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Full text of "Historia de la Compañia de Jesús en Chile"

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Kstablishcd under the will of Frangís Sales, Instructor 

iii Harvard CoUege, i8f6-iQ5;fi This will requires 

the iocome to be expended for books " in the 

Spanish iansfuagie or for books il- 

lastrative of Spanish history 

and iiteratnre.'' 



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HISTORIA 



DE LA 



COMPAÑÍA DE JESÚS EN CHILE 






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HISTORIA 

DE LA 

COMPAÑÍA DE JESÚS EN CHILE 



EL P. FRANCISCO PRICH 

OB U MISMA COMPAÑÍA 



TOMi) ['RIMERO 




CON LAS LICENCIAS NECESARIAS 

^'ilAIlCEr.ONA 



1HPREKTA DE FRANCISCO ROSAL, BOSPITAI., 115 

1891 



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APPROBATIO R. P. PROVINGIALIS 



PROVINCIiE ARAGONIiE 



Cum apus, cui titulus est Historia de la Compañía de Jesús en Chile, 
a P. Francücus Enrich nosírm Socieíaíis sacerdote cmpositum aliqui yus- 
dem Societatis revisores, quibus id commissum fuity recognoverint el in lu- 
cera edi posse probaveriní; facultatem concedimus, ut typis mandetury si 
ita iisy ad quos períineí, videbiíur. 

In quorum fdem has Hileras manu noslra subscriptas el sigillo Societa- 
tis nostrce munitas dedimus, 

Barcinone die 21 Februarii anni 1885. 



ms 



JOANNES GaPELL S. J 



LOGO ag SIGILLI 



AL LECTOR 



Más de íres sigloí hace que existe en el mundo una Sociedad religiosa, 
la cual, asi como es y ha sido constantemente desde su principio el objeto 
de las simpatías, amor y benevolencia de no pocos, asi también loes y ha 
sido siempre de la antipatía, odio y malevolencia de otros muchos. Y ha- 
biendo logrado sus enemigos en el próximo pasado siglo triunfar de ¿lia 
con sus dicterios, manejos ocultos y manifiestas persecuciones de un modo 
tan victorioso, que, después de desterrarla de varios reinos, consiguieron 
el Breve de su extinción, y casi su completo exterminio, se han aumen- 
tado y generalizado en extremo las persecuciones contra la misma : por lo 
cual no es raro encontrar personas que la menosprecien, la odien, y tal 
vez la persigan aun sin conocerla. Esta es la Compañía de Jesús ; de la 
cual conviene escribir la historia , no solo en general , como lo ha hecho 
Mr. Cretinaux^oli , sino también en particular, como lo han hecho otros 
varios autores ; para que, exponiendo su fin y los medios por que á ¿I 
tiende, y el modo, además, con que sus hijos lo han 6 no procurado con- 
seguir, pueda el mundo ilustrado formarse un juicio recto sobre su inocen- 
cia ó culpabilidad, sobre sus virtudes ó vicios, y sobre sus méritos ó demé-^ 
ritos ; á consecuencia del cual, 6 la ame, ó la mire con indiferencia de un 
modo racional y fundado. 

Dejando, pues, á oírosla tarea de ampliar los importantes trabajos 
históricos del recien anunciado autor, escribiendo la Historia general de 
la Compañía, yo me limitaré á escribir la particular de la Provincia de 
Chile. Es verdad que todas mis diligencias no han sido bastantes para pro- 
perdonarme los datos necesarios con que escribirla de un modo el más conh 
píelo ; sin embargo, los he adquirido en número y calidad suficientes para 
dar al público una cabal noticia de su entrada y establecimiento en este 



VIH AL LECTOR 



antiguo Reino, de la fundación, progresos y destrucción de todos sus Cole- 
gios, Casas y Misiones, y de las tareas literarias y apostólicas en que se 
ocuparon sus individuos ; de modo que , quien lea con mediana atención 
esta mi Historia podrá fácilmente apreciar sus méritos, calificar sus tra- 
bajos, y tributarles el testimonio asi de reprobación ó alabanza, como de 
indiferencia ó afecto á que se hayan hecho acreedores. En efecto ; he con- 
signado en ella gran parte de los hechos más culminantes de aquellos 
grandes hombres, que, llenos de fe cristiana, y vivamente estimulados del 
emblema sublime de su Santo Fundador, tuvieron enarbolado por muchos 
años en medio de las tribus indígenas, no reducidas todavía, el estandarte 
de la Salud, y contribuyeron poderosamente en las tierras de los cristia- 
nos al engrandecimiento de las poblaciones levantadas por los conquista- 
dores y sus descendientes. 

Por lo tanto verás, lector mió, cómo en estas trabajan incesantemente, 
para mantener ó excitar la devoción y piedad, difundir las ciencias, intro- 
ducir las artes, y apoyar el buen orden, tocando todos los resortes que 
eran de su atribución ; y cómo en aquellas acometen con valor y constan- 
cia empresas las más difíciles del ministerio apostólico , hasta llevarlas á 
cabo con gloria. Frecuentemente tendrás que admirar las consideraciones 
de respeto y amor que les tributaban el nómada pampa, el bárbaro pehuen- 
che, y el indómito araucano. ¡Cosa admirable! Este indio tan bravo que 
no sabia temer ni la mortífera bala, ni la cortante espada del castellano, 
se rinde, sin embargo, á la voz insinuante del jesuíta, trocando su fiereza 
en la mansedumbre y humildad de un cordero. Sin duda que una virtud 
divina obraba en el corazón de aquellos fieros salvajes ; porque de otra 
suerte no puede explicarse , cómo el misionero, corriendo en todas direc- 
ciones, sin más escolta que su Santo-Cristo, en todas partes recibía demos- 
traciones de amor sincero y veneración, á pesar de pertenecer á la raza 
por aquellos sumamente odiada y bien poco temida. 

Este plausible orden de cosas, que solo el genio del Cristianismo, y el 
hombre del cielo sabían establecer, venia, por desgracia, á turbarse, unas 
veces por la inconstancia del salvage, y otras por el genio guerrero del 
conquistador, mal avenido con las ventajas de la paz: entonces sonaba 
para el misionero la hora del peligro ó del cruento sacrificio de si mismo; 
porque reviviendo en el indio los hábitos de su antigua barbarie, y los sen- 
timientos á penas sofocados de fiereza y venganza, saqueaba las misiones, 
entregaba á las llamas el humilde templo del Señor, junto con la pobre 
choza de su ministro, á quien perseguía bárbaramente. Más de cuatro 
murieron en la punta de su lanza, y otros tuvieron que sufrir un rudo 
cautiverio. Asi en un solo día, y de un solo golpe de mano, se malograba 



AL LECTOR IX 



lo que se habia ganado en largo Hempo y con indecibles trabajos. No por 
esto se abandonaba la grandiosa empresa de la conversión de aquellos infe- 
lices: otros jesuitas , no menos resignados y resueltos, tomándola de su 
cuenta, se entraban por aquellos bosques, y la continuaban con igual ar- 
dor y constancia que los primeros. 

Tan nobles acciones daban i la Corporación de dia en dia mayor cré- 
dito ; la generosidad de los fieles la auxiliaba para ellas con bienes tempo- 
rales, que, rectamente administrados y mejorados con los conocimientos y 
aplicación de sus miembros al trabajo, le proporcionaban medios eficaces 
para promover en mayor escala la cultura de las poblaciones cristianas y 
la conversión de las tribus infieles , principal objeto de sus aspiraciones y 
deseos. ¡Felices losjesuitas, si se hubiesen podido librar de los tiros de la 
envidia! Mas ¿dónde está el especifico que libre al hombre de este azote 
del mérito y de la grandeza ? Los mal afectos á la Compañía han lla- 
mado inmensas riquezas á estos bienes. En esta Historia daré cuenta de 
ellos y de su inversión, con tales datos, que seria temeridad pretenderlos 
recusar. 

Para que puedas, mi amado lector, apreciar debidamente cuanto hicie- 
ron los hijos de la Compañía en este pais , no solo te descubriré el estado 
en que lo encontraron al tiempo en que entraron en él , sino también el 
que sucesivamente fué teniendo hasta su expulsión. Con el mismo objeto 
te iré dando una narración sucinta, pero clara y terminante, de los he- 
chos políticos que al mismo tiempo se fueron verificando, extendiéndome 
algún tanto en la de aquellos en que ellos tuvieron parte notable, y refi- 
riendo con mayor laconismo los demás. Felizmente he logrado esclarecer 
varios puntos de importancia relativos á la parte civil, los cuales Mr. Gay 
y otros escritores de la Historia general de Chile ó equivocaron ó pasaron 
en silencio ; y los consignaré aquí en sus lugares respectivos, por amor á 
la verdad. Quizás no faltará quien por esta parte aprecie mi Historia, ya 
que no la aprecie por su objeto principal. Protesto desde luego que la he 
escrito con toda sinceridad, cuidando mucho de no dejarme llevar de las 
simpatías connaturales al corazón humano, ni del afecto que profeso á la 
Corporación, á que por la misericordia de Dios pertenezco. Así es que no 
te ocultaré las faltas de nuestros Padres antiguos, que hubieren llegado 
á mi noticia, ni disimularé los defectos de que en ciertas épocas adoleció 
esta Provincia. 

En cuanto á la veracidad de esta mi Historia puedes, mi amado lector, 
tener toda confianza ; pues que nada te narraré que no lo haya visto en 
autores fidedignos, y en documentos de igual valor. Los primeros son los 
PP. Valdivia, Escobar, Lozano, Ovalle, Olivares, Stócklein, Peramás, 



AL LECTOR 



Yillareal, Ignacio y José GarcUiy Molina, Vidaurre y otros, que han fUn 
blicado los libros de varones ilustres , ú otras biografías y bibliografías; 
los PP. agustinos Aguirre y Carrillo y los franciscanos Martinez y Gon- 
zález de Agüeros, los señores Eizaguirre, Claudio Cay, Córdoba y Figue- 
roa, Basilio Rojas, Bascuñan, Tribaldos de Toledo, Carvallo y Pérez : y 
otros señores para ciertos casos particulares. Los archivos de este gobierno, 
el de los PP. franciscanos de Chillan, y el del Jesús de Roma me han 
suministrado documentos irrecusables ; de Bélgica y de Alemania me he 
proporcionado obras importantes, como el Von Murr Nachrichten , y la 
Vida del P, Vargas ; por el favor de D. Diego Barros Arana me he ser- 
vido de los manuscritos que ¿I ha traido de los archivos y bibliotecas de 
España , de donde me he proporcionado directamente otras varias copias 
de documentos importantes. En la excelente biblioteca americana del ser- 
ñor D. Gregorio Beeche , cónsul de la República Argentina en Valpa- 
raiso, y en la nacional de Santiago he hallado obras y manuscritos de 
grande importancia para esta historia ; otros, y no insignificantes, he en- 
contrado en poder de particulares, como testamentos, inventarios, expe^ 
dientes de varios pleitos, cartas autógrafas etc. Los mismos monumentos 
públicos me han suministrado datos apreciables, que personalmente he 
recogido ; y personas antiguas, capaces y fidedignas me han informado 
de lo que en ellos habían visto ó leido, y yo no podia averiguar, cuando 
ya no existian. 

Al fin* de cada página hallarás el autor de quien extracto aquella no- 
ticia; tal vez esto no será siempre, porque en algunas ocasiones he olvi-- 
dado esta prolijidad , llevado del afán de expresar la idea ó consignar el 
hecho. Cuando alguno de estos se halla confirmado por muchos autores, 
he notado el principal ; y acaso me habré separado del mismo en sus cir- 
cunstancias, por creerlo más cierto como lo refieren los demás. Esto es un 
deber del historiador, que, después de haber leido varios autores 6 docu- 
mentos , narra el hecho del modo , que lo ha creido más conforme á la 
verdad ; y en tales casos, para designar el autor de que ha tomado cada 
circunstancia , seria necesaria una disertación ; cosa impertinente en si 
misma, y odiosa al lector, que busca la verdad neta y no más. 

Por no interrumpir mi narración histórica , rara vez me detendré en 
refutar los errados conceptos de otros historiadores ; y entonces comun- 
mente lo haré por medio de notas insertas al fin también de cada página ; 
y por ellas esclareceré asi mismo , algunos puntos dudosos, ó controverti- 
dos: ün número, pues, colocado entre paréntesis te indicará las dichas 
citas, y una cruz las notas. Al principio de cada página pondré la fecha 
del suceso que en ella se refiere ; si en el curso de la misma narrare al- 



AL LEGTOlt XI 



guno acaecido en otro tiempo , lo expresaré allí mismo , a no ser que la 
misma narración baste , para evitar las equivocaciones : cuando la fecha 
no me conste, la pondré con un interrogante. Entre los números de la fe- 
cha y de la página expresaré el del capitulo. Cada uno de estos comenzará 
con un breve sumario , y los números de sus diversos incisos corresponde- 
rán á cada uno de los diversos á capites: con lo cual podrá el lector hallar 
fácilmente el punto que gustare ó tuviere que consultar. Dividiremos esta 
Historia en cuatro libros correspondientes á sus cuatro épocas principales; 
y al fin de cada libro habrá el índice correspondiente de sus capítulos. 

No dudo , lector mió , que este trabajo podrá ser útil y agradable á to- 
dos ; porque á todos puede serlo el conocer una Corporación, que tomó una 
parte muy activa en la formación, consolidación y engrandecimiento de 
esta reciente Sociedad, A más de esto, en él podrá ver el amigo de los je- 
suítas, cuan racional es el cariño que les dispensa ; y sus enemigos, ó poco 
afectos, podrán desengañarse, y trocar sus sentimientos. Tal vez al llegar 
al tiempo del destierro participarás del dolor común : en tal caso modera, 
te suplico, según las leyes y consejos evangélicos los movimientos de tu co- 
razón : no le permitas el más mínimo de resentimiento, 6 venganza. Per- 
seguidos y perseguidores murieron ya , y dieron cuenta de sus hechos al 
Soberano Juez : perdona á estos y tributa á aquellos un homenaje de gra- 
titud y veneración según entendieres que lo hubiesen merecido. 



PROTESTA DEL AUTOR 



En cumplimiento de lo mandado por el Papa Urbano VIH por los 
años 1625, 1631 y 1664, protesto, que no es mi ánimo prevenir el juicio 
de la Santa Iglesia cuando doy á alguna persona el nombre de Santo ó de 
Beato, y á algún hecho el de milagro ó profecía : ni pretendo que lo es- 
crito por mí en esta Historia, tenga más fe de la que se merece la autori- 
dad humana ; sujetándolo todo al juicio de la Santa Sede , de la cual me 
profeso en todo su humilde y muy obediente hijo 

IHS 
P. Francisco Enrich S. J. 



HISTORIA 



DE LA 



COMPAÑÍA DE JESÚS EN CHILE 



LIBRO PRIMERO 

Desde la primera entrada de los Padres en 1593 hasta la 

erección de Vice-Provincia en 1625 



CAPÍTULO I 

1. Estado de Chile en 1540, — 2. ídem en 1593. — 3. Situación de sus ciudades. — 4. Su 
gobierno civil. — 5. Cómo se estableció aquí Valdivia. — 6. Funda la ciudad de Sanr-^ 
tiago. — 7. Los indios la incendian. — 8. Suma miseria. — 9. Triste suerte de las de- 
más ciudades. — 10. Matan á Valdivia. — 11. Proezas de los araucanos. — 12.^Jtfor- 
tandad de españoles. — 13. Su número en 1595. — 14. Disminución de los indígenas. 
— 15. Procuran evitarla los españoles. — 16. Número de indígenas cuando la con- 
quista. — 17. Su número en 1593. — 18. Estado de la agricultura y de la industria. 
— 19. Instituyeme las encomiendas. — 20. Yanaconas y morenos. — 21. Necesidad de 
la religión. — 22. Sacerdotes venidos con Valdivia. — 23. Erigense dos diócesis. — 
24. Establécense los PP, mercedarios, dominicos y franciscanos. — 25. Y dos monas- 
terios de religiosas. 

1. Multitud de tribus salvajes albergadas en miserables buhios ó cho.zas pa- 
jizas, casi del todo desnudas, y alimentadas con la caza, frutos silvestres y raices 
insípidas, ó cuando mucho con un poco de maíz y de alguna otra legumbre, 
que escasamente cosechaban, á lo que los de la costa anadian mariscos y otros 
productos de la mar, habitaban las amenas comarcas de Chile, cuando el ilus- 
tre general D. Pedro de Valdivia emprendió su conquista en el afio del Seíior 
de 1540. 

2. Mas al medio siglo de este hecho memorable la civilización y la religión 

1 TOMO 1 



2 CAP. I 1540 

no solo se habían cimentado en ellas, sino que habian hecho notables progre- 
sos. Trece ciudades, trazadas con regulares proporciones y bella armonía, se 
hallaban repartidas por el territorio conquistado; más extenso, por cierto, que 
el que actualmente posee de hecho esta República; pues que comprendía todo 
el contenido desde el desierto de Atacama al archipiélago de Ghiloé inclusive 
entre mar y cordillera, y á la otra banda de esta las espaciosas provincias de 
Cuyo : ocupando todas y cada una de ellas posiciones sumamente ventajosas 
para la seguridad y manutención de sus habitantes, y para su desarrollo y co- 
mercio. 

3. La falda del cerrito Huelen, llamado hoy de Sta. Lucia, por la capilla 
que á honor de esta Santa construyó en él (1) D. Juan Fernandez de Alderete 
antes del año 15é3, y que se eleva en medio de este largo y anchuroso valle, 
regado por los ríos Mapocho (2) y Maipú, prestó un hermosísimo sitio para la 
construcción de esta capital de Santiago, fundada el 12 de Febrero de 1541 á 
los 33' 26' 25" lat. sur, y 70"* 41' 25" longitud occidental de Greenwich. Las 
doce ciudades restantes habian sido fundadas en los lugares siguientes. La Se- 
rena á 12 cuadras ó tres millas de la mar, cerca del puerto de Coquimbo, el 
cual está á los 29"* 55' 16";.Chillan en el gran valle del pié de los Andes á los. 
36""; Concepción de Penco á los 36*" 40' en la playa de la espaciosa y segura 
bahía de Talcahuano; Sla. Cruz de Loyola en la margen austral del Biobio á 
los 37' 10'; Angol de los Infantes á los 37" 35'; Cañete como á los 37' 40' 
junto á la serranía intermediaria (3). La Imperial á 39' y Valdivia á los 39' 46', 
una y otra á pocas leguas de la costa en la margen de los ríos navegables de 
sus respectivos nombres; Yillarrica á los 39' 30'; Castro á los 42' 44' lat. sur y 
73' 48' de long. o. casi á la mitad d^ la costa oriental de la isla grande de 
Chiloé; y Osorno.como á los 40' 52' en el dilatado valle que corre desde 
Chacabuco al dicho archipiélago por la falda de los elevados Andes; al na- 
ciente de los cuales estaban S. Juan á los 31' 16' y Mendoza á los 32' 58'. A 
las dichas ciudades merece afladirse por su importancia el puerto de Valpa- 
raíso, situado á los 33' 2' lat. sur y 71' 41' 30" long. o. á pesar de estar enton- 
ces casi despoblado, por vivir en el valle de Quillota los empleados que debían 
recibir y despachar los buques las pocas veces que se ofrecía hacerlo, y en el 
mismo lugar ó en Santiago los mercaderes y comerciantes. 

4. Cada una de estas ciudades era regida por un cabildo, un corregidor, uno 
ú dos alcaldes^ y otros ministros inferiores: el gobierno general de esta Colonia, 
condecorada con el pomposo nombre de Reino, estaba á cargo de un Gober- 
nador, quíeh á un mismo tiempo era capitán general de los reales ejércitos, y 
presidente de la real Audiencia, entonces suspendida; tribunal supremo de fus- 
licia, que asumía los tres poderes en ciertos casos determinados por la ley. Con 
esta organización se mantenía constantemente el orden público, sin motines 



(1) Pérez, Historia de Chile, cap. viii.— (2) Entonces y en los primeros tiempos de ia con- 
quista se llamaba Mapuche; que el uso cambió en Mapocho.— (3) El P. Lozano expresa las 
más de las latitudes^; yo he suplido las demás, y rectificado algunas de las suyas según los 
datos modernos. 



1593 GAP. 1 3 

populares, ni revolucioDes intestinas; se hacia justicia con legalidad y pronti- 
tud, y era rectamente administrada la hacienda pública; cuyas entradas eran 
hasta entonces tan reducidas, que nunca hablan bastado para los gastos or- 
dinarios del Estado, mucho menos para los extraordinarios de la guerra. Su 
déficit costaba ya al real erario (1) cuatro millones de pesos fuertes. 

5. El Reino de Chile no habia llegado á este pequeño grado de prosperidad 
sino á costa de indecibles sufrimientos y heroicos esfuerzos, hermanados con 
aquella moderación y constancia que inspiran las nobles aspiraciones, la ver- 
dadera honradez y sólida piedad. A pesar del mal éxito tenido cuatro años an- 
tes por la expedición' de Almagro, ciento cincuenta españoles partieron del 
Cuzco, bajo las órdenes del general D. Pedro de Valdivia, el 2 de Enero del 
año ISiO para (2) esta conquista , con la encantadora esperanza de añadir 
un nuevo reino á la corona de Castilla, y gran número de naciones al gremio 
de la Iglesia santa; y sin haber hecho largas paradas en su viaje, no llegaron 
á este valle de Mapocho hasta el 15 de Enero del año siguiente (3): tantas di- 
ficultades tuvieron qué vencer. En este valle supo Valdivia, con su acostum- 
brada moderación y prudencia, conseguir amistosamente del cacique Huelen- 
guale un territorio para levantar esta ciudad de Santiago. 

6. Con sus propias manos plantó la Cruz á 12 de Febrero de 1541 allí donde 
iba á levantarse la iglesia parroquial : y enseguida trazó las calles y plaza de 
la primera población de Chile; laqueen pocos meses se vio construida, mer- 
ced á la actividad con que él y todos los suyos trabajaron personalmente, ani- 
mando asi al trabajo a los indios que hablan llamado en su ayuda. Buen cuida- 
do tuvo Valdivia de ampararla con un fuerte recinto, por si acaso los naturales, 
entonces sus amigos, se convirtieran en enemigos, como bien pronto sucedió. 
Las ventajas, que para el tiempo y la eternidad les hablan prometido los es- 
pañoles, de la vida civil y profesión religiosa, que se ofrecían á enseñarles, no 
pesaron tanto en su estimación, como la propia libertad é independencia: las 
cuales consideraron comprometidas al ver las construcciones civiles y milita- 
res de nuevo^énero, con que sus huéspedes se parapetaban en el centro de su 
pais; y asi se resolvieron á destruirlas. 

7. Millares de indios atacaron improvisamente á los cincuenta españoles, 
que Valdivia habia dejado para su defensa; y lo hicieron con tal denuedo, 
que nada bastaba para contenerlos : la caballería , compuesta de diez y ocho 
hombres, pudo hacer terribles entradas entre sus filas, cortando en ellas mu- 
chas cabezas los sables castellanos ; pero no pudo desbaratarlas; ni los mortí- 
feros proyectiles, arrojados por las ballestas, arcabuces y cañones de artille- 
ría, fueron suficientes para impedir que se atracaran contra las trincheras, y 
se entraran por las calles. , 

Indispensable fué apelar al arma blanca, y pelear cuerpo á cuerpo hasta la 



(1) D. Miguel de Olavarrfa. «Informe á su real Majestad.» Lo trae Mr. Gay en el t.^ tomo 
desús documentos.— (j2) Cartas del mismo al Rey.— (3) Crónica del Reino de Chile por el 
capitán D'. Pedro Marino de Lovera, reducida á nuevo método y estilo en el año 1595 por el 
P. Bartolomé de Escobar de la Compañía de Jesús, líb. I, cap. x. 



i CAP. I 1593 

noche: al fin lograron rechazarlos; pero teniendo que lamentar la pérdida de 
algunos soldados, de trece caballos, y de cuanto tenian, por haber sido consu- 
mido todo por las llamas (1), que abrasaron la ciudad. 

8. Una extrema miseria fué por siete aff os la natural consecuencia de este 
encuentro. Los indígenas les negaban los víveres, y era imposible traerlos del 
Perú. Por tierra la distancia era demasiadamente larga; ni las tribus enemigas 
dejaran pasar los convoyes. El bergantín, que Valdivia habia construido en 
Concón con este objeto, habia sido quemado en aquellos dias, con pérdida de 
los soldados que lo custodiaban; y no habia ningún otro buque en toda la cos- 
ta, ni se esperaba de parte alguna. Preciso les fué en adelante sembrar y culti- 
var sus tierras, y reedificar sus casas con las armas en la mano, para rebaür á 
tiempo los asaltos de los indígenas. 

9. Peor suerte corrió la ciudad de la Serena, cuyos primeros pobladores 
fueron asesinados. Los de Concepción tuvieron que abandonarla dos veces, des- 
pués de haber sufrido vigorosos ataques de parte de los pencónos, auxiliados 
por los araucanos. En ninguna otra comarca de Chile, y probablemente de toda 
la América, encontraron los españoles tanta resistencia como en esta, que les 
presentaba en campo de batalla ejércitos formidables de quince á veinte mil 
hombres, y vez hubo que fueron computados en cuarenta mil. 

10. Es verdad que Valdivia los venció, no obstante las derrotas sufridas al- 
guna vez por su ejército; y que habiéndoles obligado á retirarse á las montadas, 
pobló cinco ciudades en el centro de la Araucania; pero también lo es que poco 
gozó de su triunfo, por haber muerto en Diciembre del 15S3 á manos de los 
indios, con gran parte de los suyos, quedando consternados los demás. 

11. En esta batalla aprendieron los araucanos á montar los caballos y á es- 
grimir la lanza; y después á guarecer sus pechos y cabezas con petos, corazas 
y capacetes de cuero crudo, pero endurecido casi como el hierro; y asi, provis- 
tos de mejores armas defensivas y ofensivas, sin dejar sus antiguas macanas, 
porras y toquis, ni los arcos, flechas y teas incendiarias que con ellos arrojaban, 
acometieron de frente al ejército español, sus fuertes, plazas y ^ciudades, lle- 
vando la muerte y el exterminio por todas partes. Los mismos vecinos de San- 
tiago temblaron al verse amagados por el intrépido y victorioso Lautaro (2), 
quien habia pasado ya mas acá del rio Mataquitos. Reforzados los españoles 
con nuevas tropas venidas del Perú , Buenos- Aires y España , emprendieron 
una reacción vigorosa; y después de haber quitado la vida á este joven caudillo 
y al Toqui general Caupolican I, volvieron á recuperar, á fuerza de muchos 
y sangrientos combates, el territorio perdido, y á restautar sus plazas y ciuda- 
des, cuyo número algún tanto acrecentaron. Varias veces cantaron victoria; 
pero siempre cara, y sus triunfos jamás fueron totales. Después de todos ellos 
quedaban millares de enemigos con las armas en la mano, cuyo Toqui general 
era en 1593 el veterano Paillamacu, tan prudente como el antiguo Colocólo, 
tan valiente como Caupolican, y tan emprendedor como Lautaro; y los que se 



(1) Cartas de Valdivia al Rey.-<2) Ercilia en su Araucana. 



1593 CAP. 1 5 

profesaban sometidos, estaban prontos á tomarlas, cuando sus compatricios, 
todavía libres, necesitasen de su cooperación y ellos tuviesen necesidad de 
prestársela. 

12. Claro está que una serie de batallas, casi nunca interrumpida en medio 
siglo, habría acabado con aquel puñado de hombres, si no hubiesen recibido 
refuerzos de otras partes. En 1593 los soldados venidos por cuenta de la real 
hacienda^ ascendían (l)á tres mil seis cientQs y setenta: otros muchas hablan 
venido de su propia cuenta á guerrear en este país. ¿Y cuántos habrían venido 
á comerciar en él, y á desempeñar los empleos civiles? No es de creer bajaran 
de siete mil los españoles inmigrados hasta entonces, sin contar los niños, 
ni las mujeres. ¿Y cuántos hijos les habrían nacido de los matrimonios con 
estas, ó también con las indígenas, con quienes solían casarse las personas de 
menor cuenta? 

. 13. Con todo, en dicho ^ffo 1593 no pasaría su número de nueve mil, 
contando los individuos de entrambos sexos de todas edades y condiciones, á 
saber: seis cientos en la provincia de Cuyo, al naciente de los Andes; tres mil 
á este lado, desde Atacama al rio Biobio; y al sur de este hasta la punta más 
austral de Ghíloé, cinco mil cuatro cientos (2); pues que siete años después de 
esta fecha tenia esta ciudad de Santiago ciento sesenta casas (3), la de Chillan 
ochenta hombres entre militares y paisanos; y á esta proporción estaba lo de- 
más del Reino. 

II. No había sido pequeño embarazo para los progresos de esta Colonia la 
disminución que sufrieron los indígenas, con cuyos brazos en gran parte los 
habian de haber promovido. Esta disminución fué notable, á pesar de las sa- 
bias providencias que para evitarla dictaron Valdivia y sus sucesores. A más 
de los que perecieron en los mencionados combates (4), muchos sucumbieron 
bajo las pesadas cargas que sus conquistadores se vieron casi precisados á im- 
ponerles. Hasta tanto que se multiplicaron las acémilas, cargaban sobre sus 
débiles hombros (5) el equipo del ejército, sus pertrechos de guerra y vitua- 
llas, para que los llevaran á los fuertes y campos de batalla; de ellos se ser- 
vían en sus casas, haciendas y minas. Las necesidades que el nuevo sistema de 
vida, y la civilización misma les imponían, contribuyeron también á mermar 
su número. 

15. Aunque no faltaron entre los conquistadores y primeros pobladores de 
Chile excesos de crueldad, no influirían notablemente en la disminución de los 
indios, por haber sido casos excepcionales, en razón de los sentimientos de 
humanidad que les inspiraba á aquellos el catolicismo, y de estar su propio é 



(1) Olavarria ya citado.— (2) Informe de García Ramón y otros datos contemporáneos.— 
(3) Carta publicada por Mr. Gay Docl.''l.''y 2.°y escrita por García Ramón al Rey.— (4) El 
F. Escobar en su Crónica de Chile computa en dos millones los indios muertos en las guer- 
ras del primer medio siglo de esta conquista, ó á consecuencia de ellas ; v. g. por hambres, 
enfermedades, abandono, ó pérdida de los hijos, y excesivas fatigas, sobre todo de las infe- 
lices indias. Tengo por exagerados los datos estadísticos que sacó de los apuntes del Sr. Lo- 
vcra ; y en varios puntos lo pudiera demostrar de un modo irrecusable.— (5) Góngora Mar- 
molejo, Historia de la conquista de Chile. 



6 GAP. 1 1593 

individual interés intimamente ligado á la conservación de los últimos (1). 
Chile contenia en su seno abundantes riquezas; pero se necesitaban brazos para 
explotarlas, y los españoles, enorgullecidos con la conquista, no querían apli- 
car los suyos á humildes y pesadas labores. Hacia poco que hablan introducido 
negros del África, á quienes en adelante llamaré morenos (-(-); y su número era 
todavía muy reducido. Entiendo que no pasarían de cuatro mil entre hombres, 
mujeres y niños; y cada uno de ellos les costaba muy caro: 200 pesos era su 
estimación común, y aun 350, si tenían alguna (2) habilidad ó mérito espe- 
cial. Por lo tanto, tenían ios conquistadores que mirar por sus indios, como lo 
hacia Valdivia por los mismos motivos, según se lo escribió al Emperador 
Carlos V. 

16. Quien haya leido simplemente en los PP. Ovalle, Olivares y otros mu- 
chos autores el gran número de indios que nos ponen en estas comarcas al 
tiempo de la conquista, no querrá creer lo que acabo de decir, cuando lea el 
número siguiente. Para evitar, pues , su equivocación , debo advertirle que 
ellos sacan sus partidas de los repartimientos que se hicieron de los indios, 
sin advertir que muchos do ellos son exagerados (-(-)• Valdivia en su carta á 
Carlos V, fecha el 4 de Setiembre de 1545 , de la ciudad de la Serena dice : 
« Y porque las personas que allá (á la fundación de la Serena) envié, fuesen de 
buena gana, les deposité (encomendé) indios, que nunca nacieron, por no decirles 

habian de ir sin ellos á trabajos de nuevo de hecho, cada uno do los diez 

pobladores tienen á ciento y dos cientos indios no más, por que desde el valle de 
Copiapó al de Aconcagua solo hay tres mil indios. De este valle al rio Maule 
los principalejos, 6 sea sus caciques, solo tenian de veinte á treinta indios cada 
uno, que al fundar la ciudad de Santiago repartí entre sus pobladores (3): é 
como después anduve conquistando la tierra, étrayéndola de paz, tuve la relación 
verdadera, é vi la poca gente que habia, y que estaban repartidos en sesenta y 
tantos vecinos los pocos indios qué habia; é á no poner este remedio estuvieran 
disipados y muertos los más.» Algo más poblado era el territorio comprendido 
entre los ríos Maule y Biobio, y mucho más los que están al sur de este, cuya 
población expresa Valdivia con frases verdaderamente exageradas (4). ¡Ojalá 
que alguna persona competente despejara esta incógnita! A mí me basta saber 
los que existían al tiempo en que la Compañía de Jesús entró en este Reino, 
para que el lector conozca bien el campo en que vinieron á trabajar sus hijos. 

17. Su número nos consta del informe que al Rey de España presentó en 
1595 el sargento mayor D. Miguel de Olavarría, después de haber sido comi- 
sionado por el Sr. Gobernador para levantar en este Reino una gran leva de 
hombres^ armas y caballos; para lo cual debió adquirir noticias bien detalla- 



(1) Así lo aflrma el P. Felipe Vidaurre, natural de Chile, en su Distoria de este Reino.— 
(+) Así se les acostumbraba llamar por estas tierras.— (2) Archivo de la tesorería, lega- 
jo 26, libro de la fundación del colegio máx.°— (-f ) £i libro de dichos repartimientos se 
perdió muchísimos años ha : no he leido ningún autor, ai siquiera de los antiguos historia- 
dores, que asegure haberlo visto.— (3) He leido que les cupieron á ciento para cada uno.— 
(4) Se entienden indios varones capaces de trabajar y tomar las armas. 



1593 GAP. 1 7 

das dei estado de su población. Según él tenia el partido de la Serena cuatro 
cientos indios de trabajo, ó de armas tomar; el de Santiago cuatro mil, el de 
Chillan dos mil, y el deS. Luis, ó sean las provincias de Cuyo, de cinco á seis 
mil: al sur del Biobio, incluso el archipielago.de Chiloé, habia treinta y cuatro 
mil quinientos : y multiplicando por cinco las primeras partidas y por seis la 
postrera, en razón de haber más mujeres entre los indios entregados á la poli- 
gamia, tendremos que al norte del Biobio se conservaban todavía setenta y dos 
mil indígenas entre grandes y pequeños, y al sur del mismo dos cientos y sie- 
te mil, y además los de Yillarrica, cuyo número no contiene dicho informe; 
todos los cuales, menos los noventa mil del estado de Arauco propiamente di- 
cho, estaban sujetos á los españoles. 

18. Estos no solo poseían las trece ciudades arriba enumeradas, sino tam* 
bien la plaza de Arauco y las demás, que con otros fuertes menores les servían 
para mantener bajo su sujeción á los indios, y defenderse en caso de guerra. 
Tenían, fuera de esto, hermosas y grandes chacras junto á las ciudades, para 
el cultivo de toda clase de hortalizas, legumbres y frutales que se dan en Es- 
paña, y algunos más propios de América; un buen número de estancias ó sea 
haciendas repartidas por toda la campiña del territorio conquistado, para sus 
ganados (+}, caña, azúcar y sementeras. Estas no solo les suministraban los 
frutos necesarios para el consumo del país, sino que les dejaban un sobrante 
que exportar para el Perú. Otro tanto sucedía en las artes, que uo se limita- 
ban á los artículos de primera necesidad, ni á aquellos sin los cuales difícil- 
mente puede pasar un hombre civilizado; sino que se ¿laboraban en el país 
objetos de comodidad y aun de lujo, coipo paños y tapicerías : por el puerto 
de Valdivia se extraían cargamentos de tablas, hechas con sierras de agua (1), 
muebles de todas clases, suelas, cordobanes, tegidos y telas escogidas por su 
finura, tintes y bordados de oro: los lavaderos de este precioso metal propor- 
cionaban al comercio las demás cantidades al retorno, y también para el en- 
grandecimiento de algunos de los colonos ; aunque solo ascendiese por aquel 
tiempo (+) á cuarenta mil pesos el oro que se sacaba en el partido de Coquim- 
bo, y difícilmente seria otro tanto el que se sacaba en los partidos de Santiago 
y Concepción, aunque algo más el del sur del Biobio, cuyos lavaderos se iban 
agotando. 

19. ¿Y quién desempeñaría las penosas faenas que reportaban tantos pro- 
ductos? Los españoles, hechos señores del país, y conduciéndose como tales, 
se desdeñaban de ocuparse en ellas; por lo cual cargaban casi enteramente so- 
bre los hombros de los pobres indios. Es verdad que estos quedaron de dere- 
cho libres, porque el conquistador español, moderado por los principios del 



(+) Del rio Gboapaal Maule pacían ochocientas ovejas y un número proporcionado á es- 
te de cabras, cerdos, vacas, muías y yeguas : estas se vendían á dos pesos por su abundan- 
cia. P. Escobar, Crónica de Chile, líb. I, cap. xí.— (1) P. Olivares, Historia de la Compañía, 
cap. IX, g II.— (-f) Anteriormente se habia sacado mucho ; solo D. Rodrigo de Quiroga sacó 
cuatrocientos mil pesos en 32 años. D. Francisco de Aguirre sacaba veinte mil pesos al año. 
P. Escobar ya citado. 



8 GAP. 1 1593 

catolicismo, supo contener algún tanto su ambición, y respetar la natural li- 
bertad de los indígenas. Sin embargó (1), di^usieron de ellos bajo pretexto de 
protección é indispensable tutela, poniendo á unos bajo el cargo de los enco- 
menderos, y á otros en cabeza, ó bajo el cargo inmediato de su real Majestad. 
Los primeros vivian en las grandes haciendas de sus patronos, dedicados al 
servicio del campo ; y estos en los que llamaban pueblos , aunque no tenian 
forma de tales, cultivando los reducidos terrenos que les dejaron; pero obliga- 
dos á trabajar por turno en las minas, ó á servir en el ejército real. 

20. Otros, á quienes se daba el nombre de yanaconas, vivian en las ciuda- 
des, para los trabajos de ellas, y servicio de las familias. Una tercera raza de 
hombres, diferente de las anteriores por su color, origen y condición , existia 
entonces en Chile, y era la de los morenos, traídos del África, y condenados á la 
esclavitud. Y en una sociedad naciente, compuesta de tres clases tan diferentes 
de personas, ¿quién seria capaz de mantener el orden y justo equilibrio? ¿quién 
podria evitar que el fuerte oprimiese al débil, y que la clase más ilustrada y 
advertida no se burlase de la ignorancia y sencillez de las demás? 

21. Mucho pudo influir la honradez, sabiduría y cordura del Gobernador 
D. Pedro de Valdivia, y de los primeros magistrados en dar una marcha mode- 
rada á la nueva Colonia, deslindando los derechos y obligaciones de cada clase, 
y dictando serias providencias, para compeler á todos á su cumplimiento. Pero 
ni esto, ni fuerza alguna humana bastara para ello, mucho menos en circuns- 
tancias excepcionales como aquellas. Se necesitaba otra fuerza superior, que, 
sin violencia, contuviera suave y eficazmente á cada uno en su deber; y esta 
no podia ser otra que la religión. 

22. Bien convencido de esta verdad D. Pedro de Valdivia trajo en su expe- 
dición al piadoso é ilustrado presbítero D Bartolomé Rodríguez González Mar- 
molejo, nombrado cura-vicario de la Colonia por el señor provisor del Cuzco, 
acompafiado de los presbíteros Diego Pérez (2) y Julián Lobo ; y á los celosos 
PP. mercedaríos Fr. Antonio Rondón, Fr. Antonio Correa, Fr. Juan Zamora, 
Fr. Antonio de Olmedo, y Fr. Diego Jaimes (3), con el hermano lego Fr. Mar- 
tin Velazquez. Cuando Valdivia partió para el sur, todos estos religiosos, me- 
nos el P. Fr. Antonio de Olmedo, que se quedó en Santiago en su hospicio de 
Ntra. Sra. del Socorro, salieron con él, acompañando por do quiera al ejército, 
para prestar á todos el auxilio de la religión, contener los desmanes del solda- 
do, y amparar al indio conquistado en su hogar ó aprisionado en la guerra. 

23. Estos sacerdotes no eran suGcientes para tan vasta empresa de religión 
y cristiana caridad: otros, así seculares como regulares, vinieron áunir con 
ellos los esfuerzos de su celo; y en la época de que vamos hablando, años ha- 
cia que estaban canónicamente erigidas en Chile dos diócesis ; extendiéndose 
la de Santiago desde Atacama al rio Maule, y la de la Imperial desde este mis- 



(1) Valdivia en sa carta á Garlos V, fecha de 1545.~>(2) Carta de D. Pedro de Valdivia al 
Rey, fecha en la Serena 4 setiembre de 1515.— (3) P. Olivares, Historia política, lib. 111, 
cap. XIV. No todos vendrían junto con Valdivia, sino en su tiempo. 



1593 GAP. 1 9 

mo hasta el estrecho de Magallanes. Cada una de las dos tenia sus diversas 
parroquias y doctrinas, servidas algunas de ellas, sobre todo de las últimas, 
por religiosos, á causa de la escasez de clérigos seculares. 

24. Tres órdenes hablan erigido formalmente en Chile (1) sus Provincias, 
teniendo los RR. PP. de Sto. Domingo cuatro conventos; ocho los de S. Fran- 
cisco; y seis los deNtra. Sra. de la Merced. En ellos florecía la disciplina re- 
gular, y habia varones eminentes en virtud y letras. A pesar de tener que 
servir á tantos conventos, y pueblos españoles, Varios de ellos se hablan con- 
sagrado al ejercicio santo de las misiones entre los indígenas, particularmente 
en los primeros tiempos de la conquista. Por buenos que hubiesen sido sus 
resultados, pocas de estas misiones hablan sido estables (2), prefiriendo los 
religiosos salir á ellas de vez en cuando de sus conventos, ó doctrinar á los in- 
dios en las ciudades. 

25. Embellecían igualmente á la Iglesia de Chile dos (3) monasterios de 
religiosas; uno de agustinas en Santiago, y otro de clarisas en Osorno; á los 
cuales^ sin abandonar las reglas de sus santos Fundadores, se les habia dado 
una organización especial, en virtud de las necesidades del pais. Este carecía 
entonces de institutos religiosos de ensefianza, y de colegios de educación; y 
para las niñas ni escuelas públicas tenia. Viéndose precisados los padres de 
familia á abandonar frecuentemente sus casas, para acudir á la defensa de la 
patria, necesitaban también de lugares seguros en que dejar á sus hijas, sobre 
todo en edad peligrosa. Las religiosas tomaron, pues, á su cargo llenar estas 
necesidades; y lo desempeñaron de manera, que el Sr. Eizaguirre en su His- 
toria considera á estas casas religiosas como una de las primeras fuentes de la 
educación y notable religiosidad de las señoras chilenas. También se educa- 
ban en ellas muchas' indias; y algunas recibieron el santo hábito. 



(1) Olivares, Historia política, lib. II, cap. xii y xxv, y lib. III, cap xiv.— (2) Eizaguirre, 
Historiada Chile, iib. X, cap. yii.— (3) P. Olivares, Historia política. 



10 CAP. 11 1593 



CAPÍTULO II 

1 . Las circunstancias del pais exigían más sacerdotes. — 2. Especialmente para la en- 
señanza, — 3. Y para las misiones de los indios. — 4. Los chilenos se fijaron en los 
jesuitas. — 5. Los pide el limo. Sr. Obispo. — 6. El Virrey los detiene en el Perú. — 
7. Y también á los enviados á Chile por el Rey. — 8. Malevolencia del Virrey. — 9. 
Los chilenos piden por tercera vez la Compañía. — 10. El P. Juan Román los consi- 
gue. — H. Real decreto. — 12. Llega con siete PP. á Lima. — 13. El P. Provincial 
pide á Dios el acierto. — 14. Confia la empresa al P. Pinas. — 15. Era varón prudente 
y experimentado. — 16. Compañeros que escoge. — 17. Cinco PP. y dos Hermanos coad- 
jutores. — 18. Patente del Provincial. — 19. Permiso de la Inquisición. — 20. Pase 
del Virrey. — 21. Se embarcan para Chile. — 22. S. Matías los salva de una tormen- 
ta. — 23. Reflexión piadosa. — 24. El Señor remedia su carestía. — 25. Arriban á 
Coquimbo. — 26. Sermón del P. Pinas. — 27. Libertan su alojamiento del malignú 
espíritu. — 28. Admiración del pueblo. — 29. Les predica en español y en quichua. — 
30. Con qué fruto. — 31. Bautizan á un joven criollo. 

1. Por consoladora que fuese la perspectiva que presentaba la Iglesia en este 
Reino, y aunque á primera vista pareciese que las instituciones arriba dichas 
hablan de bastar para satisfacer cumplidamente sus necesidades religiosas, no 
sucedía asi, sin embargo, ni así lo creían los que las experimentaban y las pal- 
paban como con las manos. Una población diseminada por tan extenso terri- 
torio demandaba, en efecto, gran número de sacerdotes; mayor lo pedia aún 
la necesidad de instruir fundamentalmente en los dogmas de nuestra santa fe 
y de habituar á la práctica de las leyes y preceptos del Evangelio á millares 
de indios y morenos recien convertidos; y no menos necesitaba de numeroso 
clero la moralidad de los mismos españoles^ que se hablan resentido fuerte- 
mente de aquel estado anormal, y se hablan relajado bastante con la licencia 
militar, con el orgullo de la conquista, y con el trato de gentes bárbaras, de 
cuya estupidez y posición social tan fácil era el abusar; como no pocos lo ha- 
cían. No es, pues, de extrañar que, por crecido que fuera el número de sacer- 
dotes entre el clero secular y regular, no lo fuera tanto como reclamaban las 
necesidades del pais. Y si algunos de ellos se habian entregado á la indolen- 
cia, y otros dejádose llevar, como dice Mr. Gay (1), é indica el P. Olivares, de 
la impetuosa corriente de la codicia, pasión dominante entre aquellos españo- 
les, y principal causa de los excesos que cometían (2), ¿quién podrá apreciar 
justamente la necesidad que habla en Chile de nuevos operarios evangélicos? 

2. Y estos debían poseer cualidades especiales, para llenar otras dos exigen-* 
cias del pais, á más de las indicadas. En este no habla establecimientos de 
instrucción pública. Solo el obispado de la Imperial acababa de instalar sü 



(1) Mr. Gay, tomo II, cap. xvm— y Olivares, Historia de la Compañía, cap. ii, §8. 
(2) P. OvaUe, Narración histórica de Chile. 



. 



159S CAP. u 11 

semiDarío eclesiástico, que bien poco habia de durar. Las comunidades reli- 
giosas no tenian todavía cursos estables, ni siquiera para sus jóvenes coristas. 
Babia, si, alguna escuela que otra de primeras letras: pero estas pagadas por 
las familias de los alumnos: poderoso obstáculo, para que fuesen muy concur- 
ridas. 

3. Faltaba^ por otra parte, reducir, millares de indios á vida civil y 
cristiana. Los indómitos araucanos, y demás indígenas del sur, estaban algún 
tanto sujetos; pero no rendidos: cada dia hacian sus movimientos ó correrías, 
y amenazaban con un levantamiento general. La experiencia babia demostra- 
do el ascendiente que un sacerdote celoso y caritativo ejercía sobre el corazón 
del indio, por bárbaro que fuese; asi que, por propia conveniencia, y por el lau- 
dable deseo de la reducción y conversión de aquellos infelices, y de la instruc- 
ción y moralización de los neófitos, deseo que realmente tenian los colonos y 
sos gobernantes, anhelaban ardientemente por introducir en su Reino ilustra- 
dos profesores, celosos operarios, intrépidos y constantes misioneros, cuales 
las circunstancias los requerían. 

i. No dudo que hombres de estas cualidades y subido temple pudieran ha- 
berse encontrado entre los clérigos de España, ó de otras partes; que las mis- 
mas órdenes religiosas del país, aumentando el número de sus sujetos, pudie- 
ran haber desempeñado dignamente los dichos ministerios y compromisos; ó 
que pudieran haberse traído otros religiosos dedicados por su instituto á la 
educación de la juventud y á la predicación de la palabra divina. Sin embar- 
go, el pueblo chileno no lo hizo asi; ó por creerlo muy difícil, ó por una sin- 
gular predilección por la Compañía de Jesús, nacida de la buena opinión que 
en alas de la fama habia llegado á sus oidos. 

5. Esta tomó grande incremento al poco tiempo después que los PP. de la 
dicha Compañía llegaron al Perú en 1567; y la misma proximidad enardeció 
en el corazón de los chilenos un eficaz deseo de tenerlos en su Reino. Del de- 
seo común participó su Obispo (1) Fr. Fernando de Barrionoevo, gloria in- 
mortal de la religión seráfica ; y en su virtud se empeñó con D. Lope García 
de Castro, Virrey del Perú, para queso los consiguiese de su real Majestad. ¥ 
por cuanto el mismo Virrey estaba intimamente persuadido de esta convenien- 
cia, una y muchas veces escribió á Felipe II, suplicándole que enviase mu- 
chos sujetos de la Compañía al Perú, si quería corregir las costumbres, enfrenar 
los vicios, convertir los infieles, conservar la tierra pacífica y evitar los levan- 
tamientos. 

6. Comprendióla importancia de esta medida aquel prudente y activo Mo- 
narca; por lo cual dirigió una favorecida carta al P. S. Francisco de Borja, 
tercer General de la Compañía, encargándole enviase un buen refuerzo de sus 
subditos á estas regiones. Cumpliólo exactamente el Sto. General; pero como 
las necesidades del Perú estaban mas á la vista del Virrey que las de Chile, de- 
tuvo allí á los misioneros, sin despachar uno solo para este Reino. 



(1) P. Lozano, Historia del Paraguay, lib. II, cap. i, n.^ 2/ 



12 CAP. u 1593 

7. En sus habitantes crecian los deseos de conseguir tan celosos operarios, 
al paso que iban sabiendo los importantes servicios que prestaban á los perua- 
nos, en la predicación de la palabra divina, administración de los sacramentos 
y educación de la juventud; y el decidido empeño con que se habian consa- 
grado á la conversión de los infieles, junto con los felices resultados de su 
apostólico celo. Por lo tanto renovaron sus instancias; y en vista de ellas, ex- 
pidió desde el Prado el católico Monarca una cédula en 11 ^e Febrero de 1S79, 
mandando se aviasen para Chile algunos jesuítas, con expresión terminante 
de este su destino; receloso, sin duda, de que se quedasen con ellos en el Perú, 
como anteriormente. Sin embargo, no tuvo tampoco efecto esta posterior dis- 
posición. 

8. Por omnímoda que quiera llamarse la autoridad real en aquella época, 
sus decretos absolutos se estrellaban también de vez en cuando contra las pre- 
venciones, ó la mala voluntad de sus ministros inferiores; sobre todo en estas 
sus remotas colonias. A la del Virrey del Perú atribuye esta falta el P. Lozano, 
diciendo que, con ser amantisimo déla Compañía de Jesús, estaba algún tanto 
resentido con los PP., porque no condescendían con sus caprichos en ciertos 
puntos; y habia ejecutado ya con ellos algunas violencias, que deshizo después 
su Majestad. Entre tanto los celosos é intrépidos jesuítas se habian extendido 
por todas las regiones de esta América austral. 

9. Desde el Perú unos habian ido al Ecuador, y otros á las gobernaciones 
del Tucuman y Paraguay. Los prodigios de caridad y celo que obraban en es- 
tas provincias vecinas, eran mejor conocidos y envidiados de los chilenos, que 
por tercera vez elevaron sus votos al trono por medio de su Obispo Fr. Diego 
de Medellin, de la orden seráfica, como su antecesor, del Sr. Gobernador (1) 
y del cabildo de Santiago. Al hacer esto contaron con la buena voluntad de 
los PP. de la f ompafiía, que siempre dispuestos á hacer el bien en la mayor es- 
cala posible, suspiraban por favorecer á esta afligida Colonia, y por salvar la 
nación araucana; la cual, oprimida bajo el yugo español, clamaba por su li- 
bertad política, sin acordarse de la verdadera libertad de los hijos de Dios, 
que era la que mayor falta le hacia. 

10. En efecto; habiendo los PP. del Perú despachado para la corte de Es- 
paña alP. Juan Román, le recomendaron solicitase una misión para Chile. No 
tuvo este mucha dificultad en desempeñar su comisión, por haber hallado el 
grande ánimo de Felipe II revestido de los mismos piadosos sentimientos; asi 
es que oyó propicio su propuesta, y accediendo gustoso á ella, expidió desde 
el Escorial varias cédulas el 12 y 19 de Setiembre y el 3 de Octubre de 1590, 
disponiendo que pasasen á Chile con el dicho P. Juan Román (2) siete PP. de 
la Compañía de Jesús. La primera decia asi: 

11 . £1 Rey =Mis Presidentes, Jueces y Oficiales reales de la casa de la con- 
tratación de Sevilla. = «Yo os mando que dejéis pasar á las Provincias de Chi- 
cle á Juan Román, de la Compañía de Jesús, y que pueda llevar siete Religio- 



(1) P. Olivares, Historia de la Compañía, cap. i, g I""— (i) P. Lozano, iib. II, cap. i, n."* 5. 



1593 CAP. 11 13 

esos de la Compañía, que van á entender de la conversión y doctrina de los 
«indios. = Fecha en S. Lorenzo á 12 de Setiembre de 1590.» En otra orde- 
naba al receptor del real Consejo de Indias, D. Antonio de Cartagena, que hi- 
ciese por cuenta de la real hacienda todos los gastos de aquella misión, asi en 
mar, como en tierra. 

12. Embarcóse con ella el P. Juan Román; y después de una larga y pe- 
nosa navegación, llegaron al puerto del Callao, dos leguas y media distante 
de Lima, donde fueron recibidos los ocho PP. con mucho júbilo y agasajo (1) 
délos nuestros y de los extrafios. Era entonces Virrey del Perú García Hurtado 
de Mendoza, marqués de Cañete, quien por haber sido Gobernador del Reino 
de Chile, y haber sido este el motivo de su ascenso, le tenia especial cariño, y 
estaba dispuesto á hacer cuanto pudiese contribuir á su felicidad y progreso. 
Era Provincial de la Compañía el P. Juan Sebastian de la Parra (+), hombre 
verdaderamente virtuoso, que hermanaba perfectamente un celo activo y cari- 
dad ardiente con la mayor moderación y prudencia. 

13. Años hacia que este P. anhelaba por esta empresa, para cuya realiza- 
ción aplicaba sangrientas disciplinas, fervientes oraciones, devotos sacrificios, 
y rigurosos ayunos: y así, llegado este caso, redobló sus oraciones y peniten- 
cias, suplicando hicieran otro tanto los demás PP., por saber muy bien, como 
lodo cristiano instruido en los principios de su religión santa, que de Dios ha 
de venir el acierto en nuestras determinaciones. Dirigia al cielo sus plegarias, 
pidiendo en general la bendición de aquella empresa, y en particular la gra- 
cia de conocer si convendría confiarla á los recien venidos de Europa, ó á 
otros, y á cuales. 

II. Bien podemos creer que el cielo las oyó propicio: y que de allá le vino 
la acertada resolución de que se quedasen en el Perú el P. Román y sus com- 
pañeros, y pasase á Chile el P. Baltasar de Pinas, á quien desde luego nombró 
para superior, encargado (2) de escoger los que hablan de ser sus subditos y 
compañeros. Ño se resolvió á esto por desconfiar de la virtud, saber ó resolu- 
ción de los primeros, sino por creer conveniente, y ciertamente no se enga- 
ñaba, enviar á Chile hombres acostumbrados á los rigores del clima, y á las 
privaciones y demás trabajos indispensables en países recien conquistados, y 
en parte por conquistar; hombres hechos al trato de estas gentes, y experi- 
mentados en los ministerios que iban á ejercitar, y en los casos que les pudie- 
ran suceder. 

15. Era el P. Baltasar de Pinas un venerable anciano, que por su edad, y 
por haber ido de procurador general á Roma, y sido Provincial de aquella 
Provincia, conocía muy bien los sujetos de ella; un varón de consumada pru- 
dencia y feliz acierto, de que habia dado brillantes pruebas, introduciendo 
nuestra Compañía en los reinos de Cerdeña y Quito. Estos antecedentes nos 
inspiran desde luego gran confianza, de que los escogidos serán varones de 



(1) P. Lozano, lib. II, cap. i, n."* 5.— (+) Otros le llaman Aparicio, traduciéndolo de su 
apellido latinizado «Aparicíus.»— (2) P. Olivares, Historia de la Compafiia, cap. i, S 3.° 



14 GAP. II 1593 

suficiente capacidad, y adornados de las cualidades que la grandiosa empresa 
requería: y una sucinta reseña de sus personas nos confirmará en ella antes 
que la experiencia nos la demuestre de un modo irrefragable. 

16. Escogió en primer lugar al P. Luis de Valdivia, quien, después de ha- 
ber enseñado filosofía y sido misionero en el Cuzco y Julí, era maestro de no- 
vicios (1); cargo que no confiaba la Compañía sino á sujetos de singular virtud 
y prudencia. Designó luego á los PP. Hernando de Aguilera y Juan de Oliva- 
res, que por ser naturales de Chile simpatizarian más con estas gentes, cuya 
índole y costumbres tenian bien conocidas ; y que poseian, además, la lengua 
de los indígenas. A estos agregó los PP. Luis de Estella y Gabriel de Vega, 
con los Hermanos coadjutores Miguel de Telena y Fabián Martínez , que por 
sus habilidades y virtudes fueron de mucha importancia al país. 

17. Alguno ha querido poner en duda el número de los primeros fundado- 
res de la Compañía de Jesús en Chile; pero sus dudas se habrían enteramente 
desvanecido , si hubiese visto el documento que existe todavía oríginal en el 
archivo de esta tesorería general , y es la patente ó carta de obediencia , que 
les dio el P. Provincial, y dice como sigue: 

18. «Joan Sebastian , Prepósito Provincial de la Compañía de Jesús en 
«estos Reinos del Perú, á todos los que la presente vieren, salud sempiterna 
«en el Señor nuestro (2). 

«Por que es uso y costumbre en esta mínima Compañía de Jesús que todos 
(dos de ella, que son enviados á alguna parle, lleven testimonio de su obe- 
«diencia: por tanto digo; que los PP. Baltasar Pinas, y Luis de Estella, y Luis 
«de Valdivia, y Hernando de Aguilera, y Gabriel de Vega, y los Hermanos 
«Miguel Telena y Fabián Martínez, de la Compañía de Jesús, son enviados por 
«orden de la misma obediencia al Reino de Chile á ayudar á los prójimos 
«con los ministerios que la Compañía acostumbra, y vá por Superior.de todos 
«el P. Baltasar Pinas. Rogamos al Señor cumplan su obediencia á mayor glo- 
«ria divina y satisfacción de los prójimos. Dada en los 'Reyes á veinte y ocho 
«de Enero de mil quinientos noventa y tres años. »= Juan Sebastian. 
' 19. A continuación so halla, al fin de la misma página, el permiso de la 
sagrada Inquisición, en la forma siguiente: 

«Van los contenidos con licencia de la Inquisición. En los Reyes veinte y 
«nueve de Enero del S93 as. — Cerms de Inquisición (+).» 

20. Y al reverso de la misma foja está igualmente autógrafa la orden del 
Virrey de que fueran trasportados en el primer buque que saliese para Chile. 
En este documento falta el P. Juan de Olivares, que por estar en el colegio del 
Potosí, no llegó á tiempo para embarcarse con los demás: por lo cual tuvo que 
hacerlo en otro buque. Cabalmente las anuas del Perú y todos los autores (3) 
están contestes en que el P. Olivares fué uno de los dichos fundadores. 



(1) P. Anello Oliva, Varones Ilustres de la Provincia del Perú MS.— (i) Archivo del minis- 
terio del interior del gobierno de Chile.— (-f) Termina asf.-^(3) Lo expresa el P. Escobar en 
su Crónica de Chile en 1593. 



1593 CAP. II 16 

21. Muy satisfecho el P. Provincial con la elección de tan recomendables 
sujetos, los despidió con mucha confianza, después de haberles dado sus órde- 
nes é instrucciones, y á última hora su santa bendición. Con no menos contento 
que resolución se embarcó en el navio (1) 5. Francisco Javier (2) el P. Balta- 
sar Pinas con estos sus seis compafieros en el puerto del Callao á 9 de Febre- 
ro (3) de 1S93; y con próspero viento navegaron hasta la altura de Valparaíso; 
pero cuando iban á dar la vuelta para entrar en este puerto, se levantó una 
recia tormenta, que los puso á punto de perecer. Aunque estos celosos misio- 
neros habían doctrinado con gran fervor y constancia á la tripulación y pasa- 
jeros durante la navegación, haciéndoles tres pláticas cada semana, hablándo- 
les á menudo de cosas espirituales (I), y ocupándoles cada dia con la lección 
espiritual, rosario á coros, letanías y otras prácticas piadosas, entonces redo- 
blaron su fervor, y lograron que todos se confesasen de nuevo con gran com- 
punción; lo que habían hecho ya una vez por lo menos en aquel viaje. Recon- 
ciliados asi con el Sefior, todos levantaban sus manos al cielo, implorando el 
auxilio divino, cada uno por la intercesión del santo de su mayor devoción. 

22. Otro tanto hacían los PP.: quienes sacando en aquel gravísimo apuro 
y extremo peligro una reliquia insigne del apóstol S. Matias, la metieron en 
el mar (5) con gran fe y confianza de que calmaría su bravura con el contacto 
de este sagrado objeto. Ríanse cuanto quieran los impíos de nuestros días de 
estas prácticas piadosas de nuestros mayores, mirando las tormentas y cosas 
semejantes como simples efectos de la naturaleza: lo cierto es que la mar cal- 
mó al punto; que á la furia de los vientos se sucedió la bonanza; y que el 
buque, volcado con el ímpetu de las olas, se enderezó, y pudieron continuar 
su viaje. 

23. Hay un Sefior á quien obedecen los vientos y los mares. £1 enemigo 
del humano linaje, que supo con el permiso divino trastornar los elementos 
contra el justo Job, otro tanto pudo hacer contra aquellos celosos misioneros, 
que le habían de arrebatar tantas almas y llevarlas al cielo; y por lo mismo no 
tenemos que eitrafiar que se calmase la mar al contacto de la reliquia del san- 
to apóstol ; y que el Sefior bendijera á sus siervos después de haber probado 
su fe y confianza, no solo en este caso, sino también en el siguiente. 

24. La tormenta habia arrojado el buque á larga distancia de la costa; por 
lo cual, llevando ya mas de treinta días do viaje en esta travesía, que solía ser 
de quince á veinte, se les habían acabado los alimentos (6). Terrible conflicto, 
por no tener á donde apelar, ni de quien poder esperar el remedio acá en la 
tierra: mas elP. Pinas lo halló en el cielo, pidiendo al Sefior con fervor y con- 



(1) P. Olivares, Historia de la Compañía, y el P. Anello en los Varones Ilustres del Perú.— 

(2) La duda que han tenido algunos sobre este número queda satisfecha en el n.** 20.— 

(3) Lozano, Historia del Paraguay, lib. II, cap. i, n.° 10, con quien concuerda el P. Ovalle : 
los sigo por convenir esta fecha con la del pase del Virrey y con el dia de la llegada del bu- 
que á Coquimbo; aunque el P. Olivares diga el 2 de Febrero y Mr. Gay el 12 de id., advir- 
tiendo tal vez que el pase era del 6.— (4) PP. Olivares y Lozano.— (5) P. Olivares, Historia 
polítíca, lib. lY, cap. xvi.— (6) P. Lozano, Historia de la Compañía, lib. II, cap. i, n.° 5. 



16 GAP. 11 3951 

fianza, hincado de rodillas allá en su camarote, que no desamparase á aque- 
llos misioneros, que habían emprendido aquel viaje con el objeto de promover 
su mayor gloria y salvar las almas redimidas con su sangre preciosísima. ¡Co- 
sa bien notable! No bien acabó el P. su oración cuando se allegó al buque un 
cardumen de peces dorados, de que hicieron con su fisga los marineros acopio 
suficiente para acabar la navegación. 

25. Al fin, probados y favorecidos por la providencia divina, fondearon en 
el seguro puerto de Coquimbo; desde el cual los siete jesuítas, los pasajeros y 
marineros, animados de un santo reconocimiento, pasaron á pié descalzo, se- 
gún lo habían prometido en la pasada tormenta, á la ciudad de la Serena, 
distante de allí dos leguas y medía; y entrando en la iglesia de S. Francis- 
co (1), dieron humildes y fervorosas gracias á Dios por haberlos librado de 
aquel gravísimo peligro. 

26. Aquella devota y lastimosa escena había convocado todo el pueblo á las 
puertas de la iglesia; y aprovechando el P. Pinas ocasión tan oportuna para 
convertir algunas almas, subió sobre una mesa descalzo como estaba, y les 
hizo con gran fervor de espíritu un largo sermón (2), tomando por teito: Fcmi- 
tentiam agite, appropinquavit jam regnum cwlorum; ponderándoles la vanidad 
de las cosas del mundo y la necesidad de convertirse de veras á Dios. Sus pa- 
labras, saliendo de un pecho conmovido por el reciente infortunio, é hiriendo 
los oídos de un auditorio asi mismo conmovido por el imponente espectáculo 
de aquellos peregrinos, cobraron una fuerza singular, y eficacia tan notable, 
que el auditorio prorrumpió en amargas lágrimas; y dos caballeros nobles, á 
quienes el odio tenia escandalosamente divididos, al punto se reconciliaron 
entre sí. 

27. No eran estos los únicos enemistados: toda la ciudad estaba dividida en 
facciones, y de un modo bien alarmante. No es, por lo tanto, de extrafiar que 
nadie se ofreciese á hospedar á los PP., y que no les diesen más alojamiento 
que unas casas, que, por infestadas de los espíritus malignos, á lo menos así 
se creía en razón del espantoso ruido que se sentía en ellas, años hacia que 
estaban abandonadas (3). Como los PP. venían á hacer guerra abierta á los 
enemigos del género humano, no rehusaron el tal alojamiento, confiando en 
el Señor que los arrojarían de él; como en efecto lo consiguieron, con la efi- 
cacia de sus oraciones y de los conjuros prescritos por la Iglesia. 

28. Asombrada quedó la población al observar después de dos días, que 
cesaba el acostumbrado estrépito y las horrorosas visiones; y desde luego co- 
bró un alto concepto de los sujetos, que tal dominio ejercían sobre los espíri- 
tus infernales. Los PP. no explotaron en su favor la sorpresa y veneración del 
pueblo, sino en el de este mismo, bien necesitado, por cierto, de los auxilios 
de su santo ministerio. 



(1) Archivo de la tesorería de este gobierno, Libro de la fandacion del colegio de S. Mi- 
guel.~(2) P. Lozano, Ibidem lib. 11, cap. i, n.°ll.--(3) P. Olivares, Historia política, Ub. IV, 
cap. XVI. 



1593 GAP. 11 17 

29. En efecto; cual si estuvieran olvidados de sus personas y de las priva- 
ciones y trabajos sufridos en los treinta y nueve dias de penosísima navegación, 
emplearon los pocos que allí demoraron, en predicar con fervor á los españo- 
les é indios, y en oirlos con caridad y constancia en el tribunal de la peniten- 
cia: hablaban á cada uno en su idioma (1), y de un modo acomodado á su ge- 
nio y alcance, y á todos atraían con procesiones, tan del gusto de los naturales. 
Por haber estado aquella provincia bajo el imperio de los Incas, hablábase en 
ella la lengua del Cuzco, que los PP. poseían, por haber vivido muchos afios 
en el Perú. 

30. Grandes fueron los resultados que produjo este primer ensayo de los 
jesuítas en Chile; cesaron los odios, se deshicieron los bandos, se reconciliaron 
los enemigos entre si, y casi todo el pueblo con su Dios en el santo sacra- 
mento de la penitencia. Con esto volvieron á florecer la paz y el buen orden 
en las familias, y mejoró notablemente la moral privada y pública. 

31. Entre otros sucesos singulares resplandeció la misericordia divina en 
fovor de un joven de diez y ocho á veinte afios, que, sin saberlo, se hallaba 
fuera del camino de salvación. Fué su madre una señorita de nobles padres, 
que, para ocultar la fragilidad que habia tenido, lo echó de casa á penas na- 
cido, sin acordarse de administrarle el santo bautismo; el niño iba creciendo, 
y más crecia la vergüenza de la madre, y el temor de perder su crédito, por lo 
cual no se animaba á remediar el mal que habia hecho. Al oír los sermones 
lloró amargamente su delito; refirió al P. Valdivia lo sucedido, y este, mirando 
cautelosamente por el honor del hijo y de la madre, lo llamó á parte y lo bau- 
tizó. 



(1) F. envares, Historia de la Compañía, cap. i, $ 3. 



2 TOMO 1 



18 GAP. 111 1593 



CAPÍTULO III 

1. Nuestros PP. parten para Santiago. — 2. Los dominicos mandan á recibirlos, — 
3. Llegan d esta. — 4. Se hospedan en Sto, Domingo. — 5. Constante armonio entre 
ellos. — 6. Atenciones de los vecinos. — 7. El P. Pinas les expone suplan. — 8. Su 
sincera protesta. — 9. Les compran casa. — 10. Su precio. — 11. Se trasladan delta. 
— 12. El cabildo la amuebla. — 13. EIP. Aguilera predica á los indios en su idio- 
ma. — 14. Porqué antes no se les predicaba en él. — 15. No eran suficientes las ra- 
zones. — 16. Asi se entusiasman para la doctrina. — 17. La sacaban en procesión. — 

" 18. Método observado en ella. — 19. El P. Valdivia aprende ^l idioma de los indige- 
n<jw. — 20. Con admirable prontitud. — 21. Compone gramática del mismo. — ^22. Má- 
cese catequista. — 23. Nombra fiscales. — ^24. Se vale de los encomenderos. — ^25. Fruto 
de esta práctica. — 26. Los sorprende en sus juntas. — 27. Muchos dejan la embria- 
guez. — 28. Ascendiente de los PP. sobre ellos. — 29. Su celo se enardece. 

1 . Las avorias del S. Francisco Javier habían sido tan considerables, que 
se emplearon muchos dias en repararlas. AI hacerse de nuevo á la vela qui- 
sieron los PP. reembarcarse en él para ir á Yálparaiso, mas los vecinos de la 
Serena, habiéndoseles aíícionado en gran manera^ no les permitieron expo* 
nerse otra vez á los riesgos de la mar; y les hicieron generosas ofertas y reite- 
radas instancias, para detenerlos en su pueblo. Desistieron aquellos de su 
empefio en el primer punto; pero no accedieron al segundo por ser envia- 
dos á Santiago, prefiriendo, como verdaderos hijos de S. Ignacio, cumplir pun- 
tualmente las órdenes de su superior. A más de que empresas grandiosas, 
como la que ellos traian entre manos, deben comenzar por la capital, si cir- 
cunstancias especiales no aconsejan otra cosa; porque de ella, como de un foco 
común, se propaga por todo el Reino el bien y el mal. 

2. Dirigiéronse, pues, por tierra hacia Santiago en las cabalgaduras que les 
franquearon los vecinos (1) de la Serena; quienes, reconocidos á los beneficios 
que de ellos acababan de recibir, quisieron tener, por lo menos, la satisfac- 
ción de auxiliarlos de su cuenta para aquel camino de ciento sesenta leguas, 
bastante áspero y falto de recursos. En sabiendo los vecinos de esta capital, 
quienes tanto hablan anhelado por los PP. de la Compañía, que ya se halla- 
ban estos en camino, se disponían, llevados de un indecible entusiasmo, á re- 
cibirlos con gran demostración de regocijo; y los principales personajes (2) 
pretendían á porfía hospedarlos en sus casas. 

3. A todos ganó por la mano la venerable comunidad de los dominicos, cuyo 
prior era el R. P. M.** Fray Pedro Alderete, natural do Osorno, que mereció 
justamente ser venerado por uno de los varones ilustres de su orden (3), y era 



(1) P. Olivares, Historia de la Compañía, cap. i, S 3.— (2) P. Olivares, Historia de la Com- 
pañía, cap. I, S4.— (3) P. Olivares, Historia política del Reino de Chile, y Libro de la fun- 
dación de aquel colegio en el archivo de la tesorería de este gobierno. 



1S93 CAP. 111 19 

Provincial el muy R. P. M.* Fray Francisco de Riveros, religioso de gran vir- 
tud y letras; pues que usando de una fineza, que recordará siempre la Compa- 
fiía coa sumo reconocimiento^ enviaron de antemano á uno de sus religiosos 
al pueblo de la Ligua, distante unas treinta y seis leguas, encargado de felici- 
tar y agasajar á los PP. que venian de camino, y de llevarlos derechamente & 
su convento. Admitió agradecido el P. Pinas las atenciones del buen religioso 
y de la venerable comunidad que representaba; y mucho más el obsequio, que 
tan á tiempo y con tan buena voluntad le ofrecían. 

4. Con el mismo religioso prosiguieron el viaje, disponiendo las jornadas de 
manera, que llegasen de sorpresa y á deshora, para evitar con santa humil- 
dad el lucido recibimiento que les hablan preparado. En efecto; el día 12 de 
Abril de 1S93, lunes déla semana santa, entraron los PP. do la Compafiia de 
Jesús por primera vez en esta ciudad, muy de mañana, y se hospedaron en el 
convento de Sto. Domingo. 

o. Los religiosos los recibieron con la mayor caridad, los agasajaron y re- 
galaron con indecible cariño, no solo aquel dia, sino todo el tiempo que estu- 
vieron allí; es decir, hajsta que tuvieron casa propia en que vivir : porque los 
generosos PP. de Sto. Domingo jamás consintieron se trasladasen á ninguna 
casa de las que gustosamente otros también les ofrecían. Vivían, pues, juntos 
en un mismo convento (1), comían á una misma mesa, y ejercitaban los mi- 
nisterios en una misma iglesia los dominicos y los jesuítas; enlazando la ilrme 
cadena de fraternidad y concordia, que desde entonces hasta la expulsión 
reinó constantemente entre las dos comunidades. 

Allá en las escuelas pudieron haber tenido sus polémicas; tal vez discrepa- 
ron sus entendimientos en el modo de entendep algunas cuestiones; pero los 
corazones estuvieron unidos con los sagrados vínculos de la caridad. Asi nos 
lo atestiguaron los PP. Ovalle, Olivares y Lozano, cuyos testimonios, como de 
testigos presenciales, merecen más fe que las supuestas anécdotas de algunos 
chismosos, hijas de añejas prevenciones. 

. 6. A este convento acudieron el cabildo (2) eclesiástico y el secular, las co- 
munidades religiosas y los principales del pueblo á ver y visitar á los recien- 
venidos y á hacerles sus ofrecimientos. Los PP. los recibían con cordial agrado 
y modestia religiosa, de que todos salian prendados: mas evitaron contraer 
compromisos hasta haber hablado al pueblo en general. 

7. En el próximo domingo subió al pulpito de la catedral el P. superior 
Baltasar de Pifias (3); y dirigiendo la palabra al auditorio, que, como era na- 
tural, fué numeroso, concurriendo unos por la festividad del dia de la Pascua, 
otros por afición á los jesuítas, y acaso no pocos por la novedad, después de 
haberles dado una breve, pero exacta noticia de la Compañía y de su santo 
instituto, se ofreció á sí mismo y á todos sus subditos á servirles con mucho 
gusto y puntualidad en todas las cosas propias de su ministerio, asi á los es- 



(l) P. Olivares, Historia de la Compartía, lib. I, § I — (2> P. Ovalle, pag. 337, lib. VIII, 
cap. y.— (3) P. Olivares, Historia de la Compañía, cap. I, § 4. 



20 GAP. 111 1893 

pafioles como á los indios y morenos, fuese de noctie ó de dia, en la ciadad 5 
en el campo, sin exigir ni esperar ninguna recompensa teqporal; declarando 
que, siendo el blasón de su santo Fundador: admajorem Dei gloriam, áesta 
sola querian buscar acá en la tierra , con la dulce esperanza de que Dios les 
recompensarla en el cielo. 

8. Concluyó, por último, protestando ingenuamente que no fijarían por en- 
tonces su morada en parte alguna, para poder acudir más libremente á donde 
la mayor gloria de Dios y la salud de las almas reclamase su presencia ó la de 
los suyos; y con la mira de quedar expeditos para entrarse en las tierras de los 
indios, cuya conversión era el principal anhelo de sus corazones: á más de 
que^ conociendo el atraso y pobreza del país por ocasión de los inmensos gas- 
tos hechos en aquella guerra de cuarenta años, y los demás perjuicios que do 
ella se hablan originado, no querian serles cargosos demandándoles casa para 
su habitación, é iglesia para sus ministerios. 

9. Aunque al oir esta sincera protesta, admiraron y aplaudieron todos los 
.vecinos el desprendimiento de aquellos verdaderos ministros del Sefior, sus 
piadosos y caritativos intentos, y la heroicidad con que se consagraban á hacer 
el mayor bien posible, á costa de cualesquiera privaciones y sacrificios, no 
aprobaron, sin embargo, ni consintieron en el plan que se les acababa de ex- 
poner; al contrario, les rogaron con vivas y repetidas instancias que se esta- 
bleciesen en esta capital; alegándoles muchas y poderosas razones: y para ob- 
viar inconvenientes y demoras, se ofrecieron ellos mismos á comprarles casa 
en lugar oportuno. 

10. Fué tal su entusiasmo y generosidad, que enseguida abrieron una sus- 
cricion, en la cual tomaron parte casi todos los vecinos (1), según la lista que 
se encuentra autógrafa en los libros de aquel colegio, conservados en el archi- 
vo de la tesorería de este gobierno. La suscricion ascendió á 4,300 pesos: 
aunque solo so recaudaron 3,916; los suficientes para su objeto. El mariscal 
D. Marliiv Ruiz de Gamboa les vendió las casas, que para su habitación habia 
edificado el Gobernador D. Rodrigo de Quiroga en dos solares, con frente al 
sur, á una cuadra de la plaza hacia el poniente. Fueron tasadas en 4,400 pe- 
sos, en razón del miserable estado del pais; aunque valdrían unos 10,000 pe- 
sos: y además D. Martin rebajó graciosamente de dicha tasación 800 pesos; por 
lo cual solo se pagaron 3,600 pesos, la mayor parte en un tejo de oro, y otra 
en paño de Rancagua, por la suma escasez ó falta total de moneda que se pa- 
decía en este Reino. Otorgóse con las formalidades de derecho la escritura á 
favor de la Compañía, en cuyo nombre la aceptó el P. Baltasar de Pinas, como 
su superior en Chile. 

11 . Por amor á la clausura, y por el celo de la buena disciplina doméstica, 
dispuso al momento que se variase la disposición de aquellas casas, dándoles, 
cuanto posible fuese, la forma de una casa religiosa. luciéronse con tanta acti- 
vidad, bajo la dirección del inteligente H.° Miguel de Telena, los reparos in- 



(1) Archivo de la secretaría leg. U. 



1593 GAP. 111 21 

dispeosables, para disponer las piezas de un modo conveniente á su nuevo 
deslino, y acomodar una pequeña iglesia ó capjlla, que á las seis semanas pu- 
dieron los PP. trasladarse á ella; como en efecto lo hicieron, después de haber 
dado las más rendidas gracias á los dominicos, que tan generosa y cordial- 
mente los hablan hospedado en su convento. 

12. Cuatro cientos cincuenta pesos se gastaron en estos reparos; y quedando 
agolado el producto de la suscricion, s0 proveyeron á costa de los propios de la 
ciudad (1) todos los muebles y alhajas necesarias para la nueva habitación, y 
una buena cantidad de víveres para la manutención de los sujetos. ¡Cuanto va- 
rían los tiempos! 

13. Mienlras el P. Pinas hacia los indicados anuncios á los espafioles en la 
catedral, el P. Hernando de Aguilera hacia otro tanto con los indios en la 
iglesia de Sto. Domingo, manifestándoles el ardiente deseo que tenia de con- 
vertirlos y san linearlos á todos ; y cómo desde entonces ellos tendrían una 
parlQ principal en sus ministerios, asi para satisfacer sus propias inclinacio- 
nes y los afectos de su corazón, en que todos y cada uno de los PP. los tenían 
grabados, como para cumplir las órdenes de sus superiores mayores y las in- 
sinuaciones del Virrey y de su real Majestad, que les hablan recomendado en- 
carecidamente la ilustración y conversión de los naturales. Concluyó su dis- 
curso, convidándolos á la doctrina cristiana, que desde el domingo próximo 
siguiente se les baria todos los dias festivos por la tarde. Escogiéronse estos 
dias, por estar en los demás ocupados en las labores del campo, ó en los que- 
haceres de la ciudad. Los indios recibieron con mucho gusto esta invitación del 
P. Aguilei-a, al ver el interés que prometía tomarse por ellos, y mucho más al 
oir que les predicaba en su idioma (2), cosa no vista hasla entonces en Chile. 

14. Doloroso me es notar esta circunstancia; pero asi lo leo en los autores 
de aquella época, y lo veo admitido por los de la presente. Claro está que los 
mislpneros que se internaron á evangelizar los indios de la tierra, les habla- 
rían en su idioma; pero no lo hacian asi en las ciudades. Pudo ser causa de 
ello el ignorarlo la mayor parte de los sacerdotes por ser europeos; el confiar 
que entenderían sus sermones los y^aconas, por estar acostumbrados á tratar 
con los espaQoles, ó tal vez el que, ocupados con la asistencia de estos, no se 
creeriiin con tiempo suficiente para dedicarse de un modo especial 4 la cultura 
de los naturales. 

15. Esla conducta no pareció á los de la Compafiia digna de aceptarse; por- ' 
que en las ciudades siempre habia muchos indios recien traídos de la tierra, 
que nada sabían del castellano, ni todos los yanaconas lo entendían, y pocos 
lo comprendian bien ; y también porque el uso del idioma nativo excita más 
fácilmente las simpatías del auditorio, las cuales disponen el corazón á aceptar 
la doctrina que se les predica, y aun el entendimiento á comprenderla, como 
sucedió en aquella ocasión. 



(1) P. Lozano, Historia del Paraguay, lib. III, cap. vi, n.*» 4. — P. Ovalle, Historia de Cliile, 
lib. VIU, cap. V.— (2) P. Olivares, Historia de la Compañía, cap. i, g i. 



22 CAP. lu 1593 

16. Con efecto; sorprendidos los natui*ales por la novedad, y llenos de sa- 
tisfacción al oir predicar en su^idioma, concurrieron gran número de ellos por 
la tarde de la dominica in albis á la iglesia de Sto. Domingo, de donde salieron 
en procesión cantando la doctrina por las calles (1); y al llegar á la plaza ma- 
yor, el P. Aguilera se la explicó con términos claros y sencillos, de que queda- 
ron ellos muy contentos, y convidados para volver de ahi en adelante. 

17. Es de creer que no hablan faltado en Chile personas celosas, que tra- 
dujeran las oraciones de la Iglesia, y un resumen de las preguntas del catecis- 
mo, ni quienes se las enseñasen á los pobres indios ; de lo contrario , mal 
habrían podido cantarlas (2) por las calles. Los jesuítas serian, pues, los in- 
ventores de esta santa industria, con que las repasaban sin molestia los que 
anteriormente las hablan aprendido, y las aprendían sin fastidio los demás. 
¿Y quién no reconoce cuan elocuente reclamo serian estas procesiones, para 
atraer á la mayor parte de los indios á la doctrina, y cuan poderoso estimulo 
para que pusiesen atención y cuidado en aprenderlas? Por bárbaros y atrasa- 
dos que supongamos á estos infelices, no les faltarla su poco de amor propio; 
y los prudentes jesuítas supieron explotarlo diestramente. 

18. En la procesión todos iban cantando; y hubiera sido una cosa de me- 
nos valer andarse en silencio: en la plaza se les hacían sus preguntas, ya á 
uno, ya á otro; aplaudiendo, en medio de aquel numeroso concurso, al quo 
respondía con acierto, y gratifícando con donecillos á los que mejor respondian. 
No contentos con las preguntas ordinarias del catecismo, les hacían otras, para 
ver si habían comprendido lo que se les acababa de explicar; porque los Pa- 
dres no se contentaban con que recitasen la doctrina, sino que con la llaneza, 
sencilleí^ y claridad que requería su rudeza é ignorancia, procuraban darles 
conocimientos claros y distintos de ella. 

19. Quien más se señaló en esta santa industria fué el P. Luis de Valdivia, 
que tomó con grande empeño, mejor diré, con indecible entusiasmo la conver- 
sión é instrucción de los indios (3). Sorprendentes son los portentosos efectos 
que esta noble pasión produce, cuando se apodera de una alma grande y se 
eleva en ella á un grado superior. Algunos, que vanamente presumen de bue- 
nos críticos, los tienen por patrañas; y otros más sencillos y piadosos, los re- 
pulan por /nílagros de la gracia; pudíendo ser meros dones de la naturaleza, 
explotados diligentemente. No tenemos, pues, de que alarmarnos, al oir que 
el P. Valdivia á los nueve días, según los PP. Nieremberg y Olivares, ó á los 
trece, según Lozano y Ovalle, de su llegada á Chile, ya supiese el idioma de 
estos naturales de manera, que pudiese oir sus confesiones; y á los veinte y dos 
días, según los primeros, y á los veinte y ocho, según los postreros, les predi- 
case satisfactoriamente. 

20. La pequeña discrepancia de estos autores no prueba que el hecho sea 



(1) P. Lozano, Historia del Paragaay, Itb. TI, cap. vi, n.**5, y el Libro citado de la funda- 
ción.— (2) P. Olivares, Bisloria de la Compañía, cap. i, g 6. — (3) P. Lozano, Historia del 
Paraguay, lib. XX, cap. vi, n.** 5. 



1593 / CAP. m 23 

falso; Y aun suponiendo que dicho P. hubiese hecho algún estudio de aquel 
idioma durante la navegación, siempre tendremos que aplaudir la capacidad 
Dada común que en este punto le concedió el Autor de la naturaleza, y la exac- 
titud y diligencia con que él aprovechó estos sus dones, para bien, no solo de 
los indios de Santiago, sino también de otras muchas -naciones de la región 
chilena^ como la historia irá demostrando. 

21. En efecto; con el santo objeto de facilitar á otros sacerdotes el aprendi- 
zaje del idioma chileno, el cual, ni en las palabras, ni en su construcción tiene 
la menor analogía con los de Europa, de los que se diferencia hasta en la pro- 
nunciación; y con el piadoso iin de preparar por estos medios predicadores y 
doctrineros á sus amados indios, compuso un arte de dicho idioma, con su 
vocabulario muy copioso (1), una exposición de los misterios de la fe, y algu- 
nas prácticas devotas para disponerse á la confesión: todo lo cual se imprimió 
en Lima en el año 1606. Se conserva^ todavía este útilísimo trabajo en la bi- 
blioteca nacional^ y tenemos un ejemplar de él en este colegio de S. Ighacio : 
pudiendo asegurar que fué casi el único libro de que se sirvieron por siglo y 
medio los misioneros jesuítas. 

il. Ddsde entonces el P. Valdivia se constituyó en catequista de los indios; 
y el P. Aguilera fué como su ayudante en tan laudable ministerio: aquel les 
hacia la doctrina en la plaza, y este, en volviendo á casa, les hacia un sermón 
bien patético dentro de la iglesia; el uno se proponía especialmente ilustrar 
sus toscos entendimientos con la exposición de los dogmas de la fe y preceptos 
de la moral de nuestra religión sagrada ; y el otro reformar sus corazones, 
inspirándoles horror al vicio y amor á la virtud. El primero, para conseguir 
su objeto, no contento con enseñarles las oraciones y la doctrina con la mayor 
claridad, les redujo á forma de diálogo (2), que ellos aprendían de memoria y 
recitaban en la plaza con gracia y ediflcacion, la exposición de los divinos mis- 
terios; y el segundo, asi que acababa la plática ó sermón, se sentaba en el con- 
fesonario para oir sus culpas , reconciliarlos con Dios , desarraigar de su co- 
razón los hábitos viciosos , prescribirles individualmente el modo de vivir 
cristianamente, y reclamarles en privado el cumplimiento de lo que les habla 
ensenado en público. A entrambos PP. prestaba poderoso auxilio el H."" Fa- 
bián Martínez, manteniendo el silencio y cl orden entre los indios, y enseñándo- 
les con amabilidad, paciencia y constancia los rezos y la doctrina (3). Y para 
que ninguno quedase privado de estos bienes, tomó el P. Valdivia varias pro- 
videncias, suaves si, pero eficaces. 

23. Entre sus neófitos escogió algunos de los más capaces, ó ladinos, como 
por acá se dice , que fuesen como los capitanes ó tribunos de los demás : á 
estos dio el cargo de recorrer, poco antes de la procesión^ las calles y barrios 
más remotos, convocando dé casa en casa á los renitentes ó descuidados: y 
para que fuesen reconocidos y respetados como tales, los honró con bastones 



(1) Alegambe, «Bibliotheca Scriptorum Socielatis Jesu.» — (í) P. Lozano, Ibidein, lib. ÍI, 
cap. VI, n." 5.— (3) P. Rosales, Vida del H.* Fabián Martínez. 



• , 



21 GAP. 111 1593 

terminados en cruz, que llevaban en las manos (1). Ninguna era la autoridad 
que estos bastones les conferian; sin embargo, para un pobre indio, humillado 
por su actual condición, y abatido bajo el yugo de sus conquistadores, y la 
dependencia de los encomenderos, esto importaba una distinción honrosa; la 
cual, al par que los elevaba sobre los demás, los compromelia á portarse bien, 
y á señalarse por su aplicación y conducta. Sus connaturales los miraban con 
tal veneración y respeto, que ¿ su llamada todo lo dejaban, >7 se dirigían á la 
doctrina. 

24. Insinuóse, así mismo, el P. con los encomenderos y patrones, para que 
le mandaran sus sirvientes ó encomendados; y si bien no' faltaron al principio 
algunos remisos, y otros demasiado interesados en el servicio de estos, que no 
condescendieran con sus caritativas insinuaciones, bien pronto se rindieron á 
ellas, echando de ver su yerro ó descuido, en vista de los progresos que ha- 
bian hecho los otros en su instrucción religiosa, y aun en su moralidad. 

25. En efecto; el acierto con que los indios contestaban á las preguntas del 
P. Valdivia, y la inteligencia de los divinos misterios que en esto descubrían, 
sorprendió bien pronto á los españoles, que, para gustar de tan dulce satisfac- 
ción, concurrieron en gran número á la plaza, para ver y oir lo que ellos re- 
putaban por un singular portento: no admiraban menos la moderación con 
que asistían á la procesión y doctrina, y la devoción con que estaban en el 
templo. Ocupados asi los indios santa y útilmente los domingos por las tar- 
des (2), fueron menos frecuentadas las casas ó lugares de juegos, borracheras y 
otras peligrosas diversiones. Aproximándose un tiempo en que estas solian ser 
en mayor número y con más funestas consecuencias, determinó el celoso cate- 
quista estorbarlas; cosa que no hablan podido lograr las autoridades (3), 
asi por ser costumbre antigua, como por venir encubierta con capa de religio- 
sidad. . 

26. Se les habia permitido á los indios celebrar la solemnidad del Corpus 
con bailes á su usanza; pero á vueltas de estos indicios de devoción venían 
otros bailes inmoderados, la embriaguez y otras diversiones, ó verdaderas or- 
gias, que, durando hasta muy tarde de la noche, daban ocasión á gravísimos 
desórdenes. Llegado, pues, este dia, fueron el P. Valdivia con su compañero el 
P. Aguilera al lugar de estas juntas, llevando cada uno el cruciGjo en el pe- 
cho, y una cruz en la mano; é hincados de rodillas en medio de la multitud, 
que, repartida en diez diversos bailes, se hallaba en-^l mayor fervor de su re- 
gocijo, empezando ya muchos á sentir los efectos del licor, enarbolaron el es- 
tandarte de la doctrina, la que entonaron en su lengua. Los indios, sobrecogi- 
dos de espanto con esta novedad, cesaron de danzar; y puestos de rodillas, 
respondieron i^n el mismo tono; y ordenando con ellos los dos catequistas una 
numerosa procesión, dieron vuelta á nuestra iglesia, donde les hicieron un 
fervoroso sermón, reprobándoles aquel exceso. 



(1) P. OvaUe, pag. 33S, lib. VIII, cap. v.— (2) P. Olivares, Historia de la Compafifa, cap. I, 
S 6.— (3) P. Lozano, ibidem, lib. II, cap. vi, n.® 6. 



1593 CAP. 111 25 

27. Muchas fueron las lágrimas que derramaron allí los indios, y fervoro- 
sos sus propósitos de la enmienda: y aun cuando no todos los cumplirían, 
remedióse no poco la embriaguez; vicio funesto, á que erian sumamente pro- 
pensos: y aun cuando no hubieran logrado los PP. más fruto que evitar los 
desórdenes de aquel dia de Corpus, habría sido un triunfo, que nos diera á 
conocer la eGcacia de la palabra divina, y el ascendiente que por su celo y 
caridad hablan adquirido sobre aquella gente. , 

28. Era este tan grsínde que los indios hacían pronta y gustosamente cuanto 
ellos los ordenaban: y asi mismo era tal la confianza que les cobraron , que 
acudían á ellos en todas sus dudas, dificultades y apuros. Aunque los PP. poco 
gustaban de ingerirse en los negocios ó querellas que estos tuvieran con sus 
patrones ó encomenderos (1), no dejaban de favorecerlos y ampararlos, cuando 
la prudencia les dictaba ser conveniente; pero los admitían siempre con mu- 
cho gusto y agrado cuando iban á tratar los negocios de su salvación, de que 
ya se mostraban solícitos. Con lodo, para remover los peligros de que se en- 
tregasen á la embriaguez, á que eran tan propensos, idearon los PP. varias 
providencias, y se las propjasieron al alcalde mayor de la ciudad; quien, ha- 
llándolas muy justas y razonables, las publicó por bando el afio 1595: y con 
ellas se remedió de suerte, que ninguno se embriagaba, á lo menos ^en público. 

29. Estos felices resultados obtenidos entre los indios amigos, enardecie- 
ron más y más en el pecho de los jesuítas, sobre todo en el del P. Valdivia, 
el deseo de reducir á toda la nación, sin exceptuar á los más rebeldes. Pronto 
nos enseñará esta Historia los heroicos rasgos de celo y caridad verdadera- 
mente, evangélica á que los llevó este ardiente deseo, atrepellando por dificul- 
tades al. parecer insuperables. Suspenderemos por ahora esta narración, para 
decir la forma y arreglo que dieron á su casa: á la que se trasladaron pocos 
dias antes del referido suceso. 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. II, cap. vi, n.*" 7. 



26 Cip. IV 1593 



CAPÍTULO IV 

1 . Disciplina religiosa en su casa, — 2. Ministerio de cada uno. — 3. Era común el de 
confesar. — 4. Especialmente d los enfermos. — 5. Y el de los encarcelados. — 6. F 
cuidar de sus cuerpos. — 7. Un enfermo obstinado. — 8. El P. Valdivia lo convierte, 
— 9. Catequiza á los prisioneros de guerra. — 10. Compruébase con sus cartas. — H. 
Compunción de ellos. — 12. Extraordinaria de uno. — 13. Otro pretende llevarlo á su 
tierra. — 14. Se frustra el proyecto. — 13. El P. Vega se consagra á los morenos. — 
16. Los catequiza en la catedral. — 17. Su extrema ignorancia. — 18. Se la disipa. — 
19. Los confiesa. — 20. Los auocilia en sus ranchos. — 21. Entáblase la doctrina para 
los niños. — 22. El P. Estella la hace con fruto. — 23. Numeroso concurso. — ^24. Con 
cuánto consuelo y edificación. — 25. Prendas oratorias de los tres PP. destinados pa- 
ra los españoles. — 26. Escasez de predicadores. — 27. Frutos de una oración fúnebre. 
— 28. Edifican iglesia. — 29. Su rápida construcción. — 30. Abren clase de gramáti- 
ca y de primeras letras. — 31. Y de filosofía. — 32. La frecuentan los religiosos. — 
33. No la habia anteriormente. — 34. La abren de moral. — 35. Progreso de la ju- 
ventud en las ciencias. — 36. Y en la virtud. — 37. Congregación de la Purísima. 

1. Al trasladarse los jesuítas á su propia casa, entablaron en ella la disci- 
plina religiosa con la mayor exactitud y regularidad: la portería quedó cer- 
rada desde luego, como medio principal para guardar la clausura, conformo 
á lo9 sagrados cánones y á nuestras constituciones. La distribución del tiempo 
fué fijada como en todos nuestros colegios; y el toque de la campana llamaba 
los PP. y HH. á la oración, lección, examen y demás distribuciones de comu- 
nidad. Amante como era de la oración y del retiro el anciano P. superior, tuvo 
especial cuidado de que se guardase un riguroso silencio; y todos lo observa- 
ban escrupulosamente, así por cumplir con su regla, como para tener más 
tiempo que^emplear en el desempeño de las graves ocupaciones que con gusto 
habían aceptado. 

2. En el exterior continuaron los ministerios, que habían comenzado á ejer- 
citar estando en el convento de los PP. dominicos; habiendo distribuido el 
superior á cada uno de los suyos diversos cargos y atenciones, según sus ap- 
titudes físicas, capacidad, fervor y propensión de su espíritu. Al. P., Luis de 
Yaidivía le^confírmó el cargo de catequista de los indios (1) ; al P. Gabriel de 
Vega lo aplicó al ministerio de los morenos; al P. Luis de Estella encargó el 
catecismo y enseñanza de los niños; y á los PP. Olivares y Aguilera, como 
también á su persona, dedicó especialmente al servicio de los españoles. 

3. Mas todos, sin exceptuar ninguno, se consagraron á oír las confesiones asi 
de sanos, como de enfermos. Viendo el pueblo que á todas horas los hallaban 
prestos á su servicio, concurrían á su capilla en gran número; y cuando tenían 
algún enfermo en sus casas, los llamaban igualmente con gran confianza. 



(1) P. Lozano, Historia del Paraguay, lib. lí, cap. vi, n.** 8, 



1593 CAP. IV 27 

4. Según anota el P. Olivares (1), jamás se excusaban aquellos PP. de acu- 
dir puntualmente , fuese esclavo ó caballero el doliente, de dia ó de noche^ 
Gon tiempo sereno ó lluvioso; y los asistían con espíritu y caridad paternal 
hasta el último suspiro. 

5. Gon la misma acudían á las cárceles y hospitales, para consuelo y apro- 
vechamiento de los pobres enfermos y encarcelados; á los cuales hacian fervo- 
rosas pláticas y exhortaciones, animándoles á llevar con resignación cristiana 
aquellos trabajos. Les enseñaban la doctrina, y los disponían á recibir con pro- 
vecho los santos sacramentos, ique les administraban con ardoroso celo y edi- 
ficante paciencia. 

6. Por grande que fuese la atención que ponían en cuidar de las almas de 
tantos desdichados, no se olvidaban de sus cuerpos (2); antes bien, les prodi- 
gaban cuantos alivios alcanzaba su ingeniosa caridad, ya sirviéndoles perso- 
nalmente en sus dolepcias, ya repartiéndoles las limosnas que de su casa les 
llevaban, ó que recogían de las personas piadosas. Como en medio de las fla- 
quezas y miserias de aquella^ pobres gentes se conservabc^ vivo el sentimiento 
religioso, era general la docilidad para convertirse al Sefior, cuando les hablaba 
alguno de sus ministros; sin embargo, no dejaron de suceder algunos casos 
particulares en que resplandeció grandemente la misericordia divina. 

7. Uno de estos casos le sucedió al P. Valdivia, que hallando en el hospi- 
tal á un enfermo desesperado por la multitud y gravedad de sus culpas, trató 
de confortarlo y reconciliarlo con Dios. Estaba el pobre hombre tan acongojado, 
asi por la razón recien indicada, como por las trazas del enemigo, que le exaltaba 
SQ turbada imaginación con visiones espantosas, que, después de haber recha- 
zado con obstinación y despecho los buenos consejos de sus amigos y enferme- 
ros, empeñados en que se confesase, resistió, asi mismo, al P. que se le ofrecía 
á dispensarle este importante beneficio. Al principio respondía con furor á las 
razones, que con celo y mansedumbre le dirigía; menospreciaba las amenazas 
de la justicia divina, ó decía que bien persuadido estaba de no haber para él 
más que infierno y tormentos. 

8. Pero esforzando el compasivo P. su elocuencia y energía, le engrandeció 
de manera la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, y le prometió con tan- 
tas veras en su nombre el perdón, que comenzó á ablandarse aquel corazón 
endurecido, y á abrir los ojos á la luz divina. Mas no acabando todavía de ven- 
cer su desesperaciom, el P. le dijo: ^yo, hermano, para ayuda de costa á la 
satisfacción de vuestras deudas, os hago desde ahora graciosa cesión de cuanto he 
obrado en obsequio de nuestro Criador. >> ¡Cosa maravillosa! Estas palabras di- 
siparon de la exaltada fantasía del doliente las horrorosas visiones, y difun- 
dieron en su alma una luz tan viva (3), que conoció la grandeza de la miseri- 
cordia del Señor á la par que la gravedad de sus culpas; y confiado en aquella 
las confesó con gran dolor de su corazón, y copiosas lágrimas de sus ojos: 



(1) P. Olivares , Historia de la Compañía , cap. i , § 6. — (2) P. Lozano , Historia del Para- 
guay, Hb. 11, cap. vn, n.° 3.— (3) P. Lozano, ibídera, lib. II, cap. vii, n.® 5. 



28 CAP. IV 1893 

abrazaba estrechamente el crucifijo; lo besaba con ternura, hiriendo su pecho 
con su débil mano; se ocupaba en actos de contrición y ardientes afectos de 
amor de Dios, entre los cuales expiró. ¡Dichoso el que merece tener en su ca- 
becera un tan celoso ministro del Señor! 

9. Indicadas estas santas ocupaciones comunes á lodos aquellos activos ope- 
rarios, hagamos una sucinta reseña de las que se habian encomendado á cada 
uno en particular: y empezando por el P. Valdivia, debo advertir que los feli- 
ces resultados obtenidos entre los indios amigos lo traian consolado, y animado 
á continuároste santo, aunque humilde, ministerio y á extenderlo á los demás. 
Asi lo hizo entonces mismo, aplicándose á catequizar á los indios infieles, que 
se traían de la frontera hechos prisioneros de guerra, ó se habian Iraido ante- 
riormente á Santiago; como consta de dos capitules de sus cartas escritas al 
P. Provincial. 

10. En el primero se expresa así (1): <íSi tengo de decir lo que siento, yo por 
mí no quiero más ocupación , que la de estos pobres indios ; porque en ella me 
enseña Dios, y veo al ojo el fruto. Crece cada dia lo de los indios; y en todos 
los PP. la caridad para con elbs. Sé decir á V,* ñ/ que no pensé verme en mi 
vida tan aficionado á ellos, como me veo, y no tengo pena sino el rato que me es 
forzoso ocuparme en otra cosa : con que siendo la ganancia mia y suya, gasto 
lo más del tiempo con elbs.y> Y el segundo está concebido en estos términos : 
iiHemos entablado que vengan dos dias cada semana los infieles, que cada dia 
traen de la guerra, para catequizarlos. Comencé esta ocupación ahora dos meses, 
y hanse convertido algunos en cada dia, y siempre Iiay que hacer en esto. Fuera 
de estos dias, me llevan sus confesiones y doctrina los domingos, que ellos se vie- 
nen á casa sin buscarlos: antes de salir por la tarde con la procesión, les hago 
en casa una hora de catecismo, y en la plaza una plática; á que doy principio 
con un acta de contrición, hincados todos de rodillas , diciéndolo yo con un cru- 
cifijo en la mano y respondiendo todos, i^ 

11. Estas sus palabras no necesitan comentarios: un hijo es quien las di- 
rige á su padre, expresando los afectos de su ardoroso corazón. Debo, si, ad- 
vertir que cuando el P. las escribía, estaba ya tan diestro en el idioma de los 
naturales, que él mismo, y no el P. Aguilera, como á los principios, hacia las 
pláticas, con tanta elocuencia y fervor, que sus oyentes, á pesar de ser hom^ 
bres duros y casi incapaces de llorar, se deshacían comunmente en lágrimas 
de dolor; y muchos corrían á los pies de los confesores á buscar el desahogo 
de su conmovido corazón. 

12. Cierta tarde, al acabar la plática sobre el infierno, pidióle uno de los 
indios que le oyese en confesión: hízolo con mucho gusto el P., y para facili- 
társela comenzó á preguntarle por los mandamientos; pero el compungido pe- 
nitente lo atajó diciéndole (2): «Déjame, P., confesar mis pecados, sin que tú 
(tme los preguntes; que pues yo los hice, es justo que padezca la confusión de 



(1) P. Lozano, Historia del Paraguay, líb. 11, cap. vi, n."" 11.^2) P. Lozano, ibídem, lib. 11, 
cap. VI, D.° 12. 



1593 CAP. IV 29 

tmanifestarlos por mi mismo; y no descansaré, si asi no los declaro: antes 
«quisiera poderlos hacer patentes á todos los mortales , para que fuera mayor 
cíffli confasion, y satisfacer con ella por las penas que han merecido mis cul- 
cpas.» Omitiendo otros casos particulares de este género, que nos recuerdan 
las historias antiguas, solo haré mención de uno de ellos, que nos revela la 
grandeza de aquellas almas , verdaderamente capaces de acciones dignas de 
estimación y elogio, no solo cuando se trataba de recuperar su libertad é in- 
dependencia, sino también del importante negocio de la salvación. 

13. Convirtióse tan de veras uno de los mencionados indios, que no con- 
tento con salvar su alma, concibió el generoso plan de salvar las de sus com- 
patricios. Para esto suplicó encarecidamente al P. que fuese á sus tierras; él 
mismo se le ofreció á servirle de con>paíiero y guia , saliendo garante de su 
persona asi en su tierra, como en los caminos intermedios; bien persuadido de 
que lograria que sus paisanos escuchasen atentamente su celestial doctrina, y 
lo respetasen según su carácter lo merecía. ¡Qué agradable propuesta para el 
celoso misionero! Por su parte la aceptó con entusiasmo; pero los oficiales rea- 
les no creyeron prudente por entonces otorgarle el tal permiso , por no verlo 
expuesto al peligro de la vida , que ellos representaban como inminente, en 
razón de la inquietud y revuelta en que estaban los araucanos. 

14. Por tanto tuvo el P. Valdivia que desistir de su caritativo intento, difi- 
riéndolo para ocasión más oportuna; la que no tardó muchos años en ofrecér- 
sele: y el buen indio no perdería su mérito para con Dios, ya que lo haya 
perdido con los hombres, que no le hicieron ni siquiera la justicia do trans- 
mitir su nombre á la posteridad. 

15. Otra clase no menos necesitada existia en Chile; y era la de los morcó- 
nos, condenados la mayor parte á la esclavitud. Aunque su número no era tan 
crecido como en Nueva-Granada y en el Brasil , no dejaba de serlo bastante, 
para excitar la compasión y celo de los de la Compañía. Dedicóse, por lo mis- 
mo, á su instrucción el P. Gabriel de la Vega, por disposición del P. superior, 
según hemos indicado arriba ; y observando los buenos resultados que habia 
producido el método guardado con los indios, lo adoptó con pequeñas modifi- 
caciones, y lo siguió constantemente entre sus amados morenos. 

16. En efecto; el domingo por la tarde, al son de la campanilla, los reunía 
en nuestra casa, y se iba con ellos en procesión (1), cantando la doctrina, á la 
catedral; y colocados en sus gradas exteriores, les hacia recitar el catecismo, 
preguntándose los unos á los otros; interponiendo el P. sus breves explicacio- 
nes, para darles á entender lo que les habia enseñado á recitar de memoria. 

17. Por desgracia, á pesar de ser bautizados los más, pocos sabían lo nece- 
sario para su salvación; y menos serian los que cumplieran con las obligacio- 
nes y deberes que el santo bautismo les Imponía. Mucho contribuirían á este 
desarreglo é ignorancia su innata rudeza (2), su apatía para todo lo que no 
halaga los sentidos, sus hábitos viciosos, contraídos en la gentilidad ó 



(1) El P. Ovalle, pag. 340, lib. VIH, cap. vi.— (2) P. Loíano, lib. II, cap. vi, n." 8, 



30 CAP. IV 1893 

aprendidos de sus mayores; sin embargo, preciso es confesar que tenian gran 
parte en elio el abandono en que se les dejaba, y el poco empeño que se habia 
tomado en su instrucción y moralización. 

18. Pocos meses bastaron, después que se hizo cargo de ellos el P. Gabriel 
de la Vega, para demostrar esta verdad. Aquellos morenos, antes tan bozales, 
ya sabian de memoria las oraciones y la doctrina; la recitaban con exactitud, 
y manifestaban comprender el sentido de las preguntas de su catequista en las 
respuestas que daban á ellas. Este, no solo les explicaba los misterios de nues- 
tra santa fe, sino también los mandamientos de la ley de Dios, y de la santa 
madre Iglesia, y las obligaciones de su estado; cuyo cumplimiento les recla- 
maba de un modo enérgico, aunque suave. 

19. A este fín procuraba que se llegasen con frecuencia al sacramento de la 
penitencia, en que los oia con paternal cariño, é inalterable paciencia; redo- 
blando allí su fervoroso celo para desarraigar del corazón de cad^ uno de ellos 
las culpas, y procurando con gran tino y destreza apartarlos del vicio y enca- 
minarlos por el sendero de la virtud. 

20. Cuando estaban enfermos, á ellos acudia con suma diligencia, grande- 
mente solícito del bien de sus almas y de sus cuerpos. Jamás lo arredraron de 
su asistencia ni la asquerosidad de estos infelices, ni la fetidez y desaseo de 
sus miserables habitaciones: molestias que alejan de ellos á los sensuales y mun- 
danos; pero que son otros tantos atractivos para los verdaderamente espiritua- 
les y amantes de la cruz de Cristo , como el P. Gabriel de la Vega ; quien 
corría desalado en pos de estas criaturas, las cuales, más que fuesen miradas 
como el desecho de las gentes, hablan costado también su sangre al divino Re- 
dentor. 

21. Al mismo tiempo, ó poco antes, puesto que todavía estaban hospedados 
en el convento déSto. Domingo, el P. Luis de Estella entabló su doctrina para 
los niños (1). Es verdad que la instrucción de estos no era desatendida como 
la de los precedentes; mas como es de tanta importancia criar bien estas tier- 
nas plantas, que, cultivadas cuidadosamente, producen opimos frutos de pre- 
sente,^ y los prometen más abundantes y sabrosos para lo porvenir, se mere- 
cieron desde luego la atención y cuidado de los hijos del gran patriarcan san 
Ignacio. Por tener ocupada la iglesia con las gentes mayores los domingos y 
dias festivos, convidaron para el viernes de cada semana á los niños de toda 
la ciudad, principalmente á los de las escuelas. Su invitación fué recibida con 
gusto general (2): los padres de familia enviaban con puntualidad sus hijos, y 
los preceptores llevaban también sus respectivos discípulos; los cuales, con' 
cruces muy adornadas, marchaban de dos en dos hacia nuestra iglesia, can- 
tando las oraciones por la calle. 

22. En ella se preguntaban mutuamente el catecismo, que con mucha gra- 
cia y afabilidad el P. Luis les explicaba, con términos, símiles y comparaciones 
acomodadas á los alcances de sus tiernas inteligencias. La moderación y gracia 



(1) El P. Lozano, lib. II,.cap. vi, d.° 9.— (2) P. OvaUe, Historia de Chile, Ub. VIH, cap. 5. 



1593 CAP. IV 31 

coD que estos respondían, los progresos que hacían en el conocimiento de ia 
religión, y el amor y aplicación que cobraban á la virtud y á los actos piado- 
sos, llamaron de manera la atención del público , y atrajeron tan numeroso 
concurso, que fué preciso, después de algún tiempo, hacer esta doctrina en la 
plazuela. 

23. No era solo el pueblo bajo é ignorante el que concurría á ella; concur- 
rían también el maestre de campo, varios capitanes y otras personas de distin- 
ción , que volvían á sus casas sumamente consolados y edificados de lo que 
habian visto y oido, y prorrumpían en elogios de aquellos hijos del grande 
Ignacio, que tan de lleno habian heredado el espíritu con que este se dedicó á 
la educación de la juventud. ¡Qué bello espectáculo ver numerosos concursos 
de morenos, de indios y de niños españoles, dirigirse en procesión , estos á la 
iglesia de la Compañía, aquellos ala plaza mayor, y los primeros á las gradas 
de la catedral, cantando por las calles las aliabanzas del Señor! 

24. ¡Qué consuelo y edificación para los padres de familias, amos, enco- 
menderos y todos los ciudadanos ver la devoción y cuidado con que los arriba 
dichos asistían á la doctrina; la amabilidad con que los PP. se la enseñaban; la 
mansedumbre con que sufrían sus impertinencias ó modales groseros; la mo- 
deración con que conseguían corregir sus vicios, y el tino y constancia con 
que los dirigían por ei camino de la virtud! Estas eran lecciones dadas prác- 
ticamente á todos ellos; las cuales debieron ejercer poderosa influencia en sus 
corazones y conducta, por no estar sus entendimientos inficionados de la im- 
piedad. Hasta qué grado la ejercieron no lo diré; pero sí me atrevo á asegurar 
que los dispusieron suavemente á recibir con menos oposición las doctrinas 
que, con respecto á indios y encomiendas, después les habian de explicar: por 
lo menos, es cierto, que todo el mundo miró entonces con edificación y res- 
peto este movimiento religioso ; y con amor y cierta veneración á los que lo 
promovían, sin que ni uno solo osase poner su boca en estos, ni ridiculizar la 
menor de aquellas prácticas piadosas. Antes bien, la sincera devoción y tier- 
na piedad de estas clases humildes y miserables fueron superadas, con santa 
emulación, por la noble y acomodada, para cuya instrucción y cultura los otros 
tres PP. se habian reservado. 

25. Cabalmente estaba dotado cada uno de estos de prendas relevantes, las 
mas á propósito para el ministerio que se les encomendaba. Olivares y Agui- 
lera eran criollos, ó sea, nacidos en el país, de padres españoles; por lo cual 
podían contar con las simpatías de sus oyentes: habian hecho sus estudios en 
Lima, á la sazón emporio de las ciencias en la América austral, al par que de 
las riquezas y del comercio; y los dos habian salido aventajados en el arte ora- 
toria, como lo demuestran los escritos del P. Olivares y los dos tomos de ser- 
mones que el P. Aguilera dejó dispuestos para la prensa. £1 P. Baltasar de Pi- 
nas juntaba á la autoridad que le daban sus sesenta y seis años, la de su virtud, 
laboriosidad y sabiduría. En aquella avanzada edad acudía como el más joven 
á todos los ministerios, y con especial gusto á la predicación, en que era emi- 
nente. Poseia aquella elocuencia sagrada que suspende la atención del audi- 



32 CAP. IV 1593 

tono y triunfa de los más endurecidos corazones: su decir era suave; todas sus 
palabras indicaban el fuego de caridad, que, ardiendo en su pecho, se desaho- 
gaba por sus labios; más, cuando el caso lo requería, eran valientes sus invec- 
tivas contra el vicio ; y mezclando diestramente los motivos de conGanza con 
los de terror, lograba la conversión de obstinados pecadores. 

26. Tales eran los sujetos que se dedicaron á los ministerios con los espa- 
ñoles; á los cuales predicaban, ora en su capilla, ora en la catedral; ya en las 
capillas é iglesias parroquiales, ya en los conventos; á donde iban unas vec^s 
por su devoción, y otras á invitación de sus administradores; sin recibir en 
ningún caso el menor estipendio por su trabajo; cosa prohibida en su instituto, 
y que no les estaba dispensada. Los predicadores escaseaban por aquel tiempo 
en esta capital. Segnn Olivares (1) solamente el R. P. Provincial de Sto. Do- 
mingo, el P. guardián de S. Francisco, y un sacerdote secular, se ocupaban 
en este saludable ministerio. Ue aquí otro motivo para que fuesen buscados 
con mayor frecuencia los PP. de la Compañía ; que , deseosos de hacer cuanto 
bien estuviera á sus alcances, aceptaban gustosamente estas invitaciones. Mu- 
cho les alentaba en sus dobladas tareas la docilidad de este pueblo, que corres- 
pondía abundantemente á sus desvelos y fatigas. En efecto; reconciliáronse 
varias personas enemistadas; deshiciéronse (2) amancebamientos de largos 
años; restituyeron muchos lo mal adquirido; y no fueron pocos los que, desen- 
gañados del mundo, se retiraron á una vida verdaderamente espiritual , ya en 
el interior de sus casas, ya en los claustros religiosos. 

27. Una de estas conversiones ruidosas fué Obra de la predicación del Pa- 
dre Valdivia; quien no dejaba de predicar á los españoles, por haber tomado 
sobre si el cargo de los indios. Por Abril de aquel primer año (3) estuvo en- 
cargado de la oración fúnebi'e en las exequias que se hicieron en la iglesia de 
Sto. Domingo á una señora, que por su nobleza, singular hermosura y otras 
relevantes prendas, acababa de hacer un brillanlo papel en la sociedad ; y á 
quien la inexorable parca habia cortado sus esperanzas en la flor de su vida , 
cabalmente pocos dias después de haber contraído un ventajoso matrimonio. 
Con esta ocasión ponderó el orador la vanidad de las cosas del mundo, su ins- 
tabilidad y corta duración, y la necesidad que el cristiano tiene de conver- 
tirse de veras á Dios, para ser realmente l'eliz. La conmoción fué general en 
el auditorio, y tan vehemente en el ánimo de un noble y bizarro joven, que 
al momento resolvió dejar el mundo : y al bajar el P. del pulpito fuese tras 
él, echóse á sus píes, y. derramando copiosas lágrimas le pidió lo admitiera en 
la Compañía de Jesúa. Era este joven D. Diego López do Salazar, quien ha- 
biendo sido admitido en ella, después de probaba por seis meses su vocación, 
murió santa y ejemplarmente el 29 de Junio de 1595; época en que inserta- 
remos su biografía. / 

28< Estos saludables efectos de la predicación de los jesuítas, que todos re- 



(1) P. Olivares, Historia de la Compañía, cap. i, S 6 — W P- Lozano, lib. II, cap. vi, n." 9. 
■(3) P. Nieremberg, Firmamento reUgioso. Vida del P. Valdivia. 



1591 GAP. IV 33 

conocían en sus personas ó en las de sus vecinos,, les atraían numerosos con- 
cursos; y no siendo capaz de ellos la pequeña capilla improvisada á su llegada', 
86 veian precisados á sacar el pulpito á la puerta, para predicar desde allí á 
la mucha gente que se acomodaba en la plazuela. Esta molestia, que podia 
soportarse una vez que otra entre año , era insoportable para toda la cuares- 
ma, y para los domingos y demás dias de fiesta: por lo cual el mismo pueblo 
trató de levantarles una iglesia bastante capaz. No me constan sino de este 
modo vago las dimensiones que dieron á la nueva fábrica; pero es de creer se 
las darían bien grandes , asi por la elevación de sus ideas y el hábito de ver 
obras grandiosas, como por su ardiente deseo de fructificar simultáneamente 
en muchos corazones. Nada tenian los PP. para la obra ; sin embargo , no te- 
mieron (1) que les faltasen recursos para concluirla; confiados en Dios, á cuya 
mayor gloria la comenzaban, y también en el pueblo, que ya habia compren- 
dido serle de sumo interés personal. Concurrieron, en efecto, los santiaguinos 
con caballerosa generosidad, dando á porfía cuanto hacia falta para ella: unos 
proveían los materiales, otros franqueaban las herramientas, aquellos ponían 
gratuitamente el trabajo de sus manos, y estos daban gruesas cantidades para 
otros gastos indispensables. 

29. Trabajóse con tanta actividad, que en un año se concluyó; y se bendijo 
el dia de S. Miguel del año 1597 (2). No es solo en el siglo diez y nueve en el 
que se realizan grandes obras como por encanto; otro tanto sucedía á fines del 
décimo sexto: con solo la diferencia que ahora se improvisan fábricas, pala- 
cios, y lugares de recreo ó de interés material, y entonces iglesias y otras 
obras de interés espiritual. Mucho contribuyeron á la rápida conclusión de esta 
iglesia la inteligencia y dirección del H.° Miguel deTeleña, y la actividad asom- 
brosa del P. Luis de Valdivia, nombrado rector de Santiago en el año 1S94 ; 
á quien cupo, por consiguiente, el cuidado de edificarla (-f ). A su tiempo ad- 
vertiremos no haber sido esta, sino otra mucho más suntuosa, la que se arrui- 
nó en el temblor de tierra del año 1647. Colocóse en la nueva iglesia la cabeza 
de una de las once mil vírgenes: estimable reliquia que regaló al colegio de 
Santiago el Provincial del Perú, Juan Sebastian de la Parra, y que se conservó 
hasta la expulsión de la Compañía (3) en un precioso relicario de plata, en 
forma de castillo, ó templete gótico. 

30. Asi que los PP. vieron asegurada su existencia en el Reino, no por las 
rentas y propiedades , sino por la estimación y aceptación públicas, dieron á 
aquella casa el titulo y preminencia de colegio; y siendo costumbre en la Com- 
pañía el enseñar en todos ellos, cuando menos la gramática latina, abrió desde 
laego esta clase el P. Juan de Olivares para cuantos quisieron frecuentarla; 
que fueron muchos, asi de las familias escasas de fortuna, como de las princi- 
pales y mejor acomodadas (4), por no haber otra alguna en la ciudad. El ser 



(1) El P. Ovalle, Historia de Chile, lib. VIH, cap. v.— (i) P. Valdivia en nna carta al Padre 
procurador de Lima, que se conserva en poder de D. José Toribio Medina.— (H-) Se equivo- 
can los que la atribuyen ai P. Pifias.— (3) £1 P. Olivares, Historia política.— (4) P. Olivares, 
Bistoria de la Compañía, cap. i, $ 8. 

3 TOMO 1 



1 



34 CAP. IV 1593 

gratuita la enseflanza de la Compafiia franqueaba la puerta á mayor número 
de jovencitos; todos los cuales comenzaron su curso con laudable aplicación y 
noble entusiasmo. Abrióse igualmente escuela de primeras letras; y aunque 
varios datos históricos (1) me dan á entender fué en aquel primer año, no ha- 
llo determinado el de su apertura: bien pudiera ser que la hubieran retardado 
algún tiempo, por no ser esta una necesidad tan apremiante, en razón de ha- 
ber escuelas, de este ramo. ¡Ojalá que solo esta vez tuviéramos que lamentar 
esta falta de fechas! 

31. Pero nos consta felizmente por el testimonio del P. Ovalle (2), con 
quien están contestes los demás historiadores, la de otro acto mas interesante, 
cual'fué la inauguración del curso de filosofía, que se verificó solemnemente 
el IS de Agosto del año 1594. £1 interés que los PP. hablan manifestado de 
satisfacer todas las necesidades de este Reino; el desarrollo asombroso que ha- 
blan dado á sus ministerios, extendiéndolos á todas las clases de la sociedad, 
y el acierto con que desempeñaban entre grandes y pequeños cuanto empren- 
dían, dio confianza al público para solicitar de ellos pusiesen en esta capital 
una cátedra de filosofía. Este era un asunto demasiado grave, para que el pru- 
dente P. Pinas lo resolviese, por inclinados que estuviesen á ello él y sus ac- 
tuales subditos. Su Instalación impondría á la naciente comunidad una obli- 
gación de trascendencia, un compromiso siempre difícil de llenar; mucho más 
en aquellos tiempos en que se miraba como de tanta importancia un curso de 
artes , y también por ser tan pocos y tan ocupados los sujetos. Por lo tantp, 
comunicólo al Provincial , haciéndole presentes la solicitud é instancia del 
cabildo y principales vecinos de la ciudad , de algunos clérigos respetables, y 
de todos los venerables prelados de las órdenes religiosas; que lo pedían espe- 
cialmente para sus jóvenes coristas, comprometiéndose á mandarlos dos veces 
al dia á nuestro colegio en las horas que su rector señalara. 

32. Accedió gustoso el Provincial , ycon su beneplácito inició su curso de 
filosofía el P. Luis de Valdivia en el citado dia de la Asunción de Nuestra Se- 
ñora, con gran solemidad y aplauso común; teniendo por alumnos once religio- 
sos de Sto. Domingo , seis de S. Francisco (3), otros de la Merced, y algunos 
jóvenes seglares. Notable concurso, que nos demuestra la bella armenia que 
reinaba entre aquellas comunidades religiosas; pues á no haber esta existido, 
no se hubieran reunido en una sola clase los individuos de tan diversas cor- 
poraciones, no obstante la falta absoluta de este ramo de enseñanza. 

33. En aquel entonces ni el gobierno civil , ni el eclesiástico, ni convento 
alguno de los religiosos tenían planteados cursos de ciencias mayores: si ha- 
bla habido alguno, no fué permanente. ¡Cómo no hablan de escasear los pre- 
dicadores, no habiendo estudios para comenzar á formarlos! No quiero incul- 
par con esta reflexión á aquellos beneméritos eclesiásticos y magistrados: sé 



(1) P. Lozano, Ub. II, cap. vi, n.° 9.— (2) P. Ovalle, Historia de Chile, lib. VIII, cap. v, y el 
P. Valdivia carta autógrafa arriba citada.— (3) P. Olivares , Historia de ia Compañía , capí- 
tulo t S 8. 



1593 GAP. lY 35 

muy bien qne estos tenían bastante que hacer en arreglar los asuntos yitales 
de la tíllente Colonia, y en defenderla de los bravos araucanos, que la traian 
en continua alarma, absorviendo la guerra todas las rentas del estado, y ade* 
más, centenares de miles de pesos traídos anualmente del Perú: sé que los se- 
flores Obispos sufrían gran falta de recursos y de sujetos; inconvenientes que 
eran comunes á las comunidades religiosas : sé que muchos individuos de es- 
tas, y probablemente los de mayor celo y capacidad , habían consumido sus 
dias en el importante ministerio de las misiones entre los infieles ; de cuyas 
manos varios habían recibido la corona del martirio. No disputaré tampoco á 
los PP. dominicos el honor, que les atribuye el Sr. Eizaguirre, de haber im- 
portado á Chile los estudios de filosofía y teología ; aunque el P. Olivares ase- 
gure que solo la enseñaron tres años después que los jesuítas. A estos les cu- 
po, cuando menos, la satisfacción de haber sido los primeros que entablaron 
las cátedras de dichas ciencias de un modo permanente; porque el P. Luis de 
Valdivia regentó por tres años la de filosofía; en ella le sucedió el P. Gabriel 
de la Vega; y á estos les sucedieron otros sin interrupción. Otro tanto sucedió 
eD 1608 con la teología escolástica., 

3i. Antes que esta, se instaló la cátedra de teología moral, según lo acos- 
tumbraban nuestros colegios situados en pueblos considerables , á no ser que 
estuviesen estos suficientemente provistos de buenos catedráticos ; los que no 
teoia esta capital. Con cuanta utilidad del clero y del pueblo la abrieron, no 
tengo porque advertirlo: la materia lo dice bastante por si misma; mucho más 
estando regentada esta cátedra por varones sabios, celosos y experimentados; 
quienes, al paso que enseñaban á sus alumnos los preceptos de esta enmara- 
ñada ciencia, les darían sabias reglas para su práctica, y los estimularían á 
ella, comunicándoles el celo de la mayor gloria drDios y de la salvación de 
las almas en que sus corazones estaban abrasados. 

35. En todas las clases fueron notables los progresos; gramáticos y filó- 
sofos descubrieron buena capacidad, despejado ingenio y no menor aplica- 
ción á las letras; y los profesores supieron mantenerla en sus respectivos alum- 
nos por los nobles estímulos- del honor y emulación , mas bien que por la se- 
veridad y los castigos. Con este objeto en ciertas festividades de entre año 
celebraban sus academias, que llama el P. Olivares (1) certámenes poéticos, 
compuestas de oraciones y poesías en latín y castellano; y además, otros actos 
públicos ó conclusiones, según su denominación común, con que terminaban 
anualmente los cursos. Estos actos se celebraban con solemnidad, y á ellos 
concurrían con entusiasmo los principales del pueblo, así los eclesiásticos como 
los seglares , que , consolados al ver los progresos de sus hyos ó allegados, 
bendecían al Señor y á la Compañía por haber introducido las ciencias en éste 
Reino. 

36. Grande era el tesón y diligencia con que los PP. procuraban Jos ade- 
lantos de sus discípulos en las ciencias; pero mayor lo ponían aún en que pro- 



co P. Olivares, Historia de la Compañía, cap. i, § 6. 



36 CAP. iT 1S93 

gresasen en la virtud, sin cuya base el edificio literario ó no se podrá levantar 
ó se desplomará fácilmente, aplastando en sus ruinas no solo al literato pre- 
suntuoso, sino á cuantos de él dependan, ó de él se fien. Siempre se ha dicho 
que la ciencia en manos de un hombre sin virtudes cristianas , es como una 
espada en manos de uno sin juicio; y ¡ojalá que la experiencia no nos hubiera 
demostrado la verdad de este axioma en todos los siglos y con más funestas 
consecuencias en el nuestro! Por tanto, muy bien hácian aquellos PP. en poner 
su mayor conato en los progresos morales y religiosos de sus alumnos (1). A 
este fin procuraban grabar en sus tiernos corazones el santo temor de Dios, el 
horror al vicio y el amor á la virtud, con frecuentes pláticas, avisos oportunos 
y conversaciones espirituales. Bien ^ue otro medio más eficaz todavía ponian 
en acción de continuo, aun cuando no lo advirtiesen; y era el buen ejemplo, 
más poderoso, por cierto, que los mejor concertados y enérgicos discursos. 

37. Nos falta todavía hacer mención de uno de los principales resortes de 
que se valieron para el mismo piadoso objeto; y fué la congregación de la Pu- 
rísima Virgen Haría , cuya devoción procuraron inocular en aquellos tiernos 
corazones antes que los empañase el vicio , erigiéndola bajo el título de su 
Concepción Inmaculada, aunque no estuviese entonces definida por la Iglesia 
santa. Los discípulos entraron gustosos en ella; y practicaban con edificante 
devoción y puntualidad los actos piadosos y método ejemplar de vida prescrito 
á los congregantes. Los domingos y demás dias festivos por la mañana acudían 
á la iglesia, y posteriormente á su propia capilla, que era bastante capaz y 
hermosa, donde se les leia por media hora algún libro espiritual, se les hacia 
una plática, y después de la santa misa se cantaban las letanías de Nuestra Se- 
ñora. Cada mes tenían su comunión general; y no pocos comulgaban con ma- 
yor frecuencia por su especial devoción. En llegando el dia señalado por la 
Iglesia para la festividad de la Purísima Concepción de Haría, todos se esme- 
raban en obsequiar á su augusta Patrona: á los solemnes actos de religión con 
que celebraban esta fiesta, añadían otros literarios, con que festejaban el triunfo 
y singular prerogativa de esta Soberana Señora , recitando unos piezas orato- 
rias en latin, y otros sus composiciones poéticas latinas y castellanas; piadosa 
academia que era un tributo ofrecido á Haría, un sencillo desahogo de su pie- 
dad filial, y un estímulo para progresar en las letras; y por último, era un tes- 
timonio de sus adelantos , una satisfacción para los padres de familia, y un 
gran consuelo para los nobles vecinos que asistían á ella, congratulándose con 
la piedad y progresos de aquella juventud, lisonjera esperanza de su patria. 



(1) P. OvaUe, Historia de Gbiie, iib. VIH, cap. vi. 



1591 CAP. V 37 



CAPÍTULO V 

1. El P. Valdivia predica en las chacras, — 2. Otros PP. por las haciendas. — 3. Triste 
abandono de los campesinos. — 4. Los auxilian varias veces. — 5. El P. Pinas regresa 
al Perú. — 6. Su patria y entrada en la Compañia. — 7. Hállase en la persecución de 
Zaragoza. — 8. Va á la fundación de la Compañia en Cerdeña. — 9. Hace Ifi profesión. 
—10. Pacifica á los que iban á Malla. — 11. Vuelve ásu Provincia y viene al Perú. 
— 12. Ejercita allí los ministerios. — 13. Cargos que obtiene. — 14. Su buen gobier- 
no.— i^. Sus providencias á favor de los indios. — 16. Funda un colegio en Quito. — 
17. Favorece á los quiteños en un temblor y en una epidemia. — 18. Le dan casa 
propia. — 19. Bienes que prestó á CAife.— 20. Muere en Lima. 

1. Las graves y multiplicadas tareas literarias y espirituales que aquellos 
seis hijos del grande Ignacio se impusieron en esta ciudad de Santiago, no bas- 
taron para saciar su santo celo, ñipara hacerlos desistir del plan, á su llegada 
concebido, de consagrarse al beneficio de los indios y de los españoles ave- 
cindados en las poblaciones lejanas de esta capital, ó diseminados por sus di- 
latadas campiñas. Varones generosos y resueltos como aquello^, capaces son 
de acometer á un mismo tiempo muchas y grandiosas empresas; mucho más 
si están movidos por superiores motivos, y desconfiando de sus fuerzas, tienen 
puesta su confianza en el Omnipotente, que los guia y conforta. Descollaba 
entre ellos por su actividad y energia el fervoroso P. Valdivia, que, no obstante 
su cátedra de filosofía, continuaba con el cuidado de los indios prisioneros de 
guerra y demás de la ciudad; y no satisfecho con esto, salió por sus contornos 
y por las chacras ó cortijos circunvecinos en busca de los que en ellas se que- 
daban sin el pasto espiritual, que con generosidad y contento repartía á todos 
en su colegio, en la plaza y en la iglesia. No pudiendo, por el compromiso de 
la cátedra, acudir lejos hasta las chacras más remotas y estancias ó haciendas 
de la campiña (1), agenció se enviasen cuanto antes por ellas otros operarios, 
que prestasen á sus moradores estos importantes servicios. 

2. Gomo este habia sido el primer plan del P. Pifias, accedió gustoso á esta 
iosiauacion; y envió á aquella excursión apostólica alP. Gabriel de Vega con 
el P. Hernando de Aguilera. Siendo aquel español, tenemos un nuevo testimo- 
nio del afán con que aquellos PP. se aplicaron á estudiar el idioma chileno, 
en el cual hablaban siempre á los indígenas, como llevamos dicho. Salieron, 
pues, de Santiago (-|-) y alcanzaron más allá del rio (2) Biobio, pero sin entrar 
en las ciudades del sur, auxiliando con el ministerio de su palabra y adminis- 
tración de los santos sacramentos á las pobres gentes de los campos interme- 



(1) P. Olivares, Historia de la Compañía, cap. i, S S.— (-f ) El P. Lozano coofande esta ex- 
carsioD apostólica con la del año 1596, de qae él mismo da razón en el lib. I, pag. 334, paes- 
k> que aquella fué en tiempo del P. Pinas, como nota él mismo en ei tomo I, pag. 172 y el 
P. Pifias regresó al Perú en 1594.— (2) Carta anua de 1595. 



38 CAP. V 1594 

dios. La mayor parte de estos eran indios, ó sin bautismo (1), ó faltos de ins- 
trucción los que lo hablan recibido; unos y otros fueron el principal cuidado 
de los misioneros, sin que dejaran estos de atender simultáneamente á los es- 
pañoles, dueños ó administradores de aquellas haciendas. En esta primera 
correría se abstuvieron de administrar el bautismo á los adultos, fuera de los 
casos de necesidad, ó muy notoria disposición para recibirlo; contentándose 
por entonces con inculcar á los ya cristianos los deberes religiosos, oirlos en 
penitencia y administrarles los otros sacramentos: y además reconocieron á 
fondo el estado del país y de sus diversos moradores, para resolver con sufi- 
ciente conocimiento las providencias que convendría tomar en adelante, para 
el logro de sus piadosos intentos. 

3. Después de año y medio volvieron al colegio satisfechos de su traba- 
jo (2) ; pero lastimados sus corazones por el miserable estado en que habiao 
hallado á los campesinos , á consecuencia de las tristes circunstancias en que 
se encontraba este Reino y de aquellas por que había pasado. Y á la verdad, 
¿qué podía esperarse de unos bárbaros recien reducidos á vida civil, si es que 
merezca este honroso nombre la que llevaban aquellos infelices, repartidos por 
sus mal formados pueblos, y por las extensas haciendas de los españoles , con 
las escasas ideas de urbanidad y religión que habían podido adquirir en aquel 
aislamiento y en sus ocupaciones campestres? ¿Qué de unos españoles, que, 
contraidos á las labores del campo, vivian entre aquellos infelices con los hu- 
mos y aspiraciones de conquistadores, sin las consideraciones y respetos que 
impone una sociedad honrada, sin el menor recelo de las autoridades, que en 
razón de las distancias no podían vigilar su conducta, ni menos reprimir sus 
excesos, sin más freno que la religión, cuyos piadosos auxilios y saludables 
recuerdos raras veces recibían, á causa de la enorme extensión de las parro- 
quias ? Es cierto que los PP. mercedarios habían dado varías misiones por el 
territorio, y que á ellos, sobre todo, eran deudores del santo bautismo milla- 
res desaquelles indios; pero ¿qué era esto para tantas gentes, y para la gene- 
ración naciente? Por mucho que hubiesen trabajado aquellos primitivos ope- 
rarios de esta porción de la viña del Señor, imposible les habría sido instruirlos 
suficientemente, y más el moralizarlos. 

4. Esto reclamaba un trabajo continuado sin interrupción por muchos años; 
el cual estaba entonces confiado á los párrocos, que no era fácil lo desempeña- 
ran satisfactoriamente por sus multiplicadas atenciones. Portante, no tenemos 
que culpar á nadie, sino lamentar, con los PP. arriba dichos, los males que 
eran casi indispensables en aquellas circunstancias, y que ellos procuraron re- 
mediar en adelante cuanto les fué posible. Sus salidas al campo, y las de otros 
PP. sus hermanos, se repitieron con alguna frecuencia, como nos dice el Pa- 
dre Lozano; y si en la primera se abstuvieron de bautizar á los infieles, en 
otras, es decir, cuando los tuvieron verdaderamente dispuestos é instruidos. 



(1) P. Olivares , Historia de la Compañía, cap. i, g 8. — (í) P. Lozano, Historia del Para- 
guay, lib. II, cap. VII, D, 7. 



1594 . CAP. V 39 

lavaron con las aguas bautismales á millares de ellos. A su tiempo veremos 
cómodo estas excursiones apostólicas, hechas por puro celo, cuando las cir- 
cuntancias del colegio lo permitían, resultó la importante fundación de las 
misiones rurales; á fin de que ningún año faltaran á los curas quienes les au- 
xiliaran en el desempefio de su cargo, ni á los pobres campesinos quienes les 
predicasen y confesasen. 

5. Guando los PP. Vega y Aguilera volvieron de su misión, ya habia regre- 
sado á Lima el P. Baltasar de Pinas (1). Sus sesenta y siete años y los acha- 
ques connaturales á la vejez no le permitieron demorar en Chile más que un 
año; pero en tan corto período habia llenado de un modo altamente satisfacto- 
rio la misión que se le habia confiado de establecer la Compañía en este Reino. 
Dejaba en Santiago una casa con su capilla en servicio; habia entablado la dis- 
ciplina religiosa, las escuelas de primeras letras, la clase de gramática latina, 
y la cátedra dé filosofía. No le dejaba á la casa renta alguna; pero el crédito de 
varones verdaderamente apostólicos, que él y los suyos se hablan merecido, 
era suficiente garantía de su estabilidad; mucho más pudiendo prudentemente 
esperar de lá religiosidad, celo y constancia con que todos se hablan dedicado 
al ministerio, no se menoscabaria jamás el crédito adquirido. Desde luego, por 
útil que fuese su persona á esta fundación, no le era necesaria. Por otra parte, 
aquella naciente casa de la Compañía prestaría poca comodidad á un anciano; 
y las graves necesidades y continuas exigencias del país lo comprometían á 
un trabajo superior á sus fuerzas; y asi podría fácilmente suceder que la Com- 
pañía perdiera antes de tiempo un tan benemérito é interesante sujeto. Por es- 
tas consideraciones, ú otras que ignoramos, el P. Juan Sebastian le llamó al 
Perú, después de haber nombrado por rector de Santiago al P. Luis de Val- 
divia. A su despedida justo es que la Historia de esta Provincia dé razón de la 
santa vida y preciosa muerte del que fué su verdadero padre, siendo su pri- 
mero y principal fundador. 

6. El P. Baltasar de Pinas nació de nobles padres en el principado de Cata- 
luña por los años del Señor 1527: y habiendo aprendido las primeras letras en 
su pueblo, pasó á estudiarlas ciencias en Barcelona. En vez de distraerse con 
el bullicio y tráfago de aquella ciudad mercantil , se desengañó tanto de las 
vanidades del mundo, que resolvió abandonarlo: como, en efecto, lo hizo, en- 
trando en la Compañía de Jesús á los 22 años de edad. Fué tan fervoroso en 
el noviciado, que parecía un religioso perfecto; y por sus sobresalientes virtu- 
des se granjeó la estimación de todos, hasta del santo Padre Ignacio, que le 
dispensó una especial predilección, asi por lo que entonces era, como por lo 
que después habia de ser; previéndolo por su singular perspicacia ó por luz 
superior. Del noviciado pasó á Gandía á perfeccionarse en las divinas letras ; 
en las que dio pruebas de su aventajado ingenio ; é hízolo con mayor luci- 
miento enseñando el curso de artes, en que tuvo por discípulo al célebre Pa- 
dre Gerónimo de Ripalda. 



\. 



(1) P. Lozano, Historia del Paraguay, lib. 11, cap. vn, n.^11. 



40 CAP. V 1594 

7. De Gandía fué enviado á Zaragoza; donde sufrió la terrible persecución 
del año 155S con invicta paciencia, á pesar de haber sido él uno de los retra- 
tados ignominiosamente, y puestos en las esquinas de las calles para mayor 
afrenta. Precisado á salir de dicha ciudad, no sin inminente peligro de perecer 
ámanos del furibundo pueblo, que con piedras, picas, palos y otras armas 
los perseguia, se refugió con el P. Santander á Pedrola, donde fueron ampa- 
rados por D/ Luisa de Borja, digna hermana de S. Francisco de este nombre. 
Para colmo de desdicha los clérigos de Pedrola se obstinaron en rehusarles el 
servicio de su iglesia; por lo cual salian ambos PP. á la plazuela y por la co- 
marca á explicar la doctrina cristiana; con lo que ganaron algunas almas para 
el cielo, como pretendían, y grande estimación pública, que por cierto ni bus- 
caban, ni apetecían. Llamados á Zaragoza después de aquella espantosa bor- 
rasca, fueron recibidos en ella con grande pompa, llevados como en triunfo en 
medio de la nobleza, de los magistrados y del clero; causándoles esta honra 
más confusión y bochorno que las pasadas ignominias. A los dos afios de ha- 
ber trabajado con fervoroso celo y correspondiente fruto en aquella ciudad, 
pasó á la Provincia de Toledo; y en cuatro meses que suplió al rector de aquel 
colegio, descubrió el singular don de gobierno de que el cielo lo habia dotado, 
y que después ejercitó por cuarenta años. 

8. En el de mil quinientos cincuenta y nueve fué nombrado por el P. San 
Francisco de Borja, á la sazón Comisario general de'Espafia, compañero del 
P. Francisco Antonio , para fundar la Compañía en Cerdeña ; donde fueron 
bien recibidos y mejor acomodados. Mas estos verdaderos discípulos del Cru- 
cificado, bien persuadidos de que deben empezar con humildes principios las 
grandes enipresas de la divina gloria, ya que no pudieron impedir aquellas 
demostraciones de amor y generosidad , iniciaron sus ministerios enseñando 
por las calles la doctrina á los niños, y visitando las cárceles y los hospitales, 
y predicando al pueblo sencillo en las iglesias. La eficacia de su palabra, uni- 
da á la de su ejemplo, produjeron una gran mudanza en las costumbres bas- 
tante relajadas de aquellos isleños. Para curar el mal en su raiz y proporción 
narles un remedio más eficaz y duradero, tomaron mucho empeño en instruir 
al clero por medio de conferencias de moral^ y en corregir y mejorar su con- 
ducta con fervorosas exhortaciones privadas y con otras sanias industrias. £n 
la cuaresma del año próximo siguiente predicó en la catedral de Sácer nuestro 
P. Pinas, con la erudición y elocuencia que llevamos ponderada en otra parte, 
y con el fuego de la juventud, causando tal emoción, que jamás se habia visto 
igual auditorio en aquella iglesia; y habiéndose enfermado de cansancio pro- 
mediada la cuaresma, el pueblo hizo rogativas por su salud. Uno de los veci- 
nos, soprepujando á los otros en caridad, rogó al Señor pasase á su persona la 
enfermedad del predicador. ¡Cosa extrañal Al punto sintió los síntomas y do- 
lores que el P. sufría ; quedando este enteramente sano , y capaz de proseguir 
su cuaresma, como lo hizo. 

9. En 1564 fué llamado á Roma por nuestro P. General, para que hiciese 
la profesión solemne de cuatro votos en sus manos; y con esta ocasión consi- 



1594 GAP. Y 41 

guió de su paternidad que se admitiese ia fundaciou de Cáller, á cuya apertu- 
ra fué nuestro P. Pinas con diez sujetos más. De Gáller volvió á Sácer; donde 
estovo dosaoos ocupado simultáneamente en el gobierno, predicación y otros 
ministerios, que desempeñaba con su acostumbrado tino y fervor. Del prestigio 
que esto ie daba se sirvió opurtunamente, con ocasión de haber invernado allí 
el ejército que iba al socorro de Malta, amenazada por los turcos. 

10. Estas tropas tuvieron con los vecinos y guarnición de la isla graves dis- 
gastos y reyertas ; y amenazaba un rompimiento general , que pusiera en fu- 
nesto conflicto la empresa: empero, poniéndose de por medio el P. Pifias, 
reconcilió los dos bandos ofendidos, y haciendo se diesen reciprocas satisfac- 
ciones, restituyó la traquilidad y buena armonía. Ni fué este el único servicio 
que prestó á la isla: asaltados sus habitantes por una horrible epidemia, el 
P. Pinas, que acababa de ser su ángel de paz, pareció haberse convertido en 
un Rafael. Voló, en efecto, cuanto antes al auxilio de los apestados; y los vi- 
sitaba uno por uno, suministrando á sus almas los socorros de la religión, y á 
sus cuerpos ios de la medicina. Es verdad que él y doce de sussúbditos con- 
trajeron el contagio, y que uno de ellos murió victima de la caridad; mas esto 
DO acobardaba á los que permanecieron sanos; los cuales, animados por las 
palabras y ejemplo de su superior, prosiguieron auxiliando á los apestados^ 
hasta que cesó enteramente el mal. Esta heroicidad acabó de ganarle la vo- 
luntad de aquel pueblo; el cual; llevando á un extrepio su afecto, se opuso 
abiertamente á la partida del P. Pifias, cuando fué nombrado maestro de no- 
vicios del colegio de Cáller. Necesaria fué toda su elocuencia para aquietar los 
ánimos, y lograr que no le pusiesen embarazos al cumplimiento de lo dis- 
puesto por el P. Visitador. Tres afios desempefió este importante cargo, cui- 
dando, no solo de inspirar en los corazones de sus novicios los sentimientos y 
afectos propios de un hijo de la Gompafiia, sino de acostumbarlos á la práctica 
de ellos; para lo cual los llevaba á las cárceles y hospitales, les hacia ensefiar 
la doctrina á los nifios y gente ruda, y los mandaba á los pueblos comarcanos 
á explicarla á sus sencillos moradores. 

11. Reclamado por su Provincia de Aragón en el afio 1569, se mereció en 
ella tan alto aprecio, que lo enviaron á Roma por su vocal en la Congregación 
que eligió por General al P. Everardo Mercuriano. Entonces fué cuando su- 
plicó encarecidamente al nuevo General le permitiese venir á América, para 
cumplir el ardiente deseo que tenia de emplearse en la conversión de los in- 
dios. Otorgósele lo que pedia; pero no á satisfacción de sus deseos, pues que le 
nombró sucesor del P. Juan de la Plaza, á quien despachaba por Visitador de 
la Provincia del Perú. Con él y otros once PP. embarcóse por Enero de 1574 
en Espafia por cuenta de la real hacienda; y después de mil contratiempos, 
llegaron á Lima el 20 de Junio del afio siguiente 1575. 

12. Allí su primera diligencia fué aprenderla lengua general del país, para 
disponerse al principal objeto de su venida. Dedicáronle los superiores á los 
ministerios con los espafioles, en razón de su singular don de pulpito; y aun- 
que este destino fuese honroso é importante, él, condescendiendo con los pe- 



42 CAP. V 159i 

callares afectos de su corazón, entabló una doctrina páralos nifios, y otra para 
los morenos; con quienes iba hasta la plaza, cantando el catecismo, y en ella 
se lo explicaba, concluyendo al fin con un gran sermón. Asi con estos como 
con los españoles ponderaba frecuentemente la terribilidad del juicio, incul- 
caba la importancia de la confesión, y explicaba con prolijidad y fervor las 
cosas necesarias para hacerla bien. Entre las muchas personas que concurrían 
á la plaza á oirle, se contaba de. ordinario al Virrey D. Martin Henriquez, que 
apreciaba como un gran favor del cielo haberle oido. ¡Cuántas conversiones 
extraordinarias consiguió con sus pláticas! muchas mujeres perdidas abando- 
naban su vida licenciosa; otras señoras, que no se hablan dejado engañar del 
mundo, temerosas de caer algún día en sus lazos, lo abandonaron^ retirándose 
á los claustros religiosos; en los cuales penetró también la regeneradora pala- 
bra del P. Pinas. Asi es que todos lo tenían en gran veneración; hasta los de 
casa, que, testigos oculares de todas sus acciones, aun de las más mínimas, ad- 
miraban la perfección de su vida, el acierto en cuanto emprendía, y los por- 
tentosos frutos de sus trabajos apostólicos. 

13. Para que sií acción fuese más eficaz y trascendental, fué nombrado rec- 
tor del colegio de S. Pablo, el máximo de la Provincia, en 1676; y poco des- 
pués, enviado de procurador á Roma por la Congregación Provincial. Desem- 
peñó este espinoso cargo con tanto tino y sabiduría , que negoció felizmente 
cuanto le habla encargado su Provincia; á la cual regresó en 1579 con veinte 
y nueve sujetos más; cuya acertada elección lo recomienda altamente. Entre 
ellos trajo á los venerables PP. Juan de Alienza, Diego de Zúñiga, Juan Se- 
bastian de la Parra y Diego de Torres Bollo, brillantes ornamentos de aquella 
Provincia madre, y de las que de ella se formaron. Prendado de las relevantes 
cualidades que en su persona reconoció el General, lo nombró Provincial del 
Perú : y no creo pueda yo dar más cabal razón de su acertado gobierno, que 
copiando las palabras del venerable P. Diego Martínez, reputado por al após- 
tol de aquel Virreinato. 

14. iiEl P. Provincial gobierna con mucho consuelo de todos, dice en una de 
sus cartas, y el espíritu del Señor mora en él: asienta la Provincia al modo de 
España; quita cosas que nos hacían daño á todos, y por las cuales nos han venido 
muchos males y trabajos. Confio en la bondad del Señor que, prosiguiendo como 
va, ha de ser de gran gloria de Dios, bien de la Compañía y de los cristianos su 
gobiemq.n En los seis años que duró su provlncialato, satisfizo la expectación 
del P. Martínez: como que comprendió bien y poseyó eminentemente las dos 
grandes cualidades de un buen superior, á saber : Sitfortis et suavis. Recibía 
á todos sus subditos con entrañas de padre, y mantenía la disciplina religiosa 
con entereza; á la que contribuía más que todo su ejemplo: con haber tenido 
que remediar los males indicados, y atajar las novedades perjudiciales, que 
algunos habian comenzado á introducir, y otros pretendían llevar adelante, 
no despidió ni uno solo de la Compañía, ni puso por escrito orden alguna en 
su Provincia. Conservó en vigor la santa pobreza, y á todos animaba á cum- 
plir con su deber, y á trabajar enérgicamente por la salvación de las almas; 



1591 GAP. T 43 

— -■ 

para lo cual mantuvo con esplendor los ministerios espirituales en nuestras ca- 
sas y colegios, y enviaba frecuentemente misioneros á las ciudades y pueblos 
en que no residia la Gompafiia. 

15. Empero su principal cuidado fueron los ministerios con los indios; y 
para perpetuarlos formó un colegio en la ciudad de la Paz , cuya principal 
obligación era mandar por las provincias cercanas celosos operarios, que evan- 
gelizasen á aquellas pobres y desvalidas gentes. Asistió al tercer Concilio Lí- 
mense; y en él procuró se corrigiesen los yerros, que por impericia se hablan 
introducido en el catecismo popular; como, en efecto, los corrigieren los Pa- 
dres que él designó, por comisión del Concilio , en las dos lenguas aimará y 
quichua, con notoria utilidad de los' indios y de sus párrocos y doctrineros. 
Negoció que el Virrey decretase y costease la fundación del real seminario de 
S. Martin, el cual se construyó en poco tiempo, merced á la activa cooperación 
de nuestro P. Pifias: quien luego le dio su reglamento, y lo proveyó de hábi- 
les profesores; bajo cuya enseñanza hicieron grandes progresos en las ciencias 
y no menores en la virtud muchos peruanos , que después fueron el honor de 
su patria y consuelo de aquella iglesia. 

16. Concluido su proyincialato, se ofreció generosamente áir al nuevo Rei- 
no de Quito, con el objeto de fundar un colegio en la capital del mismo nom- 
bre; y DO cesó en sus instancias hasta conseguirlo en 1586; desplegando asi en 
las previas diligencias, como en superar las dificultades, y en el viaje, una ac- 
tividad superior á sus afios. Habiéndose hospedado allí con sus tres compañe- 
ros en el hospital real, comenzaron á ejercitar los ministerios con feliz suceso. 
Una dé las conversiones más notables fué la de un caballero, el cual preten- 
día por títulos hereditarios un empleo, que desmerecía por su mala conduc- 
ta. Reconocióse al oir los sermones del P. Pifias, trató de mudar de vida, y se 
fué á confesar con él. Después de algún tiempo solicitó del.mismo que le sir- 
viese de empeño para lograr su pretensión; mas el integro y desprendido hijo 
de Ignacio rehusó hacerlo. El caballero, mirando esta negativa como un disfa- 
vor ó desaire, resolvió no confesarse más con ningún jesuíta; pero saliendo 
cierto dia para otro convento en busca de confesor, oyó una voz desconocida 
que le decia: «Vuélvete á la Compañía; que no les llamé yo para que enten- 
«diesen en negocios temporales, sino en los espirituales.» Atónito el caballero, 
volvió á los pies del P. Pinas con intención pura,. y aprovechó mucho en la 
virtud. Creció con ^to la estima de aquellos PP. y de sus ministerios; y para 
que ponieran ejercitarlos más á su satisfacción, les dieron una casa contigua 
á ia iglesia de Sta. Bárbara, la que pusieron también á su cargo. Reconocidos 
el P. Pinas y sus compañeros, buscaban alguna ocasión para corresponder á la 
benevolencia y generosidad de aquellos vecinos ; la que pronto se les ofreció 
en dos grandes catástrofes que sobrevinieron al país. 

17. Fué la primera un espantoso temblor, tan violento, que las campanas 
tocaban de por sí, las gentes no podían mantenerse en pié, y se desplomaron 
ios más de los edificios, sepultando á muchos en sus ruinas. Salieron al punto 
nuestros PP. por las calles para auxiliar á los moribundos, curar á los contu- 



ii CAP. y 1894 

sos y sacar de entre los escombros á los que todavía estaban vivos; los cuales, 
de lo contrario, no hubieran tardado en morir. Asi mismo , prestaron grandes 
servicios espirituales y corporales al vecindario en la horrible epidemia del 
año 1589, curando las llagas de los enfermos , y administrándoles los santos 
sacramentos. El heroísmo de estos actos arrebató la admiración y aplauso, aun 
de los mundanos, que no saben apreciar lo que no es menos laudable por ser 
menos ruidoso, á saber; la exacta regularidad, el buen orden y constante cum* 
plimiento de la disciplina religiosa dentro y fuera de casa, y el ejercicio ordi- 
nario (jíe los ministerios propios de su instituto: virtudes que son la vida de las 
comunidades, y que contribuyen sorda, pero eñcazmente, á dársela ó propor- 
cionársela á aquellas ciudades en que las tales comunidades resplandecen. 

18. Felizmente los quiteños no estaban obcecados, como ciertos ilustrados 
de nuestro siglo: gozosos reconocieron esta verdad, y en virtud de ella dona- 
ron á los PP. otra casa más grande , con una buena iglesia ; en la cual dieron 
estos mayor impulso á sus ministerios, atendiendo siempre al' fin de su institu- 
to y á las necesidades del país. Sus clases de latinidad y filosofía fueron desde 
luego concurridas con bastante aprovechamiento por los jóvenes seculares y 
eclesiásticos, y aun por los religiosos de otras órdenes. Establecida la Gompa- 
fiia en aquel Reino bajo este brillante pié, regresó al Perú el P. Pinas: de don- 
de, como hemos visto en esta Historia, vino en 1593. á fundar en este Reino 
de Chile. 

19. No tengo que recordar lo que de este memorable suceso llevo referido; 
mas no puedo dejar de advertir cuánto importa á una sociedad naciente el 
primer impulso dado por su fundador. Ordinariamente este determina la con- 
ducta de sus inmediatos sucesores, y aun la marcha de las generaciones futu- 
ras, á las cuales se extenderán las benéficas ó perjudiciales influencias que 
ejercen poderosamente en los ánimos los ejemplos de los mayores^ y los hábi- 
tos que formaron y legaron como patrimonio á la posteridad: y por cierto que 
esta Historia nos demuestra que fueron de religiosidad, celo y virtudes los que 
el P. Pinas legó á esta Provincia de Chile. 

20. Realizada con brevedad y próspero suceso esta su última fundación, 
volvióse al Perú; donde vivió otros diez y siete anos (1), empleados con tesón 
y constancia en los ministerios propios de la Compaílía. Parecía que los afios 
no pasaban por él; ó mas bien, las extraordinarias fuerzas de su espíritu vi- 
goroso suplían las de su cuerpo, que debieron precisamente debilitarse por la 
edad y las fotigas. Al fin vino á sucumbir á causa de una grave enfermedad, 
que soportó con edificante resignación é inalterable paciencia; y recibidos de- 
votamente los santos sacramentos, después de haber pedido perdón á la comu- 
nidad de los malos ejemplos, que recelaba, por su mucha humildad, haber- 
le dado, entregó plácidamente su alma en manos del Criador á 89 de Julio 
de 1611, á los 84 afios de su edad, 62 de Compañía y 47 de profeso de cuatro 



(1) Se equivoca el P. Nieremberg al decir que vivió en el Perú 20 afios, después de haber 
regresado allá desde Chile. 



159i 



CAP. V 



i5 



Totos (-)-). Todos lloraron su pérdida; á pesar de que les consolaba la pruden- 
te esperanza y casi certidumbre moral de su salvación, fundada no solo en su 
ejemplar vida , sólidas virtudes y constante trabajo en procurar la salvación 
de las almas, sino también en varias sefiales exteriores. 



(+ ) Escribieron so vida el P. Nieremberg en su Firmamento religioso ; el P. Lozano en 
SQ Historia del Paraguay, lib. 11, cap. vui, y el P. Anello Oliva en sus Varones Ilustres de la 
Provincia del Perú. 



NOTA DEL EDITOR 

Por tratarse de un esclarecido hijo de Cataluña, donde esta obra se publica, y del primer 
soperior de la Compañía en Chile, que es hoy misión dependiente de esta Provincia de Ara- 
gón, creemos que serán leidos con gusto algunos pormenores más sobre el P. Baltasar de 
Pinas, que el P. Nieremberg nos pone en el cap..xxiii de la Vida de S. Francisco de Borja. 

Hablando de su ida á Gerdefia; «estaba aquella isla , dice , como una tierra yerma é in- 
culta, llena de vicios, causados de la grande ignorancia de las cosas de nuestra santa ley.» 
T después de referir lo mucho que allí trabajaron con el P. Francisco Antonio y el P. Pedro 
Espiga, que luego se les juntó, prosigue: ano se puede fácilmente creer lo mucho que 
aquella gente se movió con el ejemplo de ios tres Padres, y con su doctrina y continuos 
trabajos; porque de suyo es piadosa y bien inclinada, y los males que reinaban en ella, 
que eran muchos , nacian , como dijimos, de la falta de doctrina y sobrada ignorancia. No 
babia antes uso de sacramentos ; y después que oyeron á los nuestros , concurrieron mu- 
chos á confesarse coq ellos, con notable aprovechamiento de sus almas; dejando los aman- 
cebamientos , sacrilegios de clérigos , usuras manifiestas y paliadas , hechizos y supersti- 
ciones , y haciendo diversas restituciones , con otras obras de verdadera cristiandad , que 
era para alabar á Dios. Fué tanto lo que el Señor obró, que no se puede en pocas palabras 
decir; y tanto lo que aquellos Padhes edificaron y movieron con sus trabajos y ejemplo, 
que comunmente no los llamaban con otro nombre sino de los Padres santos ó santos Pa- 
dres. Y demás de lo que hicieron en beneficio de los particulares y naturales de aquel 
Reino, se sirvió mucho á nuestro SeAor con haber procurado que en aquella isla se pusie- 
se el Santo Oficio de la Inquisición; que era muy necesario para conservar la pureza de 
oaestra santa fe, por los muchos extranjeros de tierras inficionadas que acuden á ella.» De 
nuestro P. Baltasar de Pinas en particular añade: «merece eterna memoria, porque fué 
siempre operario incansable, abrasado del amor de Dios.... Comparábanle á San Vicente 
Ferrer, San Bernardino de Sena y San Pablo. £1 P. Diego Alvarez, Provincial del Perú, ha- 
biéndole confesado generalmente á la hora de su muerte, dijo que no había hallado en él 
pecado venial grosero de hombre imperfecto, y que habla habido revelación muy cierta de 
que había Ido desde la cama al cielo, sin pasar por el purgatorio. Era común lenguaje, que 
los picaros y tortolitas se iban á las manos del P. Pifias, y con su bendición se volvían.» 



46 CAP. VI * 1595 



CAPÍTULO VI 

1. EIP. Valdivia es superior, — 2. Continúan los ministerios. — 3. El P. Valdivia 
compone el arte y vocabulario de la lengua milcaya. — i. Y de la alenciaca. — 5. 
Instituye fiscales. — 6. Admirable conversión de una india moribunda. — 7. Juventud 
del H.^ Salazar. — 8. Entra en la Compañía. — 9. Su santa muerte. — 10. Su inter- 
cesión. 

1. Ningún atraso sufrieron los ministerios de la Compañia con ocasión del 
regreso ai Perú del P. Pifias; porque el P. Valdivia su sucesor, participaba 
del mismo espíritu, si es que no lo tenia doblado, llevándole notable ventaja 
en la actividad y energía: pues que, uniendo el ardor juvenil de su fogosa al- 
ma al excesivo fervor de su espíritu, todo lo abrazaba á un tiempo, sin temer 
estorbos ni dificultades. 

2. Asi fué cómo al poco tiempo logró edificar y bendecir la nueva iglesia; 
con lo cual él y sus compañeros tuvieron un lugar más decente y espacioso 
para ejercitar los ministerios, continuando cada uno de ellos con esmero y sin 
interrupción el que se le habia asignado anteriormente, así en la ciudad como 
por la campifia; á donde salia el P. Vega con el P. Aguilera, sin faltar en tales 
casos quien le supliese en la doctrina de los morenos; por ser una de las grandes 
ventajas de las corporaciones religiosas bien disciplinadas el que no se inter- 
rumpan los ministerios establecidos en ausencia del que los tiene á su cargo 
inmediato. Nuestros PP. eran á la sazón pocos en número; mas el fervor del 
espíritu y amor al trabajo, si no multiplicaban sus personas, acrecentaban sus 
fuerzas; y así es que uno soto hacia lo que para dos ó tres seria ocupación so- 
brada. A todos los animaba con su ejemplo el P. Valdivia; quien á un tiempo 
era rector, catedrático de filosofía, predicador, confesor y catequista délos 
indios libres y de los cautivados en la guerra; y como si esto nada fuera, im- 
púsose nuevas y pesadas tareas. Entre estos indios cautivos vinieron algunos 
incapaces de ser catequizados, por no hablar la lengua común del país. Eran 
estos algunos puelches , que , perten^eciendo á una nación avecindada en las 
cordilleras del sur por su falda oriental, no hablaban la lengua araucana, sino 
la milcaya. Desconsolóscalgun tanto el celoso catequista por no poder doctri- 
narlos; mas no se acobardó. 

3. Como si nada fuera aprender un idioma desconocido, que no estaba re- 
ducido á formas gramaticales, ni tenia diccionario, ni habia persona instruida 
que lo supiera, él se propuso aprenderlo; constituyéndose en discípulo de unos 
indios salvajes aquel mismo que podia ser doctor en cualquiera de las más flo- 
recientes universidades de Europa (1). Era cosa de grande edificación ver la 
humildad y paciencia con que repetía las voces que le^dictaban, les pregunta- 



(1) P. Lozano, Historia del Paraguay, pag. 165, tomo I, Ub. II, cap. vii, n.*'^. 



1595 CAP. VI 47 

ba el nombre de diversos objetos, y recibia sus contestaciones, á las veces bien 
poco comedidas. No era de menor admiración observar la destreza con que al 
mismo tiempo que aprendia los vocablos y modismos de aquellos puelches, él 
les enseñaba los misterios de nuestra santa fe. Aplicóse á lo uno y á lo otro 
con tal diligencia, que no lardó en hacerlos cristianos á ellos, y en quedar él 
hecho maestro tan consumado de aquella lengua, que escribió su arte y voca- 
bulario, y tradujo á ella las oraciones, la doctrina, el modo de confesar, y al- 
gunas pláticas: publicadas después en Lima, para instrucción y alivio de los 
que quisieran dedicarse á la conversión de aquellas gentes. 

i. Otro trabajo de igual género emprendió con el mismo feliz resultado, 
aprovechándose de una de aquellas circunstancias, que hombres de menor celo 
dejan pasar inadvertidas, y que, no obstante, deciden la suerte de muchos in- 
dividuos y quizás de naciones enteras. Fué el caso que cierto mercader trajo 
de la provincia de Cuyo algunos indios huarpes; á los cuales en la larga tra- 
Tcsía délos Andes (1) habia aflcionado á nuestra santa fe con su buen trato 
y pias conversaciones. A penas lo supo el P. Valdivia, cuando determinó apro- 
vechar esta disposición de sus ánimos para convertirlos y hacerlos unos bue- 
nos cristianos; sin que arredrase á su caritativo celo la dificultad de aprender 
una lengua nueva. Por un medio análogo al expresado en el número S."" supe- 
ró esta dificultad en breve tiempo; y con tanta ventaja, que formó la gramá- 
tica y diccionario de ella, á saber, de la alenciaca, usual entre los huarpes: el 
afio 1607, los imprimió también en Lima, junto con el catecismo y varias ora- 
ciones, que él mismo tradujo á aquel idioma. Noble tarea, que será siempre 
aplaudida por el filólogo y por el religioso, y en razón de ella lo será la Com- 
pañía, que en todos tiempos y lugares la emprendió con entusiasmo y luci- 
miento. Desde entonces tomó á su cargo el catequizar á los muchos indios que 
cada año se traian de Cuyo; á los cuales inspiró el singular amor á la religión 
y constante fidelidad á los españoles , de que dieron una brillante prueba 
cuando el alzamiento general del afio 1598, según notaremos á su propio tiem- 
po. Por repartida que estuviera la atención del P. Valdivia en convertir á los 
indios de regiones lejanas, no descuidaba por esto á los naturales del pais. 

5. Siempre la caridad ha sido ingeniosa; y asi, para ahorrar el tiempo que 
eiigia el catecismo de indios de tan diversos idiomas, y evitar se disminuyese 
el concurso á la doctrina de los dias festivos, aleccionado ya con el buen re- 
sultado del primer ensayo referido en el capitulo i."", consiguió el competente 
permiso para instituir fiscales, que le ayudasen en adelante en esta santa obra. 
Con este objeto escogió los indios más capaces, y de conducta más ejemplar, 
y les dio sus varas, símbolo de la autoridad de que los revestía. Condecorados 
estos indios con ellas, y adiestrados por el celoso misionero, salían los domin- 
gos con suma diligencia á recorrer las calles y rancherías, conduciendo á nues- 
tro colegio cuantos indios é indias encontraban en ellas. Muy pronto apren- 
dieron estos á respetar á sus fiscales; quienes, autorizados con sus varas, si 



(1) F. id^ano, lib. 11, cap. vii, n.° 1. 



18 GAP. VI 1596 

hallaban algún baile ó borrachera, se introducian animosos en aquellas reu- 
niones, de donde arrancaban á cuantos podian para conducirlos á la doctrina. 
Quede dicho de^ paso que estos fiscales impidieron no pocas veces las penden* 
cias, é hicieron las paces entre sus connaturales; y al que se resistía lo acusa- 
ban á los PP.: eficaz remedio para contener al más atrevido. También inspi* 
raron un santo celo á todos por la conversión de los suyos, especialmente de 
los moribundos. 

6. Hallándose en este caso una india infiel por el año 1595, llamaron á al- 
guno de nuestros PP. para que la catequizase y bautizase. Fué, en efecto, uno 
de ellos á su pobre rancho, y halló que hablaba un idioma tan extraño, que 
no se encontró en toda la ciudad quien lo supiese, sino otra india de poca 
edad, y también infiel, la' cual sabia muy poco del castellano. No se acobardó 
por esto el buen P.; aplicóse en seguida á aprender de la indiecita los vocablos 
más necesarios para catequizar á la moribunda, los que apuntaba en un papel; 
y en una tarde lo consiguió. Con este auiilio comenzó á instruirla; y halló en 
ella tan buena voluntad, y tanta comprensión , que pronto se hizo cargo de 
aquellas verdades de nuestra santa fe, cuyo conocimiento es indispensable pa- 
ra salvarse, y también de la virtud y necesidad del santo bautismo. Entonces 
sacó el P. el crucifijo, y mostrándoselo la excitó á dolerse de sus culpas y á 
pedir el perdón de ellas: tomólo luego la moribunda con su mano trémula, 
y golpeándose el pecho con la otra, le dirigía fervorosos coloquios, y besando 
con ternura sus llagas, las bañaba con lágrimas de compunción. Acertó á lle- 
gar allá un P. dominico; y en su presencia repitió la enferma con palabras y 
acciones los dogmas que acababa de aprender. En efecto: levantando un dedo 
confesábala unidad de Dios; levantando tres su trinidad en personas; y luego, 
bajando el del medio, cómo la segunda de estas se habia hecho hombre por 
nuestro amor; y por este estilo contestaba á las preguntas que se le hacian. El 
dominico y los demás circunstantes, llenos de asombro, decian que era sobre- 
humano este modo de aprender; y el jesuíta le administró el santo bautismo, 
que la india recibió con singular piedad: y acto continuo, pronunciando devo- 
tamente los nombres de Jesús y María, expiró (1). Este caso y otros semejantes 
consolaron en gran manera á nuestros PP. y los estimulaban á procurar la con- 
versión de los indios. 

7. Interrumpamos por un momento esta narración, para trasmitir á la pos- 
teridad la gloriosa y edificante memoria del primer hijo de la Compañía, que 
voló de este Reino al celestial. Acreedor es á este honroso recuerdo por sus 
virtudes, y por haber sido la primicia del celo de los primeros jesuítas que cul- 
tivaron este fecundo país, y un feliz pronóstico del gran número de varones 
insignes, con que Chile habia de enriquecer á la Compañía en aquellos tiem- 
pos. ¡Ojalá tenga en los nuestros otros tantos y tan beneméritos imitadores! 
Este fué el H."" Diego López de Salazar, nacido en Concepción de Penco, de 
nobles padres, de quienes heredó un buen corazón, y excelente ingenio y re- 



(1) Carta anua del año 1595. 



1595 GAP. VI 49 

cibió esmerada educación é instrucción; de manera que, á pesar de la escasez 
de profesores, llegó á aprender bien la lengua latina; pero no continuó sus es- 
tudios. Prendado de su talento y bellas cualidades el marqués de Yillabermo* 
sa, D. Alonso de Sotomayor, Gobernador de Chile, lo nombró su secretario, y 
le confió la administración de casi todos los negocios. £1 despejo y feliz acierto 
con que desempeñaba su honroso y difícil cargo, le granjearon la estimación 
pública y le atrajeron los halagos del mundo. Lisonjeado asi su amor propio, 
86 dejó arrastrar del espíritu de vanidad, y se entregó á las diversiones y en- 
tretenimientos de la juventud más de lo que debiera; pero no tanto que solta- 
ra la rienda á bajas y degradantes pasiones. El temor de Dios fué remora que 
lo contuvo, acibarando sus mayores placeres. Combatido por sus apetitos inte- 
riores, y por los atractivos del mundo, al mismo tiempo que por los remordi- 
mientos de su conciencia, comenzó á los 3ü afios de edad á fluctuar sobre el 
estado de vida que debería tomar. Llegaron enton¿es á Santiago los PP. de la 
Compañía; y el buen Diego asistía atentamente á sus sermones, con los cuales 
sintió rayar en su ánimo una viva luz, que le daba á conocer las vanidades 
del mundo : sin embargo , no tenia resolución suficiente para abandonarlas 
completamente. Su corazoi! iba disponiéndose cada vez más con el trato fami- 
liar que entabló con los nuestros; y últimamente al oir el sermón que predicó 
el P. Valdivia en los antedichos funerales de una señora principal, se resolvió 
generosamente á dejar el mundo, cuya vanidad acabó de comprender con 
aquella muerte prematura (1). Al bajar el P. del pulpito se fué á él, y con lá- 
grimas en los ojos le suplicó le admitiese en la Compañía. 

8. Aunque su semblante y sus razones indicaban estar movido de lo alto, 
el P. Valdivia no condescendió con él por entonces, encargándole encomen- 
dase á Dios aquel negocio. Resignóse, pero con dolor de corazón, nuestro Die- 
go; y al punto dejó todas las galas, con asombro de cuantos lo conocían , se 
retiró de las diversiones profanas, y se entregó al servicio del Señor. Se con- 
fesaba y comulgaba con frecuencia, asistía con gran devoción á las funciones 
religiosas, y se empleaba fervoross^mente en santos ejercicios de oración y 
penitencia. Esta pronto llegó á ser tan excesiva, que cuando el P. Valdivia, 
SQ director, reparó en ello, ya tenia estragada la salud. Con todo, al medio año 
de pruebas, vista su constancia y fervor, fué admitido en la Compañía para 
H.* escolar en Octubre de 1593: mas, por no tener esta noviciado en Chile, y 
para probar si con el benignísimo clima de Lima se robustecerla, fué enviado 
allá. Su espíritu confirmóse en los buenos propósitos, y adelantó mucho en la 
virtud; pero su cuerpo demasiadamente debilitado no mejoró; y después de año 
y medio, agravándose más y más su enfermedad, lo volvieron á Chile, espe- 
rando que los aires patrios serian más eficaces que el clima del Perú. Obede- 
ció el H.""; porque la obediencia era como su virtud característica; aunque ha- 
bía aprovechado tanto en las demás, que el P. maestro de los novicios decía: 
«Se había hecho un religioso perfecto en veinte meses de noviciado.» Antes 



(1) P. Lozano, Historia del Paraguay, lib. II, cap. x, n.'^ 2. 

4 * TOMO 1 



so GAP. VI 1595 

de partir, reconociendo él mismo la gravedad de su mal, pidió al P. Provia- 
cial le permitiese hacer los votos religiosos, si le sorprendía la muerte antes 
de concluir el noviciado. Se lo otorgó, y muy á tiempo ; porque^ este azaroso 
caso llegó á los tres dias de su arribo á Santiago; y viéndole venir el H."" Sala- 
zar, los hizo con gran consuelo de su espíritu ; y luego recibió los santos sa- 
cramentos con la mayor ternura y devoción. 

9. Retirándose entonces la comunidad, quedóse con^l su confesor el Padre 
Valdivia. El fervoroso moribundo tomó el crucifijo en sus manos, y con tier- 
nos coloquios fué adorando y besando reverentemente sus sagradas llagas, y al 
llegar á la del costado se quedó enajenado de los sentidos. Pensó el P. Valdi- 
via que aquello seria algún desmayo; mas asi que observó la inmutación de su 
semblante y cierto viso de alguna operación sobrenatural, se mantuvo quieto 
sin perturbarlo. Vuelto en si á la media hora, le preguntó el P« si habia reci- 
bido algún favor del cielo. Sobrecogióse con la pregunta su humildad; la cual 
vencida por su espíritu de obediencia, que en la voz del P. Valdivia, su rector 
y padre espiritual, miraba la voz de Dios, confesó terminantemente habérsele 
aparecido el Señor y dichole que era del número de los predestinados. Des- 
pués de esta sincera declaración receló haber faltado con ella á Ja humildad; 
por lo cual se confesó de nuevo, y recibida la absolución sacramental, no de 
aquel defecto imaginario, sino de las culpas de su vida pasada, se abrazó con 
el santo crucifijo, y pegados de nuevo sus labios con la llaga del sagrado cos- 
tado, entregó su espíritu al Señor, sin el menor movimiento. Esto sucedió á 29 
de Julio de 1595, dia en que predicaba de S. Pedro el limo. Sr. Obispo Fray 
Diego de Medellin (-[-), quien publicó el fallecimiento del H."" Diego López de 
Salazar, insertando en el panegírico del santo apóstol un honorífico elogio de 
sus virtudes. La emoción del pueblo fué universal: todos concurrieron á ver el 
santo cadáver; hasta su Señoría Ilustrísima y las órdenes religiosas, que al 
otro dia asistieron, sin ser convidadas al entierro; cuyo concurso, junto con el 
de la clerecía y nobleza, lo hizo notablemente majestuoso (1). Escribieron su 
vida el mismo P. Valdivia entre sus Varones Ilustres; el P. Ensebio Nieremberg, 
copiando la anterior en el tercer tomo de los suyos; los PP. Juan Pastor, Ni- 
colás del Fecho, Lozano en su Historia del Paraguay y el P. Nadasi á 30 de Ju- 
nio, página 338 de su Año de dias memorables. 

10. Con la muerte de este H."" perdieron los jesuítas de Chile las halagfle- 
fias esperanzas que habían concebido con la entrada de un joven, cuya con- 
versión tanto eco habia hecho en la ciudad; empero lograron un intercesor y 
medianero en el cielo, obligado por tantos y tan especiales títulos á mirar por 
ellos. Yo no atribuiré precisamente á su. intercesión los progresos que aquel 
año hizo la Compañía en Santiago; pues que pudieron muy bien haber sido 
natural consecuencia de los servicios que este pueblo de^Uos recibía. Mas no 



(+) El P. Valdivia dice en su vida que el limo. Sr. Obispo hizo su elogio ; y el P. Lozano 
expresa haberlo hecho el limo. Sr. Medellin : desde laego se equivoca el Sr. £izaguirre 
cuando dice haber muerto S. S. lima, en 1593.^(1) £1 P. Lozano, Historia del Paraguay, 
tomo II, cap. X. 



r" 



159S 



CAP. VI 



51 



puedo dejar de confesar con humilde reconocimiento, que aquel Dueño sobe- 
rano de quien nos viene todo bien, y que sin violentar la libertad de los hom- 
bres, sabe mover eficazmente sus corazones á la realización de sus altos fines, 
asi como movió en el año 1593 á los vecinos de esta capital á dar casa y luego 
iglesia á los hijos de ia Compañía, movió también ahora en el 1595 los cora- 
zones de dos honrados y caritativos caballeros á fundar, ó sea, á dotar este co- 
legio. 



52 CAP. Vn . 159S 



CAPÍTULO VII 

i. ¿OS 5re5. Torquemada y Briseño fundaron el colegio, — 2. Generosa cláusula de su 
fundación, — 3. Con qué bienes. — 4. El P, General acepta la /undocion.-— 5. A cuán- 
to ascendió,— ñ. Proeza del Sr. Briseño. — 7. Su entrada en la Compañía, 

1. Los indicados caballeros fueron los Sres. D. Andrés de Torquemada y 
D. Aguslin Briseño, capitanes retirados del real ejército, los cuales por su va- 
lor y hazañas habian conseguido gran fama y reputación; sujetos respetables 
par los cargos honoríficos que dignamente habian desempeñado; hombres ri- 
cos por los bienes que habian adquirido; y fervorosos cristianos, que, entre 
otras virtudes, tuvieron la de saber aprovecharlos en obras de caridad y mise- 
ricordia. Ambos eran solteros; y no teniendo familia podian disponer libre- 
mente de su fortuna. Observando, pues, estos caballeros que los PP. de la 
Compañía se mantenían de puras limosnas, las cuales, si bien por entonces 
aljundaban, podrían en algún tiempo faltar, con grande atraso de su naciente 
é importante establecimiento, resolvieron de común acuerdo dotarlo con ren- 
tas suficientes para proveer á su estabilidad y duración. A este efecto ambos 
á dos le hicieron donación tnfer idímos de sus haciendas, reservándose el usu- 
fructo de ellas para los días de su vida; y por de pronto se obligaron á pagar- 
les (1] cada uno tres cientos pesos de oro al año en los cuatro siguientes. Al 
colegio que ellos asi fundaban le pusieron el nombre de S. Miguel, por ser este 
el título de su iglesia, sin imponerle carga alguna; bien persuadidos de que 
sus agraciados las desempeñarían espontáneamente mucho mayores, que las 
que ellos pudieran imponerles. Si este acto de confianza honra altamente á la 
Compañía, honra asimismo la generosidad de aquellos caballeros; honor que 
sube de punto cuando se lee en su escritura la cláusula siguiente: 

2. «Y porque podría ser que alguno de los otorgantes faltara á lo que pro- 
«mete, de (2) donde resultaría no ser suficiente la dicha fundación para el 
asústenlo de dicha casa-colegio y PP. de ella , quiere y es su voluntad por lo 
«que á cada uno toca y tocare, para que con más cuidado se esté y cumpla la 
«dicha fundación, este tal no sea fundador, sino solo benefactor insigne de la 
«Compañía de Jesús. Y en tal caso le queda á la Compañía de Jesús la puerta 
«abierta para admitir otro fundador en lugar del que fallare á dicha obliga- 
ación, y no cumpliere la parle que debe poner para la dicha fundación, y dé 
alo necesario para el sustento del colegio supliendo por el que falta.» 

3. El Sr. Torquemada donaba al colegio la hacienda que poseía á dos le- 
guas de esta ciudad, junto á Podoval, hoy Pudahuel, con sus ganados y ense- 
res de labranza; esta hacienda llamóse después \a Punta: y el Sr. Briseño una 



(1) P. Olivares, Historia de la Compañía, cap. i, S '?•— (^) Archivo de la tesorería leg. 26, 
libro de fundación. 



i59S CAP. TU S3 

cbacrita junto á esta ciudad, la Ollería; y una haciendiía cerca del Gachapual, 
la de Rancagua, titulada hoy la Compañía. Llamáronla baciendita en atención 
á los pocos terrenos que entonces comprendía. 

4. Otorgóse esta escritura ante escribano público á 6 de Octubre de 1595; 
y el P. Luis de Valdivia la aceptó en nombre del General Claudio Aquaviva; 
á quien cuanto antes le dio aviso de ello (1). Admitió este, ó por mejor decir, 
ratiflcó la fundación, y envió sus agradecimientos á los antedichos señores, á 
quienes trató desde luego como fundadores, aunque la patente de tales no lle- 
gó hasta el afio 1604 (2). En aquel tiempo los negocios de ultramar sufrían 
retardos que á nosotros se nos hacen casi imposibles de creer. Torquemada po- 
co tiempo antes de morir recibió su patente con mucha estimación, y para él 
fué esto de un gran consuelo. 

5. Su donación fué apreciada en diez y siete mil pesos, sin contar la plata 
labrada. En 19 de Julio de 1598, cedió á la Gompatiia el usufructo de sus bie- 
nes; y en 22 de Marzo de 1599, lo aceptó el P. ministro Francisco Vázquez, 
comprometiéndose el colegio á sustentarlo hasta su muerte. Esta fué la de un 
Terdadero cristiano, como lo habla sido su vida; y la Gompafifa le aplicó enton- 
ces, antes y después, las oraciones y sacrificios que nuestro instituto manda 
aplicar para los fundadores. Los mismos se aplicaron para el H."* Agustín Bri- 
sefio, por la buena voluntad y gratitud de la Compañía, no por obligación que 
tuviera de ello; pues que, no habiendo podido cumplir, á causa de sus muchas 
deudas, con la mencionada cláusula de la primera escritura, no habia adqui- 
rido ni el titulo, ni los derechos de fundador; como él mismo lo declaró antes 
de morir, dando permiso á la Compañía para que pudiera admitir otro funda* 
dor cualquiera en su lugar; á favor del cual cedió él desde entonces cuales- 
quiera derechos que pudieran pertenecerle. Acabo de dar á Briseño el titulo 
de H.^ porque realmente lo era al tiempo de su muerte; habiendo entrado en 
la Compañía en el humilde estado de coadjutor temporal, no obstante de ser 
un gran personaje por su mérito personal y por la nobleza de su familia. 

6. Sus padres fueron consanguíneos con el duque del Infantado, el conde de 
Fuen-Saldaña, y con los Ilustrisimos Sres. D. Lope y D. Alvaro Briseño, Obis- 
po de Cuenca el primero, y de Arequipa el segundo. Fué de los primeros con- 
quistadores del Perú, donde se acreditó por su valentía en la guerra con los 
indios, y por la misma y su fidelidad al Rey en las habidas contra Gonzalo 
Pizarro y otros. Vino á Chile con D. Pedro de Valdivia; y no contento con solo 
servir bajo su bandera , él mismo levantó de su cuenta una compañía de sol- 
dados aguerridos, con que peleó valerosamente en la acción de Tucapel y en 
otros muchos encuentros (3). Pero en Concepción fué donde se hicieron más 
apreciables sus servicios ; porque hallándose esta ciudad sitiada por millares 
de indios, él arremetió con su compañía por medio de ellos, é introdujo mu- 
cho ganado, con que pudo la p^aza resistir y triunfar de sus feroces sitiadores. 



(1) P. Olivares, ibidem.— (2) Archivo de la tesorería del Gobierno , libro de la fundación 
del colegio.— (3) P. Olivares, Historia política de Chile. 



u 



CAP. YIl 



1595 



Entrado en edad, se retiró á esta ciudad de Santiago, donde fué corregidor y 
alcalde, y obtuvo otros destinos, que desempeñó con mucho acierto, procuran- 
do siempre mantener la equidad y justicia, y favorecer al desvalido. Su cari- 
dad fué tan grande, que habiendo poseído cuantiosas riquezas, murió pobre; 
y no por haber entregado parte de sus haciendas al colegio , sino por la gene- 
rosidad con que habia servido á toda clase de personas. 

7. Por último, no teniendo ya bienes de fortuna que dar por amor de Dios, 
se dio á si mismo á su divina Majestad, entrando en la Compafiia de Jesús. 
No fué largo el tiempo que vivió en ella; pero si el suflciente para colmar la 
medida de sus merecimientos, y edificar al público, que se asombraba al ver 
un hombre acostumbrado desde joven á mandar, reducido al humilde estado 
de H."" coadjutor, obedeciendo en cuanto le ordenaban, y prestándose gustoso 
á ios oficios más humildes, trabajosos y despreciables. Los mismos religiosos 
antiguos se edificaban al ver su devoción en los ejercicioii espirituales, su exac- 
ta puntualidad en las distribuciones, y su afán en observar las reglas de su 
nuevo estado. Asi, despreciando al mundo y sus vanidades, acabó sus dias en 
el colegio de S. Miguel con la muerte de los justos á 9 de Agosto de 1600. Ta 
he dicho que se le hicieron los sufragios como de fundador, aunque solo tuvo 
la patente de bienhechor insigne; que se le dio con justicia por haber el colé* 
gio de S. Miguel percibido de sus bienes la cantidad de seis mil setecientos 
siete pesos, habiendo algunos remitido por atención á la Compafiia los créditos 
que contra él tenian. Sefialóse en esto el maestre de campo D. Gerónimo Bravo 
de Saravia (1), perdonando gran cantidad de pesos de oro en que D. Agustin, 
después de muerto, vino condenado eti su favor por los tribunales de Espafia; 
y él no quiso cobrar del colegio, entonces poseedor de las haciendas del fina- 
do ; á fin de favorecer á un establecimiento, que tantas ventajas ai público 
producía. 



(1) Archivo de la tesorería en el citado libro. 



1595 CAP. VIII SS 



CAPÍTULO Yin 

1. El gobiemo cambia de «Míemo.— 2. Antecedentes del Sr. Oñez de Loyola. — 3. Frús- 
transe sus tentativas de paz.. — 4. Apela á los jesuitas. — 5. Se le prestan con santo 
celo. — 6. Los recomienda á los araucanos. — 7. Y también su fama. — 8. Les hablan 
en su idioma. — 9. Eloctíencia de los araucanos. — 10. Numeroso concurso. — H. Por 
qué los llaman médicos. — 12. Misionan en Arauco. — 13. Y en Tucapel. — 14. Re- 
corren sin escolta lo demás. — IS. Y las ciudades españolas. — 16. El Obispo manda 
se doctrine á los indigenas en su idioma. — 17. Vindican su doctrina calumniada. — 
18. Prohiben la introducción de licores á la tierra. — 19. Son perseguidos por esto. 
— ^20. La Sínodo los justifica. — 21. Polémica sobre la comunión de los indios. — 22. 
Los PP. triunfan. — 23. Frutos de la comunión. — 24. La india Constancia religiosa 
agustina. — 25. Heroicidad de otros indios.— 26. Bautizanse otros. — 27. El P. Val- 
divia pasa á Penco. — 28. Manda al P. Vega regrese á Santiago. — 29. Recorre todo 
el sur. — 30. Bellas disposiciones de los indios. — 31. Se bautizan á millares. — 32. 
Su resentimiento. 

1. Los muchos servicios que los de la Gompafiia prestaban graciosamente á 
todas las clases de la sociedad, y los grandes bienes que de ellos resultaban, 
llamaron vivamente la atención del público y aun de los primeros magistra- 
dos. Observando estos con agradable sorpresa el prestigio que los PP. hablan 
adquirido sobre los españoles é indios, y la docilidad con que unos y otros se 
rendían al eco encantador de su enseñanza y predicación, determinaron ser- 
vil^ de eilos, para aquietar á.los alzados y afianzar la paz en el país. Cuaren- 
ta años de guerra sangrienta^ después de la muerte de Valdivia, hablan demos- 
trado la ineficacia de las armas, para rendir á una nación yaliente y resuelta 
como la araucana; por lo cual la corte de Madrid resolvió tentar otros arbitrios 
en orden á conseguir el mismo fin. 

2. En el Perú acababa de acreditarse por su valor, prudencia y circunspección 
el maestre de campo D. Martin Oñez de Loyola (-|-) con la prisión de la familia 
del Inca Tupac-Amarú, que se habla alzado para recobrar los derechos de su 
fomilia y la libertad de su nación: y en premio de tan gloriosa é importante ha- 
zaña recibió por esposa á D.* Beatriz Clara Coya (-|-), hija del Inca desgraciado. 
Sus prendas personales, unidas á esta última circunstancia^ lo designaron como 
el sujeto más á propósito para rendir á los araucanos, de quienes se esperaba 
simpatizarían algún tanto con el esposo de una princesa indígena; por lo cual 
Felipe II le nombró Gobernador de Chile en 10 de Setiembre de 1591 (1). Con 
esta halagüeña esperanza inauguró su gobierno por el Setiembre del año pró- 
ximo siguiente; mas no tardó en desengañarse. En efecto; habiendo entablado 
negociónos de paz con Paillamacu, Toqui ó sea capitán general de los arauca- 



(4- ) £1 P. Escobar lo llama Martia Garcia de Loyola, lib. 111, cap. xl.— (+) Princesa de 
oro en el idioma del pais.-^l) P. Escobar, cap. xl, pag. I. . 



66 GAP. yiii 1591 

nos (1), este las aceptó; pero sus movimientos hostiles luego demostraron, ó 
que lo habia hecho con fingimiento, es decir, con el objeto de descuidar á los 
españoles y ganar tiempo para prepararse á la guerra, ó que sus subalternos 
no'quisieron acomodarse á ellas. 

3. Bien pronto él Yice-Toqui Pelantaru por un costado, y más abiertamente 
Loncotehua por otro^ rompieron las hostilidades, manifestando con ellas, que 
los araucanos no se alucinaban con el titulo pomposo, ni se dejarian seducir 
con promesas lisonjeras; y que, amantes de su libertadle independencia, ja- 
más transigirian con quien quisiera quitárselas, ó les impidiera recobrarlas. 
Vinieron, pues, á las manos; y aunque la desgraciada muerte de Loncotehua 
y el rigor con que Oñez de Loyola asoló sus campos, les obligaron á retirar 
sus tropas y aparentar alguna sumisión, bien conoció este que no sedaban por 
vencidos. 

4. En tal conflicto fué cuando apeló á la Compañía de Jesús, pidiendo al 
al P. Luis de Valdivia le enviase algunos PP. que misionasen por los extensos 
territorios al sur del Biobio y por sus ciudades. Bien pudiera haber dado es- 
te paso simplemente por simpatías con los hijos del gran Ignacio de Loyola, 
de quien era deudo muy cercano, ó por puro deseo de procurarla conversión 
de los indígenas y el mejoramiento de los españoles, como suponen Lozano y 
Olivares ; pero yo me inclino á creer con Mr. Gay (2) que en este paso hubo 
mucho de política. Al parecer, quería aprovecharse del poderoso ascendiente 
que los jesuítas habían justamente ganado sobre las tribus indígenas, por el te- 
son y constancia con que en todas partes se interesaban por ellas, sin perdo- 
nar á medios honestos, ni sacrificios posibles. 

5. El P. Valdivia aceptó gustoso esla propuesta, tan conforme con lasan-* 
sias de su corazón; y prescindiendo de las miras terrenas que pudiera abrigar 
en su pecho el Gobernador, se valió de esta ocasión oportuna, para procurar 
la conversión de aquellos infieles, enviándole los PP. Gabriel de la Vega y Her- 
nando de Aguilera, cuyo celo y aptitudes para esta misión habían demostrado 
los felices resultados de las precedentes. Que las intenciones de los jesuítas 
fueron puras en este caso, como en las demás tareas que se impusieron, sin 
moverse por fines políticos, ajenos de su santo ministerio y distinguido carác- 
ter, nos lo demuestran el celo con que predicaron á los indígenas, la entereza 
con que hablaron á los españoles, y el haber rechazado las generosas ofertas 
del mismo Oñez de Loyola. Decir lo contrario es dejarse arrastrar de preocu- 
paciones malignas, y medir las acciones de aquellos siervos del Señor por la 
conducta que observan de ordinario las gentes de mundo. 

6. Antes de partir los dos PP. misioneros hicieron en el catecismo con quesQ 
enseñaba la doctrina á los indios de Santiago las variaciones que requerían los 
modismos usuales en la Araucania (3); y con tal acierto, que se merecieron la 
aprobacioTi de la autoridad eclesiástica de aquella diócesis. En llegando á Pen- 



(1) El P. Olivares, Historia política, lib. IV, cap. xxni:— (4) Mr. Gay, tomo II, cap. xix.— 
(8) Carta anua del afio 1595 escrita en el 96. 



159fi GAP. Tul S7 

€0 se alojaron en el hospital, á donde fué á visitarlos el Sr. Gobernador; quien, 
después de haberles hablado con mucho cariño, y obsequiado con voluntad 
sincera, los acompañó al otro lado del Biobio, á donde habia convocado á los 
principales ulmenes, asi llamábanlos indios á sus caciques, del valle de Arau- 
co, que en aquel año de 1S96, se mostraban bastante amigos de los españoles, 
y parecían no tomar parte en los movimientos del interior (1). En aquella jun- 
ta les hizO'Un largo razonamiento, manifestándoles el fin con que los PP. pre- 
tendían pasar á sus tierras, las prendas de que estos estaban adornados, el alto 
carácter que investían, y los grandes bienes que ellos y todos los suyos podrían 
reportar en alma y cuerpo de oir sus sermones y rendirse á sus razonables 
consejos. ^Tened entendido, les dijo, que estas PP. son muy diferentes en su 
proceder y costumbres del resto de los españoles; no buscan oro ni plata, ni otro 
algún lucro temporal: su única codicia es promover en todas partes la honra de 
Dios nuestro Señor, y ganar almas para el cielo, sacándolas de la ignorancia y 

Cayéndolas al conocimiento del Criador Fuera de que en mantenerlos en 

vuestro país lograreis unos defensores acérrimos de vuestra libertad, que en todo 
tiempo solicitarán vuestro alivio y conveniencias, negociándolas con los Goberna- 
dores y Justicias de este Reino.i> Asi fué expresándose, según nos pone el Pa- 
dre Lozano^ para disponer los ánimos de los araucanos en favor de los nuevos 
misioneros. 

7. Algún tanto podría influir esta recomendación en que aquellos indios los 
recibieran con agrado, y asistieran á sus doctrinas ; mucho más cuando la fa- 
ma de lo que estos hacian en favor de sus connaturales libres ó cautivos al nor- 
te del Biobio, habia corrido también entre ellos. Mas los PP. en ninguno de 
estos antecedentes confiaban, sino en la providencia del Señor, cuya gloría 
iban á promover entre aquellos infieles; y robustecidos con esta confianza, que 
tanto valor ha inspirado á los ministros del Evangelio, marcharon solos con 
aquellos bárbaros, tan serenos y contentos como si caminaran entre amigos de- 
cididos, ó escoltados por fuertes escuadrones. 

8. Al llegar á la primera de sus parcialidades (+) ó pequeños distritos, 
juntaron la indiada, y les anunciaron el santo Evangelio en su propio idioma, 
con claras expresiones y elocuente lenguaje: ¡Qué sorpresa para aquellas gen- 
tes oir predicar en éll ¡Qué satisfacción oir expresar en el mismo las sublimes 
verdades de la religión! 

9. Los araucanos tienen amor, mejor diré, pasión por su idioma: no tienen, 
es cierto, ni preceptores, ni preceptos de gramática, pero lo cultivan prácti- 
camente y con esmero; y sin que nadie les hubiese dictado leyes de retórica, 
poseian la elocuencia y se ejercitaban en ella, por ser uno de los medios más 
poderosos para lograr estimación entre los suyos, y ganar prestigio y autori- 
dad. Bien podrá un joven ser descendiente de un gran cacique; si carece de 



(1) ?. Barrasa, Historia HS. de la Gompaflía en el Perú.— (+) Por no tener estos indios ni 
ciudades ni pueblos, Uaman parcialidades el yalle ó peqnefto territorio donde cada cacique 
tiene esparcida su indiada. 



58 GAP. Tiu 1596 

prendas oratorias, ó según su frase común, del don de la palabra, no le suce- 
derá en su honroso puesto. De tiempos bien remotos ha sido esta nación muy 
amiga de tener, ora con sus diversas tribus, ora con las naciones circunveci- 
nas numerosas juntas, que ellos llaman parlas y los chilenos parlamentos; y 
en ellas arrastraba la opinión pública el que hablaba con mayor elocuencia. 
Asi mismo en los negocios privados, ó visitas de familia usan de enfáticos dis- 
cursos; y aun en su modo ordinario de hablar concluyen los periodos elevan- 
do con cierto énfasis el tono de la voz. Según llevamos dicho, el P. Aguilera, 
por ser hijo del pais, y el P. Vega, por el estudio que habia hecho, poseían 
con perfección el araucano (1): añadiendo, pues, á este conocimiento los pre- 
ceptos del arte, y hablándoles de verdades sublimes, y con el entusiasmo que 
les inspiraba su ardiente celo, no es de extraQar que los indios quedaran como 
estupefactos y colgados de sus labios al oirlos. 

10. Corrió veloz la fama de su elocuencia por las otras parcialidades; y fué 
tal la emoción, que asistían á los sermones (2) mil doscientos, mil quinientos 
y á veces dos mil personas, á pesar de vivir repartidos por los valles y la costa, 
sin formar un solo grupo de doce ranchos ó chozas. En virtud de este aplauso 
^pudieron, sin el menor tropiezo, recorrer toda la tierra aquellos caritativos mi- 
sioneros , colocando su altar en los parajes que parecían más oportunos para 
reunirse las indiadas. Hé aquí otra circunstancia que les granjeó sus voluntades, 
á saber; el celo con que, sujetándosela mil privaciones y soportando otras tan- 
tas incomodidades y trabajos, los buscaban por todas partes, hasta en sus más 
recónditos albergues. Por grande que hubiese sido la emoción de aquellas gen- 
tes, pocos fueron los convertidos á nuestra santa fe: la conversión de los infie- 
les, no es, á no intervenir un auxilio extraordinario del cielo, obra de un mo- 
mento, ni de una sola misión; y mucho menos podia serlo la de unos bárbaros, 
que á penas tenian idea de la divinidad, y que solo de una manera muy confusa 
concebían la existencia é inmortalidad del alma. Con razón, pues, fueron con 
cautela aquellos prudentes misioneros en administrar el santo bautismo : por 
entonces se contentaron con iluminar sus entendimientos con las luces de la fe, 
y preparar sus corazones á recibirla: no obstante, fueron grandemente cuida- 
dosos de administrarlo (3) á los párvulos, á los moribundos y á los ancianos 
decrépitos ó enfermizos, á quienes buscaban diligentemente, con el piadoso an- 
helo de-abrirles las puertas del cielo al tiempo critico de partir de este mundo. 

11. Esta diligencia de los celosos misioneros llamó fuertemente la atención 
de aquellas gentes; las cuales, no comprendiendo sus miras superiores, les die- 
ron el nombre de médicos (4) por verlos andar en busca de los enfermos. Pu- 
do también habérseles impuesto este nombre en razón de las instantáneas 
curaciones con que más de una vez bendijo Dios su confianza, y acreditó su 
ministerio. Administrando los PP. el santo bautismo á los moribundos era 



(1) P. Olivares , Historia de la Gompa&ía , cap. i, $ 9.— <2) P. Lozano , Historia del Para- 
guay, lib. II, cap. VII, n.° 7.— (3) P. Lozano, íbidem, lib. III, cap. vii, n.°4.— (4) P. Olivares, 
Historia de la Compañía, cap. i, S 9. 



1596 GAP. Yiu 59 

muy natural que muchos falleciesen poco después de recibirlo; y las madres y 
los dolientes^ que, con lógica mal aplicada, se dejaban alucinar por sus senti- 
mientos, empezaban á mirarlo como instrumento de muerte; y por cuanto las 
razona de los misioneros no bastaban fácilmente á desvanecer aquellas funes- 
tísimas preocupaciones, el cielo se las disipaba de vez en cuando con mani- 
fiestos prodigios, dando la salud á los cuerpos moribundos con las aguas del 
bautismo, destinadas precisamente i dar la vida á las almas. Benéflco rasgo de 
la Providencia, que en otros lugares probaremos con irrecusables documentos. 

12. Por atareados que estuviesen nuestros PP. en catequizar á los arauca- 
nos , no olvidó su santo celo á los espafioled del fuerte de Arauco : contra la 
costumbre que hablan establecido de comenzar por estos su predicación ^ á 
causa de comprender cuánto influiría su buen ejemplo en la conversión de los 
indios, en esta ocasión lo hicieron al revés. Su objeto era evangelizar toda la 
*^^ (+); y ^U donde quiera que pasaban, hacian el bien á toda clase de per- 
sonas, á imitación de su divino Maestro. Habiendo, pues, recorrido las parcia- 
lidades que encontraron antes de pasar el rio Carampangui, predicaron á la 
guarnición de Arauco; y no solo lograron que cuantos la componían confesa- 
sen sus culpas, prometiendo de veras la enmiencja de ellas, y recibiesen la sa- 
grada comunión, sino que les inspiraron un santo celo de procurar la salvación 
de las almas. Asi fué que cuando los JP. trataron de internarse por Tucapel á^ 
la tierra de los indiod (1), todos se les ofrecían á porfía á acompafiarles en 
tan peligrosa jornada. 

13. Ya hemos dicho que aquellos naturales andaban muy inquietos: grue- 
sas partidas recorrían la campifia, y mayor número estaba acechando la oca- 
sión. El Gobernador, no contando en la frontera, ni en sus plazas, con fuerzas 
suficientes para hacerles frente, sehabia ido á Santiago á reclutar soldados por 
los medios legales, y algo más; pues que , aterrado con el peligro , atropello 
por los derechos de los ciudadanos y por las reales órdenes, con el objeto de 
formar el ejército que juzgaba necesario para salvar el país; y en efecto, desde 
fines del 596 al 98 recorrió con él la tierra, teniendo refiidos encuentros. No 
desconocían los jesuítas aquellas criticas circunstancias ; pero á despecho de 
ellas sedirígieron hacia Tucapel, admitiendo, mas bien por condescendencia, 
que por creerla necesaria, una pequeña escolta, que nada tuvo que hacer en su 
defensa, por no haber salido nadie á molestarles. Antes bien, por do quiera 
que pasaban los indios los recibían con demostraciones de afecto, y oian sus 
instrucciones con la misma admiración y sorpresa que los de Arauco. 

14. Con esta salvaguardia despidieron su escolta; y solos continuaron su 
misión, recorriendo con celo apostólico, é intrepidez heroica todas aquellas tier- 
ras de bárbaros y las ciudades de los espafioles. £1 fruto fué en todas partes 
el mismo que en el valle de Arauco, por lo cual omitimos el referirlo ; mas 
no podemos dejar de advertir, con el debido aplauso, la prudente é interesan- 



(-f ) Así llamaa comoDmente por acá la parte del país ocupada por los indios.— (1) Geró- 
nimo de Figueroa Historia de Gliile» publicada por Valladares en su SemaDario erudito. 



60 CAP. Yin 1591 

te providencia que tomaron los PP. de dejar encargado en cada uno de los lu- 
gares, ó parcialidades al indio ó espafiol que reconocían más capaz por sus 
conocimientos, moral conducta y buena voluntad, de enseñar la doctrina al 
pueblo durante su ausencia. Al mismo tiempo recomendaban encarecidamente 
á los indios y gente ignorante, que acudieran á estos con puntualidad y con- 
fianza, para aprender ó repasar las oraciones de la Iglesia y la doctrina cristia- 
na; á fin de poder en la siguiente excursión que hiciesen, administrarles el 
santo bautismo, y confesar á los que ya lo hubiesen recibido. 

15. Pasando en silencio otros pormenores de esta misión, y mucho de lo 
que hicieron en las ciudades de los españoles, que de ida ó de vuelta visita- 
ron en los once meses empleados en ella, podemos asegurar haber sido de 
muy feliz resultado. Porque claro está que serian numerosos los concursos, 
aunque no fuese más que por la curiosidad deoir á los PP. de la Compañía de 
Jesús, de los cuales tantas maravillas contaba la fama, y quienes por primera 
vez llegaban por aquellas poblaciones. Por grande que fuese, además, la cor- 
rupción de costumbres y la obstinación en los vicios, no faltarían almas dis- 
puestas á recibir la palabra, que jamás saldrá vacia y sin fruto de la boca del 
Señor, ni de la de sus ministros que la anuncien dignamente. ¡Cuánto puede 
el celo, intrepidez y constancia de los varones apostólicos! En tan corto perío- 
do, y en tiempos tan revueltos, recorrieron aquellos PP. toda la tierra de paz 
y de guerra al sur del Biobio, visitaron las ciudades (1) de Cañete, la Impe- 
rial, Valdivia, Osorno, Yillarrica, Angol y Sta. Cruz de Coya; persiguiendo en 
todas partes la ignorancia y el vicio; convidando á tos infieles á entrar en el 
gremio de la Iglesia, y á los pecadores á la penitencia; administrando el bau- 
tismo ó confesión y demás sacramentos á los que de veras se convertían á su 
Dios. 

16. Aun cuando esta su rápida correría no hubiese producido más fruto, 
que haber «manifestado cuánto interesaba enseñar el catecismo á los indios en 
su propio idioma, habría sido para ellos suficiente consuelo, y para la poste- 
ridad un motivo de grande elogio. Que los generales y ministros del Rey de 
España, al imponer á los indios el yugo de su dominación, hubiesen preten- 
dido imponerles el de su idioma, no lo extrañaría; pero que los ministros del 
Rey de paz, encargados de predicarles el santo Evangelio, creyeran cumplir 
con su deber doctrinándolos en español, me asombra, y no lo alcanzo á com- 
prender. Si los indios no entendían este idioma, y los sacerdotes no tenian, 
como los apóstoles, el portentoso don de lenguas, ¿cómo podrían cumplir aquel: 
Docete omnesgentei, hablándoles en español? Sin embargo, asi parece que se 
hacia de ordinario (2), hasta que los de la Compañía, sobreponiéndose á las 
preocupaciones de los conquistadores y allanándose á las necesidades de aque- 
llos infelices, les predicaron y doctrinaron en su propio idioma. Empero su 
ejemplo, que al principio solo tuvo admiradores, no tardó en tener también 



(1) P. Olivares, Historia de la Gompaftfa, cap. v, g 9.— (2) En las vidas de los misioneros 
qae escribió el P. Rosales, se hallan muchos testimonios que lo comprueban. 



ISM GA?. Ylll 61 

imitadores. Observóse desde luego la mayor facilidad con que los indios apren- 
dían la doctrina, y el más claro conocimiento que adquirían de las verdades 
de nuestra santa fe; por lo cual el Ilustrísimo Sr. D. Agustín Gisneros, digno 
Obispo de la Imperial^ ordenó por un auto solemne (1) que en adelante todos 
los párrocos de su diócesis ensefiasen y explicasen el catecismo á los indios en 
su propia lengua: cosa que fué de notoria utilidad para aquellas gentes, á po- 
sar de que el levantamiento general y la ruina de las siete ciudades impidieron 
que se extendiera á toda la Araucania. 

17. Por general que fuese la aceptación de nuestros misioneros^ por puras 
que fuesen sus costumbres, por ciertas que fuesen sus doctrinas, no faltaron quie* 
nes los menospreciasen^ pretendiendo hallar faltas en las unas ó en las otras. 
Desgraciadamente fueron los tales ciertas personas, que, olvidando los deberes 
de su profesión religiosa, se dejaron arrastrar de la envidia, y obcecados por 
la pasión, se desbocaron contra aquellos PP., cuya virtud y ardoroso celo tá- 
citamente los confundían. No hallando en su conducta cosa que pudieran re- 
probar ni con leve fundamento, declamaron (2) contra su doctrina, especial- 
mente contra lo que predicaban sobre la confesión general. Los humildes 
misioneros sufrieron al principio resignadamente su oposición y sarcasmos; 
pero advírtiendo que la osadía de sus émulos llegaba á reprobar su doctrina 
desde el pulpito, se vieron en el caso de pedir al santo tribunal de lalnquisi- 
cion, que la examinase y diese su justo fallo; por cuanto una vez desacredita- 
dos ante el pueblo, no podrían lograr el fruto de su santo ministerio. Entabló- 
se en forma este juicio; y ellos y sus doctrinas salieron justificados, y por el 
contrario, condenados sus adversarios: y al obligarlos á retractarse, quisieron 
los jueces aplicarles las penas impuestas á los calumniadores; pero los nues- 
tros abogaron por ellos, satisfechos con su jurídica justificación. Si la envidia 
es poderosa para suscitar persecuciones contra los activos operarios del Evan- 
gelio, no lo es menos la codicia, cuando se ve de ellos atacada, por justas que 
sean las razones, y grande la moderación con que declamen contra sus abu- 
sos. He aquí una de las fuentes principales de la oposición y persecución que 
sufrieron en Chile los de la Compañía de Jesús; las cuales comenzaron desde 
estos primeros tiempos con la ocasión siguiente. 

18. Con el trato íntimo que tuvieron con los indios de Santiago y demás 
ciudades del Reino, y en la campiña al norte y al sur del Biobio, reconocieron 
la arraigada propensión de estos á la embriaguez, y la facilidad con que se en- 
tregaban á ella (3) en consiguiendo aguardiente ú otros licores espirituosos; 
sin que fuese posible impedírselo en tales casos, atendida su inclinación na^tu- 
ral y su poca reflexión: vieron también, y con mayor dolor de su corazón, los 
funestos resultados que la embriaguez entre ellos producía. Comprendiendo, 
además, que el único remedio era no internar en sus tierras los tales licores, 
predicaron con gran celo y energía en las ciudades y presidios de los espafio* 



(1) P. Lozano, pag. 169» lib. II, cap. vii, n.^ 9.— (2) P. Lozano, ibid., lib. II, cap. vii, n."" 9. 
-(9) P. Lozano, ibid., lib. U, cap. vii, n." 10. 



6Í CAP. VIH 1597 

les contra los que loa internaban, ó de cualquier manera proporcionaban á los 
indios el uso de ellos; manifestándoles cómo eran culpables, por ser verdade- 
ros fautores de sus borracheras; supuesto que de otra suerte, no teniendo ellos 
vifias en sus tierras, ni poseyendo medios para trabajar fácilmente licores fuer- 
tes, no se entregarían con tanto exceso á la embriaguez. Marchaban todos á una 
losPP. de la Compafiia; y asi, mientras combatían este tráfico perlas pro- 
vincias del sur los misioneros', lo combatían en Santiago y su campifia los del 
colegio.' 

19. Acción tan uniforme en boca de unos sacerdotes, que sabían sostener 
con sólidas razones y claros argumentos sus opiniones, parece que debia con- 
seguir su religioso y moraliíador objeto; pero desgraciadamente algunos espa- 
ñoles estaban demasiado dominados por la codicia, y á trueque de aumentar 
sus ganancias, atrepellaban por todo, sin reparar en las más santas y sagradas 
obligaciones. Asi fué cabalmente en este caso: no solo rehusaron acceder á las 
prudentes exigencias de los jesuítas, sino que se volvieron contra ellos, tanto 
en las malhadadas ciudades del sur, como en esta capital, levantando en todas 
partes una terrible persecución contra aquellos hombres benéficos, que con 
tanto heroísmo recorrían el pais, penetrando hasta las comarcas de los indios 
de guerra, para procurar la gloria de Dios, servir á sus paisanos y convertir á 
los naturales. 

20. Las autorídades civiles en este caso no se dignaron apoyarlos, ni dicta- 
ron providencia alguna, para enfrenar la codicia de estos inconsiderados tra- 
ficantes; pero algún tiempo después, la autoridad eclesiástica, menospreciando 
los reclamos de estos, hizo justicia, declarando cómo era pecado vender lico- 
res á los indios; y tan grave, que lo puso entre el número de los reservadas (1). 

21. Más felices fueron los nuestros en otra cuestión suscitada á causa de su 
conducta para con los indios, cuya instrucción religiosa hablan tomado á su 
cargo. Habiendo determinado darles la sagrada comunión , se levantó grande 
alarma en esta capital, por ser esto una novedad nunca vista, que muchas pei^ 
senas, aun piadosas y de carácter, miraban como injuriosa á la misma adorable 
persona de Nuestro Sefior Jesucristo (2). En nuestra época dificil es concebir 
la baja idea que algunos pobladores se hablan formado de las razas indianas; 
en virtud de la cual las reputaban incapaces de ser admitidas á la sagrada me- 
sa. Aun cuando concedamos que los indios sean comunmente de menor capa- 
cidad que los europeos, miraremos siempre aquella extraña opinión como un 
insulto hecho á la religión ó á la humanidad. Tal modo de pensar, en efecto, 
equivaldría á suponer, ó que algunos de los sacraipentos de la Iglesia no son 
para toda clase de gentes y naciones, ó que alguna de estas se habla degradado 
hasta el extremo de no poder distinguir, por cuantas explicaciones se le hicie- 
ran, el pan eucaristico del pan común. Si hasta entonces habla sido común es- 
te error, seria sin duda, ó porque no los instruían como era debido, ó porque 
les pedian razón de este sublime misterio en un idioma que ignoraban, á poco 



(1) Sinodal.de Santiago de Chile.— (2) P. Olivares, mstoria de la Compafiia, cap. i, g 6. 



1697 CAP. VIH 63 

conocian. Dividióse, pues, en dos bandos la ciudad; el uno, en el cual se se- 
ñalaron los PP. de S. Agustín (-f), apoyaba la opinión de los jesuítas; el otro, 
que era el de la mayoría, fuertemente la combatía. 

22. Mediaron largas y acaloradas discusiones; muchas razones se adujeron 
por ana y otra parte; mas al fin el P. Valdivia, catequista de los indios, apeló 
á nn argumento que no tuvo réplica; á saber: el examen público de sus neófi- 
tos. A este presentó gran número de ellos; los cuales, en presencia de un con- 
curso respetable y numeroso, yante los jueces elegidos para el caso, contesta- 
ron satisfactoriamente á las preguntas que se les hicieron; demostrando evi- 
dentemente tener el conocimiento requerido por la Iglesia, para recibir la 
sagrada eucaristía. Fué tan completa esta victoria, que desde entonces se dio 
la comunión á los indios, sin que nadie se atreviese á suscitar de nuevo esta 
cu^tion. 

23. Comprobaron el acierto de esta determinación la general mejora de 
costumbres, y las virtudes, á las veces heroicas, que los indios practicaron 
después de alimentados con el pan de los fuertes (1). Los cortos limites de esta 
Historia no nos permiten narrar uno por uno los diversos casos que nos tras- 
miten las de aquellos tiempos: sin embargo, no puedo pasar en silencio el que 
algunas de aquellas neófitas, para librarse de los peligros demasiado frecuen- 
tes en el mundo, se entraron gustosas en los conventos de las religiosas, á las 
cuales sirvieron, sin que su conducta desmintiese la piedad que exigen esos 
asilos déla virtud. 

2i. Para comprobarlo bastará (2) hacer mención de la Madre Constancia, 
que por cuarenta afios fué religiosa ejemplar entre las agustinas de esta ciu- 
dad, alcanzando singulares dones del cielo. Confesándose en cierta ocasión con 
el P. Valdivia se lamentó de no saber leer, para tener lección espiritual. Con- 
testóle el P. que pidiese á María Santísima la ensefiase. Hizolo la candorosa 
india; y con grande admiración de cuantos la conocian, comenzó á leer y es- 
cribir. Al fin murió en opinión de santidad en el afio 1640. 

25. Otra india jovencita, vilmente solicitada por un militar, resistióse á sus 
depravados intentos, alegando por principal razón el ser cristiana; y con áni- 
mo varonil, ó mejor diré, con valor cristiano, despreció las ofertas, y no hizo 
caso de las amenazas de su injusto agresor: é insistiendo este en su depravado 
intento, dejóse (piitar la vida primero que perder su inocencia. ¡Loor eterno 
á esta mártir de la pureza (3). 

26. La emoción que excitaron los sermones de los PP., confirmada con tan 
brillantes ejemplos de virtud, se extendió rápidamente por todo Chile; por lo 
cual, á donde quiera que fuesen los nuestros, hallaban las gentes muy bien 
dispuestas á oir la palabra divina. Por otra parte, la mano de Dios los condujo 
más de una vez de un modo providencial al rancho de algunos indios ancia- 

(+) Como estos tan solo apoyaron á los Jesuítas, su crónica no hace mención de esta po- 
lémica.— (1) El P. Ovalle, Historia de Cliíle, lib. VIII, cap. xiv.— (í) P. Ovalle al fin del re- 
cien citado capítulo, y documentos conservados en el archivo de aqnel convento.— (3) Pa- 
dre Ovalle, ibidem. 



64 GAP. Yiu 1597 

nos, que, después de haber escuc|iado sus breves, pero claras instruccioneft, 
pidieron el santo bautismo: el cual recibido devotamente, entregaron sus almas 
al Criador. Es de notar, según observaron los PP., que los indios asi favoreci- 
dos por la divina providencia hablan llevado entre los suyos una vida incul- 
pable, del todo ajustada á la ley natural. Otros muchos indios, que no podian 
asistir á las misiones rurales ó por sus ocupaciones, ó por vivir en lugares 
muy remotos, acudían á nuestro colegio, atraídos por la misma fama, donde 
eran doctrinados hasta disponerse suflcientemente para el santo bautismo (1). 
Entre estos vinieron en cierta ocasión dos india)8 tan ancianas, que creian te- 
ner más de cien afios; las cuales, transportadas de gozo después de doctrinadas 
y bautizadas, exclamaron en su lenguaje sencillo: aj Ahora si que vemos y abri- 
mos los ojos; que antes viviamos como bestiash 

27. Por mucho que consolaran y alentaran al P. Valdivia los opimos frutos 
que en la capital y en su jurisdicción recogían de su trabajo él y sus compa- 
ñeros, sin embargo, llamaron más poderosamente su atención las noticias que 
les enviaron del sur los PP. Vega y Aguilera. En efecto; por ellas comprendió 
las gravísimas necesidades de aquellas gentes, y cuan bien dispuesto tenían el 
terreno para producir entre ellas copiosísimos frutos de conversión. Por lo tan« 
to, resolvió ir á ayudarles personalmente á recoger tan sazonadas cosechas: y 
para no perder tiempo, les ordenó que viniesen á Penco, á donde él pasarla 
tan pronto como acabase el curso de fllosofia. Asi lo verificaron simultánea- 
mente á fines del aQo 1597; y reunidos en la ciudad conferenciaron larga- 
mente sobre el estado de los españoles é indios; refiriendo los misioneros á su 
rector cuánto hablan trabajado con unos y otros, el fruto que habían hecho, 
las disposiciones que hablan reconocido en el país, las dificultades que hablan 
hallado, y las providencias que creian deberse tomar, para conseguir los bie- 
nes apetecidos, é impedif los gravísimos males que se sufrían, y otros mayo- 
res que se podian recelar. 

28. Informado de todo el perspicaz rector hizo que el P. Vega volviese á 
Santiago á abrir en ella el nuevo curso de filosofía; y él en persona se partió 
para los indios con el P. Aguilera y el H."* Miguel de Telefia, por si acaso pe- 
dia con su autoridad y activo celo poner freno á las desbordadas pasiones, y 
atajar la horrorosa catástrofe, que, Cual torrente impetuoso, amenazaba arra- 
sarlo todo. Quien haya comprendido el elevado espíritu, genio emprendedor 
é insinuantes maneras del P. Luis de Valdivia, y recuerde, además, el siste- 
ma que bajo su acertada dirección se observó en la misión ó correría anterior, 
no extrafiará los grandes resultados que en pocas palabras se nos cuentan de 
esta. 

29. Comenzaron, pues, sus tareas apostólicas por Arauco, visitando álos 
españoles de aquel presidio y de los demás fuertes; pasaron luego á Tucapel; 
y por el mismo camino de la costa fueron á la Imperial y demás ciudades del 
sur; dando la vuelta por Villarrica y Angol, recorrieron á un tiempo todo el 



(1) P. Olivares, Historia de la Compañia, caR. i, 8 S- 



1597 CAP. VIH 6B 

territorio de los indios. Viva permanecía en estos la idea de la precedente 
excarsion: no se habian borrado de sus ánimos las fuertes impresiones que ha- 
blan experimentado al ver la bondad, ardiente celo, y demás virtudes de aque- 
llos PP., y el entusiasmo con que se interesaban por su nación ; fresca conser- 
yabao aún la memoria asi de la celestial doctrina que les habian ensefiado, 
oofflo de las provechosas máximas y documentos que les hablan dejado. Por 
esto la noticia de su nueva venida á sus tierras gratamente los alarmaba; y en 
tropas acudian al lugar destinado para las misiones, que les daban en propor- 
cionadas distancias. 

30. Repitiendo los misioneros sus exhortaciones (1), las comprendieron esta 
vez los indios con facilidad, por el recuerdo de lo que habian oído el afio an- 
terior, y por lo bien que habian desempeñado su comisión los encargados de 
ensenarles la doctrina. Gracias á este santo arbitrio muchos la sabían ya de 
memoria; y asi pudieron disponerse más fácilmente á la confesión ó al santo 
baalismo. Los PP. al proponerles las verdades, misterios y preceptos de la ley 
santa de Cristo, supieron darles á entender los grandes bienes que ella les ofre- 
cía. Como aquellos infelices estaban tristes y afligidos por haber perdido más 
ó menos, su libertad, y por los muchos trabajos á que los habian condenado el 
orgullo, y sobre todo la codicia de algunos espafioles, al oír que la religión 
cristiana podría aliviar sus penas y hacerlos verdaderamente felices, pidieron 
en gran número ser admitidos en ella. 

31. Setenta mil indios, entre párvulos y adultos, nos consta por los manus- 
critos de aquella época, haber sido los que recibieron el isanto bautismo en 
los siete meses que (2) el P. Valdivia y su digno compafiero emplearon enton- 
ces en evangelizar aquellos infieles. A muchos de ellos administraron, además, 
el santo matrimonio. No fué esto prodigalidad de las cosas santas, ni falta de 
respeto á los sacramentos de la Iglesia; sino una natural consecuencia de la 
determinación que les habla inspirado su espíritu apostólico. Ellos se hablan 
propuesto, según lo indican su actual conducta y la táctica que observaron des- 
paes, recorrer cada año todo el territorio de los indios, aun de los no reduci- 
dos, á fin de convertir á los infieles, y recordar á los neófitos la doctrina y 
prácticas del cristianismo, administrarles los sacramentos, corregir á los pe- 
cadores, y confortar á los verdaderos fieles en la observancia de los divinos 
preceptos. He aqui porqué podían prudentemente administrar el santo bau- 
tismo á los párvulos, y á cuantos adultos se lo pidiesen con solo el conoci- 
miento de los sagrados misterios indispensable para recibirio. No se crea por 
esto que todos se bautizasen; muchísimos quedaron privados de este imponde- 
rable beneficio, ó por Ignorancia, ó por malicia, ó porque no se resolvían á 
dejar sus supersticiones, ó la pluralidad de mujeres, que era, por cierto, lo 
que más fuertemente los ligaba á su gentilismo. 

32. De advertir es, y mucho mái^ en este caso, que al lavar aquellas aguas 



(1) P. Olivares, Historia de la Compañía, cap. i, S 9. — (2) Mr. Gay, Historia de Chile, to- 
mo 11, cap. XXI, refiriéndose á escritos de aquella época. 

5 TOMO I 



66 GAP. viu 1598 

saludables sus almas de las manchas de la culpa, no borraban de ellas los sen- 
timientos naturales de amor á la libertad é independencia. La religión que 
acababan de recibir, les obligaba, si, á perdonar las injurias recibidas, y les 
ensefiaba á sufrir con paciencia los trabajos de esta triste vida, á imitación de 
nuestro cruciGcado Maestro; mas no les prohibia rechazar las agresiones injus* 
tas; ni era fácil que la mayoría de los recien convertidos poseyera desde luego 
la resignación cristiana hasta el heroísmo. Por tanto, era muy de temer que si 
no se ponia coto al insaciable espíritu de codicia, si no se mejoraba el trata- 
miento de los yanaconas, é impedían las vejaciones hechas con demasiada fre- 
cuencia á los demás, apelasen á las armas los indios todos, asi infieles como 
cristianos, para vengarse ó hacerse justicia. 



1598 CAP. n 67 



CAPÍTULO IX 

i. Los PP. preven el alzamiento de los indios. — 2. Se lo previenen á los españoles, — 
3. Pero ún fruto. — 4. Se vuelven á Santiago. — 5. Sta. Cruz de Loyola y otras ciu- 
dades piden colegio á la Compañia. — 6. Esta se los niega. — 7. Matan al Sr. Gober- 
nador. — 8. Alzamiento general. — 9. Ciudades destruidas. — 10. Corre la flecha por 
todo Chile. — 11. Porqué se salvaria Santiago. — i2. Yillarrica la más viciosa es la 
más desgraciada. — 13. Cómo se salvó Santiago. — 14. Desgraciada suerte de los cau- 
tivos. — 13. Fidelidad de una religiosa cautiva. — 16. Se liberta del cautiverio. -^11. 
Su amo convertido viene á Santiago. — 18. La Iglesia pierde en este alzamiento. — 
19. Religiosos martirizados. — 20. Uno salva al Santisimo en Valdivia. — 21. Una 
imagen de la Virgen en la Imperial. — 22. Una heroina defiende esta ciuctod. — 23. 
Süvanse otras imágenes. ^^2i. Y los restos de Osomo. — 25. Cuánta su población. 

1. El descontento iba, por desgracia, generalizándose entre los indígenas 
de todo este Reino; la irritación desús ánimos llegaba yaásu colmo; todas las 
clases de sus diversas tribus estaban cansadas, y como desesperadas ; caciques 
y mocetones suspiraban por sacudir el yugo que los oprimia ; rumores de 
guerra corrían por todas partes ; y aunque el alzamiento se tramaba muy á 
ocultas, á causa de andar por aquellos lugares el Gobernador con un grueso 
ejército, no pudo ocultárseles del todo (1) álos misioneros, quienes, según ase- 
gura Mr. Gay, iban con su Excelencia atendiendo á los negocios espirituales, 
mientras este atendía á los negocios politicos. Ninguna indicación de esta cir- 
cunstancia bailo en los documentos antiguos , aunque no la contradicen : y 
bien pudiera ser asi en muchos casos ; empero el gran número de bautismos 
indica que en otros muchos irían los PP. separados del ejército, para atender 
más libremente á la conversión de los indios , cuyos sentimientos y siniestras 
intenciones descubrieron como hemos dicho. 

2. No pudiendo ellos contener la exaltación y animosidad de los arauca- 
nos, procuraron al predicar en aquellas ciudades, advertir á sus vecinos el 
peligro, reclamando de ellos un pronto y eficaz remedio. No era, por cierto, á 
las armas á lo que los convocaban: estas serian insuficientes llegado el caso: 
preciso era atajar el mal en su origen, y buscar el remedio en donde única- 
mente podía encontrarse. Mejorar la suerte del pobre indio, y satisfacer á la 
justicia divina por un sincero arrepentimiento, por la confesión, por la en- 
mienda de sus vidas, y por la reparación de las injusticias cometidas; esto era 
lo que les predicaban. 

3. Sus voces no fueron oídas; despreciadas fueron sus prudentes adverten- 
cias, y ridiculizados sus santos consejos. El lujo, la vanidad, la codicia y otras 
más bajas pasiones habían cegado los entendimientos de modo que no veían 
los peligros, y habían endurecido tanto los corazones, que permanecieron in- 



(1) P. Lozano, Historia del Paraguay, tomo I, pag. 335. 



68 GAP. 11 1598 

sensibles á las patéticas declamaciones de aquellos ministros del Sefioii:. £1 Pa- 
dre Valdivia, que en todas las ciudades reprendió estos vicios, y les previno 
los males que en castigo de ellos (1) les amagaban, predicando cierto dia en 
la opulenta ciudad de Yillarrica, levantó su voz en tono enérgico; y como si 
fuera un profeta inspirado por el Sefior, predijo su próxima y total ruina. 

4. Colmado hablan aquellas gentes el número de sus delitos: tiempo era 
de que la justicia divina descargara sobre ellas el castigo merecido; y asi co- 
mo avisó por un ángel al justo Lot que saliera de las ciudades de Penlápolis, 
antes de consumirlas con el fuego; asi sugirió al P. Luis de Valdivia, por su 
inspiración, ó por medio de su Superior (-)-), que abandonara con sus dos 
compañeros las siete ciudades proscritas. 

5. Es verdad que estas se hallaban bastante conmovidas. Disperládose ha- 
bla en muchos un ardiente deseo de tener colegios de la Gompafíia de Jesús 
en sus pueblos, con la consoladora esperanza de que lograrían por medio de 
ellos la general corrección de las costumbres; y como consecuencia, la sus- 
pensión de los terribles castigos que les amenazaban. Señalóse sobre todas en 
este piadoso deseo la ciudad de Santa Cruz de Loyola, ó de Coya; la cual, no 
solo hizo fuertes instancias á los PP.> para que fundasen en ella, sino que les 
ofrecía levantarles cas^ é iglesia á toda costa; para lo cual habia juntado ya 
cien mil pesos entre sus vecinos. Habíala fundado en el año 1593 (++) & tres 
cuartos de legua al sur del Biobio el Sr. Gobernador D. Martin Ofiez de Lo- 
yola (2), que algunos dicen le dio su nombre, y otros el de su esposa; ni fal- 
tan quienes afirmen, y á mi parecer con mayor probabilidad, que para honrar 
y perpetuar la memoria de esta, mudó la terminación al lugar llamado ante- 
riormente Millapoa: por lo cual fomentaba sus adelantos con el mayor entu- 
siasmo; y los habia logrado tan colmados, que, habiendo colocado en ella solo 
ochenta vecinos al tiempo de fundarla, los tenia entonces en gran número y 
bien acomodados, y además dos conventos de religiosos, á saber; uno de San 
Francisco y otro de la Merced. 

6. Por halagüeña que fuese esta (3) propuesta en si misma, no sería del 
agrado del P. Valdivia en aquellas azarosas circunstancias; mas, para no de- 
sairar del todo al benemérito Gobernador, no quiso rehusar por si mismo su 
solicitud, como habia hecho con las otras ciudades (4), sino qne remitió la 
decisión de aquel asunto al P. Provincial. La contestación de este , no solo 
fué negativa, sino que les mandó se retirasen cuanto antes del sur, y se reco- 
giesen á su colegio de Santiago. £1 P. Lozano atribuye esta disposición á es- 
pecial luz del cielo, con que supone previo aquel los infortunios y total ruina 



(1) P. OUvares , Historia de la Compañía, cap. i, S<»; Y Lozano, Historia del Paraguay, 
lib. 111, cap. vil, n.° 3.— (+) £1 P. Lozano, ibidem, lib. III, cap. vii, n° 3, dice : que habien- 
do consultado el P. Valdivia á su Provincial, este le contestó: «salgan pronto de esas ciuda- 
des del sur, para no ser oprimidos en su niina.i>--(+-f ) Rivera dice en el 94. Sin embargo, 
si es verdad que subsistió seis afios, debió ser fundada el 93.^2) D. José Basilio de Rojas 
y Fuentes, en su relación de lo acaecido en la conquista de Chile desde su conquista hasta 
el año 1672 en que la escribió.— (3) El P. Ovalle, Historia de Chile, Ub. TI, cap. xii.— (I) El 
P. Lozano, ibidem, lib. IH, cap. vii, n.® 3, 



1598 CAP. IX 69 

qae ameaazabaa; pero como este autor no nos dá el motivo en que funda tan 
grave aserción^ más me inclino á creer que lo dispuso asi en virtud de los in- 
formes que le habrían comunicado el P. Valdivia y sus compafieros. No eran 
solo los jesuítas quienes hablan previsto el castigo; más de una vez (1) les ha- 
bía amenazado con él su Uustrisimo Obispo el Sr. D. Agustín de Cisneros, 
qaien viendo la obstinación de su pueblo, pidió y consiguió del Sefior morir 
dos (-{-) afios antes de aquella horrible catástrofe. 

7. Retiráronse, pues, los misioneros con gran dolor de su corazón, entrado 
ya d afio de 1598; y á penas llegaron al colegio de Santiago, cuando los in* 
dios de Puren asaltaron de sorpresa á Offez de Loyola en el valle de Cúrala- 
bá, cerca de los llanos de Angol; y aunque se resistió con noble energía y vi- 
gor, no pudo en aquella sorpresa rechazar el asalto de los indios, en cuyas 
manos murieron infortunadamente él, cincuenta y siete de los sesenta capita- 
nes españoles y los indios que estaban en su compafiia, el dia 23 de Diciembre 
del afio 1598, ó el 25 de Noviembre, según Olivares y Figueroa (2). Asi acabó 
este desgraciado caballero, que, hecho Gobernador de Chile, dejóse fascinar 
del orgullo y de la codicia, disgustando por aquel á sus mismos compatricios, 
y por esta á los naturales del país. Más de una vez había dejado endurecerse 
su corazón al oír los lamentos de unos y de otros; y ahora fué la primera vic- 
tima de su despotismo é imprevisión. 

8. Este fué el desastroso principio del alzamiento más terrible que ejecuta- 
ron los araucanos; el. cual esparció por todo Chile tal terror y espanto, que 
pronto lo llenó de luto, condenándolo al más profundo dolor y al llanto más 
inconsolable. Animados los araucanos con el acierto de este primer golpe de 
mano, acomelieron esforzadamente todos los fuertes y ciudades del sur de Chi- 
le. Algunos fueron tomados al primer asalto, con muerte de toda su guarni- 
ción, otros fueron abandonados, por no poder resistir al Ímpetu del numeroso 
y decidido ejército araucano; pero sus guarniciones fueron degolladas en su 
faga ó en las ciudades en que se refugiaron. En vaQO se resistieron algunas de 
estas con heroico valor y constancia; después de un largo sitio fueron también 
tomadas, una vez muertos, ó forzados sus defensores á abandonarlas; sin que 
quedara al sur del Biobio ninguna ciudad en pié, ni fuerte alguno en poder 
de los españoles. 

9. Destruidas fueron hasta sus cimientos las (3) ciudades de Sta. Cruz de Lo* 
yola(-|--)-). Cañete, la Imperial, Valdivia, Osorno, Yillarrica y Angol, después 
de haber sido abandonadas, ó tomadas á viva fuerza, pasando á cuchólo todos 
los varones que se hallaban en ellas; excepto los últimos restos de Osorno, y 
unos pocos que se salvaron en los buques, ó que, buscando un asilo en los bos- 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Ill, cap. vii, n.^ 3.— (+) £1 Sr. Eizaguirre, en sn Historia Ecle- 
siástica de Chile pone su muerte en el 1594; y el P. Lozano, pag. 335, n.® 3 la supone en el 
1596, diciendo que fué dos afios antes del alzamiento. Ya nos habia dicho que en el afio 1596 
habia dado el citado decreto sobre la predicación á los indios en su idioma.— (2) P. Rosa- 
les, lib. V, cap. YiiL— (3) P. Lozano, ibidem, lib. III, cap. vii, n.° 8.— (H— f-) Sta. Cruz fué 
abandonada á 7 de Marzo de 1599. 



70 GAP. IX 1599 

ques, fueron después condenados á la esclavitud. Las señoras que no lograron 
ponerse en salvo con una precipitada fuga^ fueron reducidas al más duro cau-- 
tiverio, junto con sus tiernos hijos, y con cuantos nifios cayeron en poder de 
aquellos bárbaros. Gomo á seis cientas cupo esta desgraciada suerte, según al- 
gunos autores; aunque el P. Valdivia aseguraba en 1621 no haber pasado de 
cuati^o cientas. Los prolongados sitios, y el modo cómo sucumbieron Valdivia, 
la Imperial^ Villarrica y Osorno, ocupan con razón muchas páginas de la his- 
toria política, que nada nos dice de lo sucedido en Cañete, y en otras plazas, 
abandonadas por la misma gravedad del peligro: de donde provienen, á mi 
juicio, las diversas opiniones sobre el número de las ciudades arruinadas, H- 
mitándolo unos á seis, y extendiéndolo otros hasta ocho (1). Lo más probable 
es que fueron siete y muchos fuertes: y es cierto que las siete arriba menciona- 
das existían antes de aquel alzamiento, pero no después de él. 

10. La flecha, que es entre aquellos indios la señal de guerra, y la más 
enérgica convocatoria para ella, corrió todo Ghile^ excitando en todas partes 
vivos sentimientos de libertad é independencia, y pregonando altamente que 
era llegado el tiempo de recobrarlas. Treinta mil indios tomaron las armas 
desde el rio Itata al archipiélago de Chiloé en el corto término de cuarenta y 
ocho horas, según dice (2) Hugarte de la Hermosa (-|-): los del norte del Itata 
oyeron esta voz con la misma docilidad y entusiasmo que los del sur, y con el 
mismo ardor y puntualidad que ellos acudieron al llamamiento ; aunque no 
lograron formar un cuerpo de ejército. Al primer rebato mataron más de dos 
cientos cuarenta españoles ; refugiándose los demás á las ciudades, fuertes ó 
plazas militares. Los alzados entre el Itata y el Biobio pusieron en gran con- 
flicto á Chillan y Concepción; pero aunque tuvieron muchos trabajos que pa- 
decer y sufrieron no pocas pérdidas, rechazaron felizmente al enemigo y con- 
servaron su existencia. 

11. Santiago, á pesar de haber sido amagada por los amotinados, fué sal- 
vada por singular providencia del Señor, sin ser ni siquiera asaltada por ellos, 
ni saqueada su hermosa campiña. No es dado al hombre penetrar los arcanos 
divinos; pero en presencia de estas catástrofes horrendas, que tan patentemen- 
te nos descubren la mano de Dios que nos castiga, licito es fílosofar sobre 
ellas é investigar con el debido respeto las causas por que castiga el Señor á 
los unos, y no á los otros. Según esto, séanos permitido recordar que Santiago 
fué la ciudad de Chile que prestó más atento oido á la predicación de los Pa- 
dres de la Compañía, la más dócil á sus instrucciones, y la que, reconvenida 
por aquellos ministros del Señor, se entregó, cual otra Ninive, al arrepenti- 
miento y á la penitencia. Por el contrario, las siete ciudades del sur desoye- 
ron su voz, y obstinadas en sus vicios, no quisieron arrepentirse, ni mudar de 
vida, si podemos dar crédito á lo que nos dicen sencillamente los. escritores de 



(1) P. OvaUe, lib. YI, cap. xv.— <2} Escribió este en el país veinte afíos después del sace- 
so.— (+) Después de escrito esto he leído al P. Rosales , y según él no fué tan simultáneo 
el alzamiento de ios araucanos, sino qne se fué extendiendo de una á otra parte. 



1598 CAP. IX 7Í 

aquella época. Además, si observamos la suerte que corrió cada una de ellas, 
yeremosque cada una fué castigada á proporción de sus delitos. 

12. SeguQ aquellos escritores (1) Villarrica era la más opulenta; más de un 
millón de pesos tomaron en ella los indios: pero era también la más viciosa; y 
asi leemos que sus padecimientos fueron los más horribles, su destrucción la 
más lamentable y el exterminio de sus moradores el más completo: pues que, 
siendo tomada por asalto á los tres aOos y meses de sitio (2), fueron por todo 
pasados á cuchillo cuatro cientos espafioles, y cautivadas de tres á cuatro cien- 
tas señoras. Poblóse de nuevo la ciudad de Valdivia, aunque después de medio 
siglo; casi á los dos siglos se empezó á repoblar á Osorno, que hoy es una re- 
galar villa; Santa Cruz de Loyola puede decirse sustituida por la villa de Na- 
cimiento; Angol se acaba de restaurar, como también Gafiete, cerca de la cual 
existe de afios atrás la misión de Tucapel, en el limite de la nación chilena 
civilizada; y es de creer que todos aquellos terrenos serán bien pronto po* 
blados de cristianos: los PP. misioneros capuchinos han dado, por fin, con su 
pequefia casa misional un largo paso para la reedificación de la Imperial, aun- 
que está situada la misión á ocho leguas de sus ruinas. Entre tanto Villarrica, 
no obstante sus ricas minas de oro y fructíferos terrenos, queda en poder de 
los bárbaros ; sin que pueda columbrarse el dia de su restauración, que pa^ 
rece haber sido decretado el postrero de todos en los arcanos del Altísimo. 

13. Mas sea lo que fuere de estas prudentes conjeturas, es un hecho cierto 
que un indio huarpe dio parte de la conjuración tramada por los yanaconas de 
Santiago y sus contornos, mancomunados con los demás indios de Chile, para 
levantarse todos á una á degollar sus amos, y saquear é incendiar la ciu- 
dad (3). En virtud de esta denuncia el licenciado D. Pedro de Biscarra, Go- 
bernador interino de Chile, tomó serias providencias; y habiendo apresado á 
los principales fautores de la conjuración, los ahorcó públicamente; con lo 
cual frustró sus planes, y difundiendo el terror entre los indios, conservó la 
tranquilidad del país (4). Debemos advertir aqui por lo que toca á nuestra 
Historia, que este indio huarpe era uno de los convertidos por el P. Valdivia: 
en su corazón se habia impreso tan altamente el amor á la religión, el horror 
al crimen y el aprecio de la justicia, que prevalecieron estos sentimientos al 
de su propia libertad. Confesemos, pues, que Santiago debió su salvación á 
este P., que tan nobles y cristianos sentimientos supo inspirar á sus neófitos. 
¿Qué habría sido de Santiago, que contaba ciento sesenta casas, ó poco más, 
81 los cuatro mil indios de su partido se hubiesen levantado contra ella? 

14. No es de esta Historia contar los hechos de armas que tuvieron lugar 
en aquella época, ni ponderar el valor con que recobraron su independencia 
los araucanos, ni la constancia con que se defendieron hasta la muerte los des- 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. III> cap. viii, n. 13.^2) P. Rosales, Historia de Chile, lib. Y, 
cap. XXVI, n.® 1.— (3) P. Barrasa, Historia del Perú, reflriéDdose & una narración del caso 
qae se conservaba en nuestro colegio de Santiago.— (4) García Ramón en su carta al Rey, 
publicada porM r. Gay en el 2.^ tomo de Documentos; y P. Lozano, Historia de la Compañía, 
lib. III, cap. VII, n.^ 8. 



1t GAP. 11 1601 

graciados espafioles. No seria tan ajeno de ella lamentar los trabajos sin cuen- 
to, á que se vieron condenados centenares de cristianos cautivados en aquella 
guerra. Lo que más contrista el ánimo es ver aquella multitud de niños, que^ 
criados entre los infieles, no aprendieron la religión (1) que hablan recibido 
por el santo bautismo. En cuanto á los adultos , si bien no faltaron algunas 
defecciones, sirve de mucho consuelo saber la fidelidad y constancia con que 
casi todos aquellos espafioles conservaron (2) la fe , y muchos la práctica de 
las virtudes cristianas, en medio de la barbarie; y la heroica virtud con que 
gran parte de las sefioras, hechas esclavas de indios infieles, resistieron cons* 
tantemente al amor ó voluptuosidad de sus amos, exponiéndose, por conser* 
var su honestidad, á los más crueles tratamientos. 

15. Merece particular mención entre estas ilustres heroínas del cristianis- 
mo la Madre Gregoria Ramírez, religiosa de Sta. Clara. En el asalto que dio 
Paillamacu á la ciudad de Osorno, incendiando sus casas en la noche del día 
21 de Mayo de 1601, entre los muchos que fueron presos al huir de la voraci- 
dad de las llamas, sin saber que los indios hubiesen entrado en ella, se halló 
esta buena religiosa, que quedó cautiva del cacique Huentemagu: el cual, 
prendado de ella, quiso tomarla por su mujer (3). Contestóle la Madre Grego- 
ria que no podia acceder á su propuesta, por ser esposa de Nuestro Sr. Jesu- 
cristo; y supo ponderarle tan á las claras la dignidad de su estado y la fideli- 
dad que debia á su divino Esposo, que lo convenció. Desde entonces el ena- 
morado cacique convirtió su amor en veneración y respeto; y sin atreverse á 
faltarla jamás en lo más mínimo, procuraba complacerla y servirla. Aprovo- 
chandoso ella de la buena voluntad de su amo, le indicó el gran deseo que 
tenia de su santo hábito y del breviario. Bastó esta indicación para que el ca- 
cique recorriese las rancherías de los indios que hablan robado el convento, y 
no paró hasta encontrar aquellas prendas, con que obsequió gustoso á su hués- 
peda: así la llamamos, porque la trataba como tal, y no como esclava. Mucho 
se complacía el buen cacique al verla en oración, y rezando el oficio divino; 
y si alguna vez la hallaba barriendo ó lavando con las otras mujeres, la re^ 
prendía amorosamente, diciéndola se fuese á rezar; que aquello no correspon- 
día á una esposa de Cristo. 

16. Por bien atendida que estuviese la Madre Ramírez, anhelaba de conti- 
nuo por algún convento; y por mucho que disimulase, descubrió Huentemagu 
en su semblante la tristeza de su corazón, y la preguntó: ¿Qué te falta? y ¿por-- 
qué estás triste? A lo que ella contestó. Nada me falta, por cierto, en tu casa, 
y muy agradecida te estoy. ¿Pero cómo quieres que esté contenta fuera de la casa 
de mi amado Esposo, y de la compañía de mis caras hermanas? Si me amas, haz- 
me él favor de enviarme á nuestro convento. No era pequeña cosa la que le pe- 
dia, ni eran pequeñas las dificultades que se hablan de vencer para proporcio- 
nársela. Sin embargo, la buena voluntad del cacique las superó todas; y des- 



(1) P. Ovalle, lib. YI, cap. xvi.— (2) P. Ovalle, Ub. YI, cap. xvii.— (8) P. Loxano, Ub. III, 
cap. vm, D.^ 9. 



1603 CAP. II 13 

pues de haber tomado sus precaaciones y medidas, para evitar gas propios 
peligros y ios de ella, la mandó cautelosamoBte á tierra de espafioles al afio de 
tañerla en su casa (1); y al punto ella fué á juntarse con sus hermanas. 

17. No cesaba la reconocida religiosa de rogar á Dios por su bienhechor y 
libertador; y no sé si sus oraciones, ó el recuerdo de las verdades cristianas, 
que muchas veces le habia inculcado durante su cautiverio, ó uno y otro, 
convirtieron al buen cacique; que, desprendiéndose de cuanto tenia, y rom- 
piendo los fuertes lazos que lo ligaban á su gentilismo, dejó su familia y su 
pais, y se huyó animoso á Santiago, á donde habian sido trasladadas por No** 
viembrede 1603 las religiosas: y después de haber recibido el santo bautis* 
mo (2) se quedó y vivió ejemplarmente hasta la muerte, sirviendo con mucha 
hamildad y fidelidad en el convento de Sta. Clara , en que estaba nuestra 
ilustre heroína la Madre Gregoria Ramírez. ¡Tanto puede la virtud aun para 
con los bárbaros! 

18. Este suceso, y el amor que conservaron á la religión uno que otro entre 
los araucanos, no iKistan, por cierto, para consolarnos, al contemplar la per- 
dida de aquella cristiandad. A más de los fuertes y ciudades, fueron arruina* 
das cincuenta iglesias, muertos dos cientos sacerdotes, y perdieron la fe cató- 
lica setenta mil indios, según Figueroa, ó por lo menos sesenta mil, como ase- 
gura ligarte de la Hermosa (3). 

19. La Madre Ramírez fué la única de las clarisas de Osomo, que cayó en 
poder de los indios: las otras fueron á Ghiloé, con los demás que se salvaron 
de aquella desgraciada ciudad; y de allí se trasladaron después á Santiago: ig- 
noró la suerte que cabria á los clérigos y religiosos de otras órdenes. Sé que 
á más de los dos cientos sacerdotes, que poco ha hemos dicho haber sido ase- 
sinados, otros fucFon llevados cautivos; algunos de los cuales fueron después 
mártires de la honestidad, sufriendo la muerte, para impedir fuQse ultrajada 
la de algunas señoras españolas. ¡Loor eterno á aquellos ilustres héroes! Con 
razón conservan su memoria los conventos de esta ciudad, escrito en sus histo- 
rias, ó pintoda en los cuadros que adornan sus claustros. 

20. ¡Gloria sempiterna á un heroico P. dominico, cuyo nombre, digno de 
eterna memoria, no expresan los PP. Lozano y Olivares al referirnos el casol 
Asaltada por los bárbaros la ciudad de Valdivia, él, en vez de salvar su perso- 
na con la fuga (i), se fué á la iglesia; tomó reverentemente el Santísimo Sa- 
cramento; y no pudiendo salir por las puertas, saltó, con él en las manos, por 
ana ventana á la calle, y por encima de los cadáveres, y por entre los escua- 
drones de los enemigos, corrió presuroso á la ribera del rio, y llegando á ella so 
lanzó á una canoa, con la cual pasó á uno de los buques; dándose por más 
contento con haber libertado el cuerpo santísimo de Nuestro Señor Jesucristo 
de los ultrajes de los infieles, que á si mismo de la muerte. 

21. Los cuarenta que se salvaron de la Imperial, llevaron consigo la imagen 



(1) Carvallo), Historia de Chile, tom. I, cap. lxxxviii, pag. 203.— (2) P. Ovalle, lib. VI, ca- 
pitulo xvn.— (8) P. Olivares, en su Historia de Chile.— (4) P. Lozano, ibid., lib. III, cap. vui. 



74 CAP. IX 1601 

de Ntra. Sra. de las Nieves^ á cuyo soberano auxilio y especial protección, cu- 
yos rasgos reputaban ellos por milagros, atribulan el haberse defendido por 
más de un año de Paillamacu, y de millares de sus indios; y al llegar á Pen- 
co (1) la entraron en procesión, cantando sus alabanzas con ánimo reconocido. 
¡Qué cuadro tan magníQco y tan propio para conmover, y llenar de sentimien- 
tos heroicos y religiosos cualquier corazón capaz de abrigarlos! 

82. En la Imperial habia habido también una Judit, y fué D.* Inés de 
Aguilera, que, con un valor superior á su sexo, defendió la plaza, cuando los 
guerreros estaban para entregarse. Esta iba también en medio de aquella mul- 
titud de infelices, que acababan de perderlo todo; bajo las ruinas déla ciudad; 
y esto no obstante, no á ella, sino á la Virgen María es á quien victoreaban, 
conduciéndola como en triunfo al templo, que después fué la catedral, donde 
le erigieron una hermosa capilla (2). 

23. Señalóse por otro hecho semejante el maestre de campo D. Pedro de 
Hacache (3): quien, forzado por el enemigo, y por las órdenes del Gobernador 
Rivera, á abandonar con todos los españoles por Octubre de 1602 la ciudad 
de Osorno, llevóse consigo otra devota imagen de Ntra. Señora, que colocó 
después en la iglesia del pueblo de la Ligua, donde era muy venerada en los 
tiempos antiguos, y no deja de serlo en los modernos, con serrara, por no de- 
cir nula, la memoria de este suceso. Otras imágenes se condujeron á Garelma- 
pú. Castro y otros lugares, que la devoción de aquellos españoles procuró li- 
bertar de la ruina; y sus sucesores veneraron por lo mismo con especial de* 
vocion. 

24. Por la fecha puesta poco há, consta haber sido Osorno la última qué su- 
cumbió, después de tres años de sitio; pero salvándose la mayor parte de sus ve- 
cinos, que fueron á poblar los fuertes de S. Antonio de Garelmapú, y S. Mi- 
guel de Calbuco, y á acrecentar la ciudad de Castro, á la cual parte de ellos 
mismos hablan libertado del poder de los holandeses dos años y medio hacia. 
Baltasar Cardes la habia tomado fraudulentamente, matando á su Gobernador 
y á nueve de sus vecinos ; y aunque otros lo hablan escarmentado ya, sobrevi- 
no afortunadamente el coronel del Campo, y con las fuerzas que llevaba del 
continente lo forzó á reembarcarse, dejando muertos á treinta de su nación y k 
tres cientos de los indios que se le habían allegado. 

25. Cuántos españoles salieron de Osorno no lo sé ; pero sé que á 16 de 
Marzo de 1601, siendo el mencionado D. Francisco del Campo comandante de 
las fuerzas de aquella plaza y su partido , pedia socorros al Gobernador y le 
decia: «Solo tenemos ocho cientas fanegas de trigo (4): ¿Y qué son ellas para 
mil almas españolas que estamos aquí reunidas ?» Es verdad que Hernández 
habia ido á auxiliarlos con cien hombres en el año anterior ; pero ¿ cuánto» 
hablan perecido por el hambre y en las lanzas de los araucanos ? ¿T cuánta 
gente española habia tenido Osorno antes del alzamiento ? No dudo que alcau- 



cí) Mr. Gay, tomo II, cap. xxiv.— (2) P. Lozano, ibidem, Hb. III, cap. vra, n.** «.—(8) P. I»o- 
xano, ibidem, lib. III, cap. yin, n.^ 8.— (4) Mr. Gay, documento 7 del tomo II. 



1601 CAP. IX 75 

zarían á mil los que se salvaron ; porque si bien es verdad que hablan pereci- 
do muchos en aquella fecha , también lo es que se hablan reunido dentro su 
recinto los españoles de todo el partido , los de otros varios fuertes y las tro- 
pas de dicho Sr. del Campo. Los censos que antes del alzamiento le dan diez 
mil vecinos pondrían en cuenta también los indios, y no solo de la ciudad, 
sino también los de su partido. 



76 CAP. X 1599 



CAPÍTULO X 

1. El cabildo nombra Gobernador, — 2. Plegarias de los santiaguinos. — 3. Van á la 
guerra con el Gobernador. — 4. Biscarra deja el mando á Quiñones, — 5. Este lo re- 
nuncia, — 6. Garda Ramón le substituye. — 7. Ribera gobierna en propiedad. — 8. Sus 
ventajas en la guerra, — 9. Pide jesuitas para su ejército, — 10. Miran estos por los 
naturales, — 11. Fomentan su misión. — 12. Administrantes todos los sacramentos. — 
13. Les erigen la congregación del Niño Jesús. — 14. V otra para los morenos. — 15. 
El P. Aguilera regresa al Perú. — -16. V también el P. Valdivia. — 17. Porqué mo- 
tivo, — 18. Primeros años del P, Aguilera, — 19. Sus ministerios en Chile, — 20. Su 
muerte en Lima, — 21 . Necesidad de un Visitador. — 22. Lo envia el P. General. — 
23. Viene á Chile. — 24. Su celo en la navegación, — 25. Y en Penco. — 26. Consué- 
lase el Obispo con su arribo. — 27. Llega á Santiago. — 28. Hace la visita. — 29. Es- 
tado de las clases. — 30. Conversión de una machi. 

1. No siendo posible expresar la consternación que causó en todo el Reino la 
noticia del alzamiento de los indios y de la muerte dada al Gobernador, nos con- 
tentaremos con recordar que sus pobladores no perdieron la presencia de áni- 
mo, necesaria más que nunca en semejantes conflictos, ni tampoco la confian- 
za en Dios. Reunióse al momento el cabildo de esta capital, y por unanimidad 
devotos nombró por Gobernador interino al licenciado Pedro Biscarra, te-^ 
niente general y juez de apelación (1). Su edad de setenta afios no era la mejor 
recomendación para aquellas azarosas circunstancias; con lodo los del cabil- 
do^ atendiendo á las otras relevantes prendas que lo acompañaban, no lo cre- 
yeron incapaz de ejercitar el cargo, que por derecho le correspondía en virtud 
de las reales cédulas entonces vigentes. 

2. Estos mismos magistrados, como también el pueblo, acudieron ensegui- 
da al Señor implorando de su benéfica y liberal mano los auxilios necesarios 
para libertarse de los peligros que les amenazaban, y de los males que los afli- 
gían. Fervorosas rogativas se hicieron en todas las iglesias, se ofrecieron mu- 
chas misas, se practicaron diversos actos de piedad y penitencia, á fin de sa> 
tisfacer á la justicia divina y calmar su ira, animados todos los vecinos por los 
ejemplos y palabras de los ministros del Altísimo. El pueblo de Santiago dócil 
á sus voces, y movido al arrepentimiento por sus patéticas declamaciones, 
lloró amargamente sus culpas; y deseoso de reconciliarse con aquel Señor, 
que tan airado se les mostraba, acudió presuroso y compungido al tribunal de 
la penitencia. No fueron los predicadores menos enérgicos los dos PP. de la 
Compañía recien venidos del sur, donde hablan previsto y pronosticado estas 
desgracias, como castigos del cielo, y deplorado los vicios y obstinación de 
aquellos habitantes: conjunto de circunstancias que dio mayor eficacia á sus 
palabras. Frustrados los planes de abrir nuevos colegios, fué tal el tesón con 



(1) Basilio Rojas, Relación de los sucesos de Chile. 



15M CAP. X 17 

que los operarios de Santiago se dedicaron á los ministerios, asi en esta ciu- 
dad y su campiña, como en las otras conservadas en pié, que recompensa- 
ron (1) con sus esÁierzos el fruto que pudieran haber hecho en otras partes. 
¡Cuánto se engañan los que dicen que semejantes circunstancias no son para 
sermones, y que en ellas deben enmudecer los predicadoras, retirándose á llo- 
rar y rogar á Dios entre el vestíbulo y el altar! Jamás la predicación evangé- 
lica ha hecho cobardes á los hombres; ni la religiosa compunción del corazón 
ha disminuido los brios del ánimo, ni debilitado las fuerzas del cuerpo, en te- 
niendo que defender una causa justa, ó rechazar una agresión injusta. ¡Quién 
sabe si seria por esta equivocada idea, ó simplemente por el deseo de servir 
aun Obispo de la orden de S. Francisco, que veinte de sus correligiosos se 
fueron de Santiago (2) en el año de 1600 con el limo. Fr. Martin Ignacio de 
Leyóla, quien iba á tomar posesión del obispado de la Asunción del Paraguay! 

3. Purificados los santiaguinos por la confesión, y fortalecidos con el pan 
de los fuertes en la mesa eucaristica , se ofrecieron al nuevo Gobernador ; y 
marcharon con tanto brio en su compañía, que de paso libertaron á Chillan, 
sitiada por el Yice-toqui Pelantaru (3), y arrojaron de los contornos de Con- 
cepción las divisiones que este y su Toqui Paillamacu alli tenian. En llegando 
al campo de batalla pronto triunfaron del cacique Huenacura, que se les pre- 
sentó en Puchacai con dos mil indios; y del otro Yice-toqui Loncatehua, que 
se presentó con otros dos mil en Gualqui ; y reportaron de ellos otras varias 
victorias, obligándolos á repasar el Biobio, y á internarse en la tierra con sus 
huestes bien escarmentadas. 

i. Mas, por desgracia, el prudente y moderado Biscarra (i) tuvo que entre* 
gar el mando á 18 de Mayo de 1599, por orden del Virrey del Perú, á D. Fran- 
cisco de Quiñones, alcalde ordinario de Lima, hombre severo, duro y atrope- 
llado, que en vez de calmar el furor de los araucanos con buenas razones y 
mejores obras, se los quiso llevar por delante, pasándolo todo ¿ fuego y san- 
gre (5). Esta conducta aumentó la irritación de los indios acá en la tierra, y 
podemos creer que también la de Dios en el cielo; pues vemos que lo abando- 
nó: porque á pesar de haber reunido mil dos cientos ó mil tres cientos solda- 
dos españoles, no recuperó un palmo de territorio perdido, sino que acabó de 
perder lo poco que se conservaba al sur del Biobio, como hemos dicho arriba. 

5. Si Quiñones no supo evitar la ruina de la Imperial y otras ciudades, tu- 
vo por lo menos la honradez de pedir un sucesor, y la generosidad de repartir 
veinte mil pesos de su bolsillo entre las viudas, huérfanos y demás desgracia- 
dos que dejaba en este Reino. 

6. Por Agosto de 1600 le sucedió García Ramón, cuyo valor y pericia mi* 
litar hablan comprobado sus muchos años de servicio en el real ejército de 
Chile con el cargo de maestre de campo. Pero ¿qué importa el valor del gene- 



(1) El P. Olivares, ibidem.— (2) El P. Lozano, Historia política del Paraguay, lib. 111, ca- 
pílalo m, n.* 5.-<3) Pedro Córdova y Figueroa, Historia de Chile, lib. V, cap. xx.— (4) Pa- 
dre Olivares, Historia política, lib. Y, cap. i.— (5) P. Rosales, Historia de Gbile, lib. Y, capi- 
tulo xiu. 



78 CAP. X Í600 

ral, si no tiene á sus órdenes un número competente de tropas bien discipli- 
nadas y aguerridas? Cabalmente no las halló en tal número y estado Garcia 
Ramón al llegar á su nuevo cargo. Lástima da leer la triste pintura que en su 
carta al Rey hace de ellas: su organización y disciplina militar no correspon- 
dían, por cierto, ál^s que solian tener los ejércitos españoles. He aquí porqué 
no osó acometer á los araucanos con semejantes soldados allende el Biobio; 
aunque comprendiese muy bien la necesidad que tenian de soccorro las ciu* 
dades del sur. Contentóse con despejar de tales enemigos el territorio com- 
prendido entre dicho rio y el Maule, y lo logró. Mucho importaba en aquel 
entonces conservar las ciudades de Concepción y Chillan, por insignificantes 
que fuesen en si mismas. Aquella era un conjunto de muy pocos y malos ran- 
chos, levantados, sin orden ni concierto, dentro de un fuerte; y esta se com- 
ponía también de solos ranchos ó buhíos, pero en menor número, con ochen- 
ta hombres entre soldados y vecinos. No obstante, tenian á más de la iglesia 
parroquial (1), aquella los conventos de la Merced, S. Francisco y Sto. Do- 
mingo, con un religioso cada uno, y un hospital que Alfonso de Ribera reha- 
bilitó ; y esta los de Sto. Domingo y S. Francisco, ambos, asi mismo, con un 
solo religioso. 

7. Es probable que asegurado el mencionado territorio, habría marchado 
para el sur y reportado insignes victorias, si le hubiesen llegado refuerzos. 
Pero en esto fué relevado por el Gobernador propietario D. Alfonso de Ribera, 
que llegó á Chile en Febrero de 1601 (2). Este valiente general, formado en 
las guerras de Flandes, tuvo el sentimiento de ver á Valdivia y Osorno, únicas 
ciudades que se conservaban al sur, caer en manos de sus enemigos, sin que 
pudiera evitarlo, á causa de haber hallado tan adelantados aquellos dos sitios. 
Mas asi que arregló las cosas en las ciudades del norte del Biobio, y animó á 
los que comenzaban á deliberar sobre abandonarlas, con el intento de retirarse 
á otras colonias (3), cayó sobre el enemigo con tanto valor y tan buena tácti- 
ca militar, que, habiéndolo derrotado y arrinconado en los lugares más remo- 
tos é inaccesibles, se dedicó á restablecer los fuertes y plazas de armas per- 
didas. 

8. Bien pronto viéronse cubiertas con ellos las márgenes del Biobio, y tier- 
ra adentro; restituyéronse los de Arauco, Paicavi, Lebú y Tucapel, y se le- 
vantó un fuerte junto á la Imperial; Ribera edificaba, y no destruía: peleaba 
con el guerrero, pero no mataba al vencido, ni al indefenso vecino, ni á la 
débil mujer. Los indios reconocieron esta conducta, nacida de humanidad y 
no de cobardía; y este reconocimiento contribuyó en gran manera á que mu- 
chísimos se le rindiesen. Acogiólos con benignidad, bajo la condición de esta- 
blecerse en la proximidad de las colonias españolas; como en efecto lo hicie- 
ron, para gran bien suyo y notoria utilidad del país. Este ilustrado general 



(1) Relación escrita por el Gobernador de Chile Alfonso de Ribera, y publicada por Mr, Gay 
tomo II de docament09.~(2) P. Rosales, lib. V, cap. xxii.--(8) P. Olivares, Historia política, 
lib. V, cap. X. 



1601 GAP. X 79 

comprendía muy bien que vencer no es someter, y que la fuerza militar puede 
lo primero, pero no lo segundo, si no ya acompañada con la moderación y 
prudencia; teniendo siempre presentes la Índole y los intereses de los vence- 
dores y de los vencidos. Dificil es lograr esto por medio de' los militares; pero 
no lo es tanto por medio de sacerdotes virtuosos, que sepan llenar debidamen- 
te el ministerio que les ba confiado el Dios de paz. 

9. Por lo cual negoció, como después diremos, que los PP. de la Compafiia 
de Jesús acompañaran su ejército y moraran en los fuertes, para convertir á 
los indios, moralizar á los españoles, confortar el ánimo del vencido, y con- 
tener los brios y desafueros del vencedor. Habiendo indicado poco ha lo que 
en estos azarases tiempos hacian aquellos en Santiago con los españoles, no 
es justo pasar en silencio cuánto trabajaban con los naturales, en cuya cultura 
desplegaron entonces mayor actividad y celo. £1 amor á la independencia es 
en todo pueblo, y con especialidad lo fué en el chileno, una pasión noble y 
yehemente, que si bien puede conducirlo á un alto grado de gloria y prospe- 
ridad, lo puede también precipitar á un abismo, haciéndole mirar con menos- 
precio, y aun desconocer enteramente sus verdaderos intereses. 

10. En este conflicto se hallaban los naturales del pais: si recobraban su li- 
bertad política, perdían la civilización y la religión; y con ellas bienes inmen- 
sos en este mundo, é infinitamente mayores en el otro. Según el orden de co- 
sas de aquella época, no se daba medio entre estos extremos: preciso es acatar 
las disposiciones de la Providencia, que permite á las veces injusticias que 
detesta, en atención á los bienes que ama. Intimamente persuadidos los jesuí- 
tas de estos designios del Altísimo, al par que abogaban valerosamente por la 
libertad del indio independiente, aconsejaban la sumisión y dependencia á 
los que no lo eran. Para hacerles más llevadera su suerte, y que se resignasen 
á ella, contentos con los bienes recien indicados que la dominación española 
les proporcionaba, se los representaban con vivos colores, manifestándoles su 
alta importancia, inmensamente superior á la de las cosas terrenas y perece- 
deras ; y les patentizaban la fatal desdicha de los que se condenan á penas 
eternas, por abusar culpablemente de su libertad. 

11. Inculcábanles estos sublimes y vivificadores principios en el frecuente 
trato que con ellos tenian, en las doctrinas de antemano establecidas, y en las 
instrucciones que de nuevo les establecieron, para fomentar su piedad y enar- 
decer en sus corazones el amor á la religión : dulce y poderoso freno para 
mantenerlos sosegados, ó impedir se fueran con los alzados. Los indios recibían 
sos palabras y consejos con gusto y docilidad, por cirios de boca de quienes 
los amaban entrañablemente, y procuraban sincera y eficazmente su real y 
verdadero bien: y no contentos coq esto, acudían confiadamente á nuestra por- 
tería á consolarse en sus aflicciones, y buscar el alivio de sus penas; sobre todo 
coando alguno de los suyos estaba enfermo. En tales casos casi todos buscaban 
algún P. de aquel colegio, especialmente los que ignoraban ó poco sabían el 
idioma castellano, ó preferían confesarse en el suyo nativo. 

12. Era esto tan notorio, que el Vicario general de esta diócesis les conce- 



80 CAP. 1 1600 

dio (1), sin que nadie se io pidiese, amplia facultad para administrar á los in- - 
dios enfermos el santo viático, la extrema-unción y el bautismo solemne. Co- 
mo esto podía redundar en favor de sus amados indios, sin detrimento alguno 
de los curas, aceptaron gustosos este trabajo, y usaron de este permiso por 
mucho tiempo ; logrando asi la salvación de no pocas almas. Conversiones 
singulares consiguieron por este medio, en que resplandeció grandemente la 
bondad divina, y se comprobó que nunca debemos desconfiar de la conversión 
de los pecadores. Algunas de estas nos refieren los PP. Lozano y Olivares; yo 
me contentaré con anunciarlas asi por brevedad. No dejaron de dar entre 
tanto algunas misiones por la campiña, con el mismo religioso y pacifico in- 
tento; pero como en unas partes hacian sus entradas los alzados, y en otras no 
era prudente fomentar numerosas reuniones, no fuese que llegasen á ser oca- 
sión de algún levantamiento, no pudieron ser por entonces en gran número. 

13. Su santo celo apeló á nuevos arbitrios, á fin de mejor cultivar, por lo 
menos, á los de la capital y sus contornos, en quienes estuvo por algún tiem- 
po circunscrito su ministerio. Instalaron á este efecto la cofradía del Niño- 
Dios (2), en la cual solo eran admitidos aquellos indios que más habían adelan- 
tado en la doctrina, y que observaban una conducta más cristiana. Estos debían 
asistir precisamente todos los días festivos al catecismo, y se miraban con el 
deber de llevar á él los más distraídos y los no bautizados todavia, si acaso 
los hallaban. Tenían sus comuniones de regla, y algunas otras prácticas de 
piedad; y era reprendido bondadosamente el que faltaba á ellas. Instituyeron 
también sus fiestas, y se permitió á los cofrades que festejasen á sus santos 
patronos, cantando y danzando sencillamente delante de las procesiones; y 

. acabados los oficios divinos, se les toleraban algunos refrescos ó comidas, para 
dar algún consuelo, siquiera en tales dias, á aquellas pobres gentes, agobia- 
das con tantos trabajos. El H."" Fabián Martínez tomó á su cargo esta cofradía, 
que dirigía uno de los PP., cuidando de que todos asistieran con buen or- 
den y la debida atención; que se hicieran con decoro y la posible solemnidad 
todas las funciones y demás prácticas de ella ; y esmerándose en el adorno de 
las sagradas imágenes, de sus andas y altares, y de cuanto pertenecía al culto 
divino (3). T lo que ahora comenzó lo prosiguió hasta su muerte, cuanto tiem- 
po vivió en Santiago. 

14. Muy bien sabían los jesuítas que en la Iglesia de Dios no hay distin- 
ción de clases y personas; pero sabiendo igualmente que en ciertas círcun»* 
tancias hay que respetar las preocupaciones comunes, y que á cada clase se le 
debe hablar en su lenguaje, y de un modo acomodado á sus alcances, institu- ' 
yeron (4) otra cofradía destinada exclusivamente para los morenos y demás 
oriundos de las razas africanas. Teniendo por norma la del Niño-Dios, enta- 
blaron las comuniones de regla, las doctrinas y el especial cuidado de atraer 
á ellas los remisos y á los que de nuevo eran traídos del África; procurando 



(1) P. Lozano, Historia del Paraguay, lib. III, cap. ix, n.* 8.— (2) P. Lozano, ibid., cap. «, 
n.^^S.— (3) P. Rosales en svl vida.^(l) P. OUvares, Historia de la Compañía, cap. i, $8. 



1600 CAP. X 81 

ensefiársela á su arribo en su nativo idioma. Por dejarse llevar los morenos 
todavía más que los indios de las impresiones de los sentidos, dióse á la cele- 
bración de sus fiestas una pompa y solemnidad especial ; asi á la misa y de- 
mis actos religiosos que se practicaban en el templo , como á las que se cele- 
braban en las calles y plazas: cuales eran lucidas procesiones, precedidas de 
ingeniosas comparsas, y compostura y adorno de altares en las plazas: y además 
se les toleraban en aquellos dias algunas festivas é inocentes diversiones, con 
que desabogaran su corazón. Mucbo trabajaban los PP. en darles á entender 
que no agradaria al Señor su culto externo, si no iba acompañado con el in- 
terno; y que este le sería tanto más agradable, cuanto procediese de corazones 
más puros. Por lo cual procuraban, y ordinariamente con feliz éxito^ que se 
dispusiesen á sus festividades por medio de la confesión, y que la sagrada co- 
munión fuese una de las principales distribuciones de sus fiestas. Con estas 
piadosas industrias lograban instruir á sus amados morenos, inspirarles amor 
y respeto á las cosas santas, y acostumbrarlos á las prácticas cristianas, corri- 
giendo sus costumbres, que por tantos títulos eran, desgraciadamente, bastan- 
te desarregladas. 

15. En el personal de los sujetos hubo por estos años notables alteraciones. 
Algunos vinieron del Perú; otros pasaron allá. Entre los primeros hallamos 
al H.° Martin de Garay, que en el año 1598 era procurador (1) ; y fueron los 
segundos los PP. Olivares, Aguilera y Valdivia. Las verdaderas causas de la 
partida de estos apreciables varones, que tantas conversiones acababan de lo- 
grar en el sur, asi como las habian logrado en todo el Reino, siendo ma- 
yores aún las que prometían, yo no las sé. El P. Lozano (2) nos dice que el 
P. Aguilera, deseoso de vivir más desprendido de su noble parentela, y para 
despegar su corazón más fácilmente de su suelo natal, pidió á los superiores 
que le sacasen de Chile; y que obtenido este permiso, se volvió al Perú; pero 
no luego sino por el año 1599 (-|-). En cuanto al motivo alegado, á pesar del 
respeto que nos merecen las opiniones de este diligente historiador, no pode- 
mos persuadirnos fuera esta la causa verdadera de su partida. Más nos incli- 
namos á creer que, contristado su corazón al ver la ruina de su patria, y no 
podiendo remediarla, deseó y solicitó abandonarla. 

16. En el año 1602 partióse asimismo (3) para el Perú el P. Luis de Val- 
divia: lo que es para mi un misterio , que no puedo comprender. Ya por el 
afio 1600 había sido llamado á Lima por el P. Rodrigo de Gabredo ; mas en- 
tonces lo fué para que asistiera á la Congregación Provincial. Y esta noticia 
causó tal alarma en Santiago, que todos le rogaron no se partiese; y viendo 
qne él, como buen religioso, no quería dejar de cumplir lo que ordena nues- 
tro instituto y exigía su Provincial, el cabildo de Santiago escribió á su reve- 
rencia, suplicándole con los términos más afectuosos y los más graves lamen- 



(1) Archivo del ministerio del Interior.— (2) P. Lozano, Historia de la Compañía, lib. II, 
cap. VII, n.° 10.— (+) Este P. acompañó al P. Valdivia en sn excursión por las ciudades del 
SQr.-<3) D. Luis Tribaldos de Toledo cronologista general de Indias, en el año 1636. 

6 TOMO 1 



82 GAP. X 1602 

tos DO les quitase aqael P., que era toda su esperanza y consuelo. El P. Bar- 
rasa en su Historiado la Compañía en el Perú trae esta carta; pero la omitimos 
por brevedad. A despecho de todos los amigos, se fué el f, á Valparaíso: pero 
el buque retardó tanto su salida, que previendo el P. estaría acabada la Con*- 
gregacion cuando él llegase, no se embarcó. El P. Provincial en vista de lo 
ocurrido, aprobó su determinación. Mas ahora se va como para no volver, á 
pesar de que él era como el alma del colegio. Con su actividad nada común 
habia desempeñado simultáneamente el rectorado, la cátedra de filosofía y los 
ministerios con españoles é indios. Habia evangelizado á gentes de diversas 
naciones, y compuesto gramática y diccionario de tres de sus idiomas. A don- 
de no le era dado alcanzar en persona, enviaba sus subditos, comunicándoles 
su ardoroso espíritu; y por medio de ellos habia conseguido admirables frutos. 
Su benéfico influjo habia salvado la ciudad de Santiago, y habia hecho pode- 
rosos, aunque inútiles esfuerzos, para salvar las del sur. ¿Cómo, pues, lo sacan 
de este Reino sus superiores? ¿Seria por una prudente precaución? Su carácter 
enérgico y entusiasta ,.su ascendiente sobre españoles é indios , su libertad é 
intrepidez en decir la verdad á cualquier persona , me lo dan á sospechar ; ó 
que, por lo menos, algunos de ánimo no tan valiente y resueltocomo el suyo, 
creerían que levantaba su voz más alto de lo que las circunstancias requerían. 
17. Su nombre escríto lo encontramos (1) entre los eclesiásticos de esta ca- 
pital, que entonces declararon que los araucanos, no solo merecian ser escla- 
vizados, sino también quemados como herejes, en razón délas atrocidades que 
acababan de cometer con los templos, imágenes sagradas y ministros del Señor. 
Las horrorosas y sangrientas escenas que se iban desarrollando á su vista en 
la Araucania, y el inminente riesgo de que se verificaran otras tantas en lo 
restante del Reino, exaltaron, quizás, con demasía su imaginación , y le quita- 
ron aquella serenidad de espíritu, que tanto lo habia recomendado en los an- 
teriores conflictos, y no le dieron lugar para discernir entre los inocentes y los 
culpados de aquellas naciones, cuya opresión injusta, é inÍQuos vejámenes 
tantas veces él mismo habia lamentado, ni para fijarse en las circunstancias 
atenuantes de los atroces crímenes, que entre los furores de la guerra come- 
tían, arrastrados por la venganza y su antigua barbarie. El P. Paez, que por 
su edad avanzada y carácter apacible era más calmoso, y que por no haber 
participado inmediatamente de aquellas horribles calamidades no tendria el 
ánimo tan exaltado, tomarla el prudente arbitrio de retirar de este desgraciado 
país al joven Valdivia, á fin de removerlo de tan gravea compromisos. No lo 
baria, ciertamente, por defectos que en él hallase, ni por reprobar su conduc- 
ta; pues, teniendo como Visitador que dar juicio sobre ella, la aprobó, confir- 
mó todas sus instituciones, y aplaudió el floreciente estado en que dejaba el 
colegio y todos sus ministerios. Comprueban lo mismo los graves y honoríficos 
cargos que acto continuo en Lima sus superiores le confiaron. 



(1) He leído este dictamen entre los documentos que trajo del archivo de Indias de Se- 
villa el Sr. Vicufla Mackena. 



1602 CAP. X 83 

18. Como después hablaremos largo de este benemérito P., y no tendremos 
ocasión de hablar de los otros dos, por no haber vuelto á este su suelo natal, 
insertaremos aqui, como un testimonio de gratitud, algunos datos de sus inte- 
resantes vidas. El P. Juan Olivares, nacido en la Imperial en 1565 de D. Bar- 
tolomé de Olivares y de D.' Catalina Martin, fué admitido en la Compafiia á 
13 de Enero de 1584 en la ciudad de Lima. Era preceptor de latinidad en Po- 
tosí por el afio 93, cuando fué enviado á Chile, donde lo hemos visto abrir 
igual clase con grande aprovechamiento de la juventud. El motivo principal 
con que el P. Pinas se lo trajo fué para que pudiera entenderse con los indí- 
genas, cuyo idioma poseia como criollo. Pero habiéndolo aprendido el P. Val- 
divia y sus compañeros, ya no hacia falta en Chile, y así regresó á su Provin- 
cia del Perú. Esta lo envió á Roma por socio de su procurador el afio 1606; y 
asa regreso fué superior de varias casas. En el 1612 era rector del colegio 
de S. Martin (1). Al fin falleció á II de Junio del 1653 teniendo 88 afios de 
edad. En la misma ciudad de la Imperial nació también de nobles padres en 
1S61 el P. Hernando de Aguilera ; y no habiendo en Chile colegios de edu- 
cación , pasó á Lima á hacer sus estudios. A los diez y ocho años de su edad 
entró en la Compañía ; y después del noviciado terminó sus estudios con 
aprovechamiento , aplicándose especialmente al arte oratoria , en que salió 
aventajado: por este motivo lo dedicaron los superiores á la predicación de es- 
pañoles é indios (i). Animado de gran celo por la gloria divina, ejercitaba este 
importante ministerio con gusto y entusiasmo ; á que correspondia de ordina- 
rio abundante fruto. Mostró siempre singular predilección por los indígenas. 

19. En 1593 volvió á est¡a su patria con los que fundaron en ella la Com- 
pañía, y esta Historia nos ha referido los grandes servicios que á sus paisa- 
nos prestó. El fué el primero que predicó á los indios chilenos en su lengua, 
abriendo á los varones apostólicos el camino por donde habían de lograr la 
conversión de millares de infieles, y la salvación de muchos neófitos. Mientras 
moró en el colegio de Santiago hizo frecuentes excursiones por su campiña ; y 
después tuvo el valor de penetrar, solo con su compañero, entre los indios 
mal reducidos, y también entre los alzados. La gracia y elocuencia con que les 
predicaba en araucano, «la sinceridad y caridad ardiente con que procuraba su 
bien, y mucho más su virtud, le merecieron la veneración y cariño de aquellas 
gentes bárbaras; sin que uno solo, que sepamos, le faltara al respeto en nin- 
guna de las dos excursiones que hizo por las provincias del sur, en que empleó 
diez y siete meses. Con cuánto aprovechamiento queda ya referido; y así no 
tengo porque repetirlo. Vuelto á Santiago, en 1599 pasó á Lima, donde hizo 
la profesión de cuatro votos en el 1600. He aqui un testimonio de su capaci- 
dad y de su virtud; la cual no sufrió la menor mengua en los seis años que 
estuvo en Chile, aplaudido de los suyos, y respetado de todos; con haber vi- 



(1) P. Joao Anello Oliva, en las Vidas de los Varones Ilustres de la Provincia del Perú.— 
(2) P. Alegambe, «Bibliotheca Scriptorom Soc. Jesu,» y P. Anello Oliva, Varones Ilustres 
del Perú. 



84 CAP. X 1602 

vido lo más del tiempo fuera del colegio, para llenar los ministerios de un ver- 
dadero misionero. 

20. Algún tiempo después fué nombrado rector del colegio de la Paz; pero 
su principal ocupaoion fué el pulpito. Fruto de estas tareas apostólicas fueron 
algunos volúmenes de sermones, que dejó dispuestos para la imprenta cuando 
murió en el Cuzco en 1637, siendo rector de aquel colegio, á los setenta y seis 
años de edad, cincuenta y ocho de Gompañiá, y treinta y siete de profeso en 
ella (1). 

21. Cualesquiera que fueran las causas que motivaron el mencionado cam- 
bio de sujetos, él nos demuestra que en la Compañía de Jesús florecía el celo 
por el bien de sus hijos, y de la disciplina religiosa, á la par que por la salud 
de las almas. La 6nseñanza,'la predicación, las misiones entre fieles é infieles, 
y los demás ministerios á que en estas regiones se hablan consagrado los nues- 
tros, capaces eran de absorber las atenciones y cuidados de un gran número 
de sujetos, hasta disipar su espíritu y hacerles descuidar el régimen interior y 
las sabias providencias prescritas en el instituto, para fomentar el aprovecha- 
miento espiritual de sus miembros: ¡^cuánto más siendo tan reducido el número 
de operarios! Ni eran pequeños inconvenientes para ef exacto cumplimiento 
de la disciplina regular la larga distancia que promediaba entre unos y otros 
religiosos, la poca seguridad y la excesiva tardanza de las comunicaciones en- 
tre los subditos y los superiores mayores, y la dificultad de que estos los visi- 
taran á su debido tiempo : la que no lograron vencer ni el P. Juan Sebastian 
de la Parra, ni el P. Rodríguez de Cabredo, su sucesor en el provincialato. 
Mal de su grado tuvieron ambos que contentarse con suplir la visita por otros 
medios; y no serian de los menos trascendentales el regreso al Perú del P. Pi- 
nas en 1594 y el del P. Aguilera en 1599. 

22. Conociendo todo esto el P. General Claudio Acuaviva, y también los 
males y atrasos que la falta de la visita podía ocasionar, nombró en 1S99 para 
hacerla en toda la Provincia al celoso y prudente P. Esteban^Paez; quien, des- 
pués de haber visitado el alto y bajo Perú y la gobernación del Tucuman, vino 
á Chile. Reclamaban aquí de un modo imperioso su presencia y autoridad los 
graves asuntos que se suscitaron, con motivo de la destrucción de las ciudades 
del sur, del trastorno general del país y del desaliento que se comenzaba á 
sentir en sus habitantes. 

23. Para acelerar su viaje, proyectó hacerlo desde Salta por la viade los 
Andes; pero hallando cerrada por las nieves esta cordillera, y teniendo que ir 
á Lima su secretario el P. Diego de Torres (2), tuvo que dar la vuelta por el 
Perú hasta llegar al puerto de Arica. El P. Lozano llama increíble é infructuo- 
so el trabajo que sufrieron en esta gran vuelta; y si bien es verdad que merece 
el primer epíteto, no mereció el segundo, por haber sido ocasión ¡oportuna 
para traer consigo en bien de esta misión otros tres PP. ; de los cuales dos 



(1) Escribieron su vida Alegambe y Sotwel en sos Bibliografías de la Gompa&ía, y el Pa- 
dre Barrasa, Historia MS. del Perú.— (2) Vida del P. Diego de Torres Bollo. 



1602 GAP. X 85 

fueron los PP. Jaan Frías de Herran y Francisco Vázquez Trujillo. En efecto; 
á principios del año 1602 (1) embarcáronse alli estos con el P. Paez en un 
navio, que, á más de muchos pasajeros^ traia un 'regimiento de soldados en 
auxilio de este afligido Reino. 

24. Con apostólico celo aprovecharon esta oportunidad para santificar las 
almas de aquellos militares, muchos de los cuales vendrían á morir en los 
combates con los araucanos. Para mover eficazmente sus corazones á una bue- 
na confesión, les rezaban el santo rosario todos los dias, les contaban un ejem- 
plo, les leian á ratos algún libro devoto tres dias por semana, les hacian plá- 
tica ó sermón los domingos, y frecuentemente les inspiraban con sus conver- 
saciones espirituales horror y detestación de la culpa, y deseos de unirse in- 
timamente con Dios. Ninguno se resistió á estas amorosas insinuaciones; antes 
bien todos se confesaron humildemente durante la navegación; y reconcilia- 
dos con el Señor por el sacramento de la penitencia, se llegaron devotamente 
á la sagrada comunión, á fin de que, confortados con el pan de los fuertes, 
acertasen á resistir á las tentaciones y ocasiones de pecar tan frecuentes en la 
milicia. £1 dia miércoles de pasión, que fué el 15 de Marzo de 1602, aporta- 
ron felizmente á Concepción de Penco; cuyos vecinos no se alegraron menos 
al recibir á estos PP., que al considerable refuerzo de tropas para su destroza- 
do ejército. 

25. Cabalmente ni un solo sermón se habia predicado aquel afio en aquella 
capital de provincia, centro de las operaciones militares, y refugio de casi to- 
dos los españoles é indios cristianos que se hablan libertado del furor de los 
alzados, ó que habian venido, abandonando sus casas y haciendas, por no ser 
presado los muchos que recorrían aquellas campiñas. Los vecinos honrados y 
aun los que no lo eran tanto, viendo desenvainada sobre sus cabezas la espada 
de la divina justicia, anhelaban por oir la palabra de Dios, deseosos de recon- 
ciliarse con él: los pocos^sacerdotes que allí habia, no se la predicaban, ó por 
no creerse capaces de desempeñarla dignamente, ó por otras atenciones de su 
cargo (2); y á. penas habia quien se sentara en el confesionario (-f-). Muy al 
contrario lo hacia Fr. Reginaldo Lizarraga, Obispo de la Imperial, que por la 
minado ella moraba en Concepción; pues que noche y dia repartía á su pue- 
blo el alimento espiritual, oyendo en penitencia á las muchas gentes que de 
todas clases y condiciones se allegaban á sus pies. 

26. Regocijóse más que todos este prelado al recibir á quienes pudieran 
ayudarle en el desempeño de su cargo pastoral; y les suplicó demorasen algún 
tiempo en su diócesis, con el objeto de remediar aquella necesidad, que bien 
pudiéramos llamar extrema; y les comunicó todas sus facultades para el más 
fácil cumplimiento de su sagrado ministerio. Abrieron, por lo tanto, nuestros 
PP. su misión, predicando cada dia en la catedral, ó delante de ella en la pla- 



cí) P. Lozano, Historia del Paraguay, lib. III, cap. x, n.° 8.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. III, 
cap. X, n.° 10.— (-f) La mayor parte de los sacerdotes, hasta algunos canónigos, se habian 
retirado de allí, según asegura el mismo Sr. Lizarraga en su Informe al Rey, cuya copia 
tengo á la vista. 



86 CAP. X 1602~ 

.. — . • ■• — I 

za pública para los adultos, y haciendo la doctrina para los nifios en la iglesia 
de S. Francisco. Algunas veces entre semana iban con éstos en procesión al 
cuerpo de guardia á predicar á los soldados , convidándolos asi y disponién- 
dolos á la penitencia. Conmovidos como estaban los ánimos, pronto se rindie- 
ron á sus voces ; y aquellos cuatro PP., y á su ejemplo otros sacerdotes del 
pais, con trabajo alcanzaron á oir todas las confesiones en los quince dias que 
se dedicaron á ellas, sin tomarse á penas el tiempo necesario para el indispen- 
sable descanso. En tales circunstancias son más para admirar que para contar 
las grandes conversiones que se verifican. 

27. Agradecidos los vecinos de Penco quisieron detener á los jesuitas en su 
compafiia ; pero el P. Visitador no accedió á sus deseos, manifestándoles el 
grave encargo que le llevaba á Santiago. Embarcáronse de nuevo el 30 de Abril, 
no atreviéndose á ir por tierra, á causa del inminente riesgo de caer en manos 
de los indios alzados: y habiendo aportado en Valparaiso después de una bre- 
ve y próspera navegación, pasaron pronto á Santiago (1), donde todo el pue- 
blo y las autoridades, asi seculares como eclesiásticas, los recibieron con in- 
decible contento y aplauso. Mucho mayor fué, ciertamente, el regocijo que 
experimentaron los nuestros al abrazar á su amable y respetable Visitador. 

28. Este dio principio á su visita con las exhortaciones públicas de costum- 
bre (2) ; y luego habló con paternal solicitud y cariño á cada uno por separa- 
do, con aquella benignidad que fué la prenda más característica de su pruden- 
te gobierno: con lo que á todos losd^jóen gran manera consolados en el Sefior, 
y más y más animados al cumplimiento de sus deberes religiosos. Es digno de 
todo elogio, y causa notable admiración leer en los autos de la visita, ó do- 
cumentos relativos á ella, que este espiritualisimo P. nada tuvo que remediar 
en la disciplina religiosa de aquella comunidad, pocos años antes establecida 
entre el ruido de las armas, y la distracción de tantos y tan variados ministe- 
rios, dentro y fuera de casa, entre fieles é infieles, abarcando decididamente 
todas las clases y condidones de la sociedad. Ni tampoco tuvo cosa notable 
que corregir en el espíritu y conducta privada de cada uno, por anhelar todos 
á su perfección, y vivir consagrados á procurar la de los prójimos, en el cargo 
ú ocupación á que la santa obediencia los tenia destinados. Solo tuvo que tem- 
plar, como próvido Visitador, los fervores de algunos, y moderar en otros (3) 
el apostólico celo que los devoraba. ¡Qué consuelo para aquel venerable an- 
ciano! 

29. No se lo dio pequeño el floreciente estado en que halló las clases de gra- 
mática, filosofía y moral. Los exámenes que en su presencia dieron los alum- 
nos de todas ellas, cada uno en sus materias respectivas, le manifestaron los 
notables adelantos que hablan hecho. De quince discípulos que concluyeron 
aquel año la filosofía^ corto número en sí mismo, pero- grande atendida la po- 
ca población y la prolongada guerra de vida ó muerte en que estaba altamente 



(1) P. Olivares, cap. i, $ 10.— (2) P. Lozano , ibidem, Ub. III, cap. x , n.^ 11— (3) P. Loza- 
no, ibidem, líb. III, cap. x, n.^ll 



1602 CAP. X 87 

comprometido el pais, trece salieron muy aprovechados. Y no solo se consoló, 
sino que se edíGcó en gran manera al ver los progresos que hacían los discí- 
pulos de aquel colegio en la virtud y santidad, y la tierna devoción con que 
todos á porfía practicaban puntualmente los actos piadosos de la congregación 
de la Purísima Concepción de María, esmerándose en obsequiarla, especial- 
mente con la honestidad de su vida y candor propio de un congregante de 
Ntra. Sefíora. 

M. El mismo P., después de haber aprobado las distribuciones y ministe- 
rios entablados en esta capital, visitó las misiones, es decir, se informó de la 
frecuencia, método y frutecen que se daban: y aprobando los dos primeros de 
estos tres puntos, bendijo al Sefior por el tercero. ¡Y con cuánta complacencia 
lo baria al reconocer que este fruto era debido, después de la bendición del 
cielo, al singular celo, decisión y constancia con que los misioneros hablan 
ejercido su sagrado ministerio! ¡Con qué gusto revisarla las extensas notas so- 
bre el número de bautismos, confesiones y comuniones, y escucharía los casos 
raros y conversiones notables que le refirieron, y nos han trasmitido en parte 
los PP. Lozano, Ovalle y Olivares! De ellos tan solo dos extractaremos aquí por 
brevedad. Habiendo el demonio persuadido á una india machi, es decir, he- 
chicera de profesión, que era inmortal, no quería convertirse^ á pesar de ha- 
llarse gravemente enferma. Muchas veces se habia resistido, estando sana, á 
recibir el santo bautismo, por no dejar el oficio de machi (1), que las reviste 
de cierto prestigio y autoridad, y ordinariamente les proporciona no pequefias 
comodidades entre los suyos; y aunque estaba para perderlo todo, rehusaba 
todavia recibirlo por la falsa idea de su inmortalidad. Frustradas todas las dili- 
gencias, y siendo ineficaces las razones, uno de estos misioneros se recogió á 
hacer oración por ella, y no bien la hubo concluido cuando la machi se rin- 
dió; y verdaderamente convertida, aprendió los misterios de nuestra santa fe, 
y renunciando sus brujerías, se bautizó. 

31. De mayor consuelo y edificación fué el caso siguiente: habiendo los 
mismos PP. apartado á una india cristiana del trato ilícito que mantenía 
con un soldado espafiol, volvióla este á solicitar; pero la india, no solo resis- 
tió á sus inicuas instancias , menospreciando varonilmente sus promesas y 
amenazas, sino que le habló con razones tan del caso, y lo reprendió con tan- 
ta energía, que lo convirtió, reduciéndolo al arrepentimiento y á la confesión. 
Sensible y aun vergonzoso es el supuesto del caso precedente; y para evitar, 
si posible fuese, su repetición, aceptó con gusto el P. Visitador la propuesta 
que le hizo el Sr. Gobernador Ribera, como diremos en el capítulo siguiente. 
Así que al partirse de Chile tan pronto como acabó su visita , dejó (-f-) á sus 
amados hijos en posesión de un campo, pedregoso sí, y cubierto de espinas, 
empero que, cultivado con el esmero y diligencia que ellos acostumbraban, 
producirla á su tiempo muy abundantes cosechas á mayor gloria de Dios. 

(1) P. Lozano, ibidem, lib. 111, cap. ix, n.° 11.— (-f-) £1 P. Olivares se equivocó ai decir 
qne ei P. Paez estuvo seis afios en Chile , confundiendo esta visita con la que hizo el ano 
110$, siendo ya Provincial. Según Tribaldos de Toledo dicho P. estaba en Lima en 1605, y 
Lozano pag. 365 dice que en el afio 1606 se embarcó segunda vez para Chile. 



88 CAP. XI 1602 



CAPÍTULO XI 

1. Ribera llama á los PP. al ejército. — 2. Asiste á sus sermones. — 3. Fruto hecho en 
los fuertes. — 4. Imponen penas^ á los blasfemos. — 5. Quitan las pendencias. — 6. Fu- 
ga de una india cautiva. — 7- Su valor reduce á Loncothehua. — 8. El Gobernador 
elogia á los PP. — 9. El P. Frias rector del colegio. — 10. Inaugura la congregación 
de los caballeros. — H. Su piedad y caridad. — 12. Solo mueren dosjesuitas en diez 
años. — i5.' Antecedentes del H.'* Garda. — 14. Sus virtudes en la Compañía. — 15. 
Muere en ella. — 16. Son laudables los fundadores de obras pías. — 17. Gratitud de 
losjesuitas. — 18. Muere el Sr. Torquemada. — 19. Sus sufragios. — 20. Entra en la 
Compañía el P. Vega. — ^21. Viene á América. — 22. Pasa á Chile. — 23. Trabaja en 
el ejército de la frontera. — 24. Vuelve á Santiago y muere. — 25. Sus funerales. — 
26. Mal estado de la iglesia del colegio. — 27. Magnanimidad de su rector. — 28. 
Colócase la primera piedra de otra nueva. 

i 

1. Reforzados los españoles con las tropas auxiliares que les habian llegado 
de la Peniasula, Perú y Buenos-Aires, logrado habían , á mediados del año 
1602, contener los progresos de las victoriosas lanzas araucanas; pero no ha- 
llándose todavía con fuerzas suficientes para reconquistar lo perdido, el Go- 
bernador y experimentado general D. Alfonso de Ribera se puso á la defensi- 
va, levantando varios fuertes en las fronteras, para defender desde ellos el vasto 
país que le quedaba sujeto. Además, conocedor del prestigio que los de la 
Compañía tenían sobre los soldados, asi indios como españoles, y de la pru- 
dencia y constancia con que sabían valerse de él para la santificación de sus 
almas y conservación de la disciplina militar, primera virtud y la más segura 
salvaguardia de un ejército , suplicó al P. Visitador que tuviese á bien man- 
darle al suyo dos misioneros. Accediendo gustoso á su demanda el P. Paez, 
envióle aquel mismo año á Concepción, centro, como dijimos, de las operacio- 
nes militares (1), á los PP. Gabriel de Vega y Francisco Villegas. Llegados 
estos á aquella ciudad, repitieron la misión en la misma forma que se había 
dado en el tiempo pascual. 

2. £1 primero en asistir á ella todos los días era el Gobernador, quien no 
perdía doctrina ninguna, diciendo que las pláticas doctrinales eran de mayor 
utilidad que los sermones. A su ejemplo acudían puntualmente los demás je- 
fes con sus soldados; y casi todos se confesaron con demostración de arrepen- 
timiento, y deseos de mudar de vida, á ejemplo del Gobernador y general, 
que desde entonces la entabló propia de un militar verdaderamente cristiano. 
Concluida la misión, al despedirse los PP. de los penquistas, les advirtieron 
que cuantas veces estuviesen en su pueblo, ejercitarían los mismos ministerios 
que en Santiago; á saber: doctrina para los niños españoles, y á parte para los 



(1) P. Olivares , Historia de laCompafiia, cap. i.Sll, y P. Anello Oliva , Varones Ilus- 
tres MS. 



160 3 CAP. XI 89 

indios, pláticas en las iglesias y cuerpos de guardia, coDíesioues de sanos y 
enfermos, y visita de cárceles y hospitales ; como, en efecto, lo cumplieron. 
Desde allí pasaron á recorrer los fuertes de la frontera, trabajando en cada uno 
de ellos con igual celo, fervor y constancia; á que correspondió el fruto que 
nos indican los siguientes datos. 

3. Uno de estos operarios escribía á su superior, con fecha 28 Febrero y 
5 de Marzo de 1603, que en el fuerte de Sta. Margarita de Lebú habia predi- 
cado y confesado á los jefes (1) y á los sesenta soldados españoles que allí es- 
taban, con todos los indios é indias de su servicio ; que después de darles lá 
comunión, habia pasado al de Sta. Inés de Paicavi, en donde predicó el mis- 
mo dia de su llegada y siguientes, con los mismos felices resultados que en Le- 
bú. Otra vez le escribía haber oido trescientas confalones ; cuarenta de las 
cuales eran de los jefes y oficiales. Los PP. recorrían de ordinario ya unos ya 
otros de los fuertes, ó campos del ejército. Cuando demoraban en alguno, cada 
dia, después de la santa misa, hacían una breve exhortación, y tres veces por 
semana un fervoroso sermón por la tarde. Oponíanse siempre con valor intré- 
pido ,á la licencia militar; y como su ejemplar vida les habia granjeado grande 
estimación y respeto, eran bien recibidas sus amorosas reconvenciones, avisos 
y consejos ; con los cuales conseguian de ordinario contener la soldadesca en 
los limites de lo licito, y á no pocos los inducían suavemente á la práctica de 
la virtud. 

i. Vivamente deseaban aquellos celosos misioneros impedir las blasfemias, 
joramentos y otras palabras escandalosas; mas como los soldados estaban tan 
mal acostumbrados á ellas, no lo alcanzaron con sus exhortaciones y ordina- 
rias providencias: pero no se acobardó su celo, que supo hallar un remedio 
eficaz. Efectivamente; idearon imponer una pena, máis bien humillante que 
aflictiva, á los que tales expresiones profiriesen; y como no alcanzaba á tanto 
su jurisdicción, comunicaron su plan á los jefes y soldados, y con gran sua- 
vidad y cautela los indujeron á aceptarlo. Comprometidos todos por propia 
eleccion^y aquiescencia, imponíase irremisiblemente (2) la pena á cualquiera 
que pusiese su boca contra el cielo, bien fuese soldado raso, oficial ó jefe de 
elevada graduación . Sabia providencia con que se corrigió un vicio al parecer 
irremediable por inveterado. 

5. No trabajaron poco en evitar las pendencias y cortar los rencores, cosa 
de tan funestas consecuencias entre los militares; y plugo al Señor bendecir 
igualmente en esto sus trabajos. Aquel mismo año de 1603 sucedió uno de 
esos casos desastrosos, que puso en inminente riesgo , no solo la vida de los 
contendientes, sino también á todo el ejército. La irritación de los ánimos ha- 
bla cegado de tal modo sus entendimientos, que no reparaban ni en su peligro, 
ni en la pérdida del nombre español, ni en la conservación de su patria. No 
se hallaba persona que pudiese reconciliarlos (3). Dios inspiró á los PP. este 



(1) P. Olivares , ibidem.— (2) P. Lozano , Historia del Paraguay , líb. III , cap. x , n.** 5.— 
(3) P. Lozano, ibidem, lib. III, cap. x, n.'' 6. 



90 CAP. XI 1603 

pensamiento, y los asistió hasta deshacer los enconados partidos, reconciliar 
las personas ofendidas, y lograr que se perdonasen mutuamente las injurias 
recibidas, y se relegasen á un absoluto y perpetuo olvido. 

6. Al recorrer estos fervorosos operarios los diversos y bien distantes fuer- 
tes hablaban á los indios de paz y á los de guerra, ya en privado, ya en públi- 
co, aprovechando diestramente cuantas oportunidades se les ofrecían para con- 
vertirlos, ó conGrmarlos en la fe. Aunque el estado del pais favorecía poco la 
conversión do los indios, no dejó Dios de bendecir sus asiduos cuidados en 
procurarla. En prueba de esto, pasando en silencio otros muchos casos bien 
notables, recordaremos que en el mismo año de 1603 una india bautizada po- 
cos años antes, llamada Inés, se huyó del cacique Loncothehua, que la tenia 
cautiva y algo más; y se refugió al fuerte de Sta. Fe de Ribera. Enfurecido 
el cacique asi que reconoció su fuga, la reclamó del comandante (1), esfor- 
zando sus razones con terribles amenazas; y no consiguiéndola por este medio, 
juntó mil indios, y con ellos acometió y combatió aquel fuerte por dos horas; 
al cabo de las cuales se retiró, dejando muchos muertos y heridos. Entrando 
en mejor acuerdo con este descalabro, envió un mensajero al jefe español, 
ofreciéndole la paz; pero reclamando siempre á su amada Inés, por la cual vol- 
vió pacifícamente después de algunos dias. Gravísimo fué el conflicto en que 
se halló el comandante del fuerte : entregar una Cristiana á un indio bárbaro 
y orgulloso como Loncothehua era indigno de su carácter; negársela de nuevo 
era exponerse á un rompimiento, cuyas consecuencias podian ser fatales, y de 
las cuales lo harían responsable. Llamó por lo mismo á sus oficiales á consejo 
de ffuerra, y comenzó á deliberar seriamente con ellos sobre este grave caso; 
cuando, advirtiéndolo la Inés, y temerosa de que por evitar el grave rompi- 
miento que amenazaba , la entregaran á su amo infiel , se fué á consultar al 
P. Vega ; con cuyo consejo hizo una hazaña digna de eterna memoria. 

7. Presentándose sola sobre la muralla protestó á Loncothehua en alta voz, 
y con intrepidez heroica, que primero consentirla la hicieran pedazos, que no 
ser entregada á él mientras fuese infiel; y concluyó su larga y bien razonada 
protesta, asegurándole que en nada tendría perder la vida del cuerpo con tal 
de salvar la de su alma. Rendido el cacique, dejó á su cautiva fugitiva en el 
fuerte de los españoles; á los cuales fué desde aquel momento muy afecto, ad- 
mirando el valor y constancia que su religión inspiraba. También aquellos 
bárbaros sabían conocer y apreciar el mérito de la virtud. 

8. El servicio de los PP. Vega y Villegas fué tan importante y notorio, y su 
conducta tan religiosa y edificante, que el mismo Ribera (2) escribió al cabil- 
do y á su teniente general de Santiago congratulándose con ellos por la ad- 
quisición de tan celosos operarios; de cuyos hechos y virtudes hacia honrosí- 
sima mención. Desde entonces continuaron por muchos años los de la Compa- 
ñía al servicio del real ejército, prestándole la instrucción cristiana y demás 
auxilios de la religión, asi en sus marchas y combates, como en sus plazas de 



(1) P. Olivares, Historia de la Compañía, cap. i, S 11.^(2) P. Olivares, ibidem. 



1602 CAP. XI 91 

armas y fuertes menores. Por ser estos en gran número, los recorrían sucesi- 
Tamente, á imitación de los PP. recien mencionados, demorando algunos dias 
en cada uno, á fin de poder servirlos á todos, y á los muchos indios que en 
ellos residían, ó á ellos acudían de los lugares vecinos, y á veces de las mismas 
tierras de guerra. 

9. Dejémoslos, pues, tan santa y útilmente ocupados en la frontera, para 
ver lo que en Santiago entre tanto sucedía. El P. Juan de Frías Horran, uno 
de los tres que vinieron del Perú con el P. Visitador, fué instalado rector (1) 
del colegio en lugar del benemérito P. Valdivia. Por ocho años habla tenido 
este á su cargo aquel rectorado; y aunque en ellos habla logrado su formal fun- 
dación, mejorando las habitaciones, trabajando la iglesia, y proporcionándo- 
le rentas con que subsistir, y además habla conservado en vigor la regular ob- 
servancia, y dado tan amplio y provechoso desarrollo á los sagrados ministe- 
rios, asi en la capital, como en la campiña y pro vincias . del sur, tiempo era 
de reemplazarlo en este cargo. Exonerado de él, no tuvieron á bien los supe- 
riores el dejarlo en Chile, probablemente por las razones que hemos indica- 
do en el cap. x, núm. 16, aunque la providencia divina tendría en ello ulte- 
riores miras de sumo interés para la nación araucana, no menos que para los 
españoles de este nuevo Reino. Quizás lo llevó á Lima, donde á su llegada lo 
hicieron catedrático de teología, para que, mientras la enseñaba á nuestros jó- 
venes, les comunicara el celo de la salvación de las almas, en que se abrasaba 
su corazón, y el amor entrañable á los infelices indios y deseo de convertirlos 
que lo caracterizaban. 

10. Animado el nuevo rector de los mismos sentimientos del P. Valdivia, 
llevó adelante cuantos ministerios y prácticas religiosas este habla entablado; 
é más bien procuró perfeccionarlas. Con esta noble emulación, observando 
que solo habia en aquel colegio congregaciones para tres clases de personas, á 
saber, indios, morenos y jóvenes estudiantes, resolvió añadir á ellas la de 
Ntra. Sra. de Loreto para los españoles. Gustosos se prestaron estos á secundar 
las invitaciones del P. rector (2), por cuyos consejos ó meras insinuaciones se 
uscríbió en ella gran número de gente noble, y entre ellos los de mayor ca- 
tegoría. Diósele un prefecto que les hacia las pláticas , y presidia sus ejerci- 
cios de piedad todos los dias festivos. Afervorizados con sus exhortaciones, no 
solo comulgaban todos una vez al mes, según la regla l^s prescribía, sino que 
también muchos de ellos frecuentaban más á menudo los sacramentos, para 
satisfacer su devoción , adelantar en el camino de la perfección cristiana , y 
honrar á su patrona la Virgen María. 

11. Pronto se reconocieron los felices resultados de estas prácticas religio- 
sas: mejoróse en general la conducta de los congregantes, se cortaron las ene- 
mistades y rivalidades demasiadamente comunes en tiempos de guerra; y uni- 
dos entre sí con los sagrados vínculos de la caridad, se dedicaron á practicar 
esta hermosa virtud en favor de las clases más necesitadas. En efecto; la con* 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. III, cap. ix, n.^ 8.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. III, cap. ix, d.^ I. 



92 CAP. XI 1603 

gregacion tomó á su cargo la asistencia de los enfermos y encarcelados; y su 
prefecto distribuía estos caritativos o6cios, que él mismo y otros PP. del cole- 
gio les enseñaban con su ejemplo á practicar. Iban unos á las cárceles para 
consolará aquellos desgraciados, enseñarles la doctrina, aconsejarles la en- 
mienda y la confesión. De vez en cuando les llevaban la comida, siendo el mismo 
P. prefecto y los principales congregantes los que cargaban con las ollas por 
las calles. Otros iban á los hospitales, para prestar á los enfermos los servicios 
corporales y espirituales que necesitaban (1); y algunos estaban encargados de 
servir á domicilio á los yergonzantes, y á los infelices que por incuria ú otro 
inconveniente, no iban á los hospitales. Este número será siempre bien crecido 
donde quiera que haya indios semibárbaros y negros esclavos; pero á propor- 
ción de él se aumentaba la caridad de los congregantes, que, despreciando to- 
dos los respetos humanos, tenian á grande honra servir á los más desvalidos. 
Sus luminosos ejemplos de verdadera fraternidad llamaron la atención de los 
otros españoles, que dulcemente atraídos, pedian con insistencia ser recibidos 
en la congregación. Solo eran admitidos en ella los que prometían cumplir 
con los piadosos compromisos que iban á contraer. A su entrada nada se les 
exigia, ni tampoco entre año ; pero los buenos congregantes costeaban espon- 
táneamente los gastos del culto en su capilla, en la cual se hacían las funciones 
con mucha majestad y ornato; celebrando, además, en la iglesia con todo lujo 
y pomposo aparato las fiestas de su Patrona , en cuyo obsequio se esmeraba 
más y más su devoción. 

12. Quien haya considerado atentamente las pesadas y continuas tareas que 
desempeñaron los hijos de la Compañía en este primer decenio de su existen- 
cia en Chile, y los excesivos trabajos y gravísimas privaciones que indispen- 
sablemente tuvieron que soportar en un país recien conquistado, ó mejor diré, 
envuelto todavía en la exterminadora guerra de conquista, no podrá dejar de 
admirar la providencia del Señor, que les conservó las fuerzas y la vida, sin 
permitir que muriese ninguno de ellos , á no ser los HH. Salazar y Briseño, 
que, como dijimos, murieron siendo novicios. Mas este privilegio no podia du- 
rar para siempre, y en este año comenzó á fallar en la persona del H."" Sebas- 
tian García. 

13. Este habla sido hombre de mucha cuenta en este Reino; capitán y due- 
ño de navios (i), con mucha hacienda, que gastaba en servicio del Rey, sus- 
tentando algunas tropas; en el de los prójimos, teniendo su casa siempre abier- 
ta á cualesquiera desvalidos, y la mano pronta á remediar necesidades; y en el 
del Señor, empleando gruesas sumas en el culto de su divina majestad y sos- 
ten de sus ministros: todas las órdenes religiosas y las más de las iglesias le 
estaban agradecidas por sus cuantiosas limosnas. Remuneróle el Señor esta su 
piadosa generosidad, primero bendiciendo sus negocios y colmándole de bie- 
nes terrestres; y después inspirándole un desengaño tan grande de la vanidad 



(1) P. Olivares, ibídem, cap. i, S 8.— (2) P. Olivares, ibidem, cap. i, S ^% Y carta del Pa- 
dre Valdivia citada en el capftalo iv. 



1603 GAP. XI 93 

de las cosas terrenas, que determinó dejar el mundo en que tan bien estaba 
colocado, y entrarse en religión á tratar más de veras de agenciar las rique- 
zas que durarán para siempre. Entró, pues, en la Compañía de Jesús el 
año 1S97, y al punto io envió el P. Valdivia al noviciado de Lima, no obs- 
tante sus cincuenta y cuatro afios de edad. Abrazóse con el humilde estado de 
H."" coadjutor, después de haber dejado por amor de Dios cuanto poseia; y no 
dado asegurar que se le dio por ello el ciento por uno en este mundo, y des- 
pués la vida eterna. 

14. En efecto: desde entonces adquirió la tranquilidad del corazón, que 
00 dan ni el oro, ni la plata, ni cuantos placeres el mundo promete á los su- 
yos; la virtud de la paciencia, que lo mantenia inalterable y resignado en me- 
dio de las muchas enfermedades que de continuo le aquejaban, como de ordi- 
Darío acontece en el último tercio de la vida con los que han trabajado mucho; 
y el espíritu de ternura y devoción, en virtud del cual no podia hablar, ni 
oir hablar de Dios, sin prorrumpir en dulces lágrimas. Era esto con tanta ve-* 
hemencia, que al oir la lectura en el refectorio, no pddia contenerlas, y á pe- 
naa le permitian tomar el necesario sustento. Esmeróse en la devoción para 
con María Santísima, cuyo santo rosario traia siempre en la mano; y con esta 
aplicación lograba rezarlo muchas veces al dia. Gratamente reconocido á los 
bvores que de esta soberana Señora habia recibido, se complacía en contarlos, 
para excitar en los otros esta devoción y filial afecto. Lloraba, asimismo, con 
frecuencia y gran compunción sus culpas pasadas; lamentaba la desdicha de 
DO haber abandonado en edad más temprana á un mundo falaz y seductor; 
ysentia amargamente no haberse entregado desde niño con todas las veras de 
8U corazón al servicio del Señor. Mas hízolo ahora con tal tesón, que á todos 
los tenia edificados ; y aunque vino á la religión á la hora undécima, no du- 
damos que recibiría integro el denario del gran padre de familias. 

15. Cargado así de méritos, y recibidos devotamente los santos sacramen- 
tos, entregó su alma al Criador en este año de 1603, teniendo sesenta de edad, 
y más de seis de Compañía. Su muerte causó gran sentimiento en toda la po- 
blación, y acudieron á su entierro, sin ser convidadas, las órdenes religiosas, 
é por gratitud á sus mencionados servicios, ó por respeto á sus virtudes, que 
habían llamado ya la atención pública; y todas le hicieron las exequias. Asis- 
tieron á ellas la nobleza de esta capital, que vino á venerar á uno de sus prin- 
cipales vecinos, quien había sabido honrarla cual otro alguno con sus obras y 
virtudes : concurrió también gran número del bajo pueblo, que aplaudía la 
memoria de su insigne bienhechor. Así como el pueblo santiaguino se esmeró 
este año en concurrir á los funerales de un humilde hijo de la Compañía, asi 
esmeróse esta en solemnizar los de un personaje, que, á pesar de no haber na- 
cido en esta ciudad, merece ser llamado santiaguino^ por haber sido uno de 
los fundadores de ella, y de los que más eficazmente cooperaron á su consoli- 
dación y progresos. Este fué b1 Sr. D. Andrés Torquemada. 

16. Agradecido le estaba el público por sus importantes servicios, entre los 
cuales reputaba por uno de los mayores el que habia fundado el colegio de la 



94 GAP. XI 1603 

Gompafiia (1). En aquellos tiempos de fe y piedad cristiana un hecho como 
este bastaba para formar la corona de un ilustre y benemérito ciudadano: á 
ella aspiraban justamente los grandes mercaderes, los capitanes esforzados y 
los afortunados conquistadores. Esta religiosa y benéfica aspiración no empe- 
cía el corazón de los valientes, ni coartaba el espirilu de empresa, ni amilana- 
ba el ánimo de los denodados guerreros. Y el pueblo, el pobre pueblo, á quien 
tantos elogios se prodigan hoy dia, con miras las más veces interesadas y am- 
biciosas, aunque solapadas con el nombre sonoro de filantropía, y cuya hu- 
milde y trabajosa suerte se abate en realidad y se recarga cada diamás y más, 
este pueblo digo, percibía grandes ventajas del piadoso espíritu de la época. 
Díganlo sino la multitud de infelices que hallaron la salud, ó lograron una ca- 
ritativa asistencia durante su última enfermedad en el hospital de S. Juan de 
Dios, y los millares de j^^venes, ó por mejor decir, la mayor parte de los san- 
tiaguinos, que recibieron su instrucción literaria y educación moral y religio- 
sa en el colegio fundado por el Sr. Torquemada. 

17. Si en nuestros dias se halla quien desconozca estos trascendentales ser- 
vicios, nos consuela saber que no fueron ingratos nuestros mayores. Los jesuí- 
tas, así como fueron los más directamente favorecidos de su generosa liberali- 
dad,' asi se le mostraron los más reconocidos durante su vida, en su muerte y 
también después de sus dias. En sus últimos años tuvo graves dolores y enfer- 
medades, en las cuales ellos \o asistían con suma caridad y lo procuraban con- 
solar con cordial amor. Imposibilitado, al fin, de salir á la calle, uno de los 
PP. iba á decirle misa en su casa los dias festivos, lo confesaba y le daba la sa- 
grada comunión, que él recibía devotamente, pidiendo al Señor le diese resig- 
nación y esfuerzo, para sufrir con paciencia los agudos dolores que le aqueja- 
ban. Concedióle Dios tan generosamente lo que pedia, que, agravándose en 
los postreros meses sus males de suerte que no sosegaba de noche ni de dia, 
sentado siempre en su banquillo, por no poder recostarse, jamás perdió la se- 
renidad de su semblante, porque no perdía la conformidad con la voluntad 
divina; ni dio señal de impaciencia, porque se consolaba su corazón con tener 
algo que padecer por el amor del que padeció primero por el nuestro. 

18. Cuatro PP. le asistieron en los postreros dias, sirviéndole y ayudándo- 
le, hasta que en sus manos entregó (2) su alma al Criador en el año 1604. En 
nuestro colegio hiciéronsele el entierro y los funerales con la mayor solemnidad 
posible, que aumentaron con su asistencia el Sr. Gobernador con su teniente 
general, ambos cabildos eclesiástico y secular, y toda la ciudad, así nobles 
como plebeyos. Uno de los nuestros hizo su oración fúnebre, ponderando las 
virtudes y merecimientos del finado D. Andrés : fuera de esto, manifestó con 
aquella elocuencia lacónica, pero significativa con que se expresa un ánimo 
conmovido, su gratitud, la de los PP. sus compañeros y la de toda la Com- 
pañía. 

19. Hizo una sucinta relación de los santos sacrificios y oraciones que como 



(1) P. Olivares, ibidem, cap. i, S 12.— (2) P. OUvares, ibidem, cap. i, S '?• 



1601 GAP. XI 95 

á fundador se le habían aplicado en vida, y se le aplicarían de alli en adelante 
en aquella casa, en su Provincia, y en todas las casas y colegios, por todos los 
iDdiYÍduos de esta numerosa orden. Esto conmovió notablemente á los cir- 
cunstantes ; quienes jamás habrían ideado que franceses, ingleses, italianos y 
cuantos jesuítas vivían en las cuatro partes del mundo se tuvieran que ocupar 
en encomendar á Dios á un capitán retirado del mundo, que moria en Santia- 
go, por solo haber concebido y realizado la idea de aplicar parte de su fortuna 
á fundar un colegio para gloria de Dios y bien de su patria. Después de los 
funerales fué enterrado en el presbiterio de nuestra iglesia. £1 P. Olivares dice 
que duraba, y duraría mientras el colegio existiese, en los hijos del grande 
Ignacio la gratitud para con el Sr. D. Andrés Torquemada; pues yo añado que 
el colegio ya no existe, que ha perecido por completo (+); mas no ha pereci- 
do, sino que existe y existirá la misma gratitud y profundo reconocimiento en 
cuantos tenemos ó tendrán la dicha de ser hijos del mismo Padre. 

SO. Ya que acabamos de narrar la vida y muerte de un secular y de un 
H."" coadjutor, justo es que insertemos á continuación la biografía de un ejem- 
plar sacerdote y excelente operario de esta vifia delSefior, que pasó á mejor vi- 
do en el año 1605. Este fué el P. Gabriel de Vega, nacido en Barrios, lugar 
del arzobispado de Toledo, en el afio 1567 de D. Gabriel de Vega y de Dofia 
Emilia de Larrínaga. Jovencito pasó á Córdoba de Espada á estudiar en nues- 
tro colegio las humanidades y la filosofía; cuyo estudio interrumpió (1) en- 
trando en la Gompafiia á los diez y seis años de edad. Cúpole la suerte de en- 
contrar por maestro de novicios en Montilla al P. Alonso Rodríguez, bien co- 
nocido por sus Ejercicios de perfección cristiana ; y bajo la dirección de tan 
consumado y experimentado maestro hizo tales progresos en la virtud, que sus 
connovicios lo miraban como su ejemplar ó modelo. Amoldóse desde el prin- 
cipio con tan cuidadoso desvelo á la observancia de nuestro instituto, que cum- 
plía exactamente sus reglas, sin feltar á la más mínima de ellas; y dedicóse 
con tales veras y constancia á la perfección de su espíritu, que bien pronto pa- 
reció, ó era ya un religioso perfecto. Con el mismo tesón portóse durante su 
carrera de las letras, asi en la práctica de las virtudes, como en el aprendizage 
de las ciencias; en las que salió tan aventajado, que á su tiempo hizo la profe- 
sión de cuatro votos, después haberse ordenado de sacerdote en Sevilla por el 
afio 1591. Habiéndose inflamado más con este sagrado orden el vivo fuego de 
la caridad que ardía en su corazón , y en virtud de esta el ardiente deseo de 
procurar la salvación de los gentiles, pidió á nuestro P. General le permitiese 
pasará la Provincia del Perú; y para conseguirlo ofreció muchas oraciones y 
sacrificios. 

21. Una vez recibido el permiso, no cabía en si de gozo; ninguna mella hi- 
cieron en su magnánimo corazón la dificultad de abandonar padres, parientes, 
amigos, y con ellos la patria; ni los peligros de la navegación, ni los inmensos 



(+) Ed nuestros días ha sido derribado por el gobierno, sin dejar ni los cimientos.— 
0) P. lozano, ibidem, lib. III, cap. xi, n.° 12. 



I 



96 GAP. XI 1605 

trabajos que en América le aguardaban, á donde no venia á buscar tesoros, 
sino almas: más preciosas ciertamente que el oro, la plata y demás riquezas 
de estas regiones. Mostraba tal ánimo y alegría en su semblante, que infundía 
consuelo y aliento á sus compañeros. Embarcáronse todos en Cádiz con el Pa- 
dre procurador Diego de Zúñiga por el año 1592, y comenzaron en el buque 
á ejercitar los ministerios entre los marineros y pasajeros. Distinguióse en esta 
tarea, pequeño ensayo de lo que habla de hacer en campo más dilatado, nues- 
tro P. Vega, predicando, confesando, y asistiendo con atenta caridad á los en- 
fermos: mucho éralo que hacia, y no obstante se quejaba de que, en atención 
á su salud, no le permitían hacer nada de lo que deseaba. 

22. Guando llegaron á Lima, habiendo pasado por Portobelo y Panamá, se 
estaba disponiendo la misión de Chile; y prendados de él los PP. Baltasar de 
Pinas y Sebastian de la Parra, á causa de lo que habla hecho en la navegación^ 
y de la sólida virtud, activo y fervoroso celo, acompañado de mucha pruden- 
cia, tino y sabiduría, que con ello habla manifestado, le eligieron para ella: 
en la cual lo hemos visto trabajar con tanto fervor é incansable empeño. No 
tenemos, por lo tanto, que repetir haber sido su principal ocupación las misio- 
nes por las tierras reducidas y las de guerra, entre indios ya bautizados y otros 
que no lo estaban, sin olvidar á los españoles establecidos en las haciendas de 
campo y en las ciudades; pues que todas las recorrió este activo é impertérrito 
jesuíta. Por tres años interrumpió estas apostólicas tareas en razón de estar re- * 
gentando la cátedra de ñlosofia; la cual desempeñó con tal maestría, que de 
diez y siete alumnos los quince salieron muy aprovechados. 

23. Concluido este curso, lo hemos visto abrir una nueva y difícil carrera 
al celo y actividad de los hijos de Ignacio; y fué la de acompañar al ejército 
español ; llamada, por lo mismo, misión castrense. La moderación y cordura 
con que siempre se portó entre la licencia militar, los ejemplos de virtud que 
á todos daba constantemente, y su total consagración al sagrado ministerio le 
granjearon para si y para la orden á que pertenecia un alto renombre, y la 
confianza de españoles é indios: adquisición sumamente recomendable por si 
misma, y por la facilidad que presta para conseguir mayores bienes; como lo 
hizo el P. Vega, que, valiéndose de ella, cortó sin estrépito muchos escándalos, 
abolió, ó por lo menos disminuyó notablemente el abuso de las blasfemias y 
juramentos, y en una palabra, moralizó en gran manera al ejército español y 
convirtió muchos indios. Bendijo el Señor abundantemente sus trabajos, no 
solo dando eficacia á sus palabras para cortar discordias, reconciliar enemis- 
tados y convertir pecadores, sino también dándole acierto para curar los enfer- 
mos. £1 compasivo corazón del P. Vega no podía ver con indiferencia los pa- 
decimientos de sus hermanos ; se conmovía, tomaba parle en sus dolencias, y 
los consolaba y procuraba el alivio, administrándoles por sí mismo los reme- 
dios. En muchos casos recibían los tales la salud: y bien por la frecuencia de 
estas curaciones, bien por no reconocerse proporción entre los medicamentos 
aplicados y la sanidad recibida, creíase generalmente que poseía un don so- 
brenatural de sanidad ; y no era esta opinión tan mal fundada, porque en más 



Í%9S €AP. XI »1 

de una ocasión, coa solo rezar un evangelio sobre enfermos incurables, les res- 
tituyó instantáneamente la salud. 

24. Fatigado con los excesivos trabajos sufridos en el ejército, retiróse h 
Santiago con el objeto de hacer los santos ejercicios, y de recuperar las fuer- 
zas perdidas; pero estas no se hallaban ya en estado de ello: debilitadas con 
demasía por aquellas incesantes fatigas, no pudieron ser reparadas; antes bien, 
en el sosiego del colegio hizose sentir el funesto resultado de la debilidad con- 
traída en una grave enfermedad, que á los veinte y ocho dias lo puso en las 
ultimas agonías. Agudos y continuos fueron los dolores que en ellos sufrió este 
siervo del Señor; pero acostumbrado á los padecimientos, los miraba con indi- 
ferencia; y aunque no dejaba de sentirlos, porque al fin era hombre, no se al- 
teró U tranquilidad de su espíritu, ni la serenidad de su rostro, sin que so le 
oyera jamás prorrumpir en un solo quejido. Reconociendo la proximidad de 
su fin, y recibidos los santos sacramentos, pidió que se le rezase la recomen* 
dación del alma, á que él mismo iba respondiendo con igual ternura que des* 
peje; y á breve rato, repitiendo dulcemente los nombres de Jesús y de María, 
les entregó su espíritu á 21 de Abril de 1605 á los treinta y ocho afios de edad 
y veinte y dos de Gompafiía. 

25. Su muerte fué sentida de todos; como lo atestiguaron asistiendo espon* 
táneamenteá sus exequias el pueblo, la nobleza, las comunidades religiosas y 
el mismo Obispo Espinosa, apellidándolo todos á una voz apóstol del Reino de 
Gbile. Este sublime concepto, que ahora hizo asomar á los labios el sentimien- 
to de su pérdida, tuvieron formado en vida del fervoroso P. Vega los más ilus- 
tres y capaces personajes, como eran los Gobernadores y Obispos, quienes le 
dispensaron singular estimación y respeto; y aun los nuestros, que, como tes- 
tigos inmediatos suelen ser menos contentadizos, tenian la misma elevada idea 
de sus prendas y virtudes. En la carta con que el colegio comunicó su falleci- 
miento al R. P. General Claudio Aquaviva se dice asi: ^Quidquidde óptimo 
quoquiam, qui ad has partes mitluntur, in ipsum optime cadit.m Breve elogio, 
pero el mayor que se puede hacer de un jesuita. Éste P. nos dejó escritas una 
gramática y diccionario de la lengua chilena, y unas observaciones para apren- 
derla con mayor facilidad y elegancia (+)> que se conservan inéditas en el 
archivo nacional de Lima. 

26. Otro trabajo de mucha consideración gravitaba por aquel tiempo sobre 
el colegio de S. Miguel. Su iglesia, que con admirable presteza , según diji- 
mos en el capitulo IV, número 29, habia concluido el P. Valdivia, amenazaba 
ahora ruina, cabalmente á causa de la misma precipitación con que se edifi- 
có: pues que, habiendo cargado el techo sobre las paredes recien construidas, 
estas, que eran de adobe crudo, poco tardaron en resentirse con aquel peso; de 
manera que á los ocho afios estuvieron notablemente desplomadas (1). Recono- 



(-f ) HaD escrito de él los PP. Alegambe, Bibliot. Script. S. J., pag. 148. Nadasi , Javencío 
eo la Historia general de la Compañía, y Nicolás del Fecho ea la del Paraguay.— (1) P. Lo- 
zano, ibidem, lib. III, cap. ix, d.° 3. 

7 . TOMO 1 



I 



98Í GAP. XI 160S 

cido oportunamente su mal estado, determinaron los PP. derribarla antes de 
que se cayera por si misma, causando tal vez algunas desgracias. No les cos- 
tana mucho tomar esta resolución, aunque dispendiosa, por no ser ya capaz 
para contener los numerosos concursos que en ciertos dias del afio á ella acá- 
dian, y parecerles su forma demasiado sencilla. Aprovecharon, pues, estaopor- 
tunidad para satisfacer su devoción, mientras llenaban una necesidad impe- 
riosa. 

27. Mas antes de derribarla, levantó el prudente P. Frias de Horran (1) un 
lienzo de edificios bastante altos y sin división alguna, para que sirviera de 
iglesia provisoria mientras se edificaba la nueva; y después de habitaciones 
altas y bajas, interponiéndole un piso y los tabiques convenientes. 

28. Magnánimo debió de ser este P., y no debian serlo menos en general 
sus subditos, cuando en aquellas circunstancias de dolor y miseria se atrevie- 
ron á concebir el plan de una obra verdaderamente grande y majestuosa. T 
como que ellos no tenian fondos con que realizarla, claro está que les asistiría 
gran confianza en Dios y en la piedad y generosidad del pueblo chileno, con 
cuyas limosnas desde luego contarían. No se engafió su confianza: el proyecto 
halló propicios los ánimos del vecindario; todos á porfía se suscribían con 
cuantiosas limosnas, ya en metálico, ya en efectos ú otras cosas útiles para la 
nueva fábrica. En esta se iban á obviar los inconvenientes de la anterior; no 
habia de entrar en ella un solo adobe, ni siquiera la quisieron de ladrillos; 
toda debia ser de canteria. Sus dimensiones eran bastante grandes, y su forma 
una gran nave, con su crucero de anchura correspondiente. 

29. El Uustrisimo Sr. Pérez de Espinosa bendijo solemnemente y colocó la 
primera piedra (-f-) en 1608, con asistencia de la primera nobleza. En el po- 
co tiempo que le quedó de rectorado al P. Frias, logró echar los cimientos; y 
su sucesor el P. Antonio Prado la continuó con igual tesón. Fomentó grande- 
mente esta obra la noble generosidad y espíritu público del Sr. García Ra- 
món, que no perdonaba á gastos por adelantar y ver concluida aquella casa 
del Sefior; y lo hubiera conseguido á durarle más tiempo el gobierno y la vida. 



(1) P. Lozano, ibidem, líb. III, cap. ix, n.^ 3.— (+) El P. OUvares se equívoca al decir qne 
se puso en el 1595. Confunde esta iglesia con la que edificó del 1596 al 1597 el P. Valdivia, de 
la cual él no hace mención. Mr. Gay y el Sr. £izaguirre se equivocan siguiéndolo á él. Las 
circunstancias qne nos refiere el P. Lozano en su lib. III, cap. ix, n.° 3, no nos permiten du- 
dar de este hecho. (Véase el capitulo iv, n.° S8 de esta Historia). 



t$05 GAP. XII 99 



I 



I 



CAPÍTULO XII 

1. Ribera e$ depuesto. — 2. Su buen gobierno. — 3. Él y otros gobernadores piden la 
cooperación de losjesuitas."^. El Rey manda se procure cortar la guerra. — 5. El 
Virrey pide informes sobre esto al P. Valdivia. — 6. Lo consulla con graves personik^ 
jes. — 7. Le proponen enviar un exploradora Arauco. — 8. Él comisiona al P. Valdi- 
via. — 9. El Provincial lo consiente. — 10. Viene á Chile. — 11. El Gobernador re- 
quiere á los indios con la paz. — 12. Prudente reserva del P. Valdivia. — 13. Entra á 
los indios con el Gobernador. — 14. Es recibido con aplauso. — 15. Su propuesta de 
paz. — 16. Esperanza de conseguirla. — 17. Ataja que los españoles maloqueen d los 
de Taboledo. — 18. Se salva de una emboscada. — 19. Su misión era digna de un sa- 
cerdote. — ^20. Él era el mejor intermediario. — ^21 . La pérdida de las almas lo con- 
trista. — ^22. Evita un rompimiento. — ^23. Tiene un parlamento con los indios. — 24. 
Dios lo favorece con una curación instantánea. — 25. Penetra solo tierra á dentro.'-^ 
26. />.* Mercedes Grajales se fuga de su CTno.— 27. Una india la ampara. — 28. Dios 
se lo paga con el bautismo. — 29. Garda Ramón no cumple sus compromisos. — 30. 
Mal trato de los indios de paz. — 31. El P. solicita volver al Perú. —-32. Sucesos 
militares. 

1. £d aquel entonces el Sr. García Ramón ya habia recibido el gobierno 
de Chile de mano del mismo á quien lo habia entregado cuatro años atrás, á 
saber, de Alonso Ribera. Este, á pesar de sus bellas prendas, y relevantes 
servicios prestados á la nación, en recompensa de los cuales dióle su real Ma- 
jestad el gobierno de Tucuman al quitarle el de Chile, fué depuesto por haber 
coDtraido matrimonio (1) con D.' Inés de Córdoba, hija legítima de la famosa 
heroína de la Imperial D.' Inés de Aguilera, sin pedir permiso al Rey como 
estaba ordenado. Esta falta, que se pudiera muy bien haber disimulado en ta- 
les personajes y en tan críticas circunstancias, fué denunciada al católico mo- 
narca por el Virrey del Perú, el marqués de Salinas; y quizás no tanto por 
celar el cumplimiento de las reales órdenes, cuanto para desprenderse de un 
subalterno, que lo tendría cansado con las continuas demandas que le hacia 
de tropas y de armamentos. El Virrey anhelaba cual otro alguno por la com- 
pleta conquista de Arauco: mas como hacen muchos, que quisieran los fines y 
DO se cuidan de las medios, rehusaba facilitarlos en el caso presente, por serle 
difícil y costoso. Ribera, que estaba al cargo inmediato de la empresa y que co- 
nocía bien cuáles eran los recursos necesarios, apelaba á ellos sin pasión y los 
pedia sin tardanza. Y es que habia comprendido que sin un buen ejército no 
se triunfa de numerosos y aguerridos enemigos; y que sin moralización, la 
cual es difícil de mantener si no están corrientes las pagas y raciones, el ejér- 
cito podrá ganar batallas, pero no conseguir una completa victoria; podrá 
matar algunos de sus enemigos, pero no rendirlos á la sumisión y obediencia. 



(1) P. Olivares, Historia política, iib. V, cap. x. 



1(N) GAP. xu 1605 

2. Ribera poseia las cualidades requeridas para completar la conquista, 
como lo prueban (1) las providencias que tomaba para tener siempre un ejér- 
cito suficiente, mantener en él la disciplina, darle buenos jefes, proveerlo de 
recursos, y levantar en distancias oportunas fuertes que le sirvieran de cuar- 
teles seguros, ó de lugares de retirada en casos adversos; y también la. activi- 
dad con que perseguía, no al simple indio, sino al ejército araucano; el valor 
con que lo combatía en viniendo á las manos; la humanidad con que trataba 
á los vencidos, y la benignidad con que recibia á los que se le pasaban del 
bando enemigo, ó se acogían á su protección. Pero en lo que más, dice Mr. Gay, 
este Gobernador de Chile dio muestras de capacidad, de juicio y de saber, fué en 
la súplica dirigida al P. Visitador de la Compañía de Jesús pidiéndole misione- 
ros para el ejército: y en seguida prueba esta su aserción con las razones adu- 
cidas en los números precedentes; por lo cual no las repetimos aquí. 

3. No fué solo Ribera quien tuvo esta confianza en los de la Compañía; otra 
tanta tuvieron entonces el Virrey del Perú, el Gobernador García Ramón, y 
con rarísimas excepciones cuantos gobernaron con acierto este Reino. La 
guerra de medio siglo tenia cansados los ánimos; y aunque no estuvieran ago- 
tados los inmensos recursos que en su pujanza tenia la gran monarquía espa- 
ñola, era sensible la consunción de ingentes sumas, y mucho más la de divi- 
siones aguerridas, ó de ejércitos enteros, que después de haberse coronado de 
laureles en Flandes y en otros lugares de Europa, y América, venian á ser hu- 
millados, ó á perecer á manos de los araucanos. La experiencia habia demos- 
trado ya que el valor de estos indios era de héroes, más bien que de bárbaros; 
que su nación, circunscrita á cortos limites, pero favorecida por los accidentes 
del terreno, y la frondosidad de sus bosques, era poco menos que inconquis- 
table por la fuerza. 

4. Estos desengaños patentizaban ser necesario cambiar de conducta; y pa- 
ra hacerlo con acierto, preciso era conocer á fondo las causas verdaderas de la 
duración de aquella desastrosa guerra, y en qué pié se encontraba, á ñn de 
arbitrar acertadamente medios eficaces para terminarla. Asi lo habia ordena- 
do desde España el católico monarca (2); y sus órdenes fueron recibidas en 
circunstancias oportunas. Hallábase todavía en Lima García Ramón (3), quien 
como llevamos dicho, por muchos años habia servido en las guerras de Chile, 
y sido Gobernador interino por algunos meses, y á la sazón estaba nombrado 
por sucesor de Ribera: también se hallaba allí el P. Luis de Valdivia, que por 
nueve años habia vivido y trabajado en este mismo Reino. 

5. En el año anterior el conde de Monterrey habia sucedido á Velasco, mar- 
qués de Salinas, en el Virreinato del Perú, y habia oido de su boca las confe- 
rencias que sobre las causales de la guerra de Chile y sus remedios, su exce- 
lencia habia tenido con dicho P. Por lo cual ordenó á este le diese por escrito 



(1) D. Basilio Rojas.--(2) P. Rosales, Historia de Chile, lib. V, cap. xxxui.— (3) D. Luis 
Tribaldos de Toledo que en el año 1639 se ocupó especialmente en este punto histórico con 
los documentos á la vista. 



16M CAP. x\\ 101 

ana relación detallada de todo ello, y especialmente de los agravios que los in- 
dios sufrían y hablan sufrido. Cumpliólo Valdivia: y habiendo sido su relación 
aprobada por García Ramón, y por otros personajes de categoría, muy com- 
petentes en la materia, consultó el Virrey el caso con varios de la Compafiia 
de Jesús y con otros varios teólogos y juristas; todos los cuales le contesta- 
ron (1) que el servicio personal, cual se usaba en Chile, era injusto y contra 
la libertad de los indígenas; que por lo mismo, y en cumplimiento de la real 
cédula, debía quitarse, y que los araucanos justamente se defendían con las 
armas por no verse obligados á sufrirlo. Persuadióse entonces de estas verda- 
des, y comprendió que debia tratarse bien á los indios de paz, por no irritar, 
sino más bien atraer á los de guerra. 

6. Mas con el objeto de proceder con mayor cordura, convocó á una junta 
á García Ramón, Gobernador electo de Chile, á Acuña, alcalde de corte, al 
marqués de Salinas, exvirrey, á dos de sus asesores, á Juan Videla, oidor de 
Lima, y á los PP. de la Compañía de Jesús, Francisco Coello y Luis de Valdi- 
via; y en ella se resolvió: «Que se publicase por abolido el servicio personal, 
dando dos años de plazo para su realización; en los cuales se procuraría traer 
negros que sustituyesen á los indios en los trabajos del campo. Que se deter- 
minara cuánto se debería pagar por jornal á los mitayos (-]-) ; que se hiciese 
una mita ó alistamiento general para asignarles el tributo ; que se revocasen 
las órdenes en contrario dadas por los Gobernadores ; y que se declarasen li- 
bres los indios que se hallaban cautivos en el Perú, quedando alli como en 
rehenes durante la guerra (+)•» 

7. Con mucho gusto habrían acabado también con esta, si lo hubieran po- 
dido hacer de una plumada: Empero como el negocio, á más de ser grave, era 
de grandes consecuencias, quiso el Virrey, de acuerdo con su consejo, proce- 
der todavía con mayor cautela, despachando un sujeto de toda confianza con 
cartas suyas y de su real Majestad, carta que tenia ya en blanco para este ca- 
so, á reconocer si habria ó no equivocaciones en las causas de su duración, y 
si estarían los araucanos en disposición de admitir la paz, con facultad de co- 
municarles ó retirar las tales cartas, según lo hallara por conveniente. £n las 
cartas se decia á los indios de guerra que se les perdonaban todas sus faltas 
pasadas; que se abolla el servicio personal; que no se tomarían sus mujeres 
para el servicio de casas españolas; y que solo pagarían un moderado tributo, 
sin ser obligados á sacar oro; y que se les pagarían sus jornales á los que se 
vinieran de mita. Bien pudiera García Ramón haberse hecho cargo de esta co- 
misión, y al parecer áél le correspondía, desde que su real Majestad se lo ha- 
bla encargado, casi en los mismos términos, al nombrarlo Gobernador de 
Chile. Sin embargo, con tener las prendas personales y datos suficientes para 
desempeñarla acertadamente, en razón de haber militado muchos años en 



(1) Tribaldos de Toledo.— (-{-) Llaman en América mitayo al indio que por sorteo y re- 
partimiento dan los pueblos para las obras públicas. En los tiempos de la conquista se ex- 
tendía este nombre á todos los indios libres y de paz, que reconocían de algan modo el alto 
dominio espaflol. (Nota del editor).— (+) Serian unos trescientos. 



íaí Ckv.xn 160S 

Arauco, mandando ora pequeñas ora gruesas divisiones, y haber ejercido di- 
versos cargos públicos, defendido varias plazas y sido Gobernador de todo 
el Reino por algunos meses, por lo cual conocía á fondo las cosas y personas; 
no se fió enteramente de si mismo, buscó otro sujeto, que fuera más capaz de 
cumplirla, y creyó hallarlo muy cabal en el P. Luis de Valdivia. 

8. Gomo este era bien conocido de los vocales de la junta, y de cuantos po- 
dían tomar parte en este asunto, al momento aceptaron gustosos su propuesta, 
porque todos reconocían (1) en él un espíritu elevado, una singular perspica- 
cia, un genio emprendedor, un valor á toda prueba , un hombre que, por la 
rectitud de su corazón, incapaz de dejarse arrastrar de intereses ni amistades, 
y por sus gloriosos antecedentes, reunía en si solo la confianza de los milita- 
res, pueblo y magnates españoles, junto con lá de los indios reducidos y de 
cuantos indios de guerra le conocían. Sus maneras insinuantes daban, además, 
esperanza de que se granjearía la de los demás, á lo cual contribuiría mucho 
la elocuencia con que hablaba su idioma, y el sagrado carácter de que estaba 
revestido. Por lo tanto, el Virrey dirigióse al P. Provincial, Esteban Paez, 
manifestándole los motivos poderosos que habia para que el P. Valdivia pa- 
sase á Ghile, y las grandes esperanzas que de esta comisión se habían con- 
cebido. 

9. Es verdad que este era á la sazón catedrático de teología (2) y estaba de- 
signado por nuestro muy R. P. General para ir con el P. Diego de Torres 
Bollo á fundar la Provincia del Nuevo Reino. Gon todo, las causales alegadas 
por el Virrey y sus elevados respetos le parecieron al P. Paez suficientes y jus- 
tísimos para interpretar en aquel caso graveé imprevisto la voluntad del P. Ge- 
neral, é inmutar sus órdenes^ Su reverencia había presenciado las gravísimas 
necesidades de Chile, conocía asimismo las aptitudes del P. Valdivia para 
aquella grandiosa empresa, que tantos bienes podría acarrear á la corona do 
España y á la Iglesia, siendo causa de la conversión no solo de muchos indios, 
sino también de naciones enteras ; y sabia que el P. General tenia el mayor 
interés en mirar por la tranquilidad de este Reino, y que haría cualquier sa- 
crificio para contribuir á poner fin á la guerra que consumía á los indios y 
diezmaba á los españoles, sembrando el llanto y desolación por las tierras de 
ambos partidos. 

10. Aceptó gustoso este encargo el P. Valdivia, en cuya mente estaba viva- 
mente impresa la idea de reducir á los araucanos á vida civil y cristiana; y 
cuyo corazón, inflamado en el ardiente fuego de la caridad, aspiraba á mejo- 
rar la suerte del indio, para hacerle llevadero el yugo suave en sí mismo del 
santo Evangelio, y á contener en su deber á los españoles, para que no per- 
diesen los bienes del cielo por los de la tierra. Embarcóse en el Callao en com- 
pañía del Gobernador y de dos cientos soldados bien armados y pertrechados, 
que este traía á Chile, el I."" de Febrero de aquel año 1608; y después de ha- 



(1) P. Lozano, Historia del Paraguay, líb. III, cap. xii, n.^ 2.— (2) P. Olivares y P. Rosales, 
Historia de Chile, lib. Y, cap. xxxiv, n.^ S. 



1605 CAP, xu 103 

ber libertado el buque por su presencia de ánimo y sus oraciones, según todos 
creyeron, de un inminente peligro de perecer, á 19 de Marzo aportaron en 
Penco, donde García se recibió del mando. 

11. Asuntos de gravedad reclamaron por algunos dias la presencia del nue- 
vo Gobernador en aquella plaza; durante los cuales hizo los aprestos necesa* 
ríos para entrar en la tierra de Arauco, á cuyos caciques envió desde luego 
requirimientos de paz, ofreciéndoles buen tratamiento, si espontáneamente se 
reduelan á ella (-{-). Entre tanto el P. Valdivia se ocupó en predicar y confe- 
sar á los españoles é indios de aquella ciudad (1), inspirando á unos y á otros 
horror al vicio, y arrepentimiento de las culpas; causa ordinaria de los males 
con que nos aflige la justicia divina. 

12. Sin decir á nadie la comisión especial que se le habia confiado^ apa* 
rentando únicamente intenciones de adquirir los datos necesarios para trazar 
el modo con que podria conducirse con acierto en la misión apostólica que iba 
á emprender entre los araucanos, trataba mucho con los militares y lengua- 
races, para informarse á fondo del estado actual de las cosas, y de sus senti- 
mientos y pareceres acerca de lo presento y de lo porvenir. No hay cosa más 
frecuente en los ejércitos que censurar la conducta de los jefes, trazar planes 
de batalla, y formar proyectos al aire para vencer al enemigo, en los cuales 
cada uno expresa Ubérrimamente su opinión. £1 P. Valdivia los oia atenta- 
mente á todos , con el objeto de formar con mayor fundamento la suya, ayu- 
dándose de lo que habia experimentado anteriormente, de lo que ahora oia, y 
de lo que bien pronto habia de ver. Su presencia en el ejército no causó la 
menor novedad , por ser frecuente en él la de algunos jesuítas ; ni tampoco 
llamó la atención su conducta , porque todos conocían y apreciaban su celo, 
actividad y energía. 

13. GrsgDide fué el menosprecio con que el Toqui Huenecura y los suyos re- 
cibieron los requirimientos de paz hechos por el Gobernador; por lo cual pasó 
este el Biobio escoltado de sus valerosos escuadrones, y del P. Valdivia, cu- 
ya sola presencia importaba por muchos de ellos, en virtud del ascendiente 
que sobre los bárbaros tenia. En las primeras marchas observó que no se pre- 
sentaba á la vista ningún indio de guerra. Huenecura era demasiado precavido 
para hacer frento á García Ramón, cuyo valor y pericia militar habia conocido 
bien en la frontera, precisamente cuando sus indiadas estaban con todo el brio 
y vigor; y por esto se iba replegando á donde tenia su gente de refuerzo, con 
intento de caer con ella sobre los españoles, cuando los viei*a algo fatigados 
y les fuera difícil la retirada. No se portaba asi la gente de paz ó que aparen- 
taba serlo; la cual salia á porfía con sus caciques á saludar al P. Valdivia, cu- 
yos buenos servicios y sanas intenciones no hablan olvidado en los ocho años 
transcurridos desde que les habia predicado antes del alzamiento. 



(-f ) Mr. Gay en el cap. xxxv del tom. II, se equivoca al suponer que el P. Valdivia entró 
ea Arauco después de las derrotas sufridas por García Ramon.^(l} P. Lozano, ibidem, li- 
bro III, cap. xn, n.^ 3. 



104 Ck?. xti 160S 

14. Todos le oian atentamente, y se mostraban dispuestos á hacer cuanto 
les dijese, apellidándole á voces (1) : padre de la patria, tuior de $u liberiad y 
único consuelo de su nación. Pero no se cantentaron con aplausos : al llegar al 
fuerte de Lebú, veinte caciques con sus mocetones acudieron á visitarle, atraí- 
dos de la fama presente y del recuerdo de lo pasado. Recibiólos el P. con mu- 
cho agrado; y en retorno de aquella Tmeza ó atención les predicó los misterios 
sagrados con tal unción y elocuencia, que todos pidieron el santo bautismo. 
Administrólo el celoso misionero á ios párvulos, á no pocos adultos, y entre 
estos á algunos ancianos, que por sus afios ó achaques parecian no estar lejos 
de la muerte. En cuatro meses bautizó cinco mil indios, como él mismo lo 
atestiguó en su informe al Rey (2). Grande fué el consuelo de estos, sobre todo 
de dos indias, una de las cuales lloraba amargamente sus culpas y ceguedad 
pasadas; y la otra pedia á gritos le diesen el parabién por el beneficio que aca- 
baba de recibir, encareciendo su felicidad, y mostrando vivamente su reco- 
nocimiento. 

15. De Lebú pasaron á Paicavi, en cuyos contornos vivian cuatro cientos 
indios, cuarenta de los cuales eran caciques de la comarca de Tucapel, de cu- 
ya fldelidad estaba muy receloso el Gobernador ; quien les amenazó con la 
guerra, si no se portaban con la debida moderación, y no aceptaban los me- 
dios de una paz permanente, que les propondría el P. Valdivia. Entonces to- 
mó este la palabra con tono suave y caríñoso , les comunicó cuan dispuesto 
se hallaba el Rey á darles el perdón, olvidar las injurias pasadas y eximirlos 
de todo servicio personal , si se reduelan á la paz; y en confirmación de lo 
que les decia , les leyó las cartas arriba mencionadas. Supo insinuarse tan 
suave y eficazmente en sus corazones, que no solo prometieron fidelidad á los 
espafioles, sino también le protestaron que se harian cristianos cuando él gus- 
tase, confesando que sus razones les hablan ensefiado y persuadido de que 
habia penas y premios en la otra vida, y de que el ser cristiano era el único 
medio para evitar aquellas y conseguir estos. 

16. La docilidad con que los araucanos se rendían alas insinuaciones de 
Valdivia, daba al Gobernador algunas esperanzas de su reducción pacífica ; 
á lo cual debe atribuirse el bando, que en regresando de Lebú á Penco, pu- 
blicó á 7 de Mayo, para que todos los encomenderos (3) y vecinos de las ciu- 
dades arruinadas viniesen á la frontera, á fin de establecerse de nuevo en sus 
antiguas posesiones. Sin embargo, como prudente y experimentado general, 
no quiso internarse en las tierras de los indios con pocas fuerzas; antes bien 
el 23 de Mayo marchó para Santiago á recibir los refuerzos que de Espafia y 
de Méjico le venian, y reunir las milicias del país, por si acaso fuese necesa- 
rio apelar á las armas. Antes de partirse escribió desde Penco al coronel Pe- 
dro Cortés, que se hallaba en Lebú, ordenándole que se viniese con su campo 



(1) P. Lozano, Ibidem, líb. Ill, cap. xn, n.* S.— (t) Informe del P. Valdivia á sh real Ma- 
jestad; cuya copia ha traído de Espafia el Sr. D. Diego Barros Arana. En él expresa que lle- 
vaba registrado en su libro el bautismo de todos ello8.^(3) Carvallo. 



160S GAP. xu 105 

á Arauco, para frustrar un alzamiento que se fraguaba por alli. Vino en efecto 
Cortés; y habiendo atajado aquel mal, intentó hacer maloca (-f ) en Taboledo, 
porque no acudia con mitas personales al servicio de su Majestad (1). Mas el 
P. Valdivia, que con él se había quedado en cumplimiento de su misión , le 
rogó encarecidamente uo lo hiciera, y que le permitiera entrar en persona en 
aquella provincia á requerir á los caciques de porqué no acudían á su obli- 
gación. 

17. Dijole Cortés de pronto que no se metiera con aquellos bárbaros; pero, 
cediendo á las vivas y repetidas instancias con que se lo pedia, al fin se lo per- 
mitió; y el P. partió al punto, acompañado únicamente de un soldado español, 
lecibiéronle bien los de Taboledo; mas afligidos por las malocas que les da- 
ban los de Gunipulli sus vecinos, que no habían, como ellos, dado la paz á los 
españoles, le respondieron: «¿Cómo quieres, P., que demos mitas personales al 
ftey y dejemos nuestras tierras, si tenemos tan cerca de ellas á los enemigos, 
que nos vienen cada dia á robar? ¿Quién defenderá nuestras casas, si nosotros 
las desamparamos, por ir á trabajar en las obras de los españoles? Si tanto de- 
seo tienes de nuestro bien, de nuestra quietud y de la salvación de nuestras 
almas como has dicho, envía un mensajero á las tierras de Gunipulli, y nego- 
cia con los cabezas que dejen las armas, que nosotros dejadas las tenemos para 
con los españoles; y el no acudir á las mitas y trabajos, es por hacer frente á 
este enemigo y guardar nuestras casas y familias.» Al oir esto, dio el P. á un 
indio algunos dones porque fuese á llamar á los caciques de Gunipulli, para 
que viniesen á verse con él; y habiendo venido los caciques á su ruego y lla- 
mamiento , les trató de que estuviesen de paz , proponiéndoles el bien de 
ella, y cuánto les importaba para su quietud, conservación y bien de sus al- 
iñas. Respondiéronle que querían estar de paz; y con el seguro de su palabra 
pasó por Gatiray al fuerte de Ntra. Sra. de Hale; donde dijo misa y predicó á 
los soldados. 

18. Alli lo abandonó su compañero, por haber perdido en el juego aquella 
noche cuanto tenia; y el P. pasó solo hasta Yumbel, para reconocer aquella 
plaza y los demás fuertes del Biobio. A los tres días volvióse el mozo con las 
cartas del P. á Arauco; y al pasar por Gunipulli lo mataron bárbaramente unos 
indios, que aguardaban al P. en una emboscada. Al regresar este sé detuvo 
en Gatiray, hasta que logró pasar con seguridad. Los soldados, ignorando su 
especial comisión, murmuraban contra él> diciendo que por su celo indiscreto 
de predicar á los indios había ocasionado la muerte de aquel español. El co- 
ronel salió pronto á vengarla; y pensando luego hacer guerra á los de Tucapel, 
volvió con su campo á Paicavi ; á donde fué asimismo el P. Valdivia, para 
hacer el bien que pudiese á españoles é indios, y atajarles el mal presente y 



(-f ) Malón 6 maloca son nombres qne dan en Chile á las correrías depredadoras con que 
se bostiUzaD los indios entre sí. Gomo se ve por el texto el signiflcado de esta palabra se 
aplicó también á las entradas, sorpresas ó algaradas qne en son de guerra hacían los es- 
pañoles para merodear entre los indios, aunque estuviesen ya sometidos. (Nota del editor). 
-Kl) P. Rosales, Historia de Chile, lib. V, cap. xxxiv, n." S. 



106 GAP. xii 1605 

el que les pudiera sobrevenir : cumpliendo de este modo su especial misión, 
que Mr. Gay llama político-religiosa; y aunque no dejaba de serlo en realidad, 
en la mente del P. se reduela á puramente religiosa; porque él no trataba de 
someter á los araucanos al dominio español, sino simplemente de paciGcar el 
pais por los medios que, atendidas las circunstancias, le parecían más conve- 
nientes. 

19. Desde luego esta misión no era indigna de un sacerdote, ministro del 
Rey de paz: y si los españoles pretendían la paz con la sumisión de los indios, 
esta no era una condición impuesta al encargo que al P. Valdivia se le habia 
dado. En efecto; á él se le habia dejado en plena libertad para formar su plan 
y presentar los arbitrios que, con la rectitud de su corazón y despejo de su 
entendimiento, hallase conducentes á la deseada pacificación; y elP. entere- 
za tenia suficiente para decir á los Gobernadores, á los Virreyes y al mismo 
Monarca, si justo le pareciese: «Los araucanos son una nación libre; dejadla 
en el goce de los derechos que les dio la naturaleza, y ellos no han perdido; ó 
si los perdieron, supieron también recuperarlos con su valor y sus lanzas.» 
Pero entonces, repito, la libertad de la Araucania era un problema: presentar 
datos para resolverlo, y determinar el modo y forma con que debieran arre- 
glarse estos negocios internacionales, he aquí la verdadera misión del P. Val- 
divia. 

20. Diñcilmente podría encontrarse otra persona intermediaria, que reu- 
niese en más alto grado las dotes suficientes para desempeñarla. Español de 
nacimiento, no podía mirar con indiferencia el progreso y engrandecimiento de 
su nación y de sus compatricios; araucano por afecto, es decir, consagrado con 
alma y cuerpo á mirar por los araucanos como por sus hermanos ó hijos, ce- 
laría precisamente sus derechos y su bienestar. Por último, como religioso, 
que no pretendía ni podía esperar ventaja alguna personal del triunfo de nin- 
guno de los dos partidos, estaba libre de la ambición y codicia: pasiones que 
tan frecuentemente corrompen el corazón y desencaminan el entendimiento. 
Un solo objeto podría influir en su opinión ; y felizmente este era de interés 
común á entrambas partes , á saber : la religión. Mientras durase la guerra, 
difícil era que los araucanos la abrazasen de corazón, y que los españoles vi- 
viesen conforme á sus preceptos. 

21. He aquí lo que tenia atravesado el corazón del P. Valdivia: condolíase 
al considerar la multitud de almas que en cada combate bajaban al infierno; y 
al ver la corrupción que la licencia militar propagaba entre los españoles, y la 
obstinación en que la guerra sumía á los indios. Estos sabían que sus enemigos 
eran cristianos; y no alcanzando por su rudeza, fomentada por la poca volun- 
tad de instruirse, la distinción que hay entre el hombre y la religión que pro- 
fesa, convertían contra el cristianismo la rabia y odiosidad que con ellos tenían. 
Por todo lo cual el P. deseaba cual otro alguno la paz; y la paz cual la querían 
razonablemente los araucanos, es decir, sin esclavitud real, aunque no fuese 
nominal; y por cuanto el Rey prometía mantenerlos libres, y sin servicio per- 
sonal, que era lo que ellos más oborrecian, bien podía el P. Valdivia por cier- 



1605 CA?. iii 107 

ta condescendencia ó aquiescencia, procurar directa ó indirectamente que con 
estas condiciones se sometieran á los españoles. Mas ignorando todavia cuál 
sería el resultado de la comisión que se le habia confiado, procuraba hacerles 
entre tanto el mayor bien posible. Las naciones no son felices por las utopias, 
sino por las realidades. Veamos, pues, lo que hizo en favor de la Araucania 
después del regreso del Gobernador. 

S2. Desde Paicavi, entonces el presidio más adelantado de los espafioles, no 
solo se comunicaba con los araucanos de diversos distritos, convidándolos á 
todos con la paz, sino que los mantuvo sosegados en casos bien críticos. Refi* 
ramos en primer lugar uno, que puso en gravísimo riesgo de perderse las ne- 
gociaciones de paz por él entabladas y bastante adelantadas. Cierto soldado 
español maltrató injustamente á otro araucano. Vengóse este auxiliado de sus 
amigos; de lo que gravemente ofendido el castellano del presidio, queria salir 
inconsideradamente contra ellos á tomar venganza del pretendido agravio; con 
lo cual se hubieran roto las negociaciones y perdido las próximas esperanzas 
de la» paz. Reprimiólo con prudentes razones el P. Valdivia, y se ofreció á ser 
medianero en asunto tan espinoso. Ardua y arriesgada era la empresa, porque 
debia meterse, sin suficiente resguardo, entre aquellos bárbaros ofendidos. 
Inspiróle valor y confianza su santo celo; y con solos cinco españoles salió de 
Paicavi, y no paró hasta un lugar en que habia muchos caciques principales* 
Digna es de leerse la relación que el mismo P. Valdivia escribió de este su- 
ceso (1), 

23. En ella se ve patente el fin principal de su misión. Las largas conferen- 
cias que con ellos tuvo hasta la media noche del primer dia y la mayor parte 
del siguiente, se dirigían á desengañarlos de sus errores, é instruirlos en los 
dogmas de nuestra santa fe. Por desgracia, un terror pánico que se apoderó de 
sus cinco compañeros, le obligó á volver á Paicavi, cortando estas conferencias 
que le hablan ganado altamente la estimación de aquellos indios, casi ya del 
todo rendidos á sus consejos. Es de notar que uno de los principales interlocu-- 
tores era Avilú ó Ayllavilú, subteniente de Huenecura. Al otro dia acudieron 
á dicho fuerte los caciques, corridos y quejosos de que se hubiese sospechado 
de su fidelidad, protestándole de mil maneras el deseo que tenian de oirle, y 
el respeto con que lo tratarían. Condescendió con ellos el buen P.,y sin es* 
colla alguna internóse en la tierra el 5 de Agosto de aquel año 1605. 

24. Desde la primera noche (2) comenzó á ganar almas para el cielo, con 
gran crédito de la religión que predicaba. Habiendo hallado en el alojamiento 
UQ niño enfermo de gravedad, pidió permiso á su madre para bautizarlo; mas 
esta se lo rehusó por temer que con el bautismo se le muriese. «No temas le 
respondió el P., antes bien yo espero que mejorará.» Efectivamente; no bien 
recibió el baño sagrado, cuando recobró la salud del cuerpo, con asombro y 
alegría de todos. Al ver esto la bisabuela del niño, india que pasarla de cien 



(1) P. Lo2ano , ibidem , lib. III , cap. xii y xiti , n.^ 9 á 14. No la copio por brevedad.— 
(2) P. Lozano, ibidem, líb. III, cap. xiii, d.° 1. 



108 GAP. iii 1605 

afios, pidió el bautismo, que el P. le administró después de bieo catequi* 
zada; y no tardó mucho en morir. Menos tardó otra india, en busca de ia cual 
anduvo el P. muchas leguas, por haber sabido que estaba gravemente enferma: 
en hallándola, la catequizó, convirtió, bautizó y ayudó á bien morir. Esto fué 
en los postreros dias de la correrla que hizo en Agosto, acompañado solamen- 
te de los caciques Gayumari y Gayrulepe, que lo presentaron á los caciquee y 
conas más notables de aquellas comarcas, con quienes tuvo curiosas é intere- 
san les conversaciones, aficionándolos de tal manera á nuestra santa fe, que la 
habrían recibido todos, á no haber sido el temor de los espafioles. 

25. No se limitó á ellos el P. Valdivia, sino que penetró por medio de las 
huestes enemigas hasta Tucapel y lugares todavía más remotos: de modo que 
en los nueve meses que demoró en el sur, habiendo comenzado su misión por 
Golcura, recorrió las reguas ó parcialidades (1) de Penquerehue, Quedico, Quia- 
po, Tucapel, Lebuliencoya y Gayucupil. En todas partes anunciaba las paces 
con las cartas de su Majestad y del Virrey en la mano, y predicaba el santo 
Evangelio, ponderando las ventajas de aquellas, y demostrando, asi en la« plá- 
ticas, como en las conversaciones particulares, los misterios que nuestra reli- 
gión santa á todos enseña, la santidad que nos exige, los consuelos que nos 
ofrece, y los premios que nos promete. Desengañaba, asimismo, á los pobres 
indios de sus errores y supersticiones, manifestándoles la fealdad del vicio, so* 
bre todo de la poligamia, embriaguez y homicidio, y ponderándoles sus fu- 
nestas consecuencias en esta vida y los terribles castigos que nos acarrea en la 
otra. Muy dóciles y sumisos halló en todas partes á aquellos infelices, en quie- 
nes, no obstante su barbarie, reconoció nobles sentimientos y bellas disposi- 
ciones para el bien, si hubiera llegado el caso de predicárseles detenidamente 
el Evangelio, después de removidas las causas externas que los arredraban de 
abrazarlo. 

26. A nosotros nos podrá servir de testimonio un caso memorable, que fué 
de gran consuelo para el P. En la toma de la Imperial habia quedado cautiva 
de los indios en compañía de su marido D.* Mercedes Grajales, la cual (2) por 
temor que le matasen su hijo menor, como lo hablan hecho con el mayor, se 
les huyó á pié y sin provisión alguna. A los tres dias llegó desfallecida á las 
tierras de Puren, sin ser sentida, por caminar siempre por sendas extraviadas 
ó al amparo de la oscuridad de la noche. Mas, reconociendo que por alH eran 
más cruzados los caminos en razón del mayor número de habitantes, se es- 
condió en la espesura del monte, prefiriendo morir de hambre, á caer en ma- 
nos de los indios. Entonces clamó al cielo con más fervor, pidiéndole el auxi- 
lio oportuno para evadir el peligro; y el cielo se lo proporcionó, por el medio 
que ella procuraba evitar. 

27. Una india, penetrando en aquel monte en busca de lefia, encontróla en 
su escondite, y con modo afable y semblante compasivo la preguntó qué hacia 



(1) P. Olivares, HiMoria de la Compañía, pag:. 80.— (<) P- Lozano, ibldem, lib. Ilf, capítu- 
lo XIII, n."* 6. 



1605 CAP, xu 109 

en aquella soledad; y D/ Mercedes la satisfizo, refiriéndole la serie de sus des- 
gracias, cuya narración concluyó rogándole que, como mujer, se compadeció* 
se de ella y de su hijito. Enternecida la india, la consoló, protestándole que 
no la descubriría, y que antes bien la ayudarla á lograr el fin de su fuga. Por 
de pronto dióle la harina que llevaba para comer aquel dia, y se ofreció á pro- 
veerla del necesario sustento (1), hasta que lograra ponerla en salvo. «Y para 
que nadie, añadió, te descubra, cavemos aquí un hoyo, que le sirva de guari* 
da.9 Asi lo hicieron; y la bondadosa india, después de haberle ayudado á ca- 
varlo, la escondió á ella con su hijo, tapándolos con paloá y ramas. Un mes 
entero que necesitó para informarse de los caminos, y procurar el cocavin (-{-), 
la sustentó allí con el carifio de una madre; y después, no contenta con pro- 
porcionarle instrucciones y alimentos para el viaje, ella misma quiso ser su 
conductora. Dos dias tuvieron que caminar á largas jornadas, siempre por ris- 
cos y brefias, buscando los lugares de menor tráfico para no ser sentidas. De 
vez en cuando la buena india, dejando á la española bien escondida, salia á 
preguntar por la dirección en que se hallaba Paicavi, pretextando el deseo de 
evitar el ser presa de los españoles, que estaban en aquel fuerte. Al fin quiso 
Dios que llegaran á él cabalmente al mismo tiempo en que entraba el P. Val- 
divia. La aparición de aquella española, y la narración que esta le hizo de to- 
do lo sucedido, causaron una gustosa alarma en el lugar: todos se congratula- 
ban con ella por haberse librado de la esclavitud; le daban el parabién por el 
recobro de la libertad, y agradecían á la india la parte que habia tomado en 
ella. D.* Mercedes se la recomendó encarecidamente á las autoridades, y sobre 
todo al P., que no necesitaba de recomendación para tomar bajo su amparo á 
una alma tan generosa. 

28. Dióle las gracias por su caridad heroica; y entre otros bienes que le ofre- 
ció en recompensa, fué el principal el hacerla cristiana. Oyó esta propuesta 
con buen semblante la feliz redentora; y se aplicó á aprender los misterios de 
nuestra santa religión con tan buena diligencia, y el cielo la alumbró con tan- 
ta abundancia de luces sobrenaturales, que á los cuatro dias pudo recibir el 
bautismo.. Haciendo ocho nudos en una trenza de su cabello aprendió en una 
mañana el Padre nuestro, y á la tarde el Ave María; al dia siguiente el Credo 
con otros cinco nudos, y con el mismo método y brevedad lo restante del cate- 
cismo. Bautizóla el P. poniéndola el nombre de María; y habiéndole dado al- 
gunos presentes, la envió á Arauco, recomendándola á una señora principal y 
piadosa, que perfeccionó la obra comenzada; y dentro algún tiempo tuvo el 
consuelo de saber que habia salido una buena cristiana: de lo cual sacó un 
nuevo argumento, para reconocer la favorable disposición de los araucanos. 

29. No bastaban las buenas disposiciones de estos para terminar la guerra; 
preciso era que cooperaran á ello los españoles, removiendo sus causas. Mas esto 
no estaba al arbitrio del P. Valdivia; y el Gobernador, que pudiera haberlo con- 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. III, cap. xiii, n.** 9.— (4-) Término común en Chile para expre- 
sar las provisiones $le boca para un viaje. 



lio GAP. xu 1606 

seguida, no quiso hacerlo, á pesar de constarle ser estala voluntad del Virrey^ 
y de haber aceptado sus órdenes en el Perú. Ninguna providencia tomó para 
quitar, en cumplimiento de ellas, el servicio personal, para mejorar la suerte 
de los demás indios reducidos, garantir la libertad de los que se redujeran es- 
pontáneamente, y evitar las malocas y las vejaciones é injusticias, que los sol- 
dados hacían á los indios de guerra: por lo contrario, él mismo se adjudicó los 
deTucapel, tan pronto como dieron la paz; ni quiso emplear en redimir los 
pasados agravios las cantidades traídas á este efecto del Perú (1), alegando que 
las necesitaba para pagar las tropas. Tribaldos de Toledo atribuyó francamente 
estas faltas al deseo de complacerá sus abliguos compañeros de armas y de 
enriquecerse con los despojos de la guerra, por los muchos esclavos que asi se 
proporcionaban. Mucho podia haber.contribuido á esta conducta la noticia de 
los abundantes recursos y gran número de tropas que de Méjico y España le 
venian (-(-) ; con las cuales esperarla sujetar completamente los araucanos, 
sin ningún género de trabas ni consideraciones. 

30. Uno de los graves abusos que se cometieron mientras García Ramón ar- 
reglaba sus asuntos en Santiago, fué el no pagar á los indios amigos y á los 
muchos que recientemente se hablan pacificado por medio del P. Valdivia, 
cuando se les ocupaba en las siembras y demás faenas de los particulares y del 
Estado. Diligentes eran los españoles en procurar, ó exigir que los indios sa- 
lieran al trabajo; pero no en pagarles la mita ó sea el salario; y algunos ni si- 
quiera les daban de comer (2). Dicho P. les aconsejaba la sumisión y pacien- 
cia, con la esperanza de que al Qn se cumplirían las órdenes reales; mas en 
cierta ocasión oyó, y con gran sentimiento, la siguiente contestación de un po- 
bre indio (3). Mi amado F., si vosotros dais de comer á los perros, porque la- 
dran en vuestras casas, ¿porqué no habéis de darlo á los que con tanto trabajo os 
ayudan en las sementeras?» 

31. No pudiendo poner coto á tamaños abusos y temiéndolos mucho mayo- 
res, según los aprestos que se estaban haciendo para la guerra, reflexionó el 
P. Valdivia sobre el peligro de desacreditar su persona, su ministerio, y aun la 
autoridad real; y tomó el partido de escribir al Virrey, manifestándole el deseo 
que tenia de volver al Perú por los motivos indicados. Bien persuadido estaba 
su excelencia de que eran ciertos y suficientes para la licencia que se le pedia; 
sin embargo, se contentó con responderle que aguardase algún tiempo, hasta 
que lo tratara con el P. Provincial. Detúvose en efecto el obediente religioso, 
mas no permaneció en la ociosidad (4). Desde el 6 de Diciembre hasta fines de 
Abril del año entrante de 1606 acompañó al ejército real en la campaña em- 



(1) Carta del P. Valdivia al Sr. Conde de Lemos , fecha en Lima á 6 de Enero de 1607.— 
(-f ) Llegaron de España por la vía de Bnenos-Aires mil soldados á cargo de D. Antonio de 
Mosquera, y doscientos cincuenta que el capitán Villaroel trajo de Méjico ; y con los exis- 
tentes en el pais juntó un ejército de dos mil hombres de tropa de línea, según D. Basilio 
Rojas, y de tres mil, según el P. Olivares refiriéndose á una cédula real.— (2) Carta del Pa- 
dre Valdivia al conde de Lemos, fecha en Lima á 6 de Enero de 1607.— (3) Tribaldos de To- 
ledo y el P. Valdivia en la carta recien citada.^(4) Carta del P. Valdivia. 



1606 GAP. 111 111 

prendida contra los araucaDOs; no para cooperar á ella, sino para evitar la 
guerra, ó mitigar sus horrores. 

32. Esta campaña empezó con proposiciones de paz, cuyo significado com- 
prendían exactamente los indios, aunque bárbaros; y como era natural, las 
rechazaron. Merece especial mención la contestación que Miguel Gurilonco, 
cacique de la Imperial, dio al Gobernador, al asegurarle este que si admitían 
la paz tendrían él y los suyos muchos ganados y buena ropa. aSeñor, la liber- 
tad es sobre tadoiT» y protestando el P. Valdivia que en virtud de las cartas 
que del Rey les llevaba, tendrían también libertad junto con la paz, replicó 
al Gobernador en lengua española. «El Rey muy bueno es, y muy bien manda, 
y ordena; pero vosotros sus capitanes y gobernadores no cumplís cosa alguna, y 
no hay justicia para los indios:» y al P. Valdivia le dijo á parte: «P., obrad y 
no parléis; cumplid con lo que decís; que lo veamos: porque después de tantos 
años como servimos, no es tiempo de creer lo que se oye, sino lo que se vé, » Hue- 
necura. Toqui general de los araucanos, rechazó también esta vez las tales 
negociaciones de paz; y su Vice-toqui, Ayllavilú, después de haber pasado á 
cuchillo ciento cincuenta españoles que guarnecían el fuerte levantado por Ri- 
bera junto á la Imperial, se vino contra Arauco con seis mil hombres; y aun- 
que fué derrotado en dos batallas, no admitieron la paz; y Garcia Ramón, con 
las muchas familias que habla llevado esta vez para repoblar las ciudades ar- 
ruinadas, tuvo que repasar el Biobio , después de graves pérdidas de su par- 
te, por haberse retirado el enemigo : y asi quedaron las cosas como antes es- 
taban. 



112 GAP. un 1606 



CAPÍTULO XIII 

1. El P, Valdivia se vuelve al Perú. — 2. La muerte del Virrey frustra sus planes. — 
3. Vindicase la inconstancia de Iq/s araucanos. --*4. Pérdida de los españoles. -^S. 
Crueldad de Garcia Ramón. — 6. Restablécese la real audiencia. — 7. El P. Paez lie-* 
ga otra vez á Penco. — 8. Visita el colegio. — 9. Número y cargo de los «ujcíoí.— 10. 
Biografía del P. Paez. — H. Su muerte. — 12. Necrología del P. Estella. 

1. ¡Cuan afligido quedaría el P. Valdivia al presenciar tantos desastres en 
el real ejército y en los escuadrones araucanos, y al ver que no se respetaban 
las propuestas de paz, que á nombre del Rey^ y con sus cartas y las del Virrey 
en la mano, á estos habia hecho! ¡Con qué ansias desearia salir de un pais, en 
que no podia llenar el objeto principal de su misión! jAhl con cuánta razón 
pretendía regresar á Lima, por si acaso lograba de palabra, ya que de nada 
servían las cartas, que el Virrey diera providencias eficaces, para que se pro- 
curase terminar aquella guerra por medios pacíficos, dado que el hacerlo asi 
era posible y conforme con la voluntad y órdenes del soberano! Al fin llególe 
este permiso, en virtud del cual á fines de Abril del mismo año 1606 se partió 
para el Perú. 

2. A su llegada hizo presente al conde de Monterrey el miserable estado de 
la guerra araucana, y cómo las verdaderas causas de su duración eran el afán 
de hacer esclavos y de adquirir otros viles intereses personales, según las cir- 
cunstancias de cada uno de los que abogaban por ella. Su excelencia mostróle 
mucho agradecimiento, y aprobando su conducta aceptó sus planes (-f); mas 
antes de realizarlos falleció; y las providencias que acababa de tomar desde 
luego en favor de los araucanos, fueron completamente frustradas por García 
Ramón. 

3. Al retirarse este á Santiago después de las dos victorias arriba mencio- 
nadas, dejó el mando de las tropas al mariscal de campo Lisperjer, que en se- 
guida hostilizó á las parcialidades de Tucapel, y redujo á la paz á cinco mil 
seis cientos indígenas (1). Si esta pacificación no es la misma que habia con- 
seguido el P. Valdivia, según indicamos en el núm. 22 del capítulo preceden- 
te, puede con razón mirarse como fruto de sus negociaciones pacíficas. Al leer 
algunos las diversas ocasiones en que los araucanos daban la paz, y la pronti- 
tud con que la violaban, creen que eran hombres volubles é indignos de que 
seles diese fe: juicio que no harían probablemente, si supieran las causas que 



(-f) Tribaldos de Toledo supone que ya habia muerto cuando llegó á Lima el P. Valdivia; 
lo cual se me hace difícil de creer, por haber leido en una cronología de los Virreyes del 
Perú que su sucesor el marqués de Montes Claros comenzó á gobernar en el 1607. En tal 
caso el P. Valdivia habría tenido que dar cuenta de su comisión á los Sres. oidores de la 
real audiencia que gobernaron después de su muerte, y no es de extrañar que estos no to- 
maran á pechos las providencias del finado conde de Monterrey.— (1) P. Olivares, Historia 
política, lib.V» cap. xiu. 



iMn CAP. xiii 113 

teniao para violarla. En el caso presente García Ramón les impuso la condi- 
ción de emigrar al norte del Itata; y claro está que no la aceptaron. ¿Y seria 
fiíliar á su palabra el que prefiriesen vivir en sus tierras con las armas en la 
mano, á morar en las ajenas con la cadena en los pies? A esto equivalía el ser 
trasladados al norte; á lo que jamás se habrían comprometido. 

i. Despechado este Gobernador por no haberlo conseguido, ordenó á Lis^ 
perjer lerantase en la margen austral del Biobio la plaza de Monterrey, para con- 
tener los de Millapoa y Gatiray, los cuales venían frecuentemente á la banda 
boreal á robar en tierras de los españoles; y luego otra en Boroa, dondo no tar- 
dó este en perder la vida, sin que quedara libre ninguno de sus soldados (2); 
asi como perecieron en las lanzas araucanas los cuatro cientos hombres que 
cQstodiabaD ó habitaban la plaza de S. Fabián, y otros muchos en los diversos 
eDCuentros parciales, que las tropas espafiolas tuvieron con los naturales; de 
manera que el 11 de £nero de 1607 tuvo García Ramón que pedir otros mil 
soldados al Rey de Espafia. Ni la muerte de tantos espafioles prueba cosa al- 
guna contra los araucanos; como que era una justa represalia, según el siste- 
ma de guerra que había adoptado García Ramón. 

5. Este, escTibiendo al Rey el 12 de Abril de 1607, le decía: «Que habién- 
dose levantado los indios por Agosto del afio anterior, les hacia la guerra á fue- 
go y sangre, matando á todo indio, sin perdonar mujer ni nifio, y quemando 
sus ranchos y sementeras (2). Que se habían muerto así más de cuatro cientas 
personas; y que había suspendido su orden con respecto á las mujeres y nifios, 
por haber clamado contra ella los obispos y los religiosos, diciendo y predi- 
cando que era injusta por demasiado cruel; y que esperaba la resolución de su 
Majestad.» Felizmente esta no le fué favorable. Pero antes de recibirla, una 
vez hubo remontado su ejército, partió para la frontera por Octubre de 1608; 
y sin haber hecho cosa de importancia, se vino á Santiago, para favorecerla 
en las graves calamidades que sucesivamente la afligieron; como fueron la 
inundación del Mapocho, el hambre y la langosta, que después de haber de- 
vorado los pastos y sementeras, acabó con grandes arboledas. 

6. Mas entre tantos motivos de tristeza tuvo la satisfacción de recibir en 
Santiago á los ministros (3), que venían á restablecer la real Audiencia, que 
treinta y cuatro años atrás había existido en Concepción. El recibimiento fué 
espléndido, no obstante el sobresalto en que se hallaban los ánimos, por en- 
tender que venían á abolir el servicio personal: lo que no hicieron, como á 
su tiempo veremos. 

7. Poco tiempo antes que el P. Valdivia se volviera al Perú vino de allá el 
reverendo P. Provincial Esteban Paez á hacer la visita al colegio prescrita por 
las reglas de nuestro instituto. Habiendo desembarcado en el puerto de Penco 
el nüéreoles de pasión del afio 1606, con el P. su secretario (4), regocijóse en 



(1) D. Basilio Rojas.— (2) Carta de García Ramón al Rey de España : docnmentos de 
Mr.Gay.— (3) Auto de su fundación, publicado por Mr. Gay.— (I) P. Lozano, Historia políti- 
ca del Paraguay, tomo I, lib. III, cap. xix, n.^ 31. 

8 TOMO 1 



114 GAP. xm 1607 

gran manera el Obispo (1), y le suplicó encarecidamente se quedasen allí quin- 
ce dias para misionar en aquel pueblo tan afligido y necesitado; lo que hicie- 
ron con mucho gusto, asi por complacer á su Sria. Iluslrisima, como también 
por el provecho de las almas. Algo influiria en esto el deseo de conferenciar 
con aquel su amado hijo, que con su beneplácito, desempeñaba al sur del 
Biobio la importante y difícil comisión de que hemos hablado ; pero no le fué 
dado hacerlo de palabra por hallarse internado en la Araucania. En virtud 
délos nuevos datos adquiridos en Concepción, confirmóse en sus ideas el Pa- 
dre Provincial, y por lo mismo escribió al P. Valdivia alentándole á vencer las 
dificultades, dirigiéndolo con sus prudentes consejos y apoyándolo con su au- 
toridad y prestigio. 

8. A los quince dias pasó á Santiago; donde visitó el único colegio que la 
Compañía tenia en Chile, fomentó la fábrica de su nuevo templo, confirmando 
al Gobernador, que con tan decidido empeño la promovía, en el afecto y be* 
nevolencia que nos profesaba, á despecho de las contradicciones y disgustos 
ocasionados por las guerras del sur; y dejóle sumamente prendado de su afa- 
bilidad y discreción. Con estas sus dos bellas cualidades características templó 
dicho P. la aspereza con que trataba á los nuestros el Sr. Pérez: Espinosa, lle- 
vado de su genio y de ciertas impresiones siniestras que tenían preocupado su 
espíritu. Por no haber entonces en todo este Reino ninguna misión estable, re- 
comendó mucho las que por las chacras y toda la campiña solían dar los Pa- 
dres del colegio, y envió á ellas sujetos de tanto espíritu y fervor, que en todas 
partes causaron mudanzas de vida muy notables. 

9. Concluida á satisfacción de todos la visita, regresó á Lima, dejando por 
rector del colegio al P. Antonio P^ardo, y por ministro al P. Francisco Váz- 
quez Trujíllo; yse llevóal P. Juan Frías de Herrañ, nombrado rector deun cole- 
gio del Perú, y al P. Luís de Estella, que entrado ya en los ochenta años nece- 
sitaba del descanso y alivio, que no se le podría proporcionar fácilmente en 
Chile. Así miraba la Compañía por sus hijos beneméritos. Solos ocho PP. con 
algunos Hermanos quedaban en Chile (2); número bien escaso para los queha- 
ceres domésticos, clases y ministerios, asi en la ciudad, como en la campiña: 
los que solo podían desempeñar dignamente estando provistos de un gran cau- 
dal de virtud y letras, con una aplicación suma al trabajo y excesivo fervor de 
espíritu. 

10. Al despedirse de nuestro suelo los PP. Esteban Paez y Luis de Estella, 
justo es que insertemos aquí sus biografías, más que sean pocos los dalos que 
nos sea posible reunir. Nació el venerable P. Esteban Paez en España, en la 
villa de Mora, donde dio desde su infancia muestras de que le había tocado 
una alma buena, inclinada á todo lo que conducía á la virtud y apartándose 
de todo lo que la podía manchar con la menor sombra de vicio, hasta que Dios 
lo llamó á la Compañía de Jesús; donde adelantó de suerte en todos los actos 
virtuosos de humildad, mortificación, obediencia, piedad^ oración y amor de 



(1) Éralo aun Fr. Reinaldo Lizarraga.~(2) P. Olivares, Historia de la Compañía. 



1607 CAP. xui 115 

Dios, que era ejemplo á todos sus connovicios en la puntual observancia de sns 
reglas. Concluido el noviciado, pasó á oir ciencias mayores; causando gran ad- 
miración su delicado ingenio y la singular capacidad con que descollaba entre 
sus condiscípulos. Logró por maestro al pasmo de los ingenios de su tiempo, 
el doctísimo P. Alfonso Daza, que del mundo mereció este elogio: Alii scripía 
mmdo, ego scriptares dedi (1). Este insigne maestro ponderaba mucho la ca- 
pacidad de su discípulo; el cual salió tan aprovechado, que luego que conclu- 
yó sus estudios, le señalaron para leer la cátedra de teología en el colegio de 
Ñapóles; la que regentó muchos afios, con crédito y aplauso asi de los de casa, 
como de los extraños. Mas los superiores, viendo sus grandes talentos, le ocu- 
paron en gobernar algunos colegios; y luego pasó á ser compañero y secreta- 
rio del Provincial de la Provincia de Toledo. Y habiendo cumplido exactamen- 
te con estos empleos, le señaló nuestro P. General por compañero del P. Visita- 
dor Diego de Avellaneda, que pasaba á visitar la Provincia de Méjico. Concluida 
esta visita, vino señalado por Provincial de la misma Provincia; cargo en que 
descubrió más la gran prudencia y talento con que Dios le habia adornado, 
para que toda la América los lograse, y participase de los rayos de tan escogi- 
das prendas. Fué señalado, al acabar aquel gobierno, por Visitador de la vas- 
tísima Provincia del Perú, Tucuman y Chile; y ejecutó esta visita con tal pro- 
lijidad, que no hubo colegio, misión, ni residencia que no lograse la acertada 
dirección de sus órdenes. Fué á Sta. Cruz de la Sierra; pasó á Tucugian y 
Paraguay, en que no habia más que misiones. Vino á Chile, que solo tenia un 
colegio. Recibíanle en todas partes como ángel y padre que los venia á conso- 
lar; y el bondadoso Visitador como tal los trataba á todos, queriéndolos de 
todo corazón: los alentaba en la perfección, y al deseo de salvar las almas, 
animándolos para los trabajos que por tal causa se les podían ofrecer; y con su 
cariño y agrado los dejaba á todos consolados y confortados en el servicio de 
Dios (2). Concluida la visUa de Chile, volvió al Perú, donde fué señalado por 
Provincial de aquella sabia y apostólica Provincia, madre de todas las de esta 
América meridional; y con este cargo volvió á recorrer el dilatado campo que 
entonces abrazaba, sin enviar visitadores que en su nombre lo hiciesen; hasta 
que el año de 1613 á 5 de Noviembre, voló su dichosa alma al descanso de la 
patria celestial. 

11. Hubo caliñcada revelación de que subió desde la cama al cielo; lo que 
puédese creer por las muchas y singulares virtudes de que su alma estuvo siem- 
pre adornada: y ellas son las que dan alas al espíritu para que vuele á Dios. 
Toda su vida fué este P. un verdadero dechado de perfección: su humildad 
era profunda, su mortiñcacion y oración continuas, su caridad para con el 
prójimo y su celo por la salvación de las. almas no parece que podian llegar á 
más. En el amor de Dios de continuo se abrasaba, exhalando los afectos de su 
corazón en jaculatorias fervorosas. Emprendía por la divina gloria tantos tra- 
bajos y soportaba tantas fatigas, que si con atenta reflexión se consideran, se 



(1) otros dieron escritos al mundo, yo di escritores.— (2) El P. Olivares, cap. i, § 10. 



116 GAP. xm 160*1 

hallará que no pedia sobrellevarlas sin andar siempre enfervorizado en el amor 
del supremo Bien. De admirar son en él desde novicio la exacta observancia 
de las reglas; cuando estudiante la aplicación á las letras, sin faltar á las de- 
más obligaciones de ferviente religioso; cuando maestro, el haber sabido tan 
bien hermanar la ciencia con la humildad, y la cátedra con la obediencia; 
cuando superior, su celo de la observancia y de la honra de Dios, corrigiendo 
las faltas con suma prudencia, sin ofensa déla caridad. Sus viajes, por fin, de 
España á Ñápeles; de Ñápeles áEspafia; de alii á Méjico, recorriéndolo varias 
veces; de Méjico al Perú, Tucuman, Paraguay y Chile, dos veces visitados; los 
trabajos sufridos en tantas y tan largas peregrinaciones, para las cuales no pa- 
recen bastar la vida ni las fuerzas de un hombre; las incomodidades de tan di- 
ferentes climas, con tantos peligros de mar y tierra, en montañas, ríos y panta- 
nos, entre indios caribes, peores que las fieras: todo muestra en el P. Paez 
cómo estaba su corazón lleno de Dios y cómo ardía en el celo de las almas. 
¿Quién, pues, tendrá por extraño que á virtudes tan sólidas y macizas se les 
diera por premio la gloria en cuanto espiró el que las habla practicado? Verda- 
deramente se pueden tener por dichosas las Provincias que merecieron la di- 
reccion de tan santo y celoso superior. Esta de Chile, aunque lo gozó tan de 
paso, se da muchos parabienes por haberlo merecido por su primer Visitador. 
12. Nacido el P. Luis de Estetla en Cantabria (1) en el año 1526, entró en 
la Compañía en el de 1542 siendo de solos diez y seis años de edad. Probable- 
mente seria admitido por N. S. P. Ignacio, cuyo espíritu y fervor mostraron 
sus obras haber recibido. Ya sacerdote, pasó á la nueva Provincia del Perú, de 
donde vino con el P. Baltasar de Pinas á fundar la Compañía en Chile. La pri- 
mera ocupación que aquí ejerció fue la de catequista de los niños, con tener ya 
entonces sesenta y siete años; y en ella perseveró hasta el año 97, en que se 
volvió al Perú (2). Allí fué consultor de Provincia y prefecto de espíritu en 
nuestro colegio de S. Pablo. En 1698 erigió para los seglares la congregación 
de Ntra. Sra. de la O. Pocos años después lo enviaron de nuevo al colegio de 
Santiago de Chile, en que trabajó hasta el 1606; pero no me consta en qué mi- 
nisterios ú ocupaciones: ni es de extrañar, porque en los datos de aquellos tiem- 
pos apenas hallamos individualizadas más que las de los misioneros; ocupa- 
ción que él no pedia tener por su avanzada edad. Los ocho últimos años de su 
vida los pasó en el colegio de S. Pablo de Lima, aquejado de molestas enfer- 
medades y dolores gravísimos, que soportó con ejemplar paciencia ; acabando 
de labrarse por este medio la corona de gloria que había merecido con el cons- 
tante ejercicio de los ministerios apostólicos: la que fué á recibir en el cielo el 
año de 1614, á los ochenta y ocho de su edad y setenta y dos de Compañía; 
de que era profeso de cuatro votos. 



(1) P. Lozano , Historia de la Provincia del Paraguay , lib. III , cap. x, n.® 13.— (2) P. Bar- 
rasa> Historia MS. del Perú. * 



1601 CAP. XIV 117 



CAPÍTULO XIV 

1. Se solicita la formación de dos Yice-Provincias. — ^2. El General las concede. — 3. 
Ordena se erija la del Paraguay ,^--^, Su arden no se cumple, — S. Insta en ella. — 
6. Entusiasmo con que se recibe. — 7. Sujetos escogidos para la nueva Promncia. — 8. 
Exhortación del Provincial. — 9. El erario real les paga el viaje— 10. Distribución 
en este. — H. Sus obras de caridad. — 12. Pobreza de los jesuítas del Tucuman. — 
13. Júbilo del pueblo y del Gobernador. — 14. Cariño y benevolencia del Obispo. — 
IS. El P. Torres inaugura su Provincia. — 1 6. Sus primeras disposiciones. — 1 7 . Fervor 
de sus subditos. — 18. Pone clase de gramática en Santiago del Estero. — 19. Noviciado 
en Córdoba. — ^20. Número y fervor de los novicios. — 21. Se convoca para Santiago 
la Congregación Provincial. — ^22. Eclesiásticos y seculares obsequian al Provincial. 
— ^23. Menos el Obispo, cuya voluntad este se capta. — ^24. Paulo V le recomienda la 
Compañía. — ^25. Celébrase la Congregación con paz. — ^26. Sus postulados. — 27. Con- 
testación del General. — 28. Designase á Córdoba para colegio máaimo. — ^29. Interir- 
ñámente se pone en Santiago. — 30. Residencia en Buenos-Aires. — 31. Nombramien- 
to de superiores locales. 

1. La extensión inmensa de la Provincia peruana de la Compafiia de Jesús 
reclamaba imperiosamente su división^ por no poder ser visitada á su debido 
tiempo, ni bien gobernada por su Provincial, que de ordinario residía en Li- 
ma. Asi lo hizo presente el mencionado P. Esteban Paez (1) á los PP. reunidos 
para la Congregación Pro vincial del año 1602, recomendándoles tratasen seria- 
mente este punto, para pedir al P. General la división en la forma que se cre- 
yera más conveniente. Habiendo la Congregación proyectado se erigieran dos 
Yice-Provincias, una en Quito y otra en Chuquisaca, encomendaron al P. Die- 
go de Torres Bollo, á quien enviaron de procurador á Roma, lo agenciara con 
su Paternidad. 

2. Cumpliólo fielmente y con buen resultado: más no bien habia partido 
de Roma de regreso para el Perú con las órdenes competentes para la realiza- 
ción de las divisiones propuestas, cuando el P. Aquaviva, considerando mejor 
este negocio, ó iluminado con cierta luz, que creyó haber recibido del cielo 
estando en oración, mudó de parecer; y conferenciando nuevamente sobre ello 
con los PP. asistentes, escribió al P. Diego de Torres la carta siguiente, que 
este recibió en el puerto de S. Lúcar de Barrameda por Marzo de 1604. 

3. «Novedad hará á Y. R. lo que en esta le diremos (2). Sepa que después 
«de partido de aquí con las órdenes y recados que lleva, recibimos cartas del 
«Paraguay y Tucuman; en las cuales nos representan tantas necesidades espi- 
«rituales de aquellas pobres almas^ y el grande daño que recibirían en que la 
«Compañía los dejase, que nos puso en cuidado de no acudir á esas necesida- 



(1) El P. Lozano, Historia del Paraguay, lib. lY, cap. xx, n."" 2.— (2) £1 P. Lozano, ibidem, 
lib. ly, cap. I, D.^ 4 y siguientes. 



11« CAP. XIV 1607 

((des sin daño de la Compañía; y habiéndolo tratado con los PP. asistentes y 
((encomendado muy de propósito y hecho encomendar á Ntro. Señor, me he 
((resuelto en dos cosas. La primera, en fuadar alli una Provincia independiente 
«de la del Perú: la segunda en que V. R. lo ejecute y se eche esta carga á cues- 
atas, de que espero se servirá Ntro. Señor. Podrá tomar V. R. para ello quince 
«compañeros de los que lleva; y lo demás que á esto toca sabrá allá en el Pe- 
<(rú, por lo que se escribe y ordena.» 

4. No podia darse orden más clara y terminante : rindióse á ella el P. Tor- 
res, y procuró se realizase asi que llegó á Lima. Sin embargo, no se ejecutó; 
obcecándose, no sé cómo, aquellos PP. antiguos y respetables por su saber y 
virtud. Los más creyeron que era una equivocación, ó más bien una orden 
dada equivocadamente por falla de noticias; algunos sospecharon que era ma- 
la fe de su procurador á Roma, quien no habria querido exponer claramente 
ni apoyar el parecer de la Congregación; ni faltaron quienes lo culpasen de 
ambicioso. Los más moderados dijeron que, no expresándose si debiera lla- 
marse Provincia ó YiceProvincia, habia lugar á la epiqueya; y que se podia 
ejecutar la determinación primera, mientras se consultaba al General. £1 mis- 
mo P. Esteban Paez, á la sazón Provincial, se alucinó, y fué de este parecer. 
En efecto; fundó las dos Vice-Provincias, nombrando Vice-Provincial de Chu- 
qüisaca al P. Diego Alvarez de Paz, y del nuevo Reino al mismo P. Diego de 
Torres. ¡Quién tal pensará en la Compañía, donde la virtud característica es 
la obediencia! Así permite Dios de vez en cuando algunas equivocaciones, ó 
verdaderos defectos, para que nos humillemos y no fiemos demasiado en noso- 
tros mismos. 

5. A penas llegó á Roma la noticia de lo hecho en virtud de aquella con- 
sulta cuando el P. General contestó terminantemente que se fundase una Pro- 
vincia, que comprendiera las gobernaciones del Paraguay, Buenos-Aires y Tu- 
cuman, junto con la del Reino de Chile, dándole el nombre de la primera; y 
que fuese su Provincial el P. Diego de Torres Bollo (1). No se tergiversó más 
sobre el asunto; por lo cual se echa de ver que la pasada resistencia más fué 
alucinación del entendimiento que obstinación de la voluntad. 

6. Sabida esta determinación, muchos fueron los PP. y HH. que pidie- 
ron (2) ser agregados á la nueva Provincia. El celo que ardia generalmente en 
los corazones, el deseo de pasar trabajos por Cristo, y el amor á la pobreza y 
abnegación de sí mismos inspiraron á tantos esta generosa resolución. Asi 
puedo calificarla, puesto que todos sabían las redobladas tareas que deberían 
desempeñar, las privaciones y fatigas que tendrían que sufrir, y los inminen- 
tes peligros á que se iban á exponer. Algún tanto pudo influir en esa moción de 
los espíritus la general simpatía que el P. Torres se habia granjeado en la Pro- 
vincia; habia sido superior de varias casas, las habia recorrido todas siendo 
secretario ya del P. Provincial, ya del P. Visitador ; y por último habia con- 



(1) P. Olivares, Historia de la Compañía, cap. i,S II.— (2) P. Lozano, ibidem , líb. IV, 
cap. XX, n.^ 2. 



1607 CAP. XIV 119 

ducido de Earopa cincuenta sujetos , que lo miraban como su verdadero 
padre. 

7. No fué posible acceder á los votos de tantos: de entre los cuales escogió 
trece, once PP. y dos HH. coadjutores ; pero de cualidades tan relevantes asi 
por su saber, como por su virtud y celo , que equivalían á muchos : como lo 
demostraron las grandes empresas que con ellos acometió y realizó en la nue- 
va Provincia (-{-) ; la cual antes solo tenia ocho PP. á este lado occidental, y 
cinco al oriental de la cordillera, y algunos HH. coadjutores. Al pasar por 
Paita el P. Torres habia admitido para su Provincia tres novicios ; dos de los 
cuales, y el P. Antonio Ruiz de Montoya, sustituido en lugar del tercero, fue- 
ron agregados á los trece antedichos. 

8. Lleno de consuelo el nuevo Provincial al verlos todos reunidos en el co- 
legio de S. Pablo de Lima, les hizo una fervorosa exhortación (1), congratu- 
lándose con ellos al verse destinado á la nueva fundación, que ofrecía tan vas- 
to y anchuroso campo á su celo apostólico, asi por los muchos espafioles é 
indios ya convertidos que habia en las provincias á que eran destinados, como 
por la multitud de naciones infieles de que estaban circuidas, á cuya conver- 
sión se deberían aplicar. Ponderóles lo noble de esta grandiosa empresa, sin 
ocultarles las dificultades y peligros á que ella les expondría; y los animó á 
arrostrarlos con ánimo constante y generoso. Sus palabras tiernas como las 
de un padre, y fervorosas como las de un apóstol, avivaron poderosamente el 
espíritu de todos ellos. Al fin concluyó convidándolos á hacer los santos ejer- 
cicios, y aceptando todos con gusto su invitación, los hicieron con gran fervor. 

9. Concluidos estos, comenzó á dispofler diligentemente las cosas del viaje, 
tropezando desde luego con la falta de recursos. La Provincia peruana, aun- 
que se portó con ellos como buena madre, no estaba tan abundante que pu- 
diese proporcionarlos todos, por ser los sujetos muchos, y el viaje largo, y por 
consiguiente muy costoso. No se acobardó por ello el P. Torres: confiado en la 
providencia divina ordenó á uno de los suyos que comprase cuanto hiciese 
falta; y no salió fallida su confianza, pues que, refiriendo sinceramente sus 
apuros á uno de los oidores, se acordaron estos de cierta real orden, en la que 
se mandaba costear el pasaje al Tucuman (2) á doce religiosos franciscanos ó 
á doce jesuítas, si aquellos no podian ir allá; por lo cual los oidores, que esta- 
ban encargados del gobierno por el fallecimiento del marqués de Monterrey, 
les pagaron el viaje á cuenta del real erario. Provisto, pues, por este medio 
inesperado, dispuso que pasasen á Chile por mar los tres novicios y algunos 
PP. jóvenes, que hablan de acabar aquí sus estudios; y él se partió por tierra 
con los demás en Junio de 1607. *Penoso y dilatado habia de ser aquel viaje; 
y para hacerlo más soportable, é impedir la disipación del espíritu, que de or- 
dinario ocasionan los caminos, distribuyó el tiempo en la fornia siguiente. 



(-f ) P. Lozano, Historia del Paraguay, lib. IV, cap. xx, n.° 3 , pone una reseña biográfica 
de cada uoo de ellos.— (1) P. Lozano, íbidem, lib. IV, cap. xx, n.° 1.— (2) P. Lozano, ibidem, 
lib. IV, cap. XXI, n." 3. 



lio cup. xiT 1607 

10. Antes de amanecer, mientras los arrieros aparejaban las muías, cele- 
braban la santa misa la mitad de los sacerdotes, y comulgaban los demás; al 
montar á caballo rezaban las letanías lauretanas, las de los santos y el itinera- 
rio; y luej^o se hacia señal parala oración, que duraba una hora; al medio dia 
y á la noche se tenian los exámenes; y en las paradas se leia algún libro espi- 
ritual: lo restante del tiempo se empleaba en piadosas conversaciones con que 
se alentaban mutuamente á llevar con paciencia aquellos trabajos, y se enfer- 
vorizaban en deseos de su propia perfección y de la salvación de las almas. 

11. Ya desde entonces no perdían ocasión en que pudieran lograrla: los pia* 
dosos ejercicios en que empleaban el dia, la caridad fraterna con que los unos 
procuraban aliviar á los otros, la buena armonía que guardaban constante- 
mente entres!, y las demás virtudes que practicaban traian edificados á sus 
conductores y á cuantos en su tránsito hallaban. Al llegar á las poblaciones, 
sobre todo de indios, predicaban, confesaban y administraban los santos sa- 
cramentos: á no pocos administraron el del santo bautismo, que por falta de 
misioneros permanentes muchos no hablan recibido; cosa que lastimó gran- 
demente sus corazones, y los alentó á trabajar incesantemente en la conversión 
de tantas gentes, que veían, aunque de paso, yacer todavía en las tinieblas de 
la infidelidad. No contentos con favorecer á los que hallaban en su tránsito^ 
se internaban de vez en cuando por los asientos de minas en que la necesidad 
era mayor, por juntarse de ordinario á la ignorancia la corrupción de cos- 
tumbres. 

12. Reconocidos los indios á sus buenos servicios (1), les regalaban varios 
frutos del país; que si bien ellos aceptaban por no desairarlos, enseguida los 
repartían entre los pobres. También usaron con ellos de generosidad varios ca- 
balleros españoles, sobre todo los vecinos del Potosí, regalándoles cálices y vi- 
najeras de plata, y otros ornamentos que aceptaron con gusto, para proveer asi 
decentemente las iglesias de sus casas pobres. Tal era la pobreza de estas^ que 
cuando el P. Juan de Yiana los recibió en la nuestra de Jujui, primera ciudad 
de la gobernación del Tucuman, no tenia más que un peso fuerte para obse- 
quiarlos (2). Reflexionen esto los que quieren persuadirse que si los jesuítas 
llegaron á tener algunos bienes, fué por haberse valido de su prestigio allá en 
los tiempos de la conquista, para acumular tesoros y'hacerse de pingues pose- 
siones. Ninguna tenian todavía en aquellas provincias, con hacer veinte y un 
años que los PP. trabajaban incesantemente en ellas asi entre los indios, como 
entre los españoles. 

13. liemos pasado en silencio las demostraciones de afecto y regocijo con 
que fueron aplaudidos en Salta, Jujui, y demás poblaciones de su tránsito; ni 
referiremos tampoco las sumamente expresivas con que fueron recibidas en San- 
tiago del Estero, en aquel tiempo capital de la gobernación del Tucuman, por 
Diciembre de aquel mismo año 1607. Desde la primera entrada de los Padres 
en 1586 tenian allí casa los de la Compañía ; y por lo tanto todos habían 



(1) P. Lozano, Ibid., lib. lY, cap. xxi, n.^ '7.— (2) P. Lozano, ibíd., lib. lY, cap. xxi, n.*" 11. 



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1601 GAP. XIY 121 

recibido de ellos algunos beneficios, ó por lo menos observado sus virtudes. 
Salieron, pues, algunas leguas á fuera para recibirlos los principales vecinos, 
acompasados del Gobernador Alfonso de Ribera; quien se mostró muy conten- 
to de que durante su gobierno se instalase la nueva Provincia, y les prometió 
su iavor y amparo. 

14. Sefialóse más que todos en las demostraciones de gusto y contento el 
Obispo de aquella diócesis Fr. Fernando Trejo de Sanabria, el cual, apreciando 
como buen pastor de la grey de Cristo los auxilios espirituales que á sus ama- 
das ovejas prestaban los de la Gompafiia, los animaba tiernamente. Guando 
vio á sus pies al P. Provincial, lo baSó con sus lágrimas y lo hizo levantar pa- 
ra estrecharlo entre sus brazos: enseguida los condujo á la catedral; y después 
de dar gracias á Dios por su llegada, hizo un elocuente discurso, en que pro- 
testó su grande afecto á la Gompafiia, las esperanzas que de ella habia con- 
cebido, y la voluntad sincera que tenia de favorecerla con su autoridad y sus 
bienes. Todo el auditorio se conmovió con su discurso, que recibió con sumo 
aplauso; y todos á porfía protestaron á los PP. la misma voluntad y afecto. 
Hasta los pobres indios dieron á los recien venidos singulares demostraciones 
de su carifio y reconocimiento (1), enviándoles una comisión á darles la bien 
venida, y significarles el común contentamiento de todos los suyos, por espe* 
rar tendrían en ellos otros tantos PP. protectores y guias de sus almas. 

15. A todos y á cada uno de los sobredichos correspondió con religiosa 
urbanidad y finura el P. Torres ; y enseguida comenzó á ordenar las cosas de 
su Provincia. Su primera diligencia fué oir atentamente los informes y pare- 
ceres de los antiguos misioneros de ella, sobre todo de los PP. Juan de Yia- 
oa y Juan Romero, que catorce afios hacia eran superiores de aquella mi- 
sión. En vista de ellos se resistió á fundar residencia en Salla y Jujui, como le 
suplicaban sus nobles vecinos; y por lo contrario, resolvió conservar y fomen- 
tar la residencia de Santiago, de la cual nombró por superior al P. Yiana ; y 
abrió también noviciado en Córdoba. 

16. Antes de separarse hizo una plática fervorosa á todos los PP. y HH. , 
exhortándolos primero á la rigurosa guarda de los sentidos, y á todo aquello 
que era indispensable ó conducente para conservar intacta la joya preciosa 
de la pureza; ponderándoles cuan justo era, que los nuestros resplandecie- 
sen como lumbreras en esta virtud angélica, y los peligros que habia de per- 
derla. Por lo tanto, ordenó estrechamente que nadie visitase á persona de otro 
sexo, á no requerirlo la caridad ó la urbanidad en caso inexcusable; y siempre 
con la mayor cautela. Para que esto se observase sin violencia, los aficionó al 
trato con Dios; manifestándoles con comparaciones claras y sencillas la mayor 
necesidad que de este trato tenian aquellos que por su estado han de tratar 
frecuentemente con los prójimos. Recomendóles, asi mismo, y con particular 
afecto, la unión y caridad fraterna, para el mutuo consuelo y alivio de los 
nuestros y edificación de los extrafios. Concluyó, por último, animándolos á 



(1) P. Lozaoo, ibidem, Ub. IY> cap. xxu, n.'' 3. 



122 CAP. XIV 1607 

trabajar incesantemente por lo salvación de las almas, sobre todo de los po- 
bres indios; cuyo lamentable estado, ignorancia y abandono les pintó con los 
más vivos colores, ponderándoles la especial obligación que tenian de mirar 
por ellos^ ya que el Seilor les habia escogido para este santo ministerio, tan 
conforme con el que él mismo ejerció acá en la tierra. Por salir sus palabras 
de un pecho abrasado en el amor de Dios y del prójimo, prendieron en los 
corazones de todos, ó mejor diremos, avivarbn más y más las llamas sagradas 
que ardian en ellos. 

17. Yióseles desde aquel dia emular la perfección de su estado como si 
fueran otros tantos fervorosos novicios: los PP. más antiguos fueron los prime- 
ros en presentar al Provincial los rosarios, estampas y cuantas cositas tenian 
en su poder, para que dispusiese de ellas; los mismos iban á la cocina y prac- 
ticaban con alegría muchos actos de humildad y caridad: y á su ejemplo pro- 
cedían los demás. Asi enfervorizados salieron á predicar al pueblo, que los 
oia con mucho consuelo y aprovechamiento. El P. Torres precedió á todos en 
el ejercicio de este santo ministerio, y lo hacia con tal aceptación (1), que el 
Obispo, con ser excelente orador, no quiso subir al pulpito mientras él estuvo 
alli; diciendo que se avergonzaba de hablar donde estaba tan insigne predi- 
cador. Mucho obrarla la humildad de su lima, en este juicio; pero siempre 
prueba el notable don de pulpito del P. Provincial. 

18. Profundamente reconocido á la buena voluntad de tan digno prelado, 
sentía mucho no serle posible acceder á las repetidas instancias con que su 
lima, le suplicó tomase á su cargo el seminario conciliar; pero, en atención á 
sus ruegos y á los del Gobernador y de entrambos cabildos, puso una clase de 
latinidad en aquella residencia, á pesar de no tener renta alguna: cosa que 
mereció la aprobación del P. General. Erigió, a^ mismo, la congregación de 
la Anunciata no solo para los jóvenes, sino también para toda clase de perso- 
nas; y luego fué bien concurrida, con notable provecho de las almas. Ultima- 
mente, al partirse de alli á mediados de Enero de 1608, dejó un H."" coadjutor 
con cuatro PP. ; dos de los cuales fueron especialmente destinados al cuidado, 
instrucción y conversión de los indios: y los demás se los llevó consigo á 
Córdoba. 

19. El recibimiento en ella fué análogo al de Santiago del Estero; por más 
que hicieron los nuestros á fin de evitar la publicidad y las demostraciones 
de regocijo. En aquella residencia halló solo al P. Juan Darío; que trabajaba 
por muchos con espadóles é indios. Bien pronto se confirmó su R.* en la reso- 
lución que habia tomado en Santiago del Estero de fundar aquí el noviciado; 
porque, á más de ser esta la ciudad más central del extenso territorio que 
comprendía la nueva Provincia, observó que estaba bien abastecida, y que los 
caritativos vecinos proveían tan generosamente (2) nuestra casa pobre y sin 
renta alguna, que el superior había podido levantar con las limosnas algunas 
piezas, y una iglesia bastante capaz y decente, adornada con bellas pinturas, y 



(1) P. Lozano, ibid., lib. IV, cap. xxii, n.° 8.— (2) P. Lozano, ibid., lib. IV, cap. xxiii, n.*2. 



1608 CAP. XIV 123 

surtida de buenos ornameDtos y vasos sagrados: y que^ además, tenia una 
huerta bastante regalar poblada de buena arboleda. Nombró, pues, por su- 
perior y maestro de novicios al P. Juan Darío; bajo cuya espiritual dirección 
prosiguieron su tercera probación los PP. Francisco Vázquez, Marcos Antonio 
Deyótaro yJuan Pastor. 

20. La providencia divina que velaba propicia por la Provincia del Para- 
I g[uay, la proveyó por vias bien extraordinarias de otros cuatro novicios; y 
I aauel mismo verano pasaron allá los tres que por mar hablan venido del Pe- 
rú áChil^, y los Hermanos estudiantes Alonso de Aguilera, y Luis de Moli- 
ua (1), naturales de este mismo Reino, que hablan entrado en la Compañía el 
19 de Marzo de 1608. Número corto en sí mismo; pero grande para aquellas 
circunstancias: el cual fué sucesivamente aumentándose con otros nobles man- 
cebos á quienes Jesucristo llamaba á su Compafiia. ¡Cuan grande fué el fer- 
vor con que todos á porfía se aplicaron al aprovechamiento de sus almas! Rei- 
naba en ellos una santa emulación por la virtud; su trato con Dios era casi 
continuo; y cuandaen las recreaciones hablaban entre si por obediencia, era 
siempre de cosas espirituales, según consta del testimonio que de ellos dio el 
mismo P. Diego en el año 1623, y confirmó la experiencia; por cuanto todos 
salieron excelentes religiosos y fervorosos operarios ó profesores. Con gusto se 
hubiera quedado el P. Provincial algún tiempo más en Córdoba, para asentar 
por si mismo las cosas y distribuciones del noviciado; pero la necesidad de 
pasar cuanto antes á Chile le precisó á salir de aquella ciudad en el siguiente 
mes de Febrero. 

21. Su R.* habla consultado á los superiores locales y á los profesos si 
convendría celebrar Congregación Provincial, con el objeto de deliberar ma- 
duramente sobre algún asunto de gravedad, y sobre las medidas que se debe- 
rían tomar para el buen arreglo y adelantamiento de la Provincia; y también 
en qué lugar se deberla tener. Todos le contestaron que convenia tenerla, y 
precisamente en el colegio de S. Miguel en Santiago de Chile; asi por ser el 
único hasta entonces fundado con rentas, como por tener mayor número de 
habitaciones en que hospedar á sus miembros. Y por cuanto la elevada cor- 
dillera de los Andes solo da paso hasta fines de. Abril ó Mayo, preciso era pasarla 
cuanto antes, para que pudiesen los PP. regresar á sus casas respectivas aquel 
verano; é irse al puerto de Buenos- Aires á buscar embarcación para Europa el 
que fuese nombrado procurador. Por lo tanto, acompañado de cuatro PP., par- 
tió de Córdoba por Febrero del 1608; y habiéndose juntado con ellos en Men- 
doza el P. Juan de Yiana, viajaron juntos por los Andes con mucha prontitud 
y felicidad. 

22. Causó un grande alborozo en esta ciudad la noticia de que venia el Pro- 
vincial de los jesuítas, y precisamente á celebrar la Congregación. Muchas de 
las personas principales se adelantaron dos leguas á recibirlo, y el P. tuvo que 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. lY, cap. xxiii, n.^ 1, al H. Molina lo llama Luis. Otro documen- 
to lo llama Francisco. 



12i GAP. XIV 1608 

entrar en esta capital, mal de su grado, con nameroso y lucido acompañamien- 
to; y luego acudieron á visitarle (1) los prebendados de la catedral, los supe- 
riores de las órdenes religiosas, el cabildo secular, y todas las personas de dis- 
tinción; «porque siempre ha estado muyen su punto en aquel florido Beino, 
dice el P. Lozano, la cortesía y urbanidad.» Sensible nos es advertir no haber- 
se hallado en este número el Sr. Espinosa ; que no se dignó cumplimentar ai 
Provincial, ni siquiera por medio de su secretario, ó de otro modo acomodado 
á su alto carácter y dignidad. 

23. Este prelado miraba con poco afecto á la Compañía, y con menor al Pa- 
dre Pardo, rector de aquel colegio; de cuyos aplausos por sus prendas oratorias 
parecía estar celoso: al menos asi interpretó el P. Lozano (2) cierto decreto con 
que ordenó que todos los fieles asistiesen al sermón de la catedral en los dias 
que lo habia de tabla en nuestra iglesia. ¿Qué otro fin se puede atribuir á se- 
mejante decreto? ¡Triste cosa es encontrar en un alto personaje tales sentimien- 
tos! Con todo, el hecho es cierto; y quien haya estudiado en las historias an- 
tiguas el genio singular de este prelado, no lo extrañará; antes bien admirará 
la moderación con que siempre supieron sufrirlo los de la Compañía, y muchas 
veces aun captarse su benevolencia. En el caso presente, pretextando el P. rec- 
tor que iba á recibir al P. Provincial, se salió de Santiago para no predicar en 
aquella cuaresma, y evitar de esta manera las murmuraciones que pudieran 
haberse suscitado en el pueblo. Al llegar su R.\ sin darse por sentido de este 
y otros desaires hechos á los suyos, fué á postrarse á los pies del Obispo, y le 
ofreció los servicios no solo de su persona, sino también de las de todos sus sub- 
ditos. En aquella visita y en otras que le hizo lo trató con tanta moderación 
y prudencia, que lo despreocupó; y si no logró ganarse completamente su vo- 
luntad y afecto, á lo menos de allí en adelante no hizo con ellos las demostra- 
ciones de aversión que anteriormente. 

24. Algo pudo influir en esta mudanza el breve que el Papa Paulo V le en- 
vió recomendándole la Compañía, y exhortándolo á que tratase á los hijos de 
ella con la atención y aprecio que se merecían. Como esto era contrario á su 
condición natural y á sus hábitos adquiridos, no fué su enmienda tan perma- 
nente, que no se deslizase alguna vez ; sin embargo, en otras y de gravedad 
los miró con mucho respeto. Asi lo hizo cuando puso término por intervención 
de uno de ellos á una ruidosa contienda suscitada entre su Sria. Uustrisima y 
el Sr. Gobernador; y cuando consintió, con ocasión del gravísimo conflicto 
que cuatro años después hubo entre ambas autoridades, en tomar de común 
acuerdo por arbitro de él á dos de los mismos PP.: con lo que se cortó el es- 
cándalo y sus graves consecuencias. 

25. Después de haberse cumplido con estas y otras personas acreedoras á 
la atención de la Compañía, y arreglado algunos asuntos de menor cuenta, se 
dio principio á la Congregación el 12 de Marzo de 1608, entrando en ella el 
P. Provincial con siete profesos y el procurador de la Provincia, que no lo 



(1) P. Lozano, ibid., lib. lY, cap. xxiv, n.® 1.— (2) P. Lozano, ibid., lib. IV, cap. xxiv, n.** 1. 



1S08 GAP. iiv 125 

era (1): y ea razón de ser tan corto este número, se concedió voz pasiva á los 
PP. coadjutores espirituales formados, y á otros dos más que no habian sido 
incorporados todavía; valiéndose del privilegio concedido á las Provincias de 
Indias, que anteriormente fué el segundo del cap. Y de la fórmula de la Con- 
gregación Provincial § 14, y hoy es el trigésimo del cap. IV, § 37. El Padre 
Valdivia no pudo asistir por estar enfermo en el Perú; ni tampoco los Padres 
Holguin y Lorenzana por no haber tenido tiempo para venir de la remota re- 
sidencia de la Asunción del Paraguay. Grande era la expectación con que los 
religiosos de las otras órdenes y toda la ciudad de Santiago estaban á la mira, 
para ver si habria también entre los jesuítas alguno de aquellos disturbios que 
desgraciadamente suceden más de una vez en semejantes juntas capitulares. 
Mas, por la gracia de Dios y según costumbre en la Compañía, se hicieron las 
elecciones y se resolvieron ios diversos puntos puestos á discusión con tanta 
paz y tan bella armenia, que todos quedaron gratamente edificados. No entren 
en tales juntas el egoísmo, ni la ambición ; y no entrará la discordia. Siete 
dias no más duró la Congregación Provincial: y para que se tenga algún co- 
nocimiento desús importantes trabajos, insertaremos aquí un breve resumen 
de ellos. En el primer dia eligieron al P. secretario con su socio; y luego dos 
diputados. Al tercero fué elegido por procurador á Roma, al primer escruti- 
nio y por unanimidad de votos, el P. Juan Romero; y por su sustituto, al ter- 
cer escrutinio, el P. Marcial de Lorenzana, aunque ausente; y dejando á parte 
las varias determinaciones que se tomaron para el buen régimen de la Pro- 
vincia, haremos mención de los postulados que se dirigieron al R. P. G^ 
neral(2). 

26. I."" Que se restituyese del Perú á esta Provincia el P. Manuel Ortega, 
por su singular pericia en el idioma guaraní; y que dispusiese su Paternidad 
viniesen cuanto antes del Brasil seis PP. peritos en el mismo idioma, según 
anteriormente se habia ordenado. S."" Que se dignase enviar de Europa tales y 
tantos sujetos cuantos se necesitaban para el cultivo de los espafioles é indios 
convertidos y conversión de los infieles. Y por cuanto los PP. italianos habían 
manifestado mucha facilidad para aprender los idiomas de los indios y tesón 
ea procurar su conversión, que permitiese viniesen algunos de ellos entre los 
espafioles. S."" Que instituyese otra cátedra de teología escolástica, y que estu- 
viese encargado su lector de responder á las dudas de nuestros confesores y 
misioneros. I."" Que en las dos Provincias se formase una colección de los ca- 
sos difíciles que ocurren en estas nuevas regiones, y de las resoluciones dadas 
en nuestros colegios; y que nuestro muy R. P. las hiciese revisar y conferir 
con los varones sabios de aquella curia, y que se imprimiesen las que pare- 
ciesen más acertadas. S."" Que facultase al P. procurador para negociar en la 
corte de España licencia para comprar esclavos del África, que sustituir á los 
yanaconas mandados eximir del servicio personal; aunque esto todavía no se 
hubiese ejecutado, á causa de los reclamos de los ministros reales. 6."* Que se 



(1) P. Loiano, ibld., lib. lY, cap. xxiv, n."* 1— (2) P- Lozano, ibid., lib. lY, cap. xxiv, n."* i. 



126 GAP. XIV 1608 

pi(fíese á su real Majestad fundase y mantuviese á sus expensas y á cargo de 
la GompStília un seminario para los indiecitos hijos de caciques, como muy 
oportuno para aGcionarlos á nuestra santa fe, é instruirlos bien en ella. 
7/ Que en las capitales del Tucuman y Paraguay se abriesen clases de latin 
y teología moral, aunque la Compañía solo tenia en ellas meras residencias 
sin renta alguna. S."" Que prohibiese acompafiasen los nuestros álos espafioles 
en las entradas, malocas ó conquistas en tierras de indios, por los graves ma- 
les que de ello resultaban. 9."" Que en el Paraguay y Tucuman pudiesen los 
nuestros ser párrocos de algunos pueblos de indios convertidos por los miamos 
de la Compañía, para evitar que escandalizados los neófitos por los malos 
ejemplos demasiado frecuentes entre los doctrineros seculares, ó aburridos de 
sus extorsiones, abandonasen nuestra santa fe, y se volviesen a su vida salva- 
je; y que para obviar tamaños excesos se informase de ellos á su Majestad ca- 
tólica. 

27. Antes de pasar adelante, bueno será ponerá continuación, para mayor 
claridad, las respuestas que á estos postulados dio el P. Aquaviva á li de Abril 
de 1609 — al 1.**: que volviese al Paraguay el P. Ortega, conviniéndose en ello 
los dos Provinciales; y que procurarla allanar las dificultades que hablan ha- 
llado en pasar allá los seis PP. del Brasil — ^al 2.^' que mandarla buen número 
de operarios; como lo cumplió al regresar el P. procurador — al 3.^• que se eje- 
cutase como se pedia — al I."": que se recogiesen los casos y se remitiesen á 
Roma — al 5.^• otorgó permiso para que comprasen esclavos negros — al 6.**: per- 
mitía que se solicitase la erección del seminario de indios — al 7/: que se abrie- 
sen las dichas clases de latin y moral, confiriendo antes el punto con los con- 
sultores — al 8.^ no accedió, por los auxilios espirituales que en las tales ex- 
pediciones podrían prestar los misioneros al soldado español; encargó, si, que 
para obviar los males diese el P. Provincial al misionero designado las instruc- 
ciones que el caso requiriese — al 9.*: negative por entonces en cuanto á ser 
párrocos: y que se informase al Rey de los indicados excesos con sinceridad; 
pero con gran cautela y sin ofensa de nadie. Y por cuanto se le insinuó, ade- 
más, el deseo común de abrir noviciado en Córdoba, dio licencia al P. Pro- 
vincial para que, con el parecer de los consultores, aceptase cualquier funda- 
ción que se ofreciese para sustentarlo. 

28. Con esto quedó aprobado lo hecho por el P. Diego de Torres al pasar 
por aquella ciudad, proveyendo á la necesidad imperiosa de señalar alguna 
casa para este indispensable elemento de conservación y aumento. Los PP: de 
la Congregación no solo habían aprobado esta medida, sino que, bien persua- 
didos de las ventajas que para el sosten y formación de nuestros HH. la casa de 
Córdoba ofrecía, gustosos habrían puesto en ella los estudios, si hubiese tenido 
algunas rentas y mayor número de habitaciones. Y como que el colegio de San 
Miguel en esta capital tenia lo uno y lo otro, resolvieron que provisoriamente 
quedasen en él, á más de la escuela de primeras letras, y de las clases de gra- 
mática, las cátedras de filosofía y teología moral; y que se añadiesen á ellas 
las de teología escolástica tan luego como llegase la aprobación de Roma. 



1608 CAP. XIV 127 

29. Pero esta no se aguardó, por haber creido el Provincial ser de su atri- 
bucioa en aquel caso el establecer las dichas cátedras, para que pudiesen con- 
cluir sus estudios algunos de nuestros jóvenes, y facilitar á los seculares este 
medio de iformarse útiles ministros de la viña del Señor. En virtud de esta 
persuasión, nombró por catedrático al P. Juan Domínguez, quien habiendo 
leido artes y teología en Lima, podría enseñarla en Chile con igual honra de. 
la Compañía y aprovechamiento de sift discípulos, como por muchos años la 
enseñó. Con esto nuestro colegio de S. Miguel quedó hecho el máximo de la " 
Provincia paraguaria. Por Agosto de aquel mismo año vio el P. Provincial 
confirmadas estas sus providencias por cartas del P. asistente, en que le avisa- 
ba ser la mente del P. General se celebrase cada seis años Congregación, para 
elegir procurador á Roma; se erigiese casa de probación é instituyesen cáte- 
dras de teología (1). De gran satisfacción fué para él ver que su marcha era 
conforme al dictamen de su superior; y no fué inferior el consuelo de sus sub- 
ditos viéndose gobernados por quien lograba tantos aciertos cuantas eran sus 
disposiciones. 

30. Determinóse también en la Congregación que se pusiesen residencias 
en algunas ciudades y pueblos de españoles, á fin de poder acudir desde ellas 
al remedio de los indios comarcanos, fuesen ya cristianos ó infieles todavía; y 
que la primera se abriese en Buenos-Aires, en atención á la mucha comodi- 
dad que allí habia de hacer fruto en tas almas, por ser puerto tan poblado y 
frecuentado de muchas gentes; recomendando especialmente á los PP. de ella 
tomasen á su cargo la defensa de los pobres indios, y su instrucción religio- 
sa (2). Esto resolvieron bajo el supuesto de que presto llegarían de Europa los 
sujetos que el P. General habia prometido al decretar la formación de esta 
Provincia. Para la realización de estos planes comisionóse al P. Juan Romero, 
que en su viaje para Roma debia pasar aquel mismo verano por Córdoba y 
Buenos-Aires. En efecto, así lo ejecutó, y más pronto de lo que se creia (3); 
porque al pasar por Córdoba, se halló con siete PP. y un H."" coadjutor recien 
llegados de España; y dejando á este en aquella casa, envió tres PP. al Para- 
guay, y dos á Santiago del Estero, el uno por operario y el otro para maestro 
de latinidad; á los otros dos se los llevó consigo á Buenos-Aires, y con ellos 
inauguró la residencia de aquel interesante pueblo. 

31. Antes de separárselos PP. congregados en Santiago de Chile, fué nom- 
brado superior de la residencia de Santiago del Estero el P. Juan Darío; en la 
del Paraguay quedó el P. Marcial de Lorenzana; y de Córdoba lo fué el Padre 
Juan de Yiana; á quien el P. Provincial cometió sus veces para los casos ur- 
gentes que ocurriesen al otro lado de la cordillera, mientras él permaneciese 
eo Chile. Por haber sido el P.Antonio Pardo llamado al Perú por su Provincial, 
para que ilustrase el pulpito del colegio de S. Pablo con su singular talento, 
se le sustituyó en el rectorado de este colegio de S. Miguel el P. Francisco Vaz- 



(1) P. Lozano, ibid., lib. IV, cap. xxiv, n.° 9.— (2) P. Lozano, ibid., lib. IV, cap. xxiv, n.° 7. 
— (S) P. Lozano, ibid., .lib. IV, cap. xxiv, n.** 9. 



128 CAP. XIV 1608 

qaez, que competía con él en prendas oratorias^ excediéndole en la acepta- 
ción de domésticos y extrafios, con que por espacio de diez afios habia sido 
ministro de aquel colegio, y en la apacible condición y acreditada prudencia, 
con que sabia tratar con las gentes y manejar las cosas temporales (1). Ai en- 
cargar al P. Vázquez el rectorado, le recomendó el P. Torres la prosecución de 
la fábrica de la iglesia : ni necesitarla, por cierto, de tal recomendación quien 
la habia asistido desde la coloi^acion de la primera piedra. Sin embargo, bueno 
' era prevenir el desaliento que obra tan suntuosa pudiera ocasionar en un pais 
tan escaso y afligido como el Reino de Chile en aquel tiempo. Para suplir la 
falta del P. Pardo, llamó de Córdoba á este colegio á los PP. Mateo Esteban, y 
Antonio Aparicio, todavía estudiante el último de teología, con el H."* coadju- 
tor Andrés Pérez, tan luego como supo por Octubre (+) que habia este Her- 
mano llegado de EspaSa con otros siete misioneros el dia i de Julio. 



(1) P. Lozano, Historia del Paraguay , lib. lY, cap. xxiv, n.**9.— (-^) El ^« Loaano en el 
lib. IV» cap. XXV, n.^ 8, pondera como una especial providencia de Dios que aquella carta 
pasara la cordillera de los Andes el 6 de Octubre^ cuando tenemos ahora correos fijos cada 
quince dias, aun en el rigor del invierno. 



1608 CiP. XT 129 



CAPÍTULO XV 

1. Deliberación sobre el servicio personal. — 2. Qué era este, — 3. Se convertía en es- 
clavitud.^^. Sus funestas consecuencias. — 5. El P. General comisiona al P. Torres 
para quitarlo ó no de nuestro colegio. — 6. Este lo consulta en el Perú. — 7. Y en el 
Tucuman. — 8. Lo manda quitar. — ^9. Dios se lo recompensa. — 10. El Rey lo prohi- 
be. — H. El colegio liberta sus indios. — 12. Alarma de los encomenderos. — 13. Ma-' 
nifiesto del P. Provincial. — 14. Favorable presentación de algunos encomenderos. — 
15. El Gobernador la rechaza. — 16. Otros encomenderos persiguen á la Compañía en 
Chile. — 17. Y en el Tucuman y Paraguay. — 18. Dios ampara á los PP. — 19. Los 
indios perciben el fruto de la persecución. — ^20. Con ocasión de ella se fundan varias 
casas. — 21 . Se aumenta el fervor de los jesuítas. — 22. En Santiago dedícase una car- 
pilla á íitra. Sra. de Loreto. — 23. Misionan por su campiña. 

1. Después de haber concluido la Congregación, y tomado las providencias 
convenientes al buen orden, estabilidad y progreso de la naciente Provincia, 
aprovechóse el P. Diego de Torres de la reunión de aquellos PP. tan sabios en 
el derecho civil y teología moral, y tan experimentados en las cosas del país, 
para deliberar sobre un asunto de mera conciencia para ellos, y de gravísimo 
ioterés páralos habitantes de estas regiones, especialmente para los indígenas, 
cual era el servicio personal. Aunque es cuestión ya pasada y difícil de vol- 
verse á suscitar, bueno será exponer brevemente el origen y fundamento de 
ella; para que los lectores puedan juzgarla, y apreciar el importante servicio 
que los PP. de la Compañía prestaron á la libertad americana (1). Comenzados 
los descubrimientos de América, fué universalmente reconocida la libertad de 
sus antiguos moradores; y los reyes de Espada cohibieron con graves penas á 
los primeros jefes ó comerciantes que osaran atentar abiertamente contra ella. 

2. Mas los mismos monarcas, para recompensar los servicios de sus intré- 
pidos descubridores y de sus esforzados conquistadores, les repartieron milla- 
res de indios en encomienda (2). Estos quedaron desde luego obligados á pa- 
gar á sus encomenderos el tributo, que en razón de vasallaje debieran pagar á 
su Majestad, así como lo pagaban anteriormente á sus caciques ó emperado- 
res. No lardaron en introducirse en esto notables desórdenbs ; pues vemos á 
una junta de teólogos y juristas convocada por Carlos Y á 20 dé Julio de 1523 
declarar injustas las encomiendas. Sin embargo se continuaron, habiéndose 
prescrito varios temperamentos, para evitar las injusticias; ya que ellas no se 
abolían. Veamos en qué forma ^ conservaban de hecho en el siglo décimo 
séptimo, cualquiera que fuese la ley ; por lo menos en las gobernaciones de 
Buenos-Aires, Paraguay y Tucuman, y en el Reino de Chile. En vez de co- 
brarles el tributo anual, obligaban los encomenderos á sus indios, sin distin- 



(1) £1 P. Lozano, ibidem, Ub. V, cap. v, n.® 5.— (2) P. Olivares, Historia política, Ub. V, 
cap. xxn. 

9 TOMO 1 



130 GAP. xv 1608 

cioD de sexo ni edad, á servirles personalmente en sus haciendas; sin darles 
más que un escaso alimento y un miserable veátido. Por no vivir en ellas los 
encomenderos, llevaban á sus casas de la ciudad cuantos querían, especial- 
mente mujeres y niños, para que les sirviesen en todo y por todo. En las ha- 
ciendas tenian sus mayordomos , llamados en varias partes pobleros; que por 
ser ordinariamente de baja ralea, no solo los cargaban con demasiado trabajo 
en el cultivo de ellas, sino que los hacian servir, sin consideración alguna, á 
sus familias é intereses particulares. 

3. Guando los encomenderos no tenian faenas en que ocuparlos, frecuen- 
temente los alquilaban á los hacendados, ó mineros, quienes los trataban con 
gran rigor y sin miramiento alguno: por lo cual se dice, y quizá con razón, 
haber muerto más indios en las minas que en las guerras. Otras veces los en- 
comenderos traspasaban á otras personas su pretendido derecho, ya alegando 
ser sus indios de los cautivados en las guerras, ó abiertamente sin pretexto al- 
guno, como se hacia con los chilotes (1); de que se cargaban buques para 
traerlos á Valparaíso, ó llevarlos á Coquimbo, ó hasta el Perú. ¡Ay! ¡cuántos 
perecían miserablemente de los asi trasportados á climas extraños, donde eran 
forzados á trabajos de ellos no acostumbrados! Y aun dado caso que no sucum- 
bieran ¿ los rigores del clima, ni del trabajo, todavía esto contristaba en gran 
manera á los demás: porque como no los velan volver á sus tierras, los creian 
muertos de hambre, de fatiga ó del mal tratamiento; que por desgracia mu- 
chos patrones no les escaseaban. Por tanto, los encomendados en estas provin- 
cias podian reputarse por esclavos ; más que la ley los declarara libres, como 
lo eran por naturaleza, y por la voluntad de los católicos monarcas. 

4. Esta fué la principal y verdadera causado los alzamientos de los indios; 
f or esto apostataban algunos de la fe, huyéndose á tierras de los infieles (2); y 
por la misma estos rehusaban convertirse: persuadidos de que lo mismo seria 
hacerse cristianos que hacerse esclavos ; y no querían reducirse á vida civil, 
previendo perderian con ella la libertad de que gozaban en su vida salvaje. 
He aquí lo que más afligía á los de la Compañía, y lo que les obligó á tomar con 
tanto empeño la abolición del servicio personal : les movia, si, á ello un sen- 
timiento humanitario; pero más eficazmente el sentimiento religioso, ó sea el 
celo de la salvación de las almas. 

5. Pero viniendo al caso particular, es de saber que el colegio de Santiago 
de Chile, y las residencias de Santiago del Estero y de Córdoba tenian á su 
servicio algunos de estos indios, que les habían dado sus amigos ; y aunque 
los trataban de muy diferente manera de como hemos dicho que solían ser 
tratados, sin ocupar ni á sus mujeres ni á los niños, y á todos los alimentaban 
abundantemente y vestían de un modo decente , sirviéndose de los indios 
varones solo en los quehaceres domésticos, ó en acompañar á los misioneros ; 
sin embargo, ya hemos visto con qué escrupulosidad consultaron al P. Gene- 
ral lo que deberían hacer en este punto (3). Su Paternidad, después de haber 



(1) P. Olivares.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. v, n.° 6.— (3) P. Lozano, ibidem, lib. V, 
cap. V, n.°9. 



1608 GAP. XY 131 

discutido bien esta materia, y reconocido el profundo conocimiento y acertado 
juicio en ella del P. Diego de Torres, le encargó de un modo especial exami- 
nase si el colegio de Chile podia servirse de sus indios, sin fallar ni á la equi- 
dad ni á la justicia. Estaba todavía él en Lima al recibir esta carta ; y aunque 
con madura reflexión y detenido estudio se habia formado su dictamen en 
contrario, con todo, para proceder con prudencia y cumplir la disposición del 
mismo General, hizo que se discutiese este punto por el Provincial del Perú 
en consulta con los PP. más doctos y expertos que se hallaban en el colegio de 
aquella capital. 

6. Catorce fueron estos; y todos muy competentes para emitir su voto en 
esta materia. La cuestión se discutió en consideración al uso general de Chile, 
8ÍD contraerse al paso particular de nuestro colegio: persuadidos de aue, á ser 
iDjusto el servicio personal, no podrían permitirlo en sus casas; pue/quemuy 
mal podrian predicar contra semejan te'abuso de la fuerza, si ellos lo cometían; 
por más que lo moderasen con su buen trato, el cual no seria de todos cono- 
cido. Al entablar esta cuestión en la dicha consulta se hizo una exposición de 
8QS antecedentes^ de las reales órdenes á él respectivas^ y de las opiniones emi- 
tidas latnteriormente por los limos, prelados, universidades, capitules de varias 
religiones, y otros sujetos respetables por su virtud y saber. Oidos estos pare- 
ceres, pesadas maduramente las razones en que se fundaban^ vistas las reales 
cédulas, y examinados prolijamente otros datos y argumentos en pro y en 
contra, declararon unánimemente que el tal servicio personal era injusto y 
contrario á todo derecho; y que por lo tanto debia quitarlo el P. Provincial de 
Du^tras casas. Queriendo este afianzarse bien en negocio de tanta gravedad, y 
que habia de causar una grande alarma, y revestirse de la mayor autoridad 
posible, lo confirió también en su tránsito con cuantas personas respetables é 
instruidas halló. En Potosí los PP. del colegio, en Chuquisaca el regente y los 
lectores del convento de Sto. Domingo, y por último los jesuítas residentes en 
el Tucuman hablan firmado la antecedente resolución dada en Lima: añadien- 
do los postreros que si los del Perú hubiesen tenido un conocimiento claro y 
experimental de los males gravísimos que á las gobernaciones y á los indios 
producía el tal servicio, habrían apretado más su parecer. Son sus formales 
palabras. 

7. En Santiago del Estero halló al limo. Sr. Trejo (1) sumamente acongoja- 
do por el mismo motivo, y suspirando porque se desterrase cuanto antes aque- 
lla injusticia. El mismo P. al pasar por las provincias del Tucuman y Cuyo se 
confirmó en su opinión, por presenciar los estragos que en los indios esto oca- 
sionaba, y los inmensos bienes que impedia. Con tales antecedentes bien pudie- 
ra haber ordenado por sí mismo la abolición del servicio personal en las casas^ 
sujetas á su jurisdicción; con todo, no quiso hacerlo sin dirigir de antemano, 
según indicaremos en el núm. S."", á los PP. que acababan de asistir á la Con- 
gregación Provincial la pregunta siguiente: «¿Cómo debo ejecutar la orden de 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. v, n.® 10 y 11. 



132 GAP. XV . 1608 

nuestro P. General á mayor gloria de nuestro Sefior, bien de los indios, edifica- 
ción de los prójimos y alivio de este colegio?» 

8. Habidos por escrito los pareceres de todos y cada uno de ellos^ y encomen- 
dada de nuevo á Dios la materia por muchos dias, resolvió en la forma siguien- 
te: ce Tres razones (dice) hay de injusticia en este servicio personal; y cuando 
«el Rey no lo contradijera y prohibiera (como lo hace por sus cédulas reales), 
«sino que lo concediera, no lo pudiéramos usar (1). La primera es por impo- 
«ner perpétua«servidumbre á hombres libres; y que no sean señores de su li-, 
«bertad y de sus hijos. Esta se vencerá con que estos indios no nos sirvan más 
«de en cuanto se publiquen las cédulas reales, que será presto. Lo segundo 
«que si no quisieren servir este poco de tiempo con las condiciones que abajo 
«diré, ó si en adelante se arrepintieren, se les dé libertad de ocurrir á la justi- 
«cia, y (mcir que no nos quieren servir; y ella dará orden en acomodarlos. Lo 
«tei'cero en que se sirvan de sus hijos, ó los pongan á oficio: y si los dieren á 
«la Compañía será con su libertad y concierto; estándonos bien recibirlos. La 
«segunda injusticia es que no se les paga el justo precio, cual seria el que otros 
«de aquel oficio y trabajo ganen en la república; que debe ser, por lo menos, 
«suficiente para sustentarse y vestirse él y su mujer, moderándose; y ahorrar 
«algo para cuando no puedan trabajar: y lo que se dá ahora á los indios no es 
«esto. El remedio de lo cual será que á los oficiales se les den cada año cua- 
«renta patacones, pagados en dos vestidos con calzones, el uno de paño, y el 
«otro de lana para trabajar; dos pares de zapatos, y un vestido de lana para 
«sus mujeres; y lo que restare se les dé en lienzo, ó en alguna frazada ú otra 
«cosa. Y si algún oficial hubiere tan primo, que lo dicho y lo demás que se 
«dirá le pareciese al P. rector que es poco, le añadirá lo que más juzgare. A los 
«gañanes trabajadores les darán veinte y cinco patacones, pagados al modo di- 
«cho: lo que será común á todos. A los que trabajaren en casa se les dará de 
«almorzar y comer bien, como hasta aquí; y á los oficiales dos veces ó tres de 
«vino, como se ha acostumbrado y merecieren. Darán á cada uno lana, con 
«que su mujer haga de vestir á sus hijos, chacra, bueyes, y tiempo para ha* 
«cerla; y de ella se han de sustentar sus mujeres é hijos siempre, y ellos todos 
«los días que no trabajen. También se les dará á todos, como hasta aquí, al- 
«guna carne las pascuas, y alguna cecina entre año. Daránseles á cada uno dos 
«carros de leña al año; y para más satisfacción de su trabajo y servicio, cuan- 
«do fueren viejos de cincuenta años, que deben salir de este servicio, ó estu- 
« vieren imposibilitados para él, se les darán sus chacras, ó ración de maíz y 
«un vestido de lana: y á las viudas se les dará lo mismo; y en lugar del vesti- 
«do se les dará lana con que lo hagan. El tercer agravio es trabajarlos dema- 
«siado. Este se moderará con que no trabajen sino de sol á sol; y dándoles 
«algún rato para descansar en comiendo, y á la mañana para ir á rezar á la 
«capilla; y entonces y cuando alzaren de obra se les enseñará la doctrina, á 



(1) P. Lozano, Historia del Paraguay, lib. V, cap. v, n.^ 12, copiando el documento origi- 
nal, que se conserva en el archivo de Córdoba. 



608 GAP. XV 133 

lo menos lunes, miércoles y viernes. También se tendrá cuidado^ por lo que 
la caridad obliga, á curarlos en sus enfermedades, decirles misa las fiestas, 
ensefiarles la doctrina y sacramentos; y ellos lo tendrán de confesarse dos 
veces al affo por lo menos, rezar el rosario cada dia, de no se emborrachar, 
ni ser viciosos; porque serán castigados. Tengan en su casa agua bendita, 
cruz ó imágenes, limpieza y policía de hombres cristianos; y tratarán bien á 
sus mujeres: las cuales nunca nos servirán sin pagarlas. Guando siis hijos 
serán de edad de servir-, serán libres para escoger el hacerlo en la Gompafiia 
con las dichas condiciones; lo cual durará mientras el Rey y sus ministros 
no ordenaren otra cosa que mejor les esté. Adviertan que como la justicia 
nos ha encargado el cuidado de ellos como padres y al modo de curas, 
que no han de ir á parte alguna fuera de la ciudad, sin licencia; porque 
serán traídos y castigados: porque también tienen obligación á servir, y 
cumplir este concierto, como nosotros á pagarles; y á lo menos, se dará 
cuenta á la justicia para que los castigue. Y este concierto quedará firmado, 
y en el suyo firmado su protector; porque sea público y firme, y pueda conf- 
iar á lá justicia. Fecho en Santiago de Chile en 28 de Abril de 1608.» 

9. Ordenó, á más de esto, que á cada uno de los indios se le resarciese lo 
que por el servicio de los afios antecedentes se estimase justo. Es por demás 
advertir que los indios recibieron con gran placer esta declaración de su liber- 
tad; y aunque esta sea tan fascinadora que solo su palabra á muchos los ar- 
rebala.y precipita á un abismo de males, ninguno quiso abusar de ella: todos 
quedaron en casa, aceptando gustosos las propuestas que los PP. les hacían. Y 
¿quién no aplaudirla esta resolución, tan conforme á los principios de la jus- 
ticia y de la caridad cristiana? Sin embargo, fué agriamente reprobada por los 
hombres de aquella época; y con ocasión de ella, suscitaron contra la Compa* 
fiia una de las más terribles persecuciones, como luego diremos. Pero Dios, 
que se complace con la justicia y equidad de sus hijos, y que de nadie se de- 
ja vencer en generosidad, en el mismo dia en que el P. Provincial dispuso la 
libertad de los indios envió al colegio la cantidad suficiente con que pagarles 
los salarlos ya devengados, y los por mucho tiempo futuros; recompensándoles 
abundantemente las pérdidas que sufrieron privándose de su servicio personal. 
En efecto; en el mismo dia 28 de Abril un caballero vecino de Santiago legó á 
aquel colegio en su testamento seis mil pesos; y D. Juan Sigorbia le dio mil y 
dos cientos patacones; y dos meses después se entró en él por H. coadjutor. 

10. Los ánimos de ¿ran parte de la gente, sobre todo de los militares y en- 
comenderos, estaban sumamente preocupados y exaltados. Las providencias 
reales contra el servicio personal se iban repitiendo, y haciéndose cada vez 
más serias; y si bien hasta entonces hablan quedado sin efecto, era de temer 
lo lograsen en hallando decidido apoyo en una corporación que gozase de 
prestigio con las autoridades y el pueblo, como por la bondad de Dios lo tenia 
la Gompafiia. Ya en Noviembre de 1601 lo habla prohibido Felipe III (1), y 



(1) P. Lozano, ibidem, Ub. V, cap. vi, n.*^ 1. 



134 , GAP. XV 1608 

bajo grayisimas penas; ya D. Juan de Saiazar, hidalgo portugués, pero vecino 
del Tucuman (1), habia negociado, á costa de su fortuna consumida en viajes 
y en cuatro años de residencia en la corte de Yaliadoiid, la real cédula del 27 
de Marzo de 1606, en que se ordenaba que el presidente de la real Audiencia 
de Charcas pasase á visitar el Tucuman, Rio de la Plata y Paraguay, con el 
objeto de remediar las vejaciones y la servidumbre de los indios; y que para 
el mismo benéflco objeto se fundase en Santiago de Chile el respetable tribu- 
nal de la Audiencia, como en efecto se instaló en el afio 1609 (-{-). Ya el Vi- 
sitador D. Francisco de Alfáro recorría el Tucuman preparando su abolición, 
y en Chile habia llegado la real cédula que la ordenaba: pero los encomendé-^ 
ros, uniéndose con algunos ministros reales, hablan logrado se suspendiese su 
ejecución, mientras ellos reclamaban en la corte de Espafia. Es de notar que 
habiendo nombrado cuatro procuradores que en ella abogasen por los enco- 
menderos (2), ni uno se nombró que volviese por los desvalidos indios. Y ¿no 
tendrían aquellos que temer á los jesuítas, quienes se declaraban por estos no 
solo de palabra, sino con el elocuente y persuasivo lenguaje de los hechos? 

11. En efecto; si los PP. del colegio de S. Miguel, reconvenidos amistosa- 
mente y aun rogados con instancia por algunos ministros reales, suspendieron 
la ejecución de la orden de su Provincial hasta-tanto que llegase la contesta- 
ción de la corte de Espafia, tan pronto cómo supieron que esta no era favorable á 
los encomenderos, sin aguardar, como estos, los apremios de la autoridad civil, 
ni hacer caso de sus subterfugios y pareceres, insistiendo, por lo contrario, en 
el de cuantos habian concurrido á la Congregación Provincial, en el de los diez 
y ocho PP. más graves del Perú (3), y de otros sujetos y corporaciones más 
respetables todavía, y en cumplimiento' de las insinuaciones del P. General y 
de la orden expresa de su Provincial, dieron libertad á los indios de su servi- 
cio, asignándoles salario como á personas enteramente libres. Esto es decla- 
rarse ya abiertamente por la abolición de aquella simulada esclavitud, y po- 
nerse al frente délos hombres de corazón y conciencia que se resolvieran á com- 
batir por ella. Si esto es reprensible, caiga en hora buena toda su ignominia 
no solo sobre el P. Diego de Torres y demás de su Provincia, sino sobre toda 
la Compañía, que apoyó, ó no reprimió esta defensa de la libertad de los 
indios. 

12. Comprendiendo muy bien esto los encomenderos, al punto desencade* 
naron sus lenguas contra los jesuítas; así para desfogar la ira de sus corazones, 
como para hacerse de partidarios en la lucha á que se creiao provocados. 
Unos los trataban de escrupulosos, otros de temerarios; y no faltaba quien los 
acusase de mal .intencionados: estos los pintaban como unos ilusos, y aquellos 
los motejaban de injustos, diciendo: «dejados á su arbitrio los indios, hombres 
«flojos, indolentes y viciosos, ¿querrán ó podrán pagarnos el tributo que nos 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. v, n.^ 8.— (-f ) £1 P. Lozano supone que esta se resta- 
bleció en Chile el afio 1607; sin embargo, me consta no se restableció hasta 1609.— (2) P. Lo- 
zano, ibidem, lib. V> cap. vi, n.^ 8.— (3) Carta anua del afio 1611 por el P. Diego de Torres. 



1608 CAP. XV . 136 

cdeben de justicia, por habernos transmitido su derecho el Rey nuestro señor 
«en remuneración de nuestros servicios? ¿Asistirán los neófitos á las iglesias, y 
«á los actos públicos de religión, y los infieles á las misiones, no teniendo 
«quien los compela á ello? ¡Ah! ¡cuan pocos se convertirán en adelante! ¡y 
«cuántos de los ya convertidos se volverán á su infidelidad, superstición y abo- 
tminables costumbres de sus mayores!» Esta alarma no intimidó al P. Provin- 
cial; y aunque se iba acrecentando dia por dia, no quiso oponerse á ella hasta 
haberse prevenido con los documentos suficientes para desvanecer la calumnia, 
y convencer á cualquiera que no procediera de mala fe. A este fin hizo traer 
de Lima, y bien autorizados, los pareceres que en diversos tiempos hablan da- 
do los varones más sabios, y también la cédula de Felipe III citada en el nú- 
mero 10 y publicada por el Virrey D. Luis de Velasco en 1602, que lo prohi- 
bía, privando de la encomienda á los que obligasen á los indios al servicio per* 
sooal; y además solicitó la opinión del P. Juan Pérez Menacho de la Compañía 
de Jesús, y la del P. M. Fr. Tomás Jiménez, agustino, reputados por los hom- 
bres más sabios del Perú. 

13. Con estos documentos formó un manifiesto en que exponía los funda- 
mentos de su opinión, y satisfacia las razones en contrario; y lo publicó por 
todo el Reino de Chile y provincias comarcanas, concluyendo con las palabras 
siguientes, dignas de un ministro del Evangelio: «Y esto es lo que en este pún- 
ate se ha ofrecido y hallado (1): y pues vemos que en contrario no hay más 
«que miedo é intereses falsos, y en pro hay servir y agradar á Dios Nuestro Se- 
«ñor, y obedecer á nuestro Rey, y ejecutar sus reales cédulas y mandatos; 
«descargar nuestras conciencias, y asegurar nuestra salvación; mirar por nues- 
«tros intereses verdaderos, y por la conservación de nuestros pobres indios, á 
«quienes tanto debemos; á su doctrina, y cristiandad; y procurar por este 
«medio mejorar la tierra, que parece no puede estar peor, y cesar la guerra, 
«que ha tanto que dura sin esperanza de acabarse, si no es de esta suerte: 
«por amor de Dios abrámoslos ojos, y todos ayudemos álos vecinos encomen- 
«deros á que quiten ó moderen servicio tan perjudicial: los religiosos enca- 
«minando á los penitentes, pues con su parecer y firma lo han condenado; el 
«Sr. Obispo como pastor exhortando á ello; y los Sres. oidores y el Sr. Go- 
«bernádor, como ministros de su Majestad á quienes está cometido hacer jus- 
«ticia y desagraviar á estos pobres indios, ejecutándolo : pues en ello se sirve 
«á la majestad de Dios Nuestro Señor, y al Rey; y no aguardemos que una y 
«otra ofendidas nos quiten los indios, sin premio ni merecimiento nuestro; y 
«agradezcamos á los que con celo del servicio de Dios Nuestro Señor, acudien- 
«do en esto á su obligación y á la nuestra, han metido en esto la mano.» 

14. Además, teniendo que hacer una plática á la congregación de Nuestra 
Señora, con asistencia del Obispo Espinosa y del licenciado Juan Cajal, des- 
pués oidor de la real Audiencia, convocó de propósito á los encomenderos ve- 
cinos de Santiago, y á las principales personas de la ciudad. Rodeado de tan 



(t) P. Lozano, ibidem, Ub. V, cap. vi, n.*^ 3. 



136 GAP. XY 1608 

noble é interesante auditorio, expuso con términos ciaros, razones convincen- 
tes, y su acostumbrada mansedumbre la injusticia del servicio personal, los 
daños espirituales y corporales que de él resultaban, y la obligación que en 
conciencia tenian los encomenderos de asegurar su causa delante de Dios con 
remedios oportunos. Aplaudieron y conQrmaron la verdad de su doctrina el 
Obispo y Gajal; y quiso Dios que muchos encomenderos abriesen los ojos y se 
rindiesen á la razón: en virtud de lo cual se pusieron enteramente á disposi- 
ción del Provincial, rogándole les indicase lo que á este efecto debian hacer. 
La primera disposición de su Reverencia fué que escribiesen una carta al Go- 
bernador, residente entonces en la frontera, pidiéndole que pusiese en ejecu- 
ción las reales cédulas concernientes al servicio personal ; protestándole que 
estaban prontos á ejecutarlas. Para prevenir su ánimo, envióle de antemano 
al P. Vázquez Trujillo, á quien su Excelencia no quiso oir en esta materia. 
Con tal repulsa algunos de los antedichos encomenderos temieron firmar la 
carta; pero otros más desengañados, ó más resueltos á cumplir con los deberes 
de su conciencia, la firmaron y remitieron prontamente. Bella coyuntura para 
que García Ramón pudiese inmortalizar su nombre, poniendo en libertad ver- 
dadera á millares de pobres indios , y dando un paso probablemente eficaz 
para terminar la guerra, ó á lo menos para facilitar la conclusión de ella. 

15. Mas esto afectaba poco al Gobernador, criado en el bullicio de las ar- 
mas; quien, acobardado por las dificultades de la empresa, no quiso entrome- 
terse en ella, ni descomponerse con otros muchos encomenderos. No miraron 
con la misma indiferencia esta carta el Virrey del Perú, ni el real consejo de 
Indias, á quienes se les remitió; sino que se aprovecharon de ella para sus ul- 
teriores providencias contra el servicio personal. Este por entonces quedó en el 
estado de antes; y la gente piadosa (1) miró como castigo de la funesta apatía de 
García Ramón en esta materia los desaciertos que tuvo en la guerra, y los re- 
petidos desastres que su ejército sufrió, y aun su misma muerte; la que atajó 
sus pasos, sin darle lugar al engrandecimiento y ascensos, cuya esperanza ha- 
ce ordinariamente agradable la guerra á los militares de profesión. 

16. Abandonados así los encomenderos á su propia conciencia, se pusieron 
bajo la dirección del P. Torres cuantos hablan firmado la mencionada carta; 
á quienes aconsejó que (2) declarasen formalmente: primero, estar dispuestos 
áciímpliren esta materia lo que ordenasen los ministros reales; y segundo, que 
por su parte daban á los indios plena libertad para servir á quien quisiesen; y 
que les señalasen el salario competente, si se aviniesen á quedar en sus casas ó 
haciendas. Esperábase que con el ejemplo de estos pocos, con la predicación 
de los nuestros, y de algunos otros sacerdotes que se plegaron abiertamente á 
su partido, y con las paternales reconvenciones de los confesores se reducirían 
los demás; pero no pasó asi; antes bien, tanto más alarmados cuanto más pro- 
bable se hacia la abolición del servicio personal, se volvieron furiosamente 
contra los de la Compañía. No contentos con desechar con insultos y burlas 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Y, cap. vi, d.^ 4.— (2) P. Lozano, ibidem, Ub. Y, cap. vi, d.'' 6. 



1609 CAP. XT 137 

■ 

demasiado pesadas las razones que estos alegaban, y con interpretar mal sus 
sanas intenciones, los Hamaban enemigos del Reino, alborotadores de los in- 
dios, perturbadores de la tierra; y aun los calumniaban de mil maneras, para 
qne desconceptuadas sus personas con el público, se viese desconceptuada é 
igualmente menospreciada su doctrina. Llegó esto á tal extremo,' que peligró 
mucho de perderse enteramente la Compañía en este Reino. Mas Dios que 
Tela por los suyos, volvió por ellos haciendo que saliesen á la defensa de la 
Compafiia y de su causa dos PP. muy doctos de Sto. Domingo (1), y el mismo 
Obispo Pérez de Espinosa. Algún tanto contribuirla á mitigar la animosidad 
contra los jesuítas la formidable inundación del rio Mapocho, que desbordán- 
dose por el año 1609, se entró por las calles de la ciudad, llevándose algunas 
personas, y derribando tantas casas, que la pérdida se estimó en más de cien 
mil ducados : golpe terrible para una ciudad pobre, como era entonces San- 
tiago; y que fué mirado por muchos como un castigo con que el cielo afligió 
á los que por codicia retenían en injusta servidumbre á tantos inocentes. 

17. £stas persecuciones y contratiempos no an*edraron al P. Provincial, 
Di fueron parte para que dejara de cumplir en las otras residencias lo que se 
habia resuelto ser un deber de conciencia. En efecto; al llegar á Córdoba por 
Abril del año siguiente de 1609, puso en libertad á los indios de servicio que 
tenia aquel noviciado; otro tanto hizo en Santiago del Estero; y lo mismo or- 
denó se hiciese en la Asunción del Paraguay. En todas partes fué muy mal re- 
cibido este acto de justicia, este ejemplo dado á los demás. Levantáronse en 
todas ellas los encomenderos contra la Compañía, aun con mayor animosidad 
que en Chile, y llevaron su encono mucho más allá. Pasando en silencio los 
pormenores de esta persecución, en razón de no haberse verificado en la juris- 
dicción que á su tiempo tuvo esta Provincia de Chile, diremos en resumen que 
eo la Asunción fueron el blanco de sátiras mordaces y de atroces calumnias, 
habiéndoles suscitado la odiosidad pública; que en Santiago (2) del Estero sé 
enardeció tanto la persecución, que se vieron precisados á abandonarla , sin 
volver á ella hasta el mes de Diciembre del año 1611, por (3) mediación del 
Virrey del Perú ; que en Córdoba se vieron reducidos á la mayor pobreza ; y 
tiempo hubo en que estuvieron como sitiados en el recinto de su casa, mante- 
niéndose únicamente con las yerbas de su huerta. Si no abandonaron la ciudad 
enteramente, como los encomenderos pretendían (4) al negarles las limosnas y 
demás recursos, fué por su constancia heroica, y por la singular providencia 
con que les auxilió el Señor. Por desgracia, algunos eclesiásticos se plegaron 
en estas ciudades al partido de los encomenderos ; y declamando en las con- 
versaciones particulares y en los pulpitos (5) contra los de la Compañía, los 
desprestigiaron con el pueblo de manera , que este ni queria oir la misa en 
sus iglesias, y mucho menos auxiliarlos con los alimentos indispensables. 

18. En vanó el Obispo Trejo (6) y algunos PP. de S. Francisco volvían por 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. vi, n.* 8.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. x, n.** 5.— 
(8) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. x, n.®9.— (4) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. ix, n.*14.— 
(5) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. vi, n.** 9.— («) P- Lozano, ibidem, lib. V, cap. 6, n.* 9. 



138 CAP. XV 1609 

ellos: sus esfuerzos no eran suficientes para contener el desbordamiento de las 
pasiones; y si la providencia divina no hubiera velado sobre aquellos sus fie- 
les ministros, habrían sido exterminados para siempre de aquellos países en 
que tanto hablan trabajado, y cuyos verdaderos intereses promovían con tanto 
ardor, desprendimiento y constancia. 

19. Sus sacrificios no fueron del todo inútiles; y si no les cupo la satisfac- 
ción de ver el triunfo de su causa, vieron, por lo menos, algún tanto mejorada 
la suerte del pobre indio ; y las siguientes generaciones acreedoras les fueron 
de su libertad. Poco importa que ciertos ilustrados liberales de nuestro siglo 
sepan ó no apreciar debidamente este beneficio hecho á la humanidad: los in- 
cultos indios y aun los bárbaros supieron apreciarlo; y he aqui el principal 
fundamento del amor que profesaron en adelante á sus insignes bienhechores, 
como atestigua la historia. Las personas concienzudas y sensatas de todos los 
siglos apreciaran igualmente la intrepidez y constancia del inerme jesuíta, que 
con la balanza de la justicia en una mano y el Evangelio en la otra, se presen- 
tó ante los poderosos de la tierra, y les dijo: «No es justo oprimir al débil indio; 
«la religión que profesáis os lo prohibe: si arrastrados del propio interés ma- 
«terial, pasáis por sobre ella, un infierno será eternamente vuestra suerte. » La 
humilde voz de tales ministros de paz podrá- ser desoída por el momento; 
desechados podrán' ser sus sólidos argumentos, y menospreciadas sus justas 
amenazas; pernal fin y al cabo ellos contribuirán á dar la libertad al oprimi- 
do más poderosamente que los acalorados discursos de los demagogos^ que las 
alarmas populares y las revoluciones, con que los fementidos filántropos lle- 
van la desolación y el estrago por los países, cuyos intereses debieran pro- 
mover. 

20 No fueron tan tardíos los frutos de otra suerte, si, pero no menos apre- 
ciables, que esta persecución produjo á la naciente Provincia y á sus indivi- 
duos. Ella dio ocasión á que entonces mismo abriesen los nuestros residencia 
en S. Miguel del Tucuman; á que después, y sin desamparar este pueblo, vol- 
vieran con mayor estimación á Santiago del Estero, donde por disposición de 
su Majestad^ y acuerdo de su S. lima., se puso'á cargo de la Compafiía el se- 
minario conciliar (1), dotado suficientemente por el real tesoro con el produc- 
to de los diezmos y otros arbitrios; á que el mismo Obispo fundase generosa- 
mente el colegio de Córdoba [i), con ia condición de restituirse á él de un 
modo estable las cátedras de filosofía y teología. Otras fundaciones tuvieron 
lugar en aquel periodo de persecución; y aunque no pueda decirse haber sido 
efecto inmediato de ella, todavía pudieron serlo en gran parle. Si no hubiese 
sufrido esta interrupción la benevolencia y respeto con que los trataban los 
españoles, quizás halagados con ella, ú ocupados en su ministerio, no habrían 
los PP. pensado siquiera en establecerse en otras ciudades, ni en aplicarse con 
tanto denuedo á las misiones de los indios. Juzgúelo cada uno como mejor le 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. x, d.*" 10.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xix, 
n.«8. 



1609 CAP. XV 139 

parezca: lo cierto es que eatonces (1) se puso casa en Mendoza, Sta. Fe, y Bue- 
nos-Aires; se recorrió y pacificó el valle de Calcbagüé, las márgenes y afluen- 
tes del rio Bermejo, y su ciudad de Concepción ; y entraron en la conversión 
del Parapané; y empezaron á fundar las misiones de los guacurúes, del Guaray 
y del Paraná, asi como las de Arauco y Ghiloé, según luego referiremos. 

21. Otro fruto más importante todavía de esta persecución fué el amor, 
estimación y crédito que los PP. de la Compafiía se granjearon entre los indios, 
asi fieles, como infieles; los cuales en adelante los miraron carifiosamente co- 
mo á sus padres y protectores. Cosa que influyó mucho en su conversión; asi 
porque los recibían benignamente en sus tierras, como también porque oian 
confiadamente sus sermones. La persecución, en fin, fué notablemennte pro- 
vechosa á los nuestros; porque con ella, no solo perdieron el miedo á los tra« 
bajos y privaciones hasta los más modernos, sino que se habituaron á sufrirlos; 
despegaron más y más su corazón de los afectos terrenos, y se unieron más in- 
timamente con Dios, su única esperanza en aquellas aflicciones: y la experien- 
cia de sus paternales cuidados para con los que de veras le sirven les enseñó 
prácticamente á poner en él, y solo en él, su confianza. Privados del trato con 
los hombres, porque estos se lo negaban, unieron más intimamente entre si 
los vincules sagrados de la caridad, y se entregaron con mayor frecuencia á la 
oración y otros ejercicios piadosos: notóse, sobretodo, que se acrecentó en gran 
manera en todos la devoción á María Santísima, prenda ordinaria de predes- 
fioacion, y poderosísimo auxilio para fructificar en las almas. 

22. Cabalmente llevado el P. Diego de Torres de su singular devoción á 
esta soberana Señora, hizo promesa al visitar su santuario de Loreto, de darla 
á conocer en cualquier parte del orbe en que se hallase. Por esto trajo con- 
sigo la historia de aquella santa casa y algunas de sus reliquias. En Santiago 
colocó en un relicario de plata sobredorada en forma de custodia una de las 
estrellas de madera que estaban en el techo de aquella, y la regaló á este cole- 
gio. Con su vista y con los favores y prodigios que el P. contaba á estos veci- 
nos, ó les hacia leer en dicha historia, muchos no solo se hicieron sus devo- 
tos, sino que desearon tener una capilla con aquella advocación; para la cual 
jantaron buenas cantidades. Ofrecióles el P. Provincial una de nuestra igle- 
sia (2), que se halló tener puntualmente las mismas dimensiones que la lau- 
retana (+). Costearon, pues, en ella un altar con la imagen de María Santísi- 
ma semejante al original de la santa Casa de Loreto, y le dieron ricas joyas y 
vistosos adornos. Esmeróse en esto el Sr. Talaverano, á la sazón oidor de esta 
real Audiencia , y después Gobernador del Reino, y sus cuatro hijas, que 
bordaron prolijamente un manto riquísimo (3) y un frontal, apreciados en 
cuatro mil pesos (++)• Pronto se vio concurrida aquella capilla de toda cla- 



(1) P. Lozano^ ibidem, lib. Y, cap. vi, n."* 10, en esta biblioteca nacional están los docu- 
mentos del caso.~(2) P. Lozano, ibidem, lib. Y, cap. v, n.*^ 2.— (+) Son: largo, 29 pies 9 pul- 
gadas. Ancho, 12 pies 8 pulgadas. Su hogar, 6 pies largo, 2 pies 2 pulgadas ancho. Sus pare- 
des tienen 1 pié y 2 pulgadas espesor.— (8) Archivo de la tesorería, libro de la fundación 
del colegio leg. 23.— (+-f ) Según Lozano, solo el frontal fué apreciado en dos mil pesos. 



1 



lio CAP. XV 1608 

se de personas; y eran nmchos los que atestiguaban haber recibido especiales 
favores de Ntra. SeBora. Aprovechábase de esta concurrencia el P. Provincial 
para hacerles fervorosas pláticas, sobre todo en las festividades de la Virgen y 
en los sábados de entre año. En estos era tal la frecuencia de sacramentos, que 
parecian otros tantos dias de jubileo; y á esta frecuencia correspondía la en- 
mienda y mejora de costumbres de los devotos de esta gran Señora. Lleno de 
satisfacción estaba dicho P. al ver cuan bien habia logrado su intento; pues 
no sólo habia extendido la devoción de la Madre de Dios, sino también la ma- 
yor gloría de su Hijo santísimo. 

23. Este celo, principal carácter de los verdaderos hijos de la Compafiia de 
Jesús, ardia tan vivamente en aquellos corazones, que ni la gravedad de otras 
atenciones, como las mencionadas del servicio personal, ni las ocupaciones de 
la enseñanza privada y pública, ni las persecuciones y contratiempos,* ni si- 
quiera la escasez de sujetos los retraían de ocuparse seriamente en la cultura 
de los cristianos y conversión de los infieles. Avivaba este santo entusiasmo en 
los corazones de todos el P. Provincial con sus fervorosas exhortaciones y lu- 
minosos ejemplos. Todos los dias de fiesta salia á la iglesia al tiempo de la doc* 
trina de los naturales, donde, después de haberlos animado con admirable ti- 
no y dulzura al servicio de Dios y al cumplimiento de las obligaciones de 
cristianos, se sentaba con edificante mansedumbre á confesar á los que sa- 
bían el español ó el quichua, que él poseía por ser lengua general del Perú. 
No se limitó el ardor de su celo á la ciudad de Santiago; extendióse igualmen- 
te á su distrito y á los lugares más remotos del Reino, que recorrió por si mis- 
mo, ó por medio de sus subditos. En efecto; salió por los pagos de Nufioa, 
Pefialoben y otros varios; y en razón de hablar los más de sus vecinos la len- 
gua chilena, llevaba consigo al P. Martin de Aranda, muy perito en ella. Iban 
á pié por las chacras ó alquerías de aquellos pagos, sin más provisión que su 
confianza en Dios: mientras este P. doctrinaba y confesaba á los naturales, él 
hacia otro tanto con los españoles, con los morenos, con los mulatos y con los 
indios ladinos; con gran fruto de estas gentes y edificación de toda la ciudad. 
A otros PP. envió á los valles de Quillota, la Ligua, Lánceteme ó Langotoma, 
y otros lugares distantes treinta ó cuarenta leguas de esta capital; en los que 
se hallaban establecidos muchos españoles, y muchos más indios bautizados 
ya, pero bien faltos de instrucción y llenos de no pocas supersticiones. 



1608 GAP. XVI 141 



CAPÍTULO XVI 

1. El Provincial envía cuatro PP. á Arauco y Chiloé.-ri. Dos de estos eran teólogos, 
—3. Se embarcan eon el P. Rector,—^, Instrucción del Provincial, — 5. Arriban al 
Maule. — 6. Bautizan un cacique y llegan á Penco. — ^^7. Noticias geográficas de Chi- 
loé. — 8. De sus habitantes y productos. — 9. De sus costumbres y buena índole. — 10. 
De sus necesidades espirituales. — H. Nuestros misioneros arriban á la Mocha. — 12. 
Trabajan un mes en Carelmapú. — 13. Son bien recibidos en Castro. — 14. Predican 
contra el servicio personal. — 15. Docilidad de los encomenderos. — i6. Doctrinan á 
los naturales. — 17. Les dan la comunión. — 1^. Cofradia del Nombre de Jesús. — 19. 
Dtsciflina religiosa de los miúoneros. — 20. Los peligros no los acobardan. — 21 . Mé- 
todo observado en sus misiones. — ^22. Les dqan fiscales. — ^23. Frutos de esta misión. 
24. Trabajos sufridos en ella. — 25. Gratitud del pueblo. — 26. Los PP. regresan a 
Santiago, — 27. Fruto que el P, Venegas hace en su campiña. 

i. No habiendo en el Reino de Chile más casas de la Compañía que el co- 
legio de Santiago, bien pudiera el Provincial haberse retirado después de ha- 
berlo visitado, y dispuesta lo que en los dos capitules precedentes acabamos 
de referir. Mas ni su magnánimo corazón, ni el celo de sus subditos quedaron 
satisfechos con las mucháis obras emprendidas en esta ciudad y su dilatado 
distrito: preciso era buscar campo más espacioso, y tareas más arriesgadas, 
para condescender con sus nobles aspiraciones. La Araucania en el conti- 
nente, y Cbiloé (4-) con su archipiélago se lo ofrecieron bien espacioso ; y él 
determinó desde luego despachar allá sus operarios. Lugares tan remotos (1), 
y expuestos á tantos peligros físicos y morales así por lo riguroso del clima, 
como por el estado de la guerra necesitaban de varones robustos, virtuosos y 
desocupados, que pudieran emplear largo tiempo en las premeditadas excur- 
siones. Y ¿de dónde los sacaría estando casi todos los PP. ocupados, unos en 
el gobierno del colegio ó en sus cátedras, y otros en los ministerios? Difícil 
era ciertamente; pero atendida lá gravedad de estas empresas, creyó prudente 
sacrificarlo todo, con tal de realizarlas. 

2. Al efecto echó mano dedos PP. operarios, y de otros dos aún estudiantes 
de teología; quienes cortaron con gusto su carrera literaria, para servir á los 
pobrecitos chilotes, ó á los no menos necesitados araucanos, j^sta conducta, 
muy laudable en aquellas circunstancias, é imitada en otras muchas análogas, 
fué después prohibida por nuestros Generales: los cuales vedaron severamente 
se cortaron lo^ estudios á ninguno de nuestros jóvenes escolares, que tuviese 
salud y talento para concluirlos con provecho; aunque el mismo escolar lo pi- 
diese, con el piadoso fin recien expresado. La Compañía en general necesita de 
hombres de virtud y letras; y por consiguiente, uno de sus principales debe- 



(+) Antignamente escribían Chilné: yo pondré siempre Cbiloé, conformándome con el 
uso actual.— (1) P. Lozano, Historia del Paraguay, lib. Y, cap. i, d.^ 2. 



142 Gip. xvi 1608 

res es el formarlos: y los necesita con entrambas cualidades precisamente para 
las misiones, como nota prudentemente el P. Lozano; en razón de los casos ar- 
duos que frecuentemente se ofrecen, y que el misionero deberá resolver por si 
mismo, sin tener ninguna copia de libros que revolver, como en los colegios, 
ni hombres sabios á quienes consultar. Para Arauco designó al P. Horacio 
Yecchi, toscano; joven que á pesar de no haber terminado la teología, tenia 
buenos conocimientos, y sobre todo mucha religión, espíritu magnánimo y 
ardentísimo celo; favorecido, á más de esto, con una estatura corpulenta y 
majestuosa; y al P. Martin de Aranda Valdivia, nada inferior á su compañero 
en dotes de naturaleza, y superior en la pericia del idioma araucano en que 
era excelente lenguaraz; con el H."" Santos Gavironda. Para Ghiloé señaló al 
P. Melchor Yenegas, natural de Santiago, que habia entrado en la Compañía 
con la particular esperanza de predicar el evangelio en aquel archipiélago; as- 
piración santa que cada dia se ^avivaba más en su alma, sin atreverse á comu- 
nicarla á nadie, por no faltar á la total resignación y entera indiferencia tan 
recomendadas en nuestro instituto; y al P. Juan Bautista Ferrufino, joven que 
siendo estudiante todavía, mostraba gran talento y buena disposición en su 
espíritu. 

3. Con ellos envió al P. rector Yazquez Trujillo, á fin de que con su mucha 
autoridad allanase las dificultades que ocurriesen en dar asiento á la misión de 
Arauco, y remitiese desde Penco á los que iban para las islas de Chiloé. Con la 
mayor actividad dispuso el P. Provincial su viaje, asi para que los misioneros 
pudieran comenzar con el buen tiempo del verano sus tareas apostólicas, como 
para que el P. rector previniese el ánimo del Gobernador en apoyo de las bue- 
nas disposiciones de algunos encomenderos respecto la abolición del servicio 
personal (+)• Como padre cuidadoso y experimentado misionero, dióles pru- 
dentes consejos verbalmente, y por escrito la siguiente instrucción: 

4. Instrucción para los PP. Horacio Yecchi y Martin de Aranda, y para los 
que les sucedieren en la misión de Arauco (1). «Remitiendo lo particular á lo 
«que el P. rector dejará ordenado, y á lo que con el tiempo él ó su sucesor or- 
«denaren, conforme á la relación y sucesos conviniere, y juzgaren, como per- 
«sonas que tendrán las cosas más presentes y más cerca, generalmente se 
«guardarán las cosas siguientes: — I."" En lo que toca á las cosas espirituales 
«de oración, lección ó exámenes, misa y gracias procuren instantemente con 
«la divina gracia no faltar á lo cotidiano y ordinario de la Compañía por lo 
«menos, por más ocupaciones que haya; antes vayan advertidos de modera^ 
«estas de manera que, no faltando á la salud, tengan más oración y comüni- 
«cacion con Dios Ntro. Señor, suponiendo que es él qui plantat, et qui rigat, 
tietincrementumdat; Y esto, después de mirar á su bondad y méritos de su 
«Unigénito y de la soberana Yirgen, ángeles y santos, lo ha de hacer por la 
«oración y gemidos, penitencias y sacrificios de Y.* R/; y por aquí los ha de 



(+ ) Como llevamos anotado en el nxm, U del capítulo antecedente.— (1) P. Loiano, ibi- 
dem, lib. Y, cap. i, del n."" 5 al 18. 



1608 GAP. XVI 143 

alibrar de la guerra y contradicciones que «I demonio ha de hacer á la glorio- 
ffsa empresa que el Señor les ha fiado; y los ha de hacer aptos instrumentos 
cpara la convbrsion y salvación de las almas, con gran ganancia de las suyas 
«propias. Por lo cual, encargo á Y.' R." tengan alguna oración extraordina- 
ffría por las noches, y que, por lo menos cada quince dias ó cada mes, tomen 
cuna mañana para dar asueto y alguna quietud al alma, pastándola en ora- 
tcion, misa y lección; la cual deseo sea muy frecuente de la vida dei B. Javier, 
apues nos le puso Ntro. Señor Dios por modelo y dechado de misioneros ; y 
«acomódense cuanto con la divina gracia pudieren á su ejemplo, dictámenes 
«y avisos; y rezen cada dia Y/ R/ juntos las letanías comunes y de Ntra. Se- 
«fiora, á la cual y á N. S. P. Ignacio tomen por particulares patronos de su 
«misión, y á los ángeles de guarda de estas provincias; y la advocación de la 
«capilla sea deN. S. P. Ignacio, en la cual se pondrá su santa imagen. — i."* Ja- 
«más se aparten Y.* R." uno de otro, por más urgentes necesidades que se 
«les ofrezcan; lo cual les encargo mucho. — 3/ No hagan jamás asiento, ni va- 
«yan á parte alguna á donde haya peligro de la vida, si no fuese en caso que 
«la caridad obliga, ó da licencia conforme á la buena teología, siguiendo en 
«esto el consejo y parecer de los hombres experimentados, que saben el estado 
«de la tierra y condición de los indios; y en lo que se pudiere sigan Y.*" R.*" la 
«dirección del Sr. Gobernador, ó del que allí fuere superior en el gobierno se- 
«cular; porque cualquiera descuido ó menos prudencia en esta parte, demás 
«de no agradar á Dios Ntro. Señor y ser contra la intención de la obediencia, 
«podria impedir muchos bienes, y hacer que totalmente cesase esa misión. 
«T asi, habiendo de hacer asiento en Arauco, ó en otra parte en frontera de 
«indios de guerra, no duerman fuera del fuerte, ni entre dia se alejen á parte 
«peligrosa, y sin parecer del castellano; antes el modo general que se debe te- 
«ner en esta misión sea hacer asiento entre los indios reducidos y poblados, 
«y que por algún espacio de tiempo han dado muestras de estar quietos, y de 
«quienes conforme á buena prudencia se pueda esperar que conservarán la fe 
«que tomaron; pues entre los demás será poco el fruto y no sólido ni de dura, 
«como la experiencia de tantos años ha enseñado: que de allí correrá la vozá 
«ios demás y vendrán á buscar á Y.' R.'; á los que pedirán y recibirán me- 
«jor. — i."* No bautizen jamás indios adultos nisi in casumortis, primero: sin 
«que hayan dejado las mujeres los que tuvieren más de una. — Segundo: sin 
«que se tenga muy grande probabilidad de que no se irán ni alzarán. — Terce- 
«ro: sin que hayan pedido el bautismo mucho tiempo. — Cuarto: sin que hayan 
«entendido muy bien las cosas de nuestra santa fe, y sepan de memoria la doc- 
«trína; y en esto aún se tenga más recato con los caciques y ladinos, y mascón 
«los hombres que con las mujeres; y en caso de muerte bastará que entiendan 
«y hagan concepto de los misterios principales de nuestra santa fe. Tampoco 
«bautizarán á los niños de los infieles extra periculum mortis, y sin voluntad 
«de sus padres estando presentes, si no fuese en tierras de paz, que haya pro- 
«babilidad que no se volverán á sus padres; que en esto se procederá como 
«hacemos en Santiago. — S."" En los matrimonios y confesiones se guardará el 



144 GAP. XYi 1608 

«orden que la prudencia y teología easefian, y el modo que en esta ciudad se 
«suele tener; y á donde hubiere cura, no se haga matrimonio alguno sin su li- 
«cencia, y que él haya hecho las diligencias necesarias; advirtiénd&les con car 
cridad y buen , término lo que en esto y en lo demás conviene, teniendo con 
«ellos toda buena correspondencia, y procurándolos ganar á todos. — G.'^El 
«ordinario modo de predicar á los indios sea sobre algún articulo 6 manda- 
amiento, repitiéndoselo muchas veces, y dándoselo á entender con compara- 
aciones y ejemplos; y él catequizar sea no solo ensefiándoles la doctrina para 
«que la sepan de memoria, sino haciendo la fuerza posible para que la entien- 
«dan bien. Y procúrese que el fruto en esto y en lo demás sea sólido, aunque 
«se comunique á menos que lo contrario. — 7."" Nunca se les diga á los indios 
«en público cosa alguna de que los que gobiernan ó los españoles se puedan 
«ofender; pero procúrese ganar á todos con buen ejemplo y buenas obras, de- 
«fendiéndolos y ayudándolos en todo lo que la caridad y prudencia dictaren; y 
«no se entrometan jamás en persuadirles trabajos, cargas, tributos, ni cosas 
«que nos hagan ^odiosos ó sospechosos; excusándose con los que lo pidieren. 
« — S."" En lo que toca al trabajo de los españoles Y.' R.* los procuren ganar á 
«todos, para que no les impidan, antes les ayuden; pero no se embarazen con 
«ellos de manera que se estorbe el fin principal de su misión, que es acudir 
«con todas veras á los indios. Y cuando se predicare á los españoles no se re- 
«prenda al Gobernador ni á los demás jueces eclesiásticos ni seglares; pero 
«avísenles en particular lo que conviniere, y avisen al P. rector de lo que pi- 
«dieso remedio, para que se procure con la real Audiencia ó con el Sr. Obispo. 
«— ^9.*" En lo que toca al servicio personal y esclavitud de los indios se vaya 
«con la determinación que aquí tomamos, habiendo consultado; pero esto se 
«entiende con los penitentes, ó cuando alguno pidiere parecer: en los púlpi- 
«tos y en público solo se diga lo que se juzgare será de provecho; y en las in- 
«justicias de la guerra no se trate en público ni en secreto, ni Y.* R.' se en- 
«trometan en cosas del gobierno, ni en intercesiones de licencias, ni en conse- 
«guir que se disponga de indios, ni oficios; excusándose con esta orden, que lo 
«es de N. P. General; ni tampoco consientan que en su presencia se murmure 
«de nadie^ y menos de los que gobiernan. — lO."" N. P. General tiene ordena- 
«do (-{-) que los nuestros no vayan á la guerra con soldados; y así, si el Sr. Go- 
«bernador ordenase que Y." R.* vayan á ella, se excusen con esta orden y el 
«mejor término que pudiesen; pero atiéndase al servicio de su señoría en todo 



(+) No es creíble que el P. General hubiese ordenado esto, puesto que pronto ordenó lo- 
do lo contrario ; como puede verse en el núm. 27 del capitulo xiv en la respuesta que dio al 
8.° postulado de la Congregación Provincial. Si hubiera pasado más tiempo, podría creerse 
que, insistiendo el Provincial , se le había respondido favorablemente. Ahora no sabemos 
cómo arreglar este lapsus del P. Torres ; á no ser que digamos que este P. se equivocó en 
dar por concedido lo que la Congregación Provincial presidida por él habla pedido, y se vio 
después que no le había sido otorgado por el P. General. Suponer una orden anterior con- 
tradictoria de la posterior tampoco se puede; porque entonces no tendría razón de ser el 
postulado de la Congregación. ; ^eu / etiam quandoque bowu dormitat Homerus. (Nota del 
editor). 



1608 GAP^XTi 145 

¡ do que hubiese Ingar^ y siguiendo en lo que se pudiere su orden y dirección. 

¡ c— 11.'' El Sr. Gobernador dará orden en lo que toca al sustento de Y/ R.% y 

I tDo podrá ser superfino ni excesivo; y cuando lo fuere no se consienta; y pro- 
«curen no ser cargosos á su señoría, y menos á los indios.-^12/ Con todos los 
«correos escriba el P. Horacio al P. rector, y á mi todo el tiempo que dura 

I «abierta la cordillera; y el P. Aranda lo hará algunas veces. Santiago 15 de 
«Octubre de 1608. — ^Diego de Torres.» 

5. En el mismo dia en que viene fechada esta instrucción llenado pruden- 
cia y sabiduría, los antedichos PP., no habiendo podido conseguir pasaje en 
UD buque del Rey, se embarcaron para su destino en otro mercante, que á un 
tiempo se hacia á la vela también para Penco, en el cual su R.* les habia avi- 
sado no se metiesen, temeroso de que tendrían mal viaje, por ser uno de los que 
traficaban en extraer á los pobres indios de Chiloé. La experíencia probó que 
DO hablan sido vanos sus recelos; pues habiendo llegado felizmente á dicho 
puerto la nave del Rey en seis dias, los PP. se vieron precisados á saltar á tierra, 
después de veinte, en la costa del rio Maule, por haberse averiado excesiva- 
mente la suya, con las grandes tormentas que más de una vez la hablan teni- 
do á punto de zozobrar (1). Bien pronto la experiencia así mismo les demos- 
tró que la providencia divina sabe valerse de los trabajos y peligros de sus 
«ervos, para la salvación de sus escogidos. 

6. En efecto; emprendido desde allí su viaje por tierra en ruines muías, 
sin más montura que las frazadas que cada uno habia sacado del buque, y sin 
más alimento que algunas papas insípidas, que de limosna les daban los in* 
dios que moraban junto á los caminos, á los seis dias de viaje tan penoso die- 

. ron con un pueblecillo en que hallaron gravemente enfermo un cacique in- 
fiel, cercado de sus mujeres. Hablóle el P. Martin de Aranda, exponiéndole 
las verdades de nuestra religión santa , y los bienes que en la otra vida nos 
promete. Convencido el cacique de aquellas , y halagado por las grandezas 
de estos dijo quería ser cristiano ; y advirtiéndole el P. que era imposible en- 
trar en el paraíso sin dejar aquella multitud de mujeres , quedándose con 
sola la legítima, respondió resueltamente : Si es así desde luego renuncio á mis 
mujeres ; porque estoy pronto á ejecutar cuanto es necesario para recibir la 
gracia del bautismo y hacerme hijo de Dios. Dejólas , en efecto , todas menos 
una ; y recibido el santo bautismo, al punto expiró. Consolados los buenos 
PP. con la inesperada salvación de esta alma continuaron su jornada, y al oc- 
tavo dia llegaron felizmente á Concepción de Penco. Allí fueron recibidos el 
16 de Noviembre por el Gobernador, el ejército y todo el vecindario con mu- 
cho agasajo, así por el aprecio de sus personas, como por el noble fin que los 
conducia. 

7. Aprestada se hallaba en aquel puerto una nave para partir á Chiloé; y 
en ella reembarcó el P. rector á los PP. Venegas y Ferrufino^ para que fuesen 
i promover la gloria de Dios en aquel archipiélago, tantear las disposiciones 



<1) P. Lozano, ibidem, lib. Y, cap. i, n.® 19. 

10 TOMO 1 



146 CAP, XYi 1608 

de aquellos ánimos, é investigar qué progresos podía hacer la Compañía entre 
aquellos islefios, de cuyas calamidades, necesidades y bellas disposiciones se 
tenian algunas noticias. Es el archipiélago de €hiloé un conjunto de unas 
cuarenta islas (+): la mayor de las cuales, de quien tomó su nombre (++) 
tiene desde Huapilacuy, ó sea desde la punta de Huapacho á la de Quitan, 6 
más bien á la Olleta, T de lat., comprendidos entre los iV 49' y los 43*" 49' 
lat. sur del meridiano que pasa por S. Garlos de Ancud; está á los 73'' 5S' 
oeste de Greenwich; su anchura media es de 43', la mayor de 56', y la menor 
de 34'; y su forma se aproxima á un cuadrilongo, que corre de norte á sur, 
con una pequeña declinación al oeste. Hacia el norte el canal Pucuñun, de 
una y media ó dos leguas cuando más de ancho, la separa del continente, en 
cuya punta más occidental se hallaba el fuerte de Garelmapú, para impedir 
al enemigo la entrada á aquel golfo, el único puerto habilitado que tenia en- 
tonces Ghiloé; el cual después del año 43 se trasladó á Ghacao, distante unas 
seis leguas al sudeste de Garelmapú. En el 1766 trasladóse de nuevo de Ghacao 
á Ancud, que está antes de entrar en el mencionado canal, y por lo mismo es 
más accesible. Pasóse al mismo tiempo á Ancud la capital, que desde la con-* 
quista habia estado en Gastro, casi á la mitad de la coáta oriental de la isla 
grande, y portante en circunstancias ventajosas para atender desde ella á todo 
el archipiélago. Entre esta costa y continente está el golfo de Ghiloé, casi ente- 
ramente cerrado por estay las demás islas, separadas dos, cuatro, seisú ocho le- 
guas las unas de las otras; tan pequeñas que Quinchao, la mayor de todas, á pe- 
nas tiene diez leguas de largo. Este golfo puede mirarse como la continuación del 
prolongado valle que corre entre la elevada cordillera de los Andes y la cordi- 
llera de la costa; el cual, comenzando en Ghacabuco, corre, sin que lo inter* 
cepte serranía ninguna, por Santiago, Rancagua, S. Fernando, Guricó, Talca, 
Ghillan, los Angeles, Yillarrica y Osorno hasta Puerto Montt, teniendo siem* 
pro un descenso ó depresión suave del terreno hacia el sur, hasta sumirse en 
este puerto bajo las aguas del mar. Por consiguiente Ghiloé, Quinchao, y las 
demás islas del archipiélago deben mirarse como las mesetas y picos más ele- 
vados de la cordillera de la costa; y siendo progresiva dicha depresión, la cor- 
dillera en aquella costa irá siendo cada vez más baja, hasta perderse en el 
Gabo de Hornos, siendo una garganta de ella el estrecho de Magallanes; y los 
archipiélagos de las Guaítecas, los Ghonos y de Guayaneco, asi como las de- 
más islas que aparecen en aquella costa, serán tanto menores cuanto más se 
vayan acercando hacia el sur, á no ser algunas que no lejos del estrecho, 
cuando han desaparecido completamente los picos de la cordillera de la costa, 
sean las cumbres de ciertas ramificaciones de los Andes. De estos últimos ar-- 



(-f ) El P. Olivares en la Historia de la Compañía le da cien islas, contando, sin duda, las 
de los archipiélagos qne corren hacia el estrecho de Magallanes. £1 P. Lozano le da solo 
cuarenta ; y así será con pequeña diferencia : algunas son tan pequeñas , que muchos nf 
por islas las contarán. En el ano 1743 eran treinta y dos las pobladas.— (+-f) García Hur- 
lado de Mendoza cuando lo descubrió en el ano 1556 le puso el nombre de Cananea, por 
haber sido el segundo domingo de cuaresma, en que se lee el evangelio de ella en la misa, 
el día en que lo descubrió. 



1608 GAP. xw 147 

chipiéiagos daremos más amplia razón al narrar lo que trabajaron en ellos los 
PP* de la Compañía; cuyas tareas se circunscribieron al de Chiloé en esta ex-> 
cursion. 

8. Trece mil indios (+) se dice haber sido matriculados en él cuando lo 
eonquistó Ruiz de Gamboa en el afio 1567; y el haber bastado para su con-* 
quista ciento treinta soldados españoles nos revela el carácter pacifico de estos 
islefios (1). Doloroso es recordar el abuso que hicieron de su docilidad y man-* 
sedumbre algunos de sus conquistadores; los cuales no contentos con apode* 
rarse del país y servirse de ellos en sus casas y haciendas, por no bastar sus 
escasos productos i satisfacer su codicia, extraían de sus hogares á los indios 
de sus encomiendas, y los trasportaban á otros puntos de Chile, y aun al Pe- 
rú; donde, simulando contratos de conchavo ó alquiler, los vendían como es- 
clavos. Claro está que disminuiría con esto su número; sin embargo, como 
ellos no podían fácilmente huirse para otras tierras, por vejados que estuvie- 
sen y en virtud de su sumisión y sufrimiento no promovieron revoluciones, 
Di alzamientos, ni malocas. En el año 1593 todavía eran ocho mil los indios 
de servicio (2); pero en 1613 solo hallamos tres mil. Parece imposible estuvie- 
ran asi pobladas unas islas tan pequeñas y tan escasas de frutos, que al cabo 
de tres siglos de cultivo no producen más que papas, cebada, linaza, habas y 
muy escasas cosechas de trigo (++]. Las lluvias allí son casi continuas y copio- 
sas; y en faltando estas, densas nieblas interceptan ordinariamente ó debilitan 
los rayos del sol en tal grado, que el trigo apenas alcanza á madurar y rara vez 
se seca en la planta; por lo cual preciso es colgarlo en las cocinas, galpones 
ó cobertizos, llamados allí campanarios, para secarlo á fuerza de fuego antes 
de trillarlo. Dios, que á nadie abondona, ha provisto estas islas y costas adya- 
centes de grandes bosques, sobre todo de alerce (una especie de cedro) y de 
avellanos, cuyo fruto, sí no es tan sabroso como la avellana de España, es ma- 
yor y más abundante; y sus playas de una cantidad inmensa de marisco: digo 
inmensa, pues bastaba y aun basta para constituir el principal alimento de 
todos aquellos isleños, que por lo mismo vivían diseminados por las costas. 

9. Aunque el clima fuese sumamente crudo, no tanto por el frío cuanto 
por las lluvias, no tenían antes de la conquista más que miserables chozas pa- 
jizas; algunos andaban casi desnudos; otros se vestían con cortezas de árbo- 
les; y los más con calzones y camisetas; y en lugar de capa, unas como escla- 
vinas: todo ello de lana de ovejas del país y de perros , con sombreros de 



(+) P. Olivares , Historia política de Chile , lib. III, cap. xiv. Herrera dice doce mil in- 
dios, sin expresar sí eran individaos ó familias: Olivares y otros autores han creído ser do- 
eemíl familias; y por esto le daban setenta mil individaos. Con todo, creo que se equivo- 
can ; y no dudo que mi lector será del mismo parecer, si atiende á lo que llevamos dicho 
sobre las exageraciones de los tales repartimientos. Marino de Lovera en su Crónica de Chi- 
le, parte 2.*, cap. xxvii, dice que serian veinte mil entre todos los indios tributarios que re- 
partió Gamboa; no de hecho, sino en un papel secretamente, el cual dejó cerrado y sellado 
al partirse para Concepción.— (1) P. Escobar, ibidem; y según él Castro se fundó en Febre- 
ro de dicho año.— (2) Miguel de Olavarría en su Informe al Rey publicado por Mr. Gay, 
Historia de Chile.— (++) Tengo por fabulosas las matrículas primitivas: ó no se hicieron 
ó se exajeraron. 



lis GAP. XVI 160S 

» ___^ ^ 

la misma en forma de caperuzas (1). El lujo entre ellos no era conocido, ni 
tampoco se pintaban con colores ; como hacen varias naciones salvajes pa* 
ra dar más importancia á sus personas ó imprimirles un imponente aspecto 
de ferocidad. Dotados de un carácter manso y sufrido , vivian contentos con 
la escasez indicada. No sé si por su pobreza, ó por su moderación no eran co- 
munes entre ellos ni la poligamia, ni la embriaguez, ni los malones (-f-); y 
aunque no faltaban entre ellos sus machis y supersticiones, no tenían ni ído- 
los, ni culto alguno reglamentado. Con tan pocos inconvenientes, y con tan 
bellas disposiciones no*era difícil reducirlos al santo bautismo; como en efec- 
to lo recibieron los más en los primeros años de la conquista; ni tampoco lo 
era hacer de ellos unos buenos cristianos. Sin embargo, se quedaron después 
del bautismo casi tan ignorantes, supersticiosos é indiferentes como antes. 

10. Al tiempo que los PP. de la Compañía se dirigieron á aquellas playas 
no habia más eclesiásticos en ellas que el Sr. cura, acompañado á veces de 
algún otro sacerdote, y un convento de mercedarios, primeros apóstoles de 
aquellas islas, con solo dos religiosos (2): ni es de creer que antes hubiese te- 
nido mayor número, puesto que aún en tiempos posteriores no acostumbraba 
tenerlos. Ocupados estos sacerdotes en asistir á los españoles y á los pocos in- 
dígenas, que por estar á su inmediato servicio comprendían el idioma caste- 
llano, quedaban los demás privados del auxilio de la religión. No es mi ánimo 
inculpar á los sacerdotes de aquella época; su escaso número, la ignorancia 
del idioma del país, y el exagerado concepto que se habían comunmente for- 
mado déla incapacidad de los indígenas los reduciría á tenerlos en el abando- 
no que nosotros lamentamos, y que excitó el celo de los antiguos PP. de la 
Compañía de Jesús. Los graves sacrifícios que hizo su Provincial para proveer 
á esta misión, y el entusiasmo con que superiores y subditos los hicieron gus- 
tosamente, según he indicado en el número I."", nos manifiestan la profunda 
sensación que habían hecho en su ánimo y en el de los suyos las necesidades 
de los pobres chilotes. 

11. Por lo mismo, no bien llegó á Penco el P. rector por Noviembre del 608, 
cuando despachó para Chiloé á los dos PP. Venegas y Ferrufino, los cuales ar- 
ribaron, por disposición divina diremos, ya que ignoramos la causa inmediata, 
á la Mocha; isla pequeña, pero bastante poblada, que está frente la embocadura 
del rio Tirúa, del cual parece ser su verdadero delta (+-f ). Aprovecharon es- 
ta ocasión los celosos misioneros (3) para evangelizar á aquellos isleños, que ni 
siquiera habían visto sacerdote alguno; y ahora escucharon á estos con tanta 
atención y docilidad, que conmovidos y aficionados en gran manera á la ley 



(1) £1 P. Olivares dice de lana de perros: el P. £scobar dice simplemente de lana, sin ex- 
presar de qué animal era esta.— (+) Malón, como ya lo bemos indicado, significa lo mismo 
que maloca, ó sea, la correría hostil y depredadora que se bacian los indios entre si, y que 
luego fué común entre indios y espafioles. (Nota del editor).— (2) D. Miguel de Celada en su 
Informe al Rey fechado en 1610.-*(H-+) Se da este nombre á las islas de figura triangular, 
que suelen formarse á la desembocadura de algunos ríos; semejando la letra de este mis- 
mo nombre, que es la cuarta del alfabeto griego. (Nota del editor).— (8) P. Lozano, ibídem, 
lib. V, cap. IV, n.° 5. 



1609 CAP. XVI 119 

de Cristo, les suplicaron con mucho empeño se quedasen entre ellos, prome- 
tiendo oir atentamente sus doctrinas, convertirse y abrazar la religión cristia- 
na. Estos bondadosos isleños, no acostumbrados á la guerra por estar retirados 
en su isla, conservaban los sentimientos de humanidad de que nos ha dotado 
la naturaleza, ó mejor dicho, su Autor; y usaron siempre de ella para con los 
extranjeros que arribaron á sus playas; y menos viciosos que los del continen* 
le, estaban también mejor dispuestos á recibir la semilla evangélica. Bien qui* 
sieran los nuestros condescender con sus instancias ; pero como verdaderos 
hijos de obediencia , sacrificaron su voluntad propia á la del superior, y se 
embarcaron de nuevo ; prometiendo á sus dóciles y benéficos huéspedes que 
volverían en su socorro cuanto antes les fuera posible: y á su tiempo veremos 
cómo lo verificaron. 

12. Pocos dias depues surjieron en el puerto de Garelmapú, donde el go- 
bernador de Chiloé D. Tomás de Olavarria, noble vascongado, y los ciento 
treinta soldados de aquel presidio los recibieron con salvas de artillería y mos- 
quetería, repique de campanas y otras demostraciones de regocijo. Un mes 
demoraron alli, confesando y predicando á la guarnición é indios agregados á 
ella, ó de servicio con tanto fruto que todos se confesaron, no pocos enmen- 
daron completamente su vida, y algunos no contentos con la penitencia im- 
puesta por el confesor, hacian otras muchas pública y privadamente para sa- 
tisfocer á Dios y reparar los escándalos que anteriormente habian dado (1). 
Este primer ensayo de su apostólico celo les granjeó de manera la voluntad del 
gobernador, que luego escribió al P. Provincial en estos términos: «Muy Re- 
tyerendo P.: bien se echa de ver que la divina Majestad alumbra el entendi- 
cmiento de Y/ Paternidad ; pues ha enviado estos benditos religiosos, que 
«tanto provecho han de hacer en las almas de los infieles, españoles é indios de 
tpartes tan remolas, y con tanto trabajo. Yo tengo por muy dichosa suerte la 
«ocasión que de servirles se me ofrece, y de que, teniendo yo á mi cargo esta 
«tierra, hayan entrado tan excepcionales y buenos religiosos en ella: por lo 
«cual sin duda ha de conseguir Y." Paternidad gran premio de la divina Ma- 
«jestad; y yo les serviré en cuanto pudiere y les daré la ayuda necesaria para 
«que tenga cumplido efecto la misión.» 

13. No fueron meros cumplimientos estas ofertas, sino realidad; puesto que 
siempre amparó á los PP., apoyó sus medidas, é hizo cuanto estuvo de su par- 
le para que fuesen fructuosos sus trabajos; y no contento con el fruto presen- 
te, sino deseando que fuese permanente, les donó desde luego la casa que te- 
nia en Castro, y era la mejor de la ciudad; é hizo acomodarla del modo más 
decente ó conveniente al buen orden y método de vida de unos religiosos; y 
esto con tal actividad, que en llegando á Castro se alojaron ya en ella; y fué 
la misma que se convirtió posteriormente en colegio. Esta ciudad solo tenia 
entonces doce casas; los demás de sus cincuenta vecinos vivían por la costa ó 
por el interior. Hicieron los PP. su entrada al anochecer para no ser sentidos; 



(1) P. Lozano, ibfdem, lib. V» cap. iv, d.^5. 



150 GAP. XYi 1609 

mas el entusiasmo de los ciudadanos frustró la modestia de ios humildes mi- 
sioneros, apostando espías en los caminos; y aunque fuese á deshora, salieron 
á recibirlos el vicario eclesiástico, el corregidor, y lo principal del vecinda- 
rio; que bendecia al Sefior por haberles mandado los socorros espirituales que 
aquellos les traian, después de haber permitido que el corsario inglés despo- 
jase á los vecinos antiguos de los bienes que habían granjeado con tanto tra- 
bajo en aquel miserable pais, y á los modernos de lo poco que hablan salvado 
de las ruinas de Osorno. 

14. No fué esta entusiasta acogida lo que más satisfacción causó á los 
misioneros, sino la prontitud con que concurrieron á los sermones que les 
hacían cada dia en la iglesia ó en la plaza, y la docilidad con que los oian. 
Común fué en el pueblo la emoción; todos concurrían á porfía al tribunal de 
la penitencia, y descargadas sus conciencias por medio de este santo sacra- 
mento del grave peso de las culpas, y sus ánimos del cuidado de los bienes 
temporales por lo que acabamos de indicar, se volvieron á Dios muy de veras, 
y se consolaron con la esperanza de los bienes del paraíso. Notables fueron al- 
gunas conversiones y general la reforma de las costumbres. Una sola cosa de 
cuantas les predicaron los jesuítas les desagradó; mas la docilidad con que al 
fin se rindieron en este punto á seguir su doctrina nos demuestra la buena 
disposición de sus corazones , la singular eficacia de la predicación de aque- 
llos misioneros , ó el feliz conjunto de lo uno y lo otro. De buena fe , ó más 
bien sin reparar mucho en la injusticia que cometían , se aprovechaban los 
encomenderos chilotes del servicio personal , que la costumbre ó corrupte- 

. la había llevado allí á mayores excesos que en lo restante de Chile y del 
Perú; pues entre ellos era cosa corriente extraer y vender así los indios enco- 
mendados, lo que rara vez y en bien pocas partes fuera de allí se practicaba, 
como los que cautivaban en las malocas, que algunos de sus vecinos con tan 
dafiado objeto hacían (1). 

15. Al oir á nuestros PP. declamar contra este abuso se sorprendieron, y la 
misma novedad de la tal doctrina acrecentaba su sorpresa; mas asi por el res- 
peto que les tenian, como por la buena opinión que se habían formado de su 
sabiduría no se levantaron desde luego contra ellos; antes bien les pidieron 
nuevas explicaciones : y vistos los sólidos fundamentos y justas razones en 
cuya virtud improbaban el servicio personal, cual entonces se practicaba, se 
desengañaron ; y todos cual más cual menos se rindieron á moderarlo según 
las reglas de prudencia, equidad y justicia. Glorioso triunfo que honrarásiem- 
pre la memoria del ilustre chileno P. Melchor Yenegas; quien de acuerdo 
con su compañero supo, sin motines ni revoluciones, restablecer á estos sus 
paisanos en el goce de la libertad de que los habiá despojado la codicia. Am- 
bos marcharon en este espinoso asunto con cautela, lentitud y moderación, 
preparando esta reforma radical con tal prudencia, que lograron su fin sin 
estrellarse en los inconvenientes que de ella se temían. No podemos afirmar 



(1) Cargos I."* y 8.® que el P. Valdivia hizo á Ribera en su memorial al Virrey. 



r" 



i609 caí". XVI IBl 

que la realizaran completamente en aquel mismo afio; pero si diremos, que en- 
tonces la inauguraron y que echaron para ella tan sólidos fundamentos, que el 
P. Yenegas pudo fácilmente terminarla cuando volvió segunda vez á Gbiioé. 
La carta que el cabildo de aquella ciudad escribió al P. Provincial nos revela 
que si no la aceptaron individualmente todos los encomenderos, la aceptaron 
por lo menos colectivamente ; puesto que todos ellos eran vecinos de Castro, 
y por consiguiente á nombre de todos hablaba su cabijdo cuando aplaudía 
lo que trabajaban los PP. en favorecer á estos pobres naturaks, diciendo asi : 
«Esta ciudad de Castro y cabildo de ella, tan grato á las mercedes que Y.* Pa- 
eternidad nos ha hecho en la venida de los buenos PP. de esa santa Compa- 
cDÍa, que ha sido para nosotros de tanto acrecentamiento y ánimo de servir á 
«Dios Nuestro Sefior, que no podemos encarecer tanto como trabajan en el ser- 
«vicio de Dios, y más en favorecer á estos pobres naturales, suplicamos á 
«Y/ Paternidad no se nos quite tanto bien; porque esta ciudad ha estado hasta 
«ahora falta de él. — Guarde Nuestro Sefior, etc.» 

16. Y ¿quién podrá apreciar la estimación que de ellos cobraron los indí- 
genas cuando se vieron mejor tratados de sus amos, recompensados legítima- 
mente sus trabajos, y sin miedo de ser trasportados á regiones lejanas? Porque 
d^e, entonces no hubo quien se atreviese ni á vender ni á comprar esta gen- 
te. Los PP. supieron aprovecharse oportunamente del prestigio que esto les 
granjeó para doctrinarlos y morigerarlos; y les predicaron en su idioma para 
hacerles la doctrina evangélica más fácil de comprender. En el archipiélago se 
hablaba el mismo de Chile con algunas alteraciones, que fácilmente compren* 
dio el P. Yenegas como criollo^ No podemos dejar de lamentar también aquí 
el que anteriormente se les hubiese predicado en castellano á aquellos indios, 
que bien poco lo podian saber atendido el poco trato que con los españoles 
tenian. La misma rudeza y poca capacidad de aquellos isleños, su apatía por 
las cosas de la religión, su repugnancia á adoptar las costumbres de los con* 
quistadores dejando las suyas propias, eiigian más bien el que sus doctrine- 
ros se acomodaran á su lenguaje; en el cual oirían con más gusto y compren- 
derían mejor las explicaciones. Felizmente los de la Compafiia lo hicieron así 
desde el principio, predicando al espafiol en castellano, y al chilote en el idio- 
ma vulgar de su nación. En el mismo cantaban con ellos la doctrina por las 
calles; y merced á esta sencilla industria vieron los vecinos de Castro con 
asombro á aquellos hombres tan apáticos ir en tropas tras de los misioneros, y 
volver á sus casas cantando ya por gusto la doctrina; y que al poco tiempo sus 
yanaconas, ó sirvientes, la sabían tan bien como sus hijos. 

17. Mas esta grata sorpresa se convirtió en verdadera alarma cuando ob- 
servaron que los PP« no solo oían de penitencia á los ya bautizados, sino que 
también les administraban la sagrada comunión. Hasta entonces nadie se ha- 
bía atrevido á hacer tal cosa: ni por viático se les daba en artículo de muer- 
te (1). No fué difícil á los PP. el vindicarse^ Un examen público de los indios. 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. iv, n.^ 8. 



152 GAP. xvi 1601 

á quienes con paciencia y asiduidad babian instruido y preparado á los santas 
sacramentos, bastó para ello; y los vecinos todos pudieron cerciorarse de su 
actual suficiencia, examinando á los de su servicio, como muchos en efecto 
lo hicieron: con lo cual todos mudaron de parecer; y no solo los creyeron ca- 
paces de dicho sacramentó, sino también obligados á recibirlo. Fué esto de 
tanto aliento y consuelo para aquellos infelices, que á pesar de estar ocupados 
en sus labores respectivas, frecuentaban cada dia los templos; á cuyas puertas 
estaban algunos aun antes de la aurora para oir la santa misa, ó confesarse y 
comulgar: y por mucho que los PP. madrugasen, á penas les dejaban en todo 
el dia el tiempo preciso para cumplir con el oficio divino y demás quehaceres 
indispensables. 

18. Para fomentar su fervor instituyeron la cofradía del dulce Nombre de 
Jesús; y vieron con gran satisfacción que ninguno de los cofrades faltaba & 
las comuniones que de regla se entablaron. No solo estos mejoraron sus costum- 
bres notablemente, sino todos ellos en general. Se quitaron muchos amance- 
bamientos ó por la separación ó por el matrimonio ; se revalidaron muchisi- 
mos que habian sido nulos, ya por impedimientos legales, ya por inhabilidad 
ó falta de consentimiento. £1 despotismo de los encomenderos se habia llevado 
al extremo de disponer de sus encomendados hasta en este punto, que requiere 
esencialmente un acto libre y espontáneo de los contrayentes. Según convenia 
á sus intereses hacian los patrones que los indios tomasen á tal ó cual india 
por esposa; y á veces se hacian estos enlaces entre personas que no tenían 
edad competente para ello (1). Difícil es averiguar la verdad en tales casos: 
empero la constancia y aplicación al trabajo de los PP, unidas á la confianza 
que les cobraron los naturales, pudieron discernir entre lo válido y lo inválido, 
y poner el conveniente remedio. La fama de lo que se verificaba en Castro vo- 
laba por toda la isla, y disponía favorablemente los ánimos de sus moradores á 
la realización de otra empresa que aquellos meditaban. Mas antes de salir & 
ella tuvieron la sabia previsión de traer de todas partes á los indios que se re- 
conocian de mayor capacidad y mejor índole, á fin de que, instruidos con so- 
lidez en los misterios sagrados, les sirviesen de poderosos auxiliares en sus ta- 
reas, y los pudiesen dejar como maestros uno en cada lugar. 

19. Justo es advertir aquí, como lo hace el P. Lozano, que estos fervorosos 
operarios no se olvidaban de si mismos con ocasión de atender á los demás; 
sino que aplicaban igual ó mayor cuidado en procurar la perfección propia 
que en procurar la salvación ajena. Para comprobarlo nos bastará poner aquí 
una carta que escribió el P. Ferrufino al P. Provincial, y dice asi: «Muy Re- 
ce verendo P.: Nuestro Señor nos ayudó y dispuso con su gracia para trabajar en 
«los prójimos sin aflojar un punto en la disciplina religiosa; y asi puedo cer- 
atificar á V.* R.* que fué guardado con toda puntualidad cuanto Y.^ R.' nos 
«mandó en su instrucción; y no nos apartamos jamás el uno del otro, sino en 
acasos muy forzosos y por breve tiempo; y entonces lo hacemos con todo el 



(1) P. Lozano, ibídem, Ub. Y, cap. iv, n.*^ 10. 



1609 GAP. XVI 153 

crecato posible, llevando siempre alguna persona de edifleacion y.de confian- 
iza en compañía: y no dormimos jamás apartado el uno del otro; y lo que 
tediGca á esta gente grandemente es el guardar el orden que V.* R/ nos dio de 
f no visitar mujeres, sino en caso de enfermedad para confesarlas; lo cual no- 
cían muchos y lo alaban, aunque otros lo juzgan por cortedad y demasía: pero 
cnosotros nos consolamos con guardar la obediencia de Y/ R/» Escrito está 
que el varón obediente cantará victorias; y he aquí una de las causas princi- 
pales porque las consiguieron ellos tan ilustres, asi en la ciudad como en el 
campo; á donde salieron por Julio del año 1609, después de haber trabajado 
en aquella con tan feliz resultado por más de cuatro meses. 

20. Veinte y ocho 6 treinta eran los pueblos de aquel archipiélago; á vein« 
te y cinco de los cuales jamás habia entrado sacerdote alguno para doctrinar- 
los (1): de lo cual puede deducirse cuál seria su ignorancia y cuáles sus eos- 
tambres; porque estando muy retirados de la ciudad, y los más en otras islas 
separadas por peligrosos golfos, pocos y rara vez concurrían á ella para ins- 
tmirse. Esto lastimó de manera el ánimo de aquellos misioneros, que no obs* 
tante de ser realmente graves las dificultades de la nueva empresa y de ha- 
bérselas pintado con los más negros colores los vecinos de Castro, opuestos 
con todas veras á su salida, no se amedrentaron; antes bien, puesta en Dios 
su confianza, arrostraron y superaron con éxito todos los obstáculos. En efecto; 
aquellos mares, siempre procelosos, se embravecen extremadamente en in- 
vierno; las corrientes se hacen más impetuosas, y las olas entrecortadas por 
aquel laberinto de islas, puntas salientes, riscos y peñascos ora se elevan, ora 
se arremolinan, amenazando de muerte á cuantos navegan ; y especialmente 
cuando pretenden desembarcar en aquellas playas, muy escasas de puertos, 
buenas radas ó fáciles embarcaderos. Las travesías tenían que hacerse en pi- 
raguas, llamadas huampús por los indios; débiles embarcaciones formadas de 
tres ó cinco tablas, una para el piso y las otras para los costados, trabadas en- 
tre si, á falta de clavos, por medio de una costura que hacían con una sogui- 
lla formada con la cascara de unas cañas bravas llamadas quilas (2), calafa- 
teando las junturas con hojas mojadas del maqui: de la corteza del mismo 
sacaban tiras como cintas de tres ó cuatro dedos de ancho, para sujetar por 
dentro esta calafoteadura, sobre la cual pasaban la soguilla arriba dicha; y ta- 
paban los agujeros de la costura con la resina del alerce, ó las raspaduras glu- 
tinosas de otros árboles (-{-). Por estar casi impracticables á causa de la es- 
tación los caminos de la misma isla principal, tuvieron que valerse de estas 
piraguas no solo para ir á las otras islas, sino también para recorrer los pue«- 
blos de aquella en que se hallaban. Así lo hicieron llevando consigo los orna- 
mentos sagrados, algunas imágenes y otros enseres para disponer una como 
capilla donde quiera que arribasen: se proveyeron también de algunos objetos 



(1) P.Lozaoo, ibidem, lib. V, cap. iv, n.° 11.— (2) P. Olivares, Historia de la Compafiía, 
cap. X, g 3.— (-f ) Ahora ya no se nsan ; pero todavía se conservan algunos restos de ellas ; 
yo mismo los he visto y averiguado el modo con que se construían todavía después de la in- 
dependencia. 



154 CAP. XVI 1609 

de devoción, y de varias bujerías, para agasajar á los naturales; pues no se 
opone á la confianza en Dios el valerse de los medios honestos, que atendida 
la fragilidad humana , pueden cuadyuvar al buen fin pretendido. En todas 
partes ha sido este un poderoso arbitrio para ganarse la voluntad de los in- 
dios, quienes en su pobreza apreciaban mucho estas cosas ; y para reducirlos 
á que recibiesen con gusto á los misioneros y oyesen sus doctrinas. 

21. He aquí el método observado en esta misión .^e antemano daban aviso 
al pueblo á que se dirigían , cuyos vecinos tan pronto como asomaba su pira- 
gua concurrían á la playa, llevando la cruz algún cacique; y después de ha- 
ber dado mil parabienes á los PP., marchaban en procesión cantando la doc- 
trina hacia la iglesia, ó ramada dispuesta con este objeto. Hecho en ella un 
rato de oración, les dirigían una plática, dándoles cuenta del fin de su visita, 
y exhortándolos á oir atentamente la palabra divina. En todas partes recibían 
este anuncio con sumo agrado, y correspondían á su llamada con la mayor 
exactitud y puntualidad, abandonando sus casas para no perder ninguna de 
las distribuciones; y llenos de reconocimiento se esmeraban en obsequiar á sus 
amados huéspedes con cuantos frutos sus tierras producían. Ellos asi por su 
espíritu de mortificación, como para no serles gravosos jamás aceptaron ni una 
gallina; contentándose para su necesarío sustento con papas, mariscos y otras 
frutas de poca estimación (1). Este era el arreglo que d€»de el primer dia po- 
nían á su mesa y guardaban constantemente* Terminada la distribución del 
primer dia, averiguaban qué enfermos habia en la isla ó distrito, é iban á 
confesarlos; y mientras el uno de los PP. partía á su socorro, el otro quedaba 
en la iglesia para enseñar á los niños y adultos menos capaces. Cada dia les 
hacían plática mañana y tarde; y se impusieron la ruda, pero útilísima tarea 
de enseñarles la doctrina en su idioma nativo; en lo cual les ayudaron en grao 
manera los indígenas á quienes hablan instruido de antemano en su casa de 
Castro. En la misa se corrían las proclamas, dejando los matrimonios, bautis- 
mos y comuniones para el penúltimo dia; y lo demás del tiempo lo empleaban 
en oir las confesiones de los ya bautizados, y en catequizar á los todavía infie- 
les, y en informarse de los agravios ó injusticias que sufrían, para agenciar su 
reparación y el alivio de sus males con el gobernador. No tenían plazo prefi- 
jado para cada misión; sino que empleaban más ó menos dias, según era el 
número de indios y su necesidad. Si algunos por su mayor rudeza no podían 
instruirse suficientemente para ser bautizados desde luego, los encargaban an- 
tes de partir á otros más ladinos, á fin de que pudieran recibir el santo bautis- 
mo en otra ocasión. 

22. En efecto; viendo que estas visitas no podían ser frecuentes, y no es- 
tando ni siquiera seguros de si permanecerían, ó volverían ellos mismos al ar- 
chipiélago, escogieron á los indios más formales y mejor instruidos, y les re- 
comendaron los demás (2). Encargáronles que cada dia reuniesen á los niños, 
para enseñarles el catecismo, y en los dias festivos también á los adultos, para 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. iv, n.^ 11— (2) P. Lozano, ibídem, lib. V, cap. iv, n."" 13. 



1609 GAP. XVI 155 

repetir á coro las oraciones y la doctrina; después de lo cual debian ejercitar- 
los con varias preguntas en el conocimiento de nuestra santa fe y de las cosas 
necesarias para salvarse; concluyendo la distribución con un íervoroso acto de 
contrición. A su cargo dejaron también el cuidado de los enfermos, el de lia* 
mar sacerdote que los confesase; y á no ser esto posible, el de ayudarlos á bien 
morir. A los tales impusieron el nombre de fiscales, y los dieron á reconocer 
al pueblo, recomendándole que los respetase. Mas adelante veremos cómo este 
empleo se organizó de un modo más formal; y las imponderables ventajas que 
esta institución, ahora inaugurada como de paso, después produjo. 

23. Los frutos de aquella misión por los pueblos fueron sumamente grandes; 
pues que bautizaron doscientos veinte indios, ligaron con el vinculo del sa- 
grado matrimonio mil y ciento, remediando así miicbisimos amancebamien* 
los; confesaron dos mil que nunca lo hablan hecho; y á todos ensefiaron la 
doctrina, y animaron á huir de los peligros de pecar, y á servir de veras al 
Señor (1). No hallo anotado el número de comuniones; pero si que fué consi- 
derable: y por último, que no hubo ningún infiel de cuantos hallaron que se 
resistiese al santo bautismo; ni cristiano alguno que no perdonase de corazón 
los agravios recibidos. Y si es este entre los cristianos antiguos uno de los 
preceptos más difíciles de cumplir, ¿cuál seria el fervor que los PP. infundi- 
rían en los corazones de aquellos neófitos? 

tL No tengo porqué ponderar los trabajos que sufrirían en los siete meses 
qae emplearon en recorrer el archipiélago: son demasiado patentes para que 
DO pueda comprenderlos quien se haga cargo de aquel país. Habiendo comen- 
zado su excursión en el rigor del invierno tenían á menudo que aguantar sobre 
sí lluvias, heladas y nevadas; ni las miserables chozas ó ranchos de los isleños 
podían defenderlos de los rigurosos fríos, y demás intemperies de aquellos cli- 
mas. Hemos anotado el parco sistema de vida que adoptaron; pero ni aquellos 
pobres alimentos tuvieron siempre: más de una vez tuvieron que pasar ham- 
bre; lo que era frecuente por los meses de Noviembre y Diciembre. En tierra 
se hundieron muchas veces en los pantanos; y otras se vieron á pique de nau- 
fragar en la mar. Sin embargo, se hallaban siempre contentos; inundando de 
gozo espiritual sus corazones el Señor, por cuyo amor soportaban aquellas pri- 
vaciones y fatigas. Los indígenas que observaban cuidadosamente su conduc- 
ta, admiraron la paz de sus almas, su abnegación y sufrimiento, el amor con- 
que sin interés ninguno, trabajaban con tanto anhelo para su bien, la afabi- 
lidad con que los recibían á cualquier hora, y la constante paciencia con que 
los doctrinaban á ellos y á sus hijos. 

25. Por esto les dieron el especial renombre de pateruchan, que quiere de- 
cir padre natural, llamando á los otros sacerdotes solamente pateru, que quie- 
re decir padre. No me atreveré yo á decir que los chilotes tuvieran motivo 
suficiente para mostrar así su especial predilección por los jesuítas; pero si diré 
que estos, y en particular el P. Melchor Yenegas, hicieron con ellos oficios de 



(1) P. Lozano, ibidem, Ub. y, cap. iv, n. 14. 



156 CAP. XVI 1610 

verdaderos padres: y si no lo comprueba el haberlos libertado del servicio per- 
sonal, impedido que fuesen vendidos como esclavos, y mejorado su bienestar 
material, ni el haberles ensefiado á rezar en su idioma para que entendiesen 
lo que decian, haberles instruido á fondo en los misterios de nuestra santa fe, 
y hecho capaces de la participación de los santos sacramentos, como acabamos 
de narrar, lo comprobará con toda evidencia lo que el curso de esta Historia 
irá manifestando. £s verdad que dada la vuelta por el archipiélago hasta las 
islas de Galbuco, en que tenian los españoles un fuerte con cuarenta solda- 
dos (1), cuyas relajadas costumbres reformó su celo, como lo habían hecho en 
Garelmapú, volvieron á Castro por Febrero del año siguiante de 1610; y que 
poco tiempo después de haber ejercitado de nuevo en aquella ciudad los mi* 
nisterios con los españoles é indios, regresaron á Santiago. Sin embargo, no 
tardaremos mucho en ver otra vez al P. Yenegas en el archipiélago, trabajan- 
do con tan feliz resultado, que muchos lo llaman y con razón el apóstol de Chi- 
loé. El mismo cielo, si alguna fe merecen las deposiciones juradas de muchos 
testigos, fomentó entonces la veneración y respeto que los chilotes hablan co- 
brado á sus misioneros; porque después que estos salían de los pueblos, sus ve- 
cinos veían muchas veces un altar resplandeciente, con dos antorchas coloca- 
das en ciriales muy lucidos, precisamente en el mismo lugar donde ellos habían 
tenido el suyo (2). Y aunque estas visiones bien pudieron haber sido ilusio- 
nes de la exaltada fantasía de aquellas gentes seftcillas, nosotros aun en tal ca- 
so bendeciríamos al Señor, que permitió semejantes alucinaciones por el res- 
peto de las cosas santas y de sus ministros y para el bien de muchas almas. 

26. Entre tanto los PP. Melchor Yenegas y Juan B.* Ferrufino habían lle- 
nado satisfactoriamente su misión, promovido en alta escala la gloria de Dios 
y preparado á los laboriosos hijos de Loyola un espacioso y fecundo campo; 
del cual regresaron ellos á Santiago cargados de méritos para el cielo (3). En 
esta el P. Ferrufino recibió orden de continuar sus estudios, para que con 
ellos se hiciese más apto instrumento de la divina gloria, y pudiese mejor ser- 
vir á la Compañía: en la cual fué después superior por más de treinta años 
ora en Chile, ora en el Paraguay, con universal aceptación de domésticos y 
extraños. El P. Yenegas fué enviado con el P. Fonseca á recorrer el distrito de 
aquella ciudad y lugares aún más distantes por Abril del mismo año 1610, 
es decir, poco después de su regreso á ella. La escasez de sujetos y el celo de 
la salvación de las almas precisaron al rector á echar mano de él sin darle el 
debido descanso; y el mismo P. , cuyo corazón ardía con igual ó mayor celo^ 
aceptó gustoso este nuevo trabajo. Cabalmente el mayor atraso de aquellos cam- 
pesinos era la ignorancia de la doctrina; y como él era tan diestro y experi- 
mentado en enseñarla logró muy grandes progresos en los dos meses que du- 
ró esta su excursión apostólica. 

27. A más de enseñar el catecismo á los niños é ignorantes, hacia cada día 



(1) P. LozanO; ibidem, lib. V, cap. iv, n.*» 13.— (2) P. Lozano, ibídem, lib. V, cap. iv, n." 14. 
—(3) P. Lozano, ibidem, lib. Y, cap. iv, n.* 15. 



1610 GAP. XTl 157 

ia plática doctrinal; y el P. Fonseca los sermones (1). La emoción fué tanta 
que pasaron de ochenta las confesiones generales de toda la vida: otras muchas 
se hicieron de cinco, diez, quince y mas años; se corlaron muchos amanceba- 
mientos, y convirtiéronse algunos gentiles que vivian entre los cristianos, ol- 
vidados totalmente del negocio de su salvación. Como estos no asistian á los 
sermones era preciso trabajar mucho para descubrirlos, y mucho más para 
reducirlos; porque en sus fríos corazones nohacian mella las verdades eternas, 
que habian mirado siempre con suma indiferencia; ni la solemnidad del culto, 
que tanto conmueve á quien nunca lo ha presenciado; ni la esperanza de los 
bienes eternos, á que no aspiraban, contentos con gozar de los vicios en que 
vivian encenagados. Por dificultosa que fuese la conversión de esta clase de 
infieles, no desesperó de ella el P. Yenegas; emprendióla con su acostumbrado 
entusiasmo^ bellamente hermanado con la afabilidad y mansedumbre de su 
carácter, y la logró con gran consuelo. Entre sus convertidos se halló un 
machi (-}-), que antes del bautismo le entregó buena cantidad de yerbas, pie- 
drecilas y otras cosas de que se servia para sus prácticas supersticiosas. En el 
sábado de Pentecostés, acomodándose á la costumbre de la antigua iglesia, hizo 
un bautismo solemne de la mayor parte de sus catecúmenos. Esto fué de gran 
consuelo para los misioneros y los espafioles; y no se lo causó menor el obser- 
var que hallándose en tiempo de chicha nueva (-| — [-), época principal de la 
embriaguez entre los indios, ninguno se entregaba á ella. En cierta fiesta so- 
lemne les brindaron con unas botijas de chicha, y no hubo forma de reducirlos 
á que las recibiesen, diciendo que: «ni aun la suya se habian atrevido á beber; 
«cuanto menos beberían la ajena, habiendo PP. de la Compafiía en su tierra.» 
Algunas conversiones notables y casos extraordinarios refiere el P. Lozano de 
esta excursión, que dan más amplio conocimiento de sus frutos; pero los omi- 
tiremos aquí por brevedad. Por último, habiéndose enfermado gravemente 
el P. Fonseca, y siendo ya entrado el invierno, se restituyeron al colegio de 
Santiago. 



(1) P.Loiano, ibidem, lib. V, cap. iv, n."5.-<-h) Machi, ó como escriben otros, matehi 
ya se ha visto por el contexto del autor que es el nombre que los indios americanos dan á 
sus brojos; los cuales bien podrían tomarse por sacerdotes del diablo. Los indios de la Amé- 
rica del norte llaman matchi-manitu á su imaginado espíritu de la luna, ó genio del mal; á 
qnien atribuyen todas las desgracias que les suceden. £s de admirar que el culto tributado 
á la luna, ó á su sodado espíritu por multitud de pueblos salvajes y civilizados baya ido 
siempre por especial manera mezclado con encantamientos, brevajes, cantos lúgubres y 
desentonados, danzas diabólicas y todo género de brujerías y supersticiones. Sin duda que 
tales excesos, aun para el hombro caldo, iluminado ó no con la luz del Evangelio, serian 
demasiado vergonzosos si los cometiera á la luz clara del sol. Por eso gustan hoy todavía 
tanto el error y el vicio de envolverse en las tinieblas de la noche oscura; sin que se atre- 
van á parecer en público, más que entre los opacos y tibios celajes de las medias tintas : á 
la luz, como si dijéramos, fantástica y dudosa de ia luna. (Nota del editor).— (H-f) Cierta 
clase de vino muy común en el país. 



ISS CAP. XTil 160S 



CAPÍTULO XVII 

1 . Garda Ramón pide al Rey misioneros de la Compañía para Arauco. — 2. Les da allí 
su casa. — 3. Comunica al Rey sus buenos servicios, — 4. Extensión del territorio 
araucano, — ^5. Número de sus habitantes. — 6. Porqué fijaron dos PP. alli su resi- 
dencia. — 7. Inauguran sus ministerios con los españoles. — 8. Erigen la congregcH 
don de Ntra. Señora. — 9. Con ella se reforma aquel presidio, — 10. Conversión de 
una religiosa sárjenlo. — 11. Escarmiento de un soldado. — 12. Dificultades para la 
conversión de los araucanos. — 13. La inician con una gran conferencia de indios. — 
14. Habla en ella el P. Vázquez. — 15. Contéstale Levipanque. — 16. Replica el Por- 
dre Aranda. — 17. Su resultado. — 18. Bautizan un indio en Millarapué. — 19. Otra 
salvación providencial. — 20. El P. Vázquez regresa á Santiago. — ^21. Vuelve en si 
Levipanque, y conque fruto. — 22. Forman veinte pueblos. — 23. Levantan iglesias en 
ellos. — 24. La honestidad de los PP. — 25. Frecuentan los indios sus doctrinas. — 
26. Enférmase'el P. Aranda. — 27. Sana por un consuelo espiritual. — 28. Abandó- 
nanse los pueblos. — 29. El cadque de Sta. Marta los recibe mal. — 30. El P. Aran^ 
da los reduce á oir la doctrina. — ^31. Fruto en aquella isla. ^^2. Confiesan la guar-- 
nicion de Arauco.-^Z5. Regresan á Santiago. 

1 . Las tareas apostólicas en que se ocuparon los PP. que dejamos en Penco 
al tiempo de embarcarse para Chiloé los dos intrépidos misioneros, cuyas ar- 
riesgadas y fructuosas excursiones acabamos de referir, no fueron menos im- 
portantes y gloriosas que las de estos. Cuidaron de comunicar enseguida á Gar- 
cía Ramón el objeto con que los mandaba allá su Provincial; y le pidieron su 
apoyo é instrucciones, para llenarlo con mayor honra y satisfacción de ambas 
Majestades. Su Excelencia, á pesar de haberse opuesto al plan de pacificación 
del P. Valdivia, como dijimos en el capítulo XII núm. 29, amaba á la Compa-* 
fiía de Jesús, y deseaba eficazmente servirse de sus ministerios; pues que en 
su carta al Rey de España, fecha 9 de Marzo de 1608, habia escrito (1): 
tAsimismo tengo avisado cómo seria de gran consideración que por algunos 
«años vuestra Majestad mandase á los PP. de la Compañía de Jesús tomasen á 
«su cargo y por misión los estados de Arauco, Tucapel y la Costa, y algunas 
«otras provincias de los nuevamente reducidos, con que sin duda se haria un 
((gran servicio á Dios Nuestro Señor ; y los indios con el grande ejemplo de 
((estos PP., con más amor recibirían nuestra santa fe. Suplico á vuestra Majes- 
((tad se sirva mandarlo asi; que en esto fio en Dios ha de ser su Majestad muy 
((servido, y vuestra real Majestad recibirá grandísimo premio en la gloria: y 
«de cómo ha de ser, si fuere servido remitírmelo, yo lo acomodaré á muy poca 
«costa;nde suerte que estén con comodidad y gusto.» 

2. No es por tanto de extrañar que enviándole el P. Provincial, aún antes 
de recibir contestación del Rey á la carta susodicha, los misioneros que él 



(1) La publica Mr. Gay, Docts. tom. ll/pag. 1*72. 



1608 GAP. xvu 159 

tanto deseaba, no contento con ampararlos con su autoridad, y con fomentar 
las empresas que su santo celo proyectaba, les asignase una pensión de la real 
hacienda, diciendo que era justo se mantuviesen de ella los que iban á servir 
al Estado indirectamente, é inmediatamente al ejército del Rey en el ramo 
más importante, cual es el religioso. Y para que tuviesen donde ejercitar sus 
ministerios con independencia, decoro y mayor utilidad pública, les donó una 
casa muy decente, que él habia trabajado para su habitación, dentro del cas- 
tillo con puerta á la plaza (1); y sitio suficiente para levantar iglesia , como 
en efecto se levantó; y con tanta lijereza, merced á la generosidad de su Exce- 
lencia, de sus jefes, soldados, é indios, que el 25 de Diciembre de aquel mis-^ 
mo afio 1608 pudo bendecirse y celebrarse la santa misa en ella. 

3. Asi proveyó el Señor á sus siervos; y ellos correspondieron con tanta fi- 
delidad como después diremos, y con tal satisfacción de todos, que García Ra- 
món escribió al rey Felipe III que eran más poderosos dos solos misioneros para 
rebatir el furor de los enemigos y contener á los amigos en la lealtad prometió 
da (2), que todo el ejército real; por lo que seria conveniente ál servicio de su Ma- 
jestad mandase mantener á sus expensas no solo dos, sino diez misioneros jesuí- 
tas en las fronteras del Reino. Testimonio que merece especial atención por 
ser dirigido al Monarca por un Gobernador testigo presencial de la conducta de 
los jesuítas; por un antiguo militar, cuyo espíritu guerrero hablan procurado 
y tan de veras contener estos mismos jesuítas. 

i. La donación y aceptación de aquella casa, la construcción de aquella 
iglesia misional, y la instrucción dada por el Provincial demuestran el ánimo 
de establecer allí misión permanente. Por lo tanto, justo es dar aquí una noti- 
cia del Estado de Arauco : el cual en la rigurosa acepción de la palabra era 
muy reducido; pues solo comprendía el distrito contenido desde Golcura á 
Paicavi entre la mar y la cordillera de la costa ; que serán unas veinte leguas 
de norte á sur, y unas diez de naciente á poniente, contadas con todas las si- 
nuosidades de los caminos ; pues apenas serian la mitad medidas geográfica- 
mente. Mas de ordinario así en los documentos como en el lenguaje familiar, 
se entiende por Arauco todo el territorio comprendido desde el rio Biobio al 
de la Imperial entre la mar y la cordillera de los Andes; por hablarse antigua- 
mente en todo él un mismo idioma, á saber, el de Arauco. A veces se entiende 
por el mismo nombre de Arauco todo el terreno que está al sur del Biobio 
hasta el archipiélago de Chiloé al poniente de la cumbre de los Andes; aunque 
al sur del rio Imperial se hablase un dialecto bastante diverso, y sus habitan- 
tes se diferenciasen algún tanto. Estos no eran tan bravos y valientes coMo 
aquellos, con los cuales mantenían frecuentes rivalidades. El valor con que los 
caciques de Arauco hicieron frente á Valdivia al tiempo de la conquista, el de- 
nodado esfuerzo con que defendieron en repetidos combates la libertad de su 
patria, y el prestigio que por lo mismo tenían entre los suyos hicieron se die- 



(1) P. Lozano, Historia del Paraguay, lib. V, cap. ii, n.*" 1.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. V, 
cap. I, n.* 20. 



160 GAP. xvu 1C08 

se á todos los indígenas al sur del Biobio el nombre de araucanos, tomándolo 
del nombre aucaesy que significa valiente. Con todo, las personas más ilustra- 
das distinguen calificando con el nombre de Estado de Arauco el pequeño dis- 
trito que al principio he descrito; con el de Arauco el contenido desde el Bio- 
bio á la Imperial; y con el de Araucania el contenido desde el mismo Biobio 
al archipiélago de Chiloé. Por más que algunas personas, poco impuestas en 
las medidas geográficas, quieran ponderar la extensión del territorio araucano 
en la segunda acepción, este es bien pequefio; pues comenzando á los (-f-) 
dT 27', termina á los Sé"", y no tiene más anchura que de mar á cordillera, 
es decir, tendrá I*" 30' de ancho; y teniendo el grado 24 leguas y Vs de las 
usuales en este país, tendrá dicho territorio 38 leguas de norte á sur, y algo 
menos de naciente á poniente: sin embargo, por ser en su mayor parte muy 
quebrado é interceptado por rios y serranías, se hacen mucho más largas y 
difíciles las distancias. Estas serán doble mayores, si extendemos la Araucania 
hasta el archipiélago de Chiloé situado á los iV 42' lat. sur. 

5. Me parece que oigo reclamar al lector como asombrado. ¿Y este ha sido 
el teatro de una guerra de trescientos años? ¿Y hasta ahora no ha sido posible 
conquistar tan reducido país, sin ciudades, ni fortalezas, ni más armas que 
primero la flecha y la macana, á que se agregaron después el caballo y la lan- 
za? Mr. Gay y otros historiadores políticos responderán á estas dudas; á mi me 
basta advertir que no son los campos, ni las ciudades, ni las plazas fuertes las 
que dificultan ó imposibilitan las conquistas, sino el número, valor é intrepi- 
dez de los habitantes. Un ejército calculado en más de cuarenta mil indios 
hizo frente en las márgenes del Biobio á los espafioles capitaneados por Valdi- 
via (++)• Su valor, intrepidez y pericia militar no han tenido igual entre las 
naciones americanas. Algunos años de servidumbre y el furor de la guerra 
hablan reducido en gran manera su número cuando los jesuítas fueron á plan* 
tear la mencionada misión; no obstante, no bajaría de ciento veinte mil, pues 
que todavía contaban con unos veinte mil guerreros. Otros tantos habría al 
sur de la Imperial, y pocos menos en la cordillera de los Andes. Este gran 
número de almas redimidas con la sangre de Cristo, que perecían miserable- 
mente, excitaba el celo de los hijos de la Compañía; y aunque su conversión 
parecía imposible por las graves dificultades que la embarazaban, ellos con 
todo la tomaron á su cargo, confiando que el Señor les darla fuerzas para su- 
perarlas. 

6. Para centro de operaciones del nuevo género de guerra que iban á em- 
prender contra el vicio y la infidelidad, escogieron el presidio de Arauco. 
Esta plaza, la única que se conservaba de cuantas se hablan levantado al sur 



(4-) Tomo esta latitud por térmíDO medio, en razón de correr el Biobio casi de S. E. á N.O. 
en gran parte de su curso.— (-h-h) El P. Lozano en el lib. V, cap. i, n.** 20, nos pone la si- 
guiente enumeración. En tiempo de Valdivia seguian al cacique Tucapel tres mil indios. 
Ongol cuatro mil. Cayecoliempi tres mil. Paycaví tres mil. Millarapu cuatro mil. Levú seis 
mil. Levapie mil. Galeno mil. Total treinta y siete mil. Otros caciques tenían menos; por lo 
cual no se expresan. 



1608 GAP. xvii 161 

del Biobio en el siglo precedente, á pesar de haber sido incendiada varias ve- 
ces por ios indios, era la más^adecuada á sus intentos. Colocada en la falda 
del memorable cerro Colocólo á pocas cuadras del mar, y fortalecida con fo- 
sos, estacadas y bastiones, presentaba alguna seguridad contra las insurreccio- 
nes y asaltos de los naturales. Además, distando veintidós leguas de Penco ha- 
cia el sur, y estando situada en el centro del estado de su nombre, no solo se 
hallaba en contacto con los indios, sino también rodeada de sus reguas, 6 par- 
cialidades. A ella concurrían con frecuencia los conas y caciques, aun los de 
la tierra (+), á tratar sus asuntos con el gobierno español, por ser residencia 
ordinaria del maestre de campo general del Reino (1) y no tan rara del mismo 
Gobernador. En la misma habia una guarnición compuesta en ciertos tiempos 
de quiniedtos españoles, y de muchos más indios auxiliares, es decir, de los 
que estaban al servicio del ejército real; en cuyo número deben contarse igual- 
mente los millares que con sus familias vivian en aquella comarca: los cuales 
ó por buena voluntad, ó por temor de aquella plaza, se mostraban adictos al 
español, y servían en sus filas. Esta era otra bella oportunidad, para que pu- 
diesen los misioneros comenzar sus tareas apostólicas y abrirse camino hasta 
el interior de la tierra de guerra. 

7. Con todo, no fué con los araucanos con quienes inauguraron su misión 
aquellos prudentes y celosos hijos de Ignacio, sino con los españoles. La in- 
moralidad que reinaba en aquella plaza clamaba venganza al cielo, y era uno 
de los principales estorbos á la conversión délos gentiles; y por lo mismo con- 
tra ella dirigieron sus primeros ataques. Estos comenzaron más directa y enér- 
gicamente el dia del nacimiento del Niño Dios, en que solemnizaron la colo- 
cación ó sea la bendición de su iglesia con el augusto sacrificio de la santa mi- 
sa, y una fervorosa plática á la milicia española. Por grandes que fuesen los 
vicios de que se hallaban dominados, conservaban viva la fe de los misterios 
sagrados, y el amor á su religión santa, en virtud de lo cual acudieron todos 
puntualmente á aquella y demás pláticas que con igual fervor les hicieron. 
Bien pronto se notó una saludable emoción en los ánimos; la que fué seguida 
de un general arrepentimiento de las pasadas culpas, y de un deseo sincero de 
reformar sus costumbres. Los prudentes y caritativos misioneros supieron 
aprovechar diestramente este primer fruto de sus sermones, recibiendo á los 
penitentes con gran benignidad, y dando á cada uno en particular los conse- 
jos é instrucciones que el estado de su alma requería. 

8. De esta manera lograron que se confesasen todos; y á fin de que la re- 
forma fuese más sólida y permanente, instituyeron la congregación de Nuestra 
Señora de Loreto, cuya imagen estaba colocada en el altar de su capilla. Con 
el fervor de aquellos dias muchos se habrían alistado en ella; mas los PP. solo 
admitieron á aquellos, cuyo fervor prometía cumplir con las reglas que les 



(+) Ya habrá advertido el atento y carioso lector que la tierra signiflca el país de los in- 
dios no sometido todavía á los españoles. (Nota del editor).— (1) P. Lozano, ibidem, lib. V, 
cap. I, n."* 23. 

11 TOMO I 



162 GAP. xvu 1608 

dieron (1). Estas fueron pocas y acomodadas á la presente condición de aque- 
llos soldados: casi todas se reducian á que, apartados de amistades ilícitas, 
juramentos, juego de dados, y demás culpas graves, se confesasen cada mes. 
Abrazaron gustosos los primeros congregantes estas reglas, esmerándose de 
manera en su cumplimiento, y en otras prácticas piadosas de supererogación, 
que bien pronto fueron la admiración de aquella milicia. Fruto de su ejem- 
plo fué la conversión de pecadores envejecidos en los vicios; quienes, dando 
de mano á su vida licenciosa, acudían á los misioneros por el remedio de sus 
almas, y solicitaban el honor de ser admitidos en la congregación. La pruden- 
te reserva observada en este punto, era un poderoso estimulo que les obligaba 
á mudar de vida; mas dentro de pocos meses casi todos se hicieron acreedores 
á este deseado favor; y por consiguiente, casi todos quedaron obligaídos á con- 
fesarse y comulga^ cada mes, á asistir al sermón todos los domingos, y á la 
santa misa cada dra, á evitar los juegos, juramentos y blasfemias, y á que sus 
conversaciones fuesen de cosas santas, ó por lo menos útiles é inocentes. 

9. Estos compromisos contraidos espontáneamente y con el piadoso deseo 
de obsequiar á Maria Santísima, se miraban como muy sagrados entre los con- 
gregantes; y todos á porfía se esmeraban en cumplirlos; de suerte que no oian 
una misa, sino las dos de los misioneros, visitaban con frecuencia á Ntra. Se- 
fiora, adornaban su altar con flores, le ofrecían las de sus virtudes, sobretodo 
la de su honestidad, tomaban rigorosas disciplinas, maceraban con ayunos sus 
cuerpos, tenían muchas horas de oración, daban limosnas; y en vez de los 
cantares lascivos, anteriormente de costumbre, hacían resonar por aquel cam- 
po las alabanzas de María. Estas eran las prácticas comunes á todos los congre- 
gantes; pero algunos se distinguían por sus fervores, penitencias y obras de 
misericordia. Uno quiso herrarse en el rostro con el nombre de María, para 
protestarse más públicamente por su esclavo. La moderación y ejemplar con- 
ducta de estos congregantes, así como era un poderoso estímulo para la con- 
versión de los pecadores no del todo endurecidos, así era para los obstinados 
una fuerte, aunque muda, reprensión, que no podían soportar : por lo cual 
unos se retiraban de la milicia tomando la licencia, y otros desertaban de ella. 

10. Notable fué el caso de la monja Isabel Arauso, que desde S. Sebastian 
en Guipúzcoa vino fugitiva á este Reino de Chile en traje de varón, y asentó 
plaza en el ejército real con el nombre de Juan de Arrióla y Arauso (2). Por 
las proezas de su valor había obtenido ya el grado de sargento; cuando, viendo 
trocada en piedad la licencia del campo español, y no pudiendo soportar el 
bochorno que esto le causaba, ni sintiéndose á la sazón con resolución y fuer- 
zas para imitar la conversión de sus antiguos camaradas, pidió licencia para 
retirarse de la milicia. Alejóse de Arauco; pero sin alejar de su imaginación 
los buenos ejemplos que en aquellos congregantes había visto; cuyos piadosos 
recuerdos labraban de continuo en su corazón. £1 yerro que había cometido 
era tan grande, que no bastaban ellos para rendirla; y aunque en el Potosí se 



(1) P. Lozano, ibidem, líb. V, cap. i, n.° 4.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. ii, n.*^5. 



1608 CAP. xvii 163 

confesó con el P. Ferrer de nuestra Compafiía, é hizo algunas diligencias para 
volverse al sagrado claustro, no lo logró por entonces (1). Al fin los diversos 
azares de su vida novelesca la llevaron á la ciudad de Guamanga en el Perú; 
7 entrando en la iglesia de un convento de Sta. Clara estuvo largo rato en 
oración, tan conmovida, que allegándose á visitar á las religiosas, las dijo ro- 
garan á Dios, para que volviera á su nido una palomita que de él andaba hui- 
da. Desde entonces fueron tan fuertes las aldabadas con que la gracia divina 
llamaba á su corazón, que rindióse á ella; y postrándose á los pies de un sa^ 
cerdote, hizo una buena confesión, resuelta, á serle posible, á encerrarse de 
nuevo en algún convento de su orden, y á emprender con fervor el género de 
vida á que por su profesión estaba obligada. El confesor comunicó el caso al 
Obispo de aquella diócesis Fr. Agustín de Carvajal, suplicándole á nombre de 
la arrepentida apóstata la admitiera en aquel monasterio de Sta. Clara. Acogióla 
S. S. Uustrisima con benignidad y clemencia; y después de haberse cerciorado 
de la verdad del hecho y de la sinceridad de su arrepentimiento, la dio de 
nuevo el hábito, con tanta solemnidad, que él mismo predicó al pueblo, que 
en gran número concurrió á presenciar tan extraordinario suceso. Lloraba 
amargamente de compunción y consuelo nuestra sor Isabel Arauso al. verse ad- 
mitida otra vez entre las esposas de Cristo; y aunque jamás le habia faltado á 
la fidelidad, ni siquiera entre las licencias de la milicia, le pedia humilde- 
mente perdón de sus grandes extravíos, comprometiéndose á serle constante 
hasta la muerte: como, en efecto, lo cumplió llevando una vida ejemplar y pe- 
nitente en aquel monasterio. Es bien de notar que en su tormentosa vida jamás 
falló á la honestidad, conservando cuidadosamente la joya preciosa de la vir- 
ginidad. Romay, que militó con ella en Arauco, da testimonio de su singular 
recato; y el P. Rosales (2) lo atestigua en la larga narración que nos da de su 
vida. No fué el espíritu de lujuria el que la sacó de su convento, sino su mal 
genio, el cual la comprometió muchas veces en adelante metiéndola en pen- 
dencias, en que lastimó á varios y á su vez ella salió herida. 

11. T supuesto que he contado este raro suceso, referiré también otro, re- 
lacionado más inmediatamente con la congregación de Arauco. Cierto soldado, 
hallándose desvelado en la cama, comenzó á cantar unos versos lascivos, no 
haciendo caso de lo que los PP. predicaban. Pocos versos habia cantado, cuan- 
do embistiéndole allá en su imaginación, ó en realidad un espectro de la for- 
ma con que suele de ordinario pintarse la muerte, se puso á luchar con él á 
brazo partido. Sofocado y no hallándose con fuerzas para rechazarlo, quiso 
invocar el nombre de Jesús, y no tuvo aliento para hacerlo: volvióse entonces 
á María Santísima, y con voces interiores la invocó en su ayuda (3). Esta tier- 
na Madre de misericordia lo oyó propicia, y ahuyentó de él aquel horrible 
fantasma; mas el infeliz quedó con un pavor mortal, que lo tenia atónito, has- 
ta que al contacto de una imagen de nuestro santo P. Ignacio, se desvanecie- 



(1) P. Rosales, Historia de Chile, lib. V, cap. xxxviu.^(2) P. Rosales, ibidero, lib. V, capi- 
tulo XXXVII.— (3) P. Lozano, ibidem, lib. Y, cap. ii, n.^ 6. 



164 GAP. xYii 1608 

ron aquellas sombras de muerte, y recobró la serenidad. Avisado con este es- 
carmiento, alistóse en la congregación lauretana, y perseveró en ella con no- 
table ejemplo. 

12. Iniciada con tan prósperos resultados la reforma de los españoles, em- 
prendieron la conversión de los araucanos. Gravísimos eran los impedimentos 
que para ella se ofrecían; sin embargo los PP. no se arredraron. Muchos por 
temor de la guerra se hablan retirado á las quebradas y lugares más fragosos 
del pais, á donde seria preciso penetrar para llevarles la buena nueva de sal- 
vación. Estos, asi como los demás, vivian encenagados en los vicios; siendo la 
poligamia el más difícil de remediar, á causa de interesarse en ella no solo la 
sensualidad, sino también, ajuicio de aquellos bárbaros, el bienestar y en- 
grandecimiento de la familia, y la conservación é independencia nacional: 
interés el más capital y como sagrado en su concepto. Gran parte de sus mo~ 
cotones hablan perecido en los precedentes combates, y les era preciso formar 
gente para los futuros ; por lo cual reputaban como indispensable mantener 
cada uno muchas mujeres, que dieran hijos á su familia y soldados á la na- 
ción. No era menor obstáculo la costumbre de embriagarse; cosa no tenida 
por mala entre ellos, de la cual no se excusaban ni aun los indios de primera 
calidad, y que se acostumbraba en todas las reuniones privadas y públicas. 
Por otra parle su suma ignorancia, junto con la presunción de hombres capa- 
ces é instruidos, y la obstinación en sus supersticiones antiguas, los retraían de 
asistir á la doctrina. No eran pequefios inconvenientes para que la aceptaran 
los prejuicios que contra nuestra religión santa habían concebido; uno de los 
cuales era la diabólica idea de ser el sagrado bautismo un veneno mortal, que 
quitaba la vida en pocos momentos. Error que creían tener bien confirmado 
con la experiencia; porque como en aquel tiempo solo se lo administraban los 
misioneros en artículo de muerte, veían de ordinario morir pronto á cuantos 
lo recibían. Generalmente la poca tranquilidad pública, la persuasión de que 
haciéndose cristianos quedaban de hecho sujetos al español, y la multitud de 
machis ó hechiceros, que por superstición é interés personal mantenían con 
entusiasmo al pueblo en sus errores, embarazaban no poco la predicación del 
Evangelio y sus efectos. 

13. Esto no obstante, los PP. no se acobardaron; antes bien animados de su 
ardiente celo y fortalecidos con su firme confianza en Dios, dieron principio á 
esta grande obra, convocando á una conferencia á todos los caciques y capi- 
tanes de los indios amigos. Sesenta concurrieron á ella, con multitud de solda- 
dos; y divididos por sus reguas respectivas , se sentaron en el suelo según su 
costumbre. Seis indios hiciéronse notar en esta reunión por sus largas cabelleras 
postizas de cochayuyo, partido en hebras finas como verdaderos cabellos, por 
sus birretes colocados en la cabeza, por las cintas brillantes como de oropel en 
su frente, de las cuales prendían muchas plumas de loro, y por las mantas lar- 
gas con que se cubrían. A estos el P. Lozano (1) les dá el nombre de sacerdo- 



(1) P. Lozano, ibidem, Ub. V, cap. ii, o."* 8. 



1608 CAP. xvu 165 

tes, en razón de estar destinados á alganos ritos ó ceremoDias revestidas de 
ciertos visos de religión. Como estas gentes no tenian ni templos ni ídolos, no 
necesitaban de sacerdotes consagrados á su culto. Tan ofuscada estaba entre 
ellos la idea de la divinidad, que puede muy bien dudarse si pretendian in- 
vocarla con las ceremonias que practicaban en ciertos casos solemnes, como 
era en los matrimonios, funerales y parlamentos. Poco antes vimos que los es* 
pafioles y el mismo P. Valdivia tomaron parte en las que practicaron al asentar 
las paces, por mirarlas, no como actos de religión, sino como meros testimo- 
nios políticos de adhesión y fidelidad. 

1 i. Colocados asi los araucanos , entró al parlamento el P. rector Fran- 
cisco Vázquez, acompañado de los dos misioneros, y de muchos capitanes y 
soldados españoles; y después de saludarlos con mucha afabilidad, empezó por 
intérprete su razonamiento, ponderando las prendas y buenas cualidades de la 
nación araucana, su amor á la paz, y la fidelidad que los presentes habian guar- 
dado á los españoles. Lamentó enseguida los agravios que algunos les habian 
hecho; y después de haberles manifestado que estos eran crímenes cometidos 
furtivamente contra las órdenes y la expresa voluntad del gobierno real y de 
sus magistrados, les comunicó como el grande A pú, que de ordinario reside en 
Santiago de Mapuchu, es decir, el Gobernador, compadecido de sus males, los 
mandaba á su tierra para dos fines. «El primero, dijo, para que os consolemos 
«en vuestras desgracias, y os defendamos de cualquier agravio que se intenta- 
ere contra vosotros, vuestras familias ó intereses; y desde luego os protestamos 
«que lo cumpliremos constantemente, exponiéndonos gustosos á cualesquiera 
«trabajos y peligros en vuestra defensa; y si nuestros respetos no pudiesen con- 
«tener á los agresores, los denunciaremos al grande Apú de Santiago; y si esto 
«no bastase, pasaremos ese ancho y peligroso mar que nos separa de España, 
«para hablar al Apú mayor, que es el Rey nuestro señor, y volver por vuestra 
«causa. £1 segundo y más principal motivo que nos ha traido, es la conmisera- 
«cion de vuestras pobres almas, que, criadas como han sido para el cielo, se 
«pierdan miserablemente; el amor de vuestra nación, que, á pesar de ser tan ca- 
«paz y entendida, vive ciega, sin el debido conocimiento de su Criador, y se- 
«pultada en las tinieblas de la ignorancia, y en los errores del gentilismo. Por 
«vosotros también, mis amados araucanos, murió Nuestro Señor Jesucristo; 
«vosotros, asi como los españoles, habéis sido redimidos con su sangre precio- 
«sisima, y seréis eternamente felices, si abrazáis y observáis la religión que se 
«dignó traernos del cielo. Con gusto me quedara entre vosotros para enseña- 
«ros sus dogmas y preceptos, para administraros sus santos sacramentos; y 
«después de mejorar vuestra triste suerte acá en la tierra, proporcionaros una 
«eterna felicidad en el cielo. Mas teniendo yo que regresar á Santiago, ahí os 
«dejo estos dos PP., que os aman de corazón, y os enseñarán con paciencia y 
«amor la doctrina cristiana,^ y cuanto os convenga; y os mirarán y tratarán 
«siempre como sus hijos más queridos. Os los recomiendo, pues, y espero de 
«vuestra docilidad que los oiréis atentamente, y haréis lo que ellos os digan. » 

15. Quedaron suspensos por un rato los araucanos, excusándose todos de 



166 GAP. xvn 1608 

contestar; y después de ud confuso murmullo, convinieron en que lo hiciera 
por todos Levipangui, cacique muy principal, hombre anciano y astuto, igual- 
mente que arrogante. Levantóse por tanto, y escupiéndose las manos y refre- 
gándolas una con otra, comenzó en esle sentido (1). «Con atención hemos oido 
«tus palabras; pero ellas no nos satisfacen, ni tus promesas nos halagan, ni tus 
«razones nos persuaden de oir esa doctrina que tu llamas del cielo; y mucho 
«menos á abrazjir esa religión que dices nos habia de hacer felices. Pocos afios 
«ha que vino otro P., á quien llamabais carisimo, (era el P. Luis de Valdivia) 
«á quien todos los españoles acataban mucho; y nos dijo las mismas razones, é 
«hizo las mismas ofertas, y contrajo con nuestra nación los mismos compromi- 
«sos, prometiendo ir á Lima, para abogar por nosotros con el Virrey, y negó- 
«ciar que pusiese coto á los agravios é injusticias que padecemos, y que se nos 
«dejase gozar libremente de nuestras tierras, familias y haberes (2). Dimosle 
«crédito, depusimos las armas, y oimos sus sermones: y en efecto, él fué á Li- 
«ma, y hablaría por nosotros; pero no hemos experimentado ningún alivio. Lo 
«mismo, pues, creemos que nos sucederá ahora con vosotros; por lo cual no 
«podemos resolvernos á seguir tus consejos. Y en cuanto á concurrir á vues- 
«tras doctrinas, dejadnos primero castigar á estos indios rebeldes, y después 
«de pacificada la tierra, podremos dedicarnos con sosiego, y sin sobresalto de 
«enemigos, á aprender los divinos misterios que queréis ensefiarnos. Porque si 
«lo hacemos antes ¿qué dirian los indios del Perú y demás naciones belicosas, 
«sino que nos hemos vuelto mujeres ó nifiios, y que ha degenerado en cobardía 
«nuestro ínclito valor? Portante no penséis en predicarnos vuestra ley, que no 
«es actualmente tiempo de abrazarla, por santa que ella sea; dejadnos vivir á 
«nuestra usanza con nuestras muchas y muy queridas mujeres, y con los acos* 
«tumbrados festines y banquetes, para hacer más llevaderos los trabajos y aza- 
«res de la guerra.» 

16. Estos y semejantes dislates oia con santa impaciencia el P. Martin de 
Aranda, quien, no bien terminó el cacique, tomó la palabra sin pedir la venia, 
y dijo con grande elocuencia y energia (3). «No habia creido, mi amado Levi- 
«pangui, estuvieras tan ciego y obstinado, que tuvieras osadía para centrada- 
«cir á cosas tan razonables, y tan convenientes á todos vosotros: ¿será posible 
«que trayéndoos la luz, no queráis percibir sus resplandores, y que mostrán- 
«doos el camino de vuestra felicidad, no queráis marchar por él? Esto solo 
«cabe en un viejo insensato; pero no en quien presume de entendido como tú. 
«Por tal te tenia anteriormente; pero tus razones indican que estaba engañado; 
«porque si eres entendido; ¿cómo te atreves á negar las incomparables venta- 
«jas que la religión de Cristo hace á vuestros torpes errores? Claro está que es 
«más útil y razonable no perder la razón con la embriaguez, no rebajar al pró- 
«jimo, ni lastimarlo por venganza, no ultrajar á su mujer, y el contentarse con 
«una sola, amar y adorar al Sefior que nos ha criado y conserva, como ense- 



(1) P. LozaDo, ibidem, lib. V, cap. ii, n.*^ 10.^2) P. Olivares, Historia de la Compañía; 
cap. I, SlI^-^3) P. Lozano, ibidem, lib. V> cap. ii, n.""!!. 



1608 GAP. XYii 167 

«fia nuestra religión, que los opuestos errores de vuestra ignorancia y su- 
«persticion. Por consiguiente solo puede oponerse á que se os predique quien, 
cpor mantenerse en la torpeza de vuestros ritos, é infamia de la borrachera y 
«sensualidad, se obstina en resistir, ó en no conocer la verdad, á que hace 
«guerra el demonio; cuyo instrumento eres aquí tú, Levipangui, para perder 
«contigo eternamente y condenar á las penas del infierno á todos los araucanos. 
«Si no te lastimas de la desgraciada suerte á que pretendes reducirlos, compa-» 
«décete, siquiera, de tu pobre alma; teme á Dios, y muda de parecer ; evita 
«los castigos que descargará sobre ti, si embarazas el que los tuyos oigan la 
«predicación del santo Evangelio, y si tú mismo no la oyes y abrazas de co- 
« razón su ley sacrosanta. Y vosotros, que con tanta atención me escucháis, 
«sed cuerdos; no os dejéis seducir de malos consejeros; confiad en quien, co- 
«mo nosotros, os ama de corazón. Trece afios ha que recorrí vuestras tierras: 
«diga alguno si oyó de mi boca alguna palabra que no fuese de consuelo; si, 
«pudiendo, os falté alguna vez á mis promesas; si no mostré interés por vues- 
« tras cosas, é hice cuanto estuvo de mi parte para procurar vuestro bien. La 
«guerra que sobrevino estorbó vuestra total conversión; mas ahora que aso- 
«maron dias de paz, dedicaos á mirar por vuestra salvación; y aun cuando se 
«encendiese de nuevo la guerra, no dejéis por esto de oir y seguir nuestra doc- 
«trina; que ella no os impedirá el pelear con valor en justa defensa de los de- 
«rechos de la patria, ni amilanará vuestros ánimos. Cristianos son los espa- 
«fióles: ¿son por esto cobardes? No. Os ruego, pues, encarecidamente que no 
«perdáis esta proporción de instruiros, y convertiros. Aqui nos tenéis dispues- 
«tos á serviros: dejado hemos con gusto las comodidades de nuestros colegios 
«para venir á vuestras tierras; y con mayor gusto todavía soportaremos toda 
«clase de privaciones, arrostraremos cualesquiera peligros, y sufriremos la 
«misma muerte, con tal que aprendáis las verdades de la religión cristiana y 
«la abracéis de corazón. 

17. Disolvióse aquella junta sin tomarse resolución alguna; pero no dejó 
de producir buenos resultados; porque los demás indios sintieron el mal tér- 
mino de Levipangui; y un cacique de casi igual autoridad procuró satisfacer al 
P. Aranda, diciéndole: «que bien conocía la importancia de su misión; que 
«todos los suyos le oirían atentamente; y que procuraría hicieran lo mismo los 
«demás.» Mayor fué el sentimiento de otro cacique, á quien los espafioles lla- 
maban el filósofo por su despejada razón, cuando supo lo sucedido en la junta; 
y en seguida, presentándose á los PP., se ofreció á ayudarles, y á reducir has- 
ta los más distantes. Concibieron por aqui algunas esperanzas; y para explo- 
rar las disposiciones de los otros, partieron hacía el fuerte de Lebú , doce 
leguas más al sur. En la primera jornada llegaron á Millarapué , que quiere 
decir Camino de oro; y lo fué para un joven indio que estaba enfermo de gra- 
vedad. 

18. Habiéndose esparcido por aquella campifia á recoger frutillas los quin- 
ce soldados de su escolta , uno de ellos dio con la chozuela de cierto indio 
que tenia enfermo un hijo de veinte afios, á quien contó haber llegado á Mi- 



168 CiP. xvu 1609 

llarapué unos PP. de la Gompafiia de Jesús (1). «Ah sefior! exclamó el dolien- 
«te, cuánto os agradecería me llamarais á uno de ellos; porque no os puedo 
«significar cuan ardientes deseos he sentido en mi corazón de ver & esos PP., 
<¡cde quienes tengo noticia que nos aman sinceramente á los indios : quisie- 
«ra gozar de su enseñanza, para entrar por el buen camino.» Al punto voló 
allá el P. Aranda; explicóle los misterios de nuestra santa fe, que aprendió con 
.admirable prontitud y facilidad, y le administró el santo bautismo. Indecible 
es el consuelo que recibió con ello el joven enfermo; y le duró basta la muer- 
te, que le sobrevino al dia siguiente. ¡Loada sea la bondad divina, que asi vela 
por la salvación de sus escogidos! Otro testimonio de ella verificóse en el 
fuerte de Lebú, donde llegaron los PP. á i de Enero de 1609. 

19. Cabalmente al otro dia tres cientos españoles, mandados por el coronel 
Manuel de Silva, volvieron allá de una excursión á tierras del enemigo, tra- 
yendo entre los varios prisioneros un enfermo; del cual compadecido el Padre 
Vázquez, suplicó y alcanzó del castellano que de noche no durmiese en el ce- 
po, como los demás, y que de dia se le aliviase el trabajo. Cuidadoso el mismo 
P. más de su alma que de su cuerpo, envióle al P. Aranda para que averigua- 
se si quería ser cristiano; y él contestó que lo deseaba de corazón (2). La aten- 
ción con que escuchaba la explicación de los misterios de nuestra santa fe, y 
la facilidad con que los aprendió aquel mismo dia, descubrieron la sinceridad 
de sus deseos, y que el Sefior lo habia escogido para si. En efecto; habiendo 
el P. Aranda pensado diferirle el bautismo , el P. rector le ordenó que se lo 
administrase aquella misma noche; como lo hizo, con gran contento del indio, 
quien al otro dia amaneció eú la eternidad. En este fuerte hicieron los PP. lo 
mismo que en Arauco. El dia de los Santos Reyes el P. rector predicó con tan- 
ta unción á los españoles, que todos se confesaron; y acudieron gustosos en los 
dias siguientes á los demás actos de piedad que se practicaron. 

20. Túvose asi mismo una parla con los caciques de aquellos contornos, y 
se les reconoció bien dispuestos; por lo cual, dejando el P. rector á los otros 
dos PP. en Arauco, se volvió junto con el antedicho H."" coadjutor á Santiago, 
muy consolado por la esperanza de convertirse que daban aquellos indígenas: 
empero tuvo en el camino un pequeño desconsuelo, porque habiendo inten- 
tado á su regreso por Concepción interesar al Gobernador en la abolición del 
servicio personal, lo halló tan poco dispuesto á secundar la buena disposición 
de los encomenderos arriba mencionados, í|ue juzgó prudente no insistir en 
ello por entonces, sino diferirlo para ocasión más oportuna. 

21. Quedando solos los dos misioneros eptre aquella bárbara indiada y po- 
co recatada soldadesca , comprendieron la especial necesidad que tenían de 
entregarse más de veras al servicio de Dios, para no dejarse arrastrar, ni man- 
char de la general corrupción. Redoblaron á este propósito sus fervores, em- 
pleando en la oración y otros actos de piedad cuanto tiempo les dejaba libre 
el sagrado ministerio con los prójimos : entablaron un método de vida muy 



(1) P. Lozano, ibidem, Ub. Y, cap. n, n."* 18.— (£) P. Lozano, ibidem, lib. Y, cap. u, n.* 18. 



1M9 CAP. xni 169 

austero, Tiyieodo solos en su casa, con total despego de las cosas del mundo, y 
muertos á todas las aficiones mundanas. La fama de sus virtudes pronto voló 
por aquella tierra, con grande admiración de aquellos bárbaros, que á penas 
podian creer lo que veian, ó la fama les decia (1). No faltaron algunos más 
suspicaces, que sospechasen fuese refinada hipocresía ; y para desengañarse, 
les ofrecían disimuladamente ocasiones en que se pudieran desmandar, hasta 
introducirles de noche en casa mujeres desenvueltas, que los provocasen á la 
culpa; pero en vano. El Señor que permitía estas tentaciones, los confortó con 
su gracia^ para resistir valerosamente á ellas, con tanta mayor edificación de 
los infieles, cuanto más rudas hablan sido las pruebas á que los hablan ex- 
puesto. 

22. No es necesario ponderar la suave influencia que esto ejercía en aque^ 
Uos corazones; pues que el buen ejemplo del predicador siempre ha sido más 
eficaz que largos y bien concertados discursos. Sin embargo, no debo pasar en 
silencio que, movido por estos ejemplos el soberbio Levipangui, á quien tan 
mal vimos producirse en la primera parla, á los veinte dias después de ella se 
postró á los pies de los PP., pidiéndoles perdón y ofreciéndoles su gente y per- 
sona á oir su doctrina, y á favorecerles en cuanto le fuera posible. £stos no de- 
jaron perder tan buena disposición, para desvanecer las siniestras impresiones 
que su pasada resistencia hubiese causado en algunos. Convocaron, pues, á los 
araucanos á un nuevo parlamento, al que concurrieron sesenta caciques con 
sus indiadas respectivas (2). Todos, sin excepción alguna, se mostraron aficio- 
nados al cristianismo y se ofrecieron á concurrir á la doctrina. ¡Ojalá que to- 
dos lo hubiesen cumplido! Mas por desgracia no fué así; unos por su carácter 
inconstante y veleidoso, otros por no abandonar su vida libre y licenciosa, fal- 
taron á este solemne compromiso: pocos acudian á losPP., á pesar de recorrer 
estos de continuo sus tierras, con incansable celo é indecible fatiga. Pero si 
pocos entre los que estaban sanos se prestaban á oir el catecismo, y muchos 
menos á convertirse, los enfermos lo oian atentamente; y cuando ya no espe- 
raban gozar de los placeres sensuales, abrazaban la austera religión del Cruci- 
ficado. Triste conducta, y de poco consuelo para un misionero; pero su cari- 
dad se contentaba con hacerlo que estaba de su parte, y despachar estas pocas 
almas al cielo. 

23. Con esta experiencia tomaron la importante, aunque difícil resolución 
de trabajar porque viviesen en pueblos aquellos bárbaros , acostumbrados á 
vivir en ranchos, separados los unos de los otros; para ver si teniéndolos reu- 
nidos en lugares diferentes, podrían comprometerlos más fácilmente á oir la 
palabra divina. A un bárbaro, que se mantiene casi exclusivamente de la pes- 
ca, caza y frutos naturales, ó de los animales que cria en contorno de su choza; 
que no conoce los bienes de la civilización, ni necesita de las artes á causa de 
andar casi desnudo; que se concentra en su familia, cifrando su mayor felici- 
dad en el goce de sus mujeres; y que quiere vivir, por fin, á su antojo, sin tener 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Y, cap. iii, n.** 1.— (2) P. Lozano, ibidem, iib. V, cap. iii, n.^ 2. 



170 CAP. xvii 1609 

que guardar consideraciones con nadie, le viene muy bien este aislamiento de 
su morada: para los araucanos habia otro motivo más poderoso todavía; y era 
tener este método de vida por más á propósito para conservar su independen- 
cia. Por lo tanto, tenían suma repugnancia á cambiarlo; y el haber los misio* 
ñeros conseguido que aceptaran este partido, supone que habian adquirido 
grande ascendiente sobre ellos, y que les habian infundido algún amor á la 
religión: único motivo que pudo reducirlos. Veinte fueron los^ pueblos que se 
formaron de muchas rancherías; y aunque no se les dio la forma acostumbrada 
en Europa, pues sus ranchos no formaron calles ni plazas, sino que estaban 
diseminados por el área de una legua, poco más ó menos, prestaron siempre 
grande auxilio para el objeto que se pretendia (1). 

24. Quinientos indios se ofrecieron desde hiego á concurrir á las capillas 
que en ellos se improvisaron, y á ser catequizados; deseosos de alistarse en las 
banderas de Cristo. Penguerehue, pueblo del citado Levipangui, Toqui ó Go- 
bernador general de aquel Butalmapu (+), fué el primer lugar en que se levan- 
tó iglesia: era por supuesto, una simple ramada toda de palos y paja. En ella 
comenzaron los PP. su misión en forma; hospedándose solos en otra ramada 
inmediata. Recelosos los indios, enviaban únicamente los nifios y ñiflas á la 
doctrina, y á tal cual hombre mayor; observando cuidadosamente los demás 
la conducta de los misioneros; y aunque en ellos nada hallaban que no fuese 
ediOcante, no acababan de convencerse, ni se resolvían á entregarse á su di- 
rección (2). Aquí fué donde, reunidos los caciques en consejo privado, toma- 
ron una infernal determinación para tentar su virtud. 

25. En efecto; escogieron dos indias mozas de buen parecer, y vistiéndolas 
lo mejor que pudieron, é instruyéndolas en el papel diabólico que habian de 
hacer, se las presentaron con las demostraciones de la mejor sinceridad, di- 
cíéndoles: «Muy contentos y ufiatnos estamos de que á nosotros los primeros 
«nos hayáis querido honrar con vuestra visita, y sumamente reconocidos al 
«trabajo que os tomáis por la instrucción y educación de nuestros hijos. Pero 
«sentimos que lo paséis con tanta incomodidad, estando solos en este pobre 
«rancho. Mirando, pues, por vuestra comodidad, y también para que los ve- 
«cinos de los otros pueblos no digan que no os asistimos como es debido, os 
«traemos esas dos muchachas, para que barran vuestra casa, os hagan la co- 
«mida, y os sirvan en cuanto se os ofrezca. A nosotros ninguna falta nos ha- 
aran, porque tenemos otras muchas; y á vosotros os podrán prestar los 

«servicios de que necesitáis. Por tanto » Atajóles el P. Aranda; y con un 

santo eelo, y modesta indignación les dijo : «Llevad enhorabuena vuestras 
«muchachas; que á nosotros ninguna falta nos hacen: como religiosos que so- 
«mos, jamás nos hemos servido ni nos serviremos de mujeres; y si algunas 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Y, cap. m, n."* 1— (+) Butalmapu, más que distrito, provincia 
6 reino, venia á ser entre ios araucanos uno de ios cuatro estados independientes en que se 
distribuía ei país por eiios ocupado; y ios cuales, sin perder por eso su propia independen- 
cia, fácilmente se confederaban contra el enemigo común. (Nota del editor).— (2) P. Oliva- 
res, Historia de la Gompaflia, cap. i, S 15. 



1S09 CAP. xvii 171 

«príyaciones esta falta nos causare, las sufriremos con gusto, para consagrar- 
«Dos á vuestra instrucción y servicio.» 

26. Asombrados quedaron los caciques que las llevaban; y ellos, y cuantos 
lo supieron, cobraron grande edificación y estima de sus misioneros, y deciají 
entre si: «Yerdad es lo que nos han dicho de estos PP. de la Compañía, que 
«son muy honestos y de heroica virtud; bien podemos mandar nuestras hijas 
«y mujeres á oir sus doctrinas, y también ir nosotros; pues nada tenemos que 
«recalar de lo que nos digan varones tan santos.» En los demás pueblos ha- 
llaron más docilidad y confianza; y á proporción fué mayor el número de con- 
versiones. La poligamia era el obstáculo insuperable para ellos: no faltaban 
algunos, que por no tener más que una mujer les pedian el santo bautismo 
para si; y muchos más se lo pedian para sus hijos: pero no se lo administra- 
ban fácilmente en buena salud; y tenian gran cuidado de buscar á los enfer- 
mos, así párvulos como adultos, constituyéndose, á fin de tener esta oportu- 
Didad, en sus médicos y enfermeros. Con este arbitrio enviaron desde luego 
algunos centenares al cielo. 

27. Fueron tan excesivas las fatigas que soportaron en estos trabajos ver- 
daderamente apostólicos, y en sacar á los indios de sus quebradas y breñas, 
que el P. Martin de Aranda se enfermó gravemente, hasta recibir los últimos 
sacramentos. Claro está que entonces recayó todo el peso de la misión sobre el 
P. Yecchi, quien, en vez de desfallecer con tan redoblaba carga, escribió al 
P. Provincial, diciéndole entre otras cosas: «lo que ruego y pido á Y.' R.', por 
«el amor que tiene á Jesucristo, es queme deje acabar mis dias entre esta gen- 
«te veré convulsa et dilacerata, que pide el pan del Evangelio, y las vestiduras 

' «del Crucificado, et non esl gui frangat^ ñeque qui vestiat. De lo que yo encar- 
«go mucho la conciencia á Y.' R.' es que esta misión por ningún suceso se deje 
«de llevar adelante; y asi deje Y.' R.' ordenado que si Ntro. Señor se sirviese 
«llamarme á mi ó á mi compañero al eterno descanso, envié otra persona; 
«aunque el colegio de Santiago no se quedase más que con oíros tantos sujetos: 
«porque lo que acá se hace en un dia, allá no se hará en dos meses; y si no se 
«hiciera más que catequizar y bautizar á los que se mueren, fuera muy grande 
«el empleo que se tenia por acá; y ya tenemos algunos en el cielo. ¡Oh qué pa- 
«sos tan bien empleados! ¡Oh qué trabajos en aprender la lengua bien gasta- 
«dos!» Y para más comprometerlo á enviarle otros operarios, le añade (1): 
«aquí en Arauco, en solo el valle hay más de treinta mil almas; en Lebú más 
«de cinco mil; en S. Gerónimo más de seis mil;» y le da cuenta de los pueblos 
que se iban formando. 

28. No tardó mucho en sanar el P. Aranda; y la causa inmediata de su cu- 
ración merece ser notada. Cierta noche catequizaba personalmente á dos indios 
ancianos prisioneros de guerra, que parecían insensibles á todas sus razones; 
y cuando él ya desesperaba de su conversión, tomó la palabra un indio joven, 
y les habló con tal claridad y eficacia, que los redujo á recibir el santo bautis- 



(1) P. Lozano, ibidem, Ub. Y, cap. m, n.*" 3. 



17Í CAP. xvii 1609 

mo. Sorprendido el misionero preguntó al joven: «¿quién te ha ensefiado estas 
ocosas?» Y él le contestó: «Guando nifio las oí eiplicar á los PP. de la Gompa- 
«fiia de Jesús allá en la Imperial; y jamás las he olvidado, ni perdido el deseo 
«jle recibir el santo bautismo; y mi mayor senlimiento es que no me lo que* 
«rais administrar todavía, por miedo de que no me vuelva á h tierra.* ¡Qué 
consuelo para un celoso misionero! Fué tal, que al punto sanó de su grande en- 
fermedad. No fué de menor consuelo lo que pasó con un niño indio y una in- 
diecita, ambos de doce años de edad. Aquel se presentó á los PP., les pidió con 
mucha gracia é instancia el bautismo: y á penas se lo administraron cuando 
murió, con estar antes sano y robusto (1); esta, oyendo cómo preguntaban á 
sus padres si serian contentos de que su hija se bautizase, dijo con eitraordi- 
naria resolución: «en balde te cansas, P., en inquirir la voluntad de mis ma- 
«yores: quieran ellos ó no quieran, yo me he de hacer cristiana; porque nadie 
«puede estorbarme una cosa que á mí tanto me interesa, y de que pende mi 
«salvación eterna.» 

29. Tan felices progresos iba haciendo el cristianismo entre ios araucanos 
cuando abandonaron estos sus nacientes pueblos, por agravios que decian ha- 
ber recibido de algunos soldados españoles; sin que todo el ascendiente de los 
misioneros pudiera detenerlos. Estos resolvieron en tal conflicto levantar capi- 
llas en las rancherías: mas para colmo de desdichas, cambióse el castellano de 
Arauco; y en vez de seguir el nuevo la conducta de su antecesor Guillen Gosme 
de Gasanova, que en todo apoyaba y favorecía las determinaciones de los mi- 
sioneros, él, al contrario, casi en todo las contradecía (2). Por lo tanto, tuvieron 
que resignarse á doctrinarlos familia por familia, recorriendo con su altar por- 
tátil los diseminados ranchos, sin lograr casi nunca reunir veinte personas en 
un lugar. Y ni siquiera esto pudieron hacer por largo tiempo, en razón de ha- 
berles privado por siete meses de salir por la campifia; alegando como pretexto 
el fingido rumor de que los araucanos meditaban alzarse por no oir la doctri- 
na de los PP. Estos sufrieron con paciencia la calumnia; pero á penas pudie- 
ron soportar con ella la prohibición que en su virtud se les imponia: y asi, pa- 
ra dar algún pábulo á su ardoroso celo, salieron para la isla de Sla. María, 
distante de Arauco unas cuatro leguas; de cuyos pacíficos moradores no se po- 
dían aparentar semejantes recelos. 

30. Quinientos eran los indios que la habitaban, unos bautizados y otros in- 
fieles; pero tan necesitados los unos como los otros, por no haber en ella sa- 
cerdote alguno, ni haberla visitado ninguno desde muchos afios atrás: lodos 
tenian pluralidad de mujeres y usaban las mismas ceremonias supersticiosas. 
Nuestros fervorosos operarios tuvieron mucho que hacer para reunir aquellos 
isleños; y cuando después de reunidos, les anunciaron el piadoso objeto que 
allá los faabia conducido, levantóse el cacique principal Pedro Torvando, y á 
pesar de ser cristiano de los bautizados antiguamente, les contestó con grave 



(1) P. Olivares, Historia de la Gompafiia; cap. i, SlB.--(2) P. Lozano, ibidem, lib. V, ca- 
pitulo III. 



1610 CAP. XTU 173 

iDsoIencia y no menor altanería (1): «¿Para qué venís á pertubar el sosiego de 
«nuestra isla, predicando embustes, y sembrando doctrinas en contra de núes- 
«tros antiguos ritos y costumbres? No hay más Dios que nuestro Heucubú: y 
«si los espafioles tienen su religión, nosotros tenemos la nuestra; si vosotros 
«sois sus sacerdotes, los machis son los nuestros; y no es justo que nosotros 
«abandonemos las costumbres de nuestros mayores, ni las mujeres que tan ca- 
«ras nos han costado, y nos son tan queridas. Cabalmente ahora vamos á ce- 
«lebrar nuestro reguetum (-f ): y no es justo lo dejemos por oir tus sermones; 
«mucho menos después de haber conseguido el permiso para ello del Sr. Go- 
«bemador.» 

31. Exaltado el P. Aranda, le contestó: «Torvando; te llamo por tu nombre 
«indio, pues no mereces el de cristiano: me admiro de que siendo bautizado 
«mires con tanta indiferencia y menosprecio la religión cristiana; que habien- 
«do bido explicar sus dogmas y preceptos, quieras compararlos con tus falsas 
«é inmorales supersticiones; y que por entregarte á la borrachera y demás ex- 
«cesos del próximo reguetum, no quieras oir, ni permitas que oigan tus pai- 
«sanos la predicación del santo Evangelio. Ni quieras excusarte con el permi- 
«so del Sr. Gobernador; que, ó no os lo ha dado, ó ha sido por sorpresa y 
«equivocación, como bien pronto averiguaré.» Asi prosiguió, ora hablando con 
firmeza y energía, ora con suavidad y dulzura; y al fin consiguió que asistie- 
sen todos á la doctrina. También recabaron que el Gobernador, no solo reti- 
rase el permiso que por engaño les habia btorgado para el dicho reguetum, 
sino que ordenara seriamente al castellano de la isla, D. Jorge Fernandez, lo 
impidiese con su autoridad y sus fuerzas. No es perdida para los operarios 
evangélicos la empresa que al principio presenta graves dificultades; antes bien, 
á hay en ellos prudencia y constancia, como las hubo en estos jesuítas, las ta- 
les empresas producen de ordinario mejores resultados. Cuatro meses demora- 
ron (++) en Sta. Haría; al fin de los cuales lograron la completa conversión 
de aquellos islefios. 

32. Reducidos ya todos ellos, y dispuestos á seguir los consejos de los PP., 
estos el Domingo de Ramos (-f ++) 1^ avisaron que en el dia de Pascua se 
harían los bautismos y casamientos; que cada uno determinase con cual quería 
casarse de las seis ú ocho mujeres que ordinariamente tenían, y despidiese las 
demás (2). Asistieron todos á las doctrinas, en las que se resumió, ó completó 
su instrucción religiosa; y la fiesta de la Resurrección se celebró del modo más 
augusto y consolador. En presencia del Señor resucitado abjuraron los vecinos 
todos de aquella isla sus supersticiones, ritos y costumbres gentílicas; se aca- 
baron todos los amancebamientos, y disolvieron todos los falsos matrimonios. 



(]) P. Lozano, ibidem, lib. Y, cap. iii, n.^ 9.~(-l-) Solemne ceremonia, en que consaltaban 
al demonio, ó por lo menos hacían nna monstruosa mezcla de cosas sagradas y profanas, 
entregados todos á la borrachera, cometiendo mil excesos y supersticiones.— (+-!-) Según 
el P. Lozano. Y no tres semanas, como dice el P. Olivares, confundiendo, sin duda, esta vi- 
sita con las que hicieron en otras ocasiones, como luego insinuaremos.— (+++) Fué por 
el año 1610.— (2) P. Olivares, Historia de la Compañía, cap. i, g 15. 



174 CAP. xvii 1610 

contraidos á su usanza; y los adultos los contrajeron m facie EcclesicB con una 
sola mujer. No bastando aquel solo dia para tantos casamientos, se determinó 
que cada uno de sus cuatro caciques viniese por turno con sus indios; y reci- 
bida la información, y corridas las proclamas á la faz de todo el pueblo, se 
procedia á los casamientos y velorios, bautizando de antemano á los que toda- 
vía no estaban bautizados. Asi se hizo en los primeros cuatro dias de Pascua; 
y dia hubo en que empezando la misa muy temprano, la acabaron á las dos 
de la tarde, como escribia el P. Horacio Yecchi (1). En resumen; los casamientos 
fueron ochenta y ocho; tres cientas las confesiones; y ciento sesenta los bautis- 
mos; los más de adultos, muchos de los cuales eran ya decrépitos. No se pudo 
hacer más por no haber mayor número de habitantes. El mismo Torvando 
compungióse de manera (2), que al hincarse á los pies del confesor, hizo un 
fervoroso acto de contrición en alta voz, derramando abundantes lágrimas: él 
mismo agenció la conversión de una de sus mujeres, y se casó con ella, arre- 
glando asi su vida después de reconciliado con Dios, y dando ejemplo á los de- 
más; lo que fué de grande importancia. 

33. Santificada asi la isla, regresaron los PP. al presidio deÁrauco, llenos 
de una santa satisfacion, y de bien fundadas esperanzas. Preciso es confesar 
que estos isleños, no solo quedaron sumamente contentos y reconocidos, sino 
que perseveraron fieles á sus promesas; y fueron causa de que se bautizasen 
otros muchos, con ocasión de las otras visitas que después les hicieron (3). En 
una de estas bautizaron cien infiAes , trasladados allá del continente ; y al~ 
guno también que no habia logrado este beneficio en la época antedicha: sien- 
do bien de notar que algunos pidieron el bautismo para no ser echados de 
la iglesia al celebrarse la santa misa, á que solian asistir todos los cristianos, 
en yendo allá alguno de los PP. La primera diligencia de estos á su vuelta á 
Arauco fué confesar las tropas, que todavia no hablan cumplido con la Igle- 
sia en aquella cuaresma. No importaba que el castellano del lugar y otros 
jefes les fuesen á la sazón poco adictos : como cristianos que eran de corazón 
les permitieron ejercitar este ministerio ; y los nuestros, sin abrigar el menor 
resentimiento en su pecho, aun á ellos los recibían con la misma caridad que 
antes. Confesaron, asi mismo, á los indios de la plaza ; y al fin lograron per- 
miso para recorrer de nuevo la campiña. Tarea sumamente pesada, pero no 
tanto que rindiese el fuerte espíritu y ardoroso celo de los infatigables misio- 
neros ; los cuales daban por bien empleadas sus fatigas por la salvación que 
lograban de unos pocos indios, y con la esperanza que concebían de la salva- 
ción de los demás. 

34. Mas el P. rector, á quien hablan escrito suplicándole les enviase otros 
compafieros en su auxilio, aunque fuese pidiéndolos al Provincial del Perú, no 
accedió á sus deseos; antes, previendo el giro fatal que bien pronto iban á to- 
mar las cosas de Arauco, durante el cual poco podría lograrse entre los espafio- 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. iii, n.^ 4.— (í) P. Olivares, Historia de la Compaftía, 
cap. I, S 15.— (3) P. Lozaoo, ibidem, lib. V, cap. iii, n.^ 10. 



1610 GAP. xvii 175 

les y nada entre los indios (1), promediado ya el afio 1610, los llamó al cole- 
gio de Santiago; donde el P.Horacio Yecchi estudió el último afio de teología, 
y concluido este, fué nombrado su ministro ; y el P. Aranda se hizo cargo de 
la cofradía de los indios de esta capital y sus contornos. 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Y, cap. lu, n."* 8. 



176 CAP. xvui 1609 



CAPÍTULO XVIII 

i. Deliberaciones sobre la guerra de Arauco. — 2. El P. Valvidia aboga por la defenúr- 
va. — 3. Se discute por orden del Rey. — 4. Garda Ramón se opone, — 5. Despacha 
un comisionado á la corte, — 6. El Virrey envía al P. Valdivia. — 7, Real cédula 
contra los araucanos. — 8. Garda Ramón muere. — 9. Merlo combate con los indios. 
— 10. Prendas singulares de Jaraquemada, su sucesor. — H. Mira por los indios. — 
12. Pide misioneros para Arauco. — 13. Progresos de su gobierno. — 14. El Rey lo 
devuelve á Ribera. 

1 . La suerte de Arauco era un grave problema, en cuya solución se ocupa- 
ban seriamente las personas de más alta categoría en Chile, Perú y España; 
pero con dictámenes muy diversos, con ser basados sobre unos mismos datos. 
En Chile asi el Gobernador, como la mayoría del ejército, de la real audien- 
cia, y aun del pueblo creian haber despejado su incógnita, y que la solución 
estaba cifrada en la guerra. En el Perú el Virrey, D. Alonso de Sotomayor^ 
Gobernador que habia sido de Chile, muchos jefes de ia plana mayor, que 
hablan militado largo tiempo en este mismo Reino , los más sabios juriscon- 
sultos y otros muchos seglares y eclesiásticos, recomendables por su probidad, 
saber y buen juicio , creian haber descubierto, después de muchos cálculos y 
combinaciones, que la solución em Idipaz. En España el real consejo de In- 
dias, el de Estado, la corte y él mismo Rey no creian haber despejado la in- 
cógnita todavía ; por lo cual sus consultas y determinaciones eran indecisas^ 
y á las veces encontradas. Bien pronto aparecerá en la Península un hijo de 
la Compañía, con el intento de comunicar á todos de un modo claro y positi- 
vo los datos indispensables para formar un juicio cabal, y de influir en la rec- 
titud de las reales disposiciones ; después de haber trabajado mucho acá en 
América en patentizar á los ministros de la Majestad católica, que solo los 
medios pacíficos podrían decidir la suerte problemática de Arauco de un mo- 
do justo y ventajoso á Chile y á la corona de Castilla. 

2. Este era el P. Valdivia, á quien no acobardó el ver frustradas las nego- 
ciaciones pacificas que había entablado el año 1605 en Lima, y cuanto habia 
trabajado en el mismo año y siguiente para realizarlas, aunque inútilmente, 
en Arauco; ni tampoco la indecisión ó poco entusiasmo, y tal vez oposición 
moderada con que lo recibieron á su regreso al Perú los oidores de aquella 
real audiencia, que gobernaban por el fallecimiento del Sr. conde de Monterrey 
su comitente, y después el marqués de Montes-claros al entrar en aquel Vir- 
reinato. Confiado en que los principios de caridad, equidad y justicia que él 
inculcaba, decidirían los ánimos de aquellos magistrados á adoptar la paz, tan 
pronto como se hubiesen ilustrado suficientemente con ellos sus entendimien- 
tos, y en que obrarían de un modo eficaz en ofreciéndose ocasión oportuna 
para ello, procuraba difundirlos ya privadamente en las conversaciones fami- 
liares, ya públicamente en las consultas gubernativas á que fué llamado, y 



1609 CAP. xviii 177 

• 

últimamente por escrito en los diversos manifiestos relativos á esta materia 
que presentó al gobierno, y á las personas que pudieran influir en sus deci- 
siones (1). Con esto hizo variar completamente de parecer al veterano D. Alon- 
so de Sotomayor, que estaba decidido por la guerra, y lleno de sentimiento 
por saber, que los araucanos hablan destruido gran parte del Reino, que él 
había gobernado nueve afios y creia haber dejado sólidamente cimentado , y 
por ver frustrados todos los poderosos esfuerzos que él y los suyos hablan he- 
cho para reducirlos á la vida civil y policia racional y cristiana. Con los mis- 
mos escritos, ó de palabra, el P. Valdivia habia alli influido en que otros mu- 
chos abrazaran su opinión ; entre los cuales cuenta, como nosotros, Tríbaldos 
de Toledo al mismo Virrey; aunque este protesta á su real Majestad, en carta 
fecha el 30 de Marzo de 1609, haber sido de esta opinión aun antes de venir 
al Perú, por las razones que le habia sugerido D. Juan de Villela, oidor que 
habia sido de la real audiencia de lima ; y que habiendo visto las cosas más 
de cerca, no habia hallado motivo para mudar de parecer. 

3. Ofreciósele también á dicho P. la ocasión oportuna, que él de un modo 
vago esperaba, para el logro de sus cristianos intentos de paz, cuando el Vir- 
rey recibió á fines del año 1608 una cédula de su real Majestad, firmada el 31 
de Marzo de aquel mismo aüo, en que se le ordenaba (2) deliberar sobre los 
medios de cortar aquella funesta y dispendiosa guerra; é inquirir si seria me- 
jor poner por limites el Bíobio , asentando las poblaciones y fortalezas á este 
lado , con la esperanza de que los araucanos se reducirían por convicción. 
Tratólo efectivamente su Excelencia en una junta de las personas más capa- 
ces y autorizadas de Lima , en la que se determinó que se situara la fronte- 
ra del Reino de Chile en los fuertes de Angol , Monterrey y Arauco , y que 
se demoliesen los otros fuertes, conservando únicamente los indispensables 
para contener á los indios; no los ventajosos para ofenderles. Que no se diese 
un paso más allá de dicha frontera, hasta quedar bien asentados los indios de 
paz contenidos dentro de ella; y que no se dejasen entrar indios enemigos por 
motivo alguno. Que no se dejase en Chile ningún indio prisionero de guerra 
mayor de doce afios, y que se redujera el ejército efectivo á mil soldados para 
la frontera, y cuatro cientos más para las correrías. 

4. A 25 de Noviembre del mismo afio el Virrey, habiendo aprobado este 
dictamen de la junta, lo remitió al Gobernador de este Reino, á quien su Ma- 
jestad habla hecho igual requerimiento: mas este, que no habia hecho caso de 
la orden real, contestó en sentido diametralmente opuesto; diciendo que con- 
venía seguir la costumbre antigua de cautivar los indios y repartírselos los mi- 
litares entre si, y aun los cautivados por los indios auxiliares, satisfaciéndoles 
por cada uno de ellos el bajo precio que alli expresa: y esto por no quitar á 
los espafioles las ganas de ir á la guerra (3). Concluye este punto diciendo: 



(1) Tríbaldos de Toledo en su Vista general de las continuas guerras, difícil conquista 
del gran Reino y provincias de Chile; impreso en Santiago en 1861, pág. 106.— (2) Tríbaldos 
de Toledo.— (3) Tríbaldos de Toledo, pág. 46. 

12 TOMO 1 



178 CAP. xyiii 1609 , 

«tal yez seria mejor hacer un fondo común de todo lo que se tomase en la guer- 
«ra, para distribuirlo de la manera que dispusiere el Sr. Virrey; para impedir 
«que los soldados abandonasen las filas, ó se arriesgasen á inminentes peligros 
ade morir, por el afán de cautivar algún indio; y que, con el cuidado de con- 
((Servar los apresados, descuidasen la disciplina militar.» 

5. Temiendo que esta su contestación fuese mal recibida, despachó para la 
corte de Madrid por^ Febrero de 1609 al capitán D. Lorenzo del Salto, encar- 
gándole que al pasar por Lima diera la competente satisfacción al Virrey, jus- 
tificase su conducta, y le manifestase el estado de la guerra. Ponderando este 
capitán las ventajas obtenidas por su Gobernador, aseguró que en los dos pos- 
treros afios y medio hablan degollado novecientos indios, y tomádoles pri- 
sioneros más de tres mil quinientos entre mujeres y nifios, y hécholes otros 
muchos daños; por lo cual, según él decia, andaban los indios muy temerosos. 

6. He aquí al marqués de Montesclaroa^en cierta manera comprometido á 
enviar un comisionado suyo á la corte de España, que entregase, junto con la 
contestación indicada de García Ramón, oportunamente anotada al margen, 
una carta suya bien larga, con que probaba debia adoptarse la guerra defensi- 
va; corroborase á su tiempo esta su opinión; y negociase las órdenes compe- 
tentes para realizarla. Y ¿á qui^n enviarla para desempeñar tan delicado é im- 
portante asunto? Al P. Luis de Valdivia: recomendándolo con las siguientes 
palabras, entre otras de no menor elogio (1). «Este P. tiene mucha inteligen- 
((Cia de aquellas provincias, por haber administrado en ellas la doctrina con 
«mucha edificación y buen nombre: y porque me parece que esta causa pide 
«relaciones más particulares, que la que se puede hacer por escrito, habién- 
((dole comunicado mis motivos, lo envió, y suplico á vuestra Majestad lo oiga; 
«y cuando la materia esté resuelta, lo mande volver, porque será necesario 
«para efectos interesantes de su servicio.» Esta carta fué firmada el 30 de 
Marzo de 1609, y en seguida dicho P. se embarcó: sin embargo, por haber te- 
nido que demorar algún tanto en Panamá, no llegó hasta el año 1610 á la cor- 
te de España; donde asistió catorce meses, hasta conseguir las providencias de 
que á su tiempo daremos razón. 

7. Al llegar á ella tuvo noticia de la cédula expedida en Ventosilla el 26 de 
Mayo de 1608, en que se declaraban como esclavos todos los araucanos que 
en el término de dos meses no aceptasen la paz. ¡Qué obstáculo para obtener 
un despacho favorable á su comisión! ¿Qué esperanza le podría quedar de que 
aprobaría sus arbitrios de paz aquella corte que facultaba al Gobernador de 
Chile para hacer la guerra á los araucanos, y á tomar por esclavos no solo los 
apresados con las armas en la mano, sino á cuantos no aceptaran la paz; que 
bien preveía que ningún araucano la había de aceptar con tales fieros? Con 
todo, ni por esto se desanimó, antes bien se entusiasmó á desempeñarla con 
más prontitud, antes de que se agravara el estado de la guerra, y se hiciera más 
difícil su proyectada pacificación sin el auxilio de las armas. Entonces ya se 



(1) Tribaldos de Toledo, pág. 50. 



1610 CAP. xviii 179 

había recibido y publicado en Chile esta real cédula, con universal aplauso de 
los militares y de cuantos pensaban enriquecer con la presa, compra ó servicio 
de los esclavos que se hicieran. Pero García Ramon.no permitió se pusiera en 
práctica, por saber eran falsos los motivos en que principalmente se fundó el 
Rey de España al darla. Estos indios no se hablan alzado contra Dios, ni con- 
tra la Iglesia santa, ni contra su fe; sino contra los españoles, por defender su 
propia y connatural libertad, y evadirse de los excesivos trabajos á que ellos 
íDJustamente los condenaban y evitar los agravios que les hacian (1). Decia 
García Ramón que su conciencia no le permitía hacer esclavos á los que ha- 
blan nacido libres, y que no podia ejecutar una ley dictada en virtud de los 
informes evidentemente falsos que hablan sido elevados al consejo de su real 
Majestad; y mucho menos teniendo pendiente en la corte la cuestión sobre la 
guerra defensiva y sobre la suerte de los capturados en ella: é hizo muy bien 
en no meterse en tan grave compromiso, estando ya próximo á presentarse al 
tribunal de Dios (i) ; al que fué llamado el 19 de Agosto de 1610. 

8. El gobierno de este activo é intrépido personaje fué una alternativa de 
derrotas y victorias; pero ni aquellas abatían su ánimo guerrero, ni estas lo 
engreían con demasía. Excesivo fué en sus represalias; pero no se dice que 
permitiese horrorosas crueldades al quitar la vida á los apresados en la guer- 
ra. Al tomar las riendas del gobierno meditó, como llevamos dicho, proyecr 
tos de paz: él mismo propuso al Virrey viniese á Arauco el P. Valdivia, para 
arbitrar con qué medios podría terminarse aquella asoladora guerra, sin tanta 
efusión de sangre; y coadyuvó á sus planes. Gomo prudente militar no se alu- 
cinó tanto con estas esperanzas, que descuidase la formación de un ejército. 
Por ventura la brillante perspectiva que este presentó á los pocos meses de su 
gobierno, lisonjeó demasiado su espíritu belicoso. Derrotado completamente 
su ejército en la primera campaña, tuvo la felicidad, para su propio daño, de 
organizar otro, y aun superior; que no tardó en perder también á manos de los 
araucanos. Excitadas las pasiones con estas derrotas, no pensó en medios de 
reconciliación; y á causa de sus siniestros informes, los arbitrios de paz del 
P. Valdivia no hallaron al principio el debido ^poyo en el nuevo Virrey mar- 
qués de Montesclaros; y la corte de España, que tan paternales providencias 
y benignas leyes habia dictado á favor de los indios, dictó también la men- 
cionada del 16 de Mayo de 1608 sobre la esclavitud de los araucanos. Quien 
negoció esta cruel é imprudente cédula éis para mí un secreto de gabinete; no 
obstante, sospecho razonablemente que gran parte tendría en ella García Ra- 
món; pues que en su carta al Rey, fecha 19 de Marzo de 1608, atestigua ha- 
berla pedido varias veces. Después de la salida del P. Valdivia para el Perú 
no se presentó ningún jesuíta ni en el ejército ni entre los araucanos hasta 
fines del año 1608: entonces vimos la cordialidad y generosidad con que él 
mismo los recibió y alojó en su casa de Arauco. 



(1) P. Rosales, Historia de Gbile, lib. Y, cap. xui.— (2) D. Basilio Rojas en su Historia de 
Chile. 



180 CAP. xviu 1610 

9. Después de su fallecimiento un togado, D. Luis Merlo de la Fuente, se 
hizo cargo del gobierno; y ¡cosa extraña! su primer acto fué incitar al vecin- 
dario á tomar las armas; y siete dias después á 26 de Agosto, publicó (1) la 
fatal cédula que acabamos de citar, y la intimó á Aillavilú. Este valiente To- 
qui, uno do los más bizarros jefes araucanos, le contestó con menosprecio: 
quedando con esto declarada la guerra. Los jefes espafioles, entusiasmados con 
la esperanza de enriquecerse con esclavos, fueron á ella con gallardía: en los 
dos primeros encuentros lograron algún botin; y en el tercero, tenido en las 
ciénegas de Lumaco, mataron más que cautivaron, á costa de pérdidas casi 
iguales; porque el combate, comenzado al amanecer y terminado al mediodía, 
fué muy reñido, inclinándose ahora á una, ahora á otra parte la victoria; que 
al lin se declaró por el ejército que Merlo en pereona capitaneaba. Tan costo- 
sas victorias no podian halagar mucho; sobre todo en una época en que hacian 
tanta falta los brazos, y era tan difícil reponerlos. Felizmente el gobierno de 
Merlo no alcanzó á durar cinco meses, y su inmediato sucesor no siguió en el 
primer año ni su ejemplo ni sus consejos en lo tocante á la guerra (2); intima- 
mente persuadido de que no era el mejor modo de hacérsela á los araucanos 
el quemarles las sementeras y cautivar sus personas. 

10. Las relevantes prendas de D. Juan Jaraquemada, á quien el Virrey del 
Perú había nombrado por Gobernador interino de Chile tan pronto como supo 
la muerte de García Ramón, y á quien Merlo (3) entregó el mando el 17 de 
Enero de 1611, no le permitieron tal rigor. Este caballero, natural de Cana- 
rias, condecorado con el hábito de Santiago, y destinado ya para primer oidor 
de la real audiencia de Chile en razón de sus notables méritos, por haber de- 
sempeñado satisfactoriamente los eminentes cargos que se le hablan confiado, 
estaba dotado de un talento superior, de un buen corazón y de un gran valor 
militar. Además, profundamente instruido en las letras, era sabio jurisconsul- 
to, hábil político, y diestro en la administración de caudales; sin ignocar la 
disciplina eclesiástica, ni su historia : y así pudo atender á todos, y á cada 
uno de estos ramos con celo, actividad y tino, sin olvidar la guerra, que, lle- 
gado el caso, supo hacer con acierto, logrando ventajas en ella con bien poca 
efusión de sangre. 

11. Al aportar en Yalparaisael 1."* de Enero del año 1611 se admiró de 
hallarlo enteramente despoblado, con solo una iglesia, sin persona que ia mira- 
se; son sus formales palabras: y por lo mismo dispuso se poblase (4). En una 
carta que escribió al Virrey desde Santiago veinte y ocho dias después, no 
aprueba la antecedente cédula publicada por Merlo de la Fuente; y pide que 
no se remitan do Lima al ejército de Chile mulatos, ni hombres sentenciados 
por sus delitos. En el informe que envió al Rey desde Concepción á I.'* de Ma- 
yo, se queja de la pésima disciplina de aquel ejército, atestiguando entre otras 



(1) Basilio Rojas.— (2) Memoria de costumbre del mismo Merlo al dejar el mando.— 
(3) P. Olivares, Historia política, lib. Y, cap. xxx.— (4) Documentos publicados por M.Gay, 
tomo II. Su informe al Rey. 



1610 CAP. xvm 181 

cosas, que cada soldado español necesitaba tres indios de servicio, y aun seis los 
que llevaban quince ó veinte caballos, y un menaje tan copioso, que al alojar ó 
levantar el campo, parecían fundar ó mudar una ciudad; no pudiendo asi per- 
seguir á los enemigos, y haciéndose odiosos á los amigosrPor lo cual sus pri- 
meros pasos fueron en favor de los indios de encomienda, y de los amigos que 
servían de auxiliares en el ejército espafiol. 

12. Para alivio de los primeros ordenó el cumplimiento de las reales cé- 
dulas, que mandaban suprimir el servicio personal; y hallando una resisten- 
cia que por lo pronto no podia superar, disminuyó los impuestos que estos 
infelices tenian que pagar al titulado protector. Para mejorar la suerte de los 
segundos^ ó sea de los indios amigos, escribió al Provincial de la Compañía de 
Jesús, llegado aquel mismo mes á Santiago, le devolvieran á Arauco los dos 
PP. (1) que de allí se habían retirado el año anterior, ú otros en su lugar ; y 
no tardaremos en ver cómo aquel le complació. En vez de acometer impru- 
dentemente á los de guerra, quiso primero reparar las plazas fuertes y remon- 
tar el ejército; que halló tan mal pagado y peor disciplinado, que cada invier- 
no se permitía á muchos venirse á Santiago (2). No era raro ver grupos de á 
cien soldados, trayéndose cada uno de ellos cuatro ó seis indios é indias, de 
grado ó por fuerza, con graves ofensas de Dios, irreparable daño de las fami- 
lias á que pertenecían, y notable detrimento de los vecinos, á quienes hurta- 
ban de paso para mantenerse durante el viaje. Puso al momento coto á esta 
falta de disciplina, recogió los soldados dispersos, les pagó fielmente, y los 
acantonó en diversos puntos de la frontera á este lado del Biobio; cuya mar- 
gen boreal puso en buen punto de defensa, é hizo vigilar diligentemente todos 
sus vados. 

13. Esto bastó para pasar casi todo el año en buena paz; y si hacia el fin de 
él hicieron, los araucanos algunos robos y correrías, supo cortarles la retirada 
con una marcha rápida y bien concertada, y batirlos con tanto valor y acierto, 
que muriá su Toqui Aillavilú II, y se desbarataron completamente sus tropas; 
quedando en paz todo el país. Es verdad que hubo otro movimiento conside- 
rable por Febrero de 1612, que no alcanzó á sofocar, á causa de haber tenido 
que entregar el mando á su sucesor á 28 de Mayo: lo cual no era de extrañar 
tratando con bárbaros indisciplinados. Mas la prontitud con que destacó contra 
ellos dos fuertes divisiones, embarazó que se generalizara el movimiento, y 
que los amotinados prosiguieran haciendo mal. Entonces ya sabia que el P. Val- 
divia venia de España, autorizado para entablar sus arbitrios de paz: contra 
los cuales adujo muchas razones, pero muy insuficientes; y deseaba llegase 
estando él en el mando, para advertirle cuánto mejor, según su juicio, habría 
hecho quedándose en su celda, que metiéndose en asuntos de guerra (-{-]. Tal 
vez influiría este despecho en que, variando de conducta, pasara á cuchillo en 



(1) P. Lozano, ibidem, líb. VI, cap. iv, n.** 17,— (2) Tribaldos de Toledo, pág. 79. Aviso da- 
do al Rey por su aadiencia en Enero del 1611.— (+) Este cambio de opinión en Jaraquema- 
da, tan afecto á ia Compañía; causó gran sorpresa á los hijos de ella,.segan se lee en una 
de sus cartas. 



182 , CAP. xviii 1612 

los postreros meses á cuantos cogió con las armas en la mano, según él dice en 
su memoria: en la cual se queja de que la real audiencia no le permitiese tras* 
ladar al Perú los prisioneros de guerra. Bueno es advertir, desde ahora que él 
asegura allí mismo, bebiera la audiencia estar en Concepción. Quince meses 
y no más duró su gobierno; y gracias á la tranquilidad relativa que propor- 
cionó al país, y al activo celo con que miraba por el bien público, recibieron 
grande impulso las fábricas de paños, y de otros tejidos para el equipo y ves- 
, tuario de la tropa; grande extensión de terreno fué labrado y cultivado á bene- 
ficio de la misma; y no recibieron menos impulso las sementeras y pastoreos 
de los particulares. 

, 14. Fué su inmediato sucesor D. Alonso de Ribera por nombramiento del 
Rey; en cuya voluntad pudieron influir poderosamente los elogios que de sus 
prendas y persona le hizo el Virrey marqués de Montesclaros, al proponer á 
su real Majestad las personas que podrían ser dignamente promovidas al go- 
bierno de Chile por el fallecimiento de García Ramón. Permítaseme que pa- 
sando en silencio los tales elogios, copie aqui la cláusula con que concluye su 
recomendación, y dice así (1) : «Preciso me ha parecido esforzar más que or- 
«dinaríamente este capitulo, porque Alonso de Ribera está casado con la her- 
«mana de un P. de la Compañía de Jesús; y con este medio ha sabido ganar 
«la voluntad de esta religión: calidad que á solas basta en las Indias para en- 
«cubrir cualquier defecto en un Gobernador; sin la cual las mejores acciones 
«se deslucen, por más que ellas hablen, si estos PP. callan » Estos favora- 
bles informes llegaron á la corte estando todavía en ella el P. Valdivia; y ha- 
biendo sido concordes con ellos los de este y sus insinuaciones, lograron que 
Felipe III le devolviera los titulo^ de Gobernador de Chile y de presidente de 
su real audiencia: de que se recibió efectivamente el 28 de Marzo de 1612. 
Después de las solemnes fiestas acostumbradas en tales casos, se quedó en San- 
tiago para atender á los asuntos interiores, y promover los progresos de la 
parte del Reino ocupada pacíficamente por los españoles; hasta que supo la 
llegada del P. Valdivia á Concepción, á donde se fué acto continuo. Mas antes 
de entrar en este largo é importante episodio de la historia chilena, referiré^ 
mos en el capítulo siguiente los progresos que hizo la Compañía de Jesús en 
aquel tiempo; para cuya inteligencia, como de los demás hechos de aquella 
época, creemos conveniente insertar aquí un resumen de la estadística que don 
Gabriel de Zelada (2) comunicó al Rey á 6 de Enero del año 1610. En las no- 
tas de (-}-) abajo pondremos los detalles que él mismo expresa, cuya lectura 



(1) Arch. deSeviUa, MS. contemporáneo: en la Biblioteca de Don Diego Barros Arana 
está copia de él.— (2) Mr. Gay nos lo trascribe en su último cuaderno de Documentos, pá- 
gina 194.~(-f ) Santiago tenia doscientas casas ; la iglesia catedral con su Obispo y cuatro 
prebendados; la misma servia también de parroquia. Un convento de Sto. Domingo, con 
cuarenta religiosos ; uno de S. Francisco, con otros cuarenta; uno de la Merced, con trein- 
ta y seis ; uno de S. Agustín, con veinte ; y uno de la Compañía de Jesús, con otros veinte ; 
un monasterio de Agustinas, con ochenta religiosas ; y otro de Sta. Clara, con veinte y cua- 
tro.— Concepción tenia setenta y seis casas ; treinta y seiá de las cuales eran de empaliza- 
da, cubiertas de paja ; iglesia parroquial, y los conventos de Sto. Domingo, con dos religio- 



1610 GAP. XYlll 183 

recomendamos al curioso lector. Según él Santiago solo tenia doscientas casas; 
Concepción setenta y seis; Chillan cincuenta y seis; la Serena cuarenta y seis; 
Mendoza treinta y dos; S. Juan veinte y tres; S. Luis de la Punta diez; y Cas- 
tro doce. En todo el Reino estaba la gente tan pobre, que no corria moneda, ni 
habia carnicerías públicas: cada uno carneaba en su casa. No habia enco- 
mienda que pasase de cien indios; casi todas de cuarenta, cincuenta ó sesenta 
indios. En todo el distrito de Santiago, es decir, hasta el rio Maule solo habia 
dos mil ochocientos indios tributarios; de los cuales más de mil eran aucaes, 
ó sea araucanos apresados en la guerra. Los partidos de la Serena, Chillan y 
Concepción no tenían por junto otros tantos indios. No era grande la cantidad 
de oro que se sacaba de las minas ó lavaderos, á causa de ser pocos los que se 
ocupaban en ello. Por reducido que sea este censo, no es de temer que sea fal- 
so; asi por ser de persona tan autorizada, que como ministro de la real audien- 
cia, poco antes restablecida en este Reino, debia informar fielmente de su es- 
tado al soberano, como también por estar conforme con los datos de Garcia 
Ramón y Olavarrieta, que hemos aducido en sus respectivos lugares. 



sos; de S. Francisco, con tres ; y de la Merced, con dos.— Chillan cincuenta y seis casas ; de 
las cuales ocho eran de teja, las restantes meros buhios de palo y paja ; iglesia parroquial, 
y los conventos de Sto. Domingo , con tres religiosos ; de S. Francisco , con seis ; y de la 
Merced, con tres.—La Serena tenia cuarenta y seis casas ; once de tejas, las demás de paja; 
parroquia , y los conventos de S. Agustín , con tres religiosos ; de S. Francisco , con dos ; y 
de la Merced , con tres^— Mendoza treinta y dos casas de paja , menos una ó dos cubiertas 
con tejas ; iglesia parroquial , y los conventos de Sto. Domingo , de la Merced y de la Com- 
[ pañía, cada uno con dos religiosos.—S. Juan veinte y tres casas de paja ; iglesia parroquial. 

I — S. Luis de la Punta diez casas cubiertas de paja, y su iglesia parroquial.—Castro doce ca- 

¡ sas cubiertas de paja ; iglesia parroquial y convento de la Merced, con dos religiosos. 



1S4 GAP. XIX 1608 



CAPÍTULO XIX 

1 . El Provincial intenta fundar en Mendoza. — 2. El capitán de la Peña da sus casas 
para ello. — 3. Descripción de aquella provincia,-^. Triste suerte de sus indígenas. 
— 5. Su disminución. — 6. Inaugúrase la residencia. — 7. El H.^ Martínez desenga-- 
ña á los encomenderos. — 8. Necrología del ff.° Medina. — 9. El P. Provincial bauti- 
za unos indios en la cordillera. — 10, Doctrina á los de Mendoza. — H. Instala á dos 
PP. en ella. — 12. Comienzan estos sus ministerios con los españoles: — 13. Oposición 
y reconocimiento del cura. — 14. El P. Pastor doctrina á los indios de la ciudad. — 
15. F á los del campo. — 16. Ciento y treinta bautízanse con solemnidad. — 17. Gran 
número de matrimonios. — 18. Corrigen los PP. la embriaguez de los indios. — 19. 
Los auxilian en la peste. — 20. Dificultades para ir á las Lagunas. — 21 . Su descrip^ 
don. — 22. Misiona el P. Pastor en las mismas. — 23. Bautiza seiscientos infieles. — 
24. Regresa á Mendoza. — 28. Peligra su vida en el camino. — 26. Noticias biográfi- 
cas del P. Paya. — 27. El P. Pastor superior de la residencia. — 28. Su extrema mi- 
seria. — 29. Dios la remedia. 

1. Habiendo hallado nuestros lectores entro los curiosos datos estadisticos 
con que termina el capitulo anterior una casa de la Compañía eü la ciudad de 
Mendoza, preciso es darles cuanto antes razón del tiempo, modo y motivos de 
su fundación. Ideóla el P. Diego de Torres desde que, al pasar por allá en su 
primera venida á Chile, observó la grande escasez de pasto espiritual que su- 
fria aquella porción del rebaño de Cristo, y las excesivas vejaciones que pade- 
cían los indios de las encomiendas (1). Avivaba sus deseos el ser aquella ciu- 
dad paso preciso para venir á Chile desde el Tucuman, Paraguay y Buenos- 
Aires; viaje que tendrían que hacer á menudo él y sus subditos, por formar estos 
territorios la Provincia de su cargo. Tomada allá en su pecho esta determina- 
ción, aguardaba una ocasión oportuna para realizarla; y el Señor se la propor- 
cionó, en premio quizás del empeño con que trabajaba en procurar la abolición 
del servicio personal. Por mal que hubiesen sido recibidas en Chile sus paté- 
ticas declamaciones y enérgicas providencias á este respecto, como vimos en 
el cap. XY num. 12, no faltaron algunos encomenderos de mejor corazón 
que se rindiesen á sus consejos. 

2. Uno de estos fué el capitán Lope de la Peña, poseedor de una gran enco- 
mienda en la provincia de Cuyo, junto con su esposa D.* Inés de León Carva- 
jal, quienes resolvieron asegurar sus conciencias, libertando á sus indios y 
satisfaciéndoles de un modo equitativo en cuanto les hubiesen perjudicado, 
siguiendo en estos arreglos los prudentes consejos y acertada dirección del Pa- 
dre Provincial; con lo cual los indios quedaron contentos, y ellos tranquilos y 
consolados (2). Mas no satisfechos con esto, donaron á la Compañía, por un 



(1) P. Olivares, Historia poUlIca, cap. iii, gl.— (2) P. Lozano, Historia del Paraguay, li- 
bro Y, cap. VII, n.** 7. 



1608 GAP. XIX 185 

acto espontáneo y de mera supererogación, unas casas que poseían en Mendo- 
za, para habitación de los jesuítas ; y para proveer algún tanto á su sustento, 
una chacra capaz de producir cuarenta fanegas de trigo, con una viña, que pe- 
dia dar veinte arrobas de vino al año. Además, para mayor tranquilidad de sus 
conciencias, dieron amplio poder á los nuestros, para que atendiesen sin res* 
triccion ni traba alguna á la doctrina de sus encomendados. Aceptó gustoso 
esta donación el P. Provincial, porque le facilitaba la realización de sus piado- 
sos y caritativos intentos, á pesar de no ofrecer ventaja ifinguna temporal á la 
Compañía y de agravar notablemente las cargas de sus pocos sujetos. Pero an- 
tes de pasar adelante, pondremos aquí una suscinta descripción de aquella pro- 
vincia de Cuyo. 

3. Bajo este nombre se comprendía el inmenso territorio que desde la Rioja, 
es decir, desde los 30° 10' de lat. corre hacia el sur por la. falda oriental de la 
cordillera de los Andes entre su cumbre y las provincias de Córdoba, Sta. Fe 
y Buenos-Aires, y pertenencia al Reino de Chile por barbería descubierto Pe- 
dro de Valdivia, y conquistado después Pedro del Castillo; quien por respeto 
á su gobernador García Hurtado de Mendoza, dio este nombre á la ciudad que 
fundó en el año 1560, á los 32** 50' lat. s. y eO"" 3' long. o. de Greenwich, en 
terreno plano y espacioso, poco antes de las lomas que están á la falda de la 
cordillera (1). En el mismo valle, y casi en el mismo meridiano á los 3ri6' 
fundó otra ciudad el mariscal Martin Ruiz de Gamboa en 1562 con el nombre 
de S. Juan de la Frontera; la cual habiendo sido arruinada por el caudaloso 
rio en cuya margen austral estaba situada, la trasladó en 1593, por orden del 
Gobernador Ofiez de Loyola, á veinte y cinco cuadras más al sur el general 
Luís Jofré; quien aquel mismo año fundó á unas ochenta leguas al naciente de 
Mendoza otra ciudad, titulándola S. Luis de Loyola, para inmortalizar su nom- 
bre y el de su Gobernador: hoy se llama La Punta de S. Luis. En las dos pri- 
meras se avecindaron muchas personas principales de Chile, entre las cuales se 
repartieron con títulos de encomienda treinta mil indios ; pero viendo que les 
rendían poco, y que por estar tan retirados del comercio, estaban privados no 
solo de ganancias, sino también de comodidades, se vino la mayor parte de los 
encomenderos á Santiago, con grande atraso de las nuevas poblaciones y ma- 
yor detrimento de los pobres indios (2). 

4. Porqjie dejando cada encomendero su escudero ó mayordomo al cargo 
de ellos, estos, como meros asalariados, ningún interés se tomaban por el pue- 
blo, y recargaban de trabajos á los naturales, á fin de aumentar sus ganancias. 
Provino del mismo fatal principio la mayor calanfidad que á los infelices indios 
les pudiera sobrevenir, que fué la expatriación. Los encomenderos trajeron 
consigo algunos para el servicio de sus casas y alquerías ó chacras; y año por 
año sus mayordomos les remitían otros, á pié, casi desnudos, y miserablemen- 
te abastecidos; por lo cual muchos morían de hambre, frío ó cansancio en el 
paso de la cordillera, y los que resistían á estas fatigas no tardaban en morir 



(1) P. OUvares, Historia política, lib. III, cap. vl— (2) P. Loxano, ibid., lib. V, cap. vu, o.® 5. 



186 GAP. XIX 1608 

ó enfermarse en Chile, cuyo clima no les probaba. Aun cuando no muriesen» 
era para ellos el mayor sacrificio vivir en tierra extrafia, separados de sus fe- 
millas; y era de ordinario mayor su sentimiento, cuando al volver á sus tierras 
hallaban tal vez que sus hijitos hablan perecido de miseria, ó que sus mujeres 
se les hablan ido con otros indios, para no correr igual suerte, ó por seducción. 
Los mismos encomenderos residentes en Cuyo, aprendieron de aquí á traer 
tropas de sus indios á Chile para alquilarlos de su cuenta; y el infeliz que lo- 
graba volver afano, tenia que presenciar las desgracias de su familia, sin lle- 
var un cuartillo para remediarlas. 

5. Atemorizados con esto, muchos se huian de las encomiendas; y los que 
estaban libres temían á par de muerte caer en ellas. ¿Y qué diré del abandono 
en lo espiritual? Aqui, como en lo demás del Reino, en los primeros años ha- 
bla habido celo para bautizarlos, y posteriormente no dejaba de hacerse ; asi 
es que los más de los reducidos hablan recibido el bautismo: pero no habien- 
do sacerdotes destinados especialmente á su cultura, y estando los curas ocu- 
pados con las gentes de las ciudades, los pobres indios eran bien poco atendi- 
dos. No obstante, hubo algunos sacerdotes celosos, que compadecidos de sus 
desdichas, se empeñaron en juntarlos en Guanacache y Huco; pero asi que 
tuvieron bastantes reunidos se echaron sobre ellos los encomenderos y se los 
llevaron como cosa suya: por lo cual acobardados aquellos laudables misione- 
ros desistieron de su empresa (1). Desde luego no parecerá increíble que en 
solo aquel medio siglo se redujera su número á ocho mil. ¿Habrían perecido 
los demás? No creo que murieran tantos; porque tengo, como otras veces he ad- 
vertido, por exagerados los censos de los primeros repartimientos. A más de 
que algunos vivírian en Chile, y otros muchos en Mendoza confundidos con 
la genta española ó meclados con ella; porque es de advertir que la generali- 
dad del bajo pueblo de aquellas provincias, y quién sabe cuantos de la clase 
superior y de la intermedia, son oriundos de la clase indiana más ó menos 
pura. Algunos, aunque pocos, vivían también en las remotas tierras á que se 
habían huido. 

6. Para salvar, pues, á estos residuos, procurar la reducción de los salva- 
jes, corregir las costumbres de los españoles, y educar sus hijos inauguró el 
P. Provincial una residencia de la Compañía en aquella ciudad. No teniendo 
en Chile sujetos de quien echar mano, despachó orden á Córdoba tan pronto 
como se abrió la cordillera en aquel año de 1608, para que los PP. Alejandro 
Faya y Juan Pastor pasasen á aquella fundación: entre tanto él envió desde 
Santiago al H.*" Fabián Martínez, para que dispusiese la casa á nuestro uso (2). 
El buen H."*, aunque coadjutor, era hábil, y estaba revestido de un santo celo, 
como verdadero hijo de S. Ignacio; del cual había dado luminosas pruebas en 
Santiago aprendiendo el idioma del pais, y enseñando en él la doctrina á los 
naturales, con tanta gracia y destreza, que lo nombraron catequista de aquel 



(1) P. Olivares, ibidem, cap. iii, g 1.— (2) P. Olivares , ibidem , cap. iii, S 1 ; y P- Rosales, 
Vida del H."" Fabián Martínez MS. 



1609 CAP. XIX 187 

colegio; sin dejar por esto de acudir á los oficios tiumildes propios de su esta- 
do. No bieo vieron los vecinos de Mendoza que trabajaba este en acomodar la 
casa, levantaron mil clamores contra él y la Compañía, y pretendieron impe- 
dir la fundación, diciendo que menos mal seria no admitir en su pueblo á 
aquellos PP. que tener que echarlos (1); porque ellos, anadian, pronto ven* 
drán á perturbar nuestras conciencias, y se empeñarán, como han hecho en 
Chile, en la abolición del servicio personal; sin el cual no puede mantenerse 
esta provincia, poco abundante de recursos, y lejana de todo comercio hu- 
mano. 

7. El buen H/, haciéndose sordo á estas y otras impertinentes razones, y 
á las muchas y gravísimas calumnias que se propalaban contra su orden , pro- 
seguía su obra con empeño; y no pudiendo tener ocioso su celo, convocaba 
cada dia en su casa á los niños españoles, les explicaba los sagrados misterios, 
y enseñaba algunas devociones; con lo cual estos se le iban aficionando, y sus 
padres perdiendo su infundada odiosidad y ciega antipatía. A los indios jun- 
taba los domingos y fiestas, y llevábalos cantando la doctrina en procesión á 
la puerta de la iglesia, donde les enseñaba el catecismo, haciéndoles las pre- 
guntas por el que compuso en su lengua huarpe el P. Valdivia, y las explica- 
ciones en la chilena que los más entendían , basta que él aprendió bien la 
primera; y no tardó mucho en ello. Por ser este ejercicio cosa nunca vista en 
la ciudad, movió primero admiración, luego arrebató la atención de los espa- 
ñoles, que sintiendo los saludables efectos que él en sus ánimos producía, y 
viendo la reforma que comenzaba á operar en el pueblo, se aficionaron algún 
tanto á la orden religiosa, que tal celo, discreción y acierto inspiraba hasta á 
sus H.' coadjutores, ó sea legos. 

8. Ya que se ha ofrecido hablar de estos, bueno será demos aquí noticiado 
uno que en aquel año de 1609 murió en nuestro colegio de Santiago; y fué 
cabalmente el primero de los nuestros que falleció después de formada la Pro- 
vincia del Paraguay. Este fué el H.*" Pedro de Medina, natural de Jaén, que 
habiendo entrado en la Compañía por el de 1601 en la Provincia de Andalu- 
cía, pasó á la del Perú con el P. Diego de Torres, para servir en los oficios hu- 
mildes de coadjutor (2). Ejercitólos con mucho aprovechamiento suyo y ejem- 
plo de los demás, señalándose en la humildad, caridad, obediencia y aplica- 
ción al trabajo. En su última enfermedad edificó mucho con su inalterable pa- 
ciencia, entera conformidad con la voluntad divina y ejercicio fervoroso de las 
otras virtudes; con lo cual mostró ser digno del grado de coadjutor formado, 
que le enviaba el P. General, y él fué á recibir en el cielo, según piadosamen- 
te creemos, en premio de su religiosa vida, y puntual observancia de las san- 
tas reglas. 

9. Poco antes de su fallecimiento, arregladas ya las cosas del colegio de 
S. Miguel y sus misiones, viendo el P. Diego de Torres que no podia lograr 
en esta por entonces la abolición del servicio personal, en razón de la apatía 



(1) P. Lozano, íbidem, lib. Y, cap. vii, n.* 9.— (í) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. v, n.° 3. 



188 CAP. XIX 1609 

que el P. Vázquez Trujillo babia reconocido en el Gobernador respecto á este 
asunto, partió de Chile á fines de Enero de 1609, llevando por secretario al 
P. Diego González Holguin, en vez del P. Luis de Valdivia que era el asigna- 
do por el P. General. Al pasar la cordillera encontraron con dolor de su Co- 
razón tropillas de indios, que á pié y muy desabrigados eran conducidos de 
Mendoza á Chile, casi á modo de ovejas (1). Compadecido de ellos el bonda- 
doso P., los consoló con tiernas palabras, los exhortó á mirar por la felicidad 
de sus almas, ya que tan lamentable era la condición de sus cuerpos, y esto 
con tal emoción, que los infieles, y lo eran los más, mostraron deseos del santo 
bautismo, que en efecto el P. administró á quince de sus hijos pequefios. Para 
abrigar sus cuerpos, hizo quitar las jergas de los aparejos, y darles cuanta ro- 
pa no les era del todo indispensable á él y á sus companeros de viaje. 

10. En Mendoza habló á todos con la mayor afabilidad y con su acostum- 
brada moderación, como si no supiese nada de lo sucedido; y se dedicó al ser- 
vicio de todos, especialmente de los pobrecitos indios. Anduvo de casa en casa 
averiguando cuáles eran bautizados y cuáles infieles; quiénes eran casados, y 
quiénes solteros, si los cristianos se hablan confesado, y si sabian la doctrina, 
matriculando á todos con su nota correspondiente, para aplicar á cada uno el 
remedio conveniente. Esta prolija diligencia fué bien recibida de los amos y 
patrones, que se ofrecieron gustosos á enviar, ó llevar sus indios á la pequeña 
iglesia que en nuestra casa acababa de disponer el II.'' Fabián, y lo cumplían 
exactamente al oir la señal de la campana. El mismo Provincial, como si fue- 
ra un simple operario, que no tuviera otras atenciones, les hacia la doctrina, 
hablando por si mismo á los que entendían el quichua y por intérprete á los 
demás (2). Con esto aprovechó no solo á los naturales, sino también álos es- 
pafioles, que reconociendo con asombro la multitud de infieles que tenían en 
sus casas, comprendieron lo culpable que era este descuido, y lo lloraron amar- 
gamente. Todos bendecían á Dios; y al P. lo aclamaban varón santo y verda- 
dero siervo del Señor. 

11. Allanados así los caminos, llegaron á aquella ciudad á fines de Marzo 
los PP. Paya y Pastor, á quienes, después de haber recomendado el celo de la 
salvación de las almas, asi de los españoles como de los naturales, y la con- 
fianza en Dios, que no les faltarla con el necesario sustento, no obstante de no 
tener rentas aquella casa, y de haberse opuesto á su fundación los vecinos, 
sobre todo les encargó el cuidado de su propia perfección. A este respecto re- 
comendóles encarecidamente el recato en tratar con personas de otro sexo, ex- 
cusándose de visitarlas, á no ser que la caridad, ó urbanidad lo exigiese. Nom* 
bró por superior de aquella residencia al P. Alejajidro Faya, y para operario 
de españoles é indios al P. Juan Pastor, con orden de que en concluyendo con 
los infieles y demás gentes de servicio de la ciudad, discurriese por las cha- 
cras una legua en circuito de ella, catequizando y habilitando á los naturales 
para el bautismo y demás sacramentos; y que después se adelantase á las más 



(1) P. Lozano, ibid., lib. V, cap. vn, n.° 10.— (2) P. Lozano, ibid., lib. V, cap. viu, n.° 2. 



1609 GAP. xii 189 

remotas rancherías de los bárbaros. Dadas estas y otras prudentes disposicio- 
nes, partió su R.' con su secretario para Córdoba, á donde llegó (1) por el mes 
de Abril; y desde luego se consoló en gran manera al ver el fervor que en todos 
reinaba, y especialmente en los H." novicios y humanistas. Por la dificultad de 
enviar estos á Chile, púsoles cátedra de filosofía: y bien pronto comprendió 
con la experiencia que allí debia estar el colegio máiimo de la Provincia, y así 
lo decretó, y después lo confirmó nuestro P. General. 

12. En seguida de su partida confirieron entre si los PP. Paya y Pastor de 
qué modo podrían despertar á ios españoles del profundo letargo en que ya- 
cían, con dafio suyo y de los naturales; y después de haberlo encomendado á 
Dios con fervorosas oraciones, y aplicado muchas misas para impetrar luz y 
acierto, resolvieron (2) instar frecuentemente en la predicación, inculcándoles 
las obligaciones comunes que tenian para con Dios, y la especial para con los in- 
dios de darles buen ejemplo; manifestándoles cuánto contribuye este á convertir 
los infieles, y á habituar los neófitos asi á las prácticas religiosas, como á las 
costumbres cristianas. Cumpliéronlo exactamente, aprovechándolo que faltaba 
del tiempo de cuaresma, y no sin fruto; como atestiguaba la puntualidad con 
que iban todos á las distribuciones, y enviaban á ellas su gente de servicio, 
venciendo las dificultades y repugnancias que les oponia su codicia; y así 
mismo la devoción con que comenzaron á frecuentar los sacramentos. No es 
de extrafiar, sin embargo, que haya en un pueblo algunos pecadores obstina- 
dos, que ni quieren convertirse, ni tratar siquiera de ello. 

13. No faltaron algunos de estos en aquella ciudad; y lo más sensible fué 
que el cura de ella, por ceguedad ó por envidia, no supo apreciar el favor que 
los PP. le hacían en repartir á sus ovejas el pasto espiritual de la divina pala- 
bra: lo que él poco hacia, ó por incapacidad, pues no era hombre de letras, ó 
por incuria (3). Hasta se empeñó en prohibirles que predicasen y doctrinasen 
en nuestra iglesia. Después de haberle probado estos, con el secreto y modera- 
ción posible, el derecho qne en virtud de las bulas apostólicas á ello tenian, 
procuró satirizarlos con dichos picantes, y hacerles pesados desaires; algunos 
de los cuales evitaron con prudencia, sufriendo los demás con paciencia y si- 
lencio, sin volverse contra él, ni dejar por esto de servir al pueblo. Cuando 
este llegó á traslucirlo, quedó edificado de su sufrimiento; y al fin el mismo 
cura, poco antes de morir, es decir, en la hora de los desengaños, reconoció 
su error y lo reparó. 

14. Pasada la cuaresma dedicóse el P. Pastor con tanto tesón al'estudio del 
huarpe, idioma de aquellas indiadas, que á los tres meses pudo confesar y 
predicar en él con expedición y soltura, y compuso su arte y vocabulario, cor- 
rigiendo y completando el del P. Valdivia (4). Entre tanto enseñaba la doc- 
trina á los de la ciudad, que algo entendían el castellano, ó el quichua, ha- 
biendo designado para ella tres días de la semana. Al principio solo acudían 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. ix, n.*" 1.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. viii, n.® 3. 
^3) P. Lozano, ibidem, lib. Y, cap. viii, n."* 3.^(1) P. Olivares, ibidem, cap. ui, S 2. 



190 CAP. XIX 1609 

unos treinta; pues los amos sentian perder tantas veces el servicio de sus in- 
dios; pero fueron tales los progresos de los asistentes, que bien pronto aquellos 
se desengafiaron, y comprendieron ser preciso hacer algún sacrificio desús 
bienes materiales, para que sus indios pudiesen lograr los espirituales. Bien 
sabia el P. que el domingo era el dia más desocupado para ellos; pero no ig- 
noraba tampoco cuan difícil es que un indio bozal aprenda así la doctrina, en 
razón del peligro de olvidar entre semana lo poco que en el domingo haya 
aprendido. Convenía, además, tocar algunos resortes para vencer la apatía de 
los indios, y estimular su aplicación. A este fin instituyeron los PP. la cofra- 
día del NiQo Jesús, en la que por entonces solo admitieron á los más capaces 
y ladinos; nombraron fiscales, que con las insignias de su cargo corriesen la 
ciudad, recogiendo los indios para traerlos á la iglesia; y entablaron devolas 
procesiones, á que asistían los mismos españoles, con gran edificación de sus 
sirvientes; y también los agasajaban con algunos premios. Lo cierto es que 
con estas santas industrias, y la singular aplicación, afabilidad, discrecion'^y 
paciencia del P. Juan Pastor, no tardó en llegar á trescientos el número de los 
que ordinariamente concurrían al catecismo. 

15. Los dias que no lo hacia en la iglesia, salia por las chacras; y para no 
quitarles tanto tiempo de trabajo, los reunía en cuatro ó cinco partes, ya en 
los mismos campos de labranza, ya en los galpones (-|-), ó en las casas, para 
catequizarlos. Cuatro meses empleó en estas apostólicas correrías, de que no 
volvía á casa bástala noche, y á veces en ayunas; porque engolfado en el cate- 
cismo, ni de comer se acordaba. Aprendan los detractores de la capacidad de 
los indígenas el modo de catequizarlos, y lograran los mismos resultados que 
este humilde hijo de Ignacio. Los infieles todos pedían el santo bautismo; pero 
él no quiso concederlo á ninguno que no estuviese bien instruido; y auna estos 
se lo difirió, para administrárselo con gran pompa y solemnidad el segundo 
dia de la Pascua de Pentecostés. 

16. Para este dia se aderezó nuestra iglesia lo mejor que permitía la corte- 
dad del país; se dispuso una lucida procesión del Nifio Jesús, la cual salien- 
do de aquella fué á la matriz, conduciendo á los indios é indias que debian re- 
cibir el bautismo de mano del Sr. Vicario eclesiástico, que se sirvió encargarse 
de esta función. Iban los neófitos coronados de guirnaldas, y las neófitas cu- 
biertas con tocas (1). Precedían los niños españoles con sus estandartes, ento- 
nando la doctrina cristiana; seguíanse con otro estandarte los indios é indias 
cristianos; venia en tercer lugar otro estandarte, tras del cual seis niños, vis- 
tosamente adornados, llevaban en sendos azafates ó bandejas las cosas necesa- 
rias para aquella función solemne; y por último los catecúmenos de ambos 
sexos (2), en número de ciento treinta, acompañaban las andas del Nifio Jesús 



(->-) Llaman galpón en América á un extenso cobertizo formado de tablas, tejas ó paja so- 
bre pilares de madera fuerte, y á veces cerrado por alguno de los lados, para preservar de 
la intemperie, hasta que natural ó artiflcialmente llegujsn á completa madurez, las míeses 
ó frutos á cuya guarda se destina. (Nota del editor).— (1) P. Lozano, ibidem, lib. Y, cap. vui, 
n.^ 5.— (2) Carta anua de aquel año. 



1608 GAP. ux 191 

con antorchas encendidas. Los españoles, que nunca habían visto en su pue- 
blo solemnidad semejante, quedaban admirados; y nó pudiendo resistir á la 
devoción que les causó, entraron á cargar las andas que llevaban los indios; 
los cuales se dieron por honrados y edificados al ver que sus amos lomaban 
parte en su fiesta. Al recibirlos en la puerta de la matriz el Sr. Vicario entonó 
el TeDeum laudamus, y procedió á las ceremonias prescritas en el ritual. Ver 
la devoción de los catecúmenos era gustosísimo espectáculo para los espafio- 
les; y para los infieles un poderoso estimulo á pedir y disponerse al santo bau* 
tismo. Pides ex auditu, dice el apóstol S. Pablo; mas pudiera decirse que á 
aquellos infieles les entraba asi mismo la fe por los ojos, según la fuerte im- 
presión que la solemnidad del culto católico en sus ánimos hacia. 

17. Por cuatro meses seguidos hubo bautismo solemne todos los domingos; 
y en todos ellos se corrían diez, doce, ó veinte amonestaciones de los recien 
convertidos, ó de los demás; cortándose con estos matrimonios legítimos mu- 
chos amancebamientos y otros vicios. Por general que fuese la moción de los 
infieles, no dejó de haber algunos bien tercos; pero de todos triunfó el ardo- 
roso celo de aquellos PP., interviniendo á veces la Providencia divina con 
auxilios visibles y bien extraordinarios, que refieren los historiadores de aque- 
lla época. El hilo de nuestra Historia nos tiene ya manifestado que es más fá- 
cil convertir á nuestra santa fe los indios reducidos, que hacerles observar los 
preceptos de ella; ó en otros términos, que más fácil era inducirlos á recibir el 
santo bautismo, que á dejar sus malas costumbres. Esta dificultad gravísima, 
reputada por muchos como imposibilidad moral, no arredró al P. Pastor, 
quien conocía perfectamente la propensión de sus neófitos á la embriaguez, el 
hábito que habían contraído de ella, y la indiferencia conque la miraban, cual 
si fuera una mera diversión, ó un sencillo desahogo de sus ánimos fatigados 
por la opresión y el trabajo, sin fijarse en sus funestas consecuencias, ni en su 
intrínseca malicia. 

18. Empeñado este celoso P. en librarles de tanto mal, supo demostrarles 
tan bien los daños que la embriaguez les causaba , y se los representó tan al 
vivo, les expuso con tanta claridad la fealdad y malicia de este vicio, y decla- 
mó con tal energía contra él, que al fin abrieron aquellos indios los ojos, y 
comenzaron á mirarlo con tal horror, que al que arrastrado por la costumbre 
caía en él, lo llamaban hijo del diablo (1). Buen cuidado tenían en tal caso de 
huir de la presencia de nuestros PP., asi' por respeto como por temor. Gomo 
aquel era un escándalo público, estos habían inducido al corregidor á que lo 
reprimiese por su parte con algún castigo; y no satisfechos con esto, persua- 
dieron á los españoles en público y en privado que no les vendiesen licor: y la 
mayor parte accedieron á sus consejos, posponiendo sus ganancias á la mora- 
lidad de aquellas gentes, comunmente incapaces de tomarlo y no propasarse. 
Otros varios vicios extirparon también los PP.; como fueron rencores y ene- 
mistades, atacándolos diestramente , ya desde el pulpito, ya en el confesona- 



(1) P. Lozano, ibidem, lib, V, cap. vui, d.^ 6. 



192 CAP. XIX 1609 

■ I r- " — I — - — I 

rio; en que procuraban hiciesen confesión general, para descubrir las llagas 
antiguas, y acaso mal curadas, á fln de aplicarles el conveniente remedio. 

19. Sumamente consolados se hallaban los PP. Faya y Pastor asi que tu- 
vieron catequizados y bautizados todos los infieles que habia en la ciudad y 
chacras circunvecinas, cuando el Sefior envió una horrible epidemia, que en 
pocos dias se hizo general (1). Claro está que quienes hablan trabajado tanto 
p^ra santificar aquellas almas, no dejarían de trabajar para la curación de sus 
cuerpos; pero el contagio era tan voraz , que no bastó diligencia alguna para 
impedir sus estragos. Muchísimos murieron, sobre todo los ancianos de aqibos 
sexos; y aunque los PP. sentían la pérdida de aquellos sus amados hijos, ben- 
dijeron al Sefior porque se los llevaba cabalmente cuando reengendrados con 
las aguas del bautismo , ó purificados con la penitencia , dejaban á los suyos 
la consoladora esperanza de que iban á gozar de mejor suerte en la gloria. 

20. Llegado era ya el tiempo designado por el Provincial para que saliesen 
á la campiña: aunque su ardiente celo no necesitaba recordar estas disposicio- 
nes; pues les bastaba saber que habia en ella infieles que convertir, y cristia- 
nos que no tenian de tales más que el santo bautismo, para que determinasen 
recorrerla, comenzando por las Lagunas. En vano los vecinos de la ciudad les 
ponderaron las dificultades y peligros de aquella empresa, tan pronto como 
tuvieron noticia de sus intentos. Las privaciones que tendrían que sufrir, las 
penalidades que no podrían evitar, teniendo que viajar primero por méda- 
nos (;4-)7 arenales y largas travesías sin ningún arroyo, vertiente, ni pozo de 
agua potable, y más adelante por pantanos, esteros y varias lagunas sumamente 
difíciles y peligrosas, no arredraron su espíritu. El riesgo que tanto les ponde- 
raban de morir á manos de los indios alzados, y la certeza con que les asegu- 
raban serian inútiles sus trabajos, porque unos no entenderían su idioma, y 
otros se escaparían á la primera noticia de su llegada, confirmaban en su re- 
solución á aquellos verdaderos ministros del Sefior, ardientemente deseosos de 
las cruces del apostolado y de la salvación de las almas. Partió, pues, para las 
Lagunas el intrépido P. Juan Pastor, con solo el H.° Fabián Martínez, no pu- 
diendo ir con ellos el P. Faya por andar algo achacoso. No llevaron más pro- 
visiones que pan y carne salada; y la experiencia les manifestó que no eran 
exageradas las noticias que les hablan dado los mendocinos. 

21. Siendo raras las lluvias en el norte de aquella provincia, á penas hay 
en toda ella más aguadas que los pocos ríos que bajan de los Andes; y por con- 
siguiente son grandes y sumamente pesados los médanos y arenales, y largas 
las travesías. Dase por allí este nombre á los largos trechos de camino que hay 
sin agua alguna, frecuentemente de doce, quince y veinte leguas, los que en 



(1) P. Lozano, ibUlcm, lib. V, cap. viii.— (-f) Médano, mégano, medaño, y también duna 
son palabras con que se significan los montecíllos de arena que el viento forma y fácilmen- 
te traslada de una parte á otra, ya en las grandes llanuras áridas y desiertas, ya muy espe- 
ciaimente en las orillas del mar y de los grandes lagos. Por su inconsistencia y suma movi- 
lidad, y á veces por salir á penas á flor de tierra ó á flor de agua, ponen en inminente peli- 
gro la vida del viajero que tiene que atravesarlos. (Nota del editor). 



1609 CAP. XIX 193 

aquel tiempo serian más prolongados, por no haber todavía los pozos y repre- 
sas que posteriormente se han trabajado en diversas estancias. Además, los 
ños Tunuyan, Mendoza, S. Juan y Bermejo con sus afluentes, que se descuel- 
gan de la cordillera ó nacen en los valles desde la lat. 27"" á la de 3^ 30', se 
desparraman por unos extensos llanos, silos en los confines de las tres provin- 
cias de Mendoza, S. Juan y la Punta, casi en el centro de la que entonces era 
provincia de Cuyo, formando con la cantidad inmensa de sus aguas una mul- 
titud de lagunas, que uniéndose entre sí en el verano, cuando bajan las copio- 
sas nieves derretidas de los Andes, parecen un pequeño mar, dentro del cual 
86 levantan como islas los albardones de tierra que la llanura tenia, ó que se 
han ido formando en torno de los matorrales. Estas eran las guaridas de una 
parte de los indios, que nunca cayeron en poder de los españoles, y de otros 
muchos que se habían fugado de sus encomiendas. Es verdad que en algunas 
de ellas y en los contornos de las Lagunas había varias estancias; con todo 
muchos de aquellos terrenos estaban aún por reconocer, y sus moradores por 
conquistar. No era por cierto esto último la intención que llevaba el P. Pas- 
tor (1). Por desgracia no habían faltado anteriormente sacerdotes, que miran- 
do por el interés de los encomenderos, ó pensando remediar los males que á 
los mismos indios esta libertad ocasionaba, les entregaron los padrones que de 
ellos habían hecho con ocasión de misionarles; de los cuales se aprovecharon 
diligentemente aquellos para recobrar los que se les habían fugado de sus ha- 
ciendas. 

'22. Escarmentados con esto los indios huían del P. Pastor, como del mayor 
enemigo; pero los pocos á quienes logró dar alcance, prendados de la afabili- 
dad y ternura con que los trataba , y enterados de sus rectas intenciones, se 
dieron á su trato, y avisaron á los demás que viniesen á oír sus exhortaciones. 
Siendo aquellas gentes un conjunto de diversas tribus, muchos no entendían ni 
el quichua ni el huarpe; por lo cual le fué preciso clasificarlos según su na- 
cionalidad, para catequizarlos á todos, á unos por si mismo y á otros por in- 
térprete; lo que demandaba mayor trabajo y ocupaba más tiempo. Dueña esta 
gente de su voluntad, no fué posible convocarlos á determinados puntos: los 
dos misioneros tenían que discurrir en miserables balsas de totora, ó sea espa- 
daña, de isla en isla; pasar y repasar en ellas los esteros, ríos y lagunas para 
ir ya á la una, ya á la otra, sin dejar matorral ni rincón que no recorriesen 
en su busca, demorando ocho ó diez días en cada lugar algo poblado. Aquí se 
valieron de especiales y muy oportunas industrias; siendo la principal enseñar 
prolijamente la doctrina á los niños, para que de ellos la aprendieran después 
ios grandes. A estos los ponían en rueda, teniendo cada uno en la mano una 
tabla ó piedra, en la que, sin saber escribir, apuntaban con alguna raya lo 
que el P. ó el H."" su compañero, colocados en medio, les decían: esta clase de 
escritura indeterminada, que se usaba antiguamente en el Perú, se habia pro- 
pagado hasta Cuyo; y puedo asegurar que todavía en los curatos de la Rioja 



(1) P. LozanOi íbidem, Ub. Y, cap. viii, n.®8. 

13 TOMO 1 



19Í CAP. XIX 1609 

algún tanto se conserva, como lo observé cuando di misiones en aquella pro- 
vincia en el año 1843, donde muchos de los que venian á confesarse traían su 
examen anotado con hilos, palitos, granos ó piedrecitas, con bastante distin- 
ción y claridad. El Señor les favoreció notablemente en el caso de que vamos 
hablando, dando tal aplicación é inteligencia á aquellas pobres gentes, que 
varios aprendieron en solos diez ó doce dias las cosas necesarias para poderlos 
cristianar. 

23. Mas de cuatro meses demoró el P. Pastor en aquellas Lagunas (1), don- 
de ni los españoles, que llevaban el interés de sacar indios, lenian valor para 
detenerse, por no poder tolerar la plaga de los mosquitos ; y en ellos bautizó 
seiscientos infieles con la solemnidad que en Mendoza, en cuanto le fué posi- 
ble. Confesó también á los bautizados anteriormente, cortó muchos amanceba- 
mientos, hizo bastantes matrimonios, no obstante la grave dificultad que hay 
paradlo en estas naciones, y es la poligamia. Convencido de cuanto conviene 
curar el mal por las cabezas, fué su principal diligencia reducir los caciques á 
que escogiendo una de sus mujeres para esposa legitima, despidiesen á las de- 
más. Costóle mucho el conseguirlo; y la indiada imitó enseguida su ejemplo. 
Para que no se desvaneciese el fruto de esta penosa misión, escogió cuatro de 
los lugares más cómodos de aquellas Lagunas, y en ellas dispuso otras tantas 
capillas; recomendando á todos que los domingos y dias festivos concurriesen 
á rezar siquiera la doctrina, ya que no podian oir la santa misa, por falta de 
sacerdote que la dijera: y encomendó especialmente á ios niños el cargo de re- 
zarla (2) en voz alta. Óptima providencia, asi porque los niños con el candor 
de su edad se aficionan mas á las cosas santas, como también porque lasabian 
de memoria mejor que los adultos, por habérsela enseñado á ellos más despa- 
cio el H."" Fabián, quien, no teniendo que atender á confesiones ni á casamien- 
tos, se ocupaba casi exclusivamente en su instrucción. 

24. Mucho sintió el P. Pastor tener que enviarlo á Mendoza antes de con- 
cluir su excursión apostólica, á causa de haberse enfermado gravemente el 
P. Faya; y por Noviembre tuvo que regresar él mismo allá, por haber sabido 
que se habia igualmente enfermado el H.'' Fabián, y haber, además, ordenado 
el P. Provincial que pasase él á gobernar aquella residencia, para que el Pa- 
dre Faya fuese á Chile, á probar si con la mudanza de clima recobrarla la sa- 
lud (3). Cabalmente en aquel entonces se disponía á pasar á las tierras conti- 
guas á las Lagunas, donde la buena fama habia dispuesto á su favor los ánimos 
de los moradores, y esperaba por lo mismo recoger sin tanto trabajo abundan- 
tes cosechas de conversiones. Mas como caritativo y obediente siervo del Se- 
ñor, abandonó sus halagüeños planes, y se fué á Mendoza, emprendiendo el 
viaje á pié, por no haberle llegado á tiempo las cabalgaduras. 

25. Esto fué á fines de Noviembre, cuando ya se hacen muy sensibles los 
calores en aquel pais. £1 sol era abrasador; y errando el camino, se metió por 



(1) P. Lozano, ibídem^lib. V, cap. viii, n.** 9.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. viii, n.*9. 
—(3) P. Lozano, ibidera, lib. V, cap. vm, n.° 8. 



1609 CAP. XIX 195 

unos salitrales que le aumentaban la sed y la fatiga; y para mayor desdicha, 
sopló el sonda; asi llaman á un viento, que, con venir del lado de la cordille- 
ra, es fuerte y calidísimo; tanto que jamás lo he experimentado igual en otra 
parte alguna. Con estos graves accidentes la fiebre, que de antemano padecía, 
se le acrecentó; un ardor excesivo enardecía sus entrañas y secaba sus fauces; 
agua para refrigerarse alli no la habia; cada soplo de viento parecia una bo- 
canada de fuego; y al fin, perdidas las fuerzas cayó desfallecido (1). Casi igual 
necesidad padecian dos indiezuelos que lo acompañaban: con todo corrieron 
á toda priesa, á causa del singular amor que al P. profesaban, á la aguada más 
inmediata, distante de allí ocho leguas. Entre tanto él quedó solo tendido en 
aquel páramo, aguardando con resignación la muerte; contento de sufrirla en 
aquel abandono, por cumplir la obediencia, y procurar la salvación de los in- 
dios. Al anochecer divisó que por diversas partes venian sus dos indiecitos con 
el agua, y otros con las cabalgaduras para su viaje. ¡Qué consuelo para quien 
estaba desfallecido, muñéndose de sed ! Mas este le duró poco; porque cor- 
riendo aquellos por el deseo de socorrerlo cuanto antes, se cayeron y se les 
rompió el porongo ó calabazo en que la traian. Bendijo el P. al Señor por este 
nuevo contratiempo; y montando á caballo con el auxilio de los mismos, pro- 
siguió lentamente su viaje por ocho leguas, hasta un arroyuelo de buena agua, 
que fué todo su alivio. Al llegar á Mendoza encontró postrados en cama á sus 
dos hermanos; y como si él estuviera muy robusto^ se constituyó su enfermero 
hasta que mejoraron, y pudo enviarlos á Chile. 

26. De esta ciudad de Santiago pasó al Perú el P. Faya, ignoro en qué tiem- 
po; si sé haber fallecido en Lima por Noviembre de 1640; y supuesto que no 
tendré que hablar más de él, pondré aquí las pocas noticias que de su vida he 
adquirido (2). Nació en Savona ó Clavona, ciudad del Genovesado, en el año 
1562: entró en la Compañía de edad de veinte y ocho años en la Provincia de 
Andalucía, de donde pasó al Perú con el P. Provincial Diego de Zúñiga. En 
1608 fué nombrado ministro del noviciado de Córdoba del Tucuman, y sirvió 
no poco para la recta formación de aquella juventud religiosa (3). Era perso- 
na de grande espíritu, verdaderamente mortificado y gran despreciador de si 
mismo ; vivo retrato de la modestia en su semblante y acciones; muy medi- 
do y aun escaso en las palabras, hablando siempre con gran peso y circuns- 
pección, la que mal podrá guardar quien habla mucho; amantísimo del retiro, 
al paso que muy vigilante en la guarda de si mismo; en la pobreza tan seña- 
lado, cual pregonaban sus vestidos los más viles, habiéndole durado veinte 
años un jubón y treinta un chaleco; tan humilde, x[ue siempre aspiraba por 
emplearse en los oficios más bajos de la casa; y por último, un modelo de re- 
ligiosa obediencia tan acabado, que no se le reconocía más voluntad que la de 
los superiores, siendo, por tanto, muy á propósito para enseñarla á los no- 
vicios. En el Perú escribió tres tomos en U de ejemplos de virtudes y vicios. 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. viii, n.^ 10.— (2) Backer, Bibl. tom. V.— (3) P. Lozano, 
ibidem, Ub. lY, cap. xxiv, n.® 8. 



196 GAP. XIX 1609 

que se imprimieron en Sevilla en 1632, con general aceptación. Al fin rnarió 
de edad de setenta y ocho años, dejando fundadas esperanzas de que iria á re- 
cibir el premio de sus trabajos y virtudes. 

27. Tenemos, pues, al P. Juan Pastor solo en la residencia de Mendoza, 
cargado con todo el peso de ella; pero sin tener el nombre de superior, como 
consta de estas textuales palabras del P. Provincial : y no permita que nadie 
lo llame superior de ella, porque yo enviaré al que lo ha de ser; y acuda V.^ ñ." 
al alivio del P. Alejandro Faya, que lo merece mejor que F.* fl.* (1). Las gen- 
tes del mundo improbarán esta su inhibición, y mucho más el modo áspero 
con que trata á un P. tan benemérito, que se sacrificaba con gusto en servir á 
Dios y á laCompafiia; pero las personas espirituales, que entienden y aprecian 
las cosas de perfección, lo justificarán. £1 P. Juan Pastor era joven y recién 
ordenado de sacerdote; las grandes empresas que en aquel afio habia realizado, 
y los abundantes frutos con que Dios las habia bendecido, suficientes eran pa- 
ra envanecerlo. Y como que la humildad es el lastre para que no zozobremos 
en este mar tempestuoso del mundo, el P. Provincial lo tratarla asi para man- 
tenerlo en ella; que bien conocerla, por lo demás, las aptitudes de aquel sub- 
dito suyo, de cuyo gobierno estuvo tan satisfecho, que en más de cuatro años 
no le nombró sucesor. Es verdad que para su alivio le envió cuanto antes ai 
P. Antonio Macero, á quien le probó tan mal aquel clima, que luego se enfermó 
y tuvo que regresar á Córdoba. Por tanto quedó solo otra vez el P. Pastor con 
todo el peso de aquella residencia, grande ciertamente ; porque á más de la 
frecuente predicación, tenia que confesar á los muchos que ya frecuentaban 
los sacramentos, y que atender al catecismo y moralidad de los indios, quie- 
nes, de lo contrario, bien pronto se habrían vuelto al estado de antes. 

28. A todo acudia gustoso, puramente por amor de Dios; pues que allí na- 
da humano habia que pudiera lisonjearle. Transformadas en capilla las pie- 
zas más cómodas de la casa, hablan quedado para habitación de los nuestros 
otras pequeñas y tan mal acondicionadas, que se llovían por todas partes: ni 
silla tenían en que sentarse; sus catres eran unos zarzos de varas toscas; ni 
unas sábanas había en la casa para alivio de quien se enfermase: ellos mismos 
tenían que servirse y que hacer de peones y oficiales, por falta de dinero con 
que pagar los jornales (2); y por la misma causa tenían frecuentemente que 
mendigar de puerta en puerta el cotidiano sustento. A este ten6r correspondía 
la pobreza de la iglesia, cuyo altar solo tenia un cuadro de Ntra. Sra. de Lo- 
reto, á la cual se dedicó; unas estampas y un frontal. La malevolencia con que 
fueron recibidos los tuvo asi un año: prueba que soportaron con la mayor re- 
signación, y Dios se la recompensó colmadamente con espirituales consuelos 
por entonces, y poco después con lo suficiente para elevar aquella casa al ran- 
go de colegio, como á su tiempo veremos. 

29. Sus progresos comenzaron por sus mismas calamidades. En efecto; ha- 



(1) P. Lozano , ibidem , lib. Y, cap. vm, n.° 11.^2) P. Lozano , ibidem , lib. Y, cap. vm, 
n.*» 12. 



1609 CAP. XIX 197 

biendo venido á Chile por enfermos el P. Faya y el H."" Fabián, según acaba- 
mos de indicar, refirieron á D.* Inés de León Carvajal y otros caballeros de 
este Reino, especialmente á los que, por tener en Mendoza sus encomiendas, 
se interesaban en estas noticias, las grandes conversiones que el Señor acaba- 
bs. de hacer en aquella ciudad y su provincia ; los centenares de infieles que 
se hablan convertido á nuestra santa fe ; el número de casamientos ; la en- 
mienda habida en la embriaguez y en otros vicios de escándalo público; y las 
fundadas esperanzas de conseguir mayores bienes, si en ella se radicaba la 
Gompafiia. Complacida D/ Inés por la parte que en estos espirituales progre- 
sos habia tenido, y deseando promoverlos en cuanto pudiese, al regresar dicho 
H/ para Mendoza, le regaló para su iglesita un sagrario muy hermoso con su 
custodia, lámpara y cáliz de plata, ornamentos nuevos de terciopelo, albas y 
demás ropa blanca, algunas alhajas de valor, y buena cantidad de cera blan- 
ca; y para el sustento de la casa envió una gran majada de ganado ovejuno (1). 
Algunos de los otros encomenderos imitaron su ejemplo; y los mismos vecinos 
les hicieron poco á poco sus limosnas, con que no solo pudieron sustentarse los 
sujetos de aquella casa, sino también aviar á los nuestros que por alli pasaban, 
hacer crecidas limosnas á los pobres indios, y proveer á la conversión de la 
gentilidad , internándose á costa suya, sin sínodo (+), ni erogación alguna 
del real erario, á sus lejanas tierras, como esta Historia irá diciendo. 



(1) P. LozaDO, ibidem, Ub. V, cap. vni, n.® 12.— (+) En América se llama sfnodo el esti- 
pendio que se da á los misioneros por razón de sn cargo. (Nota del editor). 



198 CAP. XI 1610 



CAPÍTULO XX 

1. Vuelta del P, procurador con diez y nueve sujetos. — 2. Bula de beatificación de 
Ntro, Sto, P, Ignacio. — 3. Celébrase en Santiago y en Mendoza.^4. Como también 
en Chiloé y en Arauco. — 5. Favores del Sto. Patriarca. — 6. El Provincial visita el 
Tucuman. — 7. Y el Paraguay. — 8. Recibe á la misión del P. Romero en Buenos- 
Aires. — 9. Instala el colegio máximo en Córdoba. — 10. Volviendo para Chile de- 
fiende al P. Pastor. — ii. Ordena sea reprimido judicialmente otro impostor. — 12. 
Se complace por la regular observancia de los nuestros en Mendoza y en Santiago. — 
13. Intenta abrir un convictorio. — 14. Supera las dificultades. — 15. Su solemne 
apertura. — 16. Con cuánto regocijo del pueblo. — 17. Su reglamento. — 18. Sus pro- 
gresos.-^\9. Excelentes operarios que produjo. 

1. Dos grandes sucesos vinieron á consolar en este afio 1610 á nuestros Pa- 
dres y H.% asi por su propia importancia, como por ser de interés general, ei 
uno para la Provincia del Paraguay, y el otro para toda laCompafiia. En efecto; 
el 1.° de Mayo aportó en Buenos-Aires el P. Juan Romero (l)á los dos afios de 
haber sido enviado de procurador á Roma, trayendo consigo la real cédula 
del 30 de Enero de 1609, diez y nueve jesuitas, y además la fausta noticia de 
haber el Papa Paulo Y beatificado á Ntro. Sto. P. Ignacio. En dicha cédula 
ordenaba Felipe III á los gobernadores de Chile, Tucuman y Rio de la Plata, 
que los indios convertidos no pagasen tributo los diez primeros años de su con-- 
versión; que á esta se destinasen religiosos déla Compañía, y que se les sumi- 
nistrase lo necesario para su manutención á costa del erario. Brillante testimonio 
de la piedad y generosidad del católico monarca. Con el arribo de los sujetos re- 
cien indicados, aunque de ellos solo cinco fuesen sacerdotes/ ocho H.'i3studian- 
tes, y seis H.' coadjutores, siendo aun novicios cuatro de los H.% esta Provincia 
respiró, por ser todos ellos varones escogidos, de gran virtud, ánimo resuelto y 
emprendedor: los PP. hombres doctos y experimentados, y cinco de los Her- 
manos ya teólogos, que no tardarían en ordenarse, y con talento para servir 
pronto en las cátedras, en los ministerios y aun en el gobierno. Los que á su 
tiempo pasaron á Chile y trabajaron por algunos años en nuestras casas con 
satisfacción y fruto, traian en el catálogo de su envió las notas siguientes (2): 
«P. Juan de Humanes, de mucha religión y aventajado don de pulpito; Her- 
«mano Cristóbal Diosdado, estudiante de buenas esperanzas, muy religioso; 
«H. Diego de Boroa, de grande religión, espíritu y talento para todo, estudian- 
((te teólogo: H. Juan de Albiz, estudiante teólogo de mucha religión y aventa- 
«jados talentos; H. Simón de Ojeda, novicio escolar, de aventajados talentos: 
«todos ellos españoles de nación. y> 

2. La bula de beatificación de Ntro. Sto. P. Ignacio fué recibida en todas par- 
tes con el mayor entusiasmo, no solo por los nuestros, sino también por los ex- 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. ii, n.'' 6.— (2) P. Lozano, ibidem, líb. YI, cap. ii, n.^ 6. 



1610 GAP. XX 199 

trafios, hasta por los indios, á despecho de su natural frialdad y apatia. Con 
la celeridad posible se comunicó á todas nuestras casas; y en cada una de ellas 
se celebró con fiestas solemnes y notables manifestaciones de alegría. «A pe- 
anas se supo en Santiago, dice el P. Lozano (1), cuando las lenguas de todas 
«las campanas anunciaron en armoniosos repiques la nueva, que inundó en 
«gozo los corazones; con ser tiempo que debía reinar la tristeza por los 
«trabajos de una epidemia, y más por la cesación a divinis, que tenia puesta 
«el Sr. Obispo por unas diferencias pasadas entre su lima, y la real audien- 
«cia (-|-). Alzóla por respeto de esta solemnidad ; y respiraron los corazones 
«al oir las voces alegres de las campanas, señalándose todos los estados en las 
«demostraciones de júbilo, religiosos, clérigos y seglares; y particularmente 
«la nobleza, que con ricos y preciosos arreos subieron á caballo, y con hachas 
«encendidas, carrera y paseo dieron á entender aquella noche que á ninguno 
«cedian en devoción á S. Ignacio.» 

3. De lo restante de la narración se trasluce que designaron el 31 de Julio 
señalado por la Iglesia para la tiesta de S. Ignacio, para solemnizar su beatifi- 
cación. Entrambos cabildos, real audiencia, y el Obispo Fr. Juan Pérez de Es- 
pinosa asistieron á las visperas, misa y sermón, y por la tarde á una academia, 
en que los discípulos de nuestras escuelas recitaron dos oraciones muy elegan- 
tes en latin y castellano, y otras bellas composiciones en verso. En la víspera 
por la noche hubo iluminación general en la ciudad, y fuegos artificiales, es- 
merándose sobre todos en demostraciones de júbilo los PP. de Sto. Domingo, 
que el dia siguiente ocuparon el altar en nuestra iglesia. Otro muy suntuoso 
erigieron en la suya á honra de nuestro Beato el dia de la fiesta de su santo Pa- 
triarca, y el orador pronunció el panegírico del nuestro. Otro tanto hicieron en 
los demás dias de la novena ; cosa que fué muy aplaudida del público, y que 
nos dá un testimonio de la buena armonía que reinó entre las dos comunidades 
desde nuestra entrada en Chile. En Mendoza se celebró esta fiesta por ocho 
dias consecutivos en Diciembre de aquel año 1610, con tanta pompa y majes- 
tad, que cuantos la vieron decían haber excedido la capacidad de aquel peque- 
ño pueblo; y lo más apreciable fué la devoción con que todo el vecindario con- 
currió á ella, y el regocijo general que mostró por el triunfo del fundador de 
una orden religiosa, que comenzaba á prestarles tan importantes servicios (2). 

4. En el año siguiente se celebró en Arauco y Ghiloé, tan pronto como los 
PP. misioneros llevaron allá esta fausta noticia, manifestando cada lugar, de 
un modo análogo á su situación, la parte que tomaba en el común alborozo, á 
más de las solemnes funciones hechas en la iglesia. En Castro festejaron al 



(1) P. Lozano, ibidem, Ub. VI, cap. iii, n." 13.— (-^) No podemos confundir este entredicho 
con aquel de que habla Mr. Gay en el tomo II, cap. xlii, pag. 381, que sucedió el ano 1612. 
£1 Sr. £izagnirre cuando en la pag. 250, tomo I de su Historia dice que teniendo una grave 
cuestión su lima, y la real audiencia con motivo de la visita del hospital, pusieron por jue- 
ces arbitros de ella á dos PP. de la Compañía, no cita la fecha; y como que el P. Lozano no 
expresa el motivo de esta cesación a divinis , no puedo decir si se refieren á un mismo he- 
cho.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. VI| cap. iii, n."* 16. 



200 CAP. XX 1610 

santo Patriarca con el simulacro de un combate naval, y juegos militares de 
la guarnición de aquel presidio. £1 castellano de Arauco, que lo era otra vez 
Guillen de Casanova, cántabro de nación, esmeróse en solemnizar la gloria de 
su santo paisano con todo el bullicio y explendor militar, reuniendo allí para 
dar más auge á esta fiesta, á todo el ejército de aquella frontera. No faltaron 
en la iglesia todas las funciones que pudieran hacerse en la ciudad más ^se- 
gada. Fuera de haberla adornado en el exterior con todas las banderas y es- 
tandartes, no hubo instrumento bélico de clarín, timbal, pífano ó tambor, que 
no sirviese al regocijo, ni arma que no se disparase en repetidas salvas; y se 
afiadió una muy solemne procesión de toda la milicia, con admiración de los 
bárbaros, llevando en andas muy adornadas la imagen de nuestro Sto. Padre 
y Patriarca: á quien todo lo dicho no daría tanto gusto, como el singular ob- 
sequio que le hizo el castellano Gasanova. En efecto; hallándose de tiempo 
atrás gravemente enemistado con el comisario de la caballería Alvaro Nu- 
fiez, lo tomo públicamente de la mano, y por respeto al santo hicieron allí 
mismo las amistades, que no habían querido hacer por el de hombre alguno, 
ni siquera por el del Gobernador (1). Para estrechar más esta amistad convi- 
daron nuestros PP. á los dos y á los demás jefes del ejército á comer en su 
casa. 

5. Los santos no se dejan vencer en generosidad, y ordinariamente pagan 
aun en este mundo los obsequios que sus devotos les tributan. Así lo hizo 
niíestro Sto. Padre en Mendoza. Un espafiol moribundo lo invocó más con el 
corazón que con la boca, porque no alcanzaba á articular palabra; apareciósele 
él al punto bafiado de resplandores, y prometiéndole catorce años más de vida 
para que los emplease en el servicio del Sefior, lo restituyó á su entera sa- 
lud (2).£1 efecto verificó la profética promesa; el espafiol vivió realmente otros 
catorce años, y con vida ejemplar. Las anuas de aquel tiempo refieren otros 
muchos favores que dispensó, sobre todo á las mujeres que estaban de parto, 
dando felizmente á luz sus hijos á sola su invocación, ó al piadoso contacto de 
alguna de sus reliquias. La beatificación de nuestro P. S. Ignacio contribuyó 
mucho á aumentar el fervor de sus hijos, que á más de las funciones públicas, 
la celebraron con otras privadas, unas de comunidad, y otras según la devo- 
ción de cada uno. El premio otorgado por la Iglesia á la virtud y celo del Pa- 
dre, alentó la esperanza de sus hijos, y desarrolló más y más en ellos el es- 
píritu de caridad, y el entusiasmo por la salvación de las almas, que forma- 
do hablan el carácter de nuestro santo fundador. 

6. Mucho contribuyó á aumentar la solemnidad de las susodichas fiestas de 
Mendoza, la presencia del R. P. Provincial Diego de Torres, que acertó á ha- 
llarse allí aquellos dias con otros PP., según diremos en el núm. 12, después 
de una rápida reseña de sus hechos gubernativos en los veinte meses que 
demoró en las gobernaciones del Tucumam^ Buenos-Aires y Paraguay (3). Ha- 



(1) P. Lozano, ibidem, Ub. VI, cap. ni, n." 15.— {*) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. iii, n.® 16. 
-^3) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. in, n."" 16. 



1610 CAP. XI 201 

hiendo su R/ visitado el colegio de Córdoba con el consuelo que dijimos en el 
QÚm. 11 del capítulo anterior, pasó á Santiago del Estero, y trasladó á S. Mi- 
guel de Tucuman la residencia que allí habia ; é internándose en el territorio 
de los indios, visitó la ciudad de la Concepción del Rio Bermejo. 

7. Fuese luego á la Asunción del Paraguay; y habiendo elevado su resi- 
dencia á colegio, despachó misioneros al Gayra, Paranapané Itanguá y Tiba- 
liva. Con indios de aquellas naciones fundó las reducciones de Ntra. Sra. de 
Loreto en el Pirapó, la de S. Ignacio en Atiguayá, y otra de S. Ignacio Guazú 
en Taguaracamygtá para los canoeros del gran Paraná, y emprendió la conver- 
sión de la indómita y belicosa nación de los guaycurús. A los PP. ocupados 
en estas misiones les dio una larga y prolija instrucción llena de celo, pruden- 
cia y sabiduría, que podrá ver el lector en el libro YI cap. i del P. Lozano; á 
continuación de la' cual hallará las ordenaciones generales que dictó para to- 
da la Provincia en la Asunción del Paraguay. 

8. De esta pasó á Buenos-Aires; cuya residencia habia quedado acéfala, por 
la fuga del P. Juan Domínguez. ¡Oh escándalo sin ejemplar antes ni después 
en toda esta Provincia! El P. Provincial lo reparó predicando allí con infatiga- 
ble celo en la cuaresma del afio 1610, y con la conversión de muchos españo- 
les, indios y gente de color (1). AI pasar por Sta. Fe, prometió á sus piadosos 
vecinos abrir una residencia en aquella ciudad tan pronto como llegase el 
P. Romero; y efectivamente se lo cumplió en Mayo de aquel afio. Poco des- 
pués su R/, con la mayor parte de los recien llegados, partió para Córdoba, de 
donde despachó á Santiago tiel Estero para recibir las sagradas órdenes de mano 
de su Obispo á seis de nuestros jóvenes escolares con el P. Juan de Yiana, á 
quien enviaba de visitador á la residencia de S.' Miguel del Tucuman, por no po- 
der ir él en persona, en razón de las muchas y graves ocupaciones de su cargo. 

9. Una de estas fué declarar, como en efecto lo declaró, al colegio de Cór- 
doba por el máximo de la Provincia, con autoridad del muy R. P. Claudio 
Aquaviva (2): en él entabló acto continuo los cursos de artes y teología; en la 
que salieron aventajados, entre otros, los PP. Juan de Albiz, Baltasar Duarte, 
y Alonso de Aguilera, que después la ensefiaron con lucimiento en nuestro 
colegio y universidad de Santiago de Chile. Con su trato espiritual, frecuentes 
pláticas de comunidad y su buen ejemplo avivó notablemente el fervor de todos 
aquellos PP. y H.% especialmente el de los novicios, de quienes se constituyó 
maestro durante la ausencia del P. Yiana. Las llamas de su celo no podían con- 
tenerse dentro de las paredes del colegio; predicaba y ejercía los demás minis- 
terios con los seglares; y salió á la defensa de los pampas y otros indios 
injustamente cautivados por los españoles, y puso algún coto á las malocas 
que estos les hacían sin justificados titules. 

10. Entonces fué cuando celebró aquí la beatificación de nuestro Sto. Padre 
con la solemnidad indicada en el núm. i; y vuelto de S. Miguel de Tucuman el 
P. Yiana , se vino su R.* de Córdoba para Chile (3) á principios de Noviem- 



(1) ?. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. ii, n.^ 1.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. ni, n.® I. 
—(3) P. Lozano, ibidem, lib. YI, cap. iv, n.^^l. 



202 GAP. XX 1610 

bre de 1610 trayendo consigo á los PP. Cristóbal Diosdado, Juan de Huma- 
nes, y Antonio de Urefia. En el camino encontró con cierto espafiol que le dio 
mil quejas del P. Juan Pastor, superior de la residencia de Mendoza, acrimi- 
nándolo de varios delitos (1). Bien pronto conoció el prudente Provincial la 
malicia del tal sujeto, que hablaba por venganza y no por razón; y salió á la de- 
fensa de dicho P., hasta tapar la boca del atrevido impostor; y no contento con 
esto, aprovechó cierta oportunidad de escribir á su subdito, protestándole estar 
sincerado de su buena conducta y animándolo á sufrir persecuciones y calum- 
nias por Cristo. £1 P. Diego, si bien aconsejaba resignación y sufrimiento á lo8 
suyos como discípulos del Crucificado, salia á su defensa, como padre celoso, 
siempre que los veia calumniados. No tardó en ofrecérsele otro caso, tanto 
más sensible, cuanto más condecorado era el tenaz calumniador. 

11. En efecto; cierto sacerdote, resentido con el H. Fabián Martínez porque 
le habia desvanecido con santa industria una mala amistad, levantóle un falso 
testimonio contra su honor. Averiguada la inocencia del buen H. no solo por 
la opinión pública, sino por ios argumentos del caso, no se reduela el mal sa- 
cerdote á dar la competente satisfacción; antes bien proseguía desbocado en su 
maldad y daba muchas molestias á los nuestros de Mendoza. Informado de ello 
el P. Provincial, cuando estaba ya en esta, ordenó al P. Juan Pastor que se 
presentase contra él en derecho y justicia; y por su comisión nombró este por 
juez conservador al P. prior de los dominicos; quien hecha la averiguación ju- 
rídica, declaró la inocencia del buen H.: y reconocido el ruin motivo que esti- 
muló al impostor á la venganza, le condenó á ser privado del benlBficio y des- 
terrado de la ciudad (2). Obtenida la sobredicha declaración , ni el P. Pastor, 
ni el H. Fabián exigieron el cumplimiento de la condena; pero regresando po- 
co después su R.* por allá, procuró que se llevase á ejecución, para que sirviese 
de escarmiento á los que se sintiesen tentados á calumniar á los fieles siervos 
del Sefior; y obró así con muy sobrada razón en aquellas circunstancias, en 
que la Compañía se veia tan perseguida por lo del servicio personal, y en las 
que tanto necesitaba mantener en buen pié su nombre y reputación, para que 
no fuese menospreciada su doctrina. 

12. Con gran complacencia suya vio, al hacer la visita, los progresos que 
comenzaba á hacer la residencia de aquella ciudad; y para promoverlos, les dio 
sus sabios consejos, y prudentes disposiciones. Dejóles, además, al P. Cristó- 
bal Diosdado; quien, después de haber aprendido la lengua quichua, se dedi- 
có al estudio de otras dos más usuales en la provincia de Cuyo, y luego se em- 
pleó por más de cuarenta años en continuas misiones por aquellas tierras, como 
á su tiempo iremos diciendo. Hecha la visita en la debida forma, y después de 
haber celebrado allí también la beatificación de N. P. S. Ignacio, pasó la cor- 
dillera con los PP. Humanes y Ureña, dándoles ejemplo de serenidad y cons- 
tancia en los varios accidentes desagradables que les acaecieron en aquel arries- 
gado viaje; como fué despefiarse algunas muías, perderse cargas, y á poco más 



(1) P. LozaDO, ibidem, lib. VI, cap. iv, n.® 2.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. iv, n.*' 3. 



1611 CAP. IX 203 

sus personas (1). Mas quiso Dios sacarlos felizmente de todos los peligros; y sin 
lesión alguna llegaron á Santiago por Enero de 1611. Muy complacido quedó 
el P. Diego al ver el fervor con que se mantenían la disciplioa doméstica y ob- 
servancia religiosa, y el celo con que asi en la ciudad como en la campaña, se 
habian ejercitado en su ausencia, y se ejercitaban entonces los ministerios. 

13. Desde luego proyectó darles mayor extensión, abrazando un nuevo ra- 
ODIO de grande utilidad para todo Chile en general, y de no pequeña para la 
Compañía en particular; cual fué la creación de un colegio de internos, ó sea 
convictorio, oomo lo llamaré en adelante, para no confundirlo con los otros 
de la Compañía (2). Es verdad que en nuestro colegio de S. Miguel estudiaban 
muchos jóvenes externos; sin embargo, el celoso Provincial quiso proporcio- 
nar al país un sistema de educación más perfecto en sí mismo, y en aquella 
época de mayor necesidad en América que en Europa. La conquista no estaba 
consumada todavía: los españoles tenian que estar siempre sobre las armas, 
especialmente en Chile, para contener los bríos del valiente araucano, y evitar 
que no los arrojara de todo el Reino, como los habia arrojado de las provin- 
cias situadas al sur del Biobio. Hasta los mismos padres de familia de esta ca- 
pital tenian con frecuencia que dejar solas sus casas, para acudir á la guerra. 
Eq tiempos pacíGcos hacían los más de ellos otro tanto para atender al cuida- 
do de sus haciendas ó encomiendas, esparcidas por estas dilatadas campiñas; 
con no pequeño detrimento de la educación de sus hijos, que no era fácil la 
recibiesen buena en tales circunstancias, á pesar de la religiosidad y severidad 
de costumbres que caracterizaban á los coIodos españoles. Este defecto radical 
en la educación se habia hecho tan sensible, que el P. General Claudio Aqua- 
viva en su instrucción á las Provincias de Indias, fecha el 14 de Abril del 1609, 
recomendaba no se recibiera en la Compañía á ninguno, ó á muy raros en estas 
tierras, que no se hubiesen criado en nuestros seminarios. He aquí otro pode- 
roso motivo que tuvo el P. Diego de Torres para plantearlo en esta ciudad: el 
proveer á la conservación y aumento de su Provincia, educando de manera la 
juventud criolla, que algunos se moviesen espontáneamente á hacerse dignos 
hijos de ella (3). 

14. Huchas dificultades se ofrecieron, que algunos abultaban hasta presen- 
tar como imposible su proyecto; pero su ilustrado y magnánimo espíritu las 
desvaneció todas, no solo en las conferencias en que se trató este asunto, sino 
también en la práctica. La falta de casa la suplió disponiendo para habitación 
de los convictores un departamento de nuestro colegio, separado suficiente- 
mente de lo restante de él, para que no pudiesen perturbar el silencio y disci- 
plina religiosa (4). A la escasez de sujetos opuso la fundada esperanza de que 
así se aumentarían, por los muchos que educados religiosamente, solicitarían 
entrar en la Compañía; á la dificultad de proporcionarse los recursos necesa- 
rios para la realización de su plan, satisfizo con su gran confianza en Dios; y 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. iv, n.'' 5.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. iv, n."" 9. 
—(8) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. iv, n."" 11.— (4) Carta ánna de aquel afio. 



204 CAP. XX ISll 

el recelo de que no habría quienes quisieran pagar la pensión indispensable 
para el sustento de los internos, en virtud de la gran pobreza del país, comba- 
tido y arruinado por las continuas guerras, lo desvaneció protestando que los 
padres de familia harían gustosos cualquier sacríficio pecuniario, asi que vie- 
sen prácticamente los felices resultados del proyectado sistema de educación. 

15. A estas y otras razones accedieron los PP. consultores; y el activo Pro- 
vincial dióse tanta priesa en la ejecución de su proyecto, que lo planteó la vis- 
pera de la Asunción de Ntra. Sefiora (1), después de haberlo participado á la 
real audiencia, al Gobernador D. Juan de Jaraquemada y también al cabildo 
secular; todos los cuales lo aprobaron gustosos, y lo aplaudieron con entusias- 
mo. Catorce fueron los jovencitos, hijos de las principales familias (-|-), que 
en dicho dia se presentaron en nuestra iglesia, vestidos con manto ú opa, y con 
las becas en las manos, que el P. Provincial bendijo y les fué poniendo en pre- 
sencia del Obispo, de la real audiencia, de los cabildos eclesiástico y secutar, 
de las comunidades religiosas y de toda la nobleza del Reino; con tal emociOD 
de ternura, que ni la gravedad inalterable de los oidores pudo excusarse de 
darles un cariñoso abrazo, basándolos con sus lágrimas. 

16. ¡Qué no haría el amor de los padres de familia! Hizo luego él mismo 
un largo razonamiento sobre la importancia de la educación de la juventud, y 
del gran servicio que pensaba hacer la Gompafiia con este ministerío á Dios 
y al Estado. Enseguida fueron conducidos los colegiales á su departamento 
por aquellos respetables sujetos, con festivo repique de campanas, y alegres 
aclamaciones de todo el pueblo (2). El P. Juan de Humanes fué instalado rec- 
tor del nuevo colegio, que se denominó del Bto. Edmundo Gampiano, mártir 
de Inglaterra ; cuya imagen fué colocada en el altar de su capilla el dia de 
su fiesta, que celebraron con panegirice y misa cantada; más esta no fué del 
Beato por no haberlo concedido aún la Iglesia (-{-+)• El mismo P. Provincial le 
dictó reglas llenas de espíritu y sabiduría, en que se fijaba la distribución del 
tiempo, se proveia á su bienestar, y á que progresasen en virtud y letras. De 
ellas nos transmite las siguientes el P. Olivares. 

17. aEn materia de castidad se tenga en su educación gran recato. Las vi- 
«sitas sean raras, y á partes bien seguras. Dénseles compafieros fieles. Las pa- 
«redes se levanten, y haya de noche lámparas en las salas, y cada uno de ellos 
(ctenga su cancel; y un H. que cuide de ellos. Atiéndase como á principal fin 
«á ensefiar á los colegiales la doctrina y costumbres cristianas, y dígaseles el 
«ejercicio cotidiano al acostarse. Tengan su lección espiritual; por la mafiana 
«un rato de oración en la capilla, su misa, examen y letanías; y comulgarán 



(1) Carta anua de aqnel afio.— (+) Como io demuestran sus nombres, que podrá ver el 
lector en el P. Olivares cap. v, S único; y en el P. Lozano líb. XVI, cap. iv, n.° 11 Por Febre- 
ro del año 1612 ya eran veinte y cinco los colegíales y estaban para Uegar otros ocho del 
Tucnman , según atesUgua el P. Diego de Torres Bollo en su anua del 1611 que firmó aquel 
afto.^2) Carta anua del ano 1611. Tengo á la vista copia de ella.^-f-f ) Tuvo este título 
hasta que el Papa Urbano VIH por decreto del 11 de Marzo 1625, prohibió el culto de los que 
no lo tuviesen inmemorial, á no estar declarado por la Santa Sede ; y entonces se le dió el 
de S. Francisco Javier. 



1612 GAP. XI 105 

«cada ocho días, (cada quince dice el P. Lozano). No se admitan muy niños, 
«sino de doce afios arriba, y personas que sean de gente noble, y de buenas 
«costumbres; y los que entrasen serán generalmente de legitimo matrimonio, 
«si no es que sea hijo de algún caballero principal en caso raro; pero no sea 
«hijo de india; ni de hombres que tengan alguna infamia. Guando entrase al- 
«gano de nuevo se confesará y comulgará, y después de la misase le bendicirá 
«la opa y beca. Tendrán cada ocho dias plática en la congregación y acostum- 
«brarán á leer lección espiritual en libros de Dios y devotos. Trátense con mo- 
«destia y gravedad, sin jugar de manos, ni decir palabras picantes, ni inju- 
«rias, ni tratarse de vos. Ninguno jugará á los naipes, ni á juegos prohibidos. 
«En todos los actos públicos y en el refectorio guardaran modestia; y se les 
«leerá lección espiritual mientras coman. Para todo importará acordarles á 
«menudo el fin del colegio; que ha de ser no solo desterrar del Reino la igno- 
«rancia, é introducir la policía y buena crianza de la juventud, sino mucho 
«más proveer la república de buenos y virtuosos ciudadanos, y estas previo* 
«cias de buenos y ejemplares eclesiásticos y curas de almas, y las religiones 
«de buenos religiosos: que son los fines para que la Gompafiia tiene los cole- 
cgios convictorios, y los que ha logrado en los que ha fundado.» ¡Dichosos los 
tiempos en que pedia hablarse con tanta franqueza; y en que esta pública pro- 
testa no alejaba á los jóvenes de nuestros colegios, y era más bien motivo para 
que los padres de familia colocasen en ellos sus hijos! 

18. No fueron vanas, por cierto, las esperanzas que de la fundación del 
convictorio se concibieron. Los alumnos correspondieron á los desvelos que se 
tomaron los nuestros en su educación, haciendo notorios progresos en virtud y 
letras, con gran satisfacción de sus familias, y emulación de otras muchas, 
que se apresuraron igualmente á colocar sus hijos en el nuevo colegio, con no- 
toria utilidad pública, por los muchos y buenos sujetos que en él se formaron 
para los diversos cargos civiles, para los curatos y prebendas, y para las ór- 
denes religiosas; como se confirma con la carta anua de 1612 que escribió el 
mismo P. Diego de Torres al P. General Glaudio Aquaviva, y dice asi (1): «A 
«mi ver, de los mayores frutos y más calificados servicios que han hecho los 
«hijos de la Gompafiia á la majestad de Dios Ntro. Sefior, es el que cogen en 
«este colegio; pues depende de él el bien de toda la tierra, en criarle sus hijos 
«con el recogimiento y virtud que si fueran religiosos ; de que no es pequeña 
«muestra el hablar en sus conversaciones y recreaciones de Dios Ntro. Señor 
«con la facilidad que si lo fueran, y hacer sus mortificaciones en el refectorio, 
«pedir que les digan sus faltas, y otras cosas de mucho consuelo. Y aunque es 
«verdad que he visto colegios y seminarios de la Gompañia en otras partes; 
«pero niguno hace ventaja á este: y es que, á lo que espero, quiere Dios Núes- 
«tro Señor hacer un jardin muy agradable á sus ojos en este Reino, y regarlo 
«con agua y sangre, como se ha comenzado ya á hacer con muchas oraciones, 
«y lágrimas, y con la sangre de nuestros dichos PP., (habla de los PP. Vecchi 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. iv, n.* 15, y OvaUe, lib. VIII, cap. vm. 



206 GAP. XI 1612 

ay Aranda); y entiendo no ha de parar ahi, y por esto crio estos nifios, para 
«que entrando en religión ayuden á alabarle con sus trabajos y con sus vidas. Y 
«asi es para dar gracias á Dios Ntro. Sefior ver el deseo y ansia con que entran 
«algunos en la Compañía, más de lo que pensé al principio, pues en poco más 
«de un año se han recibido diez y seis de esle colegio.» 

19. Esta carta escrita en el 1613 cuando el colegio á penas contaba dos años 
de existencia, nos demuestra que bien pronto se acrecentó mucho el número 
de los colegiales, concurriendo no solo de todo Chile (1), sino también de la 
gobernación de Tucuman. Asimismo nos revela que los colegiales florecieron 
ya desde un principio en virtud y letras; pues de siete, que no tardaremos 
mucho en nombrar y que entraron con otros nueve en la Compañia, dos por lo 
menos fueron de los catorce que inauguraron el convictorio. T si bien pudiera 
sospechar alguno haber sido una imprudencia, ó precipitación el admitir en la 
Compañia diez y seis de sus alumnos (2) en un año, los felices resultados des- 
vanecen completamente toda siniestra sospecha, pues en tan corto número sa- 
lieron por lo menos siete insignes operarios de la viña del Señor, á saber (3): 
ios PP. Juan Moscoso, Juan González Chaparro, Lorenzo de Robles, Juan del 
Pozo y Juan Muñoz, que en los colegios y en las misiones de este Reino traba- 
jaron incansablemente, logrando la conversión de muchos infieles, y la refor- 
mación de los cristianos, y prestando importantes servicios en las cátedras, en 
la pacificación del pais, y en la reducción de los araucanos; á más de los Pa- 
dres Ignacio de Loyola y Tomás de Urefia, que hicieron otro tanto en el Tucu- 
man y Paraguay. 



(1) P. Olivares, cap. viii.— (2) Cartas anuas del afio 1612.— (3) P. Lozano, ibidem, lib. Y!, 
cap. IV, n.^15: según el P. Ovalle, lib. VIII, cap. viii. 



1611 CAP. XXI 207 



CAPÍTULO XXI 

1. El P, Aranda vuelve á Arauco con el P. Gómez, — 2. Restablece la congregación de 
Ntra. Sra. — 3. Con singular provecho, — 4. Evangeliza á los araucanos, — 5. Su he- 
roicidad en asistir á los apestados, — 6. Bautiza doscientos setenta y tres de estos. — 
7. Convierte á un enfermo obstinado, — 8. Otras conversiones notables. — 9. Los dos 
PP. regresan á Santiago, — iO. Contribuyeron á la tranquilidad del gobierno de Ja-- 
raquemada, — H. EIP. Aranda queda de operario en Santiago, y el P. Gómez pasa 
de superior á Buenos-Aires. — i2. Los PP, Venegas y Esteban son enviados á Chiloé. 
— 13. Logran una ejemplar reconciliación en la isla de Sta. María, — íi. No hacen 
fruto en la Mocha. — 15. Son recibidos con júbilo en el archipiélago, — 16. Abuso de 
la real cédula fautora de la esclavitud. — 17. Ministerios con los españoles en Castro, 
— 18. Con los indígenas. — 19. Las autoridades y encomenderos fomentan los postre- 
ros, — ^20. Abren escuela, — 21. Misionan por las otras islas, — 22. Con cuánto fruto. 
— ^23. Líbralos Dios de caer en manos de los enemigos. — 24. Los salva en una gran 
tormenta. — 25. Y al P, Venegas en otra. — 26. Cierto enfermo rechaza á una hechi- 
cera. — 27. Otro se convierte por una visión. — 28. Fruto hecho en la isla grande. — 
29. Sus vecinos consiguen que los PP.^ no sean removidos, — 30. Descripción de los 
chonos y guay tecas. — 31. El P. Esteban aprende su lengua. — 32. Viajan allá con 
muchos riesgos. — 33. Doctrinan á los isleños. — 34. Número de bautismos y casa- 
mientos. — 35. El P, Esteban compone arte y diccionario de su lengua. — 36. Regre- 
san á Castro, 

1. Los planes pacíficos y el religioso celo del nuevo Gobernador D Juan de 
Jaraquemada, junto con ios saludables desengaños de ios jefes de la frontera, 
que habían palpado cuan poderosa era la asistencia de nuestros PP. en el ejér- 
cito, para mantener suavemente su disciplina, evitar los funestísimos desma- 
nes de la soldadesca, fomentar las amistosas relaciones con los indios, é impe- 
dir sus alzamientos, hicieron que estos y aquel pidieran instantemente al Pa- 
dre Provincial, tan pronto como llegó á Santiago, enviase de nuevo á Arauco 
á los PP. misioneros que allá habían estado el año anterior. Gustoso accedió 
su R.' á las instancias de tan respetables personajes, esperando del plan de 
conducta del nuevo Gobernador que sus subditos podrían trabajar provechosa- 
mente entre españoles é indios, sin los embarazos que los hablan precisado an- 
teriormente á retirarse de la frontera (1). Por estar ocupado en sus estudios el 
P. Horacio Vecchi, asignó por compañero del P. Martin de Aranda al P. Fran- 
cisco Gómez, á pesar de ser predicador de los españoles en Santiago, con gran 
séquito y singular aceptación. 

2. Por oscuro y reducido que fuese su nuevo teatro, no quedaron sin acción 
ni sin fruto sus singulares talentos. Con la ausencia de los nuestros y con las 
campañas contra los araucanos no solo se hablan olvidado las prácticas de la 
congregación establecida anteriormente bajo los auspicios de Ntra. Sra. de Lo- 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. VII, cap. ii, n."" 1, y Carta anua de aquel año. 



208 GAP. XII 1611 

reto, sino que también habia brotado de nuevo y con lozanía la semilla de las 
malas pasiones que habia quedado en aquellos corazones, por llorados que hu- 
biesen sido sus extravíos y corregidos sus excesos. Pocas pláticas del elocuente 
P. Gómez bastaron para restablecer la congregación; áque se alistaron gusto- 
sos los jefes principales, y los soldados más morigerados; pues no fueron ad- 
mitidos en ella los relajados, hasta haber enmendado su conducta: y se restau* 
raron sus prácticas piadosas, sobre todo la frecuencia de sacramentos. 

3. La mudanza fué pronta y general, y en algunos tan perfecta, que re- 
nunciando al mundo y á las halagüeñas esperanzas de su carrera militar, se 
consagraron al servicio del Señor en varias órdenes religiosas. Dos entraron 
en la Compañía; y aunque en el humilde estado de H.' coadjutores, fueron de 
gran provecho en ella, mereciéndose la universal aceptación de los nuestros y 
de los extraños (1). El primero fué el H. Francisco de Ojeda, excelente pro- 
curador general de la Provincia en el Potosí por veinte años, apreciado y aun 
respetado por los oidores, presidente y visitador de la real audiencia de Char- 
cas. £1 otro fué el H. Antonio Bernal, portugués de nación, á quien los jefes 
le retardaron la licencia por tres años, por no privarse de tan ejemplar y va- 
leroso soldado. La historia del Paraguay referirá los importantes servicios (2) 
que prestó á sus misiones con sus virtudes religiosas y pericia militar, con la 
cual disciplinó á los neófitos para resistir á las invasiones de los infieles y de 
los mamelucos. 

4. £1 P. Martin de Aranda se dedicó de un modo especial á la conversión 
de los araucanos; y logró efectivamente la de algunos infieles, y que otros an- 
teriormente bautizados dejasen la embriaguez y la poligamia; lo más diflcil 
entre aquella gente. Al efecto repitió con fervor y constancia los piadosos ar- 
bitrios de que dimos razón en sus antecedentes misiones; y contribuyó mucho 
á darles eficacia una peste de viruelas que sobrevino en el país, haciendo hor- 
rorosos estragos por todas partes. Aumentóse esta calamidad con el hambre, 
diflcil de remediar á causa de las largas distancias, malos caminos, total falta 
de comercio, y pobreza suma de sus habitantes. Precisados en virtud de esta 
á andarse por las playas pescando mariscos, y por los valles ó montañas bus- 
cando frutas y raices silvestres con que alimentarse, incurrían comunmente en 
la inhumanidad demasiado usada entre ellos, de abandonar á los desgraciados 
variolosos por temor[de'contagiarse. 

5. Heroicos fueron los esfuerzos de nuestros misioneros para remediar uno 
y otro mal, aprovechando con no menor diligencia esta oportunidad para sal- 
var sus almas (3). No solo acudían presurosos á los enfermos que los llama- 
ban, ó de que les^daban ¡aviso, sino que penetraban por las quebradas, y regis- 
traban cuidadosamente los lugares más recónditos en busca de los apestados, 
llevando consigo^medicinas con que curarlos y alimentos con que confortarlos. 
Cincuenta fanegas de trigo, mucho pan, harina, carneros y otros regalos les re- 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. ii, n.° 2.— (í) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. ii, n.'» 3. 
—(3) P. Lozano, ibidem,. lib. YII, cap. ii, n.® 5. 



1611 CAP. XXI 209 

partieron por sus manos. No satisfecho con esto el ardor de su caridad, ellos 
mismos les aplicaban los remedios y administraban la comida, valiéndose cual 
madres cariñosas, de mil industrias, hasta llevarles un hisopillo con que refres- 
carles la boca. Ni el peligro del fatal contagio, ni la asquerosidad- de los tales 
enfermos, ni el desaseo de sus miserables habitaciones los retraían de asistirlos 
prestándoles á un mismo tiempo los oficios de médicos caritativos, padres amo- 
rosos y celosos misioneros. A todos ponderaban las ventajas del cristianismo y 
los bienes inmensos que nos promete; les explicaban sus dogmas, y manifesta- 
ban la necesidad de abrazarlo sinceramente. 

6. Ni los agudos dolores de una enfermedad molesta como la viruela, ni la 
calentura que entorpece las potencias y los sentidos, ni las agonías de un mo- 
ribundo son las mejores circunstancias para que se convierta un bárbaro, que 
de antemano no apreciaba ni conocía la religión santa; mucho menos si está 
dominado de pasiones opuestas á sus preceptos y oye que se le intima termi- 
nantemente: «si de esta no mueres, no tendrás más que una mujer, no te 
«emborracharás, ni tomarás parte en las escandalosas diversiones d6 tus com- 
«pañeros, ni en las prácticas supersticiosas que te han legado tus mayores.» 
Sin embargo, no faltaron indios dóciles á la inspiración divina y á la voz de 
sus ministros, contribuyendo á ablandar aquellos endurecidos corazones la ca- 
ridad con que se veian servidos por ellos. Muchos fueron los que pidieron el 
santo bautismo; beneficio que solo lograron dos cientos setenta y tres, de los 
cuales ciento veinte y tres recibieron la salud del cuerpo junto con la del alma; 
volando al cielo los otros ciento y cincuenta, poco después de purificados con 
estas aguas saludables. Con dolor tenemos que recordar que pasaron de ocho- 
cientos cincuenta los que perecieron sin este auxilio, pues fueron victimas de 
aquella epidemia más de mil y cien araucanos. 

7. Su pérdida no fué ciertamente por falta de diligencia de los misioneros, 
quienes en los cuatro meses que duró la epidemia, no descansaron un mo- 
mento, recorriendo toda aquella comarca de una á otra parte, sobre todo don- 
de sabian ó presumían que habia algún varioloso. Por espacio de un mes vi- 
sitó el P. Aranda un indio enfermo pasando dos veces al dia un caudaloso rio; 
y no pudiéndolo reducir, extrañaba tanta obstinación; pero al fin supo que 
sus hermanas lo confirmaban en ella tan luego como él se retiraba (1). Enton- 
ces revistiéndose de un santo enojo, las amenazó con el contagio si persistían 
en estorbar la conversión del moribundo. A penas habia pasado el rio, cuando 
se sintió interiormente movido á volver á visitarlo; hízolo y lo halló sin pul- 
sos, al parecer ya difunto, y á sus hermanas heridas de la peste. Lleno de 
sentimiento reconoció de nuevo el cuerpo del indio, y hallándole caliente, lo 
roció con agua bendita, y se hincó á rogar á Dios por él: al poco rato 
volvió en si pidiendo el santo bautismo; y luego de haberlo recibido, después 
de bien catequizado, voló su alma al paraíso. Conmovidas con esto sus dos 
hermanas y una sobrina suya, se convirtieron é hicieron cristianas. 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. vn> cap. ii, n.® 8. 

14 TOMO I 



210 CAP. XXI 1612 

8. Habiendo enfermado gravemente otro jovencito, sentía su madre, aun- 
que gentil, el que muriese sin bautismo: por lo mismo envió á buscar al P., y 
entre tanto el enfermo perdió el habla. A los dos dias, cuando ella lo lloraba 
por muerto, le rezaron el evangelio de S. Juan, con que volvió en si, pidiendo 
el bautismo, que al punto le fué administrado por estar bastante instruido, y 
enseguida perdió de nuevo el habla que no recobró jamás (1). Igual dicha lo- 
graron en los últimos momentos la mujer y dos hijos adultos del cacique Tau- 
can; y aunque este se oponia á que fueran bautizados, ellos lo pidieron, ale- 
gando que primero debian obedecer á Dios que al padre ni al marido, y que 
este no podía impedirles recibiesen el santo sacramento de que dependía su 
eterna felicidad. Ciertos indios y la madre de un indiecito, que murió después 
de haberlo bautizado el P., añrmaron haber visto cómo el alma subía al cielo 
al tiempo de enterrar su cadáver; por lo cual pidió ella y recibió el bautismo. 

9. Estos y otros casos semejantes confortaban álos PP. misioneros en las ex- 
cesivas fatigas con que trabajaron en los cuatro meses de epidemia; después de 
los cuales, entrado ya el año 1612, fueron llamados á Santiago, para dar cuenta 
del estado de su misión al P. Provincial, tan pronto como llegase del Tucu- 
man; por cuanto le interesaba mucho el saber á fondo las disposiciones de los 
araucanos y también las de los españoles, para deliberar sobre los arbitrios de 
paz que traía el P. Valdivia (2). Cosa notable: no bien salieron ellos, cuando 
se levantaron los araucanos, como sí les faltara el freno que tenia á raya su 
orgullo, dando por motivo los agravios de los españoles (3). Asi fué como Ja- 
raquemada, que podía gloriarse de haber mantenido el país en paz por un 
año entero, tuvo el sentimiento de entregarlo á su sucesor en estado de guerra. 

10. Mr. Gay en el cap. X de su segundo tomo se pregunta: ¿porqué estu- 
vieron sosegados los araucanos durante este gobierno? y lo atribuye á la acti- 
vidad, prudencia y justicia con que este Gobernador mantenía en buen pié y 
disciplina su ejército, custodiábalas fronteras, y miraba por el bienestar de los 
indios reducidos y por la buena armonía con los independientes. Justa y bien 
fundada es esta su opinión ; mas olvidó advertir allí que para realizar gran 
parte de estas medidas de salvación, se valió de los PP. de la Compañía, los 
cuales, enviados por sus ruegos á la frontera, morigeraron y contuvieron en 
su deber al soldado español, moderaron los bárbaros furores de los araucanos, 
les inspiraron confianza y calmaron sus recelos; y si solo lograron convertir á 
pocos, comunicaron á muchos amor á la paz y fidelidad á los pactos hechos 
con la gente española. 

11. Habiendo sobrevenido el citado movimiento de los indios, y aguardán- 
dose por momentos al P. Valdivia con sus arbitrios de paz, pareció más acerta- 
do que hasta su arribo los misioneros no volvieran á Arauco. Por tanto quedó 
el P. Aranda en el colegio de Santiago, dando dentro y fuera de casa, ya solo, 
ya acompañado con el P. Diego de Boroa, brillantes ejemplos de celo, humil- 



(1) Carta anua traída por D. Diego de Barros del Archivo de Sevilla.— (2) Carta anua de 
aquel afio.— (3) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. u, n,° 14. 



1610 GAP. 1X1 211 

dad y mbrtificacion (1), yendo con solana parda á barrer los templos, visitar 
las cárceles y hospitales, y en busca de los muchachos de los morenos y de la 
gente más desvalida y despreciable para doctrinarlos, confesarlos y prestarles 
cuantos auxilios corporales y espirituales alcanzara su ardiente caridad. El 
P. Francisco Gómez fué enviado por superior á Buenos-Aires (2), cuya resi- 
dencia adelantó mucho bajo su gobierno espiritual y temporal; pues hallándose 
tan pobre á su arribo, que tenia que mendigar el diario sustento por las calles, 
la dejó con algunos bienes raices; de suerte que dentro de poco fué elevada al 
rango de colegio (-|-]. Asi premia el Señor la constancia y laboriosidad de sus 
fieles siervos. 

12. Con gran contento recibió el P. Provincial en la otra banda de los An- 
des la noticia de los buenos resultados que habia dado la misión de Ghiloé: y 
sabiendo que sus vecinos asi espafioles como indios (3) clamaban con repetidas 
instancias les volviesen sus amados misioneros, dispuso, aun antes de volver á 
Chile, que partiese de nuevo á ellas el P. Melchor Yenegas con el P. Mateo 
Esteban (4). Después de haber estos demorado algunos dias en Concepción con 
utilidad de aquellos vecinos, porque los jesuítas no sabian estar ociosos, ni 
podian mirar con indiferencia las necesidades de los pueblos, se hicieron á la 
vela el 21 de Diciembre de 1610. Un recio viento de proa se levantó á penas 
salieron de aquella espaciosa bahía, llamada hoy de Talcahuano, y á los cua- 
tro dias los precisó á arribar á la isla de Sta. María, distante de Penco unas doce 
leguas. 

13. No seria temeridad el decir que la Providencia habia levantado aquella 
tormenta para calmar otra más perjudicial, que el demonio habia suscitado en 
aquella isla. En efecto; el vicario eclesiástico para defender á un delincuente, 
habia ultrajado y maltratado al teniente corregidor de aquella isla, yerno ca- 
balmente del corregidor de Arauco, al que estaba sujeto aquel distrito (5). La 
discordia iba cundiendo por momentos, tomando los inferiores parte ya por 
la una, ya por la otra de las cabezas, según sus afectos y relaciones, cuando, 
informados del caso los dos PP., entraron á mediar en el ajuste; y hallando al 
vicario reconocido de su exceso, indujeron con mucha suavidad y prudencia 
al teniente á que le perdonase la injuria. Lograda en privado la reconciliación, 
se concertó reparar públicamente el escándalo el primer dia del afio. Efecti- 
vamente; en acabando de celebrar en aquella gran solemnidad, el P. Yenegas 
hizo una plática al intento; y el vicario, puesto de rodillas, pidió perdón de 
sus demasías al teniente y del escándalo á los circunstantes. El teniente no 
solo le perdonó como buen cristiano, sino que se hincó asimismo de rodillas 
hasta que se levantó el vicario, y con un estrecho abrazo reataron su amistad 



(1) P. Lozano, ibidem, Hb. Vil, cap. i, n° 10.— (2) P. Lozano, ibidem , lib. Vil, cap. ii, 
n.° 15.— (-f) £1 P. Valdivia no babia llegado aún caando mandaron al P. Gómez por su- 
perior de Buenos-Aires: desde laego no lo enviarían por baber predicado contra sus arbi- 
trios de paz, como lo aseguraron los émulos de los jesuítas.— (3) P. Lozano, ibidem, lib. V, 
cap. iv, n.° 15.— (4) P. Lozano , ibidem , lib. Vil , cap. ui , n.° 1.— (5) P. Lozano , ibidem , li- 
bro YH, cap. III, n,°t. 



212 CAP. XXI 1611 

antigua, echando en olvido lo acaecido, con grande edificación de los oficiales 
y soldados, y consuelo de los misioneros, que dieron por bien empleadas las 
molestias y el atraso de aquella tormenta. 

14. Continuando al otro dia su navegación, hicieron escálala víspera de 
los Santos Reyes en la Mocha para comprar víveres y lograr la ocasión de pre- 
dicar el santo Evangelio á sus habitantes (1). ¡Cuánto vale, aun entre los bár- 
baros, una buena cabeza! Muerto en este intermedio el cacique principal, que 
con tanto gusto oyó á los PP. en la visita del viaje anterior, é hizo que los oye- 
ran los suyos, difícil fué al presente reunir á los islefios á cfir la palabra divi- 
na. Ni tampoco se mostraron dispuestos como entonces á recibir el santo bau- 
tismo, cuando les habló de ello el P. Yenegas en sus pláticas. Oyeron si con 
atención la explicación de los sagrados misterios, y al enarbolar el P. el cruci- 
fijo se quitaron por reverencia las cintas con que adornaban sus cabezas. No 
demoraron mucho alli, por reconocer que estaban relacionados con los indios 
de guerra; y prosiguieron su viaje hasta Chiloé. 

15. No se puede explicar con palabras el júbilo y regocijo que la vuelta de 
los nuestros causó. Transportada de contento la guarnición de Carelmapú, sa- 
lió á la playa á recibirlos, y al desembarcar les saludaron con repetidas salvas 
de fusilería y artillería (2). En cuanto alli se detuvieron les hizo el maestre de 
de campo todo el agasajo posible, y aparejó con toda comodidad las piraguas 
que los hablan de conducir á la ciudad dé Castro, después de haber predicado 
y oido de confesión á toda aquella milicia. En Castro correspondieron las de- 
mostraciones de alegría á las ansias con que todos hablan deseado su regreso; 
y aunque se padecía á la sazón hambre rigorosa por falta de granos, acudieron 
á los misioneros con todo lo preciso (3). Seüaláronse singularmente el dicho 
maestre de campo y el nuevo corregidor de Chiloé, capitán Agustín de Santa- 
na, que navegando con ellos desde Penco se les había aficionado sobre mane- 
ra, y ahora se esmeró mucho en su asistencia. Era este caballero muy honra- 
do, amante de la justicia y patrocinador de los indios. Entregado en este pun- 
to á la dirección de los nuestros, por creerla muy acertada, se opuso con valor 
á varios desórdenes. 

16. Con la publicación de la real cédula anteriormente mencionada, que de- 
claraba esclavos á los indios prisioneros de guerra^ se había desmandado aque- 
lla milicia; y sin motivo alguno entraba á maloquear, por. solo el interés de 
hacer esclavos. Esto les era muy fácil, por estar su isla tan próxima al conti- 
nente, y tener copia de piraguas, para hacer repentinos desembarcos en aquel 
punto de la costa en que reconociesen más descuidados á sus moradores. En 
una de estas acababan de cautivar ciento cincuenta, mientras estaban entre- 
gados á una de sus borracheras; y con tanta crueldad, que habiendo entre es- 
tos algunos gmñaucanos (-|-), no comprendidos en la precitada ley en premio 



(1) P. Lozano , ibidem , lib. Vil , cap. iii, n.*' 3.— <¿) P. Lozano , ibidem , lib. Vil , cap. iii, 
n.*" 4.— (3) Carta áoua de aquel ano.— (-r) Vecinos de la laguna de Guafiauca, hoy Llan- 
guihue. 



1611 GAP. XXI 213 

de su fidelidad á los españoles, los mataroo, ya que no podían venderlos por 
esclavos. Tales actos de barbarie no eran frecuentes; sin embargo, este solo 
indica los excesos á que precipita la soltura dada á la tropa. En este y en los 
demás casos de esta especie los PP. clamaban al corregidor en favor de sus in- 
dios; y como él se interesaba también por ellos, ponia siempre el posible re- 
medio; asi que no pudiendo los soldados contar con la impunidad, se contu- 
vieron en su deber. Esparcióse por todos aquellos indios la noticia de los bue- 
nos oficios que con ellos y sus connaturales practicaban los misioneros; con lo 
cual les quedaron más aficionados y mejor dispuestos á seguir sus consejos. 

17. El primer cuidado de los PP., después de asear y acomodar decente- 
mente nuestra iglesia^ fué avivar el fervor de los espafioles, algún tanto resfria- 
do durante su ausencia. Las armas del sacerdote, á más de su oración y ejem- 
plar vida, son la predicación de la palabra de Dios y la administración de los 
santos sacramentos: entrambas manejaron diestramente y con fruto (1). Para 
facilitar el concurso á sus sermones y á la disciplina que tomaban los varones 
después de ellos, predicaron todas las semanas de aquella cuaresma, el lunes 
en la matriz, el miércoles en el convento de la Merced y el viernes en nuestra 
casa. Por cuatro meses continuaron predicando tres dias por semana (2); y lo 
hacían con tanta fuerza de razones y tal fervor de espíritu, que las gentes sa- 
llan aplaudiéndolos^ no con palabras, sino con lágrimas de compunción, á que 
se seguían fervorosas confesiones. Los PP. á todas horas estaban prontos á oir 
los penitentes, los cuales les daban, en verdad, asaz que hacer; pero con in- 
decible consuelo suyo y de ios santos ángeles, según las palabras del Salvador. 
La comunión pascual fué para los más principio déla frecuencia de sacramen- 
tos, que desde entonces entablaron con singular aprovechamiento de sus 
almas. 

18. Con igual ó mayor confianza acudían á los misioneros los desvalidos 
indios; para quienes se destinó el dia del domingo, haciéndoles doctrina y 
plática, á pesar de que el P. Mateo Esteban, que pronto por su gran diligencia 
aprendió su idioma, les explicaba el catecismo todos los dias. Tal vez alguno 
lo calificará de imprudencia, siendo estos infelices personas ocupadas en el 
trabajo; pero si atiende á la utilidad que de ello recibían y examina detallada- 
mente el sistema adoptado, no les irrogará esa fea nota. En los dias de labor 
solo convocaban á los que podian buenamente acudir á la iglesia, por no estar 
necesitados del trabajo, ó porque sus amos y patrones renunciaban gustosos 
el derecho que á él tenían, ya por interesarse en el aprovechamiento de sus 
indios, ya para reparar de esta manera el descuido que anteriormente habian 
tenido en su instrucción religiosa; pero en los dias festivos hacian la convoca- 
ción con más solemnidad, á fin de que ninguno faltara á ella. Lo cierto es que 
aquellos indios, antes reputados por incapaces de los sacramentos, catequiza- 
dos asi con paciencia, no solo los recibieron con fervor, sino que se aficiona- 
ron á su frecuencia, y á los ejercicios de piedad y penitencia así privados co- 



(1) P. Lozano, ibidem, Ub. Vil, cap. iii, n.'' 9.— (2) Carta anua de aquel año. 



214 CAP. XXI 1611 

mo públicos, saliendo muchos de ellos con disciplina de sangre en las proce- 
siones de semana santa. 

19. Contentos y edificados los espafioles al ver el fervor y progresos de los 
naturales, fomentaban á porfía las apostólicas empresas de la Gompañia. Asi 
que, erigida la cofradía del Niño Jesús , los encomenderos tenian especial 
cuidado de enviar los indios de sus encomiendas á todas las distribuciones; y 
el vicario eclesiástico y el mismo corregidor asistian todos los domingos á la 
doctrina (1). Esta buena armonía entre las autoridades, encomenderos y mi- 
sioneros produjo felices resultados, no solo en lo espiritual, sino también en 
lo temporal. Anteriormente el indio que cometía algUn yerro ó delito procu- 
raba, para evadirse del castigo, huir á los montes; donde olvidaban cuanto 
habían aprendido, y sufrían tantas privaciones y padecimientos, que los más 
perecían. En adelante no fué asi; sino que desde la cárcel ó desde su escondi- 
te suplicaban á los PP. que intercedieran por ellos; y estos lo hacían gustosos, 
logrando así evitar su fuga, moderar el rigor del castigo y corregir suavemen- 
te á los delincuentes. 

20. Para favorecer á los que permanecían refugiados en las selvas, y á los 
que moraban en los pueblos de aquella grande isla ó en las otras del archipié- 
lago, proyectaron salir de Castro por algunos meses. Mas antes de su partida 
abrieron una escuela pública para los niños, nombrando preceptor de ella á 
un español virtuoso y ejemplar^ por no tener allí ningún H. coadjutor, reser- 
vándose ellos la dirección: y en verdad que hicieron los alumnos notables 
progresos en virtud y letras. 

21. Dispuestas asi las cosas en la ciudad de Castro, salieron á su misión los 
dos PP. el 7 de Agosto de 1611, escogiendo aquella estación la más molesta, 
en razón de las excesivas lluvias y frecuentes borrascas de aquel embravecido 
mar, por ser la más desocupada para los isleños (2). Empezaron por los pue- 
blos de la isla grande, donde dos años antes habían hecho erigir veinte y cua- 
tro iglesias, algunas de las cuales estaban bastante caídas, porque los amoma- 
ricamañes, (así llamaban á los que quedaban en el cargo de cuidarlas) nó ha- 
bían podido hacerlo, por haberlos forzado los españoles á salir á las malocas. 
Las almas habían sufrido á la par que los edificios, por ausencia de los mis- 
mos, igualmente encargados de juntar la gente todos los domingos al catecis- 
mo; por cuya falta habían olvidado muchos la doctrina cristiana. Por lo tanto, 
no contentos los misioneros con instruirlos de nuevo, negociaron que el señor 
maestre de campo, gobernador del archipiélago, declarase á los antedichos 
libres de todo servicio militar. Procuraron también que se reparasen las igle- 
sias ruinosas y que se construyesen nuevas en otros cuatro pueblos tan remo- 
tos, que ni ellos en la anterior excursión, ni jamás español alguno los había 
visitado. En todas partes recibían los isleños á los misioneros con sumo rego- 
cijo, asistian puntuales á sus instrucciones, viniendo de lugares muy distantes, 



(1) ?. Lozano, ibidem, líb. Vil, cap. ni, n.^ 11.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. m, 
n.« 13. 



1611 CAP, XXI 218 

ann aquellos que anteriormente hablan quedado escondidos en las brefias y 
fragosidades de la costa, ó en la espesura de los bosques, sin que fuese preciso 
apremiarlos; porque persuadidos de sus sinceras intenciones y de los bienes 
que iban á proporcionarles, sallan espontánea y gustosamente á los lugares 
designados para la misión. 

22. Discurrieron enseguida por las demás islas pobladas de aquel archi- 
piélago; donde por falta de ministros vivian los indígenas como si jamás hu- 
bieran oido el santo Evangelio (1). En ellas bautizaron quinientos párvulos y 
treinta adultos, y casaron in facie Eccksiw á más de seis cientas personas (2); 
y oyeron las confesiones de mil tres cientas, de las cuales casi ninguna se ha- 
bla confesado en su vida; dando todas singulares demostraciones de dolor, des- 
pués que los misioneros desbastaron con frecuentes instrucciones su rudeza, y 
les hicieron concebir ideas claras de las verdades de nuestra religión santa y 
de los deberes que ella nos impone. Para consolidar el fruto de su misión, pu- 
sieron especial cuidado al pasar por S. Miguel de Gal buco, en reformar la 
gente de aquel presidio, y lo obtuvieron con feliz suceso. Todos se confesaron 
y comulgaron, desechas primero las torpes amistades, desterradas las ocasiones 
de escándalo, reconciliadas las enemistades, y hechas firmes resoluciones de 
tratar bien á los indios de su isla y de no molestar á los demás; como de hecho 
lo cumplieron, sobre todo con los que les presentaban unas cédulas ó cartas 
de recomendación que los PP. les hablan dado: más de mil se las pidieron, por 
la confianza que tenían de ser mejor tratados en atención á ellas. 

23. De Galbuco pasaron al continente, para misionar en los dos fuertes que 
los españoles tenían en tierra de Osorno. Cabalmente seis cientos cuneos (-|-) 
marchaban al mismo tiempo á asaltarlos; empero el Señor impidió cayeran en 
sus manos, haciendo que les dieran noticia de esta inesperada invasión (3). 
Por algunos dias demoraron en el fuerte más seguro, hasta tanto que pareció 
sosegada la tierra; y luego, no satisfechos con ejercitar los ministerios sagrados 
con los españoles é indios de dichos fuertes, fueron á ejercitarlos con los in- 
dios que yivian en dos bahias cercanas de aquella costa; cuando he aquí que 
los cuneos, sumamente astutos, no obstante su barbarie, y esforzados en la 
guerra, habiendo aprestado, contra toda costumbre, algunas piraguas, y me- 
tido en ellas mil hombres bien armados, se dirigieron á sorprender las dichas 
bahias; dejando algo internados en el continente dos destacamentos de á tres 
cientos hombres, para asaltar los fuertes, asi que salieran los españoles á de- 
fender la costa, y otros cuatro cientos más en emboscada, para acometer á los 
que salieran contra dichos destacamentos. £1 plan no pudo ser mejor concebi- 
do; y en su virtud debieran precisamente los PP. haber caldo en sus manos, á 
no haber dispuesto aquel Señor que vela cuidadoso sobre sus siervos, que una 
densa neblina lo desbaratase (4): y si bien estos casos extraordinarios fueron 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. ni, n.^ IS.—CS) Carta anua de aquel afio.— (-! ) Así 
llamaban á los qae vivían desde el rio MauUin al Riobueno entre la mar y las tierras de 
Osorno.— (3) P. Lozano , íbídem , lib. Vil, cap. iii, n." 25.— (I) P. Gordara, Historia general 
de la Compañía, aunque lo pone al parecer algunos afios después. 



216 GAP. XXI 1611 

de gran peligro, no lo eran de menor, y si mucho más penosos, aquellos en que 
andaban de ordinario por aquel archipiélago. 

24. Los víveres que sacaron de Castro pronto se les corrompieron con las 
lluvias y naufragios; y se daban por contentos cuando lograban mariscos y 
otros insípidos manjares de los isleños, porque muchas veces carecían hasta 
de ellos, y preciso íes era hacer largos y rigurosos ayunos (1). Entre las mu- 
chas tempestades que sufrieron en aquellos borrascosos mares, de los cuales 
decía el P. Yenegas en una de sus cartas, son estos mares locos^ y más locos son 
todavía los vientos, porque ahora está la mar en leche y dentro de un rato brama 
con furia, merece particular mención la que tuvieron en el golfo de Minchi- 
maduyda junto á la cordillera nevada. Gomo su piragua de solas tres tablas no 
tenia obra muerta capaz de atajar las olas, estas se estrellaban contra el rostro 
de los navegantes, los cuales afanados en vaciar el agua de que se llenaba por 
momentos su débil barquilla, ora se veían elevar hasta las nubes en la cima de 
las olas, ora sumergir en la profunda sima improvisada entre la que los aca- 
baba de asustar y la que venía amenazándoles con la muerte; ya se hallaban 
entre los arrecifes y peñascos de k costa, ya próximos á una playa tendida, á 
que no osaban atracar, temiendo la formidable barrera de que la circuía la 
espumosa corlante del embravecido oleaje: al fin quiso Dios que una furiosa 
ola los arrojase muy adentro de la playa, en la que les dejó salvos al retirarse 
el mar. 

25. Poco después, estando en la isla de Quenaque, llamaron de otra isla 
cercana á confesar á una enferma. Embarcóse al punto el P. Yenegas estando 
la mar encalma; cuando á la mitad del viaje embravecióse de tal manera, que 
temieron perecer sepultados en sus enfurecidas aguas. No bastando las fuerzas 
humanas para escapar del peligro, clamaron al cíelo con fervor y confianza; y 
sus oraciones fueron aceptadas. Oída la confesión, volvió á la playa ya anoche- 
cido; y no pudiendo embarcarse por continuar la borrasca, tuvo que alber- 
garse en la cabana de dos pastorcíllos, donde á penas cabían de rodillas; y en 
ella pasaron aquella frigidisíma noche, sin cenar, ni tener un vaso de agua 
con que apagar la sed. Semejantes padecimientos eran frecuentes; y los sopor- 
taban los misioneros no solo con resignación, sino con gusto, por el gran fruto 
que lograban entre aquellos sencillos y bien dispuestos isleños. 

26. El P. Melchor, escribiendo al P. Provincial, exclama con ternura: Es- 
tos pobres desamparados nos roban el cielo; y hemos de ver á muchos en el dia 
del juicio con grande gloria, porque la devoción que tienen á la santa Cruxy á 
sus misterios^ y su confianza en el Crucificado, es para dar mil gracias á Dios. 
Acababa de asistir á un anciano, que, visitado por una hechicera, empeñada 
en curarlo con sus malas artes ó embustes, la echó de si, dándole golpes con 
una cruz y diciendo: quiero antes morir que vivir con ofensa de mi Dios; en el 
que murió en esta tengo toda mi confianza. Y no en vano; hecho un esqueleto 
estaba tendido en su pobre choza, cuando llegó á ella el P.; quien con gran 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. m, n,"* 18. 



1612 GAP. XXI tl7 

consuelo oyó su confesión; pues con hacer muchos años que no se habia con- 
fesado, no tuTO culpa grave de que acusarse; y recibidos los auxilios de la 
Iglesia entregó plácidamente su alma en manos del Criador. 

27. No fallaron también algunos éogafiados por el demonio ó endurecidos 
en sus yicios, á quienes el Señor llamó á si por medios bien extraordinarios. 
Baste, entre otros casos, el sucedido al P. Mateo Esteban: llamóle un indio muy 
asustado, quien, hallándose gravemente enfermo, y sin pensar en confesarse, 
se sintió arrebatar y como ser llevado á un lugar tenebroso, en donde vio un 
lago de fuego, en el cual entendió iba á ser echado en pena de sus muchas cul- 
pas (1). Entonces imploró la misericordia divina, y se le dio á conocer que se 
le concedía tiempo para hacer penitencia, por haber usado de misericordia 
con un indio, libertándolo de la muerte que estaban para darle sus enemigos. 
Fuese esto visión verdadera ó exaltación de su fantasía, lo cierto es que el en- 
fermo se confesó con abundantes lágrimas de compunción y con sinceros pro- 
pósitos de la enmienda. 

28. Por halagados que estuvieran los PP. con tan prósperos sucesos, forzoso 
les fué yol versea la ciudad de Castro, por acercarse la cuaresma del año 161 2, 
dejando treinta y seis (2) capillas levantadas por su diligencia entre los veinte 
y cinco pueblos de aquella isla y demás del archipiélago; y dada disposición 
conveniente para que la gente se juntase en ellas, sobre todo en los dias festi- 
yos, á aprender ó repasar la doctrina. Habiendo asentado en el número veinte 
y dos el de confesiones, bautismos y casamientos que hablan hecho en las is- 
las menores, justo es dar aquí razón de los que hicieron por los lugarcitos de 
la isla grande; en los cuales entre ida y vuelta confesaron mil seis cientas se- 
tenta personas, casaron dos cientas treinta, y bautizaron gran número de pár- 
vulos y adultos (3). 

29. Los vecinos de Castro los recibieron á fines de Febrero como á otros 
tantos resucitados, por haberlos muchas veces llorado por muertos; é informa- 
dos de los indicados frutos, y teniendo presentes los que hablan experimenta- 
do en su propio pueblo, repitieron sus instancias al P. Provincial asi el cabil- 
do como el corregidor, D. Agustín de Santana , rogándole que nunca remo- 
viese de allí tan santos y benéficos operarios. Aunque en Chiloé duraba aún el 
hambre, se esmeraban todos en agasajarlos por su mucho afecto; mas el Pa- 
dre Yenegas, por no serles cargoso, imploró el auxilio de los de Santiago, pi- 
diendo los desechos de la casa, y expresando que no quería le mandasen cosa 
alguna de regalo, ni siquiera aceitunas. Condescendió con sus deseos el Padre 
Provincial; y los celosos misioneros, después de haber trabajado en Castro por 
otros seis meses, salieron para otra expedición todavía más ardua y peligrosa. 

30. Al sur de Chiloé existen más de mil (-|-) islas, repartidas por aquella 
costa hasta el estrecho de Magallanes ; ya formando como cadenas, ya como 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. ni, n.'' 23.— (2) Carta ánaa.— (3) P. Lozano, íbidem, 
lib. VII, cap. iu,ln.'' 26.— ( -i-) Asi lo dice el P. Lozano, ibidem, lib. Yll, cap. iii: es de creer 
que nadie las habrá recorrido todas, y por consiguiente no las habrá contado. 



218 GAP. XII 1612 

grupos ó laberintos : los mayores de los cuales son el de los Chonos y el de 
Guaítecas, que es el más inmediato á Ghiloé. Muchas de estas islas son peque- 
ñas, algunas sin aguada ni vejetacion, y raras son las que producen lo sufi- 
ciente para mantenerse algunas familias. Por lo mismo, su reducido número 
de habitantes vivia en miserables chozas y tolderías, que trasladaban consigo 
á donde habia mayor abundancia de marisco, su principal alimento, ó algu- 
nas raices insípidas; porque ellos no cultivaban ni el trigo ni el maiz, y en 
muy pocas partes cosechaban algunas papas y cebada, cosa de gran regalo pa- 
ra ellos. Las rápidas corrientes que bajan del estrecho, el ser entrecortado el 
oleaje por las islas y multitud de escollos y arrecifes, los furiosos vientos que 
se descuelgan de la inmediata cordillera, y los frecuentes huracanes produci- 
dos por las nieves que la cubren, hacen tan peligrosa la navegación de aque- 
llos mares, que ni el conquistador espafiol, niel mercader más interesado ha- 
bían osado surcarlos; solo se arriesgaron á recorrer una pequefia parte de 
ellas algunos bandidos, que iban á maloquear y cautivará sus pacíficos é inde- 
fensos moradores. Inútil es ponderar su ignorancia y atraso, por no llamarlo 
embrutecimiento, sin que hubiesen oido una sola vez la predicación del santo 
Evangelio; mas esto mismo estimuló el ardiente celo de nuestros misioneros á 
partir en busca de aquellas pobrecitas almas. 

31. Los chonos hablaban un idioma diferente del de Ghiloé; pero esta difi- 
cultad tampoco los acobardó. Buscaron y hallaron felizmente antes de partir á 
uno de ellos, que sirvió al P. Mateo Esteban de maestro para ensecárselo, y de 
intérprete para traducir en él la doctrina cristiana (1); por lo cual, á penas 
saltaron en tierra, cuando comenzaron á doctrinarlos en su lengua. Su prin- 
cipal cacique, D. Pedro Delco, habia convenido de antemano con los PP. sobre 
el tiempo en que con venia darse esta misión, y se habia comprometido á irlos 
á buscar con su gente, para pasarlos sin tanto riesgo, en razón de su mucha 
experiencia, por aquellos bravos golfos y peligrosos laberintos de islas, escollos, 
bancos y arrecifes. Con todo, tuvieron que arriesgarse á ellos con solo los re- 
meros chilotes, por no haber llegado aquel en el plazo convenido. Al efecto, 
por Agosto de aquel afio 1612 partieron de Castro, recorriendo los pueblos de 
la costa de Chiloé con el mismo fruto que el año anterior, hasta llegar á los 
tres meses al puerto designado para el embarque. 

32. Hechos allí á la vela, estando el mar en calma y el tiempo sereno, se 
vieron bien pronto en inminente peligro de perecer, á causa de una horrorosa 
borrasca que se levantó de repente, y que á cada momento parecía querer es- 
trellarlos contra la encrespada peñasquería de que se compone aquella costa; 
mas, gracias á los grandes esfuerzos de sus robustos remeros, ó más bien á la 
singular protección del cielo, como decían éstos y los vecinos experimentados, 
lograron tomar puerto junto al último cabo de Chiloé hacia los Chonos. Allí 
se hicieron de nuevo á la vela el 14 de Noviembre, con tiempo bonancible; 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. m, n.^ 35, nos trae las palabras con que el P. Venegas 
se lo comunicaba á su Provincial. 



1612 CAP. XXI 219 

empero, hechas las dos terceras partes de la travesía, la que seria de unas 
quince leguas, se enfurecieron los vientos y alteraron los mares de tal modo, 
que entrando las olas en su débil piragua, la ponian á riesgo de hundirse, con 
estar dos indios achicando (-{-) de continuo. Al fin quiso Dios que por dirección 
deuQchono arribasen á un puerto del primer archipiélago, donde pasaron 
toda la noche en que llovió copiosamente, sin más casa ni abrigo para diez y 
nueve personas que una sola frazada, y sin alimento alguno, por haber deja- 
do todos los víveres en el postrer puerto de Ghiloé, con la esperanza de que 
los bogadores volverían por ellos. Muy de madrugada entraron otra vez en el 
mar, y á las nueve aportaron en la isla de Huayteca, en la que vivía Pedro 
Delco, quien los aguardaba con una capilla bastante bien dispuesta. 

33. En ella reunieron á aquellos miserables isleños; y no sin gran trabajo^ 
porque no teniendo el menor conocimiento de los grandes bienes que les 
iban á proporcionar, rehusaron asistir á sus instrucciones (1). Indecible es 
cuanto les sirvió en este caso el citado cacique, quien informado desde Ghiloé 
de la importancia de la religión, se valió de su prestigio y autoridad para 
atraerlos; y merced á su diligencia fueron bien pocos los que permanecieron 
escondidos en sus oscuras breñas (2). Gomo eran gentes dóciles, y no estaban 
dominados por la embriaguez, ni era común entre ellos la poligamia, fácil fué 
instruirlos en las verdades de nuestra religión santa y reducirlos á abrazarla. 
£1 hijo del cacique fué el primero que recibió el santo bautismo. Muy compla- 
cido su buen padre por ello, quiso acompañar á los misioneros en toda la ex- 
pedición, en que recorrieron las otras islas de aquel grupo con suma diligen- 
cia, y no sin especial asistencia divina. 

34. Gon ocasión de un temporal, arribaron á una isla tenida por desierta; y 
en ella hallaron una familia, que fué catequizada y bautizada. Al salir de esta 
divisaron humo en otra, á que no pensaban tocar; y atracando por lo mismo 
en ella dieron con unos indios de edad muy avanzada, y tan extenuados, que 
parecían más bien esqueletos que hombres vivos; y tomándoles en peso los 
condujeron consigo á la piragua, para doctrinarlos. No pequeña sorpresa les 
causó encontraren ellos tal capacidad y aplicación, que dentro de pocos días 
pudieron bautizarlos; y los buenos ancianos volaron al paraíso, muriendo un 
poco después. Por faltarles un remero fueron á buscarlo á una choza distante; 
y al practicar esta diligencia se encontraron con siete niños, que habían sido 
ocultados por sus padres. Había entre ellos uno bien enfermo, á quien, como 
álos otros, le administraron el bautismo (3). No extrañe el lector que enume- 
remos casos tan individuales; porque en ellos reluce la divina providencia 
como en*la conversión de pueblos enteros; y así mismo reluce el celo de aque- 
llos PP., que en lugares tan despoblados no era posible que reunieran nume- 



(-f ) Achicar entre mineros y marinos significa la acción de extraer el agua que se en- 
cuentran en las minas , ó que se les entra en las embarcaciones. (Nota del editor).— 
(1) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xvi, n.° 1.— (2) P. Olivares, cap. x, g 2— (3) P. Lozano, 
ibidem, lib. Vil, cap. xvi, n.^ 1. 



220 CAP. XII 1612 

rosos auditorios. En tan gran número de islas solo pudieron descubrir dos cien- 
tas veinte almas, las cuales instruidas en los sagrados misterios, se alistaron 
gustosas bajo las banderas del CruciGcado, y cincuenta y dos de ellas contra- 
jeron matrimonio in facie Eccksim. 

35. Mucho contribuyó á su conversión el oir que los PP., siendo extranje- 
ros, les predicaban en su nativo idioma; en el cual, según atestigua el P. Ye- 
negas en carta á su Provincial, fecha el 27 de Noviembre de 1612, iba salien- 
do tan excelente lenguaraz el P. Mateo Esteban, que compuso arte y vocabu- 
lario, y tradujo en él algunas pláticas, á más de la doctrina (1). Pero este la- 
borioso filólogo y celoso operario rindióse á las fatigas de aquella misión; y 
para que fuese más acrisolada su virtud, tuvo que pasar su enfermedad en una 
pequeña choza, compuesta de unos pequeños palos clavados en tierra, y cu- 
biertos sus claros y el techo con cortezas de árboles; sin más regalo ni medi- 
cina que el afrecho ó sobras de la harina cernida para las hostias, cocido con 
agua pura. 

36. No tanto por la enfermedad del P. Esteban, que pronto convaleció con 
el favor divino, cuanto por acercarse la cuaresma del 1613, regresaron los mi- 
sioneros á Ghiloé con los mismos peligros, siendo recibidos en todas partes con 
grandes demostraciones de regocijo por los indios; mas no con otras tantas 
por los españoles, á causa de haberse recibido en Castro noticia de las provi- 
siones reales que habia traido el P. Luis de Valdivia, y saber que este cometía 
la visita de aquel archipiélago al P. Yenegas (2). Siempre es mal recibido el 
nombre de reforma, á la que se encaminaba la tal visita; y en Ghiloé causaba 
mayor alarma por el fundado recelo de salir mal de ella. Sin embargo, quede 
dicho por ahora que ni los españoles se propasaron con los jesuítas, ni estos 
interrumpieron sus acostumbrados ministerios; y que la visita fué de gran pro- 
vecho para españoles é indios, como expresaremos al referir detalladamente 
este tan notable punto histórico. 



(1) P. Lozano, ibídem, líb. Yll , cap. iii , d.'' 35.— (2) P. Loiaoo, ibidem, iib. VH, cap. xvi, 
n.M. 



1611 GAP. xxu 221 



CAPÍTULO XXII 

1. Alfaro viene al Tucuman para abolir el servicio personal. — i. El P. Provincial va 
á Córdoba á conferenciar con él sobre este asunto, — 3. Oraciones ofrecidas por los 
nuestros para su acierto,— A. Inflama sus corazones en santo celo, — 5. Ayuda al Vi- 
sitador en el Paraguay, — 6. Y en el Tucuman. — 7. Los encomenderos excitan al 
pueblo contra los PP. en la Asunción. — 8. Estos se retiran á una chacra. — 9. Irri- 
tación de los encomenderos en Salta y Tucuman. — 10. Mayor en Córdoba, — H, El 
hambre precisa á sacar de alli á los HH. estudiantes. — 12. El Provincial los trae á 
Chile, — 13. Catedráticos de filosofía y teologia y sus discípulos. — 14. Progresos en 
virtudes y letras. 

1 . No era el Reino de Chile el único en que se trataba con decidido empeño 
de corregir los abusos introducidos en el servicio personal: tratábase también 
de ello en las gobernaciones situadas al este de los Andes; y á principios del 
año 1611 babia llegado al Tucuman^el licenciado Francisco de Alfaro, comisio- 
nado por Felipe III para entender y arreglar este grave y difícil asunto. Sabe- 
dor este prudente y celoso ministro real de lo que habian trabajado para con- 
seguirlo los de la Compañía de Jesús, sobre todo su Provincial, deseó tenerlo 
á su lado para valerse de sus luces, celo y autoridad (1): por lo cual le escri- 
bió á Chile suplicándole fuese á auxiliarle en tan ardua empresa. 

2. Al que deseaba su feliz realización con tantas ansias le bastó esta invita- 
ción para que, dejando al momento los graves negocios que acá tenia entre ma- 
nos, volase cuanto antes á Córdoba, para donde lo habia citado Alfaro. Cuan- 
do dicho P. llegó á ella, dos dias hacia que este habia partido hacia Buenos- 
Aires, por creer que no habria podido pasar la cordillera habiendo entrado ya 
el invierno. Entonces, despachando á su compañero el P. Vázquez Trujillo á 
dar la bien venida al Gobernador del Tucuman, D. Luis de Quiñones Ossorio, 
se partió sin el menor descanso á verse con el Visitador, á quien alcanzó á 
veinte leguas de Córdoba. Dos dias emplearon en conferir varios puntos de la 
visita; y este quedó tan prendado de las acertadas respuestas, de los conoci- 
mientos y proyectos de aquel, que le rogó encarecidamente le acompañase sin 
falta en el Paraguay; donde previo serian mayores las dificutades que tendrían 
que vencer, y más aferrada la oposición de los encomenderos. Convinieron, 
por lo tanto, estar en el puerto de Sta. Fea principios de Agosto, á fin de em- 
barcarse juntos para lo Asunción. 

3. Antes de separarse, Alfaro dio las gracias al P. Torres por lo mucho que 
él y los suyos habian trabajado en abolir al servicio personal, no solo con los 
sermones, conferencias y dictámenes, sino también con sus oraciones, que de 
ordinario son el medio más eficaz para la realización de los negocios escabro- 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. v, d.° 2. 



222 CAP. MU 1611 

sos; y concluyó diciéndole que en estas confiaba especialmente para salir bien 
con el que le habia encargado su real Majestad. Con el objeto de que pueda 
nuestro lector juzgar si era ó no fundada su confianza, iúsertaré aqui un re- 
sumen de las que ofrecieron solos los PP. y H." del colegio de Córdoba, que á 
la sazón eran treinta (1). Sus cinco sacerdotes se comprometieron á aplicar 
quinientas treinta y ocho misas, y los H/ á oir mil, y á ofrecer el fruto de 
quinientas treinta y nueve comuniones; además, aplicaron entre todos dos mil 
ciento veinte y una disciplinas, mil quinientos ochenta y cinco diasde cilicio, 
dos mil trescientos ochenta y dos rosarios , mil y cien ayunos, y cuatro mil 
ochocientas treinta horas de oración (2), (fuera de otras muchas mortificacio- 
nes) para el remedio de esta necesidad. A esta proporción fueron las ofertas en 
las demás casas de la Provincia. ¿Serian inútiies á la sociedad los que asi se 
sacrificaban por ella, aunque estuviesen ocupados en solo los estudios ó en los 
quehaceres domésticos, según su estado respectivo? 

4. A su regreso detúvose el Provincial en un pueblo de indios para doctri- 
narlos y administrarles los santos sacramentos; y en Córdoba procuró con su 
ejemplo y fervorosas exhortaciones confortará los nuestros para los trabajos y 
persecuciones que de nuevo les suscitaban los encomenderos, y los estimuló 
notablemente á procurar con esmero la perfección de sus almas y la salvación 
de sus prójimos. Fué tal la emoción que causó en los ánimos de aquellos sus 
fervorosos subditos en una plática que les hizo el dia de la Santísima Trinidad 
de aquel afio de 1611, que todos los PP. y H.' asi teólogos como filósofos, á 
imitación de su rector y del P. secretario, se le postraron de rodillas, pidién- 
dole con tiernas lágrimas los enviase á las misiones de los infieles, brindándo- 
se cada uno parala nación más bárbara y remota á que gustase destinarlos (3). 
Llenóse de júbilo el fervoroso espíritu del P. Provincial al ver la resignación, 
celo y entusiasmo de sus amados hijos; pero solo señaló por entonces al Padre 
Diego de Boroa para los diaquitas y al P. Juan de Sala para las de Mendoza; 
que según vimos arriba solo contaban con el P. Juan Pastor. 

5. A fines de Julio partióse con su secretario y otros cuatro PP., que habia 
destinado á las misiones del Paraguay, para Sta. Fe: donde lo aguardaban el 
Visitador Alfaro, y ef Gobernador del Rio de la Plata Diego Marin Negron. Es- 
tos caballeros edificáronse mucho al ver el celo y constancia con que su Reve- 
rencia y compañeros procuraban catequizar los dos cientos indios que lleva- 
ban de remeros, y á cuantos encontraban en las paradas, que á las veces es 
preciso hacer al remontar las rápidas corrientes del caudaloso rio Paraná (4). 
Los mismos confirieron con él en esta larga travesía sobre las cosas de la go- 
bernación del [Paraguay, que estaban bastante enmarañadas , y acerca de las 
cuales eFP. tenia claras y circunstanciadas noticias, y hasta habia concebido 



(1)'P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. v, n.° 5.— (2) Carta ánaa del aflo 1611 por el P. Diego 
dejTorres BoUo: consérvase entre los papeles que fueron de la Provincia del Paraguay en 
esta biblioteca nacional.— (3) P. Lozano, ibidem, lib. V, cap. v, n."9.— (4) P. Lozano, ibidem, 
lib. JI, cap. VI, n.^^í. 



1611 GAP. XXII 223 

may prudentes planes para remediarlas. No dejó de aprovecharse de estos co- 
nocimientos Alfaro en la visita que entabla á su arribo á la Asunción. El P. Lo- 
zano en su libro YI, capitulo vi, nos refiere los pasos que este dio, los puntos 
que en privado y en público discutió, y las providencias que al fin tomó ; las 
que omitiré por no pertenecer directamente á esta Historia; advirtiendo única- 
mente que en la formación de las ordenanzas (1) para el desagravio de los in- 
dios, y la abolición del servicio personal se valió principalmente del consejo 
y dirección de los PP. Diego de Torres y Marcial de Lorenzana. 

6. Publicadas estas ordenanzas por Octubre de aquel año 1611 , y entablada 
la ejecución de ellas, por más que reclamasen no solo los encomenderos, sino 
aun el cabildo de aquella ciudad, volvieron el Visitador y el P. Provincial á 
Santiago del Estero, entonces capital del Tucuman; y después de practicadas 
las diligencias del caso, publicó allí por Diciembre del mismo año las mismas 
ordenanzas con bien pocas modificaciones. Advierte el mismo autor cómo en 
Santiago se sirvió también del consejo de los nuestros, y cómo en el único 
punto en que no lo siguió, y fué sobre la tasa del tributo, condescendiendo al- 
gún tanto con las exigencias y reclamos de los encomenderos, fué reconvenido 
de la real audiencia al darle su aprobación. Viendo con esto los procuradores 
del Paraguay y del Tucuman frustrada su apelación hecha ante el mismo tri- 
bunal de Lima, la elevaron al real consejo de indias; en el cual, después de 
cuatro años de discusión, fueron declaradas justas, acertadas y convenientes 
las tales ordenanzas, que acto continuo se merecieron la aprobación de su real 
Majestad. 

7. Apenas se retiraron de la Asunción el Visitador y el Gobernador, cuando 
se levantaron todos, no solo los encomenderos, sino también el pueblo contra 
los de la Compañía; como si estos solos hubiesen abolido el injusto y ominoso 
servicio personal. Que se dieran por resentidos los encomenderos no era de ex- 
trañar; mas que lo hiciera el pueblo y los mismos indios, cuyos derechos y li- 
bertad hablan dignamente apoyado y defendido los jesuítas, con razón lo pu- 
diera admirar quien no supiese las trazas á que apelaron los encomenderos; los 
cuales, al modo que los demagogos de nuestros dias, se proclamaron desinte- 
resados protectores de los indígenas y decididos defensores de su dignidad hu- 
mana, de sus más sagrados derechos é innata libertad. Unos en la ciudad, 
otros en las haciendas y algunos internándose en sus remotos pueblos, les de- 
cían en tono compasivo: «no creáis en esos PP. españoles, que os quieran im- 
poner un tributo anual superior á vuestras fuerzas, sacaros del suelo en que 
habéis nacido, y precisaros á que vengáis cada dia á la plaza á alquilaros: aho- 
ra nosotros, avecindados ó nacidos en vuestro mismo país, os tenemos como 
hijos en nuestras casas ó haciendas; mas si condescendéis con ellos, tendréis el 
nombre de libres, pero os alquilaremos como si fueseis otras tantas bestias, 
y por un real al dia os haremos trabajar á nuestro arbitrio.» No contentos con 
fascinar á los indígenas con estas y otras semejantes razones, resolvieron des- 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. vi, n.° 6, quieo vio el borrador de dichas ordenanzas. 



824 CAP. iiu 1611 

prenderse enteramente de los hijos de la Compañía (1). A este objeto, no osan* 
do atentar contra las casas y personas de aquellos venerables sujetos, atentaron 
contra su fama, calumniándoles atrozmente; y una vez conmovido el pueblo á 
fuerza de sofismas y calumnias, lograron sitiarlos por hambre, haciendo que 
á sabiendas nadie les vendiese cosa alguna, ni siquiera por su triple precio. 

8. El 25 de Octubre predicándoles el P. rector en la iglesia catedral, por- 
que á la nuestra no concurrían, les advirtió que si no mudaban de conducta 
para con ellos se verian precisados á retirarse de la ciudad; y al momento se 
oyeron estas confusas voces: ¡ojalá que de todo el Paraguay! ¡yo les equiparé de 
balde mis lanchas! ¡que sea cuanto antes! y otras expresiones en igual senti- 
do (2). Por lo cual se retiraron á una quinta, con cuyos frutos, y á falta de es- 
tos, con los que les suministraba la divina providencia por medios bien singu- 
lares, se mantuvieron hasta la pascua del afio siguiente, en que calmó aquella 
tempestad, que los jesuítas no solo soportaron con resignación, sino también 
con consuelo, como lo demuestran las cartas que por entonces mediaron entre 
ellos y el P. Provincial. Gomo los de la Compafiia apoyaron en todas partes al 
Visitador y cooperaron por todos los medios posibles á la realización de sus 
planes, asi fué que en todas partes fueron odiados y perseguidos, por grandes 
que fuesen los servicios que les estaban prestando. 

9. Los vecinos de Salta hablan admirado la heroicidad con que los PP. Da- 
río y Morelli hablan penetrado en el valle de Golchagui, doctrinando á toda 
aquella bárbara é indómita nación, con virtiendo á algunos de ellos, y ponien- 
do freno á su rebeldía; y reconocidos á los importantes servicios que prestaban 
á la religión y á su provincia hablan suplicado al P. Diego de Torres no reti- 
rase de ella tan celosos misioneros; sin embargo, trocados ahora sus ánimos 
les dieron bien que merecer (3). Otro tanto les pasó en S. Miguel del Tucuman, 
donde ni los respetos de este mismo P. Provincial, hombre tan benemérito y 
tan querido, y al que todos los vecinos estaban sumamente agradecidos por 
haberles abierto dos años atrás residencia en su ciudad, bastaron para conte- 
ner los desmanes de los encomenderos, ni para reducirlos á que evitaran el 
escándalo público, dejando de hacer ostentación de su saña y rencor. 

10. En Córdoba fueron mayores aún las demostraciones de sentimiento ó 
despecho, por haber gente más poderosa, que llevaba adelante la odiosidad 
concebida anteriormente contra la Compafiia á los primeros indicios de esta 
cuestión, y por haberse suscitado de nuevo la persecución á la llegada de Alfa- 
ro. A fin de prevenir los ánimos de los encomenderos suplicó este al P. rector 
Juan de Vianaque les predicase sobre este asunto. £1 buen P., llevado de un 
santo celo y ardorosa caridad, propuso en su discurso el siguiente (i) enigma: 

No como y doy de comer, Soy libre y he de servir; 

No visto y doy de vestir, Esto ¿cómo puede ser? 



(1) P. Lozano, ibidcm, lib. Vi, cap. viii, n.** 10.— (á) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. xviii, 
n.** 16.— (3) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. x, n.° 19.— (4) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. v, 
n.*»7. 



1611 Cap. XXII 22S 

Al desenvolver el enigma expuso la dura opresión en que vivian los indios; 
patentizó la injusticia de ella, y evidenció cómo era contra el derecho natural y 
el escrito en las leyes de Espafia. La misma entereza y claridad con que probó 
su proposición exacerbó de manera los ánimos de los que estaban interesados 
en mantener el servicio personal, que desde luego desalaron sus lenguas no 
solo contra el predicador, sino contra su colegio y todos los demás PP. de la 
Compañía, diciendaser ellos los principales motores de la visita^ en lo que se 
equivocaban, y los más íntimos consejeros del Visitador, de lo cual se honra 
la Gompafiia, y por ello será aplaudida de todo cristiano, y aun de todo amante 
de la justa libertad de los hombres, cuya conducta no esté en contradicción con 
sus principios. Acrecentóse á lo sumo el furor de los cordobeses cuando oye- 
ron publicar las precitadas ordenanzas; y entonces, no contentos con las dia- 
tribas y calumnias, pasafon á los hechos (1). No solo se retiraron del trato con 
los nuestros, sino de nuestra iglesia, sin querer oir ni la misa, ni los sermones 
de los que, según ellos, pretendían quitarles los arbitrios para mantenerse, y 
sumir el paisen la suma miseria. Les negaron completamente las limosnas; y 
solicitaron que nadie les vendiese las cosas necesarias para su sustento. 

11. Por más que se regocijase el P. Provincial con aquellas persecuciones, 
que miraba como margaritas preciosas, y aunque en los transportes de su pie- 
dad dijese con ánimo resuelto: de estas margaritas échenme más y más (2); al 
fin se vio precisado por aquel prolongado asedio á sacar de aquel colegio á los 
H." teólogos y filósofos con sus respectivos profesores (8). Durante aquella 
acérrima persecución tuvo el consuelo de inaugurar á cargo de los nuestros el 
seminario conciliar de Santiago del Estero, cuyos encomenderos, por encona- 
dos que estuviesen con la Gompafiia, no pudieron impedirlo, por ser empeño 
del limo. Sr. Frejo de Sanabria, disposición del Virrey marqués de Montes- 
claros y orden del Gobernador Luis de Quiñones Ossorio. £1 P. Lozano (i) trae 
sus rentas y obligaciones, y las prudentes condiciones con que la Gompañia se 
hizo cargo de él. También expidió una circular á todas las casas de su Pro- 
vincia, dando á los confesores y predicadores una larga y prudente instrucción 
para componer la conciencia de los encomenderos, después de las ordenanzas del 
Visitador (5). 

18. Terminada ya la abolición del servicio personal, laudable objeto por el 
cual el P. Diego de Torres habia ido al Tucuman desde Ghile, regresó de nue- 
vo á este Reino, donde lo llamaba otro asunto no menos grave y escabroso, 
cual era la pacificación de los araucanos, que la corte de Espafia habia encar- 
gado al P. Luis de Valdivia; quien estaba próximo á llegar. Al partirse de Gór- 
doba por Febrero de 1612 trajo consigo los PP. Viana, Latorre y Francisco 
Vázquez de la Mota y nueve H." teólogos (6); y dejó ordenado viniesen tras él 
seis filósofos con el P. Diego de Boroa, que pronto se le reunieron en nuestro 



(1) P. Lozano, ibídem, líb. Vil, cap. i, n.'' 2.— (i) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. v, n."" t. 
—(3) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. i, n.^ 2.^(4) P. Lozano, Ibidem, lib. VI, cap. x, n.® 9. 
~(3) P. Lozano, ibidem, lib. VI, cap. xi, n.'' 1— (6) P. Lozano, ibidem, Ub. Vil, cap. i, n.*" 2. 

15 TOMO 1 



n 



226 GAP. mi 1612 

colegio de Mendoza, para pasar juntos la cordillera de los Andes. Pudiera pre- 
guntar alguno: si estaban tan pobres que ni para comer tenian, ¿de dónde sa- 
caron recursos para los gastos indispensables de un viaje de más de dos cien- 
tas cincuenta leguas, por lugares casi enteramente despoblados, y por lo mismo 
incapaces de proporcionarles alivio alguno? Responderemos que del tesoro in- 
agotable de la Providencia divina , que , si mantiene las aves del cielo y los 
animales de la tierra, no faltará jamás á los que en él creen y confian, y mu- 
cho menos á los que padecen por su amor. Esta los proveyó tan colmadamen- 
te, que tuvieron con que hospedar al mismo tiempo en nuestra pobre casa de 
Mendoza once religiosos de la orden seráfica, que venian de Espatia para este 
Reino de Chile, tratarlos con el mismo agasajo y puntualidad que si fueran de 
la Compañía, y proveerlos de lo necesario para su pasaje de la cordillera. 

13. En fin, nuestra religiosa juventud y sus maestros fueron recibidos en 
esta ciudad de Santiago con especial regocijo, mirándolos sus nobles vecinos 
como nuevo lustre de su Reino. He aqui otro rasgo de la Providencia, que si 
por un lado permite que sean odiados y perseguidos los suyos, por otro dispo- 
ne los corazones, y hace que los hospeden ó provean con amor y generosidad. 
Hallóse, pues, el colegio de Santiago con treinta sujetos, á saber, ocho Padres, 
diez y seisH.' escolares y seis H." coadjutores; y siendo ya tiempo de empe- 
zar los cursos, nombró el P. Provincial al P. Juan de Viana por rector del co- 
legio, á los PP. Manuel de Fonseca y Francisco Vázquez catedráticos de teolo- 
gía escolástica, recaf^ando á este, por falta de sujetos, con la de teología mo- 
ral (1), que ensefió por la suma del cardenal Toledo, y al P. Cristóbal de la 
Torre encargó el curso de filosofía, en que entraron los seis H.' venidos de 
Córdoba, algunos otros religiosos, y doce colegiales de nuestro convictorio del 
Beato Edmundo Campiano. Asignóles por texto el curso filosófico del P. Anto- 
nio Rubio, entonces muy acreditado, por complacer á nuestro P. General, y 
evitar á los discípulos el trabajo de escribir (2). No se pudo lograr esto en las 
clases de teología por falta de autor; sin embargo, los profundos conocimien- 
tos y singular maestría de sus profesores, sobre todo del P. Francisco Vázquez, 
suplieron satisfactoriamente esta falta, según dice el P. Lozano; aunque la carta 
anua dice que se enseñaba por el P. Suarez, sin olvidar al P. Gabriel Vázquez: 
puede ser que por no tener sino un ejemplar, el profesor tuviera que dictar 
acomodándose á la doctrina de estos autores. Donde más se lució aquel digno 
primo üe ese afamado autor fué en la agudeza de la réplica, que siempre fué 
muy estimada y aplaudida. 

14. Frecuentes eran los actos literarios; y por asistir á ellos los religiosos de 
las otras órdenes, tuvo el público ocasión para enterare de la sabiduría y ma- 
gisterio de nuestros profesores y de la habilidad, aplicación y progresos de sus 
discípulos; por lo cual el convento de Ntra. Sra. de la Merced envió sus reli-^ 
giosos coristas á las lecciones de nuestro colegio, y esto por muchos años y con 
conocidas ventajas; pues lograron sujetos que sirvieron de lustre y ornamento 



(1) Carta anua del aQo 1612.«-(2) P. Lozano, ibidem, Ub. YII, cap. i, n.** 5. 




1612 CAP. xxu 227 

á sa Provincia. Por cuanto la clase de gramática abierta el 1593 tenia ya cien 
alumnos, el P. Provincial añadió otra en el 1611 con muy buen resultado; la 
que desempefiaba un H. escolar (1). La escuela de primeras letras fué atendida 
coa especialidad; y para estimular á sus alumnos les dieron titulo de doctores, 
poniéndoles los capirotes y borlas el Sr. Obispo en un acto solemne, á que asis- 
tió gran concurso. No puso menor esmero el celoso Provincial en aficionar nues- 
tra juventud religiosa al estudio de la perfección que al de las letras, enseñán- 
doles el modo de hermanar la sabiduría con la oración y demás virtudes re- 
ligiosas. Alentábalos á todos con sus ejemplos y fervorosas pláticas; por ser 
sus palabras como teas encendidas que abrasaban el corazón de los oyentes 
en amor de Dios y en el celo de la conversión de las almas, sobre todo de los 
infieles: para la cual se le ofrecieron todos generosamente, hasta los H." estu- 
diantes; y si á la sazón no le fué posible acceder á sus fervorosos deseos, no 
tardaron algunos en lograr la satisfacción de ellos con la venida del P. Luis de 
Valdivia, que referiremos en e( capítulo siguiente. 



(1) Carta anua del aflo 1611. 



228 CAP. xxiii 1612 



CAPÍTULO XXIII 

1. El P. Valdivia llega á la corte. — 2. Consigue audiencia. — 3. Su discurso al Rey. 
— 4. Su Majestad pasa sus arbitrios de paz al consejo de Indias. — 5. Este los apoya. 
— 6. Otros tres consejos consultan al Rey los mande plantear. — 7. Resumen de ellos. 
— 8. El Rey los aprueba y encarga sea el P. su ejecutor. — 9. Este no acepta el obis- 
pado. — 10. Es nombrado Visitador del Reino. — H. Real cédula en favor de los 
araucanos. — 12. Solicita las oraciones de la Iglesia. — 13. Indulgencias concedidi^s 
por Paulo V. — 14. Facultades que le dio el P. Géúeral. — 15. Se embarca de regreso 
al Perú. — 16. Nómina de sus compañeros. — -17, Llega á Lima, y el Virrey acata sus 
arbitrios. — 18. Una junta de veinte vocales acuerda su ejecución. — 19. El Virrey la 
ordena. — 20. Por reclamo del cabildo de Penco de nuevo se discute sobre ella. — 21. 
Decreto del Virrey. — 22. Con razón pudo el P. aceptar tales cargos. — 23. Consulta 
en Lima al Virrey y á losjesuitas. — 24. Llega d Penco. — 25. Estado de la Arauca- 
nia. — 26. Alonso de Ribera se recibe del mando. — 27. Dificultades de la situación. 
— ^28. Quiénes y porqué se opondrian al plan del P. Valdivia. — 29. Lo persiguen á 
él y á la Compañia. — 50. Recurre á Dios con la oración y la penitencia. 

1. Habiendo partido del Perú para Espafia el celoso^ intrépido defensor 
de los araucápos, el P. Luis de Valdivia, por Abril del ano 1609, llegó á la 
corte de Madrid á fines de aquel mismo año, con las cartas de que dimos razón 
en el cap. XYIII, num. 6 del Virrey para el católico Monarca y sus ministros, 
y también con las de algunos distinguidos personajes de Lima para ellos, y 
otras personas influyentes en las reales deliberaciones (1). Llegarían al mismo 
tiempo á ella el enviado de Garcia Ramón, y las diversas cartas que este lleva- 
ba; por lo cual comprendió dicho P. la oposición que hablan de hallar sus pla- 
nes pacíficos, y cuan difícil seria recabar la real aprobación; mucho más sien- 
do necesario revocar la cédula expedida el 26 de Mayo de 1608 sobre los indios 
apresados en la guerra. ' 

2. Sin embargo, después de haber entregado las cartas á sus destinos, pidió 
audiencia; la cual obtenida, se presentó con ánimo resuelto y con la consola- 
dora esperanza de un feliz resultado; é hizo Dios que el Monarca lo recibiese 
benignamente, bien fuese por atención á las recomendaciones del Virrey, bien 
por su inclinación á favor de los desvalidos indios; y le mandó que á este res- 
pecto le expusiese cuanto hallase por conveniente. Alentado el siervo de Dios 
con esta real dignación, después de haberle dado atentamente las gracias por 
las leyes dictadas contra los opresores de los araucanos, le habló en estos tér- 
minos (2). 

3. «Conociendo cuan amartelado es vuestra real Majestad de la hermosura 
«de la verdad, fuera en mí gran delito no declararla con toda expresión en su 
«real presencia. Por tanto digo, Señor, claramente, sin género de duda, que 



(1) Tribaldos de Toledo.— (i) P. Lozano, ibidem, lib. VII, cap. iv, n." 5. 



1€09 GAP. XXlll 



«la principal causa de la guerra de Chile es el pesado yugo del servicio personal, 
«que contra la voluntad de vuestra real Majestad y de vuestros progenitores, ex- 
«presada en tantas cédulas y leyes justísimas, han querido cargar sobre las cer- 
«vices de los araucanos. Es vana diligencia buscar otra causa al origen de su 
«rebelión, ni se señalará fácilmente otra de que hasta ahora obstinadamente se 
«continué; porque es constante que los recelos y miedos de volver á la dura 
«servidumbre que abomina esta gente, idólatra de su libertad, y dificilísima 
«de ser domada en ningún tiempo con rigor, son los que les sustentan las ar- 
«mas en las manos, con intolerable detrimento del dominio espafiol, y de la re- 
«ligion cristiana; y las sustentarán cpnstantes mientras no se cesare de agrá- 
«viarlos, y no se les quiten de en medio lod motivos de su rebelión. Consuman- 
«se cada afio de vuestro real erario trescientos mil pesos en la guerra de Chile; 
«y [lasta ahora en casi sesenta años no han fructificado otfa cosa sino estragos 
«que debemos llorar. Para ello nos ofrece copiosa materia el ver destruidas y 
«desoladas de los bárbaros las principales colonias de los españoles; perdidos 
«los más opulentos minerales de oro queso conocían; cortada en flor la nobleza 
«española ; muerto miserablemente el esclarecido Gobernador Loyola , con 
«treinta valerosos capitanes en la última rebelión; matronas y doncellas de 
«ilustre linaje cautivadas y deshonradas; y nuestra nación reducida á un ángu- 
«lo estrecho de aquel dilatado Reino, sin ocupar más que pocas ciudades y al- 
«gunos fuertes construidos en la frontera para su defensa. Otros tomarán á su 
«cargo el referir .estas desgracias difusamente; que yo, según el fin de mi veni- 
«da á vuestros reales pies, solo puedo determinarme á llorar y lamentar la per- 
«dida espiritual de las almas; ni me sufre el corazón ver con ojos enjutos que 
«tantas nobles matronas y doncellas cristianas se vayan acostumbrando entre 
«los bárbaros á los ritos profanos; que tantos millares de enemigos se queden 
«sin esperanza de salvación; y que los más de los indios amigos, temerosos de 
«vejaciones, rehusen pertinazmente abrazar la fe católica. Para reprimir la fe- 
«rocidad de esta altiva y belicosa nación nada han aprovechado hasta aqui ni 
«la plata del Perú, ni las armas de España. Hánse cansado en vano Goberna- 
«dores muy escogidos y esclarecidos en las artes militares; y de toda su indus- 
«tria y fuerzas empleadas en esta guerra, ningún otro fruto se ha sacado que 
«exasperar más los ánimos con las hostilidades. Parecíame á mi que sin estos 
«cuantiosos gastos , sin milicia y sin socorros de España, se puede aplicar el 
«remedio á tamaños males, siguiendo diverso rumbo; que es la piedad, en que 
«tan señalado es vuestra Majestad, y de que ha dado tan esclarecidas pruebas 
«á ambos orbes, antiguo y nuevo. Pospuesto el rigor de los castigos, que ha sa- 
cudo hasta aquí inútil, pruébese. Señor, con vuestros vasallos el recurso de 
«vuestra clemencia; y veamos si con los beneficios se puede ablandar la dure- 
«za de esta gente obstinada, y atraerla con vuestro envite á vuestro real servi- 
«ció, y por este medio al cristianismo; que es el deseo más ardiente de vuestra 
«Majestad, y lo fué siempre de vuestros reales progenitores. A este fin traigo 
«discurridos varios arbitrios, que suplico á vuestra Majestad mande examinar 
«á los ministros de su mayor confianza; y si en su ejecución se aprehendiere 



230 GAP. 1X111 1610 

<talgun peligro, aqufestá, Sefior, mi vida y la de los jesuítas, que ia expon- 
«dremos gustosos á cualquier riesgo por la paz de aquel nobilísimo Reino; con 
«la esperanza de ampliar asi vuestros dominios y conseguir la salud eterna de 
«tantas almas, que deseamos traer al gremio de la católica Iglesia, detestados 
«los errores torpes del gentilismo. i> 

4. Complacido el Rey con el razonamiento del P. Valdivia, pasó los arbi- 
trios de paz, que este llevaba escritos y aprobados por el Virrey del Perú, junto 
con las cartas de este y de García Ramón á una junta de los principales minis- 
tros del consejo de Indias, para que en ella se reconsiderasen seriamente; y 
después de haber deliberado con maduro juicio sobre los puntos en ellos con- 
tenidos, se viese qué medios convendría tomar para remediar los gravísimos 
males que aquejaban al Reino de Chile. Celebróse la primera sesión el 2 de 
Enero de 1610; y en ella fueron admitidos el capitán D. Lorenzo del S^to, 
enviado, como hemos dicho, por el Gobernador, y el P. Luis de Valdivia, para 
que pudieran esclarecer los puntos dudosos y hacer las reflexiones que halla- 
sen oportunas sobre las determinaciones que se tomasen. 

5. Al presentar su consulta á la real Majestad, dijeron, después de otras razo- 
nes, que no teniendo la empresa ó colonización de Chile el objeto que se lle- 
vaba en otras, á saber^ conquistar tierras y ganar reputación , sino el de atraer 
á aquellos indios al gremio de la Iglesia santa, y de asegurar por aquel lado el 
Reino del Perú, juzgaban por mejor hacer la paz, llevándose adelante la guerra 
defensiva (1). Por lo tanto, dieron las instrucciones para formar la frontera; re- 
comendaron se tratase bien á los indios de paz, para que los de guerra se de- 
sengafiasen; que se les predicase el Evangelio, especialmente por los PP. de la 
Compafiia de Jesús, que tanto fruto hacían en aquellas partes; que se pusiese 
en ejecución la real cédula relativa al servicio personal, no solo porque los ve- 
jámenes de los espafioles les habían hecho tomar las armas y estar tan rebel- 
des, sino también por el descargo de la conciencia de su Majestad; y para que 
sus vasallos fuesen administrados en justicia, y gozasen de la libertad que les ^ 
daba el derecho natural. 

6. El Rey no creyó prudente aprobar este dictamen hasta que fuese exami- 
nado y aprobado por otras personas de ciencia y conciencia ; y á tal objeto 
lo hizo discutir en tres de sus reales consejos, en todos los cuales fué aprobado 
por unanimidad, menos en uno, en que el marqués de Villahermosa lo repro- 
bó al principio, proponiendo nuevos medios para hacer la guerra ofensiva; 
mas tan pronto como leyó el largo informe ó memorial del P. Valdivia, mudó 
de parecer y se adhirió al de los otros consejeros. Hemos dicho largo informe, 
porque según nos dice Tribaldos, al llegar el P. á la corte escribió un tratado 
sobre este asunto, y lo entregó á todos y á cada uno de los ministros y conseje- 
ros reales, para que instruidos á fondo en él , pudieran emitir acertadamente 
su opinión y dictar las providencias convenientes. El 2 de Junio juntáronse 
otra vez los vocales de la mencionada junta, y de común acuerdo resolvieron 



(1) Tribaldos de Toledo en su Vista general de las continuadas guerras. 



1610 CAP, xxiii 231 

elevar á la alta consideración de su Majestad la consulta, que después de ha- 
ber oido al P. y leido su informe y las cartas del Perú y de Chile, habían to- 
mado; y era que se remitiesen órdenes terminantes y bien circunstanciadas al 
Virrey para que mandase adoptar y plantear en Chile los arbitrios de paz que 
el P. Valdivia proponía, con las modificaciones que su Majestad tuviese á bien 
aSadir. Los dichos arbitrios eran los siguientes: 

7. Que la guerra de Chile se redujese á meramente defensiva de parte de 
los españoles, prohibiéndoles severamente las malocas y entradas á cautivar in- 
fieles; y que si de estos fuesen invadidos, rebatiesen con fuerza proporcionada 
la insolencia de los agresores (1). Que & este fin se dispusiese que las ciudades 
y fuertes de la frontera se poblasen de mucha gente, que fuese suficiente para 
resistir al enemigo, sin que hubiese necesidad de otros presidios ó milicias; por 
el cual medio se venian á ahorrar doscientos mil pesos de los que con el situa- 
do se despachaban anualmente de Lima para pagar al ejército de aquel Reino. 
Que el servicio personal se abrogase totalmente, dejando á los indios en entera 
libertad, y reducidos en sitios donde pudiesen ser doctrinados cómodamente; 
y que desde luego se entendiese ser revocada la licencia de hacer esclavos á 
los indios apresados en la guerra, ni pudiesen ser Tendidos como tales por nin- 
gún titulo^ ni so pretexto alguno. Que establecida la libertad de los indios, se 
les impusiese el tributo moderado que pareciese justo pagasen á sus encomen- 
deros, en reconocimiento del vasallaje debido á los reyes de Espafía; y que 
siendo para este fin muy necesario saber primero qué tributarios tenia todo el 
Reino, se hiciese en la visita general la numeración, y se diese la noticia al 
Virrey del Perú, para que por su arbitrio se hiciese la tasación de los tributos. 
Finalmente, que por todos los medios se precaviese que los indios no recibie- 
sen vejación, ni agravio de los encomenderos, ni de los otros españoles; y se 
solicitase con ardor que los rebeldes abrazasen el partido de la paz y amistad 
de nuestra nación, que se esperaba conseguir con la ejecución y observancia 
de estas bien arregladas órdenes; y que por los fuertes de la frontera algunos 
jesuítas, sustentado]^ á expensas de su Majestad, contuviesen con sus celosas in- 
dustrias los naturales amigos del español en su deber, y estorbasen con su au- 
toridad el que se recibiesen injurias, y atrajesen á los enemigos al partido de 
Cristo y del Rey. , 

8. Después de haberlos leido y pesado maduramente, y consultado además 
con su confesor y otras personas, aprobólos Felipe III, é hizo que el P. Valdivia 
volviese al Perú con las cartas y despachos para el Virrey ; al cual encargaba 
confiase á él mismo la ejecución de sus órdenes. Dispuso también que sus mi- 
nistros del puerto de S. Lúcar diesen pasaje por cuenta del real erario á otros 
doce PP., que permitía llevase consigo á Chile, como se lo habia pedido, para 
enseñarles el idioma araucano durante la navegación, y servirse de ellos en su 
plan de pacificación de la tierra, conversión y reducción de los naturales (2). 



(1) P. Lozano, Ibidem, llb. Vil , cap. iv, n.* 10.— (í) P. Rosales , Historia de Chile , lib. VI, 
cap. V, donde pone también las provisiones reales. 



238 GAP. xim , 1610 

Las relevantes prendas de alma y cuerpo que lo adornaban, y los honrosos an- 
tecedentes que recomendaban su persona para con espafioles é indios, no eran 
bastantes para desempeñar con feliz resultado la interesante y ardua empresa 
que se le]encomendaba. Necesitaba de una autoridad superior á la de un sim- 
ple'misionero. 

9. A este propósito dispuso el católico Monarca se comunicase al Obispo de 
Santiago cómo habia parecido conveniente al real consejo que confíase al Pa- 
dre Luis de Valdivia la administración del obispado de la Imperial, si en ello 
no hallase inconveniente. Empero el dicho P., conociendo el carácter del Obis- 
po, cuan poco afecto era á la Gompafiia, y que no estaba por la guerra defen- 
siva, expuso que aquella providencia no era suficiente para el efecto que se pre- 
tendía; por cuanto, si á S. S. lima, no le pareciese conveniente el conferirle 
aquella autoridad, ó solo con tales trabas que le coartara la libertad de acción 
que en aquellas circunstancias necesitaba, él se veria embarazado y quedarla 
frustrada la intención de su real Majestad, y perdidos los gastos que á este fin 
se hablan hecho y en adelante se harían; y que por lo mismo era necesario se 
nombrase un Obi^o para aquella diócesis, y que si entretanto se quería con- 
fiar á su persona la administración de ella, la orden para el limo. Sr. Espinosa 
debia ser precisa y el despacho de ruego ^ encargo (+). En Chile y en el Perú 
era tan notoria esta necesidad, que asi el Gobernador de este Reino como el 
Virrey del Perú la hablan expuesto al real consejo de Indias cada uno por su 
parte, después de la salida del P. Valdivia; y entrambos decian cuan á propó- 
sito era este P. para aquel cargo. En vista de los pareceres de tan autorizados 
personajes discutióse esto en el real consejo, y aunque dos de los consejeros 
opinaron se solicitase del Rey y de su Santidad fuese nombrado por Obispo de 
la Imperial el P. Valdivia (1), los otros tres expusieron que esto no convenia, 
por no ser conforme al instituto de la Compañía, ni á la voluntad de los supe- 
riores, ni conducente al fin que se pretendía; para el cual convenia volviese á 
Chile el P. Valdivia como simple religioso, para que de acuerdo con los demás 
PP. de su orden, pudiese emplearse eficazmente en la pacificación, reducción 
y conversión de los indios. Cuando supo el P. Valdivia estas deliberaciones, 
protestó enérgicamente contra el dictamen de los primeros, declarando que 
por ningún motivo aceptarla aquella dignidad, como consta de una carta que 
escribió á un amigo suyo (2). £1 P. Lozano dice asi (3): «Portóse, en fin, tan 



(+) Las cartas de ruego y eiicargo estaban en uso en aquel tiempo, y nadie reparaba que 
equivalían kprecepíoB con que la autoridad real se imponía á la eclesiástica. Guando el Rey 
presentaba á alguno para un obispado, se lo conounicaba con ella al cabildo de aquella 
diócesis, y este al punto lo nombraba su vicario capitular. Otro tanto se hacia en casos aná- 
logos; y el mismo limo. Sr. Espinosa se la pidió también al Rey de España en una cuestioo 
que tuvo con ciertos religiosos de Santiago, como nos lo refiere el limo. Sr. Villarroel en sn 
Gobierno pacífico. Desde luego no es de extrañar que la pidiese el P.* Valdivia, conformán- 
dose con la costumbre de su tiempo, por los graves motivos ya citados.— (1) Tengo á la vis- 
ta copia de las consultas y demás diligencias del presente caso, sacada del archivo de In- 
dias (Sevilla).— (2) Se publicó por el Estandarte católico en 1877.— (3) P. Lozano, Historia 
del Paraguay, lib. Vil, cap. iv, n.° 18. 



ICIO CAP. xiiu , 233 

«constante en resistir á las instancias y embites que se le hicieron sobre este 
«punto, que dejó admirados á los mayores personajes de la corte y edificado el 
«Monarca católico. 9 Mucho antes lo hablan alabado por haber renunciado ai 
obispado los PP. Alegambe, Ovalle, Nieremberg y Olivares. Al fin ordenó el 
Aey Felipe III, en virtud de lo consultado por su consejo de Indias á 9 de Di- 
ciembre de 1610 y de la oposición del P. Valdivia, volviese este á Chile para el 
dedempefio de su comisión en esta forma, y solo con las facultades indicadas en 
cvanto á la jurisdicción eclesiástica. Y para allanar cualquiera dificultad que 
en ello hubiese, acudió aquel católico Monarca al Sumo Pontífice; y el Padre 
Valdivia no se pudo excusar, por habérselo mandado nuestro R. P. General 
por orden de Su Santidad, como dice el P. Lozano en el lugar citado. 

10. Su Majestad nombróle, además, Visitador general de todo el Reino de 
Chile (1), con amplísimos poderes para tratar con los indios rebeldes, y asen- 
tar con ellos las condiciones de paz; y se los corroboró con un mandato al pre- 
sidente de la frontera y á los oficiales de su real ejército. Declaróle, afsi mis- 
mo, únicamente sujeto al Sr. Virrey del Perú en el ejercicio de estas sus es- 
peciales atribuciones, y enteramente exento en ellas del Sr. Gobernador y real 
audiencia, á quienes encargaba por otra parte,- le diesen el auxilio y apoyo 
que necesitase. Al pasar por Lima el Virrey le extendió los despachos corres- 
pondientes, y al llegar á Chile lo nombró el Sr. Espinosa por gobernador del 
obispado de Concepción. En este nombramiento no hace mención su lima, de 
haber recibido carta de ruego y encargo: sin embargo, nos asegura el P. Lo- 
zano que se le envió. Finalmente, á insinuación del mismo P. Valdivia, nom- 
bró su Majestad por Gobernador de Chile y presidente de su audiencia á don 
Alonso de Ribera (+), cabalmente uno de la terna propuesta por el Sr. Vir- 
rey (2). Mas no puede pasar en silencio la carta que dirigió Felipe III á los 
caciques y demás indios de Chile ; porque ella nos revela los sentimientos de 
aquel católico Monarca, y la sincera voluntad que tenia de la pacificación y 
conversión de los araucanos; y dice así (3): 

11 . «El Rey á los caciques y capitanes, toquis é indios principales de las pro- 
«vincías del Reino de Chile, y en especial de Jas de Arauco, Tucapel, Catiray, 
«Guadaba-, Puren, Quechereguas, Angol, Imperial, Villarrica, Valdivia y Osorno 
«y de cualquier otra de las costas del mar, ó de la cordillera grande; así á los que 
«al presente estáis de guerra^ como á los que en algún tiempo lo estuviereis y 



(1) P. Olivares, ibidem, cap. iv, § 1.— (-f) El P. Valdivia al proponer para el gobierno de 
Chile al Sr. D. Alonso Ribera se fijó en las excelentes cualidades que para él ^tenía este ca- 
ballero, sobre todo en su pericia y valor militar y en su ascendiente sobre los araucanos, á 
quienes su solo nombre podría imponer; mas no pretendió elevar un émulo de su lima. Ri- 
bera no era antíreligíoso, ni opositor sistemático contra el Obispo: sí tuvo sus disgustos con 
él, fueron accidentales; y á bien que su lima, tuvo también sus cuestiones de competencia 
con los sucesores de Ribera; y si bemos de creer á lo que entonces se dijo, más temia su 
Urna, á los oidores que á los Gobernadores. Años hacia que habla muerto Ribera cuando su 
ilma. abandonó su diócesis á causa de tales cuestiones, que otros Prelados sabían evitar ó 
soportar.— -(2) Tribaldos de Toledo; y en el P. Olivares se hallaran los citados decretos.— 
(3) P. Olivares, ibidem, cap. iv, S 2. 



234 GAP. ixiii 1610 

«ahora estáis de paz. Del P. Luis de Valdivia de la Gompafiia de Jesús, que vino 
cíde ese Reino á estos de España por orden de mi Virrey del Perú, á representar 
«algunos medios que os podian ayudar á vuestra pacificación y quietud, he 
«sido informado que la ocasión y causa que habéis tenido' para vuestra rebelión 
«y perseverar en la guerra tantos afios, han sido algunas vejaciones y malos 
«tratamientos que recibisteis de parte de los españoles, y en particular en el 
«servirlos personalmente; siendo lo uno y lo otro contra mi voluntad. Porque 
«lo que con más cuidado se ha proveído y ordenado por mi y por los católicos se- 
«fiores Reyes mis progenitores, ha sido que seáis aliviados de toda vejación y 
«agravio, y tratados como hombres libres; pues no lo sois menos que los demás 
«mis vasallos españoles é indios de mi corona: y la causa de no haberse eje- 
«cutado por mis gobernadores puntualmente y precisamente las cédulas que en 
«diferentes tiempos están dadas, ha sido el haber andado embarazados y ocupa- 
«dos en la guerra y por la turbación de ella, con que se han excusado de no 
«haberlo cumplido. Doliéndome de los trabajos que pasáis con la continua 
«guerra que hasta' aquí se os ha hecho, que os trae por los montes y quebra- 
«das cargados de vuestras mujeres é hijos, sin tener habitación ni casa segura 
«en que vivir, ni gozar de vuestras propias tierras, chacras y ganados, expues- 
«tos á cautiverios y muertes violentas; deseando principalmente la salvación de 
«vuestras almas, que alcanzareis viviendo en el conocimiento del verdadero 
«Dios, criador del cielo y de la tierra, recibiendo la fe de Jesucristo su Hijo, 
«Redentor nuestro, que es la que profesamos los españoles, sin la cual nadie 
«se puede salvar, ni ser vosotros instruidos en ella mientres durare la guerra, 
«y la inquietud que en ella traéis; y considerando cuan á propósito son para 
«lo uno y para lo otro los medios que mi Virrey del Perú nos ha propuesto, 
«le he mandado escribir á mi Gobernador de ese Reino de Chile que se atien- 
«da luego á la ejecución de ellos; aliviando ante todas cosas á los indios de paz 
«del servicio personal, y otra cualquiera vejación ó molestia que padezcan, y 
«que se haga con vosotros )o mismo, reduciéndoos de paz, y al amparo de mi 
«corona; y que seáis tratados, como los demás mis vasallos, sin ningún géne- 
«ro de yugo ni de servidumbre; y que para que mejor podáis conseguir esto, 
«no consientan que ninguno de mis capitanes, de los muchos que tengo en ese 
«Reino, entre de aquí en adelante en las tierras de los que estéis de guerra y 
«rebelados, á haceros alguna de las ofensas ó molestias, que hasta aquí se os 
«han hecho. Y al dicho P. Luis de Valdivia le he ordenado que vuelva á ese 
«Reino, para que en mi nombre y de mi parte trate con vosotros los dichos 
«medios muy en particular. Y os ruego y encargo le oigáis muy atentamente 
«y deis entero crédito á lo que dijere acerca de esto; que todo lo que él os tra- 
«tare y ofreciere de mi parle tocante á vuestro buen tratamiento, y alivio del 
«servicio personal y las demás vejaciones, se os guardará y cumplirá puntual- 
« mente. De manera qué conozcáis cuan bien os está el vivir quietos y paci- 
« fieos en vuestras tierras debajo de mi corona y protecciones reales, como lo 
«están los indios del Perú y otras partes. Perdonándoos todas las culpas y de- 
«Utos, que en la prosecución de tantos años de rebelión habéis cometido, asi 



1610 GAP. »m 235 

«vosotros, como los mestizos, morenos, soldados espafioles fugitivos y otras 
«cualesquiera persona^, que se han ido á vivir entre los que estáis de guerra. Y 
«para ayudar más á este intento, le he ordenado al P. Luís de Valdivia asista 
«con vosotros en ese Reino y tenga el cuidado espiritual de vuestras almas; 
«favoreciendo y amparando á todos los quei os redujéredes á la paz y quietud. 
«Para lo cual, y para .el cumplimiento del buen asiento que" deseo de ese Rei- 
«no, le he mandado dar la mano y autoridad necesaria, para que podáis acu- 
«dir á él con toda confianza; y que él me avise siempre de lo que bieü os estu- 
«viere. T asi mismo envió de estos Reinos con el P. Luis de Valdivia, á mi 
«costa, otros PP. de la Compañía de Jesús, para que os hagan cristianos, y os 
«instruyan en las cosas de la santa fe católica. Oirles heis de buena gana; que 
«yo les he encargado mucho os traten con amor de padres espirituales, y os 
«amparen y favorezcan. Y espero en Nuestro Sefior os alumbrará vuestros en- 
«tendimientos, para que conozcáis cuan bien os estará esto, para que gocéis 
«de vuestras tierras, mujeres, é hijos y ganados, salvando vuestras almas; que 
«es lo que de vosotros solamente se pretende. Dada en Madrid á 8 de Diciem- 
«bre de 1610 años. Por mandato del Rey nuestro Sefior, Pedro Ledesma.» 

12. Satisfactorias hablan sido para el P. Valdivia las prudentes y enérgicas 
disposiciones que acababa de tomar Felipe III para el logro de la reducción de 
los araucanos por vias pacíficas; las credenciales y facultades de que lo habia 
revestido alentaban mucho su confianza; sin embargo, intimamente persuadi- 
do de que nada sirven los esfuerzos humanos, si no son secundados por el Se- 
fior de las victorias, á él acudía con frecuentes oraciones; y para hacerlas más 
eficaces, quiso que se uniesen con las suyas las de la generalidad del pueblo 
cristiano. Por esto pidió al católico Monarca solicitase de Su Santidad varias 
gracias é indulgencias. Hízolo gustoso su Majestad; y con mayor contento el 
Papa Paulo V, ansioso de ver en el gremio de la Iglesia aquellas naciones in- 
fieles, otorgó (+) las siguientes (1): 

13. «Primeramente; á cualquiera que hiciere oración á Nuestro Sefior por 
la conversión de los indios de Chile todavía infieles, reducción á la paz de los 
rebelados y quietud de todos ellos, una y otra sin fuerza, ni efusión de sangre, 
por cada vez que esto hiciere, indulgencia y remisión de la tercera parte de 
sus pecados; pudiendo aplicarla para las almas del purgatorio: y en las fiestas 
de Cristo Nuestro Sefior, de su Santísima Madre, de los Angeles, y de los Após- 
toles al que oyere misa por esta intención indulgencia plenaria, empero habién- 
dose confesado y comulgado. — Cualquiera persona que ejercitare alguna obra 
de caridad, misericordia ó justicia con los indios de paz, como dándoles limos- 
na, amparándolos, defendiéndolos de algún agravio que se les hiciere ó hubie- 
se hecho en sus personas, ó en las de sus hijos, ó en sus haciendas, ó curándo- 



(+) Caando Su Santidad concedió estas indulgencias aprobó indirectamente la comisión 
del P. Valdivia y las facultades de que iba revestido; si es que ya no le habia mandado di- 
rectamente aceptara la administración de aquel obispado , como lo supone el P. Lozano, 
íbidem, lib. Vil, cap. iv, n.° 13. En aquellas circunstancias este cargo no era bonoriflco, sino 
de sacrificio.— (1) P. Olivares, ibidem, cap. iv, S 2. 



236 GAP. xiiu 1610 

les en sus enfermedades, en orden á su conservación en la paz, v á su total 
reducción, gane, estando confesado y comulgado, indulgencia plenaria, apli- 
cable á las ánimas del purgatorio. — Cualquiera persona que ayudare á la con- 
versión de los indios rebelados, por si, por algún tercero, ó por otros buenos y 
suaves medios, sin derramamiento de sangre, con intención de que sus almas 
se salven, y se pacifique este Reino, cada vez que esto hiciere gane indulgen- 
cia y remisión de la mitad de sus pecados; la que se puede aplicar por una al- 
ma del purgatorio. — Quien convirtiere algún indio infiel, bautizare al ya con- 
vertido, predicare, doctrinare, ó administrare alguno de los sacramentos al ya 
bautizado, ganará por cada vez, con tal que estuviere confesado y comulgado, 
ó dijere misa, una indulgencia plenaria, que podrá aplicar para sacar una alma 
del purgatorio. — Cualquiera indio que acudiere á oir la doctrina cristiana, el 
sermón ó la misa, ó asistiere á su cofradía para oir los ejemplos, ó á la disci-^ 
plina, cada vez que esto hiciere gane indulgencia plenaria y remisión de to- 
dos sus pecados. — Cualquiera de las personas dichas, que se hubiere ejercita- 
do en alguna de las obras referidas, é invocare tres veces el nombre de Jesús 
con la boca ó corazón en hallándose en peligro de muerte, gane indulgencia 
plenaria, estando á lo menos contrito, no pudiendo estar confesado y comul- 
gado. — £1 que, habiéndose confesado y comulgado, hiciere oración mental ó 
vdcalmente por un cuarto de hora, rogando á Dios por los fines arriba dichos, 
y en particular por loa que ejercitan obras de caridad y justicia con los indios 
de Chile, gane indulgencia plenaria, visitando una iglesia el dia de la Asun- 
ción de la Santísima Virgen, y aplicando esto por las ánimas del purgatorio, 
saque una do ellas (+)•' H^ ^qui una evidente demostración del celo, con que 
la Iglesia procura directa é indirectamente la reducción délos infieles, protege 
á los que se han acogido á su amparo, y extiende sus miras benéficas aun á los 
que han rehusado entrar en su gremio, prestándoles los auxilios posibles asi 
espirituales como temporales, y alejando de ellos los males que les amanazan. 

14. No tomó menos interés por el buen resultado de los planes pacificado- 
res del P. Valdivia nuestro muy R. P. General (1): y para que pudiera reali- 
zarlos con más actividad y con menos embarazos, lo eximió á él y á sus com- 
pañeros de la jurisdicción de su P. Provincial, declarándolo inmediatamente 
sujeto á su persona; le dio amplias facultades para gobernar á los suyos y las 
misiones que con ellos fundase; recomendando, además, á dicho Provincial le 
trocase los sujetos que él creyese conveniente, y le ayudase en todo cuanto le 
pidiese, ó las circunstancias lo demandasen. 

15. Revestido, pues, de todas estas facultades eclesiásticas, civiles y reli- 
giosas, después de haber demorado catorce meses en la corte de España para 
acordarlos arbitrios de paz,.y^demás órdenes concernientes á ella, y de haber 
conseguido del católico Monarca y de los superiores de la Compañía los sujetos 
que necesitaba para la ejecución de su vasto plan (2), embarcóse á principios 



(+ ) Fueron sacadas del traslado auténtico, y se imprimieron en Sevilla por Clemente Hi- 
dalgo afto 1611.-- (1) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. iv, n.** 35 pone la carta del P. General. 
—(2) P. Lozano, ibidem, lib. VII, cap. iv, n.** 2S. 



1611 CAP. xxm 237 

del año 1611 en la real armada de que venía por gobernador D. Jerónimo de 
Portugal y Córdoba, llevando consigo las carias y reales cédulas, que su Ma- 
jestad remitía al Virrey del Perú, y al presidente y oidores de la real audien- 
cia de Chile. 

16. Los sujetos que trajo fueron (1) los PP. Juan de Fuensalida, Juan Bau- 
tistade Prada, Mateo de Montes, Gaspar Sobrino, Agustín de Yillaza, Vicente 
Modolell, y otros cuatro; dos de los cuales quedaron por de pronto en Lima; con 
los H.' Esteban de la Madrid, y Blas Fernandez: sujetos todos bien formados, 
de mucha virtud y letras, acostumbrados ya á nuestros ministerios asi espiri- 
tuales como literarios; todos los cuales fueron de grande utilidad en esta Amé- 
rica (+). 

17. Habiendo llegado á Lima por Octubre del mismo afio, dio cuanto an- 
tes razón de todo al Virrey marqués de Montosclaros, entregándole las reales 
cédulas y despachos que traia. Recibiólas y leyólas su Excelencia con el debi- 
do respeto y sumisión; pero como en ellas se decia que se estuviese á la guerra 
defensiva, si graves circunstancias no precisaban á lo contrario^ convocó una 
nueva junta, para consultar si precisaban ó no las actuales circunstancias; no 
obstante de estar tan convencido de lo contrario, que á 31 de Marzo del afio 
1610 babia escrito carta al Rey de España, protestándole haber .probado la ex- 
periencia ser los arbitrios de paz los más oportunos, para pacificar el país y 
contener á los araucanos. 

18. A dicha junta convocó cuatro jefes militares de alta graduación, algunos 
religiosos, la real audiencia y otros personajes de notoria capacidad y singular 
honradez, conocedores de las cosas de Chile. En ella no solo les leyó las órdenes 
reales, sino también sus antecedentes, es decir, los papeles que en pro y en 
contra se hablan leido en el consejo real, y además el tratado ya indicado del 
P. Valdivia; y todos á una, sin que de veinte votos faltase uno solo, estuvie- 
ron por la negativa, y declararon que se debia dar exacto cumplimiento á las 
cédulas reales. 

19. Discutióse también el mismo asunto en otras reuniones ya privadas ya 
públicas; y persuadido el Virrey de que no habia ningún grave inconveniente 
en observarlas, á 22 de Noviembre del año 1611 decretó que cesase la guerra 
ofensiva contra los araucanos, manteniéndose los españoles á la defensiva, al 
norte de la línea, que declaraba seria en adelante la frontera de los indios; que 
se quitase el servicio personal; y se tomasen las providencias que al mismo 
tiempo dictaba á estos fines. Tan pronto como se supo en Chile que el P. Val- 
divia habia vuelto con la aprobación de sus arbitrios, el cabildo de la ciudad 
de Concepción y su regimjiento enviaron á Lima al P. Fr. Jerónimo de Hino- 
josa con cartas para el Virrey, para que en su nombre se opusiese á ellos. 

20. Por consideración á tan respetables corporaciones se volvió á reunir la 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. iv, n."" 15 al 28 nos dá razón de las cualidades de cada 
uno de estos.— (-f) El P. Lozano se equivoca en cuanto al número. Los PP. Rosales y Oliva- 
vares, y las reales cédulas dicen que fueron doce. 



238 GAP. xxiu 1611 

mencionada junta, y se leyeron encella dichas cartas, y fueron oidas las obje- 
ciones del R. P. dominico; mas no hallando razón alguna que anteriormente 
no se hubiese tomado en consideración, todos los vocales opinaron que se de- 
bían adoptar los arbitrios de paz, sin alteración ni modificación alguna, según 
lo de antemano resuelto. Por tanto^ dispuso y ordenó el Virrey que en adelan- 
te el rio Biobio sirviera de frontera del territorio araucano; que los fuertes de . 
Angol y Paicavi fuesen desmantelados; que se quitase el servicio personal; y 
quQ se diesen por libres todos los indios cautivados en la guerra en virtud de 
la real cédula de 1608, 6 por cualquier otro motivo. Y acto continuo el mis- 
mo hizo pregonar en Lima que cuantos araucanos estuviesen en el Perú que- 
daban libres, con derecho expedito de volverse á sus tierras cuando quisiesen^ 
Terminadas, pues, estas discusiones y tomada su determinación, extendió los 
correspondientes decretos, que remitió á Chile con el P. Valdivia. Solo trans- 
cribiremos aqui el siguiente, por tocarle á él más de cerca. 

21. «D. Juan de Mendoza y Luna (1) marqués de Montesclaros, etc. Por 
«cuanto su Majestad por una real cédula, fecha en 10 de Diciembre de 1610, 
«se ha servido de Qometerme y encargarme la ejecución de las resoluciones 
«que há tomado para cortar la guerra de Chile, haciéndola solamente defen- 
«siva; y asimismo manda disponer medios para el buen tratamiento de los 
«indios que están de paz, y en adelante la dieren; y que todos sean bien tra- 
«tados, pagados y aliviados del servicio personal que al presente pagan á sus 
«encomenderos, y que por tantas cédulas y ordenanzas está mandado quitar; 
«y en esto se sirve su Majestad se vaya introduciendo y haciendo guardar en 
«aquellas provincias lo que tiene mandado ejecutar en ellas cerca del servicio 
«personal, y en todo aquello que el estado de la tierra y su conservación, crian- 
«za, labranza y provisiones de la tierra dieren lugar, suspendiendo la parte 
«que importare para los efectos referidos; y que se haga la tasa de lo que los 
«indios de paz que están repartidos han de pagar á sus encomenderos, procu- 
«rando que sea con toda justificación, y de modo que en ninguna manera r^ 
«ciban agravios, ni se desacredite la promesa del buen tratamiento y alivio que 
«todos han de tener; y que se les pague lo que les tomaren, y el servicio que 
^ «hicieren, para que entiendan que pagando su tributo y administración, se- 
«rán tan libres como los españoles vasallos de su Majestad; y también descar- 
«gar su real conciencia, y que sean administrados con justicia, y gocen de la 
«libertad que laiey natural les da: para proveer con la puntualidad que el ca- 
«so requiere, hice algunas juntas y consultas de personas graves y de inteli- 
«gencia; y habiéndolos oido, pude enterarme que era conveniente hacer visita 
«general en el otro Reino, para saber y averiguar algunas cosas que han de 
«ayudar á guiar la resolución; y que esto sea por mano de quien se tenga gran 
«satisfacción de Dios Nuestro Sefior, y de su Majestad, y la entereza y fidelidad 
«que cosa] tan graVe pide; y porque estas partes concurren en el P. Luis de 
« ValdiviaMe la Compafiia de Jesús, y su Majestad se sirvió de encargar que las 



(1) P. Olivares, íbídem, cap. iv, g 1. 



> ■■ ^^ -^ 



1612 GAP. xxui 239 

«cosas de la pacificación y doctrina y asiento de la guerra de aquel Reino se 
«comuniquen con él; y yo quedo con entera seguridad de que poniendo esta 
«causa en sus manos tendrá buen suceso; por tanto, en nombre de su real Ma- 
«jeslad y en virtud de sus poderes y comisión que para ello tengo, elijo, nom- 
«bro y proveo al dicho P. Luis de Valdivia por Visitador de las provincias de 
«Chile, para que haga la dicha visita general en conformidad de la instruc- 
«cion que lleva mia, con el cuidado y puntualidad que se fia de su prudencia, 
«religión y modo de proceder; y que todas las diligencias que hiciere, las ha- 
«ga poniendo en autos con dia, mes, y afio. Fecha en la ciudad de los Reyes á 
«29 de Marzo de 1612. — Marqués de Montesclaros.» 

22. Un religioso, y cabalmente de la minima Gompafiia de Jesús, ¿pudo con 
buena conciencia aceptar un cargo tan ajeno de su profesión á primer golpe 
de vista? Diré en primer lugar (1) que el humilde P. Valdivia rehusó acep- 
tar este cargo (2) cuando su rejil Majestad le indicó que lo designaba para él; 
y que desechadas sus excusas, se le ordenó con mayor instancia que lo acepta- 
se; que el P. General y el mismo Papa Paulo V dispensaron explícita ó tácita- 
mente en la regla que nos prohibe aceptar semejantes cargos. A más de esto, 
¿es ajeno de un ministro de Cristo ser constituido ministro de paz; y el serlo 
entre naciones que se exterminaban con pérdida de muchas vidas, y de milla- 
res de almas; y serlo precisamente para amparar á tribus débiles, defender su 
innata libertad, mejorar la suerte de los ya caldos bajo el yugo del conquista- 
dor, y remover los principales estorbos para la conversión de naciones ente- 
ras? La Compafiia ha rehusado siempre, y con energía, aceptar cargos civiles, 
y también los eclesiásticos lucrativos, ó altamente honoríficos; pero ha tolera- 
do algunas veces y con gravísimas causas que alguno de sus hijos acepte los 
que no traen consigo ningún honor, ni emolumento temporal; y que por me- 
dio de humillaciones, contradicciones y peligros pueden acarrear grandes bie- 
nes á los pueblos y á las almas: como el ser Visitador general de Chile, so- 
lamente para atender á la pacificación de los araucanos y á la abolición del 
servicio pei^onal; y los demás cargos que para mejor conseguir este religioso 
y caritativo objeto dieron al P. Valdivia; quien al aceptarlos tuvo que resig- 
narse desde luego á sufrir las contradicciones de los encomenderos, militares, 
y otros muchos de sus contemporáneos, y asimismo la censura é injustos re- 
proches de algunos críticos. 

23. Mientras sus facultades se le expedían en debida forma, y el marqués 
de Montesclaros tenia sus juntas con los militares, letrados y magistrados, él 
consultaba á su Excelencia sobre la conducta que deberla guardar en su ejecu- 
ción, y cómo convendría entablar el nuevo sistema de guerra puramente de- 
fensiva, que ordenaba su real Majestad. Otro tanto hizo con los PP. del Perú, 
sobre todo con respecto al servicio personal, de que hemos hablado en el ca- 
pítulo XV nim. 2; asunto en que mucho convenía marchar acordes los jesuítas 



(1) P. OUvares, ibidem, cap. iv, g 1.— (2) Documentos traídos del Archivo de Indias en 
Sevma. 



240 GAP. xiiii 1618 



de aquel Reino, Chile y Paraguay. Además, habiendo llegado enfermos dos 
desús compafieros, logró que el P. Provincial se quedase con ellos en Lima, 
dándole en su lugar al P. Rodrigo Vázquez y al P. Pedro Torrellas. 

24. Tomadas, pues, estas y otras varias medidas propias del caso, embar- 
cóse en el navio S. Francisco, que traia el real situado, para Concepción de 
Penco; donde aportó el 13 de Mayo de 1612, poco después de haber llegado 
felizmente los otros PP. sus compañeros, á quienes habia enviado de antemano 
desde el Callao. Trajo consigo cinco araucanos, que halló cautivos en el Pe- 
rú (1), cuya liberUd quiso fuese el primer fruto de las negociaciones de paz, y 
testimonio de la sinceridad con que el Rey se las proponía. Regocijóse en gran 
manera con su llegada el P. Provincial Diego de Torres, que entonces se ha- 
llaba en Santiago; y sintiendo que hubiese desembarcado tan lejos, porque 
deseaba conferenciar con él sobre tan interesante y arduo negocio, le escribió 
informándole del estado actual de las cosas, previniéndole las dificultades y 
estorbos que habia de encontrar, y animándolo á llevarlo á cabo con la mayor 
entereza y constancia (2). A más de los sabios consejos y prudentes instruccio- 
nes, se ofreció á enviarle tres PP., prácticos en el idioma araucano y conoce^ 
dores del pais, que se dedicaran á los ministerios con los españoles é indios 
de la ciudad, entablando desde luego la doctrina para estos todos los domin- 
gos, mientras aguardaban la ocasión de entrarse en las tierras de los bárbaros. 
Nombrólo también el P. Provincial , y esto proprío molu, pues que no habia 
recibido todavía las precitadas órdenes del P. General, por su Yice en aquellas 
regiones. Para que pueda conocer el lector cuan fundadas eran las advertencias 
y recelos del P. Torres, bueno será hacer aqui una lijera reseña del estado po- 
litice del pais en aquella época, y de los sentimientos y tendencias de sus ha- 
bitantes. 

25. Es verdad que el Gobernador Jaraquemada habia tenido por más de un 
año el pais con tranquilidad, sin notables correrías ni saqueos; y que si Ailla- 
vilú se atrevió en Octubre á hacerlas con un puñado de los suyos, fué bien 
pronto escarmentado por su Excelencia, pagando su atrevimiento con la vida 
en el campo de batalla (3). Es cierto también que habia mantenido contentos 
y sumisos álos indios conquistados anteriormente, rebajándoles los tributos y 
procurando mejorar su suerte; y por último, que habia enfrenado el orgullo 
de los indios independientes, con solo conservar bien defendidas las márgenes 
del Biobio, y tener PP. de la Compañía al sur del mismo; los cuales morigera- 
ban á los españoles del ejército y de los fuertes, doctrinaban á los indios ami- 
gos, y catequizaban, según las circunstancias lo permitían, á los mismos ene- 
migos. Pero en Febrero, cabalmente tan pronto como se retiraron de Arauco 
los dos jesuitas, se levantaron los naturales, siendo los de las provincias de 
Arauco, Tucapel y Catiray los más empeñados en la rebelión (4); los cuales, 



(1) P. Rosales , lib. VI, cap. viii , n.** 5.— (2) P. Lozano , ibidem , lib. YH, cap. iv, n.°29.— 
(3) Córdobaiy Flgueroa.— (4) P- Lozano, fbidem, Itb. YH, cap. v, n.°l; y el P. Rosales, His- 
toria de Chile, lib. Y, cap. xlvui. 



1612 GAP. xxiu 211 

habiendo quemado de improviso' sus casas, y muerto veinticinco espafioles, se 
reliraron al interior de la tierra, dejando convocados para el alzamiento á los 
indios de paz que vivian al norte del Biobio. Grande fué la turbación que es- 
to causó en todo el Reino, y mucho más en Concepción, situada tan cerca del 
Biobio, y por lo tanto sumamente expuesta á las invasiones de los bárbaros. 
Fortificóla cuanto antes Jaraquemada; mas no sabemos que saliese contra los 
rebeldes, á pesar de su intrepidez, y de tener bastantes tropas repartidas por 
los fuertes situados á orillas de aquel rio. Tal vez sería por el plan, que con 
feliz resultado él se habia impuesto, de estar á )a defensiva y no más; ó por 
saber que tenia ya designado un sucesor, al cual estaba aguardando por mo- 
mentos. 

26. En efecto; Alonso de Ribera habia recibido el nombramiento de Gober- 
nador y capitán general de Chile, y presidente de su real audiencia cuando 
él menos se lo esperaba; pues habiendo sido trasladado de este gobierno al de 
Tucuman, entonces acababa de ser depuesto del postrero, estando cargado con 
muchas y tan enormes deudas (1), que estando en la mesa con su esposa le 
embargaron la bajilla con que comía. No será tan ajeno de esta Historia el ano- 
tar que recibió dicho nombramiento el dia 26 de Julio del año 1611 en la ca- 
pital del Tucunian, después de haberse reconciliado el dia anterior con el Obis- 
po de aquella diócesis, ácuyo palacio se fué al intento, é hincándose de rodi- 
llas á sus pies, le pidió perdón de los agravios que le habia hecho durante su 
gobierno, y le besó la mano (2). Mucho se regocijaron y edificaron las gentes 
al saber que asi se habia portado, como cristiano arrepentido, aquel goberna- 
dor y jefe de tanta fama; y el cielo, que previo de antemano su generosa hu- 
millación, dispuso, acaso en premio de ella, que al otro dia se viese exaltado 
con el nuevo cargo. Mas Ribera no llegó á Santiago á hacerse cargo del gobier- 
no hasta el dia 28 de Marzo de 1612 (3). Por mucha diligencia que puso en 
reclutar gente, sin perder tiempo en los públicos regocijos y demostraciones 
festivas acostumbradas al recibimiento de los nueVos gobernadores, no habia 
reunido aún el competente ejército al arribo del P. Valdivia; por cuanto, no ha- 
biendo llegado todavia el real situado, tuvo que buscar dineros á su cuenta^ 
para reclutar y pagar á los soldados. 

27. Empero ni estos atrasos, ni el susodicho alzamiento de los araucanos po- 
nían en cuidado al P. Valdivia; quien en las reales cédulas, en su intrépido 
celo, y en el amor que profesaba á los mismos rebeldes poseia un ejército su- 
ficiente para reducirlos á aceptar la paz. Lo temible para él era el resenti- 
miento y animosidad de los encomenderos , traficantes y militares por verlo 
venir con amplios é irrecusables poderes para abolir él servicio personal, im- 
pedir las malocas y entradas á los indios, hacer con estos la paz, y reducir el 
ejército español á la guerra puramente defensiva. Todo el mundo conoce y de- 
testa los gravísimos males inmediatos y las funestas consecuencias de la guerra; 



(1) P. Rosales, Ub. VI, cap. vu.— (2) P. Lozano, Conquista de Bnenos-Aires, Tucuman y 
Paraguay, tomo lY, cap. xv.— (S) P. Rosales, lib. VI, cap. vm. 

16 TOMO 1 



242 GAP. xxui 1912 

sin embargo, no faltan apasionados por ella. Asi mismo todos los vecinos de 
Chile conocian y lamentaban los inmensos daños que les causaba la que tenían 
con los indios (1). Tres millones de ducados de oro habia costado al erario 
desde la muerte del Sr. Oñez de Loyola hasta entonces, y la vida de seis mil 
cuatro cientos soldados españoles, según atestiguó Gaspar Ana de Melgar en 
su informe dirigido á su real Majestad en 1616; y además todos preveian que 
debia ser larga, ó perpetua, si querian reducirlos por medio de ella. 

28. Esto no obstante, gran parte de los chilenos, y tal vez las personas de 
más valer y autoridad, estaban empeñados en 'continuarla, y resentidos con el 
P. Valdivia, porque venia á estorbársela. No faltaban algunos que creye- 
ran de buena fe ser indispensable la guerra, para reducir á los valientes arau- 
canos; otros miraban como indigno del nombre y honor español transigir con 
unos bárbaros, que, después de haber sacudido su yugo, los habian tantas ve- 
ces humillado en los combates; y muchísimos se regian en esto por sus miras 
é intereses particulares. Las frecuentes malocas y entradas á las tierras de los 
indios les proporcionaban gran número de cautivos, de que se servían los ve- 
cinos de las ciudades y de la campiña, después de haber pagado su importe á 
los que los habian apresado. Se mantenían del real situado de dos á tres mil 
personas, más ó menos según las diversas circunstancias, sus respectivas fami- 
lias y otras muchas que traficaban con ellas. Los militares, menospreciando 
sus propios trabajos é inminentes peligros, la miraban como una escala para 
sus ascensos, y en este número se creia comprendido el mismo Gobernador. 
A los militares se agregaban los encomenderos desposeídos con el alzamiento 
de 1599, quienes anhelaban por recobrar sus encomiendas; y los que las con- 
servaban, no querian perder las grandes ventajas que les producía el servicio 
personal. Pues todas estas, tantas, tan diversas y tan poderosas clases de per- 
sonas, estimuladas por tan grandes intereses y vivas pasiones, eran contra- 
rias á los planes pacíficos del P. Valdivia. 

29. Aún este no habia llegado á Chile, cuando se desbocaron todos contra 
él, y contra la Compañía en general; á la cual suponían autora, ó por lo me- 
nos fautora de los planes que ellos tanto odiaban (2); y á penas aportó en 
Penco, cuando levantaron á los nuestros de Santiago y de Concepción la más 
cruda persecución. Por desgracia, algunos eclesiásticos se plegaron á los secu- 
lares; y no contentos con declamar en las conversaciones privadas contra él y 
las reales órdenes que traía, lo hicieron desde el pulpito, profanando su santo 
ministerio (3). Subió á términos la irritación, que la real audiencia creyó ne- 
cesario recomendar á los prelados de las órdenes religiosas impusieran silencio 
á los suyos (4), y al Gobernador que hiciera otro tanto con los militares. Con 
todo, no faltaron en adelante algunos seglares que osaron levantar groseras ca- 
lumnias contra el P. Valdivia, y aun intentaron quitarle violentamente la vida. 



(1) P. Lozano, ibidem, Hb. VII, cap. ív, n.** 6 nos trae la alocución del P« Valdivia á su Ma- 
jestad expresando estos enormes gastos y pérdidas.— (2) P. Lozano, íbidem, lib, VII, cap. i, 
n.**8.— (3) Pr Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. iv, n.'^aa.— (4) P. Rosales, lib. VI, cap. xii, n.'*5. 



1612 GAP. uiu 243 

30. Bien pudiera él valerse de su autoridad para corregir tantos desmanes, 
é imponer silencio á las malas lenguas ; pero no quiso hacerlo, contentándose 
con acudir con más fervor y frecuencia al Sefior en la oración^ á que convidó 
á sus subditos; todos los cuales á su ejemplo se esmeraron con oraciones, ayu- 
nos, penitencias, y diversas obras de piedad, caridad y mortificación, en pedir 
misericordia á Dios para si y para sus detractores, y las gracias necesarias 
para llevar adelante su benéfica empresa. Otro tanto hicieron los nuestros de 
Saoliago, descubriendo varias veces á puerta cerrada el Santísimo Sacramento, 
con el objeto de orar juntos en su presencia; y por este medio recibieron en los 
mayores aprietos grandes consolaciones del Sefior. Entonces fué cuando el Pa- 
dre Martin de Aranda Valdivia con el P. Diego de Boroa, y otros muchos que 
ios acompañaban, se entregaron á las obras de piedad y misericordia, á las pe- 
nitencias y humillaciones privadas y públicas que dijimos en el núm. 11 ca- 
pitulo XXI. He aqui el modo de vim vi repeliere que tienen los verdaderos sier- 
vos de Dios. ¡Cuan diverso de los del mundo! 



214 CAP. XXIV 1612 



CAPÍTULO XXIV 

1. EIP. Valdivia presenta sus despachos reales. — 2. Pasa á Árauco, — 3. Manda men- 
sajeros de paz á Catiray. — 4. Y d Puren. — 5. Recibe la contestación de Catiray, — 
6. Se interna solo á Nancú. — 7. Celebra alli un parlamento. — 8. Con qué condicio- 
nes se avienen á la paz. — ^9. El P. se las otorga, y el Gobernador lo aplaude, — 10. 
Todo el Reino lo celebra, — 11. El presbítero Bobadilla funda las misiones circula- 
res. — 12. El P. Vecchi y otros dos pasan á Arauco, — 13. Rara fidelidad de los ca- 
tiray es, — 14. Los purenes le ofrecen la paz. — IS. También los pehuenches, — 16. 
Falsos y peligrosos rumores. — 17. El P, Valdivia pasa á Paycavi. — 18. Instala una 
misión en Arauco. — 19. Fruto de ella. — 20. Otra en Monterrey. — ^21. Fruto de ella. 
— 22. Y otra tercera en Paycavi. — 23. Abre la visita de aquella diócesis, — 24. Eri- 
ge seis doctrinas. — 2S. Catequiza á los infieles en Penco. — ^26. Mejora la suerte de 
los indios. — 27. Repara la catedral. — 28. Visita aquel partido. — 29. Providencias 
para abolir la poligamia. — 30. Machado visita lo restante de Chile. — 31. El P. Val- 
divia y sus émulos mandan procuradores á la corte. — 32. El P. Aranda pasa á Arau- 
co. — 33. Mensajeros á los indios de guerra. — 34. Prenden á Tureulipe y otros, — 35. 
Melendez vuelve con Anganamun, — 36. Entrevista con este y compañeros. — 37. Quie- 
nes aceptan la paz, y se ofrecen á reducir los demás, 

1. Tan pronto como llegó á Penco el magnánimo P. Luis de Valdivia dio 
principio á la grandiosa empresa que el católico Monarca le habia encomen- 
dado, menospreciando los dicterios, fieros y amenazas de sus muchos y pode- 
rosos opositores, resuelto con ánimo impertérrito á hacer frente á todas las di- 
ficultades, á arrostrar los peligros , y á sufrir los trabajos sin cuento á que 
ella estaba expuesta (1). Su primera diligencia fué presentar al cabildo de 
Concepción y al jefe de la frontera sus despachos reales, con las órdenes del 
Virrey, y remitirlos al de Santiago, á la real audiencia y á su presidente. To- 
dos los acataron con la debida sumisión y respeto, protestando que los obede- 
cerían fiel y constantemente (2). En su cumplimiento este los publicó con la 
solemnidad debida, y mandó á sus subalternos respetasen á la persona del Visi- 
tador general, y obedeciesen sus mandatos; y para ir á recibirlos él personal- 
mente y á ayudarle en la realización de su vasto plan, desocupóse lo más pron- 
to posible délos negocios que tenia entre manos, ó cometió su despacho á otros 
empleados de Santiago. A los maestres de campo Pedro Cortés y Alvaro Nu- 
fiez de Pineda, encargados de la frontera araucana, les comunicó cuanto antes 
que én lo tocante á los indios dependiesen en todo y por todo del P. Valdivia, 
sin hacer maloca alguna, que no fuese por disposición suya. Este ya les habia 
ordenado de antemano que suspendiesen todos los movimientos de guerra, y 
aun que cesasen de los aprestos militares. 

2. Después de haber cumplido con estos deberes oficiales, puso en libertad 



(1) Tribaldos de Toledo.^(2) P. Lozano, ibidem, lib. YII, cap. v, d."* 3. 



1612 GAP. xxiY 24S 

» 

á machos prisioneros araucanos, que estaban en Penco; y á los siete dias de su 
llegada allá, pasó el Biobio en compañía del P. Gaspar Sobrino. Hizo noche en 
Coronel; y empleó el tiempo destinado al reposo en catequizar á cinco genti- 
les tan avanzados en edad, que cuatro de ellos pasaban de ochenta años. Se 
aprovecharon tan bien de sus instrucciones, que al otro dia los bautizó, junta- 
mente con otros tres párvulos. Terminada esta ceremonia pasó á Arauco; y Al- . 
varo Nufiez salió en persona con gente escogida, para reforzar la escolta que 
lo custodiaba. Habia corrido ya entre los indios la voz de las mercedes y segu- 
ridades que el P. les traia de parte del Rey; y en general habia sido bien reci- 
bida. Para aprovechar, pues, esta moción determinó, de acuerdo con la plana 
mayor, despachar los mensajeros de paz aun antes que llegase el Gobernador. 

3. Tomada esta determinación envió acto continuo á la provincia de Cati- 
ray, actual foco de la guerra, cuatro caciques araucanos en compañía de uno 
de los cinco indios que habia traído del Perú, para que los calirayes se persua- 
diesen de la sinceridad y buena fe con que los convidaba á la paz, sabiendo 
por este cómo se hablan puesto en libertad todos los indios chilenos que esta- 
ban esclavos en el Perú (1). Instruyó muy bien á los cuatro caciques sobre las 
propuestas que les hacia, protestándoles á nombre de su Majestad que, hechas 
las paces, quedarían libres como cualquier otro de sus vasallos, sin estar obli- 
gados de ninguna manera al servicio personal. Quedóse entretanto él en Arau- 
co, para dar razón á los muchos que de todas partes acudían á visitarle, á fin 
de informarse de las mercedes reales que les traia. En quince dias llegaron en 
persona los más délos indios de Penguerehue, Millarapué, Guido, Quiapu, La- 
vapié, Lebú, Taulero, Coleura, y Arauco; y las parcialidades más remotas le 
enviaron sus mensajeros. Era ciertamente espectáculo maravilloso ver la aten- 
eioQ, docilidad y gusto con que indios tan bravos y enconados contra los espa- 
ñoles le oian hablar, ya á nombre del Rey de España, ya en el del Rey de los 
cielos y de la tierra; porque él no perdía ocasión de instruirlos en la religión 
santa, y de manifestarles las grandes ventajas que en esta y en la otra vida per- 
cibirían de hacerse cristianos y subditos de España; condición que en aquellas 
circunstancias se creia necesaria para lograrse la primera, y que contenida en 
los términos que él pretendía, era sumamente ventajosa aun á sus intereses 
materiales. Ni uno solo se disgustó; antes bien todos mostraban deseos de ha- 
cerse cristianos, y trataban hermanablemente con la gente española. Seiscien- 
tos de aquellos indios alzados dejaron las armas, y se volvieron á sus tierras 
con sus mujeres é hijos, para vivir pacificamente en^u amistad. 

i. Los indómitos indios de Puren jamás hasta entonces habían dado la paz; 
con todo, no desconfió de reducirlos: y asi les envió por mensajeros doce caci- 
ques acompañados de algunos soldados españoles; cosa que le costó mucho, 
porque ninguno, ni de los mismos indios araucanos, se atrevía á llevar pro- 
puestas de paz 4 hombres tan decididos por la guerra. En aquellos dias cate- 
quizó á los indios amigos de Arauco; y administró el santo bautismo á unos 



(1) P. Lozano, ibidem, Ub. YII, cap. y, n.® 8, y P. Rosales, lib. VI, cap. ix. 



246 GAP. xxiT 1612 

cincuenta «de los mejor dispuestos, y casó á muchos. Entre tanto llegó á Con- 
cepción el Gobernador, deseoso de oir de boca del mismo P. la voluntad é in- 
tenciones del Soberano. No deseaba menos esta entrevista el P. Valdivia; pero 
temiendo que si los antedichos mensajeros no lo hallaran en Arauco á su vuel- 
ta, sospechasen algún engafio, ó desconfiasen de los intentos con que se les 
ofrecían las paces, regresó á Concepción solo el P. Gaspar Sobrino, quien pe- 
dia darle una cabal noticia, por estar bien impuesto de todo. Cabalmente (1) 
la tarde del dia 11 de Junio, en que por la mafiana salió de Arauco este Pa- 
dre, llegó allá la contestación que se esperaba. 

5. Efectivamente; como cinco indios se presentaron en la otra banda del 
Carampangue; y habiéndose dirigido hacia ellos el maestre de campo, le dije- 
ron que querían hablar' con el P. Valdivia. Fué este allá, pasando el rio en 
una canoa; y no bien vieron los indios este acto de conflanza, cuando soltaron 
las armas; y después de darle las gracias por las buenas nuevas que les habia 
enviado, le dieron las paces á nombre de los caciques alzados en Arauco, pi- 
diéndole que á ellos y á otros cincuenta que allí estaban, se les permitiese 
volver á sus tierras; avisáronle, además, cómo el dia siguiente lo llamarían 
las diez reguasde Catiray (2). Amaneció realmente en Arauco al otro dia, terce- 
ro de Pentecostés, Llancamilla, indio principal de Catiray, convidando al P* 
á que fuese á Nancú, donde lo aguardaban las diez reguas. No queriendo este 
obrar de por si en negocio tan grave, llamó á consejo al estado mayor del real 
ejército y á los ulmenes de Arauco y Tucapel; y con su acuerdo partió acom- 
pañado de dos caciques, algunos indios, el capitán Pinto lenguaraz, y otro es- 
pañol para su servicio. Al partirse escribió al Gobernador dándole razón de 
todo, y encargó que en Arauco estuviese patente el Santísimo Sacramento has- 
ta su vuelta, velándolo por su turno las compañías, que se prestaron gustosas 
á hacerlo, ofreciéndole fuera de esto y á porfía muchas horas de oración (3): 
asi se armó este valiente atleta para entrarse solo entre aquellos bárbaros. 
Aquel dia hicieron noche en Longonabal, donde hallaron tres mensajeros ca- 
tirayes, el primero de los cuales hizo un largo razonamiento, dándole las gra- 
cias por haberse hecho su anelmapuboe, es decir, asentador y pacificador del 
Reino; protestándole que todos creian en sus palabras y ofertas; por lo cual le 
pedían pasase á Nancü, bien seguro de que ningún indio atentaría contra su 
persona, aun cuando no conviniesen en los tratados. 

6. Hízose de rogar el P. para más interesarlos; y al otro dia se fué acon>pa«- 
fiado de cuatro ulmenes de Arauco, á más de los tres de Catiray, quienes le 
aseguraron que los de Puren estaban resueltos á hacer las paces, si las hacian 
los catirayes. Entró el P. en Nancú, llevando en su mano el simbólico ramo de 
canelo, y halló las diez reguas que componían quinientos indios de lanza, se- 
paradas dos cuadras la una de la otra (4). Juntáronse luego unos cincuenta ul- 
menes, y se sentaron en el suelo formando un circulo; sentáronse en el mismo 



(1) P. Lozano , ibidem , líb. VH , cap. v, n.*^ 14.— (2) P. Lozano , ibidem , lib. VII, cap. vi, 
n."" 2.-— (3) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. vi, n.® 6.— (4) Tribaldos de Toledo. 



1612 CApJxxiv ' 247 

los capitanes y á sus espaldas todos los conas é indios de menor cuenta; mas 
el P. colocóse en un asiento alto; y á las doce del dia dióse principio al parla- 
mento, que duró hasta las ocho de lu noche. 

7. Tomando la palabra en primer lugar Llancamilla, el que habia ido en 
busca del P., habló por hora y media puesto en pié en medio del circulo; ha- 
blaron otros á su turno, abogando todos por la paz, y al concluir su razona- 
miento Carampanqui, cacique muy prudente y decidido por el P., dirigióse á 
¿1 rogándole se levantara á hablarles. «Yo como sacerdote del Altísimo, á quien 
«ofrezco todos los dias la santa misa, no debo levantarme, díjoks este, sino 
«que debo permaner sentado, por ser ministro del Rey del cielo, y también 
«del mayor Rey de la tierra Felipe III. » Consintieron en ello por el gran res- 
peto que le tenían, y el alto concepto que hablan formado de su carácter; y 
acercándose todos á su sitial, para oirlo mejor, les habló por tres horas conti- 
nuas (1); dos por si mismo y una por intérprete. En su discurso, después 
de haberles recordado lo mucho que habia trabajado por ellos, las penalida- 
des que habia sufrido, los viajes que habia hecho, y diligencias que habia 
practicado en su favor asi en Lima como en España, les recomendó altamente 
la persona del Gobernador Alonso de Ribera. Y luego con las cartas del Rey 
en la mano, así las manuscritas como las impresas, que ellos mucho aprecian, 
les ponderó el amor paternal de su Majestad, sus miras benéficas y las rectas 
intenciones con que para su bienestar material, y mucho más por el de sus al- 
mas, pretendía reducirlos, contentándose con tenerlos bajo su amparo, para 
hacer que se les dispensasen los beneficios de la civilización y religión, sin 
pretender de ellos ninguna ventaja, ni sujetarlos á ningún encomendero, ni al 
menor servicio personal. Les recordó luego los dafios que hablan sufrido en 
aquellos sesenta años de guerra; haciéndoles notar cómo se iba disminuyendo 
su número en tanto grado, que en los seis postreros habia faltado la mitad de 
los indios de Gatiray. Supo ponderarles muy á tiempo el gran número de es- 
pañoles y la facilidad que tenian los Gobernadores para traer soldados de Es- 
paña, ó del Perú, atestiguándolo con los cinco indios, que de allá habia traí- 
do. Hizoles últimamente una bella pintura de los bienes de la paz, y les rati- 
ficó las promesas que anteriormente les habia hecho en su nombre y en el del 
católico Monarca. 

8. Singular fué la alegría con que todos aplaudieron su discurso y acepta- 
ron sus ofertas. Entonces Carampanqui en su nombre y por nuevo encargo de 
todos le dio las gracias á él y á su Majestad; protestó que todos querían las 
paces, y la buena armonía con los españoles, pero sin servicio personal; que 
no tenían ninguna cautiva española, y que si alguna se hallase, la entregarían 
cuanto antes. Pidió que les enviase misioneros, comprometiéndose á oírlos y 
respetarlos; y últimamente prometió que si los ingleses, ú otros extranjeros 
asomasen por aquellas costas, darían pronto aviso al gobierno español. Por lo 
dicho se ve cuan resueltos estaban á aceptar la paz; y lo que vamos á decir nos 



(t) P. Lozano, ibidem, lib. YII, cap. vi, n.*" 11. 



!(> GAP. XXIY 1612 

.ooi^cHr^td lue la «iabaD, no como gente vencida, sino como nación libre, 
\uK. A^<K^ ^^ mtiHlas con sus contendedores ; paes en seguida pusieron como 
vviiuK'tou. l/que se permitiese á dos caciques, que estaban violentos en la 
OhU \ukiiK' del río. trasladarse á sus tierras; 2."* que se les devolviesen todos los 
luuo;». o iuUioi^ que estuviesen cautivos en poder de los españoles; y S."" que se 
Un v)U4tit^ el fuerte de S. Jerónimo. Con mucho gusto les otorgó el P. Yaidi- 
M^ lua^ üoi» primeras demandas; pero rehusó concederles la tercera, sin cónsul- 
t^i'iu <intt^con el Gobernador. Mas fueron tantas las instancias que le hicieron 
> taloc^ las razones que adujeron, que vino en ello, usando de la plenitud de 
siu potestad, y confiado en que su £icelencia no lo llevaría á mal, atendidas 
aquellas razones y circunstancias. 

^. Estos rasgos de generosidad le ganaron más y más los ánimos de los in- 
^m; y á la mafiana siguiente treinta de ellos lo fueron acompañando basta 
'fatcamahuida, donde les cumplió las dos primeras condiciones. De allí partió 
para Concepción, acompañado del cacique Garampanqui, y otros que también 
quisieron visitar al Gobernador. Gran contento tuvo este al verlo; y dándole 
las gracias por su nombramiento, se ofreció de corazón á su servicio. Juntó 
luego consejo de guerra; y en él se resolvió unánimemente se quitase el fuerte 
de S. Jerónimo, como el P. habia prometido. Aquellos mismos dias llegaron 
noticias de los fuertes de S. Jerónimo, Nacimiento y Monterrey, confirmando el 
contento y sinceridad con que todos los indios recibían las paces; por lo cual 
á ellos bajaban muchos de los indios de guerra (-|--) con entera confianza. 

10. Sorprendido quedó todo el Reino asi del valor con que el P. se internó 
sin escolta hasta Catiray, como del respeto que le tuvieron los indios, y mucho 
más de la prontitud con que los redujo á la paz. La noticia de tan próspero 
suceso recibióse en Santiago con repique general de campanas; y el Obispo, 
la real audiencia y entrambos cabildos fueron en procesión desde la catedral 
á nuestro colegio, donde se cantó en acción de gracias una misa solemne con 
sermón, predicado por el P. Fuensalida, uno dQ los recien venidos de Espa- 
ña (1). Los émulos de la Compañía, los del P. Valdivia, y los opositores á sus 
arbitrios de paz tuvieron que callarse; y no pocos mudaron de parecer en vista 
de tan prósperos resultados. 

11. £1 licenciado Miguel Bobadilla, Pbro., entusiasmóse de manera, que 
resolvió fundar unas misiones á cargo de la Compañía; y en efecto lo hizo por 
escritura pública, otorgada el 20 de' Setiembre de 1612. Laudable fué su inten- 
to y generosidad ; pero no todos aplaudirán las condiciones de esta su dona- 
ción (2). En efecto; donó al P. Provincial Diego de Torres mil quinientos pe- 
sos para poblar con cabras una estancia, con la obligación de que se remitieran 
al Perú sus carnes saladas, sus gorduras y sus cueros, después de trasformados 
en cordobanes. Que de su producto se hicieran cuatro partes; dos de las cuales 



(+) Lo dicho desde el número 2.° es un extracto de la carta del P. Valdivia, que nos tras- 
mite el P. Lozano, ibidem, lib. YII, cap. yi.~(l) Tribaldos de Toledo.— (S) En ®1 archivo de 
la Tesorería se conserva esta escritura y las modificaciones que después hizo en ella. 



161 í ♦ CAP. xxiT 249 

deberían invertirse en dar misiones por el Reino de Chile á los indios infieles 
süentras los hubiese, y después que ya no los hubiese, á los fieles; la tercera 
cuarta parle se entregaría á los PP. del Perú, para igual destino en aquel Rei- 
no; y la otra restante se reservaría para el fomento de dicha estancia. Habien- 
do enseñado la eiperiencia que esta repartición era muy incómoda, y expuesta 
á disgustos, la revocó el mismo donante muchos afios después, cediendo á 
Chile todos los productos de la estancia que en virtud de esta su donación se 
había poblado. 

12. Nuestro P. Valdivia al comunicar á su Provincial los mencionados su- 
cesos, y los grandes bienes que de tan prósperos principios se auguraban, le 
suplicó le enviase algunos sujetos prácticos en el idioma araucano, que le ayu- 
dasen á llevar adelante las amistosas relaciones con los indios y-á entablar al- 
gunas misiones (1). Accedió su R.'con gusto; y después de haber orado al 
Señor, para tener acierto en aquella elección, señaló por entonces á los Padres 
Horacio Vecchí, Antonio Garay y Antonio Parecí, que se habían ofrecido es- 
pontáneamente á tan arriesgada empresa (2). Pero antes de despedirlos para 
ella, juntó la comunidad, y descubierto el Santísimo Sacramento rogaron to- 
dos fervorosamente por ellos; y otro tanto hicieron en la capilla de Ntra. Se- 
ñora de Loreto, á la cual miraban como principal patrona, no solo de aquel 
colegio, sino de toda la Provincia. Un secreto presentimiento anunció al pri- 
mero de los tres el martirio que iba á sufrir; por lo cual, al abrazar á sus an- 
tiguos compañeros se despedía para la eternidad. Todos lo bañaban con lá- 
grimas de amor^ y algunos de santa envidia, codiciando para si lá laureóla con 
que en aquel mismo año se iba á coronar. No tardaremos en referir sus pos- 
treras hazañas y glorioso martirio. 

13. Los calirayes, satisfechos con la palabra qne el P. les había dado y con- 
firmado el Gobernador sobre el fuerte de S. Jerónimo, dieron un bello testi- 
monio de su sinceridad, pidiendo no se les qiiitase, hasta ver si los de Puren, 
de quienes mucho se recelaba, aceptaban ó no la paz. Quede dicho para su eter- 
no loor, que aun cuando se trastornaron poco después las cosas, ocho mil de 
ellos, que entonces bajaron de las sierras á los llanos, poco distantes del Bíobio 
por su costado boreal, quedaron siempre adictos á los españoles. De seis mil de 
ellos, puso el P. Valdivia sus nombres en lista, la cual fué revisada y aprobada 
por las autoridades de Concepción y por el Gobernador en dos distintas infor- 
maciones {+). 

li. Felizmente los de Puren contestaron acto continuo que estaban prontos 
á hacerlas paces; y despachando sus mensajeros á Concepción, pidieron que 
elP. fuese también á sus tierras á asentarlas sólidamente, ofreciéndole las ma- 
yores garantías (3). Fué una de ellas prohibir severamente su toqui ó gober- 
nador general Unabillú que sus soldados molestasen á ningún español, protes- 



(1) P. Olivares, cap. iv, g í.— (2) P. Ovalle, lib. YII, cap. ii.— (-}-) Memorial del P. Valdi- 
via al Rey, del cvlílI ha traído copia D. Diego Barros Arana.— (3) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, 
cap. vn, n.* 3. 



250 CAP. xwT 1612 

tando con jactancia, que asi como el Rey de España era obedecido en su país, 
asi lo era él en el de Puren; y para mayor testimoDio de verdad Veychalab, 
UDO de sus meosajeros, se ofreció á llevar por tierra las comunicaciones del 
Gobernador hasta Ghiloé, como efectivamente lo cumplió, trayendo fielmente 
la contestación. Resuelto estaba el P. Valdivia á penetrar solo hasta Puren; 
pero estorbándoselo su Excelencia, por ser entrado el invierno, despidió aten- 
tamente los mensajeros de Puren, prometiéndoles ir allá en persona en llegan- 
do la primavera. 

15. Al mismo tiempo envió á los indios de la cordillera, gente muy "perju- 
dicial á las ciudades de Chillan y Concepción, sus mensajeros de paz (1). Es- 
tos les pintaron tan al vivo asi los males de la guerra como los bienes de la paz, 
y l«s patentizaron tan claramente la sinceridad con que el P. se la ofrecía, que 
todos se rindieron gustosos y reconocidos. Desde luego le entregaron cuantas 
cautivas tenian; y además, vinieron sus cincventa principales caciques á ofre- 
cerse por amigos de los españoles en nombre de las provincias de Chillaco, 
y Coyunco. Tan fausta nueva fué recibida en Concepción con repique general 
de campanas, y celebrada con una misa solemne y sermón (2). Aquellos veci- 
nos acostumbrados á la guerra sesenta a&os hacia, se hallaban transportados 
de gozo con la perspectiva de unas paces, que no les costaban ni una gota de 
sangre. Los de Puren repitieron dos veces sus mensajes al P. Valdivia, supli- 
cándole que por lo menos les enviase misioneros de su orden. Por sus tierras 
traficaron desde luego los espa&oles^ siendo en todas partes recibidos con aga- 
sajo y consideración. 

16. Empero tan bellas disposiciones de aquella formidable tribu estuvieron 
á punto de fracasar en sus principios, á causa de un embeleco, ó según al- 
gunos piadosos escritores, por artimañas de Satanás. En efecto; Talpellanca, 
oyendo de los catirayes que muchos purenes bajarían á Paycavi á visitar al Pa- 
dre Valdivia, exclamó: Plegué á Dios que no hagan alguna bellaquería de las 
que suelen» Sin otro motivó contaron algunos al maíestre de campo Pedro Cortés 
que seis mil purenes estaban reunidos para asaltarlos tal dia (3). Demasiado 
crédulo Cortés, ó algún tanto malicioso, al punto comunicó á Ribera estos si- 
niestros rumores, ponderándole el peligro. Sobresaltado su Excelencia prohibe 
que se dé auxilio al P. Valdivia; y á este le escribe que no envié ningún mi- 
sionero ni á Puren ni á la Imperial, ni á punto alguno de guerra. ¡Qué con- 
flicto para el buen P., que estaba intimamente persuadido de la falsedad de 
aquellos rumores, y además recelaba funestas consecuencias en manifestar á 
los indios alguna desconfianza, ó en darles motivo para sospechar de la bue- 
na fe con que se les brindaba con la paz! Y este motivo él se lo diera, si no les 
enviara á Puren al P. Horacio Vecchi, y á otro P. á la Imperial, conforme lo 
tenian convenido. 

17. Por esto, y por haber pasado ya el dia en que se decia vendrían al ata- 



(1) P. Lozano , ibidem , lib. Vil, cap. vii, n.° 4.— (2) P. Lozano, ibidem > lib. Vil, cap. vir, 
n.° 5.— (3) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. vii, n.° 9. 



1612 CAP. XXIV 251 

que los seis mil purenes, determinóse á obrar con resolucioo: al momento con- 
testó á su Excelencia desvaneciendo los falsos rumores, y avisándole cómo él 
iba á entrarse tierra adentro, con escolta ó sin ella, según la resolución y 
convenio anterior. Entonces el Gobernador, en atención á estas sus razones y 
enérgico proceder, revocó dicha orden; y asi nadie intentó embarazarle al Pa- 
dre Valdivia el que á principios de Noviembre partiese para Paycavi, á donde 
concurrieron un poco antes los caciques de Puren, y de la Imperial, y tuvie* 
ron lugar los graves sucesos que referiré, después de haber contado lo que él 
mismo obró aquel invierno para bien de los indios, salvación de las almas y 
progresos de nuestra Gompafiia. 

18. Entre los varios fuertes al sur del Biobio, el de Arauco era el que ofre- 
cía más seguridad por sus fortificaciones, y más extenso campo á los operarios 
evangélicos, por ser la principal residencia del ejército de la frontera, y lener 
mayor comodidad para comunicarse con los indios del interior; porque alli 
era donde acudían de ordinario los caciques y demás, que tenian algún asunto 
importante que tratar con las autoridades espafiolas. He aquí porqué instaló la 
primera residencia déla Compañía en Arauco, nombrando por superior de ella 
al apostólico P. Horacio Vecchi, de quien dice el P. Provincial en una de sus 
cartas: «alli (en Arauco), como que era fuego, luego lo prendió dentro y fuera 
de casa, ayudando á los nuestros á aprender la lengua de los indios, y á estos 

^ catequizándolos en las cosas de la fe, y disponiendo para el bautismo á los genti- 
les, y á los cristianos para el uso de los demás sapramentos.» Dejo otras cosas 
que acerca de la ayuda espiritual de los indios hizo, que fueron muy grandes, 
porque el amor que este buen P. les tenia era tal, que nunca le dejaba estar 
ocioso; y asi por mucho que dijera, quedara corto. Sin embargo, á su ar- 
ribo, aunque era excelente lenguaraz y pudiera por lo mismo hablar á los in- 
dios, comenzó sus tareas apostólicas por el ejército español, y sobre todo por 
sus jefes; bien persuadido de cuánto puede él ejemplo de los mayores, y de 
cuan dificil es convertir á los infieles, y hacer fervorosos cristianos á los neófi- 
tos, si tienen á la vista los escándalos de los cristianos antiguos. No contento 
con predicarles con mucho fervor, y exhortarlos á la frecuencia de los santos 
sacramentos, instituyó entre ellos la congregación del Santísimo Sacramento 
Y restableció la de Ntra. Señora, siendo el maestre de campo, y los otros jefes 
los primeros en asistir á sus devotos ejercicios, especialmente á la comunión 
general de cada mes. Colocó el Santísimo en la capilla el 31 de Julio, cele- 
brando la fiesta con gran solemnidad y con una numerosa comunión general. 
En adelante, fuera de otras prácticas piadosas que se tenian en ella, les predi- 
caba cada viernes uno de los PP. misioneros. 

19. Notable fué ía reforma de costumbres que se fué consiguiendo; desper- 
tóse en los militares el celo por la conversión de los indios, y el deseo de dis- 
ponerlos con sus buenos tratamientos á abrazar la religión y la paz. Unos cien- 
to bautizó en aquellos pocos meses; y no tardó el Señor en llevarse para sí la 
mayor parte. Entablados los ministerios en Arauco, los PP. Yecchi y Antonio 
Caray aprovecharon la temporada del invierno en recorrer la costa desde alli 






252 GAP. xxiT 1612 

ai Biobio, y las márgenes de este, predicando, administrando los santos sa- 
cramentos y cortando no pocos escándalos. Entre tanto el P. Gaspar Sobrino 
doctrinaba á los indios de aquella plaza, convocándolos cada domingo cod una 
procesión. 

20. Otra buena parle del ejército estaba de ordinario acantonada en el fuer- 
te de Monterrey; por lo cual puso el P. Valdivia asi mismo en él otra misión al 
cargo del P. Vicente Modolell, á quien dio por compañero al P. Antonio Pare- 
cí, ó sea Paricio, como se le apellidaba comunmente. Venido este de Italia al- 
gunos afios antes, habia aprendido el castellano y el araucano; por lo cual fué en- 
cargado de reducir á los indios de guerra (1). Estos PP., siguiendo el ejemplo 
del P. Veccbi, publicaron á la milicia el jubileo de las misiones; y concurrie- 
ron todos los soldados con tan buena voluntad á los sermones y á confesarse, 
asi de noche como de dia, que los PP. á penas tenian tiempo para comer y 
dormir. Mucho fué el fruto que lograron, hasta introducir entre ellos la buena 
armonía tan necesaria, pero tan difícil de mantener en un ejército (2). Dos ca- 
pitanes, que por enemistados ni siquiera se hablaban, sacaron cierto dia las 
espadas delante de cuatro compañías; comprometiendo así á toda la división. 
Estaban felizmente presentes el castellano del lugar y el P. Modolell, y con 
buenas palabras los aquietaron y los reconciliaron entre si. 

21. Uno de los frutos principales fué desterrar la costumbre de jurar y blas- 
femar, que combatieron desde entonces con sus razones, é imponiendo por vo- 
luntario acuerdo la pena de un cuarto de hora más de guardia á cualquier sol- 
dado (3) ó jefe, que echase un juramento ó blasfemia. Por ocupado que estu- 
viera el P. Modolell con la predicación y demás ministerios con los española, 
no descuidaba el estudio del idioma araucano, que le enseñaba el P. Pareci; y 
para ejercitarse en él, comenzó bien pronto á explicar la doctrina á los natura- 
les con tan buen resultado, que entabló hacérsela todos los domingos por la 
tarde, saliendo en procesión por las calles para convocarlos. Estos mismos mi- 
sioneros recorrían amenudo los otros ocho fuertes situados en las márgenes del 
Biobio, con gran provecho de los españoles é indios reducidos, y no menor de 
los de guerra, á los cuales despachaban frecuentes mensajes. Ellos y cuantos 
estaban en las misiones ó en los fuertes de la frontera eran en verdad otros 
tantos fieles y activos emisarios, que el P. Valdivia tenia apostados en los pues- 
tos más ventajosos, ó destacaba a los .puntos en que las circunstancias los re- 
querían. 

22. Poco tiempo después partiéndose para Lima el capellán de los fuertes 
deLebú y Paycaví, y no hallando el P. Valdivia ningún clérigo que quisiese 
servirlos, á causa délos grandes riesgosa que estaban expuestos, por ser aque- 
llos fuertes los dos más internados entre los indios, resolvió establecer en Pay- 
caví una misión (4). Hizolo efectivamente, nombrando por superior de ella al 
P. Pedro Torrellas, quien entabló los mismos ministerios que los otros misio- 



(1) P. Ovalle, lib. VII, cap. n.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. VII, cap. vii, n.* ÍO.— (í) P. Oli- 
vares, cap. n, S 3.— (4) P. Lozano, ibidem, lib. YII, cap. vii, d.® 21 



1612 GAP. XUY 253 

neros, logrando idénticos resultados; motivo por el cual se alegró el P. Yaldi- 
Tia del compromiso en que sehabia hallado de abrirla. 

23. Otra de las importantes tareas que eiste desempeñó en aquel invierno, 
6D virtud de las extrordinarias facultades de que lo revistió el Obispo Espinosa, 
del mencionado encargo del real consejo deludías y del Virrey del Perú, y de 
los poderes que el Rey le otorgó, fué la visita del obispado de la Imperial, aho- 
ra de la Concepción. A ella dio principio el I."" de Agosto de aquel año por la 
ciudad de Penco. Su primera diligencia fué averiguar prolijamente el estado 
de la diócesis en lo espiritual, como administrador de aquella mitra, y en lo 
temporal, sobre todo en lo relativo á los indios, como Visitador del Reino, en- 
cargado especialmente de corregir los abusos de las encomiendas. Desde luego 
publicó un solemne edicto, intimando á los vecinos y á los encomenderos que 
le presentasen bajo su firma una razón exacta de los indios é indias que tenían 
en sus casas ó encomiendas, con qué títulos los tenian, y si eran ó no cristia- 
nos. Además, hizo notificar personalmente ácada uno de dichos vecinos y en- 
comenderos otro auto, que contenia el interrogatorio que asi á ellos como á 
cada uno de sus indios se iba á hacer, á fin de que pudiesen responder con ver- 
dad y reflexión, y alegar las quejas que tuviesen, y aquello en que creyeran 
se les hacia algún perjuicio. Hecho ante su persona, la de su secretario el 
pbro. Alonso de Toledo, y el intérprete general el interrogatorio á cada uno de 
los indios y de los encomenderos, vio con gran dolor de su corazón que la ma- 
yor parte de los indios todavía eran infieles, y que de ordinario ios bautizados 
DO estaban bien instruidos en los dogmas de nuestra santa fe. 

24. Esto dependía en gran parte del corto número de doctrineros (1). Sien- 
do muchos los repartimientos, ó sea encomiendas, y cuarenta y cinco las es- 
tancias, ó haciendas de espafioles en que también se encontraban muchos in- 
dios pertenecientes á aquel partido, solo había dos doctrinas de clérigos y una 
de PP. dominicos. Por tanto, afiadió á las dos primeras doctrinas otras seis, 
instalando en ellas párrocos idóneos, versados en el idioma chileno; á los cua- 
les llevó consigo, para que oyéndole hacer la doctrina á los naturales, apren- 
diesen á hacerla con fruto. No olvidando, aunque Visitador, su carácter de 
misionero, la hacia con gran celo y prolijidad, y tras ella su fervorosa plática 
de una hora todos los domingos poco después de comer; y durante la visita 
tomó este ministerio con tanto empeño, que obligó á los encomenderos y pa- 
trones bajo pena de excomunión y de multa pecuniaria, á que llevasen á ella 
todos sus indios. A fin de que no le faltase ninguno, comisionó á un piadoso es- 
pafiol para reunirlos en cierto lugar, y pasar lista por el padrón que se acababa 
de levantar, antes de llevarlos de allí á la iglesia. 

25. Con el mismo padrón en la mano reunia cada día, también después de 
comer, á todos los indios infieles; con gran provecho de ellos, y edificación de 
todos, al ver en aquella hora tan molesta entre aquella pobre gente al que en 
otras veian ya sentado en un tribunal, ya presidiendo una junta de los magna- 



(1) P. Lozano, ibidem, Hb. Vil, cap. viii, n.° 8. 



25i GAP. XXIV 1612 

tes, ó tal vez asistiendo á un consejo del estado mayor del ejército; no para de- 
liberar ningún plan de ataque, sino para tomar las medidas concernientes á la 
paz. Con esto convirtióse gran número de inQeles, á quienes administró el santo 
bautismo por si mismo; muchos se casaron según el rito de la Iglesia; no po- 
cos dejaron sus amancebamientos, y otros vicios inveterados; y varios caciques 
venidos de la tierra quedaron aplazados para bautizarse en una junta solemne. 

26. Con tan prolija visita y detallado interrogatorio descubriéronse los ma- 
los tratamientos que recibían los indios; más crueles, por cierto, de lo que pe- 
dia recelarse de unos católicos y generosos españoles. Para colmo de desdicha, 
personas autorizadas caian á su vez en esos excesos de crueldad; y por cierto 
que mal podrían reprimir en otros los delitos que ellos mismos cometían. Una 
de las indias que se presentó á aquel tribunal pertenecía al alcalde (1) ordi- 
nario de aquella ciudad; sus espaldas desolladas y un costado lastimado cla- 
maban contra la inhumanidad de su sefioria, que por solas sospechas de un 
leve hurto la hizo azotar asi en su misma presencia. Claro está que el compa- 
sivo Visitador hizo justicia en este y en semejantes casos; por lo cual el tal al- 
calde y otros do su calaña se levantaron furiosos contra él, apelando no solo á 
dicterios y calumnias, sino á otros medios, que será mejor pasar en silencio. 
Felizmente el presidente y la real audiencia, conocedores de la justicia y del 
recto proceder del P. Valdivia, siempre lo apoyaron, é impusieron silencio á 
los detractores y mal contentos. Oidas igualmente las quejas y razones de los 
patrones y encomenderos, tomáronse prudentes providencias que amparasen 
sus intereses razonables y legítimos derechos, al salvar la libertad de los in- 
dios, y aliviar en cuanto fuese posible su miserable suerte. 

27. Aunque el P. Valdivia no era Obispo, no desatendió la cátedra episco- 
pal. Por el contrario, reconociendo que la iglesia mayor de Penco, que enton- 
ces servia de catedral, categoría que no adquirió canónicamente basta siete 
años después, estaba ruinosa, tomó serias providencias para que acto continuo 
se reparase, como se ejecutó. Otro tanto hizo con las parroquias, á todas las 
cuales hizo proveer desde Santiago de los santos óleos, que por su larga sede 
vacante, cuatro años hacia no se renovaban. Mucho sintió hallar aquellas gentes 
privadas desde muchos años atrás del sacramento de la confirmación; y no pu- 
diendo él remediar este y otros males, elevó vivas instancias al trono de la Ma- 
jestad católica, para que se proveyese cuanto antes aquella silla. 

28. Concluida al mes la visita de la ciudad, emprendió por Setiembre la de 
su distrito, con igual diligencia, pero con mayor trabajo. Oia con longanimi- 
dad las quejas de los indios, mucho más gravados, y peor tratados que en Pen- 
co. Hizo extensivas á ellos la^ providencias tomadas allí, y dictó las propias de 
cada lugar (2). Observando que los malos tratamientos eran más de una vez 
culpa de los mayordomos, los reprendió severamente^ y á los más culpados 
los desterró. Al reconocer los indios las entrañas paternales del Visitador, y 



(1) P. Lozano , ibidem , lib. Vil, cap. viii, d.° 3.— (2) P. Lozano, ibidem, Ub. Vil, cap. vin, 
n.' 15. 



1612 CAP. XXIV 285 

eonmoTidos con los fovores y alivios que de él recibían, se le entregaron con 
alma y corazón, mejorando sus vidas los bautizados, y recibiendo el santo bau- 
tismo trescientos infieles. A unos y otros les hacia las doctrinas como en Pen- 
co; y al partirse, les dejaba uno de los seis sacerdotes, que como dijimos lle- 
vaba consigo. Felizmente por ser invierno se hallaron en el distrito muchos 
ulmenes con sus indios; y salieron de la tierra de guerra á Chepia Antavilú 
y otros tres caciques, deseosos del santo bautismo, y de que lo recibiesen sus 
vasallos. La poligamia fué uno de los estorbos principales para que lo reci- 
bieran muchos, especialmente de los ulmenes, por tener mayor número de 
mujeres. Esto era para ellos caso de honor, comodidad é interés asi político 
como personal; las mujeres no solo les servían en las cosas puramente domés- 
ticas, sino que les preparaban las chichas, tejian los yestidos, jergas y pello- 
nes, y hacian las siembras. Por medio de los casamientos emparentaban con 
caciques principales, y poniendo sus hijas en estado de matrimonio, lograban 
buQuas granjerias. 

29. El P. Valdivia, después de haber consultado el caso con las personas 
más instruidas y sacerdotes más experimentados del Reino, determinó para 
obviar estos inconvenientes, que se procurase: I."" que los caciques se sirviesen 
de otros indios pobres para sus siembras y demás trabajos del campo: S."" que 
tuviesen en sus casas algunas viejas viudas ó desvalidas y algunas huérfanas: 
S."" que se les afease la costumbre de vender sus hijas para el matrimonio: 4.° 
quei dejasen las mujeres que entonces tenían de sobra; y que una vez casados 
pipr la Iglesia con una de sus mujeres, las otras quedasen en sus casas como chi- 
nas (-f) deservicio, hasta que las acomodasen en otra parte: 5. inducirlos á 
la frecuencia de los santos sacramentos; con la cual no solo podrían recibir el 
perdón de las caldas que con ellas tuviesen, sino tíhibien extirpar con el tiempo 
la mala costumbre. Y por último que no se diese el bautismo al que no dejase 
la pluralidad de mujeres: advirtiendo, y es muy de notarse, que los polígamos 
serian tan solo una vigésima parte, según el cálculo que entonces él formó. 

30. Acabada su visita del partido de Concepción, debiera haber pasado á 
visitar lo restante del Reino, según el encargo que le habia hecho el Virrey; 
pero no pudiéndolo hacer, por ser necesaria su presencia en aquella frontera, 
suplicó á su Excelencia diese este encargo á otra persona de su confianza; y en 
efecto, se lo dio al licenciado Hernando de Machado, que lo desempeñó con 
toda diligencia al norte del Maule (1). Halláronse, pues, en el continente de 
Chile cerca de once mil indios esclavos, á todos los cuales se les declaró libres; 
aunque se dejaron en poder de sus amos respectivos^ hasta tanto que se deter- 
minase la tasa, y se hiciesen las ordenanzas. En. este número no se compren- 
den solamente los indios de servicio, sino todos y cada uno de los que hablan 
sido hechos esclavos; entre los cuales habia muchas mujeres y nifios, como 



(+) China es nombre que dan en América á la moza india hasta que se casa. En Méiico 
se lo dan también á las criadas mestizas. (Nota del editor.--(l) Memorial del P. Valdivia al 
Rey. 



256 GAP. XXIV 1612 

consta claramente del censo que por su parte hizo el P. Valdivia, con el cual 
se conformaría el del Sr. Machado. ¿Y este número estará conforme coa los 
datos del Sr. Zelada, consignados en el núm. 14 del cap. XYIII? Si por cierto. 
Allí se dice que en el partido de Santiago habia más de mil araucanos, contan- 
do solamente los varones de servicio, y que en los. demás partidos habia mu- 
chos también. ¿Y cuántos se hablan cautivado desde el año 1610? ¿No subirian 
entre todos á unos tres mil los indios en edad de servir, que fueron ahora de- 
clarados libres, y no correspoderian á este número unos once mil individuos, 
sumando con ellos el número de las mujeres y nifios? No olvide el lector que 
las mujeres y niños formaban precisamente el mayor número de las personas 
cautivadas en la guerra de Arauco. 

31. Por justos y equitativos que fuesen los pasos que se iban dando en el 
espinoso asunto del servicio personal, con ellos aumentó considerablemente la 
irritación de los encomenderos. Por otra parte, los felices resultados obtenidos 
ya en Arauco, y las halagüeñas y bien fundadas esperanzas de obtener bien 
pronto un éxito completo, y del todo conforme á los intentos del P. Valdivia, 
no bastaron tampoco para tranquilizar á los que no querían ó no creian posi- 
ble la paciflcacion del Reino por aquellos medios. En este número se hallaban 
sus dos últimos gobernadores (1) Luis Merlo de la Fuente y Juan de Jaraque- 
mada, y el Obispo Pérez de Espinosa, que no dejaban de ser de gran autori- 
dad, á pesar de no ser de los más acertados en materias de gobierno. Pensan- 
do estos y el partido de oposición que encabezaban , despachar su procurador al 
consejo de Indias, para negociar la revocación de los tales arbitrios. Valdivia, 
de acuerdo y á expensas del Gobernador, envió allá al P. Juan de Fuensallda, 
con un informe auténtico del estado favorable en que por Setiembre de aquel 
año se hallaban las negocia(fiones de paz , de los progresos que habia hecho 
nuestra santa fe, y de la quietud del Reino (2). Firmaron este informe el vee- 
dor general de Chile, tres actuales maestres de campo, el sargento mayor del 
Reino, los castellanos de los fuertes de la frontera, los capitanes del ejército, 
los prebendados de la catedral de la Imperial , y los superiores de todos los 
conventos de Concepción. No sabemos qué resultado obtendría el P. Fuensall- 
da en España: entendemos que no obtendría ninguno, por haber fallecido alli 
poco tiempo después de su arribo á la corte. 

32. Al mismo tiempo el P. Valdivia escribió desde Concepción y el P. Veo- 
chi desde Arauco al P. Provincial, pidiéndole les mandase al P. Martin de Aran- 
da; por no haber otro más á propósito para las negociaciones que se iban á 
entablar directamente con los indios de la Araucania, asi por el ascendiente que 
tenia sobre muchos de ellos, como por la elocuencia de su lenguaje, y fervor de 
su espíritu (3). Accedió su R.* gustoso á tan razonable súplica (H-); y el P. Mar- 



(1) P. Lozano, ibidem, Ub. YII, cap. viii, n.** 22.— (í) P. Lozano, ibidem, llb. Vil, cap. vni, 
n.*» 23.— (3).P. Lozano , ibidem , lib. Vil , cap. ix , n.° 8-^+) Se equivocan el P. Olivares y 
otros al asegurar ó suponer que el P. Aranda fué esta vez á Arauco cuando fué allá el Pa- 
dre Yecchi. 






1612 GAP. xxiv 257 

tíD, aunqae preveía los inminentes peligros de aquella misión, apenas conoció 
la voluntad de su superior, cuando respetando en ella la del mismo Dios, se 
encaminó con ánimo resuelto y generoso hacia él sur^ y en Octubre fué reci- 
bido con singularísimo consuelo de todos en Arauco; porque todos tenian de 
él gran concepto, y le profesaban especial amor. 

33. Tras él llegó allá el P. Valdivia con sus asociados para la Visita; y mien- 
tras practicaban los actos y diligencias propias de esta, remitió otra vez men- 
sajeros á los indios de guerra para negociar la paz, y consolar á las españolas 
cautivas; las cuales eran mejor tratadas desde que se entablaron aquellas nego- 
ciaciones. Los indios de la Imperial, Huenchullanca y Puren se regocijaron 
mucho de que se acercase otra vez á sus tierras, y le enviaron á visitar, en- 
trándose por los fuertes españoles con la misma confianza que si estuviesen 
asentadas definitivamente las paces, por las cuales ellos mismos suspiraban. 
£1 P. aprovechaba esta oportunidad de doctrinarlos; y no contento con em- 
plearen ello gran parte del dia, empleaba también parte de la noche, haciendo 
que durmiesen algunos al pié de su cama, para instruirlos ¿Qué es más admi- 
rable, su celo, ó la docilidad de aquellos araucanos, poco antes tan indómitos 
y feroces? 

3i. No decimos por esto que no hubiese entre ellos algunos descontentos; 
ni otros que desconfiaran de la sinceridad de los españoles. Para cerciorarse 
de ella los postreros, comisionaron á Tureulipe (+), diestro capitán, quien 
por vengarse de la parcialidad de Arauco, le dio un malón como de paso (1) y 
por sorpresa; pero cuando se volvia con sesenta cautivos, de quienes podria 
averiguar la verdad, fué hecho prisionero de los españoles. Prendieron tam- 
bién en estos dias á Gatillanca, que bajó de la cordillera á hacer correrías por 
Millapoa. Los mismos indios reprobaban estas traiciones, y clamaban fuesen 
castigos estos y otros revoltosos, cogidos por aquel tiempo; tanto que los de 
Golcura entregaron al maestre de campo dos que hablan sorprendido en las 
mismas maldades y atropellos. 

35. Con esta nueva demostración de las buenas disposiciones de la mayor y 
mejor parte de los indios, el presidente y el P. Valdivia enviaron á los de guer- 
ra al alférez Pedro Melendez, persona cuerda, de valor, excelente lenguaraz y 
muy hábil en negociar con aquellas gentes, para que disipase completamente 
las siniestras sospechas que Anganamun, Pelantaru, Antavillú y otros abriga- 
bao todavía de no ser sinceras las nuevas promesas de paz. Al efecto le entre- 
garon las cartas originales de su real Majestad, y otras varias con que más fá- 
cilmente pudiera convencerlos (2). Desempeñó su comisión admirablemen- 
te, logrando, después de haber recorrido las parcialidades de Puren, Boroa, 
Repocura, la Imperial y Osorno, llevarse consigo á Paycaví, para tratar ver- 
balmente este negocio, á Anganamun, ó sea Anganamon, gran toqui de Pu- 
ren con sus caciques, y al de la Imperial con los suyos respectivos, y demás 



(+) OtroB escriben Tnrilipi, ó Tarelipe.— (1) Memorial del P. Valdivia.— (S) P. Ovalle, 
Hb. VII, cap. ui. 

17 TOMO I 



258 Ck?. ixiY 1612 

conas de alguna cuenta; siendo por junto cuarenta. Estos caciques trajeron con- 
sigo á Paycavi tres de los cautivos, á saber, D/ Isabel Basurto, noble doncella 
española, al sárjente Torres, y á D. Alonso de Quesada (1). Este D. Alonso 
había adquirido gran crédito y confianza durante su cautiverio; del cual dies- 
tramente se aprovechó para preparar los indios á la paz, y de vez en cuando 
dar oportunos avisos á los españoles. 

36. Llegaron, pues, todos á Paycavi el dia 10 de Noviembre; mas como 
unos y otros estaban recelosos, no osaron entrar en aquel fuerte, hasta contar 
con un especial salvo conducto (2). Para conseguirlo, despacharon los caciques 
á Güelapiren con Melendez desde dos leguas antes; y el P. Valdivia, que ha- 
cia algunos dias que estaba allí aguardándoles, se lo dio con mucho gusto, 
acordando que él, acompañado de otros dos PP., de su secretario y del capi- 
tán Pinto, lenguaraz general, pasarían á la otra banda del rio á tener con ellos 
la tan deseada conferencia. Estos, mucho antes de llegar los españoles allá, 
depusieron sus armas; y asi que saltaron en aquella orilla los recien menciona- 
dos con los PP. Horacio Yecchi y Martin de Aranda los recibieron en sus bra- 
zos Anganamun y los suyos con gran fineza, á que correspondieron los nues- 
tros aun con mayor voluntad y contento. El P. Luis los mandó sentar, y les 
repitió el discurso que habla pronunciado en Nancú, más breve si, pero tan 
enérgico, que Anganamun se levantó á darle las gracias por sus servicios. Lue- 
go les leyó en su idioma las cédulas reales, é hizo en vista de ellas las pro- 
puestas de paz. 

37. Contestó Anganamun mostrando mucho agradecimiento á su Majestad 
católica por las mercedes que les hacia y garantías que les ofrecía; y dijo que 
desde luego darían las paces, si los españoles les quitaran los fuertes. Convi- 
no en ello el P. Valdivia; pero haciéndoles ver que esto no convenia hasta sa- 
ber si los caciques de más adentro las aceptaban también. Persuadiéronse de 
las razones los indios, y los mismos caciques Anganamun, Tureulipe, y Ay- 
nabiiú se comprometieron á ir á Villarrica, Valdivia y Osorno para reducirlos 
á ellas (3). Es de advertir que Tureulipe acababa de ser canjeado por el recien 
citado D. Alonso Quesada en aquel congreso, en que lo fueron asi mismo el 
sárjente Torres por una india, y D.* Isabel Basurto por un muchacho, como 
mutuo testimonio de la sinceridad con que se procedía ; y además el P. Val- 
divia despachó libre, sin exigir canje alguno, al hijo de Utablame (4), caci- 
que de Elicura. Melendez y los tres cautivos libertados atestiguaban, sin recelo 
ninguno de equivocarse, la sinceridad de los araucanos, asegurando unánime- 
mente que estaban dispuestos á la paz, y que deseaban con ansia fuesen á sus 
tierras los PP.!de la Compañía, á quienes apreciaban sobremanera en razón 
de su reconocida santidad y notoria honestidad, y del interés que se tomaban 
por ellos; y que amaban y respetaban sobre todos al P. Valdivia, reconocidos 
á lo mucho que por ellos había hecho y hacia. 



(1) P. Lozano, ibidem, líb. Vil, cap. ix, n.° '7.— (2) P. Lozano, ibidem, Ub. VII> cap. ix, 
n.° 7.— (3) Tribaldos de Toledo.— (4) Así escribe el P. Rosales en el Ub. VI, cap. xiv. 



r 



1612 CAP. XXV 259 



CAPÍTULO XXV 

1. Yiénense á Paycavi tres mujeres de Anganamun. — 2. Recelos de los españoles. — 
3. Furores de Anganamun. — 4. Resuelve vengarse. — 5. Leubulican inquieta á los 
purenes. — 6. Estos determinan dar la paz. — 7. En su nombre la pide Utablame. — 
8. Previa ceremonia del reguetun. — 9. Solemnidades con que se asienta. — 10. Pin- 
dén la demolición de Paycavi. — H. Se les otorga. — 12. Cómo la festejan. — 13. Los 
PP. Vecchi y Aranda parten para Elicura. — 14. Bajo los auspicios de Utablame. — 
i5. Y con orden del Provincial. — 16. Catequizan y tienen sus parlas en Elicura. — 
17. Cuestión sobre las mujeres de Anganamun. — 18. Este determina cobrarlas por la 
fuerza. — 19. Asalta á los de Elicura. — ^20. El P. Aranda pretende satisfacerle. — 
21. Lo matan á él y al H. Montalban. — 22. Y al P. Vecchi. — 25. Blasfemias de 
Anganamun. — 24. Mueren con ellos Utablame y otros. — 25. Las aves de rapiña res- 
petan sus cadáveres. — 26. Son trasladados á Lebú, y de alli á Penco. — 27. Se dijo 
la misa de gracias. — 28. Pruébase su martirio. — 29. Prodigios que lo confirman. — 
30. Proceso sobre su vida, virtudes y martirio.— Zl. Escritores de sus vidas. — 32. 
Vida del P. Aranda. — 33. Sus virtudes. — 54. El P. Horacio Vecchi entra en la 
Compañía y viene á Chile. — 35. Sus ministerios. — 36. Sus virtudes y santa muer- 
te.— 37. Vida del H. Montalban. — 38. No se desalientan los jesuitas. — 39. Suspen-^ 
den su entrada á Puren. — 40. El P. Valdivia conforta á los de £/ioiíra.— 41. Las 
siete reguas de Puren ratifican la paz y recobran los presos. 

1. £1 aspecto que á mediados de Noviembre del año 1612 presentabao las 
tribus bárbaras de la Araucania era verdaderamente risueño; mas cuando to- 
dos se complacían al contemplarlo, y se regocijaban con la dulce esperanza de 
so próxima pacificación, reducción y conversión, en un momento se inmutó, 
viniendo un inesperado suceso á perturbarlo enteramente. Mientras Angana- 
mun, en cumplimiento de su palabra, se internaba en la tierra para reducir 
con su prestigio y razones á los caciques del sur y de la cordillera, D.* Maria 
de Jorquera su actual esposa, aunque primero habia sido su cautiva, deseosa de 
conservar la fe de Cristo, é inducida por el mencionado sárjente Torres (1), 
que al pasar por casa de Anganamun para venir á ser canjeado se enamoró de 
ella, huyóse de la casa del cacique, llevándose consigo para hacerla cristiana 
una hija de nueve años quede él habia tenido, y otraá dos indias,, esposas 
igualmente del mismo, con una hijita, á las cuales ella habia reducido á abra- 
zar el cristianismo. Guiadas por tan nobles y piadosos sentimientos tuvieron 
un ánimo y tino admirables para trazar y verificar su fuga, y caminando tres 
dias á pié, llegaron el 22 de Noviembre á Paycavi. 

2. Su llegada y mucho más los motivos de ella excitaron por de pronto un 
universal alborozo en aquel fuerte; todos alababan su intrepidez y aplaudían 
esta su hazaña. Pero, pasado el primer transporte de gozo, empezaron á temer 



(1) Memorial del P. Valdivia. 



260 CAP. XXV 1612 

sus resultados; y aunque los más de aquel fuerte y de la plaza de Arauco con- 
fiaban en Anganamun se baria cargo de la razón, y entraría en un prudente 
avenimiento, según la buena voluntad y decisión que habia manifestado en la 
junta anterior, los de la capital y de todo el Reino, que ignoraban estos por- 
menores, se sobresaltaron de tal manera, que dieron por perdidas las negocia- 
ciones entabladas; y no hallando remedio en la tierra, acudieron al cielo con 
continuas oraciones y rigorosas penitencias, sobre todo en nuestro colegio de 
Santiago. 

3. Desgraciadamente estos acertaban; porque, no bien Anganamun tuvo 
noticia de esta fuga, cuando montando en cólera dio vuelta á su caballo, y se 
fué á su casa para averiguar la verdad del hecho (1). Hallando á faltar en ella 
sus prendas más amadas, enfurecióse hasta el extremo de no poder ni comer, 
ni dormir en dos dias, ocupado únicamente en meditar cómo vengarse de los 
españoles. Bramaba contra ellos por los montes cual furioso león; ninguna ex- 
presión injuriosa le parecía suficiente para calificar la acción de haberle aco- 
gido sus mujeres, que él suponía haber procedido de mala fe, y quizá se per- 
suadirla que de secreto las hablan ayudado á fugársele. 

4. En los primeros arrebatos de su furor determinó conmover todo el Esta- 
do, y poner en armas la Araucanía entera contra ellos, para lavar con su san- 
gre la injuria que sospechaba le hablan irrogado. En este frenesí permaneció 
dos dias, trazando sus planes de ataque, y los horrores de su venganza; pero al 
tercero comenzó á reflexionar con más calma si, pero con mayor malicia, y 
comprendió que le convenia hacerse del disimulado, hasta lograr con nego- 
ciaciones políticas el cobro de sus prendas perdidas, y una vez asegurado de 
ellas echar mano de las armas. Al efecto mostró entre los suyos gran senti- 
miento de su pasado furor, y les rogó le disimulasen aquellos primeros arre- 
batos de su genio, protestándoles que no quisiera se interrumpiesen las paces 
iniciadas en bien de toda la nación con ocasión de sus privados intereses, los 
cuales por medios pacíficos podrían tener oportuna y eficaz reparación (2). 
Con la misma sagacidad y disimulo hizo pedir sus mujeres é hijas al castella- 
no de Paycaví. 

5. Otro suceso bien notable, que pronto se enlazará con el antecedente, su- 
cedió aquellos mismos dias. El falso y traidor Leubulican, cacique de Catiray, 
dadas las paces por los ocho mil de los suyos, como dijimos en el núm. 13 del 
cap. XXIV, fingióse tan amigo de los españoles, que lo enviaron de mensajero 
á los purenes; más él practicó todo lo contrario, empezando por inquietarlos 
y hacerlos desconfiar. Sus falsedades bastaron para conseguir que suspendie- 
ran la marcha las ocho reguas de Puren, que estaban por dar las paces; y tal 
vez hasta los habría amotinado, si no hubiese llegado al país Llancallaque, to- 
qui de una de las provincias de la cordillera, quien según queda dicho, las 
habla dado ya (3). Este les refirió cuan contentas estaban por ello todas sus 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. ix, n.'' 23.— (2) P. Rosales, Historia de Chüe, lib. VI, 
cap. xiii.— (3) P. Lozano, ibidem, iíb. VH, cap. x, n.° 5. 



1612 CAF. Hv 261 

gentes; afiadiéndoles que cincuenta de sus caciques habian bajado al fuerte 
Cayubueno, por haberles prometido los españoles que demolerían el fuerte de 
AngoL Les aconsejó, por último, diesen las paces, protestándoles que una vez 
asentadas, les quitarían los españoles el fuerte de Paycavi. 

6. Cabalmente el Gobernador habia pensado destruirlo aquel año, para tras- 
ladarlo á un lugar más oportuno; y el P. Valdivia le persuadió no lo hiciera, 
hasta ver el resultado de las presentes negociaciones. Tanto el proyecto del Go- 
bernador como el consejo del P. Valdivia llegaron á noticia de los caciques de 
Paren, los cuales, viendo que su excelencia se gobernaba por las insinuaciones 
de dicho P., y sabiendo por Llancallaque que se cumplía puntualmente cuanto 
este habia prometido á los de Gatiray, Tucapel y Arauco, se convencieron de 
que les convenia á las'ocho reguas de Puren y á la de Elicura abrazar pron- 
to la paz (1). Sin embargo, quisieron que estos caciques entrasen los primeros 
en el fuerte, acompañados de los mensajeros de Puren, á entablar este nego- 
cio. Era Elicura la regua más belicosa del pais enemigo; la cual jamás, desde 
el primer alzamiento en que mataron á Pedro Valdivia, habia transigido con 
los españoles. 

7. Por esto al presentarse al P. Luís de Valdivia Utablame, su cacique prin- 
cipal, le dijo con noble orgullo: « Aqui tienes P. , al famoso Utablame, que ha 
«defendido su patria contra diez y seis gobernadores de Chile, sin que jamás 
«ellos le hayan humillado, antes bien muchas veces los ha derrotado. Solo tú 
«has podido vencerme, porque te has valido de las invencibles armas de los 
«beneficios, hechos á mi nación en general, y á mí en particular.» Dirigióse 
luego al Gobernador, y le repitió asi mismo cómo jamás habian podido ven- 
cerle con las armas; pero que se daba por vencido de sus beneficios; únicas ar- 
nuu, concluyó, que rinden á hs varones fuertes. Esto sucedía el 7 de Diciembre, 
en que entró él en Paycavi con otros setenta y dos entre caciques y conas en 
la forma siguiente. 

8. Marchaban á pié de dos en dos; tres corredores les precedían á caballo 
reconociendo el campo. Los quince primeros traian ramos de canelo, cubiertas 
sus cabezas con bonetes redondos, de que colgaban por delante y por detras 
guedejas formadas con cochayuyo, partido en hebras finísimas. Estas son insig- 
nias del regueíun, ceremonia la más expresiva de paz que pueden celebrar estos 
bárbaros. El presidente envióles su maestre de campo, para que los pasase en 
el barco del Rey; y luego él mismo fué abrazándolos uno por uno, y otro tanto 
hizo el P. Valdivia. Sentáronse todos en el suelo á su usanza, y poniéndose en 
pié Utablame, hizo un lindo razonamiento (-}-), dando la paz en nombre de 
8tt regua, y de toda la indiada; asegurando que cada año vendrían por su turno 
los toquis á hacer su regueíun. Pidió, á fin de que aquellos tratados fuesen 
más convenientes y estables, que se les quitase el fuerte de Paycavi, y que se 
devolviesen sus mujeres áAnganamun. Certificó, además, que los PP. misio- 



(1) P. Lozano, ibidein, lib. Vil, cap. x, n.° 8.— (+) Lo trae el P. Lozano en el lib. YTT, ca- 
pitolo X, n."" 9. 



/ 



262 CAP. XXV 1612 

ñeros podían entrar en sus tierras con toda seguridad, por constarle ser esta la 
' voluntad de todas las reguas, y hablará nombre de todos, como pueden atesti- 
guarlo, añadió, los seis mensajeros que traigo desde Puren. Entraron entonces 
estos, y confirmaron cuanto él acababa de decir. Ribera y el P. Valdivia le die- 
ron afectuosamente las gracias; y después de algunas razones muy atentas y 
comedidas, difirieron para el otro dia la contestación á sus demandas, ale- 
gando que era demasiado larde. 

9. Aviniéronse á ello los indios; pero no quisieron retirarse hasta asentar 
solemnemente las paces (1). Levantándose acto continuo los purenes, hicieron 
un solemne juramento á su usanza; levantáronse también los caciques amigos 
de Arauco y Tucapel; y estando todos en un respetuoso silencio, entonó Uta- 
blame un himno, que prosiguieron los suyos, cantándolo por un cuarto de 
hora; concluido el cual, los tres caciques principales Utablame, Payneguili y 
Huychalican entregaron su ramo de canelo á otros tres caciques amigos de los 
españoles, haciendo cada uno de ellos al entregarlo un discurso como de un 
cuarto de hora relativo á las paces (2). Cada uno de los amigos les contestó 
elocuentemente, aplaudiendo su resolución, confirmándolos en ella y aconse- 
jándoles que pues el P. Valdivia habia hecho un viaje de cuatro mil leguas 
para lograr la tranquilidad y el bienestar de su nación, anduviesen las pocas 
leguas que distaban de Paycaví los de Puren y de la Imperial; sin dejarse en- 
gañar del traidor Leubulican, ni de otro alguno. 

10. Por halagüeños que fuesen estos sucesos, bien conocían todos el estado 
critico de las cosas; por lo cual nuestros PP. pasaron aquella noche en ora- 
cioD, pidiendo al Señor por intercesión de María Santísima, les diese el con- 
veniente acierto. Muy de mañana se fué solo el P. Valdivia al alojamiento de 
Utablame, y sentado en el suelo, empezó á discurrir familiarmente con ellos 
sobre la necesidad y ventajasde la paz, y los medios de asentarla permanente. 
Protestóles, desde luego, que quitara gustoso el fuerte de Paycavi; pero que 
no se determinaba á hacerlo hasta tanto que todos depusiesen las armas; pues 
no era justo que estando los indios con ellas, los españoles abandonaran sus 
fortalezas. Utablame declaró del modo más formal y expresivo que no solo él, 
sino todos en general querían la paz; que los de Puren ni sombra de traición 
abrigaban en sus pechos; y que él ni sabia, ni podia sospechar obrase ningu- 
no de mala fe. Eotonces el P. llamó á los dos lenguas generales del ejército 
real, para que fuesen testigos de esto ; y en aquella sazón entró así mismo el 
Gobernador, quien habiendo madrugado mucho , ya habia oído la santa misa 
para impetrar del cielo las luces necesarias en aquel grave caso. 

11. Repitió á su presencia Utablame sus protestas y promesas; y convencido 
también su Excelencia de su sinceridad, y de las pacíficas disposiciones de los 
demás indios, resolvió allí mismo, de acuerdo con el P. Valdivia, demoler el 
fuerte en cuestión; y que los PP. Vecchi y Aranda se fuesen con esta gente; 
pero á Elicura, sin pasar más adelante hasta nueva orden (3). Indecible fué el 



(1) P. Rosales, lib. VI, cap. xv.--(2) P. Lozano, ¡bidem, lib. VII, cap. x, n.** 19.— (3) P. Lo- 
zano, ibidem, lib. YII, cap. x, n.'^ 23. 



1612 GAP. XXV 263 

r^ocijoque recibieron todos ios indios. Aquel anciano cacique dijo que ja- 
más lo había sentido mayor en su larga vida de setenta años. Prometió llevar 
los PP. con seguridad, diciendo que en sus tierras serian amados y respetados 
de todos, por mirarlos todos como á sus verdaderos padres, que tamaños bie- 
nes les llevaban, cuales eran la paz temporal y la evangélica ; y aseguró que 
esta entrada contribuirla mucho á la total y formal pacificación del país. Por 
su parte se comprometió á reducir á Leubulican, y á los pocos inquietos y des- 
contentos que hallase; y que concluiría con matarlos, si á buenas no se sose- 
gaban. En cuanto á las mujeres de Anganamun se le dijo que losPP. tratarían 
este asunto con el mismo interesado, pudiendo llevarle desde luego la hijita, 
que no estaba bautizada todavía. 

12. Satisfechos con esto los purenes, repitieron de nuevo ante la plana 
mayor del ejército Utablame y los otros dos caciques el juramento de fideli- 
dad, que la noche anterior hablan hecho ante los indios amigos; y los tres en- 
tregaron su ramo de canelo al Gobernador en señal de pleito homenaje al Rey 
de España. Pasaron todos aquel dia en el fuerte; y los españoles á porfía les 
hicieron grandes agasajos, lisonjeándose con la confianza de una paz durade- 
ra. Los recibieron los indios con mucho contento; pero más les satisfizo el ver 
derribar las palizadas del contra-fuerte, y que lo restante de este se daba á 
Matinao, cacique amigo que vivia allí cerca, para su habitación y alojamien- 
to de los PP. misioneros, cuando pasasen por aquel lugar. 

13. Al otro dia 9 de Diciembre, fiesta de Sta. Leocadia, el P. Luis de Val- 
divia mandó á los PP. Horacio Yecchi y Martin de Aranda y al H. Diego de 
Montalban partiesen para Elicura con Utablame y demás caciques. Se lo man- 
dó, y bajo precepto de santa obediencia, no por repugnarlo alguno de ellos, 
pues era el partir muy conforme con su ardiente celo, y tanto el P. Vecchi 
cuanto el H. Montalban lo hablan pedido expresamente y con grandes instan- 
cias, sino para que en empresa tan peligrosa tuviesen el consuelo de saber 
que hacían en ello la voluntad de Dios (1). Los tres recibieron esta obediencia 
con indecible gozo interior y exterior, por ver el gran servicio que podían 
hacer asi á todo el Reino, como también á los mismos indios; bien persuadidos 
de que sí lograban buen resultado, resultaría de allí la pronta conversión de 
todas aquellas numerosas tribus: fin glorioso, cuya sola esperanza obligaba á 
estos y demás misioneros de la Compañía á emprender tantos trabajos, y á ex- 
ponerse á tan inminentes peligros de la vida. Por lo tanto celebrada con este 
objeto la santa misa, acompañólos hasta el río el Gobernador, con la más de 
la caballería é infantería, donde se los recomendó encarecidamente á los ca- 
ciques ; mas el P. Valdivia lo vadeó con ellos, y al comenzar á encargárselos 
por su parte con paternales súplicas y encarecimientos, Utablame no le per- 
mitió seguir su discurso, diciendo : 

14. aNo me digas nada más, P. mío, que me avergüenzas; ya se lo que me 
quieres decir. Estos PP. llevo en mi corazón; los cuidaré como ellos se mere- 



cí) P. Lozano, ibidem, lib. VII, cap. xi, n."" 4. 



Í64 CAF. XXV Stl2 

can; yo me encargo de ellos; y te los volveré á Lebú ó á Concepción.» Con 
esto los abrazó el buen P. derramando lágrimas de gusto ; y aunque era su 
superior, quiso recibir de ellos la bendición ; y fijos en ellos sus ojos los vio 
partir con gran sentimiento y santa envidia de no poder acompafiarlos, ni to- 
mar sobre si solo aquella obra tan grandiosa, si bien tan arriesgada. Con el 
ejército vínose de alli á Lebú, donde se entregó á la oración, rogando á Dios 
por sus amados hijos ; y (1) otro tanto hicieron aquellos días los seis PP. que 
entonces habia en Arauco. 

15. Fué cosa muy notable que en el mismo dia nueve el P. Provincial, fiel- 
mente informado del critico estado de las cosas, ordenó oraciones y peniten- 
cias; y estando la comunidad del colegio de Santiago en oración ante el San- 
tísimo maniGesto, confirió este asunto con sus consultores, y de común acuerdo 
resolvieron que los PP. Yecchi y Aranda entrasen á los indios ; y previendo 
el peligro de sus vidas, los ofreció gustoso al martirio, probando en dicha con- 
sulta con ejemplos y razones cuan justo era hacer este sacrificio (+). Además 
al comunicarles esta su resolución les protestó que les envidiaba su suerte; y 
que no pudiendo acompañarlos en persona , los acompafiaria en espíritu, y 
ayudarla con sus oi*aciones y las del colegio, en el cual cada dia, hasta saber 
su suerte, aplicarían dos PP. por su turno la santa misa; y que de contínuo 
estarla alguno en oración ante el Smo., que se conservarla manifiesto á este 
propósito en la capilla doméstica; y se ofrecerían disQiplinas y otras pias obras. 
Efectivamente; entre todos los PP. y H.' se ofrecieron al Sefior ciento doce mi- 
sas, quinientas disciplinas, dos cientos setenta dias de cilicio, muchos rosarios, 
ayunos, comuniones y horas de oración delante del Santísimo (2). Los cole- 
giales del convictorio del Beato Edmundo hicieron también sus generosos ofre- 
cimientos, que cumplieron con fidelidad. Ya de antemano habia ordenado el 
P. Provincial que los PP. Yecchi y Aranda entraran á Puren; y esta su dispo- 
sición se recibió el mismo dia en que el P. Yaidivia lo determinó definitiva- 
mente en su consulta. Este P. se consoló al ver que su orden estaba conforme 
con la de su superior (3); y aquellos se confirmaron con doble placer en el sa- 
crificio que de sus vidas acababan de hacer en aras de la obediencia. 

16. A media legua de Paycavi despacharon Utablame y Payneguili sus 
mensajeros á la costa, para convocar á aquellos caciques; y á las cinco de la 
tarde llegaron á Elicura, donde los caciques tuvieron otro parlamento, ponde- 
rando cuánto les convenia deponer las armas; y lodos se congratulaban con los 
bienes de la paz y con las mercedes que el Rey les hacia (4). Al otro dia 10 de 
Diciembre llegaron á Elicura los convocados, donde fueron recibidos con uni- 
versal contento; y juntos alli sesenta caciques é indios principales llevaron 
como en procesión á los dos PP. antes de entrar en el regueturiy que tuvieron 
con las ceremonias y solemnidades acostumbradas. Desde él, después de he- 



(1) P. Olivares, Historia política, llb. V, cap. vil— (+) Todo lo dicho consta más á la lar- 
ga de las cartas del P. Valdivia y del P. Provincial, que trae al P. Lozano, lib. Vil, cap. ii, 
n.° 7, por las caales se evidencia hablan sufrido algunas equivocaciones los PP. Ovalle y 
Alegambe.— (2) P. Rosales, lib. VI, cap. xv.— (3) Carta anua del año 1612.— (4) P. Lozano, 
ibidem, lib. VII, cap. xi, n° 15. 



161S GAP. iiv 265 

chas sus parlas, ó arengas relativas al asunto, enviaron cuatro caciques prin- 
cipales á llamar á los caciques de Puren y Pellahuen. Por momentos se iba 
aumentando el concurso, por cuanto hasta los conas y aun los indios de menor 
cuenta querían cerciorarse de aquellas paces y festejarlas. Grande era el con- 
tento de todos ellos, y mucho más el de los tres jesuítas, que velan sus bellas 
disposiciones, sin descubrir ningún resentimiento, ni el menor síntoma de trai- 
ción; aunque esta se hallaba tramada y en vísperas de estallar. 

17. Cabalmente en Paycaví las dos mujeres y una de las hijitas de Angana- 
mun hablan pedido el santo bautismo, y el P. Valdivia se lo habla administra- 
do, por hallarlas suficientemente instruidas en los dogmas de nuestra santa fe, 
que les habla ensefiado la antedicha María de Jorquera. He aquí un bien real, 
que todos aplaudieron justamente, y que fué causa ocasional de muchos ma- 
les; porque pidiendo Anganamun sus mujeres, entraron en deliberación de si 
se las podrían y deberían entregar. El Gobernador, los PP., los jefes, y lodos 
los demás resolvieron al punto que no se entregara la espafiola, la cual con su 
fuga se habia libertado del cautiverio con razón y justicia. En cuanto á las 
indias hubo diversos pareceres; pero después de haber pesado las razones en 
pro y en contra, determinaron que siendo cristianas, no debían ser entrega- 
das á un esposo infiel, á no ser que este quisiera hacerse cristiano también, y 
casarse con alguna de ellas; mucho menos conociendo el genio fuerte y arre- 
batado de Anganamun, que para vengar su creída afrenta, precisamente las 
habia de matar (1). Esta resolución del consejo se le comunicó con buenas ma- 
neras, y los PP. iban encargados de calmarlo, y darle las debidas satisfaccio- 
nes, aunque fuesen las pagas entre ellos de costumbre cuando una mujer se 
huye de su marido. 

18. Mas el ofendido y furibundo cacique no entendiendo de razones, de- 
terminó recobrarlas á la fuerza, y vengar su afrenta con la sangre de los espa- 
fioles, comenzando con la de los jesuítas, que, según él decia, con capa de re- 
ligión venían á desarmarlos, y á titulo de ella le retenían sus mujeres é hijas. 
Estando á la sazón todos los indios sus vecinos resueltos á dejar la guerra, y 
gran parte de las indiadas comprometida á ello con solemnes juramentos, co- 
noció que no podía perder tiempo, y que le era preciso proceder con cautela 
y disimulo, para salir con su intento. Fué por lo mismo tanteando los ánimos 
de su regua de Pellahuen; y aunque halló á los más con disposiciones pacífi- 
cas, supo manejar tan diestramente las razones de recelo poco antes esparcidas 
por Leubulican y Aynabillú, que persuadió á doscientos valientes mocetones 
á tomar las armas con él, para desbaratar de un solo golpe los progresos de 
la paz, asesinando los dos PP. que acababan de llegar á Elicura, y á cuantos 
se opusieran á su bárbaro proyecto. 

19. Las gentes concurrían allí de todas partes, ó para obsequiar á los PP., ó 
para confirmar las paces; y entre la multitud caminaba también Anganamun 
con sus conjurados (2), fingiendo que iba para conducirlos á Pellahuen, á fin 



(1) P. Olivares, cap. iv, g 5.— (2) P. Lozano, ibidem, líb. Vil, cap. xi, d.° 20. 



266 CAP. XXV 1612 

de concluir por su medio el tratado de alianza, y de aprender la religión san- 
ta, que en Eiicura ellos ya enseñaban; pues que aquellos misioneros no per- 
dían ni tiempo ni ocasión oportuna para hacerlo. A penas amaneció el dia ca- 
torce, cuando Anganamun asalta de improviso con los suyos á los de Eiicura, 
atrepellando á cuantos caciques é indios se le ponen delante. Hallábanse los 
PP. en su toldo convertido en capilla á punto de empezar la santa misa, des- 
pués de haberse confesado mutuamente para prepararse á ella, y el H. Mon- 
talban para comulgar. Al oir el ruido salió el P. Martin, y fuese á Anganamun 
para contenerlo. Mas este bárbaro le dijo con grande enojo: «¿para qué vienes 
aquí á predicar mentiras? Dame cuanto antes mis mujeres.» 

20. Contestóle el P. con mucha moderación que siendo ellas cristianas, no 
podia entregárselas antes de convenir en el modo con que debería tenerlas sin 
ofensa del Señor (1). Que él venia de propósito á tratar con él este asunto; que 
si se hacia cristiano podría vivir con una de ellas, y que si no quería serlo, le 
daria por ellas las pagas de costumbre. Sin dignarse el furioso cacique de en- 
trar en estas deliberaciones, dijo que él no creia en Dios, ni en las mentiras 
que les predicaban; que él no quería ser cristiano, y asi fué profiriendo otras 
muchas y horribles blasfemias; después de las cuales gritó desaforado: ¡lape! 
¡lape! es decir, ¡mueran! ¡mueran! Al oir esto el P. Martin le replicó con sere- 
nidad (2): ((¿Quieres matarme porque busco tu salvación, y la dp tus mujeres? 
Moriré gustoso por Cristo; mas por el deseo que tengo de vuestro bien, te su- 
plico que conserves á mis compañeros, para que no se perturben las paces, de 
que depende la salvación de muchos de vosotros; pues quedando vivo el Padre 
Horacio, él logrará asentarlas sólidamente, y os instruirá en nuestra santa fe.» 

21. Enfurecido Anganamun, protestó que no quería paz, ni cristiandad, ni 
habia de dejar con vida á ninguno de los que la predicaban, enseñando que 
no se podia tener más que una mujer. Y repitiendo su ¡lape! ¡lape! embistie- 
ron los indios conjurados con el P. Aranda; quien puesto de rodillas, ofreció 
su vida al Señor, dándole gracias por todos sus beneficios, y en especial por 
el que entonces le iba á conceder; y en pocos instantes unos le desnudaron, 
otros descargaron terribles golpes de macana sobre su cabeza, y le traspasaron 
con sus lanzas, y últimamente, abriéndole el pecho, le sacaron el corazón y 
se lo comieron. En medio de estos suplicios el santo mártir les predicaba con 
fervor; siendo lo más notable, según* confesaron después los mismos asesinos, 
que arrancado ya el corazón, continuó todavía por largo rato sus fervorosas 
exhortaciones (3). Mientras este P. redargüía á Anganamun, otros entraron en 
la capilla en que habia quedado en oración el H. Montalban hincado de rodi- 
llas; y acometiéndole con gran furor hirióle Yguayrriamaco el primero, y lue- 
go sus cómplices le dieron seis ó siete lanzadas, con que le quitaron la vida. 

22. Al ver esto Tureulipe, reconocido á los buenos servicios que durante 
su cautiverio habia recibido del P. Horacio Yecchi, y de haberle procurado su 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xi, n.** 20.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xi, 
n.** 23 y P. Rosales, lib. VI, cap. xiv.— (3) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xi, n.° 23. 



1612 CAP. XXV 267 

rescate, lo tomó en ancas y echó á correr (1). Mas el bárbaro Anganamun, 
apretando las espuelas á su caballo alcanzó á Tureulipe,y de una lanzada der- 
ribó al P. Horacio, diciendo: ¡mueran estos embusteros! ¡no quede ningún Pa- 
dre vivo! Hincóse de rodillas el santo misionero, y tomando la cruz en sus ma- 
nos, ofreció al Señor el sacrificio de su vida; que consumó Anganamun atra- 
vesándole el pecho con una lanza, después que uno de sus conas le dio un ma- 
chetazo en la oreja, y otros de sus conjurados lo hablan herido con sus lanzas, 
y machetes. Por último le abrieron también el pecho, y sacándole el corazón 
se lo comieron. Asi murió el P. Yecchi, exhortando fervorosamente en sus úl- 
timas agonías á los indios á que abrazasen la religión de Cristo (-}-). 

23. Desnudos dejaron aquellos sagrados cuerpos; y en llegando á su tierra, 
púsose Anganamun las vestiduras sagradas en la gran borrachera con que ce- 
lebraron estos actos de barbarie (2); y con un bonete en la cabeza predicaba á 
los suyos entre mil blasfemias, que nunca dejasen sus ritos supersticiosos, que 
les permitían tener muchas mujeres, y que persiguiesen de muerte á los mi- 
sioneros de una religión que se lo prohibía. Es de notar que á ninguno de 
estos tres mártires cortaron la cabeza, según su costumbre, para levantarlas 
al aire como trofeos en las puntas de sus lanzas, proclamando la victoria. Tal 
vez lo permitió asi el Señor, para indicarnos que no fué Anganamun quien 
triunfó, sino sus bienhadadas victimas, las cuales se coronaron con la aureola 
del martirio. 

24. En este malón perdieron la vida varios caciques, cuyos nombres son 
dignos de honrosa memoria, asi por la santa causa por la cual fueron asesinar 
dos, como también por los esfuerzos con que, á pesar de su sorpresa, defendie- 
ron á los PP. misioneros (3). Murieron, pues, entre ellos el honrado y valiente 
anciano Utablame, Cayumanque y su cuñado, y el propietario de aquel lugar, 
que encarándose con Anganamun le dijo con noble entereza: (<¿Qué es esto 
Anganamun? ¿á mis tierras vienes á maloquear, y á matar á los caciques mis 
amigos y á los PP.? Repórtate, y no mates á unos varones que son buenos y 
nunca nos han hecho mal, y nos traen los bienes más apreciables, como la paz 
y la palabra de Dios.» La contestación fué una lanzada en el pecho con que lo 
mató, echando mil baldones contra los PP., contra la religión santa, y contra 
los que fomentaban su predicación. 

25. Los demás quedaron tan acobardados, que, escondidos en los bosques, 
ni alientos tuvieron para perseguir á los alevosos pellahuenes, ni aun con el 
objeto de quitarles las noventa y dos piezas que se llevaban al cautiverio entre 
mujeres y niños; y sin embargo, no descuidaron los santos cuerpos (4). Desde 
luego pusieron de centinela á tres de los indios más valerosos, los cuales ob- 
servaron con admiración que ninguna mosca, ni ave de rapiña tocó á los san- 



(t) P. Olivares, cap. iv, S 5.— (-f ) Según algunos autores, lo que no hallo bien comproba- 
do con respecto al P. Vecchi, continuó este también su exhortación por v\n cuarto de hora, 
aun después de arrancado el corazón. Así lo escribió el P. Luis Bertonio desde el Perú á 
24 de Junio del afto 1615.— (2) Carballo.— (3) P. Olivares, Historia política, cap. iv, g 5.— 
(I) P. Olivares, ibidem, cap. iv, S S- 



268 GAP. XXV 1612 

tos mártires, habiéndose cebado en los cadáveres de los indios. Entre estos 
quedó uno, dejado por muerto, que pudo informar de lo sucedido, con cuya 
relación se conformaron los de Elicura y seis pellahuenes que se prendieron 
después. 

26. Aunque sucedió este martirio á 14 de Diciembre á las nueve de la ma- 
fiana, el mismo dia lo supo el P. Valdivia por Gayumari, á quien había en- 
viado á Elicura, recelando lo sucedido. Grande fué su sentimiento, y el de 
todos los españoles é indios que con él estaban entonces en Lebú; á los cuales^ 
después de haber mitigado algún tanto su propio dolor apelando á motivos su- 
periores y divinos, procuró consolar, para que no se turbasen ni desmayasen 
con este fatal suceso. Despachó luego, y no sin diflcultad por el terror que cau- 
só Anganamun, tres caciques principales con sus conas á buscar los santos 
mártires, que fueron recibidos en Lebú con la pompa posible. 

27. Después de haber celebrado una misa, no de difuntos, sino de la Santí- 
sima Trinidad, en acción de gracias por el triunfo de sus tres confesores, los 
enterraron devota y decentemente en la capilla de aquel fuerte (1), donde estu- 
vieron por dos años, hasta que fueron trasladados á Concepción de Penco, don- 
de fueron colocados bajo el muro del lado derecho del altar mayor de la igle- 
sia de nuestro colegio, en nuevas cajas de cedro, forradas con ricas telas de 
plata y oro (+)• Asi mismo en Santiago y en toda la Provincia, en vez de los 
sufragios de regla, se ofrecieron las misas en acción de gracias al Sefior por el 
favor dispensado á ellos y á la Gompafiia; poniéndolos por intercesores para 
conseguir la paz del Reino y la abolición del servicio personal. Tan persuadi- 
dos estaban todos de que hablan conseguido realmente la corona del martirio. 

28. El Provincial en la caria anua de aquel año 1612 lo prueba (2): 1.° Por- 
que expusieron sus vidas por obediencia y el superior se lo ordenó, mirando 
por el servicio de Dios, y bien de las almas. 2."* Por el celo y caridad con que 
ellos se entraron gustosos entre los indios, como consta de su misma carta. 
S."" Porque iban á confesar y consolar á las cristianas cautivas, y á contratar su 
rescate. 4."* Porque murieron en defensa de la castidad y de la vida de las mu- 
jeres de Anganamun, y por la ley santa de Cristo, que prohibe la poligamia, 
y solo permite que la mujer cristiana permanezca al lado de su marido infiel, 
si este consiente en vivir con ella sin ofensa del Criador. 5.*" Porque iban á ne- 
gociar las paces, en la persuasión de que de ellas dependería la conversión de 
los indios. 6.'' Por haberse ofrecido el P. Vecchi á aquel peligro en la intima 
persuasión de que no se convertirían aquellos gentiles, hasta que su tierra se 
regase con sangre de mártires, y deseando ser él el primero. Con este mismo 
deseo y persuasión se dispidió de los nuestros el P. Aranda al partir para ios 
indios. Y no solo se les cumplieron sus deseos, sino que, habiéndose frustrado 
en aquella ocasión las negociaciones de paz, los elicuranos perseveraron ami- 



(1) P. Olivares, cap. iv, g 5.— (-f-) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xi, n.'* 33 y P. Olivares, 
cap. IV, S 6- £s descreer que se trasladarían cuando se trasladó la iglesia á un costado de la 
placa; pero ignoro si se trasladarían cuando se pasó nuestro colegio á la nueva ciudad de 
Concepción.-— (2) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xii, n.** 2. 



1612 CAP. UY 269 

gos de los españoles; y si bien después se juntaron de nuevo con los de guerra, 
también notó el P. Rosales, escribiendo al P. Valdivia desde Arauco en 1643, 
que en aquel afio, hechas las paces por el marqués de Baydes, habiendo (1) él 
mismo entrado por la costa á predicar el santo Evangelio, los de Elicura ha- 
blan sido los primeros en recibirlo; y fueron tan constantes en su fe, que en 
el alzamiento general de 1655 cuatro cientos guerreros de aquella tribu, con 
sus respectivas familias, se vinieron á vivir junto á Arauco; no queriendo to- 
mar parle en él, para perseverar en la amistad de los españoles, y oir siem- 
pre la doctrina de los misioneros. 

29. No faltaron tampoco prodigios en confirmación de su martirio. Sea el 
primero, que estando en nuestro colegio de Górboba del Tucuman el H. coad- 
jutor Antonio Rangel los vio derramar su sangre por Cristo (2). Los que lo 
oyeron entonces de su boca, buen cuidado tuvieron de apuntar el dia y hora; 
y se averiguó después que fueron cabalmente los mismos en que hablan sido 
muertos. Dos veces se aparecieron también al P. Agustín de Yillaza; la prime- 
ra vestidos de preciosa púrpura de sangre ante el trono de Dios, y la segunda 
bañadas sus almas de gloria inexplicable. Últimamente, la sangre que derra- 
maron se conservó fresca por treinta y seis años; como lo confirmaron unas 
piedras que el P. Juan Moscoso halló en el mismo lugar del martirio, y llevó á 
Penco (3), en las cuales vieron todos con grande admiración la sangre todavía 
fresca; por lo cual las guardaron en la misma caja de los sagrados cuerpos. 
Llamó también la atención el no haber sido maltratados sus cadáveres en los 
tres dias que estuvieron tendidos en el campo, habiendo las gallinazas y otras 
aves de rapiña devorado entre tanto los cuerpos de los indios. Las razones que 
alegó Ribera en su carta fecha en Penco el 17 de Abril de 1613, para negar 
hubiesen sido mártires, no tienen ningún sólido fundamento; y ya entonces se 
miraron como efecto del espíritu de oposición al P. Valdivia que concibió des- 
de aquel fatal suceso. 

30. Bien persuadidos nuestros PP. de la verdad del martirio, solicitaron 
que lo declarase por tal la Iglesia romana. A este]propósito suplicó el P. Vice- 
Provincial Diego de Rosales que se levantase un informe jurídico; y á sus ins- 
tancias lo hizo el maestro D. Alonso Fernandez de Córdoba, á la sazón vicario 
general de Santiago, ante el notario público Francisco Vejarano (-f ). De sus 
preguntas extractaremos aqui lo que nos parezca más digno de memoria. A la 
2.' pregunta, contestaron todos unánimemente que hablan sido varones de 
santa vida y raro ejemplo. A la 3.*, 4.' y 5.*, que hablan muerto por obedien- 
cia, y por el deseo que tenían de reducir á los indios infieles. A la 11 .*, es de- 
cir, sobre la revelación tenida en Córdoba por el H. Alonso Rangel, contesta- 
ron unos que no sabian de ella, otros afirmaron ser cierta; sobre todo el Padre 
Juan de Albiz, que tenia particular noticia de todo lo sucedido^ atestiguó que 



(1) P. Olivares, cap. iv, g 56.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. VII, cap. xu, n.° 2.— (3) El P. Ro- 
sales en la vida del P. Moscoso atestigua haberlas visto él mismo.— (+) £1 K Olivares en su 
Historia de Chile, lib. Y, cap. xxi, trae los nombres de los testigos que depusieron á favor 
del martirio. 



270 CAP. XXV 161 í 

caminando el tal H. con algunos compañeros tuvo revelación deque tres jesuí- 
tas estaban muriendo á manos de los infieles en la provincia de Elicura; por 
lo cual, vuelto á sus compañeros, exclamó: <t¡Qué hacemos, R.' PP. y carísi- 
mos E.% que nuestros H/ están derramando la sangre por Cristo en Chile!» 
Entonces apuntaron cuidadosamente el dia en que les anunciaba esta nueva; y 
habiéndosela comunicado después al P. Provincial, se halló estar conforme 
con la verdad del hecho. A la 15.* sobre sus apariciones, respondieron el Pa- 
dre Albiz, Juan de Mendoza, el capitán Fernandez, y el capitán Juan de Ye- 
lazquez, que no las hablan oido referir; mas el licenciado Alonso de Yenegas 
depuso que él mismo las habia leido en una declaración, que por obediencia 
escribió al P. Agustín de Villaza, en la cual este aseguraba que al pronunciar 
en la misa las palabras quorum reliquim hic sunt, los habia visto ante el trono 
de Dios. A la 16.' respondieron los más que el eximio Dr. P. Suarez, informa- 
do del caso por el P. Juan de Yiana, que á propósito habia ido á Ebora para 
consultarle sobre él, habia contestado terminantemente; «que los PP. muertos 
en Elicura eran verdaderos mártires, y que por lo mismo debia pedirse la de- 
claración de su martirio.» 

31. Escribieron la vida de los tres el P. Luis de Valdivia en la Relación de 
su jornada, y en la de este martirio; el P. Alonso de Ovalleen su Noticia del 
Reino de Chile; el P. Ensebio Nieremberg en sus Varones ilustres; el P. Felipe 
Alegambe en su Bibliotheca Scriptorum S. J,; el P. Juan de Rho en su Histo- 
ria varia; el P. Juan Nadasi en su Año de días memorables; el Menológio de la 
Compañía, los Fastos de la misma, Gerónimo Lunadoro en la Relación á la cu- 
ria romana, y la Provincia de Francia en su Poema épico dirigido al Papa Ale- 
jandro VII (1). A estos, pues, remitiendo al piadoso lector, solo diremos aquí 
con brevedad lo siguiente. 

32. El P. Martin de Aranda Valdivia nació en el año 1560 en Villarrica, 
ciudad que era de Chile, de noble familia. Su padre fué uno de los primeros 
conquistadores de[este^Reino, pariente cercano del P. Luis de Valdivia y del 
gobernador D. Pedro del mismo nombre. Aprendidas en su patria las pri- 
meras letras y la lengua latina, se alistó en la milicia; y peleando contra los 
araucanos habia ascendido á capitán de caballería, cuando de edad de veinte 
y seis años fué nombrado en premio de sus servicios corregidor de Riobamba 
en el Reino de Quito; cargo que desempeñó con la mayor integridad y religio- 
sidad. Después de haber 'sofocado una conjuración urdida contra su real Ma- 
jestad, fué á Lima, donde hizo los santos ejercicios en nuestro noviciado; y el 
Señor le dio á conocer en ellos la^vanidad de las cosas mundanas, y le infun- 
dió vivos deseos de entrar en la Compañía. Efectivamente fué admitido en ella, 
no para H. coadjutor como él pretendía, sino para sacerdote el 12 de Mayo de 
1592. Entregóse con ahinco á la oración, mortificación y ejercicio de las de- 
más virtudes. Concluido] eL noviciado en Lima, y estudiada la teología moral 
en el Cuzco, fué enviado por sus instancias á la misión de Chunche por No- 



cí) P. Lozano, ibidem, lib. VII, cap. xa, n.° 7. 



1612 CAP. XXV 271 

YÍeoibre de 1596. Después de mil trabajos en largos y penosísimos viajes, sin 
hai)er logrado sus intentos^ que se frustraron completamente con el martirio 
que dieron los chunches por el mes de Agosto del 1597 al P. Urrea, volvió al 
año á Lima, de donde fué devuelto á Chile su patria. Nacido en Yillarrica, po- 
seía perfectamente el idioma de los araucanos; por lo cual, y por el celo, valor 
y constancia de que tantas pruebas habia dado, lo mandó el P. Provincial en 
1608 y 1611 á Arauco; donde hizo el fruto, que dijimos en el cap. XVII nú- 
mero 3, y cap. XXI núm. 4. Poco después de haber regresado del Perú á Chi- 
le le dieron el grado de coadjutor espiritual formado por Diciembre de 1599 
teniendo unos siete afios de Compañía; grado que no suele, ni debe darse antes 
de los diez sin causas gravísimas. Por tanto esto prueba los progresos que habia 
hecho en la virtud, y la confianza que en él tenían los superiores. Por último, 
fué enviado por tercera vez á los indios, en cuyas manos, como acabamos de 
contar, murió mártir el 14 de Diciembre de 1612, teniendo cincuenta y dos 
afios de edad, y veinte con nueve meses de Compañía, y trece de coadjutor es- 
piritual formado en ella. • 

33. Dotado de un genio vivo, carácter noble, espíritu emprendedor, ánimo 
resuelto y corazón constante, tan pronto como abandonó la brillante carrera 
que habia iniciado en el siglo, para alistarse en la Compañía de Jesús, hizo 
grandes progresos en el camino de la virtud. Su primer conato fué vencerse á 
si mismo, domando las siniestras inclinaciones que senlia como hijo de Adán, 
acostumbrando su cuerpo á toda clase de privaciones y trabajos por medio de 
la mortificación y penitencia, y abatiendo su orgullo con toda clase de humi- 
llaciones. No solo se dedicó á estos santos ejercicios en el noviciado, sino tam- 
bién en los colegios. Recuerde el lector que lo vimos santamente ocupado 
en ellos el postrer invierno de su vida, con notable edificación de los nuestros 
y del vecindario de Santiago (1). Señalóse en la rigorosa observancia de los 
votos religiosos; jamás tuvo cosa curiosa, ni supérflua; cuando creía no nece- 
sitar de alguna que le hubiesen dado los superiores, al punto se la devolvía. 
Todo su avío en los viajes era una pobre frazadilla; y por cierto que no podía 
esperar muchas comodidades en los alojamientos, porque el país estaba poco 
poblado, y sus raros vecinos bien pobres en aquella época azarosa. Desde que 
entró en la Compañía, se esmeró en la pureza de su alma y cuerpo, con edi- 
ficación y admiración sobre todo de las naciones bárbaras, que recorrió pre- 
dicándoles el santo Evangelio : aunque los misioneros andaban solos , nunca 
permitieron en su casa ni una indiecita para su servicio. Su obediencia siem- 
pre exacta y puntual se perfeccionó hasta el heroísmo; pues que, previendo la 
muerte que le iba á suceder, partió gustoso en virtud de ella de Santiago á la 
frontera, y por la misma se internó entre los indios, tan persuadido de que 
moriría en sus manos, que no quiso admitir los aprestos que le ofrecían como 
para una expedición prolongada. En prueba de ello he aquí un capitulo de la 
mencionada carta anua del año 1612 en que el P. Provincial probaba ser él y 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. VII, cap. xii, n.''28. 



I 



272 CAP. ixv 1611 

sus compañeros verdaderos mártires de Cristo. aYelP. Martin de Aranda de- 
seábalo vivamente (el ir á los indios); pero negociábalo á solas con Dios Nuestro 
Señor, solo diciéndome á mi que él estaba muy indiferente, y que no se atre-- 
via á pedirlo por ser tan gran pecador : y despidiéndose de algunos de casa y de 
fuera^ les dijo que no le verian más, porque deseaba de esta vez dar la vida por 
la salvación de los indios ;y en particular dijo esto al P. Valdivia y ásus com- 
pañeros, cuando se partió de ellos. Nada he dicho de su caridad, que no pudo 
ser mayor, según el testimonio de Cristo : ^majorem caritatem nemo habet^ 
mquam qui animam suam ponit pro amicis suis.» Mucho pudiera decir del celo 
con que solicitó la misión de los chunches, y de lo que padeció para lograr 
catequizarlos ; de la buena voluntad con que por tres veces fué á los arauca- 
nos, y del incansable tesón con que procuraba su conversión y la de los espa- 
ñoles, asi en el ejército y en la frontera, como en Santiago. Desprendido com- 
pletamente de las cosas de este mundo, tenia de continuo su afecto puesto en 
Dios, con quien gustaba mucho de tratar en retirada oración, en la cual reci- 
bió celestiales ilustraciones ; y se enfervorizaba más y más su tierno corazón 
en la devoción, especialmente á Ntro. P. S. Ignacio, á María Santísima^ y al 
Santísimo Sacramento del altar. 

34. £1 P. Horacio Vecchi, su compañero en el martirio como lo habia sido 
en los trabajos apostólicos, nació en la ciudad de Sena de la Toscana por el 
año 1578 de nobles padres, parientes del Papa Alejandro YII. Estos le dedi- 
caron al estudio del derecho civil; mas él, comprendiendo la vanidad y peligro 
de los elevados puestos á que pudiera ascender por aquella carrera, la aban- 
donó para entrar en la Compañía de Jesús, como lo hizo en S. Andrés de Ro- 
ma á 9 de Setiembre de 1597. Bien pronto descolló entre sus connovicios ; é 
inflamado su corazón en el amor divino, oyó cierto dia al dar gracias después 
de la comunión, una voz que le aseguraba muy gloriosa muerte en las Indias. 
Después de muchas instancias N. P. General le concedió en 1603 pasase al 
Perú con el P. Diego de Torres. En esta travesía tuvieron que dejarlo en Car- 
tagena por estar gravemente enfermo de calenturas, cuyo remedio era sangrar- 
lo; mas no se hallaba quien supiera hacerlo. Encomendábase á Dios el buen 
P., y no fué vana su oración; pues que rendido al sueño por la mucha fatiga 
y largos pervigilíos (1), no advirtió cómo le acometía un gran murciélago, que 
le abrió la vena de un mordisco: y con aquella sangría amaneció luego en dis- 
posición de continuar su viaje; como en efecto lo hizo, con tanta felicidad y 
presteza, que llegó á Lima días antes que el P. procurador, entrado ya el año 
1604. Allí concluyó su fllosofía y comenzó la teología, que prosiguió en San- 
tiago de Chile, á donde vino en 1607. 

35. Estaba tan aprovechado en la virtud, y ardiaen tan fervoroso celo, que 
interrumpiendo con gusto sus estudios en 1608, lo envió el P. Diego á la tra- 
bajosa y crítica misión de Arauco, en la cual dio los heroicos ejemplos de vir- 
tud, é hizo el fruto que dijimos en el cap. XYII núm. 9. Concluida después la 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. IV, cap, xvi, n.^ 7. 



1612 



CAP. XXV 



273 



teología satisfactoriamente, lo nombraron ministro del colegio; y á pesar de 
las ocupaciones de este cargo su activo celo le proporcionaba bastante tiempo 
para dedicarse á los ministerios. Ardia tanto en el celo de la salvación de los 
araucanos, que pidió ser enviado otra vez á sus tierras con tales instancias, 
que el P. Provincial, no obstante de haberlo destinado para un gobierno ma- 
yor por ver cuan bien desempefüaba el cargo de ministro, le envió á Arauco al 
llegar el P. Luís de Valdivia (1). No desconocía el P. Horacio lo arriesgado de 
SQ empresa; sin embargo partió gustoso, como quien va al lugar de su triunfo; 
y superior á todas lasdiGcultades y peligros, después de haber ejercido los sa- 
grados ministerios con mucho fruto por algunos meses en Concepción y Arau- 
co, entróse á los indios de Elicura. £1 dia 13 pidió entrar hasta Puren, como 
consta de su carta escrita al P. Valdivia, para pacificar y convertir á los mis- 
mos, que al dia siguiente lo coronaron con la aureola del martirio. El cual tu- 
vo lugar dentro la octava de la Purísima Concepción de Maria, de la cual ha- 
bla sido fervoroso y especial devoto, como dijimos al narrar el celo con que 
iostaló y promovió en Arauco su sagrada congregación, que fué un arbitrio 
muy poderoso para corregir las costumbres de aquella milicia; y á María San-' 
tisima acudia siempre con gran confianza cuando tenia entre manos la conver- 
sión de algún gran pecador. 

36. Aunque tuvo poco tiempo para emplearse en los ministerios apostólicos, 
probó bien con los hechos que ardia vivamente en su pecho el sagrado fuego, 
acompafiado de aquel espíritu de mansedumbre que es propio de la verdadera 
caridad. Esta bella armonía del celo con la mansedumbre relucía en todas sus 
palabras, y con ella desde el pulpito cautivaba los corazones; á los cuales di- 
rigía principalmente sus sólidos y patéticos discursos, creyendo ser intolera- 
ble abuso en la predicación halagar los oidos con pomposas frases y la imagi- 
nación con brillantes figuras, dejando frió é indiferente el corazón. A la misma 
armonía se atribula el estar de ordinario su confesonario más concurrido que 
los otros. Fué, asimismo, aplicado á los ejercicios de humildad y mortificación, 
siendo sumamente rigoroso consigo el que era todo suavidad y blandura para 
los demás. Exactísimo en la observancia de los votos religiosos, y enemigo de 
cuanto oliese á curiosidad ó regalo, se complacía en tener para su uso lo más 
despreciable de la casa. Su castidad, puesta á prueba por los araucanos, naso- 
lo salió siempre victoriosa, sino que se granjeó para si y para todos los de la Com- 
pañía la veneración y confianza de aquellos bárbaros sumamente recelosos; y 
brilló tanto en él esta angelical virtud, que conservó pura y sin la menor man- 
cha la virginidad por toda su vida. De su obediencia baste decir que fué obe- 
diente hasta la muerte, y muerte muy cruel. Es verdad que él se ofreció espon- 
táneamente y aun con instancias á ir á Arauco, y luego á entrarse entre los bár- 
baros, siendo patente el peligro de su vida y estando intimamente persuadido 
de que la perderla en sus manos; pero esto no le quita el mérito de la obe- 
diencia, desde que su inmediato superior le mandó en virtud de ella aquel acto 



(1) P. Lozano, ibideni) 11b. YII, cap. xiii, n.*^ 6. 
18 



TOMO 1 



274 CAP. XXV 161Í 

heroico, que será de eterna gloria para nuestro P. Horacio Yecchi, y para per- 
petuo loor de la Compañía. Congratulémonos con él y con esta, y pasemos á 
decir algo del tercer compafiero de aquella corona. 

37. Aunque algunos escriben que el H. Diego de Montalban habla nacido en 
Méjico, el P. Juan Pastor asegura haber sido natural del Reino de Quito. Des- 
pués de haber aprendido el oGcio de sastre, sentó plaza en Lima en un bata- 
llón que venia á Chile. Fué valiente soldado, al par que piadoso cristiano; y 
por ser temeroso de Dios huia del bullicio y licencia de sus conmilitones; su 
modestia se hizo notar en el ejército, y sola su vista enfrenaba á los descom- 
puestos. Jamás quiso comer carne en los dias de vigilia, aunque se les permitía 
á los soldados por la escasez de pescado; é inviolablemente guardó los ayunos 
de la Iglesia (1). Estando de guarnición en Arauco trató con los nuestros; y se 
les aiicíonó tanto que les servia en cuanto le era posible. Habiendo pedido ser 
admitido en la Compañía, lo tuvieron un ano entero en hábito de seglar; y 
viendo cuan bien desempefiaba las diversas ocupaciones de la casa, y cuan 
aventajado estaba en la virtud, lo admitieron en ella por Octubre de 1612. A 
los dos meses pidió al P. Valdivia, puesto de rodillas, le enviase con los Pa- 
dres Yecchi y Aranda; y habiéndoselo otorgado, encontró junto con ellos la 
palma del martirio, siendo el primero á quien mataron aquellos bárbaros al 
pié del altar preparado para el santo sacrificio de la misa, y que sirvió de ara 
en que él ofreció el de su vida. 

38. De grande edificación son las cartas que sobre estas muertes se cambia- 
ron entre los PP. Valdivia y Diego de Torres, y las que remitieron á Roma. 
El lector admira en ellas la santa envidia que les tenian, y la disposición en 
que se hallaban de dar también su vida por la salvación de sus caros indios. 
Ninguna desconfianza ni desaliento se descubre en ellas, ni en su proceder ul- 
terior; antes por lo contrarío, la sentencia de aquel P. de la Iglesia: sanguU 
tnarlyrum semen est christianorum, les hacia esperar la conversión de aquellas 
bárbaras naciones. El ánimo que experimentaban en si mismos y reconocían 
en los demás de su Provincia, les aseguraba que no faltaría quien sustituyese 
á estos gloriosos mártires en sus tareas apostólicas y pacificadoras. Mas este ar- 
diente deseo del martirio no los arrastraba á ser temerarios, ó arriesgados has- 
ta la imprudencia. 

39. El P. Valdivia habla ordenado á los PP. Modolell y Parício que entra- 
ran simultáneamente á Puren por Catiray; pero á penas supo las muertes de 
los otros, cuando revocó su orden (2). Felizmente el P. Modolell^ habiéndolas 
sabido estando aún en camino, suspendió su marcha, y escribió á aquel, con- 
sultándole lo que debiera hacer; aunque con formal protesta de estar dis- 
puestos él y su compafiero á exponerse al martirio, si asi lo disponía la santa 
obediencia. Evitado ya el peligro de otro caso desastroso, lo que más cuidado 
daba al P. Valdivia eran los elicuranos, recien reducidos á la paz y amistad de 
los espafioles; y más todavía lo tenia de que estos no rechazasen sus arbitrios 
conducentes á ella. 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xiii, o.' 11— (2) P. Olivares, cap. n, S 1. 



161Í CAP. XXV 275 

iO. Por tanto, su primera diligencia fué escribir á los caciques de aquella 
regua, consolándoles en aquella funesta catástrofe, asegurándoles que él y los 
jefes españoles estaban bien persuadidos de que ellos no hablan tenido la me- 
nor parte en la muerte de los jesuítas; y después de varias razones con que los 
consolaba y animaba, concluía exhortándolos á la paz que hablan estipulado 
en Paycavi. Otro tanto acababa de hacer en persona y con feliz resultado con 
los caciques de Lebú. 

il. Útil cuanto puede desearse fué esta su diligencia, porque, reconocidos 
los de Elicura á esta fineza y á la confianza que les manifestaba, ratificaron el 
tratado anterior, no solo ellos, sino también las otras siete reguas de Puren; y 
en seguida todas juntas acometieron álos pellabuenes, les quitaron su presa y 
rescataron los cautivos. Habiendo escarmentado asi á Anganamun, resolvieron 
de común acuerdo obligar, más que fuera con las armas, á los de la Imperial, 
Osorno y Valdivia á mantenerse en la resolución que hablan tomado de ad- 
mitir la paz. Con este plan tan interesante escribieron al P. Valdivia, pidién- 
dole auxilio de tropas en caso necesario; y (1) este, deseoso de aprovechar tan 
buena disposición, escribió al Gobernador aconsejándole les diese un pronto 
socorro, asi de soldados espafioles, como de indios amigos de Tucapel, Arau- 
co y Catiray; bien persuadido de que esta sola demostración de energía con- 
tra los inconstantes , y de adhesión á los amigos bastaría para consolidar 
la paz. 



(i) P. Olivares, cap. u, g 1. 



276 CAP. XXVI 161S 



CAPÍTULO XXYI 

1. Ribera se enajena del P, Valdivia. — 2. Persecución de la Compañía. — 3. Extraor- 
dinarias retractaciones. --i. Heroica resistencia de una india. — 5. Desacato contra 
S. Ignacio. — 6. El P. Fonseca sustrae sus dimisorias. — 7. Es declarado apóstata. — 
8. Y despedido por el General. — 9. Fúndase colegio en Tucuman. — 10. Al ir allá el 
Provirtcial deja en su lugar al P. Valdivia. — 11. Misiones por Mendoza. — 12. Fruto 
en la Barranca. — 13. Y en el valle de Uco. — 14. Vuelve alas Lagunas el P. Pastor. 
— 15. Reconoce el fruto de la misión anterior. — 16. Eoccursiones á lugares más re- 
motos. — 17. Progresos de aquella residencia. — 18. Ribera rompe las hostilidades. — 
19. El P. Valdivia funda tres misiones. — 20. El Virrey manda pagarles el sínodo 
entero. — 21. Fruto en la deArauco. — 22. Trasládase á Buena-Esperanza la deMon* 
terrey. — 23. Ventajas de su situación. — 24. Fruto en ella. — 25. Graves peligros de 
perecer. — ^26. Prevenciones contra el bautismo. — 27. Conversiones providenciales. — 
28. Congregación de Ntra. Sra. — 29. El P. Torrellas reduce á los deLebú. — 30. Su 
utilidad para las paces. — 31. Conversiones de aquel ano.— 32. Se suprime esta mi- 
sión. — 33. El P. Venegas hace la visita en Chiloé. — St. Su buen éxito. — 35. Fruto 
de la misión que con la visita les hace. — 36. Los de Osomo envian á Chiloé á averi- 
guar la verdad. — 37. Y á dar la paz. — 38. Conveniencia de un colegio en Concep- 
ción. — 39. El P. Valdivia lo funda; y sus bienhechores. --40. Sus estudios^ y minis- 
terios. — 41 . La venida del P. Venegas desengaña á muchos. — 42. El P. Valdivia lo 
remite á Lima. — 43. Ribera despacha sus procuradores á Madrid. — 44. Y el P. Val- 
divia envia al P. Gaspar Sobrino. 

1. Grave y bien diversa fué la sensación que la noticia de estas infaustas 
muertes causó en los vecinos de este Reino: algunos se desanimaron, otros se 
exasperaron, y no faltaron quienes creyesen haber hallado una ocasión opor- 
tuna para robustecer su oposición al sistema de guerra puramente defensiva, 
lisonjeándose con la confianza del completo triunfo de su opinión. Estos ha- 
blaron en seguida al Gobernador con tales sofismas y falsa elocuencia, y su- 
pieron pintarle con tan vivos colores la felonía de los indios, y las desgracias 
que, á su juicio, iba á traer á todo Chile el plan del P. Valdivia, que lo aluci- 
naron hasta el extremo de enajenarlo totalmente de aquel su amigo y favore- 
cedor; y aun le indujeron á negarle su apoyo, y los auxilios necesarios para el 
buen desempeño de su alta comisión. En efecto; al recibir las cartas mencio- 
nadas al fin del capitulo anterior, no solo no le contestó favorablemente, sino 
que impartió sus órdenes á los jefes de la frontera, para que no destacaran ni 
un solo soldado á la proyectada expedición, ni auxiliaran al P. en ninguna de 
semejantes tentativas. Este fué el mayor contratiempo que pudiera sobrevenir- 
le; y aunque previo desde luego todas sus funestas consecuencias, por su gran 
confianza en Dios, no se acobardó (1). Con el abandono del Gobernador co- 



cí) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. iv, n.^ 8. 



1612 



CAP. XXVI 



277 



braroD alas sus contrarios; y no contentos con reprobar sus arbitrios, desen- 
tendiéndose de los buenos resultados que habian producido en aquellos seis 
meses, se desbocaron contra él furiosamente, interpretando mal sus acciones, 
y aun levantándole manifiestas calumnias. Cundió tanto este desenfreno, que 
hasta tomaron parte en él algunos eclesiásticos (+) no solo en conversaciones 
privadas, sino también en actos públicos. 

2. Exaltadas, 6 por mejor decir, desmandadas hasta tal extremo las pasio- 
nes, no es de extrafiar que calumniasen también al P. Diego de Torres que 
como Provincial dirigía los pasos del P. Valdivia , y á toda la Gompaíüía que 
los apoyaba y procuraba llevar adelante , contribuyendo cada uno de sus hi* 
jos, cuanto sus fuerzas y circunstancias lo permitían, á pacificar el Reino y 
reducir á los indios, á fin de convertirlos á todos , y hacer de ellos una na- 
ción civilizada y verdaderamente cristiana. Decíase públicamente que la Com- 
pañía debia ser desterrada por conveniencia pública; y para lograrlo forjaban 
las calumnias más atroces, no solo contra el cuerpo en general, sino contra los 
individuos en particular (1). Soportaban estos tamafia tribulación con invicta 
paciencia, y notable edificación de los que con ánimo despreocupado los ob- 
servaban. Pero Dios que nunca abandona á los suyos, volvió pronto por ellos. 

3. Cierto sujeto habia levantado un gravísimo testimonio contra uno de los 
nuestros, precisamente porque le habia quitado la ocasión de su ruina espiri- 
tual en una india; mas al poco tiempo vióse tan reciamente atormentado por 
los remordimientos de su conciencia, que se fué hasta Chillan, donde estaba 
entonces el ofendido P., y por medio del Rdo. comendador de la Merced le pi- 
dió perdón. Contestóle el P. que le perdonaba por su parte, pero que no siendo 
dueño del honor de su orden, era preciso que se lo restituyese. Convencido de 
esta necesidad el calumniador se desdijo públicamente del falso testimonio que 
le habia levantado. Lo mismo hizo, movido con este ejemplo, otro individuo 
que habia calumniado á otro de los nuestros; y si bien en estas y otras seme- 
jantes retractaciones se ve la mano de Dios, más claramente reluce todavía en 
otro hecho, que entonces mismo sucedió. 

4. Un capitán de Arauco, que públicamente habia infamado á uno de los 
misioneros, procuró á fin de tener cómo probar su calumnia, inducir á una 
india á que dijese haber estado el P. con ella. Con diabólica malicia se lo pre- 
guntaba con mil artificios allá á solas, mas teniendo escondidos á sus amigos 
donde pudiesen oirlo, para que le sirviesen de testigos; pero la india siempre 
lo negó, contestando que el P. era un santo. Entró su amo en complot con el 
tal capitán, y lo que este no habia podido conseguir con maña, quiso él lograr- 
lo por fuerza (2). Azotóla fuertemente una y otra vez; pero la india, fiel á la 
verdad é inmoble en medio de los tormentos, no quiso contribuir á la calum-* 



(-f ) En UD informe remitido en aqnel tiempo al Rey, se dice que el P. Francisco Gómez 
predicó contra los arbitrios del P. Valdivia, y que por ello lo desterraron de Chile : m as no 
es de creer, por cuanto lo enviaron de superior á Buenos-Aires en circunstancias bien crí- 
ticas, que necesitaban un hombre de confianza ; como di]imos en su lugar.— (1) P. Lozano, 
ibídem, Ub. VII, cap. xiv, n.'^ld.— (2) P. Lozano, ibídem, lib. Vil, cap. xiv, n."* 16. 



278 CAP. Mvi 1613 

nia. Ejemplar constancia, que fuera digna de todo elogio en una noble matro- 
na, y lo es mucho más en un india poco antes convertida á la fe. Este hecho 
fué denunciado á los PP., y con juramento, por el capitán Cosme de Gasanoya 
que lo habla presenciado. 

5. Otros forjaron que uno de los jesuítas habia detenido un pliego de su 
Majestad para el Gobernador. Hizose vulgar y fué bastante creída esta anéc- 
dota, á causa de haberse atrasado el correo que lo traia; pero llegado después 
de algunos meses, se patentizó la verdad. Contar los falsos testimonios con que 
se pretendía desdorar á la Compañía, porque les queria quitar las granjerias 
de las malocas y el servicio personal, y les traia los arbitrios aprobados por el 
Rey, seria materia de una larga relación, como escribía el P. Provincial en 
una carta que no juzgo oportuno insertar aquí (1). Bástame decir que, ciegos 
los émulos de la Compañía por la pasión, llegaron á reprobar altamente el que 
la imagen de Ntro. Sto. P. Ignacio, entonces ya beatificado, se pusiese en un 
altar de nuestro colegio; y no faltó sacerdote que osara improbarlo desde el 
pulpito (2). Oyólo con escándalo la piedad cristiana; pero nadie lo reprimió, 
porque no solo el Gobernador, sino también el prelado eclesiástico eran ad- 
versos á nuestras cosas; y el desafecto cegó sus ojos para no repararen la gran- 
deza del desacato, y les trabó las manos para no proceder al debido castigo. 
Antes bien su Sria. lima, hasta pretendió obligarlos á pagar los diezmos de 
que les eximia el derecho canónico; y cabalmente cuando los seglares les ne- 
gaban los recursos, para obligarlos á contemporizar con ellos, ó á abandonar el 
país. Grandes fueron sus apuros; pero, si bien acrecentaron sus deudas, que 
ya ascendían á muchos ducados (3), no les faltó con que pasar la vida enton- 
ces, ni con que satisfacer sus deudas después. 

6. Llegado era en Chile para la Compañía de Jesús el {lempo de la tribula- 
ción, y tenia que sufrirla aun por los caminos más dolorosos. Triste es sufrir 
por parte de los extraños; pero lo es mucho más sufrir por parte de sus pro- 
pios hijos. He aquí la prueba que soportaron entonces, tanto más sensible cuan- 
to es más rara en la Compañía, por la subordinación que reina de ordinario 
en los subditos para con sus superiores, y la buena armonía de los PP. y Her- 
manos entre sí. El caso fué que el P. Manuel de Fonseca, portugués de nación, 
hombre de capacidad y catedrático de teología, no pudiendo soportar por su 
espíritu poco religioso las paternales amonestaciones y caritativa corrección de 
los superiores, pidió ser despedido de la Compañía, alegando por título la po- 
breza de su madre (4). Como pudiese mejor subvenir á esta necesidad en el 
Perú que en Chile, y recelase el Provincial que su presencia en esta después 
de expulso no fuese dañosa á la Compañía en aquellas críticas circunstancias, 
lo enviaba allá con el P. Antonio de Ureña; quien llevaba sus dimisorias, in- 
clusas en un pliego de importantes comunicaciones, para que en Lima el Pa- 
dre Cristóbal de Obando, que iba de procurador á Roma, se las entregase, bajo 



(1) Carta anua del año 1612.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. YII, cap. xiv, n."" 21.-<8) Carta 
ánna del año 1612.— (I) P. Lozano, ibidem, lib. YII, cap. xv, n.° 2. 






1613 CAP. XXVI 279 

la condición precisa, en que él habia ya convenido y firmádola de su mano 
conjuramento, de no volver más á este Reino (1). Pero en llegando á Yalpa- 
raiso se las sacó furtivamente, y se vino con ellas á Santiago; donde refugián- 
dose en S. Francisco, las hizo presentar al Obispo, seguro de que este le pres- 
taría su favor en razón del desafecto que nos tenia; como realmente lo hizo, y 
con aplauso de nuestros émulos. 

7. Hallóse forzado el P. Provincial á usar de nuestros privilegios; en virtud 
de los cuales, nombrando por notario apostólico al P. Baltasar de Pliego, pre- 
sentó á su Sria. lima, las bulas pontificias, junto con ios documentos por donde 
constaba cómo el P. Manuel Fonseca era apóstata de la Gompañia, y como á tal 
excomulgado y privado de decir misa (1). No hizo caso de esto su Sria. Ilustri- 
sima, antes bien atrepellando por todo, amparó á Fonseca en el uso de sus di- 
misorías. En vano el Provincial quiso nombrar juez conservador; porque no 
halló apoyo en la real audiencia, en razón de estar algunos de sus oidores dis- 
gustados con la Gompafiia, á causado ios arbitrios de paz, que ya iba ejecutan- 
do el P. Valdivia. El Obispo favorecia al apóstata con tanto descaro, que le 
dejó predicar tres veces en la catedral, y (3) procuró celebrase en cierta fiesta 
solemne que hacian los PP. de Sto. Domingo, con asistencia de las comunida- 
des. Como es natural los de la Gompafiia se levantaron asi que lo vieron en el 
altar, por no comunicar in sacris con un excomulgado; y cayendo en la cuenta 
los PP. dominicos, que abiertamente hablan estado de parte de la Gompafiia 
en aquella causa, le obligaron á retirarse. El mismo parecer siguieron los Pa- 
dres de la Merced, el licenciado Gabriel Sánchez de Ojeda, el fiscal de esta real 
audiencia, D. Juan Gajal, uno de sus oidores y la universidad de Lima: hasta 
el Exmo. Virrey del Perú escribió en favor de la Compañía al Obispo y al pre- 
sidente, aunque no obtuvo ningún resultado. 

8. Tres años tuvieron asi suspenso á Fonseca; y no hallando cómo aplicarle 
las penas canónicas, ni cómo reducirlo, nuestro P. General le dio las dimisorias 
absolutas. Al parecer triunfaron él y sus favorecedores; mas estos tuvieron 
pronto que arrepentirse de haberle prestado su amparo; porque al verse libre 
y colocado honoríficamente, se volvió contra ellos, justificando con su ingrata 
conducta (4) la de la Compañía, y escarmentando á ios que lo hablan apoyado 
por odio á ella. ¡Cuan diversa fué la correspondencia que tuvo con la Gompa- 
fiia el limo. Sr. que le sucedió al Sr. Pérez Espinosa en esta silla de Santiago! 

9. Este fué el ilustrado y virtuoso D. Francisco Salcedo, quien, siendo á la 
sazón simple presbitero, determinó fundar en la ciudad del Tucuman un cole- 
gio para la Compañía. La fundación de un colegio en aquellos principios, cuan- 
do esta á penas tenia en las gobernaciones del Tucuman, Buenos-Aires y Pa- 
raguay casas en que albergar ásus hijos; en unos tiempos en que estos se veian 



(t) £n la Biblioteca nacional de Santiago se conserva un testimonio de esto, y la carta con 
que el P. Torres lo comunicaba ai P. procurador general en Madrid. Entre los papeles de 
Baenos-Aires legajo 346.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xv, n.* 6.— (3) En el citado 
documento se hallan algunos otros pormenores del caso.— (I) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, 
cap. XV, n.** 10. 



280 GAP. xxTi 1613 

tan perseguidos y escasos de recursos por efecto de la persecución; y en San 
Miguel del Tucumau, ciudad tan ventajosa para nuestros ministerios, no po* 
podia dejar de interesar sobremanera al superior de esta Provincia. Por esto se 
fué allá cuanto antes, llevándose consigo al P. Diego de Boroa con nueve jó- 
venes chilenos, que este condujo al noviciado de Córdoba. Todos ellos eran 
discípulos de nuestro convictorio del Beato Campiano, en el cual al par de las 
letras progresaba la virtud; y por cierto que no seria común la de estos jóve- 
nes, cuando se resolvieron á dejar su cara patria, para entrar en una orden 
religiosa entonces atrozmente calumniada y cruelmente perseguida en el pais 
á donde iban, con ocasión del servicio personal, y en el de su nacimiento por 
esto mismo y por los arbitrios de paz (1). Muchos otros hablan solicitado ser 
admitidos; pero solo lo fueron entonces los nueve más capaces y más aprove- 
chados en la virtud. 

10. Al partirse el P. Torres dejó por Vice-Provincial al P. Luis de Valdi- 
via, extendiéndole para todo Chile las facultades que para las misiones del sur 
le habia dado el P. General; y por catedrático de teología dejó al P. Juan Pas- 
tor, sacándole de Mendoza, á donde envió por superior al P. Juan de Huma- 
nes, disponiendo cuanto creyó conveniente para que continuasen allí con fruto 
nuestros ministerios, y se conservasen la disciplina y espíritu religioso, que fué 
lo que más encarecidamente le recomendó. Tan acelerado fué el viaje del Padre 
Provincial, que habiendo partido de Santiago de Chile á fines de Abril, llegó á 
Córdoba del Tucuman el 23 de Mayo de aquel mismo afio de 1613, después 
de haber visitado al pasar por Mendoza aquella residencia con gran consuelo 
y no menos satisfacción, por ver los grandes progresos que habia hecho bajo 
la dirección del P. Juan Pastor. 

11. Este celoso misionero habia hecho otras varias salidas por las chacras 
de aquel extenso distrito en los años 1611 y 1612. En cada una de estas cor- 
rerías empleaba un mes, colocando su altar portátil en tres ó cuatro puntos 
distintos á donde convocaba á los vecinos de dos ó tres chacras; y sin que 
desatendiera á los españoles, era su principal cuidado buscar á los pobrecitos 
indios; los fieles para catequizarlos y confesarlos, y los infieles para reducir- 
los al gremio de nuestra madre la Iglesia. En efecto; á él redujo más de cin- 
cuenta gentiles, á los cuales, después de haberlos doctrinado muy bien, admi- 
nistró el santo bautismo; y á algunos el sacramento del matrimonio, que ad- 
ministró también á no pocos de los bautizados anteriormente. Ponia en esto 
especial cuidado, por la gran dificultad de que viviesen honestamente que- 
dando solteros (2). Entrado el invierno, cuando creyó encontrar en sus ran- 
chos á los indios de los valles de la Barranca y de Üco, partióse para ellos, 
exponiéndose á los rigores de dicha estación, y á las molestias que le son con- 
siguientes; mucho más en lugares donde no habia casas, sino miserables ran- 
chos, ni menos iglesia (3). En llegando al de la Barranca hizo dos listas; una 



(1) P. Lozano, Ibidem, Ub. Vil, cap. xvii, n.*» 14.— («) P. Olivares, cap, m, $ 1.— (3) P. Tor- 
res en su carta anua. 



r 



1611 CAP. XXVI 281 

de los infieles, y otra de los ya bautizados, para que ninguno se le quedara sin 
confesión, ó sin bautismo. Fué cosa que sorprendió mucho á los españoles ver 
la puntualidad y exactitud con que todos se le presentaban para ser inscritos 
en su lista respectiva; siendo asi que se dispersaban por los montes ó por 
los campos siempre que otros pretendían hacerlas. La razón que ellos dieron 
es convincente, á la par que honorífica á la Gompafiía. «Estamos persuadi- 
dos, contestaron, que estos no buscan ni nuestra plata, ni el servicio de nues- 
tras personas ; sino nuestro bienestar acá en la tierra y el modo de conducir- 
nos al cielo.» 

12. Por estar la población de este valle muy disminuida á causa de las ex- 
torsiones del servicio personal, y de la violenta traslación de sus naturales al 
Reino de Chile, levantó el P. Pastor descapillas en lugares bien distantes en- 
tre si, para facilitarles el concurso. Correspondieron los vecinos fielmente á 
sus paternales desvelos , no solo concurriendo puntualmente á las horas se- 
ñaladas, sino también por el entusiasmo con que se aplicaron á aprender 
las cosas de su salvación , valiéndose de los mencionados palitos , ó nudos 
en alivio de su memoria. Rarísimos eran los que se hubiesen confesado , y 
algunos ni el bautismo hablan recibido; y el P. antes de partirse tuvo el con- 
suelo de dejarlos á todos cristianos, confesados á los que de antemano lo eran, y 
casados la mayor parte de los adultos según los ritos de la Iglesia; pues antes 
muchos lo hacian según los gentílicos, con desdoro y profanación del santo 
bautismo. No seria de extrañar que algunos lectores tuviesen por exageradas 
estas conversiones, ó á lo menos la instrucción de aquellos indios (1). Algún 
recelo tuvo de ello el cura de aquel lugar; pero se desengañó completamente 
cuando yendo por allá algunos meses después, y preguntándoles la doctrina, 
los oyó responder con presteza, acierto y dicernimiento. Cobró con esto mayor 
estimación de nuestros PP.; y reprendióse á si mismo por su pasado descuido 
en catequizar á aquellos pobrecitos indios, que no obstante su abandono y ru- 
deza, eran capaces de aprender con tanta prontitud y claridad los misterios de 
nuestra religión santa, y los deberes que ella nos impone. 

13. Otro tanto hizo el P. Pastor en el valle de Uco, que habia corrido una 
suerte análoga al de la Barranca en la disminución de sus moradores y en el 
espiritual abandono, con hallarse á unas veinte y cuatro leguas de la ciudad y 
tener sus ganados en él los españoles. Con las mismas diligencias los evange- 
lizó, y obtuvo los mismos felices resultados; su respectivo cura sufrió igual sor- 
presa que el anterior, y se resolvió á imitar al jesuíta en instruir á su indios. 
Asi estos como los de la Barranca admiraron grandemente su desinterés; pues no 
solo se abstuvo de recibir cosa alguna por los ministerios, según nuestra regla, 
sino que les repartía con liberalidad de lo que llevaba para su avio (2). Apro- 
ximándose el dia 31 de Julio del año 1611 regresó á la ciudad, para celebrar 
la fiesta de Ntro. Sto. P. Ignacio. Antes que él llegó la noticia de las proezas 
que acababa de hacer en aquellos valles, y fué una tácita vindicación de la 



(1) P. OUvares, cap. m, S 1.— (f ) P. Olivares, cap. iii, g 1. 



I 



282 CAP. XXVI 1611 



Compañía, y una antorcha luminosa que alumbrando los entendimientos, 
despreocupó á muchos de los que más se habian prevenido contra ella por lo 
del servicio personal. Los espafioles en general le recibieron con diverso sem- 
blante; y agradecidos, en especial los encomenderos, á lo mucho que trabaja- 
ban los jesuítas en ayudar á sus indios, cobraron deseos de conservarlos en 
su país. 

14. Estos deseos se acrecentaron cuando vieron que en el mismo dia de la 
octava de Ntro. Sto. P. Ignacio partía de nuevo para las Lagunas, es decir, 
para aquella misión que afio y medio atrás casi le costó la vida. Al llegar á 
ellas consolóse grandemente por reconocer la puntualidad con que se habian 
reunido en las capillas los dias festivos, según les habla recomendado, y la di- 
ligencia con que los fiscales les habian ensenado la doctrina (1). Indio hubo 
que no contento con esto, la ensenaba cada dia á sus hijos, no solo haciéndo- 
sela rezar, sino explicándosela como si fuera un cristiano muy antiguo, ó un 
celoso catequista ¡Qué confusión para tantos padres de familia que descuidan 
enseñarla á los suyos! Hallándolos bien intruidos en los puntos principales de 
la doctrina, pudo pasar adelante haciéndoles más profundas explicaciones de 
sus sagrados misterios, é inspirarles varias prácticas de piedad y particulares 
devociones, que aprendían gustosos; porque, hambrientas de la celestial doc^ 
trina aquellas pobres y sencillas gentes, recibían sus instrucciones como si 
fueran de la boca de un ángel. 

15. Más de un mes estuvo entre ellos doctrinándolos, confesándolos y admi- 
nistrándoles los otros sacramentos, con tanto trabajo, en razón del afán con 
que todos á él acudían, que á penas le quedaba un rato de tiempo para tomar 
el alimento y el preciso descanso del sueño. Bautizó más de cincuenta, confe- 
só unos doscientos y casó á muchos. Lo que más gratamente le sorprendió fué 
la pureza de costumbres que habian observado tanto los neóGtos, como los cris- 
tianos alg^ más antiguos, reconociendo asi con la experiencia, que muchos de 
los pasados excesos eran efecto más bien de ignorancia que de malicia. ¡Ojalá 
que todos los sacerdotes comprendiesen el gran fruto que podrían hacer evan- 
gelizando de vez en cuando á las gentes de la campiña, especialmente á las que 
viven en lugares remotos, libres del tráfico y bullicio del mundo! 

16. Estos felices resultados alentaban cada dia más el espíritu emprendedor 
del P. Juan Pastor; el cual reconociendo que su compañero el P. Diosdado sa- 
bia ya el quichua, el huarpe y otro idioma de los indios que vivian en el dis- 
trito de Mendoza, y que por lo tanto podria atenderlos durante su ausencia, 
se internó á lugares más remotos, que jamás habian sido visitados por ningún 
operario evangélico. Omito referir los grandes trabajos que pasó en estas pro- 
longadas excursiones apostólicas, en que muchas veces no tenia más alimento 
que la algarroba, y los peligros que arrostró , entrándose solo , sin armas ni 
escolta, entre naciones bárbaras y enemigas del nombre español. Mas él, pues- 
ta su confianza en Dios, se metió entre ellos^ y les predicó el santo Evangelio; 



(1) P. Ovalle, lib. VIII, cap. xii. 






1612 GAP. xxYi 283 

y después de haber convertido á muchos, y dispuesto á otros para las ulterio- 
res excursioDes que por allá harían sus compañeros, regresó á su colegio, fla- 
co^ extenuado y casi desnudo; pero cargado de despojos para el cielo. 

17. No dejó tampoco el Señor de recompensar en parte sus trabajos acá en 
la tierra, moviendo los corazones de los vecinos á que favoreciesen aquella re- 
sidencia. En el 1609 le vimos mendigando de puerta en puerta el sustento de 
cadadia; mas en el 1612, hallándose su pequeña comunidad provista de lo 
necesario para la vida á causa de la generosidad de los bienechores , entre los 
cuales merece un recuerdo de gratituti el capitán José de Montes que por tres 
años los mantuvo, y decia que gastarla gustoso cuanto tenia con tal que aque- 
lla provincia gozara del gran bien que los PP. hacian en la ciudad y en las 
misiones, emprendió el P. Pastor algunas obras para proporcionar una habi- 
tación decente á los siervos del Señor. Ya fuese por la escasez de recursos, ó 
por su humildad, él mismo asistía á estas obras; y en cierto dia, animando á 
los oficiales á levantar un pesado madero de algarrobo, les ayudaba con un 
palo largo; pero cayéndoseles el madero, lo derribó á él hiriéndole gravemen- 
te y dejándole sin sentidos y como muerto. Mucho tardó en volver en si; mas 
quiso Dios que á los pocos dias sanase perfectamente, con admiración de cuan- 
tos vieron y reconocieron su peligro. Animoso estaba el incansable operario 
para emprender nuevas tareas, cuando el Provincial lo llamó á Santiago para 
regentar la cátedra de teología. Antes de salir de Mendoza tuvo el consuelo de 
saber que nuestro P. General Aquaviva habia aprobado la apertura de aquella 
residencia en el año 1611, y el de presentar al capitán Lope de Peña y á su 
esposa Inés de León y Carvajal el titulo de bienechores insignes, que su Pa- 
ternidad con muchos agradecimientos les enviaba (1). Sucedióle en el gobier- 
no de aquella casa el P. Juan de Humanes, quien siguió exactamente las hue- 
llas de su benemérito y ejemplar predecesor. 

18. Cuando llegó á Chile el P. Juan Pastor ya Ribera habia roto las hosti- 
lidades con los araucanos, renovando una guerra que no se interrumpiría en 
veinte y ocho anos, con pérdida de millares de hombres, consumo de millones 
de pesos del real erario, y fatal ruina de la fortuna de muchos particulares. 
Inútilmente protestaba contra ella el P. Valdivia con las reales cédulas en la 
mano, reclamando se estuviese á la defensiva, como en ellas se ordenaba; en 
vano se quejaba de que se atrepellaba la autoridad que precisamente para esto 
el Rey le habia conferido (2); en balde hacia presente la paz que acababan de 
dar los indios de Arauco, Lebú, Paycaví y Tucapel, todos los de Catiray, las 
dosreguas de la cordillera, y las siete de Puren; sin fruto alguno manifestaba 
la sinceridad con que todos estos persistían en la palabra que le hablan dado, 
y la decisión con que pretendían acometer á Anganamun y á cuantos no ad- 
mitiesen la paz (3). Sus émulos no quisieron entender que la rebelión de un 
hombre, por autorizado que fuese, no era un delito de toda la nación; y que 



(1) P. Olivares, cap. iii, S 2 y P. Torres carta anua del año 1612.^(2) P. Olivares, cap. iv, 
8 S.— (3) P. Rosales, Historia de Chile, lib. VI, cap. xvi. 



284 GAP. xxYi 1613 

la perfidia y deslealtad de AngaDamun no era motivo suficiente para deseen- 
tíar de todos los araucanos, mucho menos permaneciendo su inmensa mayoría 
fiel á su palabra. Ciegos por engaño ó por malicia, no vieron ó no se dignaron 
apreciar estas razones; y como el Gobernador tenia la fuerza en su mano, qui- 
so usar de ella contra los mismos guerreros que, depuestas las armas por las 
negociaciones del P. Valdivia, ahora se ofrecían á tomarlas de nuevo en favor 
de la paz, y del alto dominio espaSol. 

19. Para evitar una escandalosa competencia, tuvo que callar por entonces 
el humilde jesuíta; y sin desistir enteraiñente de su plan de pacificación, con* 
trajo su especial cuidado al arreglo y estabilidad de nuestras casas, comenzan- 
do por consolidar las misiones de Arauco, Monterrey y Lebú, para poder desde 
estos puntos avanzados atender en lo posible á la pacificación del pais y con* 
versión de los naturales. Gomo Visitador del Reino y en virtud de las faculta- 
des extrordinarias de que el Rey lo habia revestido (1), fundó estas tres mi- 
siones, asignándoles del real situado, por haberlo decretado asi su Majestad, 
setecientos treinta y dos pesos, por via de limosna, para cada uno de los dos 
misioneros que debian mantenerse en cada una de ellas; conforme á lo tasado 
en Lima por el Virrey, de acuerdo con el Obispo de Quito, oidor de aquella 
audiencia (2). Como gobernador de aquel obispado les dio igualmente la ins- 
titución canónica, en cuanto se necesitara; y últimamente como superior de la 
Compañía aceptó estas fundaciones y destinó los sujetos que las hablan de ser- 
vir, trabajando constantemente para bien de los españoles é indios. En vez del 
finado P. Vecchi oombró por Superior de la de Arauco al P. Antonio Parecí, 
que no hacia falta ya en Monterrey, por haber aprendido bien la lengua de los 
naturales el P. Modolell. Los jefes del ejército aplaudieron esta fundación, y 
para que los misioneros no estuvieseo expuestos á las invasiones de los indios, 
como lo hablan estado los PP. Vecchi y Aranda cuando vivieron en Penque- 
rehua, pueblo que fué invadido y arrasado con muerte de muchos españoles, 
les levantaron casa é iglesia (3) deotro la plaza de armas. En esta iglesia colo- 
caron una grande y bella imagen de Ntra. Sra. del Pópulo, de la cual habla (4) 
Francisco Rascuñan, quien por ser hijo del maestre de campo Alvaro Nufiez 
de Pineda y Rascuñan, entró á educarse en aquella casa siendo de siete años 
de edad, diciendo asi: «Estaba en ella (en la iglesia) una imagen de la Virgen 
Santísima del Pópulo en un lienzo, pintada con tal perfección y arte, que lue- 
go que se entraba por la puerta ponia los ojos fijos y miraba á todos de hito en 
hito. Un dia sobre tardecen otros compañeros niños que allí asistían, concerta- 
mos entrar en la iglesia á ver á la Señora, que miraba á cada uno con notable 
admiración nuestra. Hicimoslo asi; y con temor más que reverencia, nos hin- 
camos de rodillas en frente del altar á donde estaba, y aunque nos pusimos di- 
vididos los unos de los otros, á un tiempo á todos nos miraba cuidadosa y aten- 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. VII, cap. xv, n.'* 17.— (2) P. Gaspar Sobrino en la Defensa del 
P. Valdivia presentada al Rey .---(3) P. Olivares, cap. vni, gl.— (4) En su Cautiverio feliz 
Discurso V> cap. x. 



1612 CAP. XXVI 285 

ta; y con admiración decíamos los unos á ios otros: á mi me está mirando con 
sus serenos ojos fijos en los míos. Y de esta suerte anduvimos mudando luga- 
res, y siempre sus hermosas luces tras de nosotros. Yo, pues, con más curio- 
sidad que mis compañeros, me fui á los rincones de la iglesia, de donde me 
asomaba poco á poco; y al punto que llegaba á descubrir su sereno rostro, 
hermoso y grave, sobre mi puestos hallaba sus lucientes ojos. Yolvi á hacer 
otra prueba de muchacho, que me pareció imposible que en el lugar que me 
puse pudiese mirarme; y fué entrarme debajo de un escaño que para sentarse 
en él estaba en la capilla mayor con otros bancos; saqué por un lado la cabe- 
za, y á penas pude mirarla cuando con más ahinco y más cuidado parece que 
con la vista queria sacarme del oculto lugar en que me habia escondido; retí- 
reme al instante para adentro, y por un resquicio ó abertura del escaño se- 
gunda vez puse los ojos, que tasadamente con uno podía descubrirla, y de la 
misma suerte que si frente á frente estuviese en su presencia, hallaba sus di- 
vinos luceros en mi fijos. De aquí se originó la devoción fervorosa que á esta 
Santísima Señora del Pópulo tengo desde tan tiernos años como he significado; 
debajo de cuya protección y amparo be vivido seguro, atrepellando infinitos 
trabajos y peligros de la vida en esta guerra.» 

20. Por fiera que fuese la persecución contra los nuestros que llevamos di- 
cha, nadie se atrevió á tocar estas tres misiones, asi por el gran provecho que 
sacaban de ellas, como por verlas jurídicamente establecidas. Solo repararon 
en su asignación aquellos mismos que, tal vez, prestando menos servicios y de 
menor importancia al Estado, tiraban del erario mucho mayores sueldos. Por 
algún tiempo solo quisieron pagar la mitad de ella los oficiales reales; pero 
informado de ello el Virrey, marqués de Monlesclaros, obligó á pagarla por 
entero. 

21. En Arauco continuaron el nuevo superior y los PP. Rodrigo Vázquez 
y Agustín de Villaza que con él estaban, las doctrinas y demás ministerios 
entablados por el santo mártir Horacio Vecchi, y sobre todo la congregación 
de Ntra. Señora, con que se logró la conversión de grandes pecadores; siendo 
ella como el lugar de refugio á que se amparaban los convertidos para perse- 
verar en la virtud (1). La mejora de costumbres del ejército español y el au- 
mento de su fe y piedad contribuyó mucho á la conversión de los infieles de 
aquellos contornos, y de otros que venían á aquella plaza, no obstante la guer- 
ra de nuevo emprendida. Estos se veían mejor tratados por los españoles; y re- 
conociendo que este bien les provenía del celo é industrias de nuestros misio- 
neros, en quienes siempre hallaban amparo en sus apuros, consuelo en sus 
aflicciones, alivio en sus trabajos y socorro en sus necesidades, les cobraron 
cada día más amor, y se mostraban más dóciles á su enseñanza. A muchos de 
ellos, no solo párvulos, sino también adultos, administraron el santo bautis- 
mo; que solemnizaron con su asistencia el maestre de campo y sus oficiales y 
con sus salvas las compañías. Los neófitos dieron raros ejemplos de virtud cris- 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. VIII, cap. xxi, n."" 21. 



286 CAP. XXVI 1613 

tiana, acudiendo puntual y devotamente á las prácticas depiedad^ dejando sus 
vicios antiguos y resistiendo á gravísimas tentaciones, como lo comprueban 
los hechos particulares que allí refiere el P. Lozano. 

22. Opimos frutos habia igualmente dado la misión de Monterrey, así en la 
conversión de muchas almas, como en lo relativo á las paces; sin embargo, al 
tiempo de fundarla de un modo estable, tuvo á bien el P. Valdivia el trasla- 
darla á Buena-Esperanza, denominada comunmente la estancia del Rey, por 
cultivarse en ella los trigos para el ejército por mano de los indios, que libres 
de todo encomendero, estaban directa y únicamente sujetos á su real Majes- 
tad (1). Por los naturales llamábase aquel \\xgdLT Huisquitemu, que en su len- 
gua significa cerro del Zorzal; y hoy se llama Rere, por haberse levantado en 
su inmediación la villa de S. Luis de este nombre. En aquel tiempo era un 
fuerte del ejército español, junto al cual levantó el P. Modelell una casa para 
sí y su compañero el P. Juan Bautista Práda, y una iglesia en que poder cele- 
brar los sagrados misterios; todo pequeño y humilde, como suelen serlas cosas 
en sus principios. 

23. Notables eran las conveniencias que les ofrecía este sitio. En primer lu- 
gar los ponía al abrigo de las invasiones de los araucanos; los cuales, abierta 
de nuevo la guerra ofensiva, no contentos con haber alzado toda la tierra al 
sor del Biobio, hacían continuas correrías por el norte del mismo, pasándolo 
y repasándolo, como si fuera un arroyo, á pesar de su anchura, que suele ser 
de una, dos ó tres millas, según los parajes y el estado de las lluvias; y raras 
veces se encajona en un cauce de dos cuadras. En segundo lugar les propor- 
cionaba campo anchuroso para ejercitar los ministerios con los cristianos, por 
estar á cuatro leguas del tercio de S. Felipe de Austria, hoy Yumbel, que de 
ordinario tenia setecientos soldados, y á menor distancia todavía de los fuer- 
tes de Talcamahuida y S. Rosendo, y solo á dos leguas de S. Cristóbal; y po- 
der desde allí recorrer fácilmente los del Nacimiento, Monterrey, Sta. Juana, 
Angol, Gayuhuano y otros menores, que habia entonces ó se pusieron después 
en las márgenes del Biobio. También podían fácilmente, por no tener que va- 
dear ningún rio de consideración, recorrer las estancias ó haciendas de los 
españoles, y las quebradas á que se habían retirado muchos soldados antiguos, 
para dedicarse sosegadamente con sus familias á la agricultura, ó ganadería, 
prestándose excelentemente á una y otra cosa aquellos terrenos. Por último, este 
era el lugar más á propósito para agenciar la conversión de los infieles (2); 
porque á más de los yanaconas que estaban repartidos por las estancias y ca- 
sas de los españoles, y de los indios amigos que servían en el ejército real, 
habia en los fuertes más de mil traídos de varías partes, ó de la tierra de guer- 
ra, y los ocho mil catirayes, que no pudíendo, por haber permanecido fieles 
á los españoles, quedarse en sus tierras una vez renovada la guerra, se habían 
ido á establecerse más cerca de Buena-Esperanza que de Monterrey. Claro está 
que muchos de estos últimos serian infieles, pues lo era aún la mayor parte 



(1) P. Olivares, cap. ii, S 2.— (2) P. Olivares, cap. ii, g 2. 



1613 



GAP. XXTl 



287 



de los allegados y amigos, y muchisimos de los yanaconas; y pocos de los bau- 
tizados tenían todavía la instrucción y moralidad correspondientes al carácter 
de tales. 

2i. Acertada fué por tanto la elección que el P. Valdivia hizo de este lu- 
gar para fundar en él la segunda misión; y los PP. que en Monterrey dieron 
tantas pruebas de un celo verdaderamente apostólico, continuaron aquí en 
darlas con igual ó mayor fervor. Ya solos, ya acompañados los dos, como so- 
lian ir siempre que las circunstancias lo permitían, estaban en continuo mo- 
vimiento para asistir á los enfermos y acudir á los sanos^ atropellando no solo 
por los obstáculos y dificultades que al competente servicio de aquella dilata- 
da misión la naturaleza oponia con sus rios, cerros y quebradas, sino por los 
peligros á que los exponían las frecuentes entradas y correrlas de los arauca- 
nos, capitaneados por el famoso Loncatehua. Veinte y dos hicieron en solo el 
año 1613; mientras que ni una sola hablan hecho en los ocho meses que el 
P. Valdivia , secundado por Ribera , agenció con ellos las paces : por consi- 
guiente llevaban siempre los PP. la vida vendida, por no haber ni camino, ni 
tiempo del todo seguro. Empero el Señor, que como padre cariñoso vela siem- 
pre por los suyos, los defendió constantemente, y á veces con manifiestas se- 
ñales (1) de su singular providencia. 

25. Treinta y nueve dias hablan empleado los dos misioneros con los es- 
pañoles é indios del fuerte de Gayuhuano ó Gayuhueno (-|-), cuando al partir 
para Yumbel fué acompañándolos con veinte y cinco arcabuceros españoles, 
aunque todos creían que les serian bastante defensa veinte y cuatro indios 
amigos (2), el castellano del lugar Gómez de Figueroa, en reconocimiento del 
amor con que lo acababan de asistir en una enfermedad. A los tres cuartos de 
legua se despidió de ellos, y al punto lo asaltaron los enemigos, con quienes 
tuvo un reñido combate; durante el cual los PP. aplicaron las espuelas á sus 
caballos. Mas para mayor susto se encabritó y obstinó en no querer pasar ade- 
lante el del P. Prada, quien por otra parte era muy mal jinete, y al P. Modo- 
lell se le cayó el cáliz y el hostiario; por lo cual fué preciso pararse á recoger- 
los. Pero quiso Dios que al oir el tiroteo la pequeña escolta de Yumbel, que 
habia salido al rio Puchanque á recibirlos, hiciese una descarga como para 
saludarlos, y que oida esta por el enemigo se atemorizase, y no les siguiera el 
alcance (3). No fué asi en otra ocasión, en que yendo el P. Modolell con un 
reUgioso de Sto. Domingo, les salieron los indios; y solo pudieron librarse de 
ellos á uña de caballo, por ser buenos jinetes (4); y aun asi los hubieran cogi- 
do si no se hubiesen acogido al barco. 

26. No eran estos trabajos y peligros lo que más afligía á los misioneros, 
sino la ignorancia ú obstinación en que frecuentemente hallaban á los enfer- 
mos á quienes iban á buscar. Aquellos bárbaros á mas de ser ignorantes, por 



(1) P. Olivares, cap. ii, $!•— (-f-) Como escribe el P. Olivares, quien en sustancia refiere 
este mismo suceso.--{*) P« Lozano, ibidem, lib. VIII, cap. xxi, n.** 26.— (3) P. Olivares, ca- 
pítulo u, S 1-— (4) P. Rosales, Historia de Chile, lib. VI, cap. xvi. 



288 CAP. XXVI 1613 



lo cual miraban con la mayor indiferencia ó menosprecio las cosas de nuestra 
religión santa^ estaban llenos de prevenciones contra ella. Creían, como ya lle- 
vamos dicho, que el bautismo era un hechizo mortal, porque veian morir á 
muchos al recibirlo, como era consiguiente administrándoseles de ordinario 
en articulo de muerte; y en virtud de este fatidico engaño escondían sus hijos 
enfermos, ó fingían que ya estaban bautizados. He aqui nuevos motivos para 
que los PP. buscasen con diligencia á los tales enfermos, y con mayor todavía 
si eran adultos; los cuales ó por no dejar sus mujeres, ó por no tomar nombres 
de cristianos, repugnaban mucho más el santo bautismo. 

27. Pasando por un rancho y preguntando, según su costumbre, si había 
algún enfermo, hallaron en suma miseria una india moribunda, y á su lado 
un hijito suyo ya próximo á expirar. Después de haber alimentado y confor- 
tado á la india, la preguntaron si queria que los bautizasen; á lo cual contestó 
que si, llena de reconocimiento: al punto administraron el bautismo al niño, y 
á ella después de catequizada; y fué Dios servido de llevarse para si al nífio, 
dando salud cumplida á la madre (1). Saliendo otra vez á recorrer las estan- 
cias, hicieron casualmente noche en un sitio donde habia dos indias cristianas 
tan al cabo, que la una tenia ya perdidos los sentidos. Con dificultad la vol- 
vieron á ellos; y los perdió de nuevo asi que se hubo confesado, y dentro de 
una hora se la llevó aquel benignísimo Señor, que tan oportunamente le pro- 
porcionó sacerdote con quien pudiese confesarse. Confesaron después á la otra 
india, y muy consolados partieron á la mañana siguiente para su destino. Estas 
frecuentes misiones por las estancias eran de gran provecho, tanto para los 
cristianos, cuanto para los infieles; pues rara vez llegarían á una de estas, sin 
que lograsen el bautismo de cuatro, seis, ú ocho adultos: cantidades parcial- 
mente cortas; pero que sumadas al cabo del año daban algunos centenares más 
de hijos á la Iglesia de Cristo. 

28. Y aun cuando no consiguieran la conversión de todos, iban poco á poco 
desvaneciendo sus preocupaciones, ilustrando sus entendimientos, y aficionán- 
dolos á nuestra santa fe. Más adelante daremos razón de estos sólidos, aunque 
lentos progresos. En Buena-Esperanza continuó el P. Modolell las doctrinas, y 
demás actos piadosos, que había en tablado en Monterrey (2); y estando ya esta 
misión fundada sólidamente, erigió en ella una congregación de Ntra. Señora 
para los militares, convidando primero á los de costumbres más arregladas y 
más aplicados á la frecuencia de sacramentos, para que su conducta ejemplar 
recomendase la nueva^institucion y atrajese á ella á los díscolos y corrompi- 
dos, que movidos por los frecuentes sermones, quisieran convertirse de veras 
al Señor; como en efecto se logró. 

29. No fué tan feliz la^mision de Lobú, que también fundó en 1613 el Pa- 
dre Valdivia, trasladando á este lugar, cuando fué desmantelado el fuerte de (3) 
Paycavi, la que allí habia iniciado el año anterior. Puso por superior de ella 



t(l) P. Lozano, ibídem, lib. VIII, cap. xxi, n.*» 2i.— (i) P. OUvares, cap. ii, 83.— (8) P. Lo- 
zano, íbidem, lib. Vlll, cap. xxi, n."^ 20. 



1613 GAP. XXVI 289 

al P. Pedro Torrellas, quien bailó grande aversión al cristianismo en ios dos* 
cientos indios, que vivian en setenta chozas agregadas á aquel fuerte. La pri- 
mera diligencia debia ser el juntarlos á que oyesen la explicación del catecis- 
mo; pero observando la repugnancia que á esto tenian, se hizo el disimulado 
como prudente misionero, y solamente exigió á los principios que enviasen 
sus hijos á este importante ejercicio, y lo consiguió sin mayor dificultad. Es- 
meróse al mismo tiempo en visitar carifiosamente á los adultos en sus casas 
cuando enfermos; buscábales los regalos que podia; repartíales con liberal ma- 
no lasbujerias que ellos apelecian; y en una grande hambre que- padecieron, 
les agenció pan, carne y maíz, que él mismo les distribuía de rancho en ran- 
cho; y en nuestra casa hacia aderezar la comida de los enfermos. ¡Qué bello 
método para ganarse los corazones, é inspirarles amor y deseos de la religión! 
No son, por cierto, los brillantes discursos, no las halagüeñas utopias las que 
ban de civilizar á los bárbaros, sino las obras de verdadera caridad, y la cons- 
tancia en enseñarles sencillamente las verdades de la religión, y hacerles gus- 
tar poco á poco los bienes de la vida civil y cristiana; es decir, la imitación del 
método y conci.ucta de aquellos celosos misioneros de la Compañía de Jesús, 
los cuales habrían conseguido felizmente la completa reducción y sincera con- 
versión de los araucanos, si otras personas alucinadas, ó vilmente arrastradas 
del interés, ó de otras innobles pasiones no se lo hubiesen tantas veces estor- 
bado. Con estos beneficios ablandóse la dureza de sus ánimos; pronto cobra- 
ron grande amor al misionero, y luego á la religión que les enseñaba; y unos 
por verdadero deseo de aprenderla, otros por curiosidad comenzaron á mez- 
clarse con sus hijos al tiempo de la doctrina, y no tardaron en aprenderla. 
Bautizarlos desde luego no habria sido prudente; los PP. eran muy cautos en 
este punto; pero varios lo pidieron y fueron bautizados, y los demás quedaron 
sin aversión al cristianismo. 

30. £sta misión estaba muy bien situada para llevar adelante las negocia- 
ciones de paz. Desde ella se comunicaba el P. Torrellas con los de Elicura; y 
á muchos mantuvo pacíficos hasta el mes de Setiembre, en que una impru- 
dente baladronada de los de Lebú les dio ocasión para desconfiar de los mi- 
sioneros; aprovechándose de lo cual Talpallanca juntó quinientos elicuranos, 
y con ellos sorprendió á ios de Lebú, matando á unos, y cautivando á otros, y 
entre ellos á Gayumari, el cacique de aquellos contornos más fiel á los espa- 
üoles (1). No hallándose arbitrios humanos para libertarlo, el P. Torrellas ofre- 
ció diez misas en sufragio de las ánimas del purgatorio, á cuya intercesión 
atribuyeron todos la fuga que logró cuando menos lo esperaba. En Octubre 
dieron otro asalto, en que cautivaron ochenta personas de Lebú, con lo cual se 
perdieron completamente las esperanzas de paz; pero no la de convertir algu- 
nos indios. 

31. A pesar do las revueltas continuas, noveciiinlos fueron los bautismos 
quede estos en aquel año se hicieron; trescientos por mano del P. Valdivia, y 



fl) P. Lozano, ibidera, lib. Vil, cap. xxv, n.° 15. 

1 9 TOMO 1 



290 CAP. XXVI 1613 

seiscientos por mano de los demás PP. de aquella frontera (1). Los anterior- 
mente.bau tizados hicieron en aquel año singulares progresos en la virtud, á 
que contribuyó mucho la cofradía de Nlra. Sra., que para ellos se instituyó 
en esta, como en las otras misiones. Solo se admitían en ella los más devotos, 
y se despedían los que daban algún escándalo. Indias hubo que se dejaron mal- 
tratar horriblemente antes que mancillar su pureza, diciendo que era imposi- 
ble ofendiesen al Hijo divino después de consagradas al obsequio de su Santí- 
sima Madre. Contribuyó, asimismo, á esta mejora de costumbres la aparición 
de un extraordinario cometa, que atemorizó mucho á los españoles é indios de 
aquella frontera; los cuales, como si en él vieran desenvainada la espada de 
la justicia divina, corrían compungidos á los píes de los confesores; de modo 
que parecían aquellos días los de la Semana Santa. ¡Dichosa sencillez, por no 
decir ilusión, que tales resultados producía! 

32. Por desgracia, esta misión no fué duradera. El P. Torrellas se retiró 
á Arauco, desde donde les hacia freouentes visitas para recoger el fruto de sus 
antecedentes trabajos; y en cada una de ellas bautizaba ya tres, ya seis, según 
los iba hallando capaces. Aquel fuerte se hallaba tan avanzado., que en reali- 
dad estaba internado entre los indios, que en el rompimiento del año 1613 se 
hicieron de guerra; por lo cual, no habiendo podido permanecer por mucho 
tiempo en él la guarnición, mucho menos podían conservarse allí los misio- 
neros. 

33. Algunos nos dicen que el P. Valdivia fundó simultáneamente con las 
tres dichas la misión de Chiloé; mas se equivocan. A haberla fundado enton- 
ces, no la habría suspendido en el mismo año, llamando á Penco los dos PP. 
que tan gloriosamente trabajaban en ella; mucho menos después de haberle 
prestado importantes servicios en uno de los principales asuntos de que venia 
encargado. En efecto; con el primer buque que después de su arribo partió 
para allá, remitió al P. Melchor Yenegas una especial comisión, delegándole 
la autoridad real de qué él estaba investido, para entender en la pacificación 
de los indios, abolición del servicio personal , y visita de aquel archipiéla- 
go (2). Esto fué entrado ya el 1613, por no ir á él sino un solo navio al año 
para llevar el pago de los empleados, las órdenes del gobierno y los artículos 
de necesidad ó comercio que necesitaban sus vecinos. Con gusto hubiera vo- 
lado él mismo á visitaren persona aquellos isleños; sin embargo, no creyó pru- 
dente emprender aquel largo viaje en tan criticas circunstancias; mucho me- 
nos teniendo toda confianza de poderlo desempeñar satisfactoriamente por un 
subdelegado suyo. Esta se la inspiraba, y con razón, la gran docilidad así de 
los naturales de aquel archipiélago, como de los pocos españoles en él estable- 
cidos, y el ardiente celo, consumada prudencia y singular prestigio que sobre 
unos y otros el P. Yenegas tenia; por lo cual le cometió tan arduo é interesan- 
te cargo. Este encontróse inesperadamente con él, pues que-ni siquiera sabía 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xxv, n° 16.— (i) P. Lozano, ibidem, lib. VIT, cap. xvi, 






1613 CAP. XXVI 291 

la vuelta del P. Valdivia, y observando que los españoles se hablan puesto en 
alarma, sobrecogidos del pánico terror que la idea de semejante visita les cau- 
saba, aparentó tomar la cosa con mucha calma; asi es que al dia siguiente de 
sa arribo del viaje á los chonos anteriormente referido, que era cabalmente 
el miércoles de ceniza, dio principio á los sermones de cuaresma, que predicó 
en los mismos dias que el año anterior. 

3i. Después de ella abrió la visita con el empadronamiento general de los 
indios; y se hallaron de ocho á nueve mil almas. Púsolos al momento en li- 
bertad^ declarando que de derecho les competía, y que aquella era la volun- 
tad del Rey (1). Deslindó sabia y prácticamente los derechos y obligaciones de 
encomendados y encomenderos, y practicó todas las demás diligencias concer- 
nientes á su delicada comisión. En ella se portó con tanto tesón y energía, 
que terminadas todas las diferencias, logró cuanto podia desearse de la visita; 
y asi mismo con tal prudencia y suavidad, que á todos les dejó satisfechos. 
Sin embargo, no faltó entre tantos un vecino, que, resentido de haberle obli- 
gado á desprenderse de una india casada, que con frivolos pretextos mantenía 
en su casa por muchos años separada de su marido, se desbocó contra él y su 
doctrina. Muy pronto fué denunciado al corregidor, quien le obligó á desde- 
cirse; y luego admiró la generosidad con que el P., no solo le perdonó, sino 
que intercedió por él, hasta conseguir que se le perdonasen los seis años de 
destierro á que habia sido condenado. 

35. £1 cargo de Visitador no le hizo olvidar su carácter de misionero; an- 
tes bien él y su compañero aprovecharon esta buena oportunidad, para dar 
en todo el archipiélago una fervorosa misión. Su palabra fué tanto mejor re- 
cibida por aquellos indígenas, cuanto les habia ganado de antemano el cora- 
zón (2). Todos sabían que él se habia constituido su abogado; y por esto no 
solo acudían con más puntualidad á los sermones, sino también les manifesta- 
ban con mayor confianza, los secretos de su conciencia en la confesión. Uno y 
otro puede deducirse de las muchas y bien notables conversiones que se hi- 
cieron. Muchísimos dejaron sus amancebamientos; ciento y cuatro los troca- 
ron en verdaderos matrimonios por la bendición de la Iglesia; y trescientos 
noventa y seis, todavía infieles, recibieron el santo bautismo. En la visita iba 
el P. Melchor haciendo notorias las mercedes que su Majestad les concedía; 
cuya fama pasó al continente, y divulgándose entre la gente de guerra, llegó 
á oídos de los caciques de Osorno. 

36. Estos enviaron mensajeros á nuestro fuerte de Carelmapú, para averi- 
guar si era cierto que el P. Valdivia habia traído las tales gracias y arbitrios 
de paz, protestando estar dispuestos á recibirla (3). Mostraban hablar de veras 
en el afecto que profesaban á la ley de Cristo, la cual habían recibido antes 
del alzamiento; pues pagaban aun español que estaba fugitivo entre ellos, pa- 
ra que les bautízase sus hijos y se los enseñase. Por desgracia, Juan Peraza de 



fl) P. Lozano, ibidem, lib. VII, cap. xvi, n.° 10.— (2) P. Lozano, ibidem, Ub. Vil, cap. xvi, 
n.*» li.— (3) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xvi, n.*» 14. 



292 GAP. XXVI 1613 

Polanco, maestre de campo de aquellas islas, estaba opuesto ala paz, y quería 
mantener en su yigor la real cédula del afio 1608, volviéndose ingratamente 
contra el P. Valdivia, por cuya intercesión habia sido puesto en aquel honori- 
fico empleo. Gomo el P. Melchor no habia recibido comisión especial para en- 
tenderse con los indios del continente {+), no pudo entablar con aquellos ne- 
gociaciones oflciales, ni despachar á sus caciques mensajeros autorizados. Con- 
tentóse, por lo tanto, con asegurarles ser cierto cuanto les hablan dicho, y lo 
mismo hicieron los soldados é indios. Sin embargo, se opuso fuerte y eficaz- 
mente á que el maestre de campo intentase nuevas malocas, y le obligó á po- 
ner en libertad á los cautivados en las anteriores. 

37. Muy contentos volvieron á su tierra estos y los mensajeros de Osorno, 
donde contaron lo que hablan oidoy visto, sobre todo lo que el P. hacia en fa- 
vor de sus connaturales. En efecto; ellos vieron que habia mejorado la suerte 
de los isleños, minorando las cargas de los encomendados, y libertándolos del 
servicio personal; que, á despecho del maestre de campo, habia hecho poner 
en libertad á los indios cautivados en las guerras anteriores, manifestando al 
pueblo, á los vecinos principales y á las autoridades las reales cédulas que los 
declaraban libres, y probándoles cómo obligaban en conciencia; y por último, 
que habia impedido con las mismas en la mano se hiciesen malocas en la tier- 
ra de guerra (1). Conmovidas con esto aquellas tribus se aficionaron mucho ¿ 
la paz; y de hecho los de Osorno y de Valdivia comisionaron á sus caciques 
principales Luis de Machocabra, y Francisco de Guentemoyu,con otros veinte 
indios y caciques, para que la asentasen con el P. Melchor Venegas, ó con el 
maestre de campo, bajo las condiciones con que su Majestad se la ofrecía. Por 
desgracia, esto fué en el año siguiente de 1614, cuando el P. habia partido ya 
para Concepción, á donde por llamamiento del P. Valdivia habia regresado en 
Noviembre de 1613 con el P. Esteban, á darle razón de lo ejecutado en la visita. 

38. Al llegar estos á Concepción tuvieron por una parte el sentimiento de 
reconocer el mal estado en que se hallaban los negocios de la pacificación; y 
por otra el gran consuelo de ver los progresos que hacia nuestra mínima Com- 
pañía de Jesús. Los trabajos y contradicciones jamás han acobardado á sus 
verdaderos hijos, y de ordinario han sido oíros tantos escalones, por donde 
subieron ellos á su perfección. Cuando el P. Valdivia reconoció que no podría 
dar á las misiones la extensión que deseaba, ni ocupar en ellas tantos sujetos 
como tenia premeditado, resolvió fundar en aquella ciudad un colegio, que 
sirviera de escala y hospicio á los PP. misioneros, ya para partir de allí á los 
lugares á que la santa obediencia los destinara, ya para retirarse de vez en 
cuando á corroborar su espíritu con el recogimiento y los santos ejercicios, y 
á reparar las fuerzas perdidas con las excesivas fatigas de sus ministerios, ó 
curarse de las enfermedades contraidas en sus penosas y continuadas tareas (2). 



(-f ) El P. Valdivia no se la mandaría por tener Ghiloé pocas relaciones con los indios al- 
zados del continente.— (1) P. Lozano, ibidem, líb. VH, cap. xvi, n.^ 20.^2) P. Lozano, ibi- 
dem, líb. Vil, cap. xv, n."* 20. 



1614 CAP. XXVI 293 

Convenia también á la Compafiia tener un colegio en aquella ciudad, por ser el 
cuartel general del ejército, y el centro en qup naoraban las autoridades, los 
eDcomenderos, los propietarios y mercaderes de las provincias del sur, y á que 
coocurrían con frecuencia hasta los mismos indios; á fin de que tuvieran un 
vasto campo para el ejercicio de su santo celo los que no lograban ser envia- 
dos á las misiones, y pudieran contribuir, cuando menos indirectamente, a la 
tranquilidad pública, reducción y conversión de los bárbaros araucanos. 

39. Su primer paso fué autorizar, en virtud de sus facultades reales, la 
fundación de aquel colegio; para que fuese estable, y jamás pudieran destruir- 
lo ni los obcecados enemigos de la Compañía, ni los ciegos aduladores de las 
regalías de la corona. Al principio instaló su colegio en unos aposentos del 
palacio episcopal; mas, como allí no podría ser permanente, trataba de com- 
prar una casa proporcionada á este objeto, cuando el canónigo D. Pedro García 
de Alvarado (1) donó á la Compafiia el solar en que vivia en la plaza, quinien- 
tas cuadras de tierra en Quinel, mil seiscientas al otro lado del Itata, y á este 
lado del mismo la estancia de la Magdalena de mil cuadras, con quinientas 
cabras, mil ovejas, una viña de trece mil cepas, y varios animales de servicio. 
Esta estancia tenia agregados muchos indios para su cultivo. Donó, fuera de 
esto, otro solar y algunos créditos: todo lo cual se evaluó en ocho mil pesos. 
El canónigo D. Francisco Caracol añadió tres tiendas contiguas á la casa del 
Sr. Alvarado, valuadas en tres mil pesos. Alonso Ribera hizo merced para el 
mismo colegio de dos mil cuadras de tierra junto á Quinchomali, y de mil 
seiscientas en Chillan. Con algunas limosnas en dinero, y el ahorro de una 
parte del sinodo dio principio el P. Valdivia á nuestra casa de Concepción, 
trabajando luego iglesia, y algunas piezas de habitación. Nombró por superior 
de ella al P. Gaspar Sobrino, que con su gran prudencia, singular despejo, ar- 
diente celo y demás prendas que lo caracterizaban, la enlabió bajo un pié bri- 
llante ya desde sus principios. 

40. A imitación del colegio de Santiago, estableció las congregaciones asi de 
caballeros, como de naturales, y las doctrinas para estos y los niños; para quie- 
nes abrió además una clase de leer y escribir, y otra de gramática latina, en- 
trambas gratuitas. Una y otra fueron muy concurridas no solo de los pobres, si- 
no de los principales vecinos, enviando á ella sus hijos hasta el mismo Gober- 
nador, con ser de diverso parecer en cuanto á la pacificación de los indios (2). 
Entabláronse igualmente los ministerios de confesar y predicar; y estando do- 
tado el P. Gaspar de un extraordinario talento de pulpito, todos le oian con 
grande atención y gusto, .y de ordinario con mucho aprovechamiento de sus 
almas. En cuanto á los ministerios á todos precedía el P. Valdivia, animán- 
dolos suavemente con su ejemplo. En hallándose en aquella ciudad repartía 
á menudo y con fervoroso espíritu el pan de la sagrada doctrina á los españo- 
les; y todos los domingos salia por las calles cantando el catecismo en lengua 
de los indios, y en la misma se lo explicaba en la iglesia, exhortándolas á vi- 



(1) Archivo del gobierno y Tribuidos de Toledo.— (2) P. Olivares, cap. iv, g 1, 



294 CAKXXvi ' 1613 



vir cristianamente, y á hacer penitencia de sus culpas; y para mejor recoger el 
fruto de sus pláticas se senlalja después de ellas en el confesonario, del cual 
no se levantaba hasta oir con gran caridad y paciencia el último penitente (1). 
Teníase también el ejercicio de la disciplina una vez por semana, siendo (al el 
concurso, que era necesario se dividiesen en tres turnos, rezando en cada uno 
el salmo miserere el P. que los precedía. Abrióse también nuestra casa 
á las personas que quisieran recogerse á los santos ejercicios; con que se 
convirtieron grandísimos pecadores, abrieron los ojos algunos encomenderos, 
se repararon no pocos perjuicios, y hasta se despreocuparon algunos militares 
en]la cuestión de la guerra. 

41. Con estos y demás buenos servicios que aquel pueblo recibía de los hi- 
jos de la Compañía, se les fué ancionando; y viendo con sus propios ojos el celo 
verdaderamente apostólico con que buscaban la salvación de las almas, y el 
amor y desinterés con que por todos los medios posibles trabajaban por el bien 
público, se fueron persuadiendo de la sinceridad con que el P. Valdivia promo- 
vía sus arbitrios de paz; y muchos comprendieron cómo eran justos y verda- 
deramente útiles al país. Este número se aumentó considerablemente con la 
venida del P. Melchor Yenegas, por ver con ella el feliz resultado que su visita 
habia tenido en Chiloé, y las benéficas influencias que babia ejercido sobre 
los del continente; pues era claro que si este P. reducía á la paz los indios de 
Osorno y de Valdivia, y aquel los do este lado de la Araucania, seria ya muy 
fácil reducir también, sin efusión de sangre ni pérdida de caudales, á los del 
centro de ella. 

42. Sin embargo, comprendió el P. Valdivia que poco ó nada consegui- 
ría en Chile sin el concurso de fuerzas superiores; y por lo tanto despachó al 
mismo P. Venegas para Lima, á fin de que informase en persona al Virrey, no 
solo del resultado de su visita, cuyos autos aprobados por él como propio y 
principal Visitador le entregó, sino también de lo acaecido en la frontera de 
Arauco. Este partió de Penco prontamente, como verdadero hijo de Ignacio; 
pero tardó mucho en llegar al Perú por la oposición y malas artes de sus ému-* 
los. Temiendo sin duda estos que con su ida perderían su pleito ante el Vir- 
rey, hicieron todo lo posible para impedirle el viaje; y en efecto, negociaron 
que por más de cuatro meses se le negase embarcación en el puerto de Valpa- 
raíso (2). Estos cuatro meses empleólos aquel celoso misionero en predicar, 
confesar y dar misiones por este su suelo natal, con fruto bien notable, no solo 
por el gran número de confesiones, sino por haber quitado una casa de juego 
en que se cometían muchos excesos, y los escándalos de dos mujeres públicas, 
ocasión funestísima de grandes tropiezos, logrando que la una se confesase y 
entablase una vida cristiana, y que la otra fuese desterrada de la ciudad. Va- 
rios fueron los que movidos de sus sermones abandonaron para siempre el 
mundo; acogiéndose á los claustros religiosos. Embarcóse al fin por Mayo del 



(t) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xv, n.° 23.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xvi, 
n.*» 16. 



1614 CAP. XXVI 295 

1614 en el navio del general Ignacio de Avala, quien creyó haber evitado un 
funeslo naufragio en virtud de una sobrenatural inspiración que tuvo su vir- 
tuoso pasajero. 

43. Al ver esto Ribera, recelándose de que su causa quedaría alli perdida, 
dióse priesa en apelar á la corte, para justificar su conducta, y conseguir la 
revocación de las cédulas dadas al P. Valdivia. Ribera contaba con el apoyo de 
personas respetables, como eran Merlo de la Fuente, y Jaraquemada sus pre- 
decesores, el obispo Espinosa, varios jefes, muchos encomenderos y otras per- 
sonas de categoría, con cuyo acuerdo envió por sus procuradores á la corte de 
España á Pedro Cortés y al P. Fr. Pedro de Sosa, de la orden de S. Francisco, 
por el mes de Abril (1). 

44. Para prevenir los resultados de esta comisión, determinó el P. Luis de 
Valdivia enviar también allá por su procurador al P. Gaspar Sobrino; quien 
por su mucho ingenio y perspicacia podria desvanecer las trazas de sus con- 
trarios, y por haber tenido gran parte en las precedentes negociaciones, podria 
informar con exacto conocimiento de ellas al Rey y á su consejo sobre el fruto 
que por este medio se había conseguido, y los que prudentemente podian pro- 
meterse. Dióle buenas recomendaciones, y varios informes firmados por perso- 
nas de autoridad, como fueron el maestre de campo Alvaro Nufiez, casi todos 
los capitanes antiguos de aquél real ejército, varíes encomenderos y algunos le- 
trados, que convencidos por la experiencia, ó por haber reflexionado mejor so- 
bre las razones intrínsecas y extrínsecas del asunto, confesaban ser acertados sus 
arbitríos de paz, y los únicos capaces de terminar aquella desastrosa guerra (2). 
Por hallarse entonces en Santiago el P. Sobrino, hecho ministro de aquel co- 
legio, con el intento de, que pudiese con mayor conocimiento de las cosas y 
personas sustituir al P. Valdivia en caso que faltase, este comunicó al Padre 
Provincial el objeto á que lo habia destinado; y su R.* comprendiendo la gra- 
vedad de esta comisión y la singular capacidad del P. Sobrino para evacuarla 
debidamente, aprobó gustoso dicho nombramiento. En su virtud este pasó 
cnanto antes á Córdoba, donde se acababa de tener la segunda Congregación 
Provincial, para irse á España con el P. Juan de Viana, nombrado en ella por 
procurador á Roma (3); y en efecto, se hicieron los dos á la vela en el puerto 
de Buenos-Aires por Julio de aquel año 1614. Suspendamos aqui la narración; 
y mientras el P. Sobrino en Madrid y el P. Venegas en Lima negocian la pa- 
cificación del Reino por medio de los arbitrios de paz, veamos qué curso to- 
maron las demás cosas de la Compañía en esta Provincia. 



(1) P. OHvares, cap. iv, g 6 y Hemorial del P. Sobrino.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. VIH, 
cap. XXI, D.° 13.--<3) P. Lozano, ibidem, lib. VIH, cap. vii, n."* 9. 



296 CAP. xxvii 1614 



CAPÍTULO XXVII 

1. Convócase la segunda Congregación Provincial, — 2. El limo. Sr. Frejo renta el co- 
legio de Córdoba, — 3. Vuelven á él los HH. escolares.—^. Segunda Congregación. — 
5. Sus postulados. — 6. Respuestas del General. — 7. El P. Romero rector del colegio 
de Santiago. — 8. Reanima sus ministerios. — 9. Recobra la confianza de sus vecinos. 
— 10. Ntro. Sto. P. Ignacio favorece á sus devotos. — H. El P. Diosdado cultiva el 
partido de Mendoza. — 12. Tres casos raros. — 13. Ntro. Sto. P. Ignacio visita á un 
devoto suyo. — 14. Progresos de aquella residencia. — 15. El P. Modolell rector de 
Penco. — 16. Levanta nueva iglesia. — 17. Activa los ministerios. — 18. El P. Oñate 
segundo Provincial. — 19. Catálogo de la Provincia. — 20. Su floreciente estado. — ^21 . 
, Atestiguado por los PP. Torres y Oñate. — 22. A qué era debido. — 25. Cómo se ali-r 
mentaron. — ii. Vida del P, Torres. — 25. Viene al Perú. — 26. Es misionero y rec- 
tor de varias casas. — ^27. Contribuye á cortar la revolución de Quito. — 28. Va de 
procurador á Roma. — ^29. Felicidad con que se desempeña. — 50. Funda la Vice-Pro- 
viñeta del Ecuador. — 51. Es Provincial del Paraguay. —52. Fué el protector de los 
indígenas. — 33. Su muerte, 

1. Estando para cumplirse seis afios desde (a primera Congregación que 
habia celebrado la Provincia del Paraguay, tiempo era de que celebrase la 
segunda, por ser este el plazo prefijado en nuestro Instituto para estos remotos 
lugares de América. Además, la falta de sujetos para los muchos é importan- 
tes compromisos que en tan diversas partes habia contraído esta Provincia, 
exigia se enviase á Europa un procurador que los reclamase de nuestro P. Ge- 
neral y de su Majestad católica; y aunque el P. Diego habia pensado ir en per- 
sona, se resignó, no permitiéndoselo ocupaciones de gran trascendencia, á 
confiar este negocio al procurador que nombrase la Congregación (1). Por lo 
mismo convocóla para el mes de Febrero de aquel afio 1614, designando para 
ella, de acuerdo con los PP. consultores, la ciudad de Córdoba, por ser el pun- 
to más central. 

2. Al dirigirse allá el P. Juan de Yiana, rector del colegio de Santiago de 
Chile, llevóse consigo á nuestros H.' estudiantes, por haber cesado ya en aque- 
lla ciudad las causas que dos afios antes habian obligado á trasladarlos de ella 
á Chile (2). Efectivamente; no solo se habia calmado alli la irritación de los 
encomenderos, y cesado la horrible malevolencia con que á los nuestros per- 
seguían, sino que el limo. Fr. Hernando Frejo de Sanabria, dignísimo obispo 
de aquella diócesis, acababa de fundar nuestro colegio de Córdoba con dos mil 
pesos de renta anual, dándole, además, para después de sus dias el remanente 
de sus bienes, una vez desfalcados cada año mil quinientos pesos á favor del 
de Santiago del Estero, si él no lograba realizar esta fundación durante su vi- 
da. Este postrer colegio quedaría obligado á mantener una clase pública de 



(1) P. Lozano, ibidem, líb. VIH, cap. i, n." 1.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. Vil, cap. xix, n.* 9 



1614 CAP. xxvii 297 

latiDidad, y el de Córdoba, á más de otra igual, las cátedras de artes y teo- 
logia. 

3. Desde luego tiempo era de que nuestros H.' estudiantes volviesen á su 
colegio máximo. Los cordobeses se regocijaron al ver restablecidas otra vez 
60 su pueblo las ciencias; aunque no se vio privada de ellas la capital, por ha- 
ber quedado siempre abiertas en su colegio de S. Miguel las cátedras de hu- 
manidades, filosofía y teología, asi escolástica, como moral. Este colegio per- 
dió la prerrogativa de ser el máximo de la Provincia; pero no la grata satisfac- 
ción de habermantenido la juventud estudiosa de toda ella en las circunstancias 
más críticas y azarosas, como fué en los primeros años de su fundación, cuan- 
do ninguna de sus casas tenia un cuartillo de renta, y en aquellos dos postre- 
ros, cuando la malevolencia de los encomenderos les habia negado las limos- 
nas y demás recursos, con que pudieran sustentarse en Córdoba. No por esto 
sufrió el menor atraso nuestro convictorio del Beato Campiano, cuyos alum- 
nos (1) pasaron de treinta en el año anterior, é hicieron notables adelantos en 
letras y más en virtud. 

4. Congregados, pues, allí con el P. Provincial Diego de Torres (2) los Pa- 
dres Diego González Holguin, Luis de Leiba, Gaspar de Monroy, Juan de Yia- 
na, Juan Romero, Mateo de Montes, Francisco Vázquez Trujillo, y José Catal- 
dÍDo, todos profesos de cuatro votos, y el P. López de Mendoza de solo tres, 
por ser procurador general de la Provincia; faltando el P. Marcial de Lorenza- 
Da, qu« de la mitad del camino se habia vuelto á la Asunción por haber reci- 
bido el cargo de comisario del Santo Oficio, y el P. Francisco Gómez superior 
de Buenos-Aires, que por sus achaques no pudo continuar el viaje, y nuestro 
P. Luis de Valdivia, que se creyó legítimamente impedido por los graves ne- 
gocios de que estaba encargado en Chile, se dio principio á la Congregación el 
14 de Febrero de 1614. £1 día 16 fué elegido al primer escrutinio el P. Juan 
de Viana por procurador á Roma, y el P. Francisco Vázquez Trujillo por su 
sustituto; y después se resolvió no ser necesario convocar en Roma Congrega- 
ción General. 

5. Como buenos hijos dirigieron á honor de su Sto. Padre su primer pos- 
talado, mandando se diesen las gracias al P. General y á la Compañía por ha- 
ber obtenido su beatificación, y suplicándole solicitase igualmente su canoni- 
zación. — En el 2.° se dispuso se le hicieran presentes los beneficios del obispo 
Frejo, para que le diese las gracias por ellos. — En el S."" que fuese admitido 
por fundador del colegio del Tucuman el canónigo D. Francisco Salcedo. — 
En el 4."" que se consultase si seria contra la pobreza el modo con que se susten- 
taban algunas misiones, y la residencia de Mendoza. — En el 5."" que se pidiese 
á Su Santidad se dignase facultar á algunos de nuestros PP. ó á otro sacerdote 
para administrar el sacramento de la confirmación en las remotas provincias 
del Guayrá y de Chiloé, á donde no solían llegar los obispos. — En el 6.** que 
se pudiese usar de los santos óleos, aun después de cuatro años, hasta que 



(1) Carla anua del año 1614.— (2) P. Lozano, ibidem, lib. YHT, cap. i, n.° 3. 



298 CAP. xx¥ii 1614 

fuese obispo propio á cada diócesis. — IJ" Qae se celebrase la Congregación 
cada cuatro años. Otros encargos se le hicieron al procurador, sobre todo que 
recabase buen número de sujetos para la Provincia. 

6. A estos postulados (1) contestó nuestro P. Mucio Yiieleski á 6 de Marzo 
de 1616: al 1.* que se había cumplido aquel encargo en el año anterior; al 2."* 
ordenó se dijesen para el Sr. Frejo ya difunto los sufragios como á bienhechor 
insigne, por no haberse realizado del todo la fundación; a! S."" que estaba ad- 
mitida la fundación del Tucuman, y aplicadas las misas y demás oraciones etc. 
al canónigo Salcedo como á su fundador; al l.^'que nada se hacia en ello con- 
tra la pobreza; al 5.* que no convenia pedirla, en razón de haberla negado el 
Papa para otras partes; al 6.* que se solicitaría dicha extensión; al 7.*" que no 
le parecía conveniente acortar el plazo de las Congregaciones Provinciales; an- 
tes bien concede que puedan diferirse ulira sexennium cum causa. Por último 
que enviaba tales y tantos sujetos, que la Provincia quedarla contenta; y pro- 
metió proseguir enviando otros de nuevo. 

7. Con ocasión del viaje de los PP. Juan de Yiana y Gaspar Sobrino, hubo 
un cambio casi general en todas nuestras casas de este Reino (2). Vino de rec- 
tor del colegio de Santiago el P. Juan Romero, que lo era del de Santiago del 
Estero; y aunque fué nombrado rector de este postrero el P. Juan Dario, pasó 
también á él el P* Juan de Humanes, quedando por superior de Mendoza en 
su lugar el P. Cristóbal Diosdado. El P. Vicente Modoleil fué nombrado rector 
del colegio do Concepción. Veamos el estado en que cada nuevo superior halló 
su casa, y lo que entablaron de nuevo en ellas. En Santiago continuaban prós- 
peramente los estudios, á pesar de haberse ido á Córdoba nuestros H.' escola- 
ros, asi por la aplicación de los educandos del convictorio, como por ser fre- 
cuentados por los roügiosos de la Merced, y otros muchos jóvenes de talento. 
Se admilian frecuentemente en casa varias personas asi seglares como eclesiás- 
ticas para hacer los santos ejercicios, y con notable fruto de sus almas. 

8. En lo temporal hablan tenido tanto que sufrir en lósanos anteriores, que 
se habían visto precisados á suspender los trabajos de la suntuosa fábrica de 
su iglesia; mas al arribo del P. Romero, que fué por Marzo de 1611, el colegio 
estaba aliviado y tan provisto, que algunos meses hacia se hablan emprendido 
de nuevo los trabajos interrumpidos (3). Los ministerios de los nuestros no 
producían el deseado fruto, por cuanto los encomenderos resentidos, los par- 
tidarios de la guerra ofensiva, y la ruidosa cuestión del apóstata Fonseca les 
habian quitado el prestigio y ascendiente que necesitan sobre el pueblo los 
ministros de la divina palabra, para fructificar en las almas. Algún tanto contri- 
buirla á quitárselo el poco afecto del limo. Espinosa (4); quien habiendo reci- 
bido aquel aSo un breve del Papa Paulo V en que le recomendaba favore- 
ciese las cosas de la Compañía, lo hizo todo al contrario. No calan por esto de 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. YIlí, cap. i, n.° 7.— (2) P. Lozano, ibidem, líb. VIH, cap. i, 
n.° 9.— (3) P. Lozano, Ibidem, líb. Yll, cap. xxv, n.*» 10.— (4) P. Lozano, ¡bidem, llb. VIII, 
cap. XX, n." 11. 



1614 



CAP. XXVll 



299 



ánimo nuestros operarios, los cuales jamás desistieron de sus acostumbrados 
ministerios; que recobraron su antiguo vigor y eficacia con la venida del res- 
petable y apostólico P. Juan Romero, hombre de gran autoridad por su virtud 
y letras, unidas á un excelente trato de gentes. 

9. Con sus modales graves, y á uq mismo tiempo apacibles, se granjeó 
muy pronto la estimación y respeto del pueblo y de las autoridades, borró de 
sus ánimos las malas especies que hablan sembrado en ellos las cavilaciones 
de los arriba mencionados, y aficionándolos de nuevo á la Compañía los atra- 
jo como de antes á nuestros ministerios. Con razón puede reputarse este por el 
mayor triunfo que este gran varón consiguió en toda su vida, según eran la ani- 
mosidad y encono que se hablan cobrado contra los nuestros y sus cosas (1). 
Calmados, pues, los ánimos y recobrada la estimación antigua, volvió nuestra 
iglesia á ser concurrida de todas las gentes, y en ella se celebraron con la mis- 
ma solemnidad y fruto que en otros tiempos las piadosas prácticas de las con- 
gregaciones y todos los demás ministerios que usa la CompaOia. Antes de lle- 
gar á este feliz resultado procuró el P. Romero atraer á nuestra casa, para 
reparar la ineflcacia del trabajo de los PP. con los chilenos, á los muchos que 
venian del Perú á pelear en Arauco; y antes que participasen de las preocupa- 
ciones del pais contra nosotros, les daba privadamente en ella los santos ejer- 
cicios; con lo que consiguió la conversión de muchos y grandes pecadores. 

10. No faltaron tampoco en Santiago quienes, á despecho de los émulos de 
la Compañía, se mantuvieran devotos de nuestro Sto. P. Ignacio (2); y este 
les correspondió en solo el año de 1614 con tres, por lo menos grandes favo- 
res, que fueron reputados como otros tantos milagros, no solo por los agracia- 
dos, sino también por los médicos y otras personas de competentes conocimien- 
tos. Cinco años seguidos predicó la cuaresma el P. Romero, con tanto séquito, 
que era preciso sacar el pulpito á fuera. Su decir era tan enérgico y persuasi- 
vo, que se le rendían los más obstinados corazones; y una vez rendidos y bien 
persuadidos de la sabiduría y acierto del P. , todos querían gobernarse por su 
parecer y consejos; con lo cual se componían tantas diferencias, y se cortaban 
tantas discordias, que uno de los principales oidores aseguró que se transigían 
la mayor parte de los pleitos por su dictamen. Seis años gobernó felizmente el 
colegio de S. Miguel, de donde lo sacaron para rector del de Penco, como más 
adelante diremos. 

11. El P. Cristóbal Diosdado nada tuvo que inmutar en la residenciado 
Mendoza; sino llevar adelante los trabajos que él mismo habia iniciado, ó á que 
habia cooperado en los tres años anteriores. En los dos primeros lo vimos dedi- 
cado especialmente al cultivo de los españoles é indios de la ciudad, mientras 
el P. Juan Pastor evangelizaba á los de la campiña. En el 1613 cambiáronse 
los ministerios con el P. Juan de Humanes, que probablemente no sabría los 
idiomas de los indígenas, en los cuales habia hecho tales progresos el P. Dios- 



(1) P. Lozano, ibidem, lib. VIII, cap. iv, n."" I.— (2) P. Lozano, íbidem, lib. VIH, cap. xxi, 



300 CAP. xxvu 1614 

dado, que algunos creian habría recibido especial don de lenguas. Asi que 
mientras el P. Humanes sacaba á muchos del abismo de sus vicios con la fuer- 
za de su predicación, y los aficionaba á la virtud, y la fomentaba con la fre- 
cuencia de sacramentos promovida á esfuerzos de su celo, mucha religión y 
agradable trato, el P. Diosdado como incansable misionero, discurría por va- 
rias partes de aquel dilatado partido, hablando á cada tribu en su idioma. Con 
esto en solo aquel año logró bautizar más de cien infieles, oír millares de con- 
fesiones, y encenderá todos los neófitos en nueva devoción, reconociendo en 
algunos señales casi indudables de ser predestinados. 

12. Cierta india enferma llamó al P., y le dijo que, enajenada desús sen- 
tidos, acababa de ser conducida á un lugar lóbrego, donde vio una hoya pro- 
fundísima llena de fuego, en el cual le decia su corazón que había de arder 
eternamente por sus culpas (1). Atónita con *el espanto, no sabia qué consejo 
tomar, cuando la alentó un personaje con cruz en la mano y traje de jesuíta, 
el cual le dijo que se confesase para libertarse de aquellas llamas. «Por esta 
razón. Padre mío, añadió la india, te he hecho llamará esta hora intempestiva, 
para que oigas mis pecados, y me puedas librar de tanto mal como alli vi.» 
Confesóse inundada en lágrimas, y poco después entregó su alma al Criador. 
Bien pudiera haber sido esto un mero desvarío de su imaginación; pero el sa- 
ber que nada sucede sin la voluntad ó permisión divina, y el dichoso efecto 
que en aquella alma la tal visión produjo nos hace creer que ella fué en alguna 
manera obra del Señor. Habiendo ido el mismo P. á visitar á otra india en- 
ferma la trató con tal fervor y benignidad, que la redujo á hacer confesión ge- 
neral de su vida, por haber sido sacrilegas todas las anteriores; y lo mismo 
fué darle la absolución que expirar. Llamado á un indio moribundo para que 
lo confesara, reconoció que no era cristiano todavía; y hallándole renitente se 
fué á orar por él. Al otro dia lo encontró trocado del todo, y después de ha- 
berlo bien instruido lo bautizó: a! momento sintióse bueno y sano; y el que 
yacía moribundo, vistióse por si mismo, y se faé á la iglesia á dar gracias á 
Dios, publicando á grandes voces la maravilla. 

13. No fueron solo los indios los que experimentaron especiales misericor- 
dias del Señor; otorgóselas también, y por intercesión de nuestro Sto. Padre 
Ignacio, á José Villegas, caballero muy cristiano; el único español que en aque- 
lla época frecuentaba los sacramentos con nuestros PP., porque á ningún enco- 
mendero daban la absulucíon sin que primero se compusiera con sus indios. 
Desahuciado este de los médicos recibió el santo viático y la extrema-unción 
en el dia de nuestro Sto. Padre, disponiéndole el P. Humanes, quien le llevó 
una de sus reliquias, encargándole que le pidiese al Señor por sus mereci- 
mientos la salud, ó una buena muerte (2). «Esta sí, respondió el enfermo, por- 
que deseo ya ir al cielo, donde están los bienes verdaderos.)) Cuando más en- 
fervorizado estaba pidiéndosela al Santo, exclamó diciendo: «¡Ay! ¡ay! que e! 



(t) P. Loxano, íbidem, lib. VII, cap. xxv, n.* 6.— <2) P. Lozano, ibidem, lib. VII, cap. xxv, 



1614 GAP. XXYll 301 

Sto. P. Ignaeío me ha venido á visitar. ¿No le ven, señores, con qué hermosu- 
ra y resplandores se deja ver? Háme dicho que yo estaba para partir de este 
mundo; pero que en virtud de su intercesión me concede el Sefior otros doce 
años más de vida : y con su presencia ha ahuyentado al demonio, que estaba 
para perderme.» Los resultados nos dan á creerla verdad de la visión: porque 
en breve se puso completamente bueno; y á los doce afios murió santamente 
como había vivido, pregonando las grandezas y valimiento del Sto. Patriarca; 
y en testimonio de gratitud regaló á sus hijos un ornamento de tela finísima. 

II. En lo temporal iba mejorando aquella casa de modo que pronto pudo 
pasar á colegio, como luego diremos. En verdad que no era esto lo que más 
llamaba la atención del P. Diosdado, quien puesta su confianza en Dios, ponia 
todo su esmero y cuidado en procurar la salvación de las almas, especialmen- 
te de los pobrecitos, por quienes tanto más se interesaba cuanto los veia más 
necesitados y abandonados. Hecho superior soltó las riendas á su ardiente ce- 
ló; y no teniendo quien pudiera irle á la mano, no solo repitió las correrías 
del año anterior, sino que se extendió á más largas distancias, reportando el 
mismo ó mayor fruto; porque los indios ya le hablan cobrado amor, aun aque- 
llos que nunca lo hablan oido, pero que lo conocían por la fama. Mas procedió 
con tal prudencia, que no desatendía por esto los cuidados de la casa, que co- 
mo á superior le competían. 

15. Ninguna mudanza de personal habría en la misión de Arauco; y los tres 
PP. que entonces residían en ella llevaban adelante las congregaciones y de- 
más piadosos ejercicios entablados el afio anterior. El nuevo superior de la 
misión de Buena-Esperanza fué siguiendo las huellas de su predecesor el Pa- 
dre Vicente Modolell. Otro tanto hizo este en Penco, cuyo vecindario halló me* 
nos prevenido que el de Santiago contra la Compañía, á pesar de ser aquel el 
teatro de la guerra, y haber muchos que, interesados en las granjerias de ella, 
se oponían acérrimamente á los arbitrios del P. Valdivia. Est