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Full text of "Historia de la Confederacion Argentina ; Rozas y su epoca"

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HISTORIA 



CONFEDERACIÓN ARGENTÍNi 



ROZAS Y SU ÉPOCA 



Est . tipográfico El Censor, CJorrientcs S'^if) 



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HISTORIA 



CONFEDERACIÓN ARGENTINA 



ROZAS Y 8Ü ÉPOCA 



AI>OLFO SALDIAS 



•SEGUNDA EDICIÓN CORREGIDA , COXSIDEK AIJI.EMENTE AUMENTADA K ILUSTRADA 
CON LOS KKTP.ATOS DE LOS Plí IXCIPM.ES PERSONAJES DK ESE TIEMPO 



roMO II 




B li R N OS .\ I R E S 

FÉLIX LAJOUANE, EDITOR 

1892 



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CAPÍTULO XIV 



LA VALLE Y ROZAS 



(1823) 



Sumario. I. Miras délos revolucionarios del I» de diciembre. — II. Lo que veían les 
adversarios. — III. El rigorismo revolucionario: la prensa y las clasifica- 
ciones de los federales. — IV. La reacción de las provincias. — V. Porqué 
esta reacción aparecía más radical que la anterior. — VI. López y Rozas 
en la campaña de Buenos Aires. — VII. Lavalle envía á Paz al interior y 
sale á contener á aquéllos. — VIII. La táctica de López y de Rozas. — IX. 
Combates de las Palmitas, Vizcacheras y Puente de Márquez. — X. Lójjez se 
retira á Santa Fe y propone a Lavalle la paz. — XI. — Los prestigios de 
Rozas. — XII. Lavalle contra los sentimientos y la tendencia de la campaña. 

— XIII. Su resolución en presencia de estos hechos. ^XIV. Su escursión 
nocturna al campo enemigo. — XV. Lavalle en el alojamiento de Rozas. — 
XVI. Conferencia entre Lavalle y Rozas, — XVII. Convenio de 24 de junio 
de 1829. — XVIII. Impresión que produjo el convenio. — XIX. Fraude en las 
elecciones : lo que pensaba Rozas de esta situación. — XX. Convenio adi- 
cional de 24 de agosto : nombramiento del general Viamonte. — XXI. Fusión 
del partido urbano de Borrego con el partido de las campañas. — XXII. Nue- 
vas adhesiones á este partido: rumbos en que entra desde luego. — XXIII. 
Aspiraciones de Rozas al gobierno. — XXIV. Vacilaciones del general Via- 
monte j)ara convocar á elecciones. — XXV. Consulta que le hace á Rozas. 

— XXVI. Opinión de los dorreguistas. — XXVII. Informe de Rozas en la 
consulta del gobernador. — XXVIII. Éste convoca la legislatura derrocada. 



La situación revolucionaria se radicó por el momento 
en la ciudad de Buenos Aires, cuando bajó á ésta la 
segunda división del ejército republicano, al mando del 
general José María Paz. Los hombres que dirigían al 
general Lavalle, con tendencias análogas á las que los 
llevó á rodear á Rivadavia, aunque con propósitos menos 
levantados, sabían qué resistencias formidables suble- 
vaban en el interior de la República, y se propusieron 
abatirlas con medidas tan radicales como las que aca- 
baban de iniciar fusilando al funcionario que ejercía el 
poder ejecutivo de la Nación. La prensa revolucionaria 



asignó á esta política el carácter de le}^ de la necesidad; 
y ella y aquéllos circunscribieron sus miras á hacer 
j)revalecer en el hecho y en la ley la organización cons- 
titucional que fracasó ruidosamente en el año anterior 
como había fracasado en 1819. 

Esto es lo que se veía. Lo que creían ver los adver- 
sarios de este orden de cosas era más radical todavía. 
Fijándose en los antecedentes y trabajos de los direc- 
toriales, confundidos con los unitarios que gobernaban, 
atribuíanles el propósito de monarquizar el país para 
cimentar por este medio el orden y asegurar la paz. 
Especie acreditada era ésta entre los federales y quedó 
después como recuerdo de una de tantas tentativas 
abortadas. «El 1° de diciembre de 1828, — escribía treinta 
y cuatro años después el señor José M^, Roxas y Patrón, 
ex-presidente del Congreso de 1826 y ex-ministro de 
Borrego, — así que el general don Manuel Escalada supo 
la revolución, hecha por su amigo íntimo don Juan 
Lavalle, se fué á él y lo encontró en la plaza; y recon- 
viniéndolo, Lavalle lo sacó al medio y le dijo: «Te diré 
mi secreto, y tú no lo dirás á nadie.» Escalada contestó: 
«Á nadie, no: sólo á mi hermano Bernabé para quien 
no tengo secretos.» «Bien, sea á él sólo. Ya está visto 
que la República es una merienda de negros, que en 
nuestro país no puede ser. He entrado en el proyecto 
de establecer una monarquía: he dado los pasos y tendre- 
mos por soberano un príncipe de las primeras dinas- 
tías de Europa.» Esto nos lo contó después don Bernabé 
de Escalada al general Iriarte y á mí, añadiendo ser 
la primera vez que lo decía.» f) 

Tuviera ó no esta tentativa el alcance que se le asig- 



( ' ) Carta al general Rozas, de lecha 1» de enero de 1862. (Manus- 
crito oriifinal en mi archivo.) 



— 3 — 

naba entonces y que se le asignó poco después con mo- 
tivo del regreso de Rivadavia, como se verá oportuna- 
mente, lo cierto es que los dirigentes del partido unitario 
suprimieron de hecho las instituciones y el mecanismo 
que funcionaba más ó menos regularmente desde íines 
de 1820. Derrocada la cámara legislativa, suplantados 
los miembros del poder judicial con adictos de la situa- 
ción y dueños de todos los resortes de la administración, 
esos dirigentes redujeron el gobierno á la dictadura mi- 
litar del general Lavalle, á quien manejaban desde una 
junta ó consejo en que los principales entraron. El 
absolutismo revolucionario alcanzó naturalmente á la 
prensa; que la libertad de la palabra escrita quedó reser- 
vada para El Pampero, El Tiempo y otros papeles unita- 
rios, los cuales se diría que predijeron para sus partida- 
rios los rigores que predicaban con el objeto de destruir 
á sus enemigos. En este camino se fué lejos; que se 
forjaron armas de dos filos, las cuales debían usar des- 
pués los mismos contra quienes entonces se esgrimieron. 
En las contiendas del Año XX se persiguió individual- 
mente al ó á los adversarios peligrosos. En 1828 se 
decretó la persecución colectiva y general al partido polí- 
tico desafecto al que el general Lavalle representaba. 
Á principios de 1829 el consejo de ministros del general 
Lavalle inventó el sistema de las clasificaciones, ó sea 
las listas de todos los adversarios conocidos de esa situa- 
ción, y esto con el objeto de asegurar ó desterrar á los 
federales más conspicuos, como lo verificó con don Tomás 
Manuel, don Nicolás y don Juan José Anchorena, con 
García Zúñiga, Arana, Terrero, Dolz, Maza, Rozas, etcé- 
tera, etcétera. (*) 

(^) Véase Memorias postumas del general Paz, tomo II, pág. 
345. El general Paz era ministro de la guerra bajo ese gobierno del 
general Lavalle. 



Entretanto la reacción armada estallaba en casi toda 
la República. La legislatnra de Córdoba le confirió al 
gobernador Bnstos facultades extraordinarias , y éste se 
aprestó á defenderse del ataque que se le anunciaba y 
era fácil prever. El general Quiroga declaró públicamente 
que se dirigía á restaurar las autoridades de Buenos 
Aires, y levantó una fuerte división en Cuyo. El gober- 
nador Ibarra se dio la mano con el de Tucumán y for- 
maron otro cuerpo de ejército para defenderse ambos. 
El general López, gobernador de Santa Fe, le declaró al 
general Lavalle que no le reconocía como gobernador 
de Buenos Aires y que cortaba con él toda relación de 
provincia á provincia. (\) En la compaña sur de Buenos 
Aires fuertes grupos de milicianos armados, buscaban su 
incorporación en los puntos que á jefes de su devoción 
indicaba Rozas desde Santa Fe. 

Lavalle no tenía, como Rivadavia, ni la reputación 
de un político que sólo sabía actuar dentro del derecbo 
y de la ley, ni la égida de un congreso como el de 182G 
que hiciera triunfar en principio los ideales de la mino- 
ría, conteniendo, — en brillante tregua para la libertad 
del pensamiento, — el empuje incontrastable de los pue- 
blos y caudillos semibárbaros. No; que por ser exclusi- 
vamente un soldado cuadrado habíanlo reconocido como 
jefe visible los unitarios que circunscribían su política 
á abrir camino con el sable á la Constitución de 182U. 
Con él conseguían lo que no consiguieron con Rivadavia; 
que éste era la primera personalidad entre ellos; la que 
descolló por su grande iniciativa, y la que por su virtud 



(') Las notas de esta referencia se jiublicaron en Córdol)a y pos- 
teriormente en El Archivo Americano. Véase el Buenos Aires 
cautiva y La Nación Arge^ilina decapitada á nombre y por orden 
del nuevo Catilina Juan Lavalle (1829), que redactaba en Santa 
Fe el padre Castañeda. y. 






á todos se impuso en el momento solemne de su caída. 
El órgano oficial de los unitarios de 1828 condensaba 
esa política escribiendo: « . . .Al argumento de que si son 
pocos los federales es falta de generosidad perseguirlos, 
Y si son muchos, es peligroso irritarlos, nosotros deci- 
mos que, sean muchos ó pocos, no es tiempo de emplear 
la dulzura, sino el palo . . . sangre y fuego en el campo 
de l)atalla, energía y firmeza en los papeles públicos... 
Palo, porque sólo el palo reduce á los que hacen causa 
común con los salvajes. Palo, y de no los principios 
se quedan escritos y la República sin Constitución.» (') 
Nadie en la Piepública se hacía ilusiones á este res- 
pecto ; y por esto la reacción contra los unitarios de 
1828, — aun prescindiendo del fusilamiento del goberna- 
dor Borrego, — se manifestó más radical y más violenta 
que la que se había limitado á hacer el vacío á los 
poderes nacionales de 1826. 

La lucha sobrevino desde luego. El coronel Juan 
Manuel de Rozas, del campo de Navarro se había diri- 
gido á Santa Fe ó impuesto al gobernador López de la 
situación de Buenos Aires, asegurándole que el general 
Lavalle estaba reducido en la ciudad, y que toda la 
campaña le era hostil. López pensó, y con razón, que 
lo primero que haría Lavalle sería irse sobre Santa Fe; 
y calculando que Rozas podría ser un poderoso ante- 
mural en Buenos Aires por su influencia decisiva en las 
campañas, de lo cual tenía pruebas recientes, reunió sus 
milicias, nombró á Rozas mayor general de su ejército 
y abrió su campaña contra Lavalle invadiendo á Buenos 
Aires por el norte. «... Quedé obligado á usar de la auto- 
ridad de que estaba investido. — escribía Rozas, desde su 



(') Véase el núm. 58 de El Pampero, que redactaban don Ju?.:i 
Cruz y don Florencio Várela. ' 



retiro de Southampton, recordando esos sucesos, — y me 
puse á las órdenes del señor general López, general en 
jefe nombrado por la Convención Nacional, para operar 
contra el ejército de línea amotinado.» C) 

Lavalle envió al general José María Paz, al frente de 
la segunda división del ejército republicano, para que 
sofocase en las provincias del interior la resistencia de 
los jefes arriba mencionados; y mientras éste iniciaba 
su cruzada en Córdoba, él se dirigía con 15Ü0 veteranos 
al encuentro de López y de Rozas, quienes engrosaban 
su ejército con grupos numerosos de milicianos armados. 

El general Estanislao López, con ser que inició su 
carrera en el regimiento de Granaderos á caballo y se 
batió heroicamente en San Lorenzo á las órdenes de San 
Martín, no era un militar de las condiciones del general 
Lavalle; pero podía competir dignamente con éste, y 
aun superarlo en la clase de guerra que se propuso 
hacerle. Era la guerra del viejo y astuto caudillo, que 
no empeñaba combates serios, pero que fatigaba conti- 
nuamente á su adversario, presentándole por todos lados 
grupos de caballería bien montada, mientras él se apo- 
deraba de los recursos, y conseguía llevarlo más ó menos 
debilitado hacia un punto donde le caía entonces con 
todas sus fuerzas. Los veteranos de Lavalle se veían 
por la primera vez impotentes ante la pericia y astucia 
de esos dos jefes de milicias que obtenían en las dila- 
tadas llanuras la ventaja singular de destruir un ejér- 
cito regular, sin aceptar combates, sin presentarlos tam- 
poco y dueños de los recursos y de los arbitrios de que 
aquél no podía echar mano. 

Con todo, Lavalle comprendió la táctica especial de 
sus adversarios. Ayudado de algunos hacendados adictos 

(') Carta de 22 de septiembre de 1869. (Dup. orig. en mi archivo.) 



pudo montar sus soldados en caballos selectos y obli- 
oar á López y á Rozas á los combates de las Palmitas 
y de las Vizcacheras, en los cuales la caballería santafe- 
cina pretendió vanamente cerrar en círculo de hierro á 
los veteranos de Cutizaingó. 

Lavalle creyó haber obtenido sobre López y Rozas 
Tentajas mayores que las que alcanzó; y queriendo apro- 
Techarse de ellas, se corrió hasta las inmediaciones del 
puente de Márquez, y despachó á la ciudad una orden 
para que, á la brevedad posible, una columna de infan- 
tería viniera á incorporársele. Lavalle quería lanzar esta 
•columna sobre Santa Fe, cubriéndola él por el flanco, 
entre ella y el ejército de López á cuyo encuentro se 
dirigiría. Ocupada Santa Fe, López marcharía precipi- 
tadamente á su provincia, Lavalle lo seguiría allí, ence- 
rrándolo con la ayuda de Paz que vendría del lado de 
Córdoba, y entonces la campaña cambiaría completamente 
de aspecto. Pero López no le dio tiempo. Sospechando, 
acaso, los movimientos que intentaba su contrario, y 
suponiéndolo con escasos medios de movilidad después 
de los dos últimos combates, reunió todas sus fuerzas 
y se lanzó sobre el puente de Márquez. Lavalle tuvo 
que aceptar el combate. Agobiado por el número, fué 
obligado á retirarse después de una lucha encarnizada 
y sangrienta. 

En estas circunstancias el general Paz obtenía un 
triunfo sobre el general Quiroga en la Tablada. López, 
suponiendo que Paz marcharía sobre Santa Fe, se retiró 
precipitadamente á esta provincia, dejando al coronel 
Rozas al frente del ejército que éste se había formado á 
expensas de su influencia. De acuerdo con Rozas diri- 
gióle al general Lavalle proposiciones de paz. Pero la 
política no tenía más rumbo que la guerra ó el com- 
pleto sometimiento, y aunque quizá el general Lavalle 



— 8 — 

se inclinara á la paz y una parte de la prensa así lo 
predicase, los consejeros de éste la cohonestaron enérgi- 
camente, proclamando en sn órgano oficial — El Pampero 
— la necesidad de emplear el palo y conducir las cosas 
á sangre y fuego, como Cjueda transcripto más arril)a. 
Si López era capaz de debilitar á Lavalle en el gé- 
nero de guerra que emprendió contra éste, mucho más 
lo era Rozas, que conocía palmo á palmo la campaña 
de Buenos Aires y que contaha con la adhesión incon- 
trastable de los habitantes, quienes veían en él su jefe 
natural desde el año de 1820, y su paño de lágrimas 
en la larga noche del desamparo que habían sobrellevado 
con resignación desde el día en que la revolución de 
1810 prometió iguales beneficios á todos los argentinos. 
La campaña se había levantado como un solo hombre 
para seguir la bandera de Rozas. « Vamos por segunda 
vez á restablecer con nuestro esfuerzo las autoridades, 
y á restaurar las leyes de la Provincia. — les decía Ro- 
zas en sus proclamas; — abandonemos nuevamente las 
faenas de que vivimos, y todos los goces de la vida 
privada, porque así lo reclama la patria en peligro...» 

Y estas proclamas retemplaban los sentimientos enér- 
gicos de esa multitud enorgullecida del rol culminante 
que debía desempeñar por iniciativa del único hombre 
que había sentido y se había connaturalizado con ella, 

Y exaltaba con entusiasmo ingenuo á esa personalidad 
que le pertenecía; á ese joven aristocrático que había 
establecido en el antes desierto sur la verdadera escuela 
del trabajo moralizador y de la beneficencia ilimitada, 
en provecho de sus compañeros de fatigas, de esos gau- 
chos generosos que encontraban en él un apoyo para 
su vida ó un porvenir para su hogar. 

Lavalle debía luchar, pues, no ya contra soldados 
más ó menos disciplinados, frente á frente y en campo 



— 9 — 

abierto, como había luchado toda su vida desde 1811 
hasta después de la campana del Brasil. Tenía que 
luchar contra sentimientos y tendencias que llegaban 
al fanatismo. Veíase aislado é impotente, con ser que 
tenía á sus órdenes las mejores tropas de la República 
y á su disposición los tesoros de la Provincia. Rozas 
no tenía más cargo que el que le diera el gobierno derro- 
cado. Las evoluciones de la opinión turbulenta habíanlo 
traído á la ciudad á restablecer con su persona y con 
sus bienes las autoridades de la Provincia, y una vez 
restablecido el orden había regresado á sus estancias y 
atacado con el mismo brío de siempre los trabajos de 
la industria que lo enriqueció dignamente. Era un mi- 
litar ciudadano que podía decir que había incrustado su 
voluntad en el espíritu del noble hijo de los campos. 

Lavalle vio claramente que la opinión de la ciudad 
iniciadora de todos los movimientos que se habían su- 
cedido hasta 1820. — aunque le perteneciera á él comple- 
tamente, — no podía dirigir ya la política de la Provin- 
cia; porque frente á ella se levantaba otra opinión más 
robusta, invocando con la conciencia de su propia fuerza, 
el derecho de contar alguna vez en la comunidad de que 
formaba la mayor parte, después de haber contribuido 
con su sangre y con sus sacrificios á cimentar la inde- 
pendencia del país. Midió el peso de la iníluencia de Rozas 
en la campaña; y dedujo sin esfuerzo que la lucha sería 
tanto más larga cuanto que Rozas disponía de recursos 
inmensos que se le brindaban en el teatro mismo de 
la acción. En presencia de estos hechos, Lavalle lijó su 
resolución y se anticipó á llevarla á efecto, antes que el 
cónclave de sus amigos le argumentara inconvenientes 
á los cuales no quería responder esta vez. 

Lavalle se hallaba en su campamento de los Tapiales, 
cerca de lo que es hoy Ramos Mexía. Una noche. . . noche 



— 10 — 

triste para el orgulloso vencedor en Río-Bamba, Pasco y 
Bacacay. . . el general Lavalle montó á caballo y ordenó á 
un oíicial que lo siguiera á la distancia. ¿Adonde iba? 
Sus subalternos, que conocían su carácter, imaginaron que 
alguna empresa extraordinaria iba á acometer. ¿Quería 
dar un golpe decisivo en la mañana siguiente? ¿Era que 
iba á empeñarse en combate singular con Rozas, como hubo 
de verificarlo años antes con algún jefe realista? Nadie 
lo sabía. Nadie osó preguntárselo. Lavalle rumbeó 
hacia el sur. Esto era imprudente en un general, al frente 
de un enemigo cuyas partidas lo cercaban por todos 
lados. Á las dos leguas, próximamente, fué envuelto por 
un grupo de soldados de Rozas. «Soy el general Lava- 
lle, — gritóles á los que vinieron á reconocerle: — digan 
Vds., al oficial que los manda, que se aproxime sin 
temor, pues estoy sólo... » Los buenos gauchos quedaron 
estupefactos. Creían que las hondas del aire silbador 
de esa noche de invierno, llevaban ese nombre de boca 
de un fantasma; de esos que tan fáciles se crea la índole 
supersticiosa de cualquier gaucho que no haya leído á 
Hoffmann. ¡El general Lavalle, solo, y entre ellos!!... 
¿Era que se había vuelto loco ese veterano cuyo nom- 
bre respetaban?... De cualquier modo, soldados y oficial 
obedecieron, como si se tratara de las órdenes de su 
jefe. (\) Lavalle siguió marchando al lado del oficial 
hasta cierta distancia, en que este último le presentó á 
un otro jefe de destacamento, retirándose en seguida de 
hacerle respetuosamente el saludo militar. Nueva estu- 



( ' ) Tengo en mi poder una especie de Memoria militar, escrita 
por un campesino que en aquella época .-sirvió con Rozas, quien lo 
ascendió hasta teniente. Esta memoria, aunque bastante incorrecta, 
es exactísima en cuanto á los hechos, y minuciosísima en cuanto á 
fechas, nombres, lugares y detalles ([ue ajuicio de su autor sirven 
para ilustrar á sus hijos. El autor de esta memoria fué uno de los 
(lue reconoció al general Lavalle en la noche ;i que me refiero. 



— 11 — 

pefaccióii de los soldados, que se aproximaban hasta 
donde les era dado, para cerciorarse de que aquel hombre 
sereno y hermoso era el general Lavalle de carne y 
hueso. Lavalle habló con el oficial. Éste obedeció al 
punto, y siguió con el general la marcha hacia el sur. 

Así llegó Lavalle... al mismo campamento del co- 
ronel Rozas. Un oficial superior le salió al encuentro. 
« Diga V. al coronel Rozas que el general Lavalle de- 
sea verlo al instante... » El oficial se conmovió de pies 
á cabeza, pero cuadrado y respetuoso pudo responderle 
que el coronel no se encontraba en ese momento allí. — 
« Entonces lo esperaré, agregó Lavalle : indíqueme V. el 
alojamiento del coronel. » Y al penetrar en la tienda 
de Rozas le dijo al oficial: «Bien, puede V. retirarse; 
estoy bastante fatigado y tengo el sueño ligero...» y se 
acostó en el propio lecho de Rozas, concillando á poco 
un sueño tan tranquilo como el de la noche siguiente 
de la victoria de Maipú. Rozas vigilaba por sí mismo 
las partidas y retenes de las inmediaciones. Cuando re- 
gresó y el oficial le dio cuenta de que Lavalle se halla- 
ba sólo y dormido en su lecho, Rozas que sabía domi- 
nar todas sus emociones, no pudo reprimir algo como la 
tentativa de un sobresalto. ¿Cómo?... El jefe armado de 
sus enemigos que lo habrían sacrificado como á Borre- 
go ; el mismo que por su orden acababa de fusilar al 
gobernador de la Provincia y dirigídose contra Rozas 
para concluirlo, ¿por qué tan imprudentemente desafiaba 
el encono de los federales librcíndose á la caballerosidad 
del jefe visible de éstos, del que en realidad era el ven- 
cedor?... Así reflexionando Rozas se dirigió lentamente 
á su alojamiento con el espíritu vacilante de un hom- 
bre que no está preparado para la escena dramática en 
que se le obliga á tomar parte. 

He aquí cómo, cuarenta y un años después, refiere 



— 12 — 

el misino liozas desde Soiithampton esa escena á un ami- 
¡fo: «Al entrar me retiré dejando dos jefes de mi mayor 
confianza encargados de que no hubiese ruido alguno 
mientras durmiera el señor general Lavalle ; y de que 
cuando lo sintiesen levantado me avisasen sin demora- 
Guando recibí el mensaje, le envié un mate y el aviso de 
(|ue iba á verle y á tener el gran placer de abrazarlo. 
Cuando el general Lavalle me vio, se dirigió á mí con 
los brazos abiertos y lo recibí del mismo modo, abra- 
zándonos enternecidos.» (') ¿Qué se dijeron y cómo lle- 
garon á entenderse estos dos hombres en esa noche me- 
morable? Los oficiales de servicio que se hallaban cer- 
ca de la habitación en que tenía lugar esta conferencia, 
no podían menos de oir por intervalos la voz alterada 
de ambos jefes, quienes probablemente desahogaban sus 
querellas antes de llegar al punto que llegaron. Rozas 
dice solamente en la carta que he mencionado: «habla- 
mos con franqueza hasta que solos los dos dejamos 
todo arreglado, escrito por nosotros mismos y firmado. 
Después de esto fueron invitadas varias personas de 
ambos partidos, las que asistieron á las conferencias. » 
El resultado práctico de la entrevista del jefe délos 
unitarios con el jefe de los federales, fué el convenio de 
24 de junio de 1829 que firmaron el general Lavalle á 



(^) Carta de 25 de julio de 1869. Dup. oriííinal en mi archivo- 
Contestando las apreciaciones contenidas en el libro que sobre esa 
época comenzó á escribir el Dr. Bilbao, agrega Rozas: — «Pudie- 
ra Lavalle, después de haber fusilado al ilustre jefe del Estado, 
por su orden, aun cuando llevase consigo las cartas de los auto- 
res de la revolución que se lo aconsejaban, haber dado ese paso si 
no hubiere confiado en el crédito de Rozas, en su capacidad y 
en sus ardientes deseos por la unión y por la paz? Y cuando el 
general Lavalle fué sólo, acreditando su gran valor y gran con- 
fianza en la nobleza del general contrario, y en la subordinación 
sin ejemplo de las milicias de su mando, no hay razón en qué 
fundar la desconfianza que acuerda el Sr. Bilbao á Rozas. Las ten- 
tativas contra la vida de Rozas y otras más, fueron puramente 
obi'a de los autores de la revolución, no del señor general Lavalle.» 



— 18 — 

nombre del gobierno de la ciudad y el coronel Rozas á 
nombre del pueblo armado de la campaña. Este conve- 
nio tenía por objeto hacer cesar las hostilidades, resta- 
blecer las relaciones entre la ciudad y la campaña y 
olvidar lo pasado. Concurría á ello estableciendo: 1°, la 
elección inmediata de representantes de la Provincia; 
2°, el nombramiento del gobernador que harían estos 
diputados, y al cual Lavalle y Rozas entregarían las 
fuerzas á sus órdenes; 3°, el reconocimiento que haría 
la Provincia de las obligaciones contraídas por Rozas 
durante la campaña, y de los grados de los jefes y ofi- 
ciales del ejército de este último. 

Una parte de la prensa se echó á vuelo para felici- 
tar al país por este convenio, « digna obra del patriotismo 
de los dos primeros hijos de Buenos Aires». La otra 
parte se mantuvo en una prudente reserva sobre el fon- 
do del convenio y se limitó á recoger los ecos del pue- 
blo que, en general, aceptaba la idea fundamental de 
la paz, porque ésta partía de los respectivos jefes de par- 
tido, y porque creía que este era el desenlace del dra- 
ma... que recién iba á comenzar. Los principales ami- 
gos del general Lavalle reprobaron el convenio. Unos 
se lo reprocharon amargamente, otros se le separaron 
de sus filas. Algunos de esos políticos que aceptan cual- 
quier resultado cuando aperciben una probabilidad favora- 
ble á sus intereses propios; muchos de esos /lábiles que le 
acuerdan á su ambición el exceso que le quitan á su virtud 
cívica; algunas entidades que fundaban en la imitación del 
parecido rivadaviano el título para conducir el país por la 
senda que marcasen; estos hombres inteligentes, auda- 
ces, envueltos en la túnica de Catón, revestidos con la 
apariencia de los sabios de la Grecia y movidos por una 
gravedad de escuela á la cual reverenciaban como un 
dios-ley que debía facilitar el resultado, pensaron que 



— 14 — 

una vez que el general Lavalle había solicitado de Rozas 
la paz, dejándolo á éste más poderoso que antes, era 
necesario para no perderlo todo explotar el mismo conve- 
nio de junio en provecho de sus ambiciones; conducién- 
dose de manera que los diputados que debían elegirse 
por las parroquias de la ciudad y pueblos cercanos, sirvie- 
sen á esas ambiciones, costare lo que costare. 

Pero en las campañas electorales acontece lo que en 
el cuadro de Delaroche, que representa varios individuos 
sentados alrededor de una mesa y ávidos del manjar 
que cada uno quiere para sí: uno apaga la vela y alarga 
la mano sobre el plato apetecido, pero se encuentra con 
las manos de sus compañeros. En materia electoral todos 
meten la mano cuando la conciencia de la libertad no 
obra en la cabeza de cada uno de los llamados á cimen- 
tarla. El que creé andar ligero, llega después. Lo que 
querían para sí los personajes á que me he referido, lo 
querían también los partidarios que fueron de Borrego 
y que por la fuerza de las cosas, lo eran de Rozas á 
la sazón. Y lo que debía suceder, sucedió. Los amigos 
de Lavalle, más hábiles, vencieron en las elecciones de 
la ciudad, que tuvieron lugar el 26 de julio con derra- 
mamiento de sangre y escándalos de toda especie. Los 
partidarios de Rozas, mucho más numerosos, protestaron 
de estas elecciones. 

Al día siguiente grupos numerosos de partidarios 
salieron de la ciudad en dirección al campamento de 
Rozas situado en Cañuelas. La noticia de una nueva 
ruptura de hostilidades cundió en la población, y entonces 
ya no fué materia sino de ver cómo se evitaba la nueva 
efusión de sangre. La verdad es que los consejeros del 
general Lavalle habían burládose de una de las cláusu- 
las secretas del convenio de junio, la cual establecía 
que se votaría una lista en la que entrasen por número 



— 15 — 

igual candidatos unitarios y federales. Esta lista había 
sido confeccionada por miembros conspicuos de uno 
y otro partido, pero modificada por aquéllos á tal punto 
que aparecían electos diputados unitarios solamente. 
Rozas preveía este resultado, pues que dos días antes 
de las elecciones le escribía al coronel Ángel Pacheco, 
que era uno de los que intervenía en esos trabajos: 
«'Impuesto de cuanto me dice de su conferencia con el 
general Lavalle... espero que trabajará porque triunfe 
la lista formada en el ministerio. Si esta lista no triun- 
fa, los pactos más solemnes del tratado, que no se han 
publicado, quedan sin efecto. » É indicando á los fau- 
tores de la mistificación que prevé, añade : « Cómo me 
duele, mi querido compatriota, ver al general Lavalle 
encerrado en ese miserable Fuerte, en ese teatro de per- 
fidia. Él ofrece círculos que saben halagar jugando con 
habilidad los dardos de la traición, que son capaces de 
embriagar el mejor entendimiento, la razón más bien 
formada. » Y sintiéndose fuerte, así se manifiesta al ami- 
go para que se lo trasmita á Lavalle : «...si el general 
Lavalle se une conmigo, la gran familia de la Repúbli- 
ca Argentina verá muy pronto el día suspirado de su 
consolidación. Juan Manuel de Rozas es un hombre de 
bien, un labrador honrado, amigo de las leyes y de la felici- 
dad de su país. » Y cierra su carta con estas palabras 
que son como la visión profética de la larga noche que 
se siguió entre los excesos del absolutismo partidista: 
«¿Cuáles serían, pues, sus aspiraciones después de las 
lecciones que presenta la historia de todas las revolu- 
ciones? Estoy seguro que si el general Lavalle me cono- 
ciera como V. conociera también á las personas que lo 
rodean, se penetraría de que... de la sólida unión con 
Juan Manuel de Rozas debe esperar la felicidad de la 
patria y sin duda la suya acompañada de inmensa gloria. 



— u; — 

Por el contrario, de los otros la muerte del país y la 
suya i)articular. » (') 

Consecuente con esto, Rozas apuntó á Pacheco, para 
que la trasmitiese á Lavalle, la idea de postergar por 
el momento la elecci(jn de diputados, y de nombrar un 
gobierno provisorio con un consejo consultivo cuyo per- 
sonal lo designarían Lavalle y él. C) Pacheco y el co- 
ronel don Manuel Escalada, amigo íntimo de Lavalfe, 
enseñáronle á éste las cartas y proposiciones mencio- 
nadas; y Lavalle íirmó con Rozas el convenio de 24 de 
agosto, adicional del anterior, por el cual se acordó 
que ambos jefes nombrarían un gobernador provisorio, 
el cual actuaría con un senado consultivo ; y que este 
senado resolvería lo conveniente para la composición de 
la próxima legislatura. Aquéllos designaron gobernador 
al general Viamonte, personaje honorable, blando, y que 
no ofrecía resistencias, y el general Lavalle le entregó 
las fuerzas á sus órdenes, retirándose á la vida privada 
en fuerza de la convicción que llegó á tener de que no 
era él el llamado á gobernar la provincia de su naci- 
miento. 

El general Lavalle no se engañaba respecto del ver- 
dadero estado de la opinión en Buenos Aires. El coronel 
Rozas era indudablemente el hombre de la situación. Á 
expensas de su trabajo incesante en las grandes indus- 
trias rurales, el cual le permitió ser el primer hacen- 
dado de la República, y de los prestigios que le creó su 
participación eficaz y decisiva para reprimir la tremenda 
anarquía del año xx, gozaba de una influencia incon- 
trastable en las campañas. Para consolidarla, el partido 
urbano de Dorrego, que carecía de un hombre como 



(' ) Manuscrito testim. en mi archivo. (Véase el apéndice.) 
(-) Manuscrito testim. en mi archivo. (Véase el apéndice.) 



— 17 — 

para imponerse á los demás, entregó sn representación 
política á Rozas; y desde este momento quedó confundido 
en las mismas filas que este último engrosó con sus ami- 
gos y con sus soldados, á partir del 1° de diciembre de 
1828. 

Mas, como en este partido federal de la ciudad de 
Buenos Aires hubiera elementos gastados por la parti- 
cipación que tomaron en los trastornos del año xx, sus 
miembros dirigentes se propusieron atraerse mejores 
adherentes de entre las familias conocidas y pudientes, 
los cuales traerían consigo mayores probabilidades de 
éxito en el camino en que pensaban entrar desde luego. 
Y estos hombres nuevos pensaban que Rozas era el 
único que por el rol prominente que le habían asig- 
nado los sucesos, podía « fundar un gobierno estable 
y enérgico para cimentar el orden y organizar el país ». 
según lo predicaban los diarios de esos días. 

Tal era la aspiración unánime de esa gran masa de 
opinión. Rozas, por su parte, aspiraba á lo mismo. El 
momento no podía serle más propicio; y él no podía des- 
aprovecharlo sino á costa de comprometer su propia 
influencia, burlando las esperanzas de la gran mayoría 
de la Provincia que lo aclamaba. El general Viamonte 
comprendió que su gobierno duraría solamente el tiempo 
que emplearan en armonizar sus miras los elementos 
triunfantes después de la retirada de Lavalle. Cuando 
esto se verificó en la forma expresada, el general Via- 
monte quiso hacer cesar su provisoriato que era como 
una sombra de autoridad. 

El texto del convenio de agosto facilitaba el camino 
al general Viamonte ; y á éste se atuvo firmando un de- 
creto por el cual se convocaba al pueblo á elecciones 
de representantes para componer los poderes de la Pro- 
vincia. Pero aquí se presentó lo grave de la cuestión. 



— 18 — 

¿Cómo se practicaban elecciones generales cuando una 
parte de la Provincia estaba revuelta á consecuencia de 
los últimos sucesos, y cuando el partido vencido, aunque 
formase minoría, poca ó ninguna participación tendría 
en ellas después de la retirada y declaraciones de su 
jefe? ¿Es que el sufragio que se emitiera tendría la 
legalidad del que se emitió para elegir los representan- 
tes que componían la legislatura derrocada á ílnes del 
año anterior, y cuyo período no había terminado to- 
davía ? 

En presencia de estas dificultades que le presentaban, 
el general Viamonte suspendió el decreto mencionado y 
resolvió consultar sobre el particular al comandante 
general de campaña, dirigiéndole al efecto una nota de 
fecha 16 de octubre de 1829. Rozas llamó á sus prin- 
cipales amigos para consultarlos á su vez. Los dorre- 
guistas opinaron que el convenio de junio en la parte 
que se refería á la nueva elección de representantes, ni 
pudo ser válido, ni tenía fuerza legal en presencia del 
convenio adicional de agosto, el cual para prevenir nue- 
vos ataques al orden público, como los que se origina- 
ron con motivo de aquellas elecciones anuladas, estableció 
que el gobernador provisorio y su senado consultivo re- 
solverían lo conveniente para componer la legislatura. 
Que el caso era claro y terminante para ellos. Que lo 
conveniente y sobre todo lo legal, era que el gobernador 
provisorio restituyese á la Provincia su representación 
legítima, la que había sido elegida con intervención de 
todos los partidos, la que había sido disuelta violenta- 
mente el 1° de diciembre del año anterior, y cuyos 
miembros no habían terminado todavía su período legal. 
Que á esta legislatura correspondía, por consiguiente, 
decidir acerca de la suerte de la Provincia, y que aún 
sin convocatoria del gobernador, por iniciativa propia. 



— 19 — 

podía y debía recobrar la soberanía con que estaba in- 
vestida por el pueblo. 

En consonancia con estas ideas Rozas respondió la 
consulta del gobernador, manifestándole en nota de 16 
de noviembre que era tiempo «de restaurar el orden 
constitucional y de que la Provincia entre en el régimen 
legal ; y por lo mismo la opinión de la campaña decidida- 
mente es que no se practiquen nuevas elecciones.» «El 
comandante general, termina Rozas, penetrado de la difi- 
cultad de practicar nuevas elecciones, convencido de que 
la prolongación de un gobierno provisorio no puede ins- 
pirar confianza á nadie y que los convenios de junio 
y de agosto tendieron precisamente á restablecer el 
imperio de las instituciones de la Provincia, concluye 
haciendo presente al gobierno la conveniencia de convo- 
car la junta provincial constituida antes de los sucesos 
del 1° de diciembre, por ser esa conveniencia la opinión 
de la mayoría que reglará siempre la del infrascripto 
en actos de tal naturaleza.» 

Rozas decía la verdad. Sus declaraciones eran la 
expresión de la gran mayoría de la Provincia. Esto para 
nadie era un misterio y mucho menos para el gober- 
nador, quien expidió inmediatamente el decreto convo- 
cando á sesiones á la legislatura derrocada en el año 
anterior. Ésta se reunió solemnemente el 1° de diciem- 
bre de 1829, recobrando desde luego la soberanía de la 
Provincia. 



CAPÍTULO XV 



EL EJECUTIVO FUERTE 



(1829-1830) 



SuMVRio: I. Li ley de O de diciembre de 1829. —II. Las facultades extraordinarias 
y sus antecedentes. — III. Rozas elegido gobernador: su recepción. — IV. 
Prospecto político: la proclama á las campañas. — V. Evolución orgánica 
de la sociabilidad. — VI. Teoría de las evoluciones descendentes. — 
VIL Plan de la de 1830: la idea de la federación vinculada á la persona 
de Rozas. — VIII. El sentimiento ineducado deprimiendo la libertad. — 
IX. Las medidas represivas. — X. La legislatura partidaria: condecora- 
ciones y honores que discierne á Rozas: notables declaraciones de éste al 
rehusarlos. — XI. Rozas previene contra los libertadores de sable. 
XII. Traslación de los restos de Dorrego. — XIII. Manifestación popular 
á que esto da lugar. — XIV. Alocución de Rozas sobre la tumba de Dorre- 
go. — XV. La administración y hacienda de la Provincia. — XVI. El go- 
bierno de Rozas se pone á la defensiva. — XVII. La escursión administra- 
tiva á la campaña. — XVIII. Curiosa correspondencia con el gobierno civil 
y eclesiástico. 



La legislatura de Buenos Aires, repuesta por el go- 
bierno provisorio como queda explicado en el capítulo 
anterior, sancionó en uso de la soberanía que investía, 
la ley de 6 de diciembre de 1829, según la cual debía 
procederse al nombramiento de gobernador de la Provin- 
cia con arreglo á la ley de 23 de diciembre de 1823. El artí- 
culo 2° de esa ley imponía al gobernador electo la atribu- 
ción de arreglar la administración general, conservar 
íntegra la libertad é independencia de la Provincia, proveer 
á las necesidades de ésta, prevenir los ataques que contra 
ella intentasen los anarquistas y afianzar el orden y la 
tranquilidad pública. Para estos objetos, agregaba la ley, 
((se le reviste al gobernador que resulte nombrado de 
las facultades extraordinarias que juzgue necesarias basta 
la reunión de la próxima legislatura, á la que deberá 



— al- 
elar cuenta del uso que haya hecho de esta especial au- 
torización.» (') 

Esta investidura legal de un poder ejecutivo con fa- 
cultades extraordinarias, sólo se ve hoy en Paisia, donde 
el monarca reasume los derechos de la nación; ó en 
períodos revolucionarios, cuando la acción del que los 
encamina suspende temporalmente las garantías y liber- 
tades establecidas. En 1829 la República Argentina 
experimentaba los sacudimientos de una época revolucio- 
naria, cuyos lincamientos acentuaban cada vez más 
fuertes los elementos primitivos que participaban de la 
cosa pública. La independencia y la libertad del país 
amenazadas, la anarquía que siempre asomaba la cabe- 
za, y otros intereses tan fundamentales como éstos, ab- 
sorbían, por decirlo así, los desvelos de los partidos y 
de los hombres del gobierno. Verdad es que precisamente 
por haberse sucedido una en pos de la otra, la época 
revolucionaria de la independencia y la época revolu- 
cionaria de la guerra civil, en la República Argentina 
el poder ejecutivo fué la parte saliente del mecanismo 
gubernamental, cualquiera que éste fuere; y que esta 
idea prevalece en la actual constitución federal argentina, 
la cual convierte al presidente, por las atribuciones que 
le confiere, en un verdadero monarca que gobierna. Por 
esto decía Alberdi en 1853, que el poder ejecutivo es la 
parte culminante de la Constitución argentina. No es 
extraño, pues, que en 1829 ■ se prodigase facultades al 
ejecutivo, creyendo poner cá salvo los intereses más caros 
que se invocaban con ó sin motivo. Por lo demás, los 
poderes ejecutivos nacionales que surgieron en 1811, 
1812, 1815 tuvieron facultades extraordinarias. Facultades 
extraordinarias se otorgó á los gobernadores don Ma- 

(i) Registro Oficial núin. 1, lib ix, 1830. 



— 22 — 

miel de Sarratea y don Juan Ramón Balcarce en 1820; 
las otorgó también la legislatura de Córdoba al goberna- 
dor Bustos; la de Santa Fe al gobernador López y pos- 
teriormente la de Corrientes al gobernador Ferré, y con 
las mismas facultades fué investido el general Paz en 
1830 para desempeñar el supremo poder militar de las 
nueve provincias del interior. 

En este orden de ideas la legislatura de Buenos Aires, 
inmediatamente de sancionar la ley de O de diciembre 
eligió al coronel Juan Manuel de Rozas gobernador y 
capitán general de la Provincia. (/) « Mi inclinación, 
señores, dijo Rozas al recibirse del mando ( el día 8), el 
conocimiento de mí mismo, lo nuevo del snceso, no lian 
estado de acuerdo con un nombramiento que enérgica- 
mente resistía. Pero las circunstancias han podido más 
que todo, y por su inílujo lo he aceptado.» El nuevo 
gobernador se dirigió al Fuerte acompañado de una gran 
masa de pueblo y allí fué personalmente felicitado por 
los prohombres de la revolución de 1810 que sobrevivían 
y demás notabilidades del país, como ser: don Juan José 
Passo, don Domingo Matheu y don Miguel de Azcué- 
naga, miembros de la junta de 1810; los generales Al- 
vear, Guido, Balcarce, Soler, Vidal, Álzaga, Viamonte, de 
los ejércitos de la Independencia; don Tomás Manuel de 
Anchorena, el amigo de Belgrano y miembro de los ca- 



( ^) Una circunstancia digna de notarse es que los miembros de 
esta legislatura eran en su totalidad hombres que se distinguían en 
la sociedad por su posición, por su fortuna ó por el rol que les ha- 
bía tocado desempeñar en la cosa pública desde años atrás. Ellos 
eran: p]scalada, García Valdéz, Peña, Gamboa, del Pino, Anchorena 
(Nicolás), Aguirre, Obligado, Medrano, Viola, Isasi, Seguróla, Donado, 
Irigoyen, P'acheco, Vega, Grela, Silveira, Díaz, los Vidal, Zelaya, 
Aguiar, del Campo, Rivero, Perdriel, García Zúñiga, Posadas, Lozano, 
Anchorena (Tomás Manuel), Martínez. Todos votaron por Rozas, con 
ex:cei)ci()n de Terrero ([ue votó por Viamonte. (V. el Registro Oficial, 
año l.S3(). El Lucero núm. 77, correspondiente al 7 de diciembre 
de 1829.) 



— 23 — 

"bildos y congresos de la revolución; don Manuel José 
García, el antiguo diplómala; don Gregorio Tagle, antiguo 
ministro del Directorio; don Valentín Gómez, el grande 
orador de los unitarios; don Diego Estanislao Zavaleta, 
uno de los que trabajó la reunión del Congreso de 1826; 
don Gregorio Perdriel, etcétera. C) 

El nuevo gobernador expidió tres proclamas: una al 
pueblo, en la que pedía á todos el concurso para gober- 
nar con la ley á fin de garantir el orden; otra al ejército 
y marina, en la que les recordaba los juramentos de fide- 
lidad á la autoridad legal. La otra proclama era dedi- 
cada á las milicias de la Provincia. Esto era nuevo y 
significativo. Si los ciudadanos quedaban comprendidos 
en el pueblo y en el ejército, ¿qué venía á ser esa ter- 
cera entidad á que Rozas se refería?... La grande entidad 
que se impuso á fines de 1820, cuando no se apoderó del go- 
bierno á causa de no ser suficientemente caracterizado el 
jefe que ella misma se dio. La entidad de las campañas, 
que aparecía por vez primera fuerte en Buenos Aires, 
como había aparecido en las demás provincias, á mérito 
de circunstancias ajustadas al teatro político en que ac- 
tuaba. 

Era el jefe prestigioso de las campañas el que se ma- 
nifestaba en esa proclama como si hubiese querido dejar 
constatado oficialmente que á ellas debía su influencia; 
que por ellas había ganado los sufragios del elemento 
urbano y producido los hechos de que hacían mérito 
todos para elevarlo á la primera magistratura del Esta- 
do. Como tal jefe les decía: «La legítima representación 
de la Provincia, reunida al fin por vuestros sublimes es- 
fuerzos, me ha elevado al gobierno. Aquí estoy para 



1) Véase El Lucero, núm. sig. 



— 21 — 

sostener vuestros deredios, para proveer d vuestras nece- 
sidades^ ¡)ara velar }>oi' vuestra tranquilidad. Una au- 
toridad paternal, que erigida jxtr la ley, gobierne de 
acuerdo con la voluntad del pueblo, este ha sido, ciu- 
dadanos, el objeto de vuestros fervorosos votos. Ya tenéis 
constituida esa autoridad, y lia recaído en mí. Ya no 
seréis objeto de crueles vejaciones... nadie dictará la ley 
sino los representantes del pueblo: yola ejecutaré, y estoy 
cierto que vosotros contendréis al temerario que intente 
trastornar este orden. Reposad, milicianos, bajo el árbol 
de la paz... con vuestras virtudes curad las heridas' de la 
])atria, y apoyad su marcha con el respeto á las auto- 
ridades. Permitidme recordaros que yo ya os he dado el 
ejemplo.» Rozas tuvo el tino de componer su ministerio 
con tres hombres reputados por sus servicios al país y 
por sus talentos distinguidos, á saber: el general Tomás 
Guido, el secretario y amigo de San Martín; 'el doctor 
Manuel José García, antiguo diplómata, y colaborador 
de Rivadavia, y el general Juan Ramón Balcarce, uno 
de los guerreros más brillantes de la independencia ar- 
gentina. 

La tarea era ardua. El período (|ue se siguió á la 
dislocación nacional de 1827 fué de transición y de 
revuelta. En dos años se había operado un cambio pal- 
pable en la sociedad y en el gobierno. Nuevas aspira- 
ciones campeaban absolutas en la arena de la nueva 
política. Rencores que se alimentaban francamente, como 
una protesta viva contra las administraciones anteriores, 
servían generalmente de inspiración y de bandera á esa 
política. Y no era Rozas, como no era Viamonte, ni el 
ministerio, ni los exaltados, los sostenedores de esta po- 
lítica. Era el sentimiento general, unísono de un partido 
vencedor cuyos poderosos elementos de acción entraban 
de lleno y por la primera vez en la causa que con ra- 



— 25 — 

Z(3n hacían suya, consagrándola todo lo que tenían: un 
entusiasmo ineducado, una ignorancia deplorable y una 
inexperiencia política que tenía su explicación en el des- 
amparo en que siguieron las campañas después de 1810;, 
en la indolencia con que se miró las necesidades de sus 
habitantes, y en la ninguna participación que se les 
dio á éstas en las evoluciones que se sucedieron hasta 
1820, sino era para formar con ellos los batallones con 
que se engrosaba los ejércitos que guerrearon por la 
independencia. La clase educada y dirigente de este par- 
tido estaba de pie merced á la influencia incontrastable 
de las campañas. Sobre la tumba de Borrego unifor- 
maron sus miras y confundieron sus aspiraciones. Sin 
el más fuerte, el centro urbano y educado quedaba en 
peores condiciones que el partido unitario que acababa 
de abandonar la escena política. Y no se puede negar 
que el elemento urbano, sin ser absorbido, se hizo el 
intérprete de las aspiraciones y de las tendencias del 
de las campañas; imprimiendo á la época que comienza 
en 1830 una íisonomía que era á la que había iniciado 
Rivadavia, lo que la de 1820 á la de los primeros año& 
de la revolución de mayo, cuando fué vencido, perse- 
guido y expatriado el elemento aristocrático y civiliza- 
dor que la proclamó y la hizo triunfar. 

La evolución de las campañas de Buenos Aires en 
octubre de 1820, y que comienza á realizar sus fines en 
1829, puede decirse que constituye la tercera proporción 
de la sociabilidad argentina en orden descendente. Ellas 
se apoderan de la escena política, la imprimen sus in- 
clinaciones, sus tendencias, en nombre de los mismos 
principios que sirvieron para marcar las dos épocas 
anteriores; y como fuerzas motrices que entraban por la 
vez primera en el desenvolvimiento regular de una or- 
ganización política que debía pasar por una serie de en- 



— 26 — 

sayos y de calamidades antes de asentarse sobre bases 
más ó menos estables. Insisto sobre esto i)orque es 
fundamental para la explicación de evoluciones subsi- 
guientes, cuyo estudio aislado conduce á exagerar ver- 
dades que vienen tá ser otros tantos errores. La primera 
de esas evoluciones está marcada por el elemento aris- 
tocrático y docente de 1810, el cual arranca de los an- 
tecedentes legales y del propio derecho municipal para 
operar la revolución de mayo, darla su programa, san- 
cionar la independencia del país, y hacerla triunfar por 
el genio y el patriotismo de San Martín, de Belgrano y 
de Güemes. En segundo término, la crisis orgánica de 
182Ü: la reacción tumultuaria de las clases medias contra 
la oligarquía de los hombres y partidarios de los triun- 
viratos y de los directorios. Los caudillos de las otras 
provincias las prestaron mano fuerte. Ellas quedaron 
imperando en Buenos Aires como expresión genuina y 
palpitante de las pasiones arrebatadas, en el momento 
en que se inauguraba la crisis estupenda de un pueblo 
que recién iba á fijar sus miras en el gran problema 
de su organización. Esta reacción fué el punto medio 
entre la época inaugurada en 1810 y la época que se 
inauguró en 1829. Un mismo número de años la sepa- 
raba de una y de otra. Diríase que hubo hasta propor- 
cionalidad en la serie de los hechos que contribuyeron 
á crearla, y de los que ella produjo para que la derrum- 
baran. Las mismas causas que alegó la reacción de las 
clases medias para divorciarse de los hombres que com- 
pusieron los gobiernos anteriores á quienes procesó 
como traidores, fueron alegadas por la nueva reacción 
cjue apareció triunfante en 1829, con fines más radica- 
les y que tuvieron la virtud de imponerse en los 
tiempos. 

Por los auspicios de estas tres grandes proporciones 



se ha desenvuelto, pues, la sociabilidad argentina desde 
1810 hasta 1829, y como he dicho en otra ocasión, en 
virtud de algo que se podría llamar la ley de las reno- 
vaciones políticas, las cuales se han ajustado á principios 
cuya originalidad y cuya lógica son dignas de estudio para 
meditar con fruto sobre la filosofía histórica de la Re- 
pública Argentina. 

Á diferencia de la evolución orgánica de 1826 que 
atacó desde luego la organización constitucional de la 
República, la de 1829 circunscribió por el momento sus 
propósitos á radicar la situación de Buenos Aires en 
beneficio exclusivo del partido vencedor; para prevenir- 
se de los peligros con que la amenazaba el general Paz, 
quien al frente de las fuerzas de línea con que regresó 
del Brasil, disputaba el predominio de los unitarios en 
las provincias del interior. Esa gran masa de opinión 
proclamaba la federación que hasta entonces carecía de 
antecedentes legales y que no podría llevar á la prác:i- 
ca sino á condición de desalojar políticamente á los 
unitarios de las otras provincias. Y al proclamarlas así 
exaltaba á Rozas que era el principal campeón de tal 
idea, después de la muerte de Borrego. Y vinculando el 
triunfo de ésta con la persona de aquél, tributábale al 
gobernante los homenajes de un pueblo que sale de qui- 
cio, cuando el juego regular de las instituciones no for- 
ma escuela, conteniendo las pasiones desordenadas que 
deprimen la libertad. 

Estos homenajes debían llegar hasta el fanatismo; y 
la decisión y el entusiasmo con que se prodigaban pa- 
recido no encuentran en ninguno de los períodos re- 
volucionarios de la República Argentina. Hoy se niega 
tales sentimientos porque á todos alcanzan los extravíos 
de una sociedad conmovida en sus cimientos. Para ne- 
garlos se supone que la voluntad de un hombre pudo 



— 28 — 

inás que la voluntad de un pueblo que dio cuatro re- 
públicas al mundo hudiando contra la España. Y se su- 
pone esto porque se olvida que los elementos que exal- 
taban en 1829 al bombre á quien llamaban el primer 
ciudadano de Buenos Aires, como lo babía llamado el 
mismo general Lavalle, no tenían ni la educación ni 
los bábitos democráticos que se lian adquirido después? 
que más que esta educación y estos hábitos han pedido 
los sentimientos ardorosos que sabe alimentar la sangre 
española que llevaban, los cuales engendraron siempre 
ayer y hoy mismo, entusiasmos tan enérgicos como para 
producir excesos cuyas causas son anónimas. 

Así, la prensa y los círculos gubernistas, dando riendas 
al encono que les inspiraban sus adversarios, se preva- 
lieron del primer aniversario del fusilamiento del go- 
bernador Borrego para demandar medidas rigoristas 
contra aquéllos. La legislatura de Buenos Aires, por 
moción de algunos prohombres del partido federal que 
fueron desterrados bajo el gobierno de Lavalle, sancionó 
la ley de 24 de diciembre que declaraba «libelos infa- 
matorios y ofensivos á la moral todos los impresos dados 
á luz poi.' las imprentas de esta ciudad desde el 1° de 
diciembre de 1828 hasta la convención de 4 de junio 
último, que contengan expresiones en algún modo inju- 
riosas á las personas del finado coronel Borrego, del 
coronel Juan Manuel de Rozas, los gobernadores de pro- 
vincia, etcétera.» (M Y fundándose en el pronunciamiento 



( ■ ) Con arreglo á los artículos 2 y 3 de esta ley se nombró la 
comisión encargada de clasificar y coleccionar todos lo,s papeles á 
que aquélla se refería, como asimismo de designar una demostra- 
ción pública contra estos últimos. Dicha comisión quedó compuesta 
del camarista doctor Miguel de Villegas, del fiscal de Estado doctor 
l'edro J. Agrelo, de los generales Miguel de Azcuénaga y Manuel 
Guillermo Pinto y del canónigo doctor Saturnino Seguróla. Ella se 
expidió el 9 de marzo de Í830, declarando comprendidos entre 



— 29 — 

enérgico de la legislatura contra la misma revolución del 1'' 
de diciembre, y en que era absolutamente incompatible 
con la tranquilidad y el orden público la actitud de los 
que habían tomado parte en ella, el poder ejecutivo 
expidió un decreto por el cual declaraba que sería con- 
siderado como reo de rebelión todo el que, encontrán- 
dose en esas condiciones, «no diese en adelante pruebas 
inequívocas de que miraba con abominación los atenta- 
dos cometidos por dicha revolución. Como se ve. los 
federales tomaban presto represalias de la medida por 
la cual el gobierno del general Lavalle clasificó uno á 
uno álos conocidos como tales federales para asegurarlos ó 
desterrarlos. 

Simultáneamente la legislatura aprobó la conducta polí- 
tica y militar de Rozas desde el día Y de diciembre hasta 
el en que tomó posesión del mando; lo declaró Restaura- 
dor de las leyes é instituciones de la Provincia; le confirió 
el grado de brigadier y le condecoró con un sable y con 
una medalla conmemorativa. Rozas tuvo el buen juicio 
de no aceptar estas demostraciones análogas á las que 
hacían los demás congresos americanos á sus respectivos 
mandatarios, abriendo con ellas el camino á cuanto go- 
bierno fuerte ha imperado en el continente después de 
la revolución contra la España. «El infrascripto, — decía 
Rozas á la legislatura, en una nota cuyos conceptos lo 
levantaban mucho más que esos honores. — no pretende 



los libelos infamatorios los diarios que habían sostenido el movi- 
miento de Lavalle y atacado la administración Viamonte, como ser: 
El Pampero (todos los números); El Tiempo (del núm. 175 al 315); 
La Gaceta Mercantil (números 1538 al 1630.) «Y en odio de seme- 
jantes piezas, como en justo desagravio de las personas en ellas 
injuriadas», la comisión mandó que «todos los números expresados 
se quemen por mano del verdugo bajo los portales de la casa de 
justicia»; como en efecto lo fueron el día que designó el poder 
ejecutivo (16 de abril).» (Véase Registro Oflcial de 1830, libro IX, nú- 
mero 1 y El Lucero número 168.) 



— ;¡i) — 

hacer alarde de una modestia falaz... Basta, señores, la 
aprobación unánime de los representantes. Basta que la 
sala reconozca que al infrascripto le ha cabido la glo- 
ria de contribuir á restaurar las leyes, para que él pueda 
legar á sus hijos una lección cívica más influyente que 
todas las condecoraciones. La conversión de este suceso 
es un título de honor permanente: si bien muestra la li- 
beralidad de los representantes^ es un paso peligroso para 
la libertad del pueblo... porque no es la primera vez que 
la prodigalidad de los honores ha empujado á los hombres 
públicos hasta el asiento de los tiranos. )y 

Y refiriéndose al grado de brigadier, sienta este prin- 
cipio, nuevo entonces, y que Sarmiento desenvolvió en 
estos últimos años previniendo á la opinión contra los 
libertadores de sable: «No es el supremo rango de la mi- 
licia la medida que ensalza el mérito, ni que vigoriza 
la autoridad de un magistrado republicano... La memoria 
de los peligros que han corrido los derechos de la Pro- 
vincia por las avanzadas tentativas de jefes aleccionados 
en mandar soldados, ni debe perderse de vista en los 
consejos de la sala, ni el infrascripto puede excusarse 
de recordarla.» Y como si estas duras consideraciones no 
mostraran claramente á la legislatura cuál era la mente 
del que las hacía. Rozas cerraba su nota así: «Conviene 
que el interés público prevalezca al sentimiento indivi- 
dual de los representantes, para fortificar la moral del 
gobierno, haciendo una clásica ostentación de la inde- 
pendencia del cuerpo legislativo.» 

En talas circunstancias el pueblo y los poderes pú- 
blicos se preparaban á recibir los restos del infortuna- 
do coronel Dorrego que una comisión especial había 
ido á buscar á Navarro ('). Es fácil imaginarse el estado 



( ' ) Esta comisión la componían el camarista doctor don Miguel 
de Villegas, el doctor en medicina don Cosme Argerich, don Manuel 



— 31 — 

de sobreexcitación en que entró el pueblo con motivo 
de esta solemne ceremonia. El patíbulo de Navarro po- 
día ser un pretexto para muchos que lo explotaran en 
contra de los unitarios. Pero para el pueblo, la muerte 
de Borrego era el abismo que los separaba de sus ad- 
versarios políticos. El común de las gentes quería algo 
más que represiones, cuyo solo efecto era el de hacer 
callar á sus enemigos. Quería vidas en cambio de otras 
vidas; y ni Carlos IX, ni Felipe II contaron para sus 
degollaciones con pueblo más fanático que el que se levan- 
taba terrible en Buenos Aires, dispuesto á precipitarse 
desde luego en el camino de las represalias tremendas, 
en esa lucha espantosa que dividió después á la Repú- 
blica en dos campos donde no se dio cuartel. Cuando 
la comisión encargada de conducir los restos del coronel 
Dorrego llegó á San José de Flores, grandes grupos de 
pueblo se reunieron en la plaza principal de este pueblo. 
El día 20 de diciembre de 1829, la comisión siguió para 
la ciudad. En la iglesia de la Piedad donde se detuvo, 
la concurrencia aumentó considerablemente. Por la tarde 
el gobierno trasladó la urna á la Fortaleza. Al día si- 
guiente tuvieron lugar en la Catedral las exequias fú- 
nebres de Dorrego, con asistencia del gobierno, de las 
corporaciones civiles, de las comunidades religiosas y del 
pueblo que acudió en masa. Todas las tropas formaron 
en la plaza de la Victoria bajo las órdenes del general 
Balcarce: y después de pronunciado por el canónigo Fi- 
gueredo el elogio fúnebre de Dorrego, el gobernador, 
todas las corporaciones, el ejército y una masa de pueblo 
que algunos hacían subir á cuarenta mil almas, condu- 
jeron la urna al cementerio. 



López, don Indalecio Palma y el cura y el juez de Navarro. El infor- 
me de esta comisión y los documentos correlativos se publicaron en 
El Lucero número 88. 



— 32 — 

Al pie del mausoleo erigido al efecto, don Juan Ma 
miel de Rozas pronunció una alocuci(3n que por la al- 
tura de los términos, en esas circunstancias excepcionales, 
y en boca de un gobernante dueño de la opinión que 
lo rodeaba, constituye una lección digna de imitarse en 
todo tiempo. «Borrego, dijo Rozas en medio del recogi- 
miento general, víctima ilustre de las disenciones civiles, 
descansa en paz ! La patria, el honor y la religión han 
sido satisfechos hoy, tributando los últimos honores al 
primer magistrado de la República. La mancha más 
negra en la historia de los argentinos, ha sido ya lava- 
da con las lágrimas de un pueblo justo, agradecido y 
sensible. Vuestra tumba rodeada en este momento de los 
representantes de la Provincia, de la magistratura, de 
los venerables sacerdotes, de los guerreros de la in- 
dependencia y de vuestros compatriotas , forma el 
monumento glorioso que el gobierno de Buenos Aires os 
ha consagrado ante el mundo civilizado; monumento 
que advertirá hasta las últimas generaciones que el 
pueblo porteño no ha sido cómplice en vuestro in- 
fortunio. Allá ante el Eterno arbitro del mundo, vues- 
tras acciones han sido ya juzgadas: lo serán también las 
de vuestros jueces, y la inocencia y el crimen no serán 
confundidos...» 

Rozas se dedicó desde luego á regularizar la admi- 
nistración y la hacienda de la Provincia, con la hábil 
cooperación de los ministros García y Guido. El estado 
de la hacienda no podía ser más precario para una pro- 
vincia que contaba con entradas abundantes. Baste sa- 
ber que en el año 1829 sólo se recaudó ocho millones, 
y que las salidas, — incluso el déficit que excedía de trece 
millones, — ascendieron á más de veintitrés millones. En 
€stas salidas figuraban partidas por 250.000 pesos al 
comisario de artillería; por 300.000 pesos invertidos en 



la policía; por 700.000 en la marina; y la rej3ai'tición de 
correos nada produjo en ese año, que por él contrario 
insumió más de 15.000 pesos. (') 

En estas circunstancias el general Paz se aprestaba 
á llevar á Cuyo y al norte las armas de los unitarios 
vencedoras en Córdoba; y los gobiernos del litoral se 
pusieron á la defensiva. Rozas formó un campo de ins- 
trucción y de maniobras en Pavón, cerca de la línea de 
Santa Fe, donde empezó cá organizar un respetable cuer- 
po de ejército. Á fin de inspeccionar estos preparativos 
y de proveer al mismo tiempo á las necesidades que 
demandaba la campaña. Rozas delegó el poder ejecutivo 
en sus ministros, reservándose él las facultades que 
tenía conferidas, y se dirigió al norte. 

Rozas se detuvo en todos los pueblos del norte y 
quiso darse cuenta exacta de las cosas, llamando á los 
funcionarios y vecinos espectables, atendiendo las de- 
mandas, oyendo las opiniones y proveyendo á aquellas 
necesidades de carácter administrativo. En este camino 
tropezó con algunas dificultades y pudo apreciar la ne- 
gligencia con que las autoridades locales administraban 
los intereses de esos pobres pueblos. Es por demás cu- 
riosa la correspondencia que sustuvo en este sentido 
con sus ministros, á quienes apuntaba las razones que 
lo movían á pedirles que hicieran cesar tales ó cuales 
funcionarios civiles y militares, y las condiciones de los 
que debían reemplazar á éstos. 

En cuanto á las iglesias y á los curas, Rozas escri- 
bía desde San Nicolás en 15 de abril de 1830 á su ami- 
go y padrino el doctor José María Terrero, provisor y 



( ' ) Véase el Estado General del Erario publicado en el Registro 
Oficial de 1830 y también en El Lucero áe\ 5 de febrero del mismo 
año. 

TOMO II. 3 



— u — 

goberiiador del obispado: « Ando trabajando cuanto pue- 
« do por mejorar nuestras iglesias y las costumbres 
(( religiosas; todo ha de ir bien porque el ejemplo puede 
« mucho. El templo de San Pedro era un chiquero. El 
« cura lo había dejado cerrado, y le pido á usted que 
« lo destituya en vista de que el tal cura se ha dado 
(( tiempo para edificar casas propias, y no para asear 
« siquiera el templo. » Por razones análogas le pide la se- 
paración de los curas del Baradero y del Fortín de Areco, 
y agrega: « Mándeme usted dos curas para estos desti- 
nos, pero no me mande curas inmorales. Estimule usted 
por Dios á esos santos padres para que sirvan á su 
patria ahora que deben ser venerados como ministros 
del culto. » (/) 

En otra carta se refiere á la capilla de San José, y le 
dice que ha contribuido para ello con quinientos pesos- 
de sus fondos particulares y con otros quinientos de 
su sueldo; y en cuanto al sacerdote don Feliciano Mar- 
tínez que el provisor le propone como cura, le declara 
que no tiene inconveniente en que sea nombrado, «porque 
aunque no he averiguado sobre sus opiniones políticas,, 
me han dicho que es retirado, moral y virtuoso sin hi- 
pocresía, y esto me basta.» O En carta fechada en el 
Salto á 19 de mayo, le habla de lo que ganaría el país 
con otra misión al sur, y prosigue: « El cura de Rojas 
« no rezaba el rosario por la noche: tampoco echaba sus 
« pláticas. Yo le hice ver que no era indispensable de- 
« cirlas de memoria: que tanto valía escribirlas y leerlas 
« en el pulpito. Él alegaba falta de velas, y yo lo alla- 
« né todo. » Refiriéndose al templo del Pergamino que 
estaba en el suelo, le dice este párrafo significativo: 



( • ) Manuscrito de Rozas en mi archivo. 
(-) Manuscrito de Rozas en mi arcliivo. 



— 35 — 

«¡Cómo se ha mirado por nuestros gobiernos, padrino, 
la religión santa de Jesucristo, la religión de nuestra 
tierra! Creo que si los federales logramos seis años ha 
de tomar aspecto; y que educando ahora en la verdadera 
religión de nuestros padres á estos niños que se están 
criando, ellos la han de defender dando en tierra con 
todos los incrédulos y con todos los malvados. Yo hago 
que las tropas entren formadas á misa y que en ella 
se rinda rigorosamente á Dios la veneración que marca 
la ordenanza. Hago que las retretas al romperse pasen 
á las puertas de las iglesias y toquen á Dios un toque 
en demostración de respeto y alabanza. Si el cura ha 
cumplido bien, también se le toca un toque en la puer- 
ta de su cuarto, para darle con esta y otras demostra- 
ciones la importancia que yo quiero que tengan los mi- 
nistros del altar.» (^) 



( ' ) Manuscrito de Rozas en mi archivo. El doctor don José Ma- 
na Terrero nació en Buenos Aires el 29 de mayo de 1789 y fueron 
sus padres don Joaquín Terrero y doña María Josefa González Vi- 
llarino. Cursó en la real universidad de Córdoba del Tucumán las 
aulas de filosofía en los años 1800, 1801 y 1802, tiémine discrepante. 
En 1803 se incorporó á los Reales estudios de Buenos Aires y cursó 
tres años de teología. De 1806 á 1809 inclusive cursó teología moral. En 
todos estos exámenes obtuvo aprobación plena, fie'inine discrepan- 
te, según consta del certificado que á virtud de orden del cance- 
lario de los Reales estudios, doctor don Luis José Chorroarin, expide 
en 15 de febrero de 1806, el secretario don Manuel José de Saravia. 

En febrero de 1809, ordenado ya clérigo diácono, fué nombrado por 
el obispo Lué (el famoso obispo del cabildo abierto del 22 de mayo 
de 1810) capellán de la Catedral; por renuncia que hizo el doctor 
Manuel V. Erézcano de esa capellanía, no beneficiada ni colativa. 
En octubre, siendo familiar del mismo obispo, fué nombrado bene- 
ficiado excusador del evangelio en la Catedral, por el tiempo que 
permaneciera ausente el titular que lo era el doctor Bernardo de la 
Colina. El obispo Lué lo autorizó para celebrar la misa por el tér- 
mino de un año, á contar del 19 de junio de 1811. El doctor Zava- 
leta prorrogó esta licencia por cuatro años más, y la extendió á la 
facultad de predicar y confesar hombres y mujeres, y á la de absol- 
ver á reservatis. 

En vista de sus estudios y de haber servido el empleo de pasan- 
te general de estudios en el Seminario Conciliar de Buenos Aires, 
desde abril de 1814 hasta julio de 1816, «promoviendo en cuanto 



— 8B — 

Estos detalles á primera vista frivolos muestran que 
Rozas, sea que se inspirara en los intereses generales 
de la Provincia, ó que se sintiera predispuesto á ejercer 
su acción autoritaria en todas las relaciones políticas, 
redoblaba su actividad y su constancia para regularizar 
la marcha de su oobierno en razón de las ideas v sen- 



ce le ha sido posible el adelantamiento de sus alumnos, presidiendo 
« todos los ejercicios literarios de las materias que tratan en las 
« aulas públicas con pruebas de suficiencia», el claustro de la Uni- 
versidad de Córdoba, le otorgó en 21 de septiembre de 1816, por 
medio de los doctores José Mana Bedoya, José Domingo de Allende, 
y fray Felipe Serrano, la borla de doctor en teología «con la calidad 
de desempeñar la l'unción pública de ignaciana.» 

En 17 de junio de 1818 el director supremo de las Provincias 
Unidas, general Juan M. de Pueyrredón, lo nombró vicerrector del 
Colegio de la Unión del Sur, teniendo presente que «era necesario 
proveer ese destino en persona que reúna conocidos talentos y vir- 
tudes, modales atables y suficiencia para su desempeño; y que todas 
estas cualidades concurren en el doctor José Mana Terrero.» 

En 1820 renuncio este cargo. El gobernador le aceptó su renun- 
cia ordenando que «á efecto de que el conocido mérito de este 
« eclesiástico, sea compensado debidamente y de un modo que 
« satisfaga la justa gratitud en que le está el público y este gobier- 
« no por su singular buen comportamiento, oficíese ai señor provi- 
« sor gobernador de este obispado, recomendándole su colocación 
« en la iDrimera oportunidad ventajosa que se presente.» 

El provisor doctor Benegas lo nombró cura de la Concepción 
en 21 de agosto de 1829; y el 14 de enero de 1830 fué nombrado 
provisor y gobernador del arzobispado por el senado eclesiástico 
que presidia el doctor Diego E. Zavaleta y del que formaban parte, 
don Valentín Gómez, Pedro Vidal, Bernardo de la Colina, Santiago 
Figueredo, Saturnino Seguróla, etc., etc. Desempeñó este cargo hasta 
el 30 de marzo de 1831 en que el doctor Tomás M. de Anchorena le 
comunicó que «sólo el deber en que se consideraba el gobernador 
de reconocer por vicario apostólico de esta diócesis al señor doctor 
don Mariano Medrano, obispo de Aulón, había podido impulsarle á 
dictar la providencia en virtud de la cual cesaba el doctor Terrero 
en el desempeño del provisoriato.» 

Á fines de este año fué nombrado canónigo subdiácono; y segun- 
do canónigo diácono el 13 de septiembre de 1832. Electo diputado á 
la legislatura de la Provincia en 1832, reelecto sucesivamente en 
los períodos de 1833 y 1834, el doctor Terrero, así en este cargo 
honorífico como en muchas otras comisiones que se le confiaron, 
se desempeñó siempre con altura, ilustración y hombría de bien, 
haciéndose notar siempre por la extricta rigidez de sus principios 
y por la firmeza incontrastable de su carácter. 

Por decreto de 15 de diciembre de 1832 el gobernador, en la so- 
licitud de don Braulio Costa sobre el despacho de un baúl de 
libros existentes en la aduana, mandó que se pidiera al colector 



— o/ — 

timientos de la época, y sin descuidar ninguno de los 
detalles de la administración, ni aun en esos momentos 
en que graves peligros amenazaban al litoral si triun- 
faba el movimiento revolucionario que debía sostener el 
general Paz en el interior al frente de mil veteranos 
con que regresó del Brasil. 



tres ejemplares de esos libros que eran El Jesuíta joven para que 
fueran revisados por el camarista doctor don Miguel Villegas, ca- 
nónigo don José ISIaria Terrero y doctor don José C. Lagos, «quie- 
<( nes reconociendo su contenido, informarán si conviene á la reli- 
« gión y buenas costumbres su circulación en el país.» (¿Seria Me- 
morias de un jesuíta joven?) 

En 28 de marzo de 1834, siendo director de la biblioteca públi- 
ca, fué nombrado miembro de la junta de juristas, teólogos y 
canonistas que debían decidir sobre las facultades para la provisión 
de los obispos; reunión que quedó sin efecto por superior resolu- 
ción de 21 de agosto de 1834, debiendo los nombrados presentar 
sus dictámenes escritos sobre cada una de las 14 proposiciones 
sometidas á su consideración. 

Por fin, en julio 3 de 1835 fué nombrado fiscal eclesiástico. He 
tenido ocasión de leer muchas de sus vistas, que él guardaba 
cuidadosamente, y puedo decir que si algunas veces se echa de 
menos los conocimientos especiales del verdadero jurista, campea 
en todas ellos un excelente criterio en la apreciación de los hechos, 
ilustrado con conocimientos generales que le permitían emitir opi- 
niones concienzudas y concluyentes en todas las cuestiones someti- 
das á su consideración. 

El doctor Terrero falleció en la ciudad de Buenos Aires el 9 de 
enero de 1837. Su cuerpo fué inhumado en el panteón de la Catedral. 
Sus servicios al país, su inteligencia y sus dotes personales, lo hacen 
digno de este recuerdo biográfico que trazo á rasgos tomados de 
algunos de sus papeles privados. 



CAPÍTULO XVI 



PAZ Y QUIROGA 



(1829 — 1830) 



Sumario. I. Entrada del general Paz en Córdoba: Bustos se retira y aquél ocupa la 
ciudad. — II. Bases de arreglo: la política del más fuerte. — III. Paz ataca 
y derrota á Bustos. — IV. Circular de Paz á los gobernadores y al general 
Quiroga: respuesta de Quiroga. — V. Perfiles del general Juan Facundo 
Quiroga. — VI. Las huestes de Quiroga. — VII. Las acusaciones de los 
enemigos y las manifestaciones de los patricios. — VIII. Boceto del general 
José María Paz. — IX. Los veteranos y los llanistas. — X. Invasión de 
Quiroga. — XI. Paz sale á batirlo y Quiroga se entra en la ciudad de Cór- 
doba. — XII. Batalla de la Tablada: derrota de Quiroga. — XIII. Combate 
del 23 de junio: nueva derrota de Quiroga.^ XIV. Fusilamiento de los 
prisioneros de Quiroga. — XV. Comisiones mediadoras: fracaso de éstas. 
— XVI. Campaña de Paz sobre la Sierra. — XVII. Nueva campaña de Qui- 
roga sobre Córdoba: notable comunicación que dirige á Paz. — XVIII. La 
política de guerra de Paz. — XIX. Nueva mediación: Paz le impide confe- 
renciar con Quiroga. — XX. Batalla de Oncativo ó Laguna Larga — Quiroga 
se retira á Buenos Aires. 



El general Paz cruzó con su división la provincia de 
Santa Fe y se plantó en Córdoba, su provincia natal, y 
la llave de que debía apoderarse para dirigir todos los 
movimientos contra los gobernadores Bustos, Aldao, Gui- 
ñazú y el general Quiroga que dominaba en el interior 
y en Cuyo. Á mediados de abril Paz llegó al Ojo de 
Agua, y el gobernador de Córdoba se situó con sus fuer- 
zas en el Pilar, sobre el río Segundo. Allí se dirigió 
Paz. Pero Bustos levantó su campo y se replegó sobre la 
ciudad de Córdoba. Seguido por las fuerzas de aquél. 
Bustos se retiró en dirección á la capilla de Pedernera, 
dejando descubierto el camino de la ciudad, de lo que 
aprovechó Paz para ordenar al coronel Dehesa que mar- 
chase á ocuparla, lo que verificó éste el día 12 de abril. 



— 39 — 

Paz propuso en seguida á Bustos una transacción 
sobre la base de que se convocaría al pueblo á elec- 
ción de representantes, los cuales nombrarían el gober- 
nador. Aunque Bustos aceptó la proposición ampliándola 
en el sentido de que ni él ni Paz serían nombrados, el 
hecho positivo es que Paz no había ocupado militarmente 
la ciudad para dejarle el terreno libre á Bustos, ni éste 
lo cedería sino á la fuerza. Paz dice que Bustos quería 
ganar tiempo; lo que se explica perfectamente si se atiende 
á que Bustos pretendía reanudar la situación política 
provincial que acababa de derrocar aquél con el ejér- 
cito de la Nación y con el mismo título con que otro 
general de división había derrocado la de Buenos Aires 
en 1828. 

Lo cierto es que Bustos apremiaba á Quiroga, con 
quien se había aliado y quien hacía sus últimos pre- 
parativos de campaña contra Paz. En tal espectativa 
Paz se aproximó con su ejército al campamento de su 
adversario, situado en San Roque, como á nueve leguas 
de la ciudad. Ciudadanos bien intencionados que que- 
rían evitar la efusión de sangre, provocaron una entre- 
vista entre ambos generales. De ésta resultó que Bustos 
delegó en Paz el gobierno para que convocase á eleccio- 
nes; y en tal carácter fué este último reconocido oficial- 
mente. (') 

Una vez en el gobierno, Paz le hizo cargo á Bustos 
de sus relaciones con Quiroga y le intimó que disolviese 
su ejército, porque de no hacerlo así se iría contra él. 
El hecho se subsiguió á la amenaza. El 22 de abril, Paz 
llevó un ataque general sobre Bustos atrincherado en 
San Roque y lo derrotó completamente, tomándole dos- 



(^) Memorias postumas del general Paz, tomo III pág. 100. 
Véase también El Argentino de Córdoba. 



— 40 — 

cientos prisioneros, 8 cañones y todo el parque que era 
al)un(lantísimo. Bustos se dirigió á Pocho pretendiendo 
hacer pie en la Provincia; pero pocos días después se 
dirigió á los llanos de La Rioja á incorporarse al gene- 
ral Quiroga, quien acababa de expedir una circular 
en la que decía que « con las fuer/as de su mando y 
las de Catamarca marchaba en auxilio de la benemérita 
provincia de Córdoba». 

Paz se contrajo á organizar la Provincia administra- 
tiva y militarmente; y en vista de la nueva situación 
política de Buenos Aires, de la cual no podía esperar 
cooperación para sus planes, como lo dice en sus me- 
morias, les comunicó á los gobiernos de Mendoza, San 
Luis y al general Quiroga, principalmente, que no se 
entrometería en los asuntos internos de estas provincias, 
y que por el contrario deseaba conservar con ellas paz 
y amistad. Pero Quiroga contaba también con esos go- 
bernadores para su empresa. Sólo él respondió á la nota 
de Paz. Su respuesta fué gráfica. Cuando se le presentó 
el capitán don Nicolás Arce destacado por el coronel 
Allende con la comunicación de Paz, le intimó que re- 
gresara en el acto, munido de un pasaporte que el mismo 
Quiroga redactó en estos términos: «Regresa el bombero 
don Nicolás Arce á dar cuenta á su amo don Faustino 
Allende que se halla en la Zerrezuela con los mocosos 
vencedores en San Roque. — Juan Facundo Quiroga. y> 

¿Qué hombre era este, que sin ser gobernador, sin 
estar investido de autoridad superior, se hallaba al frente 
del ejército de tres provincias, y despreciaba con arro- 
gancia tan primitiva á uno de los primeros generales 
de la República? La personalidad del general Juan Facun- 
do Quiroga dio tema á Sarmiento para un libro que consti- 
tuye bello florón de la literatura argentina. Bien que con 
el espíritu preconcebido del propagandista que sintetiza 





/l^í^i-r-^ 



(yr¿;,^C^^9f> A^ 'ttV^^ 




— 41 — 

las causas complejas en los hechos que favorecen sus idea- 
les, Sarmiento ha presentado con colorido de maestro 
ese carácter original de los llanos argentinos, tomándolo 
desde el momento en que se inicia en las correrías 
pintorescas del gaucho, hasta el en que se convierte en 
personaje político al favor de las rivalidades entre los 
Dávila y los Ocampo. Desde que con su lanza y sus lla- 
neros se apoderó de la situación de La Rioja, Quiroga 
campeó formidable donde quiera que se sintió la pu- 
janza de su brazo y las manifestaciones de sus pasio- 
nes arrebatadas. Expresión superior de la naturaleza 
primitiva en que se había desenvuelto, conducía sus 
propósitos en razón de los medios que ésta le brindaba. 
Valeroso hasta la temeridad; sagaz hasta lo increíble; 
fecundo en expedientes singulares; tremendo en las vic- 
torias; más tremendo todavía en las derrotas, y con chis- 
pas de genio para sacar provecho aún de las dificultades 
que le suscitasen, y restablecer la partida con cuales- 
quiera que se le opusieren, el general Quiroga era un 
espíritu sacudido por el frenesí de las luchas estupen- 
das, en las cuales se agrandaba como se agranda un 
turbión cuanto más recia es la borrasca que lo levanta. 
Obligaba á los suyos á que confiasen en la victoria, 
como si ésta dependiese del prodigio de su voluntad; 
y él confiaba también, seducido por la visión fantástica 
de un campo ensangrentado de vencidos por sus ma- 
nos, y él esperando á los vengadores para vencerlos 
otra vez, y otra vez poder gozar de las fruiciones de- 
liciosas del combate. El pueblo, los soldados habitua- 
dos á batirse como leones á su lado, temblaban ante 
la mirada penetrante de esos ojos renegridos y medio 
ocultos bajo las guedejas de una cabellera abundante. 
Aquí era donde Quiroga descubrió sus dotes de caudi- 
llo de multitudes primitivas. Véase esta anécdota. Un 



— 4-2 — 

objeto había sido robado. Todas las averiguaciones he- 
chas á los soldados habían sido infructuosas. Quiroga 
forma su tropa: hace cortar tantas varillas de igual ta- 
maño cuantos eran los soldados: ordena que se distri- 
buyan á todos, y con voz segura dice : « Aquél cuya 
varita amanezca mañana más grande que las demás, 
ese es el ladrón. » Al día siguiente forma la tropa. Un 
soldado hay cuya varilla aparece más corta que las 
otras: — «¡Miserable! le grita Quiroga con voz aterrante: 
tú eres !... » Y en efecto éste era... el crédulo gaucho, 
temiendo que la varilla creciese, le había cortado un 
pedazo. En otra ocasión habíase robado algunas pren- 
das á un soldado. Quiroga dice con seguridad: «yo sé 
quien es », y hace deslilar la tropa para adivinarlo. De 
repente se lanza sobre un soldado, lo toma por el brazo 
y le pregunta secamente : «¿ dónde está el apero ? » — « Allí, 
general», responde el gaucho, señalando un bosque- 
cilio... 

Su actitud de caudillo de multitudes armadas en el 
escenario político que le disputaban sus enemigos, sus- 
citóle resistencias tremendas. La tradición partidista 
abulta los hechos de Quiroga; y como no nos explica 
su razón en otros hechos correlativos, lo exhibe como 
un ser abominable. Cierto es que incurrió en actos de 
crueldad, pero éstos fueron por vía de represalia, en 
una época de descomposición y de atraso, en medio en 
una guerra civil desastrosa, cuando parecía que los 
unitarios y federales adoptaban por principio aquellas 
tremendas palabras que pronunciaba Cicerón en los últi- 
mos días de la República Romana : « César, somos los 
vencidos, podéis hacernos morir! » 

Los principales hombres del país mantuvieron franca 
relación con Quiroga, y ninguno de ellos llamó en vano 
al sentimiento patriótico del formidable caudillo, según 



— 43 — 

se acredita por la voluminosa correspondencia original 
que he tenido á la vista. En noviembre de 1820 el 
general Güenies le encarecía el envío de armas y solda- 
dos declarándole que « este recomendable servicio pondrá 
el sello á los muchos que ha prestado al país y que 
le reconocerá éste». Quiroga le remitió todo el mate- 
rial de guerra de la división Aldao y alguna tropa. 
En 1823 es el libertador San Martín quien le llama á 
la concordia con el gobernador Dávila. ( ' ) El pedido 
llegó cuando las fuerzas de Quiroga se batían con las 
de éste. Al entrar vencedor en La Rio] a, Quiroga orde- 
na que cesen los repiques, envía el pésame á la viuda 
del gobernador muerto en la pelea y le decreta á éste 
pomposas exequias fúnebres. En octubre del mismo 
año el libertador San Martín vuelve á agradecerle los 
auxilios que ha prestado á la división del general Undi- 
ninea; y en el mismo sentido y por servicios análogos 
le escriben los generales Balcarce, el coronel Borrego, 
el general Alvear, D. Nicolás Avellaneda, gobernadores 
y altos funcionarios de la República. (^) Tal era el 
hombre que se venía sobre el general Paz y en auxilio 
de la provincia de Córdoba, como lo anunciaba. 

El general José María Paz era uno de esos militares 
encuadrados en el comando de los ejércitos á los cuales 
saben organizar y dirigir científicamente, como una ma- 
quinaria cuyo montaje, que es la disciplina, hacen funcionar 
metódicamente á impulsos de reglas que rigen inílexi- 
bles. Como estratégico pertenecía á esa escuela de Tu- 
renne, quien hacía depender el éxito de una batalla 
del modo y grado cómo se cumplía su cálculo de pro- 



(^) Véase el apéndice. Todas estas cartas están originales en 
poder de la señora hija del general Quiroga, doña Jesús Q. de 
Oaffarot. 

(2) Véase el apéndice. 



— 44 — 

habilidades, al cual ajustaba sus operaciones y movi- 
mientos. Tuvo la rara virtud de imponerse á todos los 
ejércitos que mandó, porque sus subalternos, sin excep- 
ción, vivían persuadidos de la victoria; tan grande érala 
confianza que les inspiraba la capacidad de ese general 
rígido y grave que, por la propia conciencia de su valer, 
quizá, ni se hombreaba con los soldados, ni recurría 
jamás á esas medidas de efecto con que, desde lo alto 
de su posición, suelen brillar un instante las mediocri- 
dades audaces. Verdad es que el general Paz carecía 
de las condiciones y exterioridades hasta cierto punto 
requeridas para aspirar á ese brillo. Con ser cultísimo 
y correcto sin afectación, su modestia y su timidez lle- 
gaban al grado de que se ruborizaba en el trato con las 
gentes, á las cuales no frecuentó ni en las posiciones 
espectables que llegó á ocupar. Era parco en la palabra, 
que sólo afluía á sus labios las muy raras veces que 
no dominaba su cólera, y más parco en sus espansio- 
nes, que se reconcentraban en su espíritu enérgico y 
levantado. Faltábale un brazo; y no sabía montar á 
caballo, lo que era un fenómeno tratándose de un gene- 
ral argentino. El aura popular no llevó lejos sus frases, 
ni sus proezas personales; pero en cambio los hombres 
de guerra de su tiempo estaban contestes en que las 
batallas que él dio son, del punto de vista de la ciencia 
militar, tan notables como las de San Martín y Alvear. 
En 1830 Quiroga le llevaba á Paz la ventaja de su 
reputación ya hecha. Los oficiales del Ejército Auxiliar 
del Perú habían visto á Paz asistir, como se asiste á 
un aula científica , á las batallas y combates de Tu- 
cumán, Salta, Pequereque, Puente de Márquez, Wil- 
houma, Ayouma, Valcapujio, Venta y Media, etcétera. 
Su participación en Cutizaingó había sido en rigor, 
brillante; pero en 1830 Paz actuaba por la primera vez 




' ' ¡4/ 




— 45 — 

como general en jefe de un ejército. Y Quiroga, fiado 
en sus prestigios, no imaginaba que Paz pudiera con- 
trarrestarlos aunque se viniera contra él con todo el 
ejército veterano que lidió en el Brasil. ¿Qué pre- 
sumían estos soldados formados en batalla ó escalo- 
nados como máquinas de hacer fuego? La victoria para 
él, que no dejaría de sonreirle porque se la disputase 
un general que ni sabía esgrimir un arma ni tenerse 
siquiera á caballo. ¿Estos soldados habían vencido á 
los alemanes y á los brasileros en el Ombíi, Bacacay^ 
Cutizaingó y Camacuá? Y bien! Sus llaneros los enla- 
zarían después de lancearlos por la espalda!... 

Con tales impresiones Quiroga entró por la Zerrezue- 
la en Córdoba, á mediados de mayo de 1829. Paz salió 
de la capital á batirlo; pero como aquél costease la falda 
de la Sierra y entrase en la provincia de San Luis, para 
engrosarse con los contingentes de Cuyo, prefirió por 
su parte esperar los que había pedido á Tucumán y á 
Salta, las únicas provincias que hacían causa común 
con él. Cuando se le incorporó con éstos el general Ja- 
vier López, Paz marchó al frente de dos mil quinientos 
soldados, campando el día 8 de junio en la margen 
izquierda del río Anisacate. Quiroga acababa de entrar 
nuevamente en Córdoba al frente de 5000 combatientes, 
y se dirigió al Salto, en el río Tercero. Aquél pasó el río, 
calculando que Quiroga avanzaría y que lo batiría en 
marcha; pero se aproximó hasta cuatro leguas del Salto 
y Quiroga no aparecía. Cuando se apercibió de su error 
ya era tarde. Provisto de excelentes caballadas, Quiroga 
montó su infantería; el día 19 de junio pasó el río 
Tercero tres leguas abajo de su campo del Salto, y veinte 
y cuatro horas después, embestía con sus caballerías 
las fortificaciones del circuito principal de la ciudad de 
Córdoba. La noche contuvo las desesperadas cargas de 



— 46 — 

los asaltantes. Al día siguiente Quiroga formo su ejér- 
cito á lo largo de una de las calles fuera de trincheras^ 
é hizo saher á los de la plaza que si no se rendían 
inmediatamente llevaría el asalto general y no daría 
cuartel. Los sitiados creían que se las habían con los 
montoneros de Córdoba, que encabezaba Bustos, así fué 
que cuando recibieron la intimación de Quiroga, le die- 
ron franca entrada en la plaza. Quiroga la hizo ocu- 
par con su infantería, y él fué á situarse con toda su 
caballería en un llano como á una legua al noroeste 
de la ciudad, y conocido con el nombre de la Tablada. 
Entre atacar á su vez la plaza, ó irse sobre las fuer- 
zas que Quiroga situó en la Tablada, Paz prefirió lo se- 
gundo. Lo primero tenía aparejado el peligro de que 
Quiroga lo atacase por su retaguardia y de verse obli- 
gado á sostener dos combates. En consecuencia. Paz 
que había venido siguiendo las mismas huellas que 
Quiroga hasta situarse en los altos que rodean la ciu- 
dad, continuó su marcha por estos sitios, aproximándo- 
se al campo de la Tablada hasta enfrentar á aquélla 
el día 22. Desde aquí comenzó á hacer manifestaciones 
de ataque, mientras hacía cortar los cercos de un gran 
potrero que lo separaba de Quiroga. Apenas desem- 
bocaron en el llano las fuerzas de Paz, se empeñó el com- 
bate, chocándose la izquierda de Quiroga con la división 
del coronel Lamadrid. El centro de Paz al mando del coro- 
nel Dehesa, y la izquierda al mando del general Javier 
López, se lanzaron simultáneamente sobre los llane- 
ros de La Rioja y el resto de las tropas de Quiroga. 
Pero la batalla se localizó principalmente hacia la de- 
recha de Paz. La división Lamadrid, inferior en núme- 
ro, fué al fin arrollada, y se replegó en desorden sobre 
la infantería del centro. Paz la hizo proteger oportuna- 
mente con la reserva, consiguiendo restablecer el com- 



— 47 — 

bate en su favor. Á pesar de cargas repetidas y deses- 
peradas, Quiroga tuvo que ceder el terreno. Pero entonces, 
reuniendo una columna como de mil hombres se lanzó 
en persona sobre las infanterías de Paz, con un ímpetu 
y con un denuedo tales que las habría hecho vacilar y 
habría obtenido una ventaja, si Paz no hubiera tomado 
á tiempo sus disposiciones haciendo uso de toda su re- 
serva, y ordenando al coronel Pedernera que se adelan- 
tase convenientemente sobre el flanco enemigo. Quiroga 
fué rechazado. Cargó varias veces, pero todo fué inútil. 
En estas circunstancias Paz hizo maniobrar su artille- 
ría, y avanzó de frente con todas sus tropas. Las de 
Quiroga se desmoralizaron completamente, y el valiente 
caudillo tuvo que internarse en un bosque al norte de 
la Tablada, y como á legua y media del campo de ba- 
talla. Aquí empezó á reunir sus dispersos. 

Paz había derrotado á Quiroga, pero no lo había 
vencido completamente. Más indomable en los reveses, 
el caudillo riojano se preparaba en la noche del 22 á la 
revancha; llevando á cabo una de las operaciones más 
atrevidas que puede concebir un militar de escuela para 
sacar ventajas del que lo acaba de vencer. Después de 
un breve reposo Paz ocupó nuevamente con su ejército 
los potreros donde comenzó la batalla de la Tablada. 
Antes de amanecer el 23 se puso en marcha en direc- 
ción á la ciudad. Apenas la cabeza de la columna había 
salvado las alturas que conducen de la Tablada á la 
ribera del río, cuando se oyó el cañón á retaguardia, 
produciendo un completo desorden en el cuerpo tucu- 
mano y en las milicias de Córdoba que lo formaban. 
Era Quiroga, que reforzado durante la noche con cuatro 
cañones y con su infantería, coronaba las alturas inme- 
diatas, retando á nuevo combate al que acababa de ven- 
cerlo. Tan sorprendente era esto que el mismo general 



— 48 — 

Paz declara que «no trepida en decir que esta es la 
operación más arrojada en que ha sido testigo ó actor 
en su larga carrera». Inmediatamente Paz ordenó á los 
coroneles Dehesa y Videla Castillo que trepasen nueva- 
mente con sus fuerzas las alturas, lo que efectuaron 
estos jefes por medio de una marcha sobre la iz- 
quierda de Quiroga. La batalla se trabó encarniza- 
damente. Los soldados de Quiroga disputaron el terre- 
no palmo á palmo, pero fueron vencidos nuevamente 
quedando cerca de mil fuera de combate y quinientos 
prisioneros. ( ' ) 

El triunfo de Paz se cerró con una escena bárbara. 
Veinte y tantos oficiales prisioneros de Quiroga y ciento 
y tantos soldados quintados, fueron fusilados sin forma 
de juicio por orden del coronel Dehesa, jefe de estado 
mayor del general Paz. Éste dice en sus memorias que 
no tuvo de ello conocimiento y que lo reprobó dura- 
mente. Pero fuere como fuere, es lo cierto que tal acto 
de crueldad dio origen á represalias tremendas durante 
la guerra civil que se siguió; y que Quiroga recordó ese 
antecedente inicial de los ejércitos unitarios para ejerci- 
tarlos por su parte, si bien que con nobleza se levantó 
en más de una ocasión por sobre los odios intransigentes 
de la época. 

Sobre la marcha, Paz ocupó la ciudad y en seguida 
de delegar el mando en el coronel Faustino Allende 
salió con su ejército á situarse en el Tío con el objeto 



O Para narrar esta primera parte de la campaña del general 
Paz, he tenido presente las Memorias postumas del mismo (tomo 
tercero); los papeles del archivo del general Quiroga que me faci- 
litó su señora hija; las memorias del después general César Duiz, 
actor en la batalla de la Tablada; algunos papeles del general Vi- 
dela Castillo; los partes oficiales publicados en hoja suelta y en 
El Argentino, de Córdoba, y los datos que he recogido del des- 
pués teniente general Pedernera, jefe del núm. 2 de caballería en 
la Tablada. 



— 49 — 

de batir las montoneras que mantenían los jefes adictos 
á Bustos. Aquí le alcanzó una diputación del gobierno 
de Santa Fe, compuesta de don Domingo de Oro y doc- 
tor José Amenabar, la cual traía por objeto mediar amis- 
tosamente en la guerra civil y solicitar que la provincia 
de Córdoba enviase sus diputados á la Convención Na- 
■cional. (\) Paz aceptó la mediación en los mismos términos 
que Quiroga; pero declaró que por su parte no recono- 
cería la convención de Santa Fe hasta que no se pro- 
nunciase al respecto la representación de Córdoba. Al 
mismo tiempo diputó á don José María Bedoya y á 
don Juan J. de la Torre, para fijar las relaciones inter- 
provinciales ccn Santa Fe y Buenos Aires. Pero ni 
esta comisión, ni las que de una y de la otra parte 
fueron nombradas en seguida, llegaron á entenderse. 
El hecho real y positivo es que ni Paz quería que 
Córdoba y las provincias del interior concurriesen á la 
convención federal promovida por los gobiernos del li- 
toral; ni éstos querían concurrir á la organización que 
proyectaba aquél sobre la base del régimen unitario, 
como se verá oportunamente. 

Elegido (24 de agosto de 1829j gobernador y capitán 
general de Córdoba, Paz se dirigió precipitadamente á 
la Sierra. Los montoneros se enseñoreaban de parte del 
territorio, y dándose la mano con los de Santa Fé, aca- 
baban de sublevar la división del coronel Pedernera, 
auxiliando poderosamente los planes de Quiroga. Des- 
pués de algunas tentativas sin resultado, Paz reunió 
todo su ejército, entró en la Sierra por el oeste, y lo 
distribuyó en divisiones ligeras cerca de los valles. El 
día P de enero de 1830, lanzólas simultáneamente sobre 



(*) Lo referente á esta mediación está inserto en El Lucero 
del 24 y del 28 de diciembre de 1829. 



— Tj!) — 

los valles, y en menos de veinte días de continuos com- 
bates, desbarató las montoneras en Córdoba y en las 
fronteras de San Luis y de La Rioja. 

Pero Quiroga no le dio tiempo para hacer más. En 
seguida de haber los hermanos Aldao ahogado la reac- 
ción que presidió momentáneamente el general Alvarado 
en Mendoza (' ), Qniroga se incorporó las fuerzas de 
esta provincia y al frente de 4,000 hombres se vino nue- 
vamente sobre Córdoba. En su marcha adelantóle al 
general Paz una comunicación en la que resumía los 
agravios que, en su sentir, habían recibido los pueblos^ 
y las causas que lo impulsaban á tomar las armas en 
nombre de éstos; y manifestaba la esperanza de arribar 
á una transacción digna del país y de los contendientes. 



(') El presidente de Chile don Francisco Antonio Pinto, envió 
un comisionado cerca de Quiroga para interceder por el general 
Alvarado, don José Marino y don Francisco Videla. Quiroga, que 
había permitido que el primero de los prisioneros escogiera un 
pueblo de Mendoza para conservarse allí, sin otra seguridad que la 
promesa por el honor de su espada, y que retenia á los otros dos 
con consideraciones, creyó que este pedido se fundaba en las voces 
que propalaban sus enemigos para echar sobre él toda la odiosidad 
(le sus represalias, sin contar las que ellos tomaban por su parte: 
y revelándose soberbio contestó al comisionado que habiendo sabido 
que el ministro de relaciones exteriores de Chile debía reclamar en 
favor de sus protegidos oprimidos de impartido, se negaba á acordar 
la generosa deferencia que se halua propuesto «para que ella no se 
interprete como consecuencia de temor al poder que la postulaba». 
El comisionado satisfizo plenamente al arrogante Quiroga; y enton- 
ces éste dirigió al comisionado una nota digna y culta en la que 
explicaba su conducta, diciéndole: — «Yo hubiera vestido de luto á 
cien familias si hubiera seguido el sistema de la permitida repre- 
salia. Á nosotros se nos ha hecho una guerra casi sin ejemplo. Se 
me han asesinado oficiales del modo más atroz y más pérfido... yo 
sólo he pensado en sacar recursos de los que la suerte ha puesto en 
mis manos, dándoles tina vida que habían renunciado en el acto de 
servir ájeles que me hacían la guerra á muerte; dándoles una vida 
á individuos en cuyas manos la mía no habría durado un solo ins- 
tante. » Estos rasgos pintan acabadamente á Quiroga. El célebre 
caudillo cerraba su nota diciendo ([ue los prisioneros iban libres á 
Chile y que en cuanto al general Alvarado se encontraba en San 
.Juan en comi)leta lil)ertad. Estos documentos se publicaron en El 
Lucero del 8 de febrero de 1830. 



— T)! — 

La nota de Quiroga, por las ideas que contiene y por 
las circunstancias en que fué dirigida á Paz, cuando 
ambos dominaban respectivamente el interior, Cuyo y 
el norte, es un documento célebre de esa época. Des- 
pués de referirse á los planes políticos de Paz, dice Qui- 
roga: « Las armas que hemos tomado en esta ocasión, 
« no serán envainadas, sino cuando haya esperanza siquie- 
(( ra de que no serán los pueblos nuevamente invadidos. 
(( Estamos convenidos en pelear una sola vez, para no 
« pelear toda la vida. Es indispensable ya que transijan 
« unos lí otros, de manera que el partido feliz obligue 
« al desgraciado d enterrar sus armas para siempre. Estas 
« garantías ó probabilidades de una segura paz, sólo 
« pueden ofrecerse en la constitución del país. Las pre- 
« tensiones locales, en el estado de avances de las pro- 
« vincias, no es posible satisfacerlas sino en el sistema de 
« la federación. Las provincias serán despedazadas, tal vez; 
« pero jamás domadas. Al cabo de estos principios, el 
« general que íirma y sus bravos, han jurado no largar 
« sus armas hasta que el país se constituya según la 
« expresión y el voto libre de los pueblos de la República. 
« El infrascripto se mueve á este objeto, y se mueve 
« invitando al general Paz para que emplee su coope- 
« ración al preindicado fin. Si el general Paz indentifi- 
« case sus miras con los caros intereses de la Nación 
« para hacerla aparecer constituida, no faltarían seguri- 
« dades y garantías que tranquilizasen hasta cd más 
<( comprometido. » ('j 

Quiroga blasonaba, come se ve, de propósitos orgá- 
nicos. La campaña que abriera desde el año anterior 
estaba tan justificada como la invasión del general Paz 



( M Se publicó en El Lucero de 16 de febrero de 1830. 



— 52 — 

á Córdoba y á las provincias del interior. Éste, como 
corifeo y jefe conspicuo del partido unitario. Aquél, como 
caudillo, obraba en nombre de los pueblos que habían 
proclamado la federación en 1820, y frustado la organi- 
zación unitaria de 1826. Quiroga proponía una transacción 
y se comprometía á dar garantías que tranquilizasen á 
los más comprometidos. Pero Paz perseguía en nombre 
de los unitarios esa organización fracasada del año de 
1826. Y entre los dos extremos que presentaba Quiroga, 
el de la federación, proclamada y sostenida con ardor 
en todo el país; ó de que las provincias fuesen despe- 
dazadas, él estaba decidido por el segundo; que tal era 
el único medio con que esperaba realizar sus propósitos 
políticos, una vez desalojados los federales. 

En estas circunstancias interponía sus buenos oficios 
cerca de Paz una otra comisión mediadora enviada por 
el gobierno de Buenos Aires y compuesta de los señores 
Cavia y Cernadas. Quiroga la esperó en vano, y recibió 
despechado á los comisionados de Paz en su campamen- 
to del Salto sobre el Río 3'^. Allí les declaró que no eran 
sinceros los deseos de Paz de poner término A la guerra 
y organizar la Nación, porque á serlo los habría mani- 
festado francamente y no impediría que la comisión 
mediadora de Buenos Aires saliese de Córdoba y fuese 
á conferenciar con él; que él no detenía sus marchas 
porque su contrario quería únicamente ganarle tiempo. 
Quiroga decía la verdad. La transacción no entraba en 
las miras del general Paz. Quería el sometimiento sin 
condiciones de los federales, por mucho que éstos con- 
tasen con la opinión del país. Él mismo se encarga de 
demostrarlo cuando dice que después de las repetidas 
conferencias que celebró con la comisión mediadora, 
« vino en consecuencia que los señores Cavia y Cerna- 
das se proponían hacer triunfar los intereses políticos 



— 53 — 

contrarios á los que él representaba en Córdoba », y que 
por este motivo no les permitió que pasasen al campo 
de Quiroga. ( ' ) 

Á consecuencia de esto, Quiroga levantó su campo 
del Salto y se corrió diagonal mente á la derecha hacia 
el camino que conduce á Buenos Aires, con el objeto 
de incorporarse al general Villafañe que operaba por el 
norte al frente de 1.500 hombres. Paz se dirigió á pre- 
sentarle batalla decisiva. Encontrólo en la mañana del 
25 de febrero de 1830, á unas veinte leguas de Córdoba, 
en la llanura de Oncativo. Quiroga había tomado po- 
siciones colocando su infantería y cuatro cañones en 
un bosquecillo que atrincheró con las carretas que con- 
ducían sus bagajes, y escalonando por escuadrones su 
caballería en ambas alas. Paz formó tres columnas pa- 
ralelas y una de reserva, y atacó la izquierda de Quiroga, 
que era el punto más débil, corriéndose sobre su dere- 
cha. Quiroga proloDgó su izquierda con toda la caballe- 
ría que formaba su ala derecha, de modo que lo que 
fué su centro fortificado tras el bosquecillo y las ca- 
rretas vino á ser extrema derecha, la cual quedó frente 
al centro y á la izquierda de Paz. Merced á esta rápida 
operación, Quiroga pudo rechazar la columna del coro- 
nel Lamadrid y la del coronel Echeverría; pero protegi- 
dos éstos por la división de reserva al mando de los 
coroneles Pringles y Pedernera, cayeron juntos sobre la 
izquierda federal y la arrollaron. Simultáneamente el 
centro y la izquierda unitarios penetraron en el centro 
federal y lo dispersaron. La infantería y artillería de 
Quiroga se rindieron, y Paz principió una bien dirigida 
persecución con la cual destruyó completamente á su 



(^) Véase Memorias postumas, tomo II. pág. 239. 



7) i 



adversario. ( ^ ) Qiiiroga se dirigió á Buenos Aires se- 
guido de algunos grupos. Su derrota dejaba en manos 
de Paz la suerte de las provincias del interior. 



( ' ) Parte oficial del general Paz de la batalla de Laguna Larga, 
dirigido al gobernador delegado de Córdoba, y publicado en El 
Lucero del 24 de marzo de Í830. 



CAPÍTULO XVII 



EL INTERIOR Y EL LITORAL 



( 1830 — 1831 ) 



■Sumario: I. Política de Paz cuando es arbitro del interior. — II. Su titulo y motivos 
para someter las provincias. — III. Modo cómo las divisiones de Paz re- 
suelven en favor de éste la situación de las provincias. —IV. Lamadrid 
en La Rioja: Vidala Castillo en Mendoza: los Videla en San Luis: Alba- 
rracin en San Juan: López y Dehesa en Santiago del Estero. — V. Trata- 
do de alianza entre los gobiernos del interior, Cuyo y norte. — VI. Al- 
cance de este tratado. — VII. Ellos invisten al general Paz con el 
Supremo poder militar. —VIII. Invitación del- general Paz á los gobier- 
nos del litoral. — IX. Éstos lo invitan á organizar la República bajo el 
régimen federal. — X. Porqué Paz hizo imposible por entonces la organi- 
zación nacional : el plan de la organización unitaria. — XI. Comienzo de 
ejecución de este plan: revolución unitaria en Entre Rios. — XII. Derro- 
camiento del gobernador Sola : anarquía entre los partidarios de López 
Jordán y los de Barrenechea. — XIII. Carril y demás revolucionarios 
invitan al general- Paz á que se ponga en acción contra el litoral.— 
XIV. Lucha entre López Jordán y Barrenechea, y fracaso de la revolu- 
ción.— XV. Iniciativa orgánica del litoral: El Pacto federal de 1831. — 
XVI. Organismo institucional que establece. — XVII. Puntos departida 
del Pacto, distintos de los de las constituciones anteriores : su trascen- 
dencia en el futuro de la República Argentina. — XVIII. El Supremo 
poder militar como principio antagónico al Pacto federal. — XIX. Lu- 
chaba el general Paz por organizar la Nación, según la voluntad de las 
provincias"? 



El general Paz se prevalió de la victoria de Oncati- 
Yo para desenvolver en el interior el plan político que 
comenzó el general Lavalle en Buenos Aires en 1828. 
Al efecto, mandó con buen número de fuerzas al gene- 
ral Lamadrid á que se apoderase de la provincia de La 
Rioja; al coronel Videla Castillo, de la de Mendoza; á 
los Videla, de la de San Luis; al comandante Alba- 
rracín, de la de San Juan ; al general Javier López, 
de la de Santiago del Estero. La de Catamarca estaba 
ya sometida. Las de Tucumán. Salta y Jujuy, respon- 
díanle á él y al general Javier López; por manera 



— 56 — 

que no qutí'laban fuera de esta amenaza más que las 
cuatro provincias del litoral, respecto de las cuales el 
general Paz nada podía hacer por el momento. 

Á título de gobernador de Córdoba, cuya situación 
había derrocado con una división del ejército nacional, 
el general Paz se creaba, pues, el derecho de someter 
por las armas las provincias argentinas, cuando lo na- 
tural era que entablase relaciones amistosas con ellas si 
realmente se proponía organizar constitucionalmente la 
Nación de acuerdo con la opinión de las mismas. Paz 
motivó estos procederes en que sus adversarios se arma- 
ban en esas provincias, y en que no debía dejarles 
tiempo de rehacerse para que volviesen sobre él. ( V) 
Pero la verdad ya dicha, es que Paz quería imponer- 
les por las armas, — que de otro modo era infructuoso, — 
el régimen unitario contra el cual las provincias se 
habían pronunciado elocuentemente, desbaratando las 
evoluciones orgánicas que sobre tal base se tentaron 
en 1819 y en 182G. Motivos más atendibles invocaron 
el año siguiente Quiroga y los federales para derrocar 
esas situaciones creadas á mano armada, y recobrar 
un poder que conservaron con pequeñas intermitencias 
hasta el año de 1852. En la misma forma que el ge- 
neral Paz, López y Ramírez imponían la federación á 
Buenos Aires en 1820: entonces se decía que la obra 
de éstos, era la de la barbarie : en 1830 y después se 
decía que la del general Paz era la de la civilización ; 
y sobre este canavás se tejía la novela histórica. 

Los enviados del general Paz cumplieron su misión 
militarmente. El general Lamadrid se apoderó sin re- 
sistencia de La Rioja. No obstante esto, y como si qui- 
siera prevenirla para lo sucesivo, pagó su tributo á la 



( ' ) Memorias postumas, tomo II, pág. 251. 



Ül — 



ley del tiempo, ejerciendo algunas medidas rigoristas 
sobre los partidarios de Quiroga; y, lo que era vergon- 
zante para nn militar, — sobre la anciana madre de éste, 
la cual fué llevada á la cárcel con una pesada cadena 
al cuello. En seguida ocupó el gobierno de la Provincia (*) 
y expidió un decreto por el que obligaba á los ciudada- 
nos al servicio militar. Así remontó su división con la 
que á poco abrió campaña sobre el norte. 

El coronel Videla Castillo se apoderó de Mendoza 
mientras los comisionados de este gobierno, que se habían 
partido anticipadamente, arreglaban con el general Paz 
un tratado honorable; tomó el mando de la Provincia y 
salió en persecución del gobernador Corvalán, dejando 
de delegado á don Tomás Godoy Cruz. El general Paz, 
dice en sus memorias, que Videla Castillo « fué nom- 
brado gobernador con general aclamación». Pero éste 
declaró así en su proclama de 9 de abril de 1830: « deseoso 



(M «Avergonzaos, decía en su proclama al tomar posesión del 
mando: avergonzaos, compatriotas, de haberos dejado arañar tan 
groseramente por ese tigre (Quiroga) cuyas uñas vosotros mismos 
afilasteis. Qué otro interés que el de recompensaros las heridas 
que me hicisteis en el Tala, ha podido decidirme á aceptar este 
sacrificio ? . . . » 

El día en que se recibió del gobierno el general Lamadrid, el ciu- 
dadano don Amaranto Ocampo pronunció una avejiga cuyos con- 
ceptos, que podían pasar por semioficiales, no hacían esperar 
grandes mejoras del cambio de situación y de gobierno. «¡Raro, 
obscuro y funesto imperio del detestable Quiroga! — decía el señor 
Ocampo. — En este día te sucede el apacible régimen de las luces! . . . 
El himeneo del noble Marte, y de la luminosa deidad, es la cifra 
misteriosa que se subroga á la inscripción sacrilega de tu pen- 
dón ! . . . Quién pudo resignarse á penetrar las malignas sendas 
del laboratorio de las muertes, posadero espantoso del más fe- 
roz de los tigres? Quién, sino el impertérrito genio de las bata- 
llas, el que no sabe temer ni morir, general don Gregorio Araoz de 
Lamadrid ? Tú, héroe singular, fuiste precisamente indicado pai^a 
esta empresa difícil, desde que abandonando tu cuerpo exánime, en 
los campos de Tala, al furor de las fieras llanistas, fuiste traspor- 
tado para acordar con los inmortales el gran misterio de la des- 
trucción de los tiranos! ¡Qué metamorfosis!» (Circuló en hoja 
suelta en Córdoba, y las trascribió El Lucero del 13 de julio de 
1830.) 



de cortar el menor suceso que pueda conturbar la tran- 
quilidad pública, he creído conveniente que se erija una 
autoridad suficientemente apoyada... » Y el delegado Go- 
doy Cruz le comunicó al gobierno de Buenos Aires que 
tal nombramiento se efectuó « por baber caducado la 
administración de la Provincia, por el voto de sus habi- 
tantes y el apoyo de la división de vanguardia del ejér- 
cito nacional». (') 

Otro tanto hicieron los hermanos Videla en San Luis. 
Sin perjuicio de los tratados que se iniciaron con el 
gobernador de la Provincia, este funcionario fué hecho 
prisionero, como lo decía el diario oficial de Córdoba, y 
la situación quedó resuelta en favor del general Paz. (-) 
En la misma forma fué derrocado en San Juan el gober- 
nador Echegaray y reemplazado por don Juan Aguilar. i^) 

El gobernador de Santiago del Estero, don Felipe 
Ibarra, se vio obligado por el general Javier López cá fir- 
mar un tratado por el cual cesaba en el mando de esa 
provincia y quedaba nombrado en su lugar don Manuel 
Alcorta, y por el que, además, se comprometía « á afianzar 
por sí y con su persona y bienes de su hermano don 
Francisco Ibarra el cargo de un presupuesto que pre- 
sentará el general López para una gratificación que se 
dará á las tropas del mando de éste». López comunic() 
al gobernador de Córdoba « haber llenado el objeto que 
lo condujo con su divisiini á Santiago del Estero », y le re- 



(') Véase esta nota y la del fiobienio de Buenos Aires en El 
Lucero del 12 de mayo de 1830. — Sobre la negociación á concluirse 
entre el gobierno de Mendoza y el de Córdoba, véase la nota del 
gobernador Gorvalán, las instrucciones de éste á sus comisionados, 
y la respuesta satislactoria del gobernador sustituto de Córdoba, en 
^EL Argentino, diario oficial de este gobierno, del 14, 16, 17 y 22 de 
abril de 1830. 

(2) El Argenti?io del 17 de abril, núm. 22. 

(^) Ib. del 22 de abril de 1830, núm. 25. 



— oí) — 

mitió este tratado. La legislatura que se eligió confirió al 
general Paz el título de Protector de las libertades de esa 
provincia, y el Protector envió allí al general Dehesa 
con algunas fuerzas. (^) 

Los gobiernos de las provincias del interior, de Cuyo 
y del norte, creados por el poder de las armas del ge- 
neral Paz, celebraron el día 5 de junio de 1830 un tratado 
de alianza ofensiva y defensiva por el que se obligaban 
á sostenerse recíprocamente, concurriendo con número 
proporcional de fuerzas en auxilio de la provincia que 
lo demandase, y á interponer sus buenos oficios en el 
caso en que se encendiese la guerra en otras provincias 
que no fuesen de las contratantes. El artículo 7° ampliaba 
esta última disposición así: «Si estos buenos oficios 
no bastasen, las partes contratantes se instruirán de los 
motivos de la guerra, y si no pudiesen alejarlos sino 
ayudando á alguno de los beligerantes, reunirán sus 
fuerzas y recursos en auxilio de la que crean que tiene 
justicia. » 

Esto último era como una puerta abierta contra las 
provincias del litoral que se habían pronunciado por la 
federación, y á las cuales debía invitar el gobierno de 
Córdoba « cuándo y en la forma que lo tenga por con- 
veniente, incitando previamente á los gobiernos de Bue- 
nos Aires y de Santa Fe á llenar los compromisos del 



( ' ) Tratado celebrado en la capital de Santiago del Estero el 26 
de mayo de 1830, entre don Casiano Romero y don Adeodato de 
Gondra, y ratificado por López é Ibarra. Comunicación del general 
López, datada en su cuartel general en Guaycondo, al gobernador de 
Córdoba. Comunicación del gobernador de Córdoba en respuesta á 
esta última, y de lecha \» de junio. Memorias del general Paz, 
tomo II, pág. 257 y 258. Véase también la nota de Ibarra á la Repre- 
sentación de Santiago del Estero, de fecha 27 de mayo. La comu- 
nicación del Ministerio de Relaciones Exteriores de Córdoba á Ibarra, 
de 29 de mayo, con la que el gobernador don José Julián Martínez 
pretende sincerarse de la no participación de este gobierno en la 
invasión á Santiago, y la respuesta de Ibarra de 5 de junio. 



— 60 — 

tratado ele amistad celebrado con el de Córdoba el año 
1829 » ; según rezaba el artículo 10*^ del referido tratado. 
Éste contenía, sin embargo, nna disposición lialagüeña 
en la forma y más significativa en el fondo. Los ar- 
tículos 9° y 12<' declaraban « ser causa común la Consti- 
tución del Estado y organización de la República ». y 
obligaban á las partes á « no ligarse á sistemas políticos 
y á recibir la constitución que diese el Congreso Nacio- 
nal, siguiendo en todo la voluntad general y el sisteniíi. 
que prevalezca en el Congreso de las promncias que se 
reúnan ...» Ello era un resorte que movía el general 
Paz para comprometer á sus adversarios del litoral, y 
hacerlos aparecer, en todo caso, reacios á la organiza- 
ción nacional, que él quería realizar por sus auspicios 
y sobre la base del régimen unitario. Para obtener este 
resultado debía destruir completamente la influencia de 
los federales, y á esto concurría el tratado. 

En prosecución de estos objetos los nueve gobiernos 
mencionados celebraron el 31 de agosto un otro acuerdo 
por el que crearon un Supremo poder militar, al que 
quedaban sujetas todas las fuerzas veteranas y milicia- 
nas de las provincias, y al que se le otorgaban facultades 
amplias para distribuirlas y aumentarlas; para disponer 
de todo el material de guerra; conferir empleos y grados 
militares ; invertir según su ciencia y conciencia los fon- 
dos de la caja militar formada por contribución extraor- 
dinaria de las mismas provincias; sofocar las sediciones 
que ocurrieran en éstas, y sostener el sistema represen- 
tativo como el único encargado de la defensa y seguridad 
interior y exterior de todas. ( ' ) Con todo el lleno de estas 



(') Los agentes diplomáticos, como se Titulaban los que firma- 
ron el tratado y el acuerdo, fueron don Gregorio Baigorri, por 
Córdoba; don Ventura Ocampo, por La Rioja; don Francisco Delgado, 



— (31 — 

facultades omnímodas se invistió el general Paz. — Paz en- 
tró á ejercer su autoridad dictatorial expidiendo una pro- 
clama á los pueblos del interior, en la que los exhortaba 
á redoblar sus esfuerzos hasta obtener la organización 
nacional. « Desde este día, decíales, vuestros destinos 
son otros: ó juntos hemos de sepultarnos bajo este 
suelo, ó juntos hemos de entablar en él el imperio de 
las leyes. » 

En seguida invitó á los gobiernos de Buenos Aires, 
de Santa Fe y demás del litoral á que entrasen en la 
paz y enviasen sus representantes á la ciudad de Cór- 
doba, donde se hallaban los de las demás provincias. 
En tales circunstancias, la invitación era más bien una 
amenaza. Las provincias del litoral no estaban en guerra 
con nadie. No habían sido tampoco consultadas, ni ci- 
tadas oportunamente, como debieron serlo en su calidad 
de argentinas, y principalmente la de Buenos Aires, sin 
cuya concurrencia era y fué siempre absurda la idea 
de la organización nacional. 

Rozas y López, aunque sabían á qué atenerse respecto 
de Paz, guardaban hasta entonces las formas propias 
del cargo que desempeñaban. Se ha visto cómo ambos 
le diputaron comisiones para mediar en la guerra con 
Quiroga, y el porqué éstas fracasaron. Después de Onca- 
tivo todavía Fvozas le manifestaba en una nota que una 
vez que Paz disponía de la suerte de Córdoba, esperaba 
fundadamente que no se derramaría nuevamente sangre 
argentina. C) Á la invitación de Paz los gobernadores 
Rozas y López respondieron que Buenos Aires y Santa 



por Mendoza; don José María Bedoya, por San Luis; don José R. 
Rojo, por San Juan; don Manuel Tezanos Pinto, por Salta; don Ma- 
nuel Berdia, por Tucumán; don Miguel C. del Corito, por Santiago 
del Estero; y don Enrique Araujo, por Catamarca. 
( ^ ) Se publicó en El Lucero de 18 de mayo de 1830. 



— ()2 — 

Fe estaban en paz con las demás provincias: que por 
el contrario, éstas acababan de ser ocupadas por divi- 
siones del ejército nacional y sus gobiernos depuestos 
por el de Córdoba. Que observaban que «esos mismos 
agentes que se suponen enviados con el objeto de paci- 
ficar la República, ban investido al gobernador de Cór- 
doba con un poder militar más que suíiciente para ejercer 
una influencia absoluta en las provincias del interior y 
amagar con él á las litorales» ; y que la invitación hecha 
á éstas se dirigía al parecer «más bien á imponerles 
terror que no á inspirarles confianza». Que no obstante 
estaban «resueltas á estrechar con todas los vínculos, 
de amistad, á fin de que cuanto antes llegue el momento 
deseado de la organización de la República bajo el siste- 
ma federal». (/) 

Esto último es precisamente lo que rechazaba el gener 
ral Paz, y porque tal era la opinión de casi todas las 
provincias es que sometió por la fuerza de las armas 
á las del interior y las de Cuyo, imposibilitando por 
entonces la organización nacional. Y el general Paz no 
procedía así por veleidades de mando ni por capricho 
del momento, sino en un todo de acuerdo con el plan 
que se trazó con sus amigos políticos. Hacer pie en el 
interior con un ejército disciplinado que destruyese por 
completo la infiuencia del general Quiroga; darse la mano 
con los partidarios del general Lavalle; reducir de acuer- 
do con éstos las provincias del litoral, abundantes en 
recursos y decididas por la federación, y una vez supri- 
mido este obstáculo, reunir un congreso el cual daría 
fuerza de ley á la constitución unitaria de 1826 y al 



( ' ) Correspondencia oficial de los excelentísimos gobernadores de 
Buenos Aires y Santa Fe con el de Córdoba, publicada en el núm. 835 
de El Lucero (G de noviembre de 1830). 



— 63 — 

cual sostendrían él con un ejército en Córdoba y Lava- 
lie con otro en Buenos Aires. En este orden de ideas 
se movían alrededor de ambos generales, miembros cons- 
picuos del partido unitario, como Bedoya. Allende, Del- 
gado, Gorritti, Zarácliaga, Agüero (Ensebio), Tezanos Pinto, 
y Agüero (Julián S.), Del Carril, los Várela, Alsina, etc. 
La ejecución de este plan no se hizo esperar. Los 
unitarios que hicieron la revolución del 1° de diciembre 
de 1828 en Buenos Aires, se pusieron al habla desde 
Montevideo, Paysandü y Mercedes con el general Ri- 
cardo López Jordán, y con los coroneles don Cipriano y 
don Justo José de Urquiza, Espino, Rodríguez y Villagra 
para derrocar á don León Sola, gobernador federal de 
Entre Ríos y sustituirlo con aquel general; imponer sus 
influencias militares sobre Corrientes de acuerdo con el 
general Paz y llevar juntos sus armas sobre Santa Fe 
y Entre Ríos. (') El coronel Martiniano Chilavert fué 
el encargado de dirigir este movimiento y quien debía 
pasar á Entre Ríos con los coroneles Olavarría, Medina 
y Maciel y unos doscientos hombres que se les reunie- 
ron en Paysandü. «Haga V. de modo que nada deje 
de hacerse por falta de dinero ni de gente », escribíale 
Del Carril á Chilavert. « Salten Vds. en tierra, aví- 
sennos, y volaremos con los hombres que podamos lle- 
var. Don Ricardo me dice que vaya á situarme á Pay- 
sandü para aconsejarle. No lo veo absolutamente necesa- 
rio por ahora. Ea, pues, deseo que mañana se grite en 



(i) El fíobernador de Santa Fe (y por ende el de Buenos Aires), 
estaba al cal)0 de este moviniiento por haber sido apresado en 
el Rosario el sargento mayor don José Antuña al regresar de Mon- 
tevideo, sin pasaporte, para dirigirse á Córdoba, á cuyo ejército 
pertenecía; y tales conocimientos se los trasmitió el general Paz 
cuando éste les reclamó el prisionero. (Véase El Líicero del 8 de 
noviembre de 1830.) En esta época Antuña estaba ya en libertad. 



Entre Ríos ¡viva don Ricardo López y muera Sola! ¡viva 
la causa de los pueblos y muera el partido federal!... » ('). 

La revolución estalló el 1° de noviembre de 1830. 
Los mencionados jefes desconocieron la autoridad del 
gobernador Sola, el cual pidió auxilios á su aliado de 
Santa Fe. Pero juntamente con ella estalló la anarquía 
entre los jefes revolucionarios; que mientras los unos 
querían llevar al gobierno á López Jordán, los otros 
levantaban al coronel Barrenechea. « Le acompaño copia 
de la célebre carta que dirige Maciel á don Juan (el ge- 
neral Lavalle), escribíale Del Carril á Chilavert : V. cal- 
culará cuánto van á obrar sobre la moral de los amigos 
y subalternos esas especies cuando necesitamos de más 
orden y regularidad. No estaré contento mientras 01a- 
varría y V. indagando la causa del desorden que asoma 
entre nuestros subalternos, no la desarraiguen á cual- 
quiera costa... Don Frutos (Rivera), ha dicho que si don 
Ricardo se coloca en el gobierno, la influencia será de 
García (Zúñiga), y tras de éste de Echandía. Hay hom- 
bres que no ven sino lo que vieron... el hombre ha 
insinuado que es necesario introducir en Entre Ríos 
gente nueva. Un cáncamo para él. Esto quiere decir 
que B... (Barrenechea), pero, un demonio! don Ricardo 
y don Ricardo...» {'). 

Mientras los directores del movimiento trabajaban 
por conciliar las opiniones alrededor de López Jordán, 
y atendían las exigencia délos jefes en armas, arma- 
ban algunos lanchones para que el comandante Rosa- 
les operase sobre la escuadrilla de Buenos Aires, é ins- 
taban á sus amigos del interior á que procediesen en 



(^ ) Manuscrito orij^inal en mi arcliivo (papeles de Chilavert). 
Véase el apéndice. 

(2) Manuscrito original en mi archivo (papeles de Chilavert), 
Véase el apéndice. 



— 65 — 

consecuencia. «En Buenos Aires amainan, escribíale Del 
Carril á Cliilavert: Quieren paz: mandan unacomisión com- 
puesta de Castro, Guido y Larrea á Córdoba. Quieren 
con esto ganar tiempo : no sacarán nada. Se ha dado 
cuenta del movimiento de Entre Ríos al general Paz y 
se le insta á ponerse en acción.» (') 

Por el contrario López Jordán permanecía inactivo 
al frente de una columna de 2.000 hombres. El coro- 
nel Barrenechea. más avisado, se impuso con su fuerza 
á la legislatura y ésta lo eligió gobernador el día 19 
de noviembre. Recién entonces se movió López Jordán, 
obligó á Barrenechea á renunciar el cargo y la legisla- 
tura lo nombró á él. De seguida comunicó su nombra- 
miento al gobernador de Santa Fe. Éste le contestó ca- 
lificando de escandalosa la insurrección de Entre Ríos 
y declarando que los términos de la alianza entre ambas 
provincias lo habilitaban para intervenir en esas cir- 
cunstancias; que en consecuencia proponía el restableci- 
miento de la autoridad legal. López Jordán cometió 
todavía el error de salir con sus fuerzas del Paraná 
para resistirle al gobernador López, y de delegar el 
mando en el inspector de armas don PedroEspino,á pe- 
sar de la opinión de Chilavert y de sus amigos. Á 
los pocos días ( 10 de diciembre ) Espino declaró ante 
la legislatura que al coronel Barrenechea le había 
sido impuesta por la fuerza su renuncia del cargo 
de gobernador; y mientras caía sobre López Jordán 
y lo derrotaba, obligándolo á refugiarse en Paysandú, 
aquél recobraba el mando. Dos meses después, López 
Jordán repasó el Uruguay: el 24 de febrero ocupó el 
gobierno y salió á batir á Barrenechea que se lo dispu- 



(*) Manuscrito original en mi archivo (papeles de Chilavert). 
Véase el apéndice. 



— 66 — 

taba; pero fué nuevamente derrotado el 31 de marzo de 
1831 en Nogoyá y se retiró al Estado Oriental con unos 
pocos hombres. C) Así acabó esta revolución, entrando 
en breve la provincia de Entre Ríos dentro del orden 
de ideas que establecía el parto federal del litoral. 

En efecto, las cuatro provincias del litoral acababan 
de ligarse por un tratado cuyos efectos desgraciadamente 
debían recaer por el momento sobre el Supremo poder 
militar que les oponía el general Paz. Ya en 23 de 
marzo de 1830, el coronel Pedro Ferré, á nombre de la 
provincia de Corrientes, y el doctor Tomás M. de An- 
chorena, á nombre de la de Buenos Aires, habían fir- 
mado una convención preliminar para celebrar un tratado 
entre las mismas y las de Santa Fe y Entre Ríos, que 
serían invitadas al efecto, y el cual tendría por objeto 
primordial formar una liga federal. (^) Sobre esta base; 
la del tratado de 23 de febrero entre Santa Fe y Corrien- 
tes ; los arreglos de 24 de febrero, entre Santa Fe y Bue- 
nos Aires, y el tratado de 3 de mayo de 1830, entre 
Corrientes y Entre Ríos, don Domingo Cullen por Santa 
Fe, don José María Roxas y Patrón por Buenos Aires, 
y don Antonio Crespo por Entre Ríos, concluyeron en 
la ciudad de Santa Fe, el día 4 de enero de 1831, el 
tratado conocido con el nombre de pacto federal. 

Este parto fué la primera base orgánica que se dio 
la federación en la República Argentina, y tuvo su 
trascendencia en la organización que se llevó á cabo 
después. Según él, las provincias contratantes adoptaban 



O Me he detenido en estos sucesos, quizá más de lo conve- 
niente, porque escritores que pasan por circunspectos, como el 
doctor Lamas (y otros) los han terjiversado en libros de propagan- 
da, á los cuales con énfasis ingenuo, libros de historia el vulgo 
llama. Véase Escritos políticos y literarios, pág. 97 y siguientes. 

(-) Xéíi^Q Registro Diplomático, pág. 106. 



— 67 — 

la forma de gobierno republicano-federal, reconociéndose 
mutuamente su libertad, representación y derechos ; y 
estipulaban una alianza ofensiva y defensiva contra 
toda agresión. Las bases 3^ á 14'^ contenían una decla- 
ración de garantías y derechos recíprocos en favor de 
los habitantes y de las propiedades é industrias de los 
mismos. Para reglar los objetos y fines del pacto, el 
artículo 15° creaba una Comisión representativa de los 
gobiernos de las provincias litorales, la cual debía com- 
ponerse de un diputado por cada una de ellas, y resi- 
dir en la ciudad de Santa Fe. Las atribuciones de esta 
comisión eran: celebrar tratados; hacer declaraciones 
de guerra, siempre que las cuatro provincias estuviesen 
de acuerdo en ello; nombrar el general en jefe del 
ejército del litoral ; determinar el contingente de tropas 
con que cada una debe contribuir á formarlo; «invitar 
á todas las demás provincias de\ la República, cuando 
estén en plena libertad y tranquilidad, á reunirse en 
federación con las litorales, y á que por medio de un 
Congreso general federativo se arregle la administración 
general del país bajo el sistema federal, su comercio 
interior y exterior, su navegación, el cobro y distribu- 
ción de las rentas generales, y el pago de la deuda de 
la República, consultando del mejor modo posible la 
seguridad y engrandecimiento de la Nación, su crédito 
interior y exterior, y la soberanía^ libertad é indepen- 
dencia de cada una de las provincias. » 

Más que un tratado de unión y alianza para objetos 
inmediatos, este pacto era, como se ve, una verdadera 
constitución bosquejada á grandes rasgos. Si no lle- 
naba las exigencias de legisladores retóricos y formu- 
listas, como los que elaboraban antes y después del 
año 1831 las constituciones de Francia, las cuales se 
sucedían como hipérboles más ó menos brillantes, tenía 



— 08 — 

cuando menos en su abono el ejemplo de Inglaterra, 
que es la nación más libre, con ser que se limitó á 
conservar las declaraciones de la magna carta, y á am- 
pliarlas en razón de sus necesidades sucesivas. Verdad 
es que el ejercicio del gobierno libre en la República 
Argentina, era en la época de transformismo y de guerra 
del año 1831, tan sólo un ideal de los mejor prepara- 
dos; que á su desenvolvimiento obstaban así las repre- 
siones de gobiernos revolucionarios ó de transición, como 
las reacciones de pueblos sin conciencia ilustrada de 
la libertad orgánica. Y tan poderosos eran estos obstá- 
culos entonces en América como en Europa, que hoy, 
después de sesenta años, todavía fermentan esas reac- 
ciones y represiones en la misma República Argentina, 
bajo el imperio de una constitución hermosa, pero sus- 
ceptible, — como lo son todas, — de ser desnaturalizada 
cuando la virtud cívica y la educación democrática no 
vigorizan el mecanismo gubernamental. 

Así y todo, el pacto federal de 1831 arrancaba de los 
antecedentes políticos que los sucesos, las aspiraciones 
y las necesidades habían creado en las provincias del 
litoral argentino; y considerándolos hechos consumados 
y fundamentales, les daba sanción legal en la forma y 
latitud que conceptuaba más conveniente para que se 
conservasen en el tiempo. Lógicos con tales anteceden- 
tes, los gobiernos del litoral procedieron á la inversa 
de como procedieron los gobiernos y constituyentes uni- 
tarios de 1819 y de 1826. Éstos vieron únicamente un 
todo, — la Nación, — al cual creyeron armonizar por el solo 
ministerio de la ley que dictasen, sin tomar en cuenta 
la opinión de las partes aisladas en la vasta extensión 
del territorio. Aquéllos se apoyaron en las partes, — las 
provincias, — para llegar por el ministerio de éstas á armo- 
nizar el conjunto. La idea déla nacionalidad argentina 



— 69 — 

predomina en el pacto, por más que las circunstancias 
impidan por el momento la unión constitucional de todas 
las provincias, la cual se realiza recién en 1835 y 1840. 
Pero el hecho de la unión federal argentina queda ahí 
sentado y tan eficazmente, que los constituyentes de 1853 
que sancionaron la Constitución actual de la República, 
declararon que el pacto federal de 1831 «era lo que deter- 
minaba el régimen de gobierno que debía adoptar la 
Nación». 

Frente al pacto federal del litoral, levantábase, con 
el objeto de destruirlo, un Supremo poder militar cen- 
tralizado en las manos del general Paz y sin ningún 
principio orgánico que sirviera de término de compara- 
ción á los pueblos, los cuales iban á decidir en lucha 
á muerte... ¿qué iban á decidir? Nada más que quien 
predominaría con los suyos en la República. En 1826 
los principios de unidad y de federación sirvieron de 
bandera á dos partidos políticos. La unidad quedó 
triunfante en el terreno de las ideas; pero la fede- 
ración prevaleció por el empuje de las muchedumbres 
que arrastraron los jefes y caudillos de provincia. En 
1830 no hubo más principio orgánico que el proclamado 
por el litoral. Y si bien Paz se decía unitario y actuaba 
como jefe de los unitarios en el interior, las provincias 
conservaban legislaturas, gobernadores y todas las apa- 
riencias de un mecanismo federal, subordinado es cierto 
á los jefes del ejército de Córdoba, pero reclamado por 
los mismos amigos y adictos de Paz, imbuidos también 
en la idea de la soberanía de sus respectivas provincias. 

Si Paz había conflagrado diez provincias argentinas 
para organizar la Nación bajo el régimen unitario, im- 
poniendo con sus armas lo que ya habían rechazado, 
¿por qué dejaba subsistentes los hechos que obstarían á 
esa organización, aun suponiendo que su supremacía 



— 70 — 

militar fuese duradera? Y si dejaba subsistentes estos 
hechos que aproximaban el interior al litoral ¿por qué no 
enviaba los diputados de las provincias del interior á la 
Comisión representativa de Santa Fe donde formarían 
grande mayoría sobre los de las cuatro del litoral, conser- 
vándose en^su posición, apartando así el motivo del rom- 
pimiento, y comprometiendo á Rozas, á López y á Ferré á 
la faz de la Nación y cá la luz de los principios?... ¿Por qué 
Rozas y López destruirían su influencia?... Pero él era 
el más fuerte, el general más hábil, y tenía su ejército 
y sus recursos propios. ¿ Por qué él era unitario conven- 
cido, y Rozas y López especulaban, según la voz co- 
rriente, con la federación sobre los sentimientos de las 
muchedumbres semibárbaras, imposibilitando la paz y 
felicidad de la República? Pero entonces, ¿por qué se 
equiparaba él con éstos, y concurría por otro camino 
al mismo objeto, imponiendo con sus armas un régimen 
de gobierno que en fuerza de las resistencias que su- 
blevaba había comprometido la independencia argentina, 
derrocado dos directorios, dos congresos, y una presi- 
dencia, y empujado á las provincias á despedazarse las 
unas con las otras ?... Porque más que la organización 
nacional, era la supremacía personal lo que buscaba el 
general Paz, como la buscó en seguida el general La- 
valle, sin que ni el uno ni el otro levantara, durante la 
guerra civil á que se lanzaron, más idea orgánica que 
la que las provincias habían rechazado y contra la cual 
lucharon por los auspicios de Rozas, hasta hacer triun- 
far la idea federal en el Congreso de 1853. Todavía 
en 1846 el doctor Florencio Várela, director político de 
los unitarios, inquirido por Sarmiento sobre sus vistas 
respecto de la organización del país, respondió sencilla- 
mente que el programa estaba ya trazado por la Cons- 
titución del año de 1826! 



CAPÍTULO XVIII 



GUERRA ENTRE EL INTERIOR Y EL LITORAL 



(1831) 



Sumario: I. Circunstancias en que el general Paz se propone llevar sus armas sobre 
el litoral: actitud de las repúblicas americanas ante la anunciada tentativa 
de la España. — II. Mediación de Chile entre Rozas y Paz. — III. Marcha 
del general Paz sobre Santa Fe. — IV. Operaciones del ejército federal en 
Córdoba: combate de Fraile Muerto. — V. Quiroga toma por asalto Rio 
Cuarto: derrota á Pringles : derrota á Videla Castillo : represalias que 
toma por el asesinato del general Villafañe. — VI. Paz se dirige á batir 
á López: modo cómo es tomado prisionero: la narración de un testigo 
ocular. — VII. Reacción de Paz en favor de la transacción con los federales- 
— VIII. Lamadrid toma el mando del ejército unitario y se retira á Tucu- 
mán. — IX. Negociado entre el general federal y el gobierno provisorio de 
Córdoba. — X. Ocupación de Córdoba por la vanguardia federal. — XI. 
Regreso del ejército auxiliar: el fusilamiento de prisioneros en Buenos 
Aires. — XII. Resolución de las situaciones políticas del interior y de 
Cuyo. — XIII. Quiroga marcha sobre Tucumán : antecedentes entre él, don 
Javier López y Lamadrid. — XIV. Las cartas de Lamadrid sobre su conducta 
en La Rioja, y secuestro de los dineros de Quiroga. — XV. Batalla de la 
Ciudadela. — XVI. Quiroga después de la victoria. — XVII. Lamadrid 
pide clemencia á Quiroga. — XVIII. Proceder levantado de Quiroga. — 
XIX. Intimación de Quiroga á Al varado: resolución de todas las provin- 
cias en favor de la federación. 



En circunstancias en que el general Paz se proponía 
llevar sus armas sobre el litoral, la prensa y la legislatura 
de Buenos Aires denunciaban el liecbo de que la España 
aprestaba una expedición al río de la Plata con el objeto 
de recuperar éstas y otras de sus antiguas posesiones 
de América. En vista de esto, aquella legislatura á la 
cual el gobernador Rozas había devuelto las facultades 
extraordinarias que le otorgó la ley de 6 de diciembre 
del año anterior, le autorizó por ley de 6 de agosto de 
1830 con las mismas facultades, «para que haciendo uso 
de ellas, tome todas las medidas que considere condu- 



— 72 — 

ceiites á salvar la Provincia de los peligros que amagan 
su existencia política y libertad civil». — Venezuela y 
Ecuador, envueltos en la lucha de la separación de Co- 
lombia, denunciaban también el hecho de la expedición 
española; y la primera investía al general Paez con el 
poder discrecional. El congreso de México hacía un 
llamamiento á los partidos en armas para que conju- 
rasen juntos el mismo peligro. El gobierno de Nueva 
Granada que se suponía el más amagado, se aprestaba 
á repeler la invasión; y para que el peligro fuera más 
grave, la guerra civil no permitió que las repúblicas se 
entendiesen entre sí; San Martín estaba en Europa, Sucre 
había sido asesinado y Bolívar acababa de abandonar su 
país. 

Únicamente Chile dirigió una circular á los goberna- 
dores de las provincias argentinas en la que les ofrecía 
su mediación para arreglar un tratado de paz entre ellas, 
y en seguida una alianza entre ambas repúblicas para 
defenderse de la tentativa enunciada. «La España medita 
nuevos proyectos de reconquista, decía la circular, y se pro- 
mete hallar en nuestras disenciones coyuntura favorable: 
sus miras parecen dirigirse ahora á los Estados del sur. » (^) 
Los gobiernos del litoral respondieron al gobierno de 
Chile que estaban prontos á proceder en el sentido in- 
dicado, y que al efecto proponían que desde luego se 
incorporasen los diputados del interior á la Comisión Re- 
presentativa. El general Paz aceptó igualmente la media- 
ción y le manifestó al gobierno de Chile que podría 
interponerla á fin de (|ue los dii)uta(los del litoral con- 
curriesen á Córdoba á acordar con los agentes del interior 
lo conveniente en esas circunstancias. (^) 



(') Circular firmada por el ministro don Diego Portales y publi- 
cada en El Lucero del 12 de enero de 1831. 
(2) Véase estas notas en El Lncero del 17 de septiembre de 1831. 



— 73 — 

La guerra entre el litoral y el interior sobrevino in- 
mediatamente. El gobernador de Santa Fe don Estanis- 
lao López fué nombrado general en jefe del ejército 
confederado. El general Quiroga con una división orga- 
nizada en Buenos Aires, debía operar en Cuyo; y otro 
ejército de reserva al mando del general Juan Ramón 
Balcarce estaba listo para entrar en campaña. El gene- 
ral Paz que había tomado la ofensiva, tentando prime- 
ramente de convulsionar la provincia de Santa Fe, é 
invadiéndola en seguida con todo su ejército, encontróse 
rodeado de enemigos que estrechaban el círculo de sus 
operaciones. A principios de febrero de 1831 el general 
del ejército federal hizo invadir Córdoba por los coman- 
dantes Guillermo y Francisco Reinafé. Éstos ]»enetraron 
por Tío y después de algunos combates parciales cam- 
biaron en su favor la situación de algunos departamentos. 
El 5 de febrero otra división federal al mando del coronel 
Pacheco, derrotó la división unitaria del coronel Peder- 
nera, en Fraile Muerto. Los federales ocuparon el Tío, 
India Muerta y el Totoral Chico. (') 

Poco después el general Quiroga cayó repentinamente 
sobre la Villa de Río Cuarto (5 de marzo), y después de 
tres días de combate la tomó por asalto. (^) Los corone- 
les Pringles > Echeverría que la defendían salieron por 
el sur en dirección á San Luis. Aquí se dirige Quiroga 
reforzado. En el Río Quinto encuentra la columna uni- 
taria, la bate y la derrota. En la persecución sus par- 
tidas apresan á Pringles y lo sacrifican. Cuando Quiroga 



(*) Boletín núm. 1 del ejército auxiliar.— Parte del coronel Pa- 
checo al general López. Boletín núm. 3 del ejército auxiliar. — 
Parte del coronel José Narciso de Sosa. Memorias del general Paz, 
tomo II, pág. 274. 

(2) Boletín núm. 8. Parte del general Quiroga, al que adjunta la 
lista de jefes, oficiales y soldados prisioneros. 



— 74 — 

lo sabe, estalla en furor, se lamenta sobre el cadáver 
del héroe infortunado, le hace dar sepultura, y cae sobre 
la ciudad de San Luis en la cual entra sin resistencia. 
Quiroga se siente fuerte otra vez. El vértigo de las ba- 
tallas lo empuja en seguida á Mendoza. El general Vi- 
dela Castillo lo espera el día 28 de marzo en el Potrero 
de Chacón al frente de 2.000 soldados. Quiroga atrepella 
al general unitario, lo acuchilla, lo dispersa y se entra 
en la capital. Aquí sabe que su teniente, el general Vi- 
llafañe que venía de Chile á incorporársele, ha sido 
asesinado por el mayor Navarro en Chacón, y en repre- 
salia manda fusilar los prisioneros capitulados. (^) 

La situación de Paz se hacía cada vez más crítica, 
con Quiroga á su espalda, la provincia de Córdoba con- 
vulsionada contra él y un ejército á su frente, que debía 
engrosarse en breve con buena infantería y artillería 
que iba en marcha de Buenos Aires á las órdenes del 
general Balcarce. Paz se propuso batir en detalle al ene- 
migo más cercano y se dirigió sobre López; pero éste 
evadió el encuentro y se retiró desde los Calchines hasta 
dos leguas fuera del Tío. Paz lo siguió, ocultando en lo 
posible sus operaciones y ordenándole al general Dehesa 
que marchase por una línea convergente que debía unirse 
á cierta distancia con la que él llevaba, y que atacase á 
los Reinafé que se encontraban en esa dirección. (^) 

Ya la noche se acercaba cuando el general Paz, en 
su marcha, oyó un tiroteo que supuso fuera sostenido 
entre sus guerrillas y alguna partida enemiga. Con 
el ñn de dispersar á ésta, de manera que López no 
tuviera noticia del movimiento que sobre él dirigía, Paz 



(') Comunicaciones de Quiroga á Rozas de 22 de marzo y 5 de 
abril de 1831. 

(-) Memorias del general Paz, tomo 11, pág. 298. 



— /o — 



se adelantó con un ayudante, un ordenanza y un paisano, 
á reconocer la posición respectiva de las fuerzas que se 
batían. Así avanzando, se aproximó al teatro del com- 
bate, y mandó al ordenanza en busca del oficial que 
mandaba la guerrilla. Éste, esperando refuerzo, había 
cambiado el frente de la línea: el enemigo había hecho 
un movimiento análogo, avanzando su derecha, por ma- 
nera que ambas fuerzas daban el flanco á la dirección 
que llevaba el general Paz sin saberlo. Como el orde- 
nanza no volviera. Paz despachó al ayudante y siguió 
con el baqueano, yendo á dar precisamente sobre el 
flanco izquierdo del enemigo. El baqueano le advirtió 
que estaba sobre los soldados de López. Paz volvió 
grupas para incorporarse c4 su columna que venía á diez 
cuadras de distancia. Pero ya era tarde. Los federales 
lo habían conocido. Uno de éstos, de apellido Serrano, 
lo siguió bien montado y le boleó el caballo. Paz cayó 
en tierra y quedó prisionero. Su intrepidez y la 
ausencia de su caballería en ese momento lo perdieron. 
El general prisionero fué conducido al campamento de 
López y en seguida á Santa Fe. (') 



(') Como complemento de este episodio tan curioso como raro 
en la historia de las guerras, van á continuación los datos que me 
ha suministrado un testigo ocular, el conocido anciano de Santa Fe, 
don Saturnino Gallegos, primo hermano del general Estanislao Ló- 
pez, y quien se encontró presente en la tienda de éste, cuando entró 
en ella el general F*az prisionero. 

Dice asi el señor Gallegos, en septiembre de 1882: — «En la ma- 
drugada del II de mayo de 1831 nos encontrábamos en Calchines 
acampados, esperando las fuerzas de Buenos Aires que mandaba 
el general don Juan Ramón Balcarce, para emprender la campaña 
contra el general Paz. El general López, su secretario el coronel 
Pascual Echagüe y otros jefes lo acompañaban alrededor del fogón 
tomando mate, cuando se presentó un joven cordobés que dijo lla- 
marse Serrano, anunciando dejaba á corta distancia la partida que 
conducía prisionero al general Paz, cuyo caballo había boleado él 
mismo. 

Si grande fué la sorpresa que produjo esta noticia, no lo fué menos 
la duda acerca de la veracidad del informante; aunque entre las 



— 76 — 



Desde aquí dirigió á Rozas una carta en la que le 
declaraba que había sido tratado generosamente por Ló- 
pez y que esperaba serlo de la misma manera en lo 



señas que daba, la de « manco » era incontestable. El general ordenó 
al señor Ecbagüe, que sin demora montase una mitad de lanceros 
de 25 boml)res con un oficial á la cabeza y acompañado del chasque 
Serrano fuese á encontrar la partida que se decía conducía al prisio- 
nero. Verificado esto, y antes de mucho rato, regresó el todo de la 
gente y á la inmediación del general López desmontaba el se- 
ñor Paz, en mangas de camisa; y quitándose un gorrete de 
tropa, que se le había dado en vez de la gorra que le quitó uno 
de los soldados. Don Estanislao López y demás de su circulo se 
pusieron de pie, y el primero se adelantó á dar la mano y saludar al 
prisionero, ofreciéndole con grande instancia aceptase la única silla, 
que era una pequeña con asiento de paja, para sentarse, la que aquéí 
rehuse) con toda cortesía, sentándose en una cabeza de vaca de las 
que rodeaban el fogón. El señor López le ofreció entonces mate, 
café, ó té (el informante no recuerda qué aceptó); y al mismo tiempo 
ordenó á un asistente subiese á su carretón y tragese un poncho de 
abrigo y una chaqueta para que el huésped se cubriese, pues el frío 
era fuerte, diciendo al mismo tiempo: 

— General, las únicas «capas» que podemos ofrecerle son las de 
«cuatro puntas» y de ponerse por la boca; á lo que el general Paz 
contestó que eran las mejores, y cuando vino se cubrió arrebo- 
zándose. 

Á poco se llamó al sargento que mandaba la partida apresadora, 
quien explicó la boleadura del caballo, que presentó (era un malacara 
choquizuela blanca), animal de buena apariencia y manso; y cum- 
pliendo la orden que se le dio, se hizo entrega al general Paz de la 
casaca de que se le había despojado, gorra buena, etcétera. 

Como ni el general López, ni otro alguno abría conversación, el 
general Paz, rompiendo el silencio, dijo: «Señor López, los soldados 
de usted son unos valientes y los míos unos cobardes, que me han 
abandonado á doce cuadras de mi ejército.» 

El general López asintió con un movimiento de cabeza y el general 
Paz continuó: — «Dejo un ejército, que en moral, disciplina, arma- 
mento, etcétera, es completo y capaz de batirse con el que usted 
presentase, fuese el que fuese; pero falto yo, todo es perdido; pues 
^ladrid, que es quien queda á la cabeza, es incapaz de sacar ventaja 
alguna de su posición, careciendo de aptitudes para llevar á caí)o 
mis planes. » 

Tampoco consiguió que el señor López dijese más que palabras 
sueltas, ni cosa que pudiera dar ofensa, ni halago al prisionero, y 
asi continuó hasta que las tareas del día, entre las que tuvo lugar 
la de encontrarse con el ejército que llevaba el general Balcarce y 
otras, dejaron al general Paz encargado á los que le custodiaban. 

Se ha querido decir que el general Paz fué insultado y amenazado 
á su llegada, lo que no es cierto; si bien causó un tumulto natural 
conocer su arribo, entre lo que más se mostraba la algazara y retozo 
de los indios guaycuruesde la división que llevaba el general López, 
compuesta de un mil de hombres más ó menos. Tampoco se puede 



— 77 — 

sucesivo. (') Y reaccionando en la hora de su desgracia 
contra las ideas exclusivistas que lo habían conducido, 
frustrando la mejor oportunidad para contribuir á la 
organización de la Nación cuando era arbitro de diez 
provincias argentinas, el general Paz escribió al general 
Lamadrid (quien acababa de ser nombrado en junta de 
oficiales, jefe supremo militar), que el general López le 
había manifestado estar dispuesto á aceptar comisio- 
nados para poner término á la guerra por medio de un 
tratado que diese garantías á todos; y que le pedía que 
no desatendiera estos patrióticos sentimientos. En el 
mismo sentido les escribió á Pedernera, Dehesa, Acha 
y á don Pedro Larraga, pronunciándose en favor de la 
transacción con Rozas y con López, f) 

Mientras que el ejército federal avanzaba sobre la 
ciudad de Córdoba, Quiroga se aproximaba á este mismo 
punto por el lado de Ischilin, Lamadrid temeroso de 
que se disolviese su ejército, el cual había quedado re- 
ducido á poco más de L500 hombres; ó de que tuviera 
que aceptar un combate desigual, si fracasaban las nego- 
ciaciones entabladas por el gobernador provisorio don 
Mariano Fragueiro con el general del ejército federal, 
se dirigió á Tucumán el día 26 de mayo, después de 
exigir una contribución á la ciudad que quedaba á mer- 
ced de los vencedores. 

Los doctores Dalmacio Vélez-Sarsfield y Ensebio 



negar que entre las consideraciones tenidas con el general Paz, no 
fué la menor su envió á Santa Fe á cargo del capitán don Pedro 
Rodríguez, mozo altamente educado y elegido por el general López, 
como la persona más propia para el desempeño de la comisión que 
se le confió. » 

(^) Memorias de Paz, tomo II, pág. 335. La carta de Paz á Rozas 
se publicó en El Lucero del 3 de junio de 1831. Paz fué conducido 
después á Buenos Aires y se le guardaron consideraciones de toda 
especie, como se verá más adelante. 

(2) Véase El Lucero del 7 de julio de 1831. 



— 78 — 

Agüero, comisionados por ei gobierno de la plaza para 
negociar la paz con el general en jefe del Ejército Fede- 
ral, firmaron con éste el 30 mayo un tratado según el 
cual la provincia de Córdoba se unía á las litorales en 
los términos y de acuerdo con los propósitos conteni- 
dos en el ]mcto federal de 4 de enero de ese año. Esta- 
blecía además el tratado que nadie sería molestado por 
sus opiniones políticas, ni sufriría pena de ninguna 
especie, lo que era ya mucho en esas circunstancias. 

El gobierno provisorio acordó en seguida con el jefe de 
la vanguardia federal las condiciones de la ocupación 
militar de la ciudad; y el 11 de junio entraron en ella 
los generales López y Balcarce en medio de esas acla- 
maciones y de ese regocijo cuyo tono es el mismo en 
todas partes donde se presenta prepotente un vencedor. 
Una vez pacificada la Provincia y electo gobernador el 
coronel José Vicente Reinafé, el ejército auxiliar al mando 
de Balcarce regresó á Buenos Aires, llevando en calidad 
de prisioneros al coronel Videla, el mismo que había lleva- 
do la revolución á San Luis por orden de Paz, y á nueve 
jefes y oficiales del ejército de éste; y los cuales fueron fu- 
silados en San Nicolás de los Arroyos de orden del gober- 
nador de Buenos Aires. La prensa de entonces como 
para atenuar estos hechos brutales de la guerra civil, 
decía que ello venía en represalia de los que habían 
verificado el general Lamadrid, fusilando á ciudadanos 
distinguidos de La Rioja; el general Dehesa, fusilando 
veintitrés oficiales de Quiroga, y el general Javier López 
fusilando funcionarios civiles y militares de Tucumán. 

La nueva situación creada en Córdoba y la que afian- 
zó Quiroga batiendo á Pringles y á Videla Castillo y reco- 
rriendo triunfante en una campaña de poco más de 
tres meses las provincias de San Luis, Catamarca, Men- 
doza, San Juan y La Rioja, aseguraba el predominio de 



— 79 — 

los federales en el litoral, en Cuyo y en el interior. La 
situación que creó el general Paz en Santiago del Estero, 
había caído también. El general Juan Felipe Ibarra, au- 
xiliado por el general Pablo de la Torre, jefe del partido 
federal de Salta, acababa de ser (19 de Julio) electo go- 
bernador de esa provincia. No quedaban, pues, más que 
las provincias de Tucumán, donde se hallaban el gene- 
ral Lamadrid con los restos del ejército de Paz, y el 
general Javier López con la división tucumana; y Salta 
y Jujuy donde se hallaba el general Alvarado con al- 
gunas fuerzas. 

Á Tucumán se dirigió Quiroga después de terminar 
su campaña de Cuyo. Había motivos especiales que lo 
empujaban á dirimir para siempre la contienda con La- 
madrid y con López que eran sus implacables enemigos. 
En mayo de 1830, el gobernador don Javier López pidió 
por intermedio de su delegado al de Buenos Aires que 
le entregase al « famoso criminal Juan Facundo Quiroga 
para ser juzgado por un tribunal nacional que se nom- 
braría al efecto ». (') Es fácil imaginarse cómo enardece- 
ría á Quiroga al verse así tratado por un enemigo sobre 
quien pesaban acusaciones como las que constaban del 
sumario que le mandó levantar el mismo Lamadrid en 
1826, después de declarar « caduca la tiranía sangrienta 
que ejercía en Tucumán el general Javier López». C) 

Por lo que atañía á Lamadrid no era menos fundado 
el encono de Quiroga. Lamadrid durante su comando 
militar en La Riojay en San Juan el año anterior, no 



(1) Se publicó en El Lucero del 25 de junio de 1830. 

(2) En la página 15 de este sumario se léela lista de los fusilados 
y degollados por orden de don Javier López, sin formación de cau- 
sa. Figuran en ella el general Bernabé Arauz, y don Juan Pedro 
Arauz, el general Martín Bustos, los comandantes Carrasco y Gor- 
dillo, capitán Marciano Vila y veinticinco ciudadanos y soldados cuyos 
nombres se da. Véase El Lucero del \0 de julio de 1830. 



— 80 — 

sólo liabía dado carta blanca á sus subordinados para 
que ejerciesen actos de rigor, que ejercieron en efecto, 
provocando otros de parte de los adversarios, sino que 
se había apoderado de una fuerte cantidad de onzas de 
oro que Quiroga guardaba en su casa de La Rioja, in- 
sultádole la esposa de éste, y héchole arrastrar un 
grillete á su anciana madre. Esto último es lo que 
más hería al formidable caudillo, y de todo ello tenía 
las pruebas evidentes como se ve por las siguientes 
cartas que he encontrado entre sus papeles. 

En 30 de junio de 1830, Lamadrid le escribía de 
San Juan á don Ignacio Videla, dándole cuenta de la 
providencia que acababa de tomar en La Rioja: «.... es- 
pero que dé usted orden á los oficiales que mandan 
sus fuerzas en persecución de esa chusma, que quemen 
en una hoguera, si es posible, á todo montonero 
que agarren. Á Quiroga se le han pedido doce mil pe- 
sos y seis mil á Bustos, con plazo de tres días que ven- 
cen mañana. Á mi retiro de La Rioja deben ir los presos 
conmigo : yo los pondré donde no puedan dañar. El 
pueblo está empeñado en que reclame la persona de 
Echegaray, lo cual hago de oficio. Á estas cabezas es 
preciso acabarlas, si queremos que haya tranquilidad 
duradera. Espero, pues, que usted lo mandará bien ase- 
gurado al cargo de un oficial y cuatro hombres de con- 
fianza, con orden de que en cualquier caso de peligro 
de fugarse, habrá llenado su deber dando cuenta de su 
muerte .» ( ' j 

« Acabo de saber por uno de los prisioneros de Qui- 
« roga, — escribía el mismo Lamadrid á don Juan Pablo 
« Carballo, en 19 de septiembre de 1830. — que en la casa 



(M Manuscrito original en poder de la señora hija del general 
Quiroga. 



— 81 — 

« de la suegra ó en la de la madre de aquél es efectivo 
« el gran tapado de onzas que hay en los tirantes, más 
« no está como dijeron al principio, sino metido en una 
« caladura que tienen los tirantes en el centro, por la 
« parte de arriba y después ensamblados de un modo 
« que no se conoce. Es preciso que en el momento 
« haga usted en persona el reconocimiento, subiéndose 
« usted mismo, y con una hacha los cale usted en toda 
« su extensión de arriba, para ver si da con la huaca 
«esa que es considerable. Reservado: — Si da usted 
« con ello es preciso que no diga el número de onzas 
(( que son, y si lo dice al darme parte, que sea después 
(( de haberme separado unas trescientas ó más onzas. 
•« Después de tanto fregarse por la patria, no es regular 
<( ser zonzo cuando se encuentra ocasión de tocar una 
■« parte sin perjuicio de tercero, y cuando yo soy des- 
« cubridor y cuanto tengo es para servir á todo el 
« mundo...» (^) 

Tales eran los antecedentes que mediaban entre los 
dos jefes unitarios del norte y el jefe federal de La 
Rioja, cuando este último se presentó frente á Tucu- 
mán con sus guerreros. Lamadrid y López esperaron 
á Quiroga en el campo de la Cindadela, en las orillas 
de la ciudad, el día 4 de noviembre de 183L Todavía 
están en las filas unitarias Pedernera, Barcala, el ilustre 
negro, Arengreen, Videla Castillo, Balmaceda y otros 
de los vencedores de San Roque, La Tablada y Oncativo. 
Las fuerzas contendientes son casi iguales en número, 
tres mil hombres de parte á parte; si bien los unitarios 
forman en su centro un castillo de fuego con la arti- 
llería é infantería. Pero Lamadrid no tiene suficiente 



(') Manuscrito original en poder de la señora hija del general 
Quiroga. 

TOMO II. 6 



— 82 — 

autoridad sobre sus subordinados para imponer la uni- 
dad de su plan, si es quede veras lo tiene; y la suerte 
de la batalla queda librada á los jefes de división. Y 
el espíritu indomable de Quiroga está incrustado en 
sus soldados, los cuales se lanzan como leones hacia 
donde los empuja el grande eco de su jefe, que es 
el eco de la victoria que los llama. Quiroga se coloca 
convenientemente para neutralizar el efecto de la arti- 
llería unitaria. Cuando una de sus alas es amagada, 
él lanza al coronel Vargas con su caballería sobre la 
infantería de Barcala; y cuando ha comprometido todas 
las fuerzas de Lamadrid, se lanza él en persona y 
ordena á Ibarra y á Reinafé que lo sigan con sus di- 
visiones. Después de dos horas de lucha y entrevero, 
queda dueño del campo de batalla. Su triunfo fué 
completo. Los coroneles Barcala, Larraya, Ares y 
Merlo, gran cantidad de oficiales y cuatrocientos solda- 
dos quedaron en su poder. (') 

Cuando se encuentra arbitro de Tucumán, comisio- 
nes de vecinos notables van á su campo á implorarle 
clemencia. Él les enseña los jefes que tanto han gue- 
rreado contra él y todos los prisioneros cuya vida ha 
respetado; pero en represalia del asesinato del general 
Villafañe y de los tratamientos de que fué víctima su 
anciana madre, manda fusilar á algunos de sus enemi- 
gos políticos. La esposa de Lamadrid se encuentra en 
Tucumán. Quiroga la manda buscar para preguntarla 
sobre el paradero de los noventa y tres mil pesos fuertes 



(') véase El Federal, de Córdoba, núm. 23. Parte oficial del 
íieiieral Quiroga al general en jeí'e del ejército confederado, y á 
los gobernadores de Córdoba, Santa Fe y láñenos Aires, publicados 
en Eí Lucero del 2'¿ de noviembre de 1831. Véase también las Me- 
morias del general Lamadrid y la Ibja de servicios del general Es- 
pejo. La lista de todos los prisioneros hechos por Quiroga está 
publicada en El Lucero del 26 de enero de 1832. 



— 83 — 

que de su casa de La Rioja le secuestró ese general. 
Después de cerciorarse de que la dama lo ignora, la 
da libertad, é impone una contribución pecuniaria á ia 
ciudad de la misma manera que lo habían hecho Paz, 
Dehesa, Lamadrid y Videla Castillo, en Córdoba, San- 
tiago del Estero, Mendoza, San Juan y La Rioja. 

En seguida de la batalla, Lamadrid y Quiroga se cam- 
biaron las cartas siguientes, que ponen de relieve los 
hechos por propia confesión de los. interesados: « Gene- 
ral, — le decía Lamadrid á Quiroga, — no habiendo tenido 
« en mi vida otro interés que el de servir á mi patria, 
« hice por ella cuanto juzgué conveniente á su salvación 
« y á mi honor, hasta la una de la tarde del día 4 en 
« que la cobardía de mi caballería y el arrojo de V. 
« destruyeron la brillante infantería que estaba á mis 
« órdenes. Desde ese momento en que V. quedó dueño 
« del campo y de la suerte de la República, como de 
« mi familia, envainó mi espada para no sacarla más en 
« esta desastrosa guerra civil, pues todo esfuerzo en ade- 
« lante sería más que temerario, criminal. En esta 
« íirme resolución me retiro del territorio de la Repií- 
« blica, íntimamente persuadido de que la generosidad 
« de un guerrero valiente como es V. sabrá dispensar 
« todas las consideraciones que se merece la familia de 
« un soldado que nada ha reservado en servicio de su 
« patria y que le ha dado algunas glorias. He sabido 
« que mi señora fué conducida al Cabildo en la mañana 
« del 5 y separada de mis hijos, pero no puedo persua- 
« dirme de que su magnanimidad lo consienta, no habién- 
« dose extendido la guerra jamás por nuestra parte á 
« las familias. Recuerde V., general, que á mi entrada 
« en San Juan, yo no tomé providencia alguna contra 
« su señora. Ruego á V., general, no quiera marchitar las 
« glorias de que está V. cubierto conservando en prisión 



— 84 — 

« á una señora digna de compasión, y que se servirá 
« V. concederle el pasaporte para que marche á mi alcan- 
« ce, etcétera.» C) 

Quiroga procedió con elevación. «V. dice, general, le 
respondió á Lamadrid, que han respetado las familias 
sin acordarse de la cadena que hizo arrastrar á mi anciana 
madre, y de que mi familia por mucha gracia fué des- 
terrada á Chile como único medio de evitar que fuese á 
La Rioja, donde V. la reclamaba para mortificarla; mas 
yo me desentiendo de esto y no he trepidado en acceder 
á su solicitud, y esto, no por la protesta que V. me hace, 
sino porque no me parece justo afligir al inocente.» Y 
para mostrarle que su proceder fué espontáneo, le agrega 
rudamente: «Es cierto que cuando tuve aviso que su 
señora se hallaba en este pueblo, ordené fuese puesta 
en seguridad, y tan luego como mis ocupaciones me lo 
permitieron, le averigüe si sabía dónde había V. dejado 
el dinero que me extrajo; y habiéndome contestado que 
nada sabía, fué puesta en libertad, sin haber sufrido 
más tiempo que seis días.» Y al concederle el pasaporte 
cierra su carta así: «No creo que su señora por sí sola 
sea capaz de proporcionarse la seguridad necesaria en 
su tránsito, y es por esto que yo se la proporcionaré 
hasta alguna distancia; y si no lo hago hasta el punto 
en que V. se halla, es porque temo que los individuos 
que le dé para su compañía corran la misma suerte que 
Melián, conductor de los pliegos que dirigí al señor 
general Alvar ado.» (-) 



( ^ ) Carta de 8 de noviembre de 1831, original en poder de la señora 
hija del general Quiroga. 

(-) Esta carta original en poder de la señora hija de Quiroga, fué 
publicada en La Crónica del 24 de junio de 18.o4 con otros docu- 
mentos relativos al litigio que le ganó la viuda de Quiroga á Lama- 
drid. 



— 85 — 

El general Rudecindo Al varado era el único que, á 
título de gobernador de Salta y general en jefe del 
ejército nacional cuyos restos acababan de ser destrui- 
cos, mantenía todavía las influencias que hizo prevalecer 
por un momento la revolución armada que llevó el ge- 
neral Paz á las provincias. Inmediatamente después de 
la batalla de la Cindadela^ Quiroga le había dirigido, 
en efecto, una comunicación en la que le intimaba que 
pusiera en libertad al general Félix Aldao ; desarmase 
las fuerzas de su mando ; hiciese salir del territorio los 
jefes y oficiales que lo acompañaban, quedando á su 
elección el salir él mismo ó permanecer allí. Sin me- 
dios para resistir, Alvarado diputó cerca de Quiroga á 
los señores Francisco de Gurruchaga y Nicolás Laguna, 
con los cuales este último firmó el 2 de diciembre un 
arreglo que contenía los términos de la intimación y 
establecía, además, que la provincia de Salta daría un 
subsidio en metálico y en ganados á las de La Rioja y 
Santiago del Estero. (^) Las armas de Salta quedaron 
al mando del coronel Pablo de la Torre, jefe del par- 
tido federal de esa provincia, y con esto toda la Re- 
pública resuelta en favor de la federación. La campaña 
de Quiroga había sido, pues, una serie de triunfos. Si 
se exceptúa Córdoba, él era el arbitro de las provincias 
del interior, de Cuyo y del norte. La fortuna le son- 
reía esta vez, y su nombre volaba en alas de la fama 
nacional. Ella no debía ser duradera; Barranca-Yaco 
comenzaba á contarle los días. 



(') Nota del general de la División Auxiliar de los Ancles al 
general Alvarado. Convenio entre este general y la legislatura 
de Salta, publicados en El Lucero del 30 de diciembre de 1831. 



CAPITULO XIX 



LAS ISLAS MALVINAS 



(1832) 



SuMAiiio: I. La isla de la Soledad: la concesión á Vernet. — II. Colonia que 
éste forma. — III. El gobierno argentino nombra á Vernet gobernador de 
de Malvinas: Vernet reitera las prohibiciones sobre pesca. — IV. Apresa- 
miento de barcos norteamericanos. — V. Insólita reclamación del cónsul 
de los Estados Unidos : digna conducta del gobierno de Buenos Aires. — 
VI. Los atropellos de la corbeta norteamericana Lexington en la isla 
de la Soledad. — VII. Reclamación del encargado de negocios de los Estados 
Unidos : el gobierno de Rozas le exige satisfacción é indemnizaciones por 
el atropello de la Lexington. —^lll. Aquél pide sus pasaportes y aban- 
dona la cuestión. — IX. La Gran Bretaña reclama de los decretos del gO" 
bierno argentino sobre Malvinas: contesta los derechos de ésta y se los 
arroga él mismo.— X. Sinopsis histórica: descubrimiento de Malvinas: 
exploraciones de Magallanes, Alcazaba, Loiza y ViHí'Ifbos. — XI. Los ho- 
landeses disputan ese descubrimiento á los británicos de 1598 en adelante. 
— XII. El mejor derecho de la España en el supuesto de que el descubri- 
miento fuese un titulo.— XIII. La primitiva ocupación de las Malvinas: 
Bougainville establece una colonia á nombre del rey Luis XV.— XIV. 
España reclama las Malvinas: Francia reconoi-,e el derecho, y España 
compra á Francia la colonia. — XV. Expedición del capitán Macbrige: éste 
se apodera de Malvinas é intima el des3,lqjo de la isla de la Soledad. — XVI. 
España es reintegrada en la posesión de Malvinas. — XVII. Los ingleses 
intiman á los españoles el desalojo de la isla de la Soledad : otro ante- 
cedente del derecho de España reconocido por la Gran Bretaña. — XVIII. 
Expedición de 1770 contra los ingleses : son desalojados por los españoles. — 
XIX. Satisfacción que demanda el gobierno británico. — XX. Notable de- 
claración del embajadoi de España, que acepta sin reserva el gobierno 
británico. — XXI. Éste es reinstalado en Puerto Egmont, á condición de 
abandonarlo. — XXII. La condición de abandonar Puerto Egmont aparece 
en la correspondencia del gobierno británico. —XXIII. Ella es enunciada 
también en el parlamento británico. — XXIV. La misma condición se ex- 
])lica en la cláusula por la cual España salvaba sus dereclios anteriores 
á Malvinas en el convenio de 1771. — XXV. Otras pruebas que de la condi- 
ción del abandono suministran los publicistas y estadistas ingleses, — XXVI- 
Conflrman lo mismo los documentos sobre la evacuación de Puerto Egmont 
por los ingleses. — XXVII. Calidad de los titulos de España á las Malvinas 
en 1774: posesión tranquila que ejerce en Malvinas hasta 1810. — XXVIII. 
Ijas Provincias Unidas suceden á España en los derechos de ésta sobre 
el virreinato del Plata. — XXIX. .\ct()s de soberanía del gobierno argentino 
sobre Malvinas. — XXX. Singularidad de la reclamación del agente de los 
Estados Unidos. — XXXI. Nuevo atropello del almirante Baker: los ingle- 
ses se apoderan á mano armada de Malvinas. — XXXII. Respuesta de lord 



Palmerston á la reclamación del gobierno de Buenos Aires —XXXIII. Pro- 
testa y mem07'ia áe\ m'uú%Xvo argentino al gobierno británico: reticencias 
de lord Palmerston. — XXXIV. Resumen de los títulos legales é históricos 
de la República Argentina. — XXXV. La prioridad del descubrimiento in- 
vocado por la Gran Bretaña. — XXXVI. Las declaraciones oficiales del 
gobierno británico que robustecen los derechos de la Repiiblica Argentina. 
— XXXVII. A qué titulo la Gran Bretaña retiene las Malvinas.— XXXVIII. 
Notable declaración de sir William Molesworth. 



Mientras que los triunfos de Quiroga radicaban la 
■situación federal en las provincias, un hecho grave se 
producía en las posesiones australes de la República, 
el cual dio lugar á la cuestión de Maüñnas, que alarga- 
ron las controversias suscitadas por las mismas naciones 
que reconocieron los derechos argentinos á esas islas y 
sus adyacencias. El gobierno de Buenos Aires, en uso 
de esos derechos, y ampliando concesiones anteriores, 
concedió en el año de 1824 á don Luis Vernet la isla 
de la Soledad del grupo de las Malvinas, con el objeto 
de que éste formase allí una colonia sobre la base de 
la ya establecida; y al mismo tiempo le otorgó el pri- 
vilegio de la pesca de anfibios en esas playas y las 
adyacentes hasta el Cabo de Hornos, prohibiendo expre- 
samente á los extranjeros este trauco. Ya en 1820, el 
gobierno de Buenos Aires, por intermedio del coronel 
de marina argentina don Jorge Jewitt, á quien nombró 
gobernador de Malvinas, había hecho notificar tal pro- 
hibición á todos los buques extranjeros surtos en esas 
playas; y en igual forma había procedido el gobernador 
Areguatí, quien sustituyó á Jewitt en 1823. 

Vernet, emprendedor audaz y atrevido, invirtió una 
fortuna en trasportar á aquella apartada isla colonos, 
gran cantidad de caballos para hacer corridas de ganado 
alzado del que llevaron allá los españoles; yeguas de 
cría; instrumentos de labor; útiles, maquinarias y todo 
lo necesario para desafiar los rigores á que debía expo- 



— 88 — 

ner en los primeros tiempos una empresa de esa magni- 
tud y en aquella comarca donde los franceses no pu- 
dieron conservarse; que abandonaron los ingleseé en 
virtud de los dereclios y de las exigencias de España^ 
y que no brindaba al trabajo y al capital mayores estí- 
mulos que los que se crease un espíritu fuerte y sin- 
gular. 

Cuando la colonia estuvo establecida y Vernet quiso 
hacer uso del derecho exclusivo de pesca, impidiéronselo 
los buques extranjeros que reincidían en ese tráfico. 
Vernet impuso de lo que sucedía al gobierno de Buenos 
Aires. Éste lo nombró comandante militar y político de 
todas las islas y costas adyacentes hasta el Cabo de Hor- 
nos para que hiciera «observar allí las leyes de la Re- 
pública y cuidara en esas costas de la ejecución de los 
reglamentos sobre pesca de anfibios ». Á estos objetos 
le entregó algún material de guerra y cuatro cañones 
para formar una batería en el puerto principal de la co- 
lonia. O 

De regreso á Malvinas, Vernet comunicó nuevamen- 
te á los capitanes de buques loberos las disposiciones 
de su gobierno que les prohibían la pesca de anfibios 
en esas costas, bajo apercibimiento de que serían comi- 
sados los buques y cargamentos de tal tráfico. Al año 
siguiente se presentaron allí algunos barcos norte- 
americanos, y aunque Vernet les notificó la prohibición en 
los términos enunciados, siguieron matando lobos. En 
vista de estos avances que nada bastaba á contener, 
Vernet apresó tres goletas norteamericanas: la Harriet, 
la Breakwater y la Superior^ por infracción reiterada de 
los reglamentos sobre pesca de anfibios, después de 



(M Roíristro Oficial, mes (le julio, lib. VIll,pág. 2. Véase Exposición 
de Luis Vernet de 21 de abril de 1832. 



— 89 — 

habérseles notificado estos reglamentos y la pena de 
decomiso que sufrirían. Mientras se instruía el suma- 
rio correspondiente para elevarlo al gobierno de Buenos 
Aires, fugó la corbeta Breakwater. Los comandantes 
Davison, de la Harriet, y Congar de la Superior^ se con- 
formaron en un todo á lo que decidiese este gobierno 
respecto de los buques y cargamentos. Ambos recono- 
cieron la infracción y violación que habían llevado á 
cabo; y Davison se obligó á bajar á Buenos Aires á 
responder por sí y por Congar en el juicio que se les 
seguiría; todo lo cual consta del arreglo firmado por ellos 
y por Vernet en la misma isla de la Soledad á 8 de 
septiembre de 1831. 

Cuando arribó la Harriet á Buenos Aires, el cónsul 
de los Estados Unidos en esta ciudad don Jorge Slacum , 
inició una reclamación-protesta sobre dicho apresamiento, 
avanzándose hasta negar el derecho de la República á 
las islas. El ministro Anchorena se negó á admitir la 
protesta como del gobierno de los Estados Unidos, 
porque además de ser intempestiva, el cónsul no estaba 
autorizado especialmente para ese acto. De irregulari- 
dad en irregularidad, el cónsul Slacum trasmitió al 
ministro de relaciones exteriores de Buenos Aires la 
carta del señor Duncan, comandante de la corbeta de 
guerra Lexington de los Estados Unidos, en la que 
éste anunciaba que se dirigía á Malvinas con las fuerzas 
de su mando para proteger los ciudadanos y comercio 
de su país en la pesca de anfibios. Como el gobierno 
de Buenos Aires se mantuviera fuerte en su derecho, á 
pesar de esa intimación para arrancar en favor de buques 
extranjeros regalías incompatibles con la soberanía argen- 
tina en las (costas de Malvinas y sus adyacencias, — 
el comandante de la Lexington llevó á su bordo al 
capitán Davison, sin permitirle que dejara un apodera- 



— 90 — 

(lo \)i\v;i ([lie lo representara en el juicio á que éste 
mismo se había acomodado, y se hizo á la vela para 
Malvinas en los primeros días de diciembre de 1831. 

El día 28 fondeó la Lexington á cierta distancia 
del puerto de la Soledad, llevando el pabellón francés, 
y una señal al tope de proa como para pedir práctico, 
El 31 se aproximó al puerto sin que se le hiciera resis- 
tencia alguna. Su comandante Duncan desembarcó con 
oficiales y marineros, apresó á algunos de los emplea- 
dos de la colonia, ordenó al capitán Davison que tomase 
todo lo que creyera suyo, inutiliz() la artillería de la 
isla, incendió la pólvora y algunas casas, se apoderó de 
una gruesa cantidad de cueros de lobo y muchos otros artí- 
culos de propiedad particular, y se lievó prisioneros á algu- 
nos ciudadanos de la República, haciendo gala en todo esto 
de una crueldad verdaderamente salvaje ('), tratándose 
de unos pobres colonos que vieron destruido en un día 
su trabajo honrado de muchos años, y de una nación 
amiga cuyos derechos se atropellaba de una manera 
muy semejante á la que empleaban los piratas. 

Á este proceder incalificable, se siguió el descomedi- 
miento con que el encargado de negocios de los Estados 
Unidos don Francisco Baylies, contestó la nota del 14 de 
agosto (1832) en la que el ministro de relaciones ex- 
teriores de Buenos Aires evacuaba los reclamos que 
aquél le -hiciera en sus notas anteriores (-) sobre el 



(') Véa^e las declaraciones de los testigos oculares Henry Me- 
tealf, Guillermo Dickson, Julio Grossy, Mateo Brisbane, Jacinto 
Correa, Dionisio Heredia, etcétera, etcétera, publicadas en el Apéndice 
a los documentos sobre Malvinas, y en El Lucero del 15 de lebrero 
de 18:tó. Véase también la nota del ministro de relaciones exte- 
rioi-es de Buenos Aires al de los Estados Unidos de fecha 8 de 
agosto de 1832. 

(-) Las notas de Baylies son las de 20 y 26 de junio, 10 y 11 
de julio y 6 de agosto. 



— 91 — 

apresamiento de las goletas norteamericanas, que in- 
fringieron reiteradamente los reglamentos y decretos 
referentes á la pesca en las costas argentinas, y burla- 
ron las intimaciones del gobernador de Malvinas de no 
pescar en esas costas bajo pena de ser apresadas. El 
ministro de relaciones exteriores de Buenos Aires, 
después de estudiar en su nota los antecedentes del 
asunto, y de referirse al sumario levantado con motivo 
de los justos procedimientos efectuados por el gober- 
nador Vernet en los barcos Harriet, Superior y Break- 
water, alegaba que la reclamación del señor Baylies 
sobre indemnización por toda propiedad tomada á ciu- 
dadanos de los Estados Unidos en las costas de Malvi- 
nas, debió seguir las vías marcadas por el derecho de 
gentes y aceptadas en muchos casos análogos. Que el 
caso de la Harriet, era semejante al de un corsario, 
cuando, por un error de hecho ó de derecho, apresa á 
un buque pescador ó mercante y lo conduce con su ca- 
pitán ante la autoridad del país bajo cuya bandera 
hace el corso. Que el capitán Davison debió entablar 
su queja contra el gobernador Vernet, ante la auto- 
ridad de Buenos Aires, como él mismo convino en ello, 
pero como se lo impidió hacer el comandante de la Le- 
xington\ y que en este caso, ó el gobierno de Buenos 
Aires, supuesta la justicia del reclamante, le habría 
acordado la indemnización de daños y perjuicios, y el 
asunto quedaba terminado; ó no se la acordaba, y en- 
tonces sería procedente el recurso de la reclamación 
intentada. Pero que no sólo no se había procedido en 
esta forma arreglada y admitida por todas las naciones, 
sino que el comandante de la goleta Lexington de los 
Estados Unidos, se había arrojado por sorpresa sobre 
una población indefensa, cometiendo allí las tropelías 
que acostumbran los piratas. Y que en consecuencia, 



— 92 — 

y en vez ele acordar las indemnizaciones y satisfac- 
ciones pretendidas, cumplía al ministro de relaciones 
exteriores de Buenos Aires exigir del encargado de ne- 
gocios de los Estados Unidos pronta y completa satis- 
facción por todas las tropelías y atentados perpetrados 
por el comandante Dnncan en las islas Malvinas, y re- 
paración de los daños y perjuicios á que todo ello 
daba lugar. 

El encargado de negocios de los testados Unidos se 
limitó á declarar qne teniendo órdenes expresas de su 
gobierno para justificar los actos á que hacía referencia 
la cancillería de Buenos Aires, y encontrándose obli- 
gado á ceder á la alternativa que ésta le presentaba 
de un modo imperativo, pedía sus pasaportes. Des- 
pués de semejante conducta, y de semejantes declara- 
ciones que tan poco honor hacían cá los Estados 
Unidos, el encargado de negocios Baylies dejó á 
Buenos Aires abandonando así la cuestión. 

Recién entonce el ministro Fox de S. M. B., se dirigió al 
ministro de relaciones exteriores de Buenos Aires recla- 
mando del decreto que acababa de expedir este gobier- 
no y por el cual nombraba un nuevo comandante 
militar y político de las islas Malvinas. Recordando 
la protesta que con fecha 19 de noviembre de 1829 
elevó el encargado de negocios de S. M. B. ante el 
mismo gobierno de Buenos Aires, con motivo de los 
actos de soberanía que éste ejerció sobre Malvinas,; — 
como si por este medio pudiera robustecer su reclamo, 
acerca del cual guardó silencio mientras se pudo creer 
que los Estados Unidos se creían también con algún 
derecho á Malvinas. — el ministro Fox agregaba que 
en la época en que tuvieron lugar los sucesos de la 
Lexington en Malvinas, él « se abstuvo de hacer obser- 
« vación alguna sobre ellos, animado del deseo sin- 



— 98 — 

« cero de zio embarazar en manera alguna al gobier- 
« no de la República Argentina en las disenciones que 
« parecía probable sostendría con el de los Estados 
<( Unidos. » Después de estas palabras significativas, 
que si algo probaban era el abandono que había hecho 
la Inglaterra de sus derechos, suponiendo que algún 
derecho tuviera sobre Malvinas, el ministro Fox cerra- 
ba su nota declarando que « la soberanía de las islas 
« Malvinas está invertida en la corona de la Gran Bre- 
« taña, y que no puede ejercerse por cualquier otra po- 
« tencia acto alguno de gobierno ó autoridad sobre aquellas 
«islas sin atacar los justos derechos de S. M. B.wfM 
La cuestión cambiaba, pues, de aspecto. Ahora era el 
gobierno de la Gran Bretaña, quien una vez persuadido 
de que no era el derecho á Malvinas lo que pretendían 
ya los Estados Unidos, se lo arrogaba á sí mismo, 
creyendo imponerse á la República Argentina, que 
aunque débil, relativamente, en recursos militares, debía 
vencerlo por la fuerza de sus títulos incontrovertibles á 
las Malvinas y sus adyacencias. Y pues de títulos se 
trata, es este el lugar de reunirlos aquí, aunque ello me 
obligue á adelantarme á los sucesos de 1832, sobre los 
cuales volveré en el capítulo siguiente. 

Aunque no sea de grande importancia para la exis- 
tencia del derecho la cuestión de averiguar cuál fué la 
primera nación que descubrió las islas Malvinas, es un 
hecho innegable que Fernando de ^Magallanes al servicio 
de la España, y quien dio su nombre al Estrecho que se 
encuentra al extremo del continente suramericano, fué 
el primero que llegó á esas regiones á mediados de 1520; 



(M Nota de 29 de septiembre de 1832. Tenemos á la vista la 
traducción fiel testimoniada de pufao y letra de don Nicolás Marino. 
(Ms. — papeles de Rozas.) 



— yi — 

y el que sin duela visitó las Malvinas y practicó allí 
las ceremonias que se usaban en homenaje al soberano 
cuyos buí^ues hacían el descubrimiento. En pos de 
Magallanes, penetró en el Estrecho ocho años después 
Loisa, al servicio también de la España; y en el mismo 
carácter llegaron allí Alcazaba en 1535, Villalobos en 1549, 
y otros. Navegantes al servicio de otras naciones llega- 
ron posteriormente á estas regiones, y se limitaron á 
tomar noticias de elias sin ejercer actos que acreditasen 
la posesión ante el derecho de las naciones; con tanto 
menos motivo cuanto que por más de un siglo la nave- 
gación del Pacífico se hizo por los estrechos; y esta 
navegación estaba en poder de España como que ésta 
era la dueña exclusiva de Chile y del Perú. Entre estos 
navegantes se cuentan Drake, Candish, Hawkins en 1577, 
1592 y 1593; y los holandeses Noort en 1599, Spilbert 
en 1015, Moore en 1G19. Los ingleses atribuyeron á 
Drake el descubrimiento del Cabo de Hornos en 1578, y 
los holandeses al holandés Le Maire en 1616. Lo pri- 
mero es muy aventurado é incierto, si se tiene en cuenta 
que 196 años después, el capitán Cook en su segundo 
viaje de exploración por el año de 1774, no tenía idea 
exacta acerca de la configuración del cabo, y no sa- 
bía si éste formaba parte de la Tierra del Fuego. Lo 
segundo está generalmente aceptado. Los holandeses 
fueron los que descubrieron el cabo bautizándolo con el 
nombre de Hoodu pueblo de Holanda. (') Escritores 
ingleses también han pretendido que Davis descubrió 
las Malvinas en 1592, y agregan que dos años después 



( ^ ) <( Historia do viajes y descubrimientos en el mar Pacifico » por 
Burney. — London Anual Register (1771). «Colecciones de viajes » por 
Cliurciiill. « Memoria histórica» por Roberto Greenkow. <i Viaje al- 
rededor del mundo» por Bryon . — Freicinet. 



— 95 — 

las visitó sir Richard Hawkins, citado más arriba, y les 
dio el nombre de Maldenland en honor de su soberana. 
Pero aun cuando así hubiera sido, ese acto fué en todo 
caso tan pasajero que seis años después, ^en 1598, los 
holandeses creyeron haberlas descubierto, por su parte, 
y les dieron el nombre de Sabal de West, en memoria 
del almirante que dirigió esa expedición ; y que otros 
escritores ingleses han contestado esa aseveración dicien- 
do que « aunque se ha atribuido á Davis el descubri- 
miento de Malvinas, es muy probable que fueran vistas 
por Magallanes y otros que les siguieron». (^) Por 
fin, la Francia ha atribuido á sus navegantes el descu- 
brimiento de las Malvinas, hecho por varios buques 
que zarparon en los primeros años del siglo XVII del 
puerta de San Malo, de donde parece que les vino el 
nombre de Maloidnas ó Malvinas. 

Pero por mucho que se quisiera hacer valer estos ante- 
cedentes en favor de la Inglaterra, de la Holanda, etcétera, 
ellos no comprobarían más que el hecho del primer des- 
cubrimiento, sin posesión actual. Y si no se pudiese exhibir 
otros títulos que éste, la España sería, durante el pe- 
riodo que abrazan esos descubrimientos, la única que 
pudo alegar acción á las islas Malvinas, puesto que era 
más lógico y más razonable adjudicarse ella los puntos 
adyacentes á sus costas americanas que cualquier otro 
gobierno separado por tres mil leguas de mar. Ó las 
Malvinas podían ser miradas hasta entonces como res 
nuílius, ó no se podía fundar títuh) á ellas en el hecho 
del primer descubrimiento, sin otorgarlo á la España ; 
puesto que Magallanes fué el primero que las descubrió 
en 1520, como lo atestiguan hasta los mismos escrito- 



') «Crónica Naval Británica de 1809», escrita por varios literatos. 



— 9li — 

res ingleses que al principio lo habían atribuido á 
Davis. 

Averiguado así el })unto referente al primer descu- 
brimiento, Vy resuelto á la luz de los hechos y de los 
testimonios, que este título, — caso que se pudiera hacer 
valer, — no favorece en modo alguno ala Gran Bretaña, 
queda á estudiarse el punto fundamental de la ocupa- 
ción formal de las Malvinas desde el año de 17G4 ade- 
lante, y la disputa entre España é Inglaterra; esto es, un 
título real, el de la primera posesión. Y esto puede com- 
probarse de un modo auténtico. La ocupación primitiva 
de las Malvinas se debe á los franceses. Mr. Luis An- 
tonio de Bougainville, capitán de navio de la marina 
francesa, fué el primer fundador de una colonia en las 
Malvinas. El rey Luis XV le confió el mando y dirección 
de una expedición destinada á ese objeto. Bougainville 
partió de St. Malo el 15 de septiembre de 1763, y llegó 
á Malvinas el 4 de febrero de 1764, hallando las islas 
completamente inhabitadas y sin vestigios de haber sido 
cultivadas. En la isla más oriental, que se llamó Isla 
de la Soledad ó Puerto Luis, hizo construir varias casas 
para los colonos, un pequeño fuerte y un obelisco bajo 
€l cual enterró una medalla en cuyo anverso llevaba la 
efigie del rey Luis XV, y en cuyo reverso estaba ins- 
cripta la fecha que recordaba este suceso. (/) Mr. de Bou- 



(M La inscripción era la siguiente: ((Etablissement des Ues ]Ma- 
louines, situeés au 51 deg. 30 M. de lat. aust. et 60 deg. 50 m. de 
long. Occ. Merid. de Paris, — par la Frégatt Uaigle, Capitaine P. 
Duelos Guyot, Capitaine de Brulot: et la Corvette Le Sphinx, Cap. 
F. Chénard de la Girondais, Lieut. de Frégate; armées par Louis Au- 
toine de Bougainville, colonel d'infanterie, capitaine de Vaisseax, 
chef de lexpéditión, G. de Nerville, cap. de inl'anterie, et P. D'Ar- 
boulin, administrateur general de Postes de France. 

Constructión crun obelisque decoré d"un medaillón de sa Majes- 
té Luis XV sur les plans d'ArHuiller, Eng. Geogr. des camps et Ar- 
mées, servant dant TExpedition; sous le ministere d"E. de Choiseui, 
Duc de Stainville, en Fevrier 1764. Avec ees mot pour exergue : co- 
namur tenues gratidia.» 



— 97 — 

gainville volvió á Francia en busca de recursos para 
asegurar la prosperidad del nuevo establecimiento. En 
1765 efectuó un otro viaje á Malvinas y encontró la 
pequeña colonia en estado satisfactorio. 

Pero cuando España tuvo conocimiento de esto, re- 
clamó las islas Malvinas como suyas. El rey de Francia 
tuvo á bien reconocerle sus derechos, y en consecuencia 
comisionó al mismo Mr. de Bougainville para que pro- 
cediera á la entrega formal de las islas, lo que verificó 
éste en 1767. Empero la España respetó el título del 
primer ocupante que tenía el gobierno francés, y nego- 
ció la entrega á la colonia que fundara Mr. de Bougainvi- 
lle, mediante el pago de una fuerte suma que entrega 
como precio de dicho establecimiento, según se com- 
prueba por el recibo en forma que suscribió Mr. de Bou- 
gainville en 4 de octubre de 1766. (/) 

Pero en el intervalo que medió entre las reclamaciones 
de la España y el reconocimiento de los derechos de 
esta nación de parte de la Francia, la Inglaterra envió 
al almirante Byron á que tomara posesión de las Mal- 
vinas á nombre de S. M. B. en 1765, ó sea un año des- 
pués de haber establecido los franceses el Puerto Luis. 
Byron llegó el 23 de enero al punto que los franceses 



(1) El recibo de ^Ir. de Bougainville fué por la cantidad de seis- 
cientas diez y ocho mil ciento ocho libras, trece sueldos y once 
dineros, importe de los gastos de las expediciones á Malvinas. En 
él constaba que « S. M. Cristianísima por la voluntaria entrega que 
ha hecho declara nula todo reclamación, sin que jamás la compa- 
ñía ni otra persona que sea interesada tenga que repetir contra 
el Real Erario de S. M. C. ni pedir otra recompensa. 

Todos los hechos referentes á la primera ocupación de Malvinas 
por los franceses constan del libro de Mr. de Bougainville, Voyage 
autor du monde de 1766 á 1769, París 1771. Puede verse, también 
entre otros documentos, el oficio que sobre la expedición deMr.de 
Bougainville dirigió el virrey del Perú don Manuel de Amat al mi- 
nistro universal de Indias, publicado en el libro del doctor Quesada, 
Virreinato del Río de la Plata, pág. lOG. 

TOMO II. 7 



— 98 — 

nombraron Puerto de la Cruzada, y practicadas las ce- 
remonias de toma de posesión salió de allí cuatro días 
después (el 27) sin dejar ningún habitante. (') En 1766 
la Inglaterra envió una expedición á las órdenes del ca- 
pitán Macbride, y éste se estableció en aquel mismo 
paraje del Puerto de la Cruzada, al cual bautizó con el 
de Puerto Egrnont. El capitán Macbride, dice Mr. de Bou- 
gainville en su obra citada, vino á mi establecimiento 
;i principios de diciembre del mismo año de 1766: pre- 
tendió que aquellas tierras pertenecían á S. M. B. ; y 
amenazó con hacer á la fuerza el desembarco si se le 
negaba: hizo una visita al comandante y dio á la vela 
en el mismo día. Tal era, añade, el estado de las islas 
Malvinas cuando las entregamos á los españoles, cuyo 
derecho primitivo se 'encontraba así corroborado por el 
que nos daba incontestablemente la primera habitación. 
Don Felipe Paiíz Puente, comisionado de la corte de 
España, recibió las Malvinas de manos de las autorida- 
des francesas, y en virtud de las órdenes expedidas al 
efecto por S. M. Cristianísima, el día 27 de marzo de 
1767; de todo lo cual dio cuenta al gobernador de Bue- 
nos Aires don Francisco de Paula Buccarelli en oficio 
de 25 de abril del citado año. 

Pero he ahí que después de instalados los españoles 
en el dominio y posesión de Malvinas, mediante el 
reconocimiento más esplícito de la nación que acababa 
de concluir un arreglo perfecto, recibieron una intima- 
ción del comandante de un buque inglés de que des- 
alojasen la isla por pertenecer ésta á la Gran Bretaña. El 
gobernadíU' Ruíz Puente dio cuenta al virrey y éste á la 
corte, del establecimiento de los ingleses en Puerto 



(h Véase Byron. — Viaje alrededor del mundo, y Bou^ainville, 
obra citada, cap. 'A^. 



— 99 — 

Egmont; y en cuanto á la intimación el mismo gober- 
nador dio instrucciones al jefe de la fragata «Santa Rosa» 
de que protestase cá los ingleses que los españoles se 
encontraban en los dominios de su soberano; y que era 
faltar á la fe de los tratados el andar por estos dominios 
sin expreso permiso de S. M. C. Al citar tratados las auto- 
ridades españolas se referían á no dudarlo á hechos 
anteriores que acreditaban el reconocimiento que la In- 
glaterra hiciera de los derechos de España sobre esas 
islas. En efecto, un autor inglés dice que «en 1744 los 
« ingleses proyectaron un establecimiento en Malvinas, 
« á virtud de recomendaciones que de ellos hizo lord 
« Anson [después de su viaje alrededor del globo. Dos 
« años después cuando el mismo lord Anson estuvo al 
« frente del Almirantazgo, se hicieron preparativos para 
« realizar ese plan;/?^ro se opuso á ello el rey de España por 
« pertenecerle las islas. El ministro español representó 
« que si el objeto del viaje era formar establecimiento 
« en las islas, esto sería una hostilidad contra España 
« dueña de ellas; pero que si era mera curiosidad, él 
« daría cuantas noticias se deseasen sin necesidad de 
« que se entrara en gastos de expediciones para satisfa- 
« cer esta curiosidad. Á vista de esto, los ingleses desis- 
« tieron de la empresa.)^ (') 

Á consecuencia de esos sucesos el gobernador Bucca- 
relli envió de Buenos Aires una expedición al mando 
del comandante de marina don Juan Ignacio Madariaga, 
para desalojar á los ingleses del puerto de la Cruzada 
ó Egmont. El 10 de junio de 1770, Madariaga venció á 
los ingleses, y éstos firmaron una capitulación por la 
cual, soldados y subditos británicos, debían retirarse de 



(*) Miller, Historia del reinado de Jorge III. 



— 100 — 

la isla dentro de un término convenido, como lo hicie- 
ron en efecto, concediéndoles que entretanto se mantu- 
viese enarbolado su ¡labellón en su cuartel de tierra, 
pero dejando su artillería y demás efectos de guerra. (') 

T.a noticia de la expulsión de Puerto Egmont causó 
grande agitación en Inglaterra, y esta corte hizo aprestos 
de guerra, entretanto que reclamaba á la de España una 
satisfacción. En el curso de esta negociación intervino 
la Francia por medio de su embajador en Londres; y 
es muy esencial observar, como lo decía el ministro 
argentino cerca de S. M. B. en 1833, que la disputa sos- 
tenida era más bien por la ejecución á mano armada 
y con violencia, que por la soberanía de las islas, como 
lo prueba el tenor mismo de la convención que le puso 
fin. La contienda quedó dirimida por la declaración que 
en 22 de enero de 1771 suscribió el Príncipe de Masse- 
rano. embajador de la corte de España en Londres. Los 
términos de esta declaración no sólo comprueban la exac- 
titud de la observación del ministro argentino en 1833, 
sino que envuelven el reconocimiento de los derechos de 
España, que hiciera una vez más Inglaterra, por el hecho 
de haber aceptado sin reserva de ninguna especie esa 
declaración, como se va á ver. 

El Príncipe de Masserano, dice en el documento á 
que me refiero que « habiendo Su Majestad Británica qiie- 
<( Jádose de la violencia cometida el 10 de junio de 1770^ 
« él ha recibido orden de declarar, y declara, que S. M. C. 
« ha visto con desagrado tal expedición, y en el deseo 



(*) El oficio (le Puente, incluyendo el parte detallado de Madaria- 
ga sobre la rendición de Puerto Egmont, se encuentra en el archivo 
de Buenos Aires. La correspondencia de Madariaga, y todo lo releren- 
to á la capitulación concedida á las fuerzas británicas para la salida 
de Puerto Egmont, etcétera, etcétera, se registran en los papeles de 
Estado (State Papers) publicados en el Registro A?iual de 1771 
(vol. 14, 7'' edición, Londres 1817). 



— 101 — 

« de no alterar la buena inteligencia entre ambas cortes, 
« promete dar órdenes inmediatas para que se restablez- 
« can las cosas en la Gran Malvina (3 Puerto Egmont, 
« en el estado en que estaban el 10 de junio de 1770, 
« á cuyo efecto S. M. C. enviará á uno de sus oficiales 
« para que entregue al oficial autorizado por S. M. B. 
« e] Fuerte y Puerto de Egmont con la artillería, muni- 
« clones y efectos de S. M. B. y de los subditos C[ue allí 
« se encontraban el día citado. El Príncipe de Masse- 
« rano declara al mismo tiempo (dice el texto del docu- 
« mentó) en nombre del Rey su Señor, que la promesa 
« de Su Majestad Católica de restituir á S. M. B. la po- 
« sesión del Puerto y Fuerte llamado Egmont, no puede 
« 7ii debe en modo alguno afectar la cuestión de derecho 
« anterior de soberanía de las islas Malvinas, por otro 
« nombre Fcdkland. » En esta forma fué aceptada la decla- 
ración del Príncipe de Masserano por el gobierno de 
S. AI. B. y bajo la firma del Conde de Piochford, el cual 
expresó en su contradeclaración del mismo 22 de enero 
de 1771, que « la consideraba con el entero cumplimien- 
to del referido compromiso de parte de S. M. C. como 
una satisfacción de la injuria lieclia á la corona de la 
Gran Bretaña ». ( ' ) 

En consecuencia, el gobierno de S. M. C. por real 
cédula de 7 de febrero de 1771. ordenó al gobernador 
de Malvinas, don Felipe Ruíz Puente, que dispusiera 
la entrega del puerto de la Cruzada ó Egmont, á la per- 
sona comisionada por la corte de Londres. Su entrega 
se verificó en el mismo puerto. Frente á la España 
dueña de las islas, quedó la Inglaterra reinstalada en 



( ' ) State Papers. En el Registro Anual de 1771. Martens, Recueil 
de Traites, tomo 2o. (Declarations reciproques de l'Espagne et de 
l'Angleterre au sujet des lies de Falkland) 1771 á 1774. 



— 102 — 

Puerto Egmont desde 1771 hasta 1774, en cuyo año la 
Inglaterra hizo completo abandono de esa isla, sin que 
mediara coacción ni violencia, en virtud de arreglos de 
carácter privado, que por entonces pudieron ponerse en 
duda, pero que poco después resultaron evidentes. 

En efecto, la declaración del 22 de enero de 1771 
explica la razón del abandono de Puerto Egmont por la 
Inglaterra. El gobierno español protesta en esa declara- 
ci<3n que la restitución de Puerto Egmont no le debe 
l)erjudicar, y se reserva sus derechos de soberanía sobre 
las Malvinas. La Inglaterra en su contradeclaración de 
la misma fecha, acepta aquel documento y guarda si- 
lencio respecto de esta reserva; lo que implica natural- 
mente una aceptación de su parte. Esta aceptación aparece 
hasta en la correspondencia oficial del ministerio de 
negocios extranjeros de la Gran Bretaña. Durante el 
curso de esta negociación, el ministro de negocios ex- 
tranjeros de S. M. B. escribía al embajador de esta 
nación en Madrid, para que diera cuenta del despacho 
al Marqués de Grimaldi : « El Príncipe de Masserano ha 
propuesta una convención en laque él tendrá que negar 
haberse dado órdenes algunas especiales al señor Bucca- 
relli con esta ocasión... Tendríamos que estipular la 
devolución de las islas Falkland, sin perjuicio del de- 
recho de S. M. Católica á aquellas islas. » ( ' ) 

En el silencio de la Gran Bretaña había algo de 
misterioso que afectaba el fondo del convenio. No era 
creíble que por un convenio se estableciesen de un modo 
permanente dos jurisdicciones rivales sobre un mismo 
l)unto ; y por esto era que en la sesión de la cámara 
de los lores del 5 de febrero de ese mismo año de 1771, 



( ' ) Citado por el doctor Vicente G. Qucsada, en su obra sobre 
el Virreinato del Río de la Plata, pág. 33, 



— 103 — 

nii hombre eminente hacía moción para que propusiese 
á los jueces estas dos cuestiones: 1°., sien punto á ley 
la corona de la Gran Bretaña puede poseer ningunos 
territorios ó dominios que le pertenezcan, de otro modo 
que en soberanía; 2'\, si la declaración para la restitu- 
ción de Puerto Egmont hecha por S. M. C. á S. M. B. 
bajo la reserva de un derecho de soberanía, puede lle- 
varse á ejecución sin ofensa de la máxima legal antes 
citada. 

La Gran Bretaña no podía desconocer el derecho 
exclusivo de España á las Malvinas, como no lo había 
desconocido en tiempo de lord Anson. Pero en seguida 
de la rendición de Puerto Egmont, tampoco podía ve- 
rificar la devolución de esta isla, y renunciar para siempre 
y de una manera pública á sus pretensiones sobre ella, 
sin aumentar la exaltación de los espíritus y ofender 
el amor propio de la Gran Bretaña. Pero se comprome- 
tió á abandonar Puerto Egmont, y á este efecto se paso 
en el convenio de 22 de enero de- 1771. la cláusula 
de que el acto de la España no afectaba la cuestión 
del derecho anterior de esta nación á las islas Malvinas. 
Cuando se llenaron recíprocamente los compromisos, la 
Inglaterra hizo abandono completo de Puerto Egmont, 
y reintegró á la España en la posesión de las Malvinas.. 

Los publicistas y estadistas británicos de ese tiempo 
están acordes en el alcance del convenio de 22 de enero 
de 1771 por el cual, según ellos mismos, la Inglaterra 
cedió las islas Malvinas á la Espaíia. Miller en su His- 
toria del reinado de Jorge III, refiriéndose á ese arre- 
glo, dice: «Los ministros se habrían hecho responsables 
en el más alto grado, si hubiesen envuelto la nación en 
una guerra por no admitir una excepción tan insignifi- 
cante como la de reserva de mejor derecho auno ó dos 
puntos estériles, bajo un cielo ventoso y en tan distantes 



— loi — 

comarcas... La pí)sil)ilidad de igual disputa desapa- 
reció por el total abandono que se hizo del establecimiento 
tres años después. » En el Diccionario Geográfico de 
Brooke, editado en Londres, se lee lo siguiente: «En 
1770 los españoles expulsaron á los ingleses de Puerto 
Egmont; éstos recuperaron el establecimiento por el 
tratado ; pero en 1774 el establecimiento fué abandona- 
nado por los ingleses, y las islas fueron cedidas á la 
España. » La Enciclopedia Británica^ dice al respecto : 
(( Puerto Egmont fué restituido á los ingleses ; pero 
poco después fué abandonado por éstos en virtud de un 
convenio privado entre el ministro británico y la corte 
de España.» El abandono de Puerto Egmont por parte 
de la Gran Bretaña, según el convenio de 1771 y á 
mérito del derecho á España, está corroborado igual- 
mente por el testimonio de Gumes, en su Memorial contra 
Eort, Pioger y Delpech; por la Crónica Naval británica 
y por otras autoridades inglesas. 

Entre éstas no se puede omitir la del célebre Gui- 
llermo Pitt, que se registra en un escrito de aquella 
época, «Mientras lord Pvochford negociaba con el Prín- 
cipe Masserano, se lee en ese escrito (^), 'Mr. Stuart 
Mackenzie estaba negociando con Mr. Francois, secreta- 
rio de la embajada de Francia en la corte de L(3ndres. 
Al fin el 22 de enero de 1771, como una hora antes de jun- 
tarse el parlamento, el enviado español firmó una decla- 
ración, bajo órdenes francesas, restituyendo á S. M. B. 
las islas de Falkland. Pero la importante condición, 
mediante la cual se consiguió esta declaración^ no se expre- 
só en ella. Esta condición era que: las fuerzas británicas 
habían de evacuar las islas Malvinas tan pronto como fuese 



( ') Anecdotes of the Riolit. Hon. W¡ll¡;im Pitl, Eiu'I of Cliattam. 
Volumen '¿'\ capitulo 39. 



— 105 — 

conveniente, después que se les hubiese puesto en posesión 
de Puerto Egmont. El ministerio británico, por vía de 
garantía de la sinceridad en el cumplimiento de esta 
palabra, se obligó á ser el primero en cesar en los apres- 
tos militares. Durante el mes de febrero de 1771, el 
ministro español significó en Madrid al señor Harris 
(enviado de Inglaterra) la intención de su gobierno de 
exigir del ministerio británico la perfección de las obli- 
gaciones del modo cómo habían sido entendidas mutua- 
mente. El ministerio británico recibió el 4 de marzo la 
nota del señor Harris en que daba aquel aviso. Tres 
días después llegaron órdenes al Príncipe de Masserano 
para una formal petición de cesión de las Malvinas al reí/ 
de España. El príncipe comunicó primero estas órdenes 
al enviado francés con el objeto de saber si coadyuva- 
ría al reclamo; y ambos tuvieron el día 14 una confe- 
rencia con lord Rocbford. La contestación de éste fué 
en consonancia con el espíritu que siempre había mani- 
festado; y en virtud de ella se enviaron expresos á Ma- 
drid y á París. Los ministros tuvieron varias conferencias 
con el señor Stuart Mackenzie; y el resultado de éstos 
fué que los ingleses dieron el ejemplo de cesar en los 
aprestos mili-fares, y las islas Malvinas fueron total- 
mente evacuadas y abandonadas poco tiempo después. 
Desde entonces siempre han estado en poder de la Espa- 
ña...)^ Y en las famosas cartas de Junius^ el jefe de la 
oposición, se ve cómo éste ataca agriamente al minis- 
terio á propósito de la rendición de Puerto Egmont, y 
anuncia á la Nación la cesión á la España de los dere- 
chos de ocupación de Malvinas. Por su parte, el editor 
inglés de estas cartas dice que « los españoles cumplie- 
ron con devolver el establecimiento á los ingleses, y 
éstos cumplieron con volver á abandonarlo. » 

Confirman estas pruebas los despachos que, con 



— 106 — 

motivo de la evacuación que verificaron los ingleses de 
Puerto Egmont, dirigió al gobernador de Buenos Aires 
«1 ministro de S. M. C. don Juan de Arriaga, el mismo 
que firmó la orden de 7 de febrero de 1771 para la res- 
titución de esa posesión. En O de abril de 1774 dicho 
ministro ordenó á don Juan José de Vertiz dispusiera 
lo conveniente para hacer efectiva la oferta de la corte 
de Londres de abandonar el establecimiento en la Gran 
Malvina. Al efecto, le adjuntaba copia de su oficio al 
gobernador de Malvinas en que le decía así: ((Ofrecido 
<:omo está por la corte de Londres el abandonar el esta- 
blecimiento que hizo en la gran Malvina., retirando de 
allí la poca gente que tenía: quiere el rey... que V. observe 
con prudencia si abandonan los ingleses ese estable- 
€Ímiento, sin emprender otro nuevo por esas inmedia- 
ciones...» (') 

Fué, pues, en virtud del convenio con la España, y 
en atención á derechos anteriores de esta nación que la 
•Gran Bretaña abandonó completamente el establecimiento 
de Puerto Egmont. Hay que observar que el capitán 
Clayton, comisionado por S. M. B. para efectuar la entrega 
formal de esa posesión, antes de ausentarse fijó una 
lámina con una inscripción que decía que esa isla per- 
tenecía al rey Jorge III. Pero tal inscripción ni podía 
preservar un dominio, ni tenía seriedad, ni siquiera el 
valor de la muy anterior inscripción francesa del año 
1764. La misma Crónica Naval británica, refiriéndose 
á la evacuación de Puerto Egmont y la inscripción del 
•capitán Clayton, termina así: «pero estas islas pertinaz- 
mente pretendidas por los ingleses, fueron cedidas á 
España.)) Debe observarse también que la disputa de la 



(') Estos (loeuinentos se encuentran originales en el arcliivo d( 
Buenos Aires. 



— 107 — 

Gran Bretaña versaba, como lo demuestra la declaración 
oficial de 22 de enero de 1771, no sobre los derechos 
de esa nación á las islas Malvinas, pero solamente sobre 
la posesión de la isla del oeste, ó sea Puerto Egmont. Ade- 
más del derecho que le reconoció la Gran Bretaña, la 
España fundaba, pues, sus títulos á las islas Malvinas 
en su ocupación formal verificada con prioridad, y en 
la compra lejíal que hizo á la Francia del primer esta- 
blecimiento que hubo en ellas, según se ha visto com- 
probado más arriba. 

Á partir del año 1774, en que terminó la disputa con 
la Inglaterra en la forma enunciada^, la España siguió 
en tranquila y continua posesión de las islas Malvinas, 
ejerciendo sobre ellas todos los actos inherentes ala sobe- 
ranía. En el mismo año el gobierno de S. M. C. nom- 
bró gobernador de Malvinas á don Francisco Gil, y éste, 
como todos los demás que se siguieron durante más de 
treinta años sucesivos residieron en Puerto Luis bajo la 
dependencia inmediata y á expensas del gobierno del 
virreinato de Buenos Aires. Y es muy digno de notarse 
que durante todo este largo interregno, y á pesar de los 
tratados que ocurrieron después de 1774 entre España 
é Inglaterra, jaiujis esta nación hizo alusión ó referencia 
á las islas Malvinas, lo que comprueba que consideraba 
esta antigua cuestión como definitivamente transada. y 
terminada. 

Ahora bien, en virtud de la revolución de 1810 y de 
la declaración de la independencia en 181G, se erigió 
sobre el Virreinato de Buenos Aires la comunidad poli- 
tica de las Provincias Unidas del Piío de la Plata, la 
cual fué reconocida por la Inglaterra y por las principa- 
les potencias. Las Provincias Unidas, al adquirir ante 
las naciones los derechos inherentes á la soberanía sobre 
todos los territorios que componían su jurisdicción, su- 



— 108 — 

cedían consiguientemente á la España en todos los de- 
rechos (^ue ésta tenía sobre la gobernación y en seguida 
virreinato de Buenos Aires. Las islas Malvinas fueron 
siempre parte integrante de la gobernación y en seguida 
virreinato de Buenos Aires: y todavía por real orden de 
IG de febrero de 1767 se dividía la jurisdicción de am- 
bos mares asignando al gobierno de Buenos Aires las 
costas del- Atlántico, y Estrecho de Magallanes hasta el 
Cabo de Hornos. (') En esta calidad, pues, las isbas Mal- 
vinas compusieron parte del nuevo Estado de las Pro- 
vincias Unidas, como que fueron habitadas y guarnecidas 
por los ciudadanos y soldados de este Estado. 

Así. en los años que se siguieron á la instalación 
del nuevo gobierno de las Provincias unidas, éste con- 
servó sus establecimientos de Malvinas, á trueque de 
grandes sacrificios, hasta que en 1820 en vista de los 
abusos que cometían en esas costas multitud de capita- 
nes de buques extranjeros ocupados en la pesca de an- 
fibios, envió allí un buque de su marina, con orden al 
gobernador de Malvinas de que les hiciera saber que 
semejante pesca era un derecho exclusivo de diclio 
gobierno de las Provincias unidas. Y se ha visto 
cómo en los años sucesivos se esforzó en engrandecer su 
establecimiento de Malvinas, manteniendo su soberanía 
sobre éstos hasta diciembre de 1831 en c[ue un buque de 
guerra de los Estados Unidos perpetró allí un atropello 
injustificable, el cual dio lugar á enérgica protesta del 
primero y á la subsiguiente reclamación del gobierno 
norteamericano. 

Lo que hubo de singular en esta reclamación fué que el 
encargado de negocios de los Estados Unidos, en vez 



(M Véase Vbn'eiiíato del Rio de la Plata por Vicente G. Que- 
sada, pág. 106. 



— 109 — 

de circunscribirse al hecho del apresamiento de los bar- 
cos norteamericanos que pescaban anfibios contra las 
reiteradas proliibiciones del gobierno de Buenos Aires, 
se esforzrj después del escandaloso acto de la Lexington 
en contestar los derechos de España, ó más propiamente, 
de las Provincias Unidas, alas islas Malvinas, apurando 
las citaciones y documentos para pretender demostrar 
que ellos pertenecían á la Gran Bretaña, según se ve 
en su nota del 10 de julio de 1832. Esta defensa tan 
extemporánea como infundada de parte del agente de los 
Estados Unidos no tard(3 en producir efectos que, de 
cierto, en nada beneficiaron á esa nación. 

Pendiente todavía la cuestiíjn entre el gobierno de 
Buenos Aires y el agente norteamericano, el almirante 
Baker, comandante de la estación naval inglesa en el 
Brasil, mandó la corbeta de guerra Clio á las islas Mal- 
vinas «para ejercer allí los antiguóse incontestables de- 
rechos que corresponden á S. M., y obrar en aquel paraje 
como en una posesión que pertenece á la Gran Bretaña»; 
según se avanzaba á decir lord Palmerston, en su nota 
de abril de 1833. El día 2 de enero de este año se pre- 
sentó en Puerto Luis de Soledad de Malvinas dicha cor- 
beta al mando (^ J. J. Onslow, quien declaró en esa 
misma tarde al comandante de la goleta de guerra Saran- 
dt, cjue venía á tomar posesión de las Malvinas como 
pertenecientes á la corona de S. M. B. : que tenía orden de 
izar en esa isla la bandera inglesa dentro de veinte y cua- 
tro horas, y que en consecuencia le intimaba que en este 
término se abatiese la bandera argentina y evacuasen 
dicha isla la guarnición y los subditos de la República. 
El comandante de la Sarandí rehusó obedecer tal de- 
manda y protestó contra la flagrante violación de los 
derechos de la República, prohibiendo por el contrario 
á los habitantes de tierra que bajasen la bandera ar- 



— lio — 

gentina. Pero en la mañana siguiente el comandante 
de la Clio efectuó un desembarco en la isla, y la débil 
guarnición tuvo que ceder á la fuerza. Ésta volvió á 
Buenos Aires, y los ingleses clavaron un palo á cierta 
distancia de la casa de la comandancia, izaron la ban- 
dera inglesa, y se retiraron dejando allí un hombre, como 
si esto pudiera constituir un acto de posesión, en seguida 
del escandaloso abuso de la fuerza perpetrado, y en pre- 
sencia de derechos acabadamente reconocidos por la 
misma nación que los usurpaba á mano armada. 

Inmediatamente de tener noticia de este despojo in- 
justificado, el gobierno de Buenos Aires pidió satisfac- 
ciones al encargado de negocios de S. M. B. Éste con 
una audacia sólo comparable á la temeridad del aten- 
tado, respondió « (jue no había recibido instrucciones de 
su corte para hacer comunicación alguna al gobierno de 
Buenos Aires sobre aquel asunto » ('), mientras que el 
mismo lord Palmerston declaraba con desenfado aná- 
logo al ministro argentino en Londres que « las ins- 
trucciones (para el procedimiento en Malvinas) habían 
sido comunicadas por el almirante Baker á la legación 
de S. M. B. en Buenos Aires ». ( - ) 

Con tal motivo, don Manuel Moreno, en su calidad 
de ministro plenipotenciario de las Provincias Unidas 
del río de la Plata, dirigió al gobierno de S. M. B. la 
famosa Protesta y memoria, sobre el procedimiento de 
éste, que se arrogaba la soberanía y posesión de Mal- 
vinas, despojando por la fuerza á las Provincias Uni- 
das. Esta protesta fué contestada por lord Palmers- 



(') Véase la nota del ministro de relaciones exteriores, de 16 
de enero de 1833, y la respuesta del encargado de negocios de S. M. B. 
de 17 del mismo. 

'(-) Véase la nota del ministro Moreno al lord Palmerston. 



— 111 — 

ton con inexactitudes manifiestas y hasta con reticen- 
cias impropias, como quiera que resaltasen á la simple 
vista de los mismos documentos y tratados firmados 
por los ministros de S. M. B. y que obligaban á éste- 
á reconocer y á respetar los derechos de la República 
Argentina á las Malvinas, aún suponiendo que ésta na 
tuviera derechos originarios y anteriores á dichas islas. 
El ministro argentino, por su parte, puso de relieve las- 
dichas inexactitudes y reticencias, mostrando cómo la 
respuesta de lord Palmerston no se contraía á la única, 
cuestión de derecho en el asunto, sobre quien haya 
sido y no ha podido dejar de ser, el soberano y legí- 
timo poseedor de las islas Malvinas; precisamente por- 
que esta cuestión debía definirse, no por la antigüedad 
de las pretensiones á esas islas, sino por la estimación 
legal de los justos títulos de soberanía de las Provin- 
cias Unidas á las mismas islas. 

El ministro argentino examinaba detenidamente tales 
títulos que figuran al principio de este capítulo; y ha- 
ciendo notar que no habían sido contestados por el go- 
bierno británico, como que tratándose de títulos de 
soberanía, éstos no podían existir á la vez en dos na- 
ciones respecto desuna misma porción de territorio^ 
decíale á lord Palmerston, en nota de 29 de diciembre 
de 1834: «Las Provincias Unidas han probado con docu- 
mentos intachables que sus títulos á las Malvinas, ó 
sea á la Isla de la Soledad ó Puerto Luis (separada de 
Puerto Egmont por un canal de mar), son: compra 
legítima á la Francia: prioridad de ocupación: cultivo y 
habitación formal; en fin, posesión notoria y tranquila 
de más de medio siglo, hasta el momento en que han 
sido despojadas por la fuerza el 5 de enero de 1833. 
E]stos títulos están fundados especialmente en el princi- 
pio de que la prioridad de ocupación confiere un dominio 



— 112 — 

real y exclusivo al bien inapropiado ; principio que se 
halla consagrado en los códigos de las naciones, como 
de una justicia eterna, que es la base en que estriba la 
inviolabilidad de toda propiedad privada y pública, y 
que Blackstone llama la verdadera causa y fundamento... 
Occiipancy... is the true groiind and foundation of all 
pro])erty. (La ocupación es la verdadera base en que se 
funda toda propiedad.) Una nación no puede mostrar 
mejor derecho al lugar que tiene en la superficie del 
globo que el de haberse apoderado de ese mismo lugar 
la primera, haberlo cultivado, haber creado las riquezas 
que se encuentran repartidas en su distrito, haber en- 
comendado á él por su trabajo la subsistencia y fortuna 
de su posteridad. » 

Establecidos así los títulos y derechos de las Pro- 
vincias Unidas á Malvinas, el señor Moreno entraba á 
hacerse cargo del que pretendía la Gran Bretaña, y que 
lord Palmerston en su respuesta hacía consistir única- 
mente en la prioridad de\ descubrimiento \ y con el tes- 
timonio del mismo lord Anson y las relaciones de los 
viajes del capitán Davis y de sir Richard Hawkins y 
otros no menos respetables, demostraba evidentemente, 
(como ya se ha visto en líneas anteriores), que la In- 
glaterra no solamente no podía invocar semejante prio- 
ridad que los mismos autores ingleses atribuían á na- 
vegantes al servicio del rey de España, como Magallanes, 
sino que aun suponiendo que tal prioridad existiese á 
su favor, ésta no le daba ni podía darle título alguno, 
porque no fué seguida de la ocupación de las Malvinas, 
habiendo sido la Francia la primera nación que las 
ocupó y colonizó vendiéndolas en seguida á España. 

Y para mejor hacer resaltar los títulos de las Pro- 
vincias Unidas al territorio de Malvinas, el ministro 
argentino recordaba muy oportunamente al lord Pal- 



— 113 — 

merston que la declaración oficial ([q 22 de enero de 1771, 
á que se ha hecho referencia, verso no acerca de la sobe- 
ranía de todas las islas Malvinas, ni á la soberanía de 
la isla del Este, sino sólo acerca de la posesión de la 
isla del Oeste, ó sea Puerto Eginont. Que esa declara- 
ción del Príncipe de Masserano, al pactar bajo la condi- 
ción de subsiguiente abandono la entrega de Puerto 
Egmont á S. M. B. decía que esto «no puede ni debe 
en modo alguno afectar la cuestión de derecho anterior 
de soberanía de las islas Malvinas, por otro nombre 
Falkland; y que el gobierno de S. M. B., al aceptar esa 
declaración en su contradeclaración, sin contestar la 
cláusula citada, admitió naturalmente la reserva de sobe- 
ranía de que se revistió España. Que aun en la hipó- 
tesis de que S. M. B. pudiera alegar algún derecho para 
reinstalarse en el statu quo que dejó la convención de 
22 de enero de 1771, dicha reinstalación sólo podría efec- 
tuarse en Puerto Egmont. Pero que la expedición de la 
Clio se dirigió á la isla del Este (Puerto de la Sole- 
dad), que nunca fué ocupada ni poseída por los ingleses, 
sino ocupada por los franceses, comprada á esta nación 
por la España en 618.108 francos que fueron pagados á 
Mr. de Bougainville por la tesorería de Buenos Aires, 
y de propiedad de las Provincias Unidas que sucedieron 
á España en los derechos territoriales de ésta. El minis- 
tro argentino reiteraba su protesta de 17 de junio de 
1833 contra la soberanía asumida en las islas Malvi- 
nas por la Gran Bretaña, y pedía la restitución á la 
República Argentina de la isla del Este y su estable- 
cimiento en Puerto de la Soledad, en el estado en que 
se hallaban antes de la invasión de la corbeta Clio de 
S. M. B., en 5 de enero de 1833. 

De lo dicho é historiado resulta claramente que la 
Oran Bretaña no podía de buena fe prevalerse de lítulo 



— 114 — 

cilguiio de soberanía sobre las Malvinas cuando se apo- 
deró de ellas por un abuso de la fuerza. La Gran Bretaña 
acreditó esto de un modo inequívoco durante el largo in- 
terregno en que el gobierno argentino ventiló su recla- 
mación ante la corte de Londres; i)orque á falta de 
dereclios y títulos á Malvinas, llegó hasta i)retender que 
le fuesen cedidas estas islas, en compensación de todo ó 
parte del empréstito que en 1825 hizo al gobierno argen- 
tino. Como no obtuviera la cesión, la Gran Bretaña 
siguió reteniendo esas islas con el título que quiso 
crearse del abuso de la fuerza. Á tal título las retiene 
todavía; que ahora como entonces ningún estadista ni 
})ublicista británico se engaña al respecto. 

Quince años después de haber la Gran Bretaña atro- 
pellado en la forma enunciada los derechos incuestio- 
nables de la República Argentina, un miembro distin- 
guido del parlamento británico, sir William Molesworth,. 
al discutirse el presupuesto de gastos de las colonias 
británicas, dijo en la sesión del 25 de julio de 1848 de 
la Cámara de los Comunes: « Ocurren aquí las miserables 
islas Malvinas, donde no se da trigo, donde no crecen 
árboles : islas batidas por los vientos, que desde 1841 
nos han costado nada menos que 45.000 £, sin retorno 
de ninguna clase, sin beneficio alguno. (') Decididamente 



(') Del Morning Clironicle y del Dayle Neios, de Londres, del 
27 de julio de 1848. Los datos referentes á la cuestión Alai vinas los 
he extraído de un voluminoso leoajo asi rotulado de puño y letra 
del general Rozas: Jnqjortantes sobre Malvinas. Este legajo con- 
tiene los siguientes documentos originales ú oficialmente testimo- 
niados: Protesta del encargado de negocio y de S. M. B.; Exposición 
sobre la agresión en Malvinas perpetrada "por el comandante de la. 
corbeta Lexinglon: Informe del comandante militar y político de 
Malvinas; Correspondencia del ministro de relaciones exteriores 
(le Buenos Aires con el cónsul de los Estados Unidos, y con el co- 
mandante de la corbeta Lexinglotí; Colección de documentos oficia- 
les sol)re Malvinas y apéndice (impreso); Correspondencia con el 
ministro de relaciones exteriores de los Estallos Unidos y con el 



— 115 — 

soy de parecer que esta inútil posesión se devuelva desde 
luego al gobierno de Buenos Aires que justamente la 
reclama. » 



(le S. M. B; lieclatnación del gobierno argentino sobre la sobera- 
nía de las Malvinas; Noticia de las islas Malvinas y derechos del 
gobierno argentino sobre ella (memoria presentada al gobierno 
de Buenos Aires por el cónsul general de Francia en esta ciudad, 
Mr. de Vins de Pavsac). 



CAPÍTULO XX 



LAS FACULTADES EXTRAORDIXAmAS 



(1832) 



SuMAino: I. El prospecto nacional: la federación en las provincias. — II. Los cam- 
j)cones de la federación: origen de la divisa punzó. — III. Decreto sobre el 
uso de la divisa. — IV. Antecedentes de estos usos en la República. — V. 
Decretos contra la libertad de imprenta. — VI. La hacienda pública : hábil 
administración delministro Garcia. — VIL La suscripción á los fondos pú- 
blicos. — VIII. Modo cómo ésta se llevó á cabo : éxito que se obtuvo. — 
IX. Nueva organización del ministerio. — X. La labor administrativa de 
Rozas: los progresos urbanos y los mejoramientos rurales. — XI. Rozas 
devuelve á la legislatura las facultades extraordinarias: especialidad del 
Mensaje en que tal devolución verifica. — XII. Circular de la Comisión 
Representativa de Santa Fe para que las provincias envien sus diputados 
al Congreso federal. — XIIL Trabajos de los diputados de Córdoba y del 
gobernador de Corrientes en oposición á ese propósito. — XIV. Principios 
que éstos invocan para proceder en sentido contrario al propuesto. — XV. 
Quiroga los denuncia ante la opinión pública. — XVI. La respuesta de 
Quiroga al diputado y gobernador de Córdoba. — XVII. El gobierno de 
Rozas recurre á los de Córdoba y Corrientes del proceder de los diputados 
y los invita á trabajar la Constitución. — XVIII. Motivos que aduce el de 
Córdoba para diferir la obra de la Constitución: respuesta del de Corrientes. 
— XIX. Tratado particular que propone el de Corrientes al de | Santa Fe: 
López lo rehusa después de consultarlo á Rozas. — XX. La Constitución 
obstaculizada nuevamente. — XXI. Elección del general Balcarce. — XXII. 
Programa de gobierno de éste. — XXIII. Motivos de las renuncias reite- 
radas de Rozas. — XXIV. Sintesis del período gubernativo de 1829-1832. 



Á principios del año de 1832 se producía por primera 
vez en la República Argentina el hecho de que todas las 
provincias entraban en las vías de la federación cuyas 
bases orgánicas estableció el tratado celebrado por las 
del litoral el 4 de enero de 1831. Rozas, López y Qui- 
roga aparecían como los campeones vencedores de esta 
idea, por cuyo logro ya se había derrocado tres direc- 
torios y disuelto tres congresos. Á pesar de los talentos 
militares y de los primeros triunfos del general Paz. el 
partido unitario acababa de ser desalojado de las posi- 



— 117 — 

cioiies que momentáneamente tomó, por los mismos 
medios de fuerza que inició después de fusilar al 
gobernador de Buenos Aires. Y aunque este partido no 
aceptaba el resultado, que por el contrario, se aprestaba 
á la luclia, la moral del éxito obtenido influía en el 
ánimo de los hombres y de los pueblos, para acomo- 
darlos con la nueva situación y esperar la organización 
federal que debía continuar la Comisión Representativa 
de Santa Fe, tan luego como se integrase con los dipu- 
tados de las demás provincias. 

El partido federal desahogaba naturalmente su entu- 
siasmo por los que tal resultado habían trabajado. Rozas, 
Quiroga y López eran levantados á la cumbre en esos 
días, por la clase selecta de la sociedad, por la multi- 
tud y por todos los que graduaban la virtud de una 
idea en razón del brillo que la dieran uno ó más hom- 
bres á quien exaltaban, olvidando que cuando quisie- 
sen hacerla suya tendrían que derrumbar al ídolo con 
el cual la confundieron. En Buenos Aires y en Santa 
Fe se sucedieron las manifestaciones de júbilo. Las au- 
toridades decretaron íiestas y ceremonias para solem- 
nizar la terminación de la guerra; y el gobernador 
Rozas aceptó por su parte el grado de brigadier que le 
fué concedido por ley de 25 de enero de 1829. Entre 
las solemnidades á que me refiero tuvo lugar en Bue- 
nos Aires un tedeum al que asistieron los poderes pú- 
blicos, las corporaciones y una gran cantidad de pueblo 
que llenó las calles y plazas que rodean la Catedral. 
Sea que las masas hubiesen sido tocadas por alguien, ó 
que alguien quisiese imitar procedimientos anterio- 
res, el hecho es que la concurrencia que salía del 
tedeum notó que muchas personas se habían colocado 
en el pecho, y hacia el lado izquierdo, una cinta ó di- 
visa punzó. Media hora después, la muchedumbre, sin 



— 118 — 

excluir algunas mujeres, hicieron otro tanto á los gritos 
de «¡viva la federación !» Esa misma noche se vio á los 
paseantes con la cinta colorada al i)echo. 

Esto sucedía el 27 de enero de 1832. El o de febrero 
apareció un decreto firmado por Rozas y refrendado 
por el general Juan Ramón Balcarce, en el que consi- 
derándose conveniente « consagrar del mismo modo que 
« los colores nacionales el distintivo federal de esta pro- 
« vincia y constituirlo, no en una señal de división y de 
« odio, sino de fidelidad á la causa del orden y de paz 
« y unión entre sus hijos bajo el sistema federal, para 
« que recordando éstos los bienes que han gozado más 
« de una vez por la infiuencia de este principio, y los 
« desastres que fueron siempre el resultado de haberlo 
« abandonado, se afiancen al fin en él, y lo sostengan 
« en adelante con tanto empeño como la misma inde- 
« pendencia nacional,» — se mandaba que — « todos los 
« empleados civiles y militares, incluso los jefes y ofi- 
« cíales de milicia; los seculares y eclesiásticos que por 
« cualquier título gocen de sueldo, pensión ó asignación 
« del tesoro público; los profesores de derecho con es- 
« tudio abierto, los de medicina y los practicantes de 
'< estas dos facultades, procuradores, corredores, y to- 
(cdos los que recibiesen nombramiento del gobierno. 
(( traerán un distintivo de color punzó colocado visible- 
« mente en el lado izquierdo sobre el pecho con la ins- 
« cripción : Federación. » Los militares debían llevar en 
la divisa la inscripción Federación ó muerte ; y cual- 
quiera que contraviniera á esta disposición sería sus- 
pendido de su cargo ó en su empleo. 

No se puede decir que esto fuera raro entonces, pues 
los>reformadores ingleses de 1831, adoptaron también un 
distintivo que llevaban sobre el pecho y cuyo uso reco- 
mendaba el Times de Londres ; ni mucho menos que 



— 119 — 

■fsto fuera nuevo en Buenos Aires, ni que sea viejo 
en la época en que escribo. La primera vez que un 
partido político argentino usó divisa para distinguirse 
del adversario, fué en la mañana del 25 de mayo de 1810. 
Beruti y French, los dos esforzados caudillos de la mu- 
chedumbre congregada en la plaza de la Victoria, tremo- 
laron cintas blancas y azules como signo y símbolo de 
los patriotas que las adoptaron inmediatamente. En 1811 
el doctor Tomás M. de Ancborena les propuso á los patrio- 
tas el usar un distintivo para saber á qué atenerse respec- 
to de los partidarios ó enemigos de la revolución de 1810. 
En 1815 los santafecinos que en uniíhi de fuerzas de 
Artigas derrocaron al general Díaz Vélez que gobernaba 
esa provincia por nombramiento del Director Posadas, 
llevaban en el sombrero una cinta punzó, y sobre el 
azul y blanco de sus banderas una faja encarnada. En 
1820 las fuerzas de Ramírez y de López que vinieron á 
Buenos Aires á derrocar el Congreso y el Directorio de 
las Provincias Unidas, traían anchas divisas encarnadas. 
En octubre del mismo año y durante la campaña contra 
Lavalle, las fuerzas restauradoras al mando de Rozas, 
usaron también la misma divisa. Después que cayó Rozas, 
el general Urquiza impuso el uso del cintillo punzó. 
Cintillo punzó usaron las fuerzas que sitiaron á Buenos 
Aires en 1853; y las que al mando de Urquiza, se vinieron 
hasta San José de Flores el año de 1859. En la campaña de 
Pavón en 1861, muchos jefes y oficiales de Urquiza, y 
por consiguiente los soldados, usaron el mismo cintillo; 
bien que este uso no fuera impuesto. Y durante la resis- 
tencia de Buenos Aires en 1880, se ha podido ver á los 
defensores de esta provincia con divisas blancas, ó blancas 
y azules, y á los soldados del presidente Avellaneda, 
principalmente los de Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos, 
€on divisas encarnadas. 



— 120 — 

Pero más trascendentales que el referente al uso de- 
la cinta punzó, fueron los decretos de Rozas referentes 
á la prensa periódica. Luego que terminó la guerra, el 
Nuevo Tribuno y El Cometa (*) de Buenos xVires, comen- 
zaron á tratar la cuestión de las facultades extraordina- 
rias y de la organización nacional, insistiendo en que 
habían desaparecido las causas en virtud de las cuales 
se invistió al Poder Ejecutivo con esas facultades; y 
en que dicha organización sería retardada por los go- 
biernos del interior. Rozas, en uso de las facultades 
extraordinarias, y considerando « lo indispensable que 
era la unión entre los pueblos de la República », ordenó 
la suspensión del Nuevo Tribuno y de El Cometa; y que 
nadie podía «establecer imprenta ni ser administrador 
de ella, ni publicarse impreso periódico alguno, sin ex- 
preso previo permiso del gobierno, que deberá solicitarse 
y expedirse por la escribanía mayor de gobierno ». De 
esta manera la prensa quedó encadenada; y el pensa- 
miento no pudo manifestarse libremente, sino seguir las 
corrientes de una opinión pública que redoblaba su adhe- 
sión al gobierno al verse estimulada de esa manera en 
sus enconos contra sus adversarios políticos. 

Si bien era cierto que estas medidas de orden polí- 
tico halagaban los sentimientos del partido dominante 
en Buenos Aires, y hasta cierto punto se consideraban 
como premisas de la obra de constituir la República, que 
ese mismo partido tomaba sobre sí, después de haber 
pacificado todo el país, no era menos cierto que el go- 
bierno de Buenos Aires se encontraba en circunstancias 



(') El Nuevo Triinino trató la cuestión de las facultades extra- 
ordinarias en los números 182 al 194, y El Cometo, sostuvo que las 
l)rov¡nc¡as no estaban aplas para ('orniai- la Confederación Argen- 
tina. 



— 121 — 

bien críticas para arrostrar inmediatamente mayores 
compromisos que aquellos á los cuales había hecho 
frente con su tesoro. En los dos primeros años de la 
administración de Rozas, se había hecho frente á todas 
las necesidades de la Provincia sin usar del crédito de 
ésta á pesar del déficit de quince millones que dejó el 
gobierno á mediados de 1829; se había hecho además 
la guerra á los indios hasta contenerlos y avanzar la 
línea de fronteras ; se había equipado y armado un buen 
ejército de línea para sostener la guerra con el general 
Paz, y gastado gruesas sumas en equipo, armamento y 
entretenimiento de los ejércitos que comandaban los ge- 
nerales López y Quiroga en esa misma guerra que ter- 
minó con la pacificación de la Ptepública. Los talentos 
y la rara habilidad del doctor Manuel José García, minis- 
tro de hacienda, y la reconocida severidad administrativa 
de Rozas, habían obtenido un resultado sin ejemplo hasta 
entonces, en la buena administración de la hacienda de 
Buenos Aires. 

Pero los cuantiosos gastos de la guerra del interior^ 
á los cuales Buenos Aires debía sufragar, pusieron al 
ministro García en la imprescindible necesidad de apli- 
car al pago de esa deuda los fondos públicos creados 
por ley de 21 de febrero de 1831, y á los cuales el gobierno 
no había tocado todavía. En virtud de la autorización 
legislativa de 12 de diciembre del mismo año, el minis- 
terio de hacienda comisionó por decreto de 3 de febrera 
de 1832 á los señores prior y cónsules (Tribunal de Co- 
mercio) para la venta de cuatro millones de esos fondos 
públicos al precio de 50 por ciento. Merece consignarse 
aquí el modo cómo se llevó á cabo esta medida, por lo 
nuevo del procedimiento y por el resultado feliz que con 
ello se obtuvo. 
El ministerio, «á fin de regularizar la operación de 



— 122 — 

facilitar á los buenos patriotas el cumplimiento de sus 
deseos, y alejar todas las consecuencias que pudiera traer 
tanto á los tenedores actuales de fondos en circulación, 
como á los intereses públicos, la venta de los de nueva 
creación por una concurrencia de intereses puramente 
mercantiles», — comisionaba al Consulado para que «con- 
vocando una junta general de comerciantes, hacendados 
y propietarios, les proponga la compra de 4 millones 
de fondos públicos al precio de 50 por ciento, por cuartas 
partes, entregando una al contado y la restante á los 30, 
60 y 90 días; teniendo entendido que por el bien y segu- 
ridad de los mismos compradores, la suscripción debe 
llenarse cuando menos hasta la suma de tres millones 
de fondos». El resultado de esta medida no pudo ser 
más lisongero. Los hombres más acaudalados y prin- 
cipales de Buenos Aires, que habían contribuido con 
sus personas, sus simpatías y sus dineros al triunfo de 
€sa situación política, como eran los Anchorena, Álzaga, 
Azcuénaga, Arroyo y Pinedo, Aguiar, Alvear, Banegas, 
Brown (el almirante), Belgrano, Beláustegui, Carranza,' 
Carreras, Cueto, Cascallares, Cárdenas, Castex, Cazón, 
Borrego, Díaz Vélez, Esnaola, Escalada, Elortondo, Fra- 
gaeiro, Fernández, González, Galíndez, Gutiérrez, García 
Zúñiga, Gómez, Güiraldes, Garmendia, Guerrico, Huergo, 
Iturriaga, Yániz, Lezica, Llavallol, Lozano, Lahitte, López, 
Lastra, Martínez de Hoz, Meabe, Miguens, Pérez Millán, 
Marín, Miró, Nevares Tres Palacios, Obligado, Ocampo, 
Ortíz Basualdo, Olaguer Feliu, Obarrio, Pico, Piñeyro, 
Peralta, Peña, Pereyra, Pizarro, Plomer, Quirno, Ortíz de 
Rozas, Realdeazúa, Rozas y Terrero, Ramos Mexía, Sa- 
rratea, Sáenz Valiente, Del Sar, Trápani, Vela, Villarino, 
Vidal, etcétera, etcétera; todos estos nombres que repre- 
sentaban cnanto había de más selecto y más distinguido 
■en Buenos Aires, snscribieron grandes cantidades para 



— 123 — 

la colocaci(3n de los fondos públicos; y como era natu- 
ral, atrajeron un buen número de propietarios y hacen- 
dados, y los más fuertes comerciantes extranjeros de la 
plaza, como los Zimermann Fair y C^, Lisie y C^., Ap- 
pleyar, Dickson y C'\, Grogan y Morgan, Lumb, Miller, 
Mohr, Nouguier, Gowland y C='., Thompson, etcétera. 

Doce días después de habérsele conferido su comi- 
sión, el Tribunal del Consulado, representado por los 
señores Realdeazúa y Lozano, daba cuenta de ella al 
gobierno, adjuntándole tres pliegos con los nombres de 
los suscritores para la compra de los fondos públicos 
por una suma que ascendía á tres millones novecientos 
cincuenta pesos. Lo que debía enterarse al contado en 
tesorería, con arreglo á esta suscripción, era 395.000 pesos, 
y el 24 del mismo mes de febrero ya se había entregado 
677.500 pesos, según el diario oficial. En presencia de 
€ste resultado, razón tenía, pues. El Lucero, para decir 
que ello probaba dos hechos igualmente satisfactorios: 
« Que las personas que están al frente de los negocios 
cuentan con amigos é inspiran confianza ; que los sen- 
timientos virtuosos no se han extinguido en el corazón 
de los verdaderos argentinos, y que basta acreditar que 
no se abusa del poder, y que sólo se piensa en el bien 
público, para recibir nuevas y relevantes pruebas de su 
patriotismo. » ('j 

Como consecuencia de esto, las clases dirigentes del 
país robustecieron más que nunca con su adhesión 3' 
sus votos el gobierno de Rozas, y éste pudo fácilmente 
llevar adelante sus tareas administrativas y empezar á 
preparar al mismo tiempo su famosa expedición al de- 



(') Véase El Lucero del 20 de febrero de 1832, y el del 28 del 
mismo donde se registra integra la lista de los suscritores. 



- 124 — 

sierto que realizó en el año siguiente. Y con el fin «de 
dar el impulso debido á los negocios públicos» que 
estaban encomendados al gobierno de la Provincia, según 
los términos del decreto de O de marzo, se separó del 
ministerio de gobierno las reparticiones de relaciones 
exteriores y de justicia, nombrándose para ocupar el 
primero al doctor Victorio García Zúñiga, para el de rela- 
ciones exteriores al doctor Vicente López, para el de gracia 
y justicia al doctor Manuel Vicente de Maza, y para el 
de hacienda al doctor José María Roxas y Patrón, en 
reemplazo del doctor García que renunció después de calma- 
da la crisis política y financiera, durante la cual pres- 
taba servicios distinguidos que se añadían á los que 
venía prestando á su país con talento juicioso y previ- 
sor y con preparación poco común desde los albores de 
la independencia argentina. 

Y desde luego Pvozas aplicó su proverbial actividad 
al mejoramiento de los intereses de la Provincia que 
tanto sufrieron en las contiendas de los dos años ante- 
riores. En este orden, se dio un buen impulso á los 
establecimientos públicos, aumentando los de instrucción 
primaria y complementando el plan de estudios univer- 
sitarios, como asimismo nombrando personas idóneas 
para la dirección de hospitales, casa de vacuna, de expó- 
sitos y demás de beneficencia pública, y snministrando 
los fondos necesarios para esta clase de establecimien- 
tos. Se dictó la ley general de aduana; se emprendió 
la reforma del Código de Comercio, y se proyectó la del 
de Procedimientos, subsistiendo por lo demás las antiguas 
leyes españolas en todo lo que no se oponían á las leyes 
de orden fundamental ó reglamentarias que se dictaban 
continuamente en razón de las nuevas necesidades, y 
principalmente de las que se referían á la tierra pública. 

Con todo, la administración de la campaña ocupó 



— 125 — 

preferentemente la atención del gobierno. Como con- 
secuencia del viaje de inspección que verificó Rozas á 
los pueblos de campaña, y del cual he dado cuenta, se 
creó una buena cantidad de escuelas; se edificó algunos 
templos; se formuló el reglamento para los jueces de 
paz, deslindando las atribuciones de éstos y de los 
comandantes militares; se prohibió bajo penas severas, 
los tratos que se hacían con los indios trasportándolos 
á Buenos Aires ó á las inmediaciones de esta ciudad en 
cambio de cueros y de otros productos que estos infelices 
abandonaban en gruesa cantidad ; se practicó la obra del 
canal de San Fernando, y se abrió otro canal en San 
Nicolás de los Arroyos para dar mayores facilidades á 
los buques; se dio un fuerte impulso al establecimiento 
de Patagones, y se fomentó la población concediendo la 
pesca de anfibios reglamentada; se emprendió también 
la población de los puntos que entonces se llamaban 
fuerte Federación y Mayo y que hoy son jiueblos flore- 
cientes, y se inició la de los fuertes Laguna Blanca y 
Arroyo Azul, concurriendo á estos fines parte de los sol- 
dados que guarnecían la frontera, y dictándose con este 
motivo una serie de disposiciones cuyos detalles están 
demás aquí, como quiera que muchas de ellas estén 
todavía en vigencia. 

Una vez pacificada la Provincia y reorganizada su 
administración. Rozas se creyó en el caso de devolver 
á la legislatura las facultades extraordinarias que ésta 
le confirió nuevamente por ley de 2 de agosto de 1830. 
Así lo declaró en el mensaje de 7 de mayo de 1832, 
en que con sus ministros Balcarce. Vicente López, Gar- 
cía Zúñiga, Maza y Roxas, daba cuenta de su labor 
política y administrativa. Al proceder así, Rozas dirigió 
á la legislatura una nota que por el asunto y por el 
modo como ésie se resuelve, constituye una especiali- 



- 126 — 

dad única en los anales gubernativos, y cuyos concep- 
tos ponen de relieve esa personalidad política y los 
princii)ios que la caracterizaron invariablemente hasta 
la muerte. Rozas manifiesta en sn nota que en vista 
de la divergencia de opiniones que se ha suscitado so- 
bre si el Poder Ejecutivo debía devolver las facultades 
extraordinarias, ha creído necesario, por su parte, con- 
siderar detenidamente este negocio; y que después de 
serias meditaciones ha llegado á convencerse, « de que 
la parte que obtiene el concepto de más ilustrada, y 
que sin embargo de ser poco numerosa en proporción 
á las demás clases de la población, es la más iníluyente 
en la marcha de los negocios públicos, está por la de- 
volución y cuenta con el voto de los cinco ministros 
que integran el Poder Ejecutivo ». Agrega el goberna- 
dor que respeta el buen juicio de tan distinguidos ciu- 
dadanos, pero que cree tener mejores motivos que nin- 
gún otro para conocer el estado del país, las circunstancias, 
los hombres y las cosas, y que teme que « reducido el 
Poder Ejecutivo á los estrechos límites que le estaban 
señalados antes del motín del 1° de diciembre, se des- 
aten rudamente las pasiones y preparen nuevos elementos 
de combustión que hagan repetir aquella terrible es- 
cena )). Rozas cierra en los siguientes términos esta 
comunicación, única en su género : « Después de dar el 
gobernador á los señores representantes una prueba 
inequívoca de la sinceridad que lo caracteriza, expresán- 
doles írancamente sus sentimientos, y poniéndose con 
ellos á salvo de toda responsabilidad á este respecto 
en el corto tiempo que le resta de mando (y que espera 
no sea prorrogado), se cree en el deber de dar otro igual 
á todos sus compatriotas del desprendimiento y fideli- 
dad con que se ha propuesto corresponder á la honrosa 
confianza que se le ha hecho, devolviendo, como en 



— 127 — 

efecto devuelve, á la Honorable Sala, las expresadas 
facultades extraordinarias; y sometiendo á la sabiduría 
de sus consejos el modo de asegurar al país el fruto 
de los inmensos sacrificios que ha hecho en tres años 
consecutivos para ponerlo á resguardo de los ataques 
de la anarquía. » 

Entretanto las provincias de Córdoba, Mendoza, San- 
tiago del Estero y La Rioja habían aceptado el tratado 
celebrado en 1831 entre las cuatro provincias del litoral 
y enviado sus diputados á la Comisión Representativa 
de Santa Fe. Según el artículo 15° de dicho tratado, esta 
Comisión Representativa existiría « ínter dure el pre- 
sente estado de cosas, y mientras no se establezca la 
paz pública en todas las provincias de la República » ; 
Restablecida la paz, dicho cuerpo debía invitar á estas 
últimas á reunirse á las litorales en un congreso gene- 
ral que arreglase la administración del país bajo el 
sistema federal, su comercio, navegación, cobro y dis- 
tribución de las rentas, pago de la deuda de la Repú- 
blica, etcétera, según el artículo 16° del mismo tratado. 
Realizada en el año 1832 la oportunidad prevista por 
el tratado de 1831, la Comisión Representativa, dirigió en 
9 de marzo una circular á los gobiernos de provincia 
por la cual se les invitaba á adherir á aquél y á enviar 
sus diputados al congreso federal, á fin de que se ins- 
talara á la brevedad posible. 

Pero de ahí que el doctor Juan Baustista Marín, 
diputado por Córdoba y encargado de entregar esas cir- 
culares al gobernador de esta provincia para que las 
dirigiera á su destino, y el general Pedro Ferré y el 
doctor Manuel Leiva, gobernador y diputado de Corrien- 
tes, queriendo prevalecer en los trabajos que se iniciarían, 
á lo que probablemente fueron inducidos por influencias 
antagónicas á las que predominaban, se dirigieron de 



— 1-28 — 

8U cuenta á los gobiernos de Cuyo y del interior para 
manifestarles que el de Buenos Aires se negaba á in- 
corporarse al congreso proyectado, y que en esta virtud 
ellos debían unirse ofensiva y defensivamente con Co- 
rrientes y Córdoba é imponerle á aquél, etcétera. 

Los motivos que apuntaban para lanzarse á frustrar 
la organización nacional, ponían de relieve el absurdo 
con las sombras acentuadas de un localismo desconso- 
lador. « Buenos Aires, — le decía el diputado Leiva al go- 
bernador de Mendoza, don Tadeo Acuña, — es quien úni- 
oamente resistirá á la formación del congreso porque 
perderá el manejo de nuestro tesoro, y se cortará el 
comercio de extranjería que es el que más le produce... 
vea usted cómo Corrientes por haber adoptado el sistema 
de leyes restrictivo al comercio extranjero^ es una de las 
provincias más florecientes. Nosotros debemos trabajar 
en sentido contrario á los de Buenos Aires. Interponga 
su influencia para que venga el diputado por esa pro- 
vincia, y cuya misión sea contribuir á los objetos indi- 
cados. )) En nombre de consideraciones análogas le hacía 
idéntico pedido el doctor Marín al mismo don Tadeo 
Acuña: «Es indispensable que todos nosotros nos unifor- 
memos con Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos y Córdoba, 
y así los porteños tendrán que seguir nuestra opinión. 
Buenos Aires ha adoptado el sistema de extranjería para 
señorearse sobre las cenizas de las provitirias: jamás nos 
proporcionará sino grillos y cadenas de miseria por 
felicidad. » Otro tanto le decía á don Paulino Orihuela, 
de La Rioja. La circular del gobernador Ferré á los 
gobiernos de provincia apuntaba los mismos motivos 
que las cartas de Leiva y Marín, si bien tenía el tono 
de un memorial económico de la escuela ñsiocrática. 
cuya nota saliente era demostrar que el objeto principal 
del Congreso á cuya reunión invitaba por su cuenta. 



— lig- 
era el de «alejar cuanto pueda estorbar ó dañar el des- 
arrollo de la indmtria territorial^ prohibiendo absoluta- 
mente la importación de los artículos que el país produce; 
porque de no hacerlo así sólo puede producir ventajas á 
la Provincia que en cierto modo se ha hecho arbitro 
del tesoro nacional contra el voto de los pueblos». (') 

Estas desatinadas inculpaciones y doctrinas que no 
merecerían recordarse si no hubieran frustrado la reor- 
ganización nacional, y dado armas á los que dentro y 
fuera de Buenos Aires la rehuían alegando motivos 
análogos á los que invocó el ministerio de Rivadavia 
de 1821 á 1824, fueron enérgicamente contestadas por 
Quiroga, Rozas y la prensa sensata de la República. Fué 
Quiroga quien, interceptando algunas de las mencionadas 
circulares, denunció públicamente el plan de los señores 
Ferré, Leiva, Marín y otros. Quiroga se mostraba par- 
tidario entusiasta de la organización nacional, y se había 
adelantado hasta propiciarle sufragios en las provincias 
á su consejero el doctor José Santos Ortíz para la futu- 
ra presidencia de la República. Para cohonestar ese plan, 
le escribía al gobernador de Mendoza: « Tan celoso como 
interesado en que la Constitución de la República que 
tanto anhelamos los argentinos, sea obra de la más libre 
y espontánea voluntad de los pueblos, me he decidido 
á delatar en sus desvíos á los que olvidando los deberes 
del destino en que están colocados, se han ocupado de 
alarmar las provincias contra la benemérita Buenos 
Aires; y... no dudo que V. E. habrá desoído la seduc- 
ción de esos hombres que no conocen más patria que 
su interés particular.» (^). 



(*) Colección de documentos relativos á las especies vertidas 
<íontra la benemérita provincia de Buenos Aires por los señores 
Ferré, Marín y Leiva, pág. 52. 

(2) El oficio de Quiroga y las cartas á que se refiere, se publi- 
caron en El Liberto de Mendoza, número 2G ; y los demás ante- 

TOMO II. !) 



— 130 — 

Y haciendo gala de sus sentimientos de argentino y de- 
su arrogancia genial, le escribe al diputado Marín para 
que se lo trasmita al gobierno de Córdoba: « Yo también 
soy provinciano é interesado como el que más en la 
felicidad de todos los pueblos que componen la Repú- 
blica, en cuya línea á nadie cedo, porque aunque hay 
otros que han trabajado más que yo por el bien general,, 
ninguno de ellos dejará de confesar que no he omitida 
ningún género de sacriíicio; y si fuera efectiva la acri- 
minación que usted hace á la provincia de Buenos Aires, 
yo sería el primero en oponerme á ella, como lo hice 
el año 26, yo solo, contra todo el poder del presidente 
de la República, pues que viendo yo la justicia de mi 
parte, no conozco peligro que me arredre ni que me 
haga desistir de buscarlo. » En seguida de esta mani- 
festación que tiene el atractivo de retratar fielmente al 
personaje que la hace, Quiroga estalla en estos ti'rminos: 
« Es tan errada, señor doctor, su cavilosidad y la del 
señor don Calixto María González, gobernador sustitu- 
to, en detenerme al correo ftames para darse tiempo de 
manejar la intriga en que se hallan complotados, que 
puede ser que no recojan otro fruto que una simple esquela 
los haga amanecer ahorcados^ pues este es premio de los 
malvados insensatos que pretenden que los pueblos sean 
el juguete de sus ridiculas maquinaciones. » Esto no 
impide que Quiroga se suscriba del doctor Marín « obe- 
diente y atento servidor, que del modo más vivo le 
compadece de un desvío tan abultado como ageno de los 
ministros del santuario »: cumplimiento que le valió el 
que dicho señor, en la Exposición que dirigió al gober- 
nador Reinafé sobre ese asunto, le pidiera á éste que 



cedentes de este ruidoso asunto se hallan en un folleto que 
publicó la imprenta de » La Independencia d. Buenos Aires 1832. 



— 131 — 

elevara sus descargos al señor Quiroga « de quien había 
sido siempre su apasionado, sin conocerlo más que por 
su retrato físico y moral ». 

El gobierno de Rozas se dirigió por su parte á los 
de Córdoba y Corrientes, recurriendo de las ideas anár- 
quicas propagadas por los diputados de estas provincias, 
en el seno de una corporación llamada á estrechar la 
unión nacional; y manifestando que si bien el diputado 
de Buenos Aires había recibido orden de retirarse de 
la comisión representativa de Santa Fe por haber ésta 
declarado que su mandato había terminado, según el 
tenor del tratado de 1831, Buenos Aires estaba pronta 
á concurrir al Congreso para la organización de la Repú- 
blica. 

El gobernador de Córdoba no pudo menos que vitu- 
perar la conducta de su diputado; pero defirió en el 
momento para trabajar la Constitución, porque en su sen- 
tir no podía «preferirse para tan interesante designio la 
época en que todavía viven en todo su vigor y fuerza la 
división, las pasiones y todos los estragos que ha dejado 
en pos de sí una guerra civil desastrosa.» La respuesta 
del de Corrientes era un verdadero memorial político- 
económico en el que se disertaba largamente sobre el 
fomento de la industria territorial y del sistema prohi- 
bitivo. Corroboraba las afirmaciones contenidas en la nota 
de Leiva á Acuña; y si bien acusaba móviles especula- 
tivos y sentimientos estrechos de localismo, sostenía la 
idea de la inmediata convocatoria del Congreso. (\) 



( ' ) Véase colee, de doc. cit, pág. 38 y sig. 

La prensa de Buenos Aires y aun la de Santa Fe y de Córdoba 
tomaron la revancha sobre el señor Ferré con motivo de las injustas 
inculpaciones que hiciera á la primera de esas provincias. Desde 
luego le pulsaban la cuerda favorita del gobernador de Corrientes, 
presentándolo como jefe de la escuela fisiocrcUica, y fautor del 
sistema mercantil que quería establecer la balanza del comercio 



— 132 — 

Es de advertir que al mismo tiempo que sublevaba 
desconfianzas y alarmas contra Buenos Aires, el gober- 
nador Ferré le proponía particularmente al gobernador 
de Santa Fe celebrar un tratado para auxiliarse recíproca- 
mente sin omitir sacrificio alguno, conservar el orden en 
las provincias ligadas por el de 1831 y sostener las 
autoridades constituidas. Pero López cousult(3 sobre el 
particular á Rozas. Éste le respondió que tal compro- 
miso traería dificultades mayores que las suscitadas; y 
que era además superfino, puesto que el tratado de 1831 
establecía convenientemente los medios de asegurar el 
orden y las autoridades legales en cada una de las pro- 
vincias contratantes. C) 

Así fué como se obstaculizó en 1832 la obra de la 
Constitución argentina. Los gobernadores y personas 
infiuyentes de Córdoba y de Corrientes, sin medir la 
trascendencia de su conducta, sirvieron los propósi- 



en su provincia, aunque ésta pereciera, por puro amor á los tér- 
minos nuevos para él. Asi, el mismo día en que se firmaba en Santa 
Fe el tratado para estrechar los vínculos entre las provincias del 
litoral (4 de enero de 1831) el señor Ferré decretaba un reglamento 
para Corrientes cuyo articulo 4° establecía : « todas las mercaderías 
y frutos de legitima producción de las provincias co?iocidas por 
las de la reu?iión argentina que pagaban el derecho de alcabala del 
cinco por ciento, pagarán el ocho! . . . Ello era más humanitario que 
lo que establecía el articulo 6o de la ley de 20 de enero, de «comisar 
y ser públicamente derramado todo aguardiente y licor que se in- 
trodujera en esa provincia. » Pero ninguna de las muchas disposi- 
ciones que en este sentido dictó el señor Ferré llenaba la medida de 
sus deseos como la de 3 de diciembre de 1829, contra la extracción 
del oro y de la plata. Por ella se declaraba que las disposiciones 
anteriores sobre la materia eran absolutas, y a comprensivas á todas 
las clases de personas que componen la variedad de las provincias»; 
y se les obligaba «á denunciar ante la autoridad los sujetos que aí 
salir del país traten de llevarse oro y plata ». El articulo 3° decía 
asi: «Los contraventores del presente decreto sufrirán por pri- 
mera vez la pena de confiscación de todos sus bienes y fortuna 
habidos, quedando sujeta su vida y la de su familia á la disposición 
que se reserva el gobierno » . . . I ! 

(') :\Ianuscrlto testlni. en mi archivo. (Véase el apéndice.) 



— 133 — 

tos de sus adversarios, quienes perseguían su programa 
del año de 1826, cohonestando toda organización que 
no se operase por estos auspicios, como ya se ha visto; 
medrando hábilmente para empujar los unos contra los 
otros á los que por su posición sostenían con ventaja 
el orden de cosas que prevalecía; y abriendo la era de 
la guerra civil, la cual se cerró treinta años después, 
cuando habló por fin la voz de la razón y del patriotis- 
mo, y triunfó definitivamente el régimen federal que 
Borrego y Rozas proclamaron y que éste mantuvo á 
pesar de sus enemigos aliados con los extranjeros para 
restaurarse en el gobierno. 

Con estos trabajos coincidió, además, el nombramiento 
de nuevas autoridades en Buenos Aires. Vencido el tér- 
mino de la ley de 8 de diciembre de 1829, con arreglo 
á la cual Rozas fué elegido gobernador, reeligiólo la 
legislatura por unanimidad de votos. Rozas renunció 
alegando la necesidad de dirigirse al campo. La legis- 
latura, fundada « en el grande interés de la sociedad, 
en el poder irresistible de la justicia y de las exigen- 
cias públicas », insistió en su sanción anterior. Rozas 
reiteró su renuncia, manifestando su deseo de poder 
contraerse al arreglo y seguridad de las fronteras. La 
legislatura insistió una otra vez, y como Rozas no de- 
clinase aquélla « haciendo el sacrificio de sus votos en 
obsequio á los decididos sentimientos del mismo », nom- 
bró por ley de 12 de diciembre de 1832 al general Juan 
Ramón Balcarce, gobernador y capitán general de Bue- 
nos Aires. 

El general Balcarce, una espada de las más brillantes en 
la guerra de la independencia argentina, renunció igual- 
mente el gobierno alegando que si «el digno jefe á quien 
el país era deudor de los inmensos bienes que le había 
legado; si el gran ciudadano que tantas pruebas había 



— lU — 

dado de su acendrado patriotismo é interés por la feli- 
cidad de la patria, rehusaba el continuar rindiendo sus 
servicios relevantes como primer magistrado», él se sentía, 
por su parte, más arredrado para aceptar este cargo. Pero 
la legislatura insistió y Balcarce se recibió el día 17 del 
bastón de mando que le trasmitió Rozas, prometiéndole 
ayudarlo como era el deber de todo ciudadano. Balcarce 
prometió, á su vez, «no olvidar el digno modelo que le 
presentaba su antecesor y presentarlo á sus compatrio- 
tas como el testimonio de los sentimientos de un verda- 
dero republicano cuyos hechos gloriosos y servicios 
relevantes serían trasmitidos ala posteridad». Consecuente 
con esto, el nuevo gobernador comunicó su nombra- 
miento á sus colegas de las provincias, manifestándoles 
que «los principios consignados por su ilustre antecesor 
el señor brigadier don Juan Manuel de Rozas, formarían 
inalterablemente la política del actual gobierno de Buenos 
Aires. Rozas encareció al pueblo su cooperación al digno 
jefe que lo sucedía en el mando, para que no se malo- 
grasen los sacrificios de todos y se borrasen los vestigios 
de la anarquía. 

Por lo demás. Rozas resistió su reelección porque 
anhelaba realizar cuanto antes su antigua idea de expe- 
dicionar á los desiertos, con la amplitud de acción que 
creía le concedería el gobierno. 'En los últimos días de 
su gobierno este era el tema de sus conversaciones con 
sus amigos de la ciudad y campaña, con los militares 
á quienes expresamente llamaba para invitarlos y para 
quienes esa expedición era ya cosa resuelta, como que 
hasta se hablaba de la cantidad de fuerzas que forma- 
rían la columna expedicionaria y de las que concurri- 
rían al mismo objeto de otras provincias. Su proclama 
al bajar del mando se circunscribe á encarecer la nece- 
sidad de robustecer la acción del nuevo gobernante y la 



— 135 — 

de llevar adelante la expedición á los desiertos. «Hacen- 
dados, decía Rozas, sabéis que la campaña y la frontera 
se encuentran hoy libres de los indios enemigos, pues 
éstos se han refugiado del otro lado del río Negro de 
Patagones y en las faldas de las cordilleras de los Andes. 
Al cielo pongo por testigo de no haber ahorrado desve- 
los para llenar esta parte de mis deberes públicos. Un 
esfuerzo más y quedarán libres para siempre nuestras 
dilatadas campañas... Vosotros prestaréis con el patrio- 
tismo acostumbrado cuanto sea indispensable para expe- 
dicionar sobre los últimos asilos de los indios enemigos 
y para perfeccionar la población de nuestras fronteras. 
La nueva administración tendrá la gloria de coronar al 
íln esta grande obra...» 

Sintetizando ahora el período gubernativo de 1829- 
1832, se llega sin violencia á deducir de los hechos, 
que si él no realizó los fines de un gobierno libre, — 
lo cual era imposible dadas las circunstancias del país 
y de toda la América en esa época, — llenó en cambio 
los objetos inmediatos de su institución. Cimentó la 
paz y el orden, después de una lucha sangrienta que 
se inició con el fusilamiento del primer magistrado de 
Buenos Aires. Continuó el organismo institucional, 
sobre las bases que echaron Rivadavia y García de 1821 
á 1824, levantando prudentemente los intereses genera- 
les de la Provincia. Estableció una administración se- 
vera y honorable, controlando escrupulosamente la in- 
versión y distribución de los dineros públicos. Prestó 
singular protección á los valiosos intereses de las 
campañas; siendo de notarse que todo lo hizo con los 
recursos ordinarios de Buenos Aires; que sólo usó de 
cuatro millones de fondos públicos para el pago de 
los gastos de la guerra del interior, y que pesaba 
sobre el erario un déficit de quince y más millones 



— l:j(i — 

proveniente de la administraciíjn del general Lavalle. (') 
Fruto de una época de revolución y de transformismo^ 
cuyas crisis iban levantando los elementos varios de 
una sociedad embrionaria; expresión acabada del triun- 
fo sobre esta crisis, '^el gobierno que comenzó en 1829, 
ó más propiamente, los bombres, llevaron al poder 
sus ideales calcados en el absolutismo de sus adver- 
sarios, y sus pasiones reavivadas por la rudimentaria 
educación cívica del tiempo. Así fué cómo se radica 



{}) He aquí un estado del tesoro público de 1829 á 1832 que- 
extracto de los diarios en que se publicaban mensual, quince- 
nal y diariamente las cuentas generales de la administración. 
■< El coronel Rozas entró á ejercer el mando de Buenos Aires, 
el 8 de diciembre de 1829, encontrando un déficit que venia,, 
según el estado del erario, desde fin del tercer trimestre de ese 
mismo año y que ascendía á § 15.381.597,4 reales moneda corriente 

1830 
Entradas Déficit Salidas 



S 12.055.249 h S 13.542.688 4 h rs- S 10.270.340 1 | rs. 

En el primer mensaje que en ausen- 
cia del gobernador presentaron á la 
legislatura los ministros general Juan 
Ramón Balcaree y doctores Manuel Jo- 
sé García y Tomás Manuel de An- 
chorena, se hace mención del deplo- 
rable estado de la hacienda y se pide 
recursos para cubrir el déficit. 



1831 



S 12.1 04.208 4 I 14. 770. 1 28 5 J 13. 33 1 643 5 J 

Por ley de 21 de febrero se crean 
seis millones en fondos públicos, de los 
cuales el gobierno usó poco después 
cuatro millones solamente. 



1832 



12.566.396 3 J 16.806.242 11 12.245.397 1 J 

Déficit de 1829 15.381.597 4 



Aumento del déficit... S; 1.424.644 5 



— 137 — 

en la Provincia, y así lo acompañó la opinión, sin 
desmentir su decisión un instante. El éxito hizo la 
demás. Y no sin fundamento se decía, en elogio del 
período que terminó en 1832. que desde 1810 sólo dos 
gobernadores habían terminado el suyo y trasmitídolo 
en paz: el general Rodríguez, que debió su elevación 
á los esfuerzos de Rozas, y el mismo general Rozas,^ 
los dos que habían subido al gobierno en seguida de 
cruento sacudimiento político. 



CAPITULO XXI 



LA CONQUISTA DEL DESIERTO 



( 1833- 1834 ) 



Sumario: I. Iniciativa de Rozas para conquistar el desierto — II. Sus trabajos en 
este sentido desde 1820 hasta que subió al gobierno. — III. Invitación 
que al respecto dirige al gobierno de Chile y á los generales Quiroga y 
López. — IV. Plan que combinan entre si. — V. La revolución en Chile 
y la paz que celebra el general Bulnes con los indios. --VI. La expedi- 
ción se organiza con tres divisiones argentinas. — VII. Preparativos 
científico-militares parala marcha de la división Izquierda. — VIII. Ro- 
zas la revista en el Monte. —IX. El gobierno le niega á Rozas los re- 
cursos votados: Rozas abre sus marchas no obstante. — X. La llegada 
á Tapalqué: Catriel y Cachul. — XI. El ejército se interna en el desier- 
to. — XII. Pasaje del arroyo Napostá. — XIII. Rozas adelanta su 
vanguardia al mando de Pacheco : sus providencias en su itinerario 
hasta el rio Colorado. — XIV El cuartel general del río Colorado. — 
XV. Rozas manda explorar el rio Colorado. — XVI. La división del 
Centro contra los ranqueles : avisos de Rozas al general Huidobro. — 
XVII. Huidobro se dirige en consei'uencia sobre el cacique Yanquetrú. 
— XVIII. Batallas délas Acollaradas y derrota de Yanquetrú. — XIX. 
Huidobro lo persigue y se retira después á Córdoba. — XX. División de 
la Derecha: sus marchas hasta Malalhué : ocupa el rio Chadileuvu. — 

XXI. Sorprende á los indios en Limey-Maguida y los bate en les 
tolderías de Yanquetrú : fin de las operaciones de la división Derecha. 

XXII. Operaciones de la división Izquierda : Pacheco ocupa el rio 
Negro: batida en las márgenes de este rio: muerte del cacique Paylla- 
ren. — XXIII. Críticos momentos de la expedición. — XXIV. Sublevación 
que se fomenta á los indios reducidos de Tapalqué y Salinas. — XXV. 
El ministerio de la guerra de Buenos Aires fomenta la sublevación de la 
división Izquierda. 



Ha transcurrido el tiempo hasta los días en que 
escribo sin que nadie haya estudiado la campaña que 
emprendió el general Juan Manuel de Rozas en el año 
de 1833, y cuyo resultado fué desalojar á los indios si- 
tuados en toda la vasta extensión de la Pampa de Bue- 
nos Aires, como de las costas que se extienden hasta 
Magallanes, y fijar los límites de esta provincia de 
acuerdo con los gobiernos de Santa Fe, Córdoba y Men- 



— 139 — 

doza; sirviendo, además, de base y pauta obligada á 
las operaciones que se emprendieron últimamente hasta 
terminar esa obra trascendental, por medio de la ocu- 
pación militar de esos desiertos. Rozas acarició y trabajó 
desde los primeros años de su vida pública, la idea de 
la conquista del desierto. Tan luego como su posición 
se lo permitió, puso de lleno manos á la obra. Bajo 
el gobierno del general Rodríguez ( 1821 ) él presentó un 
plan de defensa de las fronteras, y en su Memoria correla- 
tiva sostuvo la conveniencia de una batida general en el 
desierto con la concurrencia del gobierno de Chile. 

En su carácter de comandante general de campaña, 
consagró á esa misma obra sus mejores esfuerzos, atra- 
yéndose dentro y fuera de la línea de fronteras unas 
cuantas tribus de indios que le sirvieron con eficacia 
en 1833. Él fué, puede decirse, el que quebró todo el 
poder de Pincheira, aquel famoso bandolero que apo- 
yado en los indios Boroganos asolaba los pueblos de 
San Luis y de Mendoza, después de haber asolado la 
parte meridional de Chile, hasta que atacado en las 
mismas cordilleras cayó en poder de fuerzas de esta 
República. Entre los prisioneros de la tribu de los bo- 
roganos se encontraba en la estancia de «Los Cerrillos» 
la mujer del cacique mayor Caniucuiz á la cual se le 
dispensaba singular protección de orden de Rozas. El 
cacique había reclamado con insistencia el rescate de 
su mujer, pero Rozas que entretanto trabajaba el ánimo 
de ésta para que lo hiciera entrar en relaciones direc- 
tas con los boroganos, la puso en libertad cuando es- 
tuvo seguro que favorecería sus planes. El resultado 
fué que Rozas se puso al habla con los boroganos, que 
los reconcilió con los pampas y con los chilenos de 
Venancio, y que después de las entrevistas que tuvo en 
su estancia de « San Martín » con los principales caciques. 



— 1 10 — 

consiguió que éstos hiciesen las paces y se abrazasen 
con los caciques mayores Cachul, Catriel, Venancio, Llan- 
quelen, etc., comprometiéndose todos á ayudarlo en lo 
sucesivo. ( ' ) 

Una vez en el gobierno. Rozas dio á este asunto el 
carácter de una verdadera negociación política. Desde 
luego se dirigió al gobierno de Chile, pidiéndole que 
aunara sus esfuerzos á los del de Buenos Aires. Y en 
otra ocasión, con motivo de la carnicería de Chancay^ 
perpetrada en Mendoza por Hermosilla, teniente de Pin- 
cheira, le llamaba la atención á ese mismo gobierno so- 
bre la facilidad que encontrarían en las tribus belicosas 
los que con ayuda de éstas quisieran asaltar los pue- 
blos fronterizos ; é insistió sobre la conveniencia que 
había en que ambos gobiernos se pusiesen de acuerdo 
para impedirlo. Al mismo tiempo le escribía á Quiroga 
informándolo de sus proyectos, y declarándole que con- 
taba con él para realizarlos. En una de estas cartas le 
decía desde su campamento de Pavón : « La República 
reportaría un inmenso bien y una riqueza positiva, si 
en el acto de concluir esta campaña nos juntásemos en 
un punto céntrico, y combinásemos una formal expedi- 
ción que tenga por resultado la conclusión de todos los 
indios que hostilizan nuestras fronteras.» (^) En 14 
del mismo mes y año escribía desde el Saladillo al go- 
bernador de Santa Fe: «Los indios, compañero, que 
están situados entre la frontera de Chile, Buenos Aires, 
Mendoza, Córdoba y San Luis, son infinitos. Y como 
no es posible mantener á todos, nos han de seguir robando, 



(M Existen en mi archivo las cuentas presentadas por el ma- 
yordomo de « San Martín » con motivo de lo gastado en ocasión de 
la paz entre los caciques nombrados. 

(2) Carta de 3 de septiembre de 1831: copia de letra de Rozas 
en mi archivo. 



— 141 — 

y se han de entrar por la parte que consideren más 
débil. Sobre este punto he escrito ya á usted extensa- 
mente. El único remedio es juntarnos después de la 
guerra, y acordar una expedición para acabar con todos 
los indios. » C) 

El goliderno de Chile y el general Quiroga entraron 
en el plan del gobernador Rozas, y acordaron entre sí 
que la expedición se compondría de tres divisiones : la 
de la Derecha compuesta de fuerzas de Chile, al mando 
del general Bulnes, la cual debía batir á los indios y 
arrojarlos al oriente de la cordillera de los Andes; la 
del Centro con fuerzas de las provincias de Cuyo y del 
interior al mando del general Quiroga, quien debía ope- 
rar en la Pampa Central; y la de la Izquierda que 
saldría de Buenos Aires al mando del general Rozas, y 
batiría á los indios á lo largo del río Colorado, már- 
genes del río Negro, ó iría á encontrarse con aquéllos 
en las inmediaciones de Los Manzanos^ nacientes del río 
Negro. 

Pero cuando estaba convenido este plan, sobrevino en 
Chile una revolución encabezada por el comandante 
general de armas don José Ignacio Centeno, por Arteaga 
y otros, con el objeto de llevar á don Bernardo O'Hig- 
gins al gobierno. Precisamente entonces los indios chi- 
lenos y ranqueles eran batidos (marzo de 1833) por las 
divisiones de Aldao y Huidobro. No pudiendo pasar 
las cordilleras porque el general Bulnes se hallaba situa- 
do del lado de Chile, los indios se apresuraron á some- 
terse bajo las condiciones que este último les impuso. 
Y á causa de aquel movimiento revolucionario, Bulnes 
se retiró para la capital de Chile. Recién en el mes de 



( ' ) Esta carta á López se publicó después en el Archivo Ame- 
ricano. 



— 142 — 

junio este gobierno le comunicó al general Quiroga que 
la división que había avanzado hacia la Cordillera no 
haliía podido pasar ésta « á causa de fuertes embarazos 
que no le fué posible vencer». (') 

La expedición quedó, pues, organizada en tres divi- 
siones argentinas : Izquierda^ al mando de Rozas, la cual 
debia operar en la pampa del sur á lo largo de los 
ríos Colorado y Negro hasta el Neuquen, para asegurar 
la línea del río Negro; Centro al mando del general 
Ruíz Huidobro, que se destinaba á desalojar á los indios- 
de la Pampa Central; y Derecha^ al mando del general Félix 
Aldao, que debía operar sobre la región andina, pasar 
por el Diamante y el Atuel y seguir hasta el Neuquen 
para reunirse con Rozas. El general Quiroga era el 
general en jefe de la expedición; bien que este mando 
fué nominal, pues que á poco lo renunció alegando que 
él no conocía esa guerra contra los indios, y que pen- 
saba que si ese mando no recaía en el general Rozas 
la expedición tendría mal resultado. 

Así que descendió del gobierno. Rozas se dirigió al 
partido del Monte, donde tenía establecida la comandan- 
cia general de campaña, y donde se reunían milicias y algu- 
nos escuadrones de línea con destino á la división izquier- 
da, cuyo mando en jefe le fué conferido por decreto de 
28 de enero de 1833. Mientras activaba estos preparati- 
vos, organizaba su cuerpo de ingenieros y de oficiales 
técnicos; mandaba sacar copias, para distribuirlas entre 
los comandantes de divisiones ligeras, de la Carta gene- 
ral que levantó el erudito coronel don José de Arenales 
(hijo del mariscal) y que debía servir de base para las 



(1) véase en el apéndice la carta de Rozas sobre la paz de 
Ruines con los indios. La nota del ministro Tocornal se publicó en 
FA Restaurador de las Leyes del 9 de octubre de 1833. 



— 143 — 

operaciones de la campaña (*); ordenaba al ingeniero 
don Nicolás Delcalzi que practicara oportunamente la 
exploración del río Negro, haciendo los estudios necesa- 
rios, y levantando una carta general con los detalles topo- 
gráficos y las explicaciones de que carecía la carta que 
levantó Villarino con motivo de su expedición al río 
Negro en 1783, y según la cual aparecía que este famo- 
so piloto había remontado este río hasta el vértice de 
la Cordillera, ó sea hasta los 12° de longitud de Buenos 
Aires, lo que inducía á creer que aquél había equivo- 
cado su i)royección ó establecido sus distancias en la. 
carta sin la corrección necesaria. 

Cuando se proveyó á la tropa de todo lo que podía 
suministrar la comandancia general de campaña, el ge- 



( * ) El erudito coronel Arenales, para fijar en su carta los gran- 
des detalles que determinan el ancho del continente entre los 
vértices de la Cordillera de los Andes y las costas del Atlántica 
Austral, considerado aquél cuando menos entre las latitudes del 31» 
al 410, se sirvió de la serie de observaciones practicadas por orden 
del rey de España desde Valparaíso hasta Buenos Aires, y principal- 
mente de la carta de don Felipe Bauza, que fué uno de los que 
hizo esas observaciones, y que el mismo Arenales complementó 
con sus materiales y conocimientos propios por lo que hacia á 
las latitudes de Mendoza, San Luis y Melincué. Con estos anteceden- 
tes y con los que le suministró el estudio comparado y juicioso 
del Diario cielos rumbos, distancias, etcétera, etcétera, hallados en 
el reconocimiento de las sierras del sur de Buenos Aires, practicados 
de orden del capitán general Vertiz por los pilotos don Ramón Euiay 
don Pedro Ruiz en 1772 ; del Diario de viaje de exploración \j 
descubrimiento del río Negro, que llevó á cabo don Basilio Villarino 
en 1782-1783; del Diario en la exploración de Sisur en. 1786; del 
Diario de la expedición de don Luis de la Cruz desde Concepción 
hasta Melincué por las Pampas, en 1806, que original puso Rozas en 
sus manos con multitud de datos y noticias, como lo dice el señor 
Arenales; éste pudo concluir el laborioso cuanto delicado trabajo de 
la carta general que le fué encomendada con ocasión de la campaña 
al desierto en 1833, y que ha servido de base á las operaciones de 
las campañas subsiguientes hasta el día, bien que sin reconocerse 
el mérito de su autor, por haberse fabricado sobre ella otras que no 
ostentan mayor novedad fundamental que la que ha querido adjudi- 
carles la complacencia. — Véase el informe que el señor Arenales 
elevó adjunto á su carta al comandante genei'al de campaña, y que 
se publicó en El Lucero del 2 de marzo de 1833. 



— 144 — 

neral Pacheco, nombrado jefe de estado mayor, pasó 
revista á la división, y en la orden del día, Rozas dio 
cuenta de las medidas militares tomadas hasta entonces 
para facilitar la expedición, y anticipó las que empren- 
derían las divisiones del centro y derecha en combina- 
ción con la izquierda para llevar aquélla á feliz término. 
«No encontraremos enemigos hasta el exterior del río 
Negro de Patagones. Las divisiones de Cuyo y Córdoba 
que se mueven actualmente, decía Rozas, tienen más 
probabilidades de batir sobre su marcha al feroz Yan- 
quetrú, que habita en la confluencia del Diamante ó 
Chasi-leo con el Tunuyan, y á las tribus que acampan 
como setenta leguas al sur del río Quinto. Pero sea que 
aquellas divisiones logren encontrar al enemigo, ó que 
éste lo evite y pueda, destruyendo sus recursos, refu- 
giarse al otro lado del río Negro, allí nos reuniremos 
bien pronto. Un esfuerzo más \ nuestros hijos podrán 
vivir tranquilos en posesión de un bienestar no imagi- 
nado (|ue podrán trasmitir á su posteridad.» f) 

En estas circunstancias, y á pesar de la ley de 6 de 
febrero que autorizaba al Poder Ejecutivo para negociar 
un crédito de millón y medio de pesos moneda corriente 
á objeto de costar los gastos de la expedición, afectando á 
su cargo la tierra pública, y asignando para el servicio de 
los intereses un impuesto de doce reales que pagaría 
cada cabeza de ganado introducida para el consumo y 
saladeros; el comandante en jefe de la división iz- 
quierda recibió una nota del ministerio de la guerra en 
la que se le comunicaba que el gobierno no podía pro- 
veerla de vestuario, municiones, pertrechos, caballadas 
ni ganado para el consumo, y previniéndole que por 



(') Papeles de Rozas. — Orden del día, correspondiente al 11 de 
marzo de 1833, original en mi achivo. 



— 145 — 

€onsiguiente no podía él girar sobre el ministerio de 
hacienda, para lo cual se le había autorizado anterior- 
mente. 

Si profundo fué el despecho de Rozas, más inque- 
hrantable fué la resolución que formó de hacer la cam- 
paña con sus recursos propios y con los de sus amigos. 
Momentos después de recibir la nota poco seria y, si 
se quiere, premeditada del ministerio, á las 4 y media 
<ie la tarde del 23 de marzo de 1833, Rozas dio orden 
de marcha y fué á campar á más de una legua al sur- 
oeste de la laguna de las Perdices, « donde pasamos toda 
la noche al raso y bajo una lluvia copiosa, según me 
lo dice un testigo ocular». C) Al día siguiente Rozas es- 
cribió al Monte y á poco llegaron algunos ganados, siendo 
■el establecimiento de Rozas y Terrero el que suministró 
el mayor número para las primeras carneadas. En se- 
guida les dio cuenta de su situación á sus principales ami- 
gos de la ciudad como el general Guido, los Anchorena, 
García Zúñiga, Villegas, etcétera, como de que los recursos 
y el ganado vacuno y caballadas que éstos le remitieran 
irían por las postas que él establecería hasta el Colo- 
rado, de cuya remisión quedaban encargados el señor 
Manuel José Guerrico y el coronel Vicente González. 

Después de asegurarse de que no le faltarían caba- 
lladas ni ganado para el consumo del ejército. Rozas 
prosiguió su marcha, indicando él mismo el derrotero, 
como que conocía el terreno que pisaba. En la tarde del 
31, campó el ejército en la margen oriental del arroyo 



(') El señor Antonino Reyes, que formó parte de la expedición 
en clase de oficial de la secretaria de Rozas, y quien me dirigió una 
extensa carta llena de interesantísimos datos sobre esa campaña, 
los cuales concuerdan con los que arrojan las carias del coronel 
Meneses, del mismo-Rozas, que obran en mi poder, como también los 
documentos y papeles principales que se refieren á esa campaña. 

TOMO II. 10 



— un — 

Tapalqiié. Al día siguiente se incorporaron los caciques- 
mayores Catriel y Cachul con cerca de seiscientos indios 
de lanza y en clase de auxiliares de la expedición. El 
día 2 de abril lo verificaron las fuerzas que se hallaban 
en el cantón de Tapalqué, y que se componían del bata- 
llón de Libertos de infantería, escuadrones de línea del 
núm. 2, 3 y 4 de campaña y un piquete de infantería 
Río de la Plata, con 2 piezas volantes. Es de advertir 
que á consecuencia de los tratados celebrados por Rozas 
con los indios, el grueso de las tribus de Catriel y Cachul^ 
quedó pacíficamente en sus tolderías de Tapalqué y bajo 
las mismas seguridades que los boroganos cerca de Sa- 
linas; bien que éstos tenían como retén el cuerpo de 
línea que comandaba el coronel Delgado. 

El 3 de abril, después de haber Rozas ordenado á 
Catriel que enviase comisiones para informar de las 
novedades que ocurriese á los puntos que le indicaría 
oportunamente, el ejército se internó en el desierto lenta- 
mente, mientras las comisiones científicas practicaban 
los estudios y observaciones de su competencia. El 1^ 
campó á orillas de la laguna Lafquen Monocó. (') y el 



( ' ) Desde de un morro cercano se dirigieron visuales á las promi- 
nencias más notables de la sierra, distinguidas por sus nombres in- 
dígenas, según sus lenguaraces don Manuel Valdevenito y don Eugenio 
Bustos, y se observó: Al sur, 67o o. Hilqiie Manida (cerro peñascoso). 

65o (J. Curn-Malal-Mauida (cerro del corral de piedra). 

63° O. Pichi-cocher-nianida (cerro chico de las tunas). 

61° O. Guaidup Peyen (abra entre dos alturas). 

530 O. Gueytiué Leoíu Manida (cerro que va al arroyo Sauce 
Grande). 

440 O. Inculey Manida Leofú (cerro parado con arroyo). 

430 O. Guetro Gueyqué Manida Leolu (cerro del arroyo Sauce 
Mocho). 

160 o. Pilli Huincó Manida (achiras ^^^^^^ ^j^ .ierras bajas in- 

1 10 C^Pnii' Huincó iac^hims 'chi'caV): | "^«^'^^^^ ^^ ^^'^i"°- 
{Diario de las marchas y operaciones de la división expediciona- 
ria, etcétera. Observaciones de don Feliciano Chiclana. Véase el apén- 
dice.) 



— 147 — 

22 en la margen derecha del arroyo Gueylli-Gueycué- 
Leofü (arroyo del Sauce Grande del Sur). 

El 25 de abril llegó el ejército al arroyo Napostá^ que 
entra en el mar y forma parte del canal de descarga de 
Bahía Blanca. El pasaje del arroyo fué prolijo. El ejér- 
cito permaneció tres días en la margen opuesta esperando 
el vestuario que debía enviar don Juan N. Terrero y 
demás amigos de Rozas interesados en el buen éxito 
de la expedición. Rozas celebró un largo parlamento con 
el cacique Caniucuiz, jefe de los boroganos, quien bajó 
al efecto de la sierra Guaminí. El día 29 Rozas pagó su 
división con los fondos que pudo arbitrarse, con su ga- 
rantía personal. 

El 1° de mayo siguió la marcha con rumbo al sur y 
dejando Bahía Blanca á la izquierda. Una legua afuera 
Rozas desprendió una división de 800 hombres al mando 
del mayor general Pacheco, para que remontase el río 
Negro, y él con el grueso de las fuerzas siguió por la 
margen interior del arroyo Sauce Chico, hasta unas cinco 
leguas afuera donde campó. De aquí se trasladó con una 
escolta á Bahía Blanca, con el objeto de inspeccionar 
el estado de los depósitos militares en ese punto, hacer 
trasladar á su campo, en las carretas que envió el día 
anterior, los artículos y efectos que acababan de llegar 
de Buenos Aires, y de dar al jefe de la fortaleza las 
órdenes necesarias para los envíos que debía hacerle 
en lo sucesivo. El día 5 volvió Rozas á su campo y el 
ejército prosiguió su marcha, formándose una rastrilla- 
da con las caballadas, hacienda y convoy, para facilitar 
el pasaje de la artillería é infantería á través de los 
pajonales y pantanos inmediatos al arroyo del Sauce 
Chico. La marcha se hizo pesada á consecuencia del 
salitral que se extiende dos leguas próximamente hasta 
cortarse en una meseta gradualmente por la derecha y que 



— 148 — 

remata en la Cabeza del Buey donde el ejército hizo alto. 
Aquí dejó Rozas establecida una comandancia militar 
para facilitar los avisos y comunicaciones. Á las 4 de 
la tarde ordenó á la caballería que avanzara hacia el río 
Colorado, llegando él á Los Manantiales en la media 
noche, y estableciendo en este punto una otra comandan- 
cia. El 9 llegó á Los Pocitos, y entre el 10 y el 11 de mayo 
campó el ejército en las márgenes del río Colorado. (') 

Una vez aquí. Rozas salió á reconocer personalmente 
los campos de una y de otra banda del río, y cuando 
los hubo inspeccionado á su satisfacción estableció su 
cuartel general en la margen izquierda del Colorado, (^) 
como á cuatro leguas de la posición que ocupara en 
el día 11, é hizo avanzar hasta allí su caballería, situán- 
dola en los parajes más propicios para los caballos. 
Situó el convoy en forma de cuadro, colocando las ca- 
rretas á cierta distancia las una de las otras, y cerrando 
los claros entre éstas con un cordón de las cuartas 
entrelazadas en buenos estacones que, sin tocar en tierra, 
reforzaban eficazmente este atrincheramiento, cuyos flan- 
cos más vulnerables sostenían la artillería é infantería. C) 

Ello era tan singular como previsor, si se tiene en 
cuenta que Rozas llegó á quedarse ahí con sólo tres- 
cientos hombres, cuando se vio obligado á repartir sus 
fuerzas en divisiones ligeras, y á lanzarlas en todas 
direcciones del desierto. Inmediatamente de terminados 
estos trabajos. Rozas ordenó al capitán de marina don 
Guillermo Bathurst que hiciese botar al agúala mayor 
de las canoas que traía la expedición, la equipase con- 



(* ) Diario, ib. , ib. 

(2) Se observó la latitud de 39° 29' 49" sur y la longitud 62o 
21' 36" O. del meridiano de Greenwich. 

(3) Véase el plano. 










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— 149 — 

venientemeiite y acompañado del de igual clase don Juan B. 
Thorne practicase un reconocimiento prolijo del río Co- 
lorado, desde el punto en que se encontraban liasta la 
embocadora de éste en el mar, y aun más adelante 
hasta donde pudiera. (') 



(') He aquí loque con este motivo escribió Rozas en el Diario de 
operaciones que llevaba por entoncesel coronel Garreton, mayo 17: 
(( Esta medida debe dar un conocimiento exacto del famoso rio 
Colorado, y podía producir también el encuentro de un punto de 
escala para los buques que arriben á estas costas. Ello importa 
na una brillante adquisición; pues que la campaña del Colorado 
ofrece mil ventajas á la población que indudablemente debía esta- 
blecerse en él. El rio Colorado corre al sureste sobre arena: su 
anchura es de ciento á doscientas varas : confluye con el mar ; 
sólo da paso en el invierno, pues en el verano crece y es muy 
profundo : sus costas son poco barrancosas y pobladas en lo gene- 
ral de árboles de sauce Colorado y blanco. Los pastos de los llanos 
que se extienden á sus márgenes son de los mejores engordes, 
pues se componen de alfilerillo, cebadilla, cola de zorro y trébol de 
olor, siguiendo después en los altos el pasto fuerte; de manera 
que si fuese puerto en su embocadura, estando tan cerca de las 
Salinas, y siendo tan seco el temperamento, los ganados que se 
crien en estos campos podrían con el tiempo destinarse ventajo- 
samente á las elaboraciones de carnes saladas, y aun venir éstas 
por el río, beneficiadas desde la frontera de Mendoza y cordillera 
de donde baja. Siendo sus costas tan buenas y, calculándose en 150 
leguas la distancia que media entre las nacientes del rio y su em- 
bocadura en el mar, cabrían en ambas márgenes 100 estancias de 
á tres legnas cuadradas y capaces para sustentar diez mil cabezas 
de ganado vacuno cada una de ellas: esto daría una exportación 
anual de trescientos mil cueros, trescientos sesenta y cinco mil 
quintales de carne salada y seiscientas mil arrobas de sebo, pues 
el engorde debe de ser de dos arrobas cuado menos. El ganado 
yeguarizo podrá también criarse aquí con ventajas; pues que en- 
gorda en los campos buenos para el vacuno. Para el lanar, es 
mejor el temperamento del Colorado que el del interior de la Pro- 
vincia, porque es más frío y seco, y porque los pastos son tiernos. 
Los carneros merinos se criarían muy bien sin demejorar en nada, 
porque el lanar quiere en verano un temperamento no muy cálido 
y en invierno poca lluvia aunque haya mucho frío: debido á la 
temperaturaqueaqui domina, es que las ovejas pampas siempre han 
sido en su tamaño y engorde superiores á las del interior de la 
Provincia. Los cerdos se criarían muy bien y engordarían mucho, 
porque sobre los médanos y en la márgenes del río hay en gran 
abundancia una especie de papas ó nabos muy grandes que los 
indios comen cocidos y á los que llaman napur. » 

Bathurst elevó un informe general de este reconocimiento con 
planos y demás conocimientos. Según él, de la latitud de 39o 55' sur 
se tiene la boca del río al sur 67° 30' O. En dicha latitud, y á dis- 



— m) — 

Mientras que Rozas iniciaba sus operaciones ofensivas 
sobre b)s indios, veamos lo que era de las divisiones 
Centro y Derecha, las cuales, como queda dicho, debían 
reunirse con la Izquierda á inmediaciones de Los Man- 
zanos, en las nacientes del río Negro, batiendo respec- 
tivamente á los indios en todo el desierto que se ex.- 
tiende desde la Pampa Central hasta las faldas andinas, 
fronteras de Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Men- 
doza. 

La división del centro, compuesta del regimiento 
Auxiliares de los Andes, formado y costeado por el go- 
bierno de Buenos Aires ; del batallón Defensores man- 
dado por Barcala; del regimiento Dragones confederados 
de Córdoba, mandado por el coronel Reinafé (Francisco), 
y del escuadrón Dragones de la Unión, se puso en mar- 
cha á mediados de febrero sobre el país de los ran- 
queles. En los primeros días de marzo sostuvo con ellos 
un combate del cual no pudo sacar ventaja á conse- 
cuencia de haberse desbandado una parte de la caballería. 
Hallándose el general Ruíz Huidobro en Saben recibió 
el día 27 de febrero una de las comunicaciones de Ro- 
zas en la que le avisaba de un modo positivo que los 
caciques Yanquetrú, Pichun y otros preparaban una 
invasión sobre Córdoba, y le hacía presente la conve- 
niencia de batirlos, si el general Quiroga no había dis- 
puesto otra cosa. (/) Huidobro se dispuso á ejecutar las 



tancia de dos á tv¿s millas de la boca se encuentra una profundidad 
de cuatro brazas y se observan unos médanos de arena al norte 
18° 45' O. El canal de la boca se distingue por la corriente colorada. 
Al entrar en la boca tiene una y media brazas sin el flujo y con 
éste, dos y media. Al tomar la boca es necesario prevenirse para 
no dejarse abatir por la corriente, que es violenta hacia el norte, 
etcétera, etcétera. 

( ' ) Véase el parte oficial del general Ruíz Huidobro, datado en 
Tertú á 17 de marzo de 1833. 



— 151 — 

indicaciones de Rozas, á cu_yo efecto se dirigió á Leplep, 
y desde aquí al Cuero, donde llegó en la madrugada 
del 16. Al llegar á la Laguna del corral Garriu, sor- 
prendió una partida de indios, y avanzando hasta la 
parte sur de las Acollaradas se encontró con la indiada 
de Yanquetrú, fuerte de mil combatientes. 

Huidobro colocó al frente de su línea el batallón 
Defensores formado en cuadro, á la derecha el regimiento 
Auxiliares y á la izquierda el de Dragones confedera- 
dos, ambos en columna cerrada por escuadrones y á 
distancia conveniente del primero, para que pudiesen for- 
mar cuadro en caso necesario y romper el fuego por 
sus cuatro frentes, como tuvieron que hacerlo. Los in- 
dios ranqueles y chilenos cargaron con la impetuosidad 
-que les es propia, rompiendo los cuadros en los flancos 
de Huidobro, y desordenando completamente el regi- 
miento de Dragones de Córdoba. En esta situación, y 
aprovechando del efecto que hacían la infantería y ar- 
tillería de Barcala, el general Huidobro cargó á los indios 
con la reserva, compuesta de su escolta y del escuadrón 
Dragones de la Unión. Simultáneamente avanzó el cuadro 
de infantería y cargaba también el regimiento de Auxi- 
liares que se había rehecho á las órdenes del coronel 
Algañaraz. Los indios fueron arrollados y obligados á 
retirarse dejando como 160 muertos, entre los que se 
contaban tres hijos de Yanquetrú, y los caciques Painé, 
Pichun y Carrague. « Para demostrar á V. S. la obsti- 
nación de los bárbaros ('), decía el general Huidobro en 
su parte oñcial al ministro de la guerra de Buenos Ai- 
res, bastará hacerle presente que seis horas han trans- 
currido en continuadas cargas sin que las tropas de 



( ' ) Parte oficial del (íeneral de la División Centro, publicado en 
El Lucero del 1° de abril de 1833. 



— 152 — 

mi mando hayan podido avanzar una legua de terre- 
no. » 

El general Huidobro continn(') la i)ersecución de los 
indios de Yanquetrú hasta las tolderías de Carifilum 
é hizo recorrer por sus partidas el desierto que se extiende 
entre Leplep y Leuvucó, pero careciendo de los recursos 
necesarios que debía darle el gobierno de Córdoba, ni 
pudo batir á los indios entre Leuvucó y el Colorado, ni 
practicar en lo sucesivo ninguna oi)eración en combi- 
nación con la Izquierda; y se estacionó en las márgenes 
del Salado, hasta que á poco regresó á Córdoba. Así 
se lo comunicó oficialmente á Rozas para la debida in- 
teligencia de éste, y para no entorpecer los movimientos 
de la división izquierda. ( ^ ) 



(' ) Papeles de üosas— (Expedición al desierto leg. número 3.) 
La nota de Huidobro y la de Rozas donde manifiesta el sentimiento 
de que Huidobro no baya podido continuar basta el Colorado, se 
publicaron en El Lucero del 20 de mayo de 1833. 

Es de sentirse que en el libro del doctor Estanislao Zeballos, 
Conquista de quince mil leguas se liaya pagado tributo á 
la pasión, y adoptado como dalos origmales las referencias 
sin fundamento con que se ha pretendido desacreditar ante propios 
y extraños la verdadera conquista del desierto que realizó el ge- 
lieral don Juan Manuel de Rozas en el año de 1833, con solo 2.000 
hombres, ó sea la División Izquierda de Buenos Aires. 

El doctor Zeballos afirma fue Rozas no obedecía al general en 
jefe ni á nadie, y que obraba por su cuenta sin comunicarse con éste 
ni con los jefes de división. Pero basta leer los diarios y papeles 
de la época para rechazar ese error. Rozas dio cuenta de sus ope- 
raciones al gobierno do Buenos Aires y al general Quiroga mientras 
éste tuvo el mando en jefe nominalmente. Cuando Quiroga renunció 
el mando que le confirieron las provincias de Cuyo y del interior, se 
retiró á Mendoza, mientras que las divisiones operaban alas órdenes 
de sus respectivos generales. Asi, antes aue Huidobro entrase en 
operaciones serias con los indios. Rozas le envió una carta topográ- 
fica y le comunicó sus aprestos y su plan de campaña. Á últimos de 
febrero, fué Rozas quien le avisó de la invasión que preparaba Yan- 
quetrú, y quien lo invitaba á batirlo si el general en jefe no había 
dispuesto otra cosa. En 16 de marzo y todavía en 5 de abril, le 
hal)h»ha de la conveniencia de que continuara su marcha en dirección 
al Colorado, adonde Rozas ad('lantal)a por entonces su vanguardia. 
Esto consta de ios papeles de Rozas (|iie tengo á la vista, y de las 
mismas notas del general Huidobro que se publicaron en El Lucero 



— 153 — 

Inutilizado la División del Centro para concurrir al plan 
general de campaña cuando la Izquierda venía recién en 
marcha hacia el río Colorado, veamos lo que era de la divi- 
sión Derecha que al mando del general Félix Aldao debía 
operar en la región de la Cordillera andina, batiendo á 
los indios que se encontraban en el territorio compren- 
dido entre los ríos Barrancos y Neuquen; avanzar hasta 
la confluencia de éste con el Liraay, y reunirse opor- 
tunamente con la Izquierda en las inmediaciones de Los 
Manzanos, ó nacientes del río Negro. El general Aldao, 
al frente de dos batallones de infantería con tres piezas 
de artillería, y de dos regimientos de caballería de las 
provincias de Mendoza y San Juan, emprendió su mar- 
cha siguiendo por río Diamante hasta el río Atuel, para 
dirigirse al sur que lo conducía al río Barrancos y de 
aquí al Neuquen. Al llegar á Malalhué, supo que el 



(diario oficial del o-obierno de Buenos Aires) del 1» de abril y del 
17 de marzo de 1833, como queda dicho más arriba. Si el doctor 
Zeballos, tan laborioso investigador como escritor ilustrado, hubiera 
conocido los documentos y datos á que me refiero, no habría incu- 
rrido en errores como los que hago notar en honor de la verdad 
histórica, y que lo presentan como cediendo á las ijreocupaciones 
que ni mejoran ni ilustran. 

Por lo demás, esta carencia de datos respecto de la co?iquista 
del desierto en 1833, aparece tanto más visible en el libro del doctor 
Zeballos, cuanto que según su propia declaración, rectificó en la 
segunda edición de esta obra los hechos de la campaña del ejército 
del centro, fundándose nada más que en una referencia verbal de su 
señor padre político don Andrés Costa de Argivel. Por respetable 
que sea este señor, como lo es, su autoridad al respecto no es bas- 
tante: lo., porque en la época en que el doctor Zeballos lo presenta 
como amigo íntimo del comandante en jefe de la división del centro, 
el señor Costa Argivel era un tierno niño que se criaba en casa de 
la señora María Josefa Ezcurra, que pasó luego á la ropería de don 
Simón Pereyra y de aqui á la estancia que compró aquella señora en 
Navarro, y que no tuvo ocasión ni entonces ni después de ver de 
cerca los sucesos; 2°., porque la narración que conforme á esa refe- 
rencia hace el doctor Zeballos, de las operaciones de la división del 
centro, está desautorizada por los mismos partes oficiales del general 
Ruiz Huidobro, en los cuales el doctor Zeballos no se ha detenido 
como se ve. 



— 154 — 

general Huidobro se dirigía á batir á los indios ran- 
queles de Yanquetrú. Creyendo, y con razón, que és- 
tos, una vez derrotados, tratarían de dirigirse á la Cor- 
dillera repasando el río Chadileuvú^ que atraviesa esa 
parte de la Pampa Central donde estaban situados, el 
general Aldao convergió al este con el ánimo de ir á 
ocupar los pasos de ese río, y concluir con esos indios, 
haciendo una travesía larga y penosa. El 17 de marzo 
continuó su marcha de lancael en dirección á Cochicó, 
adonde llegó el 25. Aquí le fueron ratificadas sus noti- 
cias anteriores por algunos indios que tomó prisioneros. 
El 29 se dirigió á las Salinitas, como á cinco leguas 
del vado del río. Como éste no presentara paso, el general 
Aldao se dirigió en la noche del 30 con cuatrocientos 
hombres por la parte opuesta, hasta llegar á lo de Yan 
quetrú, y ordenó al coronel Velazco que el 31 al oscu- 
recer se dirigiese con su columna al paso Limey Maguida, 
colocase la balsa y cargase á los indios que hubiese en 
esa isla. Así se ejecutó en efecto; pero la sorpresa no 
se realizó como se esperaba porque los indios se reple- 
gaban sobre las tolderías de Yanquetrú sin aceptar 
combate. Perseguidos hasta aquí fueron dispersados com- 
pletamente, dejando doscientos cincuenta prisioneros y 
como setenta cautivos, cerca de setecientas cabezas de 
ganado vacuno y caballar, y diez mil ovejas. (') En 
cambio de esto, la división de la Derecha agotó sus 
medios de movilidad y, como la del Centro, quedó im- 
posibilitada para proseguir la campaña, porque también 
le faltaron los recursos precisamente cuando iban á 
comenzar las operaciones de la división Izquierda. 



( ^ ) Parte oficial del general Aldao datado en la Redención del 
Salado en la isla de Limey Maguida á 11 de abril, y publicado en El 
Lucero del 23 de marzo de 1833. Véase el Diario de operaciones de 
la Derecha por el coronel Velazco, jefe de la infantería de Aldao. 



— 155 — 

La división Izquierda fuerte de don mil hombres (') 
llegó al río Negro á mediados de mayo con sus caba- 
lladas de refresco en muy buen estado, merced al sis- 
tema rigoroso en las marchas y al infatigable tesón con 
que Rozas cuidaba de ese elemento precioso para el éxito 



(M He aquí el estado general de las fuerzas de la Dimsiów I^Q'Míer- 
da tomada de los mismos papeles de Rozas (legajo número 3, Expe- 
dición al desierto); siendo de advertir que en los cuadros se incluyen 
los indios agregados de las tribus de Catriel y de Cacliul. 

General en jefe, brigadier Juan Manuel de Rozas ; jefe de esta- 
do tnayor, general Ángel Pacheco ; coroneles, Manuel Corvalán, 
Pedro Ramos, Antonio Ramírez, Ramón, Rodríguez, Juan A. Carre- 
tón; tenientes coroneles, José María Flores, F'rancisco Sosa, Hilario 
Lagos, Narciso del Valle, Miguel Miranda, Juan Pedro Luna, Juan I. 
Hernández, Roque Cepeda, Faustino Velasco, Felipe Julianes; sar- 
gentos mayores, Leandro Ibáñez, Ventura Miñana, Manuel C. Gar- 
cía, Gerónimo Costa, Félix A. Meneses, Joaquín Cazco, Rafael Fuentes, 
Bernardo Echeverría ; oficiales 110; empleados en el parque, maes- 
tranza, etcétera, etcétera, oficiales de secretaría del general en jefe, 
ingenieros, astrónomos, médicos etcétera. 

Infantería 

Batallón N.o 1 Coronel Ramírez 365 palzas 

Piquetes de línea » Rodríguez 176 » 

Artillería » Luna 52 » 

Piquete de marina Capitanes Bathurst y Thorne . 25 » 

Caballería 

Escuadrón de línea del N.o 2 Comandante Lagos 141 plazas 

» )) » » N.o 4 » Flores 139 » 

» » » » N.o 3 » Miranda... 187 » 

Piquete del N.o 5 Mayor Miñana 51 » 

Escuadrón del N.o 6 Comandante Cepeda 122 » 

Regimiento N.o 9 » del Valle... 118 » 

» N.o 10 » Sosa 164 » 

Patricios á caballo Mayor García 70 » 

Escuadrón Escolta Comandante Hernández.. 189 » 

Restañen S. E. U. O. 

Jefes y oficiales 140 

Médicos, ingenieros y astrónomos 16 

Ciudadanos y agregados 13 

Maestranza y cuartel general 42 

Infantería 541 

Artillería y marina 77 

Caballería 1181 

Suma total 2010 



— 156 — 

de la campaña. El general Pacheco, á quien Rozas des- 
tacó con la vanguardia como queda dicho, ocupó el río 
Negro el 10 de mayo, é hizo pasar á la margen opuesta 
dos escuadrones á las órdenes de los comandantes Hila- 
rio Lagos y Francisco Sosa para que operasen río arriba, 
mientras él seguía la misma dirección por el interior. 
Lagos y Sosa se arrojaron sobre la primera toldería que 
encontraron; pero los indios huyeron á ocultarse en la 
espesura délos montes, y sólo les tomaron alguna chus- 
nia. Pacheco prosiguió su marcha por la margen izquierda 
del río Negro hasta cerca de Choele-Chuel ; y el día 26 
lanzó á los mismos comandantes Lagos y Sosa sobre 
la tribu del famoso cacique Payllaren, á la que éstos 
destruyeron completamente matando en la refriega al 
cacique, á casi todos los indios de pelea, y tomando 
prisioneras á todas las familias. Este fué el primer 
gran triunfo militar de la división de la izquierda. (*) 
Á mediados de junio Rozas se vio obligado á exten- 
der sus operaciones sobre el ala derecha y sobre el ceniro 
del vasto teatro de la guerra, y con las solas fuerzas 
de la división Izquierda. Estos fueron los momentos más 
críticos de la expedición. La división Izquierda, con jefes 
experimentados y valientes, y con excelentes medios de 
movilidad merced á los recursos de Rozas y de los 
amigos de éste, se bastaba para batir y destruir á todas 
las indiadas del río Colorado y del río Negro hasta el 
Neuquen. Pero, ¿y los indios de las cordilleras andinas? 
¿y los que acosados en las márgenes de esos ríos vol- 
vieran á la Pampa Central y se dieran la mano con aqué- 
llos?... A unos y á otros debían dedicarse las solas fuerzas 
de la división de Rozas, para que la expedición no 



(* ) Parte oficial del general Pacheco. Parte del general Rozas al 
inspector de armas de Buenos Aires. 



— 157 — 

fracasase completamente; pues la división de Aldao 
(derecha) ya se había retirado á Mendoza, como queda 
dicho; la de Huidobro (centro) á Córdoba; y Quiroga 
iba en marcha para Buenos Aires al frente del regimiento 
Auxiliares de los Andes. 

Para que la situación de la división Izquierda se pre- 
sentase más crítica en esas circunstancias, los indios 
reducidos en Tapalqué y Salinas habían estado á punto 
de sublevarse. Lo peor era que los capitanejos que die- 
ron cuenta inmediatamente de esto á sus caciques Catriel 
y Cachul, declararon que el gobierno de Buenos Aires 
les había sugerido tal sublevación, para que unidos con 
los borogas se lanzasen sobre el cuartel general del 
Colorado. Catriel y Cachul que servían á Rozas con deci- 
sión y cariño, ordenaron á los comisionados que á la 
llegada á Tapalqué fuesen fusilados los indios que habían 
escuchado y trasmitido á la tribu tales proposiciones de 
sublevación. Otro tanto hizo Caniucuiz, cacique de los 
borogas. Rozas mandó al mayor Echeverría con una 
escolta para que presenciara en Tapalqué la ejecución 
de esa orden que cumplió el coronel Delgado. (*) 

Y no era esto todo. El ministerio de la guerra de 
Buenos Aires, movido del propósito de quebrar la in- 
fluencia de Rozas, escribió al mismo tiempo á varios 
jefes y oficiales de la división Izquierda que le eran 
adictos, que provocaran la deserción de las milicias y 
se viniesen ellos con la fuerza veterana que los siguiera. 
Rozas sintió estos trabajos que pudieron haberlo ani- 
quilado en aquella altura del desierto, y los conjuró 
rápidamente. He aquí cómo procedió Rozas, según un 
testigo ocular y cuyo dicho está corroborado por car- 



( *) Papeles de Rozas {Archivo de la secretaria de S. E.) Oficio 
del coronel Ramón Delgado. 



— 158 — 

tas dirigidas á jefes de la vanguardia expediciona- 
ria: «ello dio origen á que un día, creo que fué en el 
mes de julio, citase el general á todos los jefes y ofi- 
ciales que se encontraban en el cuartel general para 
que lo esperasen en el Monte en la margen del Colorado, 
al pie de la colina Clemente López. Una vez allí y for- 
mados en rueda, se colocó el general en el centro y les 
habló acerca de la conducta del gobierno con el ejército 
que tenía por única misión batir los indios y ensan- 
char las fronteras de la Provincia. Que el gobierno no 
solamente no proveía al ejército de lo que carecía, sino 
que maquinaba para anarquizarlo, para destruirlo y quizá 
para algo más que no quería ni pensarlo, porque no creía 
tanta maldad de parte de los hombres á cuya elevación 
él había contribuido. Que fuese lo que fuese, él no 
quería tener en el ejército hombres que no cooperasen de 
corazón á la obra gramie que él se proponía llevar á tér- 
mino, costase lo que costase^ ele dejar aseguradas las fron- 
teras de la Provincia. Que, por consiguiente, los que no 
estuviesen de corazón con estos propósitos, pidiesen su 
pasaporte para presentarse al gobierno de quien depen- 
dían : que él no quería allí jefes ni oíiciales que no 
cumpliesen sus órdenes con decisión y empeño, porque 
estaba dispuesto á usar con ellos de todo rigor. Que 
por lo tanto no tuviesen inconveniente en pedir su pa- 
saporte, porque como él los conocía se los daría de todos 
modos, separándolos entonces con ignominia del ejer- 
cito. Al día siguiente pidieron su pasaporte doce jefes 
y oficiales, entre ellos el jefe de la artillería, coronel 
Luna, coronel Planes, mayor Frías, etcétera. . . » (') 



(') Carta que me dirifíic) el señor An1(Miino Reyes, oficial de la 
secretaria de Rozas, en el ciuirtel general del Colorado. (Véase el 
apéndice.) 



— 159 — 

He aquí lo que el general Ángel Pacheco respondía 
al señor Juan N. Terrero á propósito de esos singula- 
res manejos del gobierno para desbaratar una obra de 
grande trascendencia para el país, en odio al que la 
venía trabajando desde años atrás, y que á sus expensas 
y á las de sus amigos la realizaba en los desiertos, ade- 
lantándose en cincuenta años á las medidas que tomó 
últimamente el gobierno argentino para incorporar á la ci- 
vilización tan vastos y ricos territorios : «No crea usted^ 
amigo mío. que á este ejército pueda desanimarlo nada. Un 
entusiasmo honroso anima todas las clases, y á él y á las 
acertadas disposiciones del señor general en jefe se deben 
exclusivamente los importantes resultados que han te- 
nido hasta la fecha los movimientos del ejército, la 
mayor parte de éstos obtenidos entre la nieve y el hielo. 
Por lo demás, todos los jefes tienen honor y conocen 
sus deberes; y como profesan una adhesión decidida y 
sincera al general en jefe, se manifiestan muy agra- 
viados cuando ven por los papeles públicos, los ataques 
atrevidos y licenciosos que le dirigen. » (') 



( ' ) Carta de Pacheco datada Choele-Choel en marcha para el 
Neuquen á 2 de agosto de 1833. (Manuscrito en mi archivo.) 



CAPÍTULO XXII 



LA CONQUISTA DEL DESIERTO 



(Continuación) 



Sumario : I. Rozas manda remontar el río Colorado y extiende sus operaciones so- 
bre el centro, la derecha y limite sur del teatro de la guerra.— II. Pacheco 
toma á viva fuerza la isla de Choele-Choel : Sosa destruye al cacique 
Chocory y Lagos al Pitrioloncay.— III. Delcalzi explora y navega el rio 
Negro. — IV. Pacheco llega á la confluencia del Limay y Neuquen, y bate 
los indios en las faldas de la cordillera.— V. Llegada de Darwin y de Fitz- 
Roy al campamento del Colorado: su opinión respecto de la expedición 
de Rozas. — VI. Campaña del coronel Ramos por el Chari-leo: batida á los 
indios que querían refugiarse en la cordillera. — VIL Enarbola por la primera 
vez el pabellón nacional en el Cerro Payen. — VIII. Campaña de Rodríguez 
y de Miranda al pais de los ranqueles y sobre Yanquiman.— IX. Campaña 
de Ibáñez al rio Valchetas. — X. Dificultades con que luchaba Rozas en 
la expedición. — XI, Resultado general de las operaciones de la división 
Izquierda. — XII. Rozas regresa á Napostá y desprende una división que 
destruye á los Borogas. — XIII. Rozas proclama y licencia la división Iz- 
quierda en Nápostá. — XIV. Los limites de Buenos Aires fijados por Rozas 
de acuerdo con las provincias interesadas. — XV. Los limites de Buenos 
Aires por el S. y S. O. y los actos ejercidos dentro de éstos. — XVI. Los 
fijados por Rozas son los mismos que fijan las cédulas reales desde dos 
siglos atrás. — XVII. Los títulos legales de Buenos Aires á esos territorios. 
— XVIII. Jurisdicción que ejerció sobre ellos Buenos Aires hasta 1878.— 
XIX. Una cuestión de derecho federal: la ley de octubre de 1878, que violó 
esos títulos. — XX. La conquista del desierto de 1833 y la ocupación mi- 
litar de 1879: porqué se hizo necesaria esta expedición. — XXI. Opinión 
del general Roca sobre la conquista de 1833. — XXII. Otra opinión del ge- 
neral Sarmiento. 



Sobreponiéndose á las dificultades, Rozas ordenó al 
ingeniero don Feliciano Chiclana que midiese el río Co- 
lorado á bordo de la goleta San Martin cjue había con- 
ducido desde Bahía Blanca el capitán Juan B. Thorne (') : 



(') Diario de la división Izquierda. Chiclana midió el rio Colo- 
rado arriba hasta aproximarse al punto donde llega á este rio el 
camino que baja de la isla de Choele-Choel. Véase el apéndice. 

He aquí lo que re.specto de la goleta San Martin, dice el diario 



— 161 — 

■destacó al coronel Ramos con una división de 400 hom- 
bres para que batiese los indios de la región andina: 
organizó con indios de Catriel y de Cachul, con cuatro 
compañías de infantería de línea y 4 cañones una divi- 
sión que á las órdenes del coronel Rodríguez se dirigió 
al país de los ranqueles, á operar en combinación con 
otra al mando del comandante Miranda: lanzó otra di- 
visión al sur del río Negro al mando del mayor Leandro 
Ibáñez, quien se hizo famoso en esta campaña; y él, con 
una pequeña fuerza de 300 hombres, inclusive los in- 
dios, quedó aguardando en su campamento del Colorado 
^1 desenvolvimiento de este plan, cuyos primeros resul- 
tados debían venir de la batida general sobre el río Negro 
arriba y Neuquen, en que estaba empeñado á la sazón 
el general Pacheco. 

El general Pacheco siguió avanzando con sus fuerzas 
por ambas márgenes del río Negro arriba, batiendo en 
lo crudo del invierno las tolderías que constituían el 
poder del temible cacique Chocory. En los primeros días 
de julio llegó á Chuele-Choel; mandó á Sosa con dos 
escuadrones en busca de Chocory; ordenó á Lagos que 
cayera con su fuerza sobre Pitrioloncoy, el cual se encon- 
traba con una fuerte indiada veinte le^ruas arriba según 



•correspondiente al 16 de junio de 1833. La goleta San Martin 
entró muy cargada por la barra, calando nueve cuartas. El puer- 
to del Colorado, sin embargo de las ventajas que ofrece, es suscep- 
tible de mejoras, pues en la nueva expedición el capitán de marina 
ha adquirido conocimientos importantes. El señor general ha orde- 
nado que siga la navegación hasta el campamento, esto es, internarse 
como 20 leguas Colorado arriba, donde debe descargarse las maderas 
para construir las dos balandras que van á servir para reconocer 
este rio arriba, la una hasta la altura de la frontera de Mendoza, y 
la otra al Negro de Patagones. Se ha descubierto también en estos 
campos una papila del tamaño de la común de la Provincia, pero de 
una calidad más agradable. Se la puede comer cruda y cocida. 
Los inteligentes dicen que es mejor que la mandioca. Los indios la 
prefieren entre las demás frutas, etcétera.» 

TOMO II. 11 



— l(i-2 — 

las partidas descubridoras, y en la madrugada del o 
pasó su tropa en changadas y su caballería á nado, 
atacó la isla de Chuele-Choel, y acuchiUó y apresó á todos 
los indios que se habían refugiaibi allí con gran cantidad 
de familias. 

Después de hacer recorrer toda la isla en una extensión 
de doce leguas de largo por seis en su mayor anchura, sin 
haberse encontrado más indios en ella, ni en una otra isla 
que se sigue á la de Chuele-Choel. y á la cual sus partidas 
bautizaron con el nombre de Isla de Pacheco, este general 
hizo pasar los prisioneros al otro lado del río, dejó una 
guarnición en la isla principal y fué á campar en la rin- 
conada de los Malchaqidnes. Entretanto, Chocory se arro- 
jaba con denuedo sobre los veteranos de Sosa y era muer- 
to en reñido combate, quitándosele una finísima cota 
de malla que con otros trofeos de esta acción se en- 
cuentra en el museo de Buenos Aires. (^) Lagos cargaba 
;i Pitrioloncoy y lo destruía completamente, en lucha 
cuerpo á cuerpo, tomábalo prisionero con los pocos in- 
dios vivos que quedaban, y remitía su presa al campa- 
mento de Pacheco el día 9 de julio. (^) El largo y penoso 
camino de la vanguardia era coronado por una serie de 
triunfos obtenidos á fuerza de pericia y de valor. 

En marcha para Los Manzanos, que era, como se 
sabe, el punto en que la división Izquierda debió encon- 
trarse con las del Centro y Dereclia, si éstas no hubiesen 
fracasado, Pacheco recibió comunicaciones del cuartel 
general del Colorado en las que se le avisaba el envío 
de vestuarios, ganado, etcétera, como asimismo la próxima 
llegada del buque que montaba el ingeniero Descalzi 



( ^ ) Parte de Sosa á Pacheco. 

(2) Parte de Lagos. Parte de Pacheco á Rozas. El parte de 
Rozas se publicó en El Restaurador de las Leyes de 24 de agosto 
de 1833. 



— 163 — 

con orden de reconocer y navegar el río Negro. Descalzi 
llegó en efecto, resolviendo desde entonces la navegación 
de esta importante arteria de tan ricos territorios; y 
rectificando los errores en las distancias y en las pro- 
yecciones que contenía el plano de Villarino, y que había 
previsto el coronel Arenales. Al darle cuenta de este 
suceso, y refiriéndose á los estudios de Descalzi. decíale 
Pacheco á Rozas : « El Limay corre apresuradamente de 
O. N. O. al E. S. E. y el Neuquen de S. O. al N. E. co- 
rregido. Lo que ya no es dudoso es que el río Negro 
es navegable con buques de calado hasta la unión del 
Limay y Neuquen, y ambos hasta mucho más arriba, 
porque á pesar de que estaban bajos traían mucho cau- 
dal de agua. Poco antes de llegar á esa unión no se 
encuentra menos de cuatro brazas de agua, y más arriba 
hasta siete brazas. » ( * ) 

Después de llegar á la confluencia de los ríos Limay 
y Neuquen. en la conclusión del río Negro, y á cuarenta 
y seis leguas aproximadamente de la isla de Chuele- 
Choel, Pacheco coronó con sus fuerzas los cerros que 
se elevaban á sus flancos, y á los cuales bautizó con el 
nombre de Cerros de Rozas. Los indios que habían bus- 
cado este último refugio se precipitaron en los bajíos; 
pero los escuadrones de Lagos, Sosa, Flores. Hernán- 
dez los destruyeron completamente apresando á la chusma 
y rescatando muchísimos cautivos. « Cuando Pacheco 
observaba desde u'i cerro los movimientos de sus escua- 



( 1 ) Papeles de Rozas. Véanse los partes de Pacheco á Rozas 
publicados en El Restaurador de las Leyes del mes de octubre, 
y en La Gaceta Mercantil de noviembre y diciembre de 1833, y 
sobre todo el que le dirigió de vuelta á Choele-Choel el 3i de oc- 
tubre, publicado en La Gaceta del 31 de enero de 1834. Véanse 
también los planos de Descalzi y los estudios y observaciones 
sobre el rio Negro, en La Gaceta Mercantil de fines de noviembre 
de 1833. 



— 164 — 

drones sobre los indios, dice el coronel Meneses en una 
carta que tengo á la vista, un soldado de la escolta le 
presentó dos piedras ovaladas que pesarían una libra. 
El general las rayó con un cortaplumas, y descubrió 
en ellas como una vena amarilla. Como las viera un 
indio, éste le dijo: «Mi general, esto llamamos nos- 
otros las alcahuetas de las minas; y aquí hay grande 
mina » ; de todo lo cual se dio cuenta al general en 
jefe.» 

Por estos días llegó al campamento general del río 
Colorado el naturalista Carlos Darwin, que tan ilustre 
reputación se creó después en el mundo sabio, por sus 
investigaciones científicas y por su célebre teoría del 
transformümo. Darwin llegó á Buenos Aires en la cor- 
beta de S. M. B. Beagle^ comandada por el también cé- 
lebre capitán Fitz-Roy. Atraídos por la fama de la expe- 
dición al desierto, y por las exploraciones científicas 
que se practicaban sobre el río Colorado, el río Negro, 
etcétera, bajo las órdenes de Rozas, se dirigieron á Pa- 
tagones con el objeto de internarse en el desierto, y 
observar por sí mismos los cerros del río Negro, y el 
sistema geológico en general de los territorios que do- 
minaba el ejército expedicionario. Á pesar de que el 
gobierno se limitó á darles una nota para el coman- 
dante de Patagones, en vez de remitirlos al general en 
jefe del ejército, como se lo insinuaron esos dos hom- 
bres distinguidos al doctor Anchorena, Rozas les dio 
todos los auxilios necesarios, puso á sus órdenes una 
escolta con un baqueano; y cuando volvieron de su es- 
cursión, pasaron algunos días en el campamento general 
del Colorado. Darwin quedó encantado de la riqueza de 
esos territorios. Al despedirse de Rozas le declaró, se- 
gún un testigo ocular, que la penosísima campaña en 
que estaba empeñado era una de las empresas más tras- 



— 165 — 

cendentales que podía acometer un gobierno civilizado. ( * ) 
No fué Darwin solo quien lo dijo; que á pesar de lo 
escasas y difíciles que eran entonces las comunicaciones 
con el viejo mundo, la conquista del desierto llamó la 
atención de la prensa europea. V Annuaire Historique 
Universel publicó un detenido y concienzudo resumen de 
esa campaña, é hizo notar los grandes beneficios que 
ella realizaría para el progreso y la civilización. Después 
de referir las principales operaciones militares, se agrega: 
« El general Rozas quiso que su expedición fuese útil en 
todo sentido, dándole el carácter de una exploración cien- 
tífica. Llevaba un diario no sólo de las circunstancias 
de su itinerario, sino de las observaciones astronómicas 
que se hacía, y de todas las que pudiesen interesar á 
la geografía y á la historia natural. Tenía bajo sus órde- 
nes caballería bien montada, infantería que marchaba á 
caballo y que combatía á pie según el uso de ese país, 
y algunos cañones de pequeño calibre. Disponía tam- 
bién de un cuerpo de indios auxiliares de donde salían 
los baqueanos y que iban armados de lanza, lazo y bolea- 
doras ...» O 

Según las órdenes de Rozas, el coronel Ramos marchó 
por la costa exterior del Colorado hasta pasar el camino 
de Chari-leo. Como á ochenta leguas del cuartel general 
del Colorado, los indios lograron sorprender una par- 
tida exploradora de Ramos, matándole un sargento y 
tres soldados. Ramos los hizo cargar el 10 de septiem- 
bre con un escuadrón á las órdenes del mayor Manuel 
C. García. Los indios sostuvieron un desesperado com- 
bate hiriendo al mismo García y á varios oficiales; pero 



( 1 ) Diario de la expedición al desierto, agosto 13. Véase La Ga- 
ceta Mercantil del U de octubre de 1833. 

(2) Véase Ayinuaire Historique Utiiversel. por Lesur, año 1833. 
París 1834. 



— ion — 

fueron sableados en todas direcciones y exterminados. 
La división signi(3 su marclia río arriba. Al llegar al 
camino grande de Chari-leo las partidas de Ramos apre- 
saron algunos indios, chusma y ganado en el antiguo 
campamento de Pinclieira; siendo éstos los únicos que 
se encontraron hasta llegar al principio de la travesía, 
Paso Grande y camino para Chuele-Choel. Fiamos sigui(3 
rumbo al norte, oblicuando á la izquierda, y destacando 
partidas descubridoras en todas direcciones, las cuales 
aj)resaron todos los indios dispersos que intentaban pasar 
con sus familias. 

En los primeros días de octubre llegó con su divisi(3n 
al afamado cerro Payen, y enarboló allí el pabellón de 
la patria. Como diez leguas más arriba, en la falda de 
un elevado médano que desciende hasta cerca del río, 
campó Ramos cou su divisiíui y desde aquí dirigió algu- 
nas fuertes partidas que aproximándose al río Atuel, 
llegaron hasta quince ó veinte leguas del fuerte San 
Rafael, línea de Mendoza, sin encontrar más que los ras- 
tros de los indios. Después de cincuenta días de marcha. 
Ramos había llegado á las cercanías de los Andes, al 
punto de intersección de los 36° latitud con los U> de 
longitud, meridiano de Buenos Aires; acuchillando y 
apresando á los indios ranqueles y chilenos que preten- 
dían ganar las cordilleras. Con 400 hombres había veri- 
Jicado la batida que debió efectuar la división Derecha que 
mandó Aldao. « Antes de regresar la división, conforme á 
las órdenes de V. S., le decía Ramos á Rozas, se fijaron 
inscripciones con los nombres délos ilustres patriotas que 
firmaron el acta de nuestra independencia, y se enarboló 
el pabellón nacional, llegando hasta este punto donde es- 
pero las órdenes de V. S. según me lo tiene prevenido. » (*) 



(') Parle del coronel jefe de la 1» división del ejército de la 
izquierda, datado en Paso Cirande, como á 60 leguas del cuartel 



— 167 — 

La división al mando del coronel Rodrígnez, que 
debía operar en el país de los ranqneles, batió los res- 
tos de la indiada de Yanquetrú, y consigni(') que algunos 
caciques se sometiesen voluntariamente. Rodríguez acep- 
tó el sometimiento á condición de que entregasen los 
cautivos que tenían, y de que se trasladarían ellos mis- 
mos al cuartel general del Colorado. Así se verificó, 
regresando Rodríguez á este punto con gran cantidad de 
cautivos, y sin dejar indios enemigos en el territorio 
que recorrió. ( V) La segunda división á las órdenes del 
comandante Miranda, y compuesta de 250 hombres entre 
veteranos é indios, recorrió más de cien leguas en rumbo 
al noreste, los campos linderos á los ranqneles. Como 
á dos leguas de la Laguna Grande de Salinas, alcanzi) 
á los indios de Yanquiman. Éste tendió su línea de 
combate, pero fué despedazado y hecho prisionero lo 
mismo que la chusma que le acompañaba, rescatándosele 
los cautivos que hicieron, oriundos casi todos de la pro- 
vincia de San Luis. (-) 

Por fin, la división del mayor Leandro Ibáñez operó 
con singular éxito en los territorios al sur del río Negro. 
«Al mayor Ibáñez, escribíale Rozas á su amigo Terrero (■'), 
lo he despachado hoy (12 de septiembre) con cincuenta 
■cristianos y cien pampas con la orden de pasar el río 



general, á 30 de octubre de 1833. Este parte da cuenta detalla- 
da de todas las operaciones, y describe prolijamente el extenso terri- 
torio recorrido. Ramos remitió al cuartel general una relación de 
los productos de esos riquísimos médanos donde abunda el yeso, y 
cuyos variadísimos colores son otros tantos tintes que constituyen 
un caudal inagotable para las artes aplicadas á la industria. — Véase 
La Gaceta Mercantil de 13 de enero de 1834. 

(') El número de cautivos se publicó en La Gaceta Mercantil. 

(-) El par+e de Miranda se publicó en El Restaurador de las 
Leyes del 15 de octubre de 1833. 

(3) Borrador de letra de Rozas en mi archivo. Véase esta carta 
en el apéndice. 



— KíS — 

Negro y correr el campo hasta cien leguas al sur. No- 
hay por ahí más enemigos que el cacique Cayupan con 
algunos indios y muchas familias. Si da con el rastro 
los seguirá aunque sea hasta Chile, porque lo mando 
hien montado. Después de esto ya no quedan en este- 
campamento más que ciento cincuenta infantes, los arti- 
lleros y la gente que cuida las reses y caballos flacos 
({ue siempre mantengo invernando. » Ibáñez penetró en 
la larga travesía que se extiende al suroeste. Des- 
pués de algunos días de penosísimas marchas, llegó á 
las ignotas regiones del río Valchetas, el cual tiene su 
origen en una sierra al S. O. de la de San Antonio. 
El 5 de octubre sorprendió la tribu del cacique Cayu- 
])an, quien jamás imaginar pudo que llegarían allá fuer- 
zas de la división Izquierda. Cayupan opuso tenaz re- 
sistencia, pero fué destruido y hecho prisionero con los 
guerreros que sobrevivieron y las familias que los acom- 
pañaban. Después de concluir con los últimos indios 
que quedaban al sur del río Negro, y de dejar una 
inscripción con fecha 5 de octubre, cerca del río Val- 
chetas, Ibáñez regresó al cuartel general, donde fué feli- 
citado por el acierto con que llevó á cabo su atrevida 
expedición. (') 

Para apreciar las dificultades que Rozas tuvo que 
vencer por sí mismo á fin de llevar á cabo, con el éxito 
que se ha visto, esta campaña penosísima y sin prece- 
dente en la Re])ública Argentina, se debe tener ¡¡resente- 
que él y el ejército á sus órdenes, fueron objeto de 
hostilidades maiiifiestas del gobierno de Buenos Aires. 
Que este gobierno, no sólo pretendió sublevar contra 



(') Kl parte (le la expedición sobre el río Valchetas se pul)licó 
en La Gacelr Mercantil del 8 de noviembre de 1833. Véase también 
la del 1° de noviembre. 



— 169 — 

ese ejército sus principales oficiales y los indios redu- 
cidos en Tapalqué y en Salinas (') sino que le negó 
los recursos indispensables para su subsistencia y en- 
tretenimiento, á pesar de los reiterados encarecimientos 
del general Guido, comisionado al efecto del general de 
la división expedicionaria. (') Que ésta se movió, se en- 
tretuvo y' lo hizo todo por los esfuerzos particulares de 
Rozas y de sus amigos; y que cuando los vestuarios 
y artículos de consumo, etcétera, se agotaron, Rozas se 
vio precisado á emitir con su sola garantía vales hasta 
por valor de cien mil pesos, para pagar á los comerciantes 
y vivanderos que le vendían lo necesario. (^) 

Á pesar de todo, la división Izquierda, aislada en el 
desierto á consecuencia del completo fracaso de las del 
Centro y de la Derecha, conquistó los dilatados territo- 
rios que se extienden doscientas leguas por el oeste y 
noroeste hasta las inmediaciones de la cordillera de los- 
Andes; y por el suroeste como ciento ochenta leguas 
hasta más allá del río Valchetas, tierra de los tehuel- 
ches, á los 41° lat. y 9 long. del meridiano de Buenos 
Aires; fraccionándose en columnas expedicionarias que 
campearon victoriosas por el país de los ranqueles y 
la Pampa Central; por toda la línea de los ríos Negro. 
Neuquen y Liniay; por la región Andina hasta la fron- 
tera de Mendoza, y por la región de Valchetas hasta 



(') Véase en el apéndice las cartas que lo acreditan. 

(2) Las notas del general Guido se publicaron después; y los du- 
plicados obran en poder del señor Carlos Guido. Véase la nota del 
ministro doctor Tagle en la que ordena á los jueces de paz, no 
permitan que se envíe vacas á la división Izquierda. Se publica 
en El Restaurador de las Leyes del 11 de septiembre de 1833. 

(^) La orden del día que se refiere á esta emisión se publicó 
en La Gaceta Mercantil del 26 de diciembre de 1833. Esos vales 
circularon como moneda corriente en manos de comerciantes res- 
petables del Fuerte Argentino (Bahía Blanca) como los señores Fe- 
lipe Vela, José María Araujo, Pablo Acosta, Francisco Casal, etcétera, 
etcétera. 



— 170 — 

enfrentar el cal)o de Hornos, últimos confines de la pro- 
vincia de Buenos Aires. En esta campaña de un año, 
las divisiones de Rozas destruyeron las indiadas de los 
caciques mayores Chocory, Pitrioloncoy, Mittao, Paynen, 
€ayupan, Calquin, Yanquiman. Catrué. Epuillan, Milla- 
^an, Califuquen, Queñigual, Tuquiñan; poniendo fuera 
de combate más de diez mil indios, y rescatando cerca 
de cuatro mil cautivos cuyos nombres se registran en 
la publicación que se hizo circular oficialmente para co- 
nocimiento de los deudos. 

Á principios del año de 1834, Rozas regresó con su 
división á Napostá, dejando guarniciones en la isla de 
Chuele-Choel, en su cuartel general del río Colorado, en 
la margen del río Negro, y en los puntos donde antes 
estableció fortines. ( ^ ) Entonces le fué dado todavía ope- 
rar con éxito sobre los indios que no estaban reducidos- 
Se recordará que cuando se internó en el desierto ce- 
lebró tratados de paz con los indios borogas que que- 
daron en Salinas. Pero éstos habían seguido robando 
y asolando el territorio sin que nadie pudiese contener- 
los. Á su regreso Rozas les intimó la entrega de los 
cautivos y de las haciendas que retenían. No sólo se 
negaron á ello, entregándole al coronel Corvalán un nú- 
mero reducido de cautivos, sino que asaltaron y exter- 
minaron una partida del ejército. Rozas dirigió sobre 
•ellos algunos escuadrones veteranos y un regimiento 
de Blandengues que guarnecía la Fortaleza Argentina 
(Bahía Blanca) y éstos destruyeron á los borogas, ma- 
tando cerca de mil indios, rescatando todos los cautivos 
y todo el ganado robado. Así acabó la única indiada 
que quedaba en el desierto; pues los tehuelches se 



(' ) Todas estas guarniciones se mantuvieron hasta el año de 1852. 



— 171 — 

habían establecido con sns familias cerca de las pobla- 
ciones de reciente creación, y los pampas de Catriel y 
de Cachul estaban en nn todo sometidos. 

En seguida Rozas quiso cumplir lo que había acor- 
dado con el gobierno de Buenos Aires, es á saber que, 
una vez terminada la campaña victoriosamente, licen- 
ciaría el ejército y firmaría él mismo la baja á todos 
los milicianos, dejando solamente en pie los escuadro- 
nes y cuadros veteranos. Para despedirse de sus sol- 
dados en nombre de la patria. Rozas los formó el día 
25 de mayo de 1834 en la margen del arroyo Napostá, 
y les dirigió la siguiente proclama que transcribo ín- 
tegra por la importancia de los hechos históricos que 
enuncia: 

«Soldados de la patria! Hace doce meses que per- 
disteis de vista vuestros hogares para internaros en las 
vastas pampas del sur. Habéis operado sin cesar todo 
el invierno y terminado los trabajos de la campaña en 
doce meses como os lo anuncié. Vuestras lanzas han 
destruido los indios del desierto, castigando los críme- 
nes y vengando los agravios de dos siglos. 

« Las bellas regiones que se extienden- hasta la cordi- 
llera de los Andes y las costas que se desenvuelven hasta 
el afamado Magallanes, quedan abiertas para nuestros 
hijos. Habéis excedido las esperanzas de la patria. 

«Entre tanto, ella ha estado envuelta en desgracia 
por la furia de la anarquía. ¡Cuál sería hoy vuestro 
dolor si al divisar en el horizonte los árboles queridos 
que marcan el asilo doméstico, alcanzarais á ver la fu- 
nesta humareda de la guerra fratricida ! 

« Pero la divina Providencia nos ha librado de tama- 
ños desastres. Su mano protectora sacó del seno mismo 



— 172 — 

de la discordia un gobierno fraternal, á quien habéis 
rendido el solemne homenaje de vuestra obediencia y 
reconocimiento. 

«¡Compañeros! Jurad aquí delante del Eterno que 
grabaremos siempre en nuestros pechos la lección que se 
ha dignado darnos tantas veces, de que sólo la sumisión 
perfecta á las leyes, la subordinación respetuosa á las 
autoridades que por ellas nos gobiernan, pueden asegurar 
la paz, libertad y justicia para nuestra tierra. 

« ¡ Compatriotas ! que os gloriáis con el título de Res- 
tauradores de las Leyes, aceptad el honroso empeño de 
ser sus firmes columnas y defensores constantes. » 

Rozas había realizado, pues, el propósito trascendental 
á que dedicó sus mejores afanes; y para asegurarlo en 
los tiempos se proponía insistir desde luego con el 
gobierno de Chile y con Quiroga para que juntos redu- 
jesen ó destruyesen los indios del Oriente y Occidente 
de la Cordillera. Entretanto insistió para que las pro- 
vincias de Santa Fe, San Luis y Mendoza consignasen 
oficialmente lo que en 1831 había arreglado con dichos 
gobiernos, y lo que como general de la división Izquier- 
da había declarado en documentos, con asentimiento 
de los mismos, en lo que se refería á los límites de 
la provincia de Buenos Aires. Así fué como después 
de terminada la campaña se ratificó el convenio ante- 
rior, estableciéndose en virtud de la soberanía que in- 
vestían los gobiernos respectivos, que los límites de Bue- 
nos Aires, por la parte de Santa Fe, corrían por la 
línea de Melincué, dejando ésta á la derecha; por la parte 
de Mendoza hasta las nacientes del río Grande y línea 
de San Rafael, y por el sur liasta el Estrecho de Ma- 
gallanes. Las legislaturas de dichas provincias celebra- 
ron el ensanche general de sus fronteras decretando 



— 173 — 

honores singulares á Rozas por el feliz término de la 
expedición al desierto. ( ' ) 

Respecto de los límites por el sur y el suroeste, 
ellos están marcados por la naturaleza; y los territorios 
que comprenden sólo á Buenos Aires corresponden, pues 
desde ab initio fueron ocupados por los indios hasta 
que un ejército de esta provincia los desalojó de ellos, 
ejerciendo desde entonces Buenos Aires, sin oposición 
alguna una serie de actos que establecen el dominio 
legal, á saber: ocupó permanentemente con sus armas 
esos territorios; consintió que bajo su autoridad los pobla- 
sen las tribus de indios reducidos ; afirmó el hecho de la 
ocupación y de la posesión así en el cerro Payen como en 
el río Yalchetas ; y los pobló por medio de una línea de 
guarniciones desde Bahía Blanca hasta Chuele-Choel y 
desde el río Colorado hasta la falda de los Andes; las 
cuales guarniciones con las familias de los soldados 
permanecieron hasta después del año 1852. Con sobra- 
da razón decía, pues. Rozas en un documento oficial: 
(( Las bellas regiones que se extienden hasta la cordille- 
ra de los Andes, y las costas que se desenvuelven hasta 
el afamado Magallanes, quedan abiertas para nuestros 
hijos.» 

Estos límites de Buenos Aires hasta el Estrecho de 
Magallanes, por una parte, y hasta la cordillera de los 
Andes por la otra, son los mismos que fijan á dicha 
provincia los documentos oficiales y cédulas reales des- 
de dos siglos atrás. En 1683 una cédula real ordenaba 
al gobernador de Buenos Aires que cuidara del someti- 
miento y conversión de los indios de las Pampas. En 



( ' ) Véase estas comunicaciones en La Gaceta Mercantil de 
diciembre de 1833 y de Enero de 1834. Véase en el apéndice la 
carta de Rozas de fecha 27 de noviembre de 1873. 



- 174 — 

1704 otro oficio liablaba al mismo gobernador de la 
conveniencia que habría en montar una expedición para 
reducir á los infieles de los desiertos del sur de Bue- 
nos Aires. En 170(3 otra real cédula ratificaba las ante- 
riores que extendían la jurisdicción del gobernador de 
Buenos Aires sobre la Patagonia, Estrecho de Magalla- 
nes y Tierra del Fuego. Por esto fué que don Juan José 
de Vertiz, gobernador entonces, solamente, legisló repe- 
tidas veces sobre los indios de los desiertos del sur de 
Buenos Aires; y en 1772 envió en esa dirección una 
expedición á las órdenes de los oficiales don Ramón 
Euía y don Pedro Ruíz. En la cédula por la cual Car- 
los III creí) el virreinato de Buenos Aires se establece 
que la jurisdicción de éste se extiende hasta la cordi- 
llera de los Andes por la parte de Buenos Aires. En 1782 
el piloto don Basilio Villarino exploró el río Negro por 
cuenta y orden del gobierno de Buenos Aires ; y en 
las memorias de los virreyes, en la de Vertiz principal- 
mente, se encuentran otros documentos que corroboran 
tales antecedentes, ('j En el capítulo sobre Malvinas se 
ha visto cómo el estado' soberano de Buenos Aires ejerció 
desde 1823 hasta 1829, una serie de actos de posesión 
sobre sus territorios por el lado de Magallanes; y en el 
tomo 1°. de esta obra se ha dado cuenta de las expedi- 
ciones verificadas por el gobierno de Buenos Aires sobre 
sus desiertos del sur. Éstas se repitieron en 1858 por 
los auspicios del mismo gobierno y en virtud de sus 
mismos derechos á esos territorios que nadie le disputó 
y que estaban consignados en su Constitución de 1854. 
Hasta esta época, pues, los territorios que se ex- 
tienden por el lado de Santa Fe hasta Melincué; por 



(') Véase la Revista del Archivo de Buenos Aires, ^^ov el señor 
Manuel R. Trelles. 



— 175 — 

Mendoza hasta la línea de San Rafael; por el oeste 
hasta la cordillera de los Andes, y por el sur hasta 
Magallanes, pertenecían de hecho y de derecho á la 
provincia de Buenos Aires: — 1°., por el deslinde y repar- 
tición que de sus provincias ordenó Cjue se hiciera el 
rey de España, según cédulas y documentos fehacientes^ 
y consiguiente jurisdicción no interrumpida que sobre- 
aquéllos tuvieron los gobernadores intendentes de Bue- 
nos Aires, aun después de creado el virreinato de este 
nombre; 2'\, por la posesión continuada y actos de do- 
minio que ejercieron los gobiernos provinciales de Bue- 
nos Aires desde 1810 hasta 1832, sin que ni los triun- 
viratos, ni directorios que mediaron, disputaran jamás 
ese derecho; 3°., por la ocupación militar, establecimientos 
y poblaciones que realizó en esos territorios el ejército 
de Buenos Aires, en nombre de esta provincia, y de 
acuerdo con las provincias limítrofes confederadas, pero 
soberanas é independientes según el pacto de enero de 
1831, y según sus leyes fundamentales; — 4°., por el 
asentimiento con que todas las provincias de la anti- 
gua unión argentina acogieron las declaraciones oficia- 
les y comunicaciones en las cuales el gobierno de 
Buenos Aires fijaba aquellos límites á esta provincia. 

Cuando se operó la reorganización argentina, la Cons- 
titución Nacional dejó á salvo aquel pacto y los corre- 
lativos, por lo que hacía á la provincia de Buenos Aires; 
y reconociendo, por consiguiente, los derechos que ésta 
se había creado como Estado soberano, por sí, y con 
relación á las demás provincias, soberanas también é 
independientes en la época de la separación administra- 
tiva en que habían estado. Así, ni durante la presidencia 
del general Mitre, ni durante la del general Sarmiento, el 
Congreso argentino dictó disposición alguna que desco- 
nociera el derecho de la provincia de Buenos Aires á 



— 176 — 

ios territorios que poseía desde que era capitanía gene- 
ral de España y que conservó á precio de grandes sacri- 
íicios. Ha sido bajo la presidencia del doctor Avellaneda 
cuando el Congreso dictó una ley de 4 de octubre de 
1878, por la que se declaran territorios nacionales los 
que pertenecen á las provincias contratantes de 1833, y 
se arrebata sólo á Buenos Aires más de ocho mil leguas 
de territorio que siempre le perteneció; limitando éste 
€n la línea del río Negro hasta encontrar el grado 5° de 
longitud occidental, y la del mismo grado S*' en su pro- 
longación norte hasta su intersección con el grado 35 
de longitud. Esta arbitrariedad fué contestada por el 
gobernador de Buenos Aires en su mensaje del año 1879; 
y ello, como el voto de la opinión pública, es la única 
protesta que subsistirá hasta que una justicia severa 
presida la resolución que debe recaer en ese punto im- 
portantísimo del derecho federal argentino, en el que va 
envuelto un ataque sin precedente á la soberanía de las 
provincias de Santa Fe, Córdoba, Mendoza, San Luis y 
Buenos Aires. 

La facultad del Congreso argentino (art. 67, inc. 14) para 
demarcar límites nacionales sólo puede ejercitarse induda- 
blemente respecto de aquellos límites que no han sido 
fijados todavía, ó que son contestados; pero jamás res- 
pecto de los que se apoyan en títulos que datan de dos 
siglos, ni de los que han sido fijados y reconocidos 
hace cincuenta años por actos públicos de las provincias 
federales limítrofes, y en uso perfecto de la soberanía 
ordinaria y extraordinaria que investían, separadas ad- 
ministrativamente las unas de las otras en virtud de 
pactos que la misma Constitución Nacional ha dejado 
á salvo. El Congreso ha violado, pues, los derechos im- 
prescriptibles de cuatro provincias federales. Y es de 
advertir, además, que la demarcación de límites de 



— 177 — 

1878 fué hecha sin consultar previamente á las provin- 
cias interesadas, y a j)riori, por decirlo así ; pues por la 
misma ley á que me refiero, se autorizaba al Poder Eje- 
cutivo para invertir hasta la suma de un millón seis-- 
cientos mil pesos fuertes con el objeto de llevar la línea 
de fronteras sobre la margen izquierda del río Negro y 
Neuquen. 

Los contemporáneos que hasta la aparición de este 
libro pocas noticias tenían de la expedición al desierto 
en 1833. y que han visto cómo se ejecutó esa ley de 
1878, se preguntarán: si Rozas desalojó á los indios 
desde Bahía Blanca hasta las cordilleras y desde la 
frontera de Mendoza hasta Magallanes, ¿cómo es que 
«n 1879 se emplearon dos millones de duros y todo el 
ejército de línea argentino para batir los indios en 
esos mismos desiertos? Es evidente que las divisiones 
de Rozas concluyeron las indiadas que recorrían toda 
aquella vasta extensión de territorio. Los únicos indios 
á los cuales no pudo reducir fueron los indios arauca- 
nos que. unidos á los ranqueles se habían batido con 
las divisiones de Aldao y Huidobro, y que al saber que 
venía sobre ellos Rozas por un lado, y el general Rui- 
nes por el lado de Chile, se sometieron á las condicio- 
nes que este último les impuso. Si no hubiesen mediado 
en Chile las circunstancias que obligaron al general 
Bulnes á faltar al plan acordado con los gobiernos de 
Buenos Aires, Córdoba y Mendoza; si en vez de hacer 
una paz poco duradera con los indios chilenos y ran- 
queles, consintiéndoles su permanencia en los valles de 
las cordilleras, los hubiera atacado hasta arrojarlos al 
oriente de las mismas, esos indios habrían sido con- 
cluidos por las divisiones victoriosas del general Pacheco 
y del coronel Ramos. Los que hubiesen pretendido es- 
capar por el exterior del río Negro habrían sido con- 

TOMO II. 12 



— 17.S — 

cluídos igualmente por la división que fué á Valchetas.. 
Y si algunos lo hubiesen pretendido por el interior del 
río Colorado, habrían sido también concluidos por las 
dos divisiones de indios pampas que con cuatro com- 
pañías de línea Rozas había enviado al país de los 
ranqueles. ( ' ) Por otra parte los indios pampas y te- 
huelches de Catriel, Cachul y Chañil, vivieron tranqui- 
lamente hasta 1852 del pastoreo y comercio de pieles. 
Ha sido después del año de 1852, cuando esos indios 
y los ranqueles, invocando los rigores de los gobiernos 
que levantaban las luchas civiles, asolaron las provin- 
cias fronterizas, viniéndose por el sur de Buenos Aires 
hasta el Tandil, por el oeste hasta el Saladillo, y por 
el norte hasta el Pergamino, y destruyendo después 
las varias expediciones que organizaron esos gobiernos 
hasta el año de 1870. 

La conquista del desierto que llevó á cabo Fiozas 
en el año de 1833. y la acción lenta del tiempo, ejer- 
cida á través de las continuas correrías del salvaje, 
habían acabado con casi todos los indios, cuando nueve 
mil veteranos argentinos (-) á las órdenes del general 
Julio Roca penetraron en esos desiertos con el objeto 
de fijar la línea de fronteras sobre el río Negro y Neu- 
quen. El general Roca le asignó á la obra de Rozas la 
trascendencia que le daba la fuerza de las cosas, cuando 
él mismo amplió su plan en razón de las facilidades 
que le brindaban las operaciones que Rozas llevó á 
cabo y que Roca completó ocupando militarmente esos 



(í) Véase en el apéndice á este tomo la carta de Rozas fechada 
en Soutliampton á 17 de septiembre de 1870, la cual contiene datos 
importantes sobre este particular, corroborados por los documen- 
tos que se han visto en este capitulo. 

(2) Cuando se cumplió la ley que confería una medalla á los 
que hubiesen pertenecido al ejército expedicionario del rio Ne^'i'o 
en 1879, resultaron premiados 101 jefes, 500 oficiales y 9090 soldados. 



— 179 — 

desiertos hasta las faldas de los Andes, donde ya hoy 
se levantan centros de trabajo y de civilización. «Ámi 
juicio, escribía el general Roca al ministro de la guerra 
coronel Adolfo Alsina, el mejor sistema de concluir con 
los indios, ya sea extinguiéndolos ó arrollándolos del 
otro lado del río Negro^ es el de la guerra ofensiva que 
es el mismo seguido por Rozas, quien casi concluyó con 
ellos. » Y una vez que desenvuelve su plan, el general 
Roca agrega: «doscientos hombres armados bastarían 
para hacer la policía del oasis ranquelino, evitando que 
nuevas inmigraciones araucanas vengan á hacer su nido 
en él, COMO sucedió después que Rozas lo dejó limpio, 
por el abandono que nuestras guerras civiles nos han 
obligado á hacer de las fronteras. » ( M 

«Los indios no se multiplican como los cristianos, 
decía á este respecto un eminente estadista argentino. 
El general Roca lo ha visto, y á él se le debe en 
mucha parte el descubrimiento de una verdad que 
ocultaban los mirages de la Pampa: no había ta- 
les indios! No son ni Roca, ni Alsina, ni Gainza, los 



(M Véase esta carta datada en Rio IV á 19 de octubre de 1875, y 
publicada en el Esludio topográfico sobre la Pampa y el rio Negro 
por el teniente coronel Manuel J. Olascoaga, páginas XXII y XXIII. 
Fuera de estas declaraciones que tanto honran al general koca, el 
citado libro no contiene referencia alguna acerca de la campaña al 
desierto en 1833-1834; siendo de advertir que muchas de las opera- 
""•iones y de los trabajos realizados por el ejército expedicionario en 
1879, y de que da cuenta el mismo libro, son idénticamente los mis- 
mos que practicó el comandado por Rozas; y que para las marchas, 
pasos, travesías, itinerario y estudio de los nos, etcétera, etcétera, 
etcétera, aquel mismo ejército ha usado y tenido presente, como es 
notorio y como se ve por el estudio comparativo de ambas expedi- 
ciones, el útilísimo Diario de operaciones, etcétera, de la División 
Izquierda en 1833, y muy principalmente el que se refiere á la van- 
guardia; como los diarios, planos y demás estudios practicados en 
aquel tiempo sobre los ríos Colorado, Negro y Neuquen, por Chiclana 
y por Delcalzi. Hasta los nombres con que los jefes de la expedición 
de 1833 bautizaron los lugares, islas, montes, cerros, etcétera, después 
de descubrirlos y de explorarlos, han sido cambiados en el libro á 
que me refiero, con arreglo á la fantasía de la época. 



— 180 — 

que los han destruido. Es la acción lenta que han ve- 
nido ejerciendo un siglo de lucha, la propia vida salvaje 
y la falta de medios de suhsistir. No había tales in- 
dios; y hoy, meditándolo bien, da vergüenza pensar en 
que se haya necesitado un poderoso establecimiento mi- 
litar, y á veces ocho mil hombres para acabar con dos 
mil lanzas que nunca reunirán los salvajes. Calfucurá 
fué destruido por el general Rivas... Alsina destruyó 
á Catriel, y la obra íinal, meritoria, digna de un general, 
es la que ha emprendido el general Roca con todo el 
poder militar de la nación. » (') 

El testimonio de los más valientes adversarios de 
Rozas; el no menos autorizado del general en jefe del 
ejército expedicionario al desierto en 1879, corroboran lo 
que dicen los documentos, y lo que atestiguan también 
las personas que formaron parte de la División Izquierda 
en 1833, es á saber: que con las solas fuerzas de esta 
división. Rozas concluyó con los indios del desierto; y 
que á no liaber sobrevenido la guerra civil que azotó la 
República, habría concluido con los ranqueles y tam- 
bién con los chilenos combinando sus fuerzas con las 
de Chile como estaba proyectado. 



(') El Nacional redactado por el general Sarmiento. Véase el 
editorial del 17 de julio de 1879. 



CAPITULO XXIII 



REVOLUCIÓN DE LOS RESTAURADORES 



( 1833 ) 



Sumario : I. Los actos de partidario del general Balcarce y sus compromisos con el 
partido federal. — II. En razón de éstos los federales lo llevan al gobierno: 
sus declaraciones como gobernador. — III. Balcarce se divorcia del partido 
federal y se propone abatir la influencia de Rozas. — IV. Perfil del general 
Enrique Martínez, ministro de la guerra. — V. Medidas de éste contra el 
partido federal y contra Rozas. — VI. La mayoría federal y la minoría de 
los lomo-negros. — VII. El poder ejecutivo suspende las elecciones cuando 
los federales triunfaban. — VIII. Proyecto de los diputados Olazábal élriarte 
sobre libertad de imprenta. — IX. Idea general de la prensa de 1833 : las 
hojas federales y las de los lomo-negros. — X. Los hombres del gobierno 
en la prensa.— XI. El Constitucional y El Restaurador de las Leyes.— 
XII. La virulencia de la prensa y la agitación popular. — XIII. Comisiones 
que se acercan al gobernador. — XIV. Llamamiento que le hace la prensa 
opositora. — XV. El poder ejecutivo acusadlos diarios de oposición. — XVI. 
Juicio de El Restaurador de las Leyes— XVII. Tumulto en la plaza de la 
Victoria : los descontentos se retiran á Barracas. — XVIII. Los revolucio- 
narios dominan la campaña : el general Pinedo nombrado jefe del movi- 
miento. — XIX. Conferencia de la comisión de la legislatura con el general 
Pinedo. — XX. Éste se limita á la defensiva y pide la renuncia de Balcarce. 
XXI. Balcarce manda batir á los revolucionarios y queda estrechado en la 
ciudad. — XXII. Pinedo declara que tomará la ofensiva.— XXIII. Los re- 
volucionarios avanzan sobre la ciudad : Balcarce somete su continuación 
en el mando á la decisión de la legislatura. — XXIV. El acuerdo de la 
legislatura : la intimación del general Pinedo : la legislatura exonera á 
Balcarce y nombra á Viamonte.— XXV. Respuesta de Rozas á la orden 
del ministro de la guerra de que dicte medidas para restablecer el orden. 
— XXVI. Lo que se propondría con esto el ministro de la guerra.— XXVII. 
Prescindencia de Rozas en la revolución de octubre. — XXVIII. Único re- 
sultado de la conspiración oficial de 1833. 



Mientras Rozas conquistaba los desiertos, como queda 
referido en los dos últimos capítulos, un cúmulo de 
circunstancias preparaba en Buenos Aires los sucesos 
que terminaron á mediados de octubre de 1833, con la 
revolución llamada de los restauradores. Para apreciar 
estos sucesos se debe tener presente lo dicho respecto 
de la composición de los elementos que robustecieron 
la influencia política de Rozas en 1829, y que se refun- 
dieron en opinión compacta para apoyar á éste en el 
gobierno. El general Juan Ramón Balcarce y los amigos 
que le atraían su renombre histórico y sus nobles pren- 



— IS'2 — 

(las, aceptaron sin reserva esa política. En su carácter 
de ministro de la guerra bajo el gobierno de Rozas, 
Balcarce prestó su concurso á la reorganización de Bue- 
nos Aires y al triunfo del partido federal que la llevaba 
á cabo. Nombrado comandante en jefe del ejército de 
reserva contra el general Paz, contribuyó á afianzar el 
partido federal en Córdoba, llegando en nombre de sus 
compromisos y de su fe política á contestar á las in- 
sidiosas declaraciones del gobernador Ferré que « el único 
juez para juzgar del desempeño de sus deberes públi- 
cos era el brigadier don Juan Manuel de Rozas». (') 

Balcarce era, pues, de los personajes más conspi- 
cuos del partido federal en Buenos Aires cuando ter- 
minaba el período gubernativo de Rozas. — Anchorena, 
García, Guido, Roxas, Viamonte, Terrero y Pinto, que 
eran candidatos, comprendían que Balcarce reunía las 
condiciones que las circunstancias imponían al que su- 
cediese á Rozas. — Alvear, Sarratea y Soler suscitaban 
algunas resistencias. Don Manuel Moreno estaba en 
Londres. Balcarce era quien satisfacía las exigencias 
generales; y así lo declaró el mismo Rozas á una de las 
comisiones de la legislatura cuando ésta insistía en 
reelegirlo. Al recibirse del gobierno Balcarce prometió 
«no olvidar el digno modelo que le presentaba su an- 
tecesor»; y en la circular en que comunicaba su elección 
á los gobiernos de provincia les decía que « los prin- 
cipios consignados por su ilustre antecesor el señor bri- 
gadier Juan Manuel de Rozas, formarían inalterablemente 
la política de su gobierno en Buenos Aires ». 

Pero el general Balcarce, movido por la influencia absor- 



(') Véase Vindicación de los generales Balcarce y ]Martíuez, in- 
serta en la colección de documentos sobre las especies vertidas i)or 
el gobernador de Corrientes contra la provincia de Buenos Aires, 
(1832). 



— 183 — 

beiite de su ministro de la guerra el general Martínez, 
mostró bien pronto su tendencia á independizarse del 
partido que lo levantó y de los hombres que lo rodea- 
ban; y, más que todo, á abatir los prestigios políticos de 
Rozas, que era el jefe aclamado de ese partido. Para esto 
se propuso crear un partido suyo que lo sostuviera, y 
■cohonestar de todos modos la obra de la conquista del 
desierto. Lo primero era, al sentir del general Martínez, 
necesario para impedir que Rozas volviera al gobierno; 
y lo segundo, para que éste no se entronizase apoyado 
en el ejército con que volvería victorioso. Con pobres 
razones explicarían estos procederes los que entonces se 
llamaban enemigos de Rozas por aquello de que, en polí- 
tica, quien produce hechos culminantes, llama á sí los 
dardos de quienes viven de la pretensión de producirlos. 
Y por benéfica que se antojara esta tentativa contra un 
hombre que, á expensas de su influencia personal, compro- 
metía á la sazón las armas de su patria en una expedición 
de singular trascendencia, el hecho es que no acertó ni aún 
con las circunstancias que le servían de fundamento. Ro- 
zas, no solamente licenció la división Izquierda imediata- 
mente que ésta hubo terminado la batida general de los 
desiertos, sino que volvió al gobierno y se mantuvo en 
éste por el voto de la opinión pública; que ha sido el 
suyo el único gobierno fuerte que jamás se apoyó en 
el ejército. 

El general Enrique Martínez había sido uno de los 
jefes más antiguos del ejército de los Andes. Su auda- 
cia y su pericia militar valiéronle justo renombre en 
■Chile, Perú y en todas las campañas que hicieron las 
armas argentinas por la independencia de la América 
del Sur. San Martín fué su amigo; Bolívar lo distin- 
guía, y Arenales, Las Herasy Necochea lo elogiaban. Era 
un militar de escuela que había acometido empresas 



— 184 — 

bien difíciles para sentirse sin fuerzas cuando quisiera 
acometer cualquiera de las que les sugiriesen sus bríos- 
geniales y su marcada predisposición á dominar sóbrelos 
que le rodeaban. Pero carecía de las condiciones y del co- 
nocimiento de los hombres y las cosas que debe tener ua 
político para no fracasar al principio del camino. Sin 
haber rolado en la política militante, no pudo persua- 
dirse de que los jefes de partido no se imponen á sí 
mismos; sino que surgen en pos de los hechos que pro- 
ducen y del modo cómo se vinculan al sentimiento y 
á la idea de la colectividad que llegan á representar. 
Sin otro antecedente político que el de su cargo de mi- 
nistro de la guerra, pretendió crear un partido como 
se crea un batallón, y comenzó desde luego á dar la 
franca y estentórea voz de mando... 

una de sus primeras medidas fué repartir ciertos 
cargos de importancia entre sus parientes y amigos los- 
generales Olazábal, Espinosa, Iriarte y otros, quienes,, 
á estar á las publicaciones de la prensa federal de esos 
días, estaban en correspondencia y unidad de miras con 
los directores del partido unitario, residentes en el Es- 
tado Oriental. Esto tenía su explicación. Pero lo qu& 
no se explica sino como alarde de crueldad, es la reso- 
lución del ministro Martínez de negarle á la división 
expedicionaria al desierto, toda clase de recursos así en 
armas, caballos y ganados, como en los artículos indis- 
pensables para su entretenimiento. Es de advertir que 
la legislatura había votado fondos para dicha expedi- 
ción, y que el motivo de la escasez del erario, que adu- 
cía el ministro para negarlos, era desvirtuado por la 
prensa que denunciaba algunas larguezas de mero lujo 
personal á expensas de los dineros del Estado. Esta 
fué quizá la única comunicación del ministerio al ge- 
neral de la división expedicionaria. Á los partes que- 



— 185 — 

dirigía Rozas acompañando diarios de observaciones 
astronómicas, de navegación, de marchas difíciles y sin 
precedente en el país, el ministerio respondía con sim- 
ples acuses de recibo, y la prensa ministerial con diatri- 
bas tendentes á demostrar que la expedición fracasaría 
porque el gobierno le negaba su apoyo á Rozas. Y como 
viese que á pesar de todo, y sin manifestar en modo 
alguno su resentimiento. Rozas continuaba con éxito 
singular esa campaña, el ministerio se propuso entonces 
destruir el ejército expedicionario fomentando la suble- 
vación de los indios reducidos en Tapalqué y Salinas, 
y de algunos de los jefes y oficiales de su devoción que á 
ese ejército pertenecían, según se ha visto en el capítu- 
lo anterior. 

La conducta del poder ejecutivo era tanto más inhá- 
bil cuanto que la serie de medidas que la acentuaban, 
le enagenaba la voluntad del partido federal; y él no se 
creaba, no podía crearse elementos propios que lo sos- 
tuvieran en el momento en que se produjera la crisis 
que él mismo provocaba con más valentía que prudencia. 
Mucho menos que un plan seriamente meditado, la con- 
ducta del gobierno tenía los contornos de una aventura 
política cuyo éxito dependía del acaso. No obstante, el 
ministerio había conseguido formar su núcleo en la le- 
gislatura y atraerse á sí algunos hombres de relativa im- 
portancia como Ugarteche, Cavia, del Campo, Cernadas, 
Martínez, Rubio, Galván, Zavaleta. Navarro, Valencia, 
Bustamante, Barrenechea, etcétera, quienes con los ge- 
nerales Olazábal, Espinosa, Iriarte y los amigos perso- 
nales de Balcarce, iniciaron la formación del partido de 
los lomo-negros; así llamados por el color de las listas 
de candidatos á diputados que el ministerio se propuso 
hacer triunfar en las elecciones de junio de ese año. 

El día IG fueron á las urnas los federales, fiados en 



— 186 — 

SU gran mayoría, y los lomo-negros fiados en la influen- 
cia oíicial que los apoyó desde la mañana. El elemento 
militante de estos últimos, dirigido por el general 01a- 
zábal, tomó posesión á viva fuerza de los comicios de 
la Concepción, San Nicolás, Piedad, San Telmo y Bal- 
vanera, lo que ocasionó desordenes sangrientos. Resta- 
blecido el orden en virtud de concesiones mutuas de 
los partidos, y cuando los federales llevaban el triunfo, 
el poder ejecutivo mandó suspender las elecciones. (') 

El elemento antifederal de la legislatura creía servir 
los propósitos del ministerio derogando el decreto de 
1°. de febrero de 1833, restrictivo de la libertad de im- 
prenta, y restableciendo la ley de 8 de mayo de 1828, 
que era poco menos restrictiva. « La patria, dbCía el ge- 
neral Olazábal (-) al fundar ese proyecto en la cámara 
de representantes, exigió grandes sacrificios para recon- 
quistar sus libertades que le fueron arrebatadas igno- 
miniosamente, y es ella misma, libre hoy de traición y 
de discordia, la que reclama de los depositarios de sus 
más sagrados derechos la remuneración de tantos sa- 
crificios. Oigamos, pues, el grito de la razón ilustrada, 
sentida por nuestra propia experiencia, y encargados 
como estamos del depósito sagrado de las libertades 
públicas, recordemos á fin de conservarlas, que hemos 
prestado ante el Eterno y la patria el juramento de 
sostenerlas. » Los partidos militantes se posesionaron 
de la hermosa libertad de la prensa, que tan fácilmente 
se desnaturaliza; y por un momento se inició en Bue- 
nos Aires el movimiento de ideas progresistas que ras- 
tros tan luminosos dejó la prensa de 1821 á 1827. 

Pero El Centinela, La Abeja Argentina, El Ambigú, 



(M Véase El Lucero del 18 de junio de 1833. 

(2) Véase Diario de sesiones, sesión del 7 de junio de 1833. 



— 187 — 

El Argos, El Tribuno, El Mensajero Argentino, y demás ho- 
jas que propagaron y operáronla revolución social trabaja- 
da por Rivadavia, habían hecho su época. La prensa del 
año de 1833 perseguía tan sólo los propósitos inmedia- 
tos de la opinión que la empujaba. Inspirábase en el' 
absolutismo que excluía al adversario del gobierno y de 
la sociedad, en razón del derecho bárbaro que había 
creado cada partido político cuando estuvo en el poder. 
Haciendo de lado las ideas orgánicas, la prensa discu- 
tía los conatos de los hombres y las aspiraciones de 
las muchedumbres. Y estos conatos y aspiraciones se 
reducían á conservar las cosas de modo á presentar ma- 
yores facilidades á los personajes ó jefes de partido á 
quien respectivamente exaltaban. Sobre esto únicamente 
versaba la diferencia que mantenía en dos campos in- 
transigentes á la prensa del año 1833. (^) En ello iba apare- 
jado su propio proceso; pues más valía no hacer alarde de 
la libertad de imprenta que hacer uso de ésta para 
fines tan limitados como serviles. 

De un lado El Defensor de los derechos del pueblo, El 
Amigo del País, El Patriota, El Constitucional, El Iris, 
portadas con lemas hermosos, pero desmentidos á ren- 
glón seguido; y una multitud de papeles sueltos que se 
reproducían como las moscas, por lo mismo que surgían 
de los desechos del mal gusto, los cuales descargaban 
toda su bilis contra el partido federal y contra Rozas 
en lenguaje licencioso. De otro lado El Restaurador de 
las Leyes, La Gaceta Mercantil, El Diario de la Tarde, El 
Rayo, El dime con quien andas. El Federal neto, y una 
barahunda de hojas que acusaban el mal gusto de la 
época, estrujado por la noción más vulgar de la decencia 
pública, como eran: El Cacique Chanil, El loco machuca- 

{^) Véase El Lucero de 3 de julio de 1833. 



— 188 — 

batatas, El toro embretado, La Ticucha, Crítica de unos 
tenderitos, El Gaucho del Colorado, El Compadre Mateo, 
Los cueritos al sol, la cual fustigaba á Balcarce, á su 
ministro de la guerra y á los lomo-negros. 

Lo singular es que los hombres del gobierno atizaban 
el escándalo descendiendo á esas hojas para recoger los 
insultos de sus opositores. El general Martínez, ministro 
de la guerra y alma del gobierno, como queda diclio^ 
lanzábales públicamente retos como éste: «Mientras que 
la vida pública del ministro de la guerra sea la de un 
patriota, enemigo de la tiranía, amigo de las leyes y de 
todas las libertades públicas, la privada se le importa 
muy poco que se la saquen, porque llegado el caso -el 
telón se correrá y sin tapujo alguno (porque no los usa) 
publicará la de todos los enemigos de la libertad, fir- 
mando como lo hace ahora: Martínez. » Su adlátere el 
arrogante general Félix de Olazábal escribía también 
en caracteres notables un otro reto así concebido: «Que- 
dan autorizados para sacar sin reserva todo cuanto quie- 
ran respecto de la vida pública y privada del que firma. 
Entre traidores y patriotas, morales é inmorales, se hará 
la clasificación. » 

El Constitucional que redactaba valientemente el doc- 
tor Miguel Valencin, y El Restaurador de las Leyes en- 
el cual ensayaba don Nicolás Marino sus dotes de pe- 
riodista, revelaban con colores cada vez más sombríos 
el cuadro general de una situación violenta, cuyo des- 
enlace era fácil de preverse. « El gobierno, escribía El 
Constitucional, se halla en el deber de rodearse de sus 
amigos, estando uniformado el ministerio. Toda consi- 
deración formal con los que hostilizan á la sociedad y se 
preparan públicamente á echar mano de las vías de he- 
cho, es perjudicial á los intereses del Estado. Los que 
hostilizan el gobierno legal se han puesto en entredicho 



— 189 — 

con la sociedad, porque lo mismo es atacar al repre- 
sentante que al representado. » « El pueblo, contestaba 
El Restaurador de las Leyes, se ha convencido de que son 
los Decembristas unidos á algunos federales traidores, 
los que suscitan nuevos trastornos; los que se han 
apoderado de los caudales públicos, y monopolizado los 
empleos en ciertas y determinadas familias... despeda- 
zando todas las reputaciones por la prensa, penetrando 
hasta la vida privada y llamándonos infames libelistas; 
amenazando con arrancar de su asiento á los represen- 
tantes del pueblo, fundando una cofradía de hermanos 
de la pura y limpia, y diciendo que defienden el régi- 
men constitucional, y que nosotros somos partidarios 
del arbitrario ; celebrando contratos onerosos y prodi- 
gando á los suyos los dineros públicos, para decir que 
ellos son íntegros y que nosotros somos ladrones; pro- 
clamando la omnipotencia del poder ejecutivo cuando 
su ministerio está dividido y sin poder marchar; por- 
que en vez de porteños son orientales los que gobiernan. 
Y se dicen doctrinarios, ilustrados y hombres de pro- 
greso, y nos llaman malvados, duros, retrógrados y 
anarquistas, atrayendo así á varios de los criminales 
que han atentado últimamente contra la vida de ciuda- 
danos pacíficos y conocidos, para robustecer con ellos 
la acción de un gobierno constitucional, y llamándonos 
defensores de la tiranía. » ( * ) 

La prensa se excedía en virulencia á medida que 
crecía la agitación contra el gobierno. Pretextando re- 
presalias, lapidaba en términos soeces á Martínez, 01a- 
zábal, Iriarte y demás adictos al gobierno; ó á Rozas, los 



{^) Véase El Restaurador de las Leyes del 25 de septiembre de 
1833, donde Marino recapitula y comenta los principales actos guber- 
nativos que daban armas á la oposición. 



— rjo — 

Aiu'horena, Arana. Roxas. Maza. García Zúfiiga y demás 
prohombres del partido federal. Y penetrando en el hogar 
doméstico, insultaba ;i las damas y á las familias, y 
muy principalmente á una matrona de distinción como 
doña Encarnación Ezcurra de Rozas. Ningún hombre 
público, ni sus esposas y familias y actos privados, se 
salvó de los ataques de ese monstruo político que des- 
truye las reputaciones, la libertad y el orden, y que 
se llama prensa licenciosa. El escándalo llegó á su col- 
mo cuando al anuncio del Defensor de los derechos del 
pueblo, de que el partido gubernista había de luchar 
brazo á brazo el día de las elecciones para integrar la 
legislatura, respondía franca y resueltamente El Restau- 
rador de las Leyes : « no hay transacción : el pueblo por- 
teño no capitula. La opinión pública no cede á los 
caprichos de un oriental. » 

El gobernador Balcarce liabía sido respetado en lo 
más recio del combate, por las simpatías que le atraían 
sus prolongados servicios á la patria y por la creencia 
general de que todos los actos que sublevaban la oposi- 
ción eran obra del ministro de la guerra. A pesar de que 
cada día se veía más aislado y más comprometido, no se 
resolvía á tomar medidas que desarmasen la oposición 
é hiciesen posible su gobierno. Varias comisiones de 
notables se dirigieron á él para pedirle que diese un 
corte digno á la situación, de acuerdo con sus decla- 
raciones y con sus compromisos. Entrando en detalles le 
insinuaron integrar la legislatura con hombres conocidos 
de ambos partidos, separar al general Martínez del minis- 
terio de la guerra y formar su ministerio mixto. Bal- 
carce, completamente ganado por su ministro, respondió 
que eso sería una cobardía de su parte, que estaba 
dispuesto á hacerse respetar ó á sucumbir en la contienda. 
Por su parte la prensa opositora llamó también al 



— 191 — 

patriotismo del general Balcarce. Al recordarle lo que 
debía á su nombre y á sus glorias de Suipacha, Tucumán, 
Montevideo, etcétera, decíale El Restaurador de las Leyes: 
«Cuál es, señor, el muro formidable contra el cual se 
estrellan vuestros nobles sentimientos? Es, señor, un 
favorito funesto? Volved sobre vos, y acordaos de vues- 
tro amigo el inmortal Dorrego. Cucántas veces oísteis 
de su boca cuando erais su ministro las quejas que 
vertía por la couducta de vuestro primo? ¿No estáis 
evidentemente persuadido de que vuestro primo era el 
que debía hacer estallar el movimiento del 1°. de diciem- 
bre de 1828, y que el general Lavalle, por mayor ascen- 
diente entre los jefes y oñciales, previno una ejecución 
que los dos apetecían?» Y después de apelar á la recta 
conciencia de Balcarce, le recordaba algunos hechos 
recientes y notorios de su ministro de la guerra y de 
los que lo rodeaban íntimamente, y agregaba : « Acor- 
daos, señor, cómo os incomodabais cuando erais ministro 
del general Rozas, con persona que declamaba por el poco 
uso que se hacía de las facultades extraordinarias, y 
que decía que ellas no habían sido dadas para conser- 
varlas en el bolsillo; acordaos de los lazos que os unen 
con don Juan Manuel de Rozas; que este ciudadano nunca 
ha figurado en la escena política sin unir á su destino 
el vuestro... Volved, señor, sobre vuestros pasos... apro- 
vechad del aprecio que aun se os conserva: este es el 
único camino para salvaros y para salvar á la Provincia: 

TODAVÍA ES TIEMPO.» (') 

El gobernador Balcarce no quiso ceder á estas indi- 
caciones de la opinión, las cuales, aunque fuesen inte- 
resadas, se fundaban en una lógica cuya fuerza no 



{ ' ) Véase El Restaurador de las Leyes del 30 de septiembre de 1833. 



— 199 — 

podía aquél desconocer. Con tal negativa recrudeció 
la agitación y la procacidad de la prensa oposi- 
cionista, lanzada en el terreno revolucionario para de- 
mostrar que el gobierno no llenaba su misión. Por su 
parte, el gobierno acuarteló sus fuerzas, aseguró los 
cargos militares en jefes de su devoción, y ordenó al 
fiscal de Estado que acusara los diarios que abusaban 
de la libertad de imprenta. El fiscal doctor Pedro J. 
Agrelo acusó un diario ministerial: El Defensor de los 
derechos del pueblo, y cinco oposicionistas: El Restau- 
rador de las Leyes, La Gaceta Mercantil, El Relámpago, El 
Rayo y el Dime con quien andas. La acusación se dirigía 
contra El Restaurador y no se extendía como se ve, á 
El Constitucional, El Amigo del País y demás hojas guber- 
nistas tan procaces como aquéllas. 

La acusación á El Restaurador de las Leyes le pre- 
sentó á la oposición la oportunidad para producir el 
desenlace que venía provocando la política intransigente 
del gobierno. En la madrugada del 11 de octubre, que era 
el día designado para la reunión del jury que debía cono- 
cer de aquella acusación, se fijó en los puntos más cén- 
tricos de la ciudad y suburbios, carteles donde se anun- 
ciaba que á las diez de la mañana se iba á juzgar á 
El Restaurador de las Leyes; « equívoco malicioso cuya per- 
fidia se deja traslucir de suyo y no necesita comentario», 
según decía el gobernador Balcarce al dar cuenta de estos 
sucesos á la legislatura. (') Mucho antes de la liora 
fijada para el juicio, las galerías de la casa de justicia 
fueron ocupadas por grupos numerosos á los cuales repar- 
tían consignas los comandantes Nicolás Montes de Oca, 
Martín Hidalgo, José María Benavente, don Francisco y 
don Agustín Wright y los comisarios Chanteiro, Chavarría, 

(') Véase el apéndice. 



— 193 — 

Robles, Cuitiño, Piedrabuena, Alarcón, Cabrera y Parra. ( ') 
Cuando se abrió la sesión del jurado, la reunión pasaba 
de dos mil ciudadanos. 

El gobernador mandó redoblar la guardia de la cárcel 
y formó las fuerzas que había reconcentrado en el Fuerte. 
Los grupos de pueblo aumentaban cada vez más frente 
á la casa de justicia. La guardia veterana quiso desalo- 
jarlos de las galerías; pero los que llevábanla dirección 
del movimiento popular manifestaron enérgicamente su 
voluntad de permanecer allí en nombre de un derecho 
que nadie podía coartarles. El oficial mandó cargar las 
armas. Alguien anunció que el juicio no podía tener lugar 
por falta de jurados. Entre protestas de los unos y ame- 
nazas de los otros, los grupos populares retrocedieron 
hasta la pirámide de mayo. Un mendigo prorrumpió en 
gritos de ¡Viva el Restaurador de las Leyes! La guardia 
veterana desplegó en batalla. Dos gendarmes se apode- 
raron del mendigo. Y entre el choque de las armas y 
las inauditas vociferaciones que se confundían sucesi- 
vamente como espumas bramadoras de un mar embra- 
vecido, esa masa de hombres á pie, á caballo, se precipitó 
fuera de la plaza en dirección á Barracas, donde se orga- 
nizó militarmente. (") 

El general Balcarce se preparó á la represión confian- 
do el mando de las fuerzas de la ciudad á los generales 
Olazábal é Iriarte, ordenando al general Espinosa que 
batiese á los revolucionarios y al general Izquierdo y 
al coronel Cortina que batiesen las fuerzas que reunía en 
el sur el general Prudencio Rozas. Pero estas medidas 



(*) Véase el apéndice. 

(2) Véase la nota del fíeneral Balcarce á la legislatura, de fecha 12 
de octubre. Véase Colección de documentos conexos con los sucesos 
de octubre de 1833, por Un restaurador (don Agustín Wriglit). 

TOMO II. 13 



— 194 — 

lio le dieron el resultado que esperaba. El mismo día 
12 se trabó un combate cerca del río de Barracas y las 
fuerzas del gobierno se vieron obligadas á replegarse á 
la ciudad dejando que los revulucionarios se apoderasen 
de las armas que guardaba el comandante militar de 
Quilmes. El día 13 la reunión de Barracas se aumentó 
considerablemente con grupos de ciudadanos armados 
entre los que llegaron el general Rolón, los coroneles 
Ravelo y Quesada, los comandantes Pueyrredón, Maza, 
Wright, Benavente, Céspedes, etcétera, etcétera, y aclamó 
jefe del movimiento al general Agustín de Pinedo. Al 
oeste y norte se formaron reuniones análogas. El gene- 
ral Izquierdo y el coronel Cortina negaron su obedien- 
cia al ministro de la guerra. Todas las milicias de campaña 
se pronunciaron por la revolución. 

Dada la crítica posición del poder ejecutivo, la le- 
gislatura nombró una comisión de su seno compuesta de 
los señores García (Manuel José), Ancborena (Nicolás), 
Guido y Cernadas, para que se entendiera con el jefe de 
las fuerzas disidentes, á fin de evitar la efusión de sangre 
y restablecer el orden. Después de acordar una sus- 
pensión de hostilidades, el general Pinedo se dirigió 
á la quinta de Downes donde estaba alojada la comisión. 
Pinedo recapituló en la conferencia todos los actos del 
gobierno de Balcarce, que se han referido ya; los ca- 
lificó de hostiles á la mayoría de los habitantes de la 
Provincia, ejercidos tiránicamente por un grupo de ex- 
tranjeros que se había apoderado del gobierno: fun- 
dó en esos actos la actitud de los ciudadanos armados; 
y declaró que el único fin de éstos era elevar á la legis- 
latura una petición para que el general Balcarce bajara 
del mando, si el patriotismo de éste no le aconsejaba 
presentar su renuncia para evitar los males de que po- 
día ser teatro la Provincia. La comisión abundó en 



— 195 - 

consideraciones tendentes á demostrar lo ilógico y anár- 
quico de esa petición apoyada en las armas, y que 
quitaba á los representantes del pueblo la independen- 
cia y libertad necesarias para juzgar y resolver. Que 
la legislatura concediendo todo cuanto la prudencia 
permitía, abría un camino digno y decoroso sin men- 
gua de los derechos que reclamaban los ciudadanos ar- 
mados; puesto que. garantizando sus personas por lo 
hasta entonces sobrevenido, y restituyéndose las cosas 
al orden regular, los ponía en aptitud de ejercer ese 
derecho de petición, no bajo la presión de la fuerza, 
sino bajo la salvaguardia de las leyes. 

En la conferencia del día siguiente, el general Pi- 
nedo enseñóles á los comisionados las comunicaciones 
de todos los jefes que mandaban fuerzas en la campaña; 
y les hizo notar que el gobernador Balcarce no tenía 
base en qué apoyarse. Al marcharse los comisionados 
sin haber arribado á acuerdo alguno, Pinedo les mani- 
festó en una nota que los ciudadanos armados oirían 
con respeto toda resolución de la legislatura y se ceñi- 
rían por su parte á una estricta defensiva. «Á los hono- 
rables representantes, concluía esta nota, es dado más 
que á nadie poner término á los males que amenazan 
á la Provincia, ün pequeño esfuerzo de patriotismo 
bastará para conjurarlos; y para venir á este término. 
resoluciones espontáneas serían preferentes á las que 
debiesen su origen al uso del derecho de petición que los 
ciudadanos se proponen ejercitar.» (i) Lo que se veía á 
través de los galimatías legales del general Pinedo, — 



( ' ) Nota de la comisión de la legislatura al general Pinedo. — 
ídem del general Pinedo á dicha comisión, ídem de la misma comi- 
sión, fechada en la quinta de Downes á 14 de octubre. Conferencia 
redactada por la comisión, fechada en la misma quinta á 15 de 
octubre. 



— ]9(; — 

que era el instniínento que ponían delante los direc- 
tores del movimiento. Maza, Anehorena, Terrero, Gar- 
cía Ziíñiga, etcéter¿x, — es que la petición de que el general 
Balcarce cesase en el mando, se hacía por intermedio 
de la comisiíjn de la legislatura ; que tal petición se 
formalizaría coercitivamente si Balcarce se resistía; y 
({ue no recomenzarían las hostilidades ínter la legis- 
latura no resolviese. 

Pero simultáneamente el ministro de la guerra le or- 
denaba al general Espinosa que, aunque la comisión 
mediadora le hubiese prevenido la suspensión de hosti- 
lidades sobre los insurgentes, se pusiera inmediatamente 
en marcha sobre el Puente de Marques venciendo los 
obstáculos que encontrare. El gobernador Balcarce le 
respondió por su parte á la misma comisión que «el 
gobierno tenía medios suficientes para contener á los 
sublevados. La legislatura dejó á la responsabilidad 
del poder ejecutivo la elección de los que emplease con 
tal objeto, y se sometió de buen ó de mal grado al rol 
que le asignaron los sucesos. Pero el gobernador Bal- 
carce no contaba con esos medios. Su acción se limitaba 
á la ciudad. Todas las salidas que intentaron por el 
norte las fuerzas del gobierno, al mando de Olazábal, 
Fernández y otros, fueron sin resultado. La que in- 
tentó el general Olazábal [por la calle larga de Barracas, 
al frente de una columna de infantería, se vio obligada 
á regresar sin conseguir tampoco su objeto. 

El día 20 las fuerzas revolucionarias estrecharon el 
sitio de la ciudad, y Pinedo le dirigió una nota al go- 
bernador Balcarce en laque invocaba el patriotismo de éste 
para que renunciara su cargo. Pero el ministro Mar- 
tínez le ordenó por sí que se abstuviera de dirigir comu- 
nicación alguna al gobierno de la Provincia. En seguida 
diputó á don José Joaquín Arana con el mismo objeto. 



— 197 — 

Éste fué recibido por el general Olazábal, quien le 
declaró que el único medio de conciliaci(3n era el desarme 
de los sublevados y que el gobierno estaba dispuesto á 
someterlos. En vista de esto, el general Pinedo elevó 
á la legislatura una exposición de los liecbos ocurridos 
desde el 11 de octubre, en la que declaraba que habiendo 
agotado por su parte todos los medios de conciliación, 
56 veía obligado á tomar la ofensiva. (^) 

No obstante sus declaraciones, Pinedo no inició toda- 
vía hostilidades. Una otra comisión compuesta del 
general Díaz Vélez y de don Gervasio Rozas se enten- 
dió con don Braulio Costa y don Félix de Álzaga para 
conferenciar con Balcarce y los notables que éste convocó. 
Balcarce que sólo conservaba su cargo cá instigaciones 
de su ministro Martínez, ofreció renunciarlo al día si- 
guiente. Pero al día siguiente prevaleció la influencia 
de Martínez. (') Al amanecer del 1°. de noviembre los 
revolucionarios avanzaron sobre la ciudad por el norte, 
oeste y sur simultiineamente. ocupando algunas plazas 
y alturas importantes. El cañón del Fuerte anunció al 
pueblo el peligro. A mediodía el gobernador elevó un 
mensaje á la legislatura en el que daba cuenta de lo 
ocurrido, manifestaba los elementos de que disponía 
para sostener su autoridad con la cooperación del co- 
mandante general de campaña don Juan Manuel de 
Rozas, á quien había informado del movimiento sub- 
versivo ; y pidiéndole que resolviera lo que su sabiduría 
le aconsejara. (^) 

La legislatura no debió trabajar mucho para resol- 



lé ) La exposición fué retlactada por don Gervasio Rozas, y está 
fechada en la chacra de Panelo á 24 de octubre. 

(-) Véase la nota de 31 de octubre dirigida por Díaz Vélez y 
<lon Gervasio Rozas al consejo de notal^les. 

(3) Véase colee, cit. 



— 198 — 

ver 1111 punto que estaba siiíicienteineiite estudiado y 
discutido. Con todo, pidió á Pinedo veinte y cuatro 
lloras para resolver. Vencidas éstas le comunicó á Pi- 
nedo que «los representantes de la Provincia han acor- 
dado que la suspensión de liostilidades continúe hasta 
que se expidan definitivamente sobre el asunto anun- 
ciado, bajo el concepto de que se ocupan de ello en se- 
sión permanente». (') El general Pinedo no sospechó 
que el acuerdo singular de la legislatura, como las úl- 
timas providencias del poder ejecutivo, eran pretextos 
para demorar los sucesos hasta que se recibieren comu- 
nicaciones de Ptozas que influyesen sobre ios revolu- 
cionarios para traerlos á un arreglo sobre bases distintas 
de las que perseguían. No: el general Pinedo sospechó 
que el gobernador Balcarce demoraba la resolución del 
asunto para armarse y hacerse fuerte en la ciudad. Así, 
al acuerdo de la legislatura respondió con una nota 
en la que preguntaba con la misma arrogancia de Na- 
poleón al Directorio : «¿Qué espera el general Balcarce? 
¿No conoce que no puede mandar ya? Si un resto de 
patriotismo le queda, un espacio muy breve de tiempo 
basta para convenir en un asunto que está ya deci- 
dido.» (-) En efecto, la legislatura sancionó la ley de 
8 de noviembre por la que, admitiendo el encargo que 
se hacía el gL>lernador Balcarce de deliberar sobre la 
continuación de su mando, lo exoneró de éste y nom- 
l)ró en su reemplazo al general Viamonte. 

Tres días después el poder ejecutivo recibió una nota 
de Rozas al ministro de la guerra general Martínez. Con 
fecha 17 de octubre, éste le había comunicado á Rozas 
todo lo ocurrido y ordenádole que dictara las medidas 



(M ídem. 

(-) Véase esta nota de fecha 2 de noviembre. 



— 199 — 

de su resorte á objeto de restablecer el orden público. 
Rozas recibió dicha nota el 27 en el río Colorado y con 
esta fecha le respondió al ministro que anteriormente 
había manifestado al gobierno el peligro que corría la 
tranquilidad pública. «Ninguna, absolutamente ninguna 
parte tiene el infrascripto, agregaba Rozas, en lo que se 
ha hecho; pero declara, sin embargo, que á su juicio 
tienen sobrada razón los ciudadanos. ¿Por qué no se se- 
paraba del gobierno personas que no merecían la con- 
fianza pública: que daban pábulo al desenfreno de la 
prensa, á todo género de inmoralidad : que entronizaban 
el funesto imperio de la anarquía : que armaban los 
amotinados de diciembre : que no querían integrar la 
legislatura cuando sabían que la opinión pública se 
oponía á estos fines extraviados?» 

Por impuesto que Rozas estuviera del modo cómo se 
habían pasado las cosas, y por ruda que fuese su fran- 
queza al condenarlas, no hacía al gobierno cargo alguno 
por lo que le era personal. Y era su personalidad la 
que había dado motivo á esa especie de conspira- 
ción oficial, que venían trabajando los hombres del go- 
bierno, con los propios elementos que él les brindó. El 
gobierno había tendido principalmente á anular á Rozas 
como influencia política. En este sentido ni desperdició 
hostilidades contra el partido federal ; ni repudió medios 
como el de desbaratar la expedición al desierto, promo- 
viendo la sublevación del ejército expedicionario y ten- 
tando de arrojar sobre éste los indios sometidos. Al 
ordenarle á Rozas que hiciera uso de su influencia para 
restablecer el orden público y vigorizar la autoridad 
cuyo aislamiento provenía precisamente de la política 
de guerra contra el partido federal, se antoja que, ó era su 
intención echarse en brazos de Rozas, lo cual contradecía 
las aspiraciones de que había hecho alarde; ó se prome- 



— 200 — 

tía medrar como había medrado, lo cual era imposible 
por la propia fuerza de los hechos. 

Si el ministro del general Balcarce se proponía sola- 
mente comprometer á Rozas ante el país, suponiendo que 
él había hecho la revolución de octubre con el objeto 
de que el gobierno cayese en sus manos y que no pudiese 
existir en Buenos Aires ningún gobierno que no estu- 
viese sometido á su voluntad, se antoja que dio dema- 
siado valor á las conjeturas para agrandar la })ersonalidad 
que quiso abatir. Rozas aseguraba en verdad que nin- 
guna participación tenía en esa revolución. Habíase 
sustraído á las sugestiones de sus principales amigos; 
y desde su cuartel general del Colorado se limitaba á 
deplorar que el general Balcarce desenvolviese una po- 
lítica tan hostil al partido que lo había levantado. «Puedo 
asegurar, me dice refiriéndose á esto mismo el secretario 
de Rozas durante la expedición al desierto, que las 
contestaciones del general Rozas á las cartas de sus 
amigos, se limitaban á manifestarle el sentimiento que 
le causaban las calamidades que amenazaban al país 
por el desborde de la prensa, las persecuciones y tanto 
acto hostil y desquiciador de que se hacía solidario el 
gobierno. Naturalmente que preveía los males y la 
anarquía en que se vería envuelto el país á consecuen- 
cia de esta política, y prejuzgaba lo que sucedería. Por 
otra parte, los amigos del general Rozas, testigos de 
toda la hostilidad que hacía el gobierno á la expedición, 
á su jefe, conatos de desquicio en el ejército, subleva- 
ción de indios, negativa de los elementos necesarios 
para el logro de su empresa ¿no se creían hasta obliga- 
dos á proceder como lo hacían? ¿Necesitaban buscar 
la opinión de aquel general cuando tenían por suyas las 
masas, la opinión del país, el aliento que les daba la 
esposa del general Rozas y los consejos de hombres 



— 201 — 

ilustrados que unidos con los hombres de accirjn mo- 
vían esa gran máquina popular?...» C) En el sentido 
indicado son los borradores de carta de Rozas á Terrero, 
Maza, García Zúñiga, etcétera. Y si ello basta para afirmar 
que Rozas fué ei autor de la revolución del año 33, 
cuando se encontraba á más de cuatrocientas leguas de 
la ciudad de Buenos Aires, y cuando más activas eran 
las operaciones del ejército de su mando sobre los sal- 
vajes del desierto, habría que concederle facultades 
sobrenaturales, — lo maravilloso fantástico que se presta 
á la declamación y á la novela; en cambio de reducir 
al pueblo de esa ciudad y de la campaña á la categoría 
de una masa automática, que se movió á impulsos de 
hilos invisibles, como los que suele presentarnos en 
sueños la imaginación calenturienta, ó de corrientes 
eléctricas como las que imprimen el sonido á los instru- 
mentos musicales del «Ejiptian-Hall» de Londres. 

La tentativa del partido que se diseñó en 1833 no 
obedeció, pues, á un plan combinado que debiera des- 
arrollarse en razón de las circunstancias y de las ven- 
tajas que se fueran obteniendo; y no tuvo más resultado 
que el poner de maniíiesto toda la fuerza de que disponía 
el partido organizado en Buenos Aires después del 
1°. de diciembre de 1828. Si la correspondencia que 
con conocimiento del general Balcarce sostenía el ge- 
neral Enrique Martínez con algunos directores del par- 
tido unitario residentes en el Estado Oriental; el envío 
del coronel Manuel Olazábal, simultáneamente con el 
armamento y dineros que condujo la goleta de guerra 
argentina Sarandí á la república vecina ; si estas y otras 
medidas análogas y bien notorias respondían á una 
combinación con Rivera y^con Lavalle, Agüero, Carril, 

( 1 ) Carta del señor Antonino Reyes. Véase el apéndice. 



— 'J(l'2 — 

Chilavert y los que preparaban en Montevideo, Merce- 
des y Paysandú los sucesos que comenzaron á des- 
arrollarse en el año siguiente, es un hecho que por en- 
tonces afirmaban los hombres del partido federal de 
Buenos Aires, y sobre el cual volveré oportunamente. 
Pero de cualquier modo, si el plan existió, ó se faltó á él 
en los momentos decisivos, ó se anticipó muy prema- 
turamente una reacción política que resultó no tener 
otra base que unos pocos hombres resueltos, pero fal- 
tos de previsión y de cálculo para este género de em- 
presas que no se conducen por el capricho sin que 
fracasen desde luego. 



CAPITULO XXIV 

EL PROVISORIATO Y SU CRISIS 

( 1834 ) 

Sumario: I. Circunstancias que le daban carácter de transición al gobierno de Via- 
monte. — II. Tendencias progresistas y liberales de este gobierno. — III. 
Paralelo político entre Rivadavia y Garcia. — IV. Decretos sobre matrimo- 
nios de disidentes y sobre registro civil. — V. El patronato nacional : sus 
antecedentes legales. — VI. Dificultades suscitadas al ejercicio del patronato. 
— VII. Modo como las resuelve Garcia : junta ó concilio de teólogos y 
jui'istas. - VIII. Proposiciones que somete el gobierno á esta junta. — IX. 
Las doctrinas de García se formulan en la Constitución de 1853. — X. Obs- 
táculos á la marcha del gobierno. — XI. El regreso de Rivadavia.— XII. 
La carta del ministro Moreno y los planes para conflagrar el país. — XIII. 
Relación entre este plan y el de monarquizar las secciones americanas. — 
XIV. El poder ejecutivo decreta el reembarco de Rivadavia y demanda á 
la legislatura una ley general sobre la materia. — XV. La legislatura deja 
pasar el decreto : noble ofrecimiento de Quiroga á Rivadavia. — XVI. Rudos 
ataques al ministro García. — XVII. El fiscal acusa los libelos: términos 
en que Gai'cia solicita su juicio de residencia. — XVIII. Rozas renuncia la 
donación de la isla de Choele-Choel que le hace la legislatura. — XIX. Ésta 
nombra á Rozas gobernador: Rozas renuncia. — XX. La prensa de oposi- 
ción corrobora los motivos de esta renuncia. — XXI. Los ideales de la 
legislatura. — XXII. Declaración de los diputados Wright y Medrano : la 
legislatura envía una comisión á Rozas: interpelación á esta comisión. — 
XXIII. Razones que da Rozas para insistir por tercera vez en su renun- 
cia. — XXIV. Rozas insiste por cuarta vez: nuevas declaraciones de la 
legislatura al admitirle la renuncia. — XXV. Elección y renuncia de los 
Anchorena. — XXVI. Viamonte pide ft la legislatura le indique á quien 
entregará el poder ejecutivo. — XXVII. Crisis del ejecutivo. — XXVIII. La 
legislatura restringe la prensa, y resuelve que su presidente ejerza el eje- 
cutivo á falta de gobernador : elección y renuncia de Terrero y de Pa- 
checo: el doctor Maza asume el poder ejecutivo. 

La elección del general Viamonte restableció el orden 
en Buenos Aires, y este viejo patriota se atrajo la opi- 
nión cuando nombró sus ministros al general Guido y 
al doctor Manuel José García, dos notables argentinos y 
miembros conspicuos del partido federal. Pero Viamonte 
subía al gobierno en circunstancias en que los partidos 
desalojados de sus posiciones, trabajaban en Buenos 
Aires, en las provincias del litoral como en las de Cuyo 



_ 204 — 

y norte, y desde el Estado Oriental, la reacción que debía 
i'stallar en breve. Su gobierno, dada las tendencias de la 
época y las ideas que estaba llamado á representar, debía 
prevenir ante todo ese peligro; que era por entonces 
irrealizable otro plan tan vasto y tan liberal como el 
que eran capaces de idear y de desenvolver hombres de 
la talla de Guido y de García, contando con el recto 
sentido práctico del general Viamonte. Cuatro años hacía 
que el partido federal gobernaba en Buenos Aires y en 
las denitás provincias; y otros tantos que el partido uni- 
tario conspiraba para recobrar las posiciones que perdió 
después de haber fusilado á Borrego y de haber fra- 
casado el general Paz. Pero la supremacía del primero 
no era una solución. Era la evolucióu gradual de ele- 
mentos que no habían tenido representación en las evo- 
luciones anteriores, y que se imponían por su esfuerzo, 
marcaban su época y le imprimían á ésta sus tendencias 
y sentimientos, como otros tantos antecedentes que con- 
tarían cuando la sociabilidad argentina operase su organi- 
zación definitiva. Tal supremacía podía ser más ó menos 
duradera, pero traía aparejada la crisis política; pues que 
los partidos no admitían otra solución que la que resol- 
vieran por sus auspicios absolutos. Así lo escribieron 
en sus banderas ensangrentadas durante veinte años de 
lucha armada, de extravíos y de odios. El gobierno del 
general Viamonte debía ser, pues, de transición, por deci- 
dido que fuere el apoyo que le prestaba el partido federal, 
y por grandes que fueren los recursos de Rozas para sos- 
tenerlo. 

Con todo, Viamonte imprimió cierto tono serio á su 
gobierno y se contrajo con acierto á la administración 
general de la Provincia cuyo erario estaba exhausto des- 
pués de las cuantiosas erogaciones hechas por el gobierno 
anterior. Sobreponiéndose por un momento á las circuns- 
tancias, inició una política liberal, dando franquicias á 
la prensa, estableciendo la más ami)lia publicidad de los 
actos gubernativos, y dictando algunas medidas orgáni- 




cMS^ / fo^""^ 




— 205 — 

cas tan progresistas como trascendentales. Entre estas 
últimas es digna de mencionarse la que estableció, por 
la primera vez en la República y en América, que los 
individuos de otra creencia que la católica podían con- 
traer matrimonio ante los autoridades civiles, sin per- 
juicio de la intervención del sacerdote correspondiente. 
Todas estas medidas acusaban la influencia progre- 
sista y liberal del ministro García. Don Manuel José 
García había sido el colaborador de Piivadavia en la 
reforma social y política de 1821 á 1824, y tanto que 
fué el digno complemento de este último, pues si bien 
Rivadavia tenía el coraje de las grandes iniciativas, 
liado en el esfuerzo de los que las adelantarían. García 
abarcaba con mirada profunda su escenario, y actuaba 
con la madurez del político experimentado y previsor. 
Había esta diferencia entre ambos: Rivadavia, con el 
candor de Bruto cuando imaginaba que. muerto César^ 
el pueblo recobraría sus derechos, creía en la propia 
virtud de la libertad; García, con el afán de Pitt cuando 
preparaba á la Inglaterra contra Napoleón, creía mejor 
servir la libertad neutralizando ó destruyendo los mo- 
tivos que pudiesen herirla. Por eso Rivadavia vivía se- 
ducido de la idea de los progresos, en tanto que á García 
no lo seducía sino el haber encontrado el medio de rea- 
lizarlos. Así, en todas las leyes orgánicas de 1821 á 
1824 está impreso el espíritu adelantado y cultivadí- 
simo de García : todas ellas se inspiran en una alta 
necesidad ó en una idea trascendental, y han sobrevi- 
vido coñio modelos de buen gobierno. El espíritu soñador 
y grandioso de Rivadavia titila en las innumerables dis- 
posiciones de su exclusiva iniciativa sobre progresos 
intelectuales y morales, para crear fuerzas que sirvieran 
al gobierno libre, cuyo desenvolvimiento él habría que- 
rido apurar infiltrando sus propias impaciencias; y sobre 



- 206 — 

adelantamientos materiales para brindarle al sentimiento 
popular los estímulos seductores del ])ienestar que fe- 
cunda esa misma libertad. 

De acuerdo con los antecedentes gubernativos que 
contribuyó á fundar, y con el propósito de no proscri- 
bir la inmigración de culto disidente y servir los gran- 
des intereses de la población y del trabajo, el ministro 
García dejó consagrado el derecho de formar la familia 
según el dictado de la conciencia y con arreglo á la 
ley ; y el principio de la ciudadanía en cabeza de los 
hijos de extranjeros nacidos en Buenos Aires. La pri- 
mera de estas disposiciones establecía que todo individuo 
de creencia religiosa disidente de la católica, extranjero 
ó ciudadano, que quisiese contraer matrimonio, se pre- 
sentaría al tribunal de justicia produciendo información 
de soltura. Exhibidas pruebas bastantes se publicaría el 
pretendido matrimonio en los diarios por seis días con- 
secutivos. Si no resultaba impedimento, el juez autori- 
zaría ese acto por un auto del que daría testimonio á 
los interesados para que ocurriesen al eclesiástico que 
bendiciría dicho matrimonio. La segunda disposición 
imponía á los padres y tutores el deber de dar cuenta 
del nacimiento de sus hijos ó pupilos, para ser éstos 
inscriptos en los registros públicos que, juntamente con 
los de defunciones, llevarían los funcionarios correspon- 
dientes. 

No menos trascendental fué la cuestión relativa al 
l)atronato que quedó resuelta según las declaraciones 
solemnes de la asamblea de 1813, y los viejos principios 
de la legislación acordada ante el papado y el rey de 
España para el establecimiento y provisión de las igle- 
sias en Sur-América. Es sabido que con motivo del des- 
cubrimiento de América, el papa Alejandro VI concedió al 
rey de España el supremo patronato sobre todas las 



— 207 — 

tierras que éste conquistase, y en cambio del auxilio que 
se le daba para sostener la religif3n católica en el 
Nuevo Mundo. El re}' de España usó de ese derecho 
exclusivo, lo usó por él Pizarro en el Perú, y se lo 
confirió expresamente á Hernán Cortés para que lo ejer- 
citara en México. El caso era nuevo en la historia 
del mundo y en los anales de la iglesia; y la legisla- 
ción que creó este derecho del rey de España fué nueva 
también, y especialmente para la América durante más 
de tres siglos sin interrupción. Cuando á consecuen- 
cia de los sucesos de 1804 á 1808, fué desconocida la 
autoridad del rey de España que era el único vínculo 
que unía á las provincias del río de la Plata con la 
Metrópoli, y éstas iniciaron la guerra de su indepen- 
dencia, la asamblea argentina de 1813 sancionó, entre 
otras declaraciones fundamentales, la de que las bulas, 
breves y cualesquiera disposiciones del papado no ten- 
drían más valor ni efecto que la que les concedieran 
las leyes y autoridades argentinas ; retrovertiendo así 
de hecho y de derecho á la Nación todas las atribucio- 
nes que correspondían al rey de España en lo tocante 
al establecimiento, división y provisión de las iglesias 
dentro de la jurisdicción de las Provincias Unidas del 
río de la Plata. 

Á partir de este momento el patronato nacional fué 
ejercido por la autoridad de las Provincias Unidas, en 
virtud de derecho propio tal como lo ejerciera el rey de 
España; y cuando las provincias de la unión se sepa- 
raron administrativamente, los gobernadores de éstas 
ejerciéronlo en sus respectivas jurisdicciones. El Sumo 
Pontífice recurrió de ello por la vía diplomática. Pero 
el derecho de las Provincias Unidas tenía su origen en la 
bula del papa Alejandro VI. Y como el papado no po- 
día atribuir al rey de España jurisdicción sobre 



— 208 — 

aquéllas, pues eran independientes en el lieclio, y reco- 
nocidas como tales por las demás naciones, y como, 
además, la cuestión de i)atronato era de jurisdicción 
esencialmente, el Sumo PontíJice cedió ante la lógica 
del procedimiento de los gobiernos argentinos. Em- 
pero, en la época á que me reñero, el Sumo Pontífice 
proveyó de farto la vicaría apostólica y obispado de la 
iglesia de Buenos Aires; y delegó en éste el conoci- 
miento de causas que eran de la competencia de los 
tribunales de la Provincia. El gobierno de Buenos 
Aires protestó de estos avances, pero como su protesta 
fundada no diera resultado, retuvo el breve de su San- 
tidad, impidiendo que se llevaran adelante las medidas 
dictadas por éste en mengua del derecho de patronato. 
Y reuniendo todos los documentos conexos ('), nombró 
una junta de teólogos, canonistas y juristas para que 
á vista de aquéllos y de las proposiciones que le serían 
presentadas, se pronunciara expresamente sobre los 
puntos que abrazaba la controversia suscitada. Esta 
junta ó Concilio Promncicil, que así se puede llamar 
por el orden de las materias de que se ocupó, y por el 
carácter de las personas que la compusieron, tuvo en 
su seno á los hombres más notables del clero, del foro 
y de las letras de la República. Allí figuraron el doctor 
Diego E. Zavaleta, como presidente del senado del 
clero; el doctor Valentín Gómez, el leader del congreso 
de 1826, y los canónigos don Bernardo de la Colina, Sa- 
turnino Seguróla, José María Terrero; el doctor Mateo 
Vidal, fiscal eclesiástico, y los teólogos don Mariano 
Zavaleta, don Domingo Acliega, José L. Banegas, Ensebio 
Agüero, Gregorio Gómez, Fray Buenaventura Hidalgo; 



( ' ) Véase el Meinorlal Ajustado. 



— 209 — 

el doctor Gregorio Tagle, ex-ministro del Directorio y 
presidente de la cámara de justicia; don Pedro José 
Agrelo, fiscal de Estado, y los canonistas don Vicente 
López, Villegas, Arana, Cernadas, Medrano; y como 
profesores en derecho don Tomás Manuel de Anchorena, 
Maza, Gamboa, don Baldomcro García, Dalmacio Vélez 
Sarsfield (*j, Valentín Alsina, Gabriel Ocampo, Lo- 
renzo Torres, etcétera. 

Las proposiciones que sometió el gobierno á la de- 
liberación de esta junta, envolvían en sí el reconoci- 
miento del derecho del patronato nacional, con- 
forme á la antigua legislación y á los hechos que 
creara esta legislación desde 1810 hasta esa época. Ra- 
tificando las declaraciones de la asamblea de 1813, el 
gobierno reconocía retrovertida á la Nación Argentina 
toda la soberanía de los pueblos que la integraban, con 
todas las atribuciones, derechos y regalías que esen- 
cialmente le eran anexas y con los que ejercían los 
reyes católicos de España hasta la revolución. Igual- 
mente reconocía, que en el régimen federal que habían 
adoptado los Estados que componían la República, cada 
gobierno había reasumido y ejercía plenamente esa 
soberanía en su jurisdicción respectiva, mientras no se 
acordara otra cosa en la Constitución general, y salvas 
las delegaciones que ellos mismos habían hecho 
en el de Buenos Aires para la mejor inteligencia con 
las demás naciones. Partiendo de aquí, el gobierno 
sostenía: que entre los derechos que emanaban de la 
soberanía propia, figuraba en primer término el del 



( ' ) El doctor Vélez Sarsfleld presentó un trabajo sobre la materia, 
que publicó mucho después con el título de Relaciones del derecho 
civil con el eclesiástico; obra de erudición y de mérito y la más 
•completa que hay al respecto. 

TOMO II. 14 



— 210 — 

8111)1*61110 patronato y protección de las iglesias fundadas- 
y ediíicadas en sus territorios, y dotadas y mantenidas 
con sus rentas, como lo estaban : que en virtud de esta 
soberanía, correspondía á la nación y á los gobiernos 
examinar y conceder el pase y exequátur ó negarlo, á 
las disposiciones de los concilios y á las bulas, breves 
y rescriptos del Sumo Pontífice, aunque fueran tan es- 
pirituales como las mismas indulgencias, según que á 
su juicio no perjudicasen las regalías de la nación y 
libertades de sus iglesias : que por los mismos prin- 
cipios, correspondía al gobierno (provincial hasta que 
la Constitución no reglase el patronato nacional) y no 
á otra persona, la nominación de arzobispos, obispos, 
curas, canónigos y demás prebendas y beneficios ecle- 
siásticos de sus iglesias; como asimismo la división de 
los territorios de los respectivos arzobispados, obis- 
pados y curatos; y encomendar, corregir, añadir ó au- 
mentar de nuevo en las erecciones de las iglesias, como 
correspondía al rey. Que dados estos derechos y prin- 
cipios, el Sumo Pontífice no podía reservarse, como lo 
había hecho y declarado, la provisión de las iglesias va- 
cantes y por vacai% ni tampoco reservarse la división 
de la diócesis ; y que tales recursos debían suplicarse 
oportunamente reteniéndose entretanto toda provisión 
en ambas formas: que. en consecuencia, ningún ciu- 
dadano podría prestar llanamente el juramento que se 
exige á los obispos, sin declarar que las cláusulas del 
mismo no tienen más valor que reconocerle á Su San- 
tidad su primado en cuanto no se oponga á derechos 
preferentes de la Nación é independencia de sus igle- 
sias; y que sin perjuicio de esto, los obispos y demás 
empleados debían prestar juramento de fidelidad y 
respeto á la soberanía del país y á su gobierno, y re- 
conocerle el derecho de patronato de sus iglesias con 



— 211 — 

toda la extensión y regalías que las leyes le acordaban: 
que el gobierno debía responder de la seguridad inte- 
rior y exterior délos derechos primordiales de la Nación 
respecto de la jurisdicción, disciplina y libertades de 
sus iglesias; y que á él incumbía privativamente pro- 
tegerlos, sin perjuicio de los ajustes que celebrara con 
los enviados de Su Santidad, etcétera, etcétera. ( ' ) 

He creído conveniente transcribir estas proposiciones 
poco conocidas hoy, porque ellas revisten verdadera 
importancia histórica y porque el luminoso desenvol- 
vimiento que las dieron cada uno de los miembros de 
la junta á que me he referido, dejándolas triunfantes 
á la luz de la antigua legislación y de los derechos 
creados por ésta en favor de la República, fué lo que 
determinó á los constituyentes de 1853 á consignar en 
la Constitución Nacional vigente las atribuciones 19^ 
y 20" del Congreso y las 8"^ y 9=^ del poder, ejecutivo, que 
son las que rigen el derecho de patronato nacional, 
conformes en el fondo y en la forma con las proposi- 
ciones sometidas por el ministro García en 1834, 

Los laudables esfuerzos del gobierno del general 
Viamonte se esterilizaban en medio de una situación 
vacilante, de cuya gravedad se hacía eco la prensa, 
abultando los peligros que veía venir del Estado Orien- 
tal y del litoral argentino. Y aunque el ministro Gar- 
cía resistía la aplicación de medidas restrictivas res- 
pecto de la prensa independiente y de los hombres 
que simpatizaban con ésta, era fácil prever que el go- 
bierno se vería obligado bien pronto, ó á echar mano 
de ellas para satisfacer las aspiraciones de una opinión 



( 1 ) Véase el Memorial Ajustado y el Apéndice donde se en- 
cuentran reunidos los informes expedidos por los miembros de la 
junta especial. 



212 

cada vez más robusta y exaltada, ó á dejar el gobierno 
en otras manos más aptas para constituir el poder fuerte 
que estaban provocando desde entonces los partidos 
personales y absolutistas. En fuerza de sus principios 
liberales y progresistas, que eran los que dominaban 
en el gobierno, el ministro García se hizo sospechoso 
á los ojos de esa opini()n imbuida en las tendencias 
represivas de la época. 

Un incidente al que en otra época se le habría asig- 
nado poca importancia, vino á agravar esas sospechas 
contra el distinguido hombre de Estado. En la ma- 
ñana del 28 de abril (1834) desembarcó en Buenos Aires 
don Bernardino Rivadavia, quien volvía á su patria 
después de haber sobrellevado con dignidad el destierro 
que se impuso al descender espontáneamente de la 
presidencia en 1827, Apenas se tuvo noticia de su lle- 
gada, varios ciudadanos bien colocados se dirigieron 
al gobernador para hacerle presente que el pueblo es- 
taba alarmado con la presencia de Rivadavia, pues creía 
que tras éste llegarían otros miembros conspicuos del 
partido unitario con el designio de trastornar el orden 
establecido ; y que en esta virtud le i)edían que orde- 
nara inmediatamente el reembarque de ese ciudadano. 
El general Viamonte hubo de rechazar estas indicacio- 
nes ; pero entonces le pusieron de manifiesto antece- 
dentes que fundaban lo que decían, entre éstos una 
carta que en noviembre del año anterior le había diri- 
gido al ex-ministro Ugarteche, don Manuel Moreno, mi- 
nistro argentino en Londres. En esta carta, el doctor 
Moreno denunciaba «por conocimientos muy auténticos 
é indudables», un plan convenido entre el partido que 
dominaba en Montevideo y los unitarios para suscitar 
querella á Buenos Aires, apoderarse de Entre Ríos y 
ganarse al general López de Santa Fe. «Es parte prin- 



— 213 — 

cipal, decía Moreno, que el señor López rompa con el 
señor Rozas y con Quiroga, halagándolo con pérfidas 
sugestiones, pero con la mira de sacrificarlo luego á la 
vez. Este plan de sangre y de escándalo lo han ajus- 
tado don Julián Agüero en Montevideo, con Rivera, 
Obes y los españoles y unitarios de uno y otro lado. 
En la fe de sus efectos y seguridad va Rivadavia á par- 
tir á fin de este mes. Tengo los datos más seguros de 
esta horrible conspiración. Bástele á V. saber por 
ahora que indirectamente la diplomacia inglesa ha tra- 
bajado en descubrirla, y lo ha hecho con la habilidad 
y medios que tiene siempre para ello. » 

Por entonces no se alcanzaba qué interés podía tener 
la diplomacia inglesa en descubrir los planes de los par- 
tidos políticos argentinos ; y gentes hubo que atribuyeron 
al mero absolutismo partidario las medidas que se siguie- 
ron. Pero después se conoció el doble alcance local y 
continental de esos trabajos, á los cuales no eran ajenos 
los personajes que se mencionaban. El plan de España 
de dirigir expediciones armadas á Sur-América, y que 
denunciaron los gobiernos de Chile j de Venezuela al de 
Buenos Aires y al de Córdoba, según se ha visto en un 
capítulo anterior, había encontrado ecos interesados en 
las cancillerías europeas que tenían á la mano príncipes 
desocupados; y en la corte del Brasil que miró siempre 
con alarma el crecimiento de las repúblicas sus vecinas. 
Los segundones de la casa de Borbón y de Orleans intri- 
gaban para que Francia apoyase el plan de España, á 
condición de ser ellos favorecidos en la repartición que 
se hiciera de las secciones suramericanas. El Imperio 
del Brasil había despachado, por su parte, al Marqués de 
Santo Amaro, con instrucciones secretas para que soli- 
citase de las grandes potencias europeas la monarqui- 
zación de los Estados americanos desde México hasta 



— 214 — 

Buenos Aires, coronando en ellos á los mencionados 
príncipes. Salvábase únicamente el nuevo Estado Orien- 
tal, y esto porque el Brasil le encargaba á su comisio- 
nado que probase la necesidad de incorporarlo nueva- 
mente al Imperio. (') El Marqués de Santo Amaro tuvo 
varias entrevistas con Rivadavia en París; y aunque no 
se sabe lo que hablaron, es probable que Rivadavia apro- 
bara el plan de la monarquía, á que siempre fué incli- 
nado, y aún contribuyera á la tal tentativa de Santo 
Amaro, en la creencia de que la monarquía aseguraría 
la paz y el bienestar de su país, y quizá seducido por la 
idea de venir á ser un Godoy ó un Choiseul en Buenos 
Aires. Lo que se sabe es que Rivadavia acompañó á 
Madrid al Marqués de Santo Amaro y que poco después 
fracasó la negociación de Inglaterra para que España 
reconociese la independencia de las repúblicas ameri- 
canas. Por esto es que el ministro Moreno agregaba 
en su carta mencionada: «La última negociación de sir 
Strandford-Canning en Madrid, respecto del reconoci- 
miento de nuestra independencia por España, y las res- 
puestas que le daba el ministerio español, le hicieron 
conocer á este gobierno que había una trama que se 
urdía en París por americanos, y se aplicó á conocerla. 
Además, yo no me he dormido. Dios quiera que este 
aviso llegue cuando el atentado esté todavía en pro- 
yecto.» (-) 

La denuncia de un hombre tan honorable como el 
doctor Moreno causó cierto efecto en los círculos guber- 
nativos. Viamonte se vio asediado para que decretara el 



(•) El ministro Moreno remitió después al general Rozas las 
célebres instrucciones secretas al Marqués de Santo Amaro, firmadas 
por el que después fué Vizconde de Abraules; y ellas l'ueron publi- 
cadas en La Gaceta Mercantil del 11 de. julio (íe 1845. 

(-) M;uiuscrito testimonial en mi archivo. (Véase el apéndice.) 



— 215 — 

reembarque de Rivadavia; y el ministro García le dirigió 
una nota al ilustre estadista en la que le comunicaba 
que el gobierno « forzado por circunstancias imperiosas 
que afectan la paz pública, se veía en la necesidad de 
impedirle su permanencia en el seno de su familia, 
mientras obtenía una declaración que acababa de soli- 
citar de la legislatura, y que pondría al gobierno en 
aptitud de anunciarle una resolución]legal y definitiva.» 
Al dar cuenta de lo ocurrido á la legislatura, el gober- 
nador la declaraba que el poder ejecutivo sólo proviso- 
riamente podía tomar esa medida, porque no le era dado 
prohibir la entrada ni impedir la permanencia en la 
patria á ningún ciudadano sino en virtud de sentencia 
legal ó en virtud de una ley, y que como en las cir- 
cunstancias del señor Rivadavia se encontraban muchos 
otros ciudadanos ausentes, quienes intentarían volver á 
sus hogares, pensaba que debía dictarse una ley que 
sirviera como regla de conducta, en la inteligencia de 
que no quería por su parte, salir por ningún motivo de 
la senda constitucional, ni ejercer autoridad alguna por 
su solo arbitrio y discreción. 

La legislatura no se pronunció por el momento ni 
encontró mérito tampoco para ello, llenado como estaba 
el objeto principal de los exaltados, que era desahogar 
su encono sobre el partido unitario en uno de sus hom- 
bres eminentes. Había sin embargo una circunstancia 
que inducía á creer que las denuncias hechas era lo 
que prevenía contra Rivadavia más que las opiniones 
políticas de éste ó la mala voluntad que personalmente 
inspirase. Es que hombres más comprometidos que él, 
si cabe, en la diplomacia tortuosa de los gobiernos an- 
teriores, vivían en Buenos Aires sin modificar sus opi- 
niones contrarias á los federales y sin ser molestados. 
Entre ellos se contaba el general Juan Martín de Puey- 



— 216 — 

rredon, ex-director supremo del estado, y su ex-minis- 
tro don Gregorio Tagle, que era una cabeza organizada 
para la revolución. Sea de ello lo que fuere, el hecho- 
es que cuando así se atacaba la libertad en cabeza de 
(luien echó en su país las bases del gobierno libre, un 
espíritu fuerte á cuyo empuje se debió en gran parte 
el fracaso de la Constitución del año 1826, el general 
Juan Facundo Quiroga, fué el único que rindió home- 
naje cívico al estadista que marchaba á su destierro 
perpetuo entre las sombras del más amargo desencanto- 
(^)uiroga quiso ir á bordo del bergantín Henninie á ten- 
derle su mano á Rivadavia; y como una borrasca se lo 
impidiera, al día siguiente le ofreció su fianza y sus 
servicios sin reserva. Rivadavia agradeció el noble ofre- 
cimiento, pero tuvo que seguir viaje por orden del go- 
bierno. 

Lo singular es que la prensa empezó á atacar ruda- 
mente al ministro García, dando á entender que había 
querido sacrificar las necesidades de orden público á 
escrúpulos que traerían nuevos trastornos, si la opinión 
no se hubiera manifestado resuelta á prevenirlos, remo- 
viendo las causas que podían producirlos. Y glosando 
los conceptos de las notas pasadas á la legislatura con 
motivo del reembarque de Rivadavia, los clasificaba de 
reticencias del poder ejecutivo para eludir compromisos 
que no sabría mantener en otros casos análogos. De 
aquí se pasó á los pasquines de doble alcance contra el po- 
der ejecutivo. Uno de éstos qvaI-a, Admonición 'Á\o$,?ím\go^ 
del ministro de gobierno don Manuel J. García, que ten- 
gan pendiente algún asunto, n Supuesto que con motivo de 
la próxima renuncia del señor gobernador va á retirarse 
del ministerio el señor García, decía La Gaceta Mercantil { ' ) 

(') Del 15 (k" mayo di^ 1834. 



— 217 — 

sus amigos pueden aprovechar su laudable propensión á 
servirlos aunque sea faltando á la justicia, deshaciendo 
acuerdos de otros gobiernos y comprometiendo el buen 
nombre del señor gobernador. Á este efecto se publica 
este aviso por uno que vale tanto como el señor García 
y que tendrá singular placer en dar ciertos detalles si el 
fiscal y amigo del señor García tiene la imprudencia de 
acusarlo.» El ministro García invitó por la prensa al 
anónimo á que precisase sus cargos, y el fiscal acusó 
por su parte el libelo como abusivo de la libertad de 
imprenta. Con este motivo se supo que el autor de la 
admonición era nada menos que el general don Félix de 
Álzaga, personaje bien reputado, pero partidario exaltado 
entre los federales. El jury condenó á Álzaga; pero en 
la apelación que éste entabló patrocinado por el doctor 
Valentín Alsina, fué revocada la primera sentencia, y 
el ministro García no tuvo más vía para rehabilitarse 
de una acusación calumniosa que la de solicitar de la 
legislatura que se le abriera juicio de residencia, como 
lo hizo en efecto al mismo tiempo que el general Via- 
monte renunciaba su cargo de gobernador. « Cualquiera 
que sea el resultado de este juicio, decía el ministro 
García con ese motivo, tendré á lo menos el consuelo de 
haber aprovechado una desgracia mía para hacer á mi 
patria un servicio importante, dejando establecido un 
antecedente que no será estéril en resultados. Porque 
este ejemplo, quitando á los funcionarios públicos toda 
excusa para no justificarse enfrenará por otra parte la 
audacia de los detractores. » La legislatura discutió lar- 
gamente un proyecto para obligar al general Félix de 
Álzaga á que se presentase ante la barra á exhibir la 
prueba de sus asertos; pero este proyecto fué rechazado. 
Como si hubiera querido hacer contraste á las exi- 
gencias de la masa de opinión que desconfiaba de aquel 



— 218 — 

que no seguía las corrientes del radicalismo triunfante, 
Rozas elevó en esas circunstancias al poder ejecutivo 
el informe general de la expedición al desierto, y se 
hizo cargo de la comandancia de campaña con el de- 
signio de terminar definitivamente esa expedición tan 
luego como fuere posible. Con tal motivo la legislatura 
acordó premios en tierras á los jefes y oficiales del 
ejército expedicionario, y le donó en propiedad al ge- 
neral en jefe la isla de Choele-Choel. Pero Rozas se 
negó á aceptarla, alegando que esta isla, por su posi- 
ción y su importancia, jamás debía salir del dominio 
de la Provincia; en vista de lo cual la legislatura le 
acordó un premio en tierras. (*) 

Y en seguida de aceptada la renuncia al general Via- 
monte, la legislatura nombró (30 de junio) gobernador 
al general Rozas con arreglo á la ley de 23 de diciem- 
bre de 1823. Rozas se negó á aceptar el cargo, decla- 
rando que las mismas circunstancias críticas á que se 
refería la legislatura, le imponían sacrificios que no era 
posible soportar, y que aunque pudiera sobreponerse á 
ellos, su honor lo alejaba imperiosamente del gobierno. 
<( Están muy frescos todavía los sucesos ocurridos en 
este año y en el anterior, y las injustas acriminacio- 
nes que han inventado contra el honor del infranscripto 
la perfidia de hombres funestos al orden público que 
infestan esta Provincia, decía Rozas; y si internado en 
el desierto, sometido á toda clase de padecimientos y 
peligros i)or el bien general de la República, han osado 



(') Véase las sesiones del 19 de mayo y 2 de junio de 1834, en 
que los diputados Anchorena, Lozano, Senillosa, etcétera, abundaron 
en consideraciones sobre tal donación. La donación de tierras ba sido 
de práctica después de 1852. En el año 1879 la misma legislatura de 
Buenos Aires donó veinte leguas de campo á don Julio A. Roca, ge- 
neral en jele del ejército que ocupó el desierto. 



— 219 — 

sugerir sospechas contra las intenciones del infrans- 
cripto, ¿á qué grado de desenfreno llegarán si lo ven 
en el gobierno? Y siendo esta una consideración que 
se ofrece á los ojos del menos perspicaz, desde que pres- 
cindiese de ella el infranscripto ¿no se pondría en 
problema su patriotismo aun por aquellos hombres que 
hasta el presente han hecho justicia á sus sentimien- 
tos ? )) 

El argumento era de palpitante actualidad. La prensa 
del general Balcarce había fustigado é insultado á Rozas 
en todos los tonos; y bajo el gobierno de Viamonte, y 
aún en esos mismos días El Constitucional^ El Iris, El 
Monitor, La Orquesta de los Restauradores y otros papeles 
que le oponían sus adversarios, presentábanlo á la exe- 
cración pública declarando que era él quien obstaculi- 
zaba la acción de todo gobierno en Buenos Aires; y que 
así procedía porque aspiraba al mando sin control. Esto 
era convenir paladinamente en la existencia de una in- 
fluencia de primer orden, la cual decidía de los nego- 
cios de la Provincia. Y este era un hecho que pregonaba 
el partido federal^ á su vez, para convenir que Rozas 
debía ocupar el gobierno en tales circunstancias. 

En los tres meses de discusión que provocaron las 
reiteradas renuncias del gobernador electo, la legislatura 
mostró estar más fuertemente poseída que el pueblo de la 
creencia de que si Rozas no asumía el mando, la causa 
de la federación quedaría en peligro, el partido federal 
se desquiciaría y la Provincia quedaría á merced de la 
anarquía entre los enemigos políticos que á la sazón 
medraban. Todos los diputados se pronunciaron por la 
no admisión de la renuncia, y los más distinguidos hicie- 
ron el panegírico de Rozas, en términos que no tenían 
precedente en los anales parlamentarios de Buenos Aires. 
La intransigencia política era la ley de la época; y la 



— 220 — 

mayoría triunfante quería que su jefe caracterizado repre- 
sentase el radicalismo gubernativo, aunque ella perdiese 
sus derechos en la lucha á muerte con los adversarios, 
lanzados en idénticas corrientes. 

(( La sociedad no se ha entregado, no se ha dado al 
general Rozas, decía el diputado Agustín Wright: la so- 
ciedad es la que se lo ha tomado á él, la que lo llama 
para que la dirija en el sentido que ella quiere, y esta 
clase de poder no se trasmite á otra persona. » El dipu- 
tado don Pedro Medrano, puesto de pie é invocando los 
manes de mayo de 1810, decía con voz acompasada: 
« debemos ponernos en el mismo caso del Senado Ro- 
mano con el famoso Cincinato, á quien en circunstancias 
análogas llamó al gobierno de la República. Llega el 
caso de que Roma cree que es preciso hacer uso de las 
virtudes y méritos de Cincinato, y lo llama; éste se resiste 
si no me equivoco, en nombre de las mismas razones, 
que ha invocado don Juan Manuel de Rozas en su re- 
nuncia. Roma está perdida, Roma está abandonada á 
los partidos, á la discordia, á la maledicencia: al héroe 
mismo lo han tratado con ingratitud. Nada dijo aquel 
célebre romano que no diga ahora don Juan Manuel de 
Rozas. Pero el Senado nombra una comisi(3n de su seno, 
y Cincinato convencido por la razón, abandona la man- 
cera, marcha á Roma, empuña el cetro y salva á su 
patria. Y don Juan Manuel de Rozas ¿podrá negarse á sal- 
var la patria cuando la ve amenazada por los peligros 
que él mismo reconoce, cuando es la patria la que lo 
llama y le dice «hijo, ven á salvarme del precipicio!» (') 
Á pesar de esto. Rozas insistió en su renuncia, ofre- 
ciendo sin embargo su concurso como ciudadano para 



(') Sesión del G de JLili(J de 1834. 



ooi 

asegurar el bienestar del país. La legislatura insistió 
á su vez nombrando una comisión de su seno para que 
le manifestara las razones de ello. Rozas renunció por 
tercera vez, agregando que no vacilaría en aceptar el cargo 
si pudiese llenar las obligaciones y compromisos que se 
le querían exigir, pero que el poderoso influjo que tenían 
los enemigos domésticos con el cual babían debilitado 
el vigor de las leyes, destruido los resortes de acción 
en el gobierno y minado los principios que sostenían la 
causa nacional de la federación, lo pondrían en el caso 
ó de atropellar las leyes para evitar los horrores de la 
anarquía, lo cual le repugnaba, ó de arruinarse en su 
crédito y en la buena opinión que de él tenían sus com- 
patriotas, á lo cual tampoco se resignaba. (') El dipu- 
tado Argericli (Juan Antonio), haciéndose cargo de estas 
razones, pregunta si la comisión que fué á conferenciar 
con el general Rozas, le ha hecho presente á éste la 
necesidad de que una mano fuerte y vigorosa venga á 
regir la Provincia, y si el voto público señala al general Ro- 
zas. « Por más que se estén demostrando alarmas por las 
facultades extraordinarias, agrega, por más que se indi- 
quen las personas que quieren pedirlas, por más que 
se quiera minar la opinión de estos sujetos, ellos son 
los que han de salvar el país.» El diputado Aledrano, 
miembro de la comisión conferenciante, declara que nada 
dista más de la opinión del señor Rozas que esto de 
ser necesarias en el día las facultades extraordinarias. 
El señor Rozas nos ha manifestado que lo que algún 
día pudiera haber sido conveniente, en los momentos 
presentes lo considera perjudicial y aún funesto, f) 
La legislatura se pronunció por la no admisión de 



(M Sesione.-; de 10 v 14 de julio. 

(2) Ib. 



ooo 



la tercera renuncia de Rozas; y en la discusión de la 
nota en que así se le debía comunicar, el dijíutado 
Mansilla pidió que se leyera unos apuntes que había 
hecho el diputado Arana (don Felipe) de las razones 
que emitió el general Rozas á la comisión. Es este un 
papel desconocido, y que por su carácter privado y la 
franqueza de sus conceptos, arroja mucha luz sobre el 
asunto de que me ocupo. Resumíase así : al devolver las 
facultades extraordinarias, habíale pedido Rozas á la 
comisión especial anunciara á la Sala que el poder del 
gobierno debía ser robustecido, porque de lo contrario 
el país iba á caer en desórdenes casi irreparables. La 
Sala lo reconoció así, pero no sólo no robusteció al go- 
bierno, sino que dejó que las clases influyentes y coo- 
perantes del gobierno fomentaran contra las facultades 
extraordinarias una odiosidad que las volvió inútiles. Y 
los desórdenes se han sucedido después, fraccionando 
las opiniones de los federales, y dando un ascendiente 
sobre éstos á los unitarios, quienes obran ya sin temor 
en relación con los que existen en las demás provincias 
y estados vecinos; por manera que los medios que se 
comprometió la Sala á adoptar, si pudieron bastar para 
preservar al país de los males que han sobrevenido, 
hoy son insuíicientes. 

2°. Aun cuando hubiese medios y elementos para re- 
parar el estado de disolución en que se halla el país, 
soldar las divisiones de los federales entre sí, cruzar 
las empresas de los unitarios de concierto con los que 
habitan las provincias interiores y repúblicas vecinas; 
aún en este caso hipotético, sería necesario correr gran- 
des peligros, que yo jamás rehusaré con profundas espe- 
ranzas de éxito, y hacer esfuerzos extraordinarios que mi 
salud quebrantada no me permite soportar. 

3'^. Poniéndonos en el caso que yo me pestase á co- 



— 223 — 

rrer esos riesgos inminentes, entregándome de lleno á 
toda la ventnra y á todo sacrificio, nada podría hacer 
por mí solo: tendría que contar precisamente con la 
cooperación de otros hombres que, por el mismo hecho 
se hiciesen partícipes de mi suerte. ¿Y habrá quienes 
quieran prestarse á tamaño sacrificio? ¿Puedo contar 
con encontrarlos entre los hombres de capacidad, de honor 
y de crédito para organizar el gobierno, y proveer en 
sujetos de toda confianza del partido federal los empleos 
públicos que tenga facultad para llenar? ¿Podré esperar 
esa cooperación de la multitud de empleados que se 
han declarado mis enemigos personales, que han trai- 
cionado además la causa de la federación, y á quienes 
no podré deponer sin atropellar las leyes? ¿Y qué ga- 
rantía puede ofrecerse d los hombres que formen parte 
de mi administración, de que cuando ésta termine no serán 
perseguidos con el mismo ó con mayor furor de lo que 
lo han sido antes ? 

4°. Y suponiendo que haya federales con suficiente 
capacidad que quieran acompañarme en el gobierno, ¿qué 
medios, repito, puede éste proporcionarse para reprimir 
la anarquía que promueven los unitarios por la prensa, 
como sus maniobras secretas, que si bien se sienten no 
pueden por la naturaleza de éstas probarse suficiente- 
mente? Tales medios no son los ordinarios, porque éstos 
exigen prueba real y positiva para proceder contra cual- 
quiera persona. Tampoco los extraordinarios, porque 
han sido completamente inutilizados; por consiguiente, 
las personas que compusiesen el gobierno tendrían que 
abandonar sus puestos, y quedar además imposibilitados 
para poder hacer frente á los anarquistas en virtud del 
propio descrédito en que cayeran ante la opinión. 

5°. Se me dirá que según mi modo de discurrir, 
nuestros males políticos no tienen remedio. Pero esto 



90 1 — 

110 importan mis reflexiones, sino cuando más que yo 
no encuentro ese remedio, lo que viene á comprobar 
que en estas cincunstancias no me basta, para llenar 
el alto puesto á que soy llamado, ese grado de opinión 
que gozo entre mis compatriotas como se me dice. 

6*'. Podría objetarse tal vez que no encargándome del 
gobierno de la Provincia, se me mirará, en razón de la 
buena opinión que les merezco á los federales, como un 
estorbo á la marcha de cualquier gobierno que se esta- 
blezca, desde que ella no sea conforme ú mis ideas; y 
que de consiguiente cualquiera otra persona colocada á 
la cabeza del gobierno, se verá mucho más embarazada 
que yo para expedirse. Pero, señores, yo sé opinar y 
si obedecer; y como que mis opiniones jamás serán 
contrarias á la causa de la federación, ni á la libertad 
de los pueblos, no sé en qué manera puedan obstar á 
la marcha de ningún gobierno que sea fiel á su pensa- 
miento y que respete el voto de la Nación y muy 
principalmente el de la Provincia. Mas si á pesar de 
esto, creyesen aún los señores representantes que mi 
presencia en el país, no ocupando la silla del gobierno, 
causará embarazo al que la ocupe, yo no tendré dificul- 
tad en alejarme de la Provincia luego que por esta razón 
me lo ordenase la honorable Junta de Representantes; pero 
ha de ser por esta sola razón, y por sólo la disposición 
de la Honorable Sala ; porque sólo en este caso lo haré 
con gusto desde que vea los prósperos resultados de 
tal soberana resolución. » 

Á pesar de esta exposición tan franca como singular 
en su género, la legislatura aprobó la minuta de comu- 
nicación del diputado Ancliorena por la que no se hacía 
lugar á la tercera renuncia de Rozas. Pero como éste 
insistiera por cuarta vez, la legislatura resolvió al fin 
aceptársela por medio de un decreto en el cual esta- 



— 225 — 

blecía además que el j^eríodo del gobernador que debía 
elegirse duraría hasta que se sancionase la Constitución 
del Estado, y que una vez recibido éste del cargo, la Sala 
se ocuparía preferentemente de dictar las medidas que 
tendieran á robustecer la acción del gobierno, liasta la 
sanción de la misma Constitución que tenía á su estu- 
dio. (^) En la nota en que se comunicó á Rozas estas 
resoluciones, la Sala reconocía el principio de la debi- 
lidad de acción del gobierno y que ésta debía ser un 
obstáculo á la felicidad general. «Últimamente, decía 
la nota, si la Sala hace este paréntesis al 7iomljr amiento 
de V. E., es porque reposa en la esperanza de que si 
por ahora no puede la Provincia tener la satisfacción 
de ver cumplidos sus ardientes votos, porque el ilustre 
Restaurador de las leyes dirija los negocios públicos, 
vendrá un día en que pueda gozar de este bien...» Y 
entre los fundamentos que se adujeron en favor de esa 
nota proyectada por los diputados Garrigós, Pórtela, 
Lagos, general Pinto y García (Baldomero), este último 
dijo: «Hay quien ha llegado á persuadirse de que el 
señor Rozas admitiría el mando si se le dieran facul- 
tades extraordinarias, pero este es un error, hijo del 
voto general, porque ese ciudadano gobierne, y la Sala 
debe guardarse de hacer una injuria tan inmerecida á 
su héroe. ¿Qué importaría no admitir La cuarta renun- 
cia y darle facultades extraordinarias? Esto querría 
decir: los representantes sabemos que V. E. ha dicho 
que de ningún modo entrará por ahora al gobierno, 
pero sospechamos que V. E. no nos habla la verdad, 
creemos que V. E. no entra porque no le damos fa- 
cultades extraordinarias, pues allá van... Ali! señores, 



( ') Véase sesión del 7 de agosto de 1834. 

TOMO II. 15 



— 22Í) — 

ííiiardémosnos de. hacer una ofensa tan grande al héroe- 
de nuestra patria...» (') «La minuta de comunicación^ 
decía el diputado Arana (don Felipe), colma los deseos 
de los amigos del orden, porque deja expedita la en- 
trada del señor Rozas al gobierno, y marca el camino 
que debe tomarse en tan grave negocio. La Sala bien 
apercibida de la debilidad de la acción del gobierno, se 
apresurará á darle todo el nervio que él necesite.» (^) 
En consecuencia, la legislatura eligió el 14 de agosto 
gobernador de la Provincia, al doctor Tomás Manuel de 
Anchorena, uno de los patriotas más esclarecidos de la 
revolución de 1810, amigo íntimo de Belgrano, miembro 
del Congreso que declaró la independencia argentina 
en 181G, y unido á Rozas por vínculos de sangre y por 
una sincera amistad. Pero este distinguido ciudadano 
renunció reiteradamente el cargo, fundándose en que ni 
su salud ni sus aptitudes le permitían subir al gobierno 
en tan difíciles circunstancias. El 31 del mismo mes 
es elegido don Nicolás Anchorena; pero éste renuncia 
también en nombre de razones análogas. El 2 de 
septiembre el poder ejecutivo que desempeñaba proviso- 
riamente el general Via monte, manifiesta á la legisla- 
tura que ve alejarse indefinidamente el momento en que 
debe cesar porque, según se ve, la Provincia siente una 
dificultad invencible para hallar quien se preste á go- 
bernarla. Que el estupor que causa tal estado afecta 
dolorosamente todas las clases de la sociedad, y que 
resuelto á salvar su responsabilidad y á salir de &u 
posición violenta, sólo espera que la legislatura le in- 
dique el modo de proceder para entregar el poder eje- 



( ' ) Ib. páíí. 8. 
(2) Ib. pág. 21. 



227 

ciitivo, en virtud de ser el caso nuevo en los anales 
políticos del país.» 

El conflicto toma creces en la legislatura, porque la 
acefalía de la autoridad es inminente. Se discute lar- 
gamente á cuál de las comisiones corresponde dar so- 
lución al asunto. El diputado Medrano clama en apos- 
trofes patrióticos contra la demora; y, puesto de pie, pide 
una pronta solución diciendo: «¿Pues qué! nuestra des- 
gracia nos puede conducir á términos de no hallar 
modo de salvar el conflicto? No^ señores representantes; 
no, argentinos heroicos! El genio de la patria influirá 
en la mente de los representantes para salvaros!» El 
diputado Irigoyen propone que una comisión de tres 
diputados se haga cargo interinamente del gobierno; 
pero esta moción es rechazada. Entretanto la prensa 
independiente viene á aumentar el conflicto ridiculizando 
á los diputados en términos liirientes, y á Rozas con 
irónicas alabanzas, haciendo ver con maliciosa habili- 
dad la anarquía que reinaba entre los federales, y tra- 
zando el cuadro general de las desgracias que amena- 
zan á la Provincia. 

La legislatura mal parada también á consecuencia de 
esto, interrumpe por un momento el asunto principal 
de prevenir la acefalía de autoridades, y establece que 
hasta la sanción de la ley permanente de la libertad 
de la prensa queda restablecido el decreto de 1°. de febrero 
de 1832 reglamentario de la ley de 8 de mayo de 1828 
y la prensa queda restringida. En seguida la comisión 
de negocios constitucionales proyecta confiar proviso- 
riamente el poder ejecutivo á una comisión de tres 
representantes, la cual nombraría, su presidente; y esto 
es rechazado también. El diputado Wright cita prácticas 
legislativas de otros países y es de opinión que al 
presidente de la legislatura corresponde ejercer el 



— 2-¿H — 

poder ejecutivo en esas circunstancias; y el dipu- 
tado Anchorena, ampliando la moción de este úl- 
timo, propone por fin, y así queda sancionado, que si 
el 1". de octubre no toma posesión del mando el go- 
bernador que se elija, se recibirá del poder ejecutivo 
de la Provincia el presidente de la legislatura y desem- 
peñará este cargo hasta la recepción del gobernador 
propietario. El 22 de septiembre la Sala elige goberna- 
dor al señor Juan Nepomuceno Terrero, respetable co- 
merciante y antiguo socio de Rozas en las grandes 
estancias de que eran propietarios á la sazón; pero el 
señor Terrero renunció como don Tomás Manuel y don 
Nicolás Ancliorena; y de la misma manera procedió el 
general Pacheco elegido el día 25. No encontrando 
quien desempeñara el poder ejecutivo, entró á ejercerlo 
provisoriamente el presidente de la legislatura, que lo 
era el doctor Manuel Vicente de Maza, como lo preve- 
nía la ley de 17 de septiembre último ; — y de esta ma- 
nera cesó el conflicto que debía aumentarse muy en 
breve, como se verá en el capítulo siguiente. 



CAPITULO XXV 



BARRANCA-YACO 



( 1834—1835 ) 



Sumario: I. Retrospecto: las provincias del norte después del año 1831. — II. El gene- 
ral Latorre: reacción que encabeza contra el plan del general Paz : desaloja 
las fuerzas unitarias de Santiago del Estero y ocupa el gobierno de Salta. — 
III. Revolución de los unitarios en Salta: combate de los Pillares. — IV. 
Latorre y Heredia : anarquía en Catamarca: Latorre acusa á Heredia. — V. 
Rompimiento entre arabos gobernadores : Latorre se pone en campaña. — VI. 
Misión de Quiroga : la vida de Quiroga en Buenos Aires : cambio que se opera 
en su persona. — VII. Sus vistas respecto de la política general del país: su 
conducta con los adversarios. — VIII. Quiroga consulta á Rozas sobre su 
misión al norte : ambos convienen en la necesidad de arreglar á Heredia con 
Latorre. — IX. La conferencia en San José de Flores. — X. Rozas acompaña 
á Quiroga hasta Areco : Quiroga rehusa la escolta que aquél le presenta. — 
XI. Rozas le dirige la carta convenida sobre la obra constitucional. — XII. 
Detalles de esta carta : las provincias y la Nación. — XIII. El precedente del 
año 1826 : carácter del Congreso y base de la Constitución á dictarse. — XIV. 
Idea de la confederación de las provincias. — XV. Idea de la capital : Ro- 
zas se pronuncia por la creación de una capital como Washington : resume 
las dificultades para dar inmediatamente la Constitución. — XVI. Marcha de 
Quiroga hasta Pitambalá : aquí sabe la muerte de Latorre y se dirige á San- 
tiago. — XVII. Vacilaciones de Quiroga cuando debe regresar : combate intimo 
sobre si debe esperar en Santiago ó en Córdoba á sus asesinos. — XVIII. 
Ibarra se sincera á sus ojos : Quiroga se penetra de que López y los Reina- 
fé quieren asesinarle y marcha hacia ellos. — XIX. Idénticos avisos y deta- 
lles certeros que recoge en la posta del Ojo del agua. — ^XX. Búrranca- 
Yaro : asesinato de Quiroga y de su comitiva. — XXI. Antecedentes que 
desautorizan la sospecha contra Rozas : opinión de Rivera Indarte y de 
Sarmiento. — XXII. Quiénes fueron los asesinos. — XXIII. Enemistad entre 
López y Quiroga. — XXIV. Revolución que fomenta Quiroga contra Reinafé : 
plan siniestro que le denuncia Ruiz Huidobro y que concuerda con la 
denuncia anterior de Moreno. — XXV. Actitud subsiguiente de López : con- 
fesión de López á Rozas. — XXVI. Opinión del general Paz que concuerda con 
esa confesión : cuándo y cómo arreglan López, Cúllen y los Reinafé el mo- 
do de sacrificar á Quiroga. — XXVII. Las últimas instrucciones del gober- 
nador Reinafé á su hermano. — XXVIII. Cómo los glosa Rozas en su carta á 
López. — XXIX. Consecuencias que deduce Rozas del estudio de los hechos. — 
XXX. Empeño de Rozas de descubrir á los asesinos. — XXXI. Juicio y 
fusilamiento de los asesinos. 



Cuando el doctor Maza se recibió del gobierno de 
Buenos Aires, el litoral argentino era una fragua de cons- 



— 230 — 

piraciones, y las jirovincias del norte se aprestaban á 
dirimir en lucha armada la contienda que se había susci- 
tado entre el general Alejandro Heredia, gobernador de 
Tucuinán y el general Pablo de la Torre, gobernador 
do Salta. Era tan vasto el escenario de esa época y tan 
importante el papel que desempeñaban los actores del 
drama revolucionario en las >iegregariones federales, á las 
cuales robustecían respectivamente entre el choque de 
las armas y á pesar de la anarquía, que se hace nece- 
sario ir con el pensamiento de un punto al otro para 
reunir los hechos complejos que se producían, y presentar 
las causas que los explican y los conservan como facto- 
res de la elaboración orgánica del país. Forzoso es, pues, 
retrotraerse al año de 1831, cuando las provincias del 
norte se pronunciaron por la federación á consecuencia 
de las victorias de Quiroga sobre Lamadrid y Alvarado. 
El general Pablo de la Torre, miembro de familia 
patricia, militar de la Independencia y dueño de presti- 
gios bien cimentados, era el campeón de la federación en 
la provincia de Salta. Al frente de los denodados gauchos 
que á las órdenes de Güemes habían destruido á los 
aguerridos ejércitos españoles, reaccionó en 1829 contra 
el plan del general Paz de implantar el régimen unitario 
por medio de sus armas. Así, mientras él se dirigía á 
Santiago del Estero contra Dehesa, sus tenientes, los coro- 
neles Arias y Güemes (José) derrocaban del gobierno de 
Salta al canijuigo Gorritti, á quien Paz acababa de nom- 
brar general. De regreso de Santiago del Estero, cuan- 
do Quiroga acababa de vencer á los unitarios en la 
batalla de la Ciudadela, Latorre fué llevado al gobierno 
de Salta, después que aquel general hubo íirmado con 
los diputados de esta provincia el convenio de que se 
ha dado cuenta al fin del capítulo XVIII. La partici- 
pación conjunta en estos sucesos unió á Latorre con 



— 2ái — 

■el general Heredia que acababa de ser nombrado (14 de 
enero de 1832; gobernador de Tucumán, y á ambos con 
el general Felipe Ibarra, que lo era de Santiago del Estero, 
afianzándose así la federación en el norte de la República. 

Á la sombra de la política liberal que inició Heredia 
y que le atrajo las simpatías de sus adversarios y los 
•elogios del elemento joven de entonces (^), los Gorritti 
y los Puch, reclutaron elementos en Tucumán y en Jujuy 
con el objeto de derrocar á Latorre. Descubiertos á 
tiempo, fueron conducidos al campo de Latorre situado 
en Castañares. Con todo, el 25 de octubre se sublevó la 
guardia que los custodiaba, se lanzó sobre Latorre que 
apenas pudo ponerse á salvo, mató al coronel Arias, y 
los revolucionarios se apoderaron del gobierno. Latorre 
ganó la campaña, reunió unos mil gauchos y los derrotó 
completamente el 7 de noviembre en la quebrada de 
los Fulares. Los Puch y sus amigos huyeron á Bolivia 
y el poder de Latorre quedó más afianzado con la vic- 
toria. 

De las comunicaciones subsiguientes entre Heredia 
y Latorre, se desprende que éste sospechaba de que aquél 
favorecía los movimientos revolucionarios de Salta, con 
el designio de colocar en el gobierno de dicha provin- 
cia á su hermano el coronel don Felipe. Tales sospe- 
chas se reagravaron con motivo de los trastornos de 
Catamarca. Latorre le escribía á Ibarra que esos tras- 
tornos eran promovidos por Heredia á objeto de colocar 
allí al coronel Manuel Navarro y dominar militarmente 
en todo el norte. La verdad es que Heredia se había 



(^) Véase entre otros papeles la Corona Lírica (colección de 
composiciones poéticas y musicales) dedicada al gobernador Heredia 
por los ciudadanos Juan Bautista Alberdi, Marcos Paz, Misruel Marm 
y Agustín Risso. 



— ¿32 — 

negado á reconocer al gobernador de Catamarca en vir- 
tud de haber sido éste nombrado en pos de una aso- 
nada militar; y que en seguida se dirigió al coronel 
Navarro significándole la conveniencia de que bonificara 
la elección de gobernador recaída en su persona. Por 
su parte Latorre contestó en términos violentos las co- 
municaciones del gobernador de Catamarca y cortó sus 
relaciones con éste. ( ^ ) 

Simultáneamente el partido urbano de Jujuy traba- 
jaba por separar este territorio del de Salta (-) y Latorre 
veía en esto una nueva hostilidad de parte de Heredia. 
En consecuencia se preparó para la defensiva, alegando 
que Heredia favorecía á los unitarios de Salta para 
lanzarlos en la primera oportunidad; y este último hizo 
otro tanto, declarando que Latorre favorecía á don Ja- 
vier López y á los unitarios que invadieron Tucumán. 
Á principios de noviembre Latorre se puso en campaña 
expidiendo una proclama en la que anunciaba que el 
gobernador Heredia con fuerzas de Tucumán, Santiago 
y Catamarca se dirigía sobre Salta, y que él se veía 
obligado á defenderse á la cabeza de sus compatriotas. 
Heredia le comunicó al gobierno de Buenos Aires los 
motivos por los cuales trasponía los confines de su 
provincia (^); y dirigiendo una proclama á sus tropas 
en la que les decía que « iban á acompañar á sus ho- 
gares á los emigrados de Salta », fué á situarse cerca 



(') Véase las notas del gohiei-no (lele<íado don Pedro A. Zeiiten, 
don íylanuel Navarro y don Felipe Figiieroa al «jobernador de Tucu- 
mán, y la del de Salta á este último, publicadas en La Gaceta Mer- 
cantil del 19 de agosto de 1834. 

(-) Véase el acta de la independencia de Jujuy, y documentos 
correlativos en la Historia Civil de Jujuy por el tloctor Joaquín 
Carrillo, pág. 450 y sig. 

(•^) Nota de 19 de noviembre, á la que adjunta los antecedentes 
de las invasiones promovidas por Latorre sobre Tucumán. 



— 233 — 

del río del Valle, mientras su hermano don Felipe ocu- 
paba el valle de Lerma y el nuevo gobernador de Jujny 
movía sus fuerzas en combinación con ellos. 

Fué entonces cuando el gobierno de Buenos Aires 
nombró su representante al general Quiroga para que 
fuese á mediar amistosamente en la contienda armada 
que sosteníanlos gobernadores de Salta y de Tucumán. 
El general Quiroga había venido por vez primera á Buenos 
Aires, á principios del año 1834, conduciendo el regi- 
miento Auxiliares de los Andes, perteneciente á esa pro- 
vincia, y que formó parte de la división del Centro en 
la campaña á los desiertos. La vida de la capital virrei- 
nal, que lo ponía en contacto con la buena sociedad á 
que se incorporó desde luego; un fuerte apego á ese 
medio aml»iente acariñador, al que se abandonaba con 
cierto candor infantil, como para resarcirse de todo el 
tiempo en que sugestiones dañinas lo mantuvieron ale- 
jado de ese centro del pensamiento y de la iniciativa 
argentinos; y la satisfacción íntima que encontraba, al 
fin, en su hogar donde sus hijos iluminaban días serenos 
para él, después de una existencia azarosa que arrostró^ 
siempre con la lanza y á caballo, había reformado los 
hábjtos, los sentimientos y las ideas del general Juan 
Facundo Quiroga. Quien recién lo hubiera visto á últi- 
mos del año 1834, lo habría tomado por un rico hacen- 
dado de Buenos Aires retirado á la ciudad para cuidar 
de la educación de sus hijos, y compartir con su familia 
y sus viejos amigos las horas de espansión y de placer 
que se proporcionaba con sus rentas. Una sola pasión 
no pudo dominar: fué la del juego. Pero para satis- 
facerla, asistía á las tertulias de los sibaritas y truhanes 
aristocráticos de la época; y hacía gala allí de una cul- 
tura en el porte y en las maneras que dejaba estupe- 
factos á los de gusto más refinado. En su casa las tenía 



— 234 — 

taitibién, y entonces redoblaba el asombro de los que 
todavía creían que el formidable caudillo usaba poncho 
y cuchillo al cinto, y veían en el traje de éste, en su 
trato y en la franca complacencia con que recibía á sus 
invitados, las señales inequívocas de un hombre de buena 
educación. (') 

En sus conversaciones con los hombres principales 
cuyo trato frecuentaba, Quiroga confesaba ingenuamente 
sus errores, y decía que más de una vez le había pe- 
sado el haber rechazado la Constitución de 1826; que 
procedió así por sugestiones de hombres de Buenos 
Aires, y porque Costa y Haedo le escribieron que no 
podían pensar en negocios de minas con semejante 
Constitución y con un gobierno como el de Rivadavia 
que quería abarcarlo todo. Lo más curioso es que bus- 
caba conexiones con los unitarios que se hallaban en 
Buenos Aires y que les argumentaba acerca de la nece- 
sidad de que contribuyesen á la organización nacional 
bajo el régimen federal, porque tal era la voluntad in- 
quebrantable de los pueblos. Una noche declaró en casa 
de don Simón Lavalle que Rozas estaba de acuerdo con 
él á este respecto, y que tan luego como las provincias 
estuviesen en paz, darían ambos los pasos para reunir 
un congreso en Santa Fe : que él aseguraba con su vi- 
da que habría constitución federal. Usando de sus ofre- 
cimientos, obtuvieron de él favores varios jefes y emi- 



(*) Escritores serios que bogaban en las aguas de propagan- 
distas apasionados, han presentado en esta época á Quiroga con 
poncho, cucliillo y demás detalles del traje del llanero. Pero per- 
sonas (lue lo vieron entonces me han asegurado que llevaba el traje 
g(!neral de los hoin])res de la ciudad. Y el antiguo oficial de la se- 
cretaria d(^ Rozas en la expedición al desierto, me ha referido que él 
mismo acompañó á Quiroga á la sastrería de Lacomba y Dugdignac, 
una de las más acreditadas, donde se vestía el mismo Rozas, y á la 
<jual siguió ocupando Quiroga. 



— 235 — 

grados del partido unitario. Á su interposición se debió 
que el coronel Wenceslao Paunero pasara de Bolivia á 
reunirse con su familia en la Colonia; y en el capítulo 
a,nterior se ha visto cómo le ofreció á Rivad^via su 
fianza y sus servicios para que pudiese permanecer en 
Buenos Aires. 

Antes de aceptar la misión que le propuso el go- 
bierno del doctor Maza cerca de los gobiernos de Tucu- 
mán y de Salta. Quiroga consultó el punto con Rozas, 
quien se encontraba en su estancia del Pino. Rozas se 
pronunció por la urgencia que había en apagar la anar- 
quía en el norte, y le manifestó que Heredia tenía la 
mayor responsabilidad en ella, pues se había rodeado 
de los elementos que la fomentaban en ambas provin- 
cias contendientes. Que aunque Latorre se había acre- 
ditado en la causa que defendían las provincias, pensaba 
que su misión debía contraerse á remover las causas 
de desinteligencia entre Heredia y Latorre, haciéndoles 
ver que no debían sacrificar á sus emulaciones el triunfo 
de la causa federal que estaban llamados á afianzar desde 
sus cargos respectivos. Quiroga convino en lo mismo 
y se prometió arreglarlos valido de la consideración que 
ambos le dispensaban. Así se lo manifestó al goberna- 
dor Maza, y como indicase al mismo tiempo su deseo 
de conferenciar con Rozas sobre las bases de arreglo, 
el gobernador los invitó á ambos y á don Juan N. 
Terrero á una reunión en la quinta de este último en 
San José de Flores. 

Los cuatro personajes mencionados se reunieron á 
mediados de diciembre en la quinta de Terrero. El 
doctor Maza manifestó (') que ejerciendo el gobierno 



(1 ) Debo estos detalles al señor Máximo Terrero, nuien se encon- 
traba en la quinta de su padre, y al señor Antonino Reyes, oficial de 
la secretaria de Rozas. 



— Qm — 

provisoriamente sin ministros de (jnien aconsejarse, les 
pedía á sus ami,i»os opini('»n franca acerca de las ins- 
trncciones que había redactado para el general Qiiiroga. 
Aceptadas éstas en general, se discutió la conducta que 
observaría el comisionado en el caso en que Latón e ó 
Heredia rehusasen el arreglo, resolviéndose que el comi- 
sionado exigiría una suspensión de hostilidades, durante 
la cnal el gobierno de Buenos Aires pediría á los signa- 
tarios del pacto de 1831 se pronunciasen contra la guerra 
entre Tui'umán y Salta: y que así lo ratilicaría el comi- 
sionado á los contendientes. El oficial de secretaría don 
Antonino Reyes copió allí mismo las instrucciones, y se 
acordó que el gobernador de Buenos Aires comunicaría 
á los del tránsito del general Quiroga los objetos de la 
misión que le confiaba, pidiéndoles que le facilitasen los 
medios de locomoción. 

En la madrugada del 17 de diciembre salió Quiroga 
de San José de Flores, acompañado solamente del coronel 
José Santos Ortíz; que se negó obstinadamente á aceptar 
una buena escolta que Rozas puso á sus órdenes, diciendo 
que su i)ersona era la mejor escolta para contener á cual- 
quier cobarde. Rozas lo hizo subir en su galera par- 
ticular preparada como para viaje y con algunos buenos 
caballos, subió él en el carruaje de Quiroga y se pusie- 
ron en camino. «La marcha fué sin tropiezo hasta que 
llegamos á la Villa de Lujan, me dice el señor Antonino 
Reyes ('j, donde fué recibida la comitiva con muestras 
de alegría; y al obscurecer nos detuvimos en la estancia 
de Figueroa á inmediaciones de San Antonio de Areco. 



(' ) Carta (|ue me diri^nó el señor Reyes en 15 de septiembre de 
IHiSO sobre estos sucesos, y de la que extracto los detalles que él pre- 
senció, y que están corroborados por hechos concordantes, como se 
verá en este capitulo. Véase el apéndice de este tomo. 



— 237 — 

Aquí tuvieron ambos generales su última conferencia, y 
convinieron en que á la madrugada siguiente partiría el 
general Quiroga, debiendo seguirlo un chasque con una 
carta del general Rozas en la que expresaría su parecer 
respecto de los asuntos que se ventilaban. » 

Mientras que Quiroga se ponía en marcha el día 18 
en dirección al arroyo de Pavón, Rozas le dictaba tá don 
Antonino Reyes en la misma hacienda de Figueroa, la 
carta en la cual resumía sus ideas respecto de la orga- 
nización política del país, las mismas en cuyo nombre 
fué elevado al rango de Encargado de las relaciones 
exteriores de la Confederación Argentina. En esta carta 
Rozas se refiere al estado de agitación de algunas pro- 
vincias, á los planes anárquicos de los unitarios, y le 
dice á Quiroga que debe hacer presente á los goberna- 
dores y demás personas influyentes, el paso retrógrado 
que ha dado la Nación, alejando tristemente el suspirado 
día de la grande obra de la Constitución; que este estado 
es el argumento más fuerte que se puede hacer; que los 
escándalos c[ue se han producido desde años atrás pro- 
vinieron de que se dictaba la Constitución Nacional sin 
tener en cuenta el estado ni la opini(3n de las provincias 
que la rechazaban inmediatamente; que, á su juicio, 
se debió y se debe invertir los medios^ comenzando por 
vigorizar las 'provincias para labrar sobre esta base la 
Constitución Nacional. 

Como se ve. Rozas hería la cuestión por el lado 
práctico de los hechos con una exactitud que no admi- 
tía réplica; porque ellos se habían producido desgracia- 
damente tal como él los enunciaba. Con tal motivo 
recuerda el precedente de la Constitución de 1826, y 
refiriéndose á los distinguidos hombres de ese tiempo, 
dice bruscamente que « esa constelación de sabios no 
encontró más hombre para el gobierno general que á 



— 238 — 

clon Bernardino Rivadavia, y que éste no pudo orga- 
nizar su ministerio sino quitándole el cura á la Cate- 
dral, y haciendo venir de San Juan al doctor Lingotes 
para ministro de hacienda, quien entendía de este ramo 
tanto como un ciego de nacimiento entiende de astro- 
nomía ». 

En seguida de este desahogo injusto, tratándose de 
un hombre como Rivadavia, que bien pudo equivocarse, 
])ero que sembró en su país la semilla fecunda del go- 
bierno libre. Rozas se refiere al carácter del Congreso 
que se convoque, y á las materias de que se debe ocu- 
par con preferencia. -< El Congreso debe ser convencio- 
nal^ dice, y no deliberante] debe ser para estipular las bases 
de la unión federal, y no para resolverla por votación. 
Las atribuciones que la Constitución asigne al gobierno 
general deben dejar á salvo la soberanía é independencia 
de los estados federales. El tesoro y el ejército federa- 
les deben formarse según los convenios que hagan los 
estados por el órgano de- sus representantes. » El go- 
bierno general en una república federativa no une á los 
pueblos federados: /o.5- representa unidos, ^o es para unir- 
los, es para representarlos unidos ante las demás nacio- 
nes. 

Rozas se pronuncia, pues.' por una confederación se- 
mejante á la de 1778 en los Estados Unidos; á la que 
proclamaban Dorrego y Moreno y á la que pactaban 
las provincias del litoral en enero de 183L Los esta- 
dos son la base de su sistema. Éstos son soberanos é 
independientes, y delegan en un gobierno general la 
atribución de representarlos ante el extranjero, así en 
paz como en guerra. «Si no hay estados bien organiza- 
dos, dice, y con elementos bastantes para gobernarse 
por sí mismos, y asegurar el orden respectivo, la repú- 
blica federal es quimérica y desastrosa.» «Obsérvese, agre- 



— '2m — 

ga, que en Norte América iio se ha admitido como estados 
á los pueblos y provincias que se formaron después de 
su independencia, sino cuando éstos pudieron regirse 
por sí solos.» 

La residencia del gobierno general es otra cuestión 
grave y trascendental para Rozas, por la complicación 
de funciones que sobreviene con las de las autoridades 
del Estado en que ella está radicada. « Estos inconve- 
nientes, dice, son de tanta gravedad, que obligaron á 
los norteamericanos á fundar la ciudad de Washington, 
hoy capital de aquella república, y que no pertenece á 
ninguno de los estados confederados. » Y después de 
detenerse en los grandes detalles que, á su juicio, debe 
contener la Constitución federal con arreglo á las ideas 
fundamentales enunciadas. Rozas enumera las dificul- 
tades y escollos que presenta el estado general del país, 
para entrar inmediatamente en esa organización, que no 
aceptarían los mismos que pregonaban la necesidad de 
la Constitución Nacional; y cierra su carta con esta 
profecía que se cumplió diez y siete años después en 
el Acuerdo de San Nicolás complementado por el pacto 
de 6 de junio de 1860. « No hay otro arbitrio que el 
de dar tiempo á que cada gobierno promueva por sí el 
espíritu de paz y de tranquilidad. Cuando esto se haga 
visible, los gobiernos podrán negociar amigablemente las 
bases para colocar las cosas en tal estado que cuando se 
forme el Congreso no tenga más que marchar llana 
mente por el camino que ya los 77iis?nos pueblos de la 
República le hayan designado. » (') Rozas hizo suyas 
estas ideas desde que subió al gobierno y las con- 



(') La carta de Rozas se publicó en el Archivo Americano núm. 
26, pág. 146 y en la Gaceta Mercantil del 15 de marzo de 1851. Lleva 
la fecha de 20 de diciembre de 1834. 



— 240 — 

servó hasta el año de 1852 contra el poder de sus 
adversarios y á pesar de las coaliciones que le arma- 
ron la Gran Bretaña, la Francia y el Brasil. Así fué 
como dejó establecidos y triunfantes estos dos princi- 
j)ios: el derecho de los pueblos suramericanos de re- 
solver por sí mismos sus diferencias sin la intervención 
de las grandes potencias, la cual pretendían erigir en 
jn-incipio los estadistas y publicistas europeos ; y el 
de la Confederación Argentina al que dio forma consti- 
tucional el Congreso de 1853 por los auspicios del ge- 
neral Urquiza. 

Esa carta alcanzó al general Quiroga fuera de la 
jurisdicción de Córdoba. Un día antes, al llegar á la 
capital de esta provincia, casi se vio obligado á detener 
su marcha á causa de la falta de caballos. Pero él los 
exigió á toda costa de don Guillermo Reinafé, que se 
encontraba allí en la posta, y siguió su camino con la 
misma rapidez con que lo había comenzado. Al llegar 
á Pitambalá, jurisdicción de Santiago del Estero, sabe 
el desenlace de la contienda entre Heredia y Latorre. 
El comandante Fació, gobernador de Jujuy y jefe de las 
fuerzas auxiliares de Salta, ha derrotado á Latorre el 18 de 
diciembre y tomídolo prisionero. (') El 29 de diciembre se 
ha producido un movimiento en Salta con el objeto, según 
se dijo, de librar á Latorre de su prisión. Los soldados 
que lo custodiaban han hecho fuego sobre él y sobre el 
coronel José Manuel Aguilar, y los han dejado muertos 
allí mismo. Esto no obstante, Quiroga llega á Santiago 
del Estero y llena los objetos de su misión con Heredia, 
Ibarra, Navarro y demás gobernadores á quienes escribe 



( ') Véase parte de Fació á Hererlia, y parte de Heredia al gober- 
nador delegado de Tucumári, don Juan Bautista Paz. 



— 241 — 

interponiendo toda su influencia para llamarlos á la 
concordia. 

Cuando se prepara á regresar á Buenos Aires, Qui- 
roga vacila entre si lo liarií por Cuyo ó por el camino 
de Córdoba. ¿Vacilar Quiroga? Sí; algo como un eco 
del íin de su destino resuena melancólico en el fondo 
de su alma. Él sabe que lo quieren asesinar. Pero, 
¿porqué no lo han buscado sus asesinos cuando cruzó 
sin escolta por Santa Fe y Córdoba? ¿Se hallan en San- 
tiago, estarán en Buenos Aires? ¿Esperarán que esté 
dormido, inerme, para hundirle el puñal alevoso? ¿Lo 
envenenarán acaso? ¿Quiénes son, dónde están por fin? 
El recuerdo de los hijos pasa como una sombra cariñosa 
que le murmura algo como un reproche... ¿porqué no 
aceptó la escolta que le ofreció con instancia Rozas al 
separarse de él en la hacienda de Figueroa, diciéndole 
que muy bien pudiera ser que sus enemigos le jugasen 
una mala pasada? Pero él puede obtener esta escolta en 
Santiago, y escoger por sí mismo sus hombres... Hay 
momentos en que piensa trasladarse á Mendoza y comu- 
nicar desde allí al gobierno de Buenos Aires el resultado 
de su misión y sus vistas sobre ésta. La ocasión lo 
favorece. El gobierno de Mendoza ha invitado á los de 
San Juan y San Luis á darse la Constitución que debe 
regir las tres provincias bajo la denominación de Pro- 
vincia de Cuyo, para entrar así en la Federación Argen- 
tina, bajo la protección del general Quiroga. (') Pero si 
los asesinos están en Santiago, como se lo avisan, huir 
es indigno de él. Que vengan, pero que vengan pronto, 
porque él también tiene una misión que desempeñar, y 
no quiere ser el juguete de temores pueriles. 

Sus amigos vienen en ayuda de esta duda que lo irrita 

(') Ley de la Sala de Mendoza de 8 de enero de 1834. 

TOMO II. 16 



242 

y avt'r<4i"ienza al iiiisino ticmpí/. El ,£;obernador Ibarra se 
sincera á sus ojos: en Santiago el general Quiroga no 
tieiu' sino amigos: ordene lo que quiera para compro- 
barlo así: no es de aquí; es de Córdoba de donde viene 
el i»eligro: los Reinafé son los promotores del plan para 
asesinarlo. Quiroga recapitula con desprecio los antece- 
dentes que concuerdan con este aviso que no puede serle 
sospeclioso: recuerda las revelaciones ({ue le luciera su 
íntimo amigo el general Piuíz Huidoliro. de las cuales 
aparecía que los Reinafé tramaban algo contra él desde 
el año anterior. Pero en ello está mezclado el nombre 
de don Estanislao López. ¿Será López también de la 
partida? Luego las cartas que le dirigieron López en 
26 Y 29 de diciembre, y el gobernador Reinafé en 22 del 
mismo, son urdidas para que él vaya á entregárseles? 
Así lo dicen todas sus noticias, y la carta anónima que 
le dirigen de Córdoba el día 30, avisándole que á su 
regreso será asesinado por orden de los Reinafé. (') Esto 
mismo se lo corrobora el coronel Manuel Navarro desde 
Catamarca, en carta de 8 de enero de 1835. Y bien, son 
ellos; él los sorprenderá con su regreso, como los sor- 
prendió con su venida precipitada. 

Quiroga fija al fin su resolución. La energía de sus 
sentimientos primitivos, adormecida por el amor de los 
suyos á quienes recuerda con ternura infinita^, despierta 
en presencia del peligro más soberbia y más temeraria 
que nunca. Una fuerza irresistible lo empuja á su fatal 
destino. Éste lo llama, lo atrae: él lo ve, lo palpa, y 
sigue á su encuentro, camino de Córdoba. El 15 de fe- 
brero de 1835 llega á la posta del Ojo del Agua, dis- 
tante poco más de veinte leguas de la ciudad de Cór- 



( ^ ) Véase el plano especial levantado con motivo del juicio segui- 
do á los asesinos de Barranca-Yaco 



— 243 — 

doba. Por la noche un vecino le comunica al coro- 
nel José Santos Ortíz que el capitán Santos Pérez se 
encuentra en el lugar ele Barranca-Yaco con una gruesa 
partida para asesinar á Quiroga y cá toda su comitiva. 
El maestro de posta lo sabe también, y lo repiten todos 
los que están allí, y dase cuenta de cuantos son y de 
las armas cj[ue llevan. Estos detalles horribles acerca de 
su muerte casi segura aterran á Ortíz, y quiere sepa- 
rarse de la comitiva. Pero Quiroga lo contiene dicién- 
dole que sea cual fuere esa partida le ha de servir de 
escolta hasta Córdoba: manda preparar algunas armas 
con su asistente y se duerme como si esta noticia á 
fuer de muy sabida, no mereciera mayor prevención. Á 
la mañana siguiente se dirigen Quiroga, Ortíz, un negro 
asistente, dos correos, un postillón y un niño en direc- 
ción á Cinsacate. Como dos leguas antes de llegar á este 
punto, á tres leguas de la estancia de Cerrillos ó Totoral^ 
que administraban los Reinafé, y hasta donde llegaban 
las partidas del curato de Tulumba, del cual era coman- 
dante don Guillermo Reinafé, en el lugar indicado de 
Barranca-Yaco, la galera en que iba Quiroga es rodeada 
por una partida armada al mando del capitán Santos 
Pérez. Al verla, Quiroga saca la cabeza por la portezuela y 
pregunta: « ¿Qué significa esto? Acerqúese el jefe de esa 
partida.» En este instante recibe un balazo en un ojo que 
lo deja muerto; y Ortíz y todos los que lo acompañan, in- 
cluso el inocente niño del maestro de posta, son bárbara- 
mente sacrificados y saqueados, y sus cadáveres arrojados 
en el bosque próximo donde Santos Pérez había expiado 
el momento de cumplir la consigna que tenía recibida. (') 



( ' ) Estos detalles son bien conocidos merced á la publicidad que 
dio Rozas á estos sucesos. Véase la causa criminal seguida á los 
Reinaíe, La Gaceta Mercantil de julio de 1839, y el apéndice á este 
tomo. 



— 244 — 

Así acabó Quiroga; víctima de una temeridad sin 
ejemplo, y cuando según sus propias declaraciones y 
los hechos que quedan apuntados, se preparaba á ejer- 
citar su influencia en el interior para trabajar la organi- 
zación constitucional de la Repiiblica, concillando con 
Rozas el medio de llevarla á cabo sobre la base de la 
federación de provincias capaces de regirse por sí mismas; 
formando de dos ó más una con elementos sobrados 
para ese objeto, como lo acababan de proyectar las de 
Cuyo según la ley citada de Mendoza de 8 de enero 
de 1834, y en cuyo plan entraban Heredia é Ibarra por 
lo que hacía á las provincias del norte. 

Fundándose en estos proyectos trascendentales y en 
algunos de los conceptos de la carta de Rozas á Quiroga 
sobre la constitución de la República, algunas personas 
le atribuyeron al primero participación en el asesinato. 
Pero los mismos antecedentes de este asunto, la actitud 
que asumió Rozas con ocasión del asesinato, la publi- 
cidad que se empeñó en dar á todos los detalles que 
á ello se referían, la circunstancia especialísima de haber 
solicitado él mismo y obtenido de los gobiernos confe- 
derados el derecho de hacer juzgar á los Reinafé por 
los tribunales ordinarios de Buenos Aires, y de no haber 
éstos imputado á Rozas el mínimo cargo, ni la mínima 
participaciím en dicho asesinato, durante la larga y 
laboriosa secuela del proceso, en el cual depusieron todos 
cuantos fueron llamados para el mayor esclarecimiento 
del crimen : todo esto reduce esa sospecha leve á una 
afirmaciíHi sin fuiulamento que rechaza la crítica tran- 
quihi y severa. Ninguno ha ido más allá contra Rozas 
que Rivera Indarte, después de haberlo exaltado á la 
par de los más entusiastas; y que Sarmiento, que fué 
durante quince años el batallador brillante é infatigable 
contra el gobierno fuerte. El primero imputa á los Rei- 



— 245 — 

nafé el asesinato de Qiiiroga; y el segundo dice en su 
Facundo que «la historia imparcial esjDera todavía reve- 
laciones para señalar con su dedo al instigador de los 
asesinos». 

Y la luz se ha heclio al respecto. Los Reinafé procu- 
raron por todos los medios hacer recaer la culpahilidad 
sobre Ibarra, al mismo tiempo que hacían creer á San- 
tos Pérez y á otros que el asesinato de Quiroga era 
una cosa convenida entre ellos, López y Rozas. ( ' ) 
Ibarra se justificó, como se justiíicó Rozas, aún al sen- 
tir de sus enemigos políticos; pero López no pudo con- 
seguirlo, ni mucho menos los Reinafé. Del estudio 
detenido que he hecho de todos los antecedentes de este 
asunto; del examen de todos los papeles que he podido 
proporcionarme, algunos de los cuales se desglosaron 
del voluminoso expediente seguido á los Reinafé, pienso 
que puedo afirmar que el asesinato de Quiroga fué una 
obra preparada por don Estanislao López y su ministro 
don Domingo Cúllen, de acuerdo con los cuatro herma- 
nos don José Vicente, José Antonio, Guillermo y Fran- 
cisco Reinafé, 

Desde luego, es indudable que López y Quiroga se 
miraban con ojeriza. En 1831 se produjo entre ambos 
una grave desavenencia con motivo de haber el primero 
hecho nombrar á don José Vicente Reinafé gobernador 
de Córdoba, á pesar de la resistencia del segundo quien 
alegaba que el nombrado era un nulo que entregaría la 
provincia á los mismos á quienes él acababa de ven- 
cer asegurando el triunfo de la federación en Cuyo, 
el interior y el norte. Reinafé y sus hermanos, que no 
ionoraban esta circunstancia v las consecuencias que 



(M Véase el extracto de la causa seguida á los asesinos de Ba- 
rranca-Yaco, f. 308. 



— 246 — 

podrían sobrevenir, como quiera que Qiiiroga se expre- 
sara con su franqueza genial, compartieron naturalmente 
de esa misma ojeriza, que Rozas se la recordaba des- 
pués hábilmente á López en su carta sobre el suceso 
de Barranca-Yaco. (\) El resultado fué que Quiroga se 
retiró entonces manifestando á todos los que querían 
oirle, que López quería colocar instrumentos peli- 
grosos en el interior; pero que en este camino de- 
bía cuidarse de que no se los colocara él (Quiroga) en 
Santa Fe; y que López dijo á sus íntimos, y se lo hizo 
repetir á Rozas, que se hacía necesario que interpusie- 
ran juntamente su influencia para evitar que Quiroga 
trastornase el orden en la República. 

La influencia de López pesaba demasiado sobre el 
gobierno de Córdoba para que pasara desapercibida á 
la mirada suspicaz de Quiroga. Y para que fuese más 
mortificante, los Reinafé se empeñaban en asimilarse 
elementos hostiles á Quiroga, los cuales al favor de la 
condescendencia que, de acuerdo con López se les dis- 
pensaba, podían constituir una amenaza seria sobre 
La Rioja, Catamarca, San Luis y todo Cuyo. El general 
Ruíz Huidobro que se encontraba en esa provincia con 
los restos de la división con la que había expedicio- 
nado el desierto, ponía á Quiroga al corriente de la 
conducta de los Reinafé, de la influencia que sobre 
ellos ejercía López, y hasta creyó haber descubierto un 
plan tramado entre don Domingo CúUen, los Reinafé 
y los emigrados unitarios de Montevideo, para convul- 
sionar el litoral por los auspicios de López, y para 
deshacerse de Rozas y de Quiroga. La revolución de 
junio de 1833 contra los Reinafé para colocar en el 



(M Véase esta carta de Rozas á López, publicada en el Archivo 
Americano, 2^ serie, núm. 20, pág. 40 y sig. 



— 247 — 

gobierno de Córdoba á don Claudio Arredondo, que 
había sido el candidato de Quiroga, fué atribuida á los 
manejos de Ruíz Huidobro y á las indicaciones del mis- 
mo Quiroga. En la causa que con este motivo se le 
siguió á Ruíz Huidobro, el gobierno se vio obligado á 
sobreseer en virtud « de la dificultad de esclarecer cier- 
tos hechos y circunstancias de grave trascendencia para 
la cosa pública que no se debía complicar más », Es in- 
dudable que estas palabras se referían no solamente á 
la participación indirecta que á juicio del gobierno de 
Buenos Aires tenía Quiroga en ese movimiento, sino 
también á las revelaciones que había hecho Ruíz Hui- 
dobro al mismo doctor Maza, acerca del plan combinado 
entre Cúllen, López, los Reinafé, y los unitarios de 
Montevideo, en descargo de la ingerencia que se le 
atribuía en el movimiento de Córdoba. Y estas revela- 
ciones (') concordaban en un todo con las denuncias 
contenidas en la carta del doctor Moreno al ex-minis- 
tro Ugarteche, del plan entre esas mismas personas para 
convulsionar el litoral y deshacerse de Rozas y de Qui- 
roga. 

Quiroga desaprobó la conducta de Huidobro en 
aquella revolución, pero López y los Reinafé vieron en 
él al instigador principal de lo sucedido; y á partir de 
■este momento no se creyeron seguros hasta que no 
desapareciera esa influencia que podría abatirlos. Cuan- 
do Quiroga pasó para Buenos Aires con el regimiento 
Auxiliares de los Andes., hubieron de realizar un plan 
para deshacerse de él en la misma ciudad de Córdoba; 
y si ese plan fracasó, no fué porque el temerario caudillo 
no les diera tiempo suficiente para consumarlo, sino 



( 1 ) Véase La Gaceta Mercantil de noviembre de 1833 y la eoc- 
jposiciún del general Huidobro. 



— 248 — 

porque no encontraron instrumentos capaces de llevarlo 
ú cabo sin que resaltara su complicidad. En septiembre 
de 1834 el coronel Francisco Reinafé se dirigió á con- 
ferenciar con López, sin que promediara ningún asunto 
ni interés interprovincial que así lo requiriese. Según 
lo dice el mismo López en su carta á Rozas, Reinafé 
le habló de la prohabilidad de que Quiroga los atacase d 
ambos; y entabló con él una correspondencia conti- 
nuada. (^) Que L(')pez se hizo cargo de esta probabi- 
lidad, se comprueba por el hecho de salir en esa época 
á recorrer los departamentos y las milicias, y por de- 
clararlo él mismo que se preparaba á sostener una lu- 
cha con Quiroga. La prensa de Buenos Aires lo con- 
signó así ; y cuando López regresó á la capital de su 
provincia, la de Montevideo agregó que esto destruía 
los cálculos de los que creían inminente un rompimiento 
entre él y Quiroga. (2) 

El general Paz que todavía se hallaba preso en Santa 
Fe, dice en sus memorias {^) que las relaciones de L()pez 
con los Reinafé eran íntimas; que el coronel don Fran- 
cisco Reinafé estuvo en Santa Fe un mes antes de la 
muerte de Quiroga, habitando en la propia casa de López 
y empleando muchos días en conferencias misteriosas 
con éste. «En Santa Fe, agrega, fué universal el rego- 
cijo por la muerte de Quiroga: poco faltó para que se 
celebrase públicamente. Quiroga era el hombre á quien 
más temía López, y de quien sabía que era enemigo 
declarado. No abrigo ningún género de duda que tuvo 
conocimiento anticipado y acaso participación en su 
muerte.» En una de estas conferencias, don Domingo 



(*) Véase esta carta de 12 de mayo de 1835. 

(2) Véase El Universal de Montevideo del 27 de enero de 1.S34. 

(3) Tomo II, pág. :í7Q. 



— 249 _ 

Cúllen, ministro general de López, arregló con Reinafé 
la manera de sacrificar á Qniroga. Cuando el gobierno 
de Buenos Aires comunicó á los del interior la misión 
confiada á Quiroga, á fin de que le prestaran los auxilios 
necesarios de caballos en las postas del tránsito, López 
se apresuró á dirigir por su parte al gobernador Reinafé 
una carta aparentemente destinada á confirmar los 
deseos de acjuel gobierno, pero en realidad con el desig- 
nio de señalarle la oportunidad que esperaban; pues 
en ella le indicaba el camino que recorrería Quiroga, 
las postas en que debía detenerse, y la conveniencia 
de hacerlo custodiar con oficiales de confianza, que re- 
sultaron después complicados en el asesinato de ese 
general. 

Inmediatamente el gobernador Reinafé delega el 
mando á pretexto de enfermedad y se retira á su estan- 
cia del Totoral, después de ordenar que una partida se 
aposte en el monte de San Pedro, como á ocho leguas 
del partido de Tulumba que comanda su hermano don 
Guillermo, y que asesine á Quiroga y á todos los que 
le acompañen. (') Pero Quiroga ya está en Córdoba, 
y sigue su marcha con la misma precipitación con que 
cruzó por Buenos Aires y Santa Fe, y consigue escapar 
todavía á la celada que le tienden. Sin embargo , el 
gobernador Reinafé sabe por dónde regresa Quiroga y 
cuándo llegará á tal ó cual punto, porque con fecha 13 de 
febrero escribe á su hermano don Guillermo « que por 
el bajo de Requa andan unos siete salteadores; y si 



(') En el extracto de la. causa seguida á los asesinos de Barran- 
ca-Yaco, el reo Cabanillas declaró conmovido que con fecha 24 
de diciembre de 1834 había escrito á un amigo de Quiroga que le 
dijese á éste que no pasase por el monte de San Pedro, porque 
él se encontraba allí con una partida de 25 hombres para ase- 
sinarlo por orden del gobierno de Córdoba. Véase el plano especial 
del camino que anduvo Cabanillas desde la ciudad de Córdoba. 



— 250 — 

puedes custodiar la persona del general Quiroga á su 
])asada, debes hacerlo á toda costa; no sea que viniendo 
ron poca escolia esos picaros intenten algo y nos com- 
l)rometan. » (' ) 

« Aqui es de notar, decia Rozas en su carta á López 
ya citada, que la orden es condicional ; y no es fácil 
comprender lo que importaba esta condición desde que 
no se puede concebir qué imposibilidad tan absoluta 
se preveía que podría tener don Guillermo de custodiar 
al general Quiroga, supuesto que debía hacerlo á toda 
costa. También es de notar que la orden no dice si 
debe custodiarlo á su pasada por su provincia ó por 
donde estaba don Guillermo. Si lo primero, debían ser 
muy públicas las providencias de este señor para dar 
<'umpliniiento á la orden, ó hacer constar no haberlas 
tomado. Si lo segundo, era igualmente ridicula la 
orden de precaución, y lo es mucho más el decir que no 
surtió efecto por haber pasado el señor Quiroga sin ser 
sentido; pues según estoy informado, el lugar del ase- 
sinato dista como tres leguas de la estancia que admi- 
nistran los Reinafé y como á doce de Tulumba, donde 
el mismo don Guillermo tiene una fuerza como de 
seiscientos hombres. » 

En esta carta importante del punto de vista del 
examen legal de los hechos. Rozas analiza minuciosa y 
hábilmente el sumario mandado levantar por el gobierno 
delegado de Córdoba; apunta las contrariedades que 
indican visiblemente que han participado en el crimen 
personas á quienes estudiadamente se les presenta como 
empeñadas en descubrirlo ; señala las informalidades 
del juez Figueroa, y las inexactitudes que á sabiendas 



(M Véase éste y otros documentos correlativos en el diario de 
sesiones de Buenos Aires, 1835, núm. 503. — Véase la causa citada. 



— 251 — 

establece en el sumario á fin de ocultar lo que todos 
los antecedentes están confirmando; se detiene en el 
hecho del oficial y dos soldados de don Guillermo Rei- 
nafé que aparecieron y desaparecieron en seguida en 
la posta del Ojo del Agua, y la declaración del correo 
Marín que dice que viniendo detrás de la galera oyó que 
un oficial mandaba hacer alto y que se disparaban 
cinco tiros sobre ella; y de este estudio prolijo, y de 
los detalles que reúne y comenta, deduce que el ase- 
sinato no se lia perpetrado por una partida de saltea- 
dores sino por una partida militar de Córdoba, en el 
distrito comandado por doii Guillermo Reinafé : que 
sobre éste y el gobernador de Córdoba pesa la responsa- 
bilidad del atentado, por más que se esfuercen en atri- 
buirlo á inñuencias extrañas para eludirla por su parte. 

Rozas se empeñó en darle la mayor publicidad po- 
sible á todas las medidas que tomó para descubrir á los 
que tenían participación en la muerte de Quiroga; y 
López se manifestaba por el contrario interesado en que 
no se llevasen adelante esas investigaciones. (}) k Rozas 
no se le ocultaba que los Reinafé y otros personajes 
de Córdoba habían llegado á decir que la desaparición 
de Quiroga era una medida concertada entre ellos, 
López y el mismo Rozas, y que respondía á exigencias 
de alta política ('); y creyó que el medio mejor de le- 
vantar el cargo era acusar públicamente á los que apa- 
recían complicados en el asesinato, y provocar á los 
Reinafé á que hablaran. 

Al efecto acusó á los Reinafé; y López no pudo menos 
que consentir en que fueran conducidos á Buenos Aires 



(1) Véase Zr/ Gaceta 3/erca/?¿¿í de los primeros días de julio de 1836. 
( 2) Véase entre otras declaraciones del proceso las de Cabanillas, 
Santos Pérez, etcétera. 



— l.J'j — 

\ydVii ser juzgados por sospechas de asesinato en la 
l)ersona de un enviado de esta provincia. Del largo" 
proceso que se les siguió resultó la culpabilidad de 
los cuatro hermanos Reinafé. En poder de don Gui- 
llermo se encontraron los papeles de Quiroga y de 
Ortíz ; y por manos de los jueces de la causa pasaron 
antecedentes que comprometían á López, pero que no 
figuran en el extracto que se hizo de dicha causa. Don 
José Vicente, don Guillermo y don José Antonio Reinafé, 
don Feliciano Figueroa, el capitán Santos Pérez y 
demás ejecutores y cómplices del asesinato de Quiroga, 
con excepción de don Francisco Reinafé que consiguió 
escaparse, fueron fusilados en Buenos Aires el 25 de 
octubre de 1837. López perdió desde entonces la prepon- 
derancia que había adquirido en el litoral y en el inte- 
rior. La muerte de Quiroga lo desacreditó entre sus 
propios amigos, y no le quedó otro apoyo serio que el 
que quisiera prestarle Rozas. 



CAPITULO XXVI 



LA SUMA DEL PODER PUBLICO 



( 1835 ) 



Sumario: I. Cómo se desenvuelve el plan revelado por el ministro Aloreno. — II. El 
gobierno de Buenos Aires obliga al gobernador López á que defina su 
posición. — III. El gobernador provisorio denuncia la crisis y amenaza en 
que se halla la Provincia y dimite su cargo. — IV. El proyecto para 
nombrar á Rozas gobernador con la simia del poder público. — V. El 
fervor de las clases distinguidas y docentes. — VI. Rígida observancia de 
las formas parlamentarias. — VII. Selecta composición de la legislatura. 
— VIII. Razones que aduce Rozas para solicitar reconsideración de esa ley 
en Sala isleña, y que la misma sea sometida al plebiscito. — IX. Singula- 
ridad de esta creación de gobierno fuerte. — X. El plebiscito ratifica el 
voto de la legislatura: oj)inión de Sarmiento. — XI. Reapertura de la 
discusión. — XII. Recepción de Rozas: su programa de gobierno. — XIII. 
La suma del poder de que se apodera Augusto y la que la ley acuerda á 
Rozas. — XIV. La sociedad hace el apoteosis del gobierno fuerte. — XV. 
Las guardias de honor y las suscripciones de los hacendados y comer- 
ciantes. — XVI. El carro triunfal y las solemnidades teatrales. — XVII. La 
consagración religiosa del gobierno fuerte : los tedeum en las iglesias. — 
XVIII. Origen de la mazorca: las manifestaciones en la campaña. — XIX. 
Las medidas de Rozas para afianzar la federación: carácter esencialmente 
nacional que la asigna. — XX. Abolición de la pena de confiscación: primer 
tratado sobre abolición de tráfico de esclavos : reformas en la instrucción 
universitaria y educación común. — XXI. La hacienda pública: responsa- 
bilidades : control : facilidades al comercio interior y exterior. — XXII. 
Fundación del Banco de la Provincia. — XXIII. Error en atribuir esta 
fundación al doctor Vélez Sarsfield. — XXIV. Restablecimiento de la Com- 
pañia de Jesús. — XXV. Las provincias invisten á Rozas con el poder 
ejecutivo nacional: el heclio orgánico de la Confederación Argentina. — 
XXVI. El programa de la reacción unitaria dado por el general Lavalle : 
motivos para convulsionar Entre Ríos: instrucciones sobre la vida y la 
propiedad de los federales : reglas para legalizar el movimiento. — XXVII. 
Carácter de la luclia que se inicia. 



El asesinato del general Quiroga produjo sensación 
estupenda en Buenos Aires. Quiroga era el nervio de 
la federación en el interior. Muerios él y Latorre, el 
norte quedaba librado á las vacilaciones sospechosas de 



— 254 — 

Heredia ó ala indolencia acomodaticia de Ibarra; y en 
Cuyo y el interior no primaba una influencia como para 
sobreponerse á la reacción que trabajaba el partido uni- 
tario con un tesón que nunca desmintió. El litoral era, 
como queda dicho, un foco de conspiración. Se conspi- 
raba en Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes 
de acuerdo con los unitarios emigrados en el Estado 
Oriental. Cumplíanse, pues, al pie de la letra las reve- 
laciones que hicieran el ministro Moreno y el general 
Ptuíz Huidobro acerca del plan combinado entre el go- 
bierno de Montevideo, los unitarios allí residentes y 
López, Ciillen. etcétera, para cambiar la situación de 
Buenos Aires, quitando del medio á Rozas y á los hom- 
Itres de influencia política del partido federal. 

Los hombres del gobierno de Buenos Aires estaban, 
pues, amenazados de la suerte que á Quiroga cupo; y 
como tenían la evidencia de que López no era ajeno al 
tal plan, obligáronlo á que definiese su posición en esa 
emergencia peligrosa, haciéndole entender que de no 
hacerlo satisfactoriamente le demandarían los compro- 
misos del pacto de 1831 y cortarían sus relaciones con 
él. López cuyo influjo comenzaba á decaer entre los 
federales de su provincia y de la de Entre Ríos, y que 
quizás dudaba de que quienes querían atraérselo rom- 
perían lanzas por defenderlo en el caso de ser atacado 
por Buenos Aires, se resolvió á desatender las instiga- 
ciones de su ministro Cúllen y á volver sobre las pro- 
mesas que por intermedio de éste hiciera á los promotores 
de la reacción, de encabezarla él en Santa Fe, Entre Ríos 
y Córdoba. Por esto es que el general Lavalle prosi- 
guiendo estos mismos trabajos, le escribía poco después 
al coronel Chilavert, al darle instrucciones para convul- 
sionar el Entre Ríos: « Estoy impuesto de todo, y á la 
verdad que si se ha de hacer algo no queda otro camino 



— 255 — 

que el presente después de haberse frustrado las esperan- 
zas que López había hecho ronrebir.)'» (M 

Y aprovecliaiido los momentos, los federales de Bue- 
nos Aires se propusieron defenderse de la reacción 
sangrienta encomendando á un gobierno fuerte la tarea 
de conjurar los peligros que los amenazaban en cabeza 
de los jefes que se dieron después del fusilamiento de 
Borrego. El encargado provisoriamente del poder ejecu- 
tivo, al comunicar el asesinato de Quiroga y la reiterada 
renuncia de Rozas de la comandancia general de cam- 
paña, manifestó á la legislatura que la Provincia pa- 
saba por difícil y peligrosa crisis, y la encareció los 
medios conducentes á conjurar la borrasca que se 
dejaba sentir en la República y que produciría mayores 
estragos en Buenos Aires. « Las sangrientas escenas de 
Salta, añadía, y la que acababa de suceder en los cam- 
pos de Córdoba arrebatándole cá la patria una de las me- 
jores columnas de la federación, tienen un carácter de 
agresión general que nadie puede desconocer. Por otra 
parte, predicciones muy anticipadas que con conocimiento 
del estado general del paíSy \iMi hecho ciudadanos benemé- 
ritos de la mayor respetabilidad^ sobre los grandes p)eli- 
gros que nos amenazaban^ y que han procurado poner 
en conocimiento de los señores representantes junta- 
mente con la serie de sucesos posteriores aciagos, que 
tienden por su naturaleza á desquiciar los funda- 
mentos del orden social, prueban de un modo evidente 
que esta agresión es obra de las intrigas y maniobras 
de esa facción llamada unitaria que todo lo trastorna, 
prevalida de la lentitud de las formas y de las garan- 
tías que hacen la delicia de toda sociedad cuando se logra 



( 1) Manuscrito original en mi archivo. (Papeles del Chilavert.) 



— 256 — 

establecer iiii orden fijo, pero que sólo sirven de escudo 
á toda clase de crímenes cuando los pueblos se bailan 
plagados de facciosos y conspiradores que hacen alarde 
de su inmoralidad. » El gobernador interino concluía 
pidiendo á la legislatura que dictara sin la menor de- 
mora el remedio eficaz para tan críticas y apuradas cir- 
cunstancias en las que no podía continuar al frente de 
los negocios públicos. 

Bajo la impresión de estas mismas ideas la legisla- 
tura se declaró en sesión permanente el 6 de marzo 
de 1835 para discutir dos proyectos, uno por el cual 
se admitía la devolución que del poder ejecutivo hacía 
el doctor Maza, y se nombraba en su reemplazo al gene- 
ral Juan Manuel de Rozas; y el otro por el cual se 
depositaba en éste la suma del poder público, sin más 
restricciones que las de conservar y proteger la religión 
católica y la de sostener la causa nacional de la fe 
de ración que habían proclamado los pueblos de la Re- 
pública. (') 

Debo detenerme un instante en esa discusión memo- 
rable que dio por resultado la erección de un gobierno 
fuerte por el ministerio de la ley, por los auspicios de 
la verdadera opinión pública, y en nombre del derecho 
de la mayoría clara é indubitablemente manifestada: 
del gobierno que, á tales títulos, se mantuvo diez y 
siete años á pesar de la propaganda y de la reacción 
armada de sus enemigos interiores; y que al mismo 
tiempo que luchaba contra éstos, contuvo á Chile, al 
Brasil, Paraguay y Bolivia, y luchó contra el poder 
combinado de la Inglaterra y de la Francia en sostén 
de los derechos y de la integridad de hi Confederación 



( ' ) Liarlo de sesiones de 1835: sesiones del G y 7 de marzo. 



— o: 



Argentina, fundando con este nombre la comunidad polí- 
tica que se sancionó constitucionalmente en 1853 y 1860. 

Lo que en primer término llama la atención y da 
una idea del espíritu dominante de esa época, es el 
fervor y la decisión con que los hombres distinguidos 
por su posición, sus familias, sus talentos y sus ser- 
vicios prestados al país, se desprenden en 1835 de la 
autoridad que representan, é invisten con ésta y con 
la suma de la que reside originariamente en la sociedad, 
al jefe del partido federal, convirtiendo el gobierno del 
Estado en un monstruo político que reasume en sí los 
derechos individuales y colectivos ; sin pensar que éste 
constituye un peligro mucho mayor que aquellos de 
los que se sienten amenazados de parte de sus enemi- 
gos políticos, y sin reservarse ni siquiera el derecho de 
demandar esa autoridad que así la consagran solemne- 
mente, de acuerdo con los principios legales y políticos 
que rigen la sociedad. 

El hecho es inaudito y monstruoso, pero va revesti- 
do de todas las exterioridades de la ley que lo cría. 
Legisladores, magistrados, corporaciones, pueblo, todos 
lo discuten libre y detenidamente; lo aceptan en nom- 
bre de la salud del Estado; le imprimen con su voto 
el sello de la legalidad inequívoca, y se someten á él 
con tal que él someta á los enemigos que golpean á la 
puerta en busca de lo que les pertenece también, y de 
lo que quieren gozar exclusivamente, porque tampoco 
admiten transacción en la contienda en la que unos y 
otros hacen víctima á la patria común. Todas las 
formas parlamentarias y políticas se observan : todas 
las opiniones se cuentan; y cuando el jefe del partido 
federal se determina á reasumir en sus manos el ser 
político y el ser social de la comunidad á que pertene- 
ce, ésta lo rodea como un solo hombre, le otorga la 



17 



ovación y el apoteosis y renuncia á lodo menos á des- 
truir sus enemigos, los cuales se preparan á hacer 
otro tanto. ¡Qué época! 1835 estrecha su mano lívi- 
da y convulsiva á 1820. Es la tremenda crisis que 
sigue su desarrollo progresivo al impulso de las fuer- 
zas que se chocan en el camino de las aspiraciones 
encontradas. Ella vuelve á acentuarse tan tremenda 
como antes; y en vez de la esperanza en una solución 
que la resuelva, sólo se ve una línea sangrienta, sím- 
bolo del duelo á muerte á que se retan los dos par- 
tidos que se disputan su iníluencia en la República. 

Y no se crea que la legislatura que consagró legal- 
mente la aspiración general de investir al general Rozas 
con la suma del poder público, se componía de hom- 
bres llevados allí con ese objeto, y que carecían de 
espectabilidad y de méritos en la sociedad. No; en la 
legislatura de 1835, figuraban Arana, Escalada, Lozano, 
Pereda, Hernández. Piñeyro, Terrero, Villegas, Arriaga, 
Anchorena, Trápani, ligados á las familias más antiguas 
y mejor colocadas de Buenos Aires y que representaban 
el alto comercio y la alta industria; García Valdez, In- 
siarte. Pórtela, García, Sáenz Peña, Fuentes, Senillosa, 
Wright, los canónigos Seguróla y Terrero, que se dis- 
tinguían en el clero, la medicina, la ciencia y el foro; 
Medrano (don Pedro), Obligado y Vidal que habían 
formado parte de los congresos y asambleas constitu- 
yentes anteriores; Mansilla, Pinto, Pacheco, Argerich, 
Rolón, que pertenecieron á los ejércitos de la Indepen- 
dencia. Todos, con muy pocas excepciones, estaban de 
acuerdo en la necesidad de investir á Rozas con la suma 
del poder público. Una comisión compuesta de los seño- 
res Terrero,, Pacheco, Lozano y Trápani le presentó á Rozas 
la nota en que se le comunicaba su nombramiento en 
los términos enunciados. Rozas solicitó de la legisla- 



— 259 — 

tura algunos días para contestar sobre su aceptación ó 
renuncia. 

Con fecha IG de marzo Rozas dirigió á la legisla- 
tura una nota cuya simple lectura indica, ó el temor real 
de fracasar en la obra que se le encomienda, por falta 
de apoyo suficiente, y á pesar de las facultades omní- 
modas que se le confieren y de las que usó anterior- 
mente; ó el deseo de legalizar á todas luces su inves- 
tidura, y de mostrar á sus adversarios que ella era obra 
del sufragio indubitable de la gran mayoría de sus conciu- 
dadanos. Resumiendo los motivos que señalaba la repre- 
sentación de la Provincia para fundar la necesidad de 
la ley de 7 de marzo. Rozas decía que en presencia de 
ellos parecía que estarían de acuerdo con los medios 
adoptados para salvar á la patria de los peligros que la 
amenazaban; pero que no sucedía así. Que en el seno 
de la legislatura y fuera de ella existían personas de. 
influencia por sus talentos y posición social, cuya coope- 
ración era sobremanera importante al gobierno, los cuales 
consideraban no sólo innecesario sino también perjudi- 
cial el investirlo á él con la suma del poder público. Que 
en esta emergencia el poder que se le confiaba quedaba 
debilitado y él expuesto á fracasar en lo más crítico de 
su carrera; y que para que la ley de 7 de marzo pudiera apli- 
carse eficazmente en las circunstancias extraordinarias en 
que se hallaba el país, se hacía necesario ensanchar é 
ilustrar la opinión en favor de ella, y hacerla aparecer 
con tal autenticidad, que jamás pudiera ponerse en duda. 
«En esta virtud, concluía Rozas, el infrascripto ruega á 
los señores representantes que para poder deliberar sobre 
la admisión ó renuncia del elevado cargo y de la extraor- 
dinaria confianza con que se han dignado honrarlo, ten- 
gan á bien reconsiderar en sala plena tan delicado negocio, 
y acordar el medio que juzguen más adaptable para que 



— 260 — 

todos y cada uno de los ciudadanos de esta ciudad, de 
cualquiera clase y condición (¡ue sean, expresen su voto 
precisa y categóricamente sobre el jmrticular, quedando 
éste consignado de modo que en todos tiempos y circuns- 
tancias se pueda hacer constar el libre pronunciamiento 
de la opinión general. » (\) 

Esta reconsideración en sala plena, este plebiscito 
requerido á un pueblo de donde habían salido las ideas 
y las legiones que dieron libertad é independencia á 
la mitad de Sur-América, para que se pronunciara acerca 
de si debía ó no librar sus derechos, garantías y liber- 
tades á manos de un hombre investido con toda la 
suma del poder público, es también un antecedente sin- 
gularísimo en la historia de los gobiernos fuertes del 
mundo. Muchos de éstos se han entronizado al favor 
del despotismo ; otros deben su origen al triunfo de las 
armas; y no pocos á la elaboracicjn lenta de elementos 
siniestros que conspiraban contra la opinión pública. 
Pero no sé de ninguno de ellos que se haya iniciado 
como se inició el de 1835 en Buenos Aires, por los 
auspicios de la verdadera opinión pública; del elemento 
dirigente y acomodado, como de la masa de la población 
entusiasta y decidida por Rozas; de los poderes públi- 
cos y de las corporaciones de una sociedad que por su 
cultura, por sus medios para radicar las instituciones 
libres que había ensayado bajo felices auspicios, y por 
sus recursos propios, no tenía rival en ninguna otra de 
Sur-América. 

Y el plebiscito ratificó una vez más el pronuncia- 
miento casi unánime de la opinión en favor de Rozas. 
La legislatura señaló los días 2G, 27 y 28 de marzo para 



(') Véase Diario de sesiones, núm. 506, sesión del 18 de marzo. 



— 261 — 

que los ciudadanos acudieran á los comicios parroquia- 
les y se pronunciasen en favor ó en contra de la ley 
de 7 del mismo mes; hecho lo cual se verificaría el 
escrutinio general con las mismas formalidade_s estable- 
cidas para la elección de representantes, f M De los 
registros que fueron elevados á la legislatura, resultó 
que sobre 9.320 ciudadanos (que componían el máxi- 
mum de los electores en Buenos Aires) que sufragaron, 
sólo los ciudadanos Jacinto Rodríguez Peña, Juan José 
Bosch, Juan B. Escobar, general Gervasio Espinosa, co- 
ronel Antonio Agnirre, deán Zavaleta, Pedro Castellote 
y Ramón Romero se pronunciaron en contra de la pre- 
citada ley. «¿Sería acaso que los disidentes no votaron?» 
se pregunta Sarmiento cuyo testimonio no puede ser 
sospechoso. Nada de eso. No se tiene aún noticia de 
ciudadano alguno que no fuese á votar. Debo decirlo 
en obsequio de la verdad histórica: nunca hubo go- 
bierno más popular, más deseado, ni más bien soste- 
nido por la opinión...» {- ) 

En seguida la legislatura reabrió la discusión sobre 
la ley de 7 de marzo. El diputado Anchorena se opuso 
á ella valientemente, bien que en términos favorables 
á la persona del general Rozas; y el diputado Senillosa 
formuló por escrito su voto en contra de ella por lo 
que se refería á investir á Rozas con la suma del po- 
der público. (^) Sobre cuarenta diputados que compo- 
nían la legislatura, treinta y seis reprodujeron su voto 
en favor de esa ley. La legislatura, al comunicar al 
general Rozas este resultado y el del plebiscito, agre- 
gando que « no se había consultado la opinión de los 



(1) Véase Registro Oficial 1835, núm. 3, pág. 46. 

(2) Facundo, pág. 171, edic. 1874. 

(3) Véase Diario de sesiones, 1835. núm. 509, sesión del 1° de 
abril. 



— 262 — 

liabitaiites de la campaña, porque actos muy repetidos 
y testimonios muy inequívocos han puesto de mani- 
fiesto que allí es universal el sentimiento que anima á 
los porteños en general », le ordenó que se presentara 
en la sala de sesiones á prestar el juramento de ley 
para recibirse de gobernador y capitán general de la 
Provincia. 

Rozas se recibió del mando el 13 de abril ; y con 
este motivo manifestó en una proclama cuáles eran 
los propósitos de su gobierno. Lógico con las aspiracio- 
nes del partido que lo exaltaba. Rozas creyó deber ser- 
virlas con todo el lleno de facultades que le confería 
la ley. « Cuando para sacar á la patria del profundo 
abismo de males en que la lloramos sumergida, decía 
Rozas en esa ocasión, he admitido la investidura de un 
poder sin límites, que á pesar de su odiosidad lo he 
considerado absolutamente necesario para tamaña em- 
presa, no creáis que he limitado mis esperanzas á mi 
escasa capacidad, ni á esa extensión de poder que me 
da la ley apoyada en vuestro voto, casi unánime en la 
ciudad y campaña. No; mis esperanzas han sido libra- 
das á una especial protección del cielo, y después de 
ésta á vuestras virtudes y patriotismo. » 

Reconocida la necesidad del poder sin límites, he 
aquí cómo Rozas interpreta las aspiraciones de su par- 
tido, presentando la causa del mal que ese partido re- 
conoce y el remedio para combatirlo. « Ninguno de 
vosotros ignora que una facción numerosa de hombres 
corrompidos, haciendo alarde de su impiedad, y ponién- 
dose en guerra abierta con la religión, la lionestidad y la 
buena fe, ha introducido por todas partes el desorden y 
la inmoralidad; ha desvirtuado las leyes, hécholas insufi- 
cientes para nuestro bienestar; ha generalizado los 
crímenes y garantido la impunidad ; ha hecho desapa- 



— 263 — 

recer la confianza necesaria en las relaciones sociales 
y obstruido los medios honestos de adquisición; en una 
palabra, lia disuelto la sociedad y presentado en triunfo 
la alevosía y la perfidia. La experiencia de todos los 
siglos nos enseña que el remedio de estos males no 
puede sugetarse á formas, y que su aplicación debe ser 
pro7ita y expedita.)) La proclama se cierra con estas pala- 
bras que no dejan duda acerca de los medios que se 
propone poner en práctica el gobierno de acuerdo con 
la opinión que lo levanta. «Habitantes todos de la ciu- 
dad Y campaña: la Divina Providencia nos ha puesto 
en esta terrible situación para probar nuestra virtud y 
constancia: resolvámosnos^ pues, á combatir con denuedo 
á esos malvados que han puesto en confusión nuestra 
tierra: persigamos de muerte al impío, al sacrilego, al 
ladrón, al homicida, y sobre todo, al pérfido y traidor, 
que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe. (') 
Á partir de este momento todas las relaciones polí- 
ticas se resumen en la persona del gobernador. La ley 
lo ha armado de un poder sin límites y de cuyo ejer- 
cicio no tiene que dar cuenta, para que el gobierno sea 
en sus manos una máquina que él solo pueda mover 
en razón de las conveniencias y de los intereses del 
partido predominante. Octavio Augusto concentró en su 
persona todo el gobierno de la República Romana, supri- 
miendo el pueblo, formando un senado dócil, siendo á 
la vez cónsul y pontífice para reglar las acciones y las 
creencias; revestido del poder tribunicio que lo consti- 
tuía inviolable y sagrado; censor, bajo el título de pre- 
fecto de las costumbres, lo que le permitía controlar la 
conducta de los particulares é inmiscuirse en los nego- 



( * ) Véase La Gaceta Mei^cantil del 14 de abril de 1835. 



— 204 — 

cios de la vida íntima de éstos. Pero él negó siempre 
liaberse apoderado de la suma del ])oder público, decla- 
rando en la famosa inscripción de Ancyrus que ao ha- 
bía querido aceptar el poder absoluto; y que aunque 
la dignidad de la magistratura que investía lo colocaba 
encima de los otros, él no se había atribuido un poder 
mayor que el que había dejado á sus colegas. Con Rozas 
sucede todo lo contrario. Rozas no se prevalece, como 
Octavio, de la lucha que mantienen los partidos, para 
asaltar el gobierno é ir acaparando poco á poco todas 
las magistraturas. Es la más alta autoridad del Estado 
la que lo inviste con ese poder sin límites, que ratifican 
de un modo inequívoco lo opinión ilustrada y conven- 
cida de la ciudad, como la opinión entusiasta y decidida 
de las campañas, todas las autoridades, la iglesia, los 
centros sociales, el comercio y los extranjeros. Rozas no 
puede ocultar, pues, el poder absoluto que va á desem- 
peñar. Lo acepta con todas sus consecuencias, y hasta 
proclama francamente la necesidad que hay 'de no dete- 
nerse en formas para vencer á los enemigos del partido 
que lo levanta como á su representante más genuino. 
Lo único de común que hay entre esos dos poderes abso- 
lutos, es que Octavio explota en su provecho las viejas 
tradiciones de la República, levantando sobre ellas la 
túnica ensangrentada de César para llamar el senti- 
miento del pueblo y de los legionarios; y que Rozas 
presenta el sudario de Borrego como causa justificativa 
de la política de represión que se propone adoptar en 
razón de las aspiraciones de su partido. 

Conviene tener muy presente todos estos anteceden- 
tes para explicarse los sucesos que se siguen. Desde 
luego, la sociedad representada en todas sus clases, 
celebra el apoteosis del gobierno fuerte que acaba de 
crear. Las demostraciones de adhesión á la persona de 



— 265 — 

Rozas, y de regocijo por el triunfo del partido federal, 
se suceden las unas á las otras. Las damas y el ejér- 
cito, la iglesia y el comercio, los ciudadanos más espec- 
tables y los militares de la Independencia, como el pueblo 
de la ciudad y campaña, hacen acto de presencia en 
esas manifestaciones estupendas, únicas en la historia 
argentina. Éstas comienzan por una serie de guardias 
de honor que no tienen otro precedente que el entusiasmo 
y la espontaneidad que las inspira. 

El general Rolón al frente de doscientos ciudadanos 
de la Sociedad Popular Restauradora., de que hablaré 
después, y de muchos oficiales y soldados, monta la 
primera guardia de honor. Al día siguiente es el ge- 
neral Pacheco, el capitán de Maipú, al frente de todos los 
jefes y oficiales del ejército expedicionario al desierto en 
1833. En seguida es el general Pinedo, al frente de los- 
jefes de milicias, de viejos militares y de ciudadanos 
conocidos. En pos de éstos viene la del comercio al mando 
del prior del Consulado don Joaquín de Rezabal, quien á 
nombre de los negociantes nacionales y extranjeros, entre- 
ga al gobierno una fuerte suma para que sea empleada en 
socorrer á las viudas y familias de los que habían hecho 
la expedición al desierto, y á los cautivos rescatados, como 
se hizo en efecto. Los hacendados y labradores de la 
Provincia presididos por ciudadanos espectables como 
don Mariano Fernández, Isidoro Peralta, Pedro José 
Vela, Felipe Senillosa, Celestino Vidal, Juan José Obli- 
gado, Roque Sáenz Peña, Simón Pereira, Julián Salomón, 
Juan Bautista Peña, Francisco Sáenz Valiente, Manuel 
José de Guerrico y otros, organizan también una guardia 
de honor, la cual debía vestir « chaqueta y pantalón azul, 
corbata negra, chaleco y penacho punzó, sombrero re- 
dondo y la divisa de la federación con la siguiente ins- 
cripción : « Federación ó muerte. Vivan los Federales! Mué- 



— 266 — 

rail los Uniíaiños!)y Y después de recorrer Ui ciudad entre 
vítores á Rozas, llegaron á la fortaleza, como lo habían 
hecho las guardias anteriores, y allí depositaron el im- 
porte de la suscripción levantada entre ese gremio para 
ayudar á las necesidades de la administración. C) 

Y para que la ovación á Rozas asuma las propor- 
ciones del verdadero apoteosis, los ciudadanos acomo- 
dados y mejor colocados en la sociedad, y sus madres, 
esposas é hijos, arrastran por las calles el carro triunfal 
con el gran retrato de Rozas al frente, dándole á esta 
odiosa manifestación de servilismo una solemnidad y 
un aspecto tales que dejan ver muy á las claras cuáles 
son las corrientes en que entra el pueblo que acaba de 
depositar sus derechos en las manos de un hombre, en 
odio á un partido político. De las calles se llevan las 
solemnidades al teatro. Los viejos militares, los altos 
funcionarios públicos suben á la escena para represen- 
tar en honor de Rozas la tragedia Bruto ó Roma libre; 
y en esta función resuena entre explosiones de entu- 
siasmo la lira de Rivera Indarte, quien, antes de caer 
«n desgracia y volverse enemigo del Dictador, enar- 
dece las pasiones así: 

((Esa liorda de infames (^ ) ¿qué quiere? 
sangre y luto pretende, ¡qué liorror! 
empañar nuestras nobles hazañas 
y cubrirnos de eterno baldón ! 

Ah! cobardes, temblad: es en vano 
agotéis vuestra saña y rencor 
que el Gran Rozas preside á su pueblo 
y el destino obedece á su voz.» (^) 



(M Véase La Gaceta Merca?it¿l del 18 de julio de 18o5, en la que 
se hace notar entre otras curiosidades (|ue itodos los miembros de 
esa guardia de honor ((llevaban bigotes naturales unos y postizos 
otros». 

(^) Los unitarios. 

(^) Himno de los restauradores: circuló en hoja suelta. 



— 267 — 

Á estas repetidas manifestaciones se sigue la consa- 
gración religiosa del gobierno fuerte. Rozas ha prome- 
tido favorecer la iglesia católica; y los más altos dig- 
natarios de esta iglesia se apresuran á solemnizar con 
pomposas acciones de gracias al Altísimo la elevación de 
Rozas. El obispo diocesano pontifica en esas acciones 
de gracia que arrastran á las multitudes creyentes y fa- 
náticas por la federación. En todas las iglesias se ostenta 
el retrato de Rozas; y los párrocos se disputan el mayor 
esplendor de las funciones. En la Piedad, Balvanera y 
Monserrat, la suma del poder público en manos de Rozas 
se solemniza con pompa inusitada, y el obispo como los 
ciudadanos más influyentes y conocidos, exhortan á la 
grey católica y federal á que permanezca ñel y decidida 
al nuevo gobernante. (') Otro tanto sucede en las parro- 
quias de San Nicolás y San Miguel. El obispo pontifica 
allí: el retrato de Rozas se encuentra en los templos y 
al frente de las casas de los ciudadanos más conocidos; 
y el pueblo recorre las calles por bajo de arcos triun- 
fales y tapicerías donde se destacan los colores de 
la federación. (^) La función de la iglesia y vecin- 
dario de la Concepción en nada desmerece de las ante- 
riores porque es organizada por el cura Farragut y los 
señores Saturnino Perdriel, Luciano Montes de Oca, 
Marcos Acosta, Pintos, Herrera, etcétera, federales de 
notoriedad. El obispo pontifica ahí también; el retrato 
de Rozas hace acto de presencia; y el cura Farragut ter- 
mina su arenga á Rozas con esta décima: 

((El cura de esta parroquia 
con toda su clerecía, 



(M Véase La Gacela Mercantil del 5 de mayo y del 1° de junio de 
1835, donde se encuentra la relación detallada de esas festividades. 
(^) Véase La Gaceta Mer'ca^itil del 16 de julio de 1835. 



— 'J(iS — 

en ser lederal i)oi'l'ía 
y en esto tiene su gloria. 
Hoy renueva su memoria 
y en presencia del Señor 
da un testimonio de amor, 
pidiéndole con fe viva 
le conceda larj^a vida 
al señor goliernadnr.» ( ' ) 

Pero ninguna manifestación supera á la del vecin- 
dario é iglesia de la Merced. Al tedeum asisten Rozas, 
las corporaciones y un pueblo inmenso. Las calles 
están adornadas con arcos triunfales, banderas colora- 
das^ pirámides é inscripciones alusivas al acto que se 
solemniza. Frente al templo y en medio de columnas 
con dísticos federales, se levanta la estatua del Ilus- 
tre Restaurador de las Leyes, como se designa á 
Rozas. En la esquina de las calles hoy de Cuyo y 
Reconquista se levanta una otra pirámide de madera 
en la cual se lee: 

« Al héroe Restaurador, 
al vencedor del desierto, 
de honor y gloria cubierto 
Salud, respeto y amor!... )> 

El frente de las casas de los vecinos más acaudala- 
dos y conocidos de la parroquia está vistosamente de- 
corado con tapicerías y banderas punzóes ; y los arcos 
triunfales se levantan de distancia en distancia, dis- 
tinguiéndose entre otros los costeados por las familias 
de Azcuénaga, García Ziíñiga, Anchorena, Martínez (La- 
dislao), Escalada, Cernadas, general Soler, Elía. Llavallol, 
Peralta, Irigoyen y otras. En el frente de la casa del 
doctor Fernando M. Cordero, calle Corrientes, se ven 



(M Véase la crónica en La Gaceta Mercantil del 10 de junio 
de 1835. 



— 269 — 

varias inscripciones y adornos federales. Entre esas 
inscripciones hay una en verso que da origen al nom- 
bre de mazorqueros, que dieron los unitarios á los fede- 
rales. Al pie de un cuadro que representaba una ma- 
zorca, se lee la siguiente composición de don José 
Rivera Indarte, escrita expresamente para ese acto : 

«/ Viva la Mazorca ! 
Al unitario que se detenga á mirarla. 
Aqueste marlo que miras 
de rubia chala vestido 
en los infiernos ha hundido 
á la unitaria facción; 
y así con gran devoción 
dirás para tu coleto : 
sálvame de aqueste aprieto 
oh Santa Federación! 
Y tendrás cuidado ■ 
al tiempo de andar 
de ver si este santo 
te va por detrás...!!! » ( ') 

Al mismo tiempo que en la ciudad, se suceden 
idénticas manifestaciones en la campaña (' ); y para que 
no quede una sola reunión de habitantes que no tome 
parte en ellas, las tribus amigas de Tapalqué y de 
Salinas hacen grandes fiestas en honor de Rozas, presi- 
didas por sus caciques mayores Cachul y Catriel. El 
primero les habla así á sus indios con ese motivo: 
«Juan Manuel es mi amigo. Yo y todos mis indios 
moriremos por él. Mientras viva Juan Manuel todos 
seremos felices. Las palabras de Juan Manuel son 



(•j véase La Gaceta Mercantil áQ\ 30 de jumo de 1835. 

(^) En La Gaceta Mercantil áo. los meses de enero, febrero y 
marzo de 1836 se registran las actas de adhesión á \?i. suma del poder 
público, levantadas en cada uno de los pueblos y partidos de campa- 
ña; las cuales van encabezadas por los curas y firmadas por todos 
los ciudadanos hábiles, y digo por todos, porque la acta que menos 
firmas contiene lleva más de doscientas. 



— 270 — 

como las palabras de Dios: todos los que están aquí 
pueden atestiguar que lo que Juan Manuel nos lia dicho y 
aconsejado, ha salido exacto. » Los demás caciques se 
manifiestan en sentido análogo; y Catriel concluye su 
arenga jurando y haciendo jurar á los suyos por sus 
hijos y sus esposas, que siempre serán amigos de los 
cristianos y que morirán antes de ser infieles á su 
padre Rozas. 

Rozas organizó su ministerio con el doctor Felipe 
Arana en el departamento de gobierno y relaciones ex- 
teriores; don José María Roxas y Patrón en el de ha- 
cienda, y el general Pinedo en el de guerra y marina; 
y sirvió desde luego los propósitos en cuyo nombre era 
elevado al gobierno. Los decretos para conjurar la reac- 
ción unitaria y afianzar las ideas dominantes, se suce- 
den diariamente. Un decreto separa de sus cargos á 
varios funcionarios públicos, y borra de la lista militar 
á varios jefes « por no ser fielmente adictos á la causa 
nacional de la federación ». (') Otro decreto ordena que las 
notas oficiales, solicitudes é instrumentos públicos sean 
precedidos del lema ». Viva la federación ! año tal de la 
libertad, tantos de la independencia y tantos de la Con- 
federación Argentina». El color simbólico de la fede- 
ración se impone como regla de conducta en la vida 
diaria; y las corporaciones y todas las clases sociales 
hacen de ello verdadera gala, como que tal signo los 
distingue de sus enemigos. Así, otro decreto resuelve 
una consulta de la Sociedad de damas de betiefirencia, 
mandando que las niñas huérfanas vistan esclavina 
punzó y lleven un moño ídem en la cabeza. (-) Á la 
propuesta que hace el obispo Medrano del presbítero 



(M Véase Registro Oficial, mes de abril de 1835. 
(2) Registro Oficial, 1835. 



— 271 — 

don Justo Muñoz para cura del Socorro, en atención á 
ser éste federal, otro decreto provee de conformidad 
porque el nombrado « hará valer la influencia de su alto 
ministerio en sostén de la causa de la federación ». Y 
para dar mayor trascendencia á la idea que sirve de 
base al gobierno, otro decreto manda que los precepto- 
res, empleados y niños de las escuelas usen la divisa 
federal « por ser ésta una señal de fidelidad á la causa 
del orden y del bienestar de la patria bajo el sistema 
'político que constituye un vínculo de confraternidad en- 
tre todos los argentinos; y por estar persuadido el go- 
bierno de que cuando los niños desde la infancia se 
acostumbran á la observancia de las leyes de su país, 
éste puede contar con celosos defensores de sus dere- 
chos ; como de que deben ser educados según las miras 
políticas que el gobierno se proponga en beneficio del 
Estado ». 

Y simultáneamente con esta política represiva que 
encuadra el gobierno en el límite de las aspiraciones 
exclusivas del partido vencedor. Rozas viene en ayuda 
de grandes intereses de la sociedad, extirpando ciertos 
usos y leyes de épocas de atraso y de barbarie ; y 
marca los rumbos que caracterizarán más tarde su go- 
bierno. Considerando que « un sentimiento de justicia 
induce á reprobar la pena de confiscación, y que no ha- 
biendo derogación expresa de las leyes que la estable- 
cen, los ciudadanos están expuestos á que se haga valer 
la existencia de éstas para satisfacer odios y pretensio- 
nes innobles », declara abolida la confiscación de bienes 
sin excepción alguna. Otro decreto encarga al ministro 
de relaciones exteriores que ajuste con el de S. M. B. 
una convención sobre la abolición del tráfico de escla- 
vos, y poco después la República Argentina es la pri- 
mera nación que, con la Gran Bretaña, incorpora ese 



— 272 - 

tratado entre los principios más hunianitarios del dere- 
cho internacional. Por otro decreto declara que no ad- 
mitirá cónsul de nación que no haya, reconocido la 
independencia argentina. Y por una serie de disposiciones 
sucesivas reorganiza la universidad, reformando el plan 
de estudios facultativos ; la escuela normal y las de 
ciudad y campaña, encomendándolas á la vigilancia de 
juntas inspectoras, compuestas del juez de paz, del cura 
y de tres vecinos honrados del distrito con arreglo á 
las instrucciones generales. 

La hacienda pública ocupa preferentemente la atención 
del gobierno. Es sabido que Rozas declaró ante la le- 
gislatura que la suma del poder no se extendía en su 
sentir á las responsabilidades que incumbían por la 
administración de los dineros públicos; y que su go- 
bierno es de los más rectos, escrupulosos y honrados 
que ha tenido la República Argentina. En tal sentido 
Rozas restableció multitud de disposiciones del tiempo 
de Rivadavia y de García, y dictó otras tendentes á fa- 
cilitar los propósitos de prudente economía que lo ani- 
maban. La reorganización de la contaduría y de la 
tesorería general, y las responsabilidades directas de 
los funcionarios que intervienen en esas oficinas, esta- 
blecen un control severo en la administración. Todos 
los recaudadores deben remitir semanalmente los dine- 
ros que perciban á la tesorería general, y el gobierno 
conoce así el movimiento diario de la renta general 
que se publica por lo demás en todos los diarios. La 
nueva ley de aduana estimula el comercio marítimo y 
el de las provincias del interior, porque disminuye el 
derecho de buques de cabotaje; abóle el cuatro por 
mil que pagaban los frutos del país que entraban en 
Buenos Aires por agua ó por tierra; reduce el valor del 
papel de guías de quince pesos á un peso; y concede 



— 273 — 

el trasbordo á algunos frutos del país que no tenían 
esta ventaja. Estas y otras disposiciones van secundadas 
de la ilustrada contracción cine dedica el ministro Ro- 
xas á las finanzas de la Provincia, en cuyA ayuda viene 
el empréstito de un millón y cuatrocientos mil pesos 
que voluntariamente ofrecen los principales capitalistas 
de Buenos Aires. 

Entre las más importantes y trascendentales figura 
el decreto que funda sobre el extinguido Banco Nacio- 
nal, la casa de moneda de Buenos Aires. En atención á 
que la carta del Banco Nacional ha terminado: que la 
moneda corriente está exclusivamente garantida por el 
gobierno, quien es deudor de ella al público: que el Banco 
sólo ha prestado al tesoro del Estado la estampa de 
sus billetes, y que el gobierno es accionista del estable- 
cimiento por casi tres quintas partes de su capital, el 
decreto á que me refiero declara disuelto el Banco Nacio- 
nal, y nombra una junta para la administración del 
papel moneda, la cual junta asociada á seis directores 
del extinguido banco debe proceder, además, á la liqui- 
dación de éste « con la debida prudencia y sin violentar 
la operación ». En los subsiguientes artículos de tal 
decreto, que es más bien una carta orgánica del nuevo 
establecimiento, se confiere á éste el privilegio fiscal 
para el cobro de los créditos á su favor, y se indica 
las operaciones que efectuará bajo la dirección de la 
junta nombrada por el gobierno y compuesta de don 
Bernabé de Escalada como presidente, y de don Joaquín 
de Rezabal, Juan Alsina, Manuel Blanco González, 
Miguel de Riglos, David Weller y Laureano Rufino, 
personas todas ventajosamente conocidas. Así nació el 
Banco de la Provincia de Buenos Aires, este coloso que 
ha llamado después la atención de los gobiernos: que 
ha contribuido con sus fuerzas á consolidar las institu- 

TOMO II. 18 



— 274 — 

(•iones libres de la República, viiiciilándose estrec-liauíeu- 
te á la grande obra de la nacionalidad argentina, como 
asimismo al desenvolvimiento del ])rogreso y adelanto 
material del país. 

Este memorable decreto afirmó la bien sentada re- 
pntación del señor Roxas, á quien en vano se le ha 
querido despojar de esa iniciativa que le pertenece á 
él antes que á ningún otro. Los que hemos venido des- 
pués de 1852, hemos estado en la creencia de que la 
fundación del Banco de la Provincia se debía al doctor 
Dalmacio Vélez Sarsfield; y así se han esforzado en 
creerlo las autoridades que le han discernido á este 
distinguido hombre público los honores de la iniciativa. 
La verdad es que el doctor Vélez no hizo más que comple- 
mentar la carta orgánica del banco y casa de moneda de 
la Provincia que existía desde el 30 de mayo de 1836, se- 
gún el decreto que acabo de citar. Refiriéndose á esto mis- 
mo escribía Rozas desde Southampton en 1872: «En el 
despacho del señor presidente de la casa de moneda se ha 
colocado un gran retrato del doctor don Dalmacio Vélez 
Sarsfield, al pie del cual se dice: «Fundador del Banco 
de la Provincia». Esto no es exacto. El verdadero fundador 
fué el gobierno de Buenos Aires presidido por el general 
Rozas, siendo ministro de hacienda el ilustrado y sabio 
estadista señor don José María Roxas quien, como tal mi- 
nistro, redactó el decreto que firmó en seguida el general 
Rozas, disolviendo el Banco Nacional, comprando las accio- 
nes de éste á los que las tenían, estableciendo la casa de 
moneda, y nombrando para componer al primer Direc;- 
torio á los señores... etcétera.» (') 

Mientras todas esas disposiciones de orden eco- 



(M Manuscrito en mi archivo. 



— 275 — 

nóinico imprimen una marcha regular y próspera á la 
administración general del Estado, la iglesia, cuyos 
miembros son todos federales y que han entrado de lleno 
en la prosecución de los fines del gobierno, obtiene de 
manos de éste franquicias que llegan hasta derogar dis- 
posiciones de orden fundamental. Entre éstas merece 
especial mención la que se refiere á los padres jesuítas, 
quienes desde la real orden de Carlos III ejecutada por 
Bucarelli, estaban proscritos del país, como corporación. 
El gobierno fundándose «en los imponderables servicios 
que hizo la Compañía en otro tiempo á la religión y al 
Estado », les entrega la iglesia y dependencias del colegio 
para que con los demás individuos que vengan de Europa, 
vivan allí « en comunidad, conforme á la regla de su 
instituto )). Y por otro decreto los faculta para que abran 
aulas universitarias y enseñen los estudios superiores. 
Por este tiempo los gobiernos de las provincias de 
Salta, Tucumán, Jujuy, Sau Juan, San Luis, Mendoza, 
La Rioja, Catamarca y en seguida Entre Ríos, Santa 
Fe y Córdoba lo reconocen á Rozas en su grado de 
brigadier general, « en atención á los méritos y servicios 
que ha contraído en favor de la causa nacional de la 
federación; á su heroica expedición contra los salvajes 
que ha dado un inmenso territorio á la República; á 
que la ley de aduana expedida por él en Buenos Aires 
consulta el fomento de la industria del interior de la 
República, y á que ningún gobierno ha contraído su 
atención á consideraciones tan benéficas ». En seguida 
las mismas provincias (ó sea todas las de la antigua 
unión, con excepción de Corrientes) le confieren las atri- 
buciones inherentes al poder ejecutivo nacional, por lo 
que respecta á las relaciones exteriores y á las de paz 
y guerra; las cuales se extienden poco después hasta 
erigirlo en jefe supremo de la Nación. Esta investidura 



— 276 — 

delegada por las soberanías provliiciales establece el 
hecho orgánico de la Confederación Argentina que debía 
sancionar el tiempo y consagrarse en la Constitucirjn 
deíinitiva; á pesar de que en esas mismas circunstan- 
cias se prepara la reacción unitaria que traza líneas de 
fuego en el territorio conmovido. 

Esta reacción, ó sea el plan á que se ha hecho refe- 
rencia al principio de este capítulo, continúa cuando el 
general Juan Lavalle, el mismo que figura en el tomo 
primero fusilando por su orden al gobernador Dorrego, 
se resuelve á convulsionar Entre Ríos hábilmente ayu- 
dado desde el Estado Oriental por los emigrados unita- 
rios. Mientras éstos preparan los elementos para entrar 
en acción, Lavalle le da las instrucciones conducentes 
al coronel Chilavert, que es el jefe más capaz que le 
acompaña. Lo que hay de notable en la carta que las 
contiene, son los medios reprobados y los manejos inno- 
bles que proclama é impone el general Lavalle para 
conducir su empresa. La simple lectura de ellos muestra 
que la reacción unitaria no estaba mejor dispuesta en 
favor de los principios de buen gobierno que lo que lo 
estaba la represión federal; y que el pensamiento supre- 
mo de dicha reacción, quizá el único, como lo repitió 
después el general Paz, era adquirir la preponderancia 
política á condición de destruir á los que se le oponían, 
alardeando sin embargo de continuar á Rivadavia. quien 
ninguna afinidad tuvo con ella, y á los principales hom- 
bres que acompañaron á éste y que vivían á la sazón en 
Buenos Aires en la tranquilidad de la vida privada. 

Lavalle comienza su carta ratificándole á Chilavert 
el fracaso de las negociaciones para que López entrara 
en la reacción, y le dice: «Estoy impuesto de todo y á 
la verdad, que si se ha de hacer algo, no queda otro 
camino (^ue el presente, después de haberse frustrado las 



— o: 



esperanzas que López había hecho concebir. Lleva Susviela 
una carta para C. V. (Calixto Vera) que ojalá lo haga 
decidir; á pesar que usted no necesita advertencias, no 
puedo dejar de hacerle algunas, que no son mías, sino 
(le amigos cuyas opiniones debemos respetar^ tanto por su 
capacidad, cuanto por la posición cpie ocupan en el día. 
Es necesario que usted persuada á nuestro C. V. (Calixto 
Vera) (ó más bien que lo persuada Susviela que ha de 
hablar con él) que terminada la elección legal si fuese 
favorable, ó el movimiento que ha de efectuar el cambio, 
si no lo fuese, será ayudado eficazmente por toda la emi- 
gración que al efecto se irá reuniendo gradualmente en 
Entre Ríos y poniéndose á disposición del nuevo go- 
bierno. » 

Y como no hay motivo para turbar el orden público 
establecido en Entre Ríos, cuyas autoridades funcionan 
regularmente, el general Lavalle que lo comprende así, 
les ordena á sus amigos que inventen esos motivos, y 
que se lancen al movimiento, en los términos siguientes: 

« Es imposible que la elección, si fuese adversa, no dé 
(i V. [Vera] motivos ó pretextos para el movimiento; ó sino, 
que los invente. No hay que pararse en pelillos, como 
jamás se pararon nuestros enemigos. Que alegue coac- 
eichi, temor ó intrigas en las elecciones; ó sino, defectos ó 
crímenes personales de Echagiie ó de su sucesor, haciendo 
siempre resaltar la poderosa tecla de que hace años que 
E. R. (Entre Ríos) es siervo de Santa Fe. Interesa llamar 
la atención de V. (Vera) á la necesidad de convenirse 
sobre un plan antes de emprender el movimiento; por- 
que de lo contrario no se sabe después por dónde ir ni 
lo que se ha de hacer, y de aquí la división de opi- 
niones y los disgustos entre los amigos, capaces de inu- 
tilizar los mejores elementos. Que se ponga de pleno 
acuerdo con Ereñú sobre quién será gobernabor, quiénes 



— '278 — 

los coinandaiites, á qué empleados civiles ó militares se 
ha (le destituir y quiénes los subrogarán, qué se hará 
ron E. (Echagüe) 6 amigos de éste que caigan en sus ma- 
nos, qué principios de política interior y exterior adop- 
tarán. » 

Preparado el movimiento. Lavalle habla de exten- 
derlo á Santa Fe, contando con que encontrará apoyo 
en Córdoba y Corrientes. Y así como les ha insinuado 
á sus amigos lo que harán con la persona del goberna- 
dor de Entre Ríos y partidarios de éste que caigan en 
sus manos^ para que se creen recursos les presenta 
medios que contrastan con el decreto por el cual el 
gobierno federal de Buenos Aires acababa de abolir la 
pena de confiscación. « Convenidos en todo esto, dice, 
instar á los de Santa Fe á que ])rocedan como ellos. 
En Santa Fe hay la circunstancia de que al momento 
deben poner la provincia sobre las armas, pues deben 
temer muy pronto á la indiada de R. (Rozas). Si se ven 
apurados que no se paren en medios, y que se sosten- 
gan de las fortunas de López, Cuiten y C'-'. » 

Y véase en qué términos el general Lavalle preco- 
niza el empleo de la fuerza como medio de desnatura- 
lizar las instituciones de Entre Ríos y Santa Fe, y sin 
})er juicio de declararse campeón de la Constitución, del 
derecho y de la ley en su cruzada contra el partido 
federal. « En cuanto á la política interior, que procla- 
men la ley, la seguridad, la libertad. Á este respecto 
debe convenirse con Ereñú acerca de un punto impor- 
tante: ¿qué hacer ;Con la legislatura? La opinión de 
aquellos amigos es que si creen no contar con sus miem- 
bros no se acuerden de ella para nada, pero sin decir 
que la disuelven. Pero si cuentan con una mayoría se- 
gura, agarrarse de ella al instante; convocarla con pompa 
y urgencia: instruirla de lo hecho y de los motivos, y 



— 279 — 

■depositar en ella el gobierno, poniendo á su disposición 
las fuerzas, seguro de que será elegido el que ellos 
quieran. Así se da á la cosa un aire de dignidad y le- 
galidad y se compromete á todos. » Y para mantener este 
aire de dignidad y legalidad, Lavalle aconseja á los re- 
volucionarios que una vez que organicen el nuevo go- 
bierno en Entre Ríos, comuniquen el cambio á las demás 
provincias, « proclamando la decisi(jn de sostener la in- 
dependencia de su provincia, y la necesidad de constituir 
la Nación, Este último tema le conquistará la voluntad 
■de la casi totalidad de los gobiernos, y popularizará su 
causa !... » (') 

Con tal programa el general Lavalle, Carril, Agüero, 
Várela, Alsina y demás unitarios inician la cruzada con- 
tra Rozas y el partido federal de la República. Los 
medios que ponen en práctica son los mismos que 
á poco atribuyen á sus enemigos políticos : las violen- 
cias, la desnaturalización de las instituciones, los ata- 
ques á las personas, á las propiedades, á las familias, 
que ellos aparentan condenar en proclamas declamato- 
rias y en su prensa de propaganda. Es el mismo gene- 
ral Lavalle quien impone á la par de los directores de 
su partido esos medios reprobados que provocan cruen- 
tas represalias y que los desligan virtualmente de la 
tradición del partido unitario que encabezó Rivadavia 
y el cual brillará siempre por sus propósitos orgánicos 
y por sus tendencias elevadas al orden y ala legalidad. 
Los pueblos argentinos, imbuidos en la federación, re- 
sisten fieramente la cruzada de los unitarios. La lucha 
se enciende. Las represalias se suceden; y federales 



( ' ) Manuscrito original en mi archivo {Papeles de Chilavert). 
Véase el apéndice. Esta carta la publiqué por primera vez en el 
íliario La Libertad del 21 de febrero de 1883. 



— 2S() — 

y unitarios se disputan los pedazos de territorio que 
van regando con su sangre. Vamos á orientarnos en 
esa lucha tremenda que desnaturalizó en los espíritus 
mejor templados la conciencia razonada del patriotismo, 
que es lo que distingue al repúblico virtuoso del bár- 
baro que pelea y muere como muere la fiera junto á 
la guarida en que nació. 



CAPÍTULO XXVII 



LUCHA CIVIL EN EL ESTADO ORIENTAL 



(1830 — 1836) 



Sumario ; I. Influencias que se disputan el predominii) en el listado Oriental después 
de 1828.— II. Lavalleja y la segregación de laProvincia Oriental.— III. Acti- 
tud de Rivera en la lucha por la independencia oriental.— IV. Su partici- 
pación en la guerra con el Brasil. — V. Rivera varía su plan y trabaja por 
ocupar el gobierno del nuevo Estado Oriental. — VI. La asamblea nombra 
á Lavalleja y Rivera se alza contra el nuevo gobierno. — VII. Medidas repre- 
sivas del gobierno: especulativo acomodamiento de Rivera. — VIII. Medios 
de que se vale Rivera para ser elegido presidente.— IX. Actitud prescindente 
del gobierno de Buenos Aires: cordialidad que le manifiesta el gobierno de 
Lavalleja. X. Contraste del gobierno de Rivera: Rivera ayuda la revolu- 
ción de Entre Rios.— XI. Alzamiento de Lavalleja: auxilios que le da el 
ministro de guerra del gobierno de Buenos Aires: división que éste organiza 
al mando de Olazábal.— XII. Notoriedad de la participación de Martínez. — 
XIII. Nueva expedición de Lavalleja con ayuda del gobernador de Misiones: 
Rivera lo derrota y fusila al gobernador Aguirre. — XIV. Lo que se veía al 
través de estas aventuras guerreras. — XV. El general Oribe es elegido presi- 
dente: por qué fué bien recibida esta elección. — XVI. La ecuación política de 
Rivera: sus trabajos revolucionarios en unión con los emigrados unitarios. 
— XVII. El gobierno de Rozas reclama de estos movimientos por lo que hacía 
al litoral argentino.— XVIII. El de Oribe impide que se lleve la revolución 
al Entre Rios. — XIX. Rivera en unión de Lavalle se alza contra el gobierno 
constitucional. — XX. Los gobiernos del litoral argentino se previenen 
contra la sublevación de Rivera.— XXI. Acción de Carpintería y derrota de 
Rivera. 



El movimiento á que se hace referencia al fin del 
capítulo anterior, debió subordinarse por entonces á las 
exigencias de la lucha armada en el Estado Oriental, á 
virtud de las afinidades y aun de los compromisos que 
los amigos del general Lavalle se habían allí creado. 
Para explicarse esto, fuerza es reseñar la actitud de los 
partidos que se desenvuelven en Montevideo hasta el 
momento en que la fuerza de las cosas los aproxima 
respectivamente á los que luchan en la República Ar- 



— 282 — 

^entina. Después de ajustacbi (Icliiiitivaiiieiite la conven- 
ción (le paz qne bajo la mediación de la Gran Bretaña, 
lirinaron los plenipotenciarios de la República Argentina 
y del Brasil en Río Janeiro el 27 de agosto de 1828, y 
en la cual se estableció, bajo la garantía de estas dos 
i'iltinias potencias, la independencia de la Provincia Orien- 
tal, dos hombres se disputaron el predomonio en el nuevo 
Estado: el general Juan Antonio Lavalleja y el general 
Fructuoso Rivera. 

En los capítulos VIII y IX se ha visto cómo Lava- 
lleja, cediendo más hien á sugestiones dañinas que á sus 
sentimientos argentinos y caballerescos persiguió siem- 
pre la segregación de la Provincia Oriental á costa de 
su propio país, desde que arrastró á las provincias del 
litoral á la guerra con el Brasil, que se había apoderado 
de esa provincia, y obtuvo los recursos con los cuales 
inició su campaña; hasta que con una especulativa de- 
claración de reincorporación de la misma provincia á la 
República Argentina puso á ésta en el caso de empe- 
ñarse en la guerra á que la provocó el Brasil. 

Rivera no participó de las ideas de Lavalleja sino 
cuando la corriente de los sucesos favorables lo empujó 
á ellas; y esto no por apego á la nacionalidad argen- 
tina, sino porque prefirió las situaciones acomodaticias 
que le brindaron las distintas influencias que dominaron 
la Provincia Oriental desde 1811 hasta 1824. Mientras 
los separatistas orientales luchaban valientemente por 
su causa. Rivera aceptaba el nombramiento de jefe de 
policía de campaña que le confirió el Barón de la La- 
guna en pago de los servicios con que había contribuido 
al frente de las fuerzas que mandaba, á la ocupación 
de la Provincia Oriental que efectuaron los portugueses 
en 1817. Y cuando poco después la constitución del Im- 
perio fué jurada por los cabildos de la nueva provincia 



— 283 — 

Cisplatina, Rivera prefirió la investidura de nobleza de 
Barón de Taenarimbó con lo que lo remuneró el em- 
perador del Brasil íí la de soldado de la integridad de 
su patria. 

Cuando los vecindarios orientales se pronunciaron 
por la causa de Lavalleja, Rivera, desavenido con los 
brasileros que desconfiaban de él, y considerando que 
la cuestión cambiaría de aspecto con la intervención de 
la República Argentina, no encontró otro medio para 
salir de su posición violenta que el de plegarse á aquél 
con su regimiento. Sus votos en favor de la integridad 
argentina fueron entonces tan espontáneos como lo fue- 
ron en favor de la anexión al Imperio, y en fuerza de 
esto trocó su título de barón por el grado de brigadier 
general de la República Argentina que le confirió el 
Congreso Constituyente. Á pesar de esto, su participa- 
ción en la campaña contra el Brasil, fué la de un cau- 
dillo audaz, cuyos triunfos ninguna influencia tuvieron 
en el éxito general de las operaciones militares. Mien- 
tras que Lavalleja peleaba en el ejército republicano á 
las órdenes del general Alvear, Rivera merodeaba por 
su cuenta en las Misiones, ocupando pueblos para des- 
alojarlos en seguida, y medrando para expedicionar 
sobre el Paraguay en prosecución de planes que mal 
cuadraban en circunstancias en que la patria común 
necesitaba del esfuerzo de todos sus hijos. 

El subsiguiente ajuste de la convención de paz en- 
tre la República Argentina y el Imperio del Brasil, que 
abrió una nueva era para el Estado Oriental, disuadió 
á Rivera del proyecto de expedicionar al Paraguay. Él 
esperó compensar las ventajas personales que con la 
realización del tal proyecto se prometía, ocupando la 
primera magistratura del nuevo Estado; y á este objeto 
dedicó entonces sus trabajos. Se antoja que quien me- 



- í284 — 

nos títulos tenía para ello era rl qne había sido nno 
(le los corifeos de la ocupación de la Provincia Oriental 
l)or las armas del Portugal y de la anexión de la mis- 
ma á este reino. Pero la ambición inmoderada se crea 
un título en la misma impudencia con que se cree lla- 
mada á los honores; á semejanza de esos desheredados 
de la moral, cuya loca vanidad les hace creer que ocul- 
tarán tras los oropeles anexos á un pergamino de no- 
bleza vendible, la bastardía de su sangre y de sus 
sentimientos. 

Dicho se está que el candidato para ocupar el gobier- 
no del nuevo Estado Oriental, á quien imponía la fuerza 
de los hechos y quien reunía la mayoría de sufragios^ 
era el jefe de los 33, el primer campeón de la indepen- 
dencia oriental, el general en jefe del ejército contra 
el Brasil. Esto no fué obstáculo para Piivera. Apenas 
reorganizado ese Estado y cuando la asamblea legisla- 
tiva acababa de sancionar la constitución. Rivera levantó 
el estandarte de la revuelta haciendo renunciar al gene- 
ral Rondeau que ocupaba provisoriamente el gobierno, 
con la mira de ocuparlo él en seguida. Pero la asamblea 
se sobrepuso á las circunstancias y nombró gobernador 
á Lavalleja, quien se recibió del mando el 17 de abril 
de 1830. Rivera desconoció este nombramiento, y des- 
preciando los medios que se interpusieron para traerlo 
al camino del orden, se erigió en intérprete de la opi- 
nión al frente de fuerzas de su mando ; cambió las 
autoridades de campaña para que no prevaliese más 
autoridad que la suya; se apoderó délos caudales públi- 
cos que había en las receptorías departamentales; impuso 
contribuciones; hizo levas y comprometió por una serie 
de actos anárquicos la organización del Estado Oriental 
á la que acababan de prestar su garantía la República 
Argentina y el Brasil. 



— 285 — 

El gobierno ordeno á las autoridades que le per- 
manecieron fieles « que no debían obedecer disposi- 
ción alguna fuere del carácter que fuere, impartida por 
el general Fructuoso Rivera»: y con fecha 2 de janio, 
expidió un manifiesto al país en el que resumía la con- 
ducta de este jefe y declaraba que «habiendo sido in- 
fructuosos los medios empleados para reducirlo al orden; 
y no quedándole ya al gobierno ninguna duda de que 
las aspiraciones del mismo se dirigen á desquiciar todas 
las instituciones del país por medio de l-i anarquía que 
ha promovido » lo separaba de todo mando ó comisión 
de carácter público. ( /) Coartado por la acción repre- 
siva del gobierno. Rivera entró al tiii por el acomoda- 
miento que éste le había propuesto y que obtuvieron 
personas respetables. Era precisamente cuando habién- 
dose aprobado oficialmente la nueva constitución del 
Estado Oriental por los comisionados ad hor de la Repú- 
blica Argentina y del Brasil, debía ella ser jurada y elegi- 
do el primer presidente constitucional del nuevo Estado. 

Pero el acomodamiento de Rivera era un paso es- 
peculativo hacia la presidencia que él quería ocupar, 
costase lo que costase. Y ese paso le valió el éxito por 
el momento. Estaba fijado el día 18 de julio de 1830 
para la jura de la constitución; y con arreglo á la ley 
debía practicarse en los departamentos la elección de 
diputados para la nueva asamblea legislativa (y electora 
de presidente) el segundo domingo después de verifi- 
cado aquel acto, esto es, el 1". de agosto. (") Como es 
de presumirse, la opinión general del país prestigiaba la 



(1) Oficio del ministro Giró. Exposició?i del Gobierno Provi- 
sorio. Se publicó en hoja suelta por la Imprenta Republicana (eii 
mi colección de hojas sueltas). 

(-) Oficios del ministro Giró (en mi archivo). 



— 286 — 

candidatura del general Lavalleja, Rivera, ayudado por 
manos hábiles, pudo contrarrestar esa influencia legítima, 
haciendo elegir en algunos departamentos y por medios 
análogos á los que había usado para mantener la anar- 
quía, una mayoría de representantes de su devoción. 
Éstos lo eligieron presidente de la República el 24 de 
octubre de 1830, entre protestas vivísimas que dieron 
origen á la reacción que encabezó á poco el general 
Lavalleja. 

Por su parte el gobierno de Buenos Aires había perma- 
necido prescindenteen la lucha entre Lavalleja y Rivera; 
así porque su carácter de garante de la independencia 
del Estado Oriental no le permitía intervenir sino en el 
caso de que dicha independencia estuviese amenazada, 
cuanto porque demasiado tenía que hacer en el orden 
interno de la Provincia después del sacudimiento polí- 
tico que inició el general Lavalle fusilando al gober- 
nador Borrego. Cuando el 10 de septiembre de 1830 
se sublevó en el puerto de Buenos Aires el coronel Ro- 
sales con la goleta de guerra Sarandí y entró con ella 
en el Uruguay, el gobierno de Lavalleja atendió la recla- 
mación del de Rozas, declarando en la nota en que así 
se lo prometía que «por identidad de principios y de 
intereses con el de la provincia de Buenos Aires, su 
gobierno adoptaría cuantas medidas hallase justas para 
que su dignidad no se mancillara por los facciosos »; 
y consecuente con esto hizo entrega de todo lo que al 
mencionado buíjue pertenecía al coronel Correa Morales, 
comisionado ad lioc. 

Pero las cosas cambiaron con las simpatías políticas 
que llevó el general Rivera al gobierno. Apenas fué éste 
elegido i)residente, se puso de acuerdo con los unitarios 
emigrados en el Estado Oriental y con el general López 
Jordán para hacer estallar una revolución en Entre Ríos. 



— 287 — 

En el capítulo XVII se ha visto cómo esta revolución 
se hizo al grito de «¡muera el partido federal!»; cómo 
tomaron parte en ella jefes de las fuerzas de Rivera; 
y cómo su fracaso se debió á que Rivera quiso colocar en 
el gobierno de Entre Ríos al coronel Barrenechea, hechu- 
ra suya y hasta socio en negocios de vacas, y en opo- 
sición á López Jordán que era el candidato de los uni- 
tarios. Rozas, López y Sola reclamaron de esta conducta^ 
pero ni obtuvieron satisfacción alguna, ni pudieron 
impedir que se repitiera en lo sucesivo; que los emigrados- 
siguieron trabajando en Montevideo, Paysandú y Merce- 
des para cambiar en su favor la situación del litoral^ 
á la sombra del apoyo y aun de la ayuda que les prestaba 
Rivera en razón de sus conveniencias. (') 

' En estas circunstancias el partido de Lavalleja que 
luchaba en la prensa inútilmente para que las opinio- 
nes tuviesen representación en el gobierno, se puso en 
armas contra Rivera el 29 de junio de 1832. El gobierno 
oriental comunicó inmediatamente tal acontecimiento al 
de Buenos Aires; y sin embargo de que éste le mani- 
festó en su nota de 31 de agosto su satisfacción por el 
restablecimiento del orden público, Rivera redujo á pri- 
sión al coronel Correa Morales, comisionado de ese 
gobierno amigo, por suponerlo comprometido en una 
conspiración que hubo de estallar en Montevideo en 
combinación con Lavalleja. 

Sin que lo abatieran los reveses, Lavalleja bajó á 
Buenos Aires y obtuvo del ministro de la guerra del 
gobierno de Balcarce los recursos con los cuales fué 
á encontrar á sus parciales en las márgenes del Uru- 
guay, cuando el coronel argentino, don Manuel de 01a- 

( M El señor Lamas, por no conocer los documentos á que me he 
referido en el capitulo XVII, se deja llevar de sus simpatias alterando 
la verdad de los hechos en sus Escritos políticos, pág. 100 y sig. 



— ^388 — 

zábal, se posesionaba de la villa de Cerro Largo, y pro- 
clamaba al frente de sus fuerzas la autoridad de Lavalleja, 
Esta vez Rivera era cogido en las mismas redes que él 
tejió, y quien lo cogía era un oriental, el general Enri- 
que Martínez, alma del gobierno de Balcarce y subsi- 
guientemente ministro del gobierno oriental. Iniciador 
del partido de los lomo-nefjros, en oposicifjn al partido 
federal de Buenos Aires, el general Martínez pretendió 
cambiar la situación política del litoral y tener un apoyo 
en el general Lavalleja desde el gobierno del Estado 
Oriental. Con esta mira le facilitó recursos á Lavalleja, 
y armó y equipó la división con la cual Olazcábal inva- 
dió aquel estado por la frontera del Brasil. 

Esta participación del general Martínez fué tan noto- 
ria, que constituía uno de los cargos hechos al gobierno 
de Balcarce en la petición que se elevó á la legislatura 
de Buenos Aires para justificar el movimiento que llevó 
á cabo el partido federal contra ese gobierno el 11 de 
octubre de 1833: «Esos jefes decembristas manifestaban 
por su conducta que habían sido enviados á sembrar 
la discordia, acaso con el designio de que debilitada la 
Provincia pudiese sujetársela á una política dependiente 
del Estado extranjero á que pertenecía el círculo minis- 
terial, decía el documento á que me refiero. Por efecto 
también de esa influencia extraña se habían comprome- 
tido notablemente nuestras relaciones exteriores. La 
conducta del gobierno á este respecto fué tan inmoral 
y despreciable, que se sustrajo un gran armamento, en 
cuyo robo no sólo fueron cómplices el gobernador, mi- 
nistro de la guerra y comandante del puerto, con el fin 
de remitir esos artículos de guerra á los que en el Esta- 
do vecino hostilizaban al gobierno, sino que hicieron 
servir para ocultar ese comprobante de su oprobio á la 
goleta nacional Sarandí. El armamento fué remitido 



— 289 — 

á Santa Fe con una correspondencia que cayó en manos 
del jefe del Estado Oriental, en la que retendrá docu- 
mentos vergonzosos para nuestro país. De esa corres- 
pondencia aparecía la parte que los individuos del 
Ejecutivo habían tenido en ese suceso infame; y con- 
taba la existencia de planes criminales. Así es que el 
comandante de este puerto amenazó á una persona influ- 
yente del estado vecino, que si aquel gobierno publicaba 
esa correspondencia, también se daría á luz aquí otra 
en que ese personaje se hallaba complicado y que ver- 
saba sobre transporte clandestino de armas.» (*) Y si 
alguna duda quedara de que el general Martínez, adver- 
sario del partido federal y de Rozas, estaba en un todo 
de acuerdo con Lavalleja en la empresa de derrocar á 
Rivera, \ que éste tenía de ello conocimiento, esa duda 
desaparece ante la palabra oficial del agente diplomático 
orient ;1, acreditado en Buenos Aires : « Acabo de saber 
que ha llegado un teniente coronel entrerriano con un 
pliego para Lavalleja, en que le comunica que hay cinco 
escuadrones prontos para pasar á este lado, escribía el 
general Rondeau á su gobierno en marzo de 1833. El 
tal teniente coronel se apellida Roo ó U-aw, y no habien- 
do encontrado á Lavalleja. porque se asegura que ha salido 
anoche, se ha dirigido ai fuerte en solicitud del ministro 
de la guerra que ha quedado de apoderado del primero. ^^ (^ ) 



(M El señor Andrés Lamas afirma que las expediciones de Lava- 
lleja obedecieron a sugestiones de Rozas, quien en esa época se en- 
contraba en el no Colorado comprometido más que nunca en la 
campaña de la conquista del desierto. Á falta de pruebas para 
constatar tal hecho, altera á su sabor el texto que he transcrito de 
le petición que elevaron á la legislatura de Buenos Aires los adver- 
sarios de Balcarce y de Martínez, los federales del partido de 
Rozas, como puede verificarlo el lector compulsando este documento 
que circuló en hoja suelta y las páginas 437 y 438 de los Escritos 
jpotíticos del doctor Lamas. 

(-) Manuscrito original en mi archivo. Véase el apéndice. 

TOMO II. 19 



— 290 — 

Lavalleja se mantuvo en la campaña oriental sin ini- 
ciar operaciones serias contra Rivera, hasta que desbara- 
tada la división de Olazábal y amenazado por fuerzas 
superiores, se retiró del territorio para organizar una 
nueva expedición con la ayuda del gobernador de Mi- 
siones don Félix de Aguirre. El 12 de marzo de 1834 
pisó las Hí gue ritas y exitiáió una proclama en la que invi- 
taba á sus compatriotas á perseverar en los principios 
republicanos comprometidos por el gobierno de Rivera 
y á agruparse en torno de su bandera. Rivera se dirigió 
al punto á batirlo, y desprendió su vanguardia á las 
órdenes del coronel Anacleto Medina. Éste alcanzó á 
Lavalleja el día IG en la costa del río Negro. Con sus 
fuerzas desorganizadas todavía, Lavalleja tuvo que aceptar 
un combate desigual cuya suerte le fué adversa, y se 
retiró hasta la margen del Arapej', dejando muchos pri- 
sioneros y entre éstos al gobernador Aguirre á quien 
Rivera hizo fusilar al frente de su ejército. (') 

Lo que se veía al través de estas aventuras guerreras 
era el choque de aspiraciones vulgares; los ecos de la 
inconsecuencia que se resolvía en indignaciones conven- 
cionales; y el rigorismo sangriento erigido en sistema, 
como si efectivamente las comunidades políticas bañadas 
por el Plata hubieren sancionado como ley de su exis- 
tencia la tremenda teoría que desenvolvió Hobbes para 
solaz del desencanto y estímulo de los míseros. Nin- 
guna idea, ningún interés general separaba á Lavalleja 
de Rivera; que tan sólo el personalismo y la bandería 
incolora los lanzaba el uno contra el otro. Cuando fra- 
casaba la nueva intentona del primero, Rivera declaraba 



( ' ) Parte oficial de Rivera datado en su cuartel general de San 
Francisco, á 25 de marzo de 1834. Boletín nú ni. 7, que da cuenta del 
fusilamiento de Aguirre. 



— 291 — 

pomposamente, sin embargo, que su victoria había sal- 
vado el principio de la constitución y de la ley; y así 
quería entenderlo el doctor del Carril, uno de los direc- 
tores del centro revolucionario unitario, el mismo que 
con soldados y armas orientales había hecho invadir la 
provincia de Entre Ríos; el mismo que cooperaba poco 
después á encender la guerra civil en su país con los 
dineros y los recursos de la Francia, escribiéndole á Ri- 
vera en 15 de junio de 1833. «V. E. ha quebrantado en 
manos de los rebeldes el instrumento más ominoso de 
que puede servirse la anarquía para desorganizar un Esta- 
do: el extranjero.» Y fueron proverbiales los excesos 
contra las personas y las propiedades á que se entregó 
Rivera en estas campañas, y que provocaron represalias 
de parte de sus adversarios. El general Paz, uno de los 
jefes militares del partido unitario, describe en sus Me- 
??iori'as la desmoralización de los ejércitos que mandó 
Rivera y cita multitud de hechos que demuestran que sus 
campañas se resolvían siempre en devastadora guerra 
á las propiedades. Los arreos de vacas ajenas eran 
para él asunto importante; y todas las cartas que le 
dirigían por esos años sus amigos ó socios, como eran 
Cüllen, Berrenechea, Crespo, Carriego, etcétera, y que poseo 
originales, se refieren casi exclusivamente á esos nego- 
cios que él facilitaba con sus operaciones militares. (') 



(*) Menos extraño era, pues, que Rivera hiciera suyas las pro- 
piedades de sus adversarios políticos, provocando asi las represalias 
que se ejercieron después. Baste para comprobarlo este hecho. 
En la representación que elevó á la asamblea general legislativa del 
Estado Oriental la esposa del general Lavalleja, pidiendo la devolu- 
ción de sus bienes confiscados por Rivera conjuntamente con los 
de su esposo, citaba los artículos constitucionales que se oponían á 
esta medida, y decía:... « el gobierno no puede hacer la confisca- 
ción de estos bienes ni distribuirlos entre quien se le ha antojado, 
y aplicándose i3rt7'a s¿ una parte de ellos S. E. el señor presidente 
de la República, brigadier general do7i Fructuoso Rivera, como 



292 

Á pesar de sus derrotas el general Lavalleja se 
mantuvo con algunos parciales en las fronteras de su 
país, hasta que expiró el período constitucional del ge- 
neral Rivera (24 de octubre de 1834) y entró á sucederle 
en la presidencia de la república el general Manuel 
Oribe. «La candidatura de este hombre funesto, dice el 
biógrafo de Lavalle y adversario de Oribe, fué recibida 
en el Estado vecino con general aplauso. Soldado de la 
Independencia y contra el Brasil, y sostenedor ardiente 
de la autoridad legal que acababa de terminar su pe- 
ríodo constitucional, todos vieron en él la garantía más 
conspicua del orden y de la prosperidad del Estado. » 
Y en efecto fué la gran mayoría de la nación la que 
llevó á Oribe al gobierno el 1°. de marzo de 1835. Oribe 
había cimentado sus prestigios guerreando durante quince 
años por la independencia de su patria, hasta que for- 
mó el segundo entre los 33 campeones que se lanzaron 
á librarla del Imperio del Brasil. Si bien su severidad 
genial lo distanciaba del común de las gentes, su noble 
alcurnia y sus brillantes antecedentes como militar de 
escuela y de orden, le habían creado vinculaciones so- 
ciales y políticas de esas que consolidan una reputación 
y proporcionan á ciertos hombres facilidades para actuar 
ventajosamente sobre los demás. 

El mismo general Rivera no pudo sustraerse á este 



lo demuestra la copia de la adjunta carta que solemnemente acom- 
paño, en la que ordena dicho Excnio. se ~)or al capitán don Francisco 
García que de la estancia que tenia mi esposo en la Cruz, le man- 
dara quinientos novillos al menos para su estancia de los Lau- 
reles. Kste documento cuyo orijíinal conservo para tiempo oportuno 
(con otras pruebas que demuesti'an haber hecho llevar á sus estan- 
cias el señor Presidente varios miles de fi;anado y otros bienes de mi 
propie(iad) patentizan cuáles han sido las nobles miras del primer 
magistrado, etcétera... » Véase esta representación que se publicó en 
Montevideo, y á solicitud de doña Ana Monterroso de Lavalleja 
en La Gaceta Mercantil del 5 de abril de 1834. 



— 293 — 

movimiento de opinión, cuando su ambición le sugería 
proyectos irrealizables para continuar en el mando. Pero 
para Rivera no existían más que estos dos términos de 
la ecuación política cuya solución persiguió sin cesar 
desde 1828 hasta el fin de su carrera política: ú ocupar 
el gobierno, ó fomentar la anarquía para apoderarse del 
gobierno. Y esto último fué lo que hizo pocos meses 
después de ser elegido Oribe, cuyos primeros pasos en 
el gobierno iniciaron una política reparadora, á la som- 
bra de la cual se agrupaban los partidos que acababan 
de deponer las armas, y se aproximaban entre sí los 
hombres hasta poco antes distanciados por el encono 
que estimulaba el personalismo estrecho. 

Era precisamente en los días en que el general Lava- 
lie y sus parciales trabajaban por cambiar la situación 
política de Entre Ríos según los términos de la carta 
de dicho general al coronel Chilavert, y que he trascrito 
en el capítulo anterior. El gobierno de Rozas reclamó 
de estos movimientos cuyo centro directivo estaba en 
Montevideo; como asimismo de la actitud de la prensa 
de los unitarios emigrados que unida á la riverista, 
fustigaba al gobierno de Buenos Aires y llamaba abier- 
tamente á la revolución. Por justa que fuere esta 
revolución, era indudable que el gobierno de Buenos 
Aires, que representaba intereses políticos antagóni- 
cos á los del partido unitario, tenía perfecto dere- 
cho á defenderse de eila, y exigir de un gobierno 
amigo y vecino que no consintiera semejantes movimien- 
tos, so pena de aparecer como cómplice de ellos. 

Así lo entendió el gobierno de Oribe adoptando algu- 
nas medidas de orden, que si bien impidieron que se 
llevase de Paysandú y Mercedes la revolución á Entre 
Ríos, aproximaron más á los emigrados unitarios con 
el partido de Rivera. La prensa del uno y de los otros 



— 294 — 

acentuó sii oposición al gobierno de Oribe con motivo 
(le aquellas medidas, y con el de haber este gobierno 
aceptado al coronel Juan Correa Morales como agente 
del de Buenos Aires. Prevalido del cargo de comandan- 
te general de campaña que desempeñaba. Rivera se ponía 
al habla con los principales jefes unitarios, y esperaba 
la oportunidad para volver contra el gobierno las pro- 
pias fuerzas que éste le conñara. Esta oportunidad le 
fué presentada por enérgicas medidas de Oribe sobre 
uno ó dos diarios que comprometían las buenas rela- 
ciones entre su gobierno y el de Buenos Aires, y por 
la de haber dado participación en la administración del 
Estado á varios ciudadanos espectables que no eran del 
agrado de Rivera. La prensa opositora gritó á la revo- 
lución y el general Rivera se sublevó contra el gobierno 
constitucional el 16 de julio de 1836, de acuerdo con el 
general Lavalle y cantidad de jefes y emigrados argen- 
tinos que engrosaron sus filas. Así fué cómo el partido 
de Rivera se vinculó con el partido unitario, en oposi- 
sión á Oribe y al partido federal; lo cual trajo análoga 
vinculación entre ese general y Rozas. 

El gobierno oriental puso estos hechos en conoci- 
miento del de Buenos Aires y le anticipó que en su 
concepto tal movimiento tenía miras ulteriores que afec- 
tarían la paz y la tranquilidad de ese Estado. Rozas 
expidió los decretos de V\ de agosto que prohibían dar 
pasaporte á persona alguna con destino al Estado Orien- 
tal sin permiso superior expreso, y castigaba con seve- 
rísimas penas al que alguna participación tomase en la 
sublevación de Rivera. Al mismo tiempo comunicó lo 
ocurrido á los gobiernos de las provincias argentinas, 
pidiéndoles á los del litoral, que cooperasen con los 
medios á su alcance para que ese movimiento no tuviese 
n;iayores consecuencias en los pueblos confederados. 



— 295 — 

IhOS gobernadores aludidos tomaron medidas análogas á 
las del de Buenos Aires; por manera que la sublevación 
se circunscribió por entonces al Estado Oriental. 

Rivera se apresuró á manifestar á la nación que 
sus conciudadanos le ponían en la necesidad de deman- 
dar con las armas en la mano las libertades constitu- 
cionales y el imperio de la ley; siendo así que jamás 
hubo para él más ley que su capricho y que el gobier- 
no de Oribe era el primero que había comenzado á con- 
ciliar las opiniones contemporizando aún á costa de su 
propia seguridad ; llamando á las funciones públicas 
á los hombres capaces y honorables, y fundando una 
administración recta, controlada y escrupulosa que ha 
servido de ejemplo en ese país, como que formó con- 
traste con las que se sucedieron. Lo primero que hizo 
Rivera fué apoderarse de cuanto encontró en los de- 
partamentos que asolaba al pasar; y si no hizo más, 
fué porque el general Lavalleja, del lado del gobierno 
legal, fué en su busca con una buena división, al mismo 
tiempo que Oribe salía á batirlo con un cuerpo de ejército. 
Después de algunos combates parciales, el ejército consti- 
tucional al mando de Oribe derrotó las fuerzas de Rivera 
en la acción de Carpintería el 19 de septiembre de 1836. (V) 
Este contraste y el haber el coronel Raña acatado la 
autoridad legal con la división más fuerte del ejército 
de Rivera, obligaron á éste á abandonar el país y diri- 
girse al Brasil, en cuyas fronteras empezó á reunir 
nuevamente á sus parciales para recomenzar sus corre- 
rías revolucionarias. 



(') En esta campaña las fuerzas de Rivera llevaban como dis- 
tintivo una divisa punzó, y las del gobierno divisa blanca: colo- 
res que dieron origen á la denominación de blancos y colorados, 
que han llevado hasta nuestros días los dos partidos políticos mi- 
litantes de la República Oriental. 



CAPÍTULO XXVII 

LA INICIATIVA ORGÁNICA DE 1837 



SiMARio : I. I.a iniciativa trascendental del año de 1837.— II. Esteban Eclieveri'ia . 
el pensador y el poeta. — III. Carácter de la poética de Echeverría : opi_ 
nión de Gutiérrez. — IV. Evolución orgánica que inicia : cómo la aprecia 
él mismo.— V. La Asociación Mayo : el Dogma socialista.— \'l. Las pa- 
labras simbúlb'as del dogma. — VIL Desenvolvimiento de éstas: asociación, 
leyes y principios para su desarrollo progresivo.— VIII. Progreso: sus 
peculiaridades y puntos de partida.— IX. El principio de la igualdad y de 
la libertad. — X. Emancipación del espíritu americano: la reforma de las 
costumbres y de la legislación. — XI. El principio religioso : libertad de 
conciencia : separación de la iglesia y del Estado. — XII. La democracia 
como principio : la razón pública y el sufragio calificado. — XIII. Fusión 
doctrinaria de las ideas en lucha. — XIV. Inventario histórico : anteceden- 
tes unitarios : antecedentes federales. — XV. El Dogma proclama el régi- 
men federo-nacional de gobierno. — XVI. Esperanzas de que Rozas proteja 
la Asociación Mayo: ésta queda reducida á sí misma. — XVII. Rozas 
alienta á Echeverría, pero los hechos invierten el plan de la asociación. — 
XVIII. Correspondientes de la asociación en las provincias, Montevideo y 
Chile.— XIX. Resistencia de los centros dirigentes del partido unitario. — 
XX. Motivos de estas resistencias. — XXI. Echeverría analiza estos moti- 
vos y los condena en nombre de la patria : la patria y la libertad : las 
ideas de la nueva generación: las ideas del personalismo absolutista. — 
XXII. Cómo interpreta Echeverría la resistencia al Dogma. — XXIII. 
Triunfo moral del Dogma socialista. — XXIV. El Dogma triunfa material- 
mente en la Constitución de 1853.— XXV. Testimonio de Alberdi.— XXVI. 
Testimonio de Gutiérrez.— XXVII. Á cada capacidad según sus obras. 



Antes de penetrar en el sendero lúgubre que van 
trazando los partidos en lucha sin cuartel, detengámos- 
nos un instante todavía en Buenos Aires, donde brilla 
algo como el relámpago de la esperanza, en la for- 
ma del pensamiento regenerador que surge de la gene- 
ración doctrinaria del año de 1837, cuyo espíritu se 
confunde con el de esos propagandistas y tribunos que 
operaron la revolución de 1810 y la reforma en 1821. 
Levantándose en alas de la convicción más pura, la 
juventud de 1837 fundió, en el crisol de la virtud cívica 
las ideas que exaltaba el furor de los partidos; y cuando 



— 297 — 

la vorágine sangrienta amenazaba devorarlo todo, se liiza 
el eco de las aspiraciones supremas de la patria, pro- 
clamando los principios orgánicos que fueron consig- 
nados veinte y seis años después en la Constitución 
para asegurar la libertad, el progreso y el bienestar de 
los pueblos argentinos. De aquí el mérito de ese grande 
esfuerzo que se hubo de librar á la acción del tiempo, 
como quiera que fuese imposible dilatarlo en circuns- 
tancias en que los partidos reaccionaban contra todo 
orden que no se fundara en sus auspicios exclu- 
sivos. 

La gloria de esta iniciativa pertenece á don Esteban 
Echeverría, quien del embrión de ciencia política qufr 
tenía delante, extrajo los principios fecundos del gobierno 
libre y los presentó á la juventud su contemporánea para 
labrar con ellos la futura felicidad de la República. De 
este punto de vista, Echeverría aparece como un genio 
virtuoso que penetra en el porvenir con clara intuición 
y fe profunda. Su espíritu, siempre levantado, vivió de 
la comunión de las ideas nobles, y en consorcio íntima 
con la patria. Sus raros talentos y sus constantes afa- 
nes se consagraron exclusivamente al mejoramiento social 
y político de su país, con cuyas necesidades él se había 
identificado por los sentimientos más enérgicos de su 
corazón. Era un pensador que quería descubrirlos secretos 
del progreso en acción: un filósofo que reunía las fór- 
mulas más adaptables para implantarlo: un sociólogo 
que presentaba los medios para desenvolverlo; y, lo que 
no deja de ser raro, era también poeta. Era poeta; pero 
el teatro y la época en que actuaba subordinaron los 
vuelos de su rica fantasía al plan de la obra que se 
propuso llevar á cabo, y en la cual prosiguió sin des- 
mayar un instante hasta el en que fué arrancado á la 
vida en edad temprana, pues como él dijo: 



— 298 — 

«El sol fulgente de mis l)el!os días 
se ha oscurecido en su primera aurora, 
y el cáliz de oro de mi frágil vida 
se ha roto lleno.» 

Antes de que las circunstancias decidiesen del género 
de trabajos á que debía consagrarse, Echeverría había 
publicado los Consuelos y la Cautiva, dos bellos floro- 
nes de las letras argentinas, que lo hacen figurar con 
ventaja entre los poetas americanos. Después, cuando 
•arrastró la vida azarosa del proscripto, Echeverría aso- 
ció también la poesía al punto á que concurrían todos 
sus trabajos; al desenvolvimiento intelectual y político 
de las ideas proclamadas en mayo de 1810, en la esca- 
la progresista de la sociabilidad argentina. En este 
sentido supo armonizar en beneficio de la patria el 
arte con Iñ idea — la belleza con la verdad — y cantó en 
estrofas inmortales, y dejó consignadas en páginas que 
transpiran todavía el perfume de la novedad, los pro- 
gresos sociales y políticos, las libertades y los prin- 
cipios de gobierno que constituyen hoy el desiderátum 
de la comunidad argentina. Á semejanza de Várela, que 
pretendía hacer concurrir las fuerzas de la sociedad 
al triunfo de la reforma social y política, empleando 
todas las formas de la propaganda : el libro, el diario, el 
folleto, la oda, el canto, el verso fácil, la letrilla, el 
epigrama, Echeverría condensó primeramente el cuerpo 
de su doctrina, y lo vistió en seguida con las galas de 
su poderosa inteligencia, para hacerlo llegar á todas partes 
en alas del Pampero revolucionario, al cual el gobierno 
fuerte no podía contener. í 'j Y como Várela, que llegaba 



(') Véase el prefacio á la traducción (|ue de Virgilio hizo 
Várela, en La Eneida en la República Argeyítina, que puljliqué en 
unión de Sarmiento. 



— 299 — 

á darle por sí solo á su propaganda una dirección seme- 
jante á la que los enciclopedistas del siglo XVIII le 
dieron á la suya, Echeverría trabajó con un tesón ina- 
preciable su idea de una Enciclopedia popular en la 
cual se fundieran, vinculándose entre sí, los órdenes 
de ideas que debían asegurar, en su sentir, la marcha 
progresiva y liberal de la sociabilidad argentina. 

Don Juan María Gutiérrez ha trazado el carácter y 
las tendencias de la poesía de Echeverría en los siguien- 
tes términos llenos de colorido y de verdad: «Echeverría 
señala una nueva época en el gusto poético del río de la 
Plata. Él mató la tradición clasico-latina; confundió los 
géneros, mezcló los ritmos, exageró y afeminó un tanto 
la armonía del período. Rasgó el velo que ocultaba al 
público las pasiones y los dolores individuales del poeta, 
salpicando con la atrevida palabra yo, casi todas sus 
producciones. Le oímos con extrañeza hablar de él, de 
su corazón, de sus hastíos y desencantos, y nos trajo 
ese raudal de lágrimas que muchos han derramado des- 
pués, brotadas únicamente de sus plumas de acero. En 
una palabra, él levantó un altar á Lamartine, y depri- 
mió los ídolos de aquella noble escuela que, teniendo 
por maestros á Horacio y á Virgilio, había llegado has- 
ta nosotros en las páginas de Racine, de Meléndez 
y de Quintana.» — Ya se deja que el espíritu neolite- 
rario no cuadraba- á don Juan María, pues refiriéndose 
á los jóvenes que cedieron á aquel despotismo de la victoria 
alcanzada por la moda é impuesta por la opinión, había 
dicho: «Creyéndose poseedores del secreto para com- 
prender mejor que nadie la naturaleza, iban á buscar 
exclusivamente el calor y la luz de sns cuadros á las 
latitudes del Mediodía; y proclamándose únicos . en la 
ciencia del corazón y de las pasiones, suscitaban á un 
Ruíz Díaz por rival del Cid de Corneille, y á una Lu- 



— 300 — 

crecia de la familia de los Borgia para derribar de su 
pedestal de mármol á la Fedra del segundo Eurí pedes.» (') 
« Sin embargo, continúa, Echeverría localizó la poesía, 
jior decirlo así, y la qniti) el cosmopolitismo descolorido 
que tenía antes de él. Ir á buscarla en la Pampa, en 
los campamentos militares de la frontera, en los aduares 
de los bárbaros y en los enmarañados pajonales de la 
llanura, es una feliz audacia cuya gloria le pertenece 
entera. Es tan verdadera su inimitable pintura del de- 
sierto en el primer canto de La Cautiva, que un natu- 
ralista europeo la ha traducido literalmente en una obra 
que nada tiene de poética, con el objeto de dar idea exacta 
de esa planicie maravillosa que se extiende desde el Plata 
hasta el pie de los Andes. Él fué entre nosotros quien 
primero se atrevió á dar movimiento dramático á las 
composiciones líricas, convirtiendo en poemas más ó 
menos extensos aquellos asuntos que no habrían inspi- 
rado á sus antecesores más que una oda ó una elegía. 
Él creyó que la poesía y la íllosofía no sólo eran con- 
sonantes sino hermanas, y trató de hacerlas andar á la 
par, poniendo en metro pensamientos é ideas que no 
habían salido antes de él de la sobria mesura de la 
prosa didáctica. » f ) 

La época de reacción y de represión que comenzó en 
el año de 1828 y cuya fisonomía siniestra se acentuó 
en toda la República á fines de 1835, sugerió á Eche- 
verría, quien como la nueva generación de Buenos Ai- 
res no había tomado parte en tales sucesos, el propósito 
de presentar á la faz de los partidos que conmovían 



O Fragmentos de un estudio sobre don Esteban Echeverría por 
•luán Alaria Ciutierrez, publicado en la Revista de Buenos Aires, 
tomo XVIl, pág. 598. 

(-) Obras completas de Echeverría, con notas y explicaciones, 
por Juan M. Gutiérrez, tomo Y. 



— 301 — 

la sociedad argentina, ciertos principios orgánicos que 
comprendieran en lo posible las aspiraciones coetáneas 
y las vinculara á la tradición progresiva de la revo- 
lución de 1810, por medio de un mecanismo institucio- 
nal que así en lo político como en lo social y económico, 
tendía al ñn supremo de consolidar la nacionalidad y 
el gobierno libre. Sólo un hombre del temple moral de 
Echeverría podía acometer esta obra en esos días de 
borrasca sangrienta. Quien se retrotrae á ellos encuen- 
tra cierta temeridad sublime en su iniciativa fecunda. 
Y sin embargo, él no se atribuyó méritos que por otra 
parte rehusaron discernirle unitarios y federales, im- 
buidos en el egoísmo crudo que es el conductor de 
todos los débiles. No: sencillamente creía hacer su deber; 
interpretar el voto de la razón pública; satisfacer una 
exigencia que abonarían los tiempos. Tuvo la conciencia 
de la virtud perdurable de su obra, y si bien prevale- 
cieron sobre él los doctrinarios atrasados que atizaban 
odios y no acertaban con la solución del progreso polí- 
tico, de su país, su figura austera y abnegada se levantó 
en primer término cuando se afianzaron las ideas que 
él acariñó como la esperanza más risueña de su vida. 

Así, sin preocuparse de la situación de fuerza que 
creaban los partidos y que se antojaba calculada para ma- 
tar al nacer toda iniciativa que no entrara en los rumbos 
de la política represiva del gobierno, Echeverría promovió 
la formación de una sociedad de jóvenes que quisieran 
consagrarse á trabajar por la patria, como él mismo lo 
dice, con arreglo al plan general de la obra que tenía 
ya elaborada y meditada. Este pensamiento lo comuni- 
có á sus amigos don Juan María Gutiérrez y don Juan 
Bautista Alberdi, quienes lo apoyaron con júbilo y queda- 
ron encargados de invitar á lo más notable y mejor dis- 
puesto de entre la juventud su contemporánea. En la 



— 302 — 

noche del 23 de junio de 1837 se reunieron unos cua- 
renta jóvenes entre los que figuraban los ya nombrados, 
y don Félix Frías, Carlos Tejedor, Jacinto Rodríguez 
Peña, Vicente Fidel López, Benito Carrasco, Carlos 
Eguía, Barros Pazos, Irigoyen. Echeverría explicó cuál 
era la situación de la juventud argentina, igualmente 
equidistante por el pensamiento y por las aspiraciones 
de los dos partidos políticos que en nombre de la per- 
sonalidad exclusiva se disputaban el predominio en la 
República: el federal y el unitario; y diseñó la misión 
que encarnaban esas aspiraciones en el orden trascen- 
dental de los principios. Su palabra vinculó á esa 
noble juventud, guiada por el hilo de una misma idea. 
En seguida Echeverría leyó las palabras simbólicas^ ó 
puntos cardinales de la obra propuesta á los esfuerzos 
de la nueva asociación, los cuales con la ampliación 
razonada de los principios que de ellos fluían, que pre- 
sentó el mismo Echeverría y que se discutió en sesio- 
nes sucesivas, constituyen el Dogma socialista de la 
Asociación Mayo. Aquí se encuentra la base y el punto 
de partida de la reorganización política llevada á cabo 
después de Caseros, como lo voy á demostrar, rindien- 
do por la primera vez en la historia argentina un justo 
homenaje á la memoria de un precursor que fué com- 
pletamente olvidado en los momentos en que otros pre- 
sentaban como propia la obra que sólo cá aquél per- 
tenece. 

El dogma socialista, tal cual lo concibió y elaboró 
Echeverría, abárcalos fundamentos ó principios de todo 
un sistema social y político. Era en sentir de su autor 
un credo^ una bandera^ un programa para la nueva aso- 
ciación, la cual debía ser doctrinaria en sus manifes- 
taciones externas y propagandista en la práctica de los 
hechos. Para entrar desde luego en este camino. Eche- 



— 803 — 

verría labró un programa general de las cuestiones que- 
surgían del mecanismo ideado para la futura organiza- 
ción de la República y á las cuales debía aplicarse los^ 
principios fundamentales del Dogma. Eran parte del 
programa la cuestión de la soberanía del pueblo ; el 
sufragio y la democracia; la prensa; el asiento y dis- 
tribución del impuesto; el Banco y el papel moneda;, 
el crédito público; la industria pastoril y agrícola; la 
inmigración; las municipalidades; la policía; el ejércitO' 
de línea y milicia nacional. Todo ello va comprendido 
en las palabras simbólicas del Dogma ^ que son las si- 
guientes en el orden de colocación que les dio Echeve- 
rría en agosto de 1837: — Asociación, — Progreso, — Fra- 
ternidad, — Igualdad, — Libertad. Adopción de todas las- 
glorias legítimas tanto individuales como colectivas de 
la revolución; emancipación del espíritu americano. 
Dios centro y periferia de la creencia religiosa. Orga- 
nización de la patria sobre la base democrática. Con- 
fraternidad de principios. Fusión de todas las doctrinas, 
progresivas en un centro unitario. Abnegación de las 
simpatías que puedan ligar con las dos grandes faccio- 
nes que se disputaron el poderío durante la revolución. 
Veamos cómo amplía Echeverría cada uno de estos 
puntos. La asociación es, según él, la condición del 
progreso. Trabajar por difundir el espíritu de asocia- 
ción, es poner las manas en la obra del progreso y ci- 
vilización de la patria. La verdadera asociación existe- 
entre iguales. La desigualdad enjendra odios y rebaja 
los vínculos sociales. Para que la asociación correspon- 
da á sus fines es necesario constituirla de modo que ncv 
se choquen los intereses sociales y los individuales ; ó> 
combinar entre sí estos dos elementos : el elemento^ 
social y el individual; la patria y la independen- 
cia del ciudadano. En la alianza y armonía de es- 



— ;',oi — 

tos (los principios estriba el problema de la ciencia so- 
cial. La política debe encaminar sus esfuerzos á asegurar 
por medio de la asociación á cada ciudadano su liberrtad 
y su indi\ádualidad. La sociedad debe poner á cubierto 
la independencia individual de todos sus miembros ; 
como todos los individuos están obligados á concurrir 
con sus fuerzas al bien de la patria. La sociedad no 
■debe absorber al ciudadano, ni el interés social permite 
el predominio exclusivo de los intereses individuales. 
La voluntad de un pueblo ó de una mayoría no puede 
establecer un derecho atentatorio del derecho individual. 
Ninguna autoridad legítima impera sino á nombre del 
derecho y de la justicia. Ninguna mayoría, ningún par- 
tido ó asamblea tiene derecho para establecer una ley 
que ataque las leyes naturales y los principios conser- 
vadores de la sociedad, y que ponga cá merced del ca- 
pricho de un hombre la seguridad, la libertad y la vida 
de todos. Los que cometen este atentado usan de un 
derecho que no les pertenece, enajenan lo que no es 
suyo: la libertad de los demás. La salud del pueblo no 
estriba sino en el inviolable respeto de los derechos de 
todos y cada uno de los individuos que lo componen. 
Para ejercer derechos sobre sus miembros, la sociedad 
debe á todos justicia, protección y leyes que aseguren 
su persona, sus bienes, su libertad, su trabajo y su in- 
dustria La institución del gobierno no es útil, moral y 
necesaria sino en cuanto propende á asegurar á cada 
ciudadano sus imprescriptibles derechos, y principal- 
mente su libertad. Asociación, progreso, democracia son 
los términos correlativos de la tesis social humanitaria 
que se propone la asociación de la joven generación ar- 
gentina. 

El progreso, según Echeverría, es la ley de des- 
arrollo de toda sociedad libre; y la revolución de mayo 



— 305 — 

fué la primera y grandiosa manifestación de que la 
sociedad argentina quería entrar en las vías del pro- 
greso. Pero cada pueblo, cada sociedad tiene sus leyes 
ó condiciones peculiares de existencia, que resultan de 
las costumbres, de su historia, de su condición, nece- 
■cidades físicas, intelectuales y morales. En desarrollar 
su actividad, con arreglo á esas condiciones peculiares 
de su existencia, consiste el progreso normal, el verda- 
dero progreso de un pueblo. Lo contrario es desgastar 
estérilmente las fuerzas. Y en conocer esas condiciones 
y utilizarlas consiste la ciencia y el tino práctico del 
verdadero estadista. Unitarios y federales, desconociendo 
ó violando las 'condiciones peculiares de ser del pue- 
blo argentino, han llegado con diversos procederes al 
mismo fin, al aniquilamiento de la actividad nacional; 
los unitarios sacándola de quicio y malgastando su ener- 
gía en el vacío: los federales sofocándola bajo un des- 
potismo brutal; y unos y otros apelando á la guerra. 
De aquí parte la nueva generación para creer que es 
necesario trabajar á fin de poner esa actividad en la 
senda del verdadero progreso, mediante una organi- 
zación que resulte de la condición peculiar de ser im- 
puesta al pueblo argentino por la revolución de mayo. 
Quiere la democracia como tradición, como principio y 
como institución. Para ella, la democracia como tradi- 
ción, es mayo, progreso continuo : la democracia como 
principio, es la fraternidad, la igualdad, la libertad : la 
democracia como institución conservatriz del principio, 
eL sufragio y la representación en el distrito municipal, 
en el departamento, en la provincia, en la república. 

La fraternidad es, según Echeverría, la divisa de la 
nueva generación. El egoísmo encarnado son todos los 
tiranos, y es deber de todo hombre luchar contra él, 
^omo lo es echar un velo sobre los errores de los que 

TOMO II. 20 



— 800 — 

pasaron. Todos los hombres son iguales ante la ley 
natural. Todo privilegio establecido en la ley positiva 
es un ultraje á la igualdad. Para que la igualdad se 
realice es necesario que los hombres se penetren de sus 
derechos y obligaciones mutuas; y la potestad social 
debe concurrir á este objeto fomentando la propagación 
de la educación, que es una institución emergente de 
la democracia. Todos los hombres son igualmente libres. 
De las acciones privadas sólo á Dios deben cuenta. El 
ejercicio público de sus facultades no tiene más limi- 
tación que el ataque que pueda llevar á tercero. Los 
derechos individuales nacen de la soberanía no delegada 
del hombre en sociedad; y se ataca esta soberanía cuando 
sin causa fundada en ley anterior al hecho que motive 
lo excepción, se prohibe al ciudadano disponer á su al- 
bedrío de su persona y bienes y aplicar sus ideas, su 
industria y su trabajo á los objetos que estime útiles 
y provechosos para sí. 

Así, el Dogma partiendo de que el honor y el sacri- 
ficio deben ser el móvil y la norma de la conducta del 
ciudadano, proclama la adopción de todas las glorias legí - 
timas tanto individuales como colectivas de la revolución 
de mayo, y la necesidad de continuar las tradiciones 
progresivas de esta revolución. Pero en esto mismo va- 
envuelta la necesidad de independizarse de las tradi- 
ciones retrógradas que subordinan al país al antiguo 
régimen. El triunfo de la revolución es el triunfo de la 
idea nueva en toda su plenitud, y sin embargo, si el 
cuerpo de los americanos se ha emancipado no ha suce- 
dido otro tanto con su espíritu. «La América indepen- 
diente, dice el Dogma^ sostiene en signo de vasallaje los 
cabos del ropaje imperial de la que fué su señora, y 
se adorna con sus apolilladas libreas: la democracií? 
engalanada con los blasones de la monarquía absoluta; 



— 307 — 

un siglo nuevo embutido en otro viejo; la América re- 
volucionaria envuelta todavía en los pañales de la que 
fué su madrasta.» Dos son los legados funestos de la 
España que traban principalmente el movimiento pro- 
gresivo de la revolución americana: sus costumbres y 
su legislación. 

La España dejó por herencia la desigualdad de clases 
y la rutina: lo primero es la negación de la igualdad 
democrática, y lo segundo es la negación del examen en 
el orden moral, y la estagnación, la quietud adormece- 
dora en el orden físico. La España imbuía el dogma 
del respeto ciego á la tradición, á la autoridad infalible 
de ciertas doctrinas; y la filosofía moderna proclama el 
dogma de la independencia de la razón. Á las reglas 
invariables de conducta que imponía el obscurantismo 
del pasado, se oponen pues las ideas en que se funda el 
progreso del presente. Una legislación dictada en 
tiempos tenebrosos por el capricho ó la voluntad de un 
hombre para afianzar el predominio de ciertas clases; 
una legislación para robustecer la tiranía de la metró- 
poli y no para satisfacer las necesidades de nueva so- 
ciedad; destinada para vasallos y colonos, no para ciu- 
dadanos; que no tiene raíz en la inteligencia de la nación 
y que violenta el principio de la igualdad y la libertad 
democrática, jamás podrá convenir á la América inde- 
pendiente. Toca, pues, á la nueva generación iniciar 
una reforma radical en las costumbres por medio de la 
educación y de las leyes, pues que éstas influyen pode- 
rosamente en el mejoramiento de aquélla. La reforma 
de la legislación debe estar por consiguiente en armonía 
con los principios democráticos proclamados: la ley 
debe ser una para todos; ninguna clase civil, militar ó 
religiosa tendrá fueros especiales. 

En el orden religioso, el dogma parte de que no le ha 



— ;¡()S — 

bastado al hombre la religión natural, y que ha sido 
necesario que las religiones positivas que apoyan su 
autoridad sobre hechos históricos, vengan á proclamar 
las leyes que rigen las relaciones íntimas entre el hom- 
bre y su Criador. Toda religión presupone un culto. 
El hombre debe encaminar su pensamiento á Dios del 
modo que lo juzgue más conveniente. Dios es el único 
juez de la conciencia de cada hombre; ninguna auto- 
ridad humana puede serlo. Si la libertad de conciencia 
es un derecho privativo del individuo, la libertad de 
cultos es un derecho de las comunidades religiosas. 
No se puede dejar de reconocer esta última sin atentar 
al derecho de cada uno. La libertad de conciencia y de 
cultos será un hecho consagrado en la ley y en la prác- 
tica cuando no se ponga obstáculo á la predicación de 
cualquiera doctrina ó al ejercicio de cualquier culto; y 
cuando los individuos de cualquiera comunidad reli- 
giosa sean iguales en derechos civiles y políticos á todos 
los demás ciudadanos. 

La sociedad religiosa es independiente de la sociedad 
civil. «Los tiranos han fraguado de la religión cadenas 
para el hombre, y de aquí ha surgido la impura liga 
del poder y del altar.» No incumbe al gobierno regla- 
mentar las creencias, sino escudar solamente los prin- 
cipios conservadores de la sociedad, y salvaguardar 
la moral. El Estado como cuerpo político no puede 
tener religión, porque carece de conciencia propia, desde 
que sólo por una ficción legal es una persona jurídica. 
El principio de la libertad de conciencia jamás podrá 
concillarse con el dogma de la religión de Estado. 
Todos los cultos deben ser protegidos y respetados, 
mientras no atenten á la moral ó al orden público. La 
palabra tolerancia en materia de religión, acusa la 
ausencia de libertad. Se tolera lo prohibido, lo malo; 
un derecho se reconoce y se proclama. 



— 309 — 

El Dogma libra á la nueva generación, la obra de la 
organización de la patria sobre la base democrática. 
Esta obra sólo puede trabajarse con éxito concretando 
toda la acción eficiente al desenvolvimiento de los ele- 
mentos que constituyen la sociabilidad en lo político, 
lo filosófico, lo religioso, lo científico, lo artístico, lo in- 
dustrial, y de modo que todo ello encamine armónica- 
mente á la democracia. La democracia como principio ; 
la base sobre que gira es la soberanía del pueblo ; y los 
medios de desenvolverse, el sufragio y la representa- 
ción. Como principio, la democracia no es el gobierno 
absoluto de las mayorías; es el régimen de la razón del 
pueblo. Las masas inconscientes, caprichosas é igno- 
rantes pueden aparecer tal cual vez como expresión de 
la opinión pública, pero no como expresión de la razón 
pública, que es á lo que tiende el principio en su apli- 
cación práctica. De aquí las limitaciones impuestas 
al ejercicio de la soberanía individual, cuya manifes- 
tación externa es el sufragio al cual deben ser llamados 
sólo los que tengan la capacidad suficiente para poder 
obrar por sí. (Stuart Mili dijo mucho después: sólo 
deben votar los que tienen interés en ser bien represen- 
tados.) Extender en lo posible esta esfera de acción 
en favor de los ciudadanos, es precisamente el propó- 
sito fundamental que debe fijarse el legislador, concu- 
rriendo por todos los medios á su alcance á levantar á 
las masas al nivel de los demás ciudadanos. Así el su- 
fragio calificado puede llegar á unlversalizarse y ejer- 
cerse sin los inconvenientes que trae en sí el sufragio 
universal, que es el origen de la desnaturalización de 
la democracia. 

Por fin el Dogma traza el cuadro general de las ins- 
tituciones del gobierno sobre la base democrática; las 
estudia en su aplicación práctica, y combinando todas 



— 810 — 

las doctrinas progresivas en que se funda el régimen 
político ideado, proclama solemnemente la necesidad 
suprema de subordinar á esta fusión doctrinaria las 
simpatías que puedan ligar á los pueblos argentinos con 
las dos grandes facciones que se han disputado el pre- 
dominio durante la revolución. En este parágrafo se en- 
cuentra el pensamiento funáamentíd áe\ Dogma socialista. 
En él está expuesta por Echeverría, antes que por nin- 
gún otro argentino, la solución política del problema 
que se quiso resolver inútilmente cuarenta años con- 
secutivos con las armas en la mano, y que se adoptó 
recién después de 1852, tomando uno á uno los principios 
del dogma. La anarquía del presente, dice, es hija de 
la anarquía del pasado. Los odios y las simpatías no 
son de la nueva generación, los ha heredado; y es indis- 
pensable romper esta sucesión funesta que eternizará 
esa anarquía. Facción morenista. facción saavedrista 
facción rivadavista, facción rozista, son para Echeverría- 
voces sin inteligencia. Todos los argentinos son unos. 
Desde este punto la Asociación Mayo no hace distinción 
entre unitarios y federales, colorados y celestes, plebeyos 
y decentes, porteños y provincianos. Ha visto luchar 
dos principios en toda la época de la revolución y 
permanecer hasta entonces indecisa la victoria. Esto le 
ha hecho creer que las fuerzas son iguales y que la con- 
currencia de ambos principios en la organización argen- 
tina es de una necesidad inevitable, de una lógica in- 
flexible. 

Para demostrarlo así á la luz de los hechos, he aquí 
cómo el Dogma inventaría el caudal respectivo de 
ambos principios unitario y federativo: Antecedentes 
MW2Y<a!/705 del tiempo de la colonia: la unidad de origen; 
la unidad de costumbres y de idioma; la unidad reli- 
giosa; la unidad política y de gobierno (virreinato); 



— 311 — 

la unidad de legislación, la unidad judiciaria, unidad 
territorial, unidad financiera, unidad administrativa — 
(el virrey). Antecedentes unitarios del tiempo de la revo- 
lución: unidad de creencias y de principios republi- 
canos; unidad de sacrificios en la guerra de la Indepen- 
dencia; unidad de conducta y de acción en dicha guerra; 
los distintos pactos de unidad interrumpidos: congre- 
sos, presidencias, directorios generales, que con intermi- 
tencias más ó menos largas han existido durante la 
revolución; la unidad diplomática externa ó interna- 
cional; la unidad de glorias; la unidad de bandera, de 
armas; la unidad tácita, instintiva que se revela cada 
vez que se dice: República Argentina, territorio argen- 
tino, nación argentina, patria argentina, pueblo argenti- 
no, y no república santiagueña ó cordobesa ó porteña. 
La misma palabra argentino es un antecedente unitario. 
Antecedentes federativos: las diversidades, las rivalida- 
des provinciales sembradas sistemáticamente por la 
tiranía colonial, y renovadas por la demogogia republi- 
cana: los largos interregnos de aislamiento y de absoluta 
independencia provincial durante la revolución; las espe- 
cialidades provinciales provenientes del suelo y del clima, 
de las que se siguen otras en el carácter, en los hábi- 
tos, en el acento, en los productos de la industria, y 
del suelo; las distancias enormes y costosas que las 
separan unas de otras; la falta de caminos, de canales, 
de medios de organizar un sistema regular de comuni- 
caciones y transportes; las largas tradiciones municipa- 
les, y las habitudes ya adquiridas de legislaciones y 
gobiernos provinciales: la posesión actual de los gobiernos 
locales en las memos de las provincias ; la soberanía par- 
cial que la revolución de mayo atribuyó á cada una 
de las provincias, y que no les ha sido contestada; la 
imposibilidad de reducir las provincias y sus gobiernos 



— ai2 — 

al despojo de un depósito que conservado un día no 
se abandona nunca espontáneamente; el poder de la pro- 
pia dirección, la libertad, las susceptibilidades, el amor 
propio provincial, los celos de provincia á provincia. 

Estos antecedentes liistin-icos de gobierno, de admi- 
nistración y de vida militante, legitiman la necesidad 
suprema que proclama el dogma socialista de subordinar 
toda simpatía respecto de las tendencias exclusivas de 
los dos principios en lucba, en favor de una fusión 
armónica sobre la cual descansen inalterables ¿as liber- 
tades de rada pror'uicia y las prerrogativas de la Nación. 
«Esta solución, inevitable y única, dice el dogma, resulta 
de la aplicación de los dos grandes términos del pro- 
blema argentino, la Naci(')n y la Provincia; y de ningún 
otro modo que en la armonía de los dos principios riva- 
les, pueden encontrar una paz legítima y gloriosa los 
hombres que han estado divididos en los dos partidos 
unitarios y federal.» Y para que la juventud pensadora 
y patriota haga suya esta idea que era entonces una 
grande novedad y que debía constituir una solución 
definitiva, Echeverría la dice <á la faz del gobierno fuerte, 
cuando los partidos no encuentran más solución que 
la de destruirse mutuamente para dominar absoluto el 
vencedor. «Es un error grave y funesto imaginarse que el 
partido unitario y el federal no existen, porque el pri- 
mero perdió el poder y el segundo quedó absorbido en 
la personalidad de Rozas. Estos partidos no morirán 
jamás; porque representan dos tendencias legítimas, dos 
manifestaciones necesarias de la vida de nuestro país: 
el partido federal, el espíritu de localidad preocupado y 
ciego todavía: el partido unitario, el centralismo, la uni- 
dad nacional. Dado caso que desapareciesen los hom- 
bres influyentes de esos partidos, vendrán otros repre- 
sentando las mismas tendencias, los cuales trabajarán 



— 813 — 

por hacerlas dominar, y convulsionarán al país para 
llegar uno y otro al resaltado que han obtenido. La lógico 
de nuestra historia está pidiendo la existencia de un partido 
nuevo, cuya misión es adoptar lo que haya de legítimo 
en uno y otro partido, y consagrarse á encontrar la solu- 
ción pacífica de todos nuestros problemas sociales, con la 
clave de una síntesis más alta, más nacional y más com- 
pleta que la suya, que satisfaciendo todas las necesidades 
legítimas, los abrcu^e y los funda, en su unidad. » ( ') 

Tal fué ki obra trascendental que ideó y desarrolló 
don Esteban Echeverría en su Dognm socialista, fuente pura 
y origen verdadero de la reorganización constitucional ar- 
gentina. Echeverría concibió la esperanza de que Rozas fue- 
se el brazo armado y militante de esta obra, llamando á sí 
á la nueva generación. «Hombre afortunado como nin- 
guno, dice (^), todo se le brindaba para acometer con éxito 
esa empresa. Su ¡lopularidad era indisputable: la juven- 
tud, la clase pudiente y hasta sus enemigos más acérrimos 
lo deseaban, lo esperaban ...» Pero contra la realización 
de tal obra se levantaban en 1837 las resistencias de una 
época de represión y de reacción que marcaban respec- 
tivamente, el partido federal desde el gobierno, y el par- 
tido unitario que quería restaurarse en él. La Asociación 
Mayo se encontró reducida á sí misma y sin poder hacer 
uso de los medios prácticos para llevar adelante sus pro- 
pósitos, porque la libertad de la prensa y la de la tri- 
buna quedaron subordinadas á las exigencias mons- 
truosas de un orden político que habían contribuido á 
crear hasta los mismos que clamaban contra el gobierno 
fuerte. 



(M Véase Logrna socialista, edición de 1846, pág. LXXI. 
(2) Movimiento intelectual en el Plata desde^ 1837, (pref. al 
Dogma), edición 1846, pág. XXVI. 



— 314 — 

Echeverría di() sin embar<^o algunas conferencias en 
el salón literario de Buenos Aires; y lo que da una idea 
de la virtud de este esfuerzo y ofrece singular contras- 
te con la oposici()n que le hicieron los unitarios, os que 
Rozas quiso alentar á Echeverría trasmitiéndole sus 
felicitaciones por intermedio del joven militar don Ra- 
món Maza. Pero como los jóvenes de la Asociación Mayo 
no se mezclaban en el movimiento de los federales 
éstos comenzaron á unitarizarla. Lo más raro no era 
esto, sino que los unitarios la federalizaban, suponién- 
dola adherida al partido de Rozas. La verdad es que la 
Asociación Mayo no pertenecía ni al uno ni al otro par- 
tido. Era un término medio que pretendía fundir las 
aspiraciones de ambos partidos en beneficio de la patria 
común, como lo expresa el dogma. «La fuerza de las 
€osas, dice Echeverría, invirtió el plan de la asociación. 
La revolución material contra Rozas estaba en pie, 
aliada á un poder extraño. Nuestro pensamiento fué 
llegar á ella después de una lenta predicación moral 
que produjese la unión de las voluntades y las fuerzas 
por medio del vínculo de un dogma socialista. Era pre- 
ciso modificar el propósito y marchar á la par de los 
sucesos supervinientes.» (') Echeverría tuvo, pues, que 
someterse á las exigencias de esa época aciaga; pero 
sin abandonar su propósito fundamental á pesar de los 
propósitos en que estaba empeñado el partido unitario 
y los cuales poca fe le inspiraban, porque como él mismo 
lo dice: «Es necesario desengañarse: no hay que contar 
con elemento alguno extranjero para derribar á Rozas. 
La revolución debe salir del país mismo; deben encabe- 
zarla los caudillos que se han levantado á su sombra. 
De otro modo no tendremos patria.» (-) 

(* ) Ib. ib. pág. XLiii. 

( -) Véase obi-jis de Eclieverria, tnmo V, pág. 437. 



~ 315 — 

Echeverría se retiró á la campaña de Buenos Aires 
y muchos de sus compañeros se dirigieron á las pro- 
vincias argentinas, á Chile y á la Banda Oriental. Alberdi 
promovió en Montevideo una asociación igual á la de 
Buenos Aires, é ingresaron en ella Mitre, Somellera, 
Bermudez y otros. Quiroga-Rozas promovió en San Juan 
otra ramificación de la Asociación Mayo, y á ella ad- 
hirieron. Sarmiento quien «consagraba á la enseñanza 
de la niñez facultades destinadas á lucir en esfera más 
alta» (según la expresión de Echeverría) y Villafañe, Ro- 
dríguez, Aberastain, Cortínez... El mismo Villafañe (don 
Benjamín) hizo otro tanto en Tucumán, y allí formaron 
grupo. Avellaneda, García, Silva. López (don Vicente Fidel) 
estableció otra ramificación en Córdoba, de la que for- 
maron parte Rodríguez (don Enrique), Paz (Paulino), los 
Ferreyra(Avelinoy Ramón), Álvarez (Francisco). El dogma 
socialista encontró ecos simpáticos y asentimiento espon- 
táneo en la nueva generación de la República que no 
se encontraba comprometida en la lucha á muerte que 
sostenían los dos partidos en que ella se encontraba 
dividida. Pero lo contrario sucedió en Montevideo donde 
estaba concentrada la resistencia á Rozas, personificada 
en los prohombres del partido unitario y en los alia- 
dos que éstos se creaban. El Iniciador que redactaban 
en Montevideo los señores Cañé y Lamas publicó el 
Dogma de la nueva generación; y ello fué una voz de 
alarma para los unitarios quienes lo calificaron de cisma. 
La voz cundió en las reuniones políticas y sociales, y 
los defensores del Dogma eran considerados «como unos 
locos, como unos románticos... estaban desheredados del 
sentido común porque se segregaban de la comunión 
de los creyentes^ porque tenían más fe en su fuerza y en 
su porvenir que en la restauración de cosas pasadas. En 



— :!1í; — 

cuaiitd ;i l;i (liscusiíHi |)i'il)lic;i la evudieron: no creyeron 
sin (Inda competentes para ella á los innovadores.» ('j 

Este rechazo inconcebible del pensamiento orgánico 
desarrollado con admirable previsión por Echeverría para 
organizar la República, era tanto más sorprendente cnanto 
que partía de los hombres que jiretendían fundar la 
libertad, el orden y la civilizaciíhi en el río de la Plata 
mediante la destrucción de Rozas, en quien veían el 
único obstáculo que á ello se oponía y quien, como para 
desautorizarlos, no sólo había dejado que Echeverría 
desenvolviese libremente su pensamiento á la faz del 
gobierno fuerte, sino que lo había alentado con sus votos. 
La triste experiencia de los hechos acreditaba sin embargo 
que ellos eran un obstáculo tan fuerte como el que 
apuntaban. Acreditaba más todavía. Combatían año tras 
año, se aliaban á los extranjeros enemigos de su patria, 
contribuían á desangrar la República, más bien en nom- 
bre de las ideas con las cuales habían caído del gobierno 
y de sus posiciones políticas en 1828, que en prose- 
cución de un propósito orgánico, de un plan de re- 
construcción nacional cuyos principios concillaran las 
aspiraciones de los pueblos argentinos convulsionados 
contra ellos. Vivían en pleno año de 1826. La tra- 
dición unitaria estaba incrustada en su espíritu; y 
no querían darse cuenta de que los pueblos habían 
vivido veinte años más, luchando consecutivamente por 
el ideal político que les revelaron sus instintos allá en 
los albores de su emancipación, y en cuyo camino mar- 
chaban, — por los auspicios de Rozas, — resueltos á vencer 
las resistencias que esos mismos hombres les oponían. 
Imaginaban que la persona de Rozas absorbía los ideales 



(') Iv'hevcrria. Movimiento intelectual del Plata, xxix. edic. 

184G. ■ 



— 317 — 

y las esperanzas de los pueblos, y pensaban que derribado 
Rozas la restauración unitaria era un hecho que se im- 
ponía. Era simplemente una restauración lo que busca- 
ban; y por esto es que ni emitían ni prohijaban principio 
alguno sobre la organización del país, la cual estaba en 
su sentir ya trazada y elaborada en la Constitución de 
1826. Imbuidos en un absolutismo político al que no 
aprovechaban las duras lecciones de la experiencia; é 
impulsados por una vanidad de escuela que no abonaban 
ideas ó hechos de esos que levantan las personalidades 
políticas, repugnaban todo lo que no tendiese á hacer 
prevalecer por sí mismos sus principios atrasados; como 
si cada uno se atribuyese la autoridad de un Rivadavia y 
todos no cupiesen dentro los ámbitos de la fama que se 
reservaban. 

En este orden de ideas y tendencias se comprende 
que los centros dirigentes del partido unitario concep- 
tuasen el plan y la doctrina de Echeverría como fruto 
absurdo de un romanticismo de mal género, y clasifica- 
sen á él y á la generación que le seguía de cismáticos 
de la causa política que ellos pretendían representar con 
mejor derecho que nadie. Pero Echeverría no desmayó; 
que lo que resistía el absolutismo obcecado de los hom- 
bres, íbanlo justificando el tiempo y los acontecimientos. 
Sólo contra la oligarquía que suspendía en lo alto, como 
el pretendido cadáver de Mahoma, el depósito de sus 
medios para afianzar el porvenir de la patria; y fuerte 
con la virtud de sus ideas, descendió al terreno práctico 
para apuntar los motivos de esas resistencias y conde- 
narlas en nombre de las supremas necesidades de la 
República. «Yo me encargo de hacerles el proceso defi- 
nitivo, decía Echeverría cuando con ese objeto publicó 
su Dogma socialista en Montevideo. Uno de nuestros 
grandes errores políticos y también de todos los pa- 



— 318 — 

triotas, ha sido aceptar la responsabilidad de los actos 
del partido unitario y hacer solidaria su causa con la 
nuestra. Ellos no han pensado nunca sino en una restau- 
ración: nosotros rjueremos una regenener ación. Ellos no 
tienen doctrina alguna: nosotros pretendemos tener una: 
un abismo nos separa.» (') 

Explicando lo que significa la patria y los medios 
para asegurar la libertad, decíales á sus compatriotas: 
« Cómo podéis encontrar esa patria por que peleáis ; vivir 
en ella pacíficamente, unidos con esos hombres que 
ahora os persiguen, y gozando todos ampliamente del 
derecho de libertad? Sólo de un modo, fraternizando 
vosotros con ellos y ellos con vosotros: de lo contrario, 
la guerra no acabará sino por el exterminio de unos ú 
otros... eso que no os lian dicho unitarios ni federales, 
os lo decimos nosotros ; ese dogma que no os han en- 
señado desde el año de 1837 es lo que predicamos nos- 
otros. Esos son los deseos de una generación que os 
llama á la concordia bajo la bandera del dogma de mayo. 
Esa generación que sufre como vosotros, que pelea á 
vuestro lado, tiene derecho á ser oída, porque busca 
como vosotros la patria grande, nacional, que ampare á 
todos sus hijos... Ya es tiempo de que cese la influen- 
cia y predominio de las individualidades y de las fac- 
ciones descreídas y puramente egoístas; de que el pue- 
blo exija á los aspirantes al poder cuáles son los 
principios de su doctrina; porque sólo las buenas doc- 
trinas y no los hombres pueden dar al país garantías 
de orden y de paz. Los hombres que no representan 
un sistema socialista, aunque tengan ideas parásitas ó 



(') Carta á Gutiérrez y Albertli. Véase sus Obras completas, 
tomo V, pág. 456. 



— 319 — 

fragmentarias y habilidad para el expediente de los 
negocios comunes, viven como los calaveras del día.» 

Y encarándose con los que mayores resistencias 
suscitan á su doctrina, dice valientemente : « Los hom- 
bres no tienen valor real en política sino como artífices 
para producir ó realizar ideas sociales ; y no concebimos 
progreso alguno para el país sino á condición de qu& 
ejerzan hi iniciativa del pensamiento y la acción social 
los mejores y más capaces, los hombres que sean ex- 
presión de la más acrisolada virtud y de la más alta 
inteligencia. Estamos por saber todavía cuáles son las 
doctrinas sociales de muchos antagonistas de Rozas que 
han figurado en primera linea; y bueno seria que para, 
legitimar sus pretensiones á la iniciativa política, nos 
dijesen adonde quieren llevarnos^ ó cuál es el pensa- 
miento socialista que intentan sustituir á la tiranía de 
su patria. » Y al detenerse en los artículos que Rivera 
Indarte publicaba en El Nacional^ para demostrar que 
una vez derrocado Rozas, no había más que volver al 
programa de 1826, agregaba: «Nos aconsejaba el re- 
troceso. Ese sistema devoró á sus padres y á sus 
hijos. Hace once años que Rozas, en castigo, lo puso 
á la vergüenza pública, y ahí se está sirviendo de escar- 
nio á todo el mundo. El partido unitario no tenía re- 
glas legales de criterio socialista, desconoció el elemen- 
to democrático, no tuvo fe en el pueblo, y creyó poder 
gobernar sin éste. Rozas tuvo más tino. Echó mancK 
del elemento democrático, lo explotó con destreza y se 
apoyó en su poder para cimentar la tiranía. Los uni- 
tarios pudieron hacer otro tanto para fundar el imperio 
de las leyes. » 

É interpretando del modo más generoso el sentimiento- 
hostil de que había sido objeto de parte de los prohom- 
bres del partido unitario, Echeverría les dice por fin : 



— 320 — 

«Cuando en 1837 la juventud publicó su dogma social 
en momentos en que nadie chistaba contra Rozas ni 
en Buenos Aires ni en Montevideo, gritasteis: « al cis- 
ma, á la rebelión!» porque creísteis que ella quería tra- 
bajar para sí sola, no para la patria, y tendía á despojaros 
lie la influencia de que sois acreedores. Creísteis que 
al emanciparnos de los partidos de nuestro país, que- 
ríamos i)onernos en lucha con ellos y disputarles la 
supremacía: os engañasteis. Queríamos traer las cues- 
tiones políticas al terreno de la discusión levantando 
una bandera doctrinaria. Queríamos echar en nuestra 
sociedad dilacerada y fraccionada en bandos enemigos, 
un principio nuevo de concordia, de unidad, de rege- 
neración. Queríamos en suma levantar la tradición de 
mayo á la altura de una tradición viva. Eso mismo 
queremos hoy, y por ese interés más grande que cual- 
quier otro volvemos á mortificar vuestras nimias sus- 
ceptibilidades. » (') 

La obra de Echeverría tuvo la rara virtud de impo- 
nerse á unitarios y federales, como si unos y otros 
tuviesen desde 1838 el secreto presentimiento de que 
ella se realizaría en los tiempos. Unos y otros fustiga- 
ron al autor, pero nadie se atrevió á debatir la doctrina 
del Dogma. Verdad es que ninguno de los publicistas 
unitarios estaba tan preparado como lo estaba Echeve- 
rría para ventilar cuestiones como las que contenía el 
dogma; y que habría sido el colmo de la petulancia el 
que hombres que vivían apegados á su pasado político, 
sin haber adelantado un paso, ni proclamado una sola 
idea nueva, tomaran sobre sí la tarea de combatir pú- 
blicamente el único cuerpo de doctrina que desde 1821 
se había proclamado en Buenos Aires en favor de la 

( ') Movimiento intelectual en el Plata, pág. lxxx y sig. 



— 321 — 

•organización del país. Esa obra hizo camino y trajo á 
los partidos al rumbo que marcó en el año de 1837. 

Quince años después de haber Echeverría emitido las 
ideas del Dogma socialista, el doctor Alberdi, á quien 
aquél asoció á ese pensamiento, publicó en Valparaíso 
(1852) la primera edición de sus Bases y puntos de ¡par- 
tida para la organización política de la República Ar- 
gentina, las cuales son en la parte fundamental, un fiel 
trasunto de aquel notable trabajo, y cuya doctrina for- 
muló el Congreso de 1853 en la Constitución federo- 
nacional que rige actualmente á la República. Aunque 
en las Bases no se menciona el Dogma socialista ni á 
Echeverría, el doctor Alberdi no pudo menos que defe- 
rirle á éste la gloria de la iniciativa en la organización 
argentina, escribiendo el año antes lo siguiente, con 
motivo de la muerte de tan ilustre publicista: 

« Todas las novedades inteligentes ocurridas en el 
Plata y en más de un país vecino, desde 1830, tienen 
por principal agente y motor á Echeverría... Él promo- 
vió la asociación de la juventud más ilustrada en Bue- 
nos Aires; difundió en ella la nueva doctrina; la exaltó 
y la dispuso á la propaganda sistemada que más tarde 
trajo é impulsó enérgicamente la agitación política que 
ha ocupado por diez años la vida de la República Ar- 
gentina. Es raro el joven escritor de aquel país, de los 
que han llamado la atención en la última época, que no 
le sea deudor de sus tendencias é ideas. Á ese espí- 
Titu de asociación y á las ideas adoptadas como palabras 
ó principios de orden, ha dado Echeverría el título de 
Dogma socialista, en la última edición del código ó digesto 
de principios que la juventud argentina discutió y adoptó 
en 1837. Ese trabajo de que que fué redactor Echeverría 
muestra lo adelantado de la juventud de Buenos Ai- 
res en ese tiempo, gracias á sus esfuerzos propios, 

TOMO II. 21 



— 322 — 

])iies la i'ovolnción francesa de febrero no lia dado á 
luz una sola idea liberal que no estuviese propagada 
en la juventud de Buenos Aires desde diez años 
atrás... El libro de Echeverría, ó más bien de la ju- 
ventud que le adoptó por órgano, es el punto de partida 
de toda propaganda sana y fecunda para estos países. 
Contiene el credo político con que la juventud de Bue- 
nos Aires se preparó á la vida pública en 1837, cuando 
j)arecía llegada la hora de sus destinos. Las cosas han 
vuelto al punto de arranque. Mañana, cuando la juven- 
tud se apronte de nuevo, debe acudir á esa fuente por- 
que no hay otra.» 

« Echeverría, dice don Juan María Gutiérrez (á quien 
él asoció á sus trabajos por la regeneración argentina), 
es el argentino que primero derramó la doctrina nueva 
constitucional en la conciencia dormida de los que lle- 
garon á recordarse un día esclavos maniatados por la 
tiranía, porque el empirismo había extraviado á la so- 
ciedad, á pesar de la sana voluntad de algunos de 
sus mandatarios. Es, pues, el señor Echeverría el 
vínculo natural que liga las generaciones que hoy en- 
tran (1873) á la vida ciudadana, con las que inmediata- 
mente las precedieron. Su íigura se levantó sin rival 
entre los iniciadores en nuestro país de la verdadera 
ciencia que se ocupa de resolver por medios experimen- 
tales el gran problema de la organización de la libertad 
l)ara los pueblos que, más que capacidad, tienen el ins- 
tinto que despierta en ellos la aspiración á gobernarse 
por sí mismos. » ( ') 

Demos, pues, á cada uno lo que le corresponde; á 
cada capacidad según sus obras, como se lee en el Dog- 
ma socialista^ y levantemos la figura austera de Eche- 

^ ) Ksludiu sol)re Echeverría en las obras completas de éste. 



— 323 — 

verría como la del iDublicista que tuvo la clara visión 
de los destinos de su patria, y proclamó la idea nueva, 
en torno de la cual se agruparon por fin los pueblos 
argentinos, y que vive y vivirá en la Constitución ar- 
gentina como fuente de felicidad para las generaciones 
venideras, y luz radiante del sistema republicano que 
la América está llamada á llevar á todos los ámbitos 
del mundo. 



CAPÍTULO XXIX 



LA GUERRA CON BOLIYIA Y LA REVOLUCIÓN ORIENTAL 



(1837—1838) 



Sumario: I. Complicaciones con Bolivia : diferencias que promediaban entre este 
gobierno y el de Buenos Aires. — II. Invasiones al territorio argentino 
que ayuda el general Santa Cruz. — III. Relaciones de éste con el general 
Lavalle y los emigrados unitarios en Montevideo. — IV. Reclamaciones del 
gobierno argentino: Santa Cruz se niega á satisfacerlas desconociendo el 
carácter de,aquél. — V. Rozas cierra toda comunicación con Bolivia. — VI. 
La confederación perú-boliviana. — VII. Chile y la Confederación Argentina 
le declaran la guerra á Santa Cruz : la prensa de Chile. — VIII. Rozas da 
á Heredia el mando de las fuerzas argentinas : ejército de reserva en Tu- 
cumán. — IX. Primeras operaciones de Heredia: victoria de Santa Bár- 
bara.— X. Sorpresa del Rincón de las Casillas. — XI. Marcha del general 
Alemán por Humahuaca : el general Brün se retira con su ejército. —XII. 
Marcha del general Gregorio Paz : los pueblos de Tarija se pronuncian 
por los argentinos. — XIII. Retrospecto : segunda campaña de Rivera con- 
tra el gobierno de Oribe: combate de Yucutuya: combate del Yi. — XIV. 
Rivera sigue la guerra de recursos: su marcha hasta Montevideo.— XV. 
Rivera pone sitio á Paysandú : las fuerzas argentinas de observación. — 
XVI. Lavalle se incorpora al ejército de Rivera: correspondencia inédita 
entre ambos. — XVII. Misión que envia Rivera á Rio Grande : instruccio- 
nes al comisionado.— XVilI. Batalla del Palmar y derrota de OrilV^g- 
nacio).— XIX. Alianza de hecho entre Rivera y los agentes de Francia en 
Montevideo. — XX. Situación insostenible del i^residente Oribe. — XXI. Éste 
resigna su autoridad. — XXII. Rivera queda arbitro del Estado Oriental y 
aliado á la Francia contra el gobierno argentino. 



Mientras Rivera se aprestaba nuevamente para la lu- 
cha en el Estado Oriental, graves complicaciones surgían 
del lado de Bolivia. y á ellas debo referirme en este lu- 
gar para no romper el hilo de los sucesos que vengo 
historiando, después de compulsar el cúmulo de docu- 
mentos oficiales, de papeles de carácter privado y de 
correspondencia particular que existe de esta época, en 
abundancia tanta, que se antoja que todos se afanaron 
en consignar sus pensamientos, sus vistas y sus des- 



— Ao: 



cargos respecto de los acontecimientos coetáneos, como 
si previesen que éstos suscitarían graves dudas y hon- 
das vacilaciones al que quisiere narrarlos sine ira et 
stiidio según se lee en los Anales de Tácito. 

Estas complicaciones venían diseñándose desde antes 
que subiera Rozas al gobierno de Buenos Aires, y debían 
llegar al punto que llegaron á impulsos de intereses 
que se coaligaron con la mira de sacar cada cual la ven- 
taja que se había prometido abatiendo al enemigo que 
le creaban los sucesos. Promediaban graves diferencias 
entre el gobierno de Buenos Aires y el presidente de 
Bolivia, general Andrés Santa Cruz, por haberse éste 
negado á recibir sin causa justificada á la legación argen- 
tina acreditada ante ese gobierno en el año de 1833 
para estrechar vínculos de amistad, reclamar la resti- 
tución de la provincia de Tarija y arreglar un tratado 
de límites v de comercio. Esto no obstante, el general 
Santa Cruz recibió pocos meses después un enviado del 
nuevo Estado Oriental, que pretextó la urgencia de 
un tratado de límites entre el Brasil y los países circun- 
vecinos, prescindiendo completamente de la Confedera- 
ción Argentina, la cual tenía primacía en este asunto 
por haber garantizado con el Brasil la soberanía terri- 
torial y la independencia del Estado del Uruguay, según 
los términos de la convención de 1828. 

Cuando con su aquiescencia apoyaba abiertamente 
la violación de derechos de la Confederación Argentina, 
consignados en un tratado del cual ninguna nación podía 
aprovechar en perjuicio de tercero, según los principios 
universalmente reconocidos, el general Santa Cruz aca- 
baba de favorecer la revolución que llevaron los unita- 
rios contra el gobierno de Salta. Para esto envió á Mojo 
al comandante Campero con armas, municiones y una 
gruesa partida destinada á organizar una división en 



— ^52(í — 

Jujuy, la que se organizó, en efecto, retirándose á Bolivia 
cuando fué derrotado y preso el general Latorre. En 
prosecución de la misma conducta, el general Santa Cruz 
protegió las expediciones armadas con que salió de Boli- 
via el general Javier López, jefe de los unitarios de 
Tucumán. Esto fué de pública notoriedad cuando los 
coroneles Roca y Balmaceda, que acompañaron á López 
y cayeron prisioneros en la acción del Monte Grande, 
declararon en 8 de febrero de 1836 que la división de 
aquél había sido armada y equipada por orden del pre- 
fecto de Potosí. 

Estas hostilidades tan gratuitas como injustificables 
ante el derecho de gentes, diéronle á sospechar al go- 
bierno argentino, y así lo denunció la prensa de Buenos 
Aires, de que promediaba un acuerdo para cambiar la 
situación política de la Confederación en favor de los 
unitarios, cuyos principales agentes tenían afinidades cono- 
cidas con Santa Cruz y con Pavera. Hechos notorios 
así lo corroboraban por lo que á Rivera se refería. Y 
Santa Cruz se encargó de abonar e^s sospechas ponién- 
dose al habla con esos agentes y prestándoles un apoyo 
incompatible con las relaciones de un gobierno amigo 
del de la Confederación Argentina. «Un acontecimiento 
feliz proporcionó al gobierno encargado de las relaciones 
exteriores el documento que derramó inmensa luz sobre 
esos manejos, decía el gobierno argentino en el mani- 
fiesto explicativo de su conducta ulterior. La carta escrita 
al general Santa Cruz desde República Oriental por un 
caudillo unitario, acusándole recibo de sus comunica- 
ciones incendiarias, revelaba no solamente una conju- 
ración iniciada con conocimiento del jefe supremo de 
Bolivia, sino los medios empleados para su progreso y 
ejecución. El extracto de dicha carta fué publicado en 
los diarios de esta capital.» (') 

(M Véase Registe Oficial de Buenos Aires, pág. 225, año 1837, edic. 
Augelis. 



— 327 — 

El gobierno de Buenos Aires reclamó de estas hos- 
tilidades, como asimismo de las violaciones de territo- 
rios y atropellos que llevaron á cabo fuerzas bolivianas 
al mando del comandante de Tarija y del general 
O'Connor en el Marquesado de Javí y en el norte de 
Oran. Pero el general Santa Cruz se negfj á darle satis- 
facción alguna, pretextando que no existía autoridad 
nacional en la República Argentina. Esto, además de 
ser irritante, por cuanto no autorizaba los atropellos 
de que habían reclamado también los gobernadores de 
Salta y de Tucumán antes del año de 1835, era de todo 
punto falso por cuanto las catorce provincias que for- 
maban la Confederación Argentina (faltaba Tarija), por el 
órgano de sus respectivas legislaturas, habían investido 
al general Juan Manuel de Rozas, gobernador de Bue- 
nos Aires, con las funciones inherentes al poder ejecutivo 
nacional en lo que se referían al entretenimiento de 
las relaciones exteriores de la Confederación y á las de 
paz y guerra. 

En virtud de la insidia con que el general Santa 
Cruz se erigía en juez de las atribuciones de un gobier- 
no vecino para hostilizarlo gratuitamente; y fundándose 
en que dicho jefe acababa de abrogar las constituciones 
del Perú y de Bolivia «reuniendo ambas repúblicas en 
lina sola y arrogándose en ellas un poder absoluto para 
extenderlo después sobre los demás Estados vecinos, 
como lo manifiestan las agresiones que ha hecho desde 
el Perú á Chile y desde Bolivia á la República Argen- 
tina»; el gobierno de Rozas, por decreto de 13 de fe- 
brero- de 1837, declaró cerrada toda comunicación co- 
mercial, epistolar y de cualquier género entre los 
habitantes de la República Argentina, y los de Perú y 
Bolivia, y que en consecuencia nadie podría pasar del 
territorio de la primera al de las segundas bajo pena 
-de ser considerado como traidor á la patria. 



— 328 — 

Los avances del general Santa Cruz en la Repúlilica 
Argentina, como los que había ejercido en Chile, respon- 
dían efectivamente al plan que á la sazón adelantaba de 
reconstruir políticamente las secciones snramericanas 
sobre la base de Bolivia y del Perú, ensanchando su 
ideada hegemonía en cnanto se lo jiermitieran sus medios 
de acción sobre los vecinos. Arbitro de Bolivia por la 
influencia de sus armas, y al favor de las encarnizadas 
luchas civiles que él mismo fomentó en el Perú, consi- 
guió hacer entrar en sus planes al general Orbegoso, 
presidente de esta República, é intervenir en ella con 
sus fuerzas. Las batallas de Yanacochea y de Sacabaya 
en la cual fué bárbaramente sacrificado el general Sala- 
verry y casi todo su estado mayor, fueron desfavorables 
á la causa de la soberanía del Perú; y proporcionaron 
al general Santa Cruz el medio de realizar en parte su 
plan ('), como lo realizó, dividiendo la República del 
Perú en dos Estados, norte y sur peruano, y formando 
con éstos y con Bolivia la Confederación Perú-boliviana 
de la que él se declaró protector supremo con facultades 
imperiales (^;, á todo lo cual dio fuerza de ley el 1° de 
mayo de 1837 el congreso de Tacna, convocado y ele- 
gido bajo la [iresión de las armas vencedoras. 

La República de Chile que había sido invadida por 
una expedición del Perú sojuzgado por Santa Cruz y 
que tampoco consiguió que éste explicara su inmotiva- 
da agresión, no pudo menos que declarar el 24 de di- 



(V) Véase el manifiesto del <renei'al Ramón Castilla ii sus conciu- 
dadanos, datado en Qiiillota ;l 10 de octubre de 183G, en el cual se 
encuentran detallados y documentados todos esos sucesos. 

(-) El protector ejercía sus funciones ad vitam y tenia el de- 
recho de nombrar sucesor, nombraba los senadores, los presidentes 
de las tres repiiblicas confederadas, los miembros del poder judicial, 
disolvía el congreso siempre (jue lo creyese conveniente, etcétera, 
etcétera. 



— 829 — 

ciembre de 1836, que « el general Santa Cruz, detentador 
injusto de la soberanía del Perú, amenazaba la inde- 
pendencia de las otras repúblicas americanas », y el Con- 
greso Nacional le declaró la guerra. ( ' ) Por su parte 
el gobierno argentino resumió en un manifiesto los he- 
chos que le atañían, y fundándose en que « el fracciona- 
miento del Perú, consumado por el general Santa Cruz 
para crearse un poder absoluto, era un ataque á la 
independencia de los Estados americanos, y una amenaza 
á las repúblicas limítrofes, á causa del acantonamiento 
de fuerzas en las fronteras », le declaró la guerra á di- 
cho gobierno con fecha 19 de mayo de 1837. «El ge- 
neral Rozas realizó al fin las esperanzas de todos Ios- 
amantes de la justicia y de la libertad americana», 
decía la prensa de Chile con este motivo. En Buenos 
Aires da un formidable estallido la mina que fueron 
cargando las adquisiciones territoriales del usurpador 
Santa Cruz, las incursiones en las Provincias Unidas, 
y el ejercicio de un absolutismo que es la vergüenza de 
la América. ¿ Quién podrá dudar de que todo esto había 
de producir una explosión de ira en el pueblo argentino, 
clásico en el amor á las libertades americanas ; y ha- 
bían de poner á su gobierno en el distinguido lugar á 
que es llamado entre los defensores de ellas ? El Perú, 
Bolivia y Chile deben ver en este importante aconteci- 
miento que desenvuelve la noble política del señor Rozas, 
un motivo de gratitud al pueblo argentino...» etcétera. (^) 
Todas las provincias argentinas desde la de Buenos 
Aires hasta la de Jujuy, y aun vecinos de la de Tarija 



(1) Véase las notas cambiadas entre el ministro Portales, de 
Chile, y Olañeta, del Perú, en diciembre de 1836. Véase Historia de 
la campafia del Perú en 1838 por tionzalo Bulnes. 

(2) Véase estas transcripciones en La Gaceta Mercantil del 17 
de abril de 1837. 



— 330 — 

que estaba bajo el poder del «general Santa Cruz, res- 
pondieron dignamente al deber que les imponía la de- 
claración hecba por el encargado de las relaciones ex- 
teriores de la Re])ública ; y las del norte sobre todo se 
prepararon á la defensiva cuando Rozas nombró al 
brigadier Alejandro Heredia general en jefe del ejército 
argentino confederado de operaciones, y al general 
Mansilla comandante en jefe del ejército de reserva en 
Tucumán. Á fines de junio el general Heredia se 
movió de Tucumán al frente de algunas fuerzas y en 
dirección á Salta, expidiendo una proclama patriótica 
■en la que les invocaba á los argentinos los gloriosos 
recuerdos de la guerra de la Independencia en la cual 
él liabía militado, y otra á los liabitantes de Bolivia 
•destinada á inspirarles confianza respecto de los móvi- 
les y objetos de su campaña. En Salta y Jujuy engrosó 
sus fuerzas con las milicias departamentales y con al- 
gunos escuadrones de caballería de línea que mandaba 
el general don Felipe Heredia. y fué á situarse en la 
frontera argentina pronto para entrar en operaciones. 

Éstas fueron de escasa importancia al principio, sea 
porque Heredia no quisiese aventurar un combate serio 
con fuerzas enemigas infinitamente superiores como las 
que se acantonaron en la frontera boliviana, sea porque 
el general Brün, c^ue comandaba estas últimas, no tu- 
viera instrucciones para internarse en territorio argen- 
tino, y exponerse á su vez á perderlo todo en un con- 
traste. Á principios de agosto Heredia mand(') un 
escuadrón á que se posesionara del puerto de Cobija y 
se pusiera en comunicación con las fuerzas de Cliile 
para operar él simultáneamente con éstas. Con el fin 
de atraer al enemigo mandó al general Felipe Heredia 
con 400 hombres de caballería á que ocupase el pueblo 
<le Humahuaca. El general Brün destacó tres compañías 



— 331 — 

de infantería de línea y un escuadrrjn de guías del 
general, á las órdenes del comandante Campero y mayor 
Valle. Heredia colocó convenientemente dos escuadro- 
nes en las inmediaciones del pueblo y en la tarde del 
12 de agosto derrotó y dispersó completamente la ca- 
ballería enemiga tomándole algunos prisioneros. C) En 
la mañana siguiente, Heredia reunió sus tres escua- 
drones y llevó una carga audaz sobre la infantería de 
Campero arrollándola hasta obligarla á parapetarse en la 
posición de Santa Bárbara. Tres veces cargaron los 
gauchos sáltenos acreditando que llevaban en sus venas 
la sangre generosa de los soldados de Güemes: en la 
última rompieron el centro enemigo, y lo habrían des- 
truido completamente si la aproximación de refuerzos 
enviados por Brün no le hubiera aconsejado á Heredia 
replegarse con sus prisioneros, armas y bagajes tomados 
á fin de no comprometer sus ventajas. (-) 

Este hecho de armas retempló el espíritu del ejército 
de operaciones, compuesto en su casi totalidad de mi- 
licianos, y contribuy<3 á activar las operaciones sobre el 
enemigo, las cuales si bien se encomendaban á partidas 
ligeras, porque este último esquivaba un combate ge- 
neral, lo mantenían en perpetuo movimiento obteniendo 
sobre él ventajas de importancia y privándolo de los 
recursos del territorio. Así el 2 de enero de 1838 el 
general de vanguardia don Gregorio Paz comunicó 
• desde Humahuaca al general en jefe otro hecho de armas 



(') En el parte del general Brün al ministro de la guerra de 
Bolivia, le dice que el mayor Valle no pudo conseguir ninguna 
ventaja y que tuvo que regresar; y más adelante conflesa que este 
jefe fué cortado y dispersado. 

(2) El mismo parte oficial del general Brün dice que las fuerzas 
de Heredia tomaron á las bolivianas en el centro y repitieron 
nuevas cargas. Este parte y sus antecedentes se trascribió en La 
Gaceta Mercantil del 30 de noviembre de 1837. 



. ^ ^m — 

al cnal las circunstancias dieron mayor importancia- 
de la que en sí tenía. El capitán Gutiérrez sorprendió 
la noche anterior un destacamento boliviano en el 
R/nrón de las Casillas, tomándole algunos prisioneros. 
Como estuviesen situados en las inmediaciones otros 
destacamentos bolivianos y el capitán Gutiérrez les hi- 
ciese algunos tiros al retirarse con su presa, estas fuer- 
zas que ignoraban su posición respectiva y que no se 
reconocieron en la obscuridad, se precipitaron unas contra 
otras haciéndose muchos muertos y heridos. (') 

El general Brün, por su parte, se limitó á la defensiva 
rehuyendo á fuerza de marchas y contramarchas los 
combates á que Heredia lo provocó. Orientándose hábil- 
mente pudo ocupar los departamentos de la Puna, Iruya 
y Santa Victoria; obligó violentamente á los habitantes á 
firmar actas de adhesión á Bolivia y nombró autoridades 
civiles y eclesiásticas. Heredia dirigió una buena divi- 
sión al mando del general Alemán, quien marchó por 
la falda oriental de las montañas de Humahuaca, con 
el designio de cortarle la retirada á Brün, por la abra de 
Zenta. Otra división se situó en las montañas de 
Iruya con el objeto de tomar por retaguardia al enemigo, 
y obligarlo entonces á un combate decisivo. Pero Brün 
se retiró á marchas forzadas cuando supo que Alemán 
iba en marcha. 

Simultáneamente Heredia mand(') al general Gregorio 
Paz con una división de 1000 hombres á que ocupase 
la frontera de Tarija, se corriese hacia el noroeste en 
dirección al Pilcomayo y amenazase la frontera de 
Chuquisaca, sin temor de ser cortada, pues podía reti- 
rarse por los llanos y bosques, favorecida por los indí- 



(') Parte oficial del mavor Echazú. Véase La Gaceta Mercatitil 
del 20 de lebrero de 1838. " 



— 333 — 

genas de los siete pueblos de Itiyuro, que eran conoci- 
damente adictos á los argentinos. ( '■) El general Gre- 
gorio Paz llegó á Caraparí á fines de mayo de 183S, y 
según sus instrucciones invitó al comandante militar 
de ese punto á someterse con todas sus fuerzas, pues 
el objeto de los argentinos no era pelear con los tari- 
jeños sino libertarlos del poder de Santa Cruz para que 
volviesen á la Confederación de que habían formado 
})arte. El comandante Cuellar y casi toda la población 
se decidió con júbilo por la causa de la República Ar- 
gentina, pero no así los comandantes Aguirre y Ruíz, 
los cuales fueron batidos y dispersados. Después de 
establecer las autoridades nacionales, el jefe argentino 
subió la cuesta de Sapatera y al día siguiente marchó 
sobre el Pajonal, donde se encontraba el enemigo. 
Cuando el mayor Marcos Paz entraba con la vanguardia 
en el pueblo de San Diego, el gobernador Dorado huía 
precipitadamente con sus fuerzas. El general Gregorio 
Paz organizó las fuerzas de esa frontera poniéndolas 
á las órdenes del coronel Cuellar y se preparó á marchar 
sobre Tarija. (2 ) 

En estas mismas circunstancias en que la República 
Argentina luchaba contra el poder de un ambicioso (3), 



(1) Parte de Heredia á Rozas desde su cuartel general en Zenta 
á 20 de julio de 1838. 

(^) Parte oficial del general de la división del norte, publicado 
en La Gaceta Mercantil del 21 de julio de 1838. 

(3) El general Andrés de Santa Cruz era boliviano de nacimiento, 
pero cuando se inició la guerra de la independencia de la Metró- 
poli, abrazó con ardor las banderas realistas. El ejército argentino 
lo tomó prisionero en Tarija, y á pesar de las consideraciones que le 
hicieron los patriotas para que abrazase la causa americana, prefirió 
seguir con los prisioneros realistas hasta las Bruscas, donde fueron 
destinados. Al pasar por Tucumán, el provisor Iriarte y el general 
Belgrano, invocáronle todavía el amor á la tierra; pero todo lué 
en vano. Reincorporado al ejército realista, fué nuevamente to- 
mado prisionero en el combate de Pasco que dio el entonces capitán 
Juan Lavalle de la división del general Arenales. Fué el general 
San Martín principalmente quien lo decidió á formar en las filas de 



— .jo-l — 

que la liabía ultrajado y que quería cercenarla, el general 
Juan Lavalle. — cediendo á sugestiones de los emigrados 
unitarios que dirigían desde Montevideo la revolución 
contra el gobierno de Rozas, — se incorporaba al ejército de 
Rivera quien se alzaba nuevamente para derrocar á 
Oribe de la presidencia del Estado Oriental. Después 
de su contraste de Carpintería^ Rivera se. había reti- 
rado á la frontera del Brasil, como se ha visto al fin 
del capítulo xxri y allí se había preparado para la lucha 
contando con la ayuda del general Lavalle y con auxilios 



los que luchaban por la independencia americana, enviándolo ai 
mando de una columna de tropas argentinas y peruanas en la que 
iban Lavalle, 01az;ibal (Félix) y con la que concurrió á las batallas de 
Pichincha y Rio Bamba. De vuelta á Bolivia se afilió entre los ad- 
versarios del general Sucre. Los disturbios que se siguieron al 
asesinato de este hombre ilustre le abrieron campo á su ambición. 
Un congreso que no tenia otra misión que la de dictar la nueva Cons- 
titución, nombró presidente de la República á Santa Cruz, bajo la 
])resión del ejército del general Gamarra que ocupaba á Bolivia. 
Apenas Gamarra repasó el Desaguadero, una conmoción popular dejó 
sin efecto esa elección y convocado y reunido un congreso ordinario 
legislativo, éste nombró presidente al general Blanco. Blanco murió 
asesinado á manos de amigos políticos de Santa Cruz, y éste volvió al 
poder por la fuerza de las armas. Desde este momento empezó á 
fomentar abiertamente la guerra civil en el Perú ayudando á los 
generales Ciamarra y Lafuente contra el gobierno del general Lámar. 
La derrota de Terqui y la paz subsiguiente entre el Perú y Colombia, 
hizo fracasar sus proyectos en Lima, Arequipa, Cuzco y Puna. De- 
nunciado por el general Lafuente ante el congreso peruano, se atrajo 
al partido de Lámar y lanzó á éste contra la administración de ese 
general y de Gamarra, hasta que convencidos unos y otros de los 
proyectos de Santa Cruz se volvieron contra él, y en Í831 un ejército 
peruano de diez mil hombres amenazó á Bolivia. Viéndose compro- 
metido, Santa Cruz solicitó la mediación de Chile. El gobierno de 
esta república intervino por medio de su ministro Zañartu en el 
tratado de paz que se celebró en Arequipa, y Santa Cruz debió á esto 
su permanencia en el mando. Apenas tranquilo el país, recomenzó 
su proyecto favorito, creyéndose el llamado á realizar el ideal que 
no pudo prestigiar Bolívar con su nombre y con su gloria: la 
reconstrucción política de las secciones suramericanas, sobre la 
l)ase de un poder grandioso ejercido por él ó por su sucesor, poder 
(|ue empezó á ejercer, en efecto, dividiendo al Perú en dos Estados 
confederados con Bolivia, y que se propuso ensanchar por medio 
de las agresiones que llevó sobre Chile, la Argentina, Ecuador, 
etcétera, etcétera. 



~ 335 — 

que le dieron los republicanos de Río Grande. Á media- 
dos de mayo de 1837 atravesó el Cuareim por el paso- 
de Bautista, al frente de 1000 hombres. Con tal motiva 
el presidente Oribe dejó su cuartel general, se incor- 
poró las fuerzas de su hermano el general don Ignacia 
y marchó sobre el Arapey. Rivera hizo al principio- 
guerra de recursos para fatigar las caballerías de su ene- 
migo y engrosar él sus fuerzas. Oribe lo alcanzó el 22 
de agosto en Yurutuya. Este combate fué reñido y de 
dudoso éxito, pues si no proporcionó mayores ventajas 
á Rivera, obligó al presidente á replegarse sobre ias 
fuerzas del general Ignacio Oribe que no entró en acción. 
Rivera se replegó á la frontera brasilera, pero bien pronto 
reaparecieron sus partidas simultáneamente en varias 
direcciones como para que Oribe fraccionase sus fuerzas 
y poder él batirlo con una columna de 1000 hombres 
que tenía á sus inmediatas órdenes. Pero Oribe lo 
siguió en su marcha hasta alcanzarlo el 21 de noviembre 
en el Yí, á la vista del Durazno, y consiguió derrotarlo. ( V^ 
En seguida lo persiguió en los departamentos de 
Paysandú, Soriano, Colonia y San José; pero como frac- 
cionara para esto sus fuerzas, no pudo hacerlo con 
ventaja. 

Rivera prosiguió entonces la guerra de recursos^ 
librándose á los excesos habituales en él, y pretendiendo 
justificarlos con el hecho de que Oribe había embargado 
las estancias de individuos que formaban en las filase 
riveristas. (2) La propiedad y la vida de los que no 



(^) Oficio del presidente Oribe. Original en mi archivo. 

(-) Oribe ordenó en electo al jefe político de Soriano, con fecha 
7 de diciembre de 1837, que embargase las estancias de los vecinos 
de ese departamento que se habían agregado á las filas de Rivera y 
que dejase como administradores de ellas á los mayordomos res- 
pectivos. 



— 336 — 

estaban con él, no le inspiraban mayor consideración 
qne las instituciones contra las cuales se rebeló siempre. 
Así, burlando la persecución de las fuerzas de Oribe, 
iba saqueando los pueblos en su tránsito. En Mercedes* 
por ejemplo, impuso una contribuciíin de cuatro mil 
pesos y fusiló al preceptor de la escuela pública don 
Mateo Gurruchaga, porque éste era partidario del go- 
bierno. Orientándose con habilidad por entre las fuer- 
zas de Oribe, cruzó todos los departamentos desde 
el río Negro y engrosó considerablemente su ejército. 
Á fines de enero se presentó frente á Montevideo y tentó 
apoderarse de esta ciudad. Como no lo consiguiera, 
propuso al cuerpo legislativo un arreglo sobre la base de 
que el presidente Oribe sería separado de su cargo. En 
estas circunstancias Oribe venía sobre Montevideo y 
él se retiró sin que aquél pudiera obligarlo á un combate. 
Con una audacia que constituía su principal fuerza? 
y mientras entretenía el ejército que el presidente dejó 
á las órdenes del general Ignacio Oribe al reasumir el 
gobierno en Montevideo, Rivera puso sitio á Paysandú, 
esperando hacer pie en esta plaza y recibir algunos re- 
cursos de Entre Ríos. Su situación no era, de cierto, 
halagüeña. El gobierno de Buenos Aires había enviado 
una escuadrilla al Uruguay al mando del coronel ToU, 
para impedir que los emigrados unitarios que habían 
hecho causa común pasasen á Entre Ríos. El general 
ürquiza estaba con un cuerpo de observación en la 
costa argentina. Además, el general Lavalle no pudo 
ponerse en campaña hasta febrero de 1838, porque se 
encontraba enfermo en la estancia de Young desde donde 
le escribía á Rivera con fecha 26 de enero de 1838: «Ya 
me había puesto en camino en un carro, pero regresé 
porque Britos vino á Tacuarembó y V. andaba por 
dentro. . . juzgué que sólo iba á darle á V. trabajo. Bento 



— ;«7 — 

Manuel ancla persiguiendo á Laurero en Misiones, y 
Sequeira, aprovechándose de esto, ha vuelto á pasar el 
Cuareim con cien hombres, y ha marchado para Alégrete. 
Una de las mil razones porque deseo el triunfo de 
nuestra causa es porque V. ponga término á tan exe- 
crables desórdenes y asegurar el dominio oriental entre 
Cuareim y Arapey, que los brasileros de todos los 
partidos quieren sacudir.» (') 

k últimos de febrero, precisamente cuando las divi- 
siones del ejército argentino se encontraban en Chuqui- 
saca y sobre Tarija, después de haber obligado al general 
Brün á replegarse sobre Bolivia, el general Lavalle se 
ponía en campaña á las órdenes del general Rivera. 
Desde su campamento en el Queguay comunicaba al 
cuartel general de este último las novedades de su divi- 
sión y los movimientos del ejército de Oribe. (") Con 
fecha 16 de abril le escribía á Rivera: «No dudo que 
Oribe hará todo empeño en llamar la atención de nuestro 
ejercito en este departamento ; pero me parece fabuloso 
que pasen 400 hombres de Entre Ríos.» Y al día si- 
guiente: «Me avisa V. la desaparición del ejército ene- 
migo de la picada de Carnaval. No dudo que este movi- 
miento es retrógrado, porque no puede permanecer en 
ningún punto donde nuestros escuadrones lo hostilicen 
de cerca y amenacen cortar su comunicación con la 
capital.» (■^) Con fecha 23 del mismo. Rivera le ordenaba 
á Lavalle que estuviese listo para marchar en combi- 
nación con él; pues Oribe maniobraba sobre el Yí para 
batir en detalle las fuerzas de su enemigo, arrojarlo 
del otro lado v conservar el territorio entre el Yí y el 



(^) Manuscrito original en mi archivo. 

(2) Manuscritos originales en mi archivo. (Véase el apéndice. 

(3) Manusc. orig. en mi archivo (ib.) 



— 338 — 

río Negro. En nota que lleva al margen Ejército Cons- 
titucional, Lavalle le respondió al día siguiente que 
«niarcharía pocas horas después de recibida la orden que 
le comunique Rivera». (') 

Rivera prosiguió su campaña con habilidad, fati- 
gando el ejército de Oribe, y esperando la oportunidad 
favorable para medir ventajosamente sus armas con las 
de aquél. Como por entonces no pudiese sacar recursos 
de Entre Ríos, envió al coronel Martiniano Chilavert 
ante el gobierno de la República de Río Grande. Si 
extraño era este nombramiento emanado de un general 
sublevado contra el gobierno constitucional de su país, 
cuyas fuerzas lo perseguían en el territorio, no lo eran 
menos los considerandos correlativos y las instrucciones 
dadas al comisionado: «Marchando en consonancia con 
los principios que ha proclamado la República de Río 
Grande, y penetrado por otra parte de que es preciso 
precaverse por todos los medios que sean dables de 
las asechanzas de la corte del Río Janeiro, como tam- 
bién de la connivencia en que está con ella don Ma- 
nuel Oribe, he creído, dice Rivera en el pliego de ins- 
trucciones que tengo original, arreglar con dicha re- 
pública u?i tratado que asegure mutuamente la segu- 
ridad de ambos Estados y la destrucción de las preten- 
siones de la corte sobre San Pedro del sur, como 
también la del tirano Oribe que rige hoy los destinos 
de la República Oriental.» Que valor tendría este tratado, 
lo sabría Rivera que se erigía en gobierno con autori- 
zación para celebrarlo ; á bien que él mismo descubre 
cuál era el objeto que perseguía al proponerlo. En la 
cláusula r^ de las instrucciones recomienda al comi- 
sionado ({ue trabaje el ánimo del gobierno de Río Grande 

(' ) Manuso. orijí. en rai archivo. 



— 339 — 

y de los individuos influyentes para penetrarlos de la 
necesidad de olvidarse de intereses i)ersonales; y en la 
2'\ le encarga que previamente se vea con el general 
Bentos Manuel «para que éste haga valer su influjo 
al objeto d que se desea llegar)). Este objeto no era 
otro por el momento que el que expresa la cláusula 4*. 
«Establecido ya el buen estado de relaciones pedirá el 
auxilio de cuatro piezas de artillería y sus dotaciones 
correspondientes, ofreciendo por su parte y de pronto 
mil y quinientos caballos, etcétera.» ( ^ ) 

Pero las operaciones del general Ignacio Oribe no 
le dieron tiempo á esperar estos recursos que condujo 
Chilavert después de la batalla del Palmar, y que, por 
otra parte, no le eran indispensables en el momento, 
dados los refuerzos ({ue le llevó la división del ge- 
neral Lavalle. Á últimos de mayo Rivera situó una di- 
visión en la Orqueta de Salsipuedes, otra en las Averías, 
y en seguida levantó su campo del Queguay con el 
resto de su ejército, marchando en direcci()n del Santa 
Ana. El ejército de Oribe se situó en estas inmedia- 
ciones, y el 15 de junio de 1838 se puso en movimiento 
tomando la costa del arroyo arriba cerca del Palmar, 
donde tuvo lugar el encuentro de su vanguardia con la 
de Rivera. Cuando todo el ejército de Oribe hubo pa- 
sado el arroyo, el combate se hizo general. Pero el 
choque de la vanguardia había sido tan violento que 
Rivera se vio envuelto por una parte de su caballería 
en dispersi<Jn. Fuera por esta circunstancia, ó por 
efecto de indicación ü orden de Rivera, el hecho es 



(') Papeles de Chilavert, en nú archivo. Rivera había nombrado 
ya al mismo coronel Chilavert y á don Andrés Lamas, auditor de 
su ejército, comisionados para entenderse con el coronel Mattos 
enviado de Rio Grande, como lo acredita el pliego de instrucciones 
firmado por Rivera que original tengo á la vista. (Véase el apéndice.) 



— IMO — 

que Lavallc, (iiio ('omaiidaba la l-'^. divisi(')ii del ejército 
de éste, se encargó del mando en jefe (^ue tuvo du- 
rante toda la batalla, la cual fué encarnizada y san- 
grienta*. Á las 3 de la tarde se pronunciij la derrota 
del ejército de Oribe, el cual dejó en poder de Lavalle 
toda su infantería prisionera, sus caballadas, parqne, 
comisaría y e(|uipajes. Las divisiones de Lavalle, Nuñez 
y Medina persiguieron á Oribe en completa dispersión,. 
y esta victoria le dejó expedito á Rivera el camino para 
ocupar los departamentos, mientras que la Colonia se 
le rendía á discreción el día 13 de julio. Bajo la obe- 
diencia del presidente Oribe no quedaba más que la 
ciudad de Montevideo, donde éste se encerró con al- 
gunas tropas, y la de Paysandú defendida por el general 
Lavalleja, el antiguo rival de Rivera, y cuyas buenas 
disposiciones para defender esa plaza no podía éste 
menos que reconocer, bien que escribía que «al hombre 
lo han mandado á Paysandú para que presencie la última 
escena que debe representarse enél». (') 

La revolución contra el gobierno constitucional del 
Estado Oriental estaba triunfante en ese momento en 
la persona del general Rivera. Para asegurar su triunfo 
Rivera había hecho causa común con el agente francés 
en Montevideo, Mr. Baradére, y con el contraalmirante 
que bloqueaba á la sazón el litoral argentino. Esto 
consta de los hechos y de la propia declaración de Ba- 
radére, quien reconvenido varias veces por las hostili- 
dades de las fuerzas francesas en el puerto de Monte- 
video, contestó al ministro de relaciones exteriores del 
Estado Oriental que «una desgraciada necesidad arras- 
traba al jefe francés á tomar las medidas de que se 



(i) Carta de Rivera á Ctiilavert, original en mi archivo. (Véase 
el apéndice.) 



— 341 — 

recuiTÍa, desde que el gobierno oriental era natural- 
mente aliado del argentino, y los ponía á ellos (los 
franceses) por lo mismo en el caso de serlo también de 
Rivera». (') 

La alianza entre Rivera y los agentes franceses asu- 
mió el carácter de uii pacto, con arreglo al cual se ini- 
ciaron siinultáneamente las hostilidades contra los go- 
biernos argentino y oriental. Mientras los franceses 
bloqueaban á Buenos Aires y hostilizaban por mar á 
Oribe, Rivera estrechaba con su ejército á este último 
en Montevideo. Cuando el presidente Oribe quiso ar- 
mar algunos buques para perseguir á los de Rivera, el 
contraalmirante francés declar(3 que si esos buques sa- 
lían de Montevideo lo harían á riesgo suyo, y que él 
bloquearía esta ciudad. (-) La posición del presidente 
Oribe se hizo insostenible en Montevideo. 

Bajo la presión de estas circunstancias. Oribe no 
})udo menos que ceder á la intimación de Rivera de que 
descendiese del mando. Comisionados de una y otra 
parte suscribieron este descenso en un documento al 
que se le llamó pomposamente Convención de paz. En 
su nota al poder ejecutivo. Oribe declaró que «no era 
ese el momento decoroso de entrar en la explicación de 
las causas que lo obligaban á dar ese paso». Y al re- 
signar la presidencia el 24 de octubre, dirigió al poder 
legislativo una protesta de la violencia de que había 
sido objeto, y la cual merece consignarse en este lugar. 
«El presidente constitucional de la República, al des- 



(i) Véase los documentos oficiales al fin del Mnni/ieslo del 
presidente Oribe sobre la infamia., alevosía y perfidia con que el 
contraalmirante francés Leblanc y ar/entes de la Francia en 
Montevideo, han hostilizado al gobierno de la República Oriental 
del Uruguay. 

(2) Ib. ib. 



— ^u-^ — 

cciidt'r del ])ii('sto ,i qne lo elevó el voto de sus conciu- 
dadanos, decía Oi'ibe en ese documento solemne, declara 
ante los representantes del pueblo, y para conocimiento 
de todas las naciones, íjue, en este acto, s()lo cede á 
la violencia de una facciíni armada, cuyos esfuerzos liu- 
bieríín sido im})otentes si no hubiera encontrado su 
princijnil apoyo y la nuh derldida cooperación en la ma- 
rina militar francesa, que no ha clesdeíiado aliarse d la 
<inar(/}iía, para destruir el orden legal de esta república 
</ue ninguna ofensa ha inferido d la Francia; y mientras 
l)repara un maniíiesto que ponga en claro los sucesos 
que han producido este desenlace, protesta desde ahora 
del modo que i)uede hacerlo ante la representación na- 
cional, contra la violencia de su renuncia, y hace res- 
ponsable á los señores representantes del uso que hagan 
de su autoridad para sancionar ó favorecer las miras de 
la nsurpaci(')n. Protesta también en la misma forma 
ante el gobierno francés contra la conducta del almi- 
rante de la fuerza naval francesa de esta estación, y la 
de los agentes consulares de Francia actualmente en 
Montevideo, los cuales han abusado indigna y vergon- 
zosamente de su fuerza y de su posición para hostilizar 
y derrocar el gobierno legal de un pueblo amigo é inde- 
jtendiente.» (') 

Cinco días después, el 29 de octubre, el nuevo mi- 
nisterio ordenaba al general Lavalleja que en virtud de 
la convención de paz, pusiese á disposición del general 
Uivera el armamento, municiones, artillería y todas 
las fuerzas que tenía á sus órdenes en Paysandú. Ve- 
ri licada esta entrega, Rivera quedó arbitro del Estado 
Oriental, y con las obligaciones que le imponía su ca- 



(') Si' ir;isei'ilii() cii La Gaceta Mercantil del 10 de noviembre 
tl.> 1838. 



— 843 — 

lidad de aliado de los franceses contra el gobierno ar- 
gentino, como se va á ver. Era reüriéndose á esto 
indudablemente que el general Lavalle le escribía á 
Cliilavert en esos días: «Cuántos sucesos desde que V. 
se separó, algunos de ellos inesperados! Yo creo que 
nozas no podrá afrontar todos tos obstácutos que se le 
oponen.)) (') Estos obstáculos provenían de la fuerza 
y de los recursos militares que la Francia le opondría 
al gobierno argentino, aliándose con los enemigos in- 
ternos de éste. 

Por su parte Oribe dirigió copia de su protesta al 
gobierno encargado de las relaciones exteriores de la 
Confederación Argentina y á los agentes diplomáticos 
acreditados en Buenos Aires ; y se retiró á esta ciudad 
hasta que los sucesos lo llevaron á desempeñar el rol 
de que se dará cuenta oportunamente. 



(') Manusc. orig. en mi archivo. 



APÉNDICE 



COMPLEMENTO AL CAPITULO XIV 



Señor don Ángel Pacheco. 

Cañuelas;, julio 24 de 1829. 

Mi querido amigo: 

Veo en su estimable carta de hoy la expresión de sus 
sanos sentimientos. Voy á contraerme á su contestación 
tan interesante á la causa pública. 

Impuesto de cuanto me dice sobre su conferencia con 
el general Lavalle, de la lista formada en el ministerio 
y demás ocurrido hasta la hora en que escribió, creo 
conveniente que no venga ahora. Su persona en esa es 
muy necesaria, y es preciso que continúe trabajando 
cuanto pueda para que tenga efecto lo pactado y triunfe 
la lista convenida. Yo espero que trabajará con decidido 
empeño por que triunfe la indicada lista, interesando por 
lo mismo á todos sus amigos, y haciendo á este íin cuan- 
tos esfuerzos pueda. 

Si la lista acordada no triunfa, los pactos más solem- 
nes del tratado, que no se han publicado, quedan sin 
efecto, y se habrá perdido la mejor ocasión de salvar la 
patria. La sangre de nuestros compatriotas se derramará 
á torrentes sin duda. Esto será triste, pero será más triste 
todavía la necesidad de conformarse, porque no hay otro 
remedio. 

Cómo me duele, mi querido compatriota, ver al gene- 



— :U(i — 

ral Lavalle encerrado en ese miserable Fuerte, en ese 
teatro de perfidia! Él ofrece círculos que saben lialaíj;ar 
jugando (;on habilidad los dardos de la traición, riiie son 
capaces de embriagar el mejor entendimiento, la razón 
más bien formada. El hombre de (jorazón más sano, de 
alma mejor colocada y de ánimo más elevado está ex- 
puesto á marchar sin tino, sin plan y sin comljinación 
á las veces. Mañana los mismos que hoy lo cercan y hala- 
gan al general Lavalle serán capaces de mandarlo degollar. 

Yo me atrevo á pronosticar, sin temor de equivocarme, 
que si el general Lavalle se une conmigo de íirme, el 
país se salva. Diré mejor: la gran familia de la líepública 
Argentina verá muy pronto el día suspirado de la grande 
obra de su consolidación. Juan Manuel de Rozas es un hom- 
bre de bien, un labrador honrado, amigo de las leyes y 
de la felicidad de su país. Tiene en él una fortuna arrai- 
gada, esposa, hijos, padres, hermanos. Treinta y cinco 
años de edad que los más los ha pasado en el retiro de 
una vida obscura que es lo más acomodal)le á su tempe- 
ramento. En una vida privada donde ha debido me- 
ditar en medio de una calma libre de pasiones. ¿ Cuáles 
serían, pues, sus aspiraciones después de las lecciones 
que presenta la historia de todas las revoluciones del 
mundo? Estoy seguro de que si el general Lavalle me 
conociera como conociera usted taml)ién á las personas que 
lo rodean, y melitase lejos del bullicio, se penetraría co- 
mo usted del fuerte poder de razones que hay para creer 
que de la fuerte y sólida unión con ,luan Manuel deKozas. 
debe esperar la felicidad de la patria, y sin duda la suya 
acompañada de una inmensa gloria. Por el contrario, de 
los otros la muerte del país y la suya particular. 

Agradezco los recuerdos de nuestro amigo el señor don 
Manuel Escalada, y los retorno muy agradecido por el 
interés que toma en esta importante obra. Con conoci- 
miento de estos conceptos y de lo que ya hemos hablado, 
dígale que no se canse de trabajar por la salvación del 
país, porque si se abandona esta oportunidad se pierde 
y nos perdemos. 



— 347 — 

Las noticias de Córdoba las tengo de distinto modo, 
según el parte de Bnstos á López. Resulta por dicho parte, 
según yo lo entiendo, la acción ganada por Quiroga, porque 
el general Paz se había retirado á la ciudad con la in- 
fantería, y Quiroga con Bustos quedaban fuera, cerca de 
la ciudad con sus tropas después de la acción. Este parte 
hacen días que lo tengo, y no lo quise hacer correr por 
delicadeza. 

Si algo necesita para el trabajo de las elecciones entién- 
dete con Arana, quien le facilitará todo, pues en la fecha 
le escribo sobre esto. 

La orden que me pide para la señora doña Ana Ota- 
rola ya la mandé. Puede verla y si no está buena man- 
daré otra del modo que quiera. Cualquier cosa que se 
le ofrezca de estas ú otras en que yo pueda ser útil, no 
ande con reparo jiara decírmelo, que sólo no haré lo 
que absolutamente no pueda. Lo mismo dígale al amigo 
Escalada. 

Siento un placer grande al decirme su lino amigo y 
conijíatriota. 

Juan Manuel de Rozas. 



APUNTES DE ROZAS ADJUNTOS A LA CARTA 

A más de las razones indicadas en la carta, puede decirse, 
que el estado actual de la campaña impide la elección 
de representantes con la libertad y calma que debe pre- 
sidir á este acto. Que además hay tal y tal motivo para 
no practicarlo, etcétera. 

Que se hará una representación firmada por los princi- 
pales vecinos, y aun por algunos de los electos de repre- 
sentantes el domingo, pidiendo la suspensión de la reunión 
de la sala, y afirinando estos mismos que no tomarán 
asiento en la legislatura. Los que hasta aquí se sabe que 
están en este caso son: don Mariano Sarratea, don N. Fra- 



— 848 — 

^ueiro, don Faustino Ijezica, don Francisco de la C'ruz, 
don Ramón Larrea. 

Que considerándose evidente que después de lo dicho, 
nna reunión de generales y corporaciones j)ara tratar de 
la situación del país, no opinará absolutamente por la 
guerra interior, el general Lavalle se propone reuniría y 
proceder en consecuencia de ella á una variación en la 
administración. Que el modo en que esto se haya de hacer 
y las personas que hayan de componerla, se acordará por 
el general Lavalle con el señor Hozas. 

Que no se puede hacer uso del convenio secreto con 
■e\ general Lavalle acerca de los representantes. 

Julio 23. 

Mi querido Manuel (Escalada). 
He sido siempre y soy amigo de Pacheco; por consi- 
guiente su visita me será muy agradable.. Ven pues con 
él á la hora que gustes. Tu. 

Juan (Lavalle). 

El gobernador jyrovisorio, etcétera. 

Pasa el señor coronel don Ángel Pacheco al campa- 
mento del señor comandante general de campaña don 
Juan Manuel de Rozas. 

Buenos Aires, '^ de agosto de ¡829. 

Juan Lavalle. 

El señor coronel Pacheco pasa á Buenos Aires con 
comunicaciones de importancia. En su virtud no se impida 
^1 tránsito y auxilíesele con cucinto necesitase. 

Cañuelas, agosto 7 de 1829. 

Juan Manuel de Rozas. 



349 — 



COMPLEMENTO AL CAPÍTULO XV 



Señor general Juan Facundo Quiroga. 

Paisano y amigo: 
Sé que es usiei un buen patriota y un hombre de 
coraje: estas dos circunstancias me han decidido á es- 
cribirle lleno de toda confianza y sin más objeto que 
el del bien general. Sé que está usted próximo á ba- 
tirse con el gobernador de La Rioja: yo ignoro los mo- 
tivos de este rompimiento, lo mismo que cuál de los 
partidos es el que tiene la justicia: sólo me ciño á lo 
principal, á la sangre americana que se va á verter, 
al crédito de nuestra revolución santa, y á las conse- 
cuencias fatales que la libertad de nuestro país va á 
experimentar, ahora más que nunca, cuando los con- 
trastes de nuestros ejércitos exigen imperiosamente una 
unión intima, si es que queremos ser verdaderamente 
libres. Esta verídica exposición lo moverá á usted á 
una transacción con el gobernador de La Rioja, cuyos 
lazos serán el amor y la amistad : sí, mi paisano, yo lo 
exijo de usted, y no me negará una gracia que le reco- 
nocerá siempre su amigo y paisano 

José de San Martín. 
3 de mayo de 1823. 



Buenos Aires, á 26 de diciembre de 1823. 

Paisano y amigo apreciable : 
Dos ó tres días antes de mi salida de Mendoza me 
manifestó don Manuel Corvalán una carta de usted en 
la que le dejía que le habían escrito que yo era su 



— 350 — 

más mortal enemigo, etcétera, etcétera, pero que usted 
no Iiabía querido dar crédito á tal imputación: efecti- 
vamente es una verdadera y negra imputación de al- 
guna Vil y despreciable alma, de las que por desgracia 
abundan en nuestra revolución. He apreciado y aprecio á 
usted por su patriotismo y buen modo de conducirse, y jjorque 
usted me ha manifestado tena completa deferencia á la parte que 
como simple particular tomé eii las desavenencias de La Rioja, sin 
otro objeto que el de evitar se derramase la sangre 
americana. Yo marcho á Inglaterra con el objeto de 
llevar mi hija y ponerla en un colegio; mi regreso será 
pronto, pero si en el Ínterin se le ofrece algo en aquel 
destino, tendrá una satisfacción en servirlo su amigo y 
paisano 

José de San MartÍxX. 



Catamarca, enero 21 de 1823. 

Encargado por el primer jefe de la división del sur, 
de recibir la fuerza y auxilios que remitan estos pueblos 
para su formación, me dirijo á V. S. seguro de su coo- 
peración á este objeto. Va la partida de veinte y cinco 
hombres, que dirijo al mismo fin, la que se habrá reu- 
nido á la que vino de San Juan; y V. S. habrá dado á 
todas las provincias esta nueva prueba de su patriotismo. 
Sólo resta que se complete el todo de los auxilios ofre- 
cidos por ese gobierno, y yo me lisonjeo que V. S. contri- 
buirá eficazmente como también lo espera el primer jefe 
ele la expedición, comandante don José María Pérez de 
Urdininea. 

Al efecto de recibirla he dis[)uesto marche el capitán 
don José María Abilés, que es de toda mi confianza y á 
quien deseo le haga su entrega. 

La remesa de dichos auxilios es tan urgente, cuanto 
es ya necesario internarnos en la provincia de Tucumán, 
que hallándose enteramente devastada por la guerra de 



— 851 — 

más de un año, es imposible que pueda proporcionárnos- 
los, sin embargo que está dispuesta á concurrir con tropa 
y artillería. 

No dudo un momento que V. S. dará este nuevo tes- 
timonio de su decisión á la causa de América, y que creerá 
sinceras las protestas de mi consideración y particular 
aprecio. 

José María Paz. 

Señor don Facundo Qiiiroga. 

Buenos Aires, agosto 10 de 1826. 

Muy señor mío de mi mayor aprecio: Aunque no tengo 
el gusto de conocer á Vd. personalmente, me tomo la 
libertad de escribir á Vd. porque he tenido cierta simpa- 
tía á favor de Vd., enterado de toda la energía y habili- 
dad que ha tenido que emplear para mantener en orden 
esa respetable provincia. En esta virtud, yo desearía mucho 
que entre nosotros hubiese una comunicación franca, y 
empezando yo á dar á Vd. una prueba de ello, me tomo 
la libertad de comunicar á Vd. que el señor presidente 
ha tenido á bien nombrarme general del ejército nacio- 
nal que va á hacer la guerra al territorio del Brasil, pues 
su Emperador, habiéndose negado á oír ninguna propo- 
sición de paz, que le fué hecha por el gobierno inglés, 
está resuelto á hacer la más tenaz y decidida guerra á 
la República: así es que para resistirla y que nuestro 
país salga con todo el honor {\\ie debe, es preciso una 
cooperación muy decidida de parte de todas las provin- 
cias. En este concepto es que me dirijo á Vd. en nombre 
del gobierno y mío, para que Vd. por su parte haga cuanto 
pueda á efecto de mandar algunos hombres que vengan 
á servir en este Exto.; yo tendré un particular gusto en 
atender especialmente á los que Vd. me recomiende, así 
como espero que Vd. hará un esfuerzo para remitir los 
reclutas que pueda, pues como Vd. sabe, sin hombres no 



se hace nada. El señor Lavalle podrá instruir á Vd. más 
detenidamente sobre esto, aunque él no sabe, por ser aquí 
aun un secreto que yo debo pasar al otro lado á tomar el 
mando del ejército. 

Vd. tendrá la bondad de contestarme bajo cubierta de 
doña María del Carmen de Alvear, que es mi esposa y 
servidora de Vd. 

Con este motivo tengo el gusto de saludar á Vd. con 
todo el aprecio y consideración de que tan justamente es 
acreedor, quedan<io su atento servidor y apasionado. 

Carlos de Alvear. 

Señor coronel clon Facundo Quiroga. 

Córdoba, enero 4 de 1823. 

Mi dulce dueño: Por inás que he deseado tener el gusto 
de conocer á V. S. y ofrecerle mi amistad, no pudo rea- 
lizarse mi deseo, que he citado, en San Antonio, porque 
ni V. S. vino á su casa, ni á mí me fué posible detenerme 
por la urgencia que tenía de llegar á mi destino. Sin 
embargo tuve el honor de visitar á su señora esposa y 
ponerme á sus pies, hasta que tuviese la satisfacción de 
hacerlo con V. S. 

Soy un apasionado de V. S.: conózcame por tal. y dígne- 
se hacerme la gracia de hacer experiencia de mi l)uena 
fe imponiéndome cuantos preceptos guste en cualquier 
punto donde me halle. Ratifico á V. S. mi particular deseo 
de emplearme en su servicio y el particular afecto con 
que soy más apasionado. 

S. S. Q. B. S. M. 

Nicolás de Avellaneda y Tula. 



353 



COMPLEMENTO AL CAPITULO XVII 



30 de octubre de 1830. 

Amigo Chilavert: hemos mandado á Medina treinta 
onzas de oro sellado. Don Ricardo me pide dinero y usted 
verá las instrucciones que doy á Medina para que le 
mande de lo que le he remitido. Haga usted de mudo 
que nada deje de hacerse por falta de dinero ni de gente. 
Salten ustedes en tierra, den el grito y avísennos; vola- 
remos con los hombres que podamos llevar ; ahora usted 
considerará que no es posible pensar en esto, porque 
usted sabe que con la gente que tenemos, eso y hacer 
ruido sería lo mismo ; lo que nos descubriría y perdería 
sin remedio. 

En los primeros momentos use usted del crédito de 
los amigos, que nosotros los cubriremos tan pronto como 
tengamos los fondos que usted sabe. 

Don Ricardo me dice que vaya á situarme á Paysandú 
ó Chain para aconsejarle. No lo veo absolutamente ne- 
cesario por ahora, mucho más cuando usted sabe que 
todo lo he de hacer acá. 

Estando allá usted es bastante. Hoy lo que conviene 
es obrar mucho y consultar poco; obrar con actividad y 
ganar en tiempo lo que jDuedan tener de menos ma- 
duras las resoluciones: como todo es de ejecución, unos 
sucesos echan tierra á otros y los buenos tapan los malos. 
Salten ustedes car... (hay un voto enérgico) y no me 
digan que plata, y que gente ; porque el suceso nos abrirá 
las bolsas y nos conquistará los ánimos. Adelante, pues.— 
Basta de chasques, que con pocos más sabrá todo el 
mundo lo que está oculto. 

Escriba usted al amigo don Ricardo cuando crea con- 
veniente, en el sentido de mis cartas á usted y á Medina. 

TOMO II. 23 



— 854 — 

Ea pues ! deseo que mañana se grite en Entre Ríos: 
«¡Viva don Ricardo López y muera Sola! ¡viva la causa de 
los pueblos y muera el partido federal!» 

Saia'aj)0u M. del Cakpjl. 

Remitimos á Medina 501) pesos papel para que pueda 
disponer con más facilidad del oro en favor del amigo 
López, es decir, don Ricardo. 



Mercedes, iiovieinl)re 18 de 1830. 
Señor don Martíniatuj CJiilaccii. 

Querido amigo : «acompaño (bajo la mayor reserva para 
usted y Olavarría) copia de la carta célebre que dirigió 
Maciel á don Juan: usted que está instruido de las cosas, 
sabrá si ella me ha dado un rato de mal humor. Pero 
son muy graves las consecuencias que yo deduzco de 
esta carta. Vd. percibirá que este hombre funesto ha 
propagado todas esas picardías con los S. S. del Entre Ríos 
que no tienen motivo de conocernos ; usted calculará cuán- 
to van á decir y á obrar sobre la moral de los amigos 
y subalternos esas esi^ecies, en medio de que en ningu- 
nas circunstancias necesitamos de más orden y regulari- 
dad. En fin, no estaré contento mientras que usted no 
desvanezca las impresiones que Maciel haya hecho en 
nuestros amigos, y mientras que Olavarría y usted, in- 
dagando la causa del desorden que asoma entre nues- 
tros subalternos, no las desarraiguen á cualquiera costa: 
mándennos al díscolo, cualquiera que sea, con el primer 
pretexto que les parezca. 

Los amigos del Entre Ríos no tienen ninguna razón 
para quejarse de nosotros; es menester hacerles entender 
que los hemos servido aun más allá de lo q' nos han pedido, 
y que los sacrificios que hacemos realmente nos cuestan 



todos los esfuerzos de que somos capaces ; no podemos 
más; pero esto no debe perjudicar á nuestra buena fe 
y sería una ingratitud cjue ellos nos negasen los servi- 
cios que tan justamente esperamos. No están en aptitud 
dé contestarlos con nuestras ric[uezas ahora. 

Mandamos ahora una buena cantidad de dinero al 
señor don Ricardo : no sé si lo llevará el coronel Medina 
porque en el momento en que escribo ésta tengo una 
promesa de que él llegaría aquí mañana con 15 hombres: 
pasarán de 20 ó 25. Medina })idió licencia á don Frutos 
y la obtuvo. 

Á propósito de don Frutos: ha dicho que si don Ri- 
cardo se coloca en el gobierno la influencia será de García 
y tras de éste de ICchandía, á quien dice que escucha 
como á un oráculo. Por esta parte han concebido nues- 
tros amigos de Montevideo recelillos. Será bueno que 
usted sepa manejarse convenientemente para desmentir 
y desvanecer estas impresiones viejas que conservan 
los historiadores del Entre Ríos. Hay hombres que 
nunca ven sino lo que vieron; sin advertir que los su- 
cesos siguen su carrerra invariable, sin acordarse de 
que las personas quedan atrás, si no vuelan con la 
misma rapidez que ellos. 

En Buenos Aires amainan. Quieren paz : mandan una 
comisión compuesta de ('astro, Guido y Larrea á Córdoba. 
Quieren con esto ganar tiempo: no sacarán nada. Se 
ha dado cuenta del movimiento del Entre Ríos al general 
Paz, y se le insta á ponerse en acción. 

Don Mateo García ha ido diciendo á Buenos Aires que 
la mitad de la provincia está con Sola, y que él se iba 
allá porque no lo crean comprometido : manda á Sola 
de Buenos Aires un buque con armamento, y preparan 
una escuadrilla para el Paraná al mando ele Menon. 
Rosales vendrá de acá á dos días y lo despacharemos 
contra ella. 

Espero cartas de usted larguísimas y detalladas: dígame 
cómo han recibido á Olavarría, y cómo va la guardia de 
honor de Ramírez. 



— ;^5(i — 

Mañana marolio á Soriaiio en busca de dinero, y 
espero sus avisos y recojer mis hombres y mis recursos 
l^ara marchar si soy necesario, si me quieren entender, 
y si usted calcula que nos podremos entender con los 
nuestros y con los extraños. 

No han venido los tres mil de Montevideo, i)ero nos 
han mandado esperanzas... ¡Que se queja Maciel! haga 
usted entender á ése y á todos los emigrados que su 
deber es sufrir con resignación y trabajar con constancia: 
llenar cada uno las obligaciones de su puesto y no mez- 
clarse con atrevimiento y audacia en las cosas que no 
les corresponden ni pueden tocarles. El que asi no lo 
hiciere, que se mude. 

Hable usted á don Ricardo, Espino, Felipillo, Urquiza. 
etcétera, etcétera, en mi nombre, y hábleme de ellos 
extensamente ; llévese bien con Olavarría y dígole á 
usted lo que á él le digo, querido mío, que se pongan 
ustedes de acuerdo en todo y para todo : llenen ustedes 
mis instrucciones y háganse cargo de los objetos: que 
sean 100, 50, cualquiera número: pero que sean en 
este caos como la lumbrera de la esperanza, por el orden, 
regularidad, subordinación, etcétera, etcétera... que se 
despliegue, dando el ejemplo los jefes; avíseme á este 
respecto las menores cosas; mire usted, amigo, que en 
las milicias sucede como en las religiones : con tal 
que haya entusiasmo y se sepa mantener, la más austera 
hace más prosélitos. 

Adiós amigo : su affmo. 

S. M. DEL Carril. 

P. S. Añada usted al párrafo d propósito, que el hom- 
bre ha insinuado que es necesario introducir en el Entre 
Ríos gente nueva. Un cáncamo para él : esto quiere 

decir que B (Barrenechea), pero un demonio, don 

Ricardo y don Ricardo, (reservadísimo). 



357 — 



Señor don Martiniano Chüavert. 

Uruguay, noviembre 30 de 1830. 

Mi estimado amigo: Son ya repetidas las cartas que 
se han dirigido y todas ellas llevaban por principal objeto 
la remisión de dinero. 

Aqui ya no tenemos un medio para mandar á la di- 
visión, pues cuanto había entre los amigos ya se ha 
iTiandado antes. Acaba de llegar un oficial que envía 
desde su campo don Ricardo, para que le conduzca algún 
dinero, y no ha sido posible proporcionarle en ninguna 
cantidad. 

Diariamente se reúnen fuerzas, y soljre novecientos 
hombres que tienen han sido gratificados, pero no podrá 
suceder con los demás que se le reúnen, y lo que es 
más, no hay un medio para gratificarlos luego que estén 
sobre el Paraná, y que es adonde muy particularmente 
se necesita. 

Don Ricardo debe emprender su marcha dentro de 
hoy á mañana, y por ello es que se hace urgente el dinero, 
y no sea que por falta de él, haya algún disgusto en una 
fuerza que marcha tan contenta. 

El dador va con el objeto de conducir á usted y el 
dinero; y si usted no pudiese venir es de confianza y 
puede traerlo él mismo. No demore usted un instante 
porque se pierde mucho. 

No hay que demorar en reunir gente. Anacleto 
aunque venga sólo. 

La adjunta de Justo la abrí yo equivocadamente. 

Por último, amigo, el dinero : no sea que se malogre 
lo que con tanta felicidad se ha conseguido. 

Sola tiene diariamente desertores que se presentan á 
don Ricardo, y la fuerza que tiene aseguran es de tres- 
cientos á cuatrocientos : es verdad que entre ella hay 
mucha que debe abandonarlo. 



— ans — 

En fin. ya digo á usted 1(j bastante sobre la necesidad 
del dinero como principal elemento. 

Queda de usted amigo alTmo. y servidor. 

('ll'IUAXO TTrí^uiza. 



COMPLEMENTO AL ('AlMTOLd W 



Buonos Alros. iiüno \2 de 183"¿. 

Ál Exemo. señor gobernador // capitán general de la provincia de 
Santa Fe^ brigadier don Estanislao López. 

El infrascripto ha tenido la honra de recibir la nota 
del excelentísimo gobernador de la provincia de Santa Fe 
adjuntándole en copia autorizada un oíicio de S. E. el señor 
gobernador de Corrientes datado el 31 de marzo del año 
actual, sobre cuyo tenor se desea conocer la opinión del 
infrascripto para tenerla presente en la opinión que ten- 
ga á bien adoptar el gobernador de Santa Fe sobre el 
asunto indicado por el de Corrientes; y después de haberla 
meditado el infrascripto con la más seria detención, cree 
de su deber manifestar, no haber podido convencerse 
de la necesidad y conveniencia del artículo adicional 
que se propone por S. E. el señoi* gobernador de Corrien- 
tes, para que se estipule un compromiso nmtuo de auxi- 
liarse sin omitir sacrificio alguno, á fin de restituir en 
cualquiera de las provincias ligadas por el tratado de 
4 de enero de 1831, y conservar el buen orden alterado 
y perturbado, y para sostener las atribuciones y autori- 
dades legalmente constituidas. 

Por más que el infrascripto se ha empeñado en des- 
cubrir el beneficio que pudiese producir la indicada esti- 
pulación, tanto á cada provincia en particular, como á la 



— 859 — 

República en general, no solamente no lo encuentra, sino 
que le parece impracticable y funesto al bienestar de la 
Nación. Sabido es que, si por el derecho de gentes las 
naciones están obligadas mutuamente para conservar la 
sociedad humana, á llenar entre sí todos los deberes que 
la seguridad y ventaja de la sociedad requiere, esas obli- 
gaciones son mucho más estrechas eyitre pueblos que consti- 
tuyen un solo Estado; de consiguiente no deben excusar todos 
aquellos socorros y mutua asistencia que puede ser nece- 
saria para su preservación, para su felicidad y para el 
mantenimiento de sus ieyes. Pero desde que estos soco- 
rros degenerasen en un derecho establecido para inter- 
venir en la economía social de cada nación, de cada 
provincia, resultarían todas esas inconveniencias de una 
tal intervención mutua entre las familias de un mismo 
pueblo. 

En medio de la inmensa dificultad de discernir el ca- 
so en que debiera intervenir la fuerza y autoridad ajena 
para conservar el orden alterado ó perturbado, y para 
sostener las autoridades legalmente constituidas y sus 
atribuciones, ocurre naturalmente que sin abierta injus- 
ticia no pueda sancionarse esta ventaja para los gobiernos 
existentes, sin tenerla que acordar á los pueblos colecti- 
vamente y representados en sus legislaturas. Porque si 
es perjudicial á los intereses de la República el menor 
atentado contra el orden y autoridades legales de cada 
provincia, no es menos escandaloso y funesto el abuso de 
la autoridad, por legal que ella sea, si llega por este me- 
dio á sistemarse la opresión de un pueblo, defraudándo- 
sele de los derechos constitucionales que le corresponden. 
Y no podía ser de otro modo para no correr el riesgo, 
mediante el tenor y espíritu del artículo propuesto, de 
hacerse cómplice de la pretensión desmedida de un go- 
bernante, ayudándole á sostenerse contra una reclama- 
ción justa de sus compatriotas, que podría la autoridad 
caracterizar de anarquía, por error ó malicia. Y si tal 
concesión se acordase á los gobiernos y á los pueblos, 



— m) — 

¿cuál vendría á ser en poco tiempo el estado de nuestra 
república? Ningún otro que el de una confusión general. 
El asunto es, por su naturaleza, tan claro en el seutir 
del infrascripto, que omite otras razones que se le agru- 
pan para desechar el artículo, por estar persuadido que 
estará al alcance del Excmo. gobernador, á quien se di- 
rige, y del gobierno de Corrientes cuando la materia se 
reconsidere. 

El tratado de 4 de enero, tal como está redactado, 
deja un vasto campo para que los gobiernos de la liga 
pongan en acción los medios oportunos de conservar ó 
restablecer las autoridades legales, toda vez que conven- 
gan á los intereses de la liga, y sea conforme con los 
deberes mutuos estipulados en el tratado. Con sujeción 
á ellos, y en uso de un derecho que no está prohibido á 
los gobiernos aliados, intervino Santa Fe en el restable- 
cimimiento del orden de la provincia de Entre Ríos, y se 
restableció. Sin necesidad, pues, de otra cosa que de ha- 
cer un uso prudente de la intervención admitida j^or el 
tratado, existen á juicio del infrascripto las garantías 
que necesitamos para que las provincias se respeten en- 
tre sí, y conserven su unión y buena inteligencia. 

Dios guarde á Y. E. muchos años. 

Juan Manuel de Rozas, 



COMnEMEMí) AL CAPITL'LO XXI 



El general en jefe de la División Izquierda. 

San Miguel del Monte, marzo 11 de 1833. Año 24 de la 
Libertad y 18 de la Independencia. 

ORDEN DEL DÍA 

i Soldados de la División del Sur ! La campaña que abri- 
mos debe cerrar la historia de nuestras empresas contra 



— 361 — 

los indígenas, y poner término á una guerra de dos siglos, 
cuya duración es el baldón de nuestra patria. La vigilante 
actividad del gobierno ha minado en secreto el poder de 
los enemigos que se creían favorecidos de nuestras fata- 
les discordias. Por ello es que Pincheira, separado de sus 
principales auxiliares, fué forzado á refugiarse á la cor- 
dillera, donde sus oficiales más notables, cumpliendo con 
los compromisos contraídos aquí, contribuyeron á la ruina 
y destrucción total de aquel famoso caudillo, que tan 
gloriosa fué á los bravos soldados chilenos. 

Nuestras divisiones tijeras, acompañadas por los fieles 
caciques amigos, han dado después sucesivos golpes de 
muerte á los indios enemigos. El afamado Toriane y sus 
mejores amigos han sido vencidos; y aterrados los que 
pudieron sobrevivir, han descampado de la vecindad de 
nuestras fronteras. Para completar la obra, deberíamos 
haber marchado y abierto esta campaña en los primeros 
días de la pasada priixiavera. Obstáculos invencibles, pro- 
ducidos por la guerra pasada y por la seca sin ejemplo 
que afligió á nuestra provincia, la han retardado hasta 
hoy. Esta demora nos privará de las ventajas incalcula- 
bles de la celeridad y del secreto de esta grande opera- 
ción ; y tendremos la desgracia de no encontrar un enemigo 
hasta el río Negro de Patagones. Las divisiones de Cuvo 
y Córdoba que se mueven actualmente, dirigidas por el 
Excmo. señor general don Juan Facundo Quiroga, general 
en jefe de las fuerzas confederadas, tienen más probabi- 
lidades de batir sobre su marcha al feroz Yanquetru 
que habita en la confluencia del Diamante ó Chasi-leo 
con el Tunuyan, y á las tribus que acampan setenta le- 
guas al sur del río Quinto. Pero sea que aquellas divi- 
siones logren encontrar al enemigo, ó que éste lo evite 
y pueda, destruyendo sus recursos, refugiarse al otro lado 
del río Negro, allí nos reuniremos bien' pronto, pasare- 
mos en sus márgenes lo más crudo del invierno, y en 
la próxima primavera volveremos á emprender nuestras 
operaciones hasta dar cabo á esta obra inmortal. 



— :W>2 — 

Compañeros de armas! Llegó el deseado día en que 
reunido el poder de los cristianos de una y otra banda 
de la gran cordillera, dome por fin los bárbaros vaga- 
mundos ó los confine á las ingratas regiones del Polo. 
Desde entonces quedarán abiertas nuevas vías de comer- 
cio, y á la actividad inteligente riquezas no conocidas, 
bienes no sospechados que la naturaleza guarda en los 
ríos y en las montañas colosales de nuestra tierra afortu- 
nada. Un esñierzo más, y nuestros hijos, nuestras madres, 
nuestras esposas volveráti á abrazarnos alborozados con 
la idea de vivir tranquilos con nosotros en nuestros ho- 
gares; y con la posesión de un bienestar no imaginado, 
que podrán trasinitir seguros á su posteridad. 

Dos ó tres meses de invierno á las orillas del río 
Negro, y al abrigo de los bosques, es lo más arduo que 
nos resta para conseguir tantos bienes para nuestros her- 
manos y amigos. ¿Y las incomodidades de un invierno 
merecen recordarse siquiera á los veteranos argentinos 
ni á los infatigables milicianos de los campos de Buenos 
Aires? Compañeros! marchemos: Dios y el sol de la pa- 
tria nos acompañan, y las bendiciones del cielo nos esperan. 

Santo : Federación — Gloria — Argentina. 

Juan Manuel de Rozas. 



El inpeniero de la División Izquierda. 

Rio Colorado, Julio 15 de 1833. Año 24 de la Libertad 
y 18 de la Independencia 

Al Excmo. señor brigadier general y en jefe de dicha división. 

Habiendo partido de este cuartel general el 1° del pre- 
sente con la orden de medir río arriba hasta encontrar 
la división de caballería que comanda el coronel don Pe- 
dro Ramos, á mi regreso tengo la honra de adjuntar el 



— 363 — 

diario de mis operaciones hasta el punto en que la sus- 
pendí por hallarme con la expresada división que retro- 
cedía. 

Tan luego como me sea posible daré cuenta á V. E. 
de un modo graneo de esta comisión, pues actualmente 
irie ocupo de este objeto. 

Dios guarde á V. E. muchos años. 

Feliciano Chiclana. 



Diario de las marchas hechas jDor el ingeniero que 
suscribe en la comisión que se le confirió por el señor 
general en jefe de la División Izquierda para medir río 
Colorado arriba hasta encontrar la división que comanda 
el señor coronel don Pedro Ramos. 



JULIO 1° 

Partifuilo del cuartel genural por la 
margren izquierda 



RTMBOS 



DISTANCIAS 



Xorto 14 ■ o 1000 varas 

,) 18" O loso .) 

I) 11" ti 835 » 

« 47" O 1400 n 

)) 40^ O 040 » 

Pasando el río y siguiendo por 
la margen derecha exterior 



5245 



Sur 74" O 1155 varas 

Norte 59" II 1980 » 

.) 15" O 2145 » 5280 



10525 



•lULIO 



Por la margen exterior y lo mismo 
los sucesivos 



Norte 85" O 900 varas 

» 14" I) 2310 



78^ 


2802 » 




()3o 


0600 .. 




8t¡o 


0000 1) 




77o 


7590 » 




14o 


1980 ,) 


28875 
39400 



JULIO 3 



RUMBOS 



DISTANCIAS 



34425 



Sur 06o O 8910 varas 

» 80o O 9450 » 

Norte S2o O 4860 » 

» 79o O 4455 „ 

» OOo O 6700 )) 

JULIO 4 

Norte 78o O 4185 varas 

Sur 87o O 3375 » 

Norte 80o O 8100 » 

» 74o O 7290 » 

» 88o O 9585 » 

» 8l)o O 3105 » 

JULIO 5 

Sur 72o O 2025 varas 

Norte 68o O 9720 „ 

» 58o O 3510 » 

» 70o O 3780 » 

» 63o O 7155 „ 

» 65o O 4320 » 

» 45o O .., 0075 » 

» 83o O 6750 » 

43335 
JULIO 6 

Norte 53o 0210 varas 

» 50o 3240 » 9450 

162250 



35640 



— 864 — 

En este día el agrimensor encontró á la división del 
coronel Ramos y susjjendió sus operaciones. La isla donde 
estaban los indios enemigos que fué á atacar á fines de 
mayo, dista aún como cuatro leguas ; y el camino que de 
la isla de Cliuele-Choel en el rio Negro baja al Colorado 
dista como catorce leguas, según la exposición de los 
baqueanos y prácticos; de lo que resulta, que de este 
cuartel general á dicho camino hay cuarenta y una leguas 
río arriba, muy poco más ó menos. — Río Colorado, julio 
15 de 1838. 

Feliciano Chiclaxa. 



Señor don Federico Terrero. 

Mercedes, julid 9 de 1870. 

Muy señor mío: 

El que firma, como primer ayudante del mayor general 
del ejército, general don Ángel Pacheco y mayor del detall 
de la vanguardia y que formó en esa época el diario geográ- 
fico, político y militar, de la Guardia del Monte, en que di 
principio, hasta cuarenta leguas más allá de la isla de 
Cfmele-Choel hasta la circunferencia del río Negro, puedo 
asegurar á usted que todo lo que usted menciona es cierto, 
que se formaron tres divisiones: Una mandada por Rozas, 
otra por Ruíz Huidobro y otra por el general Aldao. El 
general en jefe del ejército era el general Quiroga. 

La combinación se había hecho con Chile : era de mar- 
char por diferentes puntos; atacando las indiadas para 
acorralarlas en la grande rinconada que hace el río Negro 
en su conclusión. 

Este plan era muy bueno; si no hubieran fracasado las 
indicadas divisiones al mando de Ruíz y Aldao por haber 
sido sorprendidas por los indios, perdiendo todas sus caba- 



— 365 — 

liadas, en donde no tuvieron otro recurso que hacer su 
retirada, como Dios los ha ayudado. 

Con respecto á Buenos Aires el ejército al mando del 
general Rozas, se reunió en la Guardia del Monte y dimos 
principio á nuestra marcha. 

El general Pacheco marchaba con todos aquellos y for- 
maba la vanguardia. 

Los jefes nombrados han sido: el coronel Ramírez, jefe 
de la división de infantería compuesta de dos batallones, 
de los mayores Costa y Susviela ; y de caballería el coro- 
nel Julianes compuesta de los escuadrones mandados por 
los comandantes Sosa, Flores, Hernández y Lagos. 

El ejército llegó á Bahía Blanca, y la vanguardia siguió 
su marcha. Pasamos la primera travesía de dos leguas 
al río Colorado y pasamos parte de él á nado, y entramos 
en la segunda travesía hasta el carbón, distante cinco 
leguas de Patagones sobre el río Negro, habiendo mar- 
chado veinte leguas. 

Seguimos la marcha por la margen izquierda del río, 
y llegamos al arroyo de los Bagnales, donde los coman- 
dantes Sosa y Lagos cargaron á la toldería del cacique 
Payllaren, que fué muerto con todos sus indios, y pri- 
sionera toda la familia, y algunos cautivos rescatados. 
Este ha sido el primer hecho militar. 

Encontramos en las riberas del río Negro varios edi- 
ficios viejos; los comandantes Sosa y Lagos pasaron á la 
margen opuesta del río para perseguir á los indios; mas 
éstos dispararon y no se encontró más que las tolderías 
deshabitadas. 

El general Pacheco no descansaba ni de día ni de noche, 
á ver el modo de ser de las tolderías en todas las direc- 
ciones, y evitar que el cacique Yocorí pudiera reunir sus 
indios: esto era en la fuerza del invierno. Los coman- 
dantes Lagos y Sosa volvieron á repasar el río, á reunirse 
con el mayor general. Marchamos con falta de víveres y 
llegamos á Chuele-Choel en junio del año 1833. 

La vanguardia era compuesta de poco más de ocho- 



— 36G — 

cieiilos hombres; fué aquí adonde se nombró al coront^l 
Kamírez jefe del estado mayor. Habíamos comido cuatro 
cientos y pico de caballos; uno de los más flacos era des- 
tinado para cincuenta soldados. El mayor general da orden 
para la retirada sobre Patagones, y al segundo día se nos 
presenta un oficial venido del cuartel general del Colorado 
con notas para el mayor general, avisándole que el 
ganado venía á corta distancia de nosotros, y que pronto 
vendría un buque mandado por el señor Descalzi, donde 
vendrían los víveres y todo lo necesario; en esta ocasión 
acababa yo de mandar matar mi caballo. Llegó el ganado, 
se carneó y volvimos á marchar sobre Chuele-Choel y 
acampamos en la rinconada de los Malchaquines el 11 de 
julio. 

El invierno era fuerte bastante : los soldados para sacar 
el agua de la laguna tenían que romper la escarcha, in- 
troducir el chifle y de allí al fogón; el agua que llevaban 
ya la encontraban helada y era menester calentar el chifle 
para poderla tomar. 



TOMA DE LA ISLA CHUELE-CHOEL 

Esta isla fué atacada el día lü de junio del año 88: 
la tropa pasó sobre changadas y la caballería á nado. 

En este mismo día y el diez y seis se atacaron las tol- 
derías unas atrás de otras, en que muchos indios dejaron 
de existir, tomando las familias prisioneras y muchos 
cautivos en su perfecta libertad. Se dejó una guarnición 
en la isla, se hizo pasar el ganado vacuno, principalmente 
el chico, y el día diez y siete pasamos el río para la rin- 
conada de Malchaquines, en donde se ordenó á la tropa 
formase cuarteles de invierno, haciendo sus ranchos. 

Con respecto al general Rozas, c^ue formó su cuartel 
general sobre el Colorado, y desde allí mandaba á varios 
jefes á recorrer ciertos puntos, y al coronel Ramos la 
margen del río Colorado, el resultado ha sido que los in- 



— 367 — 

dios se veían perseguidos por todas direcciones. El gene- 
ral Pacheco mandaba á los comandantes Sosa y Her- 
nández á hacer la travesía del río Colorado, diez y seis ó 
diez y ocho leguas, para atacar las tolderías que encon- 
trasen, repasando el río por la margen izquierda. Encon- 
traron tolderías que fueron atacadas y deshechas, trayendo 
toda la chusma prisionera, y otras á que prendieron fuego, 
de modo que nada se escapó. 

En esta época fué que llegó Descalzi con su buque á 
Chuele-Choel, habiendo tardado cerca de un mes desde 
Patagones hasta el indicado punto, teniendo que traerlo 
tirado por cuerdas por la fuerza de la corriente. 

El comandante Descalzi hizo el reconocimiento del río, 
de su profundidad, dando cuenta al general que podían 
navegar buques de mayor quilla. La isla de Chuele-Choel 
tiene como doce leguas de largo y seis en su mayor an- 
chura, campos altos, monte de diferentes clases de made- 
ras, principalmente sauce; lagunas, arroyos, campos ane- 
gadizos que tuvimos que pasarlos á pie, tirando nuestros 
caballos por más de legua y media, desde el general hasta 
el último soldado. En partes era menester tener cuidado 
para que los caballos no cayesen en ciertos pozos, de donde 
costaría mucho para sacarlos. 

De ésta se sigue otra isla nuevamente formada por las 
aguas del río, que tiene como doce leguas de largo y cuatro 
ó cinco de ancho. 

Á ésta se le ha puesto el nombre de General Pacheco. 

Dice el editor de La Eepública que el general Rozas se 
quedó inmóvil en el desierto; faltó al ¡úan: es una gran equivo- 
cación. El general plantó su cuartel general en el centro, 
donde tenía que obrar como general en jefe del ejército 
de Buenos Aires contra los enemigos en todas direcciones, 
y no había otro mejor que el que tomó en el río Colorado. 
De allí proveía á todos los puntos mandando á varios indi- 
viduos con fuerza á combatir los indios; y á los mismos 
indios amigos que lo respetaban los hacía combatn^ contra 
los indios enemigos, y de este modo se deshacía de los 
amigos y de los enemigos. 



— :]m — 

El mayor general del ejército se preparó para avanzar 
hasta la circunferencia del río Negro, dejando enfrente 
de las islas doscientos hombres al mando del coronel jefe 
del estado mayor, y con quinientos hombres dimos prin- 
cipio á marchar al lugar mencionado: pasamos la isla de 
Pacheco, entramos en montes de manzanos como seis leguas, 
seguimos nuestras marchas hasta que entramos en un ca- 
mino ancho y llano, en donde podrían correr tres coches 
de frente, y por fm llegamos á los cerros en la conclusión 
del río Negro: — vista hermosa presentan estos cerros por 
los diferentes colores de pintura que revisten en su punta: 
del río Negro salen dos brazos, á uno de los cuales lo& 
indios dan el nombre de Limay; éste corre al sur, y dicen 
ellos que pasa por las cordilleras de Chile: el otro es el 
Meocay que toma un poco al norte y tocará también con 
los Andes. 

De la confluencia del río Negro hay de distancia como 
día y medio de camino, que son como catorce ó quince 
leguas. Excelente situación para formar una gran pobla- 
ción: los cerros que están situados á la derecha é izquierda 
nuestra, presentan toda clase de colores que dan una vista 
muy agradable : los cerros que están entre el Meocay Limay 
presentan puntas todas punzóes, por lo qne recibí orden 
de poner en mi diario, Los cerros del general Rozas: es muy 
singular que compremos la tinta y la sal al extranjero, cuan- 
do allí la tenemos para llenar el mundo entero! 

En toda esta marcha desde Chuele-Choel hasta la con- 
clusión del río Negro, encontramos lugares en donde los 
indios habían hecho fuego con tres, cuatro ó más cadá- 
veres chicos y grandes, inertes por el hambre y el frío- 
Habían sido atacados los indios todos en el bajo de los 
cerros, sin que ninguno se pudiera escapar, porque los 
que querían salvarse de nuestros soldados se preciiñtaban 
al agua en donde concluían. En este mismo sitio, cuando 
el general Pacheco se hallaba encima de un cerro obser- 
vando el movimiento de los escuadrones en contra de los 
ndios, un soldado de la escolta de gobierno, se presentó 



— 869 — 

al general con dos piedras ovaladas en la mano: una ten- 
dría una libra, y la otra poco menos. Tomándolas el general 
las rasgó con un cortaplumas, y descubrió como una vena 
amarilla, é inmediatamente mandó llamar al indio ba- 
queano llamado Zapatero de Patagonia, y le presentó las indi- 
cadas piedras: luego que las vio contestó: «mi general, 
esto llamamos nosotros las alcahuetas de las minas, y aquí 
hay grande mina.)^ El soldado guardó sus piedras y las 
vendió en Chuele-Ghoel á los comerciantes de Patagonia 
en once onzas de oro. 

Este era el lugar de la combinación entre Rozas y Qui- 
roga, como también Ruíz y Aldao, para atacar á los indios 
en el punto indicado. ¿Qué culpa tiene el general Rozas 
cuando no era más que general en jefe del ejército de 
Buenos Aires para que Aldao y Ruíz se dejasen sorprender 
de los indios, y perecieran todas sus caballadas y se expu- 
sieran á una precipitada retirada? El general Quiroga, 
como general en jefe no lo ha podido evitar!... ¿y cómo 
es que al general Pacheco, el cacique Chocorí no lo ha 
podido sorprender? Porque el general Pacheco no dor- 
mía: que las tolderías eran sorprendidas al venir el día, en 
todo lo que pisaba el soldado no era más que hielo. 
Chocorí fué batido, y por fin, concluyó. 

El plan de Rozas era dividir los límites entre Chile y 
Buenos Aires, por medio de los Andes; por otra parte, 
el general Pacheco, por informes tomados á los indios, 
tenía la noticia de que á sesenta leguas al sur del río 
Negro había una población grande, compuesta de hom- 
bres altos y blancos, dando la dirección de las fortifica- 
ciones que tienen, con sus casas y su idioma diferente 
del de los indios. Se ha sabido también que hace mu- 
chos años se había perdido en el estrecho de Magallanes 
un buque inglés con bastantes familias y que éstas ha- 
bían sido tomadas por los indios, según ellos lo declara- 
ron. El general quiso descubrir lo que no se ha podido 
efectuar por los motivos que luego diré. 

Con respecto á la navegación del río Negro, no sólo 

TOMO II. 24 



~ r,70 — 

es practicable hasta Chuele-Clioel, sino liasta su fin, }ȟr- 
que tiene bastante profundiílad. Ha sido en este lugar 
donde el mayor general recibió la orden de dar principio 
á la retirada por la revolución en Buenos Aires, hallán- 
dose de gobernador el general Balcarce y de ministro de 
guerra el brigadier general don Enrique Martínez. Dimos 
principio á ella, y regresamos á Chuele-Choel, y prepa- 
rándonos para seguir la marcha á las puntas del río 
Colorado, diez y seis leguas de travesía que, dando prin- 
cipio á las cuatro de la tarde, y marchando toda la no- 
che, al amanecer llegamos al punto indicado en donde 
acampamos. Las partidas descubridoras se encontraron 
con el cacique Yanquetru, que fué batido, quedando las 
fainilias prisioneras. 

El general Pacheco recibió orden para repasar el Co- 
lorado por la margen opuesta del río })ara batir á los 
indios ranqueles y borogas si no entregaban los cautivos 
c^ue tuviesen en su poder. Se efectuó la pasada, y cuando 
íbamos á pelear con ellos se recibió contraorden porque 
habían entregado los cristianos que tenían. Seguimos 
nuestra marcha, encontrando un arroyo de agua salada 
como si fuese en alta mar. Se mandó descubrir su naci- 
miento, y como á dos leguas se vio que salían las ver- 
tientes de entre dos grandes piedras jjróximas á la tierra. 

Llegamos á las Salinas Saladas, porque estas salinas 
tienen como dos leguas de largo, la sal es muy blanca 
y fina al mismo tiempo, atravesándola por el medio de 
punta á punta, una lista Imstante larga punzó que forma 
una vista muy hermosa, y por esto se ha puesto en el diario 
Salinas Federales. Queda distante de Bahía Blanca como dos 
leguas: hay que atravesar los arenales: llegamos á Ba- 
hía Blanca, y nos fuimos á campar sobre el arroyo Xa- 
postá, y pasados como quince días regresamos á Buenos 
Aires. 

El resultado de esta expedición por parte de Buenos 
Aires ha sido que se han rescatado más de tres mil cau- 
tivos'y que han sido puestos fuera de acción más de siete 



— 371 — 

mil indios. La política del general Rozas era hacer pe- 
lear las tribus unas contra otras; así es que los indios 
iban siempre siendo cada vez menos, como sucedió en 
el fuerte Federación, hoy Junín, donde el cacique Clian- 
calín que tenía ocliocientos ó más indios fué acometido 
por los otros indios que concluyeron con él y con todos 
los suyos. 

Antonio Félix de Meneses. 



Señor don Juan Facundo Quiroga. 

Rio Colorado, julio 20 de 1833. 

Mi amigo querido: 

Llegaron á mis manos sus apreciables cartas datadas 
á 9, 10, 20 y 22 de mayo á un tiempo, esperando la última 
sea principal, cuyo duplicado aun no he recibido. Si está 
en su poder la mía 21 del pasado, ya se hará cargo cuál 
sería mi alegría al ver sus letras. Le devuelvo las cartas 
que se ha servido mandarme, quedándome con copias 
de ellas para tener el placer de que obren en mi archivo 
particular. Veo la continuación de sus inmensos sacriíi- 
cios, lo que usted trabaja, y los no interrumpidos servi- 
cios esclarecidos conque de día en día aumenta la deuda 
de mi reconocimiento y del de todos los buenos hijos de 
la República. Por mi parte le repito que no he de omi- 
tir sacrificio por ayudarle y corresponderle. Me atormenta 
el desconsuelo de la distancia que nos separa y no tener 
esperanzas de verle y hablarle. ¡ Cuánto daría por tan 
dichosos momentos! Pero Dios es justo! 

Quedo enterado de todo cuanto me dice respecto á las 
divisiones del centro y derecha, reses, caballos y demás 
pormenores indicados en sus citadas. Después de meditar 
con detención me parece que sería conveniente lo si- 
guiente: • 



— :172 — 

C^Lie la derecha pasase á este río (si es que aun no 
está en él) y que el centro ocupase Charileo ó río Salado 
en el punto donde me dice usted que estaba aquélla, y 
que es donde vivía con sus tolderías Yanquetru : en la 
carta punto 22. Digo esto porque ya me parece que no 
ha de poder usted proporcionar recursos á las dos di- 
visiones operando ambas más adelante de este rio; y 
porque según lo que escribo respecto al resultado de los 
ranqueles, no me parece tan necesario que el centro 
venga por ahí expuesto á que tarde mucho y que fal- 
tándole los recursos tenga que regresar otra vez, y con 
más trabajo, pues á mi ver, esas travesías son peores en 
verano que en invierno. 

Puesto el centro en Charileo, serviría de escala para 
remitir á la derecha los recursos con seguridad, y con 
parte de la misma fuerza y caballos podrían ponerse pos- 
tas desde Mendoza hasta este río. Los recursos así no fal- 
tarían á la derecha y nuestra correspondencia andaría muy 
pronto y segura. 

El centro colocado en Charileo estará además en acti- 
vidad de mover sobre su flanco izquierdo cualquiera divi- 
sión ligera de doscientos á trescientos hombres en el caso 
que algunos indios hubiesen quedado de los ranqueles, 
ó que aún ande por ahí el mismo Yanquetru, ó que fal- 
tase lo que digo respecto de los mismos ranqueles. Y'' por 
último, si se considerara necesario mover el todo de la 
división, bien sobre los expresados ranqueles, bien al Co- 
lorado desde otro punto, estaba en buena posición para 
hacerlo. Mis comunicaciones á usted irían entonces bien 
desde este punto costeando el Colorado para tomar luego 
las postas indicadas, bien por el conducto de los boroganos 
que están cerca de Salinas donde ya usted sabe. 

Estando ala derecha de este río, no dude usted que les 
daré órdenes usando de las facultades que usted me tiene 
conferidas y sabiendo que el centro está en Charileo tam- 
bién se las daré si fuere necesario; pero siempre hacién- 
dolo de modo que no perjudiquen las que usted les haya 
dado, les diere, ó me diere. 



— 373 — 

Creo también que entonces operásemos con provecho 
sobre los ríos Neuquen y Negro. En tal caso probable- 
mente tendré que ocupar el centro de este río, porque 
tengo que atender á los recursos de reses para la fuerza 
de mi mando y no cortar la correspondencia con el general 
Pacheco, boroganos y tehuelches que estando amigos; éstos 
mucho más al sur del río Negro por las costas patagónicas 
hacia la península de San José, pues como verá usted por 
mi oficio, estoy trabajando con provecho por el conducto 
de otros tehuelches: y creo que si los chilenos que han 
fugado de las costas del Negro se dirigen allí, los han de 
atacar y me han de entregar las familias y cautivos cris- 
tianos que tomasen. 

Las caballadas que traje, como usted verá por los par- 
tes, no han parado desde que vine sino muy poco tiempo. 

Lo mismo ha sucedido á las de la vanguardia; pero ya 
se van reponiendo, y para el 15 del que viene me parece 
que estarán en estado de marchar para donde se quiera. 
Y para esa fecha ó cuando mucho á fines del otro agosto, 
haré marchar Colorado arriba una división de trescientos 
hombres con la orden de seguir hasta donde encuentre 
indios ó la división derecha, ó según entonces estime con- 
veniente, con vista de lo que me enseñen las noticias que 
para esa fecha ya habré tenido por las comunicaciones 
que espero recibir de usted. 

Quizás si para entonces sé que la derecha ya está en 
este río, prevenga al general Aldao, que dejando en el 
punto trescientos hombres para que le pasen las reses que 
le vayan por el conducto del centro, marche con la demás 
fuerza sobre el Neuquen, y que los trescientos hombres 
que yo mande atraviesen hasta Chile con el cacique don 
Venancio, acuchillando en su tránsito todas las tribus que 
encuentre; ó que llevándose consigo el indicado general 
los trescientos hombres míos, mande con don Venancio 
trescientos de la división de mi mando. Don Venancio 
es un cacique chileno que está conmigo desde antes do la 
revolución de diciembre. Vino persiguiendo á Pincheira 



— 874 — 

y no ha podido regresar por los enemigos que tiene en 
el camino, y ahora aprovecha la ocasión para irse á su 
tierra. Tiene como trescientos indios, pero creo que todos 
no han de querer irse. Sin embargo no bajarán de dos- 
cientos los que lo acompañen. Ya ha llegado á Bahía 
Blanca y pronto ocupará este río. 

Cuando digo á usted lo que me parece que puede ha- 
cerse, por lo difícil que creo le será ¡Doder facilitar los 
recursos á las dos divisiones, si operasen las dos á tan 
larga distancia, es porque veo lo que á mí me cuesta, y 
le aseguro que quizás el hombre más fuerte ya se hubiera 
acobardado. Baste decir á usted que las tropas que salen 
de este punto para donde está el general Pacheco tardan 
cerca de un mes en llegar, y otro tanto las que me vienen 
de la Provincia. Esto no extraño porque de este punto á 
Buenos Aires hay ciento cincuenta leguas y más de ciento 
desde aquí adonde está Pacheco. Agregaré á esto que en 
esta distancia de doscientas cincuenta leguas hay dos tra- 
vesías que pasar, y que son la una desde Bahía Blanca 
hasta este río, y la otra desde aquí al Negro. 

No crea usted que los caballos con que cuento son los 
que me han mandado de Buenos Aires: son solamente 
los que trage conmigo. Los que se han comprado después 
en la Provincia escasamente han servido para los aca- 
rreos de las reses, pero no se han perdido caballos nin- 
gunos, ni de los que trage, ni de los indicados empleados 
en acarreos, pues todos los primeros están en regular esta- 
do, y los segundos, en invernada, sobre la boca de este río y 
otros puntos. Resultando de todo que las caballadas que 
trage están más bien aumentadas con las que se han 
tomado al enemigo, aunque de éstas ya se había comido 
la vanguardia ciento en las escaseces que ha sufrido. 

Lo que usted ordena al general Ruíz, con fecha 22 de 
mayo, me ha parecido muy bien, pues era lo que corres- 
pondía desde que había esperanzas que los boroganos 
cargasen á los ranqueles según lo que entonces indiqué 
á usted y una noticia le servirá para arreglar esa dis- 



— 375 — 

|)0sición. Mas según veo, el expresado general no pudo 
hacer el movimiento. Si hubiera podido llenarse la orden 
de usted los resultados hubieran sido mejores; y si des- 
pués hubiera seguido para Salinas como con el mejor 
acierto le i)revino usted, y con la noticia de un arribo 
lo hubiera hecho seguii' hasta este punto, pues el camino 
desde Salinas hasta la Ventana es todo bueno y de exce- 
lentes aguadas y pastos, los caballos en toda esa jornada 
se hubieran venido reponiendo. 

Es indudable que la derecha ha hecho, como usted 
dice, demasiado. Mas el centro también ha hecho cuanto 
ha podido. La derrota que sufrió Yanquetra por el cen- 
tro fué completa, y el número de muertos muy conside- 
rable. 

Son muy recomendables los esfuerzos de esos gobiernos, 
pues veo que ni las viñas perdonaba el de Mendoza para 
arbitrar j)astos de engordes. 

Espero que en adelante no me comunicará nada por 
conducto del señor gobernador Balcarce. Su carta á que 
usted se refiere sirvió al ministro de la guerra para jun- 
tarla con una de un vecino de San Juan, y hacer creer 
con esos dos documentos que usted estaba mal conmigo. 
Con esto no dejaron de ganar mis enemigos, de alucinar 
algunos y enemistar á otros. El bribón facineroso canó- 
nigo don Pedro Pablo Vidal, fué uno de los que sacaron 
copia de la carta de usted, acaso sin que lo supiera el 
señor Balcarce. La carta del vecino de San Juan, es una 
que se publicó en la Gaceta Mercantil en marzo, si mal no 
recuerdo, reducida á decir el entusiasmo con que todo se 
aprontaba para la expedición, y lo que de la empresa se 
esperaba, aunque quizás ya las ventajas no serían tan 
seguras desde que un personaje había dado aviso á los indios.^ 
con lo que usted estaba suinamente desagradado. Esto ó 
cosa parecida decía la carta. De aquí, mi querido amigo, 
data la fecha en que mis enemigos empezaron á descu- 
brirse. Creyeron sin duda que el personaje era yo, y que 
ya estábamos divididos. Si usted no ha visto la Gaceta, y 



— 87(3 — 

no la tiene y gusta, yo la buscaré y se la mandaré. Eí 
que redacta este periódico es amigo; pero no hizo alto, 
y creyó que no hacía un mal. Entonces callé en todo y 
por todo, porque no había para qué molestar la atención 
de usted con lo que en esa época me pareció pequeño, 
pues que respecto de mí, nada debía de aflijirme, desde 
que sabía á ese respecto quizás más que usted, ó quizás 
lo que usted hasta hoy ignora. Tral)ajal)a solamente por 
descuidar á los ranqueles y á Yanquetru, y algún día 
acreditaré á usted con documentos la habilidad y acierto 
con que tral)ajé á este respecto. Por último, amigo, ya 
no puedo seguir más porque me falta el tiempo; espero 
tener un rato sosegado para escribirle despacio según ya 
le he dicho, sobre alta política: mas aunque lo tenga, no 
podré decirle todo cuanto sería necesario. Asi es que re- 
pito siempre mis súplicas á Dios porque se acerque el 
momento feliz en que nos veamos y conferenciemos. 

Son estos hoy mis más ardientes deseos. 

Usted ha hecho con su caballo obscuro lo que hice con 
mi colorado pampa después de la guerra de la restaura- 
ción. Mas como las acciones generosas ennoblecen el alma, 
y la correspondencia es de Dios de quien debe esperarse, 
quizás en poder de alguna de las divisiones caiga el me- 
jor caballo de algún cacique afamado, y podamos man- 
dárselo junto con el mismo obscuro victorioso, pues no 
porque esté patrio dejará de ser el mismo, como le su- 
cede al mío. 

Se me había olvidado decirle que las tropas, luego 
que salen á estos campos, prefieren en lo general la carne 
de potro ó yegua para la manutención. Hay muchos que 
no les gusta, pero sin duda las dos terceras partes la 
comen con gusto. Los demás también aprenden al mo- 
mento que falta la de vaca ó que se enflaquece mucho. 
Y como por Córdoba creo que serán más abundantes las 
yeguas y potros que las vacas, se lo indico por lo que 
pueda servirle este aviso. 

Mis votos constantes son por la salud de usted. Dios 



— 377 — 

permita que se haya mejorado, pues me ha puesto en 
cuidado lo que usted me dice respecto de su enfermedad- 
Reciba usted un abrazo de confraternidad, y el sin- 
cero adiós de su amigo. 

JuAX M. DE Rozas. 



COMPLEMENTO AL CAPITULO XXII 



Río Colorado, septiembre 12 de 1833. 

Mi querido amigo y compañero Juan : 

En mi vida he escrito más que en esta campaña. ¿ Lo 
creerás? Pero cómo no. teniendo ella tan poderosos ene- 
migos ? 

Aun no ha llegado la derecha, y sigo con un puñado 
de soldados haciendo la fatiga en toda la extensión de 
tan dilatado como escabroso desierto. En Chuele-Choel está 
la principal fuerza y los mejores jefes con Pacheco. Tiene 
novecientos hombres sin indios entre caballería é infan- 
tería. Ramos anda hoy cerca de cien leguas de la cor- 
dillera, á cien leguas de este punto, con trescientos soldados 
de caballería y cien indios. Por allí los campos son pura 
piedra y montes. 

Por supuesto que esto es mucho más arriba que el 
punto que debía ocupar la derecha, que aun no ha podido 
llegar ni salir de sus primeras posiciones cerca de San 
Rafael, adonde retrogradó por la flacura de los caballos. 
El centro ya sabrás que no existe. La orden del general 
Quiroga es propia de la fortaleza y grandeza de su alma. 
Los esfuerzos y sacrificios que este hombre singular ha 
hecho, son de gran valor y dignos del mayor reconoci- 
miento. 

Miranda anda con ciento veinte soldados v sesenta in- 



— :^,78 — 

dios á más de cien leguas de distanciaren rumbo al nor- 
oeste, por los campos linderos á los ranqueles. 

Al mayor Ibañez lo he despachado hoy con cincuenta 
cristianos y cien pampas, con la orden de pasar el rio 
Negro, y correr el campo hasta cien leguas al sur. No 
hay por ahí más enemigo que el cacique Cayupan, con 
algunos indios y muchas familias de las que se han es- 
capado escondidas. Si da con el rastro los seguirá aunque 
sea hasta Chile, porque lo mando bien montado. Después 
de esto ya no quedan en este campamento más que ciento 
cincuenta infantes, los artilleros y la gente que cuida las 
reses y caballos flacos que siempre mantengo invernando. 

Ningunos caballos se han perdido hasta la fecha. Por 
el contrario se han aumentado con los que se lian to- 
mado al enemigo. La gente come carne de yegua, y si 
tuviera yeguas en abundancia no necesitaría vacas. 

Ya vés que á toda vela arriesgo con la poca fuerza 
que tengo: pero no hay más remedio. Digo arriesgo, porque 
á tan largas distancias no parece prudente mandar tan 
pequeñas divisiones, que hablando propiamente no son 
otra cosa que partidas fuertes con la imposibilidad de po- 
derse proteger. 

Ya estaría acabada la campaña si no hubiesen fallado 
el centro y derecha, ó si yo hubiese traído mil hombres más. 

En todo el entrante despacharé al cacique don Venan- 
cio que ya ha llegado á la Bahía Blanca con los tres- 
cientos indios que tiene y la hacienda que lleva. Lo 
acompañará un escuadrón, é irá arrollando cuanto en- 
cuentre, etcétera. Con esta operación creo acabará la cam- 
paña, porque los indios que quedan, creo se someterán 
á una paz bien duradera. 

Los tegüelches que son pocos están ya de acuerdo y 
de amigos. Son buenos: no necesitan robar para vivir, y 
si sigo con el negocio pacífico será muy imiDortantísimo 
á la República. Acompañados de cien soldados defende- 
rán Patagones, y los extranjeros no serán señores de esas 
costas y de esa tan valiosa riqueza. 



— 379 — 

Los peones no pude mandarlos del camino como te lo 
ofrecí : la fuerza era poca respecto de la empresa, y era 
necesario proceder con esa tirantez. ¿ Quieres creer que 
desde que arranqué del Monte no he tenido más desertor 
que un trompa, que ni aun debía considerarse tal, por- 
que fué hallado en un uncal á pie? Desnudos todo el 
invierno: siempre en fatiga: todos cumplidos los vete- 
ranos. ¡Pero Dios es justo! 

Con mis votos por tu completa salud y la de toda tu 
familia, recibe un abrazo de confraternidad, y el cariñoso 
adiós de tu compañero. 

Juan M. de Rozas. 



Montevideo, septiembre de 1870. 
Señor don Federico Terrero. 

Querido amigo : 
Xo puedo ser indiferente al esclarecimiento de hechos 
que conozco porque los he presenciado, y lo que es más, 
á que se defraude de la gloria que adquirieron aquellos 
que tuvieron el honor de pertenecer á esa heroica y atre- 
vida expedición, dirigida con tanto acierto, con tanta abne- 
gación, con tanto patriotismo, y en la cual estaba compro- 
metido el honor de los hijos de Buenos Aires, y de cuyos 
resultados dependía el engrandecimiento ó la ruina de la 
campaña de esta provincia y quizás de toda la República. 
Conocedor de todos esos antecedentes, creo que no se puede 
ni si debe dejar que se falsifiquen hechos tan claros, tan 
evidentes y que se forme una opinión errónea que sola- 
mente cuando hay presión sobre el pensamiento y la pala- 
bra puede dejarse correr; pero que pienso debe rectificarse 
hoy que está regido nuestro país por un gobierno liberal 
y justo, rodeado de hombres ilustrados y competentes para 



— 380 — 

tomar los conocimientos necesarios, confrontarlos con los 
antecedentes que han preparado los hombres y cuya ver- 
dad ha de servir para bosquejar la historia. Si hemos de 
estar persuadidos de esta verdad no puedo creer que se 
consienta en desvirtuar los hechos, ni que se culpe á una 
generación envolviendo los actos en el misterio y la duda, 
quedando ocultas tantas acciones nobles y benéficas ten- 
dentes al engrandecimiento de nuestra patria, olvidados 
sus sacrificios, cuando no solamente existen hombres, sino 
documentos, publicaciones y todo cuanto se puede desear 
para el esclarecimiento de la verdad de esos acontecimien- 
tos de tanta importancia. Tú, como yo, conoces que sería 
injusto privar á aquellos hijos de la patria de la gloria 
que merecieron al contribuir á una idea santa y grandiosa, 
en que iba envuelta la conquista de un inmenso territorio, 
la seguridad de la pingüe riqueza pastoril que encierra su 
campaña y la adquisición de derechos incuestionables en 
el futuro sobre el desierto, donde iban también á prac- 
ticar el exterminio de las hordas salvajes que lo poblaban, 
las que hacían sus tributarios á los pacíficos moradores 
de nuestra campaña en sus vidas, en su libertad y en sus 
haciendas. ¿Quién se creía entonces seguro en toda ella? 
^: Había algo que contuviese la audacia de los indios? La 
campaña de la provincia de Buenos Aires estaba entonces 
muy reducida y sin ninguna seguridad para atacar las 
incursiones de los salvajes de la pampa: las fuerzas que 
la guarnecían estaban desmoralizadas, y eran por lo tanto 
incapaces de contener el arrojo con que se presentaban 
los invasores, casi siempre felices en sus malones ó incur- 
siones. 

En aquella época, el general Rozas, después de su des- 
censo del mando, comprendiendo la importancia del i)lan 
que habían meditado, prosiguió en correspondencia con 
los gobiernos de las provincias y con el de Chile, que 
había iniciado desde el año 31 para llevar á cabo la em- 
presa que debía asegurar para el porvenir la extensión 
de la vasta campaña conquistada después por la expedí- 



— 381 — 

ción favorecida, más por los esfuerzos y sacrificios de los 
habitantes de la ciudad y campaña, que por la cooperación 
de las personas que componían el gobierno, sin embargo 
de haberse mostrado éstos dispuestos á aceptar el plan 
y favorecer el pensamiento hasta ver internado el ejército 
en el desierto. Era evidente que el nombre de aquel general 
estaba comprometido, no solamente con los habitantes de 
la provincia de Buenos Aires, sino con el gobierno de 
Chile, y esto parece que fué el móvil que indujo á los 
miembros del gobierno de Balcarce á poner en juego los 
medios que le sugería la situación y ver de quebrar el 
prestigio del general en jefe nombrado en enero 28 del 
año treinta y tres por el mismo gobierno de Buenos Aires. 
Desconocían así que iban á ser envueltos y sepultados en 
el desierto ó presa de los indios enemigos, en su retirada, 
muchos cientos de hijos que componían el brillante ejér- 
cito donde no había otra idea que el engrandecimiento de 
esta tierra y la seguridad de la riqueza que ella encierra, 
ni otro móvil que la desaparición de ese cáncer que tiene 
siempre en peligro la vida y los intereses de los hacen- 
dados pacíficos de nuestra campaña. 

De seguro que no es mi ánimo, al entrar en estos de- 
talles, hacer recriminaciones; pero si se ha de hallar la 
verdad libre de pasión, no es posible, al tocar estos ante- 
cedentes, dejar de hacer referencias de las causas que 
obstaron á la realización de esta grande empresa que 
habría sido de mejores resultados si se hubiera contado 
con la completa cooperación del gobierno. Es indudable 
que todas esas contrariedades sirvieran para realzar más 
el mérito de la organización de ese ejército, y de su marcha 
sin interrupción hasta penetrar en el corazón del desierto, 
operando con tan buen éxito las distintas divisiones que 
desprendió de su cuartel general en el río Colorado en 
lo más crudo del invierno, sin más recursos que los que 
podían proporcionar los amigos de la expedición, y los 
que conociendo la pericia de quien la mandaba no duda- 
ban de las ventajas que obtendrían los mismos que tantas 



— -m — 

veces habían sido despojados de sus haciendas, cautiviidos 
sus deudos y puestas sus vidas en inminente peligro. 

Los vecinos de la Guardia del Monte, Lobos, Navarro, 
etcétera, se hicieron entonces rec(jmen(lal)les por su des- 
prendimiento y empeño en poner á disposición del general 
en jefe carretas, haciendas y cuanto tenían. Las primeras 
caballadas y carretas que vinieron á servir para la marcha 
del ejército á la Laguna de las Perdices, en donde se hallaba 
acampado, fueron las de las haciendas de Rozas y Terrero. 
Después siguieron mandando los demás que con la mejor 
voluntad habían ofrecido sin limitación todo cuanto tenían. 
La fortuna particular del general Rozas estaba compro- 
metida en esta empresa por servir en el ejército sus caba- 
lladas, haber dispuesto de sus haciendas y crecidas sumas 
de dinero, que sirvieren para pagar el ejército todo el tiempo 
de la campaña, cujeas remesas eran mandadas por tu finado 
padre el señor Terrero, en cuyo archivo han de existir las 
cartas que comprueban esta verdad y justificar otros ser- 
vicios de importancia que hizo entonces á la expedición, 
como que era el principal agente en la ciudad, que se con- 
traía con desinterés á este loable é importante objeto, en 
que me consta no esquivaba ningún sacrificio que pudiera 
servir al mejor logro de la expedición. Hay muchas per- 
sonas en esa conocidamente actores y algo interiorizadas 
en muchos de estos detalles, que no sé porqué callan y 
sancionan con su silencio tanta inexactitud como estamos 
viendo, tratándose de esa magna empresa tan estrechamente 
ligada con la felicidad de la nación entera. Entonces, lo 
recuerdo bien, no había otra idea entre nosotros más que 
avanzar en el desierto, conquistarlo, destruir ó someter las 
hordas salvajes que lo poblaban, los obstáculos que se opo- 
nían, sufrir la desnudez, el hambre y mil otras necesidades 
que abundaban á consecuencia, como he dicho antes, de que 
las ]3ersorias que estaban en el gobierno no tenían volun- 
tad de auxiliar la expedición y la abandonaban á su propia 
suerte. No atino con el objeto que se proponían en ello, 
á no ser el que dejo expuesto, cuando del éxito de la 



— 883 — 

expedición iban á resultar grandes ventajas, ó la ruina 
más completa para los hacendados, por la pi eponderan- 
cia que tomarían los salvajes al ver rea'oceder ó frustrarse 
la expedición de cjue ya tenían conocimiento ; en una 
palabra, era cuestión de vida ó muerte. Tero las malas 
pasiones debían tener su parte en e^ta empresa, y ha- 
bían de intervenir en ella con sus desastrosos efectos. 
para cruzarlo todo. Las personas, pues, que componían el 
gobierno, faltando á todos los compromisos y deberes para 
con ese ejército entusiasta y lleno de aonegación que 
habían empujado al desierto, creyeron que era llegado el 
moinento de anular al general que lo m mdaba, desde 
que él era el promotor y director de una empresa en que 
estaba comprometido su nombre y su fortuna particular. 
En su consecuencia fué que dicho gobierno le comunicó 
en nota oficial la imposioilidal en que se hallaba de 
continuar suministrándole auxilios de ninguna clase, hasta 
el extremo de negarle el pago de reses precisas para la 
manutención del ejército. Estábamos en el desierto; ¿qué 
se hacía? ¿retroceder ó seguir sin recursos, sin tener que 
esperar caballos, ganados ni artículos de primera necesi- 
dad, ni contar más que con lo poco que había llevado 
consigo el ejército, que no alcanzaba para nada? El ge- 
neral Rozas escribió á sus amigos y, precaviéndose como 
le sugerió su práctica en \i dirección de esta guerra, 
dejó asegurado el tránsito p.ira las remesas de hacien- 
das vacunas y yeguarizas que debían servir al manteni- 
miento del ejército, y se internó en el desierto, couíiado 
en que sus amigos no lo hibian de dejar abandonado 
con el ejército, que no lleva oa otra misión que repre- 
sentar el poder déla Provincia y su capicidal para cas- 
tigar á los indios. Debido al riguroso y particular sistema 
en las marchas, llegó el ejérdto al Colorado con las ca- 
balladas de reserva en buen estalo; allí estableció su 
cuartel general, despachando al señor general Ángel Pa- 
checo con una fuerte división á recorrer el no Negro 
por ambas márgenes hasta Las Manzanas, que está cerca 



— 384 — 

de sus nacientes; marchando de triunfo en triunfo, des- 
poblando ese inmenso territorio de las imiiadas que se 
abrigaban en él, sorprendiendo y arrollando todo lo que 
encontraban, pasando por sobre el hielo á la isla de Chue- 
le-Choel, apoyados en los regatones de las lanzas, y ven- 
ciendo con heroico valor las contrariedades y rigores de 
la estación, desprovistos de vestuario y con el hierro de 
la coraza sobre la débil tela que cubría sus carnes, asi 
pasaron todo ese riguroso y crudo invierno con resigna- 
ción, teniendo que recurrir para comer á los caballos más 
inútiles que llevaban, mientras que en el cuartel general 
se carneaba cada ocho días. Recorrieron toda la isla 
acuchillando todos los indios que había allí refugiados 
con inmensidad de familias de otras tribus que había 
dejado el afamado Chocorí, por creer la isla inexpugna- 
ble, mientras él con sus indios permanecían en acecho 
para caer sobre los cristianos; lo que no pudo ser porque 
fué derrotado, acuchillado y perseguido hasta que sucum- 
bieron todos, incluso el renombrado cacique, á quien se 
le encontró una rica cota de malla que fué mandada al 
museo con otras curiosidades tomadas y adquiridas en 
esa célebre campaña. 

No fué esto sólo; otra división al mando del coronel 
don Pedro Ramos fué mandada Colorado arriba, con ór- 
denes de llegar hasta la cordillera, clavar el estandarte 
de Buenos Aires en el ponderado Cerro Payen, que se 
halla en los desiertos de las cordilleras de Mendoza; en 
una palabra, pasear ese desierto, perseguir á los indios 
que se encontrasen en él, y operar según debió haberlo 
hecho el ejército de Mendoza, de que te hablaré después. 
Todo fué así cumplido, como que era el único pensamiento 
que nos ocupaba; y esa división de quinieutos hombres 
de tropas escogidas, fué guiada con acierto, rindiendo con 
recomendable celo servicios de alta importancia. Otra di- 
visión lijera debía marchar al sur del río Negro eu per- 
secución de las tribus que habían huido hacia el Cabo 
de Hornos, y ésta fué compuesta de dos terceras partes 



— 385 — 

de cristianos y una de indios, bajo el mando del coman- 
dante don Leandro Ibáñez. 

Esta división penetró y llegó hasta enfrentar á Maga- 
llanes, sorprendiendo á los indios del cacique Cayupán 
en sus guaridas, donde fueron acuchillados, tomándoles 
todas las familias y cuanto tenían, logrando con esto que 
viniesen los que se habían librado vivos, á presentarse al 
general Rozas en el Colorado implorando perdón, los que 
fueron el cacique Quentrel, muchos capitanejos y como 
doscientos cincuenta mocetones. Estos fueron los frutos 
de esta bien combinada operación, que dio por resultado 
la desaparición de los indios por esa parte, y limpieza 
de ese inmenso territorio que pasearon las fuerzas del 
ejército de Buenos Aires, para engrandecimiento de la 
provincia á que pertenecieron las tres divisiones que he 
mencionado. Todo quedó, pues, libre de indios enemigos; 
las poblaciones de Patagones y Bahía Blanca disfrutando 
del beneficio consiguiente, y guardadas por fuerzas sufi- 
cientes á contener y castigar cualquiera invasión, particu- 
larmente sobre esta última fortaleza, donde quedó una 
guarnición compuesta de las tres armas al mando del 
coronel don Martiniano Rodríguez, que prestó después re- 
comendables servicios, y castigó más tarde á muerte las 
afamadas tribus borogas, sometidas por la expedición, mi- 
norando el poder con que se creían estos indios soberbios 
y aguerridos, que habían sido el azote de la República 
de Chile, y también de la República Argentina, bajo la 
dirección del afamado Pincheira. 

En tanto la exi^edición penetraba en el desierto, que- 
daron estas tribus en Salinas; contaban más de tres mil 
indios de lanza dirigidos por sus caciques mayores Caniu- 
quiz, Rondeau y Melinquez, estacionados á retaguardia 
del ejército; y para alejarles desconfianzas y recelos, se 
les dejó entre ellos en rehenes un escuadrón de doscien- 
tos dragones al mando del coronel don Manuel Delgado, 
quien rendía el servicio de dar aviso de la más mínima 
ocurrencia que mereciese conocimiento. Así lo hacían 

TOMO II. 25 



— 386 — 

también otros indios de importancia que había entre éstos, 
de acuerdo con los cristianos, por cuya razón se conocían 
las intenciones más secretas de los caciques. Debido al 
particular manejo que se usó con ellos, se debió que no 
se moviesen á hostilizar el ejército, llevándose á cabo el 
plan que se les sugirió para que, mientras se internaba 
en el desierto y se fraccionaba en distintos rumbos, ca- 
yesen sobre él con los pampas que estaban en Tapalqué 
y en cuyo sentido se les había trabajado á unos y otros ; 
pero la Providencia velaba por la suerte de aquel ejér- 
cito y todo fracasó, como lo manifestaré más adelante. 
Vergüenza, baldón para los hombres que tramaban tan 
horrenda y bárbara recompensa á los que con tanta abne- 
gación no omitían sacrificio para el ensanche de las fron- 
teras y seguridad de las vidas y propiedades de sus com- 
provincianos ! Dudoso, increíble parece que ese plan inicuo 
se tramase, pero él se comprobó hasta la última evidencia. 
Costó mucho desbaratarlo, y largo sería hacer la historia 
de tan vergonzoso hecho ; pero ello se consiguió, y fueron 
fusilados los indios que se encargaron de llevar á Tapalqué 
el parlamento mandado á los caciques que allí habían 
quedado en lugar de los caciques mayores Catriel y Cachul, 
que iban en el ejército con más de seiscientos indios, con 
los que sirvieron con decisión y con la misma constancia 
que nuestros soldados. El comisionado que salió del ejér- 
cito desde las márgenes del Colorado llevando órdenes del 
general Rozas y de sus caciques mayores á los indios de 
Tapalqué, para que fueran fusilados los indios que habían 
llevado aquella misión desde Buenos Aires, fué el mayor 
don Bernardo Echeverría con cuatro soldados y dos indios, 
castigándose por su intervención á los indios misioneros. 
En resumen, el ejército recorrió el desierto que se ex- 
tendía á su derecha hasta, las faldas de las cordilleras, 
á su frente al sur hasta Malvinas. Inmenso fué el número 
de indios que murieron en la persecución que se les hizo 
y grande también el de los que se sometieron. Se libei*- 
taron del cautiverio más de tres mil cristianos, como lo 



— 387 — 

.-atestiguaron las publicaciones de los mismos contrarios de 
la expedición, pero fué mucho mayor su número j)uesto 
que siguieron después entregando los indios todos cuantos 
tenían y otros que libertaban las divisiones que quedaron 
encargadas de la persecución de los indios que no se 
habían sometido. Se publicó un libro con t<Ddos los nom- 
bres, íiliación, procedencia y demás pormenores de las 
personas que se habían libertado. Notorio era entonces 
el abrigo que prestaban estos indios á todos los dispersos 
enemigos que libraban del castigo de la expedición con 

■•el objeto bien manifestado de engrosar sus hordas: pero 
una vez sabida por estos indios la actitud de los de Ta- 
palqué y que los reclamos é imposiciones del general Rozas 
eran cada vez más fuertes é imponentes, no pudieron 

■ continuar concediendo esta impunidad, y variaron nota- 
blemente en su conducta. 



AxTONiNO Reyes. 



Soutliampton, septiembre 17 de 1870. 
.Señor don Federico Terrero. 

Mi querido Federico : 
Recibí tu muy estimable de marzo 14 y las tiras del 
• diario La República en las que se me hacen cargos injustos 
y apasionados con motivo de la conquista del desierto en 
18o8 y se cometen errores de los que paso á ocuparme. 



«En 1833, dice La República (julio 1870;, el gobierno de 
•Chile propuso como medida radical expedicionar en com- 
binación con el gobierno argentino al corazón de los indios. 
De Chile partiría un ejército que impulsaría á las hordas 
^Ivajes á la cordillera, y de la República Argentina par- 



— 888 — 

tiría otro ejército á recibir esas liordas y arrojarlas junto- 
con las de los pampas adonde no pudiesen volver á mo- 
lestar, obligándolas á una reducción.» 

Para hablar con propiedad, Lo República debía de haber 
insertado algunos documentos que se refieren á lo que 
propuso el gobierno de Buenos Aires al de Chile. No lo 
ha hecho, porque en las circunstancias presentes contra- 
rias al general Rozas, ha creído que bastaba una pueril 
confesión de parte para acreditar las palabras desnudas 
de fundamento. 

Así no se entiende si «el corazón de los indios» (como* 
dice La Rejmhlica) es el centro del desierto argentino al 
sur y el centro del desierto de Chile, ó el centro de Ios- 
campos que ocupaban separadamente y á muy largas dis- 
tancias en la República Argentina los pampas, ranqueles- 
y tehuelches, y el que ocupaban los indios chilenos en 
territorio chileno al occidente de la cordillera. 

Si el ejército chileno debía solamente impulsar á los 
indios chilenos á las cordilleras, sin obligarlos á pasar 
el territorio argentino, ¿cómo pudiera el argentino reci- 
birlos y arrojarlos junto con los pampas, donde no pudie- 
sen volver á molestar, obligándolos á una reducción? 

Los indios chilenos, en tal caso, permanecerían al oc- 
cidente de la cordillera, como lo hicieron, pues que el ejér- 
cito chileno, al mando del señor general Bulnes, no siguió 
hasta obligarlos á pasar el oriente de la cordillera, terri- 
torio argentino. 

Pero los indios conociendo el gran peligro en que se 
encontraban, si los obligaba el ejército chileno á pasar al 
oriente de la cordillera, se ajjresuraron á someterse al 
señor general Bulnes, pasando por la paz y condiciones 
que les impuso. 

Sabían ya ellos que varias divisiones de Buenos Aires 
compuestas de cristianos é indios ocupaban victoriosas 
todos los campos, y que los pampas, ranqueles y tehuel- 
ches que no habían muerto, se habían sometido entre- 



— 389 — 

•gando también todos los cautivos que tenían, y todos los 
caballos y ganados marcados. 

Con tanta más humildad los referidos indios chilenos 
rse apresuraron á someterse á las condiciones de la paz 
que les dictó el señor general Bulnes, cuando llegaron 
desmoralizadas las divisiones de indios chilenos, cada una 
-de mil hombres, que habían penetrado hasta cerca de las 
fronteras argentinas, siendo una de ellas la que sorpren- 
dió á la división de Córdoba mandada por el general 
Ruíz, la otra la que sorprendió á la que mandaba el señor 
general Aldao; y la otra la que regresó también cerca 
de las fronteras de Buenos Aires, por las noticias que 
tuvo de que una división grande de Buenos Aires compuesta 
de indios y cristianos quedaba ya á su retaguardia, y 
de la que no escaparían si no regresaban sin demora. 

Así, pues, el señor general Bulnes concedió la paz á 
todos los indios en esa parte del territorio chileno, inclu- 
so los que regresaron huyendo de las fuerzas de Buenos 
Aires. 

El gobierno de Buenos Aires ordenó al general Rozas 
la marcha en el mes de marzo con los soldados sin ves- 
tuarios, mal armados, y con los caballos flacos, de mala 
calidad, maltratados, como que eran de marcas extrañas, 
recolectados por los jueces de paz de orden del gobierno; 
y el general Rozas hubiera renunciado su comando si 
sus amigos no le hubieran prometido auxiliarlo con los 
recursos necesarios para su campaña. 

Una de las condiciones que exigió el general Rozas, 
fué la de dos buques, el uno en el río Negro, el otro en 
el Colorado. 

Otra, permiso para que se casaran los individuos de 
la división de su mando, que así lo solicitaran, con las 
cautivas que fueron libertadas, y cuyos contratos matri- 
moniales, serían conñrmados por algún sacerdote, cuando 
el gobierno pudiera enviarlo. 

Otra fué, la facultad para licenciar la división de su 



— 390 — 

mando, concluida la campaña, si era feliz, victoriosamente 
ú satisfacción del gobierno; dando á cada uno la baja 
firmada por el mismo general Kozas. 

El general Rozas marchó directamente á tomar, sin 
demora alguna, posesión de Chuele-Choel, en el río Negro, 
y de las rinconadas del Colorado, sobre el mar, como pun- 
tos los más aparentes para el más rápido engorde de las 
caballadas, boyadas y ganados en comjjleta seguridad. 

Eran además, los dos puntos más necesarios y propios 
para poder el general Rozas, fijando el cuartel general 
en el Colorado, en las referidas rinconadas con pastos 
de mejor engorde y seguridades, atender con buenos re- 
sultados á todas partes. 

Así lo demandaban, también, las grandes distancias 
que había hasta las fronteras de Buenos Aires, desde 
donde debían marchar, con seguridad, los ganados y demás 
necesario para la manutención. 

Cierto es que un ejército de Chile, comandado por el 
señor general Bulnes, llegó, ó pasó de sus fronteras: pero 
no hay un documento que pruebe haber continuado hasta 
arrojar los indios chilenos al occidente de la cordillera, 
territorio argentino. 

Si así los hubiera perseguido, esos indios habrían sido 
concluidos por las divisiones victoriosas, con las caballa- 
das en el mejor estado, al mando del señor general Pa- 
checo la una y del señor coronel Ramos la otra; y si 
algunos escapaban por el interior del río Negro habrían 
sido acabados por la división que fué de Balchetas, tam- 
bién victoriosa, y con las caballadas en el mejor estado, 
por lo que siguió más adelante, y por los tehuelches 
que ya estaban en paz y comijrometidos según los acuer- 
dos que los caciques Chañil y demás ajustaron en el 
Tandil con el general Rozas mucho antes de haberse rea- 
lizado la expedición 

Y los que pretendieran escapar por el interior del Co- 
lorado hacia los ranqueles habrían sido concluidos i)or 
éstos, que acababan de someterse subordinados á la vista 



— 891 — 

de las dos divisiones de los indios amigos pampas, que 
con dos compañías de cristianos, cada una de ellas, el 
general Rozas había enviado al territorio ocupado por 
los ranqueles. 

Y en prueba de que así lo liarían y de que su some- 
timiento al gobierno era de buena fe, lo acreditaban con 
la persecución que ya hacían (en unión á las dos fuer- 
zas compuestas de pampas y cristianos) á la división de 
mil indios chilenos que sorprendió á la de Córdoba man- 
dada por el señor general Ruíz, y á la de otros mil indios 
chilenos también que sorprendió á la mandada por el 
señor general Aldao. 

Fué por esto, y por el temor que, además, les causó 
la fuerza mandada por el señor coronel Ramos, que sin- 
tieron á su retaguardia, que esas dos divisiones de indios 
chilenos, considerándose en el mayor peligro, cercadas de 
enemigos, desistieron de la empresa de entrar á robar y 
cautivar, la una dividida en tres grupos que debió hacerlo 
por la frontera de Mendoza el uno, por la de San Luis 
el otro, y por la de Córdoba el otro. 

La que sorprendió á la división mandada por el señor 
general Ruíz, y que dividida también en tres cuerpos de- 
bía hacer su entrada por las fronteras de Santa Fe y norte 
de Buenos Aires, regresó igualmente por los mismos te- 
mores de la anterior de la izquierda, contentándose con 
los caballos y ganados que quitó á la división de Córdoba. 

La otra división de mil indios chilenos que debía hacer 
su entrada por tres puntos, en el centro y sur de la fron- 
tera de Buenos Aires, regresó sin demora así que sintió 
la división de Buenos Aires; y si no hubiera andado tan 
pronta en su retirada habría sido perseguida por la di- 
visión al mando del señor general Paclieco, que marchó 
directamente desde Napostá á tomar posesión de Chue- 
le-Choel, y allí reconocer y perseguir en dos cuerpos á 
los indios que regresaran á Cliile y á los que hubieren 
por el río Negro arriba, Neuquen y la cordillera. 

Juan Manuel de Rozas. 



— 392 - 

Kl Comandante General 
de campaña 

San José de Flores, marzo 21 de 183"). Año 26 de la Libertad 
y 20 de la Independencia. 

Por el ministerio de Hacienda manifiesta á la superio- 
ridad, que habiendo concluido de visar las cuentas del 
Ejército Expedicionario al desierto que tuvo el honor de 
mandar, ha ordenado ■d Comisario su presentación en 
el orden que corresponde. 

Al señor Oficial Mayor en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en- 
cargado de autorizar las resoluciones de S. E., doctor don Manuel 
de Ir ig oyen. 

Luego que por abril del año pasado regresó el infras- 
cripto de la expedición contra los indios enemigos, y quedó 
licenciado el ejército, ordenó á don Pedro Rodríguez le 
presentase sin demora las cuentas de las dos comisarias 
de su cargo para visarlas antes que fuesen pasadas á la 
Comisaría general. 

El comisario se hallaba sumamente agravado de sus 
males, á término que le fué absolutamente imposible lle- 
nar la orden del infrascripto hasta íin de septiembre, en 
que tuvo entero cumplimiento. 

Desde entonces, á ratos, según se lo han permitido las 
ocupaciones públicas de más preferente atención, se ha 
dedicado el infrascripto á su examen. 

La diferencia que advertirá la contaduría en contra 
de la caja procede, á juicio del infrascripto, de algunos 
efectos, que habiendo sido comprados y recibidos por la 
comisaría con suficiente autorización, fué adeudada equi- 
vocadamente dicha caja por su importe, que no pudo tener 
entrada en ella aún cuando se girase contra el ministerio 
por el general del ejército la correspondiente letra á fa- 
vor del interesado, según todo fácilmente podrá conocerse 
por los contadores. Mas, aun cuando esto así no fuese, 
siendo la expresada diferencia tan pequeña, comparada 
con el caudal manejado y la clase de campaña, el comi- 
sario por ello no puede ser responsable de esta falla, por- 
que además de su grave enfermedad, jamás jDudo tener 



— 393 — 

durante aquélla los días de sosiego necesarios, puesto 
que siempre se ocupaba de andar pagando en tabla y 
mano propia, en diversos puntos, los diferentes cuerpos y 
porción de piquetes de que se componía el ejército, en tér- 
minos que siéndole ya insoportable este trabajo, por su 
escasa salud, reiteró por tercera vez la súplica de que se 
le exonerase del cargo, porque ni se hallaba con fuerzas 
para desempeñarlo, ni por lo mismo podía sobrellevar 
toda su responsabilidad en razón también del modo pe- 
noso como tenía que conservar las cuentas y documentos: 
súplica á que no pudo hacer lugar el infrascripto á pesar 
de las razones en que se fundaba, por la confianza que 
le merecía el enunciado comisario, y por el cambio de 
personas en este ramo tan laborioso y delicado de admi- 
nistración, podría en aquellas circunstancias causar un 
trastorno de difícil reparación. 

El infrascripto, jjues, habiendo examinado personal- 
mente las referidas cuentas, las encuentra, por lo que á 
él toca, arregladas y conformes. Pero como ellas, según 
corresponde, deben ser sometidas al riguroso examen de 
la contaduría, el resultado de ésta será la mejor luz para 
la superioridad. 

Después de esto, se permite hacer presente el in- 
frascripto al Excelentísimo gobierno, que según resulta de 
aquel referido examen, los gastos del ejército izquierdo 
que marchó á los desiertos del sur contra los indios ene- 
migos, no pasan de un millón y seiscientos mil pesos, 
porque no son á cargo de la expedición las sumas entradas 
en la caja de guerra, ni en la del Negocio Pacifico, impor- 
tantes las primeras un millón ciento tres mil setecientos 
tres pesos seis reales, y las segundas trescientos mil nove- 
cientos cuarenta pesos dos y medio reales, puesto que estas 
mismas cantidades se habrían abonado al ejército por sus 
haberes vencidos y corrientes, y se habrían también gas- 
tado en el Negocio Pacífico, aun cuando la expedición no 
hubiera tenido efecto; porque tamjDoco lo son, la mitad 
de las reses vacunas y yeguarizas consumidas; y también 



— :W1 — 

porque no habiendo tenido pérdidas y habiendo regre- 
sado con todos los útiles y elementos de guerra que llevó' 
son de abono á ella el exceso de caballadas con que volvió, 
las que quedaron en las guardias. Constitución, en el río 
Negro, Patagones, fortín Colorado, en el rio de este nom- 
bre, fuerte Argentino; más las reses vacunas y yeguarizas 
para la manutención necesaria de las tropas que guarnecen 
estos puntos, durante cuatro meses después del regreso de 
la expedición. 

Igualmente, teniendo presente el infrascripto, de que el 
superior ha pagado directamente la mayor parte de los 
artículos que han consumido los indios desde que licenció 
el ejército en Bahía Blanca, hace un año, debe manifestar 
que no ha recibido en todo este tiempo ninguna cantidad 
para gastos del Negocio Pacífico, ni para ningún otro objeto^ 
y que todos los desembolsos que por su conducto han te- 
nido lugar desde entonces han sido hechos hasta la fecha 
puramente de sus fondos particulares, cuya cuenta no ha 
presentado, en consideración á los apuros del tesoro pú- 
blico. 

Dios guarde á Y. S. muchos años. 



Juan Manuel de Rozas. 



Ministerio de Gobierno. 



Buenos Aires, octubre 12 de 1833. Año 
24 de la Libertad y 18 de la Independencia. 

A la H. S. de R. R. de la Provincia. 

Es solamente para cumplir con uno de sus primeros 
deberes que pone al gobierno de la Provincia en la 
sensible pero forzosa necesidad de trasmitir al conoci- 
miento de V. H. unos acontecimientos desagradables en 
sumo grado por sus consecuencias. 

En los días precedentes el gobierno recibía avisos 
repetidos de que existía en proyecto un movimiento de 
insurrección contra la autoridad legítimamente constituí- 



— 895 — 

(la, y que aquél debía tener principio con motivo de 
la reunión que tuvo lugar ayer en la casa de justicia 
para el juicio sobre abuso de libertad de imprenta por 
el periódico titulado Restaurador de las Leyes. Las probabi- 
lidades de tal plan se vieron rebustecidas, en efecto, 
con los hechos siguientes : 

En la mañana de ayer aparecieron fijados, hasta en 
los suburbios, grandes carteles con letras coloradas y 
muy gruesas, anunciándose por ellos que á las 10 de 
la mañana del mismo día se reuniría el Jury para 
j uzgar al Restaurador de las Leyes. 

La perfidia de este equívoco malicioso se deja traslu- 
cir de suyo. No se necesita ningún comentario. Reunidas 
efectivamente en la mañana de ayer varias gentes en 
las galerías de la casa de justicia, se notaron gritos y 
voces en tono de provocación, que repetían como cabezas 
los individuos que comprende la lista adjunta. Con 
este motivo el gobierno dictó las providencias preventi- 
vas para evitar cualquier desorden que pudiera pertur- 
bar la tranquilidad pública; una entre otras fué que la 
poUcia cuidase de excusar la reunión de ciudadanos de 
partidos opuestos, á fin de alejar todo motivo de choque, 
lo que así se verificó. Los comprendidos en la lista que 
se acompaña repitieron vivas y mueras en la misma casa 
de justicia. Mas, como no se realizó el juicio, algunos de 
los expresados individuos, al retirarse, continuaron dando 
la misma grita por las calles. 

Kstos procedimientos alarmantes han sido consumados 
con el atentado anárquico de haber, anoche á deshoras 
de ella, sorprendido con fuerza armada al comandante 
militar de Quilmes, y apoderádose de las armas que . allí 
existían; se han colocado al otro lado del Puente de 
Gal vez. en número de cien hombres, capitaneados por 
José María Benavente, Bernardino Cabrera, Bernardino 
Parra y el comandante don N. Montesdeoca. 

El gobierno ha tomado ya las medidas que correspon- 
de, en asonadas como la presente. Puede asegurar que 



— 896 — 

y^rá cruzcido completamente el plan de li-astoi-iií) que 
puedan haberse propuesto algunos [jerturhadores díscolos 
y enemigos del presente orden de cosas. Este aconteci- 
miento ha presentado una nueva prueba tan clásica como 
pública de que los autores principales y demás colabo- 
radores de los periódicos GacpAa Mercantil y el titulado 
Restaurador de las Leyes, han sido y continúan siendo el 
funesto órgano para semejantes ensayos anárquicos 
á que descaradamente inducen sus producciones sedi- 
ciosas y sugestivas de trastornos públicos. Al dirigirse á 
V. H. sobre el presente suceso, el gobierno está satisfe- 
cho de que los H. H. señores R. R., tan luego se hayan 
penetrado de la fatalidad y doloresas consecuencias que 
presentan estos primeros amagos de anarquía contra las 
autoridades legales de la provincia, desplegarán todo 
el patriotismo y celo que los anima por la permanencia 
del orden público, sancionando algunas otras medidas 
que en la sabiduría del su consejo considere más eficaces 
á complementar este objeto, el más interesante, á exter- 
minar el germen funesto de oposición ilegal y arbitraria, 
que empieza á desarrollarse por las vías del hecho. — 
Dios guarde á V. H. muchos años. 

Juan Ram(')X }l\r,('AR(;E. 
José de Ugah teche. 



MOTORES DEL DESORDEN 

Militares. — Comandante don Martin Hidalgo, José Montes- 
■deoca ; mayor don José María Benavente ; capitán don 
Manuel Alarcón Castillo; teniente don fíernardino Cabrera; 
mayor don Ciríaco Cuitiño; comisarios don Pedro Chan- 
teiro. Pablo Castro Chavarría, Matías Robles, Carmelo 
Piedrabuena ; ciudadanos don José María Wright. Fran- 
cisco Wright, N. Parra. 

Está conforme. 

Pedro Sa ia'adores. 



897 — 



COMPLEMENTO AL CAI'lTl'LO XXIV 



Londres, 6 de noviembre de 1833. 
Señor don José de Ugarteche 

Mi querido compadre y señor: 

Tengo que añadir á la mía del 24 de octubre, igual- 
mente por conocimientos muy auténticos é indudables^ 
que el plan de los unitarios de Montevideo, en que esté 
empeñada ya la fracción traidora que manda allí, e& 
declarar la guerra con cualquier pretexto á Buenos 
Aires, suscitando querella por Martín García, ó por la 
conducta del general Lavalleja, etc., ó con cualquier 
otro motivo frivolo, lo que lleva la mira por parte del 
gobierno de Montevideo de apoderarse del Entre Ríos y 
de la navegación del Uruguay; y por parte de los uni- 
tarios el que, armándose un ejército por Buenos Aires 
para resistir esta hostilidad, se le dé el mando de él 

á don Estanislao López, quien se levantará con él 

y se declarará por la revolución. Es parte principal y 
preparatoria de este plan que el señor López de Santa 
Fe rompa con los señores Rozas y Quiroga, halagándolos 
con pérfidas sugestiones, pero con la mira de sacrificarlos 
luego á su vez; y se jactan de que tienen ya much 
adelantado. Este plan todo de sangre y escándalo, lo ha 
ejecutado y convenido don Julián Agüero en Montevideo, 
con Rivera, Obes y los españoles y unitarios de uno y 
otro lado. En la fe de sus efectos y seguridad va Riva- 
davia á partir á fin de este mes. 

Tengo los datos más seguros de esta horrible conspira- 
ción. Bástele á V. saber por ahora que indirectamente 
la diplomacia inglesa ha trabajado en descubrirla, y lo 
ha hecho con la habilidad y medios que tiene siempre 
para ello. La última negociación de Sir Strandford-Can- 
ning en Madrid, respecto del reconocimiento de nuestro 



— 398 — 

independencia por España, y las respuestas que le 
daba el ministerio español le hicieron conocer á este 
gobierno que había una trama que se urdía en París 
por americanos, y se aplicó á conocerla. Además, yo no 
me he dormido. Dios quiera que este aviso llegue cuan- 
do el atentado esté todavía en proyecto. 

Las gacetas aquí y noticias particulares dan á Y. i)or 
ministro de relaciones exteriores; yo nada sé de ello, y 
sólo me dirijo al hombre de bien y patriota. Si está V. 
en el ministerio verá por mi correspondencia oficial de 
esta fecha un proyectito de Montevideo en España en 
consonancia con el que aquí refiero. 

Nunca mejor deseo rogar á Dios que lo guíe y proteja 
como lo desea, 

Su afectísimo compadre 

Manuel Moreno. 

COMPLEMENTO AL CAPÍTULO XXV 



Montevideo, septiembre 15 de 1881. 

Señor doctor Adolfo Saldtas. 

Mi estimado amigo y señor: 
Voy á contraerme á contestar á usted su carta fecha 
4, por si de algo pueden servirle mis conocimientos y 
mis observaciones al objeto que usted se propone; bien 
entendido que ellos son dictados con la sinceridad verda- 
dera con que en tales casos debe hablarse lejos de aque- 
llos días borrascosos en que todo era confusión. Si es 
indispensable que explique ciertos hechos que conozco, 
es preciso que lo haga con la verdad pura y neta con 
que deben ponerse en claro hechos glosados por pasio- 
nistas opositores, que han despertado dudas en los que 
no estudian ni comparan las épocas, ni los hombres; pero 
no hay que olvidar que si por una parte estaba la se- 
guridad que da la fuerza de la opinión, por la otra estaba 



— m) — 

la deficiencia en todo, y que por esta razón no se es- 
quivaba por ella, nada que pudiera servirle á su prin- 
cipal sistema de oposición, que consistía en cargar sobre 
aquélla todo lo odioso que dañase y menoscabase su 
crédito. 

Necesario me es empezar por informar ú usted de lo 
que pasó al despachar al general Quiroga á las provin- 
cias en la comisión con que fué investido por el go- 
bernador de Buenos Aires, presidido entonces por el 
■doctor don Manuel V. de Maza. El general Rozas venía 
de regreso de la expedición al desierto y al manifes- 
tarle el gobierno su deseo al general Quiroga, pidió éste 
verse con el general Rozas antes de aceptar, lo que 
hizo así que llegó Rozas á la estancia del Pino: allí 
convinieron en que á su salida se verían en Flores en la 
quinta del señor Terrero, para cambiar ideas sobre las 
instrucciones que recibiera del gobernador: así lo hicieron 
á mediados de diciembre del 34, siendo yo el que estaba 
inmediato al general Rozas, para apuntes sobre la confe- 
rencia y otras órdenes que se impartían. Después de 
estar dos días allí, se retiraron los conferenciantes pasada 
media noche á descansar, porque el trabajo había sido 
sin intervalo alguno. Al venir el día siguiente salió Qui- 
roga en su carruaje, y desperté al general, quien lo al- 
canzó por la plaza de Flores: á poco andar lo hizo tras- 
ladar el general Rozas á su galera particular que al 
efecto ya traía prevenida como para viaje, siguiendo mar- 
cha en ella. El general Quiroga pidió á Rozas subiese 
en su carruaje, lo que consiguió no sin bastante instan-- 
cia. La marcha fué sin tropiezo hasta que llegamos á la 
villa de Lujan, donde fué recibida la comitiva con mues- 
tras de alegría, y á la oración de ese día llegamos á la 
estancia de Figueroa á inmediaciones de San Antonio 
de Areco, donde tuvieron los dos generales la última 
conferencia, quedando convenidos en que á la madrugada 
siguiente partiría el general Quiroga, debiendo en se- 
guida marchar un chasque con la carta convenida del 



— 400 — 

general Rozas expresando' su |)arecer en los graves 
asuntos que se ventilaban y para dar más fuerza á la 
misión que se le había encomendado ante los gobernadores 
disidentes. Esa fué pues la carta que usted debe cono- 
cer, como todos, pues se ha publicado varias veces y que 
está escrita de mi letra, siendo dictada por el general 
Rozas ó hecho por él el bijrrador, allí en la misma es- 
tancia citada, y que llevó la fecha 20 de diciembre de 
1884. Excusado es decir que lo i)recedía al general un 
chasque que debía ir hasta Tucumán avisando en las 
Ijostas tuviesen caballos prontos, como ha sido siempre 
de costumbre en tales casos, como se escribió también 
por el señor gobernador á todos los gobernadores del 
tránsito comunicándoles la misión que llevaba el general 
Quiroga, y creo no engañarme al decir se les comuni- 
caba que iba de acuerdo con los generales Rozas y 
López: creo también que estoy en el caso de poder ase- 
gurar que esas cartas no eran insidiosas ni respondían 
á ningún plan siniestro fraguado antes de esa época. 
El general Rozas durante la expedición no se había 
ocupado en planes tenebrosos, puedo y debo decirlo, 
sino de lo referente al ejército que mandaba, á propor- 
cionarle á éste los recursos que necesitaba, á sus ope- 
raciones en la persecución de los indios, todo lo que lo 
ocupaba sin descanso, pues del gobierno del general Bal- 
carce nada esperaba ni nada se le mandaba; era conse- 
cuente con la prevención que se le hizo al romper sus 
marchas de la Guardia del Monte. Vino el gobierno del 
general Yiamonte dispuesto á auxiliar la expedición, pero 
era cuando el ejército ya regresaba. 

El general Rozas escribió al general López sobre la 
misión del general Quiroga, como era natural, para estar 
de acuerdo en todo y como era de práctica en estos 
asuntos de interés general; esto se hizo de allí mismo, 
de San Antonio de Areco, estancia de Figueroa, y creo 
(]ue el mismo general Quiroga era el conductor de la 
carta, por si á su paso por la provincia de Santa Fe no 



— 40i — 

hablaba con el general López que debía esperarlo en un 
punto dado con poco desvío del camino. Al marchar el 
general Quiroga de la estancia citada, se despidió con 
muestras de la mayor cordialidad, afecto y amistad, y 
-encareciendo la remisión de la carta, conrio una necesi- 
dad para probar su acuerdo. 

Creo haber dicho ya lo que debía respecto á la mar- 
cha, entrevista, conferencia, etcétera, con el general Qui- 
roga, y todo lo cual se ha glosado tan pérfidamente. 
Ahora me permitirá usted hacer algunas observaciones 
sobre los puntos que usted cita y publicaciones hechas 
por periodistas y otras personas con el ánimo de car- 
gar culpabilidades contra el general López y aun contra 
el general Rozas. De todo esto han surgido dudas que 
no hay razón para abrigarlas, siendo este hecho tan pro- 
bado por la voluminosa causa que lo comprobó y los no 
menos importantes documentos c|ue la prensa de la época 
reprodujo hasta el fastidio: es allí donde debe estudiar el 
investigador y sobre ello formar su juicio, sea dando cré- 
dito á esos originales, sea lo contrario en vista de otros 
documentos de fe; separando entonces si lo merece, todo 
ese fárrago de invenciones y cavilaciones de enemigos 
de mala ley, como es esa falange de opositores calum- 
niantes. Pero sigamos. 

Dice usted : «Escritores y periódicos unitarios, y últi- 
mamente el señor Zinny en su historia de los gobernadores, 
presentan el hecho del asesinato del general Quiroga 
como el resultado de una combinación tramada entre el 
general Rozas, general López y gobernador de Córdoba. » 
En primer lugar que en caso de convenir algo estos 
señores, todos á largas distancias uno de otro, debían es- 
cribirse para convenirse, ó cuando menos tener un con- 
ducto seguro para comunicarse. ¿No hay ninguna corres- 
pondencia que delate el hecho? ¿No hay ningún confi- 
dente que diga: yo he sido el intermediario? Y entonces 
en qué pruebas se basa esa afirmación? ¡Oh, señor, es 
preciso ser ciego ó no querer ver! 

TOMO II. 26 



— 402 — 

Pero vamos allá: el señor Zinny va á sacarnos de la 
duda, y para ello toma una carta que ha publicado 
Díaz, quien dice que es una copia que le dieron, y copia 
firmada por Francisco Reinafé y era recién publicada en 
el año 77, dirigida según está escrito, por el general López á 
Reinafé; pero á mi juicio, mal urdida, mal imitada 
y peor redactada. Y qué casualidad! el que ha publicado 
esa carta, que es Díaz, era entonces un joven que no es- 
taba en Montevideo. Precisamente en esa época estaba 
('• tenía López su prevención con los Reinafé ó con el go- 
l)erna(lor de Córdoba, porque estaban, según él, «influen- 
ciados por los unitarios más empecinados enemigos del 
bienestar de los pueblos». En las carpetas de la corres- 
pondencia entre Rozas y López están las cartas que lo 
acreditan. 

Rozas, ¿qué ventaja podría reportar con la muerte de 
Quiroga? ¿ No está de manifiesto que trataba de conservar 
su importancia cuando al descender del gobierno influyó 
para que se le nombrase director de la guerra contra 
los indios y se puso él naismo bajo sus órdenes como ge- 
neral de la división de la izquierda? El general Quiroga 
renunció y Rozas no quiso se le aceptase su renuncia 
que la basaba en que no conocí-a esa clase de guerra y 
que además no siendo Rozas el general en jefe de las 
tres divisiones tendría mal éxito la expedición. Durante 
la campaña, Rozas le pasaba con exactitud los partes, 
acompañándole diarios de marchas y operaciones del 
ejército. Por más que se pretenda hacer aparecer discor- 
dancias de ideas ó enemistad entre estos personajes, no 
habrá un solo hecho ni comunicación que lo pruebe: 
y es j)reciso convenir que fuese por cálculo, deber ó 
conveniencia, había entre estos hombres un perfecto 
acuerdo y más, había dignidad, altura en sus procederes 
recíprocos: su correspondencia era franca y se explica- 
ba con claridad sobre asuntos tendentes al bien general de 
los pueblos. El general Quiroga era el hombre necesario 
en las provincias, como López en Santa Fe; esta era la 



— 403 — 

convicción del general Rozas. Véase, repito, la corres- 
pondencia de estas personas y se encontrará la verdad 
de lo que digo aquí. Las relaciones eran cordiales, y de 
algunas emergencias que surgían se le culpaba á Cúllen, 
que siempre dejaba entrever tendencias anárquicas en 
la redacción de las cartas firmadas por López. Estaban 
prevenidos por los trabajos que ponían en juego sus ene- 
migos para dividirlos, y se encarecían siempre la nece- 
sidad de no ocultarse la menor sospecha ó motivo que 
pusiera en peligro sus relaciones, en todo lo cual eran 
consecuentes y por eso no daban fruto las mil inven- 
ciones que ponían en juego sus enemigos. 

Volviendo á la carta de López á Reinafé, que publica 
Zinny, note usted que cuando se escribió esta carta 
estaba ordenado que el asesinato tuviese lugar eu 
el monte de San Pedro y siendo esto cierto, como lo es, 
es mal forjado el concepto que aparece en dicha carta 
de López citando á Barranca- Yaco como punto desierto 
y como indicado para desarrollar el plan. ¿No está claro 
pues que esta carta es aj)ócrifa? El asesinato del gene- 
ral Quiroga dejaba con importancia á los Reinafé contra 
quien, nótese bien, estaban prevenidos López y Rozas 
porque estaban sobreaviso, que estaban rodeados de 
unitarios y entregados á sus consejos, como resulta de 
la misma causa.— Último párrafo de fojas 4. 

Por otra parte, si López hubiera querido la muerte de 
Quiroga, ¿no preferiría hacerlo por sí, con sus hombres, 
con su iníluencia, y disponiendo de sus medios de acción 
sin confiar el secreto á otros? No lo he creído ni tan 
falto de medios, ni tan imbécil. Cree usted que si hu- 
biera estado este personaje comprometido, hubiera de- 
jado pasar los ejecutores por su provincia, sin dar un 
malón y acabar con sus cómplices, dando por motivo un 
extremado celo por vengar la vindicta pública ultrajada, 
ó de cualquiera otro modo, y no dejar que fuesen á 
imponer á Rozas de su complicidad? Rozas á su vez 
hubiese permitido que los Reinafé fuesen presos, liu- 



— 404 — 

bicse desplegado tanto celo en averiguaciones, consin- 
tiendo se les formase sumarios en Córdoba, se les tomase 
sus papeles, se impusiesen de ellos, se les persiguiese 
de todos modos, fulminando cargos y tomando abierta- 
mente la iniciativa en este asunto? Qué resultaría 
además dejar las provincias en manos de gobernadores 
á (]uienes no les ligaban compromisos como al general 
Quiroga, y que además le constaba su debilidad para 
dejarse influenciar por los llamados unitarios que á la 
verdad trabajaban sin descanso en el sentido de sus 
conveniencias, logrando ya convulsionar las provincias 
de Tucumán, Salta y Jujuy? Véase la carta del general 
Rozas á Ibarra, marzo 28 de 1835; aunque no toda 
verdad. 

Después de estos hechos que resaltan sobre toda in- 
vención, y observaciones fundadas, ¿es creíble que Rozas 
entregase á los tribunales los ejecutores del crimen 
l^ara que se descubriese su ingerencia y la de López? 
Se dice que en esta causa Rozas fué acusador, fiscal, 
juez, carcelero y verdugo de esos desgraciados, pero no 
podrán i)robarlo, porque todo ha pasado en nuestros días, 
siendo alcaide de la cárcel el señor Tejedor, que debía 
ser unitario ó poco afecto á Rozas, y han entendido en 
ella diversos jueces y defensores en Córdoba para le- 
vantar sumarios y en Buenos Aires jDara continuar la 
causa. No habrían dicho los Reinafé si tenían instiga- 
dores poderosos á sus familias, á sus amigos, á sus defensores 
y aun á sus mismos jueces, exhibiendo algunos documentos 
ó pruebas de que habían obedecido á tal ó cual exigencia 
impuesta con invocación del mejor servicio? Sería por 
temor que callaban? Pero temor de qué? ¿no sabían 
cpie iban á morir? Pero dónde voy!... llenaría pliegos 
y pliegos con observaciones que hasta me parece que 
ofendo el buen sentido y un criterio justo y observador. 
Son recriminaciones tan absurdas que por cierto es 
IDreciso tener agallas para lanzarlas al público y encon- 
trar tragaderas que puedan tragarlas. El Francisco que 



— 405 — 

estuvo aquí, ¿por qué no habló y i)resent(') documeotos 
que debía tener, puesto que había ese acuerdo ; y por 
qué ellos se prestaron tan dóciles nada más que porque 
Rozas y López los indujeron, cargando con una tremenda 
responsabilidad ante la Nación, que á ellos no ha debido 
ocultárseles? Es verdad que Rivera Indarte dice en su 
Rozas y sus opositores, que Francisco Reinafé quiso 
hacer un manifiesto y que al efecto lo mandó llamar 
de Entre Ríos, pero probablemente sería cuando se 
estaba ahogando. ¿Y estas son las pruebas? Véase lo 
que dice el mismo Indarte, véase lo que dice el señor 
Sarmiento en su Facundo y dígaseme qué prueba adu- 
cen. Pienso que los hechos históricos deben escribirse, 
cuando menos, con probabilidades ciertas, por dichos de 
personas de fe, que tengan motivo para decir: lo he visto, 
lo he oído ó lo sé por esta causa; pero nunca puede 
darse como cierto el dicho de un hombre por sólo saber 
narrar y coordinar ideas. Los hechos históricos tienen 
sus exigencias indispensables, que cuando no son debi- 
damente cumplidas, no pueden ser admitidas como ver- 
dades. No sé cómo no obtuvo ó cómo se le escapó á 
Rivera Indarte hacerse dar copia de la carta de López á 
Francisco Reinafé que publica recién hoy Díaz y Zinny. 
¿Se le habría extraviado el original? 

Voy á volver sobre la carta del general Rozas á Qui- 
roga, 20 de diciembre del 34, escrita de la hacienda de 
Figueroa. Se ha dicho muchas veces que fué escrita 
después de la muerte de Quiroga para extraviar la opi- 
nión y hacer creer que había interés en la misión del 
general Quiroga y que no se pensaba en tal asesinato. 
Díaz, á, quien se la facilité por pedido que me hizo para 
publicarla en su libro Historia jiolUica y militar de las 
repúblicas del Plata, no asegura sea verdad su oportima 
dirección y se explica en términos dudosos por no con- 
trariar sin duda el dicho de otros escritores, y todo esto 
á pesar de haberle referido el modo cómo fué escrila y 
dirigida y que estaba en poder de Rozas manchada con 



— 406 — 

la «tingre de la víctima. Vea usted, pues, cómo se es- 
cribe la historia y la tendencia á desvirtuar los hechos: 
todo es muy reciente. 

Aunque no lo considero preciso, le coijiaré á usted un 
párrafo de carta que me dirige el general Rozas desde 
Southampton en julio 8 del 68. Habla de un encargo que 
me hizo y dice: 

«Dígale también que el original de esa carta de letra 
de usted á S. E. el señor general Quiroga, señalada con 
la sangre preciosa de la ilustre víctima, está en mi ar- 
chivo en esta pobre chacra, rubricada en las márgenes 
de cada uno de sus cinco medios pliegos por el escri- 
bano mayor de gobierno don José R. Basavilbaso en fe 
de la verdad. Acto que tuvo lugar ante el gobernador 
y capitán general de la Provincia encargado de las re- 
laciones exteriores de la Confederación Argentina y en 
presencia también de los ministros de la Provincia y de 
todo el cuerpo diplomático. 

«Está también acompañada de una carta autógrafa 
de S. E. el señor Mendeville. ministro del gobierno de 
S. M. B., al general Rozas, elogiándolo altamente al de- 
volverle esa misma carta que fué por él enviada á su 
gobierno, en cuyo archivo se dejó copia que en él 
existe.w 

En todo este relato, señor y amigo, no hay más que 
la verdad pura y neta, lo mismo que lo diría de otras 
culjjabilidades brutales, por esa tendencia en los escri- 
tores de aquella época y los opositores de aquella admi- 
nistración, en querer á toda fuerza que los hechos que 
se producían durante ese período apareciesen bajo un 
prisma horrible de maquinaciones infernales fraguadas 
por los hombres que estaban al frente de los destinos 
públicos y muy particularmente por el general Rozas. 

Yo no he estado cerca del general López, ni conozco 
h) interior de su gabinete, ni manejos; pero conozco la 
correspondencia de este señor con el gobierno de Bue- 
nos Aires ó con el general Rozas, y sobre todo, que 



— 407 — 

nada resulta contra este señor en la causa que se les 
formó á los verdaderos asesinos de Quiroga. Si en ella 
hubiese resultado algún cargo contra el general López, 
no crea usted que hubiese quedado en silencio. Las 
reflexiones, pues, que hago en esta carta, respecto de 
la parte que se le atribuye, son las que saltan á la 
vista del más profano que viese las cosas libre de una 
exagerada prevención, buscando siempro maldades en 
todos los actos de ciertos hombres. 

La prevención, que según nuestro amigo Terrero, le 
hizo el general Rozas á Quiroga en la conferencia en 
Flores, no la pongo en duda, puesto que iba en una co- 
misión delicada al centro de las provincias donde impe- 
raban ideas sugeridas por enemigos que á toda luz tra- 
bajaban de todos modos, y que ya habían logrado tras- 
tornar el orden establecido en ellas y cuyos trabajos iban 
dando sus frutos como había •í'ucedido en el mismo Bue- 
nos Aires después de salir el "íeneral Rozas al desierto. 
Qué extraño es, pues, que le dijese : Tenga cuidado 7io vaya 
usted á ser envuelto en esas cosas y le jueguen nuestros enemigos 
una Tnala pasada. El mismo general Rozas acababa de es- 
cajjar de una celada preparada desde Buenos Aires á su 
regreso del desierto. Premio digno después de los sacri- 
ficios que acababa de hacer por su patria, y sólo propio 
de hombres conocidos en ese camino. 

Hay más que me olvidaba. Los Reina fé decían á San- 
tos Pérez «que no tuviese cuidado y estuviese seguro 
porque reunidos los señores Rozas v López en la resolu- 
ción, plan ó convenio de matar al general Quiroga, era 
que el primero lo mandaba con pretexto de enviado»; 
fojas 808 del extracto de la causa. Esto, pues, consta en 
la misma y es muy repetido en muchas declaraciones y 
no ha habido porqué dejarlo de poner y hacer constar, 
porque es sabido que es un arbitrio que toma todo ase- 
sino ó ladrón para aumentar sus cómplices y asegurar su 
designio. Estas son las pruebas concluyentes: todo lo 
que dicen lo sacan de la misma causa publicada, glo- 



— IOS — 

stmdo las declaraciones, cambiando conceptos, tomando 
esta frase y la otra, haciendo íigurar á éste como espía, 
al otro vendido á Rozas sirviendo de instrumento, enga- 
ñando y desviando la verdad para introducir en los 
ánimos la desconfianza, inclinando la opinión á su ob- 
jeto. ¿Y si estaba tan seguro, como ellos le decían á 
Santos Pérez, por qué lo envenenaron? No ha de haber 
sido por ellos, por cierto : ha de haber sido por salvar 
del compromiso á Rozas y López; pero quedaban ellos 
que era en quien residía el secreto. 

Me he extendido demasiado sobre un punto acerca 
del cual no debe existir ni la más leve duda ni culi>a- 
bilidad de otros que no sean los juzgados; pero esta se- 
guridad está en la conciencia de cada uno y sólo podría 
variar en mí, con vista de documentos irrecusables y no 
por copias hechas por los mismos criminales. 

Me felicitaré si he podido llenar sus deseos para po- 
der juzgar en este asunto que tanto le hace vacilar. 

Quedo entretanto como siempre suyo atento servidor 
y amigo 

Antonino Reyes. 



Excelentísimo señor don Juan Facundo Quiroga. 

.\(--ollara(las, abril 4 de 1833. 

Mi general: Llovido del cielo en este país nunca 
debí aparecer en él sino bajo el aspecto de un desco- 
nocido, y aun cuando en mi carrera militar hubiera 
sido sin segundo, debería haber trabajado por otro y 
jamás por mí. Estas ideas fueron las que en el año 
22, me hicieron envainar mi espada, que sólo la fuerza 
de las circunstancias me obligaron á empuñar después, 
y es muy cierto que si usted no hubiese tomado á su 
cargo mi prosperidad, mi cálculo no sería falso. 



— 409 — 

r)eV)o á usted el adelíUito de mi carrera, la subsisten- 
cia futura de mi familia, y el Ijuen renombre que de 
mi existe en toda la República. Sin más méritos que 
su generosidad, la elección que de mí usted hizo, para 
el mando de las tropas del centro de esta ardua em- 
presa me hubiese inmortalizado, y aseguro á usted con 
ingenuidad, que no ha sido ni la recompensa, ni el 
deseo de la inmortalidad la que me arrastró gustoso á 
ello; lo fué sí la fuerza de gratitud y el deseo de sa- 
criíicarme para dejar á ustefl airoso en una empresa en 
(]ue tenía tanta j)arte. 

Yo desafío á todo aquel c|ue me ataque de haber de- 
mostrado la menor debilidad, de haber economizado mi 
existencia. Ella no me pertenece, desde que tiene un 
conservador, y sacrificándola á usted lleno mi deber en 
alguna parte, pero no tengo malicia para conocer á los 
liombres, ó mi talento es muy inferior para precaverme 
de los tiros de la envidia y de las maquinaciones de 
l(is perversos egoístas. De cualquier modo soy vencedor 
del enemigo común, y la perfidia más atroz no tan 
sólo me vence, sino que lleva tras sí una opinión con- 
soladora para usted. Sí, mi general, los cordobeses me 
han vencido haciéndome la guerra de recursos, me 
han engañado y si no ando pronto quizás también me 
hubieran sacrificado. Mi pluma no es suficiente á deta- 
llar los pormenores, y tomo la resolución de mandar al 
coronel Seguí, testigo de todo, para que informe á usted. 
Me han informado de la abundancia de aguas y de la 
fertilidad de los campos., el mismo que hacía dos meses 
que había mandado sus emisarios al Salado; me han 
quitado los ganados y caballadas que dejé á mi reta- 
guardia custodiados por hombres de su confianza, y al 
verme resuelto á continuar mis marchas, tengo sobradas 
sospechas para creer minado el batallón de infantería á 
la insubordinación, pues el coronel Reinafé se empeñó 
en que lo hablase para que se convenciese de la nece- 
sidad de hacer su marcha á pie; lo cité para que me 



— 410 — 

acompañase, y se me fué. Cuando hablé á la tropa me 
contestaron que irían con ííusIo. excepto uno que con 
descaro gritó que ninguno me acompañaría: éste fué 
fusilado en el acto. Cuando emprendí mi retirada á la 
orilla para tomar desde allí mi rumbo al Salado, entre 
otras cosas ordené al señor Keinafé vieniese á aquel 
punto á. tomar órdenes, lo (pie no fué posible conseguir. 
y escribí directamente al coronel Barcala para que le 
informe del estado del batallón. Estos antecedentes 
unidos á otros, me afirman en que se había trabajado para 
insubordinar y no tiene nada de particular: sospecho 
de este modo puesto que mis antecedentes son el 
origen. Yo le supliqué me diese á don Pedro Bengolea 
que se brindaba á ello para el cuidado del ganado y se 
resistió porque siendo comandante general de la villa se 
necesitaba en él, y que para el efecto traía oíiciales de 
confianza y siendo el mejor el que quedó con las 1840 
cabezas, resulta ser éste según se me ha informado un 
hombre perseguido por él. No es esto sólo, sino que 
habiendo yo convenido con los jefes en que después de 
alejarnos haríamos entender que los enemigos nos ro- 
deaban á fin de evitar la deserción en el día, discul])a 
sus patrañas con esta idea, saliéndose de las mismas 
ejecuciones que yo propuse. En fin, señor, no soy sufi- 
ciente para repetir todos los sucesos. Sí seré para co- 
nocer lo que le debo, y para asegurarle me sacrificaré 
en cumplir cuanto me ordene como que soy impelido 
por deber y gratitud. 

B. S. M. 
José Rríz HriDoimo. 

Excelentísimo señor don Juan Facundo Quiroga. 

Triipaln, julio -¿O de \KA:\. 

Mi general: Un poco masen calma de la terrible 
tormenta que me ha tenido abismado, voy á hacerle á 
V. una pequeña narración de mis acontecimientos: ellos 



— 411 — 

no serán tan exactamente explicados como yo quisiera, 
pero al menos darán á V. una idea para poder inferir 
la situación á que me he visto reducido. La revolución 
de Córdoba originó á la división una desmoralización 
espantosa, la deserción ha sido extremada y el disgusto 
general en todos los que la componen. Los díscolos 
lograron infundir que la revolución era á favor de los 
quiroganos en los unos, y en los otros en contra, resul- 
tando de aquí que hasta los más indiferentes se encon- 
traban exaltados, y sólo esperaban el más jDequeño com- 
probante para obrar decididamente. La agitación de la 
salida de la villa se recibió en un principio como un 
movimiento en contra del gobierno de Córdoba y su 
realización, como una fuga mía para evitar el enojo de 
y. y apoyarme de don Juan M. de Rozas. 

El coronel Torres, no sé si de cobardía, ó de compli- 
cidad, fué un predicador continuo de nuestra situación; 
me acusaba ante la tropa de temerario, por la calidad y 
cantidad de caballadas }■ ganados, como también por la 
poca fuerza con que se abría la campaña, lo rígido de 
la estación, escasez de recursos y lo dilatado de la mar- 
cha que debíamos hacer. 

El disgusto de todos con el coronel Seguí me hizo 
aparecer como un ente imaginario. La división se ardía 
y yo ignoraba cuanto en ella pasaba; sentía la deser- 
ción continua, ponía los medios que me parecían para 
contenerla, surtían poco efecto, los perseguían y esta 
comisión cometida á varios oficiales nunca tuvo más 
resultado que la soba de los caballos; de modo que 
antes de salir á campaña no podía ser útil al gobierno, 
ni en cam^^aña á la República en general : ¡Dará mi ver 
en una batalla que se nos hubiese presentado, me hu- 
biese quedado sólo con algunos auxiliares hasta el día 
de la escandalosa deserción de Torres y Espinosa. 

En estas circunstancias, me i^arecia no debía adoptar 
ninguna medida violenta y sí, sin demostrar debilidad, 
cortar el mal inspirando confianza á mis subordinados. 



— 412 — 

El suceso del 28, me obstruía el plan de sorprender 
los primeros toldos; por consiguiente, el estado de gana- 
dos y caballadas estaban á la vista; podía internarme 
treinta ó cuarenta leguas más, pero quedaba á pie de 
un lado y por otro, el recibo de auxilios era bastante 
difícil por la circunvalación en que quedaba por los ene- 
migos, así es que determiné continuar mi marcha de 
frente, y cruzando el campo llegar á este punto, como 
lo hice, sin que ni oficiales ni tropas supiesen donde se 
encontraban. Despaché al coronel Seguí en solicitud de 
ganados, me fortifiqué teniendo por este medio la tropa 
entretenida, reuní diariamente los más de los jefes, con- 
ferenciaba sobre lo que cada uno de ellos es, el lugar 
que ocupa, y del honor que deben conservar como mili- 
tar. De modo que poco á poco le han ido sintiendo 
ventajas y parece haberse cortado la deserción. 

Me faltaba inspirar confianza al soldado de que su 
poco número era superior para resistir á un enemigo ya 
aterrorizado y disperso por ellos mismos ; mi voz no 
era suficiente : necesitaba de algún comprobante, j di 
orden á las partidas corredoras de campo, que cuanto 
indio pudiesen me lo trajesen vivo. En efecto, el primero 
después de examinado por mí, fué interrogado por cuan- 
to oficial y soldado quiso, y diciéndoles que escasamen- 
te se podrían reunir de 400 á 500 porque todos andan 
dispersos por los campos llenos de espanto y de necesi- 
dad, le han dado crédito porque los cautivos y emisa- 
rios venidos no discrepan de esto mismo. 

Abiertas las trincheras y hechos los corrales para el 
resguardo de gentes y haciendas me pareció debía sacar 
algún partido de los enemigos, para que sin abandonar 
la vigilancia que con ellos es tan esencial, la tropa 
disfrutara de más seguridad evitando un golpe de mano 
y á un mismo tiempo entretener para recibir los auxi- 
lios que se me suministren, persuadido también en que 
si ellos admiten mi oferta, además de disminuir el núme- 
ro de enemigos puedo hacerme de baqueanos exactos» 



— 418 — 

y quizás de hombres que me ayuden considerablemente, 
y remití al prisionero con el mensaje que indica mi 
nota oficial de esta feclia. 

El contento en la división ha empezado á sentirse 
desde la venida de los enviados, y parece que ya se 
han borrado las ideas que infundieron los díscolos. Una 
de las cosas en que me he afirmado es, en que no he 
de recibir indio alguno que no venga con su familia_^ 
porque en mi concepto es el único modo de asegurarlos. 
De modo que sólo me falta el recibo de caballos y gana- 
dos para completar la obra y contar con mía fuerza 
que aunque corta en su número se va moralizando por 
convencimiento. 

Este es el verdadero compendio del estado c'i que me 
he visto reducido; ahora voy á imponer á V. de las noti- 
cias que he adquirido de los mismos enemigos, con 
respecto al terreno que ocupan y única dirección que 
han tomado. 

Los enemigos que anteriormente se hallaban esta- 
cionados al sur y suroeste del fuerte de San Lorenzo se 
van corriendo poco á poco al sureste, sobre las pampas 
próximas á las Tunas y Melincué, de modo que estacio- 
nados en aquellos puntos que distan de nosotros como 
70 á 80 leguas, el tránsito á mi ver es peligroso para 
el comercio, y los gobiernos deberían prevenir á los 
transeúntes. Doce leguas á las Tunas y 18 ó 20 á Melin- 
cué, no es distancia para que ellos aunque estén mal 
montados no den algunos golpes. 

El cacique Yanquetruz, que poco más ó menos estaba 
situado en el número 2 de la carta, se halla en el día 
al sur recto de San Lorenzo, frente á las últimas lagu- 
nas de Salinas, de esta parte de la travesía en un lugar 
que llaman los indios Trecancó, que son los antiguos tol- 
dos de Pallastrus. 

Este movimiento sobre el sureste de algunas indiadas 
hace que á no mucha distancia, estén á mi retaguardia 
los indios, pero en la última partida que vino á hostili- 



— 414 — 

Zíirnos uno que se tomó á los 50 azotes confesó que era 
de la indiada de Coronado, establecida en Quelecurá, 
como de 38 a 40 leguas al noreste de este jDunto ; por 
consiguiente estoy en el caso de necesitar mucha más 
precaución para recibir los anuncios que se me remitan. 
Necesito hacer escrupulosos reconocimientos antes de 
encontrarlos en los campos y escoltarlos con gruesas 
partidas. 

Es de V. reconocido y obediente servidor. 

Q. B. S. M. 
José Ruiz Huidobro. 



COMPLEMENTO AL CAPÍTULO XXVI 



Sefior don Martiniano Ghilavert. 

Punta de las Vacas, 4 de diciembre de 1835. 

Querido amigo : Nosotros nos dejaremos de exordios 
y de preámbulos y nos iremos al grano. Estoy impuesto 
de todo y á la verdad, que si se ha de hacer algo, no 
queda otro camino que el presente, después de haberse 
ft^ustado las esperanzas que López había hecho con- 
cebir. 

Lleva Susviela una carta para C. V. (Calixto Vera) 
(ILie ojalá lo haga decidir. Á pesar que usted no nece- 
sita advertencias, no puedo dejar de hacerle algunas, 
que no son mías, sino de amigos cuyas opiniones debe- 
mos respetar, tanto por su capacidad, cuanto por la po- 
sición que ocupan en el día. 

Es necesario que usted persuada á nuestro C. V. (Ca- 
lixto Vera) (ó más bien que lo persuada Susviela que 
lia de hablar con él), que terminada la elección legal si 
fuese favorable, ó el movimiento que ha de efectuar el 



— 41.1 — 

cambio si no lo fuese, será ayudado eficazmente por 
toda la emigración que al efecto se irá reuniendo gra- 
dualmente en Entre Ríos y poniéndose á disposición del 
nuevo gobierno. Es imposible que la elección si fuese 
adversa no dé á V. (Vera) motivos ó pretextos para el 
movimiento, ó sino que los invente. No hay que pararse 
en pelillos, como jamás se pararon nuestros enemigos. 
Que alegue coacción, temor ó intrigas en las elecciones; 
ó sino, defectos ó crímenes personales de Echagüe ó de 
su sucesor, haciendo siempre resaltar la poderosa tecla 
de que hace años que E. R. (Entre Ríos) es siervo de 
Santa Fe. 

Interesa llamar la atención de V, (Vera) á la necesi- 
dad de convenirse sobre un plan antes de emprender el 
movimiento; porque de lo contrario no se sabe des- 
pués por dónde ir ni lo que se ha de hacer, y de aquí 
la división de opiniones y los disgustos entre los ami- 
gos, capaces de inutilizar los mejores elementos. Que 
se ponga de pleno acuerdo con Ereñú sobre quién será 
gobernador, quiénes los comandantes, á qué empleados 
civiles ó militares se ha de destituir y quiénes lo subro- 
garán, qué se hará con E. (Echagüe) ó amigos de éste 
que caigan en sus manos, qué principios de política in- 
terior y exterior adoptarán. Convenido en todo esto, 
manifestar el plan á los de Santa Fe, y señalar, no día, 
pues esto es aventurado, sino época, es decir, de tal día 
á tal otro; é instar á los de Santa Fe á que procedan 
coiuo ellos, es decir, sobre un plan y con previo acuerdo 
sobre aquellos puntos. En Santa Fe hay la circunstan- 
cia de que al momento deben poner las provincias 
sobre las armas, pues deben temer muy pronto á la 
indiada de R. (Rozas). Si se ven apurados que no se 
paren en medios y que se sostengan de las fortunas de 
López, Cúllen y C^. 

Que cuente V. (Vera) con una fuerte simpatía (cuando 
menos) por parte de Corrientes ; y con que, efectuada 
la revolución en Santa Fe, cae en Córdoba don Manuel 



— IKi — 

López colocado violentamente por Estanislao y K. (lio/as) 
y se restablecen los enemigos ele éstos. 

En cuanto á política interior que proclame la ley. la 
seguridad, la libertad, Á este respecto debe convenirse 
con Ereñú acerca de un punto importante. ¿Qué hacen 
cen la legislatura? La opinión de aquellos amigos es que 
si creen no contar con sus mieml)ros, no se acuerden 
de ella para nada, pero sin decir que la disuelven. 
Pero si cuentan con una mayoría segura, agarrarse de 
ella al instante; convocarla con pompa y urgencia; ins- 
truirla de lo heclio y de los motivos, y depositar en 
ella el gobierno poniendo á su disposición las fuerzas: 
seguros de que será elegido el que ellos quieran. íVsí se 
da á la cosa un aire de dignidad y legalidad y se com- 
promete á todos. 

En cuanto á política exterior, es más delicado pero 
también más imi)ortante. Debe anunciar su gobierno á 
todas las provincias, proclamando la paz, la decisión de 
sostener la independencia de su provincia y la necesidad 
de constituir la Nación. Este último tema le conquis- 
tará la voluntad de la casi totalidad de los gobiernos 
y pojDularizará su causa. Debe en su virtud negociar 
con Corrientes el facultar al gobierno de Santa Fe para 
invitar á todas las provincias á congreso, enviando sus 
diputados á Santa Fe para día determinado. Repito 
que todo, todo esto, deben comunicarlo á los de Santa 
Fe, y no emprender hasta que no estén conformes. 
Adviértale usted que sobre lo de más que deba hacerse 
y que lo dirán los sucesos, se le comunicarán las ideas 
que se crean mejores; pero por ahora basta ésta para 
empezar, y empezar sobre un plan determinado. 

Hasta aquí las advertencias de aquellos amigos (\u.e 
he copiado literalmente. Concluyen con un artículo que 
tiene el objeto exclusivo de encargar el secreto, como 
base principal de los trabajos actuales. Por nuestra parte 
nosotros sabemos bien que sin el mayor secreto todo fa- 
llará y no tenemos que hablar de esto. 



-- 417 — 

Síl'vase usted dar á Sasviela un apunte sobre todos 
estos puntos, agregando lo que á usted le parezca con- 
veniente, pues ya usted verá que en mi carta á V. (Vera) 
me refiero á pormenores que él le dirá verbalmente. 

Por mi parte poco ó nada tengo (|ue agregar, sino 
sobre una cuestión importante de la que bablará á usted 
Susviela en mi nombre. Me [)arece que pensará usted lo 
mismo que yo. 

Concluyo advirtiendo á usted que el centro de dirección 
está en Montevideo, que yo no tengo parte alguna direc- 
tiva, y que es allá donde se debe ocurrir en todos 
los casos en que se necesiten luces. Yo me reservo i);iia 
mi rol natural que es ejecutar. 

Ánimo, amigo, y adelante. Hay intinitos elementos 
contra Rozas, pero cuesta trabajo reunirlos. 

Soy su siempre amigo y servidor. 

Juan Lavalle. 



r.n)ll'LEME\T(l AL rAriTCLll W 



^Señor don Santiago Vasquez. 

Uucixos Aires, 12 de iiiiU'zo ile 1S:>;]. 

Esiiinado amigo: Es la ima del día y acabo de sa- 
ber que lia llegadíj en el mismo día un teniente coronel 
( ntrerriano con un pliego para Lavalleja, en que le co- 
munican que hay cinco escuadrones prontos para pasar 
á ése: el tal teniente coronel se apellida Roo ó Ran y no 
habiendo encontrado á Lavtilleja porque se asegura (|U(^ 
ha salido anoche ú hoy muy temiDrano, se ha dirigido 
aquí al r\ierte en solicitud del ministro de la guerra (pie 
ha quedado de apoderado del primero. 



— 418 — 

Se me asegura también que á Vera, por encargo del 
señor Rivera y por temor de que no le comuniquen estas 
y otras noticias de lo que allí se fragua, lo han mandado 
como 80 (') 100 leguas distantes de aquel tei-ritorio, y se 
supone que con alguna comisií^n. Yo he dado aviso en 
esto acto al sefior Espiuíjsa para que como más inme- 
diato al Fuerte averigüe si está todavía ó ha estado 
antes en el ministerio el citado teniente coronel. Por 
iiltimo, también se me ha dicho que Echagüe dice á 
Lavalleja que no lleve armamento porque allí tienen de- 
masiado. Si algo más se adquiere antes que dé la vela 
el paquete, lo comunicará á V.V. de palabra el sefior Es- 
])inosa, porque nos hemos de ver antes que se em- 
l)arque. 
Su siemj^re affmo. amigo 

José Rondeau. 



COMPLEMENTO AL CAPÍTULO XXIX 



El presidente de la República y general en jefe del ejército. 

Cuartel {j^eneral, noviembre 8 de 1837. 

El ejército de la República con más de dos mil 
oi'ientales marcha á buscar el caudillo anarquista para 
batirlo en donde quiera que lo encuentre. Haga V. S. 
entender por edictos al vecindario de ese departamento 
que el que de palabra ú obra se comprometiese á favor 
del bando anárquico, será tratado sin ninguna consi- 
deración; pues las autoridades del Estado no dispensarán 
en lo sucesivo favor á los ingratos que intenten tras- 
tornar el orden de la República. 

Dios guarde á V. S. muchos años. 

Mantel Oribe. 
Al sefior jefe poético en el departamento de Sori/ino. 



— 419 — 



Montevideo, (licioin])ve 14 de 1837. 



El presidente interino de la República ha sido impues- 
to por la nota oficial del señor alcalde ordinario del 
pueblo de Mercedes, fecha 2 del corriente, y separada- 
mente por conducto del señor presidente propietario, 
general en jefe del ejército nacional, de los aconteci- 
mientos que tuvieron lugar en dicha población de resultas 
de haber aparecido allí una fuerza armada, caudillada 
por don Fructuoso Rivera, arrancando recursos metálicos 
y otros efectos para sostener la anarquía que asesta 
cruelmente las instituciones de la patria y á que el 
señor alcalde se vio precisado á hacer proi)orcionar á un 
vecindario inerme por evitar otros funestos desastres, que 
estaba sujeto á la menor resistencia. Conumicando igual- 
mente que por iguales violencias quedaba depuesta la 
autoridad civil sin otro derecho que la fuerza de un 
bando rejorobado; arrancando de su poder las comunica- 
ciones con que habían violentado al señor alcalde tales 
procederes, y consumando el crimen con el asesinato cruel 
del benemérito ciudadano don Mateo Gurruchaga, precep- 
tor de la escuela de ese pueblo. 

El gobierno no ha podido menos que lamentar la 
consternación de un pueblo violentado por el más atroz 
caudillo; y sensible á las calamidades públicas, no 
perdonará medio que no cansagre para robustecer la 
acción del ejército legal que le persigue y perseguirá 
hasta concluirlo totalmente ; pues los agravios inferidos 
á un pueblo fiel como Mercedes los toma sobre sí como 
propios de su paternal consideración; siente, sí, que ni 
aun hubiese sido dado al señor alcalde sacar una copia 
autorizada de las comuniciones con que el caudillo violó 
las propiedades de aquel vecindario sin más responsabi- 
lidad que la insolencia con que lo ejecutó: no por lo 
que importan para acreditar sus crímenes, tan notorios, 
sino para agregar este documento más al proceso que 



— 42U — 

debe levantarle la Naci(3n ante el mundo entero para 
ser más transparente la perfidia con que aparece despe- 
dazando los principios de una sociedad que prodigó 
inmerecidas distinciones á un perjuro cual se presenta 
el caudillo Rivera á la faz del orlie. 

Con tales sentimientos, al ministro infrascrito le es 
mn\- honroso contestar á la citada nota del señor alcalde 
ordinario, cumpliendo los deseos de S. E. el señor pre- 
sidente interino de la República, y saludándole con las 
consideraciones de su distinguidcj aprecio. 

^l)ks Rexíto Blwoo. 

Al abalde ordinario de la Villa de Mercedes. 



Señor general don Fructuoso Rivera. 

gueguny, lO de al)i'il de 1838. 
Querido amigo : 

En el campo no hay novedad alguna. Núñez me ha 
escrito sobre una carta que le han dirigido de Sandú 
cuyo contenido me dice que le ha trasmitido á V. No 
dudo que Oribe hará todo empeño en llamar la atención 
de imestro ejército en este departamento para asegurar 
el sosiego del suyo del otro lado del río Negro, pero me 
pareíe fabuloso que pasen 400 hombres de Entre Ríos. 
Núñez me manda pedir lanzas, pero no había ninguna 
en nuestro taller, y hoy se ha empezado á trabajar y 
se harán todas las que sea posible. Le he mandado dos 
cajones de munición que pidió, y sobre los ~)i) nifantes 
que solicita espero que determine V. 

El general Pérez me ha dicho que Venancio está 
])i'oiito para desempeñar fielmente cualquier comisión que 
\'. < pilera darle. Vea V. si quiere que se lo mande. Aqui 
está Antonio Méndez que vino de Maldonado con seis 
hombres. Dicen que es calavera, pero tal vez fuera útil 
al lado do í^'ortiuiato ó de algi'm otro jefe al sur (l(d 
rio Neiíro. 



— 421 — 

No lie saljido de don Elias desde ayer, pero no dudo 
que irá mejor. 

Estoy escribiendo sobre la rodilla y ya no puedo nu'is. 
8u siempre amigo 

Juan La valle. 



Señor general don Fructuoso Rivera. 

Qaeguay, 17 de abril de 18: !S. 

Querido amigo : 

Remito á V. al oficial Brito como me previene en su 
apreciable del 15, acompañado por el conductor de la 
del 16, en que me avisa V. la desaparición del ejército 
enemigo de la picada de Carnabal. No dudo que este 
movimiento del enemigo es retrógrado, porque no puede 
permanecer en ningún punto donde nuestros escuadro- 
nes lo hostilicen de cerca y amenacen cortar su comu- 
nicación con la capital. Si el coronel Luna consigue 
andar regularmente montado y se dirige siempre hacia 
la retaguardia del ejército enemigo, éste no pasará hasta 
el otro lado de San José y tal vez de Santa Lucía, en 
cuyo caso el enemigo se encontrará en una situación 
muy crítica, porque habrá perdido los departamentos del 
Durazno, Soriano, Colonia y Maldonado. 

El tal Venancio de quien hablé á V. ayer, no se 
llama así, sino Valencia. El general Pérez me asegura 
(pie se portará bien si V. lo emplea. 

En el campo no hay novedad. Nada he sabido del 
sitio de Sandú, pero tengo confianza en la prudencia 
y el valor del coronel Núñez. El pobre capitán Melitón 
Leyes me aseguran que ha muerto, y perdemos en él 
un oficial valiente y honrado. 

Soy su amigo y afectísimo servidor 

Juan Lavalle. 
Expresiones al general Martínez. 



— 423 

Señor general don Fructuoso Rivera. 

Campo del gueííuay, 27 d*; abril de 1838. 
Querido amigo: 

Contesto su apreciable del 25 que recibí ayer cuando 
los Méndez ya habían salido, en la suposición de que se 
hallaba V. del otro lado de rio Negro. 

Yo no sé cómo habrá Y. considerado el movimiento 
del enemigo á este lado del Yí, pero á mí me parece 
que nos es ventajoso. El objeto puede haber sido sor- 
prender alguna fuerza nuestra ó á Y. mismo, guardar el 
territorio entre río Negro y Yí. y sobre todo manifestar 
energía arrojando nuestros escuadrones á este lado, para 
salir de una situación desesperada. Pero en cambio han 
deteriorado mucho más su caballada sin haber conse- 
guido sorprender á nadie, y si se obstinan en sostener 
el Cerro-Largo nos abandonan los departamentos de la 
costa, principalmente después que crezca el Yí. Por más 
que discurro no puedo encontrar qué ventaja puede sacar 
el enemigo de este movimiento, sino una ventaja moral 
momentánea. Á mí me parece que la tal maniobra nos 
revela un secreto de grande importancia, y es, que el 
enemigo cree que no se puede sostener contra la clase 
de guerra que V. había empezado á hacerle, puesto que 
ha querido salir de esa situación, á costa del sacrificio 
de sus caballadas, sacrificio que él está en la imposibi" 
lidad de reparar, y á costa de verse tal vez en la nece- 
sidad de retroceder de nuevo, cosa que le podría ser 
fatal. 

Ayer tuve un pensamiento, pero fué pasajero. Creí un 
momento que el enemigo pudiese pasar el río Negro, 
venir á Sandú á tomar su guarnición, con cuyo apoyo 
vendría después al Queguay á pasar el invierno en los 
hermosos pastos que nosotros poseemos; pero esta ma- 
niobra sería descabellada, porque en las 30 leguas que 
ellos tendrían que andar del río Negro á Sandú, se 



— 42S — 

expondrían á recibir una batalla con fuerzas inferiores y 
en caballos medio muertos, y por muchas otras razo- 
nes que es inútil nianiíestar. Por último, ¿no sería posi- 
ble que estos hombres hubiesen ttraído el doble objeto 
de sacar caballadas del Cerro-Largo? Y. debe juzgar sobre 
esto con más exactitud que yo. 

He hablado con el coronel Jerónimo Jacinto, y le he 
hecho ver amistosamente la irregularidad de la conducta 
del presidente en escribirle oficialícente sobre tal objeto. 
Me ha dicho que no le es posible contestar por ahora^ 
dejándolo para más tarde. 

Hoy he despachado á Baltar, y tanto por su empeño 
como por el de los jefes, he consentido en que vaya con 
él el vecino Orrego, con tal que se presente en el cuar- 
tel general. Este hombre fué preso en la estancia de 
Valdez, adonde dicen que se hallaba por accidente, y 
muchos me aseguran que es muy amigo de V. Aquí que- 
dan presos sus dos hijos, pero muy bien tratados, lo 
mismo que todos los demás. 

So}^ su amigo y servidor 

Juan L.vvalle. 



Abril 4 (le 1838. 

Marchando siempre en consonancia con los principios 
que ha proclamado la República riograndense, y pene- 
trado por otra parte de que es preciso precaverse por 
todos los medios que sean dables de las asechanzas de 
la corte de Río Janeiro, como también de la connivencia 
^n que está con ella don Manuel Oribe; he creído con- 
veniente que el señor teniente coronel don Martiniano 
Chilavert siga viaje cerca del gobierno de la República rio- 
grandense, para entrar con ella en un tratado que ase- 
gure mutuamente la seguridad de ambos Estados y la 
destrucción de las pretensiones de la corte sobre San 
Pedro del Sur; como también la del tirano Oribe que 
rige hoy los destinos de la República Oriental ; mas como 



— 431 — 

|)ai;i olio os proclfto lijar algunas bases, el señor Ohila- 
vort, comisionado al efecto, olirai'á con arroLílo ;'i las 
instrucciones siouientes : 

Ai't. 1". VA comisionado empezaní sus trabajos por ha- 
cer penetrar al njobierno ó individuos iuthn'entes. de que 
es de absoluta necesidad olvidarse do intereses perso- 
nales, y sólo fijarse en el bien de ambos países, hacién- 
dolo éste, tanto ])or una y otra parte, con la mejor 
buena fe. 

'2". Si le fuese })osil)le al comisionado se verá, antes 
do hacerlo con el gobierno, con ÍS. E. el señor general 
Bentos Manuel, para que éste haga valer su influjo al 
objeto á que se desea llegar. 

8". Dados estos primeros pasos y persuadido el comi- 
sionado de que están disipadas todas las i)revenciones 
que sabe había, propondrá que se establezcan relaciones 
de amistad que el tiempo pueda consolidar. 

4". Establecido ya el buen estado de relaciones, pe- 
dirá el auxilio de cuatro piezas de artillería y sus do- 
taciones correspondientes, ofreciendo por su parte y de 
])ronto mil y quinientos caballos, obligándose á mandar 
después algunos más y con concepto de que el ejército 
no carezca de ese recurso. 

5". Sin embargo de lo que se previene en las ante- 
cedentes instrucciones, queda facultado el señor comi- 
sionado para obrar en algo que ellas no comprendan y 
cuyo caso pueda presentarse : pero debe tener presente 
(pie. de ningún modo, han de perjudicarse los inte- 
reses de la República ni del ejército. 

Cuartel general en el Uruguay, 4 de abril de 1838. 

P^RFCTUOSO Rl VER.\ . 



— 425 — 

Señor coronel don Martiniano Chilavert. 

Queguay, 20 del mes de América de 1838. 

Mi apreciado amigo : Por su estimable de usted del 
18 he salido de la ansiedad en que estaba, pues que 
nada hasta ese momento había podido saber de usted; 
mas la lectura de su precitada carta me hace concebir 
que su comisión tendrá resultados felices. 

Las alarmas de que usted me habla respecto de la 
existencia de José Rodríguez y su fuerza en el territo- 
rio, no se pueden considerar justas. Usted sabe que á 
nuestro arribo á esta Repúlilica existía esa fuerza en 
combinación con Oribe y que su movimiento al otro 
lado de la línea lo ejecutó después de nuestro suceso 
del Yí: que hoy se conservan en el territorio algunos 
restos de ella, pero con órdenes de no poderse mover, 
y ya habría tomado otras medidas, si mi joosición no 
me llamase á objetos de mayor interés; tal vez muy 
pronto esté desocupado de ellos y entonces haré que 
unos y otros no penetren impunemente en el territorio 
como lo están haciendo. 

FA coronel José Rodríguez, como usted sabe, fué con- 
ducido preso al cuartel general, y esta medida ha 
traído el resultado de hacer desligar aquella fuerza de 
la unión que tenían con Oribe, y estaría ya muy dis- 
tante de la frontera si en los momentos mismos en 
que se iba á disponer lo conveniente al efecto, no hu- 
biera recibido un parte de la del Yaguarón, por la cual 
se me avisaba no sólo el ataque á la fuerzas de Pedras, 
á quien mataron, sino que también el jefe político 
de aquel departamento había pasado la línea para tener 
una entrevista con un jefe republicano, en consecuencia 
de las instrucciones que al efecto había recibido de 
Orille. Ahora bien, mi amigo: si los hombres desean que 
nosotros hagamos en su favor todo cuanto ellos entienden 
que les conviene, es preciso que por su parte, den tam- 



— 426 — 

l)ién pi'iiobas de que desean nuestra amistad: porque 
no obráníiose así, no encontraremos sino motivos de 
tropiezo ú cada paso. 

Preciso es que confesemos, mi amigo, que todos á la 
vez habremos cometido nuestras faltas, mas también 
estoy satisfecho que no soy yo el que haya podido 
tener la culpa de ellas, pues que con mucha antici- 
pación escribí al ministerio, y á diferentes otras per- 
sonas, para (pie nombrando nuestros respectivos comi- 
sionados, pudiéramos entendernos y establecer en con- 
secuencia relaciones de estrecha amistad. 

Desde que entré al territorio de la República estoy 
completamente penetrado que dañaba mucho á los in- 
tereses de ella el permitir que tanto los legales como 
los republicanos pasasen la línea impunemente: pero 
he dicho antes y repito ahora, que las atenciones que 
me han rodeado es el motivo por que no he puesto 
remedio á esos avances, agreganao á más que no ha- 
biendo recibido ninguna atención de los republicanos, y 
sí muchos ataques directos, no era pues ni razonable 
que me formasen compromisos con quienes nada me 
habían hecho. Usted conoce que este modo de condu- 
cirse es el que aconseja la justicia; mas siempre 
que nuestras relaciones se establezcan tales cuales de- 
ben ser, mi política será enteramente otra. Pasemos 
ahora á otra cosa. 

El estado de nuestros enemigos es cada día más 
afligente. Oribe en el ejército no ha podido hacer nin- 
gunos adelantos, sufriendo pérdidas diariamente, y su 
hermano Manuel, son tan fuertes los apuros en que 
está, que ha anunciado la publicación de un proyecto 
para emitir ciento cincuenta mil pesos papel moneda. 
Se dice que este anuncio ha encontrado su resistencia; 
pero Manuelito, que tiene poca consideración con el 
país, lo hará pasar. 

Yo deseo que el precijjitado proyecto se realice, por- 
que es el último escalón para su ruina. 



— 427 — 

Los hombres de Paysandú continúan su resistencia; 
pero según los últimos partes de Núñez se encuentran 
bien apurados: sin embargo, después de que Juan Anto- 
nio Lavalleja ha venido á tomar el mando de aquel pue- 
blo, quizá haga mejorar el estado de los defensores por 
sus sabias y acertadas medidas que tome al efecto ; aun- 
que á mí me parece que al hombre lo han mandado á 
aquel lugar para que presencie la última escena que 
debe representarse con él. 

El capitán graduado de teniente coronel Almada que 
destiné á operar sobre el Cerro Largo, da parte de que 
la única fuerza que allí existía mandada por Calengo, 
la había hecho pasar al otro lado de Olimar, quitán- 
doles doce tercerolas, igual número de sables y cananas, 
más trescientos y pico de caballos, aumentando su nú- 
mero hasta sesenta y ocho hombres. Dice también que 
iba á marchar sobre el Cerro-Largo, y que creía que 
en ^poco tiempo hadría aumentado el número de los 
hombres que tenía. 

Nuestro ejército ha empezado á moverse : una divi- 
sión se haya hoy en la Orquesta de Salsipuedes y otra 
en las Averías, y el resto de la fuerza estará en marcha 
conmigo dentro de tres ó cuatro días. 

Mi señora escapó al fin de las garras de Manuel y 
creo que después de ocho días estará ya con nosotros. 

Que sea usted feliz y goce de salud le desea su 
affmo. amigo Q. B. S. M. 

Fructuoso Rivera. 
P. D. — Al señor Funes mis respetos. 



índice del tomo segundo 



CAPÍTULO \l\.~Lavalle y Hozas. (18-¿9). 

Pás 



I. Miras (le los revoliu-ioiiarios dol 1" ile itioiembrí'. — II. Lo qin' Vfiiiii lus ad- 
versarios. — III. El rigorismo revolucionario : la prensa y las clasifica- 
ciones de los federales. —IV. La reacción de las provincias. — V. Porqui' 
esta reacción aparecía más radical que la anterior. — VI. López y Rozas 
on la campaña do Buenos .\ires. — VII. Lavalle envía, á Paz al interior y 
sale á contener á aquéllos. — VIII. La táctica de López y de Rozas. — IX. 
Combates de las Palmitas, Vizcacheras y Puente ilc Márquez. — X. López se 
retira á Santa Fe y propone á Lavalle la paz. — XI. — Los prestigios de 
Rozas. — XII. Lavalle contra los sentimientos y la tendencia de la campaña. 

— XIII. Su resolución en presencia de eslos lieclios. — XIV. Su escursión 
nocturna al campo enemigo. — XV. Lavalle vi\ v\ alojamiento de Rozas. — 
XVI. Conferencia entre Lavalle y Rozas, — XVII. Convenio de 2-i de junio 
<lc 1829. — XVIII. Impresión que produjo el convenio. — XIX. Fraude en las 
elecciones: lo que pensaba Rozas de esta situación. — XX. Convenio adi- 
cional de 21 de agosto : nombramiento del general Viaiuonte. — XXI. Fusión 
del partido urbano de Borrego con el partido de las campañas. — XXII. Nuo-* 
vas adhesiones á este partido: rumbos i'ii (]ne entra desde luego. — XXIII. 
Aspiraciones de Rozas al gobierno. — XXIV. Vacilaciones del general Via- 
nionte para convocar á elecciones. — XXV. Consulta que le hace á Rozas 

— XXVI. Opinión de los dorreguistas. — XXVII. Informe de Rozas en la 
consulta del gobernador. — XXVIII. Este convoca la legislatura derrocaila . 1 

CAPÍTlLr) XV.— £7 Ejeculivo fuerte. (18-¿9- 1830). 

I. La ley de (i de dii-iciabre dr 1S2!). — II . Las facuUades exlraordiiiavias 
y sus antecedeutes. ^ III. Rozas eI<'.Lrido gülieriiador: su recepción. — IV. 
Prospecto político: la proclama á las campañas. — V. Evolución orgánica 
de la sociabilidad. — VI. Teoría de las evoluciones <leseendentes. — 
VII. Plan de la do 1830: la idea de la fedm-acióu vinculada á la persona 
de Rozas. — VIII. El sentimiento ineducado depriniicndo la libertad. — 
IX. Las medidas rLqiresivas. — X. La legislatura partidaria: condecora- 
ciones y honores ([uc discierne á Rozas: notables declaraciones de éste al 
rehusarlos. — XI. Rozas previene contra los libertadores de sable. — 
XII. Traslación de los restos de Dorrego. — XIII. Manifestación popular 
ú.que esto da lugar. — XIV. Alocución de Rozas sobre la tumba de Dorre- 
go. — XV. La administración y hacienda de la Provincia. — XVI. El go- 
bierno de Rozas se pone á la defensiva. — XVII. La escursión admini.stra- 
tiva á la campaña. — XVIII. Curiosa correspondencia con el gobierno i-ivil 
y eclesiástico oq 



— 4:^0 — 

Pág. 

CAPÍTTLC) XVI.— Pai y Quirogn. (1829-1830). 

I. Entrada del general Paz en Córdoba: Bustos se retira y aquél ocupa la 
ciudad. — II. Bases de arreglo: la política del más fuerte. — III. Paz ataca 
y derrota á Bustos. — IV. Circular de Paz á los gobernadores y al general 
Quiroga: respuesta de Quiroga. — V. Perfiles del general Juan Facundo Quiro- 
ga. — VI. Las huestes de Quiroga. — VII. Las acusaciones dolos enemigos y 
las manifestaciones de los patricios. — VIH. Boceto del general José María 
Paz. — Los veteranos y los llanistas — X. Invasión de Quiroga. — XI. Paz sale 
á batirlo y Quiroga se entra en la ciudad de Córdoba. — XII. Batalla de la 
Tablada: derrota de Quiroga. — XIII. Combate del 23 de junio: nueva derrota 
de Quiroga. — XIV. Fusilamiento de los prisioneros de Quiroga. — XV. Comisio- 
nes mediadoras: fracaso de éstas. — XVI. Campaña de Paz sobre la Sierra. — 
XVII. Nueva campaña de Quiroga sobre Córdoba: notable comunicación que 
dirige á Paz. — XVII. Xueva mediación: Paz le impide conferenciar con Quiro- 
roga. — XIX. Batalla de Oncativo ó Laguna Larga: Quiroga se retira á Bue- 
nos .4.ires :i8 

('APÍTl LO WW.—El iníerior y el litoral. (1^30-1831). 

1. Política de Paz cuando es arbitro del interior. — II. Su título y motivos 
para someter las provincias. — III. Modo cómo las divisiones de Paz re- 
suelven en favor de éste la situación de las provincias. — IV. Lamadrid 
en La Rioja: Videla Castillo en Mendoza: los Videla en San Luis: Alba- 
rracin en San Juan: López y Dehesa en Santiago del Estero — V. Trata- 
do de alianza entre los gobiernos del interior, Cuyo y norte. — VI. Al- 
cance de este tratado. — VII. Ellos invisten al general Paz con el 
Supremo poder militar. — VIII. Invitación del general Paz á los gobier- 
nos del litoral. — IX. Éstos lo invitan á organizar la República bajo el 
régimen federal. — X. Porqué Paz hizo imposible TpoT entonces la organi- 
zación nacional : el plan de la organización unitaria. — XI. Comienzo do 
ejecución de este plan: revolución unitaria en Entre Ríos. — XII. Derro- 
camiento del gobernador Sola : anarquía entre los partidarios de López 
Jordán y los de Barrenechea. — XIII. Carril y demás revolucionarios 
invitan al general Paz á que se ponga en acción contra el litoral. — 
XIV. Lucha entre López Jordán y Barrenechea, y fracaso de la revolu- 
ción.— XV. Iniciativa orgánica del litoral: El Pacto federal de 1831.— 
XVI. Organismo institucional que establece. — XVI. Puntos de ¡lartida 
del Pacto, distintos de los de las constituciones anteriores : su trascen- 
dencia en el futuro de la República Argentina. — XVIII. El Supremo 
poder militar como principio antagónico al Pacto federal. — XIX. Lu- 
chaba el general Paz por organizar la Nación, según la voluntad de las 
provincias ? 55 

CAPÍTULO WIU.— Guerra entre el interior y el liLural. (1831). 

I. Circunstancias en que el general Paz se propone llevar sus armas sobre 
wl litoral: actitud de las repúblicas americanas ante la anunciada tentativa 



— 431 



de la España. — II. Mediación de Cliile entre Rozas y Paz. — III. Marcha 
del general Paz sobre Santa Fe. — IV. Operaciones del ejército federal en 
Córdoba: combate de Fraile Muerto. — V. Quirogatoma por asalto Río 
Cuarto: derrota á Pringles : derrota á Videla Castillo: represalias que 
toma por el asesinato del general Villafañe. — VI. Paz se dirige á batir 
á López : modo cómo es tomado prisionero : la narración de un testigo 
ocular. — VII. Reacción de Paz en favor de la transacción con los federales. 
— VIII. Lamadrid toma el mando del ejército unitai'io y se retira á Tucu- 
mán. — IX. Negociado entre el general federal y el gobierno provisorio de 
Córdoba. — X. Ocupación de Córdoba por la vanguardia federal. — XI. 
Regreso del ejército auxiliar: el fusilamiento de prisioneros en Buenos 
Aires. — XII. Resolución de las situaciones políticas del interior y de 
Cuyo. — XIII. Quiroga marcha sobre Tucumán : antecedentes entre él, don 
Javier López y Lamadrid. — XIV. Las cartas de Lamadrid sobre su conducta 
en La Rioja, y secuestro de los dineros de Quiroga. — XV. Batalla de la 
Cindadela. — XVI. Quiroga después de la victoria. — XVII. Lamadrid 
pide clemencia á Quiroga. — XVIII. Proceder levantado de Quiroga. — 
XIX. Intimación de Quiro.ga á Alvarado: resolución de todas las provin- 
cias en favor de la federación 

CAPÍTULO XIX.— Zí/^ Islas Malvinas. (1832). 

La isla de la Soledad: la concesión á Vernet. — II. Colonia que 
éste forma. — III. El gobierno argentino nombra á Vernet gobernador de 
de Malvinas : Vernet reitera las prohibiciones sobre pesca. — IV. Apresa- 
miento de barcos norteamericanos. — V. Insólita reclamación del cónsul 
de los Estados Unidos : digna conducta del gobierno de Buenos Aires. — 
VI. Los atropellos de la corbeta norteamericana Lexington en la isla 
de la Soledad. — VIL Reclamación del encargado de negocios de los Estados 
Unidos : el gobierno de Rozas le exige satisfacción é indemnizaciones por 
el atropello de la Lexington.— \lll. Aquél pide sus pasaportes y aban- 
dona la cuestión. — IX. La Gran Bretaña reclama de los decretos del go- 
bierno argentino sobre Malvinas : contesta los derechos de ésta y se los 
arroga él mismo. — X. Sinopsis histórica: descubrimiento de Malvinas: 
exploraciones de Magallanes, Alcazaba, Loiza y Villalobos. — XI. Los ho- 
landeses disputan ese descubrimiento á los británicos de 1598 en adelante. 
— XII. El mejor derecho de la España en el supuesto de que el descubri- 
miento fuese un titulo. — XIII. La primitiva ocupación de las Malvinas: 
Bougainville establece una colonia á nombre del rey Luis XV.— XIV. 
España reclama las Malvinas: Francia reconoi^e el derecho, y España 
compra á Francia la colonia.— XV. Expedición del capitán Machrige: éste 
se apodera de Malvinas é intima el desalojo de la isla de la Soledad. — XVI. 
España es reintegrada en la posesión de Malvinas. — XVII. Los ingleses 
intiman á los españoles el desalojo de la isla de la Soledad : otro ante- 
cedente del derecho de España reconocido por la Gran Bretaña. — XVIII. 
Expedición de 1770 contra los ingleses : son desalojados por los españoles. — 
XIX. Satisfacción que demanda el gobierno británico. — XX. Notable de- 
claración del embajador de España, que acepta sin reserva el gobierno 



PáE 



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británico. — XXI. Estu i'.s roiiistulado en Puurto Egiuunt, á coiuliciún do 
íibandonarlo. — XXII. La condición de abandonar Puerto Egmont aparece 
en la correspondencia del gobierno británico.— XXIII. Ella es enunciada 
también en el parlamento británico. — XXIV. L:i misma condición se ex- 
plica en la cláusula por la cual España salvaba sus derechos anteriores 
á Malvinas en el convenio do 1771. — XXV. Otras pruebas que de la condi- 
ción del abandono suministran los publicistas y estadistas ingleses. — XXVI. 
Conürnian lo mismo los documentos sobre la evacuación de Puerto Egmont 
por los ingleses.— XXVII. Calidad de los títulos de España á las Malvinas 
<;n 177-i: posesión tranquila que ejerce en Malvinas hasta 1810.— XXVIII. 
Las Provincias Unidas suceden á España en los derechos de ésta sobre 
■el virreinato del Plata. — XXIX. Actos de soberanía del gobierno argentino 
sobre Malvinas. — XXX. Singularidad de la reclamación del agente de los 
Estados Unidos. — XXXI. Nuevo atropello del almirante Baker: los ingle- 
ses se apoderan á mano armada de Malvinas. — XXXII. Respuesta de lord 
Palmerston á la reclamación del gobierno de Buenos Aires —XXXIII. Pro- 
testa >j memoria del ministro argentino al gobierno británico: reticencias 
de lord Palmerston. — XXXIV. Piesumen de los títulos legales é históricos 
de la República Argentina. — XXXV. La jirioridad del descubrimiento in- 
vocado por la Gran Bretaña.— XXXVI. Las declaraciones oficiales del 
gobierno británico que robustecen los derechos de la República Argentina. 
— XXXVII. A qué titulo la Gran Bretaña retiene las Malvinas.— XXXVIII. 
Notable declaración de sir Willíam Molesworth 86 

CAPÍTULO XX.— Xas facultades eoHraordinarias. (1832). 

El prospecto nacional: la fctleración en las provincias. — II. Los cam- 
peones de la federación : origen de la divisa punzó. — III. Decreto sobre el 
uso de la divisa. — IV. Antecedentes de estos usos en la República. — V. 
Decretos contra la libertad de imprenta. — VI. La hacienda pública: hábil 
administración del_ministro García. — VIL La suscripción á los fondos pú- 
blicos. — VIII. Modo cómo ésta se llevó á cabo: éxito que se obtuvo. — 
IX. Nueva organización del ministerio. — X. La labor administrativa de 
Rozas: los progresos urbanos y los mejoramientos rurales. — XI. Rozas 
devuelve á la legislatura las facultades extraordinarias : esj)ecialidad del 
Mensaje en que tal devolución verifica. — XII. Circular de la Comisión 
Representativa de Santa Fe para que las provincias enAÚen sus diputados 
al Congreso federal. — XIII. Trabajos de los diputados de Córdoba y del 
gobernador de Corrientes en oposición á ese propósito. — XIV. Principios 
que éstos invocan para proceder en sentido contrario al propuesto. — XV. 
Quiroga los denuncia ante la opinión pública. — XVI. La respuesta de 
<3uiroga al diputado y gobernador de Córdoba. — XVII. El gobierno de 
Rozas recurre á los de Córdoba y Corrientes del jirocedcr de los diputados 
y los invita á trabajar la Constitución. — XVIII. Motivos que aduce el de 
■ Córdoba para diferir la obra de la Constitución: respuesta del de Corrientes. 
— XIX. Tratado particular que jiropone el de Corrientes al de Santa Fe: 
López lo rehusa después de consultarlo :í Rozas. — XX. La Constitución 
obstaculizada nuevamente. — XXI. Elección del general Balcarce. — XXII. 



48R — 



Programa de gobierno de éste. — XXIII. Motivos de las renuncias reite- 
radas de Rozas. — XXIV. Síntesis del periodo gubernativo de 1829-1832 lUt 

CAPÍTULO XXL— ia conquista del desierto. 
(1833-1834). 

'. Iniciativa de "Rozas para conquistar el desierto — II. Sus trabajos en 
este sentido desde 1820 hasta que subió al gobierno. — III. Invitación 
que al respecto dirige al gobierno de Chile y á los generales Quiroga y 
López. — IV. Plan que combinan entre si. — V. La revolución en Chile 
y la paz que celebra el general Bulnes con los indios. —VI. La expedi- 
ción se organiza con tres divisiones argentinas. — VII. Preparativos 
cientifico-militares para la marcha de la división Izquierda. — VIII. Ro- 
zas la revista en el Monte. — IX. El gobierno le niega á Rozas los re- 
cursos votados: Rozas abre sus marchas no obstante. — X. La llegada 
á Tapalqué : Catriel y Cachul. — XI. El ejército se interna en el desier- 
to. — XII. Pasije del arroyo yaposíá. — XIII. Rozas adelanta su 
vanguardia al mando de Pacheco : sus providencias en su itinerario 
hasta el río Colorado. — XIV El cuartel general del rio Colorado. — 
XV. Rozas manda explorar el rio Colorado. — XVI. La división del 
Centro contra los ranqueles : avisos de Rozas al general Huidobro. — 
XVII. Huidobro se dirige en consecuencia sobre el cacique Yanquetrú. 
— XVIII. Batallas de las Acollaradas y derrota de Yanquetrú. — XIX. 
Huidobro lo persigue y se retira después á Córdoba. — XX. División da 
la Derecha: sus marchas hasta Malalhué: ocupa el rio Chadileuvu. — 

XXI. Sorprende á los indios en Limey-Maguida y los bate en los 
tolderías de Yanquetrú: fin de las operaciones de la división Derecha. 

XXII. Operaciones de la división Izquierda: Pacheco ocupa el rio 
Negro: batida en las márgenes de este rio: muerte del cacique Paylla- 
ren. — XXIII. Críticos momentos de la expedición. — XXIV. Sublevación 
que se fomenta á los indios reducidos de Tapalqué y Salinas. — XXV. 
El ministerio de la guerra do Buenos Aires fomenta la sublevación de la 
división Izquierda. 1S8 

CAPÍTULO XXII.— iíz conquista del desierto. 
(Continuación). 

I. Uüzas manda remontar el río Colorado y extiende sus operaciones so- 
bre el centro, la derecha y límite sur del teatro de la guerra.— II. Pacheco 
toma á viva fuerza la isla de Chuele-Choel : Sosa destruye al cacique 
Chocory y Lagos al Pitrioloncay.— III. Delcalzí explora y navega el rio 
Negro.— IV. Pacheco llega á la confluencia del Límay y Neuquen, y bate 
los indios en las faldas de la cordillera.— V. Llegada de Darwín y de Fitz- 
Roy al campamento del Colorado: su opinión respecto de la expedición 
de Rozas.— VI. Campaña del coronel Ramos por el Chari-leo: batida á los 
indios que querían refugiarse en la cordillera. — VII. Enarbola por la primera 
vez el pabellón nacional en el Cerro Payen. — VIII. Campaña de Rodríguez 
y de Miranda al país de los ranqueles y sobre Yanquiman.— IX. Campaña 
de Ibáñez al rio Valchetas. — X. Dificultades con que luchaba Rozas en 
la expedición.— XI, Resultado general de las operaciones de la división 
TOMO II. ~8 



iU 



P=if?. 



Izquierda. — XII. Rozas regresa ;i, Xapostá y desprende una división que 
destruye ú los Borogas.—\Ul. Hozas proclama y licencia la división Iz- 
quierda en Napostá.— XIV. Los limites de Buenos Aires lijados por Hozíis 
de acuerdo con las provincias interesadas. — XV. Los limites de Buenos 
Aires por el S. y S. O. y los actos ejercidos dentro de éstos.— XVI. Los 
lijados por Rozas son los mismos que fijan las cédulas reales desde dos 
siglos atrás. — XVII. Los títulos legales de Buenos .\ires á esos territorios. 
— XVIII. Jurisdicción que ejerció so'ore tallos Buenos Aires hasta 1878.— 
XIX. Una cuestión de derecho federal: la ley de octubre de 1878, que viuln 
esos títulos. — XX. La conquistn ili'l desierto de 18-33 y la ocupación mi- 
litar de 1879: porqué se hizo ncfnsm'ia est;i exiiedicióii . — XXI. Opinión 
del general Roca sobre la eonqnistíi di' 1833.— XXII. Otríi c)))inión del íjp- 
neral Sarmiento 



CAPITULO W]\].—lievolución df los reslauríidores. 
(183.3). 

I. Los actos de partidario del general Balearte y sus compromisos con el 
partido federal. — II. En razón de éstos los federales lo llevan al gobierno: 
sus declaraciones como gobernador. — III. Balcarce se divorcia del partido 
federal y se propone abatir la influencia de Rozas. — IV. Perfil del general 
Enrique Martínez, ministro de la guerra.— V. Medidas de éste contra el 
partido federal y contra Rozas.— VI. La mayoría federal y la minoría de 
los lomo-negros. — VIL El poder ejecutivo suspende las elecciones cuando 
los federales triunfaban.— VIII. Proyecto de los diputados Olazábal é Iriarte 
sobre libertad de imprenta.— IX. Idea general de la prensa de 1833: las 
hojas federales y las de los lomo-negros . — X. Los hombres del gobierno 
en la prensa,— XI. El Constitw/ional y El Restaurador de las Leyes.— 
XII. La virulencia de la prensa y la agitación popular.— XIII. Comisiones 
que se acercan al gobernador. — XIV. Llamamiento que le hace la prensa 
opositora. — XV. El poder ejecutivo acusa á los diarios do oposición. — XVI. 
Juicio de El Restaurador de las Leges—XYll. Tumulto en la plaza de la 
Victoria : los descontentos se retiran á Barracas. — XVIII. Los revolucio- 
narios dominan la campaña: el general Pinedo nombrado jefe del movi- 
miento. — XIX. Conferencia de la comisión de la legislatura con el general 
Pinedo. — XX. Éste se limita á la defensiva y pide la renuncia de Balcarce. 
XXI. Balcarce manda batir á los revolucionarios y queda rstreehado en la 
ciudad. — XXII. Pinedo declara que tomará la ofensiva. — XXIll. Los re- 
volucionarios avanzan sobre la ciudad : Balcarce somete su continuación 
en el mando á la decisión de la legislatura.— XXIV. El acuerdo de la 
legislatura : la intimación del general Pinedo : la legislatura exonera á 
Balcarce y nombra á Viamonte.— XXV. Respuesta de Rozas :í la orden 
del ministro de la guerra de que dicte medidas para restablecer el orden. 
— XXVI. Lo que se propondría con esto el ministro de la guerra.— XXVII. 
Prescindencia de Rozas en la revolución de octubre. — XXV f II. l'nico re- 
sultado de la conspiración oficial de 1833 ISI 



435 — 



CAPÍTULO \yjy.~El 2}rovisori(üo y su crisis. 

(1834). 



Pág. 



í. Circunstancias qur le ilíiban i-ai'cicti'i- de traiisit-ión al gobierno de Via- 
monte. — II. Tendencias progresistas y liberíilis de este gobierno. — III. 
Paralelo político entre Rivadavia y Giirrin . — IV. Decretos sobre matrimo- 
nios de disidentes y sobre registro civil. — ^'. El patronato nacional: sus 
antecedentes legales. — VI. Dificultades suscitadas al ejercicio del patronato. 
— Vil. ¡Modo como las resuelve García : junta ó concilio de teólogos y 
juristas. -VIII. Proposiciones que somete el gobierno á esta junta. — IX. 
Las doctrinas de García se formulan en la Constitución de 1853. — X. Obs- 
táculos á la niarclia del gobierno. — XI. El regreso de Rivadavia. — XII. 
La carta del ministro Moreno y los planes para conflagrar el país. — XIII. 
Relación entre este plan y el de monarquizar las secciones americanas. — 
XIV. El poder ejecutivo decreta el reembarco de Rivadavia y demanda á 
la legislatura una ley general sobre la materia. — XV. La legislatura, deja 
pasar el decreto : noble ofrecimiento de Quiroga á Rivadavia. — XVI. Rudos 
ataques al ministro García.— XVII. El fiscal acusa los libelos: términos 
en que García solicita su juicio de residencia.— XVIII. Rozas renuncia la 
donación de la isla de Chuele-Choel que le hace la legislatura. — XIX. Ésta 
nombra á Rozas gobernador: Rozas renuncia. — XX. La prensa de oposi- 
ción corrobora los motivos de esta renuncia. — XXI. Los ideales de la 
legislatura. — XXII. Declaración de los diputados Wright y Medrano : la 
legislatura envía una comisión á Rozas: interpelación á esta comisión. — 
XXIII. Razones que da Rozas para insistir por tercera vez en su renun- 
ci;i. — XXIV. Rozas insiste por cuarta vez: nuevas declaraciones de la 
legislatura al admitirle la renuncia. — XXV. Elección y renuncia de los 
Anchorena. — XXVI. Viamonte pide á la legislatura le indique á quien 
entregará el poder ejecutivo. — XXVII. Crisis del ejecutivo. — XXVIII. La 
legislatura restringe la prens:i, y resuelve que su presidente ejerza el eje- 
cutivo á falta de gobernador : elección y renuncia, de Terrero y de Pa- 
checo : el doctor Maza asume el poder ejecutivo ;20S 

CAPÍTULO X^Y.— Barranca-Yaco. (1834-1835.) 

Het respecto: las provincias del norte después del año 1831. — II. El gene- 
ral Latorre: reacción que encabeza contra el plan del general Paz : desaloja 
las fuerzas unitarias de Santiago del Estero y ocupa el gobierno de Salta. — 
III. Revolución de los unitarios en Salta : combate de los I'ulares. — IV. 
Latorre y Heredia : anarquía en Catamarca: Latorre acusa á Heredia. — V. 
Rompimiento entre ambos gobernadores : Latorre se pone en campaña. — VI. 
Misión de Quiroga : la vida de Quiroga en Buenos Aires : cambio que se opera 
en su persona. — VII. Sus vistas respecto de la política general del país : su 
conducta con los adversarios. — VIII. Quiroga consulta á Rozas sobre su 
misión al norte : ambos convienen en la necesidad de arreglar á Heredia con 
Latorre. — IX. La conferencia en San .losé de Flores. —X. Rozas acompaña 
á Quiroga hasta Areco : Quiroga rehusa la escolta que aquél le presenta. — 
XI. Rozas le dirige la carta convenida sobre la obra constitucional. — XII. 



— 48(; — 

Dftíillí» lie esta carta : las provincias y la Nación. — XIII. El precedente del 
año 1820 : carácter del Congreso y base de la Constitución á dictarse. — XIV. 
Idea de la confederación de las provincias. — XV. Idea de la capital: Ro- 
zas se pronuncia por la creación de una capital como Washington : resume 
las dificultades para dar inmediatamente la Constitución. — XYI. Marcha de 
Quiroga hasta Pitambalá : aquí sabe la muerte de Latorre y se dirige á San- 
tiago. — XVII. Vacilaciones de Quiroga cuando debe regresar : combate intimo 
sobre si debe esperar en Santiago ó en Córdoba á sus asesinos. — XVIII. 
Ibarra se sincera á sus ojos : Quiroga se penetra de que López y los Reina- 
fé quieren asesinarle y marcha hacia ellos. — XIX. Idénticos avisos y deta- 
lles certeros que recoge en la posta del Ojo del agua. — XX. Barranca- 
Yaco : asesinato de Quiroga y de su comitiva. — XXI. Antecedentes que 
desautorizan la sospecha contra Rozas : opinión de Rivera Indarte y de 
Sarmiento. — XXII. Quiénes fueron los asesinos. — XXIII. Enemistad entre 
López y Quiroga. — XXIV. Revolución que fomenta Quiroga contra Reinafé : 
plan siniestro que le denuncia Ruiz Huidobro y que concuerda con la 
denuncia anterior de Moreno. — XXV. Actitud subsiguiente de López : con- 
fesión de López á Rozas. — XXVI. Opinión del general Paz que concuerda con 
esa confesión : cuándo y cómo arreglan López, Cúllen y los Reinafé el mo- 
do de sacrificar á Quiroga. — XXVII. Las últimas instrucciones del gober- 
nador Reinafé á su hermano. — XXVIII. Cómo las glosa Rozas en su carta á 
López. — XXIX. Consecuencias que deduce Rozas del estudio de los hechos. — 
XXX. Empeño de Rozas de descubrir á los asesinos, — XXXI. Juicio y 
fusilamiento de los asesinos ii 

CAPÍTULO XXVI. — La suma del poder público. 
(1835). 

Cómo se desenvuelve el plan revelado por el ministro Moreno. — II. El 
gobierno] de Buenos Aires obliga al gobernador López á que defina su 
posición. — III. El gobernador provisorio denuncia la crisis y amenaza en 
que í se halla la Provincia y dimite su cargo. — IV. El proyecto para 
nombrar á Rozas gobernador con la suma del poder público. — V. El 
fervor de las clases distinguidas y docentes. — VI. Rigida observancia de 
las formas parlamentarias. — VII. Selecta composición de la legislatura. 
— VIII. Razones que aduce Rozas para solicitar reconsideración de esa ley 
en Sala plena, y que la misma sea sometida al plebiscito. — IX. Singula- 
ridad de esta ^creación de gobierno fuerte. — X. El plebiscito ratifica el 
voto de la "legislatura: opinión de SarmÍL-nto. — XI. Reapertura de la 
discusión. — XII. Recepción de Rozas: su programa de gobierno. — XIII. 
La suma'del poder de que se apodera Augusto y la que la ley acuerda á 
Rozas. — XIV. La sociedad hace el apoteosis del gobierno fuerte. — XV. 
Las guardias de honor y las suscripciones de los hacendados y comer- 
ciantes. —XVI. El carro triunfal y las solemnidades teatrales. — XVII. La 
consagración religiosa del gobierno fuerte : los tedeum en las iglesias. — 
XVIII. Origen de la mazorca: las manifestaciones en la campaña. — XIX. 
Las medidas de Rozas para aüanz:ir la federación: carácter esencialmente 
nacional que la asigna. — XX. Abolición de la pena de confiscación: primer 



— 437 - 

tratado sobre abolición de trauco di.' esclavos: reforniHS en la, instrucción 
universitaria y educación común. — XXI. La hacienda pública: responsa- 
bilidades: control: facilidades al comercio interior y exterior. — XXII. 
Fundación del Banco de la Provincia. — XXIII. Error en atribuir esta 
fundación al doctor Vélez Sarsfield. — XXIV. Restablecimiento de la Com- 
pañía de Jesús. — XXV. Las provincias invisten á Rozas con el poder 
ejecutivo nacional : el hecho orgánico de la Confederación Argentina. — 
XXVI. El programa de la reacción unitaria dado por el general Lavalle : 
motivos para convulsionar Entre Rios: instrucciones sobre la vida y la 
propiedad de los federales: reglas, para legalizar el movimiento. — XXVII. 
Carácter de la lucha que se inicia á.5.3 

CAPÍTULO ^WU.— Lucha civil en el Estado OrientaL 
(183.5-1336). 

Influencias que se disputan el predominio en el Estado Oriental después 
de 1828.— II. Lavalleja y la segregación de la Provincia Oriental.— III. Acti- 
tud de Rivera en la lucha por la independencia oriental.— IV. Su partici- 
pación en la guerra con el Brasil. — V. Rivera varía su plan y trabaja por 
ocupar el gobierno del nuevo Estado Oriental. — VI. La asamblea nombra 
á Lavalleja y Rivera se alza contra el nuevo gobierno. — VIL Medidas repre- 
sivas del gobierno: especulativo acomodamiento de Rivera. — VIII. Medio.? 
de que se vale Rivera para ser elegido xiresidente. — IX. Actitud prescindente 
del gobierno de Buenos .\ires: cordialidad que le manifiesta el gobierno de 
Lavalleja. - X. Contraste del gobierno de Rivera: Rivera ayuda la revolu- 
ción de Entre Rios. — XI. Alzamiento de Lavalleja: auxilios que le da el 
ministro de guerra del gobierno de Buenos Aires: división que éste organiza 
al mando de Olazábal.— XII. Notoriedad de la participación de Martínez. — 
XIII. Nueva expedición de Lavalleja con ayuda del gobernador de Misiones: 
Rivera lo derrota y fusila al gobernador Aguirre. — XIV. Lo que se veía al 
través de estas aventuras guerreras. — XV. El general Oribe es elegido presi- 
dente: porqué fué bien recibida esta elección. — XVI. La ecuación política de 
Rivera: sus trabajos revolucionarios en unión con los emigrados unitarios. 
— XVII. El gobierno de Rozas reclama de estos movimientos por lo que hacia 
al litoral argentino.— XVIII. El de Oribe imj)ide que se lleve la revolución 
al Entre Rios. — XIX. Rivera en unión de Lavalle se alza contra el gobierno 
constitucional. — XX. Los gobiernos del litoral argentino se previenen 
contra la sublevación de Rivera. — XXI. .A.cción de Carpintería y derrota de 
Rivera '. . . . ¿81 

rAPÍTULO XXVIII. — La iniciativa orgánica de 1837. 

í/i iniciativa trascendental del año de 1837.— II. Esteban Echeverría: 
el pensador y el poeta. — III. Carácter de la poética de Echeverría : opi- 
nión de Gutiérrez. — IV. Evolución orgánica que inicia : cómo la aprecia 
él mismo.— V. La Asociación Mayo : el Dogma socialista.— \l. Las pa- 
labras simbólicas del dogma.. — VIL Desenvolvimiento de éstas: asociación, 
leyes y principios para su desarrollo progresivo. — VIII. Progreso: sus 



— 438 — 

peculiaridades y puntos do partida.— IX. El principio dp la igualdad y d<» 
la libertad. — X. Emancipación del espiritu americano; la reforma de las 
costumbres y dt> la legislación. — XI. El principio religioso libertad de 
conciencia : separación de la iglesia y del Estado. — XII. La democracia 
como principio : la razón pública y el sufragio calilicado. — XIII. Fusión 
doctrinaria de las ideas en lucha. — XIV. Inventario histórico : anteceden- 
tes unitarios : antecedentes federales. — XV. El Dor/ma proclama el régi- 
men federo-nacional de gobierno. — XVI. Esperanzas de que Rozas proteja 
la Asociación Mayo: ésta queda reducida á sí misma. — XVII. Rozas 
alienta á Echeverría, pero los hechos invierten el j)lan de la asociación. — 
XVIII. Correspondientes de la asociación en las provincias, Montevideo y 
Chile. — XIX. Resistencia de los centros dirigentes del partido unitario. — 
XX. Motivos de estas resistencias. — XXI. Echeverría analizü estos moti- 
vos y los condena en nombre de la patria : la patria y la libertad : las 
ideas de la nueva generación: las ideas del personalismo absolutista. — 
XXII. Cómo interpreta Echeverría la resistencia al Dogma. — XXIII. 
Triunfo moral del Doipna socialisla. — XXIV. El Dogma triunfa material- 
mente en la Constitución de 1853. — XXV. Testimonio de .\lberdi. — XXVI. 
Testimonio de Gutiérrez.— XXVII. .4 caihi i-apacidad según sus obras- :.". 

C.\P1TLL.U XXlX.^i/a guerra con Bolivia y La revulución 
oriental. (1837- 1838). 

I. Complicaciones con Bolivia: diferencias que in-nniediabaii i'iitre este 
gobierno y el de Buenos Aires. — II. Invasiones al territorio argentino 
que ayuda el general Santa Cruz. — III. Relaciones de éste con el general 
Lavalle y los emigrados unitarios en Montevideo. — IV. Reclamaciones del 
gobierno argentino: Santa Cruz se niega á satisfacerlas desconociendo el 
carácter de aquél. — V. Rozas cierra toda comunicación con Bolivia. — VI. 
La confederación perú-boliviana. —VIL Chile y la CJonfederación .A.rgentin8 
le declaran la guerra á Santa Crn/ : la ])rensa de Chile. — VIII. Rozas dii 
<á Heredia el mando de las fuerzas argentinas : ejército de reserva en Tu- 
cumán. — IX. Primeras operaciones de Heredia: victoria de Santa Bár- 
bara. — X. Sorpresa del Rincón de las Casillas. — XI. Marcha del general 
.alemán por Humahuaca : el general Brün se retira con su ejército. —XII. 
Marcha del general Gregorio Paz : los pueblos de Tarija se pronuncian 
por los argentinos. — XIII. Retrospecto : segunda campaña de Rivera con- 
tra el gobierno de Oribe: combate de Yuciituya: combate del Yí. — XIV. 
Rivera sigue la guerra de recursos: su marcha hasta Montevideo.- XV. 
Rivera pone sitio á Paysandú : las fuerzas argentinas de observación. — 
XVI. Lavalle se incorpora al ejército de Rivera : correspondencia inédita 
entre ambos. — XVII. Misión que envia Rivera á Río Grande : instruccio- 
nes al comisionado. — XVlll. Batalla del Palmai' y derrota de Oribe ' Ig- 
nacio). —XIX. -alianza de hecho entre Rivera y los agentes de Francia en 
Montevideo. — XX. Situación insostenible del presidente Oribe. — XXI. Éste 
resigna su autoridad. — XXII. Rivera queda arbitro del Estado Oriental y 
aliado á la Francia contra el gobierno argentino ■ii 



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