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Full text of "Historia de Felipe II, Rey de España"

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-^ — ^apt^i^s+i 3ra_ 



I 



HARVARD COLLEGE 
LIBRARY 



FROMTHB FUNDOP 

CHARLES MINOT 

OASSOP 1838 



/^ 



HISTOEIA DE FELIPE II 



REY DE ESPAÑA. 



r 



Jl> . 



SALVADOR MAÑERO, EDITOR. 



HISTORIA 

DE FELIPE n 



POR EL BXCMO. SR. 



PUQUE DE SAN MIUUEL; 

GRANDE DE ESPAÑA DE PRIMERA CLASE; 

GRAN CRUZ DE LA REAL T DISTINGUIDA ORDEN DE CARLOS III T DE LAS REALES 

T MILITARES DE SAN FERNANDO T SAN HERMENEGILDO; CAPITÁN GENERAL DE LOS EJÉRCITOS 

nacionales; primer comandante general del real CUERPO DE GUARDIAS ALABARDEROS; 

GENTILHOMBRE DE CÁMARA DE S. M. CON EJERCICIO T SERVIDUMBRE; 

SENADOR DEL REINO; DIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORU , 

ETC., ETC., ETC. 

SEGUNDA EDICIÓN, 

REVISTA, CORREGIDA Y REFORMADA POR SU AUTOR, 
Y AUMENTADA CON SU BIOGRAFÍA, JUICIO CRÍTICO DE LA OBRA Y UN ESTUDIO 

SOBRE LA éPOCA DE FELIPE II 

POR 

D. VÍCTOR BALAGUER. 



EDICIÓN DE GRAN LUJO, 

adornada con láminas en acero y boj representando^retratos, 

batallas, vistas, etc., etc. 



TOMO I. 



BARCELONA: 

ADMINISTRACIÓN. ||| LIBRERÍA. 

Ronda del Norte, número 128. It| Rambla de Sta. Mónica, número 2. 

1861. 



S^o^v^^'^-s, dx 



Harvard Collc : o Libraiy 
Aug. 2^> IwilQ 



fiS PROPIEDAD DE SALVADOR MAÑERO. 






íí^o 



PROLOGO. 



De todos los ramos del saber y la literatara caltívados desde el 
principio de las sociedades hasla los tiempos que alcanzamos, nin- 
guno cuenta mas escritores ni lectores que la historia. Natural 
es, en efecto, que llame la atención del hombre este gran cua- 
dro de su vida, donde entra lo presente y lo pasado; lo grande, lo 
magnifico, lo sublime, al par de lo pequefio, de lo feo, de lo horri- 
ble; donde su especie aparece bajo formas tan diversas; donde se 
presentan todas las fases de su condición, según la diferencia de los 
tiempos, de los climas, del grado de civilización, de las preocupa- 
ciones, de los b&bitos. Aun despojando ¿ la historia de su carácter de 
moralidad, como fuente inagotable de lecciones prácticas, le queda- 
ría una grandísima importancia, considerada como un simple objeto 
de curiosidad, como un simple espejo en que el hombre contempla su 
figura. Todas son en efecto dignas de ser vistas; mas no pueden 
excitar el mismo grado de interés en cuantos la observan. La dife- 
rencia de gustos, de índole, de educación y hábitos, influyen en 
esta clase de predilecciones. Anteponen unos la historia antigua á 
la moderna, y al contrario. Busca el uno guerras; el otro transac- 
ciones mas pacíficas: sigue este con interés los progresos de las cien^ 

Tomo i. i 



6 HISTORU DB FSLIPE II. 

cias y las artes, mientras se deleita extlusivamente aquel con todo 
lo extralio y anticuado que ofrezca los menos rasgos posibles de con- 
formidad con lo que existe. En esta inmensa galería, todos buscan, 
todos hallan sus colores, sus actitudes, sus personajes y grupos fa- 
voritos. 

Mas cualquiera que sea este carácter ó índole particular, casi 
todos están de acuerdo en que de las épocas de la historia moderna, 
ninguna merece preferepQia «1 spg|p ]L^I^ «ra se atienda á las cosas, 
ora á las personas; ya á la importancia y copia de los aconteci- 
mientos, ya á su influencia en los destinos de la especie tiumana; 
siglo verdaderamente grande y oM^nífico bajo cuantos aspectos se 
le considere; siglo en que renacieron las artes, algunas de las que 
adquirieron un brillo y esplendor que no gozaron desde entonces: 
siglo en que se desenrollaron las ciencias; en que se descubrió el 
nuevo mundo; en que se agitaron tantas contiendas políticas y re- 
ligios;»^ eq, qQ|9 desplegaron su ^eqiQ, y i^r distintos capiino^. se 
inqQortalizaron tantos hombres; cjoijideel Iftllerdclartistai^ el gabine- 
te áe\ sabio, y Is^ arena de las contrQversiajs religiosas, ofrecían tac- 
tos títulos dQ renombre y gloria como los mismos campos de ba- 
talla. 

L^ historia de nuestr«^ oacion se halli^ taq^ enl$[Z94ft.Con tpidfls. los 
acontecimientos importantes de s^quel síglQi^ que es imposible escri- 
birla sin entrar mas ó menos e^ la de los. demás pueblps de la gi^- 
ropa^. Ocuparon sucesivamep te el troqo QspaDol du^antei casi t¡odo 
este período, do^ monarcas, que, domins^qjlo á m^ de este; pa|s ep 
otros muchos, debieron por precisíoa de tomar parte en cqajQtos 
negocios importantes ocurrieron durante su reinado: dps monarcas 
famosos por la actividad de su carácter, por su espíritu ambicioso, 
por su vasto poderío, por la habilidad que desplegaron en el go- 
bierno y administración de sus estados. Fiteron ambos y son en la 
actualíds^scasi igualmente célebres, mas no del mismo modo: los 
dos figuran en primer término, mas no con un mismo colorido: 
ambos fueron objeto de rivalidades y ()e odios, mas con diferentes 
grados de encarnizamiento: los dos tuvieron sus historiadores, mas 



Mt^LOGO. 7 

00 los hjiIlfttoB igüAlto^bte fieles y hábíleí. Bajo inbos conceptos 
fué müá afortunado Carlos qoe Felipe. Pocos hombres han sidoefée** 
títiLtnente ínas qoe este últiibo, blancos de parciatidad, de preyen«^ 
eíob, de mala fé por parte de sos historiadores. Para unos es poco 
meóos que uo B^: para otros un dettiMio: aquí se pone en las 
Atibes su piedad, so celo religfoso: aHí se le pinta como un mons- 
truo de superstición y fabatismo: lo que para los primeros fué jus^ 
ütíttL, fué prudencia, fué política, lo califican los Segundes de cruel- 
dad, de ñadsedad y de perfdfo. Nada prueba tanto la lucha encar- 
binada de intereses, opiaiMes y principios, que, encendida durante 
su etisteboia, comimicé so fiíror á las generaciones sucesivas. 

K\ empireiider ia vida y hechos de Felipe (I, rey de Bspafia, bo 
dMMaoeeoifes ia «lasa de nuestra tarea, ya atendiendo á lo vasto de 
las indagadoaeS) ya al mwio 4t presentar su resultado. Si la histo- 
ria es «n todas ocasiones un estudio serio y grave, ninguna debe de 
laortoer mt» este «Sféetor, que la ^ m persoaaje tan grave y tan 
seiMro eu todas las situaGiOnes de la vida, óé un monarca tan im- 
potlhate ea biesttos «nales, tan enitflíaSo^ranf^l nombre y las gran- 
deias espálelas, y sobre toda cuya memoria eKcila tan diversos seo- 
Hmienfos. Por mas que se impMga um híst(Hriader el deber de inda- 
gar los beehos t»D toda díligenda, 4e exponerles coa imparcialidad 
y exactitud, «s imposible que no ehtqae muchas veces coa seatímien- 
toslhvwiteS) con opiniones demientes, con las preocupadones que 
seBdqaien»^ neoBsidad, seguu ei cf reulo en que se vive, el par- 
tida k que Se pM'teoece, ele. Teniendo pues preseotes estas coosi- 
éeraeioaes, y ooifvencidoe de la imposibilidad de contentar á todos, 
airamos ^de Felipe II ia verdad, é lo que mas probable nos parezca, 
después de comparados los datos en las diversas autoridades que 
«maullemos^, ora amigos, ora contrarios, pues la justicia exige que 
se oiga & entrambas partes. Ningún interés tenemos en hermosear, 
ni menos en cargar el cuadro de tífttas demasiado oscuras. Como 
espalioks debemos de propender á lo primero. Y ¿qué persona que 
lleve este nombre puede piseeoindir de un movimiento tde amor pro*- 
pia ú reearrer ua época en que su nación .era considerada, res- 



S mSTORti PS FELIPE II. 

petada y colocada por su poder, sí no la primera, al menos al par 
de las primeras de la Europa? Mas haremos por desprendernos de 
estas ilusiones que tantas veces extravian el entendimiento. El me< 
jor modo de evitar los escollos á que lleva la parcialidad, es pre-^ 
sentar los hechos con exactitud y ser parco en reflexiones; escribir 
para narrar, no para probar; ser lógico en presentar datos, dejando 
al cuidado del lector el deducir las consecuencias. 

La historia de Felipe', II, que comprende la segunda mitad del 
siglo XVI, no abraza sucesos menos importantes que la de su pa^ 
dre, relativa á la primera. Si algunas figuras del primer cuadro 
son de mas relieve qup sus análogas en el segundo, se ofrecen otras 
en este que en aquel se buscarian muy en vano. Ni Espafia ni Ita*- 
lia presentan á la verdad los acontecimientos que llaman tan pode^ 
rosamente la atención, pero en cambio Francia, Inglaterra, Escocia 
y sobre todo los Paises-Bajos, son de un interés á que no llegan en 
el primero dé los dos periodos. Si han desaparecido de la escena los 
Leyvas, los Pescaras, los Condestables de Borbon, etc., no apare- 
cen menos importantes los Farnesios, los duques de Alba, los Guí« 
sas, los principes de Orange. Son tan grandes personajes en Ingla-^' 
térra las reinas María é Isabel, como su padre: la de Escocia, Ma^ 
ría Estuarda, es ella sola una novela, un drama que excede en lan- 
ces peregrinos á cuanto se pudiera inventar en este género; y sin 
salir de nuestra propia casa, el espectáculo de un Rey que desde el 
fondo de su gabinete agita el mundo con los resortes poderosos de su 
ambición y habilidad en materia de gobierno, casi llama tan podero- 
samente la atención como el que pasó su vida en una peregrinación 
continua, imprimiendo en los negocios lá actividad que no podian 
menos de recibir de su presencia. 

Bajo cuantos aspectos se considere el reinado de Felipe II es un 
período de grandísima importancia en nuestra historia. En él ad- 
quirió Espafia entre las naciones de Europa un nombre y una im- 
portancia que no tuvo nunca, pues durante el de su padre fué el 
Emperador, no el Rey, quien representó el primer papel en su tea-, 
tro. Al lado de la política lucieron las artes, his ciencias, hasta donde 



PROLOGO. 9 

entonces alcanzaban, y sobre todo, la literatura qne considera aqnel 
tiempo como sa edad de oro.. Las guerras no siempre felices en que 
nos vimos empe&ados, abrieron un campo de fama & esclarecidos 
caudillos: y las costas de África como la Italia, la Francia como los 
Paises^Bajos, el mar como la tierra firme, fueron teatro de nuestras 
glorias militares. Fué este reinado el apogeo de EspaDa, conside- 
rada como una potencia: desde entonces no hicimos mas que decaer 
y perder poco ¿ poco nuestra importoncia en el mapa político de 
Europa. ¿No es digna, pues, de grande examen esta época? ¿no me- 
rece este gran cuadro que se le observe, se le estudie y con toda 
imparcialidad se le analice? Guipa ser& del escritor, no del asunto, 
si la tarea que va á emprender no corresponde á su grandeza. 

De todos modos est& el reinado del hijo tan enlazado con el de su 
padre, que se puede llamar su serie, su continuación y comple- 
mento. Si todo trozo histórico va siempre precedido de una resefia 
de aquellos sucesos que de mas cerca prepararon é influyeron en los 
que se van á referir, el prólogo natural de la historia de Felipe II 
es Garlos Y. Por este se empezará, pues; no para referir su historia, 
pues en este caso se harían dos en lugar de una, sino para entresa- 
car .de ella aquellos objetos de mas bulto que están enlazados con 
muchos é importantes de la de Felipe. Se dirá de Garlos Y lo que 
baste para comprenderle. Se le examinará bajo el aspecto de rey, 
de estadiste, de capitán, de hombre adicto mas ó menos á los dic- 
támenes de su ambición, á sus principios políticos, á sus creencias 
religiosas. Se hablará con la misma rapidez de los principales per- 
sonajes de su tiempo, de las guerras que encendieron la Europa, 
del estado de las ciencias, de las artes, de la literatura, de las con- 
tiendas religiosas, figuras tan importantes de este cuadro. Se enla- 
zará, en fin, de tol manera esta especie de introducción al cuerpo 
de la obra, que del todo resulte una exposición de cuanto el si- 
glo XYI produjo de importante, de grande, de influyente en los des- 
tinos de los hombres, con la diferencia de que en la parte de Feli- 
pe Il^se entrará en particularidades que por precisión tienen que 
faltar á la^rimera. 



10 ' HISTORU bS FBLIPK 11. 

Tdl es mie$tro ]^aD, objeto de ab «stitüo gr&ve, detenido y me- 
ditadt). Sobre so ejeeociOD, nada tenemos qoe decir al páMico qve 
va k juzgarla. Coal(}aiera falta de vigor que advierta en ella, se 
echará de ver al meóos que no somos sistemáticos ni exclusivos, 
que no pertenecemos propiamente h ninguna de las escuelas en que 
se dividen los que por escrito ó de otro modo dan al públioo sus 
pensamientos. Hombres de hechos, solo en su sencilla, dará y ló- 

■ 

gica exposición se cifirará nuestra tarea. No vamos 4 escribir la sá- 
tira ni hacer ta apoteosis de Felipe II, rey de Sspafia; aspmuiMS 
solo á presentor de este monarca y de su tiempo un retmto fiel 
hasta el punto á donde alcancen nuestras, foersas. 



*tm 



HISTORIA DE FEUPE II 

REY DE ESPAÑA. 



CftPÍTtlt,0 PRIMKIO. 



Bstado de la Europa- al principio del siglo XYI.-*Espafia, Fraacia, Inglaterra yAlenuí* 
Dia«---lUli>.-^VorU]0aU-r4ii4)^io OtomanOr-rrlíuerzaA penaaiMiiit^,'— Poder abso- 
luto. 



AqQnQÍ«^l){)Q los Últimos aHos del siglo Vf que iba h abrir el XVI 
una. wijeva época para casi todas las maciooes de la. Earopa. los 
cambies en polUíca^y dem&s asuntos interesantes á la especie ha- 
mana, q;ae osrdinaríamente siguen la? leyes de una marcba lenta y 
progresiva, tuvieron el carácter de aquellas transiciones rápidas, 
qu)s se deben á la mauo de las revoluciones. En todos los esta- 
dos se experimentaron mudanzas de mucha coosideracion nacidas, 
coD corta diferencia,, de las mismas causas. Mas á ninguno se 
puede aplicar esta qbservacion con mas exactitud que á nues- 
tra EspaOa. Dividido este pai3 en tantos estados independientes muy 
pocos afios antes, estaba en vísperas de componer una sola. y com- 
pacta monarquía. Habia unido un matrimonio feliz las coronas de 
Castilla y Aragón, y dado la conquista á los Reyes católicos el único 
reino de dominación sarracena que restaba en la Península^ Igual 
suerte aguardaba á Navarra, cuya posesión, disputada por las casas 
de Foix y de Castilla, iba á^ ser adjudicada á los derechos del mas 
fuerte. Por uno de estos caprichos tan comunes del desjtÍAO, el país, 
que después de tantos sacríGcros, tan porfiadas guerras duran.te 



12 HISTORU DE pklPS II. 

machos siglos, había llegado al estado de unidad política, debia de 
hacer parte de un mas vasto Estado, pasando á manos de un prín- 
cipe extranjero, dneSo ya de muy ricas posesiones; perspectiva 
grande á los ojos de los que confunden tal vez la felicidad de un 
pais con la grandeza de sus reyes; mas que turbaba sin duda la 
quietud de cuantos contemplaban los azares que correrla su pais 
en un cambio nuevo de política. 

Fueron sin duda los Reyes católicos los monarcas de mas pru^ 
dencia, sagacidad y dotes de gobierno, que contaba Espafia en sus 
anales. Con diferencias tan marcadas en índole y carácter, contri- 
buyeron ambos, sin poderse asegurar de qué parte con mas saber 
y habilidad, á componer de tantas provincias un grande poderío. 
Ni á Fernando dominaba Isabel, ni al rey de Aragón rendía obe- 
diencia la soberana de Castilla. Eran ambos como dos compañeros 
de fortuna, que poniendo casi un mismo capital, trabajaban con la 
misma actividad por sus aumentos de que ambos participaban 
igualmente. Nmgunos fueron mas adelante en los proyectos que 
entonces animaban á los principales monarcas de Europa de en- 
sanchar los límites de su poder, enfrenando los bríos de la aristo- 
cracia. Se sabe con cuánto celo se aplicaron á restablecer el orden y 
tranquilidad en sus estados, á promover los intereses materiales del 
pueblo, á establecer fuerzas permanentes, que dependiendo en un 
todo de la corona, le diesen toda la autoridad que tanto ambicio- 
naban. Con la incorporación en ella de los maestrazgos de las ór- 
denes militares, perdieron estas su poder, y dejaron de brillar con 
la preponderancia que antes en los campos de batalla. En todo se 
sintió la mano activa y vigorosa de estos verdaderos reyes. Los gran- 
des, que poseían antes tantos medios de turbarles'su reposo, no fue- 
ron desde entonces mas que meros instrumentos de su autoridad, 
que cifraban su prez y su esplendor en contribuir á su grandeza. 

La conquista de Ñápeles, ocurrida á principios de aquel siglo, 
contribuyó asimismo al brillo de un reinado, que sin duda atraía 
poderosamente las miradas de la Europa. Fué una gran felicidad 
para las armas espaffolas, que el jefe puesto á su cabeza, hubiese 
merecido por su habilidad el título de gran Capitán, conferido por 
amigos y enemigos, sin que nunca la posteridad haya pensado en 
disputarle un renombre, de que sin duda se mostró muy digno. 
Otros caudillos le alcanzaron en aquella lucha célebre, y esparcie- 
ron en la Europa el brillo militar de una nación probada en tantas 



guerras. La iafaoteria espafiola adquirió desde eDtoiiAes ¡na prima* 
eia, que conservé casi por espacio de dos siglos» Bl grao Capitán 
formé hm escuela de famotsois capitanes, cuyos nombres son citados 
coa estimación, y cuyas glorias no se han oscurecido todavia. 

Para hacer mas singular, para coronar las prosperidades de un 
reiDado tan famoso, les deparó la fortuna y el genio de un grande 
hombre la adquisición de un nuevo mundo, que iba k causar una 
revolución en los destinos déla especie humana. Sin Colon, no hu- 
biese ooQtemplado Europa este descubrimiento portentoso; mas sin 
el buen sentid» de la reina Isabel, que acogió á Colon después de 
haber sido desechado por los mas poderosos príncipes de la cris-* 
tíandad, hubiese pasado por uno de estos hombres visionarios que 
creen en ms sueOoSy y bajado al sepulcro con su genio y su saber, 
sin quedar de él ni el sonido de su nombre. Los descubridMres del 
nuevo continente fueron los Reyes católicos de Espafia. Aellas se les 
debe, sin que la envidia haya podido oscurecer una verdad tan glo* 
riesa para nuestra historia ^ 

Para no omitir nada de lo mas importante que á dichos Reyes ea-* 
tólicoi^ concierne, no pasaremos en silencio la expulsión de loe jú^ 
dios, y lo que es mas considerable todavía el establecímieHAodel* tari* 
bunal de la InquisicioQ, ó mas bien su reglamento bajo bases nue^ 
vas, y con atribuciones que hicieron de él una iastitucieo tan for- 
midable. No oran tal vez mas intolerantes los Reyes ealélices que 
los dem&s príncipes de Europa, com<^ aparece de b historia. No hay 
que olvidar que las primeras hogueras no se encendiefOB m Espafia; 
puea en todos los s^os que se llaman la Edad media, no se usaba 
otro método da castigar á los judíos, á los herejes y á lets hecUcerea^ 
k losi que pasaban por enemigos de Dios, ó de la religión ^ é de la 
Igle«a. Era la jurisprudencia, el dierecho público de enteacea. Mae 
de todos modos no hay duda de que el establecimiento de este tri<* 
buoal, dedicado eiclusivamente á castigar delitos contra la fe^, re<* 
vestido de tan grandes facuHades, y cod un código de procedimien- 
tos tan exiraordioario, ha influido demasiado en les destinos de esta 
nación, para que ne^ se cito ce^mo uno de los rasgos mas caraoteris* 
ticos de nuestra historia. 

¿Cuál hubiera sido el destino de BspaOa á no haber muet to sin 
sncesíonel principe don Joan, único heredero de todas sus coronas, á 
no haber pasada estas alas manos de un príncipe extraiijerof Difícíi 
es conjotararle. Mas en la suerte de los hombres como de los |^e« 

Tomo i. Ü 



14 HISTOBU BS FELIPB n. 

blos ioflayen combÍDacíoDes, accidentes fortuitos, que no es dado 
ni prever ni alterar á la prudencia humana. Quizá algunos de los 
españoles de aquel tiempo miraron con aprensión y descontento la 
salida de su corona fuera del pais; quizá otros se entusiasmaron 
con la perspectiva de un aumento aparente de grandeza. En la his- 
toria de los reinados sucesivos se encuentra la solución de lo que 
sin duda era un problema para todos. 

No se diferencia mucho el estado de la política de Francia del de 
Espafia en el principio del siglo á que se alude; mas los esfuerzos 
para aumentar el poder de la corona y disminuir el de los grandes, 
fechaba de mas lejos. Garlos Vil, que habia visto la mitad de sus 
estados en ppder de fuerzas extranjeras, y conquistado, por decirlo 
asi, la herencia de sus padres, se aplicó igualmente á tomar cuan- 
tas medidas le parecieron propias para impedir la renovación de aque- 
llas turbulencias. El establecimiento de las fuerzas armadas perma- 
nentes se debe sin duda á estas precauciones, á la ambición del rey, 
á su genio belicoso. Su sucesor Luís XI, tan diferente en muchas 
cosas de su padre, heredó en estamparte su política. Con mas saga- 
cidad, con mas astucia, con toda la fuerza de carácter que supera 
obstáculos, sin ningún escrúpulo de emplear cualesquiera medios 
que llevasen á sus fines, ningún rey fué mas temido sobre el trono, 
ninguno abatió y humilló mas la frente de la aristocracia, ninguno 
derramó mas sangre de sus subditos, ninguno trabajó mas eficaz- 
mente por los intereses de sus pueblos, en cuanto esto no estaba en 
contradicción con los suyos propios, y le servían de instrumento 
para humillar á la nobleza. El despotismo político, el poder real de 
los reyes de Francia, acabó de arraigarse en su reinado. Hasta las 
guerras civiles que ocurrieron un siglo después, y esto por causas 
que no pudo prever aquel monarca, no rebulló ningún grande, 
ninguno de los príncipes feudatarios que contaba entonces la coro- 
na. No se hizo conocer su hijo Carlos YIII en los pocos aDos que 
ocupó el trono, mas que por su expedición en Ñapóles, que por 
todos fué graduada de insensata, sin duda por su funesto resultado. 
Entonces fué cuando las armas españolas se midieron por primera 
vez con las francesas, y con tanta gloria para las primeras. Luis XII, 
contemporáneo también de nuestros Reyes católicos, fué un príncipe 
de capacidad y no menos ambicioso, aupque muy poco feliz en las 
empresas. También guerreó contra nosotros en Ñapóles, y con ei 
/nismo fruto que sa antecesor; mas reparó la mala fortuna de sos 



.0 



CiPITDLO U 15 

armas en la bríHaate jomada de Rávena. Luis XII de Francia paaa 
par QD boen rey; obtuvo y mereció sin duda el nombre de Padre 
del pueUo; mas en la conservación de todas las prerogativas y pre- 
ponderaocm modernanieate adcjuíridas^ ng s$ mostré meqo^ celoso 
que sas predecesores. 

En Inglaterra, Enrique VII, primer príncipe de la casa de Tudor, 
babia subido al trono después de una de las guerras civiles mas 
sangrientas que hablan despedazado aquel pais tan famoso por sus 
convulsiones. Horror inspira la pintura de las luchas encarniza- 
das, de las venganzas particulares, de los actos terribles de cruel- 
dad, de las innumerables víctimas en los cadalsos, que produjo 
aquella contienda entre las casas de Lancaster y de York, conocida 
con el nombre de la guerra de las Rosas. Los derechos al trono de 
Enrique Vil, que se decia heredero y representante de la primera 
de aquellas dos familias, eran muy equívocos. Debió los mas legí- 
timos á la victoria, habiendo derrotado y dejado muerto en el cam- 
po de batalla á Ricardo III, que se habia hecho tan célebre y temido 
por sus atrocidades. El nuevo rey era sagaz y previsor: conocía 
demasiado la índole de aquellos acontecimientos para no atacar en 
sa germen las causas que los hablan producido. Con mano firme 
emprendió y trabajó en su obra. Pocos reyes se mostraron mas 
contrarios al orgullo y á la ambición de los barones. Atento á re- 
frenarlos, se aplicó con mucho celo á buscar un apoyo en el au- 
mento del bienestar del pueblo. Enrique Vil fué un rey temido, 
respetado y poderoso, tan resuelto en el gabinete como lo habia 
sido en el campo de batalla. Sus leyes son citadas con elogio, y su 
despotismo no fué perdido para los Tudores. 

El imperio de Alemania adolecía siempre de los vicios de su ins- 
titución ; un cuerpo de muchas cabezas con una nominal ; una 
confederación con vínculos tan flojos , que entre sus miembros tan 
heterogéneos se introducía á cada momento la discordia. El cetro 
imperial se hallaba entonces en la casa de Austria. Maximiliano, 
que lo empuñaba, no era considerado y temido como un monarca 
poderoso. DneDo por su matrimonio con la heredera de la casa de 
Borgofia de sus vastos estados en los Paises-Bajos , no parecía que 
habían aumentado mucho su verdadero poderío. En nada fué ob- 
jeto particular de nombradia este monarca. Su mayor título á la 
fama es haber sido abuelo y antecesor de Garlos Y. 

Hablaré muy poco de Italia » cuyos estados diferentes no tmiian 



íñ HISTOMA DEmiPK U. 

ORtmoes, k) mismo qae sooede akora, mas oonexioiies qoe al DMit 
bre da italiaaos, y hablar sobre poco mas ó menas uoa misma lea^ 
gaa. Era Ñapóles teatro de cootiefida enire la easa de Aragoa y 
FraoGÍa, después que se habiao coligado para despojar de él á sas 
antiguos daeDos. La república de Yenecia coDÜouaba su estado de 
prosperidad, y s0 bailaba ea vísperas de ser blanco de aoa liga qne 
amonazaba su existencia. Era el Milanesado e| grande objeto de la 
ambícjáHi de Luis XII , que reclamaba este pais como beredero de 
la «lasa de Visoonti, así como en representación de los derechos de 
la da Aojou, la posesión de Ñapóles. No fué, sin embargo, tan des* 
gr^cáado en aquella empresa como en esta ; y por algún tiempo se 
llamó duque de Milán de hecho , como de derecho. Se hallaba la' 
Toscana en un estado floreciente á pesar de siis disturbios , bajo la 
dominación indirecta de los Médicia , pues no llevaban todavía el 
título de duques. El poder de los papas iba ipuy en decadencia; 
mas si bajo el aspecto solo de pontíGces, no representaban tan gran 
papel como en tiempos anteriores, se mezclí^ban como príodpes en 
todas las coatiendas que dividían á los de su tiempo. Poco ó nada 
diremos de Alejandro VI que al principio del siglo XVI ocupaba la 
silla de saa Pedro. Tampoco entraremos en pormenores de la am- 
bición, las violencias y las atrocidades de su hijo César Borgia que 
fué el terror de los pequeQos príncipes, á cuyos estados reclamaba 
la sede pontificia algún derecho , y que despojaba en virtud del de- 
rocho del mas fuerte. Los que iban á ser sucesores de Alejandro, 
no fueron menos célebres, á lo menos por su ambición y sus in- 
trigas. Julio II, 00 solo tomó parte en lais guerras, sino que fué 
general de sus ejércitos. El sentimiento general que entonces como 
ahora dominaba en Italia, era el odio al yugo de los extranjeros; y 
arrojad á los bárbároi de Italia, fué el dicho favorito del último pa- 
pa que citamos. 

Entre los estados de Europa, no olvidaremos k Portugal que no 
era seguramente el último, bajo cuantos aspectos se le considere. 
Fué dichoso y próspeiro el reinado de Juan II que llegó hasta fines 
del siglo XV. También refundió en su persona los maestrazgos de 
las órdenes militares de Cristo y Avis , qoe ejercían la misma pre- 
ponderancia que las nuestras en Castilla. Con el descubrimiento 
del Cabo de Buena-Esperanza se abrió para Portugal un nuevo 
campo de grandeza, y se echaron los cimientos de su grande im- 
peno en las costas de África y de Asia. El rey don ittaquel,, sooq^or 



CAPITULO I. n 

de Jaao II, faé qqo de los moDarcas mas poderosos del siglo, y las 
alianzas de familia de Portugal cod España que entonces comenza- 
ron, dieron con el tiempo origen á sucesos muy considerables. 

Cerrará la lista de los estados europeos de aquel tiempo el de los 
Turcos Otomanos , que después de haber invadido y conquistado 
todos los estados de Asia del imperio del Orienté, hablan pasado y 
llevado á muchos estados de Europa sus medias lunas victoriosas. 
Hacia solo medio siglo que & los esfuerzos terribles de Mahoma II, 
habia dado el imperio romano su postrer suspiro en los muros de 
Gonstantinopla. Fronterizos de la Hungría, cuyas fuerzas hablan 
derrotado en dos batallas, amenazaban al imperio de la cristiandad 
entera. Hablan sido pisadas ya las costas de Italia por sus armas 
victoriosas. Estaba en vísperas Selim de aDadir el Egipto á sus con- 
quistas, cuya continuación estaba reservada á su sucesor Solimán 
el Magnífico, que mereció mejor el nombre de terrible por la sed de 
su ambición , y la ferocidad con que llevó adelante sus empresas. 
Ofrecía entonces el imperio Otomano el brillante espectáculo de to- 
do lo que crece , y con rapidez se desarrolla por la fuerza de las 
armas. Con muy raras excepciones , todos los sultanes de aquella 
nueva raza se Rabian mostrado ambiciosos, valientes, diestros y 
afortunados capitanes. 

Así empezó el siglo XVI para la mayor parte de los pueblos de 
la Europa. Se manifestaba una revolución política en las ideas, en 
las máximas de gobierno que animaban á casi todos los monarcas. 
Por todas partes se echaban los cimientos del despotismo de los 
tronos, abatiendo el orgullo de los grandes feudatarios de la corona, 
alistando fuerzas permanentes. Para todas las naciones comenzaba 
la guerra á ser considerada como una profesión y como un arte. Si 
grandes capitanes se cubrieron de laureles en el medio y fines de 
aquel siglo, no fueron menos esclarecidos los que florecieron en los 
primeros afios del siguiente. En ellos y en los últimos del anterior 
principió con algunas excepciones el renacimiento de las ciencias y 
las artes de que hablaremos á su tiempo. 

Los resultados de los descubrimientos de Colon y de Vasco de 
Gama no podían mas que ser hasta prodigiosos : así fo fueron , en 
efecto. Fué, pues, el principio del siglo XVI el de una nueva época 
para las naciones del orbe civilizado , trazándose por sí misma la 
línea de separación que del anterior le dividía, 



CAPITULO íl. 



Advenimiento de la casa de Austria al trono de España. — Felipe el Hermoso. — Celos 
y rivalidades. — Muerte de Felipe. — Regencia de Fernando el Católico.— Del cár- 
dena) Jjmenez de Císneros.-^Venida de Carlos I, 



A la maerte de dofia Isabel , pasaron los reinos de Castilla á su 
hija doOa Juana, conocida con el sobrenombre de la Loca'; y por el 
matrimonio de esta con don Felipe de Austria, hijo del emperador 
Maximiliano I, á dicha casa extranjera, que tanto ascendiente iba á 
tomar con esta herencia en As negocios de la Europa. 

Habia heredado Felipe de su madre María de Borgofia todos los 
estados de esta casa , á excepción del ducado de su nombre , que 
habia sido incorporado en la corona de Francia por Luis XL Aun 
con esta rebaja tan considerable, podia considerarse como un prín*- 
cipe de la primera jerarquía. Duefio ya de las ricas posesiones de 
ios Paises Bajos, heredero de los estados de la casa de Austria, traia 
en su enlace con la princesa espaDola pocos menos estados que los 
que recibía. Así iba á ser EspaOa una fracción y aun menos de un 
mas vasto estado, compuesto de partes heterogéneas, que no podian 
tener unos mismos intereses ; situación particular que abria para 
ella nueva época. 

Habia mostrado el príncipe en todas ocasiones poca afición á Es- 
pafia y á su esposa. Aclamado rey de Castilla, no hubiese venido á 
tomar posesión de su corona, á no ser llamado por los enemigos 
personales, ó los que estaban cansados del dominio de Fernando. 



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paDa y á SQ esposa. Aclamado rey de Castilla, no hubiese venido á 
tomar posesión de su corona, á no ser llamado por los enemigos 
personales, ó los que estaban cansados del dominio de Fernando. 



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YSABEL, I 



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CAPITULO n. Id 

También este interpuso sus ruegos, despechado sin duda de las 
frialdades de una corte, deseosa de ver ai sefior nuevo. Con entu- 
siasmo fué recibido Felipe por sus subditos, á quienes se mostró 
afable, agradecido y franco. Cortés, reservada y fria fué la entre- 
vista entre suegro y yerno, tan diferentes en edad y en genio. Pasó 
en seguida el rey de Castilla á participar de los festejos de la corte; 
se restituyó el de Aragón á sus estados, engolfado como siempre en su 
política. Con el nuevo matrimonio de este rey con Germana de Foix 
se vieron en peligro de otra separación las dos coronas: sin duda 
lo deseaba el de Aragón, para que no pasasen sus estados á una 
casa extraOa: mas no fue dichoso eft el empefio. 

Felipe el Hermoso no hizo merque presentarse sobre el trono 
espaDol, sin dejar en él mas mo/áom que la de una rivalidad entre 
nativos y extranjeros, que fué para nosotros con el tiempo muy fu* 
nesta. Le arrebató la muerte en lo mas florido de la edad, dejando 
el trono de Castilla ¿ un nifio de siete aDos que fué después el fa- 
moso Carlos V. A mas de este principe, tuvo la reina doDa Juana 
al infante don Fernando que fué con el tiempo emperador, y á las 
infantas do&a Leonor, dofia Isabel, doDaMaria y dofia Catalina que 
todas fueron reinas (1). La viuda doDa Juaoa, que era la propieta- 
ria de Castilla, no figuraba para nada, á causa de su incapacidad 
mental tenida por demencia. Así á la muerte de Felipe, fué acla- 
mado por rey de Castilla Carlos I en compaDía de su madre. El 
pais necesitaba un regente, y por mucha antipatía que en algunos 
grandes excitase Fernando de Aragón, el bien del estado pudo mas 
que iodividuales sentimientos. Fué la regencia de este príncipe en 
Castilla, una continuación de su reinado antecedente. La misma 
política , la misma tendencia á fomentar los intereses de la autori- 
dad real, la misma índole de moverse de un punto á otro siempre 
por la línea curva. Se presentaron triunfantes sus armas en Ñapó- 
les, y aquel rico pais se hallaba definitivamente incorporado á su 
corona. Por la patriótica munificencia del cardenal Cisneros , tre- 
molaban los pendones en Oran, en Mazalquivir, en Bujía y en otros 
varios puntos de África. La brillante victoria obtenida en R&vena 
por las armas de Luis XII rey de Francia , trastornó los planes del 



(I) Se oaaó ta primera oon el rey don Manuel de t>oriiigaÍ, Tlado de dos hQas de loe fteyee oatóU- 
ooe, 7 por consignlente tlaa de dofia Leonor ; la segunda con el rey de Dinamarca, Griatiemo III; 
la laroera coa Lula de Hungría; la coarta con el rey don Joan III de Porlogal, hijo y aaceaor de don 
«•naeL 



19 msTOBU M nupB n. 

rey Católico ; mas el rmo de Navarra quedó asegurado por la 
fuerza de las armas & ia carona de Castilla , á pesar de la iavasÚMi 
proyectada por aquel monarca. 

A la muerte de Fernaudo el Católico, contaba ya 16 afios de edad 
el rey doo Carlos 4e Austria. Eq el aSo que medió hasta su venida 
á Espafia , quiso su buena suerte que la regencia estuviese enco- 
mendada al cardenal Jiménez de Cisneros, hombre verdaderamente 
insigne por su* piedad, por la elevación de sus sentimientos, por su 
gran corazón, y, sobretodo, por la energía que desplegó en el go- 
bierno de estos reinos. Se le habla dado como socio y eompafiero al 
cardenal Adriano , ayo de don Carlos ; mas si no en el nombre, fué 
en realidad Gísneros el único regente. Protector de las ciencias y las 
buenas letras, fundador de la universidad de Alcalá, la dotó de 
cuaato podia contribuir á difundir las luces de aquel siglo, dejando 
en la publicacioa de la Biblia Complutense uno de los más grandes 
monumentos de su ilustración y su munificencia. Sentimos que la 
naturaleza de este trabajo no nos permita mas pormenores sobre 
un personaje que bajo el hábito de san Francisco, y con toda la 
austeridad que esta regla prescribia, ae mostró sabio , hábil esta- 
dista, gobernante duro y despótico, general de ejército, y basta 
orador militar, pues arengó á los soldados en las playas de África. 
En casi todos los historiadoi'es de aquel periodo están consignados 
los principales hechos de su vida (1). 

En setiembre de 15l7 desembarcó en EspaOa Carlos, hijo pri- 
mogénito de Felipe el Hermoso, que inmediatamente tomó las rien- 
das del estado» Le felicitó por escrito el cardenal , mas no se pre- 
sentó ea la corte de donde le alejó una carta fria del monarca, dán- 
dole las gracias por sus servicios y deseándole descanso. Muy poco 
tiempo goza el prelado de su retiro , opcimido con el peso de los 
afios, y tal vez bastante mortificado y desalN*ido con una conducta 
que con el sello de ingrata se mostraba. El cardenal Jiménez de Cis- 
neros dejó sin duda an nombre esclarecido, de los que eograndecea 
nuestra historia. 



(1) Yéase entre otros á Alyams Gomecins, cDe rebus gestis Prancisol Xlmenfl.» 



€AftrtítO !E (1) 



Gobierno de Carlos V. — Considerado este príncipe como monarca, como capitán. — Su 
poder. — Su polHica. — Sas guerras contra Francia.— Con elpapa.-^on el turco. — 
•Bipe£ci«i 4n Tiinez. 



Se mi» |N»r la nocirte de Ferpando el Católico (1516 — IS^ftS), 
iw piiMíJipe 4e 16 .aO00 dneftode ooos estados y iCqb uo pederi» 4e 
qae do habia ejemplo eo Korppa desde GurWfnagoo* Eeredaba mi 
nrtod de eale último faUeeinieoto las (wronasdeAragoD, Ñápeles y 
Skítia; .por la4e su Ahoela «ateriMu Jasde Castilla, Leen y 4eNa- 
wrra : por Ja de su (padce los Países-Bajos, el EraDoo<^ODdado y 
todo cuanto fmm k laaligaa «asa de BorgoDa, i exenpoiou M 
ducado de este oonbse. «Bieo pfonto iba h mirar «d posesión 4ie los 
estados de AAistnia ¿ la muerte de su abuelo paterno el «nperador 
MaxifloiliaM ; podiendo ÜsoBJeaiYsie íde que le sucedería igualmente 
en la dignidad de jefe del .imperio. Lo queoqueel faiioso {andador cj-*- 
tado liabia dAbide k Iceinta aSos de puercas y «conqoistas, lo pioseia 
este prÍDcipe 4B la flor.de su existencia. £ca Ja sucesión ináuensa, 
magnífica y bríllaute ; mas los hombres que juzgan detenidamenH 
sin dejar llarar«e.de las iprimera^ impresiones, no podian menos de 
reflevonar, que tan grandioso poderío tenia mas de aparente qu« 



fk) Son lAD pooot y tai oonsMeraUes kM hechos de que hacetnof menolon, tanto en eate csipU 
talo como en el aiguleote, qne casi son Inútiles las citas. Los consignan ó á lo menos do loa niegan 
los historiadores de la época, tanto nacionales como extraños : SandoTal, Forreras, Clloa, Yera y 
Klgneroa, Zimoparo, Q«ljiciar<linl« Pjiulo Jovlo.^oheKtson, Heaeray, Anqqc^l, Dwilel, etc. 

Tomo i. 4 



<2 HISTORU DE FELIPE H. 

de real, y que de ningún modo guardaba proporción con tan vas- 
tas posesiones. Se hallaban estas esparcidas en la Europa, separa- 
das unas de otras, no solo por distancias considerables de terreno, 
sino por hábitos, costumbres y organización política. En nada se 
parecían los castellanos á los flamencos, ni estos á los italianos. El 
poder que el nuevo soberano ejercía en todos sus estados, se dife- 
renciaba también en razón de la diversidad de la índole de sus ins- 
tituciones. Cuerpos políticos compuestos de elementos tan hetero- 
géneos no tienen las condiciones requeridas para ser robustos. Nin- 
guno puede considerarse como individuo de una gran familia, y si 
todos contribuyen al brillo y renombre del señor común, muy po- 
cos ó casi ninguno en realidad prospera y se engrandece. La historia 
de Garlos V y de su hijo confirma de un modo palpable esta verdad 
que no dejaba de sentirse entonces, sobre todo de los espaDoles. 

1519. A los tres afios de Ja muerte de Fernando vacó en efec- 
to la corona imperial, y el joven Garlos la obtuvo sin grande opo- 
sición antes de cumplir 20 aQos. Bajo esta cualidad do emperador 
se conoce con el nombre de Carlos Y, el que no fué mas que Gar- 
los I en nuestra EspaDa. Singular destino el de esta nación, que 
después de ser una sola y vasta monarquía, al fin de siete siglos de 
luchas tan encarnizadas, se halló como absorbida en un estado cu- 
yo centro se hallaba fuera de su territorio. 

Y mientras el nuevo emperador tomaba posesión de su excelsa 
dignidad, le conquistaba Hernán Cortés el vasto imperio mejicano 
con un pufiado de valientes. Tremolaban sus banderas en las costas 
del mar del Sur, y bien pronto le iba á someter Pizarro el imperio 
de los Incas. Estaba próximo á embarcarse el famoso Magallanes, 
descubridor del estrecho de su nombre, entre cuyos navios se con- 
taba él que tuvo la gloria de trazar el primero la circunferencia de 
la tierra. Asi merced á unos pocos aventureros, sin nombre antes 
conocido, gigantes en valor, en audacia, en cuantas pasiones fuer- 
tes fermentan en el corazón del hombre, se veia Carlos V en lo mas 
florido de sus aBos, dueño allende los mares, de mas vastas, y 
sin comparación mas ricas posesiones que las que acataban su nom- 
bre en nuestro continente. Tan inmenso poderío no puede menos de 
imponer á la imaginación, y muy pocos espaDoles dejarán de recor- 
darle sin un movimiento de amor propio satisfecho, aunque se ha- 
llen de dicha época & distancia de tres siglos. 

¿T qué uso iba & hacer Garlos V de este imperio gigantesco? 



GAFITÜLO m. 23 

¿Cómo se il» á mostrar en el trono ei seOor de tantos pueblos? Sn 
aúnelo Maximiliano había sido un príocipe de bastante ambicioD, 
mas no de gran capacidad, y mucho menos de fortuna. Babia 
muerto en la flor de sus aDos su padre Felipe el Hermoso, con la 
fama de indolente. Se hallaba su madre doDa Juana en un estado 
de imbÁilídad, que le valió el nombre de Loca, con que es cono- 
cida en las historias. La habían dejado sus abuelos maternos don 
Femando y doSa Isabel, grandes ejemplos que imitar; mas sus 
primeros afios no daban indicios de brillar en el trono por sus cua- 
lidades personales. No pudo menos de variar esta opinión al presen- 
tarse el príncipe en la esfera política del mundo. Gomo se dijo en 
el prólogo de esta obra, no es la vida de Garlos V la que se va á 
escribir, sino bosquejar los rasgos mas principales y salientes de 
un gran cuadro, para comprender mejor el que vamos h trazar del 
hijo. 

La instrucción de Garlos era escasa. Educado como la mayor 
parte de los príncipes, tenia en política las ideas domioanles de su 
siglo, las que mas podían adular 'el amor propio de un monarca. 
Mas dotado, como lo hizo ver, de un buen entendimiento, apren- 
dió en el trato de los hombres, en el manejo práctico de los nego- 
cios, lo que no le habían ensenado sus maestros. Sin duda tuvo 
consejeros, y hasta favoritos y privados ; mas desde sos primeros 
aDos tomó una parte activa, y hasta la principal en el gobierno de 
sus vastas posesiones. Desde los principios mostró sagacidad, tino, 
circunspección, y cuanta habilidad podía esperarse de un hombre 
de su inexperiencia. Conforme crecía en aDos, desplegó mas y mas 
el don de mando y de gobierno. Muy pronto vio Europa que el se- 
Dor de tantos dominios no iba á dormirse sobre el trono, y entre- 
gar las riendas á manos de sus favoritos. Era ya mucho en un 
hombre de su condición, mostrarse digno de tan alto puesto. 

Estaba, cuando subió al trono, ocupado el de las principales re- 
giones de Europa, por hombres distinguidos, sí no pueden merecer 
el título de grandes. Reinaba en Francia Francisco I, principe de 
unos pocos mas aDos, y que se mostró su rival por todo el tiempo 
que duró su vida. Había sucedido á Enrique Vil de Inglaterra su 
Üjo Enrique VIH, inferior en talentos á su padre ; pero mas des- 
pótico, mas violento, con mas deseos de figurar en el teatro polí- 
tico de Europa, donde se hizo verdaderamente célebre y famoso, 
por un estilo que él mismo no se imaginaba. Ocupaba la silla de 



94 H18T0RM MI tOJM II. 

MU Pmívo Lemí* X, fflapMeo oone príncipe, protoetor ile las ar*. 
te9 y ia» tetrtt, qve iba fc revMtír de daevo hratre á m fusiilia de 
los Médícis'. Veaeisía eomenzalM la ¿poca efe m decadencia. Géoo- 
vft eatrato eo ati DtieTO estado^ de esple«áor, por kt capacidad y 
sertíeios einíneDtofl de va grande hombre, Andrés ó Andrea Doria. 
Milán contínfMba siendo Matro de hostilidades entoe \m armas de 
Francia pm nn M», y por ek oliro de I<laiii y del imperio. Estaba 
prkinM á desoender al sepulcro el famoso don MaMelde Portagal, 
qm hab^ Nevado el nombre de s« país ai apogeo de su grandasa y 
gloria. Reinaba en Paloma Segismundo I, y en Dmamarca y Sne- 
cia Grititierno III; ottDado d»Ga?los. En la silla del impería Otoma*- 
Dfe estaba SMladi6 SoMman, que amenazaba al db Atemaana. 

GáirlOB, qne á la^ muerte de Fernanda el 6atóttco> se baílate en 
PbindeS', na se desonidó etf nm á» AipaOa á MMf er an» bsiencia 
tan magnífica. Se mostró en ella afable, deseoso de congraciarse» ei 
apreeio de am nuevos sébdMes. De. la» oposieionee y dificullUes 
que encontró en las eortes de sus reinos^ bableremos á su tieffl|)e . 
Ahora» solo queremoa dar alpuia idea de lea pdnmfalesi raegoe de 
la fída del monatoa en la parte poKtíca y gaÉrveía. A poca tíempa 
de m pemaMencia en Espafia, luyo avi8a< de su eleecion^ da jefe del 
imperie, é^ inmediatamenia se ocupó ée la idea é« ir peraanalmeBte 
k reñbir la nuei« éoroasi qiie le deparaba 1» Ibrtnaa, á. pesar de 
q«e ispaOase haHába entonods en agitaeiott, y níiigmi tiempo fon 
día ser menos opertano pata su salida. Ma» la argeBeia era gran- 
de, y 0or ningún moti?o pedia diferitla. Se ea^barcó, pues, para 
los Países^Bajos, y pasaír de aquí á Alemania ; man sumamente 
previsor, y como hombre atento á cuanto á sna intereses convenia 
tuvo cuidado de> avistarse en camino cea el rey de Inglaterra, y pe^ 
verse de in parte en la gran lucha que tan eereana imagÍBaba. 

Mientras recüiía en Aquísgran la enrona imperial cea teda la 
pompa y magnificencia propia de tan alta investidura, mientras asís- 
tía, en Wormsi á la dieta que mrk síémfif e cóM»re por la presencin 
en ella de Lulero y eondenaoicm de sus dootñnafli, aadía BspaSa en 
las contiendas y guerra civil promovidas per laa femosas oomuni- 
dades de Castilla. Aunque venaidast y por el pronlo sujetadas^ fué 
preeísa la vueMa del emperador á Espalia pata la CDúsolídacioD de 
la quietud del reiuK Y no so descuidó Garlea da hacer este víqo, 
que k kts Sft aftos de su edad era el tercero qae emprendía. Hablen*- 
d# «urrido por este tiempo la muerle del papa Uoa %, tavo elem^n 



CÁPiTf M ni tS 

perador bastante crédito y pod«r para que se eligiese por sucesor á 
SQ ayo ó maestro el cardenal Adriano de Ub^edi, que rene coa d 
Dombrer d«f Adriam Yl. 

Tres graiéBB negocios ecoparon casi eaekisitaniente la vida y el 
reinado é% esl»' príncipe: las guerras con Francia; la preserTacioii 
de Atomania coftlm- las tvyasiono» de los toreos; los altercados con 
IcB ekfetopes protéstenles M iurperio*. Eh mochas ocasiones se yié 
con est09 tresembarazog k h vez; en iingifi tiempo deyé algnno^do 
ellas de^ ser objeta 'der Mg inqoietodes. 

Las disensiones con Francia fechaban de mas lejos. Hablan In-* 
chaÉ^ en Ñápelos ks armas M rey Catolicen con las de Garlos VIH 
y Lois XII, qvedando» est» vencidas, y el gran Capitán^ doefio á 
nombre de su rey del reino disputado. fUtí» gierreado asímisflM 
Fmcia contra el emperador en elf Müanosado, otro objeto^ do gran- 
de ambínon para este príncipe. Al reino de Niwarra, recientemente 
incorpoNtd» e» la corana doGastilla, pretendia tener derechos legí-* 
6B10S la casado Albret 6 Labrit, eiHazada y protegida pw el rey de 
Francia. A estas anrmosidades de nación so mezdaban pretensiones 
y rivalidades persomde». Francisco I, preciado de ser el primer ca- 
ballero do se reino, se haLia ya ilastrado como militar en Italia, y 
dado iasignes pruebas do su valentía. Rival do Carlos en las pre* 
tensiones al imperio, intentaba suavizar la mortiicaoion del desaire 
recibidi^coÉ la soforioridad qvo le daba en su opinión la suerte do 
las arma». Ante» de kt otevaeion de Garlo» ai imperio, hablan ajos* 
lado loo dos mojMircas paoes e» Noyoo; mas 1» nueva dignidad en- 
cenAé una nueva guerra. En» tres teatros se ofineoi6 á Francisco la 
oeasion de Mdiar con su eoemtg»; en Navarra, en los Paises-Bajos, 
en Italia. Bta los tres se presenil en efecto; mas en ninguno con 
ventila. 

15M.-*^l59f . La expedición de Navarro dur6 poco: penetra- 
ron les franceses ftcümente por nqoe) pais: sin grande oposición se 
apoderaron do PamploM y Hogaro» hasta el Ebn»; mas las umas 
espafiolas acudieron pront» á ki defensa dd país quo oslaba descu- 
bierto. Delantode los muros de Logroflo se eclipsó' la buena estrella 
de Francisco, mientras Uegaban los refuerisos de Gastllia. Levanta** 
roo el sitio los firanceso»: fué su retirada precipitada y desastrosa: 
mas de 6,0(^ qoedaroa entre muertos y prisíoaeros en la batalla 
que aooptarM Aaranto su marcha. En vano Francisco» envió refoor* 
zoo y «n nuevo genorai: la misma suerte tuvo la segunda^ eipedí^* 



26 EOSLOBIA DB FELIPE II. 

don qne la primera, y aanque se apoderaron de Fuenterabia, les 
duró poco esta conquista. 

Igualmente fueron desgraciadas las armas de los franceses en la 
frontera de los Países-Bajos. Era conocido entonces con este nom- 
bre un territorio mas vasto que el designado hoy con el de Bélgica 
y de Bolanda. La Flandes francesa, hoy departamento del Norte, el 
irtois ó departamento del paso de Calais, parte de la Picardía, de 
la GhampaDa y la Lorena, entraban entonces en el patrimonio déla 
casa de BorgoDa. Así era el rio Somme la frontera por aquella par- 
te. Por una de las singularidades de la suerte. Garlos Y como here- 
dero de la casa de BorgoQa y señor de los Paises-Bajos, era vasallo 
de Francisco. Mas ni contra el rival, ni contra el vasallo pudieron 
nada sus armas en aquella parte. 

1522. — 1526. Lució mas particularmente la fortuna del em- 
perador en Italia en cuyo pais tan profundas raices habia echado la 
ambición del rey de Francia. En tres campaSas sucesivas perdió el 
Milanesado, y si algunas veces le sonreía la fortuna, no era mas 
que para hacer mas sensibles los desaires. A pesar de los desastres 
padecidos por los imperiales en el sitio de Marsella y su retirada en 
Provenza, se mostraron los capitanes de Garlos superiores á los de 
Francisco. Los Pescaras, los Leivas, los Vastos, los Golonnas ad- 
quirieron un lustre á que no llegaron los Lautrech, los Bonnivet, 
los Bríssac, los Montiuc. La mala política de la corte de Francia se 
enajenó el ánimo de un grande hombre de guerra que tan fatal le fué 
en lo sucesivo. Gada uno dará el nombre que mas le cuadre á la 
conducta del duque de Borbon; mas todos alabarán la política de 
Garlos V, en aprovecharse de la falta cometida por Francisco. La 
bajada de este á Italia, creyendo reparar con esto las faltas de sus 
generales, no hizo mas que proporcionarle un terrible desengafio. 
«Todo se ha perdido, menos el honor,» escribió este príncipe á su 
madre, después que se vio prisionero en los campos de Pavía. Pocas 
veces se han visto, en efecto, descalabros mas completos. 

Sin duda influye mucho la suerte en los lances de la guerra; mas 
no se le puede siempre atribuir el éxito de las batallas. También 
pende este del mayor valor, de la mejor disposición, de la superior 
habilidad de los que mandan. Guando en el discurso dé una guerra 
se ven siempre campaDas favorables á una de ambas partes, aquí 
se debe suponer que está el mayor saber, la mayor capacidad del 
capitán; pues en cuanto á valor no podían alegar superioridad los 



ciíRüio in. VI 

imperiales sobre los de Francia. Eo el DÚmero tampoco había nota- 
ble diferencia. En cuanto á la homogeneidad de las tropas, estaban 
las ventajas del lado de Francisco, componiéndose las del empera- 
dor de naciones tan diversas. Gonsistia, pues, el buen éxito en la 
mejor dirección, en la mayor capacidad de los generales que servían 
al emperador, en que eran mas hombres de guerra sin disputa. La 
presencia de Francisco podía hacer mucho en un sentido, mas no 
debian ser sus disposiciones de gran utilidad, pues aquel monarca, 
con tantos títulos para ser tenido por un valiente y bizarro caba- 
llero, no alcanzó nunca los de entendido capitán que le hacian mas 
al caso. 

De todos modos, se veia Carlos sin haber sacado la espada, ni 
movidose de EspaDa, victorioso de un rival poderoso y temible, doe- 
fio de so persona^ arbitro de hacer la paz, bajo las condiciones que 
fuesen de su agrado. No podia mostrársele mas favorable y risueOa 
la fortuna: muy natural era que no se descuidase el emperador en 
aprovecharse del buen viento. Quiso verle en EspaDa el monarca 
prisionero, sin duda para sacar el partido menos desventajoso de sa 
mala posición: no le debia de pesar á Carlos ver el trofeo mas glo-* 
rioso de su triunfo. Vino & Madrid Francisco sin que se le negase 
en el tránsito ninguno de los obsequios y honores debidos á tan gran 
monarca; mas haciéndole ver que era prisionero. Negoció el empe- 
rador con su cautivo, y la consideración de su desgracia no le hizo 
aflojar un punto las pretensiones que en su opinión le daba el de- 
recho de la espada. No podia menos de resentirse el tratado de Ma- 
drid de esta desigualdad de posiciones. Pedia el uno porque espe- 
culaba con la posición de su rival; otorgaba el otro por verse libre 
de su cautiverio. En este asunto no se mostró Carlos generoso, ni 
aun político, á menos de abrigar segundas intenciones, pues no po- 
dia menos de prever que este tratado de Madrid, firmado y como 
arrancado por la fuerza^ sería germen de una nueva guerra (1): asi 
lo fué en efecto. 

El año siguiente de 1521, se ligó Francisco con el papa Clemen^ 
te Vil, sucesor de Adriano, alianza que proporciono á Carlos V un 



(1) Bra nno de sos artículos él matrlmonto de Francisco I con dofia tdonor hermana de Cailoé 
TÍnda de don Manuel rey de Portugal; otro la devolución de la Borgoüa Incorporada cincuenta aAoa 
antes á la Francia; otro un perdón y completo olvido para el condestable de Borbon y sus parcia- 
es; otro la entrega de los hijos de Francisco en rehenes del cumplimiento del tratado. Se puede 
yw en Sandoyal esta piesa diplomática, ana de las de mas extensión que pueden ügarar en cntír 
quer époea. 



tríoDfo pnivado al de P^via. El condMbdik BprtM ««aWift ffi 
qéreíto eo U»lia.' JExbaaiio d« nedíM. y víéniAofe eo peligro deser 
abaodNiado de rae tropee qoe eareeíaii de pegae, no eooeiitié me* 
jer recenw que «I eaeo de Booie, de que no ee hallalm nay iát^ 
tante^ Con le perepectiro de m IwtíB ten pípgee, no ehaaiwMawa 
lee tropee eoe tttedene, qoe BorlNNi c^ paeoe lApídoe besta 

loe maree de eeta capital del orbe metíaiio, que toé atacada con 
furor, eío que ppdiesee impedirlo loe aliados del jefe de la Igleeia. 
La muerte de BorJtiojB ee logar de batir, Jlep^ de Airia d áeimo de 
los soldados* Por qnínta vez sofrió Boma los borrores de oo si^« 
y las calamidades de od saqueo. Están de acuerdo los bistoriadoree 
eo qne 00 se mostrarae meses feroces los soldedee del emperador 
qoe los godos y los v&odalos. Siete meses doraron en Roma los bor- 
rores de la ocopacíoOf las calamidades de la goerra. Fué el pontí- 
fice ano de los primeros en ponerse en salvo; mas quedó prisione- 
ro, bebiendo entr^sgado el castillo de Saint Angelo qoe le servia de 
asilo. 

Llegó U notiisa i YalladoUd, donde ee bailaba el emperador cele- 
brando fiestas por el nadmieojlo 4e doa Felipe, objeto de esta bis- 
toria. Mandó iomediatameDJte que se suepeodieson., y hacer rogati- 
vas á todas las iglesias por la libertad del pontífice qoe teoia él mis- 
mo prisionero. ¿Era esto pora hipocresía? ¿Podo cMsiderarse como 
escarnio, cuando estaba en su poder terouoar este duelo de los fie- 
les^ enviando una simple orden á los que tenían cautivo al jejfe de 
la Iglesia? Es imposible conocer bastante el espíritu de aquellos tiem- 
pos de que estamos tan remotos, para conjeturar la impresión que 
pudo hacer en los unimos de los católicos de Espefia aquel maodajto 
tan extraordinario. De los senUmieotos católicos del emperador cya 
todas las épocas de su vida, bay demasiadas pruebas, para «apo- 
ner que se permitiese i^mejaote burJa, y eo Espa&a sobre todo. 
Qiie roconocia en Clemente VU «I jefe y c»beza de la Iglesia, no 
puede estar sujeto al menor género de duda. ¿Cómo debe tra/jLocvse, 
pues, la orden para semejante rogativa? Gomo deben tradocicse mu- 
chas acciones en que los hombres parecen obrar en contradicción 
consigo mismos. Respetaba Garios V al Pmtifice, veía un enemigo 
en la persona de Clemente. Tal vez estaba escandalizado él mismo 
del resultado de su victoria: tal vez lo que queija dar & entender 
era qoe se pidiese á Dios moviese el ánimo det Monarca de modo 
qui» aooediese á las condiciofH^s que pudit^se» allamr les fraertas de 



a? iTOLO n. S9 

la (mísmii para el Panáfei. Asi fué eo efeeto. No faá swdo Clemente 
á la voz de la Moesidad: por medio de oo rescate logró salir de la 
prisión: eon on tratado de pas, ventajosa para Garlos, volvió á tér- 
minos de buena amistad con este principe, y la Iglesia podo dar 
gracias á Dios de haber oido sus plegarias. 

1 ^Vl . — 1 5S8. En cnanto al rey «Francisco tan mala suerte le cu- 
po en esta campafia como en tas anteriores. Pusieron sus tropas sitio á 
Ñapóles, que estrecharon por tierra y por mar; pero cuando mas se- 
guras seereiandel triunfo, se pasó Andrés Doriageneral de las gale- 
ras de Genova, al servicio de Garlos, y de asediador de la plaza, se 
convirtió en su amigo. Respiró con esto Ñapóles. Para mayor alivio 
suyo, se dieclaró la posteen el campo de los enemigos, y fué entong- 
eos cuando por primera vez comenzaron á sentirse los estragos de 
la enfermedad traida según opinión general por los descubridores 
del Nuevo Muodo á Europa, y que se llamó mal /raii^ ó gálico por 
esta circunstancia. Se contó entre sus víctimas al mismo general en 
jefe Lautrech, mas célebre por sus derrotas que por sus victorias. 
El ejército francés, privado de su jefe, levantó el campo; y viéndose 
hostigado por los enemigos, tuvo que abandonar el reino de Ñápe- 
les, operación que practicaba por tercera vez en aquel siglo. 

En esta retirada de los franceses de Ñapóles ocurrió la particula- 
ridad de que entre los prisioneros hechos por los imperiales se hallaba 
el fomoso Pedro Navarro, inventor de las minas, compafiero del gran 
Gapitan en las guerras de Ñapóles, y general de la expedición de Oran, 
mandada en persona por el cardenal Gisoeros. Habiendo caido pri»o- 
ñero en la batalla de Rávena, pasó al servicio de Francia por no haber 
querido pagar, según dic^, su rescate al rey Gatólico, aunque en 
esta determiaaeion pudieron influir mas causas. A su nuevo sefllor 
hizo muchos servicios de importancia en todas estas campaOas de 
Italia, y ya muy avanzado en afios, vino á morir confinado en su 
prisión de Ñapóles. 

Por lo que hace á lo demás de esta nueva guerra en Italia, bas- 
ta decir que el rey de Francia tuvo que ajustar un nuevo tratado 
de paz coD su rival en Gambray á principios del afio siguiente 1 5S9. 
Por uno de sus artículos se pusoen libertad á los hijos de Franeis- 
eo pagando por ella dos millones de escudos. En lo demás se rati- 
ficaron casi todos los artículos del tratado de Madrid, insistíéndose 
sobre el matrimonio del rey de Francia con la reina viuda dofia 
Leonor. 

Tomo i. n 



80 HISTORIA DB FBLIPB II. 

1529. Se podia considerar Carlos V á los veinte y nneve ^flos 
de edad como un gran favorito de la suerte. Reconocía en él la Eu- 
ropa el mas grande y poderoso de sus soberanos, y la capacidad y 
genio de sus capitanes le hablan hecho triunfar de su rival mas po- 
deroso. Con la sumisión de Clemente VII se podia llamar el arbitro 
de Italia. Y el victorioso emperador no había visto la guerra toda- 
vía. Mas pronto manifestó por sus cualidades personales, puestas á 
mayor luz, que no era indigno de su gran fortuna, 

Cualquiera que observe con alguna atención esta y las dem&s 
épocas de la vida del emperador, observará que EspaDa^ aunque 
parte sola de una vasta monarquía, figuraba, y no podia menos de 
figurar, como la principal, como la de mas preponderancia. Cono- 
cía demasiado Carlos V la importancia de esta posesión para no dar- 
le toda la consideración de que era digna. Su larga residencia en 
ella después de haber recibido la corona del imperio, manifiesta el 
interés que tomaba en sus negocios, y cuánto se aplicaba á conocer 
la índole de sus habitantes. A EspaQa vino prisionero el rey Fran- 
cisco: á Espafia vinieron en rehenes del cumplimiento del tratado de 
Madrid los hijos de este príncipe: españoles eran un gran número 
de capitanes que se distinguieron á la cabeza de las armas imperia- 
les, y las tropas de esta nación alcanzaban menos fama que sus je- 
fes. Sin duda se llamó á Espafia á la parte de las grandezas de su 
rey, aunque extendía su cetro á mas regiones, y tal vez esta gran- 
deza y esta gloría no contribuyeron poco á amortiguar, sino á ex- 
tinguir los resentimientos que había producido la venida de una casa 
extraOa, con otros disgustos de un orden político de que hablare- 
mos á su tiempo. Ningunos síntomas de disgusto público se mani- 
festaban: la nación parecía tranquila y satisfecha identificada con 
las glorias de su rey; y esta circunstancia era motivo mas, para que 
el monarca tratase de trasladarse á otros puntos donde era mas ne- 
cesaria su presencia. Todos los acontecimientos considerables ulte- 
riores de su largo reinado tuvieron lugar fuera de Espafia. Asi la 
historia de este país, por lo que está enlazado con la persona de su 
príncipe, se puede hasta cierto punto llamar la de la Europa. 

1529. £n Italia se anunció como vencedor, como emperador de 
los romanos, como el primer personaje de su siglo, como el mo- 
narca preponderante entre los príncipes de Europa. Desde Carlo- 
magno, era el primer emperador de Alemania que se presentaba en 
Italia con todo el brillo de su alta dignidad, sin oposición por parte 



GAPITULO m. 81 

de sos varios estados, dí macho menos del pontífice que acababa de 
sacar del caotÍYerio. En medio de tantos estímulos de orgullo, se 
mostró sin embargo bastante mesurado. Coronado en Bolonia como 
emperador de los romanos, afectó la mayor afabilidad con los dife- 
rentes príncipes del país, de quienes se mostró verdaderamente so- 
berano. Con el papa tuvo conferencias de un carácter serio y grave. 
Colocado al frente de casi todos los grandes negocios políticos del 
tiempo, no poidia menos de ponerse á cada momento en evidencia y 
mostrar gran sagacidad entre grandes intereses que mutuamente se 
rechazaban y excluían. 

Ocurrió entonces la guerra de Florencia. Es sabida la influencia 
que desde algunos afios atrás ejercía la rica y poderosa l^familia de 
los Médicis, que no ejercían verdaderamente autoridad legal siendo 
considerados solamente como ricos ciudadanos. Mereció el gran 
Cosme de Médicis, por sus servicios y consideración, el nombre de 
padre de la patria. Mas de una vez á pesar de sus riquezas y la 
habilidad de su política habían sido sus descendientes blanco del fu-* 
ror popular y expelidos del territorio de Florencia. Estaban en efec- 
to desterrados en el tiempo á que aludimos. La guerra que se en- 
cendió entre la República y las armas de Carlos Y, y Clemente, 
protector el primero y de la familia el segundo de los Médicis. Ven- 
cieron al fin las últimas, y los Médicis proscritos subieron al trono 
del país con el título de Duques de Florencia. Alejandro que fué el 
primero, se casó poco tiempo después con Margarita de Austria bija 
natural de Carlos V. 

La conducta de los electores y príncipes protestantes del imperio 
era entonces, y fué en lo sucesivo, el negocio mas embarazoso para 
Carlos V, la verdadera corona de espinas que entre las diversas que 
cefiían sus sienes se encontraba. Que aborrecía sus doctrinas bajo 
el aspecto religioso, lo prueba toda su historia; que consideraba sus 
pretensiones como un desacato á su elevada autoridad, lo puede 
suponer cualquiera que conozca el corazón del hombre. Mas le era 
preciso contemporizar con estos príncipes, cuyas fuerzas necesitaba 
para cootrarestar las del turco, que se mostraba cada vez mas for- 
midable. Acababa Solimán de invadir la Hungría y de destruir su 
ejército, quedando el rey Luis muerto en el campo de batalla. Se 
avanzaba el vencedor sobre los estados de Austria, y amenazaba á 
Yiena. No podía Garlos y mostrarse demasiado conciliador con los 
príncipes luteranos que ya pensaban en organizar una liga contra 



3S HISTORU DI FELIPE n. 

m prepoDderaocia. Por estlt vez tavo la destreza de conjurar la tem-^ 
postad, expidiendo un decreto de toleraDcia mientras no [fuesen di-- 
rimidas las disputas religiosas en el próximo concilio. Satisfechos 
por su parte estos príncipes que se conocieron después con el nombre 
de protestantes prometieron y pusieron en campafia un ejército con- 
tra el de Solimán que á grandes marchas avanzaba. 

1532. Tuvo Carlos Y la gloria de hacer su aprendizaje ibilitAr, 
poniéndose á la cabeza de las fuerzos del imperio en busca del azote 
y espanto de la Cristiandad entera. Sea que los negocios de Solimán 
le llamasen á Constan tinopla, sea que recelase habérselas coo un 
ejército tan respetable, retrocedió delante del emperador, deolar&n- 
dose vencido sin combate. La gloria personal que adquirió Garios Y 
en esta ocasión no podía menos de humillar al rey de Francia. Así 
intrigó de nuevo para hacerse con aliados, mas la ocasión no le era 
por entonces favorable. ^■ 

No ignorante Garlos Y de estas disposiciones de su competidor, 
ponia de su parte todos los medios posibles para no estar despre- 
venido. En Italia, á donde se dirigió |de regreso de su expedición, 
formó una liga de sus príncipes, de la que se declaró jefe, y dejAn-- 
do allí un ejército bajo las ordenes del español Antonio de Leiva, se 
puso en camino para Espafia. 

A muy poco tiempo de su regreso á este país, meditó y llevó 4 
efecto Carlos Y una expedición que forma una de las figuras mas 
brillantes de su vida pública, y hace ver que habia nacido para cosas 
grandes. 

1535. Acababa un pirata, tan sagaz como atrevido, de apo- 
derarse de Argel, y por medio de la traición mas alevosa, de des- 
pojar de sus estados al dey de Túnez. Protegido y alentado con el 
favor de Solimán, cuyo vasallo se reconocía, se habia* erigido en 
un potentado formidable, y hecho del nombre de Barbaroja, pues 
con este nombre se le conocía, un objeto de terror para las costas y 
navegantes del Mediterráneo. Imploró el dey desposeído el favor de 
Carlos Y, en cuyos oídos resonaban & cada momento los gritos de 
las familias que tenían cautivos en Argel y en Túnez. Preparó el 
emperador un armamento formidable para destruir un nido de pi- 
ratas, y siempre animado de sentimientos elevados, quiso tener la 
gloria de mandarle. 

Se embarcó el emperador en Barcelona, paro Cagliari en Cerdeffa, 
donde la expedición se reunía. Treinta mil hombres de todas clases 



/■ 



CAPITULO m. 88 

se embarcaron en quinientas velas. Acudió con sus galeras el famoso 
Doria. Arribó felizmente la expedición & las costas de Túnez, á donde 
iba dirigida. A pesar de la feroz resistencia de los de Barbaroja, se 
apoderaron del fuerte de la Goleta, á la boca del puerto y que cu- 
bría la plaza de Túnez. Con mas dificultades, y haciendo mas es- 
fuerzos de valor, se apoderaron de esta ciudad entrando en ella por 
asalto. Cumplió el emperador con los deberes de capitán, dando 
ejemplos de denuedo y de constancia; y la crístiandad entera cele- 
bró con entusiasmo este tríonfo sobre los infieles. Los veinte mil 
cautivos que salieron de las mazmorras donde los tenia encerrados 
Barbaroja.'por todas partes celebraron la gloria de su gran liberta- 
dor, y el nombre de Garlos V resonó con aplauso en todos los ángu- 
los de Europa. 



CAPrnitoiv. 



Continuación del reinado de Carlos Y. — ^Expedición sobre Marsella. — Sobre Argel. — 
Nuevas guerras. — Con Francia. — Con los principes luteranos de Alemania. — ^Victo- 
rias y desastres. — Sitio de Metz. 



Se paede considerar la yictoria del emperador Garlos V sobre 
Tuoez como el punto culminante de su grandeza y gloria. Los diez 
y nueve aSos que llevaba de reinado habian sido señalados todos 
por prosperidades y ventura. Ningún revés habian sufrido sus ar* 
mas en los diversos teatros donde habian figurado. La grandeza y 
poderío de sus mayores heredados, habian adquirido nuevo lustre 
por sus cualidades personales. Había sido humillado el rey de Fran- 
cia, forzado á reconocerle como amigo el jefe de la Iglesia, retrocó* 
dido delante de sus armas el terrible Solimán, y mantenidose hasta 
entonces en los límites de su dependencia y homenaje los príncipes 
luteranos del imperio. Gompleteba la victoria sobre Barbaroja esta 
auréola de gloria que parecía haber puesto el clavo en la rueda de 
su gran fortuna. Mas no se para ni se fija nunca este deidad ten 
veleidosa, y Garlos V no fué eximido de la ley común que mezcla 
con tentos disgustos sus favores. Descendió varías veces de su al- 
tura, después de dicha gloriosa expedición, y no porque dejase de 
ser siempre el gran emperador, el primer monarca de su siglo; sino 
porque comenzó desde entonces á ver destruidas con reveses y se- 
nos desengafios, las ilusiones que no pueden menos de fascinar á los 
hombres de su clase. Esteban vencidos unos, y otros en suspensión 



CAPITULO lY. 3S 

de hostilidades: mas oingooo destruido, ni sin esperanzas de reDO- 
varlas cuando se ofreciese coyuntura favorable. Tenia el rey de 
Francia siempre presentes sus humillaciones, y aguijoneado del de- 
seo de abatir á toda costa la gloria de un rival afortunado, se pre- 
paraba á todas horas á probar de nuevo la fortuna de las armas. 
Habia vuelto á renovar su liga con Clemente, casando á un hijo 
suyo con una sobrina del pontífice: entraba en negociaciones con 
los príncipes protestantes de Alemania, y aunque estos no confia- 
ban en la buena fe de un rey que hacia quemar á los nuevos sec- 
tarios en París, por precisión tenian que aceptar auxilios tan nece- 
sarios en su oposición á Garlos V. ¿Bra el Francisco indiferente á 
las controversias religiosas y obraba en estas tan solamente por po- 
lítica? No es probable. Ni la incredulidad, ni el escepticismo eran cosas 
de aquel tiempo; mas los hombres no obran en todos casos con ar- 
reglo á sus principios. Era el rey cristianísimo tan ambicioso como 
Garlos, y el deseo de hacerle daOo, una de sus pasiones dominan- 
tes. Si su conducta no era muy católica, tampoco faltarían en su 
corte, como en todas, diestros casuistas que saben halagar las pa- 
siones, al mismo tiempo que acallar la conciencia de los poderosos. 

Gonfiado el rey de Francia en los sentimientos hostiles de los lu- 
teranos del imperio, se atrevió en fin á declarar la gaerra á su rival, 
haciendo dirigir su ejército á Italia que la invadió por el Píamente. 

No manifestó la conducta de Garios en estas circunstancias el mis- 
mo carácter de moderación que le habia distinguido en otras ocasio- 
nes. Entró triunfante en Roma, que fué invadida y se hizo coronar 
como emperador con toda pompa. En un consistorio celebrado por 
su orden, pronunció un discurso de quejas contra la conducta de 
Francisco, pintándola como artificiosa y pérfida, al mismo tiempo 
que hacia un elogio de la suya propia. Allí le declaró la guerra del 
modo mas solemne y le desafió á un combate personal, si preferia 
este modo de hostilidad por ser mas pronto y expedito. Fué el dis- 
curso del emperador una especie de amenaza á todos los que presu-* 
miesen habérselas con un soberano de su clase y poderío. No omi- 
tiremos la circunstancia de que fué pronunciado este discurso en 
espafiol, por ser lengua mas grave, (expresiones de un historíador 
extranjero), (1) lo que manifiesta la preferencia que daba á esta 
nación y el papel que entonces representábamos en el teatro de la 
Europa. 

(1) Leu, Tita di Gario T. 



86 HISTOUA DB FELIPE 11. 

Asi, no solo se baciao estos dos príocipes la guerra por los me*- 
dios ordinarios, sino que se amenazaban, se echaban bravatas, se 
decian que mentían por la gola y por medio de reyes de armas, y 
del jmAo mas solemne se enviaban un cartel de desafio. Habiadado 
el ejemplo el rey de Francia, después de salir de su prisión, lla- 
mando á Carlos por medio de una solemne embajada & un, combate 
singular; mas semejante lid, tantas veces anunciada, jamás llegó á 
verificarse. Alistó el emperador en Italia un poderoso ejército que se 
dirigió hacia las fronteras de la Francia. Entre los famosos capila* 
nes que Je dirigían, se hallaban el marqués del Vasto y el que fué 
con el tiempo tan famoso, duque de Alba. Mandaba todo el espaOoI 
Antonio de Leiva que en todas aquellas guerras se habia adquirido 
tan grande nombradla. 

1536. Penetraron los imperiales sin dificultad por la Provenza; 
mas al querer hacerse dueOos de Marsella, experimentaron los mis- 
mos reveses que en el sitio anterior, puesto por Pescara. Fué su re- 
tirada igualmente desastrosa, y no figura poco en ella la muerte del 
general en jefe el famoso Antonio de Leiva. Abochornado el empe- 
rador del desaire de sus armas, después de tan pomposa declaración 
de hostilidades, dejó su ejército para rehacerse en Italia, y regresó 
á Espafia. Fué este el primer revés de su fortuna, y fruto de una 
grandísima imprudencia; si alguna vez formó el proyecto que mu- 
chos le suponen, y que no es creíble, de establecer en Europa una 
monarquía universal, debió entonces de convencerse de lo quimérico 
de sus ilusiones. 

Hemos visto el modo solemne é inusitado que tuvo Carlos de de- 
clarar la guerra á su rival; el de la* contestación de Francisco fué 
mucho mas extraordinario. Después de la evacuación de la Provenza 
por los imperiales, celebró el rey de Francia en el parlamento de 
París, lo que entonces se llamaba un lecho de justicia. Llamó allí á 
su tríbunal á Carlos de Austria su vasallo, como seDor de los Países- 
Bajos, por haber faltado al pleito homenaje, que como á su superior 
se le debia, dándole un cierto tiempo para responder de su conduc** 
ta. A este homenaje habia renunciado el rey de Francia por el tra-» 
tado de París; mas justamente la infracción de este tratado habia re- 
novado las hostilidades en 1527, y provocado aquella nueva guerra- 
El resultado de la notificación no podia ser otro, que poner en cam-* 
pafia un ejército de treinta mil hombres, al frente del cual marchó 
Francisco á la frontera de los Países-Bajos; esto éralo esencial, pues 



CAPITULO IV. 8T 

lo demás no pasaba de una bravata de mal gusto que nada tenia de 
imponente. ¿Impuso algo la farsa de aquel paso extraordinario? Pon- 
gámosle en paralelo con el discurso imponente, pronunciado eA el 
consistorio de Roma delante del papa y los cardenales, por un mo- 
narca victorioso. Sise podía mirar este por un rasgo de orgullo poco 
disculpable, no debió pasar el otro sino como el despique de una 
vanidad pueril que en nada se apoyaba. Garlos V declaraba la guerra 
á un enemigo: declaraba Francisco I rebelde á un monarca superior 
sayo, bajo mas de un título. Y lo que hizo esta farsa mas ridicula 
es, que no produjo efecto para el soberano, que intentaba el des- 
pojo del vasailo. La campafia de los Paises-fiajos fué un tejido de 
vicisitudes varías, sin ventaja para ninguna de ambas partes. El 
primer Ímpetu de los franceses los hizo gananciosos al principio: 
después se retiraron, abandonando el terreno conquistado. La guerra 
del Píamonte continuaba igualmente sin definitivo resultado. ¿Cuál 
jfüé, pues, el de una contienda que se presentaba tan refiida? ¿En 
qué vinieron á parar tanta animosidad, tanto denuesto público, tanto 
desafío? En que el papa, el rey de Francia y el emperador, tuvieron 
una conferencia en Niza (15H8) donde no pudieron convenirse; en 
que el emperador, á su regreso á EspaDa por mar, tuvo en la playa 
de Aguas-Muertas otra con Francisco, que en aquellos puntos le 
aguardaba; que alU conferenciaron, se dieron mil satisfacciones, y 
ajustaron treguas, tan poco cordiales y duraderas, como las paces 
anteriores. 

¿Qué papel representaba el rey de Inglaterra en estas luchas? Ya 
hemos indicado que Enrique VIII era casi de la misma edad que 
Carlos y Francisco, ambicioso como ellos, igualmente despótico en 
su carácter, obstinado, inflexible y cruel, menos por temperamento 
que por no poder sufrir ninguna oposición á sus caprichos. Poseído 
de su grande importancia, si no como actor principal, á lo menos en 
oíase de auxiliar, habia adoptado la divisa de, cm adhaereo preaest; 
prevalece aquel á quien me adhiero, pronto siempre á unirse con 
cualquiera de las dos partes que le proporcionase mas ventajas. Así 
los dos monarcas le hacían en cierto modo la corte, y trataban de 
ganársele. Le vio Garlos dos veces en Inglaterra, trabajando mucho 
para poner en sus intereses al cardenal Wolsey, que era entonces 
su primer ministro. Francisco tuvo con él la primera entrevista, en 
el campo llamado del Pafio de oro, por el lujo y magnificencia que 
en las fiestas á que dio lugar, se desplegaron. Mas el rey de Ingla- 

TOMO I. (S 



38 01STOB1A DE rELI?F If. 

terra, k pesar de su divisa, influyó muy poco en el resultado de las 
coDÜendas de los dos rivales. Al priocipíose ÍDclinaba k Garlos; pro- 
pendió después hacia Francisco; sea por sus proyectos de repudio de 
su mujer Catalina de Aragón, tia de Carlos, sea porque le instigase 
á ello el cardenal Wolsey, irritado porque el. emperador le babia 
faltado á su palabra, de apoyarle en sus pretensiones á la silla pon- 
tificia. Con el tiempo, habiendo sobrevenido la muerte de aquella 
reina, se acercó mas ¿ Carlos; mas al momento de esta tregua de 
que hablamos entre este príncipe y Francisco, habia permanecido 
casi en completa inactividad el rey de Inglaterra, sea por falta de 
medios, sea que la ostentación de poder le halagase mas que su ejer- 
cicio. 

El negocio de los príncipes protestantes se presentaba cada vez 
mas espíno&o para Carlos V. 

Hemos hecho ver que pcuáfe^azones debia de sentirse inclinado 
á extirpar para siempre lo^^Homo católico le escandalizaba , y - 
como emperador le deprimia^nas sus medios no correspondían á 
sus intenciones, y su situación era sumamente embarazosa como la 
del que quiere conciliar extremos que se contradicen y se excluyen. 
Por una parte se quejaban los luteranos de su intolerancia; por otra 
le acusaba el papa de contemporizar con ellos y de favorecer se- 
cretamente sus doctrinas : por la otra el rey de Francia buscaba 
siempre la alianza de estos príncipes que se mostraban cada vez 
mas exigentes, consolidando la liga que se conocía con el nombre 
de Smalcáldica. Para contrarestarla, Carlos formó otra con los prín- 
cipes católicos , medida que intimidó á los protestantes* Quizá se 
hubiese aprovechado el emperador de tan favorable coyuntura; 
mas por una parte la insurrección de las tropas en Italia por falta 
de pagas, la mas sería aun de Gante, le hicieron ver lo precario de 
su autoridad, y lo poco que la solidez en el poder correspondía con 
la vasta extensión de sus dominios. 

1540. Las tropas de Italia volvieron pronto á su deber ; mas 
se presentó el asunto de Gante tan serio , que exigía nada menos 
que la presencia del emperador que se hallaba entonces en EspaOa. 
Hasta aquella ocasión habia hecho siempre su viaje á los Países- 
Bajos, por Italia y Alemania, sin tocar en Francia ; mas ahora, sea 
por lo avanzado de la estación ó por falta de preparativos , pidió 
Garlos permiso á Francisco para pasar por sus dominios. Sí pareció 
)a petición extraordinaria, se tuvo por sumamente generosa la coo- 



CÁELOS V Y PEANCISCO 1 



\ 



OFfTDLO IV. * 39 

descendencia del de Francia. ¿De qaé parte estayo la mayor gran- 

su rival, ó del 
.1 : : primero hubo 

orudencia. Es 
' ) haber dado 

le no faltaron 

: taciones, es 

'ura del Mi- 

i ■ ' , dábaáen- 

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M ue hablare- 



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* alta de esta 
i los protes- 
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el empera- 
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.K- 



nte adivi- 
on el tur- 
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De todos 
sejo; mas 
¡erra for- 
te embar- 
l^aleras de 

para que 



•«^ «*• 



AUMId 



tsjipeaiciones mas desastrosas que las de Argel por 
Garlos V nos refiere la historia. En la travesía experimentaron una 
fuerte tempestad; después de desembarcados con grandes trabajos 
y mayor exposición, padecieron en el campamento y discurso de 
la noche uñ tremendo aguacero que los dejó como en medio de un 
pantano. Un huracán dispersó la escuadra, haciendo estrellar una 



CABLOS V Y PBANCECO 1. 



CAPITULO IV. * 89 

desceadeiicia del de Franeía. ¿De qaé parte estayo la mayor gran- 
deza de alma? ¿De Garlos qae se puso en tnrazos de so rival, ó del 
rival que le daba an hospedaje tan magoffico? Ed el primero hubo 
sin duda mas valor , pero tal vez una grao falta de prudencia. Es 
probable que en algunos momentos se arrepintiese de haber dado 
este paso, aun en medio de tanto festejo y regocijo. Que no faltaron 
por una parte temores , y por la otra muy fuertes tentaciones, es 
histórico. Francisco pidió á Carlos en Paris la investidura del Mi- 
lanesado, y la facilidad con que la otorgó el emperador, daba á en- 
tender que cuidados mas fuertes le ocupaban. En fin , salió salvo 
de Francia con las mismas muestras de amor y de respeto que á la 
entrada , y pudo acudir á sofocar la insurrección de que hablare- 
mos con mas extensión en la historia de su hijo. 

Cuando se hallaba el emperador en Alemania de vuelta de esta 
expedición negociando asuntos de imposible arreglo con los protes- 
tantes del imperio , bajó Solimán por segunda vez á Hungría. Ja- 
más se habia visto tan comprometido ni tan pronto á una invasión 
el territorio del imperio. Cuando todos aguardaban que el empera- 
dor se apresurase á juntar fuerzas para hacer frente á un adversa- 
rio tan terrible , causó asombro verle hacer preparativos serios 
para una expedición sobre Argel, y que se iba á poner él mismo á 
su cabeza. 

El verdadero motivo de este proyecto no podia fácilmente adivi- 
narse. ¿Temia tal vez Carlos Y medirse frente á frente con el tur- 
co? ¿Le llevaba la idea de distraer todas las fuerzas de este para so- 
correr al dey? ¿No le pareció bastante seria la invasión de Solimán 
para distraerle de un proyecto concebido de antemano? De todos 
modos parece que la expedición fué reprobada por su consejo; mas 
no por esto dejó de llevarse á cabo por fuerzas de mar y tierra for- 
midables. Mas de veinte mil infantes y dos mil cabalios«se embar- 
caron en Genova con el emperador á la cabeza en las galeras de 
Doria, sin tener eo cuenta las instancias de este veterano, para que 
no saliese al mar en una estación desfavorable. 

1541. Pocas expediciones mas desastrosas que las de Argel por 
Carlos V nos refiere la historia. En la travesía experimentaron una 
fuerte tempestad; después de desembarcados con grandes trabajos 
y mayor exposición, padecieron en el campamento y discurso de 
la noche uñ tremendo aguacero que los dejó como en medio de un 
pantano. Un huracán dispersó la escuadra, haciendo estrellar una 



i9 H1ST0R^4 M fmAPE II. 

grao parle de los buques contra las focas de la costa. Sin poder 
combatir, sío poder embarcarse , expaestos k perecer de hambre y 
de miseria eo aquellos campos anegados,' tuvo la expedición que 
retirarse por tierra para embarcarse en seguida en algún punto mas 
retirado de la costa, lo cual verificó al fin después de mil desastres. 
El emperador, que en la primera expedición de Túnez había dado 
& todos ejemplo de valor , se mostró en esta un modelo de sufri- 
miento , de magnanimidad y der constancia. Participó de todas las 
privaciones, de todos los peligros, y la historia le debe la justicia 
de que no abandonó la tierra firme de la costa hasta que vio á los 
suyos todos embarcados. 

No deberemos omitir , hablándose de esta expedición de Argel, 
que se halló en ella de voluntario el famoso Hernán Cortés^ sin que 
el conquistador de un vasto y rico imperio para la corona de Casti- 
lla fuese consultado para nada, ni llamado á los consejos. Al reti- 
rarse la expedición , propuso que se le dejase al frente de algunas 
tropas , con las que prometió hacerse duefio del pais , mas no fué 
escuchado. 

Natural era que de este desastre del emperador se aprovechase 
su rival, enojado de nuevo, porque aquel no le habia cumplido la 
palabra de la investidura del Milanesado, y en quien todos sus ami- 
gos le motejaban de crédulo y falto de previsión por dejarse enga- 
fiar de su enemigo. Un pretexto necesitaba para hacer la guerra; 
mas cuando hay buena voluntad, se encuentran pronto. Las fuerzas 
que en esta nueva guerra presentó en campafia fueron formidables. 
Cinco ejércitos se alistaron para atacar las fronteras de los estados 
del emperador , que aunque menos preparado , no se descuidó en 
tan grave coyuntura. Por esta vez se alió con el rey de Inglaterra, 
mientras el de Francia no tuvo reparo en hacerlo con los turcos. 
Esta monstruosa liga con los enemigos tan terribles de la Cristian* 
dad, fué mirada entonces con horror , y es una mancha verdadera 
en la memoria de Francisco. El famoso Barbaroja se presentó en 
Marsella, y se trató hasta de edificar en aquel puerto una mezqui- 
ta para el uso de los mahometanos. Mas el rey de Francia los des- 
pidió de sus estados , cediendo á los clamores de amigos y ene- 
migos. 

1543. Los habia elevado contra él en una dieta Garlos V, acu- 
sándole de enemigo de la cristiandad , y halagando por entonces á 
los electores, aumenté sus fuerzas, y se proporcionó dineros para 



CAPlTLiO IV. . 41 

hacer la guerra. ¿T qoé resaltados prodajo este nuevo rompionieD- 
to de hostilidades qoe tan tremendo parecía? Ninguno positivo y de 
importancia. Lidiaron los ejércitos con fortuna varia por una y otra 
parte. Consiguieron los franceses ventajasen la frontera de EspaSa, 
y que perdieron : sufrieron desastres en la campaDa de Italia» que 
repararon con la victoria obtenida en Gerisoia. Consiguió ventajas 
muy importantes Carlos V, que mandó en persona el ejército de los 
Paises^Bajos. Entró en ChampaDa ; se apoderó de Saint Dizier y 
otras plazas ; llegó 4 dos leguas de Pañs , mas por falta de víveres 
se vio en la precisión de retirarse. En cuanto á los ingleses» seapo- 
deraron de BoloOa y no pasaron adelante. A fuerza de cansancio, 
y cuando ya no podían mantener sus fuerzas en campa&a , se ter^ 
minó la guerra con la paz de Grespi, en la que no salió gananciosa 
ninguna de ambas partes. 

15i5. — 1517. Fué esta la última guerra que hizo el rey Fran- 
cisco. Guando se hallaba seriamente ocupado en nuevas alianzas 
con los protestantes del imperio, le cogió la muerte, sin ser viejo 
todavia. Gran papel hizo este príncipe , y un nombre distinguido 
ocupa en la 'historia de su tiempo. Mas valiente caballero que en- 
tendido capitán, dotado de mas brillo que de solidez, tan ambicioso 
ó quizá mas que Garlos Y, se quedó muy inferior á su rival en 
prudencia, en habilidad, en aplicación á los negocios, en conoci- 
miento de los hombres, en cuantas prendas constituyen & un rey de 
acción y de consejo. Obraba por arranques de impetuosidad , por 
llamaradas de pasión que se apagaban pronto ; en lugar que en el 
otro había un c&lculo de acción, un pensamiento fijo que predomi- 
naba en sus acciones. Con muchos menos estados que Garlos V, 
pudo hombrear con él de igual 4 igual ; porque los suyos eran 
compactos , y formaban un todo sin intermisión, en lugar que los 
del otro estaban tan esparcidos, y eran tan heterogéneos. Así como 
excedía 4 Garlos V en brillantes cualidades personales, tenia la des^ 
ventaja de ser mas disipado, mas amigo de placeres y de vicios. En 
cuanto 4 sus principios religiosos , quemaba y hacia perecer con 
otros sttfrfícios 4 los protestantes en París y otras partes^ mientras 
se asociaba con los de Alemania y con los turcos. Mas ya hemos 
hecho ver que hay casuistas h4biles que saben conciliario todo, y 
acallar la voz de las conciencias. 

Con su muerte no se extinguió en Francia el espíritu belicoso que 
la animaba contra Garlos. Su sucesor Enríque II heredó igualmente 



41 flisTORU Ds nuPE n. 

8u ambición ; mas padeció el descaído de no decidirse al momento, 
dejando tiempo al emperador para entender en los negocios graves, 
relativos á los príncipes luteranos del imperio. 

Analizar todas las negociaciones, controversias y disputas que 
estos asuntos motivaron, no es de este momento. En mas detalles 
entraremos, cuando nos ocupemos de las disputas religiosas que 
hacen tan gran papel en este siglo. Gomo las de los príncipes con 
el emperador eran de un doble carácter, trataremos solo del político. 
Los príncipes protestantes eran fuertes por la unión, j como teles 
se mostraban exigentes. A conservarse en este actitud cuando lie-- 
garon á declararse en lucha abierto contra el jefe del imperio, hu- 
biesen dado la ley ; mas este falange se mantuvo poco tiempo uni- 
da. Ya hemos visto que en los grandes conflictos del emperador, 
le auxiliaban con sus fuerzas, pudiendo sin duda mas en ellos el 
sentimiento de alemanes, que el de sus intereses y controversias 
religiosas. Por otra parte reinaban entre ellos las rivalidades que 
son frecuentes, y abren tanto campo á los que saben exploterlas. 
El príncipe Mauricio de Sajonia que ambicionaba los estedos de su 
primo el elector se aprovechó de la ocasión y tuvo la habilidad de 
dividirlos. Cuando debían entrar en acción, se había disipado ya la 
liga, quedando el elector y el landgrave de Hesse como solos en la 
arena. El emperador, que á fuerza de mostrarse inflexible contra 
sus pretesiones había desarmado á los demás, cayó sobreestés 
príncipes, y los derrotó completemente en la batella de Muhlberg, 
quedando prisionero el elector, á quien privó de sus estados, hacién- 
dose duefio de ellos el príncipe Mauricio. 

Fué el elector de Sajonia tratedo con la mayor ^dureza, y hasta 
condenado á muerte, por resistirse su mujer á entregar á Magde- 
burgo, sitiado por los imperiales ; mas no llegó á ejecutarse la sen- 
tencia. El langrave que se sometió asimismo al emperador, fué 
recibido con todas las muestras de rigor, precisado á pedir de ro- 
dillas su perdón, quedando al fin cautivo como el de Sajonia. A don- 
de quiera que se movía el emperador, le seguían estos dos prínci- 
pes en estrecha prisión, sin que los ruegos de los principales per- 
sonajes del imperio pudiesen aplacarle. Severo entonces, en pro- 
porción de lo conciliador y flexible que se había mostrado en otros 
tiempos, se conducía como un dictador con amigos y enemigos. 
Lo quiso ser hasta en materias de conciencia, estableciendo en 
Augsburgo (1548), un formulario de doctrina ínterin el concilio 



annjLo rr. 18 

no dírímiese completamente todas estas diferencian con los protes- 
tantes ; pero no por esto se mostró con ellos menos inflexible. Con 
la misma energía se mostró protector del conpilio de Trento contra 
el cual la Francia misma protestaba ; mas mientras el emperador, 
fascinado acaso con so prosperidad, se creia omnipotente en Ale- 
mania, se aglomeraba sobre sa cabeza una tempeslad, que disipó 
del modo mas cruel sus ilusiones. 

1551. El príncipe Mauricio que se le babia mostrado' tan adic- 
to y tan sumiso, que con sus intrigas babia contribuido tanto á su 
triunfo de Muhlberg, alimentaba contra él una enemiga tanto mas 
terrible, cuanto la babia cubierto siempre con el velo del respeto 
mas profundo. Satisfecha su ambición con los despojos de su pa- 
riente el elector, aspiró á la gloria de ser campeón de la causa que 
había anteriormente abandonado. Ningún medio omitió de ocultar 
sus intenciones al emperador, mientras intrigaba en secreto con los 
protestantes, y entraba en alianza con el rey de Francia. Por com- 
placer á Garlos, adoptó sin ninguna repugnancia el interim, y en- 
vió un representante al concilio. Guando tuvo maduros ya sus pla- 
nes, se atrevió á pedir al emperador la libertad del landgra ve, to- 
mando asimismo el nombre de los otros príncipes. Eludió Garlos la 
súplica, y aunque este paso fué objeto de alguna suspicacia, supo 
Mauricio disiparla, redoblando sus obsequios y protestas. No solo 
enga&ó al emperador, sino hasta sus avisados consejeros, y entre 
ellos al obispo de Arras, tan conocido después con el nombre de 
cardenal Granvela. Seguro ya de sus aliados y del rey de Francia, 
se declaró Mauricio jefe de la liga protestante, y aquel monarca en 
guerra contra Garlos. Se hallaba entonces este sin ejército, y cons- 
ternado con una novedad que tan cruelmente babia burlado á su 
prudencia, retrocedió delante de un rival muy superior en fuerzas. 
Mientras este le perseguía sobre Inspruch, avanzaba Enrique con 
su ejército, y se apoderaba de las plazas de Metz, Toul y Verdun 
en la Lorena. Jamás se había visto en un conflicto mas cruel un 
monarca, que hacia pocos dias se consideraba omnipotente. No hubo 
mas remedio que ceder á la ley de la necesidad, ó verse prisionero en 
manos de Mauricio. Dio libertad al elector de Sajonia y al landgrave; 
7 por el tratado de Passau, que ajustó con los principes protestantes, 
se les concedió el libre ejercicio de su culto. Los luteranos no lle- 
varon mas allá sus exigencias, y prometieron sus auxilios contra el 
turco. El rey de Francia no fué incluso en el tratado ; pues Mau- 



ti HISLOKU DE FKLIPB II. 

rício, satisfecho ya su objeto, no cuidó mucho de los iotereses de ütí 
nuevo amigo, que tal vez miraba cod diversos seutimientos. 

1552. Se preparó, pues, Carlos para esta nueva guerra, y en- 
tró en campafia con fuerzas formidables. Al frente de cincuenta 
mil hombres, según dicen los historiadores, emprendió en persona 
til sitio de Metz, uno de los hechos de armas mas célebres del 
tiempo. Mandaba la plaza el duque de Guisa, y las tropas sitiado- 
ras bajo las órdenes del emperador, el duque de Alba, que habia 
ganado la batalla de Muhlberg. Se estrechó el cerco con vigor : 
además de la gloria personal de Garlos, estaba en juego la de dos 
grandes capitanes, el uno ya muy célebre, y el otro que aspiraba 
& serlo por este cerco tan refiido. Pudo masía obstinación, el valor, 
y sí se quiere la superior habilidad de los de dentro, que la impe- 
tuosidad de los de fuera. Se declararon enfermedades en el campo 
del emperador ; la inclemencia de la estación hizo de mas difícil 
reparo la falta de víveres ; y al fin se vio Carlos reducido á levan- 
tar el sitio, con la mortificación que puede suponerse. Con este mo- 
tivo se le atribuye el dicho: «Bien se conoce que la fortuna, como 
dama cortesana, fovorece 6 los mozos, y se cansa de los viejos. x> 
Fué tan desastrosa la retirada, como la de hacia diez y seis afios, 
delante de Marsella. 

T con ese hecho de armas concluirán los apuntes sobre el reí- 
nado de Garlos Y, que creímos necesarios, para entrar en el del 
hijo. Después de este sitio tan famoso se hizo otra campaDa en los 
Países-Bajos, en que los imperiales se apoderaron de las plazas de 
Terouanne y de Hesdín, y de la de Renty los franceses. La guerra 
terminó por entonces con una tregua, último tratado que hizo Car- 
los y ; mas la renovación de las hostilidades pertenece al reinado de 
Felipe. En él referimos estos últimos acontecimientos ; lo que pa- 
saba entonces en Italia y la abdicación de Carlos V, digno desen- 
laoe de uno de los dramas mas célebres en los anales de la espe- 
cie humana. 

Por lo poco que va dicho, se ve que Garlos Y por su actividad, 
por su aplicación á los negocios, por sus otras cualidades persona- 
les no fué indigno del alto puesto á que le habia elevado la fortuna. 
Se puede decir que nació, vivió y dejó de reinar, siendo el primero 
de los monarcas de su tiempo. Que no aspiró nunca como algunos 
lo suponen á la monarquía universal, se puede creer de su buen 
juicio, de su experiencia, del conocimiento de las cosas y los hom- 



CAPITULO V. 48 

bres. Seffor de tantos estados diversos, tan separados por la natu- 
raleza, como por sq índole, sopo hacerlos k todos instrumentos de 
grandeza. Sus frecuentes viajes manifiestan la gran atención que 
daba á los negocios, y su convicción de lo que la presencia de un 
príncipe entendido vale en ciertas circunstancias. Sin merecer el 
nombre de gran capitán, figuraba. con dignidad y como cor- 
respondía á su alta clase al frente de sus tropas. El tino con que 
sabia elegir sus generales, honrarlos, animarlos y premiarlos, mues- 
tra su gran habilidad y conocimiento de los hombres. Igual tacto 
manifestó siempre en la designación de los demás grandes funcio- 
narios del estado. Ninguno de sus servidores le fué infiel, y solo tuvo 
la habilidad, ó mas bien perfidia, de engaffarle el príncipe Mauricio. 
La segunda mitad de su reinado no fué tan próspera como la pri- 
mera; mas no puede tampoco llamarse absolutamente desgraciada. 
Acostumbrado á tantos halagos de la suerte, precisamente sintió 
mucho sus rigores. La desastrosa expedición de Argel, la retirada 
de Marsella, la huida delante del príncipe Mauricio, y el desaire de 
sus armas en el sitio de Metz, debieron de ser para él disgustos muy 
amargos; mas supo conservar grandeza de alma en sus desgracias. 
Lo que perdió, supo repararlo, y ningún tratado de paz le fué des- 
ventajoso. Para otro lugar reservamos mas pormenores sobre el 
carácter de este príncipe, comparado con su siglo; por ahora nos 
contentaremos con indicar que la magnífica herencia de sus mayo- 
res heredada, la trasmitió toda y aun con mejoras á sus deseen- 

dientes. 

Después de hahüt examinado los priúcipaíes rasgos de ía vida 
mOitar y política de este monarca, entraremos en 'algunos porme- 
nores sobre la índole del tiempo en que vivia; sobre el estado polí- 
tico, sobre las artes, las ciencias, la literatura, los establecimientos 
militares, el modo de hacer la guerra, concluyendo con un bosque- 
jo de las disputas religiosas que hicieron un papel tan distinguido 
en dicha época. 



T«]io I. 



éAmuí^b t 



ESáláb p^óíifeo.—C(tfVeá.—É(esconfento.— Guerras de fes comuniaades.— tenftís M 
B^tMo.-^K^cUrsos ^ á()ar(]ls;-^]>isittihución'db4ft háuedciáxle las fértil». 



La historia de los moDarcas espafioles escribimos; & Espafia de- 
ben de dirigirse con prefereDcia nuestras observaciones sobre la si- 
tuación política de todas las clases de la sociedad en aquel siglo. Ha- 
blaremos de sus Cortes. Esta voz con que se designan sus asamlbleas 
políticas en toda la Edad m«dia, no envuelve un pensamiento fijo, 
porque no en todos los tiempos ha tenido igual significado. No se 
pueden designar con este nombre los antiguos concilios de Toledo 
en tiempo de los reyes visigodos. En aquellas asambleas se reunían 
con el rey los magnates, los prelados, todos los que desempeñaban 
los primeros cargos públicos. La mayor parte de las deliberaciones 
de aq^ue^las grandes asám'bleas rodaban sobre asuntos de disciplina 
eclesiástica, cuyas controversias figuraban tanto en aquella época, 
lo que ,. ¡lama pueblo. 6 cl.»5 populares, »o eran ciadas para 
nadá%n aquelfás grandes reuniones, y en rigor no formaban parte 
del cuerpo político del estado que se consideraba y era realmente de 
conquista. Con el tiempo fueron estas clases adquiriendo la impor- 
tancia, fruto natural de la riqueza producida por la industria. Los 
reyes á quienes importaba poner un contrapeso á la preponderan- 
cia de sus grandes vasallos que se creian sus iguales, emanciparon 
cuanto les fué posible estas clases industriosas que pocoá poco fue- 
ron formando corporaciones populares con sus cartas, privilegios y 



(AP17DL0 y. 

IniíM <qaie 1«8 «torgab» la coroia. Na emo eslos «gvalefL; pue^ do 

IMdian serlo las aJFcuBsteQiBias y los motivas %w tos promoinaruMi . 

A6Í, cada pueblo, cada «illa ^ cada jarísdiccioo, teoja los suy^ 

foe se ooDsidieraban 00 precisamente cooio derechos pr^j^, $ÍDP 

4vores en virtad de servicios que habiao becbo. Uts grandes awBr 

Moas ]^li(ic«} q«e en tijsmpo de lofs re]os visigiades ao se compor 

júao mas q«ie de magnates, t^ntoeclesüfótices come civiles, comeQr 

•aron á «dmitir m su seod» diputados ó represeotaates de estos lu- 

gires ó «orp9raciooes popjiilares. Desde eatooces dala Ia que «e 

aoDoce tm d Bombre (fe Ijlortes, divididas por Ja regular ea brabas 

4 e84e#ieAtos; á saber: prelados, baroaes y diputadlas poír lasulas^s 

pepakres.. Ni íbI po-ü^ldo de las reanieiDes da estas ¿erteSi ni sos 

preregativas, bí deber.es, estaban «Qppsigaft^os eo alguna le^ fssfíti- 

4a; ttíd» se Ma por uso y por cffstuiabre, que por uele^ídad 4a- 

bia» 4» alterarse por 6\ Jtrascmrso de lo^ lÁ^pos.. Por lo inegal^r ena 

al rey ^uief las qqb vaciaba y disolvía, segiu w» Miía^idades pcQ.- 

fjas ó las (del Est«4o. iSe ^UQ^bau a^Mfm Wfi^ k9 jtu^S braz9S> h 

ireces ilos, f/ #ti»s luoo solo. I»» clases 4^ se r^resiejit^bw A 

ú wísiaas. I4OS idel te^i^fr ifn^fo, ^ m& popojfir , ^9 se ,coa^di^bfUi 

Ai ema e» rigor mj|s qff» ^iqples^lj^egac^f d/9 ja^ víH^is Y ciiÍ4i^49s 

^ue 4 lias Ciertas im m'v^ 909 podiarcif s»r« i<^Ip> «cwi ,ípstni$r 

«Qiies per <esieEÍftQ de J^ qi^e dabi^ decir* QM>i'€ftr P ^plijWr, pj^^s 

for lo .erdji^arío podiaa y ^ ci¡9Íaa Qoa i^rof^e 4f^ ^tbtenier .ei| pip- 

poneioa <de J^ iq^ da^a#.. dstos iioderes erap ^ <estricti98, gfie isp 

#asos «xtraoü^^iHyMs, fi9 iati;?wÍDdase L^^prpcmNltres^dei^idiritor 

sí pwitps 400 1^ oslaban previstos .«19 isas iojsitruQpipoi^s, jigyai:^- 

km p»oa obnir kques^jia jenvifisev . I^ Qopa#id«d€# qmí 4<^ 

lospÁderes b»s|fai^baDÍs«alffleflA«. 3ip «P4wg9, 4 pe^ftr,^ e^lja 

absoluta idapd9deaQÍ(»., eran jios $argj9s «de proQorad|()r ><H)v^idiQf;94(ís 

«aiM imuy iB»pori(an.tes 7 bonQiiüfi«9^- 61o los pbAofíian si^9 JÍqs .^e 

íMs influeocii» ^w fsu ¡riqíae^^a ,ó «apjkcidjHl ei^ A9? pu^bloíi y 4^^- 

des, y muy bueo cujvMo tewau las ^Aipcaci^Be^ de ,%o ^py\9,r ^ 

iasiGovIes hombyras 4|ue .oo supiesep ,<) ,qo /qiuisjía$f)p repi;es(W^ ^ou 

btf^dAd <y leal(MÍ sns iÍAt«r/9ses. 

kü m pvedfia ,ooQsi4eiw las jC^rta^ cojw tuq^as asamb^ 419e,f;e 
sepoiap censa dp h i)ar$iwa4el tey , /^ .para ,acoAsejaj;le, ^ pai^ii ^r 
Blgfair cop lél .»1^098 Ufigoqios imporlftptes del Cli^tado,*^ par/i 0^.- 
^le sab^^úvs, ó para^ar^opi^ tm Wl9ffUM á sqs 4Ct9sppliti.r 
QQsó.adogáQ^trAtixqs. ^«ir 4p joag^l^ jv^ban ,al M(ed9i;p 4f) .1;^ ^,9- 



48 HISTORIA DB VBLIPB II. 

roña, le proclamabaD & sa sabida al trooo, mandando levantar 
pendones en acatamiento de su suprema autoridad, y nombraban 
las regencias cuando no estaban designadas. Entendian hasta en los 
testamentos de los reyes, alterándolos á veces cuando los creían con- 
trarios al bien público. En vista de tan sencillo enunciado, cuaU 
quiera comprenderá que la influencia y preponderancia de estas 
Cortes debia ser mayor ó menor, según el carácter del monarca, 
según su mayor ó menor habilidad, según las mas ó menos graves 
circunstancias que ocurrían; y este mayor ó menor grado de in*^ 
fluencia que ejercían las Cortes, consideradas colectivamente, se 
puede aplicar asíniismo á cada uno de los estamentos de que se 
componían respecto de los otros. Así había ocasiones en que se pre- 
sentaban los tres, y otras en que solo se veían en la escena los pro- 
curadores de los pueblos. En minorías, en sucesiones disputadas, en 
tiempos de revueltas y facciones en que todos buscaban su apoyo, 
se consideraban como el cuerpo preponderante del Estado. Las bus- 
có y halagó muchísimo don Sancho lY el Bravo, cuando se alzó 
contra su padre, y después disputó la sucesión de la corona: se echó 
en sus brazos su viuda doffa María de Molina, declarada tutora de 
su hijo don Fernando el Emplazado; y la misma conducta observó 
la viuda en lainémoría de su hijo Alfonso XI. Debieron también de 
hacer un gran papel en las revueltas y mortales disensiones entre 
don Pedro y su hermano don Enrique, que le sucedió por fin en la 
corona. En los reinados, sobre todo de Juan II y Enrique lY, que, 
como se sabe, fueron tiempos de revueltas y anarquía, ejercíeroii 
las Cortes su gran preponderancia. Los poderes de que estaban re- 
vestidas eran de hecho:, constan de sus actas, sin estar consignadas 
en códigos, en cuerpos de doctrina, en lo que se llaman constitu- 
ciones: dimanaban de las circunstancias, de la fuerza de las cosas, 
del carácter, ó mas ó menos habilidad de las personas; y si se exa- 
minan con imparcialidad la mayor parte de las transacciones de los 
hombres, apenas les descubriremos otro origen. 

Los Reyes católicos que sucedieron á estos tiempos de revueltas, 
eran demasiado firmes para no poner á raya el humor turbulento 
de los grandes y los ricos, demasiado sagaces 'para no tratar de 
cortar los males en su origen. Ya hemos indicado el gran celo 
con que se aplicaron á robustecer el trono, á expensas del poderío 
de la aristocracia. Eran mas objeto de sus celos los privilegios y li||^ 
fqerzas de que disponiao estos grandes feudatarios, que las cartas 



CAPITULO Y. 49 

Ó fueros otorgados por sus antecesores á las comuDídades. Estaba al 
contrario en su política fomentar el bienestar y prosperidades de 
estas, para contar con un apoyo mas, contra los que trataban de 
reducir á mas hunulde esfera. Se sabe cuántas disposiciones toma- 
ron estos reyes , cuántas pragmáticas promulgaron para afianzar el 
orden público, para conservar el respeto á las propiedades, para 
poner un freno perpetuo á la licencia. También se juntaron varias 
veces las Cortes durante su reinado ; mas sus transacciones, como 

DO pasaron naturalmente de una ^scal^^ carecieron del derecho de 
ser célebres. 

El espíritu de facción, ó de revuelta, ó de privilegio exclusivo de 
carta, ó si se quiere también de libertades, estaba muy amorti- 
guado cuando el advenimiento de la casa de Austria; pero entonces 
un motivo, y hasta cierto punto muy justo, vino á excitar el des- 
contento de los pueblos, inevitable siempre cuando recayendo la 
corona en hembra, tiene que pasar por enlaces á familia extrafia. 
El príncipe que viene de fuera á unir su suerte con la reina, no 
puede presentarse solo á tomar posesión de su alto puesto. Preci- 
samente le acompasan sus amigos, los que hacen parte de su cor- 
te, siendo esta brillante y numerosa, á proporción de su poder é 
medios. Por precisión han de recaer sobre estos individuos gracias y 
favores, y otra cosa no puede ser por poco que se estudie el corazón 
humano. También es imposible que deje de ser objeto de disgusto 
y envidia para los de casa. Estuvo muy lejos de ser la venida de Fe- 
lipe el Hermoso una excepción de aquesta regla. Fueron los flamen- 
cos que le rodeaban objeto exclusivo de sus confianzas y favores. 
Se acusaba á estos extranjeros de codicia, hasta de rapacidad, y los 
que se mostraron en un principio mas entusiasmados con la subida 
al trono de un príncipe joven y afable, que al parecer ponia su es- 
tudio en hacerse popular, fueron los primeros en cambiar su adhe- 
sión por otros muy diversos sentimientos. Sucedió la misma cosa á 
la venida de don Garlos: la misma rivalidad, el mismo descontento 
se manifestó hacia los cortesanos extranjeros que tuvieron una 
parte casi exclusiva en los favores del monarca. El principal de 
ellos Xievres ó Ghievres, que era su privado y pasaba por director 
y consejero, tenia la reputación de juntar á costa del Estado rique- 
zas muy considerables. No solo se les acusaba de estafas y rapi- 
fias, sino que se los veia promovidos á los primeros cargos del Es- 
tado. Sucedió al cardenal Gisnerosen la silla de Toledo, un sobrino 



80 J^ BISLOBIA DE PSUPE H. 

ievles. 



de Xie?les, y se setéó en la de TortoM el ^sardesal ^dmn«, aotii- 
gao ayo ó preceptor de este monaroa. Esta seoiimieDto de desafeor- 
cioB ó desvío hicia ios oortesaaos qoe rodeabaa al que ívÁ después 
«aperador, se deseorelLó eo lo sucesiva de ud modo muy latal i la 
fraaquilidad y reposo do «sA^s pueblos. 

Para oempreader mejor lo que luoron las Cortes de KspaOa dur 
noto la dominaeion de Carlos V ¿aremes uü aoálisjs por órdep 
eronológieo de sos ^iaeipaies peuaioBea, comeo^aado desAo el 
priMÍpio de aquel siglo. (1) 

Eq 1505 al faliecimieoto de la reina Católica, se jinitaPOP en 
Ton» para reoonoc^r por i^eina h dolia Jitau». y por i^p^lpe bere- 
doro ¿su Ujo Caries. 

Eo 1510 «e juotanon eo DfoiMsoo l«s4« AngPR por f¡ i:ey Ca- 
tíiko. 

Eo 15U se juoj(ar(w las de Castilla en ftargps, y eptre v^ios 
ospítiios do oienos iwportaiioifi se ^tableció fue e| rei#o se mw- 
taviese «Doabetodo ibasta que se pudiese poper piuja 4I arriciado do 
l«8iranta&. 

A la voDÍdade doo C»r|os á ¡i^^iiJiSi ^ m&tWOQ ^ (MU» 
«ooiioiiersias y dispvubv» «obre «u41 babia do js^r el ^título \^o ol 
qas debia dirigir Jos liendas del Estado, ^st^niap Ips «n^mjgps dfi 
lo corte iquo oo podio fi$r el^e rey, jnieoAras viviese^ madr^, qpo 
ora lo neioa propietaria. Aiogaboo sos jconjirarios i» abspluta JHnoar 
focidad «oral .on ^ue se hoU«ba esta pripcfisa 4e optrar ^ i^ par^ 
M q^iítmo déoslos mu». £9 -esta op^itsicwo «de siao^iimeptos qn^ 
M 4MI gran desarrollo al ospírttu itopiilar. ^é rpwiecop Ij^ jí^rte^ 
«a Yalladolid eo m». 

Fueron «stas Cortes o^lebres ^0 splo por di Qíipíritp 4e ppo^cii9i)p 
«ioo por k imfiwtancia do los laspnlof; qjaiB #UÜ ivierpn fle;baUi4<^- 
Gomo ea las de anies, cyenciió Ja pari^ prjopipal <{d esjtamentQ de 
poocoradores. fiouNoaaron ppr mwifesjlar ^^ 09 icaso i|e que ,^ 
«oMOAciese & Carlos por tro^o 00 Je iwcestarian jn^wpnto (if^ta^^e 
k.hiaese él, rooeoocieoiijio b quo 09 Jas/]loEtes de BuTigos $^ habjia 
4leteEipinado. üandíHoo oe mostraron ^fendidpp M qu^ sp .bnbio^ 
dado icütnada .ob aqs ^oiies á exlranjorios. Si ■sj? r^flcixippa jqop lel 
fey se halhdB «tonees «a VaJIadolÁd, «y lOstalKa «acaso ojs^ai^los, 
bflíf que aduMur oMs^on Mpípitn de liberliid é i^flcpooflonci^. 



ifU OteeASuDlMnl. 



GAflTLLO y. 91 

AdqníiM «Utone^s «i mmbre oékht^ el doctor Shmel, prtea** 
rattor pét Bttfgos, ^ue había Udvaiio la vofe priacipfti eA aqaeliM 
exigencias. Ea Vano tmtaroi de ganarle ooi promesas y amenasas 
los partidarios d» lá eortej el prooorüdor se laostnft fime, y siem- 
pi« intrépddtv Se coaeiben bien las animosidadiB k ^u^esta desava^ 
neicift díé lugar eitre los cortesanos y la «posición, pniea coi ítA 
Mfábn podemos designarla. Por últíiiO) «edieron los primenos. 
Bfitté el My «n las sesíMOs, y le prestatofl joramcfnio el doctor !Ri' 
mel y los pnMuiradbreB. laró el rey por s« parte los prífilegies de 
lab candados y h, observataíMa de las le;fe8. InsistHi ol doctor en qm 
jntase también 4» relatívo á la excloBian de IM extranjeros de «qóet 
sitü», & lo qte accedió Garios, no sin mteMns de grande fepog» 
nancia. 

Para adgtnos no ñná este úMimo jnramonta dH rey báíi^ate «x- 
l^foito. Gon oste mbtivo i6 votvieron & snscilar los antiguos <dter^ 
cados-, distíngaiéBdose 'en la misma opofiídon el procotttdof por 
Bargoft. Algnnob procaradores %o jaiwron al pl-incipio. Por fin M 
aHanaron las difieoltades, y Garlos faé jnrado solemnemente eú San 
PaMo de Valladolid pcir rey, juolaHieDle con «n madre, poniéndose 
Ktám fiomlH>e8 'm «1 orden de la naturaleza al ft>etite de los actos 
pdU^soft. 

En las misoms Oortesie presentaron A la aceptación del rtry nada 
menos qae 14 articolos. Indicaremos los pvincipaies, qae nos ma*' 
nHéstatá» m^ los SMtimieBftos ^ne los animaban, y la índole de 
afaoHos ^mpos. 'Q«e -la Mina dcfla Juana faése tratada y surtida 
(Mfmo sofiora de Mtos reibos. Que el rey $e casase. Que no saliese 
del ¥eino «^ infonte don Ptvnstodo (hermano de Garlos). Que se 
emsc^vasen las leyes, fVagm&iioas y privHe^, sin imponer con*'' 
trlbaoioaés. Qoe en lo sucesivo tío se 'diese nada t los extranjeros. 
Qm el niieto arzobispo de Toledo viniose i Espafia & disbirtar 
a^ iws reatas. 'Qae los -eimbajadorfls de 'estos reinos fnesen nato*^ 
ndes. Que^ adoritresen 'ospafidles en la «casa del rey. ijue ñabíagt 
emt^kmo. Qm vo •eoajMMse nada -de la oopttia. Qae tro se diesen 
se4)veviiireneias de «mpleao. 'Qae mandan 'visifar'Ies'lribanates.'Qire 
hn mquisidores fuesen hombres do bnena %ma y ^ con($ientíi{i. 
QÉeea» ivogasea 'pobres por «1 rútío. "Qte m '0#brtfsen las 'akiabalsás 
pút k» jiaticias ordinarias y no por eottriñonados. *Qtte tao se oliH^ 
§ase 4 Mdie '4 «tomar balas. Qnettejltten Íos>etérigo8. Qae se |^ar« 
dnon iba ¡prvvitej^'de tss iMioleMB do fiapio^Ma. Qae no 'SS 'le*^ 



/ 



5S HISTORIA DI FRLIPB It. 

gaseo mas bienes raíoes á iglesias, monasterios, hospitales y eofira- 
dfas, etc. A todos los artícolos accedió el rey, haciendo sobre al- 
gunos las advertencias que le parecieron convenientes. 

Las mismas dificultades se ofrecieron en las Cortes de Aragón, 
convocadas en Zaragoza aquel mismo aBo sobre la jura del mo- 
narca, poniéndose siempre el mismo obstáculo de estar su madre 
viva. La animosidad fué mayor, y de altercados se pasó á hechos. 
Entre la parcialidad del duque de Zaragoza y el de Aranda , hubo 
rifias en las calles, que hicieron verter sangre. Por último, le re- 
conocieron y juráronlo mismo que en Castilla. En Barcelona se en- 
cresparon tanto los ánimos, que Carlos envió en lugar suyo al car- 
denal Adriano ; mas tuvo que ir en persona como condición indis- 
pensable. 

En 1519, siendo ya el rey emperador, trató de convocar las Cor^ 
tes para el servicio que en su próximo viaje á Alemania le era in- 
dispensable. Las mandó reunirse en la CoruDa, donde era su inten- 
ción el embarcarse. Desagradó muchísimo en Castilla esta determi- 
nación, y se comenzó á ver con odio que se emplease el dinero del 
reino en gastos extrafios, que no iban á producirle la menor ven- 
taja. La convocación en la Corutta dio margen á extrañas conjetu- 
ras y sospechas. Se atribuyó el proyecto á Xievres, qae sintiéndose 
objeto de odio quería acercarse á la costa para ponerse, en caso de 
una sedición, mas prontamente en salvo. 

Hallándose el rey en Tordesillas en su viaje á Galicia, se le pre- 
sentaron los procuradores de Toledo , rogándole que no saliese del 
reino, y que en caso contrarío no les pidiese algún servicio. Se 
enojó Carlos con la petición , y los despidió con aspereza , conti- 
nuando su camino. Otros procuradores imitaron la conducta de los 
de Toledo, y protestaron contra la convocación de las Cortes en Ga- 
licia. El rey llegó á Santiago, y á pesar de tanta oposición , hizo 
llevar adelante su proyecto. Pocos negocios se condujeron con me- 
nos tino, con menos conocimiento del estado de las cosas , con re« 
sultados mas funestos para la paz de la nación, que estas Cortes de 
Santiago. El odio á los extranjeros crecia de punto, y poco á poco« 
aunque propagada lentamente , cundió la especie que era la mayor 
calamidad para la nación, que el rey saliese á recibir la corona del 
imperío. Llegaron los grandes á aconsejaríe que se precaviese del 
prívado Xievres; tal era el estado de irritación en que los ánimos se 
hallaban. Mas Carlos, preocupado solo de la idea de ir cuanto mas 



CAPITULO V . 58 

aotes á recibir la coroDa imperial, cerró el oido á todas las adver- 
tencias y consejos que estaban en oposición con su deseo domi- 
nante. 

Las Cortes se reunieron al principio en Santiago, y los procura- 
dores por Toledo declararon nulo cuanto en ellas s^ hiciese , por el 
número de procuradores que faltaban , y entre ellos los de Sala- 
manca. Enojado el rey, mandó prenderlos, y al fin se contentó con 
que saliesen desterrados. Al saberse en Toledo la ocurrencia , se 
alborotaron, se pusieron en resistencia abierta con el rey , echando 
al corregidor, y estableciendo su junta de gobierno. Era imposible 
un estado de mas efervescencia, de mas desconfianza y mas sospe- 
chas. Las Cortes se trasladaron á la Corufia, y allí concluyeron co- 
mo se pudo sus sesiones, negando el servicio los de León, Murcia, 
Madrid, Toro, Córdoba, Toledo y Salamanca. Y hallándose los áni- 
mos en esta situación, sin haberse apaciguado los disturbios en To- 
ledo, se hizo á la mar el nuevo emperador; tal era su impaciencia, 
6 tal vez la de Xievres , temeroso de ser víctima de sediciones po- 
pulares. Quedó de gobernador del reino el cardenal Adriano, hom- 
bre de poca energía , y menor capacidad en materias de gobierno. 

A muy poco tiempo de la ausencia del emperador, estalló la fa- 
mosa guerra de las Comunidades , episodio demasiado importante 
en nuestra historia y la del siglo, para que dejemos de dar de él al- 
gunos pormenores, aunque de un modo muy sucinto (1). 

Ha desfigurado mucho el espíritu de partido la íodole de aquella 
guerra. Era imposible que los historiadores contemporáneos espa- 
fioies, y aun los que escribieron en los siglos sucesivos, dejasen de 
pintar como rebeldes y merecedores de mayor castigo , á hombres 
que se alzaron armados contra la potestad real , y que trataban de 
poner un coto á sus prerogativas. Era objeto de celos y odios en • 
Espafia, la codicia y preponderancia de los extranjeros. Veían un 
joven rey, extra&o á sus usos y á su lengua , entregado á la polí- 
tica de estos extranjeros : hé aquí los principales resortes de este 
movimiento. Ya hemos visto la poca política de la corte en estas 
ocurrencias; con qué altivez y desprecio fueron tratados los procu- 



(1) Tomamos prinolpatmente por gula en este tro2o á Sandoval, uno de los mejores, y según 
aigonoa, el mejor historiador de Garlos V, sobre todo el mas copioso. Habiendo escrito á últimos 
del siglo XYI ó principio del sigalente, no podía menos de mostrarse contrario tf las oomanidades. 
Mas tal es la senciUes con que expone los bechos, la minuciosidad con que los refiere, y la copia 
de los documentos con qae los acompaBa, que satisfacen ¿ todo lector Im parcial, y le llevan 
macbo mas lejos de lo que el narrador acaso deseaba. La relación que de estas guerras baoe el pa* 
dre Maldonado, autor contemporAneo, en nada altera lo que refiere el primer blstorlador. 

Tomo i. 8 



64 HISTOKIA BS ttmPE IL 

radores por Toledo y otras partes. El reioo est&bít revuelta, én gtatk 
fermeotaciob; y eo muchas partes habo tumultos y desórdenes ttitty 
serios. A do haber sidjo taota la impaciencia de Garlos de embar-^ 
carse , tal vez se hubiesen tranquilizado poco á poco los áñitdos; 
tnas su marcha precipitada los irritó de du«vo , inspifabdo aliento 
á los mas osados. El cardenal Adriano debia por otra parte de iiki-^ 
ponerles poquísimo respeto. 

Toledo, que se reputaba por la prím6fa eitídad del reino, que se 
hallaba mas agraviada en la persona de sus procuradores^ fué la pri* 
mera en declararse. Siguió Segovia , dónde httbo tumultos serios y 
hasta muertes violentas de algunos que se suponían hablan abusa^^ 
do y recibido favores del «onárea. Se síguierM Vatladt>lid, Burgos, 
Guenea, Jaén, BlNlajoz^ Ubeda, Baeza, Avila, Soria, Toro^ León, 
Madrid, Murcia ^ Giüdad-Rodrigo , Sevilift y otras varías^ Son fo^- 
mOl^as las cartas que con este motivo todas «slas oíudadeti se escri- 
iMefon. A esta circunstancia y álaile ser el movimiento enterametite 
popular, debe esta contienda el nombre de guerra ie las GomMi^ 
dades. Trató la corte, ó los que en nombre tie Garlos gobernaban, 
de sujetar cbn armas estos alzamientos. Gontra Segovia, donde tuvo 
un carácter tan sasgriento y tan feroz, se enviaron tropas, que lle- 
garon hasta las mismas puertas de la ciudad ; y bloqueándola , la 
pusíerotí en m'uy grande apuro. Toledo qtie lo sapo envió á su so^ 
corro dos ofíil hombres armados , c«n ártiüeria , á las órdenes de 
Juan de Padilla, que se hizo tan «élebre en la historia. Se pusb en 
marcha este jefe, y fué objeto de grandes aclamaciones es todos los 
pfueblos de su tránsito. El alcalde Ronquillo, hombre también muy 
conocida entre nosotros, q«e era tí sitiador de Segovia «n nombre 
ée la autoridad real s leváiiló el cerco al aproximarse las tropas de 
. Toledo. 

Por ott*a parte, las tropas reales qué se acercaron á Medita para 
rebogor la artillería que en aquella plaza se encerraba , fueron re- 
chazadas por los vecina que se negarotí á entregársela. A ebto se 
siguió un sitio, de cuyas resultas fué la ciudad presa de las llamas. 

Todo esto coatribuyó á encender la de la insurrección que cada 
dia tomaba mayor cuerpo. Era ya un alzamiento, una rebelión, una 
gúéri*á civil en tódá réglá. Para dar biayor solemnidad al alzamien- 
to y atender á ut comunes intereses, éb^atóti fas dttd&deá suble- 
vadas sus representantes á la tiudad de Avila , oomo puebto mas 
centra^ para celebrar allí uoa especie 4e asamblea ó iie ooagresok 



cMnTü^p V, Bh 

Ctm efuatfi, «Ilj 99 i^noierojí, y wl^ los s^atpq ^««igelios jnraron 
9«ryir 9I rey y ll I09 int^rese^ de I4 Racimo , proi^/^tiéiKlQse inutqa-p 
monte auxilias, y do d^iir las armas 4e la mano lia^ta yer satisfe^ 

ehos sus agravios. A so junta dieron el titulo de Santa. 

¿Qué eran e$tos famoso^ comuneros ? ¿ Qu4 querían ? ¿ Bajo qué 
aspecto debe considerarse su alzamiento ? ¿ Aspirabaa á sacadjjf el 
yugo de la autoridad r^al ? No entra}». e»ta id^a eq sua cabezaa. 

¿Trataban de establecer ftuevas leyes f fio lo dijeroq ni entró este 
asunto f n los capítoles de sos petieione», Todas estas eran perso- 
P9J€$ y de Ptrcoostancias. Que volviese pronto el rey: que no diese 
so flpqfian^a h príTade? e}(tranjeros : qoe no les confiriese njngun 
cargo : qve Iqs alj^Ase de su lado : que reforma;s« el gasto de su 
casA y mesa ; qne celebrase Cortes: qoe re{H[)etase sus usos y pri- 
vilegios, Tales eran los princjpajies artículos de sna pretensiones, 
todas justas , todas populares , en que convienen sus mismos ene^ 

migos. Mas 00 eran l>a&tantes elemento» de lo que se llama ona 

insurrección eo toda regla. Estaban las comonidades deseen teii tas*, 
no agitadas de espíritu de rebeldía. Era upa llamarada de revolu<^ 
cien que daba muestra de apagarse pronto por falta de alimento. 
No presentaban por otra parte tas ciudades sublevadas un cuerpo 
sólido y compacto. No hubo desde los principios un jefe reconocido 
en todas ellas como director de la empresa ni en lo militar ni en lo 
político. I^s ciudades mismas no estaban muy de acuerdo. Muchos 
de los que se declararon al principio, abandonaron & los que habían 
tal vez inflamado con su ejemplo. Joan de Padilla, después de ha- 
ber hecho levantar el cerco de Segovia, pasó 4 Medina , cuyos ve- 
cinos le salieron 4 recibir con banderas de luto y todas las muestras 
de aflicojon que sus desgracias pasadas hacían tan naturales en 

aquellas circunstancias. 

jnmediatamente tomó el camino de Tordesillas , residencia de la 
reipa dofia luana, madre del empoFador, propietaria de las coronas 
de Aragón y de Castilla. Se haUab» esta princesa en el estado ha- 
bitual de entendimiento que le valió el nombre de loca coa qoe la 
designan las historias. No sabia lo que pasaba en JSspafia , ni la 

mjsma muerte de su padre , que llevaba de fecha cuatro aoos. 

Cuando le habló Padilla de estas noticias, dio grandes muestras de 

ei^trafieza y %un de pesadumjl^re. No fué difícil al capjitan de Toledo 

'consolarla y persuadirla k que depositase en él y en fes suyos toda 

su confi^n^a» y I09 C9nsidei;ase como deshacedores de los agravios 



56 HISTORIA DE FBLIPE II. 

qae á su nacioii y á ella les hacian. Desde entonces obraron Juan 
de Padilla y los sayos en nombre de la reina , y para dar toda la 
fuerza posible á esta circunstancia trasladaron la junta á Torde^ 
sillas. 

Fué un rasgo de habilidad en los comuneros el haberse apode- 
rado de la reina doOa Juana , que era la propietaria y cabeza de 
partido para los descontentos con el emperador, á quien no querían 
conceder el título de rey en vida de su madre. 

Se instaló, pues, la junta en Tordesillas , y comenzó á obrar en 
nombre de la reina. El paso sucesivo parecía no reconocer con ti- 
tulo de rey al hijo ; y puesto que hablan alzado la bandera de la 
insurrección, seguir adelante con la empresa. Mas los comuneros, 
ó no teniah designios fijos , ó se detuvieron á mitad de la carrera. 
No fueron osados cuando la ocasión lo requería , y se vieron victi- 
mas ó de su moderación , ó de su pusilanimidad , ó de su falta de 
prudencia; pues muchas veces la prudencia está en la audacia. Las 
mismas ciudades levantadas no tenian unos mismos designios : al- 
gunos de ellos estaban pesarosos de haberse adelantado tanto. Pa^ 
dilla mismo tenia muchos enemigos , y otra cosa no podia ser en 
aquellas confusiones y revueltas , donde todos [querían levantar la 
voz, donde no había verdaderamente un hombre grande que á to- 
dos impusiese. 

Aconsejaba la prudencia á los comuneros enviar inmediatamente 
tropas & Valladolid, para apoderarse de la junta de regencia y to- 
mar posesión de una villa que hacia un papel tan importante. Des- 
pués de haber enviado con esta comisión á un fraile , que fué vic- 
tima de su atrevimiento , marchó Juan de Padilla á Valladolid con 
trescientas lanzas y ochocientos piqueros y escopeteros. Inmediata- 
mente puso presos , y llevó consigo , á los del Consejo que no ha- 
blan huido, volviéndose luego al punto á Tordesillas. Fué una falta 
en él no haber permanecido en Valladolid , para asegurarse de los 
ánimos de los habitantes , y sobre todo no haberse apoderado del 
cardenal Adríano, que aunque incapaz para el gobierno del reino, 
era un personaje de importancia. 

Trató este prelado de marcharse de Valladolid, donde no se tenia 
por seguro ; mas al salir de las puertas fué detenido por una in- 
mensa muchedumbre, que no le permitió pasar mas adelante, obli- 
gándole á volver á su habitación , aunque con todas las demostra- 
ciones de respeto debido á su persona. El cardenal , viéndose im-* 



GiiPÍTÜLO V. 57 

posibilitado de salir én público, verificó su faga de allí á pocos dias 
en secreto. 

Se veía la jacta de Tordesillas en grandes embarazos. Valladolid 
estaba dividida y may remisa. Bargos, qoe había expelido de sas 
moros al Condestable de Castilla, había vaelto á entrar en la obe- 
diencia. En esta coyuntura envió comisionados al emperador con 
ana carta en que manifestaba los agravios de la nación, y presen- 
taban sas capítulos como condiciones de su vuelta á la obediencia. 
Era un paso inútil que acaso no sirvió mas que de hacer ver al rey 
qae tenían miedo. 

Recibió muy mal Carlos á los embajadores. Ta había tomado sus 
medidas para sujetar la insurrección por la fuerza de las armas. 
Había revestido al Consejo de Castilla de nuevos poderes para obrar 
con energía en estas circunstancias , y asociádole al cardenal , al 
condestable y al almirante de Castilla. Ta sabia que la nobleza y 
los grandes del reino no tomaban parte con los comuneros. En 
efecto, inme(||atamente que se supo que el cardenal Adriano había 
salido de Valladolid y retirádose á Medina de Rioseco, fueron á re- 
unirse con él muchos caballeros y hombres de distinción con todas 
las fuerzas que pudieron . 

Asi estaban de un lado el rey y la nobleza, y del otro los repre- 
sentantes de las clases populares. ¿Cometieron una falta los grandes 
en unirse á la corona que la había cercenado tantos privilegios, que 
habia tratado de disminuir , como disminuyó en efecto , su grande 
poderío? No es fácil decidírio. Las comunidades hablan manifestado 
demasiadas pretensiones para que la nobleza no temiese quizá mas 
de su victoria que de la del monarca. Por otra parte, hubo mu- 
chos nobles y ricos hombres del reino que se mantuvieron neutrales 
sin declararse por ningún partido. 

La junta de Tordesillas escribió al rey de Portugal una especie 
de manifiesto de su conducta y ulteriores intenciones; otro paso tan 
inútil como el de la embajada á Carlos. 

Lo mas importante para la junta era hacerse fuerte, y en esto se 
mostró activa. Decretó fevas en todas las ciudades que reconocían 
su obediencia. Por todas partes hacían armas. De la tierra de Sa- 
lamanca enviaron doscientas lanzas y seiscientos infontes. 

La junta cometió entonces la falta de nombrar por general en 
jefe de sus armas á don Pedro Girón, que pertenecía á la grandeza, 
y que estaba despechado con el emperador por no haberse hechQ 



8A aiSTOlMA 99 BlUfiPE 11. 

jiu;|iciA 4 )09 <)«refli08 qqe «legdto s^bre i^l ()pc4cIq de Me4ma Sii*' 
donia. Se creyó qae tal vez este resentimíeoto sería wn e^UquiAo 

fiird 6Q«^Qir4i9 bifR con la« eomaojdaiiw ; ina» «la M que s» le 
ffüf^m 4 w) partido f}oB<)9 hallal)» sa$ amigos , sos (}e^4o4, y ík^ 
hr« todo qqe la (íQqcesipv de la graipia qve pedi« pu9ies9 ftp 4 «ns 
re^eotimiantoa. 

Otroi graodj^ wpoo?wifiQtfi de ^mj/^nlQ Rombraiinieoto fqé el 
gjm^ Wftio q«e por «lio coacibió Padilla, qoi^Q m retiró 4 Toledo 
de aUÜ 4 po«09 dia3 con sjt gente. Entró Girón de Torde$illas con 
ochenta lanzas, y comenzó á dar disposiciones para el defiqíitlvo ar- 
reglo 4fii ^ér«tt», fína pordon de los jefes y capitanes de las (vo- 
pa«f «ran indítídno^ de la nusma janU. M\i w presentó por pri- 
mera ym el lai»o$o obispo de Canora icuQa, que l^abia subley^d» 
lodo «I país en fil sentido de las comnnidades. También $? presentó 
Francisco Maldonado capitaneando cíen infantes. 

Fué reconocido el almirante de Castilla por general de la» armaa 
del Amparador: m Medina de Riosepo se reunieron 4 9u ban4m 
l0« prÍQ(ii|wliBs per^onajos d$ la noblezii e9paDola<, que venían oon 

Ift ¿ante q^(i cada w>o pudo all^r para bacer e^te servicio. 

Así la guerra iba á estallar, y las tropas de una y Otra p^i^ e$-> 

taban pró^imí93 4 entrar on el campo del combate . 

la junta de TordesUIa« tenia 4 la savon reunido m número de 
fuerzas copsíderablfi«; que inmediatamente salieron en busca de 
sus enemigos, dejando de guarnición en Tordesillas cuatrocientos 
clérigos, que servían b^go la bandera del obispo de Zamora, ani- 
mados todos del mismo espírítu que su prelado. 

Parecía natural que el ejército de los comunero» avanzase con 
denuvdo, y trata»» de acabar en Medina de Rioseco con un ejército 
muy inferíor, ó de adquirir la superioridad moral de la campaKat 
apoder4ndose 4 t«do trance de este pueblo. Mas se intentaron con 
pfí)s»p|ar UDi^ batalla, que sus enemigos no aceptaron. £n Torre 
de Humos hicieron un alarde de »U8 fuerj^as. Mandaba la» gantes de 

^rmw> i) 1^ caballaria pe^a de la vapguardía, don Pedro U»o de 
la Yoga. UDQ de 1q« («bollero» de Toledo, y la ínlanteria de la mis- 
m», 1^ dos bermanos Franci»co F^dro y Maldonado. Al frento del 
cuerpo del ejérpíto »e hallaba el gepcrallsimo don Pedro Girón, y el 

pbispo do Zamora, 
^ jnter^ do lo» caballeros que se bailaban en Medina de Rio- 

I9M, ateAorao 4 ia ^m^ih mioQtras Uegab« d gondi? d^ Q^, 



tíAl^lTülO ti t% 

MJ6 del Gdfidesteble, coa r^fuef^os coAáideraM^; ti deeir, Ifii^ ivt^ 
pas que acababan de batir á los fr&ttceMi$ eü NavaíYá. Le itaptít^ 
teba ttmclio gattar tiempo, iutroduelr la diti^ión en las ülas dé los 
etaianeros^ aprovécbáadose del poco Aeuenio ({Me r«{ttabá entre 
ellos, haeieido tfatoB partíoulares om algunos, aiin^ne no fuese 
mas que con la intención de que los otros sospMhasen. Debian, 
pae», p«ir lo mtsmo estos últimos raoverse, dar gotpes afrevidos, 
cMi^wAter ñas y mas á los que estaban pronunciadas, no dbrktt 
tiempo de pensar y echar sos cuentas; legitimar, en fio, sus proce- 
deres om el hwt de la fortuna; mas acreditaron quM M ttinian feste 
tiao, é manifestaron que oanecian db resolución, úoicá cosa que po^ 
día sai?atlos. Se contentaron con retar & sus contrarios, con p^e*^ 
sentarles balallas que no aceptaron como mas prudentw. Grecia 
poco á poco el ejército real ; tampoco se descuidaban los MtMinenA 
de Hanar gente á sus banderas; toas esfiaba abierto m tempo á 
t*do género de seduocíones. Diferentes emisario, «nos con boe-^ 
sas^ i)tros cM malas ideas, venían á propMer convenios, tamen^ 
dándose de las calamidades que iban á llover sobre Espalia eon 
aqud aaote de la guerra. Es preciso oonsiderar en estos tasos te 
qae puede el nombre de la autoridad legítima^ que está en el h&« 
bita de ser objeto de obediencia y ^e respeto; f lo qae arredra 4 
un bombre que no sea de fuerte corazón, la idea de baílame <oon 
esta autoridad ea rebeldía. Cuanto mas tiempo ae pasaba en retos 
infrictuosos, cnantq mas duraba ia inacción, laaíí terreno perdía Ja 
crasa de las comunidades. 

Por úUiiM, se separaron estas de los muros de Medina de Rio««- 
seco, retirándose á Yillalpando, sin que pueda seDalarse el motivo 
de osle moviiliiento, como no fuese la mala diiqioiñcion de ios áni- 
mos de los cawiillos. 

Se aprovecharon ionÉbdiatamente los caballeros de esta fato) ca*- 
yeido inopinadamente sobre Tordesillas. Se defendió valerosamente 
la guarnición, compuesta como beaK)s dicho de cuatrocieatos clé- 
rigos. Mas de doscientos ciacueota hombres por parte de los caba-^ 
lleras, quedaron muertos al mismo pié de sus murallas. Tuvo por 
fio el CMde de Haro que recurrir al expediente de batirlas con ar- 
ttliería; y de este modo pudieron apoderarse de la plaea, que entra^ 
ron asaco, no sin grande mortandad por ambas partes. 

Los caballeros se hicieron así duefios de la persona de la reina 
dofia Juana, pérdida muy grande para las cramuioidades, que ar<- 



60 HISTORU DE FKUPS D. 

guía taDta impradeDeia y falta de tiDO de so ejército, y que se atri* 
bayo DaturalineDte á traicioo por parte de sus jefes. 

Quedó doD Pedro Giroo completarneute desconceptuado entre los 
sayos, y objeto de ana grande sospicacia. El obispo Acufia trató 
por otra parte de sincerarse con los de sa parcialidad, alegando ig- 
norancia absoluta del movimiento de los caballeros. 

Don Pedro Girón y el obispo se acercaron y entraron en Valla- 
dolid, que fué desde entonces el asiento de las juntas de los comu- 
neros. 

Juan de Padilla que, como hemos dicho, se habia retirado á To- 
ledo, cuando fué revestido don Pedro Girón del mando del ejército, 
volvió á Yalladolid, capitaneando de dos á tres mil hombres, que 
fueron un recurso muy precioso para su partido, donde era muy 
bienquista su persona. 

Don Pedro Girón dejó desde entonces de ser jefe del ejército, y se 
retiró á sus posesiones, aguardando coyuntura de sacar partido de 
sus circunstancias. Quedó de este modo el ejército sin cabeza, y 
era preciso nombrar una. Se inclinaba Padilla por don Pedro Laso 
de la Vega, sea con buena intención, sea con objeto de ser desapro* 
bado, y de que la elección cayese sobre el mismo. De todos modos 
la elección de don Pedro Laso causó mucho descontento, y hasta 
tumulto, que no pudo sosegar el mismo Padilla cuando quiso aren- 
gar á la muchedumbre. Todos los gritos, todas las aclamaciones, 
fueron para que Padilla se revistiese de Jas funciones de general en 
jefe. T á pesar de la oposición franca ó simulada de este, quedó, 
en fin, nombrado capitán de las armas de las comunidades de Gas- 
tiUa. 

Permanecía el ejército real en Tordesillas, y extendía su domi-^ 
nación hasta Simancas. La guerra se redujo desde entonces á esca- 
ramuzas y correrías de una y otra parte. Hizo algunas h&cia Si- 
mancas el nuevo general; tomó á Óigales y Ampudia, habiéndose 
posesionado del castillo. Los caballeros allí encerrados, pidieron 
treguas por diez dias; mas no quiso concedérselas Padilla. 

Acudían varias tropas á Yalladolid que enviaban las comunida-^ 
des. Tampoco dejaba de reforzarse el ejército de sus adversarios. 
Permanecía mientras el campo abierto á las intrigas. Era la política 
de los caudillos del ejército real enviar emisarios á los principales 
de los comuneros para sondar sus intenciones, y en caso de ganar- 
los, dar lugar á la reflexión, y hacer q«te decayese su ardimiento. 



»• 



B dM Podra tA90 de la Vegn, dé cjtiiM hentoi; bablado, llegó 
hasta entrar en ajustes con los caballeros. Los emisarios dS ana 
y otra fMMTte «eran fraites por lo reguktr; y lo micmo tu tío ea tbdo 
el cum de la guerra. N« bay dada de que algaai»» de éstos obrara 
bMi COD el éiiico deseo de atajar aqoel aeote, q^e iba pirodueiéDdo 
taotos «ales: mas es aa hecbo ^ue coa esta ioaeiHott y «émejaot^s 
{Msos, m (ba qttelft/aiitabdé el ánimo ea el «féfdto de loü cotta^ 
aeroB. 

8e aÜQMiitabaa iaa quejas y dfeteonfianzas mütaa^ que sus jefes M 
iaspímbaá. GreeiaQ iw apuros de dinero. Era el dataof general, 
que de un alodo ó de otro se acabase proüto con la guerra, y la 
junta de los cooraaeros exigia por su parte que se Yioieite proatd ft 
ana batalla deeiaiva^ 

Salid Juan de PadUla de Yalladolid con siete mil infontés y qui^ 
Dientas lanzas, y cayó sobre el pueblb de Torrelobáloú , dt cayo ari'a- 
bal se bizo duefio, pasaado después á eipugnar la fortaleza. Et-á un 
panto de imporlanoía, y las tropas que se bailaban en Tofdesfllas, 
sé pttñeron ea movíiiiento para levantar el sitio. Mas deápués dé 
medio camino se volvieron. Y fué tanto mas reparable esta falta, 
cuanto Padilld) Viéndose inciapae de tomar el poeblo con la^ solas 
tropas que habia Mcada de Yalladolid , envió por reftíeifzo pai'a 
eéns^airlo. 4si vino al logro de su emprete, si» ser ttiolestado pcfr 
suil eaemigoB. 

La toma de Torreldbatoa dio importanda Mei'al al ejército dé las 
oomueidadQs. Era de su interés el que Padilla salieiie tnDQfedfata-^ 
mente para baoer otras eoaqüstas^ y extender así poco á poeo ítti 
causa que contaba ya ooto pocos partidarios. Mas sea que Padilla 
sé dejase llevar del aura popular, sea^o€l obstáculos verdadera le 
ímpidieseR poderse en sovi miente^ eotnélió la falta dé permanecer 
inaotivo en Torrelobaton < cuyas murallas trató de reparar como si 
hubiese de ser aquel pueblo el punto de su resideaeia. 

Bo faltas semqantes incurrieron muy fireeoenteaienle las comunida^ 
des de Gaalilla. Se paede decir eú general ^ que se mostraron poco 
activo»^ poco andaoes, pecó* previsores. Sin duda ignoraban que es 
bu perdicioo de todas las íÉsurreccioaes de esta clase no impenér al 
enemigo con rasgos de osadia, dar con ia iaacMon tiempo para que 
se eirfríen los áMOMs, pala qué cada uno haga sus cálculos consigo 
mismo, para que obre el espirita de seducción manejada por emi- 
sarios hábiles que hablan en nombre de la humanidad, y prometen 

Tomo i. 9 



62 mSTORU DB FELIPE II. 

perdón 9 cuando su fin no es otro que sembrar la desconfianza y la 
discordia. 

Los caballeros por sa parte, aunque adolecían de la misma poca 
actividad, tuvieron sin embargo la bastante para aprovecharse de 
las faltas de Padilla. Guando le vierpn á este tanto tiempo encer- 
rado en Torrelobaton, salieron de Tordesillas con objeto de presen- 
tarle una batalla. Dejaron para esto en dicha villa á la reina y al 
cardenal, encargados á la custodia del marqués de Denia, y envia- 
ron al mismo tiempo el conde de ODate á Simancas con bastante 
fuerza, para impedir que Valladolid enviase socorros á las tropas 
de las comunidades. El 21 de abril de 1521, salió de Tordesillas el 
conde de Haro, general de las tropas reales, en busca de Padilla, k 
medio camino hizo alarde de su gente, que se componía de seis 
mil infantes, dos mil cuatrocientos caballos, entre los que se con- 
taban mil quinientos hombres de armas. 

Viendo el de Haro que Padilla no salia, trató de acercarse á Tor- 
relobaton, con objeto de cercarla. Mas Padilla que no se sentía bas- 
tante fuerte para salir en busca del enemigo , no quiso aguardarle 
dentro de sus muros. 

Trató entonces de reparar la imprudencia quehabia cometido; 
pero era demasiado tarde. Aunque en fuerza numérica era superior 
á sus contrarios, no podia considerarse como igual, tratándose de 
la calidad de tropas. No le quedaban mas recursos que marchar 
en retirada, saliendo de Torrelobaton antes de amanecer del 23, 
tomando la dirección de Toro, donde pensaba reunirse con los re- 
fuerzos que le enviaban de Zamora, de León y Salamanca. 

Emprendió la columna su marcha con buen orden. Iba adelante 
la artillería: seguía la infantería formada en dos escuadrones (1). 
Cubría la retirada la caballería , á las órdenes inmediatas de Juan 
de Padilla, que se condujo en aquella jornada como buen capitán y 
buen soldado. Mas por mucha que hubiese sido la anticipación con 
que emprendieron la marcha, no pudieron impedir que fuese sen- 
tida por los enemigos, que se hallaban á las inmediaciones. 

Fué atacada la columna de Juan de Padilla á las inmediaciones 
de Yíllalar por la retaguardia y por los flancos á las cuatro horas 
de haberse puesto en marcha. Aun dudaban los enemigos si aco- 
meterían, pareciéndoles bastante veptaja haber obligado á los co- 



(1) Bra enlonoM la vos propia, oomo haremos ver mas adelaale. 



CAPITULO V. 6S 

muoeros á emprender la retirada; mas prevaleció el consejo de otros 
menos circonspectos que conocieron todas las ventajas de ona reti- 
rada repentina. 

No podían en efecto las circunstancias ser mas felices para las 
tropas reales. Las de Padilla eran bisofias, y en caballería inferio- 
res á sus adversarios, Al verse acometidas por la de estos, se des- 
ordenaron. Estaba el terreno fangoso por la lluvia que habia caido 
el dia antes, y seguia cayendo todavía. Los soldados de á pié ape- 
nas podían moverse con el lodo hasta las rodillas. La artillería no 
pudo jugar por esta misma causa, mientras la de los enemigos, há- 
bilmente colocada, hizo destrozos en las filas de los comuneros. Se 
concibe bien con qué facilidad debieron de desordenarse aquellas 
tropas bisofias mal mandadas, aterradas con lo crítico de la situa- 
ción, y que se veían acuchilladas por todas partes. Fué la derrota 
completa y decisiva. Quedó destruido el ejército de los comuneros 
en Villalar, á pesar de los esfuerzos que hicieron los capitanes y 
los principales caballeros para restablecer el orden y dar ejemplo 
de valor á las tropas desmayadas. 

En cuanto á Padilla, después de haberse conducido como capitán 
y como soldado, arengando á los suyos para que muriesen al me- 
nos como valientes, viendo perdida la batalla, y las cosas sin re- 
medio, se metió con cinco ó seis escuderos por los escuadrones 
enemigos; y habiendo sido conocido por lo apuesto de su persona y 
rico de sus armas, fué acometido, hecho prisionero y desarmado. 
Igual suerte tuvieron entre otros Juan Bravo y los hermanos Pedro 
y Francisco Maldonado. 

Los prisioneros fueron conducidos al pueblo de Villalba, que se 
hallaba inmediato; mas hubo orden de enviarlos iomedi^mente á 
Yillalar, donde reconocidas sus personas, y sin formarles causa, se 
los condenó & morir como traidores. 

Los tres castellanos, pues Pedro Maldonado no fué incluso en la 
sentencia, dieron muestras de valor y de entereza en aquellas cir- 
cunstancias. Como hombres resignados á su dura situación, se pre- 
pararon á la muerte, y con la misma serenidad y constancia mar- 
charon al suplicio. Gomo iba delante de ellos el pregonero anun- 
ciando en alta voz que morían por traidores, ^Mientes» dijo Juan 
Bravo: «por traidores no: mas celosos del bien público sí, y defen- 
sores de la libertad del reino.» Entonces Padilla volviéndose á él le 
dijo COA tono grave: «Sefior Juan Bravo, ayer era dia de pelear como 
eiJnllero; hoy de morir como cristiano.» 



II HISTOVA »» FUblPS U. 

- FiteroQ ÍQmediataaieit& d«g«Ua^ io» tres jelfes eft la plaza pú- 
blica. Sius Qombfes ba« paaade á la poalerlcM, y vivifáo Uuttocoiiira 
los acales de EspaDa y aao los de Europa, pues soo l|ia|órÍQOS y dk 
todo el ntaodocoDQcidos. El, de Padilla ae pre^enita sot»e toda fo- 
deadgi de aquel esplendor que d« I4. faima al bocibre valieito y dea^ 
graciado que perece en obseqiuio d^. la bullía Qausa. Sos «tísoMM 
eoQDwigos \» de^Cfibea como hoait^e de preodas ditaUoguídas» coom 
ui^ &9ldad(]t leal y valeroso, como uq buen cabalWrQ digo»* de^ aslA 
hombre en k)9. tieíopoa que el wmbce dis caballer» teaia. uo. gra* 
sigjpifioado. U G«rta que espribió ^ m. ma^K pocos momentos, aa- 
tes de e^yirar e& uno da Ins. curioso^ docunueatos (te) la bistoda,. <A 
m^yor que aos pi^o quedar de la lealM, Yakw x fQrt$iU<ai d« alna 
de Padilki. 

A Ic^expMeqtos se rediteea los beebae piiacipales de la ianmfk 
guerrJHjei las. comunidades de GastiUia- £Uos 90IQ8 bAslan para ex- 
plicar s\\ íodoK sus. wotivQs, de qu^ parte estaba» U vazooi. y qu4> 
es lo qi^ unos y otros iban & perder ó gaoar eo. sfi djefoitivo^ desn 
enlace. Los historiadores de aquel, {imyo^ ui^ üacutoa favorables ni 
podían serlí9i & h (¡W^ de log commaerosi; mm Vincbas veces pue- 
den m^ los mismos k^\m qujQ las ideáis y opioúne^ del que lo$ 
refiere. Es i¡mposible lesn al qi\e kmos ya citado, sin fqrmarW nm.yi 
dixer$As d^ las fiuyas, propias 4 qiM como, tales presentaba., 

A] mismo tiempa que las turbujleoctaii d^ CaAlíll«, «ftra& del mi$r 
mo género, aunque acomp4Q94i^ de mas de^^denes, estaUabao es, 
q1 leiqo.. ^1; nombre dje gsrm^oia^ ó; hermandad^s ginii que se desig^ 
naban los promotores de los alzamientos, corcasfpondfiíbastiíAtf^bipiv 
aJL de 1^ comunidades de Qistiiük Lo^: mQvimJ<9olo$. d9i Yateocia no 
alcanzaron la celebridad d^. los prim^ro^, ni. la femft tcasmitii6 eooi 
tanto. aplaqs<^ los nombres de sus. jefes. Qie. todos modos queduoi^ 
sofocados aquellos alzamientos por los, mismos omdío^ y, qomo olí 
vencimJieii^a es, en talesi casosi sinónimo de, U rebeldía,. con. este nom- 
bre fueron, d^tin^dos, por los vem^edores,. Ia autoridad roali anU 
quirió sin dftda uievos apoyos» mas no q,ued4 por esto todavEÍa. dol, 
todo sofocado el espíritu de indepeodeoicia en, el seno dO: la$ Gmites,. 
como se verá mas adelante. 

Ya bemos,vistOiqne las turbulencias de Castilla, tqyierqn lógate 
durante, la. ausencia del, emperador ea Alemania,, yi q,ue ajü lJegaiH)« 
con c^tas emisarios do las comunidades. Se puedo* suponec el de- 
sabriidi^njto cqn qM«i serian recibidos,, sobro todo no ignortSAdo. Car- 



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i A HISTOVA M FUIPK ü. 

FveroD iomedíatameite di^gaUadw to» tres jefes en ia plaza fuá- 
híifií^. Sos ooink^fes hai¡k pafliadf á la poaleri^ad, y vivirán battoGOiiiM 

los ao; i r ■ • * 

tqdo e- ^ K V i íl 

deadQ . • 

gracif . i ' . 

tes ck ••• •• "^♦. 



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'* 



todp sofoca()A ^1 espiruu ae iM^^.I.>;;: 
CQmo se verá mas adelante. 

Ya l^emq^. visto, qae las turbulencias de Castilla, tuyieroa Ipgar^ 
dnraQte. la. ausencia del, emperador en Memaqia.. y qjiie ajli UegaiK)Bi 
con cyts^ eoüstarips d^ las comunidades* Se puedpi suj^oec el de-^ 
sabriüíign|Lq con quc^ sedan redimidos,, sp^r^ tpdo qo i^portOAdo. Gw-i 



I 



GAFVBLO y.- 65 

loa d Mtttto M fM se ballabftD los legickMr. Ub príncipe jómn 
edaetdft ea los malinas M absoiutisiiio real, ya predtmiBaivles en 
SB tie»pa, rodeado del fiasto y la ^aadezfi iiihereD<0 &Ui «Kgoidaé 
del primer personaje de la Europa, vio sin deda con* secreta Índigo» 
oaciofl la aádaaia de unes plebeyos qae asi le arrostraban y dieta- 
baft leyes. GioMoepecto sía. emlÁrgo, y ceo mas eoMeimñntot de 
\m heñibresi y las eosaa, fte pedían esperarse de sos verdes afios^ 
disimuló cuanto podo, incierto como se hallaba todayi» de hi sota"* 
cieft del probtena. eneeoeadado al folio de la» armas. Sin embar- 
1^ cuando sapo qisela fertana se hiAia diddido 4 su fovor; do se 
moatc4 resmlidov in jaotaaci)^ at arrogante. Usé db su foftana* 
con moderación: llevó su indulgencia oMS-allá délo (|ie toflo» es^ 
pombao: fnéisn^ pantOieBlos^oastiges^ y se mostiéieem nnolos 
baate ffenacosik Sia dada, raafetó enr esto hi opiBieii> páUiea: ^ no 
p«)ift naeitos de simpatizar eoft<laaaas« de laseomunidadea Satis- 
tí9£teho Cactos de beber bmniHa4o< el orgallo. de las: clases popahiH 
cee, pBMCftfjie aeempefiaiMt ék mismoi mi onideDar ai eÜrédo •» 
acontecimiento que empafiaba en cierto modo el bnlttifide'iaiuaiitD>«' 
lidM) de qne>. se* mealHéa tan eebao. 

lonureAOfl el híp» iateiraiipidoi de Iba pvoeedimieBtos de lasp 
C(i!HiK.dwaBte(aa reinailbk. 

En 1522 se volvieron á reunir en Falencia, y decrataiOB «l mp* 
viaíQFdftOQatfoeieah» mU docad» paora b» gastes db.bk giamb. Se 
deeretüt tambiejí qse i eKoepciB» de lesi neirrne, toda» pudieaní) 
tmer. espadflev Se- prohibió oa eUaa el «adodeilae! oésoasaa.: 

En 15S7 se volvieron á reunir en Yalladolid penr ebnes, bnoea 
ó. estamABlMide pmlwiiew oabaUemsi yrpiecaiinctoraL. Habft «n- ellas 
dispujUuk sobre' toa a»enÉi)»i. Se imté de vab servina exirandinaatt 
paca las, necesidades dei la^ gnorni.. B^eimti loi. cabaUeros qm nm 
d^aAi pa<a eNa^ n el amparador noi saliai á. eanpaOaí, y. «n estei 
casA m pagmriatii oBda pon fiar, de trÜMitih Mjeioii los ecieiibstieasi 
qoe le serviiianv mas no peor infiesJuíMt ai; f(Hí senvioio detnetadoi 
eui Cortes. Los precucadore» biaiepoB yae que^ esGabaii las puahlba) 
m»y oargadM. Ne» se* maiuyfastió,, sioi eadmrgiiik nseutídei eicea^^ 
rador. de^ semejante) nf^tiwb., 

I«M principales diapesícioBe» de laa Cortes sí^ientes^MOBidafreni 
Madiád ea iÁ&k,. faeflon>deí(|tte no ae-.usaseB mnJaede silla^yque) 
los. cabüUerost faefien. tadcA á caballo.. 

Las Cortes siguientes reunidas en Toledo en 1538, fueroBi muy 



66 HISTORIA DB FELIPS II. 

notables por los graodes debates y espíritu de independencia des- 
plegado en ellas. Se trataba de an servicio muy considerable, nece- 
sario con los apuros en que se bailaba el emperador para atender k 
los gastos de la guerra. 

Se reunieron en una sala muchos sefiores y caballeros, presidi- 
dos por el Condestable de Castilla. En otra se hallaban los eclesiás- 
ticos presididos por el arzobispo de Toledo. En otra se reunieron los 
procuradores. 

Acudieron y se presentaron en estas Cortes algunos personajes 
extranjeros; el cardenal Farnesio, legado á latere, Federico conde 
palatino del Rhin, el elector duque dé Bayiera, con su esposa, so- 
brina del emperador, y otros. 

Hizo en estas Cortes el emperador una manifestación de sus ne- 
cesidades entrando en pormenores de las causas. Alegó sus guerras 
emprendidas por bien de la religión y defensa de estos reinos. 
Concluyó suplicando á las Cortes que proveyesen el remedio, dán- 
dole recursos para ello, pagando las deudas grandes que sobre la 
corona gravitaban. 

Uno de los medios que proponía el Emperador era el de la Sisa 
que era una especie de contribución indirecta apoyada en una dis- 
minución en el peso ó medida pagándose el género como si no exis- 
tiese tal rebaja. 

Los del estado eclesiástico respondieron que por su parte estaban 
prontos á cuanto pudiesen en alivio del emperador, mas que no 
pudiendo hacer desembolsos sin permiso de Su Santidad, tratase 
aquel de negociarlo. 

Por los caballeros, respondió el Condestable, que estaban pron- 
tos á socorrer al emperador en todas sus necesidades; que si no 
bastaban los socorros ordinarios, dispusiesen los procuradores que 
disminuyesen de los censos ó réditos, conocidos con el nombre de 
juros, lo que fuese necesario para sacar á la corona de su ahogo, 
haciéndose con preferencia dicha rebaja en lo que se hubiese ven- 
dido á menos precio, suplicando él mismo nada se vendiese ni ena- 
jenase de las coronas de Castilla. Al mismo tiempo pidieron á S. M. 
hiciese que los procuradores conferenciasen con ellos las veces que 
fuese necesario. T que en cuanto á la sisa, que era lo que pedia el 
emperador, no podia otorgarla, como un gravamen que dejaba la 
puerta abierta á tanto abuso, y hasta escándalo en perjuicio de los 
pueblos. 



GiFlTÜLO y. 67 

El emperador respondió, qae la sisa era el recurso que se pre- 
sentaba mas fácil y mucho mas k mano; y que en cuanto á la reu- 
nión de los procuradores, no le parecía necesaria. 

No estaban acordes los ánimos del emperador y el brazo de los 
caballeros. El único recurso que quería el primero repugnaba á los 
segundos. Nombraron estos una comisión de doce que los represen* 
tase á todos, y volvieron á insistir en que se les reuniesen los pro- 
curadores; mas el emperador volvió á negarlo. 

Por su parte propuso este al brazo popular que sostuviesen el 
estado y buena conservación de sus reinos, y que para esto contri- 
buiría S. M. con el servicio ordinario de ayuda: que sería de cargo 
de ellos sostener las galeras de Espafia, y las de Andrés Doría, y la 
casa de S. M., consejos, chancillerías, guardias, fronteras y luga- 
res de Afríca; mientras S. M. con sus rentas ordinarias de Castilla, 
y lo que viniese de las islas é Indias, se desempefiaria de los gran- 
des intereses que pagaba. 

Mientras tanto temporizaban los grandes pot no conceder la sisa, 
en que Garios formaba tanto empeDo. Obstinado en sostener que 
era el mejor medio y mas fácil de todos recursos, mandó, con ob- 
jeto de evitar confabulaciones, que cada uno emitiese en público su 
voto. 

Con este motivo pronunció el Condestable un discurso en la jun- 
ta, condenando la sisa, no solo por gravosa, sino porque recayendo 
sobre todos, haría pecheros á los hijos-dalgo que no debían pagar 
contribuciones, y sí ayudar al emperador en sus guerras, con sus 
haciendas, sus personas y sus vidas. Que él cien veces negarla la 
sisa si fuese necesario. Que era mucho mejor que el emperador re- 
formase gastos y se buscasen otros medios. Habló el Condestable 
con dignidad y energía; mas con mucha moderación y compostura. 

El resultado de esta conferencia, fué que los grandes firmaron 
una cédula negando la sisa; y al mismo tiempo enviaron al empe- 
rador un escrito suplicándole se dejase de guerras, residiese en Es- 
paña y reformase los gastos en su casa. Estaba este papel redac-^ 
tado con moderación y dignidad, y de letra del conde de Urefia don 
Juan Tellez Girón, notarío mayor de Castilla. 

Lo llevaron á palacio tres grandes con el Condestable á la ca- 
beza. Recibió el emperador el escríto y los despidió sin dar res- 
puesta. Poco rato después se presentó en la junta el cardenal ar-* 
zobispo de Toledo , y dijo en nombre del emperador , que habia 



6S msTOiUL Ds nuPB ii. 

vkio lo qae Jes tres sbfieres fe dijeroo, y que tmia la mpnesUpor 
esoríto. fietaba esta ceooebída en muy pocas paiatnras y tono seco, 
diciéDdolesqae trataiseD de la srsa, y pronto. 

Sttoedíó todo esto á últimos de 1538. El afto se condoyó sin qae 
tomÍBase este asunto tan desagradable, en que por una y otra par^ 
te se iban agriaudo los ioimos sobremauera. A principios de I5S9 
DombraroQ los grandes otros diez de su seno para entender en el 
negocio. Pidieron otra vez que se les reuniesen los procuradores, y 
otra vnz lo negó Carlos. Le Tolfieron ¿ suplicar que hiciese las 
paces y no satiese de Espafia. Respondió el emperador que pedia 
ayuda y no consejos. 

Los grandes insistieron en su negativa de la sisa. El emperador 
los des}ñdió al fin, ?iendo que ningún partido podia sacar de ellos. 

Quedó Garlos muy mortificado y despechado con estas ocurren- 
cm. Hubo muy Jerias oobtestociones con algunos grandes. Autores 
contemporáneos aseguran que amenazó de echar por un balcón al 
Gondestoble, y que esto respondió con sangre fria : «SeOor , soy 
chico, pero peso mucho.» 

£1 resultada de estas Cortes tan aparatosas fué que solo las ciu- 
dades se prestaron con algún servicio. 

Se ve por estas Cortes últimas que el emperador convocó en Es- 
paSa, que había bástente libertad y espíritu de independenda cuan- 
do se trateba de pedir dinero ; y que aunque los espafioles se aso-^ 
ciaban 6 tes glorias de su emperador, se resentían de los gastos que 
les acarreaba su grandeza. 

La» renta» de la corona en tiempo de este monaat^a no era» pin«^ 
gues , i lo menos no cabrían sus neoesidftdes. Costoba la guerra 
mucho i los reyes de aquella época , y el sistema tributario no 
podía estar todavía en consonancia con el de mantener tontas fuer-^ 
V» peraanentes« Los antiguos reyes de Castilla teÉían este emba- 
razo menos, pues las tropas que entraban en eampafia eran loa 
contiogeateS' cen que tes granctes sefiores y feudaterios contri-^ 
buian , como condición del feudo. Así las guerras costeban 
cho k la corona. Con las propiedades de este que se 
como patrimonio suyo ; con impuestos locales como pago y n-^ 
tríbudon de tes privilegios que á los pueblos concedían ; con los 
dereclMi de portazga , barcaje y pontazgo como indemnización de 
lo. que costoba la protección de tes caminos; con lo» impuestos por 
cabeaa sobre los judíos y moros que permanecían en el país que se 



í 



cüpmnu) V. ((9 

iba eonqaistando: con otras contríbuciones igualmente directas que 
se pagaban por cada vecino, bajo el titulo de moneda forera, mar- 
tÍDiega, y martazga , yantar del rey , cbapin de la reina, etc. ; con 
las multas y penas pecuniarias que por ciertos crímenes y en su 
expiación se recogian; con otras contribuciones de un orden igual- 
mente precario , vivían y sostenían su casa y corte aquellos prín- 
cipes. Poco á poco fueron viniendo los diezmos, contribución ordi- 
naria de los moros , que pasó con la dominación de sus pueblos á 
los príncipes cristianos; la contribución de la cruzada para hacerla 
guerra á los infieles ; las tercias reales , ó sea el tercio del diezmo 
eclesiástico; la renta de las aduanas, la famosa alcabala cuyo nom- 
bre indica bien su origen árabe , contribución directa sobre todo lo 
que pasaba de una mano á otra por via de venta, y que al princi- 
pio ascendía á nada menos que la décima parte de su importe; por 
fin el monopolio de todas las salinas del reino á favor de la corona; 
el almojarifazgo , décima parte de las mercancías que entraban en 
Espafia procedentes de paises extranjeros, que se extendió después 
á Indias ; pagándose un vigésimo de lo que se embarcaba en los 
puertos de Andalucía, y otro de lo que desembarcaba en América; 
el tributo de puertos secos , por el que se pagaba la décima parte 
de las mercancías que de Navarra , Aragón y Valencia salían para 
el interior de Espafia, y viceversa; el tributo de lana, por el que se 
pagaban dos ducados por la salida del reino de cada saca (diez ar- 
robas), si era propiedad de espaOol , y cuatro si de extranjero ; el 
sefioreazgo de moneda , por el que de cada marco de plata , valor 
de seis ducados, se daba al rey un real ; el ejercicio, ó sea la con- 
tribución anual que pagaban las provincias de Espafia por los es- 
clavos y galeras ; el impuesto sobre las barajas que venían del ex- 
tranjero, exigiéndose medio real por cada una; el de los pafios flo- 
rentinos, cuya introducción en Espafia era de seis ducados; la con- 
tribución de millones, por la que^ todos los afios pagaban los pueblos 
de Espafia dos millones de ducados ; la de la Almadraba, sobre la 
pesca de atún; el subsidio eclesiástico; el producto de las minas de 
AJmaden, Guadalcanal y Sierra Morena. 

Sobre todas estas reqtas gravitaba el pago de los réditos ó inte-^ 
reses por la deuda del Estado , llamados juroi , porque como pro<^ 
piedad reconocida y jurada , se trasmitía por vía hereditaria ó de 
otro modo. Estos pagos eran muy crecidos , en atención á lo que 
valia entonces el dinero , y la frecuencia con que la corona se ha-* 

Tono I. 10 



Tf^ HISLORU n» fUIBE II. 

llalla pffe(úa«dai4 e9nti%tr'9i»fKés<jítos. As(i seine qpie M^MCertM 
dei 1^53$» soi prQpwOi«(>iiM)i qd aibíti^ , el. qm sa dÍ6iiiÍ9uyeaN|i es-n- 
to^i pago» ó (^dit08., eo atoacíon á lo baratos qn» » habiaor veon. 

Ii4g rQQtaa da. lai coi^ODa» se admioisliiabaD por arrendadores, qpet 
pag9it^ai)) por ellas «DasStttta fija , eQteadiéDdose ellos* mismostooni 
lo$(CODiffi)^jieQtes. A(liitii^efit& sistema la puerta á^iqik ÍDJustioíasi, 
afbUr^úedades preoedídast (k* desigiialdad die. repaivtOi y^ai métodoi 
v^albwiA y ) Qf r/esíwti ooa que losjmpuiestosse'levaDtabaojieiugiíiABw 
Tampoco era omytbeDeficiosDá la corraa, pues* m«GhasiMeoesi na* 
lapagahAQ^lp^iacseodadores , alegando, que no eran ellos pagados- 
por los.pueblos.. Fué, pueS), ba|o este< doble* aspecto-. objetOv de. cla-^ 
mi^esi^. pidieoiio^lojs^püeblosique se cambiaaa pos eli de^ enoabezari 
iqjeptP), effjQdproBietíéiidose.át pagaB sini coaocionea nii woleocíaSi Así 
lo, l)k^09,vietOi propuesto eii< ItSUi ea Ja£h Goriies db BiüwgoSi pídíeot. 
dftsel; cpfiaib^zamj^ntot loa procünadoresi ba^tai que< se pudiese ' poaep 
pvyA; prueba de que \9^ ticitacioDes no- se haciau á publica spr. 
baat%. 

Barai cubrirse I el déficit qne^e^tas rentas y coAtríbucioDes de^* 
. ban^ sobre tedo.eni lances extraordinarios, era preciso. que las Gort- 
tea d^oretaseiklOi(^ua se llamaba eLserviaio, que eia maa ó manosi 
eiUraoridinairio, maa óimeMs cuanMoso, pagadecOl&mayo^ótIneno^ 
plazox Uéi aqni loquaidaba á las Cortes tan tai importaneiai euilft 
balapsa-deL Estado ; la qn^ las puaoion ocasíoae» denwy naal burr 
mor^duraAte la época de QvJosiY ;• lo que laa, hacia alzar tantos^ 
gritos sobre- sus gueoras contíiHiAs. ; lo que oik^últunotanáüsiS' pro- 
dujo el alzamieAto.de las^ comunidades de> Castilla^ SI emperador • 
pedia muobo^ y ellas uo^estaban siempre- de humop de ser condesrr 
ceudietttWw El arbitriordeilaisísai propuesto. por la corojo en las ^ de 
1SÍ3S, fo^, como hemosi^stOh, r^ebaflada, y coa mas Yívez»^ por- 
parte-dci los caballeros, qne de- los prociuradores. Esta^coatribiMÍeD . 
indirecta, quOi tenia port basCi una cUsminudoB en* el peso d^medidai. 
pa^afl40' el género, cono simo esistiese tal rebaja^ se preseatatMiiCO«n 
mo un campo abierto á los mayarefi<desÓFdenes7,estafaa. ksl fui$iah> 
soIntaDwntflsnegado, y QsurJps Y tuvoique^ps^ porella, viéodose 
en. pr/ecísion de apelar estov emperador á mrios árbfttrioi^ , en ateA«<^ 
cion &il4imal quoisus rientaa cubriao. susí nec|Bsidades^ En* ISlíQf 
obtfkvOilHilatdel pepa Clemente YIl, para desmeipbrarde^Joa bien. 
ne& penteoeciente^ & las órdeniBs militares, iglesiastyímoaacales, losv 



raficnlitos para fornitr oDa reita'de cuflÉeite «HxlMMioB^imtiáes. 
Ba VMH m ^eiGteDdié Ja mi6na eoieesíra 4 4os ipatromitos éé legfoB 
y ^uieiries -fue se haHabaa mellados «on 41» eocomieDdaí», obK^ 
gándose di pey 4 «lemDÍMr lafi ÓFdeoes «litaras con aleábalas y 
^piedades «i el re&ia de GraMMla^ 

Ed 1514 obtaw^ «m bula de Paulo dH pava 'desmembrar de ias 
iglesíaB y motaasteñoss pnebloss üastilles y jwrfsdJíicioMSs «ediaatt 
sa «jterkr reíÉtegro, h Deoesaño partt ma reata ^iial defqtimíeD^ 
tn mil id uia d iis ». Se Intaba entonces tle la ffmüi fue bemos neo- 
iíinad6 eonirá lee prfioipes luteramls úe\ knperto^ y para ca^o 16^ 
mentó se comprometió el papa á manteMr seis ihescfe; tdeee mH 
infHítea y quimeiilos oabalfe». Aden&s olergé al emperador <la Éii- 
tad «de k» itmtas eélelsi&slieas durante ua 'afie^ yilB díófeicidtad pAra 
eMJeaar fincas de igieaias y monasterios. Mas fué tal la opeeícioB 
de iais corfforacioiies eetesiáisticae á esta medida del •emperador, qve 
darmbrio su eeoeieálcia y le hicieron desistir de «ate deaigdio. 

Hn el reinado 4e Felipe H hablaremos de ua negodode.ésta ciaae 
nHebé mte ruidoso y complicado bu que entendió eate pHneipü 
(1S53), hallándose e&tOQoes de Iregea4e del reino coa plenos pede-^ 
res de su padre. 

Las Goirtos otorgaron é este neoarca por vía de sefvicio eoitraor- 



En 1517 cteato cífocueata müleaes de reales cobrados en tres afiost, 

fia 1520 trescientos «iiUones de ireales cobrados en tres afios. 

fin 1S23 cuatrocientos milloaes de reales cobradas en tres afios. 

Ea 15SS concedieron para gastos de la boda cuatrocientos mil 
ducado^i 

G» el mismo objeto ofrecieron los abades monaioaks la plata de 
sus iglesíiis. 

Los comendadores de las órdenes militares cedieron la quiata 
parte de sus rentas. 

En 1527 le dieron los abades de San Benito doce mil doblones. 

Además de todos estos arbitrios se suspendieron los acostamien- 
tos, ó sea pensiones dadas sobré rentas ; se reintegraron muchas 
alcabalas que estaban ^fiajet^da^á d6 lá coi^&t; se télSdiéfóú MeUs 
juros sobre rentas , se vendieron asimismo bienes y jurisdicciones 
de monasterios ; se desmembraron cuatrocientos mil ducados de 
renta de los bienes de las órdenes militares; y quinientos mil duca- 
dos de oro, de los monasterios monacales. 



1t mSTOBIA DB FEUPB U. 

A todos estos recarsos hay que afiadir lo que este emperador re- 
cibió de América, que aunque no ascendió á muy crecidas cantida- 
des por lo poco regularizado de las rentas é impuestos de aquellas 
posesiones, siempre serian muy considerables. Los historiadores no 
andan bien explícitos sobre su importe, ni están de acuerdo , ó por 
mejor decir, apenas mencionan el total á que ascendieron stts ren- 
tas en Espafia. No hay que perder de vista que á los gastos del 
emperador acudían también Ñapóles , Sicilia , el estado de Milán, 
sobre todo los de Flandes, tierra rica, industriosa^ comerciante, de 
grandísimos recursos. Sin embargo , el emperador Garlos V rara 
vez salió de ahogos, y murió con deudas. 

En el reinado de su hijo entraremos en pormenores mas extensos 
sobre las rentas del Estado, cuyo importe se fué aumentando poco 
á poco, con lo cual, y el mejor arreglo en su administración, la co-< 
roña se fué emancipando poco á poco de las Cortes. Humillada, 
pues , la aristocracia , reducida á casi nada la importancia de los 
procuradores deHos pueblos , con tropas permanentes , con rentas 
fijas 7 cuantiosas que eran duefios de aumentar por medio de de- 
cretos ó pragmáticas meramente administrativas , los reyes de Es- 
pafia se hicierou absolutos de hecho. 

El rey de Francia era mas despótico en su pais , y disponía con 
mas desembarazo de los recursos del Estado. Las asambleas , lla- 
madas allí estados generales, se convocaban muy rara vez , y solo 
en circunstancias muy extraordinarias. Con unos estados mucho 
menos considerables, pudieron Francisco I y Enrique II hombrear & 
la par con Garlos V. El primero puso en su última guerra contra 
el emperador cinco ejércitos en campaDa al mismo tiempo (1). Y co- 
mo esta fuerza al mismo tiempo que instrumento de ambición de los 
príncipes en sus contiendas fuera, lo eran á la vez del poder abso- 
luto que ejercían dentro, pasaremos á dar alguna idea de los esta- 
blecimientos militares en aquella época. 



(1) De los pariamentoe de Inglaterra y Bacocia, que tanta influenoia tenían en los sobsldlos de 
la corona, hablaremos á su debido tiempo; lo mismo que de los Paises-Bijos, donde la autoridad 
del principe, sobre todo en este ramo, se hallaba bastante coartada. 



CAPrrtíuiví- 



faenas militares en tieippo de Carlos V. — Organización. — ^Armas. — ^Equipo.— Tácti- 
ca. — ^Artillería y fortificaciones. — Sitio de RodaSt 



Hemos hablado al principio de esta obra del cé^ con qne la ma- 
yor parte de los reyes de la Earopa se aplicaron á fines del si- 
glo XVI al establecimiento y organización de una fuerza armada 
permanente. Prescindiendo de toda consideración política, abrió esta 
importante innovación una nueva época para el arte de la guerra. 
Lo que nos dicen de él los historiadores de la Edad media , es muy 
oscuro, tratándose de la parte material, tan diferente de la que ve- 
mos en el dia. Variaron, en efecto, el modo de alistarse los ejérci- 
tos, la organización de sus diversos cuerpos , las armas del com- 
bate, lo que se llama táctica en los diversos movimientos, maniobras 
y demás operaciones de la guerra. Varió todo , y nosotros no po- 
dremos familiarizarnos, con lo que sobre este particular estaba vi- 
gente en aquel tiempo, no explicándolo bien los historiadores coe- 
táneos, ó escritores dedicados exclusivamente á la parte técnica del 
arte. Por otra parte, extrafios la mayor parte de estos á la profe- 
sión militar, no pensaron que serian sus escritos objeto de muchas 
investigaciones infructuosas. Cuanto se sabe en esta parte , es solo 
por conjeturas , por inducciones , por monumentos materiales que 
nos han quedado, por el conocimiento que tenemos del estado so- 
cial de aquella época; por reglamentos, leyes, cartas, llamamientos 
á la guerra, por la relación de algunas expediciones militares. Sa^ 



74 flISTOBIA DE FBUPE II. 

bemos, pues, que cuando convocaba el rey á sus grandes feudata- 
rios, se presentaban estos con sus vasallos en mayor ó menor nú- 
mero, según sus posibles ó condiciones del feudo; y que con estos 
contingentes, ó sea tributo de hombres , se formaban entonces los 
ejércitos, que no estaban sobre las armas sino por el tiempo de la 
guerra. Sabemos cómo eran las armas ofensivas y defensivas que 
usaban, pues casi existen en el dia ; el poco aprecio que entonces 
se hacia de la infantería, y el astado de rudeza en que se hallaba. 
Nadie ignora que el nervio de la guerfa era la caballería, y que 
por el número de lanzas se comenzaba á calcular la fuerza de un 
ejército. La importancia que se daba á la caballería , se deja ver 
bien por la institución de la orden ó asociación , con este nombre 
conocida, por las pruebas por que tenia que pasar un hombre para 
ser armado cebollero , y por las solemnes ceremonias con que iba 
este acto acompatiado. fil brillo , la grandeza de esta ínstitúcioú, 
es para nosotros los espaDoles de una evidencia positiva y práctica, 
por ir todavía la voz de caballero entre nosotros , enlazada con la 
idea de buena educación , de honradez y nobleza en las acciones. 
Hé aquí it que sé sstoé de positivo ; lo demks es asunto de mueha 
eontrotereMu flasto las «piaiones varían sobre la introducción en el 
arte de la guaira de uo agente Buevo y poderoso, á saber, el de la 
pdlvoiía; cobre el iihnI^ de usarla^ sobre k iolroduccion de k arti- 
llería, as dedr , de Ite bocas de fuego ; pues la voz artiUería tenia 
entonoes in sígnifibado auicho inas estenso. Todos estos puntos 
históricos han dado lugar á mil sistemas diferentes, y el número de 
critms é comentadores ha sido mayor que el de los autores comen • 
tadwv 

Abrió, pues^ la iotroduccion de las fuerzas armadas permanen- 
tes, ttiia nwvi^ época eb la historia del arte de la guerra , no solo 
por la eonsístéQoia, la regularidad que se dio á estos establecimien^ 
tos, sino porque participó el «rte de las ventajas de una época de 
luces. El mismo gusto » la «isma aplicaeion , contraidos á los de- 
más ramos del sab^r, se dedicaron á la ciencia de la guerra. Hubo 
escritores odilítares, oomo teólogos y jurisconsultos , y si sobre al- 
gunos puntos nos d^aroa en la oscuridad, pues escribían para sus 
contemporáaeos , nos ofrecen siempre mayor grado de instrucción 
que sus predecesores» 

Li guerra comenaó á ser una profesión, ejercida bajo los auspi- 
cios de los que alistaban y pagabaí los ejércitos. Aquellas bandas 



GAiüTOfiO VI}. 79 ' 

de^ooDcMlierii, que eo los siglos^ XIV y XV va^an de ude parte á ^ 

otra cod sus tropas para veodepias i quien mftfr pagaba^ adquícíe- 

roo- maiyor regularíckid, kicíerM un ser? icio mas estabte y perma- 

oenle. La- ^uerrai Uegóiá ser una industria casi generala, ]l los>ejiéD- 

eíloB se UeíeroD pecoi á poco^ mereeDarios. Aquella orden de cabar 

llería», qoe kizo un papel tan* distinguido ea la. Edad media» fué 

desapef ettiendi^ poco á poco. Las ceremo&iafii de ser amada caba^- 

\\Bf^ ftieroni ya muy raras^ y la&rmas veoesi, mecas fiestas deapa- 

rolai Yai se presentaban- los jínetesi wstidosi di6; todas, armas sin eale 

requisito. Se< hicieron los hombres* mas positiViOi», maa calculadores^ 

Y'ñV espirítuí de> investigacionf pewtnó* en- todas las clases, del E&f- 

tado. 

Ptora comenzar por EspaSai desde la última mitad, del sigloXV 
se hicieron los primeros ensayos- da la^ fuerza permanantet. Se puede 
asignar* este pranoipio & la offeacioa de las famosas hermandades 
formadas en 1 464 pon losi pueblos det Avila, Abrévala, Segovjay 
Taiamra, pana repeler lo» coetinuas. correitfaay vjolencias< qioe en 
los'camioos enan tanifcecuente».. Aprobadas por Enrique W fueroa 
regdbríMdas m 1416 por losi R^yes católicos^ extendidas ¿.vanios 
pueblosidetCastilla , pasando á Toledo , y en. seguida á,.AnáiaIiicla» 
Por cada cien vecinos se echó una. contribucíoik de diee y ocho i mil 
DMiravedisesv. pana. mantjBuer un hombre de ácaballo* Há aqjaii el 
pnmer orígmida las. hermandades. 

Fueron» estos soldados divididasi enrcompa0las« ái.caiigOf de sus. 
respectivos- capitanes. Tenían^ además lalcaUesi civiles quaeateqdian 
ensm^wganizaciofi , enosus^leyestinteríoEesi, y aitemási jileas» dei 
gobierno paradlo eeonómiooiy admiAistraitivow. 

l¡eaiaiiilasiharmaoda(lefliCieiitos fuecosy pi¡iinlegios».y eiMendiam 
prívativMMnte en cíecta clase de delito». Todos loa» ooouitidMh en. 
caminos públicos, en despoblados; los horntoidíos^s lasdiandas,^. \m 
rokos^ losallanamientoade^casas^ vioteqoias^í^^muj^Kes^ preijos.es- 
cs^padoa; en fipv tpda infracción de ley^ comielida ^iVivA^fuerzai, en- 
traba eaaa competenciai, y era avoffadi^> & su^ tribunal^,, cuyas. 
atitbiwíones.eraA^ como sei ve, muf axjiensiKa|S| é.inpoctantesi. 

Se puedeovcompacar. los servicios de^: las hermiaadades< , si presn- 
ciadiiMaide su jurísdiQoíon , cqqi, los. de lai actual gendarmería. 
firaDoesa4 

Las hermandades estuvieron en todo su vigor^ ea^tg^el.coESft» 
delsigkh>^V{ fuann constantemente tropas^ (iaiá cabi^Q#.yteBtraban 



76 HISTORTA DE FELIPE If. 

machas veces á formar parte del ejército. Desde el priDcipío del si- 
guiente decayeron algo, pero subsistieron. 

Se comenzaba, pues, á hacer ensayos de fuerzas permanentes en 
el afio 1493. Después de la conquista de Granada se instituyeron 
cuerpos de caballería. Se prohibió á los que habian servido en esta 
arma la venta de las suyas ; se dio orden para que las personas, 
según su rango, su condición y su fortuna, estuviesen siempre pro- 
vistas de armas para cuando lo exigiesen las necesidades del ejér- 
cito. Se hizo un alistamiento general , y se mandó que por cada 
doce vecinos se alistase y armase á su costa un soldado de á pié 
para cuando se le llamase á la bandera. Se concedieron privilegios, 
se les asignaron sueldos para cuando entrasen en campaDa. Mas 
aunque se deseaba mucho tener estos cuerpos permanentes , ponía 
grandes obstáculos su excesivo gasto. 

Conocían demasiado los Reyes católicos la importancia de tener 
tropas á su disposición para que no fomentasen con ahinco su alis- 
tamiento, su organización y su enseñanza. Hubo en su reinado 
campos de instrucción para este objeto, que prosperaron poco, ha- 
biéndose tenido que abandonar el establecimiento; tal era el hábito 
del desorden, la carencia de la táctica, y la escasez de fondos para 
mantener sobre las armas tanta gente. 

Fernando el Católico fué el primer rey de Espafia que tuvo una 
guardia de á pié armada de picas, espadas y alabardas. Llevaban 
una especie de uniforme á que daban el nombre de librea. 

En medio de ensayos tan imperfectos, se pueden considerar los 
Reyes católicos como fundadores del ejército espafiol. A pesar de 
mil obstáculos, la infantería llegó á formarse y merecer aquella 
fama que tuvo constantemente en toda Europa. Echaron los cimien- 
mientos de la obra; las diferentes mejoras que hubo después, par- 
tieron todas de este origen. 

En la guerra de Granada aparecen ya este orden y uniformidad 
que distinguen las épocas modernas. Fué una guerra metódica, 
bien comenzada, bien dirigida, llevada con tino y con valor á sa 
definitivo resultado. Hubo en ella un conjunto de marchas, expedi- 
ciones, sitios y tomas de plazas que la hacen objeto digno de esta- 
dio para los inteligentes. Las tropas, los aprestos, el material de 
todo género, las máquinas de batir, todo se presenta allí bajo un 
aspecto formidable. 

Se empleaban en dicha expedición todas las clases de piezas de 



capítulo vi. 77 

artiDeria qne se osaban en aquella época. Se hace mención de lom- 
bardas, ribadoquines, cerbatanas, pasavolantes, buzanos, ele. El 
número se ignora, mas consta que en el sitio de Loja habia de lom- 
bardas mas de veinte. 

Comenzaba la artillería á hacer un gran papel en las guerras de 
aquel tiempo y aun de tiempos anteriores. En la crónica de don 
Juan 11 se hace mención de las piezas empleadas en el sitio de Sep- 
tenil al principio de aquel siglo. Se habla allí de una lombarda 
grande, de otra de Gijon, de otra de la Banda, de otras dos de Fus- 
lera con curefias, de diez mantas (defensas de madera para los asal- 
tos), con sos pertrechos, de útiles de minas, de alquitrán, de pól- 
vora, de arcas de los pasadores (saetas), de nueve fraguas de her- 
reros, de cincuenta quintales de hierros de toda clase de ferramien- 
tas, de muelas para afilar, de tacos de lombardas, de truenos (ti- 
ros) de carbón, de gente para cortar madera, para cuidar de los 
carpinteros, labrar piedras para las lombardas, conducir los qué 
han de labrar con hachas, adobar carretas, conducir escalas en 
acémilas. Para todos estos objetos se designan los bueyes que los 
conduelan, las gentes de armas que los escoltaban, etc. 

El ejército que hizo la guerra en Granada, según el cronista de 
los Reyes católicos Hernando del Pulgar, presentó en el alarde que 
se hizo de las tropas después del sitio de Baza, cuarenta mil hom- 
bres de á pié y trece mil de á caballo. El autor da el nombre de 
batallas á los diferentes trozos ó divisiones de que se componía. Asi 
habla de la primera batalla, de la segunda, de la tercera, etc., de 
la batalla rml^ es decir, de las tropas que rodeaban de mas cerca 
la persona del monarca. 

Después de la batalla real iba otro trozo para separarse del far-^ 
daje^ que venia en seguida y estaba protegido por el último trozo 
que cerraba la columna. 

El autor á quien aludimos inserta todos los nombres de los diferen^ 
tes jefes que mandaban las subdivisiones de esos trozos ó batallas « 
Unos las conducian como jefes naturales, otros como subordinados 
y sustitutos de sus sefiores respectivos. Era una mezcla del antiguo 
feudalismo con las instituciones modernas que planteaban los dos 
reyes. No se ven por toda esta reseOa mas que trozos desiguales y 
sio armenia; unos con infantería y caballería, otros sin esta arma, 
otros sin la primera. La se^^ta por ejemplo se componía de tres- 
cientas cincuentas lanzas solamente: la séptima de cuatrocientas 

Tomo i. 11 



7$ msTOMÍÁ DI nupE n. 

veinte lanzas y doscientos peones. Nada hace ver mejor lo escaso 
de las tropas regulares y los pocos progresos que se hablan hecho 
todavía en este ramo de ejército estable y permanente. 

Mas el plan se llevaba adelante, y debia de producir sus resul- 
tados. La escuela de la formación é instrucción de los ejércitos per- 
manentes, no podia ser mas eficaz y mas activa. Las tropas con- 
quistadoras de Granada se embarcaban para Ñapóles; se apresta- 
ban expediciones á la costa de África, y el reino de Navarra estaba 
umy próximo á ser presa de las armas castellanas. 

El cardenal Jiménez de Gisneros continuó la obra de los Reyes ca- 
tólicos en el establecimiento de tropas permanentes. Fué uno de los 
primeros cuidados de su administración, mandar que se hiciesen 
alistamientos de infontería y caballería en todos los pueblos, según 
sus posibles, y el número de sus vecinos. Los grandes se mostra- 
ron enemigos de esta providencia, asi como ya lo eran de la auto- 
ridad del cardenal, cuyo derecho á la regencia disputaban. Era muy 
grande la complacencia que tenia el prelado en humillarlos. Abatió, 
en efecto, la arrogancia de aquellos magnates un fraile francisca- 
no, sin mas armas que el ascendiente de su genio. Un dia que le 
preguntaron en virtud de qué derecho ejercía una regencia que el 
rey Católico no podia haberle delegado, los llevó á una plazuela 
que cata á espaldas de su casa, y ensenándoles algunas piezas 
montadas de artillería: aquí están mis derechos, respondió el car- 
denal; dejándolos reducidos al silencio. Nada muestra mas hasta 
qué punto habían descendido los Grandes de Castilla, lo bien que 
habían trabajado los Reyes católicos en consolidar su nueva autori- 
dad á expensas de la de ellos. Encontró, sin embargo, grandes 
obstáculos la orden que dio el cardenal de alistamiento. En algunas 
partes fué desobedecido abiertamente. En Valladolid, en Segovia, 
corrieron los descontentos á las armas, y llegaron á reunir treinta 
mil hombres, por las sugestiones de los Grandes. 

Quedó el cardenal muy desairado en esta empresa, y murió sin 
haber visto consolidada la obra del alistamiento. Mas la presenta- 
ción de Carlos en la escena política, anunciaba claramente que se 
llevaría adelante la idea de consolidar la fuerza permanente en lu- 
gar de abandonar lo ya emprendido y comenzado. El siglo XVI que 
se había abierto con guerras en Ñapóles, en África, en Navarra, en 
el Norte de Italia, continuó siendo tan célebre por su espíritu mar- 
eial, como por sus artes, sus ciencias, sus descubrimientos y con- 



GáFITULO VI. 79 

troversias religiosas. No podo menos de sentir la iofluencia de re*» 
formas y mejoras el arte militar , al cual los priocipes daban una 
altísima importancia. 

Era ya la carcera de las armas, como hemos dicho, una profe* 
sion particular separada de las otras, un ramo de industria que 
proporcionaba mas ó menos ventajas pecuniarias según la fortuna, 
de las armas, el valor, la capacidad ó el favor de que disfrutaba un 
individuo. Los alistamientos eran voluntarios, y las tropas iban ad- 
quiriendo un carácter tal de mercenarios que despojaban casi de na«* 
cionalidad unas contiendas que eran mas bien de príncipe á príncipe, 
quede pueblo á pueblo. No era muy numeroso el cuerpo de los es-* 
panoles que combatieron en Italia en las filas del emperador en las 
campanas de 1521, 1522| 1523, 1525 y demás que concluyeron 
con la brillante victoria de Pavía. A pesar de la predilección que 
tuvo Carlos Y por los de esta nación, no era espaDol el general en 
jefe Próspero Golonna, ni su sucesor Garlos Lannoy, virey de Ña- 
póles, ni aun en rigor el marqués de Pescara Fernando de Abales, 
aunque de españoles descendía. No eran verdaderamente todos estos 
jefes mas que soldados de fortuna. Eran la mayor parte de sus tro* 
pas, italianos, suizos, alemanes que se reclutabau con mucho co^ 
to, y no podían retenerse en las banderas sin pagas muy crecidas. 

En Suiza y Alemania se celebraban con particularidad estas fe^ 
rias ó mercados de hombres. Allí acudían indistintamente, tanto los 
emisarios de Garlos Y como los del rey de Francia. No se desdeDa** 
ban los hombres mas eminentes de desempeñar la comisión del 
alistamiento de estos mercenarios. Guando el ejército imperial se 
retiró de sobre los muros de Parma, estaba esperando un gran re- 
fuerzo de suizos que habia ido á buscar el cardenal de Sion, á nom- 
bre del pontífice. Guando marchó Francisco I á poner el sitio de 
Pavía, estaba ausente del ejército imperial el condestable de Bor-^ 
bon en busca de otro cuerpo de estos mercenarios. Habia de este 
modo suizos, alemanes é italianos en los dos ejércitos que comba-* 
tieron en esta batalla memorable. 

Para estos aventureros que abrazaban la carrera de las armas 
como un mero ramo de industria, no habia mas alicientes que la 
paga y el botin nada escaso, ni poco frecuente en dichos tiempos . 
Cuando faltaba la primera, lo que no era raro, se abandonaban á 
excesos dej^ndísciplina, que ponían en crueles embarazos á los gen 
nerales, jobligáadoloa á dar batallas para proporcioaarlea lo» reenr* 



80 HISTORIA DE FBUPE Tí. 

SOS que foltaban en las cajas militares. Ya hemos visto que el asalto 
y saco de Roma do tuvo por objeto priocipal sioo acallar á los ale-» 
maoes que estabao eD completa sedicioD por falta de socorros. Lao* 
trech se vio obligado á dar la batalla de la Bicoca, amenazado por 
sus suizos de que abaodoDariaD sus filas si do los pagaba ó llevaba 
al ODemigo. 

Habia eotODces otro ramo de industria militar, ya descooocido 
OD Duestros dias; á saber, el rescate de los prisioDeros. Los solda- 
dos ó individuos de las clases inferiores qae los cogian los vendiau 
por lo regular á los capitanes y jefes del mas alto rango, quienes 
los mantenían de su cuenta, y se entendían sobre el precio del res- 
cate con ellos ó con sus familias. Después de la batalla de Pavía, 
compró el marqués de Pescara por muy poco precio á Enrique de 
Albret, que se intitulaba rey de Navarra, uno de los prisioneros 
que se hicieron en aquel encuentro; y como el emperador se le qui- 
siese reclamar en atención á su carácter de soberano , declaró el 
marqués que no lo soltaría por menos de cien mil escudos de oro, 
entrega que no tuvo efecto por haberse escapado el prisionero. 

Gomo la guerra era una profesión, y los soldados se pagaban tanto 
mas cuanto mayor era su pericia en el manejo de las armas, se de- 
dicaban mucho á la adquisición de los conocimientos que los haciao 
tan recomendables. Concluida una campaDa, ó tal vez antes, pasa- 
ban al servicio del ejército enemigo , sin que se extrafiase que los 
hombres se vendiesen al que mas pagaba. Los soldados asi consti- 
tuidos se enconomizaban cuanto mas podian; y no siendo por la co- 
dicia del botin , no podian correr gustosos á un peligro del cual no 
podian redundarles ventajas materiales. Sea por esta causa, sea por 
la poca eficacia que hubiese adquirido la infantería, sea por lo cur 
biertos de hierro, que iban los caballos, eraD poco mortíferas en- 
toDces la batalla. 

La guerra costaba mas cotonees (guardando la proporción de 
los hombres empleados), en atención á lo caro de los alistamientos 
y lo alto de las pagas, teniendo siempre en cuenta el precio del di- 
nero. Y como estos desembolsos eran por lo regular superiores á 
las rentas de los príncipes, tenían que ser poco numerosos los ejér- 
citos, que licenciaban en gran parte á la conclusión de una caoi- 
paDa. El mayor ejército que tuvo Garlos V fué el que llevó sobre 
Metz de cincuenta mil hombres, que entonces pasó por formidable. 

En cuanto & los espaOoles nunca fueron mercenarios, es decir, 



CAFITULO TI. 81 

en el sentido de vender so sangre á potencias extranjeras. Si hacian 
la guerra en mochos paises de Europa, faera de su patria suelo, 
era siguiendo las banderas de sus reyes. En todas partes acredita- 
ban su valor, su dísplina, su instrucción en el arte militar, su 
carácter sufrido en medio de las privaciones. A ellos se debieron 
principalmente los triunfos adquiridos en Pavía. 

No se conocian en aquella época lo que llamamos divisas milita- 
res. En rigor no habia gran uniformidad ni en armas, ni en ves- 
tuarios, de que cada cual se surtia según su esfera ó sus posibles. 
Era muy brillante, muy lujoso y muy marcial el traje militar de 
aquellos tiempos. Las armas eran riquísimas por lo regular ; y en 
su fabricación esmerada se distinguían los artífices de aquellos 
tiempos. Casi todos los jefes principales iban armados de corazas, 
y llevaban por lo regular encima sayos ó sobrevestas de tercio- 
pelo forrado de armifios ó telas ricas. Como se maniobraba poco 
dorante una acción , los mismos generales peleaban á veces en per^ 
sooa. 

A pesar de que las tropas eran mercenarias, ó quizás porque lo 
eran, y la milicia una profesión, eran visibles los proyectos del ar- 
te, y comenzaba á considerarse como un ramo del saber humano 
sujeto á observaciones, á reglas y preceptos* 

El paso mas importante qoe se dio en la línea de las reformas 
de consideración foé restitoir á la infantería la importancia qoe le 
habían dado los griegos, y sobre todo los romanos, y de qoe le 
habían despojado los siglos qoe se llaman de Edad media. No go- 
zaba de ningona consideración dorante esta época ona arma qoe 
antes se habia repotado como el verdadero fundamento de on ejér- 
cito. Estaba entonces mal vestida, mal armada, con poca instroc- 
cioD, compoesta de las clases mas ínfimas de la sociedad, sin qoe 
apenas so mas ó menos número foese de gran coenta. La base 
principal de los ejércitos, lo qoe en la opinión comonmente recibida 
coDstitoia so foerza, era la caballería, sobre todo la pesada, coyos 
individoos recíbian la denominación de gentes de armas, é iban co- 
biertos de hierro, extendiéndose la misma defensa á sos caballos. 
Cada ono de estas gentes de armas llevaba á sos inmediaciones tres 
ó mas, mas ligeramente armados y montados en goisa de escoderos 
ó sirvientes, y esta asociación ó gropo recibía la denominación de 
lanza. Así se contaba el ejército y los trozos de qoe se componía , 
por lanzas. 



81 HISTOEU I>S FBUPS U. 

Guando cod el renacimiento de las letras se estudió la antigüedad 
y resucitaron sus grandes escritores, hizo sin duda impresión la 
importancia que daban á las tropas de á pié, y hasta qué punto 
formaban el núcleo y la fuerza, sobre todo en los ejércitos roma- 
nos* Todos los príncipes de Europa se dedicaron casi á un tiempo 
á la mejora de su inCsintería, siendo de notar que la base de las re- 
formas fué una imitación mas ó menos perfecta de la legión roma- 
na» con las diferencias indispensables en la de las armas; comen- 
zándose á introducir poco á poco en la infantería las de fuego* Los 
pasos que sobre esto se dieron en Espafia, en Franciai en Italia, en 
Alemania parecen simultáneos. La infantería salió de su abyección, 
y desde entonces fué el servicio en sus filas honorífico, digno de las 
mayores distinciones» 

La infantería espaDola comenzó muy pronto á distinguirse y ¿ 
adquirir un renombre que no perdió ni en aquel ni en el siguiente 
siglo. Se hizo objeto de respeto y admiración en NápoleSi bajo el 
mando del gran capitán, y este brillo lo conservó en los ejércitos 
de Garlos Y. Guando describamos las guerras de su hijo, se la verá 
representar un papel igualmente distinguido. 

Los trozos primitivos de esta infantería, que corresponden sobre 
poco mas ó menos á nuestros batallones, se llamaban Tercios; y 
compuestos de mas ó menos compaüías según las circunstancias del 
alistamiento. La clase inmediata á la de soldado raso era la de ca- 
poral, que corresponde á nuestro cabo. Habia cuatro caporales en 
cada compaDía. Después seguía la de sargento, nombre bien cono- 
cido entre nosotros. Gada compaliía tenia su bandera. Era el capi- 
tán quien la formaba, alistaba y entretenía. £1 oficial que lievaJt>a 
la bandera de la compafiía^ tenia el título de alférez. 

Sobre la clase de capitán habia la de sargento mayor, nombre 
también muy conocido de nosotros. Eran sus funciones parecidas á 
las que ejercen en el día los segundos jefes. Entendían en la conta- 
bilidad de todo el cuerpo, en los pormenores del servicio, en llevar 
el alta y baia de las diferentes plazas, en la instrucción y táctica de 
sn tercio respectivo, en todo lo relativo al arreglo de las marchajiy 
al seDalamiento y trazado de los campamentos. 

£1 jefe del tercio tenia el nombre de maestre ó mestre de campo, 
usado también por los franceses. Eran sus funciones muy .pareci- 
das 4 las de nuestros coroneles , por lo que no necesitan expli- 
carse. 



CAíwoiovr. 83 

La iofanterfa iba armada de picas , y nna parte mas ó menos 
considerable, de arcabuces. Eran ios caDones de estos mas largos 
7 de mas calibre que los de nuestros fusiles. Los arcabuceros He-* 
Tftban una horquilla en que los apoyaban en el momento de hacer 
faego, y como las llaves no estaban inventadas todavía , usaban 
para darles fuego de una mecha. 

Algunos piqueros iban armados de rodela. No la llevaban los 
arcabuceros. También se conocían soldados armados de ballesta; 
mas esta arma había comenzado á desaparecer á fines del siglo 
precedente. Desde que se conoció el alcance y eficacia de las balas, 
quedaron en desuso los dem&s géneros de proyectiles. Picas y ar- 
cabuces eran conocidos en aquel siglo y aun en el inmediato, hasta 
SQ último tercio, que quedaron solo mosquetes ó fusiles. 

Con cada dos, tres ó mas tercios, se formaba un escuadrón, Ha-* 
mada así por la forma de cuadro que se le daba en orden de bata- 
lla. Había cuadros de terreno que equivalían á nuestros cuadros 
actuales de infantería, y cuadros de hombres que venían á ser la 
falange griega ó macedonia. Regularmente tenían 60 hombres de 
frente y 20 de fondo, y al revés, 20 en el primer sentido , y 60 en 
el segundo. Suponemos que la primera formación seria la de ba- 
talla, y la segunda la de marcha ó de columna. Cuando se veía un 
escuadrón amenazado por todas partes de caballería , formaba el 
cuadro verdadero , bien de terreno , bien de hombres , según las 
circunstancias. Los piqueros se consideraban como la infantería de 
línea; los arcabuceros formaban regularmente en los ángulos del 
escuadrón ó en sus filas centrales , haciendo fuego por encima de 
los primeros, que se bajaban un poco en el acto de hacer la pun- 
tería y los disparos. También se componían por lo regular de arca*» 
buceros las tropas de vanguardia. 

Para saber la poca eficacia de esta arma arrojadiza , nos basta 
leer en Sandoval , que en la jornada de Pavía bobo soldados que 
dispararon hasta diez tiros durante la batalla. Otra cosa no podía 
suceder tratándose de una arma tan incómoda, tan pesada, que era 
preciso apoyar sobre una horquilla para hacer bien la puntería, 
necesitándose además la mecha para dispararla. En las relaciones 
de conducción del material de guerra se hace mención de carros de 
pólvora y carros de balas ó pelotas como entonces se llamaban , lo 
que da á entender que no se conocían los cartuchos. Los soldados 
llevaban sin duda por separado entrambas cosas. El mismo bísto- 



81 HISTOUA M RLTPl U. 

riador en la relación de la batalla ya ciiada , nos díee que los 
arcabuceros espafioles para cargar coa mas velocidad , habiao to- 
mado la precaución de meterse las balas en la boca. 

La caballería se dividía en pesada ú hombres de armas, y lige- 
ra. Los primeros iban armados de todas armas, de casco , coraza, 
espada y lanza. Los segundos usaban por lo regular arcabuces, y 
si algunos llevaban coraza iban sin rodela. Usaban además una es- 
pecie de pica ó lanza corta á que daban el nombre de jineta. La 
caballería formaba cuerpos de 400 á 500 hombres. 

En cuanto á la artillería, ya se ha conocido su grandísima im- 
portancia de mucho mas antiguo. En la construcción de sus piezas, 
entraba á par que el interés de la defensiva ó la ofensiva, el amor 
propio y orgullo de los principes. Era la construcción de los cafio- 
nes objeto de un gran lujo, y los reyes rivalizaban sobre quién los 
tendría mas largos y de mas calibre. No hay mas que ver las mol- 
duras, los adornos con que se ha querido engalanar estas máqui- 
nas de destrucción, para hacer ver la importancia que se daba en- 
tonces á un objeto que hoy parece secundario. 

Eran de enorme tamaño y desmesurada carga ciertas piezas que 
con el nombre de bombardas ó lombardas se emplearon á princi- 
pios del siglo XY en el sitio de Balaguer y de Setenil, en el reino 
de Granada. A mediados de aquel siglo, hizo un gran papel en el 
sitio de Gonstantinopla un caSon monstruoso que llevaba consigo 
Mahoma 11, como el instrumento mas eficaz de su conquista. Te- 
nia 12 palmos de circunferencia; calzaba una bala de piedra de seis 
quintales, y era su alcance de una milla . Era tan tremenda su ex- 
plosión, que para evitar sustos se avisaba antes de ponerle en 
juego con objeto de probarle. Tiraban de él treinta carros con se- 
senta bueyes. Iban delante 250 obreros allanando los caminos por 
donde transitaba, y para andar 150 millas fueron precisos cerca de 
dos meses. Un caDon mas considerable todavía se conservaba ó se 
conserva en el castillo de los Dardanelos. Calzaba una bala de 
quince quintales, y la arrojaba á la distancia de 600 toesas. 

En la ciudad de Baza se hallaron 40 piezas abandonadas por el 
enemigo. La mayor tenia 11 pies y 10 pulgadas de largo y 20 
pulgadas de diámetro en la boca. Estaba compuesto el cuerpo de 
barras de hierro colado de dos pulgadas de espesor , unidas unas 
con otras como las duelas de una cuba sujetas con aros ó cercos 
también de hierro que servían para darle consistencia. Las piezas 



mas largfts tADÍaD treíRta de estos arof, y 4iez las de las mas cor* 
tas dimensiones. 

Se daban á «stas piezas nombres- diferentes, sacado la mayor 
parte de ellos, para indiear el t^rible efecto de sus tiros, de ciertos 
animales mas conocidos por daQinos. Así babia caOooes basiliscos, 
drsgones, sierpes, culebrinas, fakonetes, según sus dimensiones. 
También se conocían los nombres de pasavolante, ribadoquin, je-^ 
ringa, cerbatana, bucano, esmeril, esmerílejo, etc. 

El arcaban ftt4 la últíiaa pieza de fuego inventada por aqueHos 
tiempos; es decir, que se fueron acbicando tanto los caDoaes que se 
bioieroB una arma individual; mas el número de las de fnega era 
«Dtonees sumamente escaso con respecto al de las picas. 

La artillería aunque ya usada á últimos del siglo XV y priuci-^ 
píos del siguiente, como arma de campaña y de batalla, to entraba 
como dotación fija y arreglada de un ejército, según se practica en 
los actuales. Se tenia ea mas ó menos cantidad, según los posibles 
y las circunstancias. La de Carlos Y ea las primeras guerras delta* 
lía faé sumamente escasa coa respecto á la del rey de Francia. No 
presenté ea la haitalla de Pavía mas que cuatro píeaas, tomadas 
desde üq principio por k>s enemigos, mientras las de esios eran 
Imiata, que cm todo el resto del material cayeron al fio en nue&^ 
tras oíanos. Mae si Garlos V tenia en Italia tan poca artillería, no 
sucedia lo mismo en EspaOa donde habia un tren de ella formida- 
ble. El lector no ver& can disgusto oopiada aquí la relación que hace 
Sandoval de las piezas que segukn al emperador en su entrada ea 
Vailadolíd, en iS22 á su regreso de AJensaaia^ 

uiS falconetfis de á 16 palmos cada uno de largo; 4 de ellos de 
foedio adelante rosqueados y con las coronas imperiales, y los S4 
restantes ochavados todos. Por la boca de cada uno cabia un pu&o 
grande. Cinco pares de muías tiraban de cada ano. 

lílH cafioaes de 17 \\i palmos de largo y taboca de caei un 
pahno. Los 12 de estos eran con flores de lis. Tiraban de cada uno 
ocho pares de muías. 

»16 serpentinas de 11 palmos de largo y de boca un palmo. Ti- 
raban de cada una 22 pares de muías. 

»Una bombarda de 10 palmos de largo y 2 de boca, tirada por 
30 pares de muías. 

»Un trabuco que decían magnus draco, coa una cabeza de ser- 
piente á manera de dragón tcon el rey don Felipe I, d^ujado en él 

Tomo i. 12 



86 HISTORIA DB FELIPE lí. 

coD SUS armas reales: tenía 26 palmos de largo y 1 de boca, y ti- 
rado por 34 pares de muías. 

x>Dos tiros famosos, llamados el polllub y la pollioa, de 16 pal- 
mos de largo, y 1 1|2 de boca, tirados cada uoo por 34 pares de 
muías. 

^Uq tiro llamado Espérame que allá voy, de 17 palmos de largo 
y casi dos de boca, tirado por 32 pares de muías. 

x>Dos tiros llamados Santiago y Santiaguitode26 palmos de largo 
y 1 deboca, llenos de flores de lis con las armas francesas. Tiraban 
de cada uno 36 pares de muías. 

»Un tiro donde venia el emperador dibujado con las armas de sus 
reino.<« de 16 palmos de largo y 1 y 1[2 de boca, tirado por 34 pa- 
res de muías. 

)f>Un tiro nombrado el Gran Diablo de 18 palmos de largo y 2 
casi de boca. Tirábanle 38 pares de muías. 

»74 piezas por todo, con mas 9 montajes de respeto, arrastrados 
por 7 pares de muías cada uno; de modo que el total de muías era 
2,128, y el de carreteros para guiarlas 1,074. Además venian 
azadoneros para componer los caminos. En Santander quedaban de 
munición y pelotería (pólvora y balas) mas de 1,000 carros. La 
marcha del tren era conforme al ór^en que vit escrito, y el todo era 
precedido de la guia, que era un caballero en un caballo blanco que 
iba eligiendo el camino.» 

Por aquel tiempo, es decir, en la primera cuarta parte del siglo 
se hablan establecido en EspaDa fábricas de pólvora y las famosas 
fundiciones de Málaga y Sevilla. Desde la misma época tuvo un jefe 
particular la artillería de Espafia. A veces habia un director parti- 
cular para la artillería de los estados de Flandes, y otro para los de 
Ñapóles. 

Por entonces ya habia tenido lugar la invención de las minas que 
se debe al espaDol Pedro Navarro, y fueron ensayadas por primera 
vez delante de la isla de Cefalonia sitiada por las armas de Gonzalo 
de Córdoba. Mas tal vez no hay en esto bastante exactitud, y habrá 
comenzado en otra parte su uso, aunque siempre fué en las guerras 
de Ñapóles. Pedro Navarro empleó las minas con igual felicidad cq 
los sitios de Gastellnuovo y del Uovo, castillos que se rindieron k 
nuestras armas en la segunda guerra después de la vuelta de Gon- 
zalo á Ñapóles. 

Las minas inventadas por Navarro fueron las de pólvora, pues 



CAPITULO VI. 87 

sin ella ya se usaban antes. Se hacían galerías subterráneas que 
apuntaban con maderos á que se daba fuego, para que la fábrica 
construida sobre aquel terreno se desmoronase. Mas este proceder 
debió de ser muy lento y de muy poca eficacia, comparado á la ter- 
rible voladura de una mina. 

El ramo de ingenieros estaba probablemente unido al de artille- 
ría, ó por hablar mas propiamente, no componían los dos mas que 
uno solo. La voz engeño, aplicada á toda máquina grande de batir, 
lo índica suficientemente. 

En cuanto al ramo de los sitios, estaba en aquellos tiempos muy 
atrasado con respecto á los demás que constituyen el arte de la 
guerra, por ser sin duda el que exige mas método, mas exactitud, 
mas orden en las combinaciones. El descubrimiento de la pólvora, 
que aumentó sin duda los medios de ataque, no produjo desde un 
principio un cambio sensible en los de la resistencia. Las fortifica- 
ciones permanecieron en el mismo estado en que se hallaban en los 
tiempos anteriores; es decir, que la invención de aquellas terribles 
máquinas de batir que arrojaban moles de un empuje irresistible, 
no hicieron aumentar el espesor de las murallas. Sin duda no cor- 
respondía el acierto de los tiros á la fuerza de los proyectiles, y la 
mayor parte de estas máquinas eran mas aparatosas que eficaces. 
Los sitios eran lentos, y por muchos medios que se empleasen tanto 
en el ataque como en la defensa, lucia mas en ellos el valor y arrojo 
del soldado, que la habilidad del ingeniero. La mayor parte de las 
plazas se tomaban por asalto, empleando siempre el medio de las 
escaladas. Gontrayéndonos á las épocas del siglo XV y mitad del 
XVI, veremos la confirmación de aquesto mismo. Duraron mucho 
en proporción los sitios de Balaguer, Setenil, de Baza y otros mas 
puntos fuertes del reino de Granada, que cayeron á fines del siglo 
XV en poder de nuestras armas. Granada misma le resistió mas tiem- 
po del que debía esperarse del numeroso ejército que la asediaba. 
Tuvojque retirarse el ejército francés en su expedición de Navarra 
delante de los muros de Logrofio, que no pasaba por una plaza 
fuerte. Ni pudo Próspero Colonna en las guerras de Italia entrar en 
Parma, ni los franceses apoderarse por medio de un sitio, de Milán 
después que la ocuparon nuestras armas. Entró prisionero en los 
muros de Pavía el rey Francisco I, que dos días antes la asediaba, 
y un afio después tuvieron los franceses que renunciar á la toma de 
Ñapóles, con que se había lisonjeado tanto tiempo. El mismo Car- 



88 niSTOAIA DE FELIPE II. 

los V tuvo qae retirarse de los maros de Marsella cod harta pérdida 
y trabajos, renovándosele la misma desgracia algunos aOos después 
delante de Melz, á pesar del ejéreito formidable que mandaba. Muchos 
ejemplos mas de aquella época nos harán ver io superior que era 
la defensa de las plazas al ataque, y que el arte de usar bien las 
terribles máquinas que contra los muros se empleaban, no corres- 
pondian á su descubrimiento. La artillería estaba casi en mantillas, 
comparada con el gran desarrollo que recibió en los siglos posterio- 
res y la perfección á que ha llegado en nuestros tiempos. 

El sitio mas célebre en el reinado de Carlos V fué el de Rodas, 
por lo formidable del ataque, por lo heroico de la resistencia, por 
el carácter de las dos partes contendientes, por los efectos importan- 
tes que produjo. El lector nos permitirá que pc^r via de episodio 
consagremos unas cuantas páginas á lo que las ha merecido tan 
brillantes en la historia. Estaban desde el aOo de 131S los caballe- 
ros de San Juan en posesión de aquella isla, cuya situación les daba 
medios de empeDarse en correrías muy felices contra los infieles. 
Era la orden rica y poderosa, y podia pasar por una potencia marí- 
tima, siempre armada y siempre en guerra. Debió pues de ser un 
objeto de odio y terror para los turcos que ya comenzaban á domi^ 
nar en el Mediterráneo. Después de haberse hecho dueBo de Gom« 
tantinopla, extendió Mahoma 11 sus armas victoriosas á la Grecia, 
y se aposesionó de varias islas en el archipiélago. Por los afios de 
14S0 cayó con so armamento formidable sobre Rodas, siendo gran 
maestre de la orden Pedro de Aubusson que hizo su nombre céle- 
bre por esta circunstancia. Fué este uno de los sitios mas obstinados 
y sangrientos, comparable solo con el que tovo lugar algunos aDos 
después, y que luego va á ocuparnos. Eran muy numerosas, moy 
escogidas las tropas del Sultán, tan inclinado, tan ansioso siempre 
de presentarse con un formidable tren de artillería, y aunque el mis- 
mo Mahoma no acudió personalmente, sabían bien sus generales 
que era preciso vencer ó perecer en la demanda. Fué grande elem- 
peüo de los jefes, el arrojo de las tropas que embistieron. Varias 
brechas abrieron sus caOones; mas^ de una vez subieron al asalto 
hasta llegar á alojarse en una de sus torres; mas fueron superiores 
á tanto denuedo el valor admirable y la constancia de los caballeros 
cuyo gran maestre se condujo en todas ocasiones como gran capi- 
tán y gran soldado. Al fin se cansaron los turcos de tao obstÍDada 
resistencia. Desmayados con las penalidades de tan largo sitio, con 



GáHrULO Vl 89 

las enfermedade» qa«se mamfei^taroii cnel campo, Tolvieroa á em- 
baroarae; mas el grao SeBor do pensaba en otra cosa que eo saWar 
el desaire de sus armas cuando le cogió la muerte en sus proyectos. 
Era mi designio sujetar á Rodas, fué una de las pocas cosas que 
mandó Maboma se escribiesen sobre su sepulcro. No se podia bacer 
del valor de los caballeros de San Juan un elogio mas magnífico. 

Los dos sucesores de Maboma no renovaron las hostilidades en la 
isla. Bayaceto I! no era un gran guerrero, y el breve reinado de Se- 
liin I se empleó particularmente en )a conquista de la Siria y del 
Egipto. Solimán II, sucesor de este último, heredó so carácter am« 
Iwioso, y si no fué tan sanguinariamente Teroz, estaba dotado de 
mas inteligencia. Subió este príncipe al trono, eon muy corta dife- 
rencia, cuando Carlos Y; ya hemos visto cuánto figura por su poder, 
por sus conquistas, por sus relaciones con los príncipes cristiaoos 
entre los principales 'personajes de la época. Mereció este sultán el 
nombre de legislador entre los suyos por las reglas que estableció 
en la administración , por la observancia de las formas de derecho y 
de justicia: en la cristiandad se le conoció, como sabemos, con el 
dictado de magnífico. Era un coloso, como ya hemos observado, el 
imperio otomano en aquel siglo. En menos de doscientos afios habían 
pasado los sultanes turcos de emires ó simples jefes de una tribu 
militar á sucesores de los cesares de Oriente. Era como la de los 
romanos la política de los turcos, la conquista. Una serie no inter* 
rompida de monarcas guerreros y grandes capitanes hablan ensan- 
chado á porfía las fronteras de su imperio. Comenzó Solimán su 
carrera militar con el sitio y toma de Belgrado, plaza fuerte en la 
confluencia del Danubio con el Sava, y llave por aquella parte de 
la Hungría: fué su segunda conquista la de Rodas, y en la que 
pensaba desde su subida al trono. Varios consejeros quisieron di- 
suadirle de un sitio que con tan infaustos auspicios se habia pre- 
sentado en tiempo de Maboma II; mas otros cortesanos trataron de 
halagar su ambición, dando elogios á la empresa. Quiso sin em*^ 
bargo proceder por vías de negociación, exigiendo Solimán de los 
caballeros de Rodas que se le sometiesen, prometiéndoles seguridad 
por medio de un tributo; mas tuvo la respuesta, que sin duda es- 
peraba, como pretexto de una guerra abierta. 

Hacia ya tiempo que veia inevitable esta tempestad VilHers de 
Msle Adam, gran maestre de la orden. Con la anticipación debi- 
da, habia tomado todas las medidas necesarias para poner la plaza 



90 HISTOEIA DB FBUPE II. 

m 

en estado de defensa, allegando víveres y inaniciones, aumentando 
la artillería, reparando las m.urallas, mandando arruinar todas las 
casas de los alrededores, removiendo y allanando cuanto á los tur- 
cos pudiese servir de algún abrigo. Todos los caballeros de San 
Juan recibieron orden de presentarse inmediatamente en Rodas. A 
todos los príncipes de la cristiandad se dirigió el gran maestre pi- 
diendo auxilios para una defensa en que tanto se interesaba la Eu- 
ropa entera; mas ninguno de ellos acudió á tan sentido llamamien- 
to. Estaban demasiado ocupados Carlos Y y Francisco I en sus con- 
tiendas particulares, para consagrar una pequefia parte de sus tro- 
pas á un objeto tan patriótico y tan santo. El mismo papa Adriano 
se mostró sordo á las súplicas del gran maestre, y no quiso des- 
prenderse de tres mil hombres que tenia á su disposición, por no 
disgustar al emperador, á cuyo servicio estaban destinados. 

Pasó el gran maestre de San Juan revista á sus tropas, que as- 
cendían & seiscientos caballeros y cuatro mil quioientos soldados de 
la orden. Con tao escasa guarnición aguardó la llegada de los tur- 
cos, que en mayo de 1522 desembarcaron en número de cien mil, 
según algunos, y de ciento cincuenta mil, como afirman otros. 
No hay duda de que eu semejaotes casos se exagera siempre el nú- 
mero; mas era de todos modos un armamento formidable. 

La plaza de Rodas, capital de la isla de este nombre, se hallaba 
dividida en ciudad alta, donde había un castillo, residencia del gran 
maestre, y ciudad baja en la misba playa del mar en forma de 
media luna, con un puerto á cada extremidad, y en medio de ellos 
un baluarte. Estaba ce&ida de un doble recinto, con dobles torreo- 
nes y cinco baluartes en las partes mas débiles y expuestas. Para 
el reparo de las fortificaciones y la construcción de otras nuevas, 
hablan trabajado todos personalmente, sin distinción, desde el mis- 
mo gran maestre hasta el último habitante, inclusas las mujeres. 
Se sabe hasta qué punto llegan en estos casos el ardor y el entu- 
siasmo, cuando hay un jefe hábil que sabe dar ejemplo. Era ade- 
más aquella, una guerra religiosa en que se trataba de libertar la 
isla del yugo de los mahometanos. 

Desembarcaron los turcos como á unas ocho millas de la plaza 
que embistieron en seguida; mas fueron sus primeros ataques inu- 
tilizados por la artillería de las caballeros. Comenzaron muy pronto 
á desmayar las tropas turcas por enfermedades, tal vez por re- 
cuerdos del sitio anterior donde se habia derramado sin fruto tanta 



CAPITULO VI. 91 

sangre, Qaejas y murmurácioDes circuIaroD 6d el campo, y poco á 
poco degeoeró el descootenlo en abiertos alborotos. SolimaD que 
sopo el estado de las cosas, voló á remediarlas, presentándose en 
el campo. Inmediatamente bizo comparecer ante su persona al ejér- 
cito sin armas. Después de arengarle y afear ,con rostro y acento 
terrible su conducta, dio orden á los soldados armados que por to- 
das partes los cercasen. Mas tales fueron las muestras de dolor y 
arrepentimiento de los culpables, que afectó aplacarse el gran Se- 
Sor y los volvió á su gracia. Desde este momento se restablecieron 
el orden y la disciplina, pudiendo decirse con rigor que el sitio co- 
menzaba entonces. 

Se continuó la trinchera con ardor: la artillería comettzó á jugar 
de nuevo por una y otra parte. Derribaron los turcos con la suya 
la torre de la iglesia de San Juan, cuyas campanas servían de se- 
fiales^ y para dominar las fortificaciones de la plaza, construyeron 
dos caballeros mas altos que los muros. 

Referir uno por uno todos los acontecimientos y lances de este si* 
tio, seria prolijo y daría á nuestro trabajo una extensión que desde 
luego no nos propusimos. Todos los choques se presentaron de 
igual carácter por la faría del atacador, por la admirable constan- 
cia, por la obstinación de la defensa. Trataron al principio de aco- 
meter por varios puntos á la vez; mas fueron repelidos con gran 
pérdida. Después reconcentraron sus esfuerzos sobre uno de los tor* 
reones llamado de San Nicolás, cuya artillería desmontaron y 
donde abrieron una brecha muy considerable; mas al marchar al 
asalto se encontraron con un atrincheramiento que ios caballeros 
hablan construido á sus espaldas. Desistieron los turcos del ata- 
que y dirigieron sus baterías contra uno de los baluartes, em- 
pleando al mismo tiempo el usó de las minas, por cuyos esfuerzos 
se abríó una brecha á la que corrieron millares de enemigos. Fue- 
ron sin embargo rechazados con notable pérdida. Al dia siguiente 
renovaron el asalto con fuerzas mas considerables, se apoderaron 
del baluarte, y ya tremolaba la bandera victoriosa, cuando acudió 
en persona el gran maestre al frente de unos cuantos caballeros, 
con cuyo ejemplo se entusiasmaron de nuevo sus soldados é hicie- 
ron retroceder á los infieles de lo alto de los muros. 

Eran muy frecuentes estos choques en que los turcos salían t6^ 
chazados con notable pérdida. Ya comenzaba el Sultán á impacien- 
tarse, á enfurecerse con tanto revés que comprometía la gloría de 



H HISTORIA DB fítLíK lí. 

9xa armas. Ajdsíoso por salir de aquella líitiiacion, codvoc¿ un coa**- 
«jo dfl gverra extmondJoarío. Fueron alguaM de opinión de reti^ 
rarse; otros, que codocíía mejor el oar&ctor del Sultán, le aconse'- 
jaron que llevase adelante las operaciones. Ordenó Solimán un ata- 
que general, que tuvo efecto el 21 4}e setiembre. Fué espantoso «1 
Gb9qa«, gMerai el conflicto ^ntre las tropas de una y otra parte. 
Preseneíaba el cooJwti el Saltan desde una próxima eminencia, y 
animaba á ios suyos con la voz y oon el ^to. Peleaba como un 
soldado el gran maestre^ acudiendo con su medía pica k donde el 
peligra reclajnaba fiu pi^seaeia. Se presentaron los otomanos en un 
principio victoriosos; llegaron á verse dueños del trinarte de Es«* 
palla; mas^xperinentaron la misma suerte 4e oirás veces. Repeli- 
dos^ obligados k retirarse lleaosde espanto y de consternación, de*" 
jaron mas da quince mü muertos al pié y sobre los mismos mwos 
de Ja plaza« 

Basta el simple relato de «stos hechos para que aparezca cm 
todo su esi^udor el arrojo y valentía q«e desplegaros los cabaile- 
ros de San Juan en aqiiellos choques memorables* Era un combate 
k jnaerte entre rivales de ambición, de gloria, de creencias religio- 
saa, Comhataan ios de Rodas por su existencia propia, pues varias 
veces babia prometido á sus soldados Solimán el saco de la plaza. 
Por su parte se condujíO el gran maestre oomo jefe 4tgno de estos 
campeones denodados» Soldado y repiten, 4 todos daba ejemplo de 
valor, oooM d« sereaidad y eonstanda. Habiendo sido herido uno 
de los jefes llamado Martinengo, que dirigía los •trabajos de la for- 
tificaetoa, y estaba encargado de la nfefaesa de un balaarte, se tras* 
ladé á eu piMSix) el gran maestre, y allí permaneció noche y día, 
mientras aq«el fcstuvo imposibilitado del servido. Viétdose mas «s« 
traebado ciüla dia« dio ^den para que se retirasea & la plaza todos 
los csaballaros que ocupaban los puntos fuertes de la isla y algunos 
umediatos; así toda la Orden se bailaba dentro de los muros. Es^ 
teba ctfrada su esperanza en los refuerzos que aguardaba de varios 
pastos de la cristiandad; mas sus principes no le enviaran nada, y 
algunos particulares que se embarcaron con socorros, no pudiereA 
llegar á la isla por varios accidentes^ 

No estaba mucho mas tranquilo Solimán en vista de tan obstí^ 
nada resistoociat Llegó en su furor á numdar que matasen á fle- 
chare al genenal ea jefe de su ejército; y solo ae pudo templar é 
ímtM de Ias súpttoas y prostoraaeionM úa «toios jefes. Cambió al 



GAFintO TI. M 

ejérdt» de general, y el mismo gran seBor dio otro giro & su poli- 
tica. Le ioquietaba mucho la idea del socorre próximo que espere'^ 
bao los cristiaoos, por lo que pensaba ea empeDar cuanto mas ao* 
tes otro iaoce decisivo; pero muy escarmentado de los anteríores^ 
apeló á la fia de las negociaciones, haciendo que llegase á oídos 
de los habitantes de Rodas qne el Sultán proponía una capitulación» 
en que les dejaba sus haciendas y sos vidas. Un gran número de 
vecinos, ya quebrantados con tantos padeceres, acudieron con lá- 
grimas al gran maestre, para que entrase en una negociaeiofli que 
los salvaba de la ruina. Cerró al principio sus oidos el jefe á la pro- 
posición, esperando siempre algún refuerzo; mas intercedieron por 
el pueblo los patriarcas griego y latino, que residían en Rodas; 
pues el vecindario profesaba por la mayor parte el primero de 
ambos ritos. Por otra parle, se hallaban los sitiados en la mayor 
extremidad; las obras exteriores, los torreones, los baluartes, á ex- 
cepción de uno solo, no eran mas que escombros, y la guarnición 
esUiba reducida á nada. Por fio, se entró en negociaciones. Tres 
dias de tregua pidieron los enviados del gran maestre. Los negó 
Solimán, temeroso siempre de la llegada del socorro, y mandó dar 
asalto el día siguiente: mas aunque fueron los turcos repelidos por 
dos veces, tomaron al fin el único baluarte que restaba. Se reti- 
raron los caballeros al interior de la ciudad, resueltos á defender 
su último atrincheramieoto. Estaba consternada la población, y se 
escuchaba ya la trompeta de la muerte, cuando volvió á recurrir 
el pueblo con su clamor a! grao maestre. Entonces se decidió este 
á pedir una capitulación, cuyos términos prueban hasta qué punto 
Solimán respetaba todavía un puDado de valientes enterrados entre 
escombros. Se couservaroo por ella las vidas y las haciendas á los 
habitantes, quedando en el libre ejercicio de su culto; se permitió la 
salida libre á todos los caballeros de San Juan, con sus galeras y 
correspondiente artillería. Todo lo demás debía de quedar en manos 
de los turcos. 

Mientras se ajustaban las condiciones del tratado, se descubrió-* 
ron unas velas. Los turcos que las vieron los primeros, creyeron 
que eran los socorros que esperaban los cristianos; mas luego co- 
nocieron por los pabellones, que el refuerzo venia para ellos mis- 
mos. Solimán, con medios nuevos de reoovar ventajosamente las 
hostilidades, guardó sin embargo su palabra; y se dio fio al nego- 
cio del tratado. 

Tomo i. ' IS 



H HISTORIA Ds helipe n. 

El 24 de diciembre saiio de Kodas el grao maestre de l'Isle 
Adam, al frente de sus caballeros. El día siguiente entró en la plaza 
Solimán triunfante; sí se podia llamar triunfo tomar posesión de 
de tantas ruinas. 

Sabido es que el emperador Carlos Y hizo entonces á los caba- 
lleros de San Juan cesión de la isla de Malta, donde se establecie- 
ron en seguida. Ya veremos en el reinado de su hijo, que se vol- 
vieron á cubrir de gloria en un sitio tan célebre como el de Rodas, 
y mucho mas afortunado. 



Cápma^om 



Artes.— Ciencias y literatura en la época de Carlos V. 



Se desigoa el príoeípio del siglo XYI con el nombre de época del 
rmacimienío; como si dijéramos, de la restauración de las artes, 
ciencias, literatura y demás ramos, que en los buenos tiempos de 
Grecia y Roma, habian asignado al hombre inteligente y creador 
tan alto puesto. Pudiera aparecer de esta expresión de renadmien-' 
fo, tomada en un sentido rigoroso, que todas las naciones de Eu- 
ropa se hallaban en un mismo grado de rudeza; que nada se habia 
debido al genio ni al saber en los siglos que llaman la Edad media, 
ó que en la época del renacimiento no se habia hecho mas que res- 
tablecer é imitar, sin que los hombres hubiesen pasado á nuevas 
creaciones. Analicemos, pues, la idea de renacimiento; veamos á 
qué altura se hallaban las diversas naciones de Europa en dicha 
época. Comenzando por Italia, sea que ciertos climas se presten 
mas que otros al vuelo de la inteligencia; sea que el estado de re- 
públicas en que vivió aquella región desde tiempos tan antiguos, 
diese mas campo al talento, que es fruto de la libertad, y se desen- 
rolla muchas veces con el mismo fuego de las divisiones intestinas; 
sea que el comercio y trato con las naciones del Oriente los hiciese 
imitadores de su industria y de sus artes ; sea que en su suelo hu- 
biesen quedado cenizas mas vivas del fuego de la antigüedad que 
en otros, es un hecho que Italia, desde el sigjo XII, dejó de ser lo 



96 HISTORIA BE FBL1P& H. 

que se llama un país bárbaro, y que eu los restantes hasta el lla- 
mado del reDacímieuto, pertenece sío disputa á laclase de Daciones 
cultas. Florecían en un suelo una porción de repúblicas distinguidas 
las unas por sus artes y su industria, las otras por su navegación 
y su comercio, y todas ellas por un refinamiento en los goces y co- 
modidades de la vida, desconocidas en casi el resto de la Europa. 
Las mismas guerras mutuas, en que con tanta frecuencia se veiaa 
envueltas, aguzaban su ingenio creador, para proporcionarse re- 
cursos, y curar las llagas que un estado tan violento producía. Solo 
al amor del trabajo , al genio de la industria y á los frutos del co- 
mercio, se podian deber los armamentos formidables por tierra, y 
mucho mas por mar, con que se distinguían Estados de un corto 
territorio, y que en el mapa político apenas hoy figuran. El mismo 
genio que producía tantos frutos en las artes y en la industria, ex- 
plotaba el campo del saber en sua diversos ramos. 6n medio de 
tantas guerras y convulsiones políticas, florecían las universidades, 
y se daba á las ciencias y á las artes el fomento y homenaje que 
las vivifica. De todo lo que es magnífico y habla á la imaginación 
se ofrecían algunos monumentos, y la arquitectura no era la que 
menos brillaba entre las creaciones del ingenio. De todo esto 
gozó Italia antes de la época del renacimiento. Muy anteriores á 
ella fueron los Dantes, los Petrarcas, los Bocacios y otros genios 
célebres. No necesitaron de ella, entre otros, los inventores del ál- 
gebra, ni los descubridores de la ajuga náutica. 

Las naciones no estaban, sin duda, tan adelantadas. La Espafia 
que ea la línea de la inteligencia seguía á Italia, había debido mu- 
cho á la residencia en ella de los árabes. Se sabe lo que florecieron 
estos en la industra y en las artes; lo magníficos y brillantes que 
fueron en la arquitectura; lo zelosos en cultivar y difundir los ra- 
mos del saber humano, sobre todo, el de la medicina y astronomía; 
en fundar escuelas, cuyo ^ombre es célebre. Desde el siglo XIII 
comenzaron á florecer en EspaDa las mismas, y á desenrollarse el 
gusto de las letras. Ya se conocen de aquel siglo composiciones poé- 
ticas en lengua castellana (1), rudas si sé quiere y desaliñadas en 
sus formas; pero que merecen todavía las miradas de los inteligen- 
tes. Las Siete Partidas, prescindiendo de su valor como una com- 



(1) n poema del GM, de autor deaooaooido; laa obras poátieas de Gonzalo Beroeo; el Alejandro 
de Juan Lorenzo, aondedlebo tiempo. A él pertenecen alf^nos otros de menos fama, mas cuyos 
nombres no se baUan olTidados. 



pila^D de leyes, md qqo de los grandes moQumentoii líteraríQfi df^ 
la misma época. De la misoia fechao historiadores, que si do pasap 
por tan eminentes como fqeron considerados en su tiempo, iqerec^ 
rán siempre la reputación de distinguidos. E( siglo XIV en nada, 
desdijo del precedente; y el XV, en comparación de los otros dos, 

fué un siglo decoro, «ntes que se Mim entrado en el rtrnaci- 
miento. 

No seguiremos los demás paises de Europa, porque seria prolijo,' 
y para nuestro objeto muy inútil, Verdaderamente lo que se sabia 
de verdadera ciencia era poco, casi un punto imperceptible en un 
campo inmenso de inutilidades y de absurdos, hoy sepultados en el 
polvo. Las artes eran rudas, excepto algunas consignadas 4 la fa- 
bricación de las armas, á las ricas telas donde entrabii la seda, la 
plata y oro con profusión: y otras relativas al lujo, que era todo de 
magnificencia- Entre las que se llaman nobles, solo una se cultiva- 
ba con grandeza y esplendor, á saber: la arquitectura, de formai; y 
proporciones muy diferentes de las usadas por los griegos y los ro- 
manos; mas de una elegancia, de tin atrevimiento, de una 9P<ireqte 
ligereza, de un lujo en los adornos que hacen ws monumento^; el 
encanto y asombro de cuantos los contemplan. Con este car&cter de 
magnificeqcia y de hermosura se erigieron con profusión tefnpfos en 
varias regiones de U cristiandad desde el fin del siglo XI hasta el 
del XV. Desde entonces ya no se edifica con este gusto; mas h^tn 
ahora nadie se ha atrevido á dar mas mérito al moderno. 

No debemos pasar por alto un ramo de literatura muy cultivado en 
dichos siglos, aun desde los primeros, en que comienza lo quq se 
llama época de las tinieblas; á saber, el de la historia. Pocas oa-^ 
dones han dejado de producir hombres de algún lustre en esta cl^* 
se, y cuyas obras tocfovía se consoltan. Nosotros los tuvimos desde 
]a época de los reyes visigodos, pudiendo presentar entre otros & 
san Isidoro, arzobispo de Sevilla, como el primer historiador de aque- 
llos tiempos. Los tuvimos en el siglo VIH (el Pacense); en el IX 
(Sebastian, obispo de Salamanca); en el X (Vigila, monje de Al- 
belda); en el XI (Sampiro, obispo de Astorga); en el XII (PelayQ, 
obispo de Oviedo), con otros muchos mas de menornota. Floreció- 
rieron en el XIII tres de gran renombre; á saber: don Lucqs, obis- 
po de Tuy, llamado el Tudense, eK famoso don Rodrigo Jim9nei(, 
arzobispo de Toledo, y don Alfonso el Sabio, quien entre varías 
obias hizo ó mandó hacer ana crónica general de Espafia. También 



98 HISTORIA pt rmite ii. 

los hubo OD el sigaieate. Ed el XV se compusieron las crónicas de 
los reyes don Pedro el Cruel, don Enrique II, don Juan I y don En- 
rique III, y en el siguiente las de don Juan II y Enrique lY. Tam- 
bién produjeron sus historias los reinos de Portugal y el que se de- 
signaba con el de Aragón en aquel tiempo. 

Es digno de atención que en estos siglos que soflaman de oscu- 
ridad se hayan hecho descubrimientos é invenciones que además del 
carácter de utilidad que los distingue, llevan el sello del verdadero 
genio. Entreoíros, se descubrió el arte de la relojería, el de suplir 
los defectos'de la vista por medio de anteojos; en ellos se constru- 
yeron los primeros órganos, instrumento músico, desde entonces no 
superado por ninguno. A la Edad media pertenecieron los invento- 
res de la pólvora, los de la aguja náutica, los que pintaron por vez 
primera sobre el vidrio, los que fundieron y emplearon los prime- 
ros tipos de la imprenta. El arte de copiar, iluminar, y adornar de 
cualquier otro modo los libros antes que dicha invención los hubie* 
se hecho tan comunes, conslituia uno de los grandes ramos de la 
industria. Eran entonces los libros objetos preciosos de gran lujo, 
y que solo poseian los hombres opulentos. Habia artista cuya vida 
se pasaba en copiar, iluminar, dorar, hermosear un solo libro. De 
las riquezas que en este ramo nos dejó la industria de aquel tiem- 
po, deponen los depósitos de los manuscritos que en las ricas bi- 
bliotecas se conservan. 

La voz pues de refiaeimietUo es de poca exactitud tomada en su 
generalidad; se puede explicar modificándola. Hay épocas en que 
se desarrolla singularmente el espíritu de imitación á vista de mo- 
delos impregnados de belleza: hay otras en que por circunstan- 
cias naturales, morales ó políticas, abundan mas los verdaderos 
genios. Una y otra cosa tuvo efecto, sobre todo en Italia, ya desde 
el siglo XII. Auoque desde aquel tiempo habían puesto las Cruza- 
das á casi todas las naciones de Europa en contacto con el Oriente, 
ninguna igualaba en esta parte á Italia, no tanto con dicho motivo, 
cuanto por los intereses de comercio. Entre las repúblicas de Geno- 
va, Pisa y Venecia, las costas de Grecia y escalas de Levante, se 
habia mantenido una comunicación no interrumpida en ningún 
tiempo. De las costas de Italia salían víveres para los cruzados, y 
aun las escuadras que los conducían. En Venecia y galeras de Ye- 
necia, se embarcaron los que iban á Constan tinopla en auxilio de 
su emperador, y concluyeron con apoderarse del imperio del Oríen- 



CAPITULO vn. 99 

te. A Italia vino á implorar aoxilios el último emperador latino 
destronado. A Italia vinieron embajadas de los primeros emperado- 
res griegos que recuperaron su trono de Constan tinopla. Guando la 
aproximación de los turcos otomanos desde mediados del siglo XIV 
iospíró serias inquietudes á dichos príncipes, fueron mas frecuentes 
las comunicaciones. Se repitieron las embajadas, y hasta vinieron 
emperadores mismos & negociar alianzas y socorros. Conforme se 
acercaba el peligro, llegaban á Italia nuevos personajes; la toma 
de Constantinopla debió de dar nuevo desarrollo á las emigra- 
ciones. 

Tan frecuente trato entre el Oriente y el Occidente no podía me- 
nos de producir su efecto. Con las embajadas vinieron hombres de 
importancia y de saber, y entre los mismos emigrados á quienes el 
temor del peligro al principio, y después la toma de Constantino- 
pía expulsaba de su hogar, se contaban muchas personas ilustra- 
das. Entonces comenzó á difundirse, comenzando por Italia, el es-* 
tudio de la lengua griega, tan poco cultivada hasta últimos del si- 
glo XIV, que la ignoraba hasta el Petrarca. Al estudio de la len- 
gua se siguió naturalmente el de sus grandes escritores, y esta 
nueva aplicación en lugar de disminuir la de la latinidad, la acre- 
centó al contrario. El nuevo arte de la imprenta se consagró casi 
exclusivamente á reproducir y multiplicar los grandes modelos li- 
terarios de la antigoedad, cuyo conocimiento se introdujo en las 
escuelas, y fué un deber entre los sabios. En ellos bebieron como 
en fuentes de buen gusto los principales escritores, y en su imita- 
ción cifraron sus grandes títulos de fama. Con los escritores, se es- 
tudiaron igualmente los artistas; y los escultores, los arquitectos, 
causaron el mismo entusiasmo que los historiadores y poetas. To- 
das las cabezas se montaron á la griega y la romana. 

La arquitectura mereció sin duda su estudio de predilección sí 
nos atenemos á los resultados. En los principios de su imitacimí se 
creó an prodigio del arte, la iglesia de San Pedro en Roma. Este 
ensayo que sin duda fué de los primeros de la arquitectura greco- 
romaoa, se quedó igualmente el primero en mérito y magnificencia 
sin haber sido desde entonces de ninguno excedido ni igualado* 
También esto se explica. Los grandes monumentos de arquitectura 
exigen además de genio, enormes gastos. El genio del artífice brilla 
8ÍD dada en la inmensa mole de la iglesia de San Pedro; de su 
costo nos quedan, como lo haremos ver luego, monumentos toda-* 
vía mas durables. 



100 HISTOBU n PBLIPB U. 

Et ceio de dos ó tres poaufice¿$ que i>e sucedieroD ea la silkt de 
Sao Pedro cod una uiisma idea, las iomeusas suiuas con que coa* 
tribuyó la oristiaodad, y la ímitacioo de los graodes inoddos de lo 
antiguo, explicao hieo la construecioa de esta obra gigautesca. 
También quedaban de aquella edad modelos preciosos de escultura 
que pudieron ioflamar ei genio de Miguel Ángel, de Celini, de los 
demás grandes estatuarios de aquel tiempo. ¿Mas sucedía lo mismo 
en la pintura? ¿Fueron en ella tan felices los antiguos como en la 
arquitectura y la escultura? ¿Nos quedan á lo menos modelos de 
imitación como en las dos últimas artes? ¿Cuáles guiaron, pues, á 
Rafael, k Uonarda de Vínci, al Gorreggio, al Ticiano y susoMlem- 
poráneos? 

Se pnede pues decir que si la arquitectura y la escultura rena* 
eíeron eo cierto modo cuando se imilaroo con esplendor los modelos 
de la antigaedad, se creó la pintura que, como lo haremos ver mas 
adelante, no fué la única creación que atestigua el genio de aquel 
siglo. Mas las bellas artes en Italia, ni como renacidas, ni como 
creadas, aparecitoron de una vez á últimos del siglo XV y princi- 
pios del siguiente. No marcha así el espirita humano en ninguna de 
sus producciones. Todo principia, progresa, y al fio se perfecciona. 
Desde mediados del siglo Xlll fechaba en Italia el cultivo de las 
bellas artea, y la imitación mas ó menos aproiimada del antiguo. 
Sin duda de Gímabue hasta Rafael hay una distancia inmensa; mas 
entre estos extremos de la progresión, se ven los términos medíM 
que encadenan digámoslo así la perfección del último con la rudeaa 
del (H*imero. También Bramanle arqailecto de San Pedro, y el ea« 
cultor Miguel Ángel, tuvieron que echar alguaa ves la vista sobeo 
sus predecesores. Mas de sesenta pintores se cuentas en los dos si- 
glos que hemos mencionado, y ouyas obras se ven todavía con pla- 
cer, y aaancian lo que iba á ser el arte con et tiempo. El número 
de los arquitectos es mocho menor, y aun desciende eon»derable-- 
mente de este áltimo, el de los escultores. 

Se presentó esta que 96 llama época de reíacimiento brillante y 
magiífioa en extremo. De la grandesa de la iglesia de San Pedro 
na hubo templo alguno en Grecia y en Roma; y ya llevamos dicho 
que de todos cuantos monumentos de esta clase se erigieron después^ 
se quedó el primero en méñto y grandesa como en el orden ere- 
Bológico : los escultores y pintores de la misma época también se 
qnedaroD los prisMiros. Los nombres ya diados, los de Miguel 



ekfVTüw vh. 101 

gd, de Andrés dd Sarto, de) Parmesano, del Torrígiaoo*, del Pri*- 
maticio, de BenveDuto Gelioi y oíros, por oinguoo bao sido eclip- 
sadas oi igualados. Así la primera mitad del siglo XYI fué el apo- 
geo de las nobles artes eu Italia, donde parece que la naturaleza 
tuvo ¿ gala agrupar en aquel periodo sus mas grandes genios, de 
modo que la segunda mitad del mismo siglo, aunque también de 
brillo, aparece en comparación desnuda de interés y mérito. 

Bd Espafla también cuentan las bellas artes larga fecba, quiz& 
tan alta como la de Italia. Hasta fio del siglo XV fué mayor el nú- 
mero de los escultores que el de los pintores. Mas de cincuenta se 
coeotao de los primeros entre entalladores, tanto en piedra y en 
madera como en estatuarios, cuyas obras se admiran todavía. Las 
estatuas carecen de corrección y de dibujo; mas en materia de 
adornos, de sillerías de coro, de lujo y suntuosidad en retablos y 
sepulcros, nos quedan del siglo XIV y XV monumentos admirables. 
La arquitectura, era la magnífica que se usaba entonces, y de que 
tan alta prueba dan nuestras catedrales. En pintura estábamos mas 
escasos, siendo de notar que este arte floreció mucbo menos que el 
primero tanto en dicbos siglos, como en los dos primeros tercios 
del XVI. 

La escuela de nuestros grandes artistas que desde esta época 
quisieron distinguirse , fué la italia. Allá corrieron atraídos de la 
fama de los grandes hombres, bajo cuyo aprendizaje se pusieron, 
cuyas obras y los grandes modelos del antiguo , eran objeto de m 
estudio. Sin embargo, los artistas, sobre todo pintores de gran fa- 
ma, que produjo EspaDa, no pertenecen al tiempo de Carlos V. fin 
escultura aprovechamos mas, y entre otros artistas distinguidos flo- 
reció Alonso Berruguete, que lució en EspaDa las lecciones que re- 
cibió en Italia. 

Con respecto á la arquitectura restaurada, ó greco-romana, tam- 
poco nada de grande produjo en Espafia dorante la misma época. 
Los grandes monumentos de este género estaban destinados para 
el reinado de Felipe. 

Las demás naciones de la Europa presentan en la primera mitad 
del siglo XVI incomparablemente mayor escasez que nuestra Es- 
palla. La Francia no produjo en toda esta época un arquitecto , un 
escultor, un pintor célebre. A últimos del siglo XV se erigió en In- 
glaterra un grandioso monumento de arquitectura; á saber , la ca- 
pilla de Enrique Vii pegada á la misma iglesia de Westminster; 

Tomo I. 14 



1 02 HISTORIA DB FELIPE n. 

mas faé por el estilo gótico. Por lo demás, nÍDgan pintor ni escul- 
tor, cuyas obras se celebren con elogio. Los Paises-Bajos produje- 
ron al pintor Lucas de Leyden ó Lucas de Holanda, que raya entre 
los grandes de su clase. Igual suerte tuvo Atemaoía con Alberto 
Durer ó Durevo de Nuremberg, y aun mas brillante la Suiza con 
Juan de Holbein ó Holpeiu, natural de Basilea, que retrató á Eras- 
mo, al cardenal Wolsey, al famoso Tomás Moro , y por su gran 
reputación fué admitido al servicio del rey Enrique VIH de Ingla- 
terra. 

Se puede decir que en la mitad del siglo XVI fué Italia la mooo- 
polizadora de las nobles artes. Sus profesores debieron adquirir un 
nombre célebre y famoso entre los mas esclarecidos. Así sus obras 
fueron apetecidas, deseadas con ardor, compradas á los precios mas 
subidos por los que hacian do su posesión un objeto de lujo y mag- 
nificencia. Así se vieron los artistas mismos objeto de admiración, 
de entusiasmo y hasta de respeto , por los primeros personajes de 
la época. Rafael vivia con toda la riqueza , y hasta el boato y es- 
plendor de un príncipe. Correspondieron las exequias á tanta nom- 
bradla, y su cadáver fué acompasado al sepulcro por los hombres 
mas esclarecidos. En el salón del Vaticano , donde se le puso de 
cuerpo presente, figuraba como adorno principal su cuadro de la 
Transfiguración, que acababa de pintar; el primer monumento de 
este arte en todo el orbe. No se desdeDó el emperador Carlos V, 
hallándose en el taller del Ticíano, de coger del suelo el pincel, que 
por casualidad se habia caido al artista de la mano. ¿Qué favores y 
obsequios se podían negar á los que imprimían en lienzo ó en ta- 
bla con tanta fidelidad y maestría la imagen de los principes; á los 
que dirigían la fábrica de la iglesia de San Pedro; á los que pinta- 
ban sus cúpulas ; á los que decoraban los salones del Vaticano ; á 
los que adornaban los templos con monumentos tan magníficos del 
arte? Sus grandes y eminentes profesores han dado en cierto modo 
la ley en todos tiempos. ¿Qué no debía suceder , cuando eran á la 
par de eminentes, tan escasos? 

El buen tiempo para las ciencias naturales y exactas no habia 
venido todavía, ni en Italia, ni en las demás naciones de la Europa. 
No fué en este sentido aquella primera mitad del siglo XVI, .época 
de renacimiento ; lo fué de una invención grande, magnífica, de la 
mayor importancia, única en su línea. Mientras Rafael pintaba, y 
Miguel Ángel esculpía, meditaba un sabio oscuro del Norte de Ale- 



€APÍTÜÍ0 TU. 103 

manía su sistema solar ó plaDetario , eD que se daba fijedad al sol, 
y se hacia mover á la tierra como á los demás planetas en derredor 
de dicho astro, considerado como centro del sistema. Para algunos 
DO fué Copérnico el inventor ; mas siempre será una gloria suya 
haberle estudiado, modificado y reproducido, sin tener en cuenta la 
oposición encarnizada que iba á encontrar en las doctrinas y creen- 
cias dominantes. De todos modos , la aparición de este sistema no 
hizo gran ruido por entonces. Estaban los papas demasiado ocu- 
pados en sus guerras, de sus placeres, de sus artes , y del aspecto 
religioso que presentaba la Alemania , para dar demasiada impor- 
tancia á una teoría, que tal vez tomaron como un suefio , como un 
extravio de la fantasía, como son considerados en un principio to- 
dos los inventos. Con el tiempo fueron mas serias las inquietudes, 
y mas pesados los disgustos. 

El descubrimiento de Copérnico fué el único de su clase en aque- 
lla primera mitad del siglo XYI : hasta la segunda no fué verdade- 
ramente estudiado, aplicado y meditado. En ciencias exactas y físi- 
ca natural se daban pocos pasos. No habia venido todavía la época 
de la experiencia, y en las universidades se continuaba bajo la tu- 
tela de Aristóteles. Se cuidaban mas los hombres de la astrología 
jadiciaria, que de verdadera astronomía , y corrían con la misma 
ansia que en los tiempos anteriores , tras de los misterios y ofertas 
de la alquimia. En matemáticas puras se hacían los progresos que 
son tan naturales , hallándose bien sentados los elementos de la 
ciencia; sobre todo, inventada ya el álgebra, uno de los mas pode- 
rosos que la desarrollan. En el arte de la navegación se hicieron, 
sin duda, los grandes progresos que eran necesarios , en vista de 
los mares inmensos que en todos sentidos se cruzaban, y los países 
vastos y lejanos que se descubrían. Los adelantos de la navegación 
y geografía eran precisamente simultáneos. La historia natural, por 
poco que los hombres se mostrasen observadores , no podía menos 
de seguir sus huellas. 

Las ciencias eclesiásticas también debieron sin duda de progre- 
sar mucho en aquel tiempo , en que la imprenta se consagraba en 
gran manera á la difusión de la Biblia y de los santos Padres , en 
que tantas plumas sabias se dedicaban á traducir en latín los de la 
iglesia griega, á fin de hacer mas fácil su lectura. Las contiendas 
religiosas que en aquella época se suscitaron , sin duda sirvieron 
de nuevo estímulo al estudio, en uoos por curiosidad, en otros por 



104 HISTO&IA DÚ FBUPE II . 

fortalecer sus creeocías, y eo do pocos para buscar aronas cao que 
preseotarse eo la batalla. Mas de estas guerras , y del movieeiieDto 
que eo el espíritu de los hombres imprimieroo, hablareoios coq mas 
extensión en adelante. 

En cuanto á las letras puramente humanas, eran visibles los pro- 
gresos en todos los puntos de Europa, y el nuevo gusto que en sus 
diversos ramos se iba desplegando. Era, como ya hemos insinuado, 
favorito y como de moda el de los grandes modelos de la antigae<- 
dad, que la imprenta infatigable reproducía en diversas formas, 
originales los unos, traducidos al latin , y aun k lenguas vulgares 
otros, satisfaciendo apenas el ansia con que se buscaban (1). Los 
historiadores y poetas eran los mas apetecidos, y los que se imita- 
ban cual mas , cual menos , en todas las composiciones de ambas 
clases. El arle militar no fué menos objeto de indagaciones que los 
otros. Con Cicerón y Tucídides, se estudiaba á Polibío « á César , á 
Vegecio. 

Fué suerte de Italia haber florecido en la primera mitad del si- 
glo XVI, tanto en literatura como en artes, hasta el punto de redu« 
cir la segunda con pocas excepciones casi á un estado insigniflcaa- 
te. Ya desde la última mitad delsiglo XV en Roma , en Venecia, 
sobre todo Florencia, en la corte de los Médicis, florecieron ingenios 
grandes en verso, coprosa; profesores célebres de literatura antigua» 
que difundían su gusto en toda Italia. Los Policianos, losPoggíos, los 
Poníanos, los Philelfos eran buscados, protegidos, festejados por ios 
grandes personajes, por los príncipes que tenían & honor el contarlos 
entre sus primeros cortesanos. A la mesa de Lorenzo de Médicis el Mag* 
nífico, padre del papa León X, se celebraban y cantaban los poemas 
de Policiano, el Morgan te del Pulci, el Orlando enamorado de Mateo 
Boyarda. A principios del siguiente, encantó la Italia Ariosto cod 
su magnifico poema, el mas fecundo en bellezas de toda especie que 
salió de manos de hombre; donde lo maravilloso de la invención 
compite con lo ingenioso del tejido; donde se disputan la palma to- 
dos los géneros, desde el bufón hasta el sublime; donde se pasea la 
imaginación por un laberinto de descripciones que embelesan; don- 
de los personajes son sin número con una variedad de caracteres 
que sorprende; donde el lector no se pierde en lo eomara&ado de 



(1) De tofl progresos que hacia esle arte tipográfloo, depoaen las ber monas edioioBes de ai|o«l 
tiempo, en llalla, Alemania, en los Países Bajos y aun en algunos puntos de Espafia, aunque en 
oela mucho menor que es dlobos países extranjeros. 



GiBCTOLO YU. 105 

botas avM toras; doode do se cansa ni fatiga oon tantas batallas, y 
sobre todo con tantos daelos de hombre á hombre; donde el poeta 
sopo celebrar todas las glorias de las principales familias de sa 
tiempo, y tuvo la admirable habilidad de sostener la atención, y cau- 
tivar la curiosidad durante cuarenta y seis cantos cuya circunstan- 
cia solo depone de la gran belleza de su poesía. Todo esto se en- 
cuentra en el Orlando Furioso, producción admirada por cuantos 
hombres aman la literatura, y se precian de buen gusto en todos 
los países de la tierra. 

En la corte del magnícco León X tenian acogida y protección 
cuantos en las letras vallan y brillaban. Ningún medio y estímulo 
se omitía para aunar el ingenio, producir imitaciones y restaura-* 
eiones de lo antiguo, ó nuevas creaciones. Los cardenales Bíbiena, 
Sadolet y Bembo daban el ejemplo. Delante del pontífice se repre- 
sentaban comedias imitadas de Planto, dándose al poeta mucha 
mas libertad y mas ensanche de lo que á los oídos de un vicario de 
Cristo convenia. Mas dejaremos para su tiempo y lugar semejantes 
consideraciones. Otro cardenal (d Trissino), publicaba su IMa tír- 
berattadai Gotti, que aunque no de un gran mérito, contribuyó al 
aumento de la riqueza literaria. Al mismo tiempo que tanto se dis- 
tinguían los poetas, tambieo brillaban los prosistas. Guichiardini, 
GiaoAone, Paulo Jovío y otros, aspiraban á imitar en sus produc- 
ciones históricas á los Herodotos y los Tito-Lívios, y empezaron la 
nueva época de los historiadores. 

Entre los grandes ingenios de aquel tiempo se debe un lugar dis- 
tinguiáo á un hombre célebre por sus producciones igualmente que 
por las grandes vicisitudes de su vida pública; un hombre que hizo 
grandes servicios, y desempelíó comisiones importantes y suma^ 
mente delicadas; que estuvo en cárceles y sufrió tormentos; que es- 
cribió la historia de su patria; que trabajó comentarios sabios so- 
bre Tito-*Lívio, aplicados 4 su tiempo, que dio lecciones de reinar 
á príncipes; que escribió lo mejor que se dio á luz en aquel tiempo 
sobre el arte de la guerra^ y entre otras producciones del género^ 
festivos, compuso las dos mejores comedias de la época* El nombre 
MachiaveHi ó Maquíavelo, como nosotros le llamamos, es grande y 
famoso, sin que ios tres siglos que le sepaian de nosotros le hayan 
hecho perder nada de su mérito, considéresele bajo cualquiera de 
los conceptos en que ha brillado. Gomo historiador es profundo; co- 
mo publicista sagaz y conocedor de las cosas y los hombres de su 



1#6 H18T0BIÁ M nura u. 

tiempo; eomo iogenio agado, Ueoo de sales, natrídodel boen gosto 
qae animaba á los antiguos; como escritor militar, díó á entender 
qae si no mandó ejércitos, no hubiera tal vez figorado mal á su ca- 
beza. Sobre su tratado del Príncipe, qae es una escuela de déspotas 
y tiranos, se formaron en la Europa diversas opiniones. Al princi- 
pio se creyó de buena fe que los consejos que daba á los príncipes 
eran sus propias ideas, lo que imprimió una mancha de infomia en 
el nombre de Maquiavelo, haciéndole pasar por factor y cómplice 
de todos los tiranos; jcoü el tiempo se modificó esta opinión, y se 
quiso yer en el príncipe de Maquiavelo, no consejos dados de bue- 
buena fe, sino verdaderas advertencias á los pueblos. En el dia tal 
vez revive la primera opinión, y pasa como cosa recibida que el au- 
tor expresó francamente sus ideas, y aconsejó á los príncipes lo que 
estaba mas en las opiniones y política del tiempo. Lo que aparece 
es que en sus acciones como hombre público se mostró equívoco, y 
tanto se puede creer que tuviese principios liberales, como los opues- 
tos. Sin embargo fué basta cierto punto mártir de la libertad de su 
pais (Florencia), y uno de los grandes apóstoles de la independen- 
cia de la Italia. 

A Espafia no habia llegado el tiempo de oro literario en la pri- 
mera mitad del siglo XYI; tal vez no fuimos menos ricos en la úl- 
tima del siglo XV. El rey don Juan II protegía las letras, y no se 
mostró mal poeta y trovador, distinguiéndose mas en este género 
que como rey y gobernante. La tierra que cultivaba con amor lle- 
vó sus frutos- Los nombres del marqués de Santillana, del marqués 
de Villena, de don Jorge Manrique, de Juan de Mena, de Macias, 
del Bachiller de Ciudad-Real, eto., figuran todavía con gran esplen- 
dor entre nosotros. Mientras estos ingenios brillaban en el campo 
lozano de la literatura, escribía sobre materias eclesiásticas y civi- 
les el Tostado obispo de Avila el prodigioso número de volúmenes, 
cuya vista sola agobia la imaginación bajo el peso de tal fecundidad 
quizá única entre todos los escritores antiguos y modernos. En el 
reinado siguiente, y en el inmediato, florecieron Hernán Pérez de 
Guzmau, Hernando del Pulgar, sabio coronista de los reyes Católi- 
cos, y entre otros el ingenioso autor de la tragicomedia Amores de 
CoHsto y Melibea, ó sea £a Celestina. Y mas al siglo XV que al si- 
guiente pertenece Antonio de Lebrija, célebre humanista historia- 
dor, filólogo, gramático, expositor sagrado, poeta, médico, una de 
nuestras grandes riquezas literarias. 



awroLovTr. 10T 

So la primera mitad del siglo XVI descuella üd poeta insigne, que 
fijó á tal punto la lengua de su arte, que aparecen sus obras como 
sí estuviesen escritas de estos dias; poeta que adoptó el endecasíla- 
bo italiano como regla; poeta que en sus églogas imitó casi á la le- 
tra, é igualó en dulzura varios pasajes de Virgilio, aunque en otros 
no fué tan feliz, y se mostró sobre todo muy oscuro. Se presentó 
Garcilaso casi solo en la escena poética del principio de aquella 
época: no tuvo rivales ni aun participantes de su gloria. Su amigo 
Boscan, y cuyo nombre va asociado con el suyo, adoptó igualmen- 
te, y le sugirió la idea del verso endecasílabo. Mas no alcanzó su 
fama, aunque las obras de ambos se hayan publicado algunas ve- 
ces juntas. Al mismo tiempo que la poesía pastoral y lírica comen- 
zaba á florecer, salia de su cuna la dramática. Villafobos, Naharro, 
Timoneda y Lope de Rueda, presentaban ensayos, ya en versos ya 
en prosa, ora imitando y traduciendo á los antiguos, ora imaginan- 
do asuntos nuevos; aquí en piezas de carácter y de abierta censura 
de costumbres, allí creando el género novelesco, á cuya invención 
rindieron homenaje, consagrándola como ley, los ingenios que les 
sucedieron. Mas á pesar de lo mucho que se adelantaba, ni en este 
género dramático, ni en ninguno de los que constituyen la bella li- 
teratura, si hacemos excepción de Garcilaso, pasó la época de Gar- 
los V de ser un simple preludio de la de su hijo. 

Lo mismo podemos decir de los demás ramos del saber y la lite- 
ratura, aunque con excepciones im(K)rtantes. Acerca de cuatrocien^ 
tos asciende el número de escritores, cuyas obras se publicaron en 
Espafia desde principios del siglo XVI hasta 1556, fin de la domi- 
nación de Garlos V. Entre ellos hay algunos que adquirieron el 
gran Heno de su reputación, un poco antes ó después de dicha épo- 
ca; mas los incluimos, por haber tenido lugar en ella la publicación 
de alguna ó la mayor parte de sus producciones. Pertenece ala pri- 
mera clase, entre otros, el historiador y cronista Hernando del Pul- 
gar, Rodrigo Gota, ya citados; y sobre todo, la grande gala espa- 
ñola literaria, el gran monumento de lo que entonces se sabia; á 
saber: Antonio dé Lebrija, nacido en 1444, y fallecido en 1522. 
Asi como hemos insinuado, pertenece mas al siglo XV que al si- 
guiente. 

Entre estos escritores se encuentran cultivados casi todos los ra- 
mos del saber y la literatura en sus diversos géneros. En ellos hay 
historiadores, médicos, juristas, matemáticos, astrónomos, poetas 



i 



108 HISTOETA Mí PSLIPB If . 

• 

en iatio y en eastollano, tradoctores tanto de italianos como de clá- 
sicos, griegos y latinos. Los mas pertenecen á la clase sagrada y 
religiosa; ya como teólogos dogmáticos, ya como expositores, ya 
como controversistas, género tan cultivado en aqoella época de 
contiendas religiosas. Dejando aparte esta clase de aatores reli* 
giosos, se distinguen entre los escritores de aquella época, los nom- 
bres de Pérez de Guzman, Pérez del Pulgar, Rodrigo Cota y Anto- 
nio de Lebrijai ya citados; los de Alfonso de Ojeda, Francisco de 
Gomorra y Gonzalo de Oviedo, historiadores y cronistas de las In- 
dias; de Bernal Diaz del Castillo, historiador de la conquista de 
Méjico, obra preciosa, por haber sido el único testigo ocular narra- 
dor de aquella empresa; de Florian de Ocampo, que comenzó la 
crónica generad de EspaDa, continuada por Morales; de Alfonso de 
Ulloa (1), historiador de Carlos V y de su hijo; de Alonso Herrera, 
sabio escritor de agricultura; de Andrés Laguna, sabio médico, ilus- 
trador de Dioscórides, y autor de muchas obras en su ramo; de Al- 
fonso García Matamoros, célebre humanista, qué escribió varios 
tratados sobre la oratoria; de Alfonso de Orozco, que, como excep- 
ción de la regla, mencionamos por la profusión de sus escritos re- 
ligiosos; de los Argensolas, ya algo conocidos en aquella época (2); 
de Alvaro Gómez de Castro, biógrafo del cardenal Jiménez de Cis- 
neros; de Alvaro Gómez de Ciudad-Real, historiador y poeta (3); 
de fray Bartolomé de las Casas, tan conocido por sus obras en fa- 
vor de los indios; de fray Bartolomé de Carranza, que aunque teó- 
logo, mencionamos, en atención á lo ruidoso de su nombre eD 
tiempo de Felipe H; de los santos Ignacio de Loyola y Francisco de 
Borja, que insertamos por la misma causa; de Diego Cobarruvias y 
Leíva, insigne jurisconsulto; de Diego Gracian de Alderete, traduc- 
tor de Jenofonte, Plutarco y Tucídides, historiador, además, y autor 
militar; de Diego Gómez de Ayala, traductor de Sanazzaro, é imi^ 
tador de Bocacio; de fray Domingo de Soto, teólogo que tambieD 
mencionamos, por haberse hecho célebre en el concilio de Trento; 
de Feliciano de Silva, escritor de caballería andante; de Fernando 
de Córdoba, hombre sapientísimo, que escribió de casi orntii sdbili; 
de Hernán Cortés, que también escribió cosas de Indias; de Fer- 
nando de Magallanes, que nos dejó el diario de su navegación ; de 



(1) Stt nombre perteneoe mas al reinado de Felipe II qne al de an padre. 
(1) Perteneoe oaai excloalvamen te á la aignlente. 
¿S) Perteneoe maa al alfllexy. 



táfWüM vn. 109 

Femando Nulldiáe Gaznaa^ tradootor w ktw de la griega Temo 
da fosSeteaiaj de Franoiseoda Eociaas^ tradactor dal Naava Taata^ 
BMoto del griego al casMllaoo; de Garóofano da Ckaveí, matemáti*^ 
co 7 oastaiiégrafo; de Geróoima Saoipera, autor de la Carolea, y 
poeta ea verso heróioo; deGeréoima de Zurita^ aoalistft de Amgoo; 
de fitrÓDÍiDO Urreai htetoriador liuiBaiiÍ8ta« eaerítor tDÜitar, tradue- 
tor del Arbsto; de Httgo da Urriea, tradoctar de Valerio lláximet 
di Juaa Straay^ exposiMr de PIídío y Séoeca; de Joao Gioéa de 
Sepáiteda^ hiatoriador, filósofo^ matettátioo, hamaDÍstayJuriacoa- 
sitto; éb Juaa Luis Vives, escritor de úmni sábitii 4e íaai de lla*^ 
km, aseritor dm^átioo; de fiartoltaié de Torres Navarro^ Juan de 
VíaiODeda y Lope de ftaeda, ya Otados (l)i dé doo Lorenzo de Pa^ 
dtita^ aatiebario, historiador» geógrafo; dé Mattío Cortés, coeinó-^ 
grafo y aavegaate; de Migad de Urrea^ ttiadoctor de Vitrubio; de 
saa Pedro de Áloánlara; de Pedro GíruelO) lógico, matetuático y 
aatrélogo; de Pedro Mefia, historiador y hefenista; de fnay Frao^ 
dsco de Valverde, historiador ét las goenras de Amériea; de AUSnab 
de Córdoba, doctor ao artes y medicina) qae publicó tablas aatro- 
DÓmíeaa; de AMomo de Faeotts^ poeta hamaAista, astróooioo y hs^ 
tnMogo; deAMoasa de SalaierOh (i); de fray Aotonio Guevara^ oro» 
Dista de Carlos V; de Antonio de Torqueioadaf antor del libra de 
eabatleria de Olivante de Laura; de Bernardo de Vargas, esoritar 
del nisino ^aero (don Clrongoillo de Tracia); de Fraocisoa San^" 
ches (BroooMe) (3); de Ganaalo Pérez, traéictor de la Odisea da 
Homero dd griego ai castellano (4). 

Se ve por esta corta enumeración á que pudiéramm dar mucbi*^ 
siíaoB eaaaaebes^ que dejaado api^rte la teología y demás deneias 
religioaas y eolesi&stlGas, easi todos ks ramos del saber y la litera^ 
tora se pnUieaban en Kspalla en la época de Garlos V (5)4 

Sf pasamos á Franela, eneoatraremos sobra literatara mas esto-* 
rtlidad fia en nuestra patria. Ea loe siglos IV y IVi fuimos, mú 
dada, oms ricos q«e ella^ en todas olases de literatura. 8w poataa^ 



^) Istos dos últimos pertenecen mas al reinado de Ifellpe lí que al de sn padre, 
(t) No 86 Imprimieron sus obra<i hasta el reinado de Felipe II. 

(3) fertenece mas al reinado de Felipe II. 

(4) Ídem. — ^Tenemo4 que advertir que ana gran parte de estos autores pertenecen en el orden 
«pondidgloo á tas dosópoMs de €«rloe Y y 4e«» tii^ M^e U^ por h» traal «o tfe le* p«eM«t)*iiir de 



(S) Yéase la Biblioteca nueva de don Nicolás Antonio.— Al fin de esta obn ■» dará ub 
^•réviéa «Ittbáitteo, de lot eMrittimíf wrUtltm y denáe fotsatw» 4m ffm aanfcwi ftte ieMciflh>n 
en Bspalla durante el siglo XYI. 

Tomo i. 15 



1 f (F nsToifi DK VBSPi n. 

sobre todo en la primera mitad del siglo de que faabramos, faeron 
poeos, y apenas ya leídos, si exceptuamos tal vez á Clemente Ma- 
rot, del que en otro capitulo hablaremos. Francisco I protegía las 
letras, aunque probablemente no merece el título de padre suyo, 
que algunos le regalan. El mismo era poeta^ y bacía versos. Entre 
I os prosistas sobresalen Amyot, que tradujo á Plutarco y las pastorales 
de Longo; la reina de Navarra, hermana de Francisco, que publicó 
cuentos aun leídos y apreciados en el día con el nombre de los 
cuentos de la reina de Navarra; y sobre todos, el fomoso Rabelais, 
cura de Meudon, que en estilo original, y bajo el manto de ficcio- 
nes alegóricas estravagaotes y chocar reras, hizo tanta burla de ca- 
si todas las cosas de su siglo (1). La lengua francesa de aquel 
tiempo distaba mucho del estado en que la vemos en el día. Apenas 
estas obras se comprenden sin glosario explicativo, en lugar de que 
las nuestras de la misma época, son para nosotros claras, á excep^ 
cion de alguna que otra voz caída ya en desuso, y de algunos giros 
de frase también condenados al olvido (2). 

En Inglaterra y en Escocia todavía encontraremos mas esterili- 
dad que en Francia. Ni poetas ni prosistas de aquella época tienen 
hoy un nombre y fama en Europa. De esta regla se puede presen- 
tar como excepción á Tomás Moro, tan conocido en el mundo lite- 
rario por su Utopia, y en la historia por haber preferido un cadalso 
á la retractación de sus ideas religiosas. También Enrique VIH fi- 
guraba en el mundo literario por un libro de controversia mas fa- 
moso por el nombre de su autor, que por su mérito, á lo que dioeo 
los inteligentes. 

En general los grandes escritores de aquella época tanto en In- 
glaterra como en Escocia, comeen los Países-Bajos, como en Ale- 
mania, tienen tal conexión con las controversias religiosas que en- 
tonces se agitaban, que solo se podrá hablar de ellos cuando se 
trate esta materia. Tanto dentro de estas como fuera, aunque su ca* 
rácter fué siempre muy ambiguo, se puede considerar como una 
gran lumbrera literaria al sabio Erasmo, holandés, autor de mu- 
chas obras sagradas y profanas, gran teólogo, gran crítico, grande 



(1) Babelals es ano de loa autores roas dlgnoa de eatudlo d6 la épocíí por tu manera original, por 
el gran fondo de instrucción y de erudición que en medio de mil extravagancias y obscenidad ss 
maniflestan sus escritos. 

(t) Sobre los autores exlrai^feros entraremos en mas expUoadones cuando lleguemos al ttampo 
de Felipe II. 



GÁHTÜiOYU. ill 

hüffianista, helenista distingoido, moy zeloso de la restauracioo de 
los tesoros de la aotigñedad, traductor de algunos padres déla igle- 
m griega, y que por haber escrito casi siempre eo latió, y do tener 
residencia fija en parte alguna, se puede considerar como un hombre 
sin mas nacionalidad que de europeo. 

No terminaremos este artículo relativo al saber de la primera 
mitad del siglo XVI, sin consagrar algunas líneas á lo que sin duda 
debió de contribuir al aumento de sus luces; queremos hablar de 
los descubrimientos, peculiaridad tan gloriosa y distintiva de la 
época. Increíble parece que desde 1492 en que Colon aportó por 
primera vez á la isla de San Salvador, apenas se pasó medio siglo 
sin que se hubiesen descubierto, recorrido y conquistado en el nue- 
vo continente mas regiones que lo que abraza el triple de la^su- 
perficie de la Europa; y no olvidemos que casi al mismo tiempo 
que conquistaba Cortés el imperio Mejicano, descubría Magallanes 
el estrecho de su nombre; llegaba á las Indias Orientales por el 
rumbo del Poniente, tal vez el mismo objeto que Colon se propuso 
en un principio, y siguiendo siempre la misma dirección, tuvo uno 
de sus navios, mandado por el espafiol Sebastian de Elcano, la 
gloria de ser el primero que recorrió toda la circunferencia de la 
tierra. Por fabulosas tendríamos aquellas expediciones y conquistas, 
si no hubiesen sido como de ayer, si los mismos resultados mate- 
riales no fuesen pruebas evidentes de los hechos. ¿Qué eran estos 
otros hombres que tanto osaban y emprendian? Mas todo lo explica 
el corazón humano, ardiendo en deseos de fama, devorado de 
aodbicion, sediento de oro, á quien se abría en el nuevo mundo 
un campo de fortuna, cerrado tal vez por falta de nacimiento ó de 
favor en el antiguo, ^sí se comprenden aquellas expediciones gi- 
gantescas y osadas, emprendidas con tan escasos medios, aquellas 
rivalidades de los mismos jefes y caudillos, aquellas guerras civiles 
que en medio de las mismas conquistas se encendian. Conquistó el 
imperio Mejicano Hernán Cortés contra la voluntad y en completa 
rebeldía contra el gobernador de Cuba; fué ajusticiado NuOez de 
Balboa por los mismos suyos, después de haber descubierto el mar 
del Sur; y Pizarro y Almagro se hicieron la mas cruda guerra des- 
pués de apoderados del vasto y opulento imperio de los locas. A 
una de estas escisiones se debió el descubrimiento de todo el pais 
que media entre la Florida y el Norte del imperio Mejicano. Por 
otra separación de las tropas de Pizarro en disidencia el mismo de 



llt GiFITUiO vil. 

SQ jefe prlneipal, deic«ibrí6 Orsllana el río de tu Antroaas; y em- 
bareáfidosd ea él sia «aber 9q direeeioa, dcaeeDéid mas de oeho«^ 
eieotaa leguas, abriéndose paso per medio de sal vajea, hasta qne se 
vié, em gran sorpresa saya, en las coalas del Atláoifico. hnr na 
efecto de igual desaveDeucía se coa quistó & Chile. Así por una mei- 
ela de casual combinaoion de ?aIor, da audacia, de rivalidad y de 
discordia, ctesde el origen del Misisipi hasta el paralelo do la em- 
bocadara del rio de la Plata, todas las regiones i donde habían 
llevado sn planta aquello» ÍAp&vídos aveatnreros, estaban ya por 
los afleo de 1848 sujetas á la corona de Gastílla. 



i 



CAPrrtítovm. 



C«iiti«iidaa r«li$iqM» en I4 época de Carloa V.— Lutero y |klein9Qia.i-«Piet«K.-4>r9- 
testantes. — Confesión de Augsbnrgo — Guerra de los paisanos.— Anabaptistas.— < 
Interím.— tVabuIo de Passaa.— Primer concilio de Trento, 



No sin groD recelo entramos en un asunto tan d9 sayo deUca4Q« 
donde ea dificil acertar por circqnspeccion y prodencía qne se ob- 
ierren. No tocaríamos esta parte de las contiendas religiosas del si- 
glo XVI, si en sus anales no hiciesen un papel tan distinguido. 
Mas creeríamos dejw incompleto el bosquejo que tenemos entre 
manos, si pasásemos por alto de aoontecimientos importantes que 
influyeron en los destinos de tantas nacionea de Guropa y aun fue- 
ra de nuestro continente. Cumpliremos pues, aunque á pesar nues- 
tro, con el deber de historiadores, penetrados de nuestra incompe- 
tencia para ser otra cosa en la materia, que expositores simples de 
hechos. Narraremos, no demostraremos. Hablaremos de controyer- 
nas, de escisiones, de guerras religiosas como puntos puramente 
bistiMcos. Como tales, haremos mención de hombres, que sin pen< 
garlo ellos mismos, sin prepararse i ello, por una casual combi- 
nación de circunstanQi4^>, se hicieron célebres en ^ mundo, altera'- 
ron sus creeaeías, hombrearon, siendo de una condición oscura, con 
loa mismos reyes, y en ciertos casos triunfgiron de su política, del 
brillo de su ma|estad, de la fuerza positiva de sus armas. 

Inmediatamente que un dogm^ teológico ó religioso.se estaUepe, 
surgen en derredor explicaciones y comentarios, que si unos se 
atienen á su espíritu y contribuyen á mantener la unidad w el 



114 fflSTOBU DS FEUPE If . 

cuerpo de creyentes, se alejan otros de él, formando bandos ó es- 
cisiones que muchas veces sin respeto & la conciencia ajena se 
aborrecen y combaten mutuamente. Cuanto mas superiores son es- 
tos dogmas ó creencias á nuestra comprensión, mas campo abren 
á sutilezas, á sistemas ingeniosos, á la ambición del amor propio, 
que tanto gusta de lucir y abrirse un camino que el vulgo no co- 
noce, para captarse después su admiración, poniéndose á tanta al- 
tura de su limitada inteligencia. No se ve, no se ha visto otra cosa, 
en cuantos sistemas religiosos aparecieron en varios puntos y en 
diversas épocas. Todos tienen y tuvieron sus escisiones, sus here- 
jías, sus sectas, que se han mirado mutuamente con mas ó menos 
espíritu de tolerancia, según la naturaleza de la disputa y los inte- 
reses que promueve. No todos los judíos, ni todos los mahometa- 
nos, oi todos los adoradores de Brama, piensan absolutamente las 
mismas cosas, ni están completamente acordes en materias de 
creencia. Todas estas religiones tienen sus doctores, sus comenta- 
dores, que han explicado sus libros sagrados á su modo, y dividido 
la masa general en tantas sectas, cuantos son los que se erigen en 
jefes de doctrina. 

Lo mismo debió de haber sucedido, y con efecto sucedió en el 
cristianismo. Desde los primeros siglos de la Iglesia se suscitaron 
en su seno varias escisiones ó herejías (1), pues con este nombre 
se conocen. Solo los muy versados en la historia y materias ecle- 
siásticas, son capaces de contarlas, definirlas y explicarias; tal es 
su número y la diversidad de sus doctrinas. Mientras la Iglesia 
permaneció en su oscuridad, meramente tolerada, cuando no abier- 
tamente perseguida, debieron de ser estos heresiarcas poco conoci- 
dos de la gran masa de los fieles. Mas después que la religión se 
vio triunfante, y como sentada sobre el trono, comenzaron igual- 
mente á adquirir publicidad las sectas heterogéneas que la dividían. 
Comenzó el amor de la disputa, el gusto de sutilizar, la ambición 
de ser jefe de escuela, el espíritu de intolerancia y las demás pa- 
siones que á las primeras son anejas; comenzaron, decimos, á tur- 
bar la paz de la Iglesia, en un sentido muy diverso de los empera- 
dores que la hablan proscrito. Era un asunto indispensable de qae 
no podia prescíndírse, el cortar de raiz esta disidencia en las doc- 
trinas. Para ello fué preciso que los prelados, ó jefes, ó inspectores 



U) Qoregl«,tM9resli,airesid, eleooioa, seoia. 



" CAPTTDLO Vm. lis 

de las principales iglesias locales, que ios presbf teros de mas santi- 
dad, mas prestigio y mas ciencia, se reuniesen para explicar, co- 
mentar, definir los principales pontos de doctrina, y decidir en 
coerpo los que debian admitir y profesar la masa de los fieles. Es 
lo que hicieron los concilios generales. Guando al fin de las sesiones 
de uno, parecía quedar asegurada la concordia de la Iglesia , se 
suscitaba otra nueva tempestad , que hacia indispensable la cele- 
bración de otro , cuyos resultados eran tan precarios como los del 
precedente. En ninguna época dejaron de ser indispensables estas 
reuniones ó concilios; en ningún siglo dejaron de aparecer hombres 
argumentadores, sutiles y díscolos, arrastrados unos de sus ilusio- 
nes, y otros por la mala fe, que propalaban y sustentaban doctri- 
nas nuevas, ó bien anteriormente reprobadas , ó que provocaban 
nuevos comentarios (1). Cuanto mas se arguia y disputaba, mas y 
mas se agrandaba la arena de la controversia. En estas disputas y 
conflictos, no solo se excitaban odios y fomentaba la discordia, sino 
que el espíritu de intolerancia se manifestaba en hechos. Hubo des- 
órdenes, violencias y persecuciones , obispos expulsados de sus si- 
llas y despojados de su dignidad , confinados en destierros y pros- 
critos. Algunos fueron separados del seno de su grey y vueltos á 
sus brazos á fuer de tumultos populares. Uno de los primeros pre- 
lados, y hasta oráculo de su siglo , san Atanasio, fué por sus doc- 
trinas cuatro veces expelido y restituido otras tantas á su silla pa- 
triarcal de Alejandría. 

En la iglesia latina no se levantaron tantas herejías como en el 
seno de la griega. No eran los del Occidente tan sutiles, tan dispu- 
tadores, quizá tan sabios como los de Oriente. Mas si no se mos- 
traron tan hábiles para argumentar, fueron mas duros en manifes- 
tar su intolerancia. Bien conocidos son en la Europa los horrores, 
la sangre y calamidades de todo género , que á principios del si- 
glo XIII acarreó la herejía de los albigenses , llamada así de la 
ciudad de Alby, en el Mediodía de Francia , donde tuvo su primer 



(1) 8e oueotan YetDte y cuatro concilios en los tres primaros siglos de la Iglesia; setenta y dos 
en el ooartc; setenta en el qainlo; cincuenta y seis en el sexto; cincuenta y cuatro en el sétimo; 
▼elnte en el octano; ciento y siete en el noyeno; cincuenta en el décimo; noventa y seis en el on^ 
ceno; cincuenta y cinco en el duodécimo; ochenta y ocho en el decimotercio; setenta y tres en el 
dédmociiarto; cuarenta y dos en el decimoquinto; diez y siete basta el de Trento, InclusiTe, en 
el déclmoaezto. De tantos concilios, solo diez y nueye son conocidos con el nombre de concilios 
generales; sea por el gran número de prelados que á ellos concurrieron, sea por la Importancia de 
ene decisiones ó por su aplicación á todo el cuerpo de la Iglesia. Los otres no tuvieron tanta impor- 
tanela, d por la naturaleza misma del negocio, ó ser esto de un interés local, que no afectaba mas 
^ua á «HM parte de los fieles. 



f 1 9 HT^tOMÁ DE raLTVR n. 

asiento. Se meeolé It política meramente humana ea astas cootre^ 
versias ^ ó por mejor decir , las tomó acaso por pretexto , para h^ 
mentar sus intereses. Varios principes se declararon en pro ; mu- 
chos mas en contra. La cosa se presentó tan formal , que le fué 
preciso al papa IbOceacio III predicar una cruzada para la extirpa- 
ción de aquella secta. Tuvo esta cruzada efecto , y el pontífice ro-* 
mano fué muy biea obedecido ; pocos caudillos ó jefes se podrían 
encontrar de mas eáo^ de mas pericia militar , de mas prontitud 
para proseguir y castigar los enemigos de la Iglesia que Simón de 
M6nfort^ á quieo esta guerra hizo tan célebre. Fueron los albigen- 
ses vencidos en mas de una batalla, y aunque obtuvieron algunos 
triunfos parciales, los pagaron tan caros como su herejía. Queda-^ 
ron arruinados, y por el pronto despojados los príncipes fautores. 
Quedaron los campos asolados, muchas poblaciones yermas , mas 
de la mitad de las plazas fuertes arrasadas. Un monumento mas 
durable nos resta aun de aquellas convulsiones ; á saber : el eitar- 
blecimietito del tribunal de la Inquisición en Roma , destinado al 
castigo y extirpación de la herejía. 

Algún tiempo después , otra llamarada semejante ocurrió en al 
país de Yaud al pié de los Alpes, lo que hizo designar aquellos seo- 
tarios con el nombre de valdenses. Aunque se extirpó del misma 
modo, no fué de uno tan terrible, por lo menos activo y extendido 
del incendie. 

Comenzaba k prevalecer por aquellos tiempos una opiaion , que 
an tener nada de heréüea «n si misma , servia como de argamento 
para loa que en esta esoisíw s« declaraban en eontra de la Iglesia. 
Los grandes prelados, ios que se decían sus príncipes ^ no áerntura 
urreglabaa su eoaducta al e|emplo que les habían dejado ios apóa^ 
toles*. Sus glaadas riquezas , su lujo, su fausto , el poder de qu% 
muohos de ellos estaban revestidos, paredan á los ojos de mudios 
desdecir de hi simplicidad de las costumbres de la primitiva IgfesiáL 

r 

No en todas ocasiones se mostraban los papas, sucesores dignos do 
san Pedro. Eran visibles los abusos que hacían en varias ocasiones 
de su autoridad^ sea en beneficio de sus propios intereses^ ó de las 
personas que les eran mas adictas. Bstas especies Ae prúp$gAbaii, 
hacían impresión y provocaban la censura en cuantos por peusa^ 
dores se teaian. No dejaba, pues, de ser eoroun la opinión y el do- 
seo de introducir reformas , no precisamente en el dogma , sino en 
la disciplioa, en la conducta , ea tas riquezas de los potentado» de 



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CAPITULO vra. in 

la Iglesia. Los albigenses y valdenses se preciaban de una moral 
mas austera, mas arreglada al Evangelio y & las costumbres de la 
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oraenes (1118) se habia convocado el concilio de Constanza. En él 
fué depuesto el papa Juan XXIII , que habia sido elevado á la silla 
pontificia por una facción, comprada materialmente según la opinión 
general, y declarado cismático Pedro de Luna, que se hacia llamar 
papa con el nombre de Benedicto XIII. A la silla pontificia fué exal- 

Tomo i. 16 









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CAPITULO vra. in 

la Iglesia. Los albigeDses y valdenses se preciaban de una moral 
mas austera, mas arreglada al Evangelio y & las costumbres de la 
primitiva iglesia que sus perseguidores. Ya veremos reproducida 
esta profesión, y reforzadcrel argumento de otro modo mas elocuen- 
te, con resultados mas positivos y trascendentales. 

Todo el resto del siglo XIH se pasó sin novedades de esta espe- 
cie. A fines del XIV publicó en Inglaterra siis obras Juan Wicleff, 
en que condenaba los poderes usurpados por la corte de Roma , el 
abuso que el clero hacia de sus riquezas, con otros mas cargos di- 
rigidos entonces á los altos prelados de la Iglesia. Atacaba además 
el dogma de la transustanciacion , la invocación de los santos, el 
purgatorio. Muy pronto condenó Roma esta^ doctrinas; mas se dejó 
morir tranquilo al heresiarca, á favor de ciertas explicaciones de lo 
que en sus escritos se halló mas digno de reparo. Formaron , sin 
embargo, los discípulos de Wicleff & su muerte una facción , que 
con el nombre de Lolards agitó la Inglaterra durante algunos afios, 
y no pudo ser exterminada hasta ya entrado el siglo XY. 

A principios de este mismo siglo se esparcieron por Rohemia los 
escritos de Wicleff, y sus doctrinas fueron abrazadas por Juan de 
Huss, Jerónimo de Praga y Jacobo Messein , teólogos de gran re- 
putación, y conocidos por la severidad de sus costumbres. Inme- 
diatamente comenzaron á esparcir sus nuevas doctrinas por escrito, 
y coD sermones elocuentes. Fué llamado Juan de Huss á Roma á 
dar cuenta de sus doctrinas ; mas habiéndose & muy poco tiempo 
después convocado el concilio de Constanza , recibió una orden , y 
un salvoconducto del emperador Segismundo, para presentarse 
ante los padres. 

Se hallaba entonces despedazada la Iglesia por un cisma que por 
sa importancia se designa todavía con el nombre de gran Cisma de 
Occidente. Hacia mas de treinta aOos que los* fieles estaban dividi- 
dos en la obediencia & dos papas que ambos se decían sucesores de 
san Pedro. No era pequeDo el escándalo que con este motivo se ha- 
bía introducido en el seno de la cristiandad , ni débiles las armas 
qoe se daban & los partidarios de reformas. Para cortar estos des- 
órdenes (1418) se había convocado el concilio de Constanza. En él 
faé depuesto el papa Juan XXIII , que había sido elevado á la silla 
pontificia por una facción, comprada materialmente según la opinión 
general, y declarado cismático Pedro de Luna, que se hacia llamar 
papa con el nombre de Benedicto XIII. A la silla pontificia fué exal- 

Tomo i. 16 



11^ HISTORIA DB FBUPE n. 

tado MartÍDO Y, varón cuyo mérito y virtudes le granjearon la opí^ 
nion de que repararía los desórdenes que daban motivo á tanto es- 
cándalo. 

En cuanto á Juan de Huss de nada le sirvió el salvoconducto. 
Inmediatamente que llegó á Constanza, se le puso preso. Habiendo 
comparecido ante los padres , y béchose cargo de las doctrínas de 
que le acusaban , las sostuvo en pleno concilio contra sus impug- 
nadores, y fuá condenado á ser quemado vivo por no querer sus*- 
críbir la fórmula de retractación que se le proponia. 

Jerónimo de Praga, discípulo de Juan de Huss, arrestado en las 
inmediaciones de Constanza, firmó la retractación; mas arrepentido 
se desdijo de ella. Presentado ante el mismo concilio, manifestó su 
pesar por un acto que le babia arrancado un momento de debilidad, 
persistió en sus doctrínas , y las sostuvo con valor , con mas elo^ 
cuencia que babia desplegado su maestro, á quien era muy supe- 
rior en instrucción y en méríto. El destino que le esperaba no po- 
dia ser dudoso para nadie. Marchó Jerónimo al suplicio con resig- 
nación; oró al pié del poste, donde le ataron encima de la pira, y 
en el momento que se levantó su llama , entonó «n cántico que se 
oyó con distinción hasta que exbaló el último suspiro. 

Produjo este suplicio de Juan da Huss y Jerónimo de Praga una 
guerra en Bohemia conocida con el nombre de los busitas, que ast 
se denominaban sus sectaríos y discípulos , guerra de venganzas y 
de sangre; que & pesar de ser terminada al cabo de cerca de treinta 
aDos á favor del partido dominante, dejó bajo sus cenizas un fuego 
oculto pronto ¿ salir de nuevo, como se vio en efecto muy antes de 
cumplirse un siglo. 

Se ocupó el concilio de Constanza en grandes reformas: lo mismo 
se hizo en los de Basilea, de Florencia y de Ferrara. Para ningún 
hombre de buen entendimiento era dudoso que los vicios , que los 
desórdenes introducidos en la Iglesia afectaban en cierto modo las 
creencias y daban armas á sus detractores. Mas prevalecían las m^ 
trígas, los malos hábitos , la corrupción que se hallaba tan arrai- 
gada , y las mas de estas reformas se quedaron en proyectos. To^ 
dos los buenos deseos y el celo que á ios verdaderos fieles animaban, 
po pudieron impedir que fuesen exaltados á la silla de san Pedro u 
Alejandro YI, un Julio 11, un Leca X. 

Al fin del siglo XV se manifestó en Italia un gran reformador, no 
de dogmas y doctrinas, sino de los victos y desórdenes que aatoiH 



CAHTOLOYíU. Il9 

ees inandabAD á la Iglesia. JerónioM) Savonarola, fraile de la orden 
de Santo Domingo, tronó en el palpito contra los yícíos de su tiem- 
po; anVDció castigos de Dios , se di6 como dotado del don de pre- 
dicción , y hasta del de milagros. No solo se mostró enemigo de los 
desórdenes en lo moral , smo que se mezcló hasta en la política. 
Establecido en Florencia se declaró enemigo de las usurpaciones de 
los Médkis, y por su influencia se restablecieron instituciones, todas 
en sentido de la libertad de la república. La influencia que este 
hombre ejerció en los ánimos de la muchedumbre fué, como puede 
«aponerse, prodigiosa ; mas también se comprenden fácilmente las 
rivalidades y animosidad de que debió de ser objeto. Fué su grande 
enemigo el papa Alejandro YI, cuyos vicios, cuyos desórdenes eran 
por lo regular el tema de todos sus sermones. Fué fácil á este pon- 
tífice condenarle como sedicioso y hasta excomulgarie ; mas Savo- 
narola declaraba en el pulpito que no podia privarle de distribuir 
la palabra de Dios y el pan de vida un pontífice inmoral, incestuoso 
y simoníaco* Era imposible para este entusiasta luchar por mucho 
tiempo contra tan formidables enemigos. Instaba Alejandro á que 
se le hiciese su proceso , como sedicioso , como heresiarca , á un 
hombre que se jactaba de profeta y del don de hacer milagros. Se 
le paso preso, se le formó causa, se le dio tormento; y por fin se le 
condenó á las llamas. Así expió su celo , sus imprudencias , la de- 
bilidad, ó tal vez la firme persuasión de que estaba llamado á re- 
formar el mundo. 

El terreno estaba, como se ve, bastante preparado, y los ánimos 
dispuestos, unos á desear simplemente reformas, otros á recibirlas, 
cuancito se manifestaron en el Norte de Alemania á principios del 
siglo XVI las que nos proponemos bosquejar del modo, como hemos 
iftsínaado, mas sucinto y circunspecto. 

So habia proyectado y comenzado á edificar la iglesia de San Pe- 
dro en tiempo de Julio II, que manifestó la noble ambición de eri- 
gir un monumento en Roma que superase en grandeza y magnifi- 
cencia á los antiguos. El mismo ardor heredó su sucesor el papa 
Leoo X. Como sus rentas ordinarias no bastaban ó se destinaban 
4 otros osos, fué necesario recurrir al arbitrio de las indulgencias 
que se predicaban en las iglesias, y públicamente se vendían como 
otro artículo cualquiera de comercio. Ordinariamente eran los con^ 
ventos los sitios donde se despachaban las indulgencias, y cuya dis- 
tribución y administración no era materia de poca consecuencia. En 



120 HISTORIA DB F8UPB lí. 

Alemania habían sido en uq principio los frailes agustinos los en- 
cargados del negocio , que con el tiempo se trasladó á los padres 
dominicos. ¿Fué simplemente esta rivalidad ó este pique lo que pro- 
dujo la mas grande escisión que se habia introducido hasta enton-*- 
ces en la Iglesia? ¿Obró simplemente Lutero como un instrumento 
del amor propio ofendido de sus superiores? Entonces se puede de-^ 
cir que nunca causa tan pequefia produjo un efecto mas grande y 
gigantesco. 

Guando ,un vaso está completamente lleno, con una gota mas 
desborda. Guando un terreno está minado, con una sola chispa 
vuela. Si las revoluciones tienen por lo regular principios tan hu- 
mildes, es porque las revoluciones ya están hechas. Les faltaba so- 
lo la gota de agua, la chispa para consumarse. La gota y la chis-^ 
pa fué pues aquí la venta de las indulgencias. 

Hablaremos pues de Lutero, como de un hombre : de lo que hi- 
zo, de las consecuencias de lo que hizo, como de hechos que están 
consignados en la historia. En el examen teológico de sus doctri- 
nas no entraremos como cosas que no son de nuestra competencia, 
y sobre todo exceden nuestras fuerzas. 

Nació Martin Lutero (Luther, Luder, Lolher) (1) en Eisleben, 
pequelio pueblo del electorado de Sajonia, en noviembre de 1483. 
Aunque hijo de padres artesanos, le destinaron á una carrera lite- 
raria. Mientras cursó primeras letras en Eísenach vivió casi en un 
estado de mendicidad, cantando delante de las casas como hacían 
entonces muchos estudiantes pobres de Alemania. Una viuda le re- 
cogió por fin en su casa, y le sostuvo los cuatro aOos que duró su 
enseñanza en una escuela. En 1501 le envió su padre á la uni^ 
versidad de Erfurth, donde le sostuvo de su cuenta. 

Estudió en dicha universidad teología ; gustaba mucho de esta 
ciencia, de la literatura, y sobre todo de la música, arte que culti- 
vó toda su vida. Antes de decidirse por ninguna carrera, le ocurrió 
un accidente extraordinario qtfe fijó su suerte. En 150S hallándose 
en compaDía de un amigo, le mató á este un rayo, de lo que es- 
pantado Lutero hizo un voto á santa Ana de hacerse fraile, si le 
sacaba del peligro. Gatorce días después tomó el hábito de San 
Agustín en Erfurth, sin llevar consigo mas bienes que un Planto y 
un Virgilio. 



(1) Con estos tres nombres se lia firmado en yarlas ocasiones. 



CAPITULO YDI. 121 

Entró en el claastro Lutero sin contar con su padre, que'se ofen- 
dió mocho de este paso. Abrazó el estado religioso solo por cumplir 
su voto, sin ninguna vocación ; él mismo lo confiesa en sus memo-< 
rías. Tenia gustos demasiado profanos para la austeridad que se- 
mejante condición exige. Ya hemos visto con qué libros se pasó del 
mundo á su convento. En el mismo donde tomó el h&bito, concluyó 
sus estudios, y recibió órdei^hasta la de sacerdote. 

Poco después emprendió un viaje á Italia. No habia ningún con- 
tacto entonces entre la Alemania, pobre, triste, donde nada flore- 
cía, y un pais de lujo, de suntuosidad, trono de literatura y de las 
artesv Debieron de hacerle mucha sensación novedades tan extraor- 
dinarias. El dice en sus memorias, que no le chocaron menos las ' 
personas que las cosas. El lujo, la magnificencia de los conventos 
donde era alojado y la suntuosidad de sus refectorios, no fueron 
los menores objetos de su asombro. Sin duda le edificó poco la cor- 
te de Roma, donde reinaba el belicoso Julio II, papa de sentimien- 
tos grandes y elevados, pero muy mundano y muy violento, que se 
ponía al frente de sus tropas, y sitiaba plazas en persona. 

A su vuelta de Italia, recibió el grado de doctor en teología, y 
obtuvo una cátedra en la universidad de Wirtemberg que acababa 
de fundar el elector ; poco después fi^ nombrado vicario provincial 
de los agustinos, encargado de reemplazar el vicario general de la 
orden en sus visitas de Misnia y de Turíngia. Entramos en estas 
circunstancias, para ver que Lutero no era un hombre sin consi- 
deración en su pais, cuando se declaró en guerra con la Iglesia. 

Por aquel tiempo hacia mucho ruido en Alemania la venta de las 
indulgencias. Era natural que se activase y fomentase un negocio, 
del que pendia la continuación de la fábrica maravillosa de la igle- 
sia de San Pedro. Estaba encargado el dominicano Tetzel de predi- 
carlas y publicarlas ; el arzobispo de Maguncia de fomentar su 
venta. A nombre, y bajo los auspicios de este prelado, se publi- 
caban los manifiestos de las gracias por ellas concedidas. 

Entonces estalló Lutero (1517), declarándose enemigo de las in- 
dulgencias. Fué su primer paso dirigirse á su obispo, el de Brandem- 
bürgo,.para que impidiese predicar á Tetzel. Respondió el prelado 
que era atacar el poder de la Iglesia, y que no se mezclase en es- 
te asunto delicado. Entonces Lutero se dirigió al primado, arzobis- 
po de Maguncia y Magdeburgo, enviándole las proposiciones que 
se ofrecía á sostener contra la doctrina de las índulgenciaSt 




ílt HISTORIA Bff FSLIPB U. "^ 



Bl arf^hispo no le tlió respaesta. Lutero qoe potaba con ini si- 
leocío, faabia hecho fijara) mismo tiempo que daba este paso, en la 
iglesia del castillft^ft Wirtemberg, contra la autoridad de conferir 
indu|^^0ias, contra el poder de copceder las gracias en ella pro-^ 
metidas, veinte y oct^o proposiciones, BegalíiPW las unas, afirma- 
tifas las olr&9, pero todas en coiitra las pretensiones de la corte de 
Roma, y lo que estaba entonces en IMtflesia recibido. ^^ # 

Escritas estas proposiciones en lengua vulgar, y apoyadfIRa un 
sermón qoe en el mismo idioma predicó Lutero, hicieron nn ruiíj^ 
extraordinario. Fueron la troaipeta de la guerra que se encendió 
entonces, sin que se pueda decir que se haya extinguido todavía. 
Consignadas á la imprenta, se despacharon al momento en miles y 
miles de ejemplares con asombro del mismo Lutero, que aunque 
lisonjeado con un éxito tan favorable para su amor propio, tal vez 
sintió que se hubiesen esparc¡4a (anto, poniéndole éií^un compro-* 
móso mayor de lo que eran sus deseos. 

Mas el guante estaba echado, arrojado por Lutero, que se mos- 
tró agresor en una guerra, cuya importancia ni él mismo preveía. 
Hizo Tetzel quemar públicamente las proposiciones de Lutero. Que- 
maron los estudiantes dd Wirtemberg en la plaza/ las de Tetzel. 
Esta circunstancia, y la de h|ber predicado Lutero un sermón en 
alemán en apoyo de las suyas, manifiesta bien que el terreno esta- 
ba preparado, y que en el Norte de Alemania no causaron las opi- 
niones de Latero el escándalo que debia esperarse. 

Ni en Roma misma hicieron toda la impresión que tan natural- 
mente reclamaban. Las miró desde un principio con desprecio León X 
atribuyéndolas á rivalidades de frailes. Demasiado engolfado 
aquel pontífice en sus diversiones y en su$ artes, no concibió ni 
presintió el grande alcance de aquel tiro. Por otra parte hacia La- 
tero profesi<Ni y protestas de su mas ciega . adhesión y respeto á la 
persona del pontífice. 

Mas este estado de indiferencia duró poco. Al fin se levantaron 
clamores en la corte de Roma contra la conducta de Lutero, y este 
recibió orden de comparecer en el término de sesenta dias á dar 
«lienta de sus doetñaas y opiniones ; compromiso muy fuerte, si el 
elector de Sajonia no le hubiese sacado del aprieto, obteniendo de 
RMnaque se le oyese y examinase por legados del papa dentro del 
territortft de iUemaiia, seftaiándose pata esta conferencia, Aa|[s^ 
burgo. 



) 



CAMTMiO V 

Qae d elector 4e Sajonía protegi» 
doclrioas,' es^Tideole; que fuese djgj 
gado el mismo Lotero en distíoMs oci 
mo este príocipe, que habia pagado 
eonferidole la c&tedr^ue ffisempegflt 
cia mas ó meaos expresa, no h^^i 
"^cio||^i llevado taa adela^raCSó 
de RoK de despojar á Lutm de la {_ , 
"ftira ganarle, le envió la Ros|;'de Oro, 
como UD ÍDsigDe msga de favor 'y ' 
fice. No desistió porresto.jlo^^lF^I 
fuue oído en AleaianlB?jp,,{>r()tfí 
príncipes eraif'afec(q9[£íiS>0r,te^ 
que saliese j^gffff%jM' pa« 
no tei 
acerca de 
arreglo ¿ 



^ 



que se coesMera 
r^Ijtontí-,, 
ifflé'Ijitef^ 



in disgnsto 

iruecion de 

I opiniones 

se i^eciaban de vivir con mas 

io, pe los* altos prelados de la 



Se presentó Lulero en Angsburgo, donde estovo (res dias sin sal- 
vocondacto del emperador; mas habi^ preparado de ailemano los 
ánimos el elector, & fin de que do fiue por niaguo estilo molesta- 
do. Inmediatamente que llegó el salmosdueto, se presentó ante el 
legado del pootiSce, áfin de ser examinado. Pedia este una retrae- 
tacidD formal sin entrar en controversia, y como Lotero quería exa- 
men y disputas, era imposible que se conviniesen. ImportiU>a mu- 
cho k la corte de Roma sofocar el asunto sin escáldalo y sin raido: 
BO era esta la cuenta de Lotero ya tan comproaietido en el debate, 
cualquiera qoe sea e\ motivo verdadero que se quiera dar k so cod- 
docta. Ni ruegos, ni amenazas, ai cootesplaciODes, pudieron re- 
cabar de él qae confesase que habia errado, k su salida de Augs- 
borgo poblícó nuevos escritos que apoyaban sus doclrioas. Parecía 
la raptara completa y la goerra declarada. Fué Lulero condenada 
en Roma, y quemados públicamente sos escritos. Dio la Santa Sede 
Doevos pasos muy activos con el elector, á fio de que le fuese en- 
tregada su persona; mas este príocipe, en medio de sus protestas, 
de SQ gran respeto & la autoridad pontificia, eludió la reclamacioa 
al principio, y al fio se negó k ella. Hanifesiarse defensor de Lu- 
lero, equivalía casi k declararse so sectario. La corte romaaa lo 
conpreodía moy bien; mas tuvo qao disimular esta repulse. Usa 



ISi HISTOUA DE PBLIFB If. 

proeba de qae la conducta del elector do causó grande escándalo, 
es que habiendo fallecido por aquel tiempo el emperador Maximi- 
liano, fué declarado, durante la vacante de la silla imperial, vica- 
rio del imperio. 

Seguro ya Lutero de la protección del elector, provocado por su 
condenacioD eo Roma, continuó las hostilidades con mucho mas ar- 
dor, sin consideración ni i 'espeto que antes mani- 
festaba por la Santa Sede, ¡ itaque directo & la legiti- 
midad de su poder, y del e: iulgencias, pasó á cue^ 
tienes de mas alta trascend e nuestra inspeccioD, ni 
entra en nuestro objeto, pa i escritos con que su fe- 
cunda pluma inundó por aquel tiempo la Memania. Tratados, ser- 
mones en latín, en alemán, todos hacían un ruido extraordinario; 
todos se leian con ansia, y circulaban á miles de ejemplares. Tam- 
poco estaban mudos por su parte los teólogos católicos, ni tampoco 
se mostraban muy templados en la impugnación de las doctrinas 
del enemigo de la Iglesia. Se convirtió la Alemania en un teatro de 
controversia y de disputas, donde las partes contendientes se ata- 
caban con la mayor acrimonia y encarnizamiento. 

El elector de Sajonia prolegia abiertamente & Lutero, y se mos- 
traba inclinado & sus doctrinad Comenzaba el de Hesse á adoptar 
sos mismos sentimientos. Todo el Norte de Alemania estaba ya me- 
dio conmovido con la nueva secta, y el nombre de Lutero comenzó 
á presentarse como ana potencia formidable. 

En las disputas y contiendas religiosas se mezcla de tal modo la 
política mundana, que es muy difícil distinguir la parle que perte- 
nece á la convicción ó sea el fuero de conciencia, y la que se apoys 
solo en ambición é intereses personales. Cualesquiera que fuesen 
las opiniones de los principales que desde un principio se mostra- 
ron tan favorablemente á las doctrinas de Lotero, y al fin las abra- 
zaron, DO hay duda de que iban en ello miras políticas é intereses 
de imporlaocía. En primer lugar, los hacia independientes de la 
corte de Roma que, además de ser odiada, les sacaba dineros, con- 
siderados en cierto modo bajo el aspecto de un tributo. En segundo 
lugar les daba importancia á ellos mismos sobre las iglesias refor- 
madas, de las que se erigían en prolectores y hasla en jefes. Gomo 
en los puntos de la reforma enti'aba la abolición de los votos mo- 
násticos, eran un nuevo cebo de ambición los inmensos bienes de 
los monasterios que iban á entrar eo la circulación general, y en 



cApimu) vni. 185 

parte en sas propios patrimonios. Todas estas causas de un órdea 
pnrameDte material y relativos al iolerés, explican muy bien, pres- 
cindiendo de otros, que Lutero debió de ser un apóstol muy popu- 
lar 6D aquellas circuostrucias. Encontró el terreno bien preparado 
y le explotó con una habilidad maravillosa. Poseia cuantas cuali- 
dades necesitaba para conmover la muchedumbre. Era elocuente, 
atrevido, mordaz en si o en las acusaciones é in- 

vectivas, ingenioso y ; mentes, con un gran fondo 

de erudición en maten le que sabia hacer grande 

uso. Gomo religioso,^ ion si no de santidad, á lo 

menos de un hombre ajustado en sus costumbres. Gomo profesor 
de la universidad de Wittemberg, contaba una muchedumbre de 
discípulos, entusiasmados todos de su saber y genio. Escribía con 
la misma focílidad que hablaba, y era tan infatigable con la lengua 
como con la pluma. Conocía muy bien la índole de los que le leian ó 
escuchaban, y se plegaba á todo cuanto contribuía & hacerle inte- 
ligible. Era jocoso, festivo, hasta chocarrero; no hnia de las espe- 
cies ó expresiones mas acres y punzantes, y sabia el arte de hacer 
reír á costado sus antagonistas. Ya hicimos ver que en un princi- 
pio se mostró circunspecto y hasta respetuoso con la corte de Roma, 
cuya autoridad apostólica re^nocia. Al papa León X escribió cartas 
muy sumisas, en medio de amonestaciones todas reverentes: eo 
Augsborgo se arrodilló delante del cardenal Gayetano Vio que ve- 
nia á examinarie, mostrándole todo el homenaje posible de vene- 
ración y acatamiento. Has conforme se fué enfrascando en la dis- 
puta, á proporción que las invectivas de sus antagonistas excitaban 
sn bilis, y le hacían buscar nuevas armas de combate, aumentó su 
valentía y arrogancia, dio mas y mas pasos eo la virulencia, en la 
importancia de sus aserciones; manifestó lo ilegal, lo nulo de la 
sentencia, negó la autoridad del Papa, cuya bula de condenación 
quemó póblicamente; hizo ver en sn persona la del Antecristo, y 
apeló á las decisiones del próximo concilio. 

£n la corte de Roma no brillaron con este motivo ni la habilidad 
ni la prudencia. Se tenían ideas muy escasas de Alemania en aque- 
lla corte voluptuosa y magnifica, centro del lujo y de las artes. Se 
despreciaba sin duda un país que pasaba por agreste y bárbaro. 
Guando fué oído por primera vez el nombre de Lutero, tal vez pro* 
vocó & risa. No es pues extraDo que León X hubiese dicho al saber 
de sus proposiciones, que eran dispulas de frailes. Si hubiesen co- 
lono 1. J7 



I 



iW HIST09IA DR ftUn II. 

Qoeido el espirita políüeo del país, la disposioion de fius prioeipes y 
el carácter personal de Lutero, tal vez con loaQa, con artifioioa^ 
con halagos, hubiesen llegado á dar al negocio un giro qnelea^- 
Qeciese. Mas desde un principio se hizo pooo<^aso de la llamarada; 
cuando se tomó en seria consideración, era ya un incendio; se creyó 
que con la amenaza se templaría el espirita inflexible ó»\ rej^rma-^ 
mador, k cuya violencia dio mas temple. Cuapdo quisieron y pen- 
saron apoderarse de su persona, se encontraron con que estaba 
protegida por un príncipe de poder, jj^flueocia y crédito, k quien 
estas circunstancias habian elevado afrango de vicario del imperio^ 
Negarse & entregar la persona del heresiarca, era deeli^rarse pajrti-- 
dario ó participe de sus doctrinas; apelar h ia decisión 4el (ondlio 
para condenarle, como pretendia el elector, era una especie de de^ 
safio & la corte de Roma. El negocio se popia mas serio 4$ lo que 
esta misma corte imaginaba. 

Una de las grandes novedades que la doctrina de Lutero íntro-^ 
dttcia y propagaba, acaso la mayor de todas, no era ni la obedien- 
cia negada al papa, ni la abolición de los votos monásticos, ni otras 
alteraciones ianto en el dogma como en la disciplina. £1 mayor mo^ 
vimiento que estas novedades imprimieron en los ánimos , fuá la 
independencia en materias de fe de las autoridades que la interpre- 
taban y explanaban; fué el sostener que la Sagrada Escritura er^ la 
mas segura, la sola guia que debia tener el cristiano en estas ma- 
terias delicadas ; fué el sostener que ninguna interpretación de áv^ 
ches libros , dada por los hombres , podia ser obligatoria para las 
conciencias. De aquí el nombre de libertad evangélica que los vas 
cultos y el mismo Lutero dio desde un principio á la reforma. El 
principio de la autoridad de la Iglesia, de la infalibilidad de los ooa^ 
cilios, de la especie de fe que se daba á las explicaciones de los 
Santos Padres, vinieron á tierra en virtud de esta doctrina. Puesto 
que las Escrituras eran las solas fuentes de la fe , era natural que 
los cristianos se dedicasen á estudiarlas, á penetrarse de su espirita* 
Uno de los grandes trabajos literarios de Lutero fué la traduccíoa 
de la Biblia en alemán, y aunque esto fué algo posterior á su pro-* 
sentacion en Augsburgo , muestra bien el espirita que respiraba* 
sus doctrinas. De la Biblia traducida al alemán ya se conociían doce 
ediciones á fines del siglo anterior, mas fué la suya la que adquirió 
nnayor popularidad ^ sea por su verdadera mérito , ó por otras cir- 
cunstancia». De la Sagrada Escritura sacaba él la mayor parte da 



CAPITULO VIII. 127 

sw arigameDtos, y como la autoridad de sus intérpretes, armagran- 
tte coQ que ie combatían, era lo primero que él negaba, se hacíala 
cuestión interminable. La Alemania estaba inundada de argumen- 
tos y argumentadores en los dos sentidos. K todo el mundo llama- 
ba, aunque no fuese mas que la curiosidad de saber cuál era el 
motifo de tanta controversia. Por precisión, pues, se babia de pre- 
gmtar^ de inquirir , de leer , de estudiar, de confrontar citas , de 
nutrirse cada uno, y siempre en progresión , de lo que le era mas 
necesario para ofenderse é defenderse. Todo esto circulaba con una 
rapidez prodigiosa por medio de la imprenta. Asi se difundió poco 
á ;h)co el espíritu de discusión y de disputa. ¿Y quién no ve que la 
emancipación espiritual que se propalaba y sostenía , preparaba el 
camino á la politi^, si ya no se bailaban enlazadas? 

Ta hemos dicho que el emperador Maximiliano falleció durante 
el gran calor de todas estas controversias. Nombrado el elector de 
Sajonia vicario del imperio durante el interregno , fué uno de los 
candidatos para tan alta dignidad; mas tuvo la prudencia de no de^ 
jarse llevaí' de esta ambición , y contribuyó poderosamente á la 
elección de Garlos de Austria, rey de Espafia. Coronado este empe- 
rador en Aquisgran ó Aix la Ghapelle , ningún negocio se presentó 
de mas consideración y urgencia que el de la escisión religiosa que 
despedazaba la Alemania. Estaba Lutero condenado en Roma, y el 
papa «rgia porque se llevase á cabo la sentencia. Mas el empera- 
dor y demás príncipes de la confederación, consideraron que el m- 
godo tenia al mismo tiempo que religioso un carácter demasiado 
político, para no ser tomado en cuenta por las potestacks témpora* 
les. Se creyó que era un asunto bastante digno por su importancia 
de la convocación de una dieta que se decidió celebrar en Worms, 
ante la que debia comparecer Lutero , á dar cuenta de su doctrina 
y su conducta. Fué en efecto la dieta convocada , y citado á ella el 
predicador de las nuevas opiniones. 

Necesitaba Lutero (1521) un salvoconducto para presentarse en 
Worms, y aun este documento debia serle sospechoso,' recordando 
que babia sido violado el dado á Joan de Huss por Segismundo. 
Concedió el salvoconducto Garlos V, y Lutero sin duda fiado en la 
grande y poderosa protección del elector de Sajonia, no dudó de di- 
rigirse ¿Lworms, á donde acudió el emperador con todos los elec- 
tora, príncipes y dignidades seculares y eclesiásticas que compo- 
nían aquellas grandes asambleas, Gomo el asunto era principalmente 



128 HISTORU DE FELIPE II. 

eclesiástico, se reuníeroD muchos teólogos , y entre ellos , los ma* 
yores contrarios de Lutero. Hizo gran sensación en Worms la lle- 
gada de este hombre ya tan célebre. Unos por afecto á sus doctrí* 
ñas, otros por contrarios sentimientos, los mas, atraídos solo del gran 
ruido de su nombre, acudían á verle por donde quiera que pasaba. 
Rodeado de una inmensa muchedumbre, llegó al palacio donde es- 
taba reunida la dieta, y se presentó en ella sin dar indicios de inti- 
midarse & la vista de una asamblea tan numerosa y respetable. Le 
interrogó Eck, uno de sus impugnadores mas encarnizados , y le 
mandó manifestase si se reconocía autor de los escritos cuya lista 
iba & leerle. Concluida la lectura, respondió Lutero que todos eran 
obras suyas; mas que para responder sobre ellas, necesitaba le die- 
sen algún tiempo. Le replicó Eck que puesto que las habia com- 
puesto, precisamente las habia meditado ; y que por otra parte era 
imposible que no hubiese pensado en lo que tenia que responder, 
sabiendo el motivo con que á la dieta era llamado. Se le dio , sin 
embargo, un dia de término para que meditase su respuesta. Al 
siguiente se presentó Lutero de nuevo en la dieta , y pronunció un 
discurso larguísimo en explicación y defensa de sus opiniones. Mas 
la dieta de Worms no habia tenido por objeto abrir un campo de 
disputa y controversia, sino el pedir cuenta de sus doctrinas, ó mas 
bien adquirir una certeza legal de si en efecto las había propalado 
de palabra ó por escrito. Habiéndose declarado en efecto autor de 
aquellas obras, se le pidió su retractación, y esta ia negó Lutero. 
Pensaba el emperador , pensaban los legados del papa y los demás 
principales personajes que se intimidaría con su presencia el atre- 
vido innovador; mas sea que este hiciese punto de conciencia el ra- 
tificarse en sus principios , sea que su carácter resuelto le hiciese 
prescindir de todas consideraciones personales , sea que se fiase de 
las simpatías secretas de que era objeto por parte de muchos de la 
dieta, persistió en su negativa sin mostrarse intimidado. 

En cuanto á su persona , ya no quedaba á la dieta mas partido 
que el despedirle en virtud de un salvoconducto. No faltaron quie- 
nes aconsejaron al emperador que se le retirase, haciéndole ver los 
servicios que en esto baria á la Iglesia; mas á Garlos Y pareció una 
mengua de honor la violación de la palabra. Se le devolvió á Lutero 
su salvoconducto, dándole el término de veinte dias para atender & 
la seguridad de su persona , con la prohibición de predicar en el 
camino. Inmediatamente se salió de Worms Lutero con este res<* 



CAPITULO VIII. U9 

guardo; mas eo cuanto á predicar en el camino, faltó á esta condi- 
ción, diciendo que primero era lá causa de Dios que la de los hom- 
bres. A observar Garlos V este principio, según lo que por la causa 
de Dios se entendía entonces, no lo hubiese pasado bien Lutero; pero 
el emperador se mostró en la ocasión mas generoso. 

De todos modos corría la persona de Lutero un gran peligro. Con- 
denado en Worms, como lo habia sido en Roma, sin mas resguardo 
que un salvoconducto por veinte dias, hubiese sido víctima de mu- 
chas asechanzas, sin encontrar asilo seguro en parte alguna , á no 
haber tomado el elector de Sajonia la resolución de apoderarse vio- 
lentamente de su persona, y encerrarle en la fortaleza de Wartz- 
burgo, donde le puso al abrígo de todas las pesquisas. 

Poco tendremos que decir de Lutero, debiendo de ocuparnos casi 
mas de los luteranos que de su persona. Se habia ya impreso un 
gran movimiento con energía , hasta con violencia , y creado una 
nueva época en el mundo político , moral é inteligente. Aunque el 
mismo innovador lo hubiese pretendido, no hubiese ya podido des- 
truirla. Mas no fueron tales sus designios. Encerrado en lo que lla- 
maba su Patmos , emprendió con nuevo ardor sus tareas literarias. 
Allí comenzó ó concluyó su famosa traducción de la Biblia y otros 
tratados teológicos. Vuelto al mundo cuando ya no coriria peligro 
alguno, y al seno de su iglesia y universidad , continuó siendo ob- 
jeto de entusiasmo, de veneración y de respeto. Para dar el ejemplo 
con el precepto, se casó con una religiosa, de quien tuvo hijos, sin 
que esta unión hubiese sido objeto de escándalo para sus sectarios, 
Di disminuyese la consideración personal de que gozaba. 

Excitó la presencia de Lutero en Worms diversos sentimientos. 
Sin duda sus secretos partidarios aplaudieron su persistencia y ne- 
gativa á retractarse; mas no se atrevieron á defenderle abiertamen- 
te. Se mostró el emperador muy ofendido con la conducta del in- 
novador, y publicó una carta en alemán, haciendo profesión de su 
fe católica, declarando que no quería se tuviesen mas consideracio- 
nes con Lutero. El salvoconducto que le dio de despedida fué aplau- 
dido por algunos, reprobado por los que mas celosos se mostraban 
por la fe católica. En el acto de despedir á Lutero , se publicó un 
edicto de la dieta, condenando sus doctrinas. Se hizo en él enume- 
ración de todas sus herejías , y de su condenación por el pontífice. 
Se daba cuenta de lo ocurrido durante las sesiones de la dieta; que 
se habia llamado á Lutero á Worms ; que se le habia preguntado 



180 msTOBiA m nuFi ii. 

si eran suyo* los libros qoe corrían como tales ; que en vista de la 
afirmativa se le había mandado que se retractase; y que habiéndose 
negado á ello , se le daba para salir el término de ydnle días , pa» 
sados los cuales, se declaraba rebelde , rao de lesa malestad , con 
orden á todos de que le persiguiesen . 

Declaraba el edicto de Worms ilegal la reforma establecida por 
Lulero; mas estaba demasiado adelantada ya la obra, para que con 
un pliego de papel viniese al suelo. No disimulaban los príncipes 
luteranos su intención y sentioúentos. Para muy pocos era un mis- 
terio el confioamiento del reformador, y bajo qué auspicios se ha- 
llaba al abrigo de todas las pesquisas. Era ya una escisión en toda 
forma , en que la política se hallaba tan mezclada con la religión, 
que no se sabia á cuál se habia de atribuir la mayor parte. Bajo 
este doble aspecto debia de ser odiada del emperador; mas como ya 
hemos dicho en otro lugar, no podía roipper por entonces con unos 
príncipes, cuyos auxilios le eran necesarios contra el turco. Por 
otra parte, los muchos y complicados negocios que le rodeaban á la 
vez, le impedían consagrar á todos las miañas atenciones. Despaes 
de publicado el edicto de Worms, tuvo que volver á Espafia, donde 
le llamaba la aUuacion del país, sacudido por la guerra de las Co« 
munidades. En seguida queídó ocupada poderosamente su atendoD 
con las campanas contra los franceses. En 1522 se celebró una dieta 
en Nuremberg, presidida por el archiduque Fernando, hermano del 
emperador , á donde mandó un legado el papa Adriano VI , con la 
comisión de promover la ejecudon de los artículos del edicto de 
Worms, y la liga de los príncipes de Alemania contra Solimán, que 
avanzaba sobre Hungría. Entraba también en sus instrucciones el 
hacer ver & la dieta , que el pontífice era el primero en reconocer, 
que el azote de la herejía era una especie de castigo de la divina 
Providencia, por los pecados de los príncipes y grandes prelados 
de la Iglesia; por los vicios y abusos que se habían introducido en 
su gobierno, y que solo con el objeto de trabajar por su reforma, 
se habia decidido á aceptar su elevada dignidad, á que sin este mo« 
tivo hubiera renunciado, etc. 

Esta ingenua confesión del papa Adriano hace mucho honor á su, 
¡ffobidad , á su virtud y & su celo apostólico ; mas fué censuada 
cono un rasgo de imprudencia por los magnates de la curia, á cu- 
yos o}os era el nuevo papa incapaz de gobernar la nave de lalgle«- 
sia. Hacia sus virluées maaifestaban /gran respeto; mas decían que 



CAPrniLQ ym. 181 

$ra preferible para gobenar la Iglesia una gran pradencia con me^ 
diana probidad, & la santidad <^q menos de prudencia (1). E9 iioa 
verdad histórica que el papa Adriano con sus virtudes, con su celo 
por la reforma de abusos y costumbres , fué^el menos popular de 
todos los pontífices de aquella época, y que causó tanto disgusto su 
exaltación, como su muerte contento y regocijo* Nada retrata mas 
al vivo aquella corte y aquel tiempo. 

\a leigaeion no produjo efecto alguno. Respondieron los de la 
dieta en los términos Qias respetuosos al pontífice, mas que nada 
podían hacer en las actuales circunstancias. £ra la escisión un he* 
cho consumado. Lotero había vuelto á Wittemberg, y pública-* 
mente entendía en el arreglo de su nueva iglesia. 

Otra dieta SQ celebró al afio siguiente en Nuremberg: también 
envió á ella su legado el papa, que ya no era Adriano VI, sino dó- 
mente y II; mas tampoco produjo resultado en cuanto k la ejecu- 
ción de los artículos del referido edicto. La guerra que poco des- 
pués se declaró entre el papa y el emperador, no podía menos de 
$er favorable k los intereses del luteranismo en Alemania. 

A la paz entre el Papa y Garlos Y, se celebró por orden de este 
otra dieta en 1589, y se reunió en Spira, adonde concurrieron va- 
ríos príncipes que ya se habían declarado casi luteranos. Lo que 
prueba los progresos que habia hecho la doctrina es que pidieron 
La revocación del edicto de Worms fulminado contra la persona do 
Lutero, é indirectamente contra las suyas propias; mas como se 
bailaba aun en minoría, se vieron rechazados. Contra esta negativa 
protestaron, y de esto les viene el nombre de prokstaníes, con que 
se conocen indistintamente en el dia los que entonces y desputs se 
separaron del seno de la Iglesia. Apelaron los protestantes al pró- 
ximo concilio, cuyo nombre solo llenaba de inquietudes y zozo- 
bras á la corte de Roma. 

Estrechaba el papa por un lado; los protestantes por otro: el 
torco amenazaba: Francisco 1 se mostraba muy propenso k sacar 
partido de estas disensiones. El emperador aguyooeado do tantas 
cosas k la vez, convocó una dieta en Augsburgo, bailándose en 
Italia k su vuelta de Espafia. Se celebró la dieta en 1530 con gran 
pompa y esplendor, como una reunión de que se esperaba un resul- 
tado decisivo. Prepararon los teólogos de ambas iglesias sus armas 



(I) Pallaticint. libr. 11. La aatoridad de este caidenfll m f iiwlee^rildiiiagiNl nMoMsi^QlQeii • 



13f! HISTOBU DB FBLIPB H, 

como para un gran certamen. No asistió Lulero, aunque estuvo & 
una legua de Augsburgo; mas se presentó su amigo Melancthon 
que pasaba por su primer discípulo y el mas sabio de su escuela- 
Redactaron los protestantes los artículos de su nuevo Credo, cono- 
cido con el nombre de la Confesión de Augsburgo. Los católicos le 
rechazaron fulminando un decreto contra ella; con lo que volvieron 
los luteranos & protestar y á apelar al próximo concilio. 

Formaron entonces los protestantes la famosa liga, que tomó el 
nombre de Smalk&ldica, del pueblo de Smalkalde, donde fué ajus- 
tada. Todo amenazaba una ruptura, y Francisco I se apresuraba á 
sacar partido de la ocurrencia uniéndose con los disidentes; mas 
Garlos V supo por entonces conjurar la tempestad, expidiendo en 
Spira en 1532 un decreto de tolerancia, ínterin se reuniese el pró- 
ximo concilio. 

Se fortificaba la liga de los protestantes y adquiría cada vez mas 
importancia. Ya no querían concilio, y en esto eran consecuentes. 
¿Qué se había de discutir y decidir en él á menos de que se com- 
pusiese de individuos de entre ambas comuniones? Veia muy bien 
el emperador que ó tenía que reconocer la nueva religión, ó acudir 
á la fuerza de las armas. Contra la liga Smalk&Uca ó protestantes, 
formó la liga católica, que hubiese impuesto á la contraria, á do 
haberse empeüado en la desgraciada expedición de Argel, cuyos re- 
sultados motivaron ó aceleraron la ruptura de las hostilidades con 
la Francia. 

No se aprovecharon los príncipes luteranos de estos apuros del 
emperador para llevar adelante sus designios. En lugar de aliarse 
con Francisco, acudieron á la dieta que Carlos convocó en Spira 
en 1543, y le dieron socorros para hacer la guerra. Mas después 
de la paz de Crespi, cuando se hallaba el emperador libre ya de 
este embarazo, fué cuando rebulleron con mas fuerza, fin la dieta 
de Worms, celebrada en 1545, se negaron los príncipes alemanes 
& concurrir al concilio de Trente y dar auxilios contra el turco: en 
la de Ratisbona, en 1546, donde los príncipes católicos se adhirie- 
ron á las decisiones del concilio, volvieron á protestar los lutera- 
nos. Por una y otra parte faltaba la sinceridad y se acumulaban 
motivos de desconfianza y de sospecha. Los protestantes se sentían 
cada vez mas fuertes, y en el emperador crecia la intolerancia con 
la secta y el odio que era natural hacia los que desairaban su aa- 
torídad como jefe del imperio. 



CAPITULO vni. 133 

Por aquel tiempo falleció Lutero traDqQilamente en EislebeD, 
pueblo de so nacimieDto, en febrero de 15i6. Por lo poco que se 
ha dicho de su c«rácter y su vida, se ve que fué un hombre ex-* 
traordiaarío. Formaba la obstifiacion y la violencia el distintivo 
principal de su carácter: sin ellas no hubiese triunfodo de tantos 
obstáculost como debió de eacontrar el establecimiento de su secta. 
Era la virulencia que reina en todos sus escritos el sello de la polé- 
mica del tiempo, ni respiran mas indulgencia los escritos con que 
se combatían sus doctrinas. Era Lutero un hombre instruido, de 
una vasta erudícioB en materias eclesiásticas , infatigable escritor, 
orador fácil y elocuente. No eran sus conocimientos puramente de 
on orden teológico, ni sus gustos todos de un controvertista. Era 
apttHonado de la música, que cultivó toda su vida. También ma« 
nejó algo el pincel, enttndió en relojería y jardinería; y de su afi-* 
cMo á las letras humanas ha dejado suficientes testimonios. Nos 
quedan de él muchas obras en latín y en alemán, muchas cartas 
femiliares, y hasta sus conversaciones de sobremesa, que han tras* 
mitido con gran diligencia sus discf pufos. Concluiremos, con un di* 
cho suyo, que nos muestra al menos la variedad de sus lecturas: 

«Nadie comprenderá á Virgilio en sus Bucólicas, si no ha sido 
cinco aOos pastor. 

«Nadie comprenderá á Virgilio en sus Geórgicas, si no ba sido 
cinco aSos labrador. 

x>Ifodie puede comprender á Cicerón en sus cartas, si no ha to« 
inado parte durante veinte aOos en los negocios de fln gran estado. 

«Nadie crea babor gustado bastante de la Santa Escritura, si no 
b* gobernado durante cien aOos las iglesias con los profetas Elias 
y Elíseo, con Juan Bautista, Cristo y los Apóstoles. 

Hanc tu ne divinam ^oeida tenta, 

Sed Testigia pronos adora. 
« 

oSddMS pobres mendigos. Boc est verum. H februarii anno 1546 
(escrito en Eisleben dos dias antes de su muwte).» 

Hemos visto en el capítulo IV la gran liga que se formó enton- 
ces por los protestantes, y de qué modo se separaron de ella lama* 
yor parte de sus miembros, por la política y artificios del príncipe 
Mauricio de Sajonia. No se concibe fácilmente, como en vista de 
€Sta separación ó defección se mantuvieron solos en la palestra el 
Blector de Sajonia y el Landgrave de Hesse. Mas la derrota que 

Tomo I. 18 



134 HISTORtil D& P£L1PE íí. 

padecieron en los campos de Muhlberg por las armas del emperador, 
se presenta como un efecto natural de su imprudencia. La severidad 
que Carlos V desplegó después de la victoria, muestra los verdaderos 
sentimientos de su alma, y que toda la moderación y tolerancia que 
antes habia manifestado, solo se debian á la necesidad, y á los apuros 
que por todas partes le rodeaban. Victorioso ahora, cambió com- 
pletamente de tono, y anunció que era un jefe en todo y por todo 
del imperio. Ya hemos visto con qué severidad, mejor diré, con qué 
dureza fué tratado el Elector, y en seguida el Landgrave, á pesar 
de sus humillaciones, y que quiso ser tan absoluto en religión, 
como en el resto. En la dieta de Áugsburgo, celebrada en 1548, 
se presentó con todo el aparato de la majestad, rodeado de los ins- 
trumentos de sus triunfos. Allí dictó el Iníerim, es decir, el estado 
que el culto habia de tener, y lo que los fieles debian de creer, 
hasta que el concilio que estaba reunido en Trento, decidiese estos 
puntos importantes. 

No se sabe hasta dónde hubiese llegado la política de Carlos Y 
en esta parte, á no encontrar un enemigo encarnizado, al paso que 
falaz, en el príncipe Mauricio. Guando secreia en el apogeo del po- 
der, se vio hostilizado por quien debia considerar como su apoyo, 
pues era su protegido y su hechura. Cuando seguía su obra de 
persecución, se vio perseguido y humillado. Soltó al elector á la 
fuerza, habiendo malogrado la ocasión de mostrarse generoso; y 
para complemento de desaire y de violencia, tuvo que firmar el tra- 
tado de Passaw, por el que se estableció el libre culto de una reli- 
gión, de la que habia sido enemigo constante y decidido, por ideas, 
por convicciones, y por celo de su suprema autoridad como jefe del 
imperio. 

Como fué este el último acto del emperador relativo á controver-* 
sias religiosas, sobre todo en la Alemania, aquí deberíamos termi- 
nar esta materia de luteranismo en aquellas regiones, durante su 
reinado, si su importancia y poderosa influencia no nos obligasen 
á entrar en otras consideraciones. 

*Que el movimiento imprimido por Lulero en los espíritus dé stt 
nación y su siglo fué grande y poderoso, toda la historia de dicho 
siglo y el siguiente lo demuestra. Otros reformadores, y aun mas 
atrevidos que él, se presentaron en seguida, como haremos ver muy 
luego; mas se quedará siempre á su cabeza, por haber sido el pri-» 
mero en aquel siglo, por estar su nombre mezclado con negocios 



GÁPITDLO vin. 135 

políticos de grande bulto y traseendeocia, y porqoe los sucesores 
sayos hicieron poco mas que moverse por sus huelías. No podía 
menos de originar su doctrina disturbios y escisiones en mas de un 
sentido, y no solo formar una iglesia separada de la de Roma, sino 
subdivir la cismática en otras tantas ramas como podian ser los que 
por conciencia, por ambición política ú otras causas, se erigiesen 
en reformadores. Estableciendo Lutero por principio que era nula la 
autoridad de los concilios, de los santos padres, de la corle romana 
en materias de dogma, y que la verdadera fuente de la fe se ha- 
llaba tan solo en la Escritura, daba á entender que la habían inter- 
pretado nftl, ó por ignorancia ó por malicia. Esta autoridad de que 
despojaba á los demás ¿á quién la transferia? ¿Quién era el intér- 
prete legal de unos libros de que otros habían abusado? ¿Lo era él 
mismo? Mas según sus propias doctrinas podia también equivocar- 
se. ¿Qué derecho tenia nadie, siguiendo este principio, de imponer 
su opinión ó su creencia á los demás? ¿No era esto lo mismo que 
decir, que podría haber tantas creencias ó dogmas, cuantos fuesen 
los hombres, que después de acudir á la fuente, es decir, á con- 
sultar la Escritura, pudiesen interpretarla de distinto modo? Así la 
diversidad, la discordancia, la anarquía, por decirlo de una vez, en 
materías eclesiásticas y de dogma, eran una consecuencia natural, 
inevitable del principio del sacudimiento del yugo de la autoridad, 
sentado por Lutero. Previo con amargura este innovador que mu- 
chos siguiendo su ejemplo sacudirían el de la suya propia, según 
aparece de algunos pasajes de sus memorias mismas. Consta tam- 
bién de ellas, que tenia dudas de algunas cosas que había dicho, 
que le pesaba de haber ido en otras demasiado lejos, y atribuyén- 
dolo á la virulencia con que había sido tratado por sus enemigos. 
Sea por esto, ó porque no se tuviese por suficiente autoridad, es 
un hecho que dejó muchas cosas por decidir de un modo claro, y 
que sobre otras no quiso pronunciarse. Habiendo abolido los votos 
monásticos, jamás quiso valerse de su influjo para expeler de los 
conventos las personas que no querían abandonarlos. Mostrándose 
enemigo de las misas rezadas, pensó que debían conservarse las 
cantadas, con tal que se mezclasen en ellas algunos salmos en ale* 
man, que diesen un aire nacional á dicha ceremonia. Sobre el pur- 
gatorio no fué explícito; y en cuanto á la presencia real en la Eu- 
caristía, no solo no la negó, sino que se mostró enemigo de los que 
la rechazaban. Uno de los grandes tormentos de su vida, fué la 



1S6 HISTOBIA M FRLIPE U. 

muchedumbre de consultas en materias de creeocia een que le abm^ 
naban, y á quieoes do podia dar uua respuesta calegóríea. Vino 
bástante para ver otros innovadores ponérsele delante, y zaherirle 
por la timidez de sus doctrinas; para deplorar abusos que hacían 
de ellas la ignorancia y la ferocidad, y para conocer por experieo** 
cía, que si los luteranos representaban un gran papel en el mun-^ 
do, no se hallaba Lutero en el apogeo de su autoridad y de su glo- 
ría. No fueron su4 últimos aQos muy felices, y su muerte vino sin 
duda á libertarle de mucha ansiedad y mucha angustia. 

Antes de pasar del luteranismo á otras sectas religiosas que en 
Alemania y en otras partes se planteaban, nos extenderamos algo 
mas sobre los efectos que bajo el aspecto político, la reloniia en 
aquel país produjo. Prescindiendo del influjo que pudo tener la pro-- 
pia convicción ó la conciencia, hemos indicado qoe á los príncipes 
que abrazaron la doctrina de Lutero les asistían motivos políticos 
para separarse de Roma: el ahorrarse por una parte las eontribu*^ 
cienes indirectas con que á los gastos de aquella corte conourrian, 
y además el aprovecharse de los despojos de la Iglesia, dtodose h 
ellos mismos mas importancia con respecto al jefe del imperio. 
Los mismos sentimientos que animaban & los grandes h6oia otro 
mayor, debían do influir en los pequefios en sus relaciones con los 
grandes. A la emancipación evangélica no podían menos de seguir- 
se disturbios políticos, y una pugna para obtener en lo civil los 
mismos efectos que en lo religioso. A las opiniones de Wickff se 
siguió en Inglaterra la facción de los Lolardos. Tuvo por conse-* 
cuencia el suplicio de Juan de Huss y de Jerónimo de Praga la 
guerra de los hussitas en Bohemia. A los principios de las inoova«« 
cienes de Lutero, y aun antes, se insurreccionaron una muchedam^ 
bre inmensa de aldeanos ó labriegos en Suavia, en Franconía^ en 
Alsacia, en los círculos del Rhio, en otras parles de Alemania, pi- 
diendo con las armas ser libertados del yugodelosseOores, alegan-* 
do los derechos que como á cristianos les estaban asignados eo d 
Evangelio. En doce artículos extendieron las condiciones de su pa- 
cificación y desagravio; debiendo decir por amor á la imparcialidad 
que muchos parecían justos, y que sus mismas quejas muestran 
bien el grado de abyección y servidumbre en que vivían. Citaremos 
algunos: que se les permitiese elegir su pastor y deponerle, siendo 
cuenta de ellos el pagarlo: que no fuesen propiedad de nadie: que 
se aboliese el derecho exclusivo de caza y otras cosas comunes: que 



GiFlfULO VID. 131 

M aliviatn los serrícioB péblicos y qoe se disfniDuyesen las contri* 
eiones. 

Se creyó Lotero como interpelado en esta grave controYersía, y 
tavo á ponto de deber y honra el prononciarse. Bn lugar de nios- 
tararse favorable á los labriegos, les afeó so insnrreccíon y so alza- 
miento, diciéodoles qoe no era de cristianos vindicar sos agravios 
con las armas en la nano: qoe acodiesen á las de la moderación y 
de la sáplica. Con la misma energía qoe á los labriegos, se dirigió 
á los señores, echándoles en cara so espirito opresivo, exhort&n-* 
doles á la misericordia y & la indolgencia;conclo yendo por propo-* 
oer á los partidos una avenencia por medio de motóos delegados. 
Con este término medio de condocta qoe adoptó Lotero por no com- 
prometerse mas abiertamente, no dejó contenta á ninguna de las 
partes. Se remitió el negocio al folio de las armas, y se decidió en 
fiívor de los seliores, quedando sos enemigos vencidos, derrotados 
y dispersos. So jefe principal llamado Moncer, hombre osado y fe- 
roz, qoe arrastraba la mochedombre con so elocoencia violenta y 
saoguinarm, pereció en el cadalso con los principales de sos oóm- 
íbices. 

Ro mostró Lulero pesadumbre por este desenlace de la insurrec- 
don de los labri^s. Se consideró al contrario conni on josto cas- 
ti§94e OA crífnefl de desobediencia. Y tal vez se alegró en secreto 
de ver reprimidos «nos excesos y desórdenes qm los católicos aclMH 
caban natoral mente á sus doctrinas. 

Fué esta goerra de los labriegos en extremo cruel y sanguinaria. 
Se abandoaaron los iosorgentes á toda soerte de foror y desenfreno 
como toda muchedumbre guiada por sus instintos groseros, que ha 
sacudido el yogo de la subordinación y disciplina. Si su conducta y 
la suerte de sos armas excitó tan pocas simpatias en Lutero, d in- 
cendio que promovieron el aOo de 1534 en Munster los anábaptis-< 
tas, fué objeto de mi cólera y de ana indignación violenta. 

Eran los anabaptistas una secta, donde se predicaba, entre otnas 
cosas, que los hombres no debian bautizarse hasta ser adultos; por 
caya razón , siendo el bautismo de la infancia nulo , no se pedia 
salvar quien no lo renovase. En apoyo de esta novedad, citaban el 
bautismo de Cristo en el Jordán, antes de tomar el camino del de- 
sierto. Se introdujeron estas innovaciones en Munster, donde, desde 
el afio de 1530, había penetrado la doctrina de Lutero. No se des-* 
cuidaron , como sucedía á todos , de propalar y difundir la suya, 



188 HISTOEU DE FBUPB II. 

que no dejaba de encontrar prosélitos. Iba sn predicación acompa- 
sada de vociferaciones , de violencias ; y entre los ardientes entu- 
siastas se dislinguia un sastre llamado Juan de Leyden, por su elo- 
cuencia, y la audacia con que había contribuido á introducir aquella 
novedad en Munster. Mostraban hacia la iglesia de Lutero la misma 
aversión que á la de Roma, lo que era un nuevo motivo de pugna 
entre ambos bandos. Hay cuatro profetas, decian los anabaptistas; 
dos verdaderos y dos falsos. Los primeros son David y Juan de Ley- 
den : Lutero y el papa los segundos. Al fin los católicos y los lute- 
ranos expelieron de la ciudad á los anabaptistas; mas volvieron en 
mucho mayor número y con mas audacia , corriendo las calles, 
exhortando & los hombres á la penitencia, al mismo tiempo que se 
apoderaban de los puntos fuertes, de la casa de ayuntamiento y de 
la artillería. Los católicos y protestantes se armaron por su parte 
para atacar á los anabaptistas , y después de varios combates sin 
resultado alguno , se convinieron en que cada uno ejerciese libre- 
mente su creencia. Los anabaptistas, sin miramiento á este tratado, 
llamaron en secreto á los de su persuasión , que se hallaban en Iob 
pueblos inmediatos. Guando los luteranos y católicos vieron que la 
ciudad se llenaba de gente forastera, se salieron inmediatamente los 
ricos del pueblo, como pudieron, dejando solo dentro á los mas 
pobres. Entonces los anabaptistas se apoderaron del mando, depu- 
sieron el ayuntamiento y foranaron otro nuevo. De allí á unos 
dias, despojaron los conventos y las iglesias, corrieron las calles, 
llamando á gritos á los hombres á la penitencia, á que recibiesen 
el bautismo, amenazando con la muerte á los impíos que no se 
marchasen al instante. A todos los que no eran de su secta hicieron 
salir de Munster, sin distinción de edad ni sexo. 

Dnefios de Munster los anabaptistas, mandó uno que pasaba 
por profeta, Juan Mattiesseu, que todos pusiesen sus bienes enco* 
mun, y que nadie ocultase nada, pena de la vida; apoderándose 
asimismo de los de los fugitivos. Se mandó asimismo que no se con- 
servasen mas libros que la Biblia. Todos los demás fueron quema- 
dos en la plaza de la catedral, estimándose su precio en mas de 
veinte mil florines. 

Habiendo muerto á las puertas de la ciudad este profeta por las 
tropas del obispo que la sitiaban, le sucedió en el cargo Juan de 
Leyden, que tomó á su viuda por esposa. Dieron á pocos dias los 
sitiadores un asalto, que fué rechazado con gran pérdida. Adquirió 



CAPITULO Vil. 139 

con esto Joan de Leyden nuevo crédito, que le hizo mas osado. Nom- 
bró doce .fieles para que fuesen los anciaoos de Israel: declaró que 
Dios le habia revelado nuevas doctrinas sobre el matrimonio. Los 
predicadores con quienes la discutió, abrazaron su opinión, y por 
tres dias consecutivos predicaron la pluralidad de las mujeres; doc- 
trina que fué inmediatamente puesta en práctica, con todas las vio- 
lencias del mas bárbaro libertinaje. 

En la fiesta de San Juan de 1534, un nuevo profeta de oficio 
platero, llamado Warendorff, reunió al pueblo y le anunció que 
había tenido una revelación en virtud de la que debia reinar Juan 
de Leyden sobre toda la tierra, y ocupar el trono de David, hasta 
el tiempo que el Dios padre vioiese á pedirle la entrega del gobier- 
no« Los doce profetas fueron depuestos, y nombrado rey Juan de 
Leyden. 

Se rodeó el nuevo monarca de una corte completa, magnífica y 
pomposa; creó todos los cargos y empleos que se ven en ios pala- 
cios reales; elevó á una de sus mujeres al rango de reina; se hizo 
con un tren de cuarenta ó cincuenta caballos, todos ricamente en*- 
jaezados. Adornado con los trajes mas magoificos hechos con ves* 
tiduras de la Iglesia, se presentaba en la calle con todo el aparato 
de un gran rey, acompañado de pajes, uno de los que llevaba su 
fiiblia y su corona, y otro su espada desnuda. Al mismo tiempo se 
abandonaba á todos los excesos de la crueldad, de la licencia y 
desenfreno. Habiendo dicho una de sus reinas á las compañeras que 
DO creia conforme á la voluntad de Dios que dejase perecer al po- 
bre pueblo de hambre y miseria, la hizo conducir á la plaza del 
mercado en compaDía de sus demás mujeres, y habiéndola man- 
dado que se arrodillase en medio de sus compafieras, prosternadas 
como ella, la cortó con su misma espada la cabeza. Las demás rei- 
nas cantaron gloría á Dios en las alturas, y el pueblo se puso á 
bailar en torno del cadáver* 

Tanto delirio y desenfreno no podian ser de larga dura. Se es-* 
trochaba el sitio, y los de adentro estaban reducidos á la última 
miseria. Llegó á ser tan grande el hambre que se distribuyó la 
carne de los muertos, exceptuándose solo los que hablan tenido en- 
fermedades contagiosas. El dia de San Juan de 1535 se dio otro 
asalto y se tomó la plaza después de una obstinada resistencia. To- 
dos los anabaptistas fueron pasados á cuchillo. El rey y su teniente 
fueron cogidos prisioneros, y después de mas de seis meses de pri- 



140 HÍSTOllÁ DI FRUPB II. 

sioD, salieroD al suplicio, donde fueroD ateDateados y muertos de 
uoa puAalada eo el pecho, después de una hora de tormento. 

Esta catástrofe atroz de los anabaptistas de Hunster, fué la úl*^ 
tima de esta clase que tuvo lugar en Alemania en toda la primera 
mitad del siglo á que dos referimos* Ya veremos repetidos, no pre- 
cisamente los mismos horrores, mas otros que se les parecen, en 
Suiza, en Francia, en los Paises-Bajos, en Escocia, dando por re- 
sultado la observación exacta de que las guerras religiosas han 
sido siempre, en su género, las mas crueles y atroces de las 
guerras. 

Hemos indicado que no se concreté el luteranismo simplemente k 
la Alemania. En los mismos tiempos de que hablamos, no dejó de 
penetrar por Francia y por Italia; llegó basta Espafia, á donde le 
llevaron los soldados luteranos de Carlos Y, pues en las filas impe- 
riales teDian cabida todas sectas y naciones. Una gran parte de 
los excesos, sobre todo las profanaciones que se cometian en Roma 
durante su ocupación por las tropas de aquel príncipe, se atribuye 
\ los soldados luteranos. 

Para concluir todo lo relativo & las contiendas religiosas de Ale- 
mania eo la época de Garlos Y, diremos dos palabras acerca del 
Concilio de Trente, hecho histórico demasiado interesante, para que 
se pase en silencio tratándose de tales controversias. Como hecho, 
le bosquejaremos, pues, con sencillez y concisión, sin ningún exá^ 
men, sobre todo en la parte teológica. (1) 

La idea de un concilio ó de cualquiera otra asamblea de esta cla- 
se, debió de ocurrir y ocurrió efectivamente en todas las novedades 
extraordinarias, en todos los graves conflictos , en las escisiones de 
efectos muy trascendentales, en cuantos peligros amenazaron laiit- 
ve de la Iglesia. Todos los grandes concilios generales representai 
efectivamente algunas de estas situaciones. No es extrafio , pues, 
que cuando la herejía de Lutero tomó tanto incremento en Alema^ 



(I) fi^Dtre los varios histñlador^ qoe consagraron su pluma á la descripción de este Concilio tfe 
dtotingaan dos, marcados por la dlTeran Indcde y caráeter de sas narraciones. BI uno es Kea 
Paolo Sarpi, fraile servita veneciano, nada adtelo á la caria romana^ y propenso á emplear siem- 
pre el lenguaje de la censura y hasta de la sátira. El segundo es el cardenal Palaviclni« cuya his- 
toria parece principalmente dirigida á refutar los errores del primero que designa con el nombre 
de SuavBj pues bajo el pseudónimo de 8uat€ Polano publicó en Londres por primera vei f ra Paolo 
su historia. Como en los hechos substanciales, que son los que nosotros consignamos, convienen 
los dos con corta diferencia, de cualquiera de los dos podríamos tomarlos, mas para no errar en 
esta materia delicada nos valdremos exclusivamente de la del Cardenal, y á él exclusivamente ttoe 
referimos en un todo sobre lo poco que, según el olijeto de nuestra obra, tendremos que narrar de 
este Gonenio. 



OMroiO vfíf. 141 

Bía, 66 %fttft la opíftkm m uq ConciLio, cono la medida mas 
eficaz, para curar estos males de la Iglesia. Los mismos protestan^ 
tes parecian desear esta celebración, cuajoido apelaron al próximo 
GoodKo; al protestar contra ia deoisioDes de Spira y de Augsburgo; 
basta Lulero tocó esta especie en respuesta á su condenación en 
Roma. Deseaba mucJM este concilio Garlos Y, tanto por objeto de 
acabar asi ooo la berejía, como con el fin de que se biciesen aquellas 
reformas sobre disciplina y gobierno temporal de la Iglesia que re-* 
dañaba la opinión, y parecían ios medios mas conducentes para 
que M se renovasen en adelante tan funestas escisiones. 

Mas la corte de Roma no vio con los mismos ojos este negocio 
4e concilio. Sin duda recordaba los recientes de Constanza» de Ba*- 
süea, de Ferrara y de Floreada, en que los padres se consídenaron 
y' condujeron como verdaderos representantes de la Iglesia; punto 
Muy delicado para la autoridad del pontífice de Roma. Tal vez ereia 
que on concilio no era ya eficaz para cortar los males que iba pro- 
duciendo la herijita, y en efecto, á la altura en que se bailaba este 
negodo^ ya era mas asunto de armas, que de controversia. Era 
predao ó tolerar la existencia del luteranismo ó extirparle por me^ 
<ito de material coacción h de violencia. Asi lo veía todo el mu»*- 
4o: asi lo iconiociaa los miainos protestantes, que a( principio pidie«- 
ron Ckmciiio, fue después pusieron por condician que se edet)rase 
en Alemania, y al úUimo no quisieron ya Cóndilo. £ntre el lute^ 
raniSKo y la Iglesia católica se Jiabia abierto ya una brecbajn^ 
mensa. Eran ya das cosas inamalgamables, ínfandibles. Un Concilio 
compuesto ée doctores de ambos bandos ooo objeto de discutir, era 
inposttrie, sumamente pdigroso. Compuesto solo de prelados y ea- 
Idlicos, tenia que comenzar lanzando condenaciones, censuras y 
«o*temas« La cuestión era, pues^ si ^tas bastarían sin emplear la 
vieiencia de las armas. 

La cuestión de la reforma en la disciplina y negocios meranenie 
temporales de la iglesia, era sumamente delicada y espinosa. Esta 
¡dea no ia deseonoda la osría romana, mas sonaba mal, y sobre 
todo repugnaba el conceder que & los ainisos de que tanto se que^ 
jaban, se debiesen en parle Jas herejías que afligían á la Iglesia. Ta 
lieflios visto io objeto de censura que fué el papa Adriano YI, por- 
que había hecho ver 4 ia Dieta de Nuremberg que él era el primero 
en neaanoeer en el azote de la bereíía un castigo de la divina Pro- 



ToMO I. 19 



Ii2 mSTOftÍÁ DB FBLffB U. 

Eq fio, después de varios pasos y negociaciones, sobre el pnnto 
donde debía celebrarse, después de haber decidido el Papa que fuese 
presidido por legados suyos, fué el concilio convocado para la ciu- 
dad de Trento en el Tirol, por un decreto del papa Paulo III, expedí- 
do en 1.'' de mayo de 1542, por el que se mandaba celebrar la pri- 
mera sesión el 24 de junio de aquel mismo afio. 

Los legados del papa acudieron con puntualidad para el dia con- 
venido; se juntaron también algunos otros padres y prelados, mas 
fueron en tan pequefio número, que no se pudo reunir el Concilio, 
y los padres tuvieron que volverse. Por aquel tiempo se celebró la 
dieta de Spira en 1543, con motivo de los socorro que dieron al 
emperador contra la Francia. Expidió Garlos el decreto de que no 
se maleslaria á los protestantes, hasta que decidiese los puntos de 
controversia el próximo Concilio. 

Disgustó mucho esta concesión á la Sede apostólica, y alentó en 
proporción al partido luterano. Ya no hablaban estos de Concilio, 
como que á las decisiones de un Concilio no pensaban someterse. 
La desunión de los ánimos, la desconfianza mutua del emperador 
y el papa, la guerra encendida entre el primero y el rey de Francia, 
hicieron que se parase el negocio del Concilio, quedando como muer- 
to, hasta que fué convocado por segunda vez para el 15 de marzo 
de 1545. Todavía en vista de los pocos que acudieron, se difirió la 
reunión para el 3 de mayo de aquel aQo. Mas á pesar de la prisa 
que ponía el pontífice, fueron tantos los obstáculos, las dificultades 
que se ofrecieron, la desconfianza en unos, lámala fé en otros, qae 
el Concilio no pudo inaugurarse hasta el 13 de diciembre. 

Comenzó la ceremania con una solemne procesión, en que iban 
por su orden frailes, canónigos, obispos y legados. Se instaló so- 
lemnemente el Concilio, pronunciando el obispo de Bitonto el dis- 
curso de apertura: determinó abrir sus sesiones para el 6 de enero 
del aDo siguiente de 1546. 

Fué el Concilio de Trento muy poco concurrido desde los princi^ 
píos. Asistieron á la ceremonia de la inauguración, cuatro legados» 
cuatro arzobispos, veinte obispos, cinco generales de órdenes reli- 
giosas. De Francia no se presentó ninguno: de Alemania muy po-^ 
COS. Los oradores del emperador tampoco habían llegado todayfa. 
Dio esta falta de asistencia lugar á inculpaciones, á reprimendas se- 
rias, y hasta indicaciones de acusar de contumacia á los ausentes. 
Hubo muchas excusas por parte de estos últimos» alegando causas 
de tardanza, y pidiendo nuevos plazos. 



GÁPlTOLOVm. 118 

Se emplearon las primeras reaDíones en la designación de los 
empleados para lá dirección de los negocios del Concilio, en decidir 
de qué modo se hablan de contar los votos, y hasta el mismo títalo 
qne al Concilio habia de darse. Algunos no querían que se llamase 
universal, por no' poder considerarse como representación de toda 
la Iglesia, en vista del escaso número que habia concurrido; mas 
prevaleció la opinión contraria, aunque la denominación que se dio 
desde los principios á dicha asamblea, no fué siempre la misma; 
indicándose con esto que no se hallaba el punto bastante decidido,. 

En la segunda sesión se dejó ver la diferencia de ideas y miras 
que animaban á los padres del Concilio. Querían algunos que co- 
menzasen sus trabajos , haciéndose reformas en la disciplina de la 
Iglesia, en las costumbres de sus prelados , en la administración de 
SQS negocios temporales. Tales eran las ideas del emperador y de la 
mayor parte de los prelados de Alemania. Alegaban para ello que 
así se quitarían muchas armas á los herejes que en muchas de estas 
corruptelas y abusos apoyaban sus doctrinas : mas la mayoría y el 
mismo pontífice, á quien Caríos V escribió sobre el particular , re- 
chazaron este orden de trabajos , como derogatorío á la dignidad 
misma de la Iglesia. Sostuvieron que era impropio para los que se 
reunían con objeto de pronunciar, de decidir y condenar, dar prín- 
cipio á sus tareas acusándose á sí mismos, y ofreciendo este triunfo 
á sus contrarios : que de las reformas en la disciplina nadie habia 
que no reconociese la necesidad; mas que este negocio debia pospo- 
nerse al de la manifestación y pronunciamiento solemne sobre el 
dogma. 

Prevaleció esta última opinión , y se decretó que empezase el 
Concilio sus tareas por el Credo. Se pasó á la inspección de los li- 
bros canónicos reconocidos como tales hasta entonces. Fué alguno 
de opinión que se los dividiese en dos clases; unos de fe ciega é im- 
plícita, otros de mera edificación y de consejo ; mas fué rechazada 
casi por unanimidad estadoctrína. Se propuso por otros si estos li- 
bros canónicos se debían examinar de nuevo; á lo que se respondió 
que ya lo estaban por la Iglesia, y que un nuevo examen sería dar 
un triunfo á los herejes que deseaban abrir campos de disputa y de 
contienda. Replicaron los primeros que el modo de convencerlos era 
examinar y discutir ; mas en la votación tuvo mayoría la opinión 
contraria. El Concilio se pronunció , pues , solemnemente sobre la 
admisión de lodos los libros canónicos sin distinción , y contra los 



f 44 HISWMi M flLIPE n. 

qae los deseobMen é Degas», éeokiió lanrar od aMéema, pw vein* 
te Totos contra doce. 

Se procedió después á. las tradiciones apoatófieas , y después de 
varias discustones , se decidió que les debía kt misma fe que k la 
Escritura, laosaudo el mismo anatema contra ks que las desecha^ 
sen. Se resolvió asimismo declarar la Vulgata, único te:&ta cañoneo 
entre todas las demás traducciones en latín de la Escritora, excogí^ 
tando el modo de expurgarle de todos los yerrss, que par descuido 
ó ignorancia de los copistas ó impresores se hablan en rila inüxH 
daoido. 

Mientras tanto continuaban las quejas contra los ansentes, eayas 
excusas fueron todas desechadas. Se llegó basta fomnlar un de-* 
creto contra ellos; mas no ftié leido en sesión páblíca. 

Una de las disposiciones tomadas en aquellos dias por el GoncUio 
fué la deposición del arzobispo de Colonia , acusado de connivencia 
con los beresiarcas. Gen este motivo volvieron muchos á insistir en 
que S8 pasase pronto á tratar de las reformas. El emperador lo so- 
Kdtaba en sus cartas al pontífice, exponiendo la neceádad de que 
se tratase de esto antes de pasar el dogma. Mas Paulo III deséela 
de nuevo sus indicaciones , lo que fué motivo do que los oradores 
del emperador se abstuviesen por un tiempo del Concilio. Los lega^ 
dos que le presidian en nombre áú papa, y la mayoría de los pen- 
dres, combatían con calor esta idea de entrar inmediatamente en 
las reformas. A nadie se priva, deciao, de reformar sus costumbres: 
todo el munde es libre de llevar cilicios y ponerse ceniza en la ca-^ 
beza. La fe es lo primero por ahora; después se pasará á Iasobra&« 

Goinenzaroni pues, los padres por el pecado original que decla- 
raron coido uno de los artículos del dogma* Sobre la inmaculada 
Concepción de la Virgen no se atre vieron ádeddir nada, por no he^ 
rir la susceptibilidad de las órdenes religiesas, entre otras la de ios 
dominicos que la desechaban. 

Produjo la discusión grave y detenida sobre esta materia, cinco 
dmones rehitivos al pecado original cometido por Adán; i la trasH 
misión de este pecado ó mancba á toda su posteridad; á la aboK-* 
clon de esta mancha ó pecado por el sacramento del Bantísmo, ins^ 
tituido por Jesucristo; á la absoluta necesidad de administrar este 
sacramento k cada individuo ó persraa; á la abolición por él no solo 
del pecado original, sino de cualquiera oU*o que hubiese cometido. 
En cuanto 4 la exención de la Virgen de la ley comnn, se mandó 



cAPimo Ym. 145 

obsemr las MoslitaoíMMS de Sixto IV sobre la materia; explioí»- 
doee este panto en térmÍBOS que al manifestar lo piadoso de esta 
ereeneia á» sn inmaonlada Goneepcion, no se aeosase de impla ni de 
ineligiosa la contraria. 

Casi al mismo tiempo qae se extendían y examinaban estos cá- 
nones, se tocaban algunos puntos relativos á la disciplina y gobier< 
no de k Iglesia. Se quejaban los obispos de las nsurpacionesde sa 
autoridad que en ciertos puntos oometian los superiores de las ór» 
dones y comunidades monásticas, y se trató de cortar de raiz estos 
disgustos, restituyendo al poder episcopal sus atribuciones. Se ha- 
bló de la residencia de los obispos, consideHmdola como esemml- 
iDcnte obKgaloría: se mandó que se erigiesen cátedras tanto en las 
BBiyersidades como en las oajMtales de diócesis y comunidad refi- 
giosas, para la exposición y explicación de la Escritura, mandando 
que no se confiase esta cargo sino á personas muy idóneas; que se 
Ueiesen núsiones, observándose la misma escrupulosidad coa los 
revestidos del carái^r de predicadores; que se abriesm escuelas 
gratuitas para ensilar á los pobres la gramática latina. 

Habia celerado el GoacíKo de Trente cuatro sesiones públicas en 
los cinco meses y mas que de instalaoíon llevaba. En 17 de junio 
de 1546, tuvo lugar la qidnta, para i^robar los cánones rdativos 
al pecado original y á la disciplina de la iglesia. Anstieron á ella 
cuatro cardenales, nueve arzobispos, cuarenta y o^ obispos, des 
abades de monjes, tres generales de mendicantes, y varios otros 
teólogos, oradores. 

Gomo se ve, se hallaba todavía el Gonoilio miy poco coneurrido, 
lo que hacía repetir las quejas y amenazas de costumbre centrales 
ausentes. De Francia ninguno se habla presentado, hasta que por 
aquellos dias acudieran tres individuos, que después de varios de« 
kates sobre los asientos, le tomaron al fin entre los padres. 

Por aquel tiempo estalló la guerra entre el emperador y les prin- 
eipes protestantes del imperio, de que hicimos mendon eo su lu- 
gar y á la que contribuyó el papa con un auxilio de doce mil bom- 
bies de iníánteria y dos mil catíallos q«e pasaron por Trente en sn 
Bsaroha al teatro <to las hostilidades. Gen este motivo no creyéndo- 
se bastante seguros y tranquilos en esta ciudad los padres del Gon* 
oiUo, trataron de que se trasladase á Italia, mas este punte dio lo- 
gar á serios y vives altercados. 

La curia romana que habí» siempre pr(^ndido á celebrar el Gon- 



146 HISTORIA DK FSUPK 11. 

cilio en este último pois, aprovechó gustosa cualquiera ocasión ó 
motivo de la remoción de Trente, ciudad triste, de pocas comodi* 
dades y conveniencias, donde la mayor parte de los padres residían 
con suma repugnancia. A esta mala localidad se atribula la poca 
concurrencia k tan solemne asamblea de la Iglesia. Mas el empera- 
dor se habia empeDado siempre en situar al Concilio lo mas próxi- 
mo posible al teatro de las escisiones religiosas, para que se sintiese 
mas su influencia. De igual opinión hablan sido los prelados ale- 
manes, y hasta los protestantes mismos, cuando querían y pedian 
Concilio. En esto también se llevaría las miras Carlos V, de ejercer 
mas influencia personal en cuanto el Concilio decretase. De todos 
modos, cuando se suscitó el punto de la remoción, se mostró tan 
adverso á la medida, como lo habia estado á su celebración en al- 
gún pueblo de Italia. 

La generalidad de los padres deseaba la traslación por los moti- 
vos ya expresados. La deseaba mucho el papa, y aun mucho mas 
los legados, temiendo los conflictos y embarazos que podrían sus- 
citarse, en caso de morírse el pontífice, ya de edad muy avanzada, 
durante la celebración del Concilio en un punto tan distante. Mas 
el emperador cada vez se mostraba mas adverso á la remoción de 
la asamblea; y el papa por no disgustarle, temiendo que llegase 
qttiz& & convocar un concilio nacional, no daba indicios de insistir 
mucho en la medida. 

Reinaba, pues, en Trento una guerra sorda, entre los que de- 
seaban y combatían la salida. Entre los primeros, los legados tra- 
bajaban por llevarla á cabo, haciendo ver á los de la parcialidad del 
emperador, que era ya imposible al papa continuar con los auxi- 
lios de la guerra, mientras continuase el Concilio de Trento, por los 
muchos gastos que se le seguían, y haciendo por otra parte ver al 
pontífice la necesidad de suspender el Concilio, en caso de que su 
traslación fuese imposible. 

El emperador se mantenía obstinado, y Paulo 111 irresoluto; las 
intrígas, negociaciones y disgustos iban en progreso, sin que el 
asunto llegase & su determinación, cuando se declaró en Trento una. 
enfermedad, que tenia, ó á la que se quiso dar, el carácter de con- 
tagiosa; con cuyo motivo, los amigos de la mudanza alzaron mas 
la voz, y el papa se decidió al fin á dar el decreto para la remoción 
de él & Bolonia, á donde inmediatamente se trasladaron los pre- 
lados. Sucedió esto por mayo de 1547. 



OAPitULO VIÍI. 141 

Se irritó el emperador con la medida, y pidió al pontífice la vuel- 
ta del Concilio á Trente. Lo mismo suplicaron los prelados alema- 
nes. Mas la corte romana no tuvo por conveniente acceder á la pre- 
tensión, y expidió nuevas cartas de convocatoria, para que los pa- 
dres del Concilio se encaminasen á Bolonia. Mas no pocos, sobre 
todo los espafioles, de la parcialidad de Carlos V, se negaron á se- 
pararse de Trente. 

En Bolonia se celebró una sesión, y se decidió que se suspendie- 
sen basta setiembre de aquel afio. Mientras tanto ocurrió la victo- 
ria de Muhlberg contra el Elector de Sajonia y el Landgrave de Hes- 
se, lo que en lugar de hacerle ceder sobre la traslación del Conci- 
lio á Bolonia, le movió á insistir de nuevo en que volviese á Trente. 
Mas esta medida era ya imposible, como también el que el Concilio 
continuase sus sesiones en Bolonia, con tantos altercados entre los 
qae la deseaban allí, y los que persístian ec permancer en Trente. 
Así quedó esta asamblea como virtualmente suspendida. 

Mientras se suscitaban estos puntos de traslación y demás nego- 
cios puramente temporales, seguían adelante los padres con sus ta- 
reas de definir puntos de fe, y tomar medidas acerca de la discipli- 
na de la Iglesia. En cuanto á la primera parte, después de los cá- 
nones ya referidos sobre el pecado original y sacramento del Bau- 
tismo, se pasó á los otros; pues sobre su número y efectos de su 
aplicación rodada una gran parte de las doctrinas de los heresiar- 
cas. Se extendieron sobre esto nuevos cánones, y se lanzó anate- 
ma contra el que dijese y tratase de sostener que los sacramentos 
eran mas ó menos que siete; que no habían sido todos instituidos 
por Cristo; que io estaban ya en lo antiguo; que tan solo los signos 
pertenecían al Nuevo Testamento; que los sacramentos no eran ne- 
cesarios; que bastaba la preparación del alma y deseo de recibirlos, 
sin que lo fuesen en efecto. En cuanto á disciplina, se continuó el 
negocio de restituir toda su plenitud á la autoridad de los obispos; 
se decidió la obligación de la residencia de estos en sus diócesis; que 
ninguno, y ni aun los cardenales, poseyesen mas que una, siendo 
extensiva hasta ellos la obligación de residencia. 

Mientras las contestaciones y negociaciones á que daba lugar la 
instalación en Bolonia del Concilio, expidió el emperador su famoso 
decreto del Iníerim en Alemania, por el que se estableció lo que se 
habia de practicar y observar por los luteranos, ínterin decidía el 
congreso sobre aquellas controversias y disputas religiosas. Fué con'- 



148 HISTOÚA m PBLIK H. 

aderada aftta andida por ios protestantes ooaio uo rasgo de tirania 
del emperador; en la curia romana causó aun mas desagrado, codm 
ateotatorio á la autoridad del pontífice y del Goucilío mismo, ¿ me^ 
dándose eo materias fuera de la competeocía do las potestades tem* 
porales. Ei papa trató de modificar este acto, y bacer ea éllaseoí^ 
reccíones necesarias; mas le representaron sus consejeros que es 
esto mismo se comprometía su dignidad, y se prefirió el sUeiieio & 
dar k entender de un modo tácito, que el emperador podía tener de- 
recho de expedir decretos semejantes. 

IV)co después falleció Paulo III, y fué sucedido por Julio III, que 
cuando cardenal, babia sido uno de los legados del Concilio. Gomo 
el emperador instaba siempre á que volviese esta asamblea á sos 
trabajos, y no se la convocase mas para Bolonia, expidió el ponti- 
fiee una b^ila^ para que el Goncilío volviese á reunirse en Trente. 

Tuvo lugar la primera sesionen I."" de mayo de 1550, después 
de cerca de dos afios que se hablan suspendido sus tareas. El em- 
perador, creyéndose ya en estado de dar la ley 4 los protestantes 
de Ailemania, volvió á insistír en que se tratase de reformas en la 
disciplina, para quitar de un todo los pretextos y motívos que los 
heresiarcas alegaban. Bl papa manifestó que entraba perfeetaMente 
ea sus coisideracíraes. El Concilio comenzó sus tareas, tratando de 
dogmas de crencia; extendiéndose mucho sobre el de la Eacaristía 
tan combatido por la secta de los sacraméntenos. 

A este Cracilio que se consideraba como una mera continuaoioB 
del anterior, acudieron también prelados franceses; mas se vio como 
«na ofensa en el Concilio, el que las cartas credenciales que se le* 
yeron en su seno, designasen este asamblea con el nomi>re simple 
de c(mt>entus (reunión) sin emplear el de sínodo ó Concilio. Al fin 
apaciguaron algo con las explicaciones que los oradores dieren 4 la 
de conventus, que en nada derogaba á la impotencia y dignidad 
de la asamblea. Mas la Francia se habia manifestado en todas oea- 
siones poco adiete al Concilio, sin duda porque ei emperador le 
promovía. Asi no fueron admitidas nanea en aquel pais sus decisio- 
nes de ninguna época. 

Las tareas en este segunda del concilio de Trente procedieron 
con mas lentitud que en la primera. A las decisiones sobre el sa<- 
oramento de la Eucaristía, siguieron las relativas á la penitencia. Se 
tomó entonces la medida de dejar pendientes ciertos puntos, invi- 
tendo ¿ los protestantes á que viniesen á esgrimir sus armas en la 



CANimo vm, 149 

coDtr^Hrensía, lo que do se había hecho en la priaent ¿poca. Mas 
loi protestantes ttoásisUeron: les «taha preparando tpíu&foa iiia« 
deudos y seguros, Mauricio de Sa}onía, oobvertido repentinaiiiente 
de ooDs^ro^ de amigos de protegido del ettpo'ador, en su enemi-* 
go. Hoyé Garlos V de aa n^evo rival» y domo hemos visto^ « tíé 
ffiay eo riesgo de oaer prisíoDero en manos dol qne haoia poeo te 
iiamaba sa íaforoaído. 

TflTierein gravite iafloenda estos aeoaleoimientoá en las taroofe 
del Ceoeílío. Ueg^nu ios padres & terse realméiite tn peligro por 
la aproximación á Trente del teatro do las hostilidades. Destruye 
completamente el tratado de Passaw las esperanzas que podia tener 
la corte romana de ver reducidos á los luteranos de Alemania al 
seno de la Iglesia. Declarada otra vez la guerra entre el emperador 
y el rey de Francia, necesariamente se habla de resentir de ello la 
buena armonía del Concilio, donde se hallaban padres de las dos 
parcialidades. Quedó asi suspendida virtualmente esta asamblea, y 
DO volvió á reunirse otra vez hasta diez aOos después, cuando lle- 
vaba ya Felipe II siete de reinado. 

Asi el concilio de Trente nó produjo efecto alguno en cuanto á 
la restitución al seno de la Iglesia de los protestantes de Alemania 
y otras partes. Estaba ya la escisión muy decidida y pronunciada, 
y á demasiada distancia los principios de los disidentes de los adop- 
tados como bases fundamentales por la Iglesia. Era imposible que 
apagase el fuego ya tan encendido una asamblea, que no se reunia 
para examinar y discutir, sino para pronunciar y fulminar anate- 
mas contra los que no adoptaban sus creencias. Entre tratados de 
tolerancia mutua y guerra abierta no habia medio. En cuanto á re- 
formas en la disciplina de la misma Iglesia católica no dejó de ocu- 
parse de este asunto el Concilio como ya hemos visto; pero como 
objeto secundario. De la necesidad de estas reformas, como un 
punto de teoría, todo el mundo estaba convencido y penetrado; mas 
cuando se llegaba á la práctica se encontraban obstáculos insupe- 
rables. Unos no la querían verdaderamente por ser parte interesa- 
da. A otros hería y ofendía mucho su amor propio la consideración 
de que se hiciesen estas reformas, cediendo á las exigencias y cla- 
mores de los mismos heresiarcas. Se mezclaban en estos negocios 
demasiadas pasiones y parcialidades. Los intereses del siglo y los 
religiosos se hallaban tan extrañamente ligados entre sí, que era 
muy díffcil decidir la parte que verdaderamente pertenecía á cada 

Tomo i. SO 



150 HISTORIA DB FBLIPB lí. 

Qoo. Los papas eran soberanos temporales al mismo tiempo qae 
pontífices:, en los demás principes subia y bajaba el fervor é intole- 
rancia religiosa según el barómetro de su política. No miraban pre* 
cisamente el papa y Garlos V bajo un mismo aspecto las disidencias 
religiosas de Alemania, ni podian por lo mismo convenir en los me- 
dios de extirparlas. De esta divergencia en las miras de los sobe- 
ranos participaban por precisión los mismos padres del Concilio. 
Así lo hemos visto en completa discordia, marchándose los mas á 
continuar el Concilio en Bolonia, mientras se obstinaba en no salir 
de Trento una grande minoría. 



CAPITULO IX. 



Signen las controversias "y guerras religiosas en la época de Garlos V. — Enrique VIH 
de Inglaterra. — ^Ana Bolena.— Cisma. — ^Movimientos en Escocia. — Asesinato del 
cardenal Beatón. 



La gran revoiacioD, y este titulo merece la producida en Alefua-* 
nía por Lutero, tuvo ud priucipio, como hemos visto, muy peque- 
fio, y con visos de ridículo; á saber: la venta de las iudulgeocias. Uno 
mas extraordinario, y que hubiera sido imposible imaginar, dio prin* 
cipío eu Inglaterra á movimientos de la misma clase, que produjeron 
casi iguales resultados. Era la Inglaterra eminentemente católica, 
uno de los países en que la Sede apostólica tenia mas influencia. 
A excepción de la facción de los Lolardos, que fué disipada á prínci<- 
pios del siglo XY« no había experimentado aquel país disturbios ni 
guerras civiles de un orden religioso. El rey Enrique VIH, no solo 
era un príncipe ortodoxo en toda la extensión de la palabra, sino 
hasta teólogo. Cuando estalló la herejía de Lutero, compuso, ó hizo 
componer un libro en latín, en que combatía sus doctrinas (1). El 
verdadero mérito de tal publicación no hace actualmente nada al 
caso, mas se tuvo entonces por un gran refuerzo para las filas del 
catolicismo, cuando valió á su autor el título de defensor de la fe, 
con que fué recompensado por el papa. Este título de defensor de 
la fe, lo llevó el monarca aun después de separado de la Iglesia, y 



(1) La obra tiene este titulo: cAsaertio seplem SaoramoDtorum adversus Martlnum Lutherum, 
edita ab Invlotisslmo AngUn rege et domiao Hylieraiso Henrioo ejus nomlnls ociavo.» 



1 52 HISTORIA D£ FELIPE U. 

le trasmitió á sus sucesores, á excepcioo de dos solos, todos pro- 
testantes. No trató Latero con mas miramiento al rey de Inglaterra 
que al papa, y demás altas notabilidades de la Iglesia. Atacó su li- 
bro con toda la virulencia, la mordacidad y el torrente de sarcas- 
mos que entraban en sus argumentos, y el monarca replicó por sí 
mismo, ó por alguno á quien encargó este trabajo. Tenia, pues, 
Enrique VIII cuentos motivos y compromisos le podian ligar con 
una causa; creencias, educación, servicios hechos en su favor como 
campeón, amor propio llagado que curar como escritor; y si el papa 
podia contar con la adhesión de algún principe católico, debia de 
ser sin duda con el rey de Inglaterra. Mas el hombre es incons- 
tante y veleidoso. Enrique VIH lo era en alto grado. Pocos prínci- 
pes fueron tan despóticos ; mas tenaces en llevar adelante una re- 
solución; mas crueles cuando encontraban obstáculos sus capri- 
chos» ó creia ajado su amor propio. Estaba este príncipe casado 
con Catalina de Aragón, hija de los Reyes católicos, «sposa de su 
hermano el príncipe Arturo, que falleció antes de la muerte de su 
padre. No se había consumado este matrimonio, según declaración 
de la misma princesa; mas prescindiendo de esta circunstancia, 
otorgé el pwitífioedispoim, p»r« qqe Enrique se casase coa la viuda 
de au hermano. Vivía el r^y muy tranquilo ea su concieacia» y 
eale matrimonio había dado por fruto, adevás de algunos varoac» 
que morieroa ea la iofa&eia^ á la priaQ€«a Itaría, que después fué 
leiiia. KnUe las doaoeUas da hooor que serviau 4 m madre, se \n^ 
Ikba UBa Uaoiada Ab& BouleyQ^ ó Boolen, ó Bolena, de singular 
betteea^ de quieu tAtvo él la ¿sgraeia de ¡urradarse, Vehemeote en 
sus deseos» convencido de que para su sattsfaooion no había ma« 
oamino que el del matrimoBío (1), oooMnzó k formar escrúpulos 
sobre la valides y legitimidad del suyo, pareoiéudole una especie 
de incasto «star casado qqd la viuda de su hermano. Alguno» taó* 
lagos y cortesanos coa quienes consultó» fu«ron de sus mismas opi* 
niones, y el resultado fué acudir k Roma, solicitando «na bula de 
divordo. Se crea que el cardenal Wolsey, por vanarse del empe-^ 
rador Garlos V que le había faltado á la palabra de sostetterle oa 
SIS pretonsiüMs al pontificado, era uno de k» agentes de estoa oa-^ 
orúpulos de Enrique; ims eran sus designaos enlacatlas QQA wa 

(1) Algunos autoroB enemigos de la reforma de Inglaterra hablan de Ana Bolena como de una mu- 
jer samamente licenciosa en sus costumbres; mas se pueden muy bien atribuir estas exagera- 
ciones á desahogos de partidos. ^ todos aiodos, lo que en dioha dama faltaba de honestfdad, lo 
hubo de astada con el rey, cuMido poao á tan aHa predo sus tvwre»* 



ciFiniLO IX. 15S 

príMesa de Francia» igoorando los verdaderos motivo* y seotímieii- 
tos del moBaroa. El pontifioe^ qoe 1» era i la sazoa Clemente VII^ 
se vio en nn grande aparo y en un terrible compromiso. Prescio- 
dienda dei castf ei sí^ eonoeia por ana parte el carácter obstinado 
y violeiito dei rey de Inglaterra; por la otra temía irritar al empe^ 
lad^r, sobrino de la reina. Lo mas prudente que le sangró su po-* 
litíca fué ganar tiempo, creyendo que el amor del rey se entibiaría, 
y afl(^ia b misma en su propósito; pero Enriq^ae, cada vez mas 
obstinado, tanto por la vehemencia de sus deseos, cuanto por les 
artíficioside Ana, llevó adelante, y del modo mas serio, su prepó^ 
sitou Pidió él al pontíice un juicio público qae pusiese en claro su 
dentaftda; y para legitimar mas su pretensión, mandó que se eon-^ 
saltase el easo ooa los teólogos mas eminentes, hasta con la mayor 
parte de las universidades principales de Europa (1). La mayor 
parte de las respuestas fueron favorables al monarca. El papa por 
la suya, no pudiendo desentenderse de la petición, encomendó la 
dodsion dd caso á dos legados, al cardenal Campeggio y al carde-* 
nal Wolsey, may frío en el negocio ya, pues sabia la intención del 
rey, y miraba con repupanda el enlace proyectado. Se erigió con 
diohos cardenales una especie de tribanal eclesiástico, y se procedió 
á^ la aadícion de entrambas partes. Repitió Enrique YIII su deman* 
da, apoyándola en las mismas razones de oonoiencia que la primera 
¥eK; mas la reina cuando fué llamada, declinó la jurisdicción del 
tribunal, pidiendo ser oidiby sentenciada en Roma, echándose al 
mismo tiempo á los pies del rey, implorando su favor, mas sin efec- 
to. Sin embargo, se suspendió con este motivo el procedimiento, y 
la causa volvió á R(»na. Se irritó Enrique con este contratiempo, 
que atribuyó á intrigas de Roma, y llegó á tanto su despecho que 
desgració á Wolsey, sospechado por Ana Bolena, de estar en con- 
Bivencia con sus enemigos. En resolución el .papa, ó porque le re*» 
pugnase acceder á una injusticia tan notoria, ó porque le arredrase 
iacttirir en la indignación de Garlos V, cada ves dio nuevas largas 
al negocio, mas no previo el resaltado de su irresolución que pedia 
considerarse como una negativa. Llegó á su colmo el amor, ó la 
ebstinacíoii, ó la indignación del rey Enrique. £1 vínculo, que no 
quiso ei pontifioe anular, le rompió él mismo. Con toda pompa y 
flolemiidad sa desposó con Anat y en lugar de mostrarse sumiso, 



(1} m <tMo pareóla difícil: los unos citaban en bu favor un texto d^l Lqvitico: los otros le gom- 
littilaa een otro del Deuleronomlo. 



154 HISTORIA DB FBLIPB H. 

arreglando este negocio con delicadeza y miramiento, negó sa obe- 
diencia al papa, se declaró cismático á sí mismo y á la iglesia de In- 
glaterra, proclamándose su jefe y su cabeza. 

Enrique YIII no dio por entonces mas pasos en la carrera de las 
innovaciones, Exceptuada la ruptura con el papa, se conservaron 
en su mismo piólas creencias, las ceremonias, las jerarquías y la 
disciplina de la Iglesia. Con el tiempo dio otro paso. Por miras po- 
líticas, ó porque tentasen su codicia y las de sus cortesanos los pin- 
gües bienes de que gozaban los monasterios, se fueron disolviendo 
unos tras de otros, tanto los propietarios como los simplemente 
mendicantes. Algunas innovaciones mas se hicieron en el personal 
y en las rentas del clero secular; pero en rigor el gran cambio, la 
grande variación, era la independencia de la corte de Roma, y la 
admisión de otra cabeza de la Iglesia. 

Todas estas innovaciones las hizo el rey por medio del parlamen- 
to, instrumento de todas sus voluntades y caprichos, como lo fué 
bajo la dominación de los Tudores. Los pares hablan perdido ma- 
cho de su preponderancia. La cámara baja lo era entonces en la 
cosa como en la palabra. Se reunía para votar subsidios ó imponer 
contribuciones; mas no se le daba parte, ni se le permitía mezclar- 
se en los grandes negocios del estado. Además, en el despojo de los 
ricos monasterios resultaban muchos gananciosos. No faltaron dis- 
turbios y serios alborotos en el pais con motivo de estas invasiones. 
Mas se las habían con un rey duro, íofléKible, tan despótico en ma- 
terias religiosas como eo las políticas. Expiaron entre otros en un 
cadalso el famaso caDciller Moro y Fishez, obispo de Rochester, el 
delito de no ser de las opiniones del monarca. En adelante fué mi- 
rado como un crimen de rebeldía y de traición el no rendir homena- 
je al nuevo papa: como crimen de irreligión querer introducir las no- 
vedades, que esparcía la reforma en otras partes. Se mostró des- 
pués de su cisma Enrique VIH tan enemigo de Lutero como cuan- 
do escribía contra él su defensa de la fe; y los reformadores, qae ¿ 
favor de esta novedad creyeron llegado el momento favorable de in- 
troducir en Inglaterra sus doctrinas, se llevaron un gran chasco. 
Algunas hogueras se encendieron en expiación de herejías; y En- 
rique VIH, siempre amigo de lucir su habilidad como teólogo, dis- 
putó en público con algunos herejes, y no pudiéndolos convencer 
ios condenó al suplicio. 

Durante la vida de este rey pocos mas pasos que los indicados 



CAPITULO ÍX. 155 

hizo la reforma. La loglaterra era cismálica; mas arreglada en lo- 
do lo demás á lo que observaban los de ia religión cristiana. Sin 
embargo, se iba preparando el terreno para otros frutos, cuyo gus- 
to no podia menos de irse introduciendo á pesar de las severas me- 
didas del monarca. Roto el yugo de la autoridad de Roma, precisa- 
mente se habian de deducir ulteriores consecuencias. Así en el rei- 
nado de su sucesor Eduardo VI, á la ruptura de este vínculo, se si- 
guieron poco á poco las innovaciones que tenían lugar en Alema- 
nia, en Suiza y otras partes. Mas como este reinado fué corto, y en 
el siguiente, que fué el de María, volvió Inglaterra á reconocer la 
autoridad de Roma, no se arregló definitivamente la Iglesia refor- 
mada de Inglaterra, hasta el reinado de Isabel, sucesora de María, 
como lo haremos ver á su debido tiempo. 

En Escocia se había introducido el luteranismo el afio de 1528; 
mas fué desde un principio perseguido. Expió en un cadalso sus 
nuevas doctrinas Patricio Hamilton, que fué el primero que trató de 
propagarías, y seis afios después tuvieron otros siete mas la misma 
suerte. Enrique de Inglaterra, aunque enemigo del luteranismo, tra- 
tó de introducir en Escocia sus nuevas opiniones, é instó al rey Ja- 
cobo Y á que le imitase declarándose jefe de la Iglesia, apoderán- 
dose de sus bienes; mas se resistió Jacobo, y continuó haciendo eje- 
cutar los decretos rigorosos que se habían expedido contra los in- 
novadores. Irritado Enrique, declaró la guerra á Escocía, y entró 
en la frontera con un ejército, que destruyó al de Jacobo, cuya muer- 
te siguió muy pronto k este desastre en 1542. 

Dejó este rey por única heredera á una nifia que acababa de na* 
cer, y fué con el tiempo la célebre y desgraciada María Stuarda. 
la reina viuda María de Lorena era hermana de los Guisas, familia 
entonces poderosa en Francia. Se formaron con este motivo dos par- 
tidos ó acciones en Escocia; uno francés y otro inglés, apoyado el 
primero por los Guisas y la corte de Francia: el segundo por En- 
rique VIH. Propendían los protestantes al último, pues á pesar de 
los suplicios y persecuciones, cada vez iban tomando nuevo cuerpo 
sus doctrinas. A la cabeza del partido francés ó católico se hallaba 
el cardenal Beatón (arzobispo de San Andrés), que influía mucho en 
la persecución de los innovadores. La regente María de Guisa se 
conducía por los consejos de sus hermanos, hombres duros, acérri- 
mos enemigos de los protestantes. 

La princesa María era un objeto de codicia para las dos cortes. 



t56 HISTORIA DE FELIPK lí. 

La quería Enrique 11, rey de Francia, para el Delfin, y el de lúgla*^ 
térra para su hijo Eduardo. Repulsado estelo sus preteBsiones, eu^ 
vio otro ejército á la frontera que causó bastante estrago en un príe- 
cipio, mas que fué en seguida derrotado. Murió eotreUntoel rey de 
Inglaterra, mas <)entinuaroQ las hostilidades, y los ingleses ganaron 
la batalla de Pinki, ^e produjo poeos resultados. Ai menos no iro^ 
pidió que la oorte de Escocia llevase á efecto su idea 4e enkzar á 
María eon el hijo primogénito de Francia. 

Al abrigo de estas diseusianes cmá^l el protestantismo en el país; 
el cardenal Beatón acababa de ser asesinado en su mismo palacio 
por hombres que quisieron vtengar el wplieio de «n predieador Ua** 
mado Vísheart, sentebdado por un tribunal eclesiástico crgiDísada 
y presidido por el arzobispo. £1 partido francés^ que para Apoyar 
EUjor sns pretensiones había hecho ydnír de Francia un «uerpe de 
echo mú hombres, se hacia cada día mas odioBOi y los proiestan-- 
(es ae oonsíderabaí como del partido nacioiíal. Ea tro dios se levan*- 
tó UD hombre llamado Juan Knox, de genio y de saber, cuya aus- 
teridad de coetumhres, fogosidad de carácter é infrepidoi: «n tranar 
coitra la comtpeion de la Iglesia católica llevaba tras de ^ la au-^ 
chedunQbbre y le coni^tnian en jefe y apóstol de la nueva aeota. La 
pugna entre ambas iglesias 4^ iba haciendo oada vez inas s^a; 
pero los oofifliotos á ^w dtó lugar pertenecen al tiempo del reinado 
de Felipe. 






» 



I 



CAPÍTULO X. 



Sigue la materia del anterior. — Zwinglo. — Suiza. — Ginebra; — Calvino. — Francia. — 
Dinamarca y Saecia.— Institución de la CompaSia de Jeáús. 



Tova machos diseipulos Lutero: alganos sacadieroD el yugo de 
M autoridad y quisieron ir mas lejos que ei maestro. De esto se 
quejaba amargameote, perosio motivo, puerto que seguiau susdoc^ 
trÍDas y su ejemplo. Gomo seutaba por principio que la verdadera 
fuente del dogma se bailaba tan solo en la Escritura, cada uno te- 
nia según sus principios el derecho de beber, y ninguno el exoltt-^ 
sivo de dar su interpretación como infalible. Ya hemos visto com» 
los anabaptistas contaban entre los profetas falsos & Lutero, dd 
mismo modo que Lutero al papa. Otros innovadores no le trataron 
con la DQ^isma hostilidad; mas le pasaron adelante. No había él do^ 
gado la presencia real en la Eucaristía; más algunos sacudieron y 
rechazaron completamente aqueste do^ma dándose el nombre de sa- 
crameotarios (1528)« Fué la Suiza el campo de las nuevas predi- 
cadones, y Zwinglo, que era el nras considerado dé los innovado- 
res, el principal apóstol de aquellos cantones que con pocos sacudi- 
mientos abrazaron sus doctrinas: Berna, Schaffouse y Basilea en- 
traron en el número. Mas la conquista principal fuá la de Ginebra. 

Se consideraba antes esta ciudad como imperial, y estaba go- 
bernada por si mism, bajo la autoridad de su obispo, su(^agáneo 
del arzobispo de Viena en Francia. A los principios del siglo XVI, 
cedió el obispo el derecho que tenia sobre la ciudad á los duques de 

Tomo i. 21 



15S mSTORU DB FEUPB It. 

Saboya que siempre la habiao reclamado como parte de sus pose- 
siones. Guando trataron de apoyar estos derechos con las armas, se 
declararon en Ginebra dos facciones, una popular, otra á favor del 
de Saboya. Acudió la primera por protección y auxilio á Berna, que 
le otorgó al instante. Con este refuerzo quedó yictorioso el partido 
popular; se abolió el culto católico, se hizo salir al obispo, que se 
retiró á Anneci en Saboya (1); y Ginebra quedó erigida en repú- 
blica democrática, incorporada á la confederación helvética. 

Allí establecieron los sacramentarlos el centro de su dominación 
y su doctrina, considerándola como capital de su dominio e^spirítual 
que por tantas partes se extendía. En Alemania fueron príncipes los 
que se declararon protectores y partidarios de Lutero, pudiendo creer- 
se tal vez, que el nuevo apóstol no era mas que su instrumento. En 
Ginebra se estableció una sinanoga de doctores de la nueva ley, que 
con su ejemplo, la publicación de sus doctrinas y los misioneros 
que enviaban en distintas direcciones, aumentaban considerable- 
mente su rebaDo. Habia nacido el luteranismo como sobre el trono, 
con el carácter de monárquico. La nueva doctrina que se difundía 
sin protección de nadie, se presentaba con tendencias y colorido de 
republicana. Bien pronto vino á aumentar el lustre del consistorio 
de Ginebra un personaje de extracción oscura que al fin dio nom- 
bre á la secta; Juan Galvino. 

Nació Gal vino en Noyon, pueblo de la Picardía en Francia, en 
1509, de una familia decente, de bastantes medios para proporcio- 
narle una educación literaria, destinándole al estudio del derecho. 
Gomenzó su carrera en Orleans; la continuó en Bourges, dondeoyó 
lecciones del famoso jurisconsulto Alciat, y aprendió el griego, el 
hebreo, el siríaco. Pasó después á París, habiéndose adquirido se- 
gún dicen sus biógrafos la opinión de estudioso, de ingenio sutil y 
muy diestro en las disputas. Allí publicó unos coméntanos sobre el 
tratado de la clemencia por Séneca, y comenzó á llamarse Calnh- 
ñus, Gal vino, siendo Caum ó Chauvin, su verdadero nombre de fa- 
milia. 

Iniciado desde su primera juventud en las nuevas doctrinas relw 
glosas, trató de salir de París donde eran perseguidas, y estaba 
comprometida su persona. Pasó á Angulema donde subsistía de en- 
señar, y. fué conocido con el nombre del pequeDo Gríego: después 



■ X, <i, 



(1) Los obispos de Aonecl se intitulan todavía obispos de Ginebra . 



CAPITULO X. 159 

se trasladó á Poitiers; mas no teniéndose por seguro en ningún pue- 
blo de Francia, se dirigió á Basilea, donde hizo imprimir una espe- 
cie de apologética dedicada á Francisco I en favor de los nuevos sec- 
tarios perseguidos. Después pasó á Italia donde permaneció muy 
poco tiempo. A su regreso pasó por Ginebra en 1536 con intención 
de tomar el camino y establecerse en Strasburgo; mas tales fueron 
las instancias que le hicieron los nuevos doctores Guillermo Faret y 
Pablo Yeret para que se quedase á su lado, que al fin hubo de ac- 
ceder á ello, aceptando no el cargo de predicar, sino el de leer teo- 
logía. 

En 1538 fueron dichos doctores y Gal vino expulsados de Gine- 
bra á instigación de los de Berna por no querer conformarse á de- 
cisiones de su sínodo relativas á los sacramentos de la Comunión y 
el Bautismo, únicos que los sacramentarlos admitían. Gal vino se di- 
rigió á Strasburgo donde fundó una iglesia de su secta para los re- 
fugiados franceses y una cátedra de teología. Pasó dos afios después 
á Worms y & Batisbona donde tuvo entrevistas con personajes de 
importancia de la nueva secta, y lució muchísimo en las centro ver « 
sias que alli se suscitaban. Mas habiéndose mientras tanto sosegado 
los disturbios de Ginebra y recobrado su ascendiente el partido de 
Galvino, regresó & dicha ciudad en 1541, y permaneció en ella has- 
ta su fallecimiento, ocurrido en 1564, siendo el patriarca, el após- 
tol, el doctor, el oráculo de la nueva secta, conocida bajo la deno- 
minación de Calvinista. 

Asi pasó la vida de Galvino por casi tantas vicisitudes y peligros 
eomo la de Lutero; pero fué mucho mas independiente. Tuvo el úl- 
timo siempre el carácter de subdito del elector, viviendo de un sa- 
lario. Galvino, aunque también recíbia un estipendio, fué conside- 
rado siempre como el hombre principal en su república: se le lla- 
maba el papa de Ginebra. Se distinguieron los dos por un carácter 
atrevido, por la acrimonia y violencia de su ingenio, por su elo- 
cuencia popular, por su grande erudición en letras humanas y sa- 
gradas. Fueron ambos infatigables escritores, y publicaron obras en 
lengua latina y en la propia. Ambos tradujeron, comentaron y ex- 
plicaron varios pasajes de la Escritura, sobre todo los Salmos; mas 
Galvino no hizo de ella una versión completa. En cuanto al carác- 
ter de su estilo, los inteligentes hallan mucha mas mordacidad, mu- 
cha mas agudeza, aunque vulgar y chocarrera en el alemán; mas 
seriedad, vas corrección, mas gusto clásÍQO en el ginebríno. Para 



169 HiSTOBiA mi nuPK ii. 

cGodoír esta especie de paraldo, ios dos faeroii easados; mas Gai* 
vino, antes de tomar parte eo la referma, oo tenia níngoD carácter 
eclesiásUco: los dos narieron pobres, aunqae muchos se eoriqae^ 
cieron con ias numerosas impresiones de sas obras: los dos oons^*' 
varón su consideradoo personal mientras vivieron, y fueron acom-* 
panados al sepulcro por los que de llevar su nonbre se gtoriaban. 

La misma circunspección, ó si se quiere falta de medios que nos 
ha retraído de entrar en la parte tedlógíoa de las doctrinas del re- 
formador alemán, nos dicta igual conducta ooo respecto algínebri^ 
no. Atentos solo á lo que tiene y tuvo una influencia directa en la 
conducta de sus sectarios ó discípulos, nos contentaremos con obser- 
var que la escuela de Ginebra tiene mas severidad, mas simplicidad 
de formas, un carácter mas decisivo que la de Lutero. Dejé este 
muchas cosas por explicar, sea por oo comprometerse, sea por te- 
mer las consecuencias de una decisión: los de Galvino que vinieron 
después, que encontraron abierta ya la senda, penetraron por ella 
con mucha mas audacia. Conservó Lutero muchas de las pompas 
del culto romano: el de los calvinistas se redujo solo á una coogre* 
gacion de cristianos, que oran , cantan salmos y oyen á un pastor 
que les explica la moral del Evangelio. Lutero respetó la jerarquía 
eclesiástica: el calvinismo no reconoció mas que una y sola clase de 
sacerdotes; los pastores que distribuyen á los fieles el pan de la 
palabra* 

El calvinismo penetró prontamente en algunas provincias de Fran* 
cia, sobre todo las del Mediodía. Los primeros prosélitos fueron de 
las clases bajas. Contribuyó á hacer el culto en cierto modo popii-* 
lar el genio de un poeta contemporáneo (Clemente Marot), quien 
convertido á la reforma, puso en versos franceses los salmos de Da* 
vid, cantados con mucha devoción y entusiasmo entonces en reniii<H- 
nes de los calvinistas. De las clases mas bajas, pasé poco á poco el 
nuevo culto á otras elevadas; mas aquellos sefiores y nobles fran-< 
ceses no eran los príncipes del imperio, soberanos en su pais, que 
podían proteger abiertamente nuevos cultos. La coyuntura no les 
era favorable todavía; eran los menos; y el rey Francisco I que bus*' 
caba alianza con los príncipes protestantes de Alemania, que las 
ajustaba con los turcos, que admitía en Marsella á Barbaroja, y aan 
mandó construir en aquel puerto una mezquita para el uso de los 
mahometanos; era por otra parte demasiado buen católico, para bo 
perseguir á sangre y fuego á los herejes de su reino. Algunos hta^ 



CiFmLO X. 111 

toríadores soo de opiaion qae el rey propendía á las Duevas doctrí^ 
lias y opíDÍofiea, imita&de en esto la oondacta de au heraana la reí* 
na de Navarra, que casi las profesaba abiertamente. Mas sea que 
el hecho fuese falso, ó qae se hubiese arrepentido, es muy cierto 
que se mostró su enemigo acérrimo, y que asistió personalmente 
con las damas y varios personajes de su corte á varios suplicios, 
de que luteranos y calvinistas fueron víctimas (1). 

Ya antes de la introducción del calvinismo se habian hecho va- 
rios suplicios en París en luteranos y anabaptistas. La aparición de 
la nueva secta redobló la vigilancia y dio nuevo pábulo al espíritu 
de persecución tan propio de aquel tiempo. En otras varias partes 
de Francia hubo serios castigos y llamaradas de motín que luego 
se apagaron. En el Meríundol estalló una insurrección parecida ala 
de los aldeanos de Alemania, y que á fuego y cuchillo fué reprimi- 
da y sofocada; mas las grandes calamidades, la grande guerra ci^ 
vil que iba á estallar en Francia con motivo del calvinismo ó tal 
vez con pretexto del calvinismo, no pertenecen á la época de Gar- 
los V. 

Hemos dicho que Ginebra era el gran centro de la doctrina, la 
gran sinanoga de los doctores de la ley; la Atenas, donde se forma- 
ban é instruían los que la llevaban á otras parles; entre ella se cuen- 
ta Juan Knox, que acabamos de ver erigido en apóstol de la Esco- 
da. Hé aquí la razón porque habiendo comenzado á predicarse las 
naevas doctrinas bajo los auspicios de luteranos, se adoptaron con 
el tiempo en su mayor rigidez las de Gal vino. 

En la relación de los cambios religiosos durante la época de Gar- 
los Y, hemos dejado para las últimas la Dinamarca y la Suecia, no 
porque les corresponda este orden en el cronológico, sino porlain-^ 
dolé particular que manifestó en ambos países la reforma. En otras 
partes á las innovaciones en asuntos religiosos se habian seguido 
conmociones en política. En Dinamarca, sobre todo en Suecia, fue- 
ren simultáneas las dos revoluciones. Hallándose sujetos á un mis- 
mo cetro ambos países, se emanciparon casi á un tiempo de su s^ 



{D Se empleaba en ellos un método ó sistema particular qne no hemos visto mencionar en pai^ 
te «ksiiBa. Se levaniaba al paciente en alto por medio de una máquina, y se le iM^jaba lentameate 
encima de la hoguera. Después de algo tostado, se le volvía ¿ levantar, se le volvía á bi^ar, y asf 
repetidas veces, hasta que se lo dejaba caer de golpe sobre la hoguera, donde se terminaban sut 
tormentos* Se daba á este suplicio ol nombre de Bttrapaéa, ios franceses que nos ochan en oara* 
7 declaman tanto contra nuestra Inquisición y 1 fanatismo de aquel tiempo, parece que no se acuer- 
4«ii dvsuproplthiitorl*. 



162 HISTORU DE FELIPE lí. 

fior comoD, se declararon independientes de Roma, y sacndieron el 
yugo de Gristíerno. Enrique de Holstein y Gustavo Wasa, en el ac- 
to de sentarse el primero en el trono de Dinamarca, y el segundo 
en el de Suecia, abrazaron el luteranismo, le declararon religión 
del estado, y se apoderaron de los bienes de la Iglesia; tanto en pro- 
yecho propio como en el de los soldados que los habían ayudado 
en su atrevida empresa. En Suecia se abolieron los votos monásti- 
cos; se dio licencia de casarse á los sacerdotes tanto seculares como 
regulares; se confiscaron dos tercios del diezmo en favor del ejér- 
cito; se abolieron los tribunales eclesiásticos; se vendieron los va- 
sos sagrados para redimir las deudas del estado; se enajenaron del 
mismo modo los grandes bienes eclesiásticos; se mandó traducir en 
letra vulgar la Biblia y la Liturgia; se redujo á los obispos aun ran- 
go secundario en favor de la nobleza. Todo esto se hizo en un ins- 
tante por disposiciones del gobierno ó de dietas que él convocaba y 
dírigia; y esta revolución religiosa se enlazó tanto con la política, 
que el mismo Gustavo llegó á declarar que á no ser por ella ten- 
dría que abandonar su nuevo trono. En vano se levantó el estan- 
darte de la rebelión por algunos de los desposeídos: el pueblo se 
mantuvo quieto y dejó consumarse una revolución que con tantos 
intereses materiales se cebaba. 

Asi por los aQos de 1550, cuando tocaba á su término la domi- 
nación de Garlos Y, lo que unos llamaban reforma evangélica, y á 
lo que daban otros el nombre de herejía, se había esparcido por 
Alemania, Francia, Suiza, Inglaterra, Escocia, Dinamarca y Suecia. 
No mencionamos los Paises-Bajos, porque el estado de esta región, 
bajo todos los aspectos, tendrá lugar cuando hablemos de las re- 
vueltas y guerras de que fué teatro durante el reinado de Felipe. 
Se hicieron los hombres de todas condiciones disputadores, argu- 
mentadores y controversistas. La Biblia, que antes andaba solo en 
manos de eclesiásticos, y de estos la mas pequefia parte, -llegó á ser 
una lectura popular y favorita. Produjo el cambio en las creencias, 
otro en la política, y dio á la ambición al deseo del poder un nuevo 
giro, tal vez un pretexto, pues el manto religioso cubrió en aquel 
tiempo muchos crímenes. Los choques políticos á que esta fiebre 
dio lugar durante el reinado de Garlos Y fueron poca cosa si se com- 
paran con los que produjeron en lo sucesivo. La guerra que hizo ó 
sostuvo este emperador en Alemania contra el Elector de Sajonia y 
el Landgrave de Hesse, fué un juego de niOos comparada con la que 



CAPITULO X. 168 

duraote treiota afios deyastó todo aquel pais en la primera mitad 
del siglo XYII. Lo que hasta ahora hemos dicho de Inglaterra, de 
Francia y de Escocia, no es mas que el preludio de lo que la segun- 
da mitad del siglo XYI nos reserva. Sin contar las atrocidades y hor* 
reres cometidos por las guejrras de los albigenses, de los yaidenses, 
de los lolards, de los husitas, se puede decir que por espacio de 
dos siglos en la época que se llama de renacimiento y de civiliza- 
ción, estuvo Europa mas ó menos parcialmente infestada de contro- 
versias y guerras religiosas. 

Una sola observación nos resta que hacer y será breve. Ya he- 
mos visto que el gran principio invocado y alegado por los refor- 
madores era que nadie tenia derecho para erigirse en autoridad so* 
bre la interpretación de la Escritura. Parecía que la grande conse- 
curacia de este gran principio debía de ser la tolerancia hacia la 
diferencia de las interpretaciones según el modo de ver de cada uno; 
mas esta tolerancia que los reformadores reclamaban contra los ca- 
tólicos, no la observaban unos con respecto á otros. Asi está hecho 
el corazón del hombre. Yeia Lutero con disgusto y hasta con escán- 
dalo á los sacramentarlos; con horror á los anabaptistas. Para es- 
tos era Lutero un profeta falso como el papa. Los luteranos y los 
calvinistas tampoco se veian con ojos de amigos y de hermanos. Si 
se encendían hogueras en París, tampoco faltaron en Ginebra. En 
ellas expiaron Miguel Sérvelo y sus amigos el disentir de las opi- 
niones y haber afligido la Iglesia de Calvino. En Basilea fueron con- 
danados al suplicio anabaptistas por los mismos sacramentarlos. Asi 
abusa el hombre en todas ocasiones de su preponderancia; y el que 
ayer se quejaba de opresión, hoy oprime si es mas fuerte. 

Y para concluir con este asunto por ahora, ¿qué eran los íamo* 
sos innovadores que en materia de religión conmovieron la Europa, 
y produjeron á la larga tantos trastornos en política? ¿Qué eran 
Juan Wicleff, Juan Hus, Jerónimo de Praga, los Luleros, los Zwin- 
glos, los Galvinos, y otros muchísimos que seguían su bandera? Me- 
ros teólogos que por convicciones, por inquietud de espirítu, por ha- 
cerse un nombre atacaron principios, opiniones que pasaban por 
inconcusos en materias religiosas. ¿De qué trataron, de qué escribie- 
ron? ¿Qué enseOaron en su cátedra? Reformas en teología, en dis- 
ciplina eclesiástica, en el modo de interpretar los libros santos que 
siempre produjo alteraciones en el dogma. Las políticas, á que dieron 
lugar, no entraban en sus planes. En el alzamiento de los Lolards 



164 HISTOBIA M niLIfB H. 

bo se mMoló la permna de Wieleff , y la goefra de k» kositas faé 
posterior á ki imterto del patriarea de qoiea tomó el nomlfre. TaDH^ 
poco extetia ya Lotero, cuando estalló la gaerra dd emperador coi- 
tra algiiBOs de los príocipes protestantes del iHáperio. Gahríooy sas 
prificipales diseipulos foeroa ana excepeÑm de la regla como lo ve«^ 
remos en el corso de esta historia. Mas al establecirnieoté simple 
del calvinismo, y no á miras políticas tendieron sus esfuerxos et 
las guerras civiles que despedazaban la Francia. La politioA era el 
terreno de otros; mas no el suyo. Dividieron la Europa en dos cam^ 
po9, sin contar con qué sus tiros no serian de tan largo Alcance. 

Bs sifigular que en la mistna época en que con tantas y tan diTersas 
legiones se atacaba por todas partes la autoridad del papa y de la 
Iglesia, se les presentase un adalid nada eOmun en su faror, oíre^ 
eiendo á sus servicios fuerzas bastante respetables. Se ve que ala-' 
dimos k la CompaBía de Jesús, instituida con expresa aprobado* 
del papa Paulo III que reinaba entonces. 

Fué el fundador san Ignacio de Loyola, hombre verdaderafflente 
singular y extraordinario. Nacido en Guipúzcoa de familia noble, y 
dedicado desde su juventud á la carrera de las armas, fué herido, 
hallándose de guarnición en Pamplona, en el asalto que dieron á la 
plaza los franceses en 1521, de cuyas resultas la tomaren. Después 
de restablecido en su salud, sea que este contratiempo le hubiese 
disgustado de la profesión militar, sea que la soledad le hubiese ius^ 
pirado diversos sentimientos^ sea que hubiese hecho un voto exprcH 
so para alcanzar su salud, luego que esta tuvo efecto, cambió 
enteramente de vida y de costumbres, entregándose completa- 
mente al ascetismo. Dejó la casa de sus padres, y caminando á pié 
como peregrino, pasó á dragón, á Catalu&a, y se detuvo algún tiem- 
po en el monasterio de Monserrate, donde hizo penitencia; en se^* 
guida pato á la Tierra Santa. Gomo conocía que la falta de ínstruc^ 
cion en que había vivido era un obstáculo para sus designios, se 
puso á estudiar de treinta y tres afios en la universidad de Barce-^ 
lona. También cursó en las de Alcalá y de Salamanca. Después se 
fué á París, donde se asoció con varios compafieros, entre otros san 
Francisco Javier, natural de Navarra, á quienes comunicó é hi20 
participes de su proyecto. Emprendió en compaffía de todos ellos en 
15S4 un viaje á Jerusalen , y á su vuelta en 1536, se ordeñó de 
sacerdote en Bolonia, viviendo siempre en compafiia de sus asocia-» 
dos que comenzaban á ensayar su regla. Entonces fué cuando pre-- 



GáPlTULO R. 165 

sentó al pratífice el proyeeto de las ifistítaciones de la orden que, 
coB el nombre de Compalfa de Jesús, era sa intención fandar para 
el bien de la Iglesia y en defensa de la antoridad de su pontífice. 
Semejante proposición no pedia ser desagradable en aquellas cir- 
cun^ncias. Le acogió el }»pa c<m bondad, examinó ó mandó que 
examinasen el proyecto, y como entre sus artículos habia uno ex- 
preso de obediencia al papa, se aprobó la idea con algunas peque- 
fias yariadones, y se expidió la bula de la fundación é institución 
de la nueva orden bajo los auspicios de Loyola. Tal fué el principio 
de la Gompafifa de Jesús, tan célebre en el mundo, objeto de tantos 
encomios, de tantas invectivas, de tantos odios y no pocas calum- 
nias. Hizo su formación desde el principio rápidos progresos. Aun- 
que san Ignacio no era un hombre de gran fondo de saber, tuvo 
bastante tacto para asociarse y hacer que tomasen Jnterés en la pro- 
pagación de la Compañía hombres ilustrados. Asi se desenrolló y 
creció tan pronto la nueva institución, que á fines de aquel siglo 
figuraba ya con esplendor entre las demás instituciones religiosas, 
teniendo casas y colegios en las principales ciudades de la cristian- 
dad, tanto en el antiguo como en el nuevo continente. No hay duda 
de que los primeros fundadores fueron hombres de saber y mérito, 
de gran virtud, de singular perseverancia. 

Se ha hablado y escrito mucho sobre las reglas de esta famosa 
institución, sobre su política, 9obre la admirable diseiplna y de- 
pendencia en que los inlerí<»res vivían de los superiores, sobre los 
secretos resortes que movían sus acciones, sobre sus miras ulterio- 
res, sobre el verdadero fin á que aspiraban realmente. Todo se ex- 
plica con la simple indicación de que aspiraban á hacer en el mun- 
do político y religioso un gran papel, á ejercer grande influencia, 
á obtener preponderancia. Es la pasión de todos; de los grandes 
como de los pequefios, de los individuos como de las corporaciones. 
Formada y dirigida desde un principio la Compañía de Jesús por 
hombres superiores, natural es que no omitiesen en su organiza* 
cion, en sus reglas de conducta práctica nada que pudiese llevarlos 
á tan grande objeto. Dedicados á la enseñanza de la juventud, de- 
bían de sembrar en sus ánimos sentimientos de respeto hacia su or- 
den. Circunspectos y hasta delicados en la admisión de sus novicios, 
se eneonfraron con sugetos mas capaces desdarle el brillo de ilus*- 
irada. Renunciando, como lo hicieron, á las grandes dignidades de 
te Iglesia, y evitando con esto rivalidades deaiabicion, pudieron con 

Tomo i. it 



166 HISTORIA DE F£LIPB Tí. 

menos obstáculos y excitando menos suspicacia, acercarse al oido 
de los príncipes y dirigirles las conciencias. Sabian demasiado lo 
que el deber de la obediencia ciega y el aire misterioso por parte de 
la autoridad subyugan la imaginación, para no establecer entre las 
diverisas clases la mas rigorosa disciplina. Su grande objeto fué la 
dominación moral sin descuidar la adquisición de los bienes tempo- 
rales que dan tanta importancia á los que viven en el mundo. En 
los medios, si no son apócrifos sus avisos secretos (Mónita secreta), 
no fueron muy escrupulosos. Ni brilla mucho la nioralidad en la as- 
tucia con que trataban de penetrar en el interior de las familias, 
exlraSando en propio favor sus sentimientos naturales. Fueron do- 
minadores por instituto, intrigantes como uno de los medios mas 
eficaces para hacer fortuna, orgullosos como una consecuencia del 
poder, perseguidores como lo son cuantos aspiran á monopolizar su 
preponderancia. En su historia política, en los planes y tramas que 
se les atribuyeron y precipitaron sobre todo en EspaOa su caida, no 
entraremos. Bástenos saber que hicieron en el mundo mas ruido del 
que cumplía á eclesiásticos unidos por votos religiosos, que aspiran 
á edificar con la humildad de su vida y santidad de sus costumbres. 
De todos modos la CompaDía de Jesús como orden religiosa gozaba 
un brillo que no era la suerte de las otras, y aunque en rigor no era 
la mas sabia, se mostraba como la mas culta. No será extraSo, 
pues, que fuese objeto de su envidia, y que su caida excitase tal 
vez sentimientos de gozo y de satisfacción en otras órdenes reli- 
giosas, sin pensar en que era precursora de la suya propia. 

En la misma primera mitad del siglo XVI, tuvieron lugar otras 
instituciones religiosas. Tales fueron la de los capuchinos, la de los 
mínimos, la de los de san Pedro Alcántara, que se pueden considerar 
todas como reformas de la orden primitiva de los franciscanos. Tam- 
bién aparecieron por primera vez los religiosos legos de san Juan de 
Dios, dedicados al servicio, tanto en la asistencia como en la parle 
facultativa, de los hospitales. 



Sentimos haber sido tal vez algo difusos en los diez capítulos qué 
van de nuestro escrito, y que presentamos como introducción ó exor- 
dio de la historia á que principalmente se dedica; mas los hemos 
creído necesarios para la mejor inteligencia de una época, tan enla- 
zada á la primera, que se puede llamar su continuación y comple-^ 



CAPITULO X. 167 

meato. Heredó, eo efecto, Felipe II, do solo los estados de su pa- 
dre, sino sa politíca, sus guerras, la animosidad que inspiraba á 
tantos príncipes de Europa, su celo y espíritu de persecución hacia 
los disidentes en materias religiosas, sus embarazos en Italia y los 
serios que comenzaban á suscitársele en los Paises-Bajos. Fueron 
sos grandes capitanes discípulos de los primeros, y las ciencias, las 
artes y la literatura, términos ascendentes con cortas excepciones de 
ana progresión tan visible en la época de Carlos Y. Con esta intro- 
ducción, pues, pasaremos á la historia de su hijo, no menos fecunda 
que la primera en guerras y toda especie de agitaciones y revuel- 
tas, donde tantas discordias se encendieron, tantos méritos brillaron, 
tantos crímenes y atrocidades espantaron á la humanidad, y tantas 
naciones de Europa acudieron como actores á un inmenso drama en 
que sus intereses y suerte futura se agitaban. El que se imagine 
que vamos á desenterrar muchos documentos recónditos, á revelar 
hechos peregrinos y maravillosos de todos ignorados, tal vez verá 
defraudada su esperanza. Hay puntos históricos que por mas que 
llamen la curiosidad, es imposible averiguar; tan impenetrable es el 
velo que los cubre. Entonces se apela á las reglas de la probabili- 
dad, á la lógica de las conjeturas, á lo que dicta el espíritu de la 
imparcialidad^que es la guia mas segura. El historiador no inventa 
refiere solo lo que está consignado en los documentos esparcidos que 
consulta. Si en nuestra tarea exponemos con orden, con método, 
con encadenamiento lógico los hechos principales dignos de saberse 
de la historia de Felipe II y ^de su tiempo, si presentamos de él un 
cuadro completo, aunque no de muy largas dimensiones, si inspi- 
ramos á algunos el deseo de pasar á estudios mas detenidos y serios 
de la época, no tendremos nuestro tiempo por perdido. Con este 
pequeQo preliminar, daremos principio á nuestra historia. 



CAPmíLOXi. (1) 



Nacimiento de Felipe 11. — Sus ascendientes. — Su educación — ^Estado de España.-* 
Matrimonio de don Felipe con María de POrtug^l.-^acimienlo del principe dbn Car- 
los.— Muerte de su madre. — Llama el emperador á su hijo. — ^Venida á Espafia del 

principe Maximiliano Se encarga del gobierno. — Su matrimonio con la princesa 

María.— Parte don Felipe. — Su desembarco en Italia.— :Su llegada á Bruselas. 



Nació Felipe H en 2i de mayo de 1597 en Valladolid, hallbDdtíse 
á la sazón su padre el emperador Garlos Y en dicha ciudad, conside-^ 
rada como la habitual resideocia de la corte. Fué su madre la em- 
peratriz doQa María Isabel, hija del rey don Manuel de Portugal, de 
cuyo enlace con dos hijas de los Reyes católicos y desput^ con dolía 
LeoDor, hermana de Garlos V, hemos ya hablado, así como de todos 
los hijos que Felipe el Hermoso, padre del emperador, tuvo dedofia 
Juana de Gastiila (S). Fué el nacimiento de don Felipe objeto de 
grande alegtfa y regocijo, coflWo que era el primogénito y d pre- 
sunto heredero de los vastos dominios de su padre. Fué bautizado 
con toda pompa en San Pablo de Valladolid en 5 de julio del mismo 
ano, asistiendo á la ceremooia el emperador con los principales per- 
sonajes de la corte. Le administró el bautismo el arzobispo de To- 
ledo Fonseca. Fué madrina la reina de Francia, y padrinos nom- 
brados por el emperador, el condestable de Gastiila, el duque de 
Bejar, y el conde de Nassau. 

(1) Sandoval, Perreras, Cabrera, Mifiana, VandeabanmeD, Leii, casi UmIos ios historiador ee de la 
épooa. 

(I) Capitulo Q, 



Goftido ma» «DlrtgalMr se MkbaA la corte y el púUio» & las 
fiflsl» qae etle acQiitteiüimto proéocia, Itegó á Yalladotíd la m6* 
cift A% la entrada en loma per adalto de las tropas ád empwador, 
y de la pñsira del papa en el casliUo de Sai A»gda>. Iiratedialh-* 
mente mandó Garlos V suspender los regocijos, y dio orden para 
que ett todas las íglmas se celebrasen rogativas por la lib^tad del 
Pontfice que él mismo tenia prisionero. Ya hemos tratado de ex- 
pliear lo qne presenta die contradictodrio y hasta de doble y lalaz 
esta conducta. Dos afiM después (1589) llamaron al emperador k 
Italia sus negocios, y no volvió k Espafia basta 1535 á preparar en 
persona su famosa expedición á Túnez. 

Quedó el principe bajo la tutela y cuidado exclusivo de sa ma- 
dre. Guando salió de lo que se llama la nifiez, ^ le dio pof ayo k 
éoú JuM de Zufliga, y por preceptor k don luln Martinez Silíceo, 
catedrático de Salamanca, hombre reputado por muy docto, y que 
con el tiempo fué elevado á la silla de Toledo. Bajo los auspcios de 
este pree^tor y en parte por lecciones directamente suyas> apren- 
só el latin, el francés, el italiano y la aritmética. La «lucacion de 
les principes en los ramos que exigen aplicación y estudio, no puede 
ser mas que imperfecta. Son tratados con demasiada sumisión y 
sentimiento de inferioridad por sus maestrra para que los discípu- 
los los miren con derereocia y con respetó. Üeen los histedado^es 
qne don Felipe mostró grande afición k las malemáticas y mas cien- 
cias exactas, aunque en humanidades hizo poquísimos progresos (1), 
Se instruye adem&s don Felipe, y salió diestro en ledos los ejtoi^ 
dos corporales, tan análogos á las inciniaciones de la juvetitlid y 
que tan esendalmeote entraban en la educación de les eabaitcroB 
prlncipatos de aquel tiempo. 

Rara vez los primeros afios de los hombres dan indicio ciarlo de 
lo que serán en los madaros. Por lo regular se forman conjetaras 
que desmiente ti liemipo, gran destfiírtor de saeScfe; é ihisioiies. 
MttdMS niaos maravilk>308 no f«eroB mas que hombres comunes, y 
algunos 'qwe en la edad viril se elevaroo sobre la esfera de Éa§ %^ 
mejanies, no pasaren de igusdes ó se mostraron tal ves inferiores k 
hm compaHerosée su ínlandai Mas cu&nduse trata de personas eomo 
don Veíípe, cuyo CMicter se conservó ^ual en todas las épeoas y 
nitiiiolooe* de su vidli, se pwdesufiéiier que afMveoieroa estes Tas** 



(Ij Leti, hlftorla di FiUpo 1]. 



i'' 



170 mSTORU DB FEUPB lí. 

gos may á los prÍDcipios. Así mereccD crédito los historiadores que 
pintan á este principe en sus mas verdes afios serio, circunspecto, 
observador, de pocas palabras, admirando á todos por la oportuni- 
dad y sagacidad de sus preguntas, por la viveza y brevedad desús 
respuestas. 

Fué su gran maestro el mismo que el de su padre, á saber: el 
tiempo y los negocios en que se inició desde sus primeros aSos. 
Gomo las frecuentes ausencias del emperador le obligaban á depo- 
sitar en otras manos el gobierno de la Espafia, tomó parte don Fe- 
lipe antes de llegar á la edad de la discreción en los principales ne- 
gocios del Estado, bajo los auspicios de los sugetos eminentes á 
quienes Garlos V encomendaba este cuidado. Antes de cumplir trece 
aOos, después del fallecimiento de la emperatriz, ocurrido en 1539, 
se puede decir que fué regente de Espafia, aunque no revestido to- 
davía de este título. 

Es muy notable la carta que escribió á su padre hallándose este 
en Gartagena de regreso de la desgraciada expedición de Argel; los 
consuelos que le da en ella haciéndole ver que este contratiempo en 
lugar de empafiar sus glorías pasadas, no podia servir mas que para 
poner á prueba su magnanimidad y su constancia. Sin duda debió 
el emperador de quedar muy satisfecho, como aparece de los tér- 
minos de la respuesta (1). 

Se reunieron los príncipes en Ocafia, y juntos tomaron el camino 
de Yalladolid. Debiendo el emperador salir otra vez de Espafia para 
atender á la nueva guerra en que estaba empefiado con Francisco I 
(15i2), nombró en los términos mas solemnes al príncipe regente 
de Espafia, durante su ausencia, dándole por consejeros al carde- 
nal Tavera, al duque de Alba y al comendador Francisco de los 
Gobos. 

Se hallaba entonces Espafia en un estado de tranquilidad y re- 
poso. Desde 1521 que se habia terminado la guerra de las comuni- 
dades de Gastilla, no habia vuelto á ser teatro de conmociones y 
disturbios. Era tenido en consideración y respeto el nombre del em- 
perador, y las mayores quejas de los espafioles se cifraban en sos 
largas y frecuentes ausencias del reino, en el mucho dinero que les 
costaban sus guerras, de tan poco provecho para Espafia. En 1542 
acompafió el príncipe la expedición que marchó á levantar el sitio. 



{%) Cabrera, UlfC. 



CAPITULO XJ, ni 

de PerpiSaD, puesto por el Delfio de Francia (1). En el siguiente de 
154lt, siendo el príncipe de diez y seis aDos, se ajustó su matri- 
monio con doña María, hija del rey de Portugal don Juan III, y de 
dofia Catalina, hermana de su padre. No podrá menos de observar 
el lector la frecuencia con que desde principios del siglo se realiza- 
ban enlaces entre las casas de Portugal y de Castilla. El que iba á 
celebrar el príncipe de EspaQa dio lugar con el tiempo á sucesos de 
grandísima importancia. 

Se celebró el matrimonio con la mayor magnificencia. Salieron & 
recibir á la princesa á Badajoz entre otros la duquesa de Alba, el 
cardenal Tavera arzobispo de Se villa, el duque de Medina Sidonia y 
el preceptor don Juan Martínez Silíceo, obispo de Cartagena, quie- 
nes hicieron su entrada en dicha plaza con un magnífico acompaDa- 
miento. Continuaron los regocijos hasta la llegada de la princesa el 
2 de noviembre, quien vino acompañada del arzobispo de Lisboa y 
del duque de Braganza. En seguida caminaron todos juntos en di- 
rección & Salamanca, donde el príncipe los aguardaba acompañado 
del duque de Alba, el Almirante de Castilla, el conde de Benavente 
y don Alvaro de Córdoba. Hicieron los novios su entrada en dicha 
ciudad debajo de palio, y asistieron á los torneos, caSas y demás 
fiestas con que se celebraron aquellos desposorios. El 2 de noviem- 
bre de 1543 fueron velados por el arzobispo de Toledo, siendo pa- 
drinos el duque y la duquesa de Alba. Pocos días después regresa- 
ron á la corte . 

En julio de 1544 dio la princesa á luz al príncipe don Carlos, 
destinado á una existencia poco venturosa, y á representar un gran 
papel en historias, en dramas y en novelas. Murió su madre á muy 
pocos días después de sobreparto, y la llevaron á enterrar á Grana- 
da, donde lo había sido la emperatriz cinco afios antes. 

En 1547 celebró don Felipe cortes en Monzón, donde los arago- 
neses no se mostraron de tan buen temple como hubiera deseado el 
príncipe. Por mucho que los reinos de Castilla y Aragón se hubie- 
sen amoldado á las circunstancias de los tiempos, rara vez se jun- 
taban las cortes sin que reviviese el antiguo espíritu de independen- 
cia, sin que mostrasen marcada repugnancia cuando se les pedían 
subsidios, lo que entonces se designaba con el nombre de servicio. 
Las de Aragón se presentaban siempre mas duras que las de Casti- 



(1) Leti, I. 11 



nt HISTOBU M FKUPE II. 

Ua. La reaoioQ de ambas aofooas «ra todavía muy impopular fa 
aqoel r^ino (1). 

Deseando el príncipe don Felipe dar cw ota al emperador de sq 
admioistracioQ y enterarle 4e las cosas de mas importancia que pa- 
saban en Espalia, envió ooo pliegos al comendailor don Monso Idia- 
quez, quién fue asesinado en el camino atravesando la Alemania. En 
virtud de este contratiempo despachó Felipe con la misma comisión 
á Rui Gómez de Silva, después príncipe de Eboli, encargándole ade-- 
m&s el felicitar de su parte al emperador por sus nuevas victorias 
(la de Muhlberg contra el rey de Sajonia y el Landgrave de Hesse). 

EneoBtró Rui Gómez & Garlos Y en Augsburgo, y á La sazón en- 
fermo. Se sentía ya el emperador muy achacoso con ataques fre- 
cuentes de goiB, que reunida á tantos viajes, negocios y guerras, le 
había envejecido antes de tiempo. Con las noticias que recibió de su 
hijo, se le avivaron los deseos que tenia de abrazarle, y tanto por 
esto, como porque tenia necesidad de conferenciar con él de palabra, 
concibió el proyecto de mandarle á llamar, y le puso en ejecución 
envi&ndole la ófden con el mismo Rui Gómez de Silva, y con el du- 
que de Alba. Debía quedar de regente en Espa&a mientras la ausen- 
cia die Felípo, el príncipe Maximiliano, hijo del rey délos romanos, 
prometido esposo de doOa María, hija del emperador. Porque este 
monarca además Je don Felipe, tuvo otras dos hijas del mismo ma- 
trimonio: una, dofia María, y la otra, doQa Juana, que se casó con 
el prÍQcipe heredero hijo de don Juan III de Portugal. 

Tan aprensivo estaba el emperador del próxi¿no fin de su exis- 
tencia, que temiendo no le encontrase en vida, le puso por escrito, 
y como por via de testamento, consejos sobre su conducta moral, 
política, religÍMia y administrativa, donde con toda exteosioQ se ha- 
llan marcados todos sus deberes como príncipe, y según los eoteo- 
dia Carlos V. Nada prueba mas la atención, el cuidado^ la aplica- 
doo del emperador á todos los negocios del estado (2). 

Recibió don Felipe dicha orden á la conclusión de las cortes de 
Monzón, y haciéndola inmediatamente publicar en todo el reino, se 
marchó 4 Alcalá deade se hallaban sus dos hermanas y el príncipe 
do« Carlos. Cra motivo del proyectado matrimonio de dofia María 
se hicieron grandes fiestas en aquella ciudad, de toros, torneos y ca- 



(1) Be estas oortes y de los asuntos de Aragón hablaremos á so debido tiempo. 
(t) Sandoval 1, 30.' párr. 6 inserta integro este docamenlo, de ana extensión muy considerable. 
Es sin dada ana pieza may curiosa. 



CÁPiruLO XI. ns 

ñas, en cuyas diversioocs tomó parle doD Felipe, aunque cou^aque- 
I la circunspección y gravedad que le eran tan características. 

1518. — En seguida se dirigió con las princesas á Yalladolidá es- 
perar al príncipe Maximiliano y hacer sus preparativos de partida. 
Una de las cosas mas notables que entonces ocurrieron, fué el cam- 
bio que hizo don Felipe en el servicio de su casa y etiqueta de pa- 
lacio montándole á la borgofiona, dejando la antigua usanza caste- 
llana. Fué aquella innovación de muy poco gusto para los naturales 
del país, y se puede concebir muy bien si recordamos su antigua 
antipatía hacia los extranjeros que trajeron consigo don Felipe el 
Hermoso y su hijo Garlos V. De todos modos el príncipe para inau- 
gurar el cambio comió en público el dia de la Asunción de 1548 con 
gran pompa y aparato, gentiles-hombres de mesa y ministriles. 

A poco tiempo después llegó á Valladolid el príncipe Maximilia- 
no, habiendo sido conducido á Barcelona en las galeras de Andrés 
Doria, las mismas en que debia embarcarse don Felipe para Italia. 
Con gran pompa y aparatóse celebraron las bodas de Maximiliano 
y María, habiéndoles dado la bendición nupcial el obispo de Trento, 
y sido padrinos don Felipe y la infanta doOa Juana. 

Después de haber entregado las riendas del gobierno ál príncipe 
Maximiliano, y arreglado los preparativos de partida, tomó don Fe^ 
lipe en primero de octubre dd mismo aOo el camino de Aragón con 
mucho acompañamiento, flgurando á la oabeta de todos el famoso 
duque de Alba. Habiendo llegado ¿Zaragoza, se dirigió á Cataluña, 
y permaneció algunos dias en Montserrat haciendo sus devociones 
eu aquel santuario tan famoso. Allí vino ¿ buscarle don Francisco de 
Avales, marqués de Pescara, hijo del marqués del Vasto, que venia 
de Italia en las galeras genovesas. En 13 de octubre llegó & Barce- 
lona, donde salieron á recibirle don Juan Fernandez Manrique, mar- 
qués de Aguilar, capitán general de Cataluña, y don Bernardino de 
Mendoza, capitán general de las galeras de España. ' 

En Barcelona permaneció tres dias. En seguida se dirigió á Ge- 
rona, donde entró baje de palio con la mayor pompa y aparato. 
Desde allí marchó á Rosas donde le esperaba Andrés Doria con su 
escuadra de 58 galeras con otros mas buques. Le recibió el vete- 
rano marino con todas las muestras de homenaje y de respeto. Al 
llegar al príncipe se arrodilló, y en el acto de besarle la mano dijo 
aquellas palabras de Simeón que se leen en el Evangelio: tiNune 
^mitttg, Domine, senmm íuum, qma ocuU mei viderw^ ^tútiUfíre 

Tovo I. 23 



174 HISTOUA DB FKLTPE n. 

/tmmo (1). El príncipe le recibió coa cortesía, y le levantó con la 
bondad y deferencia debidas á on bombre de sas merecimientos. 

Para aprovecbar algunos dias que restaban para el total apresto 
de la expedición, visitó el principe las plazas de PerpiOan y Salces, 
porque no bay que olvidar que el Rosellon pertenecía entonces á la 
EspaDa. Concluido todo lo que era necesario se embarcó don Feli- 
pe acompasado del duque de Alba, el gran prior de León, el almi- 
rante de Castilla, el marqués de Astorga, el duque de Sesa, el mar- 
qués de Pescara, el Je Falces, el de las Navas, los condes de Gelves, 
de CastaOeda, de Fuentes y de Luna (2). Hizo escala en Aguas- 
Muertas, y después se dirigió á Savona en el Genovesado. Allí le re- 
cibieron don Francisco Bobadilla de Mendoza, cardenal obispo de 
Coria, don Fernando de Gonzaga príncipe de Mulfeta, el duque 
Adriano, gobernador del estado de Milán y capitán general en Ita- 
lia, don Luis de Leí va, príncipe de Ascoli, y don Femando de Este, 
bermano del duque Hércules de Ferrara. En Genova fué recibido con 
grande ostentación, en presencia de los cardenales Cibo y Doria, y 
el arzobispo de Motara, nuncio de su santidad, y se alojó en el pa- 
lacio de Andrés Doria. Allí le esperaban el embajador de Ñapóles y 
Sicilia, y Francisco de Médicis, hijo del gran duque de Florencia. 
Desde Genova envió á don Juan Lanuza & cumplimentar en su nom- 
bre k la señoría de Yenecia; y antes de salir del mismo punto recí-- 
bió 200 arcabuceros de & caballo que el emperador le enviaba. El 
20 de diciembre entró en Milán bajo un arco de triunfo con el car- 
denal de Trente & la derecha, y el duque de Saboya á la izquierda. 
En Mantua le recibieron el marqués y el duque de Ferrara, y en 
Yillafranca de los Venecianos el duque de Parma Octavio Far- 
nesio. 

El príncipe se dirigió al Tirol, y atravesando la Alemania, llegó 
á los Paises-Bajos, donde fué recibido de los habitantes con todas 
las muestras del mas vivo regocijo. En Bruselas le esperaba el em- 
perador y también sus tias dofia María reina viuda de Hungría go- 
bernadora de aquellos estados, y dofia Leonor, también ya viuda del 
de Francia (3). 



fl) Cabrera Ll.Cx 3. 

(t) Como los nombres propios toman t>oeo, y tos mas <^ie oonrrén en esta hisioHt son espallo- 
les, Inseruremos cuanto sea posible y oonciliable oon el carftoter de concisión qoe sin fiíltar nada á 
lo esencial tratamos de dar á nuestro escrito. 

(3) De este viaje del principe don Felipe á Bmselas bay una bistoria por Juan Cristóbal Calvete 
de Kstrella. 



CAPRDLO XL nS 

Causó la llegada de don Felipe á Bruselas la mayor alegría á su 
padre, á sus dos tías y á toda aquella corte. Se celebró el suceso con 
regocijos y fiestas. Hubo actos de gracias solemnes eu los templos, 
ca&as, justas y todo cuanto de este género se usaba en aquel tiem- 
po. Tuvo el príncipe la felicidad de romper una lanza con el conde 
de Mansfeld, hombre de gran cuenta como guerrero y como capitán, 
lo que le valió grandes aplausos de la corte. Todas las ciudades de 
los Paises-Bajos rivalizaron con la capital en mostrar lo agradable 
que les era la llegada del príncipe heredero; mas no dejaron de no- 
tar con poco gusto suyo la seriedad, gravedad y circunspección de 
sus modales, que formaban un contraste con la afabilidad, llaneza 
en el trato y mas medios que su padre usaba para captarse la be- 
nevolencia y cariSo de aquellos habitantes, tan diferentes en índole 
de los de Castilla. No se puede negar, y en esto convienen casi to- 
dos, que don Felipe comenzó á ser impopular en los Paises-Bajos 
desde el momento que le vieron. 



CAPITULO XIL 



Viaje del emperador con don Felipe á Alemania. — Sus designios frustrados. — Le vuel- 
ve á enviar á España con plenos poderes de regentar. — Llega allí don Felipe y lo- 
ma el mando. — Situación de Alemania á la sazón. — Desgracias del emperador. — 
Nueva guerra con Francia. — Proyecta enlazar al príncipe don Felipe con María, rei- 
na de Inglaterra. 



1550. — Al la llegada á Bruselas de don Felipe, se hallabao los ne- 
gocios del emperador en ooa situación muy ventajosa. Estaba en paz 
con Francia, habiéndose terminado la áltima guerra con el tratado 
de Grespí bastante favorable para Carlos. Se velan humillados los 
principes protestantes del imperio; en prisión el Elector de Sajonia y 
el Landgrave de Hesse, de resultas de la victoria de Muhlberg que 
habia tenido lugar tres afios antes, y todo le hacia lisonjearse de que 
llegaría á dar la ley á toda la Alemania, sujetándola hasta cierto pun- 
to al yugo de la Iglesia. Para dar nueva actividad á estos negocios de- 
terminó pasar á Augsburgo con el objeto de celebrar allí una dieta, 
y en efecto salió de Bruselas para dicho punto llevando consigo á don 
Felipe y á sus dos hermanas. Un gran designio le ocupaba entonces, 
y para ponerlo en ejecución habia hecho venir al príncipe de EspaDa. 
Habia sido nombrado en 1530 rey de los romanos su hermano Fer- 
nando, rey á la sazón de Hungría y de Bohemia, en virtud de cuya 
elección, era el heredero de la corona del imperio. El emperador, 
que habia favorecido y propuesto esta elección, habia cambiado de 
designios, y deseaba que su hermano renunciase & dicha dignidad en 



i 



CAPITULO Xll. lll 

favor de so hijo. No le había sugerido la experiencia propia que el 
mandar á la vez estados tan vastos, tan separados unos de otros, tan 
heterogéneos, es mas embarazoso que útil, un poderío mas aparente 
y ficticio que positivo y verdadero. En su misma historia podía en- 
contrar esta verdad tantas veces confirmada; mas el deseo de vivir 
con grande esplendor en su posteridad, le hizo desatender á todas es- 
tas consideraciones. 

Por fortuna de él, de todos, y sobre todo del mismo don Felipe, se 
negó Fernando á satisfacer los deseos de su hermano, ni los halagos 
de las reinas, ni las grandes ofertas del emperador le persuadieron 
á renunciar á una dignidad que quería transmitir á su familia. Cam- 
bió entonces el emperador de plan de conducta, y conoció que frus- 
trada la esperanza de declarar á don Felipe heredero del imperio, na- 
da tenia ya que hacer en Alemania; que su puesto natural era en 
EspaOa, donde se hallaba á la sazón de regente, como ya hemos di- 
cho, el príncipe Maximiliano, hijo de Fernando y por consiguiente el 
verdadero heredero del imperio. 

Desde Augsburgo envió en efecto á don Felipe áEspaDa, dándole 
los poderes mas amplios para gobernar el país en nombre suyo. Al 
mismo tiempo enviaba cartas á los gobernadores y principales ciu- 
dades del país haciéndoles ver que el estado de los negocios de Ale- 
mania no le permitía regresar á Espafia tan pronto como su amor 
lo deseaba; que el restablecimiento de la fe católica en aquel país era 
demasiado importante á los ojos de un rey católico, para que no lo 
antepusiese á otras consideraciones; y que en tantos embarazos nada 
le parecía mas oportuno que enviarles en representación de su per- 
sona la de su hijo don Felipe nacido y educado entre ellos, y de 
cuyas virtudes y discreción ya tenían experiencia. 

Con estos poderes y cartas (1551), se separó don Felipe de su 
padre, y emprendido su camino por Alemania pasó por Trente, si- 
tio entonces del Concilio, donde hizo una magnífica entrada en me- 
dio de los legados del papa, rodeado y seguido de los principales 
personajes y prelados de la Iglesia. Fué muy obsequiado en la ciu- 
dad y bailó en uno de los festines que le dieron (1). En seguida se 
dirigió á Italia y desembarcó sin novedad en Barcelona. Después se 
trasladó á Valladolid donde se encargó por segunda vez de las rien- 
das del gobierno. El príncipe Maximiliano tomó & su llegada la 



(1) Leti, 1. XIL 



178 HISTORIA DS F£LIPE U. 

vuelta de Alemania» á donde sq padre le llamaba; mas no pudo lle- 
var consigo á la priocesa María, por hallarse may adelantada en su 
embarazo. Dio á luz esta seDora poco después en Gigales, pueblo 
inmediato á Yalladolid, á dofia Ana, que llegó á ser la cuarta y úl- 
tima mujer de don Felipe. 

Pocas novedades ofreció Espafia durante la nueva regencia de 
este prÍDcipe. Los grandes movimientos del mundo religioso y po- 
lítico tenían su teatro todos fuera. Permanecía la Península casi 
inmóvil en medio de tanta agitación y tempestad, que solo le tras- 
mitían algún ruido sordo como de lo que pasa ¿ gran distancia. A 
no ser por los viajes que hacían los príncipes y grandes personajes 
acompañados de tanto séquito que á su regreso naturalmente con- 
taban lo que habían oído y visto, se supieran pocas de estas nove- 
dades en Espafia. Mas en medio de lo precario é imperfecto de estas 
comunicaciones, en medio de la vigilancia con que se espiaba la intro- 
ducción de cualquiera novedad, no quedó, no podía quedar el pais 
herméticamente cerrado á lo que de tantos modos y con tal tesón 
se difundía. En 1553 se renovó la pretensión de enajenar y vender 
para las necesidades de la guerra, fincas de iglesias y monasterios 
de que hemos hecho ya mención (1), mas encontró la misma resis- 
tencia que la vez pasada. Los teólogos con quienes consultó don Fe- 
lipe sobre la justificación del hecho le condenaron todos como ile- 
gal, como io justo, como depresivo de los derechos y prerogativas 
de la Iglesia (8). Era imposible que la respuesta fuese otra, ni que 
dejase don Felipe de darla por decisiva en la materia. El asunto no 
produjo mas que ruido sin ningún alivio de los apuros del estado. 

Otra novedad importante que ocurrió en Espafia durante este 
breve período, fué el matrimonio de la infanta dofia Juana, herma- 
na de don Felipe, con el príncipe don Juan de Portugal, hijo pri- 
mogénito del rey don Juan III, y hermano de dofia María, primera 
mujer de don Felipe. Acompafió este príncipe á su hermana hasta 
Toro, desde donde siguió hasta la frontera con una comitiva muy 
lucida. 

Fué muy corta la permanencia de esta princesa en Portugal. A 
los tres meses de matrimonio quedó viuda y embarazada de un hijo, 
que fué con el tiempo el famoso rey don Sebastian. Poco después 
movida del amor á su pais, y en parte llamada por su hermano, 

(1) GapitaloV. 
19) SandoTü. 



CAPITULO XII. . no 

volvió á Espafia, donde le estaba destinado un cargo importantí- 
simo. 

Pero mientras el curso de los asuntos políticos se mantenía en 
Espaffa tan uniforme y tranquilo, aglomeraba negras nubes la for- 
tuna sobre la cabeza del emperador, tan acostumbrado casi en todo 
tiempo á sus favores. Tenia lugar entonces la defección ó mas bien 
ia traición del príncipe Mauricio, la huida de Garlos hasta Inspruk, 
el tratado de paz de Passau, la guerra declarada por Enrique II de 
Francia, la toma por este de las ciudades imperiales de Yerdun, 
ToqI y Metz, y el gran desaire personal que llevó el emperador de- 
lante de los muros de esta última plaza, que no pudo tomar con un 
ejército de cincuenta mil hombres, el mayor que se había visto en 
aquel siglo. 

El emperador se retiró á Bruselas, mientras continuaba la guerra 
no con mucha actividad por ninguna de ambas partes. No tomaban 
tampoco para él muy buen semblante los negocios de Italia, y el 
papa Paulo I Y que acababa de ser exaltado 6 la silla pontificia 
(1551), se le mostraba muy contrario. Creyó entonces el empera- 
dor que un enlace de su hijo Felipe con María de Inglaterra, que 
acababa de subir al trono, restablecería un tanto sus negocios, y le 
ajnstó con consentimiento de ambas partes. El príncipe había pen- 
sado por su parte pasar á segundas nupcias con otra princesa de 
Portugal, hermana de la emperatriz su madre, y tía de su primera 
mujer; mas el proyecto del emperador le hizo renunciar al suyo. 



CAPÍTULO xm. 



Muerte de Ednardo VI de Inglaterra. — ^Estado del país.— Partidos — María é Isabel.— 
Jaana Gray.— Coronada esta, María toma el ascendiente.— Sube al trono. — Supli- 
cio de su competidora.— Capitulaciones del matrimonio de Felipe y de María. — ^Las 
firma el príncipe, y encarga la regencia del reino á la infanta dona Juana — Se em- 
barca en la Coruila y llega á Inglaterra. — Desposorios. — Abolición del cisma. — ^Per- 
secuciones y castigos. 



No está menos enlazada la historia de Felipe H con la general de 
Europa, qae la de sa padre. Ya le hemos visto presentarse en Ale* 
manía como un candidato á la sucesión de la corona del imperio. 
Para comprender la nueva posición en que le iba á colocar su ma- 
trimonio con María de Inglaterra, necesario es que tomemos en con- 
sideración el estado politice en que aquel reino se encontraba. 

En 1553 murió en los primeros afios de su juventud el rey 
Eduardo VI, hijo de Enrique VIH, príncipe que por su amabilidad, 
por lo claro de su juicio y lo bondadoso de su corazón hacia con- 
cebir de su reinado las mas lisonjera esperanzas. Habian sido los 
seis afios que estuvo sentado sobre el trono un tiempo de bastantes 
revueltas y facciones, como sucede en toda minoría, y era inevita- 
ble en las circunstancias en que el reino se encontraba. En tiempo 
de Enrique VIH habia dado pocos pasos lo que entonces se llamaba 
la reforma religiosa, pues bajo su dominación despótica nadie se 
atrevió á ser de otra religión que la del monarca, cuyas pretensio- 
nes eran ser jefe de su Iglesia; mas sin alteración del dogma, tal 
cual la romana le explicaba y admitía. A su muerto se declararon 



CAPITULO Xf II. 181 

abiertameDte las opÍDiones de los que do se contentabaD en estos 
asantes con cambiar de papa, y tuvieron entrada con profesión pú- 
blica una porción de las nuevas doctrinas que habían aparecido en 
Alemania, Suiza y otras partes de la Europa. El protector del reino, 
é porque estas fuesen sus ideas, ó por asegurarse mas en su poder 
con partidos enemigos^ babia mostrado favorecer abiertamente las 
nuevas opiniones, con lo que se bailaba el pais en pugna abierta 
entre católicos y protestantes. A los disturbios que no podia menos 
de producir este conflicto, se unia el de los parlidojs que originaba 
la sucesión á la corona, en caso de que muriese el rey sin hijos, 
como sucedió en efecto. Además de este principe, tuvo el rey Enri- 
que VIH á María, de Catalina de Aragón, y á Isabel de Ana Bole- 
na. Declarado nulo ó ilegítimo su matrimonio con la primera prin- 
cesa, resultaba bastarda la primera hija; en caso de haber sido 
aquel válido, lo era la segunda. Las dos habian sido en efecto de- 
claradas alternativamente legitimas y bastardas, según el flujo y 
reflujo de las pasiones y caprichos de su padre. La princesa María 
educada en la religión católica, sin haber querido admitir ninguna 
de las innovaciones que se habian introducido, tenia á su favor 
todo el partido de dicha comunión, mientras sucedía lo contrario 
con respecto á Isabel que pasaba por abrigar muy diversos senti- 
mientos. 

Además de estos dos partidos, se formaba un tercero, aunque 
menos numeroso que los otros dos, y que se apoyaba en la bastar- 
día de las dos princesas. El rey Enrique había tenido una hermana, 
la princesa María, que después de haber estado casada con Luis XII 
rey de Francia, había pasado á segundas nupcias con el duque de 
Soffolk, y dejado descendencia (1) A falla de hijos legítimos, esta 
seDora era la heredera de su hermano. Estaban entonces repre- 
sentados sus derechos por una joven de 16 aOos, llamada Juana 
Gray, de familia ilustre, que acababa de enlazarse con otra igual- 
mente distinguida (2). No había concebido esta seOora la idea de pre- 
sentarse con pretensiones á la sucesión de la corona, mas su padre 
el duque de Suffolk y el dé Northumberland su suegro, padre de 
lord Guilford, con quien acababa de casarse, ambos hombres am« 



(1; No faé esta la única hermana del rey Enrique Yni,como veremod íaego. 

(t) Joana Gray era b^a del marqués de Borset y de una hija y heredera de la princesa Varfa. Ha<* 
bfendose extlnisnldo el titulo de duque de Suffolk por la muerte del propietario y de sus hijos ha- 
bidos en segundo matrlmoDlo, la oonflrid el rey «I marqués de Dorset padre de luana. 

Tomo i. Si 



182 HISTORIA DE FELIPB H. 

biciosos, DO quísieroD desperdiciar la coyuDtara que se les ofrecia 
de subir á la cumbre del poder, y cod ruegos, cod amoDestacioues 
y hasta cod ameoazas obligaron á Juaoa á ser iustrurneuto de sus 
planes. A la muerte de Eduardo logró esta facciou hacer proclamar 
por reÍDa á Juana Gray en Londres, mieutras los partidarios de Ma- 
ría se hacían con gente fuera para trastornar la obra de la facción 
de su competidora. Estaba aquella princesa en un estado de confi- 
namiento aun mucho antes de la muerte de su padre, y de este re- 
tiro fué sacada por su parcialidad que la condujo á la capital con 
fuerzas muy considerables. El partido de Juana era poco numeroso, 
propendía la generalidad por temor ó por ideas de sucesión legíti- 
ma á sostener los derechos de la hija primogénita de Enrique, con 
ló que entró María en Londres con muy poca resistencia y fué pro- 
clamada reina, mientras Juana Gray, su marido y mas jefes de su 
parcialidad fueron presos y encerrados en la torre. 

Bien pronto expiaron el padre y suegro de Juana su ambición en 
un cadalso. La desgraciada que se habia prestado á ser su instru- 
mento, no sufrió la misma suerte por entonces; se ignoraba cuál 
seria su ulterior destino; mas con motivo de una sedidon, ó tai vez 
sirviendo esta de pretexto, fué condenada con su joven esposo á pe- 
recer por manos del verdugo. Se sometió Juana á su suerte con la 
mayor resignación; desplegó en e^ suplicio mucha mas magnanimi- 
dad y fortaleza de la que debia esperarse de sus aBos y su sexo, y 
en sus últimos momentos fué objeto de las mas tiernas simpatías. 
Los' historiadores convienen todos en presentar á esta joven ador- 
nada de las mas amables y brillantes prendas. Había recibido una 
esmerada educación, perfeccionada por su aplicación al estudio y la 
lectura. Se decía que sabia latín y griego; que se entretenía con 
Plutarco mientras sus ainigas y compaDeras se entregaban á otras 
diversiones, y aun se citan algunos pasajes que escribió en esta len- 
gua pocos momentos antes de entregar su cabeza á la hacha del 
verdugo. Tal vez se hermoseó demasiado la pintura para hacer mas 
odiosa á la rival que tan b&rbaramente la inmolaba; mas de todos 
modos fué el suplicio de Juana Gray una de las causas que hicie- 
ron tan poco popular el reinado de María. 

No debe de sorprender el fin trágico de Juana Gray á los que se- 
pan hasta qué punto eran frecuentes estos actos en aquel país y en 
aquel siglo. En un suplicio habia perecido la famosa Ana Boleoa 
que habia encendido en tan frenética pasión á Enrique YIII, primero 



JUANA GREY. 



CAPITULO Xlli. 183 

sa esposo, y en seguida su verdago. Igual fué la suerte de Catalina 
Howard, quinta mujer de aquel monarca, acusada de adulterio. 
También habia perecido en un cadalso el duque de Sommerset, tio 
del rey Eduardo, y durante su menoría protector del reino. El que 
lea la historia de los distinguidos personajes que en aquel siglo, en 
el anterior y aun en el siguiente tuvieron igual fin, no extrañará el 
dicho célebre de que la historia de Inglaterra debería estar escrita 
de mano del verdugo. 

Subió, pues, María al trono de un pais agitado de facciones, de 
disturbios, tanto políticos como religiosos. Libre de la parcialidad 
de Juana Gray, trató de neutralizar la de su hermana Isabel, en- 
cerrándola en una fortaleza y amenazándola con castigos mas seve* 
ros. Católica de corazón, enemiga de toda innovación religiosa, abor- 
reciendo á cuantos hablan contribuido á las desgracias de su ma- 
dre, fué uno de los principales pensamientos de su administración 
la extirpación de la herejía, la restauración en su antigua pureza 
de la religión católica, y de la vuelta del pais al gremio de la Igle« 
sia. Con este objeto negociaba en Roma la solemne abolición del cis- 
ma, y la absolución del pais por el pontífice. 

En esta situación se hallaban los negocios de Inglaterra cuando 
Garlos solicitó la mano de la reina para don Felipe. Solo el deseo 
que tenia el emperador de hacerse con una alianza que le podia ser 
de utilidad en la situación de sus negocios, explica un paso tan ex- 
trafio, tan á todas luces imprudente. En prímer lugar la reina de 
Inglaterra tenia doce aDos mas de edad que su esposo, sin que her- 
mosura, ni amabilidad, ni prenda alguna seductora, pudiese re- 
parar dicho inconveniente que ya era en sí muy grande. En segun- 
do lugar privaba á Espafia de un regente que la administraba bien, 
para empeñarle en un pais extrafio, trabajado por facciones y riva« 
lidades. Exponer á quedar sujetas á un mismo cetro dos regiones 
tan diferentes, tan heterogéneas como Espafia ó Inglaterra, era la- 
brar acaso la desdicha de ambas. Mas la manía do ensanchar los 
límites de la dominación sin pensar en su verdadera solidez; es una 
de las enfermedades incurables en los hombres. Estaba destinada la 
Escocia á componer parte de la monarquía francesa; la Inglaterra, 
de Espafia, en caso de morír sin hijos el príncipe don Garlos y te- 
nerlos don Felipe de María, como era posible. Sí no se realizó nin- 
guna de ambas cosas, fué porque la suerte pudo mas que la ambi- 
ción, y sirvió mas á los intereses de los príncipes, sobre todo dé 



184 HISTORIA DB FELIPE 11. 

Felipe. Demasiados estados iba á heredar, para que la Inglaterra, 
sobre todo en aquellas circnostaDcias, aumentase su verdadero po- 
derío. 

Era el cardenal Reginaldo Polo, inglés de nacimiento, y aun algo 
emparentado con la casa real, el encargado en Roma de negociarla 
reconciliación de la Inglaterra con la Iglesia. También tomaba parte 
activa en el enlace de la reina María con Felipe (1). Con su inter- 
vención se arreglaron las capitulaciones del contrato, que se ajus- 
taron definitivamente en Londres d 2 de abril de 1554. Por ellas 
conferia el emperador á Felipe el ducado de Milán y el titulo y so- 
beranía de Ñapóles. Los dos reyes debían de ser iguales en autori- 
dad: y en nombre de ambos se debían de expedir todos los despa- 
chos, cédulas y provisiones, mascón la firma de la reina solamente. 
A falta del príncipe don Garlos, los hijos de este matrimonio debían 
heredar los estados del padre y del abuelo. En caso de morir la rei- 
na, debía salir Felipe de Inglaterra. La reina no había de salir de 
sus estados ni ayudar en nada en sus guerras al emperador; mas lo 
podía hacer don Felipe con sus propios medios. 

Se enviaron estas estipulaciones á EspaDa para que las firmase 
don Felipe, y él lo hizo sin manifestar gran repugnancia. Se dice 
que amaba entonces á una dama castellana (2), y á ser esto así, 
debió de mirar con doble desagrado un enlace con una princesa 
poco agradable que le llevaba tantos años (3). Mas el amor no era 
la pasión dominante de este príncipe. Se trataba, pues, de que se 
pusiese en camino para celebrar el matrimonio; mas desempefiaba 
la regencia de EspaDa, y era preciso buscar persona que le reem- 
plazase. Con este objeto envió á llamar de Portugal á su hermana 
la infanta doña Juana, viuda del príncipe don Juan, que hacia poco 
que había dado ¿ luz al que fué después rey don Sebastian como 
hemos dicho. Se puso la princesa inmediatamente en camino acom- 
pañada hasta la frontera de orden del rey de Portugal, délos infan- 
tes sus cuñados. En la frontera la aguardaban por disposición de 
don Felipe los obispos de Osma y de Badajoz, y don García de To- 

(1) Algunos, entre otros Leti, 1. XII contradicen esta circunstancia, y afiaden que el emperador 
estaba disgustado con el cardenal porque se oponía á sus proyectos. Mas son estos hechos secón* 
darlos, cuya dilucidación importa poco á los verdaderos intereses de la historia, observación que 
nos ocurriría muy á menudo. Cualquiera que baya sido el negociador de dicho enlace, aiiguye muy 
poca prudencia en los que le concibieron y solicitaron. 

(I) Cabrera, 1. 1, 6, 4 y Leti I. XII, la de&fgna con su nombre. (Dofia Catalina Lener). 

(3) El buen Sandoval al mencionar la fealdad y edad ya tan madura de María, dice que el prin- 
cipe chizo lo que un Isaac,» dejándose saoriflctr por hacer la voluntad de su padre y por el bien 
de la Iglesia Llb. XXYI, párr. 8. 



9 

í 



ClPITDiO XUI. 185 

ledo. El mismo príncipe llegó en basca saya hasta Alcántara, y la 
acompañó basta Valladolid, donde tomó todas las disposiciones ne- 
cesarias para entregarla la regencia. Al mismo tiempo envió á In- 
glaterra á don Pedro de Avila, marqaés de las Navas, encaminán- 
dole á Laredo, donde don Bernardino de Mendoza tenia navios apres- 
tados. Una de sus grandes atenciones antes de salir del reino, fué 
poner casa al principe don Garlos. Díóie por preceptor de gramática 
á Luís de Vives; ayo á don Antonio de Rojas; gentiles-bombres á 
los condes de Lerma y Gelves, y don Luis Portocarrero. 

En seguida se dirigió á Galicia, pues debia de embarcarse en la 
GoruDa. Se detuvo algunos dias en Santiago donde adoró el cuerpo 
del Apóstol, confesó y comulgó, y practicó todas las devociones que 
tenia de costumbre. En la GoruDa acabó de despachar todo lo que 
habia pendiente, y envió á su hermana sus últimas instrucciones por 
escrito; hé aquí los artículos mas esenciales. 

otQue hiciese á todos justicia estricta y severa: que consultase 
los viernes con el consejo real: que pensase antes en los negocios, 
y luego los viese con el presidente y secretario: que en el consejo 
de estado fuese presidente el del consejo real, y vocales el arzobispo 
de Sevilla, don Luis Hurtado de Mendoza, marqués de Mondejar, 
marqués de Gorres, don Antonio de Rojas, don García de Toledo y 
don Juan Vázquez: que tratándose de negocios de la corona de Gas- 
tilla, se hallasen presentes el licenciado Otarola y el doctor don 
Martin Velasco; y en negocios de Aragón, el vice-canciller y un re- 
gente: que en las cosas de guerra entendiesen los dos marqueses 
don Antonio de Rojas, don Gaspar de Toledo y el secretario Juan 
Vázquez, y siendo menester letrado, el doctor Velasco: que seOalase 
el marqués de Mondejar las cartas y papeles que la princesa habia 
de firmar, y que se juntasen dos veces pqr semana: que se cuidase 
de las fronteras, de los encargados de ellas, y de la caballería: que 
las galeras, estuviesen bien armadas: que la princesa oyese misa en 
público: que sefialase horas de audiencia: que recibiese memoriales: 
que diese á todos buenas palabras: que el consejo y mas tribunales 
se reuniesen en palacio: que en el despacho de la cámara entendie- 
sen Otarola, Velasco y Juan Vázquez: que no se proveyese ningún 
oficio sin contar con el presidente: que se entendiese con el consejo 
sobre la mudanza de la corte: que los obispos residiesen en sus dió- 
cesis: que el presidente de Granada residiese 90 dias inclusa la cua- 
resma en Avila: que no se legitimare ningún hijo de clérigo: que no 



186 H18T0BU DB FELIPE n. 

86 habilítase para oficios á gente de corona: qae no se fundasen 
mayorazgos mas que por caballeros de calidad: qae gobernasen las 
Igleisias de Granada, gente limpia por generación y religión.» 

Mientras el príncipe se preparaba para darse k la vela, desem- 
barcaron sus enviados en Inglaterra. Inmediatamente dieron noticia 
de su arribo al conde de Egmont embajador en Londres del empe- 
rador, quien pasó á felicitar á la reina con este motivo. Ya no era 
dudoso en Inglaterra que estaba para llegar el principe de España. 
Tomó María las disposiciones, y dio las órdenes necesarias para que 
su futuro esposo fuese recibido con toda la magnificencia que por 
su rango merecía. 

Por fin zarpó el príncipe de la GoruOa el 11 de julio de 1554 con 
una escuadra de sesenta y ocho buques y cuatro mil espafioles del 
tercio de don Luis Carvajal. Le acompaOaban el almirante de Gas- 
tilla, su hijo el conde de Melgar y el de Saldaña, los duques de Al- 
ba y Medinaceli, el prior don Antonio de Toledo, el príncipe de 
Eboli, los marqueses de Aguilar, Pescara, Verghen y Valle, los 
condes de Buendia y Fuensalida, Gutiérrez, López de Padilla, don 
Diego de Acebedo, don Hernando de Toledo, hijo del duque de Alba, 
don Antonio de Zufiiga, don Luis de Górdoba, don Pedro Enriquez, 
don Bernardino y don iDigo de Mendoza, don Alvaro Bazan, con 
dos hijos, don Pedro de Velasco, don García de Toledo, seQor de las 
Villorías, don Rodrigo de Bena vides, hermano del conde de Santis- 
téban y otros. Gomo se ve, llevaba el príncipe un acompafiamiento 
numeroso y lucido, propio del personaje y del objeto que le pro- 
movía. 

Al cabo de siete días de navegación llegaron al puerto de Sou- 
thampton, adonde vinieron á cumplimentarle en nombre de la reina 
el obispo de Winchester, el marqués de Arundel y otros varios per- 
sonajes. El príncipe siguió adelante hasta Winchester donde María 
le aguardaba. Se celebró la entrevista con todo el aparato y rego- 
cijo propios de las circunstancias. El regente espaDol Figueroa les 
presentó la renuncia de Ñápeles y del ducado de Milán en favor de 
don Felipe. 

En S5 del mismo mes de julio se confirmaron las capitulaciones 
por los prelados y el conde de Egmont en nombre del emperador; 
por don Pedro Lazo en el del rey de los romanos; por don Juan Mi- 
guel en el de Venecia, y por el obispo de Gortona en el del duque 
de Florencia. El mismo dia los desposó el obispo de Winchester, y 



CAPITULO xni. 18T 

un heraldo proclamó á Felipe y á María por la gracia de Dios rey 
y reÍDa de Inglaterra y Francia (1), Ñapóles, Jerusalen, Hibernia, 
principes de Espafia, duques de Milán. La ceremonia se solemnizó 
y festejó como todas las de esta clase con músicas, danzas, banque- 
tes, brindis y demás diversiones que les son análogas. En el festin 
regio fué servida la reina por grandes de Espafia. Se hallaba la rei- 
na María satisfecha; mas no el pais con semejante matrimonio. 
Sentia el partido protestante mugir ya la tempestad que contra él 
se preparaba, ni tampoco el católico veia con buenos ojos la pre- 
ponderancia que iba á ejercer sobre el pais un extranjero. Si con 
tal alianza consideraba en cierto modo consolidado el triunfo de sus 
creencias religiosas, este rey extrafio, de cuya ambición habia ya 
tantas pruebas, heria no poco su orgullo nacional y afectaba su es- 
píritu de independencia. Se mostraba don Felipe atento y hasta afa- 
ble, mas eran demasiado serias y circunspectas sus maneras para 
hacerse popular en aquella corte extrafia. Estaba acostumbrado á 
otra atmósfera, á otro modo de ejercer la autoridad, y sqbre todo á 
ser él solo en el poder y mando. Ni las costumbres inglesas, ni la 
índole de su gobierno, podían ser del gusto é inclinaciones de Fe- 
lipe. Por otra parte en la reina su nueva esposa, á pesar de la su- 
ma deferencia y ternura con que le trataba, no hallaba ni podía real- 
mente hallar nada que le cautivase. 

Mientras tanto continuaban en Roma las negociaciones para re- 
conciliar á Inglaterra con la Iglesia. Acababa de ser exaltado á la 
sede pontificia Paulo lY, á quien los dos principes reconocieron y 
enviaron su homenaje por medio de don Diego Cabrera y Bobadilla, 
conde de Chinchón, del Consejo del rey, su mayordomo y tesorero 
por la corona de Aragón . 

El cardenal Polo se dirigió pues á este pontífice con la petición y 
pretensión del rey y reina de Inglaterra sobre una reunión tan ape- 
tecida por entrambas partes. Era un negocio demasiado favorable á 
los intereses de la santa sede para que esta no se mostrase propi- 
cia, aunque de perdón é indulgencia se trataba. Absolvió pues el 
papa k los ingleses. Fué portador de esta bula el mismo cardenal 
Polo, revestido además con los poderes de legado. Mientras aguar- 
daba este en Calais permiso para entrar en Inglaterra, convocó la 



(I) Los reyes de Inglaterra llevaron el titulo dé reye« de Francia deade Enrique V , coronado 
como tal en Paria á prinolpioa del siglo XY, hasta los del actual que renunciaron á él cuando la in- 
oorporaolon de fa Gran Bretaña oon Irlanda. 



188 HISTORIA DB FELIPE II. 

reina el parlamento y le enteró del negocio , haciéndole ver lo 
necesario que era acabar cuanto mas antes con un cisma tan con- 
trario al cristianismo. Asintió ¿ la entrada del legado el parlamento 
tan sumiso en aquel reinado como en los anteriores. Fué Polo reci- 
bido con toda pompa en Londres; mas no quiso admitir tos honores 
de legado hasta después de conferenciar con el rey y con la reina* 
Admitido con muestras de gran deferencia y regocijo & su presen- 
cia, les ensecó las cartas y bulas pontificias, de las que quedaron 
sumamente satisfechos. En el parlamento que se reunió en seguida 
se determinó que se hiciese la ceremonia solemne de la reconcilia- 
ción con Roma el 30 de noviembre en la Iglesia de San Pablo. Así 
se realizó en efecto con festejos, músicas, salvas de artillería y cuan- 
to podia contribuir al esplendor y magnificencia de aquel acto. Co- 
locado el prelado en el templo en medio del rey y de la reina, ab- 
solvió en alta voz en nombre del padre santo á los ingleses. Ter- 
minó el dia con caDas y torneos, y por la noche se festejó también 
la absolución con muchas iluminaciones. Escribió inmediatamente 
don Felipe el suceso á todas las cortes de la cristiandad. El papa 
recibió sobre todo la noticia con grandes demostraciones de alegría. 
Hablan ido demasiado adelante en los dos últimos reinados las 
innovaciones religiosas en Inglaterra para que este cambio y esta 
reconciliación no principiasen una época de reacción, de persecu- 
ción y de castigo. Era la intolerancia entonces con muy pocas ex- 
cepciones la manía general; todo el mundo creía que se servia ¿ 
Dios castigando á los que se mostraban enemigos de su culto.. Se- 
vera la reina por carácter y tan celosa además por la pureza de la 
fe, se mostraba poco inclinada á la indulgencia. No era el rey Fe- 
lipe blando en esta parte, como lo hizo después ver en tantas oca- 
siones. Los prelados católicos, recobrado ya el ascendiente y pre- 
ponderancia de que se habían visto despojados, trataban de que se 
diese por el tronco al árbol de la herejía y que de una vez se ar- 
rancase del campo la zizaDa. Se mostraba muy activo en esta obra 
de reacción el español fray Bartolomé Carranza, que había llevado 
consigo don Felipe, sin prever entonces que algún dia iba á ser él 
mismo víctima de las persecuciones de que se mostraba tan celoso. 
Se hicieron reformas en las universidades. Se mandaron cerrar to- 
dos los sínodos. Se hicieron hogueras públicas de Biblias traducidas 
en lengua del país; y también se encendieron para el último snpli- 
cío de los principales apóstoles de la reforma que no querían des- 



CAPITULO XIIL 189 

decirse. Subieron á estas piras hasta personas revestidas con el ca- 
rácter de prelados; tan sjevero y cruel se mostraba el tribunal ecle- 
siástico que en estas causas entendía. Fueron entre otros quemados 
en la plaza de Westsmith-Field en Londres, sitio ordinario de las 
ejecuciones, Ridley obispo de Londres y Latimer obispo de Wor- 
cester. Alcanzó su rigor al famoso Grammer, arzobispo de Cantor- 
bery, favorito del rey Enrique VIH. Se dice de este prelado que fir- 
mó un acto de retractación, haciéndosele creer que con este paso 
evitaría su castigo; mas que habiendo sido condenado sin embargo 
al suplicio de la hoguera, se quemó antes la mano derecha como 
para castigarla de un acto de debilidad, y no entró en el fuego an- 
tes de caer despegada de su brazo. La absolución de los ingleses 
no les costaba poca sangre; mas no se entendían entonces las cosas 
de otro modo: tanto por los católicos, como también por los mis- 
mos protestantes. 



toMO I. 25 



CAPÍTÜUl XíV* 



••*».^-'.^-N_.- 



Ajusta el emperador una tregua con Francia. — Llama á don Felipe á Bruselas. — He^ 
nuncia en su favor la posesión de los Paises-Bajos y las coronas de España. — Se 
embarca para este último pais, y se retira al monasterio de Tuste.-Sus ocupaciones. 



Deseaba el emperador terminar la guerra con Francia, en qae 
estaba empeOado hacia cerca de cinco aOos. Desde la retirada de- 
lante de la plaza de Metz, no se hablan alcanzado ventajas conside- 
rables por ninguna de ambas partes. Hablan los imperiales tomado 
las plazas de Terouane y de Hesdin; y apoderádose los franceses de 
las de Renty y Mariemburgo: hecho aquellos una invasión en la Pi* 
cardia, y acercádose los segundos á Thionville por los Paises-Bajos; 
mas no se habia dado ningún golpe decisivo. Con la misma alter- 
nativa de próspera y adversa fortuna se batian en las fronteras y 
varias partes de Italia los ejércitos beligerantes. Reinaba en los dos 
principes enemigos mas cansancio de la guerra, que deseo verda- 
dero de la paz, por los gastos inmensos que la hostilidad les acar- 
reaba. En mayo de 1555 se ajustaron unas treguas en Arras entre 
ambas coronas que debian de durar cinco años. Concurrieron al acto 
en nombre del emperador el cardenal Polo, el duque de Medinasi- 
donia, el obispo de Arras, el conde de Lalain y el presidente del con- 
sejo de Fiandes Vigío Inchieno. Asistieron por el rey de Francia el 
cardenal de Lorena, y el condestable de Montmorency. Por la In- 
glaterra se presentaron el obispo de Winchester y el conde de Aron- 
del. Se suscitaron en las conferencias grandísimas dificultades. Pe-^ 



CAPITULO XIV. 191 

dian los franceses el ducado de Milán y que el duque de Saboya se 
casase con la viuda del duque de Lorena, y que se diese ¿Navarra 
á Antonio de Borbon Vendóme, casado con Juana de Albret, hija de 
Enrique de Albret y Margarita de Yalois, hermana de Francisco, 
difunto rey de Francia» Mas á nada de esto se accedió, y las treguas 
se firmaron sencillamente sin ningunas condiciones. Se vio asi libre 
el emperador de un peso que le fatigaba; mas le quedaba otro que 
le era imposible echar de si por ser producto de sus enfermedades 
y de la vejez que á pasos agigantados le cargaba. Habia llegado á 
una época de la vida en que todas las ilusiones se disipan, en que 
se van todas las flores, quedando solo en logar suyo las espinas. 
Habia gozado demasiado pronto de las pompas y prestigio del po-* 
der, para no experimentar que la grandeza es humo, que los goces 
de la ambición son sueDos de que se dispierta rara vez sin amar- 
gura. Ninguna gran razón tenia de quejarse de la suerte, mas en 
el áltimo tercio de su vida, no la hablan faltado sinsabores y dolo- 
rosos desengafios. Cuando liega el hombre ¿ semejante situación, 
DO puede menos de deleitarse con las ideas del retiro y del descanso; 
y si á todo esto se aDaden los sentimientos religiosos que hacen ten- 
der los ojos h&cia lo futuro, no extrafiaremos que Garlos Y ¿ los 
cincuenta y seis afios de su edad, pensase seriamente en echar de sí 
ttü peso que realmente le abrumaba^^Hubo quien escribió que entre 
las causas que le movieron á tomar esta resolución, ocupa un prin- 
cipal lagar la conducta poco obsequiosa hacia él por parte de su 
hijo don Felipe, y que prefirió una voluntaria cesión de sus estados 
á las serias mortificaciones que de su carácter ambicioso y vivos 
deseos de reinar tenia (1); mas no dieron las acciones anteriores de 
este príncipe motivo para una imputación ten grave y seria. Según 
dijo él mismo hallándose ya en su retiro de Yus te, se habia ocupa- 
do de esta idea en vida de la emperatriz; mas que no habia podido 
realizarlo por lo complicado que se hallaban sus negocios y falta de 
un heredero que estuviese en aptitud de reemplazarle. El heredero 
ya se hallaba en sus maduros a&os, y el tiempo parecía llegado de 
adoptar finalmente la resolución que iba á excitar la admiración de 
toda Europa. Con este designio envió á llamar al príncipe á Bruse- 
las, y allí mismo renovó sus negociaciones con su hermano, á fin de 
que renunciase en favor de su hijo la corona del imperio; mas el rey 

(1) Véase á RoberUon L. G. XI, en su cita de Lebesque, autor ó editor de las Vellorias de Gran- 
ye la. 



192 HisTOWA 9B rmn ii. 

de lo6 romaQOs persistió en su oegativa, y el emperador tuvo que 
renuaeiar á esta última ilasioo de brillo y de grandeza. 

Se hallaba Felipe muy poco á gusto suyo eu loglaterra, descoD** 
lento del país, causado de la reíaa, que auoca había sido para él 
objeto de cariño. Aprovechó, pues, con gusto esta ocasión que se le 
ofrecía de dejar aquel pais, y se apresuró á obedecer los preceptos 
de su padre. Fué esta partida objeto para la reina de e]icesÍYa pesa- 
dumbre, trató de impedirla por cuantas razones supo y pudo, ale^ 
gando su embarazo, que después resultó ser hidropesía. Mas no 
tuvo en ninguna cuenta el rey sus ruegos y clamores, y en 8 de 
octubre de 1555 salió de Inglaterra, encaminándose á los Paises- 
Bajos, donde le aguardaba un cambio inesperado de fortuna. 

Habia convocado el emperador los estados de los Paises^Bajos en 
Bruselas (1). El 28 del mismo mes de octubre se presentó en su 
seno, y con toda la solemnidad digna de los tiempos de los Césares 
renunció en favor de don Felipe la soberanía de los Paises-*Bajos 
que habia heredado de su padre. Con aire de majestad, con noble 
y augusto continente se presentó y condujo el emperador en tan so* 
lemne circunstancia. Se hallaban á la derecha del trono el príncipe 
de Espafia, el principe Maximiliano y Filiberto, duque de Saboya. 
A la izquierda, las reinas viudas de Hungría y de Francia, María, 
reina de Bohemia, y Cristierna, hija del rey de Dinamarca, duquesa 
de Lorena. Comenzó la ceremonia nombrando al príncipe de Espafia 
caballero del toisón de oro, y en seguida el secretario Filiberto Brus- 
seli leyó en alta voz el acta de renuncia del seOorío de los Países- 
Bajos, hecho por el emperador Carlos Y en favor de la persona de 
su hijo don Felipe. Concluido el acto y apoyando una mano en el 
hombro del príncipe de Orange, y con un papel en la otra, sin duda 
para alivio de memoria, se levantó el emperador y arengó en fran-^ 
cés por última vez á los estados, haciendo enumeración de las ex-« 
pediciones que habia emprendido, de los servicios tanto civiles como 
militares que habia hecho. Les habló de sus enfermedades, de su 
incapacidad de conservar el cetro con ventajas para el pueblo, y de 
que en la persona de su hijo les dejaba un príncipe experimentado 
en todos los negocios del gobierno. No fué menos patético su disr 
curso al nuevo rey que se le puso delante de rodillas, exhortándole 
k ser justo, á mirar con respeto sagrado las leyes y con amor á sus 

(1) Bs la fecha que asigna Sandoval á este acto que ocupa en la historia un lugar tan distinguido. 
Mas en el día y aun en el mes discrepan la mayor parte de los historiadores de la época. 



CAPITULO XIV. 193 

nuevos subditos. Ea todos hizo impresión lo solemne, sublime y 
tierno de la escena: algunos derramaron lágrimas. El emperador no 
se apartó un punto de su nobleza y dignidad; ningún soberano al 
despedirse de su pueblo excitó . mas sentimientos de reverencia y 
pesadumbre. Prometió Felipe á su padre haberse fielmente en su 
nueva dignidad y arreglarse en todo á sus preceptos. Al dirigirse ¿ 
la asamblea manifestó que le era imposible expresarse en lengua 
francesa, por no haberla deprendido (1); mas que el obispo de Arras 
seria intérprete de sus sentimientos. La arenga del prelado á nom- 
bre del nuevo sefior de los Paises-Bajos se redujo á las promesas de 
costumbre y que nunca en tales ocasiones se escasean. 

En seguida se levantó la reina viuda de Hungría, y se dirigió á 
los estados dándoles gracias por los favores que la hablan dispen- 
sado» é hizo renuncia del gobierno de los Paises-Bajos que hacía 
veinte afios desempeñaba en nombre de su hermano. 

En 16 de enero de 1556 hizo Garlos renuncia de las coronas de 
Castilla en favor de su hijo ante Francisco de Eraso« comendador 
de Montalazy, notario mayor, y de las de Aragón, ante Diego de 
Vargas, escribano de cámara. Además le dio la investidura del es- 
lado de Sena, y el título de Vicario general del sacro imperio. Mas 
antes de abrir la época de este reinado, tan fecundo en grandes 
acontecimientos, se dedicarán algunas páginas á seguir las huellas 
del último monarca después de su renuncia. 

De todas sus coronas se habia despojado Garlos V á excepción de 
la imperial que conservaba todavía, siempre con la esperanza de 
trasmitirla á don Felipe. Inmediatamente que se redujo á condición 
privada, pasó á vivir en un palacio particular en compafiía de las 
reinas sus hermanas, pues la de Hungría habia entregado el gobier- 
no de los Paises-Bajos al duque Filíberto de Saboya, por disposi- 
ción de don Felipe. El retiro donde era la intención del emperador 
fijar su residencia era el monasterio de Jerónimos de Juste ó Ynste, 
situado en Extremadura cerca de la vera de Plasencia. Mas por lo 
erado de la estación ó falta de preparativos, no pudo ponerse en 
viaje hasta setiembre del mismo aOo de 1 556 que se embarcó en 
Zelandia en compañía de las mismas reinas y su privada comitiva, 
despidiéndose del nuevo rey que le habia acompañado hasta aquel 
panto. Padeció la pequefia flota una tempested, y llegó en bastante 
mal estado á fines del mes al puerto de Laredo, donde tuvo lugar el 

(1} Bxpieslon de Sandoval, 1. XZIÜf * párr. 16. 



194 HISTORIA DB FELIPE II. 

desembarco. Se dice que el emperador besó la tierra al verse en ella, 
diciéodole que le recibiese como su postrer asilo. Llegó tan fatigado 
y quebrantado, que solo eo litera pudo hacer el viaje hasta Burgos, 
donde descansó dos dias. A pesar de que debia conocer los hom- 
bres, no dejó de extra&ar el escaso número de seSores y caballeros 
principales que le vinieron á cumplimentar, tanto en aquel punto 
como en el camino. En seguida se trasladó á Valladolid, donde no 
quiso se le hiciese ningún recibimiento, cediendo este honor & sus 
hermanas, que hicieron su entrada un dia antes. Allí tuvo una en- 
trevista con su hija y regente doña Juana, habiendo visto también 
á su nieto el príncipe don Garlos, de cuyos modales y conversa- 
ción, dicen, quedó sumamente disgustado. Querían sus hermanas 
acompaDarle hasta Yus te; mas no lo permitió el emperador, y 
se despidió de ellas en Valladolid prosiguiendo solo su jornada. Al- 
gunos historiadores dic^n que tuvo que suspender su viaje por falta 
de dinero (1); pero esto es muy dnro de creer, habiéndose asignado 
él mismo la corta cantidad de 12,000 ducados anuales por via de 
pensión ó de retiro. Y aunque hubiese sucedido así por escaseces 
del erario ó circunstancias imprevistas, achacarlo á indiferencia ó 
tal vez á ingratitud de Feiípe, nos parece con demasía aventurado. 

A mediados de noviembre del mismo a&o llegó á Yuste, donde le 
hablan preparado una especie de habitación particular^ pegada al 
convento, con el que tenia comunicación aunque del todo indepen- 
diente. En aquella modesta vivienda, compuesta de cinco ó seis pie- 
zas, sencilla y hasta pobremente alhajadas, se encerró el que habia 
dado leyes á mas de la mitad de Europa, sin que en sus conversa- 
ciones, ni en ninguno de sus actos, diese á entender que estaba ar- 
repentido de aquel cambio. 

La vida que el emperador llevó en Yuste fué sencilla, dedicada en 
lo esencial á ejercicios de devoción y de piedad, ocupando las horas 
de recreo en el cultivo del jardín, ó en la construcción de alguna 
obra mecánica, sobre todo de relojes, á que era muy aficionado. El 
grande artífice de aquellos tiempos que excitaba tanta admiración 
con lo ingenioso y atrevido de sus invenciones, Juanelo Turriano, le 
hizo varías visitas en su retiro y le daba lecciones de su arte. Tam- 
bién se divertía con la música, en la que dicen era muy inteligente, 
siendo su voz tan buena y delicada, que algunos religiosos iban en 

(1) Entre otros Cabrera, 1. S, o. iV, quien expresa el pueblo de la detención (Oropesaj, el Uempo 
de la duración (30 días), y la cantidad que aguardaba para pagar & bus orlados (90,0(K) escadoa). 



CAPITOLO XIV. 198 

silencio á escucharle á su puerta cuando cantaba, sobre todo en las 
horas de la noche. Mas todos esos pasatiempos no le distraian del 
negocio que le era mas interesante. Sin ligarse con ningún voto, 
observaba en cuanto se lo permitían sus enfermedades la regla del 
orden de san Jerónimo á que pertenecia aquella casa. Asistía al 
coro con frecuencia : todas las mafianas oia misa, y rezaba muchas 
devociones. A mediodía oia un sermón y á falta suya una homilía 
de san Agustin, y por la tarde asistía á vísperas. Pasaba asimismo 
algunas horas en conversación con el prior y algunos otros graves 
religiosos del convento con quienes entraba en varios pormenores 
de su vida, contándolos con afabilidad y sencillez de trato sin nin- 
guna etiqueta y ceremonia. Sandoval, el mas copioso , y tal vez el 
mejor de sus historiadores, refiere los cargos que le hicieron una 
▼ez los visitadores de la orden por las liberalidades que distribuía á 
yarios individuos de la casa, que el emperador escuchó con la ma- 
yor docilidad prometiendo enmendarse. Es de un vivo interés una 
de sus conversaciones con san Francisco de Borja , sobre los moti- 
vos que obligaron á este á dejar el mundo y á preferir la nueva or- 
den de los jesuítas á las demás ya antiguas y probadas* Mas deja- 
remos por ahora á Garlos V en la modestia y humildad de su retiro 
para volver al gran teatro del mundo , sobre el que comenzaba á 
representar un gran papel su hijo. 



cAPrrtíto XV. 



Estado de la Europa á la subida de Felipe H al trono. — Se declara Paulo IV contra Fe- 
lipe II. — ^Pasa el duque de Alba á gobernar á Nápole». — Ruptura de hostilidades. 
— ^Invaden las tropas espadólas los estados pontificios. 



Se hallaba Felipe U en los 29 afios empezados da suedad^ cuan- 
do por la reoQDcía de su padre , se vio el primer soberano de la 
Europa. No heredaba la corona imperial ; mas esta brillante digni- 
dad no era en mil ocasiones verdadero poder , y por la proximidad 
de los turcos acarreaba mas peligros y embarazos que provecho. Sin 
contar con Inglaterra, de que no era mas que monarca nominal, se 
veia due&o de Espafia, de los Paises-Bajos, del Franco-Condado, del 
ducado de Milán, de Sicilia, de Ñápeles, de GerdeOa, y del inmenso 
y opulento imperio que las armas y la audacia de unos pocos aven- 
tureros hablan dado k Castilla en el nuevo continente. Con razón se 
decia que el sol no se ponia nunca en los estados de este príncipe. 

Era Felipe nuevo rey, mas no nuevo gobernante; pues casi desde 
su infancia se habia familiarizado con los negocios y debia de co- 
nocer los hombres y las cosas. No era menos necesaria una perso- 
nal capacidad de gobierno para el hijo , que lo habia sido para el 
padre, hallándose la Europa tan agitada sin dar muestras de mas 
tranquilidad que bajo el reinado del último monarca. Mandaba en 
Francia Enrique 11, heredero de la enemiga de su padre hacia la casa 
de Austria. Una tregua acababa de suspender las hostilidades con el 
emperador, mas solo el cansancio y no un deseo de paz habían dic- 



CAPITULO XV. IW 

tado esta medida. Bl oalvinismo que en el reinado del anterior mo^ 
narca no pasaba en aquel pai9 de noa secta oseura , se babia di-^ 
fondido por varías proviooias, y era la religión de moehos sefiorea 
de gran preponderancia , entre los que se contaban basta principes 
de la sangre. Estaba Inglaterra regida por María , esposa de Felipe» 
sin que las perseonciones y rigor ejercidos contra los enemigos do 
la fe católica restUayesen al país la tranquilidad, y mucho meno» 
la unidad de creencias que se apetecia. Era la reina odiada por mas 
de la mitad de la nación que la designaba con el título de sangui^ 
naria, y la irritación que en ella producía el desvio de Felipe aumen*^ 
taba la severidad de todas sus disposiciones. En Escocia continuaba 
la regencia de María de Lorena , ejercida en nombre de te reina 
María Stnarda que continnaba en París en vísperas de ser enlazada 
con el primogénito de Enrique. Al frente del imperio de Alemania 
iba k ponerse definitivamente el rey de los romanos Fernando, ha-* 
hiendo por fin enviado desde EspiJia el emperador so acto de re-^ 
nuncia. Hablan concebido los príncipes luteranos sospechas de que 
se trataba de falsear el tratado de Passau, al abrigo del cual vivían 
tranquilos ; mas tuvo la habilidad el rey de los romanos de disipar 
sus inquietudes , habiéndose confirmado en una dieta celebrada en 
Augsburgo en 1555 las disposiciones del tratado , con lo que per- 
manecía el país sin aparentes turbulencias. Continuaba en el trono 
de Sueoía Gustavo^ fundador de la nueva dinastía. Babia subido al 
do Dinamarca Cristiano III, sucesor del duque de Holstein, que ha** 
bia expelido al rey Cristíemo. Reinaba en Polonia Segismundo Au* 
gusto, y en Portugal don Juan 111 , sucesor de don Manuel , que 
introdujo la inquisición en aquel reino. En 1554 habia bajado at 
sepulcro el papa Julio III , sucesor de Paulo III ; y á la muerte de 
Marcelo II, que reinó solo veinte y dos días, fué exaltado al trono 
pontificio Paulo IV , de quien haremos mas mención en adelante. 
En cuanto á Italia, merece noticia particular por la variedad de es-^ 
tados de que se compone y las relaciones é influencia que ejerció en 
ellos Caríos Y. Ya hemos visto como en el reinado de este empera- 
dor fueron para siempre expelidos del Milanesado y de Ñápeles los 
franeeaes que alegaban derechos á los dos países. A la muerte en 
1536, sin hijos varones, de Francisco Sforza , duque de Milán , se 
hizo Carlos V duefio y soberano del Estado, que como feudo impe- 
rial deberia de quedar anejo á la corona del imperio , mas que á 
pesar de esto hizo parte de la magnifica herénda de Fdipe. Era^ 

Tomo i. U 



i dS HISTORIA DE VKtíH U. 

pues, daefio de Milán, de N&poles y de Sicilia, y esta circunstancia 
por precisión ie habia de dar gran influencia entre los otros sobe- 
ranos de la Italia. Yenecia que se babia mostrado , cuando contra- 
ria, cuando favorable, á los intereses del emperador, se bailaba en 
un estado de neutralidad á la subida al trono de su bijo. Continua- 
ba Genova bajo el poder y grande influencia de los Dorias, amigos 
y servidores siempre de la casa de Austria. En 1547 babia abortado 
en aquel pais la conspiración de Fiescbi , promovida secretamente 
por Francia y por Pedro Luis Farnesio , duque de Parma , bijo de 
Paulo III; mas no fué esta llamarada mas que de un momento, ha- 
biendo perecido el jefe de la conspiración por un accidente inespe- 
rado. Octavio^ bijo y sucesor del duque de Parma , continuó sus 
tratos con Francia y fué inducido á recibir en su pais tropas de 
Enrique II; mas fué descubierto el plan por el emperador y el papa, 
quienes le declararon la guerra, y le hubiesen despojado de sus es- 
tados á no haber el principe alcanzado su perdón , casándose con 
Margarita, hija natural de Carlos V. 

En cuanto á Florencia, ya hemos visto que por los afios de 1530 
habia pasado del estado republicano á la dominación de los Médicis, 
que al principio tomaron el titulo de duques de Florencia, y en se- 
guida el de grandes duques de Toscana. Una de las operaciones de 
los franceses durante la última guerra que hemos mencionado fué la 
invasión y ocupación de Sena , y con este motivo se apoderaron de 
algunos otros puntos de la Toscana y el Genovesado; mas de dicha 
plaza fueron expelidos, después de un sitio muy tenaz, por las ar- 
mas de Garlos V y el duque de Florencia. A la subida , pues , de 
Felipe al trono , tenia por amigas en Italia á Genova y Florencia: 
por poco amigas y contrarias á Parma, Módena y Ferrara. 

Tal era la situación de Europa al inaugurar Felipe su reinado. 
No puede menos de abrazar su historia la de casi todos los estados 
de que esta parte del mundo se compone. No es muy fácil, pues, 
trazarla con claridad, con método, sin que resulten confusiones. No 
es posible observar siempre con exactitud el orden cronológico, una 
de las grandes condiciones de la historia, cuando sucesos contem- 
poráneos que pasan en diversas partes no tienen ninguna conexión 
ni enlace. Tampoco se puede ni se debe dar al relato de todos igual 
grado de extensión, porque no son igualmente interesantes. Todo 
esto lo tendremos presente en nuestra narrativa. No escribiremos 
anales de lo que ocurría al mismo tiempo en todas partes, sino qae 



CAPÍTULO XV. 199 

pasaremos de un país ó de qd asunto á otro, de modo que la aten-- 
cion no se fije al mismo tiempo en cosas may heterogéneas. Así de- 
jaremos por ahora á EspaQa, volviendo á ella cuando lo verifique 
don Felipe, á quien graves negocios detenian en los Paises-Bajos. 

Uno de los actos del reinado de Felipe fué la confirmación de la 
regencia de EspaOa en favor de la infanta doOa Juana. Dio á Fili- 
berto de Saboya el gobierno de los Paises-Bajos, y le confirió el 
titulo de consejo de Estado, del mismo modo que al duque de Alba, 
á don Francisco Gonzaga, al Obispo de Arras, al príncipe Andrés 
Doria, á don Juan Manrique de Lara, á don Antonio Toledo, prior 
de León, á Ruy Gómez de Silva, príncipe de Eboli, al conde de 
Chinchón, á don Bernardino de Mendoza, á don Gutierre López de 
Padilla, al duque de Feria, y poco después al regente Figueroa. 
Nombró embajador en Alemania á don Claudio Vigil de Quifiones, 
conde de Luna, y confirmando en el de Yenecia á Francisco de Var- 
gas Mejia. De los cambios que hizo en el personal por lo tocante á 
Espafia, hablaremos á su debido tiempo. 

La tregua ajustada un aSo hacia entre el emperador y el rey de 
Francia, se renovó y confirmó entre este y Felipe en Cambray en 
febrero de 1556, asistiendo en nombre del último Lalaing, gober- 
nador de Haynalt, Simón Reynardo y Carlos Tinsanc, juristas del 
consejo, y Juan Bautista Escherzo Cremonés, regente de Milán. Por 
la parte de Francia asistieron el almirante Coligny, gobernador de 
Pecardía, Sebastian d'Aubepine, del consejo y secretario de Estado, 
y los abades de Bossen-Fontaine y San Martin; mas esta tregua iba 
á ser muy corta. 

1556. Es un rasgo singular en el reinado de Felipe II, de un 
monarca tan católico, tan adicto á la sede pontificia, tan hijo obe- 
diente de la Iglesia, que su primera guerra hubiese sido con el papa 
y provocada por este padre de los fieles; mas así es la verdad pura. 
Faé exaltado como hemos dicho, á la tiara Paulo IV (Pedro Carraf- 
fa) por la facción francesa á despecho de la austríaca, con cuyo 
motivo concibió un odio al emperador y á Felipe que influyó en 
toda su política. La historia pinta á este pontífice como hombre de 
pasiones muy fogosas y violentas en medio de lo sumamente avan- 
zado de sus años, y sobre todo altamente imbuido de las ideas de 
omnipotencia de la Santa Sede. No se atribuía tanto á sus propios 
sentimientos esta enemistad hacia los príncipes austríacos como á 
las intrigas y á la ambición de sa sobrino el cardenal Carraffa, que 



too HISTOMA DB FBUPS lí. 

se creía ofendU» dtl emperador por lo poco gratos que !e 
«klo sus servicios. El primer paso del pontifico fué solicitar una 
aiiaiza coo Fraocia, que eutró gustosa eu estos tratos y atizó el 
odio del papa, en medio de estar él mismo ocupado eo el ajuste de 
«ua tregua con sus euemigos. 

Muy siDgular parece que el rey de Fraacia se ocupase á la vez 
de dos a)50]itos tan cootradictorios; mas tal es la verdad coufesada 
por los historiadores franceses, y tal la bueua fe que reina en las 
negodadoms diplomáticas. Halagaba mucho á Enrique la idea sa* 
gerída por Paulo IV de recibir ia investidura de Milán y de Nápo* 
ks para sos dos hijos. Combatió vivamente el mariscal de Montmo^ 
rency este proyecto de liga: la apoyó fuertemente el partido de los 
Guisas. Estos Guisas, de quienes se hace mención tantas veces en 
la historia, eran príncipes de la casa de Loreoa, naturalizados en 
Francia desde principios de aquel siglo. El lamoso Fraocisco de 
Guisa, defensor de Metz contra Garlos V, era el segundo duque de 
esta casa. Tenia entre otros, dos hermanos, ambos caidenales y 
ttüy conocidos en su tiempo, uno con el nombre de Cardenal de 
Loreoa) y otro con el de Cardenal de Guisa. María de Lorena reina 
viuda de Escocia y madre de María Bstuarda era hermana de estos 
príncipes. Masa pesar de las intrigas de esta familia poderosa; k pe- 
sar de que el tratado de alianza oon el papa halagaba mas qoe el 
de la tregua con el rey de BspaQa, se ajustó ^te el primero. Reso- 
lución que puso muy furioso á Paulo lY. lomediatamente despaché 
k París k su sobrino el cardenal k exponer sus quejas y hacer pre* 
sentes sus apuros si la tregua se llevaba á efecto. No fué difícil al 
cardenal Garraffa remover los escrúpulos del rey acerca de la ob- 
servancia de la tregua, pues adem&s de que la liga con el papa es- 
taba en sus ideas, supo mover el legado en su corte reortes podero- 
sos entre ellos el de la fomosa Diana de Poitiers dama de Enrique 11 
que supo ganar con presentes de parte del pontífice. Quedaren con 
esto desbaratados ios planes de Montmorency, triunfante el de los 
Guisas. Favorecido además con un breve de absolución por el pon- 
tífice, rompió Enrique virtualmente la tregua con el rey de Espaffa, 
prometiendo al papa tropas que se pusieron en efecto en movimien- 
fo. Paulo IV entró en negociaciones con el mismo objeto con los du- 
ques de Parma y de Ferrara, indisponiéndolos contra el rey de Espa- 
fia. Privó k este del subsidio de cruzada de que gozaban sus antece- 
sores en Espafia, con motivo ó pretexto de la guerra contra ios infie- 



CAPITULO XY« 201 

les, eovió guaroiciones ¿ las plazas confinantes con el reino de Ná*- 
poles^ y no omitió medio alguno de mostrar su hostilidad al rey de 
EspaSa. Su embajador en Roma, Garcilaso de la Vega, que manifes^ 
taba al duque de Alba el peligro que corría el reino de Ñapóles, en 
una carta interceptada, fué por orden del pontífice preso en el castillo 
de San Angelo. Alli encerró asimismo al cardenal Santafiore y otros 
que se oponían á su política hostil con el rey de Espafia. A los Go- 
lonnas, que pasaban por amigos de este príncipe, excomulgó, pri^ 
vando á Marco Antonio, jefe de la familia del ducado de Paliano. Y 
para coronar todos estos actos de animosidad, declaró en pleno 
oonsistorío al rey Felipe decaído de su derecho al reino de Ñapóles^ 
como infractor de los juramentos que ¿ su predecesor habia hecho 
al monarca feudatario. 

Ya habia consultado el rey, antes de llegar las cosas i esta ex-* 
tremidad> con sus teólogos mas graves si le era permitido en vista 
de tales agravios hacer armas contra el papa. Los teólogos le res^ 
pondieron que debía emplear antes todos los medios de la negocia- 
ción, de la sumisión y de la súplica, y que solo en el caso de apo** 
rarse le podría ser lícito acudir k su defensa personal tomando ar^ 
mas contra el pontífice que injustamente le atacaba. Con esta es- 
pecie de resguardo^ dando el rey de Espafia por apurados todos los 
medios de conciliación, se pensó en hostilidades, y envió de virey á 
Ñápeles al duque de Alba que habia ya bajado á Milán de orden 
del emperador, nombrándole generalísimo de sus tropas en Italia. 

Pasaba á la sazón don Fernando Alvarez de Toledo, duque de 
Alba, por el primer general que tenia Espafia. Desde muy joven 
comenzó á distinguirse en los ejércitos de Italia. Mandaba un cuer* 
po ó división del ejército que en 1536 puso cerco á Marsella: estu- 
vo á la cabeza de las tropas imperiales en la batalla de Muhlberg, 
y cuando el sitio de Metz sirvió asimismo como general en jefe bajo 
las órdenes de Carlos V. Era un hombre de guerra activo, valeroso, 
inteligente, y como jefe, muy duro y muy severo. Aunque se hizo 
famoso en el reinado del padre, creció mucho, como veremos, sQ 
nombre en el del hijo. 

Ya era pública la liga del papa y de la Francia. Ya se estaban 
esperando en Ostia tropas que este último habia prometido, y pre- 
parando en Roma cuarteles para recibirlas. Estaba como rota la 
tregua entre Francia y Espafia, aunque no denunciadas las hostili- 
dades entre las dos potencias. Reunía el duque de Alba como actí- 



sos HISTORU DB FELIPE U. 

vo y previsor, eo el reioo do Ñapóles y frontera de las estados de 
la Iglesia sus tropas, que se compoDÍau de 4,000 espafioles, 8,000 
italianos, 300 hombres de armas, 500 caballos, y 12 piezas de ar- 
tillería. Mandaba la infantería espafiola su hijo don García de To- 
ledo, y el maestre de campo Sancho MardoDes; la infantería italiana 
Yespasiano Gonzaga: los hombres de armas Marco Antonio Golonna; 
la caballería el duque de Pópoli, y de la artillería estaba encargado 
Bernardo de Aldana (1). 

No quiso el duque romper las hostilidades hasta tener respuesta 
del pontífice, ¿ quien en vio de emisario al príncipe de San Valentina, 
quejándose en nombre del, rey don Felipe de las medidas hostiles del 
pontífice; de su liga con Francia; de la prisión contra el derecho de 
gentes de Garcilaso de la Vega; de su aproximación de tropas á la 
frontera de Ñapóles, y sobre todo de su declaración en el consisto- 
rio, destituyendo al rey de sus derechos á este estado. Al mismo 
tiempo exhortaba á Su Santidad á remover por medios mas pacíficos 
los horrores de una guerra inminente, y que era inevitable, mien- 
tras no diese á su amo una satisfacción debida. Tardó algún tiempo 
el pontífice en contestar, y al fin dio una respuesta evasiva con ob- 
jeto de ganar el tiempo necesario para la llegada de las tropas de 
Francia que aguardaba (2). Mas el duque de Alba que lo compren- 
dió muy bien, no quisó perder la ventaja de ganarle por la mano y 
rompió las hostilidades entrándose con sus tropas por el territorio de 
la Iglesia. Como las fronteras de los estados pontificios no estaban 
bien guardadas, fué fácil al duque de Alba apoderarse de los pun- 
tos de Venili, Banco, Terracina y los demás pueblos de sus inme- 
diaciones. Inmediatamente pasó á Anagni defendida por 800 hom- 
bres; mas viéndose estos en la imposibilidad de resistirse, se retiraron 
hacia Tívoli, dejando franca la entrada de la plaza, que fué saqueada 
por las tropas de Alba. 

Llenaron estas noticias á Roma de terror y Paulo IV envió con toda 
precipitación por las tropas que se hallaban en la Umbría compuestas 
de 300 alemanes, 1,000 gascones, y 7,000 hombres mandados por 
Alejandro Golonna. No creyendo suficiente este refuerzo para la de< 



(1) Log principales hechos de esta corta guerra de Italia están consignados con poca diferencia 
en todos los historiadores de la época; Cabrera, Forreras, Leti, MlBana, Beniel, Heseray, Anque- 
iU,etc. 

(1) Alganos histoi ¡adores dicen qúe respondió con altivez; mas hallándose entonces tan dos- 
prevenido y en vísperas de verse reforzado, es mas patural qne háblese observado la politioa qna 
Indica el texto. 



CilPlTüLO XV. ÍOS 

íeDsa de ía capital, sopIícaroD los cardenales al pontífice, conjurase 
aquella tempestad entrando en ajuste con el duque de Alba. Propu- 
so el papa al efecto al espafiol una conferencia con el cardenal Car- 
rafa para la renovación de las relaciones amistosas. Accedió el duque; 
mas no habiendo encontrado al cardenal en Gruta-Ferrara, sitio de 
la cita, y aguardándole allí en vano cuatro dias, calculó que solo se 
trataba de ganar tiempo para la llegada de los franceses; y así re- 
novó las hostilidades apoderándose de Yahuontone, de Palestrioa, de 
Segni y de Tívoli, al mismo tiempo que Yespasiano Golonna Gon- 
zaga entraba por capitulación en Yicovaro. 

El papa que se veia cada vez mas estrechado, apuraba al rey de 
Francia á que le enviase los socorros ofrecidos, y buscaba enemigos 
contra el rey de España entre los príncipes de Italia: mas á excep- 
ción del duque de Ferrara, ninguno abrazó los intereses del pontí- 
fice. Supo el rey de Espafía conciliarse la benevolencia y asegurar 
la amistad del duque de Florencia, concediéndole la posesión de Se- 
na, y del de Parma dispensándole favores no menos importantes. 

Para distraer la atención del duque de Alba, dispuso Paulo lY que 
algunas tropas que se hallaban en la Marca de Ancona, hiciesen una 
incursión en los Abruzzos. La expedición se realizó en efecto man- 
dada por Antonio, marqués de Montebello, sobrino del pontífice, y 
no dejó de hacer daQos considerables en aquel pais; mas.su gober-^ 
nador con un refuerzo que le habia enviado á tiempo el duque de 
Alba, salió á buscar á los del papa, los destrozó, haciéndoles volver 
al punto de Ascoli de donde habían salido. 

Mientras tanto tomaba el duque de Alba á Frascati, á Ripa del 
Papa, á Albano con sus pueblos circunvecinos, concluyendo su ex- 
pedición con la entrada por asalto en Ostia. Aquí se ajustó una tre- 
gua de cuarenta dias; y el general espafiol dejando bien guarneci- 
dos los puntos fuertes que acababa de tomar, aprovechó este tiempo 
marchando á Ñapóles donde se preparó para la próxima campafia. 
Esta tregua en medio de las grandes ventajas que llevaba el duque 
de Alba conseguidas, parece una falta militar; mas hay que tener 
presente que el rey de EspaBa hacia esta guerra al papa con gran- 
de repugnancia suya, y que probablemente el general participaba de 
los sentimientos del monarca. 



CAPÍTULO XVI 



Entrada de los franceses en Italia.^Se rompe la tregua entre Francia y España. ^Pre- 
parativos de Felipe ü.—^u viaje á Inglaterra.— Continúa la campafía del duque de 
Alba.-r-Paz con el papa. 



Llegó por fin el día de la entrada de las tropas francesas en Ita-* 
lía, tan ansiado por el papa« Mandaba la expedición el duque de 
Guisa que tanto se había distinguido defendiendo la plaza de Metz 
contra el mismo Garlos Y; y bajo sus órdenes se hallaba el duque 
de Aumale, el de Nemours, con otros principales sefiores y capita- 
nes de aquel reino que por la gloria de servir en su bandera se pre- 
sentaron sin mas carácter que el de aventureros. Al acercarse al Mi- 
lanesado se trató entre ellos si seria conveniente apoderarse de aquel 
territorio á la sazón mal guarnecido por hallarse sus tropas eu el 
ejército del duque de Alba. Era demasiado tentadora la idea para 
que no la aprobase el duque de Guisa; mas se veía contrariado en 
esta parte por sus instrucciones de unirse con las tropas del pontí- 
fice y dirigirse á Ñapóles. £1 rey de Francia á quien se consultó, 
mandó que continuasen directamente su camino, y el legado del papa 
para dar mas fuerza & la adopción de esta medida, sacó un Breve 
de Su Santidad en que se excomulgaba á los que se desviasen de los 
términos de la alianza entre el pontífice y el rey de Francia. Atra- 
vesaron, pues, las tropas de este último por los estados de Parma, 
cuyo duque no pudo oponerles resistencia alguna; y pasando por 



GintOiiO XVI. 909 

Médettft HegMiooíiá Reggid, donde eDCDDtróeIdac}u6deGmaiaIcarr- 
da&id GtNTfaffa.y aldaqna de Ffirraira. 

AüQDqoe es(e última) prÍDcipe CMitvtMk, declarado eooítfa EspMMi íiO) 
stidiktítíék uDÍit su» tropa» Mo lasddGoisaiy etpoDtífice, temieiidO) 
ad gobernador de Milán que teoia vecino, por lo. qae conttlraarori: 
sin este aaxilio las tropas francesasihasla Boloaia, donde habiéndose 
fHttado nevistOv se halló que se compooian de 4,^0.grtsoDes, seis 
miiifratvoeseS) 500 hombres de armaíft, y 1^500 caballos ligeros. El. 
da^ de Giiisai pasó en seguida k Roma.á áonferericíar cm el poon 
tífice, de qaíefti recibió los madores obsequios hasta el honor de sen-, 
titfse k su ine£Ni, y sttejéfoita peivSAoec^algA^ tanto enda Romaf- 
nfa, mientras se hacían todos los (ffeparativospar&IaihiykluTa de tiili 
hostilidades. 

Ta hablan por aquel tiempo espirado- kis cuárenCa (fias de la fre^^ 
gua ajustada entre la».tiiopaiftpontificigi&yi^idel dtiquede Alba. Se 
renovaren his hostilidadea.con péAtida^en un ^ineipío parai las ar- 
mas de Espada. RecapMfaron los> de^ papa.el puerto de; Ostia que sé- 
rindió después de un sitio, y aunque la gusurnicion se retiró al cábr^* 
tillo, tafoat fin afte eatregaffStfipor/cáiHitnlacíon, salvando ias: per-^ 
9múB^Y cuanto pudietion lle^M* los«(yueáiefretiraroibáNepttfno^^ Tam- 
ben. reédpéAartf^ los. del palpa íi. Mariano, Gastél Gaadüifoi y Pales- 
triiifi& Bt áottde de ffópéila^ qfúe hiztf > sAíir. dA estoi^tpaíÉto» á sttti 
^«MiittíeAé^ té^zé Con ellaáifiTivolt yAni^riíi. fil cande de Pan- 
lianoi tmadéíítotgeaersdes^del papa, traté de rcéobrat ái Yicovaro 
áb ví¥« fuerzáv ^ f (té rechazado cotiígran pérdidaijj^iK» lái^^espafioleg; 
mas halmittde^;vnetto & la carga díó segundo áitetlto'y y.aunque á costái 
de muaha sáttfgceív log:ró eñltar 6n la .plaza, que entregó ásacói, siettr' 
do sos- defeúsorós* pasados é> cnchillio. 

ba tregua entré fmnoeses» y espafioles. estab». ttííh de hecho cotf) 
la babada de estos últimos á Italia y. su retmióá con las tropas del 
pontifice, cotí ((uiett.etstabaien.gaenra el rey.de E8]|Mí:fia. El verdad 
dero infractor del tratado fué el rey Enrique sin disputa. Podia ale«^- 
gM^ este que las \tAp9» del dnqae de Alba^ habíala invadido los es- 
tado» (fel pewtfftce, S0 aliado ; spas el pontífice habla provocado lar. 
gnerrai, tai vez fiado en la alianza secreta con el rey de Francilái 
Buscar buena fe en el cumplimiento = de tratados , y asonar oirás 
cao^ taatO'. en 3tt ajuste como, en su infracción que la. ley de la 
necesidad, ó de la. mayor, ambición ó la mayor fuerza , es alimen^ 
tafse eíMfí quiíMciras. Fara completar h rnplitf a de las treguas anun^ 

Tomo i. VI 



ÍÚ^ HlSTOUlA DB FELira lí. 

ciada con la entrada de los franceses en Italia, el alblranté de Co- 
lígni , gobernador de Picardía , trató de sorprender la plaza fnerte 
dé Douay, y habiéndbse descubierto su designio por una casualidad 
cuando' ya se hallaba cerca de ella , encubierto con' las tinieblas de 
la noche , se esparció por el Artois , desolando el pais , entregando 
la plaza de Lens al fuego y al cuchillo. 

Se vio así Felipe empefiado en una segunda gueri^á , sin Aaber 
doncluido la primera. Ño se descuidó en hacer todos los preparali- 
vos que este ladee serio requería. Kovió á EspaDa á Rui Gotnez 
Silva en busca de socorros, y dar al mismo tiempo parte á su her- 
mana de lo que ocurría. En Inglaterra tebia á su mujer , y aunque 
no podia contar mucho con las simpatías del pais , debia de estar 
seguro de las de la reina. Para activar y hacer mas eficaces los 
auxilios que de ella esperaba en estas circunstancias y for Aó la re- 
solución, que llevó á efecto, de hacerle una visita. 

Uno de los motivos de la poca popularidad que la reina María de 
Inglaterra gozaba en el pais, era su matriidaonio con Felipe, á cuya 
influencia, lo mismo que á la de su padre , se atribulan sus medi- 
das y rigores con los protestantes. No hay duda de que estaban es- 
tos en el corazón de la reina , dura por naturaleza , y que en su 
opinión no creía poder manifestar mejoi^ su celo por la comunión 
rdtnana. Mas de los sentimientos tanto del padre como del hijo hacia 
los* herejes; se puede inferir que añadían nuevo fuego al celo dé la 
reitta, y que está princesa, por complacer á su marido, se mostra- 
riá mas rigorosa que si no mediase esta consideración en (fue se 
ifatéresaba su cariBo. Por otra parte, cómo la reina atribuía e\ des- 
vío de Felipe á las pocas simpatías que encontraba en el pais( , es- 
taba muy lejos de propender á la indulgencia. Por una parte su 
celo mal entendido por el catolicismo, por la otra un esposo despe- 
gado, y el sentimiento interior de que le faltaban medios para cau- 
tivarle , todo contribuía á ennegrecer su sangre y exacerbar sa 
bilis. 

Fué recibido Felijpe II dé la reina de Inglaterra con so pasfon 
acostumbrada dé la corte , con todos los obsequios debidos al rey, 
pues rey era, aunque nominal , de Inglaterra ; del pueblo con sen- 
timientos diversos, según la diferencia de partidos: era el objeto de 
su visita tan impopular en el pais como su persona mistna. Hacían 
ver sus enemigos que una guerra emprendida tan solo para fomentar 
los intereses de este prídcípe extranjero, era anlináciol^ial y Uabta un 



UfmLO XVI. iffí 

aj^urdp.j mas la reina no podía neg^r nada á su marido. ^Por o^fi 
jMurte se itrataba de hostiUzar á una naqíon contra la que el o4io.de 
Inglaterra ha sido siempre popular, y cuya .dominación en Escocia 
€»ra cada dia o^^io de nuevas inquietudes. Sin contar .con su parr- 
lanetnto, declaró la guerra al rey de Francia , y prometió sooorros 
eficaces á Felipe ; palabra que cumplió haciendo ^alír inmediata- 
mente para Flandes un cuerpo de 8,000 hombres á .las órdenes del 
conde de Pembcoke. 

iRegresó d rey.Mos Paises-Bggos y se preparó para eqtrar cuanto 
aates^n campaDa, poniendo á lacabeza desu ejército al duque. de 
Sabaya Filiberto. Los franceses tampoco anduvieron remisos en «to- 
mar disposiciones por su parte, ya habia renovado el rey de.Fran^ 
cía su alianea con los turcos, y Jos esperaba en Marsella para^que 
le ayudasen áconquistar el reino de Ñápeles para su hijo segundo; 
mas los turcos no acudieron . 

Sehacian la guerra los españoles y franceses, en dosrteatros á la 
vez: en Italia y en la frontera de los Paises^Bfyos. Aqqi .estaba el 
duque de Sabaya enfcente del condestable de Montmorency: allí el 
duque de Guisa iba á encontrarse con. el de Alba. Gomo ya hemos 
empezado la primera de estas guerras , la seguiremos antes de pau- 
sar á la segunda. 

Se hallaba en Ñápeles el duque de Alba , como ya hemos dicho, 
buscando mediot; de reforzar su ejército y cootinuar la guerra. Per- 
manecian en la Romanía las tropas del duque de Guisa, aguardan- 
do su reunión con las del papa , que debían venir de la Marca de 
Ancona. Cuando el duque de Guisa creyó que debían estar en mar- 
cha , se movió hacia el Abruzzo , pasó el Tronto y cayó sobre la 
plaza de Givitella, que no pudo tomar á pesar de sus asaltos. Sabe- 
dor el duque de Alba del movimiento del de (Guisa , salió de, Ñápe- 
les con 22,000 hombres para socorrer á Givitella , sin que en esta 
marcha ocurriese mas novedad que una fuerte y sangrienta escara^ 
muza entre dos partidas de reconocimiento, quedando derrotado el 
conde Paliano, que en seguida se retiró á Ascoli, cuyo camino tomó 
asimismo el duque de Guisa , retirándose de sobre Givitella á la 
aproximación del de Alba, que le era superíor«en fuerzas. 

Tomaba la guerra un aspecto muy poco formidable , siendo de 
notar la poca fuerza de los ejércitos beligerantes. Se quedaba el du- 
que de Guisa del pontífice por no habérsele reunido las tropas que 
debun venir de Ancona. Comenzaba á arrepentirse el papa de ha*- 



f#t HISTORIA DB ¥K4fS 11. 

h6T llawdoliiis eoiN^'4 6st6 exlmno. Avanzaba ba0ia.fioiQa.el da*^ 
que de Alba, smperior an fuer;ia«.4 kfi<^ ; <)oas tal vez noeitaba 
satisfecho ni tnanqoilo ealeramei^te lea sa eiaBciaiicía., ignerreasd* 
«ettra-elifuapa. Be todos modos , siguió 14I aloas^ del dnqne^áe 
Qmm auapáo esd^ se retícii de Givitelja, pná'^ Troalo, ise>9ped«ró 
de Azoamane» de üaligaiQ, i^aquieando ly anulando k BMai4e Mim», 
qae'jjiaiaQiibaoeiüe reswjteoeiA. 

Aterrada Roma con este movimiento del duqne<ide 'Alba, <Uftiiiéi«l 
pa^p^áiApdatgini» ajigweral fraaé^., .y .jnvtó «demás tQwwltes- 
.f$9Ífl«¡ro$ DUr^i jfkiilefensa ile l(i plaza. 61 <doqiw de<%ÍM)^ clicigíi^ 
eoo!Sus.itn9fCS'¿;jSpj»lelo, y.paaaailo el Tüwr itne sitw iisn Meiile- 
Baton^. s4;píó su» nwviipientp el4ie AUw y^e<«p60o(ré enil«<can^ 
fHíi de Rema ; 11189 el goieFal franoés no salíó.iá 9a eaiottantra, lo 
jp9'prne)ia>qae'.eiía el primttco «nmtreoao'soprier en fnesMs. :Ea 
toda aquella campaDa no hubo ninguna bataUaicampal ni «decisiva. 
Seijvabaion combates parciales e«$i: 4 la visto de iBova.; mw el de 
Alba.avaiml)a sj«:qiies«iicoptFario<ae le «avivase al Imftte. lEl SI 
de agostoidel aOo de 1557 lleg4i«)si 4lM=msp>es.iiMiiaiB de^li^owa 
«OB las<«e8oaiíisiprepacadfls ya parael «/salto, ios deiadeptro se dis^ 
petían paro la defcnaa, cuandoi la na|ieia^de<k' derroto qneiMftbafe» 
de sufrir el ejército francés en San Quintín vino & acelerar el desea»? 
laoe de aquel drana. 

Recibió el duque de Guisa orden del rey de Fronciade salir ia- 
nedíaitanente de Italia >con su ejéroitoy dirigirse á la frontero de 
ksiPaises-'Bajes. ¿Cómo el rey . se. babia. desprendido en aquellas 
«ircunstanoias de tan hábil servidor? ¿Gomo le había enviado á Itar- 
lia con firárzas tan inferiores á las del duque de Alba? Sin duda 
contó mas de lo que debia con las del pontífiGe y eon alianzas qni^ 
mérieas'iqae bo se realizaron. A exoepcion del duque de Ferrara, 
«ingunose declaró contra Felipe, y esta alianza en lugar .de ser útil 
al de Guisa , le obligó á destocar parte de sus tropas paraiproto^ 
gerle eeotro el gobernad de Milán, que invadió su territorio. Km 
'deetino'de'los franceses '-soDMTisiempre con Itolia, hacer expedicio- 
«es en Italia, y recibir' craeles.tlcsengafiQSi en Italia. 

En cuanto al pon tuce , ae creyó poco menos que; pendido «on la 
ausencia del de Guisa. Sas cardenales >ydemás.«enai|jefQS le ioita- 
roB y saplicaroniiue «onjunase toJeaipestod qu0.AmfiQMal>a>á.BO'' 
ma, que la librase de la calamidad de<seF otnvveziiomadi^terasalr 
toy eBtfefvda'á'^fMbe^^ horreM8<de.aji saqueo. Dio oidoaeLptuiR 



GAflTULO XYL 209 

tífice á ruegos tan en coDsoDancia con sos mismas inquietudes, y 
pidió una conferencia para negociar ai duque de Alba , quien la 
concedió al momento. Era la paz muy fácil de ajustar : el papa te- 
nia miedo: en el rey como en el duque de Alba habia gran repug- 
nancia de hacer la guerra al papa. Eran positivas y terminantes las 
instrucciones de Felipe para entrar en negociaciones cuando Pau- 
lo I Y las pidiese, y de conceder lo que fuese compatible con el de- 
coro de las armas y seguridad de sus estados. 

Tuvo, pues, el duque de Alba una entrevista con el cardenal 
Garraffa, y por la mediación de la república de Yenecia y del duque 
de Florencia se ajustaron las paces con condiciones muy sencillas. 
Se separaba el papa de la liga de Francia; el duque de Alba resti- 
tuia al papa todo el territorio que le habia ocupado , y además la 
artillería y mas pertrechos de guerra que le habia cogido. Jamás 
un vencedor habia saoadoinenas fruto de sus triunfos. Estaba ar^ 
ruinado el pontífice en vísperas de un gran desastre , y tuvo la fe- 
licidad de tratar de igual á igual con un enemigo sumamente ge- 
neroso. 

Fué recibida en Roma la noticia de la paz con grandísima ale- 
xia, «alebrada con todo ¡género de regocijos públicos. Concedió el 
papaiNBjttMíeorpleBÍiHaicí. Hizo su entrada d du4ned^,Alb)»fi» 
Boifta eofi la mayor magnificencia. Besó el pié,al papa;.laj[)idló.per- 
doftiideliis yariweometidQS en la g\íer¡r¡^ , y iá .nombre del jey w 
tmo s$tiaifiJlMtó;Con;rftviereQCÍa hijo.hamilde de lal^lesiA. Jglpon- 
tífioe /recibió al de Alba con wncho amor y .cortesía; le Jiizo mudifts 
honras, letseotó á su m«sa y le echó su ^bi^dicion, oon lo que, y.el 
pMMateide la rosa de j»ro:eavisMlOiPor.«l pdpa M «la duquesa , se 
vfiivió jnuy satíusféctio á^lSipoles ^I general «espaQol , .js^oido de su 
ejército. Algunos dicen que el duque de Alba no adoittabik los^oa* 
tintentos, pacíficos .y geoerosios .de .FeHpe him 4 (pontífiicaj que 
oiw»dD(<d.dió:qxcii8<u» á«ste en, nombre de su amo por ja gu^cra 
qpaeiüei/í había dectoiíAdo y hecho, ai&adió, que 31 él se vi^raen Ju- 
gar del rey,fi9n vqk de loB^ansm qm Felipe.ieiLvJabaa.BQm», las 
diñan» logado dol'P^pa .al rtay4eiEspa&a.Qnlo8Paises*-B(yos; mas 
esta effp«»6;a».iwprabable por j» Míe de .aquellos tiempo», y so-- 
br^e itAdí»(par »l %mi respeto ,y «hiusta terror qqe inspiraba Felipe á 
sus subditos, comenzando por el mismo duque de Alba. 



CAPlTütO XVÍÍ. 



Gomíenza la campaña entre españcdes y franceses. — ^Batalla de .San Quintín. — ^Toma 
de la plaza y otras varias por los españoles. — Toma de la de Calais por el duque 
de Guisa. — ^Batalla de Gravelinas. 



ÁsceodiaQ las tropas que puso eu campafia el rey Felipe á cérea 
de S#,^0^ (1), mandadas, como ya se ba dicho, por FíUberto, du- 
que de Saboya. A uu poco mas de la tercera parte llegaban las de 
Francia que el condestable de Montmorency acaudillaba. La supe- 
rioridad del ffúmero permitía al primero tomar la iniciatiYa , y así 
lo itizo entrándose por Picardía y amenaxando ya k uno ya á otre 
de sus punios fuertes , hasta que al fin de varias marchas y con- 
tramarchas amenazando sucesivamente á Manemburgo , á tRocFoy 
y á Conde y á Guisa, vino á poner sitio A la plaza de San Quiotia 
sobre el rio Somma. 

Trató el condestable de Montmorency., que se habia situado en 
La Fere, de socorrer la plaza. En ella habia llegado á inlroduoirse 
el almirante Gotigni, gobernador de la provincia , con la fuerza de 
"600 hombres, habiendo perdido otros tantos en la empresa. Lapre- 
isencia de un jefe tan experimentado en aqueUas circunfitandas y las 
acertadas disposiciones que tomó inmediatamente animaron mucho 
á los sHiados; mas el duque de Saboya, á cuyo campo habia ya lie- 



(1) Sobre el total y la composición de las fuerzas de los ejércitos beligerantes se observa «iem- 
pre gran variedad en los historiadores. Además de los errores que en estos conjuntos influyen bay 
que contar con el espíritu de partido ó de nación que disminuye y exagera. Sin embargo están to* 
do0 de acuerdo en qoe el ejército de Felipe era superior al del rey de Francia. 



gáfMjlo tvii. É1Í 

gado el cuerpo de los 8,000 ingleses, eMrecbd el sitio en tkles ter- 
minen , que el condestable creyó necesaria la introdnccion en la 
phlza de qo cnerpo mas considerable. Con este objeto se movió de 
La Fere con todo sü ejército para proteger la entrada de on cuerpo 
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cia de una batalla, es atenerse á sos reaultadosi pues muy pocas dejan d^ 

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^ádo el cuerpo de los 8,000 iogleses, eírtrecbd él sitio eB tíiles lér- 
miütís , que et condestable creyó necesaria la inlrodnccion en la 
plaza de un cnerpo mas considerable. Con este objeto se movió de 
La Fere con todo su ejército para proteger la entrada de nn cuerpo 
de 2,OtfO hombres á las órdenes de Autelot, hermano del almirante. 
Dirigió este jefe mal la operación , y annqne logró meterse en San 
Oaíntin , no fné sin la pérdida de mas de la tercera parte de su 
gente. En cuanto al condestable, percibiendo que se babia acercado 
demasiado al ejército enemigo, trató de reparar este error retroce- 
dfe^o lentamente hacia sus líneas. Mas el duque de Saboya , que 
advirtió su movimiento, sin desatender al sitio donde dejó parte de 
sus tropas con et cuerpo inglés, marchó contra el condestable, obli- 
gándole á recibir una batalla (1). 

La batalla de San Quintín dimanó, pues, de una imprudencia del 
Condestable dé Montmorency, quien avanzó demasiado hacia la pla- 
za, ó se retiró de ella demasiado lentamente. Fué para él una ba- 
talla no buscada, por consiguiente no era natural que le fuese fa- 
vorable. Cargó e) duque de Saboya por un lado, y el conde de Eg- 
mont por otro, ambos con caballería, sobre la caballería francesa y 
la pusieron en derrota. Abandonada la infantería francesa en el me- 
dio, descubierta por ambos flancos no resistió el ímpetu de las fuer- 
zas superiores que la cargaron, y tuvo la misma suerte que la ca- 
ballería. 

Gomo se ve fué la batallado muy pocas horas, de muy pocas ma- 
niobras, reducida á dtís choques de caballería, dejando á la infan- 
tería sin ningún apoyo y descubierta. Fué completa la victoria de 
Jos espafioles y la compraron con muy poca pérdida. En el ejército 
de Felipe se distinguieron además del general en jefe, el conde de 
Egmont, los dos duques de Brunswick, los condes de Mansfeld, de 
Ilorn, y de Vilayme, todos de caballería, pues á esta arma se debió 
principalmente lo mejor de la jornada. La mayor parte de las tropas 
de Felipe eran alemanas y francesas: no pasaban de 3,000 los es- 
pafioles. De los franceses quedaron de 4 á 6,000 hombres en el 

— - - 

(]} No hay hechos de que se haga mención mas frecuente en las historias .que campañas y ba- 
tallas: tampoco los hay en que so cometan mas errores, ó por Ignorancia ó por mala fe del escritor, 
y en que los lectores queden en mas oscuridad y dudas. Si par<i la inteligencia de una campaBa en 
general basta un mapa de muy buena escala y hecho con exactitud , no se puede adquirir el de 
una batalla sin un plano topográfico de su teatro. Nosotros seremos poco dlftasoa en la descripción 
de las batallas que tendremos por precisión que mencionar, poniendo un gran cuidado en exponer 
con toda claridad lo poco que indiquemos. En general, el mejor modo de comprender la Importan- 
cia de una batalla, es atenerse á sos resultados^ pues muy pocas dejan de ser ganancia para unos, y 
pérdida por consiguiente para oitos. 



ííil HISTÓRll DÉ MUER II. 

eamp<»áB lfttti& imierm mas de 3,000^ (fríaóiMlBo» y eotra eH» 
mas de 3(^# toctos gente distinguida, entre los que se contaban el 
mismo oondestabfe, su hijo, eldtique de Enghien, hermano del j^tiA^ 
eipe de Cenéé, qao murió de sus henidas, los duques» de Monipen-^ 
síefy áe LonguevUle, Luis Gonzaga, hermano del düqfiNi deNMaiir^ 
tuft, ét maifiseal d« San Atndrés y el Hhingrave que maridaiha lAshtrá^ 
pas dlewanaá. Pedieron además tos firanüeses una graví porción áé 
banderas, caiGones y todo su equipaje (1). 

Tal fué la bataHa d» San Quintín, tao célebre en la historia. Fué 
cotia; pera muy reOida. Los franeeses empeñados en unai fiedsa tttt^ 
ntobra se resistieron cuanto I0 permilSa su mala posición. — EA dt^* 
que de Sabaya» como entendido capitán se aproveché hábilmente de 
esta circunstancia. La consternacioa qiM él^Fcié^ en Franela, sobre 
todo- fo fteris feé tan* grande, que á juido dé algunos historiadores 
se hubíesw medio despoblado esta capital^ con solo la presentación 
de mil^ cabalfos delante de sos muros^. Al* saber la batalla Carlos Y, 
preguntó si no estaba ya en París su h^o*. Todos pasaban en eíéctt 
qu€> el duque de Saboya avanzar ia con su ejéfcito\, aprovechándose 
de su bueria fortuna, y aun se cita hoy ette rasgo de sobrada dís- 
crecíoD é cobardía; pero los que asi juzgan, obran mas por impre-^ 
sienes del momiento que por dictámetttt é» !á> prudencia. Bien pov» 
dieran haber avanzado los españoles, dejandO' á la espalda plazas 
fuertes, sin hallar obstáculos por el momento; mas el ejército fraa-^ 
cés Dio podía menojí de rehacerse y reformarse. A no tomar á París 
d0 un golpe de mano, hubiera tenido que retroceder, y todos estos 
]^s#s retrógrados ^laa^ sreMpre acompañados de desastres. El em^ 
peiiador podia recordar los qte él mismo había experimentado al re- 
tirarse de MarseNa, de Metz y ana de París, pues había llogado^á» 
dos leguas de distancia. 

No se leen en la historia mas que desgraciad, desastres y tnéA 
género de calamidades, que siguen tan frecuentemente á estas in- 
vasiones imprudentes. Kot escasean lo» ejemplos en las guerras que 
nosotros mismos hemos visto. Para valerme de las expresiones» de 
un historiador de aquel tiempo, refiriéndose á la expedición de Mar- 



(1) Dicen algunos historiadores, entre otros Leti^ lib. 1% que durante la batalla estuvo el ref 
Felipe en oración en medio de los frailes de San Francisco rogando á Dios por el buen resnltado de 
sus armas Los historiadores espafioles omiten esta circunstancia, que no hubiesen dejado de in- 
dicar, aunque no fuese mas que por lo que redundaba en los sentimientos de cristiandad y de re- 
llgiosldad que animaban tanto á don Felipe. Sin duda fué Invención de algún autor satírico, mascón 
objeto de ridiouliiar al rey que de darle opinión de devoto y religioso* 






CAWWLO XVIt. tlí 

seUa, se eatra, dice, et^ el pais iiiyadidó eomiMKto faisáoes, y se mh 
le apelando i las raíees que á reces escasean. 

De todos modos el ejército espaQo! sia segair el alcance del fraa- 
cés, rerolvíó sobre la plaza de San Qaintio, que fué tomada al fin 
por asatto ea f$ de agosto, y saqueada, habiendo sido pasada á cu^ 
chiBo una gran parte de la guarnición y vecindario. Quedaron pri- 
sioneros el ahniranle Goiigni, su hermano Andelot, y algunos otros 
jefes de importancia. 

Vino el rey de EspaOa al campe de San Quiatia después de la 
batalta, y asnstió á la toma de la plaza, baciend<y intervenir su ai«* 
lerldad para que se considerase á los prisioneros. Con el general ea 
jefe, duque de Saboya, se mostró muy fino y reconooMo, reeibién*^ 
dele en sus brazos, en et acto^ de arrodillarse para besar su mimo, 
igualmente se condujo con grande eortesfa hacia los jefes y aficdáles 
del ^rcit». Era inaugurar d« \m modo brillante so reinado en esta 
gaerra contra los franceses, aunque no le cupiese personalmente míh 
g«na parte de los lauros. 

fil generad ea jele se apoderó en seguida de las pfiaaas de Chate^ 
let, Ham y Noyon, retirándose después á cnarteles de invierno, pues 
la mala estadon se iba ya acercando. 

Trató el rey dé Firancíade reparar con lamayoractiviéadbigran 
derrota de sus arnms: envió á buscar tS,000 esguizaros y 8^0d# 
alemanesa dio orden, c^mo hemos visto, al doqne de Guisa, para 
que se retirase de Italia coa sus tropas, y renovó sus instancias & 
Solimán, para que enviase alaffo siguiente su armada sobf e IKápo-^ 
les. También le propuso que le hiciese un préstamo considerable, mas 
á esto se opuso et gran señor, alegando que su religión se lo ve*^ 
daba. 

Fué recibido el duque de Guisa á su regreso de IlaKa, como tttt 
ángel tutelar que venia á sacar al pais de^un gran conAict». Au- 
mentó prodigiosamente el desastre de San Quintín su gran reputa- 
ción, y desde entonces fué su crédito preponderante. Nombrad» por 
el rey Enrique, lugarteniente genera! de sus ejércitos, se aplicó 
con gran actividad á la organización de las tropas, tanto francesas 
como extrañas, conduciéndose en todo como hábil guerrero, digno 
de str fkote. En el corazón del invierno, cuando todo se hallaba en 
inacción, concibió el' proyecto de poner sitio á la plaza de Catáis, 
defendida por dos castillos que hacían su entrada muy difícil, y por 
nn terreno pantanoso, en aqueHá estación intransitable. Mas estas 

Tomo i. 28 



214 HISTOMÁ DB FBLIPS If. 

defensas materiales haciao que la güarDicion faese muy escasa, y 
que se hiciese el servicio de la plaza con descuido por lo mismo que 
parecia imposible toda empresa de tomarla. Se aprovechó hábil- 
mente el duque de Guisa de esta misma circunstancia: cubrió su 
expedición con el velo del secreto, haciendo creer que se movia en 
dirección muy diferente: atravesó con toda la rapidez posible el ter- 
reno pantanoso que le separaba de Calais y llegó á sus muros an- 
tes que se tuviese noticia de su movimiento. Cuando pensó el gober- 
nador en la defensa, ya se habla apoderado Guisa por sorpresa de 
sus dos castillos. La resistencia fué muy corta y los franceses en- 
traron triunfantes en Calais sin que en el ejército espaOol se supiese 
nada de aquel sitio. 

Hacia mas de 200 aOos que los ingleses se habían apoderado de 
la plaza francesa de Calais, después de un sitio muy refiido y céle- 
bre, puesto en persona por el rey Eduardo IIL Se consideraba su 
posesión como una cosa que no tenia precio, como una de las pri- 
meras joyas de la corona de sus reyes. Fué su pérdida como on 
trueno para Inglaterra, y los enemigos de la alianza con Felipe pu- 
sieron sus gritos en el cielo. Para la reina María, fué objeto de tan 
amarga pesadumbre, que solia decir que si la abrían después de 
muerta, hallarían dentro de su corazón la plaza de Calais, á cuya 
pérdida atríbuyen algunos la causa de su muerte. 

Cuanto mas sentida fué la pérdida de Calais por los ingleses, mas 
subió de punto la fama del duque de Guisa que la había tomado. 
Por su actividad y energía, recuperó el ejército francés su fuerza 
moral, perdida en San Quintín, y pasó de la defensiva á la ofensi- 
va. A la toma de Calais, se siguió la de Guiñes y de Haines, pla- 
zas que también ocupaban los ingleses. En lo mas recio del in- 
vierno, embistió el duque de Nevers la plaza de Evremont en la 
Champafia que tuvo que rendirse & discreción después de haber 
sido reducida casi á cenizas por su artillería. A la prímavera del 
siguiente aOo de 1558, se presentó el duque de Guisa á la cabeza 
de 20,000 hombres delante de la plaza de ThionvíUe que con se- 
senta cafiones batió furíosamente. Habiéndose hecho una brecha 
considerable de resultas de la caída de un torreón, dieron los fran- 
ceses el asalto, que fué bizarramente repelido por Juan Gaitan & 
la cabeza de 400 espaDoles y walones que hablan entrado en la 
plaza de refuerzo. Siguieron estos el alcance hasta clavar algunas 
piezas de artillería de los sitiadores; mas no impidió esto que el 



CAPROLO xm. 115 

daqoe de Guisa estrechase el asedio y tomase la plaza por asalto, 
salvándose tan solo de la goarDicioo seiscientos hombres. Al mismo 
tiempo que el dnque de Guisa tomaba aquella plaza, envió mil ca- 
ballos para que se apoderasen de LuiLemburgo; mas fueron re-» 
chazados. 

Para evitar que el rey de Espafia reforzase su ejército con levas 
en los Paises-Bajos, se mandó al mariscal Termes conl2, 000 infantes 
y 7,000 caballos con dirección á Flandes por el lado de Calais, dán- 
dosele órdenes para tomar á Gravelinas; mas no pudo ejecutarlo por 
la fortaleza de la plaza, y pasó adelante hacia Dunkerque, donde 
entró á saco, lo mismo que en Newport, destruyendo y talando el 
país de las inmediaciones. Sabedor el rey Felipe de la incursión, 
envió al conde de Egmond, general de la caballería flamenca, con 
la espaOola y varios regimientos de infantería, así espafioles eomo 
walones, á cortar la retirada á los franceses. Lo consiguió en efec- 
to el conde de Egmont; situándose junto á Gravelinas á la emboca* 
dura del Ha, obligó á Termes á dar una batalla. Se trabó en efecto 
la pelea, y al primer disparo de la artillería francesa mandó Eg- 
mont acometer á los suyos, lo que ejecutaron con denuedo. Los na- 
vios que se hallaban en el puerto, ingleses según unos, vizcaínos 
según otros, hicieron disparos de artillería contra los franceses cau- 
sándoles gran daOo. Al fin tuvieron que ceder terreno, y poco á 
poco se vieron en total derrota. Contribuyeron á aumentar su de- 
sastre, los paisanos irritados con los destrozos que habían hecho 
los franceses y deseosos de venganza. Quedó Termes herido y pri- 
sionero, y la mayor parte de los franceses ahogados en el rio. Solo 
se salvaron 300 caballos, habiendo perdido infantería, artillería, 
banderas, estandartes, bagajes y cuanto habían robado. 

Fué esta victoria de Gravelinas el último hecho de armas de im- 
portancia que tuvo lugar en esta campafia y este teatro por entonces 
de la guerra. Había aumentado Felipe su ejército con refuerzos re- 
cibidos de Espafia y otras partes. Se presentó con los primeros Rui 
Gómez Silva acompafiado del duque de Arcos, del de Yillahermo- 
sa, el duque de Frocavíla, el marqués de Aguilar, el del Va- 
lle, el de Corres, los condes de Jeria, Alba, de Olivares, Berianga, 
las Navas, de Chinchón, de Buendía, de Aguilar, de Fuen-Sa- 
lida y otros varios caballeros tanto espafioles como napolitanos: 
también había reforzado su ejéfcito el rey de Francia con toda ac- 
tividad; mas cqi^pdo Sfe creía que por esta circunstancia iba á to^ 



cu HISDMIA OB JTBUPV 11. 

mu ia Sierra M cBr&oter aun mas serio, se pensaha y liaUabada 
Degociadones. Sin doda no se atrevié fiJi^tiM de les 4»s nanaroai 
á corra* los ríesgts de ud diofiie mas proaaDciad* y decisiva. 61 
papa Paulo IV que liabía tomado iioa parte tan activa ea la e#Dt^ 
tienda, fué de los procipales promotores de la recoDciiiadoo, á )a 
qoe ayudaroa otros per saasfes, ap siendo el de meaos peso el otn- 
destabie át Montuiorency qae había sido prisionero en San Qni&tÍBy 
y puesto en likerlad ba|o su palabra. CogMiizaron las negociaoio<* 
aes pora la pa^ en 15 de eeiubre del mismo afio ea la abadía da 
Geroamp, conewriendo por parte de Felipe, d daque de Alba, el 
prkicipe 4e Oíaoge, R« Gomex^ de Silva, el obispo de Arras, y 
Yiglio Zoehienoí; y por la del rey Earíque el cardenal de Lorena, 
é condestablo de MoQtttiorencfy, d marisaal de Saa Andrea, el vim^ 
po de Orleans y Qaudío de Aabepkíe. Presidia «s4as raaoiaQes la 
ducfuesa de Lorena, siendo uno de los p^retimíflares la aujaq^ensiei» 
de bestüidades. 

1S58. Concluyó de este mod^ la guerra par aquella yarte. Las 
hosUMaées que habia provocado en oirás fueron d5 laueha menas 
importancia. Coa motivo de la iavasioo que amenazaba fiar parle 
de los tarcos, se habían pi^parado y puesto en estado de defensa 
los puertos dal reino de Ñ^>oles, Sicilia, la Toseaaa y G^va. A 
principios de julio de aquel aQo pasó efectivamente ü estreabo de 
Mesina el eapitan-bajá Piali con ciento y treinta galeras, cíaGuenta 
y cinco M gran sefior y las demás de los corsarios berberiaooa. 
Desembarcó Piali en Maza y Sorrento, llevándose consigo mas de 
mil quinientas personas de toda Doadídon y sexo: pasó despaes á 
la isla de Prochita cuyos edificios incendió; mas sin atreverse á oue» 
vos desembarcos en la oosta de Ñápeles» llegó á Terracina, 4anda 
biso saber que nada lenian que temer de ü las costas de los esta- 
dos de la Iglesia* Tampoco se atrevió á desembarcar en las playas 
de Toscana, y se dirigió á Córcega, donde creyé baHar al mariscal 
deBríssaC; general de la escuadra francesa, para caer deqpiaes 
jtmtos sobre Savooa ó Niza; mas viendo frustrada su esperanza, isa 
dirigió 6 Menorca, donde á pesar de la valerosa resistencia de la 
guarnición, compuesta de unos cuatrocientos hombres, entró aviva 
fuerza en ei puerto de Mahon, que saqueó y quemó, pasando i sai 
defensores á cuchillo. Aquí terminó la campaBa maritima de los 
turcos, pues no faaUendo encontrado en Marsella al mariscal de 
Brissac, sin nada de {o que esperaban, tomaron la vuelta de Gooa-» 
tantinopla. 



CAPITULO XTIl. 217 

A poco después de concloída la paz con el pontífice, se había 
vuelto el daque de Alba á Flandes, y en efecto ya le hemos visto 
como ano de los comisionados del rey en las conferencias de Ger- 
camp. Envió Felipe II de gobernador de MíIan al duque de Sesa, y 
virey de Ñapóles al duque de Alcalá. Los turcos no volvieron á pa- 
recer por entonces en aquellas costas. Las hostilidades que tuvie- 
ron lugar entre españoles y franceses en las fronteras del Píamente 
y Lombardía, no produjeron ni batalla ni sitio de importancia. Se 
redujeron á correrías, á ataques de puestos^ á escaramuzas parcia- 
les, á los lances comunes que producen luchas entre fuerzas poco 
considerables que no están llamadas á decidir la suerte de una 
guerra. Se debatía la cuestión en las fronteras de los Países-Bajos: 
allí comenzó y allí debía ser su término. 



CAPITULO XVííl 



Muerte del emperador Carlos V. — Su carácter. 



Mientras tocaba á so término una guerra, que en cierto modo 
habia legado á Felipe H» su padre Garlos V, llegó al sayo la exis- 
tencia de este gran personaje, que aun en la oscuridad de su reti- 
ro, no dejaba de atraer las miradas de la Europa. Le hemos dejado 
en ella iül)straido de cuantas atenciones, negocios y cuidados le 
ocupaban en el mundo ; desprendido sin dar ningunas muestras 
de pesar, de todas sus pompas y grandeza, dividiendo el tiempo 
entre recreaciones inocentes y sus grandes devociones, siendo estas 
sin duda el negocio principal de su existencia. Con el tiempo fue- 
ron las últimas las que casi le absorbieron. Creció su asistencia al 
coro, el número de sus ejercicios espirituales y también la auste- 
ridad que reinaba en todos los actos de su vida. Los historiadores 
nos hablan de sus mortificaciones, de sus ayunos, de la sangre en 
que estaban teñidas las disciplinas con que se azotaba, y hasta de 
sus quejas porque entre las penitencias á que se entregaba, no pe- 
dia contar por falta de salud, la de dormir vestido. Se hacia esta 
falta de salud mas notable cada dia. No era posible que dejase de 
aumentarse el quebranto corporal en un hombre envejecido antes 
de tiempo, que & tantas mortificaciones se entregaba; ni podia me- 
nos de afectarse su ánimo y su imaginación, si se compara esta 
vida con sus anteriores circunstancias. Son algunos de opinión que 



GAFITÜLO XVni. tl9 , 

DO estaba cabal so joicio, en el último período de so vida; y entre 
otras se alega, como una proeba conclnyente, qne el emperador se 
hizo celebrar en vida sus exequias. ¿Es cierto este hecho? de todos 
modos puede servir lo extraordinario del acto de fundamento de 
cualquiera hipótesis. Se dice que se verificó la ceremonia con todo 
el aparato y pompa fúnebre, propia de un personaje de su clase. 
Se tendió el emperador en un féretro con sus vestiduras reales, en 
medio de la iglesia, rodeado de hachas de cera, como se acostum- 
bra en tales casos, y con la inmovilidad de un cadáver permaneció, 
unos dicen durante un rato, otros todo el tiempo que duraron los 
oficios. Era imposible que la impresión profunda de una ceremonia 
de esta especie dejase de influir en una máquina tan quebrantada. 
Asi fué en efecto, y entre la apariencia y la realidad, medió muy 
poco intervalo de tiempo. A pocos dias de la ceremonia, se sintió 
enfermo el emperador, y resultó ser su mal una calentura malig- 
na, que en lugar de aliviarse, le iba poco á poco acabando con las 
fuerzas. Se sintió Garlos Y próximo á la muerte, y se preparó á 
este trance como quien le había hecho objeto de muy serias consi- 
deraciones. Recibió los Sacramentos, y al llegar á la Extremaun- 
ción, preguntado si quería que se administrase con la ceremonia y 
formalidades que en la comunidad se practicaban , respondió en la 
afirmativa, asistiendo en consecuencia al acto todos los religiosos, 
que en tono lúgubre cantaban los salmos penitenciales, mientras 
duró la ceremonia. Al dia siguiente pidió otra vez la comunión, y 
habiéndole hecho presente el prior que tanta frecuencia no era ne- 
cesaria, respondió que ningún preparativo estaba demás, tratán- 
dose de tan largo viaje. Recibió el viático según sus deseos, y dijo 
después del acto con fervor: «/is me manes: ego in te maneam.y^ 
Por la noche se sintió peor, y muy próximo á la muerte: reinaba 
en derredor de su cama una escasa luz, y en los pocos religiosos y 
criados de confianza que le rodeaban, el silencio del sepulcro. Muy 
cerca de amanecer le rompió el emperador, diciendo: «Pocos ins- 
tantes ya me restan: dadme esa vela y ese crucifijo,» en lo que fué 
al momento obedecido. Después de lomar ambas cosas, y con los 
ojos clavados en el crucifijo, espiró á breve rato, pronunciando un 
¡Jesús! con voz tan fuerte, que fué oido en las habitaciones inme- 
diatas. 

Tal fué el fio, poco menos que en la celda de un convento, de 
Garlos V emperador de Alemania, soberano de EspaDa, de los Pai-« 



i ten HISTOBIA lAfc PKLttt II. 

se»-Biyo», áe MilftD, áe he DM-^Sioílias, de uq itrmens» oontiiiente 
de la otra parte de los mares. Bajo el aspecto del mando y e( pieder 
fueron Garlomagno, él y Napoleón I los tres primeros personajes 
de la historia moderna de la Europa. No pondremos m duda & 
Carlos Y al lado de los otros dos en cuanto al genio creador, vasta 
capacidad y otras mas brillantes cualidades que los distinguieroa; 
mas considerando et siglo ya adelantado en que yivié, y los perso- 
najes distinguidos que en su tiempo floreciao, no pMde menos ét 
decirse que representó muy dignamente su papel y supo llenar su 
elevado puesto. Ya hemos visto que sin tener 1ítnk> ai nombre ée 
gran capitán, figuró noblemente al frente de sus tt«pas, y supo 
darles ^mplo de valor, de constancia y sufrimiento. Mas distin- 
guida faé m oapacidad en el manejo de los negocios , que en los 
campo» de batalla: pocos le excedienm en prudencia, en segaci^ 
diaid, en habilidad para sacar partido de hs circunstancias. Snrique 
de Inglaterra y Francisco I, rey de Francia, que aspiraban y se 
dieron el titnlo de sus rivales, le qaedaron muy inferiores en esto, 
como en otras muchas dotes de gobierno. Su ambición fué grande, 
mas na ciega; y aunque no se puede decir que fué siempre muy 
escrupuloso en los medios, se mostró en esto mucho mis mirado 
que muchos otros príncipes, tenidos por astutos ó sagaces. De ca- 
rikcter despótico, y criado en los principios del absolutismo, supo 
muchas veces cubrir su dureza, bajo formas apacibles y hasta po- 
pulares. El lector ha visto que se mostró mas prudente y circuns- 
pecto e& la primera mítod de su reinado que en la última. Guando 
su primera presenlacion en Italia, vencedor de Francisco f , adoptó 
el lenguaje y la conducta de un hombre moderado, á quien no des- 
vanecía su fortuna. Cuando volvió á ella, después de str victoria 
ea Túnez, se le vio arrogante y hasta jactancioso, acusando al rey 
de Francia en plebo consistorio y dfesafiándole á combate singular, 
en caso que prefiriese este medio de terminar sus disensiones. 
En 1539, indujo á los electores á nombrar por rey de los romanos 
á su hermano, cediéndole, para que sostuviera su nueva dignidad, 
sus estados hereditarios de Austria. Ninguna resolución parecía 
mas prudente que dividir la herencia inmensa que le habia cabido 
en suerte, como sin duda lo conoció por experiencia. Sin embargo 
le vemos andando el tiempo, trabajar, afanarse y hasta descender 
k súplicas, para que este mismo hermano renunciase sus derechos 
á la corona imperial, en favor de su hijo, que tenia ya tres altos de 



ÉAWtSó xvttr. jfít 

edad cotado la cesión ya dicha. Con los comaiieros vencidos faé 
alfo iadulgeote; duro y hasta ioflexible con los protestantes, que 
en virtad de su victoria de Mahlberg, creyó para siempre destruid 
dos. Fué su odio á estos sectarios siempre sincero, algunas veces 
disfraisado con capa de moderación, en ninguna circunstancia des- 
mentido. Segon su propia confesión, no tenia idea de ninguno de 
los pontos qne daban pábulo á tan eocarnizada controversia; y en 
sus conversaciones co» los^ monjes de Yuste, declaró que jamás ha- 
bía crasentído que se disputase en su presencia , por temor de al- 
guna duda que su f^ debilitase. El mismo confesaba que sabia poca 
gramática, y que sus parientes le hablan sacado demasiado pronto 
de sos estadios para entrarle en los negocios. Es extraño que este 
emperador, que según los historiadores fué el primero de Alema- 
nia, que desde algunos siglos no sabía latin, hubiese aprendido 
casi todas las lenguas vivas de Europa, hasta el punto de dirigirse 
en su lengua nativa á los de diferentes naciones que servían en su 
ejército; prueba de que su gran maestro fué el mundo y no los co- 
legios ni los libros. También se mostró en dichas conversaciones 
pesaroso de haber respetado el salvoconducto dado á Lotero para 
su presentación en Worms, alegando que ninguna fe oi palabra se 
debia guardar á los herejes, y que si podía perdonar á un hombre 
sus faltas y delitos contra otro hombre, de ningún modo los come- 
tidos contra el^ielo. Mas tal era la lógica y el modo de ver las co- 
sas en aquellos tiempos; tales las ideas recibidas en el público y 
adoptadas por los historiadores que ponen estas palabras en boca 
de Garlos V, como títulos de elogio, y celebran como virtudes su 
espíritu perseguidor, y el celo con que aun desde el retiro de 
Tuste excitaba á los inquisidores de Espafia á que fuesen adelante 
sin intermisión ni indulgencia en su trabajo. 

Con este motivo afiadiremos que según opiniones modernamente 
recibidas, se ocupaba mas en asuntos de gobierno que en los rela- 
tivos á la Inquisición, aconsejando y hasta dictando providencias en 
materias importantes de estado. 

Terminaremos este bosquejo de Garlos V, diciendo que fué bas- 
tante moderado en sus costumbres; que no mostró en su vida pri- 
vada, ni los antojos ni caprichos crueles de Enrique de Inglaterra, 
dí los vicios ni desordenes del de Francia. De dos hijos naturales 
que tuvo, vino uno al mundo antes de haber contraído matrimonio, 
y el segundo cuando ya era viudo. Pesadas^ pues, todas las consi-^ 

Tomo i. 29 



2SS HISTORIA D#nUPB fl. 

« 

deracíoDOS, y comparando las personas y las circunstancias, nin- 
gún hombre imparcial dejará de confesar que Carlos Y, como prin- 
cipe, como hombre de negocios y gobierno, valió mas que ninguno 
de sus contemporáneos. 

Garlos V dejó de su matrimonio con la princesa Isabel de Portu- 
gal , además de Felipe II , á la infanta doña María , casada , como 
hemos dicho, con el principe Maximiliano , hijo de su hermano el 
rey de los romanos, y á la infanta doOa Juana , regenta á la sazoo 
de EspaOa. Desús hijos naturales don Juan de Austria y dofia Mar- 
garita, duquesa de Parma, habrá mas de una ocasión de hablar ^d 
adelante. 

En cuanto á sus dos hermanas doOa María, reina de Hungría, y 
dofia Leonor , reina de Francia , que le hablan acompasado de los 
Paises-Bajos á EspaOa, le siguieron ambas con muy poca interrup- 
ción en su sepulcro. 



iti HISTORIA D^nSUFS If. 

deracíoDes, y comparando las personas y las circunstancias, nin- 
gún hombre imparcial dejará de confesar que Carlos Y, como prin- 
cipe, como hombre de negocios y gobierno, valió m83.(|M ninguno 
de sus ^'^^'^ — ' 

Car 
gal , £ 
hemoí 
rey de 
de Es] 
garita 
adelar 

En 
dofia 
Paises 
cion e 



CAPÍTtítOXIX. 



Muerle de María reina de Inglaterra.— La sucede su hermana Isabel.— Protestantismo. 
—Paz de Chaleau-Cambressis.— Muerte de Enriíjue II rey de Francia, * 



Otra muerte ocurrió casi por aquel mismo tiempo que tuvo mu- 
cha influencia en el pais y do pequeDa fuera; á saber, la de la reina 
María de Inglaterra , mujer de nuestro don Felipe. Había sido esta 
princesa desgraciada en su juventud como envuelta en el negocio 
del divorcio de su madre dofia Catalina de Aragón y declarada ile- 
gítima, incapaz de suceder á la corona. Se revocó esta disposición 
de su padre cuando después de la condenación de Ana Bolena , se 
consideró como bastarda la hija de este matrimonio. Las dos prin- 
cesas se vieron en alternativas y vicisitudes de legitimidad y bas- 
tardía, según las olas de las facciones que subían y se retiraban. 
A la muerte de Eduardo VI , estaba María poco menos que en un 
estado de confinamiento. Comenzó á reinar en tiempos muy difíci- 
les; se mostró reaccionaria y perseguidora , y tanto por esto como 
por su matrimonio con el príncipe de EspaSa fué muy poco popular 
á an partido que según se vio después era en extremo numeroso. 
A esta desagradable situación, al disgusto de considerarse odiada, á 
la aflicción que le causaba el desvío de su esposo por quien había 
hecho tantos sacrificios , se aOadió la pesadumbre de la pérdida de 
la importantísima plaza de Calais en una guerra que había decla- 
rado á Francia solo por el interés de don Felipe. Todas estas causas 
cootribuyeron á la alteración y pérdida de una salud de suyo nada 



i2l Hl&TORU DE FELIPE IL 

buena , y de resultas de una hidropesía que desde ud principio se 
tomó por embarazo, murió María en Greenwich de 43 aOosde edad, 
muy poco después de Garlos Y. 

La sucedió en la corona sin ninguna oposición su hermana la 
princesa Isabel, hija de Enrique y de Ana Bolena, que también ha- 
bia sido el juguete de varias vicisitudes de fortuna. La miraba sa 
hermana María con doble aversión como hija de una mujer por quien 
su madre habia sido desgraciada, y CQmo adicta á las innovaciones 
religiosas de las que se mostraba la reina tan contraria. Confinada 
en un encierro desde su subida al trono, hubiera sido peor su con- 
dición sin la mediación de don Felipe , que por pura simpatía , ó 
quizá con otras miras, se declaró protector de la princesa desgra- 
ciada. 

Por la muerte de María pasó Isabel de la prisión al trono, amaes- 
trada en la adversidad , y con bastante tino para conocer la situa- 
ción de los negocios. Se dice de esta princesa que aprovechó el 
tiempo de su confinamiento entregándose al estudio y á la observa- 
ción de los disturbios que desde muchos aDos trabajaban el pais, en- 
lazados algunos de ellos con su propia suerte. Sea por convicción, 
sea porque así lo aconsejase su política , tomó á su subida d^ trono 
un rumbo opuesto al de su hermana. Gomo esta se declaró jefe y 
protectora del partido católico, asi se decidió abiertamente Isabel en 
favor del protestante que fué desde entonces el culto doaunante del 
pais; y tomó el mismo carácter que su padre de jefe y cabtzade su 
iglesia. 

Produjo la muerte de María reina de Inglaterra un cambio impor- 
tante en uno de los artículos de la paz que entre Francia y Espa&a 
se estaba negociando. Se estipulaba en el tratado el matrimonio del 
principe don Garlos con la princesa Isabel, hija de Enrique 11; mas 
habiendo quedado viudo el rey de Espafia durante estas conferen- 
cias, solicitó y obtuvo que la mano de la princesa se destinase para 
él mismo. Las negociaciones continuaron con grande ardor; tal era 
el deseo de ajustar cuanto antes definitivamente este tratado. La 
iMieva reina Isabel envió sus plenipotenciarios al congreso^ 

Dicen algunos historiadores, y puede creerse, que Felipe II traló 
de negociar la mano de esta princesa para Filiber(9 duque de Saboya 
y en seguida para él mismo. Sin duda estaba celoso de la gran pre- 
ponderancia que iba la Francia á adquirir en aquel pais por el ma- 
trimonio del Delfin con María Gstuardo reina de Escocia y qoe al»^ 



GJlPITUU) XIX. tSS 

gaba derechos á )a sucesíM de loglaterra por la ilegitimidad alegada 
de la oiieva reina (1). Lo cierto es que para manifestar mejor este 
derecho, había «nido á «os armas las de Inglaterra, lo que ofendió 
BUohísioM á au reúa. Mas á pesar del cebo de una protección tan 
poderosa como la del rey de Espafia, tenia esta princesa muy diver-» 
sas miras y eludió su oferta con plausibles pretextos,' alegando sobre 
tode yfneulos de parentesco, le que fué principio del odio que la pro- 
fesó toda su vida el rey de EspaOa, quien desairado en esta preten- 
siao, adoptó la sustitución que hemos ya indicado. 

Se publicó por fin la paz ajustada en Ghateau^ambressis el 5 abril 
de I $59* Fueron sus artículos principales: la renuncia del rey de 
Franda á la alianro de los turcos y protestantes: su unión con los 
principes católicos, favoreciendo de consuno con ellos la conclusión 
del Concilio de Trente: su restitución al duque de Saboya de todo lo 
qie le había tomado en el Piamonte, á excepción de cuatro plazas 
en ^ue había de establecerse guarnición, hasta que dentro de tres 
aOos se decidiese jurídicamente á quién correspondía aquel estado: 
su restitución asimismo á los genoveses de la isla de Córcega y su 
evacuación de las plazas de Toscaoa: los reyes de Francia y de Es- 
pafia debían de restituirse mutuamente todo lo que durante la guerra 
se habían ocupado en la frontera de los Paises-Bajos. 

En cuanto á la plaza de Calais se estipuló que quedase en poder 
del rey de Francia, dando á la reina Isabel ocho aQos de término para 
rescatarla por una suma de dinero, y pasado cuyo término quedaba 
sin ningUA derecho á ella. 

Las tres plazas ú obispados, como entonces se llamaban, deNetz, 
Toul y Yerdun, quedaron desde entonces incorporados á la corona 
de Francia, no habiendo asistido al congreso ningún plenipotencia- 
rio por parte del imperio que las reclamase. 

Además del matrimonio estipulado en el convenio del rey de Es- 
paQa con Isabel, hiJSi de Enrique, y con el dote de 400,000 florines, 
se ajustó el de Filiberto, duque de Saboya, con Margarita, hermana 
del mismo rey de Francia, con el de 300,000. 

Fueron enviados por el rey don Felipe de Bruselas á París, con el 
objeto de que el de Francia firmase el tratado de paz, el duque de 



(1) Ptm eomiMrender esto mejor, téngase presente que una hermana de Bnriqae Tm rey de In> 
glaterra fué reina de Escocia, mujer de Jacobo IV, y abaela de María Katuardo. Aat alegaba esta ans 
dereotaoa á la corona de Inglaterra apoyados en la bastardía de Isabel, del mismo qne Juana Oray 
d«soeodiecte de otra hermana deloriqne TIll había fundado sus pretensiones en la ilegitimidad 
de Isabel y de Maria. 



826 HISTORIA DE FELIPE U. 

Alba, el príncipe de Melito, el prÍDCÍpe de Orange y el conde de Eg« 
mont, llevando además comisión de cumplimentar á la reina de 
Francia y á las princesas prometid&s esposas del rey y del dnqae 
de Saboya. Por la parte del rey de Francia fueron á Bruselas con el 
mismo objeto el cardenal de Lorena, el condestable de Montmoren* 
cy y el duque de Guisa. 

Fué celebrado este tratado de paz tanto en Brselas como en Pa-- 
ris con muchos regocijos. En esta última capital se agregaron á 
ellos las fiestas magníficas que se dispusieron con motivo del ma-* 
trimonio de la princesa Isabel de Francia con el rey de EspaDa, 
haciendo las veces el duque de Alba en"" la ceremonia que tuvo lu- 
gar el 24 de junio en la catedral de Nuestra SeOora, á que asistie- 
ron el rey y la reina con toda la grandeza. Mas estas fiestas termi- 
naron de un modo lastimoso y trágico, habiendo sido herido mor- 
talmente el rey de Francia en un torneo justando con el conde de 
Montgomery , capitán de sus guardias, de cuyas resultas murió den* 
tro de muy breves dias. 

Fué la muerte de este rey una verdadera calamidad para el país 
en aquellas circunstancias. Aunque no hombre de gran mérito (1), 
conocía los negocios, había hecho la guerra y se hallaba en la fuer- 
za de su edad, mientras el heredero que dejaba, joven de diez y seis 
años, era tan débil de cuerpo como de ánimo, el menos á propósito 
para coger lar riendas del estado en aquellas circunstancias. Sus 
otros hermanos eran niOos todavía, y su madre, la famosa Catalina 
de Médicis, por sus intrigas y por su misma astucia y política tor- 
cida se hallaba mas en estado de aumentar y fomentar, que de apla- 
car los disturbios que amenazaban á la Francia. Una porción de 
personajes, entre quienes se contaban príncipes de la sangre, ha- 
bían abrazado el calvinismo quizá por convicción, mas también por 
odio á los Guisas, que pasaban por dominantes en la corte. Se con- 
taban entre los religionarios el rey titular de Navarra Antonio de 
Borbon, su hermano el príncipe de Conde, el almirante Goligni, su 
hermano Andelot y otros varios personajes. En las provincias del 
Mediodía sobre todo contaban con .muchas ciudades y fieles adhe- 



rí) Ocupa este principe en la hlbtoria un puesto muy inferior al de su padre. Con sus estados 
heredó su pasión por Blana de PolUers, creada duquesa de Yalentinols, que á los 60 aüos tenia la 
habilidad de fascinar á Enrique. Fué muy grande el crédito é influencia que ejerció esta dama en 
la corte y negocios mas graves del Estado. Be ella se valló como de su sísente poderoso el cardenal 
Garraffa, sobrino del papa Paulo IV, para inducir al rey á Infringirla tregua que habla «gustado <M>n 
Felipe. 



CAPITULO XIX. 



209 



rentes. La misma corte estaba dividida entre la facción de los Mont- 
morency y de los Guisas, distinguiéndose estos últimos por su ma- 
yor ambición, mayor capacidad y mas audacia. Era sin disputa el 
doqae de Guisa el que gozaba de mas gloria prsonal en Francia. 
May cercano estaba el dia en que los celos, las animosidades, la 
ambición y la intolerancia religiosa iban & encender en el pais el 
fuego de la guerra civil que tardó mucho mas de un cuarto de si- 
glo en apagarse. Ya veremos lo que con estos acontecimientos est& 
mezclada la historia, si no precisamente de EspaQa, al menos de 
nuestro don Felipe. 



CAPÍTULO XX. 



SUMARIO. 

Trata Felipe II de restituirse á España.— Estado de los Paises-Bajos.— Bosquejo de su 
historia durante su posesión por los duques de Borgoña.— Por los príncipes de la 
casado Austria.— Disposiciones de Felipe. — ^Erección de nuevos obispados. — Nom- 
bramiento de gobernadora de los Paises-Bajos.— De gobernadores de las diferentes 
provincias — Se embarca el rey y llega á EspaSa. 



Mientras tanto (1559) se hallaba impaciente este monarca de 
volver á EspaDa, pais de su nacimiento, de su educación, de su 
predilección, y del que se hallaba ausente desde 1554. Solo la ne- 
cesidad de atender á los negocios de la guerra le había detenido en 
Flandes después que se puso en posesión de los vastos estados de 
su padre, por lo que inmediatamente que vio ajustada la paz y ce- 
lebrado su matrimonio por poder, no pensó mas que en ejecutar sa 
proyecto favorito. 

Mas si su inclinación, el estado de los negocios de Espaffa y los 
ruegos de la regente su hermana le llamaban otra vez á este pais, 
no debia de mirar sin gran cuidado, sin serias inquietudes el estado 
en que Flandes se encontraba. Exige el orden cronológico y la na- 
turaleza de esta obra que antes de pasar adelante fijemos los ojos 
en un pais que representa uno de los primeros papeles en la histo- 
ria de Felipe II, como que formaba una parte importante de su mo- 
narquía, y fué teatro de los mas grandes acontecimientos que ocur- 



CAPITULO XX. S89 

rieron durante su reinado. Bajo el aspecto de la localidad, bajo el 
de su Índole, de sus instituciones, de sus convulsiones políticas, de 
sus guerras formales, es digno este pais de las indagaciones del his- 
toriador, de las meditaciones del filósofo. Allí se desarrolló la in- 
dustria de un modo prodigioso, y florecieron las primeras plazas y 
emporios del comercio del mundo: allí lucharon del modo mas en- 
carnizado los principios opuestos en religión y en política: allí lu- 
cieron su habilidad y genio los primeros y mas esclarecidos capi- 
tanes de aquel siglo, tan fecundo en campos de batalla. 

La región llamada entonces Paises-Bajos y también Flandes, del 
nombre de una de sus principales provincias, comprendía con al- 
guna diferencia los dos reinos que hoy se denominan Bélgica y Ho- 
landa. Formaban los belgas parte de la Galia, según la descripción 
que nos ha dejado de ella Julio César, y se lee repetidas veces su 
nombre en la descripción de las guerras que hizo en este pais por 
espacio de diez aOos. También el nombre de los Batavos, de los 
Frisones, provincias de los Paises-Bajos, son conocidos y se hallan 
enlazados con las. conquistas de los romanos en las provincias del 
Rhin, y las partes de la Germania con este rio confioantes. Guando 
la irrupción de los bárbaros del Norte y trastorno del imperio roma- 
no de Occidente, se perdió su nombre y desapareció su historia como 
la de una infinidad de estados que en la confusión de tantas trans- 
migraciones quedaron como envueltos. Sin duda hicieron parte los 
Paises-Bajos del imperio colosal que fundó con las armas Garlo- 
magno. Desde los siglos que se llaman la Edad media se les ve 
aparecer en la historia con los nombres que tienen en el dia, regidos 
por distintos príncipes de mas ó menos poderío, y que tomaban parte 
en los diversos negocios públicos de aquellos tiempos. Se ven algu- 
nos de ellos figurando en el teatro de las cruzadas, y los mas pró- 
ximos á Francia eotraron á veces en relaciones de alianza y de en-^ 
laces matrimoniales con sus príncipes. Por matrimonios, por cesio« 
nes, por compras, por otros contratos semejantes se incorporaron 
la mayor parte de ests^ proviocias desde principios del siglo XV en 
los estados de los duques de BorgoDa. Aumentaron Felipe el Bueno 
y su hijo Garlos el Temerario estas nuevas posesiones, y con la ad- 
quisición de provincias tan ricas se hizo dicha casa una de las pri- 
meras y mas opulentas de la Europa. A mas engrandecimiento as- 
piraba el duque Garlos, á quien sus guerras y empresas dieron el 
titulo de Temerario. Sin duda no hubiese tardado mucho en cam- 

Tomo i. 30 



SSO HISTORIA DS FELIPE II. 

biar por el de rey su título de duque, si la muerte eo los campos 
de Naocy no hubiese puesto fin á sus proyectos. 

Desearon varios principes la mano de su única bija y heredera 
que dejaba. La obtuvo Maximiliano de Austria, hijo del emperador 
de Alemania Federico III, y por este matrimonio pasaron con el 
tiempo los Paises-Bajos al poder de EspaDa. 

Parecía natural que Luis XI, rey de Francia, solicitase para su 
hijo la mano de la heredera de BorgoQa, mas prefirió apelar á las 
armas para incorporar este ducado á la corona de Francia, con 
el pretexto de que era un feudo que no podia recaer mas que en 
varones. También se apoderó del Artois y de la Flandes francesa, 
y aunque Maximiliano las recuperó, de resoltas de su victoria en 
Guioegate, se cedieron otra vez á Francia, como dote de la prin- 
cesa Margarita, hija de Maximiliano y de María, prometida esposa 
del Delfin, hijo de Luis XI. Mas este príncipe, que fué el rey Gar- 
los VIII, repudió la princesa para casarse con la heredera de Bre- 
tafia, y restituyó dichas provincias. Ya hemos visto tratando del 
emperador Carlos Y, que reclamaba como suyo el ducado de Bor- 
gofia, como parte de la herencia de su abuela María, y que su ce- 
sión fué uno de los artículos del tratado de Madrid que no tuvie- 
ron cumplimiento. El ducado de BorgoSa habia sido incorporado k 
la Francia ya de muy antiguo; mas el rey Juan hizo de este país 
un infantazgo para uno de sus hijos, de quien los nuevos duques 
descendían. 

Las provincias de los Paises-Bajos reconocían un sefior común ^ 
mas no componían un estado. Cada una de ellas tenia un gobierno 
particular, instituciones y privilegios diferentes, según los prínci- 
pes que los habían dominado, y las diversas causas que en el otor- 
gamiento habían influido. Diferentes en organización, lo eran asi- 
mismo en índole. Las mas se miraban con rivalidad, como sucede 
casi siempre á todos los pueblos franterizos. El sefiorío de todas 
era hereditario, mas nunca prestaban juramento de obedíeucia al 
sucesor, hasta que juraba este por su parte conservar y respetar 
sus privilegios. 

De muy antiguo se habían distinguido eslas provincias por su 
laboriosidad y por su industria. Como las marítimas ocupan una 
costa frecuentemente inundada por el mar, sugirió á sus habitantes 
la necesidad, el recurso de poner freno á este elemento, por medio 
de diques y canales, disputándole así su territorio. — Con esto se 



cAi^iiULO XX. 281 

hicieron diestros marinos, atrevidos navegantes. Los varios ríos que 
atraviesan su país, y le enlazan con Francia y Alemania, les ofre- 
cían la ventaja de combinar el comercio interior con el marítimo; y 
la fertilidad de algunas de su provincias, al proporcionarles tráfico 
jseguro con la exportación de sus productos, influia notablemente 
en los progresos de la agricultura. Con el trabajo y la paz no in- 
terrumpida, de que disfrutaban, llegó á florecer en el pais todo ga- 
llero de industria. Con el comercio prosperaron las artes, y con ellas 
ias manufacturas. En los Paises-Bajos, se elalioraban los artículos de 
mas lujo, en vestidos, muebles y sobre todo armas que se usaban 
en aquello tiempos. Brujas, Gante, Malinas, Bruselas y especial- 
mente Amberes, llegaron á ser las principales plazas de comercio, 
En ellas tenian factorías las naciones mas comerciantes de la Euro- 
pa, y sobre todo Amberes se consideraba como el punto de comu- 
nicación, entre los productos del Mediodía y los del Norte. Era pro- 
digioso el número de buques mercantes que entraban y salían de 
su puerto: frecuentaban el Báltico, las costas de Inglaterra, las del 
Mediodía, las escalas de Levante. A príncipios del siglo XYI era 
Amberes la prímera plaza de Europa, el almacén general de casi 
todas las producciones, el sitio á donde concurrían los primeros ne- 
gociantes de la tierra, la salida de todos los frutos del pais y de 
todo el Norte, y partes interiores de Alemania. El descubrímiento 
del Cabo de Buena Esperanza, que causó tanto detrimento al co- 
mercio de Venecia y escalas de Levante, dio nuevas creces al de 
Amberes. 

La riqueza que es el fruto de la iodustría no podía menos de ser 
el jpatrímonio de los Paises-Bajos: en el mismo sentido creció el nú- 
mero de sus habitantes, de sus poblaciones. Ningún pais de Europa 
encerraba en un mismo espacio igual número de pueblos conside- 
rables, de plazas fuertes, de monumentos de la industría. Todas las 
artes de lujo y de magnificencia que siguen la adquisición de la ri- 
queza, todas las que la proporcionan y fomentan, tenian su asiento 
en los Países-Bajos. Lo que era la Italia en los siglos Xlll, XIV y 
mitad del XV, con respecto á los demás pueblos de la Europa, Ip 
faeron los estados de Flandes en la segunda mitad de este último 
siglo y príncipios del siguiente. La tapicería, la relojería, el arte de 
pintar en vidrio, los tejidos de las ricas telas de seda, plata y oro; 
la tipografía, la arquitectura, la pintura, las artes que mas llaman 
eo Italia, habían formado también su escuela en los Paises-Bajos. 



282 Hl&TOaiA DE FEUPE II. 

Eran demasiado positivas las ventajas debidas á esta industria y 
opulencia, para qae desconociesen su valor los principes que aque- 
llos estados gobernaban. Era imposible que fuesen avaros de con- 
cesiones y privilegios, hacia pueblos que tantos recursos les pro- 
porcionaban en sus guerras y otros apuros de la misma especie. 
En la adquisición de los Paises-Bajos, tenian los duques de Borgofia 
una mina de poder y de riqueza, y su pabellón era respetado y te- 
mido en todos los pueblos de la Europa. No debian , pues, de pen- 
sar en el despojo de privilegios y de libertades que son el alma de 
la industria, tratándose de los que al abrigo de ella prosperaban. 
Por su parte los pueblos que conocían el valor de lo que daban eran 
celosos de la retribución, y no perdonaban medios para tener en 
ejercicio sus derechos. En uso estaban de resistir los caprichos de 
sus príncipes, y habérselas con los mas dominantes é imperiosos. 
No pudo amoldarlos á su albedrío el mismo Carlos el Temerario, á 
quien todo se humillaba. Del lado mismo de su hija Maria, arran- 
caron en cierta ocasión á favoritos y consejeros, que pasaban por 
abusar de su confianza. A su esposo, el príncipe Maximiliano, se le 
resistieron una vez abiertamente, y le hicieron salir de sus estados, 
por no querer darle la regencia del pais en nombre de su hijo á la 
muerte de María. 

Fué demasiado corta la vida de Felipe el Hermoso, para formar 
época en la historía de los Paises-Bajos. En su hijo Garlos V, con- 
currieron opuestas circunstancias. 

Bajo la dominación de los duques de Borgofia, eran los Paises- 
Bajos la parte principal de sus estados. Cuando subió Garlos al po- 
der, precisamente debieron de decaer de su importancia poUtica, 
reducidos á una provincia pequeOa de una vasta monarquía. Abso- 
luto el emperador con muy escasas cortapisas en Espafia, Ñápeles 
y los demás que poseía en Italia, no era natural que mirase con 
predilección los prívilegios y constituciones de los Paises-Bajos. En 
otras partes era rey y monarca: aquí tan solo sefior y el primero 
de sus ciudadanos. En lugar pues de concentrar su atención en 
Flandes, miró naturalmente este pais como mero instrumento de 
ambición y engrandecimiento en otros puntos. Conocieron muy bien 
los flamencos su nueva posición, y por lo mismo que podía mucho 
su sefior, tuvieron despierta á todas horas su atención y suspicacia. 
No atentó abiertamente el emperador á sus derechos y constitución; 
mas tampoco mostró mucho que las miraba con respeto. En alga-- 



V 
i 

i. 



CAPITULO XX. 238 

ñas dependencias públicas introdujo extranjeros que no podian te- 
ner mas intereses que los del soberano que los empleaba. Tampoco 
iáltaroD soldados imperiales en muchas de sus plazas fuertes. No 
era tampoco muy parco el emperador en pedir los subsidios de que 
siempre estaba tan necesitado, y que después de negativas y siem- 
pre con grande repugnancia, eran concedidos al fin con el temor de 
perder sus privilegios. Mas era demasiado prudente y astuto Car-* 
los V para despojarlos de lo que hacia su prosperidad, privándose 
á sí mismos de la parte á que se llamaba de los frutos de so in-* 
dastria. 

Se hallaban las cosas bajo este pié cuando las innovaciones en 
materias religiosas prepararon en Flandes las calamidades y guer^ 
ras civiles de que por mas de la cuarta parte de un siglo fué teatro. 
No tuvo nacimiento en los Paises-Bajos ni herejía, ni secta al-* 
gana de los que se llamaban reformados. Mas en una región tan 
relacionada por intereses de comercio con Alemania, Francia y 
Suiza, penetraron fácilmente las nuevas opiniones. Entre los innu- 
merables extranjeros que acudían y habitaban en Amberes, todas 
las sectas entonces conocidas con el nombre de luteranos, calvinis- 
tas, zuinglianos, anabaptistas, etc. , contaban con muchos partida- 
rios. Los mismos soldados de Garlos Y y en seguida de Felipe eran 
los introductores de la peste, en cuya extirpación mostraban tanto 
afán entrambos príncipes. Hicieron, pues las nuevas opiniones rá- 
pidos progresos en aquel país, propalándose en público, en con- 
versaciones, en impresos, en sermones y hasta en los teatros; mas 
no se habían erigido todavía en lo que se llama Iglesia, ni tenían 
las nuevas sectas culto público. 

Una cosa hay que no se debe jamás perder de vista en los tiem- 
pos del establecimiento de estas nuevas sectas, á saber: que todas 
ellas fueron siempre acompañadas de excesos, de violencias, de 
toda clase de desórdenes, probablemente contra la voluntad, con 
marcada repugnancia por parte de sus mismos fundadores. Mas no 
podian impedir estos que la muchedumbre ciega diese un siniestro 
sentido á sus palabras y que de ellas abusasen los malvados , para 
satisfacer sus vicios y pasiones. No podian menos de ser tomadas 
por muchos la voz de libertad evangélica y de conciencia como si- 
nónima de libertinaje y desenfreno. La especie de que el culto ca- 
tólico era una pura idolatría, debía de arrojar á muchos impelidos 
de 9u necesidad ó de otras causas al despojo de los templos, come-^ 



£34 HISTORU DB PXUPE If. 

iiéodose eD todos esios actos los mayores excesos de violencia: por- 
que jaoiás se muestra el hombre tan b&rbaro y feroz como caando 
trata de cubrir sus crímenes con un velo religioso. Se repitieron 
pues en los Paires-Bajos las escenas que babian tenido y tenian to- 
davía lugar en Francia, Escocia, Alemania y otras partes* 

Garlos V, cuyos sentimientos en materias religiosas son tan co- 
nocidos, no debió de mirar con espíritu de tolerancia este orden de 
cosas que se iba introduciendo en los Paises-Bajos. Si considera- 
ciMies políticas y falta de verdadero poder le hablan hecho contem- 
porizar muchas veces con los príncipes luteranos de Alemania, no 
sucedía lo mismo con sus estados hereditarios de Jos Paises-Bajos. 
Con los innovadores en materias religiosas, se mostró terrible; y 
pura la extirpcion de la herejía apeló & medios tan extraordinarios 
como perentorios. En las principales ciudades se erigieron tribuna- 
les dedicados exclusivamente & perseguir y castigar el crimen de 
herejía, sin que á su jurisdicción se pudiese sustraer persona algu- 
na. Se pronunciaron sentencias de muerte contra los propaladores 
de las nuevas opiniones, sea por escrito ó de palabra, contra los 
que ocultaban ó daban asilo á los culpables. La abjuración de los 
errores no servia para evitar la pena capital, sino para modificar- 
la. Los arrepentidos morían en suplicio común y ordinario. Los im- 
penitentes eran arrojados vivos á las llamas. 

Muchas fueron las víctimas que hizo esta persecución, mas no 
producían todavía el efecto deseado. Con el objeto de purgar mas 
eficazmente de herejía el suelo de los Países-Bajos, se trató de es- 
tablecer el tribunal de la Inquisición como en Espafia, y este solo 
nombre los llenó de espanto. En Amberes se cerruron los talleres, 
.se suspendieron los trabajos de las manufacturas y pararon todos 
los negocios de comercio. Se apresuraban los negociantes á reali- 
zar, á ocultar su dinero; y los numerosos extranjeros trataban de 
abandonar la plaza que se hallaba en vísperas de su completa rai- 
Qa; mas Garlos V renunció á su proyecto en vista de las represen- 
taciones que le hizo su tía Margarita de Austria, hermana de Fe- 
lipe el Hermoso, «gobernadora entonces de los Paises-Bajos. 

Eran muy grandes el horror y terror que el nombre solo de la 
Inquisición de Espafia imprimía en Francia, en Alemania, en los 
Paises-Bajos, en Escocia, en otras partes. En todas se quemaban 
herejes y mas que en Espafia, por la simple razón de que aquí no 
había tanjto^; bien que se suplía esta falta con la muchedumbre de 



capítulo XX. 235 

judÍM y mahometaDOs od que se cebaba eotMiees la IiiquisieioD entre 
nosotros. Mas sea por la aotígua reputación de este tribunal, ya 
por lo secreto de su modo de enjuiciar ó por su carácter de perma- 
nente y fijo Cuando los otros eran solo creaciones del momento, se 
detestaba su nombre, tanto por los católicos como por los mismos 
protestantes. En los Países-Bajos, tuyo una influencia á todas luces 
lamentable. 

A pesar de la crueldad de estos castigos, á pesar de la gran pro- 
pensión al despotismo de que Garlos Y daba tantas pruebas, fué 
todavía su nombre respetado y hasta cierto punto querido en los 
Paises*-Bajos. No podia menos de ejercer en fus ánimos el ascen- 
diente que jamás se niega á las grandezas y á la gloria. Amorti- 
gua muchas veces su prestigio los sentimientos de libertad é inde- 
pendencia, y cura hasta la suspicacia apoyada en los mas firmes 
fundamentos. También querían llamarse los flamencos á la parte de 
la gran fama que alcanzaba su seDor, y en su mismo poderío en- 
contraban grandes ventajas para su comercio. En todos los puertos 
eran recibidos con la deferencia debida á subditos del emperador y 
en los estados de este gozaban las mismas ventajas que los natura- 
les. Se puede decir pues que los Paises-Bajos llegaron al apogeo 
de su prosperidad y grandeza b^jo la dominación de Carlos V. Por 
otra parte, este monarca que conocía los hombres y tanto partido 
sabia sacar de sus observaciones, era muy popular en los Paises- 
Bajos donde había nacido y se había criado, cuya lengua hablaba, 
coyas costumbres conocía, y de cuya índole participaba. Lo franco 
de su trato y sus modales templaba en parte lo que podía tener de 
severo y de duro su gobierno. En Bruselas, donde residía con fre- 
coencia, estaba como desterrada la etiqueta y vivía casi como un 
simple ciudadano, como un padre en medio de sus hijos. Político y 
previsor al mismo tiempo, gustaba de emplear en comisiones de 
importancia á los seDores y grandes del país, lo que al mismo 
tiempo que halagaba su amor propio, los empeDaba en gastos muy 
coosiderables y los bacía depender de sus favores. El príncipe de 
Orange y el conde de Egmont, que eran los de mas viso en el país, 
figuraban en todas las grandes embajadas, en todas las conferen- 
cias y ceremonias de aparato. Cualquiera que fue^e su sistema de 
gobierno en el pais, no dejaba en él ninguna duda de que le mi- 
i^ba con gran predilección y quizá con mas caríDo que á todos sus 
demás estados. Así la abdicación de este principe fué verdadera- 



236 histoeiíl de fblipb ií. 

mente sentida en los Paises-Bajos, y en las lágrimas derramadas 
en aquella solemne ceremonia, hubo sin duda mas profundo senti- 
miento que el de una pasajera emoción, debida á lo imponente de 
la escena. No podian menos de hacer un paralelo los flamencos en- 
tre el monarca que se iba y el principe que le reemplazaba , el re- 
verso para ellos de la medalla de su padre. Lo que este tenia de 
franco, de afable, de llano en el trato, lo poseia aquel de circuns- 
pecto, de serio, de ceremonioso y reservado. Ni sabia su lengua, 
ni mostraba deseos de aprenderla. Ya hemos visto que en la cere- 
monia de la abdicación, respondió en nombre suyo á los estados el 
obispo de Arras Granvela, en atención á que Felipe no sabia el 
francés, lengua que usó el emperador en aquel acto. Porque este 
monarca sabia hablar y hablaba efectivamente á todos en su len- 
gua propia. 

Nada habia mas opuesto á la Índole y carácter de los flamencos 
que el de su nuevo soberano. Ni ellos podian guster de Felipe II, 
ni Felipe II gustar de ellos. Un monarca de carácter mas flexible y 
meMs exclusivo se hubiese mostrado muy satisfecho y compla- 
ciente al verse duefio y seDor de diez y siete provincias; pues fué el 
primer príncipe que las heredó todas ricas, florecientes en agricul- 
tura, en artes, en todos los géneros de industria y de comercio* En 
un pais que no excede la sexta parte de fispafia se contaban tres- 
cientas y cincuenta ciudades, seis mil trescientos pueblos conside- 
rables y una infinidad de lugares mas pequefios. Producían enton- 
ces los Paises-Bajos mas que la Inglaterra. Era pues su posesioo 
para el nuevo rey de Espafia de una ventaja incalculable. 

Mas Felipe II á cuyo buen juicio y penetración no podian ocultar- 
se estos objetos tan considerables, tenia sin duda consagrada so 
atención á otros que le parecían preferibles. El carácter inquieto de 
los flamencos, su celo por la conservación de sus derechos, el ca- 
rácter democrático que predominaba en sus sentimientos, en las 
asambleas de los estados y sobretodo el incremento que iba toman- 
do en ellos la herejía, le sugirieron sin duda como máxima funda^ 
mental de su gobierno, el sujetarlos á la unidad del despotismo po<^ 
litico, sobre todo á la unidad del sistema religioso. Uno de sus pri- 
meros cuidados además del establecimiento del tribunal de la Inqui- 
sición, del que hablaremos ásu debido tiempo, fué el arreglo de las 
diócesis de los Paises-Bajos. Eran algunos de sus obispos sufran 
gáneos de metropolitanos que residían en Francia y Alemania, y 



CAPITULO XX. t3T 

queriendo Felipe remediar este que le parecia od grave íncoD'^ 
yeoiente, y al mismo tiempo aumentar el alto clero, solieitó bola 
de Paulo IV para que las proviucias de los Paises-Bajos se dividie- 
sen en tres arzobispados y trece obispados, sujetando & estos & los 
primeros y eximiéndolos de la dependencia de los metropolitanos 
que se hallaban fuera. 

Accedió el papa muy gustoso á los deseos del rey, y expidió una 
bola creando en los Paises-Bajos las metrópolis de Gambray, Mali-* 
ñas y Utrech; nombrando por sufragáneas de la primera las Sedes 
de Arras, Tournay , Saint-Omer y Namur que se hicieron obispados: 
de la segunda las de Amberes, Gante, Brujas élprés, Bois-le-Ducy 
Ruremonde, y de la tercera las de Harlem, Deventer, Leyden, Mid« 
dleburgo y Groninga. De todas estas Di<k^esis se marcaron los lími- 
tes asignándose las rentas á los obispos y mas grandes funciona- 
rios. 

Para atender á éste último objeto degra?e consideración, se dis- 
puso que los nuevos obispos sucediesen á los abades del país, y ocu- 
pasen sus rentas según fuesen falleciendo. Produjo esto quejas no 
precisamente en los abades mismos, sino en los que tenían preten- 
sión de serlo. Las produjo en los monjes á quienes se despojaba de 
sus reatas. Las produjo en los grandes que veían una disminución 
de su crédito en la admisión de los nuevos obispos en las asambleas 
de los estados. — I^s produjo en el país en general á cuyos ojos tras- 
limitaba el rey sus atribuciones, dando tantos indicios de querer aten- 
tar á ^Jí& derechos. Miraban todos esta bula que daba una nueva 
organización edesiástica al pais, como medida precursora de otras 
mas considerables. Mas observaremos el orden cronológico dejando 
para otro tiempo las consecuencias que esta y otras mas innovacio- 
nes produjeron. 

GoDtrayéndonos ahora á la persona de Felipe, era para él un ne- 
gocio de grande consideración el nombramiento de la persona que 
debía quedar gobernador de los Países-Bajos, pues el duque Filiber- 
to de Saboya se volvía en virtud del tratado de Chateau-Gambressis 
á sus estados. Se presentaba naturalmente como el mas á propósito 
algún grande de los mas ricos y distinguidos del pais; pero en ningu- 
no tenia gran confianza, y el príncipe de Orange que se reputaba co- 
mo el principal, era objeto de su secreta antipatía. Pensó primero en 
la persona del principe don Garlos; mas sin duda le detuvo la con- 
sideración de sus deniasiado cortos afios. — Le aconsejaron el duque 

Tomo i. 31 



238 HISTOftlA. DB ¥£LIP£ lí. 

áe Alba y algunos otros personajes de la corte entre los qae se cuenta 
al obispo de Arras, qucL echase mano de la princesa Margarita, du- 
quesa de Parma, que como nacida en los Paises-Bajos, no podía ex- 
citar quejas de que se les daba por gobernador á un extranjero. 
Gustó el rey de la proposición, y tal vez por no ocurrírsele enton- 
ces otra cosa mejor la nombró gobernadora durante su ausencia, 
dándola por consejero privado al mismo obispo de Arras que fué 
nombrado después arzobispo de Malinas. 

Nombró además el rey gobernadores en todas las provincias, pe- 
ro sujetos á la autoridad superior de Margarita. Puso en la de Lu- 
xemburgo á Pedro Ernesto, conde de Mansfeld; en la de Gueldres y 
Zuphten, al conde de Meghen; en las de Flandes y Artois, al conde 
de Egmont; en las de Holanda, Zelanda y Utrecb, al principe de 
Orange; en las de Haynault, Yaienciennes y Gambray, al marqués 
de Yergnes; en la de Journay, al seQor de Montigni; en las de Lila 
y Douay, al señor de Corviere; en la de Frisia, al conde de Arem- 
berg; en la de Namur, á Carlos Barlimont; y en la de la otra parte 
del Mosa, al conde de Frisia. Las provincias de Brabante y Malinas 
quedaron bajo la inmediata autoridad de la princesa Margarita. 

Era esta princesa hija natural de Garlos Y, y de una dama de los 
Paises-Bajos, habida antes del matrimonio del emperador, algunos 
aOos antes del nacimiento de Felipe. Habia casado en primeras nup- 
cias con Alejandro de Médicis, duque de Florencia, asesinado por su 
primo Lorenzo, y en segundas nupcias con Octavio Farnesio, duque 
de Parma, nieto de Paulo III, y que á la sazón residía en sus esta- 
dos. Tuvo de este matrimonio al famoso Alejandro Farnesio, mozo 
entonces de muy verdes años que se criaba en la corte de Espafia 
al lado del príncipe don Carlos. No contribuyó poco el tener en sus 
manos esta prenda de seguridad, para que el rey de EspaDala con- 
fiase cargo tan considerable. También le movió á ello el interés de 
tener de su parte al duque de Parma, su marido, que en sus anti- 
guas reyertas con el papa se habia mostrado, sino contrario, vaci- 
lante. 

Concluyó el rey sus negocios en los Paises-Bajos, celebrando un 
capítulo de la orden del Toisón de Oro, en que se confirió el collar 
al nuevo rey Francisco II de Francia, al duque de Urbino, á Marco 
Antonio Colonna, duque de Paliano, al marqués de Renty y á otros 
varios personajes. En seguida se despidió de ios estados reunidos, 
de orden suya en Ganle^ díciéndoles que como sus negocios recia-* 



CAPITULO XX. 239 

mabao el que se trasladase á EspaOa, les dejaba por goberoadora 
UDa prÍDcesa nacida entre ellos, como todos los demás gobernadores 
de las demás provincias. Les encargaba que se mantuviesen fieles 
á la religión católica, y no permitiesen permanecer en las provincias 
persona alguna infestada con las doctrinas nuevas de Alemania, con- 
cluyendo con la indicación de que no ignorando ellos los crecidos 
gastos que se le ocurrían, esperaba de su parte un servicio liberal, 
proporcionado á la exigencia de sus circunstancias. Los estados le 
ofrecieron nuevecientos mil florines, mas reservándose su distribu- 
ción, rasgo de desconfianza de que quedó el rey resentido y eno- 
jado. 

Arreglados definitivamente, según él se imaginaba, los negocios 
en los Paises-Bajos, no le quedaba al rey otro ya que el de embar- 
carse. Estaba prevenida de antemano una armada de cerca de 70 ve- 
las en Zelandia, donde se hizo á la mar el rey el 20 de agosto de 
aquel afio. Fué bastante feliz la navegación, y Felipe desembarcó 
en Laredo el 29 del mismo mes. Después de algunos dias de des- 
canso en aquel puerto, se dirígió á Yalladolid, á donde llegó el 8 de 
setiembre por la noche, habiendo salido á recibirle á fuera el prín- 
cipe don Carlos y su hermana, y regente entonces doOa Juana. 



CAPITULO XXI 



Estado de España á la vuelta de Felipe.— Asuntos domésticos administrativos.— Inqui- 
sición.— Autos de fe.— Corles en Toledo.— Venida de la reina Isabel.— Jura del 
principe don Carlos. 



Encontró Felipe II á EspaQa (1559) casi en el mismo estado de 
tranquilidad y de reposo en que la habia dejado. Algunos distur- 
bios habían tenido lugar en Zaragoza, con motivo de un garrote da- 
do en la cárcel en privado, acto allí considerado como un contrafue- 
ro, mas se habían pronto apaciguado (1). También habian ocurrido 
algunos choques entre el brazo secular y el eclesiástico, con motivo 
de las hostilidades de Paulo lY contra el rey de EspaDa. Se inclina- 
ban los eclesiásticos, como sucede en estos casos, al pontífice, y en 
esto les dio ejemplo el cardenal Silíceo, arzobispo de Toledo, que 
tantos favores debía á Felipe y á su padre. Restituyó la paz entre 
Felipe y el papa las cosas á su primer estado y antigua buena inte- 
ligencia. Confirmada la infanta en su cargo de regente, á la subida 
al trono de su hermano, se adhirió como antes al espíritu de sus ins- 
trucciones. Algunas rencillas se suscitaron entre ella y el principe 
don Carlos, joven avieso, y según dicen algunos autores muy mal 
inclinado; mas todos aguardaban que se serenaría la tempestad con 
la llegada de su padre. Era este el deseo general como sucedió en el 
último reinado, y en todas las cartas que escribía á Felipe dofia 



(1) Ya hemos anunciado que grataríamos de las cosas de Aragón, separadamente y á su debido 



tiempo. 



CAPITULO XXL til 

Jaua, le mostraba la ímpacieDcia ood que se aguardaba su veoH 
da (1). Guando se supo la reooTacíoo de las hostilidades en losFai^ 
ses-Bajos, se pusieron los gritos en el cielo. Eran estas guerras ex^ 
tranjeras, en Espa&a muy impopulares, por lo mucho que costaban, 
y los recursos del pais se hallaban muy lejos de un estado florecien- 
te. Había gran trabajo para enviar al rey trescientos mil ducados 
que pedia. A cuenta de los productos de una mina de plata, que acá-* 
haba de descubrirse junto á Guadalcanal, y otra cerca de Aracena, 
se habian tomado en 1556 quinientos mil ducados que ya se hablan 
coDsamido. Para levantar una suma de seiscientos mil ducados, que 
las circunstancias! hacian necesarias, fué preciso tomar trescientos 
mil á grandísimo interés de los ferieros de YUlalon, satisfaciendo la 
infanta los restantes, vendiendo diez cuentos y cuatrocientos mil ma- 
ravedís, de su dote, sobre alcabalas. Habia gastado mucho en sus 
guerras el emperador, y sus deudas eran muy considerables. Se tra- 
tó en el consejo de no pagarlas, mas prevaleció la opinión contraria, 
aunque rebajándose los intereses. Los proyectistas, que no faltan en 
ninguna época, llamados en aquella tracistas y hombres de pruden- 
cia, idearon la venta de encomiendas, juros, jurisdicciones, hidal- 
guías, regimientos, escribanías, alcaidías, baldíos, oficios y digni- 
dades de toda clase. También pidieron un servicio á Méjico y Perú, 
solicitando además del rey de Portugal una porción considerable de 
pimienta, para que vendida en Flandes, sufragase los gastos de la 
vuelta del emperador y de su hijo. Todo esto no da muy grande idea 
de los recursos financieros de un pais, que algunos pensarán tal ves 
se hallaba en el mas alto grado de opulencia. 

El negocio que parecía entonces mas urgente en la nación y ex- 
citaba mas el celo del gobierno , era purgar á Bspafia de las doe^ 
trinas religiosas que á despecho de la mayor vigilancia y precaución 
se habian introducido, en virtud de las comunicaciones indispensa- 
bles entre las diversas partes de una misma monarquía. Iban los 
españoles á Francia, á Alemania, á los Paises-Bajos: venían natu- 
rales Je aquellas regiones á Bspafia , y del mismo roce y trato no 
podían menos de resultar prosélitos de las nuevas opiniones. En las 
tropas del emperador , y aun en las de su hijo , estaban alistados 
muchos luteranos; mas ya que era imposible cerrar herméticamente 



(1) Se ctesMlMi eo» anaia la presencia de Felipe en BtpaSa: no era menee neoeaaria, como ya ke- 
IU08 indicado, en los Palses-Bajos. Nada prueba tanto lo heterogéneo de esta monarca; lo dIflclU- 
simo, si DO imposible que era el ser gobernada por un hombre solo. 



24i HISTORIA DE FELIPE IL 

Mas 80I0 el rey de Espafia gozaba el privilegio de verlas eDeeodi- 
das en ciertos períodos coa tanta solemDidad , por senteijcia de un 
tribunal fijo exclusivamente consagrado & esta clase de delitos. 

Partió el rey de allí á pocos días á Toledo con objeto de celebrar 
cortes y las fiestas de su desposorio, pues tenia noticia de que es- 
taba para salir de París la princesa Isabel con quien por poder es- 
taba ya casado. Para recibir la nueva reina en la frontera envió al 
arzobispo de Burgos y al duque del Infantado, con otros vanos se- 
Qores principales de la corte. Mientras tanto se abrieron las cortes 
en Toledo, y entre las cosas que establecieron, fue que no pudiesen 
tener esclavos los moriscos del reino de Granada. 

1560. A principios de este aDo salió la reina Isabel de París 
acompasada del cardenal de Borbon y del duque de Vendóme. Fué 
recibida en Roncesvalles por el arzobispo de Burgos y el duque del 
Infantado, y habiendo despedido en aquel punto á la comitiva fran- 
cesa, continuó con ellos su viaje hasta Guadalajara, á donde se di- 
rigió por aguardarla allí el rey, acompasado del príncipe don Car- 
los, de la infanta dofia Juana y de todos los personajes de su corte. 

Llegó la reina á Guadalajara á principios de febrero, y después 
de haber ratificado el rey su matrimonio recibiendo las bendiciones 
del arzobispo de Burgos, partió la corte á Toledo, donde se cele- 
braron los desposorios con todo género de fiestas, habiéndose es- 
merado aquellos habitantes en obsequio de sus reyes. 

Con motivo de la reunión de las cortes, determinó el rey apro- 
vechar esta circunstancia, mandando que fuese reconocido y jurado 
por heredero el príncipe don Garios, lo que así se verificó el ii de 
febrero en la iglesia catedral con toda pompa, Asistieron á la cere- 
monia el rey, la infanta doDa Juana, don Juan de Austria, todos los 
sefiores de la corte y los procuradores de las ciudades de los reinos. 
Recibió el arzobispo de Burgos, vestido de pontifical el juramento. 
Le prestó la primera, la infanta dofia Juana; siguió don Juan de Aus- 
tria; vinieron después los grandes de la corte y los procuradores de 
los reinos. El duque de Alba se presentó el último. Una triste noti- 
cia vino á turbar aquellos regocijos, á saber, la de una derrota que 
acababan de sufrir las armas españolas en las costas de África. 



CAPÍTtítOXXÍÍ. 



Asuntos de Africa.-^Samario de las príacipales ocurrencias en aquel pais desde e 
principio del siglo XVI.— Barbaroja y Dragut.— Expedición y derrotó de la isla de 
los Gelves. 



Hemos visto en los primeroB capítulos de esta historia como los 
espaSoIes después de tantos siglos de la ocupación de la península 
por los árabes que se lubian establecido en el Norte de África, pa- 
saron & hacer conquistas importantes en varios puntos de su costa. 
Se emprendió y llevó á efecto en tiempo del cardenal Gisneros, la 
de Oran, Bujía, Mazalquivir y otros puntos importantes. Desde en- 
tonces DO hemos vuelto á ocuparnos mas de estos asuntos; mas se- 
guiremos, aunque muy compendiosamente, la cadena de los acon- 
tecimientos desde aquella época hasta el punto en que nos encon- 
tramos. 

En 1515 emprendimos una e&pedicioo desgraciada sobre la isla 
de los Gelves. 

En 1529 perdimos el peHon, tomado por Barbaroja que le rodeó 
con cuarenta y cinco buques. El gobernador espafiol Martin de Var. 
gas qoe tuvo noticia de esta gcpedicion, pidió socorros, pero fué 
mal auxiliado. Con tantos negocios como pesaban sobre Garlos V, 
no es extraDo que no atendiese á todos con la prontitud y eficacia 
que se requería. 

Ed 1530 recorrieron corsarios dependientes del mismo Barbaroja 
la costa de Valencia y desembarcaron en Parsent, llevándose preso 

Tomo i. 38 ' 



246 HISTORIA DE FELIPE II. 

á PeraDdreo que la defendía con siete hombres. Con este motivo sa- 
lió al mar el capitán Rodrigo Portando en busca délos tenientes de 
Barbaroja, y habiéndoles alcanzado en los ínares de Levante, trabó 
con ellos batalla de la que salió roto y destrozado. Tenian Barbaroja 
y los suyos un grande enemigo de Andrés Doria, que repetidas ve- 
ces salió al mar en busca suya. 

En 1531 desembarcó en Sargel, puerto de la costa de África, 
donde entró á saco llev&ndolo todo & sangre y fuego. Mas por so- 
bra de confianza cayeron por sorpresa en manos de los enemigos que 
estaban en acecho y tuvieron que retirarse los de Doria en desorden 
y con gran pérdida. 

En 1532 armó este una expedición de treinta y cinco velas gran- 
des y otras de menores dimensiones, donde embarcó 10,000 hom- 
bres entre españoles, italianos y tudescos, recorrió los mares en 
busca de los enemigos y puso sitio á Corom en la Morea, que le 
opuso una gallarda resistencia, y al fin fué vencido después de gran- 
des actos de valor entrando al asalto los cristianos. También en se- 
guida tomó á Patrás en los mismos parajes, haciéndose dueDo de 
los Dardanelos que son dos castillos fuertes que le defendían. Se 
mostró en estas dos expediciones duro y terrible con los turcos; mas 
en el afio siguiente de 1533 volvieron sobre Corom los enemigos y 
le recuperaron después de una larga resistencia. 

En aquel mismo aOo se apoderó de Bona don Alvaro Bazan, Dom« 
bre que se hizo muy ilustre como veremos en el decurso de esta 
historia. Al aDo siguiente de 1534, contrajo amistad con Barbaroja, 
el rey de Francia, y por insinuaciones de este, recorrió el primero 
las costas de Italia, desembarcando, saqueando varios pueblos, lle- 
vándose cautivos á los que caian en sus manos. Por aquel tiempo 
se hizo dueDo de Túnez, expeliendo al Dey que vino á pedir pro- 
tección & Carlos V, como hemos hecho ver tratándose de este mo- 
narca. 

Fué la expedición sobre Túnez, del año siguiente, una de las 
mas populares, de las mas reclamadas por las necesidades de la 
cristiandad, lo que debia inflamar mas el ánimo de un monarca co- 
mo Carlos V, deseoso de humillar en un todo á sú enemigo el rey 
de Francia. En nuestro concepto, fué esta expedición en Túnez el 
acto mas grande y glorioso de su vida, el que fué coronado cod el 
triunfo mas brillante. El emperador concedió mercedes á todos los 
individuos de su ejército, que tomaron parte en su victoria, 



CAPITULO xxu. 2i7 

láodose de moDarca dadivoso y reconocido como capitán activo, in- 
teligente y esforzado. 

Huido Barbaroja de Túnez, no foé menos molesto y teraible para 
los cristianos. En todas partes donde desembarcó con su gente, co- 
metió infinitas crueldades. En Mahon hizo un desembarco y le to- 
mó después de una muy grande resistencia. 

El afio de 1538, se ligaron el papa y los venecianos contra So- 
liman, de quien se consideraba Barbaroja como teniente y delega- 
do. Acometió este á Candía, de donde fué vigorosamente rechazado: 
También fué derrotado cerca de Trevesa en la Morea. 

Mas de doscientas velas armó la liga cristiana contra el turco. 
Iban en la expedición 11,000 espafioles y 5,000 italianos, y todo 
bajo el mando de Andrés Doria. En aquel tiempo tomaron los cris- 
tianos con grande bizarría & Castelnuovo, mas volvieron á perder- 
le con grandes desastres el aDo siguiente de 1539. 

En 1543, se presentó Barbaroja en Marsella, y en seguida des- 
embarcó en Niza, donde cometió las cueldades que tenia de costum- 
bre. En seguida recorrió las costas de Espafia, con la misma suerte 
que otras veces. 

Se acercaba el fin de la carrera de este pirata feroz y sanguina- 
río, mas dejaba una especie de sucesor y de discípulo en la persona 
de Dragut, renegado como él, y que comenzó su fortuna con muy 
escasos medios. Sorprendido en 1548 en las costas de Córcega por 
los de Doria, permaneció cuatro aKos preso, y puesto en libertad 
por medio de un canje, volvió & salir al mar incitado de sus deseos 
de vengarse. Salieron en pos de él las galeras de Ñápeles, llevándo- 
se cautivos á cuantos cayeron en sus manos, con cuyo botin, y una 
galera de Malta, que apresó también, se volvió victorioso á Argel, 
que era el depósito de sus robos y despojos. 

Deseaba Dragut tener un establecimiento propio suyo en las cos- 
tas de África, y para esto echó los ojos sobre el puerto de este nom- 
bre situado en el territorio de Túnez, plaza muy fuerte, perfecta- 
mente bien situada con otras dos fortalezas, llamadas Quza y Mo- 
nasterio, que aumentaban mucho sus medios de defensa. Estaba la 
ciudad dividida en facciones, y de esta división se aprovechó Dragut 
entrando en negociación separada con cada uno de ellos, á quien 
prometió ayuda contra sus rivales. Después de tener su trama bien 
ardida , se presentó en la plaza con doce hombres solos , y ha- 
biendo excitado un tumulto se apoderó de ella con traición, y asi-* 



248 HISTOUA DB F£UPE II. 

mismo de los dos fuertes ya citados. Después de haberla pertre^ 
chado y dejado en ella una fuerte guarnicioD, salió otra vez al mar 
en busca de aventuras. 

Díó gran cuidado á los cristianos el establecimiento deDragut en 
su nueva posesión, y trataron de arrancársela. Salió Doria en su 
busca con cincuenta y tres galeras con objeto de recorrer la plaza 
de África, lo que verificaron tomando á Monasterio, que arrasaron. 
£n seguida se fueron á la i&oleta, donde se celebró consejo sobre si 
emprenderían seriamente el sitio de Afríca. Decididos por la afirma- 
tiva, se pidió socorro á Ñapóles y Sicilia, de donde vinieron refuer- 
zos de infantería y artillería. Comenzaron la empresa poniendo á la 
plaza en un estado de bloqueo impidiendo entrar víveres; mas en la 
plaza se habian ya recibido avisos de esta expedición, y se habían 
abastecido de lo necesario, habiéndose además reforzado con cuatro* 
cientos soldados y héchose con muchos víveres que por casualidad 
allí anortaron. 

Hizo este sitio de África un ruido eqtonces, y hoy ocupa todavía 
una página brillante de la historia. Se reunió )a armada en Trápa- 
na, y con nuevos recursos que se les envió de la Goleta, dieron so- 
bre la plaza y desembarcaron para formar un sitio con todas' las 
precauciones militares, atacando á una partida de ios turcos que 
venían sin duda á reconocer, obligándola á meterse dentro de la 
plaza. No estaba en ella Dragut, ocupado en sus correrías ordina- 
rias, mas sus tenientes dispusieron con valor todos los medios de 
defensa. Ascendía la guarnición á mil setecientos hombres entre to- 
dos. Abrieron los sitiadores las trincheras. Situaron las baterías 
ventajosamente, haciendo gran daDa sus morteros (1) á la plaza. 
Fué infructuosa para los moros una salida nocturna para sorprender 
á los cristianos: también resultó vano el designio de un asalto por 
los espafioles que percibieron en el acto los reparos fuertes que los 
turcos habian construido detrás de la muralla. Para no malograr su 
empresa, pidieron mas refuerzos á Ñápeles, Sicilia y la Goleta que 
se los mandaron en efecto. Mientras tanto recorría Dragut las cos- 
tas de Valencia. Supo su mujer, que residía en Gelves, por unos 
fugitivos la toma de Cuzá y Monasterio por los cristianos, [y el si- 
tio que tenían puesto á África, y se lo avisó inmediatamente á su 



(1) Los historiadores usan de esta voz morterot, mas no deben confundirse con los qae arrpjaa 
bmbofy pues este proyectil no era todavía entonces conocido. .Sin duda se usaban para lanzar 
piedras enormes, ssgun se usaba en tiempos anteriores. 



CAPITULO xxn. 249 

marido: bascó este por todas partes socorros, y no siendo feliz en 
esta empresa, llegó á juntar tres mil hombres con los que desem- 
barcó oculto cerca de la plaza, habiendo avisado de antemano á 
los de adentro su próxima llegada. Era su objeto sorprender el 
campo de los sitiadores y se emboscó al efecto; mas habiendo sido 
descubierto se trabó pelea entre él y un cuerpo del campo de los si- 
tiadores, quedando el otro de observación junto á la plaza. Murie- 
ron en la acción cincuenta turcos, treinta moros, y tuvieron dos- 
cientos cincuenta heridos sin contar con los de la plaza, de donde se 
liizo una salida rechazada por los sitiadores, que tuvi^on de pér- 
dida ochenta muertos y ciento cincuenta mal heridos. 

Rechazado Dragut, salió en busca de mas recursos; mas no de- 
bía de excitar en algunos de los suyos muchas simpatías cuando el 
duefio de Queram le interceptó ochocientos caballos que le enviaba 
el Dey de Túnez. 

Llegaron nuevos refuerzos al campo de los cristianos de Luca, 
Genova y Florencia, y un grande ingeniero, llamado Andrónico Es- 
pinosa, de Sicilia. Continuaban con actividad y energía los trabajos 
del sitio. Abrieren una mina para echar abajo los maros; se consr 
fruyeron nuevas baterías sobre la marina que hicieron mocho es- 
trago en la ciudad: se levantó una sobre galeras desde las cuales se 
batió la plaza con buen éxito. £1 10 de setiembre de 1S50 se dio 
por tierra y por mar el asalto general, atacándose á la plaza por 
tres partes, destinándose á cada una cinco banderas, maadadAs por 
sas jefes respectivos. Los nombres propios no los damos porque esto 
es anterior al reinado de Felipe, donde observaremos otro método. 
Tampoco entramos en los pormenores de este asalto vigoroso donde 
se peleó con singular denuedo y bizarría. Se habia prometido k las 
tropas el saqueo, y habia además un jubileo del papa en favor de 
los cristianos que en la acción muriesen. Dieron la sefial los clari- 
nes é inmediatamente se pusieron en acción por tierra y por mar los 
combatientes. Se defendieron con valor los turcos, y después de ser 
echados de las murallas se batieron en las calles y defendieron el 
terreno palmo á palmo. Quedaron las fortificaciones de la ciudad 
medio destruidas, y los cristianos plantaron al fin sobre los escom- 
bros sus banderas victoriosas. 

Se celebró este triunfo con grande júbilo en la cristiandad. Se 
marchó Dragut á los Gelves, y en seguida se presentó en Constan-- 
tinopla, donde no fué mal recibido por Solimán á pesar de estar 



250 HISTORIA DE FBUPE lU 

irritado contra él por haberse hecho duefio de África sio su coDsen^ 
timiento. Pidió al emperador Garlos Y que se la restituyesen con 
pretexto de que Dragut era su teniente y protegido, mas Garlos \ 
respondió que no reconocia tenientes y protegidos del sultán en los 
piratas. 

AlaDo siguiente de 1551 emprendió Dragut nuevas correrías so- 
bre las costas de Galabria. Poco después hizo parte en calidad de 
consejero y hombre práctico, en una escuadra que mandaba el turco 
sobre Malta. No habiéndose atrevido á desembarcar, revolvieron 
sobre Trípoli, que tomaron por traición, y de cuyo punto quedó 
dueOo al fin Dragut, á pesar de que su posesión le fué negada por 
Solimán desde un principio. En el capítulo XVII hemos ya hablado 
de varias correrías hechas por los turcos en los aSos sucesivos. Al 
advenimiento de Felipe II al trono de EspaDa, se hallaban nuestros 
asuntos en África bastante decaídos, y estábamos amenazados de 
mas desgracias por el aumento de poder que iban adquiriendo aque- 
llas potencias berberiscas. Para reconquistar el, punto de Bugía, 
ofrecieron en 1557 tropas y dinero los reinos de Gas tilla. Valencia 
y Galalufia. Queriendo imitar el cardenal Silíceo la conducta de su 
antecesor el deGisneros, se ofreció á capitanear aquella empresa con 
tal que para ello le diesen trescientos mil ducados; mas habiéndose 
consultado á Felipe, respondió que se trataría de este asunto cuando 
regresase á Espafia. Posteriormente vino á ella, como tenemos di- 
cho, Ruy Gómez Silva á buscar recursos para la guerra que se ha- 
bía vuelto á encender en Flandes, y se aplicaron á estos gastos los 
caudales que se habían levantado para la reconquista de Bugía. Ya 
un poco antes el Dey de Argel había tratado de invadir á Oran, ha- 
biendo desembarcado tropas y estrechándola por mar con galeras 
turcas; mas con fuertes y vigorosas salidas de la guarnición y la 
llegada de las galeras de Doria, se había conjurado aquella tempes- 
tad, sobre todo hallándose empellada la atención de los turcos á otra 
parte. 

Mientras tanto seguía Dragut haciendo desembarcos y causando 
todo género de estragos en las costas de Sicilia y Ñapóles. Para cor- 
tar estos males de raíz, no ocurrió mas medio al gran maestre déla 
Orden de Malta que emprender la conquista de Trípoli. Felipe il, á 
quien propuso esta idea, desembarazado ya de la guerra con Fran- 
cia por el tratado de Chateau-Gambressis, aprobó el plan del gran 
maestre y dio orden al duque de Medinacelí, virey de Sicilia, para 



GiPiTüLo xxn. t51 

qoe se encargase de esta expedicioD, mandando al mismo tiempo al 
duque de Sesa, gobernador de Milán, para que pusiese á sus órde- 
nes dos mil hombres de infantería mandados por don Alvaro Sande. 
También se escribió á Andrés Doria para que ayudase con sus ga- 
leras al duque de Medínaceli; asimismo auxiliaron el papa, el du- 
que de Florencia y otros principes de Italia. 

A principios de octubre se juntó en Mecina la expedición com- 
puesta de cincuenta y cuatro galeras, veinte y ocho navios, dos ga- 
leones y treinta galeotas ó bergantines con 14,000 hombres. A fin 
de aquel mes zarparon y llegaron & Siracusa con objeto de pasar 
adelante; mas los vientos se mostraron contrarios, y además se de- 
claró en la armada una enfermedad que obligó al duque de Medi- 
naceli á dirigirse & Malta, donde fué recibido por el gran maestre 
con todo género de agasajos y de obsequios. El número de los en- 
fermos de la armada iba tan en aumento que no bastando los hos- 
pitales de la Isla, fué preciso establecer uno nuevo para recibirlos. 
Al fin, aunque no en buen estado, y sin repararse totalmente de 
sus pérdidas, á principios del afio siguiente, 1560, se embarcó de 
nuevo con su expedición el duque de Medinacelí, y no pudiendopor 
los vientos contrarios dirigirse á Trípoli, se encaminó á el Secano 
de Palo, donde mandó se le reuniesen las galeras y navios que se 
hablan quedado en Malta. 

En la Roqueta trató de hacer aguada, y para asegurarla mandó 
desembarcar tres mil hombres, con cuyo abrigo se efectuó la ope- 
ración; mas no sin ser molestados por los moros, en cuya refriega 
faeron muertos siete y heridos treinta de los nuestros'. Se supo des- 
pués que se hallaba en la isla Dragut con diez mil moros y diez mil 
turcos. 

Después de la partida de la expedición que llegó felizmente á Se- 
cano del Palo, arribaron & la misma isla de la Roqueta ocho gale- 
ras que se hablan quedado en Malta, cuatro del duque de Floren- 
cia, dos del seQor de Monaco y las dos patronas de Sicilia y Doria. 
Trataron también de hacer aguada; mas sea por falta de precaución 
ó por disensiones que se armaron entre ellos sobre quién habia de 
mandar la gente, cuando parte de esta se hallaba ya embarcada, 
cargaron los moros sobre la otra, matando y cogiendo prisioneros á 
mas de ochenta hombres entre los que se contaron cinco capitanes 
espafioles; á saber: don Alfonso de Guzman, Antonio Mercado, 
Adrián Garcia, Pedro de Venegas y Pedro Rermudez. Las galeras 



tSt msTOfiU DB rBiira ii. 

aguieroD su rombe y llegaron sin novedad k Secan» del Palo, donde 
se hallaba el duque de Medinaeeli. 

No se resolvió este & dirigirse á Trípoli, sea por lo contrario ó re^ 
CM>de los vientos, sea porque sabia que Dragut se hallaba con grana- 
dos fuerzas á sus inmediaciones. Determinó, pues, entretanto tomar 
posesión de la isla de los Gelves ya de triste recuerdo para nuestras 
armas, y para dar mas seguridad á la empresa se ajustó con algu- 
nos jeques del país, tomando á sueldo de cuatrocientos á quinientos 
caballos que le debían servir contra Dragut. El 2 de marzo llegó & 
la isla; mas no habiendo podido desembarcar en cuatro dias porks 
recios temporales, lo verificó en fin enfrente de la torre de Valguar^ 
ñera, disponiendo inmediatamente sus tropas en orden de batalla. 
Se eomponian estas de tres mil espaDoles al mando de don Alvaro 
Sande; dos mil alemanes y franceses al de los caballeros de san Juan; 
Vtes mil italianos mandados por Andrés Gonzaga, y otros tres mil y 
quinientos espafioles á las órdenes de don Luís Osorio. En el ala 
derecha formaban seiscientos arcabuceros mandados por el mismo 
Osorio, y en la izquierda ochocientos arcabuceros italianos manda- 
dos por Quirico Espinóla. Llevaba además la expedición cuatro pie* 
zas de campaDa. 

Dispuesto así el ejército se puso en marcha sin hallar oposición 
alguna. Al día siguiente envió al duque un mensaje con dos meros 
Manzaul, seDor de la isla de los Gelves, diciéndole que se conside- 
rase como dueDo y sefior de aquella tierra, puesto que mandaba una 
expedición en nombre de Felipe, rey de Espaffa; y así le pedia que 
volviese á embarcarse, prometiéndole para su expedición de Trípoli 
cuantos socorros estuviesen en su mano. Le respondió el duque qM 
pues tan celoso servidor de don Felipe se mostraba, lo primero que 
requería de él era que se dirigiese á Esdrun á tener una entrevista, 
siéndole necesario surtirse de agua en los pozos de sus inmediacio- 
nes. Se puso en marcha el ejército para dicho punto, y aunque en- 
contró los pozos cegados, le fué muy fácil ponerios en estado de ser 
útiles. Se divisaron los moros á lo lejos en actitud de querer hosti** 
lizar á nuestra gente; mas el duque había marchado con toda pre« 
caución, y á las inmediaciones de los mismos pozos se acampó nii- 
lítarmente, rechazando con gran pérdida á los que por todas partes 
le embistieron, cuando le vieron detenerse. 

Acampado el duque, y aumentada la fuerza de su posición por 
medio de trincheras, envió á la Roqueta las galeras con objeto de 



GÁPITÜLO XXII. tB3 

hacer agua, lo que ejecutaron m oposición alguna. Mientras tanto 
envió Manzaui otro mensaje al duque diciéndole que le dispensaría 
toda su amistad, mientras tanto que no tratase de llegarse al cas- 
tillo, en cuyo caso le declararía la guerra. Respondióle el duque que 
era justamente el castillo el punto de que era preciso apoderarse, 
para lo que iba & tomar su dirección al frente del ejército. La co-^ 
lumna se puso efectivamente en movimiento. Entonces intimidado 
el moro, y no atreviéndose á hacerle resistencia, propuso al duque 
que se rendiría y abríría las puertas del castillo, con tal que se le 
permitiese salir con su gente y sus efectos. Accedió el general es- 
pafiol, y habiéndosele avisado al dia siguiente que el fuerte se ha- 
llaba ya desocupado, envió al maestre de campo de Baraona con tres 
compafiías, para tomar su posesión^ mientras él llegaba con el resto 
de la gente. Mas habiéndose reconocido que no era de bastante fuer- 
za ni capacidad para asegurar la completa dominación de aquella 
isla, se trazó inmediatamente una nueva fortificación á cuya obra 
se destinaron todas las tropas del ejército. Gomo el fuerte debia ser 
cuadrado, el duque con sus espaSoles, Andrés Gonzaga con sus ita- 
lianos, los caballeros de san Juan con los franceses y alemanes, y 
Doría con la gente de las galeras, se encargaron cada uno de un 
baluarte y su cortina respectiva, y con la emulación tan propia en 
naciones diferentes, se vio la fortificación al instante concluida. 

Por su parte Dragut que veia en mal estado los negocios, imploró 
socorros de Gonstantinopla tratando de ganar al gran visir con fuer- 
tes dádivas, y haciendo ver el peligro que amenazaba á los sábdi- 
tos de Solimán y á la religión, si el virey de Sicilia llevaba á cabo 
su intento de tomar & Trípoli, hallándose ya en posesión de la isla 
de los Gelves. Accedió á sus ruegos el Sultán é inmediatamente des- 
pachó á Piali con ochenta y cioco galeras, haciendo entrar en cada 
una cien genízaros. Con este armamento llegó Piali el 7 de mayo á 
Navarino, y habiéndose en seguida acercado á Trípoli y reforzádose 
con las galeras de Dragut, resolvió dirigirse á los Gelves con objeto 
de atacar á los cristianos. 

Llegó á esta isla la noticia de la aproximación de la flota otoma- 
na por avisos del gran maestre de Malta, del virey de Ñapóles y dé 
Juan Andrés Doría. inmediatamente llamó á consejo el duque de 
Medinaceli. Fueron unos de opinión de defenderse y de aguardar al 
turco, con su armada en orden de batalla, colocando los barcos chi- 
cos al abrígo de los grandes, é hicieron ver que era cien veces pre-x 

Tomo i. 99 



t54 HISTORIA DK FBLIPB II. 

feríble tentar la suerte de las armas y mas glorioso morir peleando, 
qoe vivir esclavos hayendo. Mas Jaaa Andrés Doria fué de parecer 
que se retirase la gente en la armada y tomase la vuelta de Sicilia, 
haciendo responsables & los que no admitiesen su opinión de los 
daQos que sobreviniesen. 

Quedó el duque de Medinaceli muy indeciso con esta diversidad 
de pareceres. Huir parecía mengua, y para sacar la armada en ap« 
titud de aceptar una batalla al turco, se mostraba el viento, muy 
desfavorable. Mientras tanto acometió Piali, que le tenia muy favo- 
rable, y puso en completo desorden á nuestras galeras, que no pu-* 
dieodo resistir el choque, parte huyeron, parte se recogieron al 
puerto, y otras fueron tomadas sin ninguna resistencia, mientras la 
gente se arrojaba al mar ó buscaba tierra, y la mayor parte de ella 
se ahogaba. Tomaron los turcos veinte galeras y echaron á pique 
diez y siete, habiéndose salvado las pertenecientes á Genova de los 
estados de la Iglesia. Consternado el duque de Medinaceli del suce- 
so, encargó el mando del fuerte k don Alvaro Sande, y embarcan* 
dose con Doria pudo llegar en salvo & Malte, de donde se trasladó 
á Sicilia. 

Hizo don Alvaro una gallarda resistencia en el fuerte de los Gel- 
ves, sitiado vigorosamente por los turcos, inmediatemente que der- 
roteron nuestra escuadra. Emprendió diferentes salidas en que llegó 
baste las trincheras de los turcos, causándoles estragos; mas se veia 
con fuerzas muy escasas; comenzaron á falter los viveros, y la ar- 
tillería del fuerte estaba casi toda desmontada con las baterías de 
los turcos. En otra salida que hizo don Alvaro fué derrotado y pri- 
sionero; la gente del fuerte capituló después, entregándole y sal- 
vando las vidas; Destruyó Piali las fortificaciones, y dejando á Dra- 
gut en los Gelves, se embarcó para Trípoli y de allí á Gonstantino- 
pla, llevándose prisioneros á don Alvaro Sande, don Sancho de 
Leyva, don Berenguer de Requesens, don Gastón de la Cerda y otros 
caballeros de importancia. 

Puso esta derrota de los Gelves en mucho cuidado á don Felipe, 
é inmediatamente hizo que se reparasen de nuevo las galeras y se 
pusiesen en estado de defender y proteger las costas de Sicilia y 
Ñápeles. Sabedor al aSo siguiente que en Argel se preparaba una 
expedición contra Mazalqoivir y Oran, después de dar órdenes para 
atender á la seguridad de las dos plazas dispuso se reuniesen en Má- 
laga veinte y cuatro galeras con tres mil y quinientos hombres k 



CAPITULO XXII. 255 

* 

las órdeoes de don Joan Mendoza. Has esta expedición pereció de 
resultas de una tempestad que, á pesar de tomar puerto en el de la 
Herradura, se encrespó tanto que hizo estrellarse los bajeles unos 
con otros, salvándose solo dos galeras de las veinte y cuatro. Per- 
dió la vida don Juan de Mendoza, uno de los principales jefes, con 
mas de cuatro mil hombres, catástrofe horrorosa en aquellas cir- 
cunstancias. 

Otros acontecimientos de mayor interés y sobre casi igual teatro, 
ocurrirán en el curso de esta historia y ocuparán en ella su lugar 
correspondiente. Por ahora nos trasladaremos á otras escenas donde 
se debatían cuestiones de mas influencia en los destinos de la espe- 
cie humana. 



CAPrroto xxííi 



Estado de la Francia á la muerte de Enrique II. — ^De su hijo Francisco II. — ^Facciones 

en la corte. — Regencia de Catalina de Mediéis Advenimiento de Isabel al trono de 

Inglaterra y resultados.— Estado de Escocia en la misma época. — ^María Esluarda. 



Había comenzado el calvinismo en Francia de un modo ohscaro, 
todo al revés del Interanismo en Alemania. Le adoptaron al prin- 
cipio las clases mas bajas de la sociedad que en granjas, en cuevas, 
en los sitios mas solitarios celebraban los ritos de su nuevo culto, 
y cantaban en francés los salmos que la poesía de Marot había sa- 
bido hacer tan populares. Poco á poco se fué difundiendo la secta 
por las clases altas, por los sefiores de pueblos, y llegó hasta los 
príncipes mismos de la sangre. Margarita de Yaloís, hermana de 
Francisco I, esposa de Enrique de Albret, príncipe de Bearne y rey 
titular de Navarra pasaba por dar en sectaria y estar en correspon- 
dencia con Galvino. Se hizo con el tiempo calvinista la corte de 
Bearne, y la misma doctrina abrazó Antonio de Borbon-Yendomne, 
casado con Juana hija de Margarita, y que & la muerte de Enrique 
se hizo titular rey de Navarra. También se habían adherido á la 
propia secta su hermano el príncipe de Conde, el almirante Gaspar 
Coligni, su hermano Juan Andelot y otros personajes distinguidos. 
Mas no se atrevieron á declararse durante la vida de Enrique II, 
príncipe que expidió nuevos edictos de rigor contra los herejes, re- 
novando además los que se habian fulminado en tiempo de sa pa- 
dre. A la muerte de este príncipe, no se mitigó la severidad contra 



CAPITULO xxu. 257 

• 

los calvinistas; los mismos edictos se conservaron en su vigor, y 
dorante el corto reinado de Francisco II hijo y sucesor de Enrique II, 
no faltaron herejes quemados en París, lo mismo que durante los 
reinados anteriores. Mas la juventud y carácter débil de este prín« 
cipe, fomentaron en la corte partidos y facciones que se apoyaban 
en el celo religioso. Los Guisas, tios del rey por serlo de María Es- 
tuarda su mujer, aspiraron y obtuvieron en efecto la dirección de 
los negocios. Se hallaba el condestable de Montmorenci á la cabeza 
del partido enemigo de los Guisas, y aunque él no era calvinista, 
se apoyaba en los Golignís que lo eran y en los príncipes de la san- 
gre, recién afiliados á esta secta, resentidos de la influencia y ascen- 
diente de los Guisas. Así en una pugna de partidos y facciones que 
se disputaban el poder, se envolvió otra mas encarnizada entre prin- 
cipios religiosos. Salió el .calvinismo de la oscuridad y se hizo una 
bandera que alzaron públicamente los hombres primeros y mas po- 
derosos del Estado. De este modo se echaron las semillas de las 
guerras civiles, medio políticas, medio religiosas que desolaron la 
Francia por todo el resto de aquel siglo. Estaban los Guisas al frente 
del partido católico. En el calvinista aparecía el príncipe de Conde 
como el jefe mas activo; y los Colignis como personas de mas ca- 
pacidad é influencia. Propendía la reina viuda Catalina de Médicis 
al partido de los Guisas, aunque estaba celosa de su poder y con 
deseos de arrancársele. En cuanto á Montmorenci se volvia al par- 
tido de la corte á cualquier síntoma de ruptura con el calvinista ó 
disidente. 

De esta discordia ó pugna de los ánimos, no podía menos de ve- 
nirse pronto á vias de hecho. Formaron los calvinistas la trama de 
apoderarse de la persona rey y de los Guisas en Blois á donde se 
iba á trasladar la corte, y con este objeto habían armado secreta- 
mente mil hombres de á pié y quinientos de á caballo. Recelosos los 
Guisas de la trama, trataron de llevar la corte á Amboise; mas no 
por eso abandonaron los conjurados su designio. Fueron sin em- 
bargo descubiertos, atacados y derrotados en el mismo Amboise, 
siendo cogido su jefe Renaudie, quien pagó el atrevimiento en un 
suplicio. 

Aumentó esta tentativa el crédito y la influencia de los Guisas, y 
quedó nombrado el duque teniente general del reino con las mas 
amplias facultades; mas aunque se vio al parecer tríunfante su par- 
tido con la tentativa de los calvinistas frustrada en Amboise, no se 



C68 HISTOIU M FBUn u. 

dieron estos por yeDoidos. El príncipe de Conde, preso en vn prin- 
cipio, ta¥0 medios de evadirse de su enderro y pasar & ios estados 
de Navarra. Los Golignis no aparecieron implicados por intrigas de 
la reina Catalina qae a^iraba á servirse de sa partido para nentra- 
lísar el ascendiente del opaeslo. Los doméis jefes calvinistas del Me- 
diodía marcharon á su pais con el objeto de prepararse para una 
guerra abierta, pues en esto se preveía por todos, que iban k parar 
aqudlos altercados. 

En esta altura de negocios, apoyaron de nuevo los Guisas el pro* 
yecto de establecer en Frauda una especie de inquisidon, idea que 
abrigaban desde largo tiempo. Paredó la medida may severa y en 
su lugar se sujetaron 4 la jurisdicción y tribunal de los olnspos to- 
dos los delitos contra la religión, declarando crímenes de lesa ma- 
jestad todos los escritos & fisivor del calvinismo. Mas esto decreto por 
su mismo rigor no podia ejecutarse. No era ya esta secta una Ac- 
ción que se podia echar & tierra por medio de un decreto. A muy 
poco tiempo de la publicación de este, llamado por los protestantes 
establedmiento de la inquisidon de Espafia, presentó d almirante 
una petidon al rey para que se les permitiesen templos públíoos di- 
dendo que estaba en mas de ciento y cincuenta mil firmas apoyada. 
Fué desechada la petición; mas prueba esto paso lo lejos que se es- 
taba de la extinción dd calvinismo. 

Al últimosde 1560 murió el rey Francisco 11, y la tierna edad del 
sucesor, pues contaba solo diez attos, obligó al nombramiento de re* 
gencia. Recayó esta en la reina madre la fomosa Catalina de Médi- 
ds, sobrina dd papa Clemente YU, princesa ambidosa, artifidosa 
y muy astuta, cuya política consistió siempre en dominar las dos 
focdones neulralixando con la una la preponderancia de la otra. Al 
principio paredó propender al partido protestante. Como se la ha- 
bla diMlo como una espede de asedado en la regencta al rey de 
Navarra, se publicaron varios decretos que les eran tavorables. Se 
puso en libertad al príncipe de Condó, cuya vida corría gran riesgo 
por la causa que se le formaba, y llegaron las cosas al punto que 
los nuevos sectarios predicaron sermones en Fontainebleau donde se 
hallaba la misma reina. Mas cuando renovaron la petición de tener 
templos públicos, se volvió á negar por un edicto en que se les 
mandaba atenerse á lo que el Concilio de Trente deddiese. 

Los Guisas viendo entonces el semblante que tomaban los negó- 
dos, estrecharon mas y mas los lazos con el partido católico, cuyos 



CAPITULO xxm. 259 

intereses con nueva eficacia protegieron. El condestable de Mont- 
morenci qne se había separado de ellos por rivalidades de poder, se 
unió sinceramente á su partido, y por fin hizo lo mismo el rey de 
Navarra separándose de los calvinistas. La reina se mantenía du-- 
dosa y vacilaba, no porque mostrase propensión á las doctrinas de 
los .calvinistas, ya entonces conocidos y designados generalmente 
con el nombre de hugonotes, sino por creer estaba mas en sus in- 
tereses contemplarlos, tal vez por oposición secreta á los Guisas que 
se les mostraban tan contrarios. 

Mas lo que prueba el progreso que hablan hecho las nuevas doc*- 
trinas y lo poderoso que había llegado á hacerse su partido es, que 
sin aguardar las decisiones del Concilio de Trente, que no se habia 
todavía reunido sin atreverse á llevar á efecto los edictos contra ellos 
fulminados, se celebró por disposiciones de la corte en Poissy una 
conferencia entre los principales doctores de la Iglesia. La reina 
para simplificar la discusión, mandó que no se reuniesen mas que 
dnco doctores por cada uno de los dos partidos, lo que asi se hizo. 
Rodó esencialmente la conferencia sobre el sacramento de la Euea« 
ristia, y por fin se extendió una fórmula de fé que pareció satisfac- 
toria á los diez argumentantes. La reina á quien la presentaron, la 
envió á la revisión de los prelados católicos que arreglaban en Poissy 
varios puntos relativos á la disciplina de la Iglesia. 

Pareciendo á estos la fórmula capciosa, extendieron otra en tér«* 
minos claros y explícitos con arreglo á lo recibido por la Iglesia ca- 
tólica, mas esta 00 la quisieron firmar los calvinistas. Se terminó así 
la conferencia ó coloquio de Poissy, pues con tal nombre es cono-» 
dda, sin haber producido resultado alguno. Mas debia esto de pre- 
verse en razón & la extrema divergencia de los dogmas de ambas 
comuniones. Sin embargo los calvinistas obtuvieron por entonces 
tolerancia de culto y comenzaron á predicar públicamente en todas 
partes y á cantar sus salmos. Mas estaban tan irritados los princi- 
pales jefes del partido católico con lo que llamaban insolencia de los 
hugonotes, y tan ansiosos los caudillos de estos de llegar á la pre^ 
ponderancia del poder en manos entonces de sus enemigos, que era 
inevitable una guerra civil; asi estalló en efecto. 

S. la cabeza del partido protestante se hallaba el principe de Con- 
de después que su hermano el rey de Navarra se habia pasado á 
los católicos. Cada parcialidad tenia sus hombres y sus tropas, sus 
países de devoción, sus plazas fuertes y castillos. 



260 HISTORIA DE FBfJPE IL 

Eo Inglaterra se había experimentado un cambio de macha coa- 
sideración á la muerte de María. Todo cuanto habia trabajado esta 
princesa tan católica por restituir á su pais el culto de sus padres y 
volverle á la obediencia de la iglesia: todos los rigores que había 
ejercido y las hogueras que habia mandado encender para castigar 
la impenitencía de los mas culpables, todo fué obra perdida al ad- 
venimiento al trono de su sucesora. Era Isabel hija de Ana Bolena y 
se habia educado en las nuevas doctrinas profesadas por su padre. 
Confinada en una prisión durante el reinado de su hermana, tenía 
este motivo mas para no mostrarse favorable á su memoria, y por 
otra parte le dictaba su interés al mismo tiemo que su educación el 
moverse por opuesta senda. Según los principios del catolicismo, 
no habiendo obtenido Enrique VIH sentencia de divorcio de la reina 
Catalina, era bastarda Isabel, habiendo nacidoen vida de esta prin- 
cesa y como tal incapaz de suceder á la corona. 

Estaba pues su apoyo en el partido protestante y & él se adhirió 
del modo mas explícito. Muy luego dejó de ser la religión católica 
la dominante en Inglaterra. Se declaró la reina Isabel cabeza de sa 
iglesia, y le dio la forma que con muy pocas alteraciones se conserva 
hoy día. 

La iglesia anglicana no es precisamente luterana ni calvinista, ni 
adoptó entonces en todo su rigor el rito y el culto prescritos por 
ninguno de los innovadores de aquel tiempo. Adoptó del luteranis- 
mo cierta pompa en el culto y sobre todo la jerarquía eclesiástica; 
del calvinismo el dogma y las creencias; sus dos solos sacramentos 
á saber, el bautismo y cena del Sefior, negándose lo que se llama 
la presencia real en la Eucaristía que allí se celebra y venera en 
recuerdo de aquella ceremonia. De todos modos se introdujo y esta* 
bleció este nuevo culto en Inglaterra sin grandes violencias ni sacu^ 
dimientos; los católicos se hallaban en grande minoría, y la reina 
tan celosa de su dignidad de jefe de la iglesia, estaba dotada de tanta 
energía y mucha mas sagacidad para llevar adelante sus designios. 
Y no solo halló medios esta reina de establecer la nueva iglesia ó 
religión con tranquilidad y calma, sino de fomentar disensiones y 
debilitar y hasta quebrantar del todo la influencia del partido cató- 
lico en Escocia. 

La reina María Estuarda, esposa del Delfin de Francia que des^ 
pues fué rey con el nombre de Francisco II, se consideraba como la 
heredera presunta de Inglaterra, siendo nieta de la reina Margarita 



> «áfiTiLO xxm. 161 

de Esfioofa^ heraiHe de Boríque VUI. BepatándAse Isehel como 
bastarda, era reina de hechol A la maerte de Enrique H de Francia 
cometió por consejo ó precepto de «os tios les Gtiísas la impruden- 
cia de intitularse lo núsflio que el naere rey de Francia, reina de 
Inglaterii^ poniendo ea sus armas las Masones de esle reiao. 

Causó djoha conducta temores y resentimientos por la parte de 
Isabel, y fué tal vez el principio de la animosidad que con el tíem^ 
po se hizo tas fatal para María. Desde entonces trabajó aquella priii^ 
eesa m destruir la influencia de su ríyal á cualquier precio. 

Los Guisas que vaan sobre el trono de Francia ásu sobrina coa^ 
Gibieren al proyecto de sentarla en el de Inglaterra con el auxilio 
del partido católico, que aunque no en mayoría era siempre muy 
considerable. Se hflJlaba firtualmente María Estuarda á la cabeza 
de este partido, y era por lo mismo de su obligación proteger y ser- 
vir con el mayor celo los intereses de la Iglesia. No creyeron los 
Guisas que representaría dignamente su papel mientras no se extir«- 
pase la herejía que tanto se propagaba en su reino beredttarío de 
la Escocia. Gen este motivo enviaron sus instruccíooes á la regente 
liaría de Lorena para que aumentase el rigor de la persecución y 
les castigos, aiN*ovechando cualquier pretexto para adelantar la 
•bra del exterminio del partido protestante. Aunque conocía muy 
bien la regente que los negocios no se hallaban á esta altura, no 
dejé de couisrmarse con la voluntad de sus hermanos. 

Los pretextos ao foltaban. En ningún pais producía mas conflic^ 
tos y d¿turbios la pugna entre los católicos y los que se llamaban 
reformados. En la destrucción de las imágenes del culto se dislin- 
guia can particularidad el celo de los calTÍoístas, sobre todo de la 
plebe. En la catedral de San Gil se cometieron excesos de esta cla- 
se, llegando hasta quemar la imagen del santo patrono de Edim-* 
burgo. Con este motivo citó la reina ante su tribunal 4 los princi- 
pales predicadores de la nueva secta. Mas se presentaron rodeados 
de gente armada de su pareídidad que intimidaron 6 la reina y á 
les obispos que iban á juzgarlos. No tuvo pues efecto la medida, y 
los calvinistas envalentonados con esta victoria, se entregaron á 
nMvas violencias de quebrar imágenes y destruir los demás obje« 
tos del servicio del culto católico, para lo que les alentaban sus pre^ 
díeadores y el mismo Juan Kuox que estaba á su cabeza. 

Formaba ya el calvinismo un cuerpo numeroso á cuya cabe^ 
za figuraban personajes llamados lores déla Congregación, y co^ 

Tomo i. 3i 



262 HISTOBIÁ DE VBLTPE If. 

mo tales presentaroD diferentes peticiones á la reioa á fin de qtie se 
exhibiese un decreto de tolerancia de sa caito, evitando asi nuevos 
conflictos y desórdenes. Parecía ya dicha medida indispensable; 
pero estrechada siempre María por las advertencias de los Gnisas, 
no les dio nunca una respuesta fovorable. Después de pasado el 
susto de la aparición de la gente armada delante de su tribunal, vol- 
vió & citar de nuevo á los predicadores y con el mismo resultado, 
teniendo ella misma que amansar con palabras dulces á los qué ha- 
bía citado como reos. Guando se creía que había abandonado del 
todo este proyecto, volvió á citarlos por tercera vez, y no habiendo 
comparecido los declaró proscriptos y fuera de la ley; mientras con- 
tinuaban los desórdenes y los excesos en las iglesias Je los católi- 
cos y los conventos, despojándolos de sus propiedades. 

Se presentaba la regente en todos estos lances con carácter de 
duplicidad, y era objeto no solo de odio sino también de suspicacia. 
Se sabia el origen de las medidas que tomaba y que el plan era na- 
da menos que el exterminio completo de la nueva secta. Por esto 
eran las reacciones y conflictos tan violentos: de estas hostilidades 
tumultuosas se pasó á una guerra abierta. Reunia la reina sus tro- 
pas francesas. Los lores de la Congregación, sus adheridos y va- 
sallos. Preveían todos los terribles efectos de la guerra civil que iba 
á encenderse; mas por el semblante que habían tomado los negodos, 
hallándose la reina apoyada en fuerzas extranjeras y [movida asi- 
mismo por resortes extraSos, se conocía muy bien que iba envuel- 
ta en la contienda la libertad civil al mismo tiempo que la religiosa. 
Hé aquí por qqé varios seOores católicos se unieron con los protes- 
tantes en odio á la ambición y despotismo de que se suponia ani- 
mados á los Guisas de quienes la reina no se consideraba sino como 
instrumento^ 

Así el partido calvinista Se reputaba como el nacional; el catóH-" 
co como extranjero. Afiliados al primero se hallaban ya la mayor 
parte de los señores y barones principales y entre ellos un hijo na- 
tural del rey Jacobo Y, conocido entonces con el nombre de prior 
de San Andrés, hombre emprendedor, ambicioso dotado de cuantas 
cualidades son necesarias para brillar en conflictos semejantes. Mu- 
chos tratados de pacificación y suspensión de hostilidades se hicie- 
ron durante esta lucha; mas todos sin efecto y eludidos los mas por 
la mala fe de una, y quizá de entrambas partes. A favor de los lo- 
res de la Congregación, militaba el mayor número de soldados; 



CiPlTDLO XXUI. 263 

mas DO podÍ8D sasteotarlos en campaDa mocho tiempo. Tenia Ma<« 
ría menos fuerzas; mas eran estas permanentes. Cada uno se apro- 
vechaba de sus ventajas propias y de las desventaja del contrario. 
Mientras tanto los lores de la Congregación se habian apoderado de 
Edimburgo, y en el pulpito de la misma catedral predicaba Juan 
Sqox, que en aquellas circunstancias era una potencia. 

Auxilió como hemos indicado IiSabel de Inglaterra al partido pro- 
testante, tanto por inclinación y política como por las peticiones y 
súplicas de los interesados. Al principio fueron interceptados los re- 
cursos que envió á Escocia por los partidarios católicos; mas pronto 
llegaron otros que hicieron gran servicio. Los protestantes conser- 
vaban siempre el ascendiente y llegaron á ver su causa triunfante 
cuando las tropas francesas, apoyo principal de la regente, se reti- 
raron del pais por orden misma de los Guisas. 

Desconfiaron estos de poder llevar adelante la obra de la extirpa* 
cioD del calvinismo. 

Con la subida al trono de Francia de María Estuarda, llegaron á 
creerse omnipotentes y hasta cierto punto con verosimilitud de las 
cosas para ellos. El calvinismo en Francia iba tomando tales creces, 
que todos los recursos les parecían necesarios en lo grave de la lu- 
cha. Las tropas que tenían en Escocía podían ser muy útiles en 
aquellas circunstancias. Por esto las llamaron, tratando de pacífi- 
ficar el país por medio de un tratado. Se estipuló por él que las 
tropas extranjeras evacuarían la Escocia, y que no se admitirían 
otras sin consentirlo el parlamento. Como la regente María de Gui- 
sa acababa de morir, se estableció un consejo de regencia, com- 
puesto de doce personas, nombradas siete por la reina y cinco por 
el parlamento, cuya inmediata convocación se estipuló como uno 
de los artículos del tratado. En cuanto á la religión se determinó 
que los estados del pais propusiesen al rey y á la reina lo que les 
pareciese conveniente. También se pactó que la reina M&ría y su 
esposo reconocerían el título legítimo de Isabel á la corona de Inglater- 
ra y que no llevarían mas sus blasones en sus armas. En virtud de 
esté tratado, que fué llamado tratado de Edimburgo, quedó la Es- 
cocia pacificada por entonces. Mas no por eso dejó de seguir ade- 
lante la obra del protestantismo. Inmediatamente que estuvo reuni- 
do el parlamento, recibió peticiones del partido calvinista para el 
definitivo establecimiento de su culto. Decretó el parlamento la abo- 
UoioQ del católico, prohibiendo la celebración dé la misa bajo las 



2$ 4 mSTOBU DS FfiUPS II. 

mas severas penas. Pasó este aoto sin ninguna oposición per par- 
te de los obispos y abades mitrados que en virtad de sos baro<" 
nías, eran miembros de aqaella asamblea, lo que {Hueba la gran 
minoría en que se hallaban y qae no se atrevieron á contrariar las 
opiniones dominantes, y los intereses de tantos nobles poderosos 
que se hallaban en el parlamento. Tal ves contaron con la repaka 
que iba á recibir este decreto del^ey y de la reina sin cuyo consen- 
timiento no tenia valor de clase alguna. 

Fueron en efecto muy mal recibidos de dichos príncipes los co- 
misionados de presentarle el decreto. Fueron aun tratados con mas 
altivez y mas dureza por los Guisas. De ningún modo consiatieFon 
en que su sobrina suscribiese á un acto que prohibía el culto cat^ 
lico en Escocia. Inmediatamente trataron de inflamar el ecJo del par- 
tido en el pais Uam&ndole á las armas en defensa de su culto. Tam«« 
bien se pensaba en mandar nuevas tropas para dar mas apoyo & los 
católicos que se preparaban á la ruptura de las hostilidades. Mas la 
muerte de Francisco U trastornó sus planes. Ya no fueron tan po- 
derosos les Guisas sin el apoyo de aquel monarM, y mucho menos 
habiendo pasado la regencia á las manos de la rana CataUoa. Ne- 
ce&ítaban demasiado los Guisas de todos sus recursos eo la defensa 
de su causa en Francia para enviarlos k fomentar turbulencias & 
países extranjeros. 

Libertados los escoceses de una nueva guerra» no pensaron mas 
que en arreglar su establecimiento religioso. Abolido el culto cató-** 
lico, 88 adoptó por rdigion del pais el calvinismo puro en todas 
sus formas, dogmas y hasta en la organización y gobierno de la 
Iglesia. 

Se dio á la escocesa el nombre de presbiteriana, por no admitir 
mas que una clase de sacerdotes y ministros, á saber: los presbí-*^ 
teros. Para el gobierno de la Iglesia se instituyó una asamblea ge^ 
neral, compuesta de delegados de las demás iglesias, y además de 
algunos miembros legos que reprosentaban la comunidad de los 
cristianos. Esta asamblea era independiente de toda autoridad civil, 
lo que equivale á decir que los asicoceses en su calidad de eristia- 
nos y en sus rebelones con la divinidad se gobernaban eamo una 
ropública. ^ 

Bn cuanto á la división de los cuantiosos bienes» que poseíala 
Iglesia católica de Bsoecia, hubo muchos pareceres. Se pensó pri-<* 
mero dividirlos en tees partes, destinando una á la oanateneíoB del 



capítulo xxiii« 1165 

eiera; la segunda á obras de beDefieencia, y otra á la difusión de las 
luces estableciendo escuelas y colegios. Mas este piau desagradé 
moeliisiiDO á los nobles que se veían excluidos del reparto. Se puede 
decir san agraviarlos que tanto como su nueva persuasión, había 
influido en su conducta la codicm de entrar á la parte de los des*- 
pejes de la Iglesia. Por el arreglo definitivo decretado por el parla* 
mentó se hallaron en efecto poseedores de bienes muy cuantiosos, 
quedando para la manutención del clero la mas pequella parte. Sin 
embargo aunque esto excitó murmullos de los ministros ó présbite** 
ros, DO se llevó menos adelante la obra del nuevo establecimiento 
religioso. 

Hay ejemplos de pocos países en que un cambio completo dere- 
lígioB se haya verificado en menos tiempo con mas acaloramiento y 
eoUisíaamo que en Escocía. El culto católico abolido, era á los ojos 
de la generalidad del país una pura idolatría, y la misa la mas gran- 
de de las abominaciones. Todas las formas y la pompa de que son 
sos ceremonias susceptibles, fueron desterradas con horror en la li** 
targia calvinísía. En sus templos se desechó todo ornato, y los mi-* 
Bistres afectaban la mayor simplicidad en sus vestidos así como la 
mayor severidod en sus principios religiosos. En todo trataron de 
conformarse con lo establecido en la escuela de Giaebra; y ya be<* 
moa visto que Juan Knox había bebido eo esta sos principios. To*^ 
áMS las iglesias católicas fueron violetamente despejadas de todos 
sus adornos, quebradas las imágenes, destruidos todos los objetos é 
ioetrumentos del culto, y lo que unos hacían por espíritu de pillaje 
y de rapaddad era en otros un nuevo fanatismo. De los muebles de 
las iglesias se pasó 4 los mismos edificios. Los mas fueron dilapi^ 
dados, destruidos, derrUndossin mas objeto que satisfacer un furor 
brutal que se llamaba celo religioso, ó la venta k vil precio de los 
materiales que se destinabaB k otros usos. El país cambió del todo 
bajo el aspecto moral, bajo el religioso y el polítÍGO. Cada nao aso* 
cáó mas ó menos sus intereses del siglo á la nueva forma que se 
daba á las instituciones religiosas. Bajo su bandera, se desarrollaba 
la ambición de muchos grandes que se sentían con medios de en- 
salzarse. Al su nombre se fomentaban asimismo ideas democráticas 
qae tantos resultados produjeron con el tiempo. Porque el calvinis- 
ino en su nacimiento, en su propagación y en el ejercicio de su 
culto fué una institución republicana. 

Viuda María Estuarda de Francisco II rey de Francia, natural era 



266 HISTORIA DS ífiLira 11. 

qae se restituyese á Escocia de cuyo pais era reina propietaria. El 
parlamento, inmediatamente que vio arreglado el nuevo estableci- 
miento de reforma religiosa, le envió una solemne comisión & cuya 
cabeza iba su mismo hermano natural suplicándola fuese á tomar 
las riendas del gobierno. Para María, criada en la corte de Francia, 
acostumbrada al lujo, á sus placeres, á la pompa de sus fiestas, se 
presentaba como un doloroso sacrificio trasladarse á un pais, que 
se le pintaba como tan agreste y rudo; mas le fué preciso censa- 
marle. Por otra parte nada tenia que hacer en la corte de Francia, 
y la reina regente Catalina de Médicis debia de desear que cuanto 
mas antes partiese para sus estados. Se embarcó la reina María en 
Calais y llegó á Leith en Escocia sin ningún género de contratiem- 
po. A su desembarco fué muy bien recibida y obsequiada, aunque 
le chocó machísimo el poco lujo de los trajes y falta de magnificen- 
cia en todas las demostraciones del regocijo público. Con los mis- 
mos sentimientos de respeto y simpatía fué recibida en Edimbargo 
donde su hermosura y juventud no podían menos de cautivar los 
corazones á primera vista. Pero María tenia á los ojos de los esco- 
ceses el gran delito de ser católica^ y el fanatismo de la plebe no 
pudo menos de dar síntomas de desaprobación en medio de las acla- 
maciones de sa entrada pública. Desde sa llegada á la capital de 
sus estados tuvo que quejarse la reina de Escocia de la intolerancia 
de sus subditos, la misma que los primeros protestantes del pais 
echaban en cara á los católicos, la misma que los Guisas habíesea 
establecido bajo las formas mas duras á corresponder sus medios é 
sus planes. Mas tales son las vicisitudes de los tiempos. La misa 
que oía la reina en sa oratorio era objeto de murmuraciones y ma- 
nifiestas invectivas. Contra esta misa se tronaba en los pulpitos de 
Escocia y sobre todo de Edimbargo. Fué precisa toda la proteceion 
é intervención de su mismo hermano para que se dijese esta misa 
sin ningana interrupción violenta. Mas ya haremos ver la contínuá- 
don y fatal desenlace de un drama qae bajo auspicios tan fonestos 
empezaba. 



CAPÍTULO XXÍV* 



Segundo Concilio ó continuación del de Trento. 



Gaosabao todas estas navedades una desazón mortal & don Feli^ 
pe. Los progresos que hacia el espíritu de ionoYacioDes religiosas 
era el primer cuidado que ocupaba su existencia. En cuantas órde- 
nes expedia para los Paises-Bajos, en cuantas comunicaciones tenia 
con el rey de Francia, inculcaba como una máxima, como un prin- 
cipio indispensable el no liacer concesión ninguna á los protestantes 
y el extirpar la herejía por medio del rigor y del castigo. Para po- 
ner un remedio á tantos males, ninguna medida le parecía mas efi ^ 
caz que la renovación del Concilio suspendido desde 1552, en Tren- 
to. Con las mas vivas instancias acudió al papa, suplicándole ex- 
pidiese la bula para su convocación, exhortando á los demás prín- 
cipes católicos á que promoviesen por su parte igual medida. No 
dejaba de ser deseada la celebración de este Concilio. Los católicos 
la consideraban necesaria para asegurar la pureza de la fe y cortar 
de raíz los escándalos que al abrigo de tantos disturbios religiosos 
se habían introducido en el seno de la misma Iglesia. Para los mis- 
mos protestantes moderados, inquietos de la disidencia y las discor^ 
días, que se introducían entre sus diversas sectas, se presentaba 
esta asamblea tan solemne como un medio de conciliación y aproxí- 
macion de extremas opiniones. Quizá los que mas repugnaban esta 



268 HISTORIA DB FELIPE II. 

medida era el pontífice mismo y los grandes personajes y prelados 
de su enría qne debian tener tanto interés en promoverla. 

Considerando el Concilio como una medida de reforma, como un 
modo de curar desórdenes, de restablecer la disciplina eclesiástica, 
de establecer y decretar nuevos reglamentos que el transcurso de 
los tiempos presentaba como indispensables, tenian gran razón los 
príncipes y los católicos de buena fe que con ardor le deseaban. 
Mas si se pensaba que esta asamblea restablecería la unidad de la 
Iglesia con tantos dogmas y doctrínas heterogéneas en que estaba 
dividida, era alimentarse de una ilusión como habia sucedido en la 
apoca anterior á aquel Concilio. Para esto, era necesario que se 
compusiese esta asamblea de doctores de los primeros hombres de 
todas las iglesias, que abriesen un certamen, una inmensa arena de 
combate en que cada secta apoyase sus doctrinas, y por medio de 
su discusión venir acaso á una fusión de cosas que aparentemente 
se eicluian. Mas esta idea sobre ser quimérica como á primera vis- 
ta se presenta, no era la que la Iglesia romana tenia de un Conci- 
lio. No debia este reunirse para discutir, y sí tan solo para conde- 
nar, no para admitir en su seno á sus enemigos con objeto de oir 
sus argumentos, sino sus abjuraciones. Agpí, era ya obrar sobre un 
prioeipío falso, edifiear una obra sin cimientos. Daba por fijo y 
sentado el Concilio lo que los demásn es decir los enemigos de la 
Iglesia romana, combatían: hablaban en nombre de una autoncfaMl 
que ellos negaban, y se daban el poder exclusivo de ser intérpretes 
de la Esorítura, cuando era esto justamente lo que se llamaba el 
campo de batalla de las sectas disidentes. Asi desde las primeros 
bulas de coavoeacíon y las cartas exhortatorias á lodos los prínci^ 
pea, para que enviasen al Concilio sus representantes, envolvian 
ya la mas explieita reprobación de las sectas proteatanteii. El pnn 
blema era, pues, si las decisiones, dedaracíones y rayos espirtftoales 
fulminados por los padres del Condiio, harían mas impresión en 
los ánimos de los protestantes que las perseeudones civiles, qae 
los edictos k tenor de cuya letra eran castigados; si á su yüz se so* 
focarían las guerras dvíles que iban á estallar, y sobre todo si en 
los estados donde el protestantismo era ya el culto donünaolo^ se 
caminaría de rdigion después de las decisiones del Gondlio. La so- 
lución de este problema no podia ser dudosa. Los protestaotes mas 
moderados y deseosos de condlíacion, rechasaron estos arguineiitos 
que sin oírles oomensaban por condenarlos: los [uineipes que habías 



adcptado esta saeta, se aegaroD á eoviar sus delegados; la reiaa 
Isabel de Inglaterra recibió el Breve de convoeacioQ con altivez, te- 
Díáodelo basta como ao íasulti» k su persona, y á su carácter de 
jefe y cabeaa de so Ig^áúa: los sectarios mas ardientes como los cal-- 
vinistas de Francia y sobre todo los de Escocia, lo miraron como 
nna protoacion, es decir qoe se verificó en todo y con mas violen- 
mi de oposkifm y de pasión lo qoe había tenido lugar veinte afios 
antes, en la primera convocaron de aquel Concilio. 

Hé aquí por lo que respecta á las sectas díwlentes. En cuanto al 
Concilio come refof mador de abusos introducidos en el seno de la 
misma Iglesia, no faltaban gravísimas dificultades. La curia roma** 
na 10 gustaba de concilios, oomo una declaración tácita de la insu- 
ficiencia de su autoridad en ciertos lances de que no son omnímodas 
Ms afribuoiones. Los recientes de Constanza y Basüea habían to- 
mado demasiado la mano en curar los males de la Iglesia para que 
Rama ios recordase con mucha simpatía. Que existiao abusos todo 
el mundo lo veia, y los bien intencionados lo lloraban. Que á estos 
abusos, á los vicios de la misma caria se debían en parte las esci**- 
simes, que tentes desórdenes causaban, tampoco era un problema 
pura nadie. Mas sucede á ciertos males y abusos lo que á ciertas 
llagas que nadie se atreve á toow; tal es la irritacioB en que se en-^ 
^«entran. Todo el mando hablaba de reforma; mas por ana parte 
el amor propio, por otra hábitos inveterados, por otra el gusto del 
poder y de la represión se presentaban como obstáculos insupera-^ 
bles. Era por rilos mismos por donde debían comenzar estas refor-- 
mas los principales padres y prelados del Concilio. 

Los principes católicos, aunque en globo, querían una misma 

eosa, diferian en medios, en principios, en carácter. Catalina de 

Médicis, regente de Francia, gustaba de dominar una facción por 

medio de la otra á fin de no verse subyugada por ninguna. El 

rey de Espafia que queria las cosas con tesón , que marchaba 

siempre por la línea recta, sin pararse en obstáculos, aspiraba al 

exterminio de los herejes, á que se restableciese en su pureza la 

iiisciplina de la Igle^, á que se adoptasen medidas que impi^ 

diesen el nacimiento y la propagación de ideas perniciosas. En su 

corte no había facciones ni existía prelado alguno cuyos principios 

ó intereses se mostrasen contrarios á ios suyos. No había un 

cardenal de Lorena, con carácter de principe, duefio de inmensos 

1, tan celoso por la conservación de la Iglesia catóiiea» 

Tomo i. 3S 



270 nSTOBli DE FSLIFB If. 

como descuidado en presentarse como sucesor de loa apóstoles. 

Ei Concilio se abrió en Trento convocado por el papa Pió IV en di- 
ciembre de 1562: fué presidido este por legados pontificios, medi- 
da que se adoptó igualmente como hemos visto en el Concilio ante- 
rior, para dejar bien puesta la autoridad del papa en la asamblea. 
Como no podia menos de existir la misma mezcla de lo político y 
mundano con lo religioso, se resintió el Concilio de las mismas des- 
confianzas, celos y rivalidades que en aquella se habían observado. 
Fué muy escaso el número de los padres que al principio concor- 
rieron, y aun algunos de estos pidieron pronto permiso para irse, 
lo que les fué negado. 

Pasó pronto el Concilio á negocios teológicos, y en la sesión quin- 
ta ó veinte y dos se decretaron algunos cánones sobre el Sacramen- 
to de la Eucaristía y comunión bajo ambas especies, una de las 
cuestiones mas ruidosas que en la Iglesia católica se suscitaron por 
aquellos tiempos. A esta sesión no asistieron lo prelados y ios teó- 
logos de Francia, cuya corte accedía de no muy buena gana, lo 
mismo que la otra vez, á la convocación de aquel Concilio. El car- 
denal de Lorena que estaba á su cabeza y que se hallaba en el ca- 
mino pidió demora que le fué concedida por tres dias. Algunos de- 
seaban su venida contando con su apoyo: la temían otros teniéndole 
por contrario. Habiendo llegado al Concilio se mostró con mucha 
deferencia y respeto á sus decisiones, y fué uno de los que propu- 
sieron que se celebrasen solemnes rogativas por los negocios reli- 
giosos de Francia, pidiendo á Dios la libertase del azote de la he- 
rejía, que tal la lastimaba. Mas ni este cardenal ni los demás pre- 
lados y teólogos de Francia se mostraron adictos de corazón al 
Concilio por intereses y rivalidades políticas con otros soberanos de 
la Europa. 

Con pretexto de lo malsano de Trento pidieron que se trasladase 
el Concilio á otro punto de Alemania; mas fué desechada esta pro* 
posición por la mayoría, como sospechosa. En la sexta sesión ó 
veinte y dos, se continuaron las discusiones sobre la conveniencii 
de distribuir el cáliz á los legos y que excitaba los celos y suscep- 
tibilidades de los eclesiásticos. En 9 de diciembre de aquel mismo 
afio se celebró otra sesión, donde se debatieron y decidieroD varios 
cánones sobre sacramentos, disciplina eclesiástica, residencia de los 
prelados, jerarquía y subordinación de las clases inferiores á las 
superiores. 



CiPITOLO XXIV. 211 

Mientras tanto seguían las negociaciones ó pretensiones de ma- 
chos, de qne el Concilio se suspendiese ó concluyese: los legados 
titubeaban, los prelados alemanes y espaffoles oponían á esta medi- 
da una grande resistencia. Por fin se zanjó el punto, y en plena 
sesión se acordó celebrar la última para diciembre de 1563. En 
otras dos ó tres que se celebraron antes de llegar este término se 
tomaron disposiciones y se decretaron cánones sobre muchos pun- 
tos, unos de dogma, otros de disciplina y gobierno de la Iglesia. Se 
dieron cánones sobre el purgatorio, las imágenes, las reliquias, la 
invocación de los santos, el arreglo y reforma de los regulares; 
asunto que dio materia para hasta veinte y dos artículos; sobre las 
indulgencias, los ayunos, fiestas, catecismo, rezo, misales y brevia- 
rios; sobre la sujeción de los obispos á sus metropolitanos; sobre el 
nombramiento de estos prelados y asimismo de los cardenales, de 
los curas de almas, de los concursos para obtener estos curatos, en 
fin sobre todos los puntos en que los eclesiásticos y algunos reyes 
deseaban prontas decisiones para cortar de raiz los conflictos y des- 
órdenes. 

En efecto, en diciembre de 1563, se cerró el Concilio, y para 
mostrar mejor los padres su obsequio y dependencia de la corte de 
Boma; se decretó unánimemente que se diesen gracias al pontífice 
por su condescendencia en haber convocado la asamblea, dándosele 
el título de sumo pontífice de la Santa Iglesia Universal, lo que ex- 
citó aplausos y entusiasmo en el seno del Concilio y en Roma se 
recibió con mucho agrado. 

Sea que este Concilio se llame continuación del primero, como 
querían algunos y entre ellos el rey de Espafia, sea que se le de- 
signe con el nombre de Concilio nuevo, fué menos teatro de intri- 
gas y disputas que el antecedente. A excepción de los de Francia, 
que hacían bando aparte, todos los demás manifestaron estar uni- 
dos por sentimientos de concordia. El rey de EspaQa, que deseaba 
con mas ardor que su padre esta asamblea, y se mostró asimismo 
mas adicto en todas ocasiones á la Santa Sede, ponía cuantos me- 
dios estaban en su mano, para que sus obispos y teólogos se mos- 
trasen deferentes y tomasen un vivo interés en la reforma de los ma- 
les de la Iglesia. A pesar de que varias veces obtuvieron los de 
Francia un puesto superior á los suyos propios, ahogó este resen- 
timiento sin que hubiese influido en la lealtad y sinceridad de su 
conducta. Trabajó también mas este segundo Concilio que el pri^ 



272 HI5T»UA 01 nUVB II. 



mero, habiendo «Qtnado o» el ex&ineD y decismi de ooaiitos ímd- 
4o6 ofrecian reparo en el gobíenio y diseíplíM de la Iglesia. 

Fué recibido el Concilio de Trento od todoe ios estados del rey de 
EspaDa, en Italia, en la Alemania católica, en las Dielaft de PoIodía, 
en Portugal; mas do lo fué en Francia ni entencés ni después, Gomo 
había sucedido con el Concilio antecedente^ 



CAPÍTtííJOXXV> 



Asante domésticos.-^Se manda observar lo dispuesto por el Concilio de Trento. — 
Concilios provinciales. — ^Recibimiento en Toledo del cuerpo de san Eugenio pro- 
cedente de Francia.— «>RecoHocimiento de don Juan de Austria.— ^u educación en 
Alcalá con el principa don Carlos y Alejandro Farnesio.-^Vanida á Eapana da los 
arcbiduques Rodolfo y Ernasto. — Viaje de la reina á Bayona.— Reforma de algunas 
órdenes monásticas.— Santa Teresa de Jesús.— Carácter, prisión, proceso y muerte 
del principe don Carlos. 



lomddifttamente que concluyó el Goncilio de Trente sus toreas, 
fué el prímer cuidado de Felipe II mandar por un decreto la obsw- 
?anoia mas estricta en todos sus dominios de cuanto en aquella 
asamblea se había decretado. Bn Francia y algunas mas partes del 
mundo católico, ao fueron sus decisiones admitidas; mas en EspaDa 
pasaron sin excepción por poco menos que artículos de fe, y todas 
las de una aplicación práctica^ se pusieron inmediatamente en uso. 
Fué sia duda Felipe II el príncipe católico que con mas ardor tra- 
bajó y con mas eficacia porque tuviese efecto. Sin duda era «1 pri- 
mero de todos ellos «a ser y preciarse de ser un hijo obediente de la 
Iglesta. 

Precisamente mientras daraban las sesiones del GonoHío y á su 
terminación, fué cuando estaba mas viva la pugna religiosa en Fran- 
cia. U Inglaterra estaba tranquita, mas se agitaba mucho Escocía. 
Lod Países-Bajos se hallaban muy próximos & una gran conflagra- 
oioa; mal antes de pasar á estas esoeaas de desórdenes y sangre. 



214 HISTORIA BS FBUPfi U. 

DOS ocQparemos de asuntos interiores de EspaOa y casi puramente 
de familia. 

El rey trasladó su corte á Madrid como hemos dicho, y se ocupaba 
en dar á este pueblo la extensión é importancia de una capital, que 
adquirió en efecto durante su reinado. En el de Garlos Y no tenia 
la cuarta parte de la circunferencia y población con que contaba en 
el siguiente. 

Siguiendo el asunto de los acontecimientos domésticos de aquella 
época sin que lleven un rigoroso enlace cronológico, porque no es 
posible, pasaremos al del Concilio de Trente, cuyos decretos no solo 
mandó el rey por otro suyo que fuesen observado con rigor en to- 
dos sus dominios, sino que dispuso que se celebrasen concilios pro- 
vinciales en todas las metrópolis, á fin de hacer recibir el general 
en la Iglesia de un modo mas solemne. Así se hizo en Toledo, al 
que asistieron los obispos de Córdoba, Sigñenza, Segovia, Falencia, 
Cuenca y Osma; el abad de Alcalá la Real, el de Alcalá de Hena- 
res y otros; y al mismo tiempo por parte del rey y como su comi- 
sionado don Francisco de Toledo. En él se aceptó en todas sus par- 
tes el Concilio, y se hicieron estatutos saludables á fin de darle de- 
bido cumplimiento. 

Durante la celebración de este Concilio provincial en Toledo, tu- 
vo lugar una fiesta y ceremonia de gran pomba. Deseaba aquel ca- 
bildo eclesiástico tener el cuerpo de san Eugenio que habia sido 
de sus primeros arzobispos y que se hallaba á la sazón en Francia: 
para lo cual suplicaron al rey y á la rema, interpusiesen su vali- 
miento con su hermano. Condescendió el rey muy gustoso, y dio 
orden en París á su embajador para que en su nombre hiciese esta 
petición al rey Caries y á su madre. Se suscitaron no pequeKas di- 
ficultades para la concesión de esta gracia sobre todo por parte del 
cardenal de Lorena, abad de San Dionisio, donde el cuerpo se guar- 
daba. Mas al fin se vencieron todas, y habiéndose trasladado y de- 
positado con gran pompa en la catedral de Paris, se dijo al rey de 
Espafia que pedia enviar por él cuando gustase. 

El cabildo de Toledo comisionó á uno de sus canónigos llamado 
don Juan Manrique para que pasase á Francia á encargarse del de- 
pósito. Se puso este encargado inmediatamente en viaje y llegó á 
donde el duque de Nevers habia ya traido el cuerpo del santo, me- 
tido en una rica caja y sellado por orden del rey Carlos. Así se hizo 
la entrega con toda solemnidad al encargado del cabildo de Toledo 



CAWTÜLOXXV. Í^ÍS^ 

por el mismo arzobispo de ^Bárdeos, é InmediatameDte doD Juan 
MaDríqoe regresó cod él á España. 

Llegó el cuerpo á Toledo cuaodo se hallaba alli reonido el Cooci* 
lio y además la corte cod los archiduques. Salieron á recibirle ¿ la 
puerta de la Usagra (1) cod el cabildo, el clero, las comuuidades, 
las hermaDdades. Las calles se hallabao magDificameote colgadas y 
DO faltaba Dioguua de las demostracioDes de uo grao regocijo. El 
cuerpo se colocó allí sobre ud altar cod todas las ceremoDias ecle- 
siásticas. Ed seguida tomaroD la caja el rey, los archiduques y de- 
más sefiores, y echáudosela á los hombros la llevaroD eo procesioD 
hasta la catedral, á cuya puerta la recibierou los obispos y la pu- 
sieroD CD el altar mayor, termiDaDdo la Íudcíod cod toda pompa y 
ceremoDia. 

Udo de los graDdes actos de la política ioterior y doméstica de 
aquella época, fué el recoDOcímieoto público de ud hijo Datural de 
Carlos V, criado hasta eutooces bajo ud velo misterioso, de la re- 
serva mas profuuda. Era doD Juau de Austria, destiuado á ser tao 
famoso eo ouestra historia. Babia uacido este prÍDcipeen Ratisbona 
por los afios de 1547. El verdadero Dombre de su madre es ud se- 
creto para muchos. Se creia vulgarmeute que do lo era la que pa- 
saba por tal, y habia dado su uombre por salvar la reputación á 
otra dama de mas alta esfera. Mas sod estos puutos históricos, cuya 
dilucidacioD importa poco. Cualquiera que haya sido la verdadera 
madre de doD Juau, maoifestó eo todos los laDces 'de su vida que 
era digoo de teoer por padre al mooarca mas poderoso é ilustre de 
su siglo. 

A la muerte ó mas bieo á la rcDUDcia del emperador, se hallaba 
este prÍDcipe poco meóos que eu la iofaocia; mas Carlos V le habia 
recomeodado eficazmeote eo su testameuto al rey Felipe, quieo en 
esta ocasión como eo otras muchas, desmiutió la acusacioD, que le 
hicieroD muchos, de ser ibgrato y descoDocido á la memoria de su 
padre. 

DoD Juau se educó primerameote en Alemania^ bajo la dirección 
de Luis Quijada, confideote y privado del emperador: después 
se le trajo á Castilla y lo teuia oculto bajo el traje de labrador eu el 
pueblo de Villagarcía, que era de su seDorfo. Ed este traje se pro- 
seóte á Felipe li por su disposicioD eo uoa cacería cerca de Valla- 



(1) Ábon 86 atoe de Tisagra. 



fi19 HTSTOHA rm riupv n. 

dolíd y 6B medio de sa corte. Al arrodiilajrge el miKdkachoUoDodeU 
turbación y temor que es natural, le leyaAtá el monarca coa bon^ 
dad y le dijo coo tono dulce y afectuoso: ¿Sabéis de quién sois bijo? 
Habéis detüdo el ser al emperador Garlos Y, que también fué mi 
padre. En seguida le estrechó en sus brazos. 

Así fué instalado en la corte y familia de Felipe 11, don Juan de 
Austria. Reconocido por hijo del emperador recibió todos loe hono- 
res y distinciones debidos k su origen. Este reeonocimieoto, esta 
acogida taAcanOosa y tan solemne, no era menos honorífica pam 
la memoria del emperador, que para el príneípe que era objeto de 
eUa. Su mayor realce era para el rey, que tan buen hijo se mos^ 
trahd* 

Tres príncipes jóvenes casi de una misma edad se criaban enloa*- 
eos en la oorte de Felipe U: don Juan de Austria, Alejandro Far- 
nesio y su hyo el príncipe don Garlos. En medio de los ejercicios & 
que se dedicaban como todos los nobles de aqoel tiempo que se des- 
tinaban & la «tf rera de las armas, q«iso el rey que tomasen alguna 
tintura de las letras y con este objeto los envió 6 la universidad de 
AlcalA que esa muy famosa en aquel tiempo. Allí cursaron algan 
tiempo, loíentras hayo otro concepto completaban so educación de 
principes y de caballeros. 

Había pedido Felipe II al archiduque Maximiliano, rey de Bohe- 
mia, y ásu hermana María, le enviasen á EspaDa k los príncipes 
Rodulfo y Ernesto sus hijos, quienes habiéndose trasladado á Mi- 
lán y de allí á Genova, llegaron en las galeras de Doria á Barcelo- 
na, donde se hallaba á la sazón el mismo don Felipe después de ha- 
ber celebrado cortes en Monzón. Recibió el rey con mucho carifio y 
agasajo & sus sobrinos, y después pasó con ellos al monasterio de 
Moaserrate donde asistieron á la fiesta de la Purificación con toda 
ceremonia. De Barcelona á donde regresaron en seguida, partieron 
juntos á Valencia donde nunca había estado el rey, y tuvieron un 
magnifico recibimiento. En seguida se dirigieron á Madrid dcode 
se hallaba k la sazón la corte. 

No dejó de dar que pensar la venida de los archiduques, y sobre 
todo la circunstancia de ser llamados por Felipe. Todos la conside- 
raron como una consecuencia de lo disgustado que se hallaba con 
su hijo. A falta de este príncipe, eran herederos de Felipe los aus- 
tríacos. Tal vez quiso el rey ponerse al abrigo de toda contingen- 
cia, y examinar por sus ojos el mérito de dichos princij>&<* 



CAPITOLO XXV. ín 

Otro viaje (1565) se verificó despaes, qae aaoque iguatmeDtede 
familia, tampoco dejó de encerrar intereses de importancia. La rei- 
na de Francia, Catalina de Médicis, deseaba mucho ver asa hija la 
de Espafia. Para satisfacer estos deseos, concertaron tener ona en- 
trevista en la frontera de ambos reinos. Debia de ser el rey también 
del viaje; mas no pudo acompasar á la reina qae se puso en mar- 
cha en abril, acompasada de don Juan Manrique de Lara, su ma- 
yordomo mayor, de los duques de Alba, Infantado y Osuna, y otros 
grandes seSores de importancia. Después se les reunieron el carde- 
nal arzobispo de Burgos, y los obispos de Calahorra y de Pamplo^ 
na. Casi al mismo tiempo que la reina de Espafia partió de Madrid, 
salió de París el rey Carlos de Francia con su madre, su hermano 
y lo mas florido de la corte. El rey y su madre llegaron k Vídasoa, 
donde recibieron á la reina Isabel con todas las demostraciones* de 
alegría. De allí se la llevaron á Bayona donde se hicieron grandes 
fiestas, con todo el aparato, gala y magnificencia. 

El verdadero fin de la entrevista era político, y la situación del 
calvinismo en Francia no era el objeto menos importante. Inmedia- 
tamente que se vieron en Bayona, se dio principio á las conferen* 
cias, y para que fuesen mas secretas se abrió un paso de comuni- 
cación entre las viviendas de ambas reinas, á fin de que pudiesen 
Yerse sin manifestarse en público, flabiadado el rey sus instruccio- 
nes al duque de Alba y á don Juan Manrique de Lara, mayordomo 
mayor de la reina, la que estaba prevenida de no hacer nada ni dar 
el menor paso sin el consejo de estas dos personas. Lo que se trató 
entre estos personajes fué un secreto; mas todos y los mismos cal- 
vinistas presumian que ellos eran el príncipal objeto de las confe- 
rendás. Se trató entre ellas en efecto, de los medios mas eficaces de 
acabar con ellos. Y á lo que definitivamente fué adoptado, algunos 
mas príncipes, que no hablan concurrido á Bayona, se adhirieron. 
También se trató en aquellas conferencias de la boda del príncipe 
don Carlos con Margarita de Valois, hermana de la reina dofia Isa- 
bel, y de la del rey de Francia con la infanta doOa Juana, nin- 
guna de cuyas cosas tuvo efecto. 

La reina dofia Isabel se volvió á Madrid terminada que fué la 
conferencia. Para concluir lo que nos resta de referír desu persona, 
diremos que el aDo siguiente de 1566, dio á luz en Balsain, junto á 
Segovia^ á una niBa que fué llamada Isabel Clara Eugenia, y que 
eo el de 1568, después de haber malparido un nifio de cinco meses, 

Toyo I. 36 



278 HISTORIA DE FBLIPB lí. 

le sobrevino ooa maligDa calentura de que falleeió al cabo de muy 
pooos días. 

De esta muerte, que fué objeto de sospechas y calumnias, dire- 
mos mas en adelante. 

Por aquel tiempo habia promovido el rey alguna reforma en cier- 
tas órdenes religiosas que habían caido en relajaciones y en abusos. 
Hacia entonces mucho ruido Santa Teresa de Jesús por la fundacioo 
de la orden de carmelitas descalzos, mostrándose muy celosa en 
llevar adelante aquesta obra. De la reforma de las religiosas, pasó 
á la de los religiosos en virtud de la bula que alcanzó del papa en 
18 de noviembre de 1568. La ayudaron mucho en estas tareas varios 
religiosos penetrados de su espíritu, entre ellos san Juan de la Croz, 
Fr. José de Cristo, Fr. Antonio de Jesús, Fr. Jerónimo Gracian, y 
otros que son bien conocidos por sus cartas. Con motivo de estas re- 
formas, se hicieroQ otras en los mercenarios, trioitarios y agustinos. 

Los nombres de don Juan de Austria y de Alejandro Farnesio 
lucirán mucho en el curso de esta historia. El del principe don Carlos 
estaba destinado á otro género de fama. Sobre pocos personajes se 
han emitido juicios mas diversos, y se ha ejercido mas lo que puede 
designarse con el nombre de pasión de historiadores. Circunspectos 
nosotros en un punto tan de suyo delicado y escabroso, seremos 
muy sobrios de palabras y circunscribiéndonos solamente á lo que 
resulte ser verdad con el conocimiento de los hechos. Concuerdan 
los españoles en pintar á este príncipe como flojo, desaplicado, de 
poca capacidad, caprichoso hasta rayar en maniático, de una edu* 
educación muy limitada, mientras los muchos extranjeros le atri- 
buyen cualidades opuestas, nobleza y elevación de sentimientos, y 
sobre todo las mas vivas simpatías hacia la suerte de los habitantes 
de los Países-Bajos. A estos sentimientos é ideas tan diversas de las 
de su padre atribuyen el odio de que fué objeto para este monarca, 
sus padecimientos, sus persecuciones y temprana lúuerte. Para ha- 
cerle enteramente un personaje de romances suponen que este odio 
de Felipe no procedía solamente de incompatibilidad de principios y 
opiniones, sino de celos por la inteligencia secreta en que se supo- 
nía al príncipe con su madrastra. Y estos amores y la catástrofe 
que se supone produjeron, han dado alimento á las plumas de los 
historiadores como de los poetas, sobre todo de los dramatistas (1). 

(1) l>on Garlos, es uua de las prioclpales tragedias del célebre Sdiill^r. A ser oiert > lo que pon€ 
el autor en boea d0 sa héroe, no hay lágrimas bastantes con que lamentar la suerte de un principe 



>^->- 




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S^ TERESA DE JESÚS 



I 



CAPITULO XXV. M9 

Qaé el príocipe don Garlos haya sido un joven desaplicado, obs* 
tinado, caprichoso, y de muy mal carácter, nada tiene de inverosf- 
mil, ni hay motivo de rechazar el testimonio de tantos historiadores 
que lo afirman. Que su educación hubiese sido completamente des- 
cuidada, tampoco es pn fenómeno. Hay que tener presente que los 
afios mas preciosos para la enseñanza, sobre todo de la moral, los 
pasó fuera de la vista da su padre. Tal vez la princesa dofia Juana 
no tenia el suficiente carácter y firmeza de ánimo para refrenarle. 
Es un hecho que habia disgustos y desavenencias entre la tia y el 
sobrino, y que el emperador cuando le vio en Valladolid en su pa- 
so para el monasterio de Yuste, quedó muy descontento de su con- 
versación y sus modales. Si es asi, si el rey Felipe II no veía en la 
persona de su hijo las prendas y capacidad que naturalmente deseaba 
en su heredero, si tal vez fueron infructuosos los esfuerzos que hizo 
para corregirle y mejorarle, no es extraño que en su carácter seve- 
ro no luciesen grandes sentimientos de cariDo hacia un hijo que le 
daba tan pocas esperanzas. 

¿Cuáles eran las ideas de don Garlos acerca de los Paises-fiajos? 
¿Cuáles eran sus principios sobre el modo de gobierno que les con- 
venia? Son muy difíciles de dilucidar aquestos puntos, ni es proba- 
ble que en la cabeza tan poco madura de este príncipe, cupiesen 
proyectos bien serios y bien meditados, sobre todo en materias de 
política. Que trataba de ir á Flandes, que tenía el mayor interés en 
hacer este viaje, que se creía la persona mas á propósito en Flan- 
des en el estado de agitación en que aquellas regiones se encon- 
traban, es histórico, confesado por los españoles. ¿Nació de él la 
idea? ¿No sería natural que le hubiese sido sugerida por enemigos 
de su padre? Si al ser este sabedor de su proyecto aprendió ó le fué 
apuntado por alguno que su hijo desaprobaba el sistema de gobier- 
no que en los Países-Bajos se seguía, y sobre todo que sus princi- 
pios de religión no participaban de la íoflexibilidad de los suyos; ¿se 
admirará nadie de que la frialdad que hemos establecido en la pri- 
mera hipótesis, llegase á ser antipatía? 

Pasemos al punto mas delicado y espinoso. El matrimonio del 
principe don Carlos con Isabel de Yalois hija de Enrique II, fué un 
artículo del tratado de Gbateau-Cambressis convenido y firmado por 



tan desgraciado y benemérito. Ci imposible pintar con colores mas negros A Felipe. La pieza inte- 
resa, pero no es verdadera. Habrá algunos toques Helos de la época; mas á excepción del personaje 
del dnque de Alba, hay exageración y basta desfiguramiento en todo lo demáa. 



280 HISTORIA BB FSUPE II. 

entrambas partes. Los dos novios eran con corta diferencia de una 
misma edad, y aunque no se habian visto, es probable que tuvie* 
sen sus retratos. Antes de terminarse completamente las negociación 
nes, ocurrió la muerte de María, reina de Inglaterra, y Felipe II, 
al verse viudo, pretendió reemplazar á su bijo en el lance concer-- 
tado. No fué un cambio que se le propuso; fué una sustitución pe* 
dida, solicitada por el mismo, á que accedió el de Francia. La prin- 
cesa Isabel era hermosa, amable y agraciada, y la prisa que se dio 
para solicitarla el rey de Espafia, muestra bien que su posesión era 
á sus ojos de gran precio. ¿Seria pues extraDo que el principe k 
quien se supone un joven de pasiones fuertes, en todo el ^fuego de 
la primera edad, halagado desde un principio con la idea déla prin- 
cesa, mirase en su padre el usurpador de su felicidad, y que el pa- 
dre á quien no serian desconocidos estos sentimientos, considerase 
al hijo por lo menos como un rival, suponiendo que la reina misma 
no tomase parte alguna y fuese del todo indiferente y hasta igno* 
rante de lo que pasaba por don Garlos? Todo es natural y verosí* 
mil. Los historiadores espaSoles nada dicen sobre el particular; mas 
su silencio no es una prueba de que no sea cierto, porque aunque 
lo fuese, no se hubiesen atrevido á publicarlo. Algunos de los ex- 
tranjeros lo aseguran y llegan hasta asentar que era reciproco el 
amor de la reina hacia el hijastro. De todos modos aparecen prue* 
bas y suficientes razones para explicar el d§svío, las prevenciones 
y hasta el odio mutuo que existia entre Felipe II y el príncipe don 
Garlos. Los cortesanos, los historiadores de la época naturalmente 
habian de dar la razón al padre contra el \m. 

A ser ciertos muchos de los rasgos que algunos de ellos nos pre* 
sentan de las extravagancias de este príncipe, se le debe suponer en 
un estado de demencia, y esto prueba que algún despecho violento, 
que alguna fuerte irritación daba motivo á estos excesos. Se dice 
que una de sus diversiones favoritas era andarse de noche medio 
desnudo por las calles, y que en una ocasión habiéndole caido desde 
una ventana alguna cosa nada limpia, mandó en arrebato de cólera 
á uno de sus criados entrar en la casa, ponerla fuego y matar á 
cuantos habia dentro, orden que el criado se excusó de obedecer, 
alegando une estaban administrando el vi&tico á un enfermo. En 
otra ocasión, pareciéndole que le estaban algo estrechos unos boti- 
nes que acababan de traerle, los hizo pedazos menudos, obligando 
al zapatero que se los trajo á comerse algunos, y dando además un 



4 



CAPITULO XXV. t81 

bofetofl á doD Pedro Haouel, oficial de la cámara, por haberlos en- 
cargado así de órdea de su padre. Otra vez por do haber acudido 
proDto don Alfonso de Córdoba, hermano del marqués de las Navas, 
á su llamamiento, cogió al gentil-hombre en sus brazos, jurando 
que le iba á arrojar por la ventana; amenaza que trataba de llevar 
á efecto cuando á los gritos de don Alonso acudieron algunos cria- 
dos á salvarle. Un cómico, de los que llaman de la legua llamado 
Cisneros, salió desterrado de Madrid de orden del presidente Espi- 
nosa, y alegó este motivo al príncipe para no hacer papel en una 
pieza que don Garlos deseaba se representase en su casa. La pri- 
mera ocasión que el príncipe vio al presidente, asiéndole con la mano 
izquierda y sacando un puDal con la derecha le dijo: ¡Con que no 
queréis permitir que Cisneros venga ¿ mi servicio! Por vida de mi 
padre que os voy á matar en este mismo instante; mas habiéndo- 
sele puesto el otro de rodillas, lleno de turbación y de terror le pi- 
dió perdón en términos que se ablandé y al fin le soltó el príncipe. 
Hallándose un dia en un bosque con su ayo don García de Toledo, 
porque este caballero trató de hacerle reconvenciones sobre su con- 
ducta, trató de apuDarle, lo que evitó don García huyendo á poner 
la cosa en noticia de su padre. Su conducta con el duque de Alba 
fué en el mas alto grado reprensible. Habiendo ido á despedirse del 
príncipe para partirse á los Paises-Bajos, le dijo este que solo á él 
pertenecia el encargo dQ ir á pacificar aquel pais, y que arrancaría 
la vida al que tratase de estorbárselo. Trató el duque de sosegarle, 
pero montando cada vez Carlos mas en cólera, sacó la daga y arre- 
metió con ella al duque^ quien se vio precisado á usar de su fuerza 
y de la de los demás que á sus voces acudieron para salir de aquel 
apuro. 

Tales son los exceso^ que los historiadores de aquel tiempo re- 
fieren de don Carlos, todos sin duda muy dignos de castigo; algu- 
nos improbables, como el último y el del presidente Espinosa, pues 
no es creíble que un monarca tan severo como Felipe, no hubiese 
castigado de un modo ejemplar semejantes atentados contra la mis- 
ma dignidad y autoridad de su persona. Por último, llegó á sus oidoa 
la noticia de que el príncipe trataba de escaparse á los Países-Bajos, 
y que había escrito cartas á varios príncipes de Europa pidiéndoles 
protección contra el mal trato de su padre. El director de correos 
le dio* avisos de que se habian pedido postas para el príncipe. Trató 
entonces el rey de apoderarse de la persona de doa Garlgs. La no-» 



262 HISTORIA DE FELIPE 11. 

ebedel 18 de enero de 1568, se presentó en su cuarto acompasado 
de varios personajes de su corte entre otros del príncipe de Evoli y 
el duque de Feria; se apoderó de sus papeles y de sus armas, sin 
dejarle ningún instrumento con que pudiese hacerse daDo, y se mar- 
chó en seguida asignándole su aposento por prisión, y encargando 
rigoroso confinamiento al cuidado de los mismos grandes. Se seña- 
laron seis familias principales para hacer este servicio, y de ellas 
dos personas velaban al principe á todas horas del dia y de la no- 
che. 

Así quedó preso el príncipe don Carlos. Hasta este acontecimiento, 
están casi de acuerdo los historiadores, tanto naturales -como extra- 
Dos. En lo que sigue se encuentran importantes variaciones. En 
cuanto á los prijneros, ningún historiador habla de que se le hur 
biese formado causa, ni instruido averiguación de clase alguna, so- 
bre todo páblicamente ó sea de oficio. Todos consideran esta medi- 
da como simplemente preventiva y correctiva. Si se tomó con este 
último objeto, produjo un resultado contrario al que se deseaba. En 
lugar de entrar en sí, y de refrenar la impetuosidad de su carácter, 
adquirió nueva irritación y subieron de punto sus caprichos con el 
confinamiento. Pasaba dias enteros vagando desnudo por sus habi-* 
taciones sin querer comer, desquitándose después en la intempe- 
rancia y voracidad que eran consiguientes. Era su delicia beber 
agua de nieve á todas horas, comer fruta verde, llevarse á su mis- 
ma cama el hielo; síntomas todos del exceso de bilis que le consu- 
mía. Tan insensato régimen produjo sus efectos. Rechazó toda clase 
de alimentos saludables y aun las medicinas que le administraban 
para su estómago estragado, y habiéndose apoderado de él ana ca- 
lentura muy maligna, le anunciaron que se hallaba muy próxima 
su muerte. Dio entonces muestra don Carlos de volver á mejores 
sentimientos; deseó ver á su padre á quien pidió perdón y cuya ben* 
dicion obtuvo, y después de haber recibido los sacramentos murió 
en la noche del 24 al 25 de julio del mismo afio de 1568. 

Adolece este relato del mismo carácter de exageración que se 
nota en el de las extravagancias del principe antes de tomar su pa- 
dre la providencia de encerrarle. No se concibe como encomendada 
su guardia á personas tan distinguidas y celosas, y con instraocio- 
nes tan particulares sobre el modo con que habían de condacirse, 
se permitía al príncipe una conducta que arguye un gran descaído 
por parte de sus guardadores. Tal es la de andar vagando desnado 



apÍTULO XXV. i 83 

por sas habitaciones, la de ocultar nieve en su cama, y otros mas 
rasgos propios solo de UQ demente. Se puede sospechar que no atre- 
viéndose ó mas bien no queriendo descubrir la verdad, trataron de 
cubrirla con el velo de esta clase de locura, dando toda la culpa al 
mas débil, al que habla sucumbido. Sin embargo, entre ellos se ha- 
llaba Cabrera, criado de la casa que asegura haber sido testigo ocu- 
lar de todos los hechos que se refieren. 

Una graQ parte de historiadores extrafios dicen que tan luego 
como fué preso el príncipe don Carlos, pasó su padre relación de 
todo á la Inquisición, donde desde aquel punto comenzó á formár- 
sele el proceso; que dicho tribuDal, enemigo de la persona del prín- 
cipe por lo sospechosos que eran sus principios y sentimientos de 
católico, se mostró inexonerable hasta el punto de condenarle á 
muerte. Que se la presentaron al rey, quien fluctuó entre los sen- 
timientos de padre y los que como rey católico debia al culto de 
Dios y de su conciencia; que se mantuvo algunos dias en esta cruel 
incertidumbre; que los inquisidores y personas graves de su consejo 
le hicieron presente su deber de mostrarse superior en semejantes 
casos 4 los sentimientos de la naturaleza; que al fin firmó el mo- 
narca la sentencia que se la comunicaron al príncipe á quien se dejó 
la elección del género de muerte, representándole en pinturas las 
varias entre las que tenia libertad de decidirse; que causó esta no- 
ticia en el príncipe una profunda impresión hasta el punto de pro- 
rumpir en execraciones contra su padre, tomando todos los adema- 
nes de furioso; que permaneció en este estado algunos dias, por lo 
que no quisieron llevar adelante la sentencia por no exponer su sal- 
vación, hallándose mal preparado; que al fin lograron calmarle é 
inspirarle sentimientos de resignación, y que después de recibidos 
los sacramentos con muestras de arrepentimiento y de piedad, cum- 
plieron la sentencia de muerte dándosela por medio de veneno. 

Todo esto pudo ser muy bien imaginado, mas no es cierto. Al 
principe don Carlos no se leformó proceso á lo menos, no fué su 
muerte ' efecto de la sentencia de un tribunal privado ó público. 
No intervino en el asunto la Inquisición como algunos historiadores 
lo escribieron, como tal vez para la generalidad se admite hoy dia. 
Según Llórente que estaba en el caso de conocer estas materias muy 
á fondo, se reduce todo el proceso que medió en el asunto á que el 
rey encargó el negocio á una junta ó comisión formada á Doch en- 
tre cuyas personas figuraba don Diego Espinosa, presidente del 



t84 HISTORIA DE FBLIPB D. 

Consejo y Ruy Gómez de Silva príncipe de Eboli á qaien estaba 
encomendada la custodia de don Carlos. No se tomó declaración m 
confesión al presunto reo, y solo se atavieron los jueces en las ac- 
tuaciones al ex&men de las carias y papeles que le habian cogido. 
Les parecia tan grave ja materia, tan fulminantes los cargos que 
de sí arrojaba, que tuvieron aquella causa como de muerte para el 
joven príncipe. No atreviéndose pues á pasar mas adelante, se lo 
comunicaron & su padre, baciéndole ver al mismo tiempo que lo 
elevado de la persona del reo y otras circunstancias particulares 
podrían influir en la mitigación de aquella pena, dado el caso que 
fuese su voluntad de que el proceso pasase por sus trámites lega- 
les. Respondió el rey que aunque con extrema repugnancia y re-* 
primiendo los sentimientos de su corazón, no le permitía su con- 
ciencia mostrarse indulgente con su bíjode cuya capacidad, faltado 
instrucción, m ala conducta é inclinaciones tan perversas no podían 
menos de seguirse grandes perjuicios en el reino. Afiadió sin em^ 
bargo que en el estado á que la enfermedad le babia reducido, po- 
drían conducirse las cosas de manera que sin escándalo ni detri- 
mento de! bonor del príncipe se llegase á obtener el efecto de- 
seado. 

Mientras tanto se agravaban los males del príncipe don Carlos. 
La comisión no pasó adelante en sus trabajos y no vino á conclu-^ 
sion alguna. Según Cabrera escritor contemporánea, criado enton- 
ces de la casa, se administró al enfermo por su médico el doctor 
Olivares una purga que produjo malísimos efectos. Se anunció al 
principe la proximidad de su fio, y don Carlos manifestó oírla con 
bastante compostura, recibió resignadojos sacramentos y en losmo- 
montos de su agonía manifestó deseos de ver y reconciliarse con su 
padre. Acudió este en efecto á la cabecera de su cama la noche 
misma de su fallecimiento, mas no atreviéndose á dejarse ver del 
enfermo temiendo causarle una impresión demasiado viva le echó 
su bendición por encima de los hombros del príncipe Ruy Gómez 
de Silva que tenia delante, con lo cual se retiró lloroso á su aposen-^ 
to. A muy poco rato después terminó la existencia del desventurado 
príncipe. 

Según el mismo Llórente hay motivos para creer que habiendo 
manifestado el rey deseos de que terminasen los días de don Car- 
los, hicieron insinuaciones al doctor, quien con la administración de 
la medicina se prestó á ser instrumento de la voluntad del Monar* 



CAPITULO XXV. Í85 

ca. De alguDas frases y reliceDcias del historiador Cabrera se pue- 
de sospechar qoe hubo algún misterio eu la purga, mas todo esto 
DO puede pasar de conjeturas ¿ que se. da mas ó menos fuerza se- 
gún el modo de pensar, las opiniones ó partidos á que perternecen 
los lectores. Es posible que hubiese mediado una intención torcida 
en la administración del remedio : también es muy probable que 
con purga ó sin ella hubiese muerto un enfermo que se hallaba en 
tal estado de irritación que habia echado á perder el estómago con 
varios excesos y á quien aquejaba tan ardiente calentura, en lo mas 
recio del estío. De todos modos, aparece claro bajo cualquiera hi- 
pótesis que don Carlos estaba condenado á no salir de su prisión, 
y que acelerada ó no, fué autor de su muerte el mismo que lo ha- 
bia sido de sus dias. De causa ó proceso no hubo mas que el in- 
coado sin producir conclusión alguna. La Inquisición no tuvo parte 
en el negocio si hemos de creer al mismo Llórente quien por el 
cargo que habia ejercido, debía saberlo muy á fondo. Por lo de- 
más no es extrafio que este suceso lamentable envuelto en sombras 
hubiese hecho en Europa (anto ruido y sido objeto de acusaciones é 
invectivas contra un rey poco querido de los principales católicos, 
objeto del odio de los protestantes. Asi le acusaron muchos á boca 
llena de ser asesino de su hijo, y el príncipe de Orange le fulminó 
este cargo como cosa casi generalmente recibida entre sus correli- 
gionarios. Desde entonces fué don Carlos una especie de personaje 
poético en Europa por las diversas composiciones tanto en verso 
como en prosa á que dio lugar no siendo pocos los dramas que á 
su trágico fin se consagraron . No es extrafio que en todas estas pro- 
dacciones se desfigurase el carácter de don Carlos y pasase por 
mártir de sentimientos nobles, de proyectos generosos y hasta de 
tolerancia religiosa á los ojos de los que tanto aborrecían á su pa- 
dre. De estos ejemplos hemos vistos muchos. Nada es mas común 
que erigirse los hombres en ídolos de la muchedumbre sin teas 
motivo que haber sido objetos de persecución para los que eran 
blanco de su odio. 

Para concluir con este triste asunto afiadiremos solo que de la 
muerte de don Carlos no se hizo ningún misterio en la corte de Feli- 
pe, que pasó como efecto simple de una enfermedad natural; comu- 
nicó la ocurrencia á todas las cortes extranjeras sin ningún rebozo ; 
por último que las exequias fueron públicas con todos los honores, 
solemnidad y pompa corespondientes al heredero de la monarquía; 

Tomo i. 37 



286 HlSTOMl BS FBUPK II. 

Tal fué el fio del principe doo Carlos hijo, único varón entonces 
de Felipe. Sobre este suceso no haremos comentarios. Si atendemos 
al carácter y circunstancias de los dos personajes principales de es- 
te drama, á la índole de aquellos tiempos, á la reserva que erain- 
dispensable á sus historiadores, pocos puntos hay en todas sus 
relaciones que sean mas susceptibles de reparos. Mas dejaremos las 
cosas en su obscuridad y á ¡a falta de datos, corresponderá la 
misma escasez de conjeturas. Mas cualesquiera que hayan sido los 
principales resortes de aquella máquina, aparece claro que no 
medió proceso, que el príncipe murió de enfermedad, sobre todo 
que no intervino en nada el tribunal de la Inquisición como se ha 
hecho ver sobre las tablas del teatro (1 .) 



(1) Véase la citada ple2a de Schlller. Bd la última escena entrega Felipe II á su hijo en nóte- 
nos del inquisidor general diciéndole: Cardenal, he camplfdocon mi deber; cumplid ahora con el 
vuestro. 



CAPITULO XKVt 



Fundación del monasterio del Escorial. (1563.) 



La serie y enlace de ciertos acoDlecímientos dos han hecho dejar 
atrás otros de data mas antigua, y otra cosa no puede ser eu una 
historia que los abraza de un orden tan diverso. La observancia con 
vigor del cronológico produciría una relación de cosas inconexas que 
sin presentar ningún interés confundiría al lector y fatigaría su 
atención por lo mismo de estar tan dividida. No es la primera vez 
que hacemos esta observación que no puede menos de ocurrír á ca- 
da paso. La muerte del príncipe don Garíos que nos condujo á lo 
que tuvimos que decir de su persona ocurrió ^en 1568. Cinco a&os 
antes tuvo principio la obra á cuya construcción consagramos este 
articulo; obra que constituye uno de los grandes episodios de la 
historia de Felipe II, aunque de un simple monasterio, imprime ca* 
r&cter en la fisonomía de un reinado tan fecundo en cosas grandes. 

Se atribuye la fábrica del Escorial á un voto de Felipe durante 
la batalla de San Quintín, para que Dios le favoreciese en aquel lan- 
ce; mas el rey no estaba en el campo de batalla, y sin duda igno- 
raba que se estuviese dando. Por otra parte habiendo tenido lugar 
en 1557, no se concibe que un rey tan religioso hubiese diferido 
el camplimiento de su voto hasta el de 1563, hallándose en EspaOa 
desde 1559. También se dice que labró este edificio para depositar 
en él los restos del emperador, según lo había encargado por su 
testamento. Ni en este testamento ni en su codícilo se Jeocuentra 



288 HISTORIA DE FELIPE IL 

4tcho encargo. Mas para erigir qd grande y suntuoso mausoleo á 
Carlos V, no faltaban en EspaDa templos magníGcos donde pudiera 
estar muy dignamente. No hay necesidad de buscar explicaciones á 
lo que se explica muy naturalmente. No era Felipe II el primer rey 
amigo de grandes monumentos de las artes. Concibió el proyecto 
de erigir un edificio digno del primer monarca de la cristiandad, al 
menos el mas rico de su siglo. Para unir su gusto por lo grande, 
con otras inclinaciones en él mas fuertes todavía, este gran edificio 
fué un convento. 

Establecida la corte en Madrid, natural era que para este conven- 
to se escogiese un sitio cerca de la capital donde el rey pudiese ins- 
peccionar su construcción sin descuidar las atenciones del gobierno. 
Consagrado el monasterio á una orden de religiosos, que no edifi- 
caban sus casas en poblado, habia que buscar un sitio solitario y 
algo agreste, y si se quiere inculto donde establecerle. La designa- 
ción del que efectivamente ocupa, parece una consecuencia de todos 
estos datos. Pais yermo, próximo á Madrid, buenas y abundantes 
aguas, inmensas canteras y demás materiales para la obra, casi á 
la mano, sitio calculado para el retiro y la contemplación, era todo 
lo que podia apetecerse. 

Decidido sobre poco mas ó menos el sitio de la fundación, costó to- 
davía gran trabajo el desmonte de terrenos y su desnivelación para 
el asiento. Lo que hoy se llama el Escorial, es decir, el Escorial de 
Arriba donde el monasterio está situado, no era entonces mas que 
un terreno de jarales sin habitación alguna, sin mas frecuentación 
que el de la caza mayor que en estos parajes abundaba. Tuvo el 
rey tal empefio en llevar adelante su intención con la mayor activi- 
dad que fué á alojarse en el Escorial que llaman de Abajo y de don- 
de tomó su nombre el monasterio: allí permaneció varios dias sin 
ningún género de comodidad, y no solo él y los principales arqui- 
tectos sino también diferentes monjes que venían á hacer parte de 
la comunidad, pues primero hubo monjes que convento. En 23 
de abril de 1563 se puso la primera piedra con toda la solemnidad 
posible, y veinte y un aDos después, la última que fué en lo que 
se llama atrio de los reyes. 

Es famoso el nombre de Juan de Toledo, y aun mas el de Jaao 
de Herrera, su discípulo, arquitectos de la obra. Presentaron sos 
planos al rey, quien los aprobó con algunas pequeñas modificacio- 
nes, pues nada se hizo en el convento que no se sujetase antes «1 
examen y'aprobacíon de este monarca. 



.> 



288 HISTORIA DE FELIPE II. 

4tcho encargo. Mas para erigir un grande y suntuoso mausoleo & 
Carlos V, no faltaban en EspaDa templos magníficos donde pudiera 
estar muy dignamente. No hay necesidad de buscar explicaciones & 



J 



se llama atrio de los reyes. 

Es famoso el nombre de Juan de Toledo, y aun mas el de Juan 
de Herrera, su discípulo, arquitectos de la obra. Presentaron sus 
planos al rey, quien los aprobó con algunas pequeñas modíficado- 
nes, pues nada se hizo en el convento que no se sujetase antes al 
ex&men y aprobación de este monarca. 



CAPITULO XXYL 289 

De ttoa observación oos haremos cargo ahora, ó por mejor de- 
cir, de UD género de impugnación que algunos han hecho á la crea* 
eion de este grandioso monumento. Con las sumas, dicen, que ha 
costado el Escorial, se pudieran haber construido muchísimos cami- 
nos y canales, fertilizado el pais de los alrededores, fomentado la 
agricultura, y acrecer en todo los desarrollos de la industria. Así 
será sin duda, mas si son de gran peso aquestos cargos, se debe- 
rían igualmente hacer á todos los monumentos de las nobles artes, 
erigidos en todas épocas en tantos puntos de la tierra. Se debería 
declamar contra los que mandaron construir las pirámides de Egip- 
to y tantos magníficos objetos del arte en aquella región, cuyos res- 
tos nos sorprenden todavía. Se debería censurar á los romanos tan 
pródigos en la fabricación de templos, de columnas, de estatuas, 
de otros mil objetos de grandeza y elegancia: se debería vituperar 
á los atenienses que en tiempo de Feríeles sacrificaron tan enormes 
sumas para aquel estado tan pequefio, á convertir su ciudad en un 
museo de todo género de preciosidades de las artes: se deberían, 
pues, condenar todas las profesiones, todas las ocupaciones y dis- 
tracciones de los hombres que no tienen por objeto la adquisición ó 
fomento de goces materíales. La proscripción de los arquitectos, de 
los pintores, etc. , se debería extender á los poetas, á los historiado- 
res, á los que cultivan todo género de literatura, y aun á los sabios 
qae hacen descubrímientos sobre materías que no son de una apli- 
cación inmediata y práctica á las necesidades de la vida. Las cosas 
por probar mucho, prueban demasiado; la experíencia y el cono- 
cimiento del hombre demuestran suficientemente que el hombre no 
vive solo de goces y comodidades materiales; que hay placeres de 
imaginación y de la mente; que la contemplación de un objeto gran- 
de de las artes, puede ser mas agradable para muchos que el man- 
jar mas delicado y regalado. Dejemos, pues, cuestiones que hoy día 
son vanas y por consiguiente inútiles. 

El Escoríal es lo que es. Es un hecho su magnificencia, cualquie- 
ra que sea el género á que pertenezca. Pudiera haber sido otra co- 
sa; pudiera otro personaje haber empleado las mismas sumas en 
ana cote de mas utilidad, de mas goces materiales, de mas felicidad 
para las clases pobres é indigentes; mas está ya hecho, y tal cual 
es atraerá Bíempre á los curiosos, y será objeto de agradable con- 
templación, de asombro y de estudio para los*hombres que saben 
lo que son las bellas artes, y aun para el vulgo que no está inicia^ 
do en sus secretos ó misterios. 



290 HISTORIA DE FEUPK II. 

No entraré en la cuestión de cnál es la forma de edificios y orden 
de arquitectura mas propio y adaptable al culto religioso. Guando 
los crístiaoos empezaron á construir templos públicos, adoptaron 
con poca diferencia la forma de los que entonces existían. Algunos 
pasaron del culto de los dioses de la gentilidad al del Dios de los 
cristianos, asi como es hoy en Gonstantinopla mezquita principal la 
antigua basílica de Santa Sofía donde tenían su silla ó por decir me- 
jor su trono sus patriarcas. Grandes y magníficos fueron los tem^ 
píos de la antigüedad. En nada les cedieron los que con el nombre 
de góticos se erigieron en los tiempos que llaman de la Edad media. 

¿Guales son mas propios del culto? Es cuestión de gusto y sobre 
todo del tiempo y de la época. En la de Felipe II había resucitado 
la arquitectura antigua con el nombre de Greco-Romana. Hacia ya 
mas de medio siglo que había llegado á su terminación la grande 
iglesia de San Pedro. La construcción del monasterio del Escorial 
por el gusto gótico hubiera sido un completo anacronismo. La cla- 
se de su arquitectura no era, pues, materia de elección; en cuanto 
á su magnificencia y majestad estaba ya decidida. Dotados de tan 
poca inteligencia en arles, entramos con cierta repugnancia en este 
artículo consagrado al Escorial, sobre cuyo monumento hay además 
noticias tan extensas y tan circunstanciadas. Mas dejar de mencio- 
narle en una historia del reinado de Felipe II, seria mostrar suma 
ignorancia, ó un sentimiento de desden hacia una obra tan magní- 
fica. 

No intentaremos describirla. Su primera impresión sobre todo en 
la parte exterior es de una cosa meramente grande. A proporción 
que se observa y se examina, aparece una obra acabada y magní- 
fica, donde la sencillez compite con la seriedad, con la pureza de las 
formas. En el templo brillan ¡a suntuosidad y gala del arte en su 
mas alta perfección: donde quiera que la vista se fija, encuentra la 
grandeza, la elegancia mas correcta y el lujo á donde pueden ir las 
nobles artes. 

En todo el edificio, en las partes grandes como en las pequefias, 
en lo principal como en lo accesorio, se ve el mismo carácter, gra- 
bado el mismo sello. Es muy difícil examinar con alguna atención, 
vagar por aquella escalera, aquellos claustros, sin que la im&gen 
del fundador llegue á tomar parte en aquellas impresiones. Hay mu- 
chas cosas inanimadas puramente físicas que llevan completamente 
la impresión de las morales. Tal vez serán ilusiones de la fantasía; 



CAPITULO XXVI, Í91 

mas nosotros tao avaros de so lenguaje y mucho mas tratándose de 
historia, no nos parece que nos alejamos de nuestro objeto haciendo 
ver que en el Escorial están identificados el carácter, el genio de 
Felipe, y que su sombra parece que vaga todavía por aquellas bó- 
vedas. 

El Escorial fué para Felipe II la ocupación, el pasatiempo, la dis- 
tracción, las diversiones y placeres. Entre las atenciones del go-* 
biemo y el Escorial, se dividió completamente su existencia. Aquí 
fué como el arquitecto principal y el director de sus trabajos. Le 
veia formarse y crecer piedra por piedra. Guando se lo permitían 
sus ocupaciones era el primer sobrestante de la obra. Que era hom- 
bre de gusto é inteligencia en las artes, lo prueban las mismas obras 
que se construían todas como en su presencia. El arquitecto, el pin* 
tor y el escultor, todos la sentían igualmente. Naturalmente habría 
padecido sus equivocaciones y sido á veces injusto con el mérito 
artístico; mas de estos errores nadie se liberta. Se puede sin em- 
bargo decir de él con muy marcadas excepciones que conoció el 
precio del servicio y fué magnífico en las recompensas. 

La situación de un rey como Felipe II que construía un edificio 
como el Escorial, era sin duda bajo este aspecto afortunada. Su gus- 
to por las artes; su afición á lo grande y lo magnífico, el amorpro* 
pió de monarca, de hombre de poder, sus sentimientos religiosos, 
todo estaba al mismo tiempo satisfecho: todo se enlazaba, se apo- 
yaba y convergía hacia un mismo centro. Los príncipales artistas 
hermoseaban lo que era objeto de su devoción, quizá le daban nue- 
vo pábulo. La casa que según su expresión construía para Dios, 
sin duda le hacía á sus ojos mas grande y mas poderoso. 

Era un espectácalo singular que mientras en Francia, en Alema-^ 
nía, en los Paises-Bajos y en Escocía, se despojaban; se dilapida^ 
ban y hasta se destruían completamente tantos templos, se coñs-^ 
fruyese uno tan grande y tan magnifico en EspaDa. Sin duda ocur- 
rió á Felipe II muchas veces esta idea, y tal vez la de reparador 
en esta época de destrucción, redoblaba su entusiasmo. La fama de 
la construcción del Escoríal era muy grande en Europa en aquel 
tiempo, bajo el aspecto religioso. Bajo el meramente artístico era 
on certamen á donde eran llamados los prí meros genios de aquel 
tiempo. A todos los buscó y acogió Felipe dignamente, los de casa 
como los de fuera. Las mas sencillas construcciones eran obras maes- 
tras, donde lucia la corrección del dibujo, la elegancia de las for- 



tH HISTORIA DI FELIPE 11. 

mas. Los meros estantes de libros, los cajones de la sacristía, la cosa 
mas sencilla llama la atención. ¿T coántos artistas no fueron nece- 
sarios para llenar y enriquecer aquella vasta mole de sos produc- 
ciones? Asi el Escorial era hace poco uno de los primeros museos 
de la Europa. Algo ha desmerecido en estos últimos aDos sobre todo 
en pintura, cuyos cuadros mas preciosos han sido llevados á otra 
parte; mas prescindiendo de esta falta, es un grande y magnífico 
objeto de estudio para cualquiera que esté dotado de imaginación y 
buen gusto. 

Cualquiera que pudiese ser la satisfacción del rey de EspaOa eo 
la construcción del Escorial, debia de hallarse bien neutralizada con 
cuidados, inquietudes y disgustos. Precisamente por aquellos mis- 
mos aDos estallaban las guerras civiles en Francia, se conmovía de 
nuevo Escocia, se traducía en abiertos tumultos el disgusto de los 
Países-Bajos, estaba el mismo rey empefiado en guerras con los 
moros de la costa de África, se preparaba la tempestad que iba k 
descargar su furia sobre Malta, y se presentaban anuncios de la re- 
belión de los moriscos de Granada. Con todos estos negocios, con 
todas estas regiones estaba mas ó menos enlazado el interés del rey 
de Espafia. Es preciso recorrerlas todas para no dejar sin mención 
nada de lo que pertenece á su reinado. 



iyiPÍTüÍ40 XKVIÍ. 



Estado de Francia. — Triunvirato.— Liga Hugonol».— Situación de los dos partidos. — 
ÍTesórdenes en Píiris. — En ías protincias. — Sublevación de algunas. — Se loman 
feíí áfMtt9.-^£bt«A) id lo^ éjéícrtoí.-^Estaífe to gderfá.— Sííící it Kíiafn.*-Muer-' 
tefdfl f dy d^ Narwln.^'^Sifti» de OrleffK.^-^iAesinQtO'dol ioqie An Graisa^-^Bala-' 
lia de Dreux. — Tregua.^.^-Renovacion de bostilidades.-^fiatalla deSau Dionisio y 
muerte del condestable de iMoulmorency. (1561-1568). — Otra tregua. 



No produjo, 00 podia producir el ca!d(|tfid de P^isy, fúsfMa <i4 
SfProxímacfM* cutre 1» doctrinas de k» cattdlfM» y Ic» bagonotes. 
Bra bajo este aifeeto< toa teatativa tao ¡Aúliícoim) ettlefbmcnt) del 
Goidl¿ ea que 86 habiaa ñudadO' tMtad i^ptrumOi^. taoipodo \Mí^ 
bia; introducido m eápirítu de paz ci»l»e anibos pariídcaf, el" decreto 
é» Meraacia que i favor de lo» bugoao4ies acababa^ de expediri^e. 
A k» se^peehas ét mala fe que cada udo abrigaba «ontra su con^* 
fearie^ se #eaDia la^ iototcraacoa que es tao cootUQ ea sectas rivales^ 
j eootmrias^ y á tofifo esto, ef deseo de poder, la^ am bidón de íasü- 
pnsoiacía) qve ]Mt lodos» ao se puede ejercer al tsAsmo tiempo. En 
mía época de nrioorfa están ova» abierta» las puertas á h ambieiojv, 
á 1q& anebatds, que en tíeaupos erdíaarios. La reina Gaialina de Né-« 
dicisi lenia masi astucia en su carácter y energía; los Guijas 00 po-' 
sfsan h misma infloeocia que otras reces, y aornque la ejercíeseñs 
Ib» eosofl habían llegado á pauto en que el rigor no era eficaz, ni 
la iaduigeocía remedie suficiente. Gadia vez se manifestaba con sig« 
nos mas visii94es el odia y te intolerafiíeia qoe animaban á los cató- 

Tomo i. 38 



294 HISTORIA DS FELIPE 11. 

líeos y á los hugonotes. En la masa del pueblo de París, predomi- 
nabao los prímeros. En algunas provincias, sobre todo del Medio- 
día, contaban mas votos los segundos. Eran muy comunes los de- 
nuestos y amenazas con que unos y otros se trataban mutuamente: 
tampoco eran raras las veces que venian á las manos y se exhala- 
ba en violencias su celo religioso. Aquí eran los calvinistas inter- 
rompidos en sus sermones, en sus cenas, en sus cánticos: allí se 
entraba & mano armada en las iglesias, donde se destruían todos 
los objetos del culto y se quebraban las imágenes. Fué profanada 
entre otras la de San Medardo de París, donde dentro de sus mis- 
mos muros se trabó una pelea que duró mas de media hora, con 
mucha efusión de sangre por entrabas partes. En nna congrega- 
ción de calvinistas en Versy, en GhampaDa, entraron á mano ar- 
mada los católicos, y sin respetar edad ni sexo, perecieron mas [de 
sesenta personas por este acto de violencia. La mayor parte de es- 
tas violencias procedían de amenazas, de denuestos, de provocacio* 
nes por algunas de ambas partes. Las corporaciones meramente ci- 
viles como tríbunaies y municípalides participaban de la misma 
animosidad y la dejaban exhalarse en los actos mas comunes. Las 
provocaciones se reproducían por medio de la imprenta. Estaba inun- 
dado de folletos, la mayor parte de orden satírico, y las canciones 
populares en que sobresalen tanto los franceses no daban poco pá- 
bulo al ardor de la polémica. 

En semejante estado de cosas, todos vieron lo inevitable de uoa 
guerra abierta. Solo á las armas tocaba decidir y fallar sobre esta 
gran contienda. Cada uno preparó las suyas y alistó sus faenas. 
Ya hemos dicho que los Guisas penetrados de lo grande del nego- 
cio, disponían medidas de acción y de vigor, y que el condestable 
de Montmorency, renunciando á tpdas sus relaciones con los csItí- 
nistas, se habia reunido francamente á su partido. Los Guisas, el 
condestable de Montmorency y el mariscal de San Andrés, forma- 
ron lo que se conoció después con el nombre de Triunvirato. For- 
maron el proyecto de acabar el calvinismo en Francia por medio de 
las armas, unirse después con los príncipes católicos de Alemania, 
para hacer lo mismo con los protestantes del Imperío. Ya entraban 
en sus cálculos las sumas cuantiosas de que podrían disponer con 
la coo6scacion de los bienes de los señores calvinistas, y por este 
medio auxiliar mas eficazmente á los católicos de Alemania. El plan 
era grande y serío, formado bajo los auspicios y protección del rey 



CAPITULO XXVII. 295 

de Espafia, quien por el órgano de su embajador ofrecia cooperar á 
él por todos medios. 

Por los amafios de este embajador, recibió el Triunvirato un re- 
fuerzo en la persona de Antonio de Borbon Vendóme, y que se ti- 
tulaba rey de Navarra por su matrimonio con Juana de Albret, re- 
presentante de los derechos de sus antiguos reyes. Pertenecía este 
príncipe al partido calvinista; mas cambió por inconstancia de ca- 
rácter, ó mas bien por promesas que se le hablan hecho por el rey 
de EspaDa. Era el grande objeto de su ambición poseer el cetro que 
habían empuDado los ascendientes de su esposa, para lo cual no omi- 
tía paso alguno que en su opinión podía serle conducente. Si no se 
le dio palabra de ceder la Navarra en su favor, se le hizo ver que 
se le indemnizaría con la isla de GerdeDa erigiéndola en reino en fa- 
vor suyo. Mas lo que hubo de singular en e^te cambio de Antonio 
de Borbon, es que mientras se pasaba del bando hugonote al cató* 
lico, se trasladaba su mujer de estas últimas filas á las otras. 

París era el centro, el foco, el gran campo del catolicismo. La 
masa del pueblo aborrecía de muerte á los hugonotes, y en todas 
partes eran estos objeto de opresión y de violencia. Y eran tan enér- 
gicos estos sentimientos, que los que se hallaban al frente de los ne- 
gocios públicos, hallaron en ellos cuantos instrumentos se necesita- 
ban para llevar adelante sus designios. Se trató de armar á los ve- 
cinos mas en estado de servir, y todos los llamados acudieron á la 
bandera con ardor y se equiparon á su costa. Temiéndose un efec- 
to demasiado violento de la efervescencia popular, se mandó que 
todos los calvinistas reconocidos por tales saliesen en veinte y cua- 
tro horas de París, bajo pena de muerte. A los meramente sospe- 
chados de herejía se les previno que se presentasen ante los dele- 
gados del arzobispo de París, y que allí abjurasen sus errores. El 
paríamento y la municipalidad estaban movidos de los mismos sen- 
timientos. Por todas partes se extendían fórmulas de profesión de fe 
católica, y se removia de los cargos públicos á los sospechados de 
otros sentimientos. Se hallaba París tan lleno de entusiasmo, que 
se puede decir que era el pueblo el que imprimía el movimiento. 
Ei condestable de Montmorency mandaba las armas dé la capital y 
de toda la provincia. Una noche que mandó tocar alarma para exa- 
minar el estado de vigilancia de la guardia cívica ó urbana, se ha- 
lló que sin pérdida de instante acudieron todos á su presto. De cin- 
cuenta mil hombres armados se podía disponer en sola una hora 



296 HISTORIA PE FBUPB II. 

al mas pequefio aviso. £q pequeños y graqdes, ea todos era igwA 
el entusiasmo. 

Era el daque de Guisa el ídolo del pueblo de París, que le ««d- 
stderaba como el mas cumplido caballero, el mas valieote capitaa, 
el campeón roas celoso de su culto. Era verdaderamente el jefa, el 
alma, el hombre de mas capacidad, de mas car&cter y energía coa 
que contaba el partido católico, Al frente del Triunvirato, es decir, 
de la liga católica, dirigía verdaderamente el grao movimiento eo-> 
oial dei qae los destioos de la Francia dependiao. Con él «e entea«< 
dian los principales jefes del partido: con él se coasultabao lesgraa*» 
des negocios; & él se dirigían los embajadorea de los prío<»pe8 c»'* 
télicos que promovían é simpatizaban con su causa. Cuanto mas se 
acercaba el momento de una crisis, tanto mafi necesaria y preciosa 
se consideraba su persona. Aunque no manejaba ostenaiblemeotela» 
riendas del Estado, se bailaba la reina regente como abrumada del 
peso de su influencia y de su crédito. 

Entabló entonces la reioa una correspondencia secreta coa el 
principe de Conde, bermano del rey de Navarra y jefe del par* 
(ido opuesto, manifestaodo «entimieotos de benevoleocia y amistad 
á su persooa, y lo agradecida que le estaba por su lealtad bicia la 
del rey que siempre conservaba» Respondió Coadéqueel oMjjorno** 
do de no comfNrometer la autoridad 4el rey, era queso pasase con 
él á sa partido como el solo que estaba animado verdaderamente <}« 
leales sentimientos; mas este era también un extremo qae 4 la m-* 
na repugnaba. No quería echarse eo bracos de no partido, sino 4o-> 
minarlos i todos, lo que era imposible en aquellas circonstaQiñaa. 
Para salir da este apuro, y por consejo del mismo principe de Coo" 
dé, se salió de París y se retiró 4 Melón, llev&ndose consigo i am 
hijo, pareciéndole con este paso, manifestar que no tomaba parto en 
las violencias de los partidos. El ejército de los Guisas acaoapaba 
en las inmediaciones de París, mientras el príncipe de Conde rawkié 
sus fuerzas para entrar en la capital á mano armada. 

Se resintió el pueblo de París de la partida de la reina y del mo- 
narca, y le envió una diputación di^iéndola que su verdadero «oUo 
era el seno de la capital, y ponerse á la cabeza de los católicos ar* 
dientes. La reioa pera manifestar que no tenia miedo k nieg^ao do 
los dos partidos se marchó i, Fontaiaebleaa con objeto do aguardar 
allí las proposiciones que los dos le hiciesen. Coodé le ofreoiii tomaf 
á Órlenos, y que allí se estaUeceria el centro del ^obiomn; mon- 



CAPITULO XXVII. t07 

tras «1 rey de Navarra la iaslaba á qae volviese á París, dcHide le 
mm restituidas Jas ríeodas del gobieroo. Mientras vacilaba Cata*» 
iíoa, se presentó este último prfoeipe de repeaie eü Footainebleau, 
y la obligó á segiHe á Paris eo oompafiia de so bijo« Á los dos dias 
de viaje se apearon ea el Loovre, y desde eotODces se vio Catalina 
k merced de la facción ciUiHica, defiendiente en un todo de so im-* 
paisa. 

La guerra iba á encenderse, y los campos estaban completanen* 
(e divididos. Se bailaban eo el católico el rey de Navarra, los Gui^ 
Ms, el condestable de M4Hitmorency, el mariscal de San Andrés. En 
el hugonote figuraban el príncipe de Conde, el almirante Coligny, 
8Q hermano Andaiet y el sefior de la Roobefoneanld. Bra el duque 
de Guisa el director, el alma del primero: la misma importancia 
ejercía el almirante en el segundo. 

No se durmieron los calvinistas mientras tan hostiles se les irnos-* 
traban les contrarios. Al ten^ noticia del Triunvirato y liga católi- 
oi, la denQociaron al público, y formaron una confederación bu** 
gonola en cMtraposicion á la primera. Se establecieron sus bases 
eo un manifiesto que dieron al público, pues en ninguna época kM 
partíaos que agitar poeden un pais, hicieron mas usodelaimpreata. 
Manifestaron los hugonotes que se ligaban y armaban para libertar 
al r«y y á la reina que estaban en el poder 7 servían de instnim£A* 
les de venganza á sus implacables enemigos, que no permitif iaa en 
m campo ai crímenes, ni vicios, ni impiedades de ninguna especie; 
que nombraban por su general al principe de Conde como el pri** 
m^o de la sangre real después de Antonio de Navarra que estaba 
á la cabeza de sus enemigas; qne no dejarían las anbaí de la mano 
hasta poner en libertad al rey y á la reina, y as^urar para siam«* 
pre la libertad de conciencia para los de la reíorma« 

Se acompasó este manifiesto de un sinnúmero de firmas y seos*- 
fiarció profusamente en todas direcciones. Conde le remiUé á Ja so«- 
bleza, & loe príncipes luteranos del imperio, á la reina Isabel de la^ 
glaterra, á todas lae personas de fuera del reino que podían ieaer 
ttmpatías por su causa. El almirante Colsgoy que estaba eo corres^ 
pendencia can 2,150 iglesias protestantes les dirigió ttttbieB el ma* 
nifiesto. CalWoo, Teodoro Beza y los demás apestóles calvUiisias 
exhortaban & los ministros; los ministros al pueble. En todos se di- 
fiífldia el entusiasmo y el fuego de la guerra que lomaba el color de 
religiosa. 



298 UlbTOBIA DB F£UP£ II. 

A estas maDÍfestacioaes acompaDaban profesiones de fe en que se 
osteotaban principios del mas puro cristianismo. Se veneraba el 
Evangelio, se adoptaban todos los dogmas que setenian como de fe 
en los primitivos tiempos de la Iglesia. Se respetaban y acataban 
los pastores y ministros que distribuían á los fieles el pan de vida 
y el de la palabra; rechazaban como una profanación la autoridad 
del papa; admitían la cena del SeDor en un sentido verdadero; se 
manifestaban amigos de la paz, enemigos de la efusión de sangre y 
toda clase de desórdenes. Tenian un grande interés los calvinistas 
de Francia de purgarse de la acusación que les hacían los luteranos 
de Alemania de tener puntos de contacto con los anabaptistas. 

Todo estaba en movimiento. La reina Isabel de Inglaterra no po- 
día mostrarse fría espectadora de la lucha. Diferia en mucho la or- 
ganización de la iglesia anglicana á cuyo frente se babia puesto, de 
la calvinista; mas los Guisas, los principales católicos que los favo- 
recían, eran sus implacables enemigos. En el principe de Condeno 
podía menos de ver un aliado natural, y bajo este concepto, ajusté 
con él nn tratado prometiéndole dinero y gente que le mandó en 
efecto. 

Por la misma razón se dirigió el Triunvirato al rey de EspaSa, 
tan interesado en el triunfo de su causa, pidiéndole soc-orro y que 
enviase á su frente al duque de Alba, debiendo de entrar por la par- 
te de Bayona. También se le pedia que hiciese saber á la reina de 
Inglaterra que cuantos socorros diese á los calvinistas de Francia, 
se considerarían como actos de hostilidad á su persona. 

Se dirigía Conde con especialidad á los nobles del Mediodía sobre 
todo á los de Bearne, donde el calvinismo había echado mas raices 
desde los principios. Es un hecho que era mayor el número de los 
nobles de su parcialidad que de la contraría, sea por esta misma 
causa, por el odio que inspirase el Triunvirato, ó por los odios an- 
tiguos que se conservaban hacia la corte que los había despojado 
de tantos privilegios. También es un hecho que los hugonotes co- 
menzaron á bullir antes que se moviesen los católicos. Los princi- 
pales jefes tomaban el titulo de jefe del ejércitOy alzado en el [remo 
en favor del rey y de la religión y bajo la autoridad del principe de 
Condé^ protector y defensor de la corona y casa de Pranda. 

Impuso mucho al Triunvirato el aspecto hostil y medidas de de- 
fensa y ataque adoptadas por. los hugonotes. Antonio de Navarra 
volvió á dar síntomas de su carácter vacilante. Entró en algún cai- 



CAPITULO XXVll. 10& 

dado el mismo daqve de Guisa, tao resuello campeón de su partido, 
é indujo á la reina á que renovase el edicto de tolerancia del culto 
calvinista, con excepción de París y sus alrededores. Mas el princi- 
pe de Conde manifestó que no pedia hacer caso ni dar crédito á nin- 
gún decreto emanado del rey, mientras no estuviese libre su per-* 
spoa. 

El aspecto de las hostilidades que se iban á romper arredraban 
sin duda alas personas moderadas de los dos partidos. U reina ne-» 
gociaba y ponia en juego los intereses y sentimientos de familia. An- 
tonio de Navarra era hermano del príncipe de Conde: el condesta* 
ble de Montmorency era tio del almirante. Hubo pues de parte á 
parte mensajes, negociaciones; se celebraron hasta entrevistas; mas 
todo fué inútil, y esto por dos causas: primera, que estaban todos 
de muy mala fe y eran objeto de sospechas mutuas: segunda, que 
la parte exaltada, que constituía la masa de los dos partidos, no 
quería convenir ; unos porque veian en la guerra un cebo de am-* 
bicion y de codicia; otros por mero espírítu de fanatismo é intole* 
rancia religiosa. Una gran porción de extranjeros, sobre todo sui- 
zos y alemanes aventureros, soldados de fortuna, habían acudido 
sin distinción á las filas de uno y otro bando, y eran de los que mas 
rechazaban la idea de haber hecho un viaje tan inútilmente. 

La masa popular de París no queria composición de clase alguna 
y se tomaban cuantas precauciones militares eran necesarias. Se 
aumentaba la guardia cívica. Se preparaban cadenas para tender 
por las calles en caso de aproximación del enemigo. El parlamento 
apoyaba y fomentaba estos arrebatos de entusiasmo. Llegó el mo-* 
mentó de dar por inútil la via de negociación, y se encendió la 
guerra: declaró el parlamento de París rebeldes y traidores hacia 
el rey, á los calvinistas que con las armas en la mano desconocian 
so autoridad manifestada por el órgano de su madre la reina regen- 
te. Respondieron los hugonotes á esta declaración con otra, tratán- 
doles de que tenian encadenada la voluntad del rey y de la reina. 
Porque en esta grande época de discusión y controversia todo eran 
manifiestos y acriminaciones mutuas de injusticias, opresiones y 
crueldades que además de consignarse á la imprenta, tamlnen se 
exponian en pinturas y manifiestos grabados. 

Cuando estalló la guerra se hallaban preponderantes los hugo-* 
notes en varias provincias sobre todo las del Mediodia. Tenian á su 
devoción las ciudades de Blois, Angers, Saumor, Mans, PoitierSi 



300 HISTORIA Dft PRLl^e II. 

Doiirg«s, Nearux, Rheíms, S;ob, Ghakw^ Ofleans, el Hsvk ¿e 6» 
eh, V«}0D€ia f MontalbA». 

Témd a<}tt«)la guerra el carácter de eDoamiíamiealo y de fer^ 
cidad que se eocuieDtran ea las relígions; en \9» laohaa de aquel 
tienipo se reuovaroo con frecueDcia. Nccooocferoa fyeno algnoa leí 
hugonotes en el pillaje de las iglesias católicas, en la destrucMM 
de las inágenes y cuanta ao pocUa ser objeto de codicia. Hasta los 
sepulcro inisdms fueron profanados. No tes ítmn ea zaga los catáti-' 
eos en castigos, en suplicios q«e imponían ái cuantos hugmotes eak» 
» sus manos. Nunca es mas fetoz el hmnke com» cuando cuim 
ks crueldades con o» ?elo re^igiese, y se dice vengador é» la áé-* 
dad q«0 está^ ofendida. 

Monüve^ y el barón de Ardrete, e) príniere del partié» catóKev, 
y de los hugonotes el> segundo, se dísfrnguieroi» h tin> tiempo por 
SW5 atroeidftdes, hasta el punto de considerarse nis^ personas 0OOM 
representantes de las pasiones de su bando respectiva. Y de estis 
atrecidaées se gloriaban, presentándolas ceme^ basadas de su ceid 
religioso. Se presentaba e( pnfmem acompañado siempre de 4es 
verdugos que se llamaban sus lacayos, daban los suyos al segundo 
ei nombre de Taro porque con sus astas embestía y d^espedamba 
cuanto se le ponia por delante. 

Además^ de k)S aventureros extranjeros de que hemos bufbfado, 
eneraban tropas armadas en favor de uno y otro bando. Se movíe^ 
ron por lo frontera de Italia seis mil hombres entre italianos y e9^ 
pañoles q«e enviaba el derque de Mrlan por díspesiefon d^í rey de 
de Espafia. Habia declarado el nuevo papa Pió V religiosa aqaeNt 
guerra, consi(ferando á los hugonotes bajo el mismo aspecto que 
los am ligues albigenses. 

La reina regente se manifestaba entonces muy adicta al partido^ 
catMícOf sea de corazón, sea ittputeada por la necesidad, 6 por la 
idea política qtve mas le dominaba en aquellas circunstancias. Ef 
duque dfe Guisa con la declaración de la guerra se hallaba con)t> ed^ 
su elemento. Gomo el ahna, como la cabeza y hasta el brazo dere^ 
cfao de su parcialidad, se le consideraba y respetaba. 

Su primera operación fué sobre Normandía, con objeto de opo-* 
nerse de mas cerca al desembarco de las tropas que enviaba hr 
reina de Inglaterra. Emprendió con las suyas el sitio de Rúan donde 
entró con alguna resistencia, baeiéodose gran matanza en sus de- 
fensores y vecinos, y en cuantos eran acusadas de hugonotes'. Ea 



cAi^rruLo xxvw. 801 

misma reina regente asistió al sitio y á la toma de la plaza. Murió 
delante de sus muros de un balazo de arcabuz, Antonio de Borbon, 
rey de Navarra, personaje de poco mérito y que no fué sentido de 
ninguno de los partidos. Dejó este principe por sucesor á su hijo 
Enrique, príncipe de Bearne, que tomó el titulo de rey de Navarra 
y fué con el tiempo el famoso Enrique lY, primer monarca de la 
casa de Borbon que reinó en Francia. 

Los protestantes perdieron en seguida á Blois, y el príncipe de 
Gondé creyó poder reparar esta pérdida acercándose con su ejército 
á París, mas sin efecto. Tomar la pla¿a á fuerza de armas era un 
imposible; intimidarla^ uoa quimera. Estaban los parisienses de- 
masiado entusiasmados á favor de su partido para que les impu- 
siese la presencia del jefe de los hugonotes. Al contrarío, se rieron 
de lo que llamaban su fanfarronada, y le manifestaron que le mira- 
ban con desprecio. 

Cada uno de los dos partidos recibió refuerzos extranjeros de 
hombres y dinero. En vano los hombres moderados de los dos ten- 
taron nuevas vías de negociación: los violentos y exaltados que 
eran los mas, arrastraban á los menos. Prevalecía en muchos el 
sentimiento y aun el horror á una discordia que impelía al her- 
mano á derramar la sangre del hermano: los mas se dejaban arras* 
trar por este instinto brutal de sangre y de venganza, consecuen- 
cia natural del fanatismo religioso. En las llanuras de Dreux se dio 
entre los dos partidos una batalla sangrienta y encarnizada que 
doró ocho horas, mostrándose por entrambos el mayor denuedo. 
Quedaron en ella prisioneros el condestable de Montmorency, el 
daqae de Nevers y el mariscal de San Andrés de los católicos, y 
el príncipe de Gondé de los contrarios. En la opinión común quedó 
la victoria á favor de los católicos; mas el hecho es que fué cele- 
brado al mismo tiempo que en Paris, en Orleans, que se conside- 
raba como la corte de los hugonotes. 

Cualquiera que hubiese sido el partido vencedor, no fué la de 
Dreox una batalla decisiva. En lugar de preparar la paz, fué un 
motivo de encender mas la guerra. El duque de Guisa que era del 
partido extremo, viéndose sin la concurrencia del rey de Navarra y 
del Condestable, se hizo omnipotente y dominó como quiso los con- 
sejos de la reina. En el campo calvinista á falta del principe de 
Conde que era moderado, quedó el mando en Coliogy y en Ande* 

Tomo i. 39 



302 HISTORIA DB FELIPE II. 

lot, del partido de Ginebra, que con nada se contentaban si no que- 
daban del todo dominantes. 

Fué recibido el daque de Guisa en París como un vencedor en 
triunfo, con repique de campanas, salvas de artillería, rodeado de 
la muchedumbre frenética de que era el ídolo, que sus proezas en- 
salzaban. Quedó como abrumada la reina Catalina bajo el ascen- 
diente de su preponderancia. Llegó á pediríe el duque de Guisa una 
patente de mariscal de Francia con el nombre en blanco para lle- 
narle con el de la persona que mejor le pareciese, con otros mas de 
dignidades inferiores. Con el duque de Guisa se entendía todo el 
mundo, y en especialidad los embajadores de los príncipes católi- 
cos, que se interesaban y protegían su partido. 

El duque de Guisa marchó poco después á Orleans á poner el si- 
tio de esta plaza. Delante de sus muros le aguardaba el puDal de 
un asesino que le hiríó por la espalda mientras se hallaba el de 
Guisa ocupado en expugnar sus arrabales. Pasaba Juan Poltrón 
por pertenecer á la servidumbre del almirante de Coligny, y aun 
acusó á este de haber inflamado el fanatismo del asesino por medio 
de agentes que le presentaron la acción como la mas grande y me- 
ritoria. 

£1 golpe fué mortal; mas el duque no espiró hasta al cabo de 
tres dias que empleó en tomar disposiciones, hacer su testamento, 
y prepararse á la muerte como buen cristiano. 

Fué este asesinato como un trueno para su partido; aun el con- 
trario quedó como asombrado. Se levantó inmediatamente el sitio 
de Oríeans, y quedaron como suspendidas y paralizadas las hostili- 
dades. 

Recibió París con un duelo universal los restos del que pocos 
dias antes habia sido objeto de tanto regocijo y entusiasmo. Se cu- 
brieron de negro todas las iglesias, todas las corporaciones y co- 
munidades salieron á recibir su cadáver, y con toda la pompa ima- 
ginable en tales casos fué acompañado á la catedral el carro fúne- 
bre en todos los templos de la capital. A un mismo tiempo se cele- 
braron sus exequias. Era Francisco duque de Guisa un gran perso- 
naje, como capitán, como político, sobre todo como hombre de 
partido. Nació sin duda para la revolución y convulsiones en que 
hizo un papel tan distinguido- Sin su carácter dominante, sos gran- 
des aspiraciones y energía acaso no hubiesen llegado las cosas tan 
á los extremos; y si las revueltas políticas se encendieron eco el 



CAPITULO xxvu. 303 

tiempo coD UD furor nuevo, fué tal vez porque dejó un hijo here-^ 
dero de su audacia y de su genio . 

Por el pronto se presentó su muerte como un medio de negocia- 
ción para el partido moderado. Era ya un obstáculo menos para 
llegar al objeto que tanto apetecía. No era difícil traer á un punto 
de conciliación al condestable de Montmorency y al príncipe de 
Conde que se hallaban prisioneros. Se les puso en libertad, para 
atender mejor á las negociaciones. El grande objeto á que se aspiraba 
era la reconciliación de la familia de los Guisas con la del almiran- 
te; mas se oponía & ello el proceso que se seguía en el parlamento 
de París, sobre el asesinato del duque, en que resultaba objeto de 
acusaciones el segundo. Al fin se vencieron mil dificultades; y en 
mayo de 1563 se publicó una tregua en que los dos partidos de- 
ponían las armas, en que se declaraba & todos buenos franceses, 
igualmente leales servidores del rey, y se renovaba el edicto de to- 
lerancia del culto calvinista. 

Había sido la reina el agente y resorte principal de todas estas 
transacciones. Con una mano halagaba á Conde, á Coligny y á los 
de su partido, y con la otra & los huérfanos de Guisa. Para dar 
estabilidad á los negocios y quitar pretextos de ambición á las fac« 
cienes, se habia creído un gran expediente declarar al rey mayor, 
apenas entrado en catorce aOos. Mas habia echado el mal raices 
demasiado profundas, para que se le curase con semejantes palia- 
tivos. 

Procedía mas bien la tregua de cansancio y de horror & la guerra 

qae del verdadero sentimiento de paz y de concordia. La mas mala 

fe reinaba por entrambas partes. Ni los hugonotes podían ser objeto 

de amistad para la corte, ni sus jefes mirar sin desconfianza á los 

que se mostraban tan condescendientes tan solo por la fuerza de 

las circunstancias. El proceso seguido en el parlamento sobre el 

asesinato del duque de Guisa, llegó á sobreseerse después de dife- 

reotes altercados; mas Coligny era hombre del partido extremo, y 

el duque de Guisa había dejado hijos que se le parecían . Era por 

otra parte un error el pensar que la reconciliación de las cabezas 

de partido produciría concordia entre las masas. No habia llegado 

el tiempo de bastante ilustración para que pudiesen existir unidas 

dos religiones de una misma creencia, siendo de un carácter de 

caito tan diverso. Se mostraban los católicos de París intolerantes 

y enemigos encarnizados de los hugonotes como nunca. Los calvi- 



304 HISTOBIA DB FELIPE 11. 

Distas les pagaban hasta con usura la aDímosídad, y como sabían 
que eran los menos, estaban trabajados de inquietudes y temores 
de verse un día víctimas de alguna traición ó golpe imprevisto por 
parte de sus enemigos. El príncipe de Conde y Coligny recibían á 
cada momento noticias de sus secretos planes de exterminio. La in- 
tolerancia religiosa, los agravios recibidos, los odios de partido, 
todo contribuía á hacer la paz y tregua de menos seguridad que la 
hostilidad abierta. El partido moderado procedía con la mayor cir- 
cunspección para evitar una ruptura, mas esto mismo probaba lo 
eminente que era. A las autoridades de los pueblos donde los hu-- 
gonotes dominaban se les prescribía que se observasen en toda su 
plenitud los tratados existentes y el decreto relativo k tolerancia: 
donde eran los menos, se mandaba se procediese con la mayor cir- 
cunspección por no ofender la susceptibilidad de los católicos, por 
no provocar actos de violencia. 

La reina Catalina tan activa y hábil en neutralizar mutuamente 
las facciones á fin de no ser dominada por ninguna, que se vela li- 
bre del crédito de un hombre tan poderoso como Guisa, natural- 
mente propendía á inutilizar en todo lo posible la influencia del prín- 
cipe de Conde, del almirante y sus amigos. Y por mucho que S6 
quiera suponer que se movia por motivos puramente mundanos y 
políticos, algo hay que atribuir á sus creencias religiosas. La re- 
gente era católica, sobrina de un pontífice, y en un equilibrio de 
otros intereses debía de inclinarse á trabajar en la destruccioD del 
calvinismo. El rey de EspaOa, el papa, los príncipes católicos tra- 
bajaban de consuno en esta grande obra de la extirpación de la he- 
rejía, y para Felipe II fué el gran negocio detodasuexísteacia. Ya 
hemos hablado del viaje & Bayona de la reina y del rey de Francia 
con objeto de tener una entrevista allí con la corte de España. Hizo 
el mismo viaje la reina Isabel, y aunque Felipe no pudo acompa- 
fiarla, envió al duque de Alba quien llevaba comisión de hacer sus 
veces. 

La conferencia tenia un objeto político y nadie lo ignoraba. El 
grande objeto era tratar de los medios de echar abajo el caívioismo. 
El rey Carlos IX se le mostraba muy contrario. Catalina se habia 
echado en brazos del partido católico, y estaba muy agriada por al- 
gunos libelos de que había sido objeto por parte de los calvíDistas. 
En el viaje habia hecho muchas observaciones sobre el estado del 
país, y tomado medidas indirectas para disminuir las fuerzas dda« 



CAPITULO XXVII. 305 

(eriales y morales de los disidentes. Por donde pasaba la corte se 
sQspendian las predicaciones de los calvinistas, y en ninguna parte 
dejaba el rey de manifestar £iu horror al ver las croces derribadas, 
imágenes motiladas, y demás signos de devastación religiosa por 
parte de los calvinistas. 

El carácter de este joven prÍQcipe, apenas salido de la infoncia, 
se desarrollaba de un modo fatal para el partido calvinista. Lamas 
fuerte antipatía se manifestaba en todas sus palabras y hasta en los 
gestos mas insignificantes de lá impaciencia con que sufría el decre-- 
to de la tolerancia actual de que gozaban. Al rey Felipe II mostra- 
ba la mas grande deferencia, y de todos sus actos y pasos le daba 
la mas exacta cuenta. Sin su madre y el partido moderado del con- 
sejo que sofiaba siempre con una amalgama de las dos facciones, 
DO hubiese guardado consideración ninguna con los calvinistas. 

Fueron estos los consejos que dio el duque de Alba en las con- 
ferencias de Bayona. No andarse en contemplaciones ni en tratados 
con los hugonotes: acabar con ellos á toda costa aunque valiéndose 
del exterminio. Los consejos que daba en Bayona, eran los mismos 
que iba á practicar en los Paises-Bajos. £ra la opinión de todos los 
católicos celosos, la del pontífice, la del rey de Espafia, de cuantos 
veían en los herejes los enemigos de Dios y de los tronos. 

A la reina de Francia pareció muy violento y sobre todo suma- 
mente peligroso este medio expedito de que hablaba el duque de 
Alba. Los calvinistas permanecían organizados y armados como en 
tiempo de la guerra. La misma suspicacia en que vivian con res- 
pecto á las intenciones de la corte redoblaba su cuidado y vigilan- 
cia. A las conferencias de Bayona habían dado toda su importancia; 
y los consejos del duque de Alba se los suponían. El príncipe de 
Conde á quien acusaba de flojo su partido y hasta de connivencia 
en los designios de la corte, se habia vuelto á poner al frente de 
los suyos, y representaba sus intereses en cuantas ocasiones se ofre- 
cian. Goligny, á quien llamaban el papa de los calvinistas, su her- 
mano Andelot y los demás jefes, removían y se preparaban para 
naevas luchas. La imprenta producía libelos y sátiras de acusacio- 
nes y recriminaciones por una y otra parte, y la reina tatalina no 
era la que se llevaba la menor parte en estas producciones de cen- 
sura. 

El partido moderado trabajaba con mejores intenciones quedefi- 
oitívos resultados. En el mismo aoto de íareooncüiacionquepudíe- 



306 uisToau be feupe ii. 

roQ conseguir entre el cardenal de Lorena y el almirante de Coli- 
gny, no quiso dar á este la mano el hijo primogénito del. duque de 
Guisa. AI salir de la asamblea dijo al almirante el duque d' Auma- 
le otro de los hijos: «¡Coligny! En nada de lo que acaba de pasar 
he tomado parte alguna; te desafio á ti y á los tuyos por el asesi- 
nato de mi padre, o 

Por ambos lados se preparaban á una ruptura de hostilidades. 
Los católicos se organizaban en cofradías en defensa de la religión 
contra los ataques de los calvinistas. En París revivía la antigua 
exaltación y espíritu de intolerancia de que se habian dado ejemplos 
tan terribles. Cada dia se daba algún decreto que restringía mas ó 
menos las concesiones anteriores hechas & los hugonotes. Se hacían 
venir de los cantones católicos suizos 6,000 hombres; y las tropas 
del duque de Alba, que á la sazón se dirigía á los Países-Bajos cos- 
teando la Francia, se presentaban en la opinión como instrumentos 
de los designios de la corte ó mas bien del rey de Espafia, quien 
pasaba en la opinión, por director y dueSo de los consejos del de 
Francia. 

Los calvinistas creyeron en estas circunstancias que no había un 
momento que perder, y por vía de precaución tomaron las armas 
los primeros. Los nobles dejaron sus castillos y se pusieron en ac- 
titud hostil antes que la corte tuviese noticia de sus disposiciones; 
tal era el secreto que en sus actos presidia. Su proyecto fué el que 
tuvieron en el principio de estas turbulencias cuando la conjuración 
de Amboise; apoderarse de la persona del rey y llevársela á su cam- 
po. La corte se hallaba entonces en Monceaux sin tener la menor 
sospecha del designio. Mas al saberse que se 'acercaba el príncipe 
de Conde á la cabeza de cuatrocientos caballos, se determinó tomar 
inmediatamente el camino de París, pues en ninguna parte podía 
estar el rey mas al abrígo de los hugonotes. Se pusieron en efecto 
inmediatamente en marcha, mas como el príncipe seguia la pista, 
se acogieron en Meaux los suizos recién llegados, quienes for- 
mando el cuadro colocaron en medio & la corte y la condujeron con 
toda segundad á París, sin que el príncipe de Conde se atreviese á 
hacer ninguna tentativa. 

La guerra estaba declarada, y se había vuelto á apelar al fallo 
de las armas. La campaSa fué muy breve y no produjo mas que 
una batalla; la de San Dionisio, á dos leguas de París, también per- 
dida por los calvinistas. Terminó en ella su larga vida de mas de 



CAPITULO xxvii. 30*7 

80 afios el condestable de Montrnorency, hombre muy leal eo el 
par tfdo católico, por principios y carácter; mas no de grande in- 
fluencia en los negocios de la corte. Gomo capitán, no dejó gran fa- 
ma, mas sí como soldado valiente y experimentado. Era ya dema- 
siado viejo para aquella época de violencias en que se necesitaba de 
impetuosidad y de tanta dosis de energía. En la corte no faé muy 
sentido; en prueba de lo cual atribuyen á la reina regente el dicho 
de que tenia que dar gracias al cielo por dos cosas: la primera, por- 
que Montmorency habia vengado al rey de sus enemigos: la segun- 
da, porque los enemigos la habian libertado de Montmorency. Mas 
pasa este dicho por apócrifo. 

Las tropas calvinistas se retiraron hacia la frontera de Alemania, 
con objeto de recibir los refuerzos que de aquellos países aguarda- 
ban. Legaron en efecto, mas su primer paso fué pedir el pago de lo 
que se les debia. La caja del ejército hugonote estaba exhausta; 
mas lo que solo se ve en guerras de esta clase, todos los individuos 
sin exceptuar clase alguna, hasta los ínfimos sirvientes, escotaron 
para satisfacer el pago de los alemanes. 

Mas la reina habia vuelto á sus sentimientos pacíficos, y la idea 
de los horrores de la guerra la asustó de nuevo. Para impedir que 
los soldados alemanes pasasen adelante, se trasladó ella misma al 
mismo campo de los calvinistas y volvió á abrir el campo de las 
negociaciones. Se ajustó entre unos y otros nueva tregua. Se rati- 
ficó otra vez el edicto de tolerancia, y se concedió & los hugonotes 
lo que pretendieron; mas sin mas garantías que las palabras del 
tratado. Es incomprensible que los calvinistas tan suspicaces, que 
habian tomado las armas los primeros, se retirasen ahora cada uno 
á su casa de un modo tan tranquilo. Mas sin dudase creían los mas 
débiles. No era el amor de la paz; era el cansancio, la imposibili- 
dad de hacer la guerra, el alma de estos tratados y avenencias. 



'« if 



CáPÍTtítO XXVÍlí. 



Estado (le Inglaterra.— De escocía. —Maria Estuarda.— Su matrimonio con Enriqutí 
Damley.— tevid Rizzio.— Asesinato de este.— Asesinato de Enrique Darnley.— 
BothwelL— Rapto de la reina por BothwelL— Se casan.— Insurrección.— Vencida 
la reina. — Su vuelta á Edimburgo.— Su cautiverio y destronamiento. — Se escapa. 
—Vuelta á ser vencida.— Toma asilo en Inglaterra. 



Se hallaba & la sazoD en un estado de tranqoilidad Inglaterra, 
gobernada por Isabel con casi tanto despotismo como por Eori- 
qae VIII , mas con mayor inteligencia. Organizadora de so nneva 
iglesia, del que era el jefe y la cabeza, también se mostraba celosa 
de su preponderancia y hasta perseguidora de los que se noiovian 
fuera de su gremio. Mas conocia demasiado la tendencia del partido 
católico de su pais, y sus relaciones con los príncipes de su creen- 
cia para no fomentar las disensiones que promovían las controver- 
sias religiosas. Asi protegía con armas y dinero á los calvinistas de 
Francia, aunque no participaba de sus opiniones , y con el tiempo 
extendió la misma mano auxiliadora de los Paises-Bajos. Sabia que 
los príncipes de la liga católica la aborrecían de muerte : era natu- 
ral que por derecho de defensa propia los tratase de hostilizar por 
cuantos medios se hallaban en sus manos. 

La misma era su política en Escocia. Aquí, además de sus inte- 
reses c«mo reina , mediaba un sentimiento personal , que era el de 
su rivalidad con María Estuarda. No se borraba de su memoria que 
esta princesa no solamente se consideraba como su heredera , sino 



CAPÍTULO XXVIII. 309 

que ^abia querido suplantarla. Bajo muchos titules era objeto de 
su aversioD, y no dejaba de aprovecharse de cuantos medios se le 
podían ofrecer de hacerle dafio. El odio de las dos reinas era mu- 
tuo; mas en la época & que aludimos vivían ambas en la mejor in- 
teligencia, al menos aparente. La de Escocia habia quitado de sus 
armas los blasones de Inglaterra , é Isabel parecía haber dado al 
olvido de sus agravios. 

La situación de la reina de Escocia era singular y acaso única« 
Nacida y criada en la religión católica, educada por los Guisas , de 
cuyas máximas participaba, iniciada en todos los planes de acabar 
con la herejía, gobernaba un pais donde la misa que mandaba decir 
en su oratorio era objeto de censura y hasta de esc&ndalo. Y no 
solamente se declamaba contra su religión de lo alto de los pulpi- 
tos, sino que los ministros mas celosos creían de su deber el pasar 
& su palacio á convertirla. Diferentes conferencias tuvo sobre el 
particular con el célebre Juan Knox, quien no ahorraba ni lo vehe- 
mente de la exhortación ni lo duro de las expresiones. Mas la reina 
se mostraba indócil, y no cambió de religión á pesar del celo de 
tantos misioneros ; desaire que no le perdonaron nunca, y que in- 
fluyó en sus destinos mucho mas de lo que ella misma imaginaba. 
Era inaugurar su reinado de una manera extraordinaria, y aun-* 
que sin duda no le faltaba capacidad en materias de gobierno , se 
podía presagiar las veces que en mar tan borrascoso perdería sus 
rumbos. Sus mismas cualidades personales presentaban un grande 
embarazo para gobernar un pais que se hallaba en aquellas cir- 
cunstancias. Todos los historiadores de aquel tiempo están acordes 
en dar grandes elogios á su hermosura, á su gracia, á las brillantes 
prendas que la distinguían, á su gusto por la literatura de su tiem- 
po, por las nobles artes , sobre todo por la música , y hasta á los 
dotes de su entendimiento. Se concibe cuántos disgustos la dieron 
alguna de estas cualidades, sobre todo en sus verdes afios , las ri- 
validades á que darían lugar , no siendo la menos peligrosa la que 
excitaba sin duda en el corazón de la reina su vecina. 4 

Viada María en la flor de su juventud, natural era que pensase 
en contraer segundas nupcias. A pesar de las intrigas de Isabel que 
aparentó tomar grande interés en el asunto, y que indicaba varios 
novios con el designio de que María se quedase sin ninguno, se fijó 
esta en la persona de Enrique Darnley de su misma edad y familia, 
paes descendía de una rama colateral de los Estuardos. Fué este 

Tomo i. 40 



310 HISTORU D& F£L1P£ 11. 

enlace sumamente desgraciado, y el primer eslabón de todos Igs in- 
fortunios de María. Era Enrique tan hermoso y agraciado de figu- 
ra, como falto de capacidad y buen carácter. La reina le colmaba 
de bondades, y se habia esforzado todo lo posible para adornar su 
título de rey que habia adquirido por su matrimonio de todo el es^ 
plendor que le hiciera respetable. Mas sea que el príncipe tuviese 
esto por insuficiente, sea que aspirase á manejar las riendas del es* 
tado, sea por efecto de su mal carácter, se mostró ingrato á las 
atenciones de la reina, y no la trataba con aquellas atenciones y ob- 
sequio que su superior rango requería. María era de carácter bas- 
tante fuerte para tolerarlo con dulzura, y como sucede en seme- 
jantes casos subió de punto la amargura del resentimiento mutuo, 
por faltar la prudencia de ambas partes; hubo momentos de recon- 
ciliación y vuelta de ternura; mas el mal carácter de Damley, alli- 
vo, presuntuoso, prevalecía siempre en tales altercados. La reina 
era reina, y al fin se cansó de la sociedad de un hombre que ni le 
mostraba cariño como á mujer, ni respeto como á reina. 

Tal vez habria mas causas para esta clase de ruptura. Es impo- 
sible penetrar ni registrar bien el laberinto de intrigas, de chismes, 
de embustes que por lo regular pululan en las cortes. El marido 
era de poco entendimiento, suspicaz, violento; la mujer era reina, 
llena de gracias y hermosura, no muy reservada en las palabras ni 
circunspecta en obras que se podían traducir siniestramente. 
Darnley que se veía privado de su confianza, que no estaba ya en 
su intimidad, concibió sospechas de tener un rival, y estas recaye- 
ron en un extranjero llamado David Rizzio. 

Era este David Rizzio un italiano que habia llevado en su comi- 
tiva un embajador á Escocia. Poseía entre otras habilidades la de 
buen músico, y en esta capacidad se había hecho distinguir eo al- 
gunos conciertos dados á presencia de María. Habiendo agradado y 
considerándosele útil para los conciertos privados que se daban en 
la habitación de esta princesa, pasó á la marcha del embajador á 
su servicio. Gomo además de su habilidad en la música poseía al- 
gunas lenguas extranjeras, le hizo María su secretario particnlar 
para su correspondencia con Francia y otras partes. Le daba este 
cargo de confianza ocasiones de entrar frecuentemente en el despa- 
cho de la reina, quien le trataba con cierta familiaridad creyéndolo 
tal vez de poca consecuencia; mas algunas cortesanos llevabaa esto 
muy á mal y se indignaban de ver á este extranjero de baja ex- 



MARÍA STUARLO 



CAPITULO XX vin. 311 

traceion llevar pliegos á la firma de la reina. Otros solicitaban sa 
fovor con motivos de pretensiones que tenían en la corte, y el ita- 
liano hizo algana fortuna con los presentes que su valimiento y 
servicios producían. 

Algunos advirtieron prudentemente á la reina de las murmura- 
ciones á que daba lugar esta privanza, y de los peligros á que al 
mismo interesado le exponía; mas la reina contestó que no trataba 
á Rizzio con mas familiaridad que al secretario su antecesor, y que 
era duefia de tratar con alguna distinción al que útilmente la ser- 
via. Mas cualquiera que fuese la ligereza de la reina en conducirse 
y expresarse asi, ninguno concebía sospechas sobre la naturaleza 
de sus relaciones, ni la edad, figura y dem&s cualidades personales 
de Rizzio daban lugar á suponer posibles tan bajas inclinaciones 
en María. 

Del favor de este mismo Rizzio se había valido Darnley en el 
tiempo de sus obsequios á la reina, como de una persona que tenia 
medios y ocasión de hacer su mérito recomendable. Se interesó en 
efecto el italiano por el joven pretendiente, lo que prueba que se- 
mejantes sospechas no existían. Para los que mas censuraban, era 
un favor mal colocado, una privanza de que el extranjero no era 
digno. 

De este Rizzio concibió al fin sospechas el joven rey en su des- 
pecho, teniéndole por un rival favorecido. Otros motivos además 
incendiaban la llama de su resentimiento. Gomo Rizzio había fa- 
vorecido y recomendado las pretensiones de Darnley, se había atre- 
vido alguna vez á afearle, aunque en términos respetuosos, su con- 
ducta hada la reina. Para estos motivos y por sospechas de influir 
María para que no le hiciese partícipe de la autoridad real á que el 
principe aspiraba mortificado de llevar un vano título de rey, con- 
cibió contra el iteiíano un odio mortal que tuvo los mas funestos 
resultados. 

Comunicó Darnley á sus mas íntimos amigos los motivos de sus 
sospechas y resentimientos. Habiendo tomado todos interés en su 
elevación, y mirándolo como hechura de su parcialidad, mediteron 
proyectos de venganza. El resultedo de la deliberación fué el pro- 
yecto de asesinar á Rizzio. Pensaron unos en que fuese en su casa, 
otros á la salida de palacio. Mas el príncipe declaró que no se daría 
por vengado suficientemente, sí esto no tenia lugar á vista y pre- 
sencia de la misma reina. Así se acordó por todos. Tal era todavía 



31S HISTORIA DB FELIPE IL 

la ferocidad de aquellos tiempos, y la brutal estupidez de Daruley, 
que DO tuyo reparó en ofrecer este espectácula & su esposa emba^ 
razada de seis meses. 

El 9 de marzo do 1566 se hallaba la reioa cenando en un pe^ 
quefio retrete próximo á su alcoba, con Rizzío, la duquesa de 
Argyle y dos ó tres personas mas, cuando sin pasar recado se pi«- 
sentó de repente Darnley sin saludar k nadie, clavando con feroci- 
dad sus ojos en el italiano. Le seguia el lord Ruth ven que acababa 
de levantarse de la cama donde estaba enfermo, y otras pocas per- 
sonas mas, pero todas con armas. <xDeja ese sitio de que no eres 
digno, 10 dijo Ruthven encarándose al pobre Rizzio que en aquel apuro 
imploró el favor y protección de la reina asiéndola de la falda del 
vestido, mas Darnley le separó de su lado con violencia. Entonces 
se echaron sobre él los conjurados. Guillermo Douglas le dio allí 
mismo una estocada con su daga; mas arrastrándole en seguida á 
uo cuarto inmediato, le dejaron cadáver con cincuenta y cinco pu- 
ñaladas. En vano interpuso la reina sus llantos, sus ruegos y sus 
gritos. Guando vio que eran inútiles recobró su semblante sereno, 
y les dijo: ya no tengo que pensar mas que en venganza. El conde 
de Mor ton que por su destino debia velar por la seguridad, habia 
colocado una guardia de 160 hombres á la puerta del castillo, para 
poner á los asesinos al abrigo de cualquier peligro. 

La reina se salió inmediatamente de Edimburgo y se dirigió á 
Dumbar, donde se reunió con algunos fieles servidores, con cuyo 
auxilio levantó un ejército de 8,000 hombres mas que suficiente 
para sujetar á los asesinos de Rizzio y á sus cómplices. Se vio esta 
facción abandonada desde los principios por el mismo Darnley que 
arrepentido de su acción tuvo la debilidad de volverse al lado de la 
reina. Los demás viéndose perdidos se dirigieron á las fronteras de 
Inglaterra. En el camino se encontraron con los condes de Murray, 
de Argyle, y demás desterrados en este último pais que confiados 
en la conspiración contra Rizzio se volvian á Escocia. 

La reina, por no verse con tantos enemigos, perdonó al conde 
de Murray y sus compaKeros con la condición que se hablan de se- 
parar de los intereses de Morton y ios suyos. Esta proposición sur- 
tió sus efectos, y así, mientras Murray y sus amigos volvian desús 
destierros, pasaban los cómplices del asesinato de Rizzio á ocupar 
los puestos que dejaban los primeros. 

La reina y su hermano el conde de Murray tuvieron una eotre^ 



CAPITULO XXVIU. 313 

*vis(a en la qae con todas las maestras de cordialidad y de carifio se 
dieron mutaamente explicaciones y hasta derramaron lágrimas. No 
habian nacido ambos para odiarse, para pertenecer á dos distintos 
bandos; mas en aquella época de intrigas y revueltas, á cada uno 
arrastraban pasiones é intereses del momento. Murray era ambi- 
cioso y dominante: la reina, aunque no de capacidad, carecía mu-* 
chas veces de prudencia. 

Hasta entonces habia incurrido muchas veces María Estuarda en 
la censura pública por la ligereza de su carácter, poca circunspec- 
ción en sus palabras, y ninguna reserva y detenimiento en muchos 
de sus actos. Católica, y con tan estrechas relaciones con los prín- 
cipes católicos, era un objeto de prevención y hasta de horror á los 
ojos de los rígidos presbiterianos. Mujer hermosa, llena de gracias 
y atractivos, debía de ser blanco de envidia y rivalidades. Mas ha- 
bían respetado generalmente todos su reputación, y pasado sin 
mancha de criminalidad , sus conexiones. En adelante fueron las 
censuras de otra clase; y sí no hubo pruebas bastante positivas y 
evidentes para condenar, tratándose de absolver, faltó hasta el 
apoyo débil de las probabilidades. 

Hizo la reina firmar á Darnley un documento público en el que 
aparecía no haber tenido parte en el asesinato de Rizzio, rasgo de 
debilidad que aumentó el descrédito de que era objeto. El proceso 
del asesinato continuaba. De siete procesados, solo perecieron dos 
en un suplicio. Se supone que no pasó adelante el rigor, porque 
muchos acusados se excusaban con la connivencia del rey, y alega- 
ban sus mismas órdenes para la consumación del acto. 

Quedaron bajo el mismo pié las relaciones del rey y de la reina 
que al principio. Se acercaron uno á otro , mas sin verdadera re- 
conciliación, ni muestras de pura simpatía. Siguieron las mismas 
quejas, las mismas acriminaciones; por parte de Darnley, por ser 
objeto de poca consideración; por la de la reina, por no serlo de 
atenciones y respeto. Las grandes quejas del esposo consistían, en 
que no se le daba participación en el poder , para el que los parti- 
darios de María alegaban no tenía capacidad de clase alguna. Es 
muy difícil averiguar de qué parte está la razón, y dónde el agra- 
vio, tratándose de disensiones de un género tan delicado. Es pro- 
bable que la falta fuese de ambos. La presunción, la incapacidad 
y carácter violento de Darnley no eran objeto de duda para nadie. 
Se puede sospechar en vista de lo que ocurrió después, que la poca 



314 HISTOUA DE FELIPE O. 

pradencia de la reina díó pábulo y nuevo realce á estos defeetos/ 
De todos modos es un hecho que vivían como separados, y que ni 
aun el nacimiento del príncipe que se verificó dos meses después 
del famoso asesinato, restableció las relaciones de amistad entre los 
dos esposos. 

El rey, viéndose sin ninguna consideración y tan decaído en A 
concepto público, trató de abandonar la Escocia y de trasladarse 
al continente; mas trataron de disuadirle de este proyecto sus pa- 
rientes, y la misma reina no quiso permitirlo, conociendo que iba 
á imprimir una mancha en su reputación, y que podia hacer du- 
dar de la legitimidad del príncipe. Se quedó Darnley en Escocia, 
por su desgracia, sin que el mismo hecho de renunciar á su pro- 
yecto hubiese producido cambio alguno en el estado de sus relacio- 
ne» con la reina. 

Apareció entonces sobre el horizonte de la corto un nuevo favo- 
rito de María, mas de clase muy diversa de la del músico italiano. 
£1 conde de Bothwell era católico, habia tomado el partido de María 
de Guisa en los disturbios anteriores, y presentándose siempre al 
lado de su hija en todas sus reyertas con los nobles. Era hombre 
ambicioso, altivo y arrogante, de costumbres licenciosas, muy pro- 
pio para jefe de parcialidad, objeto para algunos de favor; para mu- 
chos mas» de envidia y odio. Se hallaba entre ellos el conde de Mur- 
ray, quien lo hizo desterrar acusándolo de haber querido asesinar- 
le; mas se le alzó el destierro cuando salió del mismo modo el con- 
de de Murray por haber incurrido en el odio de la reina. Conservó 
siempre Bothwell sus sentimientos de fidelidad á María; cuando el 
asesinato de Rizzio, la acompasó en su fuga de Edimburgo, y la 
ayudó á levantar el ejército con que echó del reino al conde de Mor- 
ton y ásus cómplices. Correspondía la reina á estos servicios de celo 
y de fidelidad, y en su tratado con el conde de Murray, estipuló 
como una condición que su hermano i)0 habia de volver á perseguir 
judicialmente á Bothwell por intención de asesinato, á lo que acce- 
dió aquel con aquella mala fe que caracterizaba todas estas transac- 
ciones. 

El conde de Bothwell fué nombrado gobernador del castillo de 
Dumbar, y del Hermitaje en Liddísdale, dos puestos que por su lo- 
calidad se consideraban entonces de muchísima importancia. En- 
tonces fué cuando apareció muy alto en el favor de la reina, y los 
enemigos de esta comenzaron á acusarla de sus relaciones crimina- 



CAPÍTULO XXVIIL 315 

les con su nuevo favorito. Comenzaba en la corte y ann en todo el 
reino á suscitarse contra ella una terrible tempestad que provocaba 
su fatalidad ó la imprudencia de sus consejeros. La reina de Ingla- 
terra, la mas poderosa é implacable de todos sos rivales, no era la 
que menos atizaba esta tea de suspicacia y de discordia. A tal pun- 
to llevaba su animosidad contra María, que manifestó la mayor pe- 
sadumbre cuando supo que habia dado á luz un hijo. Era extralio 
que Isabel, que no se casaba porque no entraba en sus designios, 
se hubiese mostrado tan contraria al matrimonio de la reina de Es^ 
cocia, y que tuviese tanta envidia á su fecundidad cuando estaba en 
su mano el imitarla; mas tales son las contradicciones de la especie 
humana. Una de las cosas que mas odiaba la reina de Inglaterra era 
que le hablasen de herederos, y el saber que los tenia. Lo era la 
reina de Escocía; también lo era, y aun en un grado mas inmedia- 
to, su marido. Reunía el recien nacido los derechos del padre y de 
la madre. En efecto, fué heredero de.Isabel, habiendo subido al tro- 
no de Inglaterra con el nombre de Jacobo 1, á su fallecimiento. 

Pero el mayor enemigo de María era ella misma: eran su ligero-^ 
za, su indiscreción, el ningún conocimiento de su propia situacioii 
como mujer y como reioa. Si sus relaciones con Bothwell no eraa 
criminales, todas las apariencias deponían contra ella. En su cua- 
lidad de gobernador del Hermitaje, era la obligación del favorito re- 
correr el valle de Liddisdale donde varios foragidos se abrigaban. 
Sucedió que en una de estas excursiones entró Bothwell en comba- 
te personal con uno de ellos, de cuyas resultas fué herido, habien^ 
do tenido al mismo tiempo la suerte de matar á su adversario. Lle-^ 
gó la noticia á oídos de la reina que se hallaba á la sazón ó estaba 
para llegar á Jedburgo distante del castillo del Hermitaje como unas 
veinte millas (cinco leguas espafiolas). Pasó la reina á caballo 4 ví<- 
sitar á Bothwell, que se hallaba en cama de resultas de su herida. 
Fué mirado este favor como una muestra positiva de la naturaleza 
de sos relaciones con el conde. Alegaban los partidarios de María 
que la vista no habia sido precipitada; que habían mediado mas de 
ocho días entre la noticia recibida y dicho viaje; que la reina se ha-^ 
bia vuelto en el mismo día sin hacer mansión alguna, con otras cir- 
cunstancias atenuantes; mas aun cuando pudiesen entonces disipar 
algunas impresiones, cada vez las fortificaban, igualándolas con la 
certidumbre los mismos acontecimientos. 

La reina cayó enferma entonces de la fatiga, según algunos, de 



316 HISTORU DE FELira l\. 

aqael viaje. Darnley, que se presentó á visitarla, faé (an fríamente 
recibido que tuvo que volverse al dia siguiente. Con esto no baciaD 
mas que agravarse las sospecbas. De la mala inteligencia en que vi- 
vían, cada momento se veian testimonios nuevos. Los mismos confl- 
dentes de la reina estaban tan persuadidos de ello, que le propusie- 
ron el proyecto de un divorcio, y á la cabeza de este plan se ba- 
ilaba Bothwell; mas á la reina repugnaba dar un paso que seria 
perjudicial á la legitimidad de su bijo, por lo cual fué necesario re- 
nunciar á la medida. Entonces recurrió el favorito al plan del ase- 
sinato. 

La reina, que tan implacable se babia mostrado contra el conde 
Morton y demás cómplices en el asesinato de David Rizzio, los 
perdonó á todos, á excepción de Douglas, que le babia dado la pri- 
mera pufialada, y de resultas de este acto de indulgencia volvieron 
á Edimburgo. Se dio este paso por sugestiones del mismo fiotbwell, 
quien se estrechó con Morton á pesar de sus antiguos odios. Con 
él trató de sus planes de asesinar al esposo de la reina, como lo 
confesó el mismo Morton ¿ la bora de su muerte, aunque negando 
que bubiese tenido parte alguna en la perpetración de semejante 
alevosía. 

Mientras tanto se celebró con toda solemnidad en Edimburgo el 
bautizo del príncipe de Escocia. Se presentó en la ceremonia el ol- 
vidado y ya oscurecido esposo de la reina, sin que nadie biciese ca- 
so de él, y después de permanecer algunos dias sin tomar parte en 
los festejos se marcbó á Glasgow, á casa del conde de Lenno, su 
padre, donde cayó enfermo de viruelas. Guando lo supo la reina pa- 
só á bacerle una visita. Los dos esposos tuvieron una entrevista 
bastante afectuosa y dieron muestras de reconciliarse. Muy poco 
después dejaron juntos á Glasgow y se dirigieron á Edimburgo. Mas 
á Darnley no se dio babitacion en el castillo por temor de que con 
sus viruelas infestase al príncipe. Se alojó pues en los arrabales de 
Edimburgo en una casa aislada llamada Eiok of tbe Field, adonde 
la reina iba casi diariamente á visitarle, y á veces á pasar allí la no- 
che entera. 

En una de enero de 1567 pasó en su habitación hasta las diez^ 
y se retiró á palacio con objeto de asistir á un baile de máscaras 
que se daba para celebrar las bodas de una de sus damas. Pasada 
media noche entró Bothwell con llaves falsas en Kirk of tbe Field y 
puso fuego á una mecha que conducía á una porción de pólvora co- 



GAPmiLO XX VIH, 317 

locada debajo de la habítacioD del priocipe. Hecho esto, se salió 
afdera obs^vando desde alguna distancia el progreso de la opera- 
ción, y aguardó á cada momento el resaltado/ Retardándose este 
mas que su impaciencia permitía y temiendo que se hubiese apa-- 
gado sin hacer efecto, envió á uno de sus confidentes para que de 
nuevo la encendiese; mas este volvió pronto diciendo que no se ha- 
bía apagado y continuaba su camino hacía la pólvora. A las tres de 
la maOana una violenta detonación anunció á Bothwell que su obra 
estaba consumada. El cadáver de Darniey apareció medio quemado 
á cincuenta pasos de Kirk of the Field, convertido en un montón de 
ruinas. 

Hi20 una profunda impresión este asesinato en los ánimos del pú-* 
iSko. No era popular Darniey; mas causó lástima y compasión su 
suerte desgraciada. Nadie dudaba de quién era el verdadero autor; 
may pocos dejaban de tener por cómplice á la reina. La circunstan- 
cia de haber ido á verte á Glasgow, de haberle traído á Edimburgo, 
de haberle dado por habitación una casa solitaria, la de haberle de- 
jado solo tres horas uites de consumarse el acto, y sobre todo el fa- 
vor siempre en aumento de que gozaba el asesino, eran todos car- 
gos agravantes. A todos se presentaba con todos los colores de la 
falsedad una reconciliacicm tan súbita después de un desvío tan con^ 
tiBoado y una ruptura casi pública. 

La reina, acostumbrada en todas ocasbnes á salir airosa, cuan«* 
doM resistía abiertamente á su autoridad, no pudo resistir á este 
torrente de clamor que se alzaba en todas partes. En las calles, en 
las plazas se hablaba del asesinato; en todas las esquinas amane- 
cian pasquines pidiendo venganza contra el asesino. El conde de Le- 
Dox, padre del príncipe difunto, se presentó con toda solemnidad á 
la reina pidiendo justicia contra el oonde de Bothwell, acusado pú- 
blicamente de ser asesino de su hijo. 

Mandó en efecto María que se hiciese causa á Bothwell y se ins- 
troyese su proceso. Mas con escándalo del público, se suprimieron 
formalidades necesarias á la averiguación del crimen, ni se tuvieron 
en cuenta las reclamaciones del conde acusador* que pedia el tiempo 
necesario para presentar el lleno de sus pruebas. Guando llegó el día 
de la vista de la causa se presentó el acusado en el tribunal, armado, 
rodeado de todos sus amigos en la misma finrma, mas en la actitud 
de un hottbre que vaálnspirar temor, que á recibir una sentoicía. 
Socedle lo que todo el mando piereia. Ú conde saüó absnelto. 

Tomo i. 41 



318 HISTOBIA DK TBUPB H. 

Lo que redobló el escándalo, fué el ver qae la reina en nadadis* 
miDQÍa sus muestras de favor h&cia Bothwell, á pesar de la horrible 
acusación de que era objeto. A los cargos que ya ejercía le afiadió el 
de gobernador del mismo castillo de Edimburgo. A los dos dias de 
haberse terminado su proceso se le vio acompaDar en público fc la 
reina, que iba al parlamento llevando su cetro delante con toda ce* 
remonia. En el seno del parlamento confirmó María los favores que 
le había hecho, y cargos con que le habia revestido, lo mismo qae 
los demás nobles amigos y valedores de su favorito. 

Elevado Bothwell á la cumbre del favor, no le faltaba para coro* 
nar la obra mas que la mano de la reina. Los medios de que se va- 
lió para conseguirlo fueron tan extraordinarios y tan originales, que 
parecerían una ficción, si no fuesen un hecho en que convienen to- 
dos los historiadores de la época, tanto de un partido, como de 
otro, tanto amigos como enemigos de María. 

El primer paso de Bothwell fué convidar á sus principales ami* 
gos á un banquete, que fué celebrado en una fonda ó taberna, co- 
mo en aquel tiempo se llamaba. Allí les manifestó sus intenciones de 
casarse con la reina, y les suplicó como mejor medio de llevarlo i 
efecto que firmasen un papel que sacó del bolsillo, ya extendido, en 
que le declaraban libre de toda culpabilidad en el asesinato de Dam- 
ley, y suplicaban á la reina que en caso de que pensase pasar á se- 
gundas nupcias con un subdito, era el conde de Bothwell el mejor 
partido deseable para ella. Los amigos de este se comprometían ade- 
más á servirle en este matrimonio con todos sus medios y posibles. 
Los que estaban ya hablados accedieron al instante sin poner obs- 
táculos. Los demás, arrastrados por su ejemplo tampoco hicieron ob- 
jeción alguna. Fué firmado el papel por ocho obispos, nueve condes 
y siete lores. Entre los nombres se contaba el conde de Morton, cir- 
cunstancia muy notable por lo que pasó mas adelante. 

Seguro Bothwell del apoyo de un partido fuerte, se puso á la ca- 
beza de mil hombres de á caballo que reunió con pretexto de hacer 
una visita á las fronteras, y con esta fuerza se apoderó de la persona 
de la reina, á la sazón que esta se movia de Stirlíng tomando la 
vuelta de Edimburgo. Los que seguían á Bothwell dieron á entender 
á los de la reina que se hacía esta violencia con su consentímiento; 
los otros, que adoptaron esta suposición, no hicieron ninguna resis- 
tencia. La reina misma aparentando ceder á la ley de la necesidad, 
permaneció pasiva, y se dejó conducir prisionera sin oposición de 



capítulo xxvui. 819 

nadie, atravesando lo mas florecieDte y poblado de sos dominios hasta 
el castillo de Dumbar, donde mandaba el conde. 

Con asombro y en silencio, se supo la noticia de un rapto tan ex- 
traordinario, aguardando todos con ansiedad el desenlace de este dra- 
ma. Ninguno se alzó ni tomó armas en defensa de la reina, porque 
generalmente se supuso que habia habido de su parte connivencia 
en el atentado de su favorito. Lamentaron sus amigos y partidarios 
tan funesta ceguedad, mientras sus enemigos la contemplaban con 
satisfacción haciendo cada vez mas progresos por la senda del des- 
crédito. Era en efecto imposible para la reina de Escocia dar contra 
si misma mas terribles armas. 

A los doce dias de su confinamiento en el castillo de Dumbar, fué 
puesta la reina de Escocia en libertad sin compulsión de parte al- 
guna, por el mismo Bothwell, quien la condujo al castillo de Edim- 
burgo. El primer uso que hizo María de su nuevo estado, fué declarar 
& la nación que aunque no podia menos de excitar su descontento la 
violencia ejercida contra ella por el conde de Bothwell, sin embargo, 
en atención á sus muchos servicios, era su intención no solo perdo- 
narle sino ponerle mas alto todavía. En efecto cumplió su palabra, 
nombrándole de allí á pocos dias duque de las Oreadas, y casándose 
con él públicamente en mayo de 1567. 

Asi se casó María Estuarda con el que pasaba por asesino de so 
primer esposo. Solo una de aquellas pasiones desenfrenadas que sub- 
yugan completamente la razón ó un sentimiento de desprecio por su 
propia honra ó una inconcebible ligereza de carácter, pudiera arras- 
trarla á dar un paso que labró para ella tantas desventuras. Sus 
partidarios la disculpaban, diciendo que dado ya el escándalo de su 
rapto por Bothwell , ya no le quedada otro medio de lavar la man- 
cha que darle el titulo de esposo. Mas por enemigos, y aun por hom- 
bres imparciales, se consideró este matrimonio como una prueba 
irrefragable de su complicidad en el asesinato de su primer marido. 
Y lo que acababa de dar al asunto todo, el feo colorido que podia 
hacerle completamente odioso, era que Bothwell tenia mujer legítima 
cuando estaba dando pasos para casarse con la reina, y que su sen- 
tencia de divorcio se pronunció unos pocos dias antes de su nuevo 
enlace. 

Lo que hubo de extrafio en todas estas ocurrencias es que no cau- 
saron por entonces ni conmociones ni ruidos. Todos las contempla- 
ron en silencio: los amigos de la reina, afligidos sin duda de sus des-*- 



810 HISTOUA m FSLIPE II. 

aciertos; los enemigos gozándose tal vez en verla despenarse, para 
darle después golpes mas seguros. Es posible que en esto hubiese 
algún plan, meditado de antemano, y que entrase en él la reina de 
Inglaterra. Lo cierto es que los que mas adelante se alzaron en con- 
tra no dijeron una palabra ni dieron paso alguno para impedir el 
matrimonio. El conde de Morton, que se mostró de los mas acérrí* 
mos enemigos de María, fué uno de los que firmaron en el que se 
prometía á Botbwell toda especie de auxilio para llevar adelante el 
proyecto de su enlace. 

El primero que castigó á María Estuarda por su imprudencia cri- 
minal fué el mismo Bothweil con sus maneras duras y poco delica- 
das. Darnley era un joven imperioso, altivo, de mala educación; mas 
Bothweil se hacia poco agradable además por sus vicios, por la di- 
solución de sus costumbres. Desde un principio aspiró á poner en- 
teramente bajo su tutela al joven príncipe, y esto llegó á excitar las 
sospechas de María, que temió por la libertad y la vida de su hijo. 
Bothweil, que encontró en ella una oposición á sus designios, la tra- 
taba con tal aspereza y con expresiones tan marcadas con el sello de 
la ingratitud, que algunas veces se le oyó decir estaba para darse á 
sí misma de puQaladas, ó echarse en un pozo de despecho. 

Al disgusto, á la indignación pública que habia excitado el ma- 
trimonio de la reina se afiadieron los rumores del peligro que en ma- 
nos de Bothweil el príncipe corría. La indignación llegó á lo sumo. 
Varios nobles corrieron á las armas, entre ellos Morton, y juntaron 
un cuerpo considerable de tropas, con el que tomaron el camino de 
Edimburgo. Llegó la noticia de la insurrección á María, hallándose 
celebrando un banquete con Bothweil en el castillo de Borthwick, 
cerca de la capital, y poniéndose ambos inmediatamente en marcha 
llegaron con dificultad al castillo de Dumbar, donde la reina convocó 
tropas para deshacer á los rebeldes. Muchos acudieron á la bandera 
real, mas sin el entusiasmo y la buena voluntod que en otras oca- 
siones; tan impopular se habia hecho María de resultas de so nuevo 
matrimonio. 

Los confederados marcharon hacia Dumbar, y cuando la reina sa- 
lió á su encuentro en Gaberry-Hill les presentó batalla. El embaja- 
dor francés que se hallaba presente, consiguió que no vinieseA á las 
manos antes de entrar en algunas conferencias. La reina, tan ani- 
mosa en otros lances de la misma especie, desmayó en esta ocasioD 
al observar la repugnancia con que sus tropas se preparaban al com- 



CAPÍTULO XXVUL Stl 

bate. Habiéiidosele hecho ver y prometido qae los rebeldes yolverian 
á SQ deber con tal que se separase de Bothwell, perdió este el áni- 
mo á sa vez, y en aquel momento se despidió de la reina para siem- 
pre. En efecto no volvieron mas á verse. Después de pasar á las 
Oreadas, y dedicarse en las costas de la Noruega á empresas de ilí- 
cito comercio, fué Bothwell cogido y encerrado en la fortaleza de 
Malmoe, dónde murió al cabo de diez aDos de confinamiento. 

Mas la reina de Escocia, que se había entregado y depuesto las 
armas bajo condiciones, en lagar de verse obedecida y respetada del 
ejército, fué en él objeto de clamores, blanco de duras palabras, y 
hasta de gestos de amenaza. Mas cruel escena la aguardaba en 
Edimburgo, donde la muchedumbre la abrumó con clamores, con 
palabras injuriosas, con todos los gritos y denuestos que produce 
el desenfreno de la plebe. Fué preciso que la fuerza armada la de- 
fendiese de insultos ulteriores. Llevaban delante de ella desplegada 
una bandera donde estaba representado el asesinato de Damley, y 
á su lado arrodillado el principe pidiendo al cielo por su padre. 
Mientras tanto los lores de la confederación enviaron presa á la 
reina al castillo de Lochleven, y mientras se tomaba una resolución 
definitiva, crearon una junta de gobierno. 

Los partidarios de la reina alegaban que no eran estas las con- 
diciones con las que se habia entregado María en Carberry-Hill, y 
que una vez separada de Bothwell, se debían volver las riendas del 
gobierno. Mas los contrarios replicaban que María habia faltado á 
su palabra de romper con Bothwell para siempre , puesto que le 
habia escrito después prometiéndole tomar parte en su fortuna. Los 
lores comisionados se hallaban muy comprometidos y demasiado 
empeñados en el lance para no llevarle á cabo , y coger completo 
el fruto de su triunfo. Ninguna seguridad tenian por otra parte que 
esperar si la reina volvía al ejercicio de su libertad, y al contrarío 
mucho que temer de su resentimiento. Consumaron, pues, la obra, 
oUigando á la reina á renunciar & la corona á favor de su hijo, de- 
biendo de nombrarse un regente para administrar los negocios en 
su minoría. 

Becayó el nombramiento de este cargo importante en la persona 
del conde de Murray, hermano de la reina. Desde el asesinato de 
Damley se habia ausentado del país , y viajaba por Inglaterra y 
Francia. Al saber la noticia, regresó con toda brevedad á Escocia, 
donde tomó las riendas del gobierno y se hizo duefio del castillo de 



822 msTOUA DB rum n. 

Edimburgo. El parlamento ratificó muy poco después la subida del 
prÍDcipe al trono , y en la persona del conde , el cargo de regente. 

Fué para María de Escocia una especie de consuelo que recaye- 
se la regencia en su hermano, que no se hallaba con los lores coo- 
federados en Garberry-Hill, y en cuya gratitud y antiguo afecto te- 
nia puestas algunas esperanzas. Mas el conde de Murray, ambi- 
cioso y adicto á su partido , se mostró adverso á los adherentes de 
la reina. Permanecía esta mientras tanto cautiva en el castillo de 
Lochleven, situado en medio del lago Leven, como lo indica la pa- 
labra. Esta circunstancia y la de ser duefio del castillo sir Jacobo 
Douglas^ cuya madre era la misma que la de Murray, daba la ma- 
yor confianza acerca de la segura custodia de la reina. Mas nada 
resistía á su hermosura y á sus gracias. Prendado de ellas un her- 
mano del mismo Douglas que mandaba á la sazón la fortaleza, pen- 
saba «n proporcionar los medios de su fuga, cuando descubierta la 
trama fué echado del castillo. 

Permaneció este Douglas algunos dias disfrazado del otro lado del 
lago, pensando en los medios de libertar á María, que probó en efecto 
á escaparse por su dirección, cuando por una casualidad falló la 
empresa. Mas otro Douglas pariente de los otros que habitaba en 
el castillo, quizás movido por los mismos sentimientos, tuvo la ma- 
fia de sustraer las llaves del castillo, con las cuales se evadió la 
reina, llegando felizmente á la otra orilla donde la esperaban alga- 
nos partidarios. Inmediatamante fué conducida á Hamilton; donde 
sus parciales alistaron gente y se confederaron para defenderla. Fir- 
maron el documento nueve condes, otros tantos lores y muchas per- 
sonas de grande conveniencia. 

Colocando estos fieles partidarios á la reina en medio de sus ba- 
tallones, se movieron hacia Dumbar con objeto de depositarla en 
aquella fortaleza, y marchar después en busca del regente; mas este 
que supo moverse con rapidez, salió de Glasgow á la cabeza de un 
ejército inferior con objeto de interceptar la marcha de los confe- 
derados h&cia el Norte. Al aproximarse los dos ejércitos, se apresu- 
ró j»tda una de sus vanguardias á apoderarse del pueblo de Langsi- 
de, como de una favorable posición tratándose de una batalla. Se 
encontraron los dos cuerpos y se batieron con sus lanzas y picas 
con gran furia. Mientras se hallaban así empefiados, se destacó por 
la derecha Morton y cargó sobre el flanco de los hamiltones, lo que 
decidió la batalla, quedando desordenadas y en seguida rotas las 



CAPITULO xxvni. 3Í3 

tropas de María. Huyó la reina por espacio de sesenta millas sin 
detenerse nn punto hasta la abadía de Damdreman en Galloway. 

Asi llegó la reina de Escocia perseguida por sus subditos hasta 
la frontera de Inglaterra. No le quedaba ya mas recurso que pasar 
al otro reino, ó huir como un proscrito al través del suyo propio en 
busca de un asilo. Se inclinaban sus consejeros á este último extre- 
mo como el mas seguro, aunque con tantas apariencias de ex- 
puesto y peligroso. Prefirió la reina el primero, sea por cansancio 
material y desmayo de ánimo, sea con la ilusión de hallar en la rei- 
na Isabel al menos simpatía por sus padecimientos. Fué el último acto 
de libertad que ejerció esta princesa desgraciada. María pasó en efecto 
la frontera, donde vio tomados de antemano todos los preparativos 
para recibiría con obsequio. Mas aunque la reina tenia tantos motivos 
de conocer el carácter de Isabel, estaba muy lejos de presumir á 
dónde la conducia un camino que tan lleno de flores se le presen- 
taba. 



CAPITULO XXIX* 



Estado de los Paises-Bajos.— Torcida política del Rey de España.— Descontento gene- 

ral.^La princesa gobernadora — ^EI cardenal Granvela ^El principe de Orange.-* 

El conde de Egmont ^El conde de Hom.— Situación de los partidos. — Conflictos. 

— ^Mensajes y cartas al Rey — ^Acusaciones contra Granvela.— Salida de este de los 
Paises-Bajos. 1560.-1565. (1). 



Pasemos ahora á ud país coya historia dos toca mas de cerca, 
donde do era menos viva la pugoa de opÍDÍODes, dí meDOs proDun- 
ciado el coDflicto de los iotereses. Había, sin embargo, eo los Pai- 
ses-Bajos uDa circuDstaDcia particular, que distiDgnia sos disen- 
sioDes de las de FraDcia, loglaterra y Escocia qae acabaD de oco- 
parDos. Estaba aqoí eDceDdida uDa guerra, propiameDte civil, en 
que las partes coutendieDtes perteoeciaD á uua Dacioo misma. Gho- 
cabaD escoceses coDtra escoceses, firaDceses coDtra fraDceses, divi- 
didos por opioiones, por rivalidades de maDdo, de poderío, ó de 
cualquiera otra ioflueDcia eD los asuDtos del gobierDO. Ed los Pai- 
ses-Bajos, al coDtrario, teoia la coDticDda el carácter de DacioDal, 
OD que lucha ud país coDtra ud prÍDcipe extraDjero, eD que lasóla* 
ses altas y bajas, de todas coudícioDes, se udod á la larga bajo la 
baDdera de su íudepeDdeDcia. 



(1) Strada, gaerras de Flandos, BentlvogUo Íd-Thoa ó Tunaniu, historia sui temporis. — Vander- 
hammenn, don Felipe el Prudente.— Terreras, Historia general de BspalEa.— Watson, Historia de Fe- 
Upe 11 y otros. Prescindiendo del diverso colorido que la diíérenda de opintones, de nacloD ó de 
creencia, da á los becbos que refieren, el fondo del cuadro es casi el nisno. 



Gápnui.0 xxTiL 3t5 

Ndeklo don Felipe eo EspaQa, español taa de corazón como de 
cuoa, espa&ol en hábitos, en costumbres, en incÜDaciones ; era un 
extranjero en los Paises-Bajos. Se consideraba en ellos su gobierno, 
DO como nacional, formado y apoyado en las necesidades y simpa- 
tías del pail) sino en medios tan extraDos al pueblo, como el mo- 
narca que de ellos se valia* Parece, pues, que aconsejaba la poli- 
tica al rey de Espafia proporcionase en el pais algunos elementos de 
ioclinacion ó de favor, adherirse k mas clases, aunque no fuese mas 
que para neutralizar la preponderaocia de las otras, dividir en fin 
para reinar, ya que el dominio moral del todo era imposible. Mas 
la politica de contemporanizar, de halagar, de servir k unas pasiones 
con objeto de combatir las otras, estaba poco en la Índole del rey 
de EspaOa. No conocía mas que un arte de gobierno, k saber, la 
dominación, el ejercicio directo y abierto del poder, y una mano 
fuerte para reprimir á los que este poder desconocían. En nada se 
vio mas este carácter duro de Felipe que en el gobierno y adminis- 
tración de los Paises^^Bajos. 

Comenzando por los grandes del pais, si bien los dejó goberna- 
dores de las provincias, como ya se ha visto, estuvo muy lejos de 
tener miramiento á las pretensiones de algunos de ellos que á con- 
dición mas alta se creían con derechos. Quedó mortificadísimo el 
príncipe de Orange de no haber recibido el mando de todos los Pai- 
ses-Bajos; lo quedaron asimismo otros de no haber conseguido 
puestos mas altos qae los que les asignaban < En tiempo del Empe- 
rador, que conocía mejor los hombres y las cosas, gozaban estos 
grandes una parle de su favor y su confianza. Mas con Felipe H, 
solamente mereeíao estas distinciones los de l^spaDa. Los eclipsaba 
á todos el duque de Alba, cuya aversión k los flamencos se hacia 
sentir de un modo aun mas positivo que la del monarca. Apoyado 
este personaje en su favor, en sos grandes riquezas y en las ven- 
tajas debidas k su propio mérito , no disimulaba el sentimiento de 
raperioridad con que á los otros contemplaba. Los grandes flamen- 
eos no eran por otra parte ricos : había tenido la corte de EspaSa 
la política de hacerles incurrir en grandes gastos por medio de em- 
bajadas y otras comisiones honoríficas que los arruinaban. Los se- 
fiores españoles gozaban de mas bienes de fortuna ; y cuando se 
presentaban algunos en los Países-Bajos, desplegaban una magni- 
ficencia y esplendor que no podían menos de humillar ei amor pro- 
pio de los naturales. 

Tomo i. ít 



326 msTOEU dr ntiPB n. 

Era la princesa de Parma verdaderamente natnral de los Paises- 
Bajos ; mas aunque criada allí , no babia residido lo bastante para 
conocer, ni su Índole, ni sus necesidades. Enlazada entonces con 
Octavio, duque de Parma, sin duda consideraba los Paises-Bajos 
como un país extrafio, donde sus intereses eran por precisión de un 
orden transitorio. No estaba esta princesa bastante calculada para 
dominar moralmente y tener á raya si fuese necesario á los grandes 
del pais, que se creían con derechos y méritos superiores á los su- 
yos. Conoció sin duda Felipe esta desigualdad cuando le puso por 
consejero y director á Antonio Perenot de Granvela, obispo de Ar- 
ras, uno de los personajes que gozaban mas de su confianza ; mas 
esta política no fué acertada, y el correctivo probó ser de peor con- 
dición que la medida misma. 

Era hombre de capacidad y de gobierno este prelado ; conocía 
los negocios y los hombres ; se había educado en todos los porme- 
nores y secretos de la administración ; era instruido, aplicado, la- 
borioso, sagaz y entendido, firme y hábil, como lo había acredita- 
do ya en tiempo del Emperador que le dejó á su hijo como uno de 
los legados mas preciosos. Mas estas cualidades dafiaron, mas que 
fueron útiles, á los verdaderos intereses de Felipe. Tan poca afición 
tenia á los Países-Bajos el ministro, como el monarca ; la misma 
inclinación é índole abrigaba de dominar por medio del tesón , de 
la energía y la dureza que predominaban en el gabinete de Felipe. 
Entre sus cualidades no dominaba la popularidad, el arte de nen- 
tralizar lo duro de la administración con ciertas formas agradables, 
que si no satisfacen siempre, consuelan algo al amor propio. 

Nombrado consejero de la Gobernadora , no podía menos de di- 
rigir eq grande los negocios y ser de hecho el verdadero gobernan- 
te. Defería sin duda la princesa Margarita ¿ sus consejos , cedía 
naturalmente á la superioridad del genio de su consejero , aunque 
debía de sentirse muchas veces humillada en la opinión pública al 
representar de hecho un papel subalterno y secundario : pero sí es- 
te la privaba de aquella consideración personal tan ansiada del que 
manda, amortiguaba al menos el sentimiento de desaprobación y 
los tiros de la maledicencia que al ministro con particularidad se 
dirigían. 

Aborrecían los grandes al prelado, íilgunos por agravios parti- 
culares, y todos por las formas duras é imperiosas de que su auto- 
ridad se revestía. Para el príncipe de Orange era objeto de singa- 



CAPITULO XXIX. 3S7 

lares preveocíoDes. Sabia este por sas emisarios la correspoDdencia 
directa en que estaba Granvela cod el rey de EspaDa; que les ocul- 
taba en el Coosejo muchos negocios de importancia á él solo enco- 
meudados, y que eo la mayor parte de las ocasiones eran solo con- 
sejeros nominales. Para aumentar su mortificación, envió al prelado 
la corte de Roma el capelo de cardenal , sin duda por recomenda- 
ción y solicitud del rey de EspaBa ; mas el obispo de Arras fué 
bastante cortesano para no revestirse de la púrpura, hasta recibir 
la aprobación de esta gracia, y aun el mandato de que usase de 
ella, de su soberano. Con esto se afirmó mas en el favor de este 
monarca, así como la púrpura redobló la odiosidad con que sus ri- 
vales le miraban. 

Sabia muy bien el nuevo Cardenal la animadversión de que era 
objeto, mas no trató nunca de neutralizarla por aquellos medios di- 
rectos ó indirectos que curan tantos odios. Severo, reservado y al- 
tanero cuanto podia, se mostraba con los grandes de los Paises- 
Bajos. Con el favor de su rey, se creia bastante fuerte contra tantos 
enemigos, y como su política era el no ceder jamás, crecía su impo- 
pularidad á proporción de su firmeza y energía. 

En cuanto á las clases populares, propendían mas á la nobleza 
que á la corte, mirando en los primeros un apoyo, y un opresor 
extranjero en la segunda. Conocían demasiado los nobles su posi- 
ción para no cultivar estas disposiciones naturales y fomentar por 
todas las artes posibles una popularidad que tanto les servia. En- 
cendido el país con contiendas religiosas, imitaban la conducta de 
tantos grandes de Francia, manifestándose indulgentes, si no par- 
tidarios, de las nuevas sectas. Era herir en lo mas vivo la política 
y las miras de los altos gobernantes. Hacían en efecto grandes 
progresos en los Países-Bajos las nuevas doctrinas, cuya introduc- 
ción había sido inevitable por las razones que hemos indicado en 
otra parte ; y como este era el asunto principal, el que llamaba mas 
la atención del rey de Espafia, consiguiente era que la Gobernadora 
y su ministro se manifestasen duros é inflexibles contra innovacio- 
nes tan odiosas al monarca. Entraban en esta antipatía las ideas 
y sentimientos del nuevo Cardenal, no menos intolerante que su 
amo y no menos celoso que él en el establecimiento de los tribuna- 
les de la Inquisición, único medio en su concepto, á lo menos el 
mas eficaz, para purgar el país de la herejía. Pero cuanto mas 
objeto de inclinaciones y de simpatía era para los gobernantes la 



818 HISTOEU DB F£LIP£ IL 

creación de este tribunal, tanto mas odioso é impopular se iba ha- 
ciendo cada día en los Paises-Bajos. 

Por otra parte, la formación de los nuevos obispados, grande 
golpe de política con que Felipe 11 pensó curar los males del pais, 
contribuyó por su parte á hacer odioso y objeto de desconfianza sa 
gobierno. Para dotar los nuevos obispos, se despojó de sus bienes 
á los abades seculares, lo que por precisión excitó sus resentimien-* 
tos, en que tomó parte el pueblo y hasta los mismos grandes, que 
con la introducción de los nuevos obispos en los Estados vieron dis-* 
minuida algún tanto su preponderancia. Para acabar de hacer odio- 
sa la medida, se confirió al Cardenal el arzobispado de Malinas, 
ascenso que le presentó como un hombre interesado y egoísta que 
recogía el fruto principal de una medida de que tan celoso y apa- 
sionado se mostraba. 

Con la indicación de estos hechos no desmentidos por casi todos 
los historiadores, se tiene lo bastante para comprender muy bieo 
que el gobierno de los Paises-Bajos no estaba calculado, ni para la 
fusión, ni amalgama de todos estos intereses, ni para neutralizarlas 
todos y apagar su voz por medios materiales. Faltaba para lo prí* 
mero el poder de la opinión , palanca principal de los gobiernos; era 
imposible lo segundo, porque estos materiales no podían ser mas que 
extranjeros, y justamente era la salida de las tropas españolas del 
pais el objeto délas primeras pretensiones délos Paises- Bajos. To- 
dos tenían un interés vital en deshacerse de estos instrumentos qae 
creian de opresión y servidumbre, y los grandes mas que nadie. 
Ya sobre esto hicieron sus exposiciooes al rey mientras residía en 
los Paises-Bajos, manifestándole la necesidad de esta medida con 
un tono firme y resuelto, de que se enojó el rey, tan interesado en 
la quedada como los otros en la salida de las tropas. También era 
contrario á la medida el Cardenal, que consideraba en estas tropas 
el apoyo principal de su gobierno. Mas el clamor popular era mas 
que todas estas consideraciones. Se mandó primero que estas tropas 
se reuniesen en la provincia de Zelanda, y en esta misma disposición 
es creyó ver un desigoio de servirse de ellas, haciéndoles caer de gol- 
pe en cualquier parte. Hubo en dicha provincia alborotos y cesó el 
trabajo en los diques y arsenales. Los huéspedes aborrecían natu- 
ralmente al pais, en proporción de lo que eran en él impopulares, 
y por lo mismo en lugar de curar esta llaga se irritaba cada día. 
Al fin pudo la Gobernadora^ á fuerza de súplicas y exposiciones k 



GAPÍTOLO &X1X. 889 

Felipe, hacerle ver lo indispensable, lo urgentísimo de la medida, 
y las tropas se embarcaron con dirección á BspaOa. 

Trató la Gobernadora de dar nueva organización á las del país 
haciendo que los capitanes de los tercios dependiese directamente 
de los gobernadores de las provincias y castillos, en logar de los 
maestres de campo ó coroneles. Pero cuando mas ocupada estaba 
en este asunto, le ordenó Felipe que enviase á Francia dos mil 
hombres de á caballo que iban de refuerzo al ejército católico de 
aquel pais, donde ejercia tanta influencia el rey de Espafia. Mas de 
esta multiplicidad de negocios y atenciones no podia menos de re- 
sentirse el régimen y bienestar de muchos puntos de la mo- 
narquía. 

Contra esta medida reclamó muchísimo la Gobernadora, expo- 
niendo el vacío que tan gran número de tropas iba á dejar on el 
pais ; los grandes la resistieron igualmente, porque siendo todas ellas 
flamencas creían tenerlas á su devoción particular en caso de un 
conflicto. Mas aunque se mostró en un principio inflexible el rey de 
Espafia, pudo parar el golpe la Gobernadora, enviando á Francia 
00 auxilio pecuniario en logar de la gente prometida. 

Se planteaban con gran dificultad los nuevos obispados, medida 
impopular y cuya odiosidad agravaban los enemigos del gobierno. 
Miraban, en particular los de la provincia de Brabante, como un 
atentado á sus derechos, alegando que oo se podia hacer variado^ 
oes en la parte administrativa y económica de la Iglesia sin el eon^ 
sentimiento y cooperación de los Estados. Repugnaban muchísimo, 
los de Malinas sobre todo, la exaltación de Granvela á su silla ar- 
zobispal, debiendo observar de paso que fué esta deyacion uno de 
los principales motivos de la odiosidad con que se le miraba. En- 
viaron los de Brabante una secreta exposición al Papa suplicándole 
la alteración de la medida, ó á lo menos una remora. Mas la Go-» 
bernadora, ó por mejor decir el Cardenal, quede todo tenia espías, 
envió por su parte á la corte de Roma una manifestación secreta en 
contra de la de los de la provincia, haciéndole ver el espíritu de 
disidencia y animadversión hacia Roma que en aquellas provincias 
dominaba. También reclamaron los de Amberes & Felipe, suplicán- 
dole no hiciese á su ciudad residencia de un obispo : á lo que les 
respondió el rey que se suspendería la ejecución de esta medida, 
hasta su próximo viaje á los Países- Bajos. 

Se negaron abiertamente algunas ciudades á la admisión de sos 



880 filSTORU DK FKUPB II. 

obispos. No los quisieron en Deven ter, Ruremonde y Lewarden. 
Otras, como Harlem, Utrecht, Saint-Omer y Middiebargo los admi- 
tieron sin ninguna repugnancia. En ^Malinas ningún grande asistió 
á la ceremonia de la solemne instalación del arzobispo, babiéndose 
ya declarado una especie de ruptura abierta entre ellos y Granveia. 
Poco á poco fué tomando este nuevos vuelos, hasta el punto de ser 
considerado de hecho como de derecho único y solo gobernante en 
tos Paises-Bajos. 

Al mismo tiempo se reforzaban los edictos y se tomaban cada 
vez medidas mas severas contra la herejía, pero con escasos re- 
sultados. Poco á poco se iba haciendo la religión del rey de Espafia 
tan impopular como su gobierno mismo. La mayor parte de los 
grandes atizaban en secreto, si no se mostraban partidarios abier- 
tos de las nuevas sectas que habian invadido los Paises-Bajos. Lu- 
teranos, calvinistas, anabaptistas, todos recorrían el pais y ha- 
cían prosélitos. Aunque no tenían todavía estas doctrinas lo que 
se llama culto público, la imprenta y la predicación aumentaban 
cada dia el número de los sectarios. Hubo serias turbulencias en 
varios puntos con motivo de estos sermones, sobre todo en Tonrnay, 
Lilla y Valenciennes. Para el sosiego de los primeros se acudió muy 
pronto y con buen éxito, mas no sucedió lo mismo en la última 
ciudad, donde llevaron presos á la cárcel á Maular y Taveano, prin- 
cipales misioneros que arrastraban tras sí la muchedumbre. Se 
trataba de conducirlos al cadalso, mas temían la efervescencia 
popular y excogitaban los medios de llevar adelante y sin riesgo sus 
designios. Escogieron para eso un dia en que gran parte del vecin- 
dario estaba fuera de la ciudad con motivo de una feria. Mas no de- 
jó por eso de reunirse un número considerable que invadió la plaza 
de la ejecución é impidió que se verificase aquel suplicio. Temieroo 
los agentes de la autoridad y volvieron & la cárcel á los reos, segui- 
dos de la muchedumbre que los llenó de aclamaciones entonando 
cánticos. Pasaron los alborotadores al momento al convento de 
Santo Domingo, que invadieron y saquearon ; á poco después ca- 
yeron sobre la cárcel poniendo en libertad á los dos reos, mas de- 
jaron en ella los que estaban allí por otros crímenes. 

Duró todavía algunos dias el tumulto; mas llegaron tropas de 
afuera que calmaron el desorden. Los dos reos fueron cogidos otra 
vez, conducidos á la cárcel y poco después sacados al patíbulo, 
donde su muerte tuvo efecto, ejerciéndose además otras medidas de 
rigor con los principales cómplices. 



CAPITULO XXTX. 881 

Seguía mientras tanto la dísideocia entre los grandes y Granvela. 
Dejaron los primeros de asistir al Consejo», bajo el pretexto de qne 
no se les daba cuenta de los negocios principales, y que las reunio- 
nes eran meramente de aparato. Sabedor de ello el rey por la Go- 
bernadora, envió amonestaciones para que cambiasen de conducta. 
Mas hicieron poco efecto: primero, porque verdaderamente los gran- 
des bacian poco papel en una reunión donde no se presentaban mas 
que negocios de poca consecuencia; y segundo, porque en el estado 
en que las cosas se habían puesto, convenia á los grandes disiden- 
tes hacer ver los motivos de queja que les daban. La Gobernadora 
mandó celebrar entonces una asamblea extraordinaria de los caba- 
lleros del Toisón de Oro, medida á que se apelaba cuando se tra- 
taba de calmar los ánimos y deslumhrar por medio de una pompa 
tan solemne. Se les dieron tres dias de término para hacer su pre- 
sentación en esta ceremonia, por haberse observado la poca prisa 
con que los grandes acudian á dicho llamamiento. De esta dilación 
ó plazo se aprovechó el principe de Orange para reunir en su casa 
á los principales personajes, á quienes hizo ver los peligros que les 
rodeaban á ellos, los que amenazaban al pais á continuar un siste- 
ma de administración tan mal entendido, con tantas imprudencias 
apoyado; que era imposible la tranquilidad de Flandes mientras á la 
cabeza de los negocios permaneciese un prelado de carácter tan in- 
flexible y tan despótico, extrafio á sus usos y costumbres. En nada 
se apartó en su arenga de los sentimientos de fidelidad y de respeto 
que debian al monarca, política hábil en el príncipe de Orange, tan 
reservado siempre en todas sus palabras, y que no descubría nunca 
todo el fondo de su alma. 

La arenga hizo impresión, mas encontró disgusto ^ algunos y 
abierta repugnancia en otros. Le contradijo el conde de Barlamot, 
haciéndole ver que se avenía mal el respeto profesado al rey con la 
abierta resistencia que se hacia á las disposiciones de los ministros 
y agentes del monarca. Sin embargo, la mayoría de aquella reunión 
adoptó y tomó parte en los sentimientos del príncipe de Orange. 

A la Gobernadora, instruida de esta reunión, le pareció un expe- 
diente de necesidad dividir y excitar rivalidades entre personajes 
coya unión no podía menos de presentarle formidable. El rey de 
EspaDa le daba este consejo, considerándola una medida necesaria. 
Para llevarla á efecto, mandó de embajador á la Dieta, convocada 
para la elección del rey de los romanos, al conde de Arescot, rival 



832 HTSTOmjL DB FBLIFB If. 

del prÍQdpe de OraDge. También se hicieroQ distinciones con el con- 
de de Egmont, para ponede en pugna con la misma persona á quien 
se mostraba tan adicto; mas los motivos que tenian estos grandes 
personajes de vivir unidos, eran superiores á todos los intereses que 
podia crear para ellos la política de la Gobernadora. 

Aunque lo dicho hasta el presente, y lo que manifestemos en se- 
guida de algunas personas influyentes de los Paises-Bajos, den bas- 
tantes luces sobre su carácter, indicaremos de ellos algunas parti- 
cularidades que harán comprender mejor el papel que van á repre- 
sentar en estas turbulencias. Comenzaremos por el mas importante 
de ellos, á saber, el príncipe de Orange. 

Había nacido el príncipe de Orange el aüo de 1533, de un padre 
luterano, capitán entendido, que había servido con distinción en los 
ejércitos de Carlos V. Descendía de la ilustre familia de Nassau, 
cuyos condes, por su enlace con la heredera del principado de Orange, 
en el mediodía de Francia, tomaban este título de príncipes de Oran- 
ge. £ra príncipe del imperio, y poseía además cuantiosos bienes en 
los Países-Bajos. Fué criado el príncipe en la religión católica y en 
el palacio de Carlos V, de quien era paje favorito, y hasta consejero 
en muchos casos, pues el emperador hacía aprecio de sus observa- 
ciones, y no se desdeñaba de tomar su parecer, á pesar de hallarse 
con tan pocos afios. Siguió, pues, al emperador en todos sus viajes 
y campa&a, gran teatro^de observación para un hombre de su oa-*' 
rácter, y escuela práctica donde tomó lecciones que tanto le sirvie- 
ron en lo sucesivo. Para comprender mejor lo cerca que estaba 
siemfNre su persona de la de Carlos V, basta recordar que en la gran 
ceremonia de la abdicación, cuando se levantó el emperador para 
arengar á 1^ Estados, se apoyó con la mano izquierda en el hom- 
bro del príncipe de Orange. 

Era este personaje ambicioso, sin cuya cualidad no hubiera hecho 
un pa{>el tan distinguido. Aspiraba por entonce^ á la dominación de 
losPaises-Bajos, aunque con el carácter de delegado de Felipe. No 
habiéndola obtenido, considerándose objeto de desconfianza (y lo 
era en efecto) para el rey de EspaKa, trató de hacer á su gobierno 
cuanta oposición le era posible, y obtener por este medio lo que el 
favor le denegaba. No podian serle mas favorables las circunstan- 
cias, ni servir mejor á sus designios la política errada de Felipe. 
Tenia medios de satisfacer su ambición, haciéndose apoyo de los 
oprimidos, mostrándose defensor de los privilegios del país, respe- 



CAPITULO XXIX. ; .333 

<ados tan poco por el rey de España. Era el principe instruido, ob- 
servador, gran conocedor de los negocios y los hombres, popular, 
magnifico, hasta pródigo: sabia conservar en el ruido, y hasta en el 
tumulto de un festin, sus verdaderos sentimientos, y no decir mas 
que lo que estaba en armenia con sus designios ó política. Era de 
una reserva proverbial, tan serio, tan avaro de palabras, que me- 
reció el titulo de Taciturno. Aunque criado en la religión católica, 
se hizo siempre sospechoso por sus opiniones, y como para con- 
firmar este concepto, acababa de casarse con una princesa luterana. 

El conde de Egmont, otro de los personajes que hacen un gran 
papel en esM drama, alcanzaba casi tanta fama como el príncipe de 
Orange; mas por medios diferentes. De algunos mas afios que el pri- 
mero, se habia distinguido como cortesano, como hombre de nego- 
cios, pues habia sido honrado con varias embajadas, y sobre todo 
como hombre de guerra, en cuyo teatro lucieron varias veces su ca- 
pacidad y bizarría. Le hemos visto en la batalla de San Quintín der- 
rotar la caballería francesa al frente de la de Felipe, comenzando de 
este modo una derrota que hizo tan famosa esta jornada. En la de 
Gravelines, mandó en jefe el ejército del rey de Espafia. Reunida 
esta gloria personal á las riquezas, á su posición en el pais, hacían 
del conde de Egmont uno de los principales personajes de aquel 
tiempo. 

Era el conde de Egmont tan franco y abierto en sus maneras como 
reservado el príncipe de Orange; casi se puede decir que alcanzaba 
mas popularidad por esta misma circunstancia. Manifestaba sus que- 
jas sin disfraz y sin rodeos; con sentimientos mas reales de adhe- 
sión y lealtad al rey de España, se expresaba acerca de él muchas 
veces, sin ninguna consideración ni miramiento. No disimulaba su 
adversión al cardenal Gran vela, y con la princesa Gobernadora se 
mostraba franco consejero, y no pocas veces censor bastante duro. 
Con el príncipe de Orange^ á pesar de la poca armonía de carácter, 
llevaba relaciones de amistad; tan fuertes eran los vínculos con que 
Ja política del rey de España hacia unir á los principales personajes 
de los Paises-Bajos. 

Citaremos también al conde de Horn, que aunque no de tanta 
Dombradía como los otros dos, era personaje de importancia; de al- 
guna mas edad que ninguno de ambos, militar también y de buen 
nombre, adicto de corazón al príncipe de Orange, que habia sabido 
ganársele por los medios que en él eran tan comunes. 

Tomo i. 43 



334 HISTORU DIB FELIPE IL 

La regente do pudo, pues, iotrodacir la división entre estas tres 
personas. Era necesario otro resorte mas fuerte que el de una sim- 
ple distinción ó gracia de la corte. 

Acordaron los tres el escribir al rey de EspaOa, exponiéndole los 
males del pais, produciendo quejas contra la persona del ministro, 
cuya separación le hacían v6r que era del todo indispensable. Se ex- 
tendió la carta con la anuencia de otros mas nobles; mas algunos se 
resistieron á firmar, y no fué suscrita mas que con los tres nombres 
indicados. 

La Gobernadora, que por sus espías era sabedora de todos estos 
pasos, escribió por parte ¿ su hermano, haciéndole ver la confabu- 
lación en que se hallaban los grandes del pais, y lo fácil que era no 
le presentasen la verdad con sus colores verdaderos. 

Recibió mal el mensaje el rey de EspaQa. Respondió que no es- 
taba acostumbrado á destituir á ninguno de sus servidores por las 
acusaciones de sus enemigos; que presentasen cargos positivos con- 
tra el cardenal, y que si querían dar un carácter mas formal á di- 
cha acusación, viniese uno de ellos á producirla de palabra. 

Constante siempre en su máxima de dividir á los que creía cabe- 
zas de la oposición, escribió por parte al conde de Egmont en tér- 
minos muy expresivos y afectuosos; mas fué en vano, pues volvie- 
ron á escribir los tres, diciendo al rey que no se presentaban como 
acusadores de nadie, sino como hombres que daban un consejo, cuya 
admisión aconsejaba la política. A las amonestaciones del rey para 
que asistiesen al Consejo, respondieron que era un paso inútil, por 
cuanto en el Consejo no se trataban en público ningunos asuntos de 
importancia. El conde de Egmont respondió también por parte, di- 
ciendo que le era imposible presentarse en Madrid como el rey se lo 
insinuaba; que este paso, en lugar de ser útil á la causa del país, 
arruinaría su reputación , que podía ser tan útil á los intereses de 
su soberano. 

Asi quedaron por entonces los negocios. La mayor parte de los 
grandes salieron de Bruselas, y el Cardenal quedó, como siempre, 
omnipotente. Mas creciendo cada dia los odios y las animosidades 
de los grandes y del pueblo, volvió el conde de Egmont á exponer 
á la Rúente los males que iba á acarrear á los Países-Bajos la con* 
tínuacion de este personaje en el gobierno. La princesa, ó bien con- 
vencida-de esto mismo, ó tal vez disgustada interiormente de un 
hombre cuya preponderancia y verdadera autoridad hacia & la suya 



. CAPITULO XXIX. 335 

propia tanta sombra, se decidió por fio á escribir al rey, aconse* 
jándole que tomase este asante en consideración, y se penetrase de 
qne era ya necesaria la remoción de su ministro. 

Ed cnanto á Granvela mismo, que no ignoraba ni estos pasos, ni 
las disposiciones de los ánimos, no tenia por prudente el insistir en 
conservar un puesto precario, que tantos disgustos le acarreaba. 
También dio pasos por su parte para su separación, aunque tanto 
humillaba entonces su amor propio. Mas de todos modos el rey, á 
quien tantas quejas y amonestaciones hicieron por fin fuerza, con- 
sintió en un acto que le repugnaba como depresivo de su autoridad, 
y Granvela recibió la orden de ausentarse de los Paises-Bajos. 

Preparado á este golpe el Cardenal, habia escrito con anticipa- 
ción al duque de Alba pidiéndole sos consejos y su protección para 
que le obtuviese un puesto en la corte de Felipe; mas no quiso com- 
prometerse dicho persónese en dar este paso delicado, y aconsejó al 
Cardenal que se retirase por entonces á Borgofia ó ai Franco-Con- 
dado, país de SQ naturaleza. Tomó Granvela su consejo, y salió de 
Bruselas-, dirigiéndose á Besanzoo, de donde tomó muy luego el ea- 
mino para Roma. 

Ya nos encontraremos mas adelante con este personaje, que á pe- 
sar de su separación de los Paises-Bajos, nunca perdió el favor del 
rey de EspaOa. 






CAPÍTULO XXX* 



Sigue la materia del anterior. — ^Edictos sobre la Inquisición. — ^Sobre el concilio de 
Trento. — Confederación de la nobleza. — ^Mendigos. — ^Excesos de los nuevos sec- 
tarios. — Represiones. — ^Medidas medias. — ^Entrada de tropas. — ^Recobra la Gober- 
nadora el ascendiente. — Castigos de sectarios. — Disolución de la confederación.— 
Retirada del príncipe de Orange. — Resuelve el rey de EspaSa enviar al duque de 
Alba á los Paises-Rajos. (1865-1867.) (1) 



Fué la separación del cardenal Gran vela de los Paises-Bajos una 
medida sin duda muy prudente; mas no estaba en esto ia verdadera 
llaga, la verdadera causa de los disturbios que los molestaban. Tal 
cual Gran vela se mostraba, no era mas que el verdadero agente de 
la política del rey de Espafia. No bastaba, pues, cambiar de brazo 
ó de instrumento, quedando él mismo el resorte, el alma principal 
que le movia. Con la política inflexible de Felipe, no pedia haber 
paz ni amalgama entre tantos elementos de disidencia y de desor- 
den. No queremos decir que con otra conducta no hubiese sucedido 
lo mismo en el conflicto á que habían llegado los intereses, las pa- 
siones, las ideas. Un rompimiento era ya inminente, inevitable, y 
los pasos que daba el rey no hacían mas que acelerar esta declara- 
ción de guerra abierta. Era ya imposible gobernar aquel pais según 
sus máximas de administración, y en cuanto á purgarle de la he- 
rejía, que fué el pensamiento favorito, dominante y exclasivo de 
Felipe, era verdaderamente una quimera. Todas las cartas del mo- 



(1) Las mismas aotoridadef que en el anterior. 



CAPITULO XXX. 337 

• 

narca á la Gobernadora se dirigian á que conservase la religión, ár 
que se persiguiesen y castigasen los herejes, y no parecia sino que 
á proporción que el rey se obstinaba en extirpar, se desarrollaban 
mas y mas las nuevas sectas. En varios puntos se manifestaron los 
« desórdenes que hemos ya indicado, que entonces no eran mas que 
cosas aisladas, y no efecto de un pronunciamiento abierto. En Am- 
beres tuvo el verdugo que matar á puñaladas á un famoso apóstata 
llamado Fabricio, á quien el pueblo trataba de arrancarle de la ho- 
guera: en Rupelmonde llegó la desesperación de un clérigo, tam- 
bién hereje , á incendiar un archivo que se hallaba contiguo á la 
cárcel: en Brujas se alzó el populacho contra los inquisidores, y ar- 
rancaron de su mano un preso. 

Las medidas que se tomaban en reprimir estos excesos, en vez 
de apagar el incendio, le daban nuevo pábulo. 

La promulgación del Concilio de Trento era uno de los objetos 
principales, quizá el mas interesante que ocupaba la atención del 
rey de EspaQa. Hemos visto que en aquella asamblea, habiéndose 
disputado la precedencia entre los embajadores de España y de Fran- 
cia, se decidió la cuestión por este último. La misma determinación 
se habia tomado por los cardenales en Roma, á quienes el Pontífice 
habia encomendado este negocio tan desagradable» y espinoso. Al 
rey de España ofendió muchísimo una determinación que tuvo por 
injusta y depresiva. Mas los que se imaginaban que esto habia de 
influir en la observancia y aceptación del concilio, no conocían bas- 
tante los verdaderos sentimientos del monarca. 

Se alegraron muchísimo en los Paises-Bajos , creyendo que se- 
mejante injusticia les eximiría de lo que llamaban el yugo del con- 
cilio; mas luego llegó orden de Felipe para que se publicase y se 
pusiese en observancia todos sus decretos y disposiciones. Pareció 
la medida algo violenta á la Gobernadora, y dudó mucho sobre la 
publicación de algunos de ellos. El Consejo, á quien expuso sus di- 
ficultades, fué del mismo modo de pensar; mas el Rey se obstinó en 
que nada se omitiese. 

Con esto se pone bien de claro que el rey de España procedía en 
estos asuntos como un hombre que después de tomada una resolu- 
cioD, no se detiene en la naturaleza délos medios de llevarla acabo. 
Natural era que reflexionase que la Gobernadora y su Consejo es- 
taban mas al cabo del estado del país, y puesto que le indicaban los 
inconvenientes de la adopción de la medida, accediese á sus miras 



838 HISTOIUÁ DE FBUPS IL 

7 adoptase su política; mas era para él ud asuDto capital la admí^ 
sioD eD su totalidad de los decretos del concilio, y todo lo demiis h 
parecía de od orden secundario. Repitió, pues, la orden de que se 
llevase adelante su decreto, y que nada se omitiese para reprimir y 
castigar con mano fuerte á los herejes. Mas no bastaba el mandar, 
pues los obstáculos insuperables que encontraba la Gobernadora eran 
superiores á estas órdenes. Volvieron á Madrid las representaciones 
de la Gobernadora y su Consejo. Para apoyarlas de palabra se en- 
vió ala corte de Espada al conde de Egmont, que, como hemos in-^ 
sinuado, no era en apariencia objeta de suspicacia para el rey ca- 
tólico. 

Se verificaban mientras tanto las conferencias de Bayona, de que 
hemos hecho mención en su lugar correspondiente. Por mas que se 
quiso dar á esta entrevista un aire de familia, estaba persuadido lodo» 
el mundo de que se trataban en ella asuntos de gravísima impor- 
tancia. Se hablaba de un plan de exterminio total de los herejes; y 
como en estos casos vuela tanto la imaginación , así en los que es- 
peran como en los que temen, no eraextraBo que las cosas se abul- 
tasen, aunque en realidad todos los historiadores de aquella época 
convienen en que el estado de la herejía en Francia y los medios de 
acabar con ella fueron el asunto principal de aquella reunión fa- 
mosa. Si el rey de EspaDa no asistió personalmente á ella, fué, 6 
por no comprometerla dentro de un reino extrafio, ó no dar mas 
campo á las sospechas; y sobre todo por no creer este paso necesa- 
rio, habiendo dado instrucciones al duque de Alba, que en on todo 
le representaba. Circularon, pues, en los Paises-Bajos con este mo- 
tivo rumores alarmantes que atizaron el fuego de descontento y aver- 
sión al gobierno espaOol, aumentando los embarazos de la princesa 
Gobernadora y su Consejo. 

Llegó á principios del afio 1565 el conde de Egmont á Madrid, 
donde fué bien recibido del monarca. Su respuesta no fué otra qae 
la que habia dado anteriormente; 4 saber, que se llevase adelante 
lo mandado, y que se reprimiese y castigase á los herejes. Para dar 
mayor solemnidad y pesoá su determinación, reunió un consejo de 
teólogos, á quienes sometió la gravedad de aquellas circunstancias* 
No todos los individuos de esta reunión aprobaron abiertamente sus 
sentimientos y medidas de severidad y de dureza. Algunos fueron 
de opinión de que debía cederse algo al estado de las opiniones y 
crítico de la situación, y manifestando al rey su dictamen quepodia 



apiTüLO XXX. 389 

asar de tolerancia, si este era un camino de conservar mas fieles 
adictos á la comunión romana. «No se trata de saber si puedo, res- 
pondió Felipe; la cuestión es si debo tolerar en mis dominios á ene- 
migos de la Iglesia.» Como los teólogos propendiesen á la afirma- 
tiva, si tal era el estado del negocio, se arrodilló Felipe ante un Cru- 
cifijo, diciendo: aSefior, yo prometo no dar nunca leyes ni mandar 
en región alguna donde os desprecien. x> 

Con estos datos podemos muy bien conjeturar la respuesta que 
enviaría á la princesa Gobernadora, aunque Egmoot no fué el por- 
tador de todas las voluntades de Felipe. Le dio, sin embargo, una 
instrucción relativa al modo como se habían de conducir con los he- 
rejes, instituyendo una junta para ello. Le entregó asimismo 60,000 
ducados de oro para la milicia, 200,000 para las guarniciones, 
150,000 para gobernadores y magistrados, diciéndole que quisiera 
mandar mas, pero que tenia que atender á otras obligaciones igual- 
mente perentorias. También le entregó la persona de Alejandro, hijo 
de la Gobernadora, de diez y nueve afios de edad, con lo que dejó 
á la madre altamente satisfecha. Poco después se celebraron con 
gran solemnidad en Bruselas las bodas.de este príncipe con la prin- 
cesa Maria de Portugal, hija del principe don Eduardo ó don Duar- 
te, hermano de don Juan III; mas estas grandes funciones y fiestas 
de familia no eudulzaron la amarga situación en que se hallaba la 
Gobernadora. 

El conde de Egmont, á quien no se le fiaron todas las instruc- 
ciones que envió el rey por carta separada á la princesa, se quejó 
amargamente de una conducta que tan altamente comprometía su 
reputación en el pais, pues se le supondría partícipe de medidas im- 
populares que fuertemente reprobaba. A pesar de que trabajó el rey 
en persuadirle de que no había contradicción alguna entre las ins- 
trucciones de que había sido portador, y las que habian ido en car- 
tas separadas, no se dieron órdenes menos severas para que se apo- 
yase todo lo posible á los inquisidores, y se publicasen en su tota-* 
lidad las decisiones del concilio. Se extendió en los términos mas 
severos el edicto en que esta obediencia y sumisión se prescribía, y 
se distribuyó con profusión en todas las provincias. 

Avivó este edicto la llama del descontento, y por todas partes fué 
blanco de invectivas y censura. En algunas provincias, sobre todo 
en Brabante, donde apenas pudo precederse á la publicación del 
edicto, todas las clases del estado se le mostraron enemigas, sobre 



3iO QISTOñU DE FELIPE )f. 

todo los Dobles, y mas que Dadie el príocipe de Oraoge, quecooti- 
Duaba aprovecháDdose de esta disposición tan favorable de los 
áDimos. 

Se siguió á estos disgustos públicos, ó por mejor decir los infla- 
mó de nuevo, una reunioD de nobles que, en número de nueve, ce- 
lebraron cierta especie de confederación contra la promulgación y 
observancia del edicto. Figuraban á la cabeza, Luis de Nassau, her- 
mano del príncipe de Oraoge, Brederod conde de Utrecht, el conde 
Garios Maosfeid, hijo del otro de este nombre, el conde de Kuilen- 
bourg, el coode de Tolosa, el conde de Santa Aldegundis Felipe de 
Marnix. En noviembre de 1565 extendieron con solemnidad la fór- 
mula de su juramento. Decian en su manifiesto, que engafiaban al 
rey los que le aconsejaban el establecimiento en los Paises-Bajos de 
la ÍDquisicion, tribunal de sangre, que además de sus crueldades, 
envilecía, degradaba y esclavizaba á los hombres, poniendo al bue- 
no, al virtuoso, al honrado padre de familia á merced de infames 
delatores; que movidos de estos sentimientos, y mirando por la tran- 
quilidad y seguridad de los ciudadanos, se declaraban contra el es- 
tablecimiento de semejante tribunal, comprometiéndose con sus per- 
sonas y sus vidas á llevar adelante su propósito, confederándose, 
prometiéndose ayuda mutua en favor de cualquiera individuo de la 
confederación, que sufriese ó fuese perseguido por abrigar estos no- 
bles sentimientos y trabajase por hacerlos efectivos. De la justicia 
de su causa, de la pureza de sus intenciones, ponían por testigo á 
Dios, y hacian á su pais la manifestación mas formal y mas solem- 
ne. Se distribuyó esta fórmula, ó sea manifestación, por miles de 
ejemplares, y fué recibida del pais con muchísimo entusiasmo. 

Abrazaron la causa de los nobles los mercaderes y demás clases 
populares, y muchos católicos no se manifestaron menos prontos k 
seguir esta bandera que los disidentes en materias religiosas. Es fá- 
cil de conocer que no llevaban unos y otros unas mismas miras; qoe 
algunos aspiraban solo á verse libres de la Inquisición, mientras 
otros trataban de conseguir una libertad completa de conciencia. De 
todos modos, se acrecentó muchísimo el número de los confedera- 
dos, y á pocos dias de la primera reunión, ya pasaban de seiscien-^ 
tos. Se hallaban entre ellos, y los animaban sin duda en secreto, el 
príncipe de Orange, los condes de Egmont y de Horn; mas ninguno 
de estos tres se habia declarado abiertamente. Tampoco eran pú- 
blicas, aunque ninguno las ponia en duda, las relaciones de los con- 



CAPITULO XXX. 311 

federados con la reina de Inglaterra, los hugonotes de Francia y los 
nobles luteranos de Alemania. 

Nada de esto cogia desprevenida á la princesa, pues por todas 
partes tenía emisarios que le daban cuenta de la conducta de los 
disidentes. Trataba de neutralizar sus disposiciones, que ya raya- 
ban en hostilidades, por medio de cartas secretas que enviaba á los 
Gobernadores para que llevasen á rigor las disposiciones de los edic- 
tos, inspeccionando castillos y fortalezas, poniéndose de inteligen- 
cia con la corte de Francia, á la que hacia saber cuanto pasaba; 
mas no estaba en el poder de la princesa ni en el de Felipe resistir 
por medio de decretos, á un torrente que por todas partes desbor- 
daba. Llegó en los nobles el ánimo y la resolución hasta presentar- 
se delante de Bruselas y pedir admisión dentro de sus muros para 
entregar un memorial á la princesa. Celebrábase entonces en aque- 
lla capital una asamblea de caballeros del Toisón de Oro. Con este 
motivo se deliberó en el consejo sobre la petición extrafia de los con- 
federados, sometiéndose á su decisión si debian ó no ser admitidos. 
Opinaron por la afirmativa el principe de Orange, el conde de Eg- 
mont y sus amigos. Fueron de la opinión contraria entre otros el 
conde de Mansfeld, y el de Barlamont, que se mostraba siempre 
contrario á la opinión del príncipe de Orange. Manifestó este que 
no podía haber inconveniente alguno en recibir la petición de los 
coDfederados, y no dejó pasar la ocasión de censurar la conducta 
del rey, que tan mal recompensaba los servicios del país y los sa- 
crificios que en su obsequio hacia. En vano la Gobernadora les hi- 
zo verlo vicioso de su pretensión, manifestando que la Inquisición 
no era una institución nueva en el país, pues llevaba ya de fecha 
cuarenta afios; mas la demostraron que habia mucha diferencia en- 
tre la Inquisición ejercida por los obispos del país y la que se que- 
ría establecer ahora, dependiente en un todo de las voluntades del 
Pontífice. 

El consejo decidió, pues, la admisión de los confederados, que 
entraron en 7 de abril del afio 1566 .con grande aparato y ceremo- 
nia rodeados de la muchedumbre. Fueron hospedados en casa de 
los demás nobles, y con esto se estrechó mas la liga renovándose 
juramento de que todos se declaraban mancomunados contra sus 
enemigos, ofreciéndose protección y auxilios mutuos. A los dos dias 
se presentaron en palacio con fieredod, á la cabeza, quien con to- 
das las demostraciones de sumisión y de respeto puso en manos de 

Tomo i. 44 



342 HISTORIA BB FEUPB II. 

la Gobernadora una petición reducida á tres artículos, solicitando la 
revocación de los edictos sobre la Inquisición y obediencia á las de- 
cisiones del concilio. AI mismo tiempo se quejaron á la Gobernado- 
ra de las carias que sus enemigos le hablan escrito contra ellos, pi- 
diéndole que declarase los nombres de los delatores. Les respondió 
Margarita que tomaría el asunto en consideración, que lo consulta- 
ría con el rey, y no les dio mas respuesta por entonces, con la cual 
se despidieron. Mas al día siguiente se les devolvió la petición con 
nn decreto al margen en que se les ofrecía mitigar los decretos re- 
lativos á la Inquisición y á otros puntos de litigio: con este motivo 
volvieron los comisionados á palacio y dieron gracias á la Gober- 
nadora. 

Se celebró aquel mismo dia un banquete k que asistieron la ma- 
yor parte de los confederados. En el calor de la conversación y del 
vino se discutió un punto que hasta entonces no se habia tratado, 
á saber: qué nombre se daría á su asociación, pues hasta entonces 
no habia sido designada con ninguno. La decisión que se adoptó en 
el particular fué verdaderamente propia de su sobremesa. Parece 
que Barlamont ó algún otro de los principales consejeros de la Go- 
bernadora, para indicar lo poco que valian los confederados, los ha- 
bían designado con el nombre de mendigos. Fué esta especie la que 
con broma y algazara les hizo adoptar el nombre definitivo que se 
dieron. ¡Vivan los niendigos, vivan los mendigos! se vociferó en la 
mesa, por cuyos convidados circuló un vaso con unas alforjillas y 
una especie de taza ó de hortera llena de vino, en que brindaron 
todos. En el calor de aquella discusión llegaron el príncipe de Oran* 
ge y el conde de Egmont, con lo que se renovaron los brindis y las 
aclamaciones. 

Tal fué el origen de los mendigos de los Países-Bajos, que lleva- 
ban por divisa de su confederación una taleguilla con una hortera ai 
lado, y una medalla al cuello con una inscripción de ser fieles al 
rey hasta la talega. Después de algunos días de permanencia en 
Bruselas se salieron del modo mas público, en número de mas de 
^inientos, recibiendo fuegos de saludo. Brederod se retiró á Ambe- 
res y los otros á Gaeldres, desde cuyos puntos trataron de esparcir 
y aumentar la asociación con toda la actividad posible. En vano 
envió la Regente un mensajero k Amberes para que se precayie- 
^ sen de Bráierod y espiasen su conducta. Ño fué por eso menos 
popular en la ciudad este jefe, y cuando supo la determinación de 



CAPITULO XXX. 343 

la Gobernadora, salió á las ventanas de su casa con un vaso de 
vino en la mano y brindó á presencia de la mucheduníbre contra 
una institución tan aborrecida y detestada. 

No le fallaban & la princesa Gobernadora buenos deseos y espí- 
ritu conciliador que templase las pasiones; mas se bailaba con- 
trariada en su modo de pensar por las órdenes terminantes de Fe- 
lipe, á quien procuraba complacer en todo. Convencida de lo im- 
posible que era poner en planta los edictos venidos de Madrid, ima- 
ginó uno que concillase en lo posible las ideas del monarca y las de 
los confederados, es decir, un término medio igualmente distante de 
los dos extremos. Habiendo propuesto en su consejo si esla medida 
se llevarla á efecto ó no, se decidió por la afirmativa el principe de 
Orange, y en efecto se extendió y circuló el edicto. Pero Margarita 
no le dirigió á todas las provincias á la vez, sino de un modo su- 
cesivo, comenzando por aquellas donde no se manifestaba tanto el 
espíritu de resistencia á los edictos anteriores. Adoptaron el decreto 
que se llamó de moderación, las provincias de Artois, Namur y 
Luxemburgo. Otras manifestaron que estaban prontas k recibirle 
con algunas modificaciones; otras abiertamente se negaron. En ge- 
neral fué de tan poca eficacia la medida y tan impopular, que en 
logar de llamarle edicto de moderación, se le dio el título demoor- 
deration, que en aquella lengua significa asesinato. Y aun para la 
aprobación de esta medida, que tan poco agradable se manifestaba, 
le era preciso el consentimiento del rey, para lo que le envió de men- 
sajeros á los condes de Montigny y de Berghen. 

En el punto donde se babian puesto los negocios, era ya imposi- 
ble á los hombres de cierta consideración é influencia en el pais per- 
manecer neutrales, tratándose de cosas que tanto se chocaban y se 
contradecían. Entre ellos se hallaba principalmeii te el príncipe de 
Orange, quien ni amaba al rey ni gustaba de su política ni sus re- 
soluciones, y que por otra parte no quería, ó por principios ó por 
otras miras ulteriores, manifestarse jefe y afiliado en el partido 
opuesto. Objeto de la suspicacia de Felipe, no se lisonjeaba de acer- 
tar nunca á complacerle, y por otra parte temia perder su popula- 
ridad mostrándose celoso servidor de aquel monarca. Hizo, pues, 
renuncia de sus cargos á la Gobernadora, diciéndola que no necesi- 
taba el rey servidores que eran objeto de sus desconfianzas, y que 
por lo mismo no podia ser de utilidad en puesto alguno. Siguieron 
su ejemplo los condes de Horn y de Egmont, marchándose este úl- 



844 HISTORU DB FELIPE II. 

timo á tomar bafios. Se quejó amargamente de esta conducta la 
Regente, diciéndoles que ¿cómo la abandonaban en aquel conflicto, 
y quién podría en adelante apoyar su autoridac^.; abandonando sus 
puestos personas de su influencia y nombradkf Retiró el conde de 
Egmont su petición y conservó sus cargos^ Anduvo mas remiso en 
eso el principe de Orange, que rara ve^ era muy explícito en sus 
pasos y en sus determinaciones. Er cuanto al conde de Horn, se 
retiró definitivamente de la vida pública. 

Mientras tanto se aumentaba cada dia en los Paises-Bajos el nú- 
mero de los sectarios. En todas partes hacian nuevas irrupciones los 
luteranos, los calvinistas y los anabaptistas, sin que todas las me- 
didas del mundo pudiesen impedirlo en un pais de tantas relaciones 
como Flandes con naciones donde dichas sectas pululaban. Por el 
norte se componía el mayor número de luteranos, como la religión 
de los príncipes del Imperio; por el mediodía eran especialmente 
calvinistas, como en estrecha relación con los de Francia. Se entra- 
ban los misioneros con la apariencia y bajo el traje de comerciantes 
ó artesanos que esparcían en secreto sus doctrinas; pero por la impo- 
pularidad del nuevo edicto de la Gobernadora, cobraron mas alien- 
to, y de privadas confabulaciones procedieron á predicar abierta- 
mente en público. En Oudenarde, Gante y casi toda Flandes, se pre- 
sentó como principal misionero un tal Fernando Striguer, ex-fraile 
franciscano, que arrastraba tras si la muchedumbre entusiasmada 
con una elocuencia que hablaba á su imaginación y á sus pasiones- 
Llevaban los mas atrevidos armas de fuego, picas y alabardas con 
que cercaban el campo donde predicaba el misionero. Con un carro 
le formaban una especie de pulpito con toldo, para defenderle del 
sol ó inclemencias de la atmósfera. Allí se predicaba, se cantaban 
salmos y se administraban sacramentos según prescribía la doctri- 
na de Galvino. Lo mismo practicaba un tal Ambrosio Ville en Tour- 
nay, y Pedro Dathem en Flandes del poniente. De Tournay, que se 
hallaba sin guarnición, se apoderaron, poniendo en libertad á los 
presos por sus opiniones. Ligados los de esta ciudad con los de Va- 
lenciennes y Amberes, se reunieron de los tres puntos hasta mas de 
diez y seis mil con carros y armas para oir sermones y cantar sos 
salmos. No solo ponían en práctica el culto de las nuevas sectas, 
sino que hacian burla del de Roma por medio de farsas, en que se 
ponían en ridículo sus trajes y sus ceremonias. 

Comenzaba este desorden á inspirar serias inquietudes. De Am- 



CAPITULO XXX. 8i5 

beres dieron parte de todo á la Gobernadora, instándola á que cuan- 
to mas antes se pusiese en camino para dicho punto. No atrevién- 
dose ¿ ello Margarita, mandó en su lugar al conde de Mengel; mas 
su presencia en lugar de aplacar los desórdenes de Amberes, los 
hizo degenerar en tumulto abierto, prorumpiendo la muchedumbre 
en vociferaciones contra Mengel, á quien se acusaba de ser porta- 
dor de órdenes secretas para plantear el tribunal de la Inquisición, 
objeto de tanta antipatía. Intimidado Mengel tuvo que salir deAm- 
beres, y con este motivo volvieron los comisionados de esta ciudad 
con nuevas súplicas á la Gobernadora para que se pusiese inme- 
diatamente en camino, si la quería ver salvada, y en caso de que 
no pudiese les mandase en su lugar al príncipe de Orange. Aceptó 
este la comisión que le dio para ello Margarita, á pesar de sus re- 
soluciones anteriores, y se dirigió á Amberes, de cuyo pueblo fué 
recibido con muchísimos aplausos. Participaron todas las clases de 
estos sentimientos, y los unos como los otros, miraron como un sal- 
vador al príncipe de Orange. Sérío éste, y circunspecto, aplacó poco 
á poco la efervescencia popular, y con su carácter conciliador, al 
mismo tiempo de hacer concesiones á los sectarios, protegió al culto 
católico contra las violencias de que estaba amenazado. 

Mientras tanto la Gobernadora, siempre con desconfianza de unos 
y de otros, retiró el acto de indulgencia que habia concedido á los 
confederados. Con este motivo se reunieron estos con Brederod á so 
cabeza en Santron, y desde allí pidieron á la Gobernadora seguri- 
dad personal, manifestando pretensiones poco asequibles, pero con 
tono muy alto y decisivo. Fué portador de este mensaje el conde jo- 
ven de Mansfeld, y la Gobernadora envió á los confederados al prín- 
cipe de Orange y al conde de Egmont como sus plenipotenciarios. 
Preguntaron estos en nombre de Margarita qué pretensiones tenían 
y por qué se celebraba aquella reunión extraordinaria. Los confe- 
derados dijeron que no tenían ninguna seguridad, y que además se 
Teian objetos de desconfianza y calumniados. No accedió la Regenta 
á SQs solicitudes. Destituida de consejo en aquella crisis, con grao 
falta de recursos, y desconfiando del príncipe y de Egmont, dijo ¿ 
los confederados que esperasen la respuesta del rey otros veintí* 
cuatro dias. 

Llegó el conde de Montigny con el de Berghen á Madrid con el 
mensaje de la Regente, cuyas pretensiones eran, entre otras, la abo- 
lición del decreto de la Inquisición, ó mas bien, el que se sustrajese 



346 HISTOEIA D8 FELIPE II. 

de este lo que era tan odiado de aquellos habitantes. También la 
convocación de los Estados generales era una de las medidas urgen- 
tes que aquella princesa proponía. 

Se hallaba entonces Felipe II en Valsain, cerca de Segovia, é in- 
mediatamente mandó que se juntase el Consejo de Estado, com- 
puesto del duque de Alba, de Gómez de Figjueroa, del conde de Fe- 
ria, de don Antonio de Toledo, de don Juan Manrique de Lara, de 
Rui-Gomez, príncipe de Eboly, de Luis Quijada, de Carlos Tisse- 
nac, presidente del Consejo de Flandes. En el seno de esta reunión 
se trataron los negocios tan delicados de los Paises-Bajos; se exa- 
minó la conducta de los confederados, la irrupción de los innovado- 
res y sus predicaciones públicas. Se debatió en el Consejo en pro y 
en contra, como sucede en tales casos, y una de las cuestiones mas 
importantes fué la de si el rey en aquellas circunstancias debia di- 
rigirse á los Paises-Bajos. Muchos opinaron por la afirmativa: otros 
alegaron los grandes riesgos á que se expondría el rey, haciéndose 
al mar en estación tan avanzada, opinión que prevaleció en la ma- 
yoría del Consejo. También hubo opiniones de que se retirasen los 
edictos y se confirmase el de indulgencia. Después de oidos á unos 
y á otros no resolvió allí otra cosa el rey, mas que se hiciesen ro- 
gativas y procesiones para que Dios iluminase sus consejos. 

Escribió el rey á la Regente que no creia necesaria la convoca- 
ción de los Estados, y que por lo mismo no podia acceder á la adop- 
ción de esta medida. La mandó al mismo tiempo que estuviese pre- 
parada para la guerra, allegando tres mil caballos y dos mil infan- 
tes, mientras él arreglaba un regimiento de caballería. Escribió 
además & muchos grandes del pais y ciudades principales en los 
términos mas corteses, exhortándolos á que continuasen con su con- 
ducta, y los sentimientos de fidelidad y adhesión á su persona. En 
cuanto á los edictos, aflojó algún tanto de su rigor acostumbrado. 
Con estas respuestas se volvió uno de los mensajeros, el conde de 
Berghen; mas antes de llegar á los Paises-Bajos habían ocurrido 
sucesos desagradables, de un orden sumamente desastroso. 

Desechaban los nuevos sectarios el culto de las imágenes, que por 
todas partes eran objeto de su antipatía. Ya hemos visto cómo en 
Escocia, en Inglaterra, en Alemania, en Francia, fueron moclias 
veces invadidos los templos, robados los objetos del culto de algon 
valor, y quebradas las imágenes. De iguales violencias fueron tea- 
tro los Paises-Bajos. De las predicaciones en campo abierto, pasa- 



CAPITULO XXX. 347 

ron á hostilizar á los templos de sas antagonistas. Mas de trescien- 
tos foragidos se presentaron en las iglesias de la Flandes occidental 
en Saint-Omer, Iprés, Menin y Oudenarde. Con martillos, con pa- 
lancas, con todos los instrumentos posibles de dilapidación y des- 
trucción, invadían los altares y cometían toda clase de destrozos. 

También quisieron cometer estos excesos en Amberes, y se hu- 
bieran realizado á no imponer su intercesión el príncipe de Orange. 
Mas restituido & Bruselas, á consecuencia de llamamiento de la Go- 
bernadora, quedó la ciudad abandonada y continuó el tumulto, te- 
niendo por blanco nada menos que la catedral de la ciudad, donde, 
entre otras imágenes, fué despedazada la de la Virgen, objeto de 
gran devoción para aquellos habitantes. Los mismos excesos se co- 
metieron en Gante, en Tournay, en Yalenciennes. En Holanda y 
otras ciudades del norte de los Paises-Bajos se vieron los magis- 
trados en la necesidad de retirar de las iglesias los objetos del culto, 
á fin de que no fuesen víctima de la codicia y profanación de los 
sectarios. 

Alarmada la Gobernadora, y atemorizada además, quiso huir de 
Bruselas. Mas se lo disuadieron sus consejeros, y entre ellos eí fa- 
moso Vigilo que estaba separado, hacia algún tiempo, de sus car- 
gos. Accedió por fin Margarita á sus razones. Nombraron por go- 
bernador de la ciudad al conde de Mansfelt, quien tomó medidas de 
defensa, aumentando la guarnición, dando armas á los mismos cria- 
dos y sirvientes de palacio. 

Aconsejaron al mismo tiempo á la Gobernadora que se soltase de 
la cárcel á los aprehendidos por predicadores; que se diesen á co- 
nocer los nuevos edictos conciliadores que habían llegado de la corte 
de España; que no se hablase nada de castigos; que concediesen la 
seguridad personal que pedían los mendigos. El príncipe de Orange 
7 el conde de Egmont se mostraron en buenos términos con la Go- 
bernadora durante aquellas apuradas circunstancias, y después de 
haberse dado promesas mutuas de sinceridad, se dirigieron el pri- 
mero á Amberes y el segundo á Flandes. 

Igual efecto hizo la presencia del príncipe de Orange en Amberes 
esta vez, que la pasada. Restituyó á los católicos los edificios del 
culto, al mismo tiempo que concedió á los protestantes puntos donde 
pudiesen públicamente celebrar el suyo, debiendo presentarse en es- 
tos actos sin espadas, sin ninguna clase de armas. Después de pa- 
cificada Amberes, se dirigió el principe con el mismo objeto á Utrecht, 



318 HISTOHIA DE FEUPS li. 

& Holanda y á Zelanda, donde observó la misma conducta, pacifi- 
cando los ánimos y haciendo justicia á cada QQO de los dos partidos. 

También en Bruselas trataron de hacerse con templos suyos los 
de las nuevas sectas; mas se negó á ello la Regente, cuya autori- 
dad, apoyada en la energía del Gobernador y jefe de la guarnición, 
fué entonces respetada. 

En Tournay se suscitaron muchas disputas sobre la distribución 
de lugares de culto. El Gobernador asignó á los protestantes losar- 
rabales de la ciudad para construir sus templos; mas los nuevos 
sectarios se obstinaban en tenerlos dentro, por hallarse alli el ma- 
yor número de sus correligionarios; pero al fin se aplacaron, acce- 
diendo á lo que el Gobernador les proponía. 

Fué en Valenciennes, donde se suscitaron con estas disputas mas 
disturbios. Habian sido mas frecuentes en esta ciudad que en nin- 
guna otra, sea porque hubiese mayor número de herejes, ó porque 
la vecindad á Francia los hiciese mas ardientes y atrevidos. Tenian 
entonces en su seno, un predicador de esta nación, llamado La- 
grange, que arrastraba á la muchedumbre con el poder de su elo- 
cuencia; llegando ha^ta amenazar álos magistrados con entregarla 
plaza á los hugonotes, si sus hermanos no entraban en goce del 
derecho de ejercer en público su culto, como lo hacian los demás 
cristianos. Se mostró muy celoso el conde de Egmont en Gante, ca- 
pital de su gobierno, protegiendo á los católicos contra los ataques 
de los calvinistas, con la restitución de los templos que les habian 
usurpado. Solo permitió á los nuevos sectarios uno de su culto faera 
de los muros de la plaza. 

Se conduelan, como se ve, el principe de Orange y el conde de 
Egmont en el sentido del orden y el reposo público, mostrándose 
muy celosos por la autoridad de la Gobernadora y obsequiosos en 
servir los intereses del seOor de los Paises-Bajos. Mas no por eso se 
hicieron gratos á este monarca, que con tanta desconfianza los mi- 
raba y tan presentes tenia sus pasos anteriores. Además de esto, la 
contemporización con los sectarios que estos príncipes observaban 
como regla de conducta, no podia ser del agrado de un rey, para 
quien el nombre de hereje encerraba todas las maldades y crfmeDes 
posibles. 

Mientras tanto le apretaba con sus cartas la Gobernadora, para 
que cuanto mas antes se presentase en los Paises-Bajos. Lo mismo 
le decían el príncipe de Orange, el conde de Egmont y los otros 



CA»ÍTOLO XXX. 849 

grandes. Por so parte le proponía el emperador la necesidad de que * 
aflojase algo de sus pretensiones, proponiéndose hasta por mediador 
si se consideraba este paso necesario. 

Si algún pais podia reclamar con urgencia la presencia de su rey, 
era Flandes sin disputa. Basta lo poco que llevamos dicho para con- 
cebir la confusión y desorden en que estaba envuelto. Por una par- 
te, edictos para el establecimiento de la Inquisición; por otra per- 
misos á los sectarios para que erigiesen templos de su nuevcvculto. 
Aquí pretensiones de gobierno absoluto; allí consentida una confe- 
deración política que imponía condiciones, la Gobernadora no tenia 
fuerza : los grandes que la auxiliaban no eran siempre sinceros en 
su profesión de fe política : entre estos mismos, existían diferen- 
cias muy marcadas de carácter, sobre todo de miras y segundas 
intenciones. El único punto al que todas las opiniones y partidos 
convergían , era el disgusto hacia la dominación del rey de Es- 
paSa. 

Se hallaba á la sazón en Segovia este monarca (1566), y todos 
estos puntos fueron sometidos en el momento á su Consejo. Se mos- 
traron en él los parciales de Gran vela muy contrarios á los de los 
grandes de los Paises-Bajos. A sus manejos, á sus intrigas, á sus 
pasos ocultos^ atribuían los primeros todos los disturbios deque 
aquella región era teatro. Dijeron que sin su conducta doble y po- 
lítica torcida, no le hubieran inundado los herejes, ni tenido lugar 
la confederación de los mendigos, ni dádose el escándalo de las pre- 
dicaciones en el campo, ni consumádose la iniquidad con el allana- 
miento de los templos y la destrucción de sus imágenes; que todos 
eran unos, pero que los grandes eran mas culpables que los chicos; 
por lo que convenía que sobre los primeros, recayesen principal- 
mente los castigos. 

En este punto convinieron casi todos. También se adoptó con una^ 
Aimidad la idea de que el rey se presentase en Flandes. Mas sobre 
el modo de hacer el viaje y los que habían de acompafiarie, hubo 
diversidad de pareceres. 

Opinó la parcialidad contraria al duque de Alba, y donde figu- 
raba el príncipe de Ebolí, que el rey partiese sin ejército, haciendo 
ver el costo, los embarazos de la traslación de tantas fuerzas á los 
Paises-Bajos, el aire de extranjero que daria al rey el presentarse 
en medio de sus pueblos , rodeado de fuerzas extrafias al país; lo 
gravoso que seria su manutención, y que en lugar de aplacar los 

VOMO I. iS 



8S0 HISTOBIA DE FBUPB IL 

ánimos, este despliegue de fuerza y de violescáa tos eiMoenaiia mas 
y mas del rey de Espafia, etc. 

Respondió á esto el duque de Alba que nuDca eraa mas necesa- 
rias las fuerzas, que para imponer á un país que recurria en su 
desobediencia á medios tan violentos. Que el viaje del rey era mas 
bien para reprimir, que para conciliar los ánimos; que solo se po- 
dían aplacar con el respeto y temor de los castigos. Que todos ha- 
bían pecado, y por lo mismo debían ser todos merecedores de cas- 
tigos; que tal vez el rey se expondría á desaires personales, no 
viéndose rodeado de un ejército disciplinado, que se mostrase ins- 
trumento ciego de sus disposiciones. 

Prevaleció esta opinión como era de esperarse, y después se trató 
de la ruta que seguiría el monarca. Por el mar, era imposible en 
aquella estación hacer el viaje. Desembarcando en ItaJía, se le ofre- 
cían dos caminos, ó por Trente atravesando la Alemania, ó por los 
Alpes, Suiza y orillas del Rhín; mas ambas rutas tenian el incoo- 
veniente de atravesar tierras de príncipes luteranos, ó de calvinis- 
tas. Por otra parte, era preciso hacer Yenir de Italia las galeras en 
que debía de embarcarse el rey, lo que todavía era obra para al- 
gunos meses. No tenia el rey deseos de hacer el viiye de los Países- 
Bajos. Jamás hijo en esta parte fué tan diferente de su padre. Tan 
activo como este se mostraba para presentarse donde quiera que 
creía necesaria su presencia, tan opuesto era el otro á dejar su ga- 
binete, creyendo tal vez que bastaban sos disposiciones para im- 
primir un gran impulso en los negocios. Sin embargo, se equivocó 
mucho en esta parte, y tal vez á su repugnancia en visitar aquel 
país, se debieron ana grao parte de todos sus disturbios. 

Mientras se decidía y ponía en ejecución este designio de viaje, 
escribió el rey á la Gobernadora una carta para presentaren elcoiH 
sejo, y otra secreta en el que le daba otras instrucciones qae no se 
leían en aquella. En ambas se mostraba adverso á la convocación de 
los Estados generales; lo que particularmente le encargaba era. qae 
tomase cuantas medidas pudiese para hacerse fuerte, allegando el 
mayor número posible de tropas. 

Iba en progreso la fabricación de los templos calvinistas, por las 
medidas de equidad y de moderación adoptadas por los gobernado- 
res; se dedicaron con el mayor ardor y celo á Uevar adelante ana 
obra en que tanto se interesaban sujs^ creencias y amor propio. 
Grandes y pequeDos sin distinción de dAses» todos se apresurabank 



GámuLoxKx. 851 

& poner los medios qne cada udo tenia por su parte; haciendo do-^ 
nativos, llevando piedra y demás materiales, trabajando en cosas 
manuales cuando era necesario. Solamente el conde Hoogstraten en 
Amberes bizo la oferta de tres millones de escudos, cuya especie cir-*- 
culó impresa en miles de ejemplares, inflamando el ejemplo de mu- 
chos 4iue también acudieron con sumas muy considerables. 

Habia aflojado mucho el allanamiento de las iglesias; tampoco se 
mostraban tan estrechos los vínculos de la confederación donde en- 
traban, como hemos dicho, católicos y protestantes. Miraron los 
primeros con indignación una conducta, que tal vez atribuyeron á 
maquinaciones de los últimos. Con estas recriminaciones/hubodes^ 
víos y sospechas mutuas: muchos, sobre todo católicos, se separa* 
ron de una liga que se mostraba en parte tan contraria á sus pro- 
pios sentimtentos. 

La Gobernadora que lo supo, pues de todo la informaban sus es- 
pías, trató de proseguir esta obra de desconfianza, desuniendo cuan* 
to era posible los ánimos indisponiéndolos unos contra otros. El rey, 
con quien consultó el negocio, le envió cartas escritas á muchos de 
ellos de una manera secreta, mas que no dejaba de ser pública. Na- 
turalmente fué el designado del rey hacerlos objeto de suspicacia, 
para los que no habían sido agraciados con esta deferencia. 

Fué el conde de Egmont uno de los que recibieron estas cartas. 
Franco en todas sus acciones y palabras, este personaje se habia 
disculpado con el rey de algunas faltas suyas anteriores, y hacien- 
do protestas de su adhesión y respeto á la persona del monarca. Le 
hizo contestar el rey por medio de su secretario, en términos de re- 
prensión, manifestándole que al rey tocaba mandar y al vasallo 
obedecer ciegamente sus disposiciones: que el conde de Egmont no 
liabia hecho todo lo posible para reprimir los excesos de los enemi* 
gos del monarca; mas al mismo tiempo, le dio á entender que estac- 
ha siempre en su gracia, y que conteba en todo con su enmienda 
para en adelante. 

También recibió carta del rey el príncipe de Orange, mas sucon^ 
tenido era en tono muy diverso. Habia el principe, como hemos 
dk^ho, preientado á la Gobernadora ladimision de sus cargos, alo 
que no accedió la princesa, manifestándole lo necesario y gratos al 
rey que eran sus servicios. Lo mismo le dijo Felipe, haciéndole 
ver que merecía en todo su confianza; y para darle una muestra de 
la sjofioridad 4e su coodaeta, le aconsejaba que se precaviese de su 



852 HISTOmA DK FKUPE 11. 

l^ermano, el conde de Nassau, haciendo todo lo posible para que se 
alejase de los Paises-Bajos. 

Al príncipe de Orange no seducian estas manifestaciones de Feli- 
pe. Sabia por sus espías cuanto pasaba en la corte de Madrid, y 
aun en los consejos reservados del monarca. No le era desconocido 
su viaje á los Paises-Bajos, y las intenciones que tenia. Sabia el 
consejo que habia dado el duque de Alba; lo que los de Gran vela 
habian dicho sobre la conducta de él y de los nobles. Recientemen-^ 
te habia caido en sus manos una carta, en que el embajador de Es-* 
paDa en Francia comunicaba esto mismo á la Gobernadora, y la 
hacia ver que habia llegado el tiempo de emplear medidas de rigor 
y de castigo. Con este motivo, tuvo el príncipe de Orange una en- 
trevista con su hermano Luis, con los condes de Egmont, de Horn 
y de Hoosgtraten, manifestándoles el estado de las cosas, la próxi- 
ma venida del rey, las resoluciones que le animaban, y el gran pe- 
ligro que corrían. Inmediatamente su hermano, el conde de Nassau, 
opinó que se tomasen las armas; que escribiesen á los suizos que 
impidiesen el paso al rey; que pidiesen auxilios á los hugonotes de 
Francia, á los príncipes luteranos de Alemania, y que declarasen la 
guerra los primeros, á fin de no encontrarse desapercibidos. Mas el 
príncipe se opuso á esta medida tan precipitada, haciendo ver que 
no habian llegado á este término las cosas; que debían esperar, 
siempre con toda precaución, una coyuntura mas favorable para de- 
clararse; que era preciso que el rey les diese mas motivos, lo que 
según sus temores no dejaría de realizarse prontamente. 

En cuanto al conde de Egmont, se mostró incrédulo á las aserciones 
del príncipe de Orange. Le parecia imposible que viniese el rey con 
las intenciones que le atribuían: manifestando que él pori?u parte no 
vacilaba un momento en los sentimientos de adhesión y fidelidad 
que debía á este monarca: que algunas veces por su rara descon- 
fianza, había obrado tal vez fuera de la línea que le trazaban sus 
deberes; mas que para en adelante, estaba decidido á cumplir en 
todo con la voluntad del rey, sin apartarse en nada de todas sus 
disposiciones. 

Desbarató algo esta obstinación del conde los planes del príncipe 
de Orange, á quien era imposible hacer nada sin ayuda del prime- 
ro, por su gran popularidad, y sobre todo la influencia que tenia 
en el ejército. 

Los amigos se separaron, y aunque todos tenían que presentarse 



GÁPITULO XXX. 353 

en el consejo, donde los aguardaba la Gobernadora, solo acudió el 
conde de Egmont, á quien Margarita, ya sabedora de la reunión, 
preguntó lo que habia pasado en ella; mas en lugar de decírselo, el 
conde la enseñóla carta del embajador de Francia, echándola en 
cara la doblez con que eran tratados, y la suerte que los aguardaba 
por parte del monarca. Se turbó algún tanto la Gobernadora; mas 
vuelta prontamente en sí negó la autenticidad de dicho escrito. Sos- 
tuvo que era apócrifo, y falsificado para seducirle y extraviarle con 
planes suyersivos; que á ella no le faltaba carta alguna del ernba*- 
jador; que todas las habia recibido con sus propias fechas; y ade- 
más, que era tener poca idea de la prudencia que distinguía tanto 
al rey de Espafia, suponiéndole capaz de fiará su embajador secre-* 
tos de tal grado de importancia. 

No es fácil decir la impresión que hizo esta respuesta en el áni- 
mo del conde; mas debió de ser favorable, habiendo este permane- 
cido en la situación pasiva, que á sus amigos habia manifestado. 

Mientras tanto se tomaban disposiciones para una guerra próxi- 
ma; se hacían venir tropas de Alemania y otras partes, y se distri- 
buían á los gobernadores de las provincias respectivas. Por no exci- 
tar la desconfianza del príncipe de Orange, se confiaron también 
algunas á su mando; mas haciéndole vigilar por un oficial de toda 
confianza de la Gobernadora, á quien daba parte de todos sus pa- 
sos y conversaciones. También las recibió el conde de Egmont en 
su gobierno. 

Con la adopción de estas medidas variaron el lenguaje y conduc- 
ta de la Gobernadora. Se puso fin al tono de consideración y de in- 
dulgencia; se revocaron las gracias concedidas á los protestantes 
para erigir templos; se castigó á los predicadores; se persiguió á 
los que se mantenían aun confederados; se habló en fin de rigor y 
de castigo, y que habia llegado el término de las condescendencias.* 

Valenciennes, donde con mas ardor y vehemencia se hablan con- 
ducido siempre los nuevos sectarios, llamó principalmente la aten- 
ción de la Gobernadora, y envió al conde de Noircarmes al frente 
de tropas para guarnecerle. Al llegará la ciudad, salieron los ma-> 
gistrados á recibirle, suplicándole no pasase adelante con la tropa; 
mas él les dio á entender que no les quedaba mas alternativa, que 
recibir la guarnición, ó sostener un sitio. 

Los magistrados trataban de avenirse a] recibimiento de la guar- 
nición, habiéndose estipulado antes el número de trocas que debían 



S5i mSTOBU J>B FKLIPJ& O. 

componerla; mas ]m calvioíitas rígklos, y el popalacbo, arrastra- 
dos por los díscarsos del predicador Lagrange, resolvieroD defen*- 
derse hasta la última extremidad, supeditando la voluntad de los 
magistrados, y de las persouas mas pudientes. En vano yolvió á 
intimar la rendición el general; los de adentro se mantuvienm obs- 
tkiadnií. Para privar á la plaza de todos los socorros, ocupó dicho 
jefe todte los pueblos de los alrededores, habiendo tenido la fortuna 
de derrotar á varios destacamentos que de algunos puntos les eo-» 
viaton de refuerzo. 

Mientras seguia el sitio de Yaleaciennes, se iban aflojando poce á 
poco los vínculos de los confederados. Temerosos los mas compro- 
metidos, enviaron una diputación á la Gobernadora, pidiendo ga- 
rantías y seguridades. La recibió la princesa con altivez y con des* 
precio, diciándoles que para nada los conocía; que si en algún 
tiempo habían abusado de las circunstancias para rebelarse con- 
tra las leyes, y creerse con derecho de imponer condiciones, se ha- 
bían cambiado ya los tiempos; que era preciso reconocer y respe- 
tar en todos puntos la autoridad y disposiciones del monarca en- 
tregándose & discreción, ó exponiéndose de otro modo á las conse- 
cuencias de su rebeldía. 

' No les quedó, pues, á los confederados otra alternativa que ceder 
y rendirse k discreción ó levantar el estandarte de la guerra. Les 
pareció esto ultimo un partido preferible, y la bandera de la insur- 
rección tremoló casi abiertamente en Amsterdam, Toumay y en 
otros puntos. La insurrección y las hostilidades hubieran sido mas 
funestas & la Gobernadora, sin la rivalidad de los luteranos y los cal- 
vinistas, que no pudieron amalgamarse y convenirse. Es un hecho 
que cada upa de estas dos sectas aborrecía mas á la otra, que á la 
misma religión católica, que entrambas combatían. 
• Mientras tanto no estaba ocioso el príncipe de Orange. Todo lo 
observaba desde Amberes, y de todo llevaba cuenta en conformidad 
de sus planes ulteriores. Suponiendo que el rey de EspaDa iría á 
desembiaurcar en la isla de Yalkren, hizo que Marnix, conde de To- 
losa, se dirigiera & aquellos puntos, poniéadose de acuerdo é inte- 
ligenoia con los de Flessinga y Middelburgo. Para ayudarle el prin- 
cipe sin dar sospecha k los magistrados de Amberes, hizo salir de 
la plaza á los extraojeros con pretexto de ser perjudiciales; y enan* 
do los tuvo fuera de los muros, los hizo embarcar secretamente en 
el Escalda. Mas la operación no tuvo efecto. Sabedora la Goberna* 



CAvnuLO XXX. 855 

dorada h expedícioa de Maroix, envió á Bruselas en so busca k 
Laonoy, quien le alcanio, le derrotó y le hizo encerrarse en una 
casafaerte. El conde de Tolosa prefirió sw presa de las llamas k 
entregarse. 

Nadie era sabedor en Amberes de este desastre, á excepcira del 
principe de Orange, que se apoderó inmediatamente de las puertas 
de los puentes. A la maDana siguiente se avistaron desde ios muros 
las reliquias de los fugitivos: á su vista se llenó el pueblo de indig- 
nación y de lástima, mas al tratar de salir en su auxilio, se vieroD 
encerrados dentro de la plaza. Se marebaron en seguidla loa puen-' 
tes^ donde los previno el principe de Orange. En vano les advirtió 
del peligro que. iban á ji^orrer, pues debis de los fugitivos se des- 
cuida el enemigo en fuerzas respetables. Pero la impaciencia de los 
habitantes pudo entonces mas que sus consejos* Al fin, no podiendo 
contenerlos, entregó la llave á uno de los predicadores de entre ellos, 
que ejercia mas ascendiente, diciéndole que sobre su cabeza caería 
la responsabilidad de cuantos males podian seguirse de su salida al 
campo. Con estas palabras firmes se aquietaron, y e! predkadorno 
se atrevió á hacer uso de la llave entregada por el principe. 

Dos dias duró la confusión en Amberes,^ no entendiéndose apcoaa 
unos á otros, fluctuando todos entre el temor de los de afuera, y sus 
rivales ó enemigos de dentro: se mostraban los luteranos desconfia-' 
dos de los calvinistas, y al contrario. El principe de Orange se hizo 
una guardia de estos últimos, fue siendo extranjeros poi h mayor 
parte, teniao mas circunspección y necesitaban vivir con deldes pre* 
eandiones- 

Seguia mientras tanto el sitio de Valenciennes, cuyo general ha- 
bía recibido orden para no estrecharlo mucho, dando tiempo para 
gue llegasen socorros prometidos por el rey de Espafia. Mas apra^ 
vech¿ndase las de adentro de esta flojedad, hacian hasta salidas, 
hostilizándole con cuantos medies estaban á su alcance. Pudo al fin 
Noircarmes conseguir de la Gobernadora que le dejase apretar el si- 
tío todo lo posible; mas antes de proceder al último ataque volvió á 
iatímar la rendición, que aceptada por los magistrados, fué des-^ 
cebada por los calvinistas y sus predicantes. 

Al fin, se diú el ataque decisivo : por treinta y seis horas se es- 
tavo cafioneando á la plaza, y durante este tiempo se echaron sobre 
ella tres mil bombas (1). Abierta ya una gran brecha y prontos k 

(1) Algunos historiadores hablan de bomhaa; mas parece que las bombas no estaban inventa^ 



8S6 msTORU Ds fsupb u. 

dar el asalto, quisieron capitular los de dentro 6 atenerse á las an-* 
tenores condiciones; mas el general sitiador respondió que ya era 
tarde y que no tenian mas remedio que entregarse á discreción, lo 
que en efecto hicieron. Fueron ahorcados el gobernador de la plaza, 
el predicador Lagrange y otros compafieros, con treinta y seis mas 
de los principales de la muchedumbre. 

Fué un gran golpe la rendición de Yalenciennes para el partido 
de los insurgentes. A la toma de esta plaza se siguió la de Maes- 
trich, que se rindió sin condiciones. Lo mismo sucedió á casi todas 
las plazas fuertes, & excepción de las de Holanda. 

Hemos visto á la Gobernadora adoptar un lenguaje fuerte y de* 
císiyo, no acostumbrado anteriormente cuando tenia quecontempo* 
rizar con los partidos. Apenas sabia entonces , cu&l de ellos era su 
apoyo, ó cuál contrario. Mas en el estado á que entonces se baila- 
ban los negocios, vencedora de la confederación, de los predicado- 
res, de los allanadores de los templos, y de los que se mostraban 
contrarios ó no completamente adictos á la autoridad del rey, pensó 
trazar una linea divisoria que distinguiese las dos parcialidades; y 
con este fin mandó extender una fórmula de juramento de obedecer 
en un todo las disposiciones del monarca , de proteger la religión 
católica, de perseguir á los herejes, y extirpar todos los monumen- 
tos de su nuevo culto. Le prestaron el duque de Arescot, los condes 
de Egmont, de Mansfelt, de Meghen, de Barlamont. Le eludieron 
los de Hoosg traten y Horn, y dejando á Bruselas, hicieron renuncia 
ó dimisión de sus cargos respectivos. 

En cuanto al principe de Orange , tenía por entonces otras miras; 
veía la tempestad que iba á descargar sobre el pais con la llegada 
del rey de Espafia y de su ejército. Conocía la carencia de medios 
para contrarestar este poder, hallándose el poco ejército que habia 
en el país á la devoción del conde de Egmont, partidario ya decla- 
rado del monarca. Convencido de esto, penetrado además del riesgo 
que corría su persona, blanco de la suspicacia y mala voluntad de 
la corte de Felipe, determinó ponerse en salvo y retirarse del pais, 
esperando tiempos mas felices, y mas á propósito para llevar ade- 
lante sus designios. A la prestación del juramento que le pidió la 
Gobernadora, se negó alegando que como estaba reducido á una con« 
dicíon privada, era su persona de ningún yalor, y sobre todo, que 



das todavia. Én nada se cometen maa inexactitudes ni se escribe toas á la ligera, gae en las cir^ 
ounstaneias 7 pormenores de las operaciones militares. 



CAPITULO XXX. 357 

el juramento podia ponerle eo pugna con el emperador, de quien 
era vasallo como príncipe del imperio, y hasta malquistarle con su 
propia mujer, nacida y educada en el luteranismo. A los cargos y 
explicaciones que quiso darle el secretario, se mantuvo inflexible. 
En seguida escribió á la Regente anunciándole su determinación de 
pasar á sus estados de Alemania , protestando siempre sus senti- 
-míen tos de adhesión á la persona de Felipe. 

Antes de su salida de los Paises-Bajos, tuvo una conferencia con 
el conde de Egmont, consintiendo en ello la princesa Gobernadora. 
Reprobaron ambos la determinación que mutuamente habian toma- 
do. Quiso el principe llevar consigo á Egmont: manifestó este al otro 
la imprudencia de su viaje. «Te costará tus bienes y posesiones en 
los Paises-Bajos, x) le dijo. «Y á tí la vida,x» contestó el primero. 
«¿Qué tengo que temer?x> repuso Egmont. «No he servido fielmente 
al rey? ¿No me ha visto siempre en pugna con sus enemigos? ¿No 
he sido celoso en combatir á los autores de desórdenes, á los pre* 
dícadores anarquistas, á los allanadores de los templos? ¿Por qué 
tengo de dudar del reconocimiento de mi Rey?x> «No conoces bien 
su corte, x> le replicó el príncipe de Orange. «Le servirá tu persona 
de puente para la entrada de sus tropas. Conseguida esta, echará 
abajo el puente, tenlo por seguro. )(> Asi se separaron los dos ami- 
gos para siempre, y el príncipe se marchó á Alemania. Se quedó 
eon su ausencia el conde de Egmont el primer personaje del pais, 
y como era hombre sin doblez, amigo de brillar, arrastrado por las 
pompas y la magnificencia, se entregó todo á los encantos de su 
nueva posición , celebrando fiestas y banquetes, en que no dejaba 
de tomar á veces parte la Gobernadora, para entretener mas su se- 
guridad y hacer que continuase en su celo por los intereses de Fe- 
lipe. 

Los vínculos de la confederación quedaron totalmente rotos. Aban- 
donadas desde un principio por los nobles, se sometieron las clases 
populares al dominio del mas fuerte. Lo mismo hicieron los pueblos 
de Holanda de allí á muy poco tiempo. Siguió el ejemplo Amberes, 
donde entró la Gobernadora en triunfo, rodeada de esplendor y pom- 
pa. Fué su primer paso presentarse en la catedral , donde habiaa 
hecho tantos destrozos los allanadores de los templos. Se resarció el 
ealto católico de todas las pérdidas y volvió á su esplendor acos- 
tumbrado. Se persiguió á los predicadores ; se arrasaron los tem- 
plos de los calvinistas ; se revocaron todas las disposiciones que se 

Tomo i. 46 



858 HISTORIA DB FEUPK II. 

habían dado favorables á esta secta, se reforzaron los edictos que 
habían dado logar á tantas turbulencias. 

Se habla, sin embargo, usado en Amberes y en otras {lartes del 
país la indulgencia de permitir la salida á los que no quisiesen con* 
formarse con aquella situación, dándoles un mes de término para 
arreglar sus negocios y deshacerse de sus bienes. Con esto pasaroD 
escenas de gran luto y duelo entre personas unidas por los vídcq- 
los de la sangre ó los de la amistad, reducidas á separarse acaso 
para siempre. 

Quedó, pues, el país pacificado y reducido á la obediencia, á lo 
menos aparentemente. Tal había sido la buena estrella de la Go- 
bernadora. Gozosa de su triunfo, y de la ocasión de comunicar por 
primera vez nuevas ¿ su hermano, todas alegres y satisfactorias, se 
apresuró á darle cuenta de las ocurrencias. Le dijo, que hallándo- 
se el país pacificado, era inútil ya la venida de un ejército; que las 
tropas que habían conseguido estas ventajas bastaban para confir- 
marlas y consolidarlas; que se presentase el rey como un padre en 
medio de sus subditos, no como un príncipe extranjero qne se pro- 
ponía con sus tropas imprimir terror y hacer alarde de su prepon- 
derancia. 

Mas el rey de Espafia, en medio de lo satisfecho que le dejaroD 
las nuevas de los Países-Bajos, no fué de la misma opinión que la 
Gobernadora sobre lo innecesario de la idea del ejército. En el Con- 
sejo, á quien sometió este punto interesante, hubo, lo mismo que 
en el anterior, diversidad de pareceres. Volvieron á insistir los ene- 
migos de la parcialidad del duque de Alba en que se presentase el 
rey en aquellos dominios sin ejército; mas los de Granvela apoya- 
ron la resolución contraria. Habló el duque de Alba, manifestando 
que la pacificación de que gozaban por entonces los Países-Bajos 
seria efímera mientras no estuviese apoyada en fuerzas imponentes 
qne inspirasen un terror saludable, y contuviese á todos en la raya 
del deber y la obediencia. Que no se trataba precisamente de asun- 
tos de estado; que iban en ello los intereses de la misma religión, 
que se había visto tan amenazada; que habían sido demasiado es- 
candalosos los excesos de sus enemigos y los atentados contra el 
culto, para que se descuidasen los medios de evitar en adelante es- 
tos excesos. Que sí las tropas que se hallaban entonces en los Paí- 
ses-Bajos parecían suficientes para consolidar aquella situación, la 
llegada de otras nuevas daría doble seguridad y dejaría el 4nimo 
del monarca mucho mas tranquilo. 



CAPITULO XXX. 859 

Hizo el discurso del duque de Alba la impresión que debía su- 
pouerse, conociendo los sentimientos del rey, tan propenso á los 
rigores, trat&ndose sobre todo de enemigos de la religión católica. 
Sintiéndose por otra parte con mas repugnancia que nunca para 
hacer un viaje que trastornaba el plan y método de su vida ordi- 
naria, y especialmente & un pais que no era objeto de su simpatía, 
adoptó la determinación del Consejo, conforme en su mayoría con 
la opinión del duque de Alba, y dio las órdenes para que este mar- 
chase con tropas 'á los Paises-^Bajos. 



CiiPÍTÍÍtO KXXI- 



Asuntos de África.— Proyecta Asam, dey de Argel, la conquinta de Oran y de Mazal- 
quivir. — Sus preparativos. — ^Fuerzas de que dispone.— Sale la expedición por tier- 
ra y llega cerca de los muros de ambas plazas. — Situación de estas.— Comienza el 
sitio.— Toman los moros el fuerte de los Santos.— Sale ^e Argel la escuadra dd 
dey.— Se bloquean las plazas sitiadas. — ^El conde de Alcaudete en Oran.— Don 
Martin de Córdoba en Hazalquivir.— Se asedia esta última plaza.— Ataques al fren- 
te de San Miguel.— Le abandonan los nuestro. — Varios asaltos á la plaza de Ha- 
zalquivir. — ^Repelidos todos.— Avistan los sitiadores los socorros de Espafia.- 
vantan el sitio (1565) (1). 



No iban á la sazón may favorables los asuntos de Espafia en las 
costas de África por lo que hemos visto en el capitulo XUI de 
aquesta historia. Hablan desaparecido muchas de nuestras conquis- 
tas sobre las potencias berberiscas, y el reinado de Felipe II no 
habia sido mas feliz en esta parte que el último período del de Gar- 
los Y. Florecían ó por mejor decir se aumentaba la audacia de aque- 
llos Estados tan poderosamente protegidos por Solimán II, enemigo 
formidable de la cristiandad, tanto en tierra como en el seno de los 
mares. la hemos visto el poder adquirido por el famoso corsa- 
rio Barbaroja y el que en aquel tiempo desplegaba Dragut, de 
su misma condición y antecedentes. Se consideraba este como uno 
de los principales capitanes de mar al servicio de la Puerta, y ya 
obrando bajo sus inmediatas órdenes ó por sus propios intereses, 
habia conseguido establecerse en Trípoli como soberano, mas siem- 
pre bajo la independencia de los turcos. Hablan sido ii 

(1) G«br«ra« Herrera, Marmolf Garvijtl, Fenens 7 Otros. 



CAPITULO XXXI. 861 

los esfoerzos del rey de España para recobrar esta importante pose- 
sioo, sieodo acompañado este revés con la derrota sufrida en los 
Galves y la pérdida de esta fortaleza. Gootínoaba en toda su acti- 
vidad la guerra eotre los españoles y los Estados berberiscos, cuyas 
inteligeocias con los moriscos de Granada y sobre todo con los que 
habitaban el reino de Valencia llamaron la atención del gobierno, 
hasta el punto de expedirse una orden para desarmar y recoger las 
armas de todos los de esta última provincia. No descuidaba el rey 
católico, en medio de los graves y complicados negocios que en 
tantas partes le ocupaban, las costas de África; mas por mucho que 
fuese su poder, no siempre correspondían los medios á sus inten- 
ciones. Las dos plazas de Oran y de Mazalquivir, las solas que con 
el fuerte de la Goleta ocupábamos en aquellas costas, no se halla- 
ban con bastante guarnición, y con todos los pertrechos de guerra 
que necesitaban, en vista de tan activa y tan enconada hostilidad 
de los mahometanos, circunstancia que les dio aliento para empren- 
der un sitio famoso que vamos á describir, aunque de un modo muy 
sucinto. 

Gobernaba entonces en Argel Asam ó Hascem, hijo y heredero 
del famoso Barbaroja, que habieodo sido expelido de su trono, y 
vuelto á recobrarle con auxilio de los turcos, quiso sefialar su nue- 
vo poderío con una expedición, que, agrandando sus dominios, le 
hiciese grato á sus poderosos protectores. Echó, pues, los ojos sobre 
las plazas de Oran y de Mazalquivir, tan próximas á su capital, y 
proyectó seriamente su conquista, pareciéndole la ocasión muy 
oportuna, tanto por el estado en que se hallaban, como porque sa- 
bia muy bien que el rey don Felipe estaba empeñado en negocios 
muy urgentes. No olvidemos que por aquel tiempo comenzaban á 
fermentar los disturbios de Flandes, y habia estallado la guerra 
civil en Francia entre los católicos y calvinistas; siendo este movi- 
miento casi de no menos interés para Felipe, que el estado de con- 
fusión en que se hallaban algunos de sus Estados propios. 

Constante el dey de Argel en su propósito, y después de tomar 
las medidas convenientes para darle término, comunicó sus ideas á 
los alcaides, jeques ó emires de los puntos inmediatos, de Treme- 
cen, Túnez, Constantina y Miliana, proponiéndoles, en nombre del 
Gran Turco, que le auxiliasen á emprender una conquista de tanta 
gloria y provecho para los fieles sectarios de Mahoma. Oyeron con 
gusto dichos jefes las proposiciones, y cada uno ofreció su persona y 



362 mSTOElA DK FELIPE II. 

las fuerzas de que pudiese disponer para el logro de la empresa. 

A mas de veinte y cuatro mil hombres de tierra ascendió el con- 
tingente que presentaron estos caudillos para el sitio proyectado. 
Abundaba el ejército en caballería, y no faltaban piezas de grueu 
artillería de batir, con sus municiones y pertrechos necesarios. 

Mientras tanto se preparaba en el puerto de Argel la escuadra 
que debia proteger y auxiliar á aquella empresa. El punto destina- 
do para la reunión de las tropas, fué el rio Girite, cinco leguas dis- 
tante de las dos plazas mencionadas. 

Se hallan Oran y Mazalquivir muy próximas una á otra, como 
ya llevamos dicho, con muy difícil comunicación entre las dos, so- 
bre todo, por mar, siendo puertos ambas. Está la primera mas in- 
ternada en el seno que allí forma el mar; y se puede decir que de- 
peodia su suerte de la que cupiese á la segunda, como punto avan- 
zado sobre un promontorio. Así se vio bien claro en el curso del 
asedio. Era gobernador el conde de Aleándote, quien al recibir avi- 
sos de la proyectada expedición, dio parte al rey, pidiendo auxilios 
tanto de gente como de municiones y de víveres; no descuidándose 
por su parte de tomar todas las medidas, para poner las plazas en 
el mejor estado de defensa. 

La mayor parte de las galeras del rey de Espafia estaban enton- 
ces en GerdeDa, en Ñapóles y en Sicilia. Solo habia disponibles al- 
gunas que se hallaban en Cartagena, Valencia y Barcelona. Escri- 
bió el rey & todos estos puntos, con orden de que se pusiesen in- 
mediatamente en marcha para las plazas que iban á ser sitiadas, ó 
que lo estaban ya en efecto, llevando consigo cuantas municiones 
y pertrechos estuviesen en sus medios. También escribió & los pro- 
vehedores de Málaga, que enviasen inmediatamente víveres; y las 
mismas comunicaciones hizo á los vireyes de Sicilia y Ñapóles, al 
gobernador de Milán, al Gran Maestre de Malta, á los duques de 
Florencia y Saboya, á las repúblicas de Genova y de Yenecia; lo 
que prueba la grandísima importancia que daba á la defensa de 
estas plazas, y lo desprevenido que en cierto modo le cogia la gran 
intentona de los berberiscos. 

A principios de abril de 1563, se volvió de Argel Asam al frente 
de sus tropas. Quinientos genízaros, y otros tantos turcos ordina- 
rios, le aoompaDaban como guardia de su persona. Se dirigió en 
seguida á Mostagán, y pasando después á Mazagran, llegó al rio 
Cirite, punto general de reunión para todas las tropas llamadas al 
asedio. 



CAPITULO XXXL 363 

Allí se reuDieroD en efecto todas, coo sus jeques ó caudillos ya 
enunciados. Nada fallaba: ni piezas de batir, ni municiones, ni vi- 
Teres^ ni sobre todo, entusiasmo y gran codicia de arrancar tan 
rica presa de las manos de los espaDoles. Después de reunidos to- 
dos, y completar los preparativos necesarios, se movió el campo, y 
se situó en Acefiuelas, á una legua de las plazas. 

Ofrecen los asedios de esta muy poca variedad en el relato de 
sus pormenores, ora sea la lucha floja, ó muy reOida y obstinada. 
En el primer caso dan lugar pocos incidentes; en el segundo, son 
cuadros repetidos de audacia, de arrojo, de obstinación y ferocidad 
por ambas partes. No seremos por lo mismo difusos en esta narra- 
ción; mas en realidad, el sitio en que nos ocupamos actualmente, 
adquirió derechos de ser célebre. 

Habia reparado y aumentado el conde de Alcaudete las fortifica- 
ciones de la plaza, encargando al mismo tiempo la defensa de Ma- 
zalquivir á su hermano don Martin de Córdoba. Eran bastante es- 
casas las fuerzas de uno y otro, y estaban muy lejos de ser abun- 
dantes las municiones y los víveres. Ascendía la fuerza á mil qui- 
nientos hombres, y el material á noventa piezas de artillería y qui- 
nientos quintales de pólvora, con sus correspondientes balas. 

Antes de formalizarse el sitio, quiso hacer una salida el conde de 
Alcaudete, para embarazar al menos á los enemigos, é impedir que 
se acercasen; mas no hallándose con fuerzas suficientes, retrocedió 
á la plaza, sin emprender operación alguna; dando con esto lugar & 
que Asam se arrimase con su gente á las murallas, y comenzase la 
obra del asedio. Fué la primera embestida de este contra el fuerte 
llamado de Los Santos, algo separado de la plaza, con la que in- 
terceptó toda clase de comunicaciones. Se defendió el fuerte con obs- 
tinación; mas no pudiendo resistir al excesivo número, tuvo que 
rendirse, quedando la gente prisionera. 

Ya hemos hecho ver que Mazalquivír, como punto en cierto 
modo mas marítimo que Oran, le sirve de resguardo. Fué, pues, 
el principal objeto de Asam, para rendir la segunda, comenzar por 
la primera; y asf, dejando al frente de Oran un cuerpo fuerte de 
observación, pasó á ponerse delante de Mazalquivír, donde comen- 
zaron las operaciones en grande^ pues el fuerte de Los Santos, ya 
ganado, no era de grande consecuencia. 

Para tomar á Mazalquivír, había que comenzar por el fuerte de 
Sao Miguel, que la domina. Alli dirigió el de Argel sus ataques, 



S64 HISTORIA DB FBUPB 11. 

pero con muy poco fruto. Dos asaltos resistieron los cristiaDos, eon 
pérdida de doscientos genízaros y turcos, y veinte solos de los 
nuestros. Mas volvemos á recordar al lector la suma descoDfiaDza 
con que deben recibirse el número de muertos, de heridos, de pri- 
sioneros, tratándose de guerras y batallas, por las exageraciones i 
que da lugar el espíritu de partido ó la ignorancia. También se 
debe tener presente que los historiadores de estas guerras son todos 
cristianos, es decir, gente de uno solo de los dos partidos. 

Mientras estas operaciones, salió de Argel la escuadra de Asam, 
^ con dirección al teatro del sitio; mas habiendo experimentado vien- 
tos contrarios y una tempestad, tuvo que volver al puerto para re* 
hacerse. Con esta dilación, desmayaron algún tanto las operaciones 
de Asam, desprovisto de este auxilio. Por fin, habiéndose reparado 
las averías en Argel, salió otra vez la flota al mar, y llegó sin con- 
tratiempo á la vista del Mazalquivir, compuesta de veinte y seis 
buques, dos galeotas y cuatro navios franceses, muy provistos de 
artillería, municiones y víveres, y muchísima gente de refuerzo. 

Teniendo así bloqueada á Mazalquivir por tierra y mar, volvíe- 
. ron á su vigor las operaciones de los sitiadores. Intimó Asam la 
rendición al fuerte de San Miguel , ofreciendo á los sitiados las ha- 
ciendas y las vidas. El parlamento fué recibido á balazos por los 
nuestros, con lo que dieron los argelinos otro asalto, mas funesto 
para ellos que los dos primeros, habiéndose incendiado las faginas 
en el foso, lo que aumentó el estrago de la pérdida. Otro asalto, y 
aun otro, dio Asam con igual poco fruto, habiendo quedado en d 
foso el alcaide de Constantina entre los muertos. Deseoso el dey de 
Argel de hacerse con el cadáver de este personaje, envió ao parla* 
mentó á don Martin de Córdoba, pidiéndole permiso para retirarle, 
y ofreciéndole en recompensa no renovar sus ataques sobre el fuer- 
te. Accedió don Martin, y el cadáver del alcaide de Constantina faé 
recogido por los moros. Mas Asam no cumplió su palabra de sus- 
pender los ataques; pues á los dos dias se dio otro asalto, que no 
tuvo mejores resultados que los anteriores. 

A fuer de tanto ataque y de lo obstinado de la resistencia, se 
hallaba el fuerte de San Miguel en grande apuro. Comenzaban 4 
faltar las municiones y los víveres. Los reparos se hallaban en muy 
mal estado. Al principio del sitio hábia mandado cuatrocientos hom^ 
bres de refuerzo don Martin de Córdoba, mas no eran suficientes. 
Los moros tenían interceptado el fuerte del cuerpo de la plaza y 



GAFITULO XXXI. 365 

hacian imposibles las comQnicaciooes. Otros cien hombres, man- 
dados por doo Francisco de Carearme, pudieron llegar á duras pe- 
nas. Mas el fuerte se hallaba en la extremidad, y á no recibir gran- 
des socorros, no podía menos de rendirse. Ocho hombres que se 
pudieron descolgar por el muro para llevar la noticia á don Mar- 
tin, fueron cogidos por los moros, á excepción de uno que pudo 
llegar á su destino. Informado don Martin del estado de las cosas, 
envió orden á los del fuerte de que se retirasen. Mas ellos ya se 
hablan anticipado á su disposición, descolgándose de los muros 
cubiertos con las tinieblas de la noche. Asi llegaron todos salvos & 
la plaza de Mcftalquivir, donde los recibió el gobernador haciendo 
elogios de su bizarría . ^ 

Ocupado el fuerte de San Miguel por las tropas de Asam, vol- 
vió este sus ataques sobre el cuerpo de la plaza, creyéndola ya de 
poca resistencia con la expugnación de un punto tan interesante. 
Mas don Martin de Córdoba estaba prevenido por su hermano, y se 
habia preparado para recibir á los contrarios. 

Se acercaba mas y mas Asam á los muros de la plaza. Cons- 
truyó sus baterías y abrió trincheras para ponerse á cubierto de los 
tiros de los sitiadores, mas estos le desmontaron dos piezas y co- 
menzaron haciéndole grao daSo, sin que Asam pudiese ofenderles, 
ocupado como estaba en sus preparativos. 

Deseando venir á términos mas amistosos con los sitiados envió 
otro parlamento á don Martin, ofreciéndole las capitulaciones mas 
honrosas si le abrían las puertas de la plaza, al mismo tiempo que 
le hacia ver el mal estado en que se hallaba por falta de reparos 
y de artillería. Don Martin le contestó con entereza , que aquella 
plaza del rey de Espafia se defenderla por él y los suyos hasta ter- 
minar la vida, y puesto que en tan mal estado se encontraba, vi- 
niesen los enemigos á asaltarla. 

Dispuso al efecto Asam un asalto general, haciéndolo él por un 
lado con seis mil hombres y por el otro con el mismo número los 
alcaides de Sargel, Mostagán, Constantina y Bona. El asalto fué fu- 
rioso; pero la obstinación de la resistencia correspondió á la viveza 
del ataque. Mas de dos mil y quinientos enemigos quedaron en los 
fosos, precipitados la mayor parte en el acto de escalar los muros. 
En medio de lo mas vivo de la refriega, sobrevino una tempestad 
que aumentó los apuros de los sitiadores y los estragos de la retira- 
da. Otros ataques siguieron con iguales desastres de los asaltadores» 

Tomo i. 47 



366 HISTORIA DB FELIPK IL 

Las pérdidas de los enemigos eran grandes, y aunque los histo- 
riadores exageren, se puede imaginar la mucha mortandad en vis- 
ta de tantos asaltos infructuosos. Para que la gente no se inficiona- 
se, tuvo que recurrir Asam al expediente de quemar los muertos. 
Los víveres tampoco andaban muy abundantes en su campo. Co- 
menzaban las tropas, unas & desmandarse, otras á perder las es- 
peranzas del rico botin, con cuya idea hablan venido tan entusias- 
madas. Por otra parte, no podia desconocer Asam, que noticioso el 
rey de EspaOa del sitio de las plazas de Oran y de Mazalquivir se 
apresuraría á socorrerlas con medios eficaces. 

Era la esperanza de este próximo socorro la que alentaba al con- 
de de Alcaudete y á su hermano don Martin en medio del conflicto 
que los aquejaba. A pesar de la incomunicación completa en que 
los sitiadores los tenian, no dejaban de recibir algunos avisos de 
que se estaban aprestando los esfuerzos tantas veces aclamados. Dos 
ó tres embarcaciones cargadas de víveres y armas hablan podido 
escapar de la vigilancia y persecución de los contrarios, jlegando 
felizmente á su destino. Algunos renegados del campo contrario da- 
ban noticias á la plaza del mal estado de los sitiadores, escasos ya 
de víveres y con enfermedades debidas á la estación calorosa en que 
las operaciones se emprendían. Con estas esperanzas se mantenía 
firme en medio de tantos padecimientos el ánimo de los sitiados, 
mientras Asam se hallaba inquieto y hasta enfurecido con la dila- 
ción del sitio, aumentándose sus inquietudes con las noticias que 
tenia de la próxima llegada del socorro. 

No habían sido expedidas en vano las órdenes del rey de Espafia, 
relativas á los preparativos del refuerzo. Para el mando de todas 
las galeras que se allegaban en Espafia, nombró á don Francisco de 
Mendoza, que desde Málaga pasó á Barcelona para disponer las cia- 
co que allí se estaban fabricando, y de este punto á Cartagena, de- 
signado como el de reunión de todas las fuerzas navales de la em- 
presa. En Italia, muchos gobernadores se anticiparon á las órdenes 
del rey, tomando por sí disposiciones cuando tuvieron noticia del 
sitio de ambas plazas. Entre ellos el virey de Ñapóles, duque de Al- 
calá, aprestó las cuatro galeras de aquel reino: envió aviso á Juan 
Andrés Doria, para que trajese de Genova las doce suyas; previno 
á Antonio Pascual Lomedin acudiese con sus cinco, y avisó al du- 
que de Sesa, gobernador de Milán, para que alistase dos mil ale- 
manes que debían embarcarse en ellas. Acudieron en efecto las ga- 



GAPITÜU) XXXI. 861 

leras á Ñapóles donde el vír^y hizo embarcar dos mil espafioles al 
mando de don Pedro de Padilbt, nombrando por general de todas 
las galeras á don Sancho de Leiva. Tomó este jefe con ellas la di* 
receion de las costas de Genova; hizo embarcar en el puerto de 
Spezzia los dos mil alemanes que había alistado el duque de Sesa» 
y se dio á la vela para Barcelona. Allí llegaron asimismo tres ga* 
leras equipadas y armadas por el duque de Medinacelí, virey de Si- 
cilia, mandadas por don Fadrique de Garbajal: cinco que dio el gran 
maestre de Malta, mandadas por el prior de Barleta, y tres del du- 
que de Saboya por el conde de Sof rasco. Pasó toda esta fuerza na- 
val de Barcelona á Cartagena, donde se hallaba don Alvaro Bazan 
con cinco galeras, y el abad de Lupian con otra, habiéndose reuní- 
do además en dicha plaza muchos voluntarios de familias nobles de 
Castilla, Valencia y Aragón, deseosos de hacer parte de la empresa. 

Mientras se disponía á hacerse á la vela este armamento respe- 
table, sabedor ya el dey de Agel de la proximidad de su llegada^ 
mandó dar otro asalto á la plaza de Mazalquivir, que tuvo por par- 
te de los sitiadores el mismo resultado que los antecedentes. 

Irritado con este desaire de sus armas y perplejo además sin sa- 
ber ya el partido que tomar, convocó un consejo de guerra, para 
que se deliberase si convenia abandonar el sitio, ó probar otra vez 
la suerte de otro asalto. Se inclinaron los mas á que se emprendie- 
jse una pronta retirada; mas algunos pocos que conocían el estado 
de ánimo de Asam, con quien querían congraciarse, opinaron por- 
que se atacase de nuevo á la plaza, aprovechando oportunamente 
el poco tiempo que mediaba hasta la llegada del refuerzo. 

Prevaleció esta última opinión, que era tan del gusto del dey de 
Argel, y para el 2 de junio de 1563 se dispuso otra asalto por tier- 
ra y por mar sobre la plaza de Mazalquivir, siendo esta ya la quin- 
ta embestida por parte de los turcos. 

Se verificó efectivamente dicho ataque, en que Asam empleó por 
tierra y por mar toda la fuerza disponible. Don Martin de Córdoba, 
sabedor del asalto, habia tomado las disposiciones necesarias. Toda 
la gente se preparó para el combate, habiéndose confesado y co- 
mulgado antes, según práctica constante en estos lances, durante 
la época que describimos. Recorrió don Martin de Córdoba las filas 
con un crucifijo en la mano, exhortándolos á que combatiesen con 
su valor acostumbrado, anunciándoles que según todos los avisos 
de socorro, iba á ser el último aquel esfuerzo de su valentía. Bes- 



368 HiSToau m fbupb u. 

poDdieroD los soldados con adamacioDes á la areoga de don Martin, 
y todos se pusieron en actitud de aguardar á los enemigos, que ya 
empezaban á moverse, y llenaban los aires con clamores y el estruen- 
do de sus atabales. 

Fué el ataque, si cabe, mas furioso que los anteriores: peleaban 
los moros poseídos ya de rabia; mas los repelieron los nuestros con 
su denuedo y constancia acostumbrados. 

Ya hemos hecho ver la dificultad de describir con fidelidad por- 
menores en estas luchas desordenadas, en que se cede solo al ins- 
tinto de un furor ciego, de una sed rabiosa de carnicería y matan- 
za. La mayor parte de las pinturas que se hacen en estos lances 
son infieles, y por la mayor parte creaciones de la imaginación de 
los historiadores. Ateniéndonos á los resultados, bástenos decir que 
los esfuerzos de los moros fueron infructuosos y que pagaron mas 
cara su osadía que en los asaltos anteriores. Quedó cubierto el foso 
de cadáveres. Fueron muchos precipitados de encima de los mismos 
muros donde tenían ya enarbolado el estandarte victorioso. Fué 
enorme la pérdida de los enemigos. Los historiadores avalúan la 
nuestra en solo quince hombres , exageración poco digna de escri- 
tos serios de esta clase. Entre los heridos se contó á don Martin de 
una pedrada ó mas bien de un fragmento de muralla, que le tocó 
ligeramente. 

No fué este asalto el último ; tan enfurecido estaba Asam y tan 
rabioso por tomar la plaza. En esta ocasión se puso al frente de las 
tropas del asalto, armado de alfange y lanza con casco y con adar- 
ga. En vano echó en cara á los suyos su cobardía en los asaltos 
anteriores al dar principio á este que dirigía en persona. Igualmen- 
te fué desastroso que los anteriores. Duró cinco horas y siempre con 
los mismos resultados. 

Otro asalto se dio el 6 de junio : otro tuvo efecto el 7. Mas el 8 
cambió de repente el semblante de las cosas. 

El 6 de junio se habia dado á la vela la escuadra desde Cartage- 
na. Ocupaba el centro el general en jefe don Francisco de Mendoza. 
Mandaba el ala derecha don Alvaro Bazan, y Juan Andrés Doria el 
ala izquierda. En esta disposición se dirigieron á las plazas sitiadas 
sin detenerse un punto, sabiendo el grandísimo apuro en que Ma- 
zalquivir se hallaba. El conde de Aleándote recibió aviso de la ve- 
nida, por un buque destacado de la escuadra y que pudo eludir la 
"Vigilancia de los turcos, llegando felizmente al puerto. El conde de 



CAPITULO xxxt. 869 

Alcaudete lo comonicó á so hermaDO, y la noticia cundió al instante 
por las gnarnicíones de ambas plazas. 

En la maSana del 8 no dudó ya Asam de que estaba encima la 
escuadra castellana , habiendo visto veinte galeras turcas , que ve- 
nían fugitivas con objeto de guarecerse entre las suyas. Mandó in- 
mediatamente retirar á sus tropas que se disponian para un nuevo 
asalto, y tomó todas las disposiciones para levantar el campo. Em- 
pezaron efectivamente las tropas sitiadoras á emprender la retirada, 
tomando la vanguardia los turcos como tropa experimentada y 
aguerrida. Mandó Asam inutilizar y destruir cuantos efectos no pu- 
do llevar consigo por la rapidez indispensable de su movimiento, y 
.para que los cristianos no se aprovechasen de sus piezas de arti- 
llería de batir, hizo dispararlas con triple ó cuádruple carga á fin 
de que reventasen. Sin duda no se usaba todavía el expediente de 
clavar las piezas. 

Se verificaba mientras tanto la llegada de la escuadra. Imagínese 
el lector los sentimientos de alegría y entusiasmo con que seria re- 
cibido en Oran y Mazalquivir un auxilio que llegaba tan á tiempo, 
y había sido tan ardientemente deseado. Las dos guarniciones de 
Oran y Mazalquivir, que habian estado por tanto tiempo intercep- 
tadas, se saludaron con las demostraciones del mas vivo regocijo. 
Resonaron en aquellas playas salvas de artillería y de arcabucería, 
mezcladas al estruendo de los clarines, con que unos y otros se da- 
ban el parabién de aquella reunión tan vivamente deseada. 

Inmediatamente que el conde de Alcaudete y don Martin de Cór- 
doba se vieron libres en sus comunicaciones , salieron juntos al 
campo con toda la gente de caballería que pudieron reunir, en per- 
secución de los sitiadores que, como hemos dicho, habian levantado 
el campo. También se reunieron á esta expedición algunas tropas 
y caballeros voluntarios, de los que venian en la armada. Mas los 
enemigos, desembarazados en su marcha de cuanto pudiera retar- 
darla, les llevaban demasiada delantera para que se les diese fácil- 
mente alcance. Así los cristianos, perdida ya la esperanza de con- 
seguirlo, no se empefiaron infructuosamente, y tomaron la vuelta 
de la plaza. 

El general don Francisco de Mendoza , después de proveer á la 
reparación de abastecimiento de Oran y de Mazalquivir con todos 
los medios que estaban á su disposición , regresó con la escuadra á 
las costas de Levante de EspaOa , tomando disposiciones para que 



8*70 msTOUÁ DB FBune n. 

las galeras de distintas procedencias regresasen á sos puntos res- 
pectivos. Recompensó el rey de EspaOa con liberalidad á los que se 
habian distinguido en el sitio de las dos fortalezas mencioDadas, 
particularmente á don Martin de Córdoba y á Francisco Vivero, go- 
bernador del fuerte de San Miguel; dando otras muchas muestras 
de satisfacción, en que le acompasó toda Espafia, por la salvación 
de aquellos dos puntos importantes. 



CAPÍTULO xxm 



Expedición sobre el Peñón de Velez de la Gomera.— Infructuosa.— Segunda tentativa. 
— Preparativos.— Salida de la expedición.— Llegan al PeBon.— Le toman.— Envia 
el rey á don Alonso Bazan á cegar el rio de Tetaan.— T se efectúa (1).— (1564). 



A muy poco después de los acootecimientos que dejamos referi- 
dos, se intentó una expedición, que no fué seguida de buen éxito. 
Había propuesto varias veces Pedro Yenegas, gobernador de Meli- 
Ua, al rey de EspaOa, la expugnación del PeSon de Velez de La Go- 
mera, nido de piratas berberiscos , presentando la empresa como 
cosa fácil, según noticias que tenia por dos renegados escapados de 
aquel punto fuerte. En vista de esto dio Felipe II orden al general 
don Francisco de Mendoza , para que con silencio y brevedad se 
dirigiese con sus galeras al Pefion , y se concertase con Francisco 
de Venegas sobre los medios de expugnarle. Don Francisco Mendo- 
za se hallaba á la sazón enfermo, y no queriendo et rey retardar la 
expedición, la encomendó á don Sancho de Leiva , general de las 
galeras de Ñapóles, quien se embarcó con su gente en este puerto, 
8ÍD que ninguno supiese el objeto de la marcha. En la isla de Ar- 
bolan, á treinta leguas de la costa de África, dio fondo con su es- 
cuadra. Los principales jefes de la expedición, á quienes comunicó 
entonces el objeto á que estaba destinada , tuvieron por imposible 
la toma del Pefion, á pesar de las seguridades que daba para ello 
el gobernador de Melilla, movido por las noticias de los renegados, 



(1) Las mlfinas antorldad68. 



372 HISTOBIA. DE FSLIPE lí. 

Mas don Sancho de Leiva, do atreviéndose á contrariar las órdeDes 
del rey, siguió adelante con so armada , y llegó con ella cerca de 
Helilla, para comenzar desde aquel punto sus operaciones. 

Respondieron los efectos á lo que hablan indicado algunos jefes 
de la expedición, sobre lo inútil de la tentativa. Desembarcó don Al- 
varo Bazán, por orden de don Sancho, con sesenta hombres de re- 
conocimiento sobre el PeSon de la Gomera, seguidos de otros se- 
senta, para dejar en el PeSon, en caso de ser tomado por sorpresa. 
Mas á pesar del secreto y precauciones de la expedición, fueron des- 
cubiertos y acometidos los nuestros por los moros, que les obligaroD 
á retroceder con alguna pérdida. Desembarcó después el mismo don 
Sancho con igual objeto, mas también fué sorprendido en su mar- 
cha, y obligado á recogerse en Velez, de cuyos habitantes fué reci- 
bido sin ninguna resistencia. No desistiendo de la empresa, á pesar 
de las dificultades que encontraba, y careciendo de víveres su campo, 
envió al conde Sofrasco, capitán de las galeras de Saboya, con un 
grueso destacamento á la escuadra con objeto de traerlos. Fué esta 
fuerza acometida en su marcha por los moros; mas como se movían 
en buen orden, recibieron poco daSo de los enemigos mientras dató 
el dia. A la llegada de la noche, cambió enteramente el semblante 
de las cosas. Los moros se acercaron mas, y acometiendo, y arro- 
jándoles hasta pefiascos desde las alturas, se desordenaron los nues- 
tros al fio, con mucha pérdida, y tuvieron que tomar la vuelta de 
Yelez, donde fueron recogidos por don Sancho. 

Otro reconocimiento tuvo lugar, y con los mismos malos resulta- 
dos; con lo cual, desengafiado don Sancho de lo inútil de la tenta- 
tiva, y que para la indicada expugnación se necesitaban mas fuer- 
zas que las suyas, volvió á embarcar su gente, y se dirigió eo 
seguida á Málaga. 

A esta tentativa infructuosa sobre el PeOon de Velez de la Gome- 
ra, se siguió otra por el mismo estilo de los mismos moros, sóbrela 
plaza de Melilla. Por dos veces se presentaron delante de este punto, 
hallando las puertas abiertas por disposición expresa del goberna- 
dor, á fin de que entrándose por ellas, pudiesen ser cogidos en las 
mismas calles. Se atribuye esta estratagema á las noticias que tenia 
el gobernador por sus espías, de que los moros estaban persuadi- 
dos por un alfaquí, Santón entre ellos, de que acometiendo en cierto 
dia, á cierta hora y con ciertas precauciones, se paralizaría de tal 
modo la acción de sus enemigos, que quedarían hasta inmóviles. Al 



CAPITULÓ XJOÜL. 373 

?er el efecto, los moros «biertas las paertas de Meliila; qae la arti- 
llería DO bacía fuego; que oo se presentaban ni aun soldados en 
los maros, creyeroo ciegamente en las palabras del alfaquf, y se pre- 
cipitaron ciegos en la plaza, como queda dicho. 

En el afio siguiente de lS6i se proyectó otra expedición sobre el 
mismo punto del Pefion, y que ejecutada con mayores medios, pro- 
dujo muy diversos resultados. Se temia entonces una nueva bajada 
de la escuadra turca, y con este motivo habia dado el rey de Espa- 
fia orden para que se aprontasen todas las galeras disponibles. Es- 
taban preparados todos para recibir la visita de los otomanos. Mas 
se desmintió la noticia de la expedición; y el rey de Espafia, noque- 
riendo perder enteramente el fruto de aquel grande armamento, es- 
timulado^ cada vez mas del deseo de acabar con un nido de piratas, 
dio órdenes, para que desarmándose algunas galeras que no pare- 
cían necesarias, continuasen en su estado de guerra l^s restantes, 
para marchar sobre el PeDon de la Gomera. 

Por jefe de la expedición fué nombrado don Garcfa de Toledo, vi- 
rey de Gatalufia. Se preparó la armada para hacerse cuanto antes & 
la vela, camino de las costas de África. Acudieron con sus galeras 
el virey de Sicilia, el de Ñapóles, el gran duque de Toscana, el de 
Saboya, el gran maestre de Malta y don Juan Andrés Doria. Tam- 
bién el cardenal don Enrique, regente de Portugal, prometió, y 
aprestó un socorro. Al duque de Sesa, gobernador de Milán, se le 
dio orden para alistar dos mil alemanes, al mismo tiempo que se 
ponían sobre las armas seis mil soldados en Espafia. 

Noticioso el dey de Argel de la proyectada expedición, tomó sus 
disposiciones, poniendo en estado de defensa las plazas de Argel, de 
OSojia, y otras que estaban á su devoción; mas cerciorado deque el 
movimiento tenia por solo objeto el Pefion de la Gomera, envió á 
esta plaza por alcaide á Cara-Mustafá con cien turcos de refuerzo, 
y >lo6 víveres y municiones necesarios para un sitio de seis meses. 

Pasó don García de Toledo al puerto de Palamós, en Gatalufia, 
donde habiendo recogido las galeras de Juan Andrés Doria, se em- 
barcó con ellas y las que él tenia, para Genova. Allí se le reunieron 
atrás tres de la República, y siete que le enviaba el Papa, & las ór- 
denes de Marco Antonio Colonna. En el puerto de Savona embarcó 
mil y doscientos hombres, que habia alistado en Milán el duque de 
Sesa. Pasó en ^uida á Liorna, donde se le ¡noorporaron siete ga- 
leras que le enviaba el gran duque da Toscana. Inmediatamente pasé 

Tomo i. ** 



374 HiSTOUÁ DK riLiPE n. 

á Ñapóles, desde donde envió á Mesina & don Sancho de Leiva, pan 
qne le llevase las galeras de Sicilia, y después de recogidas , tomó 
la vuelta de EspaDa, donde debia reunirse todo el armamento. 

Había dejado don García en las costas de Genova á Juan Andrés 
Doria y al marqués de Estepa para que en las galeras del primero 
se embarcasen otros dos mil alemanes que llegaron de alli á pocos 
dias con el conde de Anníbal Altemps á su frente. Embarcadas en 
Spezzia pasaron á Niza con las galeras de los duques de FloreDcia y 
de Saboya y de alli á las costas de CataluDa, donde por entonces se 
hallaba don García. Desde aquí, después de haber recogido de Bar- 
celona la artillería gruesa de batir, se embarcaron todos para Má- 
laga, de donde debia salir la expedición de sitio. 

Mientras tanto se embarcaba en Lisboa Francisco Barreno con las 
ocho galeras que mandaba de refuerzo el regente don Enrique. Eo 
el Cabo de San Vicente se encontró con dos galeras turcas que ha- 
bía enviado el dey de Argel al reconocimiento de las costas de Es- 
paDa; pero siendo mas veleras que las portuguesas, no pudieron es- 
tas darles caza. Habiéndose dirigido Bárrelo á Cádiz, tuvo alli nna 
entrevista con don García de Toledo, en la que arreglaron el plan de 
operaciones, debiendo dirigirse el primero & Tánger para recoger 
doscientos hombres de refuerzo, y de allí al PeDon, cuyo camiDO to- 
maría en derechura don García desde Málaga. 

Al presentarse este general en este último puerto encontró ma- 
chísimos voluntarios pertenecientes á las familias mas nobles de Es- 
pafia, que le estaban aguardando para acompaOarle en su expedi- 
ción sobre el PeDon de la Gomera. También se reforzó con cinco 
mil soldados que le enviaba el conde de Tendilla. Concluidos, pues, 
todos los preparativos, salió la expedición el 28 de agosto de aquel 
aOo, compuesta de catorce galeras, de don García de Toledo gene- 
ral en jefe; de ocho de Portugal mandadas por el general Frandsco 
Barrete; de cinco de la orden de Malta, á las órdenes de don Frey 
Juan Ejidio; de trece de Ñapóles, mandadas por don Sanche de Lei- 
va; de diez de Sicilia, por don Fadríque de Carvajal; de siete que 
mandaba don Alvaro Bazan; de siete de Marco Antonio Colonna; de 
doce de Andrés Dona; de diez del duque de Florencia, de tres del 
duque de Saboya que mandaba el conde de Sofrasco; de cuatro dd 
marqués de Estepa; ascendiendo el número total á sesenta y nueve 
galeras. El de embarcaciones menores, como galeotas, fastas, jabe- 
ques, etc., pasaban^ de sesenta. 



CAPÍTULO xxxn. 375 

Se hizo la escuadra á la vela, y á las tres leguas del PeOon man- 
dó hacer alto el general para conferenciar sobre el plan de opera- 
ciones con los principales jefes que de su orden se reunieron en la 
gatera capitana. 

El fuerte del Pefion de la Gomera de Yelez está separado de la^ 
costa, lo que le constituye en una verdadera isla. A un lado, se 
encuentra un castillo llamado de Alcalá, y por el otro el pueblo de 
Yelez que no es fortificado* La expugnación del Pefion tenia pues 
que empezar por un bloqueo y por la posesión de dicho castillo y 
el pueblo de Yelez para construir allí las baterías que debían ex- 
pugnar la fortaleza. 

Tal fué el plan del general en jefe, comenzando sus operaciones 
por el reconocimiento del castillo de Alcalá, de que se apoderaron 
con poca oposición, habiendo sido abandonado por los moros. En 
este castillo establ^ió don García de Toledo su cuartel general, y 
colocó quinientos soldados que debían servir para su guardia. 

El general portugués Francisco Barrete y el de Malta don Frey 
Juan Ejidio, que hablan ido á Marbella á recogerlas galeras del pri- 
mero, llegaron al Pefion de la Gomera después del grueso de la ex- 
pedición que hallaron ya desembarcada. Los puso esto á los dos en 
grande enojo: al primero porque era una de las condiciones del auxi- 
lio del rey de Portugal, que habían de desembarcar las galeras por- 
tuguesas al mismo tiempo que las espafiolas; al segundo, porque 
según él á las galeras de Malta tocaba siempre desembarcar sus 
tropas las primeras, tratándose de expediciones contra infieles. Mas 
don García de Toledo apaciguó muy fácilmente á uno y á otro, ha- 
ciéndoles ver que el desembarco había sido un acto de necesidad por 
lo recio de los temporales. 

Tomado el fuerte de Alcalá y asegurados los víveres y las muni- 
ciones, determinó don García ocupar el pueblo de Yelez, que aun- 
que no fortificado servia de punto de reunión á las tropas enemigas 
que recorrían el campo para embarazar las operaciones de los sitia- 
dores. 

Se dividió el ejército en dos trozos, marchando delante como des- 
cubridor don Juan de Yillaroel con los jinetes. Iban en el primer 
cuerpo don Sancho de Leiva, don Luis Osorio, don Frey Juan Eji- 
dio Parissot, sobrino del gran maestre de Malta, y tres maestres de 
campo de la misma Orden, capitaneando la infanteriade Ñápeles, la 
de Malta y los arcabuceros, llevando adelante cuatro piezas de cam- 



876 HISTOKUL DK ISLIfB IL 

pafia. Se eompoDia el segando euerpo de la gente de Sicilia, de 
Lombardía y de Portugal, de la bísofia de Castilla y de los dos mü 
alemanes mandados por el conde Annibal. El general en jefe don 
García y sa maestre general Ghiapino Yitelli, iban de ana parfti 
%tra como mejor les parecía. 

La expedición no era difícil. Machos moros se dejaron ver en las 
altaras, y aanque hicieron amagos de atacar, retrocedieron al ser 
repelidos por los nuestros. Se apoderó el ejército del pueblo de Ve^ 
lez, que se encontró abandonado por la mayor parte dé sus habi* 
tantos. Con esta ocupación quedaba ya completamente bloqueado el 
Pe&on de la Gomera; ya no se trataba mas que de batirle en bre- 
oha, porque no habia que pensar en asaltos ni en otro modo de to- 
marle á viva fuerza. 

Mientras se construían las baterías y otras obras para resguardo 
de los sitiadores, no desaparecían de la vista ^opas enemigas. Bl 
dey de Fez envió exploradores para enterarse del estado de lascosas^ 
y eá* seguida puso en movimiento fuerzas con objeto de impedir el 
sitio. Mas no se trabó batalla alguna entre los nuestros y los mabo-' 
metanos, redociéndose todo á escaramuzas. 

Don García de Toledo, antes de empezar la batida del Pefion, le 
intimó que se rindiese; mas Feret su gobernador, puesto por el dey 
de Argel, respondió que siendo la plaza posesión del Gran Sefforls 
cumplía mantenérsele fiel hasta el último momento de su vida. 

Comenzaron con esto á jugar las baterías. Respondieron á las 
nuestras los del fuerte; pero recibieron estos mas daDo del que dos 
hicieron. Para aumentar el efecto de las suyas, mandó don Garda 
colocarlas mas arriba, sin que los de adentro pudiesen impedirlo. 

Era fuerte el PeOon por su aislamiento, por lo escarpado de sos 
moros, mas no correspondía á estas ventajas lo sólido de los mate- 
riales. Los de adentro percibieron muy bien que bloqueados como 
estaban, aanque no pudiesen ser asaltados, no por eso dejaba de 
ser su ruina inevitable. Comenzó el miedo á apoderarse de sus áni- 
mos, y no atreviéndose á proponer su rendición, fueron abandonan- 
do poco á poco la plaza descolgándose de dos en dos, de tres en 
tres, hasta que la goarnicion quedó reducida al número de treee. 
Llevó un renegado esta noticia á don García de Toledo, qoien ape^ 
ñas quiso darle crédito, hasta que se cercioró por la circanstaacia 
de ofreow su rendición los trece que no habían abandonado el 
fuerte. 



Asi eayé eo poder de nuestras armas el Pefioa de ia Gomera el 8 
de setiembre M mismo afio de 1564. El trabaja de la expugoacion 
Bo fuá way grande, como se deja ver, mas solo con aquellas fuer- 
us, con aquellos preparativos, se podía reducirle al aislamiento y 
estado de bloqueo que hacian su ruina inevitable. 

Fué sobremanera agradable al rey de Espafia la noticia de la to- 
ma del Pefion, y casi se puede decir al todo de la cristiandad; tan 
objeto de odio y de terror habian llegado & ser los berberiscos y los 
tarcos. Regresó don García con la expedición triunfante á Málaga. 
El rey le recompensó nombrándolo vírey de Sicilia, no olvidando 
en sos fovores & los demás que los habian merecido. Regresáronlas 
galeras á sus destinos respectivos, y el nuevo virey de Sicilia tomó 
aquella dirección con las de aquel país y Ñapóles. Los dos mil ale< 
manes con el conde Annibál, fueron conducidos en las de don Alvaro 
Bazan á las costas de Genova, donde desembarcaron y recibieron 
sus pagas en el acto del licénciamiento. 

A don Alvaro fiazan, destinado á hacer un gran papel en nuestra 
bistoría, se le dio al aDo siguiente la comisión de cegar la boca del 
rio Totuan que servia de asilo y refugio á tantos piratas berberis- 
cos. Se había quedado este marino en un principio después de la 
toma del Pefion con objeto de abastecer este punto fuerte de víveres 
7 de municiones y de artillarle además; para cuyo efecto introdujo 
en él diez y ocho piezas de grueso calibre con los pertrechos nece- 
sarios. Después se embarcó para Italia con el objeto que llevamos 
dicho. A su regreso, se presentó en las costas de Andalucía, y con 
gran secreto preparó en la plaza de Gibraltar las piedras y el betún 
que necesitaba, parala empresa que se le había encomendado. Em- 
barcó todo este material en nueve bergantines, y con ellos se diri- 
gid á Ceuta, posesión entonces de los portugueses, para concertar 
con el gobernador su plan de operaciones. Se redujo este á que da 
la plaza de Ceuta saliesen tropas por tierra llamando la atención de 
los moros por esta parte, mientras se dirigía don Alvaro por mará 
la boca del río,, cuya obstrucción era el objeto de la empresa. Aun- 
que don Alvaro en su primera tentativa sufrió una tempestad qie 
le (d)ligd á retroceder á Ceuta, no por eso desmayó en la operacíoo 
y procedió adelante. Salió por segunda vez al mar, y al mismo tiem- 
po por la parte de tierra las tropas del gobernador, aument&ndose 
su número con mujeres, con muchachos, con gente desarmada para 
darles la apariencia de un ejército. Alarmados los moros con este 



378 mSTORÜL BK FBUPB II. 

movimiento que les pareció tan serio, salieron al encuentro de los 
cristianos con tantas fuerzas les fué posible, creyendo solo el peli- 
gro de esta parte, mientras don Alvaro llegó con rapidez á la boca 
del rio« echando á pique sus bergantines cargados con la piedra que 
llevamos dicho. 

Los moros que se vieron burlados, pues nuestras fuerzas de tierra 
hablan retrocedido luego que calcularon que don Alvaro habla te- 
nido bastante tiempo para concluir la operación, trataron de torcer 
sus fuerzas en dirección de dicha boca, mas ya llegaron tarde. En 
su despecho hicieron fuego sobre los buque y tropas de don Alvaro, 
mas les correspondió este, sin que el tiroteo de una y otra parte 
produjese efectos de importancia. Los moros se retiraron viendo que 
nada conseguían, y don Alvaro tomó muy pronto la vuelta de Má- 
laga. 

En todos estos aOos que llevamos recorriendo, era continua la 
guerra é interminables las hostilidades entre los ^berberiscos y tar- 
cos de un lado, y del otro los príncipes y potencias cristianas marí- 
timas del Mediterráneo. Los berberiscos, bajo la protección de los 
turcos, poseían los puntos mas importantes de la costa de África, 
mientras los turcos, duefios de tantas islas del Archipiélago y pun- 
tos importantes de la Morea, se daban el aire de dominar exclusi- 
vamente en dichos mares. EspaDa, por sus posesiones en la Italia, 
por las costas orientales de la Península, por sus mismas plazas de 
África estaba en colisión eterna con las fuerzas de la medía luna. 
La Orden de Malta, que se hallaba entonces en todo su esplendor, 
no cesaba en sus correrías por aquellos mares. Genova y Yenecia 
eran todavía preponderantes en aquella época. Cualquiera puede 
imaginarse pues á cuantos conflictos parciales, & cuantos desem- 
barcos, á cuantas correrías y pillajes de costa habrá dado logar 
aquella pugna de naciones á naciones, de creencias & creeDcias. 
Referirlas todas no seria posible, y además no correspondería á nues- 
tro objeto. Hasta ahora nos hemos contentado con lo principal, con 
lo que nos toca mas de cerca. Pero entre tantos choques y hazafias 
parciales ocurrió una que, aunque no nos dice relación directamen- 
te, obtuvo una celebridad que no permite la condenemos al silen- 
cio. Será este hecho tan glorioso de armas asunto del capí talo si- 
guiente. 



CAPiTííto xxxm» 



SITIO DE MALTA. 

Situación de Malta. — Resumen [de su historia hasta la época de Carlos Y. — Cesión de 
la isla á los caballeros de San Joan. — Establecimiento en ella de la Orden.— Proyec- 
ta Solimán II el sitio de Malta. — Sale de Constantinopla la expedición.— Desembarca 
en Malta. — ^Rivalidades entre los jefes de mar y tierra. — Sitian los turcos el fuerte 
de San Telmo. — Lo toman. — Sitian la ciudad del Burgo.— Resistencia. — ^Varios asal- 
tos.— Llegada del refuerzo de España.— Levantan el sitio los turcos, y se embar- 
can. — Pérdidas por entrambas partes. — Construcción de la ciudad y plaza llamada 
La Valette.— Muerte del gran maestre de este nombre (1). — (1565). 



Hay pantos casi imperceptibles sobre la superficie de la tierra, 
qae están sin embargo destinados & ocupar páginas muy importan- 
tes en la historia. Tal es Malta, pequefia isla del Mediterráneo, si- 
tuada al Sur de Sicilia, siete á ocho leguas de circunferencia, lla- 
mada en la antigüedad MeUta, por la miel abundante y buena que 
produce. 

Aneja á esta isla de Malta y un poco al noroeste, hay otra mu- 
cho mas pequefia llamado Gozo, y en medio de las dos una especie 
de islote con el nombre de Gumin, designándose por lo regular el 
grupo de las tres con el general de Malta. 

En todas épocas se dio mucha importancia á la ocupación de la 
isla de Malta como punto avanzado, y -centinela entre el Occidente 



(1) Salazar, cBapalla yenoedora;9 Boslo, cHIatoria de Malta;» Cabrera, «Hitrtoria da Felipe H; » Her- 
rera, «matorla General;» Ferrara, «Historia de Eapafia;» Niege (historiador de nuestros días), Histe- 
ria de Malta» y otros. 



380 HISTORIA DB FEUPB IL 

y el Oriente. Sin haber formado nuoca lo qae se llama un estado, 
hizo en todos tiempos parte de las posesiones de Sicilia. Fueron 
dueSos de ella en los tiempos antiguos los fenicios, los griegos, los 
cartagineses, los romanos, los godos, los vándalos, los emperado- 
res griegos y los árabes; y en los de la Edad mediales normandos, 
los emperadores alemanes de la casa de Suavia, los reyes de Ara- 
gón desde Pedro III, que se apoderó de Sicilia á fines del siglo XIII, 
hasta Fernando el Católico, cuya herencia pasó toda á Carlos Y. En 
todos estos tiempos gozó la isla de Malta de grandes privilegios, 
proporcionados á las ventajas que de ella sacaban sus se&ores. 

Hemos visto (1) á los caballeros de San Juan arrojados en 1522 
de la isla de Rodas por las armas de Solimán II, quei se hizo duefio 
de ella, después de un sitio gloriosísimo para sus defensores. Se 
retiró á Sicilia el gran maestre L' Isle Adam seguido de sus caba- 
lleros, y desde entonces pensó seriamente en la adquisición de un 
punto fuerte del Mediterráneo, donde establecer la Orden. El em- 
perador Carlos Y le hizo cesión de la isla de Malta ; mas este acto 
no fué espontáneo, ni se verificó sin estipular condiciones que pa- 
recieron gravosas á los caballeros. Hubo negociaciones y no deja- 
ron de suscitarse sus dificultades, siendo una de las principales, la 
repugnancia de los malteses á la admisión de una orden que acaba- 
ría por dominarlos. Los mismos caballeros estaban divididos sobre 
la conveniencia de la traslación, y el gran maestre se mostraba re- 
miso en la conclusión del negocio con las esperanzas de establecerse 
en otro punto mas favorable á los intereses de la Orden. En fin, 
después de haberse allanado las dificultades y sometídose los mal- 
teses á la ley de la necesidad, se firmó el acta de cesión en que 
quedaban á salvo los derechos de soberanía, de que no quiso nun- 
ca desprenderse Carlos Y ; y los caballeros de San Juan tomaron 
posesión de Malta el afio 1530, con gran repugnancia de los habi- 
tantes, á cuyos privilegios no se tuvo consideración en el tratado. 

Establecida en Malta la Orden de San Juan, se aplicó su gran maes- 
tre, que todavía lo era L' Isle Adam, á poner el pais en estado de 
defensa, pues no ignoraba el grande objeto de odio que era para el 
Sultán una orden militar, que por instituto le hacia en todos tiem- 
pos cruda guerra. Habiéndola arrojado de Rodas, natural era que 
la persiguiese en Malta. Mas los caballeros, cuyas galeras iban cft- 



(1) Gástalo YI do esta Historia* 



CAPITDIO XXXIU. 381 

si siempre anidas con las de Garlos Y y Felipe II, qoe estaban con 
firecaencia en gaerra con los turcos , no vieron á estos tan pronto 
000^0 era de temer, delante de sus moros. 

Ep su debido lugar hemos hablado de la cooperación de los pa- 
balleros de San Juan en las expediciones sob^e Túnez, Argel, sobre 
Pairas, sobre Modon, sobre Coron, sobre la plaza fuerte de África, 
y en el reinado de Felipe II, sobre Trípoli, los Gelvez y últimamen- 
te sobre el PeSon de la Gomera. Irritados los berberiscos y los tur- 
cos de esta hostilidad continua, trataron varias veces de acabar con 
Malta. Rizo en sus costas Dragut varios desembarcos, pero sin efec- 
to, habiendo sufrido bastantes descalabros, sobre todo en el último 
verificado en Gozo, de donde tuvo que retirarse vergonzosamente. 
Por fio, llegaron las cosas á tal punto, que Solimán II trató de po- 
ner formalmente un sitio á Malta. 

Era entonces gran maestre de la Orden, Juan de La Yalette, ele- 
gido en 1557 por su gran mérito, en atención al riesgo inminente 
que corría. Hombre valiente y experímentado, de capacidad y de 
firmeza, se condujo desde un principio como las circunstancias exi- 
giao . Ninguna ocasión perdió de hostilizar á los turcos , haciendo 
parte de la expedición de Felipe II sobre Trípoli , seguida de las 
desgracias que hemos visto ; forzando & Dragut á retirarse vergon- 
zosamente de la isla de Gozo, donde habia hecho un desembarco ; 
tomando parte con sus caballeros en la conquista de la Gomera de 
los Yelez ; intentando un golpe de mano sobre Malvasía ; no per- 
diendo ocasión de acosar á los infieles por mar ; libertando buques 
CTÍstianos, haciendo numerosas presas, entre las que se contaba un 
rico galeón turco, cuyo cargamento pertenecia al jefe de los eunu- 
cos y á las odaliscas del serrallo. No era necesario tanto para pro- 
vocar hasta el extremo la cólera de Solimán, quien fulminó al fin 
contra Malta el decreto de exterminio, que mas de cuarenta aOos 
antes habia arrojado á los caballeros de San Juan, de Rodas. 

Hacia tiempo que veia el gran maestre aglomeraría la tempes* 
tad que á la. isla amenazaba. En nada pensó mas desde que se vio 
elevado á la suprema dignidad, que en prepararse para recibfr el 
golpe. Tomó Malta un aspecto en extremo belicoso; se aprontaron 
armas; se allegaron víveres y municiones; se impuso sobre los bie- 
nes de la Orden, además de las contribuciones ordinarias, un tri- 
buto de sesenta mil ducados; se concertaron con el virey de Sicilia 
los medios mas convenientes de socorro, y se hizo un llamamiento 

Tomo i. 49 



382 HISTORIA DK FELIPE IL 

m 

solemoe de honor á los caballeros ausentes, para presentarse sin 
perder momento á la defensa de la Orden. 

La plaza principal de la isla era el Borgo ó Burgo, llamada hoy 
la Ciudad Victoriosa, situada á la entrada del Puerto Grande y flan- 
queada por el castillo de Sant-Angelo. Enfrente, y separada por el 
puerto de las Galeras, se halla la ciudad de La Sangle, entonces sin 
murallas, defendida por el fuerte de San Miguel, que con el castí* 
lio de Saot-Angelo forma la boca de este puerto. A pequeDa dis- 
tancia del Burgo se hallaba el fuerte de San Telmo, en la extremi- 
dad del promontorio que separa el Puerto Grande del de María Mus- 
sel ó Marza Musel, y donde se construyó después la ciudad de la Yal- 
letta, como lo haremos ver á su debido tiempo. — A distancia algo 
mas considerable del Burgo, se halla la Ciudad Notable ó Vieja, 
fortificada ya en aquella época. La Valette circunvaló la ciudad de 
La Sangle con murallas, hizo completar las fortalezas de San Miguel 
y San Telmo, fortificando y abasteciendo al mismo tiempo la isla 
de Gozo. 

Era grande el peligro; pero fué mayor el entusiasmo y el valor 
que supo inspirar el gran maestre en el ánimo de los malteses. En- 
mudecieron ¿ su voz todas las pasiones, y se sofocaron los resenti- 
mientos justos de los habitantes contra una Orden que los había 
despojado de sus privilegios. Acudieron con prontitud los caballe- 
ros ausentes, y con ellos cuantos soldados, víveres y municiones 
pudieron procurarse. Se remitieron á Sicilia todos los habitantes 
que no tenían medios de subsistir, ni se hallaban en estado de to- 
mar las armas ; se levantó en masa la población que se encontró 
apta para pelear, y se organizó bajo todos aspectos una defensa 
obstinada en toda regla. 

Hé aquí el estado aproximativo de todas estas tropas en la revis- 
ta general pasada el 6 de mayo de 1565 por el gran maestre. 

4 1» i ^ 1 de la lengua de Provenza. 
15 escuderos) ^ 

Í5 caballeros ¡¿^,^j^^.^ 

II escuderos) 

5]'**^^''|deladeFniDC¡a. 
24 escuderos) 

165caballero8¡¿^,^j^H^.^ 

5 escoderos) 

8S caballeros de la de Aragón. 



GAFrraLO xxxni. 888 

1 caballero de la de Inglaterra. 
1 4 caballeros de la de Alemania. 

68 cabaUerosjj^j^j^ Castilla. 
6 escuderos' 

41 capellanes de diversas lenguas. 

587 miembros de la Orden. 

700 soldados y marinos de las galeras , malteses por la mayor 
parte. 

500 malteses de la compaSfa del Burgo. 

800 id. de Bormola y de La Sangle. 
1500 id. de la Ciudad Notable. 

560 malteses de la parroquia de Santa Catalina. 

680 id. de la de Bircbarcara. 

560 id. de Kunni. 

560 id. de Zorrick. 

590 id. de Nasciar. 

560 id. de Siggieri. 

120 artilleros. 

150 criados de caballeros, organizados en una compaDia. 
16S5 extranjeros tomados & sueldo de la Orden. 



8992 hombres en total. 

Con esta escasa fuerza, compuesta de elementos tan heterogé-- 
seos, y la mayor parte escasa de experiencia, ó sin ninguna en el 
manejo de las armas, se dispuso el gran maestre á recibir el ejér- 
cito formidable con que Solimán le amenazaba; y no hay que olvi- 
dar que la generalidad de estas tropas consistía en malteses, des- 
pojados de sus privilegios, abrumados de impuestos, tratados con 
desprecio por los caballeros de la Orden, heridos en lo que hay mas 
delicado y sensible para el hombre. Pero se trataba de defender el 
suelo de la patria, amenazado por los enemigos dé la fe católica, á 
quienes se profesaba un odio inextinguible, y sobre todo, se obraba 
á la voz, y bajo el ascendiente de un grande hombre. 

Babia sido presentado en pleno consejo por el Gran Sefior su pro- 
yecto de invadir á Malta, y aplaudido, como era natural, con todas 
las demostraciones de entusiasmo, por todo su consejo. Mientras se 
hacian preparativos formidables, se enviaban emisarios secretos ala 
isla, para levantar planos y tomar reseOas de su posición, fortifica- 
ciones, etc. No se omitió precaución, ni se ahorró gasto alguno que 



3S4 HISTOSIA DS FELIPE IL 

llevase al objeto de afiadír la isla de Malta & las brillantes conquis- 
tas de Solimán el Magnifico. Antes de partir las tropas, las arengó 
el Snltan, diciéndolas que la conquista de la sola isla de Malta era 
poca empresa para aquel armamento formidable. 

Por fin, en 18 de mayo de 1565 se presentó delante delaislade 
Malta la escuadra turca, compuesta de ciento treinta y una galeras, 
treinta galeones y doscientos buques de transporte, ai mando de 
Piali-Bajá, con cuarenta mil hombres, á las órdenes de Mustafá- 
Bajá. Se hace ascender á sesenta mil el número de los turcos que 
abordaron á Malta, agregando á las tropas de tierra los marineros 
de la escuadra, y los individuos que no combatían incorporados & 
la marina y al ejército. Llevaban estas tropas víveres para seis ipe- 
ses, municiones en proporción, y un tren completo de sitio, en el 
que se contaban sesenta y cuatro caSones de batir, con balas de 
hierro de ochenta libras, y dos morteros de siete pies de circunfe- 
rencia, para lanzar piedras. Desembarcaron los turcos sin oposicioa 
alguna, y su primera operación fué talar los campos, quemar los 
pueblos y degollar á los infelices habitantes que no hablan tenido 
tiempo de guarecerse en los muros de la plaza. — Hicieroo los caba- 
lleros algunas salidas por orden del gran maestre, y aunque no lle- 
vaban lo peor en los encuentros, convencido la Valette de que esto 
debilitaba sus fuerzas sin utilidad, se encerró dentro de los muros, 
dejando á los turcos duefios absolutos de todo el terreno no fortifi- 
cado de la isla. 

Procedieron estos inmediatamente al sitio de los puntos fuertes; 
mas las operaciones adolecieron desde un principio de la rivalidad 
que reinaba á la sazón entre Piali, general de la escuadra, y Mos- 
tafá, á quien se habia dado el mando de las tropas del asedio. MUe- 
gar la escuadra á Navarino, leyó este delante de los principales je- 
fes de tierra y mar el pliego de instrucciones que le habia dado el 
Gran SeOor, á su salida de Constantinopla. Por sus términos, estaba 
Mostafá revestido del mando general, tanto de las tropas, como de 
los buques, con cuya disposición se ofendió Piali, antigao general 
de mar, que con tanta gloria se habia distinguido en las campanas 
anteriores. No es, pues, extrafioque se mostrase poco celoso oitra- 
iHjar por la gloria de un rival, de mérito inferior, al que se veia 
postergado. 

Se juntó un consejo de guerra en el campo turco inmediatamente 
tffle fué realizado el desembarco. Queria Mustaft acometer toáoslos 



CAPITULO xxxm. 38S 

fuertes á la vez, puesto que se hallaban con tropas bastante nume- 
rosas, ó á lo menos empezar el sitio por el Burgo y la ciudad No- 
table, atacando asi como en el corazón las fortificaciones de la plaza. 
Combatió Piali esta idea, alegando que el primer interés era propor- 
cionar un puerto seguro para sus navios, lo que no se podría con- 
seguir sin comenzar el ataque por el fuerte de San Telmo , ganado 
el cual se colocaria la escaadra en el puerto de Muzel al ¿brígo de 
cualquier peligro. 

Prevaleció en el consejo la opinión de Piali, y comenzaron en efecto 
las operaciones del sitio por el castillo de San Telmo, situado como 
se ha dicho á extremidad de un promontorio que divide el puerto de 
Marza Muzel del Puerto Grande. Mandaba la fortaleza el bailío de 
Negroponto, quien antes que los turcos embistiesen formalmente á 
la plaza, dispuso una salida al mando del capitán espafiol don Juan 
de la Cerda y frey Juan de las Guaras. Derrotaron estos á las tro- 
pas turcas; mas en vista de su número considerable tuvieron que 
retroceder y acogerse á los muros de la plaza. — Grande dificultad 
encontraron los sitiadores en comenzar los trabajos dé sitio por lo 
duro del suelo, de roca por la mayor parte; mas suplieron esta falta 
con sacos de tierra, vigas y tablones que les sirvieron para la for- 
mación de las trincheras, siéndoles imposible el uso de la azada. Asi 
pudieron acercarse á los muros de la plaza sin ser molestados por 
sus fuegos, y proceder sin pérdida de instantes á la construcción de 
las demás obras que para la expugnación necesitaban. 

No estaba desprovisto de buenas fortificaciones el castillo de San 
Telmo; pero era demasiado escaso el número de sus defensores para 
hacer frente & tantas tropas empleadas en su asedio. Y comotl gran 
Iñaestre no pedia despreoderse de muchas fuerzas, por la lentilud 
con que de los diferentes puntos de la cristiandad se procedia para 
enviarle los socorros que no dejaba de reclamar á cada instante, pa- 
reció al gobernador de San Telmo que sería oportuno abandonar la 
plaza y reunir su guarnición á la del Burgo, para atender mejor & 
Ib defensa de este punto y de sus fuertes. Mas se hallaba el gran 
maestre demasiado convencido de la necesidad de conservar & toda 
costa el fuerte de San Telmo, y demasiado confiado en la próxima 
llegada de los socorros prometidos, para no dar órdenes terminantes 
al bailío de que defendiese el punto á toda costa. Aun pensó La Ya^ 
ktte en trasladarse él mismo al castillo y ponerse & la cabeza de su 
guarnición; mas le hicieron desistir de su designio las súplicas y aun 



380 HISTORU DE FKLIPB U. 

las lágrimas de los caballeros y población del Burgo, para que no 
los abandonase , cnando les era necesaria mas que nunca su pre- 
sencia. 

Con la resolución tan positiva y formal del gran maestre, se pre- 
pararon el bailio de Negroponto y caballeros del castillo de San Tel- 
mo á la mas vigorosa y obstinada resistencia. Atacaron por su parte 
los turcos con su ferocidad acostumbrada, llevando sus trabajos de 
sitio basta el mismo pié de los muros de la plaza. Delante de la mu- 
ralla principal se bailaba otra fortificación cuya figura no aparece 
bien clara por el relato de los historiadores; un poco mas lejos, ha- 
cia el campo, se babia construido un rebellín, cuya toma era nece- 
saria para obtener la de la plaza. Hicieron los caballeros una salida 
en la que derrotaron á los turcos, y por el pronto les destruyeron 
una parte de sus trincheras y mas trabajos del asedio. Pero como 
luchaban siempre los cristianos contra una superioridad tan consi- 
derable, fué inútil este esfuerzo, pues los enemigos volvieron á la 
carga, y repararon prontamente las obras destruidas. Para echar 
abajo el rebellín ya mencionado, construyeron una fuerte batería 
sobre una especie de plataforma casi de su misma altura , desde 
donde sin interrupción le caDonearon. Una circunstancia imprevista 
los hizo duefios de esta obra exterior mucho antes de lo que espe- 
raban. Habiendo percibido una noche que estaban dormidos los cen- 
tinelas, y en igual situación la mayor parte de la tropa, escalaron 
los muros, y penetrando dos á dos por las mismas troneras, se hi- 
cieron due&os del rebellín, pasando á cuchillo á cuantos cristianos 
encontraron dentro. Trataron inmediatamente los vencedores de pa- 
sar á Ja otra obra exterior, mas ya entonces amanecía y los cris- 
tianos estaban vigilantes esperando el ataque de los turcos. Se trabó 
un combate obstinado en los mismos fosos que duró seis horas. To- 
dos los fuegos de la plaza y de la batería de los turcos se cruzaban 
á la vez, y si estos estaban animados de una sed de destrucción, no 
era menos el arrojo con que los cristianos defendieron su terreno. 
Cedieron en fin los turcos, dejando cubiertos los fosos de cadáveres. 
Mas el rebellín quedó en sus manos, y les sirvió después para co- 
locar sus baterías contra el cuerpo de la plaza. 

k pesar de que se resistía, como se ve, el fuerte de San Telmo, 
volvió el bailio & proponer al gran maestre su abandono, no que- 
riendo sufrir los caballeros las consecuencias del asalto que los ame* 
nazaba, y al que, según toda probabilidad no podrían oponer, por 



CAPITULO xxxin. 387 

el escaso número de tropas, suficiente resistencia. Otra vez les res- 
pondió La Yalette que era necesario mantener el puesto á toda cos- 
ta, recordando al bailío y á los caballeros sus compromisos, sus 
juramentos de morir en defensa de lareligion en cuyas filas pelea- 
ban. Para animar su emulación, ó desconfiando tal vez de su cons- 
tancia, tomó disposiciones para el relevo de la guarnición de San 
Telmo con tropa fresca que debia salir del Burgo. Mas los de San 
Telmo, avergonzados sin duda de la proposición, pidieron al gran 
maestre no les hiciese la afrenta de dudar de su valor, y le prome- 
tieron que defenderían el punto á todo trance y verterían gustosos 
la última gota de su sangre por el honor y en defensa de una or- 
den donde hablan hecho votos de combatir siempre y en todo para- 
je con los enemigos de la fé de Cristo. 

Llegó á la sazón al campo turco el famoso Dragut con trece ga- 
leras y mil y quinientos hombres, en compafiía del renegado Aluch- 
Alí, que después llegó á ser dey de Argel, con cuatro bajeles y 
seiscientos hombres. Fué este refuerzo muy agradable á Mustafá, 
sobre todo por la persona de Dragut, cuyo valor y capacidad cono- 
cía en todas las operaciones de la guerra. Desde el momento de su 
llegada se le encomendó la principal dirección de las obras de sitio, 
y con su actividad aumentó los apuros de sus defensores. 

Todavía recibían estos de cuando en cuando algunos refuerzos y 
refrescos que les enviaba el gran maestre ; mas convencido al fin 
Mustafá de la necesidad de cortarles toda comunicación con los del 
Burgo, cerró completamente el paso, siendo Dragut el inventor y 
ejecutor de una especie de valla con tablones, vigas, piedras y frag- 
mentos de barcos destrozados que echó en el mar, á fin de no dejar 
agua suficiente para el paso de los buques..Murió durante esta ope- 
ración el famoso corsario de una bala de cafion disparada desde la 
plaza, habiendo sido tan sentida su pérdida por los turcos, como 
objeto de regocijo para los cristianos. Reducidos así los del fuerte 
de San Telmo & sus propias fuerzas, sin esperanza de socorro ni 
auxilio de ninguna parte, tomaron la resolución de hacer la mas 
obstinada resistencia, de vender caras sus vidas, ya que se vieron 
en la imposibilidad de conservarlas. Apelaron pues los turcos al 
asalto, ó mas bien á los asaltos, pues les costó varios la toma de 
aquella fortaleza. Dieron el primero la noche del 8 de junio, del 
que fueron rechazados con pérdida de mil quinientos hombres. Per-; 
dieron los cristianos cincuenta caballeros, habiendo quedado herido 



888 « HISTORIA {^B FBLVB II. 

el capitán la Cerda. Tuvo logar el segundo asalto el 16 del mismo 
mes, en el qae los torcos perdieron mil y setecientos hombres. De* 
jaron en el tercero, verificado el 22, dos mil hombres en los fosos 
y en la brecha ; habiendo moerto por parte de los cristianos el ca-r 
capitán espaOol Miranda, el bailío de Negroponto gobernador, el 
comendador Mooserrate, el capitán Mazo y cincoenta mas caballe- 
ros de la Orden. No hay necesidad de indicar, poes se concibe fkr 
cilmente, el ardor, la ferocidad, la sed de sangre y destrucción que 
debieron de reioar en estos choqoes tan tremendos, en que unos 
combatian por la desesperación de no poder salvarse, y los otros 
con el ansia de apoderarse de ona presa tan apetecida. Los caballo* 
ros & qoienes sos heridas no permitían moverse, se hacian condu- 
cir ¿ la brecha, donde del modo qoe mejor podian, peleaban. Mas 
era inútil el valor contra tan encarnizada muchedumbre. Los de- 
fensores iban muy á menos, el término de la resistencia se acerca- 
ba, y cuando en virtud del último asalto, que duró cuatro horas, 
se hicieron los turcos dueDos á viva fuerza de San Telmo, no en- 
contraron mas que escombros y hombres moribundos, pues los 
cinco ó seis cristianos que aun quedaban sin lesión se salvaron, des- 
colgándose como pudieron por los muros de la plaza. 

Cometieron los turcos todo género de crueldades con los vencidos, 
que respiraban todavía. Las historias dicen que les arrancaban el 
corazón, y que para causar terror, y hacer al mismo tiempo mofa 
de los del Burgo, los clavaron en tablas en forma de cruz, poniendo 
este espectáculo atroz á vista de sus propios muros. 

Costó la toma del castillo á los turcos mas de ocho mil hombres. 
A mil y doscientos ascendió la pérdida de los sitiados, contándose 
entre ellos ciento veinte y dos caballeros de la Orden, que murieron 
todos en la brecha. 

La pérdida mas fatal para los turcos fué la de cuarenta dias que 
emplearon en la toma de aquella fortaleza, falta grave que influyó, 
como veremos mas luego, en el resultado, desatroso para ellos, de 
aquella formidable empresa. 

Volvió, pues, Mustafá sus operaciones contra el Burgo, y los dos 
fuertes que aumentaban su defensa. Antes de emprender el sitio, 
envió La Yalette un mensaje, intimándole la rendición con no muy 
duras condiciones. Mas el gran maestre, á pesar de su amarga pe- 
sadumbre por la pérdida y fin lamentable de los defensores de San 
Telmo, respondió con indignación á las proposiciones del general 



GinniLO xxxni. * 889 

torco, é hizo qne sas comisioaados examíDasen de cerca las forti- 
ficaciones de la plaza, diciéodoles que sos fosos eran la sola parte 
que cedería á ios turcos, para que les pudiesen servir de sepul- 
tura. 

Se preparó el gran maestre al recibimiento délos enemigos. Para 
aumentar la pequefia guarnición de la plaza, hizo venir cuatro com- 
paOfas de mal teses que ocupaban la Ciudad Notable, y al mismo 
tiempo le trajo de Sicilia su sobrino Parissot La Yaiette un refuerzo 
de cuarenta y seis caballeros, treinta y seis personajes de distinción, 
y adem&s quinientos noventa soldados al mando del maestre de 
campo Melchor Robles ; refuerzo escaso, y que de ningún modo 
correspondia á las promesas hechas por los* príncipes cristianos, y 
cuya pronta ejecución reclamaba con yoz tap sentida el gran 
maestre. 

A ninguno de los reyes de Europa tocaba mas de cerca el interés 
de la conservación de Malta, que al de EspaDa. Desde que supo los 
preparativos de los turcos contra la isla, dio órdenes á los vireyes 
de Ñapóles y Sicilia, para que le auxiliasen con cuantas fuerzas 
estuviesen á su arbitrio. Animaba el Papa por su parte á los prin- 
cipes de Italia, para que concurriesen á la santa empresa de librar á 
la Orden de san Jiían de las garras de los turcos. Se aprestaron en 
Genova algunas galeras, y el duque de Florencia ofreció auxilios. En 
cnanto al rey de Francia, no se atrevió hacer nada en detensa de la 
isla, por no irritar á Solimán, con quien tenia grandes relaciones de 
amistad, como ya llevamos dicho. 

Del virey de Sicilia, don García de Toledo, como tan cercano, 
aguardaba los primeros y mas poderosos auxilios el gran maestre 
de la Orden. Mas sea porque la escuadra enemiga obstrujfese el pa- 
so del mar, sea porque inspirase algún recelo el habérselas con 
tropa tan aguerrida y feroz como la turca, ó por otras dificultades 
qoe entorpecen operaciones de esta clase, no partieron los socorros 
con la oportuna presteza que era deseable. Historiadores hay que 
atribuyen esta lentitud á torcida política del rey de EspaOa, á su 
poca voluntad de socorrer la isla, ó tal vez & la intención de aguar- 
dar que se hallitse en los últimos apuros, para darse de este modo 
la importancia de su salvador; mas no es creíble que se expusiese 
voluntariamente á tanto riesgo una Orden, que tan útiles servicios 
prestaba al rey de EspaOa. De todos modos es un hecho que don 
Garcfa se mostró en un principio muy remiso; que adolecieron sus 

Ton» I. w 



390 mmnk db rslira ir. 

óperaciooes de poca actividad, dando ocasión á quejas y desean- 
fianzas, oo solo de su buena fe, sino también déla del rey católico; 
y que á no haberse detenido tanto los turcos delante de San Telmo, 
á no haber desplegado en lo sucesivo tanta bizarría y heroicidad en 
la defensa del Burgo y de sus fuertes, hubiese llegado demasiado 
tarde un socorro con tantas instancias reclamado. 

El 8 de mayo desembarcó en Malta don Juan de Cardona, comaa- 
dante de las galeras de Espaüa, dos compafifas de infantería espa- 
fióla á las órdenes de los capitanes Juan Miranda y Juan de la Cer- 
da. 61 27 de junio llevó á Malta el mismo don Juan de Gardoaa 
otro socorro, enviado por don García, compuesto de dos compañías 
de infantería espafiola, y cuarenta caballeros de la Orden. Mas tQ?o 
grandes dificultades en desembarcar, y después de haber rodeado 
las costas de la isla, puso al abrigo de la noche sus tropas en tier- 
ra, junto al fuerte de San Miguel, cuando los turcos se hablan apo- 
derado ya del de San Telmo. 

Mientras se aprestaba en Sicilia una gran expedición, que aun 
tardó un mes en hacerse al mar, procedieron los turcos al sitio for- 
mal del Burgo y sus fuertes. Llegó á la sazón al campo el famoso 
Asam, dey de Argel, con veinte y ocho galeras y tres mil turcos, y 
fué recibido por Mustafá con grandes muestras de alegría. Pidió 
Asam al general en jefe, que se le encargase la expugnación del 
fuerte de San Miguel, y Mustafá se lo concedió gustoso, d&ndole 
seis mil turcos, además de los tres mil que ya estaban á sus órde- 
nes. Emprendió Asam la operación por mar y tierra, encargándola 
primera á su segundo Gandelisa, en quien depositaba sn mayor 
confianza, y tomando á su cargo la segunda. Fueron ambos ataques 
tan impetuosos como valientemente rechazados. Por dos veces asal- 
taron las murallas; otras tantas quedaron los fosos cubiertos de ca- 
dáveres. Mientras tanto fueron desbaratadas las trincheras de los 
Sitiadores por los comendadores Giou y Quinzi, enviados por el 
gran maestre. No desistieron los turcos del empefio, y dieron otro 
asalto cuando estaban ya las brechas mas practicables, y se iban 
desmoronando los muros del fuerte por las baterías enemigas. Por 
e3ta vez pareció mostrárseles mas favorable la fortuna, y casi ya 
plantaban sus medias lunas victoriosas encima de los muros; mas 
redobló el esfuerzo de los defensores, y los turcos cayeron predpi-* 
tados por aquellas ruinas. Llegó á tanto la confusión y sa pavor, 
que huyeron á sus buques con el mayor desorden, sin qne les sir- 



capítulo xjam. 891 

viese de nada un refuerzo de genízaros que les mandó- MusUfá, y 
que fueron igualmente rechazados. 

Se irritó el general turco con tanta resistencia, y creció sa indig- 
nación cuando llegó á sus oidos que se aprestaba en Sicilia una 
grande expedición para auxiliar á los cristianos. Resolvió, pues, 
atacar á un tiempo al Burgo y al fuerte de San Miguel, tomando k 
su cargo la primera expedición, y encomendando & Piali la según- 
gunda. Fueron furiosos los ataques contra el Burgo. Los enemigos 
llevaban tablas, vergas, palos de sus buques, piedras y otras ma- 
terias para cegar los fosos de la plaza. Las 'baterías hacían fuego 
sin cesar, y para aumentar los medios de destrucción, usaban los 
enemigos un proyectil llamado carcassa, que era una {especie de 
pipa ó barrica embreada, y rodeada de materias combustibles que 
lanzaban sobre los cristianos. Mas hubo muchos de estos tan arro- 
jados, que discurrieron los medios de cogerlas en el aire, y lanzar- 
las en seguida sobre las filas enemigas. La furia y obstinación eran 
recíprocas, y las escenas de destrucción y carnicería tan uniformes, 
que no ofrecen variedad, por mucho que se esfuerce la imaginación 
en crearlas de pura fantasía. 

Fué Mustafá muy desgraciado en sus ataques contra el Burgo. 
Pareció mostrarse mas favorable la fortuna 4 Piali en la expugna- 
ción del fuerte. Llegaron sus baterías & destruir casi sus murallas. 
Erigió una especie de plataforma de una altura, superior á la de la 
misma plaza. Empleó el asalto, y cuando se creyó duefio del fuer- 
te, se halló con un nuevo atrincheramiento, que los defensores ha- 
bían construido durante la noche, con un foso adelante^ que impe- 
dia el paso alas tropas del asalto. 

Grande era como se ve el denuedo de los caballeros de Sa& Juan , 
mas cada dia crecian sus apuros; y el socorro tan suspirado no lle- 
gaba. Los muros estaban medio derruidos: faltaban las municiones, 
y los víveres escaseaban hasta el punto de tener que cercenar la 
ración de agua. Estaban los hospitales y las casas llenas de heridos 
y de enfermos. Tan triste era el semblante de las cosas, que se pro- 
puso seriamente en el consejo abandonar el Burgo y fuerte de San 
Miguel, y reducir la defensa al fuerte de San t- Angelo, pero el gran 
maestre, impertérrito en el seno del Capítulo como se mostraba en 
medio de los combates, donde se corría mas riesgo, declaró su re- 
solución de ser fiel hasta el último suspiro al honor y la gloria de 
la Orden de san Juan, y de permanecer en el Burgo aunque le cu*^ 



392 HISTOAU DR FELIPE If. 

píese la suerte de quedar sepultado en los moros de la plaza. «¿^ 
»qué fio mas glorioso puede aspirar, dijo á sus caballeros, uo an- 
«ciano de setenta y tres afios que ha peleado toda su vida en de- 
)i>rensa de la fe de Cristo? Traslademos al castillo de Sant-ALOgelo 
«los ornamentos del culto, los vasos sagrados, los efectos mas pre- 
)»ciosos: mas abandonar estos muros, será lo mismo que entregar 
»la isla de Malta & los infieles.» No se atrevieron los caballeros á 
ser de otra opinión que la del gran maestre, y se prepararon de 
nuevo á todos los azares de aquella lucha encarnizada. 

No se hallaba al mismo tiempo en mucho mas feliz situación el 
campo turco, escaso de víveres, lleno de enfermos, medio inficiona- 
do con tantos cadáveres y el calor tan propio de aquella estación y 
de aquel clima. Se hallaba irritado Mustafá con tanta resistencia, 
con las pérdidas enormes que habia sufrido en los asaltos, y ade- 
más le aquejaba á cada instante la idea del poderoso refuerzo que 
aguardaban los cristianos. Algunos de los suyos opinaron porque 
se levantase el sitio; mas el general en jefe que no ignoraba ia re- 
solución y el carácter feroz de Solimán, declaró que primero pere- 
cería delante de los moros que abandonar una expugnación que su 
seDor le habia ordenado. 

Determinó pues probar de nuevo la fortuna, repitiendo los ata- 
ques á la plaza « El 7 de agosto dieron un asalto; pero cuando es- 
taba en su estado mas recio la pelea, llegó á los turcos Ja noticia 
del desembarco de socorro. Percibieron los cristianos que sus enemi- 
gos aflojaban y al fin se retiraban del combate, mas aunque no 
sabian la causa, se aprovecharon de esta circunstancia, y los per* 
siguieron hasta las trincheras. 

No era cierta la noticia del desembarco de las tropas. Aprovechó 
este retardo Mustafá para renovar el asalto, que tuvo lugar el 13 
de agosto. Ya sabia el gran maes^tre la salida de la expedición de 
Sicilia, ó tal vez ignorándola, la comunicó á los caballeros á fin de 
que resistiesen denodados un asalto que probablemente seria el úl- 
timo. Duró la pelea cuatro horas con los mismos resultados que los 
anteriores. Ni el fuego de las baterías, ni la furia de tantas huestes 
como acudieron al asalto, pudieron contrastar al denuedo heroico 
de los defensores. Corrió la sangre como siempre, se llenaron los 
fosos de cadáveres. Al recogerse los turcos á su campo, supieron la 
noticia fatal para ellos, sin que les pudiese quedar la menor duda. 
Acababa de desembarcar la expedición que enviaba de Sicilia don 
García. 



CAPITULO XXXUL 898 

Para hacer este refuerzo de mas eficacia, había masdado cods- 
trair el virey cien galeras y dispuesto qae se cargasen las setenta 
mas ligeras de víveres y municiones. Embarcó en ellas doscientos 
cuarenta caballeros de la Orden de San Juan, doscientas personas de 
distinción de todas naciones, seis mil espafioles, tres mil italianos, 
y mil quinientos aventureros , mandados todos por don Alvaro de 
Sande. Eran sus maestres de campo Ascanio de la Corgne, Vicente 
Vitelli, don Sancho de Londofio y don Alonso de Bracamente. No 
quiso destino ninguno en la expedición el marqués Ghiapino Vitelli 
por estar nombrado maestre de campo general el primero de los 
cuatro ya dichos; mas fueron de mucha utilidad sus consejos por ser 
jefe de capacidad y de experiencia. 

Se había dudado antes de salir la expedición si seria mas conve- 
niente atacar los turcos por mar, ó desembarcar la gente para que 
por tierra los buscasen. Prevaleció la segunda idea, pues de ese 
modo sería el auxilio de mucha mas eficacia para los sitiados. Tres 
dias estuvo en el mar la expedición , no encontrando sitio seguro 
para echar la gente á tierra sin ser molestados por la escuadra turca. 
Lo verificaron, en fin, al abrígo de la noche. £1 gran maestre, sa- 
bedor ya de la salida de la expedición, recibió la noticia de su des- 
embarco con la alegría que puede imaginarse. La guarnición y ha- 
bitantes la celebraron con gritos de entusiasmo, y ya ciertos de su 
salvación , olvidaron sus padeceres y desastres. 

Sobrecogidos los turcos con la llegada de las tropas auxiliares, 
levantaron el campo con precipitación, y habiendo recogido las tro- 
pas que guarnecian á San Telmo, se refugiaron todos á la escua- 
dra. Después que estuvieron embarcados, celebró Mustafá otro con- 
sejo de guerra sobre el partido que se debia tomar en aquellas cir- 
canstancias. Opinaron algunos por el abandono de la isla y regreso 
á Gonstantinopla de la armada. Mas el general turco lleno de rabia 
y vergüenza, temblando á la idea de presentarse vencido ante los 
ojos del Sultán , determinó volver á desembarcar diez y seis mil hom- 
bres de sus mejores tropas , con las que marchó en busca de las 
espaSolas. Salieron estas animosas al encuentro ; mas los turcos 
sobrecogidos de terror al primer choque, arrojaron las armas, vol- 
viendo en desorden á la escuadra que se dio á la vela el 18 de oc- 
tubre, tomando el camino de Gonstantinopla. 

Tal fué el desquite glorioso que la Orden de san Juan tomó de 
las calamidades y desgracias que Solimán II la hizo sufrir cuarenta 






894 HISTOUA DB F£Lm U. 

y tres aDos antes, cuando la pérdida de Bodas. Después de ud sitio 
de cuatro meses con formidables fuerzas por tierra y mw, en que 
coo taota ferocidad pusieron en juego los turcos todas las artes de 
destrucción conocidas en la guerra; en que subieron tan ñrecueote- 
mente y con lan rabiosa sed de destrucción á los asaltos, tuvieron 
que anunciar al Gran SeDor que no era ya invencible. Falleció el 
Sultán el aDo siguiente, después de uno de los reinados mas largos 
y gloriosos que se cuentan en los anales del imperio turco. De su 
muerte data la decadencia, tanto por tierra como por mar, de un 
estado que amenazaba la independencia de la cristiandad entera. 

Ascendió á veinte mil hombres la pérdida de los turcos delante 
del Burgo, que tomó el nombre de ciudad victoriosa, del castillo de 
San t- Angelo y del fuerte de San Miguel. La de los sitiados codós- 
tió en doscientos caballeros, tres mil soldados casi todos malteses, y 
seis mil ancianos, mujeres y niUos. 

Para comprender esta última pérdida hay que tener presente qne 
habia dispuesto el gran maestre fuesen conducidos á Sicilia los qne 
no se hallasen en estado de llevar las armas, mas no pudo realizarse 
esta orden por la premura del tiempo, habiendo solo partido algu- 
nas familias que no quisieron arriesgarse. A la aparición de los tur- 
cos, sobrecogidos los habitantes del campo de terror, huyeron con 
sus ganados y lo que tenian de mas precioso, buscando un refugio 
en el Burgo, La Saogle y la ciudad Notable; mas fueron degollados 
antes de llegar un número considerable. Otros que se refugiaron en 
cuevas, fueron descubiertos y tuvieron igual suerte. Los que pu- 
dieron llegar á dichos puntos en número de veinte y cuatro mil per- 
sonas , sintiefon muy pronto los rigores del hambre; mas el gran 
maestre acudió á su necesidad distribuyendo trigo al precio corriente 
k diez y siete mil fugitivos que podian pagarlo, y gratis á los iñete 
mil restantes* 

No puede la historia tributar bastantes elogios al gran maestre de 
la Orden de san Juan, á sus valientes caballeros, á las tropas que 
combatieron á sus órdenes, á la decisión y heroísmo de la población 
maltosa durante este asedio célebre. Timidos estos al principio, poco 
familiarizados con el uso de las armas , se hicieron muy pronto 4 
ellas, distinguiéndose no solo en las salidas, sino también en las mu- 
rallas. Los ancianos, las mujeres y los niSos, se empleaban con ar- 
dor en los trabajos de las fortificaciones, seguían á los combatientes 
á la brecha, retiraban los muertos, aliviaban y consolaban á los he* 



GiPRDio xxxm. 895 

rídos, llevabui á todas partes refrescos, cargaban las armas, hacían 
llover sobre los enemigos on granizo de piedras, de materias infla- 
madas, y conlribuian por cuantos medios les eran posibles al buen 
éxito de esta lucha memorable. 

Fué celebrada en la cristiandad entera la defensa heroica de Mal- 
ta, y sabida con regocijo y entusiasmo la retirada de los turcos. De 
todas partes recibió el gran maestre solemnes felicitaciones, distin- 
guiéndose en esto el pontifico y el rey de Espafia. Presentó el em- 
bajador de este monarca una espada y una cimitarra con el puDo de 
oro macizo guarnecido de diamantes, en testimonio de su amor y su 
veneración, ofreciéndole pagar anualmente una cantidad, para ayuda 
del reparo de las fortificaciones arruinadas. Para perpetuar el re- 
cuerdo de la salvación de Malta, mandó el gran maestre que fuese 
celebrada todos los aDos en todas las iglesias de la isla el dia del na- 
cimiento de la Virgen; que después del oficio divino, se leyese á los 
concurrentes la historia del sitio, y que se casasen y se dotasen seis 
muchachas pobres á cuenta de la Orden. La fiesta subsiste todavía, 
mas se suprimieron los dotes que eran de cincuenta escudos (iOO 
reales). 

No perdia un momento La Valette de la idea, la posibilidad de ser 
atacado de nuevo por los turcos. Se asegura que para ponerse al 
abrigo de una nueva invasión fué autor del incendio del arsenal de 
Constantinopla que tuvo lugar en aquel tiempo; mas cualquiera que 
haya sido esta cooperación , apeló La Valette k medios mas seguros 
y mas positivos. Apenas se alejaron los turcos, hizo destruir sus 
fortificaciones delante del Burgo, de San Miguel y de San Telmo, 
construir de nuevo las murallas de este último fuerte que estaban 
derribadas, y formar nuevos acopios de víveres y de municiones. 
Mas todos estos preparativos y aun el incendio del arsenal de Cons- 
tantinopla hubiesen sido insuficientes contra la nueva tempestad que 
amenazaba, si no la hubiese conjurado de una vez y para siempre 
haciendo de Malta una plaza inexpugnable. 

Ta desde el establecimiento en Malta de la Orden se habia pen- 
sado en construir una ciudad fortificada sobre el monte Sceberras 
que separa el Puerto Grande del de Marza Mussel. Se habia levan- 
tado y arreglado el plano por los ingenieros mas hábiles, bajo los 
diferentes grandes maestres que se sucedieron; mas cupo la gloria 
de ponerle en ejecución á Juan de La Valette. Agotado el tesoro, 
contrajo en Sicilia un empréstito de treinta mil escudos; hizo acuSar 



896 HISTORIA DI FBLIPK n. 

moneda de cobre, é impuso nuevas contríbociones sobre los malie- 
ses; mas nada de esto era suficiente. Se dirigió el gran maestre á 
todos los principes de la cristiandad, haciéndoles ver la importancia 
de la empresa, y de los mas, incluso el rey de Francia, recibió so- 
corros muy considerables. Dio Felipe II noventa mil ducados; el rey 
de Portugal, don Sebastian, treinta mil cruzados, y la Sicilia envió 
veinte y dos mil ducados , habiendo impuesto un diezmo sobre los 
bienes eclesiásticos. £1 Papa envió además de dinero, setecientos 
obreros pagados de su cuenta. La mayor parte de los miembros de 
la Orden se despojaron de sus bienes y hasta de los objetos de mas 
valor, cuyo importe entregaron al tesoro. Los habitantes todos de 
la isla, sin perdonar edad ni sexo, se emplearon voluntariamente en 
la construcción de una ciudad que iba á asegurar su defensa, au- 
mentar su comercio, y llegar á ser el depósito de sus riquezas. Uo 
aSo solo bastó para poner en estado de defensa la ciudad que tomó 
al principio el nombre de HumlMma, y después de La Vdette, que 
conserva hoy dia. Mas el gran maestre no vio el fin de su trabajo, 
habiendo fallecido abrumado de fatigas y cuidados en agosto de 1 568. 
Juan de La Yaiette fué grande hombre, y su memoria será cele*, 
bre. Desde su defensa de Malta no cuenta la Orden de san Juan un 
hecho de armas tan glorioso. De este sitio, data la decadencia de 
una institución, que cada dia se iba haciendo menos necesaria. Sin 
embargo conservó su brillo en el resto de aquel siglo, en el siguien- 
te, y aun muyientradoyaeldiezyocho. Lo que á la terminación de 
este llegó á ser, no hay necesidad de indicarlo, recordando que en 
nuestros dias, aquella ciudad de La Yaiette, aquella primera fortifi- 
cación del mundo, cayó sin la mas pequeDa resistencia en poder de 
Bonaparte, cuando marchaba á la conquista de Egipto. Mas el nom- 
bre de Malta ha sobrevivido á la Orden de san Juan, y ocupa toda- 
vía en el mapa militar y político de Europa un puesto distinguido. 



CAPITULO XXXíV* 



Guerra de los moriscos de Granada. — Capitulaciones cuando la toma de esta ciudad 
por los reyes católicos. — ^Primer arzobispo.— Conversiones.— Alborotos. — ^Decreto 
para que abracen la fe cristiana los moriscos. — Todos cristianos.—- Acusaciones de 

su falta de sinceridad ^Nuevas exigencias de la corte.— Nuevos disgustos.— 'Recia-* 

maciones de los moriscos. — ^Desoidas.— Tentativa para alzar á los del Albaycin.— 
Alzamiento de las taas de las Alpujarras.— Excesos y crueldades de los sublevados. 
— ^Nombran por su rey á Aben-Humeya. — ^Sale el marqués de Mondejarde Granada 
para combatir á los alzados. — ^Varios encuentros suyos con los moriscos, favorables 
i á las armas castellanas. — ^Entra en las Alpujarras. — Se apodera de la torre de Orgi- 
va. — ^Pasael marqués de los Yelez desde Murcia al reino de Granada. —Recibe aiuto- 
rizacion para ello del rey.— Varios encuentros suyos con los moriscos. — ^Los vence. 
— Sigue la guerra con sucesos varios. — Diversidad de pareceres entre el marqués 
de los Yelez y el de Mondejar. — Resuelve el rey enviar por capitán general de Gra- 
nada á su hermano don Juan de Austria (1). — (1568-1569.) 

Vamos á trazar el bosquejo de otra guerra, qae sí do de carácter 
parameote religioso, se rozaba con hábitos, coo costumbres, y en 
grao manera, cod creencias. Parece fatalidad del siglo XVI, el qae 
coantas cuestiones se debatían con las armas en la mano, tuvieron, 
con pocas excepciones, un carácter misto de sagradas y profanas. 
Católicos contra protestantes; cristianos contra mahometanos; en to- 
das figuraban, á par de los intereses de un príncipe ó nación, los 
dogmas de su Iglesia. 

La guerra de los moriscos de Granada no fué menos fecunda que 
las otras en animosidad, en encarnizamiento, en efusión de sangre 
y todo género de horrores. Es uno de los episodios mas curiosos, al 

(1) Don Diego Hartado de Mendoza yLuis Marmol Carvajal, son los historiadores principales de 
esta guerra, y los dignos de mas crédito, por haber sido ambos testigos oculares.— la producción 
del primero, intitulada: cGuerra do Granada,» pasa por una de nnostras galas literarias. En la del se* 
gando, conocida con el nombre de «Historia del rebelión, y castigo de los moriscos del reino de 
Granada,» hay mas abundancia de materias, aunque no presentadas con la gravedad elegante de 
Mendoza. Ambos han sido nuestros principales gulas, tanto en este articulo^ como en el siguiente. 

Tomo i. B1 



398 HISTORU DE FEUPB Tí. 

mismo tiempo que lamentables, de un reinado que tantos títulos ha 
adquirido de ser célebre. 

Los términos de la capitulación, por la que los reyes católicos 
tomaron posesión de la plaza de Granada, fueron todos honoríficos 
y humanos para los vencidos. Nada prueba tanto la resistencia te- 
naz que los moros opusieron, y sobre todo, el gran deseo que tenían 
los reyes de Castilla y de Aragón, de aOadir á su corona tan mag- 
nífica conquista. Por uno de estos artículos, recibían los reyes por 
sus vasallos y subditos naturales, y bajo de su palabra, «seguro y 
«amparo real, desde el rey hasta el último habitante de Granada; 
»de las fortalezas, villas y lugares de su tierra; dejándoles sus casas, 
«haciendas, heredades, sin consentir que les hiciesen mal ni daDo, 
Dui quitándoles sus bienes, ni sus haciendas, ni parte de ello, antes 
«bien acatándolos, honrándolos y respetándolos como por sus súb- 
«ditos y vasallos, como lo eran todos los que vivían bajo su gobier- 
«no y mando. « 

Por otro artículo prometían SS. AA. y sus sucesores, «dejar vi- 
«vir para siempre al rey y á todos los demás grandes y chicos en 
«su ley, sin consentir que les quitasen sus mezquitas ni sus torres,^ 
«nidios almoedanes, ni les tocasen en los hábices y rentas que te- 
«nían para ellas, ni les perturbasen los usos y costumbres en que 
«estaban. « 

No es posible concebir un artículo en términos mas expresos y 
mas positivos. Sin embargo, fué su ejecución origen de disturbios y 
calamidades, que duraron casi un siglo. 

Erigieron los reyes católicos en Granada una Silla arzobispal, y 
su primer prelado, don fray Hernando de Talavera, obispo de Avila, 
se distinguió mucho por su celo en convertir á los moros á la fe 
'cristiana. Convienen los historiadores en elogiar el modo blando y 
suave que empleaba en este asunto, tan de suyo delicado, no adop- 
tando mas medios que los de la persuasión y el ascendiente qoe le 
daban su edad, su alta categoría y sus virtudes; mas con el tiempo 
degeneró tanta indulgencia en maneras un poco mas doras, mar- 
cadas con el sello de la intolerancia. Era imposible que mezcladas 
en la ciudad dos religiones tan distintas, pues con la conquista se 
iba poblando mucho de cristianos, se dejase demostrar, por la parte 
de los vencedores, aquella aversión con que se miran los hombres 
que difieren en creencias. No faltó quien aconsejase á los reyes ca- 
tólicos que obligasen á los moros á recibir el bautismo, y de lo con- 



r ' 



apROLO XXXI?. 399 

« 

brarío expulsarlos de la tierra, haciéndoles yer que jamás serian bae* 
DOS vasallos, mientras conservasen sus creencias, y se manifestasen 
adictos á sus ceremonias. Mas aquellos monarcas no quisieron in- 
fringir tan pronto un artículo tan expreso de los tratados, y se con- 
tentaron con que se llevase adelante la obra de la conversión, por 
cuantos medios se pudiese. 

Para ayudar al arzobispo, se llamó al famoso de Toledo, Jimé- 
nez de Gisneros, cuyo carácter duro no se desmintió en esta misión 
tan delicada. Quiso usar de rigor, é irritado con la resistencia que 
algunos de ellos ponian á la conversión, trató de perseguirlos y cas- 
tigarlos por su pertinacia. Comenzaron con esto los disgustos, los 
desórdenes, y hasta los motines. Indignados los moros de que se les 
quisiese violentar, se levantaron. Mas cedieron á la autoridad del 
arzobispo Talavera, á quien respetaban mucho, y estaban acostum- 
brados á ceder en todas ocasiones. 

Sirvió este motin de pretexto para volver á la carga los que acon- 
sejaban á los reyes que los obligasen á todos á recibir el bautis- 
mo, ó á marcharse á Berbería; dándoles tiempo para arreglar sus 
negocios y vender sus bienes. Entonces accedieron los dos reyes, y 
se dieron las órdenes necesarias, que aunque estuvieron suspendi- 
das ocho meses, fueron llevadas á efecto con grande oposición por 
parte de los nuevos convertidos. 

De un cambio que llevaba visos de tan forzado y violento no po- 
día esperarse mas resultado que redoblar la adhesión y apego á las 
creencias y ceremonias de que á los moriscos habían despojado. 
Estallaron al principio del siglo XYI revueltas, á que tuvo que acu- 
dir en persona el rey católico, cuyo celo se animaba á proporción 
de tanta resistencia. Habiendo quedado vencedor, se creyó con do- 
bles derechos para reducir de grado ó por fuerza á los moriscos á 
la religión cristiana. Así lo puso en práctica, y en medio de algu- 
nas llamaradas de motin y de alboroto, que no pudieron menos de 
encenderse algunas veces, todos los moros, unos tras de otros, tanto 
en la ciudad como en las otras poblaciones, recibieron el agua del 
bautismo. 

Los prelados celosos, y otras personas igualmente interesadas, 
percibieron que no había bastante sinceridad en los nuevos conver- 
tidos, y que solo por temor de los castigos cumplían con los deberes 
y ceremonias que la nueva religión les imponía. Nada había mas 
natural, conociendo los principales resortes de la conversión; mas 



400 HISTOBU DB FKLIPB H. 

esto mismo escandalizaba y encendia en furor á los que no soh* 
mente los querían cristianos, sino cristianos fervorosos. Los acosa-- 
ban de celebrar en secreto y dentro de su casa, el rito prohibido; 
de lavar los niños que acababan de bautizarse, como para purgar- 
los de impurezas; de casarse clandestinamente usando sus ceremo- 
nias; de celebrar los viernes, como dias festivos; de trabajar los 
domingos; en fin, de despreciar en secreto, lo que les era forzoso 
respetar en público. 

En el aDo 1 526 , bailándose el emperador en Granada, reunió una 
junta de prelados, para arreglar un asunto que parecia tan espiooso 
y complicado. Muchos fueron de opinión que mientras los moriscos 
conservasen el uso de su lengua, el de sus trajes, el de sos diver- 
siones, nunca perderían el afecto á su antigua religión, ni serian 
subditos fieles de la corona de Castilla. Por entonces no se dio nin- 
guna provisión, ni se trató mas de este asunto en todo el reinado 
de Garlos I de Espafia; mas en el de Felipe II, se celebró una junta 
en Madrid, con el objeto de tomar una providencia definitiva sobre 
el negocio de los moriscos, y en ella se extendieron los capítulos de 
lo que se habia de observar en adelante. Se reduelan estos, k que 
dentro de tres aDos aprendiesen los moriscos la lengua castellana; 
que no usasen de la suya en ningún escrito público; que en ade- 
lante no se hiciesen vestidos á su usanza, y si á la de los cristia- 
nos; que no empleasen en las bodas, ni ritos, ni ceremonias, niaon 
fiestas ni regocijos, como tenian de costumbre; que tuviesen abiiar- 
tas las puertas de sus casas los viernes y los dias de fiesta; que no 
usasen nombres moros; que renunciasen k los baSos artificiales; qoe 
no tuviesen esclavos negros, á excepción de aquellos á quienes les 
estuviese concedida la licencia. 

Era im[iosible idear disposiciones mas depresivas, mas vejatorias, 
que ajasen masía susceptibilidad, el amor propio de pueblo alguno, 
por poco apego que tuviese á sus costumbres. Era atacar, herir al 
vivo lo que el hombre estima mas que todo, á saber, las costum- 
bres y usos que adquirió desde la cuna. Mas tales eran las preoca* 
paciones que animaban á muchos contra los moriscos; tales los há- 
bitos de intolerancia en materias religiosas, que en 1568 se man- 
daron estos capitules al presidente de la Audiencia real, don Pedro 
Deza, para que los pusiese en práctica. 

En los moriscos causaron la impresión dolorosa que puede supo- 
nerse. Las razones que alegaban para alejar de ellos tan tremenda 



CAPITULO XXXIV. 401 

tempestad, no podían ser mas plausibles. En cuanto á la lengua 
castellana, expusieron la imposibilidad de que pudiesen dejar la 
suya, sobre todo, los viejos, que la habian usado en toda su vida, 
y que de ningún modo podrían acostumbrarse á otra. 

En cuanto á los trajes^ que no indicaban creencias religiosas, y 
sí solo cosas de moda y de costumbre: que los crístianos en el Orien- 
te iban vestidos como los habitantes del país, y que entre los mis- 
mos mahometanos habia tanta diversidad de trajes como de pueblos 
y naciones. 

Sobre mandar que las mujeres fuesen sin velo, que era dureza 
hacerías renunciar á una costumbre que tenían como signo de ho- 
nestidad : y que los bafios que tan frecuentemente usaban , eran 
meramente un punto de limpieza. 

Acerca de los nombres crístianos que habian de sustituir á los 
antiguos, exponían que los nombres no constituían la esencia del 
cristianismo ; que habia habido cristianos antes que santos ; que el 
agua del bautismo era lo que los habia incorporado en el gremio 
de la Iglesia, y que el cambio de nombres no aumentaría por nin- 
gún estilo ni su firmeza en la fe, ni la adhesión á sus nuevos ritos 
religiosos. 

No tenían estas razones réplica racional y justa ; pero se habia 
tomado ya un partido , y además el presidente de la Ghancílleria, 
don Pedro Deza, ante quien los moriscos por el órgano de sus di- 
putados expusieron estas quejas, no podía alterar por sí, lo que en 
la corte se habia resuelto y decretado. Respondió, pues, á dichas 
reconvenciones lo mejor que supo y pudo ; mas manifestando que 
era una cosa determinada por S. M., á que debían someterse como 
irrevocable. Que se les concedería el tiempo suficiente para que 
pudiesen deshacer sus ropas y darles nueva forma ; que se les au- 
xiliaría hasta con recursos pecuniarios á fin de que estos cambios 
no les sirviesen de perjuicio en sus haciendas y fortunas ; que el 
término que se les seDalaba para dejar su lengua nativa, era sufi- 
ciente para aprender la castellana ; que sus fiestas y sus zambras 
eran demasiado escandalosas á los ojos de los buenos cristianos, 
para que no tuviesen interés ellos mismos en abandonarlas, sí lo 
eran en efecto ; que no podría haber inconveniente ninguno en te- 
ner abiertas las puertas de sus casas los viernes, sí verdaderamente 
DO celebraban en ellas ningún culto religioso : que el cambio de los 
nombres tenia por objeto aumentar su devoción dándoles un santo 



402 HISTORIA DS FfflJPB n. 

por patrono, y en fio que todas las innovaciones mandadas por el 
Rey de EspaOa, no se encaminaban á otro fin, qae á establecer la 
igaaldad posible entre todos sus vasallos. 

Desahuciados asi los moriscos, del presidente de la Gbancilleria, 
recurrieron por medio de comisionados á Madrid, pidiendo la sus- 
pensión ó revocación de una providencia que les era tan molesta ; 
mas el Consejo desoyó sus súplicas, y les hizo saber que no tenian 
mas remedio que atenerse á lo mandado. 

Examinadas las cosas á la luz de la razón y de la imparcialidad, 
alma y condición indispensable de este género de escritos, do pa- 
rece muy diñcil decidir de qué parte estaba la razón en esta pugDa. 
No podian ser mas expresos los términos de la capitulación, en la 
que se les dejaba el pleno y libre ejercicio de su culto religioso. Si 
por medio de la persuasión ó apelando á recursos compulsivos se 
hablan convertido á la religión cristiana, no habia motivos pan 
apelar á rigores y á formas que en realidad no atacaban la esencia 
de su nuevo culto. Ni los nombres, ni los trajes, ni sus fiestas, ni 
sus baDos, ni sus usos domésticos teni^n que ver en ningún sentido 
con el cristianismo. Obligarlos á renunciar á ellos por medios tan 
violentos; prohibirles hasta el uso de la lengua que hablan mamado 
con la leche, se presentaba intolerable, de muy difícil y hasta de 
imposible ejecución para las personas entradas en edad que no ha- 
blan aprendido ni podian aprender otra. Los cargos, pues, que ha- 
dan ios moriscos, no podian ser desvanecidos, sino usando del de- 
recho del mas fuerte. 

Que los moriscos no eran subditos leales de la corona de Castilla, 
se puede presumir muy bien de un pueblo recien conquistado , que 
apenas se habia mezclado con sus vencedores. De sus sentimientos, 
por lo menos dudosos en su nueva fe, no podia menos de haber 
pruebas, conociendo los medios de exacción, empleados con los nue- 
vos convertidos. Deseable era sin duda el que se hiciesen mas adic- 
tos de corazón al cristianismo ; que desapareciesen de ellos todos 
los usos y demás recuerdos nacionales que los ponian en predica- 
mento diferente del de los demás habitantes del pais; mas cualquier 
hombre imparcial podia conocer muy bien que no eran estos me- 
dios violentos, los que producirían efecto tan apetecido : que se po- 
dría conseguir mas empleando otros suaves é indirectos, sobre todo 
apelando á la merced del tiempo, bajo cuyo imperío todo se olvida, 
y las impresiones mas fuertes y poderosas se destruyen. 



CAPITULO XXXIV. loa 

la providencia do pareció muy prudente á varias personas de 
rango y bien intencionadas de Granada, que veian graves males en 
SQ ejecQcion demasiado rigorosa. El marqués de Mondejar, capitán 
general del país, que se hallaba á la sazón en la corte, representó 
contra lo duro é impolítico de la medida, quejándose amargamente 
de que no se le hubiese consultado antes de dictarla ; mas por toda 
respuesta, se le previno que se restituyese cuanto antes & Grana- 
da, para cuidar de la puntual ejecución de lo mandado. El Rey de 
EspaOa y su Consejo no sabian lo que era contemporizar^ tratándo- 
se de materias religiosas. Rigores, violencias, injusticiais, todo pa- 
recía permitido cuando se trataba de promover los intereses de la fe 
católica. 

A todas estas consideraciones hay que afiadir otra de grandísima 
importancia, á saber : que los moriscos de Granada constituían en- 
tonces la gran mayoría de la población de aquel pais, recientemente 
conquistado. Si á la capital y á otras ciudades considerables habían 
acudido muchísimos cristianos de diversas partes de Castilla , no 
sucedía lo mismo con las poblaciones rurales, sobre todo de las Al- 
pujarras, compuestas casi todas de moriscos. Se podía, pues, temer 
el irritar hasta cierto punto á un pueblo casi dueDo del pais, y que 
al abrigo de sus asperezas podía entregarse á toda especie de desór- 
denes: mas nada de estose tuvo en consideración, y en medio de 
los conflictos é inquietudes mutuas que producía el nuevo edicto, 
se acercaba poco á poco el día fatal prefijado para su ejecución 
definitiva. Comenzaron á agitarse los moriscos, perdida ya la espe- 
ranza de la revocación de dicha providencia. Comenzaron á enta- 
blarse entre ellos relaciones y planes de alzamiento, poniéndose en 
contacto los de la ciudad con los de afuera, sobre todo de las Al- 
pajarras, donde su número era mas considerable. Posible es que 
estos proyectos de insurrección fuesen ya anteriores á la promul- 
gación de la pragmática , mas es muy probable también que solo 
hubiesen nacido dé esta causa. No faltaban entre los moriscos hom- 
bres emprendedores, ambiciosos, que supieron inflamar los ánimos 
de la muchedumbre, preparándola al cambio que tanto halagaba sus 
pasiones. Los de la ciudad contaban con sus correligionarios de las 
AlpQJarras, y á estos se les allanaban las dificultades de la empresa, 
haciéndoles ver que serian aquellos los primeros que se alzasen. 
Por la interpretación de varias cartas, no quedó duda á las autorida- 
des déla mala voluntad de los moriscos y planes de la insurrección , 



1 



Idi HisTOEU m nuFB n. 

á que 86 daba fomento cod ia circalacioo de pronóstieos de varios 
santones de su antigua secta, alusivos á los aconteeímientos de l«s 
tiempos que alcanzaban. Que el plan era vasto y la insorreocion 
muy popular en aquellos habitantes, aparece de la simultaneidad de 
los alzamientos de que hablaremos luego. Antes de verificarse, ya se 
habían comenzado de cierto modo las hostilidades con el ataque de 
algunas partidas de tropa castellana por los salteadores del país, 
conocidos con el nombre de monfis; con varios asesinatos de cris- 
tianos en quienes los moriscos ejercieron varios actos de crueldad 
y de venganza. 

Se había designado el Jueves Santo del afio 1568 para el diadel 
alzamiento general ; mas no tuvo esto efecto por varias causas has- 
ta el mes de diciembre del mismo afio, ocupándose todo este tiem- 
po en aumentar las relaciones, las comunicaciones mutuas entre 
unos y otros, tanto los de adentro como los de afuera, fraguándose 
planes para el asalto y toma de la Alhambra, y ocupación de loa 
puntos principales de Granada. 

No eran ignoradas estas maquinaciones por las autoridades del 
pais y la población castellana de la capital ; mas no se les daba to- 
da la importancia que tenian, ni se creia que su ejecución estuviese 
tan cercana. Los moriscos de la ciudad encubrían sus intentos, ma- 
nifestando deseos de paz y sumisión á las órdenes del rey, si bien 
quejándose siempre de la violencia que se les hacia. Los de las Al- 
pujarras tampoco aparentaban el querer moverse, pudíendo atri- 
buirse los desafueros y violencias que recientemente se hablan co- 
metido en los caminos, á excesos aislados de los man/is, de que no 
participaban los demás moriscos. 

Guando los de fuera creían ya preparados completamente á los 
de adentro, se puso en dirección de Granada uno de los principales 
instigadores de aquella rebelión, llamado Farax Aben-Farax, ala 
cabeza de unos doscientos man/k, con objeto de alentar con su pre- 
sencia y su persona el pronunciamiento de aquellos habitantes. Lie* 
gó á la ciudad por la noche del 26 al 27 de diciembre de 1568, y 
habiendo penetrado por ella á favor de sus amigos, se presentó en 
el Albaycin, barrio donde vivían los moriscos, prorumpiendo ea 
grandes gritos y algazara, tocando sus atabales y otros instrumen- 
tos á fin de inspirar á los vecinos la idea de que venia seguido de 
un número muy considerable. Mas ni esta algazara, ni las invita- 
ciones que él y sus monfis hicieron en alta voz á los moriscos para 



CiNTÜlO XXXIV. 105 

que 06 alzaseii^ diciáiidolM que babia llegado la hora de la redeo-- 
eioD, aortieroD el menor efecto. Los moriscos permanecieron que- 
dos ; ningano abrió sos puerta^, desconfiados sin dada de lo qne 
les decía Farax, ó arrepentidos tal yeat de su determinación en los 
momentos de lle?arla á efecto. 

Mientras tanto se esparció la alarma en la ciudad, se tocaron las 
campanas, se poneron en pié las autoridades y vecinos, mas 
con la oscuridad de la noche y la incertidumbre de loque realmen- 
te socedla, todo era inquietud y confusiones. Era muy escasa la 
guarnición que habia en Granada, prueba de lo poco preparados 
que se hallaban en caso de que el cumplimiento de los capítulos en- 
contrase seria resistencia. Prohibió el marqués que nadie se pu- 
siese en mofimiento hasta que llegase el dia, temiendo alguna sor- 
presa enfuelta en las tinieblas de la noche. Por otra parte, Aben- 
Farax y los suyos, desesperanzados de levantar el Albaycio, discur- 
rían por la dudad temeros^ de dar en manos de la guarnición, y 
no pensaron mas que en yftificar su salida, que se llevó á efecto al 
amanecer sin que en la ciudad se tuviese todavía idea positiva de lo 
oeorrido durante aquella noche. 

Lu^o que el marqués de Mondejar se penetró de la verdad del 
caso, salió de Granada con la gente que pudo allegar en persecu- 
ción de Aben-Farax y de sus mmfis ; mas como le llevaban estos 
ana grande delantera, se volvió, temeroso de que la ausencia suya 
y de sus tropas envalentonase á los moriscos del Albaycin, de cu- 
yas malas disposiciones ya no se pedia tener la menor duda. 

La cosa era ya muy seria y grave ; el atrevimiento de Farax su- 
ponia planes de alzamiento en la ciudad, que por fortuna se para* 
lizaron ; mas si el resoltado de aquella noche pudo tranquilizar los 
ánimos de las autoridades por entonces, la noticia de lo que habia 
ocurrido al mismo tiempo en las Alpujarras, redobló las inquie- 
tudes. 

El S5 de diciembre por la noche habia ocurrido la intentona de 
Aben->-Farax sobre Granada. Tal era la confianza en que se hallaban 
todos del alzamiento de los de) Albaycin , que en aquellos dias se 
sublevaron les principales distritos ó taas de las Alpujarras, ha- 
ciéndolo al mismo tiempo las de Orjiva, Porqueyra, Ferreyra, Ju- 
biles, los Cébeles, Üxijar, Verja, Andarax, Dalia, Luchar, Marche'^ 
na, Boloduiy, SolobreDa y otros distritos inmediatos, cundiendo la 
llama como fuego eléctrico en toda su extensión, sin que del incen« 

Tomo i* 



406 HiSTORU BE nun ir. 

dio quedase exento poeblo considerable alguno. El movimiento foé 
instantáneo, simultáneo, producto de un plan general fraguado con 
el mayor secreto, puesto en ejecut^ion con toda la energía de un 
pueblo agitado por sentimientos de odio y de venganza. ¿Cómo los 
de Albaicin, principales promotores del pronunciamiento, no le se- 
cundaron cuando las excitaciones para ello de Aben-Farax y de sos 
monfist no se concibe fácilmente. Se puede suponer que el silencio 
y tinieblas de la noche encadenaron sus ánimos y que temieron al- 
guna sorpresa ó lazo armado por los de la ciudad, al ver á Farax se- 
guido de tan pocos. 

Las manifestaciones, las demostraciones, los excesos y desórde- 
nes á que se abandonaron todas las poblaciones de las Alpujams 
en el acto del pronunciamiento, fueron tan semejantes y uniformes, 
que no descenderemos á particularizarlas. £n todas partes se |nih 
damó el culto de Maboma con demostraciones del mas ardiente de- 
senfreno. En todas se allanaron las iglesias, se profanaron los al- 
tares, se quebraron las imágenes, se robaron los vasos sagrados y 
demás ornamentos, haciendo ludibrio de lo que antes practicaban, 
manifestando que hablan obrado hasta entonces por coacción y con 
violencia. En todas partes se cometieron atropellamientos y cruel- 
dades inauditas contra los cristianos y los sacerdotes en particular, 
atormentándolos de mil maneras, y dándoles en seguida la muerte 
que parecía debia serles mas amarga y dolorosa. La mayor parte 
de estos infelices se refugiaban en las iglesias y casas fuertes, de 
donde los hacian salir con promesas de perdonar sus vidas ; mas 
inmediatamente caian victimas del furor de los moriscos, sedientos 
de sangre y de venganza. Guando los hombres se cansaban de sa- 
ciar su saDa en aquellos desgraciados, los entregaban al furor de 
las mujeres, que con sus agujas, sus tijeras y otros instrumentos 
de la misma clase se cebaban en atormentarlos. La misma suerte 
tuvieron cuantos destacamentos cortos de fuerza armada « ignorantes 
de lo ocurrido, cayeron en sus manos. Sin duda los historiadores 
á que hemos aludido, como castellanos y católicos, habrán exage- 
rado el cuadro ; mas todo puede creerse de poblaciones bárbaras, 
impulsadas por su fanastimo que creian sacudir el .yugo de sos 
opresores. Los mismos han dejado consignado que ninguno de 
cuantos cristianos tuvieron palabra de conservar sus vidas con tal 
que abrazasen la secta de Mahoma, quiso pasar por tan duras eoo- 
dlciones. También esto se concibe y explica fácilmente. 



GÁFITOLO XXXI?. 407 

Era poes la insurreceíoo seria con todos los caracteres de terrible. 
No ofrecía, pues, el aspecto de un pueblo que reclama la vindica- 
ción de sus agravios, sino de unas gentes que rompían para siem-- 
|M*e los vínculos que los unian con su rey, hollando sus leyes, y re- 
nanciandó del modo mas violento al culto que se les habia pres- 
crito. Para que no se dudase del carácter de la insurrección, y lo 
que querían realmente los moríscos, no se contentaron con un cau- 
dillo, sino que quisieron tener un rey, alzándole con toda ceremo- 
nia y condecorándole con todas las insignias y carácter de mo- 
narca. 

Se llamaba este nuevo rey de los moriscos don Fernando Valor, 
y se le creia descendiente de los Califas de Córdoba, de la familia 
de los Omeyas, que tanto poderío y esplendor habían desplegado 
en siglos anteriores. Los historiadores le pintan como un mozo de 
carácter violento y liviano, bastante desarreglado en sus costumbres. 
Era duefio de abundantes bienes, seOor de una veinticuatría de Gra- 
nada, y esto indica que pertenecía á una clase distinguida. Pero 
empe&ado en mas gastos que sus facultades permitían, estaba preso 
por deudas en la cárcel de Granada, cuando se fraguaban los pla- 
nes de alzamiento. En inteligencia con los jefes de la insurrección, 
se fugó de la cárcel y escapó de la ciudad, casi al mismo tiempo que 
se alzaban los pueblos de las Alpujarras. El día 27 de diciembre 
llegó al pueblo de Benzar, donde le estaban aguardando sus parien- 
tes, y el día siguiente, reunidos estos y los principales del país le 
alzaron por rey, levantando pendones con las ceremonias mas so- 
lemnes que supieron idear, y le saludaron con el nombre de Aben- 
Humeya, que manifestaba de un modo claro su ascendencia. No 
concurrió al acto Aben-Farax, y aun se dio por muy resentido, 
cuando aquel díase presentó en Benzar, de vuelta de su expedición; 
mas se logró aplacarle, haciendo que el nuevo rey Aben-Humeya 
le nombrase su primer alguacil, nombre que entre ellos equivale al 
de teniente ó de segundo. 

Tenia así la insurrección un jefe supremo, revestido con el título 
de rey; mas este rey, este jefe supremo, no se hallaba sin duda á 
la altura de su puesto. De una juventud disipada, sin haber toma- 
do parte en el alzamiento mas que por despecho y lo embarazoso 
de sus circunstancias, sm tener mas títulos para su elevación que 
la influencia de su familia, y la circunstancia casual de su prosa- 
pia, no estaba calculado para dirigir con acierto aquel movimiento 



408 EDDSTOBU I>l FBLIFB U. 

que debía encootrar tan sería resistencia. Además de Aben-Home- 
ya y el citado Aben-Farax, figuraba ud tio del primero llamado dM 
Fernando El-Zagüer, hombre diestro, sagaz, experimentado y may 
rico, que no habia querido ser rey, contentándose con que lo foese 
su sobrino. A excepción de estas tres personas, ningún otro figura-* ' 
ba en primer término, ni se habia adquirido un nomke. La insiuh 
reccion fué obra de las masas resentidas por las ofensas que hablan 
recibido, por las que les estaban aguardando. Mas la insurreodoD, 
por terrible y unánime que fuese, no estaba suficientemente orga- 
nizada; faltaba madurez de planes, de designios fijos; solo se obe- 
decía á un sentimiento ciego, aun deseo de venganza, á estos odios 
de pueblo á pueblo, de secta á secta, que producen efectos iostan- 
táneos y terribles. 

La falta de los moriscos del Albaycin que no se pronundanuí 
cuando los de la Alpujarra, fué un golpe muy funesto para los al- 
zados. Asegurada la capital^del reino, libres en sus acciones las au- 
toridades superiores del pais, tuvieron medios de adoptar todas las 
medidas necesarias para salir á sofocar la insurrección que estaba 
fuera. Solo recibiendo los moriscos los socorros, en gente, en ar- 
mas y en dinero, que de Berbería, y aun por parte de los turcos, 
aguardaban, pudieran haber hecho frente á los cristiaoos^ ó á lo 
menos prolongar la contienda hasta que la fortuna se les pudiese 
mostrar algo favorable. Pero aislados, sin ningunas simpatías, ca- 
tre los que no eran ni de su nación ni de su secta, podían entre- 
garse si se quiere á actos de desesperación y de venganza, mas do 
luchar de igual á igual con sus numerosos adversarios. Sigamos ú 
hilo de los acontecimientos. 

Hemos visto que cuando el alzamiento de las Alpujarras, se ha- 
llaba todavía Aben-Humeya en la cárcel Üe Granada. Inmediata- 
mente que fué alzado por rey, se trasladó á la sierra, donde hizo 
que se confirmase su elección, y lomó algunas providencias, entre 
ellas las de conferir cargos, nombrando á su tio don Fernando £1- 
Zagüer, capitán general ó jefe de la guerra. Mas el monarca dejó 
pronto aquel pais, y se retiró á Gadiar, sin que le veamos dirigir 
en persona ninguna de las operaciones aisladas que entonces se 
emprendían. 

Continuaban los moriscos alzándose sucesivamente en las diver- 
sas taas de todo aquel pais, hasta la tierra de Almería, cometiendo 
en todas parte los mismos desórdenes y excesos. Atacaron la torre 



CAPITULO XXXIV« 409 

de Oijím, y do padíeron apoderarse de ella por la tenaz resisten- 
cia de sus defensores. También hicieron tfntativas sobre la ciudad 
de Almería, que pensaron ganar por traición y por sorpresa; mas 
fueron desbaratados sus planes, y Almería se mantuvo intacta. Nin- 
gnaa de las ciudades grandes del pais tomó parte en aquella insur- 
recdon. Málaga, Marbella y Ronda, no solamente resistieron á sus 
amenazas, sino que enviaron gente al campo para perseguirlos. 
Foé este otro de los grandes contratiempos del pronunciamiento; 
pues en estos pueblos encontraron grandes recursos para hacer la 
guerra, las principales autoridades de Granada. 

Antes que estos jefes tomasen providencias serias contra los in-* 
sorreccionados, hablan conseguido los moriscos algunas ventajas par* 
ciaies contra partidas pequeOas armadas de cristianos que encentra- 
rw desaperdl»dos, ó les hicieron caer en los lazos que tan frecuen- 
temente les armaban. Fué sorprendido en Tablate el capitán don 
Negó de Quesada, mandado por el marqués de Mondejar á dicho 
punto, con objeto de guarnecerle, para cuando él entrase en cam- 
pafia, pues era el paso para trasladarse & la Alpujarra. También 
mataron al capitán don Juan Zapata, con su gente, en el lugar de 
los Gnajares. Por todas partes llevaban la ventaja que les daba el 
mayor número , pues la generalidad del país era toda de su nación 
y de 8U secta; mas un orden de cosas tan favorable para ellos, se 
acercaba ya á su término. 

No estaban mientras tanto ociosas en Granada las autoridades, 
tanto civiles como militares. Fué su primera providencia asegurarse 
de los moriscos del Albaycin, á quienes con medidas rigorosas con- 
tuvieron en los limites de la obediencia. El marqués de Mondejar 
alistó gente y requirió auxilios de los principales pueblos del pais y 
de todos los demás de Andalucía. Una prueba de que anduvo dili- 
gente, y se hallaba penetrado de la gravedad de aquel negocio es 
que, habiendo comenzado la insurrección el 24 de diciembre, salió 
el 3 de enero del afio siguiente 1569, á la cabeza de 2,000 infan- 
tes y 400 caballos, en busca de los revoltosos, dejando k su hijo el 
conde de Tendilla con el mando militar para atender á las cosas de 
la guerra, y enviarle á proporción que llegasen los refuerzos que de 
varios puntos se aguardaban (1). 

(1) La féclia de la salida del marqués y el número de sus tropas, son las que asigna Mármol. Se- 
gún Hurtado de Mendoza, salió el dia 3 de febrero con solos MO inftintes y tOO de á caballo. Nool- 
▼idemos que ambos historJi adores eran contemporáneos, y pudieron ser testigos oculares de los 
liecboa. Bl primero tenia un cargo en el ^érelto; el segundo se bailaba enlaaado con el marquéa 
por un parentesco muy estrecho. La discrepancia es de cuantía, y esto prueba con cuánta doscon- 
fianza ae deben admitir mucboa beobos que nos refieren las bistorlas. 



41 HISTOKU DK FKUFK If . 

Acompañaban al marqaás de Mondejar, su hijo don Franeimo da 
Mendoza, don Alonso de Cárdenas su yerno, don Lnis de Córdoba, 
don Alonso de Granada Yenegas, don Joan de Yilla^Roel y otros 
caballeros. Había salido de Jaén al frente de la caballería don Pedro 
Pouee, y Valentín Qoirós al de la infantería. Mandaba dos conipa- 
nías de Antequera el corregidor de aqaella ciudad Alvaro de Isla; y 
la gente de Loja, Juan de la Rivera, regidor; lade Alhama, Hernán 
Carrillo de Cuenca, y lade Alcalá la Real^ Diego de Aranda. No po* 
nemos todos los nombres de las personas de alguna nota que aoom- 
paDaban al marqués; mas continuaremos en la idea de estamparen 
todas ocasiones el mayor número que sea posible y esté en armo- 
nía con la índole de nuestro escrito. • 

Como esta guerra de los moriscos de^ Granada se redujo á ata- 
ques de puestos fortificados, y correrías por sierras y parajes mon- 
tañosos, no ofrece batallas campales , ni movimientos en que brille 
la estrategia. Las fuerzas de una y otra parte eran muy poco ne- 
morosas, y la gente que acompañaba al marqués no merecía el nom- 
bre de un ejército. Por la parte de los moros era suma la irregula- 
ridad y falta de organización, como se puede colegir de aquella gente 
pronunciada sin preparativos, y por llamaradas de resentimientos. 
Por esto y por la misma naturaleza de nuestra obra, que no puede 
descender á muchos pormenores, nos contentaremos con una resella 
muy sucinta de los principales hechos de una contienda & todas lus- 
cos tan funesta. 

Pernoctó el marqués aquella noche en Padul, dos leguas cortas 
de Granada. En Durcal, á una legua de distancia de su posición, se 
hallaba el capitán Lorenzo de Avila, y el de igual clase Gonzalo de 
Alcántara, al frente este de cincuenta caballos, y el primero de on 
destacamento mas considerable de infantería. Trataron los moros de 
sorprenderlos aquella misma noche, interceptándolos de la gente de 
Mondejar, cuyo campo también era objeto dé sus tentativas. Aco- 
metieron efectivamente á Durcal aquella misma noche, mas se ha- 
llaban los nuestros apercibidos, y lo mismo el marqués, que tuvo 
avisos por medio de un espía. Hubo tiros y escaramuzas efectiva- 
mente en las calles y plazas de Durcal, mientras una partida dolos 
moriscos se acercaba al campo del marqués, con objeto de darle osa 
embestida. Mas habiendo encontrado los primeros resistencia, y sin- 
tiéndose intimidados los segundos con la actitud que tomó el de Moa- 
dejar, se retiraron unos y otros aquella misma noche, temiendo ser 



CÁHTOIO XXXtV. 111 

itaeados por la caballería. El marqués se trasladó al -Darcal, donde 
se detuvo esperando refuerzos que se le iban reuniendo, con muy 
poca interrupción, unos tras de otros. 

Llegaron de Ubeda y Baeza, mandada la gente de la primera de 
estas dos ciudades por don Rodrigo de Vivero á la cabeza de tres- 
cientos infantes y ciento cincuenta caballos. Iban de Baeza nueve- 
cientos ochenta infantes, divididos en cuatro compañías, y cuatro es- 
tandartes de treinta caballos cada uno. Eran los capitanes de esta 
tropa veinticuatros y regidores. Mandaban la infantería de Ubeda 
don Antonio Porcel, don Garci Fernandez Manrique y Francisco de 
Molina, y la caballería don Gil de Valencia y Francisco Vela de los 
Cobos. Eran capitanes de la infantería de Baeza Pedro Mejía deBe- 
Davides, Juan Ochoa de Navarrete, Antonio Flores de Benavides, y 
Baltasar de Aranda. Mandaban la caballería Juan de Carvajal, Ro- 
drigo de Mendoza, Juan Galeote y Martin Noguera. Mas toda esta 
geate no acompasó la expedición del marqués, pues volvieron á Gra- 
nada las cuatro compafifas de caballería de Baeza con objeto de guar- 
necer la ciudad, mientras llegaban nuevas tropas. 

Comenzaron á conocer los moriscos el lance serio en que estaban 
empeñados. Sus hermanos de Granada estaban quedos: los de la 
Vega no osaban pronunciarse. La salida del marqués en busca suya, 
les anunciaba la alternativa de someterse, ó correr todos los lances 
de una guerra en que no podían llevar la mejor parte. Para tentar 
la primera via, estaban demasiado comprometidos por los excesos y 
atrocidades que habían acompasado el alzamiento. Para lo segundo, 
es decir, para seguir la guerra, se veían con pocos medios. Por una 
parte tenían encima al marqués de Mondejar; por la de Murcia, se 
aproximaba el de los Velez, de cuyos movimientos hablaremos lue- 
go. Sigamos por ahora los pasos de Mondejar. 

Se movió este de Durcal en dirección de Tablate, donde hemos 
dicho había sido derrotado el capitán don Diego de Quesada, en- 
viado allí por el marqués, como un punto muy importante para el 
paso de las Alpujarras. Le guardaban pues los moriscos con todos 
los medios que pudieron idear para estorbar la marcha del marqués. 
Mas este se presentó en buen orden, y á pesar de haber los piime- 
ros desbaratado un puente, y tener otro medio roto con objeto de 
que las tropas al pasar por él se precipitasen á un profondo bar- 
ranco donde estaba colocado, siguió adelante el marqués sin pérdida 
notable, habiendo desbaratado y puesto en huida á los moros, hasta 



lis HiSTtmu M mi»! n. 

Lanjarott , donde hizo alto aquella misma Boebe. Al dia sigaieite 
pasó á socorrer la torre de Orjiva, sitiada y pnesta eo grande aprieto 
por los moriscos , hallándose ya sin víveres ni municiones , y pró- 
xima ¿ rendirse. 

Tan favorable se mostraba el semblante de las cosas, que el ma^ 
qnés de Mondejar no quiso que le mandasen mas refuerzos, por lo 
cual escribió al Asistente de Sevilla que no le enviase la gente de 
aquella ciudad, ni la de Gibraltar, Carmena, Utrera y Jerez, que se 
habían juntado para hacer dicha jornada. 

Mientras tanto rennian los moriscos cuantas fuerzas podian alle- 
gar para detener la marcha de Mondejar, Noticioso este de que Abea* 
Humeya se quería hacer fuerte en la taa de Porqueira, se puso en 
esta dirección y ocupó el pais, á pesar de la resistencia tenaz que 
le opusieron. Forzó el marqués el puesto, sin que se atreviese Aben- 
Humeya á sostenerle. Pasó de allí á Pitres de Ferreyra, punto que 
tomó y defendió en seguida contra los moriscos que le acometieroa 
de noche, causando algunas pérdidas á los nuestros cogidos dé sor- 
presa. En seguida se trasladó al castillo de Jubiles, donde también 
consiguió derrotar á los moriscos que le opusieron resistracia. 

Ocurrió en este punto un suceso lamentable. Uó el marqués el 
pueblo á saco, mas prohibiendo la matanza. Se recogió la gente, 
especialmente las mujeres, á la iglesia; mas no cabiendo toda, se 
salió una gran parte á una plazuela inmediata, donde pasaron la 
mayor parte de la noche. Acaeció en esto que un soldado trató de 
llevarse consigo una mora; y como esta opusiese resistencia, llamó 
la atención de un joven, que de mujer disfrazado la seguía, tal vez 
por deudo suyo ó por amante. Embistió el joven al soldado con una 
almadara que llevaba debajo del vestido. Al ruido de la pelea que 
se trabó entre ambos acudieron otros, y fué esto bastante para que 
se esparciese entre los nuestros el rumor de que entre las moras se 
hallaban hombres armados vestidos de mujeres. No fué preciso mas 
para que acometiesen enfurecidos á la muchedumbre. La mortan- 
dad fué horrible, y solo tuvo fin cuando llegó la luz del dia. 

Pasó el marqués desde Jubiles á Gadiar y á Ujijar, donde entró 
sin resistencia, habiendo registrado y apoderádose de varias cuevas 
y cavernas donde hablan tomado asilo los moriscos. Todos queda- 
ron cautivos en poder del de Mondejar. 

Al punto de Ujijar se habia dirigido Aben-Humeya con el desig- 
nio de defenderle á toda costa, haciéndole base de sus operaciones 



Gimmo XXXIV; il8 

militares* Varios amigos y allegados, eatre ellos sa suegro^ kaoon-* 
sejaroD hacerlo así, represeotándole la importancia ée Ujijareomo 
poDto faerte, con la círcQostaDcia de estar eolocado eo el eenlro de 
las Alpujarras. Mas otros deudos sayos le persuadieron que se reti- 
rase á Paterna, donde podía aguardar con mas ventaja á los cris-* 
tíanos. Andaban divididos 4 la sazón los moriscos sobre el partido 
que debían tomar en aquellas circunstaacias. Los mas pacíficos y 
la gente de arraigo estaban penetrados de lo descabellado del alza- 
miento y de los terribles resultados que no podía menos de acarrear- 
les. Los mas comprometidos, los principales instigadores de laem- 
presa, los que mas se habían distinguido en las atrocidades de que 
íué acMnpafiado el alzamiento, conodan que no había para ellos ni 
perdón, ni avenencia de ninguna ciase, y solo pensaban en los me-- 
dios de llevar adelante á toda costa la contienda. De aquí la diversi- 
dad 4e pareceres entre los que rodeaban al nuevo rey AiMD-^Hume-^ 
ya. Los que aconsejaban la quédate en Ujíjar, pasalun por aspirar 
á composición con los cristianos, y realmente habían dado pasos al 
ofecto. No fué pues difícil á sus contrarios mas ferocoi hacer creer 
& Aben-Hjineya que los primeros le engasaban y trataban de rm-* 
deríe al enemigo, fil rey 'en su furor hizo dar muerte á ra soegro 
Miguel de Rojas, y á un cufiado suyo, repudiando á su mujer, pare 
cortar cuantos lazos le podían unir á su familia. Tomé, pues. Aben*- 
flumeya el camino de Paterna á la cabeza de sis tropas. Siguió sus 
huellas el marqués, mas no perdiendo de vista ciertos pasos y ne^ 
gociaciones que se habían entablado con Alwn-Humeya á fin de 
reducirle á la obediencia. No parecía contrario este caldillo á entrar 
en términos de composición: por lo menos así se lo había hecho 
creer al marqués una persona con quien estaba el morisco en rela- 
ciones. Seguía, pues, Mondejar las huellas de los enemigos, sin 
darse priesa á empefiaruna batalla, aguardando el resultado de una 
carta que con su conocimiento acababa de escribir al rey morisco la 
persona con quien se entendía. Mas los arcabuceros que iban de 
manguardia por los dos lados de la sierra, se avanzaron demasiado 
y fueron causado que se empefiase una acción con los morísoos, en 
que estos fueron derrotados. Creyéndose Ahen-Humeya engafiado 
por el marqués, se puso en salvo sin siquiera abrir la carta que 
acababan de entregarle, dejándola en el suelo, mientras que el ae^ 
gnndo, confiando siempre en reducirle á la obediencia, no sigoié el 

Tomo i. S3 



41 i mSTOBIA DE FELIPE U. 

alcance de los vencidos, causando esto no pocas murmuraciones en. 
tre los soldados de su mismo campo. 

Propendía el marqués de Mondejar á la blandura, y excogitaba 
cuantos medios le eran posibles para volver á los moriscos á la obe- 
diencia del rey, sin reducirlos á la desesperación, que pudiera pro- 
ducir medidas de exterminio. Ya bemos visto que durante su resi- 
dencia en la corte babia desaprobado la pragmática, origen de aque- 
llas turbulencias. Gonocia la importancia de una gente activa y 
laboriosa como los moriscos, y daba oidos á cuantas proposiciooes 
de acomodamiento le venian por parte de los sublevados. Activo en 
perseguir al enemigo, como los hechos lo atestiguan, no se mostró 
rigoroso en los castigos. Templó muchas veces el furor de sus sol- 
dados vencedores, y por eso fué objeto de murmuraciones por parte 
de su mismo ejército, donde se quería utilizar todo lo posible la 
victoria. Por otra parte, los moriscos que pensaban en pacificación, 
veian desmentidos los sentimientos que se le atribulan al marqués 
con la conducta feroz y sanguinaria de los soldados que le acompa- 
fiaban. Los monfis y demás instigadores de la insurrección, se apro- 
vechaban naturalmente de esta desconfianza de los moriscos incli- 
nados á la paz, para tener siempre encendidas las teas de la guerra. 
Había vencido el marqués á los moriscos en cuatro refriegas suce- 
sivas. — ^Se había apoderado de los principales puntos fuertes de las 
Alpujarras; entretenía esperanzas de pacificar el país; creía muy 
próximo el momento de que se redujese á la obediencia; mas en 
Granada no se participaba de sus ilusiones. Se murmuraba alli mu- 
cho de su conducta en la parte política, y muy pocos daban la lid 
por fenecida. El presidente Deza no era su amigo, y trataba de in- 
disponerie hasta en la corte misma. Su hijo el conde de Tendilla 
trataba de salir con otra expedición en busca de los enemigos; mas 
el marqués se opuso á esta medida, y hallándose en Ujijar de vuelta 
de la expedición, trató de moverse hacía los Guajares, donde se 
había encendido de nuevo la llama de la insurrección; tan ansioso 
estaba de concluir por sí mismo aquella guerra, sobre todo de que 
tomase la menor parte posible en ella el marqués délos Yelez, cuya 
presencia en el país le importunaba, y cuyos principios é ideas eran 
también diversas de las suyas. Tanto como Mondejar propendía á 
la indulgencia y á la consideración, se inclinaba el otro á la dureza 
y á los malos tratamientos. Quería el primero conservar un pueblo 
útil sin reducirle á los términos de la desesperación, mientras el otro 



CAPITULO xxxiv. 415 

DO hablaba mas que de castigos y hasta de exterminio. De la coo- 
peración, paes, dedos jefes tan diversos qne obraban independien- 
tes en una misma guerra, no podian menos de segairse fatales con- 
secaencias. 

Hemos visto al marqaés de los Vele2, capitán general de Murcia 
y de Valencia, marchar sobre el reino de Granada cuando el prin- 
cipio de dichas turbulencias. Habia dado este paso á instancia y sú- 
plicas del presidente Deza, quien imploró sus auxilios, sea para 
oponer un rival al marqués de Mondejar, ó porque no confiase bas- 
tante en los esfuerzos y medidas de este último. Dio parte el presi- 
dente al rey de este paso con el de los Velez, y Felipe II aprobó 
la providencia, encargando al último la mayor actividad en sus ope- 
raciones. 

Antes de llegar dicha orden del rey, y aun la súplica al marqués 
de los Velez por parte del presidente don Pedro Deza, habia toma- 
do disposiciones militares cuando llegaron á su noticia los distur- 
bios de Granada. Cumplíale, como capitán general de una provin- 
cia fronteriza, prepararse para en caso que llegase allí el incendio, 
y asimismo tomar una parte activa en el asunto, acudiendo al cas- 
tigo de los rebeldes por todos los medios que pudiese. De varios 
puntos del pais le llegaron tropas; de modo que cuando recibió la 
comunicación se hallaba ya al frente de mas de cinco mil hombres 
de infantería, y una fuerza de caballos proporcionados á este nú- 
mero. 

Habia recibido en su villa de Velez del Blanco quinientos infantes 
y trescientos caballos. Recibió de Lorca mil y quinientos hombres 
de á pié y ciento de & caballo, en muy buen orden, capitaneados 
por Juan Mateo de Guevara, Pedro Helises, Alonso del Castillo, Mar- 
tin de Lorita y Luis Ponce. Le enviaron de Caravaca trescientos in- 
fantes y veinte caballos, mandados por Andrés de Mora, Fernando 
de Mora y Pedro Martínez: de Moratalla doscientos infantes y trein- 
ta caballos, á cargo de Juan López; de Hellin ciento cincuenta in- 
fantes y quince caballos, capitaneados por Pablo Pinero: de Zhegui 
Francisco Fajardo con doscientos cincuenta infantes y veinte caba- 
llos, de Muía doscientos infantes al mando de Diego Melgarejo. Con 
esta gente escogida, por la mayor parte voluntaria, y la que sacó 
de otros pueblos, movió su campo el marqués el 5 de enero, es de- 
cir, casi al mismo tiempo que el de Mondejar salia de Granada en 
persecución de los moriscos. Era la intención del marqués de los 



416 HISTOIU DE FBUPB I(. 

Yelez caer s»bre Almería^ qae saponiaD en muy grande aprieto peí 
parte de los moriscos; mas habiendo sabido en el camino la derro- 
ta de estos en Benahaduz, tomó la dirección del castillo de Xergal, 
y atravesando la sierra de Filabres, se estableció en el pueblo de 
Tabernas, donde se detuvo hasta el dia 13, mientras le llegabao la 
orden de S. M. y los refuerzos qoe en Murcia dejaba preparados. 
Atribuyeron algunos esta precipitación en el movimiento del mar- 
qués de los Yelez, á su deseo de que le cogiese dicha orden ya den- 
tro del territorio del reino de Granada, como sucedió en efecto. De 
este modo se vieron en aquel país dos capitanes generales que obra* 
ban independientes, y cuyo modo de considerar aquella guerra era 
tan diverso. De esta heterogeneidad no podian menos de seguirse 
grandes males. Sin embargo, la presencia del marqués de los Ve- 
loz en el pais fué de grande utilidad, por el terror saludable que 
inspiró á los moriscos de las inmediaciones^ próximos á imitar el 
ejemplo de los de la Alpujarra. Se movió el marqués de los Vekz 
desde Tabernas, y pareciéndole ya inútil trasladarse A Almería, codm 
el rey se lo había prevenido, tomó la vuelta de Gaecija, donde le 
esperaban los moriscos que fueron derrotados. De allí se movió 4 
Filix, donde le esperaba un encuentro con los rebeldes que también 
trataban de disputarle el paso. Una circunstancia le proporcionó en 
aquel punto una victoria, que de otro modo no hubiese sido tan 
completa. Habiendo sabido en Almería don García de Villa Roel este 
movimiento del marqués, trató de ganarle por la mano, y con la 
gente que pudo allegar cayó sobre los moros, tomando la aparien- 
cia de ser la vanguardia del cuerpo del ejército que seguía sus hue- 
lla; mas los moros percibiendo el engafio salieron en busca de don 
García, quien intimidado al ver la muchedumbre de los enemigos, se 
retiró en dirección del campo del marqués, dándole parte de las bue- 
nas disposiciones que tomaban los moriscos, suponiendo que hu- 
biesen recibido los refuerzos que esperaban de África. No titubeó sin 
embargo el de los Velez en acometerlos, y se movió con su campo, 
precediéndole la vanguardia acostumbrada. Creyendo los moros que 
era esta una nueva estratagema de Villa Roel, se hicieron firmes; 
lo que proporcionó al caudillo castellano la ventaja de derrotarlos, 
haciéndoles muchos muertos y cogiéndoles muchos prisioneros. Men- 
cionamos esta circunstancia para hacer ver que en esta guerra, don- 
de los caudillos obraban con independencia, se aspiraba á ganar 
lauros exclusivos, con detrimento de la causa común por la que es* 



CAPITULO UXIT. in 

taba empelada la eontieoda. Por desgracia do foé este el primero» 
DI el último de los ejemplos, en que se muestra tau á las claras la 
pequeSez del corazoD humaDO. TambieD es circuDstaDcia digoa de 
reparar, que los moros para hacer creer á Villa Roel que teoiao 
mucha goDte, formaroD ud escuadroD de Difios y mujeres cubiertos 
coD capas y trajes, que desde lejos pareciau soldados. Igualmeute 
hay que DOtar que en esta accioD pelearoD valerosamcDte alguDas 
mujeres moriscas metiéndose por los caballos, arrojaudo piedras, 
y á falta de estas, echando polyo eo los ojos de los castellauos. Se 
cogió UD graD botín cd la refriega, y esto le fué al marqués de mu- 
cho daOo, pues muchos soldados cargados de despojos dejarou el 
campo y se volvieron á sus casas. Después de algunos días de per- 
manencia en Filix, movió su campo hacia Andarax, y consiguió 
otra victoria de los moros que le esperaban en las sierras de Oha- 
fiez. Así habia conseguido sobre ellos tres victorias, haciéndoles 
muchos muertos y cogiéndoles un número mucho mas considerable 
de prisioneros. Mas el marqués de los Velez conocía muy bien que 
estas desrrotas no ponian término & la guerra, y que en la fragosi- 
dad del pais y en lo encarnizado de la lucha, encontrarían obstá- 
culos de mucha monta las armas castellanas, & pesar de que la 
fortuna se declaraba á su favor en casi todas las refriegas. 

Mientras que el marqués permanecia en Filix, se movió de Al- 
mería don Francisco de Córdoba sobre el castillo fuerte de Inox, si- 
tuado en la sierra de este nombre, que tomó á viva fuerza, á pesar 
de la obstinada resistencia por parte de los moros. Fué la matanza 
grande, y el botin uno de los mas ricos que se hablan hecho en el 
eurso de toda aquella guerra. 

igualmente afortunado fué el marqués de Mondejar en su expe- 
dición de las Guajaras, adonde se habia movido, como hemos dicho, 
desde Ujijar. La tierra es asperísima, y en el castillo del mismo nom- 
bre encontró el marqués tan grande resistencia, que & pesar de su 
carácter humano, mandó pasará cuchillo á cuantos moriscos se en- 
contraron dentro. Desde allí se trastadó el marqués á Orjiba para 
terminar la reducción de la Alpujarra. No hay que olvidar que se 
hacia la guerra en tierras ásperas y fragosísimas, en lo mas crudo 
y recio del invierDO. La simple reseña de los hechos que vamos re- 
firieodo, maDÍfiesta la grande actividad que desplegaba el de Mod- 
dejar. Mucho le aguijoDeaba para termioar la lid la presencia del 
de los Yelez, od el territorío de su maodo. Poseído siempre de su 



418 BISTOBIÁ DB FEUPB U. 

idea de reducir los alzados y do de destruirlos, publicó en la Alpa- 
jarra un bando, prometiendo perdón y protección del rey á cuantos 
presentasen sus armas y banderas. Muchos lo ejecutaron, sin duda 
de carácter pacífico, y animados de buenas intenciones; pero otros 
muchos, y entre ellos los caudillos, sin duda desconfiaban de las 
promesas del marqués, ó viéndose demasiado comprometidos, se 
manifestaban resueltos á seguir la guerra. Aben-Humeya, que ha- 
bía entrado en conferencias de acomodo, se manifestaba mas con- 
trario que nunca ¿ rendirse á merced del rey, pues otras capitula- 
ciones no podía esperarlas. En los jefes reinaban desconfianzas y 
discordias, y nadie quería ser el primero en dar un paso tan ayen- 
turado. De África, donde tenían sus enviados, habían recibido al- 
gunos auxilios; y aunque hasta entonces en pequefio número, no 
perdían la esperanza de que las potencias berberiscas tomasen par- 
te activa en la causa de sus hermanos en EspaDa. 

Noticioso el marqués de Mondejar del punto donde se encontra- 
ban Aben-Humeya, El Zagüer y varios personajes, envió una ex- 
pedición secreta con el objeto de prenderlos; mas aunque fueron 
sorprendidos, pudieron escaparse, dejando burlados á los que los 
creían ya seguros en sus manos. De este modo debió de perderse la 
esperanza de entrar en tratos y convenios con el rey de los moris- 
cos y sus caudillos principales. 

Visto lo inútil de esta tentativa, hizo otra el marqués de la mis- 
ma especie y con igual objeto, enviando á los capitanes Alvaro Flo- 
rez y Antonio de Avila á prender á Aben-Humeya y sus parciales, 
que estaban reunidos en el pueblo de Valor; y no habiéndolos en- 
contrado allí, saquearon el pueblo, de cuyas resultas se alzaron los 
habitantes y mataron á cuanta gente acaudillaban los cristianos. 

Con estos dos golpes dados tan en vago, se enconaron mas y 
mas Aben-Humeya y los caudillos que querían á toda costa la pro- 
longación de la contienda. Se hallaba por lo mismo muy lejos el 
marqués de satisfacer sus vivísimos deseos de ver pacificada la pro- 
vincia. En la conducta desús mismos soldados, codiciosos de botín, 
propensos á cometer todo género de excesos sobre los vencidos, en - 
con traba asimismo obstáculo á sus designios. Muchos moriscos re- 
ducidos á la obediencia eran saqueados y maltratados violentamen— 
te, á pesar de su papel de salvaguardia, por los castellanos. Los 
moriscos pacíficos tenían asi sobrados motivos de recelo y descon- 
fianza, mientras los partidarios de las hostilidades explotaban coii 
habilidad estos sentimientos que les eran favorables. 



tÁPlTÜLO XXXIY. 419 

Entre tanto los moriscos de Albaycin, que, como hemos dicho, 
malograron la ocasión de alzarse cuando fueron invitados para 
ello por Aben-Farax la noche del 25 de diciembre, experimen- 
taban malos tratamientos por parte de las autoridades de Granada, 
y tuvieron motivos para arrepentirse de una inacción que tuvo tanta 
influencia. £1 conde de Tendilla, encargado de los negocios de la 
guerra, hizo alojar en sus casas á las tropas que iban llegando po* 
co á poco, sin hacer caso de sus representaciones, de sus quejas y 
de sus ofertas de surtirles de cuantos objetos para su acomodo fue- 
sen necesarios. Las tropas alojadas no fueron parcas en abusar de 
su posición, y los agravios que de ellos recibieron los moriscos, 
avivaron el fuego de su resentimiento. Mas se las habiancon auto- 
ridades que tenian abundantes medios de oprimirlos, y se conten- 
taban con hacer votos en secreto por la buena fortuna de sus com- 
patriotas de las Alpujarras. 

El encono de los cristianos contra los moriscos era una pasión 
nacional, aumentada por la diferencia de religión, y llevada á su 
mayor extremo por lo encarnizado de la lucha. Al principio de la 
insurrección se habían puesto & muchos moriscos presos en las 
cárceles de la Ghancillería ; unos que verdaderamente tenian delHo 
para ello, y otros en clase de rehenes que respondiesen de la con- 
ducta de los otros. Se esparció un dia en la ciudad la noticia de 
que venían los moriscos de afuera á libertar á sus hermanos de la 
c&rcel ; y sea que hubiese motivo para creerlo así, ó que fuese in- 
vención de gente mal intencionada, se tomaron precauciones dentro 
de la cárcel, armando á los cristianos presos para evitar cualquier 
ataque á mano armada ; mas esta que se adoptó como medida de 
precaución, produjo el efecto de que viniesen á las manos unos con- 
tra otros los presos de la cárcel. Peleaban con armas los cristianos ; 
los moriscos con piedras y ladrillos que arrancaban de las paredes 
de los calabozos. El resultado fué la muerte de estos últimos, que 
eran en número de ciento diez y siete, y la de cinco cristianos, 
que también tuvieron diez y siete heridos. 

Tal era el aspecto que presentaba la insurrección de jos moris- 
cos del reino de Granada. Habían sido derrotados en todos los en- 
cuentros y perdido todos los puntos fuertes, mas la lid no estaba 
concluida. Ño se pone con dos ó tres victorias término á una guer- 
ra cuyo teatro es áspero y fragoso como el de las Alpujarras, 
cuando no está vencido el ánimo de los combatientes ; cuando hay 



42o HISTORIA DI FELIPE II. 

caudillos ambiciosos resueltos á probar fortuna, á perder el todo 
por el todo, para quienes no queda ya esperanza ni de perdón, dí 
de avenencia. Estaban vencidos los moriscos, pero no domados. 
Por mucho que fuese el celo del marqués de Mondejar de traerlos á 
la obediencia, podian mas con ellos sus antiguos odios como nacioo 
y como sectarios de otro culto. La rapacidad de los soldados cris- 
tianos apagaba cuantos sentimientos podia haber en algunos cd 
sentido de la pacificación ; y por estas causas reunidas, estaba la 
guerra en víspera de ser encendida con mas furor que nunca. A 
esta mala situación de cosas se agregaba la discordia entre las au- 
toridades puestas por el rey ; la variedad de pareceres sobre el va- 
lor de lo que se habia hecho, y las medidas que en lo sucesivo de- 
bían de adoptarse. En la opinión del marqués de Mondejar, estaba 
la guerra casi concluida : para el de los Yelez, no habia verdadera 
pacificación en el pais, sin la deportación ó destrucción de todos los 
moriscos. Cada uno de los dos marqueses tenían en Granada su 
parcialidad, que defendía y acusaba según el caudillo á quien per- 
tenecía. Estaban penetrados todos los hombres imparciales de la 
falta grave que se cometía encomendando los negocios de la guerra 
y del pais & dos jefes de tan diverso carácter y modo de juzgar, 
que obraban del todo independientes. Para sujetar á entrambos k 
una autoridad común, pareció á muchos un medio eficaz la ida del 
rey á Granada, pues era un asunto de bastante gravedad para ha- 
cer á lo menos muy útil su presencia. Así se lo pidieron algunas 
personas de gran peso en Granada, y así opinaron algunos miem* 
bros del Consejo. Mas Felipe 11, tan activo y laborioso en su des- 
pacho, no era hombre que se ponia en movimiento fácilmente, y 
sobre todo tratándose de la agitación y conflictos de una guerra. 
Repugnando, pues, al rey el viaje de Granada, le pareció un buen 
expediente enviar en su lugar á su hermano don Juan de Austria, 
que á la sazón se hallaba en su corte, recibiendo la educadoo y 
rodeado del esplendor debido á su alto nacimiento. 



CAPITULO XXXV, 



Continnacion del anterior. — ^Parte don Juan de Austria de Madrid. — Su entrada en 
Granada. — ^Toma las riendas del gobierno. — Sigue la guerra con sucesos varios. — 
Llama el rey á la corte al marqués de Mondejar. — ^Es asesinado Aben-Humeya 
por los suyos. — ^Alzan por nuevo rey á Aben-Abóo. — Sale don Juan de Austria de 
Granada á combatir á ios moriscos. — Se retira el marqués de los Velez.— Se apo- 
dera don Juan de Galera, de Serón, de Tijola y de otros mas puntos. — Expedición 
del duque de^fiesa. — ^Tratan de someterse los moriscos. — Conferencias en el Fon- 
don de Andarax. — Ceremonia de la sumisión delante de don Juan. — Rompe 
el pacto Aben-Abóo.'^-Hace asesinar al Habaqui. — Es asesinado Aben-Abóo 
por los de su mayor confianza. — Entrada de su cadáver en Granada. — Fin de la 
guerra. (1569-1871.) 



Mostró Felipe II ea la deccioo de don Joan de Austria, que te- 
nia taeto 7 coDodfflieoto de ios hombres. Daba iodícios don Joan, 
en medio de sus verdes aOos, de capaeidad y de que eou el tiempo 
86 adquiriría un gran nombre. Al designarle el rey, manifestó por 
otra parte la sinceridad de los sentimientos con que le habia acogi- 
do y reconocido como hijo del emperador, y que no seria envidioso 
de la fama y nombradla qoe sin duda iba á adquirir, revestido de 
un cargo tan considerable. Psurtió, pues, donjuán, acompafiado en- 
tre otros mochos de Luis Quijada, su antiguo ayo y guardador, 
hombre muy experimentado en asuntos militares. El 6 de abril de 
1969 llegó á Granada, donde fué recibido por las autoridades mi- 
litares y civiles eos el aparato y solemnidad debidos & su alta clase 
y i las funciones de que iba revestido. Inmediatamente tomó la di- 
rección suprema de todos los asuntos del pais ; mas le estaba par-* 

Tomo i. 64 



122 HISTORIA ht FELIPE If. 

ticularmente encargado por el rey, do adoptar medida ni providen- 
cia alguna defioitiva, sio que medíase la aprobación de so Con- 
sejo. 

El marqués de Mondejar, que se bailaba en Ujíjar cuando le lle- 
gó la noticia del nombramiento de don Juan, permaneció algunos 
días mas en aquel punto sio pasar adelante en sus operacioDes. 
Cuando creyó próxima la llegada del príncipe á Granada, se tras- 
ladó á dicha ciudad, donde entró con toda pompa militar, precedido 
y seguido de gente armada, tanto de infantería como de á caballo. 
Excitó el aparato de esta entrada diversos sentimientos, pues ya de- 
jamos insinuado que si tenia amigos y aprisionados, no eran pocos 
los que le eran desafectos y censuraban sus operaciones. 

No hay duda de que el marqués de Mondejar se condujo eo esta 
guerra con actividad y energía; que siguió sin descanso ni tregua el 
alcance de los enemigos; que los derrotó en varios encuentros; qae 
les tomó puntos fuertes donde hicieron grande resistencia. Obró sin 
disputa como general, y como soldado en todas ocasiones. De sus 
opiniones políticas, de sus ardientes deseos de reducir el pais síd 
destruir ni deportar un pueblo que tenia por útil bajo muchas con- 
sideraciones, deponen todos sus pasos y medidas. A no encontrar 
oposición en los ánimos de tantas personas influyentes de Granada, 
incluso el mismo presidente de la Ghancillería; á no presentársele en 
el pais otro capitán general, que no solo obraba con independencia 
suya, sino que mostraba opiniones del todo diferentes; á tener mas 
fuerzas de que disponer, mas recursos con que sustentarlas y pa- 
garlas; á no tener muchas veces precisión de tolerar excesos y ra- 
piñas que comprometían el plan de pacificación, su idea favorita, tal 
vez hubiera tenido la gloria de poner término á una guerra tan aso- 
ladera. Mas por las razones indicadas, fueron casi inútiles todos sos 
esfuerzos. La división de mandos, la discordia de pareceres, la io- 
certidumbre y conflictos en que tan diversos informes ponían ai Con- 
sejo de Felipe, hicieron cometer un gran número de faltas, qoe dieron 
aliento é inflamaron de nuevo el ánimo de los sublevados. 

Penetrado Aben-Humeya de lo apurado de su posición; dudoso 
siempre de poder venir á partido con los castellanos, por la enor- 
midad de los excesos perpetrados; sabedor ano caberle duda de los 
lazos y asechanzas que por parte del marqués de Mondejar se les 
armaban, cobró nuevo ardor, y se resolvió á correr todos los azares 
de la guerra. Ya babia recibido algunas armas y refuerzos en hom- 



GAFITULO XXXy. ItS 

bres del Dey de Argel, y los esperaba hasta del Gran Tarco. La fall- 
ía de concierto y de recursos que notaba en sus contrarios, anima- 
ban mas y mas sus esperanzas. Los sentimientos de los pueblos de 
la Alpujarra, daban sobre todo gran pábulo á tantas ilusiones. 

•Vejado este pais en mil sentidos; viéndose objeto de malos trata- 
4PÍentos, de robos y rapíDas, á pesar de hallarse tantos pueblos re- 
ducidos á la obediencia del rey; penetrados de la inutilidad de su 
salvo-conducto contra soldados sedientos de botin, volvieron á dar 
oidos á sus antiguos odios, y se alzaron de nuevo, abandonándose á 
los mismos excesos que habían sefialado su primer pronunciamiento. 
Con la salida del marqués de Hondejar del pais, no quedaron en él 
mas tropas que las guarniciones de algunos puntos fuertes y otras 
que cubrían algunos pasos de importancia. Aben-Humeya le recor- 
rió todo, rodeado de la pompa y aparato posible para dar realce á 
su regia dignidad; organizó los armados; atendió en cuanto lo per- 
mitían sus fuerzas á todas las cosas de la guerra; dirigió alocuciones 
que inflamaron su entusiasmo, y dividió el pais en mandos militares 
á cargo de los jefes de mas consideración por sus servicios é influencia 
en las clases inferiores, conservando siempre á su lado á su tic don 
Fernando El-Zagfler, como su privado consejero. Has el famoso 
Farax-Aben-Farax, que fué uno de los principales instigadores de 
la guerra, no tuvo mando alguno por hallarse huido del rey moris- 
co, cuyo resentimiento habia provocado. Mientras tanto le llegaban 
recursos de África, y cada dia veia engrosarse mas las filas de su 
ejército. 

No pudo menos de penetrarse don Juan de Austria, á pesar de su 
inexperiencia y pocos aOos, de lo grave del asunto que le estaba 
encomendado. Inmediatamente que llegó á Granada tomó disposi- 
ciones, comenzando á desplegar la actividad que le distinguió en 
todo el curso de su vida. Le habia mandado el rey tropas de re- 
fuerzo, que si no eran las suficientes, prometían impulso eficaz alas 
operaciones de la guerra. Las organizó don Juan del mejor modo 
que le fué posible: allegó víveres, municiones y cuantos recursos 
eran necesarios, y distribuyó igualmente el país entre varios jefes 
militares. La naturaleza de su comisión no le permitía entrar en 
campafia en persona, y sí solo dirigir en grande las operaciones de 
los dos marqueses. 

En el consejo que reunió en seguida para tratar del estado del 
pids, tanto én lo militar como en lo político, hubo diversidad de 



114 msTOUA DB nufi u. 

pareceres. Insistió el marqués de Mondejar en so idea fatviMita de 
reducir el país y tentar todos los medios de volver á la obedieoda 
un pueblo tan útil, por su industria y su laboriosidad, al rey deBs- 
paDa. Opinaron otros, y entre ellos el presidente Desa, por su de- 
portación é internación en otras provincias del reino, pues solo de 
este modo podian dejar de ser enemigos encarnizados y peligrosos 
del gobierno. También insistió en la necesidad de expulsar de Gra- 
nada & los moriscos del Albaycin y de la Vega, proyecto á que pa- 
reció inclinarse don Juan y lo mismo Luis Quijada. 

Mientras tanto se alzaron los pueblos de Peza, Caontar, Dndary 
Gñezar, todos fuera de las Alpujarras, báeia el rio de Almería. 

Se pronunció asimismo la sierra de Bentomiz, donde se contabaD 
veinte y dos lugares. Pusieron sitio los alzados al castillo de Cani- 
lles de Aceituno, que hubiera caido en su poder, á no ser socorrido 
por Arévalo de Zuazo, corregidor de Velez, que acudió á tiempo coa 
tropas que sacó de dicho punto. Mas este corregidor no podo ha- 
cerse duefio del peDon de Frigiliana, situado cerca de la costa del 
mar, de que se apoderaron y se hicieron fuertes los habitantes de 
Competa, otro pueblo de la misma sierra. Para no interrumpir el hi* 
lo de los acontecimientos, aunque no guardemos el orden cronoló- 
gico, diremos que este peDon fué expugnado por tropas que acaba** 
ban de llegar de la costa de Ñápeles, conducidas por don Luis de 
Requesens, comendador mayor de Castilla, según órdenes que para 
ello le habia dado el rey de Espalia. 

Acudió á dicho jefe el corregidor de Yelez, pidiendo auxilios y sa 
cooperación centra el peOon de Frigiliana. Acoedió el comendador; 
mas como no quería moverse sin estar autorizado para ello por don 
Juan, le expidió con toda diligencia un mensajero, quien le trajo sn 
consentimiento. 

Desembarcó el comendador mayor sus tropas, deseosas de pdea. 
Eran dos mil soldados de infantería, procedentes todos de Italia, j 
adem&s cuatrocientos hombres de la tripulación de las gjaleras. Se 
componía esta gente de doce compafiias de soldados viejos, diez del 
tercio de Ñapóles, una del Píamente y otra de Lombardía. Eran los 
capitanes del tercio de Ñapóles el maestre de campo don Pedr* de 
Padilla, don Alonso de Luzon, Pedro Bermadez de Santis, Gtay Fran- 
co de Butrón, Pedro Ramirez de Arellano, Antonio Juárez, el oapi* 
tan Martínez, Alonso Beltran de la PeOa, el marqué» de É«pejo, y 
el capitán Orejón, Mandaba la oompafiía del Piaoonte d9Q hm Q/fir 



GAFITOLO XXXY. 42S 

tan. A estas tropas agregó el corregidor Arevalo de Zaazo» los mil y 
quiaieotos hombres qae mandaba, cuyos capitanes eran Hernán 
Daarte de Barrientes, don Pedro de Coalla, Gómez Vázquez» Luis 
de Baldívia, el jurado Pedro de Villalobos, Antonio Pérez, Marcos de 
la Barrera y Francisco de Villalobos: estando & cargo de Luis Paz el 
mando de la caballería^ 

Se emprendió la expugnación del fuerte con tres columnas, que 
atacaron con denuedo por diversos puntos; la una por la loma de 
los pinillos, mandada por don Pedro de Padilla: la segunda por la 
de Frigiliana, al cargo de don Juan de Cárdenas, y la tercera por 
otra loma en medio de las dos, al de don Martin de Padilla. Lo es- 
carpado del camino dio grandes ventajas á los moros, que hacian 
perder el pié y precipitarse por aquellos despefiaderos, á los asal- 
tadores; mas era mucho el ardimiento de estos, sobre todo los sol- 
dados de Italia, deseosos de pelear con los moriscos. Se mostró al 
principio la jornada favorable á estos, habiendo sido los nuestros 
por todas partes repelidos. Al fin tomaron parte de ellos la resolu- 
ción de atacar por lo mas escarpado de la peOa, llamada la Conca» 
que por esta misma circunstancia, no inspiraba ningún cuidado & 
los moriscos. Con gran trabajo, y trepando por las escabrosidades 
de la roca, pudieron llegar á lo mas alto del fuerte, donde tremola- 
ron una bandera, que infundió nuevo aliento á los otros que subian, 
llenando al mismo tiempo de terror al enemigo. Fué desde entonces 
decisiva la victoria, y los nuestros ganaron el fuerte, haciendo gran 
matanza en los vencidos. Murieron de estos dos mil, y entre hom- 
bres, mujeres y nifios, quedaron mas de tres mil en poder de los 
cristianos. Hubo mujeres moriscas que pelearon con gran denuedo; 
otras, que viendo las cosas percudas, se precipitaron con sus hijos 
de lo alto de la peDa: el botin fué inmenso; mas los nuestros no com- 
praron barata la victoria, habiendo tenido cuatrocientos muertos y 
ochocientos heridos, número de mucha consideración, si se atiende á 
lo escasa de la fuerza. 

Mientras tanto el marqués de los Velez, aunque supo & su de- 
bido tiempo la venida de don Juan, evitó ponerse con él en rela- 
ciones, puesto que no habia recibido sobre el particular órdenes, 
ni provisión alguna de la corte. Viendo que había sido la Alpujarra 
desocupada por el de Mondejax, trató de ocuparla con sos tropas; 
mas don Ju