- 

• cedor>¡ y sobre todo la inverosímil bajeza con 
que por dos veces reconoció y firmó su propia 
deshonra: la primera en Medina del Campo (30 
Noviembre 1464) admitiendo á su hermano Don 
Alfonso por UgitÓMo sucesor y heredero del remo, 
y la segunda en los loros de Guisando {iQ Ac Sep- 
tiembre de 1468), donde hizo lo propio con su 
hermana doña Isabel, y suscribió esta cláusula, 
colmo de ignominia: «ítem, por quanto al dicho 
•sefior rey et communmente en estos reinos et 

• señoríos es público et manifiesto que la reina 

• Doña Juana de un año á esta parte non ha usa- ¡-j ^y^^^ ¿^ Luna 
•do limpiamente de su persona» . . . etc. . . To- Tomado de U estatua va- 
dos estos son hechos probados, y ellos justifican cente de su sepulcro, exis- 

plenamente el alzamiento de su hermano Don lente en la Catedral de To- 
Alfonso, que reinó tres años en más extenso te- '*^°- 

rritorio que el mismo Don Enrique {desde 5 Ju- 
nio 1465 á 5 Julio 68, que falleció) (i), y al que, según algunos historiadores, 
debería llamársele Alfonso XII, la exclusión de la Beltraneja, que, aun en el 
supuesto de ser falsas las especies que contra ella corrían, no hubiese podido 
reinar nunca desde que su propio padre la deshonró, y, por ende, la legitimi- 
dad indiscutible de Isabel ia Católica, que subió al trono, no ya en virtud de 
un derecho fundado en la incapacidad de Doña Juana, sino del deber de sal- 
var el decoro y dignidad de la institución monárquica, ensuciada por tantas 
porquerías y casi destruida por tantas bajezas. 

El estado á que llegó Castilla con un monarca cual Enrique IV no es 
para descrito. Un año antes de concluir tan calamitoso período escribía Her- 
nando del Pulgar al obispo de Coria una carta refiriéndole cómo andaban 
las cosas: en Andalucía baja el duque de Medina Sidonia y el marqués de 
Cádiz se hacían crudísima guerra, hasta con tropas de moros, y ni en Sevilla 
se podía vivir, porque las gentes del Marqués y las del Duque andaban á 
cuchilladas de noche y dfa por las calles; en Córdoba hacían lo mismo don 
Alonso de Aguilar y el conde de Cabra; el reino de Murcia se habla de- 
clarado en cantón independiente, y hacia cinco años que no se comunicaba 
con lo demás de Castilla; León gemía bajo el yugo cruel de D. Alonso de 

(1) En cite tiempo vino á Eipaila el barón de RORiltbal, noble húngaro, y en la relación 
de til Tiaje (Viajis psr Españo, Ubres di anlaiio) cuenta las dificultades que había para pasar 
de las ciudades que acataban i Don Alfonio, al qae llama el Jtty moto, í las de Don Eniiqae, 



Salcedo, Historia de espaRA 



D,g,t7cdb/GOOgfü 



306 



HISTORIA DE ESFAÍlA 



Monroy, maestre de Alcántara; Toledo estaba entregado á una constante anar- 
quía, y las bandas armadas que corrían su tierra robaban á placer y quemaban 
los pueblos, como hicieron con Fucnsalida, Guadaume y otros lugares, sien- 
do el hambre la consecuencia de tales horrores; Pedro Mendaña, alcaide de 
Castronuño y uno de los mayores facinerosos de la época, había llegado á 
juntar de quinientas á seiscientas lanzas, y no sólo desbalijaba en los cami- 
nos y asaltaba lugares, sino que cobraba una contribución regular á Medina, 
ValladoUd, Toro, Zamora y Salamanca, desafiando al duque de Alba, que con 
su mesnada señorial lo perseguía; Tie- 
rra de Campos era un hervidero de fac- 
ciones, y en Cantabria y Vasconia no 
se hacia tampoco más que pelear los de 
un pueblo con el vecino, los de un case- 
río, con el próximo; tas guerras de Ga- 
licia de qtte nos solíamos espeluznar, ya 
las reputamos ceviles é tolerables, attmo 
licitas. Y después de tan horrible enu- 
meración añadía Pulgar; Nú hay más 
Castilla; sinno, rnds guerras kavria. Y 
dice además que ya, por la costumbre 
de sufrir tantas luchas, apenas si se les 
hacía caso, ó como siacaesciesen en Bolo- 
ña ó en reinos do nuestra jurisdicción no 
alcanzase; que á nadie se ahorcaba por 
justicia, aunque algunos se ahorcan por 
injusticia, y, finalmente, que lagenteno 
sabía qué hacer por salir de tan inso- 
portable situación; pero que el deseo 
de salir de ella era general y se mani- 
festaba de mil modos: verbigracia, en 
los procuradores del reino, juntándose 
para tratar del remedio á los males pú- 
Enrique IV bÜcos; mas <mirad (escribe) cuan cru- 

Scgún UD dibuja del insiene pintor »do está este humor é cuan rebelde, 

D. José Císído del Alisd. »que nunca bailaron medicina parale 

• curar, de manera que, desesperados 
>ya, se han dejado dello>; 6 en los obispos, que se reunieron en Aranda para 
ver de poner á cubierto á la Iglesia de aquel espantoso desorden. Menos st 
presume gue aprovecha esto, concluye diciendo Pulgar. 

Se ve que el instinto social, ya muy desarrollado por la cultura jurídica 
y literaria, rechazaba enérgicamente el desgobierno y las vergüenzas de Enri- 
que IV. Quizás algunos siglos antes los vicios de este rey sólo hubiesen pro- 
vocado alguna sombría tragedia palatina, y el pueblo, compuesto de siervos 
y considerando la guerra permanente como el estado natural de la sociedad 
humana, apenas si habría hecho caso; pero en el siglo xv Castilla, con un 



(Explúadin de ¡a lámina LXIX,) 

Ciavoi ó HIerrm arlltttco* ctpaAole*. - La miyc 

son divos como los de las láminas LXVIl y LXVIll. 

El llimador b aldabón que aparece en el centro de la li 
pertenece S la pucna principal de la Oiiedral de Tairagona. Son llamadores 

Valencia de Don Juan. 



que figurai 
del sigla xv, de 



filo gúlico. y 



,, Google 



HlSTOKIA GhÍFICA de LA CIVILIZACIÓN ESPAÑOLA LÍMINA LXTX 



Hierros artlitleí» evaftolei. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



HiSTOBU GrAfica db la Civii.izAadM Española 



iMlradMatos niAilcos del «lelo XIV. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



mSTOKlA DE ESPaSa 309 

pueblo libre, con ciudades grandes, agrícola, industrial, mercantil, ilustrada 
por los teólogos, atcccionada por los juristas, conocedora de las obras maes- 
tras de la antigüedad clásica, rica y ansiando serlo más, abierto su espíritu á 
todos los aires de la ciencia, del arte y de la poesía, contando en todas sus 
clases sociales coa hombres ilustradísimos, quería un gobierno ñrme, fuerte, 
previsor, que asegurase á todos la libertad individual y el disfrute pacifico de 
aquellos derechos del hc^r y de la vida, sin los cuales es ésta peor que et 
Infierno. Por eso no podía conformarse con Enrique IV y se rebullía impa- 
ciente buscando un porvenir venturoso; pero á la vez, como quiera que había 
aprendido que la apetecida dictadura paternal, único remedio posible de sus 
males, sólo podía ser implantada por la tHonarquia legitima, respetaba en el 
degenerado Enrique, no la persona, sino la institución, y de aquí que nunca 
se resolviese á destronarle, confiando en que sus mismos vicios no tardarían 
en llevarle al sepulcro, y la sucesión regular pondría en el trono á la infanta 
Isabel, cifra de todas sus esperanzas. 

Esta doble y contradictoria corriente de fuerzas morales — el odio des- 
preciativo á Enrique IV y la lealtad monárquica — explica las singulares 
peripecias del reinado, y sobre todo un hecho muy digno de notarse. En este 
período es cuando por vez primera se advierte en España la existencia de 
una verdadera opostdán política, es decir, de una acción común consciente y 
deliberada contra el gobierno establecido, no para sacar de ¿I concesiones ó 
provechos personales, sino para mejorarlo, para obligarle á que cumpla bien 
sus elevadas funciones sociales 6 reemplazarle por otro que así lo haga. Claro 
que con esta aspiración, de suyo elevada, mezclan siempre ambición y codi- 
cias sus escorias; pero no es justo confundir las turbulencias del siglo xiv, 
por ejemplo, en que todo un D. Juan Manuel vivía en constante rebelión 
Inchando con reyes y pueblos únicamente /or el acrescentamiefíio de su perso- 
na y casa, y estaba esto tan admitido por todo el mundo que no necesitaba 
el magnate dar otras explicaciones de su conducta, con estas otras del reina- 
do de Enrique IV en que lo que ofendía del Rey es que fuera tan mal rey, 
y se buscaba, por unos sinceramente, por otros siquiera en apariencia, el me- 
joramiento del reino. Con esta oposición nació la literatura política, insolen- 
temente procaz en las Coplas del Provincial, mordazmente satírica en las de 
Mingo Retmlgo, y noblemente severa en la prosa de los cronistas y en los ver- 
sos de los buenos poetas de la ¿poca. 

Murió Enrique IV en Madrid el 1 1 de Diciembre de 1474. 

93. — Las Bellas Artes en la Edad Media. — Siguieron en nuestra Pe- 
nínsula el mismo proceso que en el resto del mundo, con la singularidad pro- 
veniente de la coexistencia de los dos elementos mahometano y cristiano, y 
la menos notable, pero también sensible, producida por nuestra situación 
geográfica al extremo de Europa, efecto de lo cual fué llegar aquí más tarde 
qne á otras regiones las corrientes sucesivas del movimiento artístico. 

Período bitantino. — Iniciado en Constantinopla por la combinación del 
arte clásico greco-romano con los estilos orientales, especialmente el sasa- 
mda (i), combinación á su vez de factores helénicos, asi rio -cal déos y medo- 



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310 HISTORIA DE ESPAÑA 

persas, extendióse al Occidente de Europa á ñnes del siglo v, y el ostrogodo 
Teodoríco, soberano de Italia y de España, por los modelos de Bizancio hizo 
construir los magniñcos monumentos que aún dan testimonio de su grandeza 
y amor á las Bellas Artes (Sania María la Rotonda, San Apolinar y El Etpl- 
riíu Santo, en Kávcna, etc.). En la época de los exarcas griegos en Italia y 
después de los lombardos se fué modiñcando, y de aquf la variedad denomi- 
nada loméardo ó longobardo, predominante en el reinado de Carlomaguo (^Ca- 
tedral de Aquisgrán, copia de San Vidal de Rávena, etc.). 

A España debió de llegar el bizantinismo á la vez que á Italia, según todas 
laa probabilidades, reinando Teodorico, y duró más que en ninguna otra 
parte ácausa del ya dicho apartamiento gec^ráfico, por virtud del cual tardaron 
mucho en llegar las nuevas corrientes artísticas, acrecentándose entonces el 
influjo de esa causa permanente con las calamidades de la invasión sarracena. 
No poseemos monumentos bizantinos comparables á los de Constan ti nopl a, 
Rávena, Pavia y Aquisgrán; en cambio, nuestro bieantinismo ofrece una gran 
variedad de formas, que pueden reducirse á cinco tipos: visigodo, asturiano 
propiamente dicho, asturiano impropio, mozárabe y árabe. 

Del tipo visigodo sólo queda en pie, con caracteres de autenticidad rigu- 
rosa, la Basílica de San ^nan de BaHos, actualmente restaurada fior el arqui- 
tecto D. Manuel Anfbal Alvarez; pero probablemente también son del perio- 
do las minas de Segóbriga (Cuenca), las iglesitas de Santa Comba de Bande 
(Orense), de San Pedro de Nave (Zamora), de San Miguel de Tarrasa (Orense), 
la cripta de la Catedral de Falencia, etc., y tienen extraordinaria importancia 
varías monedas godas y suevas, las coronas de Gnarrazar, descubiertas en 1ÍJ58 
y 1860, y el aljibe del Conventual, de Mérida, para demostrar el carácter bizan- 
tino del arte en la época visigoda, y su variedad española caracterizada prin- 
cipalmente por el uso del arco de herradura. Creíase que esta forma del arco 
habla sido creación de los árabes; pero la arqueología moderna ha establecido 
sólidamente que los árabes — no todos, sino los de España y África — tomá- 
ronla de los cristianos españoles. En España hay arcos de herradura esculpi- 
dos en lápidas sepulcrales del tiempo de los romanos, y en el de los visigo- 
dos eran los más frecuentes: también se usó el ajimez, atribuido igualmente á 
invención árabe. 

Los monumentos genuinamente asturianos son bizantinos, acusando, sin 
embaigo, influencias lombardas — se sabe que los maestros lombardos vinie- 
ron á España en el siglo vin, — normandas y árabes. Las segundas se explican 
por las incursiones de los piratas, que dieron tanto que hacer á los reyes de 
Asturias, y las últimas por la presencia de los muslimes en la Península. Los 
monumentos asturianos son además muy pobres, como corresponde á la con- 
dición del reino cantábrico. Pertenecen á este grupo la Cdmara santa,6 CAp\- 
lla de San Miguel, de la Catedral de Oviedo; Santnllano ó San Julián de los 
Prados, extramuros de Oviedo; San Miguel de Linio, Santa María de Jaran- 
eo y Santa Cristina de Lena (construcciones de Ramiro I) y San Salvador de 
Priesca. 

Impropiamente asturianos son todos los monumentos que cabe tam- 

(ExflicaHín de la ¡amina LXXI.) 

HISTORIA DEL TRAJE. - Trsjei tlvHM J nlIftarM del tlglo XV.- i. Don Qbmti. Minrl- 
qiw, 1411. Monutcrlo de Fmddvil. — Z. Retrato orante de DonJiunll|de CutlIU, de un retablo de li 

Cvdiji de MlnRorcs (Burgas). - 3. Querrero del siglo XV, con coracina [Annerlii Real). — 4. El 'principe 
Don Carlos de Viina, miniatura de la Biblioteca Nacional de Madrid. — 5. Don Alvaro de Luna con el 
tn|e de Oran Maeitre de la Orden de Santiago, de li estatua yacente de su aepulcro existente en la Catedral 
de Toledo. — A. Paje del siglo xv, ípoca de Don Juan 11; interpretadín de una plntundela época. 



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Historia GrjCfica de la Civilización EspaíÍola LAuin* LXXt 



HISTORIA DEL TRAJC-Tr^M drllc* y BDltarcí <l«l aillo XV. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



312 HISTORIA DE ESPAÑA 

bien caliñcar de pn-romdrticos, porque las formas bizantinas aparecen ya muy 
alteradas, como presintiendo el cambio arquitectónico que iba á efectuarse, y 
que ya se habla realizado en la Europa central. Tenemos muchos monumentos 
de éstos, mejor ó peor conservados: en Asturias, San Adrián dt TuitÓH,&6oz 
leguas de Tnibia; San Jnlidn de Viñón, San Miguel de Bdrcenas, San Pedro 
de Teverga, etc.; la más característica es San Salvador de Fuentes (comarca 
de Villaviciosa), caque ven algunos arqueólogos el punto de transición del 
modo asturiano al estilo románico; en Galicia, Santa Eulalia de Bolaüas y San 
Tirso de Cospindo; en León, el panteón de los Reyes (San Isidoro); en Santan- 
der, Santa María de Lebeña; en Logroño, San Milldn de la Cogolla de &iso; en 
Soria, la ermita de San Baudilio (término de Casillas de Berlanga); en Cata- 
luña, San Pedro de Tarrasa, San Cugat del ValUs, etc. 

El primer período del arte maho me tan o- español es bizantino puro, y pu- 
ramente bizantina es la Mezquita de Córdoba, y bizantinas son las constructo- 
nesde los mozárabes ó cristianos sometidos á los árabes: dividen se las últimas 
en tres grupos: el andaluz, de que no se conservan monumentos arquitectóni- 
cos, al menos en su forma primitiva, y si sólo una campana pequeña en el Mu- 
seo Provincial de Córdoba; el toledano, al que corresponden, no enteramente y 
de todos modoB om'j ácsf\gaYaái.s,\a.s\g\cs\a.s d^ San SebastidH,Santa Eulalia y 
San Litcas, en Toledo, y la ermita de Santa María de Melgue (término de San 
Martin de Montalbán); ñnalmente, f\grupo asturiano ó de monumentos cons- 
truidos por los mozárabes fugitivos de la persecución de los emires que se 
refugiaron en los reinos cristianos independientes, está representado por San 
Miguel de Escalada (20 kilómetros al SE. de León), San Cebrián de Masóte 
(provincia de Valladolid), Santiago de PeUalba (en el fiierzo, León), Santo To- 
más de las Ollas (Ídem), San Miguel de Celanova (Orense), iglesia de Bamba 
(Valladolid), etc. 

Período románico. — Llegó para nuestra patria como uno de tantos efec- 
tos de la europeieaciÓH promovida por Fernando I y su hijo Alfonso VI, y que 
se caracteriza por la venida de los monjes de Cluny, y con ellos otros mochos 
franceses: guerreros y artistas. Al reinado de Femando I pertenece San Isi- 
doro (hacia 1145), y el estilo románico se va desarrollando, siempre bajo la 
influencia y siguiendo los tipos traspirenaicos. Sus monumentos más nota- 
bles son: la Catedral de Santiago (de 1074 á 11 28), muy semejante, por no 
decir igual, á San Semin, de Tolosa; en la misma región gallega, las Catedra- 
les de Lugo, Túy y Orense; lai iglesias de Santa María del Sar (Santiago), 
Santiago (Coruña), San Lorenzo de CarobeirO, ruinas (Pontevedra), etc.; en 
Asturias, la torre vieja de la Catedral de Oviedo; en Santander, la Colegiata 
de Santillana; en Zamora, la Catedral y la Colegiata de Toro; en Salamanca, la 

(ExplicacUn dt la táaima LXXll.) 

El caMO. - I. Cisco dd ligio LX il X. - 2. 3 y í. (jscos del síeIo x. - 5: Cisco dtl siglo XI. - 
6. Casto <If1 siglo X al XI. ~ T y S. Yílnios del siglo XU. — 1. Cimera de yelmo del re]í Don Martin, rotnX- 
deradt hasU hact poca de Don Jaime ef Coaqatstaáor. siglo XV.— ID. Yelmo del siglo xlll. — II. Yelmo 
del siglo XV. -12. 13. \k. 15, 16, IT. IB, 11. 22 y 23. Bacinetes del siglo xiv. — 24. Baúl de torneo 
de Fernando ti Católica, siglo XV. — 19. Celada aragonesa del siglo XV. — 10, Celada descubiert*. — 
25. Capacete que perteneció i Felipe ti Hermoso, siglo XV. — 26. Capacete, siglo xvr. — 28. Almete espaflol 
con haberón del siglo XV. - 23. Almete de pico dt gorrión. Siglo xv. — 27. Almete de Carlos V. Siglo XVI. 
24 bis. Morrión de calva cónica pertenedenle á Cirios V. Siglo xvi. — 30. Almete de pico dt gorrión de 
Hnei del siglo XV. — 31. Ceiadi de ¡usU de Carlos V, siglo XVI. - 32. Celada descublerU de Felipe tí Her- 
moto, siglo XV. ^33. Borgoflota de las liimidasde infante, ligio XVI. — 34. Birrete de parada, ligio XVI,— 
3i. Celada para justar 1 pie. siglo X\'. — 36. Yelmo de JusU real de Carlos V, siglo yxl. —37. Borgonon de 
Carlos V, siglo XVI. — 38. Almete de justa de Carlos V. siglo XVI. 



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Historia Grífica db la Civilización Espaüola 




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314 HISTORIA DE ESPAÑA 

Catedral vieja y la Catedral de dudad Rodrigo; en Burgos, la iglesiay monas- 
íerio de Silos; en Ávila, San Vicente y Satt Pedro; en Segovia, la torre de San 
Esteban y la Vera Cruz; en Navarra, San Salvador de lÁyre y ct monasterio de 
Iracke; en Aragón, San Juan de la Peña, la Catedral de Jaca y el castillo-mo- 
nasterio de Loarres; en Cataluña, la Catedral de Seo de Úrgel y el monasterio 
de Ripoll (reconstruido); deben citarse por último las murallas de Avila y 
algunas casas de Segovia, 

Pocos, ó quizás ninguno de estos monumentos son puramente románicos. 
Casi todos empezáronse en este orden y fueron concluidos en gótico, porque el 
cambio de gusto más allá de los Pirineos fué reñejándose poco á poco en nues- 
tra Península, viniendo otros maestros á iniciarnos en la nueva manera de 
construir; mas el estilo románico, como en otra época el bizantino, opuso al 
gótico una resistencia prolongada, y cuando ya en Europa nadie construía en 
románico, nuestra Segovia erigfa sus principales monumentos en dicho estilo. 

Periodo gótico. -^ Puede dividirse, con Lampérez, en tres subperfodos. De 
transición: en Zamora, la iglesia de Santa Marta de Moreruela; en Soria, Santa 
María de Huerta; en Buidos, Las Huelgas. De apogeo: A que corresponden las 
tres grandiosas Catedrales del siglo xni: Burgos, León y Toledo, y además 



{ExplUiuién .U ¡o ¡amina I.XXW.) 

Bronce* Árabe*. - 1 y Z. Lámpara dt Abu-Lan Mahamad III de Oram 
mente lámpara de Ordn, 

Se li llimaba Idmpara de Ordn potqwt se U suponía traída de «sla ciudad por d Cirdenil Cls- 
neros, formando parte del bolín de guerra en su famosa eypcdición; pera es mis lógico suponer qoe 
hiya lido tomada de la Mezquita de Qranadi, atendiendo 1 lo que dice U inscripción en caracteres africanas 
que llene en la parle inferior del aro que recoge la pantalla, y que, traducida por et ilustre arabista D. Ro' 
drigo Amador de los Ríos, dice asi ; 

•En el nombre de Dios clement- y misericordioso. La bendición de Dios sobre nuestro dueño Moha- 
madlMahonM) y su familia: talud y paz. Mandó nuestroieflorel Sultán excelso, el favorecido, el vtdotioso, 
el justo, el feliz, el conquistador de las ciudades y último llmlle de la conducta justa entre los siervos (de 
DIol), el Amir de los muslimes Abu-Abdll-Iah, hijo de nuestro señor el Amirde los muslimes Abu-Abdil- 
lih, hijo de nuestro señor Al-OaliboiMah. el victorioso por la prolección de Dios, Amir de los muslimes 
Abl-M>dil-Iah. ayúdele Dios (ensalzado sea (aquí lalta un pedazo y la inscripción queda in- 
terrumpida); debajo de ella, 1 quien alumbra mi luz por Su magnificencia y cuidado de su xeque, con sana 
Intención y verdadera certidumbre. Y hit esto en el mes de Rabié primera bendecida, en el alto 705, 

¡Ensalzado seal> 

Esta lecha corresponde del 20 de Septiembre al 1 g de Octubre de 1305, 

Según documentos de la ípoca, parece que ya anlcs de la conquista de Orin esliba esta lámpara colo- 
cada en la capIlU de San Ildefonso de la Universidad de AlcaU, de donde fui traída al Museo. 

Es de bronce, ejemplar único en su clase, y de un guslo y una labor eiqulsitos. 

En las esferas ó manzanas de la parte núm. I se lee en hermosos caracteres cúflcos, transparentes 
como el testo de los adornos, el conocido mole de los Al-Ahmares: iV no vencedor sino Dios.» •¡Ensalzado 
seal>. mote repetido con profusión en la Alhambra. 

La misma leyenda se halla dos veces repelida en cada lado de la pantalla núm. 2, entre elegantes vás- 
tigos que serpean de arriba 1 abajo, con caiípinulas y lirios. 

Se ignora la verdadera disposición de su conjunto á causa de hallarse incompleta. 

Suprimimos el apéndice que tenía, porque á más de no pertenecer á esta llmpan, por su estilo en el 
que no hay nada de árabe, como obra de arle carece por completo de valor. 

3. Vasija árabe. 

A, León de bronce enconlrado en tierra de Falencia. Fui hallado por unos campesinos y vendido por 
éstos á un larmacéutico de Valladolid, de quien lo adquirió el egregio pintor Mariano Forluny. Es de estilo 
persa-árabe y pertenece á la época del Califato de Abdenamán 111. 

Lainscripclónencaracterescúñcosquetieneenel vientre, dice </^et/c^a<f: La bendición >. 

Era el surtidor de una luenle interior de un palacio, 

5. Acetre árabe de bronce dorado i fuego, siglo KV. Museo Arqueológico Nacional. 

b. Bronce suntuario. 



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\ Civilización EsfaSola Umina LXXIII 



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Historia Ghífic* db la CiviuzAaÓN EsfAÜOLA Umina LXXIV 



EMBlInra d* l« E<tad Medta. f~* 



Cooglc 



HISTORIA DE ESPAÑA 3I7 

las de Sigüenza, Avila, Cuenca, Burgo de Osma, Falencia, Tarragona, Barce- 
lona, Santa María del Mar (en esta última ciudad), Valencia (aunque desfi- 
gurada), la fachada oriental del Alcázar de Toledo, la torre de D. Fadrigtu, 
en Sevilla; las torres de Serranos, en Valencia; la Casa-lonja, en Barcelona; 
algunas fortalezas en Segovia, etc. Del periodo de decadencia hay obras tan 
notables como la Catedral de Sevilla (de 1402 á 1498), la nave de la Catedral 
de Geronei, la Catedral de Oviedo, único ejemplar espafiol del gótico fiamigero, 
y la Cartuja de Miradores. 

El arte árabe. — Con el románico y el gótico coincide en España el des- 
arrollo del arte mahometano. AI bizantinismo árabe, representado por la 
Mezquita de Córdoba, fu¿ sucediendo poco á poco un estilo cada vez más 
apartado de su tipo originario, por crecientes influencias africana y asiática, 
cuya evolución progresiva no está bíen estudiada, y á que se llama en conjun- 
to periodo mauritano. A él pertenecen los monumentos árabes de Toledo: 
Pñerta de Bisagra (siglo xi), el Taller del Moro, que algunos suponen mude- 
jar; la Casa de Mesa, que está en el mismo caso, y sobre todo el Cristo de la 
Lne; la Giralda de Sevilla (siglo xii), <que á las proporciones de una pirá- 
mide de Egipto une la gracia y alegria de un kiosco* (Amicis), y la Aljafería 
de Zaragoza. El último período del arte árabe español es el granadino, repre- 
sentado por la maravillosa Alhambra. 

Ei imtdejarismo. — La influencia árabe tenía que dejarse sentir en los 
cristianos, y de aquí esta singularidad de nuestro arte medioeval, que sólo 
compartimos con Sicilia, donde también coexistieron cristianos y mahome- 
tanos. Del siglo XI conservamos las arcas de reliquias en la Cámara Santa de 
Oviedo, el cáliz y la caja de marfil de Silos, que son piezas de estilo musul- 
mán. En el periodo románico aparecen las formas mahometanas en edificios 
crístiaDos: arcos lobulados en la Catedral de Santiago y en San Isidoro de 
León; arquillos angrelados en la cornisa de San Pablo, de Tarragona; almenas 
cordobesas en campanarios catalanes; estalactitas en sepulcros de la Cate- 
dral vieja de Salamanca, etc. Del siglo xit son la Puerta del Sol y las iglesias 
de San Román y Santiago del Arrabal, en Toledo. En el xiv combfnanse las 
formas góticas con las granadinas: Santa María la Blanca y el Tránsito, las 
dos famosas sinagogas toledanas y el Alcdear de Sevilla, construido por ar- 
quitectos granadinos. En el siglo xv llegó á su apogeo el mudejarismo con el 
castillo de Coca (Segovia) y el claustro del monasterio de Guadalupe. 

Escultura y pintura. — Del período propiamente dicho bizantino no que- 
dan obras de esta clase, aparte de las miniaturas de algunos códices, como 
no lo sean ciertas antiquísimas imágenes de la Virgen, probablemente cons- 
truidas en Constantinopla. Del románico tenemos las pinturas — no se sabe 
si al temple ó al fresco — del regio panteón de San Isidoro, y muchas obras 
escultóricas unidas á la arquitectónica, de que son complemento decorativo 
flora, fauna, historias, figuras de Nuestro Señor, la Virgen sentada con el 
Tfiño sobre las rodillas, los Apóstoles, Ancianos del Apocalipsis, etc.; imáge- 
nes independientes, pocas y toscas: el Cristo de las Batallas ó del Cid en la 

{EtfUfoaén <U la íániina LXXl V ). 

Escnttars de b Edad Media. - 1. Pila de igua bendita, sieto Xl. iglesia de Coherubi ¡Vizcaya).— 
1. HU biutliraal de San Pedro de ViUanueva (Aslnrias). Time «criu la lecha dt M C2 u (1 lOT), - 3, Pila 
buniniuldelaparToquiadeBcnda(R09e1lún). — 4. Pila bunlismal de la Basílica de San Vicenle de Avila 
{sigla XII). — 5. Viso litúrgico. Este curiasísima ejemplar es de barro, de estilo Irancamente árabe en su 
TOBjnnto y eminenlemcnte crisliano en sus delalles, pues constituyen su ornamentación los atribuios de U 
muerte y pasldn de Jesucrislc Data del siglo \[ll al Mv y es de industria levantina. ~ 6. Pila bautismal de 
San Jnau la; Fonti (Oerona) siglo \[. 



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3l8 HISTORIA DE ESPAÑA 

Catedral de Salamanca, Vírgenes de Atocha, de las Batallas (Sevilla), de Val- 
banera (Rioja), etc. Al gótico pertenecen, ó quizás mejor lo inician, las mara- 
villosas figuras det Pórtico de la Gloria (Santiago), á que va unido el nombre 
del maestro Mateo, su autor insigne, que unos suponen francés y otros espa- 
ñol, sin que haya pruebas ni de lo uno ni de lo otro; los hastiales y claustros 
de la Catedral de Burgos son un museo espléndido de esculturas góticas de 
variado estilo, y algunas encantadoras. 

Artistas flamtncos y alemanes. — En 1428 vino á España como agregado 
á una Misión diplomática Juan Van-Eyck. Hay dudas sobre la autenticidad 
de las tres tablas que se le atribuyen, conservadas en el Museo del Prado; 
pero es indiscutible que él difundió el gusto por las tablas flamencas, y en 
pocos años apenas si hubo iglesia española que no tuviese alguna 6 varias de 
los principales maestros det Norte. Y difundida la añciÓn, pudéronse los es- 
pañoles á imitarlas, ó mejor dicho, i. trabajar por aquel estilo: nuestra obra 
maestra en el género es el retablo pintado por Luis Dalmau para la capilla del 
Consistorio de Barcelona (1445). 

No pudieron, sin embargo, los nuestros competir en mucho tiempo con 
tos flamencos, alemanes y franceses que vinieron á empuñar aquí el cetro 
de las Bellas Artes: ellos trajeron elgóticojtorido,yaunq}ic cuando su acctón 
llegó al apogeo fué en el reinado de los Reyes Católicos, antes hablan ya 
dado las más gallardas pruebas de su presencia en España. En 1418, muerto 
el arquitecto ó maestro de la Catedral de Burgos, Martin Fernández, suce- 
dióle jfuaii de Colonia, quien labró las caladas flechas, corona de las torres de 
aquel templo (de 1442 á 1458), y de las que fueron imperfecta copia las de 
León (1450). De Juan es también, probablemente, la capilla de la Visita- 
c/(J« (1442), y de su hijo, la del Condestable. Estos artistas septentrionales de- 
jaron también en nuestras iglesias bellísimos monumentos funerarios. 

Influencia italiana. — Juan II hizo construir en Genova el marmóreo re- 
tablo de la iglesia de El Paular (valle de Lozoya). Desde entonces generalizóse 
la costumbre de hacer semejantes encargos á Italia ó traer artistas italianos 
á la Península, de donde resultó la coexistencia de dos corrientes artisticas: 
ta borgoñona, como llamamos sintéticamente á la septentrional, y la italiana. 



(ExplUañin di la lámina LXXVj. 

Pa«rtll artUlicai.-l. Puerta inbe. — 1. Puerta hispano -maríscí, sle 
de los relieves de bronce de la Puerta del PerdAn de la Catedral de Toledo. - 
San aemenle, Toledo (siglo \vi). 



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Historia UkXpica de la Civilización Española LXmina LXXV 



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Historia Gráfica db la CiviuzaciAh EspaSola Líxina LXXVI 



Retrato de liabel la CatóUca. 



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XIV 



LOS REYES CATÓLICO 



M. Los ReTU Catúlicos haitk su >dTeni- 
micnto u trono. — 99. Cómo en Iikbd 
laCatúlica. — M.CÓmo eobernabui los 
Reyes Católicos. — 97. Gobiemo inte- 
rior de loi Reyes Católlcoi. — 91. Folf- 
tíca exteiioi y jcnensí de los Reyes Ca- 
lóliCDS. — 99. í5e»enbrlinienlo de Amé- 
rica. — 100. Muerte de Isabel U Católi- 
ca. — 101. Desde eite saceao hasta Car- 
los V. 



94. — Isabel l& Católica babía 
nacidO'CD Madrid, hay quien dice 
que en Madrigal, el 22 de Abril 
de 1451 (t). Hija de Juan II y de 
su segunda mujer Doña Isabel de 
Portugal, quedó huérfana de padre 
cuando aún do habla cumplido los 
cuatro años. Don Juan dejó á su 
hija la villa de Cuéllar para su sos- 
tenimiento, y á su viuda las de So- 
ría, Arévalo y Madrigal. Se sabe 
poco de los primeros años de la 
Reina, pasados con su madre en 
el castillo de Arévalo, y cuanto en algunos libros suele ponerse de su educa- 
ción son conjeturas deducidas de sus ulteriores hechos. En 1462 se la hizo ír 



(i) Clemenclii, Mtmoriat de la Ataáemía dt ¡a HUleria, ti 



(Rxplicatiin át la ¡ánima LXXVL) 

Dt ana tBiwetanlUlma monografía lilnlada 'los rtiratos de habtl la Católica' . rstrlta por el 
toNo prubllero y notablt arlltta D. Ángel Barcia, a ¡t]t úe la Sección ít Estampas dt la Biblioteca 
Nacional y aularldad dt mayor excepción en la mattrla, eitractamoi lat tlgalentea notlclaa. tegaros 
ie que nnatro* leelorte nos lo agradecerán: 

•Es ana tabla caris dinensianes primlHvis eran 24 X 33 centlmclros y que. con uní añadidura pos- 
terior, lime hoy 26 X 34. Eate retrato t» obra flamenca, original y h«ho del nalura!. El pintor no era de pri- 



Salcedo, Historia de EspaRa 



21, 



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322 HISTORIA DE BSPASa 

á la corte con su hermano Alfonso para jurar por heredera del trono á la Bel- 
traneja; pero debió de volver pronto con su madre, señora de buenisimas cos- 
tumbres y, según parece, de más que regular entendimiento, nublado en sus 
últimos años por aquella triste dolencia que habla de afligir también á su nieta 
Doña Juana. La soberana cordura de Isabel la Católica resplandeció, pues, 
entre la locura de su madre y la locura de su hija. Quiso siempre la Reina Ca- 
tólica á su infeliz madre con un cariño sólo comparable al que tuvo á su mari- 
do y á sus hijos: en las capitulaciones matrimoniales con Don Fernando uno de 
los primeros artículos es el referente á la dotación de la viuda de Juan II, y 
en ¿7 C&rrú de tas Donnas se lee: >Ésto me dijo quien lo vido por sus propios 
>OJOS: qite la reina Doüa Isabel nuestra señora cuando estaba en Arévaio tñsi- 
' tando d su madre, ella misma por su persona servia d su misma madre. £ aquí 
*tomen ejemplo los hijos cómo kan de servir d sus padres. . ., etc.» 

Desde los nueve anos de edad fué solicitada su mano, siendo los princi- 
pales pretendientes el príncipe de Viana Don Carlos, á pesar de llevarla 
treinta años, Alfonso V de Portugal, un hermano de Eduardo IV de Inglate- 
rra fi), el duque de Guiena, hermano de Luis XI de Francia y heredero de 
aquella Corona, y Don Fernando que fué su esposo. En esta lista hay que 



mcrordc 


. p,^ „t,ía bien su oflc 




con 


xaclitud, se 


ndtleí y cierto aretísmo 


trasladd. no só 


ola forma. 




vista 


peroqu 




mientras 




















... El joyel pendiente 




twa 


de la Reina 


esti formado por una cni 




parece de Calatrava, 


y:port«i 


U venera de Sanüago u 


nac 


nch 


con la mi 


de li Orden. Ésta fui in 


orpo 


rada 1 la 


□roña por 


Alljíndro 


VI en 1*93, cuuido D 


ña 


«be 


contaba ci 


irenta y doí iflos. pues 


naciii 


en Abril 


e 1151. Su 


Citan c¡ a t 


a Burgoí y lus últimas v 




ala 


Cartuja de 


íiraSores lueron por los iflos UflS y 9 




Hu 


bo, pot unto, de hicers 


elt 


ttralt 


después del M«, y probablemente 


antes 


del 1496 


i9T,álos 



cuirenta y cinco aflos, poco mis ú menos. 

Este relnilo estaba en la capilla Mayor, colgado Junto á la puerta de la sacristía, k rajz de la eiclaus- 
tradón el jefe político de Burgos, viendo la Cartuja abandonada y muy eitpuesto i desiparecer el cuadrilo. 
lo recogió y lo depositó en la Sociedad Artística y Literaria que habla en Burgos con el título de lEl Liceo-. 

Al pisar por esta ciudad Dona Mirla Cristina con su hija Dofla Isabel llelaflo 1845, sirvió el retrato 
para adornar las habitaciones destinadas al regio hospedaje, y habiendo moilrado aquella seRora mncbo in- 
terés por él, se lo regalaron. La reina Dofla María Cristina tuvo siempre el retrato en sumo aprecio, y lo He** 
con^go y lo conservi en su palacio de París. 

Á la muerte de la reina Cristina uno de sus testamentarios, el Marqués de Pida!, lo recogió y trajo 
i Madrid, presentlndolo para su aprecio i li Academia de San Femando, que no atendiendo mis que i su 
valor puramente artístico, lo tasó en 2.500 pesetas. Los testamentarios, no conformes con el precio, retira- 
ron el cuadro y lo adjudicaron i la reina Isabel, que lo conservó en París en el palacio de CaMItla. Por 
muerte de la reina Isabel fué adjudicado 1 S. M. el Rey, que lo tiene colocado en la vitrina de uno de los 
principales saloncfi 

Existe una copia muy mala, que ha pasado por retrato auténtico, y que se atribuye i un pintor [an- 
Ustlco, pues no hay medio de hallar noticia de él, llamado Antonio del Rincón, y il que %e supone pintor 
de los Reyes Católicos.> 

(E^IüaciSn dt la lámina LXXVIt). 

HISTORIA DEL TRAJE.-TraJe* del «tflo XV. - 1. Don Femando tí Cal6lla>. — 2. DoDa Isa- 
bel de Portugal, esposa de Don Juan 11 de Castilla y madre de Dofla Isabel la Católica. Estatua yacente de 
su sepulcro en la Cartuja de Mlratlom. — 3. Don Juan 11 de Aragón, padre de Femando V ti Católico. De 
tm retrato que poseen tos duques de Villatiermosa. — 4. Dofla Isabel la Católica. Este retrato y el de si 
esposo están tomados de un cuadro eilstente en el Museo Nacional de Rntura, y procedente del Monas- 
terio de Sanio Tomis de Avila, al que estos reyes le hablan dedicado. 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



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324 HISTORIA DB ESPAÜA 

poner también al maestre de Calatrava Don Pedro Girón, hermano del mar- 
qués de Villena, y uno de los más tenaces revolvedores del reino, quien en su 
ambición desenfrenada llegó á poner los ojos en Do&a Isabel, y Enrique IV 
consintió, preparándose las bodas, á cuyo efecto vino de Roma la bula de dis- 
pensa de votos; pero la entonces Princesa se resistió enérgicamente, ayudán- 
dola su dama DoSa Beatriz de Bobadilla, la cual llegó á decir delante de Isabel: 
noptrmitírd Dios esta afrenta, ni yo tandeo; y sacando un pufial, juró solemne- 
mente que habia de hundirlo en el corazón del maestre en cuanto se pre- 
sentase. Esta Doña Beatriz, después marquesa de Moya, Don Gutierre de 
Cárdenas y algunas otras pocas personas que sirvieron á la Reina durante el 
tiempo malo y agitado que fué Princesa, fueron los amigos de Isabel la Cató- 
lica. Refiere Oviedo que á Doña Beatriz la llamaba siempre hija marquesa (l ). 
Prefirió Isabel desd^ un principio á Don Fernando de Aragón, de su 
misma edad {un año menos), y que era un principe ■ de mediana y bien com- 
•puesta estatura, rostro grave, blanco y hermoso, el cabello castaño, la frente 

• ancha con algo de calva, ojos claros con gravedad alegre, nariz y boca pe- 

• queñas, mejillas y labios colorados, bien sacado el cuello y formado de es- 

• palda, voz clara y sosegada, y muy brioso á pie y á caballo» (2). Tenia gran- 
dísimo entendimiento aplicado á las cosas de la vida, especialmente al arte 
del gobierno, su vocación decidida desde mozo. Habla frecuentado muy poco 
ó nada las letras, hasta el punto de que se ha dudado por algunos si sabia es- 
cribir (3); pero su despejo natural y su temperamento político hacíanle apre- 
ciar mucho el talento de los demás en todas sus manifestaciones; gustaba de 
las Bellas Artes y de la magniñcencia del culto; parco y nada exquisito en el 
comer y beber, descuidado en el vestir, para el trabajo y la fatiga incansable, 
algo rudo, ó mejor dicho algo soldadote en su aspecto exterior, pero de finí- 
sima comprensión y obrando siempre con su cuenta y razón, parco en el gastar, 
no porque fuese avaro, pues jamás atesoró un maravedí, sino porque apre- 
ciaba muy bien la importancia del dinero como instntmattum fegtii, porque 
sabía (\\ic/erro et auro — el hierro y el oro — son los dos pilares que sostie- 
nen los Imperios. Este principe insigne, <el más señalado en valor y justicia 
>y prudencia que en muchos siglos España tuvo>, no mostró al mundo otra 
debilidad censurable que la del sexo, acreditando en casa, como fuera de 
ella, que no se parcela en nada á su antecesor Enrique; y sobre todas sus 
prendas resplandeció la sabiduría política, lo mismo para regir diestramente 
su reino que para engrandecerlo á costa de los vecinos. En la época en que 
Don Femando y el Duque de Guiena pretendían á la vez á la Princesa, en- 
vió ésta á su capellán de cámara Alonso de Coca á visitar sucesivamente las 

(i) El tnacitre de Calatrava muilú en Villairubia cuando iba de camino para casarse cMt 
Isabel. Y — cosa rara en aquel tiempo, y aun en todos — murió, según Patencia, proGríenda 
imprecaciones por no haber darado sn vida Taríai semanas mis. Algunos atribuyeron so 
muerte á veneno dado por aristúciatas envidiosos de su fortuna; peio nadie sospechó de 
Isabel. Ha sido on francís volteriano, Gaillar, quien ha soltado esta frase estúpida: u ciseroa 
qut cuatilBS podían ¡íruu obstáculo á la fortuna di Isabíl morían liímfre opartunaMente para 
ella; necedad calumniosa lin ningún fundamento histórico. 

(1) Colmenares, Historia de Segovia. 

{3) BofaroU ha publicado el facsímil de su firma, lo que desmiente tal tnpoaictón; pero 
ei cierto (escribe D. Vicente La Fuente) que lu letra e¡ casi imüsei/rdlt. 

(ExflUaHón de la lámina LXXVII)¡. 

SellM de I» Edad Medla.-I. Sf 
Alfonso X el Sabio. — 3. Sello eclesüstico. 
plooiodcera de Sandio IV c/firaro. — S. B 



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HtsTOiuA GKJtPiCA DB LA QviuiAadit EsPAüoLA Umma LXXVIII 



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326 HISTORIA DE ESFAÜA 

cortes de Francia y AragÓD para que la informase con toda lealtad de las 
cualidades de ambos pretendientes. El relato del capellán fué favorabilísimo 
á Fernando: pintó al Duque de Guiena como un príncipe débil, afeminado, 
flacucho, y de ojos tan tiernos que le incapacitaban para el ejercicio ordinario 
de la caballería, al paso que Don Fernando, según el buen capellán, era un 
mozo, amén de gallardo, <muy dispuesto para cualquier cosa que hacer qui- 

Jurada Princesa de los reinos de CastiÜay León (i) en los Toros de Guisan- 
do, según Galíndez de Carvajal en Agosto, y según Zurita el lunes 19 de Sep- 
tiembre de 1468, el Marqués de Villena, poseedor de los grandes Estados que 
habían sido de los Infantes de Aragón, y temeroso de perderlos si reinaba 
en Castilla un ars^onés, urdió un plan que agradó á Enrique IV, y según el 
cual Isabel debía casarse con Alfonso V de Portugal, y la Beltraneja con el 

príncipe heredero de 
este reino: tal fué el 
motivo de las últimas 
persecuciones que su- 
frió la Frlocesa, y en 
las cuales, como siem- 
pre, tuvo de su parte 
á la opinión pública. 
Cantábanse coplas en 
saizando la juventud y 
gallardía de Fernando 
y poniendo en ridícu- 
lo la edad provecta 
del portugués, y hasta 
Peine dei siglo xv. Ics niflos llevaban por 

las calles banderítas 
con las armas de Aragón. Quisieron el Rey y el de Villena detener á la Prin- 
cesa; pero el pueblo en Ucaña, el Azobispo de Toledo y el Almirante de 
Castilla en Valladolid pusiéronla á culncrto de las asechanzas de sus enemi- 
gos; Gutierre de Cárdenas y Alonso de Falencia fueron enviados secretamente 
á Zaragoza, y de allí trajeron del mismo modo á Don Fernando, ya nombrado 
por su padre rey de Sicilia, corriendo, tanto en el viaje de ida como en el de 
vuelta, mil novelescas aventuras que los cronistas de la época refieren minu- 
ciosamente, y fueron entretenimiento y embeleso de varias generaciones en las 
chacharas del hogar y en los corrillos callejeros. Don Fernando venia disfra- 
zado de mozo, y servía como tal á sus servidores: aquí tenían que burlar á las 
gentes del Rey y del Marqués apostadas para detenerlos; allí llegaban aspea- 
dos de la larga caminata, transidos de frfo y muertos de hambre, aun castilla, y 



(i) N! Dona CataUna ni Doña Leonor, primogéoitBstleJtiBn II, ni 1> Belmneja,ni liabcl 
la Católica, ni Doñn Juana la Loca, todas [as cuales fueion declaradas Frinctsai (1 herederas 
de Castilla y León, llevaron el titulo de Asturias, reservndo «iempre á tos principes. La primera 
mujer que tuvo el Klnlo de Pñnccsa áe Ailurias fué Isabel U. 

{ExplUaeién áe la lámina LXXIX.) 

ReUqnIu btetArlcaí- • 1. Mitra del Cirdenal Cimeras (leioro át la Citedrii de Tolnlo). - 2. Co- 
rona de los Reyes Católicos (Catedral de Orinada). —3. Cetro de las Reyes (jtúlicos (igual procedendi).- 
4, Corona de San Femando (Catedral de Sevilla). — S y 7. Calzado episcopal y báculo del siglo XII, que 
pertenecieron al Obispo de Mondonedo, — t>. Naveta de plata dorada, nácar y piedras preciosas. Tesoro de 
la Catedral de La Seo (Zaragoia). 



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HiSTOHiA GrXfic* de la ClVILIEAaÓN BstAÜOLA LttálUk LXXtX 



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HISTORIA DE ESPAflA 



los centinelas les tiraban piedras, tomándolos por sospechosos; pero cuando 
se sabia quiénes eran bajaba el puente levadizo, abríase la puerta, salla el cas- 
tellano con sus hombres de armas, y arrodillándose besaba la mano del Prin- 
cipe, que traía, según el común sentir, paz, ventura 
y gloría á Castilla. Infinitas veces han experimen- 
tado los pueblos estas emociones tan dulces de ta 
esperanza; pero, ¡ay,qué pocas con fundamento! Por 
eso complace al historiador el recuerdo de una de 
las contadlsimas en que la realidad correspondió con 
creces á la ilusión. 

El 14 de Octubre de 1469, i la media noche, 
llegó Don Fernando á Valladolid, y fué introducido 
por el Arzobispo de Toledo y Gutierre de Cárdenas 
en la cámara de la Princesa. Cárdenas al entrar dijo 
á Isabel: ¡¿se es, ése es!, y de aqbl, porque en este en- 
lace hasta lo más mínimo fjé señalado, que se pusie- 
ran dos .S5 en el escudo de los esposos. La boda se 
celebró «por la voluntad y gracia de Dios el día de 
>San Lucas, en las casas que agora son la Chancille- 
>ria y entonces eran de Juan Bibero> (i); fué padrino 
el Almirante, y madrina Doña María, mujer del due- 
ño de la casa (z). Hubo ñestas; pero <el aparato no 

■ fué grande; la falta de dineros tal, que les fué ne- 
>cesario buscarlo para el gasto prestado* (3). 

El amor de la Reina i Don Fernando fué pro- 
fundo, ardiente é inalterable. «Amaba en tanta ma- 
>nera á su marido (escribió Marineo SEculo) que an- 
idaba sobre aviso con celos á ver si él amaba á otras, 

■ y si sentía que miraba á alguna dama ó doncella de 
>su casa con señal de amores, con mucha prudencia 
> buscaba medios y maneras con que despedir áaque- 
>Ila tal persona de su casa con mucha honra é pro- 
>vecho>. Andando el tiempo, su desgraciada hija 
Doña Juana, disculpándose de sus extravagancias, 
preliminares de la locura, escribía «. . .si en algo yo 
>usé de pasión y dejé de tener el estado que con- 

Hombredeumudela «venía á mi dignidad, notorio es que no fué otra la 

'"foT" tAn.'vi da* Á'- 'Causa sino celos; y no sólo se halla en mi esta pa- 

famaact. En 1> capilla >sión, mas ta Reina mi señora, á quien Dios dé glo- 

de San Bartolomé, lia- >ría, que fué tan excelente y escogida persona en el 

■nada de bi Aoaja») >mundo, fué asimismo celosa; mas el tiempo saneó 

>áS. A., como placerá á Dios que hará á ml>. No 
menos celosa que en este orden del amor era de que nadie faltase á su ma- 
rido al respeto: una tarde jugaba el Rey con el Almirante, primo suyo, y en 



(I) GallDdei. 

(3) Hfzose el matnmoDio en virtnd de una bula de dlspeDia de pareDlesco expedida por 
P(a II en Mayo de 1464, qne présenlo el Aizobiipo de Toledo; luego el Nuncio, caando tíqo i 
negoclat el enlace de la Beltraneja con el Dnqne de Galena, declaró que la bula había sido in- 
ventada, y ail lo publicó Enrique IV ea un minifíeito tachando -de nulo el matrimonio de 
I01 Príncipes. Acndieroa íitos i Roma, y en I " de Diciembre de 1471, legilimó Sixto IV el 
enlace, declarando en esta oaeTa bola que Don Fernando y DoSa Isabel estaban caaados Me 
oilenida ditptnsa i^eilólica. Luego el Araobispo inventó la bula, y loa primeíos engañados coa 
eita sapercherla bien intencionada fueron los mismos contrayentes. 

(3) Mañana. 



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HISTOklA DE ESPaRa 329 

los lances del juego dijo á Dod Fernando palabras de mucha familiaridad y 
llaneza; las oyó la Reina desde una habitación inmediata, y se alteró grande- 
mente. Señora, le dijeron, « el primo de S. A. La. Reina contestó: £i Rey no 
tUtu primos, sino vasallos. Cuenta Oviedo que la Reina y el Rey se daban 
constantemente muestras de afecto: no sólo en los documentos é inscripciones, 
sino en sus libros y objetos de uso más Intimo, se veían estampadas juntas las 
iaiciales F. I., ó sus blasones: elyngo de Fernando, el kat de flechas de Isabel; 
«Era común qne cada uno de los esposos tomase una empresa cuya inicial 
■correspondiera con la del nombre del otro, como sucedía en este caso con 
>jntgoj> fUckas*.'^ correspondiente á este acendrado amor conyugal, á que sólo 
faltaba el marido algunas veces en sus correrlas militares ó políticas por el 
reino con aventuras de colegial ó soldado, de que procuraba no se percatase 
su mujer, á la que tuvo siempre profundísimo res- 
peto, era el cariño de la Reina para sus hijos: los \\a- 
ToabAsus ángeles, y chanceramente á Doiía Juanas» 
snegra, por parecerse á la madre de D. Femando. 
Don Fernando y Doña Isabel vivieron como 
principes cuatro años en ana situación que sólo 
se concibe en la EspaQa medioeval y en reinado 
corao el de Enrique IV. Acataban la autoridad del 
Rey; pero tenían su corte, su comitiva y su hueste, 
con la que iban de acá para allá como monarcas 
independientes y recibiendo el homenaje y adhe- 
sión de los pueblos, tan entusiastas para ellos 
como Uranos y desabridos para Don Enrique: abs- 
teníanse, sin embargo, de ejercer ningún acto de 
verdadera soberanía, y aun aconsejaban en todas 
partes sumisión, siquiera nominal ú honorífica, al 

Rey legitimo. Sólo un hecho parece contradecir Pedro GoqiíIci de Mendoia, 
esta conducta: en Septiembre de 1473 los viz- Csrdenal de Esp«B«. 

cafnos, juntos en Bilbao, acordaron *quitar la obe- 
idiencia á su rey y señor natural Don Enrique y reconocer por señores de 

■ Vizcaya á los Príncipes». Nada dijeron éstos por lo pronto; mas, afligidos 
los del Señorío por guerras y procesos que les movían de orden del Rey, acu- 
dieron á Doña Isabel en Aranda, y la interpelaron, dice Zurita, para que jurase 
sus fueros: asi lo hizo la todavía Princesa el 14 de Octubre del citado año, 
pudieudo señalarse, por tanto, este acto como el primero de soberanía de 
nuestra gran Reina. En 1474. estando Doña Isabel en Segovia y Don Fernan- 
do en Aragón, fallecido Enrique IV en Madrid, según queda dicho, fueron 
alzados los primeros en la citada ciudad de Segovia por Reyes de Castilla y 
de León. L^ corona aragonesa no ciñó sus sienes hasta Enero de 1479, en 
qae murió Juan II (19 Enero). 

95, — Todos los contemporáneos convienen en la hermosura de la reina 
Isabel. <Mujer muy fermosa, de muy gentil cuerpo é gesto ó composición», 
escribió el Cura de los Palacios, «Cuanto había en el Rey de dignidad», dice 
Marineo Sículo, <se hallaba en la Reina de graciosa hermosura, y en ambos 

■ resplandecía una venerable majestad, aunque, ajuicio de muchos, la Reina 

■ era de mayor hermosura*. Pulgar la retrata asi: cEra de mediana estatura, 
■bien compuesta en su persona y en la proporción de sus miembros, muy 

■ blanca 6 rubia, los ojos entre verdes y azules, el mirar gracioso é honesto, 

■ las facciones del rostro bien puestas, la cara muy fermosa y alegre». Fer- 
nández de Oviedo dijo sin ambajes: <En hermosura, puestas delante de S. A 
■todas las mujeres que yo he visto, nii^una vi tan graciosa, ni tanto de ver 



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330 HISTORIA DE ESPAÑA 

>como SU persona*. Si asi hablaban en prosa y llanamente los cronistas, no es 
de maravillar que los poetas derramaran á manos llenas el encomio por los 
cancioneros; que Diego Guillen de Avila, por ejemplo, cantara alegórica- 
mente la venida al mundo de la adorada Reina en estos términos: 

BMaba conmigo l> Naturaleza; 
Su geno CQD mano soiil mdomaba 
De tan radiante j clara belleza, 
Que (oda* loi gestos humanoi sobraba. 
Siii miembros ebúrneos aasl conformaba 
En tal proporción, grandezay mensura. 
Que quien las contempla verá sn tn figura 
Beldades que ver jamái no pensaba. 

Conviene prevenirse, un poco contra estos encarecimientos. Despertó 
Isabel la Católica tal entusismo en sus contemporáneos, que algunas veces 
hasta degeneró en sacrilega su expresión; v. gr., en las copias de Antón el 
Ropero (t), que comienzan: 

Alta Reina loberana, 
Si fui rades antes vos 

gue la lija de Santa Ana, 
evos el ñjo deOiot 
Rescibiera carne humana. 

Si tales tonterías de pésinio gusto engendraba, no la vil adulación al po- 
deroso, sino el entusiasmo popular desbordado, ¿cómo maravillarse de que 
las gentes encontraran guapísima á la señora, que indudablemente tuvo buen 
color, facciones regulares, ojos expresivos y sugestiva simpatía en el sem- 
blante, amén de su apostura gallarda á caballo y del aire de majestad que 
siempre la envolvió como una aureolad Por desgracia, el único retrato autén- 
tico de la Reina que se conserva es el que ella misma regaló á la Cartuja de 
Miraflores, pintado después de i493,cuando tenia cuarenta y cinco años poco 
más ó menos; esto es, cuando los encantos de la mujer, máxime si ha sido 
madre tantas veces y tenido una vida agitada, como sucedió á Doüa Isabel, 
están ya en su ocaso (2). También ofrece condiciones de autenticidad el de 
una tabla en que figura la Reina con el Rey y los principes Don Juan y Doña 
Juana adorando al Niño Jesús, mandada pintar por Torquemada para el con- 
vento de Santo Tomás de Avila, y que hoy está en nuestro Museo del Pra- 
do (3): atribuyese á Antonio del Rincón, pintor, dice Barcia, «tan nato, obli- 
igado y seguro de los retratos de Isabel la Católica, como San Juan Evan- 



(1) Nacido probablemente en Montoro, en 1404, ere de linaje de judíos y de oficio sattre 
rt ropero. «Rntre los poeta» festivos y burlescos que en tnnlo número florecieron en tiempo de 

BRnrique IV y los Reyes Católicos, merece sin duda la palma Antón de Monloro, así por su fe- 
»cunda vena como por el donaire y sal epigramática de sus coplas» (Menéndei Felnyo. Anlí>- 
lagla, IV]. Sus desdichadas coplas A la Reina CaliSlica fueron acremente censnradas por mu- 
chos poetas que se desataron en Invectivas contra Anión. Uamindole judío y otras lindezas. 

(2) Sobre este retrato, guardado hoy en el Palacio Real, asi como otro malamente co- 
piado del anterior qiie regataron los Cartujos de Mirsflores á Felipe V, y qne tambiín se con- 
serva en el Palacio Real, víase Barcia, ailfcuto de la Ñrv'isla de Archivos, \vA\o-KamXO de 407 . 

Véanse también tas láminas LXXVI y LXXVIl. 

(3) Número I.260 del Calilogo. 

(EiplUadin ,U ¡a lámina LXXX.) 

etpadaa. - 1 . Espada de San Femindo. — 1. Espida de Isabtl ¡a Católica. - 3. Espada de Ftrnm- 
doV el Católico. 4. Espada de Carlos V. — S. Espada de Felipe 11. — 6. Espada de Armas del Oran C>- 
pitan. — T. Espada de Francisco Piíarro. — 3. Espada del siglo Xlll con gnamidón del siglo xvi. — d. Es- 
pada de lansqucnfte. — 10. Espada del siglo XIV. — II. Espada de principios del siglo xvrl. — 12. Espada de 
tazoltta del siglo wii. — I3. Espadín del siglo xvm. 



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HisTOKu GkXfica db ut CtvnjZACiÓH Española LXmina LXXX 



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332 HISTORIA DE ESPAÑA 

>geli3ta de tas imágenes antíguas de la Vú^cd*, y del que ha probado Tor- 
mo que DO sólo no se conoce ninguna obra autintica, sido que hasta su exis- 
tencia puede ponerse en tela de juicio (i). 

£n cuanto al retrato moral de la Reina, no hay duda de que Pulgar lo 
trazó de mano maestra al escribir: «Era mujer muy aguda é discreta, lo cual 
•vemos pocas é raras veces concurrir en una persona; fablaba muy bien, y 
>era de tan excelente ingenio, que en común de tantos é tan arduos negocios 
>como tenia en la gobernación de sus reinos se diÓ al trabajo de aprender 
>las letras latinas, é alcanzó en tiempo de un año saber en ellas tanto que 
tentendla cualquiera fabla ó escríftura latina. Era católica é devota, facía li- ' 
>mosnas secretas. . . Aborrecía extrañamente sortilegios é adevinos, é todas 
'personas de semejantes artes é invenciones. Placíale la conversación de 
>personas religiosas ¿ de vida honesta, con las cuales muchas veces había 
>sus consejos particulares, . . , pero por la mayor parte seguía las cosas por 
>su arbitrio. . . Era muy inclinada á facer justicia. . . De gran corazón, encu- 
>br[a la ira é disimulaba. . . De su natural inclinación era verdadera é quería 
tmantener su palabra. . . Era muy trabajadora y ñrme en sus propósitos, de 
>los cuales se retraía con gran dificultad. . . Mujer cerímoniosa en sus vesti- 
>dos é arreos y en el servicio de su persona, quería servirse de homes gran- 
»des é nobles». De su decencia y compostura cuenta el mismo cronista: «Era 
>muy buena mujer, é placíale tener cerca de sí mujeres ancianas que fuesen 
>buenas é de linaje. . . Aborrecía mucho las malas; era muy cortés en sus fa- 
>blas. Guardaba tanto la continencia del rostro, que aun en los tiempo:^ de 
>sus partos encubría su sentimiento, é forzábase á no mostrar ni decir la pena 
>que en aquella hora sienten é muestran las mujeres*. V como ha cantado 
un poeta moderno: 

El tan casta, que nadie lus piei bellos 
ni al pontríti la untivti verá siquiera (i). 

El venerable Palafox, comentarista de las cartas de Santa Teresa de Je- 
sús, reparó en la semejanza de Santa Teresa con Isabel la Católica. «Eran 
■tan parecidos, dice, estos dos naturales entendimientos y espíritus, que me 

• pareció que si la Santa hubiera sido Reina, fuera otra católica doña Isabel, 

• y si esta esclarecida princesa fuera religiosa (que bien lo fué en sus virtu- 
»des}, fuera otra Santa Teresa». 

Para completar este retrato debe tenerse en cuenta el humor apacible- 
mente festivo de la Reina, que era fecunda en dichos agudos, y aun de burla, 
como cuando dijo á un escribano de Medina del Campo, aludiendo á lo mu- 
chísimo que ganaban y á la importancia que se daban aquellos oficiales: <Hol- 
>gárame mucho que Dios me diera tres hijos; que el uno fuera heredero de mis 
•reinos, y otro arzobispo de Toledo, y el otro escribano de Medina del 
> Campo». 

96. — Mucho se ha escrito acerca de la parte que tuvieron respectiva- 
mente en el gobierno Isabel y Fernando. Es sabido que esta participación 
respectiva fué regulada por las capitulaciones matrimoniales que ñrmó Don 
Fernando en Cartaya, á 7 de Enero de 1469, y después por la concordia de 
Segovia en i4/'S. Pero el texto de ambos documentos no da idea, ni remota, 
de cómo se llegó á trabar aquel estrecho consorcio por el cual dos individua- 
lidades tan potentes y originales y dos voluntades tan suyas se fundieron en 
una sola; esto fué, sin duda, efecto del talento y del carácter de ambos espo- 



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HISTORIA DE ESPAÑA 333 

SOS, que, siendo los dos tan listos, supo cada uno apreciar las dotes de su com- 
pañero y plegarse al puesto que á cada cual correspondía según ley de Dios y 
pedia la conveniencia de ellos mismos y de sus reinos. Nunca más se ha visto 
en la Historia, y probablemente no ha de verse ya, otro caso de máa Intima 
compenetración de voluntades y de auxilio recíproco de entendimientos 
aplicados á una obra común. <De aquella admirable ponderación de fuerzas, 
■regalo espléndido de la divina Providencia, salió lo que necesitaba España 
>para acometer ta obra providencial á que era llamada. £□ resolución, que 
•TANTO MONTA, El mote era de una profundísima verdad> (i). 

Y conviene añadir que á pesar de tan altas cualidades en Don Fernando 
y Doña Isabel esa obra providencial babria sido imposible, y sólo el intento 
de acometerla una locura, á no contar, como contaron aquellos insignes mo- 
narcas, con una base solidísima en la nación, ó sea con clases poderosas 
y elementos sociales interesados en que la obra realizada por ellos se realizase. 
No había entonces en España persona ilustrada, clérigo ó lego, jurisconsulto 
ó poeta, grande, hidalgo ó popular que no ansiase un gobierno como el que 
dieron los Reyes Católicos; esto es, un Poder fuerte que garantizase á todos 
de un modo eñcaz la seguridad de su persona, de su trabajo y de su pro- 
piedad; que permitiera ir libremente por calles y caminos sin miedo á tira- 
nuelos feudales ó bandoleros de profesión; que suprimiera de raíz las gue- 
rras privadas é hiciese que los pleitos entre particulares se ventilasen ante 
tribunales por trámites forenses y alegatos de abogados, y no á lanzadas. 
Desde últimos del siglo xiv estas aspiraciones iban generalizándose á me- 
dida que cundía la cultura, y cuando Enrique IV subió al trono eran ya uná- 
nimes ¿ irresistibles: por eso la sociedad castellana, llegada á su mayor edad 
y en las ilusiones sanas de la juventud, se revolvió furiosa contra un principe 
que no le daba lo que ella pedia, y lo abrumó y deshonró con sana oposición, 
violenta, movida por el odio, el desprecio y el asco; y por eso en cuanto se 
percató de que los nuevos reyes querían y podían realizar lo que venia so- 
ñando, se entregó á ellos de corazón y les cantó con Juan de ta Encina, su 
mis popular poeta: 

iOh TCf Don Fernando é Doña babell 

En vot comenzaron los siglos dorados; 

serln todo tiempo los (lempos nombrados 

que fueron raeiaos por vuestro nivel. 

Tenjis ti t vos, é asi vos como él 

con Dios tanta fé, que sus deservidos 

habéis destraido, é Codos los vicios, 

£ alguno si qneda, daréis cabo del (3). 

Compenetráronse, pues, en esta época, no sólo el Rey y la Reina hasta 
el punto de no parecer dos personas, sino una sola, mas también los Reyes 
con el pueblo, tomada esta palabra en su amplio sentido de conjunto de to- 
das tas clases sociales. La nación se sentía bien regida por sus reyes, y los 
reyes sólidamente apoyados por sus pueblos. La voluntad real no era sino 
la expresión vigorosa y concreta del sentir común. Don Fernando daba tanta 
importancia á lo que hoy llamamos opinién pública, que, según cuentan los 
cronistas, cuando quería tomar una determinación en materia sobre que la 
opinión DO se habla fijado, esparcía agentes secretos que hablaran de aquello 



(ll BrievB 3 Salvaderra. (Dlscono de inaDgnraci6n de cuiso en la Universidad Central). 

(a) El estadio de (oda la litErarura de esta época convence de que no es tan exacto 
como se supone aquello de qae cualquier liemfo faiado fué mejor. No hay poe(a ni esciitoc de 
la época de los Revés Católico! que eche de menos ios tíempot paiados: por el contrario, en 
la época de Carlos V, i pesar del mayor Imperio, renacen I si lamentaciones por la pérdida del 
pasado, ó sea de lo* Reyes Católicos. 



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334 HISTORIA DI SSPaSA 

por los corrillos, y cuando ya se habfa formulado el deseo popular, accedía 
como obligado por las peticiones que hablan salido de él mismo. 

97. — Los Reyee Católicos desarrollaron su acción política con arreglo 
á un plan fijo, trazado de antemano, que siguieron hasta el ñn con inque- 
brantable resolución, y que por lo que se refiere al gobierno interior no fué 
. sino el programa que ha- 
blan venido elaborando los 
jurisconsultos desde el si- 
glo xiu, y que en el xv era 
el de todas las personas 
sensatas en nuestra patria. 
Ante todo, concluir con 
los bandidos que infes- 
taban campos y ciudades. 
Fueron implacables en es- 
ta obra. Los jueces reales 
hicieron una verdadera ca- 
cería de criminales, y á ra- 
cimos eran colgados de las 
horcas, ó, como decía en 
el siguiente siglo un gran 
escritor (i): «En tiempo de 
>los Reyes Católicos, de 
>oaa Juana >gloriosa memoria, había 
• tanta severidad en los jue- 
•ees, que ya parecía cruel- 
>dad, y era entonces necesaria; y por eso se hacían muchas camecerías de 
>hombres, y se cortaban pies y manos y espaldas y cabezas, sin perdonar ni 

• disimular el rigor de la justicia». Este rigor saludable hubiera sido inútil, y 
por tanto injusto y verdaderamente cruel, sin una institución permanente 
de policía que persiguiese á los malhechores con eficacia: crearon la Sania 
Hertnanáad ó mancomunidad de ciudades para sostener tropas en despoblado 
que diesen cuenta de los forajidos. El procedimiento no podía ser más eje- 
cutivo: *Que el maliecAor {TtzahAn las Ordenansas de 148^) reciba los sacra- 
>mentos que pudiese recibir como católico cristiano, é que muera lo más 

• prestamente que pueda, para que pase más seguramente su ánima». 

Este bandidaje de baja estofa era, sin embargo, un mal menor compa- 
rado con el que se ejercía por señores díscolos ó mal educados, á la sombra 
de los privilegios feudales. Prohibióse á los señores usar las armas reales en 
sus cartas y escudos, levantar nuevos castillos, obligándolos á demoler 
muchos de los existentes, á reconocer la superioridad de la jurisdicción real 
y á obedecer las regias provisiones. Se les quitaron las rentas que disfruta- 
ban del patrimonio real, ó mejor dicho, de la Hacienda pública, por merce- 

(■) Doctor VlUtioboi (Proilemat mtrala). 

(EaplUatiin <U ¡a lámina LXXXt.) 

TclaaárabeaMpaAola*.— 1, Tela de seda Irabc-nranadinadtl siglo xv. Recacrda por sa estilo, 
lo miimo quí los ndnieros 4, 5 y 6, la ornanien lición de la; telas persas con los aalmaleí ilronlados 1 el 
Hora, Stbol sagrado de la religión de Zoroasi™. — J. Franja del vellido de seda y oro, de fabricidón tra- 
be, que vestía el eidtver del Infante Don Felipe de Lacerda, de cu^a sepultura le extrajo y le conserva hoy 
en el Museo Arqueológico Nacional.— 3. Otro detalle de franja de dicho Itaje y i la derectia el dibulo del 



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Historia GrXfic* de la Civilización EspaSola Líuima LXXXI 



Telu ánbw cspallolu. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



336 HISTORIA DE ESPAÑA 

des de los anteriores monarcas, ascendiendo á treinta millones de maravedi- 
ses lo enajenado por este coacepto, y siendo muy de notar la sumisión mag- 
nánima con que la Grandeza acogió esta medida tan perjudicial á sus intere- 
ses — cosa que acredita cómo las ideas de buen gobierno hablan arraigado 
en los mismos que más interés tenían en contrario; — dieron el ejemplo los 
parciales más entusiastas de los reyes, y fué muy de notar que D. fieltrán 
de la Cueva, siempre adicto á Isabel á pesar de tas hablillas que corrían de 
su íntima relación natural con Doña Juana, perdiera más de un millón de ren- 
tas sin rechistar. Devolvieron los reyes á la justicia todo su imperio, y para 
dar et ejemplo, ellos mismos daban audiencia y fallaban pleitos, restaurando 
antigua costumbre hacia muchos siglos en desuso. «Acuerdóme, escribió Ovie- 
>do, verla en el alcázar de Madrid con su marido, sentados públicamente por 
itribunal todos los viernes, dando audiencia á chicos é grandes, cuantos que- 
>rían pedirla; et á los lados, en el mismo estrado alto, estaba un banco de 
•cada parte en que estaban sentados doce oidores. . . En ñn, aquel tiempo 

• fué áureo é de justicia, é el que la tenía valíale. He visto que después que 
>Dios se llevó esta santa reina es más trabajoso negociar con el mozo de un 
«secretario que entonces era con ella é su Consejo, é más cuesta». La Audien- 
cia 6 Chancillería, que andaba antes ambulante, fué 
establecidaen Valladolid, y se hizo en todo el reino 
una organización general de la justicia que subsistió 
hasta la época constitucional. Para evitar la confu- 
sión legislativa codificáronse todas las leyes vigen- 
tes; el jurisconsulto Alonso Díaz de Montalvo fué el 
autor de las Ordmaneas Realts de Castilla, vulgar- 
mente conocidas por el Ordmatitienio de Montalvo. 

Imprimióse igual vigor á la Administración, crean- 
do los cinco Consejos de Estado, Gracias, Aragón, 
Santa Hermandad y Hacienda, las dos Contadurías 
mayores de Hacienda, reguladas por las Ordenanzas 
de Madrigal, y todo un cuerpo de funcionarios para la 
percepción legal de los tributos. En nada mostraron 
quizás los Reyes Católicos tanto esmero como en la 
Cardenal CisDc ros. provisión de cargos y destinos. En 1537 decían los 
procuradores á Carlos V en las Cortes de Valladolid: 

• Los Reyes Católicos, de gloriosa memoria, vuestros abuelos, para informarse 
>de las personas de quien podrían servirse conforme á sus habilidades para 
>todos los cataos que tenían que proveer en estos reinos, mandaban hacer 
>información secreta de todas las calidades y habilidades de las personas de 
»sus reinos, é tenían libro de esto dentro de su Cámara Real; é porque esto 
>conviene é es más necesario á Vuestra Majestad. , . , etc.». 

Gallndez de Carvajal, que tanto trabajó con aquellos reyes, refiere asf 
este punto: <£n su hacienda pusieron gran cuidado, como en la elección de 

• personas para cargos principales de Gobierno, Justicia, Guerra y Hacienda; 
>y si alguna elección se erraba (que sucedía pocas veces), al punto lo enmen- 
idaban, no dejando crecer el daño, sino remediándolo con presteza; y para 
■ estar más prevenidos en las elecciones tenían un libro, y en él memoria de 
(los hombres de más habilidad y mérito para los cargos que vacasen, y lo 
>mismo para la provisión de obispados y dignidades eclesiásticas!. Y el fran- 
ciscano fray Juan de Santa Maria, en su República y policía cristiana, dice: 
«De la reina católica doila Isabel se dice que cuando gobernaba con el rey 
>Don Fernando, su marido, se le cayó acaso un papel de la manga en que 
>tenla escrito de su propia mano>: «La pr^onerfa de la ciudad se ha de dar 



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HISTORIA DB SSPAAa 337 

•i Fulaoo, porque tiene mayor voz>; y «si en ofido tan vil tenEaa aquellos 
»taD católicos y prudentes Reyes tanto cuidado, ¿qué se debe hacer en loi 
»de Justicia y üobieniof>. Sabiendo estas cosas, se comprende que los Reyes 
Católicos, ó mejor dicho, España en su tiempo estuviera tan maravillosa- 
mente servida por hombres eminentes en todos los tamos. Cuando se da 
el oficio de pregonero al que tiene mayor voz, y no al lacaya del favorito 
ó al ayuda de cámara del pariente aunque esté afónico, se pone á Cis- 
neros de primado de las Españas y á Gonzalo de Córdoba de general del 
ejercita, y cada piedra se coloca en su lugar adecuado, resulta cómodo, 
grande y hennoso el ediñcio social, para el cual ser- 
vimos todos¡ pero todos estorbamos cuando se nos 
quiere asentar allí donde no quiso Dios que estu- 
viéramos. £1 oficio del supremo gobernante tiene 
su raíz en esto: en procurar conocer la divina vo- 
luntad respecto de las personas, y una vez conocida, 
acatarla humildemeate, dando á cada una, pospuesta 
toda personal afición, el empleo que de derecho di- 
vinóle corresponde. Y esta política, que es la única 
justa, es también la única que engrandece á las na- 
ciones. 

Innumerables disposiciones administrativas be- 
neficiosas para la prosperidad pública se dieron en 
este reinado: se fijó el valor de la moneda, redu- 
ciendo su fabricación á las cinco fábricas reales; se 
entreabrieron, si no abrieron del todo, las aduanas 

interiores; la política económica fué prudentemente I*"'» ÍBig" López de Men- 
ptotcccionista, y merced á ella se desarrolló la in- ^°"^ ^^úU°°^' ""' 
dustria; la marina llegó en pocos años á maravilloso ,„ j j , 

esplendor, y, como sucede siempre, las bellas artes ie*c^';^X"''otí pd.'So 
siguieron el impulso que habla movido á las útiles: del Infantado, de Guada- 
construyéronse infinidad de monumentos arquitec- lajara, pintado por Juin 
tómeos e„ que el e.tilo gótLco dio I.5 últimas y más S".SíS.ES; 
nondas muestras de su hermosura, y á la vez tomaba copiado de un medallón 
carta de naturaleza en nuestro suelo el greco-romano en marmol hecho en vida 
propio del Renacimiento; hubo un momento en que **' ^'^^° P*"'"'"^*)- 

los dos estilos, el ojival y el clásico, parecieron ha- 
berse abrazado, y de ahí salió t\ género plateresco, variedad exclusiva de nues- 
tra patria (i); la escultura prometió entonces entre nosotros un florecimiento 
semejante al de Italia, por desgracia no logrado luego; la música ofreció la 
variedad de instrumentos de que habla el Libro de la Cámara del principe 
Don yuoK, y no sólo llenaba con sus armonías el templo, sino que se hizo cor- 
tesana y popular; igual rumbo tomó la dramática, que hasta entonces sólo ha- 
bla servido para representar dentro de las catedrales ó en sus atrios los mis- 
terios de Nochebuena y Semana Santa, y que en esta época Juan del Encina 
sacó á más profanos lugares, amenizando con sus autos las veladas de Navi- 
dad y Carnestolendas en el castillo de los duques de Alba; la novela produjo 
la maravilla de Zm Celestina, que sólo cede al Qmjote en importancia lite- 
raria, mientras que los estudios clásicos llegaban á su apogeo y se vulgariza- 
ban en la corte y entre los grandes por el impulso de Lucio Marineo SIculo y 
de Pedro Mártir de Anglería, traídos del extranjero con tal intento, por los 
mismos Reyes y por los españoles Antonio de Lebrija, Arias Barbosa y otros. 

(i) Annqae en otras nadone* habieie estilos semejantes. 
Sákráo, Historm de ESpaRa ¿— 22 

Digitzcdb/tjOOglC 



338 HISTORIA DE ESPaSa 

Las medidas más sonadis de aquella admínbtracióa fueron el estable- 
cimiento del Santo Oficio y la expulsión de los judíos. La primera, para ser 
bien examinada, requeriría un estudio especial religioso, filosófico, social y 
político. Desde el punto de vista histórico, y dadas las proporciones de este 
trabajo, baste decir que lo que hace hoy singularmente odiosa la Inquisición 
á tantas gentes, ó sea su principio fundamental de la represión de la herejía 
por el EsUdo, imponiéndose á los herejes la pena de muerte y la más horrible 
de todas, ó sea la de ser el reo quemado vivo, era entonces cosa cuya legiti- 
midad y conveniencia nadie ponia en duda: quien se hubiese atrevido en 
aquel tiempo á sostener que un hereje impenitente no debía ser quemado 
vivo, hubiese chocado harto más que el que hoy sostuviera que los crimina- 
les comunes no deben ser reprimidos con ninguna pena, aunque no sea más 
que la reclusión medicinal de algunos positivistas. Hasta muy adelantado el 
siglo XVI no se oyeron en el mundo algunas voces tímidas y aisladas en de- 
fensa de la tolerancia religiosa, y esas voces fueron ahogadas por el clamoreo 
unánime de católicos y protestantes; y es de notar que á algunos protestan- 
tes adversarios de la Inquisición contra ellos les parecía muy bien contra 
los judíos y judaizantes. Las leyes penales sobre delitos religiosos venían 
desde Teodosio el Grande, y en España son atroces las disposiciones en este 
sentido del Fuero Juzgo, Fuero Real y Partidas: como que todos los quema- 
dos por la Inquisición fuéronlo en virtud de estas leyes antiguas. Los Reyes 
Católicos, al establecer la Inquisición, no introdujeron ningún uso nuevo, ni 
agravaron en lo más mínimo las penas temporales establecidas contra los 
herejes y judaizantes; se conformaron con el estado de cosas existentes, y 
lo único nuevo fué el tribunal y el procedimiento para ejecutar de una ma- 
nera regular y permanente lo que venía haciéndose quizás peor por los mis- 
mos enemigos de la Iglesia, y sin el beneficio social de la unidad religiosa, 
que es lo que se buscaba por tan espantosos medios, que ningún cristiano 
ni hombre de corazón puede aprobar en el día. La Inquisición no perseguía 
i los judíos como tales, sino á los falsos conversos cristianos ó bautizados 
que judaizaban. 

En cuanto á la expulsión de los judíos, fué una medida radical, radicalí- 
sima, consecuencia de la animadversión que inspiraban al pueblo, en parte 
por odio religioso, y en parte también por la envidia que inspiraban sus ri- 
quezas, y hasta sus talentos. El elemento judaico, no sólo se amalgama dincil- 
mente con la población cristiana en que vive, sino que por su especial apti- 
tud para el comercio y sus condiciones de ahorro, así como por su natural des- 
pejo para las ciencias, artes y práctica de la vida, es siempre un factor pre- 
dominante, y por escaso que sea su número, marca su influencia social de nn 
modo que irrita á los que se sienten subyugados por ¿I: hoy los vemos en 
Austria dueños, no sólo de la Banca, sino de la Prensa de gran circulación; 
en Francia, dirigiendo la política, y poco más ó menos lo mismo en todas las 
naciones. Sin duda que esto nos hace admirar al judio, que, errante entre los 
pueblos, casi siempre perseguido, encuentra, sin embargo, en si mismo el me- 
dio de dominar á sus mismos opresores; pero natural y lógico es también que 

{Exp!Uac¡5« di U lámina I.XXXU.) 

HISTORIA DEL TRAJE, — Traje» árabet. - Son muy «casas las noliclas que Icncmoi dd tnic 
qne usaban los árabes españoles. Los que en esta plana ofrecemos i nuestros lectores ntin tomadin de 
una pintura sobre cuero guadamacilado que decora una de la; habitaciones de la Alfaambra de Ormid*. 
Pertenecen estas pinturas al siglo xvi, y es lógico'suponer que eslin hechas por un arlisla cristiai», asi 
como que el artista luvo medios para informarse de la manera^de vestir de los Inlelices expulsados. Por 



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HisTOKU GrApica de la Civilización Espaüola LiEmina LXXXn 



HISTORIA DEL TRA|E. -TrajMánbM. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



340 HISTORIA DB ESPAÑA 

semejante superioridad de raza encuentre resistencia, y esto explica á nues- 
tro juicio el odio que universalmente inspiran, y que era vivlatmo en la Espa- 
ña del siglo xvi. Que algunos hadan con buen éxito propaganda judaica y con 
fruto, atestlguanlo muchos documentos. Para juzgar de la justicia con que 
fueron expulsados de España no hay que atender á consideraciones genera- 
les de Derecho, en que no reparaba nadie en aquel tiempo, sino al modo como 
eran tratados y siguieron siéndolo en otras naciones: quizás desde este punto 
de vista la expulsión en masa, con ser tan eme), fué lo más beneñcioso para 
los judíos que pudo hacerse entonces. Conviene advertir, por último, que la 
expulsión fué religiosa, y no de raza: los bautizados, ó que consintieron en bau- 
tizarse por no partir, aquf quedaron, y la sangre judaica es sin género de 
duda uno de los elementos étnicos de la nación española, no sólo por el es- 
tado llano, sino por las clases más elevadas. Basta leer los escritos del doctor 
Villalobos, judio por toda su ascendencia, para persuadirse de que no hay 
familia aristocrática que no tropiece en su árbol genealógico con algún tallo 
judaico. Los expulsos derramáronse por diferentes parajes de Europa y Áfri- 
ca, y todavía conservan nuestra lengua, y antiguos romances castellanos re- 
veladores de su origen, en que las palabras arcaicas de nuestro idioma se 
mezclan con vocablos de los países en que han vivido estos últimos cuatro 
siglos. Hace pocos dfas contaba el corresponsal de un periódico de Madrid eo 
Belgrado que una muchacha judía, al enterarse de que el periodista era es- 
pañol, le dijo: jEs usted español de Constantinopla, ó de Salónica? Y al oír 
que era de España, la pobre muchacha quedó asombrada. ¡No concebía que 
hubiera españoles en Es pañal 

98.— Ño menos consciente y reflexiva fué la política exterior de nues- 
tros grandes monarcas, la cual, como es lógico en príncipes tan prudentes, se 
desarrolló en períodos sucesivos, á medida de las circunstancias, sin intentar 
nunca forzarlas, sino enderezarlas diestramente á sus intentos. 

Desde 1476 á 1479 no pudieron hacer otra cosa que defenderse del rey 
de Portugal Alfonso V, quien, desairado á la mano de Isabel, se hizo paladín 
de la Beltraneja y cabeza de los pocos magnates castellanos que siguieron 
esta parcialidad. Entraron los portugueses en Castilla con un lucido ejército, 
al que no podían oponer nuestros reyes otra cosa que el amor de los pue- 
blos. En Plasencia celebró Alfonso V sus esponsales con la infortunada Juana, 
titulándose los esposos rejiti de Castilla y Portugal, ni más ni menos que Fer- 
nando é Isabel reyes de CastiUají Aragón; es decir, que aquella guerra era de 
tendencias unitarias por ambas partes. Castilla no era entonces para nadie^ 
como luego ha sido para ciertos imbéciles, la tirana de la Península, sino la 
piedra angular sobre la cual todos querían erigir el magnifico edificio de la 
unidad política de esta región geográñca, que la Naturaleza, es decir. Dios, ha 
hecho una, y los hombres perversos ó de cortos alcances se han empeñado- 
en dividir contra la voluntad divina. La batalla de Toro (i.° Marzo 1476), en 
memoria de la cual se levantó el precioso templo y convento de San Juan de 
los Reyes, y en que pelearon como soldados dos cardenales — el arzobispo- 
Carrillo (i) por doña Juana, y Mendoza por doña Isabel, — destruyó las es- 
peranzas del portugués; pero la lucha continuó hasta la paz de Alcántara, ne- 

(l) Este veleidoso prelado, que tanto habla favorecido la caDia de Isabel, hasta el punto- 
de ser £1, següri todas las probabilidades, quien circula ía bula de dispensa para que se caiara 
con Fern<indo y quien los casa, al ver luego que los Reyes no eran juEuele lajo, se Taé al 

campo del porlugufs, diciendo arroganlemente: Yo ht sacada á Itabtl de hilar y ye la enviaré á 
coger Bira 7IÍI la ru/ca. Y eslaba ya taniiejo en esta época, qoe poco antes de pronunciar estas 
sobctbias palabras bibfa dicho, con harto más Tundamento: Eslay más fiara recogemu en uir 
yerma c f repararme d dar cuenta é Diei, que para melerme en ruidt y trafaga de guerra. 



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HISTORIA DE ESPARa 34I 

gociada di rectamente entre doña Isabel y su tía materna do9a Beatriz de 
Portugal (1). Por cierto que allí admitió la Reina que su hijo el príncipe don 
Juan, á la sazón niño, al llegar á la edad conveniente casaría con la Beltra- 
nea, cuyo matrimonio con el anciano rey no habla llegado á efectuarse: es 
de creer que nunca pensara doña Isabel en cumplir semejante cláusula, de- 
biendo recordarse aquí lo dicho por Pulgar de que, aunque de su natural in- 
clinación era verdadera e quería mantener su palabra, los movimientos de las 
guerras e otros grandes fechos fue en sus reinos acaecieron, ¡a ficieron algunas 
veces variar; esto es, que asi como la pobreza Mace hacer, según Cervantes, 
cosas que no esidn en el mapa, en ocasio- 
nes la política suele también desviar de 
la línea recta á los caracteres más puros. 
En aquella ocasión, doña Isabel quiso dar 
á su reino el bien inestimable de la paz, 
y para conseguirlo accedió á suscribir un 
compromiso que indudablemente repu(^- 
naba, y del que debió de creer que nun- 
ca llegarla á sa^ón de cumplirse, aun sin 
faltar ella ostensiblemente á su real pa- 
labra. 

Desde 1481 á 1492 el objeto exclu- 
sivo de la política exterior de los Reyes 
Católicos fué la conquista de Granada. 
Componíase este reino de las actuales 
provincias de Almería, Granada y Mála- 
ga, y desde la época de San Fernando era 
el único resto independiente y organiza- 
do de la España árabe, aunque legal- 
mente tributario ó vasallo de los reyes 
de Castilla, á ruyas Cortes tenían obli- 
gación de concurrir los emires granadi- 
nos como grandes vasallos de la Corona. 
Esta dependencia feudal fué más ó me- 
nos efectiva según las circunstancias de 
cada tiempo y el carácter de reyes y 

emires: hubo períodos de lucha entre Arqu«<hi5paiio-ir.be(«glox). 

Castilla y Granada, y períodos de larga 
paz, en que parecía que iban á fundirse 

ambos pueblos. La batalla del Salado, la reconquista de Algeciras y Gibraltar 
y el desarrollo de la marina castellana y aragonesa, cerrando deñnitivamente 
á los afrícanos la entrada en España, dejaron al reino de Granada aislado del 
mundo musulmán, á que por raza y religión pertenecía, y tarde ó temprano 
tenia que sucumbir al golpe de sus prepotentes vecinos. Aspiración nacional 
trasmitida de unas á otras generaciones era en Castilla la de arrojar á los 
moros de aquel último baluarte, cnmpletando asi la obra reconquistadora 
del siglo xiii; pero la empresa ofreció muy serias dificultades. Fundado 
sobre uno de los terrenos más abruptos de la Península, el pequeño reino 
encerraba una población numerosísima, agricultnra y guerrera, que verda- 
deramente tenia siempre en una mano el instrumento de labranza y en la 
otra el arma de combate, con que, ya se mataban unos á otros en confusa é 
interminable lucha intestina entre las diterentes tribus ó kabilas, ya se re- 

(!) Hetmina de doüa Isabel, U TÍada de Juan II. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



342 HISTORIA DE ESPAÑA 



volvían todos contra los perros cristianos, dispuestos á conquistar el paral- 
so de Maboma muriendo en la guerra santa. No habla lugar que no estu- 
viese fortificado, ni cerro ó quebrada sin su castillo roquero, inexpugna- 
bles aquéllos y éstos para los elementos poJiorcéticos de la Edad Media, y de 

muy difícil ataque para 
la naciente artillería, so 
bre todo por la imposi- 
bilidad casi absoluta de 
transportar las piezas por 
aqueUas veredas de ca- 
bras y ponerlas en posÍ- 
dán de ofender, dado su 
corto alcance á la sazón, 
cerca de los muros, que 
por lo común arrancaban 
de inaccesibles precipi- 
cios. Habla tantas forta- 
lezas que bien podía ser 
considerado todo el rei- 



no como una 
plaza fuerte, imposible 
de cercar por su mucha 
extensión y su dilatada 
marina, y al que sólo ca- 
bla dañar un poco entran- 
do por los valles y ve- 
gas y arrasando los cam- 
pos—ó sean las famosas 
talas; — y conquistar, to- 
mando una por una las 
fortalezas, ó, como decia 
gráficamente Don Fer- 
nando el Católico, co- 
miénáost UMO por wmo los 
gramos de la granada, co- 
sas ambas que exigían 
muchísimo tiempo y ele- 
mentos de guerra su- 
Cuco, túDica y eipuiu de BoabdiL periores á los que hubo 

en Castilla antes de este 
reinado, especialmente un ejército permanente ó que no tuviera que dis- 
persarse después de dos ó tres meses de campaña, como sucedía con los 
castellanos de los siglos xiv y xv. 

Los Reyes Católicos acometieron la empresa, y salieron con ella en diez 
años de perseverantes esfuerzos, tan meritorios desde el punto de vista po- 
lítico y administrativo como del militar. Tuvieron que crearlo todo. La guerra, 
que, vista por el prisma de los romances y leyendas, parece una cruzada 
de paladines en que se resolvía el problema á golpes de lanza y espada, 
resulta de los documentos que fué una serie metódica de campañas y 

(Expliraciin dt ¡a lámina LXXXllI}. 

AroiaidcAbO-Abdl-l-lah (Boabdll). - 1. PuAal y cuchillo. — 2. Vaina del nti>quc.~X Em- 
punaduTi del mismo. — 4. Empufladun dt la espada. — 5. Vaina del pnilal. 



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Historia Gráfica db la Civilización Española LAmina LX}CXIII 



■ de AtM»-Abdt-l-Iab (Boabdll). i . GoOqIc 



344 



DE ESPAÑA 



sitíos en que la artilleria y los ingenieros tuvieron la parte piincipal. «Maa- 
idaroD traer los reyes, cuenta Pulgar, gran número de bueyes é carros 
ipara llevar las bombardas, é otros tiros de pólvora, é tas escalas, é man- 
ilas, é gnjas y engenios é otros pertrechos para combatir, con lo cual 

■ venían carpinteros con sus fcrramientas, é ferreros con sus fraguas, que 

■ andaban de continuo en los reales y en todas las otras partes por do se 

■ llevaba el artillería, é maestros bombarderos, y cngenieros, é pedreros que 
■facían piedras de canto é pelotas de ñerro, é todos los maestros quet eran 
>necesarios, é sabían lo que se requería para facer la pólvora, é para todos 

■ aquellos oficios é pata todas las cosas que eran me- 

■ nester.r El tren de guerra que se llegó á reunir 
fué inmenso: sólo en Córdoba, en la primavera 
de 1483, se juntaron, según Bernáldez, mil quinien- 
tas carretas para el transporte de artillería y pro- 
visiones; el capitán Francisco Ramírez, de Madrid, 
era el director técnico y general de la artillería cris- 
tiana (1). Con tan bien, preparados elementos, la 
constancia en el obrar y el valor castellano, repre- 
sentado por multitud de campeones romancescos, 
entre los cuales descolló como el Aquiles de esta 
homérica lucha el Marqués de Cádiz, Don Rodrigo 
Ponce de León, se llegó al memorable día 2 de Ene- 
ro de 1492, que la Historia, la leyenda, la poesía y 
la pintura han hecho inmortal. La Albambra, el 
maravilloso alcázar, empezado á construir por AJhá- 

Gonztlo Fernáncltz mar, el fundador del reino de Granada, y que no se 

de Cóidobk. terminó hasta mediados del siglo xiv por Yuxef I, 

~ quedó engarzada como una de sus piedras más pre- 

ciosas en la corona de Castilla. 

Si la guerra de Granadü es la inauguración del 
arte militar moderno por lo que se refiere á la acción 
perseverante del ejército permanente, al empleo 
metódico de la artillería, y aun al uso de los servi- 
cios auxiliares de administración y sanidad militar, 
las guerras de Ñapóles (1498-1502) determinan el 
principio del mismo arte por lo que se refiere á la 
superioridad de la infantería sobre la caballería en 
el campo de batalla, del orden abierto en la tác- 
tica y de la subordinación de ésta á la estrategia. Gonzalo de Córdoba es la 
figura histórica que une y enlaza en el orden militar la Edad Media con la 
Edad Moderna. Miembro de la oligarquía guerrera medioeval, crióse para 
paladín, y paladín fué en la conquista de Granada; pero al zarpar de Málaga 
para Ñapóles el paladín se habla transformado en general. ¿Cómo se verificó 
esta transformado ni No se sabe. Lo mejor de la Historia es desconocido, 
aunque no tanto que adonde no llega el dato no puedan alcanzar el raciocinio 
ó la deducción lógica. Es indudable que después de la guerra de Granada Gon- 
zalo no se contentó con sus recuerdos, ni contando sus hazañas, ni vanaglo- 
riándose de ellas, sino que estudió y reflexionó. El Vegtcio era obra familiar en 
los palacios de los grandes. Gonzalo tuvo el concepto cabal de la legión roma- 
na, que habían aplicado ya, si bien imperfectamente, las milicias suizas. Este 



f: 



■erran del Gnn Capitán, d 
único que presenta caracte- 
res de autenticidad es cite 
rabado de Ambru, que se 
: reproducción del re- 
gué, tomado del nalu- 
rai| ejecutó el insigne pintor 
Giorgione de GasCeirranco , 
obra que desgraciadamente 
«e ha perdido. Varazi j Ro- 
dollt dan noticias de ella. 



a i^erra, TCise Aráute- 



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H[STOSU Grífica de Lft CiviLiZACiúH ESPAÑOLA LAmina LXXX[V 



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346 



HISTORIA DE ESPA5IA 



concepto fué la base y el material sobre que actuó su talento. Y cuando fué 
á Ñapóles ya sabta él que el infante podía vencer al caballero, que habla que 
hacer la guerra de modo muy di- 
verso de como se habla hecho 
hasta entonces, que habla sona- 
do la hora de cambiar de método 
y de procedimiento, que se im- 
ponía una manera distinta de 
aplicar el valor del hombre, ese 
factor eterno de las empresas 
guerreras; en suma, que habla 
concluido una época y empezado 
otra. Asf, el gran Teoolncionario 
desde arriba, en cuanto estuvo 
en el mediodía de Italia movió, 
dirigió, operó de la tmeva manera 
con el desembarazo, la precisión 
y la seguridad que parecen no 
poder ser fruto sino de la larga 
experiencia, y con reducidísi- 
mos medios obtuvo magnos re- 
sultados. En Cerignola y en el 
Garctlano concluyen deñmtiva- 
mente las batallas medioevales, 
que eran duelos colectivos, y em- 
piezan las modernas, que no son 
sino momentos de una evolución 
de hechos preparada y provoca- 
da conscientemente y desarro- 
llada en un plan estratégico. 
Toda nuestra superioridad mili- 
tar del siglo XVI es el efecto 1^- 
co del impulso dado por el Gran 
Capitán, y nuestra decadencia 
del XVII es el efecto de no haber cambiado á tiempo cuando de nuevo im- 
ponían cambios las circunstancias; ó, en Otros términos, de no haber tenido 
España otro Gonzalo de Córdoba. 

La unión de los reinos peninsulares, la guerra de Granada y la doble 

(ExpHacihn <U la lámina LXXXV) {\\ 

Antlenu canbetil.- l. Nio de ColÚn. — 2. Unidc lia cirabcUi dr Colún. ^ 3 y 4. Carabelas 

de li nprdicidn de Hojidi in U<iQ, en la que íuí como piloto el lamoso Joan de la Cosa. — S, 6. T y 8. Ca- 
rihclaiportugueeas. — 9. drabela de 1 S29.'— 11<)- Otro lipoldc carabela «palióla del siglo XVI. — 1 1 . Tipo de 
carabela, del Diccíonaiio del Marque de la Victoria. — 11. Famosa nao de Joan SelMSIiin Elono. Eite di- 
bnjoade 1673. — 13 y M.'Caribeba •Nuestra Sellora de Mocha» y •Nuestra Seflora del BuenSucesoí, de 
los bennaaos Nodales (1621). 






Cristóbal. ColAn. 
cousiderado como aalintlco 
la Biblioteca Nacional.) 



(I) La naves en la Edad Media. -El 

""Sif. 









la piranua 



f»*ta, gaita, brlgaatlr 



por etapas el aalrtmt, blrtmt. Irlrenu y 

■da, larlda, tafai — -' ' — ' — ' 

irabela, galeaza, gallón y 



de un lolo orden, ligera y de m 



dromon. ptnttcontor, tahttla, barcia, larlda, tafarga. pinaza, tardante, panfll, le/lo, 
— u — ■..!. — I -¡altóa y navio. 



le modelo pan lo tui 
iparece el iromon, di 



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HisTOKU GkApica db la Civilizacióh Española LJuiha LXXXV 



Lu aavcs en la Edmd Media. 



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34^ HISTORIA DE ESPAÑA 

conquista de Ñapóles elevaron á Espafia en el concepto europeo al rango de 
nación predominante, que nunca habla tenido hasta entonces, y que sólo pudo 
conservar hasta mediados del siglo xvn. Los Reyes Católicos quisieron man- 
tenerla en ese papel brillante — quizás un poco desproporcionado con los ele- 



La llburna. longa 
gtjtdud. 



SI que rt ptnItcBntor. 
:r la Edad Media Untos 



El papel de la ontrarta vina i representarla en la Ed*d Media la nao. llamada Ij 

lai naves del siglo x 
LIID-Eleiisendaí 



Navct del litio XIII. 

de su praa de limpia roda, sus amuras enormn. la relativa Incliniciún de lo; palas en maciías y elevaí 
fogonaduras, lo rudimentario de las vergas, velas, motonería y cordaje; todo ciracleriía i las constriicc 
nes de aquella época. El tonelaje de estas naves era de 8 i ll.OOU quíntale!. 

Las naot eran de tres clases: gratm, bastarda y sutil. 

Su tamaño medio era: eslora, Ití pies; manga d ancho, IS pies; puntal ú altura desde la sobreqaill 
U cubierta, 8 '/i; elevación de la proa, II i/t; de la popa, 12 'ii.y 8 '/i el ancho déla cala ó Bodega, coi 
hoy lia manamos. 

Su forma era una derivación de la nave longa romana, participando tarabiín de la Ilbarna primiti' 

La M/ea de primera clase debía llevar, comoUi iixrrrs (buque mis grueso, catalín). dos timón 



s pilos maestro, irlnqattt y 
ic llARiaban arllaió, lop de pi 



3nM de Igual peso les 
de la propia del alnti- 



''i"'iP"ú" 



NiTC del llBlo Xm. II'"""' '•'■I'*» "«"" »4™^ ™ bandera propia. 

servicio (los almirantes prestaban servicio de gue- 
ballesleria de las galeras), y si líense 
K trompetas y cubierta de gínero de lana 
. Lievaoan, por uiiimo, dos cartas de martar. 
las galeras ¡HUlardaí y lutila dismlnnlase desde el Irea de las velas hasta el número de armas. 



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HISTORIA DK ESPAÑA 34(> 

meatos de población y riqueza natural de nuestra Península, — y á tal efecto 
buscaron sus alianzas en las Potencias del centro y del norte del Continente^ 
es decir, contra Francia. Francia, no sólo es nuestra vecina, sino nuestro úni- 
co punto de comunicación con Europa, por lo cual, y por la comunidad de 
raza y costumbres parece ser nuestra natural aliada; pero aventajándonos en 
número de habitantes, fertilidad del suelo y otras circunstancias, semejante 
alianza no puede ser nunca sobre un pie átt perfecta igualdad, ó, en otros 
t¿nDÍDOS, que unidos ó aliados con nuestra poderosa vecina, tenemos que ir, 
aunque nos pese, á remolque de ella. Cabe tolerar esto conformándose Espa- 
ña con una posición modesta de nación secundaría; pero si en nuestra Penfn- 



búcocho Ri nllcUi di i doce oniu. 
He aquí un — -"- -■ 



Lu praviiíones dctKíci (poco apetítosu) coniisUan en «roz, loc[noafle)o, judlis, *|os, vinagre, sal y 
,1 "—u di i doce ornas. 

EQUrPAJE, CON sus CORRESPONDIENTES SUELDOS POR DOS MESES 



1 patrón. . 
I (oUcónltre . 



S naocheros, á b libiu nno. (Entííndisc por niodicro el encargado 
dd tlmún y de la SDardarropla 6 paflol, llamado entoncea nochar, 
donde ae conserviban las binderu, vestidos, faroleí, velas de sebo 

B proeles,! 

1 ai^te. 



yoliosdtileí - 

B proeles, i S libras. (Proel, delenior de la proa). 



tres, í 4 libras M . 

M remeros simples con ventaja dtlí patmtrt 462 ■ 

1 trómpela 7,103 

1 cirujano 7,10 

El precio de una galera gruesa en 1351 se estimaba en 4.e00 rioilnes de oro (unos 27.000 le 
I.WO el Arte cuando iban» — ■-— 



.miadas y dlspueslas al combale. 

por d sbima de lis quintas actuales. Pedro IV de Aragón < 

ilengo diesen 2 de cada 10 hombres para d servicio de las gs 



para qne los piebk» de realengo diesen 1 de cada 10 hombres para d servicio de las galeas. 

La carabela como tipo de nave snjelo 1 gilibus ó formas determinadas por una fórmula permanente, 
no ha existido jamás. 

Pl nombre de carabela empeló á usarse en el siglo XV, en tiempo de Don Juan II, y dejó de usarse i 

Las caiatKlai perienedentes al Estado se llamaban carabelai de armada. 

Se nombró carabela en los ligios XV y Xvl al buque ligera, cualquiera que fuese su disposición, aptc 

. «i^..4.4.^_ rápido y de cortó calado, rué buque ne forma y aparejo vario, correspondiendo la deno- 

vicio 1 que se la destinaba, y no al tipo de la nave. 
En las Instmcdones de Calón i, Antonio Torres se lee: 'Las naos Oallrga y Capitana para dar auto. 

ridad A la gente allende que las carabtlai son necesarias para el descubrir de la tierra Rrme y oliat 

islas que entre aqui í alU están. ■ 

Las carabelas no fueron «elusivas de Espafla. Misfama adquirieron las portuguesas. La forma de los 

taso* el redonda, con la popa cuadrada. El apareío se compone de ires palos con velas redondas ó de cruz en 

d Bajot j trinquete, y latina en el mesana, 

lJ.t caratÍElas de Colón eran mayores de lo que vulgarmente se cree: de marcha rápida, de construc- 

don sólida, con dos castillos •alterosos> á popa y proa, tres palos verticales y bauprís, aparejo redondo en 

d mayor y trinquete y mesi— '-"— 



bdaí: lo Indicad Inscripción de la primera, Ocetantea classla, correspondiendo 
.. j_ . 1..,^ Ocreone c/om/ prerínJ del descubridor. 



que copia la lámina LUÍ con los números I y 2 parecen serla nao de Colón y una de sus cara- 
Las figuras 3, 4. 5, ó, 7 ys^án lomadas déla cana de Juan de la Cosa, docnmenlo pintado en 1500. 
El autor, excelente dibujante, fué piloto y compafiero de Colón en los dos primeras viajes. 

Las números 3 y 4, qne ostentan pabellones de Castilla en los topea, ya que no las de Colón, deben 
dr SCI las que el mismo Juan de la (jisa llevó como piloto en la «pedición de Hojcda el aflo H99. 

La forma de los vasos es muy semejante á las 1 y 2. levantadas las eíttemidades como «pilcad histo- 
riador de la* Indias, Herrera: 'Las naos tenían una obra muerta alterosa en cada «tremo de popa y proa del 
buque, j se llamaban aatillos.» •£! aparejo, dos vdas redondas en los palos mayor y trinquete y una latina 

Las 5 y 6 son portuguesas, y lo mismo las 7 y B, sin qne en ellas >e note difomcía esencial con las 



^a figura 9 está copiad* de otra carta de marear de Diego de Rivera (1529). Se advierte en el v¡ 
progreso de la constricción naval, pero conserva el tipo. 

La núm. 10 es otro tipo de carabela española lomado de la carta de Juan Marlinez. 
Lt núm. 1 1 es del diccionario del marqués de la Vidoría. 

La núm. 12 es la famosa nno de Juan Sebastián Elcano. Este dibuja es de 1673. 
I» 13 y 14 son las carabelas -Nuestra Sei\ora de Atochal y •Nuestra SeHora dd Buen Suceso-, 
Nodales (1621). 



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35*3 HISTORIA DB BSPaSa 

sula se quiere fundar un Imperio predominante, ó por lo meaos de veras in- 
dependiente de la influencia francesa, hay que buscar las alianzas en Alema- 
nia y en Inglaterra. Á eso tendieron los Reyes Católicos, no descuidando 
tampoco la realización de la completa unidad peninsular, única manera de 
que la Iberia pueda hombrearse con la Galia. A tan elevados ñnes políticos, 
reducidos á que España fuera nación verdaderamente autónoma, ó sea libre 
de la humillante y molesta conyunda de Francia, fueron enderezados los en- 
laces matrimoniales de los hijos de los Reyes Ca- 
tólicos, otras tantas obras maestras de política in- 
teroadonal. 

Para conseguir la unidad de la Península, la 
princesa Doña Isabel casó con el príncipe Don Alfon- 
so de Portugal, y, muerto éste, con el rey Don Ma- 
nuel; por el fallecimiento de Don Juan, principe de 
Castilla, Don Manuel y Doña Isabel fueron reco- 
nocidos como herederos de los Reyes Católicos, y 
nacido un hijo, aunque con la desgracia de costar 
la vida á su madre, este principe, Don Miguel, fué 
jurado como heredero de Aragón el 22 de Septiem- 
bre de 1498, de Castilla el 12 de Enero, y de Portu- 
gal el 16 de Marzo de 1499: tuvimos, pues, un prin- 
cipe que, si hubiera vivido, habría reunido sobre 
sus sienes todas las coronas peninsulares. Por des- 
(ReiratomoraU dicha, murió antes de cumplir dos años. Para bus- 

car la alianza inglesa se enlazó la infanta Doña Ca- 
talina con Arturo, principe de Gales, y, á la muerte de ¿ste, con su hermano 
iLurique VIII. Finalmente, la alianza germánica se consiguió con los matrimo- 
nios del príorípe Don Juan con la princesa Margarita y de la infanta Doña Jua- 
na con el archiduque Felipe, hijos ambos del Emperador Maximiliano. Este úl- 
timo enlace fii¿ el único que se logró, y sólo él bastó para ligar sólidamente 
á España con el centro de Europa, haciendo que se reunieran en una per- 
sona la Monarquía española y el Imperio de Alemania. Es posible que sin este 
matrimonio no hubiéramos sufrido andando el tiempo muchos desastres; pero 
es segurísimo que sin él nuestra esplendorosa historia del siglo xvi, que 
desde el punto de vista de la grandeza política es lo mejor de nuestros ana- 
les, no se habria realizado. 

99. — <£l mayor acontecimiento que ha tenido lugar en el mundo des- 
>pués del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo es, sin disputa, e! descu- 
>brimiento de América. > Tiene harta razón el Sr. Brieva al decir que <si todas 
>las naciones del mundo juntasen todas sus empresas y hazañas y cuanto en 
ipro de hombres hicieran, todas ellas juntas no pudieran igualar á lo que 
>Colón hiio con el ayuda de España por la civilización universal; con lo 
>que la gloria de España, sin la cual nada fuera Colón, excede á toda glo- 
>ria que pueblo ninguno puede alcanzar. Y así, á los extraños y enemigos 
>y humillados de ayer que pregunten qué lugar tiene la gente española en 
>la Historia, se les puede contestar: el descubrimiento de América». Y sin 
embargo, este suceso magno y sin par, bastante, 6, mejor dicho, sobrado para 
la gloria de los Reyes Católicos en el cuadro político y militar de su reina- 
do, no fué más que un brillante episodio, y el único que no puede llamarse 
empresa nacional, sino particular de los Reyes y de un grupo de inielectuaUs 
que fueron los únicos que favorecieron á Colón dándole oídos y proporcionán- 
dole los medios para llevar á cabo su incomparable hazaña. El estudio de los 
documentos ha destruido la leyenda de la venta de las joyas por la Reina para 



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HISTORIA DB BSPAflA 351 

el equipo de la escuadra: sabemos positivamente que para estos apresto,s ade- 
lantó Luis de Santángel, escribano de raciones de Aragón, diez y siete mil 
florines; pero esto nada quita á la gloria de Uoúa Isabel, como proclamó el 
sabio poDtfñce León XIII en la encíclica con motivo del Centenario de Co- 
lón: (aquella piadosísima, varonil y excelsa mujer>, decía el Papa, íes la que 
>leyó mejor que nadie en la mente del preclaro varón». £1 descubrimiento 
tuvo un íxito de curiosidad inmenso, no sólo en España, sino en toda Europa; 
y si en aquel tiempo no habla periódicos que satisficieran y explotaran el 
interés del público, vivamente impresionable en todas partes, suplió en lo po- 
sible esta falta Pedro Mártir de Angleria con sus cartas latinas, que forman 
el Opus Episíolarum — periódico de HOticias, dice Menéndez Pelayo, dividido en 
812 números, — y en sus Decadts de Orbemyao, Pedro Mártir era un verdadero 
periodista nacido muclio antes de que hubiera periódicos, y como buen pe- 
riodista, sabia escoger para sus cartas to más ameno, pintoresco, divertido 
y raro que contaban los primeros que volvían del Nuevo Mundo. Lran devora- 
das aquellas epístolas con tal ansia, que el papa León X las lela de sobremesa 
á su sobrina y á los cardenales. En más elevada esfera que la de la mera cu- 
riosidad, el descubrimiento suscitó desde luego ardientes polémicas entre 
los teólc^s y moralistas acerca del derecho de conquista, de si los indios 
por ser idólatras y bárbaros, debían ser reducidos á esclavitud ó eran na- 
turalmente libres, etc.; y de estas polémicas nació la ciencia del Derecho na- 
tural, en cuyo estudio nos corresponde á los españoles la primacía. 

loo. — La desgraciada muerte de sus hijos, ó, como dice Bernáldez, dos 
•enojos é cuchillos de dolor de las muertes del príncipe Don Juan y de la 
•Reina de PortugaN, y más que nada la locura de Doña Juana, ensombrede- 
ron los últimos años de la Reina Católica, y, según todas las relaciones con- 
temporáneas, fueron causa determinante de la decadencia de su salud. El 7 de 
Octubre de 1504 escribía Pedro Mártir que la Reina se hallaba dominada por 
la fiebre. El 12 dictó su testamento, y el admirable cuadro de Rosales tiene 
todos los caracteres de autenticidad histórica por lo que resulta de los docu- 
mentos contemporáneos. El 23 de Noviembre dictó su codicilo, del cual se 
conserva como reliquia en la Biblioteca Nacional la ñrma, revelando la letra 
irregular y apenas legible cuan acabadas estaban ya sus fuerzas. Murió, en 
efecto, el 26 entre once y doce del dta. Momentos después escribía Mártir 
una de sus cartas, en que decía: 'La pluma se me cae de las manos, y mis 
• fuerzas desfallecen: no sé que haya habido en el mundo, ni en los tiempos 
«antiguos ni en los modernos, una heroína comparable á esta incomparable 
>mu¡er>. Se disputa sobre si el fallecimiento ocurrió en el castillo de la Mota 
de Medina del Campo ó en el palacio que tenían los Reyes en la Plaza Mayor 
de la misma villa. Amortajado con hábito franciscano fué llevado el cadáver 
de Medina del Campo á Granada, en medio de terribles aguaceros y tempesta- 
des y con numeroso acompañamiento. Por las noches se depositaba el cuerpo 
en las iglesias de los pueblos, enlutadas é iluminadas con cirios pintados de 
negro, y entre multitud de hombres y mujeres, todos enlutados y con cirios 
negros en las manos, que, conforme á la costumbre de la época, lanzaban 
lastimeros gritos y lloraban ruidosamente. Eran entonces de moda estas 
manifestaciones del dolor, y aun otras más extravagantes, como tirarse por el 
suelo, arrancarse los pelos de la barba y de la cabeza ó darse de cabezadas 
contra las paredes: ningún buen vasallo se creía dispensado de estos extre- 
mos, y el que no los hacía corría riesgo de ser tildado de insensible ó desafecto. 

Y en esta muerte de la Reina Católica hubo cierta mitigación en tan 
vanas exterioridades, porque la misma Reina prohibió en su testamento que 
vistiese nadie la jei^ de luto, á que antes la costumbre, y sí no los corregi- 



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35^ HISTORIA DE ESPAÑA 

dores, obligaban á vestir á todos. Esta mitigación pareció tan importante, que 
Zurita la consigna en sus Anales. Pero sí faltaba la jerga, abundaban los capu- 
ces, capirotes y lobas negras, que darían al cortejo y á los acompañantes del 
cadáver' en cada pueblo, si hoy los viéramos, el extraño aspecto de inmensas 
procesiones de fúnebres encapuchados. 

El cadáver de la reina Isabel entró en Granada por la misma puerta, 
por donde doce años antes habla entrado á caballo al frente de las ven- ' 
cedoras huestes cristianas, y al 
son de los clarines que tocaban 
la marcha todavía recordada por 
nuestros modernos regimientos de 
caballería. 

Sepultada en el convento de 
San Francisco, fué trasladada lue- 
go á la capilla real de la Catedral, 
donde, con su esposo Don Feman- 
do y sus hijos doña Juana y don 
Felipe, espera la hora de la resu- 
rrección de la carne. Su epitafio 
' es sencillo, pero aún lo seria más 
y más sublime el propuesto por 
el padre FIórez: Isabel la Católica. 
í (Qué más necesita este nombre 
para su encomio^ Ya lo dijo el sa- 
bio, /fisa laudahitur. 

101. — Heredaba la corona 
Doña Juana, casada con el archi- 
duque de Austria Don Fehpe, y 
residente con su marido en Flan- 
des (i). En vano escritores tan 
eruditos como el Sr. Rodríguez 
Villa han tratado de probar que 
Doña Ja.n. la Loc^. Doña Juana no fué realmente loca, 

sino amante y celosa en grado 
sumo: esta tesis sólo puede pasar en el hermoso drama de Tamayo Locura de 
áfMor, ya que al arte le están permitidas ésta y mayores licencias; en la esfera 
de los hechos los mismos documentos publicados por el docto bibliotecario 
de la Academia de la Historia en sus dos libros sobre Doña Juana, y los más 
recientes que han visto la luz en la correspondencia del embajador Fucnsa- 
lida (2), publicada por el señor duque de Alba, persuaden de que la infortu- 
nada princesa era un caso clínico de insania perfectamente caracterizado, á 
lo que no se opone que tuviera sus intervalos lúcidos, ni que entre sus ma- 
ntas, al lado de algunas repugnantes, no hubiese otras simpáticas, como la 
del amor, ni tampoco que la conducta casquivana de Don Felipe tuviera su 
parte en aquel lastimoso desarreglo mental. 

Á la muerte de la Reina Católica formáronse en la Nobleza tres parda- 

(1) En Flandei, y sobre todo tn Brujas, donde nació, Don Felipe «ra j es conocido con 
d apodo de Ftiipe ilot; slok sÍEnifica en flamenco caRa ó iaitin, y parece que Don Felipe 
asaba esta pienda frecuenlcinenle. Todavía hay en Bra|as la calle de Felipt htek 7 una cofra- 
día de ios Dolores fundada por el marido de Doña Juana. 

(i) «l'orreKpondencia de Gulierre GÓmei de Fuensalída, embajador en Alemania, 
uFlandes k Inglalerra (1496-1509), publicada por el da(]ae de Berwick y de Alba, conde de 
«Sirue!».— Madrid. 1907». 



D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAÍlA 353 

lidades: una, representada principalmente por el duque de Alba, donJFadn- 
que, que á toda costa y por cualquier titulo legal quería que Don Fernaudo 
siguiera tigiendo el reino á nombre de su hija; otra, cuya cabeza era don 
Juan Manuel, privado de Felipe El Hermoso, y al que se allegaron muchos 
aristócratas hartos de la rigurosa disciplina de Don Fernando y deseosos de 
recobrar su antigua licencia; y, por último, la del Cardenal Cisneros, el Almi- 
rante y el Condestable, más aficionados personalmente al suegro que al yer- 
no, pero escrupulosos guardadores de la ley y que, por tanto, no se propasaban 
á negar á Don Felipe la participación que, según la de Castilla, correspondía 
en el gobierno al marido de la Reí- " 
na. En cuanto al pueblo, fué en 
aquella cñ&\ifemandisia decidido. 
Como dice Macaulay, el pueblo es 
harto menos veleidoso en sus amo- 
res que soberanos y magnates: mu- 
chas veces pone su predilección 
en quien no la merece; pero gene- 
ralmente es constantísimo en ella. 
En esta ocasión temía la masa po- 
pular la prepotencia de la Noble- 
za, que veía claramente venir con 
Don Felipe, y desconfiaba de los 
flamencos, á los cuales suponía ra- 
paces y soberbios, y que sólo ape- 
tecían mangonear en Castilla para 
enriquecerse y volverse ricos á su 
tierra. La popularidad de Don Fer- 
nando resistió al acto suyo que 
menos grato podía ser á los caste- 
llanos (i): su casamiento con doña 
Germana de Foix, sobrina suya y 
de diez y nueve años. Los historia* 
dores franceses ponderan su her- 
mosura; pero los nuestros la retra- l'elipe 1 El Hirmeso 
tan asi; «Era poco hermosa, algo (Tomddo de ana pimuia en labia de la época.) 
■coja, muy amiga de holgarse y an- 
idar en banquetes, huertas, jardines y fiestas. Esta señora introdujo en Casii- 
>lta soberbias comidas, siendo los castellanos — y aun sus reyes — muy mode- 

• rados en esto. Pocos días se pasaban sin convidar ó sin ser convidada. La que 
>máE gastaba con ella en fiestas y banquetes era su mejor amiga. En el año 

• de 1511 le dieron en Burgos i;n banquete, en el cual sólo de rábanos se gas - 
■ taron mil maravedises* (2). 

Gobernó Don Fernando desde la muerte de Doña Isabel hasta Junio 
de 1505. El reinado de Don Felipe, oficialmente de un año y diez meses, 
duró menos de cinco meses en la realidad del gobierno. Acostumbrado á 
Flandes, donde los principes trataban á los señores como á compañeros, no 
hartándose de colmarlos de mercedes, hizo lo mismo en Castilla; pero aquí 



(i) LaTiiente (Modesto) afirma qu« efectivamente habo gr. 
legando tnatrímonjo de IJon Femando: jo no eocnentro docami 
en qac apoyar eita afirm^ciún. 

(3) Sandoval, Histeria de Caríot V. Esta historia no e* s 
nizada de Memorias f relaciones antiguas, li« más c 
obispo de Pamplona. 

Salceda, HISTORIA DE ESPaSa 



nlrfel 



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354 



la Nobleza do era popular como allí. La muerte del joven Monarca (25 de 
Septiembre de 1505) trajo la desdicha de un momento de anarquía feudal, 
pareciendo que había vuelto España al tiempo de Juan II y Enrique IV, y 
la dicha del segundo gobierno de Don Fernando, que duró desde 27 de 
Agosto 1506 hasta el 23 de Enero de 1516, que murió en Madrigalejo; re- 
gencia que fué digno remate de su reinado. Reprimió nuevamente á los gran- 
des, restableciendo la paz interior; influyó de un modo decisivo en la política 
europea; anexionó á Castilla la Navarra española {15 12), y mantuvo un ejér- 
cito y escuadra formidables en la costa de África: si se sufrió allí el desastre 
de los Gelves, famoso por haber muerto en él D. García de Toledo, primogé- 
nito de la Casa de Alba y padre del gran duque D. Fernando, conquisiáron- 
se por el conde Pedro Navarro las ciudades de Bugia y Trípoli, sometiéronse 
Argel, fónez y Tremecén, y el cardenal Cisneros llevó á cabo con las rentas 
de su Arzobispado y su dirección la hermosa empresa de la conquista de Oran. 

Por este tiempo vino á España de embajador de Florencia el célebre 
historiador y político Francisco Guicciardini. Hablando un día familiarmente 
con el Rey Católico, dijo á éste que en Europa nadie acertaba á explicarse 
cómo los españoles, que hasta entonces hablan hecho tan poco papel en el 
mundo, se habían convertido de súbito en la nación dominante, Y contestó 
Don Fernando: «Es que los españoles tienen muchas buenas cualidades para 
>la guerra y para la paz; pero necesitan estar bien gobernados» (i). ¡Admira- 
bilísimas palabras, expresivas de una ley histórica invariablel Otros pueblos 
podrán prosperar y engrandecerse á pesar de sus gobiernos, y aun contra 
ellos: en España el buen gobierno es condición indispensable de vida y pro- 
greso. Y como un buen gobierno es don raro y que pocas veces se alcanza, 
pocas veces hemos logrado también en nuestra larga historia épocas de vida 
nacional próspera y floreciente. 

Por el testamento de Don Fernando ejerció la regencia el cardenal Fran- 
cisco Jiménez de Cisneros, y hubo de ejercerla desde la muerte del Rey hasta 
el íi de Noviembre de 1517, que murió en Roa, en los momentos que llegaba 
Carlos V á tomar posesión de su trono. De familia noble, nacido en Torrela- 
gona (1437), con vocación sacerdotal desde la juventud, gran predicador en Si- 
güenza, sosteniendo con energía sus derechos á un beneñcio contra el arzo- 
bispo Carrillo, que le tuvo encerrado dos años en el castillo de Uceda, dio de 
mano á las luchas y ambiciones de la vida haciéndose fraile franciscano en el 
convento de Salceda, y asombrando allí á los religiosos más austeros con sus 
penitencias; por consejo del cardenal Mendoza le hizo Isabel la Católica su 
confesor y, venciendo su resistencia, arzobispo de Toledo en 1495. Con cargo 
tan principa! reformó las Ordenes religiosas por delegación pontificia, fundó 
la Universidad de Alcalá, hizo imprimir la Biblia políglota, costeó y dirigió 
la conquista de Oran, y en la política hizo sentir la influencia de su carácter 
elevado, purísimo, rígido, siempre amigo de la línea recta y de las determina- 
clones enérgicas y radicales. Como regente, continuó vigorosamente la políti- 
ca de Fernando el Católico teniendo en un puño á la Grandeza, tratando de 
crear una milicia ciudadana con carácter permanente, resistiendo con gloria 
á los franceses, anexionando oficial y definitivamente á Navarra y mantenien- 
do incólumes las prerrogativas de la Corona, aun contra los favoritos del jo- 
ven Carlos V. Indudablemente es leyenda que la carta de Carlos V invitán- 
dole á retirarse determinara su muerte: Cisneros tenia ya ochenta años, esta- 
ba muy trabajado y achacoso, y su carácter no era para morirse por carta más 
ó menos. Esto en el supuesto de que hubiera tal carta, lo que es dudoso. 

(i) Relación de Guicciardini (lomo VIII de los Libros ,le Antañé). 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



Chiinene» del l-tatKa (Brujas} (l). 



XV 

CARLOS V Y FELIPE II 

101. Carlos Vantei de vcDÍrl EipiSa. — 103. Caadro cronológico de sn reinado. — 101. C¿mo 
era Carloi V. — IOS. Cómo gobernaba. — 106. Su política. — UT. Direnidad de jaicioa 
sobre Felipe II. — IOS. Sucetoi prlnclpaleí de su reinado. — 109. Carácter y gobierno de 
Felipe 11. — ItO. U« Bellas Letras ; las Bellas Artes desde el dltimo tercio del siglo xv á 
ñaei del xvi. 

M>2. — Carlos V nació en Gante, día de San Matías {25 de Febrero 
de 1500), y fué bautizado el 7 de Marzo en la iglesia de San Juan, hoy cate- 
dral titulada de San Bavón (2), donde se conserva como reliquia histórica la 
pita bautismal. Investido con la dignidad y titulo de duque de Luxemburgo, 
crióse en Flandes bajo la guarda de su tía Mai^arita, viuda del principe 
D. Juan, y por preceptores y caballeros flamencos; de los primeros fueron 
los principales Adriano Florencio, decano de la Universidad de Lovaina, 



(I) Entre los machos recnerdoi que en los Países Bajos se encuentran de U domina- 
cidn de Espaila merece especial mención esta famosa chimenfa. En Biujas, en el sclual Palu- 
do de Justicia, que antiguamente peitenecía al magistrado del Franco, se encuentra esta msg- 
Dlfica chimenea, obra soDerbiadel arte del Renacimiento, única en su clase. Ocupa casi todo 
nn lienzo de pared de la sala en que está emplazada. Es de mármol negro en la pacte baja y de 
madera esculpida en la superior, y fué ejecutada en 1518 á 1529 por Gayot de Beaugrant en 
memoria de la batalla de Pavfa y del tratado de paz de las Damas, ücmado en Cambra i, por el 
cnal Francia habo de reconocer la Independencia de Flandes. La parte de madera pertenece al 
escoltor Gracets. según dibajoa del pintor Bloudeel, y la decoración consiste en eslaluas de 
tamaño natural: la del medio es Carlos V, teniendo á su derecha i sus abuelos palernos María 
de Borgoiia y Maximiliano de Austria, y á su izquierda i los abuelos mileinos Fernando de 
Aragón é Isabel de Castilla. Genios y escudos heráldicos completan la composición. YX friso 
de la chimenea lo constituyen cuatro admirables bajorrelieves representando escenas de la 
historia de la Casta Susana. 

(1) Kl obispado de Gante no fué erigido hasta 1559, y por Felipe II. Bautizó á Callos V 
el obispo de Toucnsi, á cuya jurisdicción pertenecía entonces Gante, asistido por trece píela' 
dos, entre ellos el de Málaga, único español. 



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356 HISTORIA DE ESPAÑA 

koMÓre no muy elocuemtt, mas m ¡a Facultad escolástica único ch i» tien^ (i), 
que le enseñó algo de latfo y procuró iniciarle en letras sagradas y prufanas, 
al paso que Guillernio de Croy, el otro preceptor, caballero de la más rancia 
y alta Nobleza de los Países Bajos, le inclinaba á los ejercicios caballerescos. 
Salió sabiendo hablar muy bien francés, italiano y alemán, anién de su nativa 
lengua flamenca, y el castellano muy mal, aunque ya de hombre remedió él 
perfectamente tal deficiencia. 

En 1515, por cesión de su abuela Maximiliano, entró Carlos en el go- 
bierno perpetuo de los Estados de Flandes. Tenía un hermano y cuatro her- 
manas: D. Fernando, nacido en 
Alcalá de Henares (1503) y criado 
en España, por lo que muchos es- 
pañoles lo preferían para regir es- 
tos reinos, causa, sin duda, de que 
Carlos lo hiciese Rey de romanos 
y su sucesor en el imperio, sien- 
do tronco de la actual Casa de 
Austria; doña María, que fué rei- 
na de Hungrfa; doña Leonor, de 
Portugal; doña Isabel, de Noruega 
y Dinamarca, y doña Isabel, que 
casó con el principe de Portugal. 
Y he aquí ahora el cuadro crono- 
It^ico de los principales sucesos 
de este reinado. 

103.— -4Aj 75/7.— Vino Car- 
los á España, desembarcando en 
Villaviciosa el 19 de Septiembre. 
Entrada en Valladolid, el 18 de No- 
viembre. Lo mal que hablaba yea- 
tendfa el castellano, el estar rodea- 
do de flamencosy el haber provisto 
el Arzobispado deToledo en el obis- 
po de Cambray , G uillermo de Croy, 
C»rloi I de España y V de Alemania sobrino de Mr. de Jeures, SU gran 

canciller, excitaron la animadver- 
sión pública contra el Rey, y especialmente contra los flamencos de su comitiva. 
i¡iS. — Cortes de Valladolid, Se distinguió el doctor Zumel, procurador 
de Burgos, por la energía tribunicia con que sostuvo que los flamencos no 
debían entrar en las Cortes y que no había que jurar al Rey hasta que jurara 
él las leyes del reino y las peticiones de los procuradores. Fueron éstas 74, 
siendo de notar las de »que no se diesen á extranjeros (es decir, á los no 
^castellanos) oficios, ni beneficios, ni dignidades, ni gobiernos, ni cartas de 
>naturaleza, y que si se habían dado, se revocasen (2]; que los oficios de la casa 



[O Sandoval. 

(1) Amenázalo» i este valeroio doctor hasta con la pena de muerte; pero t\, teme eo so 
derecho, dijo i los oficiales de U casa del Kej nat íl rthíe no Aabia dt permitir jtie Mr. áe yem- 
nty oíros cxlranjims tí líevasen ¡a manida qui había en el reino. Conviene aelverlir que esta 
oposicián española contra los flamencos fu£ luego, en sas niismoa términos, reproducida en 
Flandes contra loa espaSoles; y los flamencos aducían como precedente y fundamenlo de m 

teiistencia á que los españoles luviesrn allí c ''"" — '" — ' "" """ 

elloi. Espánlome, escribía Requesens i Pelip ~ 
sucedió iuani/o las Cemiini<iaiUi. 



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HISTORIA DE ESFARa 357 

>real fuesea para castellaoos ó españoles, excepto en 
•el género de porteros y aposentadores, donde con- 
>venfa hubiese de todos (i)¡ y que fuese servido Su 
> Alteza hablar castettan o, porque haciéndolo asf lo sa- 
>brfa más presto y podrían entenderle mejor sus va- 
•sallos y él á ellos». Á esto último contestó el Rey 
•que le piada y se esforzaría á hacerlo, particular- 
>meDte porque se lo suplicaba el reino; que ya lo ba- 
>bfa comenzado á hacer con ellos y con otros del rei- 
>no>. En otro orden de cosas son notables las peti- 
ciones de que no se permitiera la mendicidad, á no 
ser á cada pobre en el pueblo de su naturaleza; que 
los enfermo! contagiosos estén en una casa especial, 
y que < mandase plantar árboles en todo el reino don- 
>de se hallase aparejo, y los que había se guardasen 
>conforme á las Ordenanzas» Y no menos digno de 
mencionarse es el recelo que ya inspiraba la amortiza- 
ción de la propiedad inmueble: gne ninguno, pedían 
los procuradores, «pueda mandar bienes rafees á 

(ninguna iglesia, monasterio, hospital ni cofradías, '^'" ^^ ^^°* ^ 

■ni ellos lo puedan heredar ni comprar, porque si se cd m . 

•permitiese, en breve tiempo sería todo suyo» (2). 

75/9. — El 28 de Junio fué elegido Emperador en Francfort, siendo su 
competidor Francisco 1 de Francia. Estaba Carlos á la sazón en Barcelona, 
donde celebró (5 Uai^o) un capítulo de la Orden del Toisón — el primero 
que hubo en ^pafla, — y en que invistió de esta condecoración á varios 
grandes, no pudiendo hacerlo al conde de Benavente porque «no la quiso, 
• diciendo que él era muy castellano y que no se honraba con blasones ex- 
»tranjeros, pues los había tan buenos en él reino, y, á su estimación, mejo- 
»res* (3). Los catalanes resistieron porfiadamente jurar á Don Carlos, aun- 
que al fin lo hicieron, y <á Jeures pusieron en tanto aprieto, que ya deseaba 
» verse fuera de España» (4). £n la misma ciudad condal fué determinado que 
los reales despachos se encabezasen con esta fórmula: <Don Carlos, por la 
GRACIA DB Dios, Key db romanos, futuro Emperador, semper Augusto, y 
DOñA Juana, sü ma- 
dre, Y EL mismo Don 
Carlos, por la mis- 
ha GRACIA, Reyes 
DE Castilla, de 
León», etc. 

En este año hizo 
Hernán Cortés su 
maravillosa expedi- 
dón, desembarcan- 
do en Tierra Firme, 
ganando la batalla 
de Tabasco, ven- 
ciendo y convirtieii- 



(1) Petidón s-' 



de boj (siglo xvi). 

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HiSTOSU CrAfica db la Dviuzación Española Lámina L>0CXVI 



9 
KISTORU DEL TRA|E.- Traleí cItIIm r mllllwc* del slxlg XVI. 

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HISTORIA PE ESPAÑA 359 

do en aliados á los valientes tlascaltecas, y entrando en Méjico el 8 de No- 
viembre (i). 

1520. — Don Carlos atravesó Castilla y fué á Galicia, donde se embarcó 
en Coruña para recibir la Corona imperial. Las Cortes que se tuvieron en San- 
tiago y en Coiutta fueron agitadlsimas, y sobre los mismos temas que las de 
Valladoltd. Se pidió al Rey entre otras cosas <que cuando volviese á estos 

• reinos fuese servido 
>no traer consto ex- 
«tranjeros, flamencos, 
>franceses, ni de otra 

• nación para que tu- 

• viesen oficio alguno 

• que sea decalidad >... 

• Que no traiga gente 
»de guerra extranje- 
>ros, porque en el 

• reino hay gente be- 
•licosa y para con- 

• quistar otros reinos, 

• y porque no se pien- 
»se de él que por des- 

• conñanza de los na- 

• turales tiene guar- 
ida de extranjeros... 

• Que no se diesen á 
•extranjeros dignida- 

• des eclesiásticas .... 
«etcétera, etc.». Dejó 
Don Carlos por gober- 
nador á su maestro 
Ad ria n o, y cuan d o pa r- 
tió de Coruña (20 de 

Marzo) ya estaba re- t. j 1 > . j <- 1 v 

vuelto todo el reino. ^"^'^^ "P"'"'' **' ^"''" ^■ 

No cabe dentro 
de los limites de este libro la relación de las turbulencias movidas por las 
Comunidades. Baste apuntar que hoy poseemos la historia completa y do- 
cumentada de aquel agitadísimo período, escrita por el académico D. Ma- 
nuel Danvila y publicada en seis tomos del Memorial Histórico Español 
(XXXV y siguientes), y que cartas de la época, v. gr., las del salado doc- 
tor ViUalobos, reflejan con suma viveza el desconcierto que reinaba en 
Castilla, los continuos tumultos en las ciudades, los combates en los cam- 
pos y la más espantosa confusión de ideas, cosas y personas. Las relacio- 

(i) Lo Tnfi reciente j lo mil acabado desde el punto de vista militar sobre lax expedi- 
ciones j cminpaaas de Hernin Coit£s es et estudio del capitán eeneial D. Camilo de Fola- 
Tieja. con mapas y planos, obra del mismo ilustre general. Sobre Alvarado, uno de los mejor 



capitanes de Cottís, tenemos el discuiso de recepcidn en la Academia de la Historia de don 
Ángel de Altolaguirre. 

(EifÜcoíión di lo ¡amina LÁXXfi.) 

HISTORIA DEL TRAJE. — Tralca clvirea j mMItaret-del alglo XVI.- 1. Lansquenete, si- 
llo XW. - 2. Mujer de la clase media. - 3. Vizcaíno 6 cánlibro. - i. Vizcaína ó cintabra. - 5. Arnés ecuestre 



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36o 



HÍSTORIA PE ERPASA 



nes contemporáneas convienen en que D. Juan de Padilla era un mozo de 
gallarda presencia, fácil palabra, natural generoso, buenas intenciones y corto 
entendimiento. Parece que su mujer doña María de Pacheco, más lista que 
él y deseosa de figurar, le movía en aquellas andan- 
zas. En cambio, del obispo Acuña hace un retrato 
espeluznante el mismo Villalobos: su traje era una 
mezcla disonante y chocarrera de eclesiástico y gue* 
rrero, iba al frente de un escuadrón de clérigos tan 
desalmados como él, y distinguíase esta partida no 
sólo por la ferocidad, sino por las palabrotas que 
proferían. Muchos clérigos y religiosos, si no toma- 
ron las armas y se lanzaron al camiKi, predicaban 
en pro de la Comunidad. 
Se ve que el motivo inicial 
y único del levantamiento — 
que no diesen oñcios á ex- 
tranjeros, especialmente fla- 
mencos — era popularfsimo: 
todo el mundo querfa eso; 
pero luego notaron muchos, 
según acontece en todas las 
revoluciones, que el reme- 
dio era peor que la enferme- 
dad, y hubo en los espíritus 
una verdadera reacción con- 
tra los comuneros. ,, , ^ . 

En la primavera de este "•"'*° ^"'^ 

año fué acometido Cortés en 

Méjico por Panfilo de Narváez. Salió el conquistador 
de la ciudad, dejando á Pedro de Alvarado por cus- 
todio del palacio y persona de Motezuma. Derrotó á 
Narváez en Zempoala, y volvió con ambas huestes 
á Méjico, donde entró el 24 de Junio. Subleváronse 
los mejicanos, y Cortés tuvo que retirarse. La Mocke 
triste fué el 10 de Julio. Pocos dias después, la bata- 
lla de Otumba. 

El 23 de Octubre fué Don Carlos coronado em- 
BtandÚD de la Catedrtl perador en Aquisgrán. Empezaron las guerras con 

de Lein (siglo XVI). Francisco I. Generalmente «e atribuyen estas gue- 
Moseo Arqueológico. rras á la rivalidad personal de Carlos y Francisco, ó 
á la envidia del último respecto del Emperador: es 
una manera muy pobre de concebir la Historia. Francia, nación predominan- 
te en Europa, no podía consentir sin lucha verse bloqueada, ceñida y achica- 
da por el Imperio de Carlos V. Así, aunque Francisco fué quien atacó, real- 
mente lo que hizo fué defender la importancia de su Corona: hubiera sido 
muy mal rey de Francia si se hubiese conformado con la situación creada por 
la unión de Alemania, España, Flandes é Italia; es decir, por la posesión de 



(Exflicaiiéii di la lámina LXXXVH.) 

HISTORIA DEL TRAJE. -Tralca del Elgl» XVI. - 1. Don Pedro :Hen 
CondretaUf de CisIilU. Catedral de Bargos. ■ 2. Doña Menda de Mendoza, esposa 
tUndez de Velasco. CalcdraL de Burgos. - 3. Dan Qarc^ Fernández Manrique, Conde d 
de Burgos. - \. Dona luana Enrique;., Condesa de Osorna (igual procedencia). 



z de VelascD, 
3n Pedro Het- 
irno. Catedral 



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Historia Grífic* db l* Civiliíacióh EspaBola 



LÍMiKA LXXXVII 



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Historia Gráfica db la Civilización Española LÍhina LXXXVIlt 



Armat jr trofeos mllltareí de loi •Isloi XV j XVI. 

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HISTORIA DE ESPASa 363 

todas sus fronteras por uo solo soberano extranjero: debía luchar, y luchó. 
En cuanto á Carlos V, no iba á ceder graciosamente su grandeza hereditaria 
y electiva, preparada por gu abuelo Fernando el Católico: debía, pues, defen- 
derse, y se defendió. Los dos monarcas tenían, por tanto, razón desde su 
respectivo punto de vista, y fué aquél 
un conflicto, no entre dos soberanos 
rivales, sino entre naciones, sin otra 
salida posible que la lucha. 

1^21. — En Alemania presidió 
Carlos V la dieta de Worms; después 
se lamentó de haber respetado el 
salvoconducto concedido á Lutero. 
En España se dio la batalla de Villa- 
lar (23 de Abril). En América remató 
Cortés su portentosa conquista rin- 
diendo á Méjico después de un sitio 
denoventay tresdias,el 13 de Agos- 
to, fiesta de San Hipólito. 

1522. — Regresó Carlos á Espa- 
ña el 16 de Julio. 

1525. — Batalla de Pavía y pri- 
sión de Francisco I, el 25 de Febrero, 
cumpleaños del Emperador. A me- 
diados de Junio llegó á Barcelona el 
rey de Francia. 

Descubrimiento y conquista del 
Perú por Francisco Pizarro y Diego 
Almagro. 

1^20. — Concordia de Madrid con 
Francisco I (14 de Enero). — El 19 de 
Marzo pasó el rey de Francia la fron- 
tera en libertad. La emperatriz Isabel 
de Portugal, con quien se habla ca- 
sado el Emperador por poderes en 
Lisboa (Noviembre del año anterior), 
llegó á Sevilla el 11 de Marzo. Los 
Emperadores pasaron el verano en 
Granada, atojados en la Alhambra: allí creó Carlos V el Consejo de Estado, 
dispuso la construcción del palacio nuevo de la Alhambra, y sucedió un he- 
cho, sin duda insigniñcante desde el punto de vista político, pero importan- 
tísimo desde el literario: Andrea Navagero, embajador de Venecia, aconsejó 
á Juan Boscán, caballero catalán que había sido preceptor del heredero de la 

(Esflkadín de la lámina LXXXVÜl) 

Araaa j trofcoimlllUrcidllMalgtoBXVr XVI. - 1. Espada con Euarnfdón hispano-tnoris- 
ci dd siglo XV. — I. Braomarle &t aizdn del siglo xvi, — 3, Espada d( Hernin Conés. — 4. Monlanle de 
día nuaoi de Femando ef Católico. — 5. Vatagtin de MustiH, rey de Otln (de sobtenombre BíeoIíUds). - 
6¡r8. Trofeo de Lepinto. Alfanje y ceUd» de Ali Bají, muerto en Lepanto. — T, Ctichülo de lasque se usa- 
bas en el jiglo xvr para trinchar lu viindis en li» banquetes. —5. Daga de armas del siglo xvr. — 10, 11, 
II. 13 y 14. Trofeo militar. Manopla, hoja de estoque, daga de armas, escudo y borgoAota lomadas al rey 
rmtdsco i drFrinda mía batalla dr Pavía. -15 y Ubis. Maza» de armas, siglo .W. -Ib. Pedreñal de 
riKdaí ccn hacha de armas de Felipe 11. — 17. MaitillD de armas, mitad del siglo Wl. - IB. Hacha de ar- 



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364 HISTORIA DR ESPaAa 

Casa de Alba, después W^rn» DUfue, i hacer «en lengua castellana sonetos 
>y otras artes de trobar usadas por los buenos autores de Italia». Asf se in- 
trodujo en nuestra poesía la mamra italiana, en que Boscán hizo los pnmeros 
ensayos, y su amigo Garcilaso de la 
Vega llevó al mayor esplendor (i). 

iSzy- — El 21 de Mayo nació Fe^ 
lipe II en Valladolid. El bautismo fué 
á 5 de Junio, y estaban celebrándose 
las fiestas cuando llegó la noticia del 
asalto de Roma por el Duque de Bor- 
bón, saqueo de la Ciudad Eterna, pri- 
sión del Papa y muerte del Duque (2). 
El Emperador, que no habla dado ta 
orden de hacer estas cosas ni sabía de 
ellas, suspendió las fiestas y dispuso 
rogativas por la libertad del Papa. 

1520- — Paz de Cantbray con Fran- 
cisco I (5 de Agosto). El Emperador 
pasa á Italia, dejando á la Emperatriz 
por gobernadora de España. 

1530. — Coronación de Carlos en 
Bolonia (25 de Febrero, aniversario de 
su nacimiento y de la batalla de Pavía). 
Florencia, después de una larga guerra 
con el ejército imperial, pierde sus ins- 
tituciones republicanas y es converti- 
da en Ducado. El Emperador visita los 
Países Bajos y Alemania. Pide al Papa 
la celebración de un Concilio para re- 
solver la cuestión religiosa. 

/JJ2. — Solimán el Grande, sul- 
tán de Turquía, invade el reino de 
Hungría y el archiducado de Austria. 
Carlos V reúne un ejército de más de 
iDO.OOO hombres para resistirle; de Es- 
paña van casi todos los Grandes con 
Orfebrería o.p.fioU.-Crui procesio- numeroso séquito. Muchas Casas de la 
Dsl de plata, de esuio ReDscimieDlo. 1-^ • < . _, . ^ r 

(ligio XVI), Córdoba. Grandeza estaban arruinadas todavía 

el siglo XVII por efecto de los gastos 
hechos en esta jornada. Solimán se retiró ante el ejército imperial. 

75 J^.— Enrique VIH se declara jefe de la Iglesia anglicana, negando al Papa 
la obediencia. En Alemania el protestantismo toma cada vez mayor incremen- 
to; este año sucedieron los horrores anárquicos movidos por los anabaptistas. 
-'íí-í- — Vuelve á España el Emperador. 

1535. — Gloriosa expedición y conquista de Túnez, dirigida por Carlos V. 
i5j6. — Nueva guerra con Francisco I. El Emperador entra con un gran 
ejército por la Provenza, sitiando á Marsella; pero sin resultado. En esta jor- 
nada murieron Alfonso de Leiva y el gran poeta Garciiaso: irritado Caílos V 

(i) Sobre es(a re Tolación Ilterana,véase el prólogo At D. Antonio M.Fabií i 1 a tradnccIAii 
de Bl CarlisaHo (¿Uros de Aniañe. III], Juan Boscán. por Menfndei PelByo [AttI. XIII), jel Rc- 
aaaen falalOtioo-critlco de la Literatura Bipaflola. del aulor, publicado por la casa Calleja. 

(a) Víanse los libros de Rodrignei Villa: Jlalia dtsdi la batalla dt Pavía katla el lots 
di Rema. iSSj, y Memeriai para la Histeria ¡Ulatalley saqueo di Rema tn is>7- 



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HISTORIA DE ESPAÑA 365 

por la muerte del último, causada por unos paisanos que defendían una torre 
que atacó Garcilaso, hizo ahorcar á todos los defensores. ¡Qué atrocidadl 

¡SjS. — Treguas con el rey de Francia. Cortes de Toledo {i.* de No- 
viembre) presididas por el Emperador, y que son famosas por la resistencia 
que opusieron los grandes á conceder el servicio ó contribución que se les 
pedia. 'Quedó el Emperador con poco gusto (escribió Sandoval) y con pro- 
• pósito, que hasta hoy dta se ha guardado, de no hacer semejantes juntas de 
>gente tan poderosa en estos reinos.> En efecto^ de aqui en adelante las Cor- 
tes se redujeron á los procuradores de ciudades, 
causa principalísima de la decadencia del siitema 
representativo, pues en esta época de tan arraiga- 
das preocupaciones nobiliarias, cosa donde no esta- 
ba la Grandeza tenía muy poca importancia social. 

i£jg. — El I." de Mayo murió la Emperatriz, en 
Toledo, á los treinta y ocho años de edad. Dejó tres 
hijos: Felipe II, Doña María, que casó con el empe- 
rador Maximiliano, y Doña Juana, reina* de Portu- 
gal, madre del rey Don Sebastián. Al ser enterrada 
en Granada se abrió, según costumbre, el ataúd, y 
la vista del cadáver descompuesto impresionó de tal 
modo al Marqués de Lombay Don Francisco de 
Borja, que allí mismo resolvió dejar el mundo y 
consagrarse enteramente á Dios, pronunciando la 
célebre frase: no quiero mds se^or que pueda morir. 

En este año se amotinó la ciudad de Gante por 
creerse perjudicada en un reparto de contribución 

hecho por los Estados Generales de Flandes. Aun- Doña Isabel du Portugal. 
que la ciudad fué sometida por tropas enviadas de Copia del cetcato de u 
Alemania, el Emperador pidió salvoconducto á Eran- modelo a! Tidano pata 
dsco I para cruzar por Francia á los Países Bajos, pintar el qne se coDserva 
y Francisco lo recibió y agasajó magníficamente, «" "' Museo del Prado, 
acreditándose de Re/ caiailero en esta ocasión; Pa- 
rís demostró en el aparatoso recibimiento que hizo á Carlos V la pujanza y 
riqueza que ya tenía. Elstuvo Carlos siete días en la gran capital, «sin querer 
el Rey Cristianísima hacer el o&cio de rey, porque todo lo dejó al Empera- 
dor para que hiciese como si fuera rey de Francia» (i). En Gante los levan- 
tiscos burgueses fueron castigados con la dureza propia de aquel tiempo, en 
que se llamaba misericordia á contentarse con ahorcar á veintitantas ó más 
personas; y para tener sujeta á la opulenta ciudad hizo Carlos edificar una 
cindadela, que unas veces demolida y otras restaurada ha persistido hasta 
tiempos relativanoente muy próximos á los nuestros con el nombre de ciaíeatt 
des espagnols. Es antigua tradición gantesa, probablemente falsa, que el gran 
Duque de Alba, acompañante de Carlos V en la jornada de Gante, aconsejó 
al Emperador destruir la ciudad, y que Carlos respondió: combitH Jaudrtút il 
dt piattx d" Espagnt pour faite un Gant de cette grandeurf (2). 



(l) Sandoval. 

(3) fCuánlai pUUt át BifaSa unan ntcísariat para fabricar un Guante dt etta granatioí 
Tambiéa se enema que Carlos V estaba tan oigoUoso de la grandeía de su Gante, que decía: 
Mm Gant, París daHtíraii áídanj. Mi Ganlí. . , Parít iailario dentre. Finalmente, hasta 1794 
ediUá en Gante el singulu prívllegio ó monopolio de una numerosa lamilía 6 tribu que lor- 
■naba el gremio de matarifes 6 carniceros, i los que se llamaba loshijoi ái¡ Principe, j que, se- 
eln la tradición, se Tandaba en la gracia concedida por Carlos V i una hermosa carnicera, de 
la que tuvo un hijo, para qae los <&cei]dlentei de £sle tuvieran el monopolio de dicho oñcío. 



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Historia GrXfica db la Civilización Española L.{>itka LXXXIX 



HISTORIA DEL TRAI E. - Traje* del rigió XVI. 

D,g,t7cdb/COOgIC 



HISTORIA DB ESPASA 367 

Durante su estancia en Gante ef Emperador dictó un placarte contra 
los libros protestantes, que infestaban ya los Pafses Bajos. 

1^40. — El 27 de Septiembre aprobó el Papa el Instituto Je la Compa- 
ñía de Jesús (i). 

1541. — Desgraciada expi dición de Argel. Los temporales de Noviem- 
bre destruyeron la escuadra, y la lluvia, copiosa y fría, inundó el campamento. 
*En tan terrible apuro Carlos V, cubierto con una gran capa blanca, se pa- 
tseaba entre los caballeros españoles, y dirigiéndose á Dios repetía sin cesar: 
'¡fíat voluntas íual ¡fiat voluntas tua! A eso de las once y media de la noche 

• llamó á los pilotos, y les preguntó cuánto tiempo podían resistir aún las na- 
>ves et embate de la tempestad. Dos horas, respondieron. Volviéndose el 

• Emperador í los soldados, les dijo: TraHquüitaos, dentro de media hora se le- 
'vantardn todos los/railes y monjas de España d orar por nosotros. Y después 
•de mostrarse tan cristianamente confiado, se portó como resuelto capitán 
•disponiendo hábilmente la retirada* (2). 

i¡4Z. — Nueva guerra con Francisco I, el cual se alfa con el Gran Turco 
contra Carlos V. Barbarroja inverna con su escuadra en Marsella. £1 14 de 
Noviembre se casó en Salamanca el principe Don F'elipe con Doña María de 
Portugal. 

i§4J. — Paz de Crespy con Francia. 

^544~ — Primera campaña del Emperador en Alemania contra los prin- 
cipes protestantes confederados en Smakalda. El elector de Sajonia, el land- 
grave de Hesse y el duque de Wurtemberg levantaron un ejército de más 
de 80.000 hombres y poderosísima artillería en defensa de la Liga. Carlos V 
les opuso otro barto menos numeroso, compuesto de alemanes, italianos y 
flamencos; pero del cud eran nervio los infantes españoles, á la sazón en el 
apogeo de su disciplina y organización: un español, el gran duque de Alba, 
era el capitán general, ó, como ahora diríamos, el jefe de Estado Mayor, á las 
inmediatas órdenes del Emperador. El ejército de la Liga, batido en Ingol- 
stadt y otros puntos, tuvo al fin que dispersarse (3). El 30 de Marzo de este 
año murió en París Francisco I 

1547- — Segunda campaña de Alemania, en que el Emperador persiguió 
al de Sajonia en su tierra, pasó el Elba á caballo, yendo al frente de su van- 



(^ Mignet, Carlos Fifi Yuile. 

(3) De esta campana y la del año siguiente, quizl* las mái intetesanrcs, aunque no las 
má* vQlgarÍ2>das de nuestro siglo de oro militar, tenemos machas relaciones de testigos de 
Tüta: las espafiolis del capitin Pedro Salazar; D. Luís de ..vila ( Ceminlarios); el soldado 
Dieeo Ndñez de Alba (Dialogm di la vida dtl soldado), pnblicada en Liireí de Antaño, XII con 
erudito prólogo de Fabié), etc.; las alemanas de Sastrow (publicadas en Irancís, titttcha, iSSó); 
SIdden. Beoter, etc. En nueslia época el hoy general Marlin Arroí hs esciilo en sus Cam- 
pañai del Duqui de Alba una relación sencill» y meti^dica, muy propia para el estudio de los 
miUtarei. Tambiín hay ditos é ilustraciones muy apreciables en el Museo Militar, de Barado. 

(Eiplkacióu de la lámina LXXXiX) (I). 

HISTORIA DELTRA|e.-TriJ««delaltloXVI.-l.Muj 

"L Mujer plebeya. — 3. Mujer española. — 4. Mora bílica b granadina. 

6. Charra. 

is eaos trajes era un alemln ({ue en el siglo XVI vino á 
] no poder decir á qué ret!;¡án se refieren la mayoHa, pues 
iriim ííí. Nuremterg.- Hans Wfsgcl-l5TT. Del misnii) 



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¡6^ HISTORIA DE ESPAÑA 

guardia el duque de Alba tremolando el imperial esundarte de San Jorge, y 
ganó la batalla de MuUbcrg (24 Abril), que terminó con la prisión del Elector, 
quedando todo el Imperio sujeto á su voluntad. 

1^48. — Dueño de Alemania, Carlos V quiso acabar las cuestiones reli- 
giosas, y dio el ínterin, redactado por los obispos católicos y un pastor pro- 
testante: era una transacción provisional, hasta que se celebrara concilio 
entre las dos creencias, que, como es natural, no satis6zo á católicos ni á 
protestantes, y fué principio de la decadencia política del Emperador. En este 
año, sin embaído, no se advirtió: el Inttrin pareció surtir sus efectos, y el 
principe Don Felipe, ya viudo de María de Portugal y padre del príncipe Don 
Cario», hizo por Europa el viaje que escribió Calvete de la Estrella (i). 

1551 j/ ¡552. — Fué el año de las desgracias del Emperador. Enrique II, 
sucesor de Francisco I, se alió con todos los enemigos de Carlos: el Sultán, 
los protestantes de Alemania y los principados de Italia desafectos al Impe- 
rio y á España. Mientras sus generales atacaban la Lombardfa y los turcos 
la Hungría, él con un poderoso ejército entraba por Lorena y tomaba mu- 
chas ciudades, entre ellas Melz, que no habían de perder los franceses has- 
ta 1870: todavía el turista que recorre las Ardenaa encuentra en multitud 
de castillos y edificios derruidos huellas lejanas de aquella invasión francesa. 
Mauricio de Sajonia y el margrave Alberto de Brandenburgo, que hasta en- 
tonces habían sido los más fieles panídarios de Carlos V á pesar de profesar 
el protestantismo, revolviéronse de súbito contra el Emperador reclamando 
la libertad de conciencia. Cogió esta tempestad á Carlos sin dinero y sin sol- 
dados, y tuvo que huir. *Si esperase aquí — escribía á su hermano Fernando 
desde Inspnick {4 Abril 1552), — cualquier mañitna me cogerían en la cama*. 
Y si no cayó prisionero, es porque Mauricio áiio: ¡No tengo todavía jaula para 
guardar un pájara tan grande] Tuvo que resignarse y firmar el tratado de 
Fassau, por el cual los principes protestantes se separaron de Enrique II, 
consiguiendo en el orden poli tico- religioso lo que pretendían. Mauricio fué á 
contener á los turcos en Hungría, y el Emperador, al frente de un poderoso 
ejército, á recobrar á Metz. También fracasó en esta empresa, y entonces ex- 
clamó, quizás recordabdo un pasaje de El Príncipe, de Maquiavelo: ¡La fortu- 
na sólo es amiga dt los jóvenesl 

1553. — Todo el año guerreando con Enrique II, y con sucesos muy va- 
ríos, ninguno decisivo. Kl 30 de Junio escribió á su hijo una carta muy reser- 
vada, toda de su puño, mandando que <al lado del Monasterio de Yuste se 
>le fabricara una casa suficiente para poder vivir con la servidumbre y cria- 
>dos más indispensables en clase de persona particular». 

iSSi- — Concierta el Emperador el matrimonio de su hijo Don Felipe 
con María de Tudor, reina de Inglaterra, con el fin religioso de ayudar al 
restablecimiento de la Iglesia católica en las Islas Británicas y et político de 
la alianza inglesa contra Francia. Don Felipe acepta con rara docilidad el 
mandato de su padre, á pesar de que la novia era vieja y fea. £1 matrimonio 
se celebró en Westminster el 25 de Julio. 

yf_5'.— El 26 de Octubre renunció en su hijo los Estados de Flandes. 

1556. — El 16 de Enero renunció igualmente las coronas de Castilla y 
Aragón, y el 17 el Imperio en su hermano Fernando. A principios de Sep- 
tiembre salió de Flandes para España; el 28 llegó á Laredo. Encerróse en 
Yuste, donde vivió, no como un monje, sino como un gran señor retirado de 
los negocios y deseoso de ponerse bien con Dios, sin negar á sus hijos y á 



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HISTORIA DE ESPAÑA 369 

los reinos que habla regido el auxilio de sus consejos cuaodo se tos pedían. 
<A las doce de la madrugada del miércoles 21 de Septiembre de 1558 
>sintió el Emperador que sus fuerzas estaban agotadas y que iba á morir. To- 
tmándose él mismo el pulso, movió la cabeza como diciendo: Todo acabó. Pidió 
•entonces á los frailes que rezasen la letanía y oraciones de los agonizantes, 
>y á su mayordomo Quijada, que encendiese los cirios benditos. Hizo que el 
'arzobispo Carranza le diera el Crucifijo que había servido á la Emperatriz 
»en el supremo paso de la vida á la muerte, lo llevó á sus labios y lo estre- 
>chó dos veces contra su pecho. En seguida, teniendo en la diestra, soste- 
•nida por Quijada, el cirio bendito, y alargando la mano izquierda hacia^el 



MoDuterío de Yuile cd Plasencia (Ciceiei). 

iCrucifijo que le presentaba el Arzobispo, dijo: \EsU es el momento! Poco des- 
>pués pronunció todavía el nombre de Jesús, y expiró, exhalando dos ó tres 

• suspiros. Asi acabó, escribió Quijada, en su dolor y admiración, elmásprin- 
tcipal hombre que ha habido ni habrd fl). 

104. — Fué Carlos V de mediana estatura, bien formado, ágil y fuerte; 

• excedió á todos los hombres de á caballo de su tiempo, á la brida; y arma- 
ido parecía tan bien y era tan sufrido, que dijeron los ejércitos que por ha- 
>ber nacido rey perdieron en él el mejor caballo ligero de aquel siglo (2). 
De joven triunfó en todos los deportes caballerescos: romper lanzas, correr 
sortijas, jugar á la barra y rejonear toros. Su frente era espaciosa; sus ojos, 
vivos; todas sus facciones, regulares y gratas, menos la boca, pues de su bis- 
abuelo Carlos El Temerario habla heredado la mandíbula inferior saliente, 
que fué la característica de su descendencia: teniendo cerrada la boca no 
podía juntar los dientes, que eran además pocos y malos; y este defecto le 
dificultaba pronunciar bien las palabras y digerir regularmente los alimentos. 
Hombre de voluntad muy suya y de temperamento ardiente, !o mismo estaba 
á caballo días y noches que, cuando no tenia que hacer, se abandonaba al 
reposo más completo, sin levantarse del sillón más que para ir á la cama. 
Con la misma facilidad pasaba del más riguroso ayuno á la intemperancia en 



Salcedo, HISTORIA DE ESPAflA 



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370 HISTORIA DE ESPAÑA 

la mesa. De ordinario, y como buen flamenco del siglo xvi, era gtotoncfsimo, 
y á proporción bebedor; usaba aperitivos muy enérgicos, y pedía á sus cod- 
neros platos raros. Uno de sus mayordomos, el barón de Montfalconnet, le 
dijo un día; No sé ya cómo complacer d V. M.\ como mo sea haci¿ndoU preparar 
un plato de relojes. Aludía á la afición del Emperador por estos instrumentos 
que le construía Juanelo. Carlos V se rió mucho, porque era hombre que do 
temía estropear su majestad con las carcajadas; pero siguió pidiendo manja- 
res exquisitos. De otros placeres no hay que hablar. Los embajadores vene- 
cianos advierten de continuo á la Señoría (i) que í'. M. no tiene la voluntad 
suficientemente Moderada y que frecuenta en todas partes el trato de damas 
principales y también humildes. 

Engañaríase quien por estos trazos viera en (darlos V la figura de un 
Sardanápalo ó de un Heliogábalo. Eran rasgos de una voluntad virgen y de 
un temperamento exuberante: episodios siempre fugitivos, aunque repeti- 
dos, de una vida consagrada al tra- 
bajo, solían ir seguidos de fer\'0- 
rosos arrepentimientos, y el Em- 
perador se retiraba á un monaste- 
rio, donde asombraba á los frailes 
no probando en toda la Semana 
Santa sino pan y agua, y por su 
compunción religiosa. Lo frecueo- 
te era que el cuidado de los ne- 
gocios ó las fatigas de la guerra 
le apartasen durante laidísimas 
temporadas, no sólo de toda disi- 
pación, sino de las más ordinarias 
comodidades de la vida. 

105. — Fué Carlos un gran 
soldado y amante cual ninguno 
de esta profesión. Sabido es que 
una vez pasó lista como Carlos 
de Gante, soldado de la Compañia 
del señor Antonio de Leioa. Exce- 
lente ofícial, no podía tolerar la 
más mínima falta á la disciplina. En la muestra general ó alarde que se hizo 
en Barcelona ([4 Mayo 1535) antes de partir para Túnez ^el Emperador 
>puso en orden los caballeros; y como uno desconcertara el orden, enojado 
>puso las piernas al caballo rompiendo por medio del escuadrón, y llegando 
>al torpe, le hirió con la maza en la cabeza, y volviéndose al Duque de Alba, 
y á\]0': ¡No hay cosa más dificultosa que regir iien jr goiernar un escuadren! (2). 
En cuanto á sus cualidades de general, el gran Duque de Alba se ufanaba de 
haber aprendido en su escuela, y basta la historia de sus hechos para admi- 
rar la serie de campañas que dirigió personalmente, tanto en sus preparati- 
vos como en su ejecución. Prestaba siempre á las instituciones militares una 
atención preferentísima. En su época construyéronse muchas fortaleías por 
el sistema, entonces nuevo, de solidez sufíciente para resistir á la naciente 
artillería, que había hecho inútiles los castillos medievales; introdujéronse 
muchísimos cañones en España, y tuvo gran desarrollo el cuerpo encargado 

(i) Asi s« lltmabs U República 6 Eitido en lodu lu ciudades Italianu qae no tenUn 
foberano Jndivldnal. Antonomásicamcnia, la de Veneda. 
(a) SandoTaL 



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HISTORIA DE ESPAÑA 371 

de construirlos y proveerlos de pólvora y pelotas, como se llamaban á la sa- 
zón las balas; la infanterfa fué organizada en tercios — conjunto de varias 
banderas ó compañías, — mandadas por maestres de campo; y, en suma, nues- 
tra potencia militar, creada por los Reyes Católicos, fué perfeccionada por 
Carlos V, y de ahí no pasó: en el reinado de Felipe II se tiró con lo que el 
Emperador babfa dejado, y cuando la muerte arrebató los caudillos, maes- 
tres y capitanes formados en el anterior período, no hubo con quién susti- 
tuirlos y empezó la decadencia. 

No menos grande que como militar fué Carlos V como político. Si en 
su primer viaje á España no se hizo grato al pueblo por venir rodeado de fla- 
mencos y no hablar bien el castellano, se 
conoce que supo aprovechar aquella lec- 
ción, y de allí en adelante en todas partes 
fué querido. Cavalll — uno de los embaja- 
dores venecianos — observó que en Flan- 
des y Borgoña le estimaban por su llaneza 
de trato; en Italia, por la sagacidad y talen- 
to de que daba constantemente muestras, 
V en España, por su gravedad y el esplen- 
dor de su gloria. Era, pues, el suyo un 
temperamento verdaderamente imperial, ó 
sea apto para regir los más diversos pue- 
blos. Imperial era también su método de 
gobierno: ponía en cada uno de sus Estados 
un principe que lo gobernase: su hermano 
Fernando en Alemania; su hermana María 
en los Países Bajos; la Emperatriz y des- 
pués su hijo Felipe en España; y él se re- 
servaba sólo la dirección suprema de aque- 
lla vastísima máquina. Tenía para eso un 
gobierno que iba con él siempre, compues- 
to de tres cancillerías (alemana, española é 
italiana) y un Consejo de legistas de todos 
loí países que regía. Grevres ó Chiebres, 

tan impopular en España, fué su gran can- Felipe II. 

ciller hasta el año 1 529; lo reemplazó Gatti- 

nard, y después no quiso ya primer ministro, aunque el secretario Cobos 
y el guardasellos Granvela alcanzaron con él grande influencia. El hijo de 
Granvela, después célebre cardenal y uno de los hombres más hábiles del 
siglo XVI, presidía su Consejo de Estado. Estudiaba prolijamente los asun- 
tos, discutiendo largas horas con Granvela y escribiendo en un papel, como 
recomienda San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios, las razones en pro y 
en contra de cada solución pira pesarlas y confrontarlas; pero una vez que 
tomaba su partido, era irrevocable, y tan firme en ejecutar como había sido 
lento en resolver. 

106. — Es falso que Carlos V aspirase á la soberanía universal, por más 
que como emperador pudiese tener, según las ideas de la época y-)a detini- 
ción de tal dignidad, cierto fundamento para pretender una especie de su- 
premacía sobre todos los Estados cristianos. Examinando los documentos y 
no abandonándose á la fantasía, se ve muy claro que aquel príncipe tan ba- 
tallador tuvo por norte invariable de su política la paz de la Cristiandad y su 
unión para combatir á los turcos, á la sazón en el zenit de su poderío. Por su 
gusto, sólo hubiera sido rival y enemigo de Solimán el Grande. Cruzó por su 



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372 HISTORIA DE BSPAÜA 

mente la idea de ir al frente de todas las fuerzas vivas de la Cristiandad á 
buscarlo en Constan ti nopl a y echarlo de Europa. Pero para realizar este 
sueño magnfñco y romántico, de que habló varias veces, y muy en serio, 
con el duque de Alba, tropezó con dos dificultades insi^erables: una, el 
protestantismo, cuyo alcance no comprendió él bien hasta sus últimas días 
y cuando ya la revolución religiosa no tenia remedio en lo humano; otra, la 
oposición política de Francia, que no se avenía á re- 
presentar en el mundo el papel secundario, á que no 
estaba acostumbrada, y en que forzosamente hubiera 
caldo, á pesar de la generosidad de Carlos V, si deja 
á éste campar por sus respetos: el espíritu francés, y 
no envidias ó rivalidades personales, fué, por tanto, 
lo que movió á Francisco 1 y á Enrique 11 á oponerse 
con tan indomable brío á la pujanza del Emperador. 
La grandeza de la Casa de Austria tuvo, pues, cual 
todas las de este mundo, aun en el momento de su 
apogeo, los enemigos que hablan de acabarla: el pro- 
testanlisftio y Francia. 

107. — De pocos soberanos y reinados se ha es- 
crito tanto — quizás de ninguno — como de Felipe II. 
Los libros, los opúsculos, los discursos, las volumino- 
sas colecciones de documentos con prólogos, intro- 
D. In>n de Aastria. ducciones y notas, son bastantes para llenar una bue- 
Tomado de un retrato pin- na biblioteca. Y el interés por escudriñar y esclarecer 
tadoporMoio(i545-:57S]. gi carácter del monarca y los sucesos de su reinado 
parece aumentar siempre, lejos de decrecer con los 
años, y de continuo aparecen eruditos y escritores empeñados en la ímproba 
é inacabable tarea, mientras que la novela, la poesía y la dramática tampoco 
se hartan de presentar al público, más ó menos desfigurados, los retratos del 
Rey y de los principales personajes que se movieron en su tiempo. ¿Qué másf 
No es raro que la Prensa diaria trate en ligeros y apasionados artículos de 
los actos de Felipe II y de su gobierno, y aun que se susciten alguna vez 
polémicas sobre ellos, como si no hubiera pasado ya tanto tiempo desde que 
se realizaron. 

Esta copiosísima literatura sobre Felipe II obedece á tres tendencias 
críticas diversas: i." La enemiga del Rey Prudente, para la cual este mo- 
narca fué un sombrío tirano á lo Tiberio; en religión, fanático y á la vez hipó- 
crita; en política, duro y á la vez débil; en su vida privada, un libertino, co- 
barde, desconfiado y astuto, ávido de poder v riquezas, así como de satisfa- 
cer sus lúbricos caprichos sin reparar en medios, y teniendo la delación, el 
espionaje y el asesinato como instrumentos usuales de gobierno; mal amigo, 
mal esposo, mal padre: en suma, un hombre que á fuerza de maldades ya no 



(Exp!icari¿ 


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HisTORU Gkífica db la Civilización Espaüoia 



TrofeM de Lepanto. 



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374 HISTORIA DE ESPARA 



es hombre, sino monstruo, ó el Demonio del Mediodía, mote que le pusieron 
los protestantes del siglo xvt, y que conservan en su armario de invectivas 
los progresistas modernos. Los que siguen esta tendencia se surten de cuanto 
escribieron en vida de Felipe 11 sus enemigos religiosos ó políticos de Flan- 
des, Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, y aun de la misma España; muy es- 
pecialmente del maniñesto ó Apología de su conducta, que publicó el principe 
de Orange contra el edicto del Rey poniendo fuera de la ley y á precio su 
cabeza (i), y de los libros y opúsculos escritos por Antonio Pérez en su des- 
tierro (2). Tiene hoy esta tendencia sus más conocidos representantes en 
Forncron (3) y en el señor Ortega y Rubio (4). 2.' Diametralmente opuesta 
á la anterior es la que presenta á Felipe 11 como un santo cuya pureza de 
vida igualó á la rectitud de sus propósitos políticos, que no fueron otros sino 
la defensa de la fe católica y el bien y engrandecimiento de sus pueblos. 
De castiza cepa española, esta manera de ver á Felipe II arranca de las múl- 
tiples apologías escritas por nuestros antepasados de los siglos xvi y xvii, 
para todos los cuales era verdad inconcusa que Felipe II fué el mejor hombre, 
el mds prudente principe, el mds atinado seso, grande en todos los dotes dignos de 
su corona; finalmente, bimaventnrado monarca... Todas estas son expresiones 
de Quevedo. Algo se amortiguó este coro de unánimes alabanzas espaílolas 
con el advenimiento de la Casa de Borbón, á la cual no podían agradar los 
incondicionales panegíricos de los príncipes de la Casa de Austria; pero In 
tendencia furiosamente contraria á Felipe 11 no entró en nuestra patria hasta 
que volterianismo y enciclopedia sentaron en ella sus reales: entonces fué 
cuando Quintana soltó sus trompetazos contra El Escorial, llamándole 



y repitiendo en sonoros versos todas las diatribas contra el Rey Prudente 
que corrían por la Eutopa protestante y filosófica como axiomas de critica. 
Pero la tendencia apologética del famoso Rey no se ha extinguido en nuestra 
tierra: ahí están el señor Montaña (5), el señor Ciria (6) y otros escritores no 
menos panegiristas de Felipe II que los de nuestro siglo de oro. 3." Hay, 
finalmente, una tercera manera de estudiar y comprender á Felipe II, que 
es la inaugurada por el insigne Gachard (7) y seguida por eruditos meritfsimos, 
belgas, alemanes y espafloles, y que consiste en considerar al Rey Prudente á 
la luz de los documentos y en el cuadro general de su época, sin el prejuicio 
de que fuera santo ó fuera demonio. Y así mirado aquel Rey, resulta, si no 
el bienaventurado de sus devotos antiguos y modernos, un hombre que tuvo 

(1) EslB cílebre Apología, escrita, según Grocio, por Villitrs, ^ según L> Marre por 
Languet, viá U luz (Leyden, 15S1) en trances, flamenco y latín. No sabemos que se haja ira- 
dncido nanea al caslellano. 

(i) Las principales son: Pedasus ó rtlarUnfi, assy llamadas por mt auíloTf¡ leí relegrinas, 
Rtlaaeati de Antonio Péret, A/eriimot díl Libro de las RílacioKts, Carlas, Ble. 

(}) ¡ñstoria dt Felipe J¡, en francís; está traducida al castellano por D. Cecilio Na*acTO. 

(4> Cem/rendie de Historia de España. 

(5) Nueva lut y juieio verdadero sobre Felipe I!. Máslutde verdad hisiirica soirri Felipe II 
y su reinailn. Felipe líen rtladin can arles y a'lislai. Ftlipi II y la polilita exlerter. 

(6) .SflB/fl Tetísa y Felipe U. El Rey de Sania lereía y ti Rey de mis abuths. 

(7I Director general de los Archivos de {télgics, vino A España en 184^ comisionado 
por el (inbiemo belga para estudiar en Simancas los I J3 te[>ajos de documental alli editen- 
tes del reinado de Felipe II. v preparar sn monumental obra Correspendame de Philippi 11 
iiir les affairrs des P/iyi-Pas. El primer Tolomen en 1843, Ahora el Gobierno belga ha enviado 
í Simancas á Mr. Lonchnf, profesor de la Universidad libre deBmselas.paraconlinuaT I* obra 
de Gachard. Este dio i loz otras muchas igualmente documentadas, j en general de tanisimí 
critica, sobre el reinado de Felipe II. 



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HISTORIA DE ESPAÑA 575 

defectos y debilidades, pero que fué bueno y realmente grande por muchos 
conceptos y disculpable por otros. 

108. — El reinado de Felipe II es de los más largos de nuestra Historia. 
No contando más que desde la Techa de la abdicación de su padre, es decir, 
prescindiendo de los años que gobernó como principe, reinó cuarenta y dos 
años hasta su muerte, ocurrida el 13 de Septiembre de 1598. Y este periodo 
fué fecundo cual ninguno en magnos acontecimientos. 

Los principales podemos clasificarlos así: 

i.° Guerras exteriores de carácter exclusivamente político. Sólo sos- 
tuvo dos: la que heredó de su padre con Enrique 11 y Paulo IV. En las fron- 



teras de Francia y los Países Bajos se libraron, entre otras, la batalla de San 
Quintín (10 Agosto 155/), ganada por un ejército de españoles, italianos, 
flamencos, alemanes é ingleses mandado por el duque Filiberto de Saboya; 
y la de Gravelínas (13 Julio 1558), ganada por un ejército mandado por el 
flamenco Conde de Egmont. En Italia, el gran duque de Alba defendió ga- 
llardamente el reino de Ñapóles contra el duque de Guisa, y obligó á Pau- 
lo IV á separarse de la alianza francesa. La guerra con Francia se terminó 
por la paz de Chateau-Cambresis (2 Abril 1559), en virtud de !a cual devol- 
viéronse recíprocamente las conquistas hechas por ambas naciones, y Feli- 
pe II, ya viudo de María Tudor, casó con Isabel de Valois, hija de Enrique II, 
La otra guerra política fué la de anexión de Portugal: muerto el rey Don 
Sebastián en el desastre de Alcazarquibir, y su sucesor el cardenal Enrique, 
según las leyca portuguesas Felipe II heredaba la corona. La Nobleza, el 
alto clero, y hasta los que podían creerse con algún derecho eventual al trono, 
apoyaron á nuestro rey. El pueblo sentía prevenciones anticastelJanistas, y 
fundado en ellas, el prior de Ocrato, hijo natural del cardenal Enrique, se 



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376 HISTORIA DE ESPAÑA 

hizo proclamar rey. Mandó Felipe un ejército á las órdenes del gran duque 
de Alba, el cual derrotó á los parciales del de Ocrato junto á Lisboa (25 de 
Agosto de 1580). El 11 de Septiembre del mismo año fué jurado Felipe II 
rey de Portugal, completándose asi, aunque por breve tiempo y á regaña- 
dientes de muchos portugueses, la obra de la unidad peninsular, en que ha- 
bían trabajado reyes insignes de Portugal, como Alfonso V y Don Manuel. 
2." Guerras con turcos y moros. Lejos de haber decaldo en este rei- 
nado la potencia de los turcos, parecía haberse acrecentado. Su poderosisima 
escuadra se dejaba ver todos los veranos en las costas de Italia, y un enjam- 
bre de corsarios ó piratas infestaba de continuo el Mediterráneo, Felipe II 
cumplió perfectamente su misión de rey católico manteniendo constante 
guerra con aquellos enemigos implacables de la sociedad cristiana. Los suce- 
sos más sonados de esta guerra continua fueron: el 
socorro de Malta (i 565), dirigido por D, Garda de 
Toledo, marqués de Villafranca; la batalla de Le- 
panto (7 Octubre I5;i), la mds alta ocasión qH4 
vUroH las siglos, según dijo Cervantes, ganada por 
la armada de la Santa Liga (España, Venecia y Es- 
tados Pontificios), que dirigió D.Juan de Austria; 
por último, la conquista de Túnez por el mismo don 
Juan (Octubre de 1573). Secuela de estas guerras 
contra los turcos puede ser considerada la rebelión 
de los moriscos de las Alpujarras, que empezó en 
el verano de 1568 y duró hasta Marzo de 1571. 

3.° Guerras politico-religiosas. Fueron indu- 
dablemente las más importantes del reinado y las 
tjue le dan su carácter histórico. 
El gran duque de Alba, Empezaron por las turbulencias de Flandes. En 

Don Fernando Alrareí estOs Estados, que Comprendían, no sólo los actúa 
de Toledo (1508-1582). les reinos de Bélgica y Holanda, sino toda la parte 
de Francia que se llama hoy genéricamente Plandes 
francesa, y además el Gran Ducado de Luxemburgo, suscitóse una triple cues- 
tión; cuestión política, cuestión religiosa y cuestión político-religiosa. La pri- 
mera era enteramente igual á la que se había suscitado en Castilla al adveni- 
miento de Carlos V; así como los castellanos, desconfiando de Carlos por ser 
flamenco, reclamaban enérgicamente que los oficios y dignidades no se diesea 
á extranjeros, es decir, á flamencos, y que no vinieran á Castilla tropas de 
aquel pais, ahora los flamencos, desconfiando de Felipe II por ser español, ha- 
cían las mismas reclamaciones contra los españoles. La segunda cuestión, ó 
religiosa, consistía en que muchos flamencos se hicieron protestantes y re- 
clamaban libertad para el ejercicio de su culto. La tercera, por último, que 
hemos calificado de político-religiosa, estribaba en el modo cómo habían de 
ser perseguidos por el Poder civil estos protestantes. Es de todo punto falso 
que Felipe II tratara de introducir en los Países Bajos la Inquisición española: 
lo que pretendía es que se aplicaran allí rigurosamente \osplacartes ó decretos 
dados por Carlos V, y según los cuales los herejes debían ser castigados con 
pena de muerte: á esto se oponían los flamencos, ya porque el ardor de su 
odio á la herejía no fuera como el de los españoles de aquel tiempo, ya por 
razones de conveniencia económica, pues basada la prosperidad de su tierra 
en la industria y el comercio, temían espantar á los alemanes é ingleses pro- 
testantes con tales castigos, ya porque, recelosos del rey español, no que- 
rían darle mayor poderío político con el pretexto de la persecución religiosa. 
£1 hecho es que se produjo allí esa espantosa confusión de ideas, opiniones, 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAÑA m 

descoañanzas y recelos que suele preceder á todas las verdaderas revolucio- 
nes, y que se acrecentó con algunas medidas del Gobierno, en si buenas, ver- 
bigracia, el arreglo de los obispados, dispuesto por Carlos V y que puso en 
ejecución Felipe 11, cuando ya los espíritus estaban agitadlsimos: los ecle- 
siásticos, asi seculares como regulares, que con dicho arreglo salían perjudi- 
cados en suí intereses, aumentaron el descontenta general. Por último, si en 
España al moverse las Comunidades los elementos y factores de revuelta 
no encontraron mejor cabeza que un gallardo héroe de parada como Juan de 
Padilla, en Flandes hallaron por jefe á uno de los más profundos y astutos 
políticos de aquel siglo: tal fué Guillermo de Nassau, principe de Orange, 
hombre que en una época en que las cuestiones religiosas preocupaban á 
todos los espíritus era escéptico, pues lo mismo le 
importaba ser católico que protestante. Mal capitán, 
y hasta mediano soldado, pero con todas las dotes y 
cualidades políticas para dirigir una revolución en 
su provecho moviendo á los hombres y á los partidos 
como le convenía para el logro de propósitos lar- 
gamente meditados, y de los que sólo iba descu- 
briendo lo que era útil en cada momento, este sin- 
gular personaje concibió el pensamiento de alzar- 
se con los Países Bajos, que por su población y ri- 
queza constituían una excelente base de poderosa 
monarquía. No lo consiguió por no poder avenir á 
católicos y protestantes; pero sí fundar la repúbli- 
ca protestante de las Provincias Unidas, que fué 
tan gran potencia marítima, y demostrar al mundo 
que el Imperio español, tan vasto y extendido por 
el orbe, no tenía en cada uno de sus puntos una Alejandro Fírnesio, 
fuerza intensa proporcionada á su enorme extensión. ilustre caudillo 

Era gobernadora de los Paises Bajos madama (iS45-'59>)- 

Margarita, duquesa de Parma, hija natural de Car- 
io» V, y su primer ministro el cardenal Granvela. Dirigida por el príncipe de 
Orange, la Nobleza empezó por una oposición legal contra el Cardenal. Fe- 
lipe 11 accedió á que se retirase (15G4); pero, como es natural, semejante con- 
cesión no resolvió nada. Después de mil peripecias, en 1566 los protestantes 
se levantaron en muchas ciudades, y entrando tumultuosamente en los tem- 
plos, rompieron las imágenes y cometieron todo linaje de excesos. Los nobles 
ayudaron á la Gobernadora á restablecer el orden; pero en España resonaron 
lúgubremente aquellos sucesos; hiciéronse funciones de desagravios en las 
iglesias por los sacrilegios perpetrados en Flandes, se predicaron sermones 
terribles contra los herejes, y, poco enterada la gente de la complejidad de 
los asuntos que se ventilaban en los Países Bajos, no vio en lo sucedido sino 
una conjuración contra la Iglesia y contra España, en que entraban todos los 
flamencos y de la cual era cómplice el mismo Gobierno de Margarita. Resol- 
vió el Rey enviar allá al gran duque de Alba con un ejército, aunque no 
habla enemigos en armas, para investigar las causas de los disturbios, te- 
ner efectivamente sometido el país, aplicar con rigor los placarUs y, en suma, 
ser soberano de los Países Bajos como lo era de España: sin oposición. El 
Duque llegó (IZ Agosto 1567I á Bruselas con su ejército, y, conforme á las 
instrucciones recibidas, gobernó autoritariamente; detuvo á los Condes de 
Egmont y de Horn, jefes de la Nobleza, y los hizo degollar (5 Junio 1568), así 
como á muchísimos otros comprometidos en los disturbios ó simplemente en 
la oposición. £1 barón de Montigny, hermano del de Horn, detenido en Es- 



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378 BISTOdlA DE E&PAÑA 

paña, fué ejecutado en el Alcázar de Segovia. £1 
terror reinó en los Países Bajos. Naáit se atreve d 
rechistar, escribía Albornoz, secretario del duque 
de Alba, por temor de que se le tome por crwten Usa 
majestatis. Un tribunal especial, llamado Consejo de 
¡as turbulencias, y que la Historia conoce por el tri- 
iunal de ¡a sangre, fallaba los procesos, y los ca- 
dalsos estaban siempre levantados y funcionando. 
£i nombre del duque de Alea, ha escrito en nues- 
tros dfas el general belga Guillaume, «sólo evoca 
»hoy el implacable rigor de su gobierno: parece 
•que la sangre vertida por sus órdenes ha borrado 
líos títulos que su gloriosa carrera militar debía 
• darle al respeto y admiración de la posteridad. 
•Todo el mundo sabe que por su mandato roda- 
Doña Isabel a.r.En«- ^ j cabezas sobre los cadalsos; pero muy 

DIB, eobemadora de los , , , , ^ ' '^ { 

Países Bajos (de Un re- •pocos recuerdan que fué aquel Duque el mas hábil, 
trato pintado por Ru- lilustre y afortunado capitán de su siglos (i). 

bens, en 1615). pero jg nada sirvió tan extraordinario vigor. 

ürange escapó á Alemania, y allí oi^anizó ejércitos 
para invadir los Países Bajos. Los protestantes flamencos emigraron á In- 
glaterra, y los más audaces se dedicaron á la piratería. La guerra fué in- 
acabable y terrible. Si por tierra triunfaban nuestros tercios, en el mar y 
en los ríos y canales la victoria era de loi gueux (mendigos). Y á la postre 
sucedió que el dueño del mar lo fué también de la tierra. El duque de 
Alba tuvo que dejar á Flandes (18 Diciembre 1573) con el condado de 
Holanda ya constituido en República independiente. Requesens, que le su- 
cedió y gobernó de 1574 á 1576, perdió la Zelanda. Don Juan de Austria 
(1576 á 1578) quedó reducido á la provincia de Luxemburgo. Alejandro 
Farnesio consiguió con hábil política atraerse á los católicos, y por la fuer- 
za de las armas reconquistar todo lo que hoy es Bélgica y algo del actual 
reino de Holanda; pero el condado de este nombre y la Zelanda no fueron 
nunca sometidos, aunque Guillermo de Orange fuese asesinado en Delf por 
un fanático. Desde entonces los Países Bajos quedaron divididos en los dos 
Estados que aún subsisten: el católico del Mediodía y el protestante del Norte. 
Fué causa de que Farnesio no redujese también el Norte la complicación 
de aquella guerra con las civiles de Francia y con la intervención en Inglate- 
rra; es decir, con la lucha general contra el protes- 
tantismo europeo. Dividida Francia entre católicos 
y protestantes, Felipe II fué el protector de los pri- 
meros, y el ejército de Farnesio dejó muchas veces 
la empresa de Flandes para pelear á orillas del Sena. 
Isabel de Inglaterra, la sucesora de María Tudor, 
no sólo restauró en las Islas Británicas el protes- 
tantismo y persiguió cruelmente á los católicos, sino 
que se hizo cabeza de las naciones protestantes, y, 
por tanto, la enemiga por antonomasia de Felipe II. 
Soñó éste con sentar en e! trono de Francia á una de 
sus hijas y con invadir á Inglaterra y establecer alU 
la religión católica; fracasó en uno y otro intento: 
Enrique IV, rey legitimo de Francia, y al cual se 

aecrelario de Felipe 11. 

(I) Prólogo á la'dlüina traducción francesa de Mendoza. {15J4-1611). 



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HISTORIA DE ESPAÑA 



379 



Santa Teresa de Jesi 
(■5i5-'58a. 
«También acaeció le» 



(aba dentro del c 
frarjuan de la Misen 
nn día le manda qae la 

biese qaieta j se deiasc 



cho porque 
milde, y no sinuo 
deseomodidad y 
con que Tray Juan 
taba (qae la hacia 



Oponían los católicos por ser protestante, se convir- 
tió, y con eso fué destruida la Liga Católica y Fe- 
lipe II quedó fuera de juego en la política francesa. 
En cuanto á Inglaterra, la armada invencible pereció 
por los temporales y por la superioridad naval de 
ingleses y holandeses; tuvimos á estos enemigos en 
Cádiz y en Lisboa, y cortándonos el camino de Amé- 
rica. La paz de Vervins (8 Febrero 1 598) entre Fran- 
cia y España fué harto menos favorable que la de 
Chateau Cambresis, y, según muchos historiadores, 
marca el principio de nuestra decadencia. Desespe- 
rado de poder arreglar la cuestión de Flandes, ab- 
dicó la soberanía de los Países Bajos en su hija Isa- 
bel Clara Eugenia, casándola con el archiduque Al- 
berto,, y constituyendo á estos Principes en una es- 
pecie de gobernadores perpetuos y hereditarios bajo 
la dependencia ó protección de la Corona de Es- 
paña. 

Los sucesos interiores de un reinado tan largo, 
aunque no correspondieron en importancia á los 
exteriores, no dejaron de ser sonados. Los que 
más, fueron: la implacable persecución inquisitorial 
contra los protestantes, de los cuales fueron descu- 
biertos dos focos de propaganda, uno en Valladolid 
y otro en Sevilla, Por sospechas de protestantismo 
se formó proceso al arzobispo de Toledo fray Barto- 
lomé de Carranza. La reforma, fundación ó introduc- 
ción en España de varios institutos religiosos, tales 
como los jesuítas, que en este tiempo se difundieron 
por toda la Península y por las inmensas posesiones 
ultramarinas de Portugal y de España; los hospitala- 
rios de San Juan de Dios; los franciscanos Descalzos 
6 de San Pedro de Alcántara, y sobre todo la refor- 
ma del Carmelo, iniciada y dirigida por Santa Teresa 
de Jesús; la reclusión y causa que empezó á formar- 
se al principe Don Carlos, primogénito del Rey, que 
era un joven degenerado con propensiones á la tira- 
nta más brutal, de quien los enemigos de Felipe II 
han querido hacer un héroe 
novelesco enteramente con- 
trario á la realidad; y, final- 
mente, el proceso de Anto- 
nio Pérez y sus consecuencias políticas. Pérez, se- 
cretario del Rey, hizo matar por unos bravos asala- 
riados á Juan de Escobedo, secretario de Don Juan 
de Austria: se defendió alegando que el Rey le habla 
dado el encargo de hacer aquella muerte para librar- 
se de Escobedo, que aconsejaba mal á Don Juan de 
Austria. El hecho, á pesar de haberse escrito tanto 
de él, y por eruditos de la talla de Mignet y de Hume, 
no está todavía suficientemente esclarecido; lo que 
Joan de Ejcobedo "" admite duda es que Pérez era hombre de tanto ta- 

(t«n 157S). lento como maldad; huyó de Madrid y se acogió al 



mnjr hu- 



mando; y al cabo la retrató 
mal, porque aunque «ra 
pintor, no era muy primo, 

yasí decía la madreteresa 
con mucha gracia: «Dios 
Ete lo perdone, fa'ay Juan, 
oque ya que me pintaste, 
nme has pintado ffayla- 
nganosa.B Y éste es el re- 
trato que agora tenemos 
de Ja Madre, que bubüra- 
me holgado hubiera sido 
más al vivo, porque tenía 



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380 HISTORIA DE ESPAÑA 



Justicia de Aragón, comprometiendo á los aragoneses en su defensa. Un 
ejército mandado por D. Alonso de Vainas entró en Zaragoza, y el joven 
justicia D. Juan de Lanuza pereció en el cadalso, mientras que Pérez, apro- 
vechando los disturbios, ganaba la frontera de Francia, y se convertía en 
agente de Enrique IV y de la Corte de Inglaterra contra España, revelando 
á los extranjeros todas las flaquezas de nuestra Monarquía y difamando á 
Felipe U ante ia posteridad con sus escritos, á los cuales no cabe negar in- 
genio ni mala intención. 

109. — Difícil es trazar una semblanza moral de Felipe II. Desde niño 
fué celosísimo de su dignidad. Como entrara un día en su cámara el carde- 
nal Tavera en ocasión que estaban vistiéndole, y le dijera su ayo que man- 
dara cubrirse al Cardenal, tomó su gorra, se la puso, y 
dijo: Ahora podéis poneros el éonete. Cardenal. Hablante 
educado el doctor Silíceo, que fué luego arzobispo de 
Toledo, y D. Juan de Zúñiga. Era listo para el estu- 
dio: sabía el latin y el francés, la GeograHa, la Histo- 
ria y las Matemáticas, siendo muy añcionado al arte 
de construir, y en general á todas las Bellas Artes, 
hasta el punto de que no sólo intervenía con sus 
arquitectos en la construcción de El Escorial, sino 
que se dice que hizo el plano de algún edificio. Se 
refieren algunas anécdotas de su niñez que revelan 
más timidez que valor. Dócilísimo á los mandatos de 
su padre, si en el primer viaje por Europa se hizo 
poco grato á los pueblos del Norte por su gravedad 
castellana, en el segundo, siguiendo los consejos de 
Carlos V, se ganó las voluntades de los alemanes por 
su franqueza en los banquetes, aunque hablándoles en 
latin por no poseer la lengua germánica. Sin embargo, de ordinario era grave, 
aunque benévolo con los que le hablaban, oyendo con suma atención y res- 
pondiendo con palabras muy estudiadas y pocas, acompañadas de una ligera 
sonrisa. Solía hablar tan bajo, que Fourquevaulx, embajador de Francia, no le 
entendió nada en la primera audiencia. Era de mediana estatura, ó, según al- 
gunos embajadores venecianos, más bien bajo, manteniéndose siempre muy 
derecho; ancha su frente, los ojos vivos y azules, las facciones regulares, con la 
mandíbula saliente característica de los Austrias, el pelo rubio; tenía un aire 
majestuoso, sobre todo en los actos públicos, que realzaba con la elegante 
sencillez de su (raje de seda negro sin nada de i:lata ni de oro. Aunque se con- 
servan de él magnificas armaduras, nunca fué soldado, ni siquiera gustó de 
los torneos: su único hecho de armas fué llegar á la batalla de San Quintín 
cuando ya estaba concluida. En cambio, no ha habido rey que se haya apli- 
cado como éste al despacho de los negocios; leía por sí mismo los papeles 
que le presentaban sus secretarios, los dictámenes y consultas de sus con- 
sejeros, y todo In anotaba marginalmente. Había tomado de su padre la cos- 
tumbre de deliberar maduramente las cosas antes de tomar una resolución; 
pero, exagerándola, difería á veces meses y años los acuerdos. No tuvo nunca 
primer ministro, y le agradaba que sus consejeros sostuvieran opiniones en- 
contradas para conocer de este modo el pro y el contra de cada negocio. 
Durante muchos años el duque Alba y el principe de Eboli sostuvieron sis- 
temáticamente en su Consejo sistemas contrarios de gobernar; el Duque el 
de la energía, y el Príncipe el de las negociaciones, y el Rey oía á uno y á 
otro, tomando en ca^a caso el partido que le parecía mejor. Durante el man- 
do del duque de Alba en Flandes el Rey recibía constantemente cartas de 



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HISTORIA. DE ESPAÑA 381 

Gran vela, á la sazón virrey de Nápotes, y de Zúüiga, embajador en Roma, crí- 
ticaado, á veces acerbamente, todo lo que hacía el Duque en Flandes. Jamás 
descubrió á ningún consejero lo que despachaba con otro, ni les manifestó 
el menor disgusto por la libertad de sus informes: lo que le incomodaba 
era que faltasen en lo más mlaimo á la sinceridad en la exposición de los 
hechos. 

No se puede desconocer la sinceridad y el fervor de Felipe II en sus 
creencias religiosas, ai lo profundamente convencido que estaba de que tenia 
CD este mundo la misión providencial de sostener la 
causa católica contra el protestantismo: el mismo 
San Pin V se lo aseguraba, diciendo al cardenal 
Granvela que era él la sola coliMnna y fundamento de 
la ráigión. Esta convicción suya, y no deseo de do- 
minación universal, ni aun de en&ancharsu patrimo- 
nio heredirario, fué el móvil de toda su política, de 
su implacable rigor con los protestantes españoles y 
flamencos, de su severidad en los Países Bajos, de 
su intervención en Francia, de sus tentativas contra 
Inglaterra. Concebíase él como el brazo armado de 
la Iglesia católica ó como rey David del pueblo es- 
cogido de la Nueva Alianza para reprimir á los ca- 
naneos y demás enemigos de Dios. Esta base funda- 
mental de su conducta no quiere decir que se dejase 
gobernar por los eclesiásticas: lejos de eso, sostuvo 
con las armas sus derechos temporales en Italia con- r, n- .. j 

_,,,,, ri II- ir ji I'on Diego Hurtado 

tra Paulo IV, y fué celosísimo defensor de las rega- ¿^ Mendosa, 

lías de la corona en lo referente á presentación de Tomado de nn gr«b«do en 
obispos y regatm exequátur, si bien admitiendo siem- cobre del siglo xvín, hecho 
pre que las disfrutaba por concesión de los romanos P'",^Vj^ según un letra- 
t, ^- 1 L ■ i_ . j u 1 to al óleo de familia. 

PontIfices,y no por derecho mheren te a SU soberanía. (1503-1575)- 

Tampoco contradicen la sinceridad de sus creen- 
cias las flaquezas de la carne en que incurrió, ni actos como la muerte del 
príncipe de Orange, en que obró creyendo equivocadamente que alcanzaban 
á eso sus prerrogativas de soberano. 

En conclusión, Felipe II fué un político que enderezó sus acciones á un 
ideal de orden moral, cual es el triunfo de la causa católica en el muMdo, 
creyéndose con especial misión divina para tal empresa, que tuvo gran en- 
tendimiento é ilustración y procuró acertar en todo, aunque no siempre lo 
lograse. Dócil en su juventud á la palabra y después á la memoria de su 
padre el Emperador, trabajó por conservar y perfeccionar la obra heredada; 
pero su inferioridad respecto de su padre se acredita en dos cosas: una, 
la falta de espontaneidad, originalidad y resolución de Carlos V, y otra, el 
no ser soldado, sino oficinista. En su tiempo decayeron las instituciones mi- 
litares por el mero hecho de no progresar, y los hombres de guerra estaban 
descontentos, doliéndose de que el Rey prefería á los letrados. Aseguró á 
España la paz interior y procuró la prosperidad nacional con medidas útiles, 
como la codificación de todo el Derecho vigente (Nueva Recopilación), la for- 
mación de una estadística geográfica completa, la canalización del Tajo, etcé- 
tera, llegando á las más minuciosas prescripciones administrativas, v. gr., la 
de que hubiera en todos los Ayuntamientos un traje de boda para que laf 
muchachas pobres se casaran decentemente vestidas; pero en conjunto este 
reinado tiene para el historiador de España un gravísimo defecto: fué el úl- 
timo de nuestra grandeza. 



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38Z HISTORIA DE ESPAÑA 

110. — La literatura. — Con el reinado de los Reyes Católicos empieza 
el siglo de oro de nuestras letras. Doña Isabel era humanista y letrada, y á 
, su imitación, la corte y los grandes. El almirante Enríquez trajo á España al 
siciliano Lucio Marineo Sículo, profesor doce años en Salamanca; el conde de 
Tendilla, á Pedro Mártir de Angleria, maestro de toda una generación de la 
Grandeza; la Reina, á Antonio y Alejandro Geraldino, para enseñar á los 
Principes. De 1474 y 75 son los primeros libros impresos de que consta au- 
ténticamente que lo fueron en España. Carlos V y Felipe II no fueron me- 
nos aficionados á las letras. 

Reinando los Reyes Católicos, los historiadores, v. gr., Beraáidez y Her- 
nando del Pulgar, aún son cronistas, pero adoptando progresivamente las 
formas clásicas, proceso que llega á su término en tiempo de Carlos V, en 
que (tenemos ya historiadores clásicos, como D. Luis de Avila, y en el de 
Fehpe II con el Padre Mariana {1536-1624), don 
Bernardino de Mendoza, D. Carlos Coloma, don 
Diego Hurtado de Mendoza, etc. Como prosistas 
de diversos géneros deben ser recordados: en el 
epistolar, la misma Reina Católica, Cristóbal Co- 
lón, Cisneros, el Gran Capitán, Santa Teresa de 
Jesús, etc.; como teólogos, y también juristas, 
Francisco Vitoria, Melchor Cano, etc.; como filó- 
sofo, Luis Vives; como jurisconsulto, Palacio Ru- 
bios; como médico y escritor amenísimo, Francis- 
co López de Villalobos; como moralista y político, 
el Padre Pedro de Rivadeneira; como polígrafo. 
Arias Montano. 

Escribiéronse muchas novelas, algunas de las 
Padre Juan de Mariana, cuales SOn obras maestras, no dentro de los lími- 

tes de nuestra literatura, sino en el campo de la 
universal. En 1 508 el corregidor de Medina del Campo Garci Ordóñez de Mon- 
talván publicó el Amadls de Gaitla, refundición y ampliación castellana de 
una fábula más antigua, probablemente de origen portugués, y de la que se 
hicieron muchísimas imitaciones. La comedia de Calisto y Meliiea, cono- 
cida por La CeUstina, obra maravillosa de observación, estudio de caracteres 
y estilo, vio la luz en 1499, y con sucesivos aumentos en 1502 y 1526; su 
autor fué el bachiller Fernando de Rojas, judio converso, alcalde de Sala- 
manca. Jorge de Montemayor inició, imitando La Arcadia, de Sannázaro, el 
género pastoril con su novela La Diana (1558), y siguieron esta dirección: 
Gil Polo {OiuMa enamorada, 1564); Miguel de Cervantes Saavedra, principe 
de los ingenios españoles, bautizado en Alcalá de Henares el domingo g de 
Octubre de 1547, con su primera novela La Gaiatea, publicada en 1584, y 
Lope de Vega, con otra Arcadia que apareció en 1585. El género picaresco 
también es iniciado en este periodo con su obra maestra y fundamental, £f 
Lazarillo de lormes, de que no se conocen ni el autor ni el año de la publi- 
cación, y con la primera parte de Guarnan de Alfarache 6 El Picaro (1599). 
Los poetas del tiempo de los Reyes Católicos fueron fieles continuado- 
res de la tradición lírica de la Edad Media: así, el coplero Antón de Montoro, 
Gómez Manrique, Juan Alvarez Gato, Jorge Manrique, autor de las Coplas d 
la tmterte del maestre de Santiago D. Rodrigo Manrique, $u padre, elegía in- 
comparable por la profundidad y alteza de los pensamientos y por la majes- 
tad de su forma; los frailes Fr. Iñigo de Mendoza, Fr. Ambrosio de Monte- 
sinos, Juan de Padilla, El Cartujano, Garci Sánchez de Badajoz, etc. Reinando 
Carlos V, el barcelonés Juan Boscá Almugáver (Boscán), poeta mediano, fué 



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HISTORIA DE BSPAtlA 383 

ioviCado por el embajador italiano Andrés Navajero á escribir versos en nuestra 
leDguaálamaneraitaliana;seguídoeIconsejo, realizó una verdadera revolución 
literaria, cuyo principal representante fué Garcilaso de la Vega (1503-1536). 
Hubo larga contienda entre los partidarios de la innovación y los apegados á 
lo antiguo: entre los primeros distinguióse Gutierre de Cetina (1520-1560), y 
entre los segundos, Cristóbal de Castillejo. Triunfaron los toscuMistas ó inno- 
vadores. Fr. Luis de León (1528 (?) 1601) llegó á la perfección clásica en sus 
traducciones y poesías originales. Fernando de Herrera (1534-159;) es el más 
famoso representante de (a escuela sevillana. Alonso de Erciila (1533-1564), 
soldado y poeta, que peleaba de día y de noche escribía en su tienda de 
campaña, escribió nuestro mejor poema épico- heroico: La AraMcana. 

La literatura religiosa llegó en este siglo á su alto punto de perfección. 
Baste citar los nombres de Juan de Avila, el apóstol de Andalucía; del Padre 
Rívadeneira {Jratado de la tründación y vidas de 
Sanios); de Fr. Luis de Granada {Libro de la oraciÓM 
y meditación. Guia de Pecadores, Memorial de la vida 
cristiana, Iratado del amor de Dios, Símbolo de la fe); 
San Juan de la Cruz {Subida al Monie Carmelo, Noche 
obscura del alma. Cántico espiritual entre el alma y 
Cristo y La llama del amor divino); Fr. Luis de Leín 
{La perfecta casada y Los nombres de Cristo), y Santa 
Teresa de Jesús {Fundaciones, /¿elaciones espiritmales. 
Camino de perfección. Moradas, su Vida, Cartas). 

El teatro reducíase al comienzo de los Reyes 
Católicos á los Misterios de Navidad y Reyes, que se 
celebraban, no ya dentro de los templos y por sacer- 
dotes, como había sido hasta el siglo xiv, sino en 
los porches ó claustros de las catedrales. Juan del 
Encina (nacido en 1469) hizo representar autos, unos 
de asunto religioso {Si Nacimiento de Jesñs, etc.) y otros profanos (Auto del 
Repelón, etc.), en el castillo de los duques de Alba y otras moradas señoria- 
les: fué, pues, el secularizador ó, mejor dicho, el fundador del teatro nacio- 
nal. Muchos siguieron el camino por él abierto: Francisco de Madrid, Lucas 
Fernández, etc., sobre todo el portugués Gil Vicente, de quien conserva- 
mos 10 piezas en castellano, 17 en portugués y 15 bilingües. Bartolomé de To- 
rres Naharro publicó en Roma la Propaladia (i 5 1 7), colección de sus obras, 
en que hay ocho comedias y un prólogo didáctico sobre la manera de escri- 
birlas. Así como Encina sacó el teatro de los claustros catedralicios, Lope 
de Rueda lo sacó de los palacios de los magnates, convirtiéndolo en es- 
pectáculo popular y retribuido: con su compañía, de que era primer actor 
y autor {como se llamaba entones el empresario), iba de pueblo en pueblo y 
representaba en los corrales ú otros sitios cerrados. Su amigo el librero va- 
lenciano Juan deTimoneda publicó (1567) sus obras: cuatro comedias, cuatro 
diált^os y siete pasos ó piececitas burlescas. Rey de Artieda, Cristóbal de 
Virués, Juan de la Cueva y Cervantes, fueron perfeccionando las comedias; 
pero quien se lUzá con el cetro de la monarquía cómica (frase de Cervantes) fué 
Lope Félix de Vega Carpió, nacido en Madrid (25 Noviembre 1562) de pa- 
dres montañeses, monstruo de la Naturaleza, tipo representativo del españo- 
lismo de su época, que hizo comedias de todas clases, y en todos los géneros 
triunfó. En 1605 tenía escritas 219 (i). 



«Reanmea hlMArloo-crnloo de ■■ Literatura eapaAola», por D. Ansel 

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384 HISTORIA DE ESPAÍ^A 

Las Bellas Artes. — Arptitectura. — El estilo gótico, ha dicho Menéndez 
Pelayo con gráfica y belHsinia frase, murió ahogado bajo una lluvia de flores. 
Los artistas septentrionales, de que ya se ha tratado (XIII-93), fueron los 
magos que lo mataron tan poética y encantadoramente. De los Colonias ya 
se habló. Juan Guas, que el patriotismo ha querido hacer español, aunque 
los datos conocidos acusan su procedencia ñamenca, trabajó con Annequin 
de Egas en la Portada de los Leones de la Catedral de Toledo, y fué el arqui- 
tecto de San Juan de los Reyes, en que el gótico florido se combina con el 
mudejarismo, y donde, como bellamente dice Jksti, <los arabescos de la 
Alhambra fueron traducidos á las formas plásti- 
cas del Cristianismo'. Más severo y grandioso es 
Santo Totnds, de Ávila (1483-1493), cuyo arqui- 
tecto no es conocido. Rientes y sobre toda pon- 
deración hermosas son las catedrales nueva de 
Stdamanca (de 1509 en adelante) y de Segovia 
(después de las Comunidades), ambas de estilo 
gótico muy atenuado, influido por las formas clá- 
sicas que iban dominando. Hfzose el plano de la 
primera por una junta de maestros, á que concu- 
rrieron los más insignes de la época: Antón £^as, 
Alonso de Covarrubias, Juan de Badajoz, Juan Gil 
de Hontañón, Juan de Álava, Juan de Orozco, 
Juan Tornero, Rodrigo de Saravia y Juan Campe- 
ro, quedando de maestro Gil de Hontailón, quien 
Juan Gutts. tra^ó el plano y dirigió las obras de la segunda. 

■^"^ dl"o° Re M " ■'""'' í"^" ^^ '^'^''^ '° ^''"^ ^ ^" "^^ ^^ '^ iglesiay con- 
vento de San Esíeéan (Salamanca), 
qof «fsl "en Fi'c""iiu'dd Mientras el estilo gótico concluía con estas 

Cristo de U Columna en la obras maestras su gloriosa carrera, el mudejaris- 
parroquia de San justo, mo no alcanzaba menos esplendor, y muestras 

(Toledo). suyas en el siglo xvi son la techumbre de madera 

de la Catedral de Teruel, la portada de la Capilla 
de la Anunciación, en la de Sigüenza, y la Casa de Piloto, en Sevilla. 

El movimiento general del arte arquitectónico era hacia la restauración 
completa de las formas clásicas, y en eso consistía el Renacimiento; pero 
hubo un largo, fecundo y bellísimo periodo de transición, á que se llama estilo 
plateresco. Este nombre se ha tomado de la orfebrería, porque en aquella 
época insignes orífices y plateros construyeron custodias y otras piezas desti- 
nadas al culto, en que remedaban las formas arquitectónicas con profusión de 
labrados. Sin embargo, el término es impropio: i." Porque no todas las obras 
arquitectóricas del período de transición remedan en piedra la labor afiligra- 
nada de los plateros. 3.° Porque las del gótico florido, que no son platerescas 
en el sentido de representar ¡a transición del gótico al greco-romano, lo son, 
y maravillosas, en ese otro de remedar las obras de orífices y plateros. Y 3." 
Porque lejos de haber inspirado la orfebrería las obras arquitectónicas, 
recibió la inspiración de éstas. El alemán Enrique de Arfe (1470-1480), es- 
tablecido desde muy joven en España, cincelador de la Custodia de la Ca- 
tedral de Toledo, no conoció otro estilo que el gótico -florido; su hijo An- 
tonio, autor de las custodias de Santiago y Medina de Rioseco, siguiendo la 
corriente del tiempo, abandonó el estilo de su padre: fué plateresco pro- 
piamente dicho; y el nieto, Juan de Arfe y Vülafañe, constructor de las cus- 
todias de Ávila, Falencia, Burgo de Osma y Sevilla, tan severamente clasi- 
cista como Herrera. 



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HISTORIA DE ESPAÑA 385 

Acomodándonos, empero, al uSo establecido, llamamos plateresco al estilo 
transitivo del gótico al greco-romano. Empezaron los artistas esta transición 
construyendo en gótico, pero combinando con tal estilo formas clásicas. En- 
rique de Egas, hijo de Annequin, y probablemente nacido en España, cons- 
truyó de este modo (de 1480 á 1492) el Colegio de Santa Cruz, en Valladolid; 
en 1494 fué nombrado maestro de-la Catedral de Toledo, donde dejó ei reta- 
blo del altar mayor, la Capilla mozárabe, la verja de la de San Eugenio y la Sala 
Capitular; de 1494 á 1504 dirigió el Hospital de Santa Cruz, fundación del 
Cardenal Mendoza; de 1501 á 1510, el Hospital Real, en Santiago; posterior- 
mente, el Hospital Real de Dementes, en Granada, 
donde también trazó el plano primitivo de la Cate- 
dral y construyó la Capilla Real. Fernán Ruiz el Viejo 
y su hijo Fernán Ruiz el Mozo (de 1523 á 1600J diri- 
gieron, en el mismo estilo, el crucero de la Catedral 
de Córdoba. 

Los artistas dieron un paso más, y prescindien- 
do de los cánones góticos y sin sujetarse aún á los 
clásicos mezclan los elementos de unos y de otros 
con los mudejares, alcanzando á fuerza de inventiva 
y de buen gusto las más bellas y encantadoras com- 
binaciones. Éste es quizás el momento más feliz de 
la arquitectura española. A él pertenecen: en Sevilla, 
la Sacristía mayor y la Capilla Real, de la Catedral, 
y el Ayuntamiento, obras de Diego Riaño, Martin 
Gainza, Hernán Ruiz y Juan de Maeda; en Granada, 
el MoHosierio de Jerónimos y el portal de la iglesia de ^ "juan"! f^ 
Santa Ana, testimonios del genio de Diego de Siloe, (Copla de nn jabado en 
el cual habla dejado en Burgos la escalera dorada, maderi, ejecnudo por él 
de la Catedral, el retablo de la Capilla de Sania Ana, «iamo) (1535-1602). 

y los sepulcros del Obispo Acuña y de Don Diego de 

Santander; en Osuna, la Universidad; en Jerez y Baeza, las Casas_ Consis- 
toriales; en Übcda, la iglesia de Santa María; en Plasencia, la fachada Sur 
de la Catedral y la Casa de las Bóvedas; en Salamanca, la deliciosa fachada 
de la Universidad, las Escuelas menorts, el Colegio del Arzobispo, el Palacio de 
Monterrey, las Casas de las Conchas y de las Muertes; en León, San Marcos, 
obra de Juan de Badajoz; y en Alcalá de Henares, la fachada de la Universi- 
dad, construida por Rodrigo Gil de Hontañón, y el Palacio Arzobispal, espe- 
cialmente su segundo patio. 

Esta espléndida vegetación de adornos, esta confusión encantadora de 
estilos, este divagar ensoñador de la fantasía, no podía durar mucho tiempo; 
y, en efecto, muy pronto pasa ese segundo momento feliz del estilo plate- 
resco, y empieza el tercero y último con sus grandiosos monumentos, ya 
greco-romanos y bastante severos en su ornamentación. Es el período del 
Alcázar de Carlos V, ert la Alhambra, desgraciadamenie sin concluir, hermosa 
concepción de Pedro Machuca; de la Catedral de Granada, construida con la 
planta de la de Toledo, pero en estilo clásico porimposición de los Capiculares, 
que hicieron trazar el nuevo plano á Diego de Siloe, á quien se atribuye tam- 
bién, aunque sin fundamento, el de la de Málaga, el de las de Guadix y Jaén; 
finalmente, el de Alonso de Covar rubias,' el insigne artista toledano, que cierra 
el ciclo plateresco con sus obras, que apenas si son ya platerescas, como la 
Capilla de los Reyes Nuevos en la Catedral, y el portal y el patio del Alcázar, 
de las cuales la última especialmente es un prodigio de armonía, de gracia y 
de majestad. 
Salcedo, Historia de EspaAA 



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386 



DE BSFAÍJA 



Jnín di lleireta. 
Segando arquitecto del 
Monuterío d« El Esco- 
rial {i530-«S97l- 



EsíUo kerrerioHO. — Hablase caminado tiacia la 
sevendad clásica, y se llegó por ñn á esa meta. Eso 
representa el estilo kerreriano, asf denuminado por 
Juan de Herrera (1530-1597), autor del Palacio dt 
AranjutE fqueniado en 1660); de la Lonja de Sevilla; 
de la fachada meridional del Alcdtar de Toledo; deí 
Pítente de Segovia, en Madrid, y continuador de ta 
obra de El Escorial. Quien verdaderamente inició el 
estilo kerreriano fué Francisco de Villalpando, cods- 
tructor de la magniñca escalera del Alcázar de Tole- 
do. Le siguió Juan Bautista de Toledo, primer arqui- 
tecto de El Escorial. Este grandioso monumento ñjó 
para mucho tiempo el gusto arquitectónico en España. 
Escultura. — Análogo movimiento que la arqui- 
tectura siguió la escultura en este periodo. Al comen- 
zar el siglo XVI las estatuas, bajorrelieves y monu- 
mentos funerarios, ó se encargaban á Italia, ó se hacían aquí por escultores 
italianos: en el último periodo de la centuria precedente hablan alternado los 
italianos con artistas septentrionales, ó españoles educados en su escuela. Gil 
de Siloe hizo los sepulcros del infante D. Alfonso y de Jttan II y Doüa Isaiel 
de Portugal, en la Cartuja de Miraflores; el florentino Domingo Alejandro 
Fancelll, el de los Reyes Católicos, en Granada, y el delprincife Don Jhoh, en 
Santo Tomás de Avila, y si no fué él, un artista de su escuela; el del Tostado, 
en la Catedral de Avila. Para continuar las obras de Fancelli {sepulcro de Cis- 
neros), interrumpidas por la muerte del escultor florentino, fué llamado et 
burgalés Bartolomé ürdóñez, establecido en Barcelona y primer nombre in- 
signe español que suena en la histnria de nuestra escultura: contemporáneos 
suyos y del mismo mérito fueron Damián Forment y Diego Morlanes. Alonso 
Berruguete (1480 {?)■ 1561) era un miguelangeiista que parecía haberse asimi- 
lado al genio de su maestro; se le llamó con justicia el Mignel Ángel español. 
Rival suyo es Gaspar Becerra (nació 1520 {}), murió de 1568 á 70J, autor del 
incomparable retablo de la Catedral de Astorga; Juan Juní, al que se tenia 
por italiano y ahora resulta flamenco, educado en Francia, marca, á pesar de 
ser extranjero, el tránsito del clasicismo italiano al 
realismo nacional (murió en 1 577): por su camino fue- 
ron Esteban Jordán y otros; las imágenes de Juni y 
Jordán eran ya sacadas en las procesiones de Sema- 
na Santa. En el mismo siglo empezó su carrera Mar- 
tínez Montañés, el gigante de la escultura realista- 
religiosa española, rama de la estatuaria universal 
que nosotros teníamos en poco, ó como buena no 
más que para satisfacer la devoción indocta del pue- 
blo, y cuya importancia artística nos han revelado 
los críticos extranjeros, diciendo uno de los más 
, autorizados que no conocerá la historia de la escul- 
tura quien después de haber estudiado la clásica y 
|l la del Renacimiento italiano no estudie la religiosa 
espafkola popular, profundamente realista y á la veí 
mística y dramática, conmovedora, sencilla y gran- 
diosa. 

Pintura. — Todos nuestros reyes de este pe- 
ríodo fueron entusiastas por las Bellas Artes, y es- 
pecialmente por la pintura. Isabel la Católica dejó á 



El gran escuUor Jus 

tfnez Mantañ«s(i53o-i649). 

(Del retrato pintado por 

Velázquei.) 



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HISTORIA DE ESPAÍ3A 387 

SU muerte una coleccióa de 4^0 cuadros. Dun Fernando, tan parsímoaioso en 
sus gastos, tenia p'nlor de cámara: el zaragozano Pedro de Alponte; Felipe el 
Hermoso, como educado en Brujas, tenia las mismas afíciones. y en España su 
pintor áulico fué Pedro Berruguete, el padre del escultor. Carlos V era entu- 
siasta por igual de los artistas flamencos y de los italianos: de Flandes hi/,o 
venir á Juan Cornelío Bcrmeyen para pintar los cartones de la Conquista de 
Tines, colección de tapices que aún conserva el Patacin Real, y al gran retra- 
tista Antonio Muro; de Italia, á Giulio Pippi y á Julio Romano. Su pintor fa- 
vorito fué el Tiziano, á quien dotó espléndidamente, y, según la tradición, 
un dia recogió el pincel que retratándole se le liabla caldo de la mano, y le 
dijo: Bien Merece el Tisiano que le sirva un emperador. Heredó Felipe H 
su entusiasmo por el Tiziano, por Muro, y en general por la pintura: sus pin- 
tores de cámara fueron Alonso Sánchez Coello (murió en 1 5Q0), Juan Pantoja 
de la Cruz(i55i-t6o9)y Felipede Liaño, que vivió hasta 1625. Para el adorno 
de El Escorial reclutó muchos pintores en Italia, por desdicha medianos, pues 
no quiso venir Pablo Veronés y no los habfa mejo- 
res á la sazón, alguno de los cuales — Bartolomé 
Carduce! — se quedó en España, y aquí vivió y pintó 
su sobrino Vicente; utilizó también con el mismo 
objeto al riojano Juan Fernández Navarrete, el Mndo 
(1526-1579), afortunada imitador del Tiziano, 

Esta protección regia contribuyó eficazmente al 
desenvolv imiento del genio pictóri coespañol. Ala 
imitación flamenca, característica del reinado de los 
Reyes Católicos, va poco á poco sucediendo la imi- 
tación italiana, marcando el tránsito de una á otra 
Hernando Yáñez de la Almedina, Alejo Fernández, 
Juan de Borgoña y Francisco de Amberes, á pesar 
de ser uno borgoñón y otro flamenco, Pedro Berru- 
guete, Diego Correa, etc., y la influencia exclusiva 
de la manera italiaita (manieristas), Luis de Mora- ¿"'''"^""í/'J R'"'?,^ 

1 I ■ j ir \j- .1 m ■ ,1 j Dominico Thtolocíipiili, 

les, Luía de Vargas, Vicente Juan Macip (Juan de ,; c„„ (1548-1614). 
Juanes) y Francisco Rivalta, los cuatro grandes ar- 
tistas que preparan ó inician el apogeo de la pintura española, que fué en 
el siglo XVII. Juanes y Rivalta fueron valencianos, y Vainas de Sevilla. De 
Vainas proceden Arñán.Luis Fernández, Juan de las Roelas. Herrera «/ Viejo, 
los dos Castillos y Francisco Paciieco, suegro y maestro de Velazqucz. 

Entre los pintores que vinieron de Italia, probablemente atraídos por la 
construcción de El Escorial, cuéntase á Domenico Theotncópuli, e Oreco, 
natural de Candía (Creta), y que se habla formado con el Tiziano en Venecia. 
A Felipe II no le agradó el San Mauricio que pintó para El Escoridl, y él esta- 
blecióse en Toledo alcanzando gran reputación. Murió el 7 de Abril de 1614. 
Su mérito ha sido muy discutido, llegando algunos á suponer que estuvo loco 
y que pintó unos cuadros estando cuerdo, y fueron de lo mejor que se ha 
hecho, y otros estando loco, y son verdaderos mamarrachos, ó que padecía un 
astigmatismo, causa de su especialisima manera. La critica moderna ha recti- 
ficado estas especies, considerando como profundas genialidades del artista 
las que antea se tomaban por demencias, y encomia al Greco, quizás con exce- 
so, viendo en él el prototipo de los pintores espiritualistas y místicos y el que 
más atinadamente supo retratar en sus figuras el alma española del siglo xvi (i) 

(i) VéaBM «Lm Beilu AtI«i en Bipafla», por D. Aof el Salcedo BuU (Caía edi- 
torial Calleja). 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



XVI 

DECADENCIA DE ESPARA 

Ul. Ide> geneol de nuestra decadencia. — 111. Causu de ésta^ causas de orden religioso. — 
111. Desproporción de nuestras fuerzas con nueslios intentos. — 114. Pobreza. — US. De- 
fectos del caiicter nacional. — iU. Bellas Letias j Bellas ArtfS. 

111. — Con el nombre comúo de decadetuia de España compréndese 
todo el siglo XVII, ó sea los tres reinados de Felipe 111, ['"ellpe IV y Car- 
los II. Imperó el primero desde 13 de Septiembre de 1598 hasta el 31 de 
Marzo de 1621; el segundo, desde esta fecha al 17 de Septiembre de 1665, 
y el tercero, hasta i." de Noviembre de 1700. Reinrt Felipe 111 de los vein- 
tiuno á los cuarenta y cuatro añosi Felipe IV, de los dieciséis á los sesenta, 
/- --^ _ y Carlos H, desde los cuatro hasta 

ios treinta y nueve, dividiéndose su 
reinado en dos periodos: el de mino- 
ría, en que gobernó su madre Doña 
Mariana de Austria, y el de mayor 
edad, en que gobernó ¿I ó hizo como 
que gobernaba. 

Ninguno de estos tres monarcas 
tuvo las cualidades dp sus insignes an- 
tecesores Fernando el Católico, Car- 
los V y Felipe II. En los tres hay que 
reconocer buena intención ó deseo 
de acierto, sincera piedad y buenas 
costumbres, sin otro reparo en este 
último punto que Los calaverescos 
amoríos de Felipe IV, el de más viva 
imaginación de los tres, aunque gus- 
tara más de usar esta facultad en de- 
portes literarios y entretenimientos 
y ñosias que en las graves tareas del 
I gobierno. Incapaces para éstas fue- 
ron realmente el abuelo, el hijo y el 
nieto, por falta de intelecto propor- 
cionado asemejan te labor, y, más aún, 
Felipe III. por faltarles aquella voluntad ñrroe 



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HISTORIA DB ESPAÑA 389 

para el trabajo que mantenía constantemente á Fer- 
nando el Católico en la ruda tarea, que arrancaba de 
sus placeres de flamenco á Carlos V y le hacía rcco- 
frer tantas veces el continente europeo y parte del 
africano, á caballo 6 en litera, despachando siempre 
con sus consejeros y secretarios, y que tenia clavado 
en su oficina á Felipe II horas y horas del día y de la 
noche. Estos descendientes degenerados de hombres 
tan activos, criados con demasiado mimo y exceso de 
adulación, se cansaban de ver papeles de Estado, ma- 
reándose cuando les hablaban mucho tiempo de asun- 
tos complicados y heterogéneos; y, para librarse del 
entrar y salir de los secretarios, cada uno con su car- 
tapacio de despachos y su interminable retahila de 
negocios, descargaron el peso de la gobernación en 
^nd^"a'Í'rRo?a*Twrcer ""^ pcrsona de SU confianza, con la que se entendían, 
conde j primee duque de y «"* *»" los secretarios y consejos: á estas personas, 
LenA) (t56aí-i6i5). que no eran precisamente primeros ministros, sino mi- 
nistros únicos, los intermediarios entre S. M. y todo 
lo demás det Estado, es á las que se llamó validos ó privados, y hubo en esta 
época una serie de validos paralela á la de monarcas, todos con rasgos co- 
munes en su ñsonomfa política y en el desarrollo de su acciñn; todos disfru- 
tando á la vez de la real privanza con los honores, adulaciones y gajes con- 
siguientes, y de la envidia é intrigas de sus émulos y del odio del pueblo, el 
cual, profundamente monárquico á la sazón y viendo en sus reyes algo divi- 
no, atribufa sistemáticamente al valido todo lo malo que hacía ó consentía el 
Gobierno y todas las desgracias públicas que se padecían. El régimen auto- 
ritario entonces vigente no consentía que esta oposición á los validos fuera 
oficialmente pública; pero se ha- 
cia por medio de pasquines y pa- 
peles anónimos, impresos ó ma- 
nuscritos, y por un terrible pugi- 
lato de intrigas en el real palacio, 
hasta llegar á convencer al Monar- 
ca de que el valido era mala per- 
sona ó de que abusaba de su regia 
confianza: entonces el Rey solía 
enviarte una cédula ó carta, suge- 
rida por el sucesor en el valimien- 
to, concediéndote permiso para 
retirarse á su casa, como él había 
solicitado lautas veces, retiro que 
no era sino la forma de un destie- 
rro, acompañado del desprecio é 
insultos de los que antes le adu- 
laron. 

Tal es la política en estos rei- 
nados. Felipe III, de quien había 
dicho su padre: me temo que U kan 
de gobernar, y tan sincero y pro- 
fundamente religioso que decía: 
no sé cómo puede acostarse tran- 
quilo quien ka cometido un pecado Felipe IV. 



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3gO HISTORIA DE ESPAÜA 

M(>r/ii/, asegurando Virgilio Malvezzi, con relación á sus confesores, que do 
habla él incurrido en ninguno durante su vida, tuvo dos validos: el Duque 
de Lerma durante veinte años, y el 
Uuque de Uceda, hijo del anterior, 
el resto del reinado. Lenna era un 
gran señor, amigo de la magnificen- 
cia, fundador de iglesias, monasierios 
y cátedras en las Universidades, y 
para satisfacer estos gustos, codicio- 
so ó gran allegador de dinero; per- 
sona sin mala intención, pero fatuo, 
que pasó por la privanza sin perca- 
tarse de la grandeza de su cometido y 
■ ■ ■ ' ■ i.Uce- 



Ída era un insignificante. Felipe IV, 
amigo de divertirle, mantuvo en la 
privanza durante veintitrés años al 
Conde- Duque de Olivares, sin duda 
, el de más talento de esta serie de 
favoritos, al cual, si algo le falló para 
■ser el hombre de Lsiado que ha f>in- 
tado Cánovas del Castillo, le sobró 
bastante para el vulgar oficinista pin- 
tado por D. Francisco Silvela. Cafdo 
Olivares, le reemplazó en la privanza 
D. Luis de Haro, que valía menos 
que él. Por último, los favoritos, tan- 
to de la regente Dnña Mariana como 
del degenerado Carlos II ^ el padre 
Nithard, Valenzuela, etc., — ni men- 
e deben en una historia elemental; la única figura de algún lucimiento 
en este reinado de las desdichas fué la del segundo Don Juan de Austria, 
al que quizás sólo le faltó teatro para hombrearse con el primero. 



(t) De Cuantos reimos hizo Velízquei de su proteclo 


r el Conde-Duque de OlivaTei, 


todos admiiablcs como suyos, quizás ninguno es de tanta (atn 


■j¡ como íste, á pesar de perte- 




lal y porque no es conocido en 


EspaAn — puei se halla en el Museo del Ermilage, en San Pet 


ersburgo — le concedemos ma- 


yor Umaflo que á los demás que en eslas páginas constituyen 1 


a galería de personajes ilustres. 



(ExpíicacUn ái la lá«iina XCl). 

HISTORIA DEL TRA]E.-Tr«)eiClvll«aTinllll>rfS deltlglo XVil.- 1. Ainburero. — Z. Sol- 
dado de los tercios de Flandes. — 3. Enrique Felipe de Onunin d JutlanlUo, hijo de Dolia Isabel de An- 
bets*, amancebada con D. F. de Valciicel. Fuí paje del arzobispo de Sevilla y despuh pisá i Méjico. Faé 
mendigo, mozo de labranza, y estuvo i punto de ser ahorcado; volirld i Enropa, y tai saldado en las oimpa- 
nas de Flandes i Italia. Vnelto á su patria, se casd con Leonor de Uniueta, dama pibUta di la eortt. El 
Coade-Duque le adoptó en IbtO, ledíA el nombre de Enrique Felipe deOuimán, y le casd con Dofla Juana 
Fernández de Velasco, hija del condestable de Castilla. La gente cantaba; 
.Soy la Casa de Velasco, 
que de nada me da asca>. 
t*oco después cayd el Conde-Duque. Julianlllo luí expulsado de la corte, y su mu|er le rehigid en un con- 
vento. Tiene en la mano derecha la banda de Alcántara. Retrato atribuido á Veláiquez, pero que se^ra- 
■nente es de Carreflo. — 4, Armadura ecuestre de guerra de Felipe III. — S. De un retrata de Felipe IV he- 
cho por Velázquez, existente en Londres. 



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HlSTORML GRiÍFICA DB Lk CIVILIZACIÓN ESPAÜOLIL 



HUTORIA DEL TRAJC-Trajcs clvOe* ; ■Ultarc* del ilclo XVII. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



392 HISTORIA DE ESPAÑA 

La calda de España en estos reinados í\ié tan líipida como completa, y 
en cierto modo inesperada é inexplicable. Con razón aplica Macaulay á nues- 
tra patria el apostrofe de Millón á Lucifer: 'fCómo has caido dtl Cielo, oh Lu- 
cifer, hijo de la ntañana? jCómo tú en el abismo, que resplandecías sobre todos? 
Las pérdidas territoriales fueron enormes, tanto en el reinado de Feli- 
pe IV como en el de Carlos II; pero, con ser tan grandes, fueron las más in- 
significantes. Aun perdidos el Rosellón, el Franco Condado, todo lo que hoy 
se llama la Flandes francesa, la isla de Jamaica, y lo más sensible de todo, 
que fué Portugal, al morir Carlos II la Monarquía española era la más ex- 
tensa de Europa. Lo sensible es la falta de fuerza que esta Monarquía tan 
dilatada llegó á tener. La Repú- 
blica de Holanda, jirón exiguo 
arrancado de tan vasta masa, po- 
día más que nosotros; y no hay 
que hablar de Francia, que no 
sólo nos tomó el más cumplido 
desquite de Pavía y San Quintín, 
sino que ocupó el primer puesto 
en Europa, reduciéndonos al pa- 
pel de potencia de tercer orden. 
Si conservamos la mayor parte de 
Bélgica y las posesiones de Italia, 
' se debió á la adhesión de los pue- 
blos á la Casa de Austria y á los 
celos que á las demás naciones 
infundía el engrandecimiento de 
Francia: se llegó á que los mismos 
holandeses, con quienes habíamos 
luchado más de un siglo para so- 
meterlos, tuvieron que irá Bruse- 
las á defender los Países Bajos ca- 
tólicos contra Francia. Durante el 
reinado de Carlos II se trataba en 
los Congresos europeos del repar- 
Csrlos n. lo de la Monarquía española con 

desvergüenza harto mayor que 
después se ha hecho con Turquía. Y no es de maravillar, si se tiene en cuenta 
que un soberano como Carlos 11, en cuyos dominios no se ponía el Sol, no 
contaba más que con unos seis mil soldados mal vestidos por todo ejército, 
y veinte galeras por toda marina. 

112. — Las causas de esta súbita y sorprendente calda constituyen to- 
davía uno de los temas preferidos por los filósofos de !a Historia y por los 
defensores de las distintas tendencias religiosas, sociales y políticas para el 
estudio y la discusión. Y aunque el asunto sea tan desagradable para nos- 
otros los españoles, no puede prescindirse de él al estudiar nuestro pasado. 
Expongamos sucintamente las causas que generalmente se indican como 
productoras del fenómeno, sometiéndolas á un breve análisis. 

Causas de orden religioso. — La sociedad española de los siglos xvi y xvii 
no sólo era católica, sino que el catolicismo constituía el fondo moral de su 
unidad, de sus leyes, de su carácter y costumbres; en suma, de su ser colec- 
tivo. Hasta en el lenguaje vulgar ha quedado impreso el odio que profesaban 
nuestros mayores á la herejía: cara de hereje significa rostro repulsivo; hacer 
herejías, crueldad; estampa de la herejía, t\ colmo de lo feo; en cambio, caló- 



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HISTORIA DB ESPAÍlA 393 

lico y bueno son palabras siaónimas. Sancho Panza, 
para ponderar la excelencia del vino que le dio Tomé 
Cecial, exclama: yCowí» «■ Cíitó/íco/ Toda nuestra lite- 
ratura de aquellos siglos respira el mismo sentimien- 
to. El aire me parece que corrompo — eücribla Núñez 
de Alba — en tratar de tan perversa criatura (Martin 
Lutero), y qiu la boca me ensucio en nombrarla. La 
idea de que las guerras que sostenían eran esencial- 
mente relig osas, verdaderas cruzadas, estaba arrai- 
gadísima en sus corazones. Uno, antes del asalto de 
Mastrique, en que murió, escribía á su padre: «Ce- 
>rrando ésta, tocan apriesa el arma para que se dé 
>el asalto. A mi me cabe el lugar de que es casi ini- 
>posible escapar con vida, y asi, hago cuenta que 
■ésta es mi testamen to, en que á vuestra merced dejo 

• poralbacea. Consuélese vuestra merced, que aunque 

• muero con sola la cruz de mi espada en la mano, muero por la cruz de nuestro 

• Señor Jesucristo, y espero tener más honrado entierro en et foso de Mastrique 
•que en el sepulcro de mis padres y abuelos. Muero castigando á herejes y á 
>vasallos de mi Rey rebelados. Y asi, confio de que me dará Dios su glo- 

• ria» (i), y un tratadista militar, resumiendo el sentir de la gente de armas, 
decfa en ei prólogo de su libro: 'Hagamos diligencia para que en nuestro 

• oñcio, matando ^hiriendo, enderecemos nuestras acciones á hacer esto en 

• defensa de la fe de nuestro Señor Jesucristo, para que con su favor y en su 

• servicio á lanzadas y cuchilladas ganemos el Cielo. Amén» (2). El teatro na- 
cional expresaba el mismo sentimiento: 

Sue en hallando 

■1 Pan á quien los' ángeles se humillan, 
qae le pongo Isi piernas como á (ero 
para qae siempre de rodillas quedel 

Este sentimiento religiosa tan vehemente y batallador inflamó el espí- 
ritu de nuestros guerreros, de nuestros artistas, de nuestros poetas y de 
nuestros sabios; fué íl ideal de la raza, y, teniéndolo en cuenta, se ve que 
al decir Felipe II: Más quiero perder los reinos que reinar sobre herejes, no ha- 
cia sino expresar el sentir de la nación: cualquier 
español en su puesto hubiera dicho lo mismo. 

Protestantes y racionalistas atribuyen á este 
fervor católico de los reyes y del pueblo de España 
la parte principal en la decadencia; pero discurrien- 
do, no á lo divino, sino á lo humano, debemos pen- 
sar: Primero, que en los siglos xvi y xvii las cues- 
tiones religiosas preocupaban á todos los espíritus 
lo mismo en España que fuera de España: tipos re- 
lativamente escépticos, como Guillermo de Orange, 
fueron rarísimos en aquel tiempo. Sí exaltados en su 
fervor católico eran los españoles de aquella época, 
no menos exaltadas en su fervor protestante eran 
los calvinistas de Holanda, los puritanos de Inglate- 

Ambrosio de Morales. 

Notable historiador, conti- 

naadoT parcial de Zurita 

(i5"3-»S9i)- 



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394 HISTORIA DE ESPAÜA. 

rra y todas aquellas legiones de protestantes de to- 
das las sectas y países que acudían á Flandes, como 
á una cruzada contra lospa^ías, á combatirlos. Se- 
gundo, que si bien es cierto que la significación ca- 
tólica nos enemistó con los protestantes, no lo es 
menos que la defensa del catolicismo fué la unidad 
de nuestro Impeiiu, y que si por católicos nos recha- 
zaban unos, por católicos nos amaban ó nos soporta- 
ban otros, á pesar de la diversidad de raza y de las 
diferencias políticas. Siempre se dice que Hulandu 
se rebeló contra nosotros por odio á la religión ca- 
tólica; pero se omite que Bélgica, por amura esta 
religión y por odio al protestantismo, nos permanc- 
Maleo Alemán. ció fiel hasta lo último. Todo induce á creer que, tal 

raoso''°uto"'*de''l?/í'- como estaban los ánimos en los Países Bajos, ames 
care Guvnánili Aifara- de las turbulencias y en el momento de la pacifica- 
íhe. Sevillano ción de Flandes, si no hubiese habido cuestión reli- 

((1550-1609?) giosa, todo aquel país habría constituido un Estado 

con Guillermo de Orange: si sobrevino la gran aci- 
siÓH entre belgas y holandeses, volviendo los primeros á reconocer la sobera- 
nía de España, efecto fué religioso; ta unidad católica mantuvo la unidad de 
españoles y belgas, y por lo mismo tuvimos partidarios en Alemania y estuvi- 
mos á punto de dominar en Francia, donde para reinar Enilque IV tuvo antes 
que oir misa. Y tercero, que la nación que heredó nuestra hegemonía en 
Europa no fué protestante, sino la Francia católica, y después de actos de 
intolerancia religiosa como la Saint-Barthélémy, las Dtagonadas y la Revo- 
cación del edicto de Nantes. 

113. — El señor Cánovas del Castillo (i) ha sostenido con copia de da- 
tos y razones, que la verdadera causa de nuestra decadencia estuvo en la 
falta de pmporción entre la riqueza y población de la Península y el impe- 
rio que llegó á tener en Europa. Éramos, ha repetido el señor Cánovas, de- 
masiado pocos y demasiado pobres para poblar /América y las islas de Ocea- 
nla y para dominar en Sicilia, Ñápeles, Milán y los Países Bajos, Parece in- 
discutible este juicio, fundado en largas meditaciones y en un conocimiento 
exacto de nuestros recursos económicos: sin embargo, nosotros creemos que 
eso explica perfectamente la pérdida de nuestro Imperio en Europa, y hasta 
si hubiéramos perdido América, que no la perdimos, lo explicarla también; 
pero no explica la decadencia profunda de nuestra misma Península, la pos- 
tración y agotamiento de Castilla y de las demás comarcas españolas. Para 
explicarla serla menester que hubiéramos mandado á las guerras de Flandes 
y Alemania la masa de nuestra población masculina y de nuestros tesoros, 
y esto no es cierto; el mismo señor Cánovas consigna el hecho de que aun 
en los días de mayor potencia militar no llegaron á 20.000 los españoles que 
guerreaban fuera de España; y estos 20000 eran en su mayor parte aventu- 
reros, mozos de espuela y de caballos, oficiales y pastores, labradores y la- 



(1) Histeria dt ¡a Cata ae Austria. Estudios sobre el reinado de Felipe IV. 

^xfÜciiíién lie la ¡amina XCU). 

MneblM de los ligios XVI t XVII. - Bargueño, siglo XVI. - 2. Bargueño del siglo } 
iviún del Marques de Cubas. — 3. Aiquíla 6 contador español de madera tallada, siglo XV 
n guarnicidn de cuero, siglo xvtl. 



D,g,t7cdb/COOgIC 



HiSTOKM Grífic* db la CiviLiZACióH EspaSou 



■ dehMtlfliwXVIyXVIl. 

D,g,t7cdb/COOgIC 



HISTORIA DE ESFAÍÍA 



cayos, gente pobre que, como se lee en el Quijote, 
quería mds ienir por amo y por seüor al Rty, ji ser- 
virle en la gnerra, que no á un pelón de ¡a corte, y 
que se iba cantando: 



dad de eslilo que ct 



■«(1561-1627). 



Es indudable que más ganaba que perdía la so- 

' ciedad española con que esta gente se marchara de 

su seno, volviendo algunos en mejor posición que a! 

marcharse. Y en cuanto á caudales, es pura leyenda 

que de liispaña salieran para mantener las guerras 

, , , „, . lejanas. Si algo salió, es de lo mucho que vino de 

nial, que en la seeanda Sido un gran bien que todo 

época cayó en los deTecios el dinero de Indias hubiese 
lomado ese camino, porque 
harto más daño nos hizo el 
que aqui se quedó. 

114. — Todos los docu- 
mentos oñciales de la épo- 
ca de la Casa de Austria, lo mismo del siglo xvi que 

del XVII, revelan un constante apuro en el erario 

público para satisfacer las necesidades del Estado. 

El reinado de Felipe II es un continuo lamento en 

este sentido: en el de Felipe III las cosas llegaron 

al extremo, y se recurrió á tan ridiculo recurso 

como el de pedir limosna por las casas para el Hey; 

es decir, á una suscripción pública como las que han 

solido abrirse aun en nuestro tiempo con ocasión 

de guerras 6 de alguna otra necesidad muy extraor- 
dinaria. Los generales y gobernadores de las provin 

cías españolas esparcidos por Europa se quejaban 

en caBÍ todos sus despachos de la falta de dinero. 

<Á qué obedecía tan persistente penuria? Exami- 
nando les documentos oñ- 
ciales y oficiosos de aquel tiempo con cuidado y 
desinterés por la verdad, como lo ha hecho D. Fran- 
cisco de Laiglesia respecto de los de Carlos V, se 
llega pronto al convencimiento de que los recursos 
ordinarios y extraordinarios de la Corona, como en- 
tonces se decia, reducidos á las alcabalas, tercias rea- 
les, rentas de los maestrazgos, servicios votados por 
las Cortes y remesas de Indias, fueron insuficientes 
para cubrir los gastos públicos, aun administrados 
^ con severidad rayana en miseria; pero, asi y todo, 
la causa del permanente desastre financiero en que 
se vivió hay que buscarla en dos errores fundamen- 
tales, de que participaban en aquella época tudas los 
españoles, altos y bajos, sabios é ignorantes, por lo 
\ que se refiere á la Hacienda del Estado: uno, el pre- 
Arigón (1566-1631). .tender ajustar los gastos á ingresos fijados de ante- 



Lope Fílii de Vega Carpía. 
El más grande de naeitros 
dramaturgo! del Siglo de 
Oro, coloso de la escena 

«Monstmo de la Nalurale- 

9» le llaman sui contem- 

porioeoí (1562-1615). 



Bartolonit Leonardo 
de Aléensela. 
Inspirado poeta y atildado ^ 



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DB ESPAÜA 



397 



mano por el ciiterio de lo que se podU ó se creía 
poder pagar, y no buscar para las necesidades re- 
cursos proporcionados para satisfacerlas, y si no los 
había, dejar aquella necesidad sin cubrir. Hoy todos 
los Estados antes de acometer, v. gr., una guerra 
examinan to que ha de costar aproximadamente, 
fijan un presupuesto, que cubren por medio de em- 
préstitos 6 de otra manera, y asf, aunque á la larga 
se arruinen si los gastos son en realidad excesivos 
para las fuerzas económicas nacionales, nunca llega 
la ruina, ni menos el apuro momentáneo, al extremo 
de los siglos XVI y xvii, en que se emprendían gue- 
rras sin tener idea de lo que ibin á costar ni de 
dónde había de sacarse para pagarlo. El otro error 
era la antipatía invencible á la deuda perpetua ó á 
lar^o plazo. Había ya enton- 
ces las dos clases de Deuda 
pública que al presente: la 
perpetua estaba constituida 
por los juros ptrpituos, i ai 
quitar i de por vida, é de 
mercedes, y la flotante ó del Tesoro se llamaba deu- 
da de contaduría. Pues bien; las Cortes oponíanse 
sistemática y tenazmente al crecimiento de los juros, 
considerando como un mal gravísimo el aumento de 
la cantidad ñja para pagarlos anualmente: todo lo fa- 
cilitado a] Tesoro tenía que ser deuda de contaduría 
pagadera en seguida; y cualquiera que sepa lo que 
es la Hacienda comprenderá cómo debían de andar 
aquellos contadores con una carga abrumadora, cre- 
ciente siempre y siempre apremiando, constante- 



Fr«7 Gabriel Télleí 
(Tirso de Molin»). 
Teólogo insieoe y gran 
poelR dramáUco, de inge^ 
nioregocijsdo, fresco y hu- 
mano. MadrileBo. So Bur- 
lador de Sevilla creó el tipo 
uoiTcnal de) D. Juan 
(1571-1648). 



Pedro Pablo Rabeni. 

Admirable piolor; prlnci¡ 

de la Escuela flameno-U 

¡ó machos 7 moy Tamos 

cuadros (1577-1640). 



te perseguidos por 1 
vales y recibos que no les 
dejaban respirar. Si paga- 
ban — al menos en pane, 
pues en total era imposible, — se quedaban sin un 
ducado para satisfacer las obligaciones corrientes; si 
no pagaban, las quejas de los acreedores atronaban 
el reino y se perdia totalmente el crédito. Así, ha- 
biendo rentas, aunque no holgadas, no lucían, y lo 
frecuente era no tener un maravedí para nada. Bien 
es verdad que á la sazón en todas las naciones se se- 
guía más ó menos un sistema ó una falta de sistema 
semejante al nuestro; pero los holandeses, al consti- 
tuirse en república independiente, acertaron á crear 
sobre la base del gobierno municipal de sus ciudades, 
regidas por burgueses que eran comerciantes en 
grande escala, una verdadera hacienda nacional per- 
fectamente acomodada á la necesidad que se habían 
impuesto de resistirnos, y Holanda, administrada 
como una buena casa de comercio, pudo más que Es- 
paña, á pesar del inmenso territorio de ésta. Des- 
pués Suliy y Colbert administraron bien á Francia, 



ube de poseedores de 



Celebéti 



ico Gómeide 
lo y Villegas. 

, historiador, fi- 
lósofo, poKiico, Dovelista. 
Es una de íai más grandei 
figuras de lu tiempo 
(1580-1654). 



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39» 



HISTOXIA DE ESPAÑA 



idominó, mientras que nos- 
donamos el desbarajuste has- 
ienio de ta Casa de Borbón, 
de fuera lo que aqui no habla- 
ear. 

qae faltasen recursos en la 
nos que A principios del si- 
cinco casas con reata anual de 
iravedis, una con 20.625.000, 
50.000, dos con 15.000.000, 
j5o.of>o, tres con 9.375.000, 
X).ooo y cincuenta y cinco tí- 
itidad inferior, pero también 
rabie; que el Arzobispo de 
30.000.000 al año; el de Se- 
000; el Príor de San Juan, 
>. Las familias bien acomoda- 
n en todas las ciases y regió- 
lo general, aun en los pobres, 
^líco que ahora se quiere ver 
fuente de información la lite- 
,ca. Sancho Panza era propie- 
en pequeño (2), y él mismo 
le gastaba en su alimentación 
ivedis diarios (3), que no era 
ra un pobre lugareño, costan- 
nces en Madriij 14 maravedís 
de carnero y 12 la de vaca (4). 
I inmortal de Cervantes, que 
fectamente refleja el estado 
social de aquel tiempo (5), 
nos presenta un cuadro de 
bienestar quizás superior al 
de la época presente, y har- 
to distinto del que ahora 
suele pintarse como retrato 
de la Espafia de los Austrias, 
y, álasazón, el español, aven- 
turero de suyo, no se rCHg- 
naba con tanta facilidad co- 
tí) Lacio Mirineo Sfcnio. 
(Libre di íai cesas uiturnTObUt it 
Eifañn}. 

(1) ... iJ á goiemar VMtitra 
Ciiia y á ¡airar vtuslres ptgaiarts, 
y dejaos de frittndir inxuUs ni im- 
sulíi ( Don Qaijott, segunda parte 
Cap. h). 

(3) Idera.primera parle. Ca- 
pitulo XXIK. 

(4) Lope de Vega ( Deríttdl 

(5) ExtaJ, ,KÚl fmt rr>E» 
el Quijete, por An^ Salcedo. 
Obra premiada pnr ta Academia 
de Ciencia* Morales j Politicai. 



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HISTORIA DB ESPaAA 



399 



mo muchos ahora á la miseria, sino que se iba re- 
sueltamente á correr mundo, ora á América, ora á las 
guerras de Europa. De América volvían bastantes 
con capital, que situaban en juros (papel de Estado), 
ó más usualmente en censos sobre la propiedad in- 
mueble, naciendo asi la clase de los rentistas, que con 
la nube de beneficiados eclesiásticos y de los mayo- 
razgos constituyó pronto una masa imponente de 
gentes que vivían sin trabajar, comentando en los 
corrillos callejeros, en las tertulias de los conventos, 
colas casas de cimversación{i),%'eTmcn délos futuros 
casinos, ü rta las botillerías las nuevas de Flandes ó 
cualquier linaje de bagatelas, no descuidando, por 
supuesto, el murmurar del valido en auge y de todas 

las personas de viso. Recur- Aator.'enUeotru' obras, de 
sos habla; mas el privilegio J'Ua de un principt poUtics 
mayor de la Nobleza era no cnsUano ((584-1648). 
contribuir al Estado sino 

con sus personas, que en los siglos xv y xvi hablan 
sido efectivamente de mucha utilidad social, pero 
que en el xvji no tenían ninguna, y los fueros regio- 
nales consistían también en no pagar: de suerte que 
los pecheros de Castilla eran, en resumidas cuentas, 
: los que llevaban sobre sus hombros toda la máquina 
de la Monarquía. Con razón regateaban loa procura- 
dores en las Cortes basta el última maravedí, porque 
aquello era injustísimo, y además insuficiente. 

115.— Pero esta organización tan defectuosa del 
Estado no era sino una consecuencia df| modo de ser 
social, así como este modo de ser lo era de una mul- 
titud de malas cualidades y defectos en el carácter 
individual de los españoles de entonces. Pasaron ya 
los tiempos en que se atribuían sistemáticamente á 
los Gobiernos y á las constituciones políticas todos 
los males sociales: por regla general un buen Go- 
bierno es factor indispensable de la prosperidad y 
grandeza públicas; mas no es posible un Gobierno 
bueno si la sociedad no está preparada y dispuesta 
para dejarse gobernar bien. Los Reyes Católicos 
hicieron muchísimo gobernando acertada y enérgi- 
camente; pero hacía más de un siglo que se venia 
suspirando en Espaila por un Gobierno de esa índo- 
le, y la masa social apoyó con entusiasmo y cooperó 
activa y eficazmente á la obra de los Reyes. Desde 
la segunda mitad del siglo xvi en adelante los espa- \ 
itoles fueron muy otros que anteriormente: tenían, 
es cierto, las mismas virtudes y los mismos vicios 
que antes; sin embargo, las virtudes hablan mengua- 
do y los vicios crecido. josé Ribera ti EsfaÜolítü. 

Nada más hermoso que su fe religiosa. Esta fe Célebre pintor, de Jáiíba, 
producía maravillas de santidad en las almas privi- discípulo de C«r«v>ggio, 

notable especialmente pot 

la ¡nlensidnd dramálica de 

(t) Zabaleta (Diadefittta en Madrid). todkssas obras(l5S&-l^). 



FiaDcisCO de Moneada 

Notable cioaUta, autor 

Ejrfedición di catalanes 

aragentsts contra turcos 

gritges (1586-16351- 



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400 



HISTORIA DE ESPARA 



legiadas, heroísmos incomparables en los campos de 
batalla, obras maestras en la poesía y Bellas Artes y 
un estado general de costumbres puras, en que el 
respeto á la patria potestad, et sentimiento de la 
honra basada en la castidad de las mujeres de la 
familia — esposas, hijas y hermanas, — el respeto ca- 
balleresco A las damas y otras muchas virtudes pú- 
blicas y privadas brillaban como astros de primera 
magnitud; pero equivocariase quien sólo viera la me- 
dalla por este lado. Por desgracia, el oro purísimo 
del fervor religioso iba mezclado con muchísima es- 
coria. Escoria era, y del peor género, la cerní into- 
lerancia, no con la inñdelidad y la herejía, sino con el 
inñel y el hereje; más aún, con el qué había tenido la 
desgracia de un antepasa- 
do judío, moro ó protes- 
tante. ¡Y qué tremendo 
era ese odio, y cómo se 
unía á la natural dureza 
de nuestra razal [Y á qué 
alardes llegaba, que hubie- 
ran sido ridiculos á no ser 
tan crueles) Contra ct espíritu del Evangelio, admi- 
tieron nuestros católicos antepasados dos clases de 
cristianos: viejos y nuevos. Para ser cristiano viejo 
bastaba legalmente con que hubieran sido cristia- 
nos los cuatro primeros ascendientes; pero en la 
práctica se hilaba tan delgado, que si se descubría 
de alguno bisabuelo ó tatarabuelo, y hasta pariente 
colateral, que hubiera sido moro ó judio, ya se íé 
miraba con prevención ó con nota infamante. ¡Qué 
tristeza infunden las amarguras y humillaciones que 



Alonio Sánchez Coello. 

Admirable pintor de cá- 

inuB de Felipe II i in- 

siene relratista 

fiSI5-i59o). 



se hicieron sufrir á los i 



Diego Rodrignei de SUti 

y VeiUquez. 
•X más (¡raDiic pintor tealii- 
a quG ha habido en el man- 
ió. Entre sus obras, todas 
naravil losas, se deslaca ese 
te que se llama 
>™m/(i589-i66o). 



Francisco Zurbar 
Famoso pintor, de ti 
talento ¡r gran coi 
que lopo expresar 



'H/esos y cristianos nuevosl 
Los hubo ilustres por la 
santidad y por el talento; 
pero de nada les valió: 
siempre tuvieron la fea no- 
ta, y eran excluidos de los cabildos, concejos, her- 
mandades y gremios, y hasta — ¡qué horror y qué 
ridiculez! — de tas Ordenes mendicantes. Escoria 
unida también al oro de las creencias religiosas eran 
el sobrenaturalismo exagerado, la beatería y mila- 
grería aparatosas y muchas veces ficticias, la seudo- 
mfstica, las penitencias crueles, y algunas repugnan- 
tes, como la de azotarse por las calles y en las igle- 
sias, de que todavía se burlaba el padre Isla en su 
/Víy Gerundio de Camfazas, etc. 

Esta exaj^eración y corrupciones del fervor reli- 
gioso hermanábanse con la manfa nobiliaria llevada 
al extremo más deplorable. Quien no tenía antepa- 
sados ilustres (hidalgos) no hacía en el mundo sino, 
según la terrible expresión del Quijote, acrtctiUar ti 
número de los nacidos. Al plebeyo ó de obscuro linaje 



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HISTORIA DE ESPAÑA 



401 



obrai mautras ion Et Cri- 
tícin. El Herm y El Dis- 
crílo, tradacidas i todoi 
los idiomai (160I-165S}. 



se le consideraba incapaz de toda acción generosa, 
de ser buen soldado, basta de valor personal. Zaba- 
leta nos pinta al linajudo que se pasa toda ta noche 
'Soñando con que un gran señor prueba que des- 
•ciende de su casa para pretender un hábito; que 
•antes de ponerse la golilla abre un nobiliario y va 
•mirando su genealogía*; que dice á su amigo «que 
•no sabe cómo la gente común no se muere de pe- 
•sadumbre de serlo, viendo el poco caso que hace 
>de ella la Nobleza y la reverencia que ella á la No- 

• bleza debo; que al ver pasar por la calle á un 
joven bien vestido, murmura con fruición: «bien veis 
>qu¿ entonado va y qué aliñado, pues no tiene más 
>de un cuarto de judio: su abuelo materno andaba 

•en Salonique con tocas; Baliuar üiadin. 

• queen la iglesia entra muy luigae leúlogo, fidtolo j 
•entonado y corresponded liieraio ncagonÉí, de i« 
.las cortesías que le hacen í".-"?""'..^'. ^"^i: ^'" 
•los menores con menores 

• cortesías; desdéñase del 
•lado del humilde, y si no 
>se puede apaitar, le desvía 

■ de su lado.; que durante la misa en lo que principal- 
mente se fija «es en et escudo de armas del patrón 
•de la capilla: pásase en esto muy grao rato; levan- 

• tanse todos al evangelio, y dícele á su compañero: 

• Este escudo tiene algunas cosas honradas y otras 

• trabajosas». Prosigue di- 
ciendo: «Aquellos dos 

• cuarteles le vienen legl- 

• timamente; pero aquel 
>de tal linaje, que es el 

• mejor, le tiene por bas- 

• tardiai; y que acabada la 
misa alza los ojos y ve col- 
gados en una pared unos 

lienzos con unos letreros que vulgarmente llaman 

los sambenitos, donde están escritos los nombres 1 

y las culpas de algunos que ha castigado la Inqui- 
sición, y púnese á leerlos muy despacio. . , con la 
intención de tejer sobre la certidumbre de una 
falta conocida la máquina de otras afrentas que 
mancillan honras que están sin culpa. Don Juan de 
Zabaleta encuentra mal esta invención del linajuda: 
en la lectura de los sambenitos otra cosa fuera si ^ 

tas leyese para lo que están puestos: «para huir de Gregono Heniiadtz. 

.la culpa con el horror de ta pena, y para conocer ^Z^'f/'^í^uia Á"ZoÍ 
>la sangre délos vecinos de la República y no mez- ValladoUd, en dondi floriHi 

• ciarse con ella en los casamientos suyos ni de su 
•familia. . 

Las corrupciones del sentimiento religioso y 
la manía nobiliaria eran indudablemente efectos de 
una soberbia tan grande como vana que hablase 
Skleedo, Historia de EspaíIa 



Alonso Cano. 

CUiico T admirable ucaltor . 

T nolablc pintot andaluz, 

uno de los más esclarecidos 

eatie los eipafioles 

(1601-1667). 



Gregorio Femándei, 



,. ranáts créditos di st, 
lidad, y murió el año ib, 
lo¡ JO dt su hidad, en , 



D,g,t7cdb/GOO^C 



HISTORIA DE ESPAÑA 



Sor Morís de Je*úi 

Venerable leiigio» ínm- 
clicana. Sus caitaa á Fe- 
lipe IV son verdadera- 
mente admirables 
(1602-1665). 



apoderado del alma española en aquella época, y 
cuyas manifestaciones eran la fanfarronería de que 
tan donosamente se burló Brantfime y el irritante 
espíritu de superioridad de que se hacia alarde en 
todas partes. No ningún extranjero, sino uno de los 
españoles de más claro entendimiento del siglo xvi. 
Arias Montano, escribió: <La soberbia de nuestra 
mación es intolerable y su poco término que tiene 
>en cariciar las naciones extranjeras, porque en Es- 
>paña los extranjeros muy bten tratados son de los 

> españoles, empero en sus mismas tierras noguar- 

• dan á mi parecer la equi- 

• dad que se requería en tra- 

• tarlos, y no digo esto de 

> los principales ministros de 
■ nuestra nación, sino de los 
>medianos y de los meno- 



Ünase á todo esto la poca ó ninguna cohesión 
entre los distintos reinos que formaban el Imperio 
español, de que hablaron ya como causa determi- 
nante de nuestra decadencia el napolitano Campa- 
oella y el español D. Baltasar de Álamos Barríentos, 
falta de cohesión que se echaba de ver, y muy no- 
tablemente, en la misma Península, donde al movi- 
miento unitario del siglo Jcv había sucedido una teac- Francisco de Rojas 
ción regionalista, de que fue- Zorrilla. 

ron tristes episodios la sepa- Notable poeta dramítico, 
1 , tf , , f^ cuyas obras maesuvs son: 

ración de Portugal y la re- GaríM di¡ Catiaüar j En- 
belióu de Cataluña, y se tn botes anda ti jutgn 
comprenderá que no an- (1607-1661). 

duvo descaminado Cánovas 

del Castillo al añrmar que no es tan de admirar 
nuestra decadencia como los esfuerzos que se hicie- 
ron para irla difiriendo durante todo el siglo xvti. 
Es lo cierto que al terminar esta centuria nada sig- 
nificábamos en el mundo, y que para seguir vivien- 
do se hacía preciso un cambio radical. Debe hacer- 
se notar, por último, que esta decadencia política, 
económica y social no coincidió con la literaria y ar- 
tística: si el siglo XVI fué el de Santa Teresa, San Juan 
de la Cruz, los dos Luises, el Greco y el de la cons- 
trucción de El Escorial, en el xvii publicó Cervan- 
tes el Quijote, llegó el teatro español á su mayor flo- 
recimiento, y la pintura, principalmente representada 
por Velázquez y Murillo, alcanzó también su apt^eo. 
116. — Bellas Letras. — Para nuestra literatura, 
en efecto, el siglo xvii marca et zenit de su carrera. 



Barlolomí Esteban 

Murillo. 
Admirable pir'or sevilla- 
no, cuyos misucos asun- 
tos trató con gran delics- 
deiH, elevación y poesía. 
Sus Inmaculada! son cé- 
lebres en todo el mundo 
(i6o»-i682). 



{ExflUacibn de la lámina XCIJI.) 

Vidrio* eapaAoietdei iiglo Xviii.- 

de roca. — 3. Vidrio de Lí Oranji. Fniiero y fl. 



tillado dccrislil 



D,g,t7cdb/COOgIC 



HtsTOiUA Gkífica de la CiviLucAaóN Esfañola 



Vldrioi capaBolct del ilslo XVIII. 



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404 



HISTORIA DF F.SPaSa 



A los historiadores ya citados como del siglo anterior, y de los cuales 
casi todos alcanzaron éste, hay que añadir, entre otros muchos, á D. Fran- 
cisco de Moneada (i 586-1635), clásico narrador de la Exptdición de catalanes 
yaragotusesd Orieiüt\ al portugués Ü. Francisco Manuel de Meló (161 1-1666), 
maestro de la lengua castellana, y á D. Antonio de Solls (1610-1680), que 
hizo de su Historia dt la Conquista de Méjico un verdadero poema. 

Como escritores políticos llegaron á la cumbre D. Diego Saavedra Fa- 
jardo (1584-1648) y D. Francisco de Quevedo; más bien que político es mo- 
ralista y sociólogo originallsimo el P. Baltasar Gracián (1601-1658), al que 
se da una importancia filosó- 
fica y literaria semejante i la 
artística que se reconoce en 
' el Greco. 

Siguió cultivándose la no- 
vela con extraordinario éxito. 
Ed el género picaresco, Ma- 
teo Alemán publicó la segun- 
da parte del Guzínán dt Alfa- 
roche (1604); Quevedo, \a His- 
toria de la vida del Bttscón lla- 
mado D. Pablos, ejemplo de va- 
gabuttdús y espejo de tacaHos ó 
Historia y vida del gran Ta- 
caño; Vicente Martínez Espi- 
nel (1550-1624), á quien se 
atribuye la invención de la 
décima (espinela) y de la quin- 
ta cuerda de la guitarra, las 
Relaciones de la vida y aven- 
turas del escudero Marcos de 
Obregón (1618); Luis Vélez 
de Guevara, £1 Diablo Gt- 
jttelo (1641). 

Ya queda indicado en 
otro lugar cuándo nació Cer- 
vantes y la publicación de ¿a 
Calatea, su primera novela. 
En 1605 se puso á la venta 
la primera parte del Quijote. 
En 1614 salió el Quijote apó- 
crifo, ó segundo tomo com- 
puesto por el Licenciado Alonso FemáudéB de Avellaneda, natural dt la villa 
de Tordesillas, seudónimo que oculta á un escritor desconocido. En Sep- 
tiembre de 1613 vio la luz la Colección de novelas ejemplares; á fines de 1615, 
la segunda parte del Quijote. Murió el príncipe de las letras castellanas el 23 
de Abril de 1616, y un año después fué publicado su último libro, Trabajos 
de Per siles y Segismundo. 

La poesía continuó el majestuoso vuelo emprendido el siglo anterior. 
Los hermanos Argensola (Lupercio y Bartolomé) son dos poetas correctos 
que merecieron el dicho de Lope de Vega: «los Argensolas han venido de 
Aragón á enseílar el castellano>; sus poesías fueron publicadas en 1634, 
D. Esteban Manuel de Villegas, desigual en su producción, llegó en sus ana- 
creónticas á lo insuperable. Jáuregui, Alcázar, Rodrigo Caro, Andrade, Rioja, 



El principe de los in^en 



. . i, Migael de Cervantes 
Saavedra. 

{Retrato dtaubierto in igii y consiJírado como aulén- 
lorídadn Ttspilabl/s. No es. sin imbarge, 
indisíutiblí su autiníicidad.) 



,,CoogI 



HISTORIA DE ESPAÑA 4O5 

etcétera, son otros tantos pregoneros de la gloría 
literaria de Sevilla. D. Luis de Góngora y Argote 
(1561-1627) tiene dos fases en su carrera; una, la de 
poeta facilísimo, amenísimo, como ninguno gracioso 
y sentido; otra, la de iniciador ó fundador del gon- 
gorismo ó culteranismo, ó sea del sistema de elevar 
el lenguaje poético por el empleo de palabras raras, 
exóticas y primorosas, por el uso del hipérbaton la- 
tino y por el abuso de las metáforas, de la mitología 
y de la erudición clásica. En todas las lenguas se dio 
por aquel tiempo un fenómeno igual: en Italia se lla- 
mó maritfistHo (de Juan B. Marini); en Francia, fre- 
ciosismo; en Inglaterra, entuismo. 

Coincidió el culteronismo con el conceptistno, ini- 
ciado por Alonso de Ledcsma (1522-1622) con sus 
U mds elogiada Se sos Conceptos espirituales (1600) y su Monstruo imaginO' 
obr»»{i6io-i686i. rfo(i6i5),y al que dióautoridad D.FranciscodeQne- 
vedo Villegas (1580-1645), varias veces citado. Con- 
siste el conceptismo en alambicar los conceptos ó su- 
tilizar el pensamiento. Conceptismo y culteranismo 
inficionaron, no sólo la poesía, sino la prosa, deter- 
minando la decadencia general de nuestra literatura. 
No se libró de ello la religiosa, que si todavía en el 
siglo XVII produjo obras estimables, como la Vida de 
San yosé, en verso, del maestro José de Valdivie- 
so (160?), la Cristiada de Fray Diego de Ojeda 
(Lima, 1611), las poesías de la mejicana Sor Juana 
Inés de la Cruz, exentas de los apuntados vicios, y 
algunas otras de corte popular, decayó lastimosa- 
mente en todos sus géneros. 

Como ya hemos dicho, el siglo xvii señala el 
apogeo de nuestro teatro. Debióse principalmente 
al ya citado Lope de Vega, que llegó á escribir 1.800 
comedias, más 800 autos que cuenta Montalbán. Esta 
labor inmensa no es, naturalmente, selecta, y apenas 
hay alguna obra de Lope que merezca caliñcarse 
de acabada: muchas son improvisaciones, esbozos 
trazados ligeramente que piden quien las escriba; pero la fecunda y bríllantf- 
sima imaginación del autor, su asombrosa facilidad 
para componer y versificar, su profundo conocimien- 
to de los recursos teatrales, su maestría en el arte de 
impresionar y emocionar á la multitud, la sinceridad 
é intensidad con que sentía todos los tipos mora- 
les, por contrarios que fueran, así como todas las 
situaciones de la vida, y su espontáneo é intensísimo 
espaitólismo, hacen que su teatro en conjunto ostente 
un sello de originalidad iuconfundible, sea la repre- 
sentación exacta y á la vez ideahzada de la sociedad 
española en el siglo xvii, con sus grandezas y sus 
miserias, con sus altas aspiraciones y sus desmayos, 
con su heroísmo y sus bellaquerías, en suma, con to- 
das las contradicciones y altibajos de la vida real; y, 
por último, que en ese teatro estén casi todos los 

D„j,i7<-,ib,.CoogIc 



SCO Manuel de Meto. 
□ y admirable escri- 
tor político en español y 
Íortueuís. Es famosa su 
istona de U Gutrra de Ca- 



NicoUs Antoaio. 
FunoBo bibliógrafo jr lite- 
rato emdito (1617-16S4). 



Historia CrÍfica db la Civiuzación Española LJmina XCIV 



HISTORIA DEL TRAJE.- Trajci del (Icio XVII. 

D,g,t7cdb/GOOgIC 



HISTORIA DE ESPAÑA 407 

alimentos, casi todas las situaciones, casi todos los 
tipos y caracteres que se perfeccioDaroQ después por 
otros autores de comedias. 

Fray Gabriel TéUez (Tirso de Molina) — 
1571-1648 — perfeccionó en gran parte la obra de 
Lope, y sus tres obras maestras, El coMdmado por 
dtsconfiado. El Burlador de Sevilla (D. Juan Tenorio) 
y Marta la piadosa, bastan para asegurarle puesto 
preeminente en la literatura universal. El mejicano 
D. Juan Ruiz de Alarcón escribió comedias de buena 
int