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Full text of "Historia de la Confederacion Argentina ; Rozas y su epoca"



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CONFEDERA(:IÓ^' ARGENTINi 



ROZAS Y SU ÉPOCA 



Kst. tipogi-iíljro lü. Ci-,xs()F;, Coi'rifiiti's SáW 



HISTORIA 



CONFEDERACIÓN ARGENTINA 



ROZAS Y SU ÉPOCA 



ADOLFO SALDIAS 



SEGT'NDA EDICIÓN CORREGIDA, CONSIIiK.U MÜ-EMENTE AUMENTADA E ILUSTRADA 
CON LOS RETRATOS DE LOS ruiNíip AI.l-.s PERSONAJES DE ESE TIEMPO 



TOMO IV 




HI'l-.NOS AIIÍKS 
FÉLIX LAJOUANE, EDITOR 

1 -S '.) -i 



l- 

V. 4- 



CAPÍTULO XLV 



ASELiR) DE MONTEVIDEO 



( lSl-2 — 1813 I 

Sr.MAUío: I. Mi'iüilits ilosesperailas ile Rivi'ra sul)s¡guieutes á su derrota del Arroyo 
(iranile. — II. Los iiiiiiistrüs mediadores le exigen á Rozas que retire el 
ejército argentino del territorio oriental. — III. Los influyentes represen- 
tan la necesidad de defender la plaza de Montevideo. — IV. Poi-qué acepta 
Vax el encargo de defender Montevideo. — V. Disposiciones que toma y 
dificultades que vence Paz. — VI. Irritación de Rivera al saber el noiu- 
bramiento recaído en Paz : resolución ([ue forma de destituirlo. — VII. 
Renuncia obligada de Paz : consternación en la plaza. — VIII. Rivera al 
frente de su ejército exige la sejjaración «le Paz. — IX. Reproduce su exi- 
jícncia en la reunión de notables. — X. Éstos declaran que emigrarán si 
Paz no defiende la plaza: Rivera consiente en que Paz permanezca conio 
jefe de las armas. — XI. Kl ministro Vidal informa en la reunión de nota- 
bles sobre las relaciones del gobierno de Montevideo con los mediadores. — 
XII. Sus declaraciones resjiecto de la ayuda de éstos en la ncgoc'iaeión 
con el ministro Sinimbii para la posible erección de nn Estado inde|ii-iidieiiti> 
sobre la base de Kntre Ríos v Corrientes. — XIII. t-1 panegírico de la 
idea : ¡irotesta del coronel Chilavi'rt. — XIV. Antecedentes (¡ue relaciona 
C'liilavert y res[>onsabilídadi's qui> fija ]iara clasificar duramente á los ar- 
gentinos que en tal idea colaboran. — XV. Rivera cambia su ministerio 
y sale á campaña : Orilte lo estreclia á la altura del Canelón Cliico. — 
XVI. Aquél maniobra de flanco y se interna: Oribe sigue basta el Cerrito 
y pone sitio á Montevideo. — XVII. Estado de la defensa de Montevideo 
cuando Oribe llejíó al Cerrito : enérgicas providencias del gobierim de la 
plaza. — XVIll. (¿uienes eran los defensores de Montevideo. — XIX. Prue- 
bas «jue aduce un artillero de Rivera de que eran extranjeros en su casi 
totalidad los defensores de Montevideo. — XX. El gobierno argentino de- 
clara bloqueado el i>nerto de Montevideo : el cuerpo dii)lomático, inclusive 
i'l ministro de S. M. 1?., reconoce el blo([ueo. — XXI. Principios desatina- 
dos que establece el comodoro Purvis para oponerse al bloqueo. — XXII. 
Motivos á que obedecía la intromisión del comodoro Purvis: cómo los esti- 
mulaban el gobierno de Montevideo y la Comisión .■Vrgentina. — XXIH. 
Hostilidades del comodoro Purvis contra la Confederación .Vrjíentina y i'u 
fav(jr del gobierno de Montevideo: apresa la escuadra argentina y ayuda 
las (qpcracioncs de los sitiados. — XXIV. Pretexto que invoca: la circuí. i,r 
de Oribe sobre los extranjeros en armas. — XXV. La circular del 1". de- 
abril ante el dereclio de gentes y la práctica no interrumpida de las na- 
ciones. — XXVI. .Vlcanee de la circular. — XXVII. .\nterior declaración 
del gobierno de Montevideo sobre los extranjeros en ¡irmas : declaración 
(jue produjo la (irán Rretaña en 1882, idéntica á la de Oribe. — XXVIII. 
Propaganda de la prensa y medidas del gobierno de Montevideo para ([Ue 
se armen los extranjeros. ~ XXI.\. El gobierno de Rozas reclama de los 
atropellos del comodoro Purvis. — XXX. Declaraciones terminanti>s (jui' 
jiroduee al exigir expliíaciones y satisfacción al ministro de S. M. B. — 
XXXI. 1^1 ministro Mandeville ante; la ]protección (jue el comodoro Purvis 
(drei'e á los siibditos britiinieos ; miunorial rpie los comerciantes británi- 
cos jiresentan al ministro .\rana. — XXXII. Respuesta categórica de la 
cancilleria de Rozas : Mr. Mandevilb' conliesa imiilicitamente los atro- 
indlos del <'onioiloro l^urvis. — .XXXIII. Dilema en ([ue Rozas coloca á Mr. 

MaiiileviUe. — XXXIV. El ministro de S. .M. 15. constata ofieiali ito la 

intromisión del comodoro Purvis, y le da cuenta il Rozas ile instrucciones 
de lord Aberdeen (|ue asi la conürnian. — XXXV. Coutni c|nic-n se dirigiiin 
principalmente las instrucciones de lord .\berdeen. 



Ilivcr.M si>4ui(') Imyciulo del caiupo de liatalla dd .Vrroyo 
Grande, jiast'» el rrii<íuay y eiiti'('> en el ]>iiel)l(» del Salto 



o 



Con lili luiñado de hombres (|iie se au mentí) á poco con 
algnnos jefes y oliciales. Al día siguiente destacó á los 
coroneles Baez. Luna, Blanco y otros para que reunie- 
sen hombres y caballos y se dirigiesen al río Negro; 
y él mismo precipitó su marcha, pues vii) que nada po- 
día hacer en medio de poblaciones que le eran desafec- 
tas y que estaban envalentonadas con la victoria de 
Oribe. T>espechado de esto, aunque á pretexto de qui- 
tarle recursos á su rival, ordenó bajo las más severas 
penas que todas las familias que jioblaban el territorio 
emigrasen inmediatamente hacia la capital, llevándose 
consigo las haciendas que pudiesen mover. ( ' ) De cómo 
Piivera haría cumplir esta orden, da cuenta él mismo 
cuando, al ordenarle á Chilavert que se situase en la 
barra de Santa Lucía chico para reparar los restos de 
su artillería, le escribe: «He puestcr un desierto desde 
el Uruguay al río Negro : yo voy á situarme en (v)uin- 
teros... si algunas de las familias que han pasado del 
norte del río Negro se encontrasen por esos destinos, 
ya sabe usted que deben marchar al punto que indico. ( - ) 
De su parte el gobierno de Montevideo se había limi- 
tado entretanto á evolucionar con los ministros mediado- 
res, á íin de que interviniesen con las fuerzas navales 
británicas y francesas. Cuando tuvo noticia del desastre 
del Arroyo Grande, se asió con más fuerza á ^Ir. }.ían- 
deville y al conde de Lurde, y les encareció que pusiesen 
en práctica inmediatamente las medidas que el primero 
había prometido tomar, y que el segundo aceptaba 
de buen grado. (^) Comprometidos éstos por declara- 



( í ) Véase Memorias del general César Diaz, pág. 78. 

(-) Manuscrito original en mi archivo {Papeles ele Chilavert) 
ya cit. 

(^) Véase Memorias del general César Diaz, pág. .55. 



ciones imprudentes y ;i todas luces parciales en la lucha 
que Rivera había provocado, convinieron dirigirle al go- 
bierno argentino una nota en la que manifestaban que 
era la intención de sus gobiernos adoptar las medidas 
necesarias para que cesasen las hostilidades entre Bue- 
nos Aires y Montevideo; y que en interés de los sub- 
ditos británicos, franceses y demás extranjeros resi- 
dentes en ^íontevideo, reclamaban del gobierno argentino 
que retirase su ejército del Pastado Oriental, entendiéndose 
que el ejército oriental observaría igual conducta. (') 

Empero, los influyentes y la Comisión Argentina re- 
presentaron enérgicamente al gobierno acerca de la nece- 
sidad de i»oner á la ciudad en estado de defensa, que 
era lo que urgía por el momento. Haciéndose cargo de 
las circunstancias el gobierno expidió una proclama en 
la que manifestaba su resolución de defender el terri- 
torio; declar('> el país en asamblea, haciendo cesar los 
trabajos públicos y llamando al servicio militar á todos 
los ciudadanos; proyectó é hizo sancionar una ley por 
la cual se abolía la esclavatura, destinándose al servicio 
de las armas á 1<js que hasta ese día habían sido escla- 
vos; y orden»'» la creaciíhi de un ejército de reserva po- 
niéndolo á las (')rdenes del general José María Paz. 

Sobreponiéndose á la ingrata impresión de la per- 
ndia con que Rivera 1<j había alejado de Corrientes y 



( * j Kl scñnr .Müiidevillc lüisosu iioin del 10 (U'difií'iiihre intiiiiaii- 
d(» (íl cessc de iii guerra, iliee Rivera Indarie en su Rozas y sus opo- 
sitores, remitió copia á nuestro j¡ol)ierno y le anunció (|ue esperalia 
una escuadra jKjderosa aujilolrancesa, (¡ue debía llejiar ])or momentos, 
y (|Ue con ([ue resistiese la República qidnce días más estaría sul- 
vada. Pasaron días y el nünisiro Vidal ur<xia al señor Mandeville y 
eslp contestal)a: «Me tiene sorprendido la demora de la esciuidra y 
aun más que el comodoro (l'urvis) no haya venido ya de Rio Janeiro, 
como se lo tendrá indicado. » (Véasí! Los cinco errores capitales de 
la intervención ana 'o francesa en el Plata, jior .losé Luis Husta- 
mante, pá^'. 30.) 



— 4 — 

dü Entre Ríos. Pa/ acept(') ese cargo quizá porque tuvo 
para sí que él era el úuico capaz de poner en estado 
de defensa una ciudad como Montevideo, en la cual 
militaban iníluencias absorbentes que sólo se acomoda- 
ban en el momento del supremo peligro; pero que mira- 
ban con recelo la elevada posici(jn de ese militar extran- 
jero, á quien tomaban como mero instrumento de fuerza 
que alejarían cuando el peligro hubiese pasado, como lo 
habían alejado durante todo el curso de la revolución 
que ellas dirigían por sí solas. Así lo deja ver Paz en 
sus Memnríaa. Paz se consagró desde luego á su ardua 
labor, desplegando esa actividad y esa prudencia para 
abarcar los medios y las cosas que formaban su empe- 
ño; esa ilustrada conciencia y esa honorabilidad inta- 
chable que han caracterizado su tipo en el ejército 
argentino. Tan difícil era esta empresa, que uno de los 
jefes orientales más conspicuos de la defensa de Mon- 
te vido se expresa así: «Paz debía organizar su ejército 
con todos sus accesorios, destinado á combatir dentro 
de muy breves días, sin tener cuadros para los batallo- 
nes, sin tener más que un corto número de oficiales 
inteligentes para su instrucción, sin parque, sin fusiles, 
sin vestuarios y sobre todo, sin el numerario que da 
impulso á todas las cosas.» (') 

Con los escasos medios que i)udo reunir, y aplicando 
á su objeto todas las cosas y útiles que otros reputaban 
inservibles, desde los trozos de maderas y metales hasta 
los cañones enclavados en las bocacalles en tiempo de 
los españoles, Paz empezó á organizar una maestranza 
y á plantear un parque y talleres para la fabricación 
de armas, bagajes y confecciones del soldado. Destinó 
á la infantería 800 libertos que se pudo reunir, pues 

( ') Véase Memorias del general Cé.sai' Díaz, i)ág. 60. 



que la mayor parte de los que habían sido esclavos 
estaban en manos de partidarios de Oribe, los cuales 
los ocultaron haciéndolos pasar después al campo del 
Cerrito. Con ellos formó los batallones 3". 4- y 5"^ de caza- 
dores, que pasaron á instruirse en un campo contiguo 
al Saladero de Bcltrand. Al mismo tiempo empezó á dis- 
ciplinar y organizar las tuerzas disponibles de la capi- 
tal, que eran la milicia de infantería, los batallones 
Unión, ^latrícula y Extramuros y la Legión argentina 
compuesta de emigrados unitarios. Y sobre esta base 
empezó á trazar la línea de fortificaciones y de defensa 
de la ciudad, artillando los })untos comprometidos y 
estratégicos en la medida de sus recursos. 

La noticia de estos preparativos aicanz(') á Rivera en 
marcha para el río Negro; y ni la inminencia del 
peligro, ni la suprema necesidad que liabía inducido al 
gobierno, lo defendieron del despecho que lo dominó al 
Considerar que recobraba posiciiui y fama, el patriota 
argentino á (juien éí lialiía alejado (b' Entre Ríos y 
de Corrientes, porque rehus() adlierir á sn plan de se- 
gregar dos provincias de la Confederaci(ui Argentina 
para labrar su prei)onderancia en el litoral. Su irritación 
(•undi(V al momento entre los jefes qae lo acomi)ariaban, 
á quienes decían') que lo primero ([iie iiaría al llegar á 
Montevideo era destituir al general Paz. indebidamente 
níunbrado por el gobierno. «El gobierno, le escribía á 
Chilavert desde Las Averías, ha hecho algunas cosas 
iiicom|)atibles á su actnal })osición ; las lie dcsaproliado 
\ iiit'iito (|ne convencido volverá sobre sus pasos y vol- 
veremos á marcbar como estábamos. Si así no fuese, no 
tendré' yo la culpa de los inconvenientes (pie Imu de to- 
carse para marchar acordes: el enemigo nos da tiempo 
para organizamos: si el gobierno hace lo (pie le he dicho 



liada nos ha de iMiiltara/ar.» ( ' ) Con estas ideas se movió 
lentamente del río Xe<^ro; síl;uí<') al Durazno, de aquí á 
Santa Lucía, y á liues de enero de 1843 fué con 4.()()() hom- 
bres de caballería y ló.OUÜ caliallos de reserva á establecer 
su cuartel general en el pastoreo de Pereyra, á tres le- 
f^uas de Montevideo. 

Esas ideas mezquinas trascendieron al momento en 
Montevideo. Todo lo que Paz había creado, organizado, 
y convertido en elemento de defensa, en cincuenta 
días, sin recursos, sin caja militar, sin la cooperación 
eficaz del gobierno y hostilizado i)or un enjambre de 
habituados á medrar con las penurias del erario, á 
quienes él alejó; toda esa obra como para sentar la 
reputación de un general científico, experimentado y vir- 
tuoso, se conmovió en sus cimientos cuando para evi- 
tarse la vergüenza de una destitución, Paz renunció su 
cargo el día V'. de febrero. Á esto se sucedió el des- 
aliento y la consternación; que hasta los íntimos de 
Rivera tuvieron por seguro que Oribe entraría en la 
plaza á banderas desplegadas. En la mañana siguiente 
■pasaban de sesenta las solicitudes de baja que elevaron 
á su vez los principales jefes y oficiales comprometi- 
dos en la defensa. Nadie quería servir, y los que no 
eran militares resolvieron ponerse en seguridad, ausen- 
tándose de la plaza. (-) 

De su i)arte Pavera recibi() á los hombres del 
gobierno y á los notables que fueron á saludarlo á su 
cuartel general, diciéndoles delante de sus bandas de 



( ^ ) Manuscrito original en mi arcliivo, ya cit. 

<-) Véase lo que dice al respecto el general César Díaz (Me- 
morias, pág. 82.)— Tanta era la afluencia de personas que querían 
embarcarse, que los capitanes de l)U(|ues se pusiei-on de acuerdo 
para ofrecer pasajes por precios moderados; como se ve por los 
avisos que liici(!roii publicar en los diarios do .Montevideo corres- 
pondientes á ese mes de lebrero. 



caballería desplegadas: «señores, 4.000 lioinbres piden 
que se quite á ese general extranjero, el general Paz.» 
El 2 de febrero, mientras éste íletaba un buque y se 
preparaba á partir para Santa Catalina, aquél se 
dirigía con uiui escolta á Montevideo. Al pasar por el 
cantón situado en el Arroyo Seco donde, como se lia 
dicbo, se instruían los batallones recientemente forma- 
dos, les dijo que les daría otros jefes; y como liubie- 
se encallado en el cerro un liergantín federal y saliese 
un oficial con dos piezas de artillería á batirlo desde 
la costa, mandó regresar al oficial y ({ue fuese un 
escuadrón de caballería! (') Con tales garbos volvía de 
su derrota el caudillo que en su petulancia quería se- 
gregar tres provincias argentinas para erigir bajo su 
imperio una república limitada por los ríos de la Plata, 
del Paraná y del Paraguay. 

Lo primero que hizo Rivera al entrar en ^Montevideo 
y reasumir el poder que don Joaquín Suárez ejercía 
nominalmente, fué ordenar -que se atuviesen exclusiva- 
mente á lo que él dispusiese en lo tocante á la defensa 
de la plaza. Esto respondía únicamente <'i una vana 
ostentacii'm de su autoridad ilimitada; i)ues los altos 
funcionarios y m indios inlluyentes que eran los (pie 
hubieran podido disponer algo en ese sentido, se habían 
retirado á sus casas. Montevideo antes tenía el aspecto de 
una ciudad (•<)ii(jiiistada. (pie no el de una plaza resucita 
á defenderse, como rezaba el decreto gubernativo de l"-2 
de diciemlu-e. Esta circunstancia lo })Uso en el caso 
de convocar una reunión de notables, con el objeto de 
uniformar o])in iones resi)ecto de las medidas urgentes 
(jue reclamaba la sitiiaciíúi. En la inudie did ."> de 
febrero se reunieron, entre otros personajes, los señores 

(') Vi'itsc lu (|iii' dice un tcstifTf) oculai' on hts Memorias de 
I'az. IDMID IV. |);ii;-. \-¿\. Véase Memorias de C'i'sai' I)iaz. jiiiií. SO. 



— 8 — 

Joaquín Siiárez. Francisco A. Vidal. Santiago Vásíinez. 
Francisco Muñoz. Julián Álvarez. generales Enrique 
Martínez, Aguiar y Bauza; los coroneles Chilavert 
y Pacheco y Obes. Pavera les manifestó que él debía 
salir á campaña, y que como el ejército de Oribe se 
dirigía sobre la capital, era necesario ponerse de 
acuerdo respecto del jefe que se encargaría de la defensa 
de ésta: que el general Paz era incapaz de desem- 
peñar este cargo, y (|ue él se (q)ondría siempre á (|ue 
se le diese mando alguno en la República. 

Vásquez. Muñoz y Álvarez manifestaron, á su vez, que 
no conocían en el ejército un oíicial tan competente como 
el general Paz para tal encargo: ({ue sus ideas eran la 
expresión de la opinión sensiblemente manifestada; y 
que si el general Paz quedaba separado del mando con 
que se le había investido, una gran parte de la pobla- 
ción emigraría, haciendo ellos otro tanto. Vencido por 
la evidencia, retado á muerte por las circunstancias 
({ue podía crearse, Rivera se encerrí'». sin embargo, en 
una de esas resistencias negativas que emanan de la 
pobre -^a de ideas y de la estrechez de sentimientos, y 
(]ue constituyen el rasgo distintivo de ciertas indivi- 
dualidades tan abstrusas como i)ara atribuirse por ello 
mismo un carácter que nunca presidió sus resoluciones 
instintivas, ni atemperó sus tendencias, ni pudo siquiera 
imprimir l(')gica á sus juicios. Fué necesario que sus 
amigos insistiesen acerca de la situación violenta que 
crearía su negativa, para que consintiese en que Paz 
jiermaneciese, no como general en jefe del ejército de 
reserva, sino como comandante general de armas en 
la capital. ( ' ) 

(')El general César Díaz relata fielmente esta conferencia 
{Memorias, pág. 84) y está acorde con apuntes que acerca de la 
misma hizo el coronel Cliilavert. (Manuscrito en mi poder.) 



— í) — 

En seguida se plantecj la cuestión de la mediación 
de la Gran Bretaña y de la Francia: y (|ue compren- 
día propiamente el estado de relaciones entre los 
meíliadores y el gobierno de Montevideo: las causas 
que obraban para que a([uéllos apoyasen eficazmente 
la política de este gobierno en la guerra con la Con- 
federación Argentina, y los medios (|ue podían ponerse 
en práctica para robustecer y hacer triunfar esta polí- 
tica. P]l ministro Vidal manifestó francamente (|ue el 
gobierno no se había hecho ilusiones respecto de la 
eficacia de la mediaciíhi: ([ue si la había estimado y 
aceptado era en vista de la casi seguridad de nua 
subsiguiente intervenci(')n de parte de las dos })otencias 
mediadoras, á la (juc daría lugar no sijlo el rechazo 
(|ue de la misuia hiciese el gobierno argentino, sino 
también la cantidad de extranjeros residentes en Mon- 
tevideo, cuyas persoinis y propiedades quedarían 
expuestas á las emergeucias de la guerra. (,)ue los 
hechos abonaban, y abonarían en lo sucesivo, los 
cálculos del gobierno; puesto que despUí'S de la inti- 
niaciíMi sobre el cese de la guerra, (jue los mediadores 
hicieron al ^^obierno argentiiu) en 10 de diciembre, 
('stos se encontraban en la imprescindible m-cesidad 
de cumplir las instrucciones de sus soberanos: (¡ue 
tal era el ju-o])(')sito lirnie del ministro francés, ([uien 
le había declarado al .gobierno qu(: al efecto haría uso 
de la fuerza naval de que dis[)onía. sin [)erjuicio de 
solicitar los refuerzos necesarios, y ipie otro tanto 
haría (d ministro de S. M. B. tan conipr(Uuetido como 
'•1 : (|ue. en consecuencia de todo esto, había i|ueilado 
acordado (|ne los buques bril.inicos y franceses de 
estaciíhi en «d Janeiro bajarían á Montevideo, con 
arreglo ;i las (U'denes (|ue inniediatament ■ se impar- 
tieron. 



— 10 — 

Dijo además el iiiiiiistro Vinal, (jue cundiiridas (jiie 
raerán las rosas con cierta prudencia, la situaciini se 
afianzaría con ventajas sensibles en breve; pnes no 
eran únicamente los representantes de esas dos nacio- 
nes poderosas los que con su actitud actual y la que 
les marcase los sucesos quebrarían la iníluencia del 
gobierno argentino: que el Brasil concurriría á ello 
también: que el gobierno tenía algo adelantado con el 
ministro Siniuibi'i sobre la base de la ])Osible erección 
de un Estado entre los ríos Paraná y Uruguay; jjues 
en las conferencias que había celebrado con éste y 
con algunos argentinos notables se había pensado en 
redactar una memoria que englobase las convenien- 
cias de esta medida llanuida á asegurar las fronteras 
de los dos países limítrofes interesados . , . 

Á nadie sorprendií) la primera parte de esta relación, 
pues se trataba de hechos más ó menos conocidos en 
las esferas gubernativas. Lo que sorprendió de veras á 
algunos fué lo de la negociación para erigir en Estado 
independiente á Entre Ríos, Corrientes y quizá á Río 
Grande del sur. Rivera quedó completamente satis- 
fecho, pues veía lucir de nuevo su dorada esperanza. 
Don Santiago Vásquez hizo un panegírico de la idea, 
■entreviendo el porvenir grandioso que ella cimentarí;:; 
y el asentimiento habría sido unánime en aquel cená- 
culo que soñaba con la grandeza de la i)atria precisa- 
mente cuando solicitaba hi protección del extranjero 
para proseguir una guerra fratricida, en cambio de las 
concesiones que aquél le exigiese, si el coronel Marti- 
niano Chilavert no se hubiese levantado á protestar 
en nombre de su ])atriotismo herido. Se sabe ya que 
Chilavert era un carácter; y que en el consejo de sus 
amigos su palabra elocuente claramente reflejaba la 
■enérgica independencia de su alma, y sus bríos geniales 



— 11 — 

contenían ;í los más osados. En esta ocasi(')ii sus })ala- 
bras fueron como un estallido de indignación. Su ruda 
franqueza para apuntar y deslindar las responsaliilitla- 
des y sus atrevidas conclusiones dominaron por completo 
aquella asamblea de notables, en la cual quiz;i no ba- 
bía otro carácter (|ue el que se oponía sólo ;í ella. 

Chilavert se encaró con Rivera y dijo que bacía tiempo 
que veía que la guerra que su partido y el Estado Orien- 
tal decían bacerle á Ro/as. no era en realidad á éste, 
sino á la República Argentina, por cuanto esa luclia era 
más bien una cadena de coaliciones con los extranjeros. 
Que el resultado de esto liabía sido no sólo el que la 
República fuese agredida y ultrajada en su soberanía, sino 
también el afianzar el poder de Rozas sobre la base de 
una opinión pública (pie veía la patria amenazada. Que así 
lo mostraba evidentemente el estado actual de las cosas, 
después de ocbo años consecutivos de revolución y de 
guerra, bajo la dirección de los mismos notables á (juie- 
nes se refería el ministro Vidal y el doctor Vásquez. (,)ue 
él era un soldado de la revolución contra Rozas, pero 
que en presencia de lo (jue acababa de oir, se preguntaba 
.si no era una vergüenza i)ara él el formar en las lilas de 
los que liacían la guerra á la integridad de su patria. 
(,)ue si era cierto ([ue algunos argentinos notables^ traba- 
jaban el proyecto de segregar dos provincias argentinas 
])ara debilitar el |)o(b'r ib' fíozas. () })ara lo (|ue fuese, la 
b'u,L;iia biiiiiaiiM. el seiiliiiiiento y la })Osterida(l. los llama- 
ba, y cien veces los llamaría, notables traidores á la 
patria. Que en cuanto á él, protestaba desde el fondo 
de su alma contra semejante proyecto, viniese de donde 
viniese; y (pie las armas que la jiatri^í le di(') en los al- 
bores de la Independencia no se em])añarían al lado de 
tan notables traiciones, porque él iría á (d'recerlas á Ro- 
zas ('» á cuabpiiera (pie representase en la República Ai- 



— V2 — 

geiitiiia la cansa de la integridad iiacioiiciL Chilavert 
dijo todo esto en menos tiempo del que necesitaron los 
presentes para salir de su estupefacción, y poder concebir, 
sobre todo, algo para responderle. El silencio y una 
sonrisa ir(')nica se sucedi(') ;i las palabras de Cbilavert. 
Rivera fué el único que acertó á decirle que todo aquello 
no era más que diplomacia y que se liabía dejado arre- 
batar sin motivo, i)nes los argentinos que estal)an de por 
medio garantizaban con sus antecedentes que no se rea- 
lizaría lo que él acababa de condenar, ('j Ya se verá C(')mo 
Cbilavert había puesto el dedo en la llaga; y hasta qué 
punto podían esos notables dar garantías respecto de lo 
mismo que venían trabajando. 

Por de pronto. Rivera manifest(') su deseo de reorgani- 
zar el ministerio con hombres que entrasen de lleno en 
el orden de esas ideas; y quedó acordado esa misma 
noche que don Santiago Vásquez ocuparía el de relaciones 
exteriores, que renunció indeclinablemente Vidal embar- 
cándose á los pocos días para Europa, don Francisco Joa- 
({uín Muñoz el de hacienda, y el coronel Melchor Pacheco 
y Obes el de guerra. Al día siguiente, el 5, recorrií) con 
el general Paz la línea de defensa, y pocas horas después 
se dirigió á su cuartel general del pastoreo de Pereyra. 
Allí pudo ver que su situación era grave; pnes los diez 
días que entretuvo en desliacer lo hecho y en desahogar 
su ira en Montevideo, aprovecharon á su adversario quien 
sent(') sus inlluenciasen todos los departamentos desde la 
costa del Uruguay hasta el de Santa Lucía, donde llegó su 
vanguardia el mismo día 5 de febrero. El 9 acampó 



(') Manuscritos originales de rhilavert en mi arcliivo.— César 
Díaz, reñriéndose á esta reunión, dice solamente que udespués de 
hablar lijeramente sobre otros puntos igualmente graves», {Memo- 
rias, pág. 85). — El general Paz se detiene sobre los hechos que con- 
denó Chilavert. (Y. Memorias, tomo iv, pág. 226.) 



Oribe con todo su ejército en el Canelón Chico, á ocho 
leguas de Rivera. Éste quedó estrechado entre Montevideo 
y ese punto de salida, necesario para él. y con bagajes pe- 
sados, numerosas familias de la campaña y gran número 
de caballadas. 

Tentar un combate era ir seguro á su ruina total. 
Su salvación dependía de su habilidad ó de algún goli)e 
de audacia. Rivera dio pruebas de una y otra cosa en 
esta ocasión. Mientras Oribe permanecía en su campo 
él levantó el suyo. El día 11 le tendió su vanguardia 
como para provocarlo á una batalla y maniobró de ílanco. 
consiguiendo colocarse á retaguardia de aquél. Las ca- 
ballerías de Oribe deslucieron la vanguardia que man- 
daba Medina; pero Rivera quedó en actitud de proseguir 
la campaña en un teatro extenso, adonde Oribe no iría á 
buscarlo con todo su ejército sino después de haber toma- 
do Montevideo. En la mañana siguiente Oribe se jxiso 
en nnxrclia para esa ciudad, y el lli de lebrero de 1S4;! 
llegó al Cerrito de la Victoria. Allí establecit) su cuartel 
general enarbolando el i)abellón argentino: y desde ese 
día quedó establecido el sitio de Montevideo. 

Los dos largíjs meses que dej(') trascurrir Orilie desde 
su victoria del Arroyo Grande hasta su llegado al Cerrito. 
los aprovechó Paz para asegurar la defensa. Bajo su vigi- 
lancia y la dirección del general argentino don Tonnis de 
Iriarte se terminaron las fortilicaciones que se exten- 
dían (') en mía línea de mil metros aproxinnidamente de 
un lado al oti'o del mar. Esta línea se prolonga en su extre- 
juidad izquierda sobre las aguas de la bahía, donde se 
colocaron algunas lanchas cañoneras, y terminaba en (d 
Ceri'o que era el linico punto de comunicacii'tn (juc se dejaba 



(i) l'oi- lii (|ii(' lioy es ('¡lile ^ ;i.-rii;ii-(')ii, dos ciiaili-is mIium-.m de l;i 
plaza CajiaiU'lia. 



— 14 — 

con la campaña. Con los siete mil soldados que levantó 
á fuerza de tesón, y poco más de cincuenta piezas de ar- 
tillería de varios calibres, organiz(') el servicio de la línea 
y el de descubiertas, dándole á cada cuerpo su colocación, 
de manera que pudiese hacer uso en cualquier caso de 
una fuerza respetable sin disminuir ninguno de esos ser- 
vicios. (') De su parte el gobieriu) obtuvo de los minis- 
tros británico y francés, como ya estaba con\'enido, que 
desembarcasen en Montevideo la infantería de marina de 
los buques de sus respectivas naciones, surtos en ese 
puerto; organizó un tribunal militar para que encendie- 
se en juicio verbal y sumario de los delitos de traición, 
sujetando á su jurisdicción ;i todos los habitantes del 
E'.stado; declaró traidores á la patria, y como tales suje- 
tos á la pena de ser fusilados por la espalda, á todos los 
orientales ó vecinos de la República que perteneciesen al 
ejth'cito sitiador (j fuesen tomados con las armas en la ma- 
no; declaró igualmente buenos amigos del pueblo oriental á 
todos los oficiales y soldados argentinos que desertasen 
del ejército sitiador y se presentasen á las autoridades del 
Estado; esperó el desenvolvimiento de los sucesos confia- 
do en los medios eficaces que pondrían los ministros arriba 
níunbrados para inclinar en su favor, y en el breve regreso 
de Piivera contra el cual Oribe destacaba recién dos bue- 
nas divisiones al mando de los generales ürquiza y Gó- 
mez. 

La defensa de Montevideo estaba, pues, organizada. 

(i)El general César Diaz, Jcle del 4» de linea en el sitio de 
Montevideo, presenta en sus iV/emo?'¿fts (pág. 111) un estado délas 
fuerzas de la plaza, el cual asciende á 6.087 hombres, distribuidos 
en 5 batallones de infantería de linea compuestos en su casi tota- 
lidad de negros libertos; 4 batallones de guardia nacional, la legión 
argentina, los batallones Matricula, Unión y Libertad, 4 escuadro- 
nes de caballería, y el regimiento de artillería. Pero este númei'o 
aumentó cuando se armaron los extranjeros en número de 4.000 
hombres. 



— \:> — 

Lo que al principio parecía obra irrealizable, calculando 
sobre la sensible minoría en que se encontraban los parti- 
darios de Rivera respecto de los de Oribe, llegó á ser, bajo 
la poderosa iniciativa de Paz. una partida más ó menos 
igual cuando los extranjeros corrieron á alistarse en las 
lila de la defensa. Y como los extranjeros componían las 
tres cuartas partes de la población de Montevideo, y el 
resto de ésta, con excepción de un núcleo de partidarios 
comprometidos de Rivera y de los libertos africanos, perte- 
necía al partido blanco, ó sea de Oribe, (como se comprobó 
por el hecho de haberse pasado al campo de este último tres 
batallones de guardia nacional y uno de Extramuros). Ori- 
be pudo decir no sin razón, que eran los extranjeros emi- 
grados, descontentos, aventureros, desocupados y más ó 
menos malavenidos en las revueltas de Europa y Amé- 
rica, los que defendían á Montevideo; ejercitando por sí y 
ante sí la personería de un partido político que lo había 
derrocado á él del poder que legalmente invistió. Tu 
artillero de Rivera é historiador notal)le ha corroborado 
últimamente., bien que sin quererlo, esa opinión de Oribe 
en estos términos: «Al tiem])o de ser sitiado ^^lonte- 
video por el ejército del tirano Rozas, al mando del 
degollador Manuel Oribe, de sinier.tra celebridad, su po- 
blación se componía de poco más de 31 .()()() habitantes. 
De éstos ■'«'io o/irp mil eran nacionales de todos sexos y 
edades. Inr luyendo en el número casi una mitad de negros 
emancipados, criollos los unos y africanos los más. Los 
veinte mil restantes, casi en su totalidad lionUn-es de 
armas llevar, eran emigrados argentinos, franceses es- 
])arioles, italianos. <'tc(''tera. etcétera. De estos veinte mil 
homl)res, las tres cuartas partes (15.488 según el censo) 
corresj)ondían á las nacionalidades argentina, francesa, 
italiana y española. Los proscriptos argentinos. . . forma- 
nm iiiiu le';ié)n en urnncro de iii;is de óOO lioiiibres. . . 



— Ki — 

Los fvances:es se organizaron en batallones en número de 
más de ;2.0()0 liombres. . . Los espartóles en número como 
de 700 hombres acudieron ú las trincheras... Los ita- 
lianos mandados por Ginseppe Garihaldi, formaron nmi 
legión de más de (50(1 li(tml)res... El núcleo del ejército 
de la defensa lo componían cinco batallones de infantería 
y un regimiento de artillería formados de negros libertos, 
mandados en su mayor parte por oficiales argentinos. YA 
resto hasta el completo de 7.000 Itomhres, lo formaban 
tres batallones y algunos escuadrones de guardia nacio- 
nal qne en gran parte se pasaron á Oribe por pertenecer 
al partido blanco.)) O 

En los primeros días de nuirzo se iniciaron los com- 
bates entre las fuerzas de la plaza y las sitiadoras. Em- 
pero, el asedio se limitaba á la parte de la campaña, pues 
los buques mayores y menores surtían á la ciudad de 



(h Véase Un episodio tvoyano pui' el general Bartolomé . Mili-e. 
l)ul)licado en el Tolletin de La y ación del 4 de junio de 1882. 

Según el estado que presenta el general César Díaz {Memorias. 
pág. 111) los cinco batallones}- el regimiento de negros formaban un 
total de 2.242 hombres: si como es cierto y lo asegura el general ?\Iitre, 
el resto hasta 7.000 hombres (ó sea 4.7.58) á que ascendía el ejército 
de la plaza, se i)asó en gran parte; y la población nacional de todos 
sexos y edades sólo alcanzaba á 11.000 almas, es evidente que esa 
ciCra de 4.758 constituía la casi totalidad de los orientales en estado 
de llevar armas, y que sólo por excepción quedaron en .Montevideo 
partidarios de Rivera. No era, pues, una caricatura, ni menos un 
elogio inconsciente, sino una autopsia quizá demasiado severa, la que 
hacia el célebre abogado francés Chaix-D'est-Ange, (á quien cita el 
general Mitre), diciéndole al general Pacheco y Obes en la Cour 
d'Asises de París: «Os concedo todo, no regatearé nada de vuestros 
combates, de vuestras victorias, de vuestra generosidad, ilustre 
defensor de la República del Uruguay; desde que traéis la prueba 
de todo esto en certificados suscritos por una docena de generales, 
jefes de ese ejército compuesto de negros, de franceses, de italia- 
nos, de naturales de todos los países... bandas de proscriptos, 
escoria de todas las naciones... aventureros de todas partes, mé- 
dicos sin enfermos, artesanos disipados, enemigos de todas las 
sociedades modernas, que en París, como en Montevideo, como en 
Roma, tienen siempre un brazo, una pluma al servicio del desor- 
den... mandados por generales como ese Garibaldi á quien por 
lo demás conocéis muv bien. . . -> 



— 17 — 

carnes frescas, víveres, etcétera, por el lado de la bahía. 
En consecuencia de esto el gobierno argentino declaró 
bloqueado el puerto de Montevideo, y con fecha 19 de 
nnu'zo orden('» al almirante Browii. jefe de su escuadra 
estacionada en ese puerto, que desde el 1." de abril no 
permitiese la entrada en diclKj puerto á «buques en que 
se comluzcan artícuhjs de guerra, carnes frescas ó sala- 
das, ganados en pie y aves de cual([uiera especie para el 
consunnj de esa ciudad, dejando en todo lo demás al 
comercio y bu(|ues extranjeros en la libertad de (jue han 
gozado hasta aíjuí». Al día siguiente le notilic(') esta me- 
dida á los mieml)ros del cuerpo diplomátic(»; y todos ellos, 
inclusive (4 miuistro de S. M. B. acreditado eu Buenos 
Aires y en ^Montevideo, aceptaron sin reserva ese bloqueo 
establecido con el perfecto derecho de una naciíui (|ue 
tenía, })or sobre todo, fuerza suüciente para hacerlo efec- 
tivo en las aguas del i)uerto sobre que recaía. Lo único 
que solicitaron Mr. Maudeville y el conde de Lurde fué 
que no se com[)rendiesen en la prohibiciíui los buques 
que llegaseu de ultramar, con tal (pie los cíuisules y jefes 
de estaciones navales impidieseu la introducción en 
Montevideo de bjs artículos arriba enunciados: y ello les 
fué acordado. 

Sin embargo de esto, el conuodoro .1. B. Biirvis. co- 
mandante de las fuerzas navales de S. M. B. eu la costa 
occidental de Sur Am<'rica. que se lialn'a tr.isladado de 
Río Janeiro al río de la Plata, y que había sido hábil- 
mente ganado [»or el gobierno de Montevideo, sepermitii') 
asnmir la rejiresentacicni de su soberano para resistir 
el bliKiiiro. declarando por su cni'nt.i "que existen ante- 
cedentes de actos sancionados por el gobierno de s. M. R. 
que establecen el princijtio de no reconocer ;i los nue- 
vos puertos de Sur Aint'rica conu) potencias marítimas 
autorizada^ [lara el ejeicicio de tan alto (• imiiortante 



— 18 — 

derecho como el del bloqueo... y que tal principio se 
hace más especialmente aplicable á la República de 
Buenos Aires á consecuencia de la falta de los caracte- 
rísticos más eseiu'iales de nacionalidad en la constitu- 
ción de las fuerzas navales». Y afirmando con una in- 
solencia este despropósito, se dirigió oficialmente al almi- 
rante que desde hacía un cuarto de siglo comandaba la 
escuadra argentina, llamándole «Mr. Browii. subdito britá- 
nico al mando délos buques de guerra de Buenos Aires», 
para decirle, «que no toleraría que la escuadra argentina 
cometiese acto alguno de hostilidad sobre la ciudad de 
Montevideo, y que además cualesquiera buque ó em- 
barcación de guerra existente al mando ó de algún 
modo bajo la dirección de un subdito de S. M. B. (|ue 
cometiese algún acto de hostilidad contra otros sub- 
ditos de S. M.. sería considerado como culpable de 
})iratería y tratado como tal.» ( ' ) 

La ligereza con que el comodoro Purvis violaba los 
deberes de la neutralidad, y los términos en que des- 
conocía los derechos de los beligerantes, como si éstos 
no pudiesen impedir que se suministra á su enemigo 
socorros por mar y cuanto pueda servirle para hacer 
guerra, empleando además cuantos medios estén á su 
alcance para defender sus derechos ( - ). no podía mi- 
rarse sino como una medida calculada para provocar 
una rui)tura con la Piepública Argentimi. Á esto concurría 
mituralmente el gobierno de Montevideo. Ya el lector ha 
visto con cuánta impaciencia se esperaba allí la llegada 



(') Véase correspondencia diplomática entre el gobierno de Bue- 
nos Aires y los ministros británico y francés, inserta en el Diario 
de sesiones de 1843, pág. 220 y siguientes. 

(2) Apenas es necesario decir que los tratadistas mas en bogado 
la época consagraban estos principios reconocidos en la actualidad. 
— Vattel, libro iii, cap. 8", pág. 138.— Klüber. Seo. 2», Cap. 2o, pág. 284. 
Reynebal, lib. ni, cap. 14, etcétera. 



— 19 — 

del comodoro británico, á quien llamó con urgencia Mr. 
Mande ville. Los emigrados de la Comisión Argentina se 
habían apoderado del comodoro Purvis, explotando há- 
liil mente su exagerado amor propio y su ignorancia os- 
tensible, hasta persuadirlo de que después de la nota 
del 16 de diciembre, ya mencionada; del desprecio que 
de ella hizo Rozas, y del subsiguiente asentimiento de 
Mr. Mandeville á las medidas hostiles (|ue Rozas ejer- 
citaba sobre Montevideo, tocábale á él hacer cum])lir 
las instrucciones de S. M. B. á que aquella nota se 
refería; impidumdo conforme á las mismas que })rosi- 
guiese una guerra ruinosa para el comercio, la cual 
comprometería las [)ropie(lades y vidas de los extran- 
jeros que en gran mayoría residían en Montevideo, y 
era sostenida por la barbarie contra la civilización que 
ellos representaban. VA gobierno lo asociaba á sus con- 
sejos, y robusteciendo la acciíui de los emigrados ar- 
gentinos, y como ]iara empujarlo á medidas arbitrarias, 
notificábale al cónsul general de la Gran Bretaña que 
;i consecuencia del bloqueo se vería obligado á hacer 
salir de bi ])laza de Moidevideo á los consumidores 
iiiútilos (le esa naci(')n ( ' ). La [)reiisa unitaria lo glo- 
rilicó. ])resentán(lo]o como un salvador de la civilizaciíjn 
en el río de la Plata. Kl comodoro Purvis cedió ante 
las perspectivas grandiosas que le [)onían por debiide 
los emÍL;rados. y (piizá crey(') en efecto ([ue (A estaba 
llamado ;t iniciar y proteger en el río de l;i IMat;! al- 
guna evohici'Mi trascendental (|ue beneíiciaría los inte- 
reses (le su [)aís. Y como á ])artir de este momento 
sus actos de liostilidad y de guerra, se dii-igieron exclu- 
sivamente contra uno de los beligerantes, esto es. con- 



(') Véaso esta nota dfl iniíiisli-o Santiajío V;is(|iicz, i)iil)lic;iila 
ííii La Gacela Mercantil ilil Ci di- ainil de 1.S4:?. 



— 20 — 

tra el gobierno argentino, era evidente que sus inlluen- 
cias y sus armas las ponía al servicio del otro, del 
gobierno de Montevideo, haciendo causa cornún con él. ( ' ) 
Esto era lo que habían calculado hábilmente los emi- 
grados unitarios, lo mismo que le había manifestado el 
ex-ministro Vidal á Rivera en la conferencia de nota- 
bles á que me he referido. 

Así. cuando el almirante Brown se posesiom') de hi 
isla de Ratas que había fortificado el gobierno de Mon- 
tevideo, y de Ifi pólvora allí depositada, el comodoro 
Purvis le reclamó inmediatamente ese artículo de gue- 
rra como una propiedad de subditos británicos, y le in- 
timó que desalojase la isla ó que de lo contrario lo 
haría salir por la fuerza. Brown, que tenía instruccio- 
nes de no romper hostilidades directas con los coman- 
dantes de estación naval, sin órdenes expresas, se resignó 



( ' I Rivera Indarte en El Nacional, Várela, y <leiii¡is diaristas 
emigrados en Montevideo, se explicaban de la misma manera que 
el comodoro Purvis la intromisión de éste y los actos de guerra 
en la que sostenían el gobierno argentino y el oriental, i^l pri- 
mero partuí de la base de que «todos los que estaban con Rozas 
eran hermanos en delito, y que todos (extranjeros, etcétera), los que 
estaban contra Rozas eran hermanos de una misma le » El se- 
gundo fundaba esa intromisión en el rechazo de Rozas á la in- 
timación contenida en la nota que los ministros ^landeville y de 
Lurde le dirigieron en 16 de diciembre. «Kl respetable y noble 
comodoro Purvis, tan luego como tuvo conocimiento de esa nota,— 
dice otro de esos publicistas ex-enviado de Rivera,— se trasla- 
dó de Rio Janeiro á prestar su cooperación á los ol).jetos im- 
portantes que su soberana quería consultar, el autorizar á su 
representante para ofrecer su alta mediación entre el gobiei-no 
de Buenos Aires y el de Montevideo. Comprendió biefi los de- 
signios de su soberana, y se consagró sin reserva á ellos, sin 
cuidarse 7nucho de los compromisos y de la poUtica, de Mr. 
Mandeville para, con Rozas. Se declaró desde luego en abierta 
oposición con aquel diplomático (!) prestando al gobierno de Mon- 
tevideo todo el apoyo de su poder marilimo en estas aguas. Su 
poderoso apoyo contribuyó grandemente á disciplinar la resisten- 
cia. Algún día, cuando se escriba la historia de esta heroica re- 
sistencia, el nombre del comodoro Purvis se registrará en sus 
mejores páginas...» (Véase Los cinco errores capitales de la in- 
tervención anglofrancesa), por José Luis Bustamante, pág. 28. 



— 21 — 

ú entregar la pólvora y á abandonar la isla cuya pose- 
.si(3n era muy ventajosa para las operaciones del ejército 
sitiador. En seguida entr(3 en el puerto de Montevi- 
deo, y al fondeadero de la misma isla con el designio 
de incomunicar el Cerro, cuya guarnición tenía víveres 
para muy pocos días. El comodoro Purvis se ajjroxi- 
mó con dos de los buques que comandaba, asestó sus 
cañones sobre los bu([ues argentinos, liizo despejar los 
buques mercantes que estaban interpuestos y fué en 
persona á bordo del buque que montaba Brown; y allí 
en presencia de la tripulación lo amenazó que lo ceba- 
ría á pique si no se retiraba inmediatamente. Noticio- 
so Brown esa misma noche de que una goleta armada 
en guerra \)ov el gobierno de Montevideo salía con tres 
lanchones en dirección al puerto de Maldonado, en 
donde se hallábanla goleta argentina Cliarahuco. ordenó 
á la Nueve de Julio y al Ediagüe que saliesen ;i i)er- 
seguir los barcos enemigos. 

Cuando se hacían á la vela, lleg() un bote inglés de 
guerra y les intimó largasen el ancla. Brown, olvidando 
sus instrucciones y recordando tan s(')lo que nunca ha- 
bían sido Iluminados los buques argentinos que maii- 
<iara, reiter(') la orden, y al ser ejecutada, una corbcla 
inglesa y la mismo fragata que montaba el comodoro 
Purvis dispararon sendos cañonazos á bala y metralla 
contra los dos buques argentinos. La corbeta y un 
bergantín ingleses anclaron al costado (b'l bergantín 
lielíjrano que montaba Browri, y éste recibií» un olicio 
de Purvis en el cual le intimaba todavía (luc hasta 
tanto Orilte no contestase la carta que en (•o])ia le ad- 
juntaba "lio permitiría ;i l»uque alguno de la escuadra 
argentina salir de donde estaban anidados ni cometer 
acto de hostilidad cuaifiuiera». Durante esta detenci('Mi 
de la i'sciiadra argentina, el coimuloro Purvis favorecía 



90 



con sus propios botes el embarque de hombres y ar- 
mamento que hacía transportar el gobierno de Monte- 
video; y llegó hasta prohibir (pie se trasbordasen á esa 
escuadra las provisiones y municiones que conducía un 
buque procedente de Buenos Aires. (') 

El comodoro Purvis pretendió excusar la detenciíhi 
de la escuadra argentina alegando que ello era una res- 
tricción debida á la circular que con fecha 1°. de abril 
había pasado Oribe al cuerpo diplomático. Pero esta 
circular era posterior á los atropellos del comodoro Pur- 
vis, si se exceptúa el del apresamiento de la escuadra 
argentina, y no tenía mayor importancia que la que quiso 
darla la prensa riverista para que tomasen las armas los 
extranjeros que no lo habían hecho todavía. Oribe hacía 
constar el hecho notorio de que todos los departamentos- 
que formaban el Estado Oriental obedecían su auto- 
ridad legal, con excepción de la ciudad de Montevideo 
cuya guarnición se componía en su casi totalidad de 
extranjeros; y les declaraba á los agentes diplomáticos 
que pusiesen de su parte los medios á su alcance para 
impedir que sus connacionales tomasen parte en la 
guerra que hacía el gobierno de Buenos Aires al de 
Montevideo, en la inteligencia de que no respetaría la 
calidad de extranjeros ni en las personas ni en los bie- 
nes de los subditos de otras naciones que formasen 
parte en dicha guerra, pues los trataría sin ninguna 
consideración. 

Esta declaración se ajustaba á los principios reco- 
nocidos en el derecho internacional, é invariablemente 
aplicados por todos los gobiernos en igualdad de cir- 
cunstancias. En el estado de guerra, la justicia y la 
moral, relativas y convencionales, quedan subordinadas 

(^) Véase Correspondencia diplomática citada. 



á las necesidades supremas que derivan de la actitud de 
las potencias y subditos de estas potencias en la con- 
tienda que se ventila con el derecho de las armas; y 
la regia de que en país enemigo las potencias no pue- 
den tratar como enemigos á ios subditos de un Estado 
neutral, ni en sus personas ni propiedades muebles, 
cesa de regir cuando esos subditos de un Estado neu- 
tral [tierden su condii'iíui de tales por tomar parte en 
las hostilidades, ó prestar auxilio á los beligerantes, ó 
el menor favor exclusivo. (') Todas las naciones, y la 
Gran Bretaña la primera, han tratado como enemigos á 
los subditos de potencias neutrales que tomaban parte 
activa en favor de sus enemigos. Así lo hizo la Gran 
Bretaña en su guerra con los Estados Unidos y después 
con la Francia, llegando por la orden de su Consejo de 
7 de enero de 1807 hasta declarar buena y válida })resa 
todo buque neutral que se encontrase navegando hacia 
un puerto en posesión de la Francia, y que no comer- 
ciase con la Gran Bretaña. 

La circular del 1". de abril no alcanzaba, por lo demás, 
á los extranjeros residentes en Montevideo sino en 
cuanto quebrantasen el deber de la neutralidad, tomando 
parte activa en las hostilidades contra una nación con 
hi cual su soberano estaba en paz, esto es, declarándose 
enemigos de esa naciiui. Así lo reconocieron, manifes- 
tando su conformidail imi es;i circular, los representantes 
de los Estados Unidos, del Portugal y del Brasil acre- 
ditados en Montevideo. Xi el hecho de reclamar de la 
misma el fuinistro de S. M. B.. que era á quien le com- 
petía, <iue no ;l un simple (-(imaihlanle de estacií'm naval 



(8) Kliihrr, Derecho de (fentes moderno de la. Europa, sección 
2=1, cai)i(iil() II, 1»;»^. •-¿.SC). — V¡i<t("l, libro iii, cap. i, páf^-. U»3.— Hcy- 
nchal, libro nr, cap. xii; y cito precisainciilc los priiiu'i'os iraiailis- 
tas en esa época. 



— 24 — 

sin ¡itriltiicioiies p;ii'a ello; ni el hecho de lial)erse cum- 
plido los electos de la circular á pesar de la reclamación, 
excusaban los atropellos que i)er])etró el comodoro Purvis 
con la escuadra de uno de los heli<4erantes. prestando 
virtualniente su ayuda al otro y haciendo causa común 
con éste. 

Por lo de;n;is. ya he hecho mención de la declaración 
c^ue hizo el gobierno de Montevideo con fecha anterior 
á la circular de Oribe ('), de que serían inmediatamente 
fusilados los orientales ó vecinos de esa república que 
fuesen tomados con las armas en la mano ó con la 
divisa del ejército sitiador. Y en nuestros días, la ci- 
vilizada lnL;iaterra ha producido una declaración idén- 
tica á la contenida en aquella circular del 1-. de abril 
de 1843. Habiéndose hecho público en Italia el pro- 
yecto de pedir á los hijos y compañeros de Garibaldi 
que levantasen una legión para ir en defensa de Egipto, 
con ocasií'tn de la guerra entre esta nación y la Gran 
Bretaña, el gobierno británico le declaró al italiano por 
m.-dio de su embajador en 1882, que no permitiría des- 
embarcar individuo alguno en Egipto, sin que estuviese 
munido de })asaporte debidamente legalizado; y que así 
mismo cuaUfuier europeo que fuese tomado en las filas 
enemifjas sería pasado inmediatamente por las armas; y 
que tales eran las órdenes impartidas á los generales 
ingleses. (-) 

Simultáneamente con los atropellos del comodoro 
Purvis. la i)rensa de los emigrados argentinos que los 
a})laudía. insistía en que se armasen los extranjeros 



(' ' ) 1'^ (le leljiun-o de 1.S4:?, inserta en el núni. 1254 de El Nacional 
(le Mñuieviiled. 

(-) Esta declaración fué transcrita por The Standard de Buenos 
Aires del 20 de septiembre de 1882. (Véase sección Edíctor's Table.) 



que no lo habían hecho antes de ser conocida en ]Mon- 
tevideo la circnlar de Oribe. (') El gobierno concnrría á 
su plan preconcebido con declaraciones como las de ha- 
cer salir de la ciudad á los residentes inútiles, ó la de 
ofrecerles premios cuantiosos para después del triunfo; 
y gravándolos con impuestos fuertes que ponían al 
mayor número en la disyuntiva de cerrar su taller y 
abandonar su trabajo, ó de tomar en efecto las armas 
})ara asegurar su subsistencia y la de sus familias con 
la ración del soldado. «;?, Qué hacéis? les decía El Na- 
cional de Montevideo en enero de 1843: cuáles y cuantías 
de vosotros, oh extranjeros, estaréis destinados á morir 
en febrero y marzo, cuando por más empeñada la lucha 
estarán las pasiones más enconadas ? Por qué no huís 
de esta tierraí' Delendeos ó huid: he aquí vuestro di- 
lema.» Y El Nacional del 23 del mismo mes: «Dentro 
de poco en los territorios dominados por Rozas, toda 
escarapela francesa será un Illanco de jjuntería [)ara el 
fusil de los asesinos de Rozas, y los franceses no sfUo 
tendrán que negar su origen, sino que disfrazar las 
acentuaciones de su pronunciación. » (-) 

Á la subsiguiente reclamación ({ue entabló el gobier- 
no de Rozas de los atropellos del comodoro Purvis. el 
ministro ^landeville. cuya posición era poco airosa, se 
limitó á contestarle (i[ue hal)ía, escrito al comodoro sobre 
los graves inconvenientes (|ui' traería, su conducta. Des- 
l)ués délos actos de guerra á virtud de los cuales el 
comodoro Purvis había empeñado ;1 su sol)erano, la 
respuesta del ministro Mandeville era, sino un nuevo 



(' ) Rt'cién (;l 7 de aliril l;i inserto El Xticiontil. 

(-) Véase El Nacional de .Montevideo, los nTimeros corresiion- 
lientes ii enero. I'ehi-ei-o y mar/o. Véanse ios nrmuM'os did (> y 7 dií 
abril en los (|ue eimneia las eansas (pie W,\\\ llevado ;i los extran- 
jeros á armarse. 



— QH — 

insulto, una burla. El gobierno argentino le dirigió enton- 
ces una nota eni'rgica en que analizaba esos actos y 
demostraba la injustificable introniisiíjn del comodoro 
Purvis, porque éste había procedido en la forma en 
que procedió con anterioridad á la circular del 1". de 
abril, que él invocaba como excusa: porque á título de 
jefe al frente de fuerza naval se había dirigido al pre- 
sidente Oribe exigiéndole que le declarase si oiría pro- 
posiciones de los sitiados en Montevideo; y á la res- 
puesta de aquél de que serían atendidas según su mérito, 
él había exigido todavía que retirase la mencionada 
circular; y porque en todo caso, era al ministro de S. M. 
B. á quien le competía discutir y arreglar lo concer- 
niente ú la seguridad de las personas y propiedades 
británicas. 

Y al hacer notar la inutilidad de sus reclamaciones 
para que cesasen los procedimientos que continuaba 
el comodoro Purvis. el gobierno argentino agregaba 
que no le quedaba sino defenderse en la injustísima 
guerra á que era provocado, y que no sería suya la 
responsabilidad de las consecuencias que sobrevi- 
niesen, obligado como se veía á sostener y salvar la 
dignidad nacional. Y levantándose á la altura de las 
circunstancias, terminaba así: aSi le fuere dado al go- 
bierno, sin comprometer su decoro, contener la justa 
indignación que han excitado los procedimientos del 
comodoro; si después de los esfuerzos que ha hecho 
desde la llegada de ese jefe para alejar las deplorables 
circunstancias que ya se dejan sentir en la República, 
pudiese postergar i)or más tiempo el llamamiento del 
señor ministro á las imperiosas exigencias que han 
formado los sucesos, el gobierno esperaría el justo pro- 
nunciamiento de S. M. B. á quien V. E. ha dado cuenta 
de ellos. Pero habiendo el comodoro Purvis estimado 



— o: 



sus injustas hostilidades á esta República como actos 
de protección á los subditos británicos, el gobierno 
repite á V. E. que son deplorables las circunstancias 
que ha creado la escandalosa conducta de ese jefe: 
que en fuerza de ellas, no puede ofrecer garantía eficaz 
alguna á los subditos británicos sin poner en peligro 
la existencia de la República y la tranquilidad de los 
demás habitantes del país: y que para alejarlas es 
absolutamente necesario que V, E. dé claras explicacio- 
nes sobre la atentatoria conducta del comodoro Purvis 
y las condignas satisfacciones que V. E. no puede 
negar.» (') 

El ministro de S. M. B. vio entonces que no era 
muy positiva la protección que el comodoro Purvis 
ofrecía á los súltditos británicos, atropellando los de- 
rechos de uno de los beligerantes y provocándolo á 
tomar justas represalias. Sabía, porque lo había visto 
ya, que Rozas sostendría el honor nacional á costa 
de cualquier sacrificio; y que si las circunstancias lo 
forzaban á ello, ejercería sobre los subditos británi- 
cos medidas análogas á las que ejercitó Inglaterra con 
los extranjeros durante sus guerras de fines del sigbj 
pasado; la Francia durante la última guerra con Alema- 
nia, y Rusia y Austria respectivamente en las provincias 
que pretendían para redondear sus fronteras. (^)inzá jx-nsó 
que prontamente kjs subditos británicos serían inter- 
nados en Lujan, como proyectó hacerlo el director Puey- 
rredón c(jn los portugueses. (-) En tal situación le ocu- 
rrió adjuntarle al ministro doctor Arana un memorial 
de los comerciantes británicos radicados en Buenos 



(*) Véase esta nota en el Diario de sesiones del año 1S43, ¡liig. 
233 á 248. 

{-) Véase el inanitiesid del din-ctoi' Puevi-redíMi d(d :¿ de marzo 
dcl817. 



— -is — 

Aires, en el ([ue su})lical>;iii no se les hiciese responsa- 
bles de la conducta del comodoro Purvis. observando 
de paso ijue ellos y sus connacionales habían recibido 
del gobierno argentino la más decidida i»rotección. (') 

La respuesta de la cancillería de Rozas fué categó- 
rica : le era grato instruirsi,^ de la declaracifui de los 
subditos británicos respecto de la jjrotección de que go- 
zaban; y el gobierno seguiría prestándosela á todos los 
que respetasen las leyes de la República Argentina : á 
los demás les prestaría la (|ue le fuese posible en esas 
difíciles circunstancias. ( - i El ministro Mandeville elu- 
día, como se ve, dar las condignas explicaciones de los 
atropellos del comodoro Purvis. Obligado por la de(da- 
raciíjn de Rozas á pronunciarse sobre el fondo del asunto, 
no tuvo embarazo en manifestar que á los cargos del 
gobierno de Buenos Aires respecto de los actos de hos- 
tilidad del comodoro Purvis contra la Confederación 
Argentina. « no podía hacer réplica alguna ». pues ellos 
debían hacerse al gobierno de S. M. B. « á (juien sido 
presta implícita obediencia el comodoro Purvis. como 
S, E. don Felipe Arana lo había visto en muchas oca- 
siones en que las sugestiones y deseos del abajo fir- 
mado han sido desatendidos por aijuél. El abajo lirmado 
lio puede dar órdenes donde no tiene autoridad: y [)or 
consiguiente la exigencia de satisfacción que el gobierno 
de Buenos Aires reclama del ministro, debe ser dirigida 
al gobierno de S. M. B.» í ■' ) Así Mr. Mandeville })onía 
en trasparencia que el comodoro Purvis había ido por 
ííu cuenta mucho más alhi del límite de las promesas 



(') Véase Correspdvdencia diplomálica. Diario de sesiones, año 
1843, pág. 253. 

(2 ) Ib. il). ib. pág. 258. 

(3) ]b. ib. ib. pág. 2G1. 



— 29 — 

que él hizo al í,robieriio de Montevideo : hasta conver- 
tirse en el instrumento de que se servían ese gobierno 
y la Comisión Argentina para desenvolver sn sistema 
de coaliciones contra el gobierno argentino. El hecho 
era notorio, por lo demás; y Rozas, partiendo de la im- 
l)otencia confesada del ministro de S. M. B. i)ara con- 
tener al comodoro Purvis en sus atropellos, le redujo 
la cuestión á este dilema que no podía eludirse : « Al 
gobierno argentino le importa saber si el comodoro 
Purvis obra en el sentido en que lo hace de conformi- 
dad á instrucciones positivas del gobierno de S. M. B: 
en este caso es V. E. el único á qnien debe recurrir el 
gobierno por las explicaciones correspondientes. Si esos 
hechos emanan de órdenes del gobierno l)ritánico, V. E. 
debe decirlo; si no lo son, si son avances del como- 
doro, V. E. debe decirlo también, satisfaciendo de este 
modo á un gobierno y á un pueblo que hasta el pre- 
sente guarda la armonía m.ás perfecta con el de S. M. B. 
con ser que se ve injustamente hostilizado por fuerzas 
navales británicas, y (|ue la mayor parte de los resi- 
dentes británicos en esta ciudad se presentan públiru- 
mente adheridos al comodoro Purvis, contrariando los 
amistosos esfuerzos de V. E. » ( ' j 

El ministro de S. M. B. no i)udo menos que cons- 
tatar oliciahnente el hecho notorio de la intromisiíui 
injustilicablt' del comodoro i^urvis en hi guerra (|ue 
sostenía el gobierno argentino con el de Montevidi'0_ 
<< El infrascripto, decía Mr. MandeviHe. ha hecho, como 
lo sabe S. E. don Eflipc Arana, cnanto ha podido para 
contener al roniodorn /'nrr¿\- dentro de la línea de e.rtr'nta 
nenlratidad . . . y en respuesta á la ])regunta (juc le ha 



(') Néiisc Covrrspondfnc'ta diploináliva . Itinf'to (h? sesiones dv 
1X4:;. páír. MH. 



— :]() — 

dirigido el gobierno de Buenos Aires sobre si el como- 
doro Purvis obra hoy en conformidad á instrucciones 
que haya recibido de su gobierno, el infrascripto sólo 
puede decir que íg/iora qué rime de instrucciones haya 
recibido el comodoro Purvis del gobierno de S. M. //., pues 
que nunca se le ha hecho saber parte alguna de ellas ; 
pero tiene el honor de informar á V. E. que el día 2 
del presente trasmitió o/kialmente al comodoro Purvis 
kis órdenes cjue el infrascripto recibió de lord Aberdeen 
relativamente á la futura conducta de los comandantes 
de buques de S. M. B. en el río de la Plata, comunica- 
das al que suscribe en despacho de lord Aberdeen y con- 
cebidas así: «Con respecto á lo futuro, tendrá usted en- 
tendido que el gobierno de S. M. B. no quiere que los 
oficiales al mando de cualesquiera buques de S. M. en el 
río de la Plata intervengan en la lucha entre Buenos 
Aires y Montevideo, á menos que sea necesaria la fuerza 
para la protección de la vida y de las i)ropiedades de 
los subditos de S. M. allí residentes. » 

Lo más curioso era que esa orden de lord Aberdeen 
que Mr. Mandeville transcribía al gobierno de Buenos 
Aires, por vía de franca explicación, y esperando <|uh 
ella calmaría cualquiera disposición hostil respecto de 
los residentes británicos, se dirigía especialmente contra 
el mismo Mr. Mandeville, como presuponiendo C[ue era 
el ministro de S. M. B. el representante caracterizado 
de su soberano en el río de la Plata; quien podía con- 
ducir al comodoro Purvis á que cometiese ios actos de 
guerra cjue cometió; el único que podría contenerlo en 
•ese camino también. 



CAPÍTULO XLVI 



LA PRENSA PROPAGANDISTA DEL PLATA 



(1843—1844) 



Slmahio : I. Lii ¡in'iisa df iiiM]i;i>faiida de los iiiiit;iriu.s: El Xaciirnal do Montevideo. — II. 
Traiisfuriiiíicióu política de don José Rivera ludarte. — III. La primera ju- 
ventud de Rivera Indarte. — IV. Circunstancias que influyen sobre su carác- 
ter.— V. Sus ]ir¡iueras armasen La Gaceta Mercantil, en El Investir/ador 
y en La Revista de Montevideo.— VI. De regreso á Buenos Aires se afllia- 
eii el partido federal: su propaganda en E\ Imparcial. — VII. Generaliza 
ción de su propaganda: resumen critico de sus trabajos políticos y litera- 
rios.— VIII. Su propaganda en el Diario de anuncios: sus fervores por 
el gobierno con la suma del poder público, y la represión radical. — IX. 
Asocia su j)oética para exaltar á su héroe y propagar el odio. — X. Apo- 
jeo de Rivera Indarte. — XI. Sus relaciones con don Santiago Vásquez y 
los emigrados unitarios: sus esfuerzos para desvanecer las desconfianzas 
(¡ue provoca. — XII. Cómo le explica Vásquez á Rivera la prisión de Rivera 
Indarte. — XIII. Rivera Indarte en Montevideo: móviles que lo empujan: cómo 

lo juzga Kelieverría. — XIV. La jiropaganda de odio y de venganza de El 
A'ac/OHrt/.— XV. Perfil de esta propaganda.— XVI. El competidor de Rive- 
ra Indarte: quien era don Nicolás Marino. — XVII. Paralelo entre Rivera 
Indarte y Marino: fisonomía, periodística de ambos. — XVIII. Idea de la 
lucha entre El Nacional y La Gacela Mercantil: el gran monstruo de Ri- 
vera Indarte. — XIX. Forma bajo la cual es presentailo para que el lector 
juzgue por su proi)io criterio. — XX. Cómo rebate Mai-iño la.» efemérides d? 
Rivera Indarte.— XXI. Las tablas alfabéticas de Rivera Indarte: las 
matanzas de 1840 y 1842. — XXII. El canibalismo argentino de Rivera In" 
darte en las bataUas de la guerra civil.— XXIII. Los libelos de Rivera 
Indarte contra la vida privada de las personas. — XXIV. Las ilHSÍ07ies de 
Rivera Indarte sobre la inUuencia de Rozas, y el modo cómo las glosa Ma- 
rino. — XXV. Cómo resume Marino los antecedentes de la lucha entre vini- 
tarios y fi'derales á partir d.^1 1." de diciembre de 1828. — XXVI. Contraste 
que ]iresenta Rivera Indarte entro la civilización y la barbarie: sus apólo- 
gos i'i Rivi'ra. — XXVII.— l'ómu resume Marino la vida do este último, — XXIII. 

La réplica di' Riverii Indartí', y lo que autoriza á llamarle pardejón á 
Rivera.- XXIX. ('óum fiiiicbi Marino el apodo de /Jrt/'£/<;y(i«.— XXX. Cómo 

explica Miiriñool mote de niueron los sa/vajes unitarios.— '^WI. Cómo 

Marino díi la nota más alta al recapitular los antecedentes y los hechos. 

XXXll. Ijü querclhi «le los pootas revolucionarios. 



Kii medio de esta ludia diaria (¡uc vigorizaban las coa- 
liciones de los extraños y oMi^alian al ,L;(d»i('riio ar.i.;(Mi- 
tino ;i iiiiill¡|ilicai" los cst'iiciy.ds para soslciierla con sus 



— 82 — 

solos recursos, los euiigrados unilarios en Montevideo- 
esgrimían con mayor ardor (|ne nunca sus armas de 
propaganda personificadas en su prensa de combate y 
en su diplomacia guerrera. Con el mismo fin que El 
Constiturional, La Revista, Muera Rozas, El Brittania, y 
otros papeles más (3 menos efímeros, había surgido El 
Nacional. Eiste último diario era en la época á cjue he 
llegado el (U'gano oficial de la revolución contra el go- 
bierno de Piozas. y condensaba en tal carácter así la 
representación de los emigrados unitarios como del go- 
bierno y partido de Rivera. Redactábalo don José Ri- 
vera Indarte, de quien debo ocuparme en este lugar para no 
dejar en blanco una página notable de propaganda perio- 
dística de esa época. 

En don José Rivera Indarte se realizaba el hecho de que 
los que reaccionan ruidosamente contra su propio credo, 
llegan á ser los sectarios más esforzados del nuevo 
credo que adoptan y, por consiguiente, los enemigos más 
im}dacables del que abandonaron. Habíase operado en 
él algo de la transíiguración del hombre y de la ser- 
piente á (|ue se refiere Dante, y que glosa Macaulay 
para aplicarla á los partidos tradicionales de la Gran 
Bretaña. Todo lo que él condenó y escarneció en ob- 
sequio y al servicio del partido federal y de Rozas^ 
fué lo mismo ([ue engrandeció y exaltó después en 
obsequio y al servicio del partido unitario ¡lara com- 
l)atir á a([uéllos. Antes había presentado á Rozas como 
el primero de los argentinos, á los unitarios como 
parricidas y causantes de las calamidades de la pa- 
tria. Des})ués presentó ante los ojos atíhiitos las esce- 
nas cada vez más animadas de un drama de crímenes 
y de horrores, cuyo i»rotagonista abominable era Rozas, 
y cuyas víctimas inmoladas inocentes eran los unita- 
rios. El mismo drama transformado por el fanatismo 



que movía la luaquiuai'ia. La cabeza de la serpiente del 
Dante, que reeini)laz(3 la del hombre. 

Este cambio radical tuvo su ori<4eu eii motivos per- 
sonales más (|ne políticos; y se verilic(') al favor de estí- 
niiib)s que vivían conn» heridas abiertas en el espíritu 
impresionable, vehementísimo y rencoroso de liivera In- 
darte. Y n()tese (|ue tal cambio se circunscribi(') á sus 
simpatías de }tartidista solamente; que en cuanto á lo 
demás continuí') sii'udo el mismo retr(')grado, (|ue desde 
su ])rimera juventud malgastaba sus fuerzas y atroíiaba 
su inteligencia [)re(licando. como una solución patriiUica 
y ¡irogresista, la comunidad de miras así en lo jjolítico 
como en lo religioso entre la monarquía absoluta y las 
repúblicas de Sur América. El fué el único que sostuvo 
estas ideas (á his que dié) después formas más tangibles; 
en diarios manuscritos que hacía circular en la Univer- 
si(hid. y en los cuales se declaraba campcíui de la causa 
-ele la. Monarquía y atacaba á la vez los principios y las con- 
secuencias de la r('Voluci(')n argentina de ISlO. y ;i los 
profesores ([ue lu) podían seguirlo en su propaganda. 
Tan singular esfuerzo le atrajo la antipatía de sus com- 
pañeros, imbuidos naturalmente en las ideas de esa 
revoluciíHi. El la emprendi(') entonces con sus c(unpa- 
ñeros. atacándolos indistintamente con acritud y saña 
tantas (jue le valieron vejámenes frecuentes. [)ero no 
eílcaces si(|uiera para atem[)erarlo. Esto, unido á la fría 
nial(|ucrencia de ((ue hacía alarde para con todos, y al 
cor.ocimieiito (|ue se tenía de ciertos detalhvs (|ue afec- 
taban su moralidad, le vali('i rl des])recio de sus com- 
pañeros. El mismo ahond(') ese desprecio, damlo lugai" 
á ser expulsado de la ('nÍNcrsidad en \irtu(l de acusa- 
ciones tie las (jiU' no pudo justilicarse. (') 



( ' ) Vm I:i liin^irjil'i;! di; cslc poi-ioilisla i|iic |iiililic() cu IcSó.'! el cillnií- 
TOMD IV :; 



— ;J4 — 

Á partir de este iiioinento se vio aislado; y en este 
aislamiento, y á través de las dificultades con que luchaba, 
se ahondaron en su espíritu el despecho y los rencores 
que debían liacer triste y sombría su existencia, lleván- 
dolo fatalmente á mirar á los hombres como instrumen- 
tos más ó menos conscientes é intencionados del mal 
que le habían causado, al negarle en sus mejores años 
los estímulos y hasta las consideraciones que prodiga- 
ban fácilmente á los demás. Y sin embargo, en su corto 
roce con las gentes se mostraba manso y excesivamen- 
te complaciente. Además, hacía ostentación de sus fervo- 
res católicos; y los fieles de la parroquia miraban como 
uno de los suyos á ese joven de lánguidos ojos azules 
y abstraídos en un misterioso más allá, pálido, humilde 
y pobre, que parecía uno de esos scoldsticus que reparte 
por el mundo la Compañía de Jesús. 

Con tales predisposiciones comenzó á hacer sus pri- 
meras armas en La Gaceta Mercantil. Pero este apren- 
dizaje, además de ser corto, le trajo nuevas contrarie- 
dades. Cediendo quizá á sugestiones agenas, tomó partido 
en La Gaceta^ en favor del gobierno de Montevideo, que 
dirigía por entonces el ministro don Santiago Vásquez, y 
en contra de los anarquütas , como se les llamaba á los 
partidarios del general Lavalleja. Así se puso en rela- 



ces coronel Bartolomé Mitre, se dice acomodando los hechos á las 
exigencias y pasiones de laéi3oca, cjnela expulsión de Rivera Indarte 
de la T'niversidad se debió á las persecuciones y calumnias de sus 
compañeros. La verdad es que fué expulsado por sustracción de libros 
de la biblioteca, denunciado por el director ante el juez del crimen 
doctor Insiarte, en cuya causa sobreseyó, dando por compurgado el 
delito con la prisión sufrida, el ministro doctor Tomás M. de Ancho- 
rena por decreto de septiembre de 1831; como se ve en el expediente 
que estuvo archivado en la antigua escribanía de Silva. Por otra 
parte, el mismo Rivera Indarte en su libro Rozas y sus opositores 
pág. 142, admite implícitamente este y otros hechos de que lo acu- 
saban sus enemigos en medio de la polémica ardiente, excusándose 
con que se referían á la época de su niñez. El año 1831 tenía 18 años. 




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r-^ cX-.-.-! 



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ción con el ministro Vásquez, y tuvo la debilidad de 
presentarse por escrito y en persona al coronel Zufriá- 
tegiii. íingiéndose agente del general Lavalleja, para per- 
cibir una cantidad de onzas que aquél debía enviarle en 
calidad de auxilio para la revolución que este último 
encabezaba á la saz(3n. Advertido á tiempo Zufriátegui 
dio aviso de lo ocurrido. Las cartas falsificadas por 
Rivera Indarte figuraron como cabeza de proceso, y con- 
victo y confeso de la acusación, le fué conmutada la 
pena establecida por la de un año de destierro. ( ' ) Tras- 
ladado á Montevideo, el ministro Vásquez se declar() su 
protector, encargándole la redacción de un diario oficial 
que se tituló El Investigador. En este diario, como en 
Im Revüta que redactó á poco para defender igualmente 
el ministerio de don Lucas Obes, Rivera Indarte mostró 
aptitudes poco comunes; y si bien la poca madurez de 
los conocimientos que liabía adquirido sin método y sin 
[)lan, y la ampulosidad é incorrecciones de su estilo, no 
le permitieron por entonces hacerse notable como dia- 
rista, consiguió cuando menos abrirse camino al favor 
de una inquebrantable pertinacia, de una contracción que 
desafiaba al cansancio, de cierta audacia genial para en- 
carar toda clase de cuestiones, y de la poderosa inicia- 
tiva que empezó á desplegar alentado siempre con la 
idea de poner de su i)arte la opini(Jn. 

Malquistado con el gobierno al cual había servido, re- 
gresó á Buenos Aires en 1834, durante el jirovisoriato 
de Viamonte. Aquí redactó El Imparrial en uni('in con 
don Bernardo Vélez, afiliándose en el partido federal que 
estaba predominante después de haber vencido la revo- 
liicií'iii de los unitarios de LS28. Entonces entr('t i)or pri- 



(•) El extracto de la causa y demás documentos se encuentran 
en el Archivo Americano, I-', serie, núm. 20, pág. 342. 



— :Ui — 

mera vez eu el i-uniix) de la política militante de su 
país; y como ella se iriLdiuaba á las represiones que \)Yí)- 
Yocaban los partidos en lucha tenaz é intransigente, i-l 
siguió sin vacilar estas corrientes, llamando desde luego 
la atenciíjn i)or la vigorosa generalización que, á guisa 
de inventario, hizo de los extravíos de los partidos des- 
alojados del gobierno. Esta misma propaganda la con- 
tinuíj en La Lanza Federal. Y acerca de sus propósitos 
radicales puédese formar una idea por la siguiente tra- 
ducción de Milton que encabeza el primer número de ese 
periódico: «Venganza, amigos, sin piedad, ¡venganza!... 
con el autor de nuestros tristes males, ni treguas ni 
amistad: nada de engaños. Los desconoce el fuerte de 
]\Iawrte. Lidiemos en el campo. » 

Esta fué la época de su vida en que mayor gala hizo 
de su facundia. La prosa y el verso; el diario y el 
panfleto; la política y la literaTrira; las cuestiones de in- 
terés local como las que se relacionaban con la Europa 
y principalmente con la España, todo lo usó y abarcó su 
actividad incesante, con éxito más ó menos feliz. Sin 
descuidar en lo mínimo su diario •'> sus diarios, pues 
Rivera Indarte se asemejaba al famoso Padre Castañeda 
en eso de que siempre había de tener un diario suyo 
cuando menos, y sin perjuicio de colaborar en dos ó 
más, publicí) los Apuntes sobre el asesinato del general 
Juan F. Quiroga. donde analizaba con escrupulosa aten- 
ción todos los antecedentes de este ruidoso aconteci- 
miento y deducía las responsabilidades que en orden al 
mismo pesaban sobre el partido unitario: el Voto de Ame- 
rica, y la Defensa del Voto de Aniérira en respuesta ;í 
una impugnación del Dr. Alberdi: en los que desenvol- 
vía con más convencimiento que buenas razones su 
creencia en la necesidad de mancomunar las aspiracio- 
nes de las jóvenes re})úblicas con las de la monar- 



— -M — 

qiiía absoluta; y que si nada añadieruii ;i su fama al 
sentir de sus compatriotas, le valieron el (jue la reina 
Cristina los hiciese publicar por la imiirenta real, couio 
un homenaje á este inesperado eco de suniisif'm y va- 
sallaje. 

Como complemento y resumen de estos trabajos, }»u- 
blicó el año siguiente de 1830, la aBreve reseña sobre el 
origen y curso (jue liau tenido las nuevas relaciones 
del pueblo español con los Estados disidentes de la Amé- 
rica española: y sobre el modo de terminar sus pasa- 
das diferencias de un modo igualmente proficuo á Es- 
})aña y América)), dedicada «al i)ueblo español». Re- 
liriéndose al fracaso de los negociados entretenidos 
larg(j tiempo por la nH^trói)oli y el nuevo gobier- 
no de las Provincias Unidas para obtener la paz y 
el reconocimiento de la independencia de las últimas, 
echa la culpa de ello á Belgrano y á Piivadavia. y se 
ensaña contra estos dos virtuosos patricios argentinos 
en los siguientes términos: «Prevalidos dos ministros 
suramericanos, residentes uno de ellos en Londres y 
el otro en París, de la frialdad con ipie eni})ezaba ;i 
mirarse el negocio de la Independencia, escribieron á 
sus gobiernos y aun procuraron con otros de sus cole- 
gas, secundasen su idea, asegurando (jue el gabinete es- 
jiafioi en lo menos ijne pensaba era en reconocer la in- 
dependencia de América; que todas sus protestas eran 
ficciones para engañar á los americanos y qne éstos de- 
bían cerrar los oídos á todo trato. Los extranjeros (|ue 
sirven de intermediarios entre es])añoles y americanos. 
(/lie rrro/c/i todos tos ¡n'oi^eclios det loiiHTcio di' Ániérica^ 
y ([ue esl.iii por consiguiente interesados en que se pro- 
lon.Qne un entredicho que les es tan ventajoso, unieron 
sus esfiu'rzos ;i los de esos dox lionitjres infatuados. Y 
(Ttn grande asombi-o de los amigos de la paz se \i('ile- 



— 88 — 

Yantarse un partido considerable, que evocando recuer- 
dos tristísimos, y apelando á los nombres de patria y 
libertad, se empeñaban en }»robar era de^nradante enviar 
ministros á la corte de España.» Y después de desna- 
turalizar de esta manera las aspiraciones de su proi)io 
país, se hace el eco de los monarquistas que pro- 
ponían que los argentinos reconociesen una parte 
proporcional de la deuda que pesaba sobre España 
hasta 1810; y propone que para aíianzar la paz España 
invite á los gobiernos de los nuevos Estados america- 
nos para que concurran en un término señalado á la 
corte de Madrid, por embajadores autorizados, para tra- 
tar de un arreglo definitivo, celebrando un tratado que 
sea general para todos ellos. 

Simultáneamente con esos i)aníletos. Rivera Indarte 
publicó la Volkamevia, miscehínea de artículos en prosa 
y de poesías que escapan á la crítica: arregló un drama 
titulado Diez aíios, 6 la vida de una mujei\ donde se ve 
que su -cuerda no era el drama; hizo circular profusa- 
mente una Biografía del brigadier general Juan Manuel 
de Rozas, en que estudia á este personaje hasta el mo- 
mento en que aceptó el gobierno con la suma del 
poder público; y los Apuntes para la historia de la ex- 
pedición al desierto, «inspirados, como él mismo lo dice, 
en el deseo de ilustrar á los extranjeros sobre la im- 
portancia y resultados de esa campaña emprendida por 
el general Rozas, cuyas relevantes cualidades físicas y 
morales jamás se han atrevido á negarle sus más en- 
carnizados enemigos». 

Pero donde se mostré) })artidario fanático de la 
federación y del general Rozas, así por la vehemen- 
cia con que se declaró paladín del gobierno con la 
suma del poder público, como por la osadía con que 
propuso y defendió antes que ningún otro, los medios 



— 89 — 

de represión más radicales contra los unitarios, fué 
en el Diario de anuncios y publirariones, que empezó 
cá redactar en el año de 1835. Era esta la época en 
que la «ran masa de o})ini(}n dominante en Buenos 
Aires vio, después de cruentos sacudimientos, suspen- 
didos sobre sí los peligros y reacciones ([ue venían 
del lado de los partidos desalojados del gobierno y 
de los afines de éstos en el exterior; y quiso domi- 
narlos robusteciendo un gobierno fuerte en cabeza 
de un hombre de antecedentes nacionales y de influen- 
cias incontrastables. El Diario de anuncios fué el que 
con mayor franqueza examinó este propi'tsito á la luz 
de los principios especiosos de la salud del Estado. 
Y en el fervor de la propaganda, para que su héroe 
reasumiese los derechos políticos de la sociedad. Rivera 
ludarte rodeaba la cabeza de Rozas de una aureola de 
gloria que no alcanzaron en vida ni Moreno, ni San 
Martín, ni Belgrano. Y al trazar con los colores más som- 
bríos el cuadro de las desgracias de la patria, cubría de 
oprobio á los unitarios, á Jiu de encarrilar el sentimien- 
to de la multitud con el pro])ósito de las clases diri- 
gentes, y de mantener en ascuas los odios de partido 
que habían determinado la erecciím de una dictadura 
irresponsable por el ministerio de la opinifhi y de la ley. 
Á esto asociaba, su i)()étjca. con la cunl magnilicaba 
las festividades i)olítico-religiosas y manifestaciones que 
se sucedieron á partir del lo de abril en que Rozas se 
recibió del mando. Su Himno ríe los restauradores es 
una diatriba dirigida á enardecer las pasiones. Des- 
pué's de recordar los hechos (juc i-n su sentir colo- 
can á los unitarios entre la escoria (|ue la sociedad 
debe barrer para regenerarse, dice: 

"Asesinos rlc Oriíz y (jiiiro^al 

De los lionihl-es vci'yiirii/.;) v lioi'i'of. 



— 40 — 

Á la tiiin1)a l>ajad presurosos. 

De los lil)res temed el l'uror. 

Esos mismos que en Már(|ue/, veucitu'on 

En San Luis, Tucumán y Chacón, 

Con la sangre traidora han jurado 

De ví'nganza escribir el ])adi'()ii. 

* 

Alza, oh patria! tu frente abatida. 
De espera7izn la aurora lució. 
Tu adalid valeroso ha jurado 
Restaurarle á tu a?itiguo esplendor. 

* 

Del ])()der la Gran Suma revistes, 
Á lu patria tú debes salvar: 
¡Que á tu vista respire v\ Iioin'ado 
Y el perverso se mire lemljlar!» 

Al iiiisnu) géiRTü pertenece el Himno federal que, 
como todas Ins composiciones de Rivera Indarte. no 
tiene más mérito que el que le atribuyó la ineducada 
multitud, ávida siempre de lo que exalta las pasiones 
que la conducen. Dice así : 

<cEse l)aiido traidor, parricida. 
<^ue en diciembre mostró su furor. 
Sobre ruinas y sangre de hermanos 
Tremoló su rebelde pendón. 

<(E1 dispuso en sus bárbaras orgias 
Cien perennes cadalzos alzar. 
El mandó á sus inicuos s(ddados 
Á Borrego y á Maza matar. 

"Vuelve, pues, adalid valeroso 
Á regir á este pueblo fiel, 
y si acaso la artera calumnia 
Tus virtudes quisiera empañar, 
Tus leales en sangre de inicuos 
Tal agravio sa])rán castigar.» 

Á estos himnos les seguían las canciones populares 



— 41 — 

(le Rivera Iinlarte'. las décimas, las leyendas y dísti- 
cos ad Ii0(\ (jiie circulaban profusamente en la ciudad 
y campaña, ñ se dedicaban á las festividades de la 
época. Y todo este esfuerzo de su inteli<ítMicia fecunda 
se dirigía exclusivamente á exaltar la personalidad de 
Rozas y á echar oprobio al partido unitario, como causa 
de las calamidades de la i)atria. A este número pertenecen 
El arrepcntitiiieiito de un unitario, Lo>< recuerdos sangrien- 
tos y otros papeles procaces y soeces como el que di(') 
oriíí'en al calilicativo de aiazorr/ueros, y (jue con el 
título de rir/i li( mazorca era dedicado aal unitarií» 
que se detenga á mirarla»... el cual debería «tener 
cuidado de ver si ese santo (un marlo de maíz) al 
tiempo de andar, le va })or detrás.» 

Los ecos cada vez más destemplados de la propa- 
ganda de Rivera Indarte dominaron el escenario polí- 
tico del afio d(^ 1835. Los jiartidarios más intransigentes 
(Id nuevo orden (le cosas y el pueblo (|ue lo a])lau- 
(lía. veían rellejados sus conatos más enérgicos en los 
escritos de ese joven (]ue liabía colocado una bandera 
roja eii su barricada de combate y batía con ventaja 
á los enemig'os; eclijisando los escritos });ilidos y tiesos 
de don Pedro de .Vngelis. los de don Manuel de Irigo- 
yen ([ue rebosaban c;indoroso entusiasmo, y aun los 
de don Xicohis Marino (|iie fué' (lespu(''s su ('■mulo. Su 
renombre de periodista i-;i(Iical le vali(') una inllueucia 
que envidiaban los (pie mejores títulos creían tener. 
ÍjOs poderosos de la sociedad y del gobierno lo solici- 
taron con ese agasajo (]ue acusa, la forzosa necesidad 
de ti'atar de potencia ;i potencia al talento y la ¡ludacia 
que se abren camino. Kl mismo Rozas, (jue (piizá no 
esperé) que se adelantaría tanto en su projiaganda. lo 
recomemb) á la consideraciíui de sus amigos ))ersona- 
les: ;i bien ((ue (|esj)U(''s coinetií» la torpeza, increílibv 



— 42 — 

€11 lili hombre de su i)eiietración y de su alcalice, de 
no hacer algo de su parte para evitar que se transfor- 
mase en el más encarnizado y terrible de sus ene- 
migos. 

Pero he ahí que cuando se encontraba en el apogeo 
de su posición, se aproxima á don Santiago Vásqnez 
que estaba en Buenos Aires como ministro de Monte- 
video; entra en relaciones con algunos de los emigra- 
dos unitarios que conspiraban eu el litoral, y llega á 
avanzarles opiniones diametralmente opuestas á las 
de que alardeaba. La cosa trascendi(j, abultada quizá 
por los que no podían explicarse este cambio ó este 
doble juego eu el fogoso propagandista. Y como en esa 
•época de conspiración latente, de represión y de tor- 
menta revolucionaria, el que no estaba con el gobierno 
ó con el partido que levantó á Rozas, estaba con el 
partido unitario que espiaba los momentos, y era con- 
siderado como enemigo, á lo cual no poco había 
contribuido la prédica de Rivera Indarte, éste se hizo 
sospechoso; y empezaron á mirarlo con desconfianza 
los mismos que poco antes lo alababan y solicitaban. 
Otra vez empezó á sentir el vacío á su alrededor. 
Inútiles fueron los resortes que tocó para congraciarse. 
El doctor Cordero, que tenía sus acliaques editoriales, 
le echó francamente en cara su inteligencia con los 
unitarios, según era de pública voz. El general Maiisi- 
11a, ante quien se sinceró, ofreciéndole redactar un 
diario en el que pondría en transparencia á los unita- 
rios, lo remitió á don Pedro de Angelis. Este, cuyo 
ánimo estaba predispuesto contra el joven diarista que 
h3 había eclipsado, no (|uiso saber de la cosa. 

En estas alternativas fué reducido á prisión como 
agente secreto de los emigrados unitarios y de los bandos 
■que se disputaban el predominio en el Estado Oriental. 



— 48 — 

Don Santiago Vásqnez que estaba informado de todo 
ello, se lo exijlicaba á su manera al general Rivera 
escribiéndole: «carta de Buenos Aires y de persona 
lidedigna dice que el portugués Fontaura, luego que 
llegó á aquel destino, manifestó á Lavalleja el arresto 
que había sufrido, concluyendo su relación con la entre- 
vista que tuvo después con el señor presidente Oribe, 
y suponiendo que éste le di('> mil satisfacciones, y le 
declaró que las cartas y avisos del joven Rivera Indar- 
te habían ocasionado las sospechas y arresto que 
había sufrido. Que esta relaci(jn. trasmitida por 
Lavalleja al señor Rozas, dio mérito á que Rivera 
Indarte fuese conducido á la cárcel, puesto incomuni- 
cado y examinados sus papeles. ..» (') Presto salió en 
libertad Rivera Indarte por la interposición del ministro 
Vásquez, quien le sugirió la idea de volver á Monte- 
video, lo que aquél verilic(> después de un corto viaje 
por Estados Unidos y el Brasil. 

Después de este viaje aparece, no un distinto Rive- 
i'u Indarte, que sí el mismo i)ropagandista fogoso; con 
la diferencia de que en Buenos Aires exaltaba á Rozas 
y alardeaba de federal fanático, y en Montevideo comen- 
zij á exaltar al partido unitario alardeando de tal. Sus 
panegiristas y correligionarios de Montevideo decían 
que esto fué una regeneración en él. Pero el hecho es 
que profesi) un fanatismo idí'iitico en tendencias al 
({ue dej() de profesar y (pie siguió siendo el incansable 
l)ropagandista de los odios que desgarrarían su patria. 
Si un tercer partido bubiese disputado el jiredominio 
absoluto en la Repriblica, ;i ('■ste haln-ía }»ertenecido 
Rivera Indarte, y se habría asimilado estos nuevos 
rencores para desahogarlos contra el partido unitario á 



(') -Miiiiiiscrilü oriuiíiiil imi mi ¡irdiivo. (Véaso ul ;ii)t''iiilic('.) 



— u - 

cuyo servicio se coiis;igr('». Desprovisto de la fe en el 
esfuerzo de la propia originalidad, su pluma síjIo corrió 
á impulsos de las pasiones vergonzantes de la época; 
como esos cerebros enfermizos que sólo ¡¡roducen bajo 
las innobles excitaciones del alcohol. Por esto es (|ue 
de todos sus trabajos no se extrae una sola idea i)ara 
el porvenir de su patria, un solo principio (jue hubiere 
modificado, en tal cual momento de su vida laborio- 
sísima, el estado de combatividad ¡<anfjrienta. «pie era 
el permanente de su espíritu. El virtuoso don Esteban 
Echeverría, herido por las ])rocacidades de Rivera Indarte. 
le preguntaba con la autoridad que le daban sus aute- 
cedentes notorios de filósofo doctrinario: «(^)ué doctrina 
social ha formulado V. en su apostolado de cinco años 
en El Narioiial: qué idea nueva ha emitido, qué impor- 
tación inteligente nos ha inoculado, qué poesía original 
nos ha revelado, qué intuiciíjn de su genio nos ha 
embutido^'. .. Apostolado para el pueblo dice V! Aposto- 
lado de sangre, de difamación, de inmundicia . . . Hay 
una doctrina que V. ha*concebido y desarrollado con 
la erudición más escogida, y esta doctrina es la más 
digini de su ajjostolado : el tiranicidio. Pero el pueblo 
replica indignado: que venga á matar el muy villa- 
no, si tiene corazón de asesino; que venga á santificar 
con su sangre su doctrina ... Y el padre Mariana se 
levanta de su tumba gritando: Venga mi doctrina! 
Fuera ese fárrago de erudici()n que empacha, fuera 
esa lógica tuerta...» ('; 

Lo que decía Echeverría era la verdad. De las ma- 
nos de los señores Alberdi, Lamas y Cañé, tomó Rivera 
Indarte E"/ AV^r/o;^^// de Montevideo, y le imprimi(3 desde 



( ') Carta <lo Eclieverría cu mi arcliivo. 



— 4."» — 

luego el sello de las furiosas veuganzas que lo inspira- 
ban, precipitándose en el fango del personalismo que 
hizo escuela y provocó represalias tremendas. Esta labor 
se puede dividir en dos partes: la que tiene })or objeto 
sublevar coaliciones contra el gobierno de Rozas, com- 
placiendo las veleidades de las grandes potencias en 
orden á los paises del río de la Plata, y las del Brasil 
en lo que se referían al cercenamiento de la República 
Argentina; y la que tiene por objeto defender al general 
Rivera y á los hombres del gobierno y de la defensa de 
Montevideo, echando ludibrio sobre el gobierno de Rozas 
y el i)artido dominante en la República Argentina. Com- 
]»rendía la primera los escritos de Rivera Indarte sobre 
la cuestión francesa; el blocjueo; sobre la política que de- 
bía presidir el emperador del Brasil; sobre la leyittnüdad 
de la independencia del Paraguay de la República Argen- 
tina; sobre la iiiterri'nciún anglofranceui. 

Comprendía la segunda jtarte sus Efemévi<les de l;is 
matanzas de Rozas, ó sea Tablas de sangre; su iianlltlo 
Es acción santa matar ñ Rozas, sus Biografías y otros 
o[nisculos de menor cuantía reunidos desitui'S bajo el 
título de Rozas g sus opositores. ( ' ) 



(') Kivei'a Indai-te asoció la poesía á su propasanda contra 
Hozas, como la asoció poco antes en su i)fopaganila en lavor del 
í^obierno con la su)na del poder público. Sus coniposicioncs A los 
rosines. Al tirano Rozas, Una fiesla.de Rozas, A los militares 
ar(jentÍ7ios residentes en .Montevideo, y muchas otras de esta jae/. 
son El arrepentimiento de un unitario. Los recuerdos sangrien- 
tos. El himno de los restauradores con otro titulo, y arrediladas 
á las cir-cunstancias en rpie escarnece lo mismo ([ue ex.alt(). Al- 
^Minas de ellas aparecieron en El Tirteo, periódico en verso (|ue 
runih) en 1<S41 asociado ;i .luán María r.utiérrez. (|uien acal)at)a de 
sel- laureado en un cei'tamen poético presidido por literatos y eru- 
ditos, y cuyo renombre vivirá .juntamente con el de Heredia, .luán 
Cruz Vareia, Olmedo y iíello. Debido á esa circunstancia El Tirteo 
se abri() camino en el corto tienqx) qu(í duró (27 de junio ;i 27 de 
septiembre); siendo de advertii- (pie su elal)oraci()n rué(d)ra casi exelu- 
si\;i de tlnliérre/,. y (pie las composiciones de Indarte son i)rceisa- 
meule los únicos lunares (pie resaltan allí al lailo de la Introducción 



— 4f) — 

De la }»i'iiiiera parte de estos trabajos se trata en el 
sitio oportuno de este libro, á bien que encierran un 
falseamiento inconsiderado de los hombres y de las co- 
sas, los cuales se ventilan como si se dijera entre las 
llamaradas de la i)asióii. Tanto es así, que el biógrafo 



El joven Maza, La bandera de Rozas. Mi crimen, Escenas de 
la Mazhorca, Ogaño el Anla'io y otras dignas de las de la mis- 
ma índole, tituladas El Capitán Araña y El Maestro Ciruela. 

Sin embargo. Rivera Indarte escribió muchos versos, pero en 
general, malos versos. Lo que más puede decirse en su obsequio, es 
aíiuello que se decía de las del poeta Marcial: 

«Sunt (|mdam mediocria 
sunt nuila plura. . .» 

Es que sobre no haber nacido poeta, era rebelde al ritmo y á 
la rima; y esto lo acusaba á pesar de los esfuerzos que hacía para 
suplirlo todo con un arte que tampoco adquirió en la medida de 
que habría habido menester. Y las que pasarían por sus mejores 
composiciones son incoloras y contrahechas al lado de las de Már- 
mol á ([uien Gutiérrez decía: 

«Joven poeta, ven: mano de amigo 
pongo sobre tu sien; te absuelvo, llora: 
cómo no ha de llorar quien va mendigo 
de patria y libertad, y en cada hora 
escucha en el martillo (¡ue la suena 
caer una gota al cáliz de su pena ! d 

y que asi lamentaba en estrofas inspiradas la suerte del peregrino 
de la libertad, como arrancaba á los elementos sus furias devastado- 
ras para lanzarlas sobre Rozas en esta estrofa valientisima: 

«Prestadme, tempestades, vuestro rugir violento 
cuando revienta el trueno bramando el aquilón;- 
cascadas y torrentes, prestadme vuestro acento 
para arrojarle eterna, tremenda maldición.» 

Su mismo biógrafo interesado en agrandarlo, y poeta como él, 
aunque superior en más de un concepto, no puede menos que decir 
de Indarte: «Desprovisto de las facultades perceptivas del poeta 
por vocación, tuvo que suplirlas por el arte, estudiando la poesía 
como quien estudia una ciencia. Su oído rebelde á la armonía se 
educó en los ensayos del ritmo y la cadencia, y aunque jamás pudo 
conseguir dar á sus versos el numen de esos versos intuitivos que 
salen fundidos de una pieza, consiguió subordinarlo á la medi- 
da...» Como tal. Rivera Indarte era el último entre toda esa plé- 
yade de poetas y versificadores que había surgido en Montevideo 
de las predisposiciones del ánimo resultantes de la nostalgia en los 
unos, de la necesidad de matar los ocios haciendo versos, porque no 



— 47 — 

apologista de Rivera Indarte, su antiguo correligionario 
l)olítico, no lia podido menos que decir lo que en justi- 
cia puede aplicarse á todo lo que ha salido de la plunuí 
de tan fecundo cuanto extraviado diarista: «En Várela 
predomina siempre la historia sohre la parte política, 
la cual es siempre en él templada y dogmática. En 



se sabia hacer otra cosa, ó de la vanagloria de llevar un tizón en 
una estrofa al incendio politico qtie toilos estimulaban. 

En la imitación de sus propios modelos, después del rudo tra- 
bajo que se impuso para asimilárselos, es menos feliz que en sus 
poesías originales. En estas últimas siíiuiera da riendas á sus 
creencias radicales, á la misma vehemencia, a los mismos odios 
que campean en su prosa; y la pobreza de la inspiración, la langui- 
dez del desarrollo y las deficiencias de la forma, se suplen en cuan- 
to es posible con ia presencia y el relieve del caudal politico y 
moral cuyo desenvolvimiento viene persiguiendo y (lue péculiariza 
su fisonomía. Así, en su Belshazar, que es una imitación de la 
Visión de Bnltazav de Lord Byron, en Judas Izcariole, en Sansón^ 
en los Pensamientos del Diablo (imitación de Coleridge) y otras de 
sus Melodías, aparece muy inferior al asunto, con ser que pretende 
conducirlo ,por el camino de su propaganda; mientras que en las Á 
mixjn~>al, A los padres Jesuítas, Al general Rivera, Al emperador 
don Pedro II, y principalmente cuando se recoge en su misticis- 
mo, como El preso cristiano. La Pler/aria, el verso es más lácil y 
animado. Verdad es que este recogimiento es instantáneo. El odio 
y la venganza que lo arrebatan aún al suavísimo recogimiento hacia 
Díqí, lo arrebata también á la tierna fruición del sentimiento que 
inspira el rosario en ([ue la siempre l)eudita madre enseñó á l)al- 
bucear las primeras plegarias. En su ('t)inj)osición Al rosario, por 
ejemplo, tiene este verso á Rozas, que es quizá el mejor de cuan- 
tos escribió: 

«Cuando Satán el libro del pecado, 
(lozoso lleve al juicio divinal, 
Tú borrarás sus páginas horribles 
Y el fiel de la balanza inclinarás.» 

Con razón, pues, don Esteban Echeverría le decía á Rivera In- 
darte en una carta crítica severísima; «Cuando usted habla de amor 
en sus versos, ó de algún afecto íntimo, se nota al punto que esa 
cuerda no vibra en sus entrañas, y que lo que escribe son reminis- 
cencias de otros poetas. Es ([iie Rivera Indarte no amó jamás, y 
nunca pudo repetir después del tiempo esta endecha tierna y con- 
soladora de Virgilio: Ar/?iosco veleris veslifjia ffarnm,v. 

En el gran número de los que dedica á su propaganda política, 
el verso (istá como calcinado ])or el odio, y gira alrededor <le un 
conjunto multiforme, repugnante y horrible de cadáveres putre- 
factos, de escoria amontonada con cierln placer, puñales humean- 
tes, miembros mutilados, sangn*, infamia y vergüenza; sangre 



— 48 — 

Indarte, [)0i' el contrario, sucesos históricos, datos esta- 
dísticos, los principios, los hombres y las cosas, todo se 
subordina á la polemira ardiente del hombre de partido.)> 
Los trabajos ([iie se relieren directamente á Rozas po- 
nen de relieve el espíritu (h; esa época luctuosa, eiigen- 



so])i'e todo, siempre sangre á través de la cual no s(í ve una sola 
idea nueva, una aspiración generosa, una esperanza (jue aíjuiete el 
(íspiritu de los <iue vienen en pos, euando s(í conmueven las co- 
lumnas del edificio cuya ruina total se trabaja. .^ este número 
pertenece latine í\qí\'k-a i\\ Almirante Bvoion. al héroe legendario 
de las victorias navales argentinas, para llenarlo de ludibrio, lla- 
mándole Concfotliere envilecido; y el Poema á Mayo cuyo larguí- 
simo aliento mantiene la i)eregrina extravagancia de irá buscar el 
numen y el espíritu de la revolución argentina de 1810 en Una 
noche en el cementerio viejo de Mont(ívideo; la misma extravagan- 
cia (jue, en fuerza de no lial)er encoiitradn iiuis ([ue vacio, le hace 
decir: 

«Por qué más antes yo no ruí nacido, 

Y ¡oh mi madre! tu parto bendijeran 
Yo en ese .Alayo del honor viviera. 
Héroe tal vez como ellos habría sido.? 

Verdad es (|ue las rrecueiites iihis de ludarte al cemenlerio para 
templar allí sus (nlios. 

(oliéronle .-i sus versos 
desasirnsos vuelos.» 

(jue allí están para demostrarl'^ entre otros los que Medicó A lame- 
'/noria de Juan Cruz Várela, ;'i quien le hace decir, haciendo gala de 
singular inmodestia, tratiuidose del (,)uiutana argentino, como le 
llamó CTiitiérrez: 

«Cara es¡)eranza de la patria mía 
Dichosos más (|ueyol con Tuerte brazo 
La coyunda romped que la mancilla; 

Y daréis muerta ya la tiranía, 
Á mis hijos asilo en su regazo 

Á mi una tumba en la argentina orilla.» 

No es extraño, pues, (¡ue cuestas composiciones se roni¡)a ácada 
l)aso la lógica que debiera unirlas, como (jue son destinadas á la i)ro- 
l)aganda; y que se exalte en las unas lo mismo que se deprime en 
las otras, incurriendo en contradicciones (diocantes. Ya lo he di- 
cho: Indarte no propaga ideas. (|ue propaga odios. Arrebatado por 
estos odios no v(! que sale lueradelos propósitos cuyo triunío pre- 
tende; no ve que riñe con las reglas más elementales de la estética 
tan necesaria á su objeto. No ve más(|ueuna nube de sangre cuyos 
vapores le proporcionan adorables rruicioncs, y un puñal que tra.s- 



— 49 — 

drada por los odios de partido; y dan el diapasón dia- 
rio, por decirlo así, de los hechos que servían de 
argumento á unitarios y federales para echarse sendo 
lodo, amontonado á la faz de la patria desangrada. 
Y en esto Pavera Indarte fué inagotahle; como que 



pasando el corazón ríe Rozas deho resolver los problemas políticos y 
sociales que él no alcanza á definir, por otra parte, ni lo preocupan 
tampoco, poríjue todo lo l'ia á la infalibilidad de los triunfadores, 
pero exclusivamente de los triunfadores. Así, Al obispo de Buenos 
Ai7'es le pregunta qué ha hecho de su rebaño al cual 

«Le arrancan verdugos la piel y redaño 



Y manos feroces (|ue sangre gotean 

De hediondas palabras y mueras al son. 
Su aureola á la virgen malditos embrean 

Y harapo le cuelgan de cinta punzó.» 

Y como el obispo no lo satisface, porque era federal, como 
Agüero era unitario; que en esa época los ministros del Cristo se 
confundían con los más rencorosos partidarios, y no quedó más 
Cristo abnegado, desangrado y martirizado que la pobre patria. lo 
sigue hasta el «negro palacio» del déspota, y, jjrevio un cordial 
«buen día el obispo», pone en boca de Rozas, sin duila para liacerlo 
realmente odioso, estos versos imposibles: 

«Ayer me enfermaron es(»s jesuítas 



Por chismes tan necios jamás entró en cuitas 

Mi capellán Lara. . . 

Los reos en capilla él me confesaba 

Y luego en la cena puntual relación 

Me hacía de sus culpas, y él averiguaba 

Que hay en tres ahorcados criminales dos.» 

Y de este calibre es la granizada que sigue, hasta que, por fin, 
le dice al obispo Medraiio: 

«Levanla la frente, los tuyos convoca. 
Kn plazas y templos resuene tu voz. 
\ al crudo tirano proclame tu boca 
l)(d hombre enemigo, maldito de Dios.» 

Con \o^ jesuítas de Buenos Aires ^e muestra m;is cordial, y so- 
bre todo más i'ranco. L(!s declara (lue él «pide al Infinito una Eu- 
méiiide de fuego» (|U(í estampa en la frente de Rozas y que ha tejido 
una guirnalda 

«De vei'sos que ¡ns]iira el Cielo»: 
<|iie v\ envía ;i los dignos i)adres 

«Cual corona de ednsueln» . 



no — 



llevaba en su pecho un volcán de pasiones. Su índole 
estrecha las acariciaba como el único fruto recogido en 
una vida de desencantos y de borrascas; y desahogábalas 
su egoísmo sombrío al favor de la espontaneidad de su 
pluma, que nunca corría lo bastante para satisfacer su 



Enumera las hazañas que llevaron á cabo estos padres, entre ellas 
la de (idar sustos látales» á los tronos, y les canta asi: 

(iQue habéis sido, jesuítas, 
Excelsos republicanos, 

Y el molar á los Uranos 
AI homlji'e habéis enseñado; 

Y su puñal ha afilad o 
El Tuerte tiranieida 
En ese libro de vida 

Con qtie Mariana os ha honrado.» 

Parahacer resaltarlos bienes inmensos <iue han proporcionado al 
mundo entero estos padres, recuerda que 

((El colgajo maldecido 
De la mazorquera cinta 
En sangre y oprobio tinta 
^'o lleváis en el vestido»; 

lo cual no obsta en modo alguno que la divisa punzó oriental sea 
á su parecer tan bella como 

«Son bellos de una virgen los sonrojos, 
Como en su niveo rostro nacarado 
Sil dulce boca de los labios rojos.» 

Trasunto de los versos que le inspiró el cielo para dedicárselos á 
los jesuítas, es El Tira7iicidio. Matar á Rozas no es un liomicidio 
porf|ue 

u^o es la acción de un asesino 

Dormido al tigre matar», 
y porque 

((Del pueblo suprema ley 

Nos dicen que es la salud.» 
Recuerda los tiranos asesinados, desde Joab y Archias y César 
hasta Alejandro 1, Marat y Heredia; y como para robustecer su tesis 
trae décimas como esta en las (jue el cinismo del concepto resalta 
á pesar de lo abigarrado de la forma: 

((Que en la humana sociedad 
Las reglas son para el todo, 
Mas si por extraño moflo 
De astucia ó casualidad 
Son en bien de la maldad 



— 51 — 



sed de venganza. No veía delante de sí vallas que 
pudieran contenerlo. Sus ojos inyectados de fiereza, se 
lijaban en un objeto supremo: desprestigiar, enlodar, 
anonadar á Rozas; y á ello sacrificaba la verdad, las 
conveniencias, el decoro, hasta la propia existencia. Ello 



Que en veneno las convierte, 
La prudencia nos advierte 
Que las reglas desechemos 
Y la salvación busquemos 
-Marchando con paso Tuerte. » 

Sus poemas Don Cristóbal y Caaguazú describen monótona y pe- 
sadamente esas dos batallas de la guerra civil, ó. más propiamente, 
haeen el inventario de los que tomaron parte en ellas de amljos cam- 
pos, á ((uieues levanta á los cielos ó revuelca entre el lodo, en razón 
de los vuelos de sus pasiones airadas. Ni el uno ni el otro tienen 
liilaciíui, como no sea el reguero ile sangre que une los cantos del pri- 
mero, y que sale del campo de la acción, quebrando su unidad, para 
exhibir héroes como don Francisco Reynale. Y aunque no carecen 
lie tal ó cual pincelada enérgica, adolecen de los defectos capitales 
de las malas imitaciones que resaltan en el Coro de los esclavos á^l 
iriismo pnema. y en la aparición de los héroes legendarios en los mo- 
mentos solemnes, (jue se ve en Caaguazú, y que con tanto arte y sen- 
timiento tan elevado explotaron Echeverrui en La Cautiva, Várela 
en su Canto á Ituzaingú y ()lmedo en su Canto á Junin. 

Don Cristóbal es una serie de tiradas en las (|ue el autor desahoga 
.sus furores contra el adversario, desnatui-alizando los sentimientos 
elevados del poeta, cuya misiiin debe ser dirigente y regeneradora en 
paises nuevos sobre todo; asociando su musa á las aspiraciones tras- 
cendentales y templándola al calor de los estinuilos poderosos del 
pi'ogreso y de la libertad, ^'erdad es que esto no po(Ua exigírseleá 
i<iv(;ra ludarte por dos motivos: porque nunca fué poeta, y porque 
sitMiipre sostuvo á los gol)iernos fuertes que le pagaron su pluma; 
(|U(' más (|ue á la libertad, sirvió á sus pasiones. He a(|uí la situacicni 
psicol(')gica délos s/e/ejV/es (cantono d(d ejército lederal frente al 
unitario. Kl que no brama, necesita cadena como los perros de (|ue 
habla Prescott. ])or(|ue sin duda tiene ya en el pecho la poción de 
fuego que prepara al nuirinero inglés para el combate. 

«Kchagüe recela, cobarde y dudoso 



i'.mpero Kamirez, .Macana llamado (1) 
(U'ÜM'ii Ramírez a])oya branuindo 

I ríjui/.a apetece, feroz bandolero 

V (¡(unez iugrat(,), tampoco es postrero 

t 

Y mudo xMUre aíjuestos se ve á Lavalleja 

(iarzou t'Ulrt'el faiitroenal anycd caído.» 



o 



absorbía todo su ser. como si se agrandase en sus en- 
trañas la concepción monstruosa de los castigos que á 
Rozas deparaba. Sus i)ensamientos más tétricos, sus 
cavilaciones más horril)ltíS, arrancábanle sonrisas de sa- 
tisfacción cuando le suministraban motivos para herir 



El poema Caarjiíazú, á ser verídico, sería un mal trasunto de los 
de del Barco Centenei-a, por su prosaica estructura, por la atinencia 
de personajes secundarios que desfilan en versos hechos á martillo, 
y cuya disonancia agita los nervios á través de detalles intermina- 
Í)les que pretenden dar carnes y dar vida al fondo que está hueco. 
Véase, como muestra de una y otra cosa, estos versos. Paz sueña, y 
antes de aparecérsele la sombra de Belgrano, como se le apareció la 
sombra amable á Alejandi'o la noelie (jue salía de su tienda para ex- 
plorar el campo de Darío, y como diz que apareciéronseles amables ó 
terroríficas á muchos capitanes la víspera de ser vencedores ó venci- 
dos, Rivera Indarte reúne todo su vergel para hermosear la escena, 
en esta forma: 

«Noches el alma tiene en que vacila 
Entre el ser y el no ser, como la llama 
Que reluchando al espirar se inllama 
Se hiende entre sombras, lanza ciar ¿dad. t> 

La Alborada íiigmenie (canto iv) deja ver e\ campo de Echagüe 
(canto V) y ¡aquí de la escoria! aquí de (dos feroces bandidos». Y cosa 
particular! Todos estos bandidos entrerrianos, porteños, santafecinos 
de mediados del siglo xix, aparecen con los perfiles distintivos de las 
razas primitivas del Asia y del África 

«Pequeños los ojos, estrecha la frente 
Membrudos los cuerpos, de forma brutal»; 
inclusive el general en jefe, quien 

«Deii^istes difuntos colmado ha un osario, 

Y aunque de costumbres algo mani-roto 
Ostenta en el pecho hondo escapulario. 
Ocupó un gobierno; fué maestro de escuela, 
Oeneral muy luego y hoy restaurador. 
Ninguno en un potro más rápido vuela 

Y es en teología graduado doctor.» 

El canto VI describe la batalla. lis un cuadro enormemente gran- 
de, como los de los pintores de brocha'gorda. Muchas caras, bastan- 
te carne, muchos colores, pero ninguna idea, ningún sentimiento que 
domine. YA 

«tuba terribilem sonitum 
procul íere canoro» 

de Virgilio, sólo se puede recordaí". sin incurrir en herejía, como 
anunciador de los horrores crueatos que se suceden allí, chocando 
con cosas tan raras como esta: 



— oo 



el sentimiento contra Rozas. Y en las noches que refle- 
jaban en su espíritu el pasado de duras pruebas, él 
encontraba compensaciones halagüeñas al pensar en que 
solo, y sin más recurso que su pluma, conseguía amar- 
gar, mortificar y enfurecer al gobernante á quien rodea- 



«De su ejército Echagüe á las mujeres 

Vesiir liacía en trajes de varones 

Para aumentar el grueso á sus lecf¿o?ies.» 

I'uesíuíiue de Amazonas se trata, me antoja y colijo que antoja- 
rale á cualquiera, (jue muy superior áesta jerga versiftcada son los 
siguientes versos de del Barco Centenera, en que describe la riña en- 
tre lascaras mitades de dos de los principales oradores de la junta de 
guerra convocada por el cacique Yanutndú, en seguida de la muerte 
de don .luán dcdaray: 

«De ver era las dos, fuertes, membrudas. 
De solas sus macanas arreadas 
Que no tienen más armas, que desnudas 
Al finen el palen(|ue ya encerradas 
Comienzan á herir sus carnes crudas, 

Y dándose nuiy bravas i-uchilladas 
Kn sangre convertían tierra y suelo, 

Y sus golpes sonaban hasta el Cielo.» 

Frente á Echagüe y sus «feroces bandidos», aparecen en número 
tamaño los héroes, entre los que se cuentan un Ramírez, un Baez, un 
Velasco, un Salas, un (ialán, hasta ([ue le llega su turno á don Juan 
Madariaga de ser encuadrado juntamente con su respetable familia, 
en cinco estrofas que tienen todo el sabor de las de Centenera: 

"Y á don Juan Madariaga i)or Pay-Ubre 
Paz (|ueel triunl'o ghu'ioso i)reveia 
con su cscuadriHi valiente disj)onía. 



Era don Juan de una laniilia heroica 

Y cu esta guerra en delincuente sangre 
Fuera al primero ([ue tino su lanza, 

Y la i)osti'era copa de venganza 
v su labio la suerte conceilii)." 

Inútil me i)arece extenderme á este resiieclo. Lo expuesto basta 
para que el lector se lorme una idea de Rivera Indarle como poeta, 
(rt)(luebajo esta faz nos lo han j)resentad(t sus correligionarios polí- 
ticos, quienes no vaeilarítii en depai'ai-je pahnas fiiciles, en la époeaen 
(¡ue á seguida de romperse la lira de Várela, resonalian las no menos 
inspiradas de I-'clieverría y de (iutiérrez, las de Mármol y de IiDUiin- 

'a) Toihis las po(?KÍas do Rivera Iiidarte finaron i-ülor-iMoiíailas, procoilulas il.- una 
Itioíjrafia <l(j «.'stf pcriodistii, por «I entonces coronel Bartolonu! Mitre. 



— 54 — 

baii catorce provincias; que se hacía respetar del iniiiido 
entero, pero que no j)odía quebrar el nervio de lasliojas 
batalladoras de El Nacional que se lanzaban á todos los 
vientos. 

Girando perpetuamente alrededor de tales inlluen- 
cias, como aquellas sombras que presenta Anchises en 
el libro vi de la Eneida, y que reproduce Dante como 
un espejismo del bajo nivel moral á que las estre- 
checes del espíritu reducen la inteligencia, afront(') teme- 
rariamente las responsabilidades ante el porvenir; y 
antes llegó ;í sentir el peligro cuando desfallecía física- 
mente bajo el peso de su labor ímproba, que no al 
pensar en su suerte si fracasaba. Foresto fué el blan- 
co de sus enemigos: á bien que nunca se levantó más 
tremendo que cuando se sintió herido en el i)echo y 
escarnecido, para lanzarles á manos llenas toda la hiél 
y todo el ludibrio que atesoraban las furias vengadoras 
de su propaganda. Y así fué también cómo consiguió 
iníiltrar su espíritu en el espíritu de su partido; y cómo 
El Nacional llegó á ser la más acabada expresión mili- 
tante de la revolución contra Rozas. 

En semejante lid. Rivera Indarte tuvo un antagonis- 
ta digno de él, don Nicolás Marifio, el antiguo redactor 
de La Gaceta Mercantil. Marino era uno de esos talen- 
tos que conservan su equilibrio y su brillo á pesar de 
los embates más rudos de la fortuna. Su familia era 
modesta, pero lionrada. Su ]iadre, el capit;ín don José 
María Marino, formó i)arte del ejército con que Borrego 



guez. Es que más que la justicia, iníluyó en los partidarios la nece- 
sidad que sentían de estimular los odios que rugían en el pecho de 
Rivera Indarte, yálos que no se abandonaron esos arü'entinos dis- 
tinguidos, abonando su conducta con los servicios (|ue han prestado 
posteriormente á su patria en el laltorioso período de la consolidn- 
ción nacional definitiva. 



ili() las batallas de Pavíjii y del Gamonal. En 1825 el 
joven Marino ingresó en el Colegio de Ciencias Morales, 
y se hizo notar por sn paciente aplicación y sus pren- 
das intelectuales. Pero bien pronto se vio en el caso 
de concurrir con su trabajo á las necesidades del hogar 
de su padre anciano y valetudinario, y solicitó un em- 
pleo que obtuvo en el Ministerio de Gobierno por inter- 
posición de don Victorio García Zúñiga. En 18.'32, siendo 
ya oficial 1" del Ministerio de Pielaciones Exteriores, 
Marino empezó á colaborar en los diarios radicales de 
la época. Sus artículos en el Clasificador de don Pedro 
F. Cavia, fogosos, correctos y elegantes, atrajéronle las 
consideraciones de los hombres que dirigían la política, 
con ser que poca ('> ninguna confianza mostraban tener 
en el elemento joven, el cual, por otra parte, no tenía 
mucho campo en que escoger para decidirse en la tre- 
menda lucha ([ue iba á comenzar. Don Manuel de Iri- 
goyen le [)rf)puso la ríMlacción del Restaurador de las 
Leyes, que acepte) Marino con júbilo. En este diario 
])udo desplegar ampliamente sus dotes; y ya me he 
referido á la influencia decisiva (|ue tuvo en la revolu- 
ción de 1<S3;3 llamada de los Kestaiiradores. El Restau- 
rador de las Leyes fu»' acusado por el liscal del Estado; 
y como Marino era hábil y sabía (jue tenía de su parte 
la opinión, hizo fijar carteles en calles y arrabales ha- 
ciendo saber ([ue «se iba á juzgar al Restaurador de las 
Leyes)). Este título era d luisiuo ([iic había cíniferido á 
Rozas la legislatura. El [lueblo aciiíru') ;i la plaza de la 
Victoria el día en que tenía lugar el juicio de imprenta. 
Una voz gritó « ¡viva el Restaurador de las Leyes! » y por 
calles y ¡dazas fin- i'csouaiido este eco hasta Barracas 
donde se establecií') d cuartel general de la revolución. 
Durante el provisoriato dn Viainonte, Marino fué uno 
de los partidarios más francos de Rozas, y contribuyó 



— r)(j — 

con su pluma y su propagauda á las manifestaciones- 
que precedieron á la exaltación de este último al poder. 
Á ])artir de IS-'i-") él encarn(j en Rozas sus aspiraciones y 
sus ideales; y vivió consagrado á este culto político con 
un fervor que rayaba en el fanatismo y que no des- 
mintió ni disimul") jamás. Rozas le nombró coman- 
dante del cuerpo de serenos, ó sea de la guardia noc- 
turna de la ciudad, y le confirió la redacción de La 
Gaceta Mercantil. \ 

Entre Marino y Rivera Indarte había, más que cier- 
ta semejanza, el parecido de escuela que conservaron 
ambos, á pesar del distinto rumbo que tomaron después 
de haber puesto juntos sus talentos al servicio del par- 
tido que á Rozas exaltó. Marino era infatigable como 
Indarte para la ruda labor del pensamiento, y, como él, 
pertinaz, incisivo, apasionado y violento. Verdad es que 
Marino tenía más tino para herir las cuestiones, y más 
habilidad para dilucidarlas del punto de vista de los 
principios y conveniencias del orden de cosas á cuyo 
sostén se había exclusivamente consagrado. Pero en 
cambio no poseía el talento generalizador ni la ilustra- 
ción con lo cual Indarte imprimía diversas faces á su 
propaganda, ó paraba los golpes certeros de su terrible 
adversario, acomodando los acontecimientos y los prin- 
cipios con la ayuda de su audacia singular y de su 
prodigiosa memoria. En los escritos de ambos cam- 
peaba la misma dañina intención, el mismo rencor des- 
enmascarado; si bien el estilo de Indarte pretendía ser 
más brillante y el de Marino era más correcto. 

Ambos eran los intérpretes radicales de las exigen- 
cias de su i)artido y de su época; y el uno disputaba 
al otro la vanagloria de ir más allá en el terreno de 
la diatriba y del escarnio. Pero Indarte, más fogoso y 
más despechado, tiraba siempre al pecho sin acertar en 




¿i^^^í.^-'i-i^.— ^ 



— 0/ — 



muchas ocasiones; mientras que Marino, más calculador 
y más partidista, hería en cualquiera parte con tal de 
herir profundamente. Ambos diaristas, desde su tempra- 
na edad hasta el lin de su carrera, estuvieron siempre al 
servicio del gobierno que les pag() su pluma. Indarte sir- 
vi() á Rozas omnii)otente ven seguida á Rivera arbitro de 
Montevideo: Marino sirvió á Rozas invariablemente. Pero 
al paso que en Indarte obraba el despecho y odio que 
podía desaliogar libremente, adquiriendo por estos nue- 
vos títulos ante el gobierno extraño al cual servía, en 
Marino obraba la convicción política (|ue rayaba en el 
fanatismo y le marcaba de antemano su línea de con- 
ducta. De aquí es que, mientras Indarte lucía ventajo- 
samente su iniciativa, y sus amigos lo exaltaban para 
estimularlo en su labor demoledora. Marino no salía 
fuera de un círculo de hierro, dominado por el espíritu 
de Rozas que vivía incrustado en su espíritu. Quizá 
estas circunstancias lucieron aparecer á Indarte niuclio 
más valeroso y -á Marino mucho más cobarde; pero es 
lo cierto que ninguno de los dos di('» jamás muestras de 
valor personal, ni aun ese valor (jne provoca en los más 
débiles el sentimiento de la dignidad herida. Con igual 
resignación soportaron sendos vejámenes, así en las aulas 
que juntos cursaron, conloen su carrera periodística que 
juntos y en el mismo teatro prosiguieron. Y con la misma 
justicia con (pie Indarte le motejaba á Marino el grado 
de comandante de serenos de que disfrutaba sin haber 
hecho servicios. Marino le echaba en cara el que vestido 
<le oficial de la ilc/cnsa ilc Moiilccidco^ Indarte hubiese 
dado la es[ialda al enemigo y entregádole su espada y 
uniforme al general Paz. declarándole francamente (pie 
('I no era. capaz de llevar estos objetos. 

Kstos dos imtables diaristas habían estado batiéndose 
día jior día con vehemencia creciente hasta que vence- 



— 58 — 

dores los ejércitos federales, la eiuigracioii unitaria de 
Montevideo y el gobierno de Rivera impotentes para 
mantener por sí solos la revolución, entraron de lleno á 
provocar y estimular las coaliciones de las «grandes 
])otencias contra el gobierno de Rozas, tocando con habi- 
lidad las poderosas teclas de la libertad de navegación 
de los ríos interiores y los peligros que, en razón de la 
misma revolución, amenazaban á los grandes intereses 
del comercio é individuales de los subditos de esas 
naciones radicados en ambas orillas del Plata. Rivera 
Indarte hizo suya esta propaganda; y puso á contribu- 
ción toda su pertinacia y todo su rencor para despresti- 
giar en el extranjero á Rozas y al partido dominante 
■en la República Argentina. Al efecto, le sumaba dego- 
llaciones, robos, depredaciones, crímenes y vergüenzas 
sin cuento, y exaltaba las virtudes, la abnegación y el 
patriotismo de sus nuevos correligionarios; presentando 
á su ])artido como rei>resentante de la civilización y 
victima inocente del partido federal que representaba la 
barbarie. 

Según estas producciones, desde 1830 hasta 1841 se 
mutila, se degüella, se incendia, por el placer de ver 
correr la sangre del inerme, de la niña y del anciano, 
desde el último rincón de Jujuy hasta la plaza iirincipal 
de Buenos Aires, donde domina el partido federal. Y 
el que maneja ese puñal, el que conduce esa tea, el que 
recoge en su pecho de monstruo los lamentos de tanta 
víctima inmolada, para vivir de esta gloría de sangre que 
le "produce deliquios gratísimos, es Rozas; Rozas que 
•con una mirada pone en movimiento á miles de dego- 
lladores é incendiarios; que con una orden empuja al 
crimen abominable, al exceso nefando á todos cuantos 
se arrastran ávidos de sangre ó idiotizados por el terror, 
en la vasta extensión de un país cuyas ciudades, que- 



— 59 — 

bradas, ríos y llanuras le recuerdan las victorias que 
<íinco lustros antes obtuvo sobre los vencedores de los 
ejércitos de Napoleón el Grande; Rozas, hombre-prodi- 
gio como el que encabeza la leyenda de las religiones 
orientales; lionil)re-inila,ííro, como Moisés, que trei)a á la 
montaña, se alza prepotente con todos los derechos, dicta 
su ley al rebaño de esclavos, y realiza el beatíñco sueño 
que atribuían á San Ignacio de Loyola de ser extirpada 
la herejía desde lo alto de una cruz con tal c^ue esta 
cruz tuviese por ])edestal la calveza de un jmeblo. 

Tales eran los perfiles con que se acentuaba el cuadro 
ante propios y ante extraños. Poniéndolo frente al que 
presentaban de su parte los que se creían más fuertes; 
colocando el descargo al hido de la imputación y aun 
el insulto al lado del insulto, se destacarán los hombres 
tal como eran y las cosas tal como se pasaban. Fuerza 
es hacerlo así por mucho que repugne el lodazal san- 
griento en que se revolcaba en 1843 la i)rensa argentina 
de Buenos Aires y de Montevideo. B]n esta forma el 
lector [Hiede apreciar los hechos con claridad, ateniéndose 
á su propio criterio. Á íines de 1(842 Rivera Indarte le 
escribía al general Rivera: «Van adjuntas cuatro de las 
efemérides de los asesinatos de Rozas que he publicado 
como una primera represalia del libelo infamatorio que 
ha entregado á los ministros extranjeros contra la es- 
clarecida fama de V. E. En cuanto venga imi)reso de 
Biifuos Aires lo refutaré detenida y extensamente en Kl 
Nacional, y por separado como lo he hecho en otras oca- 
siones.» (•) Estas e/etnérides comjjrenden desde el año 
1839 hasta 31 de Octu])re de 1842: y al publicarlas suce- 
sivamente rii /;/ XarioimL Rivera Indarte englobaba en 



(•) MHi)iisc-i-it(i Icsiiindiiiiil <'ii mi ;ii-(li¡ vo. (Ní-iisc La (iaceta 
Mercantil iW\ i:i ilc jmiin de \M'.\.) 



— no — 

ellas, como otros tantos crímenes de Rozas, las que se 
referían á los individuos que en ese lapso de tiempo, en 
que rigieron cuatro administraciones, fueron condenados 
por delitos comunes á la pena ordinaria de muerte, y á 
los que murieron durante la guerra civil (|ue se inició 
sin cuartel en las provincias argentinas á i)artir del fusi- 
lamiento del gobernador Borrego ordenado ])or el general 
Lavalle. De esta manera Rivera I n darte le imputaba á 
Rozas la muerte de 20.804 individuos. Marino abordó 
francamente la discusicui sobre los hechos que aciisal)an 
las efemérides^ y al efecto los trascribía en La Gaceta 
Mercantil tal como los insertaba El Nacional y los reba- 
tía uno á uno; dándose por lo demás á estas ¡¡ublica- 
ciones una circulación tan extensa en América y Europa 
como la que les daba á las suyas Rivera Indarte. 

Marino hacía notar que lo más notable no era esa 
cifra monstruosa de degollaciones que recordaba la época 
del terror en Francia. Lo más notable era que ese 
summum de barbarie que no admitía un más allá en 
razón de la diminuta población de la Repiiblica Argentina, 
y como quiera que Rozas no emplearía el sistema contra- 
producente de exterminar el partido federal que constituía 
la gran mayoría, se debía exclusivamente á Rozas; y 
que consiguientemente desde 1820 hasta 1842 no se 
hubiesen perpetrado en todo el país, ni por los generales 
de ejército, ni por los jefes y caudillos unitarios en 
armas en las provincias, otros fusilamientos y asesina- 
tos sino los que al mismo Rozas atribuía Rivera Indarte- 
Y entrando en materia, trascribe la efeméride de junio 
en que El Nacional dice haber sido fusilados 72 indios 
pampas, y escribe: «No fueron 72 indios bárbaros los 
((ue hizo fusilar el gobierno argentino en 1835: eran 
120. Fueron ejecutados por sas robos, depredaciones y 
asesinatos en la campaña. Y esta medida fué útil por- 



— 61 — 

que salví) las vidas y propiedades de los liabitantes de 
la campaña. Había que escoger entre la desolación de 
la campaña de este país ó el castigo de esos indios. - 
¿Qué ha hecho el gobierno de S. M. B. y todos los del 
mundo en iguales circunstancias? ;Y qué pena habría 
sufrido en Francia ó en Inglaterra el editor de El Na- 
cionaí i)or haberse robado las alhajas de un templo, y 
el degollador Rivera por ladrón i)úblico y falsificador de 
firmas?...» Y.'áí'aW)^ El Nacional: «Junio 1830: Se abren 
bis causas criminales. i)endientes ante los jueces de Bue- 
nos Aires, y hace fusilar á once individuos.» Y contesta 
La Gaceta: «¿Por qué no dice once salteadores de gavilla, 
por cuyo castigo clamaba la prensa de la época?» Escribe 
el mismo diario: «Junio 1831: Son asesinados en Córdoba 
el coronel don Juan Gualberto Echeverría y el de igual 
clase don Tomás Haedo, cordobeses.» Y contesta La 
Gaceta: «¿Quiénes los asesinaron, porqué causa y dónde? 
Mientras contesta el degollador Bivera. lo denunciamos 
como impostor falsario en atribuir al gobierno de Bue- 
nos Aires ese hecho atroz.» £"/ AV^r/oy^rt/ sigue registran- 
do el fusilamiento de Ciillen y el asesinato de Quiroga, 
elogiando á este general y declarando (jue Hozas debía 
á él su poder. La Gaceta se refiere ;l los heclios (|ue 
motivaron la ejecución de Cúllen, á la correspondencia 
de éste que })ublicó; y en cuanto á Quiroga, agrega: «Ni 
al general Quiroga ni á nadie debe el general Rozas su 
actual poder, siuo á la opiniéni piihlicadel [)aís (jue sim- 
patiza con su gobierno y lo sostiene. El general Rozas 
exigió y olttuvo el ejemplar castigo de los asesinos del 
general (,)uiroga. asesinado como Sucre, como Dorrego, 
como el gulicrnador Corvahiu. y lautos otros honilires 
distinguidos (jue han caído á manos de los que ju'acti- 
can la misma doctrina de ¡¡iifial y veneno que sostiene 
El Nacional.» Viene en se^^uida el asesinato del doctor 



-^ 62 — 

Maza y el fusilamiento de su hijo Ramón, y pregunta 
El Nacional: «Si es execrable el asesinato del doctor 
Maza, ¿cómo llamaríamos á esas fiestas de iglesia, á 
esas felicitaciones que exigía y arrancaba Rozas para 
celebrar ese asesinato?» La Gaceta contesta: «Es fal- 
so que con esas tiestas se celebrase tan execrable 
asesinato. Las deuiostraciones religiosas y cívicas que 
se practicaron no tuvieron otro origen que el regocijo 
por haberse librado el general Rozas y muchos ciudada- 
nos de la barbarie atroz de los salvajes unitarios. ¿Cuál 
habría sido la suerte de nacionales y extranjeros si se 
hubiese realizado la atroz conspiración, en que la fero- 
cidad de asesinos furiosos armaba hasta los indios con 
la esperanza del saqueo y de la desolación? Es tan falso, 
tan ridículo decir que el general Rozas ordenó esas 
demostraciones, como lo sería llamar tiestas por la muerte 
de Freschi á los solemnes regocijos que tuvieron lugar 
en París por haberse salvado la vida del soberano de 
Francia de la horrenda trama de asesinato del 28 de 
julio de 1835.» 

Nunca como entonces se di() mayor publicidad á he- 
chos más bochornosos para un país. Nunca se llevó más 
allá la diatriba y el insulto en la polémica. Verdad es que 
tampoco nunca se exageró más las manifestaciones del 
odio político, en fuerza de la inaudita vanagloria de con- 
vencer á los extraños, cuya alianza se buscaba, de que 
había en la República Argentina una raza de caníbales, 
más bárbaros y feroces que los de las más bajas seleccio- 
nes. Para demostrarlo. Rivera Indarte varía el asunto de 
sus efemérides en tablas alfabéticas, que trascribe y refuta 
una por una La Gaceta Mercantil. «El pretendido degüello de 
don Fermín Arriaga por orden del general Rozas, es absolu- 
tamente falso, dice La Gaceta. Ese ciudadano fué asesinado 
en la campaña en la época de Lavalle. A". Abad: Á ningún 



Abad se lia fusilado por orden del gobierno ni en abril de 
1842, ni antes ni después. Miente El Nacional como de 
costumbre. Don. José Aldao: vive en esta ciudad: no lia 
muchos días qne liemos estado conversando con él sobre 
la necrología y asesinato con que lo favorece El Nacio- 
nal. Juan Baifstista Vigiid, que según El Nacional ha sido 
asesinado por las crueles diversiones del general Rozas,, 
está bueno y muy robusto en casa del general Rozas.» ( ') 
En estas tablas El Nacional mcXwy a con la designaci(3n 
de Matanzas en 1840 // 184^2, la siguiente lista de asesina- 
dos en los meses de octubre y abril de esos años: Ios- 
dos Arriaga, Agüero, Aquino, Amarillo, Cladellas, Cruz, 
Cabral, Casco, Eclianagusía, Ferreyra, Dupuy, Gán- 
dara, Machado. Moiies, Eguilaz, Medina, Monti, Mota,. 
Pérez, Prado. Nóbrega, Pizarro, (^)uesada. Real de Azúa, 



( 1 ) Véase LaGaceta Mercantil del 31 de agosto de 1843. Á pro- 
pósito de Viííuá, FA Nacional ameniza sus Tablas alfabéticas eon 
una serie de hechos y anéedotas brulales, euvo obligado protago- 
nista es Rozas y los instrumentos dócilas dos sirvientes. Vigu;i. 
que fué levantado por El Nacional á la categoría de victima del 
tirano, era un pobre de espíritu ;i (luiea Hozas le dio su carta de 
libertad en 1836, como asimismo ;i la madre y á cuatro hermanos. 
No obstante, Viguá rehus(') dejar la casa de Rozas, en donde no ha- 
cía más servicio ¡lue el de cebarle mate á su amo, sin (¡ue por lo 
demás le laltase nada para eul)rir sus necesidades. Kl otro era don 
Kusebio, (jue se decía descendiente de los lacas. Había sido peón 
capachero, y como tal trabají) en casa de la lamilia de ICzcurra. á 
la cual col)ró agi'adecimieuto. Cuando se cas(') la señora doña Encarna- 
ción, don iMiseíiio se decdaró graciosamente instalado en casa de don 
Juan Manuel. Ki-a decidor, agudo, y á las veces chispeante. El sólo 
se invistif) del cargo de gobernadf)r, que ejerció in pectore hasta 
una noche lluviosa en 1833, en que acampado el ejército exj)edicio- 
nario al desierto en la costa de la laguna de las Perdices, don En- 
sebio tuvo que desi)ren(lei'se formalmente de' su investidura en 
cambio de dos cueros d(í carnero. Rozas reía á carcajada de las 
ocurrencias de don Ensebio cuando éste h; servía en su mesa i)ri- 
vada. Puedo afirmar, fundado en las referencias (¡ue me han hecho 
personas de la intimidad de Rozas, (|ue las diversiones que éste se 
proj)orcionaba con don Euseláo y VigUii eran de las (|ue no hieren 
los sentimientos de un hombre; las mismas que uno se puede ])ro- 
porcionar con un niñf); y ((Uc, las crueldades que según El Nacio- 
nal cometía Rozas con ellos, no tienen más fiiiKhiuK'Ulo fiue el 
dicho siempre apasicmado de Rivera Indai'te. 



— (i4 — 

Silva, Salvadores, Viamonte, Varaiigot, Yanel, Iranziiaga, 
Zañiido, Zorrilla, Zamora y Zapata. La Gaceta Mercantil 
responde: « Entre esas víctimas que no pasan de cuarenta, 
fueron asesinados más amigos del gobierno que enemigos. 
En el número de estos últimos sólo podían contarse Salva- 
dores, Viamonte, Monfi, Cabral y algunos más. Los otros 
eran amigos del gobierno y ajenos de toda intervención 
en las agitaciones promovidas por los salvajes unitarios. 
El gobierno no necesitaba emplear semejante crueldad con 
sus enemigos, pues fuerte por la ley y ])or la opinión 
tenía medios S4.iíicientes de represión. Ni le convenía tam- 
poco asesinar á sus amigos. El gobierno contuvo esos 
desordenes con lirmeza iiu'ontrastable. . . » 

Y para abultar las tablas. El Nacional sei)ara los nom- 
bres de los individuos fusilados, y le agrega ;i cada uno 
de éstos una fuerte cifra de fusilados que en realidad no 
lo fueron. La Gaceta trascribe las partidas ideadas por 
fíivera Indarte, y })ruel)a con éstas y c^n las fechas y 
nombres anotados en El Nacional, lo insólito del cargo, 
más propiamente, de la falsiíicaciíui. «Por esta falsifica • 
€ión impávida, agrega, JE'/iV«r/o/¿«/ presenta fusilados 192 
individuos, habiendo sido solamente treinta y seis sal- 
teadores que fueron ejecutados por el gobierno de Salta. 
El Nacional forma con ellos un grupo de patriotas sacri- 
ficados á la pretendida tiranía ele Rozas. Así ofende la 
moral con estas falsedades infames. Juzgue la Europa á 
El Nacional \)ov sus mismas producciones...» 

El Nacional incluye igualmente en las tablas los 
muertos en las batallas de la guerra civil, y escri- 
be: ii Arroyo Grande (batalla del): mueren, inclu- 
sos 200 degollados después de hechos prisioneros, 
patriotas 565, soldados de Rozas 200, total 765.» Y re- 
plica La Gaceta: «Es falso que fuesen degollados esos 
prisioneros salvajes unitarios, y esta falsedad se coni- 



— 65 — 

prueba por la notoriedad del hecho y por las propias 
declaraciones que ha publicado El Nacional ih prisioneros 
del Arroyo Grande. Las víctimas de la pelea que quedaron 
en ese campo de batalla fueron sacrificadas por la obsti- 
nación con que los salvajes unitarios han proseguido una 
guerra atroz. Ellos la promovieron: ellos la han continua- 
do y la prolongan con la cruel intervención de extranjeros. 
Rivera invadió el Entre Ríos á sangre y fuego, presentó la 
batalla del Arroyo Grande, y fué completamente derrota- 
do...» (( Caagiaizá (prosigue La Gaceta): si murieron 
allí 8UU argentinos federales y sólo 57 salvajes unitarios, 
como dice El Nacional, eso pr(d)ará á la Europa que los 
salvajes unitarios autores de la guerra, no dan en ella 
cuartel cuando logran alguna ventaja. Paz hizo acuchillar 
á la mayor parte de nuestros prisioneros, y no contento 
con esto maiid(') fusilar al coronel Pantaleón Algañarás. 
Chacón. Los salvajes unitarios responder;in de los 17.S 
muertos que enumera El Nacional Q\\ ese combate; como 
también de la cantidad de jefes y oficiales que hizo fusilar 
Dehesa en Cí'trdoba. y de la ferocidad con que éste dieziin'» 
á golpes de lanza la poblacifui de Santiago del Estero. » 
^< Montoneros de Córdohay San Luis: Mueren ochocientos 
soldados de Rozas », dice El Nacional^ y contesta La Gaceta : 
«En esa persecuciíHi murieron sobre tres mil argentinos 
¡)or la ferocidad de los salvajes unitarios. El Nacional 
se complace en rei-ordar ochocientos de esos asesinatos 
brutales, no sobre soldados de Rozas^ sino sobre argentinos 
de Córdoba, de San Luis, de La Rioja. Vea la Europa esta 
dcmostraciiui de que las tablas alfabéticas de sangre de 
El Nacional representan los bárbaros asesinatos cometi- 
dos por los salvajes unitarios, astutamente interpolados 
con las pocas ejecm-iones legales ([ue ellos mismos han 
hecho necesarias poi' l;i guerra (pie prolongan con la 
intervenciéiii dt> cxli-aiiirros)). « 0//'y////vM batalla i : mnc- 



— (i(j — 

reii 80 patriotas y 5()U soldados de Rozas », dice El Xti- 
cional; y yq^Mqív La Gaceta: « No lialjía tales soldados de 
Buenos Aires: las fuerzas que allí reimió Paz eran de las 
otras provincias. Después de su triunfo inainlí) lancear 
á todos los prisioneros de guerra.» 

Cuando ya no es posible repetir más les muertos en las 
Tahlas alfabétiras. El Nacional la emprende con los fede- 
rales de nota, antiguos magistrados, cabildantes de la 
l)rimera década de la revoluciíHi de Mayo, militares de 
la Independencia, que así por su alcurnia como por sus 
antecedentes, liabrían ocupado las mejores posiciones en 
cualquiera época normal. En esta tarea Rivera Indarte 
excede al escándalo; penetra en el hogar doméstico, mal- 
trata la virtud, escarnece la honradez, y revuelca la repu- 
tación de las madres y las hijas entre el fango de una 
cloaca donde fermenta su odio tremendo, su perversión 
ingénita. Nadie se salva, ni aun las matronas á (juienes él 
mismo elev() á las nubes cuando quería abrirse camino á 
fuerza de servilismo, exaltando á Rozas más que ningún 
otríj y estimulando el sentimiento del pueblo para que 
vigorizase la sanción de los poderes públicos en favor del 
gobierno fuerte. Á Manuela de Rozas, la virtu(jsa hija de 
don Juan Manuel, la dedica torpes calumnias, en lenguaje 
cínico y brutal (pie traspira algo como el furioso desjieclio 
de una pasión jamás correspondida, si es que Rivera In- 
darte jiudo amar realmente á una mujer, él. que trat(') mal 
á su pobre madre. Pero sobre todo, la persona de Rozas, 
hasta en los mismos detalles de la vida privada, desde que 
nació, y cómo vivió, y lo que hizo ó dejó de hacer, y loque 
hace en su alcoba y en su lecho, y lo (pie habría (i no ha- 
bría hecho si no fuese como lo presenta calculadamente 
Rivera Indarte, siempre bajo el aspecto de lo monstruoso- 
mitológico : como para que la P^uropa viese qué especie 
de dragones prodm-ía este país de bárl)aros. qué índole y 



— (57 — 



qué inclinaciones salvajes campeaban enla vasta extensión 
donde dominaba ese monstruo, y cuan útil les sería á las 
grandes potencias reducirlo á cañonazos en cambio de las 
ventajas que las brindaría el partido político ([ue represen- 
taba la civilizaci(jii, la libertad, el progreso, la liumanidad, 
con todo lo cual se había familiarizado durante quince 
años de guerra sangrienta, hecha en nombre de una idea 
que pertenecía al pasado, incrustada en una constitución 
que hicieron pedazos los i)ueblos argentinos, pero que 
ese partido perseguía con la petulancia arrogante de mu- 
chos de los políticos de este siglo, los cuales se han 
quedado atrás por no tomarse el trabajo de seguir las 
corrientes jirogresistas de la ciencia del (joliierno. 

Tan hábiles como los atacjues de El. Nacional, son 
acertadas las réplicis de La Gaceta. Cuando El Na- 
cional cree haber demostrado que Rozas trep(') al 
gobierno al favor de la ilusión (pie, acerca de su inlluen- 
cia, se hicieron Dorrego y otros hombres de la época. 
La Gaceta recoge la palabra y glosa así, franca y des- 
embozadamente. los hechos (pie aduce Rivera Indarte: 
« Qué ilusión tan })oderosa y fascinadora ba sido y es 
la de todos los que han tenido y tienen que entender- 
se con el general Rozas! La administracii'ni de Rodrí- 
guez dflx' su restahlecimÍHnto ;i esa ilusión. Esa ilu- 
sión. con([iiist('> la i)az con Santa Fe Esa ilusión di('i la 
victoria del ."» de octulirc y el tratado de 2'i de noviem- 
bre. Ksa ilusión fascina á todas las personas y gobier- 
nos del país. Ksa ilusión, reúne jtosterior mente bajo la 
direcciíui del general Rozas á toda la iirovincia para ven- 
cer ;i liavalle en 1<S2Í). y lo Ijaiiia al g(d»ierno al liii de 
ese año. l^ajo esa ilusión se consuma la campaña de 
l(S:3."3-18o4 á los desiertos del sur, Ksa ilusión, vuelve á 
llamarlo al gobierno en 18."3ó; lo sostiene desde enton- 
ces jiasta boy; y lo hace vencer ;i todos los enemigos 



— 08 — 

de la Confederacit'»!! en ocho años de contlictos, de diti- 
cultades inmensas, de guerra atroz sostenida por los 
salvajes unitarios con la intervención extranjera. Y esa 
ilmión, extendiéndose á tres mil leguas de Buenos Aires, 
liaría decir en abril de 1841 al Honorable Mr. Du])in en las 
cámaras de Francia: « Y vosotros ciñereis que un almi- 
rante francés, que llega con una bandera gloriosa, eche 
sus marinos en tierra para hacerlos auxiliares de algu- 
nos hombres aventureros de que hacéis un partido, jiara 
excitarlos á la guerra contra un gobierno establecido, 
tan bien establecido, que es con él con quien habéis tra- 
tado y que es el que subsiste ahora con el consenti- 
miento del país á que pertenece?» (') 

Rivera Indarte no podía contestar esos hechos, á fuer 
de exactos; pero en cambio daba en el yunque; insistía 
sobre las matanzas de Rozas. Marino lo sigue paso á 
paso en este camino complementando la serie de los des- 
cargos. Y^ resumiendo cuanto Rivera Indarte ha afirmado 
de los unitarios para hacer el inventario de crímenes y 
sangre de los federales, Marino le cita uno á uno los 
hechos notorios que, en su sentir, han dado margen á 
las desgracias de la Repiiblica. En esta tarea Marino 
se eleva á la verdadera elocuencia periodística, si bien se 
muestra implacable y procaz respecto de Rivadavia; pues 
confunde con malicia especulativa las as[)iraciones de 
este hombre ilustre, con las de los que vinieron en pos, 
pretendiendo levantar la misma bandera de principios 
orgánicos y esencialmente argentinos, pero desnaturali- 
zándola desde los" primeros pasos que dieron, y provo- 
cando las represalias y los odios. « Los salvajes uni- 



(M Véase La Gaceta Mercantil áe\ 2D de julio de 1843. La biogra- 
fía de Rozas apareció en los números de El Nacional correspon- 
dientes á los días O, 7, 8 y 10 de julio de 1843; y la impugnación 
en La Gaceta Mercantil del mismo mes v ¡lüo. 



— 69 — 

tarios (dice Marino) se sublevaron el r\ de diciembre 
de 1828, asesinaron al Supremo Magistrado de la Repú- 
blica, y lancearon y sablearon la poblaci(3n de la cam- 
paña de Buenos Aires. Vencidos en 1829, fueron indul- 
tados en sus crímenes. En la administraci(3n de 1830 
fueron considerados sin la menor excepción odiosa, con 
ser que prosiguieron la guerra en las provincias, en- 
sangrentaron el Entre Ríos, diezmaron la población en 
l(js departamentos de \-d sierra de Córdoba, asesinaron 
á los coroneles Cáceres. Lira, Molina, degollaron á los 
prisioneros de guerra y á los parlamentarios Aldao y 
Bustos, lancearon en los llanos de La Rioja en un día 
2(1(1 ¡laisanos inermes... lo (|ue no imi)idi(') que cuando 
Paz cay(') jirisionero, fuese respetado en su persona y 
jíuesto después en libertad por el general Rozas. En 
18;];) liostilizaron la expedición al desierto, mandaron 
asesinar al general Rozas, invadieron á puñaladas la 
sala de representantes de I^)nen()s Aires y saquearon la 
tesorería. En 18o'7) iniciaron guerra á muerte en las 
l)rovincias del interior, y basta 1838 asesinaron, entre 
otros funcionarios y argentinos distinguidos, al general 
Villafañe, al geiun-al (^)uiroga y á su secretario don José 
S. Ortíz, al gobernador Latorre, al gobernador don Ale- 
jandro Heredia, al gobernador Corvalán y sus ministros. 
El general Rozas en la cuestión nacional (lur sostuvo 
con bi Francia en 18.38. ;»!) y M) b's prcscntéi ocasji'ni di' 
reunirse á la familia ai'ginitiiia. Los salvajes unitarios 
contestaron con su alianza con el extranjero, con la su- 
blevaciiui del sur en 18;]í). con la rebeliíui de Corrien- 
tes. c(Ui la invasiéin al territorii» jirgentino. l)espu('s de 
Yungay V jironuncianiiento (le P>olivia en eonlr;i de San- 
ta Cruz, el general Rozas les allau('» el camino al hogar 
jtati-io |tor un decreto de amnistía... Los salvajes uni- 
tarios le resp(mdieron con las desoladíU'as incui'siones 



— 70 — 

di' Lavalle sobre Entre Ríos ven seguida sobre Buenos 
Aires. Terminadas his diferencias con la Francia de un 
modo honroso, el general Rozas, en noviembre de 1840, 
puso en libertad á los prisioneros de guerra, y niarcln') 
la comlsi(jn francoargeiitina para llevarles el indulto y 
perdi'tn á lo> salvajes unitarios en armas. . . Los salvajes 
unitarios contestaron con la prosecución atroz de la 
guerra y con las siguientes máximas: Es neresar/o er/i- 
plcar oí terror para triunfar en la guerra. Dette darse 
muerte d todos los prisioneros y enemigos. Detie tratarse 
sin considerar ion de ninguna especie á los <apitalistas 
que no presten dinero. Todos los medios de otrrar son 
buenos y delien emplearse sin vacilaciones. Arrojados del 
territorio argentino des})ués de las victorias de Tucumán 
y Rodeo del Medio, invadieron nuevamente y saquearon 
y enrojecieron en sangre el Entre Ríos en 1842. Venci- 
dos en el Arroyo Grande, el general Rozas ex:pidi() la 
ilimitada amnistía hoy en vigor. .. Los salvajes unitarios 
contestaron en El Nacional con estas máximas: (^ Será 
oljra santa y grandiosa matar á Rozas. Se matará sin 
ronniiseración á los i-osines. Pedimos una expiación,, 
grande, tremenda, memorable.-» 

Como se ve. la metralla de Marino bien vale la me- 
tralla de Rivera Indarte. Claro es que los proyectiles 
dan en el })echo de la patria avergonzada. Rivera In- 
darte no puede negar estos hechos de los cuales se acu- 
san recíprocamente los unitarios y los federales. Los 
desfigura, cuando más, en raziui de las exigencias de su 
propaganda. Y como ya los ha desligurado muchas ve- 
ces, y otras tantas se le ha tomado infraganti, y se han 
presentado tal conia se pasaron, franca y brutalmente, 
sin eln lir res[)ansabilidades jior grandes que sean. Ri- 
vera Indarte pretende interesar el contraste entre lo que 
él llama la civilización v la barbarie. Para esto exalta 



— 71 — 

las virtudes y los iiiéritüs de los suyos. Aquí del ge- 
neral Fructuoso Rivera. Rivera absorbe esta página en 
la que se encuadra el drama. Él es el representante 
armado de la civili/aciini en el río de la Plata, el pro- 
cer que ilustra el pasado, y el único que puede asegu- 
rar la felicidad })ara el porvenir. Es un apólogo cuyos 
cantos se parecen como una gota á otra gota de agua 
á los que consagraba Rivera Indarte á Rozas con mo- 
tivo de la erecci(')n del gobierno con la sunni del poder 
público. 

Marino toma aquí represalia cumplida. Y la toma 
con ventaja porque en el arsenal que revuelve encuen- 
tra armas forjadas por los amigos más caracterizados de 
Rivera. Respecto de las primeras épocas de la carrera 
de Rivera, Marino prefiere trascribir de El Duende (pág. 
198) el siguiente resumen (|ue formó don Juan Andrés 
Gelly, secretario y ministro de Rivera en la época á (¡ui' 
he llegado, y (jue dice así: « 1". El general Rivera sien- 
do oficial del ejí'Tcito ([ue sitiaba á Montevideo en 18R^ 
abandoiií'» el sitio y siguiíj á Artigas. 2'\ Al lin del rei- 
nado del patriarca Artigas, abandouí't al patriarca y se 
hizo patriarca jior sí mismo. 3'\ Al)dicó el patriarcado 
j)ara servir al rey don Juan. 4-. Abjuró el vasallaje de 
don Juan VI y se hizo vasallo de don Pedro I. o". Des- 
put's de j)res(j prometió perseguir á don Pedro I y se 
pas(') ;i las divisiones orientales. G". De éstas, se i)asé) 
al ejé'i'cjto nacional. ?'. De nacional pasó ahora ;i ser 
facineroso. ¡Honorable lérmino de una carrera liono- 
rable!» 

Rivera Indarte se esfuerza en borrar esta marca |)uesta 
á Rivera por persona de la categoría de don .luán Aiulrés 
(ielly. (.'onu) no piu^de in'gar los hechos, los explica recor- 
dando ino|)ortunann'nte los empleos, honores y obscíjuios 
con ([ue el Emperador dfl Ih'asil brindé» ;i Rivera dnrantr la 



guerra dn lu indepeiideiicia oriental, entre los ({ne se cuen- 
tan el de jefe de policía de caini)aña, el de bar(jn de Taera- 
iiimbó, etcétera. Y cuando creé haber purificado á su héroe, 
lanza iracundo su bilis sobre La Gaceta que le llama el 
pardejün[Rivera, y demuestra cíuuo éste no tiene sangre de 
mulato en las venas. El espíritu travieso de Marino retoza 
en estas réplicas. Es que creé haber obtenido ventajas 
sobre su adversario, y se proporciona el placer de azuzarlo 
para que dé traspiés. Desde luego le sorprende la extrañeza 
de Rivera Indarte. Desde 1828, dice, los unitarios han 
aplicado apodos más ó menos injuriosos hasta ¡lias damas 
de Buenos Aires. Ellos le llamaron Áncañíá al general 
Rozas; Torquemada al doctor Tomás Manuel de Anchore- 
na; Zuniacá al señor Roxas; Don Oxide al doctor Moreno ; 
plata blanca á don Nicolás Anchorena ; mudo de los Patri- 
cios al doctor García; espuela al general Pacheco. ElNacio- 
/¿í7/ le llama al general Oribe, Ciríaco Alderete ; batata al 
doctor Arana; la Pucelle á la señorita Manuela de Ro- 
zas, y rosines á todos los argentinos (|ue no son uni- 
tarios. 

Por lo demás, agrega Marino, ¡jardejún no vale decir 
mulato. Pardejón significa el macho toruno (|ue suele en- 
contrarse en las crías de muías, tan malo y perverso que 
muerde y corta el lazo, se viene sobre éste y atropella á 
mordiscos y patadas: que jamás se domestica, y cuyo cue- 
ro no sirve, })orque los padrillos de las crías lo muerden á 
menudo; que no tiene grasa; y cuya carne tampoco sirve 
porque es tan pestífera que ni los indios la comen. Por 
todo esto, cuando en nuestra provincia se vendían tropas 
de muías para el Perú, los compradores ponían por condi- 
ción con exclusión de todo macho pardejón; y los paisanos 
le llaman pardejón á un hombre })erverso. El apodo de 
pardejón no designa, pues, el color de la cutis del dego- 
llador Rivera, sino sus cualidades morales. Se le llama 



jmrdejón por feroz, falsificador, rebelde, incendiario y 
asesino alevoso. Pardejón,, porque en 1831 lanz(3 á 
los salvajes unitarios sobre Entre Ríos. Pardejón^ por- 
que en 1834 se alit'» con Santa Cruz contra la Confede- 
ración Argentina. Pardejón^ porque en 1838 se ali() á los 
salvajes unitarios para apropiarse la provincia de Co- 
rrientes. Porque en 1841 invadió, saqueó y desoló la 
provincia de Entre Ríos. Por({ue unido ;i los extranjeros 
se rebeló contra la autoridad legal de su patria. Por los 
noventa y cinco robos y falsilicaciones de íirmas que lia 
perpetrado para apropiarse el tesoro oriental, según se lo 
hemos probado. Por degollador bárbaro, según consta de 
carta de su ])urio y letra que existe autógrafa para el exa- 
men público. » 

Después de esta avalancha., Rivera Indarte varía los 
motivos sobre el mismo tema, y diserta sobre la divisa 
ffílcral cuyo íí^'Wva ¡Mueran los salrajes unitarios! ((simboliza 
el exterminio (jiu^ [)ersigue Rozas de la mitad de los ar- 
gentinos que forman el partido unitario, jiara dominar 
él ]»or el terror». Marino, muy familiarizado con los argu- 
mentos de Rivera Indarte. reproduce y anqdía sus argu- 
mentos anteriores. Y los amplía con franqueza tal que, 
aún admitiendo en principio algunos de los hechos, pone 
de relieve cuáles eran los sentimientos y cuáles las ideas 
([ue los habían hecho nacer y los venían perpetuando. 
« Cuando se dice ¡Mueran los salvajes unitarios! escribe 
Marino, no se designa á determinadas personas: se expre- 
sa s()lo el voto nacional, la justicia y la necesidad de que 
desaparezca de la escena política un bando traidor de ase- 
sinos infames: (pie mueran en jiolítica: (|iie jam;is diiá- 
jaii el país ni j)uedan establecer su predominio en él : (jue 
nunca, prevalezcan contra la independencia y honor ¡xtr 
meflios horrorosos, inliumanos y con la intervenciíui de 
crueles extranjeros. Tan cierto es esto, (jue si hoy algiin 



— 74 — 

ciudadano escribiera (') vociferara en este i)aís, muera el 
.salvaje unitario fulano de taU sería iiunediatamente cas- 
tigado por la autoridad.» Y recopilando todos los antece- 
dentes de los unitarios, les niega la personería de })artido 
político constituido. « Si eran })artido i)olítico, les dice, 
no debieron recurrir al asesinato, á la traición, á la fe- 
rocidad. Si eran la mitad de la sociedad argentina, esta 
mitad no debió ser vencida cuando tuvo i)or sí todo el 
poder de Santa Cruz, del degollador Rivera y de los 
agentes franceses. Si eso fuera cierto, la balanza se habría 
inclinado en su favor. La mitad sin aliados hubiera su- 
cumbido ante la otra mitad sostenida con tan poderosos 
aliados extranjeros. » 

Y levantando la nota al más alto diapasón á ([ue llegara 
la prensa de entonces, Marino resume en estas conclu- 
siones todo cuanto ha venido diciendo para destruir las 
afirmaciones de Rivera Indarte: « No hay tiranía en nues- 
tro país. La voluntad nacional ha erigido al gobierno ac- 
tual y lo sostiene... F]xiste el sistema rejinblicano 
representativo en la provincia de Buenos Aires y en todas 
las que componen la Confederaciíui Argentina. Las legis- 
laturas representan, no la voluntad ó dictados del general 
Rozas, sino la opinión i)iíl)]ica. ü el general Rozas tira- 
niza á todas las provincias, á todas las legislaturas para 
someterlas á sus dictados, ó la opinión de todas ellas 
está identificada con la marcha i)olítica de aquel general. 
La primera de estas dos hip(Jtesis es absurda. El general 
Rozas no tiene un solo regimiento en las jtrovincias del 
interior. Y aun cuando los tuviera, los ejércitos nada 
pneden, muy principalmente en esta república, contra 
la verdadera opinión piildica. Los ejércitos jamás podrán 
ser instrumentos de una administración opresora. Ni el 
general Rozas pudiera ganarlos, ni dispone de otras sumas 
■que las muy precisas para los gastos públicos; porque 



está sometido al presupuesto que sanciona hi H. Repre- 
sentaciíjn de la provincia de Buenos Aires ; y ^torque de 
esas mismas sumas indispensaliles se rinden las cuentas 
exactas, comitrobadas y ])ú])licas (|ue se registran en los 
periódicos. » ( ' ) 

Tales eran los ecos de la prensa argentina de comhate 
en las dos ciudades del Plata, durante el asedio de Monte- 
video. Como lo hicieron .luán Cruz Várela y Echeverría 
hasta poco antes, Gutiérrez, Mármol, Domínguez y otros, 
concu-rrían con sus ecos [)oéticos á la revoliu'ión contra 
Rozas, no tanto con la intencifui preconcehida de asumir 
la i)ropaganda que ahsorhe todos los momentos, cuanto 
impulsados á desenvolver sus talentos en el único teatro 
que les dejaha la época de guerra civil en (|ue se deslizahan 
sus mejores años. Y como vivían confundidos con los 
unitarios, quienes atrihuían á Rozas y al partido federal 
exclusivamente todas las desgracias dv la patria, esos poe- 
tas tem{)lMl)an sus liras n\ diapas(')n de esta creencia que 
daha páhuh» ;i la nostalgia ahrumadora. Y al pensar en la 
duraci(')n de la jornada, y en (jue dehían seguirla hasta el 
fin, no por(|ne no pndieran volver ;i su país, sino pori[ue 
así se los imponía la vinculacifui que aceptahan con la 
consecin^ncia de los ¡¡artidarios, desnhogahan sus querellas 
contra Rozas en estrofas que han llegado á nuestros días 
como esos lienzos de la ('|)oca de .lulio II y de Lci'm X en 
(|iii' los artistas peri)etuahaii con los perliles más antipá- 
ticos la fisonomía de a([uell(»s (juc liahían [irctendido con- 
tenerlos en sus vuelos. . . 



( 1 ) Vt-;isc L(i (iaceta Mercantil dr los meses de Jiuiio, julio 



CAPITILO XLVII 

LA COAIJCIÓX Y LA Ull'l.OMACIA SIXIKSTIÍA 

1 1843— 184i ) 

Si'M.VRio : 1. Los extranjiU'os y la coaliciou vigoriz:ui la ilelVusa ili' Montevideo. — II. 
Cómo Oribu cüiitribuye á este resultado. — III. Oribe reiiimcia á las ven- 
tajas del plan qiie se le atribuyó de reducir por hambre la plaza. — IV. 
La consj)iraciün Alderete: fracaso de ésta. — V. Los combates déla linea 
de Montevideo. — VI. Gestiones de los ministros británico y francés para re- 
gularizar la guerra. — VII. Medidas tremendas del gobierno de Montevideo 
sobre las personas y bienes délos enemigos. — VIII. Situación de Oribe 
frente á Montevideo. — IX. Las operaciones de Urquiza contra " Rivera : 
destruye las divisiones de Rivera y éste se íisila en el Brasil. — X. La diplo- 
macia del gobierno de Montevideo y de la Comisión .\rgentina. — XI. Pro- 
pósitos de la coalición : la segregación de Entre Ríos y Corrientes : los 
antecedentes y los actores. — XII. Circunstancias que obligan á modificar 
el plan segregatista : cómo queda concertado este plan. — XIII. Memoria 
que sobre este plan escribe el doctor Várela : el ministro Sinimbtí, el como- 
doro Pnrvis y el agente francés aceptan la Memoria y deciden la misión 
de Várela ante el gobierno británico. — XIV. Objeto claro de esta misión: 
Várela aboca al general Paz. — XV. Respuesta que sobre lo mismo da Paz 
al ministro Vásquez y al ministro Sinimbú : manifestación que sobre tal 
misión hace al comodoro Purvis. — XVI. Singularidad de este negociado y 
de la resistencia. — XVII. El ministro Sinimbtí desconoce el bloqueo de 
Montevideo. — XVIII. Sus pretextos ante los principios del derecho inter- 
nacionaL — XIX. Comunica oficialmente su resolución al gobierno de 
Montevideo: ello se celebra como un triunfo. — XX. El gobierno de Ro- 
zas pide satisfacción al del Brasil : las manifestaciones del ministro 
Ponte-Riveiro y la respuesta de éste al gobierno argentino. — XXI. Rozas 
le pide el retiro de esta nota, y á la respuesta del ministro brasilero le 
envía el pasaporte para que salga del país. — XXII. Cómo encárala cuestión 
la prensa del Plata. — XXIII. Las seguridades del Imperio y la misión Abran- 
tes en ayuda de la de Várela. — XXIV. Las necesidades de Montevideo y 
la demora de la intervención. — XXV. Situación afligente de la plaza: inti- 
mación del contraalmirante Lainé á los franceses en armas. — XXVI. Ope- 
raciones de Urquiza sobre Rivera : batalla del Sauce y derrota de Rivera. — 
XXVII. .\trevida operación del coronel Flores para introducir ganado á la 
plaza. — XXVIII. Operaciones sobre el Cerro : muerte del general Niiñez. — 
XXIX. La acción del Pantanoso: los cálculos del general Paz frustrados 
pi)r la desobediencia de sus subalternos. — XXX. Paz explica piíblicamente 
su eiinductn : rnzón (|ne li' dan los enemigos. 

Los hechos constatados en el capítuh) xlv, mues- 
tran cómo habría sido de todo punto infructuoso de- 
fender la plaza de Montevideo contra Oribe, si á Rivera 
y á la Comisión Argentina no le hubiesen suministrado 
los medios y recursos de que carecían, los extranjeros, 



de una ])arte. aL'ináudose bajo diferentes banderas, y el 
conioduro Purvis. de otra i)arte. hostilizando al gobierno 
argentino, impidiendo las o}»eraciones que éste ordenaba 
sobre la plaza sitiada, y prestando al mismo tiempo al 
gobierno de esta plaza una protección decidida y noto- 
ria, que fué la que di(') in-0])iamente nervio y vigor á 
la resistencia. El mismo don Florencio Várela, alma de 
esta cftalición, como (|ue era él quien dirigía todos los 
negocios del ministerio de relaciones exteriores en Mon- 
tevideo, dice en un escrito que publicaron trunco sus 
amigos : « La situaciíju en que me hallaba me })uso en 
contacto con el comodoro Pnrvis... Sabidos son los 
servicios que el comodoro Purvis ha hecho á la causa 
del gobierne» de Montevideo, y la ínfluenria dirreta <¡ue 
■sus artos han tenido rn la defensa de a(/ue/la plaza. An- 
tecedentes muy conocidos habían formado en el goliicrno 
dr» Montevideo fniidada y racional creencia de (pie la 
Inglaterra, al ineiios rontrihuiría á poner terniinn á la 
guerra y á ¡jarantir la paz en el río de la Plata. VA co- 
modoro Purvis que participaba de esta persuasión, la 
robustecía en el gobierno. » ( ' ) 

Y por extraño que [)arezca. Oribe contribuyó de su 
parte á este resultado, después de vacilaciones que en la 
guerra se traducen en fracasos. En seguida de haber 
batido la vanguardia de liivera en Caneb'm C'iiico. el 
general Pacheco le ¡lidií') mil hombres })ara apoderarse 
de Montevideo. Oribe se resisti('» á ello á pesar de las 
prol)abili(Ia(b's (pie militaban en favor de esta em})resa. 
Cuando liegí) al Cerrito. td mismo Pacheco y algunos 
otros jefes supei'iores le |)ro|iusieroii dar un asalto ge- 
neral á la |da/,a. A pesar de las prídtabilidades de i'xito 



(') A ulnhiofirtifia ih'. don Floi-rmiit Vare/n. p.i^ |s. (Mniitcvi- 

(leu IMJK). 



— 78 — 

que para tal operación le ofrecían las noticias de sus 
partidarios de la plaza con (juienes podía contar, y de 
ciue no estaban del todo terminadas las fortificaciones 
de Montevideo, Oribe se resisti(j al asalto. Esta resis- 
tencia que se resolvi(3 en una inacciiui casi completa 
de su parte durante mes y medio, permitió á los de la 
plaza terminar sus preparativos de defensa. 
{ Y si es cierto (|ue esa inacciíHi obedecía ;i un plan 
calculado, el mismo Oribe se encargó de destruirlo, des- 
virtuando las ventajas relativas que le proporciom'). Sus 
partidarios de la plaza, viendo que no iniciaba opera- 
ciones, y que eran perseguidos con la saña caracterís- 
tica de los partidos de la é})oca, comenzaron á dejar las 
lilas en donde sus adversarios los obligaron í[iu' for- 
luasen, y á presentarse en el cuartel general del Cerritt» 
de la Victoria. Tan considerable fué este número, que 
Oribe formó batallones y regimientos. « Á pesar de las 
circunstancias favorables que he mencionado, dice un 
distinguido olicial que asistió á la defensa de Monte- 
video como jefe del 4° de línea, en los primeros días 
de marzo había empezado á aquejar un mal que ame- 
nazaba ser de grande trascendencia. La deserci(')n ini- 
ciada en el batallón Extramuros había cundido de un 
modo alarmante en todos los demás cuerpos urbanos. 
La Legión argentina, el batallón Unión y la brigada de 
guardia nacional (tres batallones) perdieron mucha 
gente: cada día se iban diez, veinte y hasta treinta 
hombres. El batallón Matricula, tan numeroso como 
era, quedó reducido á menos de cien plazas ; dos es- 
cuadrones de caballería de extramuros fueron por igual 
razón desmontados...» í') Y cuando se comenzaba á 



(') J/emoí-ia.s del general César Díaz, páfi'. 141. Kl general agrega 
(jne la mayor parte de los qne asi dejaban las filas de la defensa, 
emigraban al I-irasil. Qne la mayor parte se incorporaban á las 



— 79 — 

creer firmemente que lo que el general sitiador quería 
era reducir á Montevideo por el hambre sin [irovocar 
combates ni salir de sus i)Osiciones, Oribe reacciona de 
re})ente renunciando á las ventajas que le proporcio- 
naba su inacción, y sale de esta inacción, no para lle- 
var un ataque serio sobre Montevideo, sino para em- 
peñar casi diariamente encuentros parciales con las 
avanzadas enemigas. Estos combates no tenían mayor 
trascendencia que la de aleccionar en la guerra á las 
tropas bisoñas de la plaza y la de hacer penetrar la 
idea de la propia impotencia entre sus tropas; pues la 
emi)resa de tomar á Montevideo por asalto. S()lo })odía 
intentarse por el empuje vigoroso de los lO.OUO solda- 
dos que tenía á sus (U'denes en el Cerrito. 

Verdad es que mientras empeñaba esos encuentros 
que á la larga habilitaron á las fnerzas de la plaza para 
tomar á su tnrno hi ofensiva, provocando verdaderas 
l)atallas. Oribe jionía en juego sus inílnencias ])ara apo- 
derarse de Montevideo por otro nn'dio que no fuera el 
de un asalto general. Obra de ellas fué bi conspiraci(')n 
llamada de Alderete, tan altisonaute couio estéril. El 
general Ángel Núñez. que con el c(n'onel Antuña y otros 
oficiales de alta gradnac¡('»ii se habían ])asado al ejér- 
cito sitiador, y don .luán Pablo Olave. Illa, Caravia, 
Acevedo. etcétera, eran los princi[)ales colaboradores de 
esta conspiraci(jn. Niiñez comision('t .i su particular amigo 
el comandante Siisviela (Leonardo) para (pu' hiciese en- 
trar en ella al comandante Cé-sar Díaz, con el objeto 
de que eu día v llora señalados, una gruesa columna 
del ejército sitiador pudiera penetrar [lor la trinchera 
que guardaba diídio jefe con el ¥ de línea; y Olave y 



tilas silimloras in cDmi'i'Ucliaii las lisias de h)'^ pasados y pre- 
seniados (jiic se ]Mil)licaliaii \)nv el rslailo mayor del ('.j(^reilo sitia- 
dor, y (|iu' L'siaii ii"iscrilas cu La (üucla Mcrr/i/ilil de ¡SC!. 



— 80 — 

sus compañeros trabajaron el áuiíiio de otros jefes para 
que apoyasen ese movimiento. Pero Susviela no le dijo 
una sola palabra á Diaz; sino que se lo comunicíj todo 
al gobierno. Éste, de acuerdo con el general Paz, se 
propuso aprovecharse de la coyuntura para tenderle un 
lazo á Oribe, y al efecto le dio sus instrucciones al 
jefe denunciante. En virtud de ellas Susviela confe ren- 
dí) varias veces con Niiñez á bordo de un buque neu- 
tral, y quedó arreglado entre ambos que Díaz abriría 
el i»ortón que guardaba en la línea, inutilizaría las ba- 
terías que lo defendían, y sofocaría con su batallón la 
resistencia de los batallones inmediatos; y que á la 
señal que se liaría con dos far(des colocados vertical- 
mente en el asta del telégrafo que servía para estos 
usos en la plaza, Oribe concurriría con sus fuerzas; 
fijándose la noclie del 12 de marzo para la ejecución de 
este plan. Oribe se propuso llevarlo á ejecución, y Paz 
dio sus disposiciones para sacar partido de la creduli- 
dad de su adversario, previniéndoles á los comandantes 
de batería en la misma noche del 12. que se harían 
dos señales en el telégrafo: que á la i)rimera, de tres 
cohetea voladores acomjjañados de algunos tiros de fusil 
y de vivas á Oribe, no debían inquietarse: que á la 
segunda, de dos faroles colocados verticalmente en el 
asta del telégrafo, rompiesen el fuego <'i bala, haciéndolo 
converger al centro de la línea. 

Á esas horas Oribe se aproximaba con fuerzas consi- 
derables en dirección al centro de la línea, mientras sus 
guerrillas hacían demostraciones por la izquierda. Cuan- 
do supo que Orilie se hallaba en el fondo de la calle 
del Cordón, el general Paz mandó hacer la primera señal 
prevenida. Sea que la orden fuere mal interpretada, ó 
la im})aciencia. ó el conocimiento que se tuviese de la 
proximidad del peligro, el hecho es que simultáneamente 



— SI — 

con la primera señal y con algunos gritos de «¡viva Oribe!» 
que lanzaron algunos soldados del 4 de línea destacados 
en una azotea, algunas baterías rompieron el fuego de 
cañón y de i'usilería. A no baberlo contenido su cos- 
tumbre de no precipitarse sino ante la seguridad del 
éxito. Oribe habría sido despedazado esa noche con sus 
mejores fuerzas. Cuando el cañón le anunció que se le 
tendía un lazo, se retir(') á su cuartel general ahogando 
su despecho. Así terminó esta conspiración, la cual no 
tuvo mayores consecuencias que la de ser extrañadas 
de Montevideo las familias de los que habían tonnido 
parte en ella, y la de que Oribe fuese designado con 
el mote de Ciríaco Alderete, nombre con el cual suscribía 
.su correspondencia con los conspiradores, ( ' i 

Si, pues. Oribe se proponía reducir á Montevideo por 
el inimbre, á pesar de que todo le indicaba que con blo- 
queo (') sin liloíjuco. los buífues de guerra ingleses y 
franceses surtirían de víveres á esa plaza y le darían al 
gobierno recursos })ara sostenerse, lo derecho era conti- 
nuar su conducta anterior. Esto le había dado ventajas 
mayores que las míseras refriegas en que conqirometía 
diariamente á su ejército retemplado en tres añ(js de 
penosas campañas. Porque hasta principios de junio no 
liulto combates de imjtortancia. y est(j debido á que Paz 
tonn» 1-1 ofensiva. Sólo merecen el nombre de tales los 
del 1(1 y del "il de nuirzo. pues en los meses de abril y 
uKiyo fueron meras guerrillas entre las descubiertas. En 
el del 10. <[ue tuvo lugar ;i la altura del Cristo, tomaron 
l)arte cuatro batallones. Ues])ués de más de una hora 
de fuego los dos batallones de la defensa se retiraron á 
la |tla/.oleta del Cordón, y los dos del ejí'rcito sitiador 



(') \(''ns(' 3/t^>//t()'¿c/s tic César I)i;i7„ pii.jí. 157 y si;j:u¡riit('s. Nrasc 
Ijtinile.s sobre i;l sitio tic Moatevitk'o por \\ li^lit. 

TOMO 1\ . (i 



avanzaron hasta la plaza de Artola. La batería 25 de 
Mayo dirigió allí sus fuegos y los sitiadores se retira- 
ron á sil vez con pérdida de algunos hombres, siendo 
mucho mayor la de los de la plaza. ( ' ) El del 21. que 
tuvo lugar en el centro de la línea, también fué soste- 
nido por igual fuerza que el anterior. Los sitiadores le 
cortaron la retaguardia á una compañía del 3 de línea 
de la plaza; vinieron en apoyo de esa fuerza el número 
4 de línea y las partidas más cercanas, y el combate se 
trabíj recio más acá del Cristo, sufriendo esa compañía 
muchas bajas como era consiguiente. (-) 

Si alguna trascendencia tuvieron estos combates, fué 
la de que la ])rensa de Montevideo acusase á los solda- 
dos de Oribe de haber mutilado á extranjeros de la 
plaza tomados con las armas en la mano; y que con 
tal motivo el comodoro Purvis, como parte en la con- 
tienda, pidiese ;i los ministros inglés y francés exigie- 
sen del gobierno argentino la adopción de medidas para 
regularizar la guerra. El hecho de las mutilaciones y 
otros excesos era cierto; sólo que con la misma acritud 
con que los de la plaza lo atribuían á los sitiadores, 
éstos se lo atribuían á aquéllos. Dados los odios pro- 
fundos que separaban á los contendientes, no era de 
extrañarse que la soldadesca incurriera en los brutales 
excesos, que El Nacional \q siimahd, íi los í7io?hstruos de go- 
Uadores Rozas y Oribe y que La Gaceta Mercantil le 
sumaba -aI pardejón incendiario Riyera y al manco castra- 
dor Paz. 

Lo que también es cierto, es que á pretexto de conte- 
ner estos excesos que atribuía á sus adversarios, el 
gobierno de Montevideo hizo uso de medidas tremendas 



(*) Ib. ib. página 152. Boletincí^ del ejército sitiador. 
(2) Id. ib. página 172. Boletines ib. ib. 



~ HV> — 

con arreglo á decretos que dejaban muy atrás á todos 
cuantos se liabían dictado en el decurso de la sangrien- 
ta guerra civil. Ya he citado con el testimonio del 
general César Díaz las palabras del parte del ministro 
Pacheco y Obes en las que da cuenta de hal)er hecho 
pasar por las armas á un i)risionero por ser oriental. 
Otro decreto suscrito por el mismo ministro Pacheco y 
Obes declara salteadores armados, infames robadores pú- 
blicos^ y sujetos á la pena de muerte, una vez verificada 
la identidad de la persona, á todos los que estuviesen 
bajo el poder del ejército invasor y perteneciesen á las 
comisiones clasificadoras de campaña. ( \) Por una or- 
den anterior del mismo Pacheco y Obes se manda 
perseguir á ciudadanos que no han querido t(jmar ban- 
deras con Rivera; y si no son aprehendidos en 48 horas, 
retirar al pueblo sus familias y luego pegar fuego á 
sus casas, clavándose en ellas un palo con un b:'trer() que 
diga: «Era la casa de un cobarde, y la justicia nacional 
la ha arrasado.» «Igual conducta se observará, dice la 
orden, con cualquier otro que deserte en lo sucesivo.» 
Otro decreto de (í de septiembre del mismo año manda 
aplicar sumaria y verbalmente las penas que establece 
la ordenanza militar parala tropa que se halla al frente 
del enemigo, á los crímenes de traición, inñdencia, de- 
serci(3n, cobardía ó tibieza en defender la patria.» Otro 
de 7 de octubre establece que serán irremisiblemente 
]>asados por las armas todos los individuos del ejército 
<le Hozas que sean aprehendidos y pertenezcan á la clase 
de jefe ú oficial. De su ])arte. Rivera, por intermedio 
del corouíd Baez, declara «conliscados todos los bienes 
de los habitantes de la campaña que se hayan prestado 
á formar parte de los salvajes enemigos de la humani- 



(') Véase A7 Nacional iiúin. 1309. 



— S4 — 

dad; y reemidazados los láeiies que hayan sufrido i)er- 
j lucio de los defensores de la República con los de los 
enemigos y en mayor número que los que poseían». 

Entretanto Oribe Gomi)rometía su reputaci(3n militar 
en combates sin consecuencia para él, y aun se expo- 
nía á perder su influencia en la política de su país, 
por obra de uno de esos golpes calculados que solía 
dar Paz. Ó apoderarse de Montevideo. ('> de Rivera: á 
esto debía circunscribir su acción, para hacer suyo el 
centro de los recursos y destruir con el caudillo el ner- 
vio de la resistencia. Ambas cosas pudo conseguir si 
hubiese procedido con rapidez. Pero cuando en octubre 
de 1843 algunos jefes, confiados en el esfuerzo de sus 
veteranos, le propusieron todavía tomar por asalto la 
plaza, él les respondi(j con negativas tan rotundas como 
las de Carlos V cuando el duque de Alba le proponía 
bombardear á Gand. Y recién á unes de agosto acord() 
con lirquiza que éste abriese operaciones sobre Rivera, 
quien maniobraba al norte del río Negro dirigiendo las 
divisiones de los coroneles Baez, Silva y Estivao donde 
lo reclamaban las circunstancias. ( ' ) Puede decirse que 
las operaciones de guerra, relativamente importantes, 
tuvieron lugar por entonces en los departamentos que 
recorría Rivera. 

Á los pocos días de abrir sus marchas, la vanguar- 
dia de Urquiza al mando de Núñez, derrotó en Cagan- 
cha á la de Rivera que mandaba Medina. (') Casi si- 
multáneamente fuerzas de Servando Gómez cayeron sobre 
los riveristas mandadas por Estivao; y el 19 de septiem- 



( ') Véase en el apéndice la carta explicativa de Rivera á su 
esposa. (Manuscrito original en mi arcliivo.) 

(-) Véase parte de Núñez á Urquiza publicado en La Gaceta 
Mercantil del 6 de septieml)re de 1843. Véase El Nacional del l:¿ 
V 14 del mismo mes v año. 



— 85 — 

Iti-í' la divisiíjii Urdinarriiin deri'ot(') la de Baez cerca 
del paso de los Pídaiicos, tomándole caballadas, un gran 
convoy de anuas y cuatrocientas carretas donde iban 
cientos de familias de esas que Rivera obligaba á que 
se trasportasen adonde e'd se dirigía. (/) Otra ventaja 
importante obtuvo el mismo general Gómez sobre las 
fuerzas del coronel Venancio Flores, en las Puntas del. 
Cordobés la tarde del 20 de septiembre ( - ); y el (> de no- 
viembre destruyó igualmente la (livisi()ii riverista al 
mando del coronel Fortunato Silva en el Paso de Chiri- 
hao, persiguiéndolo basta más allá del Cbuy y obligán- 
diib) ;l asilarse en territorio del Brasil. ( •' ) Como se ve, 
Urquiza bacía m-miobrar con rxito sus divisiones. Los 
coroneles Baez, Estivao, Flores y Silva, (jue mandaban 
casi el total de las fuerzas de Rivera, babían sido des- 
becbos é incorporádose á este último con los restos 
(|uc les ([uedal)aii. S('»lo ([uedaba á Rivera] la esperanza 
de |)oder reunir nuevos elementos para esperar á Fr(|ui- 
za que se dirigía á buscarlo en persona. Sobre Monte- 
vi<leo se babían librado algunos combates parciales entre 
el ;)". y 4". de línea y b)S l)atal Iones de Costa y de Ramos. 
Tal era la situacituí de las arnms en el Estado Oriental 
á unes de noviembre de 1843. 

Pero el gobierno de Montevideo y la- Coniisii'm Argen- 
tina esperaban solneionai' la, situaciini [lolítica en su fa- 
vor, no por sus arnnis y recursos, sino por las armas 
y recursos de los poderes extranjeros. A los unos les 
dejaba entrever la posibilidad de extender en el río de la 
Plata las rec-olonizaciones parciales que las grandes po- 
tencias babían llevado ;'i caito en ciertos jtnntos de Ain('- 



(i) Véase partes de TJt-quiza á Oribe en La Gaceta Mercantil 
<k'l 2ü tie septiembre. —H()l('tin<!s del ejército, iii'iins. V¿ y Ki. 

(2) Htdetin iiiMii. 20. 

(^) ídem mim. ^C». 



— <S(i — 

riCci: á otros les jn-esentaba facilidades para aproximar 
su vecindad á las dos ciudades de las márgenes del 
Plata; y con unos y con otros arreglaba la segregaciíui 
de dos provincias litorales argentinas para fornnir un 
nuevo Estado que debilitase el poder de Rozas, segiin lo 
decían. 

Ya me he referido á esta trama que en vano quisie- 
ron ocultar los que en ella colaboraron. En el ca- 
pítulo XLin se ha visto cómo protestaba Ferré contra 
el proyecto anexionista de Rivera: y cómo el general 
Paz dejó el mando del ejército de Corrientes porque en 
su sentir « los intereses argentinos no están consultados 
ni garantida la nacionalidad de la guerra ». Y en el 
capítulo XT.v se ha visto desenvuelto el plan segrega- 
tista i)or el propio ministro del gobierno de Montevideo. 
Esta segregación de las provincias de Entre Ríos y Co- 
rrientes era un remedo de Artigas, que acariciaba Rivera 
para crearse un gran poder en el litoral; que acarició la 
Comisión Argentina como medio de quebrar la influen- 
cia de Rozas; que acarició el Brasil cuya aspiración era 
partir por mitad esta extensa República Argentina; y 
que acariciaron los agentes franceses, quienes esperaban 
sacar buenas ventajas, no sólo porque ellos protegerían 
tal evoluciíui de acuerdo con Inglaterra, sino porque 
muy buenas sumas les eran debidas i)or sus aliados los 
riveristas y los unitarios, que desde el ano 1838 habían- 
le hecho la guerra á Rozas con el arnuimento y los di- 
neros de la Francia. ( ' ) 

Esto era notorio en Buenos Aires, y provocaba esta- 
llidos de indii^nación. Reíiriéndose á Rivera, escribía el 



( ^ ) En el capitulo xxxiv he trascrito la correspondencia entre 
el general Lavalle y los miembros de la Comisión Argentina (|ue 
asi lo acreditan de un modo evidente. Véase ahora en los estados 
(|ue siguen el monto de los auxilios en dinero y en armamento que 
dieron los franceses en el año 1840 solamente. Los he copiado flel- 



— 87 — 

Archivo Ájnerirano: (') « La caída del general Rozas le 
parecía inevitable, y contaba con el auxilio y cooperación 
de todos sus enemigos para realizar su antiguo proyecto 
de formar un grande Estado del territorio comi»rendido en- 
tre el océano por un lado, el Paraná y el río Paraguay por el 



jneiite. de un manuscrito do letra del doctor Florencio Várela, é in- 
cluido por él mismo en un volumen de documentos de la Comisicin 
Arfi'entina de Monlevideo. — Dicen así: 

fi Fondos y artículos de guerra que suministraron los agentes 
franceses al Ejército Libertador en 1840. 

Cnntidüdes que tMitre<>aron como subsidio: 
IS.'iO Patacofies 

•iunid 11.— Al doctor Pórtela, vocal de la Comisicin Ar- 

gentiuM. (juien los i)as() al general Lavalle. 1(^00 
Julio i:>. — Al señor Frías, secretario del general Lavalle. 4000 
Agosto (■).— " " •) ■> " " " . 5(100 

nclul)re '.).— Á !;i ('omisiíui Argentina 10000 

■^•^.-" '• ■' " :!:!:!:í i 

» ¿(). — )) " " " :!(»oo 

.) 'M) — »n » " :íC)()() i 

Novicmhre IS. — Ala ídem. — Valoi' de armamento para los 

del sur de Bucuíís Aires TfiÜO 

•lA.—.\ la ídem ídem 5000 

1840. 

Enero 14. — Á la Cnitiisicui Argentina lOoO 

Febrero 24. — " " íilem idcm en letras ;i :!/m. solire l'aris.. 90000 

Mayo U;.— 500o 

'.iO. — » >' >' " j»ara los auxilios franceses. 1:¿5() 

•luriio -i.— ■> « " » >• " . ' 1250 

>, 11.— » » ») » » » . 20000 

» 17.— » » " '• » » . 10000 

„ 20.— .. » ). >. » >. . 17000 

.lulio 4.— )' » » •> » )' . 4000 

» 17.— )) » >' " >■ » . 418:52 

Agosto 31.— » )• " " » » . 1 1787 

Total i'eciliido de los agentes IVaiiceses, pesos liierles. 2547.5U 

n Nota: — Los UOtMM) italacones recibidos en letras v\ 24 de lebi-ei'o, 
l'iieron negociados con conocimiento y api'obacion de los agentes 
iVanceses con la casa inglesa de los señores Nicliolson (írecm y t'^'. el 
2() de lebi-ero, con un <|uel)ranto de S188 ¡ i)alacones. Todas las com- 
pras para !a conlVíccion de Víístnarios. de armas, municiones, (lela- 
menios de bu(|ues, ln«!ron con conocimiento y api-oliaci(»n de diídios 
agentes.» Ademas de estas pai-tidas consta otra p(U' Inerte suma. 

(') 1' serie luim. U, i);ig. 14'.). 



— SS — 

otro. Este i)lan iinpíjrtaría la desmembraciíjii de la pro- 
vincia de Río Grande. i)erteneciente al Brasil, y la nsiir- 
paci('tn de las provincias de Entre Ríos y de Corrientes 
que son parte integrante é inseparable de la Confedera- 
ci(jn Argentina. » Los sucesos posteriores, y más que todo, 
las propias conveniencias del gobierno de Montevideo el 



(lo una caiMa dirigida con lecha 7 de junio de 1840 por la Comisión 
Argentina al señor ?klartigny, encargado de negocios de Francia, y 
(|ue proceile del mismo volumen de documentos á que me he refe- 
rido. Kn esta carta pide á Vh'. Martigny, dinero, vestuarios y víve- 
res para el ejército del general Lavalle, y agrega: «La Comisión 
está cierta de que el señor Bouchet Martigny conoce estas necesi- 
dades como ella, y no ha vacilado por lo mismo de recurrir nue- 
vamente á su generosidad, suplicándole que se digne i'acilitar cien 
'í/iil pesos fuertes para los ex^Dresados objetos, en los mismos lér- 
iiñiujs que las otras sumas que ha tenido la bondail de suplir 
antes de ahora. «—Firman la carta: Juan .J. Cernadas. Valentín Al- 
sina, (iregorio Gómez, Ireneo Pórtela. (Véase el apéndice.) 

«.Armamento y municiones recibidos de los agentes franceses 
para el Ejército libertador. 

Recibido del señor Martigny en 26 de febrero de 1840: 

500 fusiles franceses de municicHi. 

720 carabinas id. id. 

100 pares pistolas id. id. 

1 barril con 4000 tiros á bala de fusil. 

Recibido del señor Almirante Dupotet, fectia ut suprá. 

2 piezas de bronce de campaña de á 4. 

2 cureñas completas con sus abantrenes y juego de armas i)ara 

servirlas. 
6 cajas de madera con 134 balas de á4. 

4 cajas de madera con 60 tarros de metralla. 

5 cajas con 200 cartuchos. 
300 estopines fulminantes. 
800 ídem comunes. 

200 lanza-fuegos. 

l\ecil)ido del señor Almirante Dupotet en 8 de mayo á soli- 
citud del señor Martigny: 
2 obuses de montaña de á 12. 
2 cureñas de fierro para los mismos. 
2 juegos de armas completas para servirlos. 
1 libra de jxilvora fina para cebar. 
80 granadas cargadas. 
40 tarros de metralla. 
120 cartuchos de á 12. 
160 estopines para ídem. 

« A^oía.-— También fué orden para que el comandante Penaud, jefe 
de la Estación en el Paraná, entregase, si el genei-al Lavalle le pe- 
dia, 200 sables de tropa y 500 lanzas que fueron en la corbeta Ex- 
peditive desde Montevideo; loque verificó Penaud.» 



— 89 — 

cual, de acuerdo cou la Comisi(jn Ai\nentina. trabajaba 
con el Brasil una alianza hostil contra el gobierno argen- 
tino, obligaron á los agentes principales de este negociado 
que eran don Florencio Várela ( ') y don Santiago Vásquez 
á no incluir en él la provincia de Río Grande, que, por 
otra parte, luchaba por su independencia del Imperio y 
podría anexarse después por otros medios ; y á postergar 
para la oportunidad del)ida la anexión de las otras dos 
provincias argentinas con el Estado Oriental. La evolución 
quedó, pues, concertada así : las provincias de Entre Ríos 
y de Corrientes serían segregadas formando un Estado 
indei)endiente de la Confederación Argentina, por la in- 
fluencia y con el apoyo combinado de la Francia, de la 
Inglaterra, del Estado Oriental y del Brasil: inmediata- 
mente que erigiesen allí el gobierno, el Brasil reconoce- 
ría hi independencia del nuevo Estado, como lo había 
hecho con el Paraguay, y en seguida la reconocerían las 
otras tres naciones, quedando entretanto obligadas á pro- 
ceder conjuntamente contra la resistencia que opusiese á 
ello el gobierno argentino. 

Sobre esta base y con el lin de acelerar los procedi- 
mientos vn tal sentido, don Florencio Várela redactf'» una 
memoria « en hi (|ue ensalzaba el proyecto ». como lo dice 
el general Paz ( ' ). y que presentó al agente francés, al 
comodoro Purvis v al señor Sinimliri. ministro del Brasil 



( ' ) Kl mismo doctoi' Várela lt> inaniticsta en su A ulohiorjrnfía U'-'í-'- 
17). ((Desde tiempo atrás (eserilie en IX-i'.i) el señor \";is(iue/ ei-a mi 
ami^'o ])ersonal. Desde que subió al .Ministerio me pidió <iue lo ayu- 
dara en r\ desempefio de sus Tuncioues ; y aunque jamás fui emi>lea- 
do pul)! ico á sus órd(Mies, puso, de hecho, á mi cargo y hnjo mi 
exclusiva dirección, todos los negocios del Ministerio de Relaciones 
Exteriores... las cuestiones que se presentarou con los represen- 
tantes de Francia, Enlados Unidos, Brasil y Portugal, al paso 
que las amistosas relaciones que se mantenían con las autorida- 
des inf/lesas, exigían muchos y delicados trabajos. Todos, todos 
esos negocios, sin excepción, fueron dirigidos y despachados 
por ini. >) 



— 90 — 

011 Monte videü. El ministro SininiLn aceptó, desde lne,!4o, 
ios contdusiones de la Memoria, como que era nn agente 
decidido del proyecto. Igual conformidad manifestaron 
el agente francés y el comodoro Purvis, si bien observa- 
ron la conveniencia de referir tan trascendental asnnto á 
la decisión definitiva de su soberano. Á este objeto Purvis 
le insinu(') al ministro Vásquez la idea de enviar nn co- 
jnisionado á la corte de Londres, y que podría i)asar á la 
de Francia, para que preconizase el tal j)r(»yecto en los 
términos de la Memoria. Así se lo comunicaba el njinis- 
tro Vásqnez á Pavera en carta de 31 de julio de l^k?\ 
agregándole que él no encuentra liombre más aparente 
que don Florencio Várela. ('-) « En los [¡rimeros días de 
agosto (1843), dice el mismo doctor Várela en '¿w Auto- 
biografía (^), el señor Vásquez me liizo llamar para anun- 
ciarme que el comodoro Purvis estaba cada día más por 
el envío de un agente; (pie el gobierno convencido de la 
necesidad de esta medida, había resuelto enviarme. » 

El objeto de la misión del doctor Várela era. pues-' 
traer la intervención armada de dos grandes potencias 
extranjeras en los asuntos de su país. Para obtener 
este resultado, no siUo iba á invocar los hechos con 
que la venían preparando sus amigos ¡)olíticos y el 



( * ) Véase Mem. Póst., tomo iv pág. 227. «. El mismo sujeto me 
lo lia referido, agrega el noble general Paz, y me ha escrito largas 
cartas persuadiéndome á que lo aceptase cuando yo estat)a en Corrien- 
tes. Lo particular es (|ue para recomendarlo se proponía preltar 
(|ue era útilísimo á la República Argentina! Que se adoptase como 
arma i)ara del)ilitar el poder de Rozas, se comprende; pero ([ue se 
preconizase como conveniente ii nuestro país, es lo (¡ue no me cabe 
en la cabeza. Aun en el sentido de debilitar el poder de Rozas era 
equivocado el pensamiento, porque la nacionalidad argentina es 
popular en Corrientes y en Entre Ríos. . . » 

(-) Véase esta carta ]>ul)licada en La Gaceta Mercantil del (> de 
noviembre de 1843. 

(3) Aulobiof/raf'ia del doctor Florencio Vai'ela. pa<í. 19, Montevi- 
deo 1848. 



— 91 — 

í>übiei']io (le Montevideo, sino también « á hacer uso de 
la idea de establecer iiii Estado independiente entre 
b»s ríos Paraná y Urni>nay, la qne se creía halagaría 
mucho á los gobiernos europeos, particularmente al in- 
glés ». como con mucha exactitud lo dice el general Paz. ( ' ) 
Pero el general Paz. á la sazón caudillo militar de los 
unitarios, no cpiería hacerse solidario de esta vergüenza, 
como no lo querían Echeverría. Pico, Alberdi. Chilavcrt' 
Olazábal, y otros emigrados que de cerca 6 de lejos te- 
nían que ver con las decisiones autocráticas de la Comi- 
sión Argentina de Montevideo. Había que reducir al 
general Paz sobre todo, quien podía prestigiar ñ despre- 
tigiar ese y otros proyectos, tan alta era su re[)utacii')n, 
y tal era la conlianza que inspiral)a su prudencia, su 
j)atriotisnio y sus rectos ])rocederes. Antes de partir ;i 
desempeñar su misi(')n di[)l(»iu<'itica. don Florencio Várela 
aboc(') al general Paz. A las jtrimeras írases. le preguutt'» 
como de cosa resuelta, si aprobaba el p<^nsamiento de se- 
gregación de las provincias de Entre Ríos y de Corrientes 
para que formasen un Estado indei)endiente. «Mi contesta- 
cií'tn, declara el general Paz. fué terminante y negativa.» (") 
En pos de don Florencio Várela, lo abocaron en el 
mismo sentido don Santiago Vásquez y el ministro Si- 
nimbú. (■') El general Paz insisti() en su negativa, hacién- 
doles i)resente (pie <■! se |)(uií;i en el caso del primero si 
se quisiera retasear el Estado Oriental, y procedía de 
acuerdo con lo (pie le declaraba el segundo (b^ (|ue su 
gobierno estaba disjun^sto á sepultarse entre sns ruinas 
antes que consentir eji la desmeiubi-aci('»n de la proviiu-ia 
brasiler;i de liío (Irande, dd Sur ([ue lucliaba por se|»a- 

(M Mem. Póst., tomo iv, páfr. 220. 
(2) Mem. Póst., piííí. cilail;!. 

( ■' ) liiilii(laltl(Mneni(í (íseslc t'\ iiiciilíMile (\n(' relVi-ín el doctoi- Varo- 
laní sil A ulobiof/rafífi ( ]nt^. 2'i),\M'vi) i|iic liMi sii|)r¡miiln li»s ([iic Ui 



— 93 — 

rarse del Imperio. « Y obrando según la lealtad de mi 
carácter, agrega el general Paz, no escuchando sino los 
consejos de mi patriotismo y en precanci(3n de lo que 
pudiera maniobrarse subterráneamente á este respecto, 
me apresuré ;i hacer saber al comodoro Purvis y al ca- 
pitán Hotham que mi opinión decidida era de que se 
negociase sobre estas dos bases : 1% la independencia 
perfecta de la Banda Oriental; 2% la integridad de la 
República Argentina, tal cual estaba. No tengo la menor 
duda de que estos datos fueron trasmitidos al gobierno 
inglés, y que contribuyeron á que el proyecto no pasase 
adelante por entonces. » (') 

Pero don Florencio Várela pensaba de otra manera: 
y con ó sin el beneplácito del general Paz partió á 
desempeñar su misión, casi seguro de conseguir lo que 
buscaba en beneficio del partido político á que pertene- 
cía. Es este negociado el único en su género en que 
han colaborado públicamente argentinos. Jamás desde 
1810 en (jue Moreno declaró que «un ciudadano argen- 
tino ni élirio ni dormido debía tener inspiraciones con- 
tra su patria»; ni aun durante la crisis estupenda que 
conienz(') en el año xx; ni en los sacudimientos subsi- 
guientes hasta llegar á la organización definitiva de la 



imtiliearon. Dos días después de mi nomljramiento (^de agente 
del golnenio oriental cerca del goljierno británico), es (lecir, 
el 13 de agosto, dice el doctor Várela, ocurrió un incidente que 
hul)o de dejar mi viaje sin efecto. . .» Aquí se ha suprimido la rela- 
ci(Jn que hacía el doctor Várela del incidente; y se reanuda el escrito 
con las siguientes palabras del doctor Várela que se retteren induda- 
blemente también á la discusión que se suscitó entre la Comisión 
Argentina y el gobierno de Montevideo, sobre si se deltia ó no variar 
el contenido de la Meraoria presentada por el mismo Várela sobre el 
plan concertado, después de haberlo rechazado terminantemente el 
general Paz: « Después de larga discusión convinieron en que no 
debía hacerse alteración, y el señor Vásíiuez me comunicó que me 
preparase á embarcarme el 15 (agosto). » 
(*) Mem. Póst., tomo iv, pág. 226. 



— m — 

Repiiblica, jamás el extravío político condujo á argen- 
tinos á solicitar de los poderes europeos el favor de su 
iníluencia y de sus armas i)ara segregar dos provincias 
argentinas y formar con ellas un Estado independiente 
sometido á esa iníluencia. Han sido los unitarios de 
1843 los únicos argentinos que han trabajado paciente 
y deliberadamente la dislocación de su patria por la 
obra de las armas extranjeras. 

Entretanto los actores de este negociado seguían pro- 
vocando las coaliciones que debían allanar, en su sentir, 
el camino en (|ue habían entrado. La aprobaciíui (pie 
dieron los gobiernos neutrales al reconocimiento ([ue 
hicieron sus ministros acreditados en el Plata del bbi- 
queo argentino á Montevideo, y la conducta que al 
respecto impusieron á los jefes de estaciones navah's 
surtas en estas aguas, im[)edíale por el momento al 
comodoro Purvis seguir en el camino de sus atropellos. 
Quedaba todavía el ministro del Brasil, uno di^ los 
coaligados, á quien le tocaba entrar enjuego para man- 
tener las posiciones que habían tomado los aliados, hasta 
que llegase la oportunidad de proceder de otra manera. El 
gobierno argentino restableci('> el bloqueo á Montevideo 
haciéndolo extensivo á Maldonado. por orden de (i de 
septiembre, la cual fué comunicada por el almirante 
Brown al cuerpo diplomático para los efectos consiguien- 
tes. Sólo el jefe de la estación naval brasilera se negó 
á reconocer el bloqueo, remitiéndose á una nota del 
ministro de su nación en Montevideo, ijue así se lo 
ordenaba. J^rí^scindiendode las reglas establecidas y uni- 
versalmente aceptadas. Sininibii negábale en esa iiota al 
gobierno argí^ntino el derecho perfecto (|ue tiene todo 
beligerante para asediaré bloquear una plaza ó un i)uer- 
to de que esté posesionado el enemigo; sea totalmente, 
prohibiendo toda clase de introducciones, sea jiaicial- 



— !)4 — 

iiieiite restringiendo la iutrodncci()n de determinados 
artículos, comestibles por lo general. (/) 

Dos motivos daba á su desconocimiento: el de que 
el bloqueo había sido iKjtilicado en marzo sin llevarse 
á efecto; y el de (|ue era particularmente nocivo al Im- 
perio del Brasil atenta la vecindad de éste con Mon- 
tevideo. El doctor Baldomcro García, sosteniendo en la 
legislatura de Buenos Aires la minuta de comunicación 
por la cual se aprobaba la respuesta (|ue dio el gobier- 
no argentino al brasilero, decía á este respecto: «La 
argumentaci()ii del señor Sinimbú se reduce á esto: 
el bloqueo se limita á prohibir la introducción de car- 
nes en Montevideo; esta introducción se hace casi ex- 
clusivamente en bu({ucs brasileros: luego á los buques 
brasileros no debe alcanzar tal prohibición. Este biza- 
rro raciocinio es susceptible de esta paráfrasis: los bu- 
ques brasileros son los únicos que especulan con la 
guerra, prolongando la resistencia de los sitiados; son 
los únicos que así favorecen al enemigo de la Confede- 
ración, luego son los únicos que pueden continuar ha- 
ciéndolo sin perder su calidad de neutrales, luego son 
los linicos á quien la Confederaci(3n infiere agravio 
impidiendo que le hagan este mal.» (-) 

Vencido en el buen terreno, el ministro Simimbú 
alegó la excepción perentoria de la necesidad de con- 
sultar á su soberano; como si el ejercicio del bloqueo 
estuviese subordinado al consentimiento de uno ó más 
naciones neutrales. En seguida comunicó oficialmente 
su resolución al gobierno de Montevideo. Ella se cele- 
bró en la plaza como un triunfo. Unitarios y riveristas 



(') Véase entre otros tratadistas prineiitahnente aceptados en 
la época, á Vattel, capítulo 7o. libro iii. 

(2) véase este discurso del doctor (iarcia. {Diario de sesiones, 
tomo29, pag. 144.) 



— 95 — 

se dirigieron entre aclamaciones á la legaciini brasilera. 
Cuando algunos notables y oficiales de la defensa hubie- 
ron rodeado una mesa de refrescos pre])arada al efecto, 
el ministro Sinimbú tomó la co})a y i)ronunció un dis- 
cursó cuyo texto dio El Nacional, en el que deprimía al 
gobierno argentino y manifestaba las simi)atías de su 
g(d)ierno hacia el de Montevideo. 

El gobierno de Rozas })idi(') satisfacciiui del descono- 
cimiento del bloqueo al iiiinistro brasilero acreditado 
en Buenos Aires. Al calilicar en términos duros la 
conducta del ministro Sinimbii. denunciaba que «en la 
imperiosa necesidad en que se le colocaba de sostener 
el honor nacional, no sería á él á quien se le reprocha- 
ría la ruptura de las buenas reUciones que conservaba 
('(ui S. M. el emperador del Brasil. (') El ministro 
Duarte da Ponte Riveiro. (|ue había reconocido el blo- 
queo sin reparo alguno, le manifestó francamente al 
ministro Arana el desagrado ([ue le causaba la conducta 
del señor Sinimbú: y á tal j)unto comprometió sus opi- 
niones, que en la noche del 12 de septiembre le declaró 
que estaba resuelto á embarcarse para Montevideo y 
entrar en exjdicaciones con aquel señor. ( -) Esto no 
obstante, el ministro Ponte Riveiro le dirigió al gobierno 
argentino una nota descomedida en la que lamentaba que 
no prolongase la (juicta espectativa hasta que el brasilero 
enviase (')rdenes para el reconocimiento del bloqueo; ma- 
nifestaba sus deseos de que los agentes brasileros hubie- 
sen tolerado interinamente los efectos del bloqueo; y 
rt'cordal)a la soliicii'in de algunos asuntos del Brasil i)en- 
dirntcs. según t'l, desde hacía catorce meses. {'^ ) 

( ') Diario de sesiones de la leffislatura de Buenos Aires, tomo 29, 
j)ilfr. lin. 

(^) Relación del ministro Ai-anji, il). ili. 
(■') Diario de sesiones, \in\\() •¿\\ |i;i<r. l',^:^. 



— 9(i — 

La respuesta del iiiinistro Ponte Riveiro mostraba 
que quien i asumía, por parte del Brasil, la dirección de 
los negocios en el Plata era el ministro Sinimbú. Piozas 
le pidi(j que retirase esa nota i)ara no crear mayores 
dilicultades; y como el ministro Ponte Ptiveiro mani- 
festase que había elevado á su gobierno copia de ella 
y de la del gobierno argentino, y que aprovechaba la 
oportunidad i)ara denunciar lo (|ue escribía La Gaceta 
Merrantil ([i\G «el gobierno imperial desaprob;n*ía los in- 
fames i)rocederes del ministro Sinimbú y que de no 
hacerlo así la Confederación sabría sostener su digni- 
dad». Rozas le devolvió la nota, le declaró que cortaba 
con él toda correspondencia oíicial y le envió el pasaporte 
para que saliese de Buenos Aires. 

Á ¡)artir de este momento, para nadie fué un miste- 
rio que argentinos unitarios y orientales riveristas 
trataban con serias probabilidades su restauración polí- 
tica en las dos capitales del Plata, ])or medio de las 
armas combinadas del Brasil, de la Inglaterra y de la 
Francia, y en cambio de las ventajas que exigían estas 
naciones. Eí Nacional, El Constitucional y el Brittania 
de Montevideo lo decían en todos los tonos y agregaban 
como adelantándose á la acusación, que la «independen- 
cia del país estaba asegurada». En las esferas del 
gobierno, en las trincheras y en las calles se hablaba con 
entusiasmo del éxito seguro de la misión Várela. Y este 
entusiasmo se convertía en indignación en este otro 
lado del Plata. «Várela, escribía La Gaceta Mercantil 
no ha ido á Inglaterra á entretener con conversaciones poé- 
ticas al ministro británico. Sumisión es traidora; opro- 
biosa á la independencia oriental; amenazante á la Con- 
federación y á la provincia del Paraguay; peligrosa para 
la América; y muy de cerca toca á la paz y ventura del 



— 97 — 

Brasil. Los salvajes imitarius la a})ellidaii civilizadora, 
santa; y así llaman á sus inmundas traiciones.» 

Empero, el gobierno del Brasil dio seguridades al 
general Guido, ministro argentino en esa corte, de que 
reconocería el l)lo(|ueo de Montevideo. ^íientras hacía 
esto, resolvía enviar al Vizconde de Ábranles en misión 
especial cerca de los gobiernos británico y francés para 
cooperar al éxito de la misi('»n Várela. est(j es. para de- 
cidirlos á intervenir de mancomún en los asuntos de la 
Confederación Argentina. El tal enviado les presenta- 
ba después á esos gobiernos un memorándum sobre la 
necesidad de hacerlo pronta y activamente, el cual era. 
niutatis mutandi la memoria de Várela sobre el mismo 
objeto, como que ambas piezas se hal)ían elaborado con 
las inspiraciones recogidas del gobierno oriental, de la 
Comisión Argentina, del comodoro Purvis y del ministro 
Sinimbii. i ' \ La [)rensa imperialista asumió franca- 
mente lina pos¡('i(')ii concordante en estos procederes, 
l)ues reliriéndose á las diticultades para conservar la 
neutralidad, declaraba: «Los triunfos de los oradores de 
Rozas no tendrán compañeros, si líozas nos inipelier;i. 
como evidentemente nos inii»ele. á lomar las armas con- 
tra su poder.» ( - ) 

Era por demás ai)reniiant(' l;i necesidad (|ue invoca- 
ban los coaligados de proceder con ra[)ide/ y actividad, 
])ues de no hacerlo así (ju^daba en breve terminada la 
guerra (jiu- (b'chirf'» Rivera á hi Confederación Argentina. 
y pacilicado el Estado Oriental, que era el teatro obliga- 
do de esta guerra, por los auspicios del gobierno de Oribe 
(') de la persona que surgiese de la inmensa mayoría del 



('j SoI)r(' el alcance (lo la misiíHi Ahrantcs. (Véase las Insh'uc- 
ciones dL'\ conde Aljonlccu al niinisii-o ouseley.) 

(-) Véase, eiil re ol ros diarios, O Brazil. de Kíu laiicii-o del j'.t de 
diciembre de \M'.\. 



— US — 

}mt'l)l(j oriental ([iie seguía la bandera de e'ste general. 
Paz había hecho y hacía cnanto hunninaniente puede 
hacer un militar en su caso. Más todavía: muchos mi- 
litares de renombre han fracasado ante diíicultades análo- 
gas á hxs que venció Paz con esa conciencia en el éxito 
calculado, dentro de cierto círculo de probabilidades, que 
l)ertenece á muy pocos, })orqne es del genio que ve ;i 
través de la tiniebla y alumbra y fortalece á cuantos 
giran alrededor de ella. Los extranjeros residentes ha- 
bían hecho lo demás, porque es un hecho incontestable 
que el elemento oriental contaba muy poco en la plaza 
de Montevideo. Los que fueron obligados á tomar allí 
las armas, se pasaron al campo de Oribe donde los lla- 
maban sus simpatías, como consta de sus nombres y 
apellidos, cuerpo á (pie pertenecían, etcétera, publicados en 
los boletines del campamento del Cerrito y en La Gaceta 
Mercantil de Buenos Aires. Á fines de 1843 se acentuó 
este estado de cosas de un modo más notable, pues se 
}»resentaron en el campo del Cerrito personas como Aclia, 
don Antonio Cañé, Antuña, Martínez, muchos oficiales y 
ciudadanos más ó menos conocidos, y buen número de 
soldados extranjeros, todos los cuales figuran en los pre- 
dichos boletines. ( ' ) 

La situación de la plaza llegó á ser desesperante. Los 
recursos propios y extraños se agotaban. Las contribu- 
ciones impuestas á las familias de partidarios de Oribe 
no habían dejado reserva. Las que se solicitaban de los 
comerciantes extranjeros no daban resultado. La asigna- 
ción que daba don Samuel Lafone por la renta de 
aduana, cuyo producido percibía, comprometida en mucha 



(1) Hasta principio.s del año 1844 lie contado próximamente 700 
nombres y apellidos de individuos que dejaron la plaza de Montevi- 
deo ])ara jjvesentarse ene! campo de Oribe. 



— 9!) — 

cantidad. Los extranjeros que [)odíaii disponer de medios, 
se rehusaban á facilitarlos, desconíiando de las segurida- 
des del pago y malavenidos con las explotaciones ver- 
gonzantes que se consuman á menudo á la sombra de si- 
tuaciones semejantes. Sólo el comodoro británico y el 
ministro brasilero seguían dando lo que podían ; pero 
esto era una gota de agua en esa laguna de necesidades 
que todo lo absorbía. El resultado de la misión Vare- 
la y de los trabajos del Brasil, se esperaba como un 
maná. Para colmo de dificultades, antes (|ue ese resul- 
tado, llegó el contraalmirante Lainé, quien en nombre 
del rey intimó á los franceses en armas que las dei)usie- 
sen. Mr. Tbiebaut que los comandaba, y los hombres del 
gobierno, obtuvieron de ellos que dejasen la cucarda 
tricolor y adoptasen la bandera oriental ; pero muchos 
de los que servían en la defensa, y aun los que no to- 
maban ])arte en ella, scdicitaron y obtuvieron del contra- 
almirante y del C('»nsul Piclion ser tras])Oitados á Buenos 
Aires. (') 

Las operaciones de guerra no estaban en mejor ca- 
mino. Había circulado la voz de que Oribe iba á tomar 
l»or asalto á Montevideo, pero lo cierto es que este general 
jamás se resolvi('» ;i veriíicar semejante o]>er;u-i('>n. Para 
él la rendición de Montevideo era cuestión de muy breve 
tiempo, y se engañó, porque no contaba con las influen- 
cias decisivas de la intervención anglofrancesa. Por otra 
l»arte, liivera no le insjdraba serios temores, pues l'rqui- 
za y (j(')mez no le daban descanso en los departamentos. 



( ' ) Soííúii las partes del caj)it<'in del puei'to do Hiieiios Aires, el 
núinero de IVanceses (jue se irasporlaroii de Montevideo á esta eiu- 
dad ;l l)(»rdo del berf^aiitin de fíuei'ra Tdcitque, de la ^oU'ta Dominga, 
(l(d paquete Oreóles, de la fíoleta Anipltihie y del lierjianliii I'ur- 
luna, aleaii/.a á hlO desde el 29 de noviembre de 1S4:^ liasla el 5 de 
euei-o del 1844. Véase La Gacela Mercantil del lo de cnei'O 
de 1844. 



— 100 — 

Ya se lia visto la suerte (jiie acababan de correr sus 
mejores divisiones. Una otra división de correntinos, fuer- 
te de 1.000 hombres, al mando del general Ramírez, que 
sitiaba al pueblo del Salto, fué batida en las puntas del 
Ceibal el 30 de diciembre por las divisiones al mando del 
coronel Lucas Moreno. ([) Urquiza con el grueso de sus 
fuerzas seguía tras Rivera, quien después de pasar por 
Santa Teresa é India Muerta se detuvo en el Valle de 
Yguá. y siguiíj el 10 de enero ( 1844 ) en dirección al 
Sauce. Desde las alturas de Casupa aquél lo avist(') en 
marcha el día 20. Después de marchar más de 40 leguas 
en tres días, lo alcanz(') en la tarde del 24 en las Puntas 
del Sauce. Rivera pudo presentar en línea como tres 
mil hombres, pues en India Muerta se le incorporaron 
algunas fuerzas. Urquiza lanzó sobre él sus escuadrones 
bien mandados por los coroneles Granada. Urdinarrain, 
Isidro Quesada, Bustos, Galarza. Domínguez y González, 
y la victoria se decidi('» por su parte, cuando la noche 
cayó sobre ese campo de cadáveres del que se alejó 
Rivera no sin haberlo disputado hasta el último mo- 
mento. Al amanecer, la vanguardia de Urquiza salió á 
j)erseguirlo. Ya se había movido Rivera. El 20 se en- 
contraba en el paso del Minuano. En dos días había 
andado más de treinta leguas. (-) 

Estos contrastes empeoraban cadií día más la situa- 
ción de Montevideo. Ú el general Paz salía á presentar á 
Oribe batallas formales, ó la plaza sería reducida i)or 
el hambre, sino se resolvía pronto el objeto de la misión 
Várela. En estas circunstancias el coronel Venancio Fio 



( i ) Boletín núm. 48. Véase parte de Moreno á Urquiza. 

(2) Véase el parte detallado de Urquiza (boletín núm. 51) y el 
plano descriptivo de la batalla del Sauce, levantado sobre el campo 
por el teniente coronel Ramón Bustos. ( Gaceta Mercantil del 
26 de lelurro de 1844). 



— 101 — 

res, rehecho después de los últimos coiiihates en la 
campafia, formó el atrevido proyecto de introducir ganado 
para el abasto de la plaza. Esto era temerario dado el 
mimero y calidad de las fuerzas enemigas cuya vigilan- 
cia debía burlar. Para conseguirlo hizo que los coroneles 
Silva y Estivao llamasen la atención del general Ignacio 
Oribe; y cuando las fuerzas de éste al mando de los 
coroneles Montoro y Caballero les presenta combate 
en la cañada de Pache, río Santa Lucía arriba, Flo- 
res fuerza el paso del Soldado, y, tan rápidamente 
como le era posible, con todo el ganado que conducía 
se dirige al Cerro. El 7 de febrero salva la línea que 
comandaba el general Núuez. y ])one á salvo unís de 
(ininientos animales vacunos de (^ue tanto necesitaba 
Montevideo. El mismo Núñez en su parte á Oribe no 
puede menos que confesar que « á pesar de sus esfuerzos, 
no tuvo la fortuna de inteiqíonerse entre k)s malvados 
y la fortaleza ( del Cerro ) para acuchillarlos comiileta- 
mente». (') 

El general Paz le di(') ;i la atrevida operaci(')u del 
coronel Flores toda la inijtortancia luilitar que en sí 
tenía; y se propuso batir á Núñez con fuerzas combi- 
nadas del Cerro y de la [)laza en número de 1.500 infan- 
tes, 400 caballos y cuatro cañones, los cuales se movieron 
sobre la linca de af|U('l en la mañana del 2.S de marzo. 
Núñez, (') se engañó respecto del miinero de sus enemigos. 
(') no iinagiuí') que traían la intenciíhi de desalojarlo de 
su })osición, i)orque comprometió imprudentemente sus 
fuerzas, muy superiores en número, y no se previno j)ara 
las contingencias (jue lo am)na(laroii. Los batallones de 
infantería de línea de la |)laza destrozaron las lilas sitia- 



( ') Véase parte del {general Ifíiíacio Oiilic y del liviieral Núrioz en 
La Gaceta. Mercantil iW\ 27 de (fljrerd de jsii. 



— lu-i — 

(loras. S(31() eii un punto se estrellaron, en el ([ue ocupaban 
el medio batallón del coronel Jerónimo Costa y el bata- 
llíHi del coronel Ramos. En lo crítico de la refriega, el gene- 
ral XTiñez cae herido de un balazo, del que muere dos días 
después. P]l coronel Ramos asume el mando cuando las 
municiones escasean y el enemigo avanza triunfante. 
Costa se lanza una vez más con los suyos, á los gritos 
de « ¡viva la Confederación Argentina! » Pero es Paz (juit^n 
ha organizado esos batallones que avanzan como los pru- 
sianos de Molke. porque ya están seguros de que no retro- 
cederán. Ramos y Costa se retiran, sufriendo en un trayecto 
de más de treinta cuadras los fuegos de sus enemigos que 
no pueden ni flanquearlos ni menos reducirlos. La si- 
tuación de los vencidos y el número de los vencedores 
hacían esperar sin embargo este resultado. Pero para 
haberlo conseguido, habría sido necesario que, en vez de 
mandar en jefe Pacheco y Obes, hubiese mandado en jefe 
Paz. (') 

Un fracaso análogo tuvo lugar el día 24 de abril 
en el Pantanoso. Situado el general Pacheco con dos bue- 
nos batallones de infantería y ocho escuadrones de caba- 
llería en la línea sitiadora frente al Cerro, el general 
Paz ordenó que la guarnición reforzada de ese punto 
saliese á batirlo; y simultáneamente hizo pasar por la 
barra del Miguelete tres batallones de infantería de la 
plaza, dos baterías de artillería y una columna de caba- 
llería, para que maniobrando á retaguardia del enemigo 
tomase á Pacheco entre dos fuegos y le hiciese imposible 
la retirada. El éxito de esta operación dependía de la 



( ' ) El Nacional del 29 de marzo de 1844 y La Gaceta Mercantil 
del 10 de abril, contienen datos naturalmente contradictorios respecto 
del combate del Cerro. Véase en el Apéndice las cartas del coronel 
Costa que contienen verídicos detalles; igualmente la de Ximeno 
( manuscrito original en miarcliivo). 



lOM — 



ra[)idez con que se vei'iíiraseii en la oportunidad dada 
los movimientos combinados; pues dehe tenerse presente 
que las fuerzas de la plaza iban ;i lle^^ar á interponerse 
entre Paclieco y el campamento del Cerrito de donde 
podían auxiliarlo á este último. El combate se trab() 
recio frente al Cerro, y Paclieco tuvo que ceder el terreno, 
siendo seguido por los sitiados más de veinte cuadras. 
Este era el momento en que debía jugar la artillería co- 
locada convenientemente cerca del Pantanoso, y la caballe- 
ría de Elores exclusivamente reservada j)ara desmoralizar 
á los que se retiral)an. en tanto (|ue la colunma de 
infantería aparecía como una muralla que les cortaba 
toda salida. Pero ni la una ni la otra lo verilicí) así: 
sólo la columna de infantería salii') de sus posiciones 
para concurrir al movimiento, en circunstancias en que 
Oribe, noticioso del combate, salía en ])rotecci(')n de iVi- 
clieco con los batallones al mando de Jeróninm ("osta. 
Rincón. Bermudez y Zermeño. La batalla se trabó sobre 
el arroyo del Pantanoso. La columna de la plaza, con 
excepción de la caballería (pie liabía ido á parar ;i la 
casa de pi'ilvora del Cerro, se mantuvo ni;is de una liora en 
sus posiciones, en el saladero de Macbado. sobre el i>as(» 
de la Boyada en el Pantanoso. La superioridad délas fuer- 
zas sitiadoras que podían aumentarse considerablemente, 
decidií'» al general Paz ;i ordenar la retirada Itajo los 
fuegos del enemigf) que debic'» sacar la peor |>arte en 
ese día. 

F'l general Paz se vi('> |u-ecisado en (^sta ocasiíui á expli- 
car su conducta en una carta cuyos [)riucii»ales concep- 
tos public('t /i/ A^^/'/o/^r//; y Irs declan'i tVancann^nte á 1(ís 
bombres del gobierno íjue era el caso de someter á un 
consejo de guei'ra ;i los jefes respectivos de la caballería 
y (Ir la artillería en la acci('»n del '2\ de abril. Por lo 
demás, los mismos enemigos del grueral Paz en ese 



— 104 — 

caiii})ü (k batalla dan la prueba evidente de la impor- 
tancia de la operación (jue se frustró en beneficio de ellos, 
y dejan ver cuan funesta les liabria sido á haberse 
realizado tal como fué ideada. « El coronel Flores y 
teniente coronel Sosa marcharon al encuentro de la co- 
lumna del Cerro que nos trajo el ataque, dice en su 
parte el general Pacheco... pero teniendo parte de que 
dos fuertes columnas se adelantaban á pasos acelerados 
sobre mi espalda, los hice replegar... o « El general Pa- 
checo, dice el coronel Jerónimo Costa, fué seguido (por 
las fuerzas del Cerro ) como tres cuartos de legua de 
esta parte del Pantanoso hacia fuera, de donde se vol- 
vieron, habiendo sentido el movimiento de fuerza del 
cuartel lieneral ». (') 



( ' ) Véase parte de Pacheco á Oribe publicado en La Gaceta Mer- 
ca/ilil del 30 de abril de 1844. Véase en el apéndice las cartas del 
coronel Costa, testigo f)cular. (^^lanuscrito en mi areliivo.) 



CAPÍTULO XLVIII 



R O Z A S Y L A C O A T. I ( ' I ( ) X 



(1844) 



Sumario: I. Probabiliclados respecto do la intervención europea. — II. Espectativa 
tranquila del gobierno de Rozas. — III. La labor de Rozas: sus pequeñas 
treguas en Palerrao. — IV. Cómo hacía frente á las necesidades de la Con- 
federación con las rentas de la provincia de Buenos Aires. — "V. Reformas en 
la administración : rol de la contaduría y del gobernador : requisitos para 
los pagos: la tesorería y la contaduría únicas: funciones de los habilita- 
dos : estado general de los precios corrientes. — VI. El empréstito inglés : 
Rozas arregla con Baring el servicio del empréstito. — VIL Cómo Rozas 
economiza sobre los mismas dificultades. —VIII. Dato comparativo entre 
esa administración y las anteriores y subsiguientes. — IX. La ganadería y 
la agricultura: franquicias al cabotaje argentino. — X. Actividad de Rozas 
en las mejoras materiales de Buenos Aires : Senillosa y Arenales : la con- 
fesada pobreza de este último. — XI. Puentes, caminos, desmontes y 
empedrados. — XII. Proyecto de Rozas sobre la Alameda: informe de 
Senillosa: cómo se construyóla .alameda. — XIII. Resultados de la con- 
fianza pública : desenvolvimiento del comercio y las industrias: la inicial 
en la paleontología argentina: descubrimiento del megatherium y del 
gliptodonte: testimonio de Cuvier á Muñíz : investigaciones de Muñiz 
sobre el cov:-pnx : su informe á Mr. Epps en el que se pronuncia contra 
la opinión de Jenner : el verdadero cow-pox espontáneo en Buenos Aires 
en el año de 1844 : trabajos de Muñíz sobre la escarlatina y geología : 
arqueología, liistoria, astronomía y literatura : Angelis, Sastre, Vicente 
López: la nota poética. — XIV. Nota discordante de Rozas: su decreto 
sobre el luto. — XV. Crítica de este decreto : tema que proporciona á Rivera 
Indarte. — XVI. Decreto sobro el carnaval. — XVII. Contraste entre Bue- 
nos .\ires y Montevideo: actividad de la coalición: Corrientes y el general 
Paz: Bolivia y Chile: espectativa do Rozas. — XVIII. Paz se traslada ¡i. 
(^)rrientes: plan para asesinarlo. — XIX. La nueva posición de Paz en 
Corrientes: los Madariaga invaden Entre Ríos : Garzón los derrota y 
repasan el Mocoretá. — XX. Paz es nombrado director de la guerra: el 
tratado que negocia con el Paraguay: cómo y porqué interviene de buen 
grailo en este negociado el ministro del Imperio. — XXI. Motivos que 
deci<len á Paz á ponerse por el momento ;i la defensiva. — XXII. Las 
facciones en Montevideo: Vásquez, Flores, Pacheco y Obes. — XXIII. Medí" 
das radicales que impone Rivera al presidente Suárcz. — XXIV. Choque de 
las facciones desalojadas. 



Kl ;^(»l)ii'rii<) <lt' IviiZMs III) |)(i(lí;i liact'vsf ,L;ran(k's ilu- 
siones lesjit'ctn (It'l t'xito iiltt'i'ior de sus ()])('i"aci(Uit's sobre 
Montevideo si. como era jH'olialtle. la (irán liretaña. la 



— ]()(> — 

Francia y el Brasil intervenían cünjnntaniente en los 
neoocios del Plata. Las últimas conmnicaciones de los 
ministros argentinos acreditados en esas cortes dejaban 
entrever esa probabilidad. Por ellas se sabía que don 
Manuel de Sarratea, don Manuel Moreno y el «eneral 
Tomás Guido, patricios de la revolución de 1810 y cele- 
bres diplómatas, se esforzaban á la saz(')n en variar el 
curso de los sucesos que se preciititaban en nombre de 
intereses cuya magnitud abultaban los que estimulaban 
tal coalición, y que, al sentir de esas naciones, valían 
muchísimo más que los derechos que asistían á un país 
débil 3' despoblado como la Confederación Argentina. 

En esta espectativa que presentaba latentes peligros 
tan trascendentales como el ataque á la integridad de 
la Confederación, el gol)ierno de Rozas, liándose en el 
sentimiento patriótico de los argentinos más de lo que 
lo aconsejaban las conveniencias, ni solicitó alianzas que 
pudo haber trabajado, ni l)usc(') acomodamientos incom- 
patibles con el honor nacional. Cualquiera persona que 
hubiese estado al cabo de la tremenda coalición que se 
preparaba contra el gobierno argentino, se habría admi- 
rado de la tranquilidad que al respecto se sentía en las 
regiones oficiales de Buenos Aires: y casi de seguro 
díchose que Rozas era un incapaz empecinado que sólo 
guardaba la aproximación de las escuadras l)ritánica, 
francesa y brasilera para huir como un cobarde, dejando 
al país que se desenvolviese como le fuese posible, des- 
pués de haberlo comprometido en locas aventuras. Esto 
último era lo que pensaban en Europa, y lo que repetían 
los unitarios empeñados en la coalición. 

Es lo cierto que en Buenos Aires nada turbaba aparen- 
temente en 1844 la actividad que Rozas le imprimía á 
la administración. Los principales detalles de esta ad- 
ministraciiúi se ventilaban en las oficinas de su despacho 



in: 



que tenía estcibleeidas en su casa particular, calle liov de 
Moreno. Allí trabajaba de día y de noche, doce v ca- 
torce horas, muchas veces, con los oüciales de su 
secretaría, sobre los expedientes y demás asuntos (|ue 
remitían de la Fortaleza sus ministros, quienes venían 
en seguida al acuerdo de gobierno. Su hija, que era su 
amor, y la dem;is familia, en las habitaciones interio- 
res. Los amigos íntimos ([ue lo veían solamente á la 
hora de comer; y esto cuando el excesivo trabajo no lo 
obligaba á postergar esta hora. Sin guardias, ([ue nunca 
las tuvo; sin escolta, (jue siempre la rehus('). Apenas su 
edec;ln el general Corvalán en la antesala, arrellenado 
en un sofá de caoba forrado en cerda, preparándose para 
comenzar la tarea diaria con el peso de sus años y de 
sus gloriosas cliarreteras del tiempo de San Martín, f) 
Tal ('» cual día, cuando el trabajo de la noche anterior 
había sido muy rudo, una tregua de algunas horas en 
su quinta de Palermo, sin ostentaciíui ni oropel, y si 
tregua podía llanuirse el ir á dirigir personalmente los 
levantes de nivel, desagües, canales y plantaciones de 
los bañados inútiles que com})r(') en 1838 y que comen- 
zaba á trasformar en una grandiosa mansiiui de recreo 
que la couliscaci(ui hizo suya después de 1852 y <|ue 
hoy se llama el l^iripie ;5 de Febrero. 



(') Kl nombre del <;('nei'al Corvalán rt^iira con (listinci()n en los 
fastos militares ar^'eniinos por los servicios (¡ue prestó á sn patria 
ilcsde tierna edad hasla el fin de sus días, sin interriipeiíin ; y me- 
rece <|ne se le consajíre esta mención bio^rañca (|ue elal)oi'o cdii ios 
materiales que me ha suministrailo su lamilla. Don .Manuel Ke>;«í 
("orval.in iiaci(> en la ciudad de Mendoza el '28 de mayo d(í 1774. Sus 
padres, v\ cai)i(án don Dominan) Ke-ic Corvaliin y doña .Manncda 
Sotomayor, lo enviai'on muy niño al colearlo de San Carlos en Huenos 
Aires. Su natural tranquilo, álable" y reposailo. y sus excelentes 
prendas píU'sonales le atrajeron (d sincero aprecio de sus compaíu!- 
i'os ; bien (|ue bajo es(a apariencia de manscílumbrc^ <e desciibi-ia 
en sil rostr<j varonil y en el aspecto de su tisMUdUiia re>:nr|i;i 
sin alardes, (d tirnipb; del hombre tle car;icter. 

De ello d¡() j)i'm!l)as en »d colejiio, jtu es ciirsaiidn linnianidailc> sos- 



— 108 — 

Lo más úrcliiü había sido montar la administración, 
tal como él la quería: bajo el pie del más severo control 
y d la rigidez más escrupulosa. En 1844 la administra- 
ción marchaba de suyo, si bien se luchaba con el déficit 
de administraciones anteriores y con la escasez de re- 



tuvo con ventajas conclusiones públicas contrarias á las (jue predo- 
minaban en las aulas; y ñié tanta la acritud y violencia de la 
discusión que provocaron, que el obispo intervino para cortarla, 
acallando las innovaciones en las ideas que entonces se miraban 
como obra de la tentación de los demonios. Corvalán dejó el colegio 
y se dedicó al comercio, contrayendo matrimonio en 18Ü0. Comen- 
zaba á gozar de una holgada posición cuando ocurrió la invasión 
de los ingleses, y se alistó en el regimiento de arribeños en 1800. 
Ascendido á subteniente se encontró el 2 de julio de 1807 en la ba- 
talla de los Corrales de Miserere bajo las órdenes del general 
Liniers, contra las tropas inglesas mandadas por el general White- 
locke. Casi toda la compañía de Corvalán quedó íuera de combate, 
y él se retiró salvando Ja bandera de su batallón en ese día y en 
ios sucesivos hasta el 7, en que remontó su compañía uniformándola 
con sus recursos propios y los de sus amigos. Á principios de 1810, 
siendo ya capitán, fué comisionado por los patriotas revolucionarios 
de Buenos Aires para que hiciese estallar el movimiento en Mendoza; 
pero al llegar á este punto lo alcanzó el capitán Juan K. }kIorón 
con las comunicaciones (|ue daban cuenta de haberse verificado 
dicho movimiento. 

Kl primer gobierno patrio establecido en .Mendoza lo nom])ró á 
Corvalán comandante general de la frontera y en jefe de los fuertes 
San Carlos y San Rafael; y el 24 de mayo de 1811 la junta gubernativa 
de las Provincias Unidas le expidió los despachos de teniente coronel. 
En es' cargo lo sorprendió la reacción de algunos hombres del go- 
bierno de Mendoza de acuerdo con la covsp ir ación de . Izaga. En 
junio de 1812 Corvalán, con instrucciones de la Junta Gubernativa de 
Buenos Aires, reunió la fuerza que comandaba y ayudó á los patriotas 
;> derrocar las autoridades reaccionarias. Por (n-den de la misma 
.lunTa alistó 200 hombres (|ue él mismo condujo á Buenos Aires y que 
sirvieron de plantel al famoso vq^uw'kíwU) Granaderos á caballo ([ue 
comandó San ;Martin. En seguida el Gobierno Superior Provisional 
( Passo, Rodríguez Peña y Álvarez Jonte ) lo nombró por decreto de 24 
de noviembre de 1812 comandante en jefe de la frontera de Buenos 
Aires; y desempeñó este cargo hasta que el Supremo Director Po- 
sadas lo nombró (6 de julio de 1814) teniente gobernador de San 
Juan, marchando á desempeñar ese cargo en compañía de San Mar- 
tín, quien acababa de recibir el nombramiento de gobernador de 
Cuyo. Pero como algunos notables le suscitaron dificultades alegan- 
do que el gobernador debía ser oriundo de San Juan, Corvalán Uanu) 
á un cabildo abierto é hizo entrega del gol)ierno dando cuenta ;l 
su superior. Apenas lo supo San Martín le propuso se fuese á su 
lado; y en 15 de marzo de 1815, le escribía: » Mi buen amigo! Va la 
orden para que V. se venga en el día; me es muy necesaria su i)er- 




fCco^TAA^e^ C<r7t,^ 



— 109 — 

cursos para satisfacer las necesidades públicas. Las 
rentas de la provincia de Buenos Aires alcanzaban á dos 
millones de pesos fuertes mensuales aproximadamente, 
siendo de advertir que el cálculo de recursos que se in- 
sertaba en el mensaje anual del Poder Ejecutivo á la 



sona para comisiones bien interesantes. ^'. es arbitro de liacer su 
niarebu con la comodidad que le i^arezca. lomándose el tiempo (jue 
crea oportuno.» San Martin lo encargó del ef|UÍpo, armamento y 
demás preparativos del ejército. En esta labor t m inteligente, como 
dificil en esas circunstancias, Corvalán invirtió patrióticamente su 
l)atrimonio; y puede decirse que cooperó en primera línea ;í 
que San Martin pasase los Andes con un ejército listo para com- 
batir. Al marcliar para Chile, San Martin invocóle las necesidades 
de la patria para que ])erinaneciese en su cargo al frente de los esta- 
b!e(rimientos de armería, maestranza, i)ar(iue y demás ramos anexos 
al de artillería; y realzaba de un modo elocuente la importancia 
decisiva de sus servicios, diciéndole en carta de 15 de octubi-e de 
ISilCJ: " Los oficiales de la lista inclusa se han encargado del conoci- 
miento de cada uno de esos ramos; pero todo se frustraría si iin 
Jefe de inteligencia, próbido y activo no se pone á su frente reuniendo 
en sí cuanto entre ellos se halla dividido. V.es el único capaz deesle 
importante cargo. Conozco que sus méritos lo hacen acreedor á 
mayores ventajas; pero es indispensable consagrar á la patria este 
sacrificio. La gloria de servirla es una misma. Tanto trabaja V. en 
su defensa forjando en Mendoza los instrumentos de ella, como lan- 
zándose al frente de sus enemigos. » Continuando empeñosamente 
en su cargo, tócale ser fiscal en la causa que se siguió á los her- 
manos don Juan José y don Luis Carrera bajo la administración del 
general Luzuriaga; hasta que marchó á (,'hile en busca de los recur- 
sos con los (|U(; fué (hn-rotado don José Miguel Carrera por don 
Albino Gutiérrez en la Punta del Médano. 

\:a revolución que derribó al general don Albino (iuiiérrez lo 
puso en el caso de trasportai'se en 182() á Buenos Aires, adonde lo 
alcanzi) el nombramiento de dij)Utado al Congreso de las Provincias 
luidas i)or su j)rovini*ia natal. Aunfjue su incorpoi-ación fué muy 
jjosterior á la famosa discusión s(d)re el régimen de gobierno, Cor- 
valán no disiiniilí) sus opiniones federales. Disuelto ese Congreso y 
colocado el coronel Dorrego á la cabeza de la reacción tiontra las 
ideas y los Injiubres por cuyos auspicios se reunió, Corvalán fué 
ascen(Íido á coronel y nombrado edecán del gobernador de Buenos 
Aires, hasta que en 1828 l'ué elegido diputado por Mendoza á la Con- 
vención Nacional (|U(! (hibía reunirse en Santa Fe. Producida la 
revolución d(d P' de diciemitrc de 1828; fusilado el gobernador Do- 
rrego j);)r orden del genei'al Lavalle, vencido éste en el hecho y mo- 
ralmente en Buenos Aires; y (devado Kozas al gobiei'no en los bra- 
zos de una opini'in robusta y compacta, Corvaliin continuó en su 
cargo (l(! edecán del gobei-nador acompañándolo cimndo al frente 
de sus l'uerzas s<> dirigi() á Ccii-dolta. La i)rovin(Ma de .Mendoza lo 
elcgi*') en :8:i2. diptilado á la Luja LiUn'al que se reunió en Saut;i 



— lio — 

legislatura, era exacto, y arreglado á la \\v\ cuenta y 
razón de las Glicinas receptoras. Con estos recursos el 
gobierno de Rozas hacía frente á la guerra por mar y 
por tierra; auxiliaba á bis i)r<»viiicias con dinero y con 
armas; j)agaba los gastos de las legaciones déla Confe- 
deración en Londres, en París, en Wásliingtou, en Río 
Janeiro. CIiíIh y Bolivia. y con igual puntualidad á todos 
los emi)leados; satisfacía todas las erogaciones exigidas 
por el servicio pi'iblico: inantcníii y i)agaba las numero- 
sas tril)us de indios amigos, (jue sujetos <-i la discijilina 



Fe y produjo el famoso Pacto federal de IS'M, punto de partida de 
la Constitución actual. Kn \S3'3 y 1834 hizo la campaña de los de- 
siertos del sur á las órdenes de Rozas, conservando el comando 
del 40 ref,ániiento de caballería. Elegido Rozas por la legislatura \ 
por el plebiscito gobernador con la suma del poder público, nom- 
l)rólo su primer edecán; y el 1° de enei-o de 18H7 le fué conferido 
el grado de general, siendo este uno de los muy pocos ascensos que 
(lió Rozas bajo su administración. Kn su empleo de edecán desem- 
])enaba funciones múltiples y de grave importancia, como que era 
el eco. la representación ó la autoridad de Rozas ante las auto- 
ridades, de los ministros extranjeros y altos funcionarios y emplea- 
dos de la administración. Era el único (pie tenia acceso inmediato 
á Rozas de día y de noche, á toda hora en que se le veía vestido de uni- 
lurme de parada, revestido de discreción y de afabilidad, como para 
conciliar la grave i'e.sponsabilidad de sus deberes con la bondad ingé- 
nita de sus sentimientos. Rozas le otorgaba su confianza sin reserva, á 
tal ])unto que hacia con él lo que no hacia con nadie; pues que 
con motivo de los pagos urgentes que había que efectuar en esos 
(has de guerra civil y de necesidades diarias, todo el dinero corres- 
j)ondiente á tal ó cual pai'tida de gastos del presupuesto, solía 
(enerlo Corvalán en su caja adjunta al despacho del gobernador. 
I'eriódicamente él rendía sus cuentas, eso sí, hasta el último cuarti- 
llo, como lo exigía Rozas. Manejando tanto dinero, á lo que se 
agregaba la ]n'ocuración (|ue tenía de varios gobiernos de provincia 
como el de Entre Ríos, Santa Fe y otros, el general jManuel Corvalán 
murió pobre el 9 de íebrei-o de 1847. Tan po])re estaba, que Rozas de 
su bolsillo propio mandóle í-ami el sargento mayor Antonino Reyes 
diez mil pesos para que atendiera á sus necesidades. El general 
Corvalán era condecorado con la cruz de la Legión de Mérito de 
Chilf!; con la medalla de Chacabuco ; con la medalla de Maipo; con 
los cordones y medalla de Lima ; con la medalla de la expedición al 
desierto en 1833. Se encuentran datos y noticias sobre su persona y 
sus servicios en La Revista de Iíuenos Aires, Recuerdos de Cuyo, 
por don Damián Hudson; en la Historia de Chile, por Harros .\rana; 
en (d Ostracismo de los Carrera, por Vicuña Mackenna ; en el Virrei- 
nato del rio de la Plata, por Quesada, etcétera. 



111 — 



militar ayudaban á guarnecer las fronteras ; hacía frente 
al servicio y amortización de los fondos públicos, con 
religiosidad tanta y con tan buen éxito, que estos fon- 
dos estaban á la par. (^) 



( ' ) Hé aquí un estado de los loiidos púljlicos hasta el año 1842. 
M;is adelante insertaré el (|ue alcanza hasta 1852. 

/Viva la Confederación Arf/entinaf 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

ESTADO general de las operaciones de fondos púlilicos desde el 1" 
(le enero de 1822, en (|ue dio principio este establecimiento 
hasta ftn de diciembre de 1842. con expresión del jiiro d('l caudal 
en el presente año : 

KoMkiS IMIUJCOS 

4 % 6 y, 

DKHK — — 

Pesos Pesos 

A creaciones hechas desde octubre 
"O de 1821, hasta marzo 28 
de 1840, según las leves rele- 
rentes \ 2 . OOü . 000 52 . 360 . 000 

2.000.000 ,52.360.000 

4 % ü % 

IIAHKK — — 

Pesos lis. Pesos Rs. 

l'or existentes destle las ])rimc- 

ras creaciones, por(|ue sus 

dueños no han concurrido ¡i 

cobrarlos 10.397 6 1/2 7 .438 1/2 

» No circulantes, porque perio 

líeciendo á corporaciones y 

obras pías, sólo están á per- 

cil)ir rentas 14Ü.U23 2 1/2 724.202 5 

.. Amortizados hasta ñn de 1S41. 004.243 6 1/2 20.103.408 5 
•■ ídem en el presente año de 

1842 i .434 1 2.701 .945 2 

<•> Cintilantes, entre particula- 
res, en la í'edia de csle Ks- 

tado 1 .237.000 7 1/4 28.823.005 7 1/2 

2.000.000 .52.360.000 



— IV> — 

Rozas quería ('inientar sobre bases sólidas el sis- 
tema de adiiiiiiistracióu (jue fundó y al que me he 
referido ya. Kn el tiempo trascurrido de su gobierno se 
había contraído con particular ahinco á sul)sanar los 
inconvenientes que acreditaba la jiráctica diaria del 

CAIDAL 

Pesos Rs. Pesos Rs. 

Á existencia eu fin de dii-iemlire 

de 1841 -718.959 7 1/2 

» Recibido de Colecturía gene- 

i-al para rentas y amortización :> . loo . 198 2 

» Fondo de rentas por las rein- 
tegradas 22.915 6 

)i Deducido por fondos Ajos para 

la amortización .533.597 5 

)) ídem por ])rodueto de rentas 

de los capitales amortizados. 1.326.4()9 O 3/4 

1.800.007 3 3/4' 

» Recibido de Tesorería general 
para gastos menores de ofi- 
cina 1 .056 



4.498.729 7 1/2 



Por rentas pagadas -j ^. ,C| i .so4 J2() ü [ ' .Sü7 .307 

'Invertido en la amortización de 

este año 1 .800.0()7 3 3/4 

Remitidos á la Colecturía general, 
producto de contribución direc- 
ta de este año 44 . 800 

Gastos menores de oflcina 1 .05() 

Existencia que pasa á ener*» 
de 1843: 

Para rentas 571.031 5 1 _., , ~-,o •> -./i 

.■ • ■ 1-..-, ,i, ,.•->/{ ( /.)4.7/,5 .i .:>/4 

)) amortización 103.141 (> .V4 ) 

4.498.729 7 1/2 



Buenos Aires, diciembre 31 de 1842. 



Juan A Zsi/i«, presidente. — Miguel de Riglos, 
vicepresidente. — Juan Bautista Peña. — 
Bonifacio Huergo. — Simón R. Mier. — 
Agustín I. de Luca, secretario contador. 



— ll:i — 

moviiniento adiniíiistrativo, introduciendo las innova- 
ciones necesarias para la mejor percepción é inversión 
de la renta pública. Así. las cuentas que anteriormente 
pasaban sin el examen del gobernador y del respectivo 
ministro, se rendían después á la contaduría por los 
individuos que administraban dineros públicos. Con el 
informe de la contaduría se elevaban al gobernador. La 
resolución de éste se publicaba en los diarios. Por lo 
demás, el gobernador llenaba su res})onsabilidad presen- 
tando anualmente á la legislatura todas esas cuentas 
detalladas y documentadas. Los pagos por tesorería se 
hacían á la sola vista de la firma del ministro de 
hacienda. Rozas estableció que el tesorero no podía 
pagar sino á la vista de la firma del gobernador y del 
ministro de hacienda, de una nota trasversal del oficial 
mayor del ministerio de hacienda en los documentos, si 
la orden los tenía, ó en la orden misma, expresando 
haber sido mandada pagar. Había varias oficinas de 
recaudación y de pagos. Rozas estableci(') una sola co- 
lecturía y una sola tesorería. Los pagos de la lista civil 
y militar, se verificaban en tabla y dinero en mano 
propia. Los habilitados rendían ;i la contaduría sus 
cuentas respectivas diez días después de haber recibido 
el dinero de tesorería. La contaduría examina])a estas 
cuentas, informaba al poder ejecutivo, éste decretaba al 
pie de ellas y todo ello se publicaba en los diarios. Con 
el objeto de evitar que el Estado comprase los artículos 
necesarios á un ))recio más subido que el corrienfe de 
I»laza. líozas inand('> formar un estado general de los 
jjrecios corrientes, por los corredores de número, el cual 
se publicaba en los diarios. Así el gobierno de Rozas 
daba ])ositivas garantías del íiel manejo de los dineros 
públicos; tan [tositivas. (jue después de ser derrocado. 
cuajido el gobierno provincial de liiienos Aires lo sonie- 



— lli — 

tió á juicio, no le hizo cargo sino por poco más de 
doscientos mil patacones en diez y siete años de su 
gobierno; siendo de advertir que esta suma })rovenía 
de los pagos hechos á la división de Palermo, como 
consta de los recibos y comprobantes que existen 
en Londres. Había un punto negro en la adminis- 
tración de Rozas. No se servía el empréstito inghís 
contraído por Rivadavia en 1824. (') Verdad es (jue 
ninguna administración anterior lo había servido tam- 
poco. Pero esto apenas podía pasar como pretexto de 
mal pagador. Verdad es también que de parte de los 
banqueros ingleses se había insinuado la idea de saldar 
esadeuda mediante la renuncia que hiciese Buenos Aires 
de sus derechos á Malvinas, y que sin arribarse á nada 
serio se pasó en esa negociación la época más añigente 
para la República Argentina, bloqueada por el extranjero 
y sosteniendo dos guerras á la vez. 

Á fines de 1843. Rozas le declaró al representante de 
los banqueros Baring Brothers y C^. que el gobierno se 
preocupaba de la necesidad de servir el empréstito, cos- 
tase lo que costase; y que si él encontraba una forma 
que concillase los intereses de sus comitentes y diese 
alguna facilidad al tesoro, estaba dispuesto á aceptarla. El 
señor Francisco de P. Falconnet le declaró á su vez que 
aceptaría en cuenta del pago de la deuda mensualida- 
des de cinco mil pesos fuertes, y hasta tanto se arreglase 
definitivamente laforma del pago. «Como una nueva prueba 
de mi confianza en la administración, decía en su nota 
el señor Falconnet, me contentaré con dejar estas asig- 
naciones en la caja de depósitos, ó en la casa de moneda, 
bajo la responsabilidad del gobierno, á favor de los tene- 



(') Este empréstito fué por cinco millones de duros y se lan- 
zó al 70 'Y,. 



— lir, — 

dores de acciones del empréstito, hasta que se esté de 
acuerdo sobre los arreglos definitivos que hayan de 
tomarse para atender á los intereses devengados, para 
cuyo pago se encontraría así ya una i)arte preparada.» 
Rozas aceptó la proposición sin la cláusula del depósi- 
to; y, previa la aprobación del arreglo y autorización 
para el gasto que dio la legislatura, ordenó le fuese 
pagada al señor Fiüconnet la suma de cinco mil pesos 
fuertes mensuales que dicho señor empezó ;i })ercil)ir 
desde el P. de mayo de 1844. (') 

En presencia de las graves dificultades de orden polí- 
tico que conspiraban directamente contra la hacienda 
pública, y de los esfuerzos de todo género que hacía la 
administración ])ara economizar, por decirlo así, sobre 
esas mismas dificultades, sin gravar al pueblo con nue- 
vos impuestos; sin emprestar en el exterior, menester es 
convenir en (|ue Rozas afrontando serenamente esta si- 
tuación, evitando que el país cayese en la más espantosa 
bancarrota, y acallando las desconfianzas con la propia 
evidencia de los hechos que él encaminaba contra todo 
el torrente de la coalición (jue trabajaba i)or despedazarlo, 
se mostró en esto muy superior á sus enemigos. 

Las prosperidades como los desastres de la hacienda 
pública son relativos; y su alcance ó intensidad resul- 
tan de la comparación de las diferentes épocas de un 
país dado. Tal es el principio de la estadística, la única 
ciencia (jue revela el verdadero grado de prosi)eridad de 
las naciones en los tiempos que hemos alcanzado. Y 
bien, la pol)lación de la provincia de Buenos Aires ape- 
nas alcanzaba en 1844 á 140.000 almas, y el impuesto, 
sobre ser muy l¡l)eral, gravaba á cada liabitante en una 



(' I \(';isc' JJiariü de sesiones, lomo xx\, \y.'\'/. S7 y si^iiieiiliis. 



— IK) — 

parte tan infinitamente pequeña, qui' no admite eumpa- 
racion con la que lo «^a'ava hoy. Baste recordar que 
las rentas anuales, impuestos inclusive, apenas alcan- 
zaban á dos millones de pesos fuertes, siendo poco más 
de la cuarta parte de esta suma proveniente de los 
derechos de aduana. Rozas, al bajar del mando, no dejó 
deuda de importancia, como se verá al lin de este libro; 
y sin embargo desde 1852 hasta 1890 en que escribo, 
la deuda pública ha ido ascendiendo hasta próximamen- 
te seiscientos millones de pesos fuertes! Las rentas 
de aduana suben alrededor de 36 millones de fuertes; y 
ni éstas ni las demás rentas de la Nación bastan para 
llenar los presupuestos y ahorrar la vergüenza de un 
déficit de muchos millones, el cual tiene su origen en 
gobiernos anteriores al actual y ha aumentado última- 
mente á favor del despilfarro inconsiderado y de la des- 
moralización administrativa. 

Y adviértase que el estado de la Provincia no era en 
el año de 1844 de los más calamitosos. Las pocas in- 
dustrias co]i que se contaba, se desenvolvían sin otras 
trabas que las consiguientes á la época de represión y 
de guerra. Los campos estaban inmejorables según los 
informes recogidos por la Sociedad Rural, ([xm^whlicíihsL.n 
los diarios. La agricultura comenzaba á atacar grandes 
zonas próximas á la capital, que era el único punto 
que había adonde trasportar los frutos; el único que ha 
habido hasta 1862 cuando los primeros ferrocarriles y 
la habilitación de puertos facilitaron la dilatación de 
esta industria. La ganadería y sus productos daban 
pingües rendimientos. El mo\imiento marítimo había 
sido mayor que el de los años anteriores, puesto que 
hasta el 31 de diciembre entraron en Buenos Aires 8.000 
individuos, y entraron en el puerto y salieron de él 
1.200 buques. Rozas concurrió á aumentar este movi- 



— 117 — 

miento, pues jiennitií't á los buques de la carrera del 
cabotaje argentino que saliesen con dirección á los puer- 
tos del Paraguay llevando cargas y trayéndolas. con la 
condición de no tocar en Corrientes mientras esta pro- 
vincia estuviese en guerra con Buenos Aires y aliada 
del Estado Oriental ( ' ); como asimismo que traspor- 
tasen libremente las liarinas. maíz y trigo entre los 
mismos ])uertos bajo la misma condición. «Con dichas 
medidas, le escribía el capitán del puerto don Pedrít 
Ximeno al coronel Lagos, ha reportado esta capital un 
vasto comercio y entradas al tesoro incalculables; que le 
proporcionarán á nuestro superior gobierno recursos 
para marchar, pagar todo lo ([ue se adeude, y aun em- 
prender algunas obras para heruíosear nuestra ([uerida 
patria, pues ya estamos con el empedrado de las calles 
y muy pronto se harán otras.» ( - ) 

Esto último era exacto. Muchas de las mejoras ma- 
teriales de Buenos Aires, que subsisten todavía (> ({ue 
han sufrido hi acci('»n del [)ico del progreso moderno, se 
iniciaron y se realizaron en el afio de 1844. Se diría 
que Rozas quería aprovechar la tregua ([ue le daba la 
tremenda borrasca que se le venía encima para dejar 
impreso el sello de su actividad enipi-endedora dentro 
los muros de la ciudad histórica. Ni el ciimulo de 
atenciones que atendía personalmente; ni los graves 
asuntos de política exterior cuya direcci(')n asumía, tras- 
mitiéndole la nota culminante y decisiva al discreto don 
Felipe Arana; ni las miiltiples relaciones interprovincia- 
les ((ue manejaba con habilidad, h» abajaron de este su 



(') Kl ííohpi-naflor (loCdi'i'iciiIcs. don .Ioíhiuíh .M;i(l;u'ia,u;i, declaro 
poco df's])U(''s l)tn'iia presa t tdos los bn(|ucs con palxdUní de líuenos 
Aires y pi-ovincias del litoral íiue cruzaren las a-iuas del Paraná y 
T.ruguay. (Decreto fie 4 de octiibre del.S44.) 

(-) Mannsci'ito original en mi ai-fdiivo. (Véase el apéndice.) 



— 1 IS — 

propósito. Y entonces ahí del coronel Arenales (hijo del 
mariscal), jefe del dei)ai"tamento topográlico; de don Feli- 
pe Senillosa, y de cuanto facultativo pudiera suministrarle, 
el plan más adaptable, y el medio más económico posible 
¡tara que se ejecutase la obra ó la mejora proyectada. 
VA coronel Arenales (|ue en mensuras, estudios, escur- 
siones, idas y venidas, liabía llegado á una escala incon- 
mensurable, en la cual alcanzarlo podía solamente el 
infatigable general Corvalán, no pudo menos que decirle 
con ruda franqueza á Rozas que las tareas de su empleo 
no se compensaban con el corto sueldo que devengaba; y 
que después de haber servido largos años á su país, se 
veía pobre y su familia expuesta al hambre si él le 
faltaba. 

— Cómo, coronel? — preguntóle Rozas, que conocía la 
acrisolada honradez del anciano y cjue por esto lo había 
conservado en su empleo, á pesar de sus notorias opinio- 
nes unitarias, y lo mismo que conservó al padre del ge- 
ral Lavalle y á otros directores de reparticiones, — ¿có- 
mo, tan pobre se encuentra Vd? 

— Sí, Excmo. señor, — repuso Arenales, que aunque sor- 
do, oyó con sorpresa y muy distintamente, porque Ro- 
zas le hablaba á gritos. 

— Pues bien: vaya Vd. y pregúntele de mi parte al 
señor capitán del puerto cómo es que tiene casas y te- 
rrenos gozando del mismo sueldo de que goza Vd. 

Arenales, que era soldado ante todo, y de buena ra- 
za, cumplió la orden, y la cumplió á gritos, á fuer de 
sordo. El capitán del puerto respondióle que el fruto 
de antiguas economías habíalo prestado á interés, adqui- 
riendo algunos bienes que con el tiempo habían aumen- 
tado de valor. 

Rozas emprendió casi simultáneamente varias obras 
en la ciudad v alrededores. Mientras se delineaban las 



— 11!» — 

nuevas calles en los extremos sur y oeste de la ciudad 
ó sea Barracas y la plaza hoy Once de Septienibre, se 
construía el puente sobre el río de Barracas; el puente 
de Maldonado; se hacía defensas en los terrenos adya- 
centes á la Boca del Riachuelo; se mejoraba y se pro- 
longaba los caminos de Flores, Morón y San Fernando, 
y se ensanchaba el canal de este último punto; se des- 
montaban convenientemente las barrancas que descen- 
dían á la ribera del lado del sur, este y nordeste; y se 
empedraba todo el ])erímetro más central de hi ciudad. 
Pero una de las obras más importantes para esa época, 
fué la de la Alameda. Toda la parte del bajo de la 
ciudad comprendido entre la fortaleza (hoy Aduana) y 
el Retiro, estaba en bis mismas condiciones en (|ue se 
conservaba la parte comprendida entre la misma Adua- 
na y la Boca, hasta que las obras del i)uerto cambiaron 
la Jisonomía de esos parajes. Fra un lodazal conu) 
para avergonzar ;i una ciudad. Las anuas del río subían 
hasta la calle 25 de Mayo, y al mezclarse con las aguas 
pluviales que buscaban su descenso rápido, fornial)an en 
toda esa extensión enormes olas que levantaban cuantos 
desechos é inmundicias habían arrastrado. Fl ambiente 
(|Ut'd;ili;t inliciouado. iiu])().s¡l)¡Iitad(» el trjilico y csti'echa- 
d<». cada vez m;ís, el espacio entre las toscas del río y 
dilicios á lo largo de la calle 9 de Julio. Fn oc- 
tuliri' del año anterior (1843) las aguas se elcvaríui á 
iiuis de cuatro varas sol)r(' el nivel de las toscas (jue 
estaban en línea con los puntos más salientes de la 
Fortaleza. Rozas someti(') á la legislatura el proyecto, 
estinlios y planos de una alameda, sobre labasede la cons- 
t ruccií'iii de una uiui'alla s(')li(la (pie detuviese las aguas. 
Iirnuiticsc conNf'iiieiitrjut'iite la salida de las aguas plu- 
viales, proporcionase comodidad al euiliai'co y desem- 
barco, levaiitan(b) todo el terreno á lo larg(j de a(iuélla. 



— V20 — 

Y construveiido cu esta plaiiicic un jardín y paseo 
público. 

Don Felipe Seuillosa. que fué el autor de los planos, 
decía eu el informe con que los acompañó: « La alame- 
da principia desde la plaza 25 de Mayo, aunque el pa- 
seo verdaderamente dicho. s()lo se extiende por ahora 
desde la barranca cerca de la Fortaleza hasta la ])rolon- 
gación de la calle de Corrientes. El muro y terraplén 
avanzan hacia el río hasta ponerle en línea con los 
puntos más avanzados de la Fortaleza. De este modo 
el espacio total sería de cerca de cuatro cuadras de lon- 
gitud y setenta y cuatro varas de ancho. De éstas, las 
veinte coiitiguas á los edificios quedarían [)ara calle pú- 
blica y el resto hasta la muralla sería paseo cruzado 
por cinco caminos... » 

El presupuesto de todas estas obras que detallaba el 
señor Senillosa, ascendía á dos millones de pesos 
papel moneda. Al solicitar la autorizaci(jn correspon- 
diente para emprenderlas, Rozas manifestaba que dada 
la dificultad de hacerlo con las rentas ordinarias ó con 
las sumas provenientes de algún impuesto extraordina- 
rio, se podía trabajarlas gradualmente hasta que las cir- 
cunstancias i)ermitiesen algunos recursos para terminar- 
las. Conferida esta autorización, Rozas se puso manos 
á la obra. Los hornos de Santos Lugares proveyeron 
el material necesario para la muralla. Los escombros 
de los edificios en construcción y tierra trasportada de 
los alrededores altos de la ciudad cayeron bajo la pala 
y el pico de varias cuadrillas organizadas con peones 
del servicio de la policía y de la capitanía del puerto 
y con los condenados á trabajos públicos. La alameda 
quedó terminada dos años después, habiéndose inverti- 
do en ella poco más de la mitad de lo presupuestado^ 
merced á la economía que se realizó en el salario de 



— 121 — 

brazos y en la compra de materiales que el gobierno 
-se proporcionó. 

Lo })articnlar era que al ver al gobierno empeñado 
en tan varias obras de utilidad pública, todos coníiaban 
en que Rozas conjuraría los grandes peligros de la coa- 
lición extranjera. El comercio y las industrias y basta 
las ciencias menos atacadas en el país, se desenvolvían 
en condiciones tan ventajosas como no se babía obser- 
vado en los iiltimos años. El comercio de importación, 
sobre todo, aumentaba considerablemente al favor de li- 
berales tarifas aduaneras. Varios extranjeros asociados 
á capitalistas del ])aís formaban compañías para explo- 
tar con la ganadería las fértiles campañas. En los ba- 
rrios apartados de Buenos Aires se levantaban fáln-icas 
y usinas donde se elaboraban las materias primas, ata- 
cándose francamente industrias que liasta entonces no se 
habían contado como fuerzas de la producción. 

Las ciencias naturales encontraban grandes temas de 
investigac¡(')n y de estudio, merced á los sabios esfuer- 
zos del paleontíUogo argentino doctor Francisco Javier 
Muñíz, quien encontraba en los bajíos de Lujan, entre 
otros fósiles, el Megatlirrium y el Gliptodontc de las Pam- 
pas de Buenos Aires. Acomj)añados de un Inmimtso in- 
forme en el que bacía constar sus oi)iniones respecto de 
la familia y jx'culiaridades de esos animabas, en raz(Ui 
de la reconstrui'ciiMí ({ue de ellas liicicra y de las pro- 
pias observaciones que le sugirió este trabajo cieiitílico, 
el doctor Muñíz remiti<)le á Bozas esos huesos en vein- 
ticuatro grandes cajones. Bozas le regab'» al almirante 
Lepredoiir los luiesos corres|)ond ¡(Miles al Meí/nthcriuní, 
y poco despu('s el sabio Cuvier encantado del liallazgo, 
declaraba en conceptos honrosos ]iara el p;iís y ]»ara el 
doctor Muñíz. qiu' difícilmente podía enconti-arse un 
ejemplar nn'is completo. 



— r>2 — 

Simultáiieaiiieiite {-on estas ijivestigaciones, el doctor 
Miiñíz venía liaciinidolas solare la eriipci<)n variólica en 
la vaca. No liacía mucho que Muñíz había tenido la 
suerte de encontrar la vacuna en una vaca de la ha- 
cienda de Muñoz, en Lujan. Muñíz aplicó el humor ge- 
nuino á más de cuarenta personas, y todas estas pús- 
tulas demostraron sus peculiaridades naturales en todos 
los vacunados. Tanto de la extracción como de la apli- 
cación del cow-pox se labró actas solemnes ante las auto- 
ridades y vecinos de Lujan y Exaltación de la Cruz. 
Una vez hecho esto, Muñíz se dirigió al médico direc- 
tor de la Real Sociedad Jenneriana (Institución de va- 
cuna) de Londres, Mr. John Epps, en un informe con- 
cienzudo y lleno de novedad. Sentaba que la erupción 
variólica no provenía necesariamente del contagio, y se 
fundaba en sus propias observaciones y en los hechos 
que estudiaba detalladamente y á la luz de la ciencia. 

Partiendo de que el cow-pox no era ya exclusivo de 
las vacas de Glocester, pues que se había encontrado en 
algún punto de América, si bien no se había compro- 
bado notoria y solemnemente como lo comprobaba él 
respecto de la vaca de Buenos Aires, el doctor Muñíz 
decía: «... podemos asegurar contra la opinión del hom- 
bre digno del respeto universal, que descubrió la erup- 
ción variólica en la vaca, que ella no es necesaria y pre- 
cisamente provenida del liumor vertido de la ranilla [caux 
aux Jambes de los franceses, arestín de los españoles. 
mal del raso y aun afjuajas entre nosotros). Si el row- 
pox, ó la viruela en la vaca, no se desarrolla sino por 
el contacto de las manos de aquellos que las llevan, al 
ordeñar, impregnadas del humor ó serosidad producida 
por aquella enfermedad equina (siendo intrasmisible la 
erupción variólica mediante los eíluvios ó emanaciones 
de vaca á vaca), resultaría que el rofv-pox-^eviii extraño 



— 123 — 

á esta provincia, quizá á toda la América. En nuestro 
])aís y en el resto del mediodía de América el ordena- 
miento de las vacas está exclusivamente confiado á las 
mujeres, quienes como es sabido, jamás tocan á los ca- 
ballos en presa á la afección indicada. . . Por otra par- 
te, en cinco casos de observación sobre el cow~pox\ en 
ninguno se ha ni sospechado el contagio por aquella 
causa. Para remover todo escrúpulo se escudriñó atenta- 
mente el estado de los caballos pertenecientes á la lechería. 
Se hizo más: se exploró el ganado yeguarizo de los alrede- 
dores, para no sentir ni la remota aprensión de un contacto 
fortuito ó singular, y nada se i)udo descubrir de semejante 
y mucho menos la dolencia caux aux jamben. . . » La Real 
Sociedad Jenneriana respondió á este informe en concep- 
tos altamente honoríficos para el doctor Muñíz. y enalte- 
ciendo el servicio que prestaba á su país. 

Poco después, el doctor Muñíz colocó bajo los auspi- 
cios de Rozas una notable Descripción y curacinn de la 
fiebre escarlatina que cundía en Buenos Aires y que se 
desarrolló epidémicamente en los años de 1836 y 1837; 
y le i)rometía dedicarle unos Apantes para la historia 
(jenlógica de la provincia de Buenos Aires. (') Y casi al 
mismo tiempo, don Pedro de Angelis enriquecía la arqueo- 
logía y la historia con trabajos de paciente investiga- 
ción que son al presente singularmente apreciados: don 
Marcos Sastre le dedici'i á Rozas su Camuatí: don Vicen- 
te López, autor del ////?í;¿o yV«í7W¿«/. le dedicaba al mismo 
Rozas sus Noticias ¡istroníunicas sobre los cometas; y 
este movimiento de las fuerzas científicas y económicas 
del i)aís inspiraba notas quizá demasiado altas á las 
liras de Medrano. Irigoyen y Solano, pues ([ue después 
de Varehí y Kcjieverría no liabía más ])oetas que (lUtii'- 

( ' ) Véase Za Gaceta Mercantil del 13 de marzo de 1844 v sifruientes. 



— 1-24 — 

ri'ez. Mármol y aun Rivera Inflarte, (jiiieiies fiilm i liaban 
rajos desde el extranjero. 

Á Rozas ocurrióle darla nota discordante, bajo la forma 
de un decreto en el que considerando la disciplina de la 
Igtesia católica; los gastos exorbitantes y sacrificios pecu- 
niarios que se ocasionaba á las familias y la facilidad de 
remediar este gran inconveniente, reduciendo el luto á un 
signo decoroso y sencillo sin perjuicio á la voluntad de las 
personas y á los colores negros, establecía que el signo del 
luto en los hombres sería un lazo de gasilla ó crespón en el 
brazo izquierdo, y en las mujeres una pulsera negra en el 
mismo brazo; dejando por lo demás libertad para llevar 
vestidos y mantos ó velos negros por libre arbitrio, razón 
de oficio ó dignidad pública. (^) Este decreto no se funda- 
ba ni siquiera en ios motivos que explicaban el uso de la 
divisa punzó (como los unitarios la usaban celeste), en 
una época de reacción y de represión simultáneas, cuan- 
<lo era menester reconocerse entre sí y estrechar las filas 
contra el enemigo político intransigente. Quizá se creería 
que los unitarios que había en Buenos Aires vestían luto 
para eludir el uso de la divisa, y que Rozas abolió el rigor 
de esa moda para obligarlos á que usasen ese distintivo. 
Pero el hecho es que, con luto ó sin él bien pocos eran los 
que no llevaban divisa. Era éste un atavío del vestido, san- 
cionado por la costumbre y por los hechos consumados. 
La gran mayoría lo llevaba en todas las provincias de la 
República como signo de la idea federal que sostenía: los 
demás lo llevaban para acomodarse con la situación política 
que predominaba. Rozas hizo, pues, imítilmente acto de dic- 
ta-dor. Como esos emperadores romanos que llegaron á fijar 
el color de los vestidos (') á dictar leyes suntuarias, cuyos 
fundamentos inspiraban á Juan Bautista Say páginas 

( ' ) Véase La Gaceta Mercantil del 20 de mayo de 1844. . 



— IQo — 

llenas de colorido en nuestros tiempos; ó como esos 
legisladores que en los comienzos de la revolución de 
1810 pretendían que el Estado ó, más propiamente, el 
gobierno, fuese un tutor del individuo en sus relaciones 
de tal. Rozas hacía un vano alarde de autoridad fijando 
reglas para que las familias pudiesen ostentar su dolor. 
y dándoles al mismo tiempo el medio de eludirlas. Ri- 
vera Indarte. que había agotado sus argumentos para 
elaborar sus dramas de horrores, encontró más de lo 
que necesitaba en el decreto sobre el luto; y bajo el 
rubro de nuevo é inaudito golpe de tiranía, empezó á 
fustigar á Rozas, disertando sobre las costumbres dife- 
rentes de las naciones, y haciendo el acopio de todos 
los colores consagrados al luto que contenía el Diccio- 
nario de la conversación, como le decía Marino en Ij:í 
Gaceta, Mercantil. 

Mucho mejor fundado, aunque igualmente mal reci- 
bido por el pueblo, fué el decreto relativo al Carnaval. 
Este decreto es rivadaviano. Comenzaba declarando que 
á la autoridad pública correspondía poner prudentemen 
te término á las costumbres opuestas ala cultura social 
y al interés del Estado; y que el gobierno había prepa- 
rado este resultado por medidas restrictivas respecto de 
la costumbre del Carnaval. Y considerando inconve- 
niente esta costumbre á los habitantes de un pueblo 
laborioso é ilustrado; gravosa para el tesoro del Estado; 
perjudicial para los trabajos públicos, para la industria, 
las artes, la agricultura y la siega de los trigos; contra- 
ria á la higiene pública por el deterioro de los edificios 
y las enfermedades resultantes de ese pasatiempo; y 
opuesta á la moral de las familias por el extravío de sus 
hijos, dependientes y domésticos, el gobierno declaraba 
abolido y prohibido [)ara siempre el juego del Carnaval. 

Esta tranquilidad y esta calma aparentes en Buenos 



— V2{} — 

Aires, coiitrastabíui con la actividad qu(3 desplegahaii los 
coaligados en Montevideo y fuera de Montevideo. Nada 
se trasuntaba de los trabajos de la cancillería argentina. 
Don Felipe Arana estaba envuelto más que nunca en su 
impenetrable discreción; y la prensa no decía una sola 
palabra al respecto. El único movimiento militar que 
se había notado era el de una división de 1.000 hombres 
de lastres armas, que al mando del coronel Hilario La- 
gos se dirigió á engrosar el ejército de reserva que 
comandaba el general Garzón en Entre Ríos, y que abrió 
en breve operaciones contra el gobernador Madariaga de 
Corrientes. En Montevideo era otro el aspecto de las 
cosas, á juzgar por la prensa y por las seguridades que 
se daban los emigrados unitarios y los hombres del 
gobierno. Se contaba como un hecho la intervención 
anglo-francesa-brasilera, trabajada por Abrantes y por 
Várela, respectivamente, lo cual no obstaba á que Rivera 
trabajase de su cuenta á los caudillos de los republica- 
nos brasileros para que entrasen en liga con él y con 
Corrientes. Se contaba también con que el general Paz 
haría entrar en esa liga al Paraguay, tomando él el 
mando de todas estas fuerzas. Para mayor abunda- 
miento el coronel Paunero, agente del gobierno oriental 
ante el de Bolivia, le escribía al general Paz en 13 de 
marzo de 1844. que el presidente Ballivián le había ma- 
nifestado sus deseos de ayudar á los unitarios, y que 
lanzaría oportunamente la revolución en las provincias 
del norte. Análogas disposiciones respecto de Chile. 
dejaba esperar el general Las Heras; bien que renun- 
ciaba el cargo de agente del mismo gobierno oriental 
que le ofrecía el ministro Vásquez. y proponía en su 
lugar á los doctores Barros Pazos ú Ocampo. (') Rozas 

( ') Manuscritos originales en mi ai-cliivo. 



— 127 — 

lio le daba á estu por el iiiouieiito uiayor iiiiportaiieia 
que la que le asignasen los hechos para los cuales 
estaba más ó menos preparado, así por los anteceden- 
tes de la coalición como por las informaciones de sus 
ministros Moreno, Sarratea y Guido. En cuanto á las 
ya visibles muestras de hostilidad del Paraguay^ él las 
dejaba pasar, firme en su resoluci(')ii de no reconocer 
independiente á esta provincia argentina. A la conduc- 
ta del gobierno de Bolivia le respondía con su carta de 
12 de enero de 1842 en que desaprueba enérgicamente 
la |)roposición de Oribe de marchar con su ejército ven- 
cedor y poderoso á reconquistar á Tarija ( \); y al de 
Chile con su carta al general Vela/co después de la bata- 
lla de Yungay. (- 1 

Esta actividad tcmn') cuer])0 ])or el lado del litoral, 
con motivo de la presencia del general Pa/. Contraria- 
do por los últimos hechos de armas sobre Montevideo 
á que me he referido en el capítulo anterior, Pa/ apro- 
vechó el i)rimer momento ])ropicio para dejar esa plaza 
cuya defensa organizó y dirigió desde febrero de 184;>. 
De acuerdo con algunos amigos de Corrientes, y con el 
general Juan Pablo López, de Santa Fe, y prometién- 
dose atraer al Paraguay, salió de Montevideo el 4 de 
julio de 1844 en un buque de guerra brasilero, y acompa- 
ñado de algunos jefes y oficiales con destino á Río 
Orande })ara pasar en seguida;! Corrientes. ( 'V) El go- 



( ' ) Se pul)lifó cu La Gaceta Mercantil del 27 de marzo de 1843. 

( 2) Véase La Gaceta Mercantil del 25 de septiembre de 1844. 

(^) El },'ol)iei'no y autoridades brasileras prestaron toda clase de 
auxilios al ^roneral Paz sabiendo, como lo sabían, que se dirigía ;i, 
tomar mando de luerzas en Corricnt(!s y (|uel)i'antando por consi- 
guiente la neutralidad. Asi, el ministro \iis(|uez le escribía á Rive- 
ra en 20 de septirml)re de 1844: «dll general Paz ha sido conducido 
de Santa (^atalina ¡i Rio (Irande y de aiiui ;l Porto Alegre eii bu(|ue 
de guerra bi-asilero: veremos si aguanta Rozas (>ste pujo en silen- 
cio.» VÁ ministro argentino i-eclanK). pero cu vano. \'éase La Gaceta 
Mercantil de 12 dc.junindc 1,S4."). 



— lr¿8 — 

"bierno oriental Jo nombró su plenipotenciario ante el 
gobierno del Paraguay, y por este medio y su propia 
influencia y algunos recursos que se proporcionó, pen- 
saba centralizar la revolución en el litoral y llevar 
oportunamente sus armas sobre Buenos Aires. Pero con- 
tra sus designios militaban las mismas intluencias que 
los habían hecho fracasar anteriormente. Rivera montó 
en cólera cuando supo que Paz volvía á Corrientes y 
que le disputaría todo lo que él se había habituado á 
considerar como suyo; y cuando imaginó, no sin razón, 
que obtendría del Paraguay lo que él no pudo obtener 
cuando los sucesos que él mismo provocó lo convirtieron 
en arbitro de casi todos los recursos del litoral argentino. 

El tiempo que debió demorar Paz en su tránsito del 
Brasil á Corrientes, hubo de serle fatal, á consecuencia 
de haberse traducido esa cólera en hechos indignos. De 
esto hay sospechas vehementes. En la Sierra daíi Aspe- 
resas^ por donde pasaría Paz, había apostada una parti- 
da para asesinarlo. Paz dice en sus Memorias que así 
se lo comunicó reservadamente el coronel Sáens, agregán- 
dole que no se fiase de f arrapos, ni no f arrapos^ con lo 
que le daba á entender que fueran (> no fuesen brasile- 
ros. «Meses después, agrega Paz, se me presentó en 
Corrientes un vecino del Estado Oriental, sujeto á quien 
tengo por verídico y formal, y me aseguró que el gene- 
ral Rivera había comisionado á dos oficiales farrapos, 
llamados el uno Pinto y el otro Ferreirinha, para que 
me buscasen en el camino; y preguntándole yo con qué 
objeto, me contestó francamente que con el fin de hacer 
otro Barranca-Yaco] que esto lo sabía por un tal Baillo, 
escribiente de confianza de Rivera. (') 

La nueva posición de Paz no tenía nada de hala- 

(') Véase Memorias postumas, tomo iv, pág. 147. 



— 1-J!) — 

f'ütíña: ñue el ¡joLierntj de Corrientes le asij^uíj un r<»l 
secundario conio si las capacidades de ese virtuoso sol- 
dado sólo se apreciasen en medio de las situaciones 
desesperadas, que era cuando recién venían á él para que 
las conjurase, como ya las había conjurado en Montevi- 
deo y en Corrientes. El general Joaquín ^'tladariapi. 
goljernador de Corrientes, invadiíj con 5.00U hombres la 
ju'ovincia vecina de Entre Ríos, donde Urquiza había 
dejado al general (xarzém organizand(.) el ejército de re- 
serva como he dicho más arriba. Garz(jn. militar de 
escuela y (^xi)erto. no podía pensar en atacar á Madaria- 
ga, pero lo asechaba, como dice Paz. Cuando tuvo 
1.300 hombres bien organizados y montados, abri(') re- 
sueltamente operaciones. Maniobrando con habilidad, 
tuvo á Madariaga en perpetuo movimiento, hasta que 
en las puntas del Arroyo Grande choc(') con la vanguar- 
dia correntina al mando del coronel Juan Madariaga. 
La victoria qued('t por Garz('>n. quien avanzé» entonces 
rápidamente s(jbre el grueso del ejército correntino. el 
cual repas(') el Mocoretá cometiendo antes crueles exce- 
sos en el Salto Oriental ( ' ) y sin obtener nuis resulta- 
dos qin' algunos arreos de ganados y la muerte del 
gobernador delegado don Ci]i)riano de Cr(|uiza (jue se la 
atribuían los enemigos. 

En estas circunstainúas difíciles, los generales don 
Joaquín y don Juan Madariaga se i)ropusieron conliarle 
á Paz la dirección de la guerra en el litoral. Á este 
(d)jeto la legislatura de Corrientes, por ley de 13 de 
enero de 1.S45. nonibríj á Paz general en jefe del ejército 
aliado pad fie ador, \ le dio [loderes para celebrar alianzas. 

( ') Véase lo <|no dice al i-cs])ecto el <i(!n(!i'al Paz. Memorins. tomo 
IV, páíí. 170. (^'éase parte del general (iarzciii ai goheriiadoi- de 
I-'.nlre Uios y dociniientos relativos ¡I los hechos ¡¡erix'trados en ei S;ii- 
10, pnl)licailos en La Gaceta Mercantil del lóde julio de 1844.) 

TOMO IV. !1 



— l;i(i — 

Paz iiegoci(') con el J^ara,miay una. alianza (jiif ya había 
sido insinuada por el presidente López, enemigo natu- 
ral del gobierno de Rozas, el cual se negaba á reconocer 
la independencia de esa antigua provincia argentina. E\ 
caso es que López })ropoiiía la alianza en términos ven- 
tajosos para los que estaban empeñados en la guerra 
contra el gobierno de Buenos Aires. «siemi»i-o que Co- 
rrientes se constituyese como el Paraguay en Estado 
independiente», según lo dice Paz. Sin aceptar ni recha- 
zar esta base. Paz comision(') al doctor Santiago Derqui 
para celebrar esa alianza; pero fué en vano lo que, al 
sentir del mismo general, se le argüyó á Líipez para 
disuadirlo de la segregación de Corrientes. Fué el Bra- 
sil el que contribuyó ii que esta alianza se celebrase 
poco después. El Brasil se había apresurado á recono- 
cer la independencia del Paraguay, y por medio de su 
ministro en la Asunción llegó á negociar un tratado de 
alianza que nunca se ratilicó. Cuando López vio que 
este tratado se subordinaba á una demarcación de lími- 
tes, buscó nuevamente la alianza de Corrientes. El alma 
de este negociado, del que no se excluía enteramente la 
idea de la segregación de esta provincia argentina, fué 
el ministro brasilero señor Pimenta Buena; lo cual se 
explica fácilmente teniende presente que el Brasil rehu- 
saba por entonces tomar parte ostensiblemente en la 
guerra contra la República Argentina, porque su fin pri- 
mordial era erigirle estados soberanos dentro del terri- 
torio de la misma, y enemigos más ó menos poderosos 
á quienes protegía por cuantos medios i)odía. (') 



(i) El tratado de alianza con el Paragnay se publicó después e'j 
La Gaceta Mercantil del 28 de le})rero de Í846. Cuando el general 
Madariaga eayc) prisionero de li-quiza se vino en conocimiento, por 
su propia declaración, de las dos cláusulas secretas de ese trata- 
do, las cuales no podían ser más deprimentes ¡jara los que las acepta- 



— l;U — 

La situaciüii de Con-ieiites era no obstante incierta, 
y aun podía empeorar, según fuesen las cosas en Entre 
Ríos y los hechos de armas en el Estado Oriental. La 
retirada de los Madariaga de Entre Ríos había sido desas- 
trosa. En proporciíMi de los elementos que se había 
perdido, habían aumentado los del ejército de reserva. 
El general Garzón había aprovechado de sus ventajas, y 
con un ejército liviano y disciplinado se acercaba á la 
frontera de Corrientes para tomar la ofensiva sobre Paz 
ó Madariaga si éstos llevaban una nueva invasión, ('j 
Era inminente un encuentro decisivo entre Urquiza y 
Rivera; y en esta esi)e('tativa Paz no podía aventurar 
operaciones sobre Entre Ríos sin exponerse á un contraste 
que podía ser de fatales consecuencias si triunfaba el 
primero y atravesal)a rápidamente el Uruguay en auxi- 
lio de su provincia. Y por mucho que Paz contase sobre 
la i»(tsibilidad del triunfo de Rivera, tampoco se le ocul- 
taba que éste lo haría valer en beneficio propio, que no 
en l)enelicio de la causa que Paz representaba en el lito- 
ral argentino. Si bien la derrota de Urquiza le facili- 
taría las operaciones, en el teatro en que actuaba, la 
victoria de Rivera le crearía dificultades de otro orden, 
mayores qne las que lo obligaron á alejarse de ese mis- 
mo teatro después de Caaguazú. Siguiendo de cerca los 
sucesos que desenvolvía la coalición. Paz se propuso 
defender á Corrientes de una [irobable invasión, sin 

han. Por la iJi-iinci-a, rorricntes cedía al F'aragnay la parte de su 
(erriiorio al este coiiipreiididd d(!sdc la TraiiíMiera (le Lor<4e, locando 
|)or las puntas del Afiuapey. liasla confinar con el territorio del Brasil 
sobre la c(jsta del I'aran;i. I'or la sejíunda clausula se conii)ronie(en 
<'l <,'ol)ieriio de ("orrienies y el general Paz ¡i no entrar en acomo- 
durniento con el gobierno argentino ni ningún gobierno de provin- 
sia sin ('] (íonsentiiniento del gobierno paraguayo. Véase la declara- 
ción del general. Juan Madariaga autorizada pcjr c^l entotu-.es teniente 
coronel Hen.j;unin Virasoro. v i)ublicada en La Gaceta Mercantil del 
27 de lebrero de 1.S4G. 

( ') Véase en el apéndice las instrucciones de (lai'/iui. 



— 18? — 

perjuicio de llevai" oportuiiainente sus operaciones fuera 
de esta provincia. Á este fin resolvi(j fortificar la Tran- 
quera de Loreto y confiar al general Juan Pablo López 
una expedición sobre Santa Fe. Esto era lo más que 
podía hacer. 

Y los amigos de Rivera hacían rechinar en Montevi- 
deo los resortes de la coalición. Todos ansiaban una 
victoria de éste, para robustecer la acción de la inter- 
vención extranjera que esperaban como la salvación, y 
presentar algún asidero contra Oribe que tenía estable- 
cido su gobierno en todos los departamentos de esa re- 
pública. Pero mientras sobrevenía una ú otra cosa, las 
facciones se disputaban el predominio, relajando más de 
lo que ya lo estaba el poder, ó la sombra de poder, que 
ejercía el presidente don Joaquín Suárez. Los escánda- 
los administrativos á que dieron lugar las negociaciones 
de la casa Lafone, que remató las rentas é impuestos, 
presentaron la oportunidad á la facción que se sentía más 
fuerte para imponer la necesidad de llevar sus hom- 
bres al gobierno. 

Sobre la facción de Vásquez y la de Pacheco preva- 
leció la que encabezaba el coronel Venancio Flores, 
movido de aspiraciones sanas, bien que radicales. El 
coronel Flores le dirigió al doctor Lamas una carta cu- 
yos duros conceptos llegaron al campo de Oribe, en la 
que le decía que los sacrificios de los defensores de 
Montevideo habían llamado en vano al patriotismo de 
la camarilla oficial, y que debía dejar su cargo de mi- 
nistro á otro que interpretase cumplidamente las aspi- 
raciones populares ('). Á los pocos días el doctor 
Lamas era reemplazado por don Santiago Sayago en el 
ministerio de hacienda. La facción encabezada por el 

(!) Véase el apéndice. 



— im — 

ministro de guerra Pacheco y Obes, caía también en se- 
guida de éste, á consecuencia de reclamaciones enta- 
l»ladas por el comandante de la fuerza naval del Brasil, 
don Juan Pescae Greenfell, con motivo de tratamientos 
crueles que aquél infirió á marineros brasileros. Según 
lo decía el mismo Greenfell bajo su firma, la renuncia 
de Pacheco fué concertada entre él y don Santiago Vás- 
quez. Pero Pacheco la funda en que el gobierno « ha 
cedido á la amenaza de los cañones d(d Imperio, y en 
que, sin comunicárselo á él que se encontraba á bordo 
de la escuadrilla oriental, resuelto á resistir, lo ha pues- 
to en el caso de un motín que lo habría entregado á 
Oribe. (') en el de suscribir á una infamia». ( ') 

Rivera fomentaba esta anarquía en su afán por arre- 
glar las cosas á su modo, según se desprende de su 
correspondencia con el presidente Suárez, de la cual se 
apoderó Urquiza en la batalla de India Muerta. Así. en 
6 de septiembre de 1844, le escribía á Suárez que sabía 
que en Montevideo se trabajaba «entre porteños y locos 
a})orteñados)) ])ara hacerlo descender legal ó ilegalinente 
de los negocios públicos; y critica todas las operaciones 
efectuadas bajo la direcciíúi «del loco Pacheco» y en 
las que entró «el inocente Flores y el jiedante Estéves». 
«Se me asegura, agrega, que Manuel Herrera, Santiago 
Vásquez y hasta el mismo Bejar, son los hombres del 
vasto jilan i)ara hacer desaparecer al general Rivera. Si 
(pierrán matarme estos bárbaros! Pues yo voy á prepa- 
rarme para defenderme por las dudas; y no será extraño 
que les suceda á algunos de ellos lo que á Llanibí ó á 
Mario Pt''r(,'z: rl ])r¡mero se inui-i(') (¡mpachado y el se- 
gundo se qued(') ciego... Es preciso que usted mande. 
llamando cerca de sí á verdaderos orientales: de otro 

( I) véase Lri daceta MercanLil dd v!l (Icílicicinliiv de 1814. 



— 184 — 

modo halir.l ([iie tomarj alguna resolucií'm. porque yo 
])uedo tomarla en obsequio de la patria y en represen- 
tación de sus buenos hijos.» ( * i 

Esto decidiíj á lines del año 1844 la separación de 
Vásquez. Paclieco y Obes. Flores. Sayago, Barreiro. Gar- 
cía Zúfiiga, Magariños (Bernabé), Muñoz (Franciscoj, 
Zuvillaga. etcétera, etcétera. Las facciones desalojadas 
creyeron poder prescindir de Rivera, y el 11 de no- 
viembre salieron á las calles de Montevideo en sonde gue- 
rra. Habrían llegado á las manos á no liaber las fuerzas 
sitiadoras hecho amagos de ataque y llainádolas indis- 
tintamente á defenderse contra el enemigo común. Con 
razón decía, pues, el general Paz. que en seguida de su 
salida de Montevideo la disciplina se relajó allí, sobre- 
vinieron los escándalos y se corrieron mayores peligros. 
«Sólo un milagro y la intervención europea han podido 
hacer que no caiga la plaza en poder de Oribe, f M Y 
para colmo de dificultades en esos momentos, la inter- 
vención europea no llegaba. Las primeras comunicaciones 
del doctor Várela dejaban ver algunas probabilidades, 
y el comodoro Purvis antes de retirarse de Montevideo 
había dado seguridades al respecto. Pero los días pasa- 
ban y la coalición no se manifestaba como lo anuncia- 
ban los sucesos que el ojo atisbador de Rozas venía 
sumando para proceder en el momento decisivo. La gran 
borrasca que su diplomacia pretendía conjurar no iba á 
tomarlo de sorpresa. 



(M Véase La Gaceta Mercantil del '-¿1 de. junio de 1845. 
(-) Memorias postumas, tomo iv, pág. 191. 



CAPÍnLU XLIX 



LA IXTKRVKXí ION DK LA (¡RAX HlíKTANA Y I)K LA FRANCIA 



llSlf — l,St.-j| 



Slm.\i;io: L 1c1.';i •{,■ l;i ¡iitcrvfiición anuaclii m 181."). — II. Kl plan d>' los ccialipidos: 
la misión Várela: las reserva.s do lord AV)ordeen. — III. Porqué la Gran 
Bretaña no (|iu'ria intervenir conjuntamente con el Brasil. — IV. Fracaso 
de la misión Vai'ola: la (h-an Bretaña procede según su conveniencia.— 
V. La misión .obrantes y la negativa de Rozas á ratiíicar el tratado de 
alianza con id Imperio: ))rotestas (jue aiiuélla jirovoca en el Brasil. — VI. 
Términos Je la misión Ábranles: fracaso de la misma. — Vil. CV'imo se 
mira en el Brasil la renuncia que ofrece Abrantes á las pretensiones del 
Imperio sobre el Estado (oriental. — VIII. Rozas y la misión Abrantes: la 
prensa de Buenos .\ires pone en transparencia los propósitos de ai|nólla. — 
IX. Impresión de Várela al respecto: Várela y Agüero pretenden a(]uietar 
los escrúpulos de Paz. — X. Discusión de la intervención en Londres y en 
Paris : Sir Robert Peni ])roclama como principio la i)rimacía de la fuerza. 
XI. La dijdoniacia de Mr. Gtiizot: los princii)ios de Mr. Tliiers. — XII. 
(jirardin da en Europa la nota más alta sobre la intervención: el pretexto 
del bloqueo: los designios recolonizadores de la (irán Bri'taña : ])ropor- 
ciones iiel reparto en el Plata, según el mismo Girardin. — XIII. Como 
miraba Rozas la intervención: valientes protestas que ella inspira á la 
prensa de Buenos Aires. — XIV. Cómo se sostenía la plaza de Monti'video 
cuando llegaron los ministros de Francia y Gran Bretaña. — XV. ^lotiv.is 
que deciden á los coaligados ;í sostener á todo traiici' Monteviileo. — XVI. 
Hecho notorio del gobierno ([ue ejercía Oribe en todo el Estado Oriental 
con excepción de Montevideo: elemento distinguido que formaba el niicleo 
oriental de su jiartido. — XVII .Nuevas operaciones de Rivera al sur del 
rio Negro. — XVIII. Batalla de Imlia Muerta: Rivera es completamentií 
derrotado y se asila eii el Brasil. — XIX. Acuerdo reserva<ltí del gobierno 
de Montevi<leo. — XX. Heclios i|ue acreditan la poca seriedad de este 
acuerdo. — XXI. Diplomacia del gobierno de Montevideo para estableci-r 
alli el protectorado del Imperio: vacilación del gabinete del Imperio en 
seguida de la derrota de l{ivera. — XXII. Rivera asume en Rio Janeiro la 
representación del gobierno de Monteviileo: significativos comentarios de 
líi prensa do RÍ0.--XXÍII. El Im]>erio cojido en sus propias redes: las 
conveniencias del Imperio ante la imposición de las grandes jiotencias. — 
XXIV. Oribe propone rendición á la plaza de Montevideo: se decide á 
tomarla y dicta las medidas para que sií elija el nuevo presidente del 
Estado Oriental. — XXV. Los almirantes Inglclield y Laine impiden qui' 
Oribe, tome Montevideo: cómo se adelantan á los verdaileros obji>tos de 
la intervención. — XXVI. \,:\^ Inslrucciones í\\ ministro británico: de la 
obligación que se atribuye la (irán Bretai'ia de sostener la independencia 
del Estado Oriental: del empleo ile la fuerza para hacer retirar el ejército 
argentino: de la ocupación de territorio argentino y bloqueo de Buenos 
Aires: de la libre navegación de los ríos y arreglos con los gobiernos 
del litoral argentino: sátira tinal de las instrucciones. — XXVII. Las ins- 
trucciones de Mr. Guizot: galimatías de di'recho para obligar ;i los belige- 
rantes ;í que aei'jiten nii'diacióii : medidas contra el beligiTante obstinado. 



Si lioy. (311 medid del desarrollo ecoiK'nnico y social 
(jiic ha altaiiz¡id(» Ja Kepúbliea Ai'<^('iitiiia. merced á iiis- 
titucioiies liberales tpie han atraído hi jiobiaciíui y la 
coiiciirreiicia del capital cxtraiijcro: cuando tiene cinco 



— i;5(; — 

millones de liahitaiites; rentas que suben á 80.000.000 
de duros; íntimas relaciones con los principales merca- 
dos á los cuales surte en gran escala de sus frutos y 
materias jtrimas. en cambio de numufactnras que en ella 
tienen mercado obligado y permanente; recursos en el 
crédito exterior; ejército relativamente fuerte; posibili- 
dad de contraer alianzas con los mismos interesados en 
hi creciente prosperidad que es una parte de la de ellos; 
si hoy. la Gran Bretaña y la Francia interviniesen con 
sus escuadras poderosas en la guerra que la República 
Argentina sostuviese con un vecino, y pretextando per- 
juicios á su comercio (') á sus subditos, comenzasen, desde 
luego, á imponer con sus cañones exigencias ultrajantes, 
la República se sentiría en grave peligro, aunque pidiera 
fuerzas al patriotismo para sostener sus derechos de 
naci(ui civilizada y soberana. Y si á esa intervenciíju ar- 
mada, en ayuda de uno de los beligerantes, se siguiese 
el apresamiento de la escuadra argentina, el bloqueo de 
los puertos, la ocupación de una parte del territorio y 
de los ríos interiores argentinos, forzando el camino á 
cañonazos, indudablemente la iiidignaci(3n nacional esta- 
llaría y todos los argentinos, fuese cual fuese su opinión 
política, rodearían al gobierno establecido para defender 
la patria invadida y vulnerada. Todos estos hechos pro- 
dujo la intervenciíui anglofrancesa en el litoral argen- 
tino en el año de 1845. Sólo que en 1845 hubo muy 
muchos argentinos, los unitarios, que no S(')lo no defen- 
dieron la bandera de la patria, sino que hicieron causa 
común con los extranjeros interventores. 

Se conoce ya los trabajos de la Comisiíui Argentina 
de Montevideo y del gobierno de esta plaza para fomen- 
tar la intervención extranjera, como medio de hacer suya 
la situación política en ambos lados del Plata, en cambio de 
las provincias de Entre Ríos y Corrientes que fornuirían 



— 137 — 

lili Estado cuya independencia reconocerían las potencias 
interventoras, á las cnales se les dejaba ver la posibi- 
lidad de la adquisición de puertos marítimos como el 
de la Colonia, ñ en la costa sur de Buenos Aires. Se sabe 
también que el comodoro Purvis y el ministro Sinimbú 
procedieron de consuno con aquellas entidades, y que 
resultado de esto fué la Memoria que redactó el doctor Vá- 
rela para inclinar en favor de esas ideas á los gabinetes 
de Londres y de París. 

El doctor Várela iba coníiado en el éxito de su misión. 
Además de las seguridades que le dio el comodoro Purvis, 
Mr. Hood, agente británico, le declaró que el gabinete 
de Londres no sólo aprobaría en un todo la conducta 
de aquél, sino que emplearía la fuerza en escala mayor 
que la que empleó el comodoro. Es de advertir que el 
Imperio del Brasil, al encomendar negociación análoga 
al vizconde de Ábranles, era sobre la base de que tam- 
bién entraría en el plan como potencia interventora: se- 
gún se lo comunicó lord Aberdeen al ministro argentino 
en Londres y se hizo público poco después en las cáma- 
ras brasileras. Cnando el doctor Várela comunic/) los 
objetos de su misión al lord Aberdeen, éste eludió una 
respuesta. «Lejos de negarse abiertamente á mis pre- 
tensiones (jue ya la¡< ronoría, me aseguró que las tomaría 
en seria consideración y que serían objeto de nuevas 
comunicaciones con el gobierno francés», dice el mismo 
doctor Várela. í') Lord Aberdeen se encerró en esta es- 
tudiada reserva, (pie no excluía la ¡ntenci('>n de inter- 
venir en el Plata, nnicho menos después de las facilida- 
des (jUf Ir brindaba el proyecto contrnjdo en la Memoria 
de Várela. Su i'iltima palabra fu('' quc' la (jran Bretaña se 
entendería con la Francia y resolvería: «El resultado. 



(') AutobiogrnfKi ild docloi- \'¡ii'cl;i. ]);i<>-. 2H. 



— l:!S — 

dice Várela, no me ha. dejado satisfecho. El gobierno 
inglés desearía, me parece, poner ])a/ en aquellos paises; 
pero teme que Hozas iiaya triunfado antes (¡ue la Ingla- 
terra pueda proteger al Kstado Oriental.» (') 

Varííla se eni;analia respecto de las pretensiones del 
gobierno británico y respecto del uiodo cómo pensaba 
llevarlas ;i cabo. Xo es que uo quisiera intervenir. Lo 
que no quería era que el Brasil entrase como potencia 
interventora, en cambio de ventajas (|ue la ( d'au Bretaña 
no podía concederle sin que el Imjx'rio adípiiriese cierta 
preponderancia, á causa de su vecindad con las repú- 
blicas del Plata. Cierto es que el vizconde de Abrantes, 
al iniciar la negociaci(')n, decían'» (|ue el fm[)erio entraría 
en la irdervención anglofrancesa sobre la base de la 
perfecta independencia del Estado Oriental, ((hii)otecando 
así para lo futuro sus pretensiones respecto de Monte- 
video, que es para el Brasil lo (|ue Texas })ara los Estados 
Unidos», como escribía El Correo del Harrc. Pero no es 
menos cierto que en el curso de la negociación avanzó 
la idea del protectorado brasilero en el Uruguay; y que 
se había guardado de hacer análoga declaraciiui respecto 
de Entre Ríos y Corrientes, donde estaba para el Im- 
perio el verdadero busilis. 

Tampoco le convenía á la (Irán Bretaña aparecer como 
cediendo á las sugestiones de un golderno como el de 
Montevideo, cuando este gobierno le proporcionaba los 
pretextos para intervenir del modo más cónmdo, y cuan- 
do por el hecho de intervenir le haría suscribir sus 
pretensiones, cualesquiera (jue éstas fuesen, y á condición 
de quebrar el poder del gobierno argentino. La intervención 
vino, pues, porque el doctor Várela y demás coaligados 
soplaron el fuego y despertaron el apetito de la Gran Bre- 



(4 Aulobiografía citada, pág. 29. 



— l:;!) — 

taña y Francia. Estos gobiernos procedieron en nombre 
de sus conveniencias, y al liacerlo así, prescindieron del 
/gobierno de Montevideo; qne lo relegaron al rol de ins- 
írinnento de la intervención armada, en cambio de la 
tuerza material y de los dineros qne le proporcionaron 
para qne se sostuviese. Así lo prueban los hechos, y 
lo dicen los debates del parlamento británico, y la mis- 
ma nota en qne lord Aberdeen le declara al doctor 
Várela qin- « el gobierno inglés no toma parte en los 
negocios del Plata ». « Mi misiíui queda, pues, con- 
cluida)), agrega el doctor Várela en su Autobiografut; 
y sin embargo, pocos meses después el mismo lord 
Aberdeen le da sus instrucciones al ministro Ouseley 
para (pie intervenga en los negocios del Plata conjun- 
tamente con la Francia. 

Mayor fracaso le cujto á la misiiui del vizconde de 
Ábranles. I;i cual fué decidida en pos de la negativa de 
Rozas á ratilicar el tratado de alianza ofensivo y de- 
fensivo qut' lirnií) el en4)erador Don Pedro, y por el (¿ne 
se establecía que el Brasil y la C(mfederación Argentina 
combinarían sus fuerzas «contra el })oder que ejercía 
don Frufctuoso Rivera en la República Oriental y cf>ntra 
los rebeldes de^Río Grande del Sur, hasta pacilicar estos 
territorios v establecer en ellos las autoridales legales ». i') 



( ') \('';isi' ¡.II Gaceta Mercantil >\i'\ U >]{• iiinxu de IS-l"). Ksla uciím- 
I ¡va, (|iic ílrjí» cstvipcracto ;\l iiiinisli'o Arana, ¡xics ilictio tratado 
ascfi-ui-aha el li'iiml'o Av las anuas de la Conl'cdcracifHí. r\ rcstahlo- 
í'irnicnto de. la auloridad dr Oribe y la üaranlia i\r cualquiera 
asechanza de parte del Brasil, se r\j)lica teuicuild cu cuenta (|ue 
Hozas niirí) siempre con motivado rec(do de inl(M'veución del Hrasil 
etilos ncf'ocios del l'ruíiuay; y(|uedailo (d estado de las cosas, la 
Conl'edííracióu Arííentina j)odia terminar ventajosamente la contienda 
con el listado Oriental, sin necesidad de la a\nd.i interesada del 
Imperio, y aun en contra de éste, como se dejo \rv cuando Rozas se 
pr<!j)ar() ¡i las emer.jcncias con motivo de los inciilentes con los 
ministros Dnarte y Siniml)i'i. Ks cin'ioso, j)or lo demás, (pie el 
tratado con td Hrasil, (pie Hozas se ne<i(i ii ratiti(;iU' en 184:5 i)ara 
comduir irreinisildetneiiic ;'i sus enemii^os jtolilicos, l'tié el mismo. 



— 140 — 

El gobierno del Imperio envolvió esa misión en el 
misterio. P]n la Cámara de Diputados se interpeló al 
gabinete sobre los ol)jetos de esa misií'm. á la que se 
atribuví) la mira impolítica de alterar la paz entre el 
Imperio y la Argentina. p]l ministro de negocios extran- 
jeros Ferreira Franca, declaró que el vizconde de Abrantes 
no habla údo encargado de promover semejante intervención 
conjunta. Pero el diputado Ferraz exliibií) la forma y 
modo cómo Abrantes solicitó la intervención ; lo cual se 
sostenía en The Timef<, Le Journal du Havre y Le Cons- 
titutionel. « Debemos evitar, dijo, que las potencias euro- 
¡jeas tomen parte en nuestros negocios, porque cuando se 
mezclan en ellos es siempre con gran sacriíicio nuestro; 
y sirva de ejemplo el tratado celebrado por la Francia 
con el Estado Oriental, que dio á los franceses la na- 
vegación de todos los ríos, ¿y por qué? por alguna cosa 
que los franceses lucieron contra Buenos Aires. » ( 'j 

El diario O Brazil combatía la misión Abrantes en 
estos términos : « Es preciso no tener la menor idea de 
lo que es la política tan insaciable como hábil de la 
Gran Bretaña, para no reconocer que en una intervención 
cualquiera en el río de la Plata, quien sea de los tres alia- 
dos que entre con mejores sacrificios y que se exponga á 
mayores peligros, es la Gran Bretaña la que nos ha de 
lucrar. Y es á esta mición á la que pedimos que venga á 
decidir cuestiones que se agitan á nuestras puertas. 
¿ Sabe el gobierno cuántas amenazas encierran estas pa- 



mulatis mutanrli. que L-elebrai'oii en 1851 esos enemijios cüii el Brasil 
para deri'ocar á Rozas. Sólo (|ue por el primero se proyectaba que 
cada ])art(' conTratanfü costearía sus gastos; y por el de 1851 se pactó 
que el Brasil liaría los gastos y que la Confederación Argentina se 
los pagai-ia después, como se los pagó con intereses l^ajo la presi- 
dencia del general ^litre. 

(*) Sesiones del 31 de mai'zo y 1" de aliril de 1845. 



— 141 — 

labras para Río Grande, para Santa Catalina, para la 
navegaci(3n interior del Imperio?...»!') 

Por nmclio qne pesasen estos peligros, ciertos en el 
fondo, se puede afirmar á la vista de los antecedentes, que 
quienes lo ponían así de manifiesto antes eran impulsados 
por los celos que despertaba la presencia de la Gran Bre- 
taña en el Estado Oriental : que no por el alto interés de 
asegurar las nacionalidades del Plata contra las miras re- 
colonizadoras y exclusivas de las grandes potencias euro- 
peas. Y sin embargo, el vizconde de Abrantes insistió con 
lord Aberdeen respecto de un i)rotectorado brasilero en el 
Estado Oriental ('-). en cambio de hacer de Montevideo y 
de la Colonia dos factorías })uramente comerciales, de las 
que aprovecharía la Gran Bretaña en la medida que fijase; 
y esto sin perjuicio de la admitida segregaci(hi de Corrien- 
tes y Entre Ríos. Pero lord Aberdeen rechazó tal idea, por- 
que calculi't fundadamente que la Gran Bretaña podría 
obtener las ventajas pro¡)uestas sin necesidad de crear el 
predominio relativo del Brasil en el Plata. Se explica que el 



(') Sesiones del 11 (le iiiiirzo de lS4ó. 

(2) Ei-a osla ba.j(j oira lonria la misma idea (jiu» pei-seguia el Bra- 
sil, á pesar de los tratados y de cuantas resisteneías se oponían ;i 
ella. Y el vizconde de Ábranles estaba empapado en esa iilea. Ks 
sabido que el vizconde de Mirantes lué el mismo ¡¡rimer minislio 
ilellírasil que en 18:^0. (;uando se llamaba solamente AIi<>iiel Calmon 
del l'in (■' Alnn.'ida. firiiK) las célelires inslruciúones secretas al mar- 
(jués de Santo Amaro i)ara (|ue ;i nombre del Intperio soliciíasí; de 
las grandes potencias europeas la inonm-qnlz-ación de los Estados 
americanos, desde México hasta Buenos Aires, coronando con ellos 
a vanos de los pi'íneii)es de ]{oi'b(')n. Ea clausula 7=' de estas instruc- 
ciones decía asi: « Kn cuanto al nuevo Estado Oriental, ó provincia 
Cisidalina. (lue no liace parte del territorio argentino, que estuvo 
incorporada al j-Jrasil, y que no puede existir independiente de otro 
Estado (!). V. E. tratará oportunamente y con franqueza de probar 
¡a necesidad de incorporarla otra ve: af Iinperio.n Y adviértase (lUC 
no hacía dos años todavía que el Brasil se hal»ía oVdigado ])or la 
Convención de j)az de 27 de agosto de 1.S2S. celebrada bajo la media- 
cujn de la ílran Brctafia, á sostener la independencia de la Kei)úbli- 
ca del l.fiiguayl (Véase Ei Lnceio de Biu'ints Aires. inim.(J03. ) i-as 
instrucciones al marijués de Santo Anmro se ti-ausciibieion en La 
Gaceta Mercantil del 11 de. julio de 1S4.Ó. 



— U'2 — 

vizconde (U' Abraiites lanzase esa idea para ex])l()rai' la 
opiíiióu de Inglaterra, y en presencia de im plan que 
madurase el Imperio. Pero lo que no se explica, sino 
como un recurso para que el Imperio no quedase desai- 
radamente alejado del concierto de las dos grandes 
potencias (|ue il»an á ventilar intereses trascendentales 
en el Plata, es que insistiese en solicitar la intervención 
conjuntamente con el Imperio sobre la base de « la per- 
fecta independencia del Estado Oriental ». Lord Aberdeen 
le declaró al vizconde de Abrantes, lo mismo que al doctor 
Várela, que la Gran Bretaña arreglaría con la Francia 
si intervendría ó nó en el río de la Plata. El Imperio 
había, pues, trabajado á pura pérdida. No solamente la 
Gran Bretaña rechazaba su concurrencia en los negocios 
del Plata, sino que por el hecho de haber solicitado la 
intervención de las grandes potencias, quedaba en entre- 
dicho con el gobierno argentino. 

Cuando los diarios de Londres publicaron los princi- 
pales detalles de esta negociación, la opinión se pronunció 
en el Imperio no sólo contra la circunstancia de haberse 
solicitado la intervención de la Gran Bretaña, sino con- 
tra la renuncia de las pretensiones del Imperio al Estado 
Oriental. Entre otros papeles que sería fatigoso enu- 
merar, El Grito del Amazonas sintetizaba así este líltimo 
término de la misión Abrantes : « El gobierno solicitando 
la intervención de la Gran Bretaña y Francia, les asegura 
que el Brasil no tiene idea de atentar ni en lo presente ni 
en lo futuro contra la independencia de la Cisplatina, lo 
que importa una solemne promesa de que el Imperio 
jamás procurará agregar á su territorio aquel Estado, Mas 
¿quién asegura quede uno á otro momento no pueden apa- 
recer circunstancias de alto interés nacional que impe- 
riosamente exijan esa anexión? Y en tal caso, ¿á qué 
maniatar al Brasil, colocarlo en la dura alternativa de 



— 14^5 — 

guardar la fe de los tratados, ó sacrificar sus intereses 
comerciales y su integridad? Es más que probable que 
en un futuro no muy distante seamos forzados por el 
bien de la paz y seguridad de nuestras i)rovincias de 
llío Grande y Santa Catalina, á ocupar la Cisplatina y 
sujetarla á una esperie de protectorado nuestro que le quiíe 
todos los medios de pertubar nuestra prosperidad. Sí: un 
protectorado, por el cual el lirasil. ohligúndose á mantener la 
independencia de la Cisplatina, y á resguardarla de sus veci- 
nos de Buenos Aires, la redujese á un Estado puramente co- 
mercial, señalándosele la fuerza que debería mantener para 
el servicio de ])olicía. é imponiéndosele todas las demás con- 
diciones que exigiesen las conveniencias del Imperio. .. » (^) 
Rozas, impuesto á tiempo por sus ministros Moreno 
y Sarratea de la negociación Abrantes, la bizo dar grande 
publicidad dentro y fuera de Buenos Aires. El Imperio 
no esperaba ser descubierto tan ])ronto. ni tan dura- 
mente como lo fué |)or la prensa argentina. La Gaceta 
Mercantil y el Archivo Americcmo principalmente, estu- 
diaron uno á uno los detalles de esa negociación á la 
luz de los intereses del Platay de la diplomacia del lm}terio. 
El 'reconocimiento de la independencia del Paraguay, 
hecho por el Imperio, en contraposición á la neutralidad 
del gobierno argentino durante la lucha de los republi- 
canos en Río Grande ; los auxilios de toda clase que el 
Brasil prest») á Rivera en contra de la Confederación 
Argentina; las i»retensiones del Imperio de establecer su 
protectorado en el Estado Oriental ; la cooperación del 
mismo al proyecto de segregar las provincias de Entre 
liíos y (J(jrri(Mites para formar un Estado inde})endiente> 
y, por fin, el objeto de la misión Abrantes en su relación 
con estos hechos : todo se ventiló á los cuatro vientos 



(') Uul S-, <lc libl-il «le 1S1.5. 



— 144 — 

de la piiblic-idad. como para que el luuiidd coiiuciese la 
verdad acerca de la grande empresa marítima que tra- 
bajaba el Imperio de consuno con los enemigos de la 
Confederaci(')n. y de cuyo éxito debían decidir los caño- 
nes de la Gran Bretaña y de la Francia. « ¿ Cihno puede 
justificarse tanta infamia ?. escribía La Garpta Mercantil. 
Una neutralidad que protege;! nuestros enemigos; una 
amistad que clama por la guerra; una política ameri- 
cana que todo lo sacrifica, ([ue se humilla y arrastra 
ante las potencias europeas, son escándalos y torpes cál- 
culos que estaban reservados á los actuales ministros 
de Río Janeiro. Pesar nos causa adelantar estas reíle- 
xiones, por la mengua que infiere esa política al honor 
brasilero, con gran abandono de los intereses del Imperio 
y traiciíhi al sistema general de la América. » (') 

Si era cierto lo que acusal)a la prensa de Buenos 
Aires, y si Rozas sabía á (jué atenerse al respecto, lo 
declara el doctor Várela, quien en 11 de marzo le es- 
cribía al general Paz : « Lo que más me [)rueba hasta 
ahora que la misión del vizconde de Ábranles tiene 
seriamente el objeto que se dice, son los artículos de 
La Gaceta Mercantil contra el Brasil y su política, que 
acusa de péríida. de desleal, de antiamericana, conci- 
tando contra él á toda la América. Rozas expone en esos 
artículos toda la negociación de que Ábranles ha ido 
encargado, se reliere á sus intrucciones escritas, y mues- 
tra, en fin, conocimiento compieto de ese negocio. » (-) Y 
el mismo doctor Várela y el doctor Julián de Agüero, que 
escarnecían lo que Rozas llamaba sistema americano para 
significar el derecho de las repúblicas surainericanas á 



( ' ) Véase La Gaceta Mercantil de 9 de abril do 1845. 
(-) Se publicó en La Gaceta Mercantil del 9 de abril ilc 1845 jun- 
tamente con otrns! documentos inlercei)t;)dos i)or fuei'zns ;ir;iientinas. 



— 145 — 

ventilar entre sí sus cuestiones, y el recliazar [)or todos 
los medios á su alcance la intervención peligrosa de las 
grandes potencias europeas, trataban sin embargo de 
aquietar los escrú])ulos que sentía el general Paz al mis- 
mo respecto. En cartas que ambos le dirigen en 13 de 
marzo de 1840, se valen de las propias palabras de 
Paz para expresarle que « es preciso que los intereses 
argentinos no queden sacrificados por la intervención ». 
Lo más curioso no es que vean el peligro en lo mismo 
quf' lian trabajado ; sino que para conseguir ese objeto le 
dicen á Paz que nombre un enviado para que la provincia 
de Corrientes esté representada en el congreso (') junta de 
interventores extranjeros. Y que no se equivocan acerca 
de lo que va á venir, es indudable : pues le manifiestan que 
« antes de ocurrir á medios violentos, Inglaterra. Francia 
y el Brasil le exigirán á Piozas el retiro de sus notas á 
Ponte Piiveiro y (|ue se })reste á un tratado definitivo. 
«Si resiste, ])arece ({ue se ocurrirá á la fuerza. El tono 
ado[»ta(lo })or Hozas en los [)eriódicos. manifiesta que en 
todo [densa menos en ceder; pero V. recuerda el que usó 
desde 1838 con los franceses para ceder luego en 1840 ». (') 
La intei'venci('tii se ventilaba entretanto en ios gabi- 
netes de J^ondres y de París. Hulto un momento en que el 
gobierno británico ({uisu intervenir i»or sí ; pero la consi- 
deracifui de que los Estados Unidos interviniesen en sen- 
tido cítiitrario, al ver (|ue la Francia no intervenía en 
nombre de intereses iguales ó mayores á los (jue él invo- 
cai»a. lo decidiíu'on á })actar la intervenciini binaria con 
esta liltima nación. La idea de la intervenci('»ii armada fué 
laii/ada por sir liobert Peel, quien sent(') con tal motivo 
lili principio contrario ;'i la sol)eranía de las naciones v que 
se funda cxclusiv;iinente en la ])rimacía de la fuerza. 



(' ) IK. ¡I>. il.. ili. 

TOMO I\ . 



— 146 — 

Dando cuenta de los sucesos ocurridos en Montevideo, de 
la intervención armada del comodoro Purvis y de la pro- 
seen sión de la guerra en el Plata con detrimento de los 
intereses británicos, decía sir Robert Peel en la Cámara 
de los Comunes (^): « quedaba por adoptar la intervención 
armada, y el único medio de verificarlo el de cine se unie- 
ran lospaisesque tenían más interés en aquellos negocios, 
y que obrando como se bizo respecto de la Grecia, quisié- 
semos decir lo que entonces : el interés del mundo requiere 
que estas disputas se terminen, y nosotros insistimos en 
que se arreglen inmediatamente» . Apoyada en este prin- 
cipio, prevalecía en el parlamento británico la idea de la 
intervención armada. El Times, que sostenía al gabinete 
Aberdeen, se hizo el eco de tal principio aplicado á la 
Grecia cuando pretendía sacudir la barbarie de Turquía ; 
y el Atlas, el Liverpool Mail, el Morning Post y hasta el 
Jlion Bull presentaron la intervención como una medida 
resuelta y trascendental para el [)orvenir de los intereses 
británicos en el río de la Plata. 

Por lo que hace al gabinete del rey Luis Felipe, presidido 
por Mr. Guizot, se había encerrado al principio en la misma 
prudente reserva que el británico. Pero esto obedecía á exi- 
gencias de la diplomacia, que no á falta de voluntad de pro- 
ceder cuando llegase la oportunidad. No ha];)ía razón para 
que el gobierno francés no sintiese el mismo apetito que el 
infflés, cuando el vizconde de Abrantes v el doctor Várela lo 
habían despertado en ambos con excelentes estimulantes. 
Mr. Thiers, cuyos conocimientos respecto de los países del 
Plata eran deplorablemente obtusos, y que había sido 
hábilmente ganado por el doctor Várela, clamaba en la 
Cámara de Diputados en favor de la intervención armada 
en el Plata. Lo curioso es que en presencia del almirante 



( ' ) Sesión del 8 de marzo de ls44. 



— 147 — 

Mackaii, el signatario del tratado francoargeiitiiio de 1840. 
y ministro de marina ;i la sazí'tn. Air. Thiers ])edía desde 
luego el envío de tres ó cuatro mil hombres de desembarco 
para conseguir « más de lo que se había conseguido en la 
guerra de 1840 » . Y pretendiendo fundarla intervención 
armada en el artículo 4" de aquel tratado, y en la necesidad 
de proteger á los franceses que estaban con las armas en 
la mano en Montevideo, el ex-ministro de negocios extran- 
jeros pronunciaba estas palabras ;i las cuales se ajustaron 
poco después todos los procedimientos de la intervención: 
«...los ingleses que tratan bruscamente á esas gentes 
saben hacerse administrar justicia. ¿Sabéis cómo se 
conducía el comodoro Piirvis cuando tenía ({ue hacer 
alguna reclamación ? Se apoderaba de todos los buques 
en el Plata. Un comodoro americano se ha hecho pagar 
20.000 francos i)or hi detención de un ciudadano ame- 
ricano. » 

Las demostracioiu\s vivas y elocuentes del ministro 
argentino Sarratea respecto de la verdadera situación 
de Montevideo y de la cantidad de franceses que de 
aquí pasaron ;í Buenos Aires; del modo cónu) el go- 
bierno de aquella })laza había entregado las rentas fis- 
cales <'i los ingleses en cambio de dineros y provisiones 
que entregaba el comodoro Purvis, y llegando á tratar 
de la entrega del puerto de la Colonia á la Gran Bre- 
taña; del alcance del tratado de 1828, y de la conven- 
ción de 1840; esto, y los esfuerzos del almirante Mac- 
kau. que fué uno de los ])oc()s hombres ])i'iblicos que 
se opuso á l:i iiitervenci('»ii. eoujuraroii por algunos 
meses la ann-naza que venía sobre r\ Plata del lado de 
la Francia, l'ero nuiy(U' iullueucia tuvo la espectativa 
brillante que jtara la Gran Bretaña y la Francia ofre- 
cía la intervención en «esas fértiles comarcas bañadas 
por ríos inmensos». Las ventajas que lord Aberdeen se 



— líS — 

prouit'tií'» jiara su país como {.•unsecueiK'ia de una inter- 
venci(3n cu el Plata. i)i'oiiietióselas de su parte Mr. 
(xuizot itara el suyo; y como quiera que aml)as uacio- 
iies tuvieren iguales intereses que defender en Monte- 
video. Cuando el gobierno británico declaró que el estado 
de guerra entre Buenos Aires y Montevideo era nocivo 
al comercio británico, y que debía intervenir para (jue 
tal estado cesare, era porque lord Aberdeeu había arre- 
glado con Mr. Guizot la intervención conjunta de ambas 
naciones en el Plata. 

Entonces fué cuando Emilio de (lirardin denunció 
ante el mundo las maquinaciones de la dii)lomacia de 
conquista, y abogó noblemente por el derecho de las 
débiles repúblicas del Plata. «Xo es cierto, escribía ese 
coloso de la prensa de su tiempo, que el bloqueo de 
Montevideo sea un obstáculo al comercio de Euroi)a 
en el río de la Plata. Sin duda la plaza de Montevideo 
sufre, pero se comercia en otros puntos del litoral: hay 
dislocaci('tn de mercados y nada más. Más aun: sujto- 
nernos que el bloqueo de Montevideo perjudicase pro- 
visoriamente los intereses del comercio inglés: ¿sería 
esto pretexto para que la Inglaterra interviniese en la 
guerra eiúvc dos Estados independientes? Y el gobierno 
francés que hoy le da la mano á la Inglaterra, ¿qué 
diría, qué haría si la Inglaterra hubiese intervenido con 
autoridad en nuestro bloqueo de Buenos Aires, so pre- 
texto de (|ue ese bloqueo impedía sus relaciones de 
comercio con el río de la Plata? La cuestií'ui de justicia 
y de derecho i)olítico no es diferente por ser la Piepú- 
blica Argentina menos fuerte que la Francia y la Ingla- 
terra. Es preciso, pues, buscar en otros intereses el secre- 
to de la política de Inglaterra.» 

Y (lirardin encuentra ese interés en las empresas 
mercantiles y colonizadoras á que se lia dedicado la 



— 149 — 

Inglaterra. «Hemos sostenido que nuestros conipatriíjtas. 
tornando las armas en Montevideo, servían para encu- 
brir el agiotaje tenebroso que con la ayuda del como- 
doro Purvis hacía una casa inglesa de Montevideo, la 
casa de Lat'one. dueña de los bienes })úblicos de ese 
Estado y de islas adyacentes. ¿No. predijimos que la In- 
glaterra validaría por medio de una intervención esas 
adquisiciones y se colocaría en lugar de sus nacionales 
propietarios?... Desde LSUS la Inglaterra se íigur(j á Mon- 
tevideo como otro Cabo de Buena Esperanza con res- 
pecto al Pací tico. Ya había ocupado esa ciudad, pero se 
vio obligada á evacuarla; y para quien conoce su per- 
sistencia y tenacidad, es corriente que su intervención 
actual en esos parajes oculta sus miras ambiciosas.» 

Y resumiendo la política tradicional de absorción 
del Portugal y del Brasil en el Plata. Girardin llega á 
estas conclusiones de cuya exactitud no se podía dudar 
por lo que respecta ;i la Inglaterra principalmente: 
«La Erancia y la América sabrán en breve á su costa 
que si el Brasil se ha empeñado en sostener en el 
interior los proyectos de la Inglaterra sobre el litoral, es 
}»orque la Inglaterra se obligó á sostener por el lado del mar 
los proyectos del Brasil en el interior. lEn seguida de esta 
nitídiación, pretendida pacílica, se dará al Brasilia provin- 
cia de Corrientes que domina el curso del Paraná para el 
Paraguay; mientras que la Inglaterra ocupará, con el cómo- 
do pretexto de asegurar la navegación de los ríos <> Martín 
(Jarcia. (') ciiahiuirr otro ])unto de la costa (jue dejará á 
su discreci(')U. las relaciones con la América del Sur.» (') 

Esta opini(')n ¡mi)arciai y caracterizada venía en ayu- 
da de los antecedentes (pie acreditaban qiir la iutcrNcu- 
i'iéiii de la (Irán Bretaña y <\i' la Francia, traía |ior (d»jeto 



( ' ) Im Presse «le Taris. .Id í) íIc CrhriM-d d.- \H4T\ 



levantar en el río de l;i Phila nii |)i'c(l<(niini() enropeo 
sobre el prcdoiniíiio IcL;ítiim> de las naciones ribereñas, 
y asegurar este prcdoiiiinio con la apropiaci()n de los 
puntos que sirven de entrada á (^se río, y con la se- 
gregación del territorio bañado por los ríos Paraná y 
Uruguay. Esto valía la conquista y recolonización de 
esa riquísima zona de la Confederación Argentina. Así 
lo creía el gobierno de Rozas; á bien que nunca como 
entonces se mostró más arrogante en defensa de los de- 
rechos y de la integridad de la Confederaciíui. « Qué 
sería la intervenciím sim» la conquistaí' escribía La Ga- 
ceta Mercantil^ cuando la prensa de Montevideo batía 
palmas para anunciar que los ministros británico y fran- 
cés iban á intervenir en la cuestión del Plata. Y qué 
perspectiva ofrece la conquista sino la seguridad de que- 
dar arrasados los intereses británicos y franceses en 
éstos paises? Mirada la intervención en su influencia 
sobre las repúblicas del Plata, ofrece la seguridad de 
una resistencia formidable, favorecida por una situación 
ventajosa que todo el i)oder combinado de los interven- 
tores no alcanzaría á dominar. ¿Qué liarían las escua- 
dras de los interventores aun en el caso en que todos aban- 
donasen sus estaciones, sus cruceros, sus puntos de 
protección \ defensa í' ¿Bloquearían desde Buenos Aires 
á Patagones, las costas del Uruguay, los litorales del 
Paraná, ó franquearían la navegación á cañonazos? En 
el primer caso bloqueaban su propio comercio, lo des- 
truían. En el segundo caso, ¿dónde hallarían mercados y 
expendio para el comercio? En las dos repúblicas del Plata 
no encontrarían sino enemigos implacables, que los recibi- 
rían en la punta de sus lanzas, ó entregarían á las llamas 
importaciones detestables ]ior su origen. » ( ' ) 



( ' ) Di'l :íI> lie alil'il (le 1S4.J. 



— VA — 

Cuando lle^^aroii al Plata los ministros interventores 
Mr. Onseley y barón Defíaiidis, la plaza de Montevideo 
se sostenía por los auspicios de los extranjeros, y con 
los auxilios de toda clase que le prestaban los agentes 
y comandantes de fuerzas navales de la Gran Bretaña. 
Francia y -el Brasil. El almirante Lainé, que fué el 
encargado de desarmar á la legión francesa, no sólo no 
lo babía efectuado así, sino que babía proporcionado los 
medios para que en vez de uno se formasen tres bata- 
llones de franceses, los cuales dejaron la cucarda de su 
naci()n y adoptaron la oriental. «Este raro aconteci- 
miento, dice Bustamante, el secretario del general Rivera, 
dio nueva vida á la defensa, prolong() su existencia por- 
que era necesario esperar seis meses para recibir nuevas 
(h'denes de Europa.» (') Y el mismo almirante Lainé, 
procediendo de acuerdo con sus colegas y el gobierno 
de Montevideo, convertía poco menos que en una íIusííhi 
el bloqueo imjtuesto á los }uu^rtos de Montevideo y 
Maldonado por el gobierno argentino en enero de 1845. 
Esta intervenci(')n que se resolvía i)or el momento en un 
sistema de bostilidades contra uno de los beligerantes, 
haciendo causa común con el otro, era tanto más irri- 
tante, luirada del ])unto de vista del estricto derecho, 
cuanto que. á no haber mediado desde que Rivera inva- 
dió con sus fuerzas el Entre Ríos, la guerra que ('ste 
declaró al gobierno argentino habría terminado remo- 
viendo hasta los ])retextos (|ne invocaban los agentes 
extranjeros para tomar parte en ella; las fuerzas argen- 
tinas liabrían desalojado consiguientemente el Estado 
Oriental, y el pueblo de este Estado habría elegido sus 
autoriíbides. 



( ' ) Los cinco errorea de la i^ilervcncinn (inulofr^incrsti en el Pla- 
ta pMi- .los('' Lilis |{|ist;uii:inl('. l);i<i-. \\\. 



— \:y2 — 

Verdad es que esto importaba en primer término el 
trinnio del partido ]»olítico que representaba Oribe, 
alin del partido federal (|iie representaba Rozas, como el 
partido de Rivera lo era del unitario; y en segundo tér- 
mino la resistencia i decididamente numifestada) á las 
pretensiones de predominio y de absorción de la Gran 
Bretaña, de la Francia y del Brasil, las cuales habían 
tomado cuerpo al favor que les prestal)au el gobierno 
riverista y los emigrados unitarios. De aquí la necesi- 
dad que sentía la coalición de sostener á todo trance 
la plaza de Montevideo, que era el único punto del 
Estado Oriental donde de un modo permanente pri- 
maba la influencia ostensible de Rivera. Todos los 
otros departamentos orientales obedecían al gol)ierno de 
Oribe. 

Éste ejercía el poder ejecutivo de la República, diri- 
giendo con sus ministros la administración de los depar- 
tamentos, nombrando los funcionarios civiles y militares, 
y proveyendo á las necesidades con las rentas del Estado. 
Y el partido político cuyo jefe era Oribe representaba, no 
sólo la inmensa mayoría del pueblo oriental, sino la 
mayoría de los hombres mejor colocados en la sociedad, 
l)or sus vinculaciones de familia ó por sus servicios al 
país. Cierto es que Rivera tenía bajo sus banderas á ios 
Magariños. Ellauri. Herrera y Obes, Agniar. Lamas y 
otros: pero no es menos cierto que estos ciudada- 
nos principales comenzaban, por decirlo así. su carre- 
ra política, y que la participación que tomaron en los 
sucesos del sitio de Montevideo y de la intervención 
anglofrancesa. fué lo que les dio el nombre y la re- 
putaciiui con que los hemos conocido. En 184Ó. Oribe, 
de ilustre descendencia, ya tenía renombre histórico como 
inilitar en la guerra contra la metrópoli española; con 
el Portugal y el Brasil por la independencia de su pa- 



— 158 — 

tria, y como presidente del Estado Oriental. Á su de- 
recha figuraban el general Juan Antonio Lavalleja, jefe 
de los 83 orientales que se lanzaron á fundar la inde- 
pendencia de su patria cuando el entonces jefe de poli- 
cía de campaña del Brasil en tierra oriental, don Fruc- 
tuoso Rivera, formalja bajo las banderas del Imperio y 
recibía de éste honores; el general Eugenio Garzíui, dis- 
tinguido oficial de San Martín y de Bolívar en las ba- 
tallas por la inde])endencia suramericana; el general 
Ignacio Oribe y casi todos los militares que tomaron 
i)arte en esas campañas y en la del Brasil. Y bajo sus 
banderas íignraban nombres como los siguientes ({ue 
constituían el elemento ilustrado y dirigente del pueblo 
y de la sociedad oriental: Juan F. Giró, Alejandro Cliu- 
carro, Francisco 8. de Antuña, Carlos Anaya. José M. 
Platero, Juan J . Núñez, Juan Susviela, Cristóbal Salva- 
uach. Bernardo V. Berro. José Ramírez, Javier Álvarez. 
Javier de Viaiía, Eduardo Acevedo, Ambrosio Velazco, 
Jaime Estrázulas, Francisco X. de Viana, los Espina, los 
Baena, los Lerena, los Lenguas, Jaime Ylla y Viamon- 
te, José M. de Roo. Pedro Pablo Olave, Garlos Juanicó, 
los Sieiira. los Barreiro. los Araniliun'i. los de la Puen- 
te. Manuel M. Eráusquin, Ignacio y Andrés Vásíiuez, 
Luis Maturana, los Pereyra. los Moratorio. los Díaz, los 
Reissig, los Pérez, los García, los Aguirre, los Gadea, los 
Arcta. los Reyes, los Larrañaga. los Arrúe. los Balpar- 
da. los Cainusso, los Aréchaga. Diago, Blanco, Santurio. 
Villademoros, y muchísimos apellidos como éstos. Basta 
(■(ni agregar que con motivo de la declaraciíui del contra- 
almirante inglés que quería í(i)i'oteger)) ;i Montevideo, 
suscribieron una protesta en favor de Oribe 10G4 orien- 
tales rerinos lodos de la viudad de. Montevideo, cuyos 
nombres se encuentran en La Gaceta Mereanlil del 
•S de octulii'e de 184ü. Sucesivamente suscribieron 



— 154 — 

protestas análo^nas todos los dcpartaiiieutos del Esta- 
do Oriental. ( ' ) 

Mientras tanto. Rivera no liabía ejercido artos de 
gobierno sino al pasar, en los puntos <pie ocupaba con 
sus armas, se^i^iiido del ejército al mando de l'r(|niza, 
quien lo alcanzó en la sierra de Malbajar. y lo obli,n('t 
á repasar la frontera y asilarse en Río (írande. Rivera 
se dirigi(') en nombre del gobierno oriental al marqués 
de Caxias. comandante en jefe de las fuerzas del Im[te- 
rio en esa provincia, con quien había entretenido nego- 
ciaciones ])or intermedio de su secretario don José Luis 
Bustamante. Allí pudo reorganizarse con los auxilios 
de arnuis, vestuarios y caballos que recibió. Á últimos 
de enero de 184") pasó á la frontera oriental. Sus di- 
visiones, al mando de los coroneles Flores. Freiré y 
Silveira. sostuvieron choques sin importancia con las 
de Urquiza; pero como él pasase á mediados de febre- 
ro del norte al sur del río Negro y pusiese asedio ;i 
la villa de Meló, [Jrípiiza reunió sus fuerzas y el 21 
se movió del Cordobés en direcci('>n á Cerro Largo. Ri- 
vera se ocultó en la sierra del Olimar v SeboUati. Ur- 



(M He a((LU la composición de la Asamblea (ícneral Legislativa 
<le la l^eiiública Oriental que celebraba sus sesiones en el ]Mifíueleie: 
Carlos Anaya, presidente, senador porSoriano; Juan Francisco Oiró, 
.senador por Montevideo; Juan Susviela, senador por Paysandú; Luis 
B. Cavia, senador por Montevideo; Antonio D. Costa, senador por 
Canelones; Juan B. Callorda, senador por San José; Francisco Le- 
cocq, senador por la Colonia; Vicente V. Vásquez, Vicepresidente, 
diputado por Montevideo; José Mostos, por Soria no: Javier Álvarez, 
por Durazno; José A. Anavitarte, por Maldonado; Cristóbal Salva- 
ñacli, por Montevideo; Tomás Diago, por Cerro-Largo; Domingf) L. 
Costa, por la Colonia; Ciregorio Dañoveitia, por la Colonia; Francis- 
co Farias, por la Colonia; Eulogio Mentasti, por la Colonia; Fi-an- 
cisco Sotelo, por Canelones; Tomás Viana, por Montevideo: Juan C. 
Blanco, por Soriano; Antonio Ruíz, por Maldonado; Doroteo García, 
por Montevideo; Salvador Mandía, por Paysandú; Marcelino Santu- 
rio, por Canelones; Bernardo P. Berro, por Maldonado; Basilio Pe- 
reyra de la Luz, })or Cerro-Largo; Juan García de la Sienra, por San 
José. 



— 1 .-,.-, — 

<]iiiza coiitraiiiarclió el 2o del Fraile Muerto, y se (lii'i<^i('> 
])or el eamiuo de la (Krldlla^ con el designio de poner- 
se al llanco dereolio y salirle á vanguardia. Pero fué 
inútil. Rivera, conocedor del terreno, hacía marchar y 
contramarcliar á Ur(|uiza con el objeto de arruinarle las 
caballadas y caer sobre él en un nioniento i)ropicio. 
Así ])ernianecieron hasta el 11 de nnirzo en que Urqui- 
za se niovi(.) de su campo de Los Chcuir/ios, al saber que 
Rivera á la cabeza de 3.000 hombres se dirigía á tomar 
el pueblo de Minas. Ur(|uiza pudo im})edírselo lle- 
gando á tiempo á la barra de San Fram-isco. pero tuvo 
<|ue pernnmecer en este punto para dar descanso á sus 
caballadas. F]l 21 Rivera reunió todo su ejército y se 
dirigió sobre Frqniza: el 20 se avistaron amitos ejérci- 
tos, y el '2n toiiif') posiciones en los campos de hi Iiulia 
Muerta. 

Rivera tenía poco más de 4.000 hombres: Ur(iuiza 
tenía íj.OOO, en su mayor itarte veteranos. Al salir el 
sol del "21 de marzo. ('r([uizahizo pasar dos fuertes guerri- 
llas por el arroyo Sarandí. y tras éstas adelant(') sus colum- 
nas tendiendo su línea á tiro de cafnni de Rivera, y 
compuesta la derecha: de bi división entrerriana al man- 
do del coronel Frdinarrain: centro: tres compañías del 
batalb'tn Entre Ríos y tres piezas de artillería al mando 
del nuiyor Francia; izquierda: ocho escuadrones de ca- 
ballería, dos comi)añías de infantería y la divisií'm oriental 
al mando del coríund (lalarza. Los escinulrones entre- 
rrianos llevaríui una trtMnenda carga á sabb' y lanza so- 
bre la izquierda y i'l centro de Rivera, compuesta la 
primera de miüciíis riltinuimente incorporadas de los 
de[)artamentos de río Negro, y el segundo de im bata- 
Ib'ni de ¡nt'antería \' dos ])iezas de artillería, respectiva- 
mente mandados jtor los CíU'oneles P)aez, Luna, Silva y 
'Lavares. Las cargas de bjs federales fueron irresistibles. 



;■)() 



y bien jiroiito (jiiedí'i i'cdiicid;! la liatalla sobre la dere- 
cha de Rivera, donde estaban sus mejores fnerzíis al 
mando del general Medina, jefe de vanguardia. Ante el 
peligro de ser llanqueado y envuelto. Rivera se dirigit) 
¡¡ersonalinente á su izquierda para rehacerla, lo que pudí» 
conseguir trayendo algunos escuadrones al combate. 
Pero Urquiza lanzó entonces sus reservas, y después 
de una hora de lucha encarnizada lo derrotí') completa- 
mente, matándole más de 40U hombres, entre los (pie 
había treinta y tantos jefes y oíiciales; tomándole como 
~)0(l })risioneros, el parque, caballadas, toda su corres- 
pondencia, y hasta su espada con tiros y boleadoras. 
« Te noticié del suceso malhadado del 27, le escribía 
Rivera á su esposa; desgraciadamente volví á sufrir 
otro contraste que nos oblig*') á pasar el Yaguar(3n un 
poco apurados. Yo perdí parte de la montura y desde 
ese día estamos bajo la protección de las autoridades 
imperiales.» i'i 



I ') Manuscrito original en mi archivo. (Véase el apéndice.) Parte 
ottclal cíe l'r(iuiz<(, publicado en Ln Gaceta Mercantil del 17 de abril 
de 1845. 

Quizá porque el odio de partido cebó su encarnizaiaiento en las 
unas y otras fílas contendientes en la batalla de India ]\Iuerta. 
los riveristas y unitarios de Montevideo hablaban de los degüellos 
ordenados por Urquiza. Los federales alegaban que los muertos 
lo habían sido en el combate, brazo á l)razo y con las armas en la 
mano; y contestaban á su vez con los saqueos notorios de Rivera; 
con el número d<' las casas que incendió éste en la villa de Meló 
y con el nombre de las personas cuyas propiedades ó dineros había 
hecho suyas en su iránsito por los departamentos. En La Gaceta 
Mercantil del 7 de julio de 1845 se encuentra la lista nominal de 
los jefes, oficiales y soldados de Rivera que se jiresentaron á Ur- 
quiza después de la batalla de India ]\luerta. Sin contai- los que 
fueron tomados en la balalla, ni los que se i)resentaron en esos 
días al general Ignacio Oribe, en esa lista figuran los nombres de 
dos jefes, (Hi'ígiílo Silveyra y Agustín Piris), los de 45 oficiales y 
593 (le tropa. I, os niieitiln-os del cuerpo diplomático residentes en 
Buenos Aires, entre ellos el encargado de negocios de Francia, 
barón de Mareiiill, declararon ;i solicitud del gobierno argentino 
que los informes fidedignos (|ue habían recibido, los habilitaban 
para afirmar (|ue no había habido semejante degollación de pri- 



— mr — 

Esta victoria destniyú para sieiuitre la iiiílueiicia 
militar del director de la guerra contra Rozas. Verdad 
es que la inílueucia de Rivera estaba minada por sus 
amigos de Montevideo, aun i)or los que aparentaban 
divorciarse en obsequio suyo de algunas personalidades 
que en realidad les incomodaban, como se ha visto en 
páginas anteriores. Ello se corrobora por el acuerdo 
reservado que expidió el gobierno de Montevideo el 20 
de marzo, en circunstancias en que Rivera se ¡¡repa- 
raba á dar la batalla de India Muerta. Este acuerdo es 
perfectamente calculado para que los agentes de Fran- 
cia. Gran Bretaña y Brasil procedan sin denujra en el 
sentido de la intervención solicitada, combinada y espe- 
rada, y. al misnu) tiempo, para lierir á Rivera en lo 
más hondo de su orgullo. El gobierno pone en trans- 
parencia que se producían en ^Montevideo los misnn)s 
hechos que condenaba el de Bu (Míos Aires; y etdni 
sobre Rivera la responsabilidad de lo imposible que 
demanda. Lamenta que el contraalmirante francés se 
disponga ;i reconocer el bloqueo: cuando le consta 
que en todo nu-nos en esto piensa el contraalmirante. Se 
alarma de la imposibilidad material de renovar los con- 
tratos de víveres caso de (pie el bloíjueo sea reconocido: 
y es público y notorio ([ue ya lo tiiMien ajustado las 
mismas casas extraiij(M'as. con el iMuiociniiento y ayuda 
de los agentes y (■(nnaiidaiites de fuerzas extranjeras sur- 
tasen Montcvidcíj. y en la misma forma cu (jue lo venían 
eiinii>li('iHl(> con la ayuda del comodor(j Purvis, del mi- 
nistro Sinimbií. etcc'tera. Habla de «las multiplicadas 
exacciones arrancadas á las clases lu) menesterosas, v la 



si<iiici'(»s (lc.s])iiés de l;i halalla de India .MuciMa. N'éasi' estos docii- 
liientos 011 La Gncriji Mn-ciiiifif di>| |K de dicieiulii'í^ de 1H45 y eii el 
Diario ilr si'siitiirs de la .iiiijla dr lüíeiKis \¡i-('<. tnino 'W. p;iii'. (i74 
Ji 097. 



— ir,x — 

absoluta escasez de numerario». ]>ara hacer sentir ({ue 
pesa sobre la plaza defendida por extranjeros, una 
situaci(')n violenta y poco durable. Y hace presente la 
falta de recursos, de cabalgaduras, y la escasez de mu- 
niciones de guerra, para declarar á la capital en inmi- 
nente peligro de caer en manos del enemigo. Á pesar 
de todo esto, el gobierno decide hacer una salida general 
con las fuerzas de la plaza, á cuyo efecto comunica dicho 
acuerdo al director de la guerra para que le envíe óOO 
hombres de caballería y 1.000 caballos que son indispen- 
sables para esa operación, y para que á su vez el mismo 
director entretenga las fuerzas del enemigo en la cam- 
paña. «El gobierno, concluía este curioso documento, 
debe protestar, como protesta, ante Dios y la Patria, y á 
su nombre reclama del general don Fructuoso Rivera que 
acepte toda la responsabilidad que le toca, si estando 
en la esfera de la posibilidad, no llena el objeto que le 
exige para la salvación de la capital que queda en este 
punto en sus manos.» 

Para darse una idea de la seriedad de este documento 
basta tener presente que las fuerzas de la defensa de 
Montevideo, que al comenzar el sitio alcanzaban á 8.000 
hombres, estaban reducidas en esta época á 4.000 ('j, pues 



( ' ) He aquí el estado de las fuerzas activas y pasivas en la 
plaza de Montevideo en los primeros meses de 1845. '^l se aproxi- 
ma al que dio el Archivo Americano y lo he consultado con va- 
rios oficiales de la defensa de Montevideo. 

.Ser. Batallón de infantería de línea (negros esclavos;... 240 

4o. » - " •> " » » 200 

50. » o '1 >i » » » 250 

ler. Batallón iíuardias nacionales 140 

20. •> " » ') 100 

30. ') o '1 100 

Legión argentina 400 

División Flores (en el Cerro) 200 

Batallón Exti'amuros 300 

]cr. Batallón de la legión francesa 350 

2o. » » » ,) 200 



— 159 — 

en los (los años trascurridos se habían ido pasando al 
ejército de Oribe, permaneciendo en éste, ó alejándose los 
extranjeros para la República Argentina ó el Brasil. El 
ejército sitiador contaba cerca de 8.000 soldados bien 
armados y en su mayor parte veteranos, ('j Esto lo sabía 



:}er. Batallón de la legión íVancesa 400 

1«^''. Batall()ii (le la legión italiana 450 

Artillería de plaza, españoles 115 

') rodante. IVanceses 100 

') " italianos . 50 

1''"". Batallón ]);isiv() de í'ranceses 300 

¿o. „ „ „ 200 

Total.. 4095 
Que se descomponía así: 

Ciudadanos orientales 540 

Negros esclavos 690 

Extranjeros, franceses, argentinos unitarios, italianos, 
españoles, brasileros, etcétera etcétera 2865 

4095 

(') Hé aquí un estado de las fuerzas sitiadoras al mando de 
Oribe. I. o lie formado consultando las cifras y los datos (jue arro- 
jan las varias jiublicaciones de la época, tomando el término medio 
cuando no concuerda u los que suministran los informes de Buenos 
Aires y los de Montevideo: 

Batallón Libertad Oriental (Lasala) 900 

Ídem Defensores de la Independencia Oriental (Hin- 
cón) 500 

ídem Defensores de Oribe (compuesto de orientales 

y canarios) — Francisco Oribe 300 

{''<'. BatalbJn üiutnlia nacional (Sienra) 280 

20. .) ., (Arela) 250 

3o. .' o (Balparda) 300 

4o. ). ■> (Arécbaga) 250 

2 escuadrones de caljallerja 200 

Escuadrón escolta 1 50 

Batallón Voluntarios de oribe (vascos, Artagaveitía). . 500 

>' Libertad (argentinos. Maza) 000 

» Independencia (id(!ni. Costa) 700 

" Lilir(!s de Buenos Aires (ídem. Hamos .500 

Hebajados (ídem. Hamiro) .500 

Artillería de Buenos Aires, 25 piezas 250 

Escuadrones de caballería al mando de .1. M. Flores.. . 300 

» » » Sosa 250 

» » I) Serrano.. 2.50 

» » » ilvarez.. 200 

Total.. 7180 



— IGO — 

muy bien el ,i;obierii() de la ]i!a/.a. couio también que 
Oribe podía contar además con b)S departamentos (|ne 
ocupaba, y con las dos fuertes divisiones al mando de los 
generales don Ignacio Oribe y Servando Gómez. En segui- 
miento de Rivera maniol)raba el EJérrito de operaciones 
al mando de Urquiza: y después de los descalabros que 
liabía sufrido Rivera desde el punto extremo del terri- 
torio en que se hallaba, ni podía aventurar una columna 
de caballería á los albures de una marcha por entre 
fuerzas infinitamente superiores, ni desprenderse de ella 
Y de sus medios de movilidad, frente al enemigo que 
lo buscaba con fuerzas aproximadamente iguales; ni po- 
día tampoco entretener á su arbitrio á su enemigo, como 
se lo exigían. Las dos ocasiones en que se hizo una 
salida general, las fuerzas de la i)laza se replegaron, evi- 
tando la aproximación de mayores fuerzas sitiadoras, y 
eso que era el general Paíí quien mantenía "todavía la dis- 
ciplina de la defensa; y que en esos dos combates sólo 
tomaron parte dos ó tres divisiones de Oribe. Píu- lin. era 
tangible y evidente para todos los defensores de la 



Que se descomponía asi: 
Ciudadanos orientales, deduciendo loO soldados cana- 
rios d(d IHaiallíMi Rinecni :W»0 

Vascos 500 

Argent inos • 3550 

Canarios 130 

7 ISO 

Esto, sin contar las l'uerzas orieníales que lorniahan jiarle del 
ejército al mando del general Urquiza, y las siguientes fuerzas 
orientales que podían en una buena ])arte incorporarse á los si- 
tiadoi^es una vez destruido Rivera en India .Muerta: 

División del genei'al (iómez 1500 

» del general Ignacio < trihe lt)00 

» de Cerro Largo 500 

» Paysandií 500 

» Colonia 400 

)) Soriano y Mercedes 800 

Total.. 4700 



— 161 — 

phiza que aun eu la hipótesis de que Rivera, libre de 
Urquiza. hubiese venido á batir á Oribe eu combinación 
con las fuerzas de Montevideo, todas las probabilidades 
estaban en favor del último, quien tenía excelente arti- 
llería é infantería veterana, mandadas por jefes experi- 
mentados, y en número casi doble de los que jiodría 
presentarle el ejército extranjero riverista. El anterdo 
reservado del ,i,^obierno de Montevideo, inspirado aparen- 
temente en la idea del sacrificio heroico, era en el fondo 
nn jaque á Pavera y un llamado urgente y decisivo á 
los extranjeros coaligados. 

Simnltáneamente el gol)ierno de Montevideo resolvió 
concluir con el Imperio del Brasil el tratado que venía 
negociando y que se reducía á establecer el protecto- 
rado m;'is (') menos velado de este último en Montevideo, 
con tal que asumiese abiertamente personería en la gue- 
rra con la Confederación Argentina. Es necesario ad- 
vertir que recién á mediados de abril de 184Ó el ministro 
oriental en Kío le comunicaba reservadamente al gobierno 
de Montevideo la forma de la intervención, y que el 
Imperio entraría si convenía con h) acordado entre la 
Oran Bretaña y la Francia. El ministro agregaba que 
estaba contentísimo del resultado déla misión Abrantes 
que debía estimular el apetito de los hijos de Albi('»n. ([iie 
movieron á los del Sena.» (') Con fecha 3 de abril el 
gobierno oriental le envió á su ministro en Río los ple- 
nos poderes, las instrucciones y apuntes necesarios para 
que firmase el expresado tratado; y con fecha IT) el mi- 
nistro Magariños le comunicaba loque había conseguido 
sobre el jiarticular. «Preciso era hacer entender al ga- 



(') Carta (le don Francisco Magariños á don Santiajío \'ás(|n(íz, 
interceptada á .Magariños y piihlicada en El Archivo Americano. 
1" serie, iiñin. 'íi, piíg. :55x. 



billete imperial, le escribe el ministro Magariños al 
gobierno oriental, con feclia ló de abril, la disposición 
del gobierno de la República para que no pierda tiempo 
en providenciar á los graves apuros de las circnnstancias 
críticas en momentos tan decisivos, y por eso manifesté 
inmediatamente la autorización que tenia, é insté por la 
anticipación de cúgwno'^ auxilios de cualquiera clase... 
y como no se recibió la respuesta negativamente, confío 
en que podré dar conocimiento á V. E. de lo que ade- 
lante en mis trabajos.» ('j 

Poco adelantó el ministro Magariños; no porque no 
fuese urgido por el gobierno de Montevideo á concluir 
la negociación, ni porque no urgiese él mismo en tal 
sentido; sino porque el Imperio, envuelto como estaba en 
las redes que había tendido hacia el lado de las dos gran- 
des potencias que lo cohonestaban, no quería comprome- 
terse en seguida del desastre de Rivera, que tan ingrata 
impresión había causado en Hío Jeneiro: «El desastre 
del 27 llegó á la corte de un modo aterrante, le escri- 
bía á Rivera su secretario Bustamante. . . Inmediatamente 
el gobierno mandó desembarcar cien hombres y una 
gran cantidad de bombas de incendio y otros artículos 
de guerra que debían salir i)ara Montevideo... El go- 
bierno de la capital, en medio del conflicto en que se 
hallaba, ha pedido al gabinete imperial, por medio del 
señor Magariños, una contestación terminante sobre la po- 
lítica que se propone guardar en estos momentos, pi- 
diéndole que declare qué partido tomará en el caso 
extremo de que se entregase la República á un poder 
extranjero antes que sucumbir bajo la cuchilla de Rozas; 
porque en aquel extremado apuro el gobierno de la Re- 



(*) hiterceptada como la anterior al ministro Magariños y pu- 
blicada en El Aix-hivo Americano, 1* serie, núm. 21, pág. :360. 



— 1H8 — 

pública se echaría ron preferencia en /os brazos de un 
poder americano. ( ' ) 

liivera asuinii) directMiutíiite personería en este asunto. 
y reveló cualidades mejores que las que le concedían sus 
amigos. Sobreponiéndose al tremendo desastre que aca- 
baba de sufrir, entró resueltamente en territorio brasilero 
al frente de las fuerzas que había salvado de la India 
Muerta, y les declaró á las autoridades del Imperio que 
tenía negociaciones pendientes con el conde de Caxias. 
Kl 10 de abril le comunicó á Caxias desde la villa 
de Yaguar(3n todo lo que había ocurrido, y que el 
jefe de esa frontera coronel Francisco Pedro le ha- 
bía señalado el punto donde estaba acampado con 
sus fuerzas: que en consecuencia le enviaba á don 
Vicente Álvarez « el que le instruirá de todo aquello 
en que desee ser instruido respecto de los sucesos que 
motivan su comunicación ». (■) El gobierno imperial aprob(') 
en un todo estas medidas : dispuso que esas fuerzas fue- 
sen racionadas y que se le proporcionase á Rivera todo lo 
necesario i)ara que bajase á Río si tal era su deseo, Á esto 
se refería Magariños cuando le decía á don Luis Busta- 
inante, secretario de Rivera, en carta de 22 de abril «... en- 
tretanto se despacha este vapor con ])liegos y prevenciones 
])ara el conde de Caxias » . (■') 

Eso éralo que quería Rivera; y si él se dirigió á Río 
de Janeiro fué para tratar de su restauración en el Estado 
Oriental con la ayuda del Brasil. Esto se hizo público en 
aquella corte. « Animado el conde de Caxias de amigables 
sfiitimientos, escribía El Mercantil (íq Río del 18 de mayo 
de LS45, no era posible que cediese á la requisición de 



(') Maiiuscriio original f'ii mi ai'cliivo. (Véase el apéndice.) 

(2) Véase La Gaceta Mercantil del IH de Junio de l(S4.'i. 

(3) Manuscrito oi-iginal en mi archivo. (Véase (d apéndice.) 



— 1()4 — 

Urquiza. y íorzasu al t^eiieral Rivera á embarcarse para 
Río Janeiro. Se atribuye la venida del ilustre general, al 
deseo que nutre de que el gobierno brasilero intervenga 
en los negocios del río de la Plata ». Otro diario de Río, 
de diversa opinión política, El Centinela de la Monarquía, 
enuncia la misma idea escribiendo: « Se dice (y lo cree- 
mos ) que el general don Fructuoso Rivera va á entablar 
con el gobierno un tratado de alianza con el ñn de recobrar 
las riendas de la presidencia de la Provincia Oriental. 
Consta que hoy ( 19 de mayo) tendrá él una conferencia 
con el señor ministro de guerra. » El Grito del Amazonas 
de Río, escribe también con motivo de la llegada de Ri- 
vera á la corte (23 de mayo): «¿Qué viene á hacer aquí 
este personaje ? ¿ Vendrá á representar el mismo papel que 
representíj el general Paz? ¿Vendrá á prepararse para en- 
trar de nuevo en el territorio cisplatino. provisto con 
socorros de armas y otras municiones?... Frutos, cuya 
deslealtal al Brasil pasa ya como proverbio, sentado en 
los lares del pueblo brasilero ! . . . » 

Cuando el gobierno oriental por una parte, y el general 
Rivera, asumiendo la representación de éste, por la otra, 
le proporcionaba una coyuntura favorable para la rea- 
lización de sus planes, era precisamente cuando el Im- 
perio no [)odía, propiamente, dedicarse á ello. Se había 
atado las manos, llamando al río de la Plata la Gran Bre- 
taña y la Francia; «despertándoles el apetito» , como decía 
el ministro Magariños al ministro Vásquez. respecto de 
las mismas ventajas que codiciaba para sí exclusiva- 
mente, y en las que encontraba una resistencia formi- 
dable que no le era dado vencer. La intervención era 
cuestión resuelta; pero la Gran Bretaña y la Francia la 
asumían con esta cláusula, destinada estudiadamente á 
desbaratar las pretensiones del Imperio : « sobre la base 
de la independencia del Estado Oriental». El Brasil lo 



— 165 — 

sabía olicialiueiite por buca de uno de los ministros inter- 
ventores, Mr. Ouseley, que se preparaba á partir de Río 
para Buenos Aires. Y de aquí el embarazo del fíabinete 
(U.'l Imperio para conciliar la conducta que le trazaba esta 
imposición de las dos grandes potencias con la que 
quería seguir, y le convenía seguir, respecto del gobierno 
de Montevideo y de Rivera, tal como éstos se lo solicitaban. 
Era lo que se puede llamar la lógica de las compensacio- 
nes siniestras, que venía á herir al Imperio con armas más 
poderosas que las que él esgrimía. Lo que su diplomacia 
tortuosa y antiamericana había venido trabajando para 
engrandecerse á costa de defraudar á sus vecinos, venía 
á aprovechar á dos grandes potencias que se oponían á 
ese engrandecimiento en nombre del propio egoísmo. 
Y este contlicto de intereses, y la actitud de la Confe- 
deración Argentina, era lo que debía salvar la pre- 
sa codiciada de todas las manos que sol)re ella se 
extendían. Xo lo entendieron así los riveristas. « Error 
lamentable, decía en nii libro el secretario de Rive- 
ra, (jue ha costado ya mucha sangre, muchos sacri- 
licios, muchos desengaños. Si el Brasil hubiese entrado 
á cooperar en la intervención i)ropuesta. con todo su 
poder terrestre y marítimo, conio era la mente del gabi- 
nete, la cuesti(')n pudo resolverse en seis meses... y 
esas jtotencias habrían concpiistado todo el riquísimo 
presente y porvenir que las repiiblicas del Plata conser- 
van aiin vírgenes y envidiables. » (') 

(.'ualesquiera que fuesen los arreglos (juc d Imperio 
concluyese con Rivera, si es que se decidía á concluirlos, 
eran, |tues. letra muerta, por(¿ue quedaban subordinados 
(MI un todo ;i las decisiones supremas de l;i intervenciéni 



( ' ) NéaseLos hervores capitales de lo intervenci>ina7i(flofrancesa, 
piífíiriii 3H. 



— Kir. — 

anglofranceSíi en el Plata, y la mal había comenzado á 
verificarse de hecho por los auspicios de los almirantes 
Inglefield y Lainé al trente de sus respectivas fner/.as 
navales. 

La situación de los vencidos no admitía demora, jior 
otra parte, después de la destrucción de Rivera. La guerra 
en el Estado Oriental estaba concluida propiamente, pues 
en el Aruerdo reservado del 20 de marzo el gobierno de 
Montevideo, sin conocer todavía la derrota deíinitiva de 
Rivera, declaraba que esa plaza no podía sostenerse cua- 
renta días con sus solos recursos. Á la Confederaci<')n 
Argentina no le quedaba ya más que reducir al gohierno 
que le declaró esa guerra y le devastó su territorio, para 
afirmar su seguridad en las garantías que le diesen las 
autoridades que elegiría el Estado Oriental. Eln conse- 
cuencia. Orihe propuso una rendición honorable á los 
defensores de la plaza ; y como ello fuese inútil, se decidió 
á tomarla por asalto. Simultáneamente expidió los decre- 
tos de mayo de LS4Ó, para la renovación de la Asamblea 
general legislativa y elección del nuevo presidente del 
Estado Oriental. 

Pero los almirantes Inglefield y Lainé le declararon 
á Oribe, que no permitirían (jue se rompiesen hostilidades 
sobre la plaza de Montevideo ; y con el mismo derecho con 
que desconocían el bloqueo de ese puerto y el de Maldo- 
nado, suministraron al gobierno de la plaza gran cantidad 
de balas de cañón y de fusil, ixjlvora, víveres frescos y 
otros auxilios de que carecía. Este desconocimiento de 
los derechos de una nación soberana, apoyado en formi- 
dables fuerzas navales, se consumaba precisamente 
cuando llegaban al Plata los ministros que la Gran 
Bretaña y la Francia acreditados ante el gobierno ar- 
gentino « en misión de paz y amistad ». según rezal)an 
las instrucciones al cahallero Ouseley y al barón Deffau- 



— If)? — 

dis. O Tales hechos, de suyo vejatoiios. dejaban com- 
prender que el objeto de esta misión era hacer pre- 
valecer en los Estados del Plata, los intereses absorbentes 
de la Gran Bretaña y de la Francia. Con sobrada razón den 
José Bustamante, secretario de Rivera, al darle cuenta á éste 
de tales sucesos, le escribía: « Principiamos una nueva si- 
tuación, y el gobierno, después de mucho tiempo, princi- 
pia á restablecer su moral, apoyado por los poderes 
extranjeros que nos han levantado déla tuni])a... un 
fís posible ni político precipitar los sucesos. (-) 

Que tal era el objeto de esta misi('»n: y qut^ ella era 



( ') He aquí esas riicrzas (Mi el rio de la Plata: 



llritnnicds 



c aliones Plazas 



Krajíata Ciii-acao ... '¿8 240 

Satélilc 18 180 

("uiiius -10 140 

Hri-<ianlin Frolie Id 110 

Aüorn 14 IdO 

l'hildinel ... 14 100 

I)()ll)liiii :! S(i 

» Spider 4 4() 

Vapor (loi'doii (■) 1()0 

.) Kirelii-and. . . 11 KU) 



Francesas 



Cañones Plazas 



FrafíHla Añ'icaiiie.. . (U) 500 

» Atalanta 6U 500 

>> Krijroiie 00 500 

Corbeta Expeditive. 18 100 

» Coquotte 20 120 

Her«.antin I)as.>ías... 22 130 

» l'andour.... 10 120 

o Duconsdic . . 20 l'M) 

Vapoi' Fullou 'A 100 

Kvlaii ;í 30 



134 1310 
llrasileras 



282 2230 
rarmiies Plazas 



Corbeta Euterpc 20 

» 2 de .1 II lio 

>) 7 de Abi'il ... 

Hei'lio.ua 

I.iiidí 

iicrjiaiitin ('ai)irihii-iM 

(loleta Oliiida 

Patacho Aruos 



24 
■>■) 

22 

18 
IS 
12 
10 

1(1 



180 
200 
180 
100 
140 
lio 
loo 

80 
1.50 



Canotiés 
S<ddados 



T OTA I. 



502 

40UO 



(-) .Matmscrilo orijíinal cii mi an-liivo. ( Véase el apéndice.) 



— \m — 

una intervención Mrnuula (' idéntica á las que esas po- 
tencias dirigieron á otros paises de Asia con el desig- 
nio de recolonizarlos, lo dicen las Instrucciones dadas 
respectivamente por lord Aberdeen y Mr. Guizot á los 
ministros Ouseley y barón Deffaudis. Sin perjuicio de 
manifestar intenciones « de no intervenir de modo alguno 
en la independencia de Buenos Aires, ni de exigir conce- 
siones territoriales », lo (|ue era monstruoso tratándose 
de una misión de paz y amistad, y no había necesidad 
de expresarlo, desde luego, esas instrucciones abarcaban 
una serie de medidas que, atacando fundamentalmente 
la soberanía é independencia del i)aís contra el cual 
debían emplearse, dejaban expedito el camino para so- 
meterlo á la situación que llegare á crear el triunfo de 
las armas de la intervención. Uezaban que era intención 
del gobierno británico unir sus fuerzas con el de Francia 
para que terminase la guerra (pie hacían las armas 
argentinas « al Estado Oriental, cuya independencia la 
Gran Bretaña está obligada naturalmente á sostener » ; 
y porque el fin de esa guerra « es poner el gobierno 
de Montevideo en otras manos que las de aquellos á 
quienes lo coníió el consentimiento del Estado ». 

No era exacto que la Gran Bretaña estuviese obliga- 
da á sostener la independencia del Estado Oriental, pues 
que su rol fué el de mediadora en la negociaciíjn ter- 
minada con la convención de 1828 que labró la in- 
dependencia de ese Estado. Ni el gobierno argentino 
atacaba esa independencia; que la defendía por el con- 
trario del Imperio del Brasil y de los mismos coaliga- 
dos. Y ni aun en la hipótesis de que el gobierno 
argentino la atacase, podría la Gran Bretaña acordarse 
el derecho de intervenir á mano armada en la 
guerra entre dos naciones soberanas; y erigirse en juez 
de la legalidad ó ilegalidad del uobienio de una de 



1()9 — 

ellas. Partiendo de tales fundamentos, lord Aberdeen 
ordenaba al ministro Onseley que exigiese del gobierno 
argentino el retiro de sus fuerzas del Estado Oriental, 
y que levantase el bloqueo á Montevideo. «Así se habrá 
llenado ciprimer objeto qne el gobierno de S. M. tiene 
en vista. Los términos en qne haya de establecerse de- 
finitivamente la ])az. pueden entonces dejarse á la me- 
diación imida de las potencias amigas que nos disentirán 
y recomendarán ;i las partes principales.» 

Las medidas á tomarse, se revelan claramente. 
Lord Aberdeen piensa que posibleniente podría asegu- 
rarse la libre navegación de los ríos tributarios del 
Plata; pero que mientras haya esperanza de restaurar la 
paz sin el apoyo de la fuerza, será mejor no hacer mención 
de esa materia. «Sin expresar opinión sobre el camino 
que sea necesario seguir si acaso nos venios obligados d 
ocupar aquellas aguas ron la fuerza combinada^ agre- 
ga. . . daré á V. instrucciones para asegurar esa libre 
navegacií'm.» Lo curioso es que esa esperanza ni existe 
])ara lord Aberdeen, ni parece ([ue ha contado sobre 
ella, en cuanto depende del gobierno argentino: i)orque á 
la vez (|ue afirma (|ue «puede contiadamente anticipar 
la pronta aquiescencia de Montevideo á nuesta media- 
rión (?))K ordena (jue si i)ara un día lijo no se han retira- 
do las fuerzas argentinas, ni levantado el bloqueo de 
Mmitevideo, los comandantes ingleses (y franceses) ob- 
tengan esos objtitos por la fuerza.» Y aquí entra á des- 
envolverse la mediación como la llama lord Aberdeen. 
«La cesación del bloqueo se obtendrá en el momento 
y sin dilicultad, dice, como que na-da m;is tVtcil para, las 
escuadras Cíunbinadas (|ue apresar la argentina. Con 
respecto á la retirada de las tropas argentinas de la 
línea sitiadora, queda al arbitrio de los ministros me- 
diadores la eleccii'ui (It'l medio de bu'zarlas y (|ue lo ve- 



— 170 — 

rííiqueii: bien que vi «^oliieriKj de S. M. B. })ieiisa que 
el bloqueo de los puertos por donde el gobierno Buenos 
Aires acostumbra mantener las comunicaciones con el 
ejército sitiador, muy especialtnente el Buceo, y aun 
la ocupa('i(Jn de una parte del rru,i>iiay. cortaría la comu- 
nicación entre el gobierno de Buenos Aires y las fuerzas 
del general Oribe, obligándolos así á retirarse ó disol- 
verse.» 

La misma doblez se observa respecto de las opera- 
ciones en tierra. «El gobierno de S. M. no tiene inten- 
ción de emprenderlas; pero desembarcará V. de los buques 
de S. M. la gente que sea necesaria para ocupar la isla 
de Martín García ó cudUfuicr otro punto ele rjue secí ne- 
cesario tomar posesión temporaria, para hacer más efiro- 
i-cs las operaciones de las fuerzas combinadas.'» El 
gobierno de S. M. cree que el gobierno argentino cede- 
rá á su intimación de levantar el blo(|ueo de Montevideo 
^ de abandonar la causa del general Oribe: pero, si el ar- 
gentino no cede, autoriza al ministro mediador hasta 
para bloquear al puerto de Buenos Aires y cualquier 
otro de las costas del Plata; y para que de acuerdo con 
su colega francés apoye á la plaza de Montevideo con 
las fuerzas y los auxilios (|ue crean necesarios. Como 
se ve. la Oran Bretaña y la Francia, á título de media- 
dores^ establecen desde luego, pero en escala más vasta 
y coercitiva, los mismos procedimientos que quieren 
impedirle al gobierno argentino y que éste ado]»ta «para 
liacer más eficaces sus operaciones», y en nombre de su 
perfecto derecho de beligerante. 

Por lo demás, el gobierno de S. M, B. no se decide, pol- 
la sola negativa del general Piozas. á reconocer la libre 
navegación de los ríos tributarios del Plata, á que las 
escuadras combinadas los ocupen. «Sin embargo, le dice 
lord Aberdeen al ministro mediador, si se presenta 



— 171 — 

alguna ojtortiinidad de {troiiiover cualquier otro objeto 
colateral de iii][)ortaiicia. como ]»or ejemplo la apertura 
de la navegación de esos ríos ó la restauración de la paz 
á los gobiernos de Corrientes 6 Entre Ríos en sus rostas, 
nt) necesito decir á V. que deberá a[)rovecbarlas del mejor 
modo que i)ueda.)) Este incidente de tratar directamente 
con la provincia de Entre Ríos que. como las demás pro- 
vincias argentinas, tiene delegada su representaci(3n en 
el encargado de his relaciones exteriores de la Confede- 
ración, que es el general Rozas, es uno de los que segiin 
las instrucciones, «quedan librados á la responsabilidad 
del ministro de S. M. B. que interpretará los sentimien- 
tos de su gobierno cualesquiera que sean his circuns- 
tancias que se presenten; y responde al plan propuesto 
respecto de esa parte del litoral codiciado. La do- 
blez (|ue campea en estas instrucciones se] redon- 
dea al linal con niia sátira. Lord Aberdeen concluye 
diciendo que si la plaza de Montevideo bul)iese caíd(> 
en poder del general Oribe, y éste quisiese conservarse en 
el mando con la presencia de las fuerzas de Buenos Aires, 
el gobierno de S. M. B. miraría esto como una violaciíui 
ílagrante de la independencia oriental (jiie le inipondi ía 
la necesidad de wia intervención artiva.)). Esto era como 
l)ara que cualquier colegial se preguntase si la ocu])ación 
de Montevideo, y el bloqueo á Buenos Aires, y la ocupa- 
ci(')n de ríos y territorios argentinos, ])rescript() en las 
instrucciones, no coiistituíaii actos de intervencitni ac- 
tiva. 

Las instrucciones dadas [lur el gobierno IVanci's al 
barí'ni Deffaudis. con el mismo objeto, están naturalmente 
en un todo de acuerdo con las expedidas ]ior el británico. 
Si se jirescinde de ciertas informaciones de detalle, .i las 
cuales se ajustará la conducta del barí'ui ( el misnu) 
que iiiter\iiit» en la cuestií'ui de Mt'xico bajo el gobierno 



— 17:2 — 

de Santa Ana) las instrucciones de M. Guizot van dereclio 
al objeto. Comienzan con un despropósito del pnnto 
de vista del derecho de gentes. En vista de la inte- 
rrnpción del comercio que resulta de la guerra entre Bue- 
nos Aires y Montevideo, y de las ofensas que sufren 
los extranjeros en estos puntos, los gobiernos de Inglaterra 
y Francia, dice M. Guizot. i(han concertado medida>i 
para obligar á los beligerantes á que acepten su media- 
ción )k «Si hallase V. una oposición incontestable^ le 
previene al barón Deffaudis. recurrirá al empleo de la 
fuerza, á cuyo fin avisara V. al comandante de las fuer- 
zas navales francesas en el Plata, quien de acuerdo con 
el de las de S. M. B. tomará las medidas necesarias contra 
el beligerante obstinado. » 

Esto era proceder con las repúblicas del Plata como 
se había procedido con los paises bárbaros del África, 
y eso que aquí no promedió ni el abanicazo del Bey que 
movió una reclamación, en pos de la cual vino la con- 
quista de la Argelia y anexión de ella á la Francia. Una 
mediación es un buen oficio que admiten ó no admiten 
los beligerantes: pero no una regalía ó privilegio que se 
impone i)or la fuerza. Cualesquiera que sean los inte- 
reses en nombre de los cuales se ofrece la mediación, 
ellos están subordinados en el estado de guerra á los 
intereses supremos del Estado que la hace con arreglo 
á las leyes que á la guerra rigen; y aun en el caso 
de efectivos perjuicios originados á los neutrales, no se 
podía desconocer por medio de la fuerza los indiscuti- 
bles derechos que para terminar la guerra tenía uno ó 
ambos beligerantes, cuyo carácter de tales se reconocía ex- 
presamente. Las instrucciones de Mr. (iuizot contenían, por 
lo demás, cláusulas idénticas á las de lord Aberdeen res- 
pecto de la ocupación de los ríos, la isla de Martín Gar- 
cía y de cualquier otro punto que se creyese necesario. 



— 17:5 — 

de bloqueos y demás operaciones de las escuadras com- 
binadas. ( ' ) 

Sobre estas bases y con tales ])ropósitos. se inició la 
intervención angiofrancesa en el río de la Plata. La 
escena de Argel, de la China y de México se trasportaba 
nuevamente á Buenos Aires, con medios y recursos más 
elicaces que en el año de 1838. Kí gobierno de Rozas quedó 
solo frente al poder formidable de la intervención y del 
Brasil que la apoyaba sin dejar por tdlo de medrar. (^) 



(') Véase en el apéudiee la carta del ministro (Wiido. 

(-) Las instrucciones dadas á los ministros interventores. Mi-. 
Ouseley y barón DelTandis, se enctientran reunidas en el lil)ro d<!l 
señor José Luis Hustamante. Los cinco errores capitales de la 
intervención angiofrancesa, ]iá<i'. 40 á 562. 



CAPrm.o L 

r,A MISIÓN orsKI.KY-DKFFAl DIS 

(1815) 

SUMAKIO : 1. riecepción ilol iriiuisti-n Ousi^lcy. — 11. rontidoiiciiis de i'stu iil niiiiistro 
Guido. — III. Las iloducciiiiios de Guido. —IV. Mcmorándiira del luiuisd'o 
Oiiseley ni gobierno argentino. — V. Puntos ([ue llega á. lijar eon el mi- 
nistro Arana : resiuncn que de ellos presenta al gobierno argentino. — VI. 
Éste los ratifica sobre la base del reconocimiento del bloqueo de Montevi- 
deo. — VII. Interposición del ministro de Estados Unidos: correspondencia 
de éste con el británico sobre la mediación. — VIII. ('onferencia entre 
ambos diplomáticos sobre la paeiñcacáón del Plata : ellos y el ministro 
Arana aceptan las bases propuestas. — IX. Cambio brusco del ministro 
Ouseley. — X. El barón Defí'audis se niega á aceptar la ¡ntcrposieión de 
los Estados Unidos : Mr. Ouseley da como no hechas sus declaraciones, y 
se niega á comunicar con el residente de Estados Unidos. — XI. Lo ([ue 
revelaba la exclusión de este último. — XII. Los mediadores reclaman del 
gobierno argentino una suspensión de hostilidades sobre Montevideo : 
Hozas sin pronunciarse sobre la reclamación, reitera su declaración de que 
no admitirá mediación sin que previamente se reconozca el bloqueo de 
Montevideo. — XIII. Los mediaclores exigen (jue se levante esto bloqueo: 
términos concretos en que coloca la cuestión el gobierno argentino. — XIV. 
El bloqueo de Montevideo ante el derecho de gentes. — XV. Los bloqueos 
declarados jior Francia y Gran Bretaña. — XVI. has mediadores exigen 
al gobierno argentino que retire sus fuerzas del territorio y aguas orien- 
tales. — XVII. La mediación convertida oficial y materialmente en inter- 
vención armada. — XVIII. Critica, legal de los motivos que alegan los 
interventores : la violación de los tratados de 1828 y de 1840 : verdadera, 
posición del gobierno argentino en la guerra con el de Montevideo : la ame- 
naza contra la independencia oriental venia de los interventores: en ningiin 
caso podían legalmento la Gran Bretaña y la Francia intervenir como lo 
hacían : la mediación y la garantía ante el derecho : actos solemnes por 
los cuales la Gran Bretaña y la Francia entendieron que no eran garantes 
de la independencia del Estado Oriental. — XIX. Las crueldades en el 
Estado Oriental que habían sacudido al mundo civilizado : crueldades, 
horrores y barbarie de los ingleses y franceses en China, Indin, 
Argel, México é Irlanda. — XX. Los' perjuicios al comercio bri- 
tánico y francés á causa de la obstrucción del Plata : la navegación 
fluvial en tiempo de guerra : caso entre esas potencias fallado por el rey 
de Prusia en el sentido de, la restricción : cómo reconoció la (irán Bretaña 
las restricciones durante el bloqueo francés de 1840. — XXI. Derecho del 
gobierno argentino ¡jara imponer restricciones á la navegación de las aguas 
interiores. —XXII. Leyes y principios que de antiguo regían la navega- 
ción de los ríos argentinos. — XXIIf. Rozas los conservó otorgando ciertas 
franquicias. — XXIV. Restricciones que contenían los tratados con Gran 
Bretaña y Francia. — XXV. Propósitos de estas potencias de crearse pri- 
vilegios exclusivos. —XXVI. Cual fué la libre navegación que conquista- 
ron por la fuerza de sus armas. — XXVII. Principio que consiguió Rozas 
consignar en el tratado de 1849 : la conquista de 184.5 prevalece después 
del derrocamiento de Rozas. — XXVIII. El cabotaje cosmopolita, y la 
desaparición de la bandera nacional en las aguas interiores argentinas. — 
XXIX. Ultimátum de los interventores: piden sus pasaportes y secues- 
tran la escuadra argentina. — XXX. Los interventores se creen dueños 
de la victoria: lo que piensa Mr. de Marouill —XXXI. El gobierno de 
Rozas pone de manifiesto los hechos de la intervención, y remite los pa- 
saportes pedidos. — XXXII. Los interventores se retiran á Montevideo: 
ocupan esta plaza con su artillería y sus soldados : la jirotesta de la 
opinión ante la ocuijación militar de Montevideo y la intervención ar- 
mada en el Plata. 

Como se ve por los antecedentes consignados en el 
capítulo anterior, la situación se presentaba amenazadora 



— 175 — 

para la Confederación Argentina y para su gobierno. Era 
el caso de suscribir las pretensiones de la Gran Bretaña 
y de la Francia, por ultrajantes que ellas fueren, ó de 
atenerse á las durísimas consecuencias que esas mismas 
potencias habían hecho sentir á varios gobiernos obsti- 
tiados de América y de Asia. Rozas acababa de ser reelecto 
gobernador con arreglo á las leyes de 2o de diciembre de 
1823 y de 7 de marzo de 1835 ('); y se propuso conducir 
esta cuestión de acuerdo con las exigencias de la digni- 
dad nacional. En este sentido recibió al ministro británico 
Mr. Gore Ouseley, quien le significó que venía encargado 
de una misión de paz y de amistad. 

Es de advertir que el general ministro Guido, había 
creído descubrir en algunas conversaciones que tuvo con 
Mr. Ouseley en Río de Janeiro, que bajo la aparente cor- 
dialidad entre los gabinetes de Francia y la Gran Bretaña, 
para proceder de consuno en la cuestión del Plata, el 
último desconfiaba de las miras ulteriores del primero. 
Mr. Ouseley había llegado á calificar de funesta la inter- 
vención colectiva de la Francia, cuya tendencia era ya 
conocida en la Polinesia y en el Oyapoc. «La Inglaterra, 
había diclio. no debía con una intromisiíui innecesaria 



( ' ) L:i Icjiislatui'a ihí 1845 se coniiXJiua en su casi totalidad do 
hombres do las i)riiieipales lamillas do Hiioiios Aires y ventajosa- 
mente conocidos, adem.is. por sus tálenlos ó i)or sus servicios ó ])or 
los cargos públicos (jue de antiguo venían dosoinix'ñando bajo las 
juntas, dii'oclorios, presidencia ó gobierno i)rovincial, com" eran los 
señores Nicolás Ancliorena, Juan A. Argericli. Martin Houeo, Manuel 
Arrotea, Francisco C. Hebiustegui. Manuel rorvabin. ("ayiítano Cam- 
pana, Jacinto Cái'denas. Tiburcio de la Cárcova, Inocencio y Uernabé 
i\i' l'>scalada, Felipe Klorloudo, José H. I->,cm'ra, José Fuentes Anjuivol, 
Agustín (;arrig()s, Kíjmuabhj (iaete, Manuel (1(> Irigoyen, l'eilro Lcízica, 
Juan Manuel do Lnca, Fusebio Medrano, José de oroiní, Hornardo 
Tereda, Agustín de I'inedo, Francisco Piíieiro, Simón INMHfvra, Ma- 
riano H. RolíMi, José M. iioxas y Palríin, Miguel d(! Kiglos, Prudencio 
O. de Rozas, Miguel K. Soler. Fiilipe Senillosa. Roque S.'ion/, Peña, I.o- 
i-enzo y Kusta<|Uio Tin-ros. Jium N.Terrei-o, Podi'o Vela, \iilegiis. \idal, 
Ximones, Inzué. 



— 17fi — 

despojarse del derecho de contener la intervención de 
otros poderes en daño de los intereses conumes » Y al 
reprobar la capciosa máxima de Talleyrand de que la lu) 
intervención en los negocios de otras naciones era la 
regla general, y la intervención la excei)ción que. como 
cualquiera otra regla, debía tener lugar cuando así fuere 
útil ó necesario. Mr. Ouseley había insistido sobre los 
proyectos que probablemente desenvolvería la Francia en 
Montevideo. 

El ministro Guido, al comunicar á su gobierno estas 
novedades, deducía: 1". que el británico deseaba enten- 
derse preferentemente con el argentino por la doble con- 
fianza que le inspiraba el poder fuerte que presidía la 
Confederación y el prestigio personal del general Rozas ; 
2°, que Montevideo era la verdadera manzana de la discor- 
dia; 3°, que si el gobierno argentino adelantase de mutuo 
propio una declaración positiva de retirar su ejército de la 
Banda Oriental en un tiempo dado, después de triunfar de 
sus enemigos, frustraría radicalmente toda interposicituí 
extraña y burlaba cualquiera ambición antiamericana. (\) 

El gobierno de Rozas ajustó en lo posible sus procede- 
res á las oportunas indicaciones del ministro Guido, sin 
por ello dejar de comprender que estaba frente á frente á 
dos leones que se disputaban una (') más presas. Fuesen 
ó nó sinceras las sospechas que manifestaba el ministro 
Ouseley respecto de los proyectos de Francia, el caso es 
que se anticipó á abrir particularmente conferencias con 
el ministro de relaciones exteriores de la Confederación 
Argentina y á dirigirle con fecha 10 de marzo un memo- 
rándum de proposiciones. Este memorándum era una 
mezcla de timidez y de amenaza, compaginado con recor- 
tes del texto de sus instrucciones y salpicado con alabanzas 

{^) E.stas comunicaciones son de lecha 5, 15 y 10 deal>ril de 1845. 



— 177 — 

al general Rozas. Declara que el gobierno británico media 
en la guerra con Montevideo, porque ve amenazada la 
independencia de esa república y por los perjuicios que 
dicha guerra ocasionaría á los intereses de la Gran Bretaña. 
Anuncia que no solamente lia determinado que la guerra 
cese, sino que están á la mano los medios para su conse- 
cución; pero que no se interprete esta comunicaci(3n como 
amenazante. Y propone que las fuerzas argentinas se 
retiren del Estado Oriental y se levante el bloqueo de 
Montevideo. 

En las conferencias que se subsiguieron, el ministro 
Arana demostró cómo el gobierno argentino no tenía ni 
podía tener intenciones contra la absoluta independencia 
del Estado Oriental ; recordó los motivos de la guerra que 
declaró el general Rivera; y manifestó que el eje'rcito 
argentino se retiraría de frente á Montevideo cuando lo 
remitiese el general Oribe. Resumiendo lo lijado en esas 
conferencias, el ministro Ouseley dirigióle al ministro 
Arana su nota de 21 de mayo en la cual manifestaba que 
« veía con mucha satisfacción » : 1\ que el gobierno ar- 
gentino repudia tod^i intervención en el gobierno interno 
del Estado Oriental; 2% que bajo ciertas condiciones pro- 
<-iirará la salida de las fuerzas del Estado Oriental; .■]°, que 
levantará el bloqueo de Montevideo bajo las condiciones 
({ut se lijarán; 4°, que garantizará la seguridad personal 
de todos los refugiados políticos; "y', que insiste en que el 
bloqueo de Montevideo sea reconocido sin condición, en 
la más rigorosa forma y como primer paso de la nego- 
ciación. (\) 

El gobierno argentino ratific<) en su nota de 24 de 
mayo las proyectadas medidas contenidas en la nota del 
ministro británico; bien que aclarándolas en sentido ter- 

(') l)()c'iiiii('iii(is (ificiiiles. Diario de sesiones, lomo 31,pájr. 154. 

TOM" IV. l¿ 



— 17S — 

minante. Declaró que consecuente con la convenci(3n de 
1828, reconoce la perfecta independencia del Estado 
Oriental: que no ha atacado esa independencia, y que tal 
pretensión la considera un atentado : que decir que el 
gobierno argentino repudia toda intervención en el go- 
bierno del Estado Oriental, es dar lugar á que se juzgue 
que ha hecho una nueva concesión á la dignidad de ese 
Estado. Declara igualmente que las divisiones argentinas 
se retirarán de Montevideo y el bloqueo será levantado 
cuando el general Oribe le avise estar concluida la pacifi- 
cación del Estado Oriental ; y que todo arreglo sobre tal 
pacificación es de competencia del mencionado general 
Oribe. Y al insistir en que el bloqueo argentino sea 
reconocido como paso previo de la negociación, el go- 
bierno argentino termina manifestando que el encargado 
de negocios de los Estados Unidos le ha ofrecido oficial- 
mente su interposición en este asunto, y que encuentra 
dificultades para expedirse, pues «que tan respetal»le 
interposición pesa fuertemente en su ánimo ». 

El encargado de negocios de los Estados Unidos Mr. 
William Brent tomó digna iniciativa en este negocio, 
quizá porque vio claro que se preparaba una verdadera 
intervención armada de dos grandes potencias europeas. 
Claro es que Rozas y el prudente ministro Arana hicieron 
lo demás para aproximarlo con Mr. Ouseley. Uno y otro 
manifestaron voluntad de entenderse. Mr. Brent le es- 
cribió á Mr. Ouseley sobre « la oferta de pacificación del 
río de la Plata», y éste le respondió en carta del mismo 
24 de mayo que había solicitado encontrarse con él y 
sentido no haber conversado ya sobre ese asunto. « Al 
presente momento, le decía, vuestra grande experiencia y 
la particular confianza de que gozáis, tanto en vuestro 
carácter personal como oíicial en este país, dan á vuestras 
comunicaciones doble valor: me sería lo más grato re- 



— 170 — 

cibiros á cualquier hora )).(') El miuistro británico buscó 
todavía al representante norteamericano. Así se lo comu- 
nicó el 28 de mayo al acusarle recibí» de la carta oíiciaJr 
en la que el último le pedía una hora, y le señalaba esa 
misma noche para conferenciar. 

« Mr. Ouseley, dice Mr. Brent refiriéndose á esta confe- 
rencia, me manifestf) que á él le constaba la gran confianza 
depositada en mí [lor el general Rozas, y que le sería 
grato conocer las miras ó bases de éste ])ara obtener la 
pacificación del Estado Oriental. Yo le repuse que había 
conversado con el ministro Arana y que le había indi- 
cado las bases sobre las cuales se podía obtener esa 
pacificación. » Y al presentarle al ministro británico esas 
bases que eran las mismas á que se ha hecho referencia 
más arriba, Mr. Brent agrega: « Manifesté al señor Ouse- 
ley que yo había ofrecido los servicios de los Estados 
Unidos, y que esta oferta había sido aceptada como á él 
le constaba; que si observaba en estas bases alguna cosa 
impropia, la indicase. Me expresó la opini(Hi de que en 
lo principal las encontraba buenas; pero que suposición 
era intrincada, pues el barón Deffaudis, plenipotenciario de 
Francia para arreglar hi pacific;ici(')n de Montevideo, se 
hallalja ya en esa ciudad. (}u.e era necesario saber la 
opinión definitiva del gobierno argentino sobre esas 
bases y arreglarlas antes déla llegada del baríui Deffaudis, 
para que éste se vi<'se obligado ;i actuar dentro de b) ya 
acordado. El 2 de junio se reunieron ambos dii)lomáticos 
con el ministro Arana para reducir á escritura las bases 
acordadas; y Mr. Ouseley nianifest<') (pie deseaba instruir 
antes al barim Deffaudis sobre lo acordado, de modo que 
éste no puilirse asumir una otra posicit'ui. 



(') Informe suscrito y lefralizado por la legac-i()n úo los Estados 
l'iii(k»s, y Diario de sesiones de la It'-zislntnia de Hikmids Aiivs, lomo 
31, páfí. '-¿W y sifíuit'ntcs. 



— 180 — 

' Pero he ahí que cuatro ó cinco días después y con 
motivo de la llegada del harón Deffaudis, el ministro de 
S. M, B. camhia completamente de tono, da como no he- 
chas sus declaraciones terminantes, y la cuestión toma 
un giro completamente distinto. Es fuera de duda, pues, 
que Mr. Ouseley, en la disyuntiva de ser consecuente con 
sus declaraciones conforme á la seriedad de su carácter, y 
la de crearse un conílicto con el harón Deffaudis á causa 
de la posición radical en que éste se colocó desde luego, 
prefirió servirse de todo lo que acabaha de proponer ó 
aceptar tan sólo como un expediente para que se atrihu- 
yese al ministro francés el nuevo y escabroso rumho que 
iba á tomar el asunto de la mediación. 

El harón Deffaudis comenzó procediendo en Buenos 
Aires como en México. Los esfwerzos del ministro Arana 
se estrellaron ante la premeditada resolución que trajo de 
obrar en sentido coercitivo. Desde luego se negó á asistir 
ú la conferencia que oficialmente solicitó tener con él. con 
Mr. Ouseley y con el ministro Arana, el encargado de ne- 
gocios de los Estados Unidos; y rehusó tomar en cuenta 
los buenos oficios de éste para arribar á la pacificación, 
constándole que había ofrecido oficialmente su interposi- 
ción al gobierno argentino con este objeto. En cuanto á 
Mr. Ouseley. respondió que ya había manifestado que no 
podía tener comunicaciones oficiales con el encargado de 
negocios de los Estados Unidos sobre los objetos de la 
mediación, y que auníjue éste estuviese autorizado por su 
gobierno, declinaba por su parte de tener con él confe- 
rencia oficial alguna. (') 



( ' ) Véase notas de Mr. Breiit al ministro Arana. ídem de éste á 
los señores Ouseley y DeíTaudis y repuesta de éstos. Diario ele ce- 
siones de la legislatura de Buenos Aires, tomo 31, pág. 169 á 178 
Véase también Archivo A oiericano, 1» serie, tomo ii, núm. 22, pág. 20 
y siguientes. 



— 181 — 

Después de los actos pasados entre Mr. BrentyMr. Ouse- 
ley y que este último calificó de oficiales, como de las decla- 
raciones del mismo, deque se felicitaba de la interposiciíhi 
del encargado de negocios de los Estados Unidos, de que 
aceptaba en lo principal las bases de paciíicación que éste 
presentó, y que aseguraba que el barón Deffaudis no podía 
menos que aceptarlas, ni Mr. Brent ni nadie podía com- 
prender cómo los representantes británico y francés se 
empeñaban en hacerlo á un lado y en desconocerle todo 
carácter y personería en un asunto de mediación que por 
su naturaleza llama á sí todos los buenos oíicios. Era, 
pues, el caso de que Mr. Brent se preguntase porqué la 
la personería de los mediadores sería más legal ó mejor 
justificada que la suya. Los hechos que se subsiguieron le 
presentaron las causales de esta repulsa. Mr. Brent vio 
claramente que se trataba, no de una mediación, sino de 
una intervención armada europea, y que los Estados 
Unidos no tenían decorosamente personería en ella si no 
era para impedirla. 

En efecto, el banni Deffaudis comen/i) por comunicar 
al ministro Arana en nota de 17 de junio, que tenía orden 
de reclamar expresamente desde el principio de las nego- 
ciaciones para el restablecimiento de la paz. una sus- 
pensión de hostilidades de parte de las tropas que 
;isediaban á Montevideo. Otro tanto hizo Mr. Ouseley, y 
uno y otro fundaban esta exigencia e:i b)S principios gene- 
rales de la humanidad y en prácticas internacionales que no 
citaban. í') El ministro argentino, sin conceder ni rehusar 
("sa exigencia de los ministros mediadores, reiter()les su de- 
claración hecha al de S. M. B. de que el gobierno no 
¡nliuitiría la mediaciíui para la pacificaci<'>n de las r(q)iibli- 



( • ) Colocción (l(í <lo(Mimcn1os ofícialos. Xrchix'o \ mericnno. I'' soi-ic. 
tomo II, m'iin. 22, pájí. 24 y 20. 



— 182 — 

cas del Plata sin que previamente, y como una satis- 
facción que le era debida, en cumplimiento de los 
principios internacionales, el Itloqueo arfíentino de los 
puertos de Montevideo y Maldonado fuese reconocido 
por las fuerzas navales de Inglaterra y Francia. Declará- 
bales igualmente que excluir al encargado de negocios de 
los Estados Unidos de la interposición ofrecida por él 
y aceptada oficialmente, era colocar al gobierno argentino 
en una posición violenta respecto de aquél, con tanto 
menos motivo cuanto que las bases presentadas por el 
enunciado diplomático habían sido aceptadas en lo prin- 
cipal por el ministro de S. M. B. 

Pero entonces los ministros mediadores^ no síUo in- 
sistieron en sus exigencias, sino que fundándose única- 
mente en las órdenes de sus gobiernos manifestaron : 
« que lejos de acceder como medida previa al estableci- 
miento del bloqueo de Montevideo y Maldonado, pedían 
á su vez, además, como medida previa, que 'el gobierno 
argentino levantase ese bloqueo»; y que en cuanto á comu- 
nicarse con el encargado de negocios de los Estados 
Unidos, no estaban autorizados para ello. (*) 

El ministro Arana puso las cosas en su verdadero lugar 
en su nota del 1") de julio. Protestando los buenos deseos 
de su gobierno respecto de la pacificación, y recordando 
los actos oficiales derivados de la interposición del encar- 
gado de negocios de los Estados Unidos, manifestó que 
si bien los ministros declaraban que se guiaban por sus 
instrucciones al repulsar á ese diplomático en este asunto, 
el gobierno argentino debía á su vez respetar su palabra y 
sus actos empeñados en esa interposición. Y respecto 
de la suspensión de hostilidades y levantamiento del 



( ^ ) Colección de documentos citados. Archivo Americano, 1» serie, 
núm. 22, pág. 27 y 29. 



— 183 — 

bloqueo de Montevideo, decía el ministro argentino que 
mal podía expedirse sobre estos puntos, estando como 
estaba pendiente desde un principio su reclamaciíjn inter- 
puesta ante el ministro de S. M. B., y reproducida al rey 
de los franceses, con motivo de haber las fuerzas navales 
de estas potencias, negádose á reconocer el bloqueo 
absoluto de aquel puerto y del de Maldonado C), y que 
rezaba así : « Que el gobierno argentino insiste en el reco- 
nocimiento de ese bloqueo como una medida que la dig- 
nidad de la Confederación requiere sin condición alguna 
y en la más rigorosa forma; no sólo como primer paso 
previo en cualquiera negociación que tuviese lugar, sino 
aun fuera de ella; el cual no admite demora y cuyo resul- 
tado revelará sin equivocación la posicicui verdadera que 
Y. E. se proponga tomar en los asuntos del Plata.» 

Eli gobierno argentino, como se ve. lejos de rehusar 
la mediación, se limitaba á pedir, como paso previo para 
■entrar en ella, lo menos (pie i)odía i)edir cualquiera 
nación independiente en su caso: el reconocimiento de 
sus derechos de beligerante de parte de los ministros 
mediadores. Éstos, al desconocerlos y al exigirle, además, 
que no los usase en la medida admitida por las leyes, 
eiitraban francamente en el terreno de las agresiones 
contra un gobierno amigo. Y ello era doblemente injusto 
y atentatorio, del punto de vista de los principios que 
se violaban, y que la (irán Bretaña y la Francia habían 
contribuido en j)rimer término á lijar en el mundo. Kl 
bloqueo de Montevideo era una medida de rigor; pero 
de aquí, y de que la casi totalidad de los defensores de 
esa plaza fuesen extranjeros, y df los perjuicios que 



( 'i Véanselas notas dol contraalmirante Lainé y ilel coniandanlo 
Tcasley al almirante Krown; la nota del ministro argentino al en- 
carga(ío de nejioeios de Fi-ancia y al almirante Hrown. Colecciíni 
eitada del Xrdiivo Xiiwricano. iiúm. 2'?. |»;tg. :W y h\ . 



— 184 — 

sufría el comercio neutral, no se seguía en modo alguno 
que ese bloqueo debiera levantarse en nombre de los 
sentimientos de la humanidad^ como decían los ministros 
de Inglaterra y Francia. Un bloqueo, como decía un pu- 
blicista francés, es un medio de obligar al enemigo á 
rendirse sin destruirlo; y el comercio neutral, al cual 
no podría colocarse en mejores condiciones que las del 
propio beligerante, sufre necesariamente respecto de las 
plazas bloqueadas las obstrucciones y continj encías pro- 
venientes del estado de guerra. 

Y la guerra había terminado, propiamente, en el Esta- 
do Oriental como se ha demostrado ya, y el bloqueo 
habría conseguido rendir en pocos días más la plaza de 
Montevideo, como lo declaró en un documento solemne 
el gobierno de esta plaza, si el comandante en jefe de 
las fuerzas navales de Francia, sobre todo, y el de las 
de S. M. B., lejos de reconocerlo en absoluto como lo 
declaró el gobierno argentino, no hubiesen notoriamen- 
te introducido víveres frescos á esa plaza y provisto al 
gobierno de la misma de. pólvora, balas de cañón y otras 
municiones y útiles de guerra. 

La conducta irregular de la Gran Bretaña y de la 
Francia resaltaba más ante el hecho de que pretendían 
establecer por la fuerza un derecho de gentes especial 
para las débiles repúblicas del río de la Plata, descono- 
ciendo los mismos principios de que dichas naciones 
habían abusado. Cinco años antes, en 1840, un otro 
almirante francés declaró á Buenos Aires y al litoral 
argentino en estado de riguroso bloqueo, á virtud de 
reclamaciones semejantes á las de los 20.000 duros del 
pastelero francés que originó el bloqueo, los bombar- 
deos y los atropellos que llevó á cabo la Francia en 
México. Y la Francia no afianzó con fuerza efectiva el 
bloqueo de 1838-1840; que todas sus escuadras no eran 



— 185 — 

ni son suficientes para mantener faerza efectiva en la 
inmensa extensión de puertos y costas que posee la Re- 
]»iiblica Argentina; mientras que la escuadra argentina 
mantenía en 184-5 esa fuerza en los puertos de Montevi- 
deo y de Maldonado. Y en cuanto á la Gran Bretaña, 
es obvio detenerse á examinar hasta dónde ha abusado 
del derecho de bloqueo. Las decisiones del almirantaz- 
go británico eran terminantes á este respecto. El viz- 
conde Mell)Ourne. primer ministro de S. M. B.. declaró 
en 1839 con motivo del bloqueo francés en el litoral 
argentino: «Un bloqueo por una potencia de los puer- 
tos de otra potencia, es un derecho de guerra bien re- 
conocido y admitido. Es un derecho cuyo uso no hemos 
economizado cuando nos hemos hallado en guerra, y 
es notorio que hemos estrechado con un rigor que no 
ha practicado nación alguna.» (') 

La nota que le pasaron los ministros Deffaudis y Oii- 
seley el 8 de julio al gobierno argentino, «revelaron la 
posición verdadera que se proponían tomar en las aguas 
del Plata», como lo esperaba el ministro Arana en la 
última que les dirigió. En vista de no haber aceptado el 
gobierno argentino la inmediata é incondicional suspen- 
sión de hostilidades, los ministros de la Gran Bretaña 
y Francia exigían en esa nota que las tropas argentinas 
evacuaran el territorio del Uruguay, y que la escuadra 



( ' ) Todos los publicistas británicos sostenían ese derecho en el 
sentido lato y rigoroso en que lo ejercía la Inglaterra, como uno de 
los más firmes títulos de su preemineníria naval. (Véase Chitty, 
vol. I, cap. IX, pág. 450.) Y respecto de los principales casos de 
bloqueos, declarados por la Gran Hretaña, y de la extensi(')n y rigor 
de éstos, véase entre otros á Kliil)er Derecho de gentes moderno 
de la Europa, lomo ii. pág. VAA á 145. Aunque las grandes po- 
tencias han restringido ó ampliado en estos últimos tiempos ese 
derecho del soberano, según (|ue lo ejerciesen ellos ó (jue no qui- 
siesen que otras potencias lo ejerciesen cotun ellas, yo cito sola- 
mente las declaraciones y ojjiíiJKiies de piililicistas eoet;iueos de la 
época á que nu! i*eíiei'o. 



— 186 — 

argentina se retirase del puerto de Montevideo. Estas 
exigencias se fundan: 1", en que la presencia de las tropas 
argentinas bajo el mando del general Oribe tiene por 
objeto reinstalar á éste en la presidencia del Estado 
Oriental del Uruguay, y debe ser considerada como un 
acto de intervención en los negocios internos de ese 
Estado y un ataque directo á su independencia; lo cual 
constituye una violación del artículo 10" del tratado de 1828 
concluido bajo la mediación de la Inglaterra, y del artículo 
4*^ de la convención celebrada en 1840 entre la Confe- 
deración Argentina y la Francia: 2", en que las cruel- 
dades de que ha sido acompañada la guerra del Estado 
Oriental han sacudido á todo el mundo civilizado: 3% en 
que los intereses del comercio inglés y francés no pue- 
den florecer á consecuencia de esa guerra que obstruye 
la navegación del río de la Plata. 

He aquí, pues, una mediación oficialmente anunciada, 
convertida oficialmente en intervenciíjn armada, como 
j)iira ser lógica con los liechos consumados que así tam- 
bién la acreditaban. Porque mientras los ministros 
interventores exigían del gobierno argentino la susi)en- 
sión de hostilidades sobre Montevideo, proveían de ma- 
teriales de guerra al gobierno de esta plaza; y mientras 
exigían, para impedir la efusión de sangre, un respuesta 
definitiva del gobierno argentino, el cual á su vez pedía 
explicaciones del desconocimiento expreso del bloqueo, 
hacían desembarcar en Montevideo infantería inglesa y 
francesa con la que formaron batallones que tomaron 
su puesto de combate en la línea de fortificación de la 
misma plaza. «Ayer, escribía El Nacional de Montevi- 
deo del 23 de julio, desembarcaron fuerzas inglesas y 
francesas de á bordo de los buques de guerra de una y 
otra nación, surtos en este punto. Se nos ha asegurado 
que desembarcarán más. Esto confirma más y más que 



— 187 — 

Rozas se liaLía equivocado cuando nos aseguró que la 
misión de los señores Deffaudis y Ouseley no tenía más 
objeto que proponer una mediación.» (') 

Los antecedentes compilados en capítulos anteriores 
relevarían de la tarea de examinar los motivos que invo- 
caban la Gran Bretaña y la Francia para intervenir á 
mano armada en la guerra entre el gobierno argentino 
y el de Montevideo. Pero fuerza es hacerlo en este lugar 
no sólo porque así se explican los hechos subsiguientes, 
sino por la propia trascendencia que alcanzaron, dando 
margen á que en este lado de América se fijase principios 
-de derecho que luego fueron incorporados al código 
general de las naciones. El primer motivo que se in- 
vocaba para intervenir en la guerra con el gobierno de 
Montevideo era un pretexto especioso. Kl artículo 1° de la 
convención de paz celebrada entre la República Argentina 
y el Imperio del Brasil el 27 de agosto de 1827 con la 
mediación de la Gran Bretaña, obligaba á los contratan- 
tes á prestar al gobierno legal de la provincia de Monte- 
video el auxilio necesario hasta cinco años después de 
jurada [la constituciíui de ese nuevo Estado y «pasado 
este plazo cesará toda la ])rotección que por este artículo 
se promete al gobierno legal de la provincia de Montevi- 
deo, y la misma quedará considerada en estado de per- 
fecta y absoluta imlependencia». El artículo 4° de la 
convenciíui de paz celebrada entre la Confederaciiui 
Argentina y la Francia en 20 de octubre de 184U. igual- 
mente citado, expresaba que « (juedaba entendido que el 
gobierno argentino seguiría reconociendo la absoluta inde- 
pendencia de la República Oriental del Uruguay, sin 



(') Hl (üicarfíado de negocios de Estados Unidos deniineló el 
desembarco de tuerzas extranjeras. Véase Archivo Amcricaiio. I'' 
sci'ie, núni. 22, páfí'. 3;{. Véase lo (|ue dice al respecto Hust;iinante 
en .su libro la Intervención anglofrancesa, pág. 79. 



— 18R — 

perjuicio de sus derechos naturales toda vez que lo de- 
manden la justicia, el honor y la seguridad de la Confe- 
deración Argentina». 

Estos artículos obligan al gobierno argentino á re- 
conocer la independencia del Estado Oriental, pero no 
se extienden, ni habrían podido extenderse á imprevistas 
eventualidades del futuro, como la de una guerra. El 
hecho de cjue los Estados se empeñen en guerra no im- 
l)lica el de desconocerse mutuamente su independencia. 
El gol)ierno argentino respondi(3 á la guerra que le decla- 
ró el gobierno oriental, ó sea el general Rivera. Éste 
se alió al partido argentino de los unitarios y ambos 
siguieron esta guerra con los dineros, auxilios y fuerzas 
navales de la Francia, como se ha visto. El gobierno 
argentino, en su calidad de 'beligerante, tenía igual de- 
recho para aliarse con el que peleaba contra el mismo 
enemigo; y en el curso de la guerra se alió con el ge- 
neral Oribe que se titulaba presidente legal del Estado 
Oriental, y puso bajo las órdenes de éste tropas auxilia- 
res argentinas. Sitió á Montevideo, no por vía de in- 
tervención, ni por llevar un ataque contra la independencia 
oriental, de lo cual habría sido cómplice el mismo ge- 
neral Oribe, lo que no es admisible; sino en prosecusión de 
las operaciones de la guerra que le fueron favorables, 
y de la misma manera que el general Rivera ocupó la pro- 
vincia argentina de Entre Ríos y la isla de Martín García. 
Además del derecho del gobierno argentino de sacar el 
mejor partido posible de sus operaciones de guerra, los 
avances de la intervención extranjera de hecho, lo po- 
nían en el caso de redoblar sus esfuerzos en guarda de 
los peligros que amenazaban á la Confederación mien- 
tras subsistiese en Montevideo el gobierno vencido en 
todo el territorio oriental, y sustituido propiamente en 



— 189 — 

esa plaza por la interveiición extranjera que dominaba 
en las aguas del Plata. 

Si alguien podía invocar, pues, la convención de 1840, 
era el gobierno argentino contra la Francia cuya participa- 
ción en esa guerra acusaba miras de predominio, idénti- 
cas á las que había desenvuelto respecto de otros 
Estados que tenían menos fuerzas que las que la Fran- 
cia podía presentar. Lo insólito del motivo se infería 
de los mismos hechos que se invocaban. Al sentir de 
los interventores, el gobierno argentino amenazaba la 
independencia oriental haciendo uso de sus derechos 
de beligerante en cuyo carácter lo reconocían, y admi- 
tiendo la legalidad del gobierno del presidente Oribe 
que imperaba en todos los departamentos del Estado 
Oriental. Pero ellos, sus gobiernos, no amenazaban esa 
misma independencia armando á los extranjeros en 
Montevideo, proveyéndolos de abundantes materiales 
de guerra, apropiándose las rentas públicas, ocupan- 
do militarmente esa plaza con nuevos batallones, con- 
centrando en las aguas del Plata imponentes fuerzas 
navales y reconociendo como gobierno legal al que por 
obra de esos mismos extranjeros subsistía únicamente 
en la plaza de Montevideo. 

Ni aun en la hipótesis de que el gobierno argentino 
atacase la independencia del Estado Oriental, la Ingla- 
terra y la Francia i)odían invocar las convenciones de 
1828 y de 1840 i)ara intervenir como lo hacían. Para 
alegar tal derecho, era necesario que dichas potencias hu- 
biesen garantido tal independencia, y esto no había te- 
nido lugar. La convención de 1828 entre la República 
Argentina y el Brasil se celebró por la mediación de la 
Inglaterra. El olicio de ésta fué el de «potencia media- 
dora», como lo consigna el artículo 18 de esa convención. 
Y entre el oficio de la mediación y el acto de garante. 



— 190 — 

hay la diferencia de ({iie la mediación termina con la 
aceptaei(3n ó negativa de los deliberantes ó interesados; 
y que la garantía presupone derechos ulteriores para 
exigir el cumplimiento de lo estipulado. La única ga- 
rantía de la convención de 1(S2S es la consignada en el 
artículo 3°., que dice así: «Ambas altas partes contratan- 
tes se obligan á defender la independencia é integridad 
de la provincia de Montevideo.» La mediación amigable 
de la Gran Bretaña terminó, pues, en seguida de celebra- 
da la convención de 1828. 

Tan así era. que el mismo gobierno británico demos- 
tró por actos solemnes que no se consideraba garante 
de la independencia del Estado Oriental. En 1838 los 
agentes franceses en el río de la Plata ayudaron con sus 
fuerzas navales y con subsidios al general Rivera para 
derrocar el gobierno legal de la República Oriental, como 
en efecto lo derrocaron; y ni esta intervención ni otros 
actos de fuerza excitaron 'al gobierno británico á invocar 
su pretendido derecho de garante de la independencia 
oriental. Tampoco la Francia estableció acto esplícito 
de garantía en la convención de 1840. Así consta del 
propio tenor del artículo 4°. de dicha convención. aQueda 
entendido que el gobierno de Buenos Aires seguirá con- 
siderando en estado de absoluta independencia á la Re- 
pública Oriental, sin perjuicio de sus derechos naturales, 
toda vez (¡ue lo reclamen la justicia^ el honor y la segti- 
ridad de la Confederacic'm Argentina.)) La independencia 
del Estado Oriental se recordó como un hecho preexis- 
tente. No se declaró ni se estipuló que la Francia ga- 
rantía la convención de 1828; y la garantía no se infiere: 
es necesario que ella sea expresa, según opinión de los 
tratadistas, á la que servía de guia la aplicación prácti- 
ca de ese principio internacional en actos de garantía 
como los de Dresde, de Aix la Chapelle, de Teschen, 



— 191 — 

Tilsit, etcétera. ( ^ ) Y tan evidente es que la Francia no dio 
tal acto de garantía, ni entendió que lo daba, que el 
mismo Mr. Guizot, ministro de relaciones exteriores de 
Luis Felipe, decía en la Cámara de Diputados de Fran- 
cia en abril de 1841: «La Francia ha hecho consagrar 
en el tratado que firmó el honorable almirante de Mackau 
una declaración de independencia, ya estipulada, de la 
República del Uruguay; pero no se ha comprometido de 
modo alguno á garantir en todos casos esa independen- 
cia por la guerra. » 

El segundo de los motivos en que los ministros Ouse- 
ley y Deffaudis fundaban la intervención armada, es á 
saber que las crueldades que acompañaban la guerra en 
el Estado Oriental habían sacudido al mundo civilizado; 
no era serio; como quiera que aun en el supuesto de 
que estas crueldades se hubiesen llevado á cabo en una 
medida tal como para producir estas sacudidas, él des- 
aparecía inmediatamente con la guerra, la cual estaba 
propiamente terminada sin la intervención extranjera, y 
con la subsiguiente pacificación de la República Oriental. 
Lo singular era que el mundo civilizado se sacudía ante 
las crueldades del ejército sitiador del general Oribe, 
pero no ante las del ejército de la plaza, siendo real y 
positivo ([ue en el terreno de las represalias ninguno se 
excedií) al otro; como que ambos eran guiados por la in- 
transigencia del })ersonalismo y por el odio que venían 
exacerbando los proi)ios vaivenes de la lucha. 

Por mucho que se abultasen estos actos de crueldad, 
ellos no eran como para sacudir al mundo civilizado si, 
como era de creerse, la (jran Bretaña y la Francia se 
sacudían en representación de éste. En la lucha en el 



( ' ) Véaso FaíTcl. De fiaranlia foederum, cap. vii. p;!^'. 4.— Vc'ase 
también Keyneval, liltro iii, (.'apitulo. 13. 



— 192 — 

Estado Oriental campeaban por lo menos los ciegos en- 
tusiasmos, la noble abnegación, los sentimientos que con- 
sagra el esfuerzo común en favor de un resultado al que 
se vincula el porvenir individual de cada liombre. con- 
vertido en soldado de su propia causa. Y el interés de 
apoderarse de las riquezas ajenas, y mantener á los pue- 
blos en una sumisión muy parecida á la esclavatura, 
campeaba en esas guerras tremendas que llevaron la 
Francia ó la Gran Bretaña á la China, la India. Argeb 
México, Irlanda, etcétera. En la Cliina y en la India los 
franceses y los ingleses saquearon é incendiaron pueblos, 
diezmaron los habitantes y cometieron los excesos de la 
barbarie; y como á pesar de tanta crueldad y de tanta 
sangre se levantaban todavía hombres á defender su sue- 
lo, su familia y sus hogares, los civilizadores inventaron 
■entre otros suplicios horribles el de formar pirámides 
con hombres, mujeres y niños; y derribarlas á cañona- 
zos á lin de que esos miembros mutilados fueran sem- 
brando el terror á la distancia. . . La conquista de Ar- 
gel presentó el cuadro sombrío de la devastación y la 
ruina en toda la extensión del vasto y fértil territorio. 
Después de apoderarse de los tesoros del Bey. los fran- 
ceses incendiaron ciudades y aldeas, lucieron verdaderas 
carnicerías en las poblaciones errantes y fugitivas, y 
redoblaron su saña y sus crueldades para reducir á Abd-el^ 
Kader. — la voz de la patria que se elevaba heroica en me- 
dio de cenizas y de sangre. En México abusaron de la 
fuerza sobre el débil j el inerme, bombardeando á San 
Juan de Ulloa y exigiendo fuertes sumas; ya que por 
entonces no pudieron llevar adelante la conquista de esa 
riquísima república que tentaron después bajo el Impe- 
rio de Napoleón III. En Irlanda los excesos, los supli- 
cios y el despotismo sangriento, asumieron proporciones 
verdaderamente salvajes, y á esta costa lord Castlereagh, 



- 19:5 — 

pudo decir complacido que «la Irlanda estaba ])acifi- 
cada ». mereciendo por ello el ministerio y los honores. 
Y adviértase que estas atrocidades de las grandes poten- 
cias civilizadoras, eran modernísimas, como que al^yunas 
de ellas se consumaron casi al mismo tiempo en que 
se hacía la guerra en el río de la Plata. El mun- 
do civilizado no di('» síntomas de quererse sacudir de 
indio naciíjn ante esas atrocidades, quizá porque no se 
sentía con fuerzas para indignarse en favor de los dé- 
biles, cuando las grandes potencias tenían fuerzas suíi- 
cientes para exigir felicitaciones... 

El tercero de los motivos en (jue los ministros Deffau- 
dis y Ouseley fundaban la intervención armada, (de 
que los intereses del comercio francés é inglés no podían 
llorecer á consecuencia de esa guerra que obstruía la 
navegación del río de la Plata), no tenía mayor consis- 
tencia que los anteriores. Era notorio que el gobierno 
argentino no excluía el comercio extranjero de los puertos 
argentinos. El bloqueo y las restriciones respecto de 
algunos puertos eran eventualidades consiguientes al 
estado de guerra en que se hallaba el gobierno argentino, 
y á las que estaban naturalmente sujetas las banderas 
neutrales. Esto es elemental respecto del trático comer- 
cial entre naciones amigas. 

L'n hecho reciente y notable, ocurrido entre la (irán 
Bretaña y la Francia {¡recisamente. demuestra hasta qué 
punto las grandes potencias pensaban que se podía y se 
debía llevar semejantes restricciones. Para zanjar dife- 
rencias sobre perjuicios ocasionados por interrupciones 
comerciales en caso de bloqueo, esas dos potencias nom- 
braron arbitro al rey de Priisin. Este fallé) que. á pesar 
de que el tratado de 17.S::5 concedía la libertad á los 
ingleses para el comercio de goma desde la boca del 
río San Juan hasta la bahía y puertos de Ponteudic; y 

TUMO IV. i:j 



— V.H — 

aunque el bloiiueo de este puerto era deelarado por la 
Francia sobre una posesión suya, á consecuencia del 
estado de hostilidad contra las tribus indígenes. sólo 
se debía compensación en los casos de los buques in- 
terceptados sin noticia previa; y rechazó todas las re- 
clamaciones sobre interrupción del tráfico á consecuencia 
del ejercicio del derecho de beligerante. 

Y otro hecho no menos reciente y notable de las dos 
grandes potencias citadas, en el río de la Plata, ponía 
de relieve lo insólito del motivo que alegaban para in- 
tervenir en estas mismas aguas. Invocando perjuicios 
inferidos á algunos franceses, los cuales perjuicios 
eran más que susceptibles de arreglarse por la vía di- 
plomática, como se arreglaron al fin, la Francia declarí) 
bloqueado, sin fuerza efectiva, el puerto de Buenos Ai- 
res y todo el litoral argentino desde el año 183cS al 
1840; se apoderó de la isla de Martín García y qued() 
dominando por el abuso de la fuerza las aguas del Plata 
y sus afluentes. La Gran Bretaña no se sintió excitada 
ni á intervenir ni aún á reclamar de esa verdadera obs- 
trucción de la navegación y del comercio. Aunque hu- 
biese impuesto restricciones mucho mayores que las de 
n(j admitir en el puerto de Buenos Aires y en los del 
litoral á los buques que tocasen en el puerto de Montevi- 
deo; y aunque no hubiese mediado la circunstancia 
esencialísima del l)loqueo desconocido por las potencias 
interventoras, el gobierno argentino no liabría hecho 
más que usar de sus derechos de soberano; y las po- 
tencias neutrales no podían hacerle en ningún caso otros 
cargos que los que derivasen de violacichi expresa de 
tratados de navegación ó de comercio, en tiempo de paz. 
Esto es tan evidente como el derecho perfecto que te- 
nía para legislar sobre la navegación de los ríos de la 
República. «En virtud de la propiedad del Estado, el 



— i9r, — 

gobierno puede, con excliisi(')ii de los extranjeros, dispo- 
ner de su territorio según su voluntad. La indepen- 
dencia de los Estados se hace observar particularmente 
en el uso liluv y exclusivo del derprlio de las aguas en 
toda su extensión, así en el territorio del Estado, como 
en sus ríos, grandes y pequeños, canales, lagos. Este 
uso no se restringe sino cuando el Estado renuncia á 
él en todo ó en parte por convenciones. No se le po- 
drá acusar de injusticia si prohibe todo paso de buques 
extranjeros por los ríos grandes ó pequeños de su te- 
rritorio, ó entrada ó permanencia en los i>uertos <> en 
la rada.» (") 

Son las conveniencias recí])r(icas de naciiui ;i naciíui, 
sancionadas })or convenciones voluntarias, las que res- 
tringen estos derechos del soberano, confirmados por 
todo lo que se ha estipulado en los tratados respecto 
de los ríos 'l'ajo. Hliin. Escalda. Vístula. P('). etcétera. Es- 
tas conveniencias y los tratados y convenciones inter- 
nacionales con Inglaterra, Brasil, Portugal, Es])aña, 
Cerdeña. abrieron los puertos argentinos al comercio 
de todas las banderas con las limitaciones respecto de 
los ríos interiores. Y estas limitaciones derivaban de 
la i)ro})ia legislación española, de los primeros congre- 
sos argentinos y estaban solemnemente ratificadas en 
los tratados interprovinciales de LS2U, 1<S2;3. 1820 y 1831, 
los cuales consagraban el hecho establecido de la rega- 
lía de la bandera nacional para la navegaci(')n de los 
ríos interiores y para el comercio de cabotaje, y defe- 
rían la legislación definitiva respecto de las franquicias 
;i las banderas extranjeras al Congreso geiiei-al de la ])ro- 
viiicias ariieiitiiias. 



(') Knti'P los j)riii(;ipaU!s tratadistas di; la época, véaso á Vattol, 
("liill\ y priiicipalinciit(! ¡i Kiíihci' (l)roit desGens Modcvnc thi l'Kn- 
rupe), vol. i. lil. ::.', cli. 1. S K^4 y 1:55. 11). vol. 1, S 7(1. 



— m\ — 

El gobierno de Rozas nada innovó al respecto. Muy 
al contrario, concedióle al comercio lluvial de los extranje- 
ros franquicias que le negaban las leyes de la Repúbli- 
ca, originarias de los tratados citados. La ley nacional 
del 23 de noviembre de 1810, concordante con las leyes 
de 5 octubre de 1821, concedía solamente á los ciuda- 
danos argentinos ó naturalizados el derecho de comer- 
cio y ocuparse en el cabotaje mayor y menor, y excluía 
completamente á los extranjeros, prohibiéndoles ser pa- 
trones de buques, cargar y descargar y tener buques de 
su propiedad. Bajo el gobierno de Rozas todos los ex- 
tranjeros se ocupaban, sin traba alguna, ya en el cabo- 
taje mayor desde los cabos de Santa María y San Antonio 
hasta el interior del río de la Plata, ya por el Paraná 
hasta los confines del Paraguay y por el río Uruguay, y 
en los numerosos ríos y riachos interiores. Las res- 
tricciones que sobrevinieron respecto de los buques que 
tocasen en Montevideo ó Corrientes, fueron originadas 
por la guerra y por el desconocimiento que hicieron las 
potencias interventoras del bloqueo argentino en aquella 
primera plaza. ( ' ) 



( ' ) En todo el año de 1844 entrai^on en el puerto de Buenos 
Aires 620 buques y salieron del mismo 647, según se ve por el «Es- 
tado oficial'* que publica Ln Gaceta Mercantil del 15 y del 22 de 
lebrero de 1845, con especificación de clases de los buques, nom- 
bres, capitanes, procedencia, consignatarios, toneladas y cargamen- 
to. De los 620 buques que entraron, eran: 

Argentinos 35 

Ingleses 86 

Franceses 39 

Americanos 73 

Brasileros 53 

Españoles 59 

Sardos 146 

Dinamarqueses 40 

Hamburgueses 20 

Prusianos 9 

Suecos 10 

Rusos 3 



— 197 — 

Y si algunas naciones no podían invocar el pretexto 
de limitaciones ó restricciones á la navegaciíui y al co- 
mercio lluvial, éstas eran la Gran Bretaña y la Francia, 
cu3''as banderas penetraban en las aguas argentinas con 
mayor franquicia que la que sus mismas leyes acorda- 
ban á los extranjeros, y de la que acordaban los tratados. 
La ley británica, muy semejante á la francesa, excluía no 
sólo el pabellón sino también la persona de los extranje- 
ros del comercio de cabotaje. (') El artículo 2'' del tratado 
de 2 de febrero de 182-") entre la Piepública Argentina y 
la Gran Bretaña establece que los habitantes de los dos 
países gozarán respectivamente la franquicia de llegar 
libremente con sus buques y cargas á todos a(|uelb)s 
])arajes, puertos y ríos de los dichos territorios adonde 
sea ó pueda ser permitido d otros extranjeros llegar. Esta 
cláusula im])orta el conocimiento de la regalía que se 
reserva el soberano en sus aguas respectivas; y consi- 



I lulandeses -J 

lAircnses 21 

lír('in('iis(!s 12 

A 11 siriacos H 

Oricnlales 2 

I'ortujiíiescs 1 

Hci-i-as I 

Daneses :\ 

Nni'lK'^rOS 1 

nlil('inl)ni'f;-u('S('s 1 

Seg"úii iiiinii-o csladíi iiiiialiiKMiic proli.io. cxisi laii, adeiiiiis. an- 
clados en el puerto d(! Huenos Aires el :!l de diciciiilu'e de IS44, 
ciento dos ])\U[\w.í< exlranjoros (h; alta niar. 

Kn todo el mismo año de 1H44 salieron d(d j)nerto ile Huenos 
Aires para el interior de los ríits Paraná, l.ru}4uay. etcétera dos mil 
(2.000) hncines de cabotaje nacional, con cuarenta y odio mil ciento 
veintisiete toneladas. (Véase este estado en La Gaceta Mercantil 
del 24 de lebrero de IS4.o.) 

(') "No es |)ei'inilidn ;t jici'soiia alalina eai'i^ar ('> eondiieir en 
cualíjuier l)iii|Ue de (jue un extranjero sea diieíio o socio y del cual 
no sean marineros injíleses al menos las tres enanas ]iartes, ví- 
veres, pescados. fj^éncM'os ó artículos de cuak|uiera natiii-aleza (juií 
s(ía, de un ])nerto de la (irán Hrelaña á otro puerlo de la misma, 
bajo pena de eonfisea(;ión del l)U(|ue y electos.» (Véase Hlakstone), 



— 19S — 

guientemeiite una restricciíMi pura, el cüiiiercio y la na- 
vegación de los británicos en aguas argentinas, y vice- 
versa. Y como no había otra nación más favorecida, es 
evidente que la Gran Bretaña no podía alegar contra las 
restricciones y limitaciones de navegación y comercio 
establecidas en el tratado de 1825, de acuerdo con las 
leyes argentinas que regían indistintamente la navega- 
ción del río de la Plata y ríos interiores de la Confede- 
ración. En cuanto á la Francia, se encontraba en el 
mismísimo caso de la (jran Bretaña, por su convención 
de 20 de octubre de 1840 cuyo artículo ó'^ establecía 
que en sus relaciones de comercio y navegación con la 
Confederación Argentina, la Francia sería considerada 
como la naciíui más favorecida. 

El i)retexto de la obstrucción del comercio en el río 
de la Plata y sus atinentes, respondía al propósito de 
la Gran Bretaña y de la Francia de crearse privilegios 
exclusivos. Esas potencias exigían la libre ncwcgariún 
de los ríos interiores argentinos; pero no la sujeta á los 
jtrincipios generales del derecho de gentes, sino una libre 
navegación especial para ellas, como especial era el de- 
recho de gentes que se empeñaban en establecer en el 
río de la Plata. Xo la libertad })ara que sus buques 
permaneciesen, cargasen y descargasen en todus los puer- 
tos argentinos abiertos al c(unercio, y pudiesen transitar 
los ríos para ir luista los otros puertos ribereños: sino 
el jirivilegio de internarse en los atinentes, y navegar de 
puerto argentino á puerto argentino, sin mayores re- 
quisitos ni condiciones. 

Como el texto de los tratados excluía de todo punto 
este monstruoso privilegio, pues el gobierno argentino 
reservaba naturalmente para la bandera nacional el co- 
mercio de uno á otro de sus puertos, el menor ó de 
(^abotaje; y como el gobierno de Piozas conservaba á este 



— 199 — 

respecto la legislaci()ii iiniversalmente admitida del go- 
bierno de Rivadavia ( ' ), que con sagran do ese principio 
establecía los medios para dilatarlo en la práctica, la 
Oran Bretaña y la Francia forzaron á cañonazos la en- 
trada de los ríos interiores. Así se crearon derecbos 
que ni por los tratados podían obtener, pues que siendo 
por lo general la reciprocidad la base de los tratados 
de navegación y comercio, las leyes seculares de esas 
naciones y la práctica constante les probibían conceder 
lo mismo que exigían para sí. Tal fut^ la libertad de 
navegaci(jn que el gobierno de [Montevideo y la prensa 
unitaria exaltaron como una conquista de la civiliza- 

ciiMI. 

En el tratado de 1849 con la (Irán Bretaña, el go- 
bierno de Rozas consiguió consignar (¡ue la navegación 
de los ríos interiores quedaba sujeta á las restricciones 
y regalías nacionales que habían regido desde el tiempo 
de Rivadavia. Sin embargo, después del derrocamiento 
de Rozas qued(') triunfante ese uso. [xjr la obra de los 



(,') Leyes de octubre de 1821.— Los tratados sobre la navega- 
ción de los ríos europeos que he citado más arriba, habían fijado 
ios principios de hi navegación fluvial sobre la base de las res- 
tricciones conteniíUis en las leyes inglesas. Desde el año 1840 al 
de 184.5, la (li'an Hretaña. la Francia, la Holanda, el Austria y el 
Portugal cídebraron tratados de navegaci()n lluvial, reservándose 
como regalía de la l)nndera nacional, el comercio de cabotaje y la 
navegación de puerto interior á jjuerto interior de las mismas. 
Kl último de estos ti-atados entre el Portugal \- la Cran Hi-etaña, 
ib; lecha 5 de junio de 1844 y complementario dcd de :5 de julio de 
I.S42, establecía en su artículo 1": «Los bu(|ues l)i-itánicos ser;ni admi- 
tidos en los puertos de las posesiones portuguesas (isla <le Santiago, 
ele. etc. ele). Kl com(!rcio de los otros puertos no mencionados 
será considerado de cabotaje, y como tal, s()|o podr;l ser liecho jior 
embarcaciones portuguesas. »— Por lo demás, esas restricciones se 
luiii luantenido, y son las que rigen en utu;stros días la navegación 
intcri(U'. Haste decir (|ue en la conveneicui sobi'e navegacicin eele- 
lirada entre Francia é Italia en marzo de I88(>, se acord<) el cabotaje 
para ios !<ai'cos IVanceses en las (;ostas italianas dtd Mediterrá- 
neo, exchcycndo al Adriálico; y para barcos italianos las cosías 
francesas ibd MtnUirvvAwío, eoccluyendoel Atlántico. 



— 'm — 

enemigos de este gobernante, (jiie })residioron la nneva 
situación ])olítica de la República Argentina. Á los alar- 
des partidistas del liheralisnu) imprevisor con que se 
pretendía reaccionar contra los precedentes nacionales 
del gobierno de Hozas, á pesar de que la Constituci(jn 
de 1853 ya decía que «los tratados son ley fundamental 
para la República», se debe el que todas las banderas 
navegan sin restricción de ninguna especie de puertos 
interiores de la República Argentina á puertos interio- 
res de la misma; y que esta nación es la única en el 
mundo civilizado, con nuis de dos mil leguas de costas 
y varios ríos interiores navegables, en la cual no existe 
el cabotaje nacional ni conn) regalía reservada i)or el so- 
berano para su l)andera. ni siquiera sometida al control y 
limitaciones que inii)onen boy todos tos soberanos. 

El cabotaje rosniopolita se interna en el último puerto, 
que todos están babilitados para él en la vasta exten- 
sión de la República. La l)andera nacional va brillan- 
do cada vez más por su ausencia hasta casi desaparecer, 
como que las extranjeras usan de la regalía que corres- 
ponde *á aquélla. Los estados que arrojaban en el año 
1845 una entrada de 2.000 buques de cabotaje nacional 
en el puerto de Buenos Aires, y de más de 8.000 de los 
mismos en 1851. no se reproducen en nuestros días, á j)e- 
sar del desenvolvimiento ])ro(ligioso del comercio actual 
con relación al comercio de aquellos días. Tan sensi- 
ble es esto, fpie los mismos estadistas y publicistas que 
en odio á Rozas aplaudieron la conquista de las escua- 
dras anglofrancesa. han reaccionado últimamente contra 
ese orden de cosas que compromete seriamente los in- 
tereses y hasta la seguridad de la República Argentina. ( ' ) 



( ' ) Kl i)iil)licisla doctor Andrés Lamas, que como corredac- 
lor de El Nacional de Montevideo v ministro del ü-obierno de 



— 201 — 

Los ininistros interventores Deffaudis y Üuseley. en se- 
guida (le intimarle inrondicionahnente al gol)ierno ar- 
gentino que retirase sus trojtas del Estado Oriental y 
que levantase el bloqueo de Montevideo y Maldonado en 
nonil)re de los motivos que acabo de examinar, le exi- 
gieron que respondiese sin demora á tai intimación. Como 
el ministro argentino Dr. Arana contestase esta exioencia 



esa plaza en la época á que ine refíeru, aplaudió la intervención 
an<>lo(Vancesa y sostuvo entonces y después (|ue á los hechos (lue 
ésta produjo se debía la libre navegación del río d(^ la Plata, no 
pudo menos que niodiflcar últimamente (1883) sus ideas en un ilus- 
tradísimo estudio sobre El cabotaje p la pesquería, en el que exami- 
na la legislación sobre navegacMíui del tiempo de Rivadavia, explica 
lo que debe entenderse por librií navegación interior, y como se ha 
(Mitendido en traiados internacionales suscritos por él mismo, y se 
])i'()nuncia por la neciísidadsV conveniencia del cabotaje nacional. Re- 
firiéndose á negociaciones di])lomáticas i»n (|ue intervino, dice el doc- 
tor Lamas: <( con la mira de (evitar (lue al principi(. de la libertad 
d(j navegación consignado en los tratados, se le diera una inteligen- 
cia que despojase á (íslos países de todas los medios de tener una 
marina propia, manifestamos la idea de definirlo internacionalmente, 
y aceptada esta idea ])or el gabinet(í del Brasil, (|ued() consignada 
en nuestras mismas palabras en (d articulo 2o. de la Conven- 
ción lluvial celebrada (Mitre la ('oni'ederación Argentina y el Hiasil 
el 20 de níjviemlire de 18.57: <( La libertad de navegación concedida 
á todas las banderas no se entiende respecto de los alluentes (salvas 
las estipulaciones especiales en contrario) ni de la que se haga de 
puerto á puerto de la misina nación. Tanto esta como a(iu(dla nave- 
gación podrán ser reservadas i)or cada listado para su band(!ra, sien- 
do con todo libre á los ciudadanos <) súlxlitos de los Lstados ribere- 
ños cargar las mercad(;i'ias en las eml)arcaciones empleailas en (í.se 
comercio interior ó de (tabotaje. » 

Y concluyendo (|ue librar la naviígacion iiiterioi' ;i las lianderas 
extranjeras es privarse de la marinei-ia nacional y cr(!arse inseguri- 
dades y ¡leligros, dice el doctor Lamas áproi)ósito de la reclamación 
del gohiíM'no italiano al oriental sobre los individuos \'(j1])í y l'atro- 
ne: «Cuando, con motivo de reclamar prontamente el castigo de lf)s 
(|ue hubieran tortui'ado á dos italianos, los agentes públicos de esa 
nacionalidad torturaron á su vez el derecho de gentíis y la sobe- 
ranía de un puel)lo civilizado, ún oficial de marina, (d comándale 
Amévcaga, Inlimó al cabolnjc que. llecabn nlli la bajidcrn italiana, que 
se rulocu.'ic d ^u lado ij tomase la bajulera real: ¡/ lo obedecieron ponien- 
do en evidencia qne el cambio de la bandera del eabotaje podía trans- 
formar en an monienfo dado, en fiterza enemlf/a á la que por derecho 
debía ser ¡/ fia sido en íodasijas nacitnws fuerza nacional. » ( \'éase 
este interesante folleto de :W piíginas. Véase un arfícnio (|ue en 
respuesta á apreciaciones d(d mismo doctor Lamas, |mbli(|ii(' en La 
Libertad de Hinmos Aii'es d(d :¿{', de lei)i-ero ile 18S;!.) 



— í202 — 

alegando que su gobierno no liaLía reeibido todavía res- 
puesta á su reclamación sobre el desconocimiento del 
bloqueo, los interventores le dirigieron su nota de 21 de 
julio en la que, aludiendo á las «exigencias visiblemente 
inadmisibles del gobierno argentino», declaraban que no 
l)odían retardar más tiempo la ejecución de sus instruc- 
ciones, y pedían sus pasaportes ])ara el día 'M de julio 
si mientras tanto atiuél no babía impartido sus (h'denes 
para hacer efectiva la intimaci(')n que le tenían hecha. 
Simultáneamente, ordenaban á los almirantes Lainé é 
Inglelield que con las escuadras de su mando detuvie- 
sen á la escuadra argentina en el puerto de Montevideo 
basta nueva resolución. 

El momento era, pues, solemne y decisivo. Ceder 
ante la actitud ultrajante y belicosa de los interventores, 
era humillar la dignidad nacional, y someter el país á 
los fáciles avances de la fuerza envanecida con una vic- 
toria más fácil todavía. Los días trascurrían y Rozas 
no les enviaba sus pasaportes. Indudablemente contes- 
taría suscribiendo á la intimación de retirar sus tropas 
del Estado Oriental, y levantar el bloqueo de Montevi- 
deo; y ellos se encargarían de arreglar las cosas como 
mejor les pareciese, colocando en el gobierno de las re- 
})úblicas del Plata i)ersonas que respondieran á sus pre- 
tensiones ulteriores. /Cómo podía Rozas oponerse á todo 
el i)oder de la (irán Bretaña y de la Francia? Así re- 
llexionaban los ministros Deffaudis y Ouseley, sentados 
á la mesa con el encargado de negocios de Francia, se- 
ñor de Mareuil. el día ;3() de julio. De Mareuil era el 
único que no conliaba en el éxito. «Ustedes no cono- 
cen al general Rozas, les decía. Mientras ustedes pien- 
san así, quizá Rozas les manda extender sus pasapor- 
tes. Esta noche los encontrarán ustedes en su casa. » 
Los ministros reían de la ocurrencia cuando entró un 



— <>i):5 — 

lacayo con un grueso oficio para el Excmo. señor mi- 
nistro de S. M. el rey de los franceses, barón Deffaudis. 
p]ra una nota del ministro Arana en la que res- 
pondía á la última del barón, l)ien que sin entrar en el 
fondo del asunto. Consignaba, por el contrario, que su 
gobierno no había manifestado opinión alguna en con- 
tra de la suspensión de hostilidades ó del retiro de sus 
tropas del Estado Oriental. Que se había limitado á 
decir que no podía considerar estas medidas mientras 
los ministros no reconociesen el bloqueo absoluto de 
Montevideo y Maldonado. Por lo demás, reproducía sus 
declaraciones anteriores respecto de su buena voluntad 
])ara aceptar la mediación, y su firme decisión de que 
se conservase la absoluta independencia de la República 
del Uruguay. Y atribuyendo la marcha poco favorable 
de la negociación entablada á la injusta intervención 
([iiv los ministros mediadores habían tomado en Mon- 
tevideo, cita el hecho de que las fuerzas navales de Fran- 
cia y la Gran Bretaña proveían de municiones, pólvora 
y pertrechos de guerra á los extranjeros armados en 
Montevideo, precisamente cuando el barón Deffaudis y 
Mr. Ouseley pedían la suspensión de hostilidades; el no 
menos injustificable del secuestro de la escuadra argen- 
tina en Montevideo por la escuadra francesa y britá- 
nica. [)recisamente cuando los mismos ministros exigían 
(|ue sp retirase (h; alh' dicba escuadra; y el de que en 
his mismas circunstancias en que se quejaban al gobierno 
argentino del modo como se redoblaban bis hostili- 
dades del ejército sitiador de Montevideo. Inician des- 
embarcar en esa (úudad fuerzas armadas de la escuadra 
brit;iiiica y francesa. «Bajo tales circunstancias, agre- 
gaba el ministro doctor Arana, el infrascrii)to incluye á 
V. E. el pasaporte que le ha pedido para dejar esta ciu- 
dad. Esta resolución de V. E. prepara un porvenir íii- 



— 'i04 — 

nesto. Terribles males sobrevendrán por la posición en 
que se coloca. El infrascripto, por lo tanto, protesta á 
V. E. muy seriamente por una medida que el gobierno 
ha deseado y desea sincera y vivam.ente evitar. Declara 
asimismo, á nombre de su gobierno, á V. E.. que la res- 
ponsabilidad de los sucesos que sobrevengan, pesa sobre 
la conducta de V. E. en el desempeño de la misión de 
paz y amistad cuyo buen término lia deseado este go- 
bierno, » (') Adjunto iba el pasa})orte firmado por el 
mismo general Juan Manuel de Rozas; y ya no le quedó 
duda á Mr. Ouseley de que en su casa, adonde se diri- 
gió precipitadamente, encontraría una nota igual y su 
pasaporte. 

Los ministros Deffaudis y Ouseley se trasladaron 
inmediatamente á Montevideo, y engrosaron con la in- 
fantería de los buques ingleses y franceses la guarnición 
extranjera de esa plaza, tomaron posesión de ella de he- 
cho, y se erigieron francamente en arbitros de la situa- 
ción de fuerza que creaban en el río de la Plata, á pro- 
I)ósito de uiia mediación parifica que quisieron conducir 
comenzando por desconocerlos derechos de uno de los be- 
ligerantes y hostilizándolo por actos que valían tanto como 
hacer causa común con el otro beligerante. «La toma 
de posesión de Montevideo por las fuerzas anglo- 
francesas, escribía La Gaceta Mercantil, es la más des- 
carada y más flagrante violación de la ley de las nacio- 
nes, y el ataque más directo á la seguridad de la Con- 
federación Argentina, á los derechos del Brasil y á los 
intereses de los Estados americanos. Éstos tendrán la 
clave de la política que desplegaron las fuerzas nava- 
vales anglofrancesas que hacen en Montevideo la pri- 



(*) Véase estas notas. Diario de Sesiones de la Legislatura de 
Bueiius Aires, tomo 31 página 356 y siguientes. 



— -ior) — 

mera jornada de la supremacía que pretenden establecer 
en el continente. En tal situación la opinión de las 
repúblicas del Plata se prepara á resistir la interven- 
ción. Ella no se aíianzará en estos paises sin que antes 
desaparezca con las armas en la mano el último de los 
argentinos y orientales. » El diario olicial no se enga- 
ñaba. La opinión pública rodeó á Rozas que con firme- 
za singular se oponía á la fuerza de las dos grandes 
potencias europeas que tantas soberanías habían vulne- 
rado y absorbido; y la Confederación Argentina respon- 
dió con la guerra, á la guerra que le trajeron la Gran 
Bretaña v la Francia. 



CAPITl'LO LI 



i. A JXTKK VENCIÓN AN(iLOFRANCE8A 



1845) 



Sumario : I. Los emigrados y el general Paz. — II. Invasión de López á Santa Fe: 
simultáneo avance de fuerzas de Paz sobre Entre Ríos. —III. Echagiie se 
rehace y retoma Santa Fe : persigue á López y lo destruye en San Jeró- 
nimo. — IV. Hostilidades de la intervención : las escuadras de Gran Bretaña 
y Francia capturan la escuadra argentina : vejámenes á los argentinos pri- 
sioneros : libertad de Brown á condición de que deje el servicio. — V. Rozas 
comunica lo ocurrido á la legislatura ; ésta lo autoriza jjara que proceda 
en sostén de la dignidad nacional. — VI. Los interventores se reparti-u l;i 
escuadra argentina y so proponen apoderarse de los puntos dominantes 
del litoral. — VIL Ponen bajo el mando de Garibaldi los buques argentinos 
apresados, y las escuadras combinadas so internan en las aguas del Uru- 
guay y Paraná : declaración de bloqueo. — YIII. Las escuadras combina- 
das intiman rendición á la Colonia : bombardeo y toma de esta plaza. — 
IX. Los almirantes aliados fortilican la Colonia y se dirigen á tomar la 
isla de Martin García : aparato para rendir diez soldados inútiles. — X. 
Mandan á Garibaldi asaltar á Gualeguaychii : saqueo á este pueblo : im- 
presión que dejó tal saqueo. — XI. Curiosos fundamentes de los interven- 
tores pavn declarar bloqueados los puertos y costas do Buenos Aires : 
alardes de sus agresiones. — XII. Protesta del gobierno argentino : des- 
mentido del cuerpo diplomático en Buenos Aires á las imputaciones de 
los interventores. — XIII. Los aliados atacan áPaysandii y no se atreven á 
desembarcar : empresa frustrada de Garibaldi sobre Concordia : ocupa el 
Hervidero. — XIV. Díaz apresa una goleta con la correspondencia de los 
aliados : botín de Garibaldi en el Salto. — XV. Proposiciones de paz que ñ 
solicitud del residente de Francia presenta el gobierno argentino : los 
interventores las rechazan y se preparan á forzar los pasos del río Paraná. 
— XVI. El país entero acompaña á Rozas á repeler la guerra que le traen 
los aliados. — XVII. La prensa del mundo acompaña con sus simpatías á la 
Confederación Argentina y á Rozas : la prensa del Brasil. — XVIII. La 
prensa de Cliilc: la de Estados Unidos. —XIX. Rozas conceptuado por el 
consenso universal, el representante armado del ijrincipio republicano y 
do In independencia de las secciones americanas. 



Ociii)ada iiiilitannt'iite la jdaza de Montevideo por 
fuerzas francesas y británicas. })rovista de todos los 
artículos y material de guerra que necesitaba, y prote- 
gida además por las escuadras de esas naciones, los 
argentinos emigrados que juntamente con el gobierno 



— 207 — 

de esa plaza trabajaron estos resultados, se esforzaron 
en que el general Paz. nombrado como se ha visto, 
comandante en jefe del ejército de Corrientes, desmin- 
tiese con los hechos la aseveraci(jn del gobierno de 
Rozas, de que la opinión de la República Argentina L» 
acompañaba para defenderse como lo hacía de las impo- 
siciones y agresiones de las potencias interventoras, ('i 
Poco debía de contar Paz sobre los estímulos de quie- 
nes lo habían colocado al borde del sacrificio, cuando se 
resistió á servirles de instrumento de miras que á él 
no le cuadraron. Ya se había anticipado por su })arte 
á disciplinar las fuerzas de Corrientes en el campo de 
Villanueva; había organizado la defensa de esa provin- 
cia, y resuelto la expedición á Santa Fe al mando dtd 
general Juan Pablo López. 

Éste sali('» de Villanueva con 7()ü hombres, atraves(') 
el Paraná y en los últimos días de junio (1845) em- 
l)rendi(') su marcha por el Chaco. El G de julio llegó á 
dos leguas de la capital de Santa Fe, y sorprendió el cantíhi 
de Andino que guarnecía la división del coronel Santa 
Coloma, «la cual fuí' del todo muerta ó prisionera», 
dice el general Paz. En seguida se posesionó de la 
capital batiendo hi fuerza que reunió á última hora el 
general gobernador Echagüe, á pesar de haber recibido 
avisos del gobernador de Entre Ríos de la invasión de 
L<q)ez {-). Simultáneamente fuerzas de Corrientes se 
hicieron sentir sobre Alcaraz. sorprendiendo la guardia 
de ese punto y como para hacer creer que abrían opera- 
ciones sobre Entre Ríos. Pero el general Garzíui pen- 
san(b). y con razí'ui. que Paz no abriría su cauípafia 



(') Véase Mei/wrias i\r\ '^ri\cvi\\ I'n/. toiiin iv. p.in. 190. 
(^) ("arla JíjI ;.'f)lieriiailoi' Ci'ospo al eoruiicl La.iíos. original cu mi 
archivo. (Véase el a¡)én(lice.) 



— t2(l8 — 

cuando menos hasta no conocer los resultados de la 
invasión á Santa Fe, se conservó por su parte á la 
defensiva, reuniendo todo el ejército de reserva en el 
Arroyo Grande, con excepción de la columna que manio- 
braba á las órdenes del coronel Lagos. (') 

Mientras López permanecía inactivo en la ciudad de 
Santa Fe, Ecliagüe se reorganizaba en el Rosario apoyado 
por la escuadrilla al mando del coronel Thorne, quien ha- 
cía la policía de las islas y subía y bajaba el Paraná según 
lo demandaban las circunstancias. (-) López no tenía 
ni su retirada asegurada cuando Echagüe se dejó sen- 
tir sobre Santa Fe; y se \ió precisado á desalojarla, 
dejando el parque y bagajes de que se había apodera- 
do. El 2 de agosto fué batida su vanguardia del otro 
lado del río Salado. El 5 Echagüe retomó la capital 
y López consiguió retirarse i)or el Chaco. Fortuna para 
él fué que Paz, en previsión de un desastre, hizo pasar 
el Paraná simultáneamente con López al coronel Soto 
con 200 hombres para que se situase en San Javier, y 
colocó al general Juan Madariaga en la margen izquier- 
da del mismo Paraná con orden de repasarlo si fuese 
necesario. Cuando Paz supo que López se retiraba, 
ordenó á Madariaga que reuniese los buques que sir- 
vieron para el pasaje de la expedición en el punto 
en que López designase. Éste designó el paso de Pin- 
dotí, y cuando todo estaba pronto para el pasaje resol- 
vió hacerlo ocho leguas más arriba. Pero Echagüe que 
lo perseguía, lo estrechó el 12 de agosto en San Jeró- 
nimo ó Mal Abrigo. López fué completamente deshe- 



( V) Carta del general Garzón al coronel Lagos, original en mi 
archivo. (Véase el apéndice.) 

(2) Carla del gobernador Crespo al coronel Thorne, ídem, ídem- 
(Véase el apéndice.) 



— 209 — 

clio. y á no haber sido la resistencia del coronel 
Bernardino López que fué quien se sostnvo. quizá no 
habría ¡lodido cruzar el Paraná y presentarse con un 
pequeño grupo en el campamento del general Paz. (') 

Las fuerzas navales de Francia é Inglaterra rompían 
entretanto sus hostilidades contra la Confederación 
Argentina, ejerciendo medidas tales que. por no ser de 
uso entre naciones civilizadas, podían ser caliíicadas de 
actos de piratería. El 22 de julio, pendientes todavía 
las negociaciones con los ministros Deffaudis y Ouse- 
ley. los almirantes Inglefield y Lainé intimaron al 
almirante Brown que no se moviese de las aguas de 
Montevideo con la escuadra de su mando. El viejo 
almirante se limitó á responder que por resolución de 
su gobierno debía transportarse á Buenos Aires. El 31 
el capitán Pasley de la Curacao y el capitán Moursieur 
de VAfricane, fueron á bordo del San Martín á exigirle 
á Brown. á nombre de los almirantes británico y 
francés, la entrega de todos los marineros ingleses y fran- 
ceses que tripulaban los buques argentinos, y haciéndo- 
los formar sobre cubierta los amenazaron con la pena de 
traición á la patria, esto es, con la horca, si seguían sir- 
viendo á la Confederación en esas circunstancias. El día 2 
de agosto, después de haberlo acordado con el capitán 
Pasley, Brown hizo á sus buíjues la señal de prepararse 
para dar la vela, y zarpó después de mediodía con la ^5 de 
Mayo^ 9 de Julio^ San Martin. Maipú y Echagüe. Pero 
entonces los buques británicos y franceses hicieron fuego 
sobre los argentinos con su artillería de grueso calibre, 
metiihidolc una bala al San Martín y otra á la !?,7 de Mayo. 
Ijrown lio pii(b) iin-nos que ceder á la violencia, juies que 



(' ) Véíiso Memorias de Paz (nino iv, íll. Vi-ase eartn de Echajiüe 
cu v\ ;t|iéndiee. 

TUMO IV. ' It 



— 210 — 

hasta sus cañones estaban descargados. « Tal agravio, 
dice Brown. demandaba imperiosamente el sacrificio de 
la vida con honor, y s(31o la subordinación á las supremas 
órdenes de V. P'. para evitar aglomeración de incidentes 
tjue complicasen las circunstancias, pudo resolver al que 
firma á arriar un pabellón que durante 33 años de conti- 
nuos triunfos ha sostenido con toda dignidad en las aguas 
del Plata. » í^os almirantes Lainé é Inglefield se a})odera- 
ron de los buques argentinos, izaron en unos el pabellón 
inglés y en otros el francés ; se apoderaron del armamento 
é hicieron prisioneros á todos los marinos argentinos. 
Este abuso de la fuerza, perpetrado sin previa decda- 
ración de guerra, abunda en episodios vergonzosos para 
los interventores y sus aliados. Arriado el pabellón azul 
y blanco de los buques argentinos, izado en éstos el 
francés ó el inglés, los emigrados argentinos en Monte- 
video fueron en botes de la corbeta de guerra inglesa 
Curarao á seducir la ohcialidad y tripulación prisioneras 
del General Echagüfí. El comandante de este buque rechazó 
tales proposiciones, como las rechazaron los del San Mar- 
tín y '"25 de Mayo á quienes también se las hicieron. Enton- 
ces lo insultaron en presencia del 2" comandante de la 
Curacao, y el oñcial de la Confederación Argentina se 
vio en la necesidad de declarar que reprimiría con sus 
armas á los que lo insultaban, una vez que prisionero 
no encontraba protección l)ajo el pabellón británico. 
Después de estos hechos que afirma el verídico Brown, á 
quien se debe creer aunque él fuese el único testimonio 
(|ue los abonare, el ministro británico obligó todavía al 
viejo almirante argentino á (|ue declarase que no tomaría 
las armas bajo el pabellón de su patria adoptiva du- 
rante la cuestión que se ventilaba. «Esta declaratoria, 
dice Brown, puso en mayor conflicto al que firma; pero 
considerando que así el gobierno como los habitantes 




í-.- ''>J 



^J^i^Y^^^-/^^ 




— 2\\ — 

<le la República harían la debida justicia á los defensores 
del pabellíjn argentino sobre Montevideo, y que este acto 
lio importaba otra realidad que la de acreditarse más 
y más la violencia y escandalosa conducta de las fuer- 
zas navales de Inglaterra y Francia, se prest('» á él.. .» (') 
El apresamiento de la escuadra argentina retempló 
más, si cabía, el sentimiento nacional argentino. El ge- 
neral Rozas elevó todos los antecedentes á la legislatura. 
Los diputados (larrigós. Torres, Sáenz Peña, Campana y 
Argerich mantuvieron la atención pública en esas sesiones 
memorables; y abogaron por la necesidad de resistirá la 
interveucií'ui para salvar la integridad de la [latriay el por- 
venir del régimen republicano. Verdaderas explosiones 
de entusiasmo levantó don Nicolás de Anchorena cuando, 
al)uudaiido sobre lo mismo, dijo que en esa contienda por la 
dignidad nacional no había sino argentinos con la sangre 
délos del año de I.SIO. (traidores aliados de la interven- 
cáón. La legislatura aprobó la conducta del poder ejecutivo 
y lo autorizó para que procediera en sostén, del honor de 
la Confederación y exigiera del rey de los franceses y de 
S. M. ]-). la rej)araci()n de los agravios inferidos por las 
fuerzas navales de ambos soberanos. 



(') Véase el parle del aliiiiraiilc Hi'own rn L" (ificeta Mercantil 
del lí) de ajj;osiü de 1S45. Don .losi' Luis Bustainaute, secretario del 
jicneral Rivera, en mi lihi-o de; propaganda (jiie escribió para deinos- 
trai- los errores de la inlerveiicióu an¿i;lorraiicesa, o sean los ineilios 
que ésta tuvo para proceder más coercitivameiite toilavía de ln 
(|ii(! lo hizo eoiiti-a la Conrederación Argentina, dice refiriéndose al 
apresamiento de la escuadra argentina: u Muy luego l'ueron envia- 
dos á Buenos Aires todos los jefes, oficiales y tripulación (|ue no 
(|uisier(jn lomar servicio en .Montevideo. La escuadra lué repartida 
ha.jo inventario entre las tuerzas inglesas y francesas. Este fué el 
])rimer hecho conspicuo d(í la intervención. Kl annncialia al mundo, 
v los hijos del Plata lo creyciron asi de buena le, (jue (d momento 
había llegado de la libertad de estos ])aises. » Véase Los cinco 
errores capitales de la intervenciÓ7i ang lo francesa, pág. 72. Kl 
parle de l-Jrown y todos los documentos anexos estiln publicados 
también en v\ Archivo Americano, 1" serie, nñmei'o^'^y siguientes, 
> en (d Diario de sesiones de la legislalui'a i\i' linenos Aii-es. lomo 
."il, p;ig. 'M'A y siguientes. 



— :2i2 — 

Al apresaiiiientü de la escuadra argentina se siguió 
el reparto que de ella entre sí hicieron los ministros in- 
terventores, dejando ya completamente de mano la vía 
diplomática. La lirmeza singular de Rozas les había arre- 
batado la fácil victoria que creyeron obtener con la sola 
ostentación de la fuerza. Recurrieron, pues, á la última 
ratio de sus instrucciones, i>ara imponer la libre navega- 
ción de los ríos interiores, ;i que ellas se referían. Ocupar 
los puntos dominantes del litoral argentino, fué entonces 
su mira. Lo que harían después con estas ocupaciones, 
lo resolverían las circunstancias. Á nadie se le ocultaba 
que bajo el velo de una intervención injustificada, había 
la idea preconcebida de predominio y de conquista. La 
prensa europea lo venía anunciando por sus principales 
órganos. Hablando de la compra que hicieron los ingle- 
ses de la aduana de Montevideo, dando en vez de dinero 
provisiones, y siendo el comodoro Purvis el proveedorr 
ya decía Emilio de Girardin en La Pre.sse del 19 de marzo 
de 1844: «Los ingleses han llegado á tratar con el go- 
bierno oriental la adquisición de la Colonia, puerto muy 
importante entre Montevideo y el Uruguay. La Inglaterra 
ha pedido vanamente hasta ahora la libre navegación de 
los ríos, á lo que la Confederación Argentina se ha rehu- 
sado en nombre de su interés y en uso de su derecho. » 

Sin perder tiempo, los ministros interventores reforza- 
ron la artillería de los buques argentinos apresados, arbo- 
laron en éstos la bandera oriental, los tripularon con 
extranjeros y los pusieron al mando del coronel don José 
Garibaldi. (') Muy luego las escuadras de Gran Bretaña y 
Francia se internaron en las aguas del Paraná y del Uru- 
guay; apresaron buques mercantes argentinos, y ocuparon 
la isla de Flores con una guarnición. El 10 de agosto pa- 
saron en actitud de combate por el canal principal de la 
isla de Martín García y siguieron aguas arriba por la boca 



- 218 — 

del Guazi'i. El gobierno de Montevideo pretendió legalizar 
los atropellos que se siguieron, por medio de un decreto del 
lí) de agosto que sólo ])odían iiacerlo efectivo los interven- 
tores con la fuerza naval de (|ue disponían. Fundándose 
en que los almirantes de Inglaterra y de Francia declara- 
ron bloqueados desde el 1" de agosto todos los i)uertos y 
costas ocupados por el ejército argentino; y en «que debía 
cooperar al lleno de esta medida», declara en riguroso blo- 
queo é incomunicación todo el litoral uruguayo y demás 
puertos y costas de la República ocupados j)or el ene- 
migo. 

Cuando el g(d)iern() de Montevideo expidió este decreto, 
los almirantes Lainé ó Ingleíield, al frente de las fuerzas 
navales anglofrancesas. y llevando consigo los buques 
argentinos apresados y al mando de (iaribaldi, se encon- 
traban en la Colonia. El 26 de agosto estrecharon el bloqueo 
con el designio de apoderarse de ese punto. El día -SO reu- 
nieron 28 buques entre mayores y menores y fondearon en 
la ensenada del Caño, á media legua de la Colonia, y 
después de ponerlos en línea intimaron rendición á la 
plaza. La defensa de ésta consistía en 7 cañones de á 4 y 
de á <S, y en ;)0() infantes aproximadaiuente. (') El coronel 
Jaime Montoro. comandante del departamento, rechazó la 
intimación; y en la mañana siguiente 200 cañones lanza- 
ron sus fuegos sobre la Colonia. El éxito no podía ser du- 
doso. Á las 1) de la mañana se retir(') el coronel Montoro 
dejando solamente 40 hombres al mando de un alférez. 
Después de cuatro horas de cañoneo que im'endi() y arrui- 
m'i la ciudad, desembarcaron los anglofranceses y (lari- 
haldi. y enarbolaron sus banderas en las murallas. Fna 
vez adentro se npoderaron de todos los efectos y artículos 



í ' ) HiistninniKc. en caria á Rivci-a, lo dice (|ti<' (larilialdi lleva c.oo 
lidiiiltrcs. Maiiuscriii) oriüiiial on mi archivo. (Vóasocl apéndice.) 



— '214 - 

que encontraron, incendiaron varias casas de los que se 
habían salvado, maltrataron á los partidarios de Oribe, é 
insultaron á la noble dama doña Ana Monterroso, esposa 
del general Juan Antonio Lavalleja, fundador de la Inde- 
pendencia oriental. (') 

Los angiofranceses se atrincheraron en la Colonia y 
aun intentaron algunas salidas, pero fueron rechazados á 
balazos por las fuerzas con que se mantenía el coronel 
Moiitoro, cortándoles toda comunicaci(3n por tierra. Y 
como su objeto principal era no tanto internarse en el te- 
rritorio cuanto apoderarse de los puntos dominantes de los 
ríos interiores, dejaron una buena guarnición en la Colo- 
nia y se dirigieron á tomar la isla de Martín García. (-) 
Este punto que es, por decirlo así. la compuerta del río 
de la Plata, estaba imprudentemente desguarnecido. Sólo 
había allí 10 soldados viejos é inútiles y un niño al mando 
del mayor Rodríguez. Verdad es que la guerra, pues que 
actos de guerra eran, que hacían la Francia y la Inglaterra 
á la Confederación Argentina, era la guerra inesperada 
y de sorpresa, sin previa declaración y en circunstancias- 
en que según los mismos interventores «estaban pen- 
dientes las dilicultades con el gobierno argeijtino». El ó 
de septiembre apareció frente á Martín García la corbeta 
de guerra francesa Expeditive, seguida de los buques ar- 
gentinos apresados y mandados por Garibaldi. El coman- 
dante francés intiuKj la entrega de la isla, ofreciéndole al 
mayor Rodríguez y á los suyos trasportarlos á Buenos Ai- 



( ' ) Véase los partes del coronel Montoro en La Gaceta Mercantil 
del 30 de septiembre do 1845. Véase El Nacional y El Comercio del 
Plata, de Montevideo de 4, 5 y 6 de septiembre. Le Journal des Debuts 
de París del 2 de mayo de 1846 publicó detalladamente la toma y 
el saqueo de la Colonia. Véase L'Annuairc Historique de Lesiir. 
año 1845, pág. 229. 

(-) Véase en el apéndice la carta de Bustamante ¡i Rivera en 
(|ue le dá cuenta de este suceso y de la situación de Montevideo. 
(.Manuscrito oi-iginal en mi archivo.) 



— -21 r> — 

res. El jefe argentino contestó dignamente. Garibaldi 
desembarcó en tierra con sesenta hombres, arrié bi ban- 
dera argentina azul y blanca de los argentinos y tomó 
posesiíui déla isla enarbolando en ella el pabellón orien- 
tal. El día (i llegarím los almirantes Lainé é Ingleíield con 
cinco buques de guerra, embarcaron los cueros vacunos y 
algunos efectos que encontraron, dejaron una guarnición, 
y llevando á Garibaldi siguieron Uruguay arriba. ('). 

Al llegar á la costa de Gualeguaychú los almirantes 
aliados ordenaron á Garibaldi que atacase ese pueblo 
puramente comercial y desguarnecido. Garibaldi lo ve- 
rific(') por sorpresa é impuso una contribución de guerra. 
Durante dos días los soldados saquearon las casas de 
familia y principalmente las de comercio. Los más dam- 
nificados, que eran comerciantes sardos, españoles, por- 
tugueses y franceses, suscribieron una protesta en la 
(|ue especificaban las sumas de dinero y los artículos de 
(|ue habían sido despojados. (-) Este saqueo fué tan noto- 
rio que hasta los mismos partidarios que asistieron á la 



( ' ) Véase el parte del mayor Rodríguez y las notas del coniaii- 
dante Derininiar y del coronel (iaribaldi en La Gaceta Mercantil, del 
18 de 8eptienil>re de 1845. 

(2) Kn La Gaceta Mercantil del 23 ije octubre de 1845 están re- 
gistradas esas protestas, que suscriben individualmente ante el 
comandante militar y ante el alcalde mayoi-, don José Renites (por- 
I ufíués). ])or saíiueo de su almacén, por valor de 5.000 pesos, sin incluir 
la ííolota «.(oven Kmilia» que se la llevaron; don Agustín Peyrelo 
(sardo) por sa(|ueo de sus dos casas de trato, por valor de 6.700 pesos; 
ilon .luán Iriarte, por saqueo de su almacén, por valor de 1.210 pesos 
en artículos y 975 pesos en dinero ele(;tivo; ilon Juan Sonsa .Martí- 
nez (poi'tujíués), por robo en su casa en electos y dinero, importante 
l.iioo pesos; don Antonio Peisano (sardo), «eme llevaron, dice, á la 
presencia del coronel (iaribaldi, y me robaron la mayor parte de 
los efectos de la tienda cuyo importe asciende á 2.000 pesos, yaun- 
(|iie reclamé la devolución de ellos al citado (iaribaldi, nada se me 
entregí), contestándome éste que era un mal que no ixidía remediar»; 
don .fosé S(d)ral (español), por sa(|Ueo en su casa de negocio y robo 
de dinero ([ue tenía en su baúl, importante 1.710 pesos; don Domingo 
Kli/al i (vasco trances), sacjueo en su casa é intimación á mano armada 
para que entregase dinero, importante todo o4(l pesos; don Andrés 
(Miieliis(da (sardo), ])or saijueo en su casa de negocio é igual inti- 



— •?!(; — 

toma (le (iualeguaychii no vacilaron en asignarle las 
grandes proporciones que tuvo. Kntre otros, don A. (ial- 
ván, en carta detallada que sobre este suceso escribe al 
señor Ortega, y que fué tomada pocos días después con la 
correspondencia de Garilialdi. por fuerzas de Paysandú, 
dice: «En cuanto á presas, es tan crecido el número de 
ellas que ya no lo tengo presente.» (') «Hasta hoy. es- 
cribía en 27 de septiembre el general Garzón, la escuadri- 
lla salv¿ije del pirata Garibaldi no ha pasado de Fray 
Bentos; pero ha hecho un asalto al territorio entrerriano, 
en el que ha cometido el bárbaro atentado de saquear un 
pueblo indefenso, que no ofreció ninguna resistencia. » 
Partidarios caracterizados de la defensa de Montevideo 
no podían menos que protestar en benelicio propio contra 
esos salteas. Don José Luis Bustamante, hombre públi- 
co, secretario y activísimo agente del general Rivera, le 
escribía á éste desde Montevideo, en 2 de noviembre : 
((Garibaldi saqueó la Colonia y Guale guaychü escandalo- 
samente : no puede contener la gente que lleva. Esta 
uiarcha nos desacreditará mucho; y mientras no se vean 
al frente de esas operaciones jefes del país, nada adelan- 
taremos: la guerra será interminable. Yo procuro por 
todos medios hacer sentir esta verdad á los ministros me- 
diadores.» (-) 

mación para que entregue dinero efectivo, importante todo 1.035 
pesos; y por saíjaeos en sus casas de negocio, robo de dinero é 
intimación á mano armada siguen: don Juan Lucero (argentino), 
•JuanB. Soluso (francés), Juan Costa (sardo), Juan Ecliegarria (Iran- 
cés), Pedro Alcalienest (ídem), Juan Gueroa (ídem), Juan Isaldi (ídem), 
Juan Archaine (ídem). Pedro Vallt (iilem\ Juan Gaurebiguerri (ídem), 
Juan U.urralde (ídem), Lorenzo Aguerre y liermano (ideinj, Bau- 
tista Dohyenard (ídem), Juan Arambago (ídem). Samuel Ireart (ídem), 
Juan Carrica (ídem), Juan Barneht (idemi. Carlos Anderson (inglés), 
Ángel Beris (sardo), Jerónimo Gómez (argentino), Leopoldo Espinosa 
(ídem), Prudencio Gómez (ídem). Juan ISIéndez Casariego (ídem). 
Total ;^1 casas de negocio saqueadas en un pueblo de 4.üü0 almas. 

(^) Véase La Gaceta Mercantil d(d 14 dr noviembre de 1845. 

(-) .Manuscrito original en ini archivo. (Véase el apéndiao.) 



— -217 — 

Y cuando tales atropellos perpetraban las escuadras de 
Gran Bretaña y Francia, los ministros interventores 
le dirigían al gobierno argentino su nota de 17 de septiem- 
bre, que era un trasunto del lenguaje diplomático usado 
con el bey de Argel. Fundándose en ([ue no lian }todido 
arribará la paciticación del río de la Plata; en el len- 
guaje violento de la prensa, y de « la asamblea que llaman 
Sala de Representantes » : en (jue el gobierno argentino 
atrepella á los extranjeros y llama salva jes á los nnita- 
rios ; en que á la cabeza de la policía hay una asocia- 
ción famosa por multitud de hechos siniestros ; y en 
que el mismo gobierno lia prohibido toda comunicaciíui 
entre el territorio de la Confederación y las escuadras 
combinadas de Francia é Inglaterra, « cuando estas escua- 
dras aun no han usado de ningún medio coercitivo 
sobre las costas de Buenos Aires ». los ministros Deffau- 
dis y Ouseley declaran bloqueados los })uertos y costas 
de la provincia de Buenos Aires. I^a Gran Bretaña y la 
Francia á título de mediadores, tomal»an contra la Con- 
federación Argentina la misma medida que se habían 
negado á reconocer como emanada de esta última, á título 
de beligerante, contra la plaza de Montevideo. 

Los ministros interventores pretenden justificar sus 
agresiones con alardes tales que habrían llamado á lás- 
tima al mismo Mr. de Talleyrand, quien decía (¡[ue «la 
no intcrvcnciiMí cu b)s negocios de otras naciones era 
la regla general, y la intervencicui la excepción de esta 
regla». Reliriéiidose á la detención de la escuadra argen- 
tina hasta que el gobierno de Buenos Aires accediese 
á las exigencias que le hicieron. — á jiesar de ([iic al 
ordenarle este lillimo al almirante Brown ijiic se reti- 
rase (le allí accedía de lieclio ;i una de estas exigencias, 
(((le que sería levantado el liloíjueo de Míuitevideo » ; 
dicen los interventores: ((Aun bajo tales circunstancias 



— '21 <s — 

todavía los plenipotenciarios estaban dispuestos á permi- 
tir la partida de la. flotilla^ cuando los huques argentinos 
repentinamente intentaron dejar el puerto sin más aviso 
ó explicación. Esta empresa injustificable ocasionó el 
apresamiento de la flotilla. » Hablando de la Colonia donde 
no hubo fuerza argentina y «adonde las escuadras com- 
binadas llegaron para auxiliar á restaurar aquella ciudad 
al gobierno oriental», los ministros Deffaudis y Ouseley 
atribuyen á la diminuta guarnición que la defendió dos 
horas, el incendio que ocasionaron doscientos cañones 
de las escuadras combinadas, y el saqueo y el pillaje de 
sus soldados triunfadores. El gobierno argentino protestó 
de tal medida; y calificando en términos durísimos «el 
sistema general de ruina y de devastación que seguían 
las escuadras combinadas en los territorios ribereños del 
Plata y sus atinentes, adjuntó á los interventores un 
desmentido dado por oñciales superiores de esas mismas 
escuadras y por los residentes en Buenos Aires, incluso 
el encargado de negocios de Francia. Solicitados para que 
manifestasen si durante su permanencia más ó menos lar- 
ga en Buenos Aires notaron ó supieron que tenían lugar 
h)s hechos atroces y vergonzantes á que se referían los 
ministros interventores de Gran Bretaña y de Francia, los 
ministras y encargados de negocios de los Estados Uni- 
dos, del Portugal, de Cerdeña, de Francia, de Bolivia, que 
eran las únicas naciones representadas entonces en la 
Confederación, declararon solemnemente : 1'^ (^)ue no ha- 
bían tenido motivo de queja contra el gobierno argentino 
por actos que implicasen olvido á la protección debida á 
los extranjeros residentes; 2'\ Que no tenían conocimiento 
de que á la cabeza de la })olicía de Buenos Aires hubiese 
una asociación famosa por cantidad de hechos siniestros, 
ni de que se les rompiese las papeletas y se les obligase 
á servir en el ejército argentino; 3'\ Que no sabían que la 



— --219 — 

misma policía luibiese obligado á los extranjeros por el 
terror á íiriiiar peticiones en oposición á sus gobiernos; 
4". Que de las noticias que habían recogido, no era exacto 
lo de la supuesta carnicería de un millar de prisioneros 
después de la batalla de India Muerta; 5°. Que se compla- 
cían en hacer esta pública declaración de la verdad, 
siendo como era notorio que el gobierno argentino, 
aun en medio de las dificultades cj^ue lo rodeaban, se 
conducía en sus relaciones diplomáticas y políticas con 
la dignidad y altura que más de una vez habían tenido 
ocasión de manifestarle agradecidos, ('j 

En seguida algunos buques de las escuadras aliadas y 
los que mandaba Garibaldi se dirigieron á Paysandü, con 
la mira de reproducir allí la escena de la Colonia, El 
general Antonio Díaz, jefe de la plaza, expidió una 
entusiasta proclama llamando á los soldados á defen- 
derla á todo trance ó á sucumbir con gloria. El 20 
de septiembre dieciocho buques enfilaron sus cañones 
sobre la plaza. La batería « Presidente Oribe » res- 
pondió á los fuegos, y después de una hora de cañoneo 
fueron rechazados los extranjeros, retirándose los unos 
Uruguay abaj(j y (iaribaldi en dirección al Salto. (■) 

(• ) Véase estas notas en el Diario de sesiones, tomo 31, pág. 579 
y siguientes. Véase las declaraciones oftciales del eiiei"i)ü diplomático. 
ÍjOs hechos citados por el señor Guillermo Brent, encargado de nego- 
ciosdc los Estados Inidos.y por .Mr. de .Mairuil, encargailo de negocios 
de Fraucia, son importantísimos, pues ¡i la vi'z que este último desau- 
toriza categóricamente lo qu(> afirma (d ministro pl(>nii)ot(!nciario de 
Francia, el prinnn'o agrega, refiriéndose á la actitud d(d general 
Rozas: «hay ]»o(;os hecdios heroicos sobre los que la imaginaciini se 
acalí)ra con nnis satisl'acciíui (pie aqmdlos de un i)uel)lü <|ue. resucdto 
á ser libre, nada deja al enemigo invasor sino el j)un(() que iinnuen- 
íáneamente pisa y (d paraje do se encierre". Futre estas deidaraido- 
nes se incUua la il<d capitán más antiguo ile la marina brit;inica 
(|ue en '¿4 de Julio de 1S4.T decía en su memor;indum al almirante 
Mrown '((pie el gol)ierno argentino había ])r(>stado siempre a los 
subditos l)ritánicos la protección m;is completa y satisfactoria ». 
Véase estas declaraciones en el libro citado, i)ág. fi(i4 ;i(>g7. 

(-) Véase (d parte del general Díaz y documentos corr(dativos en 
La Gaceta Mercantil del 21 de octubre de 1S45. 



— 2Q0 — 

El 4 de octubre aparecí»'» eu la costa eiitrerriana. frente 
de la Concordia, la flota al mando de Garibaldi con más 
algunos luiques mercantes. El general Garzón en persona, 
al frente de 150 infantes y 200 tiradores ocupó la margen 
y tripuló ocho lanchones para abordar los buques ene- 
migos. Pero Garibaldi se retiró apresuradamente con la 
mira de probar fortuna en el pueblo del Salto. Ea 
bajante del río, y más que todo, las guardias argentinas 
y orientales se lo impidieron, y ocupó el Hervidero, 
cinco leguas abajo. Aquí desembarcó su infantería y arti- 
llería y fortiíicó su posición con el intento de comunicarse 
con el general Paz. (*) 

El 12 de octubre Garibaldi llegó con sus buques á las 
islas del Queguay. Al día siguiente el general Díaz 
desprendió de Paysandú tres lanchones y pudo apresarle 
la goleta Pirámide y toda la correspondencia del gobierno 
oriental con los almirantes Lainé é Inglefield. Garibaldi 
favorecido por la corriente reunió sus buques, sali('> del 
Hervidero y en seguida de hostilizar á la distancia á 
Garzón que guarnecía la costa argentina, ocupó el pueblo 
del Salto sacando de allí todo lo que pudo embarcar. 
«Estos salteadores, escribe el general (íarzón. embarca- 
ron de noche su botín para que no los viésemos de esta 
costa, sin alcanzar que hemos sentido el movimiento de 
sus lanchas, el ruido de rondanas, y visto sus buques 
que amanecieron al día siguiente muy metidos en el agua 
á causa de la carga. » (-) 

En estas circunstancias, el barón de ]\Iareuil. encar- 



(') Parte oficial del coronel Garibaldi á los almirantes Lainé é 
Inglefield, publicado en El Comercio del Plata de Montevideo y tras- 
crito en La Gaceta Mercantil del 14 de noviembre de 1845. 

(2) Véase La Gaceta Mercantil del 26 de noviembre. Véase en 
el apéndice la carta de don Nicolás de Ancliorena. ( Manuscrito en 
mi arcliivo. ) 



gado de negocios de Francia en Buenos Aires, antes de 
retirarse de esta ciudad, pidió conñdencialmente al mi- 
nistro Arana bases para el restablecimiento de la paz, las 
cuales él sometería á los interventores. El gobierno ar- 
gentino le dirigió al barón un nieniorándum con las si- 
guientes bases: 1'. El general presidente Oribe concurriría 
á la negociaciíui y resolvería sobre la suspensión de lios- 
tilidade^:: 2-'. Restablecido el gobierno legal en Montevideo, 
se desarmarían los extranjeros en esa ciudad; se reem- 
barcarían las fuerzas inglesas y francesas que la ocupaban; 
se desocuparía la Colonia y todo otro punto de la costa 
uruguaya (') argentina que hubiesen ocupado las fuerzas 
angiofrancesas y volverían las divisiones auxiliares ar- 
gentinas al territorio de la Confederación; 3". Se restitui- 
rían al gobierno argentino la isla de Martín García en el 
mismo estado en que fué tomada, y los buques argentinos 
en el puerto de Buenos Aires, en el mismo estado en que 
fueron apresados por las escuadras francesa y británica; y 
al verificarse esta restitución al pabellón argentino sería 
saludado por ambas escuadras con veintiún cañonazos, 
los que contestarían los buques argentinos; 4". Se revocaría 
la declaración de bloqueo á los puertos y costas de la pro- 
vincia de Buenos Aires; y serían restituidos los buques 
mercantes con bandera argentina apresados; 5\ En con- 
secuencia del derecho perfecto del gobierno argentino para 
disponer de la navegación del Paraná y Uruguay, se reti- 
rarían todos los buques ingleses y franceses que hubiesen 
penetrado en esos ríos; O". Los ministros británico y fran- 
cés declararían que el desconocimiento que hicieron del 
bloqueo argentino, de Montevideo y Maldonado. no })()dría 
invocarse como un ejemplo legítimo; 7='. La convención 
que llegase á celebrarse no afectaría en lo mínimo los de- 
rechos ([ue correspondería á la Confederación Argentina 
relativíjs á la República Oriental p(jr la convención de 1828- 



900 

11 i por ella reconocería el ^^obieriio argentino derecho á la 
In,í>laterra ó á la Francia para intervenir en los asuntos 
(le las repúblicas del Plata; 8-^ Las reparaciones por los 
perjuicios á la Confederación Argentina durante las hos- 
tilidades de los angiofranceses se deferirían al juicio 
arbitral de dos potencias amigas; 9". Las reparaciones á 
que se considerase con derecho el gobierno legal de la 
República Oriental sería de la competencia de éste; 10". El 
arreglo anterior déla República Oriental sería de la exclu- 
siva competencia de su gobierno legal, sin la ingerencia de 
fuerza ó influencia exterior alguna; ll'\ No habría confe- 
rencia ni comunicación oficial alguna sin que previamente 
los ministros de Francia y Gran Bretaña y el presidente 
Oribe, conviniesen en estas bases, i^) 

Estas bases aceptables en cualquiera otra situaci(')n que 
no fuere la en que se habían colocado los interventores, 
fueron rechazadas de plano, y clasificadas por los minis- 
tros Ouseley vDeffaudis de «exorbitantes », aun cuando 
el gobierno de Buenos Aires tuviese de su parte el derecho 
y la fuerza. Y como á pesar de los atropellos. de})redacio- 
nes y crueldades, la intervención no podía ocupar los 
puntos regularmente guarnecidas por fuerzas de la Confe- 
deración, los ministros interventores resolvieron que las 
escuadras combinadas de Gran Bretaña y Francia forzasen 
á cañonazos el paso del Paraná y llegasen hasta Corrientes 
para dominar ese gran río. Hasta entonces la interven- 
ción sólo había producido actos de fuerza para intimidar 
al gobernante de quien esperó concesiones tan amplias 
como las que Francia y Gran Bretaña en otros países ob- 
tuvieron. La verdadera guerra iba á comenzar. «El go- 



(^) Véase esta nota de 10 de noviembre y documentos correlativos 
en el Diario de sesiones de la le^nslatura de Buenos Aires, tomo 31, 
pág. 714 á723. Véase tamliién La (rácela Mercantil áo\ 19 dediciem- 
l)rc de 1845. 



Iñeriio argentino, escribía La Gaceta Mercantil, se halla 
pues, en el forzoso caso de repeler una «guerra de abomi- 
nable conquista anglofrancesa sobre las nacionalidades 
americanas. » 

La Repi'iblica entera acompañó al general Rozas en la 
lucha de principios en la cual estaba comprometida no ya 
la honra, sino hasta la integridad nacional. Los militares 
de las campañas por la independencia; todos los hombres 
principales y acaudalados; todos los que podían llevar un 
fusil, ratiñcaron de un modo inequívoco ese voto. Las 
legislaturas de San Juan, Mendoza, San Luis, Córdoba, La 
Rioja, Catamarca. Santiago, Tucumán, Salta, Jujuy, Kutre 
Ríos y Santa Fe, viendo comi)rometida la independencia 
argentina, y enalteciendo al gobernante que resistía las 
agresiones de la intervención, le ofrecieron sus recursos y 
poder al general Rozas. Los respectivos gobernadores de 
esas provincias, general Benavidez, Segura, Lucero. López. 
Tello, Nieva y Castillo, Ibarra, Gutiérrez, Saravia, Iturbe, 
Crespo y Echagíie, convocaron los ciudadanos á las armas 
con una decisión digna de la causa que i1)an á defender. 
La prensa de ambos mundos, con una unanimidad ine- 
quívoca, si se exceptúa el órgano de Mr. Tliiers, en Pa- 
rís, y los diarios que redactaban los argentinos emigrados 
en Montevideo y en Chile, abundó en manifestaciones 
de s¡in])atía y de aliento ;i la joven Confederacitni Argen_ 
lina y á su gobernante, obligando á los estadistas de 
Europa á({ue por la primera vez consultasen sus verdade- 
ros intereses en el río de la Plata. E/ Grito del Amazonas 
( Brasil ) del !) de agosto de 184'"), escribía : « Xos ll;ini;ir;in 
rozistas! somos americanos! Todo el Río déla Plata y sus 
tributarios s()lo j)or un milagro dejarán de ser surcados i)or 
los galobritánicos. Vosotros, argentinos, acabad con honor. 
No retrocedáis delante de los que amenazándoos hoy con 
Itouibardeos puii|ut' os suponen débiles, se ohidan di' la 



— -¿¿i — 

hiiiuillaci(')ii (le Wliitelocke y del tratado de Mackeu.» 
«El cañón europeo, escribía O Brazil de Río Janeiro, del 19 
de agosto, va á decidir en el río de la Plata los más 
caros intereses de Sur América. Y á las barbas del Brasil 
van dos potencias extranjeras á establecer el principio de 
intervención armada en desavenencias que no les con- 
ciernen! )) El Centinela de la Monarquía de 20 de agosto, 
escribía: « Felicitamos á los ministros Ouseley y Deffau- 
dis por lo gloriosamente que han desempeñado la misión 
de franquear la confluencia del río de la Plata al comercio 
del mundo civilizado. Ojalase acordasen la Francia y la In- 
glaterra de mandar alguien á gol)ernar á este pueblo, tomar 
cuenta del Amazonas, abrir, en fin, nuestros puertos á 
los Ouseley yDeffandis de la Europa entera!. . . Ea! honor 
á los héroes que no se amedrantan con las bravatas 
del león ! Su causa es justa y sagrada. Dios la ha de 
proteger; y después de Dios, el valor de los corazones 
libres. » (') 

Tal radical como la del Brasil se pronunciaba la pren- 
sa de Chile. El Tiempo de Santiago, redactado por el 
coronel Godoy y el doctor Vicuña, escribía en el número 
del 15 de agosto de 1845: «La degradación de los pue- 
blos americanos los unos respecto de los otros y de todos 
respecto de la Europa: tal es el último resultado que proa 
ducirá la intervención europea en los negocios interna- 
cionales de América; y yaque no existe autoridad capaz 
de impedirla, una reprobación unánime debe desacreditar- 



( ' ) En el mismo sentido se pronunciaban O Puhlicador Minheiro, 
El Mercantil, El Gunycurü de Bahía, La Revista de Maroñon, El 
Diario y otros papeles de Río Janeiro y provincias del Imperio. En 
el parlamento brasilero se ventiló la cuestión de la intervención 
anglofrancesa en el Plata: voces elocuentes é ilustradas como la del 
diputado Ferraz condenáronla en nombre de los intereses america- 
nos, y manilestaron toda la simpatía y la admiración que les ins- 
piraban la decisión del pueblo argentino y del general Rozas para 
rechazarla. 



la y ti'aliar su ejercicio.» (') La prensa de los Estados Uni- 
dos cstiidi*') la cuestión bajo todas sus faces, y se pronunció 
uiiíininie en favor de la Confederación Argentina, llamando 
á Rozas gran ciudadano de la América, inscribía Tlie New 
York Sim {-) del 5 de agosto de 1845: « Nos complacemos en 
ver ({ue nuestro encargado de negocios ba })rotestado con- 
tra la injnstilicable intervención en los negocios domés- 
ticos de una r>'piil)lica a:nericana: y nos es grato ver al 
o-obierno argentino lirme en sii detei-minariiMi de defender 
la integridad de la Uni()n. La rebelión del Uruguay fué 
I)uestaen pie por la Francia con la esperanza de obtener 
dominio en a![Uel [laís. ó de extender los dominios del 
príncii)e de Joinville. bermano político del emperador del 
Brasil. La sumisión á esa vil alianza de Guizot, sería la 
señal de una re})artici(')n de la líepública Argentina entre 
las potencias aliadas: pero nuestra coníianza en el gene- 
ral Piozas y en su administraciíbi no nos deja qué temer á 
este respecto. » El New York Herald de 7 de septiembre 
escribía: «Esta injusta intervenciíui revela el deseo de 
introducirse en el bemisferio occidental, y mantenerse en 
actitud de aprovecbar de cualquier [)unto débil que les 
quede expuesto. . . El general Rozas se les opone beroi- 
camente... La gran ludia entre el antiguo régimen y 
la joven denujcracia está próxima á estallar. » (') 



( 'i I-'.ii sciiiiilii aiüilojio rsL'i'iltía El Araucdno de 4 t\c scptiiMnlu-e 
y L'l JJiariu de Santiago de ¿2 de septiembre de 1845. 

(-) Los artíeiiios siil)si<>uifMite? sóbrela interveneioii y l.i j-aierra 
bis lituhiba el Netc York Sun «Subversión de la República Ar.üentina». 

( •'' ) Kiilre los niuelios diarios que asi encaraban la ctiesti()n, i)o- 
iiiendd de manifiesto las miras de eonquisia de las dos jrramles 
|»otencias eiiroi)eas, merecen citarse: Tke Mornina Cunrrier And Xeio 
York I'Jnqtiercr {iUú 15 de agosto adelante); T/ic Xew York Journal 
o/"6'o»i>n£;»"C'<? ( 15 d(! agosto de 1SÍ5); The Daily Union (iW <le octubre;; 
'J'hc Semi Weekly Union (¡¡ericklico (jficial <le \\'asliington. de i;í d( 
<ieUibre); l'h'- Salem licf/ixler (2H de agosto); The Ábvcrliser, de 
Hoston ; y T/ie Mornitig Chronicle de I.ondres (7 de. julio de 1845); 
Le Journal ileslDóbats (l'aris. ü d(! agosto); /.« Presse de I'aris, Le 

lOMO IV. !•> 



— 220 — 

El general Juan Manuel de Rozas era, pues, ante su 
])atria, ante la opinión impai'cial de América y Europa, el 
representante armado déla independencia que alcanzaron 
con grandes sacriíicios las secciones suramericanas, y del 
l)rincipio republicano que miraban con despecbo las po- 
tencias signatarias de la Santa Alianza. Era el consenso 
unánime ]nanifestado de un modo elocuente el que así lo 
comprendía. Y eran las glorias tradicionales las que se 
invocaban para continuarlas con las que se alcanzasen 
defendiendo á la República contraía intervención anglo- 
francesa. Era la bandera del río del Juramento y de los 
Andes la que tremolaba en manos de los mismos que se 
habían batido en Salta, Chacabuco, Maipú y Lima. Era 
el libertador San Martín ofreciendo sus servicios al ge- 
neral Rozas, en defensa de la independencia amenazada. Y 
para que ningún eco de gloria faltase en ese concierto del 
patriotismo y del honor, la lira del autor del Himno Nacio- 
/íft/ llamaba así al sentimiento generoso de los argentinos: 

«;Se interpone ambicioso el extranjero, 
Su ley pretende al argentino dar, 

Y abusa de sus naves superiores 

Para hollar nuestra patria y su bandera, 

Y fuerzas sobre fuerzas aglomera 
Que avisan la intención de conquistar. 

Morir antes, heroicos argentinos. 
Que de la libertad caiga este templo : 
Daremos á la América alto ejemplo 
Que enseñe á defender la libertad ! 

Un gobierno prudente, sabio, fuerte 
Nuestros destinos en su mano tiene 



Y si él halla la guerra inevitable 
.V batallar intrépidos volemos.» (' 



Courrier du Havre (8 de agosto); EL Correo de Ultramar, Gazeltc 
de Commerce, de Paris, etcétera, etcétera. 

( 1 ) Oda patriótica federal por el doctor Vicente López, recitada 
en el teatro de la Victoria por don Manuel Lacasa en la noche del 
5 de noviembre de 1845. Véase La Gaceta Mercantil del 10 de no- 
viembre de 1845. 



CAPÍTULO LII 

LA INTKHVENCIÓN ANGLOFRANCESA Y LA CiUEURA 
OBLIGADO 

( 1845— 1840) 



SuMAHio: I. 1.a Vuella ele Obiigudu y la .situarinu dol yeiieral Mausilla. — IL Coloca- 
ción y dotaciüii de las baterías de. tJbligado. — IIL Distribución de las 
fuerzas argentinas: el bergantín Republicano interceptando el pasaje del 
río. — IV. Cálculo de probabilidades de Mansilla. — V. Reconocimiento 
que ordena de los buques aliados: proclama de Mansilla antes del comba- 
te. — VI. Número y dotación de los buques ingleses y franceses que llevan 
el ataque sobre las baterías argentinas. — VII. Heroísmo y estragos: faltu 
de municiones: Graig hace volar el bergantín Republicano: los aliados 
llegan á la línea de atajo: el momento crítico del combate: ventajas par- 
ciales de los argentinos: Hope corta la línea do atajo: la batería de Thor- 
ne: Thorne queda fuera de combate: el cuadro final: desembarco de lo- 
aliados: Mansilla fuera de combate al conducir una carga á la bayone- 
ta. — IX. Ultimo esfuerzo del coronel Rodríguez: testimonio postumo del almi- 
rante SuUívan: las pérdidas do ambas partes. — X. Victoria problemática de 
los aliados: cómo encomia esta victoria la prensa de los emigrados argen- 
tinos — XI, impotencia de esta prédica: ella es desacreditada por los 
enemigos de Rozas.— XII. Notable carta de Eguia á Echeverría: idilio polí- 
tico de Chilavert. — XIII. Alcance de este pronunciamiento. — XIV. Des- 
monetización de la propaganda do los emigrados argentinos: la prensa 
del Brasil. — XV. La de Estados Unidos: meeting en favor de la Confede- 
ración Argentina. — XVI. La prensa de Chile: declaración del ex-presi- 
dente Pinto. — XVII. Efectos de este consenso sobre el pueblo, el parla- 
mento y el comercio británicos: cómo se comienza á mirar aquí la cuestión 
del Plata. — XVIII. El alto comercio británico consulta la opinión del 
general San Martín: situación ruinosa que, en sentir del Libertador, prolon- 
gará la intervBnción armada en el Plata: cómo cuenta el Libertador sobre 
la firmeza del general Rozas y el sentimiento y hábitos del pueblo argen- 
tino: obstáculos que hace tocar á los poderes interventores: cómo se pro- 
nuncia sobre el esperado auxilio de los nativos á la intervención. — XIX. 
El Libertador le manifiesta al general Rozas el pesar de que sus achaques le 
impidan servir la causa del honor y de la independencia nacional que éste 
sostiene. — XX. Rozas le ratifica .su resolución de sostener hasta el fin 
esta eau.sa . 



Mas allá de la altura de San Pedro, costa norte de 
Buenos Aires, el río Paraná forma nn recodo que pro- 
longa una curva en la tierra, (-uya extremidad saliente 



— r>28 — 

se conoce por la Punta ú Vuelta de Oljiigado. La punta 
en sí es un barranco levantado en sus costados y ondu- 
lado en el centro hasta descender suavemente al río. Á 
esa altura el Paraná tiene cerca de 700 metros de ancho; 
y por ahí debían necesariamente pasar las escuadras de 
Gran Bretaña y Francia para llegar á Corrientes. En 
ese punto levant(') sus la'incipales baterías el jefe del 
departamento del norte, general Lucio Mansilla. 

Mansilla era un probado veterano de la Independen- 
cia., con dotes singulares para sacar ventaja hasta de los 
peligros en que lo colocase la suerte de las armas. 
Pero por relevantes (jue fuesen sus cualidades, el hecho 
desgraciadamente positivo es ([ue en esos momentos le 
faltaban los recursos materiales j)ara desenvolverlas. P]s 
el momento en que el águila enjaulada tiende inútilmente 
sus alas y devora el espacio con los ojos. Mansilla 
hizo cuanto pudo en procura de esos recursos, para im- 
pedirles el pasaje á h)s aliados. El 17 de novieml)re, 
cuando supo que se aproximaban, reiteró su iicdido de 
municiones de artillería é infantería para las dotaciones 
completas, manifestando que las que tenía « S(')lo serían 
suíicientes jiara un fuego de seis lioras; y que era más 
que probable que si el enemigo atacaba esa posición, el 
combate durase mncho más». (M Pero los aliados no le 
dieron tiempo. Al día siguiente los bmjues enemigos 
fondearon del otro lado del Ybicuy. á dos tiros de cari()n 
de las baterías de Obligado. 

Mansilla mont('i cuatro battn-ías en la costa lirnie: la 
in'imera con dos cañones de á '24 y cuatro de á 16, á la 
altura de T)0 pies sobre el agua y con esplanada; la segun- 
da á ciento diez varas de distancia de aquélla y 22 pies 
sobre el nivel del agua, con un cañón de á 24. dos de 

(*) Véase La Gaceta Mercantil (1(>1 27 de noviembre de 1845. 



— -^-^íl — 

hierro de á 1<S y dos de ;i 12, taiiibiéii con esplaiiada; la 
tercera á cincuenta varas de distancia y en la tierra 
razante con el río. con dos cañones de á V2 y uno de 
fierro de á 8, con esplanada; y la cnarta á 180 varas de la 
l)rimera de su derecha y á G2 pies sobre el nivel del 
agua, con 7 cañones de marina de á 10. Servíanlas 1(50 
artilleros y (50 de reserva, aparapetados tras merlones de 
tierra pisada entre cajones, de poco más de dos varas de 
espesor y vara y cuarta de altura; y eran mandadas respec- 
tivamente la de la derecha, denonrinada ^Restaurador 
Rozas)>. ])or td ayinlante mayor de marina Alvaro Alzoga- 
ray; la siguiente, «General Brown», por el teniente de 
marina Eduardo Brown; la tercera, «General Mansilla». por 
el teniente de artillería Felipe Palacios y la cuarta. «Manue- 
lita», por el teniente coronel de artillería Jiuin Bautista 
Thorne, el mismo ([ue se ha visto tigurar mandando la 
artillería federal en Don Cristóbal. Sanee Grande. Cagan- 
cha, Caaguazú y como 2" jefe tle Martín García cuando 
esta isla fué tomada por los franceses. 

Guarnecían estas baterías, en primera línea y en el 
ílanco derecho, oOO milicianos de infantería al mando 
del coronel Ramón Rodríguez; á la izquierda de éste, en 
la misma línea y ;i la altura de la batería <( Restaura- 
dor » cuatro cañones de ;i 4 al nuindo del teniente José 
Serezo; más al centro y guarneciendo la izquierda de 
esta batería, cien milicianos al mamlo del teniente Juan 
(iainza; en el centro y guarneciendo los costados dere- 
cho é iz({uierdo de las baterías « General Brown » y 
«General Mansilla», 200 milicianos del norte al mando 
del teniente coronel Manuel Virto; y guarneciendo la 
batería d(d extremo izíjuierdo. 200 milicianos de San 
Nicolás al mando del comandante Luis Barreda, y en su 
ílanco dos cañoucís de á 4 mandados por el teniente coro- 
nel Laureano Anzoategui y ¡¡oí- el caititán de nuirina 



— 330 — 

Santiago Maurice. De reserva, á cien pasos, apostados 
entre un monte, 600 infantes y dos escuadrones de caba- 
llería al mando del ayudante Julián del Río y teniente 
Facundo Quiroga, el todo bajo las órdenes del coronel 
José M. Cortina. Á retaguardia de esta fuerza los jueces 
de paz de San Pedro, del Baradero y de San Antonio 
de Areco, Benito Urraco, Juan O. Magallanes, Tiburcio 
LimaconSOO vecinos que se les reunieron en el último 
momento. La escolta del general, 70 liombres. al mando 
del teniente Cruz Cañete en el centro, y á cuarenta pasos 
de la segunda línea de infantería. En el naneo izquierdo 
de la batería «General Mansilla» y en mogote aislado 
estaban apoyadas unas anclas, á las que se asían tres 
cadenas cuyos extremos sujetaba en el lado opuesto del 
río el bergantín Republicano, armado con seis cañones de 
á 10, abocados en estribor con frente al enemigo, y al 
jnando del capitán Tomás Graig, y las cuales cadenas se 
corrían por sobre las proas, cubiertas y popas de 24 l)u- 
ques desmantelados- fondeados en línea. Con esto se 
propuso Mansilla mostrarles á los anglofranceses que el 
pasaje del río no era libre, y obligarlos á batirse si in- 
tentaban forzarlo. 

Mansilla distribuyó sus fuerzas según el cálculo de 
probabilidades respecto del modo cómo el enemigo podía 
traerle el etaque. Si el enemigo al mismo tiempo que 
se presentaba con sus buques al frente de las baterías, 
intentaba desembarcar fuerzas de infantería ayudando 
esta operación con su artillería, la primera línea de infan- 
tería argentina operaba tan pronto como él. Si batién- 
dose de frente con sus buques intentaba rl esembarcar 
infantería por cualquiera de los llancos de la posición 
argentina, el coronel Rodríguez por la derecha y coman- 
dante Barreda por la izquierda, podían repelerlos con su 
fuerza de reserva, con las piezas volantes y un escuadrón 



— •>^,1 — 

de caballería, sin distraer la fuerza del frente. Si batién- 
dose de frente, intentaba en medio del combate cortar las 
cadenas que atravesaban el río. se encontraba con los 
lancliones Místico. Restaurador y Lagos con sendas pie- 
zas de á (5. al costado del bergantín Republicano y bajo 
los fuegos de la batería « General Mansilla ». Si inten- 
taba esta misma operación con embarcaciones menores; 
n ocupar la costa opuesta del río y desembarcar allí la 
artillería para construir baterías. Mansilla tenía prepa- 
radas en una ensenada vecina catorce embarcaciones con 
capacidad para 200 infantes, ya adiestrados para acudir 
oportunamente al ¡¡unto amenazado, y además diez lan- 
cliones sujetos á los barcos que obstruían el pasaje 
del río. y provistos <le aparatos con materias iníla- 
jnables. 

En la tarde del 18 de noviembre Mansilla destacó dos 
balleneras al mando de un oficial y veinte soldados para 
ijue practicasen un reconociiuiento sobre los buijues 
enemigos, fondeados como á dos millas más abajo, segiin 
([ueda dicho. Al aproximarse casi á tiro de fusil á dichos 
buques, los bergantines Pandour y Dolphin les hicie- 
ron siete disparos á bala, y las balleneras se reple- 
garon á las baterías. Entonces Mansilla se dispuso al 
combate, ex])idiendo una proclama á sus soldados en la 
que levantando los derechos de la Confederación les 
decía: «Considerail td insulto que hacen ala soberanía 
de nuestra patria al navegar, sin m;is títulos (|ue la 
fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio 
de nuestro país. Pero no lo conseguirán impunemente! 
Vamos ;i resistirles con el ardiente entusiasmo de la 
libertad. Suena ya el cafnnil Tremola en el río Paran;i 
y en sus costas el pabelhni azul y blanco, y dtlM'nios 
morir todos antes (jue verlo bajar de donde llamea! » 
Mansilla verificí') el día líJ un otro reconocimiento con 



0:>o 



tres lanciiones. Los vapores aliados Fulton y Firebrand 
les tiraron algunas balas de á <S(). y las escuadras alia- 
das vinieron á fondear á tiro de cafnni de las baterías 
de tierra. Á las 8 I de la mañana del 20 de noviembre 
de 184") avanzanin sobre las baterías de Obligado los 
siguientes buques ingleses y franceses: fragata á vapor 
Gorgon. llevando la insignia del comandante en jefe sir 
Charles Hotham, con seis cañones de á G4 y cuatro de á 32; 
fragata á vapor Firebrand, comandante J. Hope. con seis 
cañones de á 04 y cuatro de á 32; corbeta de vela Comus^ 
comandante Ingleíield, con dieciseis cañones de á 32; 
bergantín Philomd, comandante Sullivan, con diez caño- 
nes de á 32; bergantín Dolphin, comandante Leringe. con 
tres cañones de á 32; bergantín Fanny, comandante Key, 
un cañón de ;i 24. Franceses: bergantín San Martín íbuque 
de la armada argentina apresado en Montevideo) con la 
insignia del comandante en jefe Tretliouart. y con dieci- 
seis gonadas de á 16 y dos cañones de 24; vapor Fulton^ 
comandante Mazíeres, con dos cañones de á 80; corbeta 
Expeditive, comandante de Miniac, con dieciseis cañones 
de á 18 sistema Paixhans; l)ergantín Pan.dow\ coman- 
dante du Paie, con diez cañones de á 30. sistema Paixhans; 
bergantín-goleta Procide^ comandante de la Riviére, con 
tres cañones de á 18. Once buques con 99 cañones de 
grueso calibre y de los cuales 35 eran Paixhans. de bala 
con espoleta y explosivos, acreditados por los estragos 
que habían hecho en los bombardeos de México. 

Á las 9 de la mañana rompen sus fuegos sobre las 
l)aterías los bergantines Pldlomel y Proñde y goleta 
Expeditive^ que servían de vanguardia. La banda del bata- 
llón Patricios de Buenos Aires hace oir el Himno Nacional 
Argentino. El general Mansilla, de pie sobre el merlón 
de la batería núm. 1. invita á sus soldados á dar el 
grito tradicional de «; viva la patria !» Y á su voz arrogante 




Í4< tevwt'outí nciv^-C 



RETERE^ CÍA.S 

O. Ci?v«*t4 



a U; 



u 






y entusiasta, el eañoii de la patria lo ilumina con sus 
primeros fogonazos. Media hora después entran en ac- 
ción todos los buques, y el combate se hace gene- 
ral. Los cañones franceses, sobre todo, comienzan á 
hacer estragos en las baterías, y se enfilan sobre las 
dos primeras de la derecha arrojándoles una lluvia de 
bala y de metralla, cuyo poder y cuyo alcance los pechos 
de los soldados argentinos sienten por la primera vez. 
Sin embargo, las baterías de tierra ponen fuera de com- 
bate á los bergantines Dolphin y Pandour. 

Á mediodía Mansilla comunica á Rozas que los ene- 
migos no han podido acercarse á la línea de atajo; pero 
(jiie dada su snperioridad cree qne lo conseguirán, par- 
que á él le faltan las municiones para impedirlo. Pocos 
momentos después el capitán Tomás Graig, comandante 
del bergantín Republicano^ que sostenía la línea de 
atajo, pide municiones, porque ha ([uemado el último 
cartucho. Á la respuesta de qne no hay municiones, 
liace volar su buque para que no caiga en poder del 
enemigo, y va con sus soldados á tomar el puesto de 
honor en las baterías de la derecha, que á la sazí'm 
tienen tres cañones desmontados y catorce artilleros y 
dos oñciales muertos. Los buques aliados avanzan hasta 
la línea de atajo: las baterías dirigen á ese punto todos 
sus fuegos: las aguas allí (piedan cubiertas de nubes de 
|)('»lvura ([ne remolinean en alas del vértigo que á todos 
domina: de los antros del Paraná parece levantarse un 
volcán ({ue arroja en todas direcciones colosales sierpes 
de fuego, entre estrépitos de muerte que llevan el terror 
;i la distancia. 

Kii el plaiKi prominente de este cuadro está Man- 
silla; y sn esfuerzo prodigioso, y su vida que respeta 
la metralla, y su espíritu, pendiente de una prol)abili- 
dad halagiieña, concentrados en ese punto del río i\-ira- 



— 284 — 

iKÍ. donde se juega el derecho y la honra ilc la i)atria 
que él defiende. Hay nn momento en- que esa prohabi- 
lidad parece sonreirle: es cuando los cañones de las 
haterías hacen retroceder á la corbeta Comus, ponen 
fuera de combate al bergantín San Martín y a])agan los 
fuegos del cañón de á 80 del Faltón. Pero simultánea- 
mente una lancha del Firebrand puesta al costado del 
Faltón, se lanza adelante: un jefe inglés, Hope, corta la 
cadena á la que estaban sujetos los barcos (|ue obstruían 
el río, y el Firebrand y el Faltón, seguidos á poco del 
Gorgon, pasan del otro lado recibiendo los fuegos de los 
cañones del coronel Tliorne, pero flanqueando el extremo 
izquierdo de las haterías. Mientras tanto la poderosa 
artillería de la Expeditive, enfilada durante tres horas 
consecutivas sobre el extremo derecho, desmonta los 
mejores cañones de la primera batería, mata casi los 
artilleros, y á las 4 de la tarde el ayudante Alzogaray 
quema en su cañón de á 24 el último cartucho que le 
quedaba. 

La batería de Thorne es un castillo incendiado. Allí 
se sienten las convulsiones estupendas del huracán que 
ilumina con sus rayos una vez más la vida, y que á 
poco fulmina la muerte entre sus ondas. El estampido 
del cañón sacude la robusta organización del veterano de^ 
Brown y de la defensa de Martín García, como el eco de 
su segunda naturaleza que lo subyuga. Él mismo diric;e 
las balas. El blanco está en sus ojos, que de antiguo 
^stá habituado á poner en éstos su vida rodeado de sus 
cañones, con los cuales había hecho la amalgama heroica 
á que se refiere Víctor Hugo en su Année terrible: 

« viens. 6 mon fils étrange 

Doublons-nous run par Taiitreet laisons un échange, 

lít mets, ó noir vengeur, combattant souverain, 

Ton bronze dans mon coeur, mon ame en ton airain. » 



— 285 — 

Pero Thoriie no tiene más que ocho carroñadas de á 
10, contra doce cañones de á ()4. dos de á 80 y ocho de 
á 32. Asimismo le hace al enemigo estragos que 
compensan his que ve á su alrededor. Cerca de las ~) 
de la tarde se cuentan sus i)ocas municiones. Su indo- 
mable energía no desespera. Dominando el despechado 
furor de su impotencia, comienza ;i economizar sus tiros. 
y dispone á sus i)ocos soldados para el caso de un 
desembarco ({ue prevé. Al darles colocaciíui, pica una 
bala que levanta una enorme masa de tierra, y con 
ésta al intrépido Thorne quien se fractura un brazo y 
la cabeza al caer contra un tala, y (jueda privado del 
oído j)ara siem})re. Pf)r esto sus viejos compañeros le 
llamaban d sor/Zu de Obligado. 

Queda todavía el cuadro linal; de colorido semejante 
al que ])resenta San Martín caído en San Lorenzo á la 
par de sus granaderos entreverados, y salvado á brazo 
de héroe ])or el sargento Cabral. Desnmntados casi todos 
los cañones de las otras tres baterías, destruidos los 
uierlones, muertos casi todos los artilleros, y sin un 
cartucho que quemar los que ([uedaban, los aliados lan- 
zan su infantería de desembarco protegiéndola sin cesar 
con los cañones de sus bu(|ues. Mansilla se coloca á 
ia cabeza de su diezmada infantería y manda cargar ;i 
la bayoneta. Al adelantarse con esos bravos milicianos 
que habían presenciado ;i |)ie lirme los estragos de ocho 
horas de bombardeo, esperando el momento de entrar 
en acción, Mansilla es derribado ])or un golpí; de metra- 
lla en el estóma.L,^) (|ue lo pone fuera de c(unbate. 

Kl coronel Jíanit'iii JíodrÍLjuez á la cabeza de los ¡tutrl- 
r/'o.s llev('> otra carga ;i la liayoncta. y rcpclií') todavía ;i 
los asaltantes; })ero estos ])enetraron al lin por los pun- 
tos de las baterías (pie habían destruido completamente. 
«Cuando los narineros ingleses desembarcaron á la 



— 23ü — 

tarde, dijo el entonces capitán Snllivan del PhUomel, 
al devolver treinta y ociio años después la bandera que 
tomó de la batería de Tliorne. el coronel Rodríguez con 
los restos de su regimiento solamente mantuvo su posi- 
ción en retaguardia á pesar del fuerte fuego cruzado de 
todos los buques.)) (') Los aliados contaron en Obligado 
loO hombres fuera de combate, quedando nuiy maltra- 
tados tres buques, y principalmente el Pandour y el 
Fiflton. «Siento vivamente que este bizarro hecho de 
armas haya sido acompañado con tanta pérdida de vidas, 
dice el contraalmirante Ingleíield en su parte al almi- 
rantazgo l)ritánico; pero considerando la fuerte posición 
del enemigo, y la obstinación con (pie fué defendida, 
tenemos motivos para agradecer á la Providencia que 
no haya sido mayor.)) Los argentinos tuvieron 650 
hombres fuera de combate y perdieron dieciocho caño- 
nes, varios lanchones y una bandera. « El combate con 
las baterías comenzó á las diez de la mañana y duró 
hasta las cinco de la tarde, se lee en C Ammaire Histo- 
njjne,dLQ Lesur — (París 1847): durante siete horas no 
se dejó de hacer fuego de parte á parte. El combate 
de Obligado quedará como un brillante hecho de armas 
para ambas marinas. » (-) 



( ' ) Cüinunicaeióii del ahiiiraiito Stillivan al cónsul argentino en 
Londi-es, de techa 25 de octubre de 1883. Se publicó en La Tribiaia 
Nacional del 22 de diciembre de 1883. Son equivocados, sin embar- 
go, los informes que recibió el señor Sullivan y á que se refiere, 
cuando dice que el coronel Rodríguez mandaba íaübatería cuya ban- 
dera él tomó. lista Ijateria la mandaba el comandante Thorne. El 
coronel Rodríguez se hallaba ;l la derecha, al Trente del batallón 
Patricios, y no mandó batería alguna. Véase la aclaración que 
me fué pedida al respecto y que se publicó en La Prensa del 25 de 
abril de 1891. Véase en el apéndice la carta de un testigo presen- 
cial, dirigida á uno de los hijos del coronel Thorne, cuyo apellido 
ilustre se mantiene en la armada argentina en cabeza del -capitán 
h'.nrifjue Thorne de la corbeta 25 de Mayo. 

{-) Partes parciales del general Mansilla: parte oficial del coronel 
Crespo y documentos correlativos, publicados en La Gaceta Mercan- 



ríH7 _ 



La victoria que alcanzaron los aliados era problemáti- 
ca. Ellos forzaron el pasaje del río Paraná y quizá 
dominarían todo este río. Pero no podían avanzar tierra 
adentro, que por sobre la resistencia que encontraron 



til del 27 (le iinvit'inl)i'e de IS45. Parte oficial del conti-aalmiranlo 
Iiiglefield al almii-antazgo. y del capitán Hotliam. trascripto de los 
diarios de Londres por La Gaceta Merca/ifU úe\ oO de mayo de 184(> 
y por el Archivo Americano, l^' serie, núm. "28, p ;'»<;•. 50y siguientc^s. 
i-vela(íi()n de un testigo ocular, pu])lieada en boletín por El Comercio 
del Plata y El Nacional de Montevideo, de 1" y 4 de diciembi-e. 
Parte detallado del general Mansilla. pasado en diciembre 20 y publi- 
cado en el año 1870 por el coronel Alvaro .1. de Alzogaray, jefe de 
batería en obligado. Conocimientos sobre el combate de Obligado. 
publicados en hoja suelta por el mismo coronel Alzogaray; cartas del 
coronel Tliorne, jete ile i)at(!ría (mi r)bligado, del coronel Arana y del 
general .Mansilla. ( Manuscritos originales en mi archivo. Véase el 
aix^ndice.'i 

El general Maiisilhi es iiti;i de las figuras más culininanles del 
antiguo ejérciio argentino. Ciuno general t;ictico. como ciudadíuiu 
y como bom))re público tomó parte distinguida en los principales 
acontecimientos que se sucedieron durante los ¡¡rimeros cincuenta 
años de vida iude])(!ndiente de su país; y su nomljre. vinculado á las 
glorias argíüitinas. fué recomendado ;i la gratituil pública por el 
libertador San .Martín con quien j)rivaba, y por Rivadavui (|ue fué su 
amigo. .\aci(') en la ciudad de Huenos Aires en id año 1702. Llevado 
á las mejores i)obres aulas (|ue entonces había en la capital del 
Virreinato, dióse á conocer por su carácter entero, por la vivt'za y 
claridad de su inteligencia y ])or cierta audacia genial y arrogantf; 
que fueron después los rasgos prominentes de su flsonoinía simpá- 
tica é imponente al mismo tiempo, f uando en junio de 1800 v\ 
general Rerresí'ord se ai)oder() de Huenos .Vires en noinl)re de la 
Inglaterra. Mansilla corrií) como casi lodos los jóvenes de su alcur- 
nia al campo del general Liniers, y asistió bajo el mando de éste a 
las memorables jornadas del 10.11 y 12 de agosto (|ue dieron por 
resultado la recouíjuista de la ciudatí y rímdición de Berresford. Mu 
octubre se alistó soldado é hizo la camjtaña del río de la Plata ;i las 
(irdenes del mismo Liniers y en socorro de la plaza de .MonIe^ide). 
sitiada por los ingleses; tocjindole ser de los que, bajo (d mando did 
corouíd l'rudeiicio Murguiondo. fueron;) a])rehen(ler el virrey depues- 
todoii Kafa(d Sobremontc. De vuelta ;i Huenos .\ires. asisti() al com- 
bate contra las tropas brit;inicas en los Corrales de Miserere el 2 de 
junio de 1807, y á las acciones del 5 y O de julio de ese año contra las 
mismas iroj)as. l^n 1812, siendo ya teniente, hizo la campaña d(d 
Kstado Orieutal ;i las (inbMms del general Artigas, contra los portu- 
gueses que habían invadido ese territorio. Kn seguida paso al ejér- 
cito patriota (bd geuíiral Hondean (pie sitiaba ;i Montevideo, y en 181:'. 
I'orinó parte de la expedicicui al manilo del coronel Domingo Fremdi 
(|ue fué ii. tomarla fortaleza portuguesa llamada td Quilombo, situa- 
da en la línea del VaguartMi. I'.ii r| asalto íiue llevaron los patriotas 
el 12 demavo. el teniente Mancilla Ww herido de bala, y (d gobiei'iio 



— ^:1S — 

desde el principio, acababan de snblevar contra ellos 
todas las fibras de un pneblo viril atacado en sns hoga- 
res. (^)nizá contaban sobre otros sentimientos de parte 
de los nríjentinos, confiando demasiado, como conliaron 



lo veconiPiidó por su valor, como se \v en La Gaceta de Buenos 
Aii^^.s del 5 (le junio de ese año. Restablecido, continuó sus servicios 
en el ejército sitiador de .Montevideo, encontrándose en todas las 
junciones de guerra que sobrevinieron hasta el 23 de julio de 1814 
en (¡lie se rindieron los realistas. Por ello gozaba de un escudo de 
plata, y fué declarado benemérito de la patria en grado heroico. En 
1815 r\ gobierno de las Provincias Unidas lo mandó con algunos 
reclutas y armas á Cuyo, donde San Martin comenzaba á organizar 
el Ejército de los Andes. San Martin, conocedor de sus aptitudes, y 
apreciador del mérito, lo nombi'ó mayor de plaza en San Juan, y le 
encomendó la instrucción de GOO reclutas los cuales formaron parte 
(le los famosos núm. 7 y 11 que palmas conquistiiron en Chacabuco 
y Maipú. En seguida pasó como comandante militar del Jaclial 
donde recinto 4(30 hombres para el ejército, y mereció que el general 
lo nombrase comandante general de las cordilleras del sur de los 
Andes. Sus dotes revelantes, su pericia y su genial disposición para 
atacar con éxito las empresas militares que se le encomendasen 
hicieron destacar su figura en el ejército; y tanto fué asi, que Sa- 
Martm, al abrir sus operaciones, lo nombró 2° jefe de la primera divi- 
sión de vanguardia, á pesar de no ser masque graduado de mayor. 
En este ca:'ácter asistió á la gloriosa batalla de Chacabuco. El 
gobierno de las Provincias Unidas le acordó por esto el uso de 
una medalla de oro, y el de Chile lo nombró oficial de la Legión de 
Mérito y le acordó además una medalla y cordones. Al año siguien- 
te se encontró en la batalla de iNIaipú, é hizo la campanil al sur de 
Chile al mando del coronel Las Heras. 

Con estas glorias regresó á Buenos Aires cuando esta provincia 
y las demás eran presa de la crisis estupenda del año 20. Mansilla, 
aunque amigo de Alvear, de Sarratea y de Soler, permaneció del 
lado del Cabildo, y si hizo acto de presencia en algunas de las esce- 
nas tumultuosas de la plaza pública, que se sucedían rápidas como 
las de un drama de magia en esos días de vorágine, fué para llamar á 
juiíMO á sus amigos, cuando los jefes de Santa Fe y Entre Ríos vinie- 
ron á golpear las puertas de la antigua capital. Movido por tal 
sentimiento patriótico se dirigió al campo del último, el general 
Frant-isco Ramírez, en circunstancias en que se discutían las bases 
del célebre Tratado del Pilar, que fué el primero que lanzó la idea 
de un congreso argentino federativo, é influyó para que tales bases no 
Cuesen tan onerosas como lo querían esos jefes. El general Ramírez, 
malavenido con la supremacía de Artigas, invitó á Mansilla á que 
Cuesen á trabajar para que éste caudillo aceptase el tratado, y Man- 
silla accedió previa licencia del gobernador Sarratea. Sobrevenido 
el rompimiento entre Ramírez y Artigas, desalojado este último, 
muerto aquél, y pendientes siempre las diferencias entre las pro- 
vincias del litoral (todo lo cual he estudiado extensamente en el 
tomo 1° de esta historia), Mansilla que mandaba en Entre Ríos la 



— 589 — 

posteriormente en México, en la iníUiencia y el poder 
(le los Almonte. Quizá creían efectivamente que á su 
presencia los pueblos de las costas argentinas «sacudi- 
rían el YuqT) de Rozas v harían causa común con ellos». 



única fuerza regular, se propuso traer esas provincias á la comuni- 
dad argentina de la que ile hecho estaban separadas. El pueblo tlel 
Paraná y demás departamentos lo ayudaron; y los representantes 
de esa provincia lo eligieron gobernador y capitán general. Esta es 
(|uizá la época más fecunda y más gloriosa de su vida pública. Lo 
primero que hizo fué estrechar y aflanzar sus relaciones con Buenos 
Aires, y sucesivamente trabajar la paz con Santa Fe, que él en per- 
sona fué á concluir, presentándosele sólo y desarmado una noche 
al general López y declarándole que no regresaría sin haberlo conse- 
guido; erigió á Corrientes y á Misiones, que hasta entonces eran 
territorios dependientes de Entre Ríos, en provincias soberanas, 
ordenando á don Evaristo Carriego y á don Félix de Aguirre, que eran 
los respectivos comandantes militares, que convocasen los vecinda- 
rios para que éstos eligieran libremente un gobierno popular, como 
se hizo, surgiendo así dos nuevas provincias que cancurrieron por 
la primera vez al congreso argentino que se reunió poco después. 
Trabajó en unión del doctor Pedro J. Agrelo y de don Domingo de 
Oro, é hizo sancionar solemnemente en 1821 para Entre Ríos, la 
primera constitución provincial que se dio en la República; y coro- 
ne') su obra de gobernante, de legislador y de patriota bajando de su 
cargo á la expiración del término legal, y rehusando continuarlo 
á pesar de ([ue fué reelecto tres veces, para no dejar sentado el pre- 
cedente. Al comunicarlo asi á los gobernadores de la Unión Argen- 
tina, Rivadavia le dirigió en 10 de mayo de 1824 una nota en la que 
felicitándolo por haber afianzado con su ejemplo el sistema de la 
ley, lo recomendaba á la gratitud pública. Enviado por Entre Ríos 
como diputado al congreso general constituyente de las Provincias 
I'nidas, Mansilla con asombro de no pocos, se mostró orador brillante 
como Foy, y atacó concienzuda y hábilmente las arduas cuestiones que 
se debatieron; entre éstas las del régimen de gobierno, en la (|ue le 
cupo vencer con la fuerza de los hechos á diputados como Mena y 
Galisteo. Fué uno de los 42 diputados que en la memorable sesión 
fiel 19 de julio de 1826, votó el dictamen de la comisión de neg(»- 
cios constitucionales que aconsejal)a la adopción del régimen 
unitario. 

Declarada la guerra con el Prasil, el presidente Rivadavia lo noui- 
bró en se[»tiembre de 1820 comandante general de la costa, y en este 
cargo Mansilla desplegó su actividad y sus dotes singulares, organi- 
zando varios cu(!i'j)os i)ai'a el ejército; remitiendo al cuartel general 
todo (d gran par(|ue, armamento, vestuario y caballadas, y yendo él 
mismo al frente de una división á incorporarse á ese ejército que 
mandaba el general Alvear. Como general de división tomó parte 
principal en el combate de Camaauá, persiguiendo al enemigo y 
mereciendo ser especialmente recomendado al gobierno argentino. 
Destacado j)or el general Alvear al frente de su división, fuerte de 
1800 hombres, mandó en jefe la batalla del Ornbü, en la que derroUV 



€01110 les aseguraban los emigrados argeiitiiios y coiiu) 
lo predicaban en su prensa y en sus libros. E¿ Nacio- 
nal y El Comercio del Plata de Montevideo seguían entusias- 
tas entre vítores la iiivasi(')ii triunfante de los iiií>ieses v 



al í'amoso general brasilero Bentus Manuel ([ue comandaba la mejoi* 
eal)allería del Imperio, dispersándolo de lal manera que no le per- 
mitió que se encontrase en la memorable l)atalla de Cutizaing'ó ([ue 
TUVO lugar tres días después, el 20 de lebrero. La i)artieipación de 
Mansilla en Cutizaingó fué ])rillante, y asi lo hizo ¡¡resente el general 
Alvear. El gobierno le acordó por esto el uso de un escudo y cordo- 
nes, y á poco fué nombrado. i efe de estado mayor, en cuyo carácter 
asistió á las acciones parciales de esta caini)aíia hasta que el ejército 
republicano se retiró a cuarteles de iuviermi. En ese mismo año 
de 1827 fué nombrado diputado i)or La Rioja á la Convención de 
Santa Fe. y previa consulta al gobierno aceptó este cargo. Iniciada 
la guerra civil. ^Mansilla. con sobradas glorif.s para sacrificarlas a 
los partidos personales, se retiró á la vida privada. En 1834 el 
gobierno provincial del general Viamonte lo nombró jefe de policía 
de Buenos Aires, y Mansilla se dedicó á organizar esta repartición 
mont;ind(Ma á una altura desconocida basta entonces en esta ciudad; 
l'undando la institución de serenos; redactando los reglamentos gene- 
rales, que pidieron especialmente los gobiernos del Brasil y del Flsta- 
<lo Oriental, y adoptaron como modelo; y emprendiendo varias obras 
piiblicas como el camino al Riachuelo de la Boca y el muelle del mar- 
gen. Desempeñó este cargo hasta ((ue declarada la guerra al gobierno 
peruboliviano del general Santa Cruz, el gobierno lo nomI)ró coman- 
dante en jefe del ejército de reserva ([ue debía organizar en Tucu- 
mán. Terminada ésta cuando ardía la guerra civil entre el partido 
federal de la República y el unitario (iiie seguía las banderas del 
general Lavalle, Mansilla. con ser cuñado del general Rozas, no 
quiso tomar parte en ella. Sólo acepf() acompañar al comisionado 
francés Mr. Halley para ofrecerle en unión de éste al general Lava- 
lle derrotado en Santa Fe y el Quebracho, las seguridades amplias y 
garantías que pidiese para concluir la paz. Formó parte, como los 
homl)r(^s más notables y ventajosamente conocidos, de la legislatura 
de Buenos Aires de Í838. 1840. 1842, 1844; y su voz se dejó oir 
elocuente y arrogante para abogar por los derechos de la República 
desconocidos y ultrajados por las potencias europeas qu(; preten- 
dían dominar en el río de la Plata. C(jnsecuente con estas ideas, lo 
hemos encontrado al frente de la resistencia contra los anglofran- 
ceses, en su carácter de comandante e-n jefe del departamento del 
norte, batiéndose en el glorioso comltate de Obl'uiado y regando con 
su sangre el campo del honor argentino. Después de Obligado volvi(') 
á batir á los anglofranceses en Acevedo. San Lorenzo y el Que- 
hracho. Terminada esta lucha cuyas páginas de gloria empiezan ¡i 
iluminarse ya, Mansilla no tomó armas liasta el año 1852 en ípie el 
general Rozas lo nombró comandante en jefe de las fuerzas de la 
ciudad de Buenos Aires cuando brasileros, orientales y argentinos 
venían sobre ella . 
Después de 1852 el general Mansilla se retiró ;i Francia. La corKí 



■*««. 



•24 1 — 



J'niiicpscs cu las aguas iuteriores ar-^eiitiuas. Ambos 
diarios ocuparon varios uúuiei'os con rclacioiics apasio- 
nadas del combate de Obligado, en las (jue infamando á 
los jiro})ios conciudadanos que acababan de deíendci- la 



(lcvliiiiilii';i(lnr;i de Nai)olc()n 111 le ;il)r¡(> sus puertas á su rciinin- 
l)i'('. Cuaiiilo p('iieti'() cu las Tiillci'ias con In (leseu\oliui';i de un 
griui seíioi* liabiluado ¡i Ncr cosas inii\ i^i-aiides; con sus cabellos 
y Ijiji-ote- blancos (|Ue i'c;»lz;iban su lierinosa apostura uiililar; cu- 
bio'Ui el |)i'(dio lie niedallíis y condccocaeioiics (|uc llenaban su 
alma de orgullo patrio; deslaeáüdose en su fisonomía noble y se- 
veca los pertiles aeentmidos de Turena y la acroganeia cabalhü-esea 
de Fídi]»' de K(enlgsmai'k, eolm;'u'onlo de distincioues los juagnafes. 
y muy principalmente los generales (|ui' si^ liabian l)atido con él 
eomo leones en obligado. San Loren/.o y el (^)iiebi'aclio. 

De regreso á Buenos Aires. Mansilla empezó a asistir en su vida 
privada á su propia posteridad. No envej(.'ci() ,j;ini;ls. La (ílcírna 
juventud de su espíritu iluminaba su fisoiujinía (' im]>rimía á sus 
ideas esa espontaneidad de los (jiie comienzan ;i ver la vida á través 
(le las ilusiones espléndidas Kl mismo se bacía la ilusión de estar 
en contacto con el porvenir, l'or eso atraía las Noluntades y liala- 
gaba los sentimientos. 

Kra (d contemi)or;ineo de sus iiicios. > eso (|ue cuando murió 
contaba medio siglo de f/eneralato. que era el general mas antiguo 
de la República. Éli'niei'ró á casi todos sus eompañeros de arr.ias 
con quienes pasaba las veladas (¡ue amenizaba con la músiea, tina 
de sus pasiones. Su casa, como (d P'crney de N'oliaire, l'ué hasta (d 
fin (d centro de las uoiabilidadcs artísticas \ de los representantes 
fie la elegancia y d<d luicu giisio. Fui' discreto y hombre liasia 
])ara los preparativos de su miierie. V.\ mismo se mandó eoiisiruir 
el ataúd, y discufi() acaliu'adamenie <'on d Itombre fúnebre nccyv.i de 
la malhadada costumbre (|ue había ly (|ue hay todavía) de colocar 
almohadas tan bajas (pie la calieza viene a (|ucilai- casi en el mismo 
plano del troiicf) del cad;iver. Consiguió una almohada más (de\a- 
da, y reservó su alaiid hasta (d día de su miicrlc I-:sta tuvo lugar 
(d 10 de abril de 1871.. \ su entierro no asisíieron las aul()i'idades de 
la Hejiublica. \ su cadávei'iio se le hicieron los honores correspon- 
dienies al rangode general r(;eomendado ii la gralilud pública. Cierio 
i's (pw en estos días la ti<d)re amarilla hacía lístragos. ))ero 
estragos mayoi-es hace la ingratitud y el ohido ])ara con los gi-andes 
ídtidailaiios, ])or(pie «'sl.o acusa degeiicracitni, enervamiento ó degra- 
daeiíin en los i)U(d)los. iMiire oíros de su»- amigos, iiii h(»mbre de 
lalcnlo. (d seíior Diego (1. de la Fílenle, dijo al jiie de esa íiimiía 
ilusii-e: <iNo sé. señores, en (pié, ni cómo, se ])erpetiiar;i algún día v\ 
nombre del vencedor d(d (Jinhú. d(d autor de la primera Consiiiu- 
ci('»n ])roviiieial argeiilina, ilel organizadoi- a\isailo de la policía de 
Huellos Aires, de un soldado de la IndepiMldeilcia, de lili dijiutado ai 
Congreso d(d aínj ■Jd. de un general recomendado a la gratitud piiblica 
por Hernardino Rivadavia; pero sí sé. > debo a(|Ui decirlo, (pie (d 
viajero ai'geníitio (pie remonta los ríos didiene siemprt.' los o.|Os con 
nidde oi'gulloen un reeododíd gran I'aran.i, donde un día la entereza 

TOMO IV. ll¡ 



— -24-2 — 

patria de esas agresiones, se estiiiiulal)a todavía al 
extranjero vencedor diciéndole: «Cómo ha de combatir 
un pneblo contra los hombres á (jiiienes mira como ú 
libertadores?» (') «El Paraná, repetía en un libro un otro 
emigrado argentino privado de Rivera, quedó abierto 
con la sangre inglesa y francesa, y el dictador escarmen- 
tado severamente. Este hecho anunciaba cuando menos 
la intenci()ii de libertar á los pueblos... Los pueblos del 
alto Paraná, saludando á sus nuevos amigos y protec- 
tores, prontos á continuar la campaña santa de la liber- 
tad, verían con placentera esperanza llamear en sus costas 
y fuertes las banderas de la Francia y la Ingla- 
terra.» (-) 

El desengaño de los aliados fué tan grande como 
impotente la prédica de los emigrados. Hechos cada 
vez más elocuentes desacreditaron ante propios y ante 
extraños esta prédica que llegó al delirio. No fué ya 
la República entera con sus principales hombres y mejo- 
res recursos, que se pusieron sin reserva al servicio de 
la causa nacional y del principio salvador que Rozas 
sostenía. P'ueron hasta los ancianos valetudinarios de 
las campañas de la Independencia; los gauchos viejos 
de la edad de oro. desde remotos pagos, con sus hijos, 
sus dineros y sus caballos; los antiguos funcionarios 



del general Mansilla, i-igiendo el pundonoroso sentimiento nacional 
en lucha desigual con los poderes más Tuertes de la tiei'ra, supo 
grabar con sangre que no se borra derechos indestructibles de honor 
y de gloria. Qué importa el murmullo del vulgo sobre hechos de 
suya efímeros, al pie de montimentos imperecederos diseñados por 
el heroísmo como la Vuelta de Obligado, donde se destacó la bizarra 
figura de Mansilla entre el luego y la metralla, á la sombra, señores, 
no de otra bandera que aquella que saludíiron diana de triunfo en 
los campos de Maipú y de Ituzaingó?. . .» 

(1) El Nacional y El Comercio del Plata del 1", i y 4 de di- 
ciembre de 1845. 

{-) Los errores de la intervención ang lo francesa poi' losé 
Luis Bustamante, pág. 97. 



y militares que liabían estado alejados de la cosa pú- 
blica por no ser partidarios de Rozas: y, por íin, mu- 
chos unitarios conspicuos, convencidos todos de los pe- 
ligros que corría la República ante las agresiones de 
las potencias aliadas. En la imposibilidad de trascri- 
bir el cúmulo de adhesiones notables, me limitaré á las 
quemas acabadamente interpretal)an el sentimiento domi- 
nante en esos días de prueba para la Confederación 
Argentina. 

Don Manuel Eguía, enemigo de Rozas, personaje de 
nota por sus sólidos estudios y que rolaba entre los 
principales emigrados, le (jfrece á don Esteban Eche- 
verría la redacción de un diario que «no fuese la expre- 
sión de un partido ciego y exclusivo», y le dice: «Las 
cuestiones que hoy se agitan á cañonazos en el Plata, 
envuelven nuestros mejores intereses é infieren graves 
ofensas á nuestra nacionalidad. La intervención, soste- 
niendo sólo hi independencia del Estado Oriental, salta 
del Uruguay al Paraná y va á asesinar argentinos en 
Obligado. La prensa toda lo alaba. Nada ve el partid) » 
unitario en esta lucha que sea contrario á su naciona- 
lidad: no sale de su eterno «muera Rozas», y déla men- 
guada alabanza á cuanto emana de la intervención; y 
no admite ni la discusión de los hechos, cuando esta- 
mos ignorando qué i)untos de contacto hay entre la 
inde])en(lencia del Estado Oriental y la Vuelta de Obli- 
gado. Para la prensa de Montevideo la Francia y la 
Inglaterra tienen todos los derechos, toda la justicia. 
Aun más: pueden dar una puñalada de atrás, arrebatar 
una escuadra, quemar buques mercantes, entrar en los 
ríos á cañonazos, destruir n.iiestro cabotaje... todo esto 
y muciio más qiie aun falta, es permitido á los civili- 
/.a(b)ies. . . el francés maquinista que cae atravesado por 
una bala es digno de su compasión, y ve caer 400 cabe- 



— :2U — 

zas argentinas y no muestra el menor sentimiento por 
su propia sangre. La prensa de Montevideo es comple- 
tamente francoinglesa.» ('i 

El coronel Martiniano Cliilavert. el artillero más 
cientílico de su época, y antiguo mayor general del ejér- 
cito con que Lavalle combatió á Rozas, solicita desde 
río Grande y por intermedio de Oribe, el honor de servir 
á su patria, en los términos siguientes: «En todas las 
posiciones en que el destino me ha colocado, el amor 
á mi país ha sido el sentimiento más enérgico de mi 
corazón. Su honor y sn dignidad me merecen reli- 
gioso respeto. Considero el más espantoso crimen llevar 
contra él las armas del extranjero. Vergüenza y oprobio 
recojerá el que así proceda; y en su conciencia llevará 
eternamente un acusador implacable que sin cesar le repe- 
tirá: traidor! traidor! traidor! Conducido por estas 
convicciones me re})uté desligado del partido al "que 
servía, tan luego como la intervenciíui binaria de la 
Inglaterra y de la Francia se realiz(') en los negocios 
del Plata. . . Me im])use de las ultrajantes condiciones 
á que pretenden sujetar á mi ¡¡ais los poderosos inter- 
ventores, y del modo inicuo cómo se había tomado su 
escuadra. Vi también ]:»ropagadas doctrinas á las que 
deben sacriilcarse el honor y el porvenir de mi país. La 
disolución misma de su nacionalidad se establece como 
})rincipio. El cañón de Obligado contest('> á tan inso- 
lentes provocaciones. Su estruendo resonó en mi cora- 
zón. Desde ese instante un sólo deseo me anima: el de 
servir á mi patria en esta lucha de justicia y de gloria 
para ella. Todos los recuerdos de nuestra inmortal 
revolución, en que fui formado, se agolpan. Sí, es mi 
patria. . . anunciándose al mundo por esta verdad: cristo 



(') ^lanusci'ito original cu nú arcliivo. (Véase el apéndice.) 



— -24-") — 

j)ür )íd propia ftiorza. Irritada ahora ])or injustas ofen- 
sas acredita que podrá quizá ser vencida, pero que 
dejará por trofeos una tumba, flotando en un oeéaiio de 
sangre y alunilu-ada por las llamas de sus lares incen- 
diadíts.)) ('j 

La prensa de los emigrados argentinos pretemlía 
quebrar este pronuneiamiento casi unáninn\ en beneficio 
de los angiofranceses de cuyas victorias rodo lo espera- 
ban. Fué en vano. La prensa independiente de América 
y de Europa hizo repercutir en d mundo ecos \erdade- 
ramente grandiosos en favor de la joven república desco- 
nocida hasta entonces, y que presentaba el hecho singular 
y único en el nuevo continente de una resistencia á las 
agresiones de dos grandes potencias recolonizadoras. Fué 
la sanción ejemplar de un principio humanitario, fundado 
en el derecho de existir por sí solas, que tenían las nacio- 
•nes surann^ricanas desde el día en que al desprenderse 
(le la madre patria, no lo hicieron seguramente para 
someterse al primer amo que quisifrt' impom'rseles con 
el derecho de la barbarie. 

Está sanción que decidií'» ;t la larga de la suerte de 
la Confederación Argentina y demás jiaises americanos. 
desnu)netizó la prédica de los emigrados argentinos. 
Así, mientras El Comercio del Plata y El Nacional de 
Montevideo hablaljan de las «zozobras del tirano Hozas») 
cuando llegaba al alio Paraná el pabelb'ui que llamet't 
tan bizarramente en el castillo de San Jium de Llloa, la 
prensa vecina del Brasil les contestaba: «Triunfe la 
('onfederación Argentina ('» acabe con honor. Rozas, á pesar 
dtd e[iíteto de déspota con (jue lo difaman. ser;i en la poste- 
ri(hid reputado conn» el fínico jebí americain) del Surque 
ha resistido intrépido las violencias y agresiones de las 

(') Míiiiiisci'iii) iirif^iii;il cu mi ¡ii-clii Vd. (N't'asc el ¡ipcinlicc.) 



— -.nn — 

(los naciones más poderosas del viejo ninndo, Tn día 
los americain)s del norte y del snr i'ei)etircin con entn- 
siasmo á sus hijos estas palabras enérgicas y famosas 
dirigidas ixir el general argentino á los piratas de las 
(lalias y de la Britania: No cederé mientras tuviese 
un soldado. . . Sean cnales fneren las faltas de ese hom- 
bre extraordinario, nadie ve en él sino al ilustre defensor 
de la causa americana, al princii)al representante de los 
intereses americanos. Sea que triunfe ó que sucumba 
en esa verdadera lucha de gigante en que se halla empe- 
ñado. Rozas será en la presente época el fjrande fiomhrr 
de la Amé r ir a.» ( ' ) 

Y mientras los diarios de los emigrados argentinos 
anticipaban los grandes resultados que en breve alcan- 
zarían los cañones de los aliados, escarmentando « las 
bordas del tirano Rozas», la prensa de los Kstados Uni- 
dos propagaba la necesidad de un meeting de desapro- 
l)ación á esas agresiones. El se verificó en la ciudad de 
Nueva York á íines del año de 1845. y votó la siguiente 
resolución : « Resuelto que miramos con sospecha y alarma 
hi intervención de los ])oderes europeos en los negocios 
del continente americano, y que contiamos en que el 
presidente Polk reiterará la política del presidente Mon- 
roe respecto á resistir la intervención europea; y que en 
nuestra opinión la poderosa misión de la Unión Ameri- 
cana exige que no permita que el despotismo del viejo 
mundo trasforme el principio de la libertad republicana 
en ocasi('>n en que se esfuerza en presentarse en todo su 
esplendor en este continente. » (-) Y The Journal o/ Corn- 



il) El Bracio de Amazonas de Rio Jaueii'u del 13 de dicienibr»! 
de 1<S45. El Centi?ieln de la Monarquía ídem de 17 de dicienil)re 
de 1845. 

(2) The Union, diario oñeial de \\';isliiu;4l()n. de 14 dieieinbre 
de 1845. 



•2 i] 



iiu'i'ce (') al (tcii])arse (le esta inanifestac"n'»ii de opinu'di de 
verdadera iioportaiicia eii esa gran república, escribía: 
« No somos panegiristas del gobernador Ro/as. pero desea- 
mos que nuestros compatriotas conozcan su verdadero 
carácter, como lo describen los comotloros Ridgley. Morris 
V Tnrner y t(jdo ciudadano de los Estados Unidos que 
liava visitado Buenos Aires. Verdaderamente él es un 
gran hombre; y en sus manos ese país es la segunda 
repiiblica de América. » 

Y mientras esos diarios de emigrados argentinos pre- 
tendían robustecer su prédica con ecos de otros dos diarios 
de emigrados argentinos en Chile, la prensa de este país y 
nniv priiicii)almente El Tiempo. El Diario y FJ Araifraní) 
los contestaban en términos análogos á los de la norte- 
americana y brasilera; y el señor Pinto, ex-presidente de esa 
rcitiiblica. spnadtu- y consejero, le escribía al ])lenipoten- 
ciario argentino :« Seguimos con h1 m;is proriiiido interés 
bis aventuras de la L;nerra contra hhn'Uos Aires, poi'que 
esperamoK que tarde ó temprano se aplicarán á todos los 
Estados de Xniérim los mismos principios que ha invocado 
la i nterrención para crearse goljiernos esclavos que poncjan 
al país á nn'rcrd dr la Inglaterra y de la Francia. Así es 
(jue todos los chilenos nos avergonzamos de que baya en 
Chile dos |»er¡<'idicos que defiendan la legalidad de la 
traici('m á sn ]iaís: y usted sabe quiénes son sus redac- 
tores. . . » (-| 

Estas manifestaciones de bi opiniíui imparcial, lla- 
maron la atem'ión del gobierno, del pneblo y del couier- 
eio de la ( Irán i^retaña ; (inizá {xiríjue esta na c i (m estaba 
mejor preparada ([ue la Francia j)ara consultai- sus V( rda- 
dei'os intereses, no del punto de vista de la vanagloria 



( '- ) De Niií'vn Yoi'k, de 10 de dicieinlnv de 1(S45. 

(-) Néiisc Archivo Americano, ^vísuiuUí serie, lu'iiii. 1.'), pjiu:. 9:.^ 



— -218 — 

(jiir trac desastres y vori; lienzas (•oiiio la de ^léxico, sino 
con la madurez positiva (|uc consigue emporios como 
Australia y Canadá. Ya la pluma de Emilio de Girardin 
había contorneado eu saínete diplomático los proyectos 
recolonizadores de ^ír. (iuizot. cuando la i)rensa inglesa 
comenzó á mostrar al gobierno C(uno nunca estaba m;is 
comi)rometido el comercio inglés en el río de la Plata que 
cuando habían ido ministros interventores y escuadras 
formidables para }irotegerlo. Los negociantes de Liver- 
pool lo ratiíicaron así ante el parlamento. Y como el 
gabinete no pudiese oponer mejor razcni que la que pre- 
sentaban los grandes negociantes, dueños de sus intereses, 
se vio entonces que ])or sobre el interés del comercio bri- 
tánico militaba el de extender por la fuérzalos mercados 
en la Confederaciíhi Argentina, como se había hecho en 
otros paises con los cuales no mediaban es|)ontáneas 
corrientes de comercio. 

Y ante la increíble resistencia que á tal agresiim (j}m)- 
nía el gobierno argentino, el ]»ueblo y la prensa deduje- 
ron que tal conquista no era tan fácil como las de África; 
y que bien valíala pena deque el pueblo inglés, que la 
pagaba, se ])reocupase de saber á ciencia cierta si á la 
Inglaterra le convenía insistir en ella, por la fuerza, en el 
supuesto de que la realizaría á la larga. ('» si le convenía 
seguir un otro camino y dejar que la Francia siguiese 
])or el suyo. Planteada así la cuestión, se empeñaron en 
buscar los mejores conocimientos informativos. En el 
parlamento se habló de los grandes sacrificios que habría 
que hacer para conservar lo que todavía estaba en pro- 
blema, conjuntamente con la Francia que sería en el Plata 
un rival formidable cuando no un poder absolutista. . . El 
Times llegó á hablar de probables y mas trascendentales 
obstrucciones comerciales, que entonces habría que hacer 
desaparecer, si se quería hacerlas desaparecer en nombre 



— 349 — 

del mismo iutt'i-i's ([uc actualmente se perseguía, con 
recursos i^nuales ñ siilicientes á los que la Francia opu- 
siese. 

Y un representante del alto comercio inglés, el caba- 
llero Jorge Federico Dickson. di(') la nota más alta, con 
visible satisfacciíjn de esa opinión robusta y f/obernante, 
dirigiéndole una respetuosa carta al general San Martin 
en la que le suplicaba emitiese su opini(')n caracterizada 
respecto del resultado de la intervención armada en el 
río de la Plata. Kl Libertador consintió en ello, respon- 
diéndole en términos dignos de la confianza que inspi- 
raba su reputación liisf('»rica. El Moniing Chromclc de 
Londres los precedía con estas palabras (|ue en liii^hi- 
ternierancomo relievede granito al pie de un nn^numento: 
"Suponemos «ine apenas es necesario informar á nues- 
tros lectores que el ijeneral San Martín es el libertador de 
la República Argentina, de Cliile y (d Pen'i del poder 
español: y que habiéndose retirado de la \¡d;i prilílic.i y 
residiendo en Europa, donde piensa pasar ti resto de sus 
días, no tiene más interés en la cuestión que el ([iie puede 
inspirarle la felicidad de su país, y que su opiniíui puede. 
por consiguiente, címsiderarse dtd todo imi)arcial. » San 
Martín tiene su opiniíui fornnida respecto de la iníerven- 
ciíMi y de la trascendencia del ataque ala soberanía argen- 
tina: pero (piiere ir dtn'eclio al objeto y sacar de los heclios 
que t'j aüruui con el c(mocimiento ('■ imparcialidad ((ue lo 
reconocen, mejor partido (pie el «jue sacaría con sus n'tle- 
xioiies ('» consejíjs de ciudadano argentino herido en l;i 
contiemla. Así es que se limita ;í decir: «No cíuisidcro 
necesario investigar la justicia é» la injusticia déla diidia 
intervenci(')n. ni los resultados dañosos que tendr.i jtara 
los subditos de ambas naciones por la paralizaci<'tn abso- 
luta de sus r(daciones conu'rciales. como tambit-n j)or la 
alarma y desconliau/a (pie la intervenci('»n dedos naciones 



— 250 — 

t'iir(i|)eMs ("11 sus coiitieiulas (loniésticas debe iiatiiralineiite 
Jiaber des})ei'ta(l() en los Kstados nacientes de Sur América. 
Ale limitaré á investi^i^ar si las naciones qne intervienen 
conseguirán reali/ai'. [tor las medidas coerciti\as que hasta 
hoy se han a(lo})tad(>. la jiacilicaciíui de ambas márgenes 
del Plata. Y yo debo manifestar á \'d. mi liíane con- 
Yiccié»n de que no lo conseguinin ; que muy al contrario 
su línea de conducta hasta el presente día. sólo tendrá el 
efecto de prolongar hasta el iuliiiito los males á que se 
proponen })oner lin; y ninguna previsi('»n humana podría 
lijar el término de la paciticacitMi que anhelan. » 

He aquí porqué el libertador "creé que no lo conseguirán; 
y cómo consigna los liechos notables y culminantes que 
los emigrados argentinos se empeñan en desmentir en 
ísus diarios, para estimular á los aliados en sus agresiones. 
<( La firmeza de carácter del jefe que está actualmente á 
la cabeza de la República Argentina, dice el Libertador, 
es conocida de todos, como asimismo el ascendiente que 
posee en las vastas llanuras de Buenos Aires y en las 
otras provincias ; y aunque no dudo de que en la capital 
})odrá haber un número de enemigos personales de él, 
estoy persuadido de que, ya sea {)or orgullo nacional, ó 
por temor, ó por la prevenci('m heredera de los españoles 
contra el extranjero, cierto es que todos se unirán y toma- 
rán una parte activa en la lucha. Además, es necesario 
recordar ( como la experiencia lo ha demostrado) que la 
medida del bloqueo ya declarado no tiene el mismo efecto 
sol)re los Estados de América ( y menos que en ningiin 
otro sobre el argentino ) como lo tendría en Europa. Esta 
medida afectará únicamente á un corto número de pro- 
})ietiarios, pero á la masa del i)ueblo, ignorante de las 
necesidades europeas, la continuaci<ui del bloqueo será 
materia de indiferencia. » 

El Libertador encuentra aquí oportunidad i)ara hacer- 



— 551 — 

les sentir ;i los poderes interventores la fuerza de ciertos 
(ibstáculos que no vencerán fácilmente, aun en la ijosición 
\entajosa en (|ue llega á colocarlos, «Silos dos poderes, 
agrega, determinasen llevar adelante sus hostilidades, no 
tengo duda que con m;is <') menos pérdida de hombres y 
dinero \H)ávm\\ obtener la posefiió)i de Buenos Airea, (aun- 
que el tomar una ciudad resuelta á defenderse es una de 
las más difíciles operaciones de la guerra ) ; pero aun des- 
}»ués de hal)er conseguidf» esto, estoy convencido de (jue 
no i)odrían conservarse por ningún tieinix) en la capital. 
Se sabe bien une el alimento principal ó. casi podría decir 
único, del pueblo, es la carne; como igualmente que, 
c(»ii la mayor facilidad, se puede retirar todo el ganado en 
muy })ocos días muchas leguas al interior, como tambiiMi 
los caballos y todos los medios de transporte. En una 
jtalabra. que se puede formar un vasto desierto, impracti- 
(•al)le al pasaje de un eji'rcito europeo, el cual se e\|)on- 
dría á tanto mayor |)eligro cnanto más crecido fuese su 
inimero. » 

V como si liubiesi' ([Herido desaut(U'i/ar la pr(q)aganda 
de los diaristas argentinos emigrados en Montevideo, y 
desvanecer las esi)eranzas (jue aquellos hicieron concebir 
á los interventores, el Libertador termina así : « Kn cuanto 
á seguir la guerra con el auxilio de los mismos nativos, 
estoy segurísimo (|ue corto ciertamente será el niimero 
que se lina ;i los extranjeros. Finalmente, con una fuerza 
(b' siete li ocbo mil hombres de la caballería del país, 
y veinticinco ;'i treinta piezas de artillería solamente. (|ue 
el general lío/as iiianteii(lr;i con la mayor facilidad, podrá 
perfectamente im s('>lo sostener un sitio i'iguroso en líue- 
nos Aires, sino taniliii'ii i nipeilii' que ningiin ejército euro- 
peo de veinte mil hombres penetre ni.is de treinta leguas 
de la caiiital. sin exponerse ;i niiiia total pcu" falta de 
recursos necesarios. Tal es mi (q>ini(')n. y la e\])erieiicia 



— rjr/^ — 

prol(;ir;i (|ue <_'s liicii riiii(l;ul;i. i¡ no ser i coiikj sr dcltc espe- 
rar ), rjue el ministerio inglés rarnhic de imlitica. » ( ' ) 

En un centro de intereses colosales, de opiniíni reíle- 
xiva y educada, como es Londres, la carta de San Martín 
fué la grande atracción del pueblo y del Liobicnio. inte- 
resados en esta cuestión. Los lionibres |)úblicos pesaron 
las reñexiones que contenía como otros tantos consejos 
que prevenían seguros peligros ; y puede decirse que ello 
contribuyó poderosamente al resultado ({ue el Libertador 
acariciaba en el fondo de su alma de argentino. La po- 
lítica británica en el Plata vaciló desde entonces. Apenas 
lord Palmerston reeniplaz('i álord Aberdeeii en el minis- 
terio, la misión Hood vino á mostrar que la (irán 
Bretaña entraba en la vía de arreglar ])or sí sola la 
cuestión de sus intereses en el Plata, por medios nnis 
conformes con los derechos del país al cual esa nación 
estaba vinculada por tratados honrosos y hasta por de- 
claraciones singularísimas. 

En esta ocasión el libertador selb'» el consenso nacio- 
nal argentino que acompañaba al general Piozas, mani- 
festándole ;i éste de un modo inecpiívoco sus sentimientos 
respecto de la gramle contienda. Con fecha 11 de enero 
de 1840, le decía en una de sus cartas: « La poca mejoría 
que experimento en mi enfermedad, me es tanto más 
sensible cuanto en las circunstancias en que se halla 
nuestra patria, me hubiera sido nuiy lisonjero poder 
nuevamente ofrecerla mis servicios (como lo hice á 
usted en el primer blocjueo por la Francia); servicios 



(') Morninfi Chronicle ríe VI <le febrero de 1846. La carta del 
Libertador está lechada en Ñapóles á 25 de diciembre de 1845, y fué 
ti-ascrita en La Gaceta Mercantil del 23 de mayo de 184G. Tres 
años después La Presse de París reprodujo esta célebre carta, lo 
que di(') luíjar á que el general San JMartin ratificara en un todo sus 
opiniones en una carta dirií-ida ;l M. Hineau, ministro de obras pú- 
blicas de Francia. 



que Miiiique conozco serían bieii inútiles, sin enibargx) 
demostrarían (jue cu la inja¡<thiina agresión y abuso de la 
fuerza de la. Inglaterra y de la Francia contra nuestro 
pais^ éste tenía aun un riejo servidor de su honor é inde- 
pendencia. Ya que el estado de mi salud me priva de 
esta satisfacciíhi. por lo menos me complazco en mani- 
festar á usted estos sentimientos, así como mi coníianza 
no dudosa del triunfo de la justicia que nos asiste». 

Y entonces Rozas, como j)ara ratificar de un modo 
más solemne, si cabía, su resolución de sostener el prin- 
cipio supremo que representaba en Sur América, encuen- 
tra verdadera satisfacci('»n en poderle responder al Liber- 
tador: " Xo hay \\\i verdadero ari^entino. un íimericano 
<jue. al oir el nombre ilustre de usted y saber lo que usted 
hace por su patria, y por la causa americana, no sienta 
red(jblar su ardor y su confianza. La inlluencia moral 
de los votos }iatri(')ticos de usted en las jiresentes cir- 
cunstancias. im}iorta un distiii¡.íiiido servicio á la inde- 
pendencia de nuestra jiatria. Así enfermo. des[ni('s de 
tantas fatigas, usted recuerda y expresa la grande y do- 
minante idea de toda su vida : la independencia de la 
América es ir re coca ble. dijo usted después de lia be r 
libertado á su pati-ia. ;i Chile y al Perú.» (') 



( ' I N'éase La Gaceta Mercantil del 23 de mavo de 1840. 



CAPlTlIi.O LUÍ 



LA (¡UKlUíA ((JN GRAN F.Khri'ANA V Ilí.WClA 



(i.^4(;) 



Sumario; 1. L'rijiiizii rogn;?;:! ¡i, iMitn^ lííos <nic uiiiciiiizíiu lo.s aliados por los rios y 
Paz fiesdn Corrieiitn.s. — II. Operaciones de Urquisüi contra Paz.— III. Paz 
rehuye el combate y levanta su campo do Villariueva. — [V. Combate d(; 
Laguna íAmpUl: derrota de la vanguardia de Paz. —V. Éste toma posi- 
ciones en Ibahai: retirada de Urquiza: resultado de su caniijaña. — VI. 
Negociación entre Urquiza y los Madariaga sobre la base de la separación 
do Paz: Madariaga lo da de olio conocimiento á Paz. — VII. Pax se propom- 
desbaratar estos arreglos y depone al gobernador Madariaga: éste se 
sobrepone y Paz díistituido se retira al Brasil. — VIII. Hozas estimula el 
arreglo con los Madariaga: la jjrensa de Montevideo ante las declaracio- 
nes del gobernador de Corrientes. — IX. Lo que Rozas descubre á través 
de esto. — X. La negociación entre la Comisión Argentina de Montevideo y 
los interventores con Urquiza sobre la base de la segregación de Entre Rios 
y Corrientes. — XI. L'rquiza le trasmite á Rozas los antecedentes de este 
asunto: cómo lo glosa La Gaceta Mercantil. --XU. El gobierno y las 
facciones de Montevideo. — XIII. Elaboración de un gobierno híbrido en 
Montevideo con el apoyo de los interventores. — XIV. Rivera recurre aun; 
ese gobierno y los interventores de las medidas contra su persona: la pre- 
vención á su esposa. — XV. La revolución riverista del 1" de abril: los in- 
terventores reasumen el gobierno de Montevideo. — XVI. Estivao y los 
legionarios. — XVÍI. .ataque á la legión argentina: los interventores se 
resuelven en favor de Rivera que recobra el poder. — XVIII. Nuevos rum- 
bos en que entra Rivera respecto de Oribe: éste reproduce sus declaracio- 
nes anteriores. — XIX. Los interventores continúan su protectorado y 
sufragan los gastos de la guerra. -- XX. El combate de San Antonio. — 
XXI. Thorne rechaza á los aliados que desembarcan en la costa de Obli- 
gado: el convoy de los aliados. — XXII. Combate de Acevedo. — XXIII. 
Combate de San Lorenzo: desastre del convoy: pérdidas de los aliados. — 
XXIV. Los aliados bombardean el campo del Tonelero: combates del 2 y (> 
de abril. — XXV. Mansilla represa el pailebot Federul, con armamento y 
correspondencia de los aliados: combate con el Lizard. — XXVI. I^os 
aliados pretenden desembarcar en la Ensenada, y saquean é incendian 
barcos mercantes en la babia: reconocimiento que practican sobre la Ata- 
laya y muerte del oficial que lo verifica. — XXVII. Decreto de Rozas sobre 
los incendiarios. — XXVIII. Impotencia de la intervención bélica, segiin 
los oficiales aliados. — XXIX. El gran convoy de los aliados baja id 
Paraná. — XXX. Combate del Quebracho: desastre del convoy y derro- 
ta de los aliados. — XXXI. Cómo subsanan sus pérdidas los negociantes 
de iSIontevideo . — XXXII. Felices opei-aciones de Rivera. — XXXIII. Las 
depredaciones do Rivera y el interés que en ollas tenían el gobierno de 
Montevideo y los ministros interventores. — XXXIV. Forma en que se ma- 
nejan con Rivera para la remisión de ganado, cueros y demás frutos. — 
XXXV. El sistema ile Rivera v las exigencias de los interesados. 



Amenazado Entre Ríos por las fuerzas iiavales de 
Gran Bretaña y Francia y por el ejército de Paz situa- 
do en Corrientes, Urquiza se dirigió á aquella provincia 
al frente del ejército con que había vencido en India 
Muerta. Sus fuerzas reunidas á la de Garzón podían 



defender esa parte del litoral de cualquier ataque de los 
aliados. En su marrlia. Urquiza dispuso que las fuerzas 
que guaruecían los puntos del Gualeguay. fuesen á si- 
tuarse en el paso de la laguna del mismo nombre: y dos 
días después revistó en este punto cinco mil soldados de 
las tres armas, inclusive la divisi(3n del coronel Lagos. (') 
Desde luego se contrajo á defender los puntos amena- 
zados por los aliados en el pasaje de éstos para Corrientes. 
y se prepar(') á abrir operaciones sobre Paz. 

Paz había aglomerado cuantiosos recursos en su cam- 
po de Villanueva y guarnecido los principales pueblos 
de Corrientes, fortificando además la Tranquera de Loreto^ 
l)unto estratégico al norte, bordeado por el Paraná y la 
laguna Ibera, para dirigirse allí caso de que el enemigo 
ocupase los demás departamentos. {-] Cuando Urquiza 
abrió su campaña el 2 de enero de 184G, Paz tenía 6.412 
hombres, sin cmitar una columna de 4.400 con que con- 
tribuyó el gobierno del Paraguay, según el tratado ;1 (jue 
me he referido, y la (|ue en esos días venía en marcha 
])ara el cuartel general de Villanueva. (^) Urquiza siguió 
dfl Yu([nerí Urande á las puntas del Mandisoví. El día 
8 se adelantó con la vanguardia, dándole á Garzón el 
mando del cuerpo i»rincipal. El 13 llegó á Basualdo. 
límite de Entre Ríos. El 15 campó en Pago Largo. 
a|)oder;uidose de la [)oca fuerza que allí había; marcln') 
rái)idameute por la noche y en la madrugada siguiente 
derrotó la vanguardia de Paz, persiguiéndola hasta el 
arroyo de María Grande. (') 

(') í'omunicaciíJn ih; (íarzoii ;i Líi<ros. (Mamiscrilo oi'i<iinal en 
mí arcliivo. Véase el apéndice.) 

(-) Paz, Memorias púatumaü, tomo iv, pág. 1<.)5 y sijíuiciites. 

^•') l'U tuíal (le estas fuerzas es (ornado de un estado suscrito por 
el general Juan Madariapa el ¿ de noviembre de 1845. 

(*) Paz, Memorias postumas, tomo iv, pá<r. 2!5S. Apuntes del 
diario tic la campaTia ñ (Corrientes ((lualeguaycliio. 



— :2:áí — 

Con el propijsito (h- forzar á Paz á una batalla. Urquiza 
hizo desfilar la columna de Garzón por el caniino que 
eonduce al paso de Santillán (20 leguas de Villanneva), 
y v\ qued(') ;i retaguardia destacando nn;i divisiíui sobre 
las alturas df Marta Grande. Si Garzíui pasaba sin ser 
sentido el río Corrientes por Santillán, se interponía 
entre el pueblo de Coya y el ejército de Paz. y el t'xito 
de la canijiafia estaba a,segura(lo. jjorque era casi iiu|)o- 
sible que este últinuj pudiese reliuir uu combate. La 
columna federal ])asó el río el día 21: pero Paz levantó 
su cam})0 y se dirigi() al ^mxo nuevo, incíu-porándose á 
])oco con la columna })araguaya en las márgenes del 
Vetel. Paz siguió })or la lonja qm- bortlean este río y 
el Santa Lucía, y Urquiza, maniobrando por bi banda 
norte del río Corrientes, lo sigui(') hasta la costa de 
Santa Lucía, frente al paso de la Isla alta, en donde 
camjió el día oO. 

Viendo que Paz rehuía el combate. Urquiza lo siguió por 
la margen de aquel río. El día 4 de febrero alcanzó en L«- 
¿/-///M Lmi/í/« la vanguardia de Paz, al mando del general 
Juan Madariaga. ({uieii fué derrotado y jirisionero, perdien- 
do además toda la correspondencia que reveló á Urquiza el 
j)Ian general de la campaña. «No salió, dice Paz. un escua- 
drón ni una compañía reunida: de 1.500 á 1.600 hombres de 
la mejor caballería que formaban la vanguardia, faltaban 
nueve décinnis partes y casi todos los jefes.» (') Paz 
marchó precipitadamente hacia San Miguel seguido por 
Urquiza. para la cañada Yfíiratingay, lleg(3 á las Ba- 
rranqueras y el día !> pasó el bañado de Ybahai. 

Aquí eiu'ontn'» ventajosa posici('»n. limitada por dos 
islas que se extendían á sus llancos, y al frente por un 



(') Memorias postumas, lomo iv ])ág 247. Apuntes del diaiio 
(le campaña cit., ])ág. 10. I'arfc oÑcial «lo I'rqniza IVchadít en ('aim;in 
{i5 de febrero. 



desfiladero estreclio y cenagoso por donde su enemigo 
2Jodía únicamente aventurarse. Eli ejército de ürquiza 
se componía en su casi totalidad de caballería (|ue no 
podía maniobrar allí. Por el contrario. Paz tenía artille- 
ría é infantería, con las cuales podía compensar sus 
recientes contrastes si aquél cometía la imprudencia de 
permanecer en esa es})ecie de embudo en (|ue halda 
entrado con más arrojo (jue previsión. El hecho es 
que después de infructuosas manifestaciones de ataque, 
Urquiza emprendió su retirada dando por terminada 
^sta su primera campaña sobre Corrientes que bajo tan 
favorables auspicios comen/('>. Ku un mes. y al favor 
,de la ra])idez de sus movimientos había obligado á Paz 
á desalojar los departamentos de Curuzú-Cuatiá, Pay- 
Ubre. Esquina, Goya, San PiOíine, Yaguareté-Corá y San 
Miguel, y dádole á la vanguardia de ¡iquél un goli)e 
que fué el más trascendental de todos. 

Con efecto, el general .luán Madariaga. prisionero de 
Laguna Limpia, se dej() [lersuadir por don José Vira- 
soro de la necesidad de t(;rminar la guerra en C(n'rien- 
tes arregiáiidíjse con íñ-íiuiza: y así se lo coniunic(') 
á su hernn^n(.) don Joaijuín. gobernador de esa pro- 
vincia, agregándole (pie ('I y Crquiza creían que el 
único obstáculo á tal arreglo era el general Paz. (M 
i\l gobernador Madariaga acejdéi el arreglo, y (pH'cb't con- 
venitlo fii (|ue rr(|ui/a liaría alto v\\ \'illanue\a para 
terminarlo. Per(j Paz, sabedor de lo ocurrido, se [inso 
en marclia sobre r'r({uiza ((j)ara estrecharlo en Villanue- 
va y batirb» llegada (|inj fuese la ocasit'in»). ('i V sea 
(jUf don .Joaquín Madariaga se resistiese á levantar en 



(' ) Mfinoritis poslK illas, huno iv. \)úg'2ó~. Carlas i\r los Maila- 
i'iaíia ¡i I i'fjiii/.a publicadas en La (¡ncciji Mrrninti/. 

(-) McillnrliiX ¡tñslii iiKls, tolllii i'il.. |lii^. '¿"lU. 

TOMO 1\ . 1^ 



— ','.")S — 

su vecindad, y (juizá en su provincia, la iiillucncia de 
Urquiza en ausencia de Paz, que era irreemplazable en 
el momento del peligro; (') que reputase incontrastable 
la fuerza militar de los aliados que en breve lo apo- 
yarían, el heclio es que le dio á Paz conocimiento de 
la negociación, si bien le declanj que lo que quería 
era ganar tiempo, consultando las conveniencias de su 
provincia y la conservación de su hermano })risionero. (') 
Es lo cierto que siguió la negociación, celebrando con 
Urquiza algunas conferencias, de las cuales resultó el 
tratado de Alcaraz^ íirmado algunos meses después y 
que establecía la reincorporación de Corrientes á la 
Confederación sobre las bases del pa(!to federal de 
1831. (-) 

De todos modos, Paz se propuso desbaratar estos 
arreglos calculando que, ó Urquiza estaba dispuesto .á 
sublevarse contra Rozas, como se aseguraba en Monte- 
video y lo decían á los Madariaga, y en este caso era 
natural que él cooperase á la mira común, dada su posi- 
ción militar en Corrientes; (> Urquiza no pensaba en 
sublevarse, y entonces el arreglo no produciría otro re- 
sultado que el de restaurar en Corrientes una situación 
análoga á la de Entre Ríos ó Santa Fe, con la coopera- 
ción de los Madariaga. ó de los Virasoro colocados por 
Urquiza. si los Madariaga se negaban. Paz creyó lo 
último y acordó con el ministro Márquez y con la ma- 
yoría del congreso de Corrientes colocar en el gobierno 
una persona que respondiese á la política que él se 
proponía desenvolver. Pero Madariaga entró en la cai)i- 
tal, aprehendió á los congresales y á Márquez y salió á 



(') VílZ, Memorias postumas:, tomo iv, pág. :¿(il. 
(2) Las cartas de Urquiza á Rozas y do Madariajía á Urquiza se 
publicaron en La Gaceta Mercantil del 11 de mayo de 184(). 



batir la divisi(')ii Ávalos que Paz había dbstacado para 
que apoyase la resolución del Congreso, y la cual se 
dispersó sin disparar un tin». Dos dias después, el 4 
de abril, el gobernador delegado don José H. Acosta 
expidió un decreto por el cual destituía á Paz del cargo 
de general en jefe y de director de la guerra. ( ' ) Al favor 
de la intluencia de los Madariaga. el ejército correntino 
se dispersó esa misma noche, y Paz con un escuadrón 
de entrerrianos y muchos jefes y oficiales, se vio obli- 
gado á retirarse al Paraguay y de aquí al Brasil, donde 
permaneci(') hasta el año de IS-Vi. Fué en los meses 
subsiguientes al derrocamiento de Rozas cuando volvi('> 
á tomar parte en la lucha civil que iniciaron los emigra- 
gos de regreso á Huenos Aires, contra el general Ur- 
({uiza, recién nombrado director provisional de la Confe- 
dera ci(')ii. 

Por el contrario. Piozas estimulaba la conclusiíui del 
arreglo con los Madariaga. Y como los [)artidos en 
lucha en Corrientes se habían aquietado en la esi)ecta- 
tiva de dicho arreglo, acatando la autoridad del gtdter- 
nador Madariaga, éste no pudo menos que producir actos 
piiblicos que desautorizaban la especie vertida i)or la 
[irensa de Montevideo de que él transaría con Crquiza 
solamente en el caso de que éste se suljlevase contra Pozas. 
Kn su mensaje á la asamblea legislativa, de *24 de mayo 
de 1<S40, declaraba el gobernador ^íadariaga: «Los suce- 
sos que están próximos á ver la luz serán de la mayor 
trascendencia. Los aconlccimientos corresponden á las 
couibinacionfs de la ]irudeiicia y ;i his miras de las 
conveniencias universales á las cuales tienen que ceder 
todas las opuestas tendencias.» La prensa olicial de 



(') lidlciiiics r.\ti-;i(.»rd¡iiHrios del jiítliii'i'iKi ili' ("nrricnU's -2, i! \ I 
i|.' ;il) ril lie is-IC. 



— '¿m — 

('Orrientes. de Buenos Aires y de Entre Ríos veía en 
(3stas deelaraciones la voluntad de terminar las des- 
avenencias entre Madariaga y el gobierno de la Confede- 
i'aei('»n. Pero El Comercio del Plata escribía: «Por 
b» que liace á la segnri(hid exterior de la Provincia, 
quisiéramos que sin dejar de procurar la alianza de 
Entre Ríos que i)odría ser decisiva, no perdiese un mo- 
mento en prei)ararse })ara todos los casos. La política 
del gobernador Urquiza nada se presenta menos que 
íi'anca; y ya era tienii)0 de que Corrientes supiese sobre 
ella algo más de lo que salte. Un momento ha de 
llegar en que el jefe entrerriano se muestre sin disfraz: 
si al (juitárselo aparece siempre la ligura implacable 
del antiguo enemigo, ¡ay de Corrientes!» (^) 

Los conceptos francos de El Comercio del Plata, y cier- 
tos avisos que le dio el general Ecliagüe de misteriosos 
conciliábulos entre T^rquiza y personas que en seguida, 
a])arecían en Montevideo, permitiéronle á Rozas descubrir 
lo (|ue había de real en el fondo de este asunto, es á 
saber: que se trabajaba la uniíhi de Tríjuiza y Mada- 
riaga contra él: que Madariaga la Ijuscaba: [)ero (¿ue 
Ur(|uiza no ({uería sublevarse bajo bis condiciones que 
le pro[)onían los corifeos de la ('oaliciíui. Rozas, sin 
embargo, no manifestí'» desconüanzas. si las tuvo; que 
en su correspondencia de esos días se limitó á })reve- 
nirlo á Lrquiza contra, las iidrigas y asechanzas que. 
en su sentir, esgrimirían los enemigos contra ambos. 

Esgrimir contra Rozas la iníluencia que Urquiza 
había alcanzado en el litoral, fué lo (jue se propusie- 
ron la Oomisiíui Argentina, de Montevideo, el goltierno 



(') Véase (leelaraeion del golici-iiadoi' Madariaga en La Gnceln 
Mercantil del 17 de julio de ÍH4(). El Comercio del Piala del 10 
de julio de ls4Ci, El Federal Entrerriajio del 2 de julio de 1S4G. 




>¿^x 9 ^Á^ 




— '2i\\ — 

(le esta plaza y los iniuisti'os iuterveiitorcs di;- (irau 
Bi'etaña y Francia. Kl iuteruiediariít era don Benito 
Cliaim. antigno amigo de t'rqniza. personaje eniprende- 
dnr y avisado; qne bajo las apariencias de una ¡¡eríVcta 
indiferencia por lo qne se pasaba, y de nna l)onboniía 
contemporizadora (juc le permitía allegarse ;i los hom- 
bres de nno y otro partido, disimulaba cualidades raras 
para actuar vi'.ntajosamente como diplonuitico. sin ipic 
his gentes lo reputasen tal. Se trataba de (jiie rr(|uiza 
Sí! sublevase contra Rozas. arrastr;indo ;i ("(n-ricntes y á 
Santa Fe. Y aunque es difícil saber si Críiuiza di»') 
seguridades, es lo cierto (|ue se puso al liabla con los 
ministros de (íran I^rctaña y Francia por medio de los 
comisionados de éstos don Jacinto Martínez y don Fran- 
cisco Legereu. La negociación continuí) entre Chaim y 
don Eulogio Redruello. comisionado de Frquiza: y el 
primero declar('> ;i Uímibrc de los ministros intt'rxento- 
res qne éstos tenían un alto c(mcepto de este liltimo: 
([lU' consideral)an que Futre Uíos [)odía y debía C(msti- 
tuirse independiente: ([ue si f'i-([uiza se sublevaba contra 
Rozas y sejiaraba á Entre Ríos de la Cimb'deraciíni. los 
ministros le ofrecían reconocer y sostener á nombre de 
sus gobiernos la imbqtendencia de la nueva nacicui que 
surgiría de esa provincia y de la de Corrientes: ccum» 
asimismo adelantarle el dinero suliciente para llevarla á 
Cíü)0. á cuyo efecto ])odía disponer de doscientos mil duros 
desde que adoptase tal resolmi<ni. 

Esta negociación se llev('» al canipo de Oribe, y sus 
detalles llegaron á Buenos Aires. Fuere esta cii'cims- 
lancia: i'» la misión llood. (¡ue contuvo |ior nn momen- 
to la intervem-ión; ñ que rripiiza no se resolviese á 
sublevarse contraRozas ;i coudicií'ui de romper por sus 
manos la integridad de su patria, lo cierto es (lue Fr- 
(|uiza le trasmitié) ;i Kozas los antecedentes de esta 



— •>()•> — 

« 

n('<^ociaci(')ii «para (jiic se instruya más y más de (jiif 
los ministros de Inglaterra y Francia no omiten medio. 
])or inicuo (|ue sea. i)ara introducir la anarquía en 
estos [)aises)>. (') La Gaceta Mej'cantiL dando cuenta 
de esta nueva tentativa de la coalición para desniem- 
bi'ar la Confederación Argentina/escribía: «Los ministros 
de Francia é Inglaterra, desengañados de que no pue- 
den vencer con las armas á los argentinos, recurren á 
un arbitrio tan infame como i)roscri]»to por el derecbo 
de gentes. Aliora los más desapercil)idos conocerán 
que el lin do semejantes monstruos, es despedazar los 
Estados americanos y romper los víncnlos de las nacio- 
nalidades. (-) 

VA gobierjio de Montevideo era esi)ectador concurrente 
de estas nia({uinaciones, conducidas por bjs ministros 
interventores y los doctores Vásquez y Várela. Verdad 
es (|ue don Joa(|uín Suárez era una sombra de i>oder; y 
('Ste se lo dis])utaban facciones diminutas al favor 
(le las cuales medraban los ministros interventores que 
eran los (|ue realmente gobernaban. Ya en diciembre 
de l.S4r) le escribía Magariños á liivera: «Es de temer 
((ue tenga mal resultaibj lo (jue lia [empezado tan cris- 
tianann'iite. ]nies ya uiu) de los interventores nos com- 
j)ara con un inuchaclio que m» lia llegado á la edad mayor 
y quiere (Muanciparse. Fste modo de ai»reciarnos, puede 
influir en nuestro perjuicio en los consejos de las tes- 
tas coronadas.» (■') En otra carta le liabla del eaos qne 
domina á Montevideo; de la «asociación de sanguijuelas» 
á que pertenece el ministro Vásquez; é insta á Rivera á 



(' ) L;i iKita (le lrquiz;i á Kozas es de l'eeha \:\ (1(í nliril de 1S4(>. 
Kl docior Ilufiíio de Eüzalde trascribió esta nota y a.dclaiii(') al.^unus 
antecedentes en La Nación del mes de agosto de 1879. 

( - ) Véase La (raccta Mercantil del r¿(» d(! abril de 1S4C). 

( •' j Manuscrito original en mi archivo. (Véase el aiiéinlice.) 



<|iie vuelva á contenei' este desorden. (') La vuelta de 
liivera es, sobre todo, lo que desean los amigos de éste. 
Á esto y á darle cuenta de los esfuerzos que hace para 
conseguirle algunos fondos «del judío Lafont» se reducen 
las cartas casi diarias de su activo agente Bustamante. 
<'Kl ministro de gobierno manifestó completa oposición 
;i su venida, le escribe á Rivera: dijo (juc })riniero se 
]r secaría la mano antes de lirmarla. » Pocos días des- 
pués lo insta sin embargo á que vuelvy y se refiere á los 
píU'mciujres (|ue le dar;i Magariños. (-) Este le da en 
efecto seguridades acerca del- estado de la opiniíui y de 
(|ue los ministr(ts interventores no se oponen á su regre- 
so, como lo propaga la facciíMi más vinculada con los emi- 
grados unitarios, que quieren mantener á don Joaquín 
Suárez. «Convendría sobrcímanera la a])arición de V. K. 
en estas circunstancias, le dice, para [)romover el nom- 
bramiento de presidente del Senado. Es preciso (|iie 
Suárez salga para febrero. S¡ perdennis esta coyun- 
tura, y sobre lo que temo muclu». pues Vásquez ha de 
buscar motivos para embrollar, entonces todo se i)ier- 
de. (=') 

Rivera, que no deseaba otra cosa, se embarcó en una 
fragata es{)añola y se presentó en aguas orientales. Su 
secretario Bustanninte y sus amigos ¡¡rincipales los Pérez, 
Barreiro, Magariños. Duran, el general Martínez, los 
coroneles Elores y Correa, pusieron eii acción todos 
sus recursos para as(!gurarle nuevamente el mando, 
pronunciándose abiertamente en contra de cualquiera 
otra sr»lucié)n. Si violento (> ilegal era este arbitrio, no 
bi era menos el de (|ue se valía la l'aceiiui autiriverista. 



(' ) Müiiiiscrilo (H'i;.niifil cu iiii ;iitIií\ u. ( Nt^isr el apéiidicíe.) 
( - ) .M;iiiiiscrit(i onjíiiiiil en mi .irdii vn. (Nisisc <;! aixMKlice.^ 
( -M .\I;iiiiiscriii) <iriiiiii;il en mi ;ii-clii\(». ( Véaso el apéiid ice.) 



— 2()i — 

par;i conservar inoineiitáiieainente. la sitnaciíui con la 
ayncla de los emigrados nnitarios y de los ministros 
interventores. El poder ejecntivo (|ne ejercían Snárez, 
Bejar, Vásípiez. Muñoz, e\pidi('» (d 14 de febrero un decreto 
en el ({ue, á mérito d(^ ({uc había sido imposible elegir re- 
presentantes y en que no halda elementos legales para 
la legislatura que debía abrir sus sesiones el día siguiente, 
declaró disuelta la ~y' legislatura <|ue funcionaba hasta 
ese día. Lo particular es ([ue esta legislatura, compues- 
ta bajo la presión de las armas de lUvera para suplantar 
la (|ue (''ste derrocó en 183S, aun suponiéndola legal, 
había dejado de serlo desde el año de 184-3, época en 
(|ue sus miembros debieron renovarse según la Consti- 
tuci()n. (M Pero esta renovación no pudo hacerse por- 
que los departamentos orientales respondieron á Oribe, 
á título de presidente legal y (piien á poco organizó su 
gobierno, couvocó á nuevas elecciones y abri(') la Asam- 
ble legislativa con los representantes de todos los de- 
partamentes de la Ueiiública Oriental, á excepción de 
los de la ciudad de Montevideo. El poder ejecutivo de 
esta plaza al disolver en 184() esa legislatura. j)or la 
misma causa que obstaba en 1843 })ara renovarla, sen- 
taba implícitamente que ella no representaba ni podía 
representar al pueblo oriental; y daba con esto una fuerza 
inconstrastable á la legalidad de la legislatura ({ue co- 
uobernalia á la saz(')n con Oribe. Por el artículo 2" del 



( ' ) Kn ■¿•¿ (le «licieinlji'e de lS4-¿ le esci'¡l)ia á ese respecto el mi- 
iiisíroilon Francisco A. Vidal al general Rivera: «Leadjunto lalistade 
hts «S. S. dipnTados v suplentes que actualmente componen la cámara 
"de K. K. Ella va íiien explicada, y "sicd de entre ellos formará la 
nueva lista de dqmtados y suplentes para la nueva legislatura, quitando 
los que estime por conveniente y poniendo en lugar de los que quite 
a(|uellos que sean de su agrado. Esta lista, pues, que usted me re- 
mita, vale tanto como hacer lo que quedó acordado en esta...» 
(Manuscrito original en mi archivo. Véase en el apéndice con la 
lista de diputados remitida por el ministro Vidal.) 



— 2()5 ~ 

ílecreto. se creal)a una asauíhloa de notnbles, eiiearijada 
de «velar por la Coiistitiiclón y las leyes»), y se nom- 
braba para componerla á todos los miem1»ros de la le- 
gislatura disuelta, á los ministros del poder ejecutivo, 
á los ministros del poder judicial y ;i varios cléri^nosy 
militares orientales y extranjeros de la ,nuarnici('tn: y 
por otro artículo, un Consejo de Estado «al cual some- 
tería el i)oder ejecutivo todos sus actos», y del cual 
fuertjn excluidos estudiadamente los amigos de Pavera.. 
Lo particular es que este [»oder ejecutivo que quedaba 
en pie, tenía (d mismo origen (jue la legislatura (jue él 
acababa de disolver, y debía terminar naturalmente con 
ella, pues ésta fué la que en febrero de 1844. cuando 
debía elegirse presidente, le continuó sns poderes ;i don 
Joaquín Suárez quien firmaba ese decreto. 

De esta manera se apoderó de la situaci('»n la facción 
d Vásquez, ayudada de bjs emigrados unitarios y apo- 
yada por los ministros interventores. Para asegurarla, 
el gobierno reniovi() á los jefes adictos de Pivera: apre- 
bendi(') á los (jue en favor de éste agitaban la o[)inión, 
destim') á otros de soldados á los cuerpos de línea y 
le coniunic(') á aquél. (|ue se hallaba ;i bordo, en la rada, 
su resoliK'iíMi. tomada de acuerdo con los ministros 
interventores, de alejarlo del i)aís y de adoptar todas 
las medidas necesarias ])arii imix'dir sn desembarco, i'i 

Rivera solicití'» una conferencia- de los ministros in- 
terventoi-es: |)ero el l)ar(')n Deffaudis. ;í |)esar de ser el 
alma y el apoyo del gobierno, le n>spoiuli(') en 23 de 
marzo «([ue á esa conferencia se oi)onían las mismas 
consideraciones políticas (jue obstaban :i <|ue el general 
iiivera bajase á titirra». V superándose en ironía, el 
banin Deífaudis añadía: «si la conferencia ha de versar» 



( ' ) Occrrlo (Ir 17 lie \\\;\r/.<\ (l(> iSlCi. 



— "iCli — 

<'()iiio es probable, solire la ('nesti('»ii [tendiente entre su 
gobierno y el señor ministro oriental ante el Para- 
guay, el infrascri|»to declara que esta cuestión es del 
resorte de la adniinistraciini interior en la cual im 
l)uede mezclarse con arreglo á sus instrucciones.» (') 
Rivera recurrió de su de})ortaci(Ui en un largo alegato 
ante el gobierno, el cual reniiti(') en copia á los minis- 
tros interventores, pidiéndoles «su apoyo en favor de 
los principios }' de la Constituciíui de la República ra- 
dicados bajo la poderosa inlluencia de las altas poten- 
cias interventoras». (-) F]se uiismo día le escribía Rivera 
á su esposa: «Espero el resultado de mis notas á los 
interventores... la petici(')n que se (piiere bacer me pa- 
rece un buen medio para bacer ver á los interventores 
el interés de la opinión [tública en favor de sus dere- 
<,'bos contra la arbitrariedad de un golñerno que ya no 
íistá sujeto á las formas constitucionales, desde que 
aquéllas lian caducado })or liaber cumplido su tieini)o; 
y como el gobierno se lia erigido en legislador separán- 
dose de la órbita en que lo babían colocado las institu- 
ciones de la República, i)or lo tanto yo creo que puedes 
decir á los amigos que será bueno reunirse...» ('^i 

El gobierno no sólo ratilici) su resolución, sino ([ue 
destituyó á Rivera del cargo de plenipotenciario en el 
Paraguay, y expidió algunos decretos imponiendo penas 
sumarias y discrecionales contra los perturbadores del 
orden. Los partidarios de Rivera se lanzaron á las ca- 
lles. En la nocbe del 1'^ de abril se sublevó el iiúm. 4 
de negros, matO á su mayor Vedia y varios oficiales y 



(1) :\Iauiiserii(j original en mi archivo. (Véase el apéndice.) 

(2 ) Véase estas nótasele Rivera de fecha 2:5 de marzo en El CoJis- 
litucional de Montevideo del ¿(i de marzo de 1S4G. 

{^ ) -Maiiuscrifo original (m mi archivo. (Véase ci apéndice.) 



— -¿vü 



dio libertad al ,L;eiiei'al Kiiri(|Ut' Martínez, á Pérez. Ba- 
rreiro y otros. En la niafiaua si^miicntf. los revolucio- 
narios engrosados con la legión francesa, los vascos y 
alguna tro}»a dr la gnarniciiuu se posesionaron de la 
plaza matriz ;i los gritos de «¡Viva el general Rivera!» 
«¡Mueran los porteños!» «¡minera Pacheco!» «Abajo d 
gobierno!» Pacheco se dirigi() á reducirlos, á la cabeza 
de la Ifírjión íir;/f'ntÍNa y del niini. .'J: [»ero fué recibido .i 
balazos y se retiró á la plaza (.'agaucha. El in-esidentc 
y ministros so asilaron en el domicilio de los interven- 
tores. Éstos con los almirantes Lainé é Inglefield rea- 
sumieron el gobierno: destinaron lóO bonibres de cada 
nno de los regimientos britiinicos á las trincheras qne 
habían quedado desguarnecidas, é hicieron bajar de sus 
buques las fuerzas necesarias para contener los excesos 
sangrientos. 

La revoliH'iíMi dominaba las calles. El coronel Es- 
tivao, })artidai'io de Pacheco, se ajjostí'» con su gnardia 
€11 la azotea de la capitanía d(d jnnn-to. Los legionarios 
extranjeros asaltaron la casa por las azoteas contignas 
de Beltrán y del cab'. Bastié. Piesistieiulo basta el lilti- 
nio monn'iilo. fin; sacrificado Estivao, juntamente con los 
olicialt's B:itle y Torres, y sus cadáveres lanzados á la 
calb'. Los legionarios saquearon hasta los archivos, de- 
jando el cdilieio en minas. VÁ pavor prt'dominé) enton- 
ces, y <á través de sangre y de cadáveres, la ciudad 
qued(') presa (b' la in.is angustiosa es[)ectativa. Los mi- 
nistros interventores niandai'on al coronel 'l'liiebant ;i 
reprimir los excesos en las calles. Pa<'heco intcntfi to- 
da\ía sofocar la revídnciém, pero sus fuci-zas se le dis- 
j)ersaron y tuvo (|ui' embarcarse con Día/. Tajes \- otros 
oficiales. 

Ll día 'i de abril se decide atacar ;i la legi('ui ar^^vn- 
tina. (jue es la i'niica fiUM'/a reunida partidaria de 



— -.^iñs — 

gobierno derrotado. El coronel Flores, que es ({iiieii 
encabeza militarmente el movimient(j, exige la expnlsi(')n 
de ese batallón. La legiíjn mandada })or el coronel 
Gelly Obes, se retira desde su cuartel de Artola hasta 
el de Dragones, perseguida por fuerzas revolucionarias, 
Y de allí pasa á la Aduana protegida i)or el regimiento 
70° inglés, embarcándose el día siguiente para Corrien- 
tes. Con este motivo se redobla la guarnici(')n anglo- 
francesa. El barc'tn Deffaudis y el almirante Lainé re- 
suelven reforzar la legión francesa con marinos de sus 
buques; y las fuerzas británicas se aumentan á más de mil 
hombres á los que pasan revista los ministros inglés y 
francés. Á pesar de esto. Rivera desembarca inopinada- 
mente en la tarde del •">. Los interventores se encuen- 
tran peri)lejos y vacilan. () asumen oficialmente, y en 
nombre de sus respectivos soberanos, el })rotectorado 
que de hecho ejercen en Montevideo desde tres años 
atrás; ó se acomodan con Rivera que es el más fuerte 
en la plaza y que además está de acuerdo con Suárez. 
lo que les priva de una base aparentemente legal en que 
apoyarse. Optan por lo iiltinuj. Vásquez y Muñoz re- 
nuncian y se embarcan. El O de abril se reorganiza el 
ministerio con Magariños. Bejar y Costa, y Rivera es 
nombrado general en jefe de todas las fuerzas, y expide 
una proclama en la que llama al puel)lo y al ejército 
oriental á [)erseverar en la causa contra «el tirano de 
los porteños, hasta obtener una paz perdurable en con- 
formidad de lo que han declarado los poderes interven- 
tores». (') 



(') Véase E¿ Comercio del Plata del l:i de abril de 1840. Los 
detalles acerca de la revolucuní de abril los he recogido de testigos 
oculares corno el hoy coronel Antonio Susini, oficial de artillería en 
la línea de Montevideo y en seguida jefe de la legión italiana; y de 
don Pedro Castellote, capitán de la legión argentina. 



— vflií) — 

Rivera había entrado, no obstante, en nnevos rnmlxjs 
j)olíticos. Desde Río Janeiro había iniciado la idea de 
nn arreglo con Oribe, por intermedio de un negociante 
que suministraba provisiones á fuerzas de éste último. 
Su secretario Bnstamante prosiguió este negociado, ex- 
] dotando hábilmente la especie generalizada de que los 
orientales se entenderían entre sí á n(.i ol)star el go- 
bierno de Montevideo el cual estaba sometido á la in- 
lliicncia de la, Comisión Argentina. Por lin. Rivera le 
dirigió á Oribe ciertas bases de arreglo, de las cuales 
tuvo conocimiento aquel gobierno: y Bustamaute fué 
aprehendido y tratado con riiior singular. Al destinarlo 
de soldad(» raso á un bntallóu de línea, el gobierno dr- 
(daraba «tener en sus nmnos los comprobantes de la 
conducta injustilicable de don José Luis Bustamaute: 
pudiera entregarlo al destino que se labran los }u-omo- 
tores de ideas subversivas del orden \- unidad de la 
defensa nacional...» ('i Por lo que hace á Oribe, res- 
pondié). como aiiteriormeute. que estaba dispuesto ;i tra- 
tar sobre la liase de hi organización de los ])oderes 
])iiblic(»s por el voto de l((s orientales: pero (jue ro con- 
cluiría arreglo alguno mientras la caiútal del Estado 
estuviese en [)oder de las armas extranjeras. 

Esta tentativa no tuvo inayor consecuencia p(U- en- 
tonces. Los ministros interventores continuaron su 
proti'ctorado de lircho: y Rivera continut'» somt'tido á 
este estado de cosas ipn' era el Tínico dentro el cual po- 
día evolucionar. Ví^rdad es (|ue los interventores sufra- 
^^ahan hasta los gastos de las ex dlncioiK^s estt'riles de 
líivera. Y se salte (pu' pai-a dilapidar dineros. Kivei'a 
no teiiíM líniiir. Apenas se reorganiz('> el gobierno sur- 
gido de la revolución de abril. Rivera pidió los fondos 



('i N<iI;i ilcl .ji'lr (Ir j)<ih<-|;i. ilc lc(;ll!i li! de m;ir/ii .|c ISKi. 



- '.^70 - 

necesarios para salir á caiiiijaña. Coiiio tü ,L;obieriio no 
los tenía, i)ues i'onio li» decía Magariíios en la carta á 
([lie me lie referido, d ministro Vásíjuez hnbía compro- 
metido ya hasta las entradas del año de LS'iS aá socie- 
dad de la ({uc el mismo Vásqut-/ formaba ¡(arte», los 
ministros intervent(n'es dieron nna <^rnesa suma. A fi- 
nes de abril ya necesitaba Rivera más dinero. Kl mi- 
nistro Bejar no lo tenía y recnrri(') natnralmente á 
aquéllos, quienes se negaron á (hirb», sui)oiiiendo ({ue 
Rivera, antes de salir á campana, exigiría otro tanto de 
lo que habían dado. «Lo primero que hice hoy i)ara 
facilitar los tres mil patacones, le escribía Bejar á Ri- 
vera, fué ver á los ministros interventores, de quienes 
nada be podido sacar. Me fué preciso... encargar á 
dos ('> tres personas el (|ue los bus([uen. . . » (') 

Y era necesario que Rivera se moviese, y })routo. La 
causa de Oribe ganaba terreno, pues su autoridad se 
cimentaba en todos los departamentos del Estado; mien- 
tras que la de la intervención no avanzaba más allá de 
algunos puntos del litoral que ocupaba con sus armas; 
ni había (d)tenido ventaja mayor que la de San Antonio del 
Uruguay, donde 400 hombres de la guarnición del Salto, 
al mando de los coroneles Baez y Garibaldi. resistieron 
el <S de febrero el ataque que les llev(') un batalbui 
de infantería y 250 hombres de caballería de la divi- 
sión Gómez, al mando inmediato del coronel Cesáreo 
Domínguez. Tomaíido posición en un caserío, Garibal- 
di puso fuera de combate á más de la mitad del 
batallón de Domínguez; y esto le valió ser pro- 
clamado general. (') 



(M Manuscrito orifíinal cu mi archivo. (Véase el apéudice). 

(2) Véase El Comercio del Plata del 10 de febrero. Véanstí 
las cartas de Oribe y Doininouez en el apéndice (manuscritos oi-i- 
«iiiales en mi ai'chivo). 



•211 — 



Las fuerzas aliadas que desembarearou eu Obligado 
con el designio de internarse^ habían sido arrolladas 
en los meses de diciembre y de enero por las del 
coronel Tliorne, que comandaba la línea de observa- 
ción sobre la costa. FA 2 de febrero de 1840 los alia- 
dos desembarcaron 300 soldados protegidos por la 
artillería de sus buques fondeados en la costa. Thorne 
desplegó contra ellos una fuerte guerrilla, y después 
de un fuerte tiroteo se les fué encima con dos compa- 
ñías de infantería y 50 lanceros, obligándolos á reem- 
barcarse. (') El mismo día enfrentó á Obligado un 
convoy de más de 50 barcos mercantes, armados y car- 
gados por los interventores y por el gobierno y nego- 
ciantes de Montevideo, y para seguir aguas arriba con 
el auxilio de los buques de guerra. 

El general Mansilla colocó convenientemente su ar- 
tillería volante en la costa de San Nicolás, del Rosario, 
San Lorenzo y Tonelero, y se vino á dirigir personal- 
mente la resistencia al pasaje del convoy de los que 
especulaban con la guerra y al favor de los avances 
(le la intervenciíui. El ít dn enero llegaron los barcos 
del convoy á la altura del puerto de Acevedo. Mansi- 
lla eníilt) contra ellos sus cañones. Cuatro buques 
británicos y franceses fondearon á su frente respondién- 
dole con su artillería de grueso calibre. Así protegie- 
ron el pasaje del convoy, el cual se alejó de la costa y 
hacia una isla interpuesta frente á la posici(m de Man- 
silla. En la imposibilidad de hostilizarlo al través de 
las islas (jue sf levantan entre ambas costas á esa altura 
del Paraná, Mansilla fué siguiendo por tierra el convoy 
para verilicarlo donde se pusiese á tiro. 



(') Parle "l(> Thorno :'i Mansilla. Véase La Gacela MercanliL 
«It'l U (le (Vhrcr'o lie 1840. 



— -íT-) 



En los barrancos ck' la costa comprendida entre el 
fonvento de San Lorenzo y la punta del Quebracho, 
Mansilla había colocado ocho cañones ocultos bajo mon- 
tones de maleza, '200 carabineros y 100 infantes. Á medio- 
día del 10 de enero aparecieron el vapor Gorgon, la 
corbeta Expcditive, los bergantines Dolphin. King y dos 
goletas armadas en la Colonia, los cuales Icáreos mon- 
taban ol cañones de grueso caliljre y convoyal)an 
■52 barcos mercantes. Al enfrentar á San Lorenzo, la 
Expeditive y el Gorgon hicieron tres disi)aros á bala y 
metralla sobre la costa para descubrir la fuerza de 
Mansilla, Los soldados argentinos i)ermanecieron ocul- 
tos en su [)uesto. según la orden recibida. Cuando todo 
el convoy se encontraba en la angostura del río que se 
])ronuncia en San Lorenzo arriba. Mansilla mandó rom- 
per el fuego de sus baterías dirigidas por los capitanes 
José Serezo, Santiago Maurice y Alvaro de Alzogaray. 
El ataque fué certero: los buques mercantes rumbeal)an 
desmantelados hacia dos arroyos próximos, aumentando 
€on el choque de los unos con los otros las averías 
que les hacían los cañones de tierra. 

Á las cuatro de la tarde el com1)ate coutinual)a recio 
todavía, y el convoy no compensalta lo andado con sus 
grandes averías. Favorecido por el viento de popa y tras 
los buques que vomitaban sin cesar un fuego mortífero, 
se aproximó al (Quebracho. A(juí reconcentró sus fuer- 
zas Mansilla y batalló hasta la caída de la tarde, cuando 
desmontados sus cañones y neutralizados sus fuegos de 
fusil por el cañón enemigo, el convoy i)udo salvar la 
¡luiita del (,)uebraclio. con grandes averías en los buijues 
de guerra, pérdidas de consideraci(3n en las manufactu- 
ras y 50 hombres fuera de combate. El contraalmirante 
Ingieíield. en su parte oficial al almirantazgo británico 
dice (|ue «los vapores ingleses y franceses sostuvieron 



el fuego i)or más de tres horas y media; y apenas un 
S(Uo biiíjiie del convoy sali(3 sin recibir un balazo». La 
pérdida de los argentinos fué esta vez insignificante, y 
Mansilla pudo decir con projiiedad que liabíale tocado 
el honor de defender el pabellón de su patria en el 
mismo paraje de San Lorenzo que regó con su sangre 
San Martín al conducir la primera carga de sus después 
famosos granaderos á rahailo. ( ^ i 

Como se ve. los aliados no continuaban impunemente 
su cíuuiuista en las aguas interiores argentinas. Verdad 
es que Mansilla. cumpliendo (U'denes terminantes de 
Rozas, recorría incesantemente la extensa costa que 
defendía, haciendo tronar sus pocos cañones allí donde 
aqut'-llos á tiro se jtresentaban. Así fué como los burb'i 
en sus tentativas de desembar(|ue después de Obligado 
y San Lorenzo. El lü de febrero, en seguida de fra- 
casar en una de estas tentativas, los buques de gue- 
rra ingleses Alerhi y Gor¡j(tii, bomltardearoii durante 
tres horas el cani[)o del Tonelero con l)alas á la Paix- 
hans (i'i. La artillería »' infantería de los argentinos 
mandadas i)or el mayor Manuel N'irto les respondi() 
con denuedo, y no consiguieron ni;is (|ue nuitar algunos 
milicianos, incendiar dos armones y destrozar los ranidios 
y árboles que había. i-i Pocos días después renovaron 
las hostilidades sin mayor t'-xito. El 2 de abril lleg(') el 
Vliihinu'l trente m1 (,)uebracli(t. Kl teniente cor(Uiel 



(') Véase este pai-le df! nlinirante Inul(>fielil {\\w trascribit) La 
(incetd MercanliL del sdc ciierít de 1S17 dd Morning Herald (W\ \-¿ 
de, s(>i»ii(!inlii'(' de 1X4C). Parlcdcl ^ciici-al Mansilla y caria del caid- 
Uiu Al/(i<iai-ay i'ii La (iaceta Mercanlil. ihd 9 de ioln-ero de 1S4(). 
El Nacional y Kl Coinervio del Plata de .Moiiic\ ideo, al reCcrirseai 
coinliaic de San Loron/.o. sileiieialian las averías y péi-didas (|ue 
suí'rio el convoy; i)ero es lo cit'i'to (jue nuiclios de los l)arcos nier- 
canles quedaron inñliles. y (|iie el Dolphin y Expedilive no pudieron 
desjMK's (.-ontinnar sus servicios sino á costa de serias relaci-iones. 

('-') l'arle d(;l Uinienle Ansien del Alecto i\\ capit:in Hotliani. 
trascripto en La Gaceta Mercantil: ídem de \irlo á .Mansilla. 

TUMO l\ . IS 



— -274 — 

Thciriie asestóle sus cañones, mas coino el Plúlomel 
huyese aguas abajo, ató tres piezas de á 8 á la eiiiclia 
de sus caballos y corrió por la costa á darle alcance; lo 
que no pudo verificar porque el buque francés iba á 
toda vela y corriente. El día O la misma batería de 
Thorne sostuvo otro combate con el buque de guerra 
inglés Alerto, que pasó por el Quebracho remolcando tres 
goletas. Los ingleses tuvieron algunos muertos, y su 
buque salió bastante descalabrado. 

El 19, después de otro com])ate, Mansilla consiguió 
represar el pailebot Federal tomado por los aliados en 
Obligado. Al dar cuenta al gobierno de este suceso, 
remitiendo la bandera inglesa conquistada, y bajo de 
relación, todo el equipaje de cámara del ex-comandante 
del precitado pailebot don Carlos G. Fegen. Mansilla 
agregaba en su nota: «Los anglofranceses verán la 
diferencia que existe entre el saqueo de los equipajes 
de los valientes de Obligado que hicieron los hombres 
que se llaman civilizadores, y la conducta de los federa- 
les que defienden su patria y respetan bástalos despojos 
de sus enemigos.» El día 21 cúpole todavía á Thorne 
sostener otro combate de dos horas con el buque inglés 
Lizard, al cual acribilló á balazos, volteándole el 
pabellón que ñameaba al tope major y dejándole casi 
inservible para nuevas operaciones. «El enemigo, dice 
el teniente Tylden, que mandaba el Lizard, en su 
parte al capitán Hotham, volteó nuestra pieza del castillo 
de proa; y su terrible fuego de metralla y fusilería, 
cribando al buque de proa á popa, me obligó á ordenar 
á oficiales y tripulación que bajasen. . . El Lizardieci- 
bió treinta y cinco balas de cañón y metralla. La lista 
délos muertos y heridos va al margen ... » (*) 



(^) Este parte se publicó en el Morning Herald úe Londres del 
12 de septiembre de 1846. Véase los partes de Mansilla, Thorne y 



Simultáiieaiiieiite con estos coiabates en la costa 
norte, los barcos bloqueadores de la costa sur forzaron 
el puerto de la Ensenada en la madrugada del 21 de 
abril y organizaron una columna de desembarco, "■ la 
cual fué rechazada por las baterías de esa costa al 
mando del general Prudencio de Rozas. Entonces los 
aliados penetraron en la bahía á sangre y fuego;^ se 
ai)Ocl eraron de lo mejor que encontraron á bordo de los 
buques neutrales allí surtos, é incendiaron varios de 
estos buques con la carga que contenían. Cuatro días 
después un guardiamarina inglés encargado de practicar 
un reconocimiento. penetr(3 en el puerto cercano de la 
Atalaya en un bote con un cañón chico á proa y 15 
hombres armados, y sostuvo un tiroteo con la partida 
que guarnecía el punto. Como varase al querer reti- 
rarse, levantó bandera de parlameto y fué recibido en 
tierra por el jefe argentino quien mandó un bote con 
ocho hombres á traer la tripulación inglesa. Ésta hizo 
fuego que le fué contestado, y en la confusión quedó 
muerto el oficial. (') 

En presencia del incendio y violencias (pie ])erpetra- 
rdii los aliados en la Ensenada, el gobierno de Rozas 
expidi(') un decreto de represalias, en el que «constitu- 
yéndose en ei deber de poner á salvo esta sociedad, no 



Sania Coloma. relativos á esíüs cuatro combates, en La Gaceta Mer- 
canLil del 14 de mayo de 184G. Véase también las cartas de los ma- 
rinos in^Mcsesy Cranceses, tomadas con la correspondencia del paile- 
Iiot Fedei-al,\ en las que éstos sienten la necesidad de aumentar sus 
Cuerzas marítimas contra la Conl'ederíición, y descubrían todos los 
descalabros y pérdidas ([ue sufrió en San Lorenzo la expedición 
mercantil de los aliados. 

(') Véase La Gaceta Mercantil del :i de mayo de IS4G. La 
muerte del guardiamarina Wardlaw dio tema á El Comercio del 
Plata para un i'omanee heroico, en el que los soldados arficntinos 
aparecían como asesinando á ese oficial poco menos (jiic ;'i man- 
salva. 



27() — 

menos que las propiedades iieuitrales y argentinas de 
talíís incendios y depredaciones ¡)roscriptas por la civi- 
lizacitHi; y sin perjuicio de adoptar })ara lo futuro otras 
medidas en caso de tjue se repitan iguales escandalosas 
agresiones por las fuerzas navales de Inglaterra y Fran- 
cia», establecía c¡ue los comandantes, oficiales ó indivi- 
duos de las tripulaciones de los buques (') embarcaciones 
de guerra de dicbas dos potencias, que fueran a[»re- 
hendidos en cualesquiera de los puertos y ríos de la 
Provincia, bien para sacar violentamente los buques 
nacionales ó extranjeros, bien para incendiarlos (') sa- 
quearlos, serían castigados como incendiarios con la 
})ena prescripta para éstos en las leyes generales. (') 

La intervención bélica no resolvía, pues, la situación 
en favor de los aliados, por mucho que la Gran Bretaña y 
la Francia confiasen en sus poderosos elementos milita- 
res, en los recursos de su diplomacia y en la]iropagan- 
da y los esfuerzos de los emigrados unitarios y el 
gobierno de Montevideo. El gobierno argentino perma- 
necía íirme defendiendo el suelo y bjs derechos de la 
Confederación; y la intervención ya no tenía medida de 
rigor ({ue emplear contra él i)ara reducirlo. No queda- 
ba más que duplicar ó triplicar las fuerzas navales de 
ambas potencias, y bombardear y ocupar Buenos Aires. 
Esto último había sido materia de consulta á Londres 
y París; y si los almirantes i^ainé é Ingleíield no lo 
habían llevado á cabo, era porque no se resignaban 
á presentar en seguida la ])rueba de una impotencia muy 
parecida á la derrota, cuando en su orgullo inconmen- 
surable lio cabía la magnitud de sus hazañas en Malta, 
en Acre, en Mojador, en San Juan de Ulloa. Ya no se 
engañaban acerca de esto; y la misma opinión se ha- 

(-') DeereU) de lo do inayo de IH4C>. 



bía generalizado entre los oliciales ingleses y franceses, 
á tal punto que varios de éstos no ocultaban sus temo- 
res de que sufriese un desastre la expedición niprcantil 
({ue debía bajar el Paraná [trotegida por las escuadras 
de las potencias interventoras. «Rozas está levantando 
baterías á lo largo de las barrancas entre nosotros y 
Obligado, escribía el teniente Robins, de la fragata Fi- 
rebrand surta en la bajada de Santa Fe: si no liay 
una poderosa diversi(')ii aliajo con fuerzas de tierra para 
sacar los hombres de la barranca, ellos echarán á pique 
algunos de los buques del convoy, y probablemente harán 
gran daño á los de guerra. Nos hemos internado muy 
[ironto río arriba. Hemos tomado una posiciihi ([ue no 
podemos sostener sin muchas posiciones fortilicadas. 
Si la provincia de Buenos Aires es atacada, el ataque 
debe ser hecho en Obligado.- El país es abierto y 
propio para reorganizar tropas...» «El San Martín, es 
cribía el teniente Marelly, surto en la bajada de Santa 
F(! á la espera del convoy que debía salir de Corrien- 
tes, después de esta campaña no podrá hacer mayores 
servicios sin muy costosas reparaciones. Nosotros 
nos jireocupamos mucbo de las baterías (|ue Rozas le- 
vanta contra nosotros en San Lorenzo...» ('i 

La exactitud de estas observaciones se reveló muy 
luego. Los buques que habían ])asado i^ara Corrientes 
cargáronse juntamente con otros, por cuenta, de comer- 
ciantes de allí y de Montevideo y aun del gobiei-iu) de 
esta plaza y de los ministros interventores, y se dieron 
;i la vela para bajar el Paraná, protegidos por his es- 
cnadras coiiiiiinadas. El !) de mayo fondearon en una 
ensenada eonio ;'i dos leguas de las |)osiciones ((iie toUK't 



(') ("()i-i-('sj»oii<lt'iicia lomada ií los aliados juntanicntc con el pai- 
l<'l)ol Federal. Nt'asc La (iaceta Mercantil d(d 2 d(' inavo de lH4(t. 



— 'JTS — 

Mausilla en el (,)u el) radio. El 28. Mausilla se corrió 
por la costa con dos obuses, y les asestó algunas balas 
obligándolos á retirarse aguas arriba, eu medio de la 
confusión consiguiente á esa operaci<'>ii cuyo objeto prin- 
cipal era templar los bríos de los soldados noveles que 
la ejecutaron. El 4 de junio, favorecido por el viento 
norte, enfrentó la posición del Quebraclio todo el con- 
voy de los aliados, compuesto de 95 barcos mercantes 
y de 12 de guerra, á saber: vapores Firebrand, Gorgon, 
Alecto, Lizard, Haiyy. Gazendi y Fiilton; bergantines- 
goletas Dolphiii y Prorida; bergantines San Martín y 
Fanny y corbeta Coqiiette, los cuales montaban 85 ca- 
ñones de calibre 24 hasta 80. con más una batería de 
tres cohetines á la congréve que habían colocado la no- 
che anterior en un islote hacia la izquierda de aquella 
posición. 

La línea de Mausilla se apoyaba en 17 cañones, 60ü 
soldados de infantería y 150 carabineros, así colocados: 
á la derecha una hatería y piquetes del batallón de San 
Nicolás y [)atricios de Buenos Aires al mando del ma- 
yor Virto: en el centro dos baterías y dos compañías de 
infantería al mando de Thorne; á la izquierda otra bate- 
ría y el resto del regimiento Santa Coloma, al mando 
de este jefe; en la reserva 200 infantes, dos escuadro- 
nes de lanceros de Santa Fe y la escolta del general. 
En tales circunstancias, Mausilla les recordó á sus sol- 
dados el deber de defender los derechos de la patria, ya 
cumplido en Obligado, Acevedo y San Lorenzo. Y to- 
mando la bandera nacional y al grito de «¡viva la soberana 
independencia argentina!» mandó que por sus cañones 
tronase la voz de la patria, cuando ya las escuadras 
aliadas habían enfdado contra él su poderosa artillería 
para que por retaguardia pasasen los barcos del convoy. 
El fueíío sostenido de los arü'entinos hizo vacilar á los 



— -27!» — 

aliados y llevó el estrago á los barcos iiiercantes. algu- 
nos de los euales vararon por ponerse á salvo. ('• se des- 
l)edazaron al chocar entre sí en las angostnras del río 
por huir pronto. Á la 1 [). ni., después de dos horas de 
combate, el convoy no podía todavía salvar los fuegos 
de las baterías de Thorne. 

El Firebrand, Gazendi, Goryoii. Harpij y Alecto retro- 
cedieron para cubrir la línea de barcos más comprome- 
tidos. Pero viendo, después de una hora más de encar- 
nizado combate, que ello era iníructuoso y que todos 
corrían gran riesgo, incendiaron allí los que pudieron y 
bajaron el río [)recii)itadamente con los restantes. Este 
combate fué una derrota de trascendenciapara los aliados; 
pues no sé)lo sufrieron pérdidas más considerables que 
en Obligado, sin inferirlas de su parte á los argentinos, 
sino que se convencierou de (jue no [)i)dían navegar 
impunemente por la i'uerza las aguas interiores de la 
Confederación. Contaron cerca de 60 hombres fuera de 
combate y perdieron una barca, tres goletas y un paile- 
bot cargados con mercaderías valor de cien mil duros, 
una parte de los cuales salv(') Mansilla consiguiendo 
apagar el fuego del ])ailebot. De los argentinos sólo ca- 
yeron Thorne, (') herido en la espalda por un casco de 
metralla, y algunos soldados. «El fuego fué sostenido 
con qran detei-iniíiaciéni. dice el teniente Proctor en su 



(') Ksic baialliidoi- aljiíef^ado (¡uc prodigó su saiijií-e en las lides 
]i(H' la ind('i)('iid('iicia, \)0V la integridad y por la liherlad de la 
Kepúlilica Argentina, nació en Nueva York el 8 de marzo de 1S07, 
de doña Margarita Hreger y de don Knrique Thorne, ingeniero naval 
(|ue lialiia servido como cai)i1;in de fragata en la gueri-a ilf la 
independencia de los Estados luidos. 

Su ))adre 1í) co1oc() en una escuela de niai-ineria. y i)or sus ajiii- 
tudes \o touM» de allí el comftdoro riielter Irayéndolo en viajo de 
inslrucción al rio d(! la l'laia allá por el año de IMIS. Con esüí 
Jelc regres() ¡i Estados Luidos. i)asó en seguida ;i Fi"iiicia. si^nii<) 
jior el Pacifico, bajo al Brasil, liasla que declarada la guerra enirȒ 
rslc Imperio y la< l'roN ini-ia< I niilas ilel no de la i'laia. TlHU-ne 



— -M) — 

parte al cajiitán Hotliam: íuíiiios i)ersegii¡(l(>s por artille- 
ría volaiitt! y por considerable ni'imero i\i' tropas que 
cubrían las márgenes haciéndojios un vivo fuego de 
fusilería. El Harpy está bastante destruido: tiene niuclios 
balazos en el casco, cbinieneas y cofas.» El mismo ca})i- 



entró ú .servir á éstas como «.niardiamarina ó iiilf)iiii en Im l)apca 
Congreso del iiiando del capitán Harris. 

Sus conocimientos, su valor y sus condiciones singulares como 
hombre de guerra, le valieron pronto un ascenso, y á principios 
(le 1826 entrt) en la Chacabiico en clase de teniente. Kn este barco 
concurrió (18:27) á la toma de la escuadrilla brasilera, (|ue se liabía 
internado en el rio Negro del Carmen de Patagones. Thorne fué 
el primero (|ue saltó á bordo de la corbeta brasilera Itaparica, 
luzo arriar la bandera imperial y (Miarbolar la argentina, lo cual 
s( verificó en los demás barcos enemigos. 

En diciembre del mismo año y comandando el bergantín goleta 
Patagones que sólo montaba dos cañones de á 12 y una coliza 
giratoria de ;i 18, Thorne se lanzó temerario contra el bergantín 
brasilero Pedro el Real de 10 cañones. En tan desigual combate 
Thorne reciltió dos heridas graves y l'ué conducido prisionero á 
los calabozos de la fortaleza de Santa Cruz, de donde regresó á 
Buenos Aires cuando se Iñzo la paz con el Imperio. 

Capitán en el año de 1830 y ;i l)or(lo del Balcarce. comandante en 
18.32 de la goleta Martín García, hizo afines de este año la campaña 
del L'ruguay á bordo del bergantni liepuhlicayio. 

Siemlo sargento mayor hizo la campaña ¡i los desiertos del sui-, 
y tocóle remontar por la primera vez el río Colorado en la Ibrma 
que se ha visto en el tomo n. 

Desde entonces, puede decirse que su vida fué un continuo ba- 
tallar, siempre al lado del cañón ((ue era su arma iavorita y con 
el cual parecía hubiese liecho el pacto de la recíproca fortaleza, como 
lo he apuntado al referirme al combate de Obligado, .lefe de la arti- 
llería federal en casi todas las l)atallas de la guerra civil argentina, 
mereció ser encomiado por generales como Paz. quien no pudo me- 
nos (|ue notar los estragos que Thorne hizo en sus filas. Á Sauce 
tirande donde fue ascendido á coronel de artillería, ("agaucha y Caa- 
guazú, siguiéronse para el intrépido Thorne. ^lartin (iarcía, Acevcdo, 
Tonelero. San Lorenzo y el (Quebracho; y en todas estas batallas su 
figura se destac() por los alientos poderosos con que imprimió 
heroísmo ;i la acción de los combatientes, y por los nobles entu- 
siasmos con que ofrecía su vida ;i la liandera azul y blanca de los 
argentinos. 

En su clase de coronel conian(b) la bai-ca Julio en 1^52; y en el 
año siguiente comandó en jefe la artillería del ejército con que el 
general Lagos asedió la ciudad de Huenos Aires. 

Producidos los hechos que determinaron la separaci()n de esta 
provincia de las demás argentinas, el coronel Thorne no quiso tomar 
armas en la lucha civil que se subsiguió. 
Pobre, ciiljierto de cicatrices y de gloria, empezó ¡i ganarse el sus- 



— !281 — 

tan Hotham eu su parte al aliiiiraiite Ingleíield datado 
á oü de mayo de á bordo del Gorgon, aconipañaiido la 
lista de muertos y heridos ingleses y franceses en 
el (^)Liel)racli(i. decdara que «los buques han sufrido 
mueho». (*) 

El convoy de los aliados era esperado con vivísimo 
interés por los negociantes de ^lontevideo. quienes se 
prometían }iingües ganancias dada la escasez que se 
sentía en esa plaza de muchos de los productos de Co- 
rrientes y del Paraguay. Las pérdidas y averías sufri- 
das en el Quebracho aumentaron visiblemente el descon- 
tento de los })rincipales comerciantes en cuyas manos 
estaba hasta cierto punto la suerte del gídñerno de 
Montevideo, y quienes, como accionistas de la compañía 



íeuto cun su trabajo ; (|ue parece Tiiese esta la iiltinia prueba á 
(|ue son sometidos los que en los mejores años de su vida no se 
dieron tiempo á pensar en si mismos, porque vivieron del pensa- 
miento en la patria á la cual vincularon su nombre. 

La patria, ó mas propiam(;nte, los gobiernos que se siguieron, 
pagamlo tributo ;l los rencores tradicionales que tantas fuerzas 
malgastan v tantas injusticias per])etiian, fueron ingratos con el 
ACKírano inválido y casi indigente. Hasta su grado, conquistado en 
nn campo de batalla, le desconocieron: y Uw necesario ((ue al corirr 
del tiemix) se sustituyeran á unos otros hombres para qu(í le con- 
cedieran la mísera asignaci()n corrtíspondiente á teniente coronel de 
inválidos. 

TlioriH' nunca se (|Ue,jo. Su cora/iui de oro solía conmoverse 
cuando, poi' motivos niilitai'cs o poi informes ([ue de él solicitaban. 
traía al recuerdo algunos lieclios de armas qtu^ como Oblif/aflo. 
Sun Lorenzo y Quehracho b.» llenaban de nobilísimo orgullo. Knton- 
ces, ya anciano, asomaban dos lágrimas á sus ojos. I-'.rau bigrinuis 
de un héroe empujadas i)or la sencillez de un niño. 

La muerte le sol^revino el 1*^ de ag(jsto de 18S5. .Murió como un 
justo, (|ue sus hijos le cerrar(.»n piadosos los ojos, y tuvo amigos 
que lloraron sol)re su tumba. Kn recompensa á sus méritos, el 
gobierno argentino dio (d ní)mbi'ede Tliorne á una de las torpedei'as 
de la armada nacional. 

(') Isstos partes los trascribi() La Gaceta Mercantil del S de 
enero de 1X47 d(d Mor?i¿ni/ Herald (.W I>ondi'es de 12 de septiembre 
dr l.S4f>. l'ai'te oficial de .Mansilla en La Gaceta Mercantil del 12 
de junio de 1x4(1. Véase El Comercio del Plata del i? y 4 de junio 
d<' i84() y h) (|ueal respecto dic(í Hustamante (equivocando el con\- 
batede San Lorenzo conel del Quebi-acho) <'n su libro sobi'c bis Parra- 
res de la Intervención, pág. 114. 



— -js-j — 

compradora de los dereclios de aduana Itajo la garaiitía 
de los ministros Ouseley y Deffaudis. habían ya protes- 
tado del imevo contrato hecho por el ministro Vásqnez 
hasta el año de 1848. (') Á lin de cubrir en lo posible 
esas pérdidas impusieron una tuerte suba en los precios; 
y el gobierno les ofreciíj prontas ganancias que facilita- 
ría Rivera como se va á ver. 

Rivera se había puesto en campaña y sus jirimeras 
operaciones habían sido tan felices como rápidas. Con 
poco más de 400 hombres entre los que se contaban 
buenos ohciales como el coronel Mundelle, el cual le 
fué recomendado por el ministro Ouseley (*) y auxilia- 
do por una ílotilla angiofrancesa al mando de Garibaldi, 
Rivera se plantó en la Colonia, pasó al Carmelo y lo 
fortilicó después de batir fuerzas del comandante Caba- 
llero. Sobre la marcha entr('» en las Vívoras á sangre 
y fuego, apoderándose de todo cuanto encontró. Á pe- 
sar de las disposiciones del coronel Montoro ('^j, se 
dirigií) á Mercedes, se apoderó de esta ciudad el 14 de 
junio y derrotó á Montoro tomándole 400 prisioneros, 
2.00U caballos y mucho armamento. 

Estas operaciones fueron acompañadas de depreda- 
ciones (*), en las cuales estaban interesados los comer- 
ciantes de Montevideo y principalmente los ministros 
interventores de Gran Bretaña y Francia, quienes en- 
traban en los negocios de cueros, ganado y frutos del 
país, que Rivera les enviaba, y daban en cambio recur- 



( 1 ) Esta protosta se insertó en El Nacional de .Montevideo de 
17 de enero tie 1840. 

(-) Manuscrito original en mi archivo. (Véase el apéndice.)- 

( •' ) Conuinicación de Montoro acaballero. Manuscrito original 
en mi arcliivo. (Véase el apéndice. Véase también Z« í?rtce¿« il/er- 
cantil del 17 de junio de !846.) 

('*) V'éase en el apéndice la carta del ministro (español Creus al 
general Rivera. Manuscrito original en mi archivo. 



— -28;^. — 

bíos y dineros para proseguir una guerra devastadora. 
Es necesario verlo así escrito [)or los mismos hombres 
del gobierno de Montevideo para que no quede duda del 
r(jl que desempeñaba en su impotencia la intervenciiui 
anglofrancesa en el Plata. En ó de junio de 1S4G le 
escribía el ministro Magariños á Pavera: «...he ha- 
blado con los ministros (interventores) sobre el arma- 
mento que se harán cargo de pagarlo, tomando para su 
reembolso ganado del que usted tiene y les servirá á 
las estaciones marítimas. Taniltién nos darán estos 
días 20 quintales de p(31vora. y ya pusieron en batería 
dos de los cañones tomados en Obligado: los otros fue- 
ron á Londres como trofeos.» (') «Sale don Agustín 
Almeida, le escribe el mismo Magariños á Rivera en 24 
de junio. })ara que asociado con la persona que usted 
elija en esa. se hagan cargo de conducir lo que quiera 
mandar á esta de lo tomado al enemigo, y según los 
contratos que fuese conveniente hacer, porque eso ha 
l)arecido más arreglado y expeditivo para ir en armo- 
nía. . .» (-) 

El medio de ({ue los interesados vayan en armonía 
lo da el ministro de hacienda Bejar. escribiéndole á lii- 
vera en esa misma fecha: «Anteriormente he dicho ;i 
usted que la coni¡)ra del armamento estaba arreglado 
con los ministros interventores, los cuales me habían 
dicho (d modo de arreglar ese negocio... L'ltinuimente 
han dicho que tomarán ganado para cobrarse su impor- 
te... F^ara el mejor desem])eño en la remisión de cue- 
ros, ganado y demás frutos lomados (M1 el territorio (pie 
ocupaba el enemigo, el goluerno lia nombrado un comi- 
siíUiado. ([lie lo es (bui Agustín Almeida. ([iiieii ])roce- 



(') .Manuscrito (iriiiiii;il (MI mi ai'diivo. (Véase ol apéndice.) 
(^) .Maimscriln ()rÍL:iiial en mi ai'clii\ n. (\'('asc el apéndice.) 



— -isi — 

deni eii unión de otro que usted uunibre. De este modo 
nos ha parecido que será más conven ient(,'. y que más 
}>!-()nti) vendrán á disp(»sici(')ii del ^^obierno esos recur- 
sos.» {^) Ratiíicándole las seguridades de Bejar. le es- 
cribe todavía Magariños á Rivera en .1 de julio: «Ayer 
se acordó avisar á usted que para culirir id contrato 
de armamento, se debe entregar su valor en cueros y 
ganado á orden de los ministros y almirantes.» (-) Con 
fecha 11 de julio el ministro Bejar le acusa recibo á 
Rivera de una remesa de cueros, pero le encarece nue- 
vas remesas, «porque usted sabe bien nuestro estado y 
la necesidad de evitar inconvenientes que pueden pre- 
sentarse en este asunto». 

Es claro que esto iiltimo se refería á las exigencias 
de los ministros interventores, como (jue las remesas 
de cueros y frutos no debían de ser muy abundantes. 
Ks que aunque Rivera hiciese enormes acopios, todo era 
poco para entretener su sistema de dilapidaciones. Ase- 
diado por los que iban al olor de sus larguezas; explo- 
tado por los que medraban al favor del desbarajuste que lo 
caracterizaba, siem^ire estaba urgido de dinero, que nada 
reservaba para sí. Á íines de agosto ya le pedía más 
dinero al ministro de hacienda y éste al remitírselo no 
l)odía menos que pedirle el informe sobrn cueros 
«con los documentos que jjuedan ilustrar el particu- 
lar». (^) Así entretenían la intervención y la guerra los 
ministros interventores de Gran Bretaña y Francia, cuan- 
do el repentino arribo del comisionado británico Mr. 
Thomas S. Hood comenzó ;i imprimirle nuevo giro á la 
cuesti(')n dtd río de la Plata. 



(') Manuscrito original en mi areliivo. (Véase el apéndice.) 
(-) .Manuscrito original en mi archivo. (Véase el apéndice.) 
(') Manuscrito original en mi archivo. (Véase el apéndice.) 



CAPITULO LIV 

r,A MISIÓN" IIOOI) Y LA (iUEHUA 
( 184(; ) 

SvMAKiO : I. Mi)tiv(is ([Uc; incliiiau ;í la Gran Bretaña á nii acoinoilainifiiti) con l;i 
Ciiiifi^deracinn Arjíi'ntiiia. — 11. Interpolación de lord Palnierston s(dire ol 
cístado de rclacidnes con id Plata. — III. Sir Kobort Peel elnde la discu- 
sión. — IV. Lord .Ilion Kussoll la coloca en los verdaderos términos. — 
V. Ostensible adhesión de la Francia á la jiolitica de paz: la misión Hood. 

— VI. ]5asos de iiaciticacióii ipie il nombre de In^lateri'a y Francia propone- 
p1 comisionado Hood al ;íobierno arjíeiitino. — VII. El ííobierno de Montc-- 
video ]iide explicación ;i los interventores acerca de esta, misión; declara- 
ciones que anticipa de acuerdo con éstos. — VIII. Diplomacia guerrera itc 
los interventores. — IX. El ministro MaLjariños le trasmite á Rivera la 
niira de los interventores. — X. La negociación Hood-.\rana: Rozas ordena, 
suspender las liosliliilades contra los aliados. — XI. Consentido qm; el 
bloqueo será levantado, el gobierno argentino acepta las bases de pacifi- 
cación: ÍMr. Hood da por terminado el arreglo con el gobierno argentino. 

— XII. Trabas ([ue ponen los interventores JJ'H''' ci"'' '^'I cmnisionado se 
coniuni([ue con Oribe. — XIII. El gobierno do Oribe aci'i)ta las bases bajo 
el mismo concepto qm: i'l argentino: el comisionado entrega ambas acep- 
taciones á los interventores para qiic terminen la paciticación. — XIV. 
Medios que emplean éstos para frustrarla. — XV. líl gobierno de Montevi- 
deo hace publicar las bastas antes de aceptarlas: ri>ticoncias con (|ue 
acepta unas y rechaza otras. — XVI. Insistencia calculada con que se 
atribuye facultades de gobierno de la República Oriental: lieclios notorios 
que lo colocan cuando menos ;i la i)ar del que ejm'ce Oribe. — XVII. 

• Forma en qui' los interventores admiten la aceptación de ambos gobi.'r- 
nos. — XVIII. Los interventores se niegan íí proceder á la paciticación 
porque el gobierno argentino ha modilicailo la base relativa al bloqucD: 
el comisionado Hood invoca el texto de las instrucciones que admite esta 
modilicación. — XIX. El barón Detfaudis insisto en referirlo á su sobera- 
no: el verdadero motivo de la resistencia del barón Deffaudis. — XX. El 
(•omisionado Hood pide al gobierno argentino qui' vuelva sobre lo pac- 
tado. — XXI. Motivos qtu' é.ste da para preferir que la cuestión se rctiiTe 
¡i los gabinetes di' Paris y Londres. — XXII. líxplicación que pido el 
mismo sobi'o la permanencia de las escuadras aliadas en el Paraná. — 
XXIII. El comisionado Hood si' ilirige nuovamonti:' á los interventores: 
¿stos le declaran ([Ue i'ú ha terminado su misión y lo embarcan precipi- 
tadamente.— XXI V . Triunl'o moral do los ministros Ouseley y Deffaudis: 
actitud di? Rivera durante la pacilicaiáón . — XXV. ("ómo el "gobierno de 
Montevideo ajiroveclia ese triunfo ]iara frustrar la pacilicación. — XXVI. 
Cómo si.' reíleja esta política de guerra en la prensado los emigrados ar- 
gentinos. — XXVIl. Fuerzas de la Confederación ]):ira resistirlas agresio- 
nes de los aliados. — XXVIII. Decisivos esfuerzos de los interventores 
l)ara que Rivera obtenga ciertas ventajas: puntos que éste ocupa. — 
XXIX. El gobierno de Montevideo intenta nuevamente de Unjuiza que se 
subleve segregando Entri; Rios y Corrientes: llrquiza remite a Rozas los 
antecedentes. — XXX. Los buíjues aliados bombardean Paysandtí: Rivera 
entra asaco en la jilaza — XXXI. Operaciones del general Ignacio Oribe: 
(iómez retoma ol Salto: la vanguardia do aquél retoma Mercedes. — 
XXXII. Derrota de Rivera en Sierra de las Ánimas: (iómez retoma Pay- 
sandii: Moreno es rechazado en la Colonia. — XXXIII. Derrota do los 
francoriveristas en Soriano: botin que éstos hacen: decreto consiguiente 
di; Oribe. — XXXIV. Itivora desalojado déla isla del Vizcaíno, se encierra 
en íMaldonado: lillimas ojieraciones do los aliados en territorio oriental. — 
.\XXV. Es|iectativa á principios del año de IStT. 

Las mauirostacioiies iiH^qnívocas del alto comen'io, 
dti la jirt'iisa y del iiarlaiiiciito de la (iraii Bretaña, 
contra la jiolítica del ^^abiiiete Aberdceii. de intervenir 



ú mano armada en el vio (le la Plata ¡¡ara proteger in- 
tereses comerciales, qne nunca estaban más amenaza- 
dos que bajo el estado de guerra creado por esa misma 
intervención; el hecho palpable y evidente de que el 
gobierno argentino se mantenía más fuerte que antes 
en la defensa de los derechos de la Confederación, des- 
pués de haber la Gran Bretaña agotado las medidas de 
rigor, bombardeando, ocupando el territorio, estableciendo 
bloqueos y librando combates en los que su formidable 
escuadra sac(3 á la larga la peor parte; la consideración 
lógica, por otra parte, de que para reducir al gobierno 
del general Rozas, y realizar sus miras ulteriores en 
el rio de la Plata, menester le sería cuadruplicar sus fuer- 
zas navales, (^ invertir verdaderos tesoros en mantener, 
y mantener precariamente, las conquistas que alcanzase, 
caso que las alcanzase; la esperanza, en íin, de obtener 
por medios conciliatorios ventajas que podían ser pre- 
cursoras de otras mayores en lo futuro, y que venía 
estimulando con habilidad y tesón la diplomacia de 
Sarratea y Moreno ayudados por los señores Page y 
Mandeville; todas estas circunstancias, netamente defi- 
nidas, inclinaron decididamente el espíritu práctico de 
los hombres de estado británicos hacia un acomodamien- 
to con la Confederación Argentina, fuere éste en unión 
ó separadamente de la Francia. 

«Todos sabemos, dijo el vizconde Palmerstoii en la 
Cámara de los Lores, interpelando al gobierno, que el co- 
mercio inglés ha sufrido considerablemente con motivo 
de las medidas adoptadas por el gol)ierno inglés para poner 
término á la guerra entre Buenos Aires y Montevideo. 
El lenguaje del gobierno cuando se le ha interrogado 
sobre estos negocios ha sido de paz; pero los actos de 
nuestras autoridades en aquellos puntos han sido cier- 
tamente actos de guerra. En primer lugar un bloqueo; 



— :?87 — 

en segundo lugar desembarcaron fuerzas inglesas en 
territorio argentino, y asaltaron baterías; hubo después 
captura de buques de guerra argentinos, y un aviso para 
la venta de esos buques como tomados en una guerra. 
Quiero saber, pues, si estamos actualmente en guerra 
(3 no estamos con Buenos Aires. Si estamos en guerra 
con Buenos Aires, este hecho no se ha comunicado. Si 
estamos en paz con Buenos Aires, ¿cómo puede conci- 
llarse esas medidas de guerra? ¿las ha aprobado Su Ma- 
jestad?» 

Sir Piobert Peel eludió la discusión sobre el esta- 
do de las relaciones con la Confederación Argentina, 
y se limitó á declarar con ingenuidad imponderable á 
nombre del gabinete, que no había guerra con Buenos 
Aires; que los buques argentinos apresados se vendieron 
porque no había guarniciones para cuidarlos; que las 
operaciones de carácter hostil en las aguas del Plata y 
del Paraná no habían sido previstas, y que por consi- 
guiente no habían podido ser autorizadas, ni aprobadas; 
y que por lo demás «esperaba que lord Palmerston no 
provocara una discusión que en la actualidad mucho 
lastimaría». Si realmente ignoraba todo lo que había 
en el fondo de este intrincado y tenebroso negocio de 
la intervención, lord Palmerston debió quedar más 
intrigado después de las declaraciones de Sir Robert 
Peel que quería encubrir el fracaso de sus planes recolo- 
nizadores en el río de la Plata, desmintiendo el texto 
de las instrucciones dadas á los interventores, las cuales 
autorizaban el empleo de medios coercitivos; y arrojando 
sobre estos últimos la responsabilidad de todos los actos 
de guerra y aun de barbarie que habían llevado á caito 
en aguas y en territorios argentinos. 

Lord John Russell lo contuvo oponiendo la sátira á 
la audacia, y diciendo que después de lo manifestado 



— L^88 — 

por c\ hoiiürable Baronet, veía (jue ni lord Palnierstou 
ni él comprendían bien las instrucciones dadas por lord 
Aberdeen á Mr. Ouseley. «La venta de barcos de ,yuerra 
apresados, continuó, es una medida de guerra (pie no 
puede verilicarse sin una orden en consejo, ú otra i)ro- 
videncia que autorice al almirante á proceder así. Lord 
Aberdeen ordenó en sus instrucciones que desembar- 
casen fuerzas siUo para ocupar cierta isla, ('> })ara la 
seguridad de las fuerzas combinadas y buen éxito de 
la expedici(')n. La latitud que se di(') es grande; y con- 
viene (|ue la cámara sepa á qm; res})ecto eran necesarias 
las operaciones militares.» Sir Robert Peel, corrido 
y estrecliado por esos dos grandes parlamentarios. a[)('i(') 
en último recurso al tono beroico, enalteciemto la bra- 
vura de los soldados ingleses en las aguas del Plata 
<(cua¿(jii¿era que sea por oirá parte ü( poli tic a de las ins- 
trucciones delgobicrno)^; y concluyi') prometiendo que se 
restablecería la paz y ([ue así que fuera posible pre- 
sentaría á la cámara informes al respecto. (') 

Á pesar de los esfuerzos de la o[)osición que encabe- 
zaba Mr. Thiers, el gabinete de Francia siguió ostensi- 
blemente al de la Gran Bretaña en las vías de arregbj en 
la cuestión del Plata; y ;i tal objeto enviaron ante el 
gobierno argentino y en el carácter de agente confidencial, 
á Mr. Thomas Samuel Hood. Este llegó á Buenos Aires 
el lo de julio de LS4() t' inmediatamente le entregV) al 
ministro Arana una comunicación en la que lord Aber- 
deen manifestaba que Mr. Hood á nombre de los go- 
biernos de Gran Bretaña y Francia trasmitiría ciertas 
proposiciones fundadas en las que el gobierno argentino 
presentó á su vez en octubre de 1845; y que se lisonjea- 



(') Sesión del 23 (le marzo de 1846, de la cámara de los lores, 
inserta en The Mor7iing Chronicle del 24 de marzo. 



— '2>i'A — 

l)a de que- este iiltiuio «reeoiiocería en este paso la más 
Inerte evidencia de la ansiedad de los gobiernos l)rit;i- 
nico Y francés por cultivar amistosa relación con el de 
la Confederación». 

Tres días después. Mr. Hood le i)resentó efectivamente 
al ministro Arana esas proposiciones que rezaban así: 
r\ El general Rozas cooijeraría con las potencias inter- 
ventoras á obtener una inmediata suspensión de hosti- 
lidades entre las fuerzas de la plaza de Montevideo y 
las sitiadoras; 2='. Desarme de las legiones extranjeras 
de Montevideo, y simultáneo retiro del territorio orien- 
tal de las fuerzas auxiliares argentinas; 4-'. Subsiguiente 
levantamiento del bb)queo de Buenos Aires. evacuaci('in 
de la isla de Martín (iarcía, devolución de los buques 
de guerra argentinos apresados, y saludo de 21 cañona- 
zos íí este pabellón; ^y\ Admisión de ser navegaci('in 
interior la del río Paraná y sujeta á reglamentos argen- 
tinos; (»■■'. Dcclaraciéin de (juc los [)rinc¡[)ios bajo los 
cuales bai)ían obrado las potencias interventoras, inte- 
rrumpiendo los derechos beligerantes de la Confederación 
Argentina, habrían sido ajjlicables á la Francia ó la Gran 
Bretaña en ÍL;uales circunstancias; 7''. Nueva elección 
del presidente del Estado Oriental con arreglo á su 
(/onstitución, bajo la previa declaración del general Ori- 
be de que éste aceptara el resultado de ella; 8". Am- 
nistía general \- completa y olvido de lo ¡tasado, sin que 
ella impidiese ((ue aíjiu'llos emigrados de Buenos Aires 
cuya residencia en Mímtevideo pudiese dar justa causa 
de queja al gobierno argentino y comju'ometer la buena 
inteligencia, entre las dos repi'ibjicas. fuesen removidos 
segiin su elecei('>n al más |ir('i\iino puerto extranjero: 
'.!■'. I'na vtz convenidos cuestas cláusulas los generales 
Bozas y (Jiibe. si el gobierno de Montevideo rebiisase 
<lesarmar y despedir las fuerzas extranjeras de guarní- 



— 29(» — 

(,'i(Hi eii esa plaza, «los pleniputeiiciarios declararáii que 
han recibido órdenes para cesar toda ulterior interven- 
ción, y se retirarán, obteniendo previamente del general 
Oribe la promesa oíicial de una amnistía plena y garan- 
tías para los extranjeros que habitan la ciudad ó la 
campaña sobre toda futura consecuencia que pueda 
resultar». (') 

La misión Hood alarmó visiblemente al gobierno 
de Montevideo, quien sospechó que ella tenía por 
objeto arreglar la cuestión por otros medios que bjs 
que tan inconsideradamente habían promediado. El 
ministro Magariños solicitó del ministro británico 
esclarecimientos al respecto, y como éste le res- 
pondiese 'que ninguna noticia tenía de esa misiijn. 
aquél se anticipó á manifestarle que su gobierno no 
podía aventurar ni la idea del más leve cambio de 
política de las potencias interventoras; que de no con- 
seguirse «una paz sin influencia argentina, seguiría la 
guerra, contando con la poderosa influencia de las na- 
ciones interventoras». C^) Cuatro días después, el minis- 
tro Magariños se hace eco del rumor de un arreglo que 
va á efectuarse en Buenos Aires, y les declara á ios 
interventores que mientras el territorio oriental esté 
ocupado por un solo argentino «es muy difícil que 
haya términos para el arreglo de la cuestión, á no ser 
como lo han declarado los poderes mediadores y fué ad- 
mitido por el gobierno de la Repüblicay>. (^) 

Fácilmente se trasluce que quien así habla, ó más 



(*) Comunicación oftcial núm. 1 á 5. Véase Diai-io de sesiones 
(le la legislatura de Buenos Aires, año 1846, tomo 32, pág. 139. Las 
pi'oposiciones se encuentran también en La Gaceta Mercantil del 
22 de septiembí-e de 1846. 

(2) Comunicación oficial de 5 y 7 de julio de 1846. 

(3) Comunicación oficial del ministro Magariños de ieclia 11 
de julio. 



— -Jill — 

propiamente, quien así impone, no es el gobierno de 
Montevideo, sino los ministros interventores por cuyos 
auspicios y bajo cuyas insi)iraciones éste existe y actúa. 
Comprometidos su amor proj)io y su reputaciini en una 
intervención armada que ha sido para ellos un fra- 
caso ruidoso; y empeñados en continuarla á toda costa, 
á cuyo efecto han solicitado de su gobierno veinte mil 
soldados y buena cantidad de buques de guerra ('), los 
ministros interventores rechazan de plano, como se vé, 
proposiciones cuyo contenido no conocen. Colocados en 
este punto de mira, no admiten otro arreglo sino aquel 
que establezca en el fondo lo mismo (|ue han exigido 
iniítilmente por la fiun-za: y como no se les oculta que el 
gobierno argentino defenderá sus derechos hasta que 
ellos lo reduzcan á la impotencia ó lo derroquen, se 
l)roponen desde luego desl)aratar la negociación recién 
entablada, en uniíMi del gobierno de Montevideo, su 
aliado aparente, su instrumciití» creado por la l(')giea de 
los hechos. 

Simnltáneanui'nte con la nota á los interventores, con- 
cebida de acuerdo con éstos j^ara producir el efecto de- 
seado, el ministro Magariños le escribía á Rivera: «Xad<i 
más se adelanta de la misi('»n de Mr. Hood. sino que. 
según noticias ([ue tuvieron los almirantes (inglés y 
francésL hizo sentir en Buenos Aires la intención de 
comnnicíir con Orilte; pero so. lian dado órdenes para no 
consentirlo sin que reciban mslrnciiones los referidos ahni- 



(') Kl 20 lie iihi'il (le I84(i snlici'on ilc ^Monteviilco á bordo (1(4 
bci-frantin <!(; Su Müjestad nritánlca Philorael, .Mr. Tiirncr, a<íentc 
d(;l ministro Ousclcy, y .Mr. (Muívalici-, agente d(4 ministi-o DelTaudis, 
(•iicari:ados d(í ]ie(lir á sus i-espcetivos jíohiernos 10. (H)() soldados iii- 
jíliises y lO.OüO soldados (■fan(i(^ses, y do encarecci- el pronto envío 
de esla expedición para terminar la cuestión del IMata. (Vírase 
lo (|ue escribe al i'espeeto La Gacela 'Mcrcanlll lid 14 de sep- 
tiembre de 1S4(3.) 



o9'J 

rutiU's por el ('oiidiicto i'e<^ulai".') A r('iiL;l<')ii seguido le 
descubre á Rivera todo el pensamiento de los ministros 
interventores, y c/nno creen él y éstos que Rivera i)uede 
y debe concurrir al mismo objeto; y lo hace con tan 
ingenua tranqneza. ({ue no deja duda i-es|iecto del jiro- 
p(')SÍto que tienen de desbaratar la negociación de paz. 
«Eso, prosigue, y id ines})erado sigilo de esa misión 
lia alarmado á los lainistros: Mr. Oajielcij se considera 
desairado. No creen que sus gol)ierjios puedan ceder 
en sus compromisos. El medio más electivo en las cir- 
cunstancias es, sin duda, que nosotros aprovechemos el 
tiempo y (/ue usted saque tas ventajas r/ue pueda de su 
posición, d (/ue ellos auxiliarán con cuanto puedan . . . 
Necesitamos paz. No es materia de cnestión que acepta- 
remos la que asegure la independencia perfecta de la 
República, retirando las tuerzas argentinas y desar- 
mando las extranjeras para que la elecci('>n sea libre; 
pero tantas serán las tranquillas que podrían pretenderse, 
que debemos colocarnos en actitud de rechazar toda pre- 
tensión que menoscabe nuestros derechos.)^ (') 

Mr. Hood abordi'» franca y It^almente la m'gociación 
de paz con el ministro de relaciones exteriores de la 
Confed(!raci('tn Argentina, y en las conferencias que se 
siguieron, este i'iltimo le manifestó que su gobierno en- 
traba com[)lacido en la vía de la paz, aceptando como 
a('eptal)a las bases de pa,ciíicaci(3n propuestas. Fa\ con- 
secuencia el general Rozas orden») inmediatamente al 
general Mansilla que no hostilizase á los l)uques ingle- 
ses ó franceses, y que les ofreciese los víveres y provi- 
siones que necesitasen. (') Estas medidas que anunciaban 



{^) (larLa (U;! 9 de julio de I84(j. Manuscrito original en mi 
archivo. (Véase el apéndice.) 

(-1 Véase la nota de Mr. Hood (d eapitjin Lowtliion d(; la 
barca Holyíoood. en ia (pie Ir (toiiuinica y ad.junta las instruccio- 
nes (le! ííeneral Rozas. 



la pi'(ixiiiia teniiiiiíiciüii de las agresiones de dos gran- 
des i)oteiicias, las cuales habían puesto á dura prueba 
la abnegaci(3n de un pueblo resuelto ;i defenderse, fue- 
ron acogidas con verdadero jiibilo [M)r la prensa. i)or td 
comercio y píu- toda la [xtblaciíui ([iic })(>r soltrc los 
rigores del afn» y medio de bloqueo, vivía con el arma 
al brazo ó suspensa de las agresiones ({ue llevasen los 
aliados por cna.l([uier punto de la costa... Algunos i\e 
los (|ue se [)retendían mejor infornuidos comunicaban 
(jue la cuesti('m esta,ba completamente arreglada. (') 



( ' ) Kl coronel Jos:é .loaquín AraiKi. licrmano del ministro don 
Felipe, lo eseriliia asi, aconipaíiando copia de cai-ra de su hermana 
política la señora doña l'ascnala l-!eláusie<íni. {V('ase el apéndice.) ^' 
el coi'oiKd MceiHe (inn/;ilez liacia volar doscicnias carias con esa 
noticia á todos los puntos de la República. 

Aunqne el coronel (lonzález no se destacó como militar, con ser 
qne tenia prestados largos y hnemis servicios, <i-ozaba de cierta in- 
lliHMicia legitimada por antecedeiUes honorables y j)or sns constantes 
esfuerzos en favor del orden d(! cosas radicado en el país. l)el punto 
dé vista iru>i'al y ]jolítico. puede decirse que era la personificación 
m;is acabada del burgués miliciano, ingenuo y ferviente de (!sa, 
ép(jca; cuyo (torazón ti-a bajado por las reacciones de los jiartidos 
que habían acluado sin exiio desde 1^20 dejando en pos de sí la 
incertidumltre ó el des(|UÍcio, lial)ía concluíflo por. erigirse en 
templo de la Federación, donde ardía perenne el fuego del enln- 
siasmo por Hozas (juc era su liéro»', sin que los rigores de lina 
vida de sufriinieníos y privaciones debililaran en lo m;is mínimo 
la fibra jjairiótica (|ue lo emj)ujaba. 

Fspañol de nacimieulo, hizo sus prinu-ras ai'uias cu las fuerzas 
del rey coníra los indios de la frontera de Lujan. >■ asisiií) en 
is )7 á las jornadas contra los ingleses en Huenos Aire.>. Poco 
después fué destinado ;i Luj;in ccui un destacamento de caballería, 
sir\ieiido sucesi\ amenté en la frontera hasta lX2t) (rn ((Ue apare- 
ció entre ios amigos (|ue ayudaron al entonces comandante don 
•luán Manuel d(í Rozas á restablecer la autoridad legal del go- 
briMiador don Martin Rodríguez. Framio, bondadoso y servidor de 
quien lo necesitase, se atrajo la Inicua voluntad acariñada de bts 
habitantes d»; la eam]»aña donde residui. l-lsto no obstaba ;i que 
de su propia aiitoi'idad ])raciicase una limpieza p(diciitl en los 
vcciuilarios. engrfisando el i'cgimiento (¡ue mauda))a con los vagos 
y mal entretenidos (pie le temían, y (|uieiies enc<uii raudo en el 
ovalo largo y descarnado, en la nariz encorvada > |uinteaguda 
y en los ojos vivos y penetrantes dr dou \'icente, los perfiles ca- 
i"icterís(i(;os d(d carancho,— cu lo ijiic acertaron probablemente, 
como (|uici-a (|Ue cada rostro humano rellejc c| t\t' otro atiímal. - 
dieron en llamarle M(';ir;iucho del M(UilC': apndo )iiulnic<c(i (|iic 



— -iíU — 

p]sto ei'u exacto por lo (jiic hacía al ^^oltieriio argen- 
tino. La única obser\aci(')ii ({ue ('str lial)ía hecho al 
pliego (le i)ro[)osiciones de los ministros Aberdeen y 
(xuizot, era la (jue se refería á la oportnnidad de levantar 
el blooueo anglofrancés; v esta observación tné atendida 



vai-Kiban algunos úe sus íntimos llamándole familiai-mente <Mlon 
Cai-ancho», sin i[ur jjor eslo ni por cosas mayores se alterase la 
habitual bonlioniía de don Yieenle. 

Producida la revolución de IH-¿S y lusilado el íí-obernadoi* de 
1-iuenos Aires, coronel Dorrcgo, por orden del general Lavalle que 
lo venció, don Vicente hizo la campana contra este último bajo 
las órdenes de Rozas y de López, encontrándose al frente de su 
regimiento número 2 en los combates del puente de .Már(|uez, de 
las Vizcacheras, etcétera, etcétera. En 1833, al partir Hozas para, 
la con(|uista del desierto, dejólos esjiecialmente encargados á él 
y al seíior ^Manuel José de Ouerrico, de remitirle al Colorado los 
ganados y recursos que enviasen al Montfí sus amigos, en vista 
de que el gobierno le negó lo que debía darle para, esa famosa 
ex])edición. En 1835 el coronel (González fué uno de los ((ue con 
el mismo (íuerrieo, Capdevila, Burgos, Suárez, Eernándcz y demás 
hacendados del sur, presidieron las manifestaciones de las campa- 
ñas para, que se otorgase á, Rozas la «suma del. pofler público». 
El fué tamljién (juien con motivo riel fallecimienlo de la señora 
l''ncarnaci()n lízcurra de Rozas inici(') la idea de que los militares 
llevasen luto federal, colocándose él el primei'o una cinta angosta 
roja ali-ededor del kepi, la cual se generalizó entre los civiles y 
se llamó «cintillo federal». 

El i)i'nner bloqueo y agresiones de la Francia ;i la Repúbli(;a 
Argentina exaltaron la fibra generosa de don Mcente (lonzález, 
<jue poseído de entusiasmos juveniles escribió á todos sus amigos 
sobre el santo deber de resistir «á las escandalosas i)retensiones 
del rey Luis Felipe el guarda-chanchos», dando él el ejemplo y 
poniendo su es])a(la y todo cuanto tenía al servicio de la causa 
nacional. En la guerra civil (jue se subsiguió á la conclusión dv] 
tratado Arana-Mackau. el (coronel (lonzález, flel siempre á Rozas 
y á su partido, (|ue no estuvo un momento inactivo. lia intervencicMi 
anglofrancesa (exaltó el sentimentalismo patricio de don Vicente. 
Á su edad, su ardorosa indignaci()n asumió las proporciones de 
esos furores seniles en los qu(! la imaginación recorre sin cesai* 
el cam})o díd sacrificio heroico, magnificando el espectáculo de In 
muerte, y pidiéndole alas á la muerte misma para aplastar con 
(día á todos los enemigos condenados!... En esta éi)oca don 
Vicente recorría con una división lijera las costas del litoral, y 
se internaba (íii el Chaco según las exigencias. Xo obstante eslo, 
había aseguradf) de tal manera el camino á la correspondencia 
(|ue mantenían con él los gobernadores, generales y hombrías 
]jrincii)al(!S d(í toda la Re])ú]jlica, ([ue donde quiera (lue estuviese 
i'uncionaban sin cesar sus cinco secretarios, á los cuales les dic- 
iaba cartas (jue reunidas fornuirían un volumen de literatura 
heroico-pintoresca. No había not^icia (|ue él no supiest^ de los 



ou; 



]i()r Mr. Hood. en virtud de la liastante antorizacirjn de 
sus instrucciones que rezaban así en lo pertinente: «Pa- 
recería que tan luego romo las propociones hayan sido 
aceptadas por (d (jcneraJ Rozas y yeneral Oribe y decla- 
rado el arniisiirio, sería justo y conveniente levantar 



primeros, y que él no trasmitiese á todos los puntos de la Il(í- 
l)úblíea, aiijiintando los diarios y datos que más de una vez reei- 
l»ia déla misma secretaria de Rozas. Gustábale imponerse de todo 
a(|uello en (iu(! él creía encontrar analogía ó relación con las 
cosas del país; y en sus cartas se leía, en seguida de sucesos 
(jue habían tenido lugar en la Coníederación, referencias á ios de 
Inglaterra, de Francia ó España. Una vez terminai)a una carta 
á un amigo á quien le adjunialja unos diarios de España (pie 
registraban algunas ventajas de los carlistas. Don \'iccnte no sa- 
bia á ])unto ñjo cuál era (d programa político de los carlistas, y 
se lo preguntó al general Maiisilla, quien dirigía la palabra ;V 
algunos personajes en una lial)itación inmediata... ^Los carlis- 
tas? repuso el general que le conocía <d lado llaco. y que quiso 
vengarse (luizá d(! la interrupción, ;los carlistas?... serán los 
federales de España. Don Vicente se liiniK) por el momento a 
agregar á su carta (;sta ])ost(lala: «Vamos bien por España." 

El mismo .Mansilla y oi-jbe. I rquiza, Pachiico, Echagüe, H(>na- 
videz, (iarz()n, Lagos, Ibarra, Segura, Lope/,.... le comunicaban 
cada uno sus noticias; por manera que (Ion Vicente era, desjjués 
de Hozas y de don Fcdipe Arana, quien mejor impuesto estaba 
de todo cuanto se pasaba en (d país. Eos últimos meses del año 
1845 debieron ser fatales para los probados secretarios de don 
Vicente. El año 184G no lo fué menos. De su secretaria salían 
doscientas cartas como esta, i)or ejemplo: "Yo marcho para Sania 
Fe á consecuencia de un dcsembaríío que están haciendo los sal- 
vajes de Corrientes en el Chaco. Si se presentan en pelea pienso, 
con el auxilio de mi patrona la i'ura y Eim])ia, sacudirles el polvo 
y que juegen (d ])ato los milicianos de Rozas.» t)t ras i antas como 
ésta dirigía al coronel Lagos, en la que adjuni;indole gacelas 
(|ue anuncian la vuelta de Rivera, le dice: «Que ande gambe- 
teando el paiNh^jón lobuno y verá cómo le largamos al héroe enlre- 
rriano, pues \r,\v;\ acoilillar ;l ese bruto indomable basta un \)\- 
quet<! de orientales y argentinos. En La Gaceta del 20 del 
corriente encontrará ustiid una sesión de los lores del parlamento 
muy imjiorlante ;í nuestra causa; por ialla de I lempo para d(^s- 
pachar no he separado las demiis. íjue siempre lo hago dos ó tres 
veces pai'a im})o!ierme en rivalidad de todo, ccíuio (l(d)e ser.» EsOt 
por lo que hace ¡i Inglaterra. Dor lo (pie hace; a Francia le escri- 
be en otra carta: (. \'ei';i usted en La Gacela la i*(íy(n-ta que ha 
leiudo (d apologista de los salvajes unitarios. JNIr. Thiers. con otros 
honoral)les miemliro<. \ lo remolcado que ha salido (!s(e lana- 
tico». 

La nolici;i di- li;ibcr íii'mado Mr. Hood. el gobierno ai'genlmo 
y el gíMieral Oiabe las bases de la pacificaciídi del Plata, la i'(>parte 
el coronel (ion/.;ile/, en otras doscientas carias, l-'jilre loilas las 



— 290 — 

desde luego el bloqueo de Buenos Aires y de todo ot^(^ 
punto en el río de la Pluta. Así fué cómo el gobierno 
argentino en nota de :28 de julio de 184(5 a('e})t() olicial- 
mente las propítsieiones trascriptas más arriba, y en todo 
lo que le correspondía; refiriéndose á la aceptación del 
ueneral Oribe en cuanto á éste le incumbía. La base 5='. 



rcápuesias consiguientes, liay una clásica á lucr de piniñfcsca, y 
que debió halagar la iniaginaci('>n un tanto hipiu-bórfía ile don Vi- 
cente, por cuanto emanaba de un devoto (jue no le iba á él en zaga 
en lo del culto especial á la Pura y Limpia. p]ra la del general 
don Manuel López, gobernador de Cíirdoba: un campesino ({ue labr() 
su posición política al favor de las disensiones intransigentes de 
partido, y de cierta ))onlionua primitiva (|uc no excluía la astucia 
l)ara sacar provecho de laí^• situaciones en que él ftgural)a como 
soldado ó como político. Entre otra* anécdotas ([ue caracterizan 
su ignorancia, cuentan sus adversarios ([uc cuando subió al gol)iej- 
110, su ministro le hizo presente que los i\e{\tíi del Ejecutivo suscri- 
bían solamente con media ñrma los documentos oñciales, y que él, 
lomando el consejo tal como sonaba, ios suscribió asi: — Ñuel Pez. 
No será cierto esto, pero si lo es que era muy posible, tratándose 
del poco avisado magistrado campesino (pie, según la misma cróni- 
ca, jamás pasó por trance más angustioso en su vida que cuando 
se vio obligado á afeitarse y á íomar chocolate en Buenos Aires. 
Sea de ello lo que J'uere, lo evidente es que el gobernador López, con 
la ayuda de un secretario empapado en la fraseología de cátedra 
de la ciudad doctoral de Córdoba, le contestó así al coronel Gon- 
zález: «Publicada la paz que entre mil beneficios que pródigamente 
nos ha dispensado el Dios de las misericordias y la (jue l'ué con- 
cebida sin pecado original, éste será un otro bien que dcíbemos de 
suprema magnitud al mismo señor (|ue abatió el orgullo y empe- 
cinamiento de Faraón, al libertar su pueblo cautivo en ])oder de 
éste." No era extraño que llegase hasta Faraón cuando don Vicenie. 
envuelto en las corrientes de su eiiiusiasmo. había llegado hasta 
el diluvio, escribiéndole (|ue: ^aquella divina jtastora al íiii hace 
aparecer la paloma que salió del arca del Tesiamento con el olivo 
lie la paz»; evocaciíui qutt hacía suya López añadiciudo (lue; udes- 
jjués de un naufragio general apareció un argentino firme y 
i'esuelto á defender la nave déla libertad é independencia del con- 
linente americano». Los gobernadores Saravia de Salta, é Ibarra 
de Santiago del listero, al agrad(ícerle (^sas mismas noticias, le 
significaban su cooperación á la propaganda en favor de la Purí- 
sima Concepción, la cual virgen desempeñaba un rol muy im- 
]iortante en las relaciones políticas y hasta diplomáticas de don 
Vicente. «He remitido muchas copias de sus comunicaciones á 
nuestros corresponsales de Bolivia, le escribía el i)rimero... y no 
faltará uno que otro devoto en aquellos países que bendiga con 
nosotros á la Pura y Limpia que invoca usted.» Ibarra después 
de hablarle extensamente sobre la misión Hood, tiene el gramle 
sentimiento de anunciarle que á consecuencia nada menos que de 



— -jwi — 

la íi(*ept(') en el concepto de que el derecli<j de la CoiilV- 
deracióu á legislar sobre la navegación interior del 
Paraná no podía suspenderse en ningún tiempo y. que 
no importaba una exclusiíni del derecho de la misma 
en común con el Estado Oriental respecto del río Urn- 



li;il)crse vencido las paredes del templo de San Fi'aneisco (jue él 
construía, éste no i)odra inaugurarse el día de la Purísima con una 
misa (MI nombre del mismo don Vicente. 

Dicho se está que tanto don Vicente como los ¡lersonajes iikmi- 
ciona<los, lanzados consciente é incontrastablemente en las corrien- 
tes dominantes de la opinión de la República, se trasmitían cdii 
ruda franqueza las expresioni's de su patriotismo exaltado en pre- 
sencia de la intervención anglofrancesa, y de los argentinos (|ne 
iiacían causa común con ésta. Así, don Vicente le escribía al coro- 
nel Lagos, con motivo del fracaso de la negociación Hood, ;i la <|ue 
combatían £1 Comercio del Plata y El Conslitucional de .Monte- 
video: «los salvajes unitarios de Montevideo, esos ol)cecados que 
tienen ojos y no ven... que con el deseo ile elevarse al mando 
no (inieren ser más ((ue entidades ante las aras sagradas de la 
patria... para ellos nadie es nada: todos son ellos... por íin te- 
nemos á la cabeza de la República á ese genio de la América... 
y esos judíos errantes por todo el numdo no hacen más (|ue hacer 
conocer (¡ue (d ciudadano don .Juan Manuel Rozas está lleno de 
cai)aci(lades.. .» Don Carlos Amézaga. el ministro de López. ac(>n- 
iiKi la misma idea escriliiéndole á don Vicente: «Cuando leo 
las jtiraterias é injusticias de los piratas gringos, siento hervir 
mi sangre de indignación como cuando leo la obra titulada oLi- 
berta<l de los mares ó el gü)»ierno inglés»; obra que revela la 
atroz perfidia de aquel gabinete ambicioso que para saciar su 
codicia le parece poco las cuatro partes del mundo... pero nada 
importa cuando tenemos á la caljeza de las masas populares al 
nuevo Washington de América, al magnánimo señor Rozas, (jueri- 
do de todos los lederales; y cuando ¡a justicia está de nuestra 
parte... Los gringos y los salvajes unitarios han puesto á prue- 
lia nuestra moderacKMi y sufrimientos, y no sacarán de <>sto más 
(|ue el convencimiento de (|ue l(ts lederales sabeuu)s sostener la 
independencia del jiaís...- l.o mismo expresa el gol)ernador L(>i»ez 
con energía tan priuiitiva como fiero es v\ s(mtimie"¡to (pie lo itis- 
l)ii-a: "La maldita intervención anglofrancesa que ha traído ;l 
iMiestro ¡jais uiales de (pie sólo los salvajes unitarios son resjíoM- 
s;ibles ¡iiile Dios y los hombres, «por(|ue ellos la llamaron y dieron 
al ambicioso extranjero el tono audaz con (|ue hoy se ]»reseutan ii 
holbir miesti'os sagrados derechos... La divina justicia nos propor- 
cionará los medios ]»ara repeler tan injusta y Ijárbara agresión, 
dando :i nuestro grande amigo (d señor general Rozas toda la fuer- 
za > vigor que necesita. Cuando llego á este i)unto, sin poderlo 
rcHiediar me (.'xalto y me enciendo en tal fuego, ([ue (|uisjei-a (|ue 
todos los gringos se hicieran una sola cabeza |iara de un g(dpe 
C(U-íarla (L(»pez <> su secretario Amézaga. ;se lijarían en Calígula «> 



— -iíís — 

i;iiay. En cuanto á la 6". que era una mera declaración 
<le los oobiernos de Gran Bretaña y Francia, y que 
bien podía suprimirse por(|ue \\n hacía propiamente á 
los hechos en discusi(')n sino ;i l;i conducta anterior de 
esas potencias, el ^^ohierno argentino st; reservaba 



vAi l.oyola?); y ahora qué le diré de los salvajes unitarios esela\ os 
(le nuestros fleros conquistadoreslw Kl gobernador de Salta, fljjin- 
<lo.se en que la civilización de que blasonan los gobiernos europeos 
.se ha convertido en el abuso de la fuerza, le ratifica sus votos i)or 
ol triunfo de la causa nacional, y porque el cielo "continúe dis- 
pensando al héroe argentino su acierto y profundo tino que l'oi-man 
la gloria de la patria y el orgullo de sus hijos». Kl ministro ge- 
neral del gobierno de Mendoza, en seguida d(! desalojar su inilig- 
nación contra los que en El Comercio del Plata sostienen la 
intervención y baten palmas por el fracaso de la misión Hood, le 
ratifica á su vez que «la causa federal es inconmovilde en los 
l)ueblos de Cuyo: reposa en el sentimiento general y prol'undo de 
sus habitantes. El genio americano, el ilustre general Rozas, 
adquiere cada dia nuevos derechos sobre el corazón de los argen- 
tinos fieles al sagrado juramento de la independencia nacional.» 
Kl gobernador Ibarra refiriéndose á ese fi-ac^so le escri1)e: «Me es 
grato asegurarle que este acontecimiento, lejos de amenguar en 
manera alguna la disposición de los habitantes de esta provincia 
«para la defensa de los derechos nacionales», ha excitado doblemen- 
te la susceptibilidad de todos para animarlos de un deseo m;is 
<iardiente de consagrar sus sacrificios y esfuerzos en favor ile la 
causa que victoriosamente sostienen los ])ueblos de la Confedera- 
ción bajo la dirección del ínclito argentino (¡ue preside los desti- 
nos de la República.» 

Fatigoso por demás seria trascribir la voluminosa corresponden- 
cia (pie mantenían en este sentido con don Vicente González los 
gobernadores, ministros, generales y hombres públicos de todos los 
puntos de la Confederación, y que ol)ra en gran parte original ó en 
copia testimoniada en mi archivo. Va\ ella como en los actos jiii- 
Ijlicos y privados de los que la mantenían, se ve la resolucifin 
incontrastable que anima á todos esos hombres á defender los de- 
rechos y la independencia del país amenazados por los anglofran- 
ceses; y la espontaneidad con que levantan el nombre del general 
Rosas, "haciendo acto de patriotismo con el gobernante que encarna 
el sentimiento nacional, y desafia con éste, no ya las maquinaciones 
tenebrosas de sus enemigos políticos que hacen causa común con 
los extranjeros ajiresores, sino todo el poder de las dos naciones 
mas fuertes y orgullosas de la Europa. Kl bueno de don Vicenl(! 
González era uno de los soldados más entusiastas de esta idea. Con 
tesón infatigable contribuyó en escala humilde pero eficaz á mante- 
ner incólume la solidaridad política entre los hombres de toda la 
<"'onledei\ación, en presencia de las agresiones injustas de que ésta 
fué objeto por parte de la Inglaterra y de la Francia; y á re- 
templar el ánimo de los que, prescindentes () poco avisados. 



— -J!)!) — 

discutii'hi oportuiiaiiieiite. iS Tres días des])nés Mr. 
Hood. al acusarle al ministro Arana recibo de la uarep- 
tnción oficial d las proposiciones de Francia é Iwjlaterra 
eu todo lo que hace relaci(')u á los intereses de la Con- 
federación Argentina», le declaraba: «El abajo íirniado 
no pnede permitir que pase esta oportnnidad sin expresar 
su agradecimiento por la tranqneza y bondades que le 
lian sido manifestadas durante las conferencias que ne- 
cesariamente tuvieran lugar para disentir las cliclias 
proposiciones y que lian sido ahora, con gran honor de 
S. E. el señor gobernador, como con gran i)lacer para 
el abajo lirnnido. leraiinadas tan satisfactoriamente.)) {-) 
Según sus instrucciones, Mr. Hood zarpó inmediata- 
mente de Buencjs Aires en el Decastation i)ara presen- 
tarle al general Oribe esas projiosiciones de pacilicación, 
y pedirle sn aceptaci()n en la parte ((ue le im-umbía. Ai 
llegar á la rada de Montcvitbio y comuuicarles su ca- 
rácter y su objeto á los ministros interventores, decla- 
rándoles que el gobierno de Bnenos Aires acababa de 
aceptar las proposiciones de pacilicación. que mantuvo 
sin embargo reserxadas. los sefK)res Ouseley y DelTau- 
dis ni ocultaron su desi)eclio. ni escasearon argumentos 
])ara disuadirlo. El ministro y el almirante francés 



liebíaii 1;ís insj)ir;ici(>iu's de l;i iirciis;i ilc Ids rinigrados uuilarios. 
la cual servía los inlciHiSt-s y los i)T()ii()SÍtos do la interveticuMi 
aiiglolVancosa. y calculaba soltrc el éxito do su propagauda en 
i-azón de la caniidad de ti'ánsl'ugas (|ue suscitase á la bandei'a de 
su patria, ya teñida Cf)U la saugre argeuüna en obligado, en Aee- 
vedo, eu la Ensenada, en San Lorenzo. Tonelero y el (,)nebracho. 
Tuvo la roriuna de ver (riunlaiUe la causa á que consagr<) lodos 
l(j.s escuerzos y loda la energía de sus senliniieuios. muriendo en 
nuenos Aires rodcaib» ilc sus amigos, poco despiK's de liabíu- el 
general Rozas firmado |,i paz con los representantes de (iraii Ure- 
laña y Francia. 

(' ) CoiecciíMi de doeumenlos eiíailos. mim. 7. (^■éase Diario ilc 
sesiones de Huímios Aires, tomo '.\'¿. pág. 1 Mi \ siguien(t;s.) 

(2) Coleecifui de documentos citados. (\('"ase ffiario de sesio- 
/)('.s i\i' liiieiiov Aires. Ionio ÜV. ji.ii^-. ].'):!.! 



— 300 — 

llegaron hasta interpretar en sentido favorable á sus 
miras el alcanee de la misión Hood, manifestando que 
Oribe no era ni i)odía ser parte. Mr. Hood se vio preci- 
sado á discutir con ellos el texto de sus instrucciones 
y á declararles que estaba resuelto á comunicarse con 
tierra para recabar la aceptación de Oribe. 

El 2 de agosto pasó Mr. Hood al liiireo y de aipií 
al campo de Oribe, quien lo recibi() con visibles mues- 
tras de contento. El día 4 le comunicó olicialinente al 
doctor Villademoros. ministro de relaciones exteriores 
del gobierno oriental, el objeto de su misión, como asi- 
mismo que « habiendo concluido satisfactoriamente su 
misión ante el gobierno argentino, el cual había acep- 
tado la parte de las proposiciones de pacificación que 
le era relativa, se las acompañaba en copia [)ara que 
his considerase en la parte que atañía á su gobierno ». (' i 
Pocos días después el ministro Villadenn)ros le comu- 
nicó la aceptación oficial del gobierno oriental á las 
jtroposiciones en lo que á éste correspondía, y en sen- 
tido amplio en cuanto se referían á elegir en completa 
libertad las autoridades constitucionales de ese Estado. (V) 
Mr. Hood entregó la aceptaci(')n del gobierno oriental y 
del argentino á los ministros interventores para que 
llevasen ulteriormente á efecto la pacificación, según 
rezaba en sus instrucciones selladas que puso en manos 
de los señores Ouseley y Üeffaudis. ( '^i El despecho de 



(* ) Colección de docunieníos, Diavio de sesiones de la legislatura 
de Buenos Aires, tomo 32, pág. 157. 

(-) Colecei()n de documentos citados. Núm. 10, 11 y 12. Véase 
Diaaio de sesiones de Buenos Aires, tomo o2 (184(3), pág. 158 y si- 
guientes. 

(^) La nota de .Mr. Hooil al doctor \'iUademoros se publicó en E' 
Defensor, diario oficial de Oribe, y se encuentra también en el libro 
del señor-Bustamante .,obre Los errores de la intervención anglo- 
francesa, pág. 173. Véase también la nota de Mr. Hood al ministro 
Arana, de lecíia 31 de agosto. 



— ;',01 — 

los ministros interventores debió subir de punto en 
presencia de la orden terminante de sus respectivos go- 
l»iernos, de llevar á efecto la paciñcaciíhi sobre la base 
de la aceptaciíjn de las proposiciones cuyo contenido 
conocían recién; ó de retirarse inmediatamente de ^Nlon- 
tevideo. y consiguientemente hacer cesar toda interven- 
ción si el gobierno de esta plaza no las aceptaba por 
su parte. (') Bajo tales inspiraciones impulsaron con su 
a[)oyo niate-rial las o})ei-acioiies de Rivera, sin variar en 
lo mínimo su actitud bélica en las aguas interiores del 
Plata. Mientras que en fuerza de la orden terminante 
de sus solteranos le jtresentabau al gobitM'UO de Mon- 
tevideo las Itases de [)acilicaci('in (-i. recoucciitraban can- 
tidad de l)arcos en el litoral drl Truguay y en la costa 
de Obligado; tras])orta1);iii ;i Mahlonado una legión ex- 
tranjera á pedido dfl ministro Magariños (•'). y el jefe 
del barco ingb's allí estacionado tlesembarcaba fuerzas 
y artillería para hostilizar ;i los argentinos: todo esto 
á pesar de balx'rse siis]tendido las hostilidades cu el 
Paran;! de orden del gobierno argentino. 

Y j)ara cohonestar la buemí impresiihi ijue en todos 
produjo la idea de la paz. el gobierno de Montevideo 
inmediatamente de recibir las bases (b; pacilicaciiui. 
las lil)r<'> ;i la discusi(')n apasionada de Eí Comercio del 
Plata cuyo redactor, desabnciado por lord Aberdeen dos 
años antes, se empern'» en desacreditarlas á tf»da costa. ( M 



(') Véase la cláusula 9". de las proposiciones presentadas p(ir 
ios ministros Aberdeen y (iuizot. ("dlcccicHi de docnnicntos citados. 
Diario de sesiones, iomo 3-^, pág. 142 á 145. Véase Los errores de la 
intervención anglofrnncesa, i)or Hustaniante, pág. 15'í. 

(,■- ) CoiniiuicacifMi (jficial de IX de agosto. — Véase i-tustaniante, 
libro citado. ])ág. 145. 

(^) Véase en el apéiidicc^ las dos carias (|ne al resiiecín le dirige 
Magarififts á Rivera. Manuscrito original en mi ¡hcIumi. 

(*) Véase El Coatercio fiel I'laln del vi \ ■¿•¿ ile agosit» 
de lH4t). 



— :¡()^ — 

Después (le esta disciisii'ui. el ^nobieriio tle Montevideo 
les dirigió ;i los interventores sn Jiota <le :27 de agosto 
en la, ([ue si bien ;icei)tal»a algnnas proposiciones, niodi- 
lieal)ci, nulilicaba (') ri^-liazaha las otras. Así. res])ecto de 
Ui base '2-'. observó rpie el desarme dr los extranjeros 
debía eoniprcuuler á los que formaban en el ejército sitia- 
dor y princijiabnente ;i los españoles que Oribe mante- 
nía á su servicio á pesar de la reclamación del encargado 
de negocios de S, M. ('. Ace^itó en el íondo la. base 7"; 
pero declaraba que tan luego como llegare el momento 
de elegir nuevo presidente de la líepüblica, «el gobier- 
no dará las lU'denes conforme á la (constitución y á la 
ley electoral, para que se ])r()ceda ;i la elección con toda 
libertad y fuera de la coacción de cualquier fuerza 
armada»; recomendando á la atención de los ministros 
interventores « que no es posible que la paz sea dura- 
dera si el nuevo gobierno creado no se halla apoyado por 
la garantía estipulada de tas dos potencias. » Por iilti- 
nio rechazó la 9". que establecía que « si el gobierno de 
Montevideo rehusase licenciar las tropas extranjeras y 
particularmente desarmar aquellas que hacen parte de 
la guarniciíhi de Montevideo. (> retardare la ejecución de 
esta medida, los pleni})otenciarios cesarán toda ulterior 
intervención y se retirarán en consecuencia»; declaran- 
do que esta proposición « no tiene aplicaci(')n ni creé 
que pueda tenerla desde (|ue hay la certeza de que la 
estricta ejecución de todas las anteriores no ha de inte- 
rrumpirse por actos de su parte». (M 

El gobierno de Montevideo exigía que se desarmasen 
los extranjeros que formaban en el ejército sitiador; pero 
empleaba la reticencia de una sui)uesta garantía de las 



(') lUistainaiite, libro ci)., j);íg. 15;!. Véase ia Gaceta Mercan- 
Lil del 23 de septiembi-c de 1840. 



potencias interventoras para que no se desarmasen los 
extranjeros y legiones extríinjeras que formaban la cas^ 
totalidad de los defensores de esa plaza. (') Dilicultaba 
la libre elección de presidente y representantes del Estado, 
atribuyéndose él exclusivamente 'la facultad de convocar 
á tales elecciones y resolverlas como gobierno constitucio- 
nal. El hecho es que S(')lo ejercía la jurisdicción que le 
concedían los interventores en la plaza de Montevideo y 
puntos del litoral ocupados por las armas de la inter- 
vención; y que él mismo se había declarado caduco en 
un documento solemne por el cual disolvió la legislatura 
y se prorrogó sus atribuciones en fuerza de las circuns- 
tancias, como se ha visto más arriba. Oribe no exigía 
tanto, á pesar de que asumía la representación de los 
departamentos de la República, ejerciendo el gobierno 
reguhir desde el Cerrito. Era ante estos hechos notorios 
([ue los gobiernos de Gran Bretaña y Francia, al pro- 
I)()ner bases para la paciticación igualmente al gobierno 
de don Joaquín Suárez y al del general Oribe, dejaban 
sentado implícitamente que el derecho al gobierno de 
la República Oriental que invocaba este último, no era 
ni niiis ni menos ajustado que el de aquél. En t\ texto 
áv sus instrucciones y de las proposiciones, los minis- 
tros Guizot y Aberdeen no se avanzaban á dar al go- 
bierno de don Joaquín Suárez, ni aun por referencia, el 
título de gobierno oriental, ó gobierno de la República,, 
sino sinipb'iiiente el de gobierno de Montevideo; al paso 



(') Ha,j(j la l)anitera del gobierno de Oribe se hallal»an más de 
10.000 soldados ( i-ieiitales. Y desde el 7 de septiembre de 1X43 hasta 
(d 30 de mayo de 1846, habían pasado de la plaza de iMontevideo 
al campo de a(|uél 17 jefes, 135 oficiales, 144 sargentos y cabos, 1.737 
soldados y72empleados de la administración ¡ó sea un total de 2.10r) 
hombres que flejaron en exigua prijporción los deíens(»i'(!s orien- 
tales de la ])la/,a. (Véase este minucioso estado en Eí Defensor de 
¿a Independencia Oriental de 4 de .julio <le lS4r). y en La Gaceta 
Mercatilil del 14 de julio d(d mismo año.) 



— ;>,04 — 

que el cniursioiíado dtí las potencias le dei'lara olicial- 
iiiente al ministro Villadeiiioros (jue «está encargado de 
someter aquellas proposiciones á la a(|uiescencia del 
general Manuel Oribe, presidente de la República Orien- 
tal. (') 

Los ministros Ouseley y Delíaudis admitieron inme- 
diatamente la aceptación del gobierno de Montevideo, con 
las moditicaciones expresadas, y exigieron que Oribe suscri- 
biese, como en efecto sucribi('), 1;i aceptaciíMi de su parte, 
por no reconocer carácter oíicial en c] ministro Villa- 
demoros. Así se lo comunicaban á ese g(d)ierno en nota 
<le oO de agosto, en la que declaraban que aunque Oribe 
liabía dado esta aprobaciíui, continuando en tomar el 
título de ella, es bastante ¡¡ara liacer constar las reservas 
que habían tomado. (-) El gobierno de Montevideo res- 
])ondió calculadamente esta nota con desahogos violentos 
en raz(')n de la «extravagancia é irregular pretensión de 
don Manuel Oribe en llamarse presidente de la liepii- 
blica Oriental, lo cual á nadie puede sorprender jxjrque 
es consecuencia natural de la dependencia en que se ha 
colocado del gobernador don Juan Manuel de Rozas»; y 
asombr.'tndose de que « el señor líood haya admitido 
sin reserva alguna la l'orma de ace])taci(')n del general 
Oribe». {'^) 

\a) asombroso fui' (pie los ministros interventores, 
que debían ])roceder inmediatamente ;i hacer efectivas las 
bases de pac¡íicaci<')n, allanándolas dificultades de detalle, 
le declararon de seguida al comisionado Mr. Hood que 
la paciíicación no podía veriticarse por cuanto el gobierno 
argentino había modiíicado la base 4*. referente á la opor- 



( ' ) Huslamantc, libro citado, pág. 173. 

(2) Véase Bustainanle, libro citado, pág. KiT. Véase La Gacela 
Mercantil del 23 de septiem])re de 184(5. 
(^) Véase Riistainante, libro citado. 



- 8(>r) — 

tiinidacl de levaiitai' el bloqueo. Mr. Hood invocó el texto 
de las instrucciones de lord Aberdeen y de Mr. Guizot, 
que decían al respecto: «Parecería que tan luego como 
las proposiciones hayan sido aceptadas por el general 
Rozas y general Oribe y declarado el armisticio, sería 
justo y conveniente levantar desde luego el bloqueo de 
Buenos Aires y de todo otro punto del río de la Plata. » 
Y agreg(') que estando olicialiiurnte aceptadas dichas pro- 
posiciones y rigiendo el armisticio, lo justo y conveniente 
era proceder desde luego al arreglo definitivo, pues de 
otra manera se comprometería el resultado á mérito de 
un detalle que. por otra parte, los interventores podían 
subsanar en cualíiuier momento, declarando nuevamente 
el bloqueo. [)or ejemplo, si contra todas las prol)abilidades 
el gobierno argentino obstaculizaba la terminación del 
arreglo. 

El ministro Uusoley no (jiiiso echarse encima la res- 
ponsabilidad de una resistencia infundada. Pero el barón 
Deffaudis le declar(') resueltamente á Mr. Hood que él 
no tenía instrucciones para proceder al arreglo sino sobre 
l;i base de la aceptación lisa y llana de las proposiciones, 
que Mr. Hootl se lo manifestase así al gobierno argen- 
tino; y que si éste ])ersistía en la modificación de la 
base 4.=' él consultaría á su gobierno á este respecto, 
quedando entretanto las cosas como estaban. La decla- 
racié»n del baríui Dídfaudis era una reticencia calculada 
]»ara [troseguir l;i guerra. Tenía instrucciones para 
admitir, como bahía admitido, la aceptación del gobierno 
de Montevideo el cnal inodilicí'» algunas ))roposiciones: 
y rechazi') otras; y no las tenía para admitir la modi- 
licacié)n del gobierno argentino sobi'e la mera sus[)ensi<'in 
de una medida hostil que contra él se ejercía, siendo 
éste (|uien con Francia é Inglaterra «debían cooperar» 
á la siis}tensi(')ii de hostilidades aciu'dada. K\ verdadero 



— 8()ü — 

iiiutivo de la resistencia del barón Deífaudis á la paci- 
licación, lo dio después La Prcsse de París cuando reli- 
riéndose á la modificación sobre el levantamiento del 
bloqueo escribía: «Mr. Deffaudis no quiso comprender y 
quizá, fuera de los motivos políticos, tenía para ello exce- 
lentes razones. Había dado el 30 de mayo de 184G su 
garantía á un empréstito de sesenta mil pesos hecho por 
el gobierno de Montevideo á la compañía inglesa que 
explotaba á esa ciudad; y la conclusión de la guerra, 
haciendo desaparecer el gobierno intruso, dejaba á des- 
cubierto la responsabilidad del ininistro. Mr. Ouseley 
que había contraído el mismo empeño apoyó á Mr. 
Deffaudis. ..» ('•) 

En consecuencia Mr. Hood le dirigió al gobierno 
argentino la nota de 31 de agosto, en la que refiriéndose 
á todo lo actuado desde que dicho gobierno aceptó las 
proposiciones de paz, le sometía el caso á su considera- 
ción en estos términos: «En este estado de los negocios^ 
parece inevitable, ó que el señor gobernador generosa- 
mente abandone el derecho que ha adquirido y el cual 
en estricto acuerdo con los deseos de lord Aberdeen 
había sido admitido como una prueba de justicia; ó que 
las proposiciones deban inevitablemente y con gran 
perjuicio de los interesados, referirse á Inglaterra y Fran- 
cia para una uniformidad de instrucciones.» (^) 

El ministro Arana le respondió á Mr. Hood que la 
oportunidad para levantar el bloqueo era la de la cele- 
bración y proclamación del armisticio entre los belige- 
rantes. Que esta oportunidad era tanto más ajustada 
V lógica, según lo reconocían lord Aberdeen y Mr. Gui- 



(1) La Presse del 4 de diciembre de 1849. 
(-) Colección de documentos citados, número 12. Diario de sesio- 
nes de la legislatura de Buenos Aires, tomo 32, pág. 165. 



— -m — 

zot. cuanto que los plenipotenciarios de Francia y Gran 
Bretaña, al declarar el bloqueo en 8 de septiembre de 
184o. invocaron una supuesta negativa del gobierno 
argentino á la suspensión de hostilidades contra el go- 
bierno de Montevideo y á retirar sus fuerzas del terri- 
torio oriental; y que habiendo el gobierno argentino 
aceptado dicha suspensiihi de hostilidades y retirar dichas 
fuerzas, según rezaba en las bases de pacilicación «la 
continuación de tal bloqueo no puede considerarse sino 
como una efectiva hostilidad destituida de motivo, con- 
tra los derechos de la Confederación y el libre acceso 
á sus puertos para entretener el comercio al amparo de 
las leyes de las naciones ». Y después de resumir las 
agresiones de la intervención, verificadas sin instruccio- 
nes especiales, el ministro Arana agrega que mientras 
su gobierno ordenó que cesasen las hostilidades contra 
los buques aliados, permitiéndoles que bajasen el río 
Paraná y haciéndoles dar víveres por intermedio del 
general Mansilla. el gobierno de Montevideo con la ayuda 
de los interventores proyecta planes para prolongar la 
guerra. Que en i)rueba de esto ha puesto en manos del 
comisionado cartas originales del secretario del general 
Rivera, en las que dice que éste marcha á posesionarse 
de algunos puntos importantes para aprovechar de su 
situación cuando se denuncie el armisticio. Que. en con- 
secuencia, el gobierno argentino prefiere que las pn»- 
posiciones se refieran á los gobiernos de (irán Bretaña 
y Francia. ( ' ) 

Fu la misma techa V) de diciembre A ministro Arana, 
je dirigió otra Jiota al comisionado Mr. Ilood cu la 



(•) Colección tl(í documenlDS citados, número 14. \éi\^c Diario 
de sesiones dr i;i lc<rislatnr;i ilo iUionos Aires, iDino :V¿. pá^^ \iM\ 
;i 179. 



— :!0S — 

que reliriéiidose á la declai'aci()ii de ésto de que los 
gobiernos de Francia é Inglaterra habían desaprobado 
la expedición armada de las escuadras aliadas al Paraná, 
y ordenado á sus rei)resentantes en el Plata que reti- 
rasen de ese río lasfuer/as navales, le manifestaba que 
las fuerzas aliadas se mantenían entretanto en el río 
Paraná; y que deseaba una explicación categórica acerca 
de este hecho improcedente para los objetos de la i)a- 
ciíicación. 

Antes de responderle al gobierno argentim», el comi- 
sionado Mr. Hood tentó persuadir á los interventores 
de que lo correcto era admitir las bases de pacihcación 
como haliían sido aceptadas, según la dis})osici('»n de 
los gobiernos aliados. Pero el barón Deffaudis se mos- 
tró inílexible en su empeño de continuar la guerra. En 
carta oficial de 10 de septiembre le manifestó « su des- 
contento por i'l modo cómo Mr. Hood había conducido 
sus deseos para t'onseguir que el gobierno de Buenos 
Aires modiíÍ(|ue su ace])taci()n de las proposiciones ingle- 
sas y francesas : y que. considerando su misión ierniinada^ 
declina de tener ulterior comunicación con él ». El asom- 
bi'o de Mr, Hood debi('» ser mayor al imponerse de la 
declaración que le hizo el ministro Ouseley en la misma 
fecha, de que « el caballero Hood no debió haber ofre- 
cido opinión suya, sino permanecer en el espíritu de su 
memorándum: que consideraba que cualquier ajustamien- 
to de las diferencias ]ior su intermedio estaba ahora 
obstruido, y que terminaba su correspondencia con él 
en los negocios de la intervención unida. (' ) El almi- 
rante Inglefield le notificó en la mañana siguiente á Mr. 
Hood que el vai)or de S. M. Goryon, que debía condu- 
cirlo, se daría á la vela indefectiblemente el día 13. como 



( ') Colección de documentos citados, pág. \?u^. 



— ;{i)!) — 

l(t hizo llevándoselo. Así termiiKj la negociación Hood 
(|ue habría realizado la pacificación á no haber prome- 
diado contra ella las iníhiencias (jne qnerían la guerra á 
todo trance. ( ' ) 

Los liechos que preceden demuestran ([uc aun en el 
rasd de que el gobierno argentino no liuliiese observado 
la oportunidad en que el bloqueo anglofrancés debía 
levantarse, habría sido muy difícil que la pacificación 
del río de la Plata se realizase por los auspicios de 
los ministros Ouseley y üeffaudis. Ellos obtenían nii 
triunfo moral. [)nes la guerra continuaría ([nizá más 
sangrienta y devastadora. Á este propósito habían con- 
currido desde ([lie se iiiicii'i la [laciticación. auxiliando 
con sus dineros, sus buques y sus soldados á Rivera, 
para que ocupase los puntos convenientes del territorio 
oriental, sin perjuicio del armisticio pactado; y habían 
hecho concurrir al gobierno de Montevideo, sugirién- 
dole que rechazase la proposici(3n de que ellos termi- 
narían su misi(')n si aquél no ace|itaba las i)ases de 
})acilicacii')n. En el mismo orden de propósitos actuaba 
naturalmente Rivera y hacía actuar ;i sus partidarios 
más líeles y capaces como Medina. Baez, Flores y Silva. 
« Hoy me han asegurado ([ue la paz se realizará muy 
pronto, le respondía en ^!^ de agoato Baez á Rivera, y 
([ue V. E. irá á Francia de ministro y Oribe á Ingla- 
terra. Esto me ha hecho i'cir ;i carcajadas, porque segiiu 



(') Kl sefiui- ISusiaiiiíuiit' en su lil)i-() solu'c Los errores de 
la inlervencióti nnrj lo francesa (pá<i". Iño ¡i 184), liace de la netio- 
(•iaciíMi Hood lui roinaiicf; (•oii cuantas inexactitudes le siiitiere su 
poco avisadí» criterio. Ks notable, sin embat-fío, por la pasmosa 
insistencia con que exalta los hechos en que se a})()yan y las armas 
que esírrimen los ministros interventores contra los habitantes 
d(!l río de la Plata; y por las iiifrenuas coiUesioncs (|ue liai-c Av (|uc 
sino prosijiuen en el terreno de las agresiones y de la guerra á 
la ronledei-aciiin Argentina, no se conseguirán las vcuia.jas ([uc 
ellos han anunciado. 



— 810 — 

lo que he (lído á \'. E. es esto una locura rematada.» (') 
En 11 de septiembre le escribía Rivera al coronel Mora: 
« Los negocios de la paz (luedarán en nada: la guerra 
seguirá, y ahora más que nunca debemos contar con el 
triunfo : no perdonen medio que se les presente ])ara 
concluir á nuestros enemigos. » (*) 

De su parte el gobierno de Montevideo luandi't cesar 
la comunicaci()n que se había establecido coa los sitia- 
dores con motivo de la misiíjn Hood; y expidió una 
I)roclama en la que declaraba que « la especie de que 
el proyecto de pacificación tenía por base colocar á Oribe 
en la presidencia, era un embuste calculado para aluci- 
nar a] pueblo, pues aseguraba por su honor que las po- 
tencias mediadoras no reconocían en Oribe otro carácter 
que el de jefe del ejército invasor». Tan desgraciada- 
mente calculada era esta proclama, después de haber 
el comisionado de las potencias interventoras en notas 
oficiales reconocido á Orib(^ presidente del Estado Orien- 
tal, como el nombramiento de don Juan Andrés üelly 
de ministro plenipotenciario ante la provincia del 
Paragiuiy. la cual se hal)ía declarado independiente, al 
favor de las sugestiones del Brasil y de la prédica de 
los emigrados argentinos. (;') 



( ' ) Manuscrito original cu ini ai'ciiivo. (Véase el apéndice.) 

(2) i'^sta carta fué interceptada poi' fuerzas de Oribe. La publicó 
El Defensor del 14 de enero de 1847. 

(3) Á las inlluencias del Brasil, á los trabajos y propaganda de 
los ennigrados unitarios, más que á manifestaciones de opinión (\\w 
la abonasen, se debió el que el gobierno del Paraguay declarase 
expresamente recién en 1842 independiente esa provincia de la Repú- 
blica Argentina á que siempre perteneció. 

Las primeras autoridades patrias que se dio esa provincia des- 
pués de la revolución de 1810 consagraron la idea y el hecho de la 
nacionalidad argentina; y el cargo que le hacían al gobernador Velas- 
co, (|ue pretendía separar esa provincia y entregarla ;'i los portu- 
gueses, era el de no querer enviar diputados al congreso general de 
las provincias argentinas « con el objeto de formar una asociaci(')n; 
y que n(> había motivo para creer qu(í abandonasen á un pueblo tan 



— ;!11 — 

La prensa de los einigrados argentinos en Monte- 
video reflejaba los principales contornos de esta })olítica 
de guerra, con todo el colorido que le inspiraba el 
temor de que efectivamente la Francia y la Inglaterra 
i'omprendiesen al fin ([ue les sería muy difícil obtener 



ilustrado y generoso como el de Buenos Aires». Consiguientemenic 
Im Junta Provincial compuesta (le don José (iaspar Francia, don Ful- 
Jcncio Yedros, don IVdro Juan Caballero y demás corifeos del 
jironunciamienlo nacional, celebró con los representantes de la junta 
de Buenos Aires la convención de unión ledcrativa de 12 de octubre 
(le 1811, en la ([uecomo partes integrantes de una misma nación, 
reglan sus relaciones económicas y políticas ^ hasta que se establezca 
(d congreso general»; y consagran «con las más sinceras protestas 
los estrechos vínculos (ine unirán siempre en la, IVaternidad á esta 
l)rovincia del Paraguay y las demás d(d no de la Plata». 

En 1815 (d Director Supremo del Estado pidic) al gobierno (hd 
Paraguay un contingente de 4000 hombres para el ejército nacional, 
y el doctor P'rancia responilic) (|ue estat)a dispuesto á hacerlo ;i 
(•ondici()n de que el gobierno general sufragase los gastos necesarios 
(|ue esa provincia no podía hacer por su cuenta. Én 1816 el Direc- 
rio Supremo de las Provincias Unidas, reglando los privilegios del 
cabotaje nacional, excluyó de éste á los extranjeros en toda la exten- 
si()n de las aguas inteiáores de la República, <' y por la parte occi- 
ilental hasta los confines de la provincia d(d Paraguay». ¥A que los 
dijiutados de esa, provincia, no concurrieron al congreso (¡ue (Icíclaró 
la independencia argentina, no aduce, ni podía aílucir en favor de 
la independencia del Paraguay. i)ues (|ue tampoco concurrieron los 
de las provincias de Sania Ftí y Entre Rujs, ni los délos territorios 
de Corrientes y Misiones. Sacudido todo el país por la ananiuia 
tremenda del año XX, la provincia del Paraguay siguió la suerte 
de las demás que se aislaron las unas de las otras, separándose 
¡idminislrativamente, pei-o conservando el sentimiento y el voto de 
la naci(jnalidad argentina. El doctor Francia, si bien establecii) la 
iiicomunicaciíMi del Paraguay con las otras provincias. jam;'is l;i 
declaró independiente de éstas; y tanto es así que(!n 182.^ el gobierno 
de Buenos Aii'es, encargado al electo, convocó á los diputados del 
Paraguay jiai'a el congrtiso g(!neral constituyente de las Provincias 
luidas. Imbuido en su aislamieulo sombrío, y no ocultándosíde la 
lucha d(! las dos tendenídas opuestas (|U(! iban á disputarse la victo- 
ria en ese congreso, el doctor P'rancia poslerg(') el envío de di])u lados; 
p;íro tampoco en((jnces ni después produjo detdaraciíui que exi)re- 
sase la inde})end(!n(da de esa provincia de la unicui argentina. 

Lanzada la liepública (íu los horrores de la guerra (dvil, (d doctor 
Francia aish» (■()iu])lelam(Mil(! al Paraguay ¡¡ara cnitar (lue éste se 
contagiase con ella. Fué el Brasil (|uier. al favor de las divisio- 
nes qu(! ahondaba esa guerra civil, trabajó á don Carlos Antonio 
l.ctpez para que declarase! sohüiinenienle la indepcMidencia de (!sa jjI'o- 
\ lucia, pi'omeliéiid(d(! el subsiguiente recoiitxdmieuto (lue de ella 
liaría id liiijíerio y la luülalerra. Poco antes el Brasil liabía contribuido 



permanentemente en el río de la l^lata otras ventajas 
que aquellas que se acuerdan recíprocamente las nacio- 
nes civilizadas. Pretendiendo servir sus ambiciones, 
esos publicistas habían servidíj y. servían las de los 
enemigos de su patria y las de una minoría de [)arti- 



cun la Francia en negociación análoga respecto de ("orrienies. Ya .•<(' 
lia vi.slo cómo — y el mismo general Paz lo narra prolijamente.— López 
movido por el Brasil exigía como condición para concluir con Co- 
i'rienl(!S y con Paz el tratado de alianza contra el gobierno de Rozas, 
(jue esta última provincia se lial)ía di? decdarar independiente de la 
(■onlederaci<)n Argentina . Se ha visto también cómo el Brasil contri- 
buyó indirectamente en la negociación ()ue entablaron los ministrfis 
de Francia é Inglaterra con el general T.rquiza para que éste decla- 
i-ase la independencia de EiUre Ríos, prometiéndole reconocerla 
inmediatamente. Los emigrados unitarios argentinos íavorecicroii 
de í^u parte la segregación del Paraguay y de pjitre Ríos y Corrien- 
les. según se ha visto más arriba, « como un medio, según éstos, úr 
tlebilitar el poder de Rozas ». Rivera Indarte escribió disertaciones 
sobre Ui Legitimidad de la independencia del Paraguay; y don Flo- 
i-encio Várela sostenía en El Comercio del Plata la misma legitimi- 
dad. Esta pretendida legitimidad se fundaba, pues, en las mismas 
i-azones en virtud de las cuales las grandes potencias extranjeras, 
auxiliadas por los trabajos del lírasil y por la propaganda de algu- 
nos argentinos, querían transformar la geografía política del litoral 
argentino, es á saber: debilitar la vasta y rica Conléderación, y 
foi'inar bajo sus auspicios una nación rodeada de los ríos Paraiui, 
I'ruguay y Paraguay de la cual la Inglaterra y la Francia serian 
bts arbitros, sin perjuicio de tomar parte i^ara si en las ventajas que les 
jjroporcionaran las circunstancias, dando por lo demás, comiiensaila 
la cooperacicin del Brasil cf)n el hecho di; la creación de ese nuevo 
Estado que aseguraba las fronteras del Imperio y lo poniaá cubierto 
de un vecino que quedaba impotente. 

Lo que no pudieron obtener todas estas grandes influencias com- 
binadas resi)ectode p]ntre Ríos y Corriímtes, lo consiguieron resxiecto 
ilel Paraguay. El Brasil cuyos hombres públicos lian incurrido siem- 
pre en el error de creer que conviene á la grandeza de ese país debi- 
litar á la Re])ública Argentina, sin aiiercibii-se jamás de f|ue todo 
lo (jue han conseguido y conseguirán en este sentido ha sido y será 
seguramente muy ¡joco, t-omparado con los beneficios trascenden- 
tales que les ofrecería una IVanca ¡lolítica, una amistatl sincera con 
la única nación relativamente fuerte — con el único coloso (|ue se 
levanta para el porvenir en la América del Sur; el Brasil, seducido 
por los halagos del éxito inmediato que riñe con la previsión, 
aligeró las cosas en el Paraguay; y (d 27 de noviembre de 1842 rd 
gobierno del señor López proclame') recién al Paraguay imlepeii- 
diente de la Confederación Argentina. 

El gobierno argentino protestó inmediaiamente de semejante 
desmembramiento del territorio argentino. Los mensajes del general 
Rozas que contenían esta protesta, l'ueron desvirtuados por entonces 
hasta cierto punto por la impugnación de los escritores argentinos 



— 31:; _ 

darios intransigentes, quienes, aunque liubiesen tenido 
de su parte toda la razón y la justicia, habíanselas 
dado á sus adversarios por el hecho ominoso de ir á 
mendigarlas al extranjero que hacía la guerra á la Confe- 
deración Argentina, y aliándose con éste y enalteciendo 
las agresiones de éste como conquistas de lacivillzaciíMi. 
De todos modos el gobierno de Rozas estaba deci- 
dido á sostener los derechos de la Confederación Argen- 
tina con los recursos de que disponía. Cierto es que 
no tenía más apoyo exterior (^ue las simpatías de la 
América y la Europa, pero contaba con el consenso casi 
unánime de los ciudadanos. Además de los batallones 
Guardia Argentina y Restauradores y de 40 cañones que 
se vieron en la revista militar del O de julio de 184ü. 
había en la ciudad de Buenos Aires como 10. U(JO cívicos 
({ue en dos horas estaban en los cuarteles con las armas 
que guardaban en sus casas, siguiendo la tradición del 
antiguo Cabildo ijuh consagraba este derecho del ciuda- 
dano armado y que se conservó bajo el gobierno de 
Rozas. Las milicias de campaña, y las fuerzas que 
mandalian Pinedo en Santos Lugares. Pacheco en Lujan, 
Mansilla en el norte y don Prudencio de Fíozas en el 
sur, ascendían á i.üOO homl)res en su mayor parte iW 
caballería bien montada y [irania ;i entrar en combate. 
Kl grncral l'r(|iiiza tenía bajo sus órdenes 9.500 solda- 



uiiitarios. íjuicnos aliadds (.'II cansa con el Hi-asil y con los cxlran- 
jci-os en jíniM'i'a con la fonroderaclón Argentina, pusieron ¡i eontri- 
i)nc,i()n losai-cliivos é iniciaron una projiaiianda en í"a\'or del l'ara- 
línay más eficaz jjai'a sus propósitos (|ue difíua de su calidad de 
arfícniin(»s. Kn 1844 (d Brasil reconoció la independencia del Para- 
guay en medio de las reiteradas protestas del gobierno arg<'ntino. V 
éstas se nuuituvieron liasta el año del 1S51 en (pie (d l'aragiujy habría 
sido r<Mncori)orado \n)v su voluntad á la ('onrcd(>raci('>n si (d Hrasil 
y la nueva coalieiíin contra l\<iza< no lu liuiíicrc impedido, como s(> 
ver;i m¡is ad(dante. 



— :U1 — 

<los. Oribe coinaüdaba 4,()(K) soldados argentinos. (') Y 
los generales Echagüe, López, Lucero, Ibarra, Benavidez, 
Gutiérrez, coroneles Navarro. Mota, Saravia, Iturbey, 
Mallea, gobernadores respectivos de Santa Fe, Córdoba, 
San Luis, Santiago, San Juan, Tucnmán, Catamarca, 
LaRioja, Salta, Jujuyy Mendoza, impuestos de los docu- 
mentos que acreditaban el entorpecimiento de la pacili- 
<--ación del Plata, sobrevenido por la insidia de los 
ministros de Francia é Inglaterra, reproducían á nom- 
bre de estas })rovincias sus declaraciones de concurrir 
con las fuerzas de su mando á cualquier [)unto donde 
Rozas les ordenase. La Confederacicm contaba, pues, 
<*on más de setenta mil liombres para defender su terri- 
torio y sus derechos. {-) 

En medio de esta espectativa los ministros Deffaudis 
y Ouseley, y el contraalmirante Lainé hicieron un 
último esfuerzo para que Rivera jugase la partida 
con ventaja sobre Oribe desalojando á éste. ;i liii 
de poder aducir ellos nuevos argumentos, si, como lo 
j)ensaban. sus gobiernos les exjjedían ulteriores instruc- 
ciones para que ajustasen la pacilicaci(3n. Y el hecho 
es que con los auxilios y recursos que ellos le presta- 
ban, Rivera ocupó algunos puntos importantes y se coloc() 
en situación ventajosa. En Maldonado estaban b)s 
coroneles Flores y Silveyra apoyados por los buques 
anglofranceses. La Colonia fortilicada por los intervento- 
res y guarnecida por fuerzas inglesas. En el Carmelo, el 
coronel Baez con una división de extranjeros y alguna 
caballería. En el Salto el general Medina, apoyado igual- 



( ' ) Pastos datos los tomo de un estado prolijo copiado en la 
secretaria de Rozas; y del estado que á mediados de 1846 hizo levan- 
tar Urquiza en el cuartel de Cala. 

(^) Véase La Gacela Mercantil de noviembre y diciembre de 
1846. Véase en el apéndice la correspondencia particular de los 
j^'obernadores de provincia. (Manuscrito en mi archivo.) 



— Bir, — 

mente por los buques anglofraiiceses. Rivera en Merce- 
<les con fuerzas de infantería, artillería y caballería; y 
todos estos puntos en fácil comunicación con Montevideo, 
merced á la escuadra anglofrancesa y á la ílotilla 
armada para cruzar las operaciones de las fuerzas de 
Oribe. Y en prosecución del plan de apoderarse de 
todos los puntos sobre los ríos para cortar la comuni- 
cación entre Urquiza y Oribe, y estrecliar á éste en un 
círculo cuya Tínica salida sería Montevideo adonde ten- 
dría que estrellarse. Rivera le escribió al general Medina 
que él marcbaba en dirección al Salto y que en seguida 
s(^ apoderaría de Paysandii. « Me es muy satisfactorio, 
le respondió Medina el 11 de octubre, saber que V. E. 
ba sido encargado de realizar el })lan acordado por el 
Superior Gobierno en consonancia con los señores minis- 
tros y almirantes de Francia é Inglaterra.» ('; 

Pero Rivera no se dirigió allí como debió liacerlo. 
}»ues no se b^ podía acuitar que Oribe no permanecería 
entretanto inactivo. Se fué á Montevideo, según era su 
costumbre antes de emprender operaciones de guerra. 
Allí se encontr(') con que Urquiza se había ofrecido por 
su sola cuenta á mediar amigablemente entre Oribe y 
el gobierno de la plaza; que éste último había aprove- 
chado la coyuntura para reanudar con el mediador bi 
negociación entablada ])or los interventores para que se 
sublevase contra el gobierno argentino y segregase l;i. 
provincia de Kntre Ríos; y que en tal sentido le liabí.i 
dirigido una ai)ultada c(jrrespon(lencia jior intermedio 
del coronel inglés Mundell. Ksto no er;i novedad para 
líivera, pues él mismo había iniciado una negociación 
(•t)n ()l"ibe sobl'e bases (|ue ('sle no ace|it('t. pero ([Uedié) 



(M Ksl:i cüflM fiit' iiiici'c('pla(i;i 1:011 iii.ls cnriM'spoiKlciici;! ¡xm' 
fuerzas de Oribe. Se piiblicf) en El Defensor del 14 de enero de 
1S47, V en Iai Gaceta Mercantil del 2:{ de enero del mismo ;u"i(>. 



— :U() — 

piibulo á 'fuertes reyertas con los interventores, y i)riu- 
cipalniente con Garibaldi, Brie y Thiebaut. Tampoco 
pudo sacar nada en limpio sobre este particular, pues 
Rozas, apercibido á tiempo. desaprob() la conducta de 
Urquiza; y cuando éste le remitió cerrados los paquetes 
de correspondencia del gobierno de Montevideo, Rozas se 
los devolvió para que se los dirigiese cu la misma forma 
y con el oficio correspondiente á Oribe. }»rp\ iiiii'udolc 
que comunicase al coronel Mundeli que cual(|uiera co- 
rrespondencia política de que fuese encargado debía 
entregarla al gobierno argentino que era el competente 
para reí'ibirla. C) Rivera atribuyó este nuevo fracaso al 
poco tino con que el negocio había sido conducido y 
levantaiulo el tono declar(') ({ue era el gobierno el que le 
cruzaba sus planes. En pos de esto renunciaron los minis- 
tros, inclusive Magariños, que era riverista decidido, y 
que con motivo tal le escribía ;i la señora Bernardina 
Fragoso, esposa de Rivera: «La adjunta para mi compa- 
dre le impondrá de la resolución que he tomado por no 
poder ya pasar por otra cosa. Es imposible que pueda 
seguir con los hombres que han ({uedado. y las cosas que 
pasan de diario. » (*) 

Á mediados de diciembre marcluj Rivera sobre Paysan- 
dúcon una fuerza de 400 vascos, 300 negros del 4"^'. de línea, 
y 500 soldados de caballería al mando del general Lama- 
drid. F]l día 25 campó en Sacra, y en la madrudada 
siguiente intimó rendición al jefe de la plaza defendida por 
poco más de 500 soldados. Rechazada la intimaci(')n inici('» 
el ataque en combinación con el fuego mortífero (jue hacían 
desde la rada los buques franceses Pandour. Alsacienne^ 
Tacti</iie. y el 9 de Julio, apresado anteriormente á los 



(M Véase las notas de l,'i(|uiza y del ministro Aran.) (mi La Ga- 
ceta Mercantil del 3 de marzo de 1847. 

{-) Manuscrito original en mi archivo. (Véase d a})éMdice.) 



— :;17 — 

argentinos. Después de un conibate desigual, que sos^ 
tuvo vigorosamente la débil guarnición durante cinco 
horas, y cuando las balas y bombas de los buques habían 
destruido é incendiado una parte del pueblo. Rivera entn') 
en la plaza á sangre y fuego, y sus tropas se entregaron al 
saqueo. Los comerciantes franceses allí establecidos im- 
l)loraron la protección del ministro Deffaudis, y le pidieron 
se les indemnizase i)or haber perdido cuanto tenían. «El 
fuego partió de la Alsacienne. dicen en su memorial; y la 
ciudad forzada y saqueada durante cinco días por las tro- 
pas del general Rivera. Setenta y siete casas de comercii) 
de los neutrales han sido presa de las llamas.» ( ' ) El 
Constitucional de Montevideo escribía: «.. .el fuego dur(') 
cinco horas... hubo mucha mortandad. Los fuegos de la 
Pandour y de la Tarti'juc que fueron vivísimos, con- 
tribuyeron mucho al buen éxito de la empresa. Arro- 
jaron sobre Paysandi'i m;is (b- 400 balas que lucieron 
estragos. El combate seguía encarnizado cuando el coronel 
Brie proclann'» vn su idioma á los vascos. Éstos cargaron 
y se rindieron algunos cantones, jtero los demás perecie- 
r(Ui. ')(-) El Comercio del Plata daba análogos detalles 
en su niunero del !) de enero, si bien defería la palma á 
\'¿i Alsarienne que « dirigi(') fuegos juortales á los enemi- 
gos. » (■*) 

Simultáneamente el ueneral Iiíiiacio Oriljc operaba en 



' ) Se publicó en El Defensor ([al 11 de .Marzo y en La Gacela 
Mercanlil del 18 de marzo de 1H47. En El Defensor del 15 y en La 
Gaceta del 20 del mismo mes y año se registra la relación circuns- 
tanciada de cada ana de las casas saqueadas é incendiadas en Pay- 
sandú y de la violencias y excesos perpetrados, con especificación 
d(í nombres y detalles. 

{"- ) Del 5 de enero de 1X17. 

(=') Kn La Gacela Mercantil del 14 de enero ilc 1S47 se regis- 
tra la declaración de un oficial prisionero (luc da cuenta de los 
excesos cometidos v\\ Paysandú. Véase el parte oficial de Rivera 
en El Co?istilacional y El Comercio del Plata del 27 de enero 
de 1847. Véas(> r.u el apéndice la caria de ri(|ui/.a ;i Lagos (manus- 
crito en mi arciiivo). 



- ;U8 — 

combinación con el general Servando Gómez. Kl 1". de 
enero batió la vanguardia de Rivera al mando del coronel 
Flores, en los Laureles, departamento de la Colonia; y de 
seguida marchó á batir al general Medina que se hallaba 
en San Salvador. Sitiada la Colonia por fuerzas del coman- 
dante Lucas Moreno, la costa quedaría libre desde allí 
hasta Santa Lucía, y Rivera cortado en Paysandú, si Gómez 
q.ue se dirigía á sitiar este punto se ponía en contacto con 
Oribe. Pero Rivera se movió con el propósito de caer de 
improviso sobre Gómez. Reforzado éste por Urquiza 
con una parte de la división Lagos que pasó el Uruguay 
al mando del coronel Hidalgo, contramarchó y se dirigió 
rápidamente á tomar el Salto. En la mañana del 8 de enero 
le intimó rendición al coronel Luciano Blanco, jefe de esa 
plaza, y como éste rehusase rendirse, Gómez lanzó sobre 
ella tres columnas de ataque por frente y flancos, al mando 
respectivo de los coroneles Diego Lamas, Nicolás Granada 
y Martín Hidalgo. Este combate fué largo y sangriento. 
Los sitiadores tuvieron más de 400 hombres fuera de com- 
bate, y cerca de 200 los de la plaza, muriendo entre otros 
oíiciales el coronel Blanco. A la caída de la tarde Gómez 
se apoderó de los últimos cantones del Salto, é hizo más 
de 80 prisioneros. El resto de la guarnici(')n se trasladó á 
la goleta Resistencia y al pailebot Sosa, pero el coronel 
Urdinarrain que estaba en la Concordia consiguió apresar 
esos barcos, tomando prisioneros á 40 jefes y oíiciales y 
341 soldados cuyos nombres se publicaron uno á uno en 
los diarios del Cerrito v de Buenos Aires. ( ' ) 



( 1 ) Véase parte de Gómez en La Gacela Mercantil del 16 do 
enero de 1847; ídem de Urdinarrain en La Gacela del 19 de enei-o 
Parte detallado en La Gaceta del 9 de febrero de 1847. Véase. 
Archivo Americayio, 2». serie, tomo I, pá^'. 99 y sig.Elsolo batalkin 
de infantería de la división Lagos, (|ue á las órdenes del mayor 
l^aso asistió á la toma del Salto, tuvo 69 hombres fuera de combate. 
—Véase en el apéndice la carta y relación de Haso á Lagos (ma- 
nuscritos originales en mi archivo). 



— ;U9 - 

Pocos días después, el 27 de enero, la vanguardia del 
general Ignacio Oribe retomó la ciudad de Mercedes, hizo 
246 prisioneros y se apoderó de 6 cañones, (300 fusiles, 
muchas municiones, pertrechos de guerra, artículos de 
comisaría, 4 banderas, una francesa y otra sarda. Don 
Francisco Seguí, en carta que dirigió al general Medina 
desde la Isla Sola á 2 de febrero, y que fué interceptada 
por Oribe, le dice: « Tengo todos los pormenores de la de- 
sastrosa retirada de Mercedes. . . el 26 á latarde determina- 
ron la fuga vergonzosa los coroneles Costa, Baez, Piran y 
Lavandera, abandonando cañones, etcétera, etcétera, cru- 
zando el río y yendo ala isla del Vizcaíno. ( ') 

Entretanto Rivera, después de haber errado su golpe 
sobre Gómez, se vio obligado á retirarse de Paysandú. El 
general Ignacio Oribe acababa de derrotarlo y dispersarle 
su mejor fuerza en las cuchillas de las Piedras de Espinoza. 
Con los 400 hombres que le quedaban, se dirigió el 18 de 
enero hacia Maldonado adonde había una división de la 
(|ue podía ochar mano. El día 24 llegó á las inmediaciones 
del Tala, y el coronel Barrios (jue sitiaba esa plaza lo 
derrotó el día 26 en la punta de la Sierra de las Ánimas, 
persiguiéndolo hasta Maldonado y tomándole el ganado 
vacuno y caballadas que conducía. (-) A consecuencia de 
las operaciones simultáneas de los generales Ignacio Oribe 
y Gómez, y de la retirada de Rivera. Gómez retomó á 
Paysandi'i el día 2;i de enero, casi sin combatir con la 
l)equeña guarnición que se refugió en la Isla Grande, bajo 



( ' ) Se ]»iil)lic() en La Gacela Mercantil cii. del '20 de r(d)i'er<). 
— Ilijlotiii N". 135 del Ejército. 

( 2 ) Parte del coronel Barrios al general Oribe. Boletín 133 y 
1:54 áv\ V.']kivc.\io. y i^^^Q La Gaceta Mercantil del O de lebrero de 1847 
Archivo Aw.ericayiú, tomo I, pá<r. 122. Véase el parte exiilicativo 
(jue dirige el general Rivera al gobierno de Montevideo, publicado 
en FA Comercio del Plata del :{() de enero de 1847 y tran.seriplo 
en La Gaceta Mercantil del U de lebrero y en el Airhioo ameri- 
cano, ion\o 1, pág. 125,2". serie. 



— :)•>{) — 

l;i i)i'otec('iün de los buques de guerra franceses; y de la 
misma manera, el comandante Lucas Moreno retonnj el 
Carmelo el 3 de febrero. (*) 

Ya no les quedaba á Rivera y á los franceses más 
que las plazas de la Colonia y de Maldonado. La pri- 
mera defendida por el coronel Flores, al que se agreg<) 
el general Medina después de su derrota en el Paso de 
las Piedras el 4 de enero; y la segunda por el coronel 
Baez, y de donde acababa de salir Rivera en buques 
franceses para la isla del Vizcaíno. El 9 de enero el 
comandante Lucas Moreno atacó las posiciones de la Reta- 
ma de la Colonia sostenida por 1") cañones y tres cantones 
guarnecidos por vascos. Después de un vivo fuego con- 
sigui(') tomar algunas armas, imanado vacuno v caballadas, 
perdiendo en cambio uiuchos de sus soldados, en un 
combate cuyo éxito no ])odía serle favorable. (^ ) 

El lU de febrero las guardias del general Ignacio 
Oribe, destacadas en las costas del río Negro, desde 
el bañado de Soriano basta la barra de San Salvador, 
fueron atacadas por 120 soldados de infantería y caba- 
llería riverista y por l-Kl de infantería de marina francesa, 
protegidos por cinco barcos menores, y dos buques de 
guerra franceses, todo ello al mando del comandante 
del bergantín Pandour. Arrolladas las guardias y en 
circunstancias en (jue los franceses trasladaban á los 
barcos todo cuanto podían sacar del pueblo de Soriano, 
Oribe lanz('» sobre ellos 2(.)() (caballos al mando de La- 
prida y Sosa, y el batallón Rincón. Los franceses bicieron 
pie protegidos por los cañones de sus buques, pero 
fueron á su vez arrollados v la caballería argentina los 



{} ) Véase partes respectivos eu el Archivo Americano, lo- 
mo lo, pág. 115 y 119. 

(-) véase parte de Moreno, Archivo Americano, ib. il).. p;ig. lo2. 



:!-21 



iiciichilL't hasta cerca de los buques donde se guarnecie- 
ron llevando herido al comandante del Pandoiir. ( ' ) 

El botín que los franceses pudieron trasladar á sus bu- 
ques, constituíanlo artículos de uso militar, comestibles, 
bebidas, alhajas, etcétera, tomados violentamente de 27 
casas de comercio del pueblo de Soriano. cuyos nombres, 
juntamente con la relación de cada uno de los artículos 
saqueados. registraron los diarios del Cerrito y de Buenos 
Aires sin ser desmentidos en fuerza de la notoriedad del 
hecho. (-) Fué á consecuencia de esto y de los grandes 
embarques de ganado que hacían los franceses donde 
quiera que podían, que Oribe expidi(') su decreto de 23 de 
febrero, en el que declaraba que serían considerados como 
piratas y castigados como tales las capitanes, patrones ó 
tripulantes de buques, que llegasen á ser aprehendidos en la 
oi)eración de cargar cualquier clase de ganados ó frutos 
sóbrelas costas de la República sin la autorización corres- 
pondiente. 

Por lin. cuando el general Ignacio Oribe terminaba su 
campaña contraías fuerzas francoriveristas en los depar- 
tamentos de su cargo. Gómez se movía en seguimiento de 
Rivera que reunía elementos en la isla del Vizcaíno. (^) El 
L") de febrero se aproxiiuí) al arroyo del Vizcaíno. Rivera 
lo sintió <'i tiempo y empezó á embarcar en los buques 
franceses los hombres y recursos (jue i)o(lía. sosteniendo 
fuertes guerrillas sobre el mencionado arroyo. En la ma- 
drugada del 14. Gómez hizo pasar su caballería é infantería 
y se a))oderó de la isla del Vizcaíno y de la de Lobos 



( ') \('iis(.' Kl Defensor de la Independencia del 37 de leltrero 

(Ir 1S47. 

( ^ ) Véase A7 Defensor de la Independencia del 27 de lebrero y 
La Gacela Mercantil del G de marzo de 1847. 

(•') ]'ar(e de Oribe en El Defensor de la I?idependencia de 10 
d(! rel)rero. Véase La Gaceta Mercantil del 4 de marzo de 1847 y A?*- 
chivo Americano, 2-^ serie, tomo i, pá^-. 14(». 

TOMO IV. 21 



— 322 — 

que Rivera acababa de desalojar. (') Rivera se dirigió á 
Martín García, siguió á la Colonia y embarcando lo que 
pudo en los baques ingleses Faltón, Gassendi y Harpij, 
fué á hacer pie todavía en Maldonado. Aquí terminaron, 
puede decirse, las operaciones militares délos aliados en el 
Estado Oriental. Á mediados de febrero de 1847 todo el 
territorio oriental, con excepción de las plazas de Mon- 
tevideo, Colonia y Maldonado. sitiadas, estaban bajo la 
obediencia del gobierno que investía Oribe desde el Cerrito. 
Los contendientes quedaron á la espectativa del giro 
que darían los gabinetes de París y Londres á la cuestión 
del Plata que suscitaron con propósitos múltiples, frus- 
trándose éstos en la mejor parte, merced á la firmeza del 
gobierno de la Confederación Argentina. Los ministros 
argentinos Sarratea y Moreno trabajaban en aquellas 
cortes la prosecución de la fracasada negociación Hood; 
pero el ensañado despecho del barón Deffaudis tejía 
redes que desbarataban relativamente estos trabajos. 
Y lo peor era que Mr. Ouseley, á quien tenía aquél 
avasallado, le ayudaba á tejerlas; de manera que lord 
Palmerston, reaccionando sobre sí mismo, se sintiera 
inclinado á contemporizar con las vacilaciones no muy 
claras de Mr. Guizot respecto de la conveniencia de 
hacer cesar la intervención armada en el río de la Plata. 
Así se desenvolvía la diplomacia de las dos grandes poten- 
cias á principios de 1847. 



( ' ) Parte de Gómez publicado en La Gaceta Mercantil del 5 
de marzo de 1847. Véase Archivo Arnericano, 2^ serie, tomo i, pág, 
143. 



CAPÍTULO LV 



ROZAS Y EL B R A S 1 1. 



(1846-1847) 



Sumario: I. Divulgación universal de la cuestión argentino-anglofraucesa. — II. Cómo 
se destacaba la figura iJolitica de Roiías: principio en nombre del cual resis- 
tió ala coalición. — III. Rozas absorbiólo por los negocios públicos. — IV. 
Su asiduidad en el trabajo: su género de vida. — V. Quiénes compartían 
con él las tareas del gobierno: el doctor Anchorena: boceto de don Nicolás 
de Ancliorena. — VI. El doctor .Arana. — VII. Dificultades económicas y 
financieras que creó el bloqueo y la guerra anglofrancesa: los recursos y la 
deuda. — VIII. Cómo á no haber mediado el bloqueo y la guerra, esa 
deuda habría sido saldada en el año de 1852. — IX. Lo que constituía el 
grueso de esta deuda: fenómeno económico de la valorización paulatina 
de la moneda de papel. — X. Causa de este fenómeno: la grande confian- 
za en la rectitud administrativa de Rozas. — XI. Tentativa del general 
Flores para recuperar posiciones en América con auxilio de España: invi- 
tación de los gobiernos de América al de la Confederación Argentina. — 
XII. Iniciativa de Chile y el Perú. — XIII. Invitación del Perú para un 
congreso americano: fracaso de la expedición Flores. — XIV. Tirantez de 
relaciones entre la Confederación Argentina y el Imperio del Brasil: rol 
que éste desempeñaba durante la intervención anglofrancesa. — XV. El 
ministro Guido reclama del Imperio el cumplimiento de la convención de 
1828: nueva reclamación sobre jefes riveristas armados en el Imperio.— 
XVI. Guido exige una declaración categórica respecto de la misión 
Abrantes. — XVII. Reticencias del ministra Cayrú sobre que ellmperio 
intervendrá en la pacificación del Plata. — XVIII. Prevenciones de la 
prensa ministerial del Imperio sobre probabilidades de una guerra con la 
Confederación: El Comercio del Plata se constituye auxiliar del Impe- 
rio. — XIX. Sostiene la conveniencia de que este último so arme contra 
el gobierno argentino quien pretende reconstruir el virreinato. — XX. El 
Imperio hace suya la propaganda de El Comercio del Plata y manifiesta 
sus temores al ministro argentino: brillante nota de Guido: quién defendía 
y atacaba la independencia .del Estado Oriental. — XXI. La provincia del 
Paraguay: la de Tarija. — XXII. El Brasil y el general Urquiza. —XXIII. 
Á qué respondían los trabajos del Imperio en el litoral argentino: su cál- 
culo en la doble hipótesis de si la intervención anglofrancesa triunfa ó no 
del gobierno argentino. — XXIV. Actitud especiante del Imperio en la 
negociación del gobierno argentino con Corrientes. — XXV. Porqué reac- 
cionó Urquiza de sus primitivas vistas en esta negociación. — XXVI. 
Declaraciones de Urquiza cuando Rozas rechazó el tratado de Alcaraz: 
Rozas rechaza el tratado con Madariaga: fundamento que da para recha- 
zar el de Corrientes con el Paraguay. — XXVII. Proposiciones del gobierno 
argentino que Uríjuiza le trasmite á Madariaga para reincorporar Corrien- 
tes. — XXVIII. Jja obra de la coalición: sentimiento antiargentino y 
principios segrcgatistas del gobernador Madariaga. — XXIX. Reticencias 
(le éste en espera de la ayuda prometida del Imperio: ultimátum de 
Urquiza ¡I Madariaga. —XXX. Agitación de los federales de Corrientes 
ante la resistencia de Madariaga. — XXXI. Urquiza retira de Corrientes 
su comisionado y se prepara á reincorporar Corrientes á la Confederación 
Argentina jior medio de las armas. 



Tan vastci era la escena en que se desarrollaUaii los 
sucesos en la época que precedió y se sigui(') á la inisi(')n 
Hood, y tan importantes los agentes de la eoalicifui 



- :m — 

contra la Confederación Argentina, que se puede decir 
con propiedad que todo el mundo civilizado se preocupó 
de la cuestión del Plata con preferencia á las cuestiones 
coetáneas de la Grecia con Turquía, de Inglaterra con 
España, del Egipto, de la India y de la China. La prensa 
de Europa y de América la divulgó y estudió extensa- 
mente á la luz de los principios, de los intereses y de 
los sentimientos que comi)rometía. No quedó antece- 
dente ni detalle por publicarse: y la misma controversia 
que suscitó en los parlamentos de Francia y de Ingla- 
terra, puso de manifiesto la justicia de la causa que con 
singular íirmeza sostenía el general Rozas á quien esa 
prensa levantó á la altura de los grandes hombres. Por 
la primera vez, desde la emancipación de las colonias 
españolas, la conciencia de la Europa se ilustró respecto 
de las fuerzas materiales y morales de que disponía A 
dilatado y riquísimo territorio bañado por el Plata, el 
Paraná, el Uruguay, el Paraguay, el Pilcomayo y el 
Bermejo; y por la primera vez sintió la necesidad de 
crearse vínculos humanitarios, sociales y mercantiles en 
los países de Sur América al favor de los principios 
que admiten entre sí las naciones civilizadas. 

En medio de esta periferia se destacaba naturalmente 
el general Rozas, mirando á la distancia los puntos 
negros del círculo dentro el cual pretendían en vano 
estrecharlo sus enemigos coaligados. Porque fué ésta 
la época más azarosa, más difícil y más laboriosa de su 
vida de gobernante. Fué entonces también cuando desen- 
volvió verdaderamente sus condiciones de estadista, para 
abarcar todo el teatro de la coalición, pulsar con admi- 
rable tino las ventajas y desventajas que le ofrecía; 
imprimir dirección simultánea y eficiente á los negocios 
de la diplomacia y de la guerra, y frustrar y nulificar la 
acción combinada contra él de gabinetes, de generales 



— 325 — 

y de diplomáticos, fuertes por sus recursos y su fauui. 
Difícil es creer, couio lo repetíau El Comercio del Plata y 
El ConstitucionaL que Rozas luciese freute á esa tre- 
iiieuda coalicróu obedecieudo exclusivamente á la necia 
vanagloria de resistirle á las dos potencias más fuertes 
de la Europa á costa de la ruina de su país. Los hechos 
estudiados hasta aquí acreditan lo que los argentinos 
aliados del extranjer(t n(j podían confesar entonces sin 
enaltecer á Rozas, es á saber: que mucho nu'is que el 
fiero orgullo patrio, iníluyó en el ánimo de Rozas la 
chira visión que tuvo de las ambiciones veladas de las 
dos grandes ptjtencias europeas, y de la forzosa necesi- 
dad de resistir hasta el lUtinio trance, con el lin de 
conservar en los tiempos la nacionalidad argentina 
consagrada en 1810. 

Y es lo cierto que Rozas dirigía personalmente todo 
el cúmulo de negocios (jut; absorltían la atenciíjn pública 
eti esa época. Como el tiempo era corto para estudiar- 
los uno á uno. ideó el sistema de las carpetas, ó sea la 
relacifui sucinta de ellos, acompañada del proyecto de 
respuesta (') resolución que le remitían bjs ministros ó 
los oüciales de su despacho inmediato, según las circuns- 
tancias. Rozas, ó cruzaba las carpetas con una raya 
j)ara que se le remitiese nuevo proyecto de resolución, ó 
intercalaba las observaciones que lo sugería su espíritu 
sagaz, singularmente gemn-ali/ador y. más (|ue toib), 
familiarizado con todos los asuntos de gobierno, inchi- 
sive los de la alta diplomacia. Ks que desde el año 
18;^') Rozas vivía exclusivamente dedicado á las tareas 
dfl gobiri-iio. pero dedicado sin tregua ni descanso. 
(•(Uinaturalizándost' con todas las necesidades, atendiendo 
como suyos todos los intereses y desenvolviendo con 
creciente asf)mbro de los (|ue lo rodeaban bis condicio- 
nes eviíbiitcs del estadista previscu-, cuyos actos se cma- 



- a^B — 

dcnan con la l(j,^ica posible á las vistas trascendentales, 
y le proporcionan el medio de sobreponerse á más de 
una situación difícil. 

El trabajo árdno qne agobiaba á sns secretarios, obli- 
gándolos á turnarse, jamás lo fatigaba, ni menos alteraba 
su robusta organización. La sobriedad y los hábitos de 
orden adquiridos durante largos años de pionner salade- 
rista, agricultor y hacendado, en los que se labró una 
fortuna de un millón de duros aproximadamente, habían 
resistido á todos los halagos que le brindaban su nombre 
y su posición. Su persona rebosaba salud y aseo. Aunque 
había engrosado bastante á causa de la vida sedentaria que 
llevaba, se conservaba ágil y vigoroso; y su fisonomía 
trasuntaba la frescura y los aires de la juventud á pesar 
de sus cincuenta y cuatro años. Su traje era siempre 
modesto y por demás severo: un saco cruzado, un pan- 
talón de paño azul y botas irreprochables, — resabio de raza 
del que jamás prescindió. Había concluido por no tener 
hora para comer ni para dormir. Su amorosa hija tenía 
que insistir jiara que la acompañase á la mesa; y comía 
poco, sin beber vino ni licores jamás. En cambio era este 
el momento de sus expansiones, de sus desahogos jocosos, 
de las bromas comprometedoras, de las ligerezas que toma- 
ban por blanco á los íntimos y que dejaban estupefactos á 
los convidados noveles; todo lo cual daba tema á sus ene- 
migos para atril)uirle extravagancias indecentes y aun 
delitos cuya verdad sólo acreditan sus propios dichos. 
Jamás asistía á fiestas, teatros, paseos ni solemnidades. 
Cuando era necesaria la presencia del poder ejecutivo, lo 
representaban sus ministros Arana ó Insiarte. Dos veces 
solamente quebrantaba esta regla: el 25 de mayo y el 9 de 
julio, que presenciaba el desfile de las fuerzas cívicas. No 
visitaba á sus amigos ni á persona alguna, pero le gustaba 
que sus relaciones se citasen en los estrados de su hija, 



— 3'27 — 

€omo efectivamente sucedía. Tal cual vez pedía uno de 
sus caballos, y sólo y de un galope llegaba á su quinta de 
Palermo cuyos trabajos estaban casi terminados, y donde 
permanecía algunos días con los secretarios de su des- 
pacho inmediato. 

Cierto es que Rozas conservaba á su lado tres personas 
que desde años atrás compartían con él de las tareas del 
gobierno, y cuyos consejos privaban en sus resoluciones. 
Eran don Felipe Arana, y sus primos don Tomás ^lanuel 
y Nicolás de Anchorena. Don Tomás Manuel de An- 
chorena, uno délos patricios de Buenos Aires, fué amigo 
invariable y consejero ilustrado y concienzudo de Rozas, 
así en las cuestiones de orden interno como en las exterio- 
res y diplomáticas que solucionó con honra y ventaja para 
la República, ó en las que hizo pesar el prestigio de sus 
oj)iniones bástalos últimos días de su vida. (') 



( ' ) El doctor Tomás .Manuel de Anchorena, es quizá el tipo más 
acentuado de esos espa'ioles americanos de ñnes del siglo pasado, 
en quienes se confundían la entereza, la generosidad y la nobleza del 
carácter español, y la altivez y ñero orgullo de los cri(dlos de Rue- 
ños Aires, quienes bajo la ítiHuencia misteriosa de las ])risas patrias, 
vivían en perpetua reacción contra sus padres, fieles vasallos del 
i-ey. Nació en la ciudad de Buenos Aires en ITSl. Su padre, un rico 
comerciante oriundo de Navai-ra, tan rígido en sus costumbres como 
lionorable en sus procederes é iníiexible en sus resoluciones, se pro- 
l)uso hacerle seguir la carrera del loro. El hijo salió tallado en el 
molde del padre, y con buenas aptitudes y vocación i)ara llenar cum- 
plidamente las aspiraciones de este último. Su carácter firme, su 
continente severo, sus procederes siempre levantados, así como su 
contracción al estudio y las muestras que dio de su inteligencia más 
rellexiva (|ue l)rillante. le atrajeron el respeto y el aprecio de sus 
compañeros. }.h\\ joven todavía s(! gradu<) de doctor en la Univer- 
sidad de rhai'cas y de vuelta á la ciudad natal atacó con creciente 
ahinco el estudio ilel derecho que llegó á ])rolundizar. Á los res])e- 
tos y confianza (jue inspiraban sus cualidades y sus luces se debió el 
que el ("a))ildo lo noml)rase Regidor para el año d(í 1807 á pesar de 
no contar entonces más que 2G años. 

Anchorena puso su i)osici(Jn social y política al servicio de la idea 
d(! emancii)aci()n (|U(í alimentaban y trabajaban los j()venes de su 
éi)0(!a. En el mes d(; abril de ese año hizo una exhortacicin patr¡(')iica 
al Cabildo, para que éste i)rodujese el acto de sol)eraina popular que 
I)rodujo en el mes siguiente. Como no se accediera á su petición, 
e\igi() ([110 ésta Cnesp consignada en las actas. Súpolo el virrey Cis- 



— ;í:2.s ~ 

Don Nicí^lás de Aiichoroiia tenía todo el parecido de 
raza con don Tomás. Habíase distinguido en la política 
(le sn i)aís })or las iniciativas de sn patriotismo, y por la 
altivez con qne perseguía sus elevados propósitos, á través 
de las pasiones enardecidas ó de las estrecheces de círcu- 



iioros y le mandó decir con el general Ruiz Huido])ro (¡ue tomaría 
medidas contra él, pues no se le ocultaba que en unión de otros 
pretendía turbar el orden público. Ancliorena l'ué uno de los que 
suscribió la lamosa y por siempre memorable acta del 25 de mayo 
(le 1810, por la cual quedó depuesto el virrey Cisneros, en virtud del 
primer acto de soberanía popular que ejerció Buenos Aires por si y 
cu nombre de los pueblos que constituyeron las Provincias Unidas 
del rio de la Plata. Y cuando se intrigó para que el Cabildo de 
Buenos Aires reconociese el consejo de la Regencia qne se había esta- 
blecido en España, el doctor Ancliorena l'ué de los que con más vigor 
y arrogancia combatió esta idea reaccionaria, consiguiendo que el 
Cabildo la rechazase. Y no ocultándosele que se insistiría en ello, 
pues el elemento realista trabajaba para reanudar el vínculo de las 
colonias con la corona, redactó una protesta en la que demosti\aba ;l 
la luz de los principios y de los hechos, los inconvenientes y las 
desventajas del reconocimiento del Consejo de Regencia; instituido 
ilegalmente en España contra las leyes y constitución de la monar- 
(|iua española y contra los derechos y" lucros de las provincias. 
Enseñóle esta protesta al corifeo principal del reconocimiento del 
Consejo de Regencia, quien, aparentando delerencia, intrigó de manera 
que en nn acuerdo del Cabildo, al que no asistieron Ancliorena y otros 
])atriotas, se extendiese con la mayor reserva una acta de reconoci- 
miento á la dicha regencia. Perseguido y desterrado el doctor 
Ancliorena en pos de estas intrigas, solicitó su austera madre que se 
le formase juicio á su hijo, en un memorial en el que se citan los 
antecedentes referidos. Los principales patriotas secundaron esta 
solicitud. Don Juan -José Passo, después miembro del Triiinv'iralo, 
fué (Micargadü de levantar el proceso, terminado el cual el "obierno 
no solo absolvi(') al doctor Ancliorena sino (|ue lo restituyó en sus 
honores de capitular, reincorpoi'ándolo al Cabildo y mandando que 
los demás cajiitulares le indiíinnizasen los daños que había sufrido; 
indemnización á la que AndioiuMia renuncií) generosamente. 

Los cuantiosos intereses de su familia lo obligaron á trasladarse 
al Alto Perú donde los ejércitos argentinos obtenían ventajas sobre 
los de la monarquía. Los generales Nieto y Córdova haíjían sido 
l)atidos en Cotagaita y en Tupiza por el general Balcarce el 27 de 
octubre y el 7 de noviembre de 1810; y el 25 de mayo de 1811 las 
armas de la patria habían llevado sus victorias hasta las orillas del 
lago Titicaca. Pero el general CTOyeneche, violando un armisticio, 
destruyó las fuerzas del representante del gol)ierno de Buenos Aires, 
doctor Juan José Castelli, y atacó y derrotó al general Balcarce en 
Huaquí el 20 de junio de 1811. Las reliquias del ejército patriota se 
retiraron á Jujuy mientras que el enemigo avanzal)a, victorioso. 
En estas críticas circunstancias Anchorena se ofre3Í() ;i su amigo el 



— :m — 

los á qiit; jamás perteneció. En 181!J cayí) con los directo- 
ríales y, como su hermano, fué el blanco de los ataques de 
las facciones que se habían apoderado de la escena pro- 
cesando como traidores al Directorio y al Congreso de 
Tucumán. Pero él tuvo el coraje de confundir á sus 



iicneral Helgrano, quien tomó el mando del ejército Auxiliar del 
i'i'i'ú y lo hizo su secretario y su consejero íntimo. Anchorena. 
abandonándolo todo, se consagTó á su patria ayudando á Belgrano 
con sus luces, con sus luerzas y con todo lo que le pertenecía. Fué 
así como se encontri) al lado de Belgrano en las gloriosas batallas 
de Tucumán yde Salta el 24 de septiembre de 1815, y el 20 de febrero 
(1(! 1813. Belgrano avanzó hasta Jujuy para pasar al alto Perú, pero 
liubo menester de demorarse en tanto que proveía á las necesida- 
des más ajiremiantes de su ejército cuyo estado era realmente 
(biplorable. «Estamos para marchar al alto Perú, le comunicaba el 
doctor Anchorena al doctor Echeverría en carta fechada en Jujuy á 
IG de abril de 1813, la cual ul)ra original en mi archivo (véase el 
apéndice): hasta ahora uo hemos podido salir de aquí. Ya usted 
habrá visto cómo quedó nuestro ejército de resultas de la accicui 
díd 20 y nosotros sedo sabemos cómo ha quedado después por la 
muliitull inmensa de enfermos de tei'ciana que cayeron en seguida 
de la acción, á causa de las continuas mojaduras, malas notdies y 
demás trabajos que sufrieron en una estación la más penosa en estos 
países. Los recursos de estos jtueblos están agotados: la arriería 
está destruida: el tr;insito al Perú asolado y desierto: los ríos creci- 
dos, y la gente sólo puede ir á i)ié: el invierno está encima y los 
sohíados se hallan escasos de y(-\\)\\. Debemos llevar todos los víve- 
i'cs desde a(|UÍ; y éstos ni esi;iu prontos, iii lian poilido estarlo para 
más de tres mil hombres. 

Sobre])oniéndos(í á las calamidades y ;i los rigores de su siltiaeioii, 
el general Belgrano se dirigi()á Potosí acompañado chd doctor Ancho- 
rena. .\llí ['wC' dondt- AiKdioi'cna reveló sus grandes condiciones de; 
carácter y sn indomable energía para vencer las dificultades (¡ue 
(d)staljau á la marcha próspera de un ejército con ser (|iu' era ven- 
cedor. Multiplicando sus esfuerzos é invocando los grandes intereses 
comprometidos <le la patria para (pie todos concurriesen ¡i salvarlos, 
y concurriendo él mismo con sus dineros, consigui<) en i)oco más de 
ires mesiís, y al favor del armisticio celebrado con los realistas, pro- 
veer al ejército ile los recnirsos y medicas de movilidad con los cuales 
reabri<) su cami)afia, pei'iiiaiiecieii lo él en Píjtosí para atender á las 
necesidades iiltei-iores. I-",! genei'al Tristán, violando su compromiso 
militar (¡ontraído en Salta, se incoi'])oró á Pezuela, y juntos atacaron 
;i H(dgrano, derrotándolo en Vilcapiijio y en seguida en Ayouina. 
Anchorena á la cabeza de los patriotas contuvo á, los ([Ue reacciotia- 
baii al favor do los desastres de las arnuis argentinas; y para sahar 
toilo lo posibhí se lortilic(') en la Casa de Moneda de Potosí. Allí 
i'etiriií) los caudales púi)l¡i-os, víveres, cabalgaduras, material de 
guerra y ciiauto podía servir al eji'rcilo pati'iíjta para su retirada: y 
asi fin- cíuiio los restos dispersos de este eji'i'ciio eiicoiil faron un 



— :5:;() — 

detractores en las asambleas populares (|iie éstos cons- 
tituían con la opinión tuiíiiiltnaria del día. Una de estas 
escenas típicas tuvo lugar en el cabildo abierto que se 
celebró en el templo de San Igjuicio el 7 de marzo de 
LS20. En carta de 15 de octubre de ese año, y que en copia 



punto (k; reunión y ,se salvaron con su parque, caudales y todo 
cuanto de otra manera habría caído en poder del vencedor. 

Á los desastres de Vilcapujio y de Ayounia se siguió el de Sipe- 
Sipe, cuando simultáneamente Fernando VII dominaba la España, 
Morillo imperaba en Colomljia, Osorio en Chile, las provincias de 
Cuyo estaban amenazadas desde Chile, las del norte desde el Peni, 
las del litoral por las escuadras españolas, y la Banda Oriental era 
invaditla por los portugueses. Más Tuertes que estos acontecimientos 
que se precipitaban como una montaña gigantesca sobre el reciente 
cimiento de la República que levantalia la América, los pueltlos ar- 
gentinos enviaron sus representantes al congreso constituyente de 
Tucumán, el cual augusto cuerpo declaró solemnemente ante el 
mundo la independencia de las provincias del i'ío de la í'lata de la 
corona de P^spaña. Al doctor Ancliorena cúi)ole la honra de ñrmar 
á nombre de Buenos Aires esa declaratoria de 9 de julio de 1816. 
Trasladado este congreso de Tucumán á Buenos Aires, el doctor An- 
cliorena, así por la tradición patricia como por sus simpatías y 
afinidades, perteneció al partido Directorial que se í'ormó bajo el 
gobierno de Pueyrredón, y por cuyos auspicios, luces y virtudes se 
realizó la independencia argentina, de Cliilc y del Perú confiáiidola 
al genio del libertador San Martin. 

Consumadas estas primeras conquistas y lanzadas las provincias 
argentinas en las vías de su organización, prodújose el choque estre- 
pitoso de las ideas opuestas, en un escenario vasto y que se abría por 
la vez primera á las libres manifestaciones de un país que no tenía 
más precedentes que los de dos siglos y medio de oscurantismo y 
abyección. Es la época que se conoce en la historia argentina con el 
nombre de caos de 1820. Apoderado el pueblo del escenario político, 
con la intuición más ó menos clara de su destino, fueron desalojados 
de sus posiciones los que hasta entonces habían dirigido al país en la 
revolución y guerra de la Indepentlencia. El glorioso congreso d(í 
Tucumán tuvo que disolverse, resignando su autoridad ante el Ca- 
bildo de Buenos Aires, y las facciones arrebatadas por la vorágine 
política que oscurecía los horizontes envolviendo á gobernantes y á 
gobernados, cebaron sus enconos y su impotencia contra los ilustres 
miembros de ese congreso, á punto de procesarlos por traidores á la 
República confabulados con el Portugal. Pero no era el doctor An- 
cliorena hombre á quien arredraban las dificultades que le suscitasen 
adversarios gratuitos, que antes lo sacrificarían á sus furias que no 
abatir su arrogancia y privarlo del derecho que se había creado de 
hablar bien alto y claro como claros y altos eran sus procederes. 
Tan así era, que cuando el gobernador Sarratea expidió los decretos 
de sensación por los cuales abría el proceso de alta traición al Direc- 
torio y congreso derrocados, Anchorena publicó á su vez un manifiesto 



— 881 — 

me cedió el doctor Manuel R. García, así le refería esa 
escena doii José María Roxas al doctor ManuelJ. García: 
(( . . . en seguida apoderándose Agrelo de la tribuna (el 
pulpito) dijo que era tiempo de empaparse en la sangre de 
los realistas y de los partidarios de Pueyrredón y de Alvear. 



en el que explicaba su conducta como miembro de ese congreso, como 
igualmente varias hojas sueltas en las que dejaba nuiy mal parado al 
gobernador. 

Restaurailo el orden legal en Buenos Aires por los auspicios del 
general Rodríguez y del entonces comandante don -Juan .Manuel de 
Hozas en octubre de 1820, el doctor Ancliorena rornió parte de la 
legislatura de la Provincia; y es nota])le que ni bajo el ministerio ni 
bajo el gobierno de Rivadavia, ocupase la posición política á que era 
llamado por sus preclaros antecedentes, por su competencia, y aun 
l)()r las antiguas vinculaciones que lo ligaban con muchos de los 
liombres que á Rivadavia rodearon. Más fuertemente que estas 
cii'cunstancias, inlluyó la de ser el doctor Ancliorena opositor á los 
proyectos de organización nacional bajo el régimen unitario que 
perseguían los amigos de Rivadavia, y tanto más inliuyente y pode- 
roso cuanto que era por entonces el jeíe de una agrupación de hombres 
bien colocados en la sociedad, ó con prestigios en la opini()n, de la 
(|Ue Ibrmaban parte don Victorio García deZúñiga, don Nicolás, y don 
Juan .losé Cristóbal de Anchorena, don .luán ^hinuel de Rozas, don .luau 
N. Terrero, don Felipe Arana, don Manuel V. de .Maza, Dolz, Lozano, 
etcétera. Ksta agrupación fué el núcleo del partido l'ederal urbano 
de Buenos Aires que domiiK) el escenario i)olítico á partir del año 
1.S29, cuando extendió sus ramificaciones en toda la Provincia confun- 
diéndose en miras y en propósitos con el gi'an partido de las campañas 
cuyo jefe prestigioso era el coronel Rozas. Así el doctor .Vncliorena 
movió á todos sus amigos y puso enjuego todas sus inlluencias en 
contra del proyecto de declarar á Buenos Aires capital de la República 
y hacer cesar las autoridades de esta provincia. Kl promovió la idea 
de convocar á la ProAincia á un plebiscito para (jue decitliese sobre 
el particular; y (;uando el referido proyecto se convirtió en ley del 
congreso de 4 de marzo de 1.S2G. Anchorena y sus amigos reaccioiuiron 
francamente en nombre del partido federal, pero sin resuliado por 
eiiionces, pues que alredcilor de Rivadavia se encontraban nuiltitud 
de hombres notables que contrabalanceaban con sus talentos y sus 
antecedentes no menos preclaros las inlluencias que miliiabaii en 
contra del plan de organización nacional que trabajaban. 

Frustrado este i)lan, rcstablc'cidas las atU(U'idades de Buenos Aires 
después de haber Rivadavia renunciado con más nobleza (|ue i)revi- 
situí el cargo de lu'esidente de la Re])ública. y nombrado el coronel 
Dorrego gobernador de la Provincia en seguida de la presidencia 
provisional áv\ doctor McenteLcipez, el doctor Anchorena y sus ami- 
gos entraríjnde lleno en los trabajos i)ara (|iu^ se reuniera en Santa 
Fe la comisiíHi (|ue delúa dar á la República una constitución federal. 
\/,\ prensa unitaria en manos de don .Jiuui y don Florencio \arela, de 
(ialjardo, Lemoine. etc(''tera. lo hizo el blanco de sus tiros. Torqut'- 



]H)rque eran i»ortiigueses. Todo esto lo apUiudieron sus sa- 
tt'ütes. En este momento apareció nuestro don Nicolás de 
Anchorena, metido en su capote de l)ayetón, y con voz 
atronadora atacó á Agrelo y le dijo que era un hombre 
de bien, que nada temía y así venía determinado á 



inada le llamaba; y él, su íamilia y sus amigos sirvieron algiiu tiempo 
(le alimento á la diatriba y al ridiculo de los que á su vez ti'aba.ial)an 
su restauración. 

Producida la revolución militar del 1^. de diciembre de 1.S28, y 
cuando el general Lavalle se dirigía con la división de su mando á 
liaiir al gobernador Borrego, el doctor Anchorena en unión del ge- 
neral Tomás Guido, se apersonó al gobernador delegado y á los 
miembros conspicuos del partido Jederal, y les propuso solucionar 
el conllicto armado sobre la l)ase de la renuncia respectiva del jere 
revolucionario y del gobernador legal, y de la convocatoria á nuevas 
(decciones de representantes que designarían el elegido de la Provin- 
cia. P'usilado el gobernador Dorregu de orden del general Lavalle. 
la provincia de Buenos Aires quedó sometida á la dictadura militar 
de este jefe. Su consejo de ministros inventó á principios del año 
18¿9, (véase Memorias postumas j\el general Paz, tomo ii, pág. 345), 
el sistema de las clasificacio7ies de los adversarios de ese orden de 
cosas, con el objeto de asegurar ó desterrar á los federales más 
conspicuos, como lo veriflcí) ese gobierno con todos los Anchorena, 
con García Zúñiga, Arana, Terrero, Maza, Rozas, etcétera, etcétera, 
("lipole al doctor Ancliorena ser llevado preso á bordo del bergantín 
liiohamha donde fué sometido á rigores y vejaciones (|ue soportó 
con estoica firmeza hasta ([ue el conde de Vetancourt, agente diplo- 
mático de ^'rancia, habiendo apresado ese Inique por cuestiones 
suscitadas con el gobierno revolucionario, le ofreció por asilo el (jue 
él montaba. Anchorena agradeció el ofrecimiento, pero declaró ([ue 
lio saldría de allí sino para pasar á un buque neutral en la contienda 
suscitada, como pasó en electo á uno británico que lo condujo ;i 
Alontevideo, no obstante habérsele presentado allí el señor Faustino 
Lezica con un permiso del gol)ierno de Lavalle para que bajase á 
tierra Uljremente en cambio de su adliesión á la situación creada por 
el fusilamiento del gobernador de la Provincia. 

Empeñada la lucha entre unitarios y federales, vencido Lavalle en 
todos los terrenos, dueños los últimos de la situación de Buenos Aires 
y elevado al gobierno el coronel .luán Manuel de Rozas, éste llamó al 
doctor Anchorena al ministerio de gobierno y relaciones exteriores. 

Su inlluencia fué decisiva en ese gobierno que fué, de cuantos se 
han sucedido en Buenos Aires, uno de los más caracterizados por la 
gran masa de opinión que lo robusteció, y de iniciativa más trascen- 
dental en el orden nacional, como que durante ese período y con 
motivo de las primeras dificultades suscitadas por la Francia, se 
discutió y dejó triunfantes los principios que prevalecieron en la 
legislación patria respecto de los extranjeros domiciliados; y se 
trabajó las liases para la organización federal de la República cele- 
brándose el famoso pació de 4 de enero de 1831, el cual, según decía- 



hacerlo desdecir de las calumnias que contra él había 
vertido; que él sí lo denunciaba al pueblo como un trai- 
dor que en compañía de Santos Rubio tenía comunica- 
ciones con Carrera. Agrelo. [)úlido y mudo, no atinaba 
á excusarse, cuando vi(3 que un joven le abocó una 
pistola; pero Anchorena le dijo que nada temiese, porque 
lo defendería hasta morir. . .» Este era el hombre. Desde 
el año de LSo-") don Nicolás de Anchorena era uno de los 
prohombres del gobierno de Rozas. Habíalo acompañado 
con decisión en las situaciones difíciles, sin perjuicio de 
oponérsele cuando lo creyó conveniente, como en ocasión 
de la ley sobre facultades extraordinarias; y lleg(í á ser 
elegido gobernador cuando Rozas renuncit'). en pruel)a 
de la consideración y confianza que merecía. 

Por el contrario, el doctor Felipe Arana era tímido y 



ración del congreso argentino de ISb'A, era el puní o de ])arlida de !a 
c<jnstit,nci()n lederonacional que este cuerpo sancionó y (jue con las 
relbrinas de la convención de 1860 es la que rige actualmente la 
Kepública Ai-gentina. 

Desde entonces y hasla poco antes de su ralleciniiento, el doctor 
Anchorena vivió asociado á la política y á la diplomacia de esa 
época, concurriendo con sus consejos y con su iníluencia sobre el 
general Hozas á hechos trascendentales para la República, como que 
atian/.aron en los tiempos la nacionalidad, la integridad argeniina, 
amenazadas y agredidas por la coalición de la (íran Bretaña, la 
Francia, los emigrados unitarios, el gobierno- de Montevideo y el 
imperio del Brasil, según se ha visto explicado y documentado en el 
decurso deesie libro. Por eso el doctor \icente L()pez y Planes, con 
la autoridad (|ue daba á sus palabras su calidad (le prohomi>re de 
la revolución del año de 1810, de ex-presidente de la I-íepública y de 
actor principal en la i)olítica de su país desde los comienzos de la 
era patricia sin interru])ción hasta des])ués de los días enf|ue hablalja, 
decía sobre la tumba del doctor Anchorena el 30 de abril de 1847: 
"Kn 1829 el general Rozas l'ué elegido gobernador propietai-io y esta- 
bleció la ("onfederación Nacional Argentina (jue l'elizmente rige la 
I\('púl)lica; y en todo este tiempo, en todo estos traI)ajos, aumentados 
úliimamente cf)n la intervención extranjera en nucsti'os negocios 
donn'sticos, los distinguidos servicios (leí doctor Anchorena, sin 
í'mi)argo del (puibranto de su salud, han sido im])ortantísimos. Mn 
medio de ellos lo ha invadido la última enlermedad (|ue lo acaba de 
arrebatar á la Naci(Hi Argentina í|ue contribuye) ;i crear con lautos 
escuerzos de su valient(í patriotismo." (V(^ise La (uiceta Mercantil 
del I", de ma\o de l«47.i 



— :m — 

apocado, aunque no carecía de firmeza y sabía sacar 
partido de las circunstancias en medio de su gravedad 
imperturbable. Un lionibre de inteligencia superior, nu- 
trida con gran caudal de jurisprudencia, lilosofía esco- 
lástica y clasicismo expurgado á la luz de un syllabus 
que condenaba á la hoguera y al olvido á Aristóteles 
y Descartes. ;i Lucrecio y á Rabelais, á Catulo y á Voltaire. 
Su espíritu, un tanto prevenido y limitado por cierto 
rigorismo místico, se preocupaba no tanto de las ideas 
y adelantamientos modernos que dan nueva savia á los 
conocimientos adquiridos, cuanto de profundizar lo que 
ya sabía, y de ceñirse á los principios que él había 
hecho suyos y que acreditaban invariablemente sus pro- 
cederes levantados. Reflexivo y circunspecto, sus opiniones 
eran siempre el resultado de maduro examen. Y por lo 
mismo que su índole apagada no actuaba jamás á im- 
pulsos del entusiasmo, — que suele ser el diablo niño de 
los hombres maduros, — ó de las impaciencias nerviosas 
que comprometen los resultados, concentraba toda su 
inteligencia y todas sus luces en las cuestiones más 
arduas y difíciles, resolviéndolas concienzudamente ó 
encarándolas desde puntos defendidos con habilidad y 
de los cuales era difícil desalojarlo. Agregúese á esto 
una discreción esquisita y una reserva tan estricta como 
la del confesionario, y se tendrá una idea del ministro 
de relaciones exteriores de la Confederación Argentina, 
empapado en toda la diplomacia de esa época, y ver- 
dadera columna del gobierno de Rozas. ('; 



( * ) Según la ejecutoria que conservan los descendientes actuales, 
y que he tenido á la vista, merced á la galantería de mi amigo el 
señor Daniel Arana, descienden los Arana de familia de Vizcaya, 
cuya nobleza se remonta á la época de Pelayo y íué adquirida 
batallando bajo las banderas de éste. Las primeras ramas se radi- 
caron en Perú y en Chile poco después de la conquista de Pizarro. 
En el año de 1739 se estableció en Buenos Aires don José Joaquín 




c^^^¿^;í>^ *^^<?í^^7v 




Y liay que notar que además de los peligros que 
traía aparejada la coalición, el gobierno argentino lucliaba 
con las grandes dificultades económicas y financieras 
(|ue creaban el bloqueo y la guerra de los extranjeros. 
Gracias á la proverbial rectitud con que administraba 
los caudales públicos, y al sistema de economías de nn 
presupuesto sobrio y ajustado, el gobierno de Rozas 
podía atender las necesidades generales, los gastos de 
la guerra y aun mantener el crédito interno, pues que 
los fondos públicos se cotizaban al 92 V'o, existiendo en 
la casa de moneda gruesas cantidades destinadas al 



de Arana, el cual casó con doña Mercedes Andonaegui, de noble 
estirpe también, é hija del gobernador de esa capitanía general. 
De esta unión nació don Felipe Arana, en Buenos Aires el 23 de 
agosto de 1786. Sus padres lo enviaron á Chile domle empezó sus 
estudios, distinguiéndose por su contracción para atacar los más 
serios. A mérito de sus conocimientos acreditados, í'ué admitido en 
1800 en la Real Academia de vSan Carlos (Santiago), y en el año 
siguiente recibió el grado de bachiller en cánones y leyes, luí 1810 
siendo ya abogado, llamáronlo sus padres á Buenos Aires donde 
revalidó su titulo. 

La revolución contra la metrópoli lo llevó á las filas de los pa- 
triotas, y por su preparación como por sus vinculaciones sociales, 
abriéronsele las puertas de un escenario nuevo pero l)rillante,. 
(•uyas irradiaciones alcanzaron á medio continente en el orden 
trascendental de las uleas. En 181.5 fué nombrado por el Cabildo 
])ara que en unión del doctor Anchorena se apersonase al general 
Alvear, quien sitiaba Buenos Aires, á objeto de resta])lecer la tran- 
(juilidad pública, lo cual se obtuvo ausentándose de la Provincia, 
dicho general. ^Miembro de la Junta de Observación, í'ué uno délos 
redactores del Estatuto Pruvisiunal de .5 de mayo de 1815. En 4 
(1(! noviembre Í'ué electo minisiro de la junta pi'otectora de la 
libertad de imprenta; y á principios del año siguiente, vocal de la 
junta que se constituyó unida con el Cabildo. Cuando se restableció 
el orden después de los sacudimientos de fines de 1819, Ara- 
na formó parte de la primera legislatura provincial que tuvo Bue- 
nos Aires, encaminándose por este paso inicial al régimen 
federal. Durante la tentativa institucional que presidió Rivadavia 
estuvo del lado de Dorrego, Rozas, Moreno, Anchorena, García 
/úñiga, Roxas, Maza, Terrero y demás prohombres del partido de 
los Cedcrales. Cúpole presidir las legislaturas de los años de 1828 
y de 1830, y siendo camarista del Superior Tribunal de .lusticia. 
Rozas lo nombró su ministro de relaciones (>xteriores, en cuyo 
cargo se mantuvo hasta el año de 18,r¿. Frecuentado por la alta 
sociedad á que pertenecía, muri(') en Buenos Aires el 11 de julio 
de 1865. 



f>.)n 



servicio de éstos, en virtud de (jue los tenedores no se 
presentaban á amortizarlos. Kn ios cnatro años de blo- 
queos, cerrados los puertos al comercio exterior é interior, 
Imbo (]ue buscar en las emisiones de moneda de paixd 
el medio de atender á las apremiantes necesidades del 
gobierno y de la guerra. Así, la circulaciím de billetes 
de banco que en el año de 1837 ascendía á l!).483.54() 
pesos, se elevó en el de 184(5 á 73.3."')8.r)40. Á lines de 
este año la deuda de la Provincia se descomponía así: 

Papel moneda 73.3r)8.r)40 $ me. 

Fondos públicos del 4 y de! C " 17.7(»2.828 

Billetes de Tesorería 4.38r).600 

Deuda clasificada l.óOO.Ol;', 

Deuda itarticular exigible 18.55í).915 

11.~).(I57.7ÍI() $ me. 

Según los estado'< «^It- años anteriores, tan })rolijos 
como exactos, y á los cuales se les daba la más amplia 
publicidad para que reposase el ])ueblo, como reposaba, 
en la rectitud con que se administraba los dineros pú- 
blicos, las entradas de Aduana, etcétera, estaban calculadas 
en 4 millones % me. mensuales. En los cuarenta y ocho 
meses en que se suspendió el comercio exterior á causa 
de los dos bloqueos, el gobierno se vi('). pues, privado 
de 192 millones de pesos. Si estos bloqueos no h-ubiesen 
promediado, y aun suponiendo (jue las erogaciones de 
cuatro años de paz liul)iesen igualado las de cuatro 
años de guerra, el resultado de la administración del 
general Rozas en lo relativo á hacienda, habría sido: 

Ingresos 102.000.000 $ me. 

Pago de todas las deudas anterio- 
res y posteriores á su elevación 
al gobierno 115.007.700 

Saldo á favor del Pastado. . . . 73.342.204 



— 837 — 

La tíxactitiul de estas cifras, que sorprenden á primera 
vista, se comprueba con el lieclio de que esa deuda dis- 
minuyó notablemente en el año de 1849; y que tomando 
como base la suma en que disminuyó, ella habría que- 
dado saldada á fines de 1852, como se verá más ade- 
lante. 

Tal hecho deriva de otro no menos notal)le. Kl grueso 
de la deuda bajo el gobierno de Rozas lo constituían las 
sucesivas emisiones de billetes de moneda de jm-pel; y 
digo moneda de papel, porque esos billetes no tenían la 
garantía de ser convertidos en moneda de curso recono- 
cido. Sólo rezaba en ellos que la Provincia los reconocía 
l»or tantos pesos. Y sin embargo, eran papel moneda; 
lo fueron cerca de medio siglo en Buenos Aires que no 
tenía otro medio circulante, ni otro signo representativo 
de los valores. Este hecho único, que no pudo mante- 
nerse en Francia, donde un asignado de 100 francos 
llegó á valer 13 céntimos, ni menos en Inglaterra y en 
Austria desde que se le quitó al billete de Banco la 
garantía de convertibilidad, debió, pues, llamar justa- 
mente la atención de los economistas que todavía en 
1870 estudiaban los medios de mejorar la crisis mone- 
taria en Austria, en Rusia y en Italia. Flores Estrada, 
entre otros, lo presentó como el fenómeno típico de las 
evoluciones monetarias; y eh Dr. Alberdi en su Sistema 
económico y rentístico lo estudió á través de las diver- 
sas épocas de su desarrollo. Pero lo que no explicó el 
primero i)or no conocer todos los antecedentes, y el 
segundo estudiadamente, fué la causa jiroductora de ese 
fenómeno curioso. 

Ambos llegaron á concordar en ({ue la [)oblación de 
Buenos Aires se hal)ía connaturalizado de tal manera 
ron el billete del Banco de la Provincia, que convirtió 
ni realidad una íicción, imaginándose que estas tirillas 

TOMO IV. 22 



— :«8 — 

de ijapel eran oro que se llevaba en el bolsillo; y que- 
el hábito, el consenso unánime era una garantía 
tan fuerte como la que podía dar un encaje metálico 
para convertir los billetes en circulación. Esto es exacto. 
Ese consenso unánime ha existido, robusteciendo de una 
manera incontrastable el mote de que la Provincia reco- 
nocía esos billetes como equivalentes de tantos pesos; 
que era esta la única garantía que tenían. Pero este 
consenso, esta especie de conciencia formada res- 
pecto de lo que realmente no existe, no se formó ni 
pudo formarse en un día. Fué la obra de veinte años: el 
resultado de la confianza ilimitada en la administración 
del general Rozas. Esta es, á mi juicio, la causa pro- 
ductora de ese fenómeno que han callado Alberdi y los 
demás escritores del Plata al ocuparse del Banco de la 
Provincia. (*) Ano mediar la rigidez y honorabilidad inva- 
riables con que Rozas manejó los dineros públicos, el 
billete del Banco de la Provincia no hubiera sido lo que 
fué; que habría corrido la misma suerte que ha seguido 
el billete de ese mismo banco desde el año 188U hasia 
la época en que escribo, depreciado en más de la mitad 
de su valor; y Rozas no habría podido valorizarlo como lo 
valorizó, extinguiendo casi la deuda del gobierno con el 



(*) El doctor Lamas en su erudito Estudio histórico y cientifico 
del Banco de la Provincia de Buenos Aires (1866) no se detiene en el 
interesante fenómeno que apunto, y que es culminante en la historia 
de ese establecimiento. Sin embargo, concordando en apreciaciones 
de detalle con los escritores partidistas que hasta en materia de 
lechas y de ci Iras han sido conducidos por el odio político ;i la moda, 
dice (pág. 21) que la ley de diciembre de 1853 es el acto inicial de 
la transformación de dicho banco. Este es un error notorio. La 
verdadera carta del Banco que tran^íformó el extinguido Banco 
.Nacional en el que existe todavía, fué dada por el decreto orgánico 
^\e\ año de 1836, expedido por Rozas y refrendado por el ministro 
Hoxas, al que me he referido y que apenas cita el doctor Lamas. 

Es de sentirse que el reputado publicista señor Agustín de Vedia,. 
en su estudio sobre el Básico de la Provincia, X-^miiOí-o se haya dete- 
nido en tan importante asunto. 



— 339 — 

Banco y dejando prósperas las finanzas de Buenos 
Aires. 

Á través de estas dificultades, y corno si las ambi- 
ciones claramente manifestadas de Francia é Inglaterra, 
de prevalecer en el Plata por la fuerza, hubiesen desper- 
tado el apetito de las cortes de Europa, cayó como una 
explosión en América la noticia de la expedición que 
preparaba en España el general Flores para venir al 
Ecuador y monarquizar las secciones del continente con 
príncipes de la casa de Borbón. 

Todos los gobiernos desde Bolivia hasta Nueva Gra- 
nada, trataron de aproximarse para unir sus esfuerzos 
en contra de esa invasión que fomentaba el gobierno 
de S. M. C. ó que consentía por lo menos, pues 
que el general Flores reclutaba públicamente sus solda- 
d(js en España, ofreciendo premios y recompensas, y 
atrayéndose á varios oficiales que estaban al servicio 
de aquel gobierno. Y como los ecos de la resistencia 
de Rozas á las dos potencias más poderosas de Europa, 
habían llenado el mundo civilizado y adjndicádole á la 
Confederación Argentina un lugar preferente entre sus 
hermanas del continente, á Rozas se dirigieron consi- 
guientemente los gobiernos de Sur América para que la 
Confederación desempeñase el rol principal que le incum- 
bía en emergencia tan grave. 

Todos ellos habían estrechado sus relaciones con el 
gobierno de Rozas. Bolivia le había anticipado seguri- 
dades de su neutralidad en la lucha contra los enemigos 
interiores. Chile no sólo se había pronunciado en favor 
de la causa (|ue sostenía contra las potencias extranjeras, 
apagando por completo los ecos de los diarios que redac- 
taban allí los emigrados argentinos sostenedores de la 
intervención anglofrancesa, sino que había entrado fran- 
camente en el camino de la paz y de la amistad, rea- 



— ;¡l() — 

Lritíiido el cohioitío con la Confederación por ley de su 
congreso de 21 de noviembre de 1846. El gobierno del 
Perú, después de protestar por los anxilios que España 
prestaba á la expedición Flores, declaró que pondría en 
acción todos los medios á su alcance para rechazarla. 
El congreso de Chile autorizó al general i)residente Bul- 
nes para que en caso de verilicarse la invasión al 
Ecuador suspendiese las relaciones de comercio con 
España; cerrase los puertos de Chile á la bandera espa- 
ñola, extendiendo esta medida á cualquiera otra potencia 
que de un modo auténtico cooperase al apresto de esa 
expedición, como asimismo para poner el país á cubierto 
de todo ataque y de concurrir con las otras repúblicas á 
la defensa del territorio invadido. C) 

Simultáneamente el del Perú le dirigió una nota en 
la que denunciando que la expedición que proyectaba 
España bajo el mando de Flores ostensiblemente sobre 
el Ecuador, era en realidad contra Sur América y sus 
instituciones republicanas, invitaba al gobierno argen- 
tino á «un congreso de plenipotenciarios de América». 
El gobierno de Rozas le respondió. el 17 de enero de 1847 
felicitándose de tal idea, y declarando á su vez que tan 
pronto como pasasen las extraordinarias circunstancias 
de la Confederación Argentina, dedicaría á este asunto 
todo el interés y meditación que exigía. Y con la 
misma fecha ordenó á los señores Moreno y Sarratea, 
ministros de la Confederación en Gran Bretaña y 
Francia, hiciesen las representaciones necesarias ante 
los gobiernos de Europa sobre la expedición Flores, á 
fin de uniformar sus pasos con Chile y Perú. Igual 



( ' ) Véanse El Progreso de Santiago de 30 de noviembre de 1840, 
La Gaceta de Comercio de Valparaíso de I», y 3 de dicieinl)re y 
El Araucano de 11 de diciembre de 184G, 



~ :141 — 

orden expidió á sus ministros Alvear en los Estados 
Unidos y Gnido en el Brasil. En la espectativa de tan 
graves sncesos, súpose que la tal expediciíni acababa de 
ser desbaratada en España, influyendo en mucho para 
este desenlace la actitud enérgica que asumió el gobierno 
de los Estados Unidos y los preparativos de las demás 
repúblicas para rechazarla donde se dirigiese. (') 

Y entonces era cuando más se intrincaba la diplo- 
nuicia de la Confederación Argentina con el Imperio del 
Brasil. Se ha visto cómo este último se conducía des- 
pués de haber solicitado la intervención anglofrancesa. 
Temía romper ruidosamente con la Confederación Argen- 
tina, aun en medio de la situación violenta en que ésta 
se encontraba, y sin disi)oner en ella de un asidero 
contra Rozas. Y temía romper con Gran Bretaña y 
Francia, si llevaba adelante sus proyectos sobre el Estado 
Oriental. Desde que se inici(3 la intervención anglo- 
francesa. el Imperio no produjo un solo hecho ostensible 
ni contra esta intervención ni contra el gobierno argen- 
tino. Su rol fué el de agente })asivo de la primera, como 
lo declaraban diputados indepeiulientes del parlamento 
brasilero; y de enemigo disfrazado que no perdía opor- 
tunidad de herir cautelosamente al segundo, como se 
1(1 insinuaba el ministro argentino en sus reclamaciones 
reiteradas. ( ') 



(') \'é-d^(i L(i (hiceta Mercantil dvÁ I", de relu'cn) de LSI?. Las 
notas cambiadas entre los ministros de relaciones exteriores de la 
Confederaeitni Ar-^entina, Ciiile, Perú, Nueva Granada, Venezuela y 
llenador, señores Arana, Viel, Paz Soldán, Manrique, Salvador y 
(Himozdc la Torre, y los demás documentos relativos á la expedi- 
ción del fj^eneral Flores, se rejíistran principalmente en La Gaceta 
Mercantil de dieieml)re 1S4(). El Araucano y El Progreso de Cliile 
de noviembre de l.S4(), El Pernano ib. \h.,' El Diario Granadino 
y La Gaceta de Nueva Granada del mismo mes y año, El Día de 
Bogotá, El Naciotial de Quito, etcétera. 

CM Véase la nota del ministro (iuido al ministro I, ¡tupo. i\o 



- 342 — 

El tono de éste fué siempre digno y enérgico; y la 
diplomacia del Imperio, por hábil que se pretendiese, 
dejaba ver los lados vulnerables que marcaban los he- 
chos consumados. El ministro Guido había puesto á 
dura prueba esta habilidad, reclamando del Imperio el 
cumplimiento del artículo 3-'. de la convención de 27 de 
agosto de 1828, por el cual aquél se obligó á defender 
la independencia é integridad del Estado Oriental; para 
que requiriese de los ministros de Gran Bretaña y Francia 
la desocupación inmediata de los puntos de ese Estado 
dominados por fuerza de la intervención. El Imperio 
discutió largamente sobre la oportunidad de su inter- 
vención y concluyó con que esta oportunidad no había 
llegado. Así era como descubría sus conexiones con los 
anglofranceses que ocupaban Montevideo, la Colonia 
y otros i)untos del litoral. Entonces Guido, refiriéndose 
á los datos auténticos que había puesto en manos del 
ministro del Imperio, barón de Cayrú, de los cuales 
constaba que con permiso del gobierno imperial, salieron 
armados del Brasil Rivera, Medina, Silva, Baez, Flores 
y demás derrotados de India Muerta, reclamaba en tér- 
minos enérgicos de estos actos de hostilidad contra la 
Confederación, y añadía en su nota de 10 de abril de 
1846: « Por una desgraciada coincidencia de datos autén- 
ticos, el gobierno del Brasil, denunciado por los gabinetes 
de Francia é Inglaterra como instigador de la interven- 
ci()n europea al río de la Plata, y robustecida la denuncia 
por la publicación de la memoria del vizconde de Ábranles, 
aparecía ante la América ofensivo á sus primordiales 
derechos. Si á lo menos esas declaraciones de los go- 



i'eelia de agosto de 1845, en la ([ue están recopilados y ventilados 
los principales antecedentes relativos á la conducta del Imperio 
(48 pág. en folio). 



— 348 — 

bienios interventores, hubiesen sido desmentidas con 
la solemnidad de la acusación ...» ( ' ) 

El ministro Cayrú tuvo á bien negar la participación 
atiibnída al vizconde de Ábranles, si bien jiasaba como por 
sobre ascuas sobre asunto tan vidrioso como humillante 
para él. Una larga correspondencia entretuvieron ambos 
ministros, hasta que el argentino, conforme á sus ins- 
trucciones terminantes, le exigió al brasilero que con- 
testase categóricamente si aprobaba ó rechazaba el 
memorándum del vizconde de Ábranles en el que se 
proponía á los gabinetes de Londres y de París la 
intervención armada en el río de la Plata. El Brasil 
no podía pronunciarse sobre este dilema sino á costa 
de romper con la Gran Bretaña y la Francia que eran 
sus aliados de heclio, ó de confesar paladinamente la 
liumillaci(3n y el ridículo á que estas dos potencias lo 
habían reducido. 

En esta emergencia el ministro brasilero apeló al 
recurso de tomarse mucho tiempo para contestar, des- 
entendiéndose del punto i)rincii)al y haciendo girar la 
controversia alrededor de un puntn ([ue en su sentir 
llamaría la atencirm del contrincante. Des})ués de tras- 
curridos cinco meses, dirigióle á Guido el de 12 de abril 
de 1847 una expresión de imaginarios agravios, en la 
que declaraba que «los esenciales intereses del Brasil 
exigen que el Imperio no continúe en esa neutralidad 
inactiva, y que le corresponde porllar por la pacificación 
del Plata»; bien que anticipaba «no proponerse recu- 
rrir á hostilidades ». Guido, manteniendo sus exigencias 
anteriores, pidió explicaciones categóricas acerca de los 
medios que el Brasil se proponía emplear para esa 
pacificación; y acerca de los preparativos de guerra que 

(*) Véase La Gacela Mercantil del :::;4 de octubre de 1S4C). 



— 3U — 

se hacían en Río (irande y aumento de la estación naval 
brasilera en el Plata. El ministro Cayrú respondicj que 
ello no importaba alterar el sistema paciílcador; y que 
el promover de su parte el tratado definitivo de paz 
entre el Imperio y la Confederación para consolidar la 
independencia del Estado del Uruguay, podía ser uno 
de los medios que se propusiese adoptar para la paciíi- 
caciíju. 

Lo notorio y lo visible era que el Brasil aumentaba 
sus armamentos y aglomeraba fuerzas en Río Grande» 
como que la prensa oficial y oficiosa del Imperio se 
preocupaba de las probabilidades de una guerra entre 
éste y la Confederación. O Tcmpo y otras hojas insis- 
tían en que Rozas esperaba concluir la cuestión con la 
Gran .Bretaña y la Francia para irse sobre el Brasil, y 
que el Imperio debía estar preparado para este evento. 
La propaganda de la prensa brasilera • encontraba un 
poderoso auxiliar q\\ El Comercio del Plata que redactaba 
el doctor Florencio Várela en Montevideo, y quien así 
exaltaba las agresiones que contra su propia patria 
llevaba la intervención anglofrancesa que él mismo 
estimuló en Londres y París; como defendía pretendidos 
derechos territoriales de Bolivia contra su misma patria, 
la Confederación Argentina; como ponía á contribución 
los archivos para pretender demostrar la legitimidad de 
la segregación de la provincia argentina del Paraguay. 

Al comentar la larga correspondencia caml)iada entre 
los ministros brasilero y argentino. El Comercio del 
Plata se con stituyó defensor radical del Imperio, soste- 
niendo las conclusiones de la cancillería de este último, 
y calificando de patrañas y capciosidades de Rozas las 
hostilidades y los agravios á la Confederación Argen- 
tina de que pedía satisfacciones el ]»lenipotenciario 



— :]45 — 

argentino. (') Y concordando con las vistas de la prensa 
oficial del Imperio, El Comercio del Plata sostenía la 
necesidad y la conveniencia de c]iie el Brasil se armase 
contra Rozas quien, según el mismo diario, soñaba la 
reconstrucción del antiguo virreinato. (-) 

El Comercio del Plata sabía cjue ponía el dedo en la 
llaga. Esa reconstrucción del virreinato era la bestia 
negra del Imperio. Y tanto que á poco respondió una 
de las últimas reclamaciones del ministro Guido, mani- 
festándole sus temores á consecuencia de esa tentativa 
del gobierno argentino. El ministro Guido la contestó 
en una nota brillante por la fuerza grandielocuente de 
los hechos que puso de relieve. Haciendo sentir lo 
especulativo del cargo, se preguntaba cómo se operaría 
esa reconstrucción. En ésta no podía comprenderse el 
Estado Oriental, porque el gobierno del general Rozas 
tenia liechas reiteradas declaraciones respecto de su 
firme decisión de sostener la independencia de ese Estado; 
y halnalas robustecido en el curso de la guerra que le 
declaró el general Rivera aliado á la Francia y que él 
sostenía aliado con el partido oriental del general Oribe. 
Si á alguien incumbía el cargo por este lado era al 
Imperio, ya por manifiestas pretensiones anteriores sobre 
ese Estado, ya i)orque obligado por el artículo 3^ de la 
convención de 1828 á sostener la independencia del 
mismo, había permanecido espectador indiferente de la 
intervenciíui de la Francia en el Estado Oriental desde 
l.s;)X á 1840, y durante la intervención anglofrancesa que 
ocupaba con sus armas puertos de ese Estado sobre 
el océano, el l->lata y el Uruguay, todo esto ;í pesar de 



(1) KL Comercio del Piala fiel :^() ilc ;il)i-¡l y de :i y 5 de dimt/.í» 
de IS'i7. 

(2) El Comercio del Plata det \'.\ dejuiiin de 1S47. 



— 346 — 

las reiteradas inariiíestaciones del gobierno argentino 
que se oponía á tales agresiones sólo comparables á 
las que simultáneamente habían alcanzado á la Confe- 
deración. 

Tampoco podrá comprenderse en esa reconstrucción 
al Paraguay, agregaba el ministro Guido. Ello no i)odía 
ser un cargo para el gobierno de Rozas, ni para gobier- 
no argentino alguno, pues subsistían las solemnes pro- 
testas de este gobernante respecto de la violenta segre- 
gación que trabajó el Imperio de esa provincia argentina 
cuya independencia acababa de reconocer. Otro tanto 
sucedía con Tarija. Esta provincia fué siempre argen- 
tina, aun después de haberse declarado independientes 
las cuatro provincias del Alto Perú por las inlluencias 
de Bolívar. Cuando en 1825 Bolívar hizo ocupar Tarija, 
Alvear reclamó á Bolívar de ese acto que calificó de 
anárquico y que traería un rompimiento con la Piepú- 
blica Argentina, y Bolívar mandó entregarla como parte 
integrante de esta República. Alvear colocó en el gobierno 
á don Ciríaco Díaz Vélez; éste convocó á elecciones de 
diputados al Congreso argentino y fueron electos })or la 
provincia de Tarija tres diputados con arreglo á su 
población. Disuelto el Congreso Constituyente, produ- 
cida la anarquía que se inició el año de ;1828, el gobierno 
de Bolivia avanzó sus líneas injustificablemente y pre- 
valido de los desórdenes de que era presa la República 
Argentina, ocu])ó Tarija. En este estado se encontraba 
Tarija en 1841 cuando el general Oribe, al mando de un 
poderoso ejército argentino, solicitó del general Rozas 
autorización para recuperar esa prosincia. Pero Rozas 
se opuso, declarándole á Oribe en carta de 12 de enero 
de 1842, que ello debía ser la obra de medios pacíficos, 
honorables y como cumplía á los gobiernos americanos 
entre sí. Y que en tales vistas reposaba confiadamente 



— :U7 — 

el gobierno de Bolivia. lo decía la carta que á Unes de 
18;30 le dirigió el general Yelazco, presidente de esta 
repiíldica, al general Rozas, en la qne elogiaba «la polí- 
tica sabia, firme y circunspecta de este último». (') 

La prensa ministerial de Río Janeiro siguió escri- 
biendo, no obstante, sobre las eventualidades y probables 
ventajas de una guerra entre el Brasil y la Argentina; y 
desde entonces ya fué de creerse que el Imperio iría á 
esa guerra tan pronto como encontrase en la Confede- 
ración un auxiliar relativamente fuerte que le ofreciese 
probabilidades de éxito. Este auxiliar era en su sentir 
el general ürquiza; y á Urquiza veníale tendiendo sus 
redes desde el año de 1845. Pero sea que Urquiza no 
quisiese aventurarse á un fracaso en presencia de la 
intervención extranjera' armada, que era recbazada por el 
sentimiento nacional; ó que las mismas negociaciones 
con los Madíji'iaga lo bubiesen aproximado más á Rozas, 
en fuerza de las declaraciones y de los actos que tuvo 
({ue producir para desvanecer las sospeclias de traición 
que lo acusaban y que podían serle fatales, el lieclio es 
que se resistía á pronunciarse contra el gobierno de Rozas 
á pesar de cnanto esfuerzo se bizo para conseguirlo. 

Y porque al Brasil no se le ocultaba esto era que 
estimulaba y trabajaba por todos los medios á su alcance 
la preponderancia de Urquiza sobre Corrientes, por cual- 
quiera vía (|ue éste la lograse, y de manera que se luciese 

(') Los lieclios que sentaba el ministro (Uiido eran exactos y 
notorios; y si aljíiiien estaba haliilitado para conocerlos en todos los 
detalles era él mismo, que los había visti» de cerca como coautor 
de la revoluci()n de ISIO y en sejiuiíla como secretario y ami^io del 
lil)ertador San.Mariin en las campañas por la, independencia. Véase 
<Mi el apéndice la nota del cabildo de Tarija con motivo de la ocupa- 
ci(')n violenta, y la protesta de Alvear en virtud de la cual Bolivia 
mandó entregar Tarija como parte integrante de las ])rovincias 
ai'gentinas. (.Manuscritos originales y testimoniales en mi archivo.) 
Véase Diario de sesiones del Congreso, tomo II, sesiones del 3 de 
mayo de 1825. Véase La Gaceta Mercantil del. 3 de agosto de I84t), 



(le una base firme en el litoral, para poder entonces entrar 
de lleno y francamente á tratar de una nueva coaliciíui 
contra Rozas. El Brasil no se había puesto todavía en 
contacto directo con Urquiza; pero en cambio sus [agentes 
se agitaban en ese sentido en Montevideo, y el hecho 
es que se jactaban de haber suscitado verdaderas descon- 
íianzas entre Rozas, Oribe y Urquiza. Desde ese punto 
el Brasil se ponía en actitud, así de salir déla posición 
humillante en que lo habían colocado las potencias inter- 
ventoras, como de salvaguardar sus intereses, cuahiuiera 
que fuese el resultado de la cuestión del Plata. 

Si la intervención triunfaba por las armas de la Con- 
federación Argentina y Rozas quedaba separado de los 
negocios públicos, ó pediría para sí ventajas presentes 
y garantías para lo futuro, desentendiéndose de Urquiza 
cuya alianza ya no le sería necesaria; ó, si nada de esto 
obtenía, intimaría más su alianza con Urquiza, para 
conservarse cuando menos al abrigo de ulterioridades 
que impunemente lo dañasen. Si las potencias inter- 
ventoras aceptaban la paz y Rozas triunfaba al fin, 
entonces le era más que nunca indispensable la alianza 
de Urquiza, porque no se le ocultaba que el gobierno 
argentino le exigiría que deíiniese su conducta doble; y 
era casi seguro que esto daría margen á una contienda 
cuyos resultados serían para él más desastrosos que los 
de la de 1827, por cuanto en 1847 la Confederación estaba 
unida, fuerte y en condiciones de colocar en un mes y 
sin esfuerzo un ejército de 50.000 hombres en las fronte- 
ras de Río Grande. 

Alrededor de este punto de mira maniobraba el Bra- 
sil. En cuanto á Corrientes, el Brasil pensaba, y con 
razón, que reincorporada esta provincia á la Confedera- 
ción, fuese por la paz ó por la guerra, dominaría allí la 
influencia de Urquiza. Porque así pensaba es (jue no 



— 849 — 

tomó participación principal en las negociaciones con 
los Madariaga, como la tomó cuando se trató del Para- 
guay, y á pesar de cj[ue Corrientes debía de servir de base 
al desenvolvimieuto de sus propósitos. Lo esencial para 
el Brasil era que Urquiza se hiciese fuerte en ambas 
provincias. Su prescindencia relativa en estas negocia- 
ciones era cómoda, además, pues que le permitía no 
gastar en detalles el esfuerzo y las influencias que le 
convenía reservar para el momento decisivo en (]ue se 
avocase resueltamente con Urquiza. 

Por lo que á Urquiza hace, es evidente que así como 
acarici(') la idea de crearse una intluencia nacional derro- 
cando á Piozas, se convenció ai fin de que nada serio 
podría hacer coexistiendo con la suya en Entre Ríos la 
inlluencia decisiva de los Madariaga en Corrientes. Esta 
es la verdadera razón de su camijaña que terminó en 
Vences, y no la vulgarísima de que quiso complacer ó 
desorientar á Rozas hasta encontrarse fuerte. Cierto es 
que Urquiza comenzó cediéndoles á los Madariaga más 
de lo que á su interés propio convenía, y que esto sus- 
citóle sospechas que lo colocaron en situación difícil 
respecto de Rozas. 

Pero reaccionó á tiempo y se puso en condiciones de 
destruir á los Madariaga para lograr su propósito. El 
rechazo que hizo Rozas del tratado de Alcaraz. fné, puede 
decirse, el comienzo de esta reacción. Las inauditas 
indiscreciones de los Madariaga que trascendieron en los 
diarios de Montevideo, y la falta de tino con que así 
en esta ciudad connj en Corrientes se comenzó á exaltar 
á Urquiza. deprimiendo á Rozas y presentando el tratado 
de Alcaraz más como una arma contra el últinu) que 
como medio de terminar la contienda. (') acabaron de 



(•) Véase El Comercio del Plata del 31 dcMííOsto de 184(). Véase 
Kl Federal Entrerriano ilcl 17 de septiembre de 1S-1(). 



— ooO — 

(ieinostrai'le á Urquiza que se sacrificaría imitilmente 
como se había sacrilicado el general Paz }»or análogos 
motivop. 

En efecto, como Rozas se negase á reciltir el emisario 
(le Urquiza, portador del tratado con los Madariaga, aquél 
le dirigió su carta de lo de noviembre en la que abun- 
daba en protestas de adhesión, declarando (jue «recién 
había caído la venda de sus ojos y que solicitaba le 
trasmitiese sus vistas sobre el particnlar». El ministro 
Arana se las dio manifestando que el gobierno rechazaba 
el tratado con los Madariaga, por cuanto en él se sepa- 
raba á Corrientes de la guerra contra la intervención 
extranjera «dando á esa provincia argentina el carácter 
de Estado independiente, pretendiendo establecer un pre- 
cedente para que en lo futuro cualquiera de las provincias 
argentinas asuma la misma posición, y venga á concluirse 
el pacto federal, la nacionalidad y la existencia misma 
de la República; y siendo así que el fundamento de toda 
unión nacional y de todo pacto federativo es la coope- 
ración común para la defensa contra los enemigos de la 
Nación, sean interiores ó exteriores». 

En cuanto al tratado de Corrientes con el Paraguay, 
cuya validez y subsistencia exigían los Madariaga, y 
que como ya se ha explicado fué inspirado por el Brasil 
para sustraer la primera de estas provincias á la influen- 
cia y á los intereses argentinos, como había sustraído 
la segunda, el ministro Arana lo declara nulo porque 
ninguna provincia tiene el derecho de celebrar tratados; 
que el único encargado para celebrarlos por todas las 
provincias, inclusa la de Corrientes, es el funcionario 
({ue inviste las relaciones exteriores y de paz y guerra 
de la Confederación; y atentatorio, pues el gobernador Ma- 
dariaga lo había celebrado sóbrela base de que el Paraguay 
fuese un Estado independiente, siendo así que ésta es 



— 851 — 

una provincia argentina ilegalmente separada de la Con- 
federación. 

En sustitución de tales pretensiones, el gobierno de 
Rozas remitióle á Urquiza. para que propusiese al gober- 
nador Madariaga, un tratado que se reducía cá establecer: 
1". y ante todo, que la provincia de Corrientes quedaba 
reincorporada á la Confederación Argentina en la forma y 
términos del Pacto fundamental de 4 de enero de 1831; 
que el gobierno de Buenos Aires continuaría encargado 
por parte de Corrientes de las relaciones exteriores, de 
paz y guerra de la Confederación, como lo estuvo anterior- 
mente: que los emigrados federales volverían libremente 
á Corrientes; que el gobierno de Corrientes admitiría las 
reclamaciones que ante él dedujeran los individuos que 
hubiesen sido perjudicados con motivo del apresamiento de 
buques y cargamentos argentinos que tuvo lugar en el 
puerto de Corrientes en 1844. Urquiza le trasmitió á Ma- 
dariaga estas proposiciones por medio del coronel José 
Miguel Galán, escribiéndole particularmente sobre los 
supremos deberes que lo llamaban á no mantener por más 
tiempo á la provincia de Corrientes segregada de la Con- 
federación. 

El lieciio real es que los trabajos de los ministros inter- 
ventores, de los unitarios emigrados en Montevideo, del 
gobierno de esta plaza y del Brasil, dirigidos de consuno 
;i quel)rar la integridad de la Confederación por el lado 
del litoral, jiersiguiendo miras ambiciosas los unos, con 
el ánimo de debilitar el poder de Rozas los otros, y bus- 
cando engrandecerse el Brasil á costa del fraccionamiento 
de su vecino, habían encontrado asidero en algunos hom- 
bres de Corrientes encastillados en el localismo estrecho. 
El gobernadi)r Madariaga y su círculo procedían como 
si realmente gobernasen un Estado independiente. Bien 
<|ue la segregación de' esa provincia respondiese aparen- 



— 85^ — 

te mente á exigencias de la resistencia á Rozas, los actos 
públicos ele Madariaga, ni revelaban el sentimiento argen- 
tino, ni podrían paliarse con exigencias de ninguna especie. 
Hacía gala de presentar á Corrientes como entidad so- 
berana, frente á las demás provincias argentinas cuyos 
habitantes eran calificados extranjeros. Al poder legislativo 
seguía llamándolo pomposamente congreso correntino^ y 
como á tal poder de nación independiente le daba cuenta 
en su mensaje del año 1840 de las relaciones (|ue entre- 
tenía con el gobierno de la provincia brasilera de Río 
Grande, y de hallarse en comunicación directa con la Santa 
Sede por medio del delegado de ésta ante la corte de Río 
Janeiro, ('j Y para imprimirle á Corrientes el carácter de 
territorio independiente de otro gobierno ó cuerpo de na- 
ción, no sólo lo anunciaba así en todos los documentos 
públicos que suscribía, sino cjue en las notas que cambiaba 
con Urquiza le expresaba la conveniencia de que se unie- 
sen «para labrar el porvenir venturoso de los dos pueblos 
que representaban», prescindiendo completamente de la 
Nación á que ambos pertenecían. 

Con todo, el gobernador Madariaga no rechazó de plano 
las proposiciones que le trasmitió Urquiza, con emulen no 
quería quebrar; antes bien le manifestó al enviado Galán 
que las dificultades provenían de Rozas y que él estaba 
seguro de arreglarse con el gobernador de Entre Ríos. 
Evidentemente Madariaga quería ganar tiempo, fiado esta 
vez en las seguridades que le daban desde Montevideo y 
del Brasil, de t^ue el Imperio entraba abiertamente en la 
coalición contra Rozas, fuere cual fuere el resultado de la 
intervención anglofrancesa. Así, en una de las cartas que 



(') Véase la nota del ministro Arana al general Irquiza, de 
fecha 25 de lebrero de 1847, en la que denuncia estos y otros actos 
<le soberano, ejercidos por el gobernador Mailariaga. 



— ,50,; — 

á este respecto le tlirigía su hermano don José Luis Mada- 
riaga. y que con toda su correspondencia cayó en poder de 
Urquiza después de la batalla de Vences, le decía: «Hoy 
estuvo á verme don Juan Andrés Gelly (enviado del go- 
bierno de Montevideo ante el del Paraguay) de tránsito 
por esta provincia. . . Me recomienda muy rei)etidaniente 
que te asegure que viene bien penetrado y cierto de la 
decisión del Brasil en sostener el Paraguay, y que podemos 
contar con que tanto el Paraguay como el Brasil sosten- 
drán á Corrientes. Me dice que en todo diciembre está 
decidida la intervención por parte del Brasil, y que si 
nosotros nos sostenemos hasta este tiempo, podemos con- 
tar con certeza con la cooperación de uno y de otro.» (') 

Rozas, que tenía motivos para estar al cabo de estos 
asuntos, como que jamás se engañó respecto de las seguri- 
dades que le daba el Brasil, apuró la terminación del arreglo, 
liaciéndole notar á Urquiza que era por demás sospechosa 
hi circunstancia deque tanto demorase Madariaga en sus- 
cribir un tratado que no tenía, por decirlo así, más que 
una cláusula fundamental: la de la reincorporación de la 
provincia de Corrientes. El enviado Galán manifestó á 
Madariaga (|ue tenía orden de Urquiza de volverse á 
Kntre Ríos si el tratado no se suscribía inmediatamente. 
Ante este ultimátum, Madariaga dio un paso como para 
desorientar por entonces á los que más de cerca presen- 
ciaban los sucesos, comunicándole á Urquiza que se le 
presentaban dificultades para aceptar el tratado; y que iba 
•A re[)resentarle á Piozas á fin de que ellas se salvasen 
fraternalmente. (■; 



(') Véase oslos (Idcuiiu'iilits triisoritos en Ld Gaceta Mercantil 
ilcl 4 lie lebrero do 1.S4H. 

(2) Se iniscrihi») en La Gaceta Mercantil ih; enei-o de IS4S. 

TOMO IV». 23 



— 3r)4 — 

Este estado de cosas a<i;ital)a nuevamente la opuinni 
de Corrientes, la cual se había desarmado bajo las 
promesas de la paz cjue hiciera solemnemente Madariaga, 
y á cuya sombra robusteció su autoridad. Los Virasoro, 
los Cabral, Pampín, Aran j o, Fonseca, Vallej os. Vivar, Maciel, 
Gauna, Silva, Ojeda, Ocantos y demás jefes y hombres 
principales del partido federal de la Provincia, no pu- 
dieron abrigar duda ya de que habían sido engañados, 
cuando vieron que se renovaban contra ellos las hosti- 
lidades tratándolos como á enemigos. «Ya sabrá V. que 
el compañero Galán nada ha conseguido de estos hombres, 
le escribía el coronel Benjamín Virasoro al coronel 
Lagos, jefe de una de las divisiones del ejército de 
operaciones. . . Deseo que VV. se fijen en nuestra actual si- 
tuación, después de haber sido desarmada y licenciada 
la división correntina que traje á mis órdenes de esa 
provincia... Muchos de los individuos que la componían 
han sido insultados y vejados de la manera más soez 
y grosera, sin que ninguno de los que cometían tales 
atentados haya sufrido la más leve reconvención de la 
autoridad; de manera que por momentos aguardamos 
que den con nosotros un paso escandaloso de traición. »( ') 
«La política de este país, le escribía al mismo coronel 
Lagos, don Gregorio Araujo, está en un silencio pro- 
fundo desde que los tratados de Alcaraz no han tenido 
efecto; y nosotros lo^ rosines, según nos llaman, estamos 
mirados con el ojo izquierdo del que manda...»!-) El 
coronel Silva se mostraba más radical todavía, escribién- 
dole á Lagos: «Ahora que V. S. me ha movido ese 
punto le diré que... con los Madariaga nada bueno, só- 



(') Manuscrito en mi archivo. (Véase el apéndice.) 

\^) Manuscrito original en mi archivo, (Véase el apéndice.) 



— 355 — 

lido ni honorífico podrán hacer los gobiernos de la 
Confederación ... La marcha gubernativa de ellos (que así 
llaman esos enemigos irreconciliables de la patria) toda 
ella está llena de intrigas, llevando solamente por norte 
la anarquía... » (') 

En este estado las cosas, el enviado Galán dio por 
terminada su misión retirándose á Entre Ríos: tras él 
emigraron para esta provincia muchos de los federales 
comprometidos, en tanto (jue los Virasoro se ponían al 
habla con el coronel Nicanor Cáceres y con otros jefes 
de departamentos para estar á las resultas de lo que 
sobrevenía. Urquiza, para no dejar la mínima duda 
respecto de su actitud, le dirigió al gobernador Mada- 
riaga una enérgica carta en la que le manifestaba que 
á su culpa y á su dolo se debía el que la provincia de 
Corrientes no se reincorporase á la Confederación sino 
á costa de nuevos sacrificios. (-) Y consecuente con sus 
declaraciones activó sus preparativos para su' campaña 
sobre esa provincia. Como se ve, el gobierno de Rozas, 
á pesar de conocer las maquinaciones segregatistas del 
gobernador Madariaga, se esforzó en traerlo por la paz 
á la Confederación Argentina, y el general Urquiza coo- 
peró á este resultado, fueren cuales fuesen las miras 
ocultas que tenía para lo porvenir. El hecho es que si 
el Brasil quiso colionestarlo, suponiendo que procediese 
en sentido inverso al en que queda explicado, sus tiros se 
embotaron ante la resolución de aquél de acatar la 
autoridad nacional de la Confederación comi>rometida 
en la intervención angiofrancesa. El arreglo de esta 
cuestión decidió de la actitud del general Urquiza. El 



(') .Manuscrito orijíiiial an mi aroliivo. (Véase el apéndice.) 
{-} Véase La Gaceta Mercantil del 1:5 de noviembre de 1H47. 



— :}r)í) 



Brasil [)iul() eiiiedarlo al liii entre sus redes, haciéndole 
firmal- un tratado que, en el fondo, era el mismo que 
le i)resent(> ese gobierno al argentino ratificado por el 
Emperador, y que Rozas se negó <á ratificar en 1843. 



CAPITULO LVI 

MISKJN H ( ) WD]>:X- W A LE WSKl 

( 1S47 ) 

Sumario: I. Llegai la délos pleuipotenciai-ios jiara iT'aiuular la negociación Hooil. — 
II. Boceto del conde Walowski. — III. Boceto de lord Howden. — IV. 
Espíritu de los gabinetes de París y Londres. — V. Los plenipotenciarios 
le declaran al gobierno argentino que su misión es ajustar la ejecución 
de las bases Hood. — VI. Proyecto de convención que remiten: trascen- 
dencia de las variaciones que introducen. — VII. El ministro Aráñales i-e- 
mite un proyecto igual á las aceptadas bases Hood y un memorándum 
explicativo. — VIII. Variación que bace notar el memorándum respecto de 
quien ejerce autoridad legal en la República Oriental y acerca de lo cual 
se pronuncian los plenipotenciarios: principio que esto sentaría. — IX. 
.Vgregailo al objeto de la convención de asegurar al Estado Oriental en su 
iiidepi'Uileni-ia: derecho de intervención erigido en principio. — X. Del rol 
del gobierno argentino en la guerra en el Estado Oriental. — XI. Del des- 
arme de los extranjeros en Montevideo: supresión del saludo ¡í la bandera 
argiíntíua. — XII. líela navegación del Paraná y del Uruguay: desconoci- 
miento de los derechos de la Confederación. — XIII. Derecho implícito jiara 
interrumpir el de la Confederación á hacer la guerra. — XIV. De las 
incumbencias respectivas de los gobiernos aliados: la amnistía general y 
amplia. — XV. Supresión déla cláusula sobre el retiro de los plenipoten- 
ciarios si el gobierno de Montevideo rehusaba desarmar los extranjeros: 
nulificación ¡niplícita de la c¡uivcncióu. — XVI. Contestación de los plenipo- 
tenciarios: contraste entre las declaraciones y las exigencias de los mis- 
mos. — XVII. Lo que el gobit^rno de Rozas habría sentado admitiendo las 
nuevas proposiciones de los iilenipotenciarios. — XVIII. .\rreglo confiden- 
cial que presenta el conde Walewski. — XIX. .\cuerdo respecto del obje- 
to de la convención: actitud do lord Howden. — XX. Emulación entre 
ambos ¡denipotenciarios, derivada del espíritu de sus gobiernos respecti- 
vos. — XXI. Esfuerzos del conde Walewski y del doctor Várela para doblar 
■X lord Howden. — XXII. Relaciones del conde Walewski con los emigra- 
dos unitarios: su reserva repulsiva respecto de la sociedad de Buenos 
.\ires, y su ojeriza contra el írol)ierno do Rozas. — XXIII. Cómo lord 
Howden cultiva la alta sociedad de Bui'nos Aires: cómo sií familiariza con 
las costumbres del país. — XXIV. Su afición al caballo: su escursióu á 
Santos Lugares. — XXV. Xoticia sobreesté campamento militar. — XXVI. 
llecibimiento que se le hace allí al ministro británico: brindis de éste y 
ilel ministro .-Vrana. — XXVII. Sornresas que recibe lord Howden en su 
visita á Santos Lugares: ecos de El Catnnrcio del Plata. — XXVIll. Cómo 
medra el conde Walewski para que lord Howden coadyuve á sus miras. — 
XXIX. Loque quería Walewski: entrejía de la pretendida devolución de 
las banderas tomadas á los ingleses. — XXX Dificultades (jne promueven 
los plenipotenciarios sobre el titulo que se daría á Oribe en la convención: 
fói-mula i|'ie ]iresenta (d ministro .Vrana: declaración y agregado (jue ])ro- 
¡loiien aquéllos. — XXXI. El ministro .\rana se niega á admitirla. — XXXII. 
La eláiisula sobre navegación de los ríos interiores: los plenipotenciarios 
insisten en hacer predominar sus ideas. — XXXIII. Los plenipotenciarios 
proponen discutir por la vía diplomática los deredios déla Confinleración 
á los ríos interiores. — XXXIV. Nueva fí>rma t[\u' dan á esta misma pro- 
posición: di^iia respuesta clel ministro .Arana. — XXX\'. Ruptura de la 
negociación. — XXXVI. líesolncióii de lord Howden ante sus instruccio- 
ni!s. —XXXVII. .armisticio (ini' celebran los pleniíxitenciarios con Oribe. — 
XXXyiII. Kl gobierno de Montevideo lo rechaza. — XXXIX. Motivos 
notorios de este rechazo. — XL. Motivo ((ue aduce el pleni])otenciario 
británico jiara levantar el ldof|ueo ]ior parte de la (Jrau Bretaña. — XÍJ. 
El ministro británico solicita y obtiene ile Orilie una amnistía para el caso 
en rjue si' ajindere di' Montevideo. 

Mientras el ^()l)iern(> de llo/as [irovocalia, al del Hra- 
sil á que deliiiiest3 su posicicjn respecto de la coalicÚMi ([iio 



— .'i58 — 

había contribuido á formar contra la Confederación Ar- 
gentina, y fracasaban las negociaciones para reincorporar 
la provincia de Corrientes, la cuestión angiofrancesa 
entraba en una nueva evolución con la llegada á Buenos 
Aires de los ministros de Francia y Gran Bretaña en- 
cargados de reanudar y concluir la negociación Hood. 
Eran éstos el conde Colona Walewski y el lord How- 
den, personajes de alta distinción y avezados á las 
controversias europeas, las cuales ponen á contribución 
los talentos y cualidades sobresalientes de los hombres, 
y cuyo epílogo es el mismo, generalmente, á saber: que 
el fuerte se traga al débil hasta que otro más fuerte, 
siguiendo el curso de la evolución continua, se traga 
al que fuerte se creyó. 

El conde Walewski, de quien se decía que era hijo 
de Napoleón I. y que tenía gran parecido íisionómico 
con este grande demoledor, era un diplomático cuadra- 
do, si bien se amoldada á las exigencias de su carrera 
desde lo alto de una vanidad cuasi olímpica que arros- 
traba invariablemente en todas las relaciones de su vida. 
Pertenecía á esos hombres públicos como Guizot, á 
quienes los críticos del tiempo de Cormenin llamaban 
de la escuela inglesa; y había traído de Inglaterra, adonde 
residió muchos años, esa gravedad flemática, esa severa 
disciplina muscular que trasunta algo como el frío del 
mármol. En el conde Walewski solía palpitar la carne 
sin embargo. Era cuando la sangre francesa lo llamaba 
al recuerdo. Su orgullo asumía entonces las proporcio- 
nes del estallido, y para serenarse era necesario que las 
cosas se hiciesen á medida de sus deseos. Aun en esto 
era más levantado, más noble que el barón Deffaudis, 
ó más propiamente, Deffaudis era, como diplomático, la 
caricatura de Walewski. 

Lord Howden ofrecía un verdadero contraste con su 



— 359 — 

€olega el conde Walewski. Era el tipo del antiguo noble 
inglés, cuya severa catadura y fiera arrogancia se habían 
suavizado y aun hermoseado entre los vaivenes más ó 
menos tempestuosos de una vida de aventuras caballe- 
rescas y de romances perseguidos con el fervor de una 
imaginaci(3n meridional. Joven todavía, rico, cultísimo 
y apuesto. Juan Hobart Caradoc Howden era un per- 
sonaje disputado en la alta aristocracia europea, en las 
treguas galanas que se tomaba á su afición de batirse 
como soldado de las causas que impulsaban sus senti- 
mientos verdaderamente juveniles. Descendía de Cara- 
duc y de los antiguos príncipes de Gales, y naci(3 en 
Dublin el 1(5 de octubre de 1700. Su abuelo. Juan Ca- 
radoc, fu(' arzobispo de esa ciudad, y su padre, el primer 
lord Howden. fué creado l)arón de Irlanda en 1810 y 
par del reino en 1831, tomando con real permiso en 
este año el nombre de Caradoc. Muy joven todavía 
Hobart Caradoc adoptó la carrera de las armas, distin- 
guiéndose por su v'ilor y su espíritu caballeresco. En 
1830 se casó con Catalina Skavronsky, belleza clásica 
y codiciada entre la alta sociedad á que ambos perte- 
necían. Las dotes de su inteligencia, sus raras prendas 
y sus relaciones con los principales hombres de estado 
le valieron la conlianza de su soberano quien, entre 
otras comisiones diplomáticas de importancia, le enco- 
mendó la misión de Oriente, la de Grecia en donde asís-- 
tií't á la batalla de Navarino. y la que desempeñó durantt' 
el primer período de la insurrt'CciíMi carlista en España. 
Entonces era más conocido m Europa i-on i'l nonihrc 
de coronel Caradoc. Muerto su padre, tomó el título 
de Lord Howden y demás ({ue aquél disfrutaba. Ocu- 
paba su asiento en el jiarlaniento cuando fué nombrado 
ministro resiliente de la (iran Bretaña en el lírasil, y 



«# 



— ;;(ii) — 

jtleiiipoteiiciario para el ajuste de las negociaciones pen- 
dientes en el río de la Plata. 

Es de advertir que en vísperas de embarcarse lord 
Howden y el conde Walewski para el río de la Plata, 
los gabinetes de Londres y París recibieron comunica- 
ciones urgentes de los ministros Ouseley y Deffaudis. 
en las que anunciaban la defecci()n del general ürqui/a, 
y la seguridad de que el gobierno argentino se vería á 
consecuencia de esto en conflictos tales que no podría 
menos de aceptar la paz en las condiciones que impusie- 
sen las potencias interventoras. El gabinete francés 
juzgó que esta vez obtendría lo que no había obtenido 
antes, y tal era el espíritu de que venía animado el con- 
de Walewski. Así se apresuraron á comunicárselo al 
gobierno argentino sus ministros en Inglaterra y Fran- 
cia, los señores Moreno y Sarratea. Sin embargo, los 
nuevos plenipotenciarios hicieron las declaraciones más 
francas y amistosas al reanudar la negociación, en se- 
guida de desembarcar en Buenos Aires el 8 y el 10 de 
mayo de 1(S47 respectivamente. 

Con fecha 11 de mayo le manifestaron oficialmente al 
ministro Arana que en consecuencia de la aceptación,^ 
por todas las partes interesadas, de los artículos que 
servían de base para la pacificación, presentados por el 
comisionado Mr. Hood, sus respectivos gobiernos, habien- 
do considerado la sola dificultad que impedía la completa 
y entera ejecución [pleine et entiére] (the full and entire) 
de este arreglo. hal)ían resuelto de coniiín acuerdo ac- 
ceder á la demanda hecha por los generales Rozas y 
Oribe; y en consecuencia decidían que el levantamiento 
del bloqueo tendría lugar en ambas orillas del Plata 
simultáneamente con el establecimiento del armisticio 
y la cesación bona fide de las hostilidades entre las 
partes beligerantes. Al liacer esta notihcaciíui, los pie- 



— :m — 

nipotenciai'ios pedíanle al ministro Arana les indicase 
el momento más pi'(3ximo upara las comunicaciones per- 
sonales que son necesarias para la ejecución inmediata 
de los artículos y para firmar el arreglo deílnitivo. (^) 

En la conferencia que celebraron dos días después, 
significáronle al ministro Arana que el proyecto de 
convención que le enviarían no difería de las bases 
Hood; y la conveniencia ([ue habría en darle la forma 
solemne de convención firmada por todos los interesa- 
dos. Bajo tales seguridades el ministro Arana no 
(jpuso inconveniente. Pero el proyecto que remitieron 
con nota de 14 de mayo difería en el fondo y en la 
forma de las bases Hood ya aceptadas, y discordaba 
con las declaraciones de los gobiernos de Gran Bretaña 
y Francia, y las reiteradas de los plenipotenciarios. En 
síntesis este proyecto establecía el abandono de las 
prerrogativas inherentes á la soberanía de las dos repú- 
blicas del Plata; á los derechos de dominio sobre los 
ríos interiores; y sancionaba la intervención europea 
en la política, en la gnerra y en los negocios de los 
Estados americanos. 

El ministro Arana les dirigii) á los plenipotenciarios 
su nota de 2(S de mayo en la (^ue refiriéndose á la 
declaración que le hicieron en nota del 11, de que sus 
respectivas gobiernos habían aceptado las bases Hood, 
y accedido además á levantar el bloqueo simultánea- 
mente con la cesacitm de hostilidades, les adjuntaba á 
sil vez un proyecto de convenciíhi y un memorándum 
explicativos. Los ocho artículos del proyecto eran 
literalmente iguales ;d de las bases Hood, con la sola 



( ') Colección de documentos oficiales mim. -i y A. Véase Archi- 
vo Ainericanu, 2'^ ><ín'\(\ udm. '), itii-i'. iin y '.V.), y La Gaceta Mercantil 
del 9 do airosto de I «47. 



- 862 — 

luodiíicacióii aceptada respecto del bloqueo y de que 
la convención sería ratificada en el término de ocho 
meses. En el memorándum, el ministro Arana recopila 
los antecedentes de la misión Hood; hace resaltar 
las variaciones introducidas por los plenipotenciarios, 
y pone en relieve á la luz del derecho los principios 
trascendentales que compromete y vulnera el proyecto 
de los plenipotenciarios. (') 

Fundado en las propias declaraciones de los pleni- 
potenciarios, el mismo Arana hace notar en su memo- 
rándum que en el nuevo proyecto se refieren al señor 
don Joac^uín Suárez, á quien titulan presidente de la Re- 
piiblica Oriental del Uruguay; siendo así que en las 
bases Hood se le i\i\\\-A\m gobierno de Montevideo^ \ ^(úo 
se le pedía su aceptación á las cláusulas convenidas entre 
los ministros Ouseley y Deffaudis. el gobierno argenti- 
no y el general Oribe á quien se titulaba presidente de 
la República Oriental. Hace notar, además, que inno- 
vando el fin de la negociación, ya perfectamente esta- 
blecido en las bases Hood, los plenipotenciarios declaran 
que el objeto de la misma es poner término á las 
hostilidades en el río de la Plata y confirmar á la Re- 
pública Oriental en el goce de su independencia. Lo 
primero valía atribuirle á la Gran Bretaña y á la Francia 
el dereclio de decidir sobre la legitimidad ó ilegitimidad 
de la autoridad que investía el gobernante de un Esta- 
do independiente. Y si por la fuerza de los sucesos que 
habían creado la intromisión • de esas potencias en el 
Plata, ellos se creían en el caso de pronunciarse á ese 
respecto, lo natural, lo lógico era que no desconociesen 
al gobernante que como el general Orille ejercía imperio 



( ' ) Colección de documentos ciíados núm. 5 y 6. Véase Archi- 
vo Americano citado. 



— 868 — 

y jurisdicción en todo el territorio de la República 
Orienta], con excepci(3n de las tres plazas fuertes de Mon- 
tevideo. jMaldonado y la Colonia defendidas por las 
armas y las naves de la Gran Bretaña y de la Francia. 
Tal desconocimiento valía dejar sentado en una con- 
vención el principio de que: son gobiernos legales en 
Sur América los que las grandes potencias europeas 
reconocen como tales. 

El agregado que introducían los plenipotenciarios al 
objeto de la convención, importaba dejar sentado que 
el gobierno argentino, contra quien tal declaración se 
hacia valer, había atacado la independencia del Estado 
Oriental. El hecho positivo es que el gobierno argen- 
tino tenía dadas pruebas de su firme decisión de sos- 
tener esa independencia. El objeto déla convención era 
poner término á la guerra en el Plata, que había susci- 
tado el general Rivera. La Francia y la Gran Bretaña 
no podían creerse llamadas á dar garantías en un ne- 
gocio trascendental como aquel, respecto del cual ningún 
derecho adquirido tenían. Tal declaración importaría 
la sanción solemne de un derecho de intervención eu- 
ropea en los Estados suramericanos, como prineii)i() 
de aplicacifín invariable; y reconocer para lo futuro el 
de la Gran Bretaña y la Francia para intervenir en el 
Estado Oriental cuando juzgasen atacada la independen- 
cia de esta república. Las únicas potencias garantes 
de la inde]iendencia del Estado Oriental eran el Impe- 
rio del Brasil y la Confederación Argentina, según la 
convención del año de 182<S. 

En los artícuk)S 1". y 8". relativos á la suspensií'ni dr 
hostilidades y retiro de las tropas argentinas, los pleni- 
I)otenciarios suprimen «luego que (d señor presidente 
Oribe, aliado del gobierno argentino, haya firmado su 
convt'iicii'iii respectiva», que estaba aceptada en las bases 



— mi — 

Hood. Esta supresión era sustancial, y liería derechos 
inlierentes á todo gobierno soberano. El argentino era 
un beligerante en la guerra que le declaró el general 
Rivera. Como tal había celebrado una alianza con el 
gobierno que, en su sentir, representaba la legalidad en 
el Estado Oriental: tal era su rol y justo era que así 
constare en la convenci(3n, como la necesidad de pro- 
ceder de acuerdo con su aliado, lo cual á nadie perju- 
dicaba. 

En el artículo 2". lil)raban el desarme de los extran- 
jeros que formaban la guarnición de Montevideo, á los 
comandantes de las fuerzas navales de las potencias 
interventoras; siendo así que en las bases Hood se 
había establecido que « los plenipotenciarios reclamaran 
del gobierno de Montevideo el inmediato-, desarme». El 
memorándum no encontraba motivo para esta variación, 
y mantenía la estipulaci(3n contenida en las bases Hood, 
del saludo de 21 cañonazos al pabellón argentino por las 
escuadras de Gran Bretaña y Francia; pero que suprimían 
los plenipotenciarios en el artículo 4.*^ el cual establecía 
que le serían devueltos al gobierno argentino los buques 
y cañones tomados, y restituida la isla de Martín García. 
Esa estipulación era esencial, porque á ese saludo 
circunscribía el gobierno argentino las satisfacciones 
debidas al honor nacional y á la soberanía de la Confe- 
deración, ultrajada por una intervención armada que 
capturó en [)leiia paz la escuadra argentina, se posesionó 
por las fuerzas de los ríos interiores, invadió el terri- 
torio y destruyó vidas y propiedades en una serie de 
agresiones injustas. 

La variación introducida en la base 5''. era igual- 
mente fundamental. El gobierno argentino, de acuerdo 
con las bases Hood, proponía que la navegación del río 
Paraná era interior de la Confederación Argentina, y 



— :'Á\:> - 

sujeta solamente á sus leyes y reglamentos; lo mismo 
que la del río Uruguay en común con el Estado Orien- 
tal. Los plenipotenciarios proyectaban que la tal nave- 
gación « se halla sujeta á los derechos territoriales que 
según la ley general de las naciones, son aplicables á 
las aguas interiores ». Desde 1845 era este el punto que, 
sin motivo aparente, más preocupaba á los diplomáticos 
de la intervención, y por consiguiente el que con mayor 
prevención debería mirar el gobierno argentino. La 
admisión de los plenipotenciarios se subordinaba á una 
emergencia del futuro, cuando sólo se trataba de reco- 
nocer un derecho i)erfecto de la soberanía argentina. 
Era una generalidad sin mayor trascendencia, pues que 
la ley general de las naciones sobre las aguas interiores, 
no era unil'oriiie. Referirse indeterminadamente á estos 
principios valía desconocer el derecho de la Confedera- 
ción sobre sus ríos interiores. 

El ynemorandmn hacía notar la variaci(')n <[ue los 
plenipotenciarios introducían en la base 0'^: « queda 
reconocido que la Kej)ública Argentina se halla en el 
goce y ejercicio de todo derecho de paz ó guerra. Y si 
en el curso de los sucesos de la República Oriental, se ha 
hecho necesario (/ue las potencias aliadas interrumpan 
por cierto tiempo el ejercicio de los hechos beligerantes 
de la Rei)ública Argentina, queda plenamente admitido 
que los i)rincipios bajo los cuales han obrado, bajo 
iguales circunstancias habrían sido aplicables, ya á la 
Gran Bretaña, ya á la Francia.» En guarda de los prin- 
cipios que tal declaración hería, el gobierno reservó dis- 
cutirla oportii llámente, y así fué aceptada en las bases 
Hood. Los plenipotenciarios no sólo suprimían esta 
reserva sino que la modificaban en sentido más desfa- 
vorahle i)ara los derechos de la Confederación. Ella 
Í!ii]»oitalia ([iif i;i (li'aii Bretaña y la Francia se consi- 



— ;5(i(i — 

derabaii con el derecho para interrunipir el de la C'on. 
federación Argentina á hacer la guerra. Y á título de 
una reciprocidad puramente ilusoria, por lo que hacía 
á las repúblicas del Plata, no sólo eludía satisfacciones 
condignas de la inmotivada intervención armada de la 
Gran Bretaña y la Francia, sino que dejaba subsistente 
para lo futuro la legitimidad de semegante intervención, 
la cual violentaba el derecho de gentes y los tratados. 

En cuanto á las bases 7". y 8='. relativas á la nueva 
elección de presidente del Estado Oriental y á la com- 
pleta amnistía general, el nienioraiidiim recordaba que el 
gobierno argentino le había manifestado al comisionado 
Hood que no siendo lo primero de su competencia y sí 
del de la República Oriental, la remitía al general presi- 
dente Oribe; y que así quedó acordado. El gobierno 
argentino no podía obligar á la Confederación por un 
acto privado de un gobierno soberano que era su aliado. 
En sentido análogo procedió respecto de lo segundo por 
lo que incumbía al presidente Oribe, y así quedó acor- 
dado. Recordaba igualmente que el gobierno argentino 
le manifestó al comisionado Hood que espontáneamente 
había concedido una amnistía amplia en favor de todos 
los emigrados y enemigos de la Confederación; y que 
había rechazado la segunda parte de esa 8^. proposición 
de los interventores que rezaba así: « Esta amnistía no 
impedirá que aquellos emigrados de Buenos Aires cuya 
residencia de Montevideo pudiese dar justos recelos al 
gobierno argentino y comprometer la buena armonía entre 
ambas repúblicas, sean trasportados á su elección, a 
más próximo puerto extranjero ó á otro lugar que ellos 
podrán designar.» 

Por fin, el memorándum se preguntaba porqué los 
plenipotenciarios suprimían la 9''. proposición de los 
gobiernos de Gran Bretaña y de Francia, ya ajustada en 



— 8fi7 — 

la negociación Hood, y que rezaba que si el gobierna 
de Montevideo rehusaba licenciar las fuerzas extranjeras 
que guarnecían esta plaza, los plenipotenciarios se reti- 
rarían cesando toda intervención ulterior. Mediaba el 
antecedente de que el gobierno de Montevideo era el 
único que había rechazado esa proposición; y esto hacía 
creer que efectivamente rehusaría veriñcar ese desarme. 
En tal caso la convención quedaría de suyo nulificada^ 
y los plenipotenciarios, ó no tendrían rol á estar á las 
reiteradas declaraciones que hacían en nombre de sus 
soberanos; ó tendrían que salir completamente fuera de 
su rol, empleando la vía coercitiva para reducir ese 
gobierno, lo cual violentaría los principios que invaria- 
blemente sostenía el gobierno argentino en guarda de 
la garantía que tenía dada en el tratado de 1828 de la 
independencia del Estado Oriental del Uruguay. (^) 

Los plenipotenciarios Howden y Walewski contestaron 
el memorándum del ministro Arana en su nota colectiva 
de 3 de junio, la cual hacía resaltar el contraste entre 
las declaraciones y las exigencias de los mismos. Á 
estar de acuerdo los unos con los otros, la pacificación 
del Plata estaba completamente arreglada, pues la única 
diferencia que dejó pendiente la negociación Hood era 
la relativa á la oportunidad de que el bloqueo se levan- 
taría, y ésta quedaba allanada como se ha visto ya. 
Así los plenipotenciarios califican las bases Hood de 
piedra fundamental de la negociación y que contiene 
todos los elementos de ésta; pero á renglón seguido 



(') Se puede comparar el texto de las unas y las otras pro- 
posiciones de los gobiernos de Gran Bretaña y de Francia en el 
libro de Hustamante, Los errores de la ititervención, pág. 148 y 
275; en el Diario de sesiones de la legislatura de Huenos Aire* 
correspondiente al año de 184G y en el Archivo Americano. 2». 
serie, núm. 5, pág. 40; en La Gaceta Mercantil del 28 de octubre 
de 184Ü V en la del 9 de agosto de 1847. 



— .".08 — 

insisten en atribuirle á la que inician, el objeto de 
confirmar y asegurar la inde})eiideneia del Estado Orien- 
tal. Declaran que sus gobiernos i)iensan que en un 
objeto correlativo entre muclios interesados, y en que 
los unos liacen depender la ejecuciíui de sus obligacio- 
nes del consentimiento de los otros, el solo modo que 
permite llegar á una solución es la de una convención 
en la que todos los interesados tomen parte; pero afir- 
man que el general Oribe no es interesado y anticipan 
que « no pondrán jamás su firma en una convención 
subordinada á la voluntad de un tercero extraño á ella». 
Declaran que desean « bailar una forma de convenci(')n 
regular y práctica que sea la ejecución más exacta de 
las bases Hood»; pero afirman que las que le presenta 
el gobierno argentino (literalmente iguales á éstas) no 
son ejecutables ni convenientes, porque tres de ellas 
pueden ser invalidades por la repulsa del general Oribe. 
Encuentran que la convención propuesta por el gobierno 
argentino sería en exclusivo provecho de éste, ])orque 
los gobiernos aliados se obligaban á levantar el bloqueo 
gestionar el desarme de los extranjeros, restituir los 
buques apresados en tiempo de paz, desalojar el territo" 
rio argentino; y del otro lado «el gobierno argentino 
sólo ofrece retirar sus tropas del territorio oriental». (') 
Ante inconsecuencias tan hirientes, era el caso de 
preguntarse porqué había luchado el gobierno argentino 
dos años consecutivos contra la Gran Bretaña y la Fran- 
cia, si no era por no hacer las concesiones que estas 
potencias exigían, á costa de la soberanía y de los de- 
rechos de la Confederación. Si el gobierno argentino 
admitía las nuevas proposiciones de pacificación que 



(') Véase esta nota en ol Archivo Americano, 2». serie, núin. 
5, pág. 99 y en La Gaceta Mercantil del 12 de agosto de 1847. 



— 3m — 

presentaban los plenipotenciarios Howden y Walewski. 
no sólo nulificaba los grandes principios en virtud de 
los cuales había resistido á las exigencias de las dos 
l)otencias más fuertes de la Europa, y hacía resaltar la 
obcecaciíju inaudita con que infructuosamente había lle- 
vado ar sacrificio á la Confederación, sino que dejaba 
sancionados estos dos hechos amenazadores para el por- 
venir de la República: el de la intervenci('tn europea en 
los negocios de la Confederación, y el de que los dere- 
chos emanados de la soberanía de la Confederación 
quedaban á merced de una ó más intervenciones ulte- 
riores. 

El ministro Arana, renunciando á hacer resaltar la 
inconsecuencia de los plenii)otenciarios, quizá porque 
ello habría impreso mayor tirantez á la negociación, se 
contrajo á demostrar en su contestación de 13 de junio 
cómo las cláusulas de su proyecto, siendo en un todo con- 
formes á las bases Hood, eran la realización práctica de 
ésta. En cuanto á las tres cláusulas de la incumbencia del 
general Oribe, el gobierno argentino cumplía su deber de 
aliado en referirse á la aceptación de aquél; lo cual no im- 
portaba que la convención dependiese de la aceptación de 
dicho general quien, por otra i)arte, las había ya aceptado. 
El objeto de la convención era poner lin á las hostilidades 
de í{ue habían sido teatro las repúblicas del Plata; que no 
el de confirmar á la República Oriental en el goce de su 
indei)endei:cia. Por lo que hacía á la cláusula relativa á 
la navegación de los ríos, el ministro Arana les daba á 
elegir, ó el texto de las bases Hood con el agregado con que 
fué aceptado, ó el del proyecto de convenciíhi presentado 
por el gobierno argentino. 

En las conferencias que recomenzaron el mismo día RJ 
los plenipotenciarios i)lantearon conu) cuestiíjii previa la 
del carácter (|ue se daría en laconvenciíui al general Oribe; 

TOMO IV. 21 



— 870 — 

declarando que consideraban que el gobierno argentino 
no podía dejar de titularlo presidente del Estado Orien- 
tal: pero que á ellos les era imposible reconocerlo en tal 
carácter. Sobre esto y sobre el objeto de la convención se 
siguieron las conferencias, sin arribarse á resultado prác- 
tico. Cuando se encontraba la forma de dejar á salvo la 
reserva de los plenipotenciarios, éstos la ampliaban en 
términos verdaderamente inaceptables; y era necesaria 
toda la habilidad del ministro Arana para no caer en las 
redes finísimas del conde Walewski, que era el más empe- 
ñado en dejar de un modo ú otro establecido y legitimado 
el hecho de la intervención europea. Sintiendo á pesar 
suyo que se las había con un ministro que no perdía de 
vista los derechos de su país, á través de las sinuosidades 
escabrosas con que los más fuertes marcaban la nego- 
ciación, el conde Walewski llegó á presentar confidencial- 
mente un proyecto de arreglo, susceptible de ampliarse en 
las próximas conferencias. 

Después de una discusión que parecía interminable, los 
plenipotenciarios quedaron de acuerdo respecto del objeto 
de la convención, el cual rezaba así: «que no teniendo las 
partes contratantes ninguna mira separada ni interesada 
de presente ni de futuro, ni otrokleseo que ver segura- 
mente establecida la paz y la independencia de lor. Estados 
del Plata, tal como es reconocida por los tratados...» 
Esta declaración importaba colocar la cuestión en su ver- 
dadero quicio; y á ello contribuyó no poco la actitud 
reservada de lord Howden para acompañar al conde Wa- 
lewski más allá de donde él creía haberse conseguido los 
propósitos de su gobierno, en razón de intereses y con- 
veniencias tan ampliamente discutidas en la Gran Bre- 
taña que no podían ser materia de problema para él^ 
á la altura á que habían llegado los sucesos. 

Porque á través del natural acuerdo que debía existir 



— 371 — 

entre ambos plenipotenciarios, para resolver satisfacto- 
riamente nna cnestión en la cj^ue sus gobiernos se conside- 
raban igualmente interesados, mediaba entre ellos una 
especia de emulación egoísta, que se traslucía en cierta 
frialdad para estrecharse y robustecerse contra el adver- 
sario común; y que si algo denotaba era que aunque 
marchaban por el mismo camino, no estaban ambos deci- 
didos á llegar al mismo fin. Si se recuerda lo dicho 
respecto al estado de la opinión y de la diplomacia en 
Inglaterra en los últimos meses del año de 1846, y de 
las relaciones de esta nación con Francia, se encontrará 
la razón de la divergencia que promediaba entre los pleni- 
potenciarios Howden y Walewski. En el fondo era esta: 
la Gran Bretaña, más práctica, había renunciado á crearse 
por la fuerza derechos y posesiones en el río de la Plata 
y territorios bañados por el Paraná y Uruguay; porque 
estaba segura de desenvolver aquí sn riqueza y sus in- 
fluencias al favor de sn potencia comercial y civilizadora. 
La Francia, más orguUosa, no había renunciado á plantar 
sus banderas y su imperio en el extremo sur y en otros 
puntos de América, donde tenía un concurrente poderoso 
en la Gran Bretaña sobre el cual sólo por la fuerza podía 
en todo caso prevalecer; que nunca dispuso de los medios 
y recursos fnndados en el progreso humano, en la escala 
en que los desenvolviij aquella nación, para sostener su 
supremacía en el mundo. Ahí están una parte de la India, 
Canadá, Jamaica y los populosos emporios de la Australia; 
y ahí están los pueblos de China y Argel, en el mismo 
estado de cuando fueron conquistados, para demostrar 
esta verdad. 

Por de contado que el conde Walewski había hecho 
grandes esfuerzos para doblar á lord Howden y conseguir 
de éste lo que el barón Deffaudis consiguió del caballero 
Ouselev. Mtro tanto halu'a hecho d doct(n' Várela, quií'U 



— •yí2 — 

entretenía asidua correspondencia con Walewslvi, y le ayu- 
daba á promover dificultades que condujesen á una ruptura 
para que la intervención armada prosiguiese sus objetos 
civilizadores en el Plata, retaseando la Confederación Ar- 
gentina, apoderándose de los apostaderos comerciales, y 
colocando gobiernos que suscribiesen á todo lo que la 
intervención imponía, como el de Montevideo. El doctor 
Várela había llegado á comunicarle sus vistas á lord 
Howden sobre la cuestión del Plata; pero Howden se 
había limitado á agradecerle sus oficiosidades en términos 
urbanos, como se los merecía ese hombre distinguido, pero 
empujado por sus odios á los extremos del extravío polí- 
tico. 

Verdad es que Walewski mantenía relación epistolar 
sobre motivos de su misión con los principales emigrados 
unitarios en Montevideo, lo que lo conducía más allá de 
las conveniencias. Era. además, muy fácil á la adulación 
quizá porque reputaba su valer desde lo alto de su orgullo 
desmedido; y hacía ostentación pueril de cualesquiera 
distinciones tributadas á él ó á su bellísima compañera. 
Lo singular era que la excelente acogida y las repetidas 
manifestaciones de aprecio que le dispensaban el gobierno, 
los hombres públicos y las principales familias de Buenos 
Aires, reputábalas apenas como homenajes que le eran 
debidos, y no las retribuía ni con los cumplimientos de 
la etiqueta. La condesa Walewski excusaba su presencia 
en los salones que frecuentaban, con los hombres de mejor 
alcurnia y más ventajosamente conocidos en la sociedad, 
damas como las de García Zúñiga, de Anchorena, de Saa- 
vedra, de Alsina, de Escalada, de Aguirre, de Peña, de 
Arana, de Obligado, de Beláustegui, de Lahitte, de Irigoyen, 
de Villanueva, de Riglos, de Piñeyro, de Azcuéuaga, de 
Alvear, de Cárcova, de Cazón, de Ezcurra, de Villegas, de 
Carreras, de Arrotea, de Senillosa, de Luca, de Cárdenas, 



— oró 



(le Oromí, de Sáenz Peña, de Torres, de Pinedo. de(^)nirno. 
(!(.' Vela, de García, de Peralta, etcétera, etcétera, 

Walewski no disimulaba su ojeriza al «jobierno de 
Piozas. quizá porque presentía que en el camino de sus 
pretensiones ultrajantes aquél le asignaría el mismo ridí- 
culo fracaso que á los anteriores ministros interventores, 
l'n día que comía con lord Howden, éste le manifestó que 
en la mañana siguiente liaría una escursión hípica con 
el objeto de conocer los Santos Lugares. «Lo siento por 
vos, Milord, si es día de cortar cabezas », le respondió. Y 
conversando de la situación de Montevideo y de los 
talentos de tal ó cual emigrado, y de los servicios que 
los emigrados prestaban á la causa de la civilizacióiu 
como especulativa ó vanamente llamaba él también á la 
de la intervención de las grandes potencias en el uso y 
ejercicio que hiciese la Confederación Argentina de sus 
derechos soberanos, Walewski se mostró sumamente sa- 
tisfecho délos versos que ala condesa acababa de dedicarle 
Mármol, á quien calificó por ello de uno de los ingenios del 
río de la Plata. Howden, que ante todo era galante caba- 
llero, le respondió, mirando á la bella condesa como si se 
creyese capaz de hacer cosas más grandes jior ella: — 
«Poeta y desocupado ;qué menos ha podido hact'i' por la 
condesa?» 

Lord Howden, por el conti'ario. frecuentaba hi buena 
sociedad de Buenos Aires, en los estrados donde man- 
tenía dignamente su renombre de gentil y apuesto 
nohieman, y en bailes, teatros y paseos; sin pretender dis- 
tinguirse por las exterioridades () por el modo, ni im- 
ponerse á las gentes entre ([uienes se hallaba, y hasta 
familiarizándose con b)s usos y costumbres nacionales;" 
que así como los virreyes y generales ingleses respetan 
y ad.)ptan para sí cuanto de fitil ó necesario encuentran 
en l(»s ])a¡ses adonde Uevan su acción progresista; así 



- a74 — 

como Napoleón calzaba el turbante en Egipto, lord 
Howden montaba briosos redomones aperados á la 
criolla, y llevaba el poncho y demás atavíos que la 
juventud culta ha llevado en general en la República 
Argentina hasta que adoptó los preceptos de la alta 
escuela, la cual militariza el traje y las maneras del 
que cabalga, á fin de que el despedazado cuerpo siga, 
como el de un títere de goma, los movimientos acom- 
pasados del trote ó del galope del animal. Howden, 
que era juez en la materia, como que sobre ser soldado 
y con buenas campañas hechas, había tenido en Hun- 
gría, Rusia y Argelia la misma afición que en la Ar- 
gentina, declaraba que nunca había montado á caballo 
más cómodamente y mejor que como lo hacía diariamen- 
te en Buenos Aires. 

Muy de mañana, y á pesar del frío de la estación, 
con un poncho pampa de lo fino, sombrero blando y de 
alas cortas, rebenque criollo, y espolín acerado, monta- 
ba lord Howden uno de los soberbios pingos que el 
general Rozas guardaba en su quinta de Palerino y á 
los cuales se les hacía andar diariamente con un peso 
equivalente al del cuerpo de su dueño; y se dirigía por 
his quintas y chácaras que limitaban entonces la ciudad, 
cuyo plano muy extenso desde las delincaciones que se 
hicieron bajo el gobierno de Rivadavia y siguieron ha- 
ciéndose bajo el de Rozas, presentaba sin embargo claros 
más ó menos grandes que han ido desapareciendo á 
medida que la población aumentaba, formando solución 
de continuidad en las calles de dos leguas. Una de 
esas mañanas se dirigió á los Santos Lugares, pero ex- 
tr¿iviado en el camino tuvo que regresar como pudo, 
muy á pesar suyo. Los diarios de los emigrados en 
Montevideo habían hecho de ese paraje el teatro de es- 
cenas tan horribles y sangrientas; su mismo colega se lo 



— ó/o 



había pintado con colores tan negros, que el lord quiso 
verlo por sus ojos. Al efecto, una noche que se halla- 
ba en la tertulia de la señorita Manuela de Rozas, ma- 
nifestóle á ésta y á varios caballeros sus deseos de 
hacer esa escursión en la mañana siguiente. La seño- 
rita de Rozas dio sus órdenes, y á la hora lijada par- 
tieron á caballo los más de los invitados y algunas 
damas en carruaje. 

Ya he conducido al lector á ese paraje, al ocuparme 
del año de 1840 y de la invasión del general Lavalle con el 
a-uxilio de los franceses. Urgido á reconcentrar fuerzas 
en punto conveniente para oponerlas á esa invasión. Ro- 
zas estableció su cuartel general en un punto intermedio 
entre la ciudad y la direcci(Mi que traía el general Lavalle, 
en los límites del partido de Morón, á poco más de ocho 
cuadras de la hoy estación San Martín del ferrocarril á 
Campana. Existía allí un arruinado caserío de fines del 
siglo pasado, que ocuparon unos conventuales hasta que 
se sancionó la ley de reforma eclesiástica bajo el mi- 
nisterio de Rivadavia. Por esa circunstancia y la de 
poseer esos santos padres una virgen, que, según fama, ope- 
raba milagros y concedía beneficios á los que visitaban 
esos lugares para rendirla el culto de su fe, los paisanos 
designaban d ¡taraje con el nombre de los Santos Lu- 
gares. Por tal era conocido, y por esto siguió llamándose 
Campamento de los Santos Lugares desde el 17 de agosto 
de 1(S40 en que Uegaron allí el batallón Maza, el de Res- 
tauradores, las milicias de infantería de San Isidro, San 
Fernando y Las Conchas al mando del coronel Garay; el 
general Pinedo con el número 1 y el regimiento de abas- 
tecedores. Rechazada la invasión, el gobernador Rozas 
lij(') allí uu caiiipami'iito iicnnainMitc donde si' reunían y 
disci¡)linaban las fuerzas de la Provincia y se elaboraban 
los materiales ¡lara el ej(''reito; y iiombr(') jefe de dicho 



— í}7() — 

campamento al sargento mayor don Antonino Reyes. Bien 
pronto qued(3 aquello transformado con las obras que se 
emprendieron. Sobre las ruinas de la antigua casa se 
levantaron graudes construcciones en raz()n de las nece- 
sidades actuales. Con frente al sur se levantíj la capilla' 
y contigua á ésta se edificó la cárcel que formaba un gran 
cuadrado al cual convergían todas las dependencias. Del 
lado norte estaban las oficinas del despacho; en seguida 
el alojamiento del jefe, y como <á cien varas de distancia 
se construyó algunas habitaciones para el gobernador- 
Este perímetro se circunvab') con tres líneas de árboles 
equidistantes entre sí; y al exterior de estas líneas se 
construyó las cuadras para los cuerpos de infantería, 
para la caballería y la artillería; y convenientemente re- 
partidos, los talleres para la maestranza, para el parque 
de sastrería, de carpintería y de herrería. Á costa de 
mucho trabajo y mucho empeño, fornKJse allí en poco 
tiempo un establecimiento el más completo que le era 
dado sostener al gobierno de la Provincia con los medios 
que por entonces había. Era, por decirlo así, el verdade- 
ro centro militar de Buenos Aires. Allí se sabía día á 
día cuántos fusiles, cuántos cañones, cuántos hombres 
listos para formar y cuántos caballos (') iitiles tenía la 
Provincia, pues todo pasaba por las oficinas de Santos 
Lugares. 

El jefe del campamento recibi/) á la comitiva con- 
duciéndola á las habitaciones del gobernador, donde se 



(*) El estado de las caballadas del Estado se llevó con toda mi- 
nuciosidad hasta 1852. El gobierno mantenía un inspector general 
radicado en el centro de la campaña, y encargado de velar por la 
conservación y aumento de los caballos con destino á las necesida- 
des del ejército. Por eso Rozas dispuso siempre y en cualquier mo- 
mento de miles de caballos gordos. El gobierno no tiene hoy de 
su propiedad más caballos que los que montan los soldados de caba- 
llería: cuando se inicia una campaña los compra á precio que eleva 
virtualmentc la gruesa demanda. 



— :5// — 



había preparado iin almuerzo cin^o menú se componía 
(le piezas acreditadas por el arte culinario francés, y de 
algunas no menos apetitosas del gusto criollo, en ob- 
sequio del ilustre convidado. Á lord Howden no le 
sorprendía las cultas demostraciones de que era objeto 
de parte de la buena sociedad que lo rodeaba, que eran 
las mismas que se le dispensaba desde que arribó á 
Buenos Aires. Pero tampoco se le ocultaba que eran 
impuestas por la urbanidad, distanciándolas hasta en 
los detalles que pudieran imprimirlas carácter oficial, y 
esto á mérito de la conducta agresiva que la Gran Bre- 
taña, por seguir á la Francia, observaba con la Confe- 
deraciíMi Argentina. Lord Howden quiso romper este 
hielo aprovechando la presencia allí del ministro Arana., 
de generales, de funcionarios y de la propia hija del 
general Rozas. Á los postres se puso de pie y salu- 
dando al ministro Arana con la copa en la mano, dijo: 
«La Gran Bretaña ha sido y será siempre amiga de la 
República Argentina: por el general Rozas, ilustre jefe 
de la Confederación!» I^ste brindis sorprendió á todos. 
El ministro Arana se levantó al punto y en respuesta 
dijo: «La República Argentina, desde que nació á la 
vida independiente, manifestó por la Gran Bretaña 
simpatías que el tiempo y el mantenimiento de sus in- 
tereses recíprocos fortificarán: por 8. M. la reina \'ic- 
toria. ilustre jefe de una de las naciones m;ís poderosas 
di' bi tierra.» 

Después de cumplimentar á la señorita de Rozas^ 
lord Howden la ofreció su brazo y la comitiva se dirigió 
;i visitar el establi'ciniieiito. Lord Howden salía de 
lina sorpresa para entrar en otra, como ((iie sus im- 
presiones eran muy distintas de las ((ue le habían 
suscitado las descripcioni^s horrorííicas de los enemigos 
de Rozas. No creyc) (jue ese establecimiento militar 



— 378 — 

estuviese montado bajo el pie de orden, de buena ad- 
ministración y de progreso que se desenvolvía ante sus 
ojos; ni mucho menos que las artes mecánicas y las 
industrias á que se prestaban las materias i)rimas 
del país y en manos de artesanos hijos del país tam- 
bién, y al mismo tiempo soldados, estuviesen desarro- 
lladas en las proporciones que acusaban los vastos 
talleres, fundiciones y maquinarias que minuciosamente 
iba inspeccionando. 

Los mismos diarios de los emigrados unitarios en 
Montevideo, á los cuales llegaron los ecos de esa escursiíjn 
de lord Howden, no pudieron menos que concordar en el 
fondo con las impresiones de éste. El Comercio del 
Plata, refiriéndose á sus datos, escribía: «Llegaron al 
campamento de Santos Lugares á las 12 y después de 
inspeccionar las obras que lo defienden, fueron á ver el 
ejercicio de las tropas de las diferentes armas. Lord 
Howden que manifiesta los gustos de un verdadero 
touriste (montaba en recado, con poncho, y qued(3 en- 
cantado de ver cómo los soldados domaron en su pre- 
sencia seis potros), se mostró muy satisfecho. El campa- 
mento, se nos dice, es una verdadera población de campo: 
los ranchos colocados en línea forman calles espaciosas, 
con jardines y puertas pequeñas: todo parecía esmerada- 
mente aseado. Hay también algunas casas de ladrillo. 
Los varios campamentos ocupan como una legua. Hay 
actualmente allí como unos dos mil hombres.» (') 



( ' ) Véase El Comercio del Plata del 5 de julio de 1(S47. No era 
extraño en modo alguno que lord Howden, como muchas gentes, se 
formase las ideas_ más siniestras de lo que era Santos Lugares. La 
propaganda continua y bien dirigida de Rivera Indarte y (lemas dia- 
ristas unitarios, había llevado lejos los ecos de que Santos Lugares 
era el antro elegido por Rozas para levantar hecatombes con los ca- 
dáveres de los enemigos á quienes vencía en la guerra que sin cuar- 
tel le declararon. En el año de 1885 fui una vez más á Santos Lu- 



— 879 — 

El conde Walewski miraba ron marcado despecho 
la relación cordial cjne entretenía lord Howden con las 
personas más conspicuas de Buenos Aires y allegadas 
á Rozas. No se le ocultaba, dadas las diferencias que 
promediaban entre los gabinetes de París y Londres, y 
la manera cómo la prensa devota de lord Palmerston 
(el Dayly Newys) encaraba la cuestión del Plata, en 
oposición á lo que respecto de la misma escribía la 
prensa intervencionista francesa, que la Gran Bretaña 
acabaría por deshacerse de un modo ú otro del com- 
promiso de acompañar á la Francia en una intervención 
armada que arruinaba sus intereses comerciales, y su- 
blevaba resistencias y enconos que resentirían y restrin- 
girían las relaciones que ella había sabido crearse jior 
otros medios, y que por conveniencia debía conservar 
en el río de la Plata. Sin embargo, el conde Walewski 
medraba, y medraba con éxito, á íin de que lord Howden 
marchase de acuerdo con él. Eu lo ([ue el conde no i)0- 
día asumir personería, la asumían por ellos principales 
emigrados argentinos en Montevideo, ventilando los 
grandes detalles de la negociación que se mantenían na- 
turalmente reservados en Buenos Aires. 



gares, en coinpafña del coronel Antonino Reyes, el antigniojele de e.s6 
campamento, para recojer datos y noticias (jue sólo éste podía su- 
ministrarme. Desde la estación San Martin nos conducía en su 
carruaje un mocetón criollo como de veinte años, ilustrándonos 
con noticias que para él eran exactas y ciertas como que luz hal)ía. 
Al llej^ar al antiguo campamento cuyo caserío hal)ía sido utilizado 
hasta poco antes por una IVibrica de cola, descendió con nosotros, 
se aproximó á un gran pozo de balde (Vente á la casa solitaria, y luis 
dijo con t(Klo aplomo: «Kn este pozo, señor, era donde se echaban 
las cal)ezas y los cuerpos délos que degollaljan allí»; y nos indic;i))a 
con el dedo el i)atio de la cárcel inundado d(; la maleza (|ue acom- 
paña á la soledad. "Hombre, hombre, le decía Reyes, (|ue l'ué ((uien 
íiizo cavar ese pozo, y de cuya excelente agua todos lomaban hasta 
el año 1852, ¿y de dónde; sacaban el agua pai'a Iteber?» VA cicerone 
nos contestí) sin turbarse, como el Reljolledo de los Diamantes 
de la Corona: "Lo cegaron, señor, al i)ozo gi'ande, después (|ue cay(') 
R ) zas.» 



— :!80 — 

Walewski quería, ó una completa victoria diplomática 
á costa de los derechos de la Confederación, ó un rompi- 
miento ruidoso que provocase la intervencicjn con medios 
más poderosos que hasta entonces. Para llegar á este 
extremo se entretenían, con las exigencias de la negocia- 
ciíjn, intrigas que encontraban asidero obligado en Mon- 
tevideo, y que se dirigían á mantener desconlianzas entre 
las partes llamadas á arreglarse. El mismo lord Howden 
tuvo que desmentir oficialmente las especies que se ver- 
tían en lo que á él hacían referencia. En Montevideo 
propalóse estudiadamente, y se comentó en Buenos Aires 
del modo más desfavorable, que el gobierno inglés exi- 
gía la devolución de todas las banderas inglesas tomadas 
en las jornadas de la Reconquista y de la Defensa en 
1(S06 y 1807; y que el gobierno argentino estaba pronto 
á concederlo con tal que se arreglase la cuestión. Lo sin- 
gular era que los argentinos que pretendían herir de esa 
manera la fibra del patriotismo argentino, eran los que 
habían traicionado ese sentimiento, los aliados de la inter- 
vención angiofrancesa, la cual había agredido á cañonazos 
la Conderación Argentina, ocupado suterritorioy que pug- 
naba por agredirla en sus derechos soberanos. Lord How- 
den le comunicó al ministro Arana en nota oficial de 23 de 
junio que tenía conocimiento de que muchas personas, sin 
objeto alguno conciliatorio, propalaban que el gobierno 
británico pretendía incluir las banderas inglesas conquis- 
tadas en 180G y 1807 en el canje de banderas y cañones 
recíprocamente tomados en las acciones de armas de la 
intervención; y que le cumplía declarar que ni había 
entrado en la mente de su gobierno hacer esa inclusión, 
ni tenía instrucciones en este sentido, ni por consi- 
guiente se había tratado de esto en el curso de la ne- 
gociación. 

Y cuando en las conferencias sucesivas de los pie- 



- 881 - 

iiipotenciarios se resolvió sobre el título y carácter que 
debía darse al general Oribe en la convención, pudo 
colegirse fácilmente que era este motivo, y muy princi- 
palmente el relativo á la navegación interior, de lo (|ue 
el plenipotenciario francés quería sacar el mejor prove 
cho. El ministro Arana resolvió el punto así: «la de- 
nominación y título que se da en las copias para 
los gobiernos británico y francés, no altera en mane- 
ra alguna la posición respectiva de los tres gobiernos 
en cuanto al general Oribe, á quien el gobierno argen- 
tino reconoce en el carácter de presidente de la Repú- 
blica del Uruguay, y los gobiernos de Gran Bretaña y 
Francia en el de general Manuel Oribe.» Los pleniíxi- 
tenciarios pro[)Usieron se declarase «que dicha denomi- 
nación no cambiaba la posición de sus gobiernos atento 
;i que éstos, después de la abdicación del'general Oribe, 
jamás lo han reconocido y no lo reconocerán cunio 
presidente legal de la República Oriental»; y este agre- 
gado: «los contratantes se obligan á reconocer como 
presidente legal de la República Oriental al candidato 
debidamente electo en la pr(')xima elección ({ue teiulrá 
lugar en el Estado Oriental.» (') 

El ministro Arana les manifestó que su gobierno no 
podía admitir semejante declaracithi y agregado en la 
forma propuesta: que })ara discutir lo primero había (pie 
remontarse á examinar las causas impulsivas de la re- 
nuncia del general Oribe de la i)residencia del Estado 
Oriental el año de 1838; y que esto era desagradable en 
circunstancias en que debía allanarse con buena volun- 
tad los obstáculos que se oponían ;1 la pacificacii'm: 



(' ) Véaso (locuinentos oficiales legalizados por el oficial ile irla- 
cioiies exteriores, en el Archivo Americano. "¿'^ sci'\l\ wúm.'x \y,\ix. 
144 á 152. 



— :;8^ — 

que respecto de lo segundo, mediaba el hecho de haber 
el agente conñdencial de Gran Bretaña y Francia titu- 
lado en las bases de pacificación al general Oribe, pre- 
sidente de la República Oriental, y dádole tal carácter 
en la convención proyectada: que la forma por él i)ro- 
puesta salvaba todos los escrúpulos de los plenipoten- 
ciarios. 

Éstos no insistieron; pero, como los abogados de 
malas causas que se aferran especulativamente á ciertas 
particularidades respecto de las cuales ceden luego, en 
cambio de que se les ceda algo de las ventajas que 
vienen realmente persiguiendo, le manifestaron al mi- 
nistro Arana el deseo de oir su opinión sobre la cláu- 
sula que trataba de la navegación de los ríos interiores. 
jArana les respondió que el gobierno argentino no saldría 
de la redacción que propuso en su nota de 28 de mayo 
ó de la base que presentó el comisionado Hood con la 
modificación con que éste la aceptó. Los plenipotencia- 
rios manifestaron á su vez que sólo admitirían la pro- 
puesta por ellos: y no tuvieron embarazo en declarar 
que tal cláusula sobre los ríos había sido objeto de 
larga correspondencia entre los gobiernos de Gran Bre- 
taña y Francia, los cuales habían consultado sobre el 
particular á varios juristas. 

Y como el ministro Arana insistiese á su vez, le 
preguntaron si era esto de tal importancia que por no 
ponerse de acuerdo se rompería la negociación; y si no 
se podía estipular como ellos lo proponían, reserván- 
dose el gobierno argentino discutir el punto por la vía 
diplomática. Tan claro era el propósito de los gobier- 
nos interventores, del de Francia principalmente, de 
subordinar la navegación de los ríos interiores de la 
Confederación á las contingencias que ellos crearían, 
por medios análogos á los que venían empleando para 



— 383 — 

retacearla por el lado del litoral; como hiriente la pre- 
tensión de que el gobierno argentino había de discutir 
diplomáticamente derechos imprescriptibles, emanados 
de la propia soberanía. El ministro Arana les respon- 
dió que el gobierno argentino entendía consignar en 
esa cláusula lo que todas las naciones no podían me- 
nos que reconocer: que la propuesta por los plenipo- 
tenciarios era una denegación positiva del dereclio 
perfecto de la Confederación sobre sus ríos interiores: 
que discutir estos derechos valía ponerlos en duda. 

Todavía el plenipotenciario de Francia propuso que 
se redactase un protocolo en el que las partes se com- 
prometiesen á practicar lo que fuere ejecutable de las 
bases Hood, sin perjuicio de tratar después los puntos 
pendientes, y sin que «el gobierno argentino perdiese 
entretanto sus derechos sobre los ríos». Ante esta pro- 
posisión, semejante á la anterior é injuriosa por la per- 
sistencia con que era presentada, el ministro Arana 
poniéndose de pie les dijo en tono tranquilo pero dig- 
no: «Señores, es inútil hablar de derechos cuando los 
más claros, los más importantes del gobierno argentino 
se desconocen: esos mismos derechos que os negáis á 
declarar hoy de un modo inequívoco, están expresa- 
mente consignados en el tratado del gobierno argentino 
con S. M. B. del año 1825, y expresamente los recono- 
ció t;unl)i(''n S. ^1. el rey de los franceses en su con- 
vención del año de 1840». Como la cruz de la espada 
presentada á la faz de Mefistófeles fué este oportuno 
recuerdo para los. plenipotenciarios, quienes se retiraron 
dimb» \)')v terminado el asunto y por rota la negocia- 
ción. ('; 

(') Véase Archivo Americano, 2,\ serie, núm. 5, pág. 152 á 161. 
véase El Comercio del Piala del 15 deafíosto de 1847 donde eleseri- 
toi- ai'jiciitiiio j)reteii(l('deinosti-ar que ol artículo relativo á los ríos 
interiortís j)i'esentado por los pl(Miipolem;iarios es iyual en el l'ondii 
al projjuesto y acei)tado por el gobierno argentino. 



— ;]84 — 

La ruptura de la uegociacióu se debía, pues, á las 
exi<^eucias de todo punto iuaduiisibles del plenipoteucia- 
rio francés, principalmente. El británico no había 
podido menos que seguirlo y acompañarlo, á virtud de 
los compromisos que creara la acción conjunta de am- 
bas potencias en el Plata desde el año de 1845. Y al 
sentir del conde Walewski habían terminado ya todas 
las tentativas de arreglo con el gobierno argentino, y 
no quedal)a más (|ue euiplear la acción de la interven- 
ción armada más enérgica y eficaz (|ue hasta enton- 
ces. Pero no pensaba así lord Howden, quien debía 
desempeñar en el caso ocurrente todo el lleno de sus 
instrucciones. En estas instrucciones de lord Pal- 
merston, datadas á 22 de marzo de 1847, se le decía: 
«Podéis si fuere necesario, dar á los arreglos el carácter 
•de simple convención militar, ([ue no envuelva idea de 
reconocimiento de derecho, sino conteniendo simple- 
mente la admisión de un hecho existente que ciertas 
personas están á la cabeza de ciertas tropas. (^) 

Lord Howden promovió una suspensión de hostili- 
dades en el Estado Oriental, hasta que los gobiernos 
interventores resolviesen sobre su actitud definitiva; y 
haciéndole valer al conde Walewski razones tan buenas 
como las que éste habíale invocado para conducir la 
negociación por el camino de las exigencias, consiguió 
de él que juntos propusiesen un armisticio al general 
Oribe en nota de 7 de julio. Al efecto, se trasladaron 
dos días después al campo de este último los plenipo- 
tenciarios y los almirantes de las escuadras intervento- 
ras. El conde Walewski siiscit() la dificultad del título 
que se daría á Oribe, y propuso esta redacción: «Armisti- 



( ' ) Se conoció este texto cuando se publicó la nota de lord 
Howden al comodoro Herbert. 



— 885 — 

cío concluido entre las {¡artes contendientes de dentro y 
fuera de la ciudad de Montevideo, bajo la mediación 
de Gran Bretaña y Francia»; y que sería íirmado así: 
Howden, Walewski, Oribe. Orille declan') que en el iii- 
terés de que se arribase á un arre<^lo decoroso, no liaría 
de ello cuestión; y la- convenci()n quedó concluida sobre 
las bases siguientes: T'. El armisticio durará seis meses; 
2^ Los beligerantes mantendráu sus actuales posiciones; 
3-'. Se facilitaría á Montevideo I.ÓUO cabezas de ganado 
en pie al precio de cuatro pesos una; 4-'. Inmediatamente 
sería levantado el bloqueo en ambos lados del río de la 
Plata portas fuerzas navales de Gran Bretaña y Francia. ( ') 
Los plenii)otenciarios se retiraron aparentemente muy sa- 
tisfechos de este resultado á presentarle el armisticio cele- 
lirado al gobierno de Montevideo para su aprobación. 

En este Ínterin, el conde Brossard, secretario del con- 
de Walewslvi, le manifestó al general Oribe que el pleni- 
potenciario francés deseaba entrar en negociaciones para 
la pacificación del país. Oribe respondió (|ue oiría las 
proposiciones que se le hiciesen desde el momento que 
■í'mpezase á regir el armisticio convenido. Pero contra 
lo qu<! era de esperarse, y aun con asombro de los (pie 
de lejos dudaban que el plenipotenciario y el almirante 
ímncés gobernaban y dirigían las cosas en Montevideo, 
el gobierno de esta plaza rechazó el armisticio, porqiuí 
abriendo «el mar [)ara Oribe no abría para el gobierno 
el interior del país: y ])OX(\\\q el levantamiento del- bloi/ueo 
tendría por efecto reducir á nada nuestras rentas, hacer 
|iasar el comercio al Buceo, crearle á Oribe nuevos re- 
cursos. (|nif;iii(loiios á nosotros lodo lo (pie [¡odiamos 



(') N't'iisc (litiMiiiiciiliis iilicialcs cu el Ardtiva A ui frica no. ::>':' se rif, 
m'im..^, piiji'. I()l ;i IC)"). \(';\^r La Gacela Mcrratt/.il del IS de ¡íros- 
lo (lo 1S47. 

TDMIl IV. 25 



— 886 — 

tener». (') Lord Howden pudo ver entonces cuáles eran 
las miras y los intereses que se perseguían y defendían 
en Montevideo. Eran los mismos que denunciaban pú- 
blica y reiteradamente órganos acreditados en la opinión 
en la Gran Bretaña, miembros del parlamento, de la 
prensa y del alto comercio; los mismos que denunciaba 
Mr. de Lamartine cuando en una de sus cartas de esos 
días dirigida á La Presse de París sobre la cuestión del 
Plata, decía que «la guerra que hace el gobierno es por 
medio de letras de cambio giradas contra el tesoro por 
los empresarios de guerra civil de Montevideo, y acep- 
tadas por el gobierno francés; y que pediría á éste 
cuentas del empleo de los cuatro millones de fondos 
secretos diplomáticos». 

Porque muy claramente alcanzó todo esto, el minis- 
tro británico le dirigió al comodoro sir Thomas Herbert 
la nota de 15 de julio, en la que al comunicarle los 
motivos que lo impulsaron á proponer el armisticia 
aceptado por Oribe, le dice: «el gobierno de Montevideo, 
ha rehusado este armisticio que, no necesito decir, era 
ventajoso d sus intereses^ como que está sin dinero, sin 
crédito y sin tropas de naturales.» Y como para ratificar con 
toda la autoridad de su elevado carácter el hecho 
que presentaba la plaza de Montevideo, completamen- 
te divorciada del sentimiento nacional de la Repú- 
blica Oriental y presa de los intereses varios que coo 
peraban á esa reacción atentatoria de la soberanía de 
los paises suramericanos, el ministro plenipotencia- 
rio de S. M. B. prosigue así: «Como considero, en pri- 
mer lugar, que los orientales de Montevideo no son en 
este momento agentes libres, sino enteramente domina- 
dos por una guarnición extranjera; en segundo, que 

( ' ) Esta nota, suscrita por el ministro Barreiro, se publicó en 
El Constitucio7ial de Montevideo de fecha 28 de julio de 1847. 



— 887 — 

este bloqueo, habiendo perdido enteramente su carácter 
original de una medida coercitiva contra el general 
Rozas, ha venido á ser exrUisivatnente un modo de 
proveer ron dinero, parte al gobierno de Montevideo, 
y parte á ciertos individuos extranjeros, con detrimento 
continuo del extenso y valioso comercio de la Inglaterra 
en estas aguas, os ruego, señor, por la presente, levan- 
téis el bloqueo en ambos lados del río de la Plata y 
toméis las medidas necesarias para hacer cesar toda 
ulterior intervención en estas aguas.» 

En la misma fecha el ministro británico le comu- 
nicó al general Oribe esta su resolución, en consecuen- 
cia de haber «el gobierno provisional de Montevideo 
rehusado asentir al armisticio que yo considero razo- 
nable, justo y muy de desear en el sentido de la hu- 
manidad»; y que esperaba le diese la satisfacción de 
confirmar el empeño de una amnistía en los mismos 
términos que había sido acordada con el comisionado 
Mr. Hood, si por la suerte de las armas entraba en la 
plaza de Montevideo. El general Oribe le respondió 
que confirmaba en efecto la promesa de amplia amnis- 
tía otorgada en el artículo 9'\ de la expresada conven- 
ción ('); y lord Howden ordenó inmadiatamente que se em- 
l)arcasen los soldados de infantería de marina inglesa 
que formaban en la línea de trincheras de Montevideo 
como igualmente la guarnición inglesa que ocupaba la 
isla de Ratas; se sacase la artillería inglesa colocada 
en la batería «Comodoro», y se trasportase á bordo 
de los buques de S. M. B, todo el material de guerra 
perteneciente á esta nación y que hasta este momento, 
se había utilizado en la defensa de aquella ciudad. 

(') listas notas del ministro loril HoNvden y la respuesta de 
Oribe se publicaron en El Defensor de la Indej^endencia (Mijíue- 
lete) del IS de Julio de 1847. Véase La Gacela Mercantil del 18 de 
agosto y Archivo Americano, 2'^ serie, ni'nn.5, pág. IGG. 



APÉNDIGK 



COMI'LEME\TO AL CAPÍTULO XLVI 
Señor general don Fruetuoso Rivera. 

MoiiU'video, octubre 7 de 1835. 

Estimado amigo y señor: 

Recibí la apreciable de usted por mano del señor don 
Carlos Anaya, con quien he hablado largamente y estamos 
en todo de al)Soluta conformidad: no hat»rá novedad y todo 
se arreglará como usted juiciosamente desea. 

Carta de Buenos Aires de persona íidedigna, dice que el 
})ortugués Fontaura, luego que llegó á aquel destino, mani- 
festó á Lavalleja el arresto que había sufrido, concluyendo 
su relación con la entrevista que tuvo después con el señor 
l)residente Oribe, y suponiendo que éste le dio mil y mil 
satisfacciones, y le declaró que las cartas y avisos del joven 
lüvera Inflarte suponiéndole agente de Rentos González y 
Lavalleja, mezclado en combinaciones políticas, había oca- 
sionado las sospechas y arresto que había subido, etcétera, 
«ilcétera. Que esta relación trasmitida por Lavalleja al se- 
ñov Hozas dio mérito á que Rivera Indarte fuese conducido 
á la cárcel, puesto incomunicado y examinados sus pape- 
les: añade la carta que como entre ellos nada se encontrase 
relativo á ese negocio, ni perjudicial á Rivera, éste, á quien 
no se había tomado declaración, ni abierto causa, sei'ía 
prontamente puesto eu libertad, aunque el señor Hozas 
decía que le estaba Ijien esta corrección i>oi"que era travie- 
so. Yo no creo que el señor Oribe se condujese de este 
modo, sino que el portugués lo habrá supuesto, como t:iiii- 
bién se lisonjeaba de que hal)ía desvanecido sus sos- 
I)echas. 



— 890 — 

Otras cartas de Buenos Aires aseguran que Lavalleja 
antes de ahora había detenido su viaje á Entre Ríos porque 
el señor Rozas se lo había aconsejado, proponiéndole que 
esperase el desenlace de los sucesos de Córdoba, qne sería 
pronto, y que entonces le auxiliaría eficazmente con los 
recursos é intluencia para llevar á cabo su reunión en 
Entre Ríos y todo el plan con los constitucionales; y añaden 
que ahora iba ya Lavalleja á emprender su viaje urgido 
por los últimos acontecimientos. Dicen igualmente que se 
había comprado en Buenos Aires porción de monturas y 
hecho algunos enganchamientos, y finalmente que Atana- 
sio Sierra se ocupaba tiempo hace en comprar caballos en 
Entre Ríos. Todo esto tiene su analogía con los movi- 
mientos que han empezado á sentirse en el Continente: 
pero la prudencia de usted sabrá avalorar tales noticias, 
que yo cumplo en trasmitirle. 

Usted puede hallarse verdaderamente en una posición 
delicada; porque si por una parte un ataque al orden legal 
entre nuestros vecinos es un amago para el nuestro, y el 
triunfo de los anarquistas brasileros sería el preliminar 
de las hostilidades de los de acá, no es menos cierto que 
la circunspección y la prudencia del)en evitar todo com- 
promiso anticipado sobre futuras contingencias, y sólo un 
tacto delicado puede conocer las oportunidades y saber 
apreciar el valor de los momentos: por allá parece se temía 
que usted se avanzase, pero yo me entrego con confianza 
á los talentos y buen tino de usted. 

San Vicente se propone enviar á usted por medio del 
señor Bejar algunos ejemplares de su periódico, porque 
supone que de este modo logrará algunas subscripciones 
en la campaña, donde se notará la mejora que en efecto 
ha tenido su pajpel. 

Estos señores me encargan mil afectuosos recuerdos 
para usted, misia Bernardina (c. p. b.) y las señoritas, á 
quienes será ya preciso tratar con mucho respeto por lo 
que irán avanzando con el tiempo, mientras nosotros, señor 
general, es preciso nos conformemos en caminar para 



— 891 — 

atrás: pero supongo que gozará usted de buena salud y 
esto es un consuelo muy necesario: tenga usted la bondad 
de presentar también mis respetos á las señoras y créame 
siempre su muy agradecido amigo y servidor (\. h. s. m. 

Saxtiaíío Vásquez. 

CoMI'LEMni) AL CAI'ÍTILU XLVII 

Mi amada Bernardina: Ayer tuve el gusto de recibir por 
Doroteo, después de más" de un mes y medio que nada 
sabia de tí y de nuestra familia, todas tus cartas desde el 
7 hasta el 28 del ppdo. abril; por todas ellas sé que estás 
sin novedad y pasando como deben pasar todas, llenas de 
sobresaltos y escaces como es natural. Yo no he dejado 
de darte noticias por cuantas veces ha sido posible, ijero 
el trastorno de la fuga de Bengochea á ocasionado la de- 
mora de ellas, en fin, en adelante (Dios lo quiera) havrá me- 
jores y seguras proporciones para la correspondencia. 

Yo he permanecido á las inmediaciones del Durazno 
16 días; me fué preciso demorarme más de lo que yo 
pensaba á fin de hacer marchar al coronel Baez con una 
fuerte división al norte del rio Negro á asegurar aquel 
punto del Durazno y colt^car fuerzas sol)re Mercedes y 
Cerro Largo, para [)onerme á la [Kir con franqueza sobre 
el ejército de Oribe: á pesar de (pie las lluvias se han 
.adelantado y estos rios están ya sumamente crecidos. 
Sin embargo yo voi marcliando y [)ronto estaré sobre el 
enemigo con 8.000 hombres superiores. 

Ayer tuve parte de Baez. Ya habia pasado el rio 
Negro como lo verás por su carta original cpie mostrarás 
á su señora y demás de su familia para su satisfacción. 

Como soy impuesto de todo el contenidí) de tus citadas 
cartas, de ellas nada puedo decirte pur([Uo sería allijirini' 
más cuando pienso en la suerte del [aieblo de nuestro 
nacimiento y ini'Jor t[\\r uailie pneilo valorar los sucesos 
de la guerra ¡ictual y á pesar de que tengo mucha conüan- 
za en que la cuestión no la ganará Bozas; pero me atlije el 



— :m — 

estado de las familias desgraciadas de la eam})afia que 
fueron á ganarse Montevideo contra mi opinión, contra 
mis (írdenes, todo devido á lo que quiso el alocado de 
Chilaver y las nulidades de nuestro Aguiar en el minis- 
terio de la guerra; en fin ojalá que el maldecimiento de 
esas desgraciadas gentes recaiga solamente en los autoref^ 
de su estado actual. Yo me considero capaz y lo realizo 
como se á visto de salvar el convoi y todo cuanto puede 
colocar bajo mi dirección en tres dias que estuve en la 
quinta de doña Ana. en todo: en fin para que hablar de 
esto porque si lo continuase tendría que ponderarme yo 
mismo, y aun que esto es solamente entre los dos no 
quiero aparecerte de pedante, porque me afearías: sin 
embargo está con justicia orgullosa, todos creyeron perdida 
la república después que Oribe se colocó al sur de Santa 
Lucía, pero yo he trabajado, lo han hecho los hombres que 
coloqué al frente de la administración segundando con 
vigor mis medidas y resoluciones, y á esta altura aun 
que haya en Montevideo poca carne fresca y poca plata 
la república ya no se pierde; un m3s más un mes menos 
liavrá que sufrir sin duda pero yo considero á Oribe mal, 
muy mal desde que él con sus fuerzas no puede obrar, 
le será más difícil en defenderse; la estación lo va á hacer 
morir y puede ser que sea de hambre; el está mal colo- 
cado con su ejército y si se vate lo efectuará desventajo- 
samente. Oribe ya no busca batallas como cuando recien 
vino: que savia bien que nosotros no teníamos soldados 
todavía, pero á el presente el sabe á no dudarlo que ni 
puede tomar la ciudad ni la campaña, que n() puede 
evitar que vaya carne para Maldonado y oti'os puntos y 
que está espuesto á perderse si sufre im pequeño contraste 
en su caballada. 

A mi Paulito tantas cosas dile que su cuerpo está 
fuerte que aquí está la I» compañía que la manda el alfe- 
res José, que el sargento Marsano se porta bien y que 
todos desean tener ocacion de mostrarle á su gefe que 
son valientes. 



— 398 — 

A toda nuestra familia tantas cosas y tu recive el verda- 
dero cariño de tu amante esposo que desea verte y abra- 
zarte en esa. 

Fructuoso Rivera. 
1848. 

P. 1). — Esta la despacharé de Santa Lucia. Ha estado 
lloviendo y me é ocupado de escribirte ésta en casa de 
don Antonio Masangano. Le escribo á don Pascual Costa 
respecto á tu carta al ejército. Ha se lebrado un contra- 
to con una comisión que la preside D. Agustin Almeida: 
la componen D. Carlos Vidal, D. Martín Martínez y D. 
Eugenio Martínez y otros negociantes estrangeros. 

Kl ejército les entrega los cueros, sebo, etc., á un precio 
m<kllco, y ellos se han comprometido á entregar su valor 
en efectos para el ejército. Yo les he mandado la carta 
de don Pascual para que la pretieran en su propuesta. 
Hoy van marchando para Maklonado 40 carretas de víveres 
y por estos ocho días Irán 500 según me dijo Oneto ayer 
que i)asó por aquí con el primer convoy. Creo pues que 
esta comisión para llenar sus compromisos se podrá en- 
tender con Costa y harán negocio. 

Estos días me vi muy ajiuriido, me vinieron á j)edir 
rropa unas 50 mujeres que las mas de ellas estaban 11o- 
r.unlo. yo Uíj tenia ni ima vai'a de picota para darles, 
era ya cerca de la n(x-he. Ay en el Ejército unos oficia- 
les que son mal músicos entre estos un ijo de Munilla 
Argentino, un jov^en Cavia de la Colonia y oivos ijnc 
cantan muí vlen particularmente Munilla que canta divi- 
namente arlas ytallanas etc. Yo en aquel momento nese- 
sltaba tiempo para pensar en algo que pudiese satisfacer 
á las madres y esposas de nuestros valientes y en aíiuci 
momento se me ocurre decirles: miren Vds. yo no tengo 
na,da que darh^s pero esta noche vendrán unos cantores 
oirán \'ds. una agr.idat)le iniici(^a, y mañana V(íré (pié 
podn'' darles [)ara (¡ue se retiren: el Yi estaba inmensa- 
mente crecido las povres mujeres aceptaron el partido y 



— ;}94 — 

cite á los cantores que se lucieron, se armo un baile cuyo 
bastonero era Estivao que duro hasta el amanecer mien- 
tras tanto yo no savia como salir del compromiso; en fin 
se buscaron 300 pesos que hice distribuir entre todas las 
que fueron al convoi á contar de la música y del vaile 
de modo que acada momento me \'eo en aquellos apu- 
ros, el dia que no hay plata les doy maiz con gusto. 

Montevideo, junio 7 de lcS40. 

La Comisión Argentina tiene el honor de dirigirse al 
señor Buchet Martigny, Cónsul general encargado de 
negocios de Francia, para manifestarle: que el señor ge- 
neral Lavalle, en comunicaciones que se ha recibido úl- 
timamente, hace saber á la Comisión la necesidad en que 
se ha visto de dar una paga á su ejército después del 
glorioso triunfo de Don Cristóbal; como taml)ién de com- 
prar algunos artículos de indispensable necesidad, lo que 
había consumido los fondos que tenía á su disposición. 

Al mismo tiempo encarga á la Comisión que se hagan 
y envíen dos mil vestuarios de invierno para el ejército, 
cuya desnudez actual no puede resistir al rigor de la 
estación; y por último, pide víveres secos y buques de 
transporte, para efectuar el paso del Paraná, tan luego 
como haya concluido con los enemigos de Entre Ríos. 

La Comisión conoce la imperiosa necesidad de satis- 
facer estas demandas; está cierta de que el Sr. Buchet 
Martigny la conoce como ella; y no ha vacilado, por lo 
mismo, en recurrir nuevamente á su generosidad supli- 
cándole que se digne facilitar cien mil pesos fuertes para 
los expresados objetos, en los mismos términos que las 
otras sumas que ha tenido la bondad de suplir antes de 
ahora. 

Excusa la Comisión entrar en mayores explicaciones, 
tanto porque todo lo que pudiera ella decir está al alcan- 
ce del Sr. Buchet Martigny, cuanto porque habiendo reci- 
bido dicho señor comunicaciones directas del • señor ge- 



— 395 — 

neral Lavalle, se halla impuesto de todas las circunstan- 
cias y necesidades del Ejército Libertador. 

La Comisión espera confiadamente que sus deseos serán 
satisfechos, y renueva al Sr. Bucliet ^lartigny la expresión 
sincera de su respeto y de su aprecio. 

JuAX J. Cernadas. (tregorio Gómez. 

Valentín Alsina. Ireneo Pórtela. 



¡Muci-;m los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Hilario Lagos. 

Línea del Cerro, marzo 30 de 1844. 

Mi estimado confederal amigo: 
El 2S, á las 8 de la mañana, tuvimos un fuerte encuen- 
tro con los salvajes del Cerro, reforzados con la guarni- 
ción de la plaza: ellos en número de más de 2.000 infantes, 
3 piezas de artillería y 450 caballos nos trajeron el ataque. 
Se sostuvo un fuerte escopeteo en el Horno de Peralta y 
fueron rechazados: en esta situación el general Núñez, 
jefe de esta línea, recibi<') una lierida mortal y encargó 
al coronel llamos del nicindo do las fuerzas: nuestras 
municiones se nos concluían, y recibí la orden de retira- 
da: empezamos este difícil movimiento, bajo los fuegos de 
la infantería enemiga que estaba de nosotros como media 
cuadra; ellos nos siguieron el espacio de 30 cuadras; á 
media distancia se nos concluyeron completamente las 
municiones y sin un solo tiro seguimos nuestra retirada 
muy despacio y escopeteados por toda su fuerza. Qué sol- 
dados, mi amigo! éramos sólo 500 y así llegamos al Arro- 
yo por la picada de Peis; yo con 300 hombres de mi bata- 
llón ocupal)a la derecha y fui ílanqueado por más de 
seiscientos, y un cambio de frente i»or la compañía del valien- 
te Galván, fué suficiente para contenerlos en la intención 
que tuvieron de envolverme. Á pesar «le todo esto, do sus 
fuegos encontrados y de su cabcilloría, gané la picada 
<iue dejo dicho sin que lograran lanzarme un solo hom- 



— 396 — 

V)re: qué soldados, mi amigo! no puedo recordar sin lle- 
narme de un noble orgullo en mandarlos: su denuedo 
es admirable en medio de este conflicto en que todo estaba 
perdido, pues nuestra caballería se había retirado á más 
de una legua, sin un cartucho y casi rodeados de tan 
desproporcionadas fuerzas: no se oía otra cosa que «¡viva el 
Restaurador!» y me decían: iui coronel: carguemos d estos car- 
camanes; no 7ieces¿tamos cariuchos para estas porquerías; pero ei'a im- 
posible: no estábala caballería, no había un cartucho y no 
había otro medio de salvar esa fuerza que tomar el arroyo, 
conteniéndolos sólo con la firmeza y orden. Por la iz- 
quierda se retiraba del mismo modo el mayor Fontes, 
pero al último lo hizo á paso de carrera (no tuvo él la 
culpa): lo cargaron y le lan(;earon como 12 ó 14 valientes. 
Se (|uiso que yo hiciera lo mismo, pero me resistí y salvé 
mi tropa y el honor. 

Nuestra pérdida que debió ser del todo, consiste en 
el bravo teniente Arancibia de mi batallón, los subte- 
nientes Morales y Suárez de Libres, 24 individuos de 
tropa dé ambos cuerpos, y siete que se llevaron prisio- 
neros. 

Por una persona fidedigna venida de Montevideo, sa- 
bemos que fueron mal heridos los titulados salvajes, co- 
coroneles Estivao, Calengo y Tajes: desembarcaron en 
Montevideo ciento y tantos heridos, éste los avistó: i'esult;i 
pues que estas canallas han sufrido más que nosotros- 
debiendo ser á la inversa, y nuestros soldados se han 
persuadido más y más de lo miserables que son cuando 
sin un cartucho y en una retirada tan larga sin ninguna 
I)i'oteccion, no les han podido entrar, siendo solo 500 y 
ellos más de 2.0íX) infantes y 450 liombres de caballería: 
aun cuando no se ha obtenido un completo triunfo de- 
bido á cosas que no lo menciono, lo felicito por la heroica 
bravura de los soMados de la Confederación, pues les hará 
eterno honor esta retirada más difícil que ganar una 
batalla. 

La campaña está casi limpia: el Pardejón se liallal)a 



— :!!)7 — 

desecho por el Arapey, lo seguía el general Gómez: con 
él va Domínguez. 

El salvaje Fortunato Silva ya estaba en el Brasil y 
don Ignacio Orilje en el Cerro Largo. 

Quiera dar mis recuerdos á los amigos federales, y 
V. ordene sin límites á la fina solicitud de su confederal 
y amigo 

Ji;H(')xn[0 Costa. 

¡Viva la ConíVih-'i-aciúu Ar^rrutina! 
¡Mu.Tan los salvíijcs unitarios! 

Huenos Aires. al)ril >! iIc 1x44. 
Al señor coronel don Hilario Lagos. 

Mi estimado amigo: 
Nada de particular tengo cj^ue comunicarle, más que el 
28 del mes ppdo. sostuvieron nuestros bravos de la línea 
del Cerro una fuerte guerrilla con los salvajes unitarios 
que en número de tres mil hombres salieron: pero sólo 
quinientos hombres de infantería al mando de los coro- 
neles don Pedro Ramos y don Jerónimo Costa, muy 
particularmente de éste que ha sabido sostener con orgu- 
llo la retirada de su cuerpo, sólo valido al valor de sus 
soldados que habiéndoles faltado los cartuchos, pues 
dispararon ese día treinta mil tiros, sostuvieron la reti- 
rada sólo con los fusiles, pues no se atrevieron los salvajes 
embestir un solo paso, no obstante que estaban favoreci- 
dos del número y eulúertos con caballería, cuando la 
nuestra estaba á larga distancia que no entró en pelea. 
Así es que puedo decirle á ustcl, que si no hubiera ha- 
l)ido la desgracia de perderse en ese día al general don 
Ángel María Núñez, (|ue fiado en su bravura y habién- 
dose interpuesto en las primeras tilas de nuestros valien- 
tes rec\hu) una herida mortal. rin<liendo su vida el :{() 
del mismo mes. hal)ria sid(^ un triunfo para nuesti-as ar- 
mas, pues los salvajes han demostrado su cobardía y 
lian llevadouna lecciíHi. que los hará convencer que más 



— ;i!»8 — 

tarde ó más temprano han de sucumbir cuando al gran 
Rozas le sobran pechos fe lerales para cubrir las vidas de 
los que por sostener su libertad é independencia las rin- 
den con heroicidad. 

Incluyo los boletines del Ejército que impondrán á 
usted de los sucesos de armas. 

En el primer buque que salga después de este que le 
lleva esta carta, les remitiré las banderas y la ropa, pues 
están concluyendo aquéllas. 

S. E. continúa muy adelantado en el restablecimiento 
de su salud, que esperamos la restablecerá del todo con 
el método que le ha prefijado el doctor que le asiste. 

Sin más objeto y deseándole felicidades, no tenga ociosa 
la fina voluntad con que siempre soy su amigo y confe- 
deral que lo saluda afectuosamente 

Pedro Ximeno. 

¡Viva la CoiiÍDcleracióii Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Vicente González. 

Campamento en el Cenito, abril 25 de 1844. 

Tengo el gusto de acusar recibo á su carta del nueve 
del corriente, y agradeciendo sus patrióticas y amigables 
felicitaciones, espero lo haga en mi nombre á los amigos 
Reyes y Montes de Oca. 

Ayer 24 ha tenido lugar un suceso bien fatal para los 
salvajes. Por la plaza salieron en número como de 2.000 
infantes y ¡Dasaron por la barra de Miguelete incorporán- 
dose con la guarnición del Cerro, y hacian un total de 
dos mil doscientos infantes y 400 caballos con dos piezas 
de artillería. El general Pacheco, con el batallón Libres 
y su caballería se retiró y fué seguido tres cuartos de 
legua de esta parte del Pantanoso hacia fuera, de donde 
se volvieron seguramente habiendo sentido el movimien- 
to de fuerzas del cuartel general. 



399 — 

En efecto, marchamos con el señor presidente los ba- 
tallones Lasala, Rincón y el mío. El general Pacheco 
los perseguía y nosotros llegamos en circunstancias que 
ya llegaban al arroyo. El presidente hizo cargar con sus 
asistentes y algunos más á una guerrilla de infantería 
enemiga de 40 hombres, y fué lanceada dejando en el 
campo 33 muertos y nosotros 7 prisioneros. Los salvajes 
pasaron por el paso de la Boyada apoyados por 500 infan- 
tes que ocuparon la fuerte casa de Machado que está en 
el mismo paso. 

Allí se les echaron 4 compañías de Rincón y Lasala 
y Libres de Cazadores y fueron escopeteados hasta que 
abandonaron la casa y siguieron su retirada. Pero el se- 
ñor presidente no quiso que pasáramos el arroyo. El 
resultado es haber dejado muertos 6L^ entre ellos algunos 
oficiales, y no dudo que llevaron más de 200 heridos y 
muchos muertos á más de los ya dichos: casi todos los 
muertos eran gringos. 

Los hijos de la Bella Francia, los nuevos ciudadanos 
en las Tres Cruces se estrenaron bien. Maza con tres com- 
pañías de su batallón y 3 de vascos y una de Guardia 
Nacional cargó á unos 200 Musiures que se le avanzaron 
mas acá de las Tres Cruces. Se encerraron en la casa 
del Inglés y se dejaron matar del modo más cobarde y 
decían no maten á garrotazos, á bayoneta; los vascos 
con las navajas que usan para comer mataron á 55 ga- 
bachos, entre ellos dos jefes y cinco oficiales. 

Nuestras pérdidas en los dos encuentros es de doce 
muertos, como 60 heridos, y levemente herido Rincón y 
Lámela, el mayor Pisar y cuatro oticiales. 

Démele un abrazo á Reyes y demás amigos por este 
suceso importante que creo intluirá en esos carcamanes. 
Adiós amigo, que sea feliz son los votos de su muy 
am igo 

.h':R(').\iMo Costa. 



— M) 



C0Mri,E.\lH\TO DEL CAI'lTLLi) XLVlll 

¡Viva líi t'oiifeilfraciúii Argentina I 
;Mui'rari los salvajes unitarios! 

Al señor coronel comandante en jefe de la división á sus órdenes, don 
Hilario Lagos. 

Buenos Aires, agosto O de 1844. 

Mi estimado amigo y confederal: 

Sin ninguna suya á que contestar, aprovecho esta opor- 
tunidad para saludarlo é incluirle los periódicos que hay 
hasta ahora publicados, tanto en esta ciudad como los que 
han venido del ejército de Montevideo. 

Sobre novedades no hay )iingunas de particular consi- 
deración, sólo sí los salvajes van de capa caída y me 
persuado á que más tardar en todo el mes entrante 
quedará rendida la plaza de Montevideo, pues las cate- 
gorías salvajes todas van huyendo á ganar el refugio del 
Brasil en donde todos se amparan; pero de esos mismos 
hoy están aquí, pues no ha buques que vengan que no trai- 
gan algunos. 

La salud de nuestro querido Restaurador, va cada día 
aumentando en mejoría, que la considero del todo res- 
tablecida, si como está en proyecto de irse á su estancia 
del Pino, lo efectúa; pues como usted sabe precisa por 
algún tiempo S. E. el traqueo del caballo y respirar el 
aire libre del campo, porque demasiado se ha quitado su 
salud entregado sin reserva á los asuntas gubernativos. 

Dígame algo sobre las operaciones que por ese des- 
tino hubiera, y de las que tuviese noticias sobre el Estado 
Oriental, que creo empezarán ya, desde que dirige ya sus 
marchas hacia la frontera del Brasil el ejército de operacio- 
nes al mando del Excmo. señor gobernador y caj)itán gene- 
ral de la provincia de Entre Paos, brigadier don Justo 
José de Urquiza. 

Debo anunciarle que con fecha 8 del presente mes S. E. 
ha permitido que los buques de la carrera del cabotaje 



— 401 — 

argentino puedan salir con dirección á los puertos del 
Paraguay, llevando carga y trayéndolas, bajo fianza de 
tocar en Corrientes, de ida ni vuelta. ínter lo ocupan los 
salvajes unitarios, y con la misma fecha también ha 
otorgado licencia para que las harinas, bolsas y fanegas de 
trigo extranjeras que estaban en deijósito puedan salir 
para los mismos puertos y demás de la Confederación 
Argentina, con fianza de no ser introducidas á Corrientes, 
ni á los puertos que estén ocupados en el Estado Oriental 
por los salvajes unitarios. 

Con dichas medidas ha reportado esta capital un vasto 
comercio y entradas al tesoro incalculables, que le pro- 
porcionarán á nuestro superior gobierno recursos para 
marchar, pagar todo lo que se deude y aun emprender 
algunas obras queliermoseen nuestra querida patria, pues 
ya estamos con el empedrado de las calles y muy pronto 
se harán otras. 

El puente de Barracas se ha hecho nuevo: se han 
hecho ya tres pagos á los ingleses, por cuenta de la deuda 
que nos dejaron los malvados salvajes en el préstamo 
que tomaron de Londres, que todo se lo robaron y guar- 
daron para sus bolsillos. 

Mi amigo: conservándonos la Divina Providencia á 
nuestro querido Restaurador, éste nos dará nuestra pa- 
tria, libre, libre y nos guiará al rango de Nación; 
que sólo él á fuerza de su constancia y desvelos podría 
conseguirlo; asi es que no obstante la justicia que le 
asiste para descansar, los federales todos y demás habi- 
tantes de la Confederación Argentina debemos en públi- 
co y privado aclamar para siempre por único gobernante 
de ella al que ha sabido con tan gran tino manejar la 
nave del tinKJn y guiarnos á la gloria de Nación libre é 
independiente. 

Quiera usted trasmitii- mis obsecuentes recuerdos á su 
apreciable señora y familia, no teniendo ociosa la fina 
voluntad (]ue profesa su siempre amigo y servidor 

Pedro Ximeno. 

TOMO IV. 26 



— iO'¿ — 

¡Vivii la Coiifederacióu Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Hilario Lagos. 

Cuartel general, Arroyo Oraiide, agosto 30 de 1844. 

Mi estimado coronel y amigo. Los informes que se re- 
ciben por todas partes y los conocimientos que reúne el 
Excmo. Gobierno provisorio, manifiestan que los salvajes 
Madariagas y Mascarilla disponen de tropas y elementos 
en Corrientos, para invadir segunda vez esta provincia: 
con este motivo las órdenes que recibo del Superior Go- 
bierno son para aprontar el Ejército, y que esté listo 
para resistir la invasión. Entre sus prevenciones existe la 
que Y. con la división de su mando debe marchar á in- 
corporarse al Ejército de Reserva., cuando yo lo crea con- 
veniente: y antes que llegue ese caso, voy á hacer á V. 
algunas indicaciones del servicio que tienen por objeto el 
que las tropas de su mando se pongan bajo el mismo 
sistema en que están éstas. 

l^". Al Ejército no seguirá ni un solo carruaje: su par- 
que está arreglado en un arria de muías, y es en la que 
se conduce cargado todo lo que él necesita de otros ma- 
teriales: á este arreglo di principio antes de la campaña 
pasada. 

2°. Á las 4 piezas de artillería con los artilleros de su 
servicio que V. tiene, se les dará colocación en la capital 
del Paraná: de ellas no pienso separar ningún artillero, 
pues donde quiera que existan, para que sean útiles, de- 
ben siempre estar dotadas con el personal que ahora 
tienen. 

3°. Para arreglar la movilidad de la división de su 
mando á la que tiene el ejército, se hace necesario el que 
Y. proceda á disponer la construcción de cangallas y de- 
más útiles que se necesiten, para aparejar los cargueros 
en que Y. debe conducir las municiones de fusil, terce- 
rola, piedras de chispa, etcétera. 

4°. No teniendo Y. tiempo ya para el amanse de mu- 



— 408 — 

las. debe V. apartar de las caballadas con que el gobierno 
le provea, los más gordos, corpulentos y mansos, en el 
concepto de tres caballos por carga; pues cuidándoles bien 
los lomos (para lo que cada cangalla tendrá dos caroni- 
llas de cuero de carnero) se conseguirá su conservación 
y que hagan el servicio de las nudas. En la campaña 
anterior el pangue fué conducido á lomo de caballo, los 
cuales hasta ahora existen en buen estado. 

5°. Es entendido cjue Y. debe ocurrir al Superior Go- 
bierno por todos los elementos que necesite par^ comple- 
tar sus aprestos; y entre ellos debe no olvidar que cada 
soldado de caballería debe ser provisto de una caronilla 
de cuero de carnero, para conseguir asi la conservación 
de los caballos. 

()". Siendo el parque el ramo más importante del Ejér- 
cito, á él es preciso prestar nuestra atención: para conse- 
guir su conservación se hace necesario que Y. disponga 
se forren en cuero de vaca los cajones de cartuchos de 
fusil y tercerola, y que cada carguero sea cubierto por 
un l.)uen hijar. 

7". Con el capitán Gómez, conductor del presente correo, 
remito á Y. un l)o/alejo, un cabestro, una cangalla, dos 
caronillas, un lacillo, una reata y un hijar, que son todas 
las piezas cjue tiene cada carguero del parc^ue en el Ejér- 
cito, para que le sirvan de modelo. En las tropas de la 
división que Y. manda, es muy i)Osible que se encuen- 
tren algunos hombres mendocinos, sanjuaninos, riojanos, 
catamarqueños, etcétera, etcétera, que hayan sido arrieros, 
los que le servirán de mucho por su práctica y será mu- 
clio más ventajoso si encuentra algún oficial ó sargento 
(pie entienda este trabajo. 

S". Como se le van á agolpar á Y.^ muchos quehaceres 
me parece que convendría para abreviar, dividir los tra- 
bajos de este modo: en la cai)ital (jue se construyan las 
cangallas; y Y. cu su cami»o lonjear los 'cueros para la 
<*onstrucción de los demás útiles. 

ÍK Si marcha V. á incorporarse al l\iércilo antes de la 



— 404 — 

invasiór puede traer las cuatro carretas que tiene; pues 
no entrando aún en oijeraciones no hay motivos para 
privar á esas tropas que conduzcan las comodidades que 
les sean necesarias: ellas y los equipajes más pesados, 
cuando fuere preciso, se destinarán á la ciudad fortificada 
del Uruguay, como el lugar destinado donde irán todas 
las carretas y materiales que no deben seguir al Ejército. 

10°. Los cargueros de los jefes y oficiales serán deter- 
minados por la orden general del S del corriente: lo que 
en ella se disponga á este respecto le será trasmitido para 
arreglar del mismo modo las tropas de esa división. 

ll'\ Como la infantería que V. manda debe hacer 
la campaña á pie, conviene que haga continuados ejerci- 
cicios, y cada 8 ó 10 días hacerles practicar una marcha 
de 3 ó 4 leguas de ida y de regreso al campo: así los 
soldados están siempre fortalecidos y prontos; pues cuando 
se apoltronan y no se les hace ejercitar este trabajo, en 
las primeras marchas se cansan unos, se enferman otros, 
y se puede asegurar que hasta que no pasan muchos días 
no se cuenta con soldados. Con este motivo será bueno 
que Y. pida la venia al Excmo. Sr. Gobernador para tras- 
ladar á su campo la parte de infantería c^ue está acuar- 
telada en la capital, para que toda reunida empiece á 
practicar esta clase de ejercicios. 

Palpables serán las ventajas que reportaremos con un 
sistema de guerra como el que se va á adoptar, y el que V' 
penetra muy bien, por lo que omito hacer explicaciones 
sobre ellas. 

Soy de Y. su afectísimo servidor 

Eugenio Garzón. 

¡Viva la Confi-'di.'ración Argriitina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Al señor coronel comandanU en jefe de la división d sus órdenes, 
don Huaro Lagos. 

Buenos Aires, julio 2 de 1844. 

Mi apreciado amigo y compatriota federal: tengo el 
placer de contestarle á sus apreciables, 2 de junio y 8 



— 40.-) — 

píxlo.. una del 10 del mismo y la i'iltima del IM del pro- 
pio mes. 

La comunicación que me remitió Y. en la del 19 fué 
entregada inmediatamente á su título. 

Los boletines del Ejército y papeles públicos que le 
incluyo darán á V. una completa idea sobre todos los 
sucesos que deseare imponerse. por(|ue debo anunciarle 
con satisfacción, que los expirantes salvajes encerrados 
en Montevideo están en la postrera agonía, sin recursos 
ni aun para conservarse: pues no les queda otro remedio 
que huir de las fuerzas federales que por todas partes 
aparecen enristradas para tomar venganza de las inau- 
ditas crueldades cometidas por esos antropófagos que son 
peores que los mismos salvajes, porque no hay como com- 
pararlos, á la vista de lo que ha pasado desde que sus 
maldades están patentes ante todo el mundo: pero demos 
gracias á Dios (pie hemos tenido ese poder fuerte del 
incomparable Gran Rozas, que ha sabido anonadarlos, y 
que sean maldecidos para siempre, arrastrados como las 
culebras, sin que encuentren quien les pueda alargar un 
pedazo de pan. Justa es esta venganza y que se perpeti'ie 
ese odio, recordando á nuestros hijos á la posteridad, que 
semejante raza no vuelva á perturbar á lo que tantos sa- 
crificios nos ha costado, que es sostener nuestra libertad 
é independencia. 

Todo va muy bien, y muy cercano el día en que po- 
damos reunimos en cordiales abrazos, dando gracias á la 
Divina Providencia por los triunfos obtenidos bajo la sa- 
bia (HiiTcii'.n del poderoso Gran Rozas, único americano 
(pie se ha sacrificado por nuestra patria, para darle es- 
Itectabilidad. desde que tuvimos la fortuna de romper 
nuestias cadenas que por trescientos años nos habían 
jiuesto l(»s ((tiKiuistadores españoles. 

Por lan |»i<')speros sucesos me anticipo en darle mil 
al)i-az(js. r.iiiiM ;i todos los amigos de esa benemérita divi- 
si(')n á siis i'iidt'ues. 

Dt'bd ;iiiinici;iile fjue el 19 del corriente salió de este 



— 4()(; — 

puerto para Mercedes un Cíjnvoy compuesto del pailebot 
mercante Ferrolano y dos buques de guerra, llevando 
para los cuerpos de ejército á las rjrdenes del general 
Servando Gome/, vestuarios, armamentos, municiones, 
yerba, tabaco y papel, que todo lo creo llegado á aquel 
punto hoy, con lo que quedarán aquellos compatriotas 
l)ien provistos, como ya lo está el ejército á las órdenes 
del Excmo. señor gobernador y capitán general de la pro- 
vincia de Entre Ríos, brigadier don Justo José de Urquiza, 
y en actitud de que todas las masas se dirijan á buscar 
las hordas del salvaje incendiario Pardejón Rivera, para 
concluirlo para siempre, si se atreve por última vez á 
presentarse ante nuestros bravos, ó para echarlo al conti- 
nente del Brasil, única guarida que le queda pjara escon- 
der su cobardía. 

El salvaje unitario manco castrador Paz, se embarcó 
el G del presente mes con cuarenta titulados jefes y ofi- 
ciales, yendo éstos en una polacra brasilera mercante 
que va acompañada por un bergantín de guerra de la 
inisma nación, en donde va aquel malvado. Unos dicen 
que su viaje es dirigido para el Río Janeiro, cuando otros 
aíirman que lo es para el Río Grande, habiendo llevado 
dos cañones y nnuniciones, con la intención de recibirse 
del titulado ejército de Corrientes. Sin embargo sé que 
las autoridades brasileras en Montevideo han asegurado 
al Excmo. Sr. Presidente, que aquel farsante no irá al con- 
tinente; pero, mi amigo, no debemos fiarnos de semejantes 
iKjmbres, estando alerta para darles en la cabeza inmedia- 
tamente que asomen por cualquier punto con sus inmundas 
[)1 antas. 

Ya el salvaje comodoro inglés Purvis se ha ausentado 
j)ara el Río Janeiro, por órdenes de su soljerana, y espe- 
ramos que ésta sabrá dar las satisfacciones que le pide 
nuestro ilustrado Restaurador, que sabe V. sostiene con 
firmeza sus pretensiones justas. 

También los salvajes de más nombradla van dejando el 
nido de Alontevideo, huyendo con sus familias para el Bra- 



— 407 — 

sil, cuando otros más cautos las remiten á la generosidad 
del Gran Rozas, que las tolera en nuestra patria, como á 
esos viles, sin decirles cosa alguna: antes al contrario, les 
entrega todos sus bienes según se van presentando pidiendo 
misericordia. 

Ven esos malvados, que el que apellidan como tirano, 
les perdona y les vuelve sus bienes, para que vivan al am- 
paro de las leyes que ha sabid(^ restaurar con su sabia 
administración. 

Cierro ésta con desearle toda felicidad: y que no tenga 
ociosa la fina voluntad de (juien siempre es su amigo y con- 
federal 

Pedro Ximexo. 



¡Viva la CoiiIVm1i;t;U'¡óii Ar>í(3nt!)ia! 
¡Alueraii los salvajes unitarios! 

Se'fOi' corone', don Hilario Lagos. 

Campto. encl Saladillo del Rosario, octubre 10 de 1S44. 

Mi (querido amigo : 

Son en mi poder sus dos estimadas fecha 5 y 12 del 
pi'íjximo pasado septiembre y de ellas quedo enterado. No 
le había avisado á V, antes el recibo de ellas porque siem- 
pre que le mando impresos trato sólo de hacerlos llegar lo 
más pronto posible á manos de los amigos federales é intere- 
sa" los como V. en el bien de nuestrapatria: por esto es que 
las más ocasiones sólo los cierro sin escribirle, asi es que 
no lo extrañará. 

En esta ocasión le adjunto tres números de la Gaceta, 
una copia de carta del amigo Costa que original tengo en 
mis manos y otra de la del salvaje Flores, á que él hace 
relación. Hágase cargo por esta última del estado de los 
salvajes en Montevideo. 

Con mis sinceros deseos por su felicidad, me re]iito de 
V. atento confederal y amig(j 

Vicente Gonzá ij:/. 



— 408 



Señor don Andrés Lamas. 



Señor mío: 

Me es imposible mirar con indiferencia las desgracias 
del país: un enemigo fuerte y poderoso que tenemos al 
frente no me horroriza ni me infunde terror, pero me lo 
infunde su conducta presente; V. se ha constituido el arbi- 
tro de la fortuna de este honrado pueblo: lo roba, lo insul- 
ta, lo humilla y se complace en abatirlo, y por desgracia 
se cree el único hombre á quien los demás deben rendirle 
homenaje; por puro patriotismo se le ha sufrido hasta hoy 
y no se ha querido dar un paso violento, porque el ene- 
migo no tuviese motivos para alucinarse y mejorar de 
situación; pero hoy que sin embargo cansado este heroico 
pueblo (Je hacer sacrificios infructuosos y verter á torrentes 
la sangre de sus hijos y que todo se mira con indifei'encia, 
estoy resuelto si necesario fuese á que llegue el día de 
clavar un puñal en el monstruo que todo lo devora y éste 
es V. Vea cómo marcha de hoy en adelante. El pueblo 
pide satisfacción y es preciso dársela. V. se ha considerado 
arbitro de la fortuna de este benemérito pueblo, ha dispues- 
to de ella á su antojo, la ha prodigado entre media docena 
de hombres. No ha dado al pueblo un maniflesto de la 
inversión de este caudal; hoy llegó el momento que debe 
darlo, y de no, ha de estar alerta. Ya basta de sufrimien- 
tos, no crea que el pueblo que ha insultado es un rebaño 
de ovejas. Es un puebla con\[)uesto de patriotas y éste 
patriotismo lo ha hecho callar hasta este momento en que 
uno de sus hijos no ha podido soportar su atrevimiento 
sin límites. 

Á esta contestación será satisfacer al f)ueblo y cambiar 

de marcha. 

De V. S. S. S. 

Ven.jincio Flores. 
Vaníjuardia, septieml)re 16 de 1S44. 



— 409 — 

Señor don Martiniano Chilavert. 

Montevideo, lo. de enero de 1845. 

Querido amigo: Recibí sus cartas de 8 de noviembre del 
Cíiuy y 10 de diciembre de Río Grande. Las inclusas, fue- 
ron entregadas: remito ahora las contestaciones. 

Esto no está bueno. Quitaron á Pacheco y pusieron á 
Flores: han quitado á éste y puesto al general Martínez; 
antes de ayer quitaron á Martínez y pusieron á FJauz. qut; 
es hoy el general, pero (]ue como es fácil prever, no durará 
mucho. 

Á Correa no le parece factible la exigencia de V. Todo 
el ramo de artillería depende hoy del Estado Mayor donde 
hay una mesa de artillería dirigida por Julián Martínez, 
otra de infantería por (luerra, y otra de caballería i)or 
Lavandera. Estos jefes se llaman ayudantes comandantes 
generales y depende de ellos todo lo concerniente á su 
arma. La l)rigada de artillería es mandada ])or Fo- 
martín. 

Sin embargo, iiay cuatro fuertes exteriores, en la Agua- 
da, en lo de Bejar, en lo de Lasota y en lo de Ramírez, 
que no tienen jefe. Correa desearía aprovechar sus servi- 
cios para mandar esta línea; y la artillería en cualquier 
operaciíjn sobre el enemigo por su cuenta. 

Aquí nos dicen que en enero tomará parte el Brasil. 

Tres balleneras nuestras que salieron de aquí con el 
Griego, destruyeron un luiípie enemigo en Martín García: 
sul)ieron el Paraná y echaron á pique una goleta de guerra 
que estaba de guardia en San Nicolás. Probablemente 
harán el corso en ese río y subirán con las presas á 
Corrientes. 

Expresiones de Zufriátegui y la f¡imilia. 

Siempre suvo. 

Pico. 

P. 1). — Nada sabemos aquí de don l-'nitos. 



— 410 — 

CIDII'LEIIEMO AL l.AriTL'LO \LIX 

Mi idolatrada Bernardina: Te escribí el 5 desde el 
Paso de las Piedras noticiándose el suceso malhadado del 
27, desgraciadamente volví á sufrir otro pequeño contraste 
que nos obligó el 7 á pasar el Yaguaron un poco apurados. 
No [se perdieron sino 4 hombres, pero perdimos liasta los 
recados. Yo perdí tamvien parte de la montura pero salvé 
bien, desde aquel día estamos bajo la protección de las 
autoridades ymperiales que nos protejen y nos respetan 
en todo aquello que puede ser. El general Medina, Silva, Vi- 
ñas, Baes y otros jefes con mil y tantos hombres están por 
la frontera del Río Grande taml3ien emigrados, se conservan 
rreunidos y armados según aviso que tuve ayer, veremos si 
conseguimos reunimos y ver lo que pueda hacerse j^ara 
salir de aquí y irnos al territorio de Entrerríos donde ya 
está Paz, esto será lo menos que podremos como es la 
voluntad general de estos habitantes. Nada puedo indi- 
carte á tu respecto, ni indicarte cosa alguna porque ignoro 
el estado de esa Capital la que á todo tranze es menester 
sostener para conservar la esperanza de salvar la Repú- 
blica. 

Ya sabes pues que existo y donde me hallo, costante- 
mente te daré noticias : intertanto saluda en mi nombre á 
toda la familia y tu está cierta del cariño de tu amante esposo 
que verte y abrazarte desea. 

INFRUCTUOSO Rivera. 
Villa (le Yajiíiaron, abril y de 1845. 

Excmo. señor general don Fructuoso Rivera. 

Río Grande, mayo 4 de 1845. 

Mi estimado general y amigo: Ayer llegó de Río Janeiro 
el vapor paquete y por él recibí la carta adjunta del señor 
Magariños, por la que se instruirá Y. E. del estado en que 
se halla el negocio de la intervención europea y de las pro- 
babilidades que tenemos de (^ue la plaza de Montevideo 



— iU — 

pueda conservarse dos ó tres meses, en cuyo tiempo se ter- 
minará de un modo ó de otro aquel negocio. 

Según noticias de Vásquez al señor Magariños, la guar- 
nición tenía víveres hasta el 93 del pasado, y no había medio 
de encontrar con quien hacer un nuevo contrato después 
del desastre del 27. Este peligro se encontrará indudable- 
mente si no mejora nuestra actual posición en esta provin- 
cia, y que V. E. tenga la fortuna de datar pronto sus prime- 
ras comunicaciones del territorio de la República; única 
esperanza que puede conservarlos y alentarlos en estos 
momentos tan críticos. 

En la misma barca llegó don Melchor Pacheco proce- 
dente de Río Janeiro: trae cartas del señor Magariños 
para V. E. y el encargo especial de instruirle verbalmente 
del estado de la política en aquella corte y de los efectos 
que ha producido allí en el gabinete la noticia del suceso 
del 97. 

Entre tanto le diré á Y. E. lo que me confió ayer de • 
l>arte del señor Magariños para que lo trasmitiese á V. E. 
en el caso de que él no pudiera escribir. 

La noticia del desastre del 27 llegó á la corte de un 
modo aterrante: se aseguró por todas las cartas que allí 
llegaron, que todo se había perdido: que los jefes princi- 
pales del ejército se hallaljan aquí emigrados y V. E. con 
8 hombres había escapado milagrosamente: que la mayor 
parte del ejército y todo el gran convoy estaba emigrado 
en este territorio: y sin embargo de no saberse todavía en 
la corte el suceso del Paso de las Pieiras de Yaguarón, 
el gabinete cambió de itolítica inmoíliatamente volviendo 
á lomar un aspecto de la más severa neutralidad. Comenzó 
I)()r publicar un artículo en el Jornal del Comercio fuertí- 
simo, refiriendo aquel acontecimiento que nos coloca en 
la más triste situación, é inmediatamente mandó desem- 
barcar cien hombres y una gran cantidad de bombas de 
incendios y otros artículos de guerra (pie por aquellos 
días debían salir i)ara Montevideo. 

El gabinete en aquellos nionientos considt»') ;d Consejo 



— 41-2 — 

de Estado sobre la política que debía seguir después del 
suceso del 27. El Consejo contestó que debía guardarse 
la más estricta neutralidad. Muy luego después de estos 
incidentes se despachó un buque á Montevideo, con nuevas 
instrucciones, y el vapor las trae también para el Conde 
de Caxias. 

El gobierno inglés y el gobierno francés se han separado 
del gobierno imperial en el importante negocio de la 
intervención por motivos y razones de la política inglesa^ 
Este incidente muy grave para el Brasil y cuyos porme- 
nores poseo, ha hecho resfriar completamente al gabinete 
brasilero, á términos .según lo afirma el señor Magariños 
que hay mucho que temer y poco que esperar. 

El señor Magariños teme mucho que si la guerra que 
se hace hoy en la República no se puede hacer sentir á 
los enemigos y á los ministros extranjeros, la intervención 
se convierta contra nosotros haciendo entregar la plaza de 
Montevideo. Conviene desde luego en que el remedio único 
que pueda ^conjurar este peligro es el que Y. E. volviese 
á pisar el territorio de la República, poniéndose al frente 
de la guerra como representante del gobierno, pues que 
los jefes que hoy la hacen nada representan por sí ni tie- 
nen más autorización que la que les dan sus circunstan- 
cias especiales. 

Hay más: El gobierno de la capital en medio del con- 
flicto en que se halla, ha pedido al gabinete imperial por 
medio del señor Magariños, una contestación terminante 
sobre la política que se propone guardar en estos momen- 
tos, pidiéndole que declare el partido que tomará en el caso 
extremo de entregarse la República á un poder extranjero antes que 
sucumbir bajo la cuchilla de Bozas: porque en aquel extronado apuro 
el gobierno de la Ttepüblica se ecliaria con ¡yreferencia en los brazos 
de un poder ainericano. 

De todo estos hechos resulta la necesidad de aplicar 
pronto remedio á nuestra situación, salir de ella pronta- 
mente y que la presencia de V. E. en la República vuelva 
á reanimar la guerra y á dar esperanzas á la capital. 



— 413 — 

El partido de oposición al ministerio en la corte, ene- 
migo formidable de la guerra contra Rozas, se pronunció 
hoy con audacia en aquella capital. Ha dicho pública- 
mente, que si V. E. emigraba á esta provincia sería con- 
veniente hacerlo ir á la corte. 

Hasta aquí lo que dejo referido es exactamente cuan- 
to me ha comunicado Pacheco por encargo del señor Ma- 
gariños para trasmitirlo á V. E. 

El vapor debe regresar á Río Janeiro dentra de bre- 
ves días y yo no puedo aprovechar la oportunidad sin 
saber el resultado de la entrevista de Y. E. con el Conde 
que espero por momentos con sus órdenes para saber la 
resolución que debo adojDtar. 

Ningún buque se he presentado hasta ahora para Mon- 
tevideo, ni ha llegado ninguno de aquel puerto que nos 
adelante noticias de su situación, después de la que te- 
nemos y que V. E. sabe hasta el 7 del pasado. 

De la frontera de Santa Teresa nada hay de nuevo: los 
enemigos continúan ocupándola. 

Nuestro convoy viene en marcha á la laguna de Cu- 
yuvá, siete leguas de este punto. 

Vuelvo á repetirle á V. E. que la situación de Monte- 
video es muy crítica y que sólo la presencia de V. E. en 
la República puede salvarla. 

Con este motivo tengo el gusto de saludarle como su 
muy atento servidor y amigo que B. S. ;M. 

José Luis Bustamante. 

Seño'' don Luis José Bustamante. 

Rio (le Janeiro, abril 22 do 1845. 

Muy señor mío: 
Como no ha llegado el vapor de esa, no sé aún si re- 
cibió V. la que le escribí en ;}(! de marzo, acompañando 
aína carta para el señor general Rivera. Ahora se dice 
tanta cosa acerca de la acción de la India Muerta que nos 



— 411 — 

hace desear noticias verdaderas. Entretanto se despacha 
este vapor con phegos y prevenciones para el conde de 
Caxias, y yo no puedo decir otra cosa, sino que anoche 
apresuró su saUda para Montevideo y Buenos Aires el mi- 
nistro inglés Mr. Ouseley, que procurará traer á Rozas á 
un acomodamiento, y si se niega á dar la paz por medios 
razonables, los poderes combinados declararán la inter- 
vención armada y procederán con arreglo á las circuns- 
tancias. 

Por las órdenes que fueron el 7 del corriente en el 
bergantín de guerra francés Pandour y por las que se 
repitieron el 17, por el paquete inglés Dolphin, creemos 
que el bloqueo habrá sido suspendido, si es que fué re- 
conocido, lo que no había tenido lugar hasta el 7, que 
son las últimas noticias que tenemos de Montevideo. 

Quiera Y. en primera segura ocasión, mandar esta 
misma carta al señor general Rivera y no descuide de ha- 
cerme saber cuanto de él adquiera, y del estado de nues- 
tra campaña, no sólo por los vapores, sino aprovechando 
toda ocasión que se le presente por lo importante que 
es en estos momentos que nuestra comunicación sea rá- 
pida y estar al pormenor de los sucesos que deben ser- 
vir para el desenvolvimiento de los trabajos que se agitan- 
Deseo á V. la mejor salud, y que disponga de este su 
muy atento servidor Q. B. y. M. 

Francisco Maíjariños. 

Exorno, señor general don Fructuoso Rivera. 

Montevideo, agosto 12 de 1845. 

Mi estimado general y amigo: 
Con ocho días de un viaje muy feliz, llegué á este 
puerto donde fui detenido por el almirante inglés y los 
ministros interventores, por la misma razón de ser secre- 
tario de V. E., Ínterin, decían consultaban al gobierno so- 
bre si tenía algún inconveniente en dejarme desembarcar. 
El señor ministro de gobierno, tan luego como tuvo co- 



— 41.") — 

nocimiento de este incidente, dio los pasos convenientes 
reclamando ante los ministros extranjeros, y la orden para 
mi desembarco fué inmediatamente expedida. 

Los ministros interventores han expuesto h) crítico de 
las circunstancias en que se halla la capital, para tomar 
medidas de precaución de todo género á fin de evitar 
que el menor incidente, descomponga el estado delicado en 
que se halla la capital por consecuencia del desastre de 
la India Muerta. Ellos saben perfectamente cuanto ha 
ocurrido desde noviembre pasado, y las diferentes situa- 
ciones en (]ue se ha hallado el gobierno,, Iñen athgentes 
a la verdad: luchando á la vez con los enemigos que 
asedian la capital, con la miseria, y lo que es peor, 
con las pasiones de partido (pie se agital^an con rapidez 
y violencia á proporción que la situación de la República 
se hacía más difícil y peligrosa; y este conocimiento y los 
importantes objetos de su misión, de asegurar la exis- 
tencia de la capital y la independencia de la República, 
les da, como es natural, derecho á ciertas exigencias que 
ni el gobierno puede rechazar, ni sería político intentarlo 
en estos momentos tan especiales y solemnes. 

En las conferencias que he tenido con el señor minis- 
tro de gobierno, he comprendido ijerfectamente la ver- 
dadera situación de las cosas, positivamente muy delica- 
das; y la necesidad que el gobierno tiene de marchar con 
suma prudencia y circunspección en estos momentos. 
Principiamos ima nueva situación y el gobierno después 
de mucho tiempo comienza ú asumir su verdadero carác- 
ter; princi])ia á restablecer la moral, apoyado por los po- 
deres extranjeros que nos han levantado de la tumba, y 
no puede sino muy lentamente y con grande previsión, 
traer las cosas al camino regular y conveniente que de- 
ben tener. No es posible ni positivo precipitar los suce- 
sos; pues estoy seguro, y Y. E. debe estarlo también, de 
(pie lodos vendrán al punto (pie se desea con lui jioco 
más de prudencia. El señor ministro de gobierno trabaja 
con gramie actividad en estos momentos, y como puede 



— tlH — 

hacerlo para sacarlo á \. K. de la situación en que se 
halla, pero con honor y como corresponde á los intere- 
ses de la República, que entiendo, señor general, que V. 
E. no debe precipitarse á dar un paso irregular que com- 
pliquemos la situación. Los sucesos vendrán y la falta de 
V. E. se hará notar muy pronto: se le llamará y entonces 
será muy diferente el papel (pie vendrá á representar nue- 
vamente en el país. V. E. debe esperar las órdenes del 
gol)ierno, y estoy seguro que ellas serán oportunas y con- 
venientes. V. E. esté tranquilo y por más que por otros 
conductos le escriben otra cosa, puedo asegurarle que no 
hay más que lo que dejo manifestado. 

Al gobierno le he instruido de cuanto V. E. me orde- 
nó. Nada sabía del contenido de las comunicaciones que 
trajo el coronel Olavarría, y que fueron en efecto arrojadas 
al agua. 

" El nombramiento del general Medina, es provisorio, 
porque fué necesario, dice el gobierno, que alguno man- 
dase; tanto más cuanto que no habiendo llegado las co^ 
municaciones del coronel Olavarría, no sabía el gobierno 
nada de lo que allí se había arreglado. Todo esto se aco- 
modará bien muy pronto. 

Por lo que el gobierno le escribe y los impresos que 
le remite, será instruido V. E. de que nada se arregló con 
Rozas, que los ministros interventores están aquí, que se 
tomó la escuadra de Brown, habiendo mandado á éste á 
Buenos Aires con los pocos que lo quisieron seguir, cus- 
todiado por un vapor. Pronto se l)loquearán todos los pun- 
tos del litoral ocupados por los enemigos y se principia- 
rá á desenvolver un plan de operaciones contra Oribe. 
Se dice que se retirará al Durazno y que mandará con- 
centrar allí todas sus fuerzas y las familias de los pueblos. 

El general López entró en Santa Fe después de haber 
batido á Santa Coloma y corrido á Echagüe. No sabemos 
hastahoy qué impresiones habrá producido en Buenos Aires 
la noticia de la toma de la escuadra de Rozas. Todo 
aquello estaba en grande agitación. 



— 417 — 

En íiii. la cuestión está resuelta; la independencia de 
la República completamente asegurada. 

Sírvase Y. ponerme á los pies de la señora de Maga- 
-riños y mis recuerdos á este señor muy amistosos, orde- 
nando V. E. lo que guste á su muy aí'fnio. amigo 

Q. B. S. M. 

.losÉ Luis Bustamante. 

-Señor don Agustin Oarrirjós. 

Rio .ÍHiieii'o, 1". del me^í de Améi'ica de 1845. 

Mi apreciado compatriota: 

No me fué posible contestar á V. en el pac^uete ante- 
rior. Mi correspondencia de oíicio absorbió casi todo mi 
tiempo. 

Poco sería cuanto V. dijese para vituperar la coali- 
ción de este gobierno con cualquier poder europeo en agra- 
vio de los derechos de nuestro país, si tal cosa llegase á 
suceder. Por ahora el ministerio está representando el 
mismo papel que Adán, cuando delinquió comiendo de la 
fruta vedada: se ha escondido detrás de la fuente, como 
si tuviera vergüenza de presentarse. 

De lo i\\ie haya en el fondo de este irritante negociado, 
maldito si sé más de lo que he comunicado á nuestro 
gobierno con la iKjnrade/ y decisión con que le sirvo. 
liO que haya hecho en Europa el vizconde de Abrantes 
lo sabrán mejor que yo los señores Sarratea y Moreno. 
Solamente me he apercibido bien de lo que él ha comu- 
nicado á este gabinete y de lo que observo de cerca, y de 
todo he dado cuenta al señor general Rozas: infeliz del 
IJrasil si el gobierno fuese tan insensato y depravado que 
l)uscase alianzas en Europa contra sus coterráneos, ^hiy 
¡iniargo sería el fruto de tal estupidez y desvarío. 

'renenios ya aquí al barón J^oífaudis, ministro nom- 
lirado p;iiM cntt'udcrsi; (Mjn nuf'stro gobierno, y sup(jngo 
laml)ién con el entremés de Montevide(j. Por las declara- 
ciones hechas por los gobiernos de Inglaterra y h'rancia. el 



— 418 — 

(ilijelo del barón, como el de Mr. Oaselej', es la pacifica- 
ción de la Banda Oriental. Ellos salarán cómo la entienden. 

Ese voto filantrópico sería de agradecerse, si los nego- 
ciadores empezasen por decir: (^conocemos que el bandido 
Fructuoso Rivera, sin fe y sin pudor, es un germen perma- 
nente de querellas sangrientas en el río de la Plata, y que 
el club inmoral que domina en Montevideo es un contagio 
agudo que por el bien de todos es preciso alejar. Inter- 
pondremos un océano entre la América y tales piezas, y 
organícense los dos Estados con arreglo á sus leyes.» 

Así podríamos ver algo que se pareciese á un sentimiento 
caritativo. Cualquiera otra cosa no diría sino uno de esos 
episodios de que por desgracia de la humanidad está pla- 
gada la historia de las naciones fuertes. Dios aluml)re el 
camino como lo alumbra hasta ahora al hábil porteño, á 
quien entregamos nuestro destino! El señor general Rozas, 
cuyo nombre está ocupando ahora la atención de Europa, 
se cubrirá de gloria si sale con aire como yo lo espero entre 
los intereses de la Inglaterra y de la Francia, radical- 
mente contrarios en el río de la Plata, por más que apa- 
rentan estar unidos. 

He estado bastante enfermo: ya voy bien. Le saluda su 
afectísimo servidor 

Tomás Guido. 

CiiMi'LE)lE.\TO AL CAPÍTlLil LI 

¡Viva la Coiifederaciüii Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Hilario Lagos. 

Paraná, julio 8 de 1845. 

Mi querido amigo: Son las 7 de la noche y he recibido' 
su estimable de ayer, hoy por la tarde, y adjunta la de 
Ojeda. He hablado con el hijo de éste, y me he cercio- 
rado de la retirada de los salvajes unitarios corren- 
tinos. 

Debemos estar convencidos que toda operación sobr& 



— 419 — 

Alcaraz se redujo á sorprender á Berón con el objeto de 
impedir se auxiliase de aquí á Santa Fe. Todo habría sido 
excusado si el maneo pudiese haber calculado que el gene- 
ral Echagüe se había de dejar sorprender del modo que 
ha sucedido. Hablarle :'i Y. sobre esto, da pena. V. sabe 
que con anticipación le había hecho yo al general Echa- 
güe- dar avisos sobre la incursión de Mascarilla: pues 
amigo, si Máscara quiere, entra á las diez del día y los 
degüella á todos. De aquí resulta que ha perecido mucha 
parte de la división del coronel Santa Coloma, degollada 
en su mismo cami^amento á dos leguas de la ciudad; en 
íhi, todo se ha perdido allí, y no es chica la brecha que 
nos han abierto. 

Nada puedo saber del general Echagüe y coronel Santa 
Coloma: ellos salvaron por las islas, nada más sé. He 
mandado ayer dos clialanas aguas alhajo para si habían 
salido á la costa del Paraná los pasasen á este lado. Tengo 
aquí al coronel Díaz, comandante del Rincón, y una por- 
ción de emigrados. 

Ahora es de temer desenvuelva el manco su plan sobre 
esta provincia, pues debe considerarnos flanqueados 
Hoy mismo he escrito al Restaurador haciéndole las reíle- 
xiones que he creído de mi deber. Si á Máscara no lo afli- 
ge i)or aquella banda nos ha de dar que hacer por aquí. 

Xada más ocurre, y me repito su affmo. amigo y servi- 
dor (,). B. S. M. 

Antonio Crespo. 

¡ Viva la Confederación Argentina I 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Al señor coronel don Hilario Lagos. 

I'arauii. julio 7 de 1845. 

Mi querido amigo: Su apreciable de anoche me ha dis- 
gustado mucho al saber por ella que no lia recibido segundo 
parte del comandante Berón. Por esta razón mando al 
teniente Moreno con dos soldados hasta Alcaraz, ó hasta 
adonde pueda instruirse de lo que ocurre por allí. Creo 



— 420 — 

necesaria esta o})eración aun cuando V. haya reciV)i(lo 
segundo parte de Berón: á menos que sea de cine alguna 
fuerza enemiga se dirija abajo, pues entonces seria excu- 
sado. 

Me encuentro afligido por la situación de Santa Fe. No 
he podido auxiliar al general Echagüe más que con 8.000 
tiros de tercerola, pero con gente del batallón que me pide 
no me atrevo. Consultando la seguridad de la Provincia, 
á menos que supiera que la sorpresa á Berón no trajese 
invasión sobre nosotros, y esto es lo que procuro saber por 
la operación del teniente Moreno. 

También le doy carta para el comandante Thorne 
ordenándole baje á este puerto. Cualquiera que sea el re- 
sultado de Santa Fe conviene que la escuadrilla esté aquí. 

Ha sido una lástima que el general Echagüe, estando 
tan prevenido por mí de la invasión de Mascarilla, se 
haj^a dejado sorprender. Cuando los han visto sobre la 
ciudad entonces han sabido que había pasado al Paraná. 
Así es que se han tomado, y tal vez muerto, ciento y más 
soldados del coronel Santa Coloma, caballada, y cuanto 
tenían al norte de la ciudad á distancia de 4 ó 6 cuadras. 
¡Vea V. qué situación! 

Don José María Echagüe me dice que el general tiene 
como 800 hombres, y Mascarilla 1500. Si esto último es 
cierto, Máscara ha engrosado su fuerza con la que ha toma- 
do en los cantones y montes. 

Lo que ocurra comunicaré á Y. Me repito su siempre 
affmo. amigo. 

Antonio Crespo. 

¡Viva la Coiifederaeióu Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Hilario Lagos. 

Cuartel j^eneral de Arroyo Grande, julio 9 de 1845. 

Mi querido coronel y amigo: Acabo de recibir dos 
cartas de V. datadas el 6 y 7: la última, á las cuatro de 



— 421 — 

la mañana. Por ellas y por la que me incluye del coman- 
dante general Loza, quedo instruido de que el salvaje 
Mascarilla invadió á Santa Fe; y que el capitán Berón se 
ha dejado sorprender, con desprecio de mis órdenes y 
abandono del servicio. Es preciso que este oficial sea 
severamente castigado. Así lo manifiesto al señor gober- 
nador. 

El conductor de esta correspondencia, es el capitán 
Maidana, c|ue con un oficial y cuatro soldados pongo á 
las órdenes de V., para que destine al primero á tomar 
el mando de su compañía, que est;i en Alcaraz á las órde- 
nes de Berón, 

Soy de opinión que. reunidas las fuerzas de su mando, 
destaque s()t)re Alcaraz al mayor Doiiiinguez con los escua- 
drones de la Victoria, á descubrir el verdadero intento 
del enemigo, pues si son sólo oUO hombres, es preciso 
adoptar medidas convenientes para escarmentarlos dándo- 
les una sableada. Esta operación, como otras de este 
orden, debe V. siempre ejecutar con el consentimiento del 
señor gobernador, pues aun no ha llegado el caso de em- 
prender sus maniobras generales el Ejército de Reserva. 

No creo que el salvaje Paz abra campaña solare Entre Ríos 
antes de esperar los resultados de la invasi(3n sobre Santa 
I''e, ponqué ¡ídemás de que el Ejercito de Reserva se hace 
respetar, sería un fuerte golpe para él, el que al ser recha- 
zado Mascarilla, se encontrarse entre nuestras manos: por 
lo mismo, ci-eo que el golpe sol)re Alcaraz es de pura diver- 
sión; y el Manco, como es vano, ha creído que yo me move- 
ría con todo el ejército á consumir mis (;aballadas: lo que 
él no verá: nosotros estamos sobi'e una base, y debemos 
s¡emi)re ver, esperar y meditar cim jirudencia para resol- 
ver con energía y fuerza nuestras maniobras. 

Claro es que don Vicente González marchará cu pio- 
tección d<:' Santa Fe, y que el general EchagíK' tiiuufará 
de los salvajes que tiene á su frente, si ya no lia suce- 
dido esto. 

Reunidas, como van á estar, todas las tropas (pie \'. 



432 

manda, le recomiendo aproveche los días en metodizar su 
disciplina, estalílecer la subordinación, y prestar una for- 
mal atención al cuidado de la caballada. 

Con motivo del día, el ejército está todo reunido y no 
hay un licenciado fuera. Hoy debió haber gran parada á 
caballo. Amaneció lloviendo, y nada tuvo efecto: de mane- 
ra que aquí estamos prontos. 

Algunas partidas "del coronel don Crispín, deben pene- 
trar por el monte, -y se les previene, que si hay alguna 
ocurrencia, lo avisen á Y. 

Espero la reijetición ^de sus avisos para tomar otras 
medidas. 

Soy siempre su afecto general y amigo 

EuciEXIO (íarzón. 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Scño)- coronel don Hilario Lagos. 

Paraná, julio 9 de Ií^45. 

Mi querido amigo: Esta noche he recibido sus dos apre- 
ciables, una del 9 y la otra sin feclia. Por la primera veo 
ha ordenado al comandante Basaldúa componga cada 
partida del número de seis hombres j^ara celar la costa: 
me ha agradado mucho esta su nueva disposición, porque 
18 hombres más ó menos no es mayor la falta que pueden 
hacer. 

He hablado esta noche con el comandante Thorne. 
Venía decidido á ocupar la boca del río de Santa Fe. Mi 
opinión es que la escuadra no tenga residencia fija. Es 
muy conveniente cuidar la boca de Santa Fe para atajarla 
entrada y salida de aquel pueblo; pero no conviene á mi 
modo de ver, que los enemigos de Santa Fe puedan asegu- 
rar á los de Corrientes el lugar fijo en que reside la escua- 
dra. Le he dicho que mi opinión es que se vaj'a á la boca 
de Santa Fe, y si á los tres ó cuatro días le sopla norte se 
venga frente á este puerto. Si aquí le sopla sur suba hasta 



— 423 — 

la boca de arriba del Colastiné: que esté un dia ó dos por 
allí y luego baje hasta la boca de Santa Fe otra vez. De 
este modo los volvemos locos, y de ninoún modo tienen 
como asegurarles á los salvajes de Corrientes el punto 
fijo donde se halla la escuadra, y los eml)romamos. Si á 
V. le parece liien este modo de maniobrar dígamelo maña- 
ña, que he quedado en darle temprano mi determinación 
á Tliorne. 

Ahora mismo escribo al comisionado de la Manga algo 
fuerte sobre el poco cuidado en la guardia de la Manga. 
Mañana pienso mandar una chalana á que me traigan toda 
canoa que encuentren en la costa desde la boca de Las 
Conchas para al)ajo. 

Debe ordenar á las guardias de la costa arriba de Las 
Conchas que toda canoa que venga de la isla la varen en 
tierra y remitan asegurados los individuos que vengan 
en ella, sin que les valga el ser leñeteros: todo bicho sin dis- 
linci(3n de i)ersona, á su cami)ament(». y Vd. me los remite 
aíjuí del mismo modo. 

Se me asegura que el general Echagiie debe estar en el 
Rosario. Del señor Santa Coloma naila sé. 

Ninguna novedad tiene V. i)or acá. Me repito su verda- 
dero amigo y servidor 

Antonio Ciu;si'0. 

¡Viva la Cijiifeileracióii Ar^nutina! 
¡Miioraii los salvüjos unitarios! 

Señor Coronel don Hilario Lagos. 

!';ii';iiiá, julio 9 de 184.5. 

Mi (juerido amigij: Por su estimabhí do ayer que he reci- 
bido lioy por la mañana quedo instruido de los tiros que se 
han oído en la isla frente á Las Conchas, de lo (jue V. de- 
duce que había federales en las islas. No hay (jue equivo- 
Ciirnos. mi amigo. No crea V. ([ue á ningún federal de 
Síinlii l"'i' lo .il.-iji' el P¡ir;in;'i: :'i más ({uc los rinconeros tit^iK^i 
liiiqiies para venií'si (inisiesen hacerlo. 

Aver me vi(') el coi-onel Díaz. comüiHl.inlc dd l{inc('in. 



— m — 

diciéndome que tenía aviso que en la isla frente al pasa 
(le la Manga había mucha gente rinconera de la de él, y 
precisaba buques para pasarla á este lado. Inmediatamen- 
te le mandé dos chalanas, las (pie llegadas allí no han en- 
contrado ni mi perro. 

No crea Y. que gente de Santa Coloma haya en las islas, 
porque la gente que tenía licenciada se hallaba en el pue- 
blo, y la que estaba en el campamento ha sido muerta sin 
piedad por los salvajes unitarios. 

Sin embargo el Comandante Díaz me ha vuelto á pedir 
una chalana para mandar á la isla de Rastrillo á levantar 
los que hayan venido. He ordenado vayan dos buques, y 
(pie después de hacer su registro en dicha isla se pongan 
á disposición de Y. para el objeto cpie me indica. 

V. de ningún modo se embarque: tiene esa operación 
bastante riesgo, porque puede haber cualquiera clase de 
traición, y Y. no debe exponerse. 

Acabo de recibir su apreciable de ayer y adjunta del 
comandante Thorne. No sé cómo no ha recibido él mi co- 
municación que le dirigí por el oficial que mandé hasta 
Alcaraz. Hoy le vuelvo á ordenar (][ue baje hasta este })uerto 
cuya carta la lleva el hijo de Ojeda. 

Todo buque de la escuadrilla separado á mucha distan- 
cia de ella corre riesgo. Santa Fe tiene muchos buques en 
los que puede emprender cualquiera operación. Mi opinión 
es que la escuadrilla se sitúe en este puerto, y esperemos 
el rumbo de los sucesos. Aseguremos la capital que es la 
base de todas las operaciones. 

Me repito de Y. su affmo. amigo y servidor 

Antonio Ciíespo. 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Lxcmo. señor gobernador don Antonio Crespo. 

Campamenío, Julio \?> de 1.S45. 
Respetable señor: 
Remito adjunto á Y. E., el parte que da el encargado da 



— 43o — 

\a guardia de Hernandai'ias, sobre unos cuatro lanchones 
(jue por allí aparecieron ayer tarde y luego han vuelto aguas 
iivviha. 

Igualmente acompaño el segundo parte del encargado 
de las guardias del Cerrito para abajo hasta el puerto del 
Duro; por esta verá V. E. que no ha ocurrido novedad. 

Sin duda los salvajes intentan introducir esos lancho- 
nes por el Colastiné, y por esto han andado en las noches 
anteriores apareciendo chalanas y botes por la bajada 
(irande, y por el Diamante según me han dicho, y su objeto 
será llamar la atención de la escuadrilla nuestra para tener 
el paso libre en la parte de arriba. 

r.os tales lanchones vendrán sin duda á levantar el bo- 
tín (|ue los enemigos habrán extraído de Santa Fe. 

Soy de V. E. affmo. y obediente servidor 

Hilario Laííos, 

IViva la Coiiredei'íieión ArgPiitinal 
¡Mneríiii los salvfijcs niiitariost 

Señor coronel don Juan Thorne. 

Paraná, julio 17 de 1845. 

Mi apreciado amigo: Habiendo recibido del coronel don 
Vicente González la comunicación que adjunto, me apre- 
suro á remitírsela para su satisfacción: la que espero me 
devuelva. 

Mucho me temo que los que están en el Calcarañá se 
vuelvan á asomar y les vuelva á pegar nuevo golpe Mas- 
cai'ilia. Me dicen (pie (''slc lia salido de Santa Fe; me temo 
se dirija á sori)rendoi"l<)s, lo que le es muy fácil si toma 
el oeste de Santa l''e bien afuera: tomantlo después al sur 
puede cargarlos i)oi' el lado que ellos no deben esperarlo. 
Miifiana temprano hago regresar el chasque con el inte- 
rés de prevenirlos de \o que puede suceder. 

Me repito de V. affmo. amigo 

AnI'oNH» ClílvSl'O. 



— 426 — 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Al señor comandante en jefe de la escuadrilla sobre el Paraná, te- 
niente coronel don Juan B. Thornc. 

l^iu'iios Aires, julio 24 de 1S45, 

Mi estimado amigo: 

Llegó el momento oportuno de poner todo en defensa 
para resistir á las villanas pretensiones de los indignos 
franceses é ingleses, que quieren hacer retirar nuestro ejér- 
cito y escuadras al frente de Montevideo; lo que no conse- 
guirán jamás. Es pues por lo mismo que entre las determi- 
naciones que se han de tomar para la defensa, es una 
de ella obstruirles todos los pasos de los ríos Paraná y 
Uruguay: y debes estar muy prevenido tomando todas las 
medidas de tener buques buenos como para echarlos á pique 
en los pasos más precisos de los canales, valiéndote tam- 
bién de tener Iniques de vigor que te avisen con anticipa- 
ción de cuando vayan los buques de guerra franceses 
é ingleses para hacer tu operaci(')n, pues yo por tierra 
cuidaré de mandarte un chasque pronto. 

Por último, no te digo más porque estoy ocupado en 
este momento; en otra seré más extenso. 

Tuyo siempre amigo aífmo. 

PliDllO Xl.MENO. 

Señor coronel don Hilario Lagos. 

(^)uerido amigo: lo verá V. i»or la carta arriba expresada 
las últimas noticias de Buenos Aires que yo tengo y es 
bien moderno; con respecto á Santa Fe, según dicen todos, 
particularmente el Cura del Rincón con quien he estado 
el día de ayer dice lo siguiente: Santa Fe está en un 
completo estado de abandono y que el salvaje unitario 
Mascarilla, ha llevado y arriado toda clase de bicho en 
clase de hombre, abandonando la artillería que quedó 
en Santa Fe para fuera y la mayor parte de robos y sa- 
queo que Santa Fe. Lleva según dicen como dos mil armas 



— 427 — 

y según aviso de hoy nos van quedando la mayor parte 
de la gente de los montes; igualmente va dejando tirada 
en su precipitada fuga toda clase de bagaje que había 
robado: en el Rincón no hay hombre de ninguna clase, 
solo el Oura y mujeres y familias, y según dicen los vol- 
vedores, que el señor general Echagüe va picando la reta- 
guardia de Máscara, y se cree dentro de mañana ó pa- 
sado lo ha de acuchillar al grupo que lleva el infame traidor 
salvaje unitario, Mascarilla. Esta tarde han ido mis em- 
barcaciones á restituir el orden en el Rincón y pasar las 
familias que se hallan en la isla y los que quieren ir á 
el Paraná 

Dicen los de mis botes que han estad(j hoy tarde en 
el Rincón con el señor Cura, que Mascarilla se halla en 
San Pedro y el señor general Echagüe de Santa Fe al 
norte. 

Con este motivo tengo el gusto de saludar á ^'. muy 
amigo y compatriota Q. S. M. B. 

JuAX 1). Thohne. 

¡Viva la Coufederacióii Arprcntina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Hilario Lagos. 

l';u"Ui;i. afiosto 5 üc 1845. 

Mi (juei'ido amigo: Al contestar la a))roc-iabl(' de V. de 
ayer, tengo la satisfacción de incliiii'lc las (pie r(M-ihí ano- 
ciie del señor general Echagüe y del comandante Eelu'e, 
por las cjue se impondrá que el gol[)e dado á la vanguar- 
dia de Mascarilla no ha sido muy liviano, y de él debe- 
mos deducir (lile nombres lleven \a el escai-miento por 
delante, y un gran rollo á laguamjia. ik» liarán diligen- 
cia sino para escapar á la venganza de niicstids bravos- 

Muy justas son las (ihsci'Viicioiics (jiic me hace \'. so- 
bre la conveniencia de adelantar algunos escuadrones en 
observaci*')!! de hjs movimientos del manco Paz, pero anoche 



— 428 — 

he recibido el correo del Arroyo Grande, y tanto por lo 
que me dice el general en jefe cuanto por lo que me es- 
cribe el comandante Berón, no hay absolutamente ningu- 
na novedad por la frontera; de manera que tanto ]ior esta 
circunstancia, cuanto porque no entra en mi i»lan inuti- 
lizar nuestros escasos medios de movilidad sin una urgen- 
te necesidad, considero oportuno ver mejor las cosas antes 
de ponernos en movimiento, mucho más cuando creo que 
las fuerzas que hemos desprendido á Santa Fe no demo- 
rarán allí más tiempo que el absolutamente necesario para 
organizar las del país, que deben formar luego su guar- 
nición. 

Sin otro asunto me reitero su affino. amigo 

Antonio Ciíespo. 

¡Viva la Confederación Argenlina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor general don Hilario Lagos. 

Cuartel general, Arroyo Grande, agosto O de 1845. 

Mi estimado general y amigo: El 19 del pasado el salvaje 
Juan Madariaga y el traidor Olmos salieron del campo de 
Villa-Nueva con 700 hombres, á reforzar la columna que 
fué rechazada en Alcaraz, y descubierta que era una fuerza 
sola y aislada. Todo este gru^jo estaba acampado por el 
Sauce, y es la fuerza que descubrieron los vichadores del 
capitán Berón. 

Por supuesto que el enemigo tiene el otro oljjeto de 
amagar á la capital para prestar el imaginario apoyo que 
el Manco creé dar á la empresa de Mascarilla. 

V. tome todas las providencias que crea conveniente, y 
ordene á Berón que vigile mucho y no vuelva á descui- 
darse como antes: pues ahora es más fuerza la de los 
salvajes, y aun cuando destaquen una de 400, siempre vale 
más por la proximidad de la reserva que tendría en su 
apoyo y que les faltó el día (3. 



— 429 - 

Por aquí estamos sin novedad y todo en el mayo 
orden. 

Soy de V. atento servidor y amigo 

Eugenio Gakzón. 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Cuartel general en los Caches, agosto 17 de 1^45. 
Señor coronel don Hilano Lagos. 

Querido amigo: Me es gi'cito y de la mayor saiisfacción 
anunciar á V. que á inmediaciones del antiguo Puel)lo del 
Rey ha sido completamente derrotado y exterminado el 
salvaje unitario Mascarilla, quedando en nuestro poder todo 
cuanto llevaba, nuestros prisioneros rescatados, muerta 
toda su infantería; asegurándole á Y. que no alcanzarán á 
cincuenta los salvajes de caballería que habrán salvado la 
vida: entre éstos se ha escapado el salvaje Mascarilla 
por haber estado á más de una legua del cami)0 de 
batalla. 

Sírvase V. poner ésta en conocimiento de nuestro común 
amigo el señor comandante Loza, á quien no le escribo 
por serme muy pocos los momentos, mas después lo haré. 

Reciba V. mis felicitaciones y un fuerte abrazo federal, 
l)or este expléndido triunfo, y sírvase Y. trasmitirlo á 
nuestros compatriotas y amigos, contando Y. como siempre 
con su verdadero amigo 

Pascual Echa(4üe. 

E.rcmo. señor rjeneral don Fructuoso Rivera. 

Montevideo, septiembre 30 tle 1845. 

Mi estimado general y amigo: 
Solo una carta he recibido de V. K. fecha 1(1 del pasado, 
iKirlii (jiic me luaiiilicsta su resoluci(')n di' \ciiii' á ésta en 
<■! j)aquet('. Su[)()ng(» i'ii poder de ^^ Iv mis anteriores por 
el licsar y Spaider. 



— 480 — 

Posteriormente fué declarado el l)loqueo á Rozas y cor- 
tada la comunicación con la tierra. Garibaldi con una 
escuadrilla de 12 buques ocupó el Uruguay, después de 
haber tomado la Colonia donde se ha dejado una guar- 
nición. 

\í\ coronel Flores vino del Río (brande y ha sido nom- 
brado comandante general de armas. Bauza y César Díaz 
no están contentos con ese nombramiento. El segundo 
mandó formar las tropas en la línea para resistir con las 
armas aquel nombramiento. Los franceses y el 5°. de línea 
apoyaron al gobierno, vinieron á la plaza y todo quedó 
arreglado. 

Es probable que Bauza salga del ministerio y que á 
Díaz lo arrojen fuera del país. El gobierno principia á 
tener poder. 

Aun estamos en la duda si el Brasil entrará en la cues- 
tión. Las discusiones de la cámara sobre las interpelacio- 
nes no me gustan, porque manifiestan todo el fondo de su 
mala fe y versatilidad. 

Rozas continúa haciendo sus preparativos sin ceder 
nada absolutamente. Oril)e contimia á nuestro frente. 
Casi todos los días tenemos pasados; éstos dicen que los 
enemigos están mu\^ descontentos, muy pobres y escasos 
de todo. Han retirado todas las familias de los i^ueblos de 
la costa, sin dejar á nadie absolutamente. 

Tenemos noticias del Río Grande: todo allí está malo: 
la reunión se disuelve rápidamente. La representación 
de los jefes dirigida al gobierno motivó algunos nuevos 
disgustos con el general Medina. De todos estos porine- 
nores lo considero instruido por otros conductos. El gobier- 
no se halla perplejo sin saber qué hacer, por cuanto no 
tenemos noticia alguna que nos demuestre lo que hará 
ese país. 

Entretanto tengo el gusto de saludarle y repetirme su 
affmo. amigo Q. B. S. M. 

José Luis Bustamante. 



— 431 — 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Hilario Lagos. 

Cuartel general. Arroyo Grande, septieniljre ¿7 de 1845. 

Mí estimado coronel y amigo: Particular complacencia 
he tenido en recibir su carta datada el 19 del que luce; 
con ella me trasmite V. afectuoso saludo, en correspon- 
dencia al recuerdo de estimación que le hice por conducto 
de mi amigo Araujo. 

La estación de la primavera, que ya entra; el amago 
hostil que nos hace por el rio Uruguay el pirata Garibaldi, 
protegido por los alevosos franceses é ingleses, son un 
indicante que deljemos disponernos para emprender y 
recibir operaciones de guerra: en esta virtud es preciso que 
V. sea infatigable en ordenar que las divisiones de su 
mando estén siempre prontas á marchar á primera orden, 
y dispuestas militarmente, porque además de ser de nues- 
tro deber el hacerlo así, hoy visiblemente lo exigen las 
circunstancias que presentan las cosas. 

Á pesar del último desastre que recibió en el paso del 
[ley el manco Paz, puede ser que alucinado por las com- 
plicaciones extranjeras, y por el dominio que han tomado 
en las aguas del Uruguay, quiera invadirnos sobre este 
departamento: y en previsión de que llegue este caso, he 
t(jmado medidas muy convenientes para quedar dispuesto 
:i operar y hostilizar con actividad á la horda salvaje de 
Corrieules, cualcpiiera (|ue sea su número, hasta que V. 
se me incorpore para dar una muy segura batalla, que 
sirva de último escarmiento á los traidores salvajes unita- 
ilos descaradamente unidos á los extranjeros. 

ílasta hoy la escuadrilla salvaje del pirata Garibal di 
no ha pasado de Fray Bentos; pero ha hecho un asalto 
al territorio cntrerriano, en el que ha cometido el bárbaro 
atontado <le saípiear un i»utíl)lo indefenso (jue no ofreció 
ninguna resistencia: con este motivo íije su atención, y 



— 432 — 

vea si desde- que ha salido de Montevideo la ponderada 
expedición de aquel salteador unida á la marina militar 
francesa é inglesa, han ido á atacar ningún punto donde 
aquellos foragidos sepan que haya (piien les tire un 
tiro. 

El coronel Galán tiene una buena columna en la ciudad 
del Uruguay, con que escarmentarlos, si quieren los salva- 
jes visitarlo. 

Acepte la singular estimación con que lo distingue su 
seguro servidor v general 

Eu(íp:xio Garzón. 

Huenus Aires, 1») de s('¡)Ueinbre de 1845. 
Señor coronel don Vicente González. 

Tenía escrita otra esperando la oportunidad de su remi- 
sión, pero habiendo ocurrido algo que comunicar, le he sus- 
tituido ésta. Los infames anglosfranceses cada día consuman 
una atroz hostilidad, una perfidia, una infamia. Después 
de la alevosa ocupación de nuestra escuadra y bloqueo de 
los puertos orientales, han entregado al malvado })irata 
Garibaldi dos buques de nuestra escuadra, el Echagüe y 
el Maijn'i, y asociados con ese facineroso primero toma- 
ron la Colonia que había sido abandonada; entregando al 
saqueo el i^ueblo sin respetar los depósitos de cueros de 
propiedad inglesa que han vendido y dispuesto de su valor. 
Después han tomado á Martín García que sólo tenía doce 
inválidos, los que han remitido á ésta. Ahora han entrado 
á los ríos interiores, según dicen, para oeu^iar el Rincón 
de las Gallinas; allí los espera don Servando con 2.5i)í) 
hombres. Sería de desear que don Servando les ocultase 
su fuerza, y los dejase pisar tierra, y después les arrimase 
lanza sin caridad. En Paysandú también los esperan, y 
el general Mansilla en el Tonelero. En cualquier punto 
seria de desear que los dejasen desembarcar, jjorque es 
preciso escarmentarlos coheteando á cuantos caigan. 

Ya Y. sabrá que el infame traidor Rivera Indarte con- 



— 'íoo — 

€luyó SU criminal vida el 16 de agosto en Santa Catalina 

adonde había ido á curarse. 

Nicolás Axchoiiexa. 
Es copia del original. 

González. 

Excino. señor (jcueral don Fructuoso Rivera. 

Montevideo, ajiosto 29 de IS45. 

Mi estimado general y amigo: 

Después de la salida del bergantín inglés que condujo 
mis últimas comunicaciones, el gobierno ha publicado su 
acuerdo del 4, (\\ie V. E. verá en los diarios que van al 
señor Magariños. No sé el objeto que se ha propuesto en 
esa publicación ni los motivos que ha tenido para hacerlo. 
Sin embargo, no perdemos un momento de trabajar en 
sentido convenido con los ministros extranjeros, para que 
comprenda bien los hombres y las cosas y lo que conviene 
hacer en estos momentos. 

Lo que más importa por ahora es que V. E. venga al 
Río Grande, que oportunamente le instruiré de mis traba- 
jos practicados acjuí. 

Oribe aun permanece á nuestro frente, y no veo c(3mo 
pueda luchar por ahora. 

Rozas por nada entra: ha reunido su Sala y han dis- 
cutido pLil)licamente estos negocios con tanta exaltación, 
(jue por momentos esperamos un íuerte rompimiento })or 
su parte. En Buenos Aires han celebrado públicamentt^ 
la derrota de López y toma de Santa Fe. No sabemos lo 
q'ue hay en esto. 

v.(iaribal<li ha salido para el Uruguay con una escuadri- 
lla y con (iOO hombres; van también algunos ingleses y 
franceses. 

Por momentos esi)eramos el príjnunciamiento de los 
brasileros. 

Me repito ile V. L. muy (jbcdicutc servidor (). 11. S. M. 

.losr; Lris Dusiaman ik. 

TOMO IV. 28 



— 4:]4 — 

Excmo. señor general don Fructuoso Rivera. 

Montevideo, agosto 17 de liS45. 

Mi estimado general y amigo: 

La nota que recibirá Y. E. por este buque y la que va 
])ara el señor Magariños, le mostrará cuánto se ha hecho 
en estos pocos días para mejorar la situación de las cosas 
á íin de que V. E. pueda venir de Río Grande y continuar 
en el mando del ejército. 

El Nacional que le incluyo ha, publicad(j im trozo de 
la historia de la República relativamente á Y. E. y por 
sí sólo basta á contestar á todas las maquinaciones de 
sus miserables enemigos. Es el documento más notable 
que puede presentarse en estos momentos. Esos apuntes 
son escritos por Lamas y se publicarán en un cuaderno 
separado. Sería muy bueno ci[ue lo viesen algunos de los 
hombres de esa corte que ignoran la historia de este 
'país y la de sus hombres públicos. 

Acaba de llegar el vapor de Buenos Aires. Rozas aim 
está muy manso á pesar de la pérdida de su escuadra y 
bloqueo de todos sus puertos. 

Una expedición naval ha salido para el Paraná com- 
puesta de un vapor francés, la corbeta Expeditive, una 
goleta y un bergantín. 

Garibaldi sale también de un momento á otro para el 
Uruguay, llevando alguna tropa de los departamentos de 
Soriano y Paysandú. Nada más hay de particular. 

Deseo á Y. E. felicidad y que disponga como siempn^ 
de su affmo. amigo Q. B. S. M. 

José Luis Bustamante. 

Excmo. señor general don Fructuoso Rivera. 

jMontevideo, noviembre 2 de 1845. 

Mi estimado general y amigo: 
Escribo esta en la incertidumbre de hallarlo aún en esa 
corte: por eso no seré muy extenso, remitiéndome en todo 



— 4:j0 — 

á lo (jue le dirá el señor Magariños (don Bernabé), con 
quien continuamos nuestros trabajos activamente y como 
lo permiten las circunstancias. 

Después que recibí la estimable de V. E. de primero 
de diciembre jDor la Perla, me puse en contacto con el 
señor don Lorenzo J. Pérez, como Y. E. me lo indicó. Al- 
gunos artículos he }irinci[)iado á publicar por la prensa 
que se hallará, el primero, en El Constitucional de oO de octu- 
bre: voy á tratar este negocio muy formalmente de un 
modo digno, identificando la causa de V. E. con la de la 
Kepública. 

Voy á probar con hechos que la violencia que el go- 
bierno brasilero le hace sufrir es personalísima. ingrata y 
ofensiva á los derechor. de la República; que el gobierno 
tiene el deber de defender la reputación de sus grandes 
híjmbres, de los campeones de la Independencia: y com- 
prometei'líj ile este modo á al>ra/ar la defensa como la 
suya proj)ia. 

Bueno es que la opinión pública conozca los hechos 
jjara que pueda juzgar con acierto. Ningún temor nos 
puede detener; los poderes extranjeros nos garanten. 

Aquí hay entre los antiguos amigos de V. E. mucha 
apatía, no poca desunión y bastante miedo. Sin embargo 
de los esfuerzos que hemos hecho para obrar activamente 
no podemos conseguir que salgan del tardío [)aso del buey. 
VA señor don Bernabé Magariños es un amigo muy acti- 
vo: no descansa un momento. Sus trabajos son nuiy es- 
tniial)les. 

Aquí está Pacheco y Elores: el gol)ierno en una ver- 
dadera crisis: á todos teme: cada día se le presenta una 
tempestad: sin embargo las eonjui'a, y doiiiiu:i. 

Nada teme más que la llegada de V. E. Vvú á en- 
tregarle al Sr. Presidente la (-arta que V. E. me entregó 
para él. Parece que no le gustó: manifestó mucha repug- 
nancia á su venid;(. Muy luego pasó una nota al Senado, 
íii'mada por sólo v\ ministro de gobierno, jádiendo auto- 
rizaci('>n para mandarlo á V. E. al l*araguay á formar un tra- 



— 4Í5{) — 

tado ofensivo y defensivo con el gobierno de aquella re- 
pública. V. E. comprenderá bien la importancia de esta 
intriga. Creo que el Senado no se prestará á ella. 

El convencimiento es hoy general en toda la capital, 
de la necesidad de que V. E. venga á tomar la dirección 
de la guerra. Los candidatos del gobierno. Medina y Flo- 
res, han tenido fatales resultados. El primero desquició 
el ejército emigrado en Río Grande, introduciendo en él la 
anarquía, hasta hacer una representación al mismo gobier- 
no: el segundo quiso hacer rodar ahora pocos días, las 
cabezas del presidente y del ministro, de cuyas resultas ha 
sillo depuesto, preso y desterrado. 

Ahora el gobierno no tiene á quien confiar una opera- 
ci(3n: no liay un jefe del país capaz de ponerse al frente y 
promover la deserción <le los enemigos, despertando sim- 
patía. 

Garibaldi saqueó la Colonia y Gualeguaychú escanda- 
losamente: no puede contener la gente que lleva. Esta 
marcha nos desacreditará mucho, y mientras no se vean al 
frente de esas operaciones jetes del país, nada adelantare- 
mos, la guerra será interminaljle. 

Yo procuro por todos medios hacer sentir la verdad á 
los ministros mediadores y parece que ya comienzan á 
convencerse de ello. 

Es preciso que V. E. no se demore en esa corte: que 
acelere su venida cuanto pueda. Esta es la opinión de 
todos los amigos que conocen las circunstancias y saben 
valorarlas. 

Como según su misma carta V. E. debía partir pronto, 
no me extiendo más. Supongo que mi amigo Magariños 
remite un diario muy curioso de todo lo ocurrido aquí, por 
el que se instruirá de otros pormenores. 

Entretanto tengo el gusto de verlo, me repito de V. E. 
muy obediente servidor y amigo Q. B. S. M. 

José Luis Bustamante. 



— 4:i7 — 

COMPLEMEMO AL lAI'lTllJl Lll 

¡Viva la ConÍHilcnvi-ióii Argentina I 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

PROCLAMA 

Milicianos del departamento del norte! Valientes solda- 
dos federales, defensores denodados de la independencia 
de la República y de la América! 

Los insigniíicantes restos délos salvajes traidores uni- 
tarios que han podido salvar de la persecución de los victo- 
riosos ejércitos de la Confederación y orientales libres, en 
las memorables batallas del Arroyo Grande, India Muerta 
y otras; (lue pudieron asilarse de las murallas de la des- 
graciada ciudad de Montevideo, vienen hoy sostenidos por 
los codiciosos marinos de Francia é Inglaterra, navegando 
las aguas del gran Paraná, sobre cuya costa estamos para 
jn'ivar su navegación bajo de otra bandera que no sea la 
nacional . . . ¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis! . . . Consi- 
derad el tamaño del insulto que vienen haciendo á la 
soberanía de nuestra patria, al navegar las aguas de un 
rio que corre por el territorio de nuestra República, sin 
más título que la fuerza con (pie se creen poderosos. ¡¡Pero 
se engañan esos miseral)les: a(ph no lo serán!!... ¿No es 
verdad, camaradas? ¡Vamos á probarlo!... ¡suena ya el 
('añ()n! Ya no hay i)az con la Francia ni con la Ingla- 
ft-na. ¡¡¡Mueran los enemigos!!!... Tremole en el río Pa- 
raná y en sus costas del pabell<)n a/ul y l)lanco, y mura- 
mos t(Kl<.)S antes que verlo bajar de donde flamea. 

Sea]esta vuestra resoliici<'m, á ejemplo del heroico y gran 
l»oi-t('no, nuestro (picrido golx'rnador l)rigadier don Juan 
Manuel de Rozas, y para llenarla contad con ver en donde 
sea mayor el peligro á vuestro jefe y compatriota el 
general 

Lrcio Mansilla. 

¡Viva la luitrla— ¡Viva la indopendoniMa!— ¡Viva su lioroico ilofensor «lou .Juan Manuel 
iW Hozas!— ¡Mut;rau los salvajes unitarios y sus viles aliados los aii<?lofran- 
cescsl 



— t:58 — 

¡Viva la Confederación Arcrcntina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Del coiiiandante on jefe accidental del Estación de Cateura, noviembre 22 de 

departamento del norte do la jiro- 1845. Año 3C de la libertad, 30 de la 

viiieia de Bnuims Aires. inde])endencia y 16 de la Confedi'- 

ración Ar^fentina. 

Al comandante nnliíardel Rosario en la provincia de Santa Fe. sargento 
mayor don Agustín Fernández. 

El día 20 del corriente nuestras armas se han colmado 
de gloria, sosteniendo por ocho horas consecutivas el fuego 
de ciento cincuenta bocas de cañón de los infames anglo- 
franceses con sólo 20 cañones de menos calibre, estas bate- 
rías de la Vuelta de Obligado. Apagados nuestros fuegos, 
concluidas nuestras municiones, disputábamos el punto 
con la infantería cuando un golpe de metralla sobre el esti')- 
mago me d^.jó privado de acción y de voz. Esta circuns- 
tancia me ha privado todavía y aun me impide de con- 
traerme á todas las atenciones indispensables: pero á 
pesar de que la excesiva ventaja de los cañones de los 
inicuos extranjeros hayan conseguido desmontar y despe- 
dazar las baterías de Obligado, no por eso osarán á invadir 
en tierra. Las caballerías cubren los alrededores de aquel 
punto, y no ocupan nuestros cobardes agresores más terre- 
no que el que alcanza su metralla. 

Tengo unidos mil hombres en el campo del Tonelero: 
con éstos y con las fuerzas que los observan seguiré sus 
movimientos siempre á la mira de ellos, dando aviso de lo 
que ocurra, hasta reunirme con las fuerzas de esa benemé- 
rita provincia i)ara impeilirque pisen el suelo que tan atroz- 
mente han ofendido. 

El mal estado de mi salud me impide dirigirme por 
ahora al Excmo. señor gobernador de esa provincia, briga- 
dier don Pascual Echagüe, á quien se servirá V. trasmitir 
esto mismo. 

Dios guarde á Y. muchos años. 

Ia'Cio Maxsilla. 
Es copia del original. 

Araxa. 



4:59 



¡Viv;i la Confoileraeion Ai'jfciitiua! 
¡Mueran "los salvajes unitarios! 



Señor coronel don Hilario Lagos. 

F.staneia de Gómez, noviembre v?7 de 1^45. 

Querido amigo: 

Estos reiiglúiies no llevan otro objeto que comunicar á 
V. el desagradaljle y fatal encuentro que tuvimos el día 20 
<l(d presente con las escuadras angiofrancesas, en el pirntu 
de Obligado, á las 10 de la mañana. Rompieron los infames 
«US fuegos sobre nuestras baterías las cuales contestaron 
con todo el ánimo federal, yduni un fuego duro y mortífero 
hasta las 4 de la tarde, á cuya hora cesaron los fuegos délas 
baterías «Restaurador'), «fleneral Browu» y «General Mansi- 
Ua» i^or su falta de municiones y mal estado de las piezas: 
sosteniendo todavía á la batería «Manuelita» que tuve el 
iionor de mandar hasta las 6 de la tarde á cuya hora me 
vi ol)ligado de abandonar por falta de municiones. Como 
cuatro horas batieron los enemigos nuestras baterías á tiro 
de pistola con 125 piezas de calibre de 24 hasta de 80. Las 
escuadras se componían de 12 buques, tres vapores, dos 
corbetas, cinco bergantines y dos bergantines-goletas, con- 
tra nuestras baterías que se componían de lo siguiente: la 
derecha, «Restaurador», 6 piezas; centro, «General Brown» y 
«Mansilla», 8 ¡liezas; izquierda, «Manuelita», 7 piezas y dos de 
tren volante. Nuestras pérdidas han sido considerables y las 
de los enemigos han sido mucho más porque hasta la fecha 
están en comi)Ostura y todavía no i)ueden moverse; pero 
tal vez denti'o de poco días los ha de tener por a(piellos 
ílestinos á estos malvados. 

Es cuanto tengo que decirle á V. sobre el particular 
^leseando (jue V. y su muy estimada familia se halle buena, 
disfrutando de salud. Dígnese dar mis sinceros recuerdos 
á su señora esposa y faiuiliü y al señor don Antonio 
Crespo. \" \'. á medida de sus (héseos dis]ionga d(d aléelo 
4le su iiivaiial)le amigo Q. \). S. M. 

.Ir.\N r>. 'l"iioi!N-i:. 



— 4iO — 



CERTIFICADO 



Certifico que el siguiente documento es coi)ia fiel y exacta 
<le su original que se halla protocolizado en este Consulado 
General á folios 183 á 135 inclusive, donde sigue inmediata- 
mente de una declaración hecha por la señora Teresa Rou- 
sean y la señorita Rousean. 

« Habiéndose recibido hoy dia 2(5 de octul)re de 1883 por 
« mí, Alberto A. de Guerrico, cónsul general de la República 
« Argentina en Inglaterra, Irlanda y sus colonias, el siguiente 
« documento, y para que conste, lo inserto en este protocolo 
<■( siendo copia fiel y exacta de su original que queda en el 
« archivo de este Consulado General.» 

En la batalla de Obligado en el Paraná, el 20 de noviembre 
de 1845, un oficial que mandaba la batería principal, causó 
la admiración de los oficiales ingleses que nos hallábamos 
más cerca de él por la manera con que animaba á sus hom- 
l»res y los mantenía en su puesto al pie de los cañones 
durante un fuerte fuego cruzado bajo el cual esa batería 
estaba más especialmente expuesta. 

Por más de seis horas se paseó por el parapeto de la ba- 
tería exponiendo su cuerpo entero sin otra interrupción que 
cuando de tiempo en tiempo ponía él mismo la puntería de 
un cañón. 

Por prisioneros heridos de su regimiento, sujDimos después 
que era el coronel Rodríguez, del Regimiento de Patricios de 
Rueños Aires. Cuando todos los artilleros fueron muertos ó 
heridos liizo maniol)rar los cañones con soldados de su regi- 
miento de infantei^a hasta que el combate estuvo casi 
terminado, perdiendo 500 muertos y heridos, de 800 que lo 
componían. 

Cuando los marineros y soldados ingleses desembarca- 
i'on á la tarde y tomaron esa batería, él con los restos de su 
regimiento solamente, y sin otro concurso de las fuerzas 
defensoras, mantuvo su posición en retaguardia á pesar del 
hierte fuego cruzado de todos los buques i)or entre los 
l)osques que se hallaban detrás de la Ijatería y fué el última 
en retirarse. 



— 441 — 

La bandera de la batería que había defendido tan noble- 
mente fué arriada por uno de los lioml)res de mi mando y 
me fué dada por el oficial inglés de mayor rango, capitán 
Hotham. Al ser arriada la bandera cayó sobre algunos de 
los cuerpos de los caídos y fué manchada con su sangre. 
He visto últimamente que la bandera de un regimiento in- 
glés que se hallaba en poder de una familia argentina desde 
la guerra de 1807, había sido restituida al regimiento por esa 
familia. 

Deseoso de seguir ese ejemplo, quiero restituir al coronel 
liodríguez si vive, ó sino al Regimiento de Patricios de Bue- 
nos Aires si aun existe, la bandera liajo la caal y en la noble 
defensa de su patria, cayeron tantos de los que en aquella 
época lo componían. 

Si el coronel Rodríguez ha inuerto y si el regimiento no 
existe ya, yoioediría á cualquiera de los miembros sobrevi- 
vientes de su familia que la acepten en recuerdo suyo y de 
la muy brava conducta de él, de sus oficiales y de sus solda- 
dos en Obligado. 

Los que nos habíamos batido contra él y haljíamos pre- 
senciado SU' abnegación y bravura, tuvimos grande y sincero 
placer al saber después que liabía salido ileso hasta e\ fm de 
la acción. 

H. .1. SuLrvAX 

Aliiiirniito. 
ACIA DKL líKCIRO 

(,'ertificoque el día 2(1 do octubre do 1888, en las oficinas de 
este Consulado General de la líepública Argentina, se reci- 
lii«')la bandera á que hace referencia la nota que precede, 
enviada i»or Sii- [5. .1. Siihivan. ahiiiíaiite de la Escuadra de 
S. M. H. y que dicha l)anderafué nuevamente empaquetada 
jvir'a sei' conducida á Ilucni^s Aires (])or el infrasci'ipto) en 
l)i'('sencia del señor cancillcí' il(;> este Consulado General y 
de los señores doctor don Fernando López de Lara y don 
Homán Salcedo, que firman al pie, en fe de lo cual así lo 
liiiuo y sello en Londres fecha ut supra. — Aijíhiíto A. dk 



— 44-2 — 

GrERHiro. Cónsul oeneral en "Inglaterra. — w. Wills, (.-anciller 
— Fernando L. de Lara — Bomún Salcedo. 

Es traduceií'm fiel de su original, que queda archivado en 
este Consulado (T.enüVi\\.— Francisco W. TííV/s, canciller. 

I-.on(lrcs, Novii'iiibre ."> df 1S!83. 

Señor don Juan A. Tliorne. 
]\Ii estimado señor: 

En contestación á su muy ajjreciable del 'iO del presente 
mes, en la que me pide que como combatiente y testigo 
ocular en el memorable combate de Obligado le certifique 
á la vez que le adelante algunos antecedentes sobre la con- 
ducta (|ue observó su tinado padre el coronel Tliorne, 
durante la acción, como también si fué el coronel Ramón 
Rodríguez jefe de algunas de las baterías que se formaron 
jjara i'esistir al ¡joderoso enemigo (jue nos asaltó; le diré 
á usted: 

Que el coronel Tiiorne, fué ocupado por el general Man- 
silla en la construcción y dirección de las fortificaciones, 
como también se le dio el mando ile la l)atería «Manuelita». 
de donde se retiró después cjue las demás baterías hallan 
quemado su último cartucho. 

Diré á usted además: la brava y serena conducta de su 
padre mereció del general en jefe y de todos sus compa- 
ñeros, la aprobación y el aplauso, por el hecho de que él no 
abandonó el merlón de su batería, y si lo hacía, era cuando 
veía que sus artilleros no daban en completo y ceilero 
blanco. 

Cónstame también que se le intimó por dos veces la orden 
de que suspendiera el fuego y se retirara de la batería, pero 
él contestó: i<.que sus cañones le imponían hacer fuego hasta vencer ó 
worw-»; mereciendo por este desacato el que fuera arrestado 
en el convento de San Lorenzo adonde fué trasportado 
herido y sordo. Allí mismo el general Mansilla fué á visi- 
tarlo y felicitarlo por su conducta, dejando al retirarse la 
orden de que quedaba levantado su arresto. 



— 44a — 

En lo que se refiere al coronel Pi anión Rodríguez, le diré 
que este jefe no tuvo otro rol diu\ante el coml)ate que per- 
manecer á la entrada del monte, de donde salió, cuando ya 
no había defensores en las baterías y el enemigo desembarcó 
dándoles la más franca y soberbia carga á la bayoneta, al 
frente de su batallón Milicianos de Buenos Aires. 

Deseando que le satisfaga esta exposición verídica, lo 
saluda muv atentamente S. S.S. 



Víctor J. Kia'/.xlde. 



Buenos Aires, abril 21 dv is'.U. 
S/C. Laprida ISjÍ. 



¡Viva lii CoiifedLiMfión Ai'KOiitiiia! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Hilario Lagos. 

í^anta Fe, noviemhrc í¿4 <le 1845. 

lastimado amigo y compañero: 
Dispénseme sea tan lacónico: sale el portador. Con el 
mayor gusto recibí su apreciable del 21: contento estoy con 
verlo conforme. Ya sabrá V. <pie después de un vivo fuego 
<li' los infames extranjeros mediadores con nuestras bate- 
rías, lograron pasar el 20. El señor general Mansilla está 
herido y el coronel Cortina es el que manda: los piratas 
han sufrido descalabros; después seré más extenso; al 
señor goI)ernador le escribo, y le incluyo una carta do 
nuestro amigo lieyes, para que después de leída se la 
entregue á \'. >■ después me la devuelva. Le incluyo las 
noticias de iJiievKJS .Vires con más conocimientos y con 
ti(!m[)(j para ello le escribiré todo. Á nuestro amigo ]^)aso. 
que tenga esta por suya, que me dis|)ense en esta ocasií'ni 
de contestarle: á su señora ('. 1'. i!, mis civilidades, cariño 
á nuestro lindo a\iidante. .V jjosa. miestr»» buen amigo 
una visita á mi umihIuv. I )ispense la prisa y letra. 
Sin limites de WalTmn. amigo y compatriota 
(,). I!. S. M. 

.loSK .lo.VylÍN .VlíANA. 



444 — 

Pelota^:, lebrero 12 de 184G. 



Señor don Esteban Echeverría, 



Mi querido Esteban: 

Hace algún tiempo que me propuse explorar y aun úni- 
íormar la opinión de la emigración argentina en ésta, para 
conseguir la publicación de un periódico (pie no sea la 
expresión de un partido viejo y exclusivo, como lo son hoy 
los que se publican en esa: y cuando esto no sea posible, 
hacerlo en artículos insertos en los mismos periódicos. 

Las cuestiones que hoy se agitan á cañonazos en el 
Plata envuelven nuestros mayores intereses de localidad, é 
infieren grandes ofensas á nuestra nacionalidad, para <lejar- 
las pasar como justas y decorosas por nuestros escri- 
tores. 

La intervención, sosteniendo sólo la independencia del 
Estado Oriental, salta del Uruguay al Paraná y vá á asesi- 
nar calculadamente argentinos en la Vuelta de Obligado. 
La prensa todo lo alaba: nada ve el partido unitario en esta 
lucha que sea contrario á su nacionalidad, á sus intereses: 
no sale del eterno tema «muera Rozas», y de la menguada 
alal)anza de todo cuanto emana de la intervención: y no 
admite ni la discusión de los hechos, cuando aun estamos 
ignorando qué puntos de contacto hay entre la indepen- 
deuíña del Estado Oriental y la Vuelta de Obligado. 

Para la prensa de Montevideo, la Francia y la higla- 
terra tienen todos los derechos, toda la justicia! aun más: 
pueden dar una puñalada de atrás, un tajo de pillo, arreba- 
tar una escuadra, (¡uemar buques mercantes, entrar en 
los ríos, asesinar á cañonazos, destruir nuestro cabotaje: 
torio eso y mucho más que aun falta, es pei*mitido á l(^s 
civilizadores. 

Para esta prensa el francés maquinista que cae atra- 
vesado por una bala, es digno de su compasión y duelo: 
lo llama desgraciado; y ve rodar 400 cabezas argentinas, 
y no derrama una lágrima, no muestra el menor senti- 
miento por su propia sangre: no hay un pensamiento de 



— 445 — 

nacioDalidad, una palaV»ra de dolor sobre la tumba de 4U0 
hermanos. 

La prensa de Montevideo es completamente francoin- 
glesa, y el pueblo argentino quiere y siente la necesidad 
de una que sea suya, teniendo elementos americanos que 
bastan ellos solos, sin mezcla extranjera, para triunfar de 
Ruzas: pero al poder material que avance contra él debe 
asociarse el poder moral, porque esa empresa no es sólo 
del sable: éste, sólo ha conseguido la mitad del triunfo, y 
más de una vez ha sido nuestra ruina el empleo de un 
solo medio. Queremos, pues, un escritor que llene este 
deber, que ilustre las masas sobre todo punto político: que 
ílispuesto siempre á decir la verdad, no se reduzca á elo- 
giarlo toda. Un escritor que eche sobre su alma grave 
responsabilitlad de ser el órgano íiel de la exigencia del 
pueblo argentino, y colocado en la altura de su misión, 
desnudo de las iníluencias de un i»artido ciego. Que no 
ileprima á Rozas sin motivo, ni alabe á Paz sin merecerlo: 
que esté constantemente en la libertad de decir lo justo 
y lo bueno, y armado de la palabra de Dios enseñe al 
pueblo cuál es su dignidad y conveniencia: que tienda en 
fin á uniformar la opinión sobre los puntos en que debe 
haber completo acuerdo para remover obstáculos al nuevo 
orden. 

Este escritor, esta cabeza, este hombre, eres tú, Esteban. 
Yo he trabajado aquí para darte á nombre de todos tus com- 
patriotas este encargo: y lo he conseguido sin más esfuerzo 
(pie la sola indicación de tu nombre. Dime, pues, si lo acep- 
tas, y si puedes consagrarte á este fin. 

Después de la venida de Gurmendez he tenido un doble 
motivo para esto. Saldemos por él (|ue vives tristemente, y 
<pieremos i)agarte h) (pie nos pidas. Levantaré como ya 
lo he inihcado una suscripción para compensar tus tra- 
bajos. 

Aquí no hay entre nosotros quien sea capaz de dar el 
programa de los principios que debe desarrollar nuestra 
prensa; lo dejamos á tu conciencia, y yo muy particular- 



— i Mi — 

mente, que quiero verlo ya en mis 'manos para mostrarles 
que hemos acertado en la elecciíJn. 

Esta carta la repetiré hasta obtenerla contestación. De 
José María recibí una carta el mes pasado: está Ijueno y con- 
tento: no me habla de sus negocios y se reduce á darme 
noticias que yo ie he pedido de José Matías. 

Te desea salud tu amigo 

Manuel Eouía. 

San Lorenzo, abi'il 1.5 de lí<i4(>. 

Excmo. señor: 

Don Martiniano Chilavert, de nacionalidad argentino, co- 
ronel de artillería de la República, ante V. E. con el mayor 
respeto expone: que ha servido nueve años á la República 
sin que ni los más amargos sinsabores, ni las más atroces 
calumnias, ni injustas proscripciones hayan disminuido su 
ardiente celo, y su constante adhesión á la causa que sos- 
tenía, porque consideraba en ella envuelta la dicha de su 
patria: objeto de todos sus conatos y el más enérgico senti- 
miento de su corazón. Mas ahora, E. S., esa misma querida 
patria á quien sirvo desde la edad de quince años, se ve 
hostilizada por dos formidables potencias y, á su juicio, 
amenazada en sus más altos intereses, en su dignidad, en 
su gloria y en su futura prosperidad. Estas razones, y ser 
opuesto á sus principios coml^atir contra su país unido á 
fuerzas extranjeras, sea cual sea la naturaleza del gobierno 
que lo rige, lo han decidido á retirarse á la vida privada, á 
cuyo efecto á V. E. suplica se digne concederle su absoluta 

separación del servicio. 

Martixiaxo Chilavert. 

Excmo. señor Presidente de la RepúbJica Oriental del Uruguay. 

San Lorenzo (Río (irande del Sur), mayo 11 de 1846. 

Mi general: En otras ocasiones V. E. se dignó ofrecerme 
todas las garantías necesarias para volver á mi país. Sobre 



— 447 — 

si debía ó no admitir esta oferta, apelo al fallo de Y. E. 
A brazado había un partido á quien el infortunio oprimía: 
f(jr/oso era serle consecuente y leal; pero esta consecuencia 
y esta lealtad no podían ser indefinidas. 

En todas las posiciones en que el destino me ha colocado, 
el amor á mi país ha sido siempre el sentimiento más enér- 
,U"ico de mi corazón. Su honor y su dignidad me merecen 
un religioso respeto. Considero el más espantoso crimen 
llevar contra él las armas del extranjero. Vergüenza y 
oprobio recogerá el que así proceda; y en su conciencia lle- 
vará eternamente un acusador implacable que sin cesar le 
repetirá: traidor! traidor! traidor! 

Conducido por estas convicciones, me reputé desligado 
del partido á quien servía, tan luego como la intervención 
binaria de la Inglaterra y de la Erancia se reaUzó en los ne- 
gocios del Plata; y decidí retirarme á la vida privada, á cuyo 
efecto pedí al gobierno de Montevideo mi absoluta separación 
del servicio, como se impondrá V. E. por la copia de la soli- 
citud que tengo el honor de acompañar. Esta era mi 
intención cuando llegaron á mis manos en el retiro en que 
me hallo, algunos periódicos que me impusieron de las 
idtrajantes condiciones á que pretenden sujetar á mi país 
los poderes interventores; del modo inicuo como se había 
tomado su escuadra, hecho rligno de registrarse en los 
anales de Borgia. \4 también propagadas doctrinas que 
tienden á convertir el interés mercantil de la Inglaterra 
en un centro de atracción, al que deben subordinarse los 
más caros de mi jjaís. y al que deben sacritícar su honor 
y su porvenir. La disolución misma do su nacionalidad 
se establece como principio. 

]^]1 cañiuide Obligado (-(jutestí) á tan insolentes provoca- 
ciones. Su estruendo resonó en mi coraz<')n. Desde ese 
instante un S(31o deseo me anima: el de servir á mi patria 
en esta lucha de justicia y de gloria para ella. 

Tíjdos ios recuerdos gloriosos de nuestra imnorlal revolu- 
(.•i(jn en (pu; fui formado, se agolpan. Sus cánticos sagrados 
vibran en mi oído. Si, es mi patria grande y majestuosa, 



— 448 — 

dominando al Aconcagua y Pichincha, anunciándose al 
mundo por esta sublime verdad: existo por mi proi)ia 
fuerza. 

Irritada ahora i)or injustas ofensas, pero generosa, acre- 
dita que podrá quizás ser vencida, pero que dejará por 
trofeos una tumba ílotando en un océano de sangre, alum- 
brada por las llamas de sus lares incendiados. 

La felicito por su heroica resolución, y oro por la conser- 
vación del gobierno que tan dignamente la representa, y 
para que lo colme del espíritu de sabiduría. 

Al ofrecer al gobierno de mi i)aís mis débiles servicios 
por la benévola mediación de V. E., nada me reservo. 

Lo único que pido es que se me conceda el más completo 
y silencioso olvido sobre lo pasado. No porque encuentre 
en mi conducta algo que me pueda reprochar. ¿Podrá un 
hombre dei)rimir al partido á quien sirvió con el .mayor 
celo y ardor sin deprimirse á sí mismo? 

En el templo de Delfos se leía la siguiente inscripción: 
«ciue nadie se aproxime aquí si no trae las manos puras». 
Mí única ambición es la de presentarme siempre digno de 
pertenecer á mi esclarecida patria, y del aprecio de los 
hombres de bien. 

Ruego á V. E. se digne elevar al conocimiento del supe- 
rior gobierno de la Confederación Argentina mis ardientes 
deseos de servirlo en la lucha santa en que se halla empe- 
ñado; y mis sinceros votos por su dicha, seguro de que 
nunca tenth^á Y. E. de qué arrepentirse de haber dado este 

paso. 

Martin iano ('hila veut. 

Excmo. señor general don Manuel Oribe. 

¡Vivan los defensores de las leyes! 

Diciembre 19 de 1846. 
Señor don Martiniano Chilavert. 

Mi muy estimado amigo: después de la exposición que 
ha hecho V. y que he recibido, creo que no debe ¡jermanecer 



— 449 — 

en ese punto con seguridad: véngase Y. pues al Cerro Largo 
adonde he dirigido ya misórdeaes para que sea V. recil)ido 
y servido en lo que desee. 

Ese paso tan elevado, tan noble, tan americano, que ha 
dado V., lo ha colocado en una posición brillante para el 
porvenir. No habrá un americano digno de este nombre, 
que no lea con placer aquel documento y que no haga el 
justo elogio de su ñrmeza. energía y patriotismo. 

Yo seré uno de los primeros, couio lo soy, en asegurar ú V. 
que he de probarle la amistad con (jue tengo el gusto de ser 
su afectísimo amigo Q. ]>. S. M. 

Mantf.i, ( )ribe. 

('0MrLE.\IE\Tn AL CAPlTlLo LUÍ 

I Viva la Coiil'uderacióu Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señcr coronel don Hilario Lagos. 

Cuartel general, Concordia, noviembre 26 de 1845. 

Mi estimado coronel y amigo: — Por el correo de esa capi- 
tal que llegó á la una de la tarde, he tenido la satisfacción 
de recibir su muy apreciable carta datada el 15 del pre- 
sente con los adjuntos periódicos, cuya remisión he agra- 
decido tanto, cuanto que de la Gaceta eran los números 
que no he conseguido aún de Buenos Aires, por la obs- 
trucción de nuestros ríos de breve comunicación con 
aquella plaza, por las fuerzas coaligadas salvaje-anglo- 
francesas, que usted tuvo presente para hacerme su envío. 

Como el Excmo. señor general Urquiza está en marcha 
para esta provincia, y dentro de dos ó tres días debo es- 
ci'ilñrle, voy á hacerle inclusión (original de la carta de 
usted al hablarle del mal estado del vestuario de esa 
Iteiiemérita división para que él adelante alguna insinua- 
r\t'm al Kxcino. señor Restaurador. 

Por la nota oficial que con esta fecha le dirijo, verá 
usted llegado el tiempo de ponernos en movimiento. La 
orden de marcha que ella contiene só\n debe esperar el 



— 450 — 

beneplácito y coníirmación del Excmo. señor gobernador 
provisorio, para efectuarla con las divisiones que el mis- 
mo señor le determine. 

Cuando haya usted llegado á este lado del río Guale- 
guay con las divisiones de su mando, podrá tomar des- 
pacio noticia y conocimiento del comandante de Villaguay 
don Eduardo Domínguez, ó el coronel don Crispin Velásquez, 
para hacer la elección de un lugar adecuado para el cam- 
l^amento de toda su fuerza, que encontrará usted muy her- 
mosos sobre la costa del Villaguay ó la del mismo Gualeguay. 

Ayer ha sufrido un pequeño contraste el señor coronel 
Lavalleja, que fué atacado en el mismo punto donde 
conservaba el convoy de las familias é intereses del Salto, 
siete leguas afuera de este pueblo, por 80 infantes piratas 
y otros tantos salvajes de caballería que salieron anteayer 
á las 6 de la tarde. Éstos consiguieron dispersarle la fuerza 
y tomarle el convoy, pero sin que hubiese ninguna ¡pér- 
dida de consideración de su fuerza. Este suceso es de tan 
poca importancia, que todo quedará reparado á la llegada 
del Excmo. señor general Urquiza por estas alturas. Pero 
no lo es así en- cuanto á los efectos morales que produce 
en el corazón americano contra los únicos autores de 
nuestras desgracias, los alevosos agentes de las dos Dantas 
de Europa, que han alimentada al agonizante bando de 
salvajes unitarios para prolongar nuestra presente guerra. 
Pero ellos y éstos van pronto á palpar los efectos de nuestra 
justa irritación, y el terrible desengaño de su impotencia 
para uncir estos pueblos al yugo de la servidumbre que 
pretenden imponernos. 

Soy con los mejores sentimientos su ñno amigo y general 

Eugenio Garzón. 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Hilario Lagos. 

Campamento en el Saladillo, mayo 11 de 1846. 

Mi distinguido compatriota y buen amigo: 
Tengo el mayor placer en remitirle esas importantes 



- 451 — 

gacetas que acaban de llegar á mis manos, y cuya lec- 
tura es importante aun en los mismos asuntos de Co- 
rrientes. 

En esta ñora que estoy escribiendo se están oyendo 
los cañonazos en el Quebracho: no sé si serán dos vapo- 
res que pasaron por este punto ayer, aguas arriba, ó la 
escuadra de los bárbaros piratas anglofranceses que están 
efectuando su pasaje. 

Que usted y su amable esposa se conserven con una 
buena salud, son los deseos de este su siempre amigo 
Q. B. S. M. 

Vicente González. 

¡Viva la ConfeJeraiíión Argentina! 
¡afueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Vicente González. 

Catamarca, mayo Ki de 1S4C). 

Mi distinguido compatriota y lino amigo; 

Con íntimo placer respondo á su favorecida de 20 del 
ppdo. que recibí ayer; agradezco como corresponde la 
tineza con que V. se maniíiesta en la remisión oportuna 
de documentos que contienen noticias importantes á nues- 
tra causa, como son las cartas en copia del general Mansilla 
y gobernador de Entre Ríos, y varios números de la Gaceta 
de marzo y abril. 

La reconquista del pailebot hecha para la valiente di- 
visión que manda el ilustre general Mansilla, es una acción 
brillante, y que lia precedido á las muchas igualmente 
gloriosas que esperamos obtenga en lo sucesivo, mediante 
el favor que el cielo jamás negó á los fieles defensores 
de la Confederación Argentina. 

La carta del señor Crespo y los periódicos contienen 
también sucesos favorables, cuyo conocimiento me lisonjea 
mucho. 

El 1°. del corriente dató en Belén el coronel Balboa 
una comunicación en que me avisa que había tenido 



— 45^> — 

partes uniformes de los comandantes de Tinogasta, di- 
ciéndole que los salvajes unitarios asilados en Chile pro- 
yectaban en Copiapó, donde se habían reunido á invadh- 
esta provincia y la de La Rioja por las vías de Tiambala 
y Binchina. Consecuente á esta noticia comuniqué las 
órdenes que consideré convenientes, á los jefes militares, 
y me preparaba jjara hacer oposición á una débil y mi- 
serable vandálica agresión que se amenazaba; sin embargo 
de no haber podido dar crédito á semejante noticia. En 
este sentido las comuniqué á los Excmos. gobernadores de 
las provincias limítrofes. Con fecha 7, el mismo Balboa 
me dice que los expresados salvajes no han podido rea- 
lizar su criminal antiamericana empresa, y se han que- 
dado sin más que con sus nefastos deseos. El día mismo 
que he recibido este aviso he tenido noticia que en Tu- 
cinnán se preparaba una revolución contra el digno go- 
bernador que preside aquel país, y por un favor especial 
de la Divina Providencia, que no abandona á los buenos 
federales, obtuvo aviso oportunamente y felizmente cap- 
turó á los principales ejecutores de ese plan parricida, los 
que se conservan encarcelados hasta que salieron dos via- 
jeros que han llegado últimamente á esta ciudad. Es visto 
que los tenaces salvajes se están ya á ahogarse, y quieren 
dar las últimas manotadas. 

Con este motivo aprovecho la ocasión de ofrecer á V. 
las consideraciones de mi mejor aprecio, y repitiendo su 
afecto S. S. Q. B. S. M. 

Manuel Navarro. 

Es copia del original. 

(tONZÁLEZ. 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Al coronel don Vicente Gonxálex. 

(Quebracho, junio 4 ile 1846. 

Mi estimado amigo: 
Me es altamente grato comunicar á Y. el suceso de 



— 45^5 — 

hoy, pues él ha sido honroso á nuestras armas, y ha 
agregado un timhre más á las glorias de la Confederación. 

Los bárbaros alevosos anglofranceses y el convoy de 
piratas que hace días esperaban un viento favorable para 
pasar por nuestro frente, se presentaron hoy en este punto 
y empezó un reñido combate cerca de las 11, el cual ha 
durado hasta más de las dos de la tarde. 

La valiente división de mi mando ha sostenido con 
digno valor é inteligencia los fuegos desproporcionados 
del enemigo, haciéndole presentar el denuedo y bizarría 
d(> los verdaderos hijos de la patria. Los anglofranceses 
tan soberbios en los mares, se han cubierto hoy de igno- 
minia. No han conseguido ni la más ligera ventaja. Al- 
gunos de sus buques de guerra fueron tan maltratados 
por nuestra artillería, (pie se pusieron luego fuera de 
combate, y han arrojado al agua más de oO cadáveres. 

El convoy de piratas llevó su merecido. Estini aún 
ai-diendo á nuestra vista una barca, dos goletas y un paile- 
i)ot con todo su cargamento. En medio de la confusión 
producida por nuestros pequeños cañones, estos buques 
vararon en la costa de enfrente, y los protectores del comer- 
cio del Paraná, los que ha poco aseguraban á los salvajes 
unitarios de Montevideo, y á los ministros Ouseley y De- 
ffaudis que el Paraná ostal)a franco, no encontraron me- 
jor medio que incendiar los buques de sus protegidos por 
no arrostrar un rato más el fuego de nuestras piezas- 
Esa vez se han mostrado muy cobardes los fanfarrones 
Hotham y Trehouart. No t 'ndrán que hacer sin (bida 
tantas recomendaciones al almirantazgo. 

Preciso será q^ie ellos y sus mandatarios se porsuad;in 
que t'l pecho de hjs argentinos os una uuu'alla hivenri- 
l)le; cuando se trata de defemler su cara ind<q)endencia 
y sus sagrados derechos. 

Portan honrosa jornada, en la ([iie no lengo más i)ér- 
dida que la de un s<j1o homl)re y cuatro heridos, por l.i 
visible protección de la Divina Providencia y por los bie- 
nes <pie re])ortará á la C«jnfederación Argentina tan dig- 



- 454 — 

ñámente presidida por nuestro tan querido líozas, felicita 
á V. su amigo y confederal 

Lucio Mansilla. 

¡Viva la Confedoracióu Argoiitiiia! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Vicente González. 

Mendoza, julio i:í ele 1846. 

Mi muy c^uerido amigo y compatriota: 

Con la mayor complacencia he recibido sus apreciables 
de fecha 31 de mayo, 5, 16, 18 y 21 de junio últimos. 

Las importantes noticias que todas ellas contienen, me 
imponen el agradable deber de felicitar á usted con la más 
acendrada y sincera amistad, y en su benemérita persona 
á los valientes que lo acompañan á' sostener incólume los 
sagrados derechos de nuestra patria. Es visible la protec- 
ción con que la Divina Providencia favorece á los argenti- 
nos que oponen sus leales pechos á la arrogancia extranjera 
despreciando de ésta el poder de sus cañones. El brillante 
triunfo obtenido nuevamente por el denodado y hábil ge- 
neral Mansilla en las posiciones del Quebracho, sobre la 
escuadra anglofrancesa acabará por convencer á los que 
intentaran arrebatar nuestra querida libertad, que en la 
patria del gran Rozas no se les tolera tronos, no ha\' 
esclavos, sino fieles hijos que han resuelto mil veces morir 
antes que someterse al fatal yugo europeo. 

Cuando llegue al viejo mundo la noticia de los últi- 
mos sucesos en las aguas del Paraná donde el cañón de 
la Inglaterra y la Francia no ha podido contrarrestar á la 
resolución heroica de un número harto diminuto de argen- 
tinos, ocasionará sin duda una revolución general de ideas 
que vendrán por fin á hacer cambiar la política i:)erversa 
de aquellas dos grandes naciones que se precian de ser 
ilustradas, que se precian de respetar los principios del 
derecho de gentes que invocaron para ocultar sus pér- 
fidas maquinaciones. 



— 455 — 

Ciertamente que la invitación de su pariente y nuestro 
€omún amigo el ilustre general Urquiza, para ejercer un 
acto de religión dando debidas gracias al Señor Eterno que 
coronará ijronto los esfuerzos de aquel héroe argentino, 
invocando al mismo tiempo por todas las clases de este 
pueblo á nuestra madre y señora la Pura y Limpia Con- 
cepción de María Santísima, es un acto al que yo me 
presto desde ahora con el más íntimo placer, en la firme 
persuasión de que los frágiles trabajos del hombre nada valen 
si ellos no son dirigidos por aquella que vela incesante- 
mente sobre nuestros pasos, que ilumina al jefe supremo 
de la Nación, y que le da resistencia para sobrellevar el 
peso de sus inmensas tareas administrativas. 

Mientras tanto, deseándole á usted la mejor salud y 
felicidad me repito de usted su mejor amigo y afectísi- 
mo servidor Q. B. S. M. 

Pedro P. Seííí'iía. 

Señor don Fructuoso Rivera. 

Montevideo, (liciembrc 10 do 1845. 

Respetable señor y amigo: 

Por segunda vez quiero dedicarle unas líneas, sin es- 
perar su contestación. 

Como verá usted por los diarios que remito á mi padre, 
esto es ini embolismo, ó mejor dicho, una embrolla. 

Antes dije á usted que convenía su jironto arribo, y 
aunque hoy no me hallo dispuesto á retractarme, ni hay 
nada que me haga mudar de opinión, conozco sin em- 
Ijargo, que ha valido su demora para hacer comprender 
á los malos, cuan necesario es poner en juego la influen- 
cia lie treinta y cinco años para derril)ar las que quie- 
ren levantarse hoy por suplantai'la. y que por su muñen» 
no puí.'den pnxhicir í)tra cosa <iue anarquía. Cada (üa que 
pasa da más importancia á su persona, y estoy persua- 
dido (iiie no se lia ocultado á su penetración; pero no lo 
mandarán llamai' porque así conviene á los que no cuidan 



— 456 — 

de otros intereses que los personales: es de temer, sin 
embargo, que los interventores se aperciban de nuestra 
desunión y jDoca capacidad, y tenga mal resultado lo 
(jae lia empezado tan cristianamente, pues ya uno de 
ellos nos compara con un muchacho que no ha llegado 
H la mayor edad y quiere emanciparse sin tener la expe- 
riencia suíiciente. 

Este modo de ajuiciarnos, trasmitido á sus cortes, 
])uede influir en nuestro perjuicio en los consejos de las 
testas coronadas. 

Entre las cosas feas que se han hecho estos días, hay 
un hecho que ha llenado de indignación á todos los 
amantes de la libertad y ¡Drogreso de la patria: Á conse- 
cuencia de un artículo publicado el 3 del que corre, con 
la efijie de ato verdad», fué llamado y reprendido severa- 
mente el señor Demaría por el ministro de la guerra, y 
recibió una orden escrita para no volver en su vida á 
recibir en sus columnas escritos de aquella naturaleza. 
Acto continuo recibió en su casa un recado en que se le 
ofrecía fusilar si no media sus palabras cuando escribiese 
l>ara la prensa. 

Sin más, reciba finos afectos de Mariquita y la más cor- 
dial amistad con que retribuyo la que tuvo á bien conceder 
á su affmo. y S. S. 
Q. S. :\I. B. 

V. Maííarixos. 

Señar don Fructuoso Rivera. 

Montevideo. ¿2 de noviembre de 1845. 

Compadre y señor: 

Desde que llegué he tenido ardientes deseos de escri- 
birle, pero mis muchas ocupaciones para arreglarme, 
y más que todo, el poco conocimiento de los sucesos, me 
impedían que lo hiciese de modo á satisfacerlo. 

Esto es un caos, y aunque el país está completamente 
sustraído de las garras de Oribe y su amo, no es posible 



— 457 — 

dejarse de lamentar tantas y tan immundas miserias, que 
nos ponen en un punto de vista ridículo para con los 
hombres que han abrazado nuestra causa, que está 
fraccionada hoy en varios círculos que sólo se ocupan 
de personalidades, en los que figuran, en jefe, hombres 
que no debían por ningún título ocupar un puesto en la 
escena política, pues ni tienen honor ni patriotismo. 

Cuanto pueda decirle sobre este punto no será otra 
cosa que una repetición de lo que todos sus amigos, estoy 
cierto, le han expuesto: añadiré solamente que todas las 
políticas del mundo y en todas las formas de gobierno 
es indispensable un antemural en que se estrellen las as- 
piraciones de cabezas desorganiza* las que, so pretexto de 
la felicidad <lel país, quieren engrandecerse: en este, ese 
antemural es don F. Rivera. 

Ordeñana fué en misión al Paraguay y se le habilitó 
como á un personaje de distinción, en tanto que una 
letra de don Francisco Magariños, de 200 patacones, fué 
desatendida. . . ¡Qué muestra para los paraguayos! 

Los partes de Corrientes titulan al general Paz de 
director de la guerra, y 1(js peri(')di('os de esta capital lo 
reproducen. 

Vásquez no quiere reponer á don José ^Nlaría ^Magari- 
fios en la capitanía del puerto porípie no conviene á sus 
miras ulteriores. 

Vásquez ha consentido que un hijo de don Francisco 
Magariños fuese agarrado y conducido á la línea, donde 
seducido, juií) bandera y se le puso en un cuerpo de 
Hnea contra la vohmtad de su padi'e (jue tiene tantos 
títulos á ser complacido. 

Vásquez forma parte de la sociedad couqiradora de la 
cuarta parte de los derechos de aduana del año 4(S; á los 
<|ue el gobierno promete un i»renño de diez mil duros si 
las entradas de dicho año pasan de dos millones... y no 
solamente consiente en negociaci('»ii tan leonina, sino (pK^ 
i-ompone parte de esa asociación de sanguijuelas. 

V;'is<]uez pasíj un proyecto al Senado para mandaí' al 



— 458 — 

general Rivera al Paraguay con carácter diplomático, 
proyecto pendiente aun por no estar en la forma regular: 
misión que tiene por objeto, á no caber la menor duda, 
alejar al general de la capital, persuadido el menguado 
caduco que deslumbrará á éste con el dorado barniz de 
ministro plenipotenciario. 

Comentar todo lo que ha pasado en el asunto de Flores, 
8ayago, etcétera, y las miserias que circundan al gobierno, 
sería poner en transparencia los absurdos más crasos, las 
vergüenzas más inauditas. 

Mi plan de conducta es estar encerrado en mi casa 
donde sólo me ocupo de los asuntos de mi padre y de 
mis estudios tanto tiemi)o ha descuidados. 

Nada tengo que decirle sobre mi dedicación, la que 
una vez i)ronunciada nada la hace alterar. 

Su señora la veo con frecuencia y está muy buena: en 
estos momentos se encuentra con la comadre, ahijada y 
chiquitín lo mismo y siempre á su disposición. 

En todo cuanto juzgue útil jjuede ocuparme en la per- 
suasión de que seré muy feliz en ello, teniendo presente el 
aprecio que de usted hago, y que retribuyo con amistad 
sincera y profunda, la que ha tenido á bien dispensar 
á su compadre y afectísimo servidor Q. S. M. P>. 

Mateo (Magariños.) 

Ea:cmo. señor general don Fructuoso Rivera. 

Monteviileo, diciembre 19 de 1845. 

Mi respetable compadre y señor: 

La falta de noticias de esa corte nos tiene ansiosos, pues 
no quiere aparecer el paquete, que ya demora demasiado. 
Su llegada nos pondrá al corriente de lo que debemos 
esperar para obrar conforme corresponda. 

Los cambios ocurridos aquí no es otra cosa que una 
consecuencia forzosa del estado de incertidumbre que 
marcan estos hombres, sin plan en cabeza que dirija los 



— 459 — 

negocios de la guerra, á cuya influencia se subordina 
todo. Así hemos visto caducar todas las disi^osiciones 
gubernativas y suceder contrarjrdenes unas en pos de 
otras. No han encontrado en este desquicio, (que ellos 
mismos se han formado), ni hombres, ni sistema que los 
haya hecho marchar adelante; y al fin, Vásquez, proto- 
tipo de todos los incidentes ocurridos, ha tenido que ca- 
pitular con Pacheco para no venir abajo de la poltrona 
que dirige contra el torrente de la opinión general. Dejó 
el ministerio de gobierno para encargarlo á Muñoz que 
lo largó á los pocos días para esperarlo en Bejar que lo 
mantiene al paladar de Vásque^. Á Bauza le dieron un 
puntapié y transformaron á Muñoz en ministro de la 
guerra. Esta farsa, que no es otra cosa, no ha hecho 
sino cambiar los trajes porque todo sigue el mismo orden 
de desacierto y desunión. Suárez no deja de su devo- 
ci<')n á Vásquez, Muñoz se resiente de que se consulte á 
éste para todo, y ha tenido peloteras tan fuertes con el 
presidente, que la última le ha costado un vómito de san- 
gre que lo tiene cuatro días postrado en cama: por otra 
parte, su edad y achaques se resienten del bufete y no 
puede atarearse sin exponerse á accidentes como los que 
sufre en el momento. 

Mucho se ha hablado estos días de Y. E. con motivo 
de liaber solicitado Muñoz el que se mandasen fondos á 
Rio Janeiro para que no pereciese, supuesto que no podía 
venir; haciendo valer el que era oposición de parte de 
los ministros interventores, y que éstos esperaban ins- 
trucciones de su cortes que removerían el obstáculo en 
estos dos meses próximos. Esto es lo que se ha hecho 
valer; pero lo real y verdadero no es tal cosa, sino (pie 
el gobierno es el único que se o[)one, de un modo poco 
decoroso, porque arroja la i)iedra por mano ajena. 

Las precauciones (pie le he antici[)ado tome, no \u\n 
sido sino, porque, en el estado de incertidumbre en i\\ir 
aíjuí se marcha, no liabiendo estal)ilidad en las cosas, y 



— KiO — 

tan pronto poniendo eomo quitando ministro y comandante 
general, era bueno precaver todos los incidentes é in- 
convenientes y estar al verdadero estado de las cosas, 
para que su llegada tuviese el resultado que correspon- 
de. Épocas ha habido que su aparición liabría sido con- 
siderada como bienhechora aun de los mismos que lo temen 
hoy, por ejemplo, era á propósito. Muñoz y aun el mismo 
Pacheco lo apoyarían; [)ues no están bien sentadoS: tal 
verdad es esta, que el primero nada puede hacer con 
Suárez, y el segundo ha tenido que apoyarse en el mismo 
partido de V. E. para centralizar los jefes de la línea 
que estaban divididos, y el coronel Lavandera ha ocupado 
el puesto de jefe del E. M. G. una vez declarado el ejér- 
cito de la capital primer cuerpo del nacional. 

Ue cualquier modo, como el término de Suárez se acerca 
convendría sobremanera" la aparición de V. E. en estas 
circunstancias para promover el nombramiento del pre- 
sidente del Senado, que aunque todos designan á Pereira, 
éste es tenaz y quizá se malogre como la vez pasada. 
Si pues no se decide V. E. á venir á pesar de mis insti- 
gaciones, convendrá que escriba sobre esto, pues es pre- 
ciso que Suárez salga para febrero, y que, sino quiere 
entrar Pereira, entre cualquiera, pues será mejor que 
Suárez. Si perdemos esta coyuntura y sobre lo que yo 
temo mucho, pues Vásquez ha de buscar motivos para 
embrollar y que permanezca Suárez, entonces todo se 
})ierde. C(jn tiempo conviene preparar las cosas; lo mismo 
1(^ dije cuando la Comisión Permanente se ari^emangó, y á 
pesar de todo, no han hecho nada y todo lo que hoy intenten 
es fuera de lugar é intempestivo: se perderá tiempo y 
nada más. 

Lo sé que Francisco se viene como lo dice, para enero: 
V. E. no debe perder tan l)ueua coyuntura, sino es (pie 
se ha proporcionado otra, pues de ningún modo delje 
quedarse V. E. en esa corte, no estando el ministro de su 
nación, porque se expondría á ser el juguete de la poli- 



— 4()1 — 

tica infame que ha desplegado el ministro Llimpo de Abreu. 
Sobre esto, Y. E. lo conocerá mejor que yo. 

Como sé que mi señora comadre escribe, lo mismo 
Bustamante y otros amigos, é instruyen de todos los pe- 
riódicos, se impondrá V. E. de todo cuanto ocurre por 
ellos. Me resta sólo desearle la mejor salud y un feliz 
viaje para que nos lo traiga cuanto antes la Divina Pro- 
videncia, para que unido á sus buenos amigos levante la 
República triunfante como lo ha hecho tantas veces. 

Soy de V. E. compadre muy affmo. 
Q. B. S. M. 

Bernabé Maííakixos. 

Excmo. señor general don Friiduoso Rivera. 

MoiUuvidoí», noviembre S ilc 1S4.5. 

Mi estimado general y amigo: 

Luego que recibí la carta dé usted de 1". de noviembre, 
pasé á entregar al vicepresidente don Joaquín Suárez la 
que venía dirigida para él: la leyó tranquilo y con reserva. 
y luego se la pasó al ministro de gobierno que se hallaba 
presente. Luego que éste se informó de la resoluciíjn 
que usted comunicara, de venir á esta capital luego que 
usted tenga yjasaporte, manifestó completa y abierta opo- 
sición á su venida: dijo (pie primero se le secaría la 
mano antes que firmarla. 

Como su opinión es dominante en el ministerio adon- 
de no hay quien pueda decirle no. y donde el mismo 
Bejar se muestra ingrato y hostil á V. E., sus opiniones 
Ijrevalecen en todo y á su antojo dirige la política y la 
guerra, y la hacienda y todo. 

Sus opiniones piiblicamente manifestadas últimamente 
contra usted, no dan lugar á esperar nada por ahora. 
Sus relaciones son íntimas con los ministros extranjeros, 
y parece que no hay duda que no lo dejarán dos(Mnlt;ir- 
c;ii' si viene á este puerte*. 

Vistos lierhos de esta naturaleza. [>as('' á [loiieniie de 



— 4e)-2 — 

acuerdo con el Sr. D. Lorenzo J. Pérez, como V. me lo 
previene, y le manifesté cuanto había ocurrido con Vás- 
quez y el convencimiento en que debíamos estar de que 
había efectivamente una combinación para reunirse á V. 
y no dejarle desembarcar. Le hice sentir la necesidad in- 
mediata de acercarse á los ministros extranjeros y ha- 
blarles primeramente en nombre de las cámaras, para 
allanar toda dificultad antes de que V. E. llegase. Le ma- 
nifesté lo conveniente que sería que el presidente del 
Senado, el de la Cámara de Representantes y el de la 
Comisión Permanente, que lo es don Gabriel Pereira, acom- 
pañados de algunos otros miembros notables de las cá- 
maras, fuesen á ver á los ministros extranjeros, y expo- 
nerles la resolución en que se hallaban de hacer una 
reclamación enérgica siempre que se cometiese la injusta 
tropelía de detener á un general de la República que 
vuelve á su ¡patria después de haberle prestado importantes 
servicios. 

Este paso, habría puesto en conflictos á esos mismos 
ministros, y se habrían mirado mucho antes de resolverse 
á toma,r una medida contra V. Era urgente darlo, y de 
un modo serio, haciendo sentir la necesidad de evitar in- 
cidentes desagradables en presencia de los enemigos, y 
probar al mismo tiempo la injusticia y personalidad con 
que procedía el gobierno, la impolítica y torpe indiscreción, 
de querer alejar del país al único general capaz de poner 
en armas nuevamente la campaña, sin lo cual la guerra 
no terminará jamás. 

No obstante la exactitud de estas observaciones, he tenido 
el sentimiento de ver que nada se ha hecho. 

Convencido de esta triste verdad, hemos dispuesto tra- 
bajar de un otro modo con el señor don Bernabé Magariños, 
colaborador famoso y activo. 

Reconocida la necesidad de ilustrar la opinión pública 
y prepararla para su llegada, estoy escribiendo los artí- 
culos editoriales que hallará V. E. en El Constitucional desde 



— 463 — 

el 30 del pasado. Mi objeto es, identificar la causa de V. E. 
con la de la República, en la detención arbitraria que le 
hace sufrir el gabinete imperial: probar que es á la vez 
un ataque á la República, una infracción del derecho de 
gentes, y un acto personal de venganza y de negra ingra- 
titud. De este modo defiendo á V. defendiendo á la Repú- 
blica con energía, y el gobierno, á quien se le debe tratar 
con respeto en la prensa, se vé frecuentemente compe- 
lido cV adoptar la causa de V. E. Si no lo hace, recaerá 
sobre él la nota de injusto é ingrato, y la opinión pública 
lo condenará. 

Hago publicar en el mismo diario la importantísima 
carta que dirigió á V. E. el general O'Brien, por los con- 
ceptos honorables que contiene, acompañada de algunas 
cortas observaciones, y haré lo mismo con todo lo que 
encuentra en mi archivo capaz de honrar á V. E. y de 
ilustrar el juicio público; especialmente de los ministros 
extranjeros. 

Escribí vm Apéndice, que hice mostrar á Deffaudis y 
Ouseley, explicando los hechos que han venido á compro- 
bar cuanto dijimos en nuestros anteriores apuntes; le 
mando á Y. E. una copia. 

En cuanto á Pacheco y Flores, el gobierno cada vez 
más inesperto y versátil. El primero está en tierra y se 
dice que lo nombrarán comandante general de armas, que 
Bauza sale del ministerio para expedicionar al Uruguay: 
no sé quien le sucederá en el ministerio. 

Don Gabriel Munilla llegó ayer y nos ha impuesto de 
todi t menudamente. 

1'>1 ministro español ya está en posesión de su destino: le 
visitaré mañana: bueno sería que V. E. le escribiese una 
carta y me la mandase; puede aquí sernos muy útil. 

Tengo en mi poder parte de los documentos que acre- 
ditan los efectos que don Martín Martínez dio de orden 
de V. E. á los republicanos: podía V. E. escribir sobre 
esto á Rentos González y al mismo Martín Martínez que 



— 4(i4 — 

algo puede cobrai-ye ahora. Los efectos importan veinti- 
cuatro mil quinientos pesos, y Martínez podía presentar 
la cuenta como íiador á Bentos González, para que de este 
modo pudiese fácilmente cobrarlos. Además, hay el arma- 
mento y municiones que también llevó Pereyra Faguindes. 
y los auxilios que se dieron en Sandú á IJentos (xonzález, 
Sobre esto, es preciso andar con prudencia. 

Nadie mejor (^ue Martín Martínez está en estado de 
cobrar esta cuenta: Y. E. dispondrá lo que guste. 

Luego que recibí la carta de V. de 14 del pasado, fui á 
ver á Lafón sobre los dos mil patacones, y me contestó, que 
probablemente nos arreglaríamos. La precipitación con 
que sale este buque no nos permite concluir este negocio 
porque ya saV)e V. lo que Lafón es: hoy es domingo, día 
en que aípiel judío no tiene más que rezar, y aun no sé las 
condiciones que exigirá y seguridades. Pero el paquete 
Spayder que saldrá muy pronto, llevará á Y. el resultado. 

Yoy á emprender la refutación formal del folleto pu- 
blicado en esa corte sobre el tratado de 24 de marzo, en 
defensa del lionor de Y. E. cruelmente ultrajado, y de la 
República también. Esta cuestión se ha hecho ya nacional, 
y los mismos autores del tratado nos han provocado á tra- 
tarla libremente y sin ningún género de consideración. 

Seremos pues un poco severos con el ministerio que lo 
firmó y con el que lo defiende. 

Yo desearía que esta refutación no alcanzase á Y. E. en 
esa corte: aquí hace mucha falta, y sería muy conveniente 
llegar y desembarcar, antes que el buque fuese visitado. 

Continua el bloqueo vigoroso de Buenos Aires y costas 
orientales. Gariljaldi nada envía por el LTruguay: no saben 
á quien mandar, ni hay quien se encargue de una em[)resa 
formal sobre aquellas costas. 

Dos vapores y otros buques de guerra han subido el Pa- 
raná. Se sabe que se hallaban frente á San Pedro, donde 
Rozas ha establecido fuertes baterías. Aquellos buques 
franquearon el Paraná para que pueda subir la expedición 
mercantil que estará marchando de hoy á mañana. 



— 41)5 — 

l']l eiiccirgado de negocios del Brasil ha prohibido hacer 
aíjiiel comercio á los buques de su pabellón. Unamos este 
nuevo rasgo de la política del Brasil á los hechos que co- 
nocemos desde el tratado de 24 de marzo, y poco habrá 
que fatigarse para probar las miras de aquel gabinete. 

Sírvase V. E. hacer presente mis respetos al señor ta- 
garinos y su apreciable famiha. lo mismo que al señor 
capellán. V. disponga de su afectísimo amigo y obediente 
servidor Q. B. S. M. 

JosK ÍjUIS BlsTAMAXli:. 

Exento, señor rjencral don Fructuoso Rivera. 

Montevideo, novieml)re ■¿■¿ de 1S45. 

Mi amigo y señor general: 

Después de la anterior, nada ha ocurrido de particulai'. 
Nada he podido arreglar hasta hoy con Lafón. El espeía 
la conclusión del contrato de venta de los derechos de 
aduana del año dé 1848, y me ha ofrecido que entonces 
liará algo en su favor. 

Hay pendiente en este momento una acusación de Plo- 
res al gobierno, ante las cámaras, sobre la orden que se 
le ha dado de salir del país. La mayoría se prepara á 
¡¡renunciarse contra el ministro hasta formalizar una acu- 
sación y arrojarlo del puesto: veremos lo que hacen. 

Hoy se dice que Muñoz entrará al nñnisterio de la 
guerra, y saldrá Bauza 

Por los diarios que le incluyo verá V. E. la rehitacliui 
rápida que he hecho á la exposición del folleto publicado 
en esa corte sobre el tratado de 24 de marzo. No he ti - 
nido iiiMiii)o lie escribir con más detención, y ni las co- 
liiiiuias del diario ofrecen el espacio necesario [lara ba- 
tí ilo. Aun no he concluido. 

Sin rmbargo, todos tienen un miedo cerval del minis- 
terio, y no obstante esto, yo escril)í una serie de artículos 
en la semana anterior sobre su detención, y se han ca- 
llado la boca. 

TOMO IV. 3Ü 



— 4e(3 — 

Yo creo que una vez que el gabinete le niega el pasa- 
porte y V. E. no ha cometido crimen en ese territorio 
que le dé derecho á su detención. Y. E. no debe perma- 
necer un momento más. Aquí es donde hoy hace Y. E_ 
mucha y mucha falta. Sin embargo, Y. hará lo mejor; lo 
(\\\e puedo asegurarle es que aquí todos lo desean. 

Deseo á Y. completa felicidad y (pie disponga de su 
atento servidor y amigo Q. B. 8. M. 

José Luis Bustamante. 

Les considérations politiques qui empéchent en ce mo- 
ment de descendre á terre monsieur l'Envoyé extraordi- 
naire et ministre plénipotentiaire de la République de 
r Uruguay, s'oj^posent á ce qu'il puisse y avoir une confé- 
rence entre son Excellence et le Ministre de France. Le 
soussigné le regrette tres vivement: il eut été hereux d'a- 
voir des aujourd'hui des relations personnelles avec mon- 
sieur le general Rivera. 

Si d'ailleurs les points qu'il s'agissait d'éclaircir dans 
la conté rence projetée quant á lapersonne de monsieur le mi- 
nistre oriental prés la république du Paraguay, se ratta- 
chent, comme il est probable, á la question pendante entre 
son gouvernement et luí, le soussigné declare que cette 
question est au nombre des affaires d'administration in- 
térieure, dont ses instructions ne lui ijermettent de se mé- 
1er en aucune maniere. II doit se borner sur un tel sujet 
á former des voeux pour que les diffi cuites existantes se 
résolvent d'une maniere prompte et conforme aux intéréts 
actuéis du pays, aussi bien qu'au patriotisme connue de 
monsieur le general Rivera. 

En attendant, ilproñte avec plaisir de l'occasion pourpré- 

senter á Son Excellence les assurances de sa haute considé- 

ration . 

Barón Deffaudis. 

Son Excellence Monsieur le general Rivera, Envoyé 

extraordinaire et Ministre plénipotentiaire de 1' Uruguay. 

Montevideo, 2.3 mars 1840. 



V — 467 — 
Señor don Fructuoso Rivera. 

Montevideo, septieml)i'o 22 de 1842. 

Mi particular amigo: Con muclio gusto recibí sus estima- 
das del 16 en el Durazno por las que veo se ponía V. en 
marcha y según el buen tiempo que ha corrido lo supongo 
en este día pasando el río Negro. Tengo á la vista también 
la del señor general Paz y Aguiar, y nos es muy satisfactorio 
el buen estado de nuestro ejército, y reunión de los correnti- 
nos. Estoy contento con que el señor Ferrer, al llegar V. al 
Uruguay, lo esté ya esperando, porque supongo que el señor 
gobernador habi'á venido al Entre Ríos con el resto de su 
ejército que estaba en Abalos, y que V. que no se duerme en 
las pajas, sabrá aprovechar de estos momentos para reunir 
todos los elementos (jue deba hoy ponerse á su alrededor, y 
presentar en la guerra un poder que á lo menos, si no es in- 
vencil)le, sea difícil de vencer. 

Tengo á la vista las comunicaciones del coronel (niribaldi 
á que nada hay que decir, sino contestarle de oficio á este 
coronel la satisfacción que al gobierno le causa la derrota 
<[ue ha sufrido, ¡lorque ella nada importa, cuando sostuvie- 
ron él y sus tripulaciones con honor y bravura las armas 
de la República. El coronel Garibaldi merece un premio 
por haber sido vencido; V. á su tiempo sabrá acordarlo. 

Estoy satisfecho de cuanto V. me dice en la suya respecto 
á elecciones; yo estoy bien creído, que V. me conoce bien, y 
que sabe que quien nunca le ha engañado, no puede que- 
rerlo hacer hoy, porque no es fácil perderse en un día la 
l>uena fe de muchos años. No es mi objeto el no dar á V. 
ninguna clase de recelo, en la franqueza con que quiero pro- 
ceder en el artículo elecciones: es que quiero no dar pretexto 
alguno á majaderos, cpie cuando no tienen tic qué hablar, 
hablan mal de sí mismos, como el difunto Meló: á éstos esa 



— t(;s — 

quienes quiero mostrar, que los candidatos para diputados 
son todos de Y. y para V. 

J^a adjunta lista es la de los señores diputados y sus su- 
plentes que actualmente componen la Cámara de Represen- 
tantes. Ella va bien explicada, y V. de entre ellos formará 
la nueva lista de diputados y suplentes para la nueva legis- 
latura, quitando los que estime por convenientes, y poniend«» 
en lugar de los que quite aquellos que sean de su agrado. 
Esta lista, pues, que V. me remita, vale tanto como hacer lo 
que quedó acordado en esta; pero importa mucho que V. me 
la envíe para enseñarla á los amigos, y que vean que es V. 
el que ha arreglado, y me la ha enviado para ponerla en 
ejecución. De ese modo-todos quedaremos contentos: yo, y 
otros amigos suyos, porque de cualquier modo lo estamos; y 
otros que tambiéii lo sean, pero que tengan sus tentaciones 
para que se subordinen., pues Y. lo ha hecho. 

Siento distraerlo á Y. en este asunto que no importa lo 
que la guerra, pero que dedicando Y. á ello un par de horas 
habrá quedado concluido este negocio. De Buenos Aires 
nada sé cjue interese comunicarle: continúan las conferen- 
cias de los ministros extranjeros con el ministro de Rozas 
con referencia á la mediación, pero j'o hasta este momento 
ninguna otra cosa puedo decirle, que lo c][ue he dicho á Y 
en la que le remití por conducto del general Medina en la 
que le incluía la conferencia del señor Mandeville, que Y. ya 
habrá leído. No tengo nada más de interés que comunicar- 
le. Deseo se mantenga Y. sin novedad y que mande á su 
amigo Q. S. M. B. 

Francisco Antón ino Ym al. 

Bepresentantes y suplenie.t de la 4," Legislatura de la Bejmblica 
Oriental del Uruguay. 

Diputados existentes — Suple7ites 
Por Montevideo: don .lulián Álvarez, Joaquín Sagra, 



— 4()M — 

Manuel Otero, Salvador Ford, Manuel Herrera, Juan Zu- 
friátegui, Hermeregildo Solsona, Pablo Nín, suplentes: Lo- 
renzo FJatlle, Carlos Xavia. Vicente Lomba, Domingo Yás- 
quez, Diego Espinosa. Joa(|aín Kequena, Diego Xovoa ; por 
Canelones: don Roque P]rarcias, José A. Vidal, Eugenio 
Fernández; suplentes: Antolín Vidal, Juan (lallardo, Ilde- 
fonso Champañe ; por San José: don Faustino López, José 
I. Raiz, Felipe Campos, suplentes: José Eustaquio Ruíz, 
Antonio Silva, Juan Fernández; por la Colonia: don Matías 
Ford, Pedro Antonio Serna, suplentes: José Pallares, Este- 
ban Nín, José Rovira: por Soriano: don José M. Castellanos; 
suplentes: Manuel Chopitea, Luis Peña: por Paysandú: 
don Agustín Guarch, Juan M. Martínez; suplentes: Bernardo 
Suárez, A. Jáuregui, José Canto; por Cerro Largo: don Esta- 
nislao Vega, José E. Zas; suplente: Antonio AV)ad ; por 
Maldonado: don Román Cortés, Manuel Losada, Pedro 
Ávila, José M. Plá; suplentes: Felipe Vásquez, Rafael 
Araujo, Manuel Duran, Manuel Pérez, Justo Camino; por 
el Durazno: don Francisco Arauclio, Daniel Vidal: suplen- 
te: Joaquín Gómez. 

Nota — Por el departamento de Montevideo fué electo di- 
l)utado don José Bejar, en lugar del cual, por haber entra<lo 
al ministerio de hacienda, se recibió el primer suplente don 
J'al>lo Nín; por el déla Colonia: no se ha recibido don Anto- 
nio Blanco ni se llamó al suplente; por el de Soriano: don 
Eustaquio Dubroca no aceptó; por Paysandú: don Juan M. 
Almagro no se ha presentado; por Cerro Largo: don Juan 
Pt^dro Ramírez presentó sus poderes: fueron aprobados; pero 
ni) entr(') á ejercer: por Maldonado: murii') el diputado don 
iíamf'm Buslamante; por el Durazno: no pudo sor recil)ido 
»'l diputado don José Augusto I^)zolo i)or ser comisario 
general de guerra, y entró en su higar el primer suplenle 
don Francisco Araucho (digo) don Daniel \'id;d. 



— 470 — 
Mi amada Bernardina: 

Hoy te escribí cuando fué la canoa á buscar al comandan- 
te que acaba de llegar y me lia notificado ya lo dispuesto por 
el gobierno para que me lleven á Europa, pero como ayer 
vino el compadre ^Tagarinos y regresó con una carta para 
el compadre don Joaquín todavía yo no he contestado al 
ministro de España respecto á la resolución que tomaré 
pero como el gobierno no promete esperas talvez que no 
me den tiempo ni para despedirme. 

Sinemijargo Magariños ofreció volver: si lo hace sabre- 
mos el resultado en el gobierno. 

Yo creo que tu no debes exponerte más porque ya se 
me ha dicho que intentan privarte el que vuelvas á desen- 
barcar. 

Te saluda afectuosamente tu amante esposo que verte 
desea y abrazarte, 

F. Rivera. 

M amada Bernardina. 

23 de marzo. 

Estoy sin novedad y deseoso te encuentres mejorada, te 
remito los borradores para entregarlos á su autor: no me pa- 
resen malos es verdad que devian estar con un poco de más 
energía, sinembargo podrá publicarse. 

Acal)a de llegar don Manuel Baez y don Bernardino por 
quien he recibido tu carlita y quedo instruido en ella, vere- 
mos pues lo que resulta en lo que quieren unos y dicen otros: 
yo espero el resultado de mis notas á los interventores: su 
resolución me abrirá el cainino que ha de adotarse en estas 
difíciles circunstancias, así es que no me atrevo á dar toda- 
vía mi opinión respeto á la petición á que se quiere hacer 
sin embargo me parece un buen medio para hacer ver á los 
interventores el interés en la opinión pública en favor de sus 
derechos contra la arbitrariedad en un gobierno que ya no 
está sugeto á las formas constitucionales, desde que aquellas 



— 471 — 

han caducado por haber cumplido su tiempo; y como el go- 
bierno se ha erigido en legislador separándose de la órbita 
€n que le hablan colocado las instituciones de la República, 
por lo tanto yo creo que puedes decir á los amigos que será 
bueno reunirse y meditar bien este negocio á fin que discu- 
tido con madures de un paso digno de lo que es capaz el 
pueblo oriental y los hombres que aman sus derechos. 

Como tú vendrás mañana tendrá el gusto de abrazarte tu 
amante esposo que verte desea. 

V. IIIVKUA. 

Señor don Fructuoso Rivera. 

;Mí querido amigo y señor: 

Lo primero que hice hoy para facilitar los tres mil pata- 
cones, fué ver á los ministros interventores, de quienes nada 
he podido sacar á pesar de muchísimos esfuerzos y muchas 
razones. Me fué preciso, vista esta negativa, hacer diligen- 
cias por otro lado, y encargar á dos (3 tres personas el que lo 
busquen, como lo van á hacer y lo están haciendo con todo 
empeño. Pero á pesar de él. como la plaza está tan escasa 
de plata, ha de costar muchos pasos, que se darán sin omitir 
ninguno, y no será posible que sea hoy: y lo peor es que 
mañana es domingo y habrá que esperar al lunes, si hoy no 
se consigue, como me temo mucho. Yo no descansaré hasta 
conseguir esa plata que se necesita tan urgentemente, y le 
avisaré á V. inmediatamente de cualquiera cantidad que 
para esa obtenga. 

Queda de V. .su affmo. amigo y seguro servidor 
Q. S. M. B. 

JOSK l)F. 1)K.IA1!. 

Díspíu-ho. abril í5 ilo 1843. 

¡V¡\:i I;i Confoderación Aríícntiiiii! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don l'icente Gonxálex. 

Arroyo No-ri-o. mai-zo \-¿ tic 184f). 

Mi estimado y queriflo compatriota: Con placel- lie visto 
algunas cartas de V. insertadas en La Gaceta, y i)or ellas 



— 172 — 

estoy iiiii»Liest(.) de su regreso de los desiertos del Chaco 
á su antiguo campo el Arroyo del Medio. La campaña 
feliz (jue V. ha hecho en el rincón de la República, ha 
sido fecunda en sucesos gloriosos, y yo me lleno de com- 
placencia al saber que nuestro querido regimiento ha te- 
nido una parte muy ¡principal en el terril)le escarmiento 
que sufrieron los hordas salvajes. Con la misma satisfacción 
leo la bravura y actividad con que se ha conducido mi 
amigo el capitán don Prudencio Arnold; jamás dudé de 
sus Inienas aptitudes, y estoy persuadido que reúne las 
mejores cualidades para un l)uen jefe. Por todo lo diclio 
le dirijo á V. las más sinceras felicitaciones rogándole las 
trasmita á todos los amigos en mi nombre, asegurándoles 
que me son tan ai:»reciables sus triunfos cuanto que los 
reputo como míos. 

Su querido batallón, siempre entusiasta, ansia por 
cubrirse de gloria, y su mayor orgullo consiste en ser de 
l<ts primeres que se distinguen en los coml)ates sin (jue 
l)ueda arredrarlos el mayor número de enemigos; una 
prueba de ello ha sido el combate del 8 del pasado en 
el Rincón de San Antonio. 

De los detalles de este importante triunfo, ya lo creo 
á V. impuesto por el parte que se ha publicado en los 
periódicos; nada tiene de exagerado, bien al contrario, 
nosotros le hemos calculado á los enemigos mayor pér- 
dida. En ese día glorioso se presentaron los salvajes que 
guarnecían el Salto, con una fuerza compuesta de más de 
cien liombres de caballería capitaneada por el salvaje 
J^aez; tan luego que nos acercamos á ellos tomaron po- 
sesión de una casa de material que había allí, compuesta 
de dos piezas y un galpón: allí formaron echando pie á 
tierra la caballada; fué preciso á pesar de la fuerte po- 
sición, llevarles el ataque y lo hice sólo con ciento setenta 
hombres del batallón, que con ima serenidad admirtible 
despreciaban la muerte por la gloria del triunfo. En efecto, 
éste coronó nuestros esfuerzos y tuvimos la satisfacción 
de ver morder la tierra á más de cien salvajes. Por la 



— 47:3 — 

lista que habrá V. visto en el parte detallado se imix)n- 
drá del número de muertos y heridos que he tenido, y 
por ello juzgará el valor con que se han conducido sus 
valientes soldados; son sin duda dignos del aprecio con 
que V. los distingue, y yo me lleno de un noble oi'gullo 
en tener el honor de mandarlos. 

Los heridos están todos restablecidos (á excepci(>n del 
trompa Vivas que falleció) y deseosos de dar un nuevo 
día de gloria á la patria. 

Sensible es, mi querido compadre, la pérdida que he 
tenido; esos beneméritos que descendieron á la tumba? 
cubiertos de inmarcesible gloria, manifestaron su valor dig- 
no de los americanos hijos de la libertad, muy i^articu- 
larmente los que sobrevivieron algunas horas después del 
triunfo, sufrieron los dolores de la muerte con una im- 
perturbable serenidad: entre éstos se distinguió mi querido 
ayudante, mayor don José Benito Argerich, que exhortaba 
á todíjs á que prefiriesen la muerte á la ignominia de 
dol)lar la cerviz al yugo ignominioso de infames extran- 
jeros. 

Por tan l)nIIantG suceso de armas dirijo á V. mismas 
cor-liales é íntimas felicitaciones, y por su conducto á la 
valiente división de su mando. 

1^1 señor comandante Peredo, y mayores Ángulo y Suá- 
rez, se congratulan en íVdicitarlo también: sírvase dar mis 
recuerdos afectuosos á Arnold, Urquiola y demás amigos, 
disponiendo V. del afecto con que se repite de V. su atento 
servidor y compatiiohi (,). S. M. 15. 

('i:s,\.i;ko DoMixcrKz. 

¡Vivan los (li.-l'i'iisor.'s di; las li'Viís! 
¡Miii.M'aii los salvaji'S unitarios! 

('iirtiMcl genornl cu el ('(¿ri-ito de l;i Vicinrin. IVIirei't) ■2-] de 1S4() 

Señor comandante don Cesáreo Doininguex.. 

-Mi querido comandante y amigo: No i»ue lo dejar do 
poner á V. cuatro letras y manifestarle que su ('«¡nducta 



— 474 — 

en el día del combate de San Antonio, ha sido heroica 
y ha dado un nuevo brillo á su bien establecida reputa. 
■ción cubriéndolo de gloria. Reciba V. mis sinceras é ín- 
timas felicitaciones, y le ruego'^lo haga en mi nombre con 
sus valientes oficiales y soldados á quienes tanto los del)e 
la patria, por su bella comportación. 

Deploro lo que ha sufrido ese batalhuí que tan querido 
me es, y es lo único que ha podido amargar el placer 
de tan brillante hecho de armas. Reciba V. mi pésame 
por ello tan sincero como lo son mis felicitaciones. 

He encargado muy es pecialmente al señor general Gó- 
mez me haga cuidar mucho los heridos de V. y los tra- 
te con la comodidad que ellos merecen. 

V. sabe que soy su amigo y lo aprecio mucho; s(')lo 
repito que no lo dude, y vea de ocuparme en lo que guste. 

Soy de Y. su affmo. servidor Q. B. S. M. 

Maxuel Ouu^e. 

¡Vivan los defensores de las leyes! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

■Señor teniente coronel don José M. Caballero. 

Mercedes, mayo 12 de 1845, ú la2 .5 de la tarde. 

Mi estimado amigo: 
Transcribo á V. el siguiente parte: — aSeñor Coronel don J. 
Montoro.— Asedio de la Colonia, mayo 11 de 1846. — Mi es- 
timado Coronel: á las doce y media de la noche ha salido 
para arriba la escuadrilla de Garibaldi llevando á su bordo 
la expedición de los salv^ajes unitarios. — Firmado: J. A. Álva- 
rez.» — Por este parte se ve de un modo claro que el par- 
dejón Rivera tiene un nuevo plan de desembarque para 
efectuarlo desde San Salvador hasta las Conchíllas, lo que 
hace creer que los salvajes que desembarcaron en la xAgra" 
ciada deben tener órdenes para esperarlo en algún punto 
de la costa que le indico, debiendo atentar sin duda nin- 
guna sobre los mancarrones que he dejado en invernada 
del otro lado de Vívoras; creo que con estos conocimientos 



— 475 — 

lio dejará V. de dar con ellos, previniéndole que el ninnero 
de que se compone no alcanzan á 20U hombres. 

No deje V. pues de comunicarme con frecuencia cuan- 
to ocurra, y le vuelvo á repetir que en la distancia en que 
estoy no puedo de un modo acertado dictar medidas sino 
de precaución, para lo que debe V. maniobrar según su 
experiencia del modo que las circunstancias lo exijan, 
fijándose muy particularmente en evitar que los salvajes que 
están en tierra consigan darse Ja mano con el pardejón 
Rivera. 

De Y. atento servidor y amigo 

J. MoXTOliO. 



Conflarnticlk'. 



Montevideo, le 4 juin 1X40 



Monsieur le general: 

Je prends la liberté de reconmiander á la bienveillante 
attention de Y. E. le porteur-mon compatriote le Col. Mun- 
delle. Y. E. trouvera en lui l'liomme de courage, de per- 
severance et de devouement qui saura apprecier tous les 
avantages qu'il y a esperer poiu' la cause de cette Re- 
publique, en servant sous un chéfcomme le gen. Rivera. 

Y. E. peut en toute sureté se fier á la discretion du 
Col. Mundelle s'il lui plait de lui confier un plan ou com" 
l)inais()n quelconque pour la campagne, et pourra se servir 
de lui pour ses Communications confidentielles avcc le Col. 
(iaribaldi (ju autres. 

Permettez moi de pn'^liler de cettc ocasión poui' otTrir 
á Y. E. mes felicitations sinceres au sujet des recentes 
affaires brillants qui pouvent ouvrir les plus hereux re- 
sultats pour Tídíranchisement du pay du joug etranger? 
des ennemies de son indei)endence. Si Y. E. est secón 
dée par la prudence et rautoj-iié de sos amis. je n'cn 
doute ])as. 

Veuillez Mi', le généi-al agiccr r('s|»resion de ma iianlc 
citusidcration. 

(.)r.si:rj:v. 



— 47() — 

Montevideo, .S de julio de 184(3. 

Mi apreciado señor general: 

Habiéndome hecho presente don Bartolomé Seide, del 
comercio de Mercedes, que ;i la entrada de las tropas de 
aquel pueblo fué arrebatada su casa, y presos el repre- 
sentante de ella y un español llamado Marcelino L(3pez' 
tomando algunas partidas de cueros que existían en dicho 
pueblo y San Salvadar, me tomo la libertad de suplicarle 
tenga á bien de hacer cuanto pueda en su favor, por 
ser persona que me ha sido recomendada muy parti- 
cularmente, y espero de su acreditada bondad lo veriíi. 
cara así á ím de que pueda conseguir la libertad de los 
presos y la devolución de los efectos tomados pertenecientes 
á la expresada casa. 

Con este motivo reitero al señor general las veras de 
mi más distinguida consideración y aprecio. 

Carlos Crecs. 

Señor don Fructuoso Rivera. 

Montevideo, junio .5 de 1H46. 

Mi apreciable compadre y señor: 

Aprovecho la salida de don Pedro Oascogne, que lleva 
efectos y puede convenir á V. que trate sobre ellos, y 
añado á lo dicho en mi anterior que ha hablado á los 
ministros sobre el armamento que se harán cargo de pa- 
garlo, tomando para su embolso ganado del que V. tiene, y 
les servirá á las estaciones marítimas. 

También nos darán estos días 20 quintales de pólvora, y 
ya pusieron en batería dos de los cañones tomados en Obli- 
gado: los otros fueron á Londres como trofeo. 

Estamos por fortificar Martín García, y que V. pueda 
disponer de dos vapores tan pronto como se hallen en opor- 
tunidad de dar la orden. 

Hemos acordado vestir <ú ejército todo, contando con 
cueros de los que V. tenga, y (jtros recursos «{ue dará el 
convoy que se espera todos los días. 



— 477 — 

Esperamos con coníianza los resultados que V. habrá 
obtenido de la derrota de Montoro, y del estado en que se 
halla la campaña, pues por la frontera del Brasil y por todas 
partes comenzará á desplomarse la invasión desde que Y. 
tenga un punto más fuerte del modo que me había indicado 
tantas veces. 

Sobre todo, pues, es preciso que V. nos dé sus ideas. 

Todavía no estamos en una posición homogénea, pero eso 
no consiste sino en las terribles circunstancias en que me 
ha cabido este penoso destino, que no sé si podré sostener 
mucho tiempo. Yo quisiera ver á Y. ya en el centro de la 
campaña y de la capital. Yea V. cuánto imi)0sible, y por 
este deseo se penetrará de cómo está su muy afectísimo 
compadre, amigo y servidor Q. S. M. J>. 

FlíAXC'lsCO Ma(íakiños. 

Señor don Fructuoso Rivera. 

.'Montevideo, juuic» 24 tle 184(i. 

Muy apreciado compadre y señor: 
Como dije en mi anterior sale don Agustín Almeida paia 
(jue asociado con la persona que Y. elija en esa, se hagan 
cargo de conducir lo que quiera mandar á ésta de lo tomado 
al enemigo: y según los contratos que fuere conveniente 
hacer, porque eso ha parecido más arreglado y expeditivo 
para ir en armonía. Y. ju/gará si puede servir mi hijo Mateo 
y lo destinará á esa comisión, ó hará lo que fuere mejor, pues 
todo queda á discreción de Y. 

Supongo á Y. en posesión de Paysandú. y también del Hin- 
cón de las (niUinas, comunicando con el Salto y teniendo 
atrasado á Servando, y aunque vayan los auxilios de Oribo. 
ya no los temo: tal es la confianza que Y. insi)ira jior hechos 
(jue es lo que vale en el estado de nuestras cosas. 

Ha llegado Chain, y en virtud de la comunicación de V. 
desde las Yacas fecha del 7, el gobierno se proi)one acordar 
con los ministros y los ;dmir;nit('s alguna (Hsposici»')!! (]no 



— 478 — 

satisfaga la justa exigencia de sus avisos, auniiue sea opinión 
de los primeros aguardar á conocer las miras de Urquiza 
que todavía se consideran misteriosas. 

También se piensa en regularizar la legión francesa, de 
manera que se la pueda colocar en un poco de subordina- 
ción, porque al fin es preciso con prudencia y tesón que todo 
vaya entrando en el orden de las cosas regulares. 

Su comadre está muy molestada de la pierna, y temo que 
los fríos la postren segi'm lo que sufre. Encarga sus re- 
cuerdos lo mismo que todos mis hijos, y soy como siempre 
su muy afectísimo amigo y servidor Q. S. M. B. 

Francisco Magakiños. 

Excmo. señor general don lu-iiduoso Rivera. 

Montevideo, junio 24 de 1846. 

Mi particular amigo: 
Nuevamente felicito á V. por la importantísima victoria 
que ha logrado el 14 en Mercedes, precursora á mi juicio de 
la pronta terminación de la guerra que hace tanto tiempo 
está asolando nuestro país. Digo que terminará pronto 
la guerra, porque en la situación de los enemigos los golpes 
(i[ue V. consecutivamente les ha dado los ha de haber des- 
(M)ncertado hasta el último punto, y el espíritu de la campaña 
los ha de rechazar muy pronto por todas partes. Ellos 
están ya abatidos, y sufriendo escaseces y miseria: y se ve 
claramente por todas partes que la Providencia está cansada 
de las atrocidades que han cometido, y que los va á castigar: 
Dios quiera que sea cuanto antes. 

Anteriormente he dicho á V. que la compra del arma- 
mento que V. contrató en el Río Janeiro estaba arreglada 
con los ministros interventores, los cuales me habían dicho 
el modo de arreglar ese negocio; pero el caso es que ahora 
no lo está á pesar de que yo trato de él con frecuencia. Últi- 
mamente han dicho 'que tomarían ganado para cobrarse su 



— 479 — 

importe, porque ellos consumen mucho en sus tropas y bu- 
(pies. Estoy á la mira siempre, como que en esto considero 
(•(jmprometidó el crédito de V. y el del gobierno por consi- 
guiente. 

Mañana hablaré con el sefior Guimaráens para el arregla 
del asunto del señor Aranaya y ver el modo de que quede 
satisfecho lo más pronto posible, y avisaré á Y. el resul- 
tado. 

En atención á lo que V. dice en sus últimas comunicacio- 
nes para el mejor desempeño en la remisión de cueros, 
ganado y demás ft'utos tomados en el territorio que ocupaba 
el enemigo, el gobierno ha nombrado un comisionado, que 
lo es don Agustín Almeida, quien procederá en unión con 
otro que V. nombre para el mismo efecto. Creo que el señor 
Almeida tiene la confianza de V. y como es hombre de bue- 
nas prendas, ha merecido, por ambas 'razones, la del gobier- 
no; de este modo nos ha parecido más conveniente y que 
más pronto vendrán á disposición del gobierno esos recur- 
sos que V. le ha proporcionado con sus continuas victorias, 
y (jue servirá de iiiuchísimo en esta extrema falta de recur- 
sos. Mejor es fletar ahí los buques que no mandarlos de- 
aquí, porque han ido tantos que llevarán menos por el flete^ 
mucho menos de lo que se pudieran ajusfar aquí, induda- 
l)lemente, y el señor Almeida jDrocederá también con toda 
actividad, y hará todo con conocimiento de V. que así va 
encargado de hacerlo. 

Del Entre Ríos no sabemos nada de particular; pero parece 
indudable que Corrientes no se ha separado de hacer la 
guerra al tirano liozas, lo que bastará para que no temamos 
pi>r aquel lado por ahora. 

C)neda de V. afectísimo amigo y seguro servidor Q. S. 
M. B. 

José de Jíe.jar. 



— 481) — 

Señor don Fructuoso Rivera. 

IMüiitcvulco, junio 5 de 1840. 

Muy apreciable señor compadre y amigo: 
He impuesto á V. de todo lo que he creído conveniente. 
Ahora escribo ésta á petición del cai)itán Ansaldo, que será 
conductor. Él lleva una pacotilla de efectos que podrán ser 
útiles á las fuerzas y al pueblo, y se entenderá con quien Y. 
disponga para tomar en cambio cueros, etcétera, de manera 
que puedan combinarse en provecho común. 

Anteayer salió Manzanares en el transporte de guerra im- 
perial la Payuma, y lo he recomendado á Castro para (pie 
regrese lo más pronto posible. De consiguiente creo que él 
quedará ])ien servido. 

Estamos á espera de don José y de Mateo, y creo que [)(»r 
ambos me impondré de cuanto Y. haya juzgado conveniente 
prevenir, antes de que se determine á venir. 

Ayer se acordó avisar á Y. que para cubrir el contrato de 
armamento se debe entregar su valor en cueros y ganado á 
orden de los ministros y almirantes. Hoy debe eso quedar 
arreglado para tratar que se despache en la próxima se- 
mana, á fin de que esté todo pronto cuando Y. venga. 

También podrá disponer como de 300 vascos españoles que 
ofrecen enrolarse para salir con V. á campaña. 

En pocos días quedará despachado el coronel Daez. Los 
ministros desean que Y. trate bien á Garibaldi, que dicen 
servirá contento á sus órdenes. Les he dicho que si así lo 
hace Y. lo ha de considerar muclio. y por lo mismo con- 
viene que encargue á Baez que se lleven como correspon- 
de y evite las cuestiones que tuvieran lugar con Medina, 
etcétera. 

Quisiéramos saber la verdad de la intención de Ur- 
quiza, para poder tomar medidas de precaución en tiempo: 
si Y. ha indagado algo por la i:»ersona que iba á comisio- 
nar es bueno que me diga su parecer para trasmitirlo 
á los ministros, y que se descubra, pues temen que llegue 
á engañar á los correntín os. 

Siempre de Y. muy afectísimo Q. I>. S. !M. 

F RANC'ISÍ 'O MaG APJXOS. 



— 481 — 

Excmo. señor general don Fructuoso Rivera. 

Montevideo, 11 de junio de 1846. 

Mi particular -amigo y señor: 

Sm^ongo ya en esa al señor don Agustín Almeida, y 
que con él le lia ido un descanso en los asuntos que po- 
drá poner á su cargo, y que le liarían á Y. perder el 
tiempo que tanto necesita para ocuparse de muchos otros 
de la mayor iiiqjortancia. Yo me alegraré que se desempeñe 
en su comisión á gusto de Y., lo cual se ha tenido presente 
en su nombramiento, así como la coníianza que merece por 
sus buenas cualidades, que Y. conoce. 

Llegó el señor coronel Yiñas con la remesa de cueros que 
Y. ha hecho con él, y que son un recurso pronto y eficaz, 
y de mu3ha utilidad para el gobierno en circunstancias tan 
apuradas como las presentes, en que hay tantas necesi- 
dades que llenar, y en que se cuenta con tan pocos re- 
cursos. 

La demora de la conclusión en el contrato del arma- 
mento que Y. mandó venir del Janeiro ha sido más de lo 
que yo pensaba, debido solamente á aquella falta de re- 
cursos, que nos hizo acudir á los ministros interventores. 
Pero todo está allanado ya, y sin la cooperación de esos 
señores, y el armamento se entregará desde mañana, según 
el ajuste que tengo concluido con el encargado de él. Y este 
negocio i)uede Y. tenerlo ya por concluido, lo cual viene 
ahora perfectamente, porque ha de necesitar Y. arma- 
mento de esa clase para las operaciones sucesivas. Estoy 
muy contento de liabei- jiodido dar lin á este asunto que he 
mirado con el más grande interés, como debía. 

El señor Almeida llevó quinientos pares de zapatos de 
muy buena calidad, que creo habrán llegado á buen tiempo, 
y que los he considerado propios para lo que son, porque 
son fuertes y de buena calidad. 

Estará Y. enterado de la llegada de un vapor inglés á 
Buenos Aires conduciendo un agente de esa nación, que es 
M. Hood, hombre muy conocido en esta é indicado por un 



— 4S-2 — 

íimigü de nuestra causa. Sin embargo de que liasta ahora 
nada se sabe de positivo acerca de esa misión, nos ha 
hecho ya un mal efectivo, porque todo está parahzado, y 
creo que seguirá asi hasta que no se sepa eficazmente su 
objeto. Parece probable que no nos sea perjudicial, juz- 
gando por todos los antecedentes. Sobre este particular 
algunos periódicos del Janeiro dan noticias, de que supongo 
H Y. instruido: pero que parece no tienen otro origen que 
el del mismo Guido, que las esparció, sin haberlas por otro 
ningún conducto. Estos señores ministros dicen que nada 
saben, y así es de creer. 

Si pudiéramos regularizar la venida de ganado para 
las raciones de la guarnición, sería muy conveniente, me- 
jor mantenida, y tal vez una economía. Pero esto depen- 
derá del estado de ese artículo por esos destinos. 

Hasta ahora no se ha presentado ningún especulador 
para establecer saladero en esa costa, á pesar de que lo he 
propuesto á varias personas; esto será más bien obra del 
tiempo, ó tal vez alguno se presente por ahí que quiera 
emprender ese negocio á la vista de las conveniencias que 
resultarían de él. Yo no pierdo esto de vista. 

Lo importante que será la venida de cueros no tengo 
necesidad de ponderarla, porque Y. sabe bien nuestro 
estado, y el señor Almeida le habrá también informado de 
ello, porque así fué encargado por mí especialmente, así 
como del de evitar inconvenientes que pueden presentarse 
en este asunto, de que fué muy enterado. 

Aquí todo marcha con regularidad, y todos trabajamos 
porque así sigan para bien de la República; que es lo que 
debemos tener siempre por objeto de nuestros desvelos. 

Saluda á Y. con la mayor consideración su afectísima 
amigo y atento servidor Q. B. S. M. 



José de Bejar. 



Exento, señor general don Fructuoso Rivera. 



Mi particular amigo y señor: 
El señor don Pascual Costa me aseguró esta mañana que 



— 488 — 

Iioy mismo quedaría en poder de V. el dinero que se le ha 
ordenado que le entregue: y en este momento me asegura 
que ya le ha entregado una parte y va á llevarle el resto, 
sin que haya falta en la entrega de todo el día. Para mí 
esto está concluido el sábado, porque quedó en ponerlo á 
disposición de V. en ese día, como le dije ayer; y como no 
lo verificó, estoy con cuidado para que no pase hoy sin que 
ese negocio quede concluido, pues tanto importa el que V. 
pueda marcharse cuanto antes. Deseo saber lo que ha 
hecho ya. 

Hoy lia ido la nota pidiendo á V. el informe sobre 
cueros que será conveniente venga con extensión y con 
los documentos que puedan ilustrar bien sobre el parti- 
cular. 

Queda de Y. afectísimo amigo y seguro servidor Q. B. S. M. 

José de Be.jar. 
nepnrtainento, agosto 31 de 1<S46. 

COMPLEMENTü AL CAFÍTCLO LIV 

¡Viva la Confederación .argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Buenos Aires, julio 3 de 1846. 

Mi querido hermano Joaquín: 
Hoy ha llegado un vapor inglés conduciendo á Mr. Hood 
de Inglaterra; viene nombrado ministro para tratar con 
entera independencia de Mr. Ouseley, y esto lo prueba el 
que no ha tocado en Montevideo y ha venido directa- 
mente aquí. El ministro que ha llegado hoy es uno que 
ha sido cónsul en Montevideo y muy amigo del señor 
presidente Oribe; su hijo que se ha desembarcado ya, con- 
duciendo la correspondencia oficial de los ministros Sa- 
rratea y Moreno, ha dicho que su padre viene á concluir 
la cuestión: la persona no puede ser mejor, porque -ha 
estado viviendo en Montevideo nueve años de cónsul y 
conoce mejor que nadie al Pardejón. 



— 484 — 

Se anuncia por jjarte de la P' rancia á Mr, Mareuill: esto 
último necesita confirmación, pero es muy probable que 
asi sea, pues no se anuncia que venga otra persona de 
allí. 

Lo felicito porque sin duda estas noticias no pueden 
ser mejores, y reciba expresiones de Arana, etcétera. 

Le desea felicidad su afectísima hermana 

Pascuala Beláustegui de Arana. 
Es copia. 

Joaquín Arana. 

¡Viva la Confederación Argentina! 
I^Iueran los salvajes unitarios! 

Señen' coronel don Hilario Lagos. 

Campamento en el Saladero del Rosario, febrero 7 de 1846 

Mi estimado amigo: 

Ya lo considero muy próximo á los salvajes unitarios 
y de los nuevos aliados del sombrero grande, y muy pron- 
to creo tendrán nuestros milicianos el gusto de probar 
mandioca de la que traen en ellos. Yo marcho para San- 
ta Fe á consecuencia de un desembarco que están ha- 
ciendo los salvajes de Corrientes en el Chaco, según 
avisos que le dan al general Echagüe unos caciques ami- 
gos. Si se presentan en pelea, pienso con el auxilio de 
mi patrona, la Pura y Limpia, sacudirles el polvo y que 
jueguen el pato los milicianos de Rozas. 

Tengo el gusto de adjuntarle esos impresos, y deseándole 

toda felicidad me repito su ñno amigo 

Q. B. S. M. 

Vicente González. 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Hilario Lagos. 

Campamento en el Saladero del Rosario, mayo 27 de 1846. 

Mi apreciado amigo: 
Tengo el placer de saludarlo, y por la de V. he sabido 



— 485 — 

que se ha repuesto de sus males. Adjunto á V. esas inte- 
resantes gacetas: en la del 16 verá Y. la salida del to- 
rito, el Pardejón lobuno: pero que ande gambeteando y 
verá como le largamos al héroe entrerriano. que tal vez 
ahora no pueda escapársele yendo á ganar entre los bra- 
sileros; pero para acodillar á ese bruto indomable sólo 
basta cualquier piquete de orientales y porteños que aun 
viven por allá. En La Gaceta del 20 encontrará V. una se- 
sión de los lores del parlamento muy im^jortante á nues- 
tra causa: por falta de tiempo para despachar no he se- 
parado las demás que siempre lo hago dos ó tres veces 
para imponerme en realidad de todo, como debe ser. Las 
cartas que Y. mandó pasaron á sus títulos. El sargento 
Luciano con motivo de anuncios de indios, se halla de 
partida por Melincué, pero pronto vendrá, porque todas 
las noticias de que los indios han de invadir á esta pro- 
vincia salen falsas y se dirigen á la de Buenos Aires. 

Con los mejores afectos de sinceridad á su señora es- 
posa, me repito su siempre amigo 

YiCEXTE González. 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señoi- coronel don Hilario Lagos. 

Campamento en el Saladero del Rosario, julio 20 de 1846. 

Mi estimado amigo: 

Acompaño á Y. esos números de la Gaceta en los 
que verá la reyerta que ha tenido el apologista de los 
salvajes unitarios, Mr. Thiers, con otros honorables miem- 
biTjs, y lo revolcado que ha salido este fanático. 

Nada se adelanta por acá todavía, de los resultados 
de los trabajos de nuestro goliierno con el nuevo ministro 
inglés, pero muy pronto se sabrá algo y lo que llegue á 
mis noticias, se lo comunicará su siempre amigo 

Vicente González. 



— 486 — 

iVivíi la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Vicente González. 

Córdoba, septiembre 7 de 1840. 

Mi apreciado compatriota y amigo: 

Con Intima satisfacción he recibido su apreciable carta 
con los diarios que tiene la bondad de acomi)añarme, 
quedando enterado por ello de la importante comunica- 
ción que me transcribe del señor edecán don Antonino 
Reyes, referente al arreglo que ha hecho con el excmo 
señor presidente Oribe el ministro especial de los gabi- 
netes de Francia é Inglaterra, señor Hood, de un modo 
satisfactorio en la cuestión pendiente, que dará por resul- 
tado la p'dz general de la República con inmensa gloria 
de la Confederación Argentina y del jefe supremo que 
lleva las R. E. de ella. 

Publicada la paz que entre mil beneficios que pródi- 
gamente nos ha dispensado el Dios de las misericordias 
y la que fué concebida sin pecado original, éste será un 
otro bien que debemos de suprema magnitud, al mismo 
señor que abatió el orgullo y empecinamiento de Faraón 
al libertar su pueblo cautivo en poder de éste. No sé, mi 
amigo, con qué complacencia festejaré tal noticia, ni cómo 
podré encarecer y encomiar sin defraudar su mérito ú 
nuestro grande amigo el ilustre Restaurador de las leyes 
en el desenlace de sucesos de tanta importancia y tras- 
cendencia al bien del país: con razón dice V. que aquella 
divina pastora al fin hace aparecer la paloma que salió 
del Arca del Testamento con el olivo de la Paz, porque 
después de un naufragio general que por tantos años ha 
sufrido la patria por los malvados salvajes unitarios, apa- 
reció un argentino íirme y resuelto á salvar la nave de 
la libertad é independencia del continente americano. 
¡Eterno honor á este ilustre magistrado! 

Nada más puede decir á V. su afectísimo amigo y ser- 
vidor 

Manuel López. 



— 487 — 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Se~wr coronel clo7i Vicente Gotizález. 

Salta, octubre 3 de 184(3. 

^li estimado amigo: 

Me es altamente grato acusar recibo á tres comunica- 
ciones de V. que han llegado juntas. La última en que 
me acompaña los artículos que sirven de base para los 
tratados de paz definitiva sacados de El Comercio del Plata, 
que es por demás interesante. He enviado muchas copias 
á varios de nuestros corresponsales de Bolivia; con los 
periódicos (lue me ha remitido he hecho tanto y no fal- 
tará uno que otro devoto en aquellos países que bendiga 
con nosotros á la Pura y Limpia que invoca Y. como pia- 
doso cristiano. 

Por aquí no hay novedad mientras por allí andan las 
cosas como Dios quiere; pero 'tenga Y. entendido que si 
fuera de otro modo, los refugiados argentinos en Bolivia. 
y otra gente de la misma calidad, que están en especta- 
ción de los sucesos, nos habrían atropellado, aunque sa- 
ben que han de salir descalabrados porque tienen que 
chocar con el patriotismo y ardimiento de los sáltenos. 

El 18 dol corriente termina el período de mi gobierno 

y saldrá á danzar otro que sea más feliz que yo, que en. 

tre á dislVular do la paz general que ya se anuncia. Le 

deseo días tranquilos y serenos. Entretanto cualquiera 

que sea mi i)Osición social seré siempre su afectísimo 

amigo y S. S. 

(). 15. S. M. 

Maxif-f. Antonio Saravia. 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unit;irios! 

Señor coronel don Vicente Oonxálex. 

Sant¡a<;o, (x^tnhiv 10 de 1840. 

Mi apreciado fino amigo: 
Gratamente me contraigo por esta orasiini á contestar 



— 488 — 

sus muy distinguidas de 27 y 28 de agosto último, y 4, 9, 
18 de septiembre ppdo. cuya lectura, así como la de las 
interesantes notas que me transcribe y diarios que adjun- 
ta, me ha sido altamente satisfactorio. 

Me hallo hasta la fecha por los citados documentos al 
corriente de todos los incidentes ocurridos en el curso 
del grave é importante negocio de paz que se trata con 
las naciones interventoras, á consecuencia de la misión 
del señor Hood. Los procedimientos de éste en el lleno 
de su deber y demás circunstancias provenientes del cam- 
bio de ministerio en Londres y convencimiento general 
en la misma Europa sobre la agresión injusta hecha á 
los derechos de nuestra independencia, son pruebas nada 
equívocas de un feliz anuncio al arribo que se pretende 
por medio de una terminación honrosa y laudable de la 
cuestión existente con ambas potencias. Xada parece ha- 
l)rá que dudar sobre la verdad de un hecho cuya reali- 
zación se funda en testimonios que decididamente conduce 
nuestra creencia á ver cumplidos y satisfechos plenamen- 
te los días esjíléndidos de nuestro engrandecimiento con 
el triunfo de la sagrada causa que defendemos. 

Con sumo placer he visto el caso que Y. se digna de- 
tallarme, relativamente á la mutación del almirante in- 
glés, con el conjunto de circunstancias posibles que marcan 
este incidente, y comprendo son los medios infalibles que 
la mano poderosa del cielo, así como la augusta reina 
concebida sin pecado proponen, para demostrar su pro- 
tección decidida sobre la justicia de nuestra causa, siendo 
de esperar por tanto, que nuestros anhelantes esfuerzos 
l)or el sostén de lo más sagrado que es nuestra cara in- 
dependencia y la muy esclarecida y magnánima resolución 
del héroe que dirige los negocios de la ReiDÚblica obten- 
drán por premio la excelsa gloria que promete el término 
que se aguarda y llama nuestra atención. 

Con grande sentimiento voy á faltar á la promesa que 
hice á usted en mi anterior, de que hallándome en la obra 



- 489 — 

de la reedificación del templo del convento de San Francis- 
co, debería concluir para el día de la patrona, que es la 
Purísima, y que la misa celebrada en la colocación de 
dicha iglesia, debería ser en nombre de usted. 

Este plan se me ha frustrado por un acontecimiento 
que no estuvo á mi alcance prevenirlo; pues, construyen- 
do las partes demolidas del antiguo templo sobre mucha 
parte de los cimientos, ha experimentado, que al colocar 
el techo, las paredes han sentido un grande desquicio: 
á íin de precaver desgracias que pueden originarse si se 
continuaba en la obra, he tenido á bien desarmarlo todo 
para la edificación de otro nuevo, como ya lo estoy hacien- 
do. No olvidaré lo prometido para cumplir en cualquier 
tiempo el que el citado templo se concluya. 

Incluyo copia de la nota que me dirige un nuevo 
corresponsal de Bolivia, coronel don Pedro Cueto, goberna- 
dor de Chichas, y también el mensaje del presidente de 
aquella república que se refiere en dicha nota. 

Sin más por ahora, me repito de usted como siempre 
su amigo y affmo. servidor Q. B. S. M. 

Felipe Ibarra. 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Hilario Lagos. 

("ampamcnto en el Saladillo, octubre 13 de 1846. 

Mi distinguido compañero y amigo: 
Tengo el [)lacer de saludarlo y adjuntarle unos perió- 
dicos (|ue \o i»ondiáu al corriente de los sucesos que se 
están desenvolviendo en p(jlítica y los que se están por 
desenvolveí'. Los salvajes unitarios en Montevideo, esos 
íthcecados (pii' lian pcrd'nlo la, razón y son de aquellos 
que dice la escritura tienen ojos y no ven, tienen len- 
gua y no hablan y tienen oídos y no oyen; éstos, con la 
sed del oro extranjero y el americano robado, ese deseo 



— 490 — 

de mandar que los ciega y los hace perder los estribos 
por elevarse al mando, no quieren ser más que entidades 
ante las aras sagradas de la patria, á recibir los destinos, 
que por suerte les dé ó les quite, que todo lo puede hacer 
ella: para ellos nadie es nada, todos son ellos; y esa su 
opinión degradada que han de acabar como han acabado 
los otros caudillos que han seguido esa misma doctrina; 
por fín, mi amigo querido, tenemos á la cabeza de la 
República á ese genio de la América que toda la male- 
dicencia de sus enemigos y de estos judíos errantes des- 
parramados por todo el mundo no hacen más que hacer 
conocer, que el ciudadano don Juan Manuel de Rozas 
está lleno de capacidades con que el Altísimo lo ha agra- 
ciado. 

Que usted goce de completa salud en compañía de 
su amable familia y demás personas de su agrado, son los 
deseos de este su apasionado Q. B. S. M. 

Vicente González. 
Córdoba, octubre 21 de 1846. 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Vicente González. 

Mi distinguido compatriota y amigo: 

Con la más grata complacencia me ocupo de acusar 
el recibo de su apreciable carta fecha 13 del ppdo. y de 
los papeles impresos que se sirve remitirme de los cuales 
ine hallo enterado, habiéndome contraído, con el interés 
que insi^iran, ¿i su lectura por contener asuntos de vital 
importancia á nuestra querida patria, aunque tantas ve- 
ces cuantas leo las piraterías é injusticias de los piratas 
gringos siento hervir mi sangre y exaltarme en la más 
profunda indignación como generalmente me sucede, cuan- 
do á la vez leo la obra intitulada la Libertad de los mares ó el go- 
bierno inglés obra que revela la atroz perfidia de aquel ga- 



— 491 — 

bínete ambicioso y avariento que jiara saciar su codicia le 
parece poco las cuatro partes del ntiundo descubiertas, 
sin pararse en medios por reprobados que sean, porque 
aseguran la impunidad con el desmesurado poder y pre- 
ponderancia marítima que por desgracia de la humanidail 
jDOseen: pero nada importa cuando tenemos á la cabeza 
de las masas populares al nuevo Wásíngtlion de Améri- 
ca, el magnánimo señor Rozas, querido de todos los 
federales y cuando la justicia está de nuestra parte con 
las simpatías de las repúblicas hermanas y de naciones 
poderosas. 

Los gringos y los salvajes unitarios han puesto á prueba 
nuestra moderación y sufrimiento, y no sacarán de eso 
más que el convencimiento de que los federales saben 
s<jstener la independencia del país sin contar para ello 
el número de los enemigos, ni arredrarnos por los brus- 
cos ataques de dos naciones poderosas que aun no saben 
hasta hoy lo que importan los pueblos argentinos. 

Son muy interesantes los últimos papeles que recilñ 
ayer con su última carta, por contener algunas publica- 
ciones de impresos de Europa que hacen justicia á la 
santa causa que sostiene la Confederación Argentina y 
su digno encargado de los negocios generales, á quienes 
deseo todo acierto, salud y prosperidad, como á V. siendo 
su afectísimo y decidido amigo y confederal Q. B. S. M. 

Caulos Amézaga. 

¡Viva la Confuiloraclóii Ai't;oiitinit! 
¡Mueran los salvajes unitai-ios! 

Señor coronel don Vicente González. 

C(3i'(iolj!i. oelnlire vM de lcS4(). 

Mi estimado amigo y compatriota : 

He recibido sus ai)reciables fechas 8. 1:5 y 1 1 del corriente 

con los impresos ([uc lia tenido la digiiaciíUi de ad jiiiitariiic 

á ellas, por los cuales me hallo ent(M'a<lo de lo que hay 

en [política con respecto á la maldita intervención anglo" 



— 492 — 

francesa que ha traído á nuestro país males de inmensa 
trascendencia de que sólo los salvajes unitarios son res- 
ponsables ante Dios y los hombres, porque ellos la lla- 
maron y dieron al ambicioso extranjero el tono altanero, 
y audaz con que hoy se presenta á hollar nuestros sagrados 
derechos, sin otro título que el de la fuerza y el poder 
marítimo que tienen. Pero no saldrán con la suya estos 
viles aventureros, porque la divina justicia protege nuestra 
santa causa: ella nos proporcionará todos los medios ne- 
cesarios para repeler tan injusta y bárbara agresión dando 
al encargado de los negocios generales del país, nuestro 
grande amigo el señor general Rozas, toda fuerza y vigor 
que necesite. 

Amigo: cuando llego á este punto de la intervención, sin 
poderlo reinediar me exalto y me enciendo en tal fuego 
que quisiera que todos los gringos se hicieran una sola 
cabeza para de un golpe cortarla. Ahora, qué le diré de 
los salvajes unitarios esclavos de nuestros fieros conquis- 
tadores! Á estos desnaturalizados, indignos del nombre 
americano, seres que el Infierno abortó, son los que exclu- 
sivamente han causado tamaños males, que ni ellos mismos 
pueden graduar su magnitud: ellos, los que siembran la 
zizaña y la discordia y los que tanto en Europa, Brasil y 
Montevideo y demás repúblicas han jDuesto un taller de 
patrañas, embustes y maquinaciones para llevar adelante 
su plan de sangre, ruina y desolación. 

Le incluyo la adjunta carta del señor general riutiérrez 
para el señor general Urquiza: V. me hará el gusto de re- 
mitirla; disponiendo como guste de la invariable voluntad 
de su afectísimo compatriota y amigo Q. S. M. B. 

Manuel López. 



— 493 — 

¡ Yiva la Confederación Argentina ! 
¡ Mueran los salvajes unitarios ! 

Señor coronel don Vicente González. 

Salla, noviembre 4 de 1845. 

Mi querido compatriota y amigo: 

Al acusar recibo de su última apreciable, mi primer 
objeto es participar á V. que. vencido el período de mi 
gobierno, he dejado de ser por el ministerio de la ley un 
hombre público y me hallo restablecido á la vida privada 
y á la condición de ciudadano: como tal persuádase Y., 
mi amigo, que no dejaré de elevar mis votos al cielo i3or 
la prosperidad de la causa y porque continúe dispensando 
al héroe argentino ese acierto y profundo tino que forma 
la gloria de la patria y el orgullo de sus hijos. 

Me ha tranquilizado Y. mucho asegurándome que á 
pesar de los inmensos obstáculos á la paz que ha opuesto 
el ministro francés con infame alevosía, ella se realizará- 
La opinión de Y. es conforme con la justicia y con lo 
que lícitamente debe esperarse de la civilización de los 
gabinetes europeos, aunque tantas veces, mi amigo, esta 
civilización se ha convertido en el abuso de la fuerza y 
nada más. Dios no ha de dejar sin premio nuestros sacri- 
ficios. 

Me despido de V. hasta otra vez, protestándole que 
desde los días de vida pública conservaré el recuerdo de 
haber adquirido la amistad de V: con tales sentimientos 
me repito de Yd. affmo. amigo y compatriota Q. S. INI. I>. 

Manuel Antonio Saravia. 

¡ Viva la Confederación Argentina ! 
I Mueran los salvajes unitarios ! 

Mendoza, noviembre 10 de 1846. 

Señor coronel don Vicente González. 

Mi (pierido coronel y amigo: 
Tengo á la vista la apreciable carta de V. feclia l;j del 



— 494 — 

ppdo. octubre, dirigida á nuestro común amigo el señor 
gobernador don Pedro P. Segura: repito á V. que por 
especial encargo de éste, tengo el placer de avisar á V. 
el recibo de aquella, con los siete números de La Gaceta 
Mercantil de Buenos Aires, que V. se sirviera adjuntar. 

Son también en mi poder los tres números del Comercio 
de Lafón, que V. se sirviera remitirme. El maldecido, el 
asesino decenviro, el traidor de aquel bastardo perió- 
dico, es bien conocido en los pueblos: sus sarcasmos y 
calumnias jamás podrán sorprender la opinión federal 
harto pronunciada en todos los ángulos de la República. 
Vendido al oro extranjero como hijo adoptivo del sapo 
Rivadavia, todo lo que salga de su inmunda boca, no 
puede ser sino blasfemias, corrupción y maldades. Ya ten- 
dremos ocasión de arrimarle fuerte en la revista de Men- 
doza. 

Por ahora le remito el número 11 de aquel periódico. 
La causa federal es inconmovible en los pueblos de Cuyo: 
reposa en el sentimiento general y profundo de sus ha- 
bitantes, de adhesión al orden y odio al infame y parri- 
cida bando de rebeldes salvajes unitarios. El genio ame- 
ricano, el ilustre general Rozas, adquiere cada día nuevos 
derechos sobre el corazón de los argentinos fieles al sa- 
grado juramento de la independencia nacional, y muy 
particularmente en el de su afectísimo amigo 

Celedonio de la Cuesta. 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitai-ios! 

Señor coronel don Vicente González. 

Santiago, noviembre 14 de 1846. 

Mi apreciado compatriota y amigo: 
Me lisonjeo en tener á la vista y contestar las estima- 
bles de 28 de septieml)re último y 8, 13, 18 y 20 de octubre 
ppdo. Todas ellas, así como los impresos adjuntos, me han 



— 495 — 

instruido del resultado que ha obtenido la negociación de 
paz que las potencias interventoras por medio de su digno 
agente señor S. Hood, debieron celebrar con los excnios. 
gobiernos del Plata y demás ocurrencias consiguientes al 
desenlace de ese importante asunto. 

Me es grato asegurarle que este acontecimiento muy 
distante de menguar en manera alguna la disposición de 
los habitantes de esta provincia para la defensa de los 
derechos nacionales, ha excitado doblemente la suscepti- 
bilidad de todos para animarlos en un deseo más ardiente 
de consagrar sus sacriíicios y esfuerzos en favor de la 
causa que victoriosamente sostienen los pueblos de la 
Confederación bajo la dirección del Ínclito argentino que 
preside los negocios de la República. 

Soy de V. como siempre su fino amigo y afectísimo 
Q. B. S. M. 

Felipe Ibarra. 



Señor don Fructuoso Rivera. 

Montevideo, julio 9 de 1846. 

Muy apréciable compadre y señor: 

Por el capitán Ansaldo, que salió antes de ayer, avisé 
á V. lo que ocurría. Ayer llegó mi hijo Mateo, y por él 
su muy estimada de 1«. del corriente. 

Comienzo por repetir á V, mi agradecimiento al auxilio 
<le cueros, que aprecio en doble grado, por la oportunidad 
y por el modo de atender á ella, tan conforme con mi 
sentimiento. Así es que V. evita un compromiso, y yo 
(juedo muy satisfecho en todos sentidos. 

Aquí comienzan á agitarse reclamaciones por los neu- 
trales, y luego que estén en disposición se mandarán á 
informe de V., lo que le prevengo anticipadamente. 

Nada más se adelanta de la misión de Mr. Hood, sino 
que según noticias que tuvieron los almirantes, hizo sen- 
tir en Buenos Aires la intención de comunicar con Oribe, 



— 496 — 

pero se han dado órdenes para no consentirlo sin que 
reciban instrucción los referidos almirantes por el con- 
ducto regular. 

Eso, y el inesperado sigilo de esa misión, ha alarmado 
á los ministros: Mr. Ouseley se considera desairado. No 
creen que los gobiernos de las civilizadas naciones de 
que dependen puedan ceder en sus compromisos, pero 
temen la intriga de Rozas. El medio más efectivo, en las 
circunstancias, es, sin duda, que nosotros aprovechemos 
el tiempo, y que, á pesar de la estación, Y. saque las 
ventajas que pueda de su posición, á que ellos auxiliarán 
con cuanto j^uedan. Á ese efecto el gobierno ha determi- 
nado el regreso del coronel Baez, que ha escuchado al 
señor Ouseley, y con quien he entrado en largos detalles 
que trasmitirá á Y. En efecto, cuanto más fuerte sea la 
actitud que Y. tome: cuanto más domine la campaña, 
tanto más se imposibilitan las patrañas con que alucina 
Rozas y sus agentes á los gobiernos de Europa. Desgra- 
ciadamente no hemos tenido quienes en Londres y París 
hayan contrarrestado las maniobras de Sarratea, Moreno, 
Mandeville, Pages, Parish y otros bien asistidos y con re- 
cursos para hacer sentir su influencia; de consiguiente 
no es extraño que aquellos gabinetes vacilen y se dejen 
persuadir. 

Nosotros necesitamos paz. No es materia de cuestión 
que aceptaremos la que asegure la independencia perfecta 
de la República, retirando las fuerzas argentinas y desar- 
mando las extranjeras, para que la elección sea libre; 
pero tantas serán las tranquillas que podrían pretenderse, 
que debemos colocarnos en actitud de rechazar toda pre- 
tensión que menoscabe nuestros derechos. 

Por tanto, pues, calcule Y. si es posible una operación 
en estos momentos; cual la que podría ofrecer más ven- 
taja; y entonces, para entrar en ella, diga Y. lo que habrá 
que hacer por acá, ó venga á concertarla de viva voz, si 
juzga que con su venida no se expone cosa ninguna. Esto 
es hoy lo esencial, y pronto, lo demás se irá arreglando de 



— 497 — 

confüriiiidail. La tengo completa en la referencia de mandar 
persona al Río Janeiro: aunque no sea sino un encargado 
de negocios; pero dado el caso de haber con que costearla, 
¿cuál ha de ser esa persona? yo no la encuentro entre 
aquellas en quienes puede haber confianza. Para el Para- 
guay y Corrientes supongo á don José habilitado, con Bo- 
livia y ^'enezuela nos entenderemos, y ya he escrito lo con- 
veniente. Además, podemos entendernos con ÍTuilarte, y 
también con los señores Jovellano y González; pero para 
el Brasil es preciso pensar y decidir pronto. Quiero que V. 
me indique algo. 

Por el ministerio de hacienda se va á auxiliar al 
doctor Ellauri, y al señor O'Brien lo ha despachado fa- 
vorablemente la asamblea de notables. Éste pasará á 
Europa. 

En cuanto el tiempo me dé para ocuparme del pro- 
yecto de premios lo redactaré en forma y se presentará- 
En cuanto á la medalla con la inscripción de las bata- 
llas ganadas, me parece más propio de un cuadro que 
se coloque en la sala de sesiones. Eso es más duradero 
y digno, porque el capitán general tendrá también su 
medalla de oro como jefe del ejército. La espada es una 
promesa que debe cumplirse, mucho más destinada como 
está. Los ascensos deben darse previa la propuesta ofi- 
cial que le ha de hacer en vista de lo ordenado por el 
gobierno. 

El señor Bejar está autorizado para terminar el con- 
trato de armamento, sea con cueros ó ganado en pie. 

Don Joaquín le manda una comunicación de (Taril)al<li 
á quien también es de necesidad hacer que se subordina 
á la razón, y esa es la confianza de Mr. Lainé que lo 
favoi-ece y abona. Yo no lo conozco, pero creo que ser- 
virá más para la mar, en donde puede hacer buenos 
servicios, presentando el pabellón oriental en las aguas 
del rio de la Plata. 

Desconfianza grande inspiran torios los actos de Ur- 

TOMOIV. ■.'•I 



— 498 — 

(ILiiza. Los almirantes participan de este sentimiento, y 
es bueno estar de prevención con él. 

Si se realiza la reunión de Hornos y del coronel Blanco, 
es fácil que de aquí á septiembre pueda V. tener cuatro 
mil hombres, contando con 300 que se enganchen aquí; 
pero es indispensable proveernos de armas y de per- 
trechos. 

Nada más por hoy. Reciba V. los recuerdos de toda 
esta familia, y la sincera amista*! de su muy affmo. 
Q. S. M. B. 

Fraxcisco Mauapjños. 



Señor don Fructuoso Rivera: 



^Montevideo, julio -Zl de 1846. 



Mi apreciado compadre. 

El impreso adjunto im^Dondrá á V. de todo lo que sa- 
bemos hasta el momento. Los ministros nada han reci- 
bido directamente de Mr. Hood, pero éste ha escrito á 
su hijo, que todavía no puede saber del resultado de su 
misión, porque encuentra más dificultades de las que creía 
á su salida de Londres. 

Las noticias de Maldonado y del campo enemigo que 
refiere el señor Costa, así como las que V. tendrá, son 
los nortes para dirigir sus operaciones. Hoy lo que nos 
importa es que V. esté fuerte, capaz de resistir todo el 
poder que tiene Oribe, porque de eso pende imestra sal- 
vación; de consiguiente es preciso ser prudente y no 
aventurar nada en momentos de crítica decisión. 

Podrá también intluir mucho la disposición de Urquiza, 
y esa es, tal vez, la clave de las entretenidas de Rozas, 
que quiere ofuscar con sus mañas. Por todo, pues, im- 
porta estar sobre aviso y ajDrovechar los momentos. 

Procuro que salga un vapor para Maldonado y que 
lleve algunos pertrechos que ha de necesitar Brígido Sil- 
veyra y nuestra gente que ande por allí, que es regular 
hayan ya ocupado lo que han abandonado los enemigos. 



— 4yy — 

Con mil recuerdos de la S. y familia me renuevo su 
afectísimo amigo y servidor 

Q. S.M. B. 

F. Magapjxos. 



Señor don Fructuoso Rivera. 



Montevideo, Julio 21 de 1846. 



Mi querido compadre : 

Diferentes ocasiones he recordado que V. me dijo en 
Río Janeiro lo conveniente que sería nombrar vicecónsul 
en Puerto Alegre á Maciel— que le había escrito diciendo 
que admitiría — y aunque he querido escribirle sobre eso, 
otras atenciones me han hecho olvidar preguntar á V. 
no sólo si cree que eso importe hoy, sino también que 
me indique á quien podría nombrarse en el Río Grande, 
persona que tomase con calor nuestros intereses, y que 
fuese, además de oriental, activo y diligente para estos 
cargos, en. circunstancias que debemos por todas partes 
rodearnos de gente que sea útil y sirva con entusiasmo. 
Espero, pues, su contestación, sin perjuicio de tomar 
razón de las personas que allí podrían servir para ese 
cargo. 

El dador ha de ser don Pedro Este ves que de mucho 
servirá á V. en la comisaría, y que dará noticias de algu- 
nas cosas que por aquí pasan, así como del estado de la 
plaza con las noticias que ocupan hoy la atención pública 

Por conducto del ministerio de guerra, he escrito hoy 

otra carta, y quedo ansioso de noticias. De V. muy affmo. 

amigo y servidor Q. S. M. B. 

F. Magariños. 

Señor general don Fructuoso Rivera. 

Carmelo, ajíosto 22 de 1846. 

Mi estimado general: V.s en mi poder su apreciable del 
'J8 del corriente, con la nota oficial de la misma fecha» 
á la que se le ha dado el debido (cumplimiento: ninguna 



— 500 — 

n<n^edad ocurre por acá; estamos, sí, algo atrasados con la 
faena de los cueros, á causa del mal estado de los caba- 
llos y los malos tiempos que han hecho; sin embargo va. 
mos paladiando como se puede: no he ido aún á Mercedes 
porque según las comunicaciones del comandante Cano 
no lo he creído tan necesario; pero en esta semana en- 
trante pienso dar un galopito: las piezas de Mercedes ya 
están aquí, y Piran sigue con su obra, que probablemente 
será la mejor de las baterías y la de menor costo; he 
tenido parte que el 23 de este entró una partida enemiga 
mandada por el Corrales que se escapó de Martín García 
y sorprendió á un oíicial y seis individuos de tropa per- 
tenecientes al comandante Paunero que iban de este punto 
y se habían puesto á tomar unos potros en las Conchillas 
donde fueron tomados prisioneros y llevados inmediata- 
mente. Hoy me ha asegurado el comandante del vapor 
francés estacionado en este punto, que la paz se realizará 
muy pronto, según se lo escriben de Montevideo y la 
Colonia, y que V. E. irá á Francia de ministro, y Oribe 
á Inglaterra con la misma representación; esto me ha 
hecho reír á carcajadas, porque según lo que he oído á 
V. E. es esta proposición una locura rematada: estamos 
sin embargo con ansiedad de saber algo: á Ocampo lo 
espero pronto y por él espero se sirva comunicarme algo 
y determinarme sus órdenes. Mil recuerdos á mi señora 
comadre de su atento que B. S. M. de V. E. 

P)ERN'ARD1X0 BaEZ. 

Señora doña Bernardina Fragoso. 

JMontevideo, noviembre 30 de 1846. 

Mi apreciable comadre y señora: 

Me he visto favorecido con sus noticias, y satisfecho 
de que gana la salud en ese punto. Espero que con la 
buena estación lo pasará mejor. 

Ahora le mandamos un enfermo que necesita un poco 
de campo. Es un muchacho de confianza y capaz de ser- 



— 501 — 

vir á la mano; procure restablecerse, si lo consigue. Como 
no hay otra persona le damos ese petardo. 

La adjunta para mi compadre, le impondrá de la re- 
solución que he tomado por no poder ya pasar por otra 
casa. Es imposible que pueda seguir con los hombres que 
han quedado, y las cosas que pasan de diario. Estoy 
enfermo, y mi sacrificio es inútil con tales elementos. 
Quiera V. cerrarla y mandarla en ocasión segura, y con 
expresiones á las personas que estén esa, incluso el pa- 
dre doctor Vidal, si aun permanece en la vita bona; dis- 
ponga siempre de un affmo. compadre y servidor 
Q. S. M. B. 

F. Magarixos. 

¡ Viva la Coiifeileracioii Argeiitiuíi ! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Vicente Gonxále s. 

Mciuldza, jamo 1". de 184G. 

Mi muy querido amigo y compatriota: 

Con la más grata satisfacción he recibido sus aprecia- 
bles lie 2() de abril, 8 y 12 de mayo último con todos los pe- 
riódicos y documentos importantes que en ellas se sirve 
adjuntarme, que precisamente.han llegado en los días que 
celebrábamos el glorioso aniversario de nuestra libertad, 
los triunfos de los ejércitos de la Confederación y elevá- 
bamos sinceros votos al ser eterno por la felicidad y pros- 
peridad del gran argentino y nuestro común amigo el ilus- 
tre general Hozas. 

No me es posible pintar á V. el vivo entusiasmo y sen- 
timiento nacional con que se han pronunciado todas las 
masas, y la primera clase de este pueblo, haciendo las 
más vivas demostraciones de patriotismo y virtud (jue los 
íuiima. En todas partes no se oían más que vivas entusias- 
tas en favor del excmo. encargado de las K. E. de los go- 
biernos de la Confederación y de los beneméritos jefes 
«•llcialesy tropa «pie con tanto heroísmo defienden nuestra 



— o(y¿ — 

soberanía é independencia. Puedo asegurarle que los sal- 
vajes unitarios han visto en tal gloria americana confun- 
didas sus negras esperanzas, que agobiadas bajo el duro 
peso de sus enormes delitos vivirán eternamente recibien- 
do el desprecio y baldón de sus compatriotas. 

Aguardo con la mayor ansiedad que V. tenga la bondad 
de avisarme la nueva y terrible lección que deben haber 
recibido en su regreso los piratas anglofranceses, pues 
según se me ha hecho entender el general Mansilla los 
aguarda en San Lorenzo con 16 piezas de distintos cali- 
bres. Hoy verán otra vez los conquistadores que el poder 
de sus cañones nada vale contra un pueblo decidido á sos- 
tener su libertad y sus más sagrados derechos. 

Concluyo esta carta, mi querido coronel, dándole las más 

cordiales felicitaciones, y repitiéndome como siempre su 

mejor anaigo y compatriota 

Q. B. S. M. 

Pedro P. Segura. 

¡Viva la Confederación Argentina! 
¡Mueran los salvajes unitarios! 

Señor coronel don Vicente Gonxáles. 

.lujuy, julio :^0 de 1846. 

Mi estimado amigo y distinguido compatriota: 
He recibido por el presente correo su muy apreciable 
de 7 del que expira con la copia de carta que se ha servido 
remitirme. 

Yo dejo más bien á su consideración la magnitud del 
júbilo y regocijo que ha causado en mi corazón la noticia 
nada mejor que de la coronación de la grande obra de la 
Confederación Argentina, la prueba evidente de la irrevo- 
cabilidad de nuestra independencia, el fruto óptimo y pin- 
güe de la constancia y sabia política de nuestro eminente 
Rozas, el colmo de glorias á que se han elevado por la 
protección divina los sacrificios heroicos de nuestros ami- 



— 503 — 

gos y compatriotas federales, de esos guerreros de inmor- 
tal fama, á quienes Y. dignamente pertenece: ni el 
tiempo, ni poder alguno humano destruirá sus obras. 
ni borrará sus ilustres nombres