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http://www.archive.org/details/historiadelaconq01pres 



HISTORIA 



DE LA 



CONQUISTA DE MÉXICO 



HISTORIA 



DE LA 



Conquista de México 



POR 



W. H. PRESCOTT 



TOMO I 



Ediciones MERCURIO 
MADRID 







Irap. Je G. Hernández y Galo Sáez .— Mesón de Paños, 8.— MADRID 



PREFACIO 



Habiéndose ocupado, en la Conquista de México las plu- 
mas de Solís y Robertson, dos de los más hábiles historia 
dores de su nación respectiva, parece que poco quedaba ya 
que inquirir al que hoy se ocupase en el ?nismo asunto. Pero 
la historia de Robertson es breve, como que forma sólo par- 
te de otra obra más extensa; y, además, ni el escritor espa- 
ñol, ni el inglés, han contado con los importantes documen- 
tos relativos a aquel suceso que después ha reunido la l abo 
riosidad de algunos literatos españoles. El que abrió el 
camino a estas investigaciones fué D. Juan Bautista Muñoz, 
el celebrado historiógrafo de las Indias, que en virtud de 
real privilegio, obtuvo fácil entrada a todos los archivos na- 
cionales y a todas las librerías públicas, privadas y monás- 
ticas de la Península y las colonias. El resultado de sus 
largas labores fué la reunión de un gran acopio de materia- 
les, de que, desgr aciadamente, no pudó aprovecharse; sus 
manuscritos quedaron depositados después de su muerte en 
los archivos de la Real Academia de Historia de Madrid, y 
fueron aumentados después con los de D. Vargas Ponce, 
presidente de la misma Academia, quien los había obtenido 
de diferentes partes, y principalmente de los archivos de In- 
dias, en Sevilla. 

Cuando solicité de la Academia en i8j8, permiso para 
copiar de esta inestimable colección de documentos los rela- 
tivos a México y al Perú, no sólo se me concedió francamen* 



VIII PREFACIO 

te, sino que se encargó a un eminente literato alemán, miem- 
bro de la misma corporación, que cuidase de la traducción 
y cotejo de los manuscritos, y esto antes de que como miem- 
bro de la Academia tuviese yo derecho alguno a sus conside- 
raciones. Semejante conducta manifiesta el adelanto que las 
ideas liberales han tenido en la Península después del doc- 
tor Robertson, pues él se queja de que se le cerró la entrada 
a los repertorios públicos de más importancia. El favor con 
que fué acogida mi soticitud, lo debo principalmente al pre- 
sidente de la Academia D. Martín Fernández Navarrete, li- 
terato cuyo carácter personal le ha granjeado en su patria la 
misma estimación que sus trabajos literarios fuera de ella; 
tengo, además, que agradecerle el libre uso que me ha per- 
mitido hacer de sus manuscritos propios, fruto de una vida 
de constantes tareas, y fundamento de las valiosas produc- 
ciones con que en diferentes épocas ha ilustrado la historia 
de las colenias españolas. 

De estas tres magníficas colecciones, obra del esmerado 
trabajo de medio siglo, he formado un acopio de documentos 
inéditos, que ocupan cerca de ocho mil páginas en folio, con- 
cernientes a la Conquista y establecimiento de los españoles 
en México y el Perú. Consisten, principalmente , en instruc- 
ciones oficiales, diarios privados y militares, corresponden- 
cia de los principales personajes de aquellas escenas, cróni- 
cas contemporáneas y otras semejantes, sacados de los prin- 
cipales repertorios de la Península y sus vastas colonias. 

He procurado enriquecer mi colección con materiales to- 
mados de México mismo, lo cual habían olvidado hacer mis 
ilustres predecesores en este género de investigaciones: de 
aquellos soy deudor al señor Conde de la Cortina; todavía 
más al Sr. D. Lucas Alaman, y, sobre todo, a mi excelente 
amigo D. Ángel Calderón de la Barca, último ministro ple- 
nipotenciario de España cerca de México; sus prendas per so- 



PREFACIO IX 

nales, aún más que su alta representación, le concillaron la 
estimación universal, y le facilitaron la libre entrada a to- 
dos los lugares de México en que se podía encontrar algo cu- 
rioso o interesante. Estoy igualmente agradecido a las finas 
atenciones del conde Camaldoli, en Ñapóles; del duque de Se- 
rradifalco, en Sicilia, personaje cuyo saber añade nuevo lus- 
tre al de su alto rango, y del duque de Monte León, actual 
representante de la casa de Cortes, por haberme proporcio- 
nado que registrase libremente los archivos de la familia. A 
estos nombres debo añadir los de Sir Thomas Philips, cuya 
preciosa colección de manuscritos es probablemente más ex- 
tensa que cualquiera otra privada de Inglaterra y aún de 
Europa; el de M. Ternaux Compans, propietario de la rica 
colección de D. Antonio Uguina, en la que se comprenden 
los papeles de Muñoz, y cuyos frutos está actualmente dan- 
do a luz, y, analmente, el de mi compatriota y amigo Arturo 
Midleton, último encargado de Negocios de los Estados Uni- 
dos, en Madrid, quien me ayudó activamente en mis pesqui- 
sas en aquella capital. 

Además de este acopio de documentos originales, he trata- 
do de adquirir todas las obras impresas que se han publica- 
do sobre mi asunto, sin excluir ni aun aquellas que por su 
precio y dimensiones colosales parecen destinadas más bien 
a una biblioteca pública que a una librería privada. 

Después de haber manifestado los materiales de mi obra 
y las fuentes de donde provienen, quédame que exponer bre- 
vemente su plan y estructura. Entre las grandes proezas de 
los españoles en el siglo xvi, ninguna excita la imaginación 
más fuertemente que la Conquista de México. La ruina de 
un grande imperio por un puñado de aventureros, y sus ex- 
traños y pintorescos pormenores, parecen dar materia más a 
propósito para una novela que para una historia seria; y no 
es fácil, en efecto, tratarla sin apartarse de las reglas seve- 



X PREFACIO 

ras de la crítica histórica. Mas no obstante las seducciones 
de mi asunto, he procurado distinguir religiosamente los he- 
chos de las meras ficciones, y fundar mi narración en bases 
tan auténticas como lo permiten los testimonios de aquella 
época. He corroborado el texto con citas frecuentes, que las 
más veces he dejado en su original, porque pocas de ellas 
podrían ser confrontadas por el lector; en ellas he querido 
conservar textualmente su antigua ortografía, por desusada 
y bárbara que sea, más bien que alterar en lo más mínimo 
la integridad del texto original. 

Aunque propiamente el asunto de la obra es la Conquista 
de México, la precede una ojeada sobre la civilización de los 
antiguos mexicanos, para que el lector se info?'me del ca- 
rácter de esta raza extraordinaria, y comprenda todos los 
obstáculos que para subyugarla tuvieron que vencer los es- 
pañoles. Esta introducción y el apéndice, que realmente for- 
man parte de ella, -me han costado tanto trabajo y quizá tan- 
to tiempo como todo el resto de la obra, a pesar de que no 
ocupan aquellas dos cosas juntas más que medio volumen. 
No obstante, si con ellas consigo dar una idea cabal de la es- 
pecie y grado de civilización a que habían llegado los mexi- 
canos, no reputo perdidas mis fatigas. 

Aunque la historia de la Conquista acaba con la toma de 
la capital, sin embargo, la he continuado hasta la muerte de 
Cortés, considerando el interés que habrá despertado en el 
lector el carácter que manifestó durante su carrera militar. 
No se me ocultan los riesgos a que me expongo procediendo de 
esta suerte: el espíritu, preocupado con un pensamiento 
grande, la caída de la capital, juzgará superflua y aún 
fastidiosa la continuación de la historia, y será difícil, 
después de la impresión que causa la noticia de la gran ca- 
tástrofe de un pueblo, interesarse en las aventuras de 
un individuo privado. Solís adoctó, sin duda, el mejor partí- 



PREFACIO XI 

do, concluyendo su historia con la toma de la capital, y de- 
jando ilesa en el ánimo de su lector la profunda impresión 
de aquel memorable suceso. Prolongar la narración es in- 
currir en aquel defecto que los crithos franceses censuran 
en algunos de sus más celebrados dramas, y que consiste en 
destruir con un desenlace prematuro el interés de la pieza. 
Tal es el defecto de que aún en mayor grado adolece la vida 
de Colón, vida que se cierra con aventnras insignificantes 
acaecidas en un grupo de islas, después de haberse abierto 
con el sorprendente descubrimiento de un mundo; defecto, en 
suma, que para quedar encubierto, ha necesitado todo el ge- 
nio de un Irwing y el encanto mágico de su estilo. 

A pesar de estas graves objeciones, me he visto impulsa- 
do a continuar -mi narración aún más allá, por deferencia a 
la opinión de algunos sabios españoles, que juzgan que la 
biografía de Cortés aún no ha sido presentada completamen- 
te, y porque no he querido dejar escapar la ocasión de trazar 
la que me ofrecía el cúmulo de materiales que tenía yo a las 
manos. Y en verdad no me arrepiento de haber procedido de 
esta manera, porque cualquiera que sea el brillo que las 
proezas militares de la Conquista de México reflejen sobre 
Cortés, ellas no bastan para dar una idea cabal de las mi- 
ras ilustradas, extensas y variadas, y del genio emprende- 
dor de aquel guerrero. 

El crítico encontrará quizá alguna incongruencia en un 
plan que combina objetos tan disímbolos como los que com- 
prende la presente Historia, cuya introducción, destinada a 
hablar del origen y antigüedades de una nación, tiene un ca- 
rácter filosófico, mientras que la conclusión es meramente 
biográfica, por manera que ninguna de ellas puede ser con- 
siderada como parte de la Historia propiamente tal. Pero 
tales objeciones creo que no son más fuertes en teoría que 
en práctica, pues que la introducción prepara al lector a los 



XII PREFACIO 

pormenores de la Conquista, y los grandes sucesos de esta 
conducen como por la mano a la historia del héroe que fué 
como el alma de ella. Por otra parte, cualquiera que sea la 
falta de unidad de que adolece mi obra, considerada bajo 
ciertos aspectos, no carecerá de la unidad de interés, única 
que tienen por indispensable los críticos modernos. 

Aunque la gran distancia que media entre nuestros días 
y los de la Conquista, debe ser una garantía de que no la he 
juzgado con prevención ni parcialidad, sin embargo, el lector 
ingles y el norteamericano, que profesan principios de moral 
tan diversos de los del siglo xvi, me creerán demasiado in- 
dulgente con los errores de los conquistadores, mientras que 
el lector español, habituado al encomio sempiterno de Solís, 
le parecerá que he tratado a aquellos con demasiada severi- 
dad. A unos y a otros reponderé: que si por una parte he 
pintado los excesos de los conquistadores con los colores más 
sombríos, por la otra he disculpado su conducta, haciendo 
todas las reflexiones atenuantes que sugiere la época y cir- 
cunstancias en que vivieron. He procurado no sólo trazar un 
cuadro fiel, sino colocarlo a la mejor luz y poner al espec- 
tador en el mejor punto de vista. A costa de algunas repe- 
ticiones he tratado de empapar al lector en el espíritu de 
aquella época, de hacerle, por expresarme así, contemporá- 
neo del siglo xvi: a él toca decidir si he cumplido mi de- 
signio. 

Antes de concluir, debo alegar como un título a la indul- 
gencia de mis lectores, el estado de mis ojos, que no me ha 
permitido releer mis manuscritos, ni mucho menos corregir- 
los; la incorrección y oscuridad de mis borradores, habrá 
sido, no obstante, el esmero del copista, origen de numerosos 
errores, debidos también en no pequeña parte a la bárbara 
fraseología de mis autores mexicanos; no es creíble que todos 
esos errores hayan sido descubiertos por el ojo vigilante del 



PREFACIO XIII 

crítico sagaz a quien estaba confiada la revisión de las 
pruebas. 

En el prólogo de la historia de Fernando e Isabel, me que- 
jaba yo de que se ocupase en dos de las partes más intere- 
santes de aquella obra, el más popular de los escritores ame- 
ricanos, Washington Irwing; una cosa semejante ha aconte- 
cido por una rara casualidad en el presente caso: me he 
encontrado, sin saberlo, ocupando el mismo terreno en que él 
quería colocarse. Cuando llegó esto a mi noticia, aún no po- 
seía yo mi rica colección de materiales; pero si el hubiese per- 
severado en su designio, hubiera yo abandonado el mío sin 
vacilar, si no por cortesía, por conveniencia propia, pues 
aunque vestido con la armadura de Aquiles, ninguna espe- 
ranza de victoria me quedaba en un combate con Aquiles 
mismo. Mas apenas supo aquel distinguido escritor que me 
preparaba a tratar este asunto, cuando con esa caballerosi- 
dad, que no sorprenderá a nadie que le haya tratado, me 
anunció su intención de dejarme el camino libre. Al hacer 
público este noble proceder de M. Irwing, conozco que con 
gran desventaja para mi, dejo un justo sentimiento en el co- 
razón del lector. No puedo terminar este prefacio, ya dema- 
siado largo, sin expresar mi reconocimiento a M. Jorge 
Ticknor, mi amigo de muchos años, por la cansada revisión 
de mis manuscritos, obra del cariño, y cuyo precio sólo po- 
drán estimar los que conocen su extraordinaria erudición y 
delicado gusto. Si su nombre es el último en la lista de las 
personas que me han favorecido, no es, segurísimamente, 
porque le estime en menos. 

Guillermo H. Prescott. 
Boston, octubre 10 de 1843. 



HISTORIA 

DE LA 



CONQUISTA DE MÉXICO 



LIBRO PRIMERO 

INTRODUCCIÓN 

OJEADA SOBRE LA CIVILIZACIÓN DE 

LOS AZTECAS 



CAPITULO PRIMERO 

México antiguo. — Clima y producciones. — Razas primi- 
tivas. — Imperio azteca. 

Entre los dilatados países que formaron en otro tiem- 
po los dominios españoles en el Nuevo Mundo, ninguno 
ofrece el interés e importancia que México, ya se consi- 
dere la variedad de sus climas o la inagotable riqueza de 
sus minerales; ya sus paisajes pintorescos y magníficos 
sobre toda ponderación; bien el carácter de sus antiguos 
moradores, superiores en inteligencia a todas las otras ra- 
zas norteamericanas, y cuyos monumentos nos recuerdan 
la civilización primitiva del Egipto o el Indostán; o bien, 
finalmente, las circunstancias peculiares de su conquista 
tan novelesca como pudieran serlo las leyendas de los bar- 
dos italianos o normandos. El objeto de esta obra es pre- 



l6 W. H. PRESCOTT 

sentar la historia de esa conquista y la del hombre extra- 
ordinario que la llevó a cabo. 

Mas a fin de que el lector pueda más fácilmente adqui- 
rir el conocimiento de estos sucesos, será conveniente 
echar una ojeada general sobre las instituciones sociales y 
políticas de las razas que ocupaban aquellas comarcas an- 
tes de su descubrimiento. 

El país de los antiguos mexicanos o aztecas, como se 
llamaban entonces, no comprendía más que una pequeña 
parte de los extensos territorios que forman la moderna 
República de México (i). No es posible determinar sus 
límites con exactitud; en los últimos tiempos del imperio, 
se dilataron considerablemente, y comprendían del 1 8 o al 
21° Norte, por el lado del Atlántico, y del 14 o al 19 o por 
el Pacífico (2), formando una faja cuyo mayor ancho no 

(1) Muy extensos, ciertamente, si hemos de creer al arzobispo Lo- 
renzana, quien nos dice: 

«Es dudoso si acaso el país de Nueva España tocaba con la Tarta- 
ria y la Groenlandia; con la primera por California, y con la segunda 
por Nuevo México.» —[Historia de Nueva España, México, 1770, 
pdg. 38, nota.] 

(2) Me he conformado con los límites fijados por Clavijero; proba- 
blemente él ha examinado el asunto más extensa y cuidadosamente 
que aquellos compatriotas suyos que asignan a la monarquía mayor 
extensión. Véase Storia Antica del Messieo [Cesena, 1780], disert. 7. 
El abate no ha tenido, sin embargo, cuidado de informar al lector de 
los fundamentos en que se apoyan sus conclusiones: la extensión del 
imperio azteca se conoce por los escritos de los historiadores poste- 
riores a la Conquista, y por las pinturas que representan los tributos 
que pagaban las ciudades conquistadas; dos fundamentos sumamente 
vagos y defectuosos. Véase los M. SS. de la colección de Mendoza, en 
la magnífica obra de Lord Kingsborough. La dificultad de estas averi- 
guaciones se aumenta, por cuanto la conquista de esas ciudades; 
como veremos después, se verificó por el concurso de tres potencias, 
de suerte que no es fácil decir la parte que tocaba a cada una. El 
punto es de tal manera intrincado, que Clavijero, no obstante las 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 17 

pasa de 5 o y medio, y que se iba angostando hacia el lí- 
mite SE., hasta llegar a menos de 2 o . Probablemente 
abrazaba menos de 16.000 leguas cuadradas (i); sin em- 
bargo, tal es la rara constitución de este país, que aunque 
apenas doblemente extenso que la Nueva Inglaterra, pre- 
senta todas las variedades del clima y produce todos los 
frutos que se encuentran entre el Ecuador y el círculo 
ártico. 

A lo largo de todo el Atlántico, el país está limitado 
por una faja ancha llamada la Iierra Caliente, que tiene la 
alta temperatura propia de las tierras equinocciales. Tos- 
tadas y arenosas llanuras se encuentran confundidas con 
otras de exuberante fertilidad, casi impenetrables a causa 
de las espesas florestas de arbustos aromáticos y flores sil- 
vestres, en medio de las cuales se levantan árboles de ese 
aspecto magnífico, que sólo se encuentra entre los trópi- 
cos. Bajo esta dulzura selvática, vive en acecho la fatal ma- 
laria o fiebre amarilla, engendrada probablemente por la 
descomposición pútrida de sustancias vegetales, en aquel 
suelo húmedo y caliente. La estación del vómito prieto, 

aserciones terminantes del texto, no se ba atrevido en su mapa a fijar 
los límites del imperio, ni hacia el N., donde tocaba con el tezcucano, 
ni hacia el S., a pesar de que con respecto a estos últimos ha incu- 
rrido en el craso error de asegurar que aunque el territorio mexicano 
llegaba hasta los 40°, no comprendía ninguna porción de Guatemala. 
Véase t. I, pág. 29, y t .II, disert. 7. El cronista tezcucano Ixtlilxochitl, 
se empeña, a su vez, en asignar una gran extensión territorial a su 
nación. Historia Chichimeca, M. S , cap. 39. 53 et alibi. 

(1) Según Humboldt, es de 18 a 20.01)0 leguas cuadradas, y com- 
prendía las modernas intendencias de México, Pu bla, Veracruz, 
Oaxaca y Valladolid. Essai polit. sur le Roy. de Nouv. Espag. [Pa- 
rís, 1825]. t. I, pág 196. Esta última, la de Valladolid, estaba com- 
prendida, como él mismo lo ratifica en otra parte de su obra. (Com- 
pendio, t. II, pág. 164), en el reino de Michoacdn, rival del de 
México, 



1 8 W. II. PRESCOTT 

que asóla las costas, dura desde la primavera hasta el equi- 
noccio de otoño, en cuyo tiempo lo mitigan los vientos 
fríos que bajan de la bahía de Hudson. Estos vientos ori- 
ginan frecuentemente, durante el invierno, tempestades o 
nortes, y recorriendo la costa del Atlántico y el sinuoso 
Golfo de México, azotan con la furia de un huracán en sus 
playas desabrigadas y las islas comarcanas. Tales son los 
peligrosos hechizos con que la naturaleza ha rodeado esta 
tierra de encanto, como para guardar los dorados tesoros 
ocultos en su seno; pero el genio y los esfuerzos del hom- 
bre han sido más poderosos que todos los obstáculos de 
la naturaleza. 

Después de caminar veinte leguas por esta región abra- 
sada, el viajero se encuentra respirando en otra atmósfera 
más pura; sus pulmones, recobran su elasticidad; vive más 
libremente, porque sus sentidos ya no están oprimidos por 
los calores sofocantes ni el embriagante perfume de la pla- 
ya; el aspecto de la naturaleza ha cambiado enteramente; 
la vista ya no se recrea con la hermosa variedad de colores 
que esmaltaban la llanura; deja atrás la vainilla, el añil y el 
floreciente cacao; pero la caña y el plátano con sus lustro- 
sas hojas aún le acompañan, y cuando ya ha subido cerca 
de cuatro mil pies, conoce en el perenne verdor y rico fo- 
llaje del liquidambar, que ha llegado a la altura en que se 
detienen las nieblas y las nubes al venir del Golfo de Mé- 
xico; es la región de la humedad perpetua; pero la saluda 
con placer, porque le anuncia que ha escapado de la in- 
fluencia del mortífero vómito (i); ha entrado en la Tierra 

(1) El viajero que al entrar en el país atraviesa los espantosos mé- 
danos de Veracruz, apenas podrá creer en la verdad de esta descrip- 
ción; pero no es allí, sino en otras regiones de la Tierra Caliente, donde 
debe buscarla. De los viajeros modernos, ninguno ha hecho una pintu- 
ra más bella de las impresiones que afectaron sus sentidos en aquellas 



HISTORIA DE L\ CONQUISTA DE MÉXICO 1 9 

Templada, cuyo aspecto se asemeja al de la zona del mismo 
nombre. Estas nuevas escenas son grandes y aún terribles; 
su camino corre por entre la base de altas montañas que 
brillaron en un tiempo con luz volcánica, y que resplande- 
ciendo hoy con su manto de nieve, sirven al marinero en 
alta mar de valiza durante muchas leguas; en torno suyo 
reconoce las huellas de una antigua combustión, al caminar 
por largos trechos de lava, que se eleva en mil fantásticas 
formas, delineadas por el torrente de fuego al chocar con los 
obstáculos que se oponían a su curso; tal vez en el mismo 
instante en que contempla a la orilla de su ruta un declive 
escarpado o un principio insondable, ve su fondo hermo- 
seado con las ricas -flores y la esmaltada vegetación de los 
trópicos. ¡Tales son los inesperados contrastes que se pre- 
sentan a los sentidos en estas pintorescas regiones! 

Caminando hacia adelante, sube a climas favorables, a 
otro género de vegetación. El maíz o grano de Indias, como 
le llamamos comúnmente, ha venido acompañando al via- 
jero desde el nivel más bajo; pero ahora ve por la primera 
vez el trigo y otras semillas europeas traídas por los con- 
quistadores. Mezclados con ellas, se ven los plantíos de la 
zabila (*) (aloe) o maguey (Agave americana), que los azte- 
cas aplicaban a tan diversos y útiles usos. Los robles han 
adquirido mayor medra, y los espesos bosques de pinos 
anuncian que se ha entrado en la Tierra Fría^ la última de 
las regiones en que, naturalmente, está dividido el país. 

regiones abrasadas, como Latrobe, que vivió en un punto de la costa 
de Tampico; las descripciones que este mismo viajero hace del hombre 
y la naturaleza de nuestro propio país, son notables por la belleza y 
exactitud, y le hacen acreedor a nuestra confianza cuando habla de 
otros. 

(*) Me parece que el género aloe y el agave, son diferentes, aunque 
ambos pertenezcan a la Hexandria Monoginia de Lineo. — N. del T. 



20 W. H. PRESCOTT 

Cuando el cansado viajero llega a la altura de 7.000 u 8.000 
pies, ha tocado ya a la cumbre de la Cordillera de los 
Andes, de esta colosal cadena que, después de atravesar la 
América del Sur y el istmo de Darien, se extiende al en- 
trar en México, formando una vasta meseta que conserva 
la elevación de más de 6.000 pies por cerca de 200 le- 
guas, hasta declinar gradualmente en las altas latitudes 
del Norte (i). De esta plataforma se levanta, en una di- 
rección occidental, una cadena de collados volcánicos de 
estupendas dimensiones, que forman una de las regiones 
más elevadas de la tierra. Sus picos, que entran en los lími- 
tes de las nieves perpetuas, difunden una agradable frescura 
sobre los valles que están a su pie, que, aunque llamados 
fríos, gozan de un clima a cuya temperatura media no ex- 
cede la del centro de Italia (2). El aire es excesivamente 
seco, y el suelo, aunque naturalmente feraz, rara vez está 
vestido de la ostentosa vegetación de los terrenos bajos. 
Algunas veces, su aspecto es árido y estéril, debido esto, 
en parte, a la gran evaporación que se verifica en llanuras 
tan elevadas, por la disminución de la presión atmosférica, 
y, en parte, a la falta de árboles que resguarden el suelo de 
los rayos abrasadores del sol de estío. En tiempo de los 
aztecas, la meseta estaba abundantemente cubierta de en- 

(1) Tan dilatado país varía de elevación, desde 5.570 hasta 
8.836 pies; altura igual a la del paso de Mont-Cenis o del gran San 
Bernardo. La meseta se prolonga otras 300 leguas, antes de descender 
al nivel de 2.624 pies. Humboldt, op. cit., t. I, pdgs. 157-275. 

(2) Cerca de 62° de Farenheit o 17° de Réaumur. Humboltd, loco 
citato, pdg. 273. Las mesetas elevadas tal como el valle de Toluca, 
que se encuentra a cerca de 8.500 pies sobre el nivel del mar, tienen 
un clima muy rígido, en el cual el termómetro, durante gran parte del 
día, rara vez sube a más de 45°. Farenheit. ídem, loe. cit., y Malte 
Brum, Geo. Univ., cap. 83 de la traducción inglesa: este autor no 
es en esta parte más que un eco del primero. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 21 

ciñas, cipreses, alerces y otros árboles boscosos, cuyas 
extraordinarias dimensiones, de que aún quedan vestigios, 
prueban que la presente aridez más debe imputarse al 
hombre que a la naturaleza. En efecto, los españoles des- 
truyeron indistintamente los bosques, a la mar.era que lo 
hicieron nuestros antepasados los puritanos, aunque con 
menos razón, pues una vez conquistado el país, no tenían 
aquéllos que temer las encubiertas asechanzas de los sumi- 
sos y semicivilizados indígenas, mientras que nuestros 
bisabuelos se vieron obligados a vivir alerta durante un 
siglo. Dícese que esta destrucción agradaba a los conquis- 
tadores, porque les recordaba las llanuras de su Castilla (i), 
que es la meseta de-Europa, y de cuya desnudez se quejan 
cuantos viajeros la visitan. 

En medio del Continente, un poco más cerca del Pací- 
fico que del Atlántico, a una elevación de casi 7.500 pies, 
está ei celebrado Valle de México, de forma oval, de 67 le- 
guas de circunferencia (2) y rodeado de una alta muralla 
de montañas porfiríticas que la naturaleza parece haber 
dispuesto, aunque inútilmente para servirle de defensa. 

El suelo, unas veces cubierto de bello verdor y de árbo- 
les majestuosos, es otras estéril, y blanquea con incrusta- 

(1) La altura de las Castillas, según la autoridad tantas veces ci- 
tada, es de cerca de 350 o 2.100 pies. Disertac. de Humboitd, apup 
Laborde, Itinerario descriptivo de España (París, 1827), t. I, pág. 5. 
Es raro encontrar en Europa llanuras tan altas como éstas. 

(2) El arzobispo Lorenzana computa en 90 leguas el circuito del 
Valle de México, corrigiendo el cákulo de Cortés, que lo computaba 
en 70: este liltimo se acercaba a la verdad, según las medidas de Hum- 
boldt citadas en el texto. Su largo es de 18 leguas y su ancho de 12 y 
media. [Loe. cit, t. II, pág. 29. — Lorenzana. Loe. eit., -pág. 101.] El 
mapa del Valle de México es el tercero del Atlas geográñeo y físico de 
Humboldí, y lo mismo que todos los otros de la colección, es de gran 
mérito para el viajero, el geólogo y el historiador. 



22 W. H. PRESCOTT 

ciones de sal cristalizada por la evaporación de las aguas. 
Cinco lagos se extienden sobre el Valle, y ocupan un décimo 
de su superficie (i). En las dos orillas opuestas de la parte 
más ancha del lago, muy reducido en sus dimensiones con 
respecto a lo que era en tiempo de los aztecas (2), se le- 
vantan las ciudades de México y Tezcuco, las capitales de 
los dos Estados más poderosos y florecientes de Anáhuac, 
de aquéllos cuya historia y la de las razas misteriosas que 
les precedieron, ofrece algunas analogías íntimas con la 
civilización que se encontró antiguamente en el Continente 
Norteamericano . 

De estas razas, la más conocida es la de los toltecas, 
que viniendo del Norte, aunque no se sabe con fijeza de 
qué punto de él, entró en el territorio de Anáhuac (3) 

(1) Humboldt. Loe. cit., t. II, pdgs. 29, 44 y 49, Malte— Brun, 
libro 85. Este último asigna sólo 6.700 pies, contradiciéndose a sí mis- 
mo, o mejor dicho, a Humboldt, de cuyos escritos coge plenis mani- 
bus, y aun mucho más de lo que aparentan las raras citas que se en- 
cuentran al calce de estas páginas de su geografía. 

(2) Torquemada explica, en parte, esta disminución, suponiendo 
que del mismo modo que Dios permitió que bajasen las aguas que 
cubrían toda la tierra, después de haber casi exterminado a los hom- 
bres por causa de sus iniquidades, así permitió a las aguas del lago 
de México en señal de que se aplacaba, que bajasen después de haber 
sido destruidas por los españoles las razas idólatras que ocupaban el 
país. Pudiera encontrarse una explicación más probable, ya que no 
tan ortodoxa, en la evaporación activa del agua en aquellas regiones 
elevadas, y en la acción de un inmenso canal, construido en vida del 
buen padre, con el objeto de recoger las aguas del lago y preservar a 
la capital de una inundación. 

(3) El Anáhuac, según Humboldt, comprendía solamente el país 
encerrado entre los 14° y 21° lat. N. [Loe. cit., t. I, pág, 197.] Según 
Clavijero, casi todo lo que después se conoció con el nombre de Nue- 
va España [Loe. cit., t. I, pág. 27.] Veytia usa también de esta pala- 
bra como sinónimo de Nueva España. Historia antigua de México 
[México, 1836], t. I, cap. XII. Probablemente tanto disminuye el pri- 



HISTORIA D3 LA CONQUISTA DE MÉXICO 23 

hacia fines de la centuria séptima. Por consiguiente, poco 
puede saberse con exactitud de este pueblo, cuyos recuer- 
dos históricos han perecido, y que sólo nos es conocido 
por la tradición oral de las naciones que le sucedieron (i). 
Todos convienen, sin embargo, en que los toltecas estaban 
adelantados en la agricultura y en muchas de las artes me- 
cánicas útiles; que trabajaron primorosamente los metales; 
que inventaron el complicado sistema cronológico, adopta- 
do por los aztecas; y, en suma, que fueron los verdaderos 
fundadores de la civilización que en los últimos tiempos (2) 
ha distinguido a esta parte del Continente. 

mero de estos escritores, cuando dilata el último los límites del impe- 
rio. Ixtlilxochitl dice que so extiende 400 leguas más allá del país de 
los otomíes. [Loe. cit., cap. LXX1IL] La palabra Anáhuac, significa: 
cerca del agua. Probablemente este nombre se le aplicó por su situa- 
ción junto a los lagos del valle mexicano, y después se hizo extensivo 
a los países remotos invadidos por los aztecas y otras tribus semicul- 
tas; o quizás también, como lo indica Veytia [Loe. cit., cap. i], el 
nombre quería significar tierra entre las aguas del Pacífico y el 
Atlántico. 

(1) Clavijero nos cuenta que Butirini se fundó al escribir, en el 
testimonio de los escritores toltecas [Loe. cit., t. I, pág. 128]; pero 
este último literato no dice que ha poseído jamás ningún documento 
tolteca, y se refiere a uno que oyó decir existía en poder de Ixtlilxo- 
chitl. (Véase su Idea de una nueva historia general de la América 
Septentrional [Madrid, 1746], pág. 11. Este último escritor confiesa 
que sus noticias sobre los toltecas y chichimecas se fundan en la 
interpretación de pinturas (probablemente tezcucanas) y en la tradi- 
ción de algunos ancianos; pobres autoridades tratándose de sucesos 
acaecidos siglos antes. Sin embargo, él mismo reconoce que su narra- 
ción está tan llena de absurdos y falsedades, que se vio obligado a 
desechar las nueve décimas partes de ella. [Relaciones, M. ir., núm. 5.] 
La causa de la verdad no hubiera perdido gran cosa en que se hubie- 
sen desechado las otras nueve décimas del resto. 

(2) Ixtlilxochitl, Hist. Chich. M. S., cap. II. ídem, Relac. M. S., nú- 
mero 2. Sahagun, Historia general de las costas de Nueva España 



24 W. H. PRESCOTT 

Establecieron su capital en Tula, al Norte del Valle de 
México, donde aún quedaban en tiempo de la conquista (i) 
restos de antiguos y considerables edificios. Las ruinas, 
tanto de los religiosos como de otros que aún se conser- 
van en varias partes de la Nueva España, se atribuyen al 
pueblo toltecís, cuyo nombre ha venido a ser sinónimo de 
arquitecto (2). Su oscura historia nos recuerda a las razas 
primitivas que precedieron a los egipcios en el camino de 
la civilización; los restos que aún existen de los monumen- 
tos de aquellas razas, confundidos con los edificios de los 
egipcios mismos, dan a estos últimos la apariencia de cons- 
trucciones casi modernas. (3) 

Después de un período de cuatro siglos, los toltecas, que 
habían extendido su poder hasta los más remotos confines 
del Anáhuac (4), considerablemente destruidos por el ham- 
bre, la peste y por guerras infructuosas, desaparecieron 
del país tan silenciosa y misteriosamente como habían en- 
trado en él. Algunos pocos permanecieron allí, pero el 
mayor número se dispersó por la región de Centro-Améri- 
ca y las islas comarcanas; y el viajero contempla las sober- 
bias ruinas de Mitla y ei Palenque, como hechura probable 
de este pueblo extraordinario. (5) 

(México, 1829), libro 10, cap. XXIX. Veytia, loe. cit., lib. 1.°, capí- 
tulo XXV1Í. 

( 1) Sahagun, loe. cit., lib. 10, cap. XXIX. 

(2) Sahagun ubi. supra. Torquernada, Moiictrch. ind., lib. 1.°, capí- 
tulo XIV. 

(3) Descripción del Egipto (París, 1809). Antigüedades, t. I, ca- 
pítulo I. Veytia (loe. cit., lib. 2.°, cap. XXI-XXIII) ha trazado con 
bastante sagacidad lis emigraciones de los toltecas; sus resultados son 
necetariamente de poco valor, porque son necesariamente dudosos. 

(4) ixtlilxochitl, Hut. Chich. M. S., cap. LXXI1I. 

(5) Veytia, loe. cit.. lib. 1.°, cap. XXUI. Ixililxochitl. ubi supra, 
capítulo III. ídem, Relaciones, M. S., núms. 4, 5. El padre Torquema- 



HISTORIA DE LA. CONQUISTA DE MÉXICO 2$ 

Otro siglo después, una tribu numerosa y salvaje, los 
ckichimecas , viniendo de las remotas regiones del NO., en* 
tro en el país abandonado. Fácilmente fueron seguidos por 
otras razas más cultas, probablemente pertenecientes a la 
misma familia de los tolteca?, cuya lengua parece que ha- 
blaban. Las más conocidas de estas fueron los aztecas o 
mexicanos y los acolhuacanos. Estos últimos, más general- 
mente llamados tezcucanos, del nombre de su capital, Tez- 
cuco (i), situada en la orilla oriental del lago de México, 
se distinguen por sus costumbres y religión, que eran com- 
parativamente dulces, a causa de que sus primeras nocio- 
nes de civilización las recibieron de los pocos toltecas que 
aún quedaban en el país, Gran parte de los bárbaros chi- 
chimecas se confundió con los nuevos pobladores y formó 
con ellos una sota nación (2). 

Aprovechándose del poder que íes daba, no sólo su 
gran número, sino sus progresos sociales, los acolhuacanos 
extendieron gradualmente su dominio sobre las tribus bár- 
baras del Norte; entre tanto, su capital estaba llena de una 
población activa, ocupada en muchas de las más útiles y 
aun elegantes artes de una sociedad culta. En medio de 

da, acaso interpretando falsamente los geroglíficos tezcucanos, ha ex- 
plicado la misteriosa desaparición de los toltecas, por medio de tan 
pueriles cuentos de gigantes y diablos, que prueban que su gusto por 
lo maravilloso iguala y aún aventaja al de todos los de su género. 
Loe. cit., lib. 1.°, cap. XIV. 

(1) Tezcuco significa lugar de detención, porque muchas de las 
tribus que sucesivamente ocuparon el Anáhuac, se dice que asenta- 
ron en este punto. Ixtlilxochitl, Hist. Chich. M. 3, cap. X. 

(2) El historiador pinta en un lugar de su obra a los chichimecas 
amadrigándose en las cuevas, o, cuando más, en chozas de paja, y en 
otras páginas de aquélla, habla gravemente de sus señoras, infantas y 
caballeros. [Fbid, cap. IX y sig. Veytia, Loe. cit., lib. 2, cap. I, 10. 
Camargo, hist. de Tiaxcala, núm. 5.] 



26 W. H. PRESCOTT 

su prosperidad fueron súbitamente asaltados por sus ve- 
cinos los tepanecas, pueblo guerrero muy semejante a los 
acolhuacanos y que habitaba el mismo valle que ellos. Sus 
provincias fueron arrasadas, sus armas derrotadas, su rey 
muerto, y la floreciente Tezcuco quedó hecha la presa del 
vencedor. Salvóles de esta abyecta condición su joven 
príncipe Netzahualcóyotl, legítimo heredero de la corona, 
con la poderosa ayuda de sus aliados los mexicanos, sien- 
do la nueva era abierta con el reinado de este hábil mo- 
narca, aún más brillante que la primera (i). 

Los mexicanos, a quienes principalmente se refiere 
nuestra historia, vinieron también de las remotas regiones 
del Norte, origen fecundo de pueblos en el Nuevo y en el 
Viejo Mundo. Llegaron a los confines de Anáhuac hacia 
principios del siglo xm, algún tiempo después de la ocu- 
pación de aquel país por razas semejantes. Por largo tiem- 
po no tuvieron residencia fija, y establecieron, sucesiva- 
mente, su mansión en diferentes partes del Valle de Mé- 
xico, sufriendo todas las aventuras y fatigas de una vida 
errante. Al fin, fueron subyugados por otra tribu más pode- 
rosa, a pesar de que su ferocidad les hizo bien pronto temi- 
bles a sus dominadores (2). Después de una serie de peligros, 
que pudieran muy bien compararse con los hechos heroi- 
cos de la antigüedad, asentaron en la orilla SO. del lago 
principal, hacia el año de 1325. Allí es donde vieron un 
águila real de extraordinario tamaño y belleza, puesta en 
percha sobre un vastago de nopal, que salía de la hendidura 
de una roca bañada por las olas, con una serpiente entre 

(1) Ixtlilxcchitl, Hist. Chich. M. S., cap. IX, 20. Veytia, loe. cii., 
lib. 2, cap. XXIX, 54. 

(2) Estos eran los colhuacanos, y no los acolhuacanos, cou quie- 
nes los han confundido Humboldt, y después de él, muchos escritores. 
[Humbololt, Ensay. polít., t. I, pág. 414, 2, pág. 37.] 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 2"¡ 

las garras, y con sus anchas alas abiertas hacia el Oriente. 
Ellos vieron en este feliz agüero un anuncio del oráculo 
que les indicaba el asiento de su futura ciudad. Comenza- 
ron, pues, a fabricar, clavando estacas en los parajes más 
elevados, porque los pantanos bajos estaban casi cubiertos 
por el agua. Sobre estos cimientos levantaron sus endebles 
habitaciones de cañas y juncos, orocurándose la subsisten- 
cia de la pesca, de la caza de las numerosas aves que fre- 
cuentan las aguas, y de las legumbres que nacían en sus 
jardines flotantes. La capital se llamaba Tenochtitlan, en 
recuerdo de su origen milagroso, aunque los europeos la 
conocen con el nombre de México, del nombre de su dios 
de la guerra, Méxitli (i). El fabuloso origen de esta funda- 
ción todavía lo recuerdan el águila y el nopal que forman 
las armas de la moderna república mexicana. ¡Tales fueron 
los humildes principios de la Venecia del mundo occi- 
dental! (2) 

La triste condición de los nuevos moradores empeoraba 
cada día a causa de las disensiones intestinas: una parte de 

(1) Clavijero alega buenas razones para preferir la etimología de 
México, arriba mencionada, a todas las otras. [V. op. cit., t. I,pág. 16 
y nota.] El nombre de Tenochtitlan significa: tunal sobre piedra. 
(Explic. de la colee, de Mendoza, apud. antigüedades de México, vo- 
lumen IV.) 

(2) Datur hcec venia antiquilati ut miscendo humana divinis 
primordia urbium angustiara facial [Livio, Hist. prcef.] Véase para 
mayor inteligencia de este párrafo: Colee, de Mendoza, lám. I, 
apud antig. de Méx., vol. J, Ixtlilx. Hist. chich., cap. X, Toribio; 
hist. de los indios, M. S., part. 3. a , cap. VIII. Veytia, loe. cit, lib. II, 
cap. XV. Clavijero, después de un laborioso examen, asigna las si- 
guientes fechas a algunos de los acontecimientos notables de que he- 
mos dado noticia en el texto. No hay dos autoridades que concuer- 
den sobre este punto, y no es extraño, puesto que Clavijero, el más 
analítico de todos, no concuerda consigo mismo. (Compárense las fe- 
chas de la venida de los acolhuacanos, t. í, pág. 147, y t. IV, disert. II.) 



28 



W. H. PRESCOTT 



los ciudadanos se separó del cuerpo principal, y fundó otra 
nueva ciudad en los pantanos vecinos. Divididos de esta 
suerte, tardaron largo tiempo en adquirir posesiones en 
tierra firme; no obstante, crecían gradualmente en número 
y en fuerza, adelantaban en su política y en la disciplina mi- 
litar, y por su valor y crueldad en la guerra, adquirían un 
renombre temible en todo el Valle. A principios del si- 
glo xv, cosa de cien años después de fundada la ciudad, 
un acontecimiento vino a ocasionar una revolución en el 
Estado, y hasta cierto punto en el carácter de ios aztecas, 
y fué la destrucción de la monarquía tezcucana por los te- 
panecas, de quienes ya hemos hablado. Agotado a causa 
de la opresora conducta de los vencedores el sufrimiento 
de los vencidos, Metzahuaicoyot!, su príncipe, consiguió, 
ayudado de los mexicanos, y después de increíbles peli- 
gros y desgracias, igualar en fuerza a sus enemigos. En dos 
batallas sucesivas estos fueron derrotados con gran estra- 
go; su jefe pereció, y el territorio, por uno de esos súbitos 
reveses tan frecuentes en 3a guerra de los Estados peque- 
ños, cayó en poder de los conquistadores, y fué adjudicado 
a México en recompensa de sus importantes servicios. 

Entonces se formó esa liga memorable y sinigual en la 
historia, por la que pactaron México, Tezcuco y el pequeño 



A. D. 



Llegada de los toltecas a Anáhuac 

Abandonan el país 

Llegada de los chichimecas 

» de los acolhuacanos 

L03 mexicanos llegan a Tula 

» fundan a México. 



1051 
1170 
1200 
1196 
1326 



Véase su disert. II, lee. XII. En cuanto a la última fecha, una de las 
más importantes, es confirmada por el sabio Veytia, quien disiente de 
él en todas las demás. [Loe. cit, lib. II, cap. XV.] 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 29 

Estado limítrofe de Tlacopan, que se auxiliarían recíproca- 
mente en sus guerras ofensivas y defensivas, y que en la 
distribución de los despojos tocaría un quinto a Tlacopan 
y el resto se repartiría, aunque se ignora en qué términos, 
entre las otras dos potencias. Los escritores tezcucanos 
reclaman para su nación una parte igual a la de los aztecas; 
pero esto no es creíble, si se atiende al inmenso territorio 
que ulteriormente poseyeron estos últimos; además de que 
debemos presumir que se les concedía la mayor parte se- 
gún el tratado; pues por inferiores que en su principio ha- 
yan sido a los tezcucanos al tiempo de celebrarse aquel, se 
encontraban en condiciones más favorables que sus aliados, 
desunidos y desalentados por una larga opresión. 

Pero lo que es aún más extraordinario que la alianza, es 
la fidelidad con que fué guardada; durante un siglo de gue- 
rra no interrumpida, no hubo un solo motivo de disputa 
sobre la repartición de los despojos, materia que tan fre- 
cuentemente ocasiona rompimientos en las confederaciones 
análogas de los Estados modernos, (i) 

(1) El leal cronista de Tezcuco sostiene que su soberano llevaba, 
según el pacto, si no la mayor parte de los despojos, la supremacía en 
dignidad. (Hist. Chich., cap. XXXII.) Torquemada (Loe. cit., lib. 2.°, 
capítulo XL) asigna a México la mitad de las tierras conquistadas. 
Todos están acordes en no conceder más que el quinto a Tlacopan. 
Veytia (loe. cit., libro 3.°, cap. III) y Zurita [Rapport sur les différentes 
clases de chefs la Nouvelle Espagne, trad. de Ternaux, París, 1840, 
página 11], dos críticos bastante competentes, están acordes en dividir 
los despojos por iguales partes entre los dos principales Estados de la 
confederación. Una oda de Netzahualcóyotl, traducida al castellano, da 
testimonio de la singular unión de las tres potencias: 

«Sólo se acordarán en las naciones 

>Lo bien que gobernaron 

»Las tres cabezas que al imperio honraron.» 

Cantares del emperador Netzahualcóyotl, M. S. 



30 W. H. PRESCOTT 

Durante algún tiempo encontraron los aliados ocupación 
a sus armas en su propio Valle; pero bien pronto traspasa- 
ron sus murallas de roca, y hacia mediados del siglo xv, 
bajo Moctezuma I, extendieron sus límites hasta las playas 
del Golfo de México. Tenochtitlan, la capital azteca, daba 
un testimonio de la prosperidad de este pueblo: su pobla- 
ción creció rápidamente: sólidos edificios de cal y canto 
reemplazaron sus débiles chozas; los antiguos feudos fue- 
ron disminuyendo, y los ciudadanos, que se habían segre- 
gado, formaron de nuevo un solo cuerpo, y los suburbios 
que habitaban quedaron en comunicación permanente con 
el centro de la capital, cuyas dimensiones excedían en mu- 
cho a las de la moderna México (i). 

Afortunadamente, el trono fué ocupado por una serie 
de hábiles príncipes, que conocieron todo el provecho que 
se podía sacar de tan ricos recursos, y del espíritu marcial 
de su pueblo. Cada año se les veía volver a su capital car- 
gados con los despojos de las ciudades conquistadas y se- 
guidos de catervas de cautivos. Ningún Estado era capaz 
de resistir la fuerza concentrada en la triple alianza; así 
que, al empezar el siglo xvi, poco tiempo antes de la lle- 
gada de los españoles, el imperio azteca comprendía desde 
el Atlántico hasta el Pacífico; y bajo el osado y sanguina- 
rio Ahuitzotl, sus armas habían sido llevadas más allá de 
los límites ya reconocidos de su territorio propio, hasta 
los últimos confines de Guatemala y Nicaragua. La exten- 
sión del imperio, aunque corta, comparada con la de otros 

(1) Véanse los planos de la antigua y moderna México, en la pri- 
mera edición del México de Bullock. El original del mapa antiguo lo 
ha sacado el viajero de la colección del desgraciado Baturini; si, como 
parece probable, este mapa es el indicado en la pág. 13 de su catálo- 
go, no me parece seguro, como lo juzga Mr. Bullock, que sea el mis- 
mo preparado para Cortés por orden de Moctezuma. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 31 

muchos Estados, es verdaderamente prodigiosa, si se con- 
sidera que era la adquisición de un pueblo que poco antes 
había estado completamente contenido en el recinto estre- 
cho de su pequeña ciudad, y más aún, que el territorio 
conquistado estaba ocupado por varias y populosas razas, 
iguales en armas a los mexicanos y poco inferiores a ellos 
en organización social. La historia de los aztecas ofrece 
grandes puntos de analogía con la de los antiguos roma- 
nos, no sólo en sus triunfos militares, sino también en la 
política que se los proporcionaba (i). 



* * * 



La obra más importante de estos últimos tiempos sobre 
la historia antigua de México, es la del Lie. D. Mariano 
Veytia, publicada con este título en México en 1836. Este 
literato nació en Puebla en 17 18, de una familia antigua y 
respetable. Concluidos sus estudios académicos, vino a la 
Corte de Madrid, donde obtuvo una favorable acogida. En 
seguida viajó por algunos otros países de Europa, adquirió 
varias lenguas, y volvió a su patria enriquecido con los fru- 
tos de una observación atenta y de sus diligentes estudios. 
El resto de su vida lo consagró a las letras, principalmen- 
te a ilustrar la historia y las antigüedades patrias. Como 

(1) Clavijero, loe. cit., t. I, lib. 2. Torquemada, loe. cit., t. I, libro 
2. Baturini, loe. cit , pág. 146. Col. de Mend., parte I, y Codex Telle- 
riano Eemensis, apud. antg. Mexic. vols. i, iv. Maquiavelo señala 
como una de las principales causas de los triunfos militares de los ro- 
manos, «que en sus guerras se asociaban como parte principal a otros 
Estados», y muestra su asombro de que no hayan adoptado una polí- 
tica semejante las ambiciosas Repúblicas de los tiempos modernos. 
(Véase su Discurso sobre Tito Livio, lib. 2, cap. IV.) Tal era, como 
hemos visto arriba, la observada por los mexicanos. 



32 W. H. PjRESCOTT 

albacea del infortunado Baturini, con quien contrajo ínti- 
ma amistad en Madrid, pudo consultar su importante 
colección de manuscritos sobre México; y de allí y de 
otras fuentes que le franquearon su posición social y su 
carácter eminente, sacó ios materiales para varias obras, 
de las que ninguna corre impresa, si se exceptúa la ya 
mencionada: la época de su muerte no ha sido fijada por 
el editor; pero probablemente no fué posterior a 1780. 

La historia de Veyíia abraza todo el período desde la 
primera ocupación del Anáhuac hasta mediados del si- 
glo xv, en cuyo punto vino desgraciadamente la muerte a 
interrumpir sus trabajos. En los primeros capítulos de su 
historia, ha procurado trazar las inmigraciones y anales de 
las primeras razas que ocuparon el país. Cada página ofre- 
ce un testimonio de la extensión y fidelidad de sus indaga- 
ciones, y si sus resultados no son siempre dignos de nues- 
tra plena confianza, esto no depende del autor, sino de la 
oscuridad e incertidumbre del asunto. Cuando desciende 
a edades menos remotas, se ocupa preferentemente en las 
glorias de la dinastía tezcucana, dejando a un lado la azte- 
ca, que ha sido extensamente tratada por otros compa- 
triotas suyos. La prematura interrupción de sus trabajos, le 
impidió probablemente prestar a las instituciones privadas 
del pueblo que describe, esa atención especial que se me- 
recen, como que son el asunto más digno de investigacio- 
nes históricas. Esta falta la ha suplido con datos sacados 
de otras partes, su juicioso editor el Sr. D. Francisco Or- 
tega. En las primeras partes de la obra, se explica el siste- 
ma cronológico de los aztecas; pero sin éxito siempre, 
como ha acontecido antes del exacto Gama. Como crítico, 
ocupa un lugar superior al de los historiadores que le han 
precedido, y siempre que no se trata de su religión, 
muestra buen juicio y criterio; pero cuando se trata de 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 33 

ella, descubre esa credulidad ilimitada que domina aún a 
muchos de sus más ilustrados compatriotas. El editor de 
la obra ha publicado una interesantísima carta del abate 
Clavijero a Veytia, escrita cuando el primero estaba pobre 
y en humilde destierro, en tono como de quien se dirige 
a una persona de alto valimento y de importancia litera- 
ria: ambos se ocupaban en la misma materia; sin embargo, 
los escritos del pobre abate, publicados varias veces y tra- 
ducidos a varias lenguas, han difundido su fama por toda 
Europa, mientras que el nombre de Veytia, cuyas obras 
sólo han estado manuscritas, apenas es conocido fuera del 
recinto de México. 



CAPÍTULO II 

Sucesión a l<\ corona. — Nobleza, azteca, — Sistema judi- 
cial. — Leves y hacienda. — Instituciones militares. 

La forma de gobierno vanaba en los diversos Estados de 
Anáhuac: entre los aztecas y tezcucanos era una monarquía 
casi absoluta: ambas naciones se asemejaban tanto en sus 
instituciones políticas, que uno de sus historiadores ha 
asegurado, aunque indebidamente, que lo que se dice de 
la una debe entenderse aplicable a la otra (i). Yo trataré 
especialmente de la política de los mexicanos, ilustrándola 
siempre que se ofrezca con la del reino su rival. 

El Gobierno era una monarquía electiva; cuatro de los 
nobles más principales, escogidos por la nobleza misma 
desde el reinado precedente, ejercían las funciones de elec- 
tores en unión de los dos soberanos aliados de Tezcuco y 
Tlacopan, bien que los dos últimos ocupasen un lugar me- 
ramente honorario en el cuerpo electoral. El soberano era 
escogido de entre los hermanos del príncipe difunto, y a 
falta de éstos, entre sus sobrinos, por manera que la elec- 
ción recaía siempre en la misma familia. El candidato pre 
ferido debía haberse señalado en la guerra, aunque, como 
en el caso del último Moctezuma, pertenecía a veces al sa • 

(1) Ixtlilxochitl, hist. chich, M. S., cap. XXXVI. 



36 W. H. PKESCOTT 

cerdocio (i). Este modo singular de reemplazar el Trono, 
traía algunas ventajas: los candidatos recibían una educa- 
ción adecuada a la dignidad real; la edad en que eran 
electos libertaba a la nación de todos los riesgos de una 
minoría, y presentaba además medios ciertos de conocer la 
aptitud necesaria para tan alto empleo. El resultado era en 
todo caso favorable a la nación; así es que, como ya hemos 
dicho, el Trono fué ocupado por una serie de príncipes 
dignos de gobernar a aquel pueblo guerrero y ambicioso. 
Tal sistema de elección, aunque defectuoso, supone una 
política más refinada y calculadora de la que debía espe- 
rarse de una nación bárbara. (2) 

El nuevo rey era instalado en su alta dignidad con gran- 
de aparato de ceremonias religiosas, pero sólo después de 
que en una campaña victoriosa había cogido número sufi- 
ciente de cautivos para celebrar su entrada triunfal en la 
capital, y para ofrecer a sus dioses las víctimas que exigía 
la tenebrosa y sanguinaria superstición de los aztecas. Entre 
la pompa de estos sacrificios humanos, recibía la corona, 
que semejante en su forma a una mitra primorosamente 
adornada con oro, piedras y plumas, le era puesta en la 
cabeza por el señor de Tezcuco, el más poderoso de sus 
reales aliados. Al título de rey que les dan los escritores 
españoles a los príncipes de ios primeros tiempos, sustitu- 
yen el de emperador para los de los últimos, seguramente 

(1) Esto fué una excepción. También en Egipto el rey era sacado 
de entre los guerreros, aunque estaba obligado a instruirse después en 
los misterios del sacerdocio. (Plutarco, De Jsid. et Osir., sec. 9.) 

(2) Torquemada, Monarq. Ind., lib. 2.°, cap. XVIII, lib. 11, capítu- 
lo XXVII; Clavijero, Risl. de Méx., t. II; Acosta, natural and Morall 
historie of the Eaest and West Indies (Eng. trans,, London, 1604.) 
Según Zurita, los nobles no elegían mas que en el caso de que el 
príncipe difunto no dejase herederos. Las minuciosas investigaciones 
de Clavijero permiten dudar de este asunto. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 37 

para indicar su superioridad sobre los otros dos aliados (i). 

Los príncipes aztecas, especialmente al extinguirse la 
dinastía, vivían con un lujo y una pompa verdaderamente 
orientales. En sus espaciosos palacios había cámaras desti- 
nadas a los diferentes consejos que asistían al rey en el 
despacho de los negocios. De aquéllos el principal era una 
de consejo privado, compuesto, en parte, probablemente, 
de ios cuatro electores, cuyas vacantes, en caso de muerte, 
eran provistas del modo que antes lo habían sido. El obje- 
to de este cuerpo, si hemos de juzgar por las vagas noti- 
cias que de él nos han quedado, era consultar al rey en lo 
concerniente al gobierno de las provincias, a la administra- 
ción de las rentas públicas, y, en suma, en todos los gran- 
des asuntos de público interés (2). 

En los palacios regios había también habitaciones para 
la numerosa guardia de corps del soberano, formada de la 
primera nobleza. No es fácil en estos gobiernos bárbaros 
determinar con precisión sus diferentes órdenes; pero lo 
que sí se puede asegurar, es que había una distinguida 
clase de nobles que poseían grandes terrenos, que desem- 
peñaban los principales empleos cerca de la persona real, 
y ejercían la administración de las provincias y distri- 
tos (3), algunos de ellos traían su origen de los primeros 

(1) Sahagun, hist. de N. E., lib. 6, cap. IX-XIV; lib. 8, cap. XXXI- 
XXXIV. Véase también a Zurita, Relación, pág. 20, 23. Ixtlilxochitl 
reclama obstinadamente esta supremacía para su nación; pero esta 
opinión contradice a los hechos asentados por él mismo en otra parte, 
y no está apoyada por ningún otro autor de los que he consultado. 

(2) Sahagun, que deposita el poder electoral en un cuerpo mucho 
más numeroso, habla de cuatro senadores que formaban el consejo 
de Estado. (Hist. de N. E., lib. 8, cap. XXX.) Acosta hace subir el 
número de consejeros a más que el de los electores (lib. 6, cap. XXVI). 
No hay sobre este punto dos escritores acordes. 

(3) Zurita enumera cuatro órdenes de jefes, todos ellos exentos 



38 W. H. PRESCOTT 

fundadores de la monarquía. Según varios escritores de 
peso, había treinta grandes caciques, que residían por lo 
menos una parte del año en la capital, y cada uno de los 
cuales podía contar 1 00.000 vasallos en sus Estados (i). 
Sin dar entero crédito a semejantes cómputos, parece cier- 
to, según el testimonio de los conquistadores, que el país 
estaba repartido entre muchos jefes poderosos que vivían 
en sus dominios como señores independientes. Si acaso es 
cierto que los reyes favorecían y aún exigían la residencia 
de estos nobles en la corte, y que durante su ausencia les 
pedían rehenes, es evidente que el poder de los primeros 
era verdaderamente formidable (2). 

Parece que estos Estados se habían por varios títulos y 
con diferentes restricciones. Algunos de ellos ganados con 
la espada u obtenidos en recompensa de servicios públi- 
cos, se poseían sin limitación alguna, excepto la de no po- 
der ser transferidos a un plebeyo (3); otros eran hereditarios 
en la línea masculina primogénita, y a falta de esta volvían 
a la corona; los más se recibían bajo la condición de prés- 
ele contribuciones y poseedores de muy considerables privilegios. No 
distingue con mucha precisión estas cuatro órdenes. (Relac, pág. 47 y 
siguientes.) 

(1) Véase particularmente a Herrera, Hist. Gen. de los hechos de 
los castellanos en las islas y tierra firme del Mar Océano (Madrid, 
1730), dec. 2, libro 7.°, cap. XII. 

(2) Carta de Cortés, en Lorenzana, Hist. de N. E., pág. 110. Tor- 
quemada. loe. cit., lib. 2.°, cap. LXXXIX; libr. 14, cap. 6. Clavijero, 
loe. cit., t. II, pág. 121. Zurita, Relac, págs. 48-65. Ixtlilxochitl (loe. 
cit., cap. XXXIV) habla de 30 señores feudales, algunos de ellos tezcu- 
canos y de Tlacopan, a los cuales llama <los grandes del reino >. Nada 
dice de los 100.000 vasallos mencionados por Torquemada y Herrera. 

(3) Macthual, palabra equivalente a la voz francesa roturier, pe- 
chero. Originariamente no era permitido en Francia a los plebeyos te- 
ner feudos. Véase Hallams, Middle Ages (London, 1819), vol. II, pá- 
gina 207. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 39 

tar el servicio militar. Los principales de Tezcuco estaban, 
según su cronista, expresamente obligados a auxiliar con 
sus vasallos armados a su soberano, a concurrir a su corte 
y a ayudarle con sus consejos. Algunos, en vez de estos 
servicios, tenían a su cargo cuidar de la reparación de los 
sitios reales y de las tierras de la corona, ofreciendo, anual- 
mente, en clase de tributo, frutos y flores. Era costumbre, 
si hemos de creer a los historiadores, que el nuevo rey a 
su advenimiento al trono confirmase la investidura de los 
Estados sujetos a la corona (i). 

No se puede negar que en todo esto se descubren algu- 
nos rasgos propios del feudalismo, nada desfigurado por la 
pluma de los escritores españoles, que tenían pasión por 
encontrar en todas partes analogías con las instituciones 
europeas; pero tales analogías suelen conducir a equivoca- 
das conclusiones: así, por ejemplo, la obligación de prestar 
el servicio militar, aunque es el principio más esencial del 
feudalismo, puede, sin embargo, ser impuesta por cualquier 
Gobierno a sus subditos, y, además, aún en sus ligeros pun- 
tos de semejanza, distaban muchísimo aquellos Estados .de 
ese sistema de recíproca protección y ayuda, que abraza 
en una proporción exacta a todas las clases de una monar- 
quía feudal. Los reinos de Anáhuac eran por su natura- 
leza despóticos, aunque moderados, es cierto, por algunas 
circunstancias desconocidas al despotismo de Oriente; pero 



(1) Ixtlilxochitl, loe. cit, ubi. supra. Zurita, ubi. supra. Clavijero, 
loe. cit., t. II, págs. 122, 124, Torquemada, op. cit., lib. 14, cap. VII. Go- 
mora, crónica de N. E., cap. CXCIX, ap. Barcia, t. II. Baturiui (Id., pá- 
gina 165) remonta el origen de los feudos en Anáhuac al siglo xu. Car- 
li dice: <E1 sistema era feudal», y en la página siguiente «sólo el méri- 
to personal conducía a los honores de la nobleza.» (Lettres ameri- 
cains, trad. franc, París, 178S, t. I, let. 11.) Carli era un escritor de 
una imaginación muy ligera. 



40 W. H. PRESCOTT 

es una quimera querer encontrar grande analogía fuera de 
algunas formas y ceremonias vanas, entre estos Estados y 
los aristocráticos de la Edad Media en que la corte de cada 
varón, por pequeña que fuese, era la imagen fiel en minia- 
tura de la del soberano. 

Eí Poder Legislativo, tanto en México como en Tezcuco, 
residía enteramente en el monarca. Este rasgo de despotis- 
mo era en cierto modo contrapesado por la organización 
de los tribunales judiciales, los cuales son de mayor im- 
portancia en un pueblo inculto, que el Poder Legislativo, 
puesto que es más fácil darle buenas leyes que sujetarle a 
ellas, y que las mejores leyes mal administradas son iluso- 
rias. En cada uno de los principales distritos y sus territo- 
rios anexos, había un magistrado supremo nombrado por 
la corona, con jurisdicción inicial y definitiva en todos los 
asuntos civiles y criminales. No se podía apelar de su sen- 
tencia a ningún otro tribunal, y ni aún al rey mismo: sus 
funciones eran vitalicias, y quien quiera que usurpaba sus 
insignias, era castigado de muerte (i). 

En cada provincia había una corte inferior a este magis- 
trado, compuesta de tres miembros, que en los asuntos ci- 
viles ejercía su jurisdicción acompañada de él; pero en los 
criminales era un tribunal de apelación. Además de estas 
cortes había un Cuerpo de magistrados inferiores, distribuí- 
dos por iodo el reino y escogidos por el pueblo mismo, y 
cuya autoridad se limitaba a los negocios de menor im- 

(1) Este magistrado, llamado cihuacoalt, recibía también las cuen- 
tas de los colectores de los impuestos de su distrito. (Clavijero, op. cit., 
t. II, pág. 127.) Torquemada, op. cit., lib. 11, cap. XXV. La Colección 
de Mendoza contiene una pintura de las cortes de justicia bajo el rei- 
nado de Moctezuma, quien las cambió considerablemente. (Antig. de 
México, vol. I, lám. 70.) Según el intérprete, en ciertos casos se ape 
laba de ella al consejo del rey. (Ibid., vol. vi., pág. 79.) 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 4 1 

portancia; los que tenían alguna más se ventilaban en los 
tribunales superiores. Finalmente, había otra especie de 
oficiales subalternos, también electos por el pueblo, cada 
uno de ios cuales vigilaba la conducta de cierto número de 
familias, y denunciaba a las autoridades superiores cual- 
quier desorden o violación de las leyes (i). 

En Tezcuco, el sistema judicial estaba más hábilmente 
organizado (2): había una graduación de tribunales, que 
finalmente terminaban en un parlamento o tribunal pleno, 
compuesto de todos los jueces grandes y pequeños, ios 
que se reunían cada ochenta días en la capital y eran pre- 
sididos por el rey en persona. Este Cuerpo terminaba to- 
dos los pleitos que por su dificultad o importancia reser- 
vaban a su resolución ios tribunales inferiores. Servía, ade- 
más, como de un Consejo de Estado, que ayudaba al mo- 
narca en el despacho de los negocios públicos (3). 

(1) Clavijero, op. cit., t. II, págs. 127-128. Torquemada, ubi. supra. 
Esta distribución de los magistrados ínfimos, nos recuerda los centu- 
riones y decuriones de los antiguos sajones, principalmente los últi- 
mos, que vigilaban sobre la conducta de las familias que estaban a su 
cargo, y entregaban a la justicia a los criminales; pero era desconoci- 
da de los mexicanos la dura pena de la responsabilidad mutua. 

(2) Zurita, tan moderado ordinariamente en su lenguaje, nota que 
en la capital había tribunales comparables en su organización a las 
reales Audiencias de Castilla. (Relación, pág. 93.) Sus observaciones 
se refieren, principalmente, a los de Tezcuco, cuyo Código de proce- 
cedimientos es muy semejante al de los aztecas. (Loco citato.) 

(3) Boturini, Idea, pág. 87. Torquemada, op. cit., lib. 11, capítu- 
lo XXVI. Zurita compara esta Corporación con las Cortes castellanas: 
parece, sin embargo, que constaba de doce jueces principales y el rey; 
su organización es un poco dudosa. (Relación, págs. 94, 101, 106.) 
M. de Humboldt, en su noticia de las Cortes aztecas, las ha confun- 
dido con las tezcucanas. Compárense las Vistas de las Cordilleras y 
Monumentos antiguos de los pueblos indígenas de América. (París, 
1810, pág. 55), y Clavijero, op. cit., t. II, págs 128-129. 



42 W. H. PRESCOTT 

Tales son las vagas e imperfectas noticias que, con res- 
pecto a los tribunales aztecas, suministran las pinturas 
geroglíficas que aún se conservan, y los escritores españo- 
les de más crédito, quienes siendo, por lo común, ecle- 
siásticos, han tenido menos interés en este asunto que en 
todo lo concerniente a la religión; bien que también me- 
recen alguna disculpa por la rápida destrucción de las pin- 
turas indias, que debían haber prestado gran luz sobre la 
materia. 

De todo lo que antecede debemos concluir que los az- 
tecas estaban suficientemente civilizados para guardar con 
solicitud los derechos de propiedad y seguridad personal. 
Permitiendo las leyes la apelación solamente en causas 
criminales, afianzaban especialmente la seguridad personal, 
tanto más necesaria, cuanto que su Código penal, que era 
en extremo severo, les obligaba a proceder con suma cau- 
tela en las averiguaciones. La existencia de numerosos tri- 
bunales, que no reconocían otro central superior a todos 
ellos, debe haber originado discordancia en la interpreta- 
ción de las leyes, según los diferentes distritos; pero este 
es un mal de que adolecen igualmente las demás naciones 
de Europa. 

Las medidas adoptadas para hacer a los jueces superio- 
res enteramente independientes de la corona, son dignas 
de un pueblo ilustrado, y presentaban la mayor barrera 
que una constitución puede oponer por sí sola a la tiranía. 
No es de suponer, ciertamente, que a un Gobierno, por 
otra parte tan despótico, le hayan faltado medios de in- 
fluir en los magistrados; pero era un gran paso hacia la 
libertad consignar en la ley la independencia de aquéllos, 
y a ningún monarca azteca, que yo sepa a lo menos, se le 
ha acusado de haber intentado violarla. 

Al juez que recibía regalos o cohechos, o era culpable 



HISTORIA DE LA CONQUISTA OE MÉXICO 43 

de colusión con alguna de las partes, se castigaba con pena 
de muerte; pero no se sabe quién y cómo juzgaba de estos 
crímenes: en Tezcuco era el resto de la corte presidida por 
el rey. El príncipe tezcucano Netzahualpilli, que rara vez 
templaba la justicia con el perdón, condenó a muerte a un 
juez por haber sido sobornado, y a otro por haber decidi- 
do un pleito en su propia casa, lo cual, según la ley, tam- 
bién era delito capital, (i) 

A los jueces de los tribunales superiores se les pagaba 
del producto de una parte de las tierras de la corona, re- 
servadas a este propósito: sus funciones eran vitalicias; los 
procedimientos eran seguidos con orden y decencia; los 
jueces usaban un vestido peculiar, y destinaban al despa- 
cho de los asuntos las dos partes del día; comiendo, para 
mayor celeridad, en el despacho, en un aposento del mis- 
mo edificio en que daban audiencia; modo de proceder 
muy alabado de los españoles, que seguramente no esta- 
ban acostumbrados a un despacho tan expedito en sus tri- 
bunales. Había ministros de la justicia o alguaciles encar- 
gados de guardar el orden, de citar a las partes y de 
presentarlas en los tribunales; no se usaba de abogados; 
cada parte defendía por sí misma su causa y presentaba 
sus testigos; se admitía como prueba el juramento del acu- 
sado; la exposición del caso, el testimonio y procedimien- 
tos del juicio, se asentaban por un escribiente en pinturas 
geroglíficas y se remitían a la corte; estas pinturas estaban 
hechas con tal exactitud, que se las recibía como pruebas 
legítimas en los tribunales españoles, aún mucho tiempo 
después de la conquista. En I553> se estableció en México 

(1) «¡Ah, si esto se repitiera hoy, qué bueno sería!» — exclama el 
editor mexicano de Sahagun— . (Op. cit, t. II, pág. 304, nota.) Zurita, 
Relación, pág. 102. Torquemada, ubi. supra. Ixílilxochitl, op. ct., ca- 
pítulo LXVII. 



44 W. H. PRESCOTT 

una cátedra para el estudio e interpretación de esas pintu- 
ras, que después corrió la suerte que las demás institucio- 
nes científicas de este desgraciado país, (i) 

La sentencia de muerte se indicaba por una línea traza- 
da con una flecha sobre el retrato del acusado. En Tezcu- 
co, donde el rey presidía la corte, este acto se verificaba, 
según su cronista, con un aparato extraordinario. Daré 
aquí con sus propias palabras, su poética descripción. En 
la corte real de Tezcuco, había un patio a cuyos extremos 
opuestos estaban las dos salas de justicia. En la principal, 
llamada de Dios, se encontraba un trono de puro oro, 
adornado con turquesas y otras piedras preciosas: sobre 
un banquillo sin respaldo, en el frente de ia sala, estaba 
un cráneo humano, coronado de una esmeralda de inmenso 
tamaño y de forma piramidal, que remataba en un pena- 
cho de plumas brillantes y piedras preciosas. El cráneo 
descansaba en un montón de arreos militares, como escu- 
dos, carcaxes, arcos y flechas. Las paredes estaban cubier- 
tas de tapices, hechos con el pelo de diferentes animales 
feroces; eran de ricos y variados colores; tenían flecos de 
oro y estaban bordados con figuras de pájaros y flores. 
Encima del Trono había un dosel de diversidad de plumas 
y de cuyo centro salían resplandecientes ráfagas de oro y 
pedrería. La otra sala, llamada del Rey, también tenía un 
hermoso dosel de plumas que remataba con las armas rea- 
les. Allí es donde el rey daba audiencia y comunicaba sus 
órdenes; pero cuando resolvía asuntos importantes o con- 
firmaba una sentencia de muerte, pasaba a la sala de Dios, 

(1) Zurita, Relación, págs. 95, 100, 103. Sahagun, loe. cit. Hum- 
boldt, Vistas de las cord., págs. 55-56. Torquemada, op. cit., lib. 11. 
cap. XXV. Clavijero (op. cit., t. II, p. 129) dice: «El acusado quedaba 
absuelto con sólo su juramento.» ¿Qué reo habría sido entonces con- 
denado?... 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 45 

acompañado de catorce señores principales, ordenados se- 
gún su jerarquía. Entonces se ponía su corona en forma de 
mitra, cubierta de piedras preciosas; empuñaba una saeta 
de oro en vez de cetro en su mano izquierda; imponía la 
derecha sobre el cráneo y pronunciaba la sentencia, (i) 

Todo esto es preciso convenir en que es demasiado lu- 
joso para un tribunal; pero es cierto que los tezcucanos, 
como veremos en seguida, poseían los materiales y la ha- 
bilidad necesaria para fabricarlo. Si hubiesen estado un 
poco más adelantados en civilización, deberíamos dudar 
justamente de que hubiesen tenido tan mal gusto. 

Las leyes de ios aztecas eran promulgadas por medio 
de pinturas jeroglíficas. La mayor parte de aquéllas, como 
sucede en toda nación poco civilizada, miraban más bien a 
la seguridad de la persona que a la de las propiedades. Los 
grandes crímenes contra la sociedad eran todos capitales: 
aun el asesinato de un esclavo era castigado con la muerte; 
los adúlteros eran, como entre los judíos, apedreados has- 
ta morir; el robo, según su clase, era castigado con la es- 
clavitud o con la muerte. Sin embargo, parece que los 
mexicanos no temían mucho este delito, pues que la entra- 
da a sus habitaciones no estaba asegurada con cerraduras 
de ningún género. Era un crimen capital remover los lin- 
deros de otro, alterar ias medidas establecidas, y aun no 
saber exactamente las tierras que tenía uno a su cargo. 
Semejantes disposiciones arguyen una equidad en los con- 
tratos y un respeto a los derechos privados, que no puede 
venir sino con los progresos de la civilización. Los pródi- 
gos que desperdiciaban su patrimonio eran castigados de 
una manera semejante; cruel sentencia, puesto que el deli- 



(1) Ixtlilxochitl, op. cit., cap. XXXVI. Estos varios objetos tienen, 
según Boturini (ídem, pág. 84), su significado simbólico. 



46 W. H. PRESCOTT 

to llevaba consigo mismo su castigo. La intemperancia que, 
por otra parte, era el borrón de sus homilías religiosas, era 
reprimida con penas muy severas, como si en ella hubie- 
sen entrevisto aquellos pueblos el cáncer oculto que debía 
consumirlos, así como a las demás razas indias en los últi- 
mos tiempos: en los jóvenes era castigado con la muerte, y 
en las personas de más edad con la pérdida de empleo y 
confiscación de bienes. No obstante, el uso moderado de 
las bebidas era permitido en los festines, en que usaban un 
dulce licor fermentado, llamado pulque, que aún hoy es 
popular, no sólo entre los naturales de aquel país, sino en- 
tre la población europea (i). 

Los ritos del matrimonio se celebraban con tanta solem- 
nidad como en ningún país cristiano, y esta institución se 
tenía en tanta veneración, que había un tribunal especial- 
mente destinado a resolver las cuestiones relativas a ella. 
El divorcio no quedaba autorizado sino previa una senten- 
cia de este tribunal, quien no la pronunciaba sino después 
de una detenida audiencia de ambas partes. 

Mas ningún punto del Código azteca es tan notable 
como el relativo a la esclavitud. Había varias clases de es- 

(1) Pinturas de la Colección de Mendoza, lám. 72 e interpretación 
ap. antig. de México, vol. VI, pág. 87. Torquemada, op. cit. , lib. 12, 
cap. VII. Clavijero, op. cit., t. 2, págs. 130-134. Camargo, historia de 
Tlaxcala, M. S. Era casi imposible que con semejante Código penal 
hubiese un pueblo intemperante, y, en efecto, Zurita afirma que se han 
equivocado los españoles que han creído que los aztecas lo eran. 
(Relac, pág. 112.) La traducción que ha hecho M. Ternaux Compans 
de un pasaje del Conquistador Anónimo, donde se dice: «ningún pue- 
blo es tan sobrio,» tiene mayor amplitud que el original, en el cual 
sólo se habla de la sobriedad en el comer. Véase la colección de docu- 
mentos relativos a la Conquista de México, apud voyages. &. (París 
1838), pág. 54, y la Belatione ap. Ramuzio, Raccolta, delle navega- 
tione et viaggi. (Venetia, 1544, 1565.) 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 47 

clavos: los prisioneros cogidos en la guerra, que eran casi 
siempre destinados a los espantosos sacrificios; los crimi- 
nales, los deudores públicos, las personas que por su exce- 
siva pobreza renunciaban a su libertad, y los niños vendi- 
dos por sus propios padres. En este último caso, que tam- 
bién era ocasionado ordinariamente por la pobreza, era co- 
rriente que los padres sustituyesen sucesivamente con el 
consentimiento del señor, unos hijos por los que iban cre- 
ciendo, y de esta suerte repartían la carga con toda la 
igualdad posible entre los diferentes miembros de la fami- 
lia. La facilidad con que los hombres libres se resignaban 
a los sacrificios de la esclavitud, puede explicarse por la 
manera dulce con que se ejercía. El contrato de venta se 
verificaba ante cuatro testigos por lo menos, se determina- 
ba de antemano y con toda exactitud, la especie de traba- 
jo a que quedaba obligado el esclavo; se le permitía tener 
familia, adquirir propiedad y aún otros esclavos, sus hijos 
eran libres; nadie nacía esclavo en México (i); honrosa dis- 
tinción, desconocida, según me parece, de todas las socie- 
dades en que se ha sancionado la esclavitud (2). Los escla- 
vos no podían ser vendidos por sus dueños, sino por causa 
de suma pobreza. Al morir éstos recibían aquéllos frecuen- 

(1) En el antiguo Egipto el hijo de una esclava nacía libre si el 
padre lo era. (Diodoro, de Sic. Histor., lib., 1.° sec. 80. (Esta disposi- 
ción, aunque mucho más liberal que las de muchos países, distaba in- 
finito de la de los mexicanos.) 

(2) En Egipto la misma pena sufría el que mataba a un esclavo 
que a un libre. (Ibid., lib. 1.°, sec. 77.) Robertson habla de una espe- 
cie de esclavos tan despreciables a los ojos de las leyes mexicanas, 
que se les podía matar impunemente. (Historia de América, edic. de 
Londres, 1776, vol. III, pág. 164.) Esto no acontecía en México sino en 
Nicaragua. Véase la misma autoridad a quien él se refiere, Herrera, 
op. cit., 1, dec. 3, lib. 4. a , cap. II; este último país distaba mucho del 
primero, no le pertenecía, y tenía instituciones y leyes muy diferentes. 



48 W. H. PRESCOTT 

temente su libertad; y como no había ninguna diferencia 
de raza o de sangre, algunas veces se casaban con sus due- 
ños. Con todo, un esclavo díscolo o malvado, era llevado 
al mercado con un collar que indicaba su mal carácter, y 
era vendido públicamente: si esto sucedía por segunda vez, 
se le reservaba para e! sacrificio (i). 

Tales son los rasgos principales del Código azteca," al que 
se asemejaba mucho el de Tezcuco (2). Con pocas excepcio- 
nes, todo él tiene el sello de severidad y aun de ferocidad 
de un pueblo rudo, endurecido por la familiaridad con es- 
cenas de sangre, y que confiaba la corrección del mal (3), 
más bien a medios físicos que morales: ese Código revela, 
sin embargo, un profundo respeto a los grandes principios 
de la moral, y un conocimiento de ellos tan ciaro como 
pudiera encontrarse en la nación más culta. 

Las rentas públicas reconocían un origen vario: ios pro- 
ductos de las extensas tierras de la corona se pagaban en 
frutos; los distritos próximos a la corte, estaban obligados 
a proporcionar los operarios y materiales necesarios para 
la construcción y reparación de ios sitios reales. Otros te- 
nían a su cargo proveer de lo necesario para la manutención 
y gasto privado del rey, que ciertamente no era corto (4). 

(1) Torquemada, op. cit., lib. 12, cap. XV; lib. 14, cap. XVI, XVII. 
Sahagun, op. cit., lib. 8, cap. XIV. Clavijero, op. cit., t. II, págs. 134,136. 

(2) Ixtlilxochitl, op. cit., cap. XXXVIII, y Relaciones, M. S. El Códi- 
go de Tezcuco compilado en tiempo del gran Netzahualcóyotl, formó 
la base del mexicano en los últimos tiempos del imperio. (Zurita, re- 
lac, pág. 95.) 

(3) En esto a lo menos no pueden compararse a los romanos, de 
quienes dice Tito Livio: «Gloriari licent, nulli gentium, mitriores 
placuisse poenas.n 

(4) Las rentas de Tezcuco provenían igualmente de los productos 
de la tierra. Las varias clases de los gastos públicos estaban distribui- 
das entre ciudades y distritos determinados, y el sistema de hacienda 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 49 

Las principales provincias, que tenían bajo su dependen- 
cia numerosas villas y territorios extensos, estaban distri- 
buidas en distritos, a cada uno de los cuales se señalaba 
una porción de tierra para su cultivo: los habitantes paga- 
ban al erario público una parte de sus productos. Los va- 
sallos de los grandes señores pagaban también al tesoro 
público una parte de sus ganancias, lo cual no está muy 
en el espíritu del feudalismo (i). 

Además de este impuesto sobre la agricultura, había otro 
sobre las manufacturas. La naturaleza y variedad de los tri- 
butos se conocen por la enumeración de sus principales 
artículos. Estos eran particularmente vestidos de algodón 
y capas de pluma, -primorosamente trabajadas; armaduras 
de lujo, vasijas de oro, brazaletes, cinturones y polvo de 
oro; cristal, vasos y copas dorados y barnizados; campa- 
nas, armas y utensilios de cobre, resmas de papel, semillas, 
frutas, copal, ámbar, cochinilla, cacao, animales y pájaros, 
madera, cal, esteras, etc. (2). Es muy singular que entre 

en general, tanto allí como en México, ofrece la mayor semejanza con 
el adoptado por los persas, cual nos lo refieren los escritores griegos. 
(V. Herodo, Clio, sec. 192), con esta diferencia, que las ciudades de 
Persia no estaban cargadas de tributos, como lo estaban las de los rei- 
nos conquistados. (Id. Thalia, sec. 97.) 

(1) Lorenzana, op. cit., pag. 172. Torquemada,op. cit. s lib.2, página 
89, lib. 14, cap. VIL Boturini, Idea, pág. 166. Camargo, op. cit. Herrera, 
op. cit., dec. 2, lib. 7, cap. XIII. El pueblo de las provincias estaba 
dividido en calpulli o tribus, que poseían en común las tierras de la 
municipalidad; ministros nombrados por ellos las repartían entre las 
diferentes familias; y al extinguirse éstas o al cambiar de domicilio, 
volvían las tierras al común y se repartían nuevamente; el propietario 
no podía enajenarlas; las leyes que arreglaban estas materias eran 
muy terminantes y existían desde el tiempo de los aztecas. (Zurita) 
relación, págs. 51 y 52.) 

(2) El siguiente mapa de los tributos pagados por diferentes ciuda- 
des, dará una idea más completa de su naturaleza: 20 cajas de choco- 



50 W. H, PRESCOTT 

esta variedad de objetos de comodidad doméstica y de lujo 
superfluo, no se haga mención de la plata, la gran mercan- 
cía de los tiempos modernos, y cuyo uso no era ciertamen- 
te desconocido a los aztecas (i). 

En las poblaciones populosas se establecían guarnicio- 
nes, cuando estaban distantes o eran recientemente con- 
quistadas; seguramente para prevenir los disturbios y obli- 

late; 40 piezas de armadura de una divisa particular; 2.400 cargas de 
mantas anchas, de hilo torcido; 800 cargas de mantas angostas para 
ricas vestiduras; 5 armaduras de plumas finas; 60 ídem de plumas or- 
dinarias; 1 caja de habas; 1 ídem de chian; 1 ídem de maíz; 800 res- 
mas de papel; cerca de 2.000 cargas de sal blanquísima refinada en 
moldes, para el consumo de los señores de México; 800 trozos de co- 
pal no purificado; 400 canastillas de copal refinado; 100 hachas de co- 
bre; 80 cargas de chocolate colorado; 800 jicaras para beber chocola- 
te; 1 vasito de piedra turquesa; 4 arcas de madera llenas de maíz; 
4.000 cargas de cal, tejitas de oro del tamaño de una oátra y del grueso 
del dedo meñique; 40 sacos de cochinilla; 20 ídem de oro en polvo, de 
superior calidad; 1 diadema de oro, de forma especial; 20 pendientes 
para los labios, de ámbar transparente, adornados de oro; 2.000 car- 
gas de chocolate; 100 jarros de liquidámbar; 8.000 manojos de ricas 
plumas escarlatas; 40 pieles de tigre; 1.600 líos de algodón, etc., etc. 
Colección de Mendoza, ap. Antig. de México., vols. I y VI. 

(1) Mapa de tributos apud. Lorenzana, op. cit. Colección de Men- 
doza, ap. antiq., vol. I, e interpretac, vol. VI, págs. 17-44. La colección 
de Mendoza de la librería Bodleiana en Oxford, contiene un mapa de 
las ciudades del imperio mexicano, con especificación de los tributos 
que les correspondían. Es una copia hecha con pluma y en papel euro- 
peo, después de la conquista. (Véase Foreing Quartely Review, nú- 
mero 17, art. IV.) En el museo de Boturini existía un original de este 
mapa. Lorenzana nos ha dado un grabado que le representa, en el 
cual el bosquejo del Oxford está sacado aunque toscamente. Clavijero 
considera muy inexactas las explicaciones que le acompañan (op. cit., 
tomo I, pág. 25); juicio confirmado por Aglio, quien ha trascrito en- 
teramente la colección de Mendoza, en su primer volumen de las An- 
tigüedades de México. Las referencias a sus láminas se habrían facili- 
tado mucho, si por un descuido craso no hubiese olvidado numerarlas. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 5 1 

garlas al pago de los tributos (i). Por todo el reino había re- 
partidos receptores de los impuestos, que eran reconocidos 
por sus insignias oficiales y temidos, porque usaban en sus 
exacciones de desapiadado rigor. En virtud de una ley 
cruel, todo el que no pagaba podía ser cogido y vendido 
como esclavo. En la capital había espaciosos graneros y 
eras, destinados ai depósito de los tributos: vivía en el pa- 
lacio un administrador general que tenía noticia exacta de 
todas las contribuciones, y vigilaba la conducta de sus 
agentes inferiores, cuya malversación era castigada suma- 
riamente. Este funcionario poseía un mapa de todo el im- 
perio y de los diferentes tributos impuestos a cada una de 
sus partes. Estos tributos, moderados bajo el reinado de 
los primeros reyes, eran tan onerosos bajo los últimos, 
tanto por su número, como por el modo de recaudarlos, 
que produjeron un disgusto general y prepararon el cami- 
no a los españoles (2). 

La comunicación con las partes más remotas dei reino, 
se mantenía por medio de correos. En los caminos reales 
había casas de postas de dos en dos leguas: el correo que 
conducía las noticias, bajo la forma de geroglíficos, corría 
con ellas hasta ia primera posta; allí ios entregaba a otro, 
que las llevaba a la posta siguiente, y así, hasta llegar a la 
capital. Estos correos, educados para este oficio desde su 
infancia; caminaban con increíble velocidad, y no cuatro o 

(1) Los caciques que se sometían a las armas aliadas, eran de or- 
dinario confirmados en su autoridad; a las ciudades conquistadas se 
les consentían sus usos y leyes: las conquistas no siempre se repar- 
tían, sino que algunas veces, en verdad muy raras, eran poseídas de 
mancomún por las tres potencias. (Ibid, pág. 11.) 

(2) Colección de Mendoza en las Antig. de Méx., vol. VI, pág. 17. 
Carta de Cortés en Lorenzana, op, cit., pág. 110. Torquemada, op. cit., 
lib. 14, cap. VI, 8. Herrera, op. cit., dec. 2, lib. 7, cap. XIII. Sahagun, 
op. cit., lib. 8, cap. XVIII, XIX. 



52 W. H. PKESCOTT 

cinco leguas por hora, como cree un antiguo historiador, 
sino cien o doscientas millas por día (i). Frecuentemente 
se servía a la mesa de Moctezuma pescado fresco, cogido 
veinticuatro horas antes en el Golfo de México; es decir, a 
doscientas millas de la Corte. Así es que los movimien- 
tos de los reales ejércitos, se sabía muy presto en ella, y 
el color de los vestidos de los correos, que según era indi- 
caba la naturaleza de sus nuevas, difundía el gozo o la 
consternación en las ciudades por donde pasaban (2). 

Pero el grande objeto de las instituciones aztecas, al 
cual se dirigían las costumbres privadas y los honores pú- 

(1) El honorable C. A. Murray, cuyo imperturbable buen humor, 
a pesar de sus desgracias reales, forma un contraste notable con la 
exquisita disposición de algunos de sus predecesores, a sentir otras 
puramente imaginarias, nos cuenta, entre otras maravillas, que un 
indio que él conoció anduvo cien millas en veinticuatro horas. (Viajes 
a Norte América, New York, 1839, vol. I, pág. 193.) El griego, que, se- 
gún Plutarco, trajo la noticia de la batalla de Platea, era todavía me- 
jor caminante, pues anduvo ciento veinticinco millas en un día. Buf- 
fon ha reunido algunos hechos interesantes que prueban la gran ca- 
pacidad que tiene el hombre en el estado salvaje para andar a pie, y 
saca de aquí la conclusión, bastante exacta: «que el hombre civiliza- 
do no conoce sus fuerzas». (Hist. nat. de la Jeunesse.) 

(2) Torquemada, op. cit., lib, 14, cap I. Las mismas necesidades 
sugirieron los mismos medios de satisfacerlos en la antigua Roma, y 
en la aún más antigua de Persia. «Nada, dice Herodoto, camina tan 
de prisa como las noticias que traen los correos persas»: el comenda- 
dor Walkenaer, añade prudentemente la excepción de pichón mensa- 
jero. (Herodotus, his. urania sec. 98, nec non adnotat, ed Schweig- 
haseur.) Marco Polo habla de correos en China desde el siglo xui. Las 
postas distaban sólo tres millas, y tardaban un día en andar lo que 
ordinariamente se andaría en cinco. (Viaggi di Marco Polo, lib. 2, 
cap. XX, en Ramusio, t. II.) Aún subsiste un arreglo semejante en 
nuestros días, y causa la admiración de los viajeros modernos. (An- 
derson, British Embassy to China, London, 1796, pág. 280.) Las 
postaa son del uso exclusivo del Gobierno. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 53 

blicos, era la profesión de las armas. En México, como en 
Egipto, el soldado y el sacerdote se disputaban la supre- 
macía. El rey, como hemos visto, debía ser guerrero ex- 
perto; la deidad tutelar de la nación era el dios de la 
guerra; el grande objeto de sus expediciones militares era 
acumular hecatombes de cautivos en sus altares; el solda- 
do que caía en el campo de batalla, era trasportado al pun- 
to de un golpe a regiones de inefable bienandanza, a la 
refulgente mansión del sol. (i) Cada guerra era, pues, como 
una cruzada, en que los combatientes, animados de un en- 
tusiasmo religioso, a la manera de los primeros sarracenos 
o de los cruzados cristianos, no sólo despreciaban el peli- 
gro, sino que corrían tras él para adquirir la inmarcesible 
corona del martirio. Así, notamos que el mismo impulso 
obra en las regiones más opuestas del globo; vemos al 
asiático, al europeo y al americano, invocando fervorosa- 
mente el santo nombre de la religión, para perpetrar la 
devastación del género humano. 

La cuestión de la guerra se discutía en un consejo com- 
puesto del rey y de sus primeros nobles: antes de decla- 
rarla, se delegaban al Estado enemigo embajadores para 
intimarle que recibiera los dioses mexicanos y que paga- 
sen los tributos acostumbrados. Las personas de los em- 
bajadores se miraban en todo el Anáhuac como sagradas: 
eran alojadas y mantenidas en las grandes ciudades a ex- 
pensas del público, y en todas partes eran recibidos con 
respeto, mientras no se apartaban de los caminos reales, 
pues en este caso perdían todas sus inmunidades. Si la 
embajada era infructuosa, se seguía un desafío o declara- 
ción abierta de guerra: se imponían contribuciones a las 
provincias ya conquistadas, las cuales estaban siempre su- 

(1) Sahagun, op. cit., lib. 3. Apéndice, cap. III. 



54 W. H. PRESCOTT 

jetas al servicio militar y al pago de los impuestos; y los 
ejércitos reales, por lo común con el rey a su cabeza, em- 
prendían su marcha, (i) 

Los príncipes aztecas usaron, para animar a sus solda- 
dos, de los mismos incentivos que los monarcas europeos. 
Establecieron varias órdenes militares, cada una de ellas 
con sus privilegios e insignias peculiares. Parece que ha 
existido también cierta clase de caballería, de una clase in- 
ferior. Esta era la recompensa ordinaria de las proezas 
militares: nadie que no la había obtenido, podía usar 
adornos en sus armas y persona, ni vestía más que una 
grosera tela blanca hecha con las hebras del maguey y lla- 
mada rieguen. Ni aún los miembros de la familia real es 
taban exentos de esta ley, que nos recuerda algunos 
de los usos de los caballeros cristianos, quienes usaban ar- 
madura lisa y escudo sin divisa hasta no haber hecho algu- 
na hazaña. Aunque las órdenes multares podía alcanzarlas 
todo el mundo, es probable, sin embargo, que se hayan 
concedido principalmente a aquellas personas que por 
su posición o conexiones podían entrar al combate bajo 
condiciones ventajosas (2). 

El vestido de los guerreros principales era pintoresco y 
aún magnífico. Su cuerpo estaba cubierto de una cota ajus- 
tada de algodón, tan gruesa, que no podían penetrarla las 
armas arrojadizas de los indios; este arnés era tan cómodo 

(1) Zurita, págs. 68-120. Colección de Mendoza, apud. antig., vol. I, 
lám. 67; vol. VI, pág. 74. Torqueraada, op. cit, lib. 14, cap. I. El lector 
hallará muchas semejanzas entre estos usos y los de los primeros ro- 
manos. (Com. Livio, hist., lib. 1.°, cap. XXXII; lib. 4.°, cap. XXX, et 
alibi.) 

(2) Ibid, lib. 14, cap. IV y V. Acosta, libro 6.°, cap. XXVI. Colección 
de Mendoza en antig. vol. V, lám. 65, vol. VI, pág. 72. Camargo. histo- 
ria de TI ax cala. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA. DB MÉXICO 55 

y útil, que los españoles lo adoptaron para su uso. Los 
guerreros más ricos vestían en lugar de una cota de algo- 
dón, una coraza hecha de láminas delgadas de oro o plata. 
Sobre ella se ponían un surtú de hermosísimas plumas (i). 
Sus yelmos eran algunas veces de madera, que representa- 
ban cabezas de fieras, y otras veces de plata, rematando en 
penachos ondeantes de variadas plumas, salpicadas de pie- 
dras preciosas y adornos de oro. Usaban igualmente colla- 
res, brazaletes y aretes de ios mismos ricos materiales (2). 
Sus ejércitos estaban divididos en cuerpos de 8.000 
hombres, y estos en compañías de 300 6 400, cada una de 
ellas con su comandante respectivo. El estandarte nacional, 
que ha sido comparado al de los antiguos romanos, dejaba 
ver en sus bordados de oro y plumas, las armas distintivas 
del Estado; estas expresaban su nombre, que lo mismo que 
el de las personas y lugares, estaba tomado de objetos ma- 

(1) ... El pecho del guerrero resguardaba 
Cota de malla de tejido fino, 

Cual de flexible y delicado lino, 

Y cuyo albor purísimo igualaba 

Al de la blanca nieve 

Que acaba de caer. Otros vestían 

Brillante peto de plumaje leve 

De color más vistoso 

Que el del pavo orgulloso. 

Mas, ¿cómo resistir con armas tales 

Ni aún de oro puro con la gruesa adarga, 

Las armas desiguales 

Que nuestro brazo con furor descarga? 

Madog, p. 1, canto 7. 

Bello cuadro; pero su último pensamiento es algo jactancioso, pues 
que no se conocía en tiempo del poeta el uso de las armas de fuego. 

(2) Sahagun. lib. 2.°, cap. XXVII, op. cit. Relatione d'un gentil' 
huomo en Ramusio, t. III, pág. 305. Torquemada, op. cit., ubi. supra. 



56 W. H. PRESCOTT 

teriales, y era, por consiguiente, fácil de representar por 
símbolos gerogiíficos. Las compañías y los jefes principa- 
les tenían también sus banderas y divisas propias, y el con- 
junto de sus vistosas plumas de mil colores, daba a sus 
ejércitos un brillo sorprendente. 

Su táctica era la que corresponde a una nación en que 
la guerra, aunque sea una profesión, no ha llegado a la 
clase de ciencia. Avanzaban cantando, y prorrumpían en 
himnos y gritos de guerra; cargaban bruscamente sobre el 
enemigo; se retiraban con presteza; hacían uso de embos- 
cadas, sorpresas repentinas y de todo el sistema de cam- 
paña de guerrillas. Sin embargo, su disciplina era tal, que 
mereció ios elogios de los conquistadores. 

«Era un bello espectáculo, dice uno de ellos, verles ca- 
minar y moverse espléndidamente en un orden tan admi- 
rable» (i). En la batalla no miraban tanto a matar a sus 
enemigos como a cogerlos prisioneros, y jamás huían como 
las otras tribus americanas. El valor de un guerrero se 
estimaba por el número de sus prisioneros, de suerte que 
no había rescate bastante a salvar al que había caído 
cautivo (2). 

Su Código militar tiene la misma severidad que sus otras 

(1) Relacione d'un gentil' huomo, ubi. supra. 

(2) Colección de Mendoza en antig. vol. I, lám. 65, 56; vol. VI, 
pág. 73. Sahagun, op. cit., lib. 8, cap. XII. Toribio, historia de los indios, 
M. S., parte 1. a , cap. VIL Torquemada, op. cit., lib. 14, cap. III. Relat. 
d'un gentil' huomo? en Ramusio, loe. cit. La costumbre de arrancar 
la cabellera es, si no legítima, a lo menos antigua. El padre de la histo- 
ria nos habla de aquélla entre los antiguos scitas, asegurando que des- 
pués de terminar su operación, se vestían de su asqueroso trofeo, al 
modo de nuestros indios norteamericanos (Herodotus, hist. Melpóme- 
ne, 64.) En las leyes de los francos, de los visigodos y aun los anglo- 
sajones, se encuentran rasgos de esta bárbara costumbre. (Guizot, 
curso de hist. moderna, París, 1829, t. I, pág. 283.) 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 57 

leyes. La desobediencia era castigada con la muerte: eran 
igualmente crímenes capitales abandonar sus banderas, 
atacar al enemigo antes de dada la señal; robar el botín o 
los prisioneros de otro. Uno de los últimos reyes de Tez- 
cuco, que en este hecho nos recuerda el espíritu de los 
antiguos romanos, condenó a muerte a dos hijos suyos 
después de haberlos curado de sus heridas, por haber vio- 
lado esta última ley (i). 

No debo dejar de hablar de una institución cuyo planteo 
en el antiguo mundo es uno de los beneficios debidos al 
cristianismo, la de los hospitales destinados a la curación 
de los enfermos y al asilo permanente de los soldados 
inválidos: estos hospitales estaban asistidos por cirujanos 
que tenían sobre los europeos, dice un antiguo cronista, la 
ventaja de no curar mercenariamente (2). 

Tal es el breve bosquejo de las instituciones civiles y 
militares de los antiguos mexicanos: por lo que respecta a 
las primeras, se desearía que fuese más acabado; pero no 
es esto posible, si se atiende a la imperfección de los datos 
que han servido para trazarlo. El que haya tenido ocasión 
de estudiar la historia de las primeras edades de la Europa 
moderna, sabrá cuan imperfectas son las nociones que nos 
ha dejado el embuste y charlanatería de los historiadores 
monásticos. ¡Cuánto más no aumentan las dificultades 
en este caso en que las primeras noticias deducidas 
originariamente del dudoso lenguaje de los jeroglíficos, y 
trasladadas en seguida a una lengua que no poseían perfec- 
tamente los historiadores españoles, se referían a usos y 
costumbres tan diversos de los suyos! En medio de tan es- 
casa luz, sería en vano pedir la perfección; todo lo que es 

(1) Ixtlilxochitl, hist. chich. M. S., cap. LXVII. 

(2) Torquemada, op. cit., lib. 12, cap. VI; lib. 14, cap. III. Ixtlilxo- 
chitl, op. cit., cap. XXXVI. 



58 W. H. PRESCOTT 

posibie es bosquejar aquellos rasgos más prominentes y 
más capaces de producir en el ánimo del lector impresio- 
nes exactas y completas. 

Háse dicho, sin embargo, lo bastante para demostrar 
que las razas azteca y tezcucana estaban mucho más ade- 
lantadas en cultura que las tribus errantes de Norte Amé- 
rica (i). El grado a que llegaron puede juzgarse por sus 
instituciones políticas, quizá no muy inferiores a las que 
gozaron nuestros antepasados los sajones bajo el grande 
Alfredo. Con respecto a su carácter s pueden compararse 



(1) Zurita se indigna al referir que a los aztecas se les ha dado el 
epíteto de bárbaros; «epíteto, dice, que no les dará ninguno que co- 
nozca la capacidad de aquel pueblo y sus instituciones; epíteto que 
bajo ciortos respectos es igualmente merecido de las naciones euro- 
peas». (Relación, págs. 200 y siguientes.) Este lenguaje es demasiado 
enérgico; sin embargo, nadie tenía tanto derecho para usarlo como 
este insigne jurista, que durante diez y nueve años ocupó un empleo 
en las reales audiencias de Nueva España. Durante su larga residen- 
cia en el país, tuvo amplias oportunidades de instruirse en sus usos, 
tanto por sus propias observaciones, cuanto por su trato con los na- 
turales y con los misioneros que aún sobrevivían a la Conquista. A su 
regreso a España, probablemente por los años de 1560, se ocupó en 
dar al Gobierno el informe que le había pedido sobre el carácter de 
las leyes y costumbres de los aztecas, y sobre las reformas introduci- 
das por los españoles. Una gran parte de su relación es concerniente a 
esto último; por lo que mira al primer punto, es más breve de lo que 
se desearía, quizá a causa de la dificultad de obtener noticias comple- 
tas y auténticas sobre los pormenores. No obstante, en lo poco que ha 
escrito ha dejado muestras de su juicio sólido y de su criterio. Rara 
vez incurre en esos defectos de estilo tan comunes en los escritores de 
su tiempo; su moderación y las fuentes no vulgares de donde las be- 
bió, hacen su autoridad de grandísimo peso, en los pocos puntos que 
tocó. Su manuscrito fué consultado por Clavijero, y aún ha sido usa- 
do por otros escritoros; hoy puede cualquiera consultarlo en la co- 
lección de traducciones del infatigable M, Ternaux, de la cual forma 
parte. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 59 

justamente con los egipcios, pues que el examen de sus re- 
laciones sociales y civilización, presenta las mayores analo- 
gías con este antiguo pueblo. 

Aquellos a quienes sea familiar la historia de los mexi- 
canos modernos, difícilmente concebirán cómo pudo la 
nación llegar en otro tiempo a tan alto grado de civiliza- 
ción. Pero que reflexionen que los mexicanos de nuestros 
días son de una raza conquistada, tan diversa de sus ante- 
pasados, como los egipcios modernos de ios que edificaron, 
no ya las inmensas pirámides, sino los magníficos templos 
y palacios cuyas ruinas se levantan a las orillas del Nilo, en 
Luxor y en Karnac; tampoco es tan grande la diferencia 
como entre el antiguo griego y su degenerado descendien- 
te, que vegeta ociosamente entre aquellas obras maestras 
dei arte, sin tener ni ei gusto necesario para admirarlas; 
que habla la misma lengua en que están escritos aquellos 
aún más imperecederos monumentos del saber humano, 
que casi no tiene capacidad para comprender, ¡y, sin em- 
bargo, respira el mismo aire, es calentado por el mismo 
sol y mecido en la misma cuna que aquellos que cayeron 
en Marathón y que alcanzaron los trofeos olímpicos de 
Pisa! ¡La misma sangre corre por sus venas, pero las eda- 
des de la tiranía han pasado sobre su cabeza; pertenece a 
una raza conquistada! 

El indio americano tiene, naturalmente, una sensibilidad 
especial: se estremece instintivamente al áspero contacto 
de una mano extraña; por suave que ella sea, él se abate y 
se agobia bajo su peso. La dominación española le des- 
truía silenciosamente, y desde entonces su energía se ener- 
va, ya no recorre sus montañosas llanuras con la grata se- 
guridad de su independencia; en su paso tardío y en su 
sombrío y melancólico aspecto, se leen los tristes caracte- 
res de una raza oprimida. Y, sin embargo, la causa de la 



60 W. H. PRESCOTT 

humanidad ha ganado: vive bajo un sistema más sabio de 
leyes, goza de una tranquilidad más estable, cree en una fe 
más pura; pero todo esto de nada le sirve, porque su civi- 
lización tenía los varoniles caracteres del estado salvaje, y 
le pertenecían como una propiedad las ardientes virtudes 
de los aztecas: rehusa, pues, someterse a la cultura europea 
y ser injertado en un tronco extraño. Su forma exterior, 
su complexión, sus lincamientos, son substancialmente los 
mismos; ¡pero los caracteres morales de una nación, los 
que constituyen una raza, han sido borrados para siempre! 






Las dos autoridades principales para la formación de 
este capítulo, han sido Torquemada y Clavijero. El prime- 
ro, provincial de la Orden de San Francisco, vino al Nuevo 
Mundo hacia mediados del siglo xvi. Como todavía no pa- 
saba la generación de los conquistadores, tuvo muchas 
oportunidades de oír de su propia boca la narración de su 
empresa. Cincuenta años de permanencia en el país, le ins- 
truyeron de los usos y tradiciones de los nativos, y le per- 
mitieron formar su historia, fundada no sólo en la narra- 
ción de los primeros misioneros, sino en los monumentos 
que aún no había destruido el fanatismo de sus compatrio- 
tas. Con estos datos formó su voluminosa obra, que según 
el uso recibido entre los antiguos escritores castellanos, 
comenzaba por la creación del mundo, y que comprendía 
todo el vasto círculo de las instituciones políticas, religio- 
sas y sociales de los mexicanos, desde los primeros días 
hasta los suyos. En la ejecución de su obra, el digno reve- 
rendo ha acreditado esa superstición que distinguía en 
aquellos tiempos a los de su clase. Cada página de aquella 
está llena de citas de la Sagrada Escritura y de la historia 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 6 1 

profana, que forman un contraste ridículo con el fondo 
barbárico de su asunto y frecuentemente incurre en gro- 
seros errores, ocasionados por sus falsas ideas acerca del 
sistema cronológico de los aztecas. Mas no obstante estos 
graves defectos en la composición de la obra, pocos 
guías encontrará el lector más seguros que Torquemada, 
cuando quiera seguir el hilo de la verdad histórica tomán- 
dolo desde su origen; tal es su manifiesto candor, tal su ido- 
neidad para instruirnos de los puntos más curiosos de las 
antigüedades de México. Ninguna obra, por lo tanto, ha 
sido consultada y aun copiada tan frecuentemente, aún por 
aquellos que, como Herrera, afectan tenerla en poco. (His- 
toria general, década 6, lib. 6.°, cap. XIX.) La Monarquía 
Indiana se publicó por primera vez en Sevilla en 1615. 
(Nic. Ant. Bich. Nov. Matriti, 1783, t. II, pág. 787), y des- 
pués en mejor estilo, en tres volúmenes, in folio, en Ma- 
drid, 1723. 

La otra autoridad, frecuentemente citada en el texto, es 
la Historia antigua de México del abate Clavijero. Original- 
mente está escrita en italiano, e impresa hacia fines de la 
centuria pasada, en Italia, donde el autor, que era jesuíta, 
y nativo de Veracruz, se había refugiado cuando la Com- 
pañía fué expulsada de América en 1767. Durante treinta 
y cinco años que vivió en su país natal, se instruyó com- 
pletamente en sus antigüedades, examinando cuidadosa- 
mente las pinturas, manuscritos y demás restos que pudo 
encontrar. El plan de la obra es casi tan extenso como el 
de la de su predecesor Torquemada; pero luego se conoce 
que ha escrito en tiempos más modernos y más ilustrados, 
según la habilidad con que trata su complicado asunto. En 
las estudiadas investigaciones con que concluye la obra, ha 
procurado rectificar la cronología de los aztecas, y los va- 
rios errores de los escritores que le habían precedido. Pero 



62 W. H. PRESCOTT 

el objeto ostensible conocido de su obra, era, sobre todo, 
vindicar a sus compatriotas de los agravios que en su con- 
cepto les habían inferido Robertson, Reynal y de Pau; y 
con respecto a los dos últimos, lo consiguió completamente. 
Esto debiera hacer sospechosa su imparcialidad, si la obra 
no pareciese en generai escrita de buena fe. Aunque su 
celo patriótico le ha inducido a recargar sus pinturas con 
brillantes colores, no es ni aún en este defecto comparable 
a sus antecesores, mientras que él ha hecho una aplicación 
de las reglas de la crítica, de que ellos no eran capaces. 
En una palabra, sus laboriosas indagaciones han reunido 
en un foco las luces que se encontraban esparcidas, puri- 
ficándolas, en gran parte, de las nieblas de superstición, 
que oscurecían las mejores producciones anteriores a la 
suya. Todas estas razones le han valido el favor del públi- 
co, y granjeádole cierta especie de reputación popular, no 
obstante, su cansada proligidad de algunas veces, y el des- 
agrado que causa esa profusión con que derrama a cada 
página nombres inusitados y en ortografía mexicana. Poco 
después de la publicación de la obra en Cesena, en 1 780, 
fué traducida al inglés, y posteriormente al español y 
alemán. 



CAPÍTULO III 

Mitología mexicana. — Sacerdotes. — Templos. — - Sacrifi- 
cios humanos. 

La organización civil de los aztecas estaba tan íntima- 
mente ligada con su religión, que sin conocer ésta perfec- 
tamente, es imposible formarse ideas exactas de su Gobier- 
no e instituciones sociales. Dejaré aparte, por ahora, algu- 
nas tradiciones, notables por su analogía con ciertos pa- 
sajes de las Santas Escrituras, y procuraré bosquejar bre- 
vemente su mitología, e informar a mis lectores de las cui- 
dadosas medidas que habían adoptado para mantener un 
culto nacional. 

La mitología puede considerarse como la poesía de la 
religión, o, más bien, como el desenvolvimiento poético 
de los principios religiosos en las edades primitivas: es el 
esfuerzo que hace un hombre rudo para explicarse a sí 
mismo el misterio de su existencia, y para descubrir los 
agentes secretos que presiden a los fenómenos de la natu- 
raleza. Como que es una consecuencia del estado social, 
su carácter varía con el de las tribus donde ha nacido; el 
feroz godo, bebiendo dulces licores en el cráneo de su 
despedazado enemigo, debe tener una mitología suma- 
mente diversa de la del afeminado nativo de la Hispaniola, 



64 W. H. PRESCOTT 

que engaña las horas en muelles pasatiempos a la sombra 
de sus platanales. 

En tiempos más posteriores y menos incultos se en- 
cuentran, a veces, las leyendas primitivas, formando en 
manos de los poetas un sistema regular, y las toscas fic- 
ciones de los primeros tiempos, vaciadas en el molde de 
la belleza ideal, sirviendo de objeto de adoración a las eda- 
des de la credulidad, y de delicia, a algunas de las subse- 
cuentes. Tales son las bellas invenciones de Hesiedo y Ho- 
mero, como dice el padre de la historia: «fueron los pa- 
dres de la teogonia griega»; aserción que no se debe en- 
tender muy literalmente, pues que ningún hombre es ca- 
paz, por sí solo, de crear el sistema religioso de su na- 
ción (i): todo lo que aquéllos hicieron, se reduce a animar 
el sombrío bosquejo de la tradición con los brillantes to- 
ques de su imaginación creadora, hasta revestirla de esa 
belleza que cautiva la de los demás hombres. El poeta ejer- 
ce también su influencia en las sociedades ya formadas: 
nada digamos de la Divina Comedia; pero ¿quién, después 
de la lectura del Paraíso perdido, no siente que sus ideas 
propias sobre los ángeles se avivan por las del inspirado 
artista? ¿Quién no ve adquirir realidad y formas corpóreas 
a las imágenes que antes vagaban a su vista incoherentes y 
confusas? 

Al período últimamente mencionado sigue el de la filo- 
sofía, que amalgama las consejas de los primeros tiempos 
y las ficciones poéticas de los subsecuentes, y para no pa- 
recer impía, procura interpretar alegóricamente las inven- 



(1) Herodoto Euterpe, sec. 53. Heeren ha aventurado un aserto 
igualmente atrevido con respecto a los poetas épicos de la India, «los 
cuales, dice, han inventado los numerosos dioses que llenan su pan- 
teón». Indagad, hist. trad. Oxford, 1833, vol. III, pág. 139. 






HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 65 

ciones de la mitología popular y ajustarías a los principios 
rigurosos de la razón. 

La religión mexicana ha nacido en el primero de esos 
tres períodos; apenas modificada por la influencia de la 
poesía, cayó en manos de los sacerdotes, que la hicieron 
revestir un aspecto especial; el ceremonial que inventaron 
es el más ostentoso y embrollado que jamás ha existido, 
procurando ocultar, con el velo misterioso de la alegoría, 
las tradiciones primitivas, y cargar a sus deidades de tri- 
butos groseros, que más las asemejan a las grotescas in- 
venciones de los pueblos orientales del antiguo Continente, 
que a las ingeniosas ficciones de la mitología griega, cuyos 
dioses conservan siempre los caracteres de la humanidad 
por exagerados que estuviesen (i). 

Lo que más admira al estudiar el sistema religioso de 
los aztecas, es la disimilitud de sus diversas partes; unas 
parecen ser emanación de un pueblo culto, y otras respi- 
ran un espíritu de ferocidad indómita; con lo que, natural- 
mente, viene la idea de atribuirlo a dos orígenes diversos, 
y de suponer que los aztecas recibieron de sus padres una 
fe mansa y suave, en la que después injertaron la suya pro- 
pia. Esta llegó a predominar, y dio su negro colorido a las 
creencias de los pueblos conquistados por los aztecas, y 
que ellos, al uso de los romanos, incorporaron en su pro- 
pia nación; hasta que, por último, la más luctuosa supers- 

(í) El honorable Monzuart Elphinstone, ha expresado el mismo 
modo de pensar al comparar la mitología griega y la del Indostán, en 
su Historia de la India, publicada después de escrito el texto de esta 
página. Lib. 1.°, cap. IV. El mismo capítulo de esta obra, verdadera- 
mente filosófica, sugiere algunos puntos de semejanza muy curiosos 
con lo que hemos dicho de la religión de los aztecas, y podría ser de 
grande utilidad al que se propusiese descubrir las semejanzas que hay 
entre las razas asiática y americana. 

5 



66 W. H. PRESCOTT 

tición envolvió todo el extenso territorio de Anáhuac. 

Los aztecas reconocieron la existencia de un Supremo 
Creador y Señor del Universo: en sus oraciones se dirigían 
a El llamándole «el Dios por quien vivimos; el Omnipoten- 
te que conoce todos nuestros pensamientos y dispensador 
de todas las gracias; aquel sin el cual nada es el hombre; 
el Dios invisible, incorpóreo, de perfecta perfección y pu- 
reza, bajo cuyas alas se encuentra descanso y seguro 
abrigo >. 

Estos sublimes atributos suponen nociones algo perfec- 
tas de la divinidad; pero la idea de la unidad de un ser 
cuya acción y cuya volición se confunden indivisiblemen- 
te, que no necesita de ministros inferiores para ejecutar sus 
designios, era demasiado simple, o demasiado despropor- 
cionada al estado de los conocimientos de aquel pueblo; 
recurrieron, pues, como es costumbre, a la pluralidad de 
dioses que presidiesen a los elementos, al cambio de las 
estaciones y a las varias ocupaciones del hombre (i). Ha- 
bía 13 deidades principales y más de 200 de orden secun- 
dario, a cada una de las cuales se había consagrado un día 
especial y una festividad propia (2). 

(1) Ritter ha manifestado, valiéndose del sistema religioso del In- 
dostán, la manera con que la idea de la unidad de Dios induce de por 
sí a la de la pluralidad. Historia de la filos, antig., lib. 2.°, cap. I, Ox- 
ford, 1838. 

(2) Sahagun, op. cit., lib. 6.°, passin. Acosta, lib. 5.°, cap. IX. Bo- 
turini, idea, pág. 8, et seq. Ixtlilxochitl, op. cit., cap. I. Camargo, His- 
toria de Tlaxcala, M. S. 

Los mexicanos, según Clavijero, creían en un espíritu maligno ene- 
migo de la raza humana, y cuyo bárbaro nombre significaba buho 
racional. Op. cit., t. II, pág. 2. El cura Bernáldez habla del diablo pin- 
tado én los vestidos de los indios de Columbia, bajo la figura de un 
buho. (Historia de los Reyes Católicos, M. S., cap. CXXXI.) No debe, 
sin embargo, confundirse este diablo con el espíritu maligno de la mi- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 6j 

La primera de todas era el terrible Huitzilopotchtli, el 
Marte mexicano, bien que es una injusticia comparar al 
heroico dios de la guerra de la antigüedad con este mons- 
truo sanguinario. El era la deidad patrona de la nación; 
su tosca imagen estaba cargada de costosos atavíos; sus 
templos eran los más suntuosos y augustos, y sus altares 
eran regados con la sangre de las hecatombes humanas, en 
toda la extensión del imperio. ¡Cuan desastrosa debe haber 
sido la influencia de semejante superstición en el carácter 
del pueblo! (i) 



tología de las tribus norteamericanas. (V. Noticias de Hekewelder, en 
las transact., de la Sociedad Filosófica americana de Filadelfia, vol. I, 
página 205), ni menos aún con el principio del mal de las naciones 
orientales del Viejo Mundo. Entre las deidades, estaba un diablo, por- 
que teniendo cada una un poco de mal, era preciso personificar a éste 
en alguna de ellas. 

(1) Sahagun, op. cit., lib. 3.°, cap. I, et. seq. Acosta, lib. 5.°, capí- 
tulo ÍX. Torquemada, op. cit., lib. 6.°, cap. XXI. Boturini, Idea, pági- 
nas 27 y 28. 

Huitzilopotchtli es una palabra que significa guainambí, o colibrí, 
e izquierdo, porque su imagen tenía cubierto el pie izquierdo con las 
plumas de este pájaro. (Clavijero, op. cit., t. II, pág. 17); es una etimo- 
logía muy bella para deidad tan fea. Las formas fantásticas de los 
ídolos de los mexicanos, eran en alto grado simbólicas. Véase la sabia 
explicación que hace Gama de la imagen de la diosa que se encontró 
en la plaza Mayor de México. (Descripción de las dos Piedras, México, 
1832, part. I, págs. 34 y 44.) La tradición relativa al nacimiento, o a 
lo menos a la aparición en la tierra de este Dios, es curiosa. Nació de 
una mujer devota, que un día, asistiendo a un templo, vio volar por 
los aires una bola de hermosísimas plumas; la cogió y la guardó en 
su seno; poco tiempo después la mujer se hizo embarazada, y nació 
de ella el horroroso dios (igual a Minerva, en cuanto a nacer con todo 
y su armadura): trajo al mundo una lanza en la mano derecha, un es- 
cudo en la izquierda y su penacho de plumas verdes en la cabeza. 
(V. Clavijero, op. cit., t. II, pág. 19 y sig.) Iguales ideas tienen acerca 
del origen de su deidad principal los pueblos de la India, más allá del 



Oa W. H. PRESCOTT 

Un personaje mucho más interesante de su mitología, 
era Ouetzalcoatl, dios del aire, deidad que, durante su re- 
sidencia en la tierra, instruyó a los mortales en la agricul- 
tura, el uso de los metales y el arte de gobernar. Fué, segu- 
ramente, uno de esos benefactores de su especie, a quienes 
deifica la gratitud de la posteridad. En su tiempo, la tierra 
se cubría, sin necesidad de cultivo, de flores y frutos; una 
mazorca de maíz era tan grande, que bastaba para formar 
la carga de un hombre: el algodón inculto tomaba por sí 
mismo todos los variados tintes que hoy le da el arte de 
los hombres; el aire estaba embalsamado con perfumes 
embriagantes y lleno de las dulces melodías de aves cano- 
ras; en suma, eran los días de halcyon, recibidos en tantos 
sistemas mitológicos del Viejo Mundo; era la Edad de Oro 
del Anáhuac. 

Por quién sabe qué motivo no conocido, Ouetzalcoatl 
incurrió en la cólera de uno de los principales dioses, y se 
vio obligado a abandonar el país. En su camino tocó en la 
ciudad de Cholula, donde había un templo destinado a su 
culto, y cuyas macizas ruinas son hoy una de las más inte- 
resantes reliquias de las antigüedades aztecas. Al llegar a 
las playas del Golfo Mexicano, se despidió de sus compa- 
ñeros, prometiéndoles que él y sus descendientes volverían 
a visitar aquella tierra, y entrando en su encantado esqui- 

Ganges y los del Thibet. Buda, dice Milman en su sabia y luminosa 
obra sobre la Historia del Cristianismo. Buda, según una tradición re- 
cibida en el Occidente, nació de una virgen. Cuéntase lo mismo de 
Foí de China y Schakaof del Thibet, sin duda el mismo personaje, ya 
real, ya mitológico. Los jesuítas de China quedaron sorprendidos — dice 
Barrow — , al encontrar en la mitología de aquel país creencias tan 
parecidas a la de la virgen Deipara. La existencia de ideas religiosas 
muy semejantes en países habitados por razas tan distintas, es mate- 
ria digna de estudio, pues que descubre uno de los más importantes 
eslabones que unen entre sí a las distintas familias de las naciones. 



HISTORIA OE LA CONQUISTA DE MÉXICO ÓQ 

fe, hecho de pieles de serpientes, se embarcó en el grande 
Océano para la fabulosa tierra de Tlapallan. Decíase que 
era de alta estatura, de color blanco, de cabellera negra y 
flotante, y de barba larga. Los mexicanos confiaban plena- 
mente en la vuelta de esta deidad benévola, y esta creen- 
cia, profundamente arraigada en sus corazones, preparó el 
camino, como lo veremos en seguida, a los futuros triun- 
fos de los españoles, (i) 

No tenemos tiempo para entrar en menudos pormenores 
respecto de las divinidades mexicanas: bástenos decir que 
los atributos de todas ellas estaban exactamente determi- 
nados, y que iban decreciendo en dignidad, en escala reli- 
giosa, hasta llegar a los penates o dioses domésticos, cuyas 
pequeñas imágenes se encontraban hasta en la más humil- 
de cabana. 



(1) Codex Vaticanus, lám. 15, y Codex Telleriano. Remensis, 
part. II, lám. 2. a , apud. antiquit. de México, vols. I y VI. Sahagun, 
op. cit., lib. 3.°, cap. III, IV, XIII y XIV. Torquemada, op. cit., li- 
bro 6.°, cap. XXIV. Ixtlilxochitl, cap. I. Gomara, op. cit., cap. CCXXII; 
en Barcia, historiadores primitivos de las Indias Occidentales, Madrid, 
1749, t. II. 

Quetzalcoatl significa < serpiente alada>. La última sílaba, que sig- 
nifica «gemelo», ha sido para el doctor Sigüenza un argumento que 
prueba la identidad de este dios y del apóstol Santo Tomás. (Didymus 
también significa gemelo), que se supone haber venido a la América a 
predicar el Evangelio. Esta opinión ha sido adoptada por muchos de 
sus compatriotas, con la misma confianza que tienen en la venida de 
Santiago Apóstol los españoles. Véanse las autoridades y fundamentos 
que con toda gravedad alega el doctor Mier en su disertación, en el 
apéndice a la obra de Sahagun, publicada por Bustamante, y en Vey- 
tia, t. I, págs. 160-200. ¡Nuestro ingenioso compatriota Madculloh, to- 
davía atribuye al dios azteca una antigüedad más venerable, pues lo 
supone idéntico al patriarca Noé! Véanse las investigaciones históri- 
cas y arqueológicas relativas a la Historia Aborígena de la América, 
Baltimore, pág. 233. 



JO W. H. PRESCOTT 

Los aztecas experimentaron esa curiosidad propia del 
hombre, sea cual fuere el grado de civilización a que ha lle- 
gado, de levantar el velo con que está cubierto el misterio- 
so tiempo que pasó, y el aún más tremendo y misterioso 
que está por venir: se imaginaron, como las naciones del 
Antiguo Mundo, que se aliviarían de la opresora idea de la 
eternidad, dividiéndola en distintos ciclos o períodos de 
tiempo, cada uno de ellos de muchos millares de siglos. 
Había cuatro de estos cielos, y al terminar cada uno de 
ellos, por agencia de uno de los elementos, la familia hu- 
mana debía ser borrada de la tierra, y el sol arrojado de 
los cielos, inflamado de nuevo (i). 

Imaginaros tres diversos estados de existencia en la vida 
futura: el malo, reservado a la mayor parte de los hombres, 
era para expiar las culpas, y consistía en una oscuridad 

(1) Codex Vaticanus, láms. 7, 10; en antig. de México, vols. I y VI. 
Ixtlilxochitl, op. cit, cap. I. 

Humboldt ha emprendido penosa tarea al querer trazar las analo- 
gías entre la cosmogonía azteca y la del Asia Oriental; ha buscado, 
pero en vano, un múltiplo que pudiese servir de clave para los cálcu- 
los de la primera. (Vistas de las Cordilleras, págs. 202-212.) Parece 
que hay gran discordancia en los cómputos mexicanos, tanto acerca 
del número de revoluciones, como en cuanto a su duración. Un ma- 
nuscrito que tengo a la vista de Ixtlilxochitl, reduce las primeras al 
número tres antes del estado actual del globo, y da a este 4394 años 
de duración. (Sumaria relación, M. S., núm. 1.) Gama, apoyándose en 
la fe de un antiguo manuscrito indio, perteneciente a la colección de 
Boturini, VIII, 13, reduce aún a menos esta duración. (Descrip. de 
las dos piedras, parte I, pág. 49, et. seq.) Mientras que los cielos de las 
pinturas del Vaticano le asignan cerca de 18.000. 

Es digno de notarse con interés, cómo las conjeturas hechas en una 
edad ignorante, han sido confirmadas por las recientes indagaciones 
de la geología; y puede esto considerarse como una prueba de que el 
aspecto actual de nuestro globo es el resultado de cierto número de 
convulsiones distantes una de otra, tal vez millares de años, y que han 
hecho desaparecer las razas entonces existentes. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 7* 

eterna. Otra parte de los hombres, sin más mérito que ha- 
ber muerto de ciertas enfermedades caprichosamente ele- 
gidas, gozaba de una existencia vegetativa, de un estado de 
indolente satisfacción. El más alto destino estaba reserva- 
do, como en las demás naciones guerreras, para los que mo- 
rían en los campos de batalla o en los sacrificios; su suerte 
era pasar de una vez a la presencia del sol, y formando co- 
ros de canto y baile, acompañarle en su brillante carrera 
por los cielos; después de algunos años, sus espíritus venían 
a animar las nubes, los pájaros canoros de bello plumaje, 
y a vivir entre los ricos colores y deliciosos perfumes de 
los jardines del Paraíso (i). Tal era el cielo de los aztecas, 
más refinado en su carácter que el de los paganos más ade- 
lantados, en cuyos Campos Elíseos se gozaba únicamente 
la gloria marcial o los placeres (2). Igualmente rastros de 
refinamiento se descubren en la invención de su infierno, 
del cual han desterrado toda especie de tormento corporal; 

(1) Sahagun, op. cit, lib. 3.°, apéndice. Cod. Vat. en antig. de Mé- 
xico, láms. 1 y 5. Torquemada, lib. 3,°, cap. IIL. 

Este último escritor nos asegura: «que en cuanto a lo que de- 
cían los aztecas sobre irse al infierno, tenían razón; porque como mo- 
rían en la ignorancia de la verdadera fe, todos deben haber ido, sin 
duda alguna, a sufrir las penas eternas.» (Ubi. supra.) 

(2) Esto da tan pobre idea de los placeres del Paraíso, que bien 
pudiera decirse con la sombra de Aquiles: «que mejor quería ser el 
esclavo del último hombre en este mundo, que soberano entre los 
muertos.» (Odis., A., 488, 490.) Los mahometanos viven en la creen- 
cia de que las almas de los mártires pasao. al cuerpo de los pájaros 
que frecuentan las mansas fuentes y umbrías enramadas del Paraíso. 
(Koran, de Sale, Londres, 1825, vol. I, pág. 106.) El cielo de los mexi- 
canos y el del Dante se parecen mucho en sus placeres materiales: 
ambos están llenos de luz, armonía y movimiento. Recordemos que el 
sol era una de las ideas más espiritualizadas de los aztecas, y como 
decía el otro: 

«Quien mira el sol, una deidad divisa.» 



72 W. H. PRESCOTT 

circunstancia que contrasta notablemente con esos sistemas 
de tortura tan ingeniosamente inventados por el capricho 
de los pueblos más ilustrados (i). En todas estas cosas tan 
opuestas al carácter feroz de los aztecas, vemos una nueva 
prueba de que habían heredado de sus antepasados una 
civilización demasiado perfecta. 

Los límites de nuestra obra sólo nos permiten aludir a 
dos de sus ceremonias más interesantes. Cuando moría 
una persona, se vestía su cuerpo con los vestidos propios 
de su deidad tutelar: se le envolvía en pedazos de papel, 
que le sirviesen como de resguardo contra los peligros del 
oscuro camino que iba a atravesar. Si acaso era rico, se 
sacrificaba una turba de esclavos en sus exequias: el cuer- 
po era quemado y las cenizas reunidas en una urna, guar- 
dadas en uno de los aposentos de su casa. He aquí los 
usos de los católicos romanos, de los musulmanes, de los 
tártaros, de los antiguos griegos y romanos; ¡curiosas coin- 
cidencias que nos dan a conocer con cuánta cautela debe- 
mos proceder al deducir consecuencias fundadas en la 
analogía! (2). 

(1) Es singular que el bardo tozcano, que agotó en su «infierno» 
todas las torturas del cuerpo, haya hecho tan poco uso de los tormen- 
tos morales. Si este olvido debe considerarse como una prueba de la 
barbarie de aquellos tiempos, es de extrañar que en otros posteriores 
se haya repetido: tal sucede con escritores serios y sublimes como el 
Dr. Watts, quien no se desdeña de emplear esta misma maquinaria 
para conmover la conciencia de sus lectores. 

(2) Carta del Lie. Zuazo (Nov. 1521, M. S.) Acosta, lib. 5, capí- 
tulo VIII. Torquemada, op. cit., lib. 13, cap. XXXXV. Sahagun, 
op. cit., lib. 3. Apéndice. 

Algunas veces el cuerpo se enterraba entero, con valiosos tesoros 
si el difunto era rico. El Conquistador Anónimo, como él se llama, 
dice que el oro que sacó de una tumba subía a 3.000 castellanos. 
Relatione de'un gentil' huomo, en Ramusio, t. III, pág. 310. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 73 

Todavía mayores coincidencias con los ritos cristianos 
encontramos en las ceremonias que practicaban en el bau- 
tizo de los niños. Los labios y el pecho del infante eran 
bañados de agua: se imploraba al Señor, para que aquella 
santa agua borrase del niño el pecado con que había sido 
manchado antes de la fundación del mundo, de manera 
que el niño renaciese (i). En muchas de sus relaciones en- 
contramos las mayores analogías con la moral cristiana, 
sirviendo éstas de ejemplo: «¿Es posible que este azote y 
este castigo no se nos dan para nuestra corrección y en- 
mienda, sino para total destrucción y aniquilamiento?» — «Y 
esto por solo vuestra liberalidad y magnificencia lo habéis 
de hacer, que ninguno es digno ni merecedor de recibir 
vuestras larguezas por su dignidad y merecimiento, sino 
por vuestra benignidad.» — «Sed sufridos y reportados, que 
Dios bien os ve y responderá por vosotros, y él os vengará: 
sed humildes con todos, y con esto os hará Dios merced 
y también honra.» «Tampoco mires con curiosidad el 
gesto y disposición de la gente principal, mayormente de 
las mujeres y, sobre todo, de las casadas, porque dice el 
refrán, que el que curiosamente mira a la mujer, adultera 
con la vista.» La última máxima ofrece una analogía palpa- 
ble con la Sagrada Escritura. Estas puras y elevadas máxi- 
mas de moral, mezcladas, es cierto, con otras pueriles y 
aún brutales, atestiguan que aquel pueblo tenía de los 
principios de moralidad esa percepción confusa, propia 
del crepúsculo de la civilización. No debemos exigir cier- 
tamente que la sociedad, en semejante estado, esté imbuida 

(1) Este rito interesante se celebraba con gran solemnidad y for- 
malidad, en presencia de los parientes y amigos, y ha sido descrito 
prolijamente por Sahagun, op. cit., lib. 6, cap. XXXVII, y por Zuazo, 
carta manuscrita: ambos fueron testigos de vista. Véase en el apéndi- 
ce de la obra de Sahagun la parte relativa a esto. 



74 W. H. PRESCOTT 

en altas y puras doctrinas inculcadas en los sabios Códigos 
de la filosofía antigua (i). 

La mitología azteca, que no había recibido la influencia 
hermoseadora de la poesía, ni el refinamiento del espíritu 
filosófico, era la obra casi exclusiva de los sacerdotes, que 
con la mira de deslumhrar al pueblo, habían inventado el 
más estricto y pomposo ceremonial. La influencia del 
sacerdocio debe haber sido grande en todos aquellos esta- 
dos imperfectos de la sociedad, en que aquel es el único 
poseedor del saber de la época, aconteciendo eso princi- 
palmente cuando ese saber se reduce más bien que a cono- 
cimientos positivos de los fenómenos naturales, al de las 
fantásticas quimeras creadas por la superstición humana: 
tales son la astrología y la adivinación, artes de que po- 
seían un conocimiento perfecto los sacerdotes aztecas. Así 
es que mientras por un lado tenían en sus manos la llave 
de acontecimientos futuros, imprimían en el vulgo igno- 
rante sentimientos de superstición, más tremendos proba- 
blemente que cuantos han existido en ningún país, aún en 
el Egipto mismo. 

El número de los sacerdotes era muy considerable, 
puesto que sólo el templo principal de la capital estaba 
servido por cinco mil: la jerarquía y funciones de cada 
una de las partes de esta numerosa corporación, estaban 
determinadas con rigurosa exactitud. Los más instruidos 
en la música dirigían los coros, otros arreglaban las fiestas 
con arreglo al calendario; estos cuidaban de la educación 
de la juventud, y aquellos de las pinturas geroglíficas y de 
conservar las tradiciones orales; los terribles ritos del sa- 
crificio estaban reservados a las principales dignidades de 
la orden. A la cabeza de toda ella estaban dos sumos 

(1) Sahagun, op. cit., lib. 6.°, cap. I, II, XVII, XXII. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 75 

sacerdotes, electos por el Rey y los primeros nobles, sin 
atender a su cuna, sino solamente a sus cualidades y a sus 
méritos anteriores. Ambos eran iguales en dignidad, y sólo 
inferiores en ella al soberano mismo, quien raras veces 
obraba sin su parecer en los asuntos públicos de impor- 
tancia (i). 

Cada sacerdote estaba dedicado al servicio de una deidad 
particular, y habitaba en aposentos fabricados dentro del 
templo; por lo menos mientras estaba ejerciendo sus fun- 
ciones, pues que, por otra parte, se les permitía casarse y 
tener familia. Su vida monástica tenía toda la austeridad de 
la disciplina de un convento. Oraban tres veces en el día y 
una en la noche; frecuentaban las abluciones y vigilias, y 
mortificaban la carne con crueles penitencias; se sacaban 
sangre por la flagelación o punzando sus cuerpos con púas 
de maguey; en suma, practicaban todos los rigores a que 
el fanatismo ha recurrido en todos tiempos para (hablando 
el enérgico lenguaje del poeta). 

Con la esperanza de alcanzar el cielo, 
En un infierno convertir la tierra (2). 

(1) Sahagun, op. cit., lib. 2.°, apénd., lib. 3.°, cap. LXXXIX. Tor- 
quemada, op. cit., lib. 8.°, cap. XX, lib. 9.°, cap. III, LVI. Gomara, 
crónica, cap. CCXV, en Barcia, t. II. Toribio, hist. de los indios, M. S., 
parte, capítulo IV. 

Clavijero dice que el gran sacerdote debía ser necesariamente una 
persona noble; pero yo no encuentro ni aún en Torquemada, su orácu- 
lo, autoridad en que fundar semejante aserto; dice, por el contrario, 
que «por probable que sea esto, nadie lo afirma». Op. cit., lib. 9.°, ca- 
pítulo V. Es contradicho por Sahagun, a quien yo tengo en estas ma- 
terias por la mejor autoridad. Clavijero no tenía más noticias de Saha- 
gun quo las que pudo adquirir en Torquemada y los escritores subse- 
cuentes. 

(2) Sahagun, op. cit., ubi. supra. Torquemada, op. cit., lib. 9.°, ca- 
pítulo XXV. Gomara, ubi. supra. Acosta, lib. 4.°, caps. XIV y XVII. 



y 6 W. H. PRESCOTT 

Las grandes ciudades estaban divididas en distritos, a 
cargo de una especie de clero parroquial que dirigía todos 
los actos religiosos en su respectivo departamento. Es no- 
table que administraban los ritos de la confesión y la abso- 
lución; los secretos del confesionario eran inviolables, y el 
que los revelaba sufría penas muy parecidas a las que im- 
pone la Iglesia Católica Romana. Dos particularidades nota- 
bles había en las ceremonias de los aztecas: Primera, que 
como la repetición de una ofensa se tenía por inexpiable, 
sólo se confesaban una vez en toda su vida, haciéndolo or- 
dinariamente en sus últimos días, para descargar su con- 
ciencia y dejar para de una vez las últimas reliquias de la 
iniquidad. La otra era que la absolución sacerdotal tenía la 
fuerza de absolución legal, y en caso de detención, equiva- 
lía a una compurgación. Largo tiempo después de la con- 
quista, los sencillos naturales, cuando caían bajo el brazo 
de la justicia, pensaban poder escapar de él presentando 
su certificado de haberse confesado (i). 

(1) Sahagun, op. cit., lib. 1.°, cap. XII, lib. 6.°, cap. VII. 

La oración del confesor en semejantes circunstancias, contiene co- 
sas muy notables para que yo las omita. «Oh Señor, amparador y fa- 
vorecedor; vos que conocéis todos los secretos de todos los corazones, 
haced que vuestra indulgencia y gracia descienda sobre él, como agua 
purísima que lave las manchas de sus culpas; mirad que este pobre 
no pecó con su libre voluntad y albedrío, sino por la influencia del sig- 
no en que nació.» Después de vivas exhortaciones a que, por vía de 
penitencia se mortificase y practicase minuciosas ceremonias, le pon- 
deraba la necesidad de procurar cuanto antes un esclavo que sacrifi- 
car a su dios, y le inculcaba la caridad para con los pobres. Decíale: 
«Viste al desnudo y da de comer al hambriento, por costoso que te 
fuese; acuérdate de que su carne es como la tuya, y de que es hombre 
como tú.» Tal es la extraña mezcla de sentimientos de benevolencia 
cristiana y de abominable crueldad que formaba la moral de los azte- 
cas, y que prueba, como lo hemos dicho repetidas veces, el origen en- 
teramente distinto de los unos y de los otros. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 77 

Uno de los principales cargos de los sacerdotes, era la 
educación de la juventud, a cuyo fin había edificios a pro- 
pósito dentro del recinto mismo de los templos; allí entra- 
ban desde su tierna edad los jóvenes de ambos sexos de la 
clase alta y media de la sociedad. Las niñas eran instruidas 
en las funciones de sacerdotisas, y ejercían todas las fun- 
ciones sacerdotales, excepto las del sacrificio (i). A los va- 
rones se les acostumbraba al rigor de la disciplina monás- 
tica: adornaban con flores los altares de los dioses, alimen- 
taban el fuego sagrado y tomaban parte en los cánticos y 
fiestas religiosas. A los de las escuelas superiores, llamadas 
Calmecac, se les iniciaba en las tradiciones, misterios, jero- 
glíficos, principios del Gobierno, y en todos los ramos de 
las ciencias físicas y naturales, cuyo conocimiento estaba 
reservado exclusivamente al sacerdocio. Las niñas apren- 
dían varias artes mecánicas, principalmente la de coser y 
bordar ornamentos para los altares de los dioses. Se cuida- 
ba mucho de la educación moral de ambos sexos; guardá- 
base el mayor decoro, y la menor ofensa de este género se 
castigaba severamente y aún con la muerte misma; ya lo 
hemos dicho: el terror y no el amor, era el resorte de la 
educación entre los aztecas (2). 

(1) Los dioses egipcios eran también servidos por sacerdotisas. 
(Véase a Herodo, Euterpe, sec. 54.) Cuentos igualmente escandalosos 
que los que circulaban entre los griegos con respecto a las vírgenes, se 
refieren de los aztecas. (Véase la disertación Le Noir en antig. de Mé- 
xico, París, 1834-, t. II, pág. 7, nota.) Los primeros misioneros, crédu- 
los hasta el exceso, no dan fe a estas noticias. El Padre Acosta excla- 
ma por el contrario: «Es cosa extraña, en verdad, ver cuánta fuerza y 
ascendiente tiene esta falsa opinión entre los jóvenes y las mozas de 
México, que por servir al demonio se sujetan a tantas privaciones y 
rigores, a que no se someterían por servir al Altísimo, que es gran 
confusión y vergüenzas (Trad. ing., lib. 5.°, cap. XVI.) 

(2) Toribio, hist. de los indios, M. S., parte 1. a , cap. IX. Sahagun, 



78 W. H. PKESCOTT 

Cuando los pupilos llegaban a una edad propia para ca- 
sarse o para entrar en el mundo, se les despedía del cole- 
gio con gran ceremonia, saliendo de allí frecuentemente en 
estado de desempeñar los empleos públicos más importan- 
tes. La política de los sacerdotes mexicanos consistía en 
reservarse el cuidado de la educación de la juventud, para 
amoldar su espíritu tierno y dócil a sus intereses, y acos- 
tumbrarla desde temprano al respeto profundo hacia la re- 
ligión y sus ministros; respeto que conservaba su dominio 
aún sobre el alma de hierro del guerrero, largo tiempo 
después de que el duro género de vida a que se había en- 
tregado, debiera haber borrado todos los vestigios de su 
primera educación. 

A cada uno de los templos estaban anexas tierras, cu- 
yos productos se destinaban al mantenimiento de los sacer- 
dotes; estas posesiones fueron creciendo con los donativos 
que, por generosidad o devoción, hacían los príncipes, 
hasta que, bajo el reinado del último Moctezuma, llegaron 
a adquirir una extensión desmesurada. Los sacerdotes 
mismos tenían a su cargo el manejo de estos intereses, y 
parece que trataron a los arrendatarios de las tierras con 
toda la indulgencia y liberalidad que caracteriza a las cor- 
poraciones monásticas. Además de los productos de estas 
tierras, estaban enriquecidos con las primicias y otras 
ofrendas que había dictado la superstición o la piedad. La 
que sobraba después de hechos los gastos del culto, se re- 

op. cit., lib. 2.°; apéndice, lib. 3.°, cap. IV, VIII. Zurita, relación, 
páginas 123-126. Acosta, lib. 5.°, cap. XV, XVI. Torquemada, op. cit., 
lib. 9.°, cap. XI, XIV, XXX, XXXI. 

«Ellos pensaban— dice este último escritor — , huir el vicio y ajus- 
tarse a la virtud, según ellos lo entendían; con sólo no airarse, no 
agraviar ni hacer mal al prójimo; en suma, con sólo cumplir los de- 
beres de la religión natural.» 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 79 

partía en limosnas entre los pobres; deber cuyo cumpli- 
miento exigía estrictamente su Código moral. Así, pues, 
vemos a la misma religión predicando, por una parte, las 
lecciones de la más pura filantropía, y las del más despia- 
dado exterminio, por otra: semejantes contradicciones no 
parecerán extrañas a los que conozcan la historia de la 
Iglesia Católica Romana en los primeros tiempos de la 
Inquisición (i). 

Los templos mexicanos, llamados teocallz, casas de 
Dios, eran muy numerosos: en las ciudades principales 
había algunos centenares, bien que contando en este nú- 
mero edificios muy humildes. Eran los tales templos ma- 
sas sólidas de tierra, cubiertas de piedra o ladrillo, y un 
poco parecidos, en su forma, a las pirámides de Egipto. 
La base de muchos de ellos tenía más de cien pies en cua- 
dro y mucha mayor altura: estaban dispuestos en cuatro o 
cinco pisos, cada uno de ellos de menores dimensiones 
que el de abajo. Se subía a ellos por escaleras hechas en 
la parte exterior de la pirámide, en uno de sus ángulos, 
cuya escalera daba vuelta al primer piso, de suerte que, al 
llegar al segundo, venía a terminar en el mismo ángulo en 
que había comenzado; en este segundo piso había un des- 
canso o terraplén, que servía de base al tercero, y una es- 
calera parecida a la anterior, que conducía al piso siguien- 

(1) Torquemada, lib. 8, cap. XX. Caraargo, Hist. de Tlaxcala, 
M. S. Es imposible no sorprenderse de la gran semejanza, no sólo en 
formas secundarias, sino en el fondo mismo, entre el modo de vivir 
de los sacerdotes egipcios y mexicanos. (Compárese a Herodoto Euter- 
pe, passim.) Diodoro, lib. 1.°, sec. 73, 81 . El lector inglés puede con- 
sultar además, a este propósito, a Herrera. Indags. hist., vol. V, ca- 
pítulo II. Wilkinson, Usos y costumbres de los antiguos egipcios, 
Londres, 1837, vol. I, págs. 257-259, y principalmente a este último, 
que ha contribuido más que ninguno otro a hacernos conocer la vida 
social de aquel pueblo interesante. 



80 W. H. PRESCOTT 

te; por manera que, antes de llegar a la cima del templo, 
se tenía que describir una especie de espiral, bien que al- 
gunas veces la escalera conducía directamente al centro 
de su cara occidental. La cima era una superficie ancha, 
sobre la cual se levantaban dos torres de unos 40 ó 50 pies 
de alto, en cuyo recinto estaban las imágenes de las deida- 
des patronas del templo. 

Bajo estas torres, estaba la mencionada piedra de los 
sacrificios, y dos altares de alguna elevación, donde ardía 
un fuego tan inextinguible como el del templo de Vesta. 
Cuéntase, que sólo en el recinto del gran templo de Méxi- 
co había 600 de estos altares, los cuales, juntos con los de 
los otros templos, iluminaban brillantemente las calles de 
la ciudad, aún en las noches más oscuras (1). 

Por una consecuencia de la construcción de los templos, 
todos los oficios sagrados eran públicos. Las largas proce- 
siones de sacerdotes, que daban varias vueltas alrededor de 
estos enormes edificios, y ios espantosos sacrificios que se 
celebraban en su cumbre, se podían ver desde el más re- 
moto rincón de la ciudad, e imprimían en su población su- 
persticiosa una veneración fanática por los ministros de la 
religión y por sus espantosos ministros. 

Estas impresiones se renovaban en cada una de sus nu- 

(J) Relatione d'un gentil' huorao, en Ramusio, t. III, fol. 307. Ca- 
margo, historia de Tlaxcala, M. S. Acosta, lib. 5.°, cap. XIII. Homara, 
crón. en Barcia, t. II, cap. LXXX. Toribio, historia de los indios, M. S., 
parte I, cap. IV. Carta del Lie. Zuazo, M. S. Este último escritor, que 
visitó a México inmediatamente después de la conquista, en 1521, nos 
cuenta que algunos de los templos inferiores o pirámides, estaban lle- 
nos de tierra impregnada, de gomas aromáticas y mezclada de polvo 
de oro; este último en tanta abundancia, que probablemente llegaría 
a 1.000.000 de castellanos. {Ubi. supra.) ¡Estos eran de veras los tem- 
plos de Mammón! Pero yo no he visto confirmados en ninguna otra 
parte estos cuentos dorados. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 8 1 

merosas festividades: cada mes estaba consagrado a una 
deidad protectora; cada semana, casi cada día, pedía en su 
calendario una celebridad especial; de suerte que es difícil 
comprender cómo eran conciliables las ocupaciones ordi- 
narias de la vida doméstica con sus prácticas religiosas. 
Algunas de sus ceremonias eran alegres y divertidas; con- 
sistían en cantos nacionales, bailes en que se juntaban los 
dos sexos; procesiones de mujeres y niños coronados de 
guirnaldas, y que llevaban ofrendas de frutos, maíz, incien- 
so, copal y otras gomas odoríficas, y sacrificios en que los 
altares eran regados con la sangre de animales solamen- 
te (i). Estas ceremonias pacíficas son las que les transmi- 
tieron sus antepasados los toltecas; pero la superstición 
azteca, les añadió otras demasiado horribles, para pre- 
sentarlas en toda su desnudez, y sobre las cuales querría 
yo de buena gana correr un velo, si no fuese esto dejar al 
lector sin conocer una de las más extraordinarias costum- 
bres de aquel pueblo, y una también de las que más influ- 
yeron en el carácter nacional. 

Los sacrificios humanos comenzaron a usarse entre los 
aztecas en el siglo xiv, trescientos años antes de la llegada 
de los españoles (2): raros al principio, fueron siendo más 
frecuentes al paso que se dilataba el imperio, hasta que, 
últimamente, no había fiesta que no acabase con tan cruel 

(1) Cod. Tel. Rem., lám. I, y Cod. Vat. passim apud. antiq. de Mé- 
xico, vols. I y VI. Torquemada, op. cit., lib. 10, cap. X. Sahagun, op. 
cit., lib. 2.°, passim. 

Entre las ofrendas, son notables las codornices por el número in- 
creíble que se consumía y sacrificaba en ciertas fiestas. 

(2) El origen de los sacrificios tiene algunas apariencias de fábu- 
la; pero verdadero o falso, lo cierto es que su introducción en un 
pueblo, supone en éste una ferocidad sin igual. Clavijero, op. cit., t. I, 
pág. 167 y sig. Véase también a Humboldt, quien parece no dudar de 
ese origen. (Vistas de las Cordilleras, pág. 95.) 

6 



82 W. H. PRESCOTT 

y abominable ceremonia, la cual era siempre una recorda- 
ción de la historia de la deidad en cuyo honor se celebra- 
ba. Bastaranos un ejemplo: 

Una de las primeras fiestas era la instituida en honor 
del dios Tezcatlipoca, inferior, solamente, al Ser Supremo. 
Llamábase la alma del mundo, y suponíase que era su crea- 
dor, Se le representaba como un hermoso mozo que go- 
zaba de perenne juventud. Un año antes del sacrificio se 
escogía a un mancebo, notable por su belleza personal, y 
que no tuviese tacha en su cuerpo. Ciertas personas toma- 
ban a su cargo instruirle en todo lo necesario para que re- 
presentase su nuevo papel con dignidad y donaire. Se le 
cubría de espléndidos vestidos y se le regalaban incienso 
y flores aromáticas, de las cuales gustaban los antiguos az- 
tecas tanto como sus actuales descendientes. Cuando salía 
a Ja calle, lo hacía acompañado de algunos pajes de palacio, 
y cuando se detenía en las calles para tañer alguna melo- 
día de su gusto, la multitud se postraba a adorarle como 
representante de su deidad benefactora. Esta vida lujosa y 
regalada la tenía hasta cerca de un mes antes del sacrifi- 
cio: entonces, cuatro hermosas doncellas, que tenían el 
nombre de las principales diosas, hacían los honores de su 
lecho, y los primeros nobles le daban banquetes, donde se 
le tributaban todos los homenajes que convienen a una di- 
vinidad. 

Llegaba, por último, el fatal día del sacrificio y el tér- 
mino de aquellas glorias efímeras. Era despojado de sus 
ricas vestiduras y separado de las bellas compañeras de 
sus placeres; atravesaba el lago en una de las embarcacio- 
nes reales, y llegaba a un templo erigido a sus orillas a una 
legua de distancia de la ciudad. La multitud se agolpaba 
para presenciar la consumación del sacrificio. Cuando la 
triste procesión, en medio de la cual era conducida la víc- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 83 

tima, llegaba a las escaleras de la pirámide, aquélla arroja- 
ba lejos de sí las guirnaldas y collares de flores de que 
estaba cubierta y rompía los instrumentos de música con 
que se había solazado durante las horas de su cautiverio. 
Al llegar a la cumbre del templo recibíanla seis sacerdo- 
tes, cuyas largas y enmarañadas cabelleras caían desorde- 
nadamente sobre sus negras vestiduras, cubiertas de gero- 
glíficos de mística significación. Conducíanlo a la piedra 
de los sacrificios, que era un enorme pedazo de mármol 
algo convexo en su cara superior; extendíanle sobre ella; 
cinco de aquellos sacerdotes sujetaban su cabeza y miem- 
bros, mientras el sexto, envuelto en un manto color de es- 
carlata, emblemático de su sangriento oficio, abría diestra- 
mente el pecho de la miserable víctima, con una filosa 
navaja de itztle (substancia volcánica tan dura como el 
diamante), sacaba del pecho de la víctima el corazón pal- 
pitante, lo ofrecía primeramente al sol, objeto de culto en 
Anáhuac, y lo arrojaba en seguida a los pies de la deidad 
patrona del templo, entre tanto que la multitud, que desde 
abajo presenciaba este espectáculo, se postraba en humilde 
oración. Los sacerdotes querían explicar con la trágica 
historia de este cautivo, la de todos los hombres, cuya 
vida, brillante y feliz en sus principios, termina frecuente- 
mente en la oscuridad y el infortunio (i). 

Tal era la manera habitual de celebrar los sacrificios; 

(1) Sahagun, op. cit., lib. 2.°, cap. II, V, XXIV e¿ alibi. Herrera, 
op. cit., dec. 3, lib. 2.°, cap. XVI. Torquemada, op. cit., lib. 7.°, ca- 
pítulo XIX, lib. 10, cap. XIV. Relación de un gentilhombre, apud. Ra- 
musio, t. III, fol. 307. Acosta, lib. 5.°, cap. IX, XXI. Carta del Lie. Zua- 
zo, M. S. Relación por el Regimiento de Veracruz, 1519, M. S. 

Pocos lectores aprobarán la sentencia de Torquemada, quien con- 
cluye esta espantosa historia agregando fríamente: <que la alma de 
la víctima caía a los infiernos con la de los falsos dioses>. Lib. 10, 
cap. XXIII. 



84 W. H. PRESCOTT 

sacrificios que los europeos indignados presenciaron en su 
tránsito, y los que alguna vez sirvieron de víctimas. A ve- 
ces se usaban exquisitos tormentos, con cuya descripción 
no creo necesario comprimir el ánimo del lector, y que 
acababan siempre con la sangrienta ceremonia ya descrita. 
Debe sin embargo notarse que semejantes tormentos no 
eran como entre las tribus norteamericanas, sugestiones 
de mera crueldad, sino que su religión los prescribía rigu- 
rosamente, y es de presumir que algunas veces los aplica- 
rían con el mismo desagrado con que un devoto familiar 
del Santo Oficio ejecutaba sus bárbaras sentencias (i). Las 
mujeres eran también destinadas al sacrificio, y en la esta- 
ción de secas, en la fiesta del insaciable Tlaloc, dios de las 
lluvias, se sacrificaban niños por lo común todavía tiernos. 
Cuando se les conducía en andas abiertas, vestidos de gala 
y adornados con los risueños dones de la primavera, se 
movía a compasión el corazón más duro al escuchar sus 
gritos confundidos con los cánticos feroces de los sacerdo- 

(1) Sahagun, op. cit, lib. 2.°, cap. X, XXIX. Gomara, erón., capítu- 
lo CCXIX, apud. Barcia, t. II. Toribio, historia de los indios, M. S., par- 
te I, cap. VI, XI. 

El lector encontrará una descripción bastante regular de estas tor- 
turas, en el canto 21 del infierno. Las fantásticas creaciones del 
poeta florentino se realizaban casi al mismo tiempo que las escribía 
entre los bárbaros de un mundo desconocido. Uno de sus sacrificios 
de un carácter menos feroz, debemos mencionar aquí: los españoles 
le llamaban el sacrificio gladiatorio, y ofrece alguna semejanza con 
los juegos sangrientos déla antigüedad. Dábans6le aun cautivo de 
distinción armas para el combate, que trababa sucesivamente con cier- 
to número de mexicanos: si los vencía a todos, como aconteció algu- 
nas veces, se le dejaba en libertad; pero si era vencido, se le condu- 
cía a la piedra y se le sacrificaba de la manera corriente. El combate 
se verificaba en una enorme piedra circular, ante la corte reunida. 
Sahagun, op. cit., lib. 2.°, cap. XXI. Relación de un gentilhombre, en 
Ramusio. t. 3.°, fol. 305. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 8$ 

tes, que miraban en las lágrimas de aquellos inocentes un 
agüero favorable a sus súplicas. Estas desventuradas vícti- 
mas se compraban por lo común a padres pobres, cuyos 
sentimientos naturales sucumbían más que a las sugestio- 
nes de la pobreza a las de su deplorable superstición (i). 

Fáltanos todavía la parte más espantosa de la historia 
de los primeros sacrificados. Su cuerpo era entregado al 
guerrero que le había cogido en la batalla, el cual, después 
de guisarle, le presentaba a sus amigos en un convite. No 
era este el tosco festín del hambriento caníbal, sino un 
banquete en que se servían los manjares más delicados y 
las más deliciosas bebidas, preparadas con arte, y al cual 
concurrían también' las mujeres, guardándose en él todo el 
decoro propio del estado civilizado. [Seguramente jamás 
se ha visto tocarse y confundirse tan íntimamente los ex- 
tremos de la barbarie más brutal y del más culto refina- 
miento! (2) 

Los sacrificios humanos se han usado entre muchas na- 
ciones, sin exceptuar ni a las más cultas de la antigüe- 
dad (3); pero jamás con esa profusión que en Anahuac. El 



(1) Sahagun, op. cit., lib. 2.°, cap. I, IV, XXI, et alibi. Torquemada, 
op. cit., lib. 10, cap. XL. Clavijero, op. cit, t. II, págs. 76 y 82. 

(2) Carta del Lie. Zuazo. M. S. Torquemada, lib. 7.°, cap. XIX. 
Herrera, op. cit., dec. 3, lib. 2.°, cap. XVII. Sahagun, op. cit., lib. 2.°, 
cap. XXI et alibi. Toribio, historia de los indios, M. S., parte 1. a , c. 2.° 

(3) Nada digamos del Egipto, donde a pesar de que los monumen- 
tos lo indican, hay poderosas razones de dudarlo. (Véase Herodoto, 
Euterpe, sec. 45.) Pero eran frecuentes entre los griegos, como lo sabe 
cualquiera estudiante de colegio. En Roma eran tan comunes, que 
se necesitó una prohibición expresa, menos de cien años antes de 
J. C, cuya prohibición es dignamente alabada por Plinio. (Historia 
Natural, lib. 30, sec. 3 y 4.) No obstante, se encuentran las huellas de 
esta costumbre en tiempos mucho más posteriores. Véase entre otros 
a Horacio, Epod. in Canidiam. 



t 

86 W. H. PRESCOTT 



número de las víctimas inmoladas en sus execrables alta- 
res excede al que pueda admitir la fe del lector menos es- 
crupuloso. Casi ningún autor lo computa en menos de 
20.000 cada año, y aún hay alguno que lo hace subir has- 
ta 50.000 (i). 

En las grandes festividades, como la coronación de un 
rey o la consagración de un templo, era aun más conside- 
rable. Cuando se dedicó el gran templo de México a Huit- 
zilopochtli en 1486, se trajeron de todas partes a la capital 
a los prisioneros que durante muchos años habían sido guar- 
dados para ese intento. Se les formó en filas en el orden de 
una procesión que ocupaba dos millas. Se emplearon va- 
rios días en la ceremonia, y según se refiere, perecieron 
70.000 víctimas en las aras de la terrible deidad. Pero 
¿quién puede creer que un número tan enorme de cautivos 
se haya dejado conducir sin resistencia a la matanza? O 
¿cómo es posible que la corrupción de tantos cadáveres 

(1) Clavijero, op. cit., t. II, pág. 49. 

El obispo Zumárraga, en una carta escrita pocos años después de la 
Conquista, afirma que subían a 20.000 las víctimas sacrificadas anual- 
mente. Torquemada las convierte en 20.000 infantes (op. cit., lib. 7.°, 
cap. XXI.) Herrera, siguiendo a Acosta, dice que 20.000 víctimas en 
un día determinado del año, en todo el reino. (Op. cit., dec. 2, lib. 2.°, 
cap. XVI.) Clavijero, más cauto, supone que este número sería el de 
las víctimas sacrificadas en todo el año (ubi. supraj. Las Casas, contra- 
diciendo a Sepúlveda, que afirma que nadie que babía visitado aque- 
llas regiones hacía subir a menos de 20.000 el número de las víctimas 
inmoladas anualmente, dice que ese es el cómputo de los malvados, 
que en esto piensan encontrar la apología de sus atrocidades; pero 
que el verdadero número ¡no pasaba de 50! (Obras, ed. de Llórente, 
París, 1822, t. I, págs. 385 y 386.) Probablemente en este caso, como 
en otros, la aritmética del buen obispo provenía más bien del corazón 
que de la cabeza. Con datos tan vagos y contradictorios, es claro qua 
ninguna de las cifras anteriores merece más que el nombre de conje- 
tura, pero no el de cálculo. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 87 

que no se podían consumir de la manera ordinaria, no haya 
producido una peste? Sin embargo, el suceso es de fecha 
muy reciente, y atestiguado por los historiadores más dig- 
nos de fe (i). Lo cierto es que siendo costumbre conser- 
var en edificios a propósito los cráneos de los prisioneros 
sacrificados, los compañeros de Cortés han llegado a con- 
tar en uno de aquellos edificios ¡i 36.000 cráneos! (2) Así, 
pues, aunque no sea posible formar un cálculo exacto, sí 
se puede asegurar que se sacrificaban anualmente millares 
de víctimas en los sangrientos altares de los dioses mexi- 
canos (3). 

Sucedía, por lo tanto, que el gran objeto de la guerra 
era extender el imperio y conseguir víctimas para los sa- 

(1) Voy a explicarme. Torquemada fija este número con más exac- 
titud en 72.344, op. cit., lib. 2.°, cap. LXIII. Ixtlilxochitl, con igual 
exactitud, en 80.400. (Hist. Chich., M. S.) ¿Quién sabe?, dice; pero aña- 
de que los cautivos matados en la capital durante el curso de este 
año memorable, excedían de 100.000. (Loco cit.) Todo esto prueba 
claramente que, a lómenos cuando no eran testigos de vista, todo era la 
aritmética para los antiguos historiadores menos una ciencia exacta. 
El Código Tel. Remensio, escrito cincuenta años después de la conquis- 
ta, reduce a 20.000 la suma de los cautivos que perecieron. (Antig. de 
México, vol. I, lám. XIX; vol. VI, pág. 141, nota en inglés.) ¡Y aún esta 
suma parece poco creíble al intérprete español, quien llama a Ahuizotl 
hombre de benigna y templada condición! Ibid., vol. V, pág. 49. 

(2) Gomara da este número, fundado en la autoridad de dos solda- 
dos, cuyos nombres trae, que se tomaron el trabajo de contar los ho- 
rrorosos cráneos de uno de estos osarios, donde estaban dispuestos 
de la manera más acomodada para producir un efecto horroroso. La 
existencia de estos conservatorios está atestiguada por todos los escri- 
tores de la época. 

(3) El conquistador anónimo asegura como un hecho indisputable 
que el demonio se introducía en los ídolos y persuadía a los necios 
sacerdotes que su único alimento eran los corazones humanos; así es 
como se explica satisfactoriamente, según él, las frecuencias de los sa- 
crificios. Relac. de un gentil hom. en Ramusio, t. III, fol. 307. 



88 W. H. PRESCOTT 

crificios; ningún enemigo era, pues, muerto en la batalla, 
si era posible cogerle vivo, a cuya circunstancia debieron 
repetidas veces su salvación los españoles. 

Cuando preguntaron al emperador Moctezuma por qué 
permitía que se mantuviese independiente a las puertas 
de su imperio la república de Tlaxcala respondió: «que 
para que suministrase víctimas a sus dioses». Cuando co- 
menzó a no haber el abasto suficiente, los sacerdotes (los 
dominicos del Nuevo Mundo) pusieron el grito en el cielo, 
y amenazaron a su supersticioso monarca con la ira celes- 
tial. A la manera de los eclesiásticos militantes de la Edad 
Media, se les veía mezclarse entre las filas de los comba- 
tientes, y distinguirse de ellos por su horrible aspecto y 
sus frenéticos gritos. ¡Cosa extraordinaria que en todas 
partes se hayan encubierto con el sagrado nombre de 
la religión las más diabólicas pasiones del corazón hu- 
mano! (i) 

La influencia que estos actos han ejercido en el carácter 
de los aztecas, fué tan desastrosa como era de esperar. El 

(1) Los sacerdotes de Tezcuco intentaron calurosamente persuadir 
al buen rey Netzahualcóyotl, con motivo de una peste, a que apaci- 
guase a los dioses, sacrificando, en vez de enemigos, a algunos de sus 
subditos, alegando, por razón, no sólo que era más tácil conseguir las 
víctimas, sino que serían más frescas y más aceptas a los dioses. Ix- 
tlilxochitl, Hist. Chich., M. S., cap. XLVII. Este mismo escritor men- 
ciona el cruel convenio hecho entre los monarcas aliados y la Repú- 
blica de Tlaxcala y sus Estados confederados: había señalado un cam- 
po de batalla para que combatiesen, en períodos determinados, las 
tropas de las naciones hostiles, con el objeto de proporcionarse vícti- 
mas; el que alcanzaba la victoria no podía, aprovechándose de ella, 
invadir el territorio de su enemigo, y quedaba con él en perfectísima 
paz, bajo todos los demás respectos El historiador que sigue las hue- 
llas del cronista tezcucano, puede excusarse, como Ariosto, diciendo: 

«Metiéndolo Turpin, lo metto cuch'io.» 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 89 

hábito de presenciar escenas de sangre encalleció su cora- 
zón, e hizo nacer en él ese gusto por la carnicería, que 
excitó en los romanos el espectáculo bárbaro del circo. La 
asistencia frecuente del pueblo a las ceremonias de la reli- 
gión, hizo que éste se mezclase hasta en sus más íntimos 
asuntos, y extendió las tinieblas de la superstición aun al 
hogar doméstico, hasta que por último la nación tomó ese 
aspecto grave y aun melancólico que han heredado sus 
descendientes modernos. El influjo del clero era ilimitado: 
el soberano mismo se consideraba honrado con que se le 
permitiese tomar parte en el servicio del templo: bien lejos 
de reducir la autoridad del sacerdocio a los asuntos mera- 
mente espirituales, se sujetaba a su opinión hasta en las 
materias en que eran más incompetentes para darla; por 
haberse resistido ellos, no se sujetó la capital en tiempos 
de la Conquista a una capitulación que la habría salvado 
de espantosos horrores. La nación entera, desde el infeliz 
pechero hasta el augusto soberano, dobló la cerviz a la ti- 
ranía de peor linaje: a la del ciego fanatismo. 

Cuando se recuerdan los usos repugnantes que hemos 
dado a conocer en las páginas anteriores, se experimenta 
gran dificultad en creerlos compatibles con ninguna forma 
regular de gobierno, y en atribuirlos a un pueblo adelan- 
tado en civilización; sin embargo, los mexicanos tienen jus- 
tos títulos a ese renombre. Quizá se comprenderá más fá- 
cilmente esta aparente anomalía reflexionando cuál era la 
condición de algunas de las más cultas naciones de Euro- 
pa poco después de establecida la Inquisición en la centu- 
ria décimasexta: ese tribunal ha destruido cada año milla- 
res de víctimas, dándoles una muerte más dolorosa que la 
de los sacriflcadores de los aztecas; él armaba el brazo del 
hermano contra el hermano, y sellando los labios con una 
mordaza abrasada, opuso a los adelantamientos del espí- 



90 w « H - PRESCOTT 

ritu el dique más poderoso que ha inventado la astucia de 
los hombres. 

Los sacrificios humanos, por crueles que fuesen, nada 
tenían de degradante para las víctimas; parece que por el 
contrario, las ennoblecían consagrándolas a los dioses: 
prueba de ello, que a pesar de ser tan horribles, se les bus- 
caba algunas veces como la muerte más gloriosa y que 
conducía directamente al Paraíso, (i) Pero la inquisición 
cargaba a sus víctimas de infamia en esta vida, y las con- 
denaba a eterna perdición en la futura. 

Un solo rasgo de la superstición azteca basta, sin embar- 
go, para hacerla más despreciable que la cristiana, el cani- 
balismo, bien que los mexicanos no fuesen caníbales en la 
rigurosa acepción de la palabra: no comían carne humana 
por satisfacer un apetito brutal, sino por obedecer los pre- 
ceptos de la religión; en sus banquetes eran servidos como 
manjares víctimas cuya sangre había humeado de ante- 
mano en las aras de los dioses; esta es diferencia muy dig- 
na de notarse (2). Pero el antropofaguismo, cualquiera que 
sea su forma, cualquiera la autoridad en que se apoya, 
ejerce una influencia funesta en la nación que lo profesa; 
él inspira ideas tan execrables, tan degradantes del hom- 
bre, tan ajenas de su naturaleza moral e inmortal, que es 
imposible que el pueblo que lo practique tenga grandes 
adelantos en la cultura moral e intelectual; los mexicanos 

(1) Relatione d'un gentil' huomo, ap. Ramusio, vol. III, fol. 307. 
Tal fué entre otros Chimalpopocatl, tercer rey mexicano, quien se 

condenó a sí mismo y condenó a sus primeros nobles a esta muerte, 
para borrar la afrenta de una ofensa que le había inferido un herma- 
no suyo, también monarca. (Torquemada, loe. cit., lib. 2.°, ca- 
pítulo XXVIII.) Este era el pundonor de los aztecas. 

(2) Seguramente esto es lo que quiere dar a entender Voltaire, 
cuando dice: «no eran antropófagos como un cortísimo número de 
hordas americanas.» (Ensayo sobre las costumbres, cap. CXLVII.) 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 91 

no son una excepción a esta regla; el saber que poseían 
lo habían heredado de los toltecas, pueblo que jamás 
manchó sus altares ni mucho menos sus festines, con la 
sangre de los hombres (i). Cuanto entre los mexicanos 
merecía el nombre de ciencia, procedía de aquel origen: 
las ruinas desmoronadas de algunos edificios que se atri- 
buyen a los toltecas, prueban inconcusamente la superio- 
ridad de su arquitectura sobre la de las últimas razas de 
Anáhuac; los mexicanos, es cierto, hicieron grandes ade- 
lantos en muchas de las artes mecánicas, en aquella cultu- 
ra, si se puede decir así, meramente material, resultado 
necesario de una opulencia creciente y destinada al regalo 
de los sentidos; mas en los conocimientos abstractos, en 
las ciencias puramente intelectuales, se quedaron muy 
atrás de sus vecinos los teztucanos, cuyos sabios soberanos 
no aceptaron los abominables ritos de los aztecas, y nun- 
ca los celebraron sino en una escala mucho más redu- 
cida (2). 

La Providencia ordenó sabiamente que la tierra fuese 
ocupada por otra raza que desarraigase la superstición, que 
cundía todos los días a medida que el imperio se dilataba. 
Las degradantes costumbres de los aztecas son la mejor 
apología de la Conquista. Los conquistadores trajeron, es 
verdad, la inquisición; pero también trajeron el cristianis- 
mo, cuya luz benigna debía durar después de extinguidas 
las fúnebres hogueras del fanatismo, y que debía disipar las 

(t) Ixtlüxochitl, Hist. C.hich., M. S., cap. VL, et alibi. 

(2) No cabe duda en que este carácter feroz engendrado por sus 
ritos sanguinarios, les facilitó mucho sus conquistas. Maquiavelo 
atribuye en parte a esto mismo los triunfos de los romanos. (Dis- 
curso sobre Tito Livio, lib. 2.°, cap. II.) El mismo capítulo contiene 
algunas reflexiones ingeniosas, más ingeniosas que exactas, acerca de 
los efectos contrarios del cristianismo. 



92 W. H. PRESCOTT 

horrorosas tinieblas en que por tanto tiempo estuvieron 
envueltas aquellas hermosas regiones. 



* * * 



La autoridad más importante sobre las materias que 
abraza este capítulo, y aún pudiera decirse que sobre to- 
das las concernientes a la religión azteca, es Benardino de 
Sahagun, religioso de la observancia de San Francisco, y 
contemporáneo de la Conquista. Su obra grande, la Histo- 
ria Universal de Nueva España, ha sido hace poco impre- 
sa por la primera vez. Las circunstancias que acompañaron 
a su compilación y la suerte que la obra corrió, son uno 
de los pasajes más curiosos de la historia de la literatura. 

Sahagun nació en un lugar del mismo nomb?e, en Espa- 
ña. Fué educado en Salamanca, y después de tomar el há- 
bito de San Francisco, vino a México en calidad de misio- 
nero hacia el año de 1529. Bien pronto se hizo notable por 
su celo ardiente, por la pureza de sus costumbres y por su 
infatigable empeño por difundir entre los indios las verda- 
des de la religión cristiana. Fué varias veces guardián de 
algunos conventos, y después que dejó estos cargos, se 
consagró afanosamente a la predicación, y a trabajar algu- 
nas obras, cuyo objeto era dar luz acerca de las antigüeda- 
des aztecas, sirviéndole mucho a este propósito el cargo de 
lector que continuó desempeñando en el colegio de Santa 
Cruz, en la capital. 

La manera con que formó la Historia Universal es muy 
singular. Con el objeto de procurar la mayor autenticidad 
posible, vivió algunos años en la ciudad de Tezcuco, con- 
versando diariamente con varios indios principales que po- 
seían el castellano; proponíales cuestiones que ellos resol- 
vían a su manera acostumbrada, por medio de geroglíficos; 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MKXICO 93 

estos los presentaba a otros indios educados a su vista en 
el colegio de la Cruz, los cuales, después de discutir entre 
sí el sentido de los geroglíficos, los traducían y escribían 
en lengua mexicana. Esto mismo se repetía con otros in- 
dios de otro barrio de la capilal; y el resultado de ambas 
consultas la sometía a la revisión de una tercera corpora- 
ción, residente en otro barrio distinto de los anteriores. El 
fruto de estas indagaciones, lo reunió y ordenó en la forma 
de historia, tal cual se ha publicado; el original fué escrito 
en lengua mexicana, que Sahagun hablaba y escribía con 
más propiedad y elegancia que ningún otro español de su 
tiempo. 

La obra ofrecía un conjunto de hechos curiosos, que 
llamó la atención de sus hermanos; pero temieron que 
excitase en los naturales un recuerdo demasiado vivo de 
aquellas supersticiones que tanto interés tenían en des- 
arraigar. Sahagun tenía un espíritu más ilustrado que el 
resto de sus hermanos, quienes llevados de su ciego celo 
por la religión, habrían aniquilado de buena gana todos 
los monumentos que el arte y el ingenio humano habían 
producido antes de la conquista; se rehusaron, pues, a ayu- 
darle a trascribir aquellos manuscritos que le habían costa- 
do tantos años de trabajo, y se negaron a imprimirlos, ale- 
gando por pretexto que no tenía el convento para sufragar 
los gastos, lo cual ocasionó el retardo de su publicación 
durante algunos años; pero lo peor fué que el provincial se 
apoderó de los manuscritos, los cuales fueron bien pronto 
esparcidos por los diferentes conventos del reino. 

En tal estado de cosas, hizo Sahagun una breve relación 
de la naturaleza y contenido de la obra, y la mandó a Ma- 
drid, donde llegó a manos de D. Juan Ovando, presidente 
del Consejo de Indias, quien se interesó tanto en la obra, 
que ordenó se devolviesen al autor sus manuscritos, y a 



94 W. H. PRBSCOTT 

éste se le encomendó que los tradujese al punto en caste- 
llano. Todo fué hecho como se había mandado; los manus- 
critos volvieron al poder del autor, aunque no sin grandes 
amenazas de censuras eclesiásticas, y el anciano octogena- 
rio comenzó a trabajar en verter del mexicano al castellano 
su obra escrita hacía treinta años en el primero de estos 
idiomas. Tuvo la satisfacción de completar su tarea, dispo- 
niendo la traducción en una columna vertical paralela a la 
original, añadiendo un vocabulario donde se explicaban las 
palabras y frases aztecas de difícil inteligencia, y explanan- 
do y corroborando el texto con las numerosas pinturas en 
que se fundaba. En esta forma y en dos volúmenes en fo- 
lio, se remitió la obra a Madrid. Una vez reconocida su 
importancia, parece que no había ya ninguna dificultad 
para su publicación; pero desde este momento ya no se 
volvió a hablar de ella durante dos siglos, si no es como 
una obra importante que había existido en otro tiempo, y 
que probablemente había sido sepultada en uno de tantos 
cementerios literarios de que abunda España. 

Al fin, hacia fines del siglo pasado, consiguió el infatiga- 
ble Muñoz desenterrarla del lugar en que por tradición se 
suponía que estaba, de la librería del convento de Tolosa 
en Navarra, al extremo septentrional de la Península. Con 
el ardor que le era genial, la copió de mano propia, y la 
destinó a esa magnífica colección, cuyos frutos no pudo, 
desgraciadamente, recoger él mismo. De esta copia obtuvo 
lord Kingsborough la que publicó el año de 1830, en 
el sexto volumen de su soberbia compilación. Allí expresa 
el autor la gran satisfacción que le cabe de ser el primero 
que da a luz la obra de Sahagun; pero en esto se equivo- 
caba, porque precisamente el año anterior, apareció en 
México, en tres tomos, octavo, con notas del editor don 
Carlos María Bustamante, literato a cuya actividad biblio- 



HISTORIA T)B LA CONQUISTA DE MÉXICO 95 

gráfica debe estar muy reconocido este país, y quien ha- 
bía conseguido cambien un manuscrito de Muñoz. Vemos, 
pues, que a esta obra se negaron los honores de la Prensa 
durante la vida del autor; cayó luego en el olvido, y salió 
de él a la distancia de casi tres siglos y no en su propio 
país, sino en dos tierras igualmente distintas de éste, y 
¡cosa rara! casi simultáneamente. La tal historia es extra- 
ordinaria, aunque, desgraciadamente, no tan extraordina- 
ria en España como lo sería en cualquier otro país. 

Sahagun dividió su obra en doce libros: los once primeros, 
destinados a las instituciones sociales de los aztecas, y el 
último, a la Conquista. Ocupa la parte más principal, la re- 
ligión, pues que, evidentemente, el objeto de la obra es dar 
una idea cabal de la mitología y de las complicadas cere- 
monias religiosas de aquel pueblo; pero la religión se halla 
tan íntimamente enlazada con sus demás instituciones, que 
el libro de Sahagun debe ser un texto indispensable para 
todo aquel que estudie las antigüedades de México. Tor- 
quemada se sirvió, para enriquecer las páginas de su obra, 
de una copia del manuscrito de Sahagun, que llegó a sus 
manos antes de que fuera remitido a España; circunstancia 
que ha sido más favorable a los lectores de Torquemada 
que a la reputación de Sahagun, cuya obra, cual se ha pu- 
blicado, no ha ofrecido ya toda la novedad e interés que 
si hubiese sido completamente desconocida, Bajo un as- 
pecto no tiene rival, por su colección de las oraciones que 
los aztecas usaban en todas sus ceremonias; a veces se en- 
cuentra en sentido elevado y en lenguaje digno, lo cual 
prueba que las más sublimes ideas de moral son compa- 
tibles con las más degradantes prácticas de la superstición. 
Es muy de sentir que no nos hayan llegado los diez y ocho 
himnos que reunió el autor en su libro, porque ellos serían 
una muestra de la poesía religiosa de los aztecas; se han 



96 W. H. PRKSCOTT 

perdido, igualmente, los geroglíficos que acompañaban el 
texto. Si es que ambas cosas han escapado de manos del 
fanatismo, quizá reaparecerán el día menos pensado. 

Sahagun escribió algunas otras obras religiosas y filoló- 
gicas, algunas de ellas muy voluminosas, pero ninguna ha 
sido impresa: llegó a una edad muy avanzada, y terminó 
su laboriosa y útil vida en México, en 1590. Sus despojos 
mortales fueron conducidos a la tumba por una multitud 
no sólo de compatriotas, sino de indios, que lloraban en 
su muerte la pérdida de un hombre verdaderamente pia- 
doso, benévolo y sabio. 



CAPÍTULO IV 



Jeroglíficos mexicanos . — Manuscritos . — Aritmética. — 
Cronología. — Astronomía. 

Es una especie de descanso volver la vista del tétrico 
cuadro pintado en las páginas precedentes, hacia otro más 
bello y más brillante, y contemplar a esa misma nación 
haciendo esfuerzos por salir del estado de barbarie y por 
colocarse entre las más civilizadas. No es menos interesan- 
te considerar que estos esfuerzos se hacían en un mundo 
enteramente sustraído a las causas que influían en la civi- 
lización del antiguo, cuyos habitantes formaban una fami- 
lia de pueblos unidos por estrechas simpatías, de manera 
que una débil chispa de saber que brillaba en uno, podía 
extenderse gradualmente hasta alumbrar con claridad aun 
a los más distantes. Es curioso observar cómo el espíritu 
humano sigue en la investigación de la verdad un camino 
tan semejante en el Nuevo Mundo al que seguía en el Anti- 
guo, que si no ocurre la idea de la imitación, sí por lo me- 
nos la de un origen común. 

En el hemisferio oriental encontramos algunas naciones, 
como por ejemplo: los griegos, tan amigos de lo bello, que 
lo mezclaron con las más graves producciones de la cien- 
cia; y otras, por el contrario, tan severas y exactas, que sa- 
crificaron la imaginación y el buen gusto. Las produccio- 

7 



g8 w. h, prkscott 

nes de semejantes pueblos no deben ser juzgadas con 
arreglo a las leyes ordinarias del gusto, sino teniendo pre- 
sente el objeto que se proponía causar. Compárese a los 
egipcios en el Antiguo Mundo (i) con los mexicanos en el 
Nuevo. Hemos tenido ya oportunidad de dar a conocer la 
semejanza de ambos pueblos en su religión; sorpréndame- 
nos aún más al encontrarla en sus conocimientos científi- 
cos, y principalmente en la escritura jeroglífica y en la as- 
tronomía. 

Describir las acciones y los acontecimientos por medio 
de objetos visibles, es, digámoslo así, una idea natural y 
que ponen en práctica hasta los salvajes más bárbaros. El 
indio norteamericano esculpe una saeta en la corteza de un 
árbol para indicar a sus compañeros el camino que ha to- 
mado, y otros signos para darles a conocer el éxito de sus 
excursiones. Pero pintar una serie consecutiva e inteligible 
de sucesos, por este medio, felizmente llamado por War- 
burton escritura pintada (2), supone cierta combinación de 
ideas, que no se puede formar sino con un verdadero es- 
fuerzo de entendimiento. Con mucha más razón se requie- 
re este esfuerzo cuando el objeto de la pintura no es con- 
signar los hechos presentes, sino penetrar en ios aconteci- 

(1) «Un templo egipcio — dice Denon con aire de asombro—, es un 
libro abierto, en el cual se pueden aprender lecciones de saber y de 
moral. Todo parece hablar allí en uno y único lenguaje; todo pare- 
ce respirar en uno y único espíritu.» Este pasaje lo cita Herrera, 
Hist. Res., vol. II, pág. 1 78. 

(2) Legation divine "Works (Londres, 1811), vol. VI, b. 4, sec. 4. 
El obispo de Gloucester, al entablar una comparación de los varios 

sistemas jeroglíficos del mundo, manifiesta su sagacidad y atrevimien- 
to característicos, anunciando una opinión poco acreditada entonces 
y demostrada posteriormente: afirma la existencia de un alfabeto 
egipcio, bien que nada diga de la propiedad fonética de los jeroglífi- 
cos, el gran descubrimiento literario de nuestros tiempos. 



HISTORIA DE LA. CONQUISTA DE MÉXICO 99 

mientos pasados, y sacar para las generaciones venideras 
todos los tesoros de sabiduría que se encierran en sus os- 
curos senos. Por imperfecta que sea la ejecución de este 
designio, el simple hecho de intentarlo es una prueba in- 
confusa de la alta civilización. La imitación servil de los ob- 
jetos materiales no puede bastar para desenvolver este plan 
vasto y complicado: su ejecución exigía demasiada exten- 
sión de espacio y de tiempo. Se necesita, pues, observar 
las pinturas, reducirlas a simples bosquejos, no copiar de 
los objetos más que aquellas partes prominentes que pue- 
den servir para representar el conjunto; esta es la escritura 
representativa o figurada que forma el grado ínfimo de la 
jeroglífica. 

Hay cosas que no tienen tipo en el mundo material; 
ideas abstractas que sólo pueden ser representadas por ob- 
jetos materiales, admitiendo analogías entre estos y ellas. 
Esto constituye la escritura simbólica, la más difícil de in- 
terpretar, pues que esas analogías entre los objetos mate- 
riales y las ideas abstractas, son puramente fantásticas, y 
caprichosas las más veces. ¿Quién puede, por ejemplo, 
sospechar que un escarabajo represente al universo, o una 
serpiente al tiempo, como entre los mexicanos? 

La tercera y última división es la escritura fonética, en 
la cual, los signos representan sonidos, ya de palabras 
enteras, ya de parte de ellas. Es hasta donde puede la es- 
critura jeroglífica acercarse al alfabeto, a esa bella inven- 
ción por la cual las palabras quedan resueltas hasta en sus 
últimos elementos, y el pensamiento reproducido hasta en 
sus formas más delicadas y sutiles. 

Los egipcios eran muy hábiles en los tres géneros de 
escritura jeroglífica, y aunque en sus monumentos públi- 
cos se encuentra la del primer género, parece hoy cierto que 
en sus recuerdos escritos y para los usos comunes, recu* 



IOO W. H. PRBSCOTT 

rrían casi únicamente a la fonética. Es cosa extraña que ha- 
biendo desde el principio aproximádose tanto al alfabeto, 
no se hayan acercado a él ni un poco más en sus últimos 
monumentos (i). Los aztecas usaban también de la escritu- 
ra jeroglífica, pero infinitamente más de la figurativa que 
de las demás; los egipcios habían llegado, pues, al último 
escalón; los aztecas se habían quedado en el primero. 

Cuando se recorre un manuscrito o mapa mexicano, se 
queda uno sorprendido al ver tan grotescas caricaturas 
humanas: monstruosas y gigantescas cabezas sobre cuerpos 
raquíticos y deformes, y perfiles angulosos e incorrectos, 
tales son los objetos que se presentan a la vista. Reflexio- 
nando un poco, se conoce luego que no se ha procurado 
tanto copiar la naturaleza, como expresar las ideas por me- 
dio de símbolos convencionales, de la manera más clara y 
enérgica; al modo que las piezas del ajedrez puestas sobre 
el tablero, aunque de igual valor y semejantes unas a otras 
en su forma, ofrecen de ordinario poca analogía con el ob- 
jeto que representan. Las partes más importantes de las 
figuras son las mejor representadas: de la misma manera 
los colores, lejos de ofrecer imperceptibles y delicados 
matices, presentan bruscos y palpables contrastes, de modo 
que produzcan impresiones más vivas; porque como dice 

(1) Parece que los monumentos egipcios más modernos apenas 
contienen tantos caracteres fonéticos como los que había en los monu- 
mentos existentes diez y ocho siglos antes de la Era Cristiana, lo cual 
prueba que este punto no hicieron un sólo progreso en 2.200 años. 
Véase Champoillon, Précis du systeme hiéroglifíque des anciens egip- 
tiens, París, 1824, págs. 242-281. Aún es mucho más extraño que no 
hayan adoptado el alfabeto euchórico o endémico, que es mucho más 
cómodo. Pero los egipcios estaban familiarizados con los jeroglíficos 
desde su infancia, y se complacían en ver los menos filosóficos, del 
mismo modo que llaman la atención y causan el embeleso de nues- 
tros niños los alfabetos pintados en nuestras cartillas. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO ÍOI 

Gama, «en los jeroglíficos aztecas hablan hasta los co- 
lores» (i). 

Pero en la ejecución de los dibujos los mexicanos eran 
muy inferiores a los egipcios: los de éstos eran ciertamen- 
te defectuosos si se les juzgaba con arreglo a los princi- 
pios del arte, porque ignorando, como los chinos, la pers- 
pectiva, presentaban la cabeza solamente de perfil y con 
un ojo en el centro, sin expresión ni animación ninguna; 
pero manejaban más diestramente el pincel que los azte- 
cas; copiaban los objetos materiales con más fidelidad, y, 
sobre todo, les llevaban gran ventaja en el arte de abreviar 
las figuras, no bosquejando más que los rasgos caracterís- 
ticos o esenciales, lo cual facilitaba y simplificaba, sobre- 
manera, la expresión del pensamiento. Un texto egipcio 
tiene todas las apariencias de un escrito alfabético, según 
la regularidad de sus líneas y la pequenez de sus figuritas; 
mientras que un texto mexicano parece, por lo común, una 
colección de pinturas, de las que cada una tiene un objeto 
distinto; principalmente, sus dibujos mitológicos, donde se 
emplea tal aglomeración de símbolos, que más se parecen 
a los misteriosos anáglifos esculpidos en los templos de los 
egipcios que a sus escritos. 

Los aztecas tenían varios emblemas con que representar 
objetos que por su naturaleza misma no pueden ser copia- 
dos; por ejemplo, los años, meses, días, estaciones, ele- 
mentos y otros análogos. Una lengua, denotaba una con- 
versación; un pie, un viaje; un hombre sentado en el suelo, 
un terremoto. Estos signos simbólicos eran muchas veces 
arbitrarios, y su interpretación requiere gran sagacidad, 

(1) Desc. hist. ycrón. de las dos pied. Méx., 1832. parte II, pá- 
gina 29. 



ÍÓ2 W. H. PRESCOTT 

porque el más ligero cambio en la posición o forma, im- 
portaba una gran diferencia en su valor (i). 

Un escritor ingenioso asegura que los sacerdotes usaban 
de caracteres simbólicos ocultos para la representación de 
los misterios de la religión. Es posible que haya sucedido 
esto, sin embargo de que con respecto a los egipcios se 
tenía una opinión semejante, y las indagaciones de Cham- 
pollion han demostrado que era infundada, de modo que 
podría suceder lo mismo en el presente caso (2). 

Finalmente, como ya lo hemos dicho antes, usaban tam- 
bién de la escritura fonética, aunque principalmente para 
designar los nombres propios de lugar y de personas, pues 
que sacándose estos de alguna circunstancia que les era pe- 
culiar, se acomodaban perfectamente al sistema jeroglífico. 
Así, el nombre Cimatlan, se componía de dos palabras, 
cimalt, raíz, y tlan, cerca, de una raíz que crecía cerca de 
este lugar; Tlaxcallan, significa la tierra del pan, por los 
ricos sembrados que allí había; Huejotzingo, lugar rodeado 
de sauces. Los nombres de las personas significaban fre- 
cuentemente sus aventuras y hechos: el del gran príncipe 

(1) Ibid., págs. 32 y 34. Acosta, lib. 6, cap. VIL 

La continuación de la obra de Gama, recientemente publicada en 
México por Bustamante, contiene, entre otras cosas, algunas observa- 
ciones importantes acerca de los jeroglíficos aztecas. El editor ha he- 
cho un servicio importante publicando los escritos del literato que, 
más especialmente que ninguno otro, ha tomado a su cargo aclarar 
los misterios de sabiduría de los aztecas. 

(2) Gama, loe. cit., parte II, pág. 32. 

Warburton, con esa penetración que le es propia, desecha la idea 
de que se encierre misterio alguno en los jeroglíficos. (Divine Doga- 
tion, b. 4, sec. IV.) Según Champollion, si acaso había algunos mis- 
terios cuya inteligencia estuviese reservada a los iniciados, debe ha- 
ber sido en los anáglifos. (Précis, pág. 360.) ¿Por qué no ha de haber 
sucedido lo mismo con las monstruosas combinaciones de jeroglíficos 
que ofrecían los dioses mexicanos? 



HISTORIA Dii LA CONQUISTA DE MÉXICO 103 

tezcucano Netzahualcóyotl, significa zorra hambrienta, para 
indicar su sagacidad y su desgracia en los primeros tiem 
pos de su vida (i) Apenas se veían tales emblemas, cuan 
do luego ocurría la persona o lugar de que se trataba: pues- 
tos en los escudos o en las banderas, eran el blasón que 
distinguía a los capitanes en medio del combate, al modo 
que sucedía con los caballeros de la Edad M j dia (2). 

Pero aunque los aztecas poseían todos los géneros de 
escritura jeroglifica, recurrían de preferencia al vicioso sis- 
tema de la representación directa. Si su imperio, en vez de 
durar sólo doscientos años hubiera durado muchos milla- 
res, como el de los egipcios, no cabe duda de que, como 
ellos, habrían usado más frecuentemente de la escritura 
fonética. Pero antes de perfeccionarse en su sistema vino 
la conquista de los españoles a introducir otro muy supe 
rior, que bien pronto reemplazó al antiguo (3). 

Vicioso como era el de los aztecas, bastaba para llenar 
las necesidades de aquella nación imperfectamente civiliza- 
da. Por medio de él publicaban sus leyes y hasta las reglas 
concernientes a la economía doméstica, trazaban el mapa 

(1) Boturini, Idea, paga. 77-83. Gama, loe. cit., parte 2. a , páginas 
34 y 43. 

Herrera no sabía o aparentaba no saber, que los mexican s usaron 
de caracteres fonéticos de ninguna clase. (Hist. Res., vol. V, pág. 45.) 
Ellos invirtieron, es cierto, el uso común, pues que en vez de acomo- 
dar el jeroglífico al nombre del objeto, acomodaban por el contrario 
el nombre de este al jeroglífico, y este, por lo tanto, no era susceptible 
de gran extensión, a pesar de que alguna vez encontramos caracteres 
fonéticos aplicados a nombres propios y comunes. 

(2) Boturini, Idea, ubi. supra. 

(3) Clavijero ha dado un catálogo de los historiadores mexicanos 
del siglo xvi, algunos de ellos frecuentemente citados en esta obra; 
este catálogo da un honroso testimonio de la inteligencia y ardor lite- 
rario de las razas naturales. Véase op. cit., t. I, prefacio. Véase tam- 
bién a Gama, op. cit., parte I, pasim. 



104 w - H - PRESC01T 

de los tributos e impuestos que debía pagar cada ciudad, 
recordaban su mitología, su calendario, su ritual y sus ana- 
les políticos, traídos drsde muchos añ js antes de la funda- 
ció i del imperio; su sistema de cronología con el cual po- 
dían fijar la fecha del acontecimiento a que se referían. La 
historia escrita de esta manera es verdad que es vaga e in- 
completa, pues que solamente algunos hechos de trascen- 
dencia pueden consignarse, pero en esto diferían poco de 
la de los cronistas monásticos de la Edad Media, que en 
una breve sentencia comprendían años enteros, y esto, sin 
embargo, habría sido demasiado para los anales de unos 
bárbaros (i). 

Para estimar en su justo valor la escritura pintada de los 
aztecas, es necesario considerarla en sus relaciones con la 
tradición oral, a la cual servía de auxiliar. En los colegios 
sacerdotales se instruía a la juventud en la astronomía, his- 
toria, mitología, etc., y a quellos que se dedicaban a pintar 
jeroglíficos, se les enseñaba la significación de los carac- 
teres propios de cada uno de estos ramos. Para formar 
una historia, el trabajo se repartía entre muchos (2); uno 

(1) Es digna de duda la aserción de Humboldt, quien dice que los 
anales aztecas de fines de siglo xi, presentan un método exactísimo y 
una gran minuciosidad. No sería fácil después de esto que el lector 
llegase a creer que raras veces se refieren dos hechos en un solo año, 
y que llegan a pasar hasta doce años sin que se haga mención de uno 
sólo de aquellos. La vaguedad e incertidubre propias de estos anales, 
puede decirse de lo que cuenta el intérprete español de los Códices 
Mendocinos, el cual repetía que los naturales a quienes se confiaba la 
interpretación de las pinturas, tardaban mucho tiempo en ponerse 
acordes acerca de ellas. Antig. de Méx., vol. II, pág. 87. 

(2) Gama, op. cit., parte II, pág. 30. Acosta, lib. 6.°, cap. VIL 
«Tenían para cada género, dice Ixtlilxochitl, sus escritores: estos que 

trataban de sus anales poniendo por su orden las cosas que acaecían 
en cada año, con día, mes y hora; otros tenían a su cargo las genealo- 
gías y descendencias de los reyes, señores y personas de linaje, asen- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DB MÉXICO 10$ 

tenía a su cargo la cronología, otro la narración de los su- 
cesos, etc. Los alumnos instruidos en todo lo que se cono- 
cía acerca de estas varias ciencias, quedaban así aptos para 
ensanchar los estrechos límites de ellas. Los geroglíficos 
servían de una especie de estenografía, o colección de notas 
más significativas en realidad, de lo que parecían interpre- 
tadas literalmente, y la reunión de estas tradiciones orales 
y escritas, constituía lo que se puede llamar la literatura 
de los aztecas (i). 

Sus manuscritos estaban hechos en telas de diferentes 
clases; unas veces de algodón, otras de pieles de animales 
perfectamente preparadas, de una mezcla de seda y goma; 
pero para las obraá más finas usaban de hojas hechas con 
el agave americano, llamado por los nativos maguey, que 
crece en abundancia en las mesetas centrales de México. 
Fabricaban con él una especie de pergamino parecido al 
papyrus de los egipcios, y cuyo papel, cuando estaba bien 

tando por cuenta y razón los que nacían, y borraban los que morían, 
con la misma cuenta. Unos tenían cuidado de las pinturas, de los tér- 
minos, límites y mojoneras de las ciudades, provincias, pueblos y lu- 
gares, y de la cuenta y repartimiento de las tierras, cuyas eran y a 
quienes pertenecían; otros de los libros de leyes, ritos y ceremonias 
que usaban. > Hist. Chich., M. S., prólogo. 

(1) Según Boturini, los antiguos mexicanos poseían el método de 
recordar los sucesos, usado por los peruanos, que era por medio de 
quippus o hilos anudados de varios colores, reemplazados después 
por los geroglíficos. Solamente pudo hallar una muestra en Tlaxcalan, 
la cual estaba hecha pedazos de puro vieja. Me. Cullok piensa que bien 
pudiera no ser más que una correa [ Wampun belt] como la que usan 
nuestros indios norteamericanos. (Researches, pág. 201.) Esta conje- 
tura es muy probable. Este último pueblo ha usado correas con el 
mismo objeto de recordar los sucesos. El hecho aislado que refiere 
Boturini, es insuficiente sin la ayuda de algún otro testimonio, para 
afirmar que los aztecas, que tan poca semejanza tienen con los pe- 
ruanos, hayan usado de los quippus de estos. 



IOÓ W. H. PRESCOTT 

fabricado y pulimentado, dicen que era más suave y her- 
moso que el pergamino (i). Algunas muestras de él que 
aún existen, conservan su suavidad original, y las pinturas, 
la frescura y brillantez del colorido. Algunas veces estaban 
las hojas enrolladas, pero más frecuentemente formando 
volúmenes de un tamaño moderado, cubiertos por ambas 
caras con una hoja de madera o tabla, de manera que, 
cuando estaban cerrados, tenían la apariencia de un libro. 
El tamaño de los renglones era muy variable, pero como 
las páginas podían leerse separadamente, esta forma era 
muy preferible a la de los rollos de los antiguos (2). 

A la llegada de los españoles a México había en el país 
gran copia de estos manuscritos. Un número considerable 
de personas se ocupaban en escribirlos con una habilidad 
que excitó el asombro de los conquistadores; desgraciada- 
mente este sentimiento estaba mezclado con otros más 
bastardos. Los raros y desconocidos caracteres de los ma- 
nuscritos despertaron las sospechas de los españoles, que 

(1) Plinio, que da noticias tan prolijas del papyrus de los egip- 
cios, cuenta que hacían con él varias manufacturas, tales como cuer- 
da, paños, papel, etc.; que servía para techar las casas y de alimento 
y bebida. (Hist. nat., lib. 11, caps. XX y XXII.) Es cosa singular que 
el agave americano, planta totalmente diferente del papyrus de los 
egipcios, también haya sido aplicado a todos estos usos. 

(2) Lorenzana, Hist. de Nueva Esp., pág. 8. Boturini, Idea, pá- 
gina 26. Humboldt, Vista de las Cordilleras, pág. 52. Pedro Mártir 
Angleri, de Orbe Novo (Compluti, 1530), dec. 3, cap. VIII, dec. 5, ca- 
pítulo X. 

Mártir ha dado una menuda descripción de los mapas indios, man- 
dados a España poco tiempo después de la Conquista Su espíritu in- 
dagador se asombraba de ver aquellas pruebas de una civilización po- 
sitiva. Rivera, amigo de Cortés, cuenta que esos mapas eran dechados 
para bordados y joyeros; pero Mártir, que había estado en Egipto, no 
vacila en asemejar los dibujos indios con los que había visto en los 
obeliscos y templos de aquel país. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 1 07 

los consideraban como símbolos mágicos, y, tanto en ellos 
como en los ídolos y templos, creyeron ver rastros de una 
abominable superstición que debía ser desarraigada. El 
primer arzobispo de México, don Juan Zumárraga, cuyo 
nombre debe ser tan inmortal como el de Ornar, recogió, 
de cuantas partes pudo, estas pinturas, y principalmente, 
de Tezcuco, la más civilizada capital de Anahuac y el gran 
depósito de los archivos nacionales. Ya que estaban jun- 
tos, mandó apilarlos y formar con ellos un monte, como 
dicen los mismos escritores españoles, y en la plaza del 
Mercado, de Tlaltelolco, los redujo todos a cenizas (i). Su 
gran compatriota el cardenal Jiménez, había celebrado en 
Granada, cosa de veinte años antes, un auto de fe pareci- 
do a éste con los manuscritos arábigos. ¡Jamás ha obteni- 
do el fanatismo dos triunfos más espléndidos que aniqui- 
lando muchos de los más curiosos monumentos de la cul- 
tura y del saber humanol (2) 

La soldadesca ignorante no tardó mucho en imitar el 
ejemplo de su prelado: cuanto manuscrito caía en sus ma- 
nos era rápidamente destruido; por manera que cuando los 
literatos de una edad más posterior y más ilustrada quisie- 
ron recoger algunas de esas reliquias de la civilización na- 
cional, se encontraron con que casi todas habían perecido, 
y que las pocas que aun quedaban eran celosamente ocul- 

(1) Ixtlilxochitl, Eist. Chich., M. S., prólogo. ídem relac. suma- 
ria, M. S. 

No están acordes los escritores en el lugar en que se verificó el in- 
cendio de los papeles: unos dicen que fué en la plaza de Tlaltelolco y 
otros que en la de Tezcuco. (Compárese a Clavijero, t. II, pág. 188, y 
el prefacio de Bustamante a Ixtlilxochitl, Crueldades de los conquis- 
tadores, traducción de Ternaux, pág. 16.) 

(2) Hame cabido la mala suerte de tener que recordar esos dos 
deslices de la debilidad humana, tan humillantes al orgullo del enten- 
dimiento. Véase la Hist. de Fernando e Isabel, parte 2. a , cap. VI. 



108 W. H. PRESCOTT 

tadas por los indios (i). No obstante, merced a los infati- 
gables esfuerzos de un individuo privado, se consiguió de- 
positar una colección harto considerable de manuscritos en 
el archivo de México; pero se le tenía tan en poco, que al- 
gunos fueron robados, otros destruidos por la humedad y 
el fuego, y otros finalmente vendidos como papel inservi- 
ble (2). 

Se ven con indignación las crueldades de los primeros 
conquistadores; pero aquel sentimiento se convierte en 
desprecio cuando les vemos apagando con mano bárbara 
la luz de la ciencia, legado y propiedad común de todo el 
género humano. Es ciertamente dudoso de quiénes debe 
quejarse más la civilización, si de los vencedores o de los 
vencidos. 

Pocos manuscritos mexicanos son los que se han abierto 
paso atravesando los tiempos y las distancias hasta Euro- 
pa, y han sido cuidadosamente conservados en las biblio- 
tecas de sus capitales. Todos ellos se encuentran compila- 
dos en la magnífica obra de lord Kinsborough, siendo de 
notar que ni uno sólo ha sido sacado de España. El más 
importante de todos por las luces que presta respecto de 
las instituciones aztecas, es el Código de Mendoza, que 
después de su misteriosa desaparición por más de un siglo, 
se ha venido a encontrar en la librería Bodleiana, en Ox- 
ford, y ha sido grabado varias veces (3). El más brillante- 

(1) Sahagun,op. cit., lib. 10, cap. XXVII. Bustaraante, Mañanas de 
la Alameda. (México, 1836), t. II, prólogo. 

(2) El ilustrado gobernador del Estado de México, ü. Lorenzo Za- 
vala, vendió, según Bustamante, loa documentos existentes en los ar- 
chivos de la Audiencia de aquel Estado, en clase de papel viejo, a los 
boticarios, tenderos y coheteros. A la selecta colección de Boturini no 
cupo mejor suerte. 

(3) La historia de esta famosa colección es conocida de todos los 



HISTORIA DI LA CONQUISTA DE MÉXICO 109 

mente iluminado es probablemente el que está en la libre- 
ría Borgiana de Roma (i); pero el de Dresde es sin embargo 
el más curioso, a pesar de no haber excitado toda la aten- 
ción que merece. Aunque generalmente se le califica entre 

literatos. Cuando se la mandaba por el virrey Mendoza, marqués de 
Mondéjar, poco tiempo después de la conquista al emperador Car- 
los V, cayó el buque que la llevaba en manos de un crucero francés, 
y fué llevada a París. Después la compró el capellán de la Embajada 
inglesa, y pasó a manos del anticuario Purchas, quien la publicó en 
el tercer volumen de su peregrinación. Perdida la importancia del ma- 
nuscrito azteca por esta publicación, cayó en un olvido tan completo, 
que cuando al fin se excitó la curiosidad pública acerca de su parade- 
ro, no pudo encontrarse ningún indicio que pudiese indicarlo. Varias 
fueron las conjeturas de los literatos con respecto a él, tanto en Espa- 
ña como fuera de ella: el Dr. Robertson decidía por la negativa la 
cuestión con respecto a que estuviese en Inglaterra, fundándose en 
que en este país no se conocía otra antigüedad mexicana más que una 
taza de oro de Moctezuma. Hisí. de América. (Londres, 1796), vol. III, 
pág. 370; sin embargo, se han descubierto posteriormente este mismo 
códice y algunas otras pinturas mexicanas en la librería Bodleiana, 
circunstancia que ha desacreditado algo al historiador que solicitaba 
con tanto ahinco registrar las bibliotecas de Viena y El Escorial, mien- 
tras que se le escapaba lo que tenía a la vista. Este olvido no es cosa 
tan extraordinaria en un colector universal de medallas, manuscritos, 
antigüedades y rarezas de todos géneros. El códice de Mendoza no es, 
por lo demás, sino copia exacta hecha con pluma en papel europeo. 
Otra copia de la cual se aprovechó el arzobispo Lorenzana para sus 
mapas de tributos, es la que había en la colección de Boturini. Según 
el marqués de Spinetto (Lecciones sobre los elementos de jeroglíficos, 
Londres, lección 7. a ), existe otro ejemplar en El Escorial, que probable- 
mente es el original. El códice completo copiado de la librería Bodleia- 
na y una traducción inglesa, forman parte de la obra de lord Kings- 
borough. Divídese en tres partes, que tratan de la historia civil de la 
nación, de los tributos que pagaba cada provincia y de las costumbres 
privadas de los mexicanos; es una obra de gran importancia a causa 
de la abundancia de noticias que contiene sobre todos estos diversos 
puntos. 
(1) Al principio perteneció a la familia Giustiniani, pero se le es- 



I 10 W, H. PKESCOTT 

los manuscritos mexicanos, se le parece poco en la ejecu- 
ción; las figuras de los objetos están más delicadamente 
dibujadas, y los caracteres, que son poco parecidos a los 
mexicanos, parecen ser puramente arbitrarios, y es muy 
posible que sean fonéticos (i); su disposición regular y or- 
denada los asemeja a los egipcios; todos ellos suponen. una 
civilización mucho más perfecta que la de los aztecas, y 
por todas estas razones son objeto de curiosas conjetu- 
ras (2). 

timaba tan poco, que estuvo a pique de caer en las manos maléficas 
de los chiquillos de la casa, quienes intentaron varias veces quemar- 
la; pero afortunadamente estaba pintada en pergamino, de manera 
que aunque quedó un poco estropeada, no fué destruida. Humboldt, 
Vistas de las Cordill., pág. 89, et seq. Es imposible fijar la vista por un 
momento en aquel conjunto brillante de figuras y de colores, sin co- 
nocer cuan infructuosa debe ser toda tentativa para encontrar la clave 
de los jeroglíficos aztecas, pues aunque dispuestos en verdad con si- 
metría, ofrecen todas las interminables combinaciones del Kaleides- 
copio. Encuéntrase en el tercer volumen de la obra de Kingsborough. 

(1) Humboldt, que ha copiado algunas páginas de este códice, no 
pone en duda su origen azteca. (Vue des Cordillieres, págs. 266-267.) 
M. Lenoir ha llegado hasta encontrar en él analogías entre la mitolo- 
gía mexicana y la del Egipto e Indostán. (Antig. Méx., tomo II, intro- 
ducción.) Son tan caprichosas las formas de los símbolos de los azte- 
cas, que se les puede encontrar analogías con todo cuanto se quiera. 

(2) La historia de este códice, que se encuentra en el tercer volu- 
men de las Antigüedades de México, no remonta más allá del año de 
1739, en que se compró en Viena para la librería de Dresde. Está he- 
cha en Agave americano, pero las figuras que representa, no repre- 
sentan ni el aspecto ni la forma de las mexicanas. Las figuras huma- 
nas tienen un tocado algo semejante a las pelucas modernas; alguna 
de aquéllas parece un oso en lo barbuda, signo que se usó frecuente- 
mente después de la conquista para demostrar a un europeo; muchas 
figuras están sentadas y con las piernas cruzadas; el perfil de la cara y 
todo el contorno de los miembros está delineado con una delicadeza 
y soltura muy diversas del bosquejo tosco y anguloso de que usaban 
los aztecas. Los caracteres también están bien dibujados, son muy 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO I 1 1 

Algunos pocos de estos mapas vienen acompañados de 
explicaciones recogidas poco tiempo después de la con- 
quista (i); mas la mayor parte carecen de ella, y no pue- 
den ser interpretados hoy. Si los mexicanos hubiesen usa- 
do francamente del alfabeto fonético, habría sido fácil el 
principio, poseyendo los signos, comparativamente pocos, 
que emplearon en esta clase de escritos, encontrar la clave 
de todos ellos (2), una breve inscripción ha sido el hilo del 
vasto laberinto de los jeroglíficos egipcios; pero como los 

pequeños y de figura circular, aunque irregulares. Están dispuestos, 
según el uso egipcio, tanto horizontal como perpendicular, y principal- 
mente de la primera manera, y atendiendo a la dirección que siguen de 
preferencia los perfiles.'es de creer que se les leía de derecha a izquier- 
da. Pero ya sean ideográficos, ya fonéticos, pertenecen a ese sistema con- 
fuso y enteramente convencional, que puede considerarse como el me. 
dio más imperfecto de comunicar el pensamiento. Es de sentir que no 
se sepa de dónde proviene el manuscrito; quizá será de alguna parte 
de la América central, de las razas misteriosas que construyeron los 
monumentos de Mitla y el Palenque, aunque ciertamente con los bajos 
relieves del Palenque apenas ofrecen alguna más analogía que con 
las pinturas aztecas. 

(1) Hay tres: el Código de Mendoza, el Telleriano P.emensis, anti- 
gua propiedad del arzobispo Teller, y que se encuentra en la librería 
real de París, y el del Vaticano, manuscrito que -tiene el número 
3.738 en aquella biblioteca. La interpretación de este último, prue- 
ba evidentemente su origen reciente, que probablemente data de fi- 
nes de la centuria décimasexta o principios de la décimaséptima, 
tiempos en que los jeroglíficos se leían más bien con los ojos de la fe 
que con los de la razón. Quien quiera que sea el comentador, sus 
interpretaciones son tales, que prueban que los antiguos aztecas eran 
cristianos tan ortodoxos, como cualquiera subdito del Papa. Coca- 
párese: Vues des Cordilleres, págs. 203-204, y Antigüedades de Mé- 
xico, vol. VI, págs. 155-222. 

(2) El número total de jeroglíficos egipcios descubiertos por Cham- 
pollion, es de 864, de los cuales sólo 130 son fonéticos, no obstante 
que este género de escritura se usaba más frecuentemente que los 
otros dos. (Compendio, pág. 263.) Spinette, lee. 3. a 



112 W. H. PRESCOTT 

caracteres aztecas representaban individuos, o cuando más, 
especies, se necesita explicarlos separadamente; toda ten- 
tativa en este sentido es inútil, y poca ayuda puede espe- 
rarse de las vagas y generales interpretaciones que hoy 
existen. Como ya lo hemos dicho, hubo hasta fines del si- 
glo pasado un profesor de la Universidad de México, desti- 
nado especialmente a la interpretación de los manuscritos 
aztecas; pero como sólo tenían por objeto los pleitos judi- 
ciales, sus conocimientos se reducían probablemente a 
descifrar títulos de tierras. El arte de interpretar los jero- 
glíficos decayó de tal manera en menos de un siglo des- 
pués de la conquista, que un diligente escritor tezcucano 
se quejaba de que en todo el país no se pudieran encontrar 
más que dos personas, ambas muy ancianas, capaces de 
entender los jeroglíficos (i). 

No es posible que se recobre jamás el arte de leerlos, lo 
cual es en extremo lamentable, no porque en los recuer- 
dos escritos de un pueblo semiculto se pueda encerrar al- 
guna verdad muy nueva, ni ningún descubrimiento útil 
para el progreso y bienestar del género humano, pero sí 
porque podrían aclarar un poco la historia antigua de la 
nación y sobre todo la de las más cultas que la prece- 
dieron. Esto sería aún más probable, si se conservase al- 

(1) Ixtlilxochitl, Hist. Chinch. M. S., dedic. 

Boturoni, que viajó por todo el país a mediados del último siglo, 
asegura no haber encontrado ni una sola persona que lo proporcio- 
nase la clave para entender jeroglíficos aztecas. ¡También comple- 
tamente se habían borrado en los indígenas los vestigios de su antiguo 
lenguaje! (Idea, pág. 116.) No obstante, si hemos de dar crédito a 
Bustamante, debe existir actualmente la clave de todo el sistema je- 
roglífico en alguna parte de España, adonde debe haber sido llevado 
cuando el proceso del Dr. Mier, en 1795: el nombre de su descubri- 
dor, el Champollion mexicano, es Borunda. (Gama, Descrip., títu- 
lo 2.°, pág. 33, nota.) 



HISTORIA DB LA CONQUISTA DE MÉXICO I 1 3 

gunos restos literarios de los toltecas; y si hemos de creer 
lo que se cuenta existía en tiempo de la invasión, pero con- 
tribuyeron a completar el holocausto de Zumárraga (i). No 
seria un delirio de la fantasía suponer que tales reliquias 
nos enseñarían los eslabones de la gran cadena de las ra 
zas aborígenes del país, e informándonos de cuál fué su 
cuna en el Viejo Mundo, resolverían el misterio que por 
tanto tiempo ha tenido indecisos a los sabios acerca de la 
fundación y civilización del Nuevo. 

Las tradiciones populares no sólo estaban consignadas 
en los mapas jeroglíficos, sino también en los cantos e 
himnos, que, como lo hemos dicho, se aprendían también 
en las escuelas públicas. Habíalos de diversos jéneros: le- 
yendas mitológicas, historias de los tiempos heroicos, can- 
tos guerreros del día y canciones de amor y de placer (2). 
Algunos estaban compuestos por nobles o literatos, y se 
les citaba como la narración más auténtica de los suce- 
sos (3). El dialecto mexicano era rico y expresivo, aunque 

(1) T .oamoxtli, o libro divino se le llamaba: según Ixtliixochitl fué 
compuf .o hacia fines del siglo vn por un doctor tezcucauo llamado 
Huemao.sin. (Relaciones, mo.) En él se encontraba una noticia de la 
nación de la Asia; de las varias estaciones que hicieron en su viaje; 
de sus instituciones sociales y religiosas, y de sus ciencias, artes, etcé- 
tera, etc., que es muchísimo para un solo libro ignotum pro magní- 
fico. Ningún europeo ha visto copia de él, pero dícese que había una 
en poder de los cronistas tezcucanos cuando la toma de su capital. 
(Bustamante, Crónica Mexicana. México, 1822, carta 3. a .) Lord Kings- 
borough, que es capaz de desenterrar una raíz hebrea por muy ocul- 
ta que esté, ha descubierto que el Teoamoxtli era el pentateuco, in- 
terpretando del modo siguiente la palabra: Teo, divino; amatl, papel 
o libro, y Moxiti, que parece ser Moisés, el divino libro de Moisés. 
(Antig. de Méx., t VI, pág. 204, nota.) 

(á) Boturini, Idea, págs. 90-97. Clavijero, op. cit., t. II, páginas 
174-178. 

(3) «Los cantos con que las observaban autores muy graves en su 

8 



114 W. H. PRESCOTT 

inferior al tezcucano, el más culto de los idiomas de Aná- 
huac. Ninguna composición poética de los aztecas ha sobre- 
vivido; pero podemos formarnos una idea de su poesía por 
las odas del rey Netzahualcóyotl, que nos han sido tras- 
mitidas (i). Sahagun trae la traducción de la prosa más 
limada, que consiste, principalmente, en discursos públi- 
cos y oraciones religiosas, por las que no puede uno me- 
nos de formarse una idea favorable de su elocuencia, y 
que prueban cuánta importancia daban a la declamación. 
Dícese que tenían también representaciones teatrales del 
género pantomímico, en las que los actores se cubrían la 
cara con una máscara y tomaban la figura de pájaros u 
otros animales, a cuya imitación les conduciría, natural- 
mente, la costumbre de representar tales objetos en sus 
jeroglíficos (2). En todo esto vemos el crepúsculo de las 
bellas letras, aunque a sus conocimientos ellas aventajaban 
mucho los que tenían en las Ciencias exactas. 

Inventaron un sistema aritmético muy sencillo: los pri- 
meros veinte números estaban expresados por otras tantas 
cifras; los cinco primeros tenían su nombre especial; los 
subsecuentes se formaban combinando el quinto con los 
cuatro anteriores; decían, por ejemplo, cinco y uno, seis; 
cinco y dos, siete, etc. Diez y quince tenían cada uno su 
nombre propio, y combinados con los cuatro primeros, 

modo de ciencia y facultad, pues fueron los mismos reyes y de la gen- 
te más ilustre y entendida, que siempre observaron y adquirieron la 
verdad, y ésta con tanta razón cuanta pudieron tener los más graves 
y fidedignos autores.» Ixtlilxochitl, Hist. Chich., M. S., prólogo. 

(1) Véase el cap. VI de esta introducción. 

(2) Véase una noticia sobre algunas de estas máscaras en Acosta, 
lib. 5, cap. XXX, y también en Clavijero, op. cit., ubi. supra. Entre 
las ruinas de los indios se han encontrado máscaras de piedra, cuyos 
grabados se encuentran en la colección de Kingsborough y en las An- 
tigüedades mexicanas. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 1 1 5 

servían para expresar los comprendidos entre diez y quin- 
ce y entre quince y veinte. Los cuatro primeros números 
eran, pues, los caracteres radicales de su aritmética oral, 
como lo eran de la escrita entre los romanos; este meca- 
nismo es probablemente más sencillo que ninguno de los 
que existen en Europa (i). El número veinte se expresaba 
con un jeroglífico aparte: una bandera. Las sumas consi- 
derables se expresaban repitiendo el número veinte al ha- 
blar, y al escribir, repitiendo las banderas. El cuadrado de 
veinte (400) se expresaba por una pluma, y el cubo (8.000) 
por una bolsa o saco. Estos eran todos los signos aritmé- 
ticos de los mexicanos, por cuyo medio daban a conocer 
todas las cantidades posibles. Para mayor brevedad acos- 
tumbraban denotar las fracciones de las sumas considera- 
bles, pintando sólo una parte del objeto que las represen- 
taba: la mitad de una pluma, o las tres cuartas partes de 
una bolsa, expresaban una cantidad proporcional de la 
suma total (2). A nosotros, que ejecutamos nuestras ope- 
raciones matemáticas con tanta facilidad por medio de las 
cifras arábigas, o, mejor dicho, índicas, nos parece muy 
complicado aquel sistema; pero comparémoslo con el que 
usaron los grandes matemáticos de la antigüedad que no 
conocieron esa bella invención que ha cambiado la faz de 
la ciencia matemática, y los cuales determinaban en gran 
parte el valor de las figuras, según la posición que guar- 
daban. 



(1) Gama, descrip., parte 2. a , apéndice 2.° 

Al comparar este escritor el sistema de numeración de los mexica- 
nos con el decimal de Europa y con el binario, ingeniosamente inven- 
tado por Leibnitz, confunde la aritmética oral con la escrita. 

(2) Ibid., ubi. supra. 

Este sabio mexicano ha presentado en su segunda parte un tratado 
muy completo de la aritmética de los aztecas. 



IIÓ W. H. PRESCOTT 

En la medida del tiempo los aztecas ajustaban su año 
civil por el solar; dividíanlo en diez y ocho meses de a 
veinte días cada uno; tanto los meses como los días esta- 
ban representados por signos a propósito, y los de los pri- 
meros expresaban, por lo común, la estación del año, a la 
manera que sucedía en el calendario francés del tiempo de 
la Revolución. Había, como en Egipto (i), cinco días com- 
plementarios, de modo que el año entero venía a tener 
trescientos sesenta y cinco días; los cinco días supernume- 
rarios no pertenecían a ningún mes, y se les reputaba por 
aciagos. El mes estaba dividido en cuatro semanas de a 
cinco días, el último de los cuales era feriado o día de 
mercado (2). Esta suposición, distinta de todas las conoci- 
das en Europa y en Asia (3), tiene la ventaja de dar a cada 
mes igual número de días y de semanas completas, sin de- 
jar residuo alguno ni en el mes ni en el año (4). 

Como el año tiene cerca de seis horas más de trescientos 
sesenta y cinco días, para compensar este exceso, recurrie- 
ron, como todas las naciones que han dispuesto su calen- 
dario, a la intercalación, no cada cuatro años como lo ha- 

(1) Herodotus Euterpe, sección 4. a 

(2) Sahagun, op. cit., lib. 4-.°, apéndice. 

Según Clavijero, los días feriados eran los que correspondían al sig 
no con que comenzaba el año. Op. cit., t. II, pág. 62. 

(3) El pueblo de Java también regula sus ferias, según sir Stam- 
ford Raffles, por una semana de cinco días, teniendo además nuestra 
semana desiete. (History o f Java, London, 1830, vol. I,págs. 531-532.) 
La división del tiempo por semanas de siete días, de un uso universal 
en el Oriente, es el más antiguo monumento de la astronomía. Véase 
a Laplace, Sistema del Mundo. (París, 1808), lib. 5.°, cap. I. 

(4) Veytia, op. cit., t. I, cap. VI y VIL Gama, Descripción, parte I, 
páginas 33-34, et alibi. Boturini, Idea, págs. 4-44, et sequents. Cod. 
Tell-Rem., ap. anliquit. de México, vol. VI, pág. 104. Camargo, Histo- 
ria de Tlaxcalan, M. S. Toribio, Historia de los Indios, M. S., parte f 
capítulo V. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO HJ 

cen los europeos (i), sino a intervalos más largos como 
entre algunos de los asiáticos (2). Esperaban a que pasasen 
cincuenta y dos años para intercalar trece días, o mejor 
dicho, doce y medio, que es lo que habían dejado atrasar- 
se el año. Si la intercalación hubiera sido de trece, habría 
resultado demasiado larga, porque en cada año no sobran 
seis horas completas de los trescientos sesenta y cinco días, 
sino seis horas menos once minutos; pero como su calen- 
dario concordaba en tiempo de la conquista con el de los 
españoles (hecha la corrección gregoriana), es de suponer 
que adoptaban la intercalación más corta de doce días y 
medio (3), con la cual quedaba el año (salvo un ligero error 

(1) Sahagun pone esto en duda. «Otra fiesta hacían, dice, de cua- 
tro en cuatro años, a honra del fuego; en esta fiesta es verosímil, y 
hay conjeturas que hacían su bisiesto contando seis días de nemon- 
lemi» (llamábanse así los cinco últimos días, o días aciagos.) Op. cit., 
libro 4 o , apéndice. Pero este escritor, aunque muy buena autoridad 
en lo que toca a la superstición de los aztecas, es incompetente en lo 
que mira a sus ciencias. 

(2) Los persas tenían un ciclo de ciento veinte años, de trescientos 
sesenta y cinco días cada uno, y al fin de cada ciclo intercalaban trein- 
ta días. (Humboldt, Vistas de las Cordilleras, pág. 177.) Era el mis- 
mo que el ciclo mexicano, con trece días intercalares en cincuenta y 
dos años; pero mucho menos exacto que el ciclo con doce días y me- 
dio de intercalación. Es ciertamente indiferente uno u otro en cuanto 
a la exactitud, con tal que se elija múltiplo de cuatro para formar el 
ciclo; pero es claro que mientras más repetida sea la intercalación, 
menor será la diferencia con respecto al tiempo verdadero. 

(3) Tal es la conclusión que saca Gama después de un detenido 
examen. Supone que el ciclo o haz de cincuenta y dos años de que se 
servían los mexicanos para computar el tiempo, terminaba alternati- 
vamente, ya a media noche, ya a medio día. (Descripción, parte I, pá- 
gina ^2, et sequents.) Algunas pruebas de ella encontró en Acosta 
[lib. 6.°, cap. II], aunque contra lo dicho por Torquevaada.[Monarq. bid., 
lib. 5.°, cap. XXXIII.] y en Sahagun (a pesar de que Gama no conoció 
la obra de éste), pues tanto el primero como el último de estos escrito- 



Il8 W. H. PRESCOTT 

casi despreciable) exactamente de la misma duración del 
año trópico, cual ha sido determinada por las más correc- 
tas observaciones (i). La intercalación de veinticinco días 
cada ciento cuatro años, es más exacta que la de todos los 
calendarios europeos, pues, que deben pasar según aquella, 
más de cinco siglos para que haya un error de un día en- 
tero (2). Tal es la admirable exactitud a que habían llegado 
los aztecas, o por mejor decir, sus antepasados los tul te- 
cas, en esos cálculos dificilísimos que hasta hace poco 
tiempo han burlado los esfuerzos de las naciones más sa- 
bias de la cristiandad (3). 

res, dicen que el año terminaba a media noche. La hipótesis de Gama 
se encuentra confirmada por una observación que nadie, que yo sepa, 
ha hecho hasta ahora. Los mexicanos tenían además de su ciclo de 
cincuenta y dos años, otro de ciento cuatro, al cual llamaban una 
edad o una vejez. Como no usaban de él en sus anales, sino de su haz 
o atadura de ciento cuatro años, es muy probable que el otro serviría 
para denotar el tiempo que debía trascurrir antes de que el ciclo pe- 
queño comenzase a la misma hora, y que en aquel intercalaban 
veinticinco días íntegros sin fracción ninguna. 

(1) Esta duración que Zach computa en trescientos sesenta y cinco 
días, cinco horas cuarenta y ocho minutos y cuarenta y ocho segundos, 
apenas es dos minutos y nueve segundos más larga que el año mexi- 
cano, el cual corresponde exactamente a los célebres cálculos de los 
astrónomos del Califa Almamon, cuyo año era dos minutos más corto 
que el verdadero. (Véase a Laplace, Exposición, pág. 350.) 

(2) El corto exceso de cuatro horas, treinta y ocho minutos y cua 
renta segundos que hay más de los veinticinco días del período de 
ciento cuatro años, no puede componer un día entero hasta que no 
pasen más de cinco de estos períodos máximos, o quinientos treinta 
y ocho años. (Gama, Descripc, parte I, pág. 23.) Gama estima el año 
solar en trescientos sesenta y cinco días, cinco horas, cuarenta y ocho 
minutos y cincuenta segundos. 

(3) Los antiguos etruscos dispusieron su calendrrio en ciclos de 
ciento diez años solares, y hacían el año de trescientos sesenta y cinco 
días, cinco horas y cuarenta minutos; a lo menos es lo probable, se- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 1 19 

Es igualmente digno de atención el sistema de que se 
valían los aztecas para fijar la fecha de los acontecimientos. 
Et principio de su era correspondía al año 1091 de J. C, y 
comenzaba con la reforma de su calendario, poco después 
de su salida de Aztlan. Agrupaban los años en ciclos de a 
cincuenta y dos cada uno; llamábanlos haces o líos, y ios 
representaban por cierto número de carrizos atados con un 
cordón. Cada vez que se encuentre en sus mapas este sig- 
no, se denota medio siglo Para poder designar cada año 
en particular, dividían su gran ciclo en otros cuatro peque- 

gún dice Miebuhr. Hislzry of Roma, eng. trans. Cambridge, 1822, 
volumen I, págs. 1 13 2í8.) Los primeros rom nos no supieron aprove- 
charse de esta medida easi exacta, puesto que sólo diferencia nueve 
minutos meaos del tiempo verdadero. La reforma juliana que supo- 
nía el año de trescientos sesenta y cinco días, cinco horas ) quince mi- 
nutos, tenía un exceso igual o aún mayor. Cuando los europeos que 
habían adoptado este calendario llegaron a México, sus cómputos es- 
taban adelantados once días con respecto al tiempo verdadero, o en 
otros términos, con respecto a los de los bárbaros aztecas. [Cosa no- 
table! 

Las investigaciones de Gama conducen a creer que el año del nuevo 
ciclo de los aztecas comenzaba en 9 de enero, fecha muy anterior a 
la que usan los escritores mexicanos. (D<'8cripc, parte I, págs. 49 52.) 
Dejando la intercalación para el fin del ciclo, iba resultando cada año 
cerca de seis horas de retraso, las cuales producían al cibo de cuatro 
años un día de diferencia. Por manera que si el ciclo comenza en 9 de 
enero, el quinto año de aquél comenzaría en 8, el 9.° en 7, y así suce- 
sivamente, hasta que el último día de la serie de cincuenta y dos años 
caía en 26 de diciembre, en cuya fecha venía la intercalación a resta- 
blecer la concordancia con el tiempo verdadero, y el nuevo ciclo co- 
menzaba otra vez en 9 de enero. Torquemada, alucinado por la falta 
de fijeza del día de año nuevo, afirma que los mexicanos no conocían 
el exceso de cuatro horas, y que jamás intercalaron. (Monarq. lnd., 
lib. 10, cap. 36.) El intérprete del Código vaticano ha caído sobre este 
asunto en errores aún más monstruosos. (Antigüedades de México, 
volumen VI, lám. 16.) ¡Tan breve cayó en olvido después de la con- 
quista la literatura azteca! 



120 W. H. PBESCOTT 

ños o indicciones de a trece años. Después adoptaban las 
se; ies de signos para designar cada año: la primera consis- 
tía en sus notas numéricas, y la segunda en cuatro jero- 
g íficos de los años (i); estos últimos se repetían incesan- 
temente y enfrente de cada uno de estos se encontraba la 
cifra correspondiente hasta llegar a trece; este sistema se 
continuaba durante las cuatro indicciones, de las cuales, 
como es fácil conocerlo, no había dos que comenzasen por el 
mismo jeroglífico, y de esta manera todos ellos iban co- 
rrespondiendo a todos los números sucesivamente, pero 
nunca correspondían dos veces a un mismo número de un 
ciclo: 4 y 13 los factores de 52, que era el número de los 
años de este, admitían todas las combinaciones capaces de 
formar aquel producto. Cada año tenía, pues, un símbolo 
especial por cuyo medio se le podía reconocer de una 
ojeada; este símbolo, precedido de cierto número de ha- 
ces, indicaba exactamente el tiempo que había pasado des- 
de el principio de la era nacional, año de 1091 de J. C. El 
ingenioso recurso de una serie periódica, en vez de una 
enorme serie de jeroglíficos destinados cada uno a un año 
especial, no sólo se encuentra entre los aztecas, mas tam- 
bién en varios pueblos del Asia, aunque el mecanismo 
material sea diferente (2). 

E¡ calendario solar arriba descrito habrá bastado para 



(1) Estos jeroglíficos eran un conejo, una caña, un pedernal y una 
casa. Según Veytia, eran los símbolos de los cuatro elementos, aire, 
agua, tierra y fuego. (Op. cit., t. I, cap. V.) No es cosa fácil de descu- 
brir la conexión que hay entre un conejo y el aire. 

(2) Entre los chinos, japoneses, mongoles, mantchous y otras fami- 
lias de la raza tártara, su serie se compone de los símbolos de sus 
cinco elementos y de los doce signos del zodíaco, los cuales, combi- 
nándose, forman un ciclo de sesenta años. En las luminosas páginas 
de la obra de Humboldt, titulada: Vistas de las Cordilleras, se en- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 121 

todos los usos nacionales; pero los sacerdotes inventaron 
otro para su uso particular; llamábase el cómputo lunar, 
aunque no estaba exactamente acomodado a las revolucio- 
nes de la luna (i); constaba igualmente de dos series, la 
primera formada por las 13 cifras y la otra por 20 jeroglí- 
ficos; mas como el producto de ambos números es 260, y 
como de repetir una de ellas en los ciento cinco días que 
sobraban cada año, podía resultar confusión, inventaron 
otra tercera serie, compuesta de nueve jeroglíficos, que 
alternando con las otras dos, hacía imposible la coinciden- 
cia de las tres en un solo año, a lo menos durante 2. 340, 
que es = 20 X 1 3 X 9 ( 2 )« Trece era un número místico 

centrará una comparación entre estos varios sistemas y el de loa me- 
xicanos. Después volveremos a insistir sobre alguna de las conse- 
cuencias a que esa comparación ha conducido. 

(1) En este calendario, los meses del año trópico estaban distri- 
buidos en especies de semanas de a trece días, que repetidos veinte 
veces (número de días del mes solar), formaban un año lunar o astro- 
lógico de doscientos sesenta días, después de los cuales comenzaba 
otro nuevo año. «Por medio de sus trecenas y de su ciclo de cincuen- 
ta y dos años, formaban, dice Gama, un período lunisolar exactísimo 
para los usos astronómicos >. (Descripción, parte I, pág. 27.) Añade 
que habían adoptado ese período de trece días, por los períodos en 
que está visible la luna, antes ydespués de su conj unción. (Loco citato.) 

Parece casi imposible que un pueblo capaz de construir un calen- 
dario tan exactamente arreglado al verdadero tiempo solar, haya co- 
metido el grosero error de suponer que en sus cómputos lunares, real- 
mente, estaban representadas las revoluciones diarias de la luna. Todo 
el mundo oriental, dice el sabio Niebuhr, ha seguido los movimientos 
lunares para formar su calendario; la sabia división del tiempo en 
grandes porciones, ha sido obra del occidental, con el cual tiene co- 
nexiones ese otro mundo antiguamente extinguido que hoy llamamos 
nuevo. {History of Rome, I, pág. 239.) 

(2) Llamábanles acompañados y señores de la noche y suponía 
que presidían los unos la noche y los otros el día. Boturoni, Idea, pá- 
gina 57. 



122 W. H. PRESCOTT 

en sus tablas (i); no se atina con la razón por qué en este 
caso recurrieron al número nueve (2). 

Este segundo calendario excitó la santa indignación de 
los misioneros, y el padre Sahagun lo reprueba airadamen- 
te, porque «esta manera de adivinanza en ninguna mane- 

(1) Así, pues, su año astrológico estaba dividido en menos de tre- 
ce días, y había en cada una de sus indicaciones trece años, y en cada 
una de ellas se contenían 365 períodos de a trece días. Es un hecho 
curioso que el número de meses lunares de a trece días, comprendi- 
dos en cada ciclo de cincuenta y dos años, corresponde exactamen- 
te al número de años del gran período sothico de los egipcios, a sa- 
ber: 1.491, período después del cual las estaciones y fiestas volvían a 
comenzar en el mismo orden. Tal vez será accidental la coincidencia, 
pero un pueblo que emplea series periodísticas y cálculos astrológi- 
cos, se funda siempre en alguna razón para adoptar ciertos números 
y cierta combinación. 

(2) Según Gama (loe. cit., parte I, págs. 75-76), porque doscientos 
sesenta es exactamente divisible por nueve. Los nueve acampanados 
no tenían que ver con los cinco días complementarios. Pero el núme- 
ro cuatro, número místico y también de mucho uso en sus combina- 
ciones aritméticas, había servido igualmente bien a este propósito. 
Con respecto a este, Me. Culloh observa con mucha sutileza que es 
casi imposible que los mexicanos que tanto esmero habían puesto en 
la construcción de su ciclo, lo terminasen bruscamente con 360 revo- 
luciones, cuyo término natural es de 2.340, y supone que los nueve 
acompañados se usaban en conexión con los ciclos de doscientos se- 
senta días para hacer otro más largo, de 2.340; éste, repetido ocho 
veces y añadiéndole otro nono de doscientos sesenta días, forma pre- 
cisamente el gran período solar de veinticinco años. (Rescarches, pá- 
ginas 207-203). Esta. explicación es muy satisfactoria; pero de hecho 
las combinaciones de las dos primeras series que formaban el ciclo de 
doscientos sesenta días, se encontraban interrumpidas al fin de cada 
año, pues que cada año nuevo comenzaba con el mismo jeroglífico; 
la tercera serie de compañeros era interrumpida también, como ya 
dijimos arriba, por los cinco días aciagos con que terminaba el año; 
por manera que , si hemos de creer a Boturoni, el primer día del año 
solar correspondía al primero de los nueve compañeros, que signifi- 
caba, Señor del año (Idea, pág. 57); este resultado se habría obtenido 



HISTORIA DB LA CONQUISTA DE MÉXICO 123 

ra puede ser lícita, porque ni se funda en la influencia 
de las estrellas, ni en cosa ninguna natural, ni su círculo 
es conforme al círculo del año, porque no contiene más de 
doscientos sesenta días, los cuales acabados tornan al prin- 
cipio. Este artificio de contar, o es arte de nigromántico, 
o pacto o fábrica del demonio» (i). No es fácil decir cuál 
superstición era mayor, si la de los que inventaron este 
sistema o la de los que lo impugnaron así. Pero ciertamen- 
te no hay necesidad de recurrir a agentes sobrenaturales 
para explicar las razones en que se funda su origen fácil de 
hallar en esa ambición de mando, que ha sugerido a los 
sacerdotes de muchas religiones la invención de misterios 
cuya llave estuviese exclusivamente en sus manos. 

Por medio de este calendario arreglaban las fiestas y 
épocas de los sacrificios; hacían todos sus cómputos astro- 
lógicos (2) y llevaban sus anales. La falsa ciencia de la as- 
trología es propia de toda sociedad imperfectamente civi- 
lizada, en que el espíritu impaciente del examen lento y 
cauto, único capaz de conducir a la verdad, se lanza en un 
golpe a las regiones de la especulación, e intenta audaz- 
mente romper el duelo impenetrable que rodea los miste- 
rios de la naturaleza. Uno de los caracteres de la verdade- 
ra ciencia, es reconocer y respetar los linderos que dividen 

exactamente lo mismo y sin ninguna intermisión, adoptando por divi- 
sor el número cinco en vez del nueve. Tal cual estaba dispuesto el 
ciclo y metiendo en cuenta su tercer serie, terminaba después de 360 
revoluciones. El asunto es sumamente dudoso, y apenas puedo lison- 
jearme de haberlo presentado claramente a mis lectores. 

(1) Historia de Nueva España, lib. 4.°, introd. 

(2) Dans les pays les plus dift'érents, dice Benjamín Constat al 
concluir algunas reflexiones sobre el origen del poder sacerdotal, 
chez les peuples de mours le plus oposées, le sacerdoce a de su cuite 
des elémenst et des astres, un pouvoir dont aujourd, 'hui nous conce- 
vons a peine l'idée. (De la religión, París, 1825, lib. 3.°, ch. V.) 



124 W. H. PRESCOTT 

el campo de la razón del de las especulaciones. Tal conoci- 
miento viene tarde. ¿Por cuántos siglos ha agotado el hom- 
bre en las brillantes, pero estériles pretensiones de ia 
alquimia y la astrología judiciaria, facultades que bien en- 
caminadas le habrían revelado las grandes leyes de la natu- 
raleza? 

La astrología es el estudio favorito de las edades primi- 
tivas, de aquellas en que ei espíritu, incapaz de compren- 
der que esos millones de luminares que brillan con escasa 
luz en el firmamento, son el centro de sistemas planetarios 
tan magníficos como el del nuestro, se ve naturalmente in- 
clinado a discurrir sobre sus usos más probables y a bus- 
car conexiones entre ellos y el hombre, para cuyo prove- 
cho parecen criados todos los objetos del universo. 

Cuando el hijo sencillo de la naturaleza contempla du- 
rante la larga noche la marcha augusta de los cuerpos ce- 
lestes, y los mira venir en tropel y desaparecer con las es- 
taciones, es natural que suponga que las últimas están bajo 
la dependencia de los primeros, que entre unas y otros en- 
cuentren relaciones misteriosas, que busque las conexiones 
que hay entre la venida de los astros y los acontecimientos 
que coinciden con ella, y que no procure leer en aquellos 
caracteres de fuego el destino del niño recién nacido (i). 
Tal es el origen de la astrología, cuyo falso brillo ha des- 
lumhrado y fascinado a los hombres desde el principio de 
las sociedades hasta estos últimos tiempos, en que lo ha 
ofuscado la verdadera luz de la ciencia. 

(1) «Cuan grato y cuan querido pensamiento 

Soñar que en el inmenso firmamento, 
La guirnalda de amor esté formada 
Al exhalar nuestro primer vagido. 
En vez de flores bellas, 
Con fúlgidas estrellas.» 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DB MÉXICO 125 

El sistema astrológico de los aztecas no se fundaba en 
la influencia de los astros cuanto en la de los signos arbi- 
trarios que habían inventado para designar los meses y los 
días. El signo dominante en el ciclo lunar de trece días, 
ejercía su influencia en todos ellos, aunque modificado has- 
ta cierto punto por el de cada día en especial y aun por el 
de cada hora. El grande arte del adivino consistía en com- 
binar estas influencias contrarias. En ninguna parte, ni aun 
en el Egipto, se ha dado mayor ascenso a los ensueños de 
un astrólogo. Llamábase a la cuna del niño, luego que éste 
nacía, se anotaba escrupulosamente el momento del naci- 
miento, y la familia permanecía suspensa y temblando, 
mientras el ministro del cielo estudiaba el horóscopo del 
niño y registraba el oscuro libro del Destino. El mexicano 
recibía la influencia sacerdoial con el primer aliento que 
respiraba (i). 

Poco nos ha quedado de la astronomía de los aztecas, 
pero es evidente por lo menos que conocían la causa de 
los eclipses, pues en algunas de sus pinturas se veía el dis- 
co de la luna proyectada sobre el sol (2). Si agruparon las 
estrellas en constelaciones, es dudoso; pero que conocían 

(1) Gama nos ha dado un almanaque completo del año astrológi- 
co, con sus signos y divisiones correspondientes, que prueba cuan há- 
bil y sabiamente acomodado estaba a sus diferentes usos. (Descrip- 
ción, parte I, págs. 25, 31, 62, 76.) Sahagun ha consagrado un 
libro entero a explicar el valor y significación de estos símbolos, ha- 
ciéndolo con tal proligidad, que podría uno con su auxilio formar el 
horóscopo de uno mismo. (Historia de Nev. Esp., libro 4.°) Es eviden- 
te que creía plenamente en los peligros mágicos de esos almanaques, 
cuando dice; «era un arte engañoso, pernicioso e idólatra, que jamás 
fué aprobado por la razón humana.» Loe. cit.) El buen padre no era 
ciertamente filósofo. 

(2) Véase entre otros el Códice Tell-Rem, parte IV, lám. 22, en Las 
Antigüedades de México, vol. I. 



126 W. H. PRESCOTT 

algunas de las más visibles como las Piéyadas, se infiere 
de que por ellas arreglaban sus festividades. De sus instru- 
mentos astronómicos, no conocemos más que el cuadrante 
solar (i). Una inmensa mole circular de piedra esculpida, 
desenterrada en 1790 de la plaza Mayor de México, ha 
proporcionado a un sabio literato, Gama, los medios de 
establecer ciertos hechos interesantes con respecto al esta- 
do que guardaba entre ellos esta ciencia (2). Este fragmen- 
to colosal, en el cual se halla esculpido el calendario, 
prueba que tenían procedimientos científicos bastantes 
para conocer no sólo la hora del día, sino la época de los 
solsticios y de los equinoccios, y el momento preciso del 
tránsito del sol por el cénit de México (3). 

(1) Apenas puede dudarse, dice lord Kingsborough, que los mexi- 
canos poseían muchos instrumentos científicos de extraña invención, 
comparados con los nuestros: es dudoso si el telescopio les era cono- 
cido; pero la lámina 13 de la parte II de los Monumentos de M. Du- 
paix, que representa a un hombre agarrando una cosa parecida a 
aquel instrumento, ofrece motivos de suponer que conocían los me- 
dios de aumentar el poder de la visión. (Antigüedades de México, 
vol. VI, pág. 15, nota.) El instrumento a que aquí se alude, está tos- 
camente esculpido en una piedra cónica: llega a la altura del cuello 
de la persona que lo tiene agarrado, y a mi entender se parece tanto 
a un telescopio como a un mosquete, y, sin embargo, no me creería 
autorizado por esto a suponer que el uso de las armas de fuego era 
conocido de los aztecas. (Véase vol. IV, lám. 15.) El capitán Dupaix, 
en su comentario a la lámina, parece tan imbuido en esa idea como 
el otro. (Ibid., vol. V, pág. 241.) 

(2) Gama, loe. cit., parte I, sección 4. a , parte II, apéndice. 
Además de este fragmento colosal, encontró Gama otros destinados 

probablemente al mismo uso, en Chapultepec. Mas antes de que 
tuviese tiempo de examinarlos, se les hizo pedazos para que sirvieran 
a la construcción de un horno. ¡Lamentable suerte, no muy diferente 
de la que ha tocado a algunos de los monumentos de las artes en el 
antiguo mundo! 

(3) En su segundo tratado sobre la piedra cilindrica, Gama ha 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 12? 

No se puede contemplar sin asombro la desproporción 
entre los adelantos en la ciencia astronómica y los demás 
ramos de la civilización. El conocimiento superficial de al- 
gunos de los más sencillos principios de astronomía, está 
al alcance hasta del más rudo salvaje; una poca de atención 
basta para percibir la conexión que hay entre el cambio 
de las estaciones y el de la posición del Sol al salir y al 
ponerse: fácil es seguir la marcha del gran luminar por los 
cielos, observando las estrellas que brillan luego que des- 
pide en la tarde sus últimos rayos, y la que se apagan al 
despuntar los primeros; puédese medir la revolución de la 
Luna señalando sus fases, y aun formarse una idea del nú- 
mero de revoluciones que cabe en un año solar; pero ser 
capaces de arreglar sus fiestas por el curso de los astros y 
fijar la verdadera duración del año trópico con una exac- 
titud desconocida de los más célebres filósofos de la anti- 
güedad, no puede menos de ser el fruto de una serie dila- 
tada de exactas y prolijas observaciones, que supone ade- 
lantos no pequeños en la carrera de la civilización (i). Pero 
¿de dónde había sacado el grosero habitante de aquellas 

procurado con extensas pruebas científicas convencer a los incrédu- 
los de que era un gnomon o cuadrante solar vertical. (Loe. cit., parte 
II, apéndice.) El día civil lo dividían los mexicanos en diez y seis 
partes, y lo comenzaban como las demás naciones asiáticas, con la sa- 
lida del Sol. Humboldt, que probablemente no conocía el tratado de 
Gama, supone a aquel dividido en ocho intervalos. (Vistas de las 
Cordilleras, pág. 127.) 

(i) «Un calendario, exclama el entusiasta Carli, que se arregla a 
las revoluciones anuales del Sol, no sólo por la adición de cinco días 
cada año, sino por la corrección del bisiesto, debe, sin duda, conside- 
rarse como el resultado de un estudio reflexivo y de hábiles combi- 
naciones. En estos pueblos es preciso suponer que hay una serie de 
observaciones astronómicas, ideas exactas sobre la estera, la inclina- 
ción de la eclíptica y el uso de un cálculo relativo a los días y horas 
de las apariciones solares. > Cartas americanas, 1.°, carta 23. 



128 w - H - PRESCOTT 

regiones montañosas tan curiosos descubrimientos? No, 
ciertamente, de las hordas bárbaras que vagaban errantes 
por los hielos del Norte, ni de las razas meridionales, con 
las cuales parece que no tuvieron contacto alguno. Aunque 
nos veamos como el grande astrónomo de nuestros días, 
impulsados a buscar la solución de este problema, admi- 
tiendo la analogía del sistema en conjunto, con el de las 
sociedades asiáticas, siempre nos dejará perplejos la gran 
discrepancia en los pormenores; por manera que, en mu- 
chos de éstos, no podremos menos de reconocer la origi- 
nalidad de los aztecas (i). 

Concluiré mis noticias sobre su astronomía dando la 
descripción de la gran fiesta que celebraban al terminar el 
ciclo de cincuenta y dos años. En el capítulo anterior he- 
mos hablado de la creencia en que vivían de que el mundo 
debía acabar en cuatro épocas subsecuentes; pero, además, 
esperaban firmemente otra catástrofe semejante que debía 
verificarse al fin de un ciclo, y en la cual el Sol debía des- 
aparecer de los cielos, el género humano de la tierra y la 
oscuridad de los caos debía envolver todo el globo habi- 
table (2). El ciclo acababa a últimos de diciembre, en que 
la triste aridez de la estación del invierno y la menor du- 
ración de la luz, les sugería melancólicos presagios de su 
próxima extinción, y sus temores iban creciendo gradual- 
mente, hasta que al llegar el último de los días aciagos con 

(1) Laplace, que indica la analogía, es el primero en confesar las 
dificultades. Sistema del Mundo, lib. 5, cap. III. 

(2) M. Jomard se ha equivocado al afirmar que la época de la re- 
novación del fuego con que acababa el ciclo, era casi en el solsticio de 
invierno. Si no se engaña Gama, se celebraba aquella ceremonia has- 
ta el 26 de diciembre. La causa de que M. Jomard haya caído en el 
error, está en que la anticipaba a los días complementarios. Véase su 
carta sobre el calendario azteca, en las Vistas de las Cordilleras, 
página 309. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 129 

que se completaba el año, se abandonaban a todos los ex- 
tremos de la desesperación. Hacían mil pedazos sus dioses 
domésticos o penates, en quien ya no creían. Se apagaba 
el fuego sagrado en los templos, y a nadie se le permitía 
encender lumbre en su casa; los muebles y utensilios do- 
mésticos eran destruidos, las vestiduras desgarradas y todo 
puesto en desorden, porque los espíritus malignos iban a 
venir a devastar la tierra. 

En la noche del último día se encaminaba de la capital 
hacia unas altas montañas, que distan de ella dos leguas, 
una procesión de sacerdotes que conducían las vestiduras 
y ornamentos de los dioses; llevaban consigo una noble 
víctima, la flor de sus cautivos, y todos los instrumentos 
necesarios para encender el nuevo fuego, lo que si se con- 
seguía, se tenía por un agüero propicio de la renovación del 
ciclo. Después de llegar a la cumbre de la montaña, la pro- 
cesión esperaba hasta la media noche; al llegar al cénit la 
constelación de las pléyades (i) encendían el fuego nuevo 
por la fricción de dos estacas colocadas sobre el herido pe- 
cho de la víctima (2). La llama era comunicada al punto a 

(1) En el momento exacto de su culminación, según Sabogun (op. 
cit., lib., 4.°, apéndice) y Torquemada (op. cit., lib. 10, cap. XXXIII y 
XXXVI). Pero esto no podía acontecer a la media noche en el mes de 
noviembre, en que fué la última fiesta secular, la cual, bajo el reinado 
de Moteuczoma, en 1507, fué ya más temprano. (Gama, loco citato, par- 
te I, pág. 50, nota.) Huboldt, Vistas de las Cordilleras, pág. 181-182. 
Mientras más se retarde el principio del nuevo ciclo, mayor debe ser 
la discrepancia. 

(2) «Sobre el desnudo pecho de la víctima, 
Seca espadaña y oloroso cedro 

Y mil gomas suaves y fragantes 
Pronto recibirán el fuego sacro, 

Y en las aras sagradas 

Del nuevo So' proclamarán la vuelta.» 

[Southey 1, Madoc, parte II, cant. 26.] 

9 



I3O W. H. PRESCOTT 

una hoguera fúnebre, adonde era arrojado el cuerpo del 
destrozado cautivo. En cuanto se alzaban al cielo las llama- 
radas, arrojaba gritos y exclamaciones de gozo y de triun- 
fo la innumerable multitud que cubría las colinas, las cum- 
bres de los templos y los techos de las casas, y que ni un 
instante apartaba la vista del monte del sacrificio. A todas 
las partes del imperio se despachaban correos con hachas 
encendidas en señal de aviso, y el elemento querido se veía 
brillar en los altares y en los hogares domésticos muchas 
leguas en contorno, mucho antes que el Sol levantándose 
con su acostumbrada majestad, viniese a dar seguras prue- 
bas de que había comenzado a correr un nuevo ciclo y de 
que no se habían trastornado para les aztecas las leyes de 
naturaleza. 

Los trece días siguientes estaban consagrados a los rego- 
cijos públicos; las casas eran aseadas y blanqueadas; los 
vasos rotos se reponían con otros nuevos; el pueblo vestido 
de gala y con coronas y sartas de flores se agolpaba a ios 
templos en alegres procesiones, para ofrecer oblaciones y 
tributar acción de gracias a los dioses; había instituidos 
bailes y juegos emblemáticos déla regeneración del mundo. 
Era el carnaval de los aztecas, o mejor todavía, el jubileo 
nacional, la gran fiesta secular de los romanos y etruscos, 
aquella fiesta de que decía Suetonio, que «pocos vivientes 
la habían visto, y pocos vivientes volverían a verla (1). 



* * * 



(1) He copiado las palabras del edicto en que se llamaba al pue- 
blo a los ludi seculares, los juegos seculares de la antigua Roma, de 
los que dice Suetonio: (Vita Tib. Claudii, lib. 5.°) quos nec spec- 
taset quüquiam, nec espectaturus esset. Los antiguos cronistas me- 
xicanos muestran cierta especie de elocuencia al describir las fiestas 
de los antiguos aztecas. (Torquemada, op. cit., lib. 10, cap. XXXIII. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 1 3 1 

M. de Humboldt decía hace tres años que «sería de de- 
sear que algún Gobierno publicase a sus expensas las reli- 
quias que aún quedan de la antigua civilización americana, 
porque sólo comparando muchos monumentos se podría 
llegar a encontrar la clave de esas alegorías en parte astro- 
nómicas y en parte místicas». Este sabio deseo ha sido rea- 
lizado, no por Gobierno alguno, sino por un individuo pri- 
vado, lord Kingsborough. La grande obra publicada bajo 
sus auspicios y tantas veces citada en esta introducción, 
apareció en Londres en 1830, Cuando esté completa com- 
prenderá nueve volúmenes, de los que ya han salido siete. 
Los que no los hayan visto podrán formarse una idea de la 
magnificencia de la obra, con sólo saber que recién publi- 
cados costaba el ejemplar en Londres 175 libras esterlinas, 
con láminas iluminadas, y 1 50 con láminas en negro, bien 
que posteriormente ha bajado mucho su precio. El objeto 
de la obra es reproducir todos los manuscritos aztecas que 
han llegado hasta nosotros, y las pocas interpretaciones 
que exiLten, los bellos grabados de Castañeda relativos a la 
América Central con los comentarios de Dupaix; publicar 
la historia inédita del padre Sahagun, y, finalmente (y no 
es esto lo de menos), las copiosas notas del dueño y editor 
de la obra. 

Nunca se ponderará lo bastante la ejecución material, su 
espléndida tipografía, la exactitud y finura de los grabados 
y la suntuosidad de todos los materiales. Sin embargo, 
bien pudo el editor haberse ahorrado de muchos gastos 
superfluos, y el lector de molestias inútiles, si las láminas 

Toribio, Historia de los indios M. S., parte 1. a , cap. V. Sahagun, op. 
cit., lib. 3.°, cap. IX, XII. Véase también a Gama, op. cit., parte 1. a , 
páginas f 2-54. Clavijero, op. cit., t. II, págs. 84-86.) El lector inglés 
encontrará una pintura más animada de aquellas escenas en el canto 
ya citado de Madoc. 



132 W. H. PRFSCOTT 

hubiesen sido de un tamaño más reducido; pero no es raro 
en obras calcadas sobre un plan tan magnífico, ver sacri- 
ficada hasta cierto punto la utilidad o la ostentación. 

La colección de los manuscritos aztecas, aunque no 
completa, basta para acreditar la diligencia y laboriosidad 
del compilador, a pesar de que causa extrañeza que ni un 
sólo documento haya sido sacado de España. Pedro Mártir 
habla de algunos que fueron mandados a España en su 
tiempo. (De Insulis nuper inventis, pág. SOS.) El marqués 
Spinetto examinó uno en El Escorial, que era el Código de 
Mendoza y tal vez el original, porque el de Oxford no es 
sino copia. (Lecciones, lee. 7. a ) Mr. Waddilove, capellán 
de la Embajada británica en España, dio al Dr. Robertson 
noticia de uno que vio en la misma librería, y que él con- 
sideraba ser un calendario azteca; además de que casi es 
imposible que los numerosos viajeros que iban al Nuevo 
Mundo no enviasen a la madre patria algunas muestras in- 
teresantes de la civilización de aquellos países. No es ya de 
temerse que el ilustrado Gobierno actual continúe ocultan- 
do esos tesoros al examen de los literatos. 

Xo es muy de alabar la disposición de los Códices. En 
algunos de ellos, como, por ejemplo, el de Mendoza, las lá- 
minas no están numeradas; así que, quien quisiera estu- 
diarlo por medio de la interpretación correspondiente, se 
encontraría perdido en aquel laberinto de jeroglíficos, sin 
guía que lo condujese. Sobre el valor positivo y autentici- 
dad de los documentos, o cuando menos su historia, no se 
dan más noticias que una estéril referencia de la librería 
particular de donde se han sacado; si bien es cierto que 
en estas materias poco se puede decir, porque poco se sabe. 
Pero otras partes de la obra sí se pueden tachar justamen- 
te de faltas de método. Por ejemplo, al libro 6.° de la his- 
toria del padre Sahagun, se le ha sacado de su lugar natu- 



HISTORIA UE LA CONQUISTA UT. MÉXICO 133 

ral, y se le ha llevado del cuerpo de la historia de que es 
parte, al volumen anterior. La gran hipótesis que es el ob- 
jeto de la obra, se explana en una baraúnda de notas in- 
conexas con el texto, y tan disímbolas como los cuentos 
de la reina Scheherezada en las Nocfes arábigas, aunque 
no tan entretenidas como ellas. 

La mira adonde se dirigen las especulaciones de lord 
Kingsborough, es probar la colonización de México por los 
israelitas; a esto se dirigen todos los tiros de su ingenio y 
de su saber. A este fin se desenmarañan jeroglíficos, se 
comparan manuscritos, se dibujan monumentos. Esta teo- 
ría, cualquiera que sea su mérito real, nunca será popular, 
porque en vez de presentarla en una forma clara, sencilla, 
fácilmente comprensible, está explanada en infinito núme- 
ro de notas, salpicadas abundantemente de citas en len- 
guas extranjeras, así antiguas como modernas; por manera 
que el lector, después de fluctuar en un océano de fragmen- 
tos, sin luz ni guía, se siente como el diablo de Milton 
cuando quería abrirse paso para el caos: 

Sin bailar junto a eí, ni mar ni tierra 
Do naufragar, o en que viajar seguro. 

Pero sería una injusticia negar que el autor, si no siem- 
pre convence, siempre muestra sagacidad en descubrir 
analogías, da pruebas de que conoce perfectamente su 
asunto y ostenta una erudición sólida, aunque a veces 
cansada, que cualesquiera que sean los defectos de la co- 
lección, ésta es bastante rica en documentos inéditos, so- 
bre no sólo la historia azteca, sino aun pudiera decirse que 
sobre la de toda la América; y, finalmente, que, ejecutan- 
do esa obra dispendiosa que ningún Gobierno habría que- 
rido y pocos individuos habrían podido emprender, el au- 



134 W. H. PRESCOTT 

tor se ha hecho digno de la estimación y gratitud de todos 
los amigos de las ciencias. 

Otro escritor que debe consultar el que quisiere estu- 
diar las Antigüedades mexicanas, es D. Antonio Gama. Su 
vida encierra algunos de esos incidentes tan frecuentes en 
la de los literatos. Nació en México en 1735, de una fami- 
lia respetable, y se le inclinó a las leyes. Bien pronto co- 
noció él que en la carrera de las matemáticas podía hacer 
progresos, y se dedicó a ellas especialmente. En 1 77 1 co- 
municó sus observaciones sobre el eclipse de ese año, al 
astrónomo francés Lalande, quien las publicó en París, ha- 
ciendo grandes alabanzas del autor. La reputación sin ce- 
sar creciente de Gama, llamó la atención del Gobierno que 
le ocupo en varias Comisiones científicas. Su pasión favori- 
ta era, en medio de todo esto, el estudio de las antigüeda- 
des indias; así es que procuró instruirse completamente en 
la historia de las razas aborígenes, sus lenguas, sus tradi- 
ciones, y, en cuanto era posible, en la interpretación de 
sus jeroglíficos. El descubrimiento de la piedra del calen- 
dario en 1790, le presentó una coyuntura de dar a cono- 
cer el fruto de sus estudios anteriores y su habilidad como 
anticuario. Publicó un ensayo maestro sobre aquel monu- 
mento y otro semejante, explicando el objeto a que ambos 
estaban destinados, y derramando un torrente de luz so- 
bre la astronomía, mitología y sistema astrológico de los 
aztecas. Continuó después sus investigaciones siguiendo el 
mismo camino, y escribió algunos tratados sobre la gnog- 
mónica, jeroglíficos y aritmética de les indios. Todas estas 
obras, juntamente con una reimpresión de la primera, no 
se han publicado sino hasta hace pocos años por el labo 
rioso Bustamante. Murió en 1 802, dejando en su patria 
una honrosa memoria de su vida, en la cual, aunque se en- 
contraban rasgos de esa superstición tan frecuente en los 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 135 

hispanomexicanos, había también los nobles sentimientos 
propios de un sabio. Su reputación literaria es propia de 
un escritor diligente, exacto y sagaz. Sus conclusiones no 
adolecen ni de esa propensión a teort tizar, tan común en 
los filosóficos, ni de esa credulidad indiscreta tan natural 
de los anticuarios. Trata su asunto con la cautela y rigor 
de un matemático, cuyos pasos son otras tantas demostra- 
ciones. M Humboldt consultó mucho la primera obra de 
Gama, de lo cual hace alarde; pero, no obstante, los elo- 
gios de aquel escritor popular y el mérito intrínseco de los 
escritos de Gama, son poco conocidos fuera de su patria, 
y casi se puede decir que su fama no ha llegado del otro 
lado de los mares. 



CAPÍTULO V 

Agricultura. — Artes mecánicas. — Comercio. — Costum- 
bres privadas. 

Apenas se hace-creíble que una nación tan adelantada, 
como la azteca, en las matemáticas, no haya hecho consi- 
derables progresos en las artes mecánicas, que tan íntima 
conexión tienen con ellas, y más cuando un adelanto inte- 
lectual, de cualquiera género que sea, supone cierto grado 
de refinamiento social y requiere cierto cultivo de las artes 
útiles y de adorno. El salvaje que vaga en completa des- 
nudez, errante por entre las selvas y los desiertos, no co- 
noce otras necesidades fuera de los apetitos animales; de 
suerte que una vez satisfechos, le parece haber alcanzado 
todos los bienes de la existencia Mas el hombre social ex- 
perimenta numerosos deseos y necesidades artificiales que 
dan origen a medios adecuados a su satisfacción, y que 
excitan incesantemente el talento inventivo. 

Muy diferente es la habilidad en las artes mecánicas en- 
tre las naciones; pero mucho más diferente es el poder de 
la invención que las dirige y las hace útiles. Algunos pue- 
blos parece que no tienen más talento que el de la imita- 
ción, o que si acaso poseen el de la invención, es en un 
grado tan ínfimo, que se viven constantemente reprodu- 
ciendo la misma idea sin sombra de alteración ni de me- 



I38 VV. H. PK&SCOTT 

jora; semejantes al pájaro que construye hoy su nido del 
mismo modo que lo construían los pájaros de su especie 
al principio del mundo. Tales son, por ejemplo, los 
chinos, que durante siglos han poseído sin beneficio pro- 
pio ni ajeno el germen de muchos descubrimientos, los 
cuales, bajo la influencia del espíritu europeo, han tocado a 
tal punto de perfección, que han cambiado la faz de la in- 
dustria. 

Muy lejos de mirar para atrás y de permanecer esclavo 
de lo pasado, es característico del espíritu europeo, mirar 
y caminar siempre hacia adelante. Los antiguos descubri- 
mientos le sirven de base para otros nuevos; pasa de una 
verdad a otra, y las junta y eslabona todas de manera que 
formen esa gran cadena de ciencias, que ciñe y liga al uni- 
verso entero. La luz de la ciencia se difunde hasta las la- 
bores de las artes: ábrense nuevos caminos al pensamiento; 
proporciónanse nuevos medios de subsistencia; multiplí- 
canse hasta lo infinito las comodidades de todas clases, y 
pénenselas al alcance aun del más pobre. La mente se re- 
monta entonces a regiones más elevadas que las de los 
sentidos, y las artes aplicadas cumplen todos los caprichos 
de un gusto refinado, y satisfacen a cuaaío exige la más 
alta cultura social. 

Este mismo espíritu emprendedor aplicado a la agricul- 
tura, la saca de la humilde condición de un trabajo mecá- 
nico, y sustituye a las áridas fórmulas de la rutina, los 
ilustrados preceptos de la ciencia. El análisis químico, al 
descubrir al hombre la composición de la tierra, le da a 
conocer el valor del suelo que cultiva, y dominando todos 
los elementos, los aprovecha todos para obligar a aquél a 
multiplicar y mejorar sus producciones. Causa placer vol- 
ver la vista al otro continente, y ver en él a nuestros pa- 
dres realizando en una escala amplísima estos principios y 



HiSTOKIA DE H CONQUISTA DE M1ÍXICO 139 

llegando a resultados que nunca había presenciado el 
mundo. 

Con no menor razón podemos considerar a la raza an- 
glosajona de ambos hemisferios, como aquella cuyo genio 
emprendedor ha contribuido más poderosamente al bienes- 
tar de la humanidad, aplicando las ciencias a las artes útiles. 

La mayor parte de las tribus salvajes de Norte-América 
han profesado la labranza. En los claros de los bosques, en 
las cañadas, a la orilla de los ríos, dondequiera que había 
un palmo de tierra que aprovechar, sembraban habas y 
maíz (i). Los productos de este cultivo eran sumamente 
escasos, y no bastaban para libertar a los imprevisivos in- 
dígenas, de los frecuentes estragos del hambre. Pero con 
todo, la simple circunstancia de labrar la tierra donde- 
quiera que era posible, los distingue ventajosamente con 
las otras tribus que vivían de la caza, y los eleva un grado 
más en Ja escala de los pueblos civilizados. 

La agricultura estaba en México tan adelantada como 
las otras artes sociales, y aun hay pocos países en que haya 
sido más respetada que allí. Estaba, por supuesto, en ínti- 
mo enlace con la religión y las instituciones civiles; tenía 
sus deidades tutelares, y los nombres de los meses y de 
las fiestas se referían más o menos a ella. Las contribucio- 
nes gravitaban, en gran parte, como ya lo hemos dicho, so- 
bre los productos agrícolas. Todos, aun los habitantes de 
las grandes ciudades, si se exceptúa a los soldados y a los 

(1) Este último grano, según Humboldt, lo encontraron los euro- 
peos en el Nuevo Mundo, desde la parte meridional de Chile hasta 
Pensilvania (Essay Politique, t. II, pág. 408). Bien pudiera haber 
añadido hasta el río de San Lorenzo. Nuestros antepasados los puri- 
tanos, la encontraron en todos los puntos de la costa de la Nueva In- 
glaterra. V. Morton, New England's Memorial (Boston, 1826), pági- 
na 68. Gookin, Massachuzelts Eistorical Collections, cap. III. 



I^O W. H. PKESCOTT 

primeros nobles, cultivaban el suelo. Los duros trabajos 
de la labranza estaban reservados a los hombres, porque 
las mujeres sólo desempeñaban los menos penosos, tales 
como derramar las simientes, limpiar los granos, etc. (i). 
En esto ofrecían un honroso contraste con las otras tribus 
del continente, las cuales, como sucede hoy en el Norte, 
hacían caer sobre el sexo débil las más pesadas cargas de 
la agricultura (2); pero entre los aztecas, por el contrario, 
ese suceso era bajo este respecto tan mirado como lo es 
hoy en los demás países de Europa. 

No necesitaban de grandes conocimientos para elegir 
los terrenos, porque cuando una tierra se había vuelto es- 
téril, la dejaban erial por algún tiempo, para que recobra- 
se su fertilidad. La extrema sequedad se disminuía por 
medio de canales que atravesaban parcialmente el país, 
llenándose este mismo objeto con las penas severas im- 
puestas a los que destruían los bosques, que como ya lo 
hemos dicho en otra parte, lo poblaban antes de la con- 
quista. Finalmente, construían para guardar sus cosechas, 
amplios graneros, cuya admirable disposición confesaban 
los conquistadores. En todo esto se descubre la previsión 
del hombre ya civilizado (3). 

(1) Torquemada, op. cit., lib. 13, cap. XXXI. 

¡Admirable ejemplo para nuestros tiempos, exclama el padre, en 
que las mujeres no sólo son inhábiles para las labores del campo, 
sino que les cuesta trabajo atender a la hacienda de la casa! 

(2) Otro contraste evidente respecto a los egipcios, con los cuales 
han pretendido algunos anticuarios identificar a los mexicanos. Sófo- 
cles habla del afeminamiento de los hombres de Egipto, donde acos- 
tumbraban quedarse en la casa ocupados en tejer, mientras las mu- 
jeres se entregaban fuera de ella a otros varios oficios propios de 
aquellos (Sophoch. JEdip. Col., volúmenes 337, 341). 

(3) Torquemada, op. cit., lib. 3.°, cap. XXXII. Clavijero, op. cit., 
tomo II, págs. 53-155. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 141 

Entre los principales productos agrícolas estaba el pláta- 
no, cuyo fácil cultivo y exuberantes frutos son tan contra- 
rios a la actividad y adelantos de la industria (i). Otra 
planta muy celebrada era el cacao, con el cual se hace la 
bebida llamada chocolate, de la palabra mexicana ckocolatl, 
tan usado hoy en toda Europa (2). La vainilla confinada a 
las estrechas regiones de la costa oriental, les servía como 
a nosotros, para condimentar sus comidas y bebidas (3). 
Pero el producto agrícola de más importancia no sólo en 
México, sino en todo el continente, era el maíz (o grano de 
indios como nosotros le llamamos), el cual se da muy bien 
en los valles y en las alturas de las Cordilleras que forman 
la meseta central. Los aztecas lo preparaban perfectamente, 
y lo aplicaban a tantos usos, como la más hacendosa mujer 
de la Nueva Inglaterra. Sus cañas gigantescas contienen 
una materia sacarina, no muy abundante, en el que se da 
en la parte septentrional del país, con la cual se suplía muy 
bien el azúcar de caña introducida allí hasta después de la 
Conquista (4). Pero la maravilla de la naturaleza era el nia- 

< Jamás padecieron hambre — dice el primero de estos escritores — , 
sino en pocas ocasiones.» Si estas hambres eran raras, eran también 
asoladoras y de larga duración. Véase Ixtlilxochitl, Hist. Chich, M. S., 
cap. XLI, LXXI, ei alibi. 

(1) Oviedo piensa que la musa fué uaa planta traída, y Hernández 
no la mienta para nada en su copioso catálogo; pero Humboldt, que le 
prestó particular cuidado, cree que si algunas especies fueron traídas, 
otras eran indígenas. Essai Politique, t. II, págs. 282-388. ¡Si hubiéra- 
mos de creer a Clavijero, el plátano fué el fruto prohibido que hizo 
pecar a nuestra madre Eva! Stor. del Messico, t. I, pág. IL, nota. 

(2) Realt, d'un gent, huom en Ramusio, t. III, fol. 306. Hernán- 
dez, de Historia Plantarum Novai Hispanem [Matriti, 1790], lib. 6.°, 
cap. LXXXVII. 

(3) Sahagun, op. cit, lib. 8.°, cap. XIII, et alibi. 

(4) Carta de Lie. Zuazo, M. S. 

Afirma que la miel del maíz es igual al de la abeja, Véase también a 



142 W. H. PRESCOTT 

guey, cuyas imbricadas pirámides de flores sobresaliendo 
de entre una espinosa corona, formada por las hojas, se 
veían dondequiera que había un palmo de tierra plana. 
Como ya hemos dicho, esas hojas servían para la fabrica- 
ción del papel ([): con su zumo se hacía una bebida fermen- 
tada llamada pulque (2), de la cual gustan mucho aún hoy 
los naturales: con las hojas se fabricaba un tejido impene- 
trable que servía para los vestidos ordinarios; de sus fibras 
rígidas y torcidas se sacaba un hilo con el cual se hacían 
sogas, cuerdas y estofas muy tupidas; con las espinas en 
que rematan las hojas, formaban agujas y alfileres, y la 
raíz, cocida, se usaba como un alimento grato y nutritivo. 
El maguey era, en suma, para los mexicanos, alimento, 
bebida, vestido y material para escribir. ¡Seguramente 
jamás ha reunido la naturaleza en un objeto tan pequeño 
tantos elementos con que satisfacer lo que exigen la nece- 
sidad, la comodidad y la civilización! (3) 

Oviedo, Historia Natural de las Indias, cap. IV, apud Barcia, 1. 1. 
Hernández que celebra las numerosas preparaciones de que es sus- 
ceptible el maíz, deriva esta palabra de la haitiana mahiz. Hit. Plan- 
tarum, lib. 6.°, cap. XLII. VL. 

(1) Y así se practica todavía, a lo menos en un lugar, San Ángel, 
a tres leguas de la capital. Otra fábrica de la misma clase se iba a es- 
tablecer hace pocos años en Puebla: ignoro si se ha llegado a plantear. 
Véase el informe dado al Senado de los Estados Unidos por la Comi- 
sión de Agricultura, en 12 de marzo de 1838. 

(2) Antes de la revolución, los impuestos sobre el pulque forma- 
ban una parte tan importante de las rentas públicas, que sólo los dis- 
tritos de México, Toluca y Puebla, pagaban 817.739 pesetas [Hum- 
boldt, Essai Politique, t. II, pág. 47.] Los europeos necesitan algún 
tiempo para tomar el gusto a esta bebida, y, por consiguiente, sus opi- 
niones acerca de ella varían; pero entre los naturales es unánime. El 
lector encontrará noticias completas sobre su preparación en el Méxi- 
co de Ward, vol. II, págs. 55-60. 

(3) Hernández enumera en su sabia obra ya citada (lib. 7, capí- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 143 

Habría sido, sin duda, fuera de propósito enumerar aquí 
todas las plantas, muchas de ellas medicinales, que se han 
introducido en Europa procedentes de México; aún menos 
pretenderé dar aquí el catálogo de sus flores, que con sus 
variados y vistosos matices, forman hoy el ornato de nues- 
tros jardines; la diversidad de climas que encierra en su 
estrecha zona, le ha dado el privilegio de poseer, acaso, la 
flora más rica del mundo. Basta decir que estos diferentes 
objetos estaban sistemáticamente clasificados por los azte- 
cas, que, además, conocían perfectamente sus propiedades 
y los cultivaban en planteles más vastos y completos que 
ninguno de los que entonces existían en el Antiguo Mun- 
do, y aún no es inverosímil que Ja idea de los jardines de 
plantas de allí la hayan tomado los europeos, pues que no 

tulo LXXI, et. saquet) las varias especies de maguey que sirven para 
estos numerosos usos. Humboldt las reputa a todas ellas como varie- 
dades del agave americano, que crece también en las regiones del 
Mediodía de los Estados Unidos y de Europa. (Ubi. supra, t. II, pági- 
na 487, et. saq.) Esta opinión ha merecido la agria censura de nues- 
tro difunto compatriota el Dr. Parrine, que las juzga especies distintas 
del agave americano y que considera uno de sus géneros, el género 
pita, del cual se sacan las sogas, como enteramente diversas de los 
otros. (Véase el informe de la Comisión de Agricultura.) A pesar de 
esto, las opiniones del Barón acerca de las propiedades que atribuye 
al maguey, están más o menos corroboradas por los más acreditados 
escritores que han vivido en México algún tiempo. Véase, entre otros, 
a Hernández, bhi. supra; a Sahagun, His. de Nuev. Esp., lib. 9, ca- 
pítulo II; lib. 11, cap. VII; Toribio, Historia de los Indios, M. S., par- 
te 3. a , cap. XIX; Carta del Lie. Zuazo, M. S. Este último, hablando del 
maguey, que produce la bebida fermentada, dice expresamente: «De 
lo que queda de las dichas hojas se aprovecha como lino muy delga- 
do, o de Holanda, de que hacen lienzos muy primorosos para vestir, 
y bien delgados.» No se puede negar, sin embargo, que el Dr. Perrine 
parece que conocía perfectamente la estructura y propiedades de las 
plantas de los trópicos, que con tan patriótico empeño propuso fue- 
ran introducidas en la Florida. 



144 w - H - PRESCOTT 

comenzaron a estar en uso en Europa sino poco tiempo 
después de la Conquista (i). 

Los mexicanos conocían las riquezas de su reino mine- 
ral con la misma perfección que las del vegetal; la plata, 
el plomo y el estaño lo extraían de los minerales de Tasco, 
y el cobre del de Zacatoilan; mas no lo sacaban de la su- 
perficie de la tierra, sino de los veneros ocultos entre las 
sólidas rocas, en las cuales abrían extensas galerías, tanto, 
que los restos de sus labores sirvieron de la mejor guía a 
los primeros mineros españoles. El oro recogido en la su- 
perficie o en el lecho de los ríos, y dispuesto en barras o 
en polvo, formaba parte de los tributos que pagaban las 
provincias meridionales al Imperio. Desconocían, sin em- 
bargo, el uso del hierro, tan abundante en su suelo; este 
metal, a pesar de esa abundancia, necesita para prepararlos 
tantos y tan difíciles procedimientos, que es uno de los 
que más tarda el hombre en utilizar; sucede en realidad de 
verdad lo que en la fábula, que la edad de hierro se sigue 
a la de bronce (2). 

Los aztecas lo suplieron no obstante con una liga de es- 

(•) Según Carli (Lettres omericaines, t. I, chap. XXI), el primer 
establecimiento bien arreglado de este género que hubo en Europa, 
fué en Padua, en 1545. 

(2) Pedro Mártir, de Orbe Novo, Decades. (Compluti, 1530), dec- 
Véase pág. 19 L. Acosta, lib. 4.°, cap. III. Humboldt, Esai Politiq. tomo 
III, págs. 114-125. Torquemada, op. cit., lib. 13, cap. XXXIV. 

Los hombres, dice Hesiodo, trabajaron el bronce cuando no existía 
el hierro. 

El abate Raynal sostiene que los mexicanos deben haber estado 
muy atrasados en civilización, puesto que no conocían el hierro, por- 
que sin él no pueden haber trabajado ninguna cosa de metal digna de 
verse, ni de arquitectura ni de grabado, ni de escultura. (History of 
Iridies, Eng. traslat., vol. III. lib. 6.°.) Los antiguos egipcios no cono- 
cían tampoco el hierro, o si lo conocían lo usaban poco. Sus soberbios 
monumentos han sido construidos con instrumentos de bronce, y de 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 145 

taño y cobre; y por medio de instrumentos hechos de este 
bronce, y con el auxilio de cierto polvo silicoso. no sólo 
labraban los metales, sino aun las sustancias más duras, como 
el basalto, el pórfido, las amatistas y esmeraldas (i), prin- 
cipalmente estas últimas, que eran muy abundantes, y a 
las cuales tallaban curiosamente dándoles mil formas capri- 
chosas. Fabricaban igualmente vasos de oro y plata delica- 
damente esculpidos con sus cinceles meta icos, siendo al- 
guno de esos vasos tan grande, que un hombre no bastaba 
a abarcarlo con sus brazos; imitaban primorosamente los 
pájaros y figuras de los animales; y cosa más rara, ligaban 
los metales de manera que las plumas de las aves y las es- 
camas de los peces eran alternativamente de oro y plata. 
Los plateros españoles no pudieron menos de confesar que 
los aztecas les aventajaban en estas curiosas manufactu- 
ras (2). 

Usaban también de otros instrumentos hechos de itztli 
u obsidiana, sustancia mineral transparente y excesivamente 
dura, que se encontraba abundantemente en sus montañas; 
le daban la forma de cuchillos, navajas y sierras; con ella 
labraban las varias piedras y alabastros que empleaban en 

esto mismo eran sus utensilios domésticos y sus armas; tal aparece 
del color verde que tienen en sus pinturas. 

(1) Gama, descrip., parte II, págs. 25-29. Torquemada, Monarq. 
Ind. Ubi. supra. 

(2) Sahagun, Hist. de Nueva España, lib. 9.°, caps. XV- XVII. Botu- 
rini, Idea, pág. 77. Torquemada, op. cit., loco citato. 

Herrera, que dice que también sabían esmaltar, pondera la habili- 
dad de los plateros mexicanos para hacer pájaros y animales con alas 
y miembros que se movían de la manera más curiosa. (Hist. General, 
Decad. 2, cap. XV.) Sir John Maundeville, espantado como de costum- 
bre de las maravillas que él mismo forja, cuenta el gran prodigio de 
que hay en la corte del gran Chan de Cathay varias piezas de este 
mismo mecanismo. (Véase Voy age and Travaüe, chap. XX.) 

10 



14^ W. H. PRESCOTT 

la construcción de sus edificios públicos y de las casas 
principales. En el curso de mi narración daré sobre unos 
y otras, noticias más circunstanciadas, y por ahora me 
contentaré con añadir que la fachada y los ángulos de los 
edificios estaban profusamente adornados con imágenes, a 
veces representativas de sus deidades, y lo más común- 
mente de animales (i). Estas últimas estaban ejecutadas 
con exactitud; pero las primeras «eran, dice Torquemada, 
el horroroso reflejo de sus almas, y sólo después de con- 
vertidos al cristianismo fueron capaces de imitar la verda- 
dera figura de un hombre» (2). Los hechos del antiguo 
cronista son bien fundados, cualquiera que sea por otra 
parte la explicación. Las imágenes alegóricas de sus dio- 
ses deben indudablemente haber servido de modelo al ar- 
tista azteca, al delinear sus figuras humanas, que deben ha- 
ber tenido para él una belleza imaginaria por representar 
a una divinidad. Pero cuando la superstición comenzó a 
perder su dominio, se mejoró el gusto; así es que, después 
de la conquista de los mexicanos, hicieron algunos retra- 
tos acabados y aun hermosos. 

Las imágenes esculpidas eran tan numerosas, que los ci- 
mientos de la Catedral en la plaza Mayor de México, se 
dice que fueron enteramente compuestos con ellas (3): 
este lugar puede, por tanto, reputarse como el gran depó- 
sito de los tesoros de la antigua escultura que ahora yacen 
allí escondidos, a pesar de que los monumentos de esta cla- 
se se encuentran en la capital esparcidos por todas partes; 

(1) Herrera, Ubi. supra, dec. 2, lib. 7.°, cap. XI. Torquemada, op. 
cit.. lib. XIII, cap. XXXIV. Gama, Descripción, parte 2. a , págs. 27-28. 

(2) «Parecía que permitía Dios que la figura de sus cuerpos se asi- 
milasen a la que tenían sus almas, por el pecado en que siempre per- 
manecían.» Monat quía Indiana, lib. 13, cap. XXXIV. 

(3) Clavijero, op. cit., t. II, pág. 195. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 147 

de manera que casi no se abre un cimiento sin encontrar 
algunos restos arruinados de las artes barbáricas. Pero 
como son poco estimadas, cuando no se les despedazaba 
brutalmente hasta dejarlas inservibles, se les destinaba a 
formar las paredes de los nuevos edificios (i). Los céle- 
bres bajo relieves del último Moteuczoma y de su padre, 
labrados en roca maciza en los bellos bosques de Chapol- 
tepec, fueron deliberadamente destruidos por orden del 
Gobierno, nada menos que en el último siglo (2). Los mo- 
numentos de los bárbaros se tenían tan en poco por los 
hombres civilizados, como los de estos por los bárbaros (3). 
La pieza de escultura más interesante de cuantas hasta 
ahora se han desenterrado, es la piedra del calendario, de 
la que hemos hablado en el capítulo precedente. Es de 
duro pórfido y del tamaño que tenía cuando se sacó de la 
cantera; se calcula que pesará cerca de cincuenta tonela- 
das; fué traída de unas montañas que están más allá del 
lago de Chalco, a muchas leguas de la ciudad, por un ca- 
mino quebrado y cortado por ríos y canales. Al pasarla 
por un puente se hundió éste, y la enorme piedra se su- 

(1) Gama, Descripción, parte 1. a , pág. 1. a 

Además de la plaza Mayor, Gama sospecha que la plaza de Tlalte • 
lolco sea otra sepultura de antiguas reliquias, por ser el barrio adon- 
de se retiraron los mexicanos. 

(2) Torquemada, Ubi. supra. Gama, Descripción, parte 2. a , pá- 
ginas 81-83. 

De estas estatuas hablan repetidas veces los antiguos escritores; la 
última, cuyo mérito recomienda Gama, fué destruida en 1754. (Ibi- 
dem.) 

(3) Esta rabia por destruir excitó el enojo de Pedro Mártir, cuyo 
espíritu ilustrado respetaba los vestigios de la civilización donde- 
quiera que los encontraba. <Los conquistadores, dice, raras veces re- 
paraban los edificios que estaban arruinados. De mejor gana habrían 
saqueado veinte magníficas ciudades que levantar un buen edificio.» 
De Orbe Novo, doc. 5. a , cap. X. 



I48 W. H. PRESCOTT 

mergió en el agua, de donde costó gran trabajo sacarla. El 
hecho de transportar tan enorme fragmento de pórfido, a 
la distancia de muchas leguas, teniendo que vencer tantos 
obstáculos y sin la ayuda de bestias de carga, porque como 
ya hemos dicho, los aztecas no las conocían, da ideas no 
despreciables de su habilidad en la mecánica y de la po- 
tencia de sus máquinas; de aquí podíamos inferir que sus 
adelantos en aquella ciencia, no eran inferiores a los que 
en la astronomía y en la geometría están atestiguando las 
inscripciones de la piedra misma (1). 

Los antiguos mexicanos fabricaban para el uso domésti- 
co utensilios de barro, del que aún quedan muchas mues- 
tras (2); hacían vasos y copas de madera pintada o barni- 
zada, que además de no dejar pasar la humedad, tenía co- 
lores muy vistosos. Sus tintes los sacaban, tanto del reino 
vegetal como del animal, y entre ellos figuraba tanto el 
rico carmesí de la cochinilla, rival moderno de la púrpura 
tiria. A Europa se trajo de México, donde se le conserva 

(1) Gama, descripción, parte I, págs. 110-114. Humboldt, Essai 
Politiq., t. II, pág. 40. 

Diez mil hombres se emplearon en el transporte de esta enorme 
mole, según Tezozomoc, cuya narración, con todos los prodigios que 
la acompaña, ha sido minuciosamente copiada por Bustamante. Este 
licenciado muestra tal gusto por lo maravilloso, que no le iría en 
zaga un fraile de la Edad Media. Véase la descripción ubi. supra, 
nota. El viajero inglés Latrobe, ha conciliado perfectamente las mara- 
villas del arte y de la naturaleza, suponiendo que esas piedras enor- 
mes se transportaban por medio de mastodontes, cuyos restos se han 
desenterrado algunas veces del valle de México. (Véase Rembler in 
México, pág. 145.) 

(2) En el gabinete de la Sociedad Filosófica Americana, en Fila- 
delfia, hay una gran colección de piezas de barro y algunas otras 
muestras de la industria azteca, regaladas por los señores Poinsset y 
Kaeting. (Véase el catálogo de dicho gabinete en las Transacc, vol. IIÍ, 
página 510). 



HISTORIA DI LA CONQUISTA DE MÉXICO 149 

con grande esmero en los plantíos de cactus, cuyo cultivo 
ha caído después en el abandono (i). Con ella daban los 
naturales hermosos tintes a sus diversas telas de algodón, 
el cual crece abundantemente en las regiones cálidas del 
país. Poseían además el arte de entretejerle con pelo de 
conejo y de otros animales, con lo cual las telas eran no 
sólo más bellas, sino de más abrigo; sobre estas manufac- 
turas, enteramente originales, bordaban pájaros, flores y 
otras figuras graciosas (2). 

Pero el arte en que más sobresalían y que cultivaban 
con especial complacencia, era el plumaje o arte de traba- 
jar las plumas. Con ellas producían todos los efectos del 
más primoroso mosaico; el vistoso plumaje de las aves de 
los trópicos y principalmente el de la familia de los papa- 
gayos, les ofrecía una variedad infinita de colores; el vello 
finísimo y brillante del colibrí, que en parvadas frecuenta 
los bosques de madreselva, les proporcionaba delicados 
y exquisitos matices para dar a sus pinturas una perfección 
admirable. Las plumas sobrepuestas a las telas, formaban 
el vestido de los ricos, el tapiz de sus aposentos y los or- 
namentos de sus templos. Ningún artículo de la industria 

(1) Hernández, Historia Plantarum, lib. 6.°, cap. XVI. 

(2) Carta del Lie. Zuazo, M. S. Herrera, op. cit., dec. 2, lib. 7.°> 
capítulo XV. Boturoni, Idea, pág. 77. 

No se sabe con certeza que tan hábilmente trabajaban la seda. 
Carii supone que lo que Cortes llamaba seda era solamente el tejido 
de pelo de animales o de vello vegetal de que hemos hablado en el 
texto (V. Lettres Américaines, t. I, lett. 21); pero lo que no tiene 
duda es que tenían una especie de oruga distinta de nuestros gusanos 
de seda, la cual producía hilos que se vendían en el mercado de Mé- 
xico (Essay Politique, tom. III. págs. 66-69). Allí ha reunido M. Hum- 
boldt algunos hechos interesantes acerca del cultivo de la seda entre 
los aztecas. Pero sea lo que fuere, acerca de su manufactura, es del 
todo cierto que nunca se extendió ni perfeccionó esta. 



T50 w. h. prescott 

azteca fué tan admirado de los conquistadores como este, 
del cual remitieron a Europa numerosas muestras. Es 
ciertamente digno de lamentar que haya caído en el olvido 
un arte tan gracioso (i). 

En México no había tiendas; pero tanto las manufactu- 
ras como los productos de la agricultura eran llevados 
para su venta a los mercados de las ciudades principales. 
Cada cinco días había ferias, a las que concurría a comprar 
y vender una multitud de personas de las cercanías. Cada 
especie de mercancía se vendía en una parte del mercado 
especialmente destinada a ella. Los numerosísimos contra- 
tos se verificaban sin confusión ni desorden, y con entera 
justicia que administraba un magistrado encargado de ello. 
El comercio se hacía por medio de trueques o de mone- 
das de diferentes valores, siendo estos, principalmente, 
plumas de ánade llenas de polvo de oro, pedazos de estaño 
en forma de una T y saquiilos de cacao que contenían 
determinado número de granos. «¡Dichosa moneda, excla- 
ma Pedro Mártir, que liberta a los hombres de la avaricia, 
pues que no puede quedar por mucho tiempo acumulada 
o enterradal» (2) 

(1) Carta del Lie. Zuazo, M. S. Acosta, lib. 4°, cap. XXXVII. Sa- 
hagun, op. cit. , lib. 9.°, caps. XVIII-XXI. Toribio, Eist. de los In- 
dios, M. S., part. I, cap. XV; Bel d'un gent. huom., en Ramusio, 
tomo III, fol. 306. 

El conde Carli se sintió arrebatado de entusiasmo al ver en Stras- 
burgo una muestra de pinturas de plumas; «jamás se ha hecho, se- 
gún creo», exclama, «cosa más exquisita en cuanto al brillo de los 
colores, a la imperceptible gradación de los matices y a la belleza del 
dibujo; ningún artista europeo pudiera haber trabajado cosa seme- 
jante». (Lettres Américaines, let. 21, not.) Aun hay un lugar de la 
República Mexicana, Pázcuaro, donde, según Bustamante, se tienen 
algunos conocimientos en este arte interesante, y en que se ejerce, 
aún muy en pequeño y a gran costa. Sahagun, ubi. supra, nota. 

(2) ¡O felice monetam qua; suavem utialemque prcebet humano 



HISTOKIV D2 H CONQUISTA DE MÉXICO 15 1 

No había en M ; xi:o la distinción de castas que en Egip- 
to y A^ia; no obstante, «*ra costumbre que el hijo siguiera 
la propio i d--l padre. Había como especies de gremios 
de artesanos, que ocupaban cada uno un barrio especial; 
tenían su jefe, su deidad tutelar, sus fiestas públicas, etcé- 
tera. El comercio era muy honrado en todo el Anáhuac: 
«dedícate», era el consejo de un anciano, «querido hijo 
mío, a la agricultura, a trabajar la pluma o a cualquiera 
otra profesión honesta, que así lo hicieron nuestros padres; 
ni de otra manera, ¿cómo habían de haberse proporciona- 
do la subsistencia para sí y sus familias? Jamás se ha visto 
que baste por sí sola la nobleza para mantener a nadie (i). 
[Sabias máximas, pero que deben haber sonado un poco 
mal a los oídos de ios hidalgos españoles! (2) 

Pero la ocupación más estimada era la del comercio: la 
manera con que se ejercía es tan sigular e importante, que 
debieran los historiadores habernos dejado acerca de todo 
esto noticias más completas. El mercader azteca era una 
especie de comerciante ambulante, que hacía sus expedi- 

generi poium, tea tartárea peste avaritia) suos immunes servaí 
possessores, quod suffodi aut diú servari nequeat! De Orbe Sovo, 
dec. 5, cap. IV. Véase también la. carta de Ccrtés, apud Lorenzana, 
página 100, et sequentes. Sahagun, op. cit, lib. 8°, cap. XXXVI. Tori- 
bio, Historia de los Indios. M.S.,part. III, cap. VIII. Carta del Lie. Zua- 
zo, M. S. Lo que en tiempo de Marco Polo reemplazaba la moneda 
entre los chinos, era igualmente sencillo, pues que consistía en pe- 
dazos de papel estampado, hecho de la corteza interior del moral. 
Véase la obra Viaggi di Afesser, Marco Polo, gentil huomo venetia- 
no, lib. 2.°, cap. XVI I, apud Ramusio, tom. IV. 

(1) «Procurad saber algún o6cio honroso, como es el hacer obras 
de pluma u otros oficios mecáoicos Mirad que tengáis cuidado en lo 
tocante a la agricultura. En ninguna parte he visto que alguno se 
mantenga por su nobleza.» Sahagun, op. cit., lib. 6.°, cap. XVII 

(2) Colección de Mendoza, ap. Antig. de México, vol. I, lám. 17, 
vol. VI. f. 66. Torquemada, op. cit., lib. 2.°, cap. XLI. 



152 W. H. PRESCOTT 

dones hasta más allá de los límites de Anáhuac, llevando 
consigo ricas estofas, joyerías, esclavos y multitud de ob- 
jetos de comodidad. Los esclavos se compraban en el mer- 
cado de Atcapozalco, no muy lejos de la capital, en cuyo 
mercado había para la venta de estos seres desgraciados, 
ferias perfectamente arregladas. Llevábanlos vistosamente 
vestidos sus du* ños mismos: cantaban, bailaban y mani- 
festaban públicamente sus habilidades para hacerse reco- 
mendables al comprador. El tráfico de esclavos era ocu- 
pación honesta entre los aztecas (1). 

Con tan rica carga, partía el mercader a visitar remotas 
provincias, a cuyos jefes llevaban ordinariamente algún re- 
galo del soberano, y de les cuales recibía otro en compen- 
sación, y, además, el permiso de viajar. Si se le negaba o 
si sufría violencia o maltrato, ponía en uso los medios de 
resistencia que tenía a su disposición, pues que, en efec- 
to, emprendía sus viajes acompañado de otros de su mis- 
ma clase y considerable número de sirvientes empleados 
en llevar los efectos. La carga corriente de un hombre 
eran 50 ó 60 libras. Toda la caravana iba bien armada y 
en estado de defende se, caso de ser atacada inesperada- 
mente, todo el tiempo necesario para que les mandasen 
socorro de su nación. En una ocasión uno de estos cuerpos 
de mercaderes militares puso sitio durante cuatro días a 
la ciudad de Ayotlan, y la quitó a sus enemigos (2). Su 
Gobierno, por otra parte, siempre estaba pronto a aprove- 
char estos pretextos, y a seguir una guerra que paraba en 
que se extendiesen los dominios del imperio mexicano. No 
era tampoco raro que se permitiese a los mercaderes le- 
vantar tropas y ponerse a la cabeza de ellas. Pero sobre 

(1) Sahagun, op. cit., lib. 9, caps. IV, X y XIV. 

(2) Sahagun, op. cit., lib. 9.°, cap. II. 



HISTORIA DE LA. CONQUISTA DS MÉXICO 153 

todo, lo más frecuente era que el príncipe emplease a los 
mercaderes en clase de espías que le diesen noticias del 
estado en que se encontraban los países por donde viaja- 
ban, y de la disposición de sus habitantes hacia él (i). 

Así es que figuraban como parte muy principal en el 
cuerpo político; se les permitía usar insignias y distintivos 
propios; algunos de ellos formaban a lo menos en Texcu- 
co, lo que los escritores españoles llaman Consejo de Ha- 
cienda (2), aconsejaban frecuentemente al monarca, que 
siempre tenía a algunos de ellos cerca de su persona; reci- 
bían de él el tratamiento de tío, que nos recuerda el de 
primo que los soberanos de España dan a los grandes; per- 
mitíaseles tener cortes propias en las que terminaban todos 
los asuntos, tanto civiles como criminales, sin exceptuar ni 
aún los que exigían sentencia capital; de suerte que forma- 
ban un cuerpo enteramente independiente; y como además 
su género de comercio les abría fuentes abundantes de ri- 
queza, gozaban de muchas de las x:oás esenciales prerrogati- 
vas de una aristocracia hereditaria (3). Es ciertamente una 

(1) Ibid., lib. 2.°, capa. II-IV. 

En las tablas mendocinas hay una que representa la ejecución de 
un cacique y su familia, y la destrucción de su provincia, ocasionadas 
por haber maltratado a unos mercaderes aztecas. Antg. de México, 
volumen I, lám. 57. 

(2) Torquemada, op. cit., lib. 2.°, cap. XLI. 

Ixtlilxochitl cuenta la curiosa historia de uno de los de la real fami- 
lia de Texcuco, que juntamente con otros dos mercaderes ofreció visi- 
tar la corte de un cacique enemigo y traerle a la capital muerto o vivo. 
Aprovecháronse para realizar su tentativa, de una orgía en la cual 
iban a ser sacrificados. Historia Chich. M. S., cap. LII. 

(3) Sahaguu, op. cit., lib. 9.°, cap. LII. 

El libro nono de la obra ofrece una noticia completa de los merca- 
deres, sus viajes, las ceremonias religiosas que se practicaban al par- 
tir, y el suntuoso género de vida que tenían al regresar; este notabilí- 
simo cuadro prueba que los mercaderes de Anáhuac gozaron en ese 



154 w - H - PRESCOTT 

anomalía en la historia encontrar una nación imperfecta- 
mente civilizada, y donde sólo los nombres del soldado y 
del sacerdote eran títulos respetables, en que el comercio 
era una de las sendas que conducían a la preeminencia po- 
lítica; esto forma cierto contraste con las más cultas mo- 
narquías del Viejo Mundo, donde se juzga menos deshonro- 
so entregarse a una vida de muelle pasatiempo y frivolo 
placer, que no a esos activos trabajos que promueven a la 
vez la dicha individual y la prosperidad del Estado. Con- 
fesemos francamente que si la civilización destruye muchas 
preocupaciones, en cambio, engendra otras. 

Todavía nos podremos formar una idea más exacta de la 
cultura a que habían llegado los naturales del país, pene- 
trando en su hogar doméstico y observando el trato de los 
dos sexos, para lo cual afortunadamente poseemos los me- 
dios necesarios. Allí veremos al feroz azteca dando mues- 
tras de toda la sensibilidad de un hombre culto, consolar a 
sus amigos en las desgracias o felicitarles en su próspera 
fortuna, como, por ejemplo, coa motivo de su casamiento o 
del nacimiento de un hijo: les visitaba con toda puntuali- 
dad, y les llevaba de regalo costosos vestidos y ornamen- 
tos, o sencillamente flores, con las que significaba no me- 
nos su afecto: las visitas en semejantes ocasiones, aunque 
arregladas con toda la etiqueta del Oriente, iban acompa- 
ñadas de las más expresivas demostraciones de cordial esti- 
mación (i). 

pueblo semicivilizado de prerrogativas y distinciones sólo compara- 
bles a las de los príncipes mercaderes de las Repúblicas italianas, o a 
las de los comerciantes regios de la nuestra. 

(1) Sahagun, op. cit., lib. 6.°, cap. XXIII, XXXVII. Camargo, His- 
toria de Tlaxcallan, M. S. 

Estos cumplimientos se verificaban a épocas fijas, y aun durante el 
embarazo. Todos estos pormenores los refiere con sobrada gravedad 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 155 

La educación de los niños, principalmente en las escue- 
las públicas, era, como ya lo hemos dicho arriba, excesiva- 
mente rígida (i); pero cuando la joven azteca llegaba a la 
nubilidad, se la trataba por sus padres con ilimitada ternu- 
ra y franqueza. Al entrar las jóvenes en el mundo, se les 
conjuraba a conservar ilesa la simplicidad de las costum- 
bres y a guardar un aseo riguroso en su persona y vestidos; 
se les inculcaba la modestia como el más bello ornamento 
de una mujer, y se les inspiraba el respeto a su marido, 
endulzando estos consejos con los epítetos cariñosos que 
podía dictar la ternura del amor paternal (2). 

y proligidad el padre Sahagun; pero su editor Bustamante ha supri- 
mido algunas de esas pequeneces por parecerle demasiado indecentes. 
Si lo eran más que algunas de las notas del editor mismo, muy poco 
honestas deben haber sido por cierto. 

(1) Zurita, Relación, págs. 112-134-. 

La tercera parte de la Colección de Mendoza (Antigüedades de Mé- 
xico, vol. I), representa los varios castigos ingeniosamente inventados 
para la corrección de los niños. Para el joven mexicano estaba sem- 
brada de espinas la florida senda del saber. 

(2) Zurita, Relación, págs. 112-134. 

Sahagun refiere los consejos que los padres y madres daban a sus 
hijas al entrar éstas en la edad madura. ¿Qué cosa puede haber más 
tierna que el principio de la exhortación de una madre? «Hija muy 
amada — les decían — , muy querida palomita: ya has oído y notado las 
palabras que tu señor padre te ha dicho; ellas son palabras preciosas 
y que raramente se dicen ni se oyen, las cuales han procedido de las 
entrañas y corazón en que estaban atesoradas, y tu muy amado padre 
bien sabía que eres su hija, engendrada de él; eres su sangre y su car- 
ne, y sabe Dios Nuestro Señor que es así, aunque eres mujer e ima- 
gen de tu padre; ¿qué más te puedo decir, hija mía, de lo que está ya 
dicho?» Sahagun, op. cit., lib. 6.°, cap. XIX. El lector encontrará en el 
Apéndice, parte 2. a , núm. 1, una traducción completa de este intere- 
sante documento, que contiene sobre la materia los preceptos que se 
tienen por más esenciales entre las naciones cultas. 



156 W. H. PRESCOTT 

Entre los mexicanos era lícita la poligamia, aunque prin- 
cipalmente concedida a las clases elevadas (i). 

Los españoles pintan a las indias de entonces, hermosas 
y muy distintas de sus desgraciadas descendientes, aunque 
con ese mismo aspecto serio y melancólico que hoy tie- 
nen. Su larga y negra cabellera, cubierta, en algunas par- 
tes del país, con su finísimo velo hecho de pita, estaba, 
generalmente, entretejida con flores, y, entre la gente rica, 
salpicada de piedras preciosas y perlas del golfo de Cali- 
fornia. Parece que sus maridos las trataban con mucha 
consideración, y que ellas pasaban la vida en ociosidad in- 
dolente o en ocupaciones propias de su sexo, como hilar, 
bordar y otras semejantes, mientras que sus hijas enga- 
ñaban las horas recitando cuentos o canciones (2). 

Las mujeres tomaban parte en las fiestas y diversiones 
de los hombres, las cuales eran, frecuentemente, notables: 
o por el número de convidados o por lo espléndido del 
servicio. Los salones del banquete estaban embalsamados 
con dulces perfumes, y el pavimento, regado de hierbas y 
flores olorosas, que se distribuían, también, con profusión, 
entre los convidados al paso que iban llegando. Conforme 
se sentaban a la mesa, se les ponían toallas y bandejas con 
agua para que se lavasen, pues que la venerable ceremo- 
nia de la ablución (3), la practicaban escrupulosamente 

(1) En los consejos de un padre a su hijo, encontramos también el 
muy notable de que Dios ordenó que para multiplicación de una es- 
pecie, cada hombre usase de una sola mujer. <Nota, hijo mío — le de- 
cía — lo que te digo; mira que el mundo ya tiene este estilo de engen- 
drar y multiplicarse, y, para esta generación y multiplicación, ordenó 
Dios que una mujer usase de un varón, y un varón de una mujer.» 
lbid., lib. 6.», cap. XXI. 

(2) lbid., lib. 6.°, cap. XXI-XXIII; lib, 8.°, cap. XXIII. Reí. d'un 
gent. en Ramusio, t. III, fol. 305. Carta del Lie. Zuazo, M. S. 

(3) Tan antiguo, por lo menos, como los tiempos heroicos de la 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DI MÉXICO 157 

antes y después de comer (i); en seguida, se ofrecía a los 
concurrentes tabaco, ya mezclado, en pipas, con sustan- 
cias aromáticas, o en forma de cigarros, metidos en tubos 
de plata o de concha de tortuga. Comprimían las venta- 
nas de la nariz mientras que respiraban el humo, el cual 
se tragaban frecuentemente; no se dice si, acaso, las mu- 
jeres que en la mesa se sentaban aparte de los hombres, 
disfrutaban también de la fragancia de esa hierba, como 
sucede hoy en las mejores concurrencias de México. Es 
curioso que los aztecas hayan tomado la hoja seca del ta- 
baco en la forma del rapé (2). 

Grecia. Ya nos figuramos estar a la mesa de Penélope, donde se va- 
ciaba el agua, de jarras'de oro en vasijas de plata, antes de que co- 
menzase la comida. Aquellas fiestas ofrecen algunos puntos de seme- 
janza con las de los aztecas y demuestran un mismo grado de civili- 
zación en ambos pueblos. Se admira uno, sin embargo, de ver mayor 
profusión de metales preciosos en la estéril isla de Itaca que en Mé- 
xico; pero la fantasía del poeta, era una mina más rica que Itaca y 
México. 

(1) Sahagun, op. cit., lib. 6.°, cap. XXII. 

Entre los excelentes consejos de un padre a su hijo, encontramos 
el rigurosísimo de no sentarse a la mesa hasta no haberse lavado las 
manos y la cara, y de no levantarse de aquélla sino después de haber 
hecho la misma operación y limpiádose los dientes: estos consejos se 
daban con toda la minuciosidad propia de un asiático. «Al principio de 
la comida lavarte haz las manos y boca, y donde te juntares con otros 
a comer, no te sientes luego; mas antes tomarás el agua y la jicara 
para que se laven los otros y echarles haz agua a las manos, y des- 
pués de esto, cogerás lo que se ha caído por el suelo y barrerás el 
lugar de la comida, y, también después de la comida, lavaráste las 
manos y la boca y limpiarás los dientes.» Ibid., loe. cit. 

(2) Reí. d'un ge.nl. huomo, en Ramusio, t. III, fol. 306. Saha- 
gun, op. cit., lib. 4.°, cap. XXXVII. Torquemada, op. cit., lib. 13, capí- 
tulo XXIII. Clavijero, op. cit., t. II, pág. 227. 

Los aztecas acostumbraban fumar después de comer, para prepa- 
rarse a la siesta, que dormían con la misma invariabilidad de un cas- 



I58 W. H. PRESCOTT 

La mesa estaba bien provista de manjares sustanciosos, 
especialmente pavos, siendo notable entre ellos el pavo 
que equivocadamente se supone ser originario del Orien- 
te (i); los platillos de más sustancia estaban mezclados 
con otros de frutas y legumbres, de que hay una variedad 



tellano viejo. La palabra tabaco, en mexicano yetl, es el nombre que 
se da a esa planta en Haití. Como los naturales de la Española son 
los primeros con quienes trataron íntimamente los españoles, estos 
adoptaron los nombres que aquellos les daban a varias plantas de 
importancia. El tabaco, bajo cualquiera forma que sea, es de un uso 
general entre las tribus de la América, desde la costa N. 0., hasta la 
Patagonia. (Véase Me. Cullah, Reserches, págs. 91-94.) Sus multipli- 
cadas propiedades, tanto sociales como medicinales, han sido larga- 
mente encomiadas por el Dr. Hernández, en su Historia Plantarum. 
libro 2.°, cap. CIX. 

(1) Esta hermosa ave fué traída de México a Europa; I03 españo- 
les le llamaban gallo-pavo, por su semejanza con el pavo real (Véa- 
se Reí. oVun gent. liuom., en Ramusio, t. III, fol. 306); también a 
Oviedo (Relación sumaria, cap. XXXVIII), el primer naturalista que 
poco tiempo después de la conquista vio esta ave en las Indias occi- 
dentales, adonde había sido llevada, dice él, de la Nueva España. Al- 
gunos europeos olvidaron, sin embargo, tan pronto su origen, que la 
llamaron turkey, indicando con esto la creencia vulgar de que proce- 
día del Oriente. Varios naturalistas de peso han sostenido su origen 
asiático u africano; pero estas opiniones no pueden prevalecer sobre 
la del sagaz y mejor instruido Buffon. (Véase Histoire Naturell, arti- 
cle Dindori). Los españoles encontraron al llegar a México un núme- 
ro inmenso de pavos domesticados, poique allá se les usaba más co- 
múnmente que en ninguna otra volatería. En el estado salvaje se les 
encontró en los lugares poco frecuentados, no sólo en Nueva España, 
sino en todo el Continente, desde la parte N. O. de los Estados Uni- 
dos hasta Panamá. El pavo salvaje es más grande, más hermoso, y 
por todos títulos una ave más exquisita que el doméstico. Franklin, 
dice chanceándose y con cierto chiste, que merecía haber sido prefe- 
rido al águila para emblema nacional. (Véanse sus obras, vol. X, pági- 
na 63, de la excelente edición de Sparks.) Pueden encontrarse noti- 
cias curiosas e interesantes sobre la historia y propiedades del pavo 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 159 

deliciosa en el continente norteamericano. Las viandas es- 
taban preparadas de varias maneras, con salsas delicadas y 
sazones, a que eran muy afectos los mexicanos, y regala- 
ban además el paladar con pasteles hechos de azúcar y 
flor de maíz. Otro platillo harto desagradable se presenta- 
ba en el festín, especialmente cuando tenían un carácter 
religioso; en ocasiones semejantes se sacrificaba a un es- 
clavo, y su carne, exquisitamente preparada, era uno de ios 
principales manjares del banquete. El canibalismo conver- 
tido en ciencia epicúrea, es aún más execrable que de 
cualquiera otra manera (i). 

Los manjares se servían calientes en escalfadores; la 
mesa, servida por criados numerosos, estaba adornada de 
vasos de plata u ofo, primorosamente trabajados; las cu- 
charas y copas eran de los mismos ricos metales y pareci- 
das a una concha de tortuga. La bebida favorita era el 
chocolate mezclado con vainilla y diferentes especies que 
lo hacían más sabroso, y su espuma se preparaba de ma- 
nera que era casi sólida y se tomaba fría (2). El zumo fer- 

real, tanto en la ornitología de Bonapavte. como en la del entusiasta 
admirador de la naturaleza, Audubon, en la voz Melleagris, Ga- 
llo-pavo. 

(1) Sahagun, op. cit., lib. 4.°, cap. XXXVII; lib. 8.°, cap. XIII; li- 
bro 9.°, caps. X-XIV. Torquemada, op. cit., lib. 13, cap. XXIII, Reí. d'un 
gent., en Ramusio, t. III, fol. 308. 

El padre Sahagun ha entrado en tantas menudencias acerca de la 
cocina de los aztecas y la manera de preparar varios platillos, que se 
le puede reputar como uno de los que han contribuido no poco al 
adelanto de la noble ciencia gastronómica. 

(2) La espuma delicadamente preparada con especies y varios con- 
dimentos, se tomaba fría, tenía consistencia sólida, y el Conquistador 
Anónimo tiene gran cuidado de prevenir «que se abra la boca vacía 
para facilitar la deglusión de la espuma que se iba disolviendo poco a 
poco y descendía imperceptiblemente hasta el estómago. (Fol. 306.) 
Era tan nutritiva, que una sola taza bastaba para sustentar a un hom- 



1 60 W. H. PRESCOTT 

mentado del maguey, mezclado con dulces y ácidos, for- 
maba varios licores agradables de diferentes grados de 
fuerza, que eran la principal bebida de las personas de 
edad (i). 

Luego que acababa el banquete, los jóvenes se levanta- 
ban de la mesa y daban fin a la fiesta de aquel día con un 
baile. Danzaban graciosamente al son de varios instrumen- 
tos, y acompañando sus movimientos de cantos, que, aun- 
que agradables, tenían un tono sentido y melancólico (2). 
Los convidados, ya ancianos, continuaban a la mesa con- 
versando y bebiendo pulque, hasta que la virtud del licor 
embriagante les ponía de buen humor. En efecto, no era 
rara la embriaguez en los ancianos, y es cosa rara que se 
excusase en ellos y se castigase severamente en los jóve- 
nes. La diversión acababa con una profusa distribución de 

bre durante todo un día de camino. El soldado viejo habla de la be- 
bebi con amore. 

(1) Sahagun, op. cit., lib. 4 o , cap. XXXVII; lib. 8.°, cap. XIII. Tor- 
quemada, op. cit., lib. 13, cap. XXIII. Bel. d'un gent. huom., en Ra- 
musio, t. III, fol. 806. 

(2) Herrera, Eist. General, dec. 2, lib. 7.°, cap. VIII. Torquema- 
da, op., lib. 14, cap. XI. 

Los nobles mexicanos tenían en su palacio menestrales que com- 
ponían canciones en que celebraban las proezas de su señor, y que 
cantaban en las fiestas al son de varios instrumentos. Era preciso que, 
en tales fiestas, se bailase más o menos, o en el patio de los palacios 
o en las plazas de la ciudad. (Ibid uvi. supra.) Los magnates tenían 
también bufones y juglares que les divirtiesen; y los españoles se que- 
daron admirados de ver su fuerza y su destreza. (Acosta, lib. 6, capí- 
tulo XXVIII. Clavijero, op. cit., t. II, págs. 179-186.) Este refiere mu- 
chos de sus prodigios verdaderamente sorprendentes. Nada tiene de 
extraño que un pueblo atrasado en la civilización, se entregue más a 
los placeres materiales que a los intelectuales, y, por consiguiente, 
que sobresalga en lo que mira a aquellos. Las naciones asiáticas, los 
chinos y los del Indostán, por ejemplo, aventajan aun a las naciones 
más cultas de Europa, en los juegos de agilidad y destreza. 



HISTORIA DB LA CONQUISTA DB MÉXICO l6l 

ricos vestidos y adornos que se hacía entre los huéspedes 
ya al retirarse hacia la media noche; sucediendo entonces 
que unos se iban a sus casas, como dice un antiguo escri- 
tor español, alabando la fiesta, y otros murmurando del 
mal gusto o extravagancia del dueño de la casa, a la ma- 
nera que sucede entre nosotros. Es que, en efecto, el hom- 
bre es uno mismo en todo el mundo (i). 

En esta notable descripción de las costumbres, fielmen- 
te sacada de noticias escritas cuando estaba fresca la 
conquista, no encontramos nada semejante a lo que pasa 
entre las razas indianas de Norteamérica: en cuanto a la 
pompa y el lujo, se encuentra alguna semejanza con las 
costumbres asiáticas; pero en el Asia las mujeres, lejos de 
tratar libremente con" los hombres, están a causa de los ce- 
los muy frecuentemente encerradas entre los muros del 
serrallo. Algunos de los usos brutales de los aztecas los 
alejan aún más de los europeos, entre los cuales la civiliza- 
ción ha colocado a la más bella porción del género huma- 
no en el alto lugar que le corresponde en la escala social. 
Pero lo que es casi inconcebible, es cómo podían tales 
usos estar recibidos en un pueblo, por otra parte tan cul- 
to; a una sola explicación se presta esa anomalía, y es de 
suponer que era el resultado de la superstición religiosa, 
de esa superstición que ofusca las percepciones morales y 
pervierte el sentido natural hasta tal punto, que aún el 
hombre civilizado se reconcilia con lo que es más opuesto 
a la naturaleza; razón por la que los hábitos fundados en 

(1) «Y de esta manera pasaban gran rato de la noche, y se despe- 
dían e iban a sus casas, unos alabando la fiesta y otros murmurando 
de las demasías y excesos; cosa muy ordinaria en los que a semejan- 
tes actos se juntan.» Torqueraada, Monarch. India, lib. 13, capítu- 
lo XXIII. Sahagun, Hist. de Nuev. Esp., lib. 9, caps. X, XIV. 

II 



1 62 W. H. PRESCOTT 

la religión no pueden tenerse por pruebas concluyentes, al 
juzgar de Ja cultura de un pueblo. 

El carácter azteca es absolutamente original y único en 
su especie, y lo que principalmente lo constituye es su he- 
terogeneidad y aún su incompatibilidad aparente; en efec- 
to, éí ofrece a la vez todas las pecu'iaridades propias de 
diversas naciones, no ya igualmente cuitas, sino tan distan- 
tes una ríe otra, como los extremos de la ilustración y la 
barbarie. Sólo puede compararse exactamente a su cli- 
ma maravilloso, capaz de producir en unas cuantas leguas 
cuadradas toda la infinita variedad de vegetales propios de 
los yermos del Norte, de la templada zona de Europa y 
del cielo abrasador de la Arabia. 



* * * 



Una de ias obras que he consultado y a que me he refe- 
rido frecuentemente en el curso de esta introducción, es la 
idea de una nueva historia general de la América septen- 
trional, por Boturini. Las raras persecuciones que tuvo que 
sufrir el autor, aún más que el mérito intrínseco de su 
obra, han asociado inseparablemente su nombre a la histo- 
ria literaria de México. El caballero Lorenzo Boturini Be- 
neduci, era milanés de nacimiento; descendía de una fami- 
lia antigua y poseía vastos conocimientos. En 1735 pasó 
de Madrid, donde residían, a la Nueva España, con asun- 
tos de la condesa de Santibáñez, descendientes de Mo- 
teuczoma. Estando desempeñándolos visitó el famoso tem- 
plo de Nuestra Señora de Guadalupe, y como era devoto 
y entusiasta, se propuso firmemente reunir todas las prue- 
bas que condujesen a demostrar la maravillosa aparición 
de aquella imagen. 

En el curso de las excureiones que hizo con tal objeto, 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 1 63 

se encontró con algunos restos de las antigüedades aztecas, 
y concibió el designio (que a lo menos para un protestante 
debía ser más importante que el primero) de reunir en un 
sólo cuerpo todos los documentos capaces de hacer cono- 
cer la primitiva civilización del país; en prosecución de este 
doble fin, se internó hasta las partes más remotas de aquél, 
viviendo mucho tiempo con los naturales, pasando las no- 
ches algunas veces en sus chozas, otras en antros profun- 
dos o en bosques solitarios; trascurriendo aún meses ente- 
ros sin que encontrase nada digno de agregar a su colec- 
ción, porque los indios habían sufrido mucho de los euro- 
peos para no desconfiar de ellos. Mas su largo trato con los 
naturales le proporcionó bastantes coyunturas de aprender 
su lengua y tradiciones populares, y, por último, de juntar 
gran cúmulo de materiales, que consistían en mapas jero- 
glíficos hechos en algodón, pieles y telas de pita, y además 
en muchos manuscritos indios posteriores a la conquista. 
Agregábanse a todo esto los documentos relativos a la apa- 
rición de la Virgen. 

Con tan rico tesoro volvió a la capital después de ocho 
años. 

Su celo cristiano le indujo a solicitar de Roma una bula, 
autorizando la coronación de la sagrada imagen de Nuestra 
Señora de Guadalupe, cuya bula, aunque sancionada por la 
Audiencia de Nueva España, no lo fué por el Consejo de 
Indias. En consecuencia de la falta de este requisito, se 
arrestó a Boturini, se le confiscaron sus papeles, y cuando 
comenzaba a hacer el inventario de ellos, le mandaron a un 
calabozo juntamente con dos criminales. Poco después le 
llevaron a España, donde hizo una representación al Con- 
sejo de Indias, quejándose de tantos agravios y pidiendo 
su reparación. Al mismo tiempo trabajó su Idea, de que 
ya hemos hablado, en la cual expone el catálogo del Museo 



I64 w - H. PRESC0TT 

que había dejado en Nueva España, y en que con afectado 
entusiasmo declara «que no trocaría los tesoros de aquella 
colección ni por todo el oro, diamantes y perlas que en- 
cierra el Nuevo Mundo.» 

Después de algún tiempo de demora, el Consejo decre- 
tó en favor de Boturini; le absolvió de toda tentativa de 
violación de las leyes, y por el contrario alabó altamente 
su propósito. Sin embargo, no se le devolvieron aquellos; 
pero S. M. se dignó nombrarle Historiador general de las 
Indias, con un sueldo anual de I.ooo pesos, demasiado 
corto por cierto para hacerle volver a México. Permaneció, 
pues, en Madrid, trabajando en acabar su Historia general 
de la América Septentrional, que quedó concluida en 1749» 

Poco tiempo después, y antes de que se publicase la 
obra, murió el autor. A sus herederos se les trató con igual 
injusticia que a él, de modo que, a pesar de varios decretos 
en su favor, nunca se les puso en posesión de la colección 
de Boturini, ni se les otorgó por ella indemnización alguna, 
y lo que es peor, a lo menos para el público, se puso la co- 
lección en los archivos del palacio virreinal de México, don- 
de se miraron con tanto descuido, que los que no destruyó 
la humedad se los hurtaron los curiosos; de suerte que 
cuando el Barón de Humboldt visitó a México, ya no que- 
daba ni la octava parte de aquel valioso tesoro. 

He entrado en todos estos pormenores acerca del des- 
graciado Boturini, porque su vida ofrece la mejor muestra 
de las persecuciones y obstáculos poderosos que ya por 
una causa o por otra han tenido que soportar y que vencer 
en Nueva España los que han emprendido algunas labores 
literarias en estudiar las antigüedades nacionales. 

La obra manuscrita de Boturini jamás se ha impreso, y 
si es que aún existe, probablemente jamás se imprimirá; 
aunque es cierto que esto no hará gran falta ni a la ciencia 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO l6$ 

ni a la reputación de autor. Era este uno de esos hombres 
entusiastas, amigos de lo maravilloso, y que carece de esa 
aguda sagacidad que se requiere para estudiar con prove- 
cho las confusas ruinas de la antigüedad, y de ese espíritu 
filosófico que tranquilamente pesa todas las dudas y difi- 
cultades. Sirva de comprobante su misma Idea, que es un 
embrollado conjunto de noticias mal escogidas y mal com- 
paginadas, de interesantes menudencias, de ilusiones falsas 
y fanáticas teorías. Pero no es justo aplicar todo el rigor de 
las reglas de la crítica a una obra trabajada con premura, a 
un simple catálogo de riqueza literaria y que el autor mis- 
mo presenta para dar a conocer, no lo que hizo, sino lo 
que debió hacer. Por otra parte, es raro encontrar reunidos 
en un mismo individuo el espíritu contemplativo y el talento 
de ejecución: Boturini estaba dotado por la naturaleza de 
todo entusiasmo y perseverancia necesarias para acumular 
los materiales que podían ilustrar las antigüedades del país; 
pero no tenía los tamaños que se requerían para poner ma- 
nos a la obra. 



CAPÍTULO Vi 

TEZCUCANOS. — Sü EDAD DE ORO. — PkÍnCIPF.S EXCELENTES. 

Declinación de su monarquía. 



El lector sólo tendría nociones imperfectas de la civili- 
zación del Anáhuac'si nada supiese sobre los tezcucanos o 
acolhuas, nación perteneciente a la misma gran familia de 
los aztecas, sus rivales en poder y muy superiores a ellos 
en cultura intelectual y en organización política. Afortuna- 
damente que contamos para ello con los recuerdos que 
nos dejó Ixtlilxochitl, descendiente directo de la familia 
real de Tezcuco, y que vivió en el siglo mismo de la Con- 
quista; reunía a las grandes oportunidades de recoger no- 
ticias, talento y actividad; y si bien su narración deja tras- 
lucir las pretensiones de quien quisiera revivir las ofusca- 
das glorias de una antigua y arruinada familia, es recomen- 
dado, unánimemente, por la sinceridad e integridad, y le 
han seguido, sin contradicción, cuantos escritores españo- 
les han podido consultar sus manuscritos (i). Yo me limi- 
taré, únicamente, a hablar de las cosas notables de los dos 
reinados que forman lo que pudiera llamarse la Edad de 
Oro de Tezcuco; mas en cuanto a los hechos más minucio- 

(1) Véase en el Post scripium, de este capítulo el juicio crítico de 
eata obra. 



168 W, H. PRESCOTT 

sos, dejaré que cada lector juzgue de su probabilidad se- 
gún su fe histórica. 

Los acolhuos vinieron al valle de México, como antes 
lo hemos dicho, al cerrarse el siglo xu, y construyeron su 
capital a la orilla oriental del lago de México, frente por 
frente de la ciudad de este nombre. De allí se extendie- 
ron, gradualmente, hacia el Norte, donde les detuvieron 
en su carrera los tepenacas, razas de su mismo origen, los 
cuales, después de vencer una resistencia desesperada, 
consiguieron quitar a los tezcucam s su ciudad, matar a ^u 
rey y subyugar al reino entero (i). Esto sucedía por el año 
de 14 18. El príncipe Netzahualcóyotl, que entonces no 
tenía más que quince años de edad, guarecido de las ramas 
de un árbol, presenció, por sí mismo, el asesinato de su 
padre (2). Su historia posterior está tan llena de peligros 
y aventuras novelescas, como la del famoso Scanderberg 
o la del joven caballero (3). 

A poco después de haber huido del lugar de la muerte 
de su padre, cayó el príncipe teztucano en manos de sus 
enemigos, a cuya capital fué conducido como un trofeo, 
para ser luego arrojado en un calabozo. Logró escaparse 
de allí, merced a la connivencia del gobernador de la for- 
taleza, antiguo servidor de su familia, quien se puso en vez 
del príncipe fugitivo, pagando con la vida aquel rasgo de 
noble lealtad. Al fin, gracias a la intercesión de la familia 

(1) Véase el cap. I de esta Introducción, pág. 9. 

(2) Ixtlilxochitl, Relaciones, M. S., núm. 2. ídem, Hist. Chich., 
M. S., cap. XIX. 

(3) La historia del primero se cuenta con el talento que es propio 
de Simondi, en sus Repúblicas Italianas, cap. LXXIX. Me parece casi 
inútil remitir al lector inglés a la Historia de la rebelión de 1745, 
por Chamber; obra que prueba cuan imperceptible es en la vida hu- 
mana la línea que separa lo fantástico de lo real y verdadero. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO I69 

reinante en México, de la cual era aliado, obtuvo Netza- 
hualcóyotl el permiso de retirarse a esta capital y en segui- 
da a la suya propia, donde encontró un asilo en el palacio 
de sus abuelos. Durante ocho años vivió allí sin que le 
molestasen, entregado al estudio, bajo la dirección del 
ayo que había cuidado de su primera infancia, y que 
ahora procuró instruirle en todo lo que debía saber un 
príncipe (i). 

Transcurrido este tiempo, murió el usurpador tepaneca, 
y el imperio pasó a manos de su hijo, el feroz y suspicaz 
Maxtla. Luego que éste subió al trono, se apresuró Netza- 
hualcóyotl a pagarle el tributo de obediencia; pero el tirano 
se rehusó a recibir el humilde regalo de flores que trajo a 
sus plantas, y le -volvió la espalda en presencia de los 
magnates de la corte. Uno de sus servidores, amigo del jo- 
ven príncipe, le aconsejó que se pusiese en salvo, ausen- 
tándose del palacio lo más pronto posible, pues que corría 
riesgo su vida. Él no perdió, pues, tiempo en alejarse de 
aquella corte inhospitalaria, y regresó a Tezcuco; pero el 
tirano Maxtla había jurado su destrucción, porque veía con 
celos el talento naciente de su odiado rival, y la popula- 
ridad y favor de que progresivamente iba gozando entre 
sus antiguos subditos (2). 

Urdió, pues, una trama para cogerle en una fiesta noctur- 
na; pero quedó frustrada merced a la vigilancia del tutor 
del príncipe, qu2 ideó en engañar a los soldados, poniendo 
en lugar de su pupilo una víctima que se le pareciese (3). 
El burlado tirano se quitó,entonces todo disfraz, y mandó 

(1) Ixtlixochitl, Relaciones, M. S., núm. 10. 

(2) Idera ídem, ubi. supra. ídem, Hist. Chich., caps. XX-XXIV. 

(3) ídem, Hist. Chich., cap. XXV. El intento se logró sustituyendo 
una persona de extraordinaria semejanza; recurso muy cómico, pero 
nada trágico, como luego lo conocerá el que haya leído dramas. 



170 W. H. PRESCOTT 

a Tezcuco una fuerte partida de tropa, con orden de entrar 
en el palacio de Netzahualcóyotl, apoderarse de su perso- 
na y matarle en el sitio. El príncipe, que por la vigilancia 
de su ayo sabia ya el proyecto, en vez de huir como le 
aconsejaban, resolvió aguardar a sus enemigos. Cuando 
estos liegaron, le encontraron jugando a la pelota en el pa- 
tio de su palacio; recibióles cortésrnente, y les invitó a que 
tomasen algún refresco y a descansar de su jornada. Entre- 
tanto que ellos se ocupaban en esto, él pasó a un salón 
contiguo, que no despertó ninguna sospecha, por estar 
abiertas las puertas de comunicación. En el tránsito había 
un incensario que soplaban algunos sirvientes, los cuales, 
al pasar el príncipe, le envolvieron en nubes de incienso 
tan espesas, que le ocultaron a ia vista de los soldados. 
Bajo este velo amigo consiguió escaparse por un tránsito 
secreto que comunicaba con un gran acueducto de tierra, 
hecho de mucho tiempo atrás para conducir el agua a pa- 
lacio (i); allí permaneció hasta entrada la noche, en que al 
favor de ia oscuridad se introdujo en los suburbios, y se 
refugió en la choza de un antiguo vasallo de su padre. 

El monarca tapaneca, rabioso al ver frustradas todas sus 
tentativas, resolvió no descansar hasta realizarlas. Puso pre- 
cio a ia cabeza de! real fugitivo; prometió a quien quiera 
que le presentase muerto o vivo, la mano de una dama no- 
ble, y juntamente con ella una rica dote. Partidas de tropa 
armada recorrían el país en todas direcciones, habiendo 
llegado una de aquéllas a entrar en la choza en que se ha- 

(1) Era costumbre echar aromas en el incensario luego que entra- 
ba algún gran señor. «Echó en el brasero incienso y copal, que era 
uso y costumbre donde estaban los reyes y señores; cada vez que los 
criados entraban, con mucha reverencia y acatamiento echaban sahu- 
merio en el brasero; y así con este perfume se oscurecía algo la sala*. 
Ixiliixochitl. Relaciones. M. S.. núm. 11. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 17 1 

bía refugiado el príncipe, el cual consiguió escapar feliz- 
mente, ocultándose bajo un montón de hebras de maguey 
con que se iba a tejer una tela. No encontrándose ningún 
lugar seguro donde ocultarse, resolvió retirarse a las mon- 
tañas y bosques que formaban el lindero de sus Estados y 
de la República de Tlaxcalan (i). 

Allí sobrellevó una vida errante y miserable, expuesto 
a todas las inclemencias del tiempo, sepultado en los bos- 
ques y las cuevas, de donde salía de noche a satisfacer el 
hambre, y sobresaltado incesantemente por la actividad de 
sus perseguidores que no perdían sus huellas. En una oca- 
sión se refugió entre un pequeño grupo de soldados que se 
le mostraron amigos, y que le ocultaron en un gran tambor, 
en torno del cual se pusieron a baiíar. Otra ocasión iba a 
doblar la cumbre de una montaña, precisamente al mismo 
tiempo que sus enemigos la subían del lado opuesto; pero 
encontró a una manceba que estaba segando chia (planta 
mexicana de cuya semilla se hacía mucho uso para las be- 
bidas) y le rogó que le ocultase bajo los tallos que había 
cortado. Cuando llegaron sus perseguidores, preguntaron 
a la mujer si había visto pasar a un fugitivo, a lo que ella 
respondió tranquilamente que sí, y les señaló el camino 
que había seguido. Tal era el afecto que se tenía a Netza- 
hualcóyotl y a su familia, que, no obstante las grandes re- 
compensas ofrecidas al que lo entregase, jamás le delata- 
ron. Preguntóle una vez Netzahualcóyotl a un joven pa- 
sajero que no le conocía, si denunciaría al príncipe si le 
encontrase en el camino. — No, respondió el otro. — ¿Que, 
ni por la mano de una hermosa dama, ni por su rica dote, 
lo entregaríais? — El mancebo meneó la cabeza y se echó a 

(1) ídem, Hist. Chick. M. S., cap. XXXVI. ídem, Relaciones, M. S., 
número 11. Veytia, fíist. Anlig., lib. 2.°, cap. XLVII. 



172 W. H. PRESCOTT 

reír (i). Más de una vez se sometieron sus fieles subditos 
al tormento y aun a la pérdida de la vida, antes que des- 
cubrir el lugar de su retiro (2). 

Por gratas que fuesen estas pruebas de lealtad, su situa- 
ción era cada día más penosa; avivando cruelmente sus pa- 
decimientos, tener que presenciar los de les de sus com- 
pañeros de infortunio. «Abandonadme a mi suerte, les de- 
cía: ¿por qué exponéis vuestra vida por la de un hombre a 
quien la fortuna no se cansa de perseguir?» La mayor par- 
te de los señores principales de Tezcuco, consultando con 
su propio interés, habían abrazado por entonces el partido 
del tirano; pero algunos de ellos, siempre fieles a su prín- 
cipe, habían preferido la proscripción y aun la muerte an- 
tes que abandonarle en la desgracia (3). 

Entretanto que esto pasaba, sus amigos de lejos se es- 
forzaban por libertarle: la opresión de Maxtla y su ruinosa 
dominación, habían causado una alarma general en los Es- 
tados comarcanos que recordaban con tristeza y suspira- 
ban por el suave Gobierno de los tezcucanos. Formóse, 
pues, una Liga, concertóse un plan de operaciones, y el 
día señalado para el levantamiento general se encontró 
Netzahualcoyolt a la cabeza de una fuerza bastante para 
hacer frente a sus adversarios los tepanecas. Trabóse, al 
fin, un combate en que estos últimos quedaron completa- 
mente derrotados, y a cuya consecuencia el príncipe vic- 



(1) Netzahualcoyolt le dijo «que si viese a quien buscaban, si lo 
iría a denunciar, respondió que no; tornándole a replicar, diciéndole 
que haría muy mal en perder una mujer hermosa y lo demás que el 
rey Maxtla prometía; el mancebo se rió de todo, no haciendo caso ni 
de lo uno ni de lo otro>. Ixtlilxochitl, Hist. Chich,, M. S., cap. XXVII. 

(2) Ibid, ubi. supra et olibio. Ibid, Relaciones, M. S., número 11. 
Veytia, op. cit., lib. 2.°, caps. XLVII y XLVIII. 

(3) Ixtlilxochitl, ubi. supin. Veytia, ubi. supra. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA D» MÉXICO 173 

torioso entró en la capital después de recibir en su tránsi- 
to los lisonjeros homenajes de sus gozosos subditos, que 
le recibían no como a un proscrito fuera de la ley, sino 
como a su legítimo soberano. Netzahualcoyolt logró, al 
fin, sentarse en el trono de sus antepasados. 

Poco tiempo después, unió sus fuerzas a la de los me- 
xicanos, que estaban profundamente disgustados de la ar- 
bitraria dominación de Maxtla. Las potencias aliadas, des- 
pués de una serie de sangrientos encuentros con las tro- 
pas del usurpador, le hicieron replegarse a los muros de 
la capital: él huyó a los baños, de donde le sacaron para 
sacrificarle, según las crueles ceremonias usadas por los az- 
tecas. La ciudad real de Atzcapozalco fué arrasada hasta los 
cimientos, y su devastado suelo quedó designado para que 
sirviese a todas las naciones de Anáhuac de mercado de 
esclavos (i). 

A estos sucesos siguió la célebre alianza de las tres po- 
tencias de México, Texcuco y Tiacopan, de las que ya he- 
mos hablado en uno de los capítulos precedentes (2). Diji- 
mos también que los historiadores no están acordes en 
cuanto a los términos de la alianza; que los escritores de las 
dos primeras naciones vindican la supremacía para la suya 
respectiva, aunque todos convengan en que la de menos 
consideración era la de Tiacopan, situadas lo mismo que 
las otras, a orillas del lago. En lo que no cabe duda es en 
que los tres aliados siguieron unidos en todas las determi- 
naciones y empresas, ya de paz, ya de guerra, hasta poco 
tiempo antes de la venida de los españoles. 

La primera providencia de Netzahualcoyolt, luego que 
subió al trono, fué proclamar una amnistía general, porque 

(1) Ixtlilxochitl, Hist. Chich. M. S., caps. XXVIII-XXXI. Relacio- 
nes, núm. 11. Veytia, op. cit., lib. 2.°. caps. LI-LIV. 

(2) Véase la pág. 11. 



¡74 w - H - pssscott 

su máxima favorita era que «un rey puede castigar, pero 
es indigna de él la venganza» (i). En el caso presente no 
sólo no castigó, sino que lejos de esto perdonó generosa- 
mente a muchos nobles y rebeldes, y les confirió destinos 
de confianza e importancia. Semejante conducta era indu- 
dablemente la que dictaba ia política, tanto más cuanto 
que la defección de algunos de aquellos, más se debía atri- 
buir a miedo al usurpador, que a desafecto al príncipe le- 
gítimo; pero es preciso convenir en que sólo las almas mag- 
nánimas son capaces de esos actos de política generosa. 

El restaurado monarca, luego que subió al trono, procu- 
ró reparar los daños que había causado el mai Gobierno de 
los tepanecas, y crear, o por lo menos reformar todos los 
ramos de la administración. Dispuso un Código de legisla- 
ción conciso, completo y tan adecuado a las necesidades 
de la época, que le adoptaron por suyo los otros dos 
miembros de la triple alianza. Estaba, empero, escrito con 
sangre y hacía a su autor digno más dei nombre de Draco, 
que del de Solón, que han querido darle sus apasionados 
admiradores (2). La humanidad es uno de los frutos precio- 
sos de la civilización: sólo cuando ésta se perfecciona pro- 
cura el legislador evitar a los hombres el dolor aun cuando 
sea para castigar el crimen; sólo entonces, recurre a un 
sistema penal, cuyo objeto sea más bien evitar el mal futu- 
ro que castigar el que ya está hecho (3). 

(1) «Que venganza no es justo la procuren los reyes, sino castigar 
la que lo merecía.» Ixtlilxochitl, M. S. 

(2) Clavijero, Hist. de Mess., t. I, pág. 247. 

El Código de Netzahualcóyotl constaba de ochenta leyes, de las cua- 
les, según Veytia, sólo nos han llegado treinta y cuatro. (Op. cit., t. III, 
página 224, nota.) Ixtlilxochitl refiere muchas de ellas en sus manus- 
critos. 

(3) En ninguna parte se explanan más claramente estos principios 
que en los escritos de nuestro compatriota adoptivo el Dr. Leiber, que 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 175 

La pesada carga deí Gobierno la dividió en varias partes 
que confió , respectivamente, a los Consejos de Guerra 
Hacienda y Justicia. Este último, con la autoridad supre 
ma en todos los asuntos civiles y criminales, era el Tribu 
nal de apelación de los inferiores, los cuales estaban obli 
gados a darle, cada ochenta días, cuenta exacta de sus 
procedimientos. En todas Corporaciones se permitía, a 
cierto número de simples ciudadanos, tomar asiento entre 
los nobles y los funcionarios propietarios. Había, además, 
otro Cuerpo, un Consejo de Estado que ayudaba al mo- 
narca en el despacho de los negocios y le daba su dicta- 
men en los asuntos de importancia. Sus miembros perte- 
necían a la primera nobleza; eran en número de catorce y 
tenían la prerrogativa de sentarse a la mesa del monarca (I). 

Había, finalmente, otro Cuerpo extraordinario, llamado 
el Consejo de Música, pero cuyo Instituto era enteramente 
diverso del que indicaba su nombre, pues tenía a su cargo 
el adelanto de todas las ciencias y las artes. Toda obra 
sobre la Astronomía, la Cronología, la Historia o cualquie- 
ra otra ciencia, tenía que ser revisada por aquel Cuerpo 
antes de su publicación. De poca importancia debe haber 
sido esta censura previa en lo concerniente a la Historia, 
porque, según el cruel Código de Netzahualcóyotl, era cri- 
men de muerte la alteración deliberada de la verdad; a lo 
que se agrega que muy torpe debía de ser el historiador 



trata, más o menos, de la teoría de la legislación; tales escritos no po- 
dían ser producciones más que de nuestro siglo. 

(1) Ixtlilxochitl, Hist. Chich.,ll.S., cap. XXXVI. Veytia, op. cit., 
lib. 3.°, cap. VII. 

Según Zurita, los jueces principales, que se reunían cada veinte 
días, formaban también una especie de Cortes, que consultaban al 
rey en los grandes negocios de Estado. Véase su Relación, pág. 106, 
y también la pág. 30. 



176 



W. H. PRESCOTT 



tezcucano que no fuese capaz de eludir la acusación de 
mentiroso por medio del denso velo de los jeroglíficos. 
El Cuerpo de que vamos hablando, formado de todas las 
personas instruidas del reino, sin atender a su clase o con- 
dición, tenía a su cargo vigilar sobre todas las produccio- 
nes de la industria. Decidía de la aptitud para ejercer el 
Magisterio; vigilaba sobre el cumplimiento de las ofertas 
que los preceptores hacían al público, castigándoles .seve- 
ramente cuando no las cumplían; establecía exámenes para 
juzgar del aprovechamiento de los discípulos; en suma, en- 
tendía en todo lo que mira a la educación pública. Había 
día determinado en que se le leían, por los autores mis- 
mos, composiciones históricas y poemas sobre la moral y 
sobre la Historia. En este Cuerpo tomaban asiento los tres 
príncipes de los Estados confederados; deliberaban acerca 
del mérito de las piezas que se leían, y distribuían entre 
los competidores que sacaban la ventaja, premios de gran 
valía (I). 

Estas son las noticias que nos han quedado de aquella 
academia, que está uno muy distante de esperarse entre 
los bárbaros de América, y que dan un testimonio más 
concluyente de su civilización, que las soberbias ruinas que 

(1) Ixtlilxochitl, Hist . Chich. M. S., cap. XXXVI. Clavijero, Hist. de 
México, tom II, pág. 137. Veytia, op. cit., lib. 3.°, cap. VIL 

«Concurrían a este Cousejo las tres cabezas del Imperio en ciertos 
días, a oír cantar las poesías históricas antiguas, modernas, para ins- 
truirse de toda su historia, y también cuando había algún nuevo inven- 
to en cualquiera facultad, para examinarlo, aprobarlo o reprobarlo. 
Delante de las sillas de los reyes había una gran mesa cargada de jo- 
yas de oro y plata, pedrería, plumas y otras cosas estimables, y en los 
rincones de la sala muchos diamantes de todas calidades, para pre- 
miar a las habilidades y estimulo de los profesores; las cuales alhajas 
repartían los reyes en los días que concurrían, a los que se aventaja- 
ban en el ejercicio de sus facultades.» Ibid. 



HISTORIA DB LA CONQUISTA DE MÉXICO 177 

cubren algunas partes del Continente. La arquitectura es 
hasta cierto punto un adelanto material destinado a formar 
el placer de los sentidos; se dirige al de la vista, y es el 
mejor teatro para que un pueblo bárbaro despliegue toda 
su pompa y esplendor; es la obra en que un pueblo semi- 
culto está más dispuesto a disipar sus riquezas; y los más 
bellos, ostentosos y aún estúpidos monumentos de esta 
clase, suelen ser la obra de tales manos, porque la arqui- 
tectura es uno de los primeros pasos en la carrera de la ci- 
vilización. Pero la institución de que hemos hablado, prue- 
ba evidentemente una civilización más adelantada, porque 
muestra cierta especie de lujo literario, un gran gusto deli- 
cado en toda la nación por ciertos placeres puramente in- 
telectuales. 

Donde más benéfica era la influencia de esa academia, 
era en la capital, que así no sólo era el plantel de todas las 
ciencias cultivadas por los sabios de la época, sino el re- 
pertorio de todas las artes útiles y de lujo. Los historiado- 
res, oradores y poetas, eran famosos en todo el país (i). 
Los archivos en que estaban atesoradas todas las riquezas 
literarias de los siglos anteriores (2), tenían local acomoda- 
do en el mismo palacio real. Su lengua, más culta que la 

(1) Veytia, op. cit., lib. 3.°, cap. VIL Clavijero, op. cit., tomo I, pá- 
gina 247. 

Este último cuenta cuatro historiadores, algunos muy afamados, 
descendientes del rey Netzahualcóyotl. Véase su noticia de los escri- 
tos, t. I, págs. 6-21. 

(2) En la ciudad real de Tezcuco estaban los Archivos reales de las 
cosas referidas, por haber sido la metrópoli de todas las ciencias, usos 
y buenas costumbres, porque los reyes que fueron a ella se preciaron 
de esto. (Ixtlilxochitl, Hist. Chich. M. S., Prólogo.) De los pobres res- 
toB de estos documentos, tan cuidadosamente guardados por sus ante- 
pasados, es de donde sacó el historiador, según nos cuenta el mismo, 
los materiales para la formación de sus escritos. 

12 



178 W. H. PRESCOTT 

mexicana, era el dialecto más pulido de la lengua Náhuatl, 
y aun por algún tiempo después de la conquista continuó 
siendo la en que estaban escritas las mejores producciones 
de los indios. Tezcuco puede reclamar para sí, con justo or- 
gullo, el título de la Atenas del mundo occidental (i). 

Entre los poetas más ilustres estaba el emperador mis- 
mo; es decir, el monarca de Tezcuco, a quien empeñosa- 
mente dan tal título los escritores de esa nación. Varias 
veces se presentó como uno de los lidiadores en los certá- 
menes ante aquella academia en que tan frecuentemente 
ocupaba el lugar del crítico. Muchos de sus cantares han 
pasado hasta la última posteridad, y acaso estarán sepulta- 
dos en algunos de los polvientos repertorios de México o 
España (2). El historiador Ixtlilxochitl nos ha dejado una 
versión en castellano, de una de las obras de su real pro- 
genitor. No es fácil traducirla en versos ingleses sin hacer- 
le perder toda su gracia, haciéndole pasar por dos lenguas 
diversas (3). Esas odas nos recuerdan las ricas inspiracio- 

(1) «Aunque es tenida la lengua mexicana por materna, y la tez- 
cucana por más cortesana y pulida. > (Camargo, Historia de Tlaxca- 
la?i, M. S.) * Tezcuco, dice Boturini, donde los señores de la tierra 
mandaban a sus hijos para aprender lo más precioso de la lengua 
Náhuatl, la Poesía, la Filosofía Moral, la Teología gentílica, la As- 
tronomía, Medicina y la Historia». ídem, pág. 1 42. 

(2) «Compuso LX cantares», dice el autor últimamente citado, 
«.que quizás también habrán perecido en las manos incendiarias de 
loa ignorantes». Idea, pág. 79. Boturini ha dado la traducción de 
dos de ellos, en su Catálogo, y posteriormente se ha publicado la de 
otro más. 

(8) No obstante las grandes dificultades de la empresa, se ha pres- 
tado cortésmente a acometerla un amigo, quien al mismo tiempo 
que en la traducción, se ha ceñido fidelísimamente al texto castella- 
no; ha dado a aquella una gracia y soltura que probablemente aven- 
tajan a las de la versión castellana, y quizás también a las del original 
mexicano. Véase en el Apéndice, parte II, estas dos traducciones. 



HISTORIA DB LA CONQUISTA DE MÉXICO 179 

nes de la poesía arábiga de España, de esa poesía en que 
el ardor de la imaginación está templado por una grata y 
tierna melancolía (i); sin embargo, no son enteramente 
semejantes, pues aunque igualmente ricas y floridas en la 
dicción, no tienen ese lujo de hipérboles y de tropos arti- 
ficiosos en que abunda la poesía oriental. 

En la oda de que hablamos se lamenta la vanidad e ins- 
tabilidad de las cosas humanas, asunto muy propio de un 
monarca que había experimentado en sí mismo las capri- 
chosas vicisitudes de la fortuna. Entre las sentidas quejas 
del bardo tezcucano, se deslizaban las máximas del epicu- 
rismo, que aconseja desechar todos los temores de la vida 
futura, entregándose en esta a los placeres (2). 

(1) Numerosas muestras de esta poesía oriental nos ha presentado 
Conde, en su obra titulada: Dominación de los Árabes en España. 
Ninguna de ellas puede igualar a las sentidas cantilenas en que el rey 
Abderramán, al pie de una palmera, trae a la memoria la risueña 
tierra de su nacimiento. Véase parte IT, cap. IX. 

(2) Yo tocaré cantando 

El músico instrumento sonoroso; 

Tú de flores gozando 

Danza y festeja a Dios que es poderoso: 

gocemos de esta gloria 

Porque la humana vida es transitoria. 

M. S. DE IXTLILXOCHITL. 

Estos mismos sentimientos, tan comunes por otra parte, ha expre- 
sado con belleza no vulgar el poeta inglés Heirik en los versos si- 
guientes: 

Gather the rose bud, while you may 

Oíd Time is still a flying; 

The fairest flower that bloom to-day 

To-moroiv may be dyng. 

Es el tiempo fugaz; el dulce aroma 
De la temprana rosa respiremos; 



1 80 W. H. PRESCOTT 

Pero no todas las horas del príncipe tezcucano habían pa- 
sado en grata conversación con las musas y en contempla- 
ciones filosóficas; en Jos primeros años de su juventud y 
de su virilidad, había también conducido a los ejércitos 
aliados a lejanas excursiones, cuyo éxito victorioso había 
dado por resultado el acrecentamiento del imperio (i). 

Que la ñor más bella que hoy nació lozana, 
Tal vez marchita morirá mañana. 

Quizá ha sido todavía más feliz Racine en la siguiente estrofa: 

Rions chantons, dit cette troupe impie; 
De fieurs en fleurs, de plaisirs en plaisirs, 

Promenons nos désirs. 
Sur l' avenir irísense qui se fie! 
De nos ans passagers le nombre est incertain. 
Hatons-nous aujourd^hui, de jouir de la vie; 
Qui saint si nous serons demain?—(Athalie, acte 2.) 

Traducción de D. Eugenio de Llaguno y Amirola: 

Riamos y cantemos, 
Dicen, y nuestra dicha 
Divierta sus deseos 
De delicia en delicia. 
¡Qué insensato es el hombre 
Que en lo futuro fía! 
Los pasajeros astros 
No tienen cuenta fija; 
Démonos prisa ahora 
A gozar de la vida. 
¿Quién sabe si mañana 
Seremos ya ceniza? 

Es interesante ver las diferentes formas en que se expresa este sen- 
timiento por diferentes razas y en diversas lenguas. No hay duda en 
que es un sentimiento epicúreo, pero cuya universalidad prueba que 
es natural en el corazón humano. 

(1) Algunas de las provincias y ciudades conquistadas se poseían 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÍXICO l8l 

Durante la paz, alentó y protegió aquellas artes útiles que 
pueden tenerse por las fuentes perennes de la pública pros- 
peridad. Pero, sobre todo, protegió la Agricultura, y no 
había un palmo de tierra, por árida que fuese, ni una roca 
tan inaccesible, que no ofreciera un testimonio de cuanto 
puede el cultivo. El país estaba cubierto de una población 
industriosa y tan numerosa, que en los sitios antes desier- 
tos o que apenas eran miserables aldeas, se levantaban 
después pueblos y ciudades opulentas (i). 

De los recursos que le proporcionaban las conquistas e 
industria interior del país, sacaba el monarca lo necesario 
para subvenir a los cuantiosos gastos de su hacienda pri- 
vada (2) y a las costosas obras que emprendió para uti- 
lidad y ornato de la capital. Construyó soberbios edificios 
destinados a los nobles, cuya residencia en la corte solici- 

de mancomún por las tres potencias aliadas; pero Tlacopan sólo per- 
cibía la quinta parte de los tributos. Lo mas común era que el terri- 
torio conquistado perteneciese a aquel de !os grandes Estados confe- 
derados a que estaba más próximo. Ixtlilxochitl, Hist. Chich. M. S., 
cap. XXXVIII. Zurita, Relación, pág. 11. 

(1) Ixtlilxocbitl, Hist. Chich., M. S., cap. XLI. El mismo escritor, 
en otra de sus obras, computa la población de Tezcuco en ese tiem- 
po, en el duplo de lo que era cuando la Conquista, fundando este 
cálculo en los censos oficiales y en el considerable número de edifi- 
cios que aún subsistían en tiempos del historiador en aquella ciudad 
despoblada. «Parece en las historias, dice, que en este tiempo, antes 
que se destruyesen, había doblado más gente de la que halló al tiem- 
po que vino Cortés y los demás españoles; porque yo hallo en los pa- 
drones reales que el menor pueblo tenía 1.100 vecinos y de allí para 
arriba, y ahora no tienen 200 vecinos, y aun en algunas partes, de 
todo punto se han acabado... Como se echa de ver en las ruinas, has- 
ta los más altos montes y sierras tenían sus sementeras y casas prin- 
cipales para vivir y morar.» Relaciones, M. S., núm. 9. 

(2) Torquemada ha sacado los pormenores del gasto anual del Pa- 
lacio del real libro de cuentas que vino a manos del historiador. Al- 
gunas de las partidas son las siguientes: 



1 82 W. H. PRESCOTT 

taba él ansiosamente (i). Erigió un soberbio palacio desti- 
nado a la residencia del monarca y a las ceremonias públi- 
cas; tenía 1. 2 34 varas de Oriente a Poniente, y 978 de Nor- 
te a Sur; estaba rodeado de una cerca hecha de argamasa 
y ladrillos no cocidos, y mitad de la cual tenía 6 varas de 
grueso y 9 de altura, y la otra mitad el mismo grueso y 1 5 
pies de altura. Dentro de este recinto había dos plazas. La 
más exterior servía de mercado, aún después de la Con- 
quista, si no es que hasta hoy tiene este mismo uso, y al- 
rededor de la interior estaban las cámaras de los diversos 
consejos y las Salas de Justicia; había además en él habita- 
ciones destinadas a los embajadores extranjeros y un gran 
salón con el cual comunicaban muchos aposentos, en el que 
se retiraban a estudiar los poetas y sabios o a conversar to- 
dos juntos bajo sus pórticos de mármol. También estaban 
en esta parte del palacio regio, los Archivos de manuscri- 
tos, a los cuales cupo mejor fortuna bajo la dinastía india 
que bajo el Gobierno de los europeos (2). 

4.900.300 fanegas de maíz. 
2.744.000 fanegas de cacao. 
8.000 pavos. 
13.000 canastos de sal. 

Además de todo esto, cacería de todos géneros, legumbres, espe- 
cies, etc. (Monarch. Ind., lib. 2.°, cap. Lili.) Ixtlilxochitl, Hist. Chichi. 
M. S., cap. XXXV. 

(1) Había más de cuatrocientas habitaciones para los grandes y 
señores. 

< Asimismo hizo edificar muchas casas y palacios para los señores y 
caballeros que asistían en su corte, cada una conforme a la calidad y 
méritos de su persona; las cuales llegaron a ser más de cuatrocientas 
casas de señores y caballeros de solar conocido.» Ibid., cap. XXXVIII. 

(2) Ibid., cap. XXXVI. «Esta plaza, cercada de portales, tenía asi- 
mismo por la parte del Poniente otra sala grande y muchos cuartos a 
la redonda que era la Universidad, en donde asistían todos los poetas, 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 1 83 

Aquí se encontraba igualmente el serrallo, tan magnífico 
y lleno de belleza como el de un sultán de Oriente. Las 
paredes estaban cubiertas de jaspes o estucos de ricos co- 
lores, o cuando no, vestidas de hermosos tapices de varia- 
do plumaje. Pasando por dilatadas galerías y por intrinca- 
dos laberintos de árboles, se llegaba a jardines, a cuyos ba- 
ños y surtidores daban sombra ios altos bosques de cedros 
y cipreces En los estanques había multitud de peces de 
todas clases, y en las jiuías miliares de aves de ese rico y 
y brillante plumaje que tienen en los trópicos. Algunos 
pájaros y otros animaies que no se podían conseguir vivos, 
estaban representados en plata u oro, pero tan perfecta- 
mente, que 1 udieron servir de modelos al gran naturalista 
Hernández cuando compuso su obra (i). 

histórices y filósofos del reino, divididos en sus claves o academias, 
conforme era la facultad de cada uno, asimismo estaban aquí los Ar- 
chivos reales.» 

(1) Este famoso naturalista fué enviado a Nueva España por Feli- 
pe II. Gastó muchos años en compilar su obra voluminosa sobre los 
varios productos naturales del país, acompañada de numerosas lámi- 
nas ilustrativas. No obstante que se dice que el Gobierno gastó 6 '.dOO 
ducados eu la ejecucióa de la obra, no salió a luz hasta mucho des- 
pués de la muerte del autor. En ltíót se publicó en Roma una edición 
incompleta de la parte de la obra relativa a la botánica médica. Se 
creía que los manuscritos originales habían sido destruidos pocos años 
después en el incendio de El Escorial, pero afortunadamente encontró 
el infatigable Muñoz otra copia de mano del autor mismo, en la libre- 
ría de los jesuítas, en Madrid. Esto fué afines del siglo pasado, y en 
1 790 se publicó bajo la protección del Gobierno en la famosa impren- 
ta de Ibarra, en Madrid, una bella edición de todas las obras. (Hist. 
Plant. Prcefat. Nic. A>ü. Bibliot. Hisp. Nov., Matriti, 1790, t II. pá- 
gina 432.) 

La obra de Hernández es un modelo de laboriosidad y erudición, y 
es la más notable en su línea, por ser la primera que se emprendió 
sobre tan difícil asunto. Su mérito es tal, que aún después de los tra- 
bajos de otros naturalistas más modernos, aún conserva su alta auto- 



I84 W. H. PRESCOTT 

También se tenían dispuestos a los soberanos de Méxi- 
co y Tiacopan palacios regios para cuando venían a visi- 
tar la corte. Todo el edificio contenía 300 habitaciones, al- 
gunas de ellas de 50 varas en cuadro (i). No se hace men- 
ción de la altura, pero es de presumir que no sería muy 
considerable y que se la supliría con la inmensa superficie 
que ocupaba. El interior no era ciertamente de materiales 
muy sólidos, sino principalmente de maderas que en aquel 
país luego que están pulidas, se hacen notables por el bri- 
llo y variedad de sus colores; mas no por eso se puede 
poner en duda que usaban piedras y otros materiales igual- 
mente sólidos, pues lo prueban así las ruinas de nuestros 
tiempos, las cuales han sido una innagotable cantera que 
ha bastado para la construcción de la iglesia mayor y de- 
más edificios que erigieron los españoles en el antiguo 
asiento de la ciudad (2). 

No se sabe el tiempo que se gastó en la construcción 
del palacio; pero se dice que se emplearon en ella 200 000 
operarios (3). Será de esto lo que se quiera; pero lo que 
consta es que los reyes de Tezcuco pudieron disponer de 
inmensas masas de hombres, a la manera que los monarcas 
de la Asia y del antiguo Egipto, y que alguna vez ocupa- 
ron en obras públicas a toda la población de un Estado 

ridad, justamente debida a la manera hábil, fiel y completa con que 
se consideran en ella las diversísimas materias de que trata. 

(1) Ixtlilxochitl. Hiat. Chich. M. S., cap. XXXVI. 

(2) «Algunos de terrados sobre que estaba construido», dice M. 
Bullock, hablaudo de este palacio, aún se conservan en buen estado y 
están cubiertos de una mezcla durísima e igualmen'e hermosa que la 
que se encuentra en los antiguos edificios romanos... La iglesia mayor, 
que está allí cerca, se ha construido casi enteramente con los mate- 
riales sacados del palacio, mucbas de cuyas piedras esculpidas se ven 
en las paredes, aunque los más grabados quedan déla parte de adentro. 

(3) Ixtlilxochitl, ubi. supra. 



HISTORIA I)B LA CONQUISTA DE MÉXICO 1 8$ 

conquistado, sin excluir ni a las mujeres (i). Los monu- 
mentos de arquitectura más gigantescos que ha visto el 
mundo, jamás habrían sido levantados por las manos de 
hombres libres. 

Contiguas al palacio del rey estaban las habitaciones de 
sus hijos, que subían a 6o varones y 50 hembras, tenidos 
en varias mujeres (2). Dábanles allí una educación adecua- 
da a su gran rango, inclusas ciertas cosas, como el arte de 
trabajar los metales y las plumas, la joyería, etc., que más 
allá del Atlántico difícilmente harían parte de la educación 
de un príncipe. 

Una vez cada cuatro meses se reunía en una gran sala la 
familia real (sin exceptuar ni a los más jóvenes, e incluso 
todos los oficiales y servidores de la corona), a escuchar un 
discurso que pronunciaba un orador, probablemente un 
sacerdote. En semejante ocasión, todos los príncipes iban 
vestidos de nenqnez, la tela más grosera del país. Comen- 
zaba el predicador extendiéndose largamente acerca de los 
deberes de la moral y de la piedad más especialmente im- 
portantes en aquellas personas a quienes por su puesto o 
dignidad tocaba dar el ejemplo. Algunas veces daba ma- 
yor novedad a la ceremonia, haciendo alguna alusión opor- 
tuna a las faltas notorias de alguno de los miembros de su 
auditorio. Ni aún el mismo monarca estaba exento de esta 
saludable reprimenda, y el orador tenía la audacia de 

(1) Así por ejemplo, para castigar a los Chalcas por su rebelión, 
se obligó a toda su población, hombres y mujeres (dice el cronista 
tantas veces citado), a trabajar durante cuatro años en los edificios 
públicos. Se abastecieron vastos graneros de todo lo necesario para 
su manutención. ídem, Hist. Chich. M. S., cap. XLVI. 

(2) Si bien el pueblo no era adicto a la poligamia, es preciso con- 
venir en que el soberano, como veremos que sucedía en México, re- 
compensaba liberalmente al subdito que se le rehusaba. 



1 86 W. H. PRESCOTT 

recordarle que su principal deber era respetar las leyes 
que él mismo había dado. El príncipe, lejos de molestarse 
por esto, escuchaba humildemente la lección, mientras el 
auditorio, según se nos cuenta, se deshacía en lágrimas 
arrancadas por la elocuencia del predicador (i). 

Estas curiosas escenas nos recuerdan las que solían pa- 
sar en la corte despótica de los soberanos de Asia y Egip- 
to, que alguna vez venían a descender desde su alto puesto, 
y en conceder a sus subditos el placer de consolarse con 
la idea de que también ios déspotas son mortales (2). Se 
lisonjeaba la vanidad del esclavo al verse, aunque fuese por 
un momento, nivelado con un señor, mientras que a éste, 
que tanto distaba del primero, le costaba poco dar estas 
muestras efímeras de familiaridad. Es probable que un 
príncipe menos absoluto, no se prestaría a tales actos de 
humillación pública. 

La pasión que tenía Netzahualcóyotl por la magnificencia 
y el lujo, se conocía en sus numerosos sitios reales, embe- 
llecidos con cuanto puede ser delicioso un retiro campes- 
tre; su residencia favorita era Tezcotzingo, cerro de figura 
cónica, que dista de la capital cerca de dos leguas (3). Es- 
taba dispuesto en forma de terrados, vestidos de jardines, 
a los cuales se subía por escaleras de 520 escalones, algu- 
nos de ellos cortados en la viva peña (4). En el jardín de la 

(1) Ixtlilxochitl, Hist. Chichi., M. S., cap. XXXVII. 

(2) Los sacerdotes egipcios se conducían más cortésmeDte, pues 
que al mismo tiempo que oraban para que toda clase de virtudes 
descendiesen sobre el príncipe, dejaban caer sobre sus ministros todo 
el peso de la censura. Así, no con la esperanza de la vituperación, 
sino con el halago de las alabanzas, les indicaban a vivir honestamente. 

(3) Ixtlilxochitl, Hist. Chichi.. M. S., cap. XLII. Véase el Apéndice, 
parte II, núm. 3, para la descripción original de este palacio. 

(4) «Quinientos y veinte escalones. 3 Dávila Padilla, Historia de 
la Provincia de Santiago. (Madrid, 1596), lib. 2, cap. LXXXI. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 1 87 

parte superior había un estanque de agua que venía por 
un acueducto de algunas millas de largo y que atravesaba 
el valle y el cerro, sostenido por enormes pilares de mani- 
postería, En medio de la fuente había una gran piedra en 
que estaban esculpidos jeroglíficos que representaban los 
años que había reinado Netzahualcóyotl y los principales 
sucesos acaecidos en cada uno de ellos (i). 

En los pisos inferiores había otras tres fuentes, en medio 
de las cuales estaba una estatua de mármol que represen- 
taba a una mujer, y era emblemática de los tres' Estados 
del imperio. En otro estanque, finalmente, había un león 
de piedra, alado y con un retrato del emperador en la 
boca (2). A pesar de que se había retratado a este último 
en oro, madera, pluma y piedra, el único retrato suyo que 
le agradaba, era el del león. 

De estos numerosos depósitos salía el agua por nume- 
rosos canales e iba a regar los jardines o cayendo en for- 
ma cascadas a esparcir una fecundante lluvia sobre las 
flores y aromáticos arbustos que estaban abajo. En los 
claros de estos bosques fragantes, se levantaban pórticos y 

El escritor que vivió en el siglo xvi. contó por sí mismo los esca- 
lones. Los que no estaban hechos en la roca misma, estaban derrum- 
bándose, pues que aún entonces estaba ya arruinándose todas las 
partes del edificio. 

(1) En la cumbre del cerro estaba la imagen de un coyote, coyotl, 
animal muy parecido a la zorra, que, según la tradición, representaba 
a un indio célebre por sus ayunos. La tal imagen fué destruida por 
el verdadero iconoclasta, el obispo Zumárraga. (Hist. de Santiago, 
lib. 2.°, cap. LXXXI.) Esta figura era, indudablemente, la de Netza- 
hualcóyotl, cuyo nombre, como lo hemos indicado en otra parte, sig- 
nificaba zorra hambrienta. 

(2) «Hecho de una peña un león de más de dos brazas de largo, 
con sus alas y plumas, estaba echado y mirando a la parte del Orien- 
te, en cuya boca asomaba un rostro que era el mismo retrato del rey. » 
Ixtlilxochitl, Hist. Chich., M. S., cap. XLH. 



1 8b W. H. PRESCOTT 

pabellones de mármol. En el duro pórfido había excava- 
dos baños, que los ignorantes naturales del país enseñan 
aún hoy, llamándoles baños de Moteuczoma (i). Se baja a 
ellos por escaleras cortadas en la viva piedra, cuyos esca- 
lones estaban tan pulimentados y brillantes como un es- 
pejo (2). Cerca de la base del coliado, en medio de bos- 
ques de cedros gigantescos cuyo ramaje esparcía en aque- 
llos sitios amenos una grata frescura aun en los calores del 
estío (3), se levantaba el palacio regio, cuyos arcos esbel- 
tos y espaciosas galerías estaban envueltos en el perfume 
de aquellos mágicos jardines. Allí iba el monarca a descan- 
sar de la pesada carga del Gobierno, y a solazar su fatiga- 
do espíritu en medio de sus concubinas favoritas, reposan- 

(1) Bullock habla de una hermosa fuente de doce pies de largo y 
ocho de ancho, que tenía en el centro una cavidad o pozo de cinco 
pies de largo y cuatro de ancho. Lo que no se sabe claramente es lo 
que había en el fondo de este pozo. Latrobe describe los baños, di- 
ciendo que eran dos fuentes de dos pies y medio de diámetro, y que 
no tenían el ancho bastante para que se pudiess zambullir ningún 
monarca más grueso que Obero. Six months in México, chap. XXVI. 
Rambler in México, let. 7.) Ward habla mucho de esto mismo en su 
obra México en 1827, vol. 2.°, pág. 296. Lo que allí se dice concuer- 
da perfectamente con los informes verbales que me han dado. 

(2) «Gradas hechas de la misma peña, tan bien grabadas y lisas 
que parecían espejos.» Ixtlilxochitl, ubi. supra. Los viajeros poco ha 
mencionados, hablan también del bello pulimento que tiene todavía 
el pórfido de que están hechas. 

(3) Padilla vio entre las ruinas pedazos de cedro de noventa pies 
de largo y cuatro de diámetro. Algunos de los arcos que aún queda- 
ban estaban hechos de una sola piedra. (Hist. de Santiago, lib. 11, 
cap. LXXXI.) Peter Martyr habla de una enorme viga que había en 
los edificios de Tezcuco, la cual tenía ciento veinte pies de largo y 
ocho de ancho. Tan enormes dimensiones son de tal modo prodigio- 
sas, añade él mismo, que no las creería a menos de que no constase 
el hecho por testimonios irrecusables. De Orbo Novo, decad. 5. a , ca- 
pítulo X. 



HISTORIA DÉ LA. CONQUISTA DE MÉXICO 1&9 

do durante los calores del mediodía bajo las umbrías en- 
ramadas de aquel paraíso, y divirtiéndose por la noche en 
bailes y fiestas. Allí recibía algunas veces a sus hermanos 
los príncipes de México y Tlacopan, y solía entregarse 
también a los activos placeres de la caza, en los soberbios 
bosques de algunas millas en contorno que rodeaban su si- 
tio real y que aun conservaban toda su antigua majestad. 
Allí se retiró en los últimos años de su vida cuando la edad 
había templado su ambición y el ardor de su sangre a cul- 
tivar en la soledad el estudio de la filosofía y a sacar el fru- 
to de sus meditaciones. 

Lo que se nos cuenta de la arquitectura de los tezcuca- 
nos, lo confirman las ruinas que aún cubren o están medio 
enterradas en el cerro de Tezcotzingo. En México no lla- 
man la atención, y su historia ha caído desde muy atrás en 
completo olvido (l);"pero el viajero a quien la curiosidad 
conduce a aquel sitio, no puede menos de meditar sobre 
el origen probable de aquellas ruinas, y cuando tropieza 
con enormes fragmentos de pórfido y granito esculpidos, 
se ve tentado de creerlos pertenecientes a esas razas primi- 
tivas, cuyos colosales monumentos arquitectónicos cubrían 
ya aquel suelo, mucho antes de la venida de los alcohuas 
y los aztecas (2). 

(1) Es muy deplorable que el actual Gobierno de México no tome 
mayor interés en las antigüedades inuias. ¡Cuánto no se habría ade- 
lantado con sólo emplear unas cuantas manos sacadas de las ociosas 
guarniciones de las ciudades que están allí cerca, en excavar este sue- 
lo que puede llamarse el Monte Palatino de México! Pero desgracia- 
damente, en este país, ha sucedido a la edad de la violencia la de la 
indolencia. 

(2) «Sin duda alguna», dice M. Latrobe hablando de estas ruinas 
inexplicables, «sin duda alguna reconocen más bien que un origen 
azteca un origen tolteca, y aún ¿quien sabe si s? podrían atribuirlas 
con mayores visos de probabilidad, a un pueblo aún más antiguo?» 



190 



W. H. PRESCOTT 



Los príncipes tezcucanos tenían varias concubinas; pero 
sólo una mujer legítima, de la cual salían los herederos de 
la corona (i). Netzahualcóyotl permaneció sin casarse has- 
ta una edad avanzada. Había sido burlado en su primer 
amor con una princesa que había sido educada en secreto 
para partir con él el trono, y que dio su mano a otro hom- 
bre. El agraviado monarca sometió el asunto al tribunal 
competente. Los cónyuges probaron que cuando se había 
casado la joven, ignoraba que se le destinaba al monarca, 
y en consecuencia quedaron absueltos por el tribunal con 
gran honra de éste; que no temió el poder del rey, y del 
rey que se sometió a decisión de la justicia. Pero esta his- 
toria contrasta horriblemente con la que sigue (2). 

El príncipe devoraba a sus solas, en su bello palacio de 
Tezcotzingo, el pesar que ese desengaño le había causado, 
y procuraba distraerse viajando. En uno de sus paseos, 
fué hospitalariamente recibido por un antiguo vasallo suyo, 
el señor de Tepechpan, quien para festejar más cumplida- 
mente a su soberano, hizo que le obsequiase en el banque- 
te una noble dama con quien estaba desposado, y que 
según la costumbre del país, se había educado bajo el 
mismo techo; era ella además de la sangre real de Mé- 
xico y próximamente emparentada con el monarca de 

(Rambler in México, lit. 7.) «Yo soy de opinión», dice M. Bullock, 
«que estas antigüedades son anteriores al descubrimiento de América 
y hechura de un pueblo cuya historia ya estaba perdida cuando se 
fundó la ciudad de México. ¿Cómo resolver esta duda? (Six Months 
in México, ubi. supra.) Xo tendrá grandes dificultades para ello el 
lector que tome a Ixtlilxochitl por guía. ¡Vería que en este caso y otros 
no se necesita ir mucho más allá de la Conquista para encontrar el 
origen de antigüedades, que bien pudieran ser coetáneas de Fenicia y 
el Egipto antiguo! 

(1) Zurita, Relación, pág. 12. 

(2) Ixtlilxochitl, Hist. Chichi., M. S., cap. XLIII. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 191 

Tezcuco. Este, que tenía el temple de alma ardiente y apa- 
sionado, propio de los países meridionales, quedó prenda- 
do de la gracia y encanto de la joven Hebé, y concibió 
por ella una violenta pasión. A nadie quiso descubrirla; 
pero luego que volvió a su corte, resolvió satisfacerla, 
aunque fuese con detrimento de su honra, y allanar el úni- 
co obstáculo que se le oponía. Para conseguirlo, dio orden 
al señor Tepachpan de que se pusiese a la cabeza de una 
expedición que iba a marchar contra los tlaxcaltecas, pre- 
viniendo al mismo tiempo a dos jefes tezcucanos, que no 
se separasen del anciano y que le pusiesen en el punto 
más peligroso de la refriega, donde hubiese de morir; ase- 
gurándoles que había cometido un crimen, pero que en 
consideración a los anteriores servicios de tan buen vasa- 
llo, deseaba evitar su deshonra, proporcionándole una 
muerte gloriosa. 

El veterano, que por mucho tiempo había permanecido 
retirado en sus Estados, miró con extrañeza que tan súbita 
e innecesariamente se le llamase a una comisión que ven- 
dría mejor a varios caudillos jóvenes. Sospechó, pues, la 
verdadera causa; así es que al despedirse de sus amigos, 
les manifestó sus tristes presentimientos sobre la suerte 
que le esperaba. Muy en breve se realizaron, y en pocas 
semanas quedó su joven desposada libre para disponer de 
su mano. 

Netzahualcóyotl no juzgó que era prudente demostrar 
públicamente su pasión por la princesa, estando tan re- 
ciente la muerte de su víctima; pero sí entabló secreta 
correspondencia con aquélla por medio de una mujer, y le 
expresó las vivas simpatías que le inspiraban sus gracias, 
ofreciéndole además, para consolarla, su corazón y su 
mano. El primer amante de la joven le había inspirado una 
pasión demasiado profunda, para que pudiese olvidarle 



IQ2 W. H. PRESCOTT 

tan pronto, pero al fin, ignorando la horrible trama ur- 
dida para matarle, creyó cumplir con su deber accediendo 
a las pretensiones del monarca. 

Dispuso el rey, para que la cosa pareciese más natural, 
y para alejar toda sospecha del infame papel que había 
desempeñado, que la princesa se le presentara en su pala- 
cio de Tecotzingo con motivo de unas fiestas que allí iban a 
hacerse. Estaba, pues, el rey Netzahualcóyotl en un balcón 
de su palacio de Tezcotzingo, cuando se presentó la joven, 
y él preguntó con interés, y como si fuese la primera vez 
que le hería su hermosura. ¿Quién era la amable criatura 
que estaba en sus jardines? Luego que los cortesanos le in- 
formaron de su nombre y condición, ordenó que la traje- 
sen a palacio para que le tributasen los honores debidos a 
su alta clase. Poco después de esta entrevista le declaró 
públicamente su pasión, y no mucho después se celebró 
con gran pompa el matrimonio, al cual asistieron la corte 
y los dos monarcas de México y Tlacopan (i). 

La anterior historia, tan semejante a la de David y Urías, 
la referían con todas sus circunstancias el hijo y nieto de 
Netzahualcoyolt, de los cuales sacó sus noticias el historia- 
dor Ixtliixochitl (2). Todos vituperan la acción, como la más 
vil de la vida de su ilustre progenitor; y, efectivamente, lo 
es tanto, que es capaz de manchar indeleblemente la de 
cualquiera hombre por pura e insigne que haya sido bajo 
todos los demás aspectos. 

Era muy exacto el monarca en el cumplimiento de las 
leyes, bien que su carácter, naturalmente bondadoso, le in- 
clinaba a templar con la clemencia el rigor de aquellas, 
Cuéntanse de él varias anécdotas que prueban el benévolo 

(1) Idom, ubi. supra. 

(2) ídem, ubi. supra, 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 193 

interés que tomaba en todo lo perteneciente a sus subdi- 
tos, y en descubrir y recompensar el mérito, aunque fuese 
en el más humilde de sus vasallos. No era raro que disfra- 
zado como el célebre califa de las Noches arábigas, se pa- 
sease con ellos, se mezclase familiarmente en sus ceremo- 
nias, para presenciar por sus propios ojos cuál era la con- 
dición en que se encontraban (i). 

En una de esas ocasiones, yendo acompañado de un 
sólo señor, encontró a un muchacho que juntaba estacas 
para quemar. Preguntóle por qué no iba a los bosques que 
estaban allí junto, donde encontraría toda la leña que qui- 
siese. «Porque es el bosque del rey», le respondió, y éste 
castigaría con la muerte al que entrase en él. (Es de saber- 
se que los bosques reales de Tezcuco eran muy extensos y 
guardados por leye's tan severas como las de los tiranos 
normandos de Inglaterra.) «¿Qué especie de hombre es tu 
rey?», preguntó el monarca, queriendo ver cómo recibían 
sus subditos estas prohibiciones. «Un hombre miserable», 
respondió el muchacho, que quita a sus subditos lo que 
Dios les ha dado (2). Netzahualcóyotl instaba al muchacho 
por que despreciase estas leyes arbitrarias y por que fuese 
a coger leña al bosque vecino, donde no había nadie que 
le denunciase; pero el muchacho se rehusó obstinadamente, 
increpando ásperamente al disfrazado monarca, por ser un 
traidor que quería inducirle a él a la desobediencia. 

Cuando volvió Netzahualcóyotl al palacio, mandó que 
compareciesen a su presencia el muchacho y sus padres. 

(1) «En traje de cazador (que lo acostumbraba a hacer muy de 
ordinario), saliendo a solas y disfrazado para que do fuese conocido, 
y reconocer las faltas y necesidad que había en la República para re- 
mediarlas.» ídem, Hist. Chich. M. S., cap. XLVI. 

(2) Un hombrecillo miserable, pues quita lo que Dios a manos 
llenas les da. Ibid., loe. cit. 

13 



194 w - H - prescott 

Ellos recibieron esta orden con asombro, y cuando al en- 
trar el muchacho en palacio reconoció al punto que el 
hombre con quien tan descortésmente había altercado, era 
el monarca mismo, se llenó de consternación. Pero el bon- 
dadoso monarca le tranquilizó, le dio gracias por la lección 
que él (el monarca) acababa de recibir, le recomendó que 
guardase siempre el mismo respeto a las leyes, y alabó a 
sus padres por la buena crianza que habían dado a su hijo, 
despidiéndose después de haberles colmado de regalos. A 
consecuencia de esto, suavizó el rigor de las leyes de bos- 
ques, de manera que se permitía la entrada a todos ellos, 
bajo la sola condición de no tocar los árboles no caídos (i). 
También se cuenta de él la siguiente aventura. Un pobre 
leñero y su mujer habían traído su carga de leña para ven- 
derla en la plaza del mercado de Tezcuco. El hombre se 
lamentaba amargamente de su mala fortuna y de las penas 
que le costaba proporcionarse una miserable subsistencia, 
mientras que el dueño de palacio que estaba enfrente, se 
pasaba una vida ociosa y regalada, y gozaba de cuantos 
placeres se le antojaban. Continuaba quejándose de esta 
suerte, cuando la mujer le interrumpió, diciéndole que se 
callase, que tal vez le estarían oyendo, Así sucedía en efec- 
to con Netzahualcóyotl mismo, que oculto dentro de una 
ventana con celosías que caían al mercado, estaba divirtién- 
dose, como de costumbre, con observar el gentío que tra- 
ficaba en la plaza. Inmediatamente ordenó que le trajesen 
a la quejosa pareja, la cual compareció temblando, como 
que la conciencia la acusaba. Preguntóles el rey con aire 
adusto que qué habían dicho. Y habiéndole respondido 
la verdad, les dijo: que reflexionasen que aunque tenía 
grandes tesoros a su disposición, le costaba grandes pesa- 

(1) Ibid., ubi. supra. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 195 

res; que lejos de pasar una vida dichosa, le oprimía la pe- 
sada carga del Gobierno, y concluyó aconsejándoles que 
fuesen más cautos en lo futuro, porque «las paredes 
oían» (i). Mandó en seguida a sus oficiales que les traje- 
sen mantas y alguna cantidad de cacao, que era la moneda 
del país, y los despidió, diciéndoles: «Idos, que con lo poco 
que tenéis, ya sois ricos; mientras que yo, con todo y mis 
riquezas, no soy más que un pobre» (2). 

No era avaro; por el contrario, gastaba sus rentas con 
munificencia, derramándolas sobre sus pobres y honrados 
vasallos. Especialmente se condolía de los soldados inváli- 
dos y de los que habían sufrido algún daño en beneficio 
de la causa pública, extendiendo la protección aún a sus 
familias cuando ellos morían. La mendicidad pública, lejos 
de tolerarla, la castigaba con ejemplar rigor (3). 

No sería creíble que un hombre tan ilustrado y de tan 
altas prendas como Netzahualcóyotl, participase de la sór- 
dida superstición de sus compatriotas ni mucho menos de 
los sanguinarios ritos que habían imitado de sus vecinos 
los aztecas. Así fué en efecto: su carácter benigno rechaza- 
ba con horror estas crueles supersticiones, mientras por 
otra parte procuraba revivir en su pueblo el puro y sencillo 
culto de los tultecas. Esta conducta sabia fué, sin embargo, 
interrumpida por una circunstancia especial de que vamos 
a hablar. 

Hacía varios años que estaba casado sin tener desceñ- 
id 1) «Porque las paredes oían.» (Ibid.) Encontrar un proverbio 
europeo en los americanos aborígenas, parece cosa extraña y sugie- 
re la sospecha de que allí anda la mano del cronista. 

(2) «Le dijo que aquello poco le bastaba, y que viviría bienaven- 
turado, y él con toda la máquina que le parecía que tenía harto, no te- 
nía nada; y así lo despidió.» Ibid., vhi. supra. 

(3) Ibid , ubi. supra. 



jq6 w, h. prescott 

dencia con la mujer que tan ilícitamente había obtenido. 
Los sacerdotes le hicieron creer que esta desgracia era de- 
bida a que había olvidado a los dioses, y que el único 
modo de remediarla era aplacarlos ofreciéndoles sacrificios 
humanos. El rey accedió a esto, aunque con sumo disgus- 
to, y los altares humearon por primera vez con la sangre 
de los cautivos sacrificados. Viendo que había sido infruc- 
tuoso, exclamó el rey indignado: «Estos ídolos de palo y 
de piedra, que ni oyen ni sienten, mucho menos pueden 
haber formado los cielos, la tierra y al hombre, dueño y se- 
ñor de todo esto. Algún Dios omnipotente y desconocido 
es el criador de todo el universo. Sólo él puede consolar- 
me y socorrerme (i). 

Entonces se retiró a su palacio de Tezcotzingo, donde 
permaneció por cuarenta días ayunando, orando y ofre- 
ciendo por único sacrificio el suave incienso de copal, y 
gomas y yerbas aromáticas. Cuéntase que pasado este tiem- 
po, se le apareció una visión, que le aseguró que su peti- 
ción sería cumplida. Así sucedió de hecho; añadiéndose a 
esto la satisfactoria nueva del triunfo que sus armas habían 
alcanzado en cierto lugar, donde acababan de experimen- 
tar humillantes reveses (2). 

(1) «Verdaderamente, los dioses que yo adoro, que son ídolos de 
piedra que no hablan ni sienten, no pudieron hacer ni formar la her- 
mosura del cielo, el sol, la luna y estrellas que lo hermosean y dan luz 
a la tierra; aguas, ríos y fuentes, árboles y plantas que lo hermosean, 
las gente3 que lo poseen y todo lo criado; algún Dios muy poderoso, 
oculto y no conocido, es el criador de todo el universo. Él sólo es el 
que puede consolarme en mi aflicción y socorrerme en tan grande an- 
gustia como mi corazón siente. > Ixtlilxochitl, M. S. 

(2) ídem, ídem. 

El manuscrito tantas veces citado en este capítulo, es uno de tan- 
tos que dejó Ixtlilxochitl acerca de las antigüedades del país, y forma 
parte de la colección que publicó en México en 1792, de orden del 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 197 

Fuertemente robustecidas sus primitivas creencias reli- 
giosas, profesó públicamente su fe y se empeñó fervorosa- 
mente en sacar a sus subditos de su degradante supersti- 
ción y en hacerles concebir de la divinidad más sublimes 
y puras nociones. Erigió un templo en la forma usual de 
pirámide, y en la cumbre levantó una torre de nueve pisos 
para representar los nueve cielos; otro décimo piso, en 
que remataba la torre, estaba cubierto de un techo pinta- 
do de negro, salpicado de estrellas por afuera, y vestido 
por la parte de adentro de metales y piedras preciosas. 
Este templo estaba consagrado al Dios no conocido, causa 
de todas las causas (i). Parece probable, en atención al 
emblema que había en lo alto de la torre y al sentido de 
los versos que había inscritos en ella, que la adoración del 
Ser Supremo estaba- mezclada con el culto de los astros, 
recibido de los toltecas (2). En la cumbre de la torre había 
varios instrumentos músicos, cuyo sonido, acompañado 
del repique causado por un metal sonoro que hería un 
martillo (3), servía, en tiempo determinado, para convocar 

Gobierno español, el padre Vega. Véase el Apéndice de esta obra, par- 
te 2. a , núm. 11. 

(1) Al Dios no conocido, causa de las causas. Ibid. 

(2) Sus primeros templos estaban dedicados al Sol. Adoraban a la 
Luna como mujer y a las estrellas como hermanas del primero de es- 
tos astros. (Veytia, Hist. antig., t. I, cap. XXV.) Los templos cuyas rui- 
nas aún existen en Teotihuacan, a setenta leguas de México, se supo- 
ne que lo son de los erigidos en aquel pueblo a estas dos grandes 
deidades. Boturini, Idea, pág. 42. 

(3) M. S. de Ixtlilxochitl. 

Mr. Ranking, que pasa con envidiable confianza sobre los suppo- 
sitós ciñeres del camino de los anticuarios, dice que el tal instrumen- 
to era evidente el gong, instrumento de bronce usado por las naciones 
asiáticas para meter gran ruido. Véase sus Indagaciones históri- 
cas sobre la conquista de México, el Perú, etc., por los mongoles. 
(Londres, 1827, pág. 130.) 



I98 W. H, PRESCOTT 

a !a oración a los creyentes. No había en el templo imagen 
alguna por no convenir ninguna al Dios invisible, y estaba 
expresamente prohibido profanar los altares derramando 
sangre o haciendo cualesquiera otros sacrificios que no 
fuesen sencillas ofrendas de flores o de colores balsámicos. 

El resto de su vida lo pasó el príncipe en su retiro de 
Tezcoctzingo, donde se entregó a los estudios astronómi- 
cos y tal vez astrológicos, y a meditaciones morales sobre 
su destino inmortal, dando rienda a sus pensamientos en 
cantos, o, mejor dicho, himnos llenos de majestad y sen- 
timiento. El extracto de uno de ellos puede darnos idea 
del giro de sus meditaciones religiosas. La meditabunda y 
tierna poesía, de que hemos presentado una muestra en 
las páginas precedentes, estaba a veces teñida de los más 
sombríos y aun tétricos colores. El alma despedazada, en 
vez de hallar consuelo en los festivos y frivolos pensamien- 
tos propios de la edad juvenil, vuelve sus miradas hacia el 
mundo, que está más allá de la tumba. 

«Todas las cosas de este mundo tienen que acabar y pe- 
recer; en lo más brillante de su carrera de esplendor y va- 
nidad, se deterioran y reducen a polvo. Toda la redondez 
del mundo es un sepulcro (i), y nada de lo que se encuen- 
tra sobre el haz de la tierra, dejará de quedar oculto y 
sepultado bajo de ella. Los arroyos, los ríos, los torrentes, 
todos se enderezan a su final destino; ninguno vuelve hacia 



(1) «Toda la redondez de la tierra es un sepulcro; no hay cosa 
que sustente, que con título de piedad no la esconda ni entierro. 
Corren los ríos, los arroyos, las fuentes y las aguas, y ningunas re- 
troceden para sus alegres nacimientos; aceléranse con ansia para los 
vasto3 dominios de Tluloca (Neptuno), y cuanto más se arriman a 
sus dilatadas márgenes, tanto más van labrando las melancólicas ur- 
nas para sepultarse. Lo que ayer fué no es hoy, ni lo de hoy se afian- 
za que será mañana.» 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 199 

el risueño lugar de su nacimiento; todos caminan preci- 
pitadamente a perderse en los profundos senos del Océano. 
Las cosas de ayer no existen hoy, y las de hoy quizá no 
serán mañana. La tumba está llena del polvo inerte de los 
corazones que animaban en otro tiempo un espíritu de 
vida, de los de aquellos que ocupaban tronos, presidían 
las asambleas, conducían los ejércitos, subyugaban los im- 
perios, se hacían adorar y estaban henchidos de vanagloria, 
de pompa, de poder y de dominación.» 

«¡Pero todas estas glorias pasaron, como se disipa el 
humo espantoso que sale de la boca del Popocatepetl, sin 
dejar otro rastro de que fueron más que un recuerdo en 
las páginas de su cronista!» 

«¡Ah! ¿Dónde está el sabio, el valiente, el hermoso? ¡To- 
dos están mezclados en el lodo; y la suerte que a ellos ha 
tocado, esa misma nos tocará a nosotros y a los que des- 
pués de nosotros vienen! Ea, ánimo, ilustres, nobles y va- 
lientes caudillos, mis verdaderos amigos y leales vasallos, 
aspiremos a ese cielo, donde todo es eterno y donde nada se 
corrompe (i). Los horrores de la tumba no son sino la 
cuna del Sol, y las negras sombras de la muerte, brillan- 
tes luces para las estrellas (2).» El sentido místico de la 

(1) Aspiremos al ciólo, que allí todo es eterno y nada se co- 
rrompe.» 

(2) «El horror del sepulcro es lisonjera urna para él, y las funes- 
tas sombras, brillantes luces para los astros.» 

El texto original de este poema y su versión castellana, aparecie- 
ron por la primera vez, según creo, en una obra de Granados Gálvez. 
Tardes Americanas (México, 1778), pág. 90 y siguientes. El origi- 
nal está en lengua otomíe, y tanto él como su traducción castellana, 
se han publicado por M. Ternaux Compans en el apéndice a la tra- 
ducción de la Historia de los Chichimecas, de Ixtlilxochitl (tomo I, 
páginas 359-367). Bustamante, que también ha publicado la traduc- 
ción española en su galería de Príncipes Mexicanos (Puebla, 1822), 



200 W. H. PRESCOTT 

última frase, parece aludir a las creencias que profesaban 
acerca de las mansiones del Sol, cuya superstición forma 
tan bello contraste con la tenebrosa mitología de los aztecas. 
Por el año de 1470 (1), Netzahualcóyotl, cargado de 
años y de honores, se sintió próximo a su fin. Había tras- 
currido casi medio siglo desde que había subido al trono 
de Tezcuco. Había encontrado a su nación desmembrada 
por las facciones civiles y hundidas en el polvo bajo el 
yugo de un tirano extranjero. Pero él quebrantó ese yugo, 
alentó nueva vida en aquel pueblo moribundo, resucitó sus 
antiguas leyes, y ensanchó sus dominios; le vio floreciendo 
en medio del calor de la agricultura y el comercio, sacan- 
do todo el fruto de sus vastos recursos, y subiendo cada 
día más en la escala de la civilización. Todo esto había 
visto, y tocábale además la grata satisfacción de que una 
gran parte de esa prosperidad se debiese a su sabiduría y 
acertado gobierno. Su largo y glorioso día tocaba ya al 
ocaso; pero él se acercó a él con la misma grandeza y se- 
renidad que había demostrado en sus albores matinales y 
en su esplendor meridiano. 

páginas 16 y 17, le llama la Oda de la Flor, la cual fué recitada en 
un gran banquete de nobles de Tezcuco. Si esta oda es la misma de 
que habla Torquemada (Monarch. Ind., lib. 2.°, cap. XLV), debe ha- 
ber sido escrita en idioma tezcucano; y ciertamente no es probable que 
el heterogéneo auditorio del monarca haya podido comprender el 
otomie dialecto indio, tan diverso de los otros de Anáhuac, por muy 
bien que lo poseyese el real poeta. 

(1) Una aproximación en las fechas es todo lo que se puede espe- 
rar de lxtlilxochitl, cuya cronología está embrollada, de manera que 
no acierto a desenmarañarla. Así es, por ejemplo, que después de 
habernos contado que Netzahualcóyotl sólo tenía quince años cuan- 
do asesinaron a su padre en 1418, dice después que murió en 1462, 
de edad de setenta y un años. Así sucede con los demás casos. Com- 
párense los caps. XVIII, XIX y XLIX de la Historia Chichimeca. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DB M1ÍXICO 201 

Poco tiempo antes de su muerte, congregó a aquellos de 
sus hijos en quienes tenía más confianza, a los principales 
consejeros, a los embajadores de México Tlacopan y al 
hijo a quien tocaba la corona, como única prole que había 
tenido en la reina. Este no tenía entonces más que ocho 
años; pero ya había dado, en cuanto lo permitía su tierna 
edad, ricas esperanzas de lo que sería en lo futuro (i). Des- 
pués de abrazar con ternura al infante, le vistió las insig- 
nias reales el aspirante monarca. Dio audiencia en seguida 
a los embajadores, y cuando ya se habían ido, hizo que el 
niño repitiese la parte sustancial de la conferencia. Después 
le dio todos los consejos que estaba en estado de com- 
prender, cuyos consejos le sirvieron después de muchos 
años, de guía y luz para el gobierno del reino. Le rogó que 
no descuidase del culto del Dios no conocido, y le mostró 
cuánta pena le cabía de no haber sido digno de conocerle, 
descubriéndole además la íntima convicción que le asistía, 
de que tenía de llegar un tiempo en que ese Dios fuese co- 
nocido y adorado en aquella tierra (2). 

A continuación se dirigió a aquel de sus hijos en quien 
había puesto mayor confianza y que había elegido para re- 
gente. 

«Desde este momento, le dijo, te encuentras llenando 
con este niño el mismo oficio que me tocaba, el de padre. 
Cuidarás de que viva como corresponde, y ten presente 
que según tus consejos gobernará un día el reino. Llena su 

(1) M. S., de Ixtlilxochitl, ubi. supra, cap. XLIX. 

(2j «No consintiendo que haya sacrificios de gente humana, que 
Dios se enoja de ello, castigando con rigor a los que lo hicieren; que el 
dolor que llevo es no tener luz ni conocimiento, ni ser merecedor de 
conocer tan gran Dios, el cual tengo por cierto que ya que los presen- 
tes no le conozcan, ha de venir el tiempo en que sea conocido y ado- 
rado en esta tierra.» M. S., de Ixtlilxochitl. 



202 W. H, PRKSCOTT 

lugar y condúcele hasta que llegue el tiempo de que sea 
capaz de gobernar por sí mismo.» Volvióse después a sus 
otros hijos y les amonestó a que viviesen en buena paz y 
armonía y a que guardasen fidelidad a su príncipe, que, 
aunque niño, mostraba más discreción de la que convenía 
a su tierna edad. «Sedle fieles, añadió, y él os conservará 
en vuestros derechos y dignidades» (i). 

Conociendo que ya llegaba su término, exclamó: «No 
me importunéis con lágrimas y ociosas lamentaciones. En- 
tonad cantos de alegría y mostraos valerosos; que no lle- 
guen a creer las naciones que he subyugado, que sois men- 
guados y cobardes, sino que piensen, por el contrario, que 
uno sólo de vosotros baste para someterles al vasallaje.» 
El intrépido espíritu del monarca se mostró esforzado aun 
en medio de la agonía de la muerte. Este corazón animoso 
se estremeció, sin embargo, al dejar a sus hijos y amigos, 
y el monarca lloró tiernamente sobre su seno cuando les 
dijo el último adiós. Luego que habían salido de su apo- 
sento, ordenó a sus guardias que a nadie le permitiesen 
volver a entrar, expirando poco después, a los setenta y 
dos años de edad y cuarenta y tres de reinado (2). 

Así murió el mayor monarca, y quizá pudiera decirse 
que el mejor de los que se sentaron en un trono indio, si 
fuera posible borrar de su vida la negra mancha que la 
afea. Su carácter ha sido delineado con mediana imparcia- 
lidad por su vasallo el cronista de Tezcuco: «Era sabio, 
dice, valiente, liberal, y si se considera la magnanimidad 
de su alma, el gran tamaño y éxito feliz de sus empresas 
y su profunda y atrevida política, es preciso reconocer que 
lleva gran ventaja a todos los príncipes y capitanes de este 



(1) ídem, ubi. supra. También la Hist. Chich . cap. XIL. 

(2) lbid., loco supra citato. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 203 

Nuevo Mundo. Tuvo pocas faltas y castigó severamente 
las de los demás. Prefirió el bien público a su privado in- 
terés. Era muy caritativo por naturaleza, comprando a ve- 
ces las cosas en el doble de lo que valían realmente, por 
socorrer a las personas honradas y menesterosas que las 
vendían , y en seguida las daba a los enfermos y desvali- 
dos. En tiempos de hambre era sumamente bondadoso, 
pues no sólo les perdonaba a sus vasallos los tributos, sino 
que socorría las necesidades públicas, abriendo las puertas 
de los graneros reales. Nunca profesó el culto idólatra de 
aquella tierra; conocía perfectamente la moral, y, ante to- 
das cosas, procuró la luz de la fe en el verdadero Dios. 
Creyó en un Dios único, creador del cielo y de la tierra, 
del cual recibimos el ser, y que jamás se ha ofrecido a los 
hombres bajo la" forma corpórea ni otra alguna, en cuya 
compañía viven los justos después de su muerte, al paso 
que los malos sufren penas indecibles. Invocaba al Altísi- 
mo, llamándole Aquel por quien somos y que tiene en sus 
manos todas las cosas. Reconocía ai Sol por su padre y a 
la Tierra por su madre. Aconsejaba a sus hijos que no 
creyesen en aquellos ídolos, y que les diesen culto pura- 
mente externo, y eso por respetar las costumbres públi- 
cas (i). Si bien no abolió del todo los sacrificios humanos, 
imitando los aztecas, por lo menos redujo aquellos única- 
mente a los esclavos y a los cautivos (2). 

He hablado tan largamente de este príncipe ilustre, que 
poco me queda ya que decir acerca de su hijo y sucesor 
Netzahualpilli. Me ha parecido más conveniente en aten- 
ción a los estrechos límites de mi obra, presentar el cuadro 

(1) «Solía amonestar a sus hijos en secreto que no adorasen 
aquellas figuras de ídolos, y que aquello que hiciesen en público fue- 
se sólo por cumplimiento.» Ibid. 

(2) ídem, ubi. supra. 



204 w ' H> PRESCOTT 

completo de una sola época, la más interesante seguramen- 
te de cuantas ofrecen los anales tezcucanos, que no dirigir 
mis miradas a un campo más vasto, pero comparativamente 
más estéril. Con todo, el reinado de Netzahualpilli, perso- 
naje notable, contiene interesantes sucesos, que siento te- 
ner que pasar en silencio (i). 

En muchas cosas tenía el mismo gusto que su padre, y 
ostentó lo mismo que él, profusa magnificencia en su ma- 
nera de vivir y en sus edificios públicos. Era más severo 
en su moral, y en la ejecución de la justicia llevaba la rigi- 
dez hasta el punto de sacrificar los sentimientos naturales. 
Cuéntanse de esto varios ejemplares; pero uno sobre todo 
concerniente a su hijo mayor, heredero de la corona y que 
prometía grandes esperanzas. Había éste entablado relacio- 
nes novelescas con una de las concubinas de su padre, a 
la cual llamaban la señora de Tula, mujer de humilde cuna, 
aunque de raras prendas. Poetizaba con facilidad y era ca- 
paz de entrar en graves discusiones con el rey y sus minis- 
tros. Vivía en un edificio aparte con grande aparato de 
grandeza, y adquirió por su hermosura y otras dotes, gran 
influjo en su real amante (2). Con semejante mujer es con 

(1) El nombre de Netzahualpilli significa «príncipe por el cual se 
ha ayunado», seguramente aludiendo a las grandes hambres que an- 
tes de que él naciese había padecido su padre. (Ixtlilxochitl, M. S., His- 
toria Chichi., cap. XLV.) En el cap. IV de esta introducción, he ex- 
plicado la etimología del nombre Netzahualcóyotl. Si acaso es cierto 
que «a César y Epaminondas no les conoceríamos si no fuese por su 
nombre, no es menos cierto que nombres tales como los de los prin- 
cipes tezcucanos, difíciles de pronunciar y recordar por un europeo, 
son muy desfavorables a la inmortalidad de los que los llevan». 

(2) «De las concubinas, la que más privó con el rey, fué la que 
llamaban la señora de Tula, no por su linaje, sino porque era hija de 
un mercader, y era tan sabia, que competía con el rey y con los más 
sabios de su reino, y era en la poesía muy aventajada, que con estas 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 20$ 

quien el príncipe llevaba una correspondencia en verso, 
aunque no se sabe si era amorosa. Pero aunque esto último 
no fuese, el delito exigía pena de muerte. Fué, pues, en- 
tregado al tribunal competente, que condenó al desgracia- 
do joven a pena capital. El rey, cerrando su corazón a 
todos los clamores de la naturaleza, permitió que se ejecu- 
tase la cruel sentencia. Pudiera sospecharse en este acto la 
influencia de ruines pasiones, si fuese este el único ejem- 
plo que había dado de inexorable severidad para los que le 
eran allegados; pero no, es que él poseía la rígida y austera 
virtud de un romano, sin ninguna de las gracias que la ha- 
cen dulce y amable. Después de ejecutada la sentencia se 
encerró en su palacio durante varias semanas, y mandó que 
se tapasen las puertas y ventanas de la casa de su hijo, para 
que nadie volviese- a habitarla (i). 

Netzahualpilli tenía por la astronomía la misma afición 
que su padre, y cuentan que en uno de sus palacios había 
un observatorio (2). En su primera juventud se dedicó a la 

gracias y dones naturales tenía al rey muy sujeto a su voluntad, de 
tal manera, que lo que quería alcanzaba de él, y así viósele por sí 
con gran majestad, en unos palacios que el rey le mandó edificara 
Jxtlilxochitl, Hist. Chichi., M. S., cap. LVII. 

(1) Ibid., cap. LXVII. 

El historiador tezcucano refiere algunos ejemplos extraordinarios 
de su severidad, uno especialmente relativo a su esposa criminal. La 
historia parecida a los cuentos de un serrallo de Oriente, se encontra- 
rá traducida en el Apéndice, parte 2. a , núm. 4. Véase también a Tor- 
quemada, Monarch. Ind., lib. 2.°, cap. LXVI. Zurita, Relación, pági- 
nas 108-109. Sobre todo era el terror de los magistrados injustos. Poco 
les quedaba que esperar del hombre que por cumplir las leyes había 
ahogado en su seno la voz de la naturaleza. Era, como dice Suetonio, 
de un príncipe que no tenía la fuerza de alma que el que nos ocupa: 
Vehemes et in coereendis dilectis, immodieus. Vita Galbae, sec. 9. 

(2) Torquemada alcanzó en sus tiempos las ruinas de él, o lo que 
pasaba por tal. Monarch. Ind., lib 2.°, cap. LXIV. 



206 W. II. PRESCOTT 

guerra; pero el trascurso de los años le hizo mudar de in- 
clinaciones y seguir su género de vida más tranquilo, bus- 
cando sus placeres en su estudio favorito o en los blandos 
placeres de los retirados jardines de Tezcotzingo. Esta vida 
pacífica se avenía poco con el carácter turbulento de su 
época y de su rival Moteuczoma. Las provincias lejanas co- 
menzaron a rebelarse contra su poder, la inmoralidad y el 
disgusto fué cundiendo en sus ejércitos, hasta que, por úl- 
timo el astuto Moteuczoma consiguió, ya por la fuerza, ya 
por amagos indignos de un rey, usurpar a su aliado de Tez- 
cuco sus más valiosos dominios. Entonces fué cuando se 
abrogó el título y preeminencias de emperador, que hasta 
allí habían pertenecido a los príncipes de Tezcuco, como 
cabezas de la alianza. Así lo refieren los historiadores de 
esta nación, en cuyo hecho reconocen tácitamente la supe- 
rioridad de los aztecas, tanto en territorio como en fuerzas 
y privilegios, en tiempo de la llegada de los españo- 
les (i). 

Estas desgracias agobiaron pesadamente el espíritu de 
Netzahualpüli, aumentándose sus pesares con los tétricos 
agüeros que tuvo, de las calamidades en que iba a ser en- 
vuelto el país dentro de poco tiempo (2). Retiróse, pues, a 
su palacio de Tezcotzingo, a llorar en secreto sus pesares. 
Su salud comenzó a declinar rápidamente, hasta que, al 

(1) Ixtlilxochitl, ffist. Chichi. M. S., caps. LXXIII-LXXIV. 

El súbito revés de la monarquía tezcucaaa, inmediatamente después 
de terminar el reinado de sus dos príncipes más sabios, es do tal modo 
inverosímil, que se ve uno tentado de creer que nunca llegó al esplen- 
dor que le atribuye su patriótico historiador. Véase antes el cap. I, 
nota, 25 y el texto correspondiente. 

(2) Ixtlilxochitl, Hist. Chichi. M. S., cap. LXXII. 

En una de las páginas subsecuentes de esta historia, encontrará el 
lector pormenorizada de algunos de estos prodigios, mejor autentica- 
dos que muchos milagros. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 207 

fin, murió en 1515 (0« ¡Harto dichoso en haberse liberta- 
do con esta muerte oportuna, de presenciar el cumplimien- 
to de sus pronósticos, la ruina del país, la extinción para 
siempre de las dinastías indiasl (2) 

Cuando se echa una ojeada sobre el breve bosquejo 
que hemos trazado de la monarquía tezcucana, no puede 
uno menos de quedar íntimamente convencido de la supe- 
rioridad que esta nación llevaba a todo el resto de Aná- 
huac en los grandes rasgos de civilización. Los mexicanos 
manifiestan indudablemente grandes adelantos en las artes 
mecánicas y aun en las ciencias matemáticas; pero en la 
política y la legislación, en las doctrinas especulativas per- 
tenecientes a la religión, en los cultos, ensayos de la poe- 
sía y la elocuencia, y en todo lo que depende del refina- 
miento del gusto y de los progresos de un idioma, los az- 
tecas reconocieron públicamente su inferioridad con res- 
pecto a los tezcucanos, pues que a ellos acudían para ins- 
truirse, y sus obras eran las que citaban como los mode- 
los, como las obras maestras de la lengua. A los tezcuca- 
nos pertenecieron las mejores historias, los mejores poe- 
mas, los mejores Códigos, el mejor dialecto. Los aztecas 
no eran sus rivales mas que en la ostentación de su porte 

(1) Ibid., cap. LXXV. O, mejor todavía, a la edad de cincuenta 
años, si es que el autor no se ha equivocado al fijar en uno de sus 
capítulos (el XLVI) la fecha del nacimiento del príncipe, en 1465. No 
es fácil conocer la verdad cuando el autor mismo no se toma el tra- 
bajo de ser veraz para consigo mismo. 

(2) Sus honras se celebraron con pompas sanguinarias. Sobre su 
tumba fueron sacrificados doscientos varones y cien mujeres. Su 
cuerpo fué devorado por las llamas en una pira funeraria, en medio 
de un montón de joyas y telas preciosas y de incienso; las cenizas fue- 
ron encerradas en una urna de oro y llevadas al templo de Huitzilo- 
pitchtli, a cuya deidad tenía alguna devoción, no obstante las leccio- 
nes de sü padre. Ibid. 



208 W. H. PRESCOTT 

y aun en la magnificencia de sus edificios; en todo esto 
desplegaron una pompa y esplendor verdaderamente asiá- 
ticos. Por tales cosas no pertenece más que a la mejora 
material, no a la intelectual; les faltaba ese refinamiento 
en las costumbres, que es obra de una civilización adelan- 
tada y duradera. Se oponía a sus progresos sociales una 
barrera insuperable, ese culto de sangre que volvía infecto 
y marchitante hasta el aire que respiraban. 

La superioridad de los tezcucanos es, indudablemente, 
debida a los dos príncipes de cuyo reinado acabamos de 
hablar. Ninguna situación es más a propósito para hacer 
la dicha de un pueblo, que la de un hombre que ejerce un 
poder ilimitado sobre un pueblo semiculto. Dueño absolu- 
to de todos los recursos de la época, puede aprovechar- 
los, difundirlos indefinidamente entre el pueblo; es se- 
mejante a esos manantiales que, nacidos en la cumbre 
de una montaña y alimentados de la lluvia del cielo, for- 
man después arroyos que corren por en medio de las sua- 
ves colinas y de los valles, fertilizándolos y vistiendo su 
aridez de verdor y de hermosura. Tales fueron Netzahual- 
cóyotl y su ilustre heredero, cuyo sabio Gobierno que duró 
cerca de una centuria, ocasionó la más saludable revolución 
en la condición de su pueblo ¡Es cosa rara que nosotros 
que habitamos el mismo Continente, sepamos mejor la his- 
toria de tantos caudillos bárbaros del Viejo y del Nuevo 
Mundo, que la de esos varones verdaderamente grandes, 
cuyos nombres están asociados a la memoria de los perío- 
dos más gloriosos en los anales de las razas indias! 

No es fácil cosa con la escasa luz que nos han trasmitido 
los siglos, determinar exactamente el grado de civilización 
a que habían llegado los tezcucanos. Era ciertamente muy 
imperfecta, si se ha de tomar en la rigurosa acepción que 
tiene en Europa la palabra civilización; en algunas de las 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 209 

artes y en todos los ramos de las ciencias no hicieron más 
que comenzar; pero iban bien encaminados, y ya habían 
manifestado un gusto delicado, una sensibilidad exquisita 
y una aptitud para perfeccionarse, que bajo buenos auspi- 
cios les habría conducido a un adelanto indefinido. Desgra- 
ciadamente fué su destino caer bajo la dominación de los 
belicosos aztecas, cuyo pueblo pagó a sus vecinos los be- 
neficios de la civilización, contaminándoles con su feroz su- 
perstición, envolviendo la tierra en letal oscuridad, que 
bien pronto habría marchitado los ricos pimpollos que iban 
a brotar, y habría reducido los frutos mismos a polvos y 
cenizas. 



* * * 



Fernando de Alba Ixtlilxochitl, que floreció a principios 
del siglo xvi, era descendiente en línea recta de los sobe- 
ranos de Tezcuco. La posteridad real se volvió tan nume- 
rosa en pocos años, que no era raro encontrarla reducida 
a la mayor pobreza, y ganando el pan cuotidiano en las 
más humildes ocupaciones; pero Ixtlilxochitl, descendiente 
de la principal mujer de Netzahualpilli, había conservado 
un rango distinguido. Desempeñaba cerca del virrey el car- 
go de intérprete, para el cual era muy a propósito por sus 
conocimientos en los jeroglíficos y en las lenguas mexica- 
na y española. Su origen le granjeaba la amistad de los 
grandes de su nación, algunos de los cuales conservaban 
empleos de importacia bajo el nuevo Gobierno, y habían 
tenido por lo tanto proporción de acopiar manuscritos in- 
dios que francamente podía consultar Ixtlilxochitl. Él po- 
seía una librería de consideración, propia suya; y tanto con 
estos como con los otros materiales, emprendió diligente- 
mente el estudio de las antigüedades tezcucanas. Descifró 

14 



210 W. H. PRESCOTT 

los jeroglíficos, recogió los cantos y tradiciones populares, 
y corroboró estas noticias con las que oralmente recibía de 
algunos ancianos que habían tratado con los conquistado- 
res. Con tales documentos trabajó varias obras sobre la his- 
toria antigua de las razas tezcucanas y tultecas, continuán- 
dolas hasta terminar con la ruina del imperio por Cortés. 
Estas varias obras, compiladas bajo el título de Relaciones, 
son compendios y repeticiones unas de otras, y no se 
acierta el motivo de esto. La Historia Chichimeca es la 
mejor dispuesta y la más completa de las de toda la serie, 
y la que por lo tanto he citado más frecuentemente en el 
curso de esta introducción. 

Los escritos de Ixtlilxochitl tienen muchos de los defec- 
tos propios de su época. Muy a menudo emplea sus pági- 
nas en referir incidentes triviales y aún inverosímiles, au- 
mentando esto último al paso que se trata de acontecimien- 
tos más remotos; pero la distancia que disminuye la mag- 
nitud aparente de los objetos vistos con los ojos materiales, 
la aumenta cuando se les ve con los del espíritu. Su crono- 
logía, como lo he dicho más de una vez, es confusa y 
embrollada, hasta el punto de ser imposible desenmarañar- 
la. Frecuentemente presta oídos fáciles a tradiciones y 
cuentos que en nuestro tiempo asustarían al crítico menos 
escéptico. No obstante, hay en sus escritos tales apariencias 
de candor y buena fe, que el lector fácilmente se convence 
de que la peor causa que reconocen sus errores, e3 la par- 
cialidad nacional, y ciertamente que semejante defecto es 
excusable en el descendiente de una alta familia despojada 
de su antiguo esplendor, y a quien debía ser lisonjero re- 
vivirlo (aún más brillante de lo que fué) aunque fuese en 
las páginas de la historia. Debemos también considerar que 
si su narración es a veces increíble, depende de que ha in- 
tentado penetrar en los misteriosos senos de la antigüedad, 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 2 1 I 

donde se encuentran mezcladas la luz y las tinieblas, y 
donde todo es susceptible de desfigurarse, como se ve al 
través del nebuloso medio de los jeroglíficos. 

En consideración a esto, vemos que el historiador tezcu- 
cano tiene justos títulos a nuestra admiración, por la exac- 
titud de sus indagaciones y por la sagacidad con que las 
ha dirigido. Nos ha iniciado en eí conocimiento del pueblo 
más culto de Anáhuac, cuya historia, no obstante que se 
ha conservado, apenas se ha podido comprender en los 
últimos tiempos; nos ha ofrecido un punto de comparación 
que rectifique nuestras ideas acerca de la civilización de 
América. Su lenguaje es sencillo y a veces elocuente y sen- 
tido. Sus descripciones, muy pintorescas, y abunda en 
anécdotas familiares. La naturalidad y belleza de su estilo 
al referir los acontecimientos más notables de la historia y 
las aventuras personales de sus héroes, le hacen acreedor 
al nombre de el Livio de Anáhuac. 

En lo sucesivo, al tratar de lo relativo a la conquista, ten- 
dré que hablar de su mérito literario, pues que en lo que 
mira a aquel suceso es una de las primeras autoridades. 
Sus anales manuscritos, pues que hasta hace poco no se 
habían impreso, han sido diligentemente estudiados y 
trascritas sus páginas por todos los escritores que han es- 
crito en México, padeciendo algo su reputación por tal 
motivo, como sucedió a Sahagun. 

Su Historia Chichimeca se ha traducido al francés 
por M. Ternaux-Compans, y forma parte de esa inestima- 
ble colección de traducciones de documentos inéditos, que 
tanto ha ensanchado nuestros conocimientos sobre la his- 
toria de América. Yo he tenido frecuentes ocasiones de 
juzgar del mérito de la traducción de Ixtlilxochitl, y apro- 
vecho con placer esta oportunidad de dar un testimonio 
público de su fidelidad y elegancia. 



212 W. H. PRESCOTT 

NOTA. — Era mi intención terminar esta introducción 
con una «investigación sobre el origen de la civilización 
mexicana». Pero «las cuestiones relativas al origen de los 
habitantes de un continente, no pertenecen — dice Hum- 
boldt — al dominio de la historia, y quizá ni a la de la filo- 
sofía». Livio ha dicho que «para la mayoría de los lee .ores, 
ofrece escaso interés el origen y antigüedades de un pue- 
blo». Fundado en el exacto y oportuno dictamen de dos 
escritores semejantes, y habiendo por otra parte reunido 
todo lo concerniente a este punto en la primera parte del 
Apéndice, a él remito antes de entrar en la historia de la 
conquista a aquellos de mis lectores que estén muy intere- 
sados en la discusión. 



LIBRO SEGUNDO 



CAPITULO PRIMERO 

España bajo Carlos V. — Progresos de los descubrimien- 
tos. — Política colonial. — Conquista de Cuba. — Expe- 
diciones a Yucatán. 

(1516-1518) 

A principios del siglo xvi, España ocupaba tal vez el lu- 
gar más prominente en el teatro de Europa. Los numerosos 
Estados en que había estado dividida por tanto tiempo, se 
habían refundido en una sola monarquía. La media luna 
que había reinado allí durante ocho siglos, fué arrojada a 
los confines de la monarquía: la autoridad de la corona no 
hacía sombra como en los últimos tiempos, a las clases in- 
feriores del Estado; el pueblo gozaba del inestimable privi- 
legio de la representación política, y lo ejercía con varonil 
independencia. La nación podría haber llegado a un grado 
tan alto de libertad constitucional como cualquiera otra de 
aquella época. Bajo un sistema de benéficas leyes sabiamen- 
te administradas, se afianzó la seguridad doméstica, se es- 
tableció el crédito público, florecían el comercio, la indus- 
tria y aun las artes más elegantes, entre tanto que una edu- 
cación elevada hacía brotar los primeros pimpollos de esa 



214 w - H « PKESCOTT 

bella literatura de que tan abundante cosecha se recogió a 
fines del siglo. Las armas, ocupadas en gloriosas empresas 
fuera del reino, dejaban a éste florecer en paz. La España 
se encontró de repente dueña de vastas posesiones en Eu- 
ropa y en África, mientras que otro mundo trasatlántico 
derramaba en su seno tesoros de incontable riqueza y le 
abría un campo inmenso y apropiado a gloriosas em- 
presas. 

Tal era el estado de la monarquía española al terminar 
el largo y glorioso reinado de Fernando e Isabel, cuando 
pasó el cetro en 23 de enero de 15 16, a manos de su hija 
Juana, o mejor dicho, de su nieto Carlos V, que es quien 
únicamente gobernó la monarquía durante la larga e imbé- 
cil vida de su desventurada madre. Durante los dos años 
siguientes a la muerte de Fernando, desempeñó la regencia 
por ausencia de Carlos, el cardenal Jiménez, hombre intré- 
pido, hábil y capaz de acometer grandes empresas, pero 
cuyo orgullo y altivez le hacían no pararse en los medios 
de cumplir sus designios. Su administración fué, no obstan- 
te la rectitud de sus intenciones, funesta a la libertad cons- 
titucional, porque él holló las formas legales, y el respeto 
a las formas legales es un elemento indispensable a la li- 
bertad. Pero Jiménez, con todo y sus defectos, era espa- 
ñol, y su corazón no anhelaba más que por el bien de 
España. 

Muy de otra manera aconteció cuando el advenimiento 
de Carlos, quien después de una larga ausencia, se encon- 
tró extranjero en la tierra de sus padres. (Noviembre de 
1 5 17.) Sus modales, su simpatía y aun su lengua (pues que 
hablaba difícilmente el castellano), todo era en él extran- 
jero. Conocía poco a su pueblo, su carácter e instituciones, 
y cuidó todavía menos de respetar todo esto. Su carác- 
ter, naturalmente reservado, le retraía de ese trato libre y 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 21 5 

franco que pudiera haber corregido, a lo menos hasta cier- 
to punto, los errores de su primera educación. En todo 
era, pues, un extranjero; así es que se entregó dócilmente 
a discreción de sus consejeros flamencos, lo cual dio muy 
malos agüeros de su futura grandeza. 

Cuando entró en Castilla, vino acompañado de un en- 
jambre de sycofantes cortesanos, los cuales procuraron, a 
manera de zánganos, colocarse en todos los empleos ho- 
noríficos y productivos que encontraron en el reino. Un 
flamenco, fué nombrado Gran Chanciller de Castilla; otro 
flamenco, Arzobispo de Toledo; llegando a atreverse aún 
a profanar el santuario de las Cortes, mezclándose en sus 
deliberaciones. Este Cuerpo no se sometió por mucho 
tiempo a semejante usurpación, y su indignación estalló 
cual sentaba a los representantes de un pueblo libre (i). 

La conducta de Carlos, tan diferente de aquella a que 
estaban acostumbrados los españoles bajo el benigno go- 
bierno de Fernando e Isabel, enajenó a aquél todos los 
corazones. Como su carácter empezó a suscitar sospechas, 
lejos de encontrar esas demostraciones de lealtad, que por 



(1) El siguiente pasaje, uno, entre muchos, sacado del fiel espejo 
de aquella época, la correspondencia de Peter Martyr, prueba sobra- 
damente la intemperancia, avaricia e intolerable arrogancia de los 
flamencos. El testimonio no puede ser mejor, pues viene de uno que, 
aunque entonces residía en España, no era español. «Crumenas auro 
fulcive inhiant; huic uni studio invigilant. Neo detrectat juvenis 
Bex. Farcit quaqumque posse datur; non satiat tamen. Quoz, qua- 
lisve sit gens hozc depingere adhuc nescio. Insufflat vulgus hic in 
omne genus hominum, non arelóos. Minores faciunt hispanos, 
quam si natti essent inter eorum cloacas. Rogiunt jam Hispani, 
labra mordent, submurmurant tactti, fatorum vices tales esse con- 
queruntur puod ipsi domitores regnorum ita floccifiant ab his quo- 
rum Deus únicos (subrege tempéralo) Bachus est cum Citherea.» — 
Opus Epistolarum (Amstelodami, 1610), ep. 608. 



2l6 W. H. PBESCOTT 

lo común acompañan el advenimiento de un nuevo y joven 
monarca, él no encontró por todas partes más que des- 
afecto y descontento. En Castilla, y posteriormente en 
Aragón, Cataluña y Valencia, los comunes vacilaron en 
conferirle el título de rey mientras vivió su madre, y cuan- 
do eventualmente se arregló este punto y unieron sus 
nombres al de los dominios del soberano, accedieron con 
gran disgusto a las peticiones que les hizo, y no se le con- 
cedieron sino con tales precauciones y ejerciendo tal vigi- 
lancia, que poco les quedase que esperar a los ávidos fla- 
mencos. El lenguaje de las Cortes, en tal ocasión, aunque 
templado y respetuoso, respira un espíritu de resuelta in- 
dependencia, que tal vez no se hallará en los anales par- 
lamentarios de ningún otro pueblo de aquel tiempo. Nada 
tiene de admirable que Carlos haya visto desde luego con 
desagrado a aquellas asambleas populares, únicos cuerpos 
de donde tan amargas verdades podían salir y abrirse paso 
hasta sus oídos (i). Desgraciadamente nada influyó esto en 
su política, hasta que por último el disgusto que por largo 
tiempo había estado reprimido en secreto, estalló en esa 
guerra desastrosa «de las comunidades», que sacudió al 
Estado hasta sus íntimos fundamentos, y acabó en la des- 
trucción de las libertades públicas. 

Esta dañina influencia de los extranjeros se resintió, 
aunque mucho menos, en la administración de las colo- 
nias. Habíase ésta encomendado bajo el último reinado, al 

(1) Sin embargo, la nobleza no tardó mucho en manifestar su des- 
contento. Cuando Carlos quiso conferir la famosa orden Borgoñia- 
na de la Flecha de Oro al conde de Benavente, este noble la rehusó 
altivamente, diciendo: «Soy castellano y no quiero más honores que 
los de mi patria, tan buenos, a mi entender, como los de cualquiera 
otra parte.» Sandoval, Historia y hechos del emperador Garlos V. 
(Amberes, 1681), tomo III, pág. 103. 



HISTORIA I>E LA CONQUISTA DE MÉXICO 217 

cuidado inmediato de los grandes tribunales, el «Consejo 
de Indias» y la «Casa de Contratación» o la casa de Indias, 
en Sevilla. Eran los principales objetos de su institución, 
llevar adelante los descubrimientos, vigilar sobre los nue- 
vos establecimientos y arreglar las disputas que en ellos 
se promoviesen. Pero las grandes concesiones hechas a 
los aventureros particulares, hicieron más en favor de las 
empresas de descubrimiento, que el patronaje de la Coro- 
na y sus ministros. La larga paz de que con tantas in- 
terrupciones había gozado la España a principios del 
siglo xvi era muy favorable a este propósito, siéndole no 
menos que los caballeros cristianos que ya no podían ir a 
recoger laureles a los campos de África o Europa, entra- 
ron con ansia en la nueva carrera de gloria que se les 
ofrecía más allá del Océano. 

Nos cuesta gran trabajo a nosotros, que desde nuestra 
niñez conocemos los países más remotos del globo tan fa- 
miliarmente como los que tenemos a nuestro lado, nos 
cuesta trabajo, repito, formarnos una idea de lo que sentían 
los hombres del siglo xvi. Cierto es que entonces ya se ha- 
bía disipado el terrible misterio que por tanto tiempo ha- 
bía envuelto en su profunda oscuridad a la Europa; ya ao 
sobrecogía al europeo el mismo terror vago que cuando 
Colón arrojó su frágil y atrevida barquilla en un oscuro e 
ignoto piélago; no, ya había él encontrado un nuevo y glo- 
rioso mundo. Pero acerca del lugar en que acababa el 
mundo, su extensión, su historia, si era continente o 
isla, etc., no tenían más que nociones vagas y confusas. 
Muchos había que por ciega ignorancia adoptaban el mis- 
mo error a que indujo el grande Almirante su profunda 
ciencia, el de creer que las nuevas tierras formaban parte 
del Asia; y como por entonces andaba errante el nauta por 
las Islas Lucayas y dirigía su carabela al través del mar 



21 8 W. H. PKESCOTT 

Caribe, ya se imaginaban respirando el rico aroma de las 
Islas Molucas en el Océano Indico. Cada nuevo descubri- 
miento, interpretado según estas falsas ideas, servía para 
ratificarles su error o a lo menos para hundir su espíritu en 
nuevas dudas. 

La nueva carrera que se había abierto, tenía todos los 
encantos de una aventura desesperada, en que se iban a ci- 
frar todas las esperanzas de fama, fortuna y aún de vida. 
El aventurero no tenía gran certeza por cierto de alcanzar 
la prez que codiciaba; pero sí la tenía de alcanzar la gloria, 
objeto igualmente querido de su corazón caballeresco. Si 
llegaba a volver a su país, ya tenía que hablar de historias 
maravillosas, de lances peligrosos sucedidos en el extraño 
pueblo que acaba de visitar, de su clima abrasador, de su 
rica fertilidad y de su magnífica vegetación, de la que nada 
de lo de su país podía dar idea ni aun aproximada. Seme- 
jantes narraciones añadían nuevos incentivos a la imagina- 
ción ya acalorada por la lectura de los romances caballe- 
rescos, que en aquel tiempo era la favorita de les españo- 
les. Las ficciones novelescas y los hechos reales y positivos, 
obraban recíprocamente unas sobre otros, y exaltaban el 
alma del español hasta ese extremo de entusiasmo que le 
hizo arrostrar los horribles tormentos que le aguardaban 
en la senda de los descubrimientos. La vida de un caballe- 
ro de aquellos días, era una novela puesta en acción; y la 
narración de sus aventuras en el Nuevo Mundo, forma una 
de las más memorables páginas de la historia del hombre. 

Gracias a este espíritu caballeresco, los descubrimientos 
progresaron hasta el punto de comprender, al principio del 
reinado de Carlos V, desde la bahía de Honduras, a lo lar- 
go de todas las costas sinuosas de Darien y del continente 
de la América del Sur, hasta el Río de la Plata. La inmen- 
sa barrera del itsmo había sido superada, y el Océano Pa- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 219 

cífico surcado por el valiente Núñez de Balboa, sólo si- 
guindo a Colón en esta valerosa «caballería de mar». En el 
continente americano del Norte se habían explorado las 
Lucayas, las Caribes y la Península de la Florida. A este 
último punto había llegado Sebastián Cabot en 1497, al 
bajar de la costa del Labrador; por manera que antes del 
año de 1 5 18 en que comienza nuestra historia, ya se había 
descubierto casi toda la dilatada costa de ambos continen- 
tes americanos. No obstante, aún estaban ocultas a la vista 
del navegante las playas del Golfo de México, en su exten- 
so y recóndito circuito, y con todos los reinos que ence- 
rraban; pero había llegado ya el tiempo de su descubri- 
miento. 

La colonización progresaba a la par de los descubrimien- 
tos. En algunas islas, en varios lugares de la Tierra Firme, 
y en el istmo de Dariene, se habían establecido colonias 
bajo la vigilancia de un gobernador que hacía los oficios y 
tenía la dignidad de un virrey. Se asignaron terrenos a los 
colonos para que sacasen el beneficio de sus productos; 
pero prestóse aún mayor atención al azúcar de caña de las 
Canarias, porque la azúcar, los palos de tinte y los metales 
preciosos, eran casi los únicos artículos de exportación en 
la infancia de las colonias, que entonces todavía no habían 
introducido esos otros artículos de comercio con las Indias 
Occidentales, que en nuestros días forman la principal ri- 
queza de aquellas. Aún los metales preciosos, penosamen- 
te extraídos de unos pocos mezquinos minerales, les ha- 
brían producido poco, a no ser por el gratuito trabajo de 
los indios. 

Isabel había suprimido el cruel sistema de repartimien- 
tos, o distribución de los indios, en clase de esclavos, en- 
tre los conquistadores; y aunque después se permitió nue- 
vamente por el Gobierno, fué con las más estrechas restric- 



220 W. H. PRESCOTT 

dones. Pero es imposible tolerar el crimen a medias, auto- 
rizar la injusticia y tener la esperanza de regularizarla. Las 
elocuentes instancias de los dominicos, que en el Nuevo 
Mundo se dedicaron a la buena obra de la conversión de 
los gentiles, con el mismo celo que habían mostrado en sus 
persecuciones en el Antiguo, y sobre todo las súplicas 
de Las Casas, indujeron al cardenal regente, Ximénez, a 
enviar una Comisión plenamente autorizada, que averi- 
guase los agravios y los reparase: estaba además investi- 
da de competente autoridad para inspeccionar la con- 
ducta de los magistrados civiles y corregir los abusos de la 
administración. Esta extraordinaria Comisión estaba forma- 
da de tres frailes de San Jerónimo y de un eminente ju- 
rista; todos ellos hombres de gran sabiduría y de irrepren- 
sible piedad. 

Los tales desempeñaron su visita con la mayor impar- 
cialidad; pero después de largos debates llegaron a una 
conclusión enteramente contraria a las peticiones de Las 
Casas, que insistía en la entera libertad de los indios. Las 
razones en que aquella conclusión se fundaba, eran princi- 
palmente: que los indios no trabajarían, a menos que no se 
les obligase a ello, y que si no trabajaban, no se comunica- 
rían con los blancos y sería imposible convertirles al cris- 
tianismo. Cualquiera que sea el juicio que nosotros nos 
formamos de semejante dictamen, no tiene duda que esos 
argumentos eran hijos de la sinceridad, pues que la con- 
ducta ulterior de los que lo hacían, aleja de ellos toda sos- 
pecha. Al mismo tiempo que opinaban por la esclavitud de 
los indios, dictaban prudentes medidas destinadas a prote- 
gerles y ampararles. Pero fué en vano: aquellas gentes, 
acostumbradas a pasar todos los días en la ociosidad y la 
pereza, no pudieron soportar la opresión de sus señores, 
y la población comenzó a menguar y a desaparecer más 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 221 

espantosamente de lo que por otra causa desaparecieron 
los naturales de nuestro país. No creo necesario entrar en 
más largas noticias acerca de esto, pues mi objeto fué, úni- 
camente, recordar al lector el estado en que se encontra- 
ban las cosas en el Nuevo Mundo a la sazón que aconte- 
cieron los hechos de que trata mi narración (i). 

De todas las islas, la segunda que se descubrió fué 
Cuba; pero durante la vida de Colón, ninguna tentativa se 
había hecho para fundar allí una colonia; no obstante que 
él después de haber recorrido toda su costa meridional, 
murió creyendo que era parte de un continente (2). Al fin, 
en 1 5 1 1» Don Diego, hijo y sucesor del Almirante, y que 
aún desempeñaba el Gobierno de la Hispaniola, viendo que 
las minas se habían agotado mucho, propuso que se ocu- 
pase la vecina isla .de Cuba o Fernandina, como se le 
llamó en honor del monarca español (3). Aprestó una pe- 
queña fuerza que puso a las órdenes de D. Diego Veláz- 
quez, al cual lo pintan sus coetáneos hombre de gran ex- 
periencia en las cosas militares, pues había servido durante 
diez y siete años en guerras europeas; honrado, de ilustre 

(t) Me tomaré la libertad de remitir a aquellos de mis lectores 
que quieran conocer más íntimamente la administración colonial es- 
pañola y el estado de los descubrimientos antes de Carlos V, a mi 
Historia del reinado de Fernando e Isabel, parte 2. a , caps. IX y 
XXVI; allí se trata este punto in extenso. 

(2) Véase el curioso documento que atestigua esto, mandado gra- 
bar, de orden de Colón mismo, en la obra de Navarrete, Colección de 
los Viajes y de Descubrimientos. (Madrid, 1825), t. II, Col. Dip., nú- 
mero 76. 

(8) La isla fué primeramente llamada por Colón, Juana, en honor 
del príncipe Juan, heredero de la Corona de Castilla. Después de su 
muerte recibió el nombre de Fernandina, por deseo del íey; pero el 
nombre indio ha prevalecido sobre los otros dos. Herrera, Historia 
general, Descrip., cap. VI. 



222 W. H. PRESCOTT 

nacimiento, afamado, ansioso de glorias y algo amigo tam- 
bién de las riquezas (i). El retrato estaba trazado por mano 
no enemiga. 

Velázquez, o, mejor dicho, su teniente Narváez, que 
tomó por su cuenta recorrer el país, no encontró oposi- 
ción seria de parte de los naturales, que eran de la misma 
familia afeminada que los de la española. La conquista, 
gracias a la interposición de Las Casas, el protector de los 
indios, que acompañó al ejército en esta expedición, se 
efectuó sin gran derramamiento de sangre. Un solo jefe, 
sin embargo, llamado Hatuey, que había conseguido esca- 
parse de Santo Domingo, hizo una desesperada resisten- 
cia, por la cual le condenó Velázquez a que le quemasen 
vivo. El fué, ese indio, el que le dio aquella memorable 
respuesta, más elocuente que todo un volumen de invec- 
tivas. Habiéndole instado a que abrazase el cristianismo, 
como el único camino que podía llevarle al cielo, pregun- 
tó si allí había blancos, a lo cual le respondieron afirmati- 
vamente. «Entonces, respondió, no quiero ser cristiano, 
porque no quiero volver a ir a ninguna parte donde haya 
hombres tan crueles.» (2) 

Acabada la conquista, Velázquez, que había sido nom- 
brado gobernador, se ocupó activamente en promover la 
prosperidad de la isla. Formó cierto número de colonias, 

(1) «Erat didacus ut in hoc loco de eo semel tantum dicamus, 
veteranos miles, rei militaris gnarus, quippe qui septem et decem 
annos in Hispaniam militian exercitus fuerat, homo probus, opibus 
genere et fama clarus, honoris cupidos scuniae alicuanto cupidior.> 
De rebus gestis, Ferdinandi Cortessii, M. S. 

(2) La historia, refiere Las Casas, en su espantoso recuerdo de 
sus paisanos en el Nuevo Mundo; crueldades de que la caridad de 
buen padre y nuestro sentido común nos permiten dudar un poco. 
Brevísima relación de la destrucción de las Indias. (Venecia, 1643), 
página 28. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DS MÉXICO 223 

cuyos nombres eran los mismos que tienen las ciudades 
de nuestros días, haciendo a Santiago, situado en la pun- 
ta S. O., asiento del Gobierno (i). Alentaba a los colonos 
dándoles grandes particiones de tierras y repartimientos 
de esclavos; animábales a cultivar el suelo y principalmen- 
te la azúcar de caña, artículo de comercio tan lucrativo en 
estos últimos tiempos; se proponía, sobre todo, trabajar 
las minas que ofrecían dar mejores productos que las de 
la Española. Los cuidados del Gobierno no le estorbaban 
pensar en los descubrimientos que se podían hacer todavía 
en el Continente; así es que aprovechó la conyuntura que 
la fortuna le ofrecía de realizar lo que tanto deseaba, que 
era tomar parte en una de estas doradas aventuras. 

Un hidalgo de Cuba, llamado Hernández de Córdoba, 
se hizo a la vela con tres embarcaciones, en una expedición 
a una de las Lucayas, en busca de esclavos indios (febre- 
ro 8 de 1 5 17). Encontró con vientos contrarios que le ale- 
jaron mucho de su ruta, y le llevaron al cabo de tres 
semanas a extrañas y desconocidas playas. Habiendo des- 
embarcado y preguntado el nombre de aquella tierra, le 
respondieron los habitantes de ella, Tectetan, lo cual signi- 
fica «no entiendo a usted». Pero los españoles, creyendo 
que aquel era el nombre del país, llamaron a este corrom- 
piendo la palabra que habían oído, Yucatán. Otros autores 
dan a este nombre una etimología diferente (2). Tales 



(1) Entre los más antiguos establecimientos españoles, se cuentan 
la Habana, Pu8rto Príncipe, Trinidad, San Salvador y Matanzas, 
este último punto llamado así por la matanza de españoles que hicie- 
ron allí los indios. Bernal Díaz, Historia de la Conquista, cap. VIH. 

(2) Gomara, Historia de las Indias, cap. LII, apud Barcia, t. II. 

Bernal Díaz dice que la palabra se deriva del nombre de un vege- 
tal llamado yuca y tale, el de un collado en que se le planta. (Hist. de 
la Conq., cap. VI.) M. Waldeck encuentra una etimología mucho más 



224 w - H - PRESCOTT 

errores no eran raros en los primeros descubridores, y han 
dado origen a muchos de los nombres de los países del 
continente americano (i). 

Córdoba tocó en el cabo N. E. de la Península, en el 
cabo Catoche. Quedóse asombrado al ver la magnitud y 
solidez de los edificios, hechos de cal y piedra, mientras 
que las endebles habitaciones de los isleños estaban hechas 
de juncos y cañas. No le causaron menos extrañeza el gran 
cultivo del suelo y la delicada fábrica de las telas de algo- 
dón y adornos de oro que formaban el vestido de los ha- 
bitantes. Todo esto anunciaba una civilización muy supe- 
rior a cuanto hasta allí habían encontrado en el Nuevo Mun- 
do. En el espíritu guerrero de los naturales, encontraron 
otra prueba evidente de que pertenecían a una raza distinta. 
Seguramente había precedido a los españoles el rumor de 
su venida, porque repetidas veces les preguntaron si venían 
del Oriente, y porque dondequiera que abordaban encon- 
traban la más negra enemistad. Córdoba mismo, en una de 
las refriegas con los indios, recibió más de doce heridas, 
escapando ileso únicamente uno de los de su acompaña- 
miento. Por último, después de haber costeado la Penínsu- 
la hasta Campeche, regresó a Cuba, adonde llegó pasados 
varios meses y después de haber experimentado todos los 
males a que estaban sujetos estos descubridores marítimos 
y a los que sólo el ánimo más esforzado podía resistir; el 
resultado de la expedición fué que pereciese la mitad de 

plausible en la derivación de la palabra india Ouyonckatan <oí lo que 
dicen». Voyage Pittoresque, pág. 25. 

(i) Según Herrera (op. cit., dec. 1. a , lib. 6.°, cap. XVII), dos nave- 
gantes, Solís y Pinzón, han descrito la costa desde 1506, aunque no 
hayan tornado posesión de ella. Es, en efecto, muy notable que hu- 
biese permanecido desconocido por tanto tiempo, no distante de Cuba 
más que dos grados. 



HISTORIA DS LA CONQUISTA DK MÉXICO 22$ 

los que la formaban, y eran 1 10 hombres, incluyendo en- 
tre los muertos al valiente comandante que murió a poco 
de su regreso. Los informes que dieron los que habían 
vuelto, y más que esto las preciosas muestras de oro pri- 
morosamente trabajado que trajeron, convencieron a Veláz 
quez de la importancia del descubrimiento, disponiendo, en 
consecuencia, todo lo necesario para aprovecharse de él (i). 
Armó, pues, una escuadrilla de cuatro embarcaciones 
para que se dirigiese a las tierras nuevamente descubiertas, 
y la confió al mando de Juan de Grijalva, hombre cuya pro- 
bidad, prudencia y afecto, le hicieron preferible. La flotilla 
dejó el puerto de Santiago de Cuba el i.° de mayo de 
1 518 (2). Tomó el mismo derrotero, seguido por Córdova; 
pero fué arrojada un poco al Sur, por lo que la primera 
tierra que tocaron fué Cozumel. De allí pasó en poco tiem- 
po Grijalva al continente, costeó la Península y tocó en los 
mismos puntos que su predecesor. Dondequiera que lle- 
gaba quedaba como él, admirado del grandísimo adelanto 
social, principalmente en la arquitectura; y a fe que tenía 
razón, pues que esta era la región donde se encontraban 
esas extraordinarias ruinas que aun recientemente han sido 
objeto de tantas especulaciones. Asombróle no menos en- 
contrar enormes cruces de piedra, objetos evidentes de 

(1) Oviedo, Natural y General Historia de las Indias, M. S., li- 
bro 63, cap. I. De rebus geetis, M. S. Carta del cabildo de Veracruz 
(julio 10, 1519,,, M. S. 

Bernal Díaz niega que el objeto primero de la expedición en que 
entró, haya sido procurarse esclavos, aunque Velázquez lo propaso 
así. Pero en este punto está en contradicción con las otras autoridades 
contemporáneas arriba citadas. 

(2) Itinerario de la Isota de Yuchatan novamente ritrovata por el 
signor Joan de Grijalva, per il suo capellano, M. S. 

En cuanto a la fecha, me atengo a la que da el capellán; aunque 
generalmente se dice que fué el 8 de abril. 

15 



226 W. H. PRESCOTT 

adoración; lo cual le recordó su patria, por lo que le dio al 
nuevo país el nombre de Nueva España, nombre que des- 
pués se ha hecho extensivo a un territorio mucho más con- 
siderable (i). 

En todas partes encontraba Grijalva la inhospitalaria 
acogida que Córdova; pero le hizo menos daño que a él, 
porque también iba mejor dispuesto para resistirlo. En el 
río de Tabasco o de Grijaiva, como le llaman comúnmente 
en recuerdo de aquel navegante, tuvo éste una conferencia 
amistosa con uno de los principales jefes, que le regaló 
cierto número de láminas de oro, dispuestas en forma de 
armadura. Cuando siguió costeando las costas de México, 
uno de los capitanes que llevaba Pedro de Alvarado, que 
se hizo después famoso en la Conquista, entró en un río al 
cual dejó también su nombre. En un riachuelo de las cer- 
canías, llamado el Río de Banderas, por haber desplegado 
los naturales a la margen de él, sus insignias militares, es 
donde tuvo Grijalva las primeras conferencias con los me- 
xicanos mismos. 

El cacique que gobernaba aquella provincia había reci- 
bido noticias de la llegada de los españoles y de su aspec- 
to sorprendente: estaba deseoso de adquirir todos los in- 
formes que pudiese con respecto a ellos y al objeto de su 
visita, para transmitirlos a su amo y señor el emperador az- 
teca (2). Verificóse la primera conferencia amistosa en la pla- 
ya, a la cual Grijalva había hecho salir toda su tropa para ha- 
cer una impresión muy provechosa en el ánimo del bárba- 

(1) De rebus gestis, M. S. Itinerario del Gapellano, M. S. 

(2) Según los escritores españoles, el cacique había sido enviado 
con estos regalos, por el soberano de México, que anticipadamente ha- 
bía tenido aviso de la venida de los españoles. Yo he seguirlo a Saha- 
gun, cuyas noticias precedían directamente de los indios. Historia de 
la Conquista, M. S., cap. II. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 227 

ro jefe. La entrevista duró algunas horas, aunque corno nin- 
guno de los dos tenía intérprete, se entendieron únicamen- 
te por gestos. Trocaron sin embargo algunos regalos, y los 
españoles tuvieron la satisfacción de recibir, en cambio de 
unos cuantos dijes y fruslerías de ningún valor, un rico te- 
soro de joyería, adornos y vasos de oro de la más bella 
figura, y hermosamente trabajados (i). 

Grijalva creyó entonces que con entablar aquel tráfico 
más lucrativo y feliz que los sangrientos proyectos que se 
había formado, habían llenado el objeto de su misión. Se 
rehusó, pues, obstinadamente a las instancias que le hacían 
sus compañeros, para que fundase allí una colonia, obra 
harto difícil en un país tan poderoso y poblabo como pa- 
recía ser aquél. Algo inclinado estaba él a hacerlo así, 
pero era contrario a las instrucciones que llevaba y en que 
se ordenaba que se limitase a traficar con los naturales. 
Mandó, pues, a Alvarado, que regresase en una de las ca- 
rabelas a Cuba, llevándose el tesoro y todas las noticias 
que habían adquirido sobre el grande imperio que ence- 
rraba aquel país, prosiguiendo él su viaje a lo largo de la 
costa. 

Tocó en San Juan de Ulúa y en la isla de Sacrificios, 
llamada así por él, a causa de los sangrientos restos de víc- 
timas humanas que encontró en uno de los templos. En 
seguida continuó su correría hasta la provincia del Panuco, 
donde habiendo encontrado alguna dificultad para doblar 
un cabo muy tormentoso, regresó por el mismo camino y 
volvió salvo a Cuba, después de seis meses de ausencia. 

(1) Gomara ha dado el pro y el contra de esta diferencia, en la 
cual se trocaron por oro y alhajas que bien valdrían quince o veinte 
mil pesos de oro, abalorios, alfileres, tijeras y otras fruslerías de las 
que forman ordinariamente un cargamento destinado a salvajes. Cró- 
nica, cap. VI. 



228 W. H. PRESCOTT 

Grijalva tuvo la gloria de ser el primer navegante que asen- 
tó la planta en el suelo mexicano y que abrió el trato y 
comunicación con los aztecas (i). 

Al llegar a tierra supo, con no poca sorpresa, que se 
había aparejado otra y más formidable armada, que con- 
tinuase los descubrimientos que él había hecho, y que el 
gobernador le había dejado orden precisa y en términos 
no muy lisonjeros, de que al punto se presentase en San- 
tiago. El gobernador no le recibió tan sólo fríamente, sino 
que ie hizo las más graves inculpaciones por haber despre- 
ciado la bella oportunidad que tuvo de establecer una co- 
lonia en la tierra que acababa de visitar. Velázquez era uno 
de esos hombres capciosos, que cuando las cosas no van a 
medida de su deseo, están prontos a hacer caer sobre 
otros la responsabilidad de desgracias de que ellos solos 
tienen la culpa. «Era, dice un antiguo escritor, hombre 
poco generoso, crédulo y muy suspicaz (2). En el caso 
presente era aún más injusto. Grijalva, naturalmente mo- 
desto y tímido, había procedido enteramente de confor- 
midad con las instrucciones que ie había dado el goberna- 
dor antes de su embarco, y había procedido así aun en 
contra de su propio dictamen y a pesar de las instancias 
de sus compañeros. Su conducta no merecía, por tanto, 
censura alguna de parte del que le había comisionado (3). 

Cuando Alvarado volvió a Cuba con su rico cargamento 

v l) Itinerario. M. S. Carta de Veracruz, M. S. 

(2) <Hombre de terrible condición, dice Herrera, citando al obis- 
po de Chiapas, para los que le servían y ayudaban, y que fácilmente 
se indignaba contra aquéllos.» Historia general, dec. 2, lib. 3.°, ca- 
pítulo X. 

(S) A lo menos, tal es el testimonio de Las Casas, que los conoció 
bien a ambos y que conversó muchas veces con Grijalva acerca de su 
viaje. Historia general de las Indias, M. S , lib. 3.°, cap. CXIII. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 229 

y con los informes acerca de México, que había podido 
obtener de los naturales, el corazón del gobernador se hen- 
chió de gozo al ver realizados sus sueños de avaricia, tales 
como se los había formado. Impaciente por la larga ausen- 
cia de Grijaiva, mandó en busca suya una embarcación al 
mando de Olid, caballero que después tomó gran parte en 
la conquista. Finalmente, determinó aprestar otra flota 
bastante a efectuar la subyugación del país nuevamente 
descubierto. 

Previamente solicitó el permiso de la Comisión de frailes 
de San Jerónimo, que residía en Santo Domingo. En se- 
guida envió a España a su capellán, con la parte que toca- 
ba al soberano del oro traído de México, y noticias com- 
pletas de lo que se había averiguado con respecto a esta 
tierra. Ponderó sobremanera sus muchos servicios, y soli- 
citó de la Corona plenos poderes para proceder a Ja con- 
quista y colonización de las regiones nuevamente descu- 
biertas (i). Desde antes de recibir la respuesta, comenzó 
sus preparativos para armar la expedición, y procuró ante 
todas cosas solicitar una persona que sufragase los gastos 
y tomase el mando de ella. Después de alguna demora y 
de varias dificultades, encontró a esta persona en Hernán 
Cortés, el hombre más a propósito para llevar a cabo 
aquella grande empresa; pero el último, a quien Velázquez 
la habría confiado, si hubiese podido prever los resultados. 

(1) Itinerario, M. S., Las Casas, ubi. supra. La noticia más cir- 
cunstanciada de la expedición de Grijaiva, es la que se encuentra en 
el itinerario citado. El original se perdió, pero se publicó una traduc- 
ción italiana en Venecia en 1522. Una copia que pertenecía a Fer- 
nando Colón, permanece todavía en la librería de la catedral de 
Sevilla. Sin embargo de esto, el libro se ha hecho tan raro, que el his- 
toriógrafo Muñoz lo copió de su puño, y de esta copia está sacada la 
que yo tengo. 



CAPÍTULO SEGUNDO 

Hernán Cortés. — Primeros años de sd vida. Su viaje al 
Nuevo Mundo. — Su residencia en Cuba. — Disputas con 
Velázquez, — Se le confía una armada. 

(1518) 

Hernán Cortés nació en 1485 (i), en Medellín, ciudad 
al Suroeste de Extremadura. Procedía de una antigua y 
respetable familia, y los historiadores satisfacen la vanidad 
nacional, haciéndole descendiente de los reyes lombardos, 
cuyos hijos atravesaron los Pirineos y se establecieron en 
Aragón, bajo la monarquía de los godos (2). Semejante 

(1) Gomara, Crónica, cap. I. Bemal Díaz del Castillo, Historia 
de la Conquista, cap. CCIII. No ha podido encontrar noticias más fi- 
jas sobre el día de su nacimiento; excepto, por supuesto, en Pizarro 
y Orellana, quien nos refiere que Cortés vino al mundo precisamente 
en el mismo día en que partió de él la infernal bestia, el falso heré- 
tico Lutero; sin duda para compensar los esfuerzos que éste hacía por 
derribar la verdadera religión con los que hacía el otro por propagar- 
la y afianzarla. Varones Ilustres del Nuevo Mundo (Madrid, 1639), 
página LXVI. Pero fijar la fecha del nacimiento de nuestro héroe, 
como lo hace un buen cristiano, en 1483, es servir más a la fe que a 
la historia. 

(2) Argensola, sobre todo, ha emprendido grandes trabajos para 
averiguar la prosa-pía de Cortés, a quien hace descender (sin poner la 



232 W. H. PRESCOTT 

genealogía quedó oculta mientras Cortés no alcanzó una 
fama capaz de honrar a sus descendientes, aunque ya no- 
bles. Su padre, Martín Cortés de Monroy, era capitán de 
infantería, hombre de medianas proporciones, pero de hon- 
ra sin tacha; y según parece, tanto él como su mujer doña 
Catalina Pizarro Altamirano, parece que eran generalmente 
estimados por sus excelentes prendas. 

Dícese que en su infancia era Cortés muy enfermizo; 
pero que conforme fué creciendo se robusteció. A. la edad 
de catorce años, deseando su padre que no quedasen esté- 
riles las bellas disposiciones del mancebo, le envió a Sala- 
manca a estudiar leyes por parecerle que esta era la profe- 
sión que mejor le convenía. El hijo, sin embargo, no pare- 
cía estar conforme con semejantes miras. Mostró poco ape- 
go al estudio; así es que después de perder dos años en el 
colegio, regresó a su patria con gran disgusto de sus pa- 
dres (i). No obstante, no perdió completamente el tiempo, 
puesto que medio aprendió el latín, a escribir en buena 
prosa, y aun regulares versos que, como dice un antiguo 
escritor, colocan a Cortés en el número de los autores (2). 



menor duda) de Nanes Cortés, rey de Lorabardía y de Toscana. Ana- 
les de Aragón (Zaragoza, 1630), págs. 621-625. Caro de Torres, His- 
toria de las Órdenes Militares (Madrid, 1629), fol. 103. 

(1) De rebus gestis, M. S. 

Las Casas, que conoció al padre, habla más de su pobreza que de su 
hidalguía. «Un escudero», dice, «que yo conocí harto pobre y humilde, 
aunque cristiano viejo, y dicen que hidalgo. > Hist. de las Ind., M. S., 
lib. 3.°, cap. XXVII. 

(2) Argensola, Anales, pág. 220. 

Las Casas y Bernal Díaz están concordes en asegurar que era ba- 
chiller en leyes de la Universidad de Salamanca. (Hist. de las Ind., 
M. S., ubi. supra Hist. de la Conq., cap. CCIII.) Probablemente el gra- 
do de bachiller se lo conferirían al último, cuando la Universidad haya 
tenido orgullo en contarle entre el número de sus hijos. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 233 

Después pasó la vida en esa inútil ociosidad de quien sien- 
do bastante voluntarioso para no dejarse conducir por otro, 
no se propone hacer nada de por sí. Su genio travieso es- 
taba inventando siempre locuras y antojos contrapuestos a 
las ideas pacíficas y hábitos ordenados de su padre. Mos- 
trábase muy aficionado a la profesión de las armas, o me- 
jor dicho a la vida aventurera a que entonces se reducía. 
Cuando a la edad de diez y siete años propuso a sus pa- 
dres alistarse bajo las banderas del Gran Capitán, aquellos 
no pusieron obstáculo, prefirieron tal vez que entrase en 
aquella vida azarosa y aventurera, a que se corrompiese en 
el seno de la ociosidad. 

El mancebo vacilaba acerca de qué preferiría, si militar 
bajo las banderas de aquel jefe victorioso, o en el Nuevo 
Mundo, donde además de alcanzar honra y prez, los peli- 
gros y aventuras tenían el misterioso encanto de una nove- 
la, que fascinaba inexplicablemente la imaginación del jo- 
ven caballero. Era, por otra parte, el rumbo que seguían las 
almas ardientes por aquellos tiempos, y principalmente en 
aquella parte del reino, en la que había vivido Cortés, cerca 
de Sevilla y Cádiz, foco de las empresas náuticas. Decidió- 
se, pues, a abrazar este último partido, presentándosele una 
bella coyuntura de llevar al cabo su designio, entrando en 
la soberbia armada puesta a las órdenes de D. Nicolás 
Ovando, sucesor de Colón. Pero un accidente desgraciado 
trastornó los planes de Cortés (i). Estando una noche es- 
calando una pared alta para subir a las ventanas del apo- 
sento de una dama con quien andaba en intrigas amoro- 
sas, se derrumbaron algunas piedras, cayéndose él con gran 
violencia y quedando sepultado bajo los escombros. A pe- 
sar de que no recibió más que una fuerte contusión, se vio 

(1) De rebas gestis, Gomara, Crónina, cap. I. 



234 w - H - PRESCOTT 

obligado a guardar cama hasta después de que la flota ya 
había partido (i). 

Permaneció en su patria durante otros dos años, en los 
cuales, como es de suponer, no mostró haber sacado gran 
provecho de la lección. Al cabo de este tiempo aprovechó 
la oportunidad de embarcarse en una escuadrilla que salió 
para las islas de las Indias. Tenía diez y nueve años cuan- 
do dijo el primer adiós a la playa natal, en 1504, precisa- 
mente el mismo año en que perdió España al mejor y más 
grande de los de su dilatada serie de príncipes, a Isabel la 
Católica. 

La embarcación en que se hizo a la vela Cortés, era man- 
dada por un tal Alonso Quintero. La flota tocó en las Ca- 
narias, conforme era costumbre, antes de llegar al lugar de 
su destino. Mientras que los otros buques se quedaban allí 
tomando provisiones, Quintero dejó una noche secretamen- 
te la isla con el intento de llegar a la Española y asegurar- 
se del mercado antes que sus compañeros. Pero una des- 
hechada tormenta desarboló su buque y le obligó a regre- 
sar al puerto a repararse. El resto del convoy consintió en 
aguardar a su indigno compañero, y después de una breve 
demora, se hicieron todos a la vela otra vez. Pero el infiel 
Quintero, luego que estuvieron cerca de las islas, se volvió 
a aprovechar de la oscuridad de la noche para abandonar 
a sus compañeros con el mismo designio que anteriormen- 
te. Desgraciadamente para él tuvo que bregar con vientos 
contrarios que le hicieron perder su ruta. Por muchos días 
anduvo el buque arrojado de acá para acullá, con gan temor 
de la tripulación y con no poca indignación de ella contra 

(1) De rebu8 gestis, Gomara, ibidem. 

Argensola ha explicado la causa de su demora de la manera más 
concisa que era posible: cSuspendió el viaje, dice, por enamorado y 
por cuartanario.» Anales, pág. 621. 



HISTORIA DE LA. CONQUISTA DE MÉXICO 235 

el autor de sus calamidades. Por último, una mañana se 
regocijaron al ver una paloma blanca que, cansada de vo- 
lar, paró en el mástil de la nave. El biógrafo de Cortés 
habla de esto como de un milagro (i). Afortunadamente 
no lo era, sino un suceso natural que probaba, indudable- 
mente, que estaban cerca de tierra; y, efectivamente, en 
poco tiempo, siguiendo el vuelo de aquella ave, llegaron a 
Santo Domingo, teniendo el digno comandante el placer 
de encontrarse ya en ella a sus compañeros, que habían 
llegado antes que él y habían vendido su cargamento (2). 

Luego que desembarcaron se dirigió Cortés a la casa 
del gobernador, a quien había conocido personalmente en 
Sevilla. El gobernador estaba actualmente ausente, pues 
había ido a una expedición al interior de la isla; pero su 
secretario le recibió cortésmente y le aseguró que sin duda 
obtendría el solar que solicitaba para establecerse. «Es 
que yo vengo a adquirir oro, replicó Cortés, no a labrar 
tierra como un rústico.» 

Cuando el gobernador volvió, habiéndose empeñado en 
persuadirle a que era más fácil realizarse sus deseos por 
medio de los lentos pero seguros productos de la labran- 
za, en un país donde a los colonos se les daba liberalmente 
terreno y operarios, que no en aquella lotería en que él 
quería entrar y que tantas contingencias había de perder, 
Cortés aplazó sus codiciosos pensamientos para tiempo 
más oportuno. Recibió, pues, una porción de tierras y un 

(1) Hay quien piensa que era el Espíritu Santo en forma de pa- 
loma. «Sanctum esse Spiritum qui in illius alitis specie, ut moestos 
et aflictas solaretur venire erat dignatus.» De rebus gestis. M. S. 
Conjetura es esta que a Pizarro y Orellana le ha parecido muy pro- 
bable, pues que la expedición iba a redundar en provecho de la ver- 
dadera fe y de la monarquía castellana. Varones ilustres, pág. 70. 

(2) Gomara, Crónica, cap. If. 



236 W, H. PRESCÜTT 

repartimiento de indios y fué nombrado notario de la ciu- 
dad de Asua. Sus graves ocupaciones no le distrajeron de 
esa afición a aventuras amorosas, propia del ardiente suelo 
en que había nacido; frecuentemente tomaba parte en ri- 
ñas y pendencias que, aunque buen espadachín,- le costa- 
ron algunas lacras que le acompañaron al sepulcro (i). De 
vez en cuando interrumpía la monotonía de su vida cam- 
pestre, entrando en las expediciones militares que, a las 
órdenes del teniente Ovando, Diego de Velázquez, se man- 
daban para reprimir a los indios alzados. 

En aquel aprendizaje estudió el joven aventurero la tác- 
tica de los indios y el modo de hacerles la guerra; allí se 
acostumbró a la fatiga y a los peligros; allí también se ha- 
bituó a esas crueldades atroces que tantas veces mancha- 
ron el brillante escudo de los caballeros cristianos en el 
Nuevo Mundo. Una enfermedad fué lo que en una ocasión 
le impidió otra vez, aunque por dicha suya, embarcarse 
en la expedición de Nicuesa, en quien se ha realizado uno 
de esos casos infelices, de que no hay muchos ejemplos 
en los anales de la caballería española. Pero la Providencia 
reservaba a Cortés para mayores designios. 

Por fin, en 151 1> cuando Velázquez resolvió la conquista 
de Cuba, Cortés abandonó gustosamente su quieta vida 
para trocarla por las terribles escenas que se le prepara- 
ban, y entró en la expedición. Durante la invasión desple- 
gó una actividad y un valor que le granjearon las alaban- 
zas del comandante; al mismo tiempo que sus modales 
abiertos y francos, su buen humor y sus chistes picantes, 
le hicieron el favorito de sus camaradas. «Dio pocas seña- 
les, dice un escritor coetáneo suyo, de las grandes prendas 
que ha mostrado ulteriormente.» Quizá habrá sucedido 

(1) Bernal Díaz, Hist. de la Conq., cap. CCIII. 



HISTORIA DE L\ CONQUISTA DE MÉXICO 237 

que el tal escritor no las conociese, pues que un observa- 
dor vulgar debe haber creído incompatibles las alegres 
chanzas y el trato familiar de Cortés, con cualquiera cosa 
seria o profunda; a la manera que al ver la tersa y brillan - 
te superficie de una corriente, no se sospecha su verdade- 
ra profundidad (i). 

Después de conquistada la isla, parece que Cortés gozó 
de gran favor con Velázquez, nombrado gobernador de 
ella. Según Las Casas, le hizo su secretario (2). Continuó 
en el camino de la galantería, a cuyos triunfos contribuía 
mucho la belleza de su persona, sin acordarse de las des- 
gracias que le había ocasionado en los primeros años de su 
juventud. Entre las familias que habían venido a residir en 
Cuba, estaba una del nombre de Xuárez, natural de Gra- 
nada, en España. Componíase de un hermano y cuatro 
hermanas muy notables por su hermosura. Prendóse el 
sensible corazón del joven soldado de una de ellas llama- 
da Catalina (3). No se sabe con certeza hasta qué punto 
llegaron las relaciones; pero parece que le dio palabra de 
casamiento, la cual, enfriada su pasión por el tiempo y tal 
vez por la reflexión, no fué muy puntual en cumplir. Así, 
pues, no obstante las reiteradas instancias de la familia de la 
joven, se resistió a llevarla a cabo, desentendiéndose tam- 

(1) De rebus gestis, M. S. Gomara, Crónica, caps. II-III. Las 
Casas, Hist. de las Ind., lib. 3.°, cap. XXVII. 

(2) Hist. de las Ind., loco citato. 

«fíes omnes arduas difficilesque per Cortesium quen in dies ma- 
gis magisque amplectebatur , Velasquius agit. Ex eo ducis favore et 
gratia magna Cortesio invidia est orta.» De rebus gestis, M. S. 

(3) Solís encontró también para ella una ejecutoria de nobleza; 
«doncella noble y recatada», la llama. Hist. de la Conq. de México 
(París, 1838), lib. 1.°, cap. IX. Las Casas la trata con menos ceremo- 
nia, pues dice que era una hermana de un Juan Xuárez, gente po- 
bre. (Op. cit., lib. 3.°, cap. XVII.) 



238 W. H. PRESCOTT 

bien de las de gobernador, quien después comenzó a ver 
con singular afecto a una de las bellas hermanas, que se- 
gún se cuenta no le pagaba con la ingratitud. 

Fuese la conducta que había seguido el gobernador Ve- 
lázquez en este asunto, fuese cualquiera otro motivo de 
disgusto, Cortés, resentido, comenzó a resfriarse con su 
protector y se hizo del bando no pequeño de los enemi- 
gos de aquél. Acostumbraban a comer y conversar sobre 
las causas de su descontento en casa de Cortés, alegando 
como la principal entre aquellas, lo mal que había recom- 
pensado sus servicios al distribuir las tierras y ios empleos. 
Ya se conocerá cuan difícilmente podría cualquiera de los 
directores de aquellas colonias, por discreto y bien inten- 
cionado que fuese, satisfacer la insaciable codicia de aque- 
llos especuladores y aventureros que como parvadas de ar- 
pías, acudían entonces al Nuevo Mundo (i), 

Los malcontentos determinaron llevar sus quejas hasta 
la suprema, autoridad, entonces residente en la isla de San- 
to Domingo, de la cual venía a Velázquez su nombramien- 
to. El viaje era algo peligroso, como que tenía que hacerse 
en una canoa, en un brazo de más de 18 leguas de largo; 
pero eligieron a Cortés, cuya intrepidez les era conocida, 
juzgándolo el más a propósito para aquellas empresas. La 
conspiración se descubrió y llegó a oídos del gobernador, 
antes de que saliese el enviado, al cual mandó Velázquez 
que prendiesen al instante, se cargasen de cadenas y le re- 
dujesen a estrecha prisión. Cuéntase que aún le habría 
ahorcado a no haber sido por la interposición de sus ami- 
gos (2). No sería nada increíble que lo hubiera hecho; los 

(1) Gomara, Crónica, cap. IV. Las Casas, Hist. de las Ind., ubi. 
supra. De rebus gestis. Memoria de Benito Martínez, capellán de D. 
Velázquez, contra H. Cortés, M. S. 

(2) Las Casas, ubi. supra. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 239 

gobernadores de estas pequeñas colonias, arbitros abso- 
lutos de la suerte de sus habitantes, ejercían una auto- 
ridad mucho más despótica que la del soberano mismo. 
Generalmente eran personajes de categoría y posición; 
la gran distancia a que se hallaban de la madre patria, es- 
condía su conducta a una inspección severa, y cuando esto 
acaecía tenían de ordinario a su disposición todos los me- 
dios necesarios para eludir el castigo. La historia de las co- 
lonias españolas abunda en ejemplos extraordinarios de la 
usurpación y abusos de la autoridad de aquellos reyezue- 
los. La lamentable suerte de Vázquez Núñez de Balboa, el 
ilustre descubridor del Pacífico, aunque el más conocido, 
está lejos de ser el único ejemplo de que los grandes servi- 
cios suelen ser recompensados con la persecución y con una 
muerte ignominiosa.. 

El gobernador de Cuba, aunque irascible y suspicaz por 
naturaleza, no se mostró en esta ocasión ni vengativo ni 
notablemente cruel; no sólo, sino que en el caso presente 
es de dudar quién es más digno de vituperio, si él o sus 
injustos compañeros. 

Cortés no permaneció largo tiempo en prisión. Consiguió 
romper el prestillo de una de sus cadenas, y ya libres sus 
miembros, se abrió paso por una ventana con reja que daba 
al segundo piso del edificio, logrando caer hasta el suelo 
sin estropearse y sin que le descubriesen; en seguida co- 
rrió lo más de prisa que pudo a una iglesia que estaba allí 
cerca, y reclamó el privilegio del asilo. 

Velázquez, aunque irritado de su fuga, no se atrevía a 
violar la santidad del lugar empleando la fuerza; pero apos- 
tó una guardia cerca de la iglesia con órdenes de coger al 
fugitivo luego que descuidándose saliese del santuario. Así 
sucedió, en efecto, a los pocos días. Un día que Cortés sa- 
lía descuidadamente fuera del recinto de la iglesia> un al- 



240 W. H. PRSSCOTT 

guacil que estaba adentro cayó súbitamente sobre él y le 
asió de los brazos, mientras otros que acudieron inmedia- 
tamente acababan de asegurarle. El alguacil, de nombre 
Juan Escudero, fué ahorcado después por Cortés, a causa 
de una ofensa cualquiera, en Nueva España (i). 

El desgraciado prisionero fué puesto otra vez entre ca- 
denas y llevado a bordo de un buque que en la mañana si- 
guiente debía hacerse a la vela para la Española, donde de- 
bía aquel ir a sufrir su juicio. Pero la fortuna volvió en esta 
ocasión a serle propicia: consiguió con grandes dificultades 
y no poco dolor sacar sus pies de las argollas que los en- 
cadenaban, se escapó silenciosamente a la bomba del bu- 
que, favorecido de la oscuridad de la noche, y se dejó caer 
en un bote que estaba al costado del buque; alejóse de éste 
con el menor ruido posible; pero ya al llegar a la playa, 
comenzó el bote a zozobrar, porque el mar estaba agitado 
y turbulento. Vaciló sobre si confiaría su esquife a las olas; 
mas como era excelente nadador, se resolvió más bien a 
luchar él mismo con ellas, y se echó atrevidamente al agua. 
La corriente era fuerte, pero más fuerte era el brazo de un 
hombre que luchaba por su vida; así es que después de 
haber hendido las olas hasta quedarse casi sin fuerzas, llegó 
a tierra y buscó un asilo en el mismo santuario que antes 
le había protegido. La facilidad con que efectuó esta se- 
gunda fuga, nos hace sospechar la connivencia de sus guar- 
dias, que tal vez le vieron, pero le miraron como a una víc- 
tima perseguida y no pudieron resistir a la influencia de 
esos modales populares que le ganaban amigos donde quie- 
ra que estaba (2). 

(1) Ibid., Martínez, M. S. 

(2) Gomara, Crónica, cap. IV. 

Herrera cuenta la necia historia de que no sabiendo nadar se echó 
en una tabla al mar, que después de flotar por algún tiempo sobre el 



HISTORIA UB LA CONQUISTA DE MÉXICO 24 1 

Por razones no conocidas, o tal vez por cálculo, ya no 
rehusó el casamiento con doña Catalina Xuárez, con lo 
cual se ganó la protección de la familia. A poco el gober- 
nador se aplacó y se reconcilió con su desgraciado enemi- 
go. Con motivo de este suceso se cuenta una anécdota ex- 
traña. Dícese que el corazón altivo de Cortés rechazó las 
propuestas de reconciliación de Velázquez, y que una no- 
che, estando éste en una expedición militar, lejos de la ca- 
pital, se presentó Cortés ante él en el momento más ines- 
perado. El gobernador, que vio aparecérseie súbitamente 
su enemigo, completamente armado, le preguntó con al- 
guna turbación: ¿cómo se había escapado?, a lo que contes- 
tó Cortés dando largas explicaciones acerca de su pasado 
comportamiento. Después de un acalorado altercado de 
poca duración, termipó la entrevista amistosamente; am- 
bos contendientes se abrazaron, y cuando llegó un correo a 
anunciar al gobernador la fuga de Cortés, encontró a éste 
en el aposento del otro, durmiendo ambos en el mismo 
lecho. Esta anécdota la cuenta, sin poner duda alguna, 
más de un biógrafo de Cortés (i). Pero en verdad que es 
inverosímil que un hombre colérico y orgulloso, como lo 
era Velázquez, haya dado muestras de tan distinguida con- 
descendencia y familiaridad a un subalterno suyo, con 
quien tan recientemente había estado en una gran enemis- 
tad; ni por otra parte es creíble que Cortés haya tenido la 
necia temeridad de venir a provocar al león a su cueva, 
cuando el otro podía, con sólo un movimiento de su cabe- 
agua, fué llevada a tierra por la marea. Hist. Gen. Déc. 1.°, lib. 9.°, 
cap. VIII. 

(1) Gomara, Crónica, cap. IV. 

«Ccenaí cubatque Cortesius cum Velasquio eoden in ledo. Qui 
posteo die fugae Cortessis., nuntius venerat Velasquium et Corte- 
sium juxta accubantes intuitur, miratur. > De rebus gestis. 

16 



242 W. H. PKESCOTT 

za, mandarle a la horca y con tan poco temor de las con- 
secuencias como si ordenase la muerte de un esclavo 
indio (i). 

Cualquiera que sea el modo con que se verificó la re- 
conciliación con el gobernador, ella duró algún tiempo. 
Cierto es que Cortés no fué repuesto en el empleo de se- 
cretario que antes desempeñaba, pero recibió un liberal 
repartimiento de indios y un buen solar en las cercanías 
de Santiago, de donde a poco lo hicieron alcalde. Enton- 
ces vivió casi enteramente conforme con su estado, culti- 
vando la tierra con más cuidado que ¡a primera vez. Él fué 
el primero que introdujo en Cuba varias especies de ga- 
nado para la labranza (2). Trabajó también las ricas minas 
que había en el terreno que le había tocado, y cuyos pro- 
ductos prometían ser más ricos que los de la Española. 
Con esta clase de industria se vio en pocos años dueño de 
dos o tres mil castellanos, suma demasiado considerable 
para un hombre que estaba en su situación. «Dios, excla- 
ma Las Casas, sólo Dios sabe las vidas de indios que esto 
costó; se lo tomará en cuenta (3). 

Su vida se deslizaba blandamente en estas tranquilas 
ocupaciones y en compañía de su bella esposa, que aun- 
que no era igual a él en nacimiento, parece que desempe- 

(1) Las Casas, que pinta a Cortés por aquella fecha tan pobre y 
desvalido que habría recibido gustoso cualquier favor del más ínfimo 
de los sirvientes de Velázquez, mira como una conseja la historia de 
aquella bravata. «Por lo cual, si él (Velázquez), sintiera de Cortés una 
punta de alfiler de cerviguillo y presunción, o lo ahorcara o a lo me- 
nos lo echara de la tierra y lo sumiera en ella sin que alzare cabeza 
en su vida » Eist. délas Ind., M. S., lib. 3.°, cap. XXVII. 

(2) «Pecuariam primus quoque habuit, in insulaque induxit, 
omni pecorum generi ex H-ispania petito.» De rebus gestis. 

(3) «Los que por sacare el oro murieron, Dios habrá, tenido me- 
or cuenta que yo.* Eist. de las Ind., M. S., lib. 3.°, cap. XXVII. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 243 

naba todos los deberes de una esposa fiel y cariñosa; y aún 
varias veces se le oyó decir por entonces a Cortés, según 
cuenta el obispo arriba citado, «que estaba tan contento 
con ella como si fuese la hija de una duquesa». La fortuna 
le dio después los medios de comprender la verdad de esta 
aserción (i). 

El gobernador, como ya lo hemos dicho, se propuso 
continuar el descubrimiento bajo mejor pie, y comenzó a 
solicitar persona que hiciera los gastos de la expedición y 
tomase el mando de ella. 

Varios hidalgos se le presentaron, pero ya por que no 
los juzgase a propósito, ya por tener desconfianza de que 
quisiesen usurpar para sí todo el provecho de la empresa, 
fué desechándolos a todos unos tras otro. Dos personas 
estaban a la sazón en Santiago, en quienes podía poner su 
confianza; la una Amador de Lares, y la otra su mismo se- 
cretario ¿Andrés de Duero (2). Cortés tenía íntima amistad 
con ambos, y se aprovechó de ella para que le abonasen 
como la persona más digna de que se le confiase la expe- 
dición. Dícese que en recompensa de este servicio, les 
ofreció hacerles partícipes de las ganancias que se sacasen, 
pero sea de esto lo que fuere, es el caso que las dos perso- 
nas que hemos mentado arriba, esforzaron toda su elocuen- 
cia para persuadir al gobernador a que eligiese a Cortés. 
Aquel conocía demasiado la capacidad y el valor del can- 

(1) «Estando conmigo me dijo que estaba tan contento con ella, 
como si fuera hija de una duquesa*; ubi. supra. Gomara, Crónica, 
capítulo IV. 

(2) El tesorero acostumbraba vanagloriarse de que había pasado 
veintidós anillos en las guerras de Italia. Era un hombre de chiste y 
gracejo, a quien aconsejó Las Casas, más de una vez, juzgando que 
aquel país era demasiado resbaladizo para hacer alarde de nada, que 
no fiase en sus veintidós años de guerra en Italia. Hist. de las Ind. 
M. S., lib. 3.°, cap. CXIII. 



244 w - H « PRESCOTT 

didato; sabía que había adquirido algún caudal con el cual 
podía cooperar al apresto de la armada; confiaba en su po- 
pularidad en la isla, y fácilmente proporcionaría compañe- 
ros (i); las antiguas enemistades habían sido hacía tiempo 
sepultadas en el olvido, y, por otra parte, la confianza que 
iba a hacer de él, le aseguraban de su gratitud y fidelidad; 
así, pues, prestó oídos fáciles a las recomendaciones de sus 
consejeros, y dirigiéndose a Cortés, le descubrió el propó- 
sito que tenía de nombrarle capitán general de la ar- 
mada (2). 

Cortés, pues, había logrado el objeto de sus anhelos, el 
objeto por que había suspirado constantemente desde que 
pisó el Nuevo Mundo. Ya no iba a vivir condenado a un 
trabajo mercenario, ni a morar en el recinto estrecho de su 
islote; no, iba a obrar en un teatro amplio e independien- 
te; a su vista se desenvuelve una inmensa perspectiva que 
satisface no sólo su insaciable avaricia, sino esa sed que 
para un hombre audaz y aspirante es más insaciable to- 
davía: la sed de ambición. Los descubrimientos que se 
acababan de hacer, le hicieron percibir de una ojeada la 
importancia de los que le iban a seguirles, y leer la exis- 
tencia de un gran imperio en el lejano Occidente; imperio 
del cual habían llegado hasta entonces oscuras noticias a 
las islas, pero que ya descubierto el continente se vislum- 
braba con toda claridad. Este era el país que había sospe- 
chado el gran almirante en su visita a Honduras en 1502, 
y que habría descubierto también si se hubiese encamina- 
do hacia el Norte, en vez de hacer rumbo hacia el Medio- 

(1) «Si él no fuera por capitán, que no fuera la tercera parte de 
la gente que con él fué.* Declaración de Puerto-Carrero, M. S. (Cornua' 
90 de abril de 1520.) 

(2) Bernal Díaz del Castillo, Rist. de la Conq., cap XIX. De rebus 
gestis, M. S. Gomara, Crónica, cap. VII. Las Casas, op. cit., ubi. supra. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 245 

día en busca de un estrecho imaginario. Mas como quiera 
que sea, «él había abierto la puerta, usando de su amarga 
expresión, para que otros entrasen». Era llegado el tiempo 
de que otros entrasen, y el joven aventurero cuya lanza 
debía derrumbar al fantasma que había guardado por tanto 
tiempo aquellas misteriosas tierras, estaba ya pronto a 
acometer su empresa. 

Desde aquel instante, el porte de Cortés pareció algo 
mudado; sus pensamientos, en vez de evaporarse en leves 
chistes y agudezas llenas de travesura, se concentraron en 
el grande objeto a que se había consagrado. Sus fuerzas se 
empleaban en ganarse y estimular a sus compañeros de 
fatigas, viéndosele arrebatado de un entusiasmo generoso 
de que no le crían capaz ni aún ios que mejor le conocían. 
Todo el dinero lo empleó en el apresto de la armada; em- 
peñó sus posesiones y contrajo deudas con algunos ricos 
comerciantes que le prestaron con la confianza de reem- 
bolsarse con los productos de la expedición, y, finalmente, 
cuando su crédito se había agotado, recurrió al de sus 
amigos. 

Los fondos que había reunido los empleó en la compra 
de buques, provisiones y aprestos militares, habilitando a 
los reclutas que no tenían por sí para armarse, ofreciéndo- 
les además, anticipadamente, parte de los productos que 
esperaba sacar (i). 

Todo era agitación y bullicio en la pequeña ciudad de 
Santiago. Unos se empleaban en reparar los navios y 
aprestarlos para el viaje, otros disponían el bastimento 
para la navegación, éstos vendían sus tierras para equipar- 
se por sí, los que menos se mostraban ansiosos de coope- 



(l) Declaración de Puerto-Carrero. Carta de Veracruz, M. 
Probanza en la Villa de Segura (4 de octubre de 1520). 



246 W. H. PRESCOTT 

rar al buen éxito de la expedición. Ya se habían con- 
seguido seis embarcaciones, algunas de gran tamaño, y 
trescientos reclutas se habían alistado en pocos días, anhe- 
lando por poner su fortuna bajo la bandera de tan temido 
y popular caudillo. 

No se sabe con toda claridad hasta qué punto contribu- 
yó el gobernador a los gastos de la expedición, si hemos de 
creer a los amigos de Cortés, éste los hizo todos, y mien- 
tras que sin remuneración alguna habilitaba a la escuadrilla, 
el gobernador vendía algunas mercaderías a precios exhor- 
bitantes (i). Mas no parece creíble que Velázquez, que tenía 
a su disposición tantos recursos, haya dejado caer sobre su 
nombrado todo el peso de la expedición, ni tampoco que 
éste haya podido sufragar todos los gastos, que según se 
cuenta ascendieron a más de veinte mil ducados de oro. 
Sin embargo, no se puede negar que un hombre tan ambi- 
cioso como Cortés y que iba a alcanzar toda la gloria de la 
empresa, ha de haber sido menos solícito en contar las ga- 
nancias que se esperaban, que aquél que le empleaba, y que 

(1) La carta del Ayuntamiento de Veracruz, después de decir que 
Velázquez sólo había contribuido con la tercera parte de los primeros 
gastos de la expedición, añade: «Y sepan Vuestras Majestades que la 
mayor parte de la dicha tercia parte que el dicho Diego Velázquez gas- 
tó en hacer la dicha armada, que fué emplear sus dineros en vinos y 
en ropas, y en otras cosas de poco valor para nos lo vender acá en 
mucha más cantidad de lo que a él le costó por manera que podemos 
decir que nosotros los españoles, vasallos de Vuestras Reales Altezas, 
ha hecho Diego Velázquez un rescate y granosea de sus dineros, co- 
brándolos muy bien.» Carta de Veracruz. M. S. Puerto-Carrero y Mon- 
tejo en las declaraciones que se les tomaron en España, están concor- 
des en decir que Cortés costeó los dos tercios de los gastos de la ex- 
pedición. (Declaración de Puerto-Carrero, M. S.) (Declaración de Mon- 
tejo, M. S., 29 de abril de 1520.) Pero es de observar que la Carta de 
Veracruz fué escrita a la vista de Cortés, y que los dos oficiales últi- 
mamente citados, eran de su confianza. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 247 

quedándose quieto en su casa no tenía laureles que reco- 
ger, debía ver la ganancia pecuniaria como su única recom- 
pensa. Esta cuestión ha dado origen a un acalorado litigio 
entre ambas partes, con el cual no es necesario distraer la 
atención al lector. 

La justicia pide que se diga, desde luego, que las ins- 
trucciones dadas por Velázquez para la expedición, no res- 
piraban un espíritu mezquino o mercenario. El primer ob- 
jeto del viaje era buscar a Grijalva, debiendo después de 
encontrarle caminar juntos y de concierto ambos coman- 
dantes. Al regresar Córdova de su primera visita a Yuca- 
tán, había dado noticia de que en el interior de aquel país 
estaban cautivos seis cristianos: era de suponer que pertene- 
cían al acompañamiento del desgraciado Nicuesa; así es que 
se dieron órdenes de buscarlos y rescatar su libertad. Pero 
el grande objeto de la expedición era el tráfico con los na- 
turales. Con el objeto de entablarle sólidamente, se previno 
que no se les infiriese daño alguno, y que se les tratase con 
cortesía y humanidad. Cortés debía tener, además, muy 
presente, que el principal objeto que se proponía el mo- 
narca español, era la conversión de los indios al cristianis- 
mo. Debía imprimir en ellos ideas exageradas acerca de la 
bondad y grandeza de su señor y soberano, haciendo que 
le enviasen de regalo, oro, perlas y piedras preciosas; con 
lo cual mostrarían su buena voluntad y se ganarían su real 
favor y protección.» Debía reconocer con toda prolijidad 
la costa, sondeando sus bahías y entradas en provecho de 
la futura navegación. Debía informarse de los productos 
naturales de aquel país, del carácter de sus diferentes ra- 
zas, de sus instituciones y de sus progresos en la civiliza- 
ción, debiendo remitir a la madre patria noticias comple- 
tas de todo esto y muestras de todos los artículos de co- 
mercio de los naturales. Debía, finalmente, cuidar muchí- 



248 W. H, PRESCOTT 

simo de no omitir nada que pudiese cumplir el servicio de 
Dios o del monarca (1). 

Tal era el tenor de las instruciones dadas a Cortés, en 
las que se conciliaban los intereses de la Ciencia, de la Hu- 
manidad y del Comercio. Parecerá extraño al considerar 
el disgusto que se originó entre Velázquez y Grijalva por 
no haber éste colonizado, que entre las instrucciones de 
aquél no haya ninguna relativa a este punto, pero esto di- 
manaba de que aún no recibía de España autorización para 
investir a sus enviados de semejantes poderes, y de que 
lo que les habían concedido los frailes de San Jerónimo 
de la Española, se reducía únicamente a comerciar con los 
indios. En ese mismo tiempo reconoció a Cortés la Comi- 
sión visitadora por capitán general de la expedición (2). 

(1) Este instrumento se encontró originalmente en castellano, en 
el número V, parte Ií del apéndice. Frecuentemente se ha citado por 
escritores que nunca le habían visto, diciendo que era un convenio 
entre Cortés y Velázquez, pero, en realidad, no es más que la instruc- 
ción que éste último dio a su oficial, sin que éste tuviese participio 
en ella. 

(2) Declaración de Puerto- Carrero, M. S .; Gomara, Crónica, ca- 
pítulo VIL 

A poco después, obtuvo Velázquez, de España, permiso para colo- 
nizar la tierra nuevamente descubierta, dándole el título de Adelan- 
tado. Este documento está fechado en Barcelona a 13 de noviembre 
de 1518. (Herrera, Historia General, dec. 2. a , lib. 3.°, cap. VIII.) [Mi- 
serables privilegios! Las Casas trae la cáustica etimología del título 
de Adelantado, tan frecuentemente otorgado a los descubridores es- 
pañoles. «Adelantados, porque se adelantaran en hacer males y da- 
ños tan gravísimos a gentes pacificase Hist. de las Ind., M. S., li- 
bro 3 °, cap. CXVII. 



CAPÍTULO TERCERO 

Celos de Velázqüez, — Embarco de Cortés. — Apresto de 
su flota. su persona y carácter. clta en la haba- 
NA. — Fuerza de su armada. 

(1519) 

La importancia que daba a Cortés su nueva comisión, y 
quizá algo también su altivo porte, fueron agriando el áni- 
mo de Velázqüez, que suspicaz por naturaleza, empezó a 
temer que no se alzase su encargado con el poder que aca- 
baba de conferirle. Un incidente fortuito vino a confirmar- 
le en sus sospechas. Un bufón, de estos entre semi-locos 
y semi-cuerdos que en aquellos tiempos eran mueble in- 
dispensable en las casas de los grandes, llamó aparte al 
gobernador una mañana que estaba paseándose cerca del 
puerto con Cortés, y le dijo: «Sr. Velázqüez, tened cuida- 
do con Cortés, o si no, de un día al otro nos traerá a las 
vueltas este capitán.» «¿Habéis oído lo que dice este bella- 
co?», preguntó el gobernador a su compañero. «No le ha- 
gáis caso», respondió Cortés; este es un bribón descarado 
que merecía una buena azotaina. Las palabras del bufón 
labraron profundamente en el ánimo de Velázqüez, que en 
efecto no estaba muy lejos de ser chasqueado. 

No faltaban cerca de su excelencia personas que atiza- 



250 W. H. PRESCOTT 

sen en su pecho la llama de los celos. Algunos de los de 
la familia de Velázquez, viendo tal vez que la naciente for- 
tuna de Cortés dañaba a sus intentos, recordaban al go- 
bernador su antigua reyerta con aquél, y le persuadían 
de que no era posible que la afrenta que entonces había 
sufrido pudiese ser olvidada. Con tales y otras sugestiones 
semejantes, y con malos informes sobre la conducta pre- 
sente de Cortés, concitaron las pasiones de Velázquez has- 
ta el punto de que resolvió éste confiar la expedición a 
otra persona (1). 

Comunicó su designio a sus dos consejeros confidencia- 
les, Lares y Duero, los cuales lo descubrieron inmediata- 
mente a Cortés, a pesar de que, como dice Las Casas, aún 
un hombre que sólo tuviese la mitad de su penetración, 
habría podido adivinarlo fácilmente, según el cambio que 
mostró el gobernador en su gesto (2). Los dos magistrados 
aconsejaron a su amigo que expeditase su marcha lo más 
que pudiese, y que no perdiese tiempo en echar a la mar 
su flota, si es que no quería verse privado del mando de 
ella. Cortés mostró en esta ocasión la misma presteza y re- 
solución que más de una vez decidieron después del éxito 
de sus empresas. 

Todavía no había completado su gente ni sus naves, y 
no estaba bien provisto de aprestos de ninguna clase, pero 
había resuelto levantar anclas en aquella misma noche. 

(1) « Deterrebat, dice el biógrafo anónimo, eum Cortesii natura 
imperii ávida, fiducia sui ingens, et minius sumptuos in classe pa- 
randa. Timere itaque Velasquius ccepit, si Cortesius cum ea classe 
iret, uihü ad se vel honoris vel luri rediturum.* Be rebas ges- 
tis, M. S., Bernal Díaz del Castillo, Hist. de la Conq., cap. XIX. Las 
Gasas, Historia de las Indias, M. S., cap. CXIV. 

(2) Cortés no había menester más para entendello, de mirar el ges- 
to a Diego Velázquez, según su astuta viveza y mundana sabiduría. 
Hist. de las Indias, M. S., ubi. supra. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 2$l 

Acercóse, pues, a sus oficiales, comunicóles su designio y 
probablemente también el motivo de él; y a la media no 
che, cuando la ciudad entera estaba hundida en el sueño 
todos calladamente entraron en la nave y dejaron la bahía 
Antes de esto había Cortés dirigídose al dueño de la carni 
cería, que debía abastecer de carne al mercado el día si 
guíente, y le quitó toda su manada de cerdos, no obstante 
que el otro le hacía presente todo el daño que iba a repor- 
tar a el público por la falta de la carne; mas Cortés no hizo 
caso y le dejó en pago una cadena de oro de gran precio, 
que traía al cuello (i). 

Grande fué el asombro de los vecinos del pueblo de San- 
tiago, cuando al amanecer se encontraron con que la flota 
que la víspera habían dejado tan mal aparejada para el via- 
je, había ya dejado sus amarras y estaba pronta a empren- 
der su ruta. Pronto llegó la noticia a oídos del gobernador, 
quien levantándose de la cama y vistiéndose a toda prisa, 
montó en su caballo y con su escolta se dirigió al muelle. 
Cortés, tan luego como se apercibió de su llegada, entró en 
una canoa armada y se acercó a una distancia de la playa 
tal, que le pudieron oír desde ella: «¿Así os separáis de mí?, 
exclamó Velázquez. ¡Vive Dios que tenéis un modo raro 
de despedirosl» «Perdonadme, replicó Cortés, el tiempo 
urge y hay cosas que es preciso hacerlas aun antes de pen- 
sarlas. ¿Tiene vuescelencia algo que mandarme?> El burla- 
do gobernador no tuvo nada que responder; así es que 
Cortés le saludó cortésmente con la mano, y se volvió a 
su embarcación. Al punto se hizo a la vela la flota para el 
puerto de Macaca, que distaba cerca de 15 leguas. (Noviem- 
bre 18 de 1 5 18.) Velázquez regresó a su casa a pasar su 

(1) Las Casas sabía la anécdota de boca del mismo Cortés. Ubi. 
supra. Gomara, Crónica, cap. VII. De rebus gestis, M. S. 



2$2 W. H. PRESCOTT 

pesar lo mejor que pudo, y probablemente bien convenci- 
do de que había hecho (cuando menos) dos disparates, uno 
el de haber nombrado comandante a Cortés, y otro el de 
haber intentado destituirle; porque tan cierto es que hacien- 
do confianza a medias apenas se puede esperar ganarse un 
amigo, como que retirar la confianza ya otorgada, es bus- 
carse un enemigo (i). 

Esta partida clandestina de Cortés ha sido amargamente 
criticada por algunos escritores, y especialmente por Las 
Casas (2). Pero grandes razones se pueden alegar en defen- 
sa de aquella conducta. Cortés había sido nombrado co- 
mandante por un acto espontáneo del gobernador, y ese 
nombramiento había sido plenamente ratificado por las 
autoridades de Santo Domingo. El había no sólo gastado 
todo su caudal en la empresa, sino que aún había contraí- 
do una gran deuda. Se le iba a privar del mando sin alegar 
o por lo menos, sin probar que había cometido falta alguna; 
y además, la destitución no sólo le envolvería a él en la 
ruina más completa, sino también a los amigos a quie- 
nes había pedido prestado, y a aquellos de sus compañeros, 
que fiados en que él iba a mandarles, habían gastado en la 

(1) Las Casas, ubi. supra, Herrera. Historia General de las In- 
dias, dec. 2, lib. 3.°, cap. XII. 

Solís, que sigue a Bernal Díaz del Castillo eu cuanto a la manera 
con que se separó Cortés del gobernador, y que dice que lo hizo a cara 
descubierta y amistosamente, considera que hubiera sido una impru- 
dencia del primero reñirse con Velázquez tan luego y con tan poco 
motivo. (Conquista, lib. 1.°, cap. X ) Pero no es preciso suponer que 
Cortés quería con este paso provocar un rompimiento con el otro, sino 
simplemente asegurarse del mando de la armada. Sea de esto lo que 
fuere, yo he seguido en el texto el dicho de Las Casas, que conocía 
bien a ambas partes, residía entonces en la isla y tenía por lo tanto 
motivos suficientes de estar bien informado. 

(2) Historia de las Indias, ubi. supra. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 253 

expedición su fortuna. Ciertamente habrá pocos que en 
circunstancias semejantes sean capaces de sacrificar sumi- 
samente sus esperanzas a un capricho injusto y arbitrario. 
Lo más que se podría exigir de Cortés, era que cumpliese 
fielmente con lo pactado con el que le había encomendado 
el mando de la empresa: hasta qué punto haya cumplido 
con esos compromisos, es cosa que se verá más adelante. 

De Macaca, donde compró Cortés todo el bastimento 
que pudo sacar de las heredades reales, y a las cuales con- 
sideraba él como un préstamo del rey, se encaminó a La 
Trinidad, ciudad de más importancia, situada a la punta 
meridional de Cuba. Desembarcó allí y levantó su pendón, 
ofreciendo grandes cosas a los que le acompañasen. Diaria- 
mente acudían a alistarse voluntarios en cuyo número se 
contaban más de cien hombres de los de Grijalva, recién 
llegados de su viaje y deseosos de proseguir su expedición 
bajo otro capitán más emprendedor. La nombradía de 
Cortés atrajo también a algunos caballeros de buena cuna 
y de su posición, entre los cuales había algunos que habien- 
do acompañado también a Grijalva, se prometían grandes 
cosas de la presente expedición. Entre estos hidalgos se 
deben mencionar a Pedro de Alvarado y sus hermanos, a 
Cristóbal de Olid, Alonso de Ávila, Juan Velázquez de 
León, pariente próximo del gobernador, a Alonso Hernán- 
dez de Puerto Carrero, y a Gonzalo de Sandoval, todos 
ellos actores principales en el drama de la conquista. Su 
presencia era de gran momento, en cuanto a que se acre- 
ditaba la empresa; así es que, al llegar al campamento de 
los aventureros, éstos les saludaron con alegres golpes de 
música y estrepitosas salvas de artillería. 

Cortés, entre tanto, no descansaba en comprar el basti- 
mento y utensilios militares que requería la expedición. 
Sabedor de que un buque mercante cargado de grano y 



2 54 W « H ' PRBSCOTT 

otras mercancías destinadas a las minas estaba cerca de la 
costa, ordenó a una de sus carabelas que se apoderase de 
él y lo trajese al puerto, pagando, tanto el buque como la 
carga, en cédulas, y tratando de persuadir al capitán, lla- 
mado Sedeño, hombre rico, a que tomase parte en la em- 
presa. Despachó también a otro de sus oficiales nombrado 
Diego de Ordaz, en solicitud de otra embarcación de que 
le había dado noticia, previniéndole que la capturase y 
fuese a encontrarle con ella en el cabo de San Antonio, a 
la punta occidental de la isla (i). Así lograba, al mismo 
tiempo, otro objeto, alejar de allí a Ordaz, quien, por ser 
de la familia del gobernador, le estorbaba para obrar 
libremente. 

Mientras él se ocupaba en estas cosas, llegaban al co- 
mandante de la Trinidad órdenes de Velázquez para que 
aprehendiese a Cortés y le retuviese, por haber sido des- 
tituido del mando de la flota, que había quedado a las ór- 
denes de otro. Aquel funcionario enseñó las órdenes a los 
principales capitanes de la expedición, los cuales le acon- 
sejaron que se guardase de cumplirlas, a no ser que qui- 
siese suscitar entre la soldadesca una rebelión, cuyo resul- 
tado sería que la ciudad fuese reducida a cenizas. Verdugo 
juzgó prudente adoptar aquel dictamen (2). 

Como lo que deseaba Cortés era aumentar las fuerzas, 
ordenó a Alvarado que partiese con un pequeño cuerpo 
de soldados hasta la Habana, mientras él daba la vuelta a 

(1) De rebus gestis, M. S. Gomara, Crónica, cap. VIII. Las Casas, 
Hist. de las Ind., M. S., caps. CXIV-CXV. 

(2) Las Casas lo había oído también de boca de Cortés en los úl- 
timos años de éste. «Todo esto me dijo el mismo Cortés, con otras 
cosas cerca dello, después de Marqués... riendo e mofando e con estas 
formales palabras: A la mi fée anduve por allí como un gentil cor- 
sario^ Hist. de las Ind., M. S., cap. CXV. 



HISTORIA DK LA CONQUISTA DE MÉXICO 255 

la punta occidental de la isla e iba a encontrarle a aquel 
punto. En él desplegó luego que arribó su estandarte e 
hizo su proclama de costumbre. Mandó que sacasen a la 
plaza y pusiesen en orden todos los cañones, mosquetes y 
ballestas. Se aprovechó del algodón que se encuentra en 
abundancia en las cercanías del puerto, para acolchar las 
jaquetas de los soldados y preservarles de las flechas de 
los indios, con las que, en las primeras expediciones, ha- 
bían causado a aquéllos gran daño. Distribuyó su tropa en 
once compañías, cada una bajo las órdenes de un experto 
capitán, habiéndose hecho digno de notar, que aunque 
entre los principales hidalgos había algunos íntimos ami 
gos aun parientes de Velázquez, Cortés hizo de ellos la más 
plena confianza. 

El principal estandarte era de terci©pelo negro bordado 
de oro, llevando por blasón una cruz roja entre fuegos azu- 
les y blancos, y con un lema en latín que decía: «amigos, 
sigamos a la cruz, que teniendo fe en esta señal, conquista- 
remos». Desde entonces comenzó a tener un modo de vi- 
vir más ostenso, aumentó considerablemente el número de 
sus sirvientes y puso su casa bajo el pie que conviene a un 
alto personaje, habiéndose mantenido así todo el resto de 
su vida (i). 

Cortés tenía por entonces unos treinta y tres o treinta y 
cuatro años. Su estatura era menos que mediana; era páli- 
do; sus rasgados ojos de color negro, daban a su fisonomía 
cierto aire de gravedad que no sentaba bien a un hombre 
de su humor alegre y bullicioso. Era delgado, a lo menos 
hasta una edad muy avanzada, pero su pecho era amplio, 

(1) Bernal Díaz del Castillo, cap. XXIV. De rebus gestis, M. 3. 
Gomara, Crónica, cap. VIII. Las Casas, Hist. de las Ind., M. S., pági- 
na 115. El lema que había puesto en el estandarte, era seguramente 
una imitación del labarum o bandera sagrada de Constantino. 



256 W. H. PRESCOTT 

era ancho de espaldas, de formas musculares y bien pro- 
porcionado. Reunía el vigor y agilidad necesarias para la 
esgrima, la equitación y oíros ejercicios análogos y propios 
de un caballero. Era sobrio en el comer y beber, y no ha- 
cía gran caso de regalar su paladar, mientras que por el 
otro lado parecía indiferente a las fatigas y privaciones. Su 
vestido era el que mejor podía realzar la belleza de su per- 
sona; no desconocía toda la impresión que ciertas exterio- 
ridades suelen ejercer; así es que aunque sus vestidos no 
eran vistosos ni ostentosos, sí eran ricos; gustaba de pocos 
adornos, y por lo común siempre eran los mismos, pero 
los pocos que llevaba eran de gran precio. Su trato abierto 
y marcial encubría una alma fría y calculadora. Al buen 
humor reunía un aire de resolución y de firmeza, que hacía 
conocer a los que le eran allegados, que no les tocaba más 
que obedecer; de suerte que el cariño que le profesaban 
sus más adictos secuaces, estaba mezclado de cierta espe- 
cie de miedo. Esta combinación de afectuosidad y austeri- 
dad era quizá la única a propósito para dominar a aquellos 
hombres rudos e impetuosos entre quienes iba a jugar su 
fortuna. 

El carácter de Cortés parece que sufrió alguna mudanza 
cuando se vio en estas nuevas circunstancias, o mejor di- 
cho, parece que el nuevo género de vida que emprendió, 
despertó algunas cualidades que antes dormían ocultas en 
su seno. Hay almas fuertes, pero que necesitan de una ex- 
citación para desplegar toda su energía, a la manera que 
ciertas plantas que sujetas a la suave influencia de un clima 
templado se marchitan y decaecen, y que sólo medran y 
fructiñcan én medio de la atmósfera ardiente de los trópi- 
cos. Tal es el retrato que nos han trasmitido los contem- 
poráneos de aquel hombre extraordinario, instrumento es- 
cogido por la Providencia para esparcir el terror entre los 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DB MÉXICO 257 

bárbaros monarcas del Nuevo Mundo y para hundir en el 
polvo sus imperios (i). 

Antes de que estuviese lista la expedición en la Habana, 
D. Pedro Barba, comandante de la plaza, recibió cartas de 
Velázquez en la que le prevenía que aprehendiese a Cortés 
y estorbase la partida de las naves. Al mismo tiempo reci- 
bió Cortés una carta del mismo Velázquez, en la que le 
prevenía que pospusiese su viaje hasta tanto que el gober- 
nador no viniese a hablar con él en persona como lo tenía 
pensado verificarlo. «Jamás he visto», dice Las Casas, «una 
falta de mundo más completa, que la que mostró Velázquez 
en la tal carta, pues llegó a imaginarse que un hombre que 
acababa de hacerle burla en su presencia, suspendería su 
viaje sólo porque a él se le antojaba». En efecto, era esto 
lo mismo que querer detener con una palabra el curso de 
una saeta, después de que ha salido del arco (2). 

El capitán general, en el poco tiempo que había estado 
allí, había conciliádose la buena voluntad de Barba; ade- 
más, que aunque este oficial hubiese querido ejecutar las 
órdenes del gobernador, no habría podido hacerlo a la vis- 
ta de una soldadesca audaz y que se habría desencadenado 
al ver la innoble persecución de su comandante, «por el 
cual», como dice el honrado cronista que tomó parte en la 
expedición, «todos, oficiales y particulares, habrían dado 
gustosos la vida» (3). Barba se contentó, pues, con expo- 

(1) Tanto en la historia del hidalgo viejo Bernal Díaz del Castillo, 
que sirvió mucho tiempo a las órdenes de Cortés, como la crónica de 
Gomara que fué su capellán general, se puede ver los pomenores más 
minuciosos, acerca del carácter y vida de este guerrero. Consúltense 
principalmente el último capítulo de la última obra, y el CCIII de la 
primera. 

(2) Las Casas, op. cit., cap. CXV. 

(3) Bernal Díaz, op. cit., cap. XXIV. 

17 



258 W. H. PRESCOTT 

ner a Velázquez lo impracticable de sus órdenes, y con 
calmar sus sospechas, dándole grandes seguridades de que 
sería fiel Cortés. A éste le escribió una comunicación de 
su puño, en los términos más cumplidos que pudo (i), en 
la cual suplicaba a su excelencia que contase con su adhe- 
sión, y le ofrecía que toda la flota, siendo Dios servido, 
podría hacerse a la vela al día siguiente. 

En consecuencia de esto se puso en camino la escuadri- 
lla el 10 de febrero de 15 1 9, haciendo rumbo hacia el cabo 
de San Antón, que era el punto designado para la reunión. 
Las embarcaciones todas subían a II; una de ellas, en la 
que iba Cortés, era del porte de 100 toneladas, otras tres de 
70 a 80; el resto eran carabelas y bergantines sin cubierta. 
Todos quedaron a ía dirección de Antonio de Alaminos, 
experto veterano que había ido en calidad de piloto en los 
viajes de Colón, y con Córdova y Grijalva en las primeras 
expediciones a Yucatán. Luego que arribó Cortés al Cabo, 
pasó revista a sus tropas y encontró que subían a ciento 
diez marineros, quinientos cincuenta y tres soldados, in- 
cluso treinta y dos ballesteros y trece arcabuceros, además 
de doscientos indios isleños y algunas indias para los ofi- 
cios domésticos. Estaba armada de diez piezas grandes de 
artillería, cuatro piezas ligeras llamadas falconetes, y un 
buen abasto de municiones (2). Había además diez y seis 

(1) Ibidem, ubi. supra. 

(2) Bernal Díaz, op. cit, cap. XXVI. 

Hay alguna discrepancia en los autores, en cuanto a la fuerza del 
ejército. La carta de Veracruz que debiera haber sido exacta, dice 
en números redondos que eran 400 soldados. Velázquez mismo, en 
una comunicación al Juez principal de Santo Domingo, dice que eran 
600. (Carta de Diego Velázquez al Lie. Figueroa, M. S.) Yo he pre- 
ferido el cómputo de Bernal Díaz del Castillo, que en su larga carrera 
militar ha tratado íntimamente a todos sus camaradas y ha sabido la 
historia privada de cada uno de ellos. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 259 

caballos, que no era fácil procurarse por la dificultad de 
trasportarlos en las ligeras embarcaciones de aquellos 
tiempos, de suerte que en las islas eran escasos y excesi- 
vamente caros (i). Pero Cortés juzgó con razón que la ca- 
ballería, aunque fuese un pequeño número, era de gran im- 
portancia, tanto en el servicio en el campamento, como 
para infundir terror a los salvajes. 

¡Con tan escasos recursos emprendió una conquista que 
aun su esforzado corazón habría desconfiado de efectuar, 
si hubiera podido prever todos los obstáculos que se les 
esperaban! 

Antes de embarcarse dirigió Cortés a sus soldados una 
alocución animada y entusiasta. Díjoles que iba a entrar 
en una empresa que haría famoso su nombre por todas las 
edades; que iba a llevarles a regiones más vastas y opu- 
lentas que ninguna de las que hasta entonces habían visto 
los europeos: «alcanzaréis prez y gloria, les dijo; pero será 
a costa de incesantes fatigas, Las grandes empresas sólo 
se alcanzan con grandes esfuerzos; jamás ha sido la gloria 
el premio de la pereza (2). Si he consagrado todos mis afa- 
nes y sacrificado toda mi fortuna en semejante empresa, 
es por el amor de la gloria, que es la más sublime recom- 

(1) Increíblemente caros, ciertamente, si hemos de dar fe a las de- 
claraciones de Villa Segura, en las que se dice que cada caballo cos- 
tó de cuatro a quinientos pesos de oro. «Si saben que de caballos que 
el dicho señor capitán general Hernán Cortés ha comprado para ser- 
vir en la dicha Conquista, que son diez y ocho le han costado a 
cuatrocientos cincuenta o a quinientos pesos que ha pagado, e que 
debe más de ocho mil pesos de oro dellos.» El valor de estos caballos 
puede verse en Bernal Díaz, que ha creído conveniente decirnos el 
precio de cada uno; noticia que sería por demás hasta en un calenda- 
rio de diversión. Véase el cap. XXIII de la Conquista. 

(2) «Yo vos propongo grandes premios, más envueltos en grandes 
trabajos; pero la virtud no quiere ociosidad. > (Gomara, Crónica, ca- 



2Ó0 W. H. PRESCOTT 

pensa a que puede aspirar el hombre. Si algunos de vos- 
otros codicia aún más que esta fama, las riquezas, sedme fie- 
les como yo os seré fiel, que yo os ofrezco haceros dueño 
de más oro que el que ninguno de los europeos ha visto en 
sus sueños de codicia. Pocos sois pero esforzados: si vues- 
tro ánimo no vacila, estad seguros de que el Altísimo que 
nunca ha abandonado a los españoles en sus combates con 
los infieles, os salvará, aunque os veáis envueltos por una 
nube de enemigos; porque vuestra causa es justa y peleáis 
bajo la bandera de la Cruz. Prosigamos, pues, con confian- 
za y presteza, y demos gloriosa cima a la empresa tan feliz- 
mente comenzada» (i). 

La tosca elocuencia del general ponía en vibración las 
varias cuerdas de la ambición, la codicia y el celo religioso; 
así es que penetró hasta lo íntimo del corazón de sus se- 
cuaces, que contestándole con vivas aclamaciones, se mos- 
traban impacientes por continuar bajo las órdenes del cau- 
dillo que debía conducirles, no ya a la batalla, sino al 
triunfo. 

Cortés quedó plenamente satisfecho al ver el entusiasmo 
marcial en que ardían sus compañeros. Mandó celebrar una 
misa con todas las solemnidades que acostumbraban los 
navegantes españoles cuando iban a embarcarse para algún 
viaje de descubrimiento; y poniendo la flota bajo la protec- 
ción de San Pedro, santo abogado de Cortés, levantaron 

pítulo IX. Es el mismo pensamiento que tan bellamente ha expresado 
Thompson en el siguiente dístico: 

"por sluggard's brow the laurel never gr.etv; 
Renown is not the child of indolent repose.» 

(1) El texto no es más que el compendio abreviado de la aveDga 
de Cortés, o como muy bien pudiera suceder, de su capellán. Véase a 
Gomara, cap. IX. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 2ÓI 

anclas para la costa de Yucatán, el día 18 de febrero 

de I$I9(I-)- 

(1) Las Casas, ubi. supra. Gomara, op. cit., ap. 10. De rebusgestis, 
M. S. Tanlus fuit armorum aparatus quo alterum terrarum orbem 
bellis Cortesius concutit; ex tam parvis opibus tantum imperium 
Carolo facit: aperitquc omnium primus. Hispanoz genti, Hispaniam 
novam. Op. cit. El autor de la obra es desconocido: parece que ella 
formaba parte de una gran compilación titulada: De Orbe Novo, que 
tenía probablemente por objeto dar una serie de bosquejos biográfi- 
cos, pues en la introducción se habla de la vida de Colón, como de- 
biendo preceder a la de Hernán Cortés. Según allí consta, fué escrita 
cuando todavía vivían algunos conquistadores y estaba dedicada al 
hijo de Cortés, El historiador tenía, pues, todos los datos necesarios 
para averiguar la verdad; pero no obstante eso, se trasluce frecuente- 
mente bastante parcialidad hacia el héroe, bajo cuyos auspicios se 
publicaba. Tiene toda la cansada prolijidad en referir pequeneces que 
suele ser tan útil en ese género de documentos. Desgraciadamente 
sólo el primer libro quedó concluido, o por lo menos el único que 
ha sobrevivido. Los sucesos de que trata son los de que se habla en 
este capítulo. La obra está escrita en latín, en estilo puro y castizo, y 
hay fundadas sospechas de que su autor fué Calvet de Estrella, cro- 
nista de Indias. El original existe en la librería de Simancas, de donde 
fué sacado a luz y transcrito por Muñoz, de cuya copia está tomada la 
que yo tengo. 



CAPÍTULO IV 

Viaje a Cozumel. — Conversión de los naturales, — Jeró- 
nimo de Aguilar. — Llega la armada a Tabasco. — Gran 
batalla con los indios. — Introducción del cristianismo. 

Habíase dado orden de que los buques fuesen lo más 
reunidos que se pudiese, y que siguiesen a la capitana o 
nave en que iba el almirante, la cual llevaba una luz en la 
popa durante la noche para servir como de faro. Pero el 
tiempo, que durante los primeros días del viaje había sido 
bonancible, cambió repentinamente y se levantó una de 
esas borrascas tan frecuentes en esa estación, en la latitud 
en que están las Indias Occidentales. Envolvió con terrible 
ímpetu a la escuadrilla, dispersó las naves, desmanteló al- 
gunas de ellas y las alejó considerablemente de la ruta que 
debían seguir. 

Cortés, que se había demorado por convoyar una nave 
inutilizada, llegó el último a Cozumel. AI arribar supo que 
uno de sus capitanes, Pedro de Aívarado, aprovechando 
el corto tiempo que había estado allí, había entrado en los 
templos, robado sus pocos ornamentos y aterrado de tal 
suerte a los sencillos indios con semejante conducta, que 
habían huido a refugiarse en el interior de la isla. Cortés, 
irritado de estos procedimientos tan ásperos y tan contra- 
rios a la política que él se proponía observar, no pudo 



2Ó4 W. H. PRESCOTT 

menos de censurar severamente al oficial en presencia de 
todo el ejército. Ordenó que le trajesen al punto a dos in- 
dios que Alvarado había hecho prisioneros y les explicó el 
pacífico objeto de su expedición, dándose a entender con 
ellos mediante el auxilio de su intérprete, Melchorejo, in- 
dio yucateco, que había llevado Grijalva a Cuba, donde 
había adquirido alguna tintura de la lengua castellana. Des- 
pidió a los prisioneros colmándoles, antes, de regalos, y les 
encargó que invitasen a sus compañeros a regresar a sus 
hogares sin temor de que se les volviese a molestar. Esta 
política conciliadora surtió los buenos efectos que eran de 
esperar. Tranquilizados los indígenas, no tardaron mucho 
en volver y entraron luego en trato amistoso con los es- 
pañoles, quienes trocaban cuchillos y juguetes por ador- 
nos de oro, quedando unos y otros plenamente satisfechos 
(y con igual razón diría un fiósofo) engañándose mutua- 
mente. 

El primer cuidado de Cortés fué adquirir noticias acerca 
del paradero de los desgraciados cristianos que se decía 
estar en cautiverio en uno de aquellos países. Obtuvo de 
algunos comerciantes de la isla tales noticias, que envió a 
D ego de Ordaz con dos bergantines, a la costa opuesta de 
Yucatán, con órdenes de permanecer allí por ocho días. 
En las naves iban algunos indios que consintieron en llevar 
a los cautivos, en que se les informaba de la llegada de los 
españoles, y un gran rescate para libertarles. Entretanto re- 
solvió el general a hacer una excursión a varias partes de 
la isla, con el objeto de no tener ociosos a sus soldados y 
de asegurarse del estado del país. 

Parecía ser éste pobre y escasamente poblado; pero por 
todas partes se encontraban los vestigios de una civilización 
más adelantada que la que hasta allí habían encontrado en 
las islas. Algunas casas eran amplias y muchas de ellas 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 2Ó5 

construidas con cal y canto. Lo que más llamó la atención 
de los viajeros, fueron los templos, hechos de esos mismos 
sólidos materiales, y que tenían algunos pisos o tramos. En 
el patio de uno de aquéllos quedaron pasmados de encon- 
trar una cruz de cal y canto, de algunos palmos de altura; 
era el emblema del Dios de las lluvias. Esta cruz fué obje- 
to de varias conjeturas, no sólo para la ignorante soldades- 
ca, mas también para algunos literatos europeos de tiem- 
pos posteriores, quienes han hecho numerosas conjeturas 
sobre ¿cuál será la raza que introdujo en aquel país el sa- 
grado símbolo del cristianismo? Mas, como lo veremos en 
otra parte, esas conjeturas no descansan en sólidos funda- 
mentos (i). No obstante, es una cosa curiosa que la cruz 
haya sido objeto de culto religioso tanto en el Nuevo Mun- 
do, como en ciertas, regiones del Antiguo, donde nunca 
había brillado la cruz del cristianismo (2). 

La primera mira de Cortés fué arrancar a los indígenas 

(1) Véase el apéndice, parte primera, nota 27. 

(2) Carta de Veracruz, M. S. Bernal Díaz del Castillo, Eist. de la 
Conq., cap. XXV y sig. Gomara, Crónica, caps. X-XV. Las Casas, Hist. 
de las lnd., lib. 3.°, cap. CXV. Herrera, Historia General de las In- 
dias, Dec. 2, lib. 4.°, cap. VJ. Mártir, de insulis nuper inventis. (Colo- 
nial, 1574), pág. 344. 

Al tiempo que se imprimían estas páginas, pero dos años despué3 
de escritas, se ha publicado la interesante obra de M. Stephens, en que 
se contiene la noticia del segundo viaje a Yucatán. En la última parte 
de la obra cuenta su visita a Cozumel. hoy una isla deshabitada, cu- 
bierta de bosques impenetrables. Cerca de la playa vio los restos de 
edificios indios, que el autor supone ser los mismos que vio Grijalva, 
y sobre los cuales hace algunas reflexiones importantes; lo mismo que 
las hace después, con motivo de la cruz que era entre los isleños ob- 
jeto de adoración. (Incidentes del viaje a Yucatán, Nueva York, 1843, 
volumen II, pág. 20.) Como una discusión sobre estas materias me ale- 
jaría mucho del camino que sigue mi narración, volveré a hablar de 
esto, cuando trate de los restos arquitectónicos de aquel país. 



2Ó6 W. H. PRESCOTT 

de su grosera idolatría, y sustituir en vez de ella otra reli- 
gión más pura, estando resuelto a emplear la fuerza para 
conseguirlo, caso de que no bastasen las medidas suaves y 
pacíficas. Nada anhelaba con tanto empeño el Gobierno 
español, como la conversión de los indios. Era el princi- 
pal objeto de sus expediciones, que tenían por tanto cier- 
to aire de cruzadas. El hidalgo que entraba en ellas satis- 
facía a la vez sus sentimientos caballerescos y religiosos. 
No podía quedar duda alguna sobre la eficacia de una con- 
versión que debía efectuarse sin pararse en los medios, 
por violentos que fuesen, y en que nada importaba lo re- 
pentino y violento de la transición. Al que no catequizaba 
la lengua, le catequizaba la espada. La propagación del 
mahometismo había probado que las semillas sembradas 
por la mano de la violencia, lejos de perecer bajo la 
tierra, a la larga brotan y fructifican. Y si esto acontecía 
con una mala causa,, ¿que no sucedería con una buena? El 
caballero español conoció que como a soldado de la cruz 
le tocaba llenar una alta misión; por arbitraria e injusta 
que a nosotros nos parezca la guerra que emprendió, a él 
le parecía una guerra santa. No había cuidado de que el 
alma de un enemigo hundida en las tinieblas pusiese en 
riesgo la del que lo hací?; la conversión de una sola alma, 
era parte a justificar una multitud de crímenes; no era la 
moral; la fe era, pues, la que aprobaba todo esto, y a la 
cual se reducía entonces estricta y literalmente la moral 
cristiana. El que moría en la fe, por inmoral que hubiese 
sido su vida, se juzgaba que moría en el Señor. Tal era en 
aquel tiempo el credo del caballero cristiano; tal el que le 
inculcaban en su patria, en los pulpitos, en los claustros y 
en las aulas; tal el que predicaban en las colonias los mi- 
sioneros y los frailes, excepto uno entre todos, uno cuya 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MKXíCO 2ÓJ 

devoción, de linaje mucho más puro, no podía brillar en 
medio de tan densas tinieblas (i). 

Nadie participaba de estas ideas más completamente 
que Cortés; bien pudiera llamársele el espejo de su épo- 
ca, pues que reflejaba los rasgos característicos de ella; 
la devoción especulativa y el libertinaje práctico; pero los 
reflejaba con una intensidad propia suya. Escandalizábase 
al presenciar las prácticas religiosas del pueblo de Cozu- 
mel, aunque no le imprimían fuertemente, a lo que pa- 
rece, los sacrificios humanos. Procuró convertir a los in- 
dios a una religión más pura, mediante la intervención de 
dos eclesiásticos que acompañaban a la expedición, Juan 
Díaz y Fr. Bartolomé de Olmedo, siendo el último uno de 
esos piadosos varones que ofrecen el ejemplo raro en to- 
dos tiempos, de un celo ardiente unido a un espíritu de 
viva caridad, y de hermosas acciones acordes con los sa- 
bios preceptos que se inculcan. Este religioso acompañó a 
los españoles en toda ía conquista, y consiguió con sus 
sabios y benévolos consejos, mitigar muchas de las cruel- 
dades de los conquistadores, y apartar el golpe de su es- 
pada de la cabeza de los desventurados indios. 

En vano trabajaron estos dos misioneros por persuadir 
a los indios de Cozumel a que abnegasen de su abomina- 
ble culto y a que les permitiesen derrumbar y demoler 
aquellos ídolos que para la soldadesca española eran re- 
trato de Satanás (2). Los candorosos indios se llenaron de 
horror al pensar en semejante profanación y exclamaron 
que aquellos dioses eran los que les enviaban la luz y las 

(1) Véase el Bosquejo biográfico del obispo Las Casas, el protec- 
tor de los indios, en el Post scriptum que está al fin de este capítulo. 

(2) «Fuese que rl demonio se les aparecía como es, o dejaba en 
su imaginación aquellas especies, con que sería primorosa imitación 
del artífice la fealdad del simulacros Solís, Conquista, pág. 39. 



2Ó8 W. H. 



PKESCOTT 



tempestades, y que si les infirieran cualquier ultraje, des- 
cargarían sus rayos sobre las cabezas de los que le hubie- 
sen perpetrado. 

Cortés, que en ningún caso gustaba de disputas, en el 
presente prefirió los hechos a los argumentos, y pensó que 
el medio más seguro de disuadir a los indios de su error, 
era probarles prácticamente la falsedad de sus predicacio- 
nes; así, pues, sin más ceremonia, mandó que se echasen 
las venerables imágenes a rodar por las gradas del. gran 
templo, como se hizo, en medio de la grita y lamentacio- 
nes de los indios. En aquel mismo lugar se erigió al ins- 
tante un altar en que se colocó la imagen de la Santísima 
Virgen y de su Hijo, y se dijo, por el padre Olmedo y su 
digno compañero, una misa, la primera que se celebró en- 
tre los muros de un templo en la Nueva España. Los pa- 
cíficos ministros volvieron a probar a difundir la luz del 
Evangelio en las ofuscadas almas de los indios y a hacer- 
les comprender los misterios del cristianismo. El intér- 
prete indio debe de haber sido mal vehículo para transmi- 
tir tan abstractas doctrinas; mas, a pesar de todo, comen- 
zaron a ganarse el corazón de aquellos gentiles, que, al fin, 
abrazaron el cristianismo, ya fuese que les había aterrado 
el audaz atentado de los invasores, ya que les convenciese 
de la importancia de sus dioses ver que eran incapaces 
hasta de evitar la violación de sus altares (i). 

(1) Carta de Veracruz, M. S.; Gomara, Crónica, cap. XIII; Herrera, 
Historia general, década 2, libro 4.°, cap. VII; Ixtlilxochitl, Historia 
Chichimeca, M. S., cap LXXVIII. 

Las Casas, cuyas miras ilustradas acerca de la religión le harían 
honor aun en nuestros días, insiste mucho sobre la futileza de estas 
conversiones por fuerza, en las que se pretendía sacar a los hombres 
de la falsa idolatría que habían profesado desde la cuna. <La única 
manera de conseguir esto, dice, es predicar larga y asiduamente y con 
fe hasta que adquieran los paganos algunas ideas acerca de la natu- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DIS MÉXICO 2ÓQ 

Mientras Cortés se ocupaba en el triunfo de la Cruz, 
supo que Ordaz había vuelto de Yucatán sin traer nuevas 
de los españoles cautivos. No obstante que eso le apesaró 
mucho, el general resolvió no demorar su partida de Co- 
zumel. Bien provista la flota, merced al amistoso recibi- 
miento de los de la isla, embarcó Cortés sus tropas, dejan- 
do aquellas playas hospitalarias, hacia principios de marzo. 
Pero la escuadrilla no pudo caminar mucho sin tener que 
regresar a la isla a reparar una de las naves que se habían 
averiado; demora que fué de la mayor trascendencia, hasta 
el extremo de que un escritor de aquel tiempo la tiene por 
un gran misterio y milagro de Dios (i). 

Poco después de su nuevo arribo se vio llegar de una de 
ias costas de Yucatán cercanas a la isla, una canoa con mu- 
chos indios. Al llegar a tierra preguntó uno de ellos en mal 
castellano, que si estaba entre cristianos, a lo que habién- 
dole contestado afirmativamente, se arrodilló y comenzó a 
dar gracias al cielo de que le hubiese salvado. Era uno de 
los desventurados cautivos por cuya suerte se habían inte- 
resado tanto los nuevos invasores. 

Llamábase Jerónimo de Aguilar, natural de Ecija, en Es- 
paña, donde le habían educado medianamente para la ca- 
rrera de la iglesia. Había sido de los de la colonia del istmo 
de Darién, y en su viaje de este punto a Santo Domingo 
había naufragado hacía ocho años cerca de la costa de Yu- 

raleza de Dios y de los dogmas que van a abrazar. Sobre todo, que 
vivan los cristianos de una manera tan conforme a estos dogmas, que 
al verles el indio, glorifique al Padre y le reconozca por el único y 
verdadero Dios, pues que tiene tales y tan perfectos adoradores. > 
Véanse algunas observaciones de las que hacía este obispo con res- 
pecto a este punto, las cuales ofrezco en el Apéndice como una mues- 
tra del estilo que usaba cuando su asunto le permitía ser elocuente. 
Apéndice, parte 2. a , núm. VI. 
(1) «Muy gran misterio y milagro de Dios.* Carta de Veracruz/M. S. 



270 W. H. PRESCOTT 

catán. El logró escapar en el esquife del buque con algunos 
otros compañeros; pero el resto de ellos pereció, o por el 
hambre y la intemperie durante el naufragio, o a manos de 
los caníbales habitantes de la isla, donde cayó en manos de 
un poderoso cacique, que aunque le perdonó la vida, le tra- 
tó a! principio con gran dureza. Al fin su paciencia y sin- 
gular humildad ablandaron el rigor del cacique, que aún 
invitaba a Aguilar a que se casase con una de las mujeres 
de aquella tierra, lo cual rehusó aquél en cumplimiento de 
sus votos. Tan admirable constancia llegó a excitar las sos- 
pechas del cacique, quien sometió «la virtud del eclesiásti- 
co a pruebas severísimas, y muchas de ellas de la misma 
clase que las tentaciones con que dicen que el diablo asal- 
taba a San Antonio» (1). Mas él consiguió salir como lo 
hizo su evangélico predecesor, ileso e inmaculado. La con- 
tinencia es una virtud demasiado rara y difícil entre salva- 
jes, para no concillarse con ella la veneración; así es que 
ha sido más de una vez título de santidad en el Nuevo y en 
el Antiguo Mundo. Aguilar estaba encargado de la hacien- 
da del cacique y del cuidado de sus numerosas concubinas. 
Era hombre no sólo virtuoso, sino discreto, y sus consejos 
habían sido útiles tantas veces, que se le consultaba en todos 
los negocios de importancia. En suma, Aguilar era entre 
los indios un grande hombre. 

No causó, pues, poco sentimiento al cacique acceder a 
las propuestas que los españoles le hacían para rescatarlo, 
y ciertamente nunca hubiera consentido en ello, a no ser 

(1) Herrera las enumera con una minuciosa prolijidad, que tiene 
por lo menos el mérito de ser una apología mucho más completa de 
las virtudes de Aguilar, que las áridas generalidades del texto. (His- 
toria General, Década 2, caps. VÍ-VIII.) Su historia ha sido bellamen- 
te contada por Washington Irving en sus Viajes y descubrimientos 
de los compañeros de Colón i Londres. 1S33), pág. 263 y siguientes. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 2"Jl 

por el rico rescate de cuentas de vidrio, campanas y otras 
joyas de la misma valía que le enviaron en rescate. Cuando 
Aguilar llegó a la costa fué tan tarde, que los bergantines 
ya se habían hecho a la vela, de manera que sólo al feliz 
regreso de la flota a Cozumel, debió la dicha de alcanzarlos. 
Al presentarse ante Cortés ei pobre hombre, le saludó 
al estilo indio, tocando la tierra con la mano y llevando 
después ésta a la cabeza. El comandante le alzó, le abrazó 
afectuosamente y le envolvió en su misma capa, pues Agui- 
lar iba en el sencillo traje que usan los indios de aquella 
tierra, el cual es un poco indecente a los ojos de un euro- 
peo. Pasó, pues, mucho tiempo para que olvidase los hábi- 
tos que había adquirido en medio de la libertad selvática, 
y para que se volviese a someter a las trabas y artificios 
que tanto en el vestido como en el trato, introduce la civi- 
lización. Su larga residencia en el país le habían familiari- 
zado con la lengua maya, dialecto propio de Yucatán; así 
es que luego que empezó a recordar su lengua materna, 
comenzó a ser de gran utilidad como intérprete. Cortés 
vislumbró desde el principio el provecho que iba a sacar 
de él; pero no calculó todas las consecuencias de semejan- 
te adquisición (i). Concluidos los reparos de los buques, 
volvió por segunda vez el comandante español a abando- 
nar aquellas playas amigan, y se hizo a la vela el 4 de mar- 
zo. Acercándose cuanto era posible a la costa, doblaron el 
cabo Catoche; atravesaron a toda vela por la vasta bahía de 
Campeche, guarnecida con los ricos bosques de palo de 
tinte que desde entonces ha formado uno de los primeros 
artículos de comercio con Europa. Pasaron por Ponton- 

(1) Camargo, Hist. de llaxcala, M. S. Oviedo, Hist. de las Ind., 
M. S., lib. 33, cap. I. Mártir de Insulis, pág. 347. Bernal Díaz, Hist. de 
la Conq., cap. XXIX. Carta de Veracruz, M. S. Las Casas, Hist. de las 
Ind., M. S., lib. 3.o, caps. CXV-CXVI. 



272 W. H. PKESCOTT 

chan, donde Córdova había sido recibido tan duramente 
por los indios, y a poco tiempo después llegaron a la des- 
embocadura del río de Tabasco o de Grijaiva, en donde 
había hecho este navegante el lucrativo tráfico de que ya 
hemos hablado. No obstante que Cortés no perdía de vista 
el grande objeto de su viaje, que era visitar el territorio 
azteca, deseaba conocer las riquezas de aquel país, y resol- 
vió subir el río y visitar la gran ciudad que estaba a sus 
orillas. 

Había tan poca cala, a causa del depósito de arena en la 
boca del río, que el comandante se vio obligado a dejar 
anclados sus buques a la entrada de éste, embarcándose en 
canoas con sólo una parte de las fuerzas. Las riberas esta- 
ban abundantemente cubiertas de plantas acuáticas, cuyas 
raíces, enlazándose entre sí, formaban una especie de red 
impenetrable, al través de la cual se delineaban las sinies- 
tras formas de los indios, que andaban de acá para acullá 
haciendo gestos y ademanes amenazadores. Cortés, admi- 
rado de encontrar una acogida tan hostil y tan diversa de 
la que, con fundadas razones, aguardaba, no siguió ade- 
lante sino con gran precaución. Al llegar a un lugar des- 
cubierto donde había reunidos gran número de indios, les 
pidió, por medio de su intérprete, que le permitiesen lle- 
gar a tierra; pero los indios, blandiendo sus armas, le res- 
pondieron con ademanes que expresaban su cólera y su 
desprecio. Bien que esto lo sentía Cortés en el alma, cre- 
yó más conveniente no insistir más por aquella tarde y se 
retiró a una isla cercana, adonde sacó a sus tropas, resuel- 
to a efectuar al día siguiente su desembarco en el con- 
tinente. 

Al rayar el día vieron los españoles que las orillas del 
río estaban cubiertas de hileras de soldados en mucho ma- 
yor número que la tarde precedente, mientras que a lo 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 273 

largo de la playa había canoas llenas de guerreros arma- 
dos. Cortés comenzó a hacer sus preparativos para el ata- 
que. Primeramente mandó un destacamento de cien hom- 
bres a las órdenes de Alonso de Ávila, para que, entrando 
por un punto que estaba a la bajada del río, y protegido 
por una espesa alameda de palmeros, tomase un camino 
que, al parecer, conducía directamente a la ciudad de Ta- 
basco, dando órdenes a aquel oficial de que atacase al 
punto la plaza, mientras él la atacaba de frente (i). 

Entonces embarcó sus tropas y atravesó el río a la vista 
del enemigo; pero antes de comenzar las hostilidades qui- 
so, para obrar en justicia y en cumplimiento de las órde- 
nes del Real Consejo, hacer saber a los enemigos, median- 
te el intérprete, que lo único que solicitaba era el paso li- 
bre para sus tropas y que reviviesen las relaciones amisto- 
sas que al principio habían existido entre sus compatrio- 
tas y los naturales de aquellas tierras (2). Aseguróles, ade- 
más, que si se derramaba sangre, la culpa sería de ellos; 
que, por último, la resistencia era completamente inútil, 
pues que estaba resuelto a pernoctar, a todo trance, 
aquella noche, en la ciudad de Tabasco. A esta intimación, 
escrita en tono arrogante e imponente y autorizada por el 
escribano público, contestaron los indios (que de diez pa« 
labras de ella, tal vez no habrían comprendido ni una) con 
sus gritos de guerra y con una lluvia de saetas (i). 

(1) Bernal Díaz, Hist. de la Conq., cap. XXXI. Carta de Veracruz, 
M. S. Gomara, Crónica, cap. XVIII. Las Casas, Hist. de las Ind., 
M. S., lib. 3.°, cap. CXVÍÍI. Mártir de Insulis, pág. 348. 

Hay algunas discrepancias entre las noticias de Bernal Díaz y las 
de los que escribieron la Carta de Veracruz, habiendo sido uno y otros 
testigos presenciales de los sucesos. 

(2) Carta de Veracruz, M. S. Bernal Díaz, Historia de la Cotí' 
quista, cap. XXXI. 

(1) He aquí, exclama el obispo de Chiapas con su acostumbrada 

18 



2 74 W. H. PRESCOTT 

Cortés, después de haber cumplido con todos los debe- 
res de leal caballero y trasferido toda responsabilidad, so- 
bre el Real Consejo, situó sus canoas al lado de las de los 
indios. Acometiéronse unos y otros con gran fiereza y en 
poco tiempo ya estaban dentro del agua, que les daba hasta 
cerca de la cintura. El combate no fué largo, aunque sí des- 
esperado; mas los europeos prevalecieron y obligaron a sus 
enemigos al fin a retirarse a la tierra. Allí acudieron en su 
ayuda los otros indios, que descargaron sobre los invaso- 
res una lluvia de dardos, saetas y pedazos de madera. Las 
riberas eran deleznables y resbaladizas, de suerte que cos- 
taba gran trabajo a los e* pañoles asentar el pie y caminar 
por sobre ellas. Cortés perdió un calzado en el lodo, pero 
no por eso cesó de combatir, aunque descalzo y con gran 
riesgo para su persona, pues los indios no tardaron en des- 
cubrir que era el caudillo, y se decían unos a otros: capun- 
ta al jef>-2>. 

Por último, consiguieron los españoles ganar la ribera y 
colocarse en algún orden que les permitiese disparar sus 
armas de fuego y sus ballestas. El enemigo, aterrado con 

cau?tecidad, he aquí la irracionalidad de este requerimiento, o para 
hablar más exactamente, la locura e insensibilidad del Real Consejo, 
que quiso buscar en la resistencia de los indios un pretexto para ha- 
cerles la guerra». (Hist. de las Ind., M. S . lib 3.°, cap CXV1II.) 

En otro lugar, lanza una amarga invectiva contra los que encubrían 
un ánimo hostil, bajo estas vanas fórmulas, cuya significación y alcan- 
ce era osi impnsib'e que lo descubriesen los bárbaros. (Ibid., lib. 3.°, 
capítulo LXIl ) La famosa fórmula usada por los conquistadores espa- 
ñoles en esta ocasión, fué redactada por el Dr. Palacios Rubio, hom- 
bre literato y miembro del Real C-onsejo. «Pero yo me río de él y de 
sus letras», exclama Oviedo, «si llegó a creer que los indios ignorantes 
habían de entender ni una palabra». (Hist. de las lnd.. M. S., hb 29, 
capítulo VII. ) Se puede ver la traducción inglesa de este requerimien- 
to, en las úl'imas páginas de la obra de Irving, titulada: Viajes y des- 
cubrimientos de los compañeros de Colón. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 275 

el brillo y estruendo de las armas de fuego que todavía no 
conocía, huyó y se replegó tras un parapeto de madera 
que había en la mitad del camino. Los españoles, obstina- 
dos en perseguirle, pronto vencieron aquellos fuertes obs- 
táculos y obligaron a los tabasqueños a tomar el camino 
de la ciudad y entrar en ella, donde había otra palizada. 

Entretanto, había llegado Avila por el punto opuesto; 
por manera que los indios sorprendidos súbitamente no 
pudieron resistir por más tiempo y abandonaron la ciudad 
a los cristianos, habiendo antes sacado de ella sus familias 
y muebles. Algunas semillas cayeron en manos de los ven- 
cedores, pero poco oro, cosa que, como dice Las Casas, 
no les causó mucha complacencia (i). La ciudad era popu- 
losísima; las casas eran en su mayor parte de adobe. Sus 
edificios atestiguaban de por sí que pertenecían a una raza 
más culta que las de las islas, así como también su enér- 
gica resistencia había probado que le aventajaban en 
valor (2). 

(1) Halláronlas llenas de maíz e gallinas y otros bastimentos; oro 
ninguno, de lo que ellos no recibieron mucho placer. Eist. de las lnd., 
M. S., ubi. supra. 

1,2) Pedro Mártir ha dejado una brillante pintura de esta ciudad: 
Ad fluminis ripam protenlum dicunt esse opidum, quantum non 
ausim dicere: mille quingentorum passuum ait Alaminus nauclerus 
et domorum quinqué et viginti millium: stringunt alii, ingens ta- 
túen patentur et celebre. Hortis intersecantur domus, qua> sunt 
egregie lapidibus et calci fabrefacta, mixima industria et architec- 
torum arte. (De insulis, pág. 349.) Con ese mismo espíritu de Inqui- 
sición, que le es propio, refiere todos los pormenores que dieron el 
viejo piloto Alaminos y otros dos oficiales de Cortés, que volvieron a 
España en el curso de aquel mismo año. Tabasco estaba cerca de las 
arruinadas ciudades de Yucatán, que han prestado materia para tan- 
tas especulaciones en estos últimos tiempos. No son tan notables los 
encomios de Mártir, cuanto el silencio de otros escritores contempo- 
ráneos. 



2/6 W. H. PRESCOTT 

Dueño Cortés de la ciudad, tomó formal posesión de 
ella a nombre de la Corona de Castilla; dio tres tajos con 
su espada a una gran ceiba que había en la plaza, y procla- 
mó solemnemente que tomaba posesión de la ciudad a 
nombre y en favor de los monarcas católicos, y que esto lo 
defendería y sostendría con espada y lanza ante quien 
quiera lo dudase. La misma jactanciosa declaración hicie- 
ron los soldados, habiendo dado de todo esto debida fe y 
testimonio el notario público. Tal era la usanza sencilla 
pero caballeresca de los hidalgos españoles al tomar po- 
sesión de algún territorio en el Nuevo Mundo. Indudable- 
mente con respecto a otro monarca extranjero, era un jus- 
to título el que adquirían de esta manera. 

El capitán general hizo su cuartel aquella noche en el 
patio principal del templo mayor. Apostó sus centinelas y 
tomó todas las precauciones que se estilan en la guerra 
con enemigos civilizados, y a fe que no fueron inútiles ta- 
les precauciones, pues aunque en el templo y cerca de él 
reinaba un silencio sospechoso, llegaron noticias de que se 
había escapado el intérprete Melchorejo, dejando colgado 
de un árbol su traje de español. Cortés quedó muy dis- 
gustado de semejante suceso, pues que el fugitivo podía no 
sólo informar a los enemigos del corto número de españo- 
les, sino disipar todas las ilusiones que aquellos se hubie- 
sen formado, respecto de la naturaleza extraordinaria de 
los recién venidos. 

A la mañana siguiente, viendo Cortés que ningún ene- 
migo se presentaba, mandó dos destacamentos, el uno a 
las órdenes de Alvarado y el otro a las de Francisco de 
Lujo, a que explorasen el terreno donde estaban. Este úl- 
timo oficial no había andado ni una legua, cuando supo de 
los indios, por haberle atacado con tal ímpetu, que se vio 
obligado a replegarse a un edificio de piedra, donde le si- 



HISTOKIA DE L.\ CONQUISTA DE MÉXICO 277 

liaron estrechamente. Afortunadamente el rumor de los si- 
tiadores, que según la costumbre de las naciones salvajes, 
creían infundir terror con su grita feroz, llegó a los oídos 
de Alvarado y de su gente, que acudieron al instante en 
ayuda de sus camaradas, de modo que les permitieron 
abrirse paso por entre los enemigos. Una y otra compañía 
iban en precipitada retirada, hacia la ciudad, porque los 
indios les perseguían urgentemente, cuando salió Cortés a 
su socorro y obligó a los tabasqueños a retirarse. 

Pocos prisioneros cayeron en esta escaramuza; pero ellos 
informaron a Cortés de que se habían realizado sus funes- 
tos temores. Todo el país se había armado: un ejército de 
muchos miliares de hombres que habían acudido de las 
provincias cercanas, estaba resuelto a dar un asalto gene- 
ral al día siguiente. Habiéndose informado el general, de 
¿por qué a él le habían recibido de una manera tan diversa 
que a su predecesor Grijalva?, le contestaron los prisione- 
ros: que los tabasqueños habían merecido por aquella con- 
ducta que las otras tribus le ofendiesen y les tratasen de 
traidores y de cobardes, de suerte que aquéllos se habían 
visto obligados a ofrecer a éstas que si volvían a venir los 
blancos, les resistirían de la misma suerte que lo habían 
hecho sus vecinos (i). 

A Cortés comenzó entonces a pesarle de haberse atrevi- 
do a apartarse del objeto directo de su viaje, y de haberse 
comprometido en una guerra dudosa y que no podía pro- 
ducir ningún resultado ventajoso. Mas ya era tarde para el 
arrepentimiento: había comenzado su camino y no le que- 
daba otro partido más que proseguirlo; retirarse hubiera 

(1) Berna] Díaz. Fist. de la Conq., caps. XXXI-XXXII. Gomara, 
Crónica, cap. XVIII. Las Casas, Hist. de las Ind., M. S., Hb. 3.°, capí- 
tulos CXVIII-CXIX. Ixtlüxochití, H/st. Chich. M. S., caps. LXXV1II- 
LXXIX. 



278 W. H. PRESCOTT 

sido desanimar a su gente, enajenarse la confianza que 
como jefe le merecía, y aumentar la arrogancia de sus ene- 
migos, la fama de cuyos triunfos le precederla y le causa- 
ría grandes apuros y descalabros. No vaciló, pues, en se- 
guir adelante, pero convocó a todos sus oficiales y les ma- 
nifestó su propósito de dar una batalla al día siguiente (i). 

Dejó en los buques a los que estaban inútiles por sus 
heridas, y al resto lo trajo al campamento. Sacó igualmen- 
te siete piezas de artillería de calibre y todos los caballos. 
Los caballos estaban entumidos y torpes a causa de la lar- 
ga inacción en que habían estado durante la travesía, pero 
unas cuantas horas de ejercicio bastaron para que recobra- 
sen su agilidad y fuerza. Confió el mando de la artillería (si 
así se le puede llamar), a un tal Mesa, hombre que en la 
guerra de Italia había adquirido alguna práctica como in- 
geniero. La infantería la puso a las órdenes de Diego Or- 
daz, y se encargó él mismo de la caballería. A esta última 
pertenecían algunos de los más valientes hidalgos como 
Alvarado, Velázquez de León, Avila, Puerto-Carrero, Olid 
y Montejo. Después de hacer todos los preparativos nece- 
sarios y su plan de batalla, se retiró a descansar mas no a 
dormir. Su imaginación ferviente estaba, como ya nos lo 
debemos suponer, llena de inquietud, por lo que sucedería 
al día siguiente en que se iba a decidir de la suerte de su 
expedición. En aquella noche se le observó que hizo lo que 
acostumbraba en tales ocasiones: anduvo rondando los 
campamentos y visitando los centinelas, para cuidar de que 
nadie se durmiese en su puesto. 

Al primer albor de la mañana, reunió a su gente y le 

(1) Según Solís. que cita la oración pronunciada por Cortés en esta 
ocasión, convocó un consejo de oficiales para que le aconsejasen sobre 
el camino que debía abrazar. (Conq., cap. XIX.) Puede ser que asi sea; 
pero yo no he visto corroborado esto por ningún otro escritor. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 279 

declaró su intento de no aguardar a que el enemigo viniese 
otra vez a asaltarle en la ciudad, sino de marchar contra él 
al punto mismo. El sabía muy bien que la actividad excita 
los ánimos, y que el que ataca saca de su movilidad misma 
cierta confianza que no siente el que aunque impaciente 
espera pasivamente a ser atacado. Se supo que los indios 
estaban acampados en una llanura llamada Ceutla, a pocas 
millas de dista icia de la ciudad. El general mandó que Or- 
daz marchase con la infantería y la artillería atravesando el 
país, y que les atacase de frente, mientras él describía una 
curva con la caballería y les iba a atacar de flanco o por la 
retaguardia, cuando estuviesen los indios empeñados en el 
combate con Ordaz. 

Completadas estas disposiciones, oyeron misa y salieron 
de la palizada de la ciudad de Tabasco. Era día de la En- 
carnación del Divino Verbo, 25 de marzo, día memorable 
en ios anales de la Nueva España. Los alrededores de la 
ciudad estaban plantados de maíz en las partes más bajas, 
de cacao, que allí lo mismo que en México, servía para ha- 
cer una bebida y quizá también de moneda Como el culti- 
vo de estas plantas exige que se las riegue frecuentemente, 
todo el terreno estaba atravesado por canales y estanques 
que impedían recorrerle sin gran fatiga y dificultades. No 
obstante, había un pa?o estrecho o cazada por la cual se 
podía hacer pasar un cañón. 

Más de una legua caminaron las tropas s-in que se pre- 
sentase el enemigo. La estación era ardiente, pero pocos 
soldados resistieron fatiga de reportar la pesada coraza que 
se usaba en aquel tiempo. Las j^qietas, perfectamente 
acolchonadas de algodón, ofrecían bastante defensa co itra 
las saetas de los indios, y dejaban al mismo tiempo la li- 
bertad y soltura que se requiere para vagar por entre ¡os 
bosques. 



280 W. H. PRBSCOTT 

Por último, se presentaron a la vista de las espaciosas 
llanuras de Ceutla, donde descubrieron la oscura línea ene- 
miga, que según se veía, se extendía a lo largo de todo el 
horizonte. Los indios habían tenido cierta sagacidad al ele- 
gir su posición, y como además los fatigados españoles ve- 
nían lentamente haciendo ruido al atravesar los pantanos, 
los tabasqueños les apercibieron desde lejos y arrojando 
sus gritos de guerra, arrojaron sobre ellos una descarga de 
saetas, piedras y otros proyectiles, que resonaron como el 
granizo al herir contra los escudos y yelmos de los españo- 
les. Muchos de éstos quedaron gravemente heridos antes 
de poder llegar a tierra firme; pero luego que consiguieron 
ganar un espacio estrecho donde situarse, empezaron a 
hacer un activísimo fuego de artillería y mosquetería sobre 
las gruesas columnas de indios, que sufrieron de las balas 
fatales estragos. Cada descarga barría a gran número de 
indios; pero ellos, atrevidos y tenaces, lejos de desalentar- 
se, arrojaban polvo y hojas con que ocultar su pérdida, y, 
al son de sus instrumentos guerreros, correspondían las 
descargas de fuego con nubes de saetas. 

Después de estrechar a los españoles y de darles una 
carga vigorosa, retrocedieron súbitamente, agitándose 
como las olas del mar, y parece que se preparaban a ago- 
biar al pequeño bando de sus contrarios con la inmensi- 
dad de su número. En tal apuro, apenas tuvieron tiempo 
los españoles de hacer las evoluciones necesarias y de dis- 
poner convenientemente sus cañones (i). 

El combate se suspendió por más de una hora, durante 
la cual los conquistadores, que estaban en gran conflicto, 

(1) Las Casas, op. cit., ubi. supra. Gomara. Crónica, capítu- 
los XIX-XX. Herrera, Eist. Gen., déc. 2, lib. 4.°, cap. XI. Mártir, De 
Insulis, pág. 350. Ixtlilxochitl, Eist. chichi., M. S., cap. LXXIX. Ber- 
nal Díaz. op. cit., cap. XXXIII-XXXVÍ. Carta de Veracruz. M. S. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 28 1 

aguardaban con impaciencia, para que los sacasen de tan 
duro aprieto, la llegada de los caballos, los cuales se ha- 
bían detenido por causas inexplicables. Estando en esta 
crisis, vieron los españoles que las columnas enemigas 
más distantes se agitaban desordenadamente y que este 
movimiento se propagaba rápidamente a todo el ejército. 
A muy poco de esto llegó a los oídos de los cristianos el 
sagrado grito de guerra usado entre ellos: «Santiago y San 
Pedro», y descubrieron a la caballería cristiana, cuyos bri- 
llantes yelmos y relucientes espadas, reflejaban los rayos 
del sol poniente al atravesar por entre las filas enemigas, 
entre las cuales esparcía el terror y el estrago por donde 
quiera que pasaba. Los ojos de la fe llegaron a ver tam- 
bién al mismo santo patrón de España, montado en su ca- 
ballo de batalla, acudiendo al socorro de sus devotos y pi- 
soteando los cadáveres de los vencidos infieles (i). 

Lo muy quebrado del terreno había estorbado a Cortés 
llegar más antes. Cuando llegó al campamento de los in- 
dios, éstos no le habían sentido, así es que se vieron pron- 
tamente envueltos. Mandó a su gente que dirigiese los lan- 
zazos a la cara de los enemigos (2), los cuales, aterrados 

(1) Ixtlilxochitl, Hist. chichi.. M. S. cap. LXXÍX. < Cortés supo- 
nía, dice Pizarro y Orellana, que su Santo tutelar era San Pedro; 
pero la más general y más cierta opinión que no era San Pedro, sino 
nuestro glorioso Apóstol Santiago, valuarte y salvaguardia de nuestra 
nación.» (Varones ilustres, pág. 73.) «Como yo soy pecador, exclama 
el honrado Bernal Díaz mostrando cierto espíritu de duda, no me fué 
permitido ver, en esta ocasión, a ninguno de los santos Apóstoles. > 
Historia de la Conquista, cap. XXXIV. 

(2) El lector recordará que fué también la orden dada por César 
en la batalla con Pompeyo. 

* Adversos qui jubet ferro confundere 
Vultus.» 

Lucan, Pharsalia, Hb. 7.°. v. 575. 



282 W, H. PRSSCOTT 

con ia súbita aparición de aquellos seres monstruosos, pues 
que suponían que caballo y jinete era un mismo animal, 
huyeron, poseídos de terror pánico (i). Ordaz, aprove- 
chando este momento de confusión, mandó dar una carga 
cerrada sobre toda la línea enemiga, mas los indios huye- 
ron sin oponer, ya, resistencia ninguna, y aun muchos de 
ellos, arrojando sus armas. 

Cortés estaba tan contento de la victoria, que no se cui- 
dó de perseguir ai enemigo, tiñendo su acero en- sangre 
de fugitivos. Retiró su tropa a un bosque de palmas que 
circuía a la plaza, y, bajo su ancha sombra, tributaron to- 
dos una acción de gracias al Altísimo por la victoria que 
acababa de concederles. Eí sitio de la batalla fué después 
el asiento de una ciudad, que se llamó, en memoria de 
aquel día, Santa María de la Victoria, que fué, mucho 
después, la capital de la provincia (2). El número de los 
que pelearon y murieron en esta batalla es enteramente 
dudoso, pues nada es, en verdad, más incierto que los 
cálculos numéricos de los bárbaros; cálculos que no pue- 
den ser rectificados cuando, como en el caso presente, los 
trasmiten enemigos. Los más, convienen en que el ejér- 
cito de los indios se componía de cinco escuadrones de a 
ocho mil hombres cada uno. Mas en cuanto al número de 
muertos no hay tanta conformidad, pues varían los cóm- 
putos desde mil hasta treinta mil. En medio de tan enor- 
me discordancia debemos creer, atendida la gran propensión 
a exagerar, que el cómputo que más se acerca a la verdad 
es el más pequeño. La pérdida de los españoles fué insig- 
nificante, pues (si habíamos de creer a sus propias noti- 

(1) *Eqaites, dice Pablo Giovío. unum integrum centaurorum 
specie acimal esse existitnarent.* Elogia virorum ü ustrium. (Ba- 
silea, 1696), lib, 6.°, pág. 292. 

(2) Clavijero. Eist. de Messico, t. III, pág. 11. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 283 

cias, igualmente indignas de fe que las anteriores), no tu- 
vieron más que dos muertos y menos de cien heridos. 
Fácilmente comprenderemos cómo opinaban los conquis- 
tadores cuando declaran «que seguramente peleó el cielo 
en defensa de su causa, puesto que jamás habrían podido 
por sí y sin una ayuda divina, prevalecer contra tamaña 
multitud de enemigos (i). 

Muchos prisioneros cayeron en la batalla, entre ellos dos 
jefes, a los cuales dio Cortés la libertad, mandando por 
medio de ellos, a sus compatriotas, un mensaje, en el cual 
les decía: «que olvidaría todo lo pasado siempre que se le 
presentasen al punto y le jurasen sumisa obediencia; pero 
que de otra manera, talaría la tierra y pasaría a cuchillo a 
todo ser viviente, ya fuera hombre, mujer o niño.» Los 
enviados partieron, resonando sin cesar, en sus oídos, 
aquella formidable amenaza. 

Los tabasqueños no tenían aliento para resistir por más 
tiempo. Al día siguiente se presentó a Cortés una Comi- 
sión de jefes subalternos vestidos de luto, que venían a 
manifestar su abyecta condición y a implorar que se les 
permitiese enterrar a sus muertos. El general se los conce- 
dió, asegurándoles de mil maneras la favorable y amistosa 
disposición en que se hallaba hacia ellos; pero al mismo 
tiempo les dijo que esperaba que viniesen los principales 

(1) «Crean Vuestras Reales Altezas, por cierto, que esta batalla 
fué vencida más por la voluntad de Dios que por nuestras fuerzas, 
porque para con cuarenta mil hombres de guerra, poca defensa fuera 
cuatrocientos que nosotros éramos.? Carta de Veracruz, M. S. Goma- 
ra, Crónica, cap. XX. Bernal Díaz, op. cit., cap. XXXV. Las Casas es 
quien, arreglando, como lo tiene de costumbre, sus matemáticas se- 
gún sus sentimientos, hace subir la pérdida de los indios a la exorbi- 
tante suma que decimoc en el texto. »Tal fué, concluye secamente, la 
primera predicación del evangelio que hizo Cortés en la Nueva Espa- 
ña^ Op. cit., ubi. supra. 



284 W. H. PRESCOTT 

caciques, o que de otra manera no volvería a tratar. Pron- 
to se presentaron ellos con gran séquito de vasallos que le 
siguieron con tímida curiosidad, al campo cristiano. Entre 
los presentes propiciatorios, estaban veinte esclavas, una 
de las cuales fué de muchísima más utilidad de lo que se 
esperaban tanto los tabasqueños como los españoles. 
Pronto se restableció la confianza y comenzó a entablarse 
un amistoso tráfico, en el cual los españoles trocaron algu- 
nos dijes por los toscos artículos de comodidad que pro- 
porcionaba el país, por bastimentos, algodón y unos que 
otros adornos de oro de poca valía. Cuando les pregunta- 
ron de dónde sacaban sus metales preciosos, señalaron ha- 
cia el Occidente y respondieron: «México, Colhua.» Los 
españoles conocieron que no era el lugar donde estaban a 
propósito para comerciar ni para detenerse; sin embargo, 
no estaban lejos de una opulenta y poderosa provincia, o 
por lo menos de lo que lo había sido en otro tiempo, el an- 
tiguo Palenque. Pero su gloria, aún entonces había ya des- 
aparecido, y su nombre estaba ya olvidado de las naciones 
que lo rodeaban. 

Antes de partir, no descuidó el comandante español, 
uno de los principales objetos de su expedición, la conver- 
sión de los gentiles. Manifestó a los caciques que quien le 
había enviado allí, era un alto y poderoso monarca que es- 
taba al otro lado de las aguas, al cual debían prestar desde 
luego obediencia y vasallaje. Rogó a los reverendos Olme- 
do y Díaz que alumbrasen lo más pronto posible el en- 
tendimiento de aquellos gentiles con las grandes verdades 
de la revelación, y que les instasen para que abrazasen y 
renunciasen a su abominable paganismo. Los tabasqueños, 
cuyas percepciones se habían seguramente avivado mucho 
con la dura lección práctica que acababan de recibir, no 
mostraron resistencia a nada de esto. Siendo al día si- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 28$ 

guíente Domingo de Ramos, el general resolvió solemnizar 
la conversión de los indios con una de esas pomposas 
ceremonias de la Iglesia, que pudiese hacer en sus ánimos 
una impresión duradera. 

Se formó una procesión solemne con todas las tropas, a 
cuya cabeza iban los eclesiásticos, llevando cada soldado 
una palma en la mano. El concurso fué aumentado por mi- 
llares de indios de ambos sexos que presenciaban aquel 
espectáculo con curiosidad y asombro. Las largas filas se 
encaminaron pasando por floridos prados del campamento 
al templo donde se había erigido un altar, y puesto la ima- 
gen de la Santísima Virgen y del Divino Salvador en el lu- 
gar mismo donde estaba antes la deidad pagana. Celebró 
el sacrificio de la misa el Padre Olmedo, acompañándole 
en sus cánticos todos los soldados que estaban capaces de 
hacerlo. Los naturales los oían en el más profundo silencio, 
y aún si hemos de creer al cronista que refiere este suceso 
y que lo presenció, se desataron en lágrimas al mismo 
tiempo que se penetraban sus corazones de miedo reveren- 
te hacia el Dios de aquellos seres formidables que tenían 
en su manos el trueno y el relámpago (i). 

La comunión católica tiene indudablemente ventajas so- 
bre la protestante, en lo que mira a la facilidad de ganar 
prosélitos. La pompa deslumbradora de sus ceremonias y 
sus eficaces recursos para mover la sensibilidad, afectan 
mucho más profundamente al inculto hijo de la naturaleza, 
que no las frías abstracciones del protestantismo, las cua- 
les, para ser comprendidas, exigen cierto grado de cultura 
y aun de refinamiento intelectual. Además, el gran respeto 
que muestran los católicos a la imagen material de la Di- 
vinidad, contribuye demasiado a aquel fin; aun cuando ta- 

(1) Gomara, Crónica, caps. XXI- XXII, Carta de Veracruz, M. S. 
Mártir de lnsulis. pág. 351. Las Casas, op. cit., ubi 8itpra. 



286 W. H. PRKSCOTT 

les exterioridades sólo las usen como incentivos, mas no 
como objetos del culto. Pero el salvaje es incapaz de hacer 
esta sutil distinción: él ve que los objetos de adoración son 
muy parecidos a los suyos propios, y esto basta para do- 
minarle y subyugarle fácilmente. Lo que únicamente se ne- 
cesita, es que en vez de tributar culto a la imagen de Quet- 
zalcoatl, la deidad benévola que habitó entre los hombres, 
lo tribute a la de la imagen del Redentor, que en vez de 
adorar a la cruz, emblema del Dios de las lluvias, adore a 
esta misma cruz, símbolo de salvación. 

Terminadas estas ceremonias, se dispuso Cortés a volver 
sus naves, plenamente satisfecho de las conversiones y 
conquistas que en gloria de la religión y provecho de la 
corona, acababa de verificar. Los soldados, después de des- 
pedirse de sus amigos los indios, entraron en sus esquifes 
llevando palmas en las manos, y volviendo a bajar el río, 
se entraron en sus navios anclados a la boca de aquél. So- 
plaba entonces una grata brisa, y la navecilla, abriendo sus 
velas para recibirla, volvió a emprender luego su camino 
hacia las doradas playas de México. 



CAPÍTULO V 

Viaje por la costa. — Doña Marina. — Arribo de los es- 
pañoles a México. — Entrevista con los aztecas. 

(15.19) 

La flota siguió su curso, costeando la playa tan cerca, 
que los habitantes podían descubrirla desde tierra; y al pa- 
sar por las playas sinuosas del Golfo de México, los solda- 
dos que habían pertenecido a la primera expedición, iban 
señalando a sus compañeros los lugares notables. Aquí 
estaba el Río de Alvar ado, llamado así en memoria del va 
leroso aventurero, que ahora venía en la expedición; allí 
el Río de Banderas, donde había hecho Grijalva tan lucra 
tivo tráfico con los mexicanos; más adelante, la Isla de Sa 
crificios, en la cual encontraron los españoles los recientes 
vestigios de un sacrificio humano. Al oír Puerto Carrero 
estas reminiscencias de los mexicanos, repitió aquellas pa- 
labras del antiguo romance de Montesinos: 

«Cata Francia, Montesinos, 
Cata París la ciudad, 
Cata las aguas del Duero 
Do van a dar en la mar.» (1) 

(1) «Cata Francia, Montesinos, 

Cata París la ciudad, 

Cata las aguas del Duero 

Do van a dar en la mar.> 
Son las palabras de un antiguo romance español, publicado por la 



288 W. H. PRESCOTT 

«Mas yo os aconsejo, añadió volviéndose a Cortés, que 
sólo veáis hacia aquellas tierras y que penséis en el mejor 
modo de gobernarlas.» — «No temáis, respondió el coman- 
dante; si la fortuna me ayuda, como a Orlando, y me da 
compañeros tan animosos como vos, no me costará gran 
trabajo.» (i) 

Llegó la flota a la isla de San Juan de Ulúa, así llamada 
por Grijalva. El tiempo estaba claro y sereno y dejaba 
apercibir las nubes de indios que desde la playa del con- 
tinente se asombraba con el extraño espectáculo de las na- 
ves, que, al blando impulso de las velas, se deslizaban por 
sobre la tersa superficie de las ondas. Era Jueves Santo; el 
aire soplaba suavemente de la playa; pero Cortés, después 
de reconocer aquellos parajes, creyó que podría anclar con 
toda seguridad, a sotavento de la isla, que así le abrigaría 
de los nortes que soplan allí con tanta furia en la estación 
del invierno, y a veces aún en la de la primavera. 

Apenas habían anclado las embarcaciones, cuando se 
vio una ligera piragua llena de naturales, encaminarse ha- 
cia la capitana que se distinguía de las otras, por tener 
enarbolado el pabellón de Castilla. Los indios se acercaron 
llenos de la confianza que les habían inspirado los que ha- 
bían tratado con Grijalva. Traían de regalo frutas, flores y 
uno que otro adorno de oro, todo lo cual trocaron muy 
gustosos por algunas fruslerías de las de costumbre. Cor- 
tés vio burladas sus esperanzas de poder entenderse con 
los naturales, por medio de Aguilar, pues el dialecto maya, 
que es el que éste poseía, es enteramente diverso del azte- 
ca. Los indios suplían en cuanto era posible esta falta, por 

primera vez, según me parece, en el Romancero de Amberes, y, últi- 
mamente, en el Duran. Romances caballerescos e históricos, par- 
te 1. a , pág. 82. 

(1) Bernal Díaz, op. cit., cap. XXXVII. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 289 

medio de sus gestos vivaces y significativos, que bien pu- 
dieran llamarse los jeroglíficos hablados; pero el coman- 
dante español previo con sentimiento cuánta falta iba a 
hacerles en lo sucesivo otro medio más perfecto de comu- 
nicación (i). Estando en este apuro, supo que una de las 
mujeres esclavas que les habían regalado los tabasqueños, 
era mexicana y sabía la lengua azteca. El nombre que le 
dieron los españoles fué el de Marina; persona que habien- 
do ejercido después gran influencia con el destino de los 
españoles, es preciso dar a conocer al lector, hablando 
algo de su carácter e historia. 

Era nativa de Painalla, en la Provincia Goatzacoalco, al 
confín SO. del imperio mexicano. Su padre, que era un 
grande y poderoso cacique, murió siendo ella todavía muy 
niña. Habiendo vuelto a casar la madre, y habiendo tenido 
un hijo de este segundo matrimonio, concibió el infame 
proyecto de hacer recaer sobre él la herencia que legíti- 
mamente pertenecía a Marina. Para llevarlo a cabo, fingió 
que ésta había muerto; pero secretamente la entregó en 
manos de unos mercaderes ambulantes de Xillacanto. 
Habiendo muerto a la sazón la hija de una de sus esclavas, 
se cogió el cuerpo para ponerlo en vez de aquella, e hizo 
que se celebrasen con gran pompa los funerales del su- 
puesto cadáver de su hija. Todos estos pormenores los re- 
fiere el honrado soldado viejo Bernal Díaz, quien conoció 
a la madre y presenció el trato generoso que ésta reci- 
bió después de Marina. Los mercaderes vendieron a la 

(1) Las Casas supone que los gestos de los indios denotan mayor 
vivacidad de imaginación, pues dice: «Señas o meneos con que los 
indios mucho más que otras generaciones, entienden y se dan a en- 
tender por tener muy vivos los sentidos exteriores y también los inte- 
riores, mayormente que es admirable su imaginación. Op. cit., M. S., li- 
bro 3.°, cap. CXX. 

19 



290 W. H. PRESCOTT 

manceba al cacique de Tabasco, quien como ya lo hemos 
visto, la regaló a los españoles. 

A causa de haber nacido en el territorio azteca, conocía 
la lengua y aún se dice que la hablaba con gran elegancia, 
y, por otra parte, su residencia en Tabasco le había hecho 
aprender el dialecto que allí se hablaba; de suerte que po- 
día conversar con Aguilar, el cual traducía al español lo 
que ella le había dicho. Cortés tenía, pues, un medio de 
comunicación seguro, aunque con algunos rodeos. Esta cir- 
cunstancia ha sido del mayor momento para el futuro éxi- 
to de la empresa. No pasó mucho tiempo sin que Marina, 
que tenía un talento vivo, poseyese el castellano de mane- 
ra que ya no necesitaba de un intérprete intermedio. Ella 
aprendió el español con tanta más facilidad, cuanto que era 
la lengua del amor. 

Cortés, que desde el principio conoció la importancia de 
sus servicios, la hizo primero su intérprete, después su se- 
cretario, y, por último, cautivado de sus encantos, su que- 
rida. En eüa tuvo un hijo, D. Martín Cortés, comendador 
de la Orden Militar de Santiago, menos conocido por su 
cuna que por sus inmerecidas persecuciones. 

Marina estaba entonces en la mañana de su vida. Dicen 
que tenía gran belleza personal (i) y que su fisonomía cu- 
bierta y expresiva, indicaban el temple generoso de su 

(1) Camargo dice que era hermosa como diosa. (Hist. de Tlaxca- 
lan, M. S.) Un poeta moderno ha pagado a su hermosura el siguiente 
tributo no poco galante: 

Admira tan lucida cabalgada 
Y espectáculo tal doña Marina, 
India noble al caudillo presentada, 
De fortuna y belleza peregrina. 



Con despejado espíritu y viveza, 
Gira la vista en el concurso mudo; 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 291 

alma. Fué siempre fiel a sus compatriotas adoptivos, a los 
cuales sacó más de una vez de angustiadas y peligrosas si- 
tuaciones, aprovechándose de sus conocimientos en la len- 
gua, en las costumbres, y aún muchas veces en los desig- 
nios de los naturales. Tuvo errores como lo hemos visto; 
pero deben atribuirse a los defectos de su primera educa- 
ción y al mal influjo de aquel a quien ella con candorosa 
confianza eligió en medio de la oscuridad de su entendi- 
miento para que ía alumbrase y guiase. Todos convienen 
en que estaba adornada de excelentes cualidades; los im- 
portantes servicios que prestó a los españoles han hecho su 
memoria dignamente querida entre ellos, mientras que, por 
otra parte, el nombre de la Malinchi, con el cual es conoci- 
da todavía en México, es pronunciado con afecte por las 
razas conquistadas, por cuyos infortunios mostró vivas e 
invariables simpatías (i). 

Con el auxilio de estos dos inteligentes intérpretes, entró 

Paco manto de extrema sutileza 
Con chapas de oro autorizarla pudo, 
Prendido con bizarra gentileza 
Sobre los pechos en airoso nudo; 
Reina parece de la Indiana Zona, 
Varonil y hermosísima Amazona. 

(Mokatín. Las naves de Cortés destruidas.) 

(1) Las Casas, Hist. de las Ind.. ubi. supra. Gomara, Crónica, 
capítulos XXV-XXVI. Clavijero, Hist. de México, t. III, págs. 12-14. 
Oviedo, Hist. de las Ind. M. S., lib. 33, cap. I. Ixtlilxochitl, Historia 
de Chich., M. S., cap. LXXIX. Camargo, Hist de Tlaxcala, M. S. Ber- 
nal Díaz, Hist. de la Conq., cap. XXXVII- XXXVIII. 

Hay alguna diferencia en cuanto a los primeros años de Doña Ma- 
rina; pero yo he seguido a Bernal Díaz, porque por su situación espe- 
cial me parece la mejor autoridad. Más afortunadamente, en cuanto a 
su mérito singular y los servicios que prestó a los españoles, no hay 
i discordancia alguna. 



292 W, H. PRESCOTT 

Cortés en conversación con los indios que vinieron a visi- 
tarle. Por ellos supo que eran mexicanos, o por mejor de- 
cir, que su provincia, que había sido comparativamente 
hablando una de las más recientes conquistas del Imperio 
mexicano, era hoy uno de sus dominios. El reino era go- 
bernado a la sazón por un poderoso monarca llamado Mo- 
teuczomo (o Montezuma^ como por corrupción le dicen los 
españoles) que habitaba en unas llanuras montañosas que 
había en el interior del país a jo leguas de la costa (i); que 
su provincia estaba actualmente gobernada por uno de los 
nobles de aquel gran soberano, cuyo gobernador se llama- 
ba Teuhtlile, y residía a ocho leguas de allí. Cortés les con- 
testó que venía con las miras más amistosas y con el deseo 
de tener una entrevista con el gobernador azteca. Despi- 
dióles en seguida cargados de regalos; pero después de 
cerciorarse de que en el interior de la tierra había abun- 
dancia de oro, del mismo con que estaban hechos aquellos 
objetos que habían traído de regalo. 

Complacido Cortés del buen recibimiento que le habían 
hecho los indios, y de los buenos informes que acababan 
de darle, resolvió hacer allí por entonces su cuartel. Al 
día siguiente, 21 de abril, Viernes Santo, desembarcó con 
todas sus tropas en el lugar mismo donde hoy está la nue- 
va ciudad de Veracruz. ¡Cuan distante estaría el conquista- 
dor de imaginarse que en aquella desierta playa en que por 
primera vez asentaba su planta, había de levantarse con el 

(1) El nombre del monarca azteca, así como el de todos los luga- 
res y personas de la Nueva España, ha sufrido innumerables variacio- 
nes en su ortografía. Los historiadores modernos españoles, le llaman 
generalmente Motezuma; mas no habiendo razón ninguna de supo- 
ner que es correcto este uso, he preferido darle el nombre por el cual 
le conocen generalmente los lectores ingleses. Es el usado por Bernal 
Díaz, aunque ningún otro escritor de aquella época de los que yo co- 
nozco a lo menos, lo hayan adoptado. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 293 

tiempo una ciudad floreciente, e¡ gran mercado del tráfico 
con la Europa y el Asia, la ciudad comercial de la Nueva 
Españal (i) 

Todo era una extensa y no interrumpida llanura, excep- 
to en aquellos puntos donde el soplo incesante de los nor- 
tes había acumulado montículos de arena o médanos. En 
ellos colocó su artillería, de manera que dominase el 
país. 

Empleó inmediatamente a sus tropas en cortar arbustos 
y matorrales de los que crecen allí cerca, para hacer hogue- 
ras en que calentarse. Ayudábanle a esto las gentes del 
país, mandadas para este fin, según parece, por el gober- 
nador mismo de la provincia. Clavaron de firme en la tie- 
rra estacas y las cubrieron con ramas de árbol, telas y 
tapices de algodón qué trajeron los indios. De esta suerte 
lograron los españoles resguardarse durante dos días con- 
tra los abrasadores rayos del sol que reverberan con into- 
lerable intensidad en aquellos arenales. El campamento 
estaba circuido de pantanos, cuyas exhalaciones, activadas 
por el calor, ocasionaron en los últimos tiempos una peste 
más mortífera para los españoles, que todos los huracanes 
de la costa. La fiebre amarilla, hoy azote de la tierra ca- 
liente, era poco conocida antes de la conquista. Parece que 
la mano de la civilización es la que esparce las semillas de 
la infección, pues basta fundar una ciudad o que se forme 
una laboriosa población de europeos, para que asome al 

(1) Ixllilxochitl, Hist. de Chich., M. S., cap. LXXIX. Clavijero, op. 
cit, t. III, pág. 16. 

La ciudad que hoy se llama Nueva Veracruz, es distinta, como lo 
veremos en seguida, de la de Veracruz, fundada por Cortés, y 
aquélla no ha sido fundada, sino hasta fines del siglo xvi, por el con- 
de de Monterrey, virrey de México. Recibió sus privilegios de ciudad, 
do Felipe III, en 1615. Ibid, t. III, pág. 30, nota. 



294 U - H ' PRESCOTT 

punto el miasma maligno que antes dormía innocuo en la 
atmósfera (i). 

Mientras aquellas disposiciones se llevaban a efecto, 
acudió multitud de indios de las provincias adyacentes, 
regularmente pobladas en su interior, atraídos por la curio- 
sidad de ver aquellos asombrosos extranjeros. Trajéronles 
frutas, legumbres, flores, caza y algunos platillos guisados 
a la usanza del país, y uno que otro adorno de oro y de 
otras clases. Algunas de estas cosas las regalaron, y otras 
las trocaron por los dijes de los españoles; de suerte que 
el campo de los conquistadores, concurrido por una 
multitud de gentes de todos sexos y edades, parecía más 
bien una feria. 

Por algunos de los concurrentes supo Cortés que el caci- 
que se preparaba a visitarle al día siguiente. Era el día de 
Pascua de Resurrección. Teuhtlile llegó como se había 
anunciado, antes del medio día, acompañado de un séqui- 
to numeroso. Cortés le recibió con mucha ceremonia y le 
llevó a su tienda, donde estaban reunidos los principales 
oficiales. El cacique contestó a sus cumplimientos de una 
manera cortés aunque seria. El padre Olmedo celebró an- 

(1) La epidemia de Matlazahuatl, tan fatal a los aztecas, M. Hum- 
boldt ha demostrado ser esencialmente diferente de la fiebre ama- 
rilla, o vómito prieto de nuestros tiempos, pues que los primeros 
conquistadores y colonos españoles nada hablan do él, y Clavije- 
ro afirma que era desconocido en México hasta 1725. (Historia 
de México, tomo III, pág. 118, nota.) Pero Humboldt, fundándo- 
se en que causas iguales deben producir efectos iguales, cree que 
la enfermedad se conocía más de antiguo, y aún alega en corrobora- 
ción de esto, algunos vestigios históricos y algunas tradiciones. «ií 
ne faut pas confondre Vépoque a laquelle une maladie a été derri- 
te pour la premiere fois, parceque elle a fait de grands ravages 
dans un court space de temps, avec Vépoque de sa premier appa- 
rition.* Essai politique, tomo IV, pág. 161, et sequentes. 



HISTORIA DS LA CONQUISTA DE MÉXICO 295 

tes una misa, a la cual asistieron con respetuosa reverencia 
Teuhtlile y sus compañeros, y en seguida se sirvió una co- 
mida, en la cual obsequió el general a sus huéspedes con 
vinos y guisados españoles. Llamaron después a los intér- 
pretes y comenzó la conferencia. 

Las primeras preguntas que hizo Teuhtlile fueron rela- 
tivas a la patria y objeto de los extranjeros. Cortés respon- 
dió a ellas díciéndole: «que era el vasallo de un alto y po- 
deroso monarca que tenía su imperio más allá de los ma- 
res, y al cual reconocían por señor reyes y príncipes; que 
sabedor de la grandeza del emperador mexicano, había de- 
seado entrar en trato con él y le había enviado a él, a Cor- 
tés, de su embajador para que le trajese un regalo en 
muestra de su buena voluntad, y, además, un recado; todo 
lo cual debía desempeñar él mismo en persona.» Concluyó 
preguntando a Teuhtlile cuándo podía ser admitido a la 
presencia del soberano. 

A esto contestó el noble azteca preguntando con alguna 
altivez: «¿Cómo es que haciendo solamente dos días que 
estaba allí ya quería ver al emperador?» En seguida aña- 
dió con alguna más cortesía: «que le asombraba saber que 
había otro monarca tan poderoso como Moteuczoma; pero 
que si así era, no dudaba que su señor, luego que lo su- 
piera, tendría gran placer en entrar en comunicaciones con 
aquél. Que de su cuenta corría enviar al monarca azteca 
los reales presentes que le traían los españoles, a los cua- 
les daría aviso de la resolución de Moteuczoma, luego que 
lo supiese.» 

Teuhtlile mandó a sus esclavos que trajesen al punto los 
regalos destinados a los españoles, y que consistían en 
diez cargas de algodones finos; algunas capas hechas de 
pluma, curios'simamente trabajadas y de colores tan de- 
licados, que podían rivalizar con la más bella pintura; una 



296 W. H. PRKSCOTT 

débil canastilla llena de objetos de oro, primorosamente 
trabajados; cosas todas muy propias para inspirar a los 
españoles una alta idea, tanto de la riqueza de los mexica- 
nos como de sus adelantos en las artes mecánicas. Cortés 
aceptó todo esto con los debidos cumplimientos y mandó 
que sacasen las cosas destinadas a Moteuczoma. Eran estas, 
una silla de respaldo ricamente esculpida y pintada; una 
capa carmesí de género, con una medalla de oro en que 
estaba grabado San Jorge y el dragón infernal, y multitud 
de collares, brazaletes y otros adornos de cristal, los cua- 
les, en un país en que éste no se conocía, debieron pasar, 
y de hecho pasaron entre los inexpertos mexicanos, por 
verdaderas piedras preciosas. Teuhtlile observó en el cam- 
pamento que un soldado tenía un yelmo dorado que res- 
plandecía vivamente, y el cual le recordó otro semejante 
que usó en México el buen Quetzalcoatl, por lo cual mos- 
tró gran deseo de que lo viese Moteuczoma. Por aquí se co- 
nocerá que en la venida de los españoles, encontraban los 
indios alguna analogía con las tradiciones relativas a aque- 
lla deidad. Cortés le manifestó que de muy buena voluntad 
mandaría al emperador aquel casco; pero que esperaba que 
al devolverle vendría lleno de polvo de aquel oro, que pa- 
recía ser de tan buena calidad como el oro de su patria. 
Según nos refiere el capellán, después contó Cortés al ca- 
cique, que los españoles padecían una enfermedad del co- 
razón para la cual era el oro un remedio especial (i). En 
suma, dice Las Casas, «trató de hacer al gobernador tan 
patente como pudo, la necesidad que tenía de oro» (2). 

Mientras esto pasaba, observó Cortés que uno de los de 
ia comitiva de Teuhtlile, estaba ocupado en delinear con 



(1) Gomara, Crónica, cap. XXVI. 

(2) Las Casas, op. cit., lib. 3.°, cap. XIX. 



HISTORIA DB LA CONQUISTA HE M¿XICO 2C)J 

un pincel un objeto. Acercándose a ver qué era, se encon- 
tró con un bosquejo hecho sobre ayate, de los españoles, 
de sus armas y trajes, teniendo todo esto su forma y colo- 
res propios; era la famosa escritura pintada, usada por los 
aztecas; y aquel hombre, según dijo Teuhtlile, estaba ocu- 
pándose en copiar todos los objetos para que los viese 
Moteuczoma, el cual podría de esta suerte formarse ideas 
más vivas que no por medio de palabras. Mucho agradó a 
Cortés la idea, y conociendo que la impresión que había 
producido su aspecto en los indígenas, aumentaría si les 
veían en movimiento, ordenó que saliese la caballería que 
bien podía maniobrar en aquellos arenales. Los atrevidos 
y rápidos movimientos de las tropas al hacer sus evolucio- 
nes militares, la aparente facilidad con que manejaban los 
impetuosos animales en que estaban montados, el brillo de 
sus armaduras y el penetrante grito de las trompetas llena- 
ron de asombro a los espectadores; mas cuando oyeron el 
trueno de los cañones que mandó disparar Cortés, y la lla- 
marada y el humo que despedían sus terribles bocas, y el 
ruido que hacían las balas al chocar contra las ramas de 
los árboles que hacían pedazos, quedaron llenos de una 
consternación de que no estuvo exento ni aún el mismo 
cacique. 

Nada de esto se olvidó de copiar el pintor, que a su 
manera recordó fielmente todas las pequeneces, sin omitir 
las naves, o casas del agua, como los indios las llamaban, 
las cuales se mecían lentamente en la tranquila superficie 
del mar, que reflejaba sus oscuros cascos y su velamen 
blanco cual la nieve. Todo esto estaba, como lo hemos di- 
cho, representado con una fidelidad tal, que excitó a su 
vez el asombro de los españoles, muy distantes de esperar- 
se una obra tan perfecta. 

Concluido todo esto, se retiró Teuhtlile con todo su 



298 



W. H. PR2CSCOTT 



acompañamiento, del real de los españoles, con la misma 
ceremonia con que habían entrado en éi; dando órdenes a 
su gente, antes de retirarse, de que abasteciesen a los es- 
pañoles de todo lo necesario, hasta no recibir nuevas órde- 
nes de la capital (i). 

(1) Ixtlilxochitl, Relaciones, M. S., núm. 13. Hist. Chichi., M. S., 
capítulo LXXIX. Gomara, Crónica, cap. XXV-XXVI. Bernal Díaz, op. 
cit., cap. XXXVIII. Herí era, Hist. general, déc. 2, lib. 5.°, cap. IV. Car- 
ta de Veracruz, M. S. Torquemada, Monarch. Ind., lib. 4.°, cap. XIII- 
XV. Tezozomoc, Crónica mexicana, M. S., cap. CVII. 



CAPÍTULO VI 



Noticias sobre Motbuczoma. — Estado de su imperio. 
Pronósticos extraordinarios. — Embajada y regalos. 
Campamento español. 



(i 5 19) 



Dejemos a los españoles en la tierra caliente, y transpor- 
témonos a la distante capital de México, donde había cau- 
sado no poca impresión la llegada de aquellos maravillosos 
huéspedes a las costas del imperio. Ocupaba a la sazón el 
trono Moteuczoma II, sobrino del último y nieto del ante- 
pasado monarca. Había sido nombrado para la dignidad 
regia en 1502, prefiriéndole a sus hermanos, por ser más 
apto que ellos, tanto en la milicia como en el sacerdocio, 
reunión de funciones que en México, aunque no tan frecuen- 
temente como en Egipto, se encuentra a veces en los so- 
beranos. En sus primeros años había entrado con ardor 
en las guerras del imperio, mientras que en los últimos se 
había consagrado más especialmente a las funciones sacer- 
dotales, siendo muy escrupuloso en cumplir con todos los 
ritos minuciosos que exigía el culto azteca. Tenía un as- 
pecto grave y mesurado; hablaba poco y después de me- 
ditar cuerdamente lo que iba a decir. Todo su porte esta- 



300 W. H. PKKSCOTT 

ba calculado para inspirar ideas de gran santidad (i). 
Cuando fueron a anunciarle su elección, le encontraron 
barriendo las gradas del templo mayor, dedicado al dios 
de la guerra de la nación. Recibió a los mensajeros de 
aquella nueva con afectada humildad y haciendo mil pro- 
testas de su insuficiencia. La alocución que era costumbre 
dirigir al monarca en tales ocasiones, la hizo su pariente 
Netzahualpilli, el sabio rey de Tezcuco (2). Afortunada- 
mente aún se conserva ese documento, que puede servir 
de muestra de lo que era la elocuencia entre los indios. 
Ya al terminar su alocución dice el orador: «¿Quién puede 
dudar de que ha tocado al cénit de su grandeza el imperio 
azteca desde que lo ocupa aquel cuya sola presencia llena 
de respeto a cuantos le miran? Regocíjate, pueblo afortu- 
nado, pues que tienes ahora un soberano que será para ti 
un firmísimo apoyo y un padre en tus necesidades, más 
que un hermano en sus simpatías y cariño; que mirará con 
desdén los blandos placeres de los sentidos y la destruc- 
tora molicie de la pereza. Y tú, ilustre joven, no dudes 
que el Creador, que ha echado sobre tus hombros tan pe- 
sada carga, te habrá dado la fuerza necesaria para sobre- 
llevarla; que el que hasta ahora ha sido tan liberal para 
contigo, en lo sucesivo te colmará de bendiciones y te 
mantendrá firmemente asentado en el trono por el espacio 
de largos años» Estos halagüeños pronósticos, que arran- 

(1) Su nombre convenía con su carácter, pues según dice Las Ca- 
sas, Moteuczoma significa, en lengua mexicana, hombre triste o auste- 
ro. Hist. de las lnd.. M. S., lib. 3.°, cap. CXX. Ixtlilxochitl, Historia 
chichimeca. M. S., cap. LXX. Acosta, lib. 7.°, cap. XX. Colección de 
Mendoza, págs. 13 16. Codex Tel-Rem., pág. 143, en las Antigüedades 
de México, VI. 

(2 1 Véase en el cap. VI del lib. 1 .° de esta obra para una noticia 
más completa acerca de este príncipe. 



HISTORIA DB LA CONQUISTA OS MÉXICO 3OI 

carón lágrimas al príncipe, que los escuchaba, no debían 
realizarse (i), 

Moteuczoma desplegó al principio de su reinado toda la 
energía y actividad que se había desplegado en el reinado 
anterior. Su primera expedición contra una provincia co- 
marcana que se había revelado, tuvo un éxito feliz y le 
proporcionó una turba de cautivos, con cuyo sangriento 
sacrificio solemnizó su coronación. Ésta fué celebrada con 
desusada pompa y grandeza. Los juegos y ceremonias re- 
ligiosas duraron varios días, y concurrieren a ellos multitud 
de personas venidas de puntos distantes de la capital y aún 
algunos nobles Tlaxcaltecas, los enemigos hereditarios de 
los mexicanos. Habíase disfrazado para evitar que los des- 
cubriesen; mas no bastó aquella precaución, y fueron cogi- 
dos y llevados al monarca, quien lo que únicamente hizo 
fué darles agradable conversación y colocarles en un sitio 
donde pudiesen presenciar cómodamente los juegos. Con- 
siderando la inveterada enemistad entre las dos naciones, 
se puede decir que aquel acto fué generoso y magnánimo. 

En los primeros tiempos de su reinado estuvo Moteuczo- 
ma empeñado en guerras incesantes, que frecuentemente 
conducía él en persona. La bandera azteca se vio ondear 
en las lejanas provincias que están cerca del Golfo de Mé- 
xico, y en las remotas regiones de Nicaragua y Honduras. 
Generalmente fueron coronadas estas expediciones de buen 
éxito; por manera que los límites del imperio se ensancha- 
ron como nunca se habían visto. 

No descuidaba por eso el emperador del Gobierno inte- 

(1) En Torquemada (Monarch Ind., lib. 3,°, cap. LXVIII) se pue- 
de ver íntegra la alocución. Este escritor estuvo en el país poco más 
de cincuenta años de que se pronunció. Recientemente la ha publi- 
cado Bustamant' en la obra titulada, Texcuco en los últimos tiempos, 
(México, 1826), págs. 256-258. 



302 W. H. PRESCOTT 

rior de su estado, pues hizo algunas reformas importantes 
en el arreglo de la justicia, y cuidó atentamente del cum- 
plimiento de las leyes, imponiendo severísimas penas a los 
infractores. Acostumbraba pasearse personalmente por las 
calles de la capital, para ver por sus propios ojos los abu- 
sos que se cometían. Cuéntase que alguna vez, usando de 
medios menos lícitos, tentó la probidad de sus jueces, 
ofreciéndoles grandes cohechos con tal de que faltasen a 
sus deberes, llamando después a estrecha cuenta a los 
que habían tenido la debilidad de sucumbir a sus tenta- 
ciones. 

Remuneraba liberalmente a sus buenos servidores, y 
mostró no menos munificencia en todos sus edificios públi- 
cos; erigió y embelleció los templos; introdujo el agua en 
la capital abriendo un nuevo acueducto, y estableció en la 
ciudad del Colhuacan (i) un hospital o asilo para ios sol- 
dados inválidos. 

Todos estos actos, tan dignos de un buen príncipe, esta- 
ban contrapesados por otros de naturaleza diametralmente 
contraria. 

A la hipócrita humildad que había simulado antes de su 
advenimiento al trono, sucedió una intolerable arrogancia. 
En sus casas de recreo, en su vida privada y en todo lo que 
le rodeaba, ostentó una pompa y un lujo que excedían a 
cuanto se había visto bajo el reinado de sus predecesores. 
Se ocultaba de las miradas del pueblo, o cuando se presen- 
taba públicamente, exigía de sus vasallos las más serviles 
humillaciones, y en el interior de su palacio le servían has- 
ta en los servicios más domésticos, personas de alta clase. 

(1) Acosta, lib. 7.°, cap. XXII. Sahagun, Hist. de Nueva España, 
libro 8.°, prólogo y cap. I. Torquemada, op. cit., lib. 3.°, caps. LXXII^ 
LXXIV y LXXXI. Colección de Mendoza, págs. 14-85, en la Col. de 
Antig. de México, vol. VI. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 3O3 

Despidió de los puestos que ocupaban en tiempo de su 
predecesor, a varios plebeyos y soldados pobres de gran 
mérito, porque decía que deshonraban el trono, sin que 
fuesen parte a estorbarlo las observaciones de sus ancianos 
y prudentes consejeros. 

Al mismo tiempo que disgustaba a sus vasallos con este 
porte altanero, les vejaba con los onerosos impuestos que 
exigía la disipación de su corte, reportando aquellos prin- 
cipalmente sobre las ciudades conquistadas. Esta opresión 
ocasionaba los disturbios, la resistencia e insurrección de 
los cansados pueblos; por manera que en los últimos años 
del reinado, una mitad de la nación se empleaba incesante- 
mente en reprimir los alzamientos de la otra mitad. Des- 
graciadamente no había principios de amalgamación, de 
suerte que las nuevas posesiones pudiesen, uniéndose a la 
antigua monarquía, formar después un sólo todo; por el 
contrario, los intereses eran encontrados. Así es que mien- 
tras más se dilataba el imperio azteca, más se debilitaba; 
semejante a un vasto y desproporcionado edificio, cuyos 
disgregados materiales no teniendo ningún principio de 
liga y trabazón, se hunden bajo su propio peso y están 
prontos a caer al más leve impulso de la tempestad. 

En T516 murió el príncipe tezcucano Netzahualpilli, en 
quien perdió Moteuczoma su más hábil consejero. Dispu- 
tábanse la sucesión los dos hijos de aquél, Cacama e Ixtlil- 
xochitl, ayudado el primero por Moteuczoma. El segundo, 
el más joven de los dos príncipes, era audaz y aspirante, y 
excitó al patriotismo de su nación, haciendo valer que su 
hermano no podía mirar por el bien de la nación tezcucana, 
estando sus intereses personales tan unidos a los de Méxi- 
co. Siguióse de aquí una guerra civil que terminó por un 
convenio, por el cual la mitad del reino, incluso la capital, 
tocó a Cacama, y la parte septentrional a su ambicionado 



304 w - H - PR8SC0TT 

rival. Desde entonces fué la mortal enemistad de Ixtiilxo- 
chitl contra Moteuczoma (i). 

Aún más formidable enemigo de este último era la pe- 
queña república de Tlaxcalan, situada entre el valle mexi- 
cano y la costa. Había conservado su independencia duran- 
te más de dos siglos, contra las fuerzas coligadas del im- 
perio. En recursos no tenía rival; en civilización poco le 
aventajaban los otros dos grandes Estados; y en valor y 
proezas militares había adquirido una nombradla que no 
cedía a la de ninguna otra nación del Anáhuac. 

Tal era la situación de la monarquía azteca cuando la 
llegada de Cortés; el pueblo disgustado de la arrogancia 
del soberano; las provincias y las ciudades distantes, veja- 
das por las exacciones fiscales; y los poderosos enemigos 
que le rodeaban, espiando la hora en que podían atacar 
con ventaja a su detestable y formidable rival. Sin embar- 
go, aún era poderoso el reino por sus recursos interiores, 
por la fuerza de voluntad del monarca, por el largo hábito 
de obedecerla, por el terror de su nombre, por el valor de 
sus ejércitos, bien instruidos en la táctica de la guerra de 
los salvajes. Mas había ya llegado el tiempo en que aquella 
táctica imperfecta y aquellas toscas armas chocasen con la 
ciencia y el arte de una de las naciones más ilustradas del 
globo. 

Durante los últimos años de su reinado, raras veces 
mandaba Moteuczoma personalmente las expediciones mi- 
litares; regularmente las confiaba a sus generales, mientras 
él se ocupaba de preferencia en ejercer las funciones sacer- 
dotales. Bajo el gobierno de ningún otro rey, había gozado 
el sacerdocio de mayores privilegios y prerrogativas. Los 



(1) Clavijero, Hist. de México, t. I, págs. 267. 274 y 275. Ixtlilxo- 
chitl, Hist. Chich., M. S., caps. LXX-LXXVI. Acosta, lib. 7.°, cap. XXI. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 305 

ritos y ceremonias religiosas se celebraban con pompa 
nunca vista; se consultaba a los oráculos hasta los motivos 
más triviales; y a las voraces deidades se les ofrecían en 
holocausto, millares de víctimas humanas sacadas de las 
provincias conquistadas o alzadas. La religión, o para ha- 
blar más exactamente, la superstición de Moteuczoma, fué 
una de las causas principales de su desgracia. 

En uno de los capítulos precedentes he hablado de las 
tradiciones populares acerca de Quetzacoalt, esa deidad de 
hermosa figura y de barba flotante, de fisonomía tan dis- 
tinta de la de los indios, el cual, después de desempeñar 
entre los aztecas una misión de beneficencia, se embarcó 
en el Océano Atlántico, para las misteriosas playas del 
Tlapallam (i). Al partir ofreció que volvería algún día con 
toda su posteridad y tomaría posesión del imperio. Ese 
día se aguardaba yá con esperanza, ya con temor, según 
los intereses de cada uno, pero con una confianza univer- 
sal en todo el Anáhuac. Aún después de la conquista, al- 
gunas razas indias esperaban la venida de aquel Dios con 
la misma confianza y con tanto entusiasmo, como el que 
con que aguardaban los portugueses la venida de su rey 
Sebastián, o los judíos la de su Mesías (2). 

Parece que en tiempo de Moteuczoma era opinión unáni- 
me que había llegado la época de que volviese el Dios y de 
que se cumpliesen sus promesas. Se dice que semejante 
creencia tomó su origen de ciertas ocurrencias preternatu- 
rales, que todos los escritores antiguos refieren con más o 



(1) Libro I, cap. 3.° de esta obra. 

(2) Tezozomoc, Crónica mexicana, M. S., cap. CVII. Ixtlilxochitl, 
Ei8i. Chich. M. S., cap. I. Torquemada, op. cit., lib. 4°, cap. XXIV. 
Codex Vaticanus, en las Antig. de México, vol. VI. Sahagun, Historia 
de N. E., lib., 8.°, cap. VII. Ibid, M. S., lib. 12, caps. IIMV. 

20 



306 W. H. PRESCOTT 

menos prolijidad (i). En 1 5 10 la laguna de Texcuco, sin 
sobrevenir tempestad, terremoto ni ninguna otra cosa visi- 
ble se agitó violentamente, se desbordó y llegando hasta 
las calles de la ciudad, arrasó en medio de las furias de 
sus olas, una gran parte de los edificios. En 151 1, una de 
las torrecillas del templo mayor se incendió, también sin 
causa aparente, y continuó ardiendo a pesar de todos los 
esfuerzos que se hicieron para apagar el fuego. En los años 
siguientes aparecieron tres cometas, y poco antes de la lle- 
gada de los españoles se vio en el Oriente una luz muy ex- 
traña, cuya base descansaba sobre el horizonte, y eleván- 
dose en la forma piramidal, se iba angostando al acercarse 
al cénit: parecía una vasta faja de fuego que despedía chis- 
pas, o como se expresa un antiguo escritor, abundantemen- 
te salpicadas de estrellas (2). Al mismo tiempo que esto se 
veía, se oyeron voces lastimeras y dolorosos quejidos, que 
parecía como que anunciaban alguna extraordinaria y mis- 
teriosa calamidad. El monarca azteca, aterrado por el fenó- 
meno que había aparecido en los cielos, consultó con Net- 
zahualpilli, hombre versadísimo en la sutil ciencia de la 
astroíogía, quien envolvió en confusión y espanto el espíri- 
tu del monarca, al anunciarle que él leía en aquellos por- 
tentos los agüeros de la próxima ruina del imperio (3). 

(1) «Tenía por cierto— dice Las Casas, hablando de Moteuczoma — , 
según sus profetas o agoreros le habían certificado, que su estado e 
riquezas e prosperidad habían de perecer dentro de pocos años, por 
ciertas gentes que habían de venir en sus días, que de su felicidad lo 
derrocase y por esto vivía siempre con temor y en tristeza y sobresal- 
tado.» Hist. de las Ind , M. S., lib. 3.°, cap. CXX. 

(2) Camargo, Historia de Tlaxcalan, M. S. El intérprete del Códi- 
go Teleriino Remense, piensa que este brillante fenómeno no era otra 
cosa más que una erupción de los grandes volcanes de México; 
Antig. de México, vol. VI. 

(3) Sahagun, op. cit., M. S., lib. 12, cap. I. Camargo, op. cit. Acoa- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 307 

Estos son los cuentos extraordinarios que refieren los 
cronistas; cuentos en que no es cosa fácil descubrir algunas 
vislumbres de verdad (i). Habían pasado cerca de treinta 
años desde que Colón descubrió las islas, y más de veinte 
desde que visitó por primera vez el continente americano. 
Los rumores acerca de la venida maravillosa de hombres 
blancos que tenían en su mano el trueno y el relámpago, 
y cuyo aspecto se asemejaba mucho al de Quetzalcoalt, 
deben haberse esparcido y penetrado por todas las nacio- 
nes indias hasta llegar a la gran mesa del centro, donde la 
venida de los españoles habrá encontrado ya predispues- 
tos los ánimos a creer en el cumplimiento de sus tradicio- 
nes acerca de la vuelta de la gran deidad. 

Cuando la imaginación está exaltada, en todas partes se 
ven prodigios, o por mejor decir, sucesos no muy comunes 
de por sí, aparecen "al través del pálido medio del miedo 
como verdaderos prodigios; así, las creces de un lago, la 
aparición de un cometa y el incendio de un edificio, se to- 
maron por anuncios del cielo (2). Tal sucede también an- 
ta, lib. 7.°, cap. XXIII. Herrera, Hist. Gen. de las Ind. Dea 2, lib. 5.°, 
cap. 5.°. Ixtlilxochitl, Hist. Chichi. M. S., cap. LXX1V. 

(1) Omito hablar aquí del más estupendo de los milagros, bien que 
en la curia romana se hayan presentado testimonios legales de su 
verdad; quiero hablar de la resurrección de Papatzin, la hermana de 
Moteuczoma, verificada cuatro días después de su muerte para anun- 
ciar al monarca la próxima ruina de su imperio. Sin embargo, no fal- 
ta en nuestro siglo quien crea en aquel milagro. Véase la nota de Don 
Garlos M. Bustamante en el t. II, pág. 270, de la Historia de Sahagun. 

(2) Lucano ha hecho una completa enumeración de otros prodi- 
gios de esta clase, presenciados en la capital del imperio romano en 
una ocasión análoga. (Farsalia, lib. 1.°, v 523 y siguientes.) ¡Pobre 
naturaleza humana, es la misma que en todas partes! Maquiavelo ha 
creído el asunto digno de ocupar un capítulo especial de sus Dis- 
cursos . 

Este filósofo llega a creer aun en la existencia de seres benéficos 



308 W. H. PRESCOTT 

tes de esas grandes convulsiones políticas que sacuden 
hasta los fundamentos de las sociedades; las precede la 
sombra de grandes acontecimientos; el aire resuena con 
esos sordos y proféticos rumores con que, tanto en el or- 
den físico como en el moral, anuncia la naturaleza la ca- 
rrera de un huracán. 

Cuando el año anterior llegó a la capital la nueva de la 
venida de Grijalva, el ánimo de Moteuczoma cayó en un 
profundo desaliento; conoció que el hado fatal que por 
tanto tiempo había amenazado a la familia real de México, 
iba a cumplirse, y que el cetro iba a caer de sus manos 
para siempre. Aunque un poco consolado por el reembar- 
co de los españoles, apostó centinelas en las alturas, por 
manera que cuando volvieron los europeos a las órdenes 
de Cortés, seguramente el monarca es quien supo primero 
tan malhadada noticia. Sin embargo, de orden suya había 
dádoles el gobernador tan buena acogida. La llegada de 
jeroglíficos que representaban a los nuevos huéspedes, re- 
vivían todos sus antiguos temores; convocó, pues, al pun- 
to, a su Consejo de Estado y a los reyes aliados de Tez- 
cuco y Tlacopan y los instruyó del motivo que los re- 
unía (i). 

Según parece, hubo variedad de opiniones en aquel 
cuerpo: algunos opinaban por que se resistiese a los ex- 
tranjeros, ya con amaños o por la viva fuerza; otros de- 
cían que si los tales extranjeros eran seres sobrenaturales, 

que producen estos fenómenos como para avisar a los hombres de 
alguna próxima calamidad. Discorsi sopra, Tito Livio, lib. 1.°, ca- 
pítulo LVI. 

(1) Las Casas, Hist. de las Ind., M. S., lib. 3.°, cap. CXX. Ixtlilxo- 
chitl, Hist. Chichi., M. S., cap. LXXX. ídem, Relaciones, M. S. Saha- 
gun, Hist. de la Nueva España, lib. 12, caps. III-IV. Tezozomoc, Cró- 
nica mexicana, M. S., cap. CVIII. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 309 

tan inútil sería la maña como la fuerza; además, que si, 
como ellos decían, eran los embajadores de otro príncipe, 
sería infame e injusto proceder de aquella suerte; que era 
claro que no pertenecía a la familia de Quetzalcoatl, por- 
que se habían mostrado contrarios a la religión (pues que 
la noticia de lo que habían hecho los españoles en Tabas- 
co ya se sabía en la capital). Entre los que eran de dicta- 
men de que se les hiciese un amistoso recibimiento, estaba 
Cacama, el señor de Tezcuco. 

Pero Moteuczoma, cediendo a sus vagos temores, adop- 
tó un medio que, como siempre sucede, era el menos ade- 
cuado. Resolvió enviarles ricos regalos que les hiciesen for- 
marse una alta idea de la riqueza y poder del imperio, y al 
mismo tiempo les prohibía que se acercasen a la capital, 
con lo que dio a conocer a un mismo tiempo su debilidad 
y su riqueza (i). 

Mientras la corte azteca se agitaba de esta suerte, los es- 
pañoles estaban en la tierra caliente no poco molestos por 
el excesivo calor y por la atmósfera sofocante de los vas- 
tos arenales en que estaban acampados, no obstante que 
los naturales mitigaban aquellas incomodidades con su 
atención y buenos oficios. De orden del gobernador de la 
provincia habían construido los indios cerca del campa- 
mento más de mil cabanas hechas de ramas de árbol y de 
esteras. En ellas preparaban los alimentos para Cortés, sin 
recibir ninguna recompensa, mientras que las tropas los 
obtenían mediante el trueque de algunas fruslerías que 
traían. El campo estaba, pues, bien abastecido de carne y 
pescado preparados de mil maneras apetitosas; de semi- 
llas, plátanos, pinas y otras agradabilísimas frutas de las 

(1) Tezozomoc, ubi. supra. Camargo, Hist. de Tlaxcalan, M. S. Ix- 
tlilxochitl, Hüt. Chich., M. S., cap. LXXX. 



310 W. H. PRESC0TT 

de los trópicos, desconocidas hasta entonces de los espa- 
ñoles. Estos procuraron de preferencia obtener algunos 
pedacillos de oro, cuyo tráfico, aunque de poca importan- 
cia, parecía mal a los parciales de Velázquez, que lo con- 
sideraban como un ataque a los derechos de éste; mas 
Cortés no juzgó prudente contrariar en esta materia las in- 
clinaciones de sus compañeros (i). 

Pasados siete días u ocho a lo sumo, llegó la embajada 
de Moteuczoma al campo de los españoles; dilación que 
parece casi increíble, atendida la gran distancia que media 
entre la corte y la costa; mas recordemos, que como ya 
lo hemos dicho en otra parte, las noticias eran llevadas 
por medio de las postas, en el corto tiempo de veinticua- 
tro horas (2); de suerte que de cuatro a cinco días bien pu- 
dieron andar setenta leguas los enviados, acostumbrados 
como todos los mexicanos a caminar largo y aprisa. Pero 
sobre todo, no hay escritor alguno que haga subir a más 
el tiempo que tardaron en llegar los emisarios indios. La 
embajada la componían dos nobles aztecas, el gobernador 
Teuht'ile y cosa de cien esclavos que traían los regalos en- 
viados por Moteuczoma. Dicen que a uno de los embajado- 
res se le eligió por parecerse mucho al retrato de Cortés 
que había venido en las pinturas; y una prueba de la fide- 
lidad de aquél, es que ios soldados españoles reconocie- 
ron luego la semejanza y llamaron constantemente a aquel 
indio el Cortés mexicano. Al entrar los embajadores en la 
tienda del general, le saludaron a él y a sus capitanes con 
las señales de reverencia usadas con los personajes de alta 
consideración, y las cuales consistían en tocar la tierra con 
la mano y llevar después ésta a la cabeza, entre tanto oscu- 

(1) Bemal Díaz. Hist. de la Conq., cap. XXXiX. Gomara, Crónica, 
cap. XXVII, apud Barcia, t. II. 

(2) Lib. 1.°, cap. II, ríe esta obra. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 3 1 I 

recían el aire con nubes de incienso que arrojaban los cria- 
dos sobre la persona de aquel a quien se saludaba. Desen- 
volvieron algunas esteras del país o petates, delicadamente 
trabajados, y sobre ellos extendieron los esclavos !as cosas 
que traían. Eran de varios géneros; escudos, yelmos y co- 
razas, cubiertos de láminas de plata y con adornos de oro 
puro, collares y brazaletes del mismo metal; sandalias, aba- 
nicos, penachos y crestones de variadas plumas, mezcla- 
das con hilos de oro y plata, y salpicadas de piedras pre- 
ciosas y de perlas; pájaros y otros animales perfectamente 
imitados en oro y plata, de una hechura acabada; cortinas, 
frazadas y túnicas de algodón tan fino como la seda y de 
ricos y variados colores, entretejidas de plumaje que riva- . 
lizaba con la pintura más delicada (i). A más de todo esto 
había más de treinta tercios de mantas de algodón. 

Entre los regalos estaba el casco español que habían man • 
dado a la capital y que volvía ahora repleto de granos de 
oro; mas lo que principalmente llamaba la atención, eran 
dos láminas circulares de oro y plata del tamaño de la rueda 
de un coche; la una de ellas que representaba el sol, tenía 
esculpidas plantas y animales que seguramente simboli- 
zaban el siglo de los aztecas; tenía 30 palmos de circunfe- 
rencia y estaba valuada en 20.000 pesos de oro. La rueda 
de plata, del mismo tamaño que la otra, pesaba 50 mar- 
cos (2). 

(1) [Pedro Mártir infiere que los indios conocían el juego del aje- 
drez, de la circunstancia de que algunas de sus telas de algodón esta- 
ban taraceadas o pintadas formando cuadros como en el tablero de 
las damas y el ajedrez! Habla de una tela curiosamente fabricada con 
pelo de animales, pluma e hilaza, entretejidas entre sí. «Plumas 
illas et concinat ínter cuniculorum villos, interque gossampii sta- 
mina ordiuntu, et intexunt operóse adeo ut quo pacto id faciant 
non bene intelexerimus.-» De Oche Novo. (París, 1587). dec. 5, cap. X. 

(2) Bernal Díaz. Hüt. de la Conq., cap. XXXIX. Oviedo, Hist. 



312 W. H. PRESCOTT 

Los españoles no pudieron reprimir el placer que les 
causaba la vista de aquellos tesoros, más ricos que cuanto 
se habían figurado en medio de sus sueños de codicia; ade- 
más que, por ricos que fueran aquellos objetos, eran aún 
más notables que por su valía, por la belleza y perfección 

de las Ind., M. S., lib. 33, cap. I. Las Casas, Hist. de las lnd. M. S., 
libro 3.°, cap. CXX. Gomara, Crónica, cap. XXVII, apud Barcia, t. II. 
Carta de Veracruz, M. S. Herrera, Hist. general, dec. II, lib. 5.°, cap. V. 

Robertson ha citado la autoridad de Bernal Díaz, cuando dice que 
el valor de la lámina de plata eran 20.000 pesos o cerca de 5.000 libras 
esterlinas. Hist. de América, vol. II, nota 75); pero Bernal Díaz habla 
solamente del valor de la lámina de oro, y dice que valía 20.000 pe- 
sos de oro, cosa muy distinta de los pesos u onzas de plata, con loa 
cuales ha confundido el primero la moneda de que allí se habla. Como 
frecuentemente hemos de hacer mención del peso de oro, será conve- 
niente informar al lector de cuál era probablemente el valor de esta 
moneda. 

Nada más difícil que fijar el valor actual de una moneda usada mu- 
cho tiempo antes, pues ocurren multitud de circunstancias que difi- 
cultan el cálculo, como el de mérito que han tenido los metales precio- 
sos, la adulteración de las monedas especiales y otras semejantes. El 
señor Clemencín, secretario de la Real Academia de Historia, en el 
sexto volumen de sus cMemorias», ha calculado con gran exactitud 
el valor de las diferentes clases de moneda que se usaban en España 
a finea del siglo xv, precisamente en la época que aconteció la con- 
quista de México. No menciona en sus tablas el peso de oro; mas sí 
fija al valor exacto del ducado de oro, lo cual basta enteramente a 
nuestro intento. (Memorias de la Real Academia de Historia, Madrid, 
1821, t. VI, ilust. 20.) Oviedo, un contemporáneo de la Conquista, nos 
dice que el peso de oro y el castellano, tenían el mismo valor, el cual era 
precisamente una tercera parte mayor que el del ducado de oro. (Hist. 
de Ind., lib. 6.°, cap. VIII, apud Ramueio, Navegationi et Viaggi, 
Venetia, 1565, t. III.) Ahora bien, según Clemencín, el ducado equiva- 
lía a ocho pesos setenta y cinco centavos de la actual moneda; luego 
el peso de oro equivalía a once pesos y setenta y siete centavos; o en 
monedas inglesas a dos libras doce chelines seis peniques. Teniendo 
esto presente, es fácil computar el valor de cualquiera suma de pesos 
de oro. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 313 

de su manufactura; tal es el testimonio de los que después 
los pudieron examinar fríamente en Sevilla (i). 

Luego que Cortés y sus capitanes hubieron acabado de 
ver los regalos, relataron comedidamente los embajadores 
el mensaje de su soberano. «Nuestro amo y señor» dije- 
ron, «tiene el mayor placer en entrar en trato con un mo- 
narca tan poderoso como el español, al cual profesa el más 
profundo respeto. Mucho siento no tener personalmente 
una entrevista con los españoles; mas le impide verificarlo 
así, la gran distancia, a que se agrega que el viaje presenta 
muchas dificultades y riesgos a causa de los formidables 
enemigos por entre los cuales se tendría que transitar; por 
manera que todo lo que puede hacer para con estos ex- 
tranjeros, es darles al volverse al país de donde han venido, 
las más sinceras pruebas de su amistad,» 

Cortés, aunque" muy apesarado de que Moteuczoma se 
rehusase a admitir la entrevista personal que le había pedi- 
do, ocultó lo mejor que pudo aquel disgusto y expresó en 
términos muy cumplidos, cuanto agradecía las munificen- 
cias del emperador; «lo cual» añadió, «avivaba su deseo de 

(1) «¡Cierto, cosas de ver!», exclama Las Casas que las vio en Se- 
villa en compañía del emperador Carlos V, en 1520. Quedaron todos 
los que vieron aquestas cosas tan ricas y tan bien artificiadas y her- 
mosísimas, como de cosas nunca vistas, &.» Hist. de las Ind., M. S., 
lib. 3.°, cap. CXX. <Muy hermosas», dice Oviedo, quien las vio en Va- 
lladolid, y que describe minuciosamente las dos grandes ruedas.» 
(Hist. de ¿as Ind. M. S., loco cit.) Mártir, que todo lo averiguaba, des- 
pués de haberlas examinado escrupulosamente, exclama con énfasis: 
Si quid unquam honoris humar.a ingenia in hujuscemodi artibus 
sunt adita, principatum jure mérito ista consequentur. Aurum, 
gemmasque non admiror quidem; qua industria quove studio supe- 
ret opus materiam, stupeo. Mille figuras et facies mille prospexi, 
quoz scribere nequce. Quid oculos hominum sua pulchritudine oeque 
possit allicere meo judicio vidi nunquam. De Orbe Novo, Dec. 4, 
cap. IX. 



3I4 W. H. PRESCOTT 

tener con él una entrevista; que no se encontraba con áni- 
mo bastante para presentarse de vuelta ante su soberano, 
sin haber realizado el gran objeto de su viaje; que por otra 
parte, aquel que había arrostrado los peligros de una nave- 
gación de dos mil leguas, fácilmente podía despreciar los 
que se le presentasen en un corto viaje por tierra». Volvió 
a suplicarles que llevasen aquel mensaje a su señor, y que 
también le ofreciesen el ligero presente que le enviaba en 
señal de su respeto. Consistía aquei en unas cuantas cami- 
sas de Holanda fina, un vaso florentino dorado y esmalta- 
do con alguna curiosidad, y en algunas chacharas de po- 
quísimo valor y que eran una miserable recompensa del 
magnífico regalo del monarca azteca. Así lo conocieron 
los embajadores, o a lo menos no se mostraron muy an- 
siosos de encargarse del regalo ni del recado, y al irse del 
campo de los españoles, volvieron a repetir ai general que 
juzgaban que su solicita sería inútil (i). 

El rico tesoro que estaba deslumbrando a los españoles 
excitó en su seno emociones tan diversas como era el ca- 
rácter de cada uno. Los unos, deseaban ardientemente pe- 
netrar de una vez en aquella tierra que ofrecía tantos ob- 
jetos de inmensa riqueza; otros, juzgaban que aquéi era 
demasiado poderoso para que se pudiese vencer con la 
fuerza insignificante que entonces tenían, siendo de dicta- 
men volverse a Cuba a informar al gobernador de todo 
para que se aprestase una expedición capaz de tamaña 
obra. Poca duda puede caber de cómo obraron en el áni- 
mo de Cortés, para quien las dificultades de una empresa 
eran más bien incentivos que retraentes. Mas, con todo, 
nada dijo, a lo menos públicamente, prefiriendo segura- 

(1) Las Casas, Hist. de tas lnd.. M. S., lib. 3.°. cap. CXXI. Bernal 
Díaz, op. cit., cap. XXXIX. Ixtlilxochitl, Hist. Chichi., M. S.. capítu- 
lo LXXX. Gomara, Crónica, cap. XXVII, apud Barcia, t. II. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 31 5 

mente que tan importante movimiento procediese del im- 
pulso y determinación de todo su ejército más bien que 
de su propio impulso. 

Los soldados, entre tanto, estaban muy molestos, tanto 
por su posición en medio de aquellos abrasadores arena- 
les, como por los pestilentes miasmas que despedían los 
pantanos de las cercanías y por los insectos venenosos 
propios de aquellas regiones cálidas, que no les dejaban 
descansar ni de día ni de noche. Treinta compañeros ha- 
bían ya enfermado o muerto, pérdida muy considerable si 
se atiende al corto número que eran. Para colmo de su 
desdicha, la frialdad con que los recibieron los jefes mexi- 
canos se había extendido al pueblo, de modo que los bas- 
timentos habían disminuido en abundancia y subido exor- 
bitantemente el precio. No era menos angustiosa la situa- 
ción de la escuadrilla, que anclada en una rada desabriga- 
da, estaba expuesta a la furia del primer norte que soplase 
en el golfo de México. 

Llevado de todas estas circunstancias determinó el ca- 
pitán mandar dos naves a las órdenes de Francisco de 
Montejo, y con el experto Alaminos, de piloto, a recono- 
cer la costa por la parte del Norte, para ver si se encon- 
traba puerto más seguro para la escuadra y más cómodos 
cuarteles para las tropas. Pasados diez días volvieron los 
embajadores mexicanos, que entraron en el campamento 
español con la misma solemnidad que la primera vez, y 
trajeron consigo un rico regalo de ricas estofas y adornos 
de metal, que, aunque menos valiosos que el que trajeron 
entonces, no valía menos de tres mil onzas de oro; además 
de esto trajeron cuatro piedras preciosas de considerable 
tamaño, parecidas a las esmeraldas, y llamadas por los na- 
turales chalchmtes; cada una de ellas valía, según les dije- 
ron a los españoles, más de una carga de oro, por lo cual 



3 16 W. H. PRESCOTT 

las ofrecían como una distinguida señal de respeto al mo- 
narca castellano (i). Mas desgraciadamente no valían en 
Europa ni lo que valen muchas cargas de tierra. 

La respuesta de Moteuczoma era sustancialmente la 
misma que antes; contenía una prohibición expresa a los 
extranjeros de acercarse a la capital, y les decía que espe- 
raba que ahora que habían ya obtenido todo lo que más 
deseaban, regresarían a su país luego que les fuese dable 
verificarlo. Cortés escuchó esta áspera respuesta con urba- 
nidad, aunque fríamente, y volviéndose a sus capitanes, 
exclamó: «es el tal un rico y poderoso príncipe por cierto; 
y aunque sea difícil, tenemos de pagarle algún día perso- 
nalmente su visita.» 

Mientras estaban en estas pláticas, tocó a vísperas la 
campana; los soldados, al oírla, se arrodillaron y se pusieron 
a orar ante la gran cruz de madera que habían clavado en 
medio de la playa. Al ver Cortés que los jefes aztecas 
quedaron sorprendidos de aquel espectáculo, conoció que 
aquel era un momento a propósito para imprimir en el 
ánimo de los infieles aquellas ideas cuya propagación mi- 
raba como el principal objeto de su viaje. El padre Olme- 
do expuso lo más clara y concisamente que pudo, los 
principales misterios del cristianismo con respecto a la sa- 
grada pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor 
Jesucristo; y concluyó asegurando al atónito auditorio, que 
lo que se proponía era extirpar la idolatría y sustituir en 
su lugar el culto y adoración del verdadero Dios; les entre- 
gó una imagen de la Santísima Virgen y del Divino Salva- 
dor, y les instó a que la pusiesen en sus altares en vez 
de aquellas deidades sanguinarias que hasta allí habían 

(1) Bernal Díaz, op., cap. XL. 

El padre Sahagun describe del modo siguiente aquellas piedras tan 
preciosas en México, que sólo a los nobles era permitido usarlas. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 317 

adorado. Lo que no sabemos es qué tal comprendieron 
los señores aztecas los misterios de la fe cristiana, explica- 
dos primero por Aguilar y después por Marina; ni si lle- 
garon a apercibir claramente la distinción que había entre 
sus ídolos y las imágenes de los cristianos; pero hay razo- 
nes para creer que el padre Olmedo sembró en terreno es- 
téril, pues luego que concluyó la predicación, se retiraron 
los nobles dando señales de duda y desconfianza, muy di- 
versas de las de fácil amistad que habían dado en la pri- 
mera entrevista. En aquella misma noche abandonaron to- 
dos los indios sus chozas, viéndose los españoles súbita- 
mente privados de toda especie de recursos en medio de 
aquellos áridos desiertos. A Cortés le pareció todo aquello 
tan sospechoso, que llegó a temer que le atacasen en su 
campamento y tomó todas las precauciones por si llegase 
tal caso; pero era cosa en que no se había pensado. 

Después de una ausencia de doce días, volvió Montejo 
de su expedición, a consolar al ejército. Había navegado 
por el golfo hasta llegar al río Panuco, donde sufrió tan 
contrarios vientos al intentar doblar el cabo, que tuvo que 
retroceder y casi naufragó. En toda la travesía sólo un lu- 
gar había encontrado que estuviese regularmente abrigado 
de los nortes. Afortunadamente el país adyacente ofrecía 
ríos navegables y lugares a propósito para acampar; así, 
pues, después de alguna discusión, determinaron dirigirse 
a aquel lugar (i). 

«Las chalchuites son verdes y no trasparentes mezcladas de blanco; 
úsanlas mucho los principales, trayéndolas a las muñecas atadas en 
hilo, y aquello en señal de que es persona noble el que las trae.» 
Historia de la Nueva España, lib. 11, cap. VIII. 

(1) Camargo. Hist. de Tlaxcalan, M. S. Las Casas, Hist. de las 
Indias, M. S., lib. 3.°, cap. CXXI. Bernal Díaz, Hist. de la Conq., ca- 
pítulo XL-XLT. Herrera, Hist. General, dec. 2, lib. 5.°, cap. VI. Goma- 
ra, Crónica, cap. XXIX, apud Barcia, tomo II. 



CAPÍTULO VII 



Disturbios en el campamento. — Plan para formar una co- 
lonia. — Conducta de Cortés. — Marcha a Zempoala. — 
Lo que hizo con los naturales. — Fundación de Ve- 
racruz. 

(15 19) 

Nada aburre ni corrompe más la paciencia y disciplina 
del soldado, que vivir ocioso en un campamento, pues en 
vez de pensar en sus empresas y en sus movimientos, sus 
ideas se concentran en sí mismo y en los peligros y priva- 
ciones que se le esperan. Tal sucedía precisamente en el 
caso presente, en que las tropas sufrían, además de las pe- 
nalidades de una subsistencia escasa, las de el calor exce- 
sivo, plagas de insectos ponzoñosos y demás incomodida- 
des propias de un clima cálido. Por otra parte, distaban 
mucho de ser tropas regladas, acostumbradas de tiempo 
atrás a sujetarse a una estricta subordinación y obediencia 
a las órdenes de un jefe ya respetado de antemano; eran, 
por el contrario, soldados aventureros que habían entrado 
en una empresa en que todos juzgaban tener igual parte; 
por manera que su caudillo era el caudillo de un día, un 
hombre poco más que igual a todos los demás. 

Comenzó, pues, a cundir el descontento entre aquellas 



320 W. H. PRESCOTT 

gentes, con motivo de su dilatada mansión en un país ex- 
tranjero, aumentándose aquel considerablemente, luego 
que supieron que el capitán se proponía trasladar el campo 
a las cercanías del nuevo puerto descubierto por Montejo. 
«Ya era tiempo de volvernos, decían, y de contar al gober- 
nador de Cuba lo que hemos hecho, y no de aguardar en 
estas playas estériles a que acuda contra nosotros todo el 
imperio mexicano». Cortés calmaba como podía su impa- 
ciencia, asegurándoles que no tenían justos motivos de es- 
tar disgustados: «todo ha caminado hasta ahora próspera- 
mente, y no hay razón para temer que ahora que hemos 
tomado una posición más ventajosa, será menos lucrativo 
nuestro tráfico con los indios.» 

Cuando esto pasaba, se presentaron una mañana cinco 
indios, que fueron conducidos a la tienda del general. Su 
vestido y todo su aspecto era enteramente distinto del de 
los mexicanos. Llevaban en las narices y orejas, anillos de 
oro y brillantes piedras de color azul; y pendiente del la- 
bio inferior una hoja de oro, delicadamente trabajada. Ma- 
rina no comprendía su lengua; pero habiéndoles hablado 
en azteca, vio que dos de los cinco le comprendían y po- 
dían conversar con ella. Dijeron ser naturales de Zempoalla, 
capital de los Totonecas, poderosa nación y que hacía mu- 
chas centurias había venido a la gran mesa central, y que 
después de bajar sus pendientes, se habían fijado en las 
sierras y llanuras espaciosas que ciñen el golfo mexicano 
por la parte del Norte. Eran una de las recientes conquis- 
tas de los aztecas, quienes les habían oprimido y vejado de 
tal suerte, que estaban impacientes por sacudir el yugo de 
sus conquistadores. Informaron a Cortés de estos y otros 
pormenores, y le dijeron que la noticia de la venida de los 
españoles había llegado a oídos de su señor, quien les ha- 
bía enviado de mensajeros, para solicitar de aquellos ma- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 321 

ravillosos huéspedes que fuesen a la capital de la pro- 
vincia. 

Cortés escuchó con gran placer aquellas nuevas, pues 
que él no sabía lo que hemos dicho antes acerca del estado 
interior del país, y no tenía razón alguna para no creer que 
todo él fuese un reino fuerte y unido. Había alumbrado su 
mente una importante verdad; su ojo perspicaz descubrió 
al punto en aquella discordia intestina una potente palan- 
ca con que derrumbar el imperio. Recibió a los enviados 
totonecas con la mayor cortesía; y después de informarse 
lo más que pudo de sus disposiciones y recursos, les des- 
pidió haciéndoles algunos regalos y ofreciéndoles que 
cuanto antes pagaría a su señor aquella visita (i). 

Al mismo tiempo los amigos de su persona y particular- 
mente Alonso Hernández, Puerto- Carrero, Cristóbal de 
Oíid, Alonso de Ávila, Pedro de Alvarado y sus hermanos, 
se afanaban por persuadir a las tropas a que dejasen a Cor- 
tés hacer todo aquello que abrazaban sus ambiciosos planes, 
para cuya ejecución no necesitaba de los poderes de Ve- 
lázquez. «Volvernos ahora, decían, sería abandonar nues- 
tra empresa a la puerta de un camino en que conducidos 
por semejante caudillo alcanzaremos gloria e incalculables 
tesoros. Regresar a Cuba sería para entregar al gobernador 
las pequeñas ganancias que hemos tenido. El único partido 
que nos queda es instar al general para que funde una co- 
lonia permanente, cuyo gobierno tenga la dirección de los 
asuntos, y provea a los intereses de sus miembros. Verdad 
es que Velázquez no ha facultado a Cortés para tanto; pero 
el interés de los monarcas, que es la razón suprema, exige 
esta medida imperiosamente.» 

(1) Bernal Díaz, Hist. de la Conq., cap. XLI. Las Casas, Hist. de 
las Ind. M. S , lib. 3.°, cap. CXXXI. Gomara, Crónica, cap. CXXVII1. 

21 



322 W. H. PRESCOTT 

Tales conferencias no pudieron quedar tan ocultas, bien 
que se hubiesen tenido por la noche, que no llegasen a 
oídos de los amigos de Velázquez (i), los cuales represen- 
taron contra aquella conducta considerándola pérfida y 
desleal. Acusaron al general de que quería seducirles, y le 
intimaron que si no tomaba al punto las medidas necesa- 
rias para volverse a Cuba, ellos se volverían con todos 
cuantos permaneciesen fieles al gobernador. 

Cortés, lejos de irritarse de aquella conducta rebelde, y 
en vez de replicarles en el mismo tono altanero, les respon- 
dió humildemente, «que de nada estaba más distante que 
de querer propasarse de las instrucciones que le había dado 
el gobernador: que por lo tanto resolvía permanecer en 
aquel país y continuar su provechoso comercio, mas que si 
el ejército no era del mismo dictamen, él se sometería lue- 
go a lo que dispusiese, y obsequiaría sus ardientes deseos 
de volverse». 

A la mañana siguiente dio orden de que se aprestasen 
las tropas para embarcarse al punto en la flota que iba a 
partir para Cuba (2). ¡Grande fué la impresión que produjo 
aquella orden del general! Aún los mismos que la habían 
poco antes solicitado con ahinco, quedaron disgustados de 
ella; sin duda por esa caprichosidad propia de hombres 
cuyos deseos han sido muy fácilmente satisfechos. Los 

(1) La carta del cabildo de Veracruz no habla nada de estas con- 
ferencias nocturnas; mas Bernal Díaz, que estaba presente a ellas, me 
parece suficiente autoridad. Véase la Hist. de la Conq., cap. XLII. 

(2) Gomara, Crónica, cap. XXX. Las Casas, ubi. supra. Ixtlilxo- 
chitl, Hist. Chichi., M. S., cap. LXXX. Bernal Díaz, loe. cit. Declara- 
ción de Puerto Carrero, M. S. 

La declaración de una persona tan respetable como Puerto-Carrero, 
dada en el año siguiente a su vuelta a España, me ha parecido un do- 
cumento de tanta autoridad, que lo he traducido íntegro en el núm. 7 
de la 2. a parte del Apéndice. 



HISTOKIA f>K LA CONQUISTA DE MÉXICO J23 

partidarios de Cortés eran muy ásperos en sus quejas; de- 
cían que el general les había engañado, y rondando sin ce- 
sar su tienda, pedían a gritos que revocase la orden. 
«Nosotros hemos venido, decían, para formar una colo- 
nia, siempre que el país lo permitiese; ahora ya no necesi- 
tamos del permiso del gobernador para formarla. Estas 
tierras no son propiedad suya, sino que han sido descu- 
biertas en provecho de los soberanos (i); y así es necesa- 
rio fundar una colonia mirando a esos intereses, y no 
perder el tiempo en un tráfico inútil, o lo que es peor, en 
volvernos a Cuba estando las cosas en el estado actual. Si 
os rehusáis a lo que pedimos, os acusaremos de desleal 
ante Sus Altezas.» 

Cortés escuchó estas reclamaciones con cierto aire de 
turbación, ccmo de quien no se las espera en lo absoluto. 
Pidió modestamente que le concediesen algún tiempo para 
deliberar, y ofreció dar su respuesta al otro día. Cumplido 
este plazo, convocó a todas sus tropas y les dirigió una 
breve alocución. Díjoles que nadie, a juzgar por lo que sen- 
tía, podía ser más adicto a los intereses de sus soberanos 
y a la gloria del nombre español, como él; que no sólo 
había gastado todos sus bienes, sino aún contraído fuertes 
deudas para aviar la expedición, todo con la esperanza de 

(1) Unas veces vemos a los escritores españoles refiriéndose a los 
soberanos y otras a los emperadores. En el primer caso hablan de la 
reina Juana, la imbécil madre de Carlos V, y de este mismo, pues 
que en efecto todas las actas públicas y las cédulas se ponían en nom- 
bre de ambos. El título de «Alteza», que hasta el tiempo de Car- 
los V se había dado al soberano (aunque no uniformemente como 
dice Robertson en su Historia de Carlos V, vol. II, pág. 59), fué gra- 
dualmente reemplazado por el «Majestad >, que tomó Carlos cuando 
su advenimiento al trono imperial. Este mismo título se suele encon- 
trar a veces en la correspondencia del Gran Capitán y en algunos 
otros documentos del tiempo de los Reyes Católicos. 



324 W. H. PRE5COTT 

reembolsarse con las ganancias que le produjese el tráfico 
con los mexicanos; pero que si sus soldados pensaban de 
otra suerte, él estaba pronto a sacrificar sus intereses per- 
sonales en bien del Estado (i). Concluyó declarándoles su 
deseo de fundar una colonia con el nombre de los monarcas 
españoles, y de nombrar los magistrados que debían go- 
bernarla (2). 

Para alcaldes escogió a Puerto- Carrero y a Montejo; el 
primero, íntimo amigo suyo, y el segundo, amigo de Ve- 
lázquez, que fué precisamente la razón de que lo eligiese, 
dando en esto un golpe de política que surtió perfecta- 
mente. Los regidores, el alguacil, el tesorero y otros fun- 
cionarios, ios eligió de entre sus amigos y partidarios. 
Fueron investidos de su autoridad, en la forma ordinaria; y 
la nueva ciudad recibió el nombre de Villa Rica de Vera- 
cruz (3), nombre felizmente escogido para designar esa 

(1) Según Robertson, dijo Cortés a sus tropas que se había pro- 
puesto establecer una colonia antes de marchar para el interior de 
la tierra; mas que abandonó aquel intento al ver los deseos en que 
ardía su gente por proceder cuanto antes a la incursión. Precisamen- 
te a la página siguiente, encontramos a Cortés organizando esa misma 
colonia. (Hist. of Amer., vol II, págs. 241-242.) 

El historiador se habría ahorrado de incurrir en esta ligereza, con 
sólo seguir a las dos autoridades que cita, Bernal Díaz o Herrera, o 
la de la carta de Veracruz, de que tenía copia. Todas ellas concuerdan 
en lo que hemos asentado en el texto. 

(2) Las Casas, Hist. de las Ind., M. S., lib. 3.°, cap. CXXII. Carta 
de Veracruz, M. S. Declaración de Montejo, M. S. Declaración de Puer- 
to-Carrero, M. S. 

«Nuestro general accedió después de algunas instancias, dice con 
poco comedimiento el soldado viejo Bernal Díaz, porque como dice 
el adagio, tú me lo ruegas o yo me lo quiero.* (Hist. de la Conquis- 
ta, cap. XLII.) 

(3) Según Bernal Díaz, el nombre de Veracruz le fué impuesto 
para recordar que habían desembarcado en Viernes Santo. Ubi. supra. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA I)K MÉXICO 32 5 

reunión de intereses espirituales y temporales, a que se 
consagraban los esfuerzos de los aventureros españoles en 
el Nuevo Mundo. Así, pues, de una sola plumada se tras 
formó un ejército en comunidad civil, se dispuso la erec- 
ción y aún el título de una ciudad, aún antes de haber ele- 
gido sitio en que fundarla. 

La nueva municipalidad no tardó en reunirse: cuando 
Cortés se presentó con el sombrero en la mano ante aquel 
augusto cuerpo, puso los poderes de Velázquez encima de 
la mesa y entregó respetuosamente su dimisión del cargo 
de capitán general, el cual, según dijo, había cesado natu- 
ralmente desde que la autoridad del gobernador se había 
trasferido a los magistrados de Villa Rica de Veracruz. En 
seguida se retiró de la sala dando señales de una profunda 
obediencia (i). 

El cabildo, después de emplear en la deliberación el 
tiempo conveniente, mandó a Cortés que volviese a pre- 
sentarse. «Nadie nos ha parecido, después de reflexionado 
maduramente, más adecuado para encargarse de los inte- 
reses del común, tanto en la paz como en la guerra, como 
vos; por lo que hemos venido unánimemente en nombra- 
ros a nombre de sus Católicas Altezas, capitán general y 
justicia mayor de la colonia.» Se le permitió, además, to- 
mar para sí el quinto de todo el oro y plata que se sa- 
cara ya del comercio de los indios, ya de las tierras con- 

(1) Solís, que tenía tal manía de hacer arengas, que había satisfe- 
cho aún al mismo abate Mably (véase su Tratado sobre la manera de 
escribir su Historia), ha puesto en boca de su héroe una alocución 
pronunciada con este motivo, de la que no habla ningún escritor con- 
temporáneo. (Conquista, lib. 2.°, cap. VIL) Robertson la ha tradu- 
cido íntegra, a sus brillantes páginas, sin citar el autor de dónde 
la tomaba; el cual autor, si se considera que escribió siglo y medio 
después de la conquista, y que es el único que trae esta oración, es 
preciso convenir en que no merece mayor crédito. 



326 W. H. PRESCOTT 

quistadas (i). Una vez investido Cortés del mando civil y 
militar, no tardó en ejercerle, pues a poco se le presentó 
una ocasión de hacerlo. 

La transición de que acabamos de hablar había sido tan 
inesperada y tan rápida, que el partido del gobernador 
quedó desconcertado y no pudo formar un plan de resis- 
tencia. Cuando supieron la última providencia, prorrum- 
pieron en acres e injuriosas invectivas, y calificaban todo 
lo hecho de una conspiración contra Velázquez. Estas acri- 
minaciones produjeron la represalia por parte de los sol- 
dados del otro bando, hasta el punto de que casi se pasara 
de las palabras a los hechos. Algunos de los principales 
hidalgos, entre ellos Velázquez de León, de la familia del 
gobernador, su paje y Diego de Ordaz, tomaron tal empe- 
ño en alentar aquellos disturbios, que Cortés se vio obli- 
gado a adoptar la atrevida providencia de encadenarles y 
enviarles a bordo de las naves. Dispersó después el resto 
de las tropas, destacando a una gran parte de ellas bajo 
las órdenes de ¿^.Ivarado a forrajear cerca de allí y a pro- 
curar algunas provisiones para el disuelto campamento. 

Durante su ausencia empleó Cortés cuantos argumentos 
sugieren la codicia y la ambición para volver de su parti- 
do a los díscolos. 

Dícese que para conseguirlo prodigó las promesas y 
aun el oro, hasta que, por último, conocieron claramente 
cuál era su situación, y cuando la partida que había ido a 
forrajear volvió con gran copia de gallinas, vegetales y 

(1) «Lo peor de todo lo que le otorgamos— dice Bernal Díaz, que 
no dejaba de ser algo quisquilloso — , que le daríamos el quinto del 
oro de lo que se hubiese, después de sacado el real quinto.» Hist. de 
la Conq., cap. XLII. La Carta de Veracruz nada dice de tal quinto. 
Quien quisiere ver una noticia completa, acerca de aquel célebre con- 
venio, la encontrará en el núm. 8. parte II del Apéndice. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 3 2 7 

otros refrigerios del estómago, de este gran laboratorio de 
disgustos, tanto en las reales como en las ciudades, volvió 
también el buen humor con la buena mesa, y las facciones 
rivales se abrazaron amigablemente y se unieron para pe- 
lear por la misma causa. Aun los altaneros hidalgos que 
estaban en las naves, no pudieron permanecer por mucho 
tiempo de fríos espectadores de la reconciliación, y, uno 
tras otro, fueron reconociendo al nuevo Gobierno. Lo más 
notable es que aquella reconciliación no fué del momento, 
sino que en lo de adelante, esos mismos hidalgos fueron 
amigos y partidarios más adictos a Cortés, (i). 

¡Tal era la habilidad de este hombre extraordinario, y 
tal el influjo que en pocos meses había adquirido sobre 
aquellas almas indómitas y turbulentasl Con tan súbita 
transformación de un campamento militar en sociedad ci- 
vil, había zanjado ios nuevos y firmes cimientos para sus 
operaciones ulteriores. Ya podía, desde ahora, proceder 
sin temor de que le sojuzgase o desaprobase su conducta 
ninguna otra autoridad superior, excepto la corona, bajo 
cuya única inspección quedaba desde aquel momento. 

(1) Carta de Veracruz, M. S. Gomara, Crónica, caps. XXX-XXXI. 
Las Casas, Hist. de las Ind., M. S., lib. 3.°, cap. CXXII. Ixtlilxochitl, 
Hist chichi., M. S., cap. LXXX. Bernal Díaz, Hist. de la Conq., capí- 
tulo XLII. Declaración de Montejo y Puerto-Carrero, M. S. 

En el proceso de Narváez contra Cortés, se acusa a éste último el 
haber tenido pacto con el diablo, pues solamente así pudo haberse 
ganado el afecto de las tropas. (Demanda de Narváez, M. S.) Solís, 
por el contrario, no ve más que buena fe y lealtad en la conducta del 
general, que en todo obró conforme lo exigía su deber. Conquista, li- 
bro 2.°, caps. VI- VII. Solís es un panegirista más incesante de Cortés 
que lo fueron su capellán Gomara y los dignos magistrados de Vera- 
cruz. Un testimonio mucho más imparcial que unos y otros, es el hon- 
rado Bernal Díaz, tantas veces citado, que aunque campeón esforzado 
de aquella causa, uo se dejaba cegar ni por el mérito ni por los de- 
fectos de su caudillo. 



328 W. H. PRESCOTT 

Procediendo de esta manera, lejos de incurrir en la nota 
de usurpador o de trasgresor de las autoridades legítimas, 
había hecho caer, en gran parte, la responsabilidad sobre 
los que le habían precisado a obrar. Sobre todo, con aquel 
paso había vinculado estrechamente la suerte de sus com- 
pañeros con la suya propia; habían tomado su suerte en 
aquella aventura, y, buenas o malas, tenían que soportar 
las resultas. Ya no se proponía ceñirse simplemente a un 
sórdido comercio, sino que, seguro de la cooperación de 
todos, iba a meditar y desenvolver gradualmente los mag. 
níficos y atrevidos proyectos que guardaba en su pecho 
acerca de la conquista del imperio (i). 

Restablecida la armonía, mandó Cortés su artillería grue- 
sa a las naves y les ordenó que costeasen la playa, hacia 
el Norte, hasta llegar a Chiahuitztla, la ciudad cerca de la 
cual estaba situado el nuevo puerto; proponiéndose, entre 
tanto, visitar con sus tropas a Zempoalla. El camino pasa- 
ba, durante algunas millas, por las secas llanuras que cir- 
cundan a la moderna Veracruz. En aquellos horrorosos 
arenales, no encontró ni rastro de vegetación; lo único que 
de vez en cuando venía a recrear su vista, era el magnífico 
azul del Atlántico y la lejana y soberbia perspectiva del 
Orizava, que descuella coronado de su limpísima diadema 
de nieve, sobre todos sus hermanos de ios Andes (2). Al 

(1) Esto debe parecer muy natural a quienquiera que considere 
que Cortés había nombrado a aquel cuerpo y aquel cuerpo le nom- 
bró. Pero el afectado respeto a las formas legales, encubría, por aho- 
ra a lo menos, de cierto barniz sus procedimientos para con las tro- 
pas. En cuanto a lo futuro, se confió a su buena estrella, o, en otras 
palabras, al éxito de su empresa, para justificar su conducta ante el 
emperador, y, en efecto, no se equivocó en su cálculo. 

(2) El nombre de la montaña no se dice, y, probablemente, ni se 
conocía; pero la prolija descripción de la carta manuscrita de Vera- 
cruz, no dejaba duda de que se quería hablar del Orizava. «Entre laa 



HISTORIA DE LA CONQUISTA OE MÉXICO 3^9 

paso que se internaban, e! campo estaba más verde y más 
ameno. Atravesaron un río, tributario, probablemente, del 
río de la Antigua, en balsas y en algunas canoas rotas que 
encontraron a las orillas. Entonces vieron un paisaje ente- 
ramente diverso: Anchas llanuras alfombradas de fresco 
verdor y sombreadas por espesos bosques de cocos y de 
hojosas palmeras, por entre cuyos altos y esbeltos troncos 
se veían gamos y otros varios animales agrestes, descono- 
cidos de los españoles. Algunos de los de la caballería die- 
ron caza e hirieron a varios gamos, pero no consiguieron 
cogerlos. Vieron igualmente faisanes y otros pájaros, entre 
ellos al pavo silvestre, orgullo de las selvas americanas, al 
cual describen los españoles como una especie de galli- 
pavo (i). 

En la travesía pasaron por algunos pueblecillos, donde 
había templos, y ^n estos encontraron incensario y otros 
utensilios sagrados, y además, manuscritos en hilo de ma- 
guey, que contenían algunas pinturas, que representaban 
seguramente las ceremonias religiosas. También vieron el 



cuales así una que excede en mucha altura a todas las otras, y de ella 
se ve y descubre gran parte de la mar y de la tierra, y es tan alta que 
si el día no es bien claro, no se puede divisar ni ver el alto de ella, 
porque de la mitad a arriba está toda cubierta de nubes; y, algunas 
veces, cuando hace muy claro día, se ve, por cima de las dichas nu- 
bes, lo alto de ella, y está tan blanco, que lo juzgamos por nieve.» 
Carta de Veracruz, M. S. A esta enorme montaña llamaban los mexi- 
canos, Citlaltepec, o «monte de la estrella» , quizá por el fuego que 
solía salir de su cumbre, que tanto se elevaba sobre las nubes. Está 
en la Intendencia de Veracruz, y según la medición de Humboldt, se 
eleva a la enorme altura de 17.368 pies sobre el nivel del mar. (Essai 
politique, t. I, pág. 265.) Es el altísimo, pero el único pico que hay 
en toda la cadena de la Cordillera mexicana. 

(1) Carta de Veracruz, M. S. Bernal Díaz, Hist. de la Conq., ca- 
pítulo XLIV. 



330 



W. H. PRESCOTT 



horrendo espectáculo que tantas veces presenciaron des- 
pués, del mutilado cuerpo de víctimas humanas inmoladas 
a las execrables deidades de aquella tierra. Los españoles 
apartaron la vista con horror e indignación de aquellos 
sangrientos objetos que formaban tan triste contraste con 
la hermosura y lozanía de ía naturaleza. 

Proseguían su marcha a lo largo de las orillas del río, 
dirigiéndose hacia su nacimiento, cuando encontraron a 12 
indios enviados por el cacique de Zempoalla, para enseñar- 
les el camino de su residencia. Aquella noche acamparon 
en una llanura descubierta, donde los naturales les prove- 
yeron de todo lo necesario. Al día siguiente dejaron el río, 
e internándose hacia el Norte, entraron a espaciosas y ame- 
nísimas vegas y selvas, que tenían todo el magnífico esplen- 
dor de la vegetación de los trópicos. El ramaje de árboles 
altísimos, estaba entrelazado con ias hojas de la viña, car- 
gada de racimos de encendida púrpura y con variadísimos 
convúvulos y varias plan as parásitas de los más variados 
y ricos colores. A la sombra de la zabila espinosa se entre 
tejían las rosas silvestres con la madreselva, formando en 
ramadas y bosquecillos casi impenetrables. En aquella her 
mosura de botones y de fragantes rosas, saltan y se rebu 
lien millares de pájaros de la familia de los papagallos 
nubes de mariposas cuyos colores vividos y hermosos 
que en ninguna parte lo son más que en la tierra caliente 
rivalizan con los del reino vegetal, y otras mil aves cano 
ras, como el escarlata cárdena! y el cenzontli. cuyos trinos 
reproducen todas las notas de la música de las selvas, lle- 
nando el aire de deliciosas melodías. El corazón de los du- 
ros conquistadores no era fácil de conmoverse al aspecto 
de tales bellezas de la naturaleza; pero el encanto mágico 
de aquellos paisajes les arrancó expresiones de placer y de 
delicia; y al pasar por aquel paraíso terrestre, como ellos 



HISTORIA DE LA CONQUISTA »K MÉXICO 33 1 

le llamaban a aquel país, se complacían en compararlo con 
Jas más bellas regiones de su tierra natal (i). 

Cuando ya estaban al llegar a la ciudad, vieron signos 
bastantes de cultivo en los jardines y vergeles que había a 

(1) Gomara, Crónica, cap. XXXII, apud Barcia, t. II. Herrera, His- 
toria General. Dec. 2, lib. 5.°, cap. VIII. Oviedo, Hist. de las Ind. M S., 
libro 83, cap. I. 

«Muy hermosas vegas y riberas tales y tan hermosas, que en toda 
España no pueden ser mejores, así de apacibles a la vista, como de 
fructíferas». (Carta de Veracruz, M. S.) El siguiente apostrofe de lord 
Morphet a los paisajes de Cuba, tan parecidos a los de la tierra calien- 
te, darán al lector una idea más animada de la hermosura de aquellas 
regiones abrasadoras, que pudieran hacerlo mi pluma prosaica. Los 
versos que siguen, inéditos hasta ahora, darán también una idea de 
los generosos sentimientos propios de su noble autor: 

«¡Salve, mil veces salve, hermosos bosques 
Donde reina verdor inmarcesible; 
Do se eleva la palma majestuosa; 
Do el azahar esparce su fragancia; 
Do los ligeros juncos se entretejen, 

Y su anchurosa sombra de la ceiba! 
¡Salve, mil veces salve, bello cielo 
De azul perenne y de eternal pureza; 
Do a los rosados tintes de la tarde 
Sigue el zafir purísimo y sereno 

De oscura noche, y en el claro día 

Terso y brillante azul tiñe los cielos! 

No me acordéis que de la patria mía 

Pálida y turbia es la región etérea; 

No me acordéis que de la patria mía 

En balsámico ambiente no se mecen 

De rica caña los extensos campos; 

Que aunque aquí en torno al miserable esclavo, 

Esplendente, magnífica natura 

Su gloria ostenta, la virtud fallece 

Y míseros los hombres, 

Tímidos no osan desplegar el labio.» 



332 w. h. prescott 

los lados del camino. Encontraron varías partidas de indios 
de ambos sexos, que aumentaban en número mientras más 
se internaban. Las mujeres y los hombres se revolvían 
confiadamente con los soldados; traían sartas y coronas de 
flores con las cuales adornaron el cuello del corcel de Cor- 
tés, y pusieron una gui r naida de rosas en su yelmo. Las 
flores formaban la delicia de aquel pueblo; tenían gran es- 
mero en su cultivOj al cual se prestaba perfectamente la 
naturaleza del c!ima ; que siendo a la vez cálido y húmedo, 
estimulaba al terreno para que produjese todo género de 
vegetales. La misma afición a las flores tenían los belicosos 
aztecas; y la misma han conservado, aún en medio de su 
degradación, las generaciones de nuestos días (i). 

Muchas de aquellas mujeres parece que pertenecían, se- 
gún era su rico traje y numeroso séquito, a las principales 
familias. Estaban cubiertas de túnicas de finísimo algodón 
y de ricos colores, que les bajaban desde el cuello, y entre 
la clase baja, desde Ja cintura hasta los tobillos. Los hom- 
bres vestían una especie de capa a la morisca y un ceñidor 
o cinturón. Tanto las unas como los otros, llevaban al 
cuello adornos de oro, y zarcillos del mismo metal en las 
orejas y narices que estaban taladradas. 

Poco antes de que llegase la comitiva a la ciudad, se re- 
volvieron algunos de la caballería que se habían adelanta- 
do, y trajeron a sus compañeros la placentera noticia de 
que «se habían aproximado a las puertas de las casas lo 
bastante para percibir que las paredes estaban cubiertas de 

(1) Uno de los viajeros modernos, cuyas narraciones son más deli- 
ciosas, observa que los mexicanos de hoy tienen la misma afición a 
las flores que los mexicanos de tiempo de la conquista. «Esta afición 
formaba una rara anomalía, nota la misma escritora, con el culto san- 
guinario y los bárbaros sacrificios de aquel tiempo». Residencia en 
México de la Sra. Calderón de la Barca, vol. I, carta 12. 



HISTORIA DE L\ CONQUISTA DE MÉXICO 333 

láminas de plata pulida.» Al entrar en la plaza, vieron que 
lo que les había parecido plata, no era otra cosa más que 
estuco blanco y brillante, con el cual acostumbraban cubrir 
los edificios principales. Semejante hallazgo dio asunto *t 
amargas sátiras de los soldados contra sus crédulos cama- 
radas. Esta fácil credulidad era hija de que su exaltada 
imaginación quería encontrar en todas partes oro y pla- 
ta (i). Las mejores casas estaban hechas de cal, piedra y 
ladrillos secados al sol; las más humildes eran de adobe; 
unas y otras estaban techadas con hojas de palma, que 
aunque a la vista parecía ser un techo muy malo, estaban 
entrelazadas de manera que ofrecían seguro abrigo contra 
la intemperie. 

Cuéntase que la ciudad tenía de veinte a treinta mil ha- 
bitantes; este es el cómputo más moderado y el más vero- 
símil (2). El pequeño ejército atravesó lenta y silenciosa- 
mente las estrechas y ahora concurridas calles de la ciudad 
de Zempoalla, sin dejar traslucir el grande asombro que 
les causaba encontrar una policía y un adelanto tan supe- 
rior a cuanto hasta entonces habían visto en el Nuevo Mun- 
do (3). El cacique salió a recibirles al frente de su palacio. 

(1) cCon la imaginación que llevaban y buenos deseos, todo se les 
antojaba plata y oro en lo que relucía.» Gomara, Crónica, cap. XXXII, 
opud Barcia, t. II 

(2) Este es el cálculo de Las Casas, Hist. de las Ind., M. S., lib. 3.°, 
cap. CXXI. Torquemada oscila entre veinte, treinta y ciento cincuenta 
mil; y en diversos lugares de su obra trae estos tres números diferen- 
tes. (Clavijero, Hist. de México, t. III, pág. 26, nota.) Este lugar fué 
abandonado después de la Conquista, seguramente para ocupar otros, 
situados de un modo más favorable al comercio. Las ruinas de la ciu- 
dad todavía subsistían a fines del siglo pasado. Véase a Lorenzana, 
Hist. de la Nueva España, pág. 39, nota. 

(3) «Porque viven en más política y razonablemente que ninguna 
do las gentes quo hasta hoy en estas partes se ha visto.» Carta de Ve- 
racruz, M. S. 



334 w - n - prescott 

Era aquel hombre obeso y corpulento, y andaba apoyán- 
dose en dos criados. Recibió a Cortés y a sus compañeros 
con gran miramiento, y después de trocar con ellos algu- 
nos cumplimientos, señaló para que se acuartelasen los es- 
pañoles, el templo inmediato, en el cual había un gran pa- 
tio, al que iban a abrirse numerosos aposentos muy cómo 
dos para el alojamiento de los soldados. 

Luego abastecieron abundantemente a los españoles con 
varios comestibles, con guisados hechos al uso del país y 
con tortillas de maíz. El general recibió además de parte 
del cacique un rico regalo que consistía en cosas de oro y 
en telas de algodón. A pesar de tan amistoso recibimien 
to, no relajó éí su vigilancia habitual, ni descuidó de to- 
mar todas las precauciones tomadas entre buenos solda- 
dos. Durante el viaje había traído a sus tropas formadas en 
orden de batalla y prevenidas contra cualquiera sorpresa; 
ahora, apostó sus centinelas en los lugares conveniente?, 
situó su artillería de manera que estorbase la entrada al 
patio, y prohibió que saliesen de él los soldados sin orden 
suya, so pena de muerte (i). 

A la mañana siguiente fué acompañado de cincuenta dé- 
los suyos, a pagar al cacique su visita en su misma casa. 
Era esta un edificio de cal y canto, situado sobre un terra- 
plén, al cual se subía por una escalera de varias gradas: se 
asemejaba en la construcción a algunos de los antiguos edi- 
ficios de la América Central. Cortés dejó a sus soldados en 
el patio y entró en el aposento del cacique, acompañado 
de uno de sus capitanes y de su querida Marina (2). Enta- 

(1) Las Casas, Eist. de las lnd., lib. 3.°, cap. CXXI. Carta de Ve- 
racruz, M. S. Gomara, Crónica, cap. XXXIII, apud Barcia, t. II. Ovie- 
do, Eist. de las lnd., M. S., lib. 33, cap. I. 

(2) Los historiadores españoles dan generalmente a aquella india 
el cortés tratamiento de Doña. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DR M¿XlCO 335 

blóse una larga conversación, de la cual sacó el general es- 
pañol grandes noticias acerca del estado del país. Dijo des- 
de luego al cacique, que era vasallo de un gran monarca 
que estaba más allá de los mares, el cual le había enviado 
a las playas aztecas a abolir el inhumano culto que allí se 
profesaba, y a propagar el conocimiento del verdadero 
Dios. A esto respondióle el cacique: que sus dioses, a quie- 
nes eran deudores de la luz y de las lluvias eran sobrada- 
mente buenos para ellos, que él también era tributario de 
un monarca poderoso, cuya corte estaba a orillas de un 
lago, a gran distancia de los montes; que era un príncipe 
cruel, desapiadado para cobrar los impuestos, y que en 
caso de recibir la más leve ofensa, podía vengarla lleván- 
dose a las doncella: y a los niños para sacrificarlos a sus 
deidades. Cortés le aseguró que no consentiría él que se 
repitiesen tamaños atentados; que su soberano le había en- 
viado allí precisamente para deshacer agravios y castigar a 
los opresores (i); que si los totonecas le guardaban fe, él 
les ofrecía romper el detestable yugo de los aztecas. El 
cacique añadió que el territorio íotoneca estaba formado 
de cerca de cien ciudades y pueblos, y que podía contar 
con cien mil guerreros (lo que era muy exagerado) (2). 
Otras provincias hay del imperio, añadió, en que es igual- 
mente odioso el gobierno de los aztecas; y entre nos- 
otros y la capital, media una república guerrera que siem- 

(1) «No venían sino a deshacer agravios y favorecer los presos, 
ayudar a los mezquinos y quitar tiranías.» Gomara, Crónica, ubi. su- 
pra. ¿No parece, al oír este lenguaje, que está uno leyendo las aventu- 
ras de Don Quijote de la Mancha, o de Amadis de Gaula? 

(2) Ibid, cap. XXXVI. 

Cortés, en esta segunda carta al emperador Carlos V, estima en 
50.000 el número de los hombres hábiles para la guerra. Relación 2. a , 
apud Lorenzana, pág. XL. 



336 W. H. PRESCOTT 

pre se ha mantenido independiente de México. Vuestra 
fama os ha precedido, y no me es desconocida vuestra 
terrible victoria en Tabasco. Mas con todo, miro con temor 
y sobresalto un rompimiento con el «gran Moteuczoma» 
(epíteto que nunca dejaba de darle), cuyos ejércitos pueden, 
a la menor provocación, desatarse desde las montañas del 
Occidente, y con la furia de un huracán arrastrar a nuestro 
mísero pueblo a la servidumbre y al sacrificio.» 

Cortés trató de tranquilizarle, diciéndole que un solo es- 
pañol era más fuerte que toda una hueste de aztecas; que 
él deseaba saber qué naciones querían ayudarle, no tanto 
en provecho de él, como de ellas, pues que le importaba 
distinguir a los amigos del enemigo, y saber a quién debía 
perdonar en la guerra de exterminio que se preparaba a 
emprender. Después de haber tranquilizado ai asombrado 
jefe, con aquella excelente y bien calculada bravata, se des- 
pidió de él afectuosamente y le aseguró que en breve vol- 
vería para que concertasen sus ulteriores providencias; 
pues entre tanto iba a visitar a su flota que había dejado en 
el puerto contiguo, y a proporcionarle donde estuviese se- 
gura y abrigada (í). 

Lo que acababa de saber causó gran satisfacción a Cor- 
tés; se confirmó en sus primeros planes, conoció que el in 
terior del país era mucho más débil de lo que se había fi- 
gurado. Si poco antes habría osado intentar ia destrucción 
del imperio azteca, armado sólo su brazo de caballero 
errante, ¿qué podría temer ahora que podía sublevar a me- 
dia nación para combatir con la otra media?... En el calor 
de aquel momento, su alma ardiente experimentó esa 
especie de entusiasmo que hace arrostrar con todos los 



(1) Las Casas, ubi. supra. Ixtlilxochitl, Hist. Chich., M. S., capí- 
tulo LXXXI. Oviedo, Hist. de las Ind., M, S., lib. 33. cap. 1. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 337 

obstáculos. Comunicó sus pensamientos al oficial que le 
acompañaba, y aún desde antes de dar un solo golpe, ya 
se imaginaba ver el pabellón de España, ondeando victo- 
rioso sobre las torres del palacio de Moteuczoma. [Mas en 
cuántos sangrientos combates tenían que pelear, cuántas 
privaciones y riesgos tenían que vencer antes de que pu- 
diese realizarse tan atrevido pensamiento I 

Al día siguiente, después de despedirse del indio hospi- 
talario, emprendieron los españoles su camino para Chia- 
huitztla (i), distante de allí cosa de cuatro leguas, cerca de 
donde estaba el nuevo puerto descubierto por Montejo, y 
donde a la sazón estaban ancladas las naves. El cacique les 
dio cuatrocientos cargadores, llamados tantanes ', para que 
trasportasen los bagajes. Los tales hombres bien cargaban 
caminando cinco o seis leguas diarias, sus cincuenta libras. 
Usábase este medio de trasporte en todo el imperio me- 
xicano; y a los españoles fué después muy útil, pues les 
alivió de una de las más pesadas cargas del servicio mili- 
tar. Los españoles atravesaron en su vuelta el mismo fértil 
y ameno país que había traído, y llegaron a la madrugada 
del día siguiente a la ciudad india, asentada en una triste y 
rocallosa eminencia que dominaba el golfo. Casi todos los 
habitantes habían huido, excepto quince de los princi- 
pales que se habían quedado, los cuales recibieron amiga- 
blemente a los españoles, ofreciéndoles sus cumplimientos 
de costumbre, que eran flores e incienso. El resto de los 
habitantes fué volviendo poco a poco, al paso que fueron 
perdiendo el miedo. Mientras Cortés estaba conversando 

(i) Con la ayuda de Clavijero, que era mexicano, es fácil rectificar 
numerosos yerros de ortografía que se encuentran en los antiguos 
escritores. Solís y Robertson llaman los dos a este lugar Quiabis- 
lan. Pero ciertamente son perdonables tales yerros tratándose de 
nombres tan bárbaros. 

22 



338 W. H. PRESCOTT 

con los jefes, llegó el digno cacique de Zempoalla, a quien 
habían traído en una litera; al punto tomó parte en la con- 
ferencia, por lo que confirmó Cortés sus ideas sobre la 
grandeza y recursos de la nación totoneca. 

En medio de la conversación vino a interrumpirla un 
movimiento súbito de la gente y la entrada de cinco per- 
sonas en la plaza en que estaban hablando. Por su altivo 
porte, por su peculiar y riquísimo vestido, parecía que no 
eran de la misma tribu que los totonecas. Tenían el cabe- 
llo negro y lacio, y anudado en la coronilla; traían ramille- 
tes de flores en las manos, estaban seguidos de muchos 
criados, algunos de ellos con varas con cerdas, y otros con 
abanicos para espantar las moscas y demás insectos que 
molestaban a sus amos. Al pasar por la plaza, apenas se 
dignaron de echar una mirada desdeñosa sobre los españo- 
les, casi sin contestar a sus salutaciones. Inmediatamente 
se les acercaron en gran confusión los jefes totonecas, que 
a porfía se empeñaban por dispensarles toda especie de 
atención y miramiento. 

El general preguntó muy asombrado a Marina: ¿qué sig- 
nificaba aquello? Ella le informó de que eran unos nobles 
aztecas, autorizados por Moteuczoma para recoger el tri- 
buto. Poco después regresaron los jefes, con el desaliento 
pintado en el semblante; confirmaron lo que había dicho 
Marina, y añadieron que los aztecas se habían indignado 
mucho de la amistosa acogida que les habían dado a 
los españoles, sin permiso del emperador, y que exigían en 
expiación de aquel delito, que les fuesen entregadas veinte 
víctimas entre varones y hembras para sacrificarlas a los 
dioses. Cortés mostró toda la ind'gnación que le causaba 
tamaña insolencia; previno a los totonecas que no sólo se 
rehusasen a aquella pretensión, sino que aprehendiesen a 
los recaudadores y se los trajesen a su presencia. Al prin- 



HISTORIA DK LA CONQUISTA DS MÉXICO 339 

cipio se resistían los totonecas; mas Cortés lo exigió 
tan perentoriamente, que por último no pudieron menos 
que apoderarse de Jas personas de los nobles aztecas, 
atarles de pies y manos y ponerles bajo una guardia que 
les custodiase. 

En la noche procuró el general español la fuga de dos de 
los prisioneros, e hizo que se los trajesen secretamente. 
Expresóles cuánto sentía la infamia que los totonecas ha- 
bían cometido con ellos; díjoles que él les proporcionaría 
la manera de escaparse y que al día siguiente solicitaría la 
libertad de los otros compañeros; encargóles que hiciesen 
presente a su monarca el miramiento que los españoles 
les habían guardado, bien que aquél había tenido la poca 
generosidad de dejarles perecer de hambre en sus áridas 
playas; envióles en seguida al puerto para que, por agua, 
les condujesen a otro puerto, de miedo de que los totone- 
cas cometiesen alguna nueva tropelía. Estos se indignaron 
al saber la fuga de los dos prisioneros, e indudablemente 
hubieran sacrificado a los restantes en el instante mismo, 
a no ser por la interposición del comandante español, que 
mostró el mayor horror al escuchar tal propósito, y que 
les mandó que enviasen a los que habían quedado, bajo 
una buena custodia, a bordo de las naves. Poco después 
les permitió ir a reunirse con sus compañeros. Esta artera 
conducta, tan característica en la política de Cortés, hizo 
en Moteuczoma todo el efecto que aquél se había espera- 
do. Ciertamente que no se puede decir que tal proceder 
fuese nada caballeroso, pero, ¡sin embargo, no han faltado 
entre los historiadores españoles quienes lo alaben y ca- 
nonicen! (i) 

(1) < Grande artífice, exclama Solís, de medir lo que disponía con 
lo que recelaba; y prudente capitán el que sabe caminar en alcance 
de las contingencias.» Conquista, lib. 2.°, cap. IX. 



34° W. H. PRESCOTT 

De orden de Cortés se mandaron mensajeros a todas 
las ciudades totonecas para referirles lo que había pasado, 
y prevenirles que no siguiesen pagando tributo a Moteuc- 
zoma; mas no se necesitaba de tales mensajeros, porque 
los aterrorizados sirvientes de los señores aztecas huyeron 
en todas direcciones esparciendo la nueva, que cundió 
como el fuego por todo el país, de la tremenda ofensa que 
acaba de sufrir la majestad de México. Los atónitos in- 
dios, embriagados con la dulce esperanza de recobrar su 
libertad, acudían en tropel a Chiahuiztla, a ver y a confe- 
renciar con los formidables advenedizos. Los más tímidos, 
desalentados al pensar que iban a provocar la ira de Mo- 
teuczoma, le enviaron una embajada para hacerle presente 
con cuánto desagrado habían visto aquellos efímeros des- 
manes; mas los amaños de Cortés les habían privado de 
toda esperanza de alcanzar perdón. 

Después de vacilar por algún tiempo se decidieron a 
abrazar la protección de los españoles y a esforzarse re- 
sueltamente por conquistar su libertad. Los jefes totone- 
cas juraron debida obediencia y vasallaje a los ¿oberanos 
católicos, de lo cual tomó razón, en debida forma, el no- 
tario público Godoy. Satisfecho Cortés de haber ganado 
tantos vasallos a la Corona de España, se encaminó poco 
después para el puerto designado, prometiendo antes de 
partir que volvería a Zempoalla, donde sólo había desem- 
peñado parte del asunto que a este país lo trajera (i). 

El lugar elegido para erigir la nueva ciudad, sólo dista- 
ba media legua de Chiahuiztla: estaba situado en una fértil 
y extensa llanura y ofrecía regular abrigo para los buques. 

(1) Ixtlilxochitl, Hist. chichi., M. S., cap. LXXXI. Reí. 2. a de Cor- 
tés, en Lorenzana, pág. 10. Gomara, Crónica, cap. XXXVI. Bernal 
Díaz, op. citato, caps. XLVI-XLVII. Herrera, Hist. Gen. de las Ind., 
dec. 2, lib. 5.°, caps X-XI. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DB MÉXICO 341 

Cortés designó, desde luego, el circuito de las murallas, el 
lugar donde se debía construir la fortaleza, el granero, las 
casas municipales, el templo y todos los demás edificios 
públicos. Los indios cooperaron a su fabricación, trayendo 
los materiales, como piedra, cal, madera y ladrillos secados 
al sol. Todo el mundo puso manos a la obra: el general 
mismo trabajaba en medio de los soldados para estimular- 
les con el ejemplo y con el mandato. Dentro de pocas se- 
manas quedó concluida la obra y erigida una ciudad, que 
si no enteramente digna del altisonante nombre que tenía,sí 
servía para más de aquello a que había sido destinada. Sir- 
vió, efectivamente, de punto de apoyo para las futuras 
operaciones militares; de retiro, para los soldados inválidos 
y aun para todo el ejército en caso de derrota; de depó- 
sito de todas las mercaderías recibidas o enviadas a la ma- 
dre patria; de puerto para estacionarse, y de fortaleza bas- 
tante para dominar toda aquella comarca (i). 

Esta fué la primera colonia, la madre fecunda de tantas 
otras de Nueva España. Se le contemplaba con placer por 
los indios, que bajo su sombra, esperaban alcanzar des- 
canso y amparo. ¡Ah, ellos no podían leer el porvenir, que 
entonces, no se habrían complacido en ver aquel precur- 
sor de una revolución más tremenda que cuantas les ha- 
bían predicho sus bardos y profetas! ¡No era el buen Quet- 
zalcoatl quien debía volver a recobrar su patria, trayendo 

(1) Carta de Veracruz, M. S., Bernal Díaz, op. cit., cap XLVIII. 
Oviedo, Hist. general de las Ind., lib. 33, cap. I. Declaración de Mon- 
tejo, M. S. No obstante las ventajas de su situación, a poco de la con- 
quista abandonaron los españoles la Villa Rica y se fueron a un lugar 
que está hacia el Sur, no lejos de la desembocadura del río de la An- 
tigua. Este segundo establecimiento era conocido con el nombre de 
Veracruz la vieja. A poco tiempo, en el siglo xvn, dejaron también 
este lugar por el llamado hoy Veracruz la nueva. (Humboldt, Essai 
politique, t. II, pág. 210.) 



342 



W. H. PRESC0TT 



por compañeros ia paz, la libertad y la civilizaciónl ¡Ver- 
dad es que sus cadenas iban a ser quebrantadas y sus agra- 
vios vengados con usura sobre los soberbios aztecas; pero 
Jo iban a ser por aquel brazo terrible que debía arrasar 
igualmente al opresor y al oprimido! ¡La luz de la civiliza- 
ción iba a inundar aquel suelo; mas aquella luz era tam- 
bién un fuego abrasador que debía palidecer y extinguir el 
brillo de su gloria guerrera, de sus instituciones y de su 
nombre! ¡La sentencia de muerte de la nación, había sido 
sellada por la mano del blanco al asentar la planta en 
aquel suelo! 



CAPITULO VIII 

Otra embajada azteca. — Destrucción de los ídolos. — Re- 
lación MANDADA A EsPAÑA. CoNSPIRvCIÓN EN KL CAMPA- 
MENTO. DESTRUCCIÓN DE LA FLOTA. 

(1519) 

Ciando más ocupados estaban los españoles en la fun- 
dación de la ciudad, llegó otra embajada del monarca az- 
teca. La noticia de la prisión de los colectores de las con- 
tribuciones, había cundido rápidamente por todo ei país, 
y cuaido llegó a la capital todos quedaron asombrados de 
la imprevista osadía de los extranjeros. Moteuczoma olvidó 
todos sus otros sentimientos, aún el del miedo, y se entre- 
gó a li más viva indignación; desplegando toda su acostum- 
brada energía en los vigorosos preparativos que hizo al 
punto para castigar a sus vasallos rebeides, y para vengar 
su ultrajada majestad. Mas luego que los magistrados azte- 
cas puestos en libertad por orden de Cortés, llegaron a 
México y refirieron el comedido tratamiento que habían 
recibido de Cortés, se mitigó la ira de Moteuczoma y co- 
menzaron a cobrar nuevo ascendiente sus temores supers- 
ticioscs; por lo que volvió a adoptar la misma tímida y 
conciliadora política que anteriormente. En consecuencia, 
mandó otra vez a los reales españoles una embajada forma- 



344 w - H - p«escott 

da de dos jóvenes sobrinos suyos y de otros cuatro anti- 
guos nobles de su corte; llevaban un regalo regio digno de 
la munificencia de Moteuczoma, que se componía de oro, 
ricas estofas de algodón y hermosas capas de plumaje^ o 
bordados de pluma. Al presentarse los embajadores ante 
Cortés y al entregarle los regalos que traían, le dieron las 
gracias a nombre de su señor por el servicio que le había 
hecho la libertad a sus nobles prisioneros; dijéronle que le 
había sorprendido y afligido saber que los españoles habían 
cooperado a la rebelión de sus infieles vasallos; que no du- 
daba que aquellos extranjeros serían los mismos cuya lla- 
gada les habían anunciado hacía mucho tiempo los oráculos, 
y que debían ser del mismo linaje que los naturales de 
aquella tierra (i); que por deferencia hacia los españoles 
no castigaba su soberano a los totonecas mientras aquellos 
estuviesen presentes; pero que el día de la venganza ttnía 
que llegar. 

Cortés trató a loa enviados indios, con cordial franqueza, 
procurando hacer tal ostentación de su poder, que al mis- 
mo tiempo que les entretuviese, hiciese en su ánimo una 
impresión profunda; en seguida los despidió despuís de 
hacerles algunos regalos insignificantes, y de darles w. re- 
cado para su amo, a quien debían asegurarle que pronto 
tendría el placer de pagarle personalmente sus visitas y de 
que quedasen allanadas las pequeñas desavenencia» que 
existían entre ambos. 

Los aliados totonecas, apenas podían creer lo qus esta- 
ban palpando, al saber lo que había pasado en esta sntre- 
vista, No obstante la presencia de los españoles, ejtaban 

(1) «Teniendo respeto a que tiene por cierto que somos lo jue sus 
antepasados les habían dicho, que había de venir a sus tierras e que 
debemos de ser de sus linajes.» Bernal Díaz, Hist. de la Cmq., ca- 
pítulo XLVIIL 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 345 

llenos de temores por la conducta osada que habían tenido 
antes; y su admiración se trocó en miedo al ver la influen- 
cia misteriosa que a tanta distancia ejercían los nuevos 
huéspedes sobre el indómito Moteuczoma (i). 

A poco de esto, recibieren una súplica del cacique de 
Zempoalla, para que le ayudasen en una contienda que ha- 
bía trabado con otro de las cercanías. Cortés acudió luego 
en socorro del primero, con una parte de las tropas. En el 
camino se robó un tal Moría, simple soldado raso, un par 
de aves; indignado Cortés de que se quebrantasen sus ór- 
denes expresas, y conociendo por otra parte lo importante 
que era conservar entre sus aliados, reputación de buena 
fe, mandó que ahorcasen al soldado a orillas del camino, 
en presencia de todo el ejército. Por fortuna de aquel des- 
graciado, estaba presente el futuro conquistador de Quiche, 
Pedro de Alvarado r quien se atrevió a cortar la soga, antes 
de que el soldado hubiese muerto. Probablemente juzgaría 
su libertador que lo hecho bastaba para servir de ejemplo, 
y que no se necesitaba perder la vida de un hombre, más 
siendo ellos tan pocos. Este suceso es notable porque prue- 
ba la rigorosa disciplina que guardaba Cortés, y las sólitas 
que se tomaban sus capitanes, quienes seguramente le veían 
casi como a igual y compañero; pero semejante espíritu de 
igualdad produjo la insubordinación, y puso al caudillo en 
la situación más difícil y comprometida. 

Ya al llegar a la ciudad enemiga, pero a algunas leguas 
de la costa, recibieron a Cortés amistosamente; y éste, que 
venía acompañado de sus aliados, tuvo la satisfacción de 
reconciliar sin efusión de sangre, a los miembros disiden- 
tes de la familia totoneca. Entonces se volvió a Zempoalla, 

(1) Gomara, Crónica, cap. XXXVII. Ixtlilxochiti, Hist. de Chich, 
M. S., cap. LXXXII. 



346 W. H. PRBSCOTT 

donde el pueblo le recibió con muestras de regocijo, pues 
ahora tenía de su moderación y justicia la misma idea que 
antes se había formado de su valor. En homenaje de su 
agradecimiento le regalaron ocho mancebas, ricamente ves- 
tidas con collares y otros adornos de oro, y con algunas 
esclavas para que les sirviesen. Eran hijas de los nobles 
principales, y el cacique instaba a los capitanes españoles 
para que las tomasen por mujeres. Cortés las trató galan- 
temente; pero dijo al cacique que era preciso bautizarlas, 
pues a los hijos de la Iglesia no era lícito tener comercio 
con idólatras (i). Declaróles públicamente que el grande 
objeto de su misión era arrancar a los indios de su abomi- 
nable paganismo, y pidió al señor totoneca que derribase 
sus ídolos y en su lugar pusiese los símbolos de la verda- 
dera fe. 

A esto replicó el otro, lo que la primera vez: que harto 
bueno eran aquellos dioses para e'los, y ni las persuasiones 
del general, ni las predicaciones del Padre Oímedo fueron 
partes a disuadirle. El politeísmo de aquellas gentes estaba 
mezclado con algunas nociones acerca de la existencia de 
un Ser Supremo e Infinito, Criador y Señor del Universo; 
por manera que no acertaba a comprender cómo podía 
este Ser haber venido en revestir la forma humana con to- 
das sus imperfecciones y miserias, y en bajar a la tierra a 
ser víctima voluntaria de los mismos a quienes su aliento 
había sacado de la nada (2). El cacique dijo, pues, termi- 

(1) cDe buena gana recibieran las doncellas como fuesen cristia- 
nas, porque de otra manera no era permitido a los hombres e hijos de 
la Iglesia de Dios, tener comercio con idólatras.» Herrera, Hist. gene- 
ral, Dec. 2, lib. 5.°, cap. XIII. 

(2) Ibidem, ubi. súpra. Las Casas, Hist. de las Ind., lib 3.°, capí- 
tulo CXX1I. 

Herrera ha puesto con este motivo una arenga tan edificante en 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 347 

nantemente a los españoles, que resistiría a cualquiera vio- 
lencia o ultraje contra sus dioses, los cuales los vengarían 
al instante, destruyendo y aniquilando a sus enemigos. Mas 
el celo de los cristianos estaba demasiado encendido para 
que pudiesen entibiarlo las réplicas o las amenazas. Duran- 
te su residencia en la tierra, habían ya presenciado más de 
una vez, los bárbaros ritos de los indios, sus crueles sacri- 
ficios de víctimas humanas, y sus asquerosos banquetes 
propios de caníbales (i). Su alma se había horrorizado de 
aquellos execrables espectáculos, así es que todos a una 
voz convinieron con su general cuando éste les dijo: «que 
el cielo no les ayudaría en su empresa si permitían tama- 
ñas atrocidades, y que por la parte que a él le tocaba, esta- 
ba resuelto a demoler al punto mismo los ídolos de los in- 
dios, aún cuando hubiese de costarle la vida». 

Diferir por más tiempo la obra de la conversión, era 
gran pecado, por lo que en aquel momento de entusiasmo 
desoyeron los consejos de la prudencia y los preceptos de 
la política. Casi sin esperar las órdenes del general, se diri- 
gieron los españoles a uno de los principales teocallis o 
templos, que se elevaban en forma de pirámide, con una 
escalera de varias gradas en medio por donde se subía a la 
cumbre. El cacique, que adivinó su intento, llamó a las ar- 
mas a todas sus tropas; los guerreros indios acudieron de 

boca de Cortés, que más le asemeja a un misionero que a un solda- 
do. ¿No será que le ha confundido con el Padre Olmedo? 

(1) Dice la Carta de Veracruz: «esto hemos visto algunosde nos- 
otros, y los que lo han visto dicen que es la más terrible y la más es- 
pantosa cosa de ver, que jamás han visto». Aún se expresa más enér- 
gicamente Bernal Díaz (cap. XV). La Carta de Veracruz calcula que se 
sacrificaban anualmente en cada uno de estos teocallis, a cincuenta o 
sesenta víctimas, por manera que en todo el país recorrido hasta en- 
tonces por los españoles, perecían de tres a cuatro mil víctimas. Por 
muy exagerado que sea este cálculo, el número es espantoso. 



348 W. H. PRESCOTT 

todas partes dando agudos gritos y haciendo gran ruido 
con sus armas; los sacerdotes, envueltos en sus negras tú- 
nicas de algodón, con sus largas cabelleras sueltas y man- 
chadas con sangre, cayendo desordenadamente sobre sus 
espaldas, vagaban como unos frenéticos entre los soldados 
y les exhortaban a que libertasen a sus deidades de la vio- 
lación que se quería inferirles. [Todo era ahora confusión, 
tumulto, hostilidad, cuando hacía un instante todo era paz 
y confraternidad! 

Cortés tomó luego prontas y violentas medidas que 
acostumbraba; mandó a sus soldados que aprehendiesen al 
cacique y a algunos de los señores sacerdotes; previno a 
éstos que aquietasen al pueblo, so pena de pagar con su 
vida, una sola flecha disparada contra los españoles; al 
mismo tiempo les hizo presente Marina, que resistir era lo- 
cura, y les recordó que si se malquistaban con los españo- 
les, se verían después expuestos sin defensa alguna a la te- 
rrible venganza de Moteuczoma. Parece que estas conside- 
raciones, meramente temporales, fueron de más peso en el 
ánimo del cacique, que otras de un orden espiritual; así es 
que, cubriéndose el rostro con las manos, exclamó que los 
dioses cuidarían por sí de vengar sus agravios. 

Los cristianos no fueron tardos en aprovecharse de 
aquella aquiescencia tácita; a una señal del general se pre- 
cipitaron cincuenta soldados a la escalera mayor del tem- 
plo, entraron en el recinto de éste cuyas paredes estaban 
ennegrecidas de sangre humana, arrancaron los enormes 
ídolos de su asiento y los arrojaron al atrio del edificio. 
Las formas fantásticas de aquelias imágenes tenían un sig- 
nificado simbólico que no conocían los españoles, a cuyos 
ojos aparecían como retratos de Satanás; echaron a rodar 
aquellos monstruos por las gradas del templo, en medio 
de las aclamaciones de júbilo de sus compañeros, y de las 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 349 

quejas y lamentos de los indios, y consumaron después 
aquel acto incendiando los ídolos en presencia de una mul- 
titud de espectadores que se habían congregado. 

Sucedió aquí lo que en Cozumel: que los totonecas, al 
ver que sus deidades no tenían poder bastante a impedir 
ni a vengar la profanación de sus aras, comenzaron a no te- 
ner fe en aquellos, comparados con los de los formidables 
y misteriosos extranjeros. De orden de Cortés limpiaron el 
techo y las paredes de los teocallis de sus inmundas man- 
chas; los albañiles indios lo cubrieron todo de una sólida 
torta de estuco, y se erigió un altar donde se colocó una 
elevada cruz, adornada con guirnaldas de flores. Inme- 
diatamente se formó una procesión, a que concurrieron al- 
gunos de los sacerdotes totonecas, que habían trocado sus 
negras vestiduras por otras blancas, y que llevaban en la 
mano antorchas encendidas; la imagen de la Virgen, ago- 
biada bajo el peso de las flores, fué colocada en el altar 
luego que acabó de subir la procesión por la escalera del 
templo. En seguida celebró la misa el padre Olmedo; y ya 
fuese lo imponente de la ceremonia, ya la persuasiva 
elocuencia del ministro, todo aquel heterogéneo auditorio, 
indios y españoles, prorrumpieron (si hemos de creer al 
cronista) en lágrimas y sollozos. El misionero protestante 
alumbra el oscurecido espíritu de su catecúmeno con la 
pálida luz de la razón; mientras que el misionero católico 
subyuga el ánimo con el tierno y terrible espectáculo de 
un Redentor agonizante, y levanta en el corazón de sus 
oyentes un torbellino de pasiones más poderosas que to- 
das las reflexiones. Domina los afectos de su catecúme- 
no, y esta es una influencia más fácil y más poderosa que 
la de la razón, cuando se ejerce sobre salvajes. 

Un soldado viejo, llamado Juan Torres, imposibilitado 
corporalmente, consintió en quedarse custodiando el san- 



350 W, H. PKESCOTT 

tuario, y en instruir a los indios en las ceremonias del 
cristianismo. Cortés, después de todo esto, abrazó a sus 
aliados los totonecas, que ya eran sus hermanos no sólo en 
armas, sino también en religión; y volvió a partir para Villa 
Rica, donde tenía todavía que arreglar algunas cosas antes 
de emprender su marcha para 3a capital (i). 

Se quedó asombrado al saber que durante su ausencia 
había llegado un navio español, con doce hombres y dos 
caballos. El comandante era un tal Saucedo, uno de esos 
aventureros marítimos, que había venido tras dé Cortés, 
en busca como él, de peligros y hazañas. Aquel refuerzo 
de reclutas, aunque pequeño, había llegado a tiempo. Por 
ellos supieron los españoles que el gobernador Velázquez 
había recibido de España el permiso de establecer una co- 
lonia en las tierras nuevamente descubiertas. 

Entonces resolvió Cortés ejecutar un plan que meditaba 
hacía largo tiempo; conociendo que todo lo que acababa 
de hacer en la colonia venía por tierra si no alcanzaba la 
sanción real, y conociendo también que el interés de Ve- 
lázquez, persona de grande influjo en la Corte, sería con- 
trariarle y perseguirle luego que supiese su escisión, 
resolvió ganarle por la mano y despachar un buque a Es- 
paña, con una relación dirigida al emperador, en que se le 
dijese lo extenso e importante de los recientes descubri- 
mientos, y se procurase obtener, si esto era posible, la ra- 
tificación de todo lo que se había hecho. Para mejor ganar- 
se el beneplácito del soberano, pensó que sería conveniente 
enviarle un riquísimo regalo, que le hiciese conocer cuan 
importantes eran los servicios que acababa de prestar a la 

(1) Las Casas, op. cit., lib. 3.°, cap. CXXII. Bernal Díaz, Hist. de la 
Conq., caps. LI-LII. Gomara, Crónica, cap. XLIX. Herrera, op. cit., 
Dec. 2, lib. 5.°, caps. XIII-XIV. Ixtlilxochitl, Hist. Chich., M. S., capí- 
tulo LXXXIII. 



HlSTOKIA DK LA CONQUISTA OE MÉXICO 351 

Corona. Calculando que no era bastante el quinto del rey, 
habló con sus capitanes y les persuadió a que dejasen la 
parte que les tocaba; igual manifestación hizo a los solda- 
dos, haciendo valer que su general había sacrificado de 
buena voluntad el quinto que le pertenecía, y que era nada 
menos que igual al quinto del rey mismo. Lo que cada 
soldado de por sí podía dar, era poco; mas lo que entre 
todos juntarían, formaba un regalo digno del monarca a 
quien se destinaba. Con aquel desprendimiento podían es- 
perar fundadamente que el rey aprobaría su conducta pa- 
sada y les favorecería en lo futuro; además de que aquel 
sacrificio del momento sería en breve superabundantemen- 
te recompensado con las riquezas que les esperaban en 
México. Se circuló entre los soldados un papei para que 
lo firmasen todos los que quisiesen donar su parte, debién- 
dose entregar a cada uno lo que le correspondiese, siem- 
pre que no se prestase a lo primero. Nadie se rehusó 
a firmar; ¡nueva prueba del dominio extraordinario que 
llegó a ejercer Cortés sobre aquellos hombres rapaces, que 
a una palabra suya entregaban aquellos verdaderos teso- 
ros, primer objeto de su azarosa empresa! (i) 

(1) Bernal Díaz, op. cit., cap. Lili. Ixtlilxochitl, Hist. Chich. M. S., 
capítulo LXXXII. Carta de Veracruz, M. S. 

En la Carta de Veracruz hay un inventario completo de todas las 
cosas mandadas por Moteuczoma. 

Las siguientes son solamente algunas de ellas: 

Dos collares de oro y piedras preciosas. 

Cien onzas de oro puro, para que vieran sus Altezas el estado en 
que se sacaba de las minas este metal. 

Dos pájaros de plumaje verde, con patas, picos y ojos de oro. 

Una gran cabeza de serpiente, de oro. 

Otro pájaro de plumaje verde, con las patas, el pico y los ojos 
de oro. 

Otros dos pájaros de hilo y plumas, con las plumas de las alas y 



352 W. H. PRESCOTT 

A este regalo adjuntó una carta al emperador, en que 
daba una relación completa de cuanto le había acontecido 
desde su salida de Cuba; de sus varios descubrimientos, 
batallas y comercio con los indios; de la conversión de es- 
tos al cristianismo; de los extraordinarios riesgos y peli- 
gros a que se había visto expuesto; algunos pormenores 
acerca de las tierras que había recorrido, y todo cuanto 
hasta allí había podido averiguar sobre la gran monarquía 
mexicana. Le hablaba de sus altercados con Velázquez, de 
la conducta del ejército con respecto a la colonización; y 
concluía suplicando al emperador, se dignase confirmar sus 
actos y ratificar su autoridad, asegurándole con plena con- 
fianza, que no le faltarían fuerzas, ayudado de sus animo- 



de la cola, las patas, ojos y extremos de los picos, de oro; ambos es- 
tán descansando en dos cañas cubiertas de oro, que nacen de unas 
bolas de pluma bordadas de oro, una de ellas blanca y la otra ama- 
rilla, pendiendo de cada una sieíe borlas de plumaje. 

Una gran rueda de plata del peso de cuarenta marcos; y otras mu- 
chas más pequeñas del mismo metal. 

Una caja de cuero bordada de plumas, con una gran lámina de oro, 
de setenta onzas de peso en la parte media. 

Dos piezas de estofas tejidas con pluma; otra de colores muy varia- 
dos, y otra con figuras blancas y negras. 

Una gran rueda de oro con figuras de animales raros, y bordada 
con penachos de hojas; del peso de tres mil ochocientas onzas. 

Un abanico de variadas plumas, con treinta y siete varillas cubier- 
tas de oro. 

Cinco abanicos ídem, cuatro de ellos con diez y el otro con quince 
varillas envueltas en oro. 

Diez y seis escudos de piedras preciosas con plumas de muchos co- 
lores, pendientes de su orla. 

Dos piezas de algodón finísimo, con bordados negros y blancos. 

Seis escudos, cada uno de ellos cubierto de una lámina de oro, y 
con una cosa en el centro algo parecida a una mitra. 



HISTORIA PE LA CONQUISTA DE MÉXICO 353 

sos compañeros, para hacer a la corona de Castilla dueña 
y señora de aquel grande imperio indio (i). 

Tal era el contenido de la famosa Carta primera de Cor- 
tés al Emperador Carlos V, que hasta aquí ha sido en vano 
buscar en las librerías de Europa (2). Que tal carta existió, 
lo prueban, indudablemente, tanto las referencias a ella, 
que se hacen en las cartas subsecuentes, como en los es- 
critos de la época (3). El contesto general de esa carta, nos 
lo ha hecho conocer Gomara, el capellán de Cortés. Segu- 
ramente se ha exagerado mucho la importancia de este do- 
cumento, que si pareciera algún día, poco añadiría proba- 

(1) «Una muy larga carta» , dice Gomara en el libre análisis que 
hace de ella en el cap. XL de su Crónica. 

(2) E! Dr. Robertson asegura que con este motivo fué registrada 
la Librería Imperial de"Viena. (Hist. de América, vol. II, nota 70.) No 
he sido yo más afortunado en las pesquisas que he hecho en el Museo 
Británico, en la Real Librería de París y en la de la Academia de His- 
toria en Madrid. Esta última es un gran repertorio de documentos re- 
lativos a la historia de las colonias; pero un examen escrupulosísimo 
de ella, me ha hecho conocer que la carta de que se trata falta en la 
colección. Como el emperador la recibió en la noche de su embarco 
para Alemania, y la Carta de Veracruz partió a este mismo tiempo, es 
probable que esté sepultada en Viena. 

(3) En el primer párrafo de su segunda carta al emperador, dice 
Cortés: «en una nao que de esta Nueva España de Vuestra Sacra Ma- 
jestad despaché el 16 de julio de 1519, envié a Vuestra Alteza muy 
larga y particular relación de las cosas hasta aquella sazón después 
que yo a ella vine, en ella sucedidas.» (Apud. Lorenzana, pág. 38.) 
«Cortés escribió, según él nos dijo, con recta relación, mas no vimos 
su carta>. (Bernal Díaz, Hist. de la Conq.. cap. Lili.) Véase también 
a Oviedo, Hist. de las lnd., cap. XXXíII, lib. 1.° Gomara, ubi. supra. 
A no haber tan decisivos testimonios, podía uno suponer que la tal 
carta era enteramente imaginaria o supuesta. Así es que en realidad de 
verdad, la copia del primer documento citado, la cual pertenece a la 
Academia Española de Historia, y tal vez el original de él, existen en 
Viena, llevan impropiamente el título de Primera Relación de Cortés. 

23 



354 W. H. PRESCOTT 

blemente, a lo que contiene la carta de Veracruz, que ha 
servido de base a esta parte de mi historia. Los autores de 
este documento sabían tanto como ei del otro; habiendo 
en él menos franqueza e integridad en la relación de los 
sucesos, que en la carta de Veracruz, pues según se dice, 
en la de Cortés no se hablaba de los descubrimientos he- 
chos por sus dos antecesores (i). 

Los magistrados de Villa Rica se ocupaban en lo mismo 
que Cortés y terminaban su carta con una enfática repre- 
sentación contra Velázquez, sobre cuya venalidad, extor- 
siones y exclusivo miramiento a sus intereses personales, 
así como del desprecio con que miraba los de sus sobera 
nos y los de sus propios compañeros, hablan clara y larga- 
mente (2). Imploran del Gobierno no que les nombre 
para dirigir la nueva colonia, lo que sería fatal para que la 
guerra se emprendiese con buen éxito, sino que nombre a 
Cortés, como la persona más a propósito por su experien- 
cia y conducta, para dar cima a tan gloriosa empresa (3). 

(1) Esta es una imputación de Bernal Díaz, fundada únicamente 
en noticias de oídas, pues él mismo confiesa no haber visto nunca la 
carta. 

(2) <Fingiendo mil cautelas, dice con toda urbanidad Las Casas, 
hablando de esta primera Carta, y afirmando otras muchas falsedades 
e mentiras.» (Hist. de las Ind., lib. 3.°, cap. CXXII.) 

(3) Este documento es de la mayor autoridad e importancia, como 
que procede de las personas mejor informadas de todo el ejército. 
Presenta una noticia completa de todo lo que se había encontrado en 
los países hasta entonces visitados, y de los molimientos hechos por 
el ejército hasta ia fundación de Villa Rica. Por otra parte, los histo- 
riadores se hacen merecedores de nuestra confianza por el tono cir- 
cunspecto de su narración. «Querer dar a Vuestra Majestad todas las 
particularidades de esta tierra y gente de ella, podría ser que en algo 
se errase la relación; porque muchas de ellas no se han visto más de 
por informaciones de los naturales de ella, y por esto no nos entrome- 
temos a dar más de aquello que por muy cierto y verdadero, Vuestras 



HISTOKIA DE LA CONQUISTA DK MÉXICO 355 

Juntamente con esta carta iba otra de los ciudadanos 
soldados de Veracruz, en que protestaban al monarca 
su debida sumisión, y le suplicaban aprobase todo lo que 
habían hecho y sobre todo que confirmase el nombramien- 
to de Cortés, para general de aquellos ejércitos. 

Elegir a los que habían de ir a España, era punto deli- 
cado; pues del resultado de esta embajada dependía la 
suerte de la colonia y de su jefe. Cortés confió la comisión 
a dos personas en quienes podía descansar; el uno Francis- 
co de Montejo, el antiguo partidario de Velázquez, y el 
otro, Alonso Hernández de Puerto-Carrero, pariente pró- 
ximo del conde de Medellín, quien podía favorecerle en la 
Corte. Enviáronse algunos manuscritos indios, juntamente 
con el tercero, el cual justificaba la aserción de los españo- 
les, que decían que «aquella tierra contenía tanto oro como 
la de donde sacó Salomón el necesario para el templo» (i). 
De los manuscritos, unos eran en algodón, otros en ma- 
guey; sus ininteligibles caracteres llamaron poco la atención 
de los conquistadores; y, sin embargo, considerados como 
pruebas de la cultura intelectual, eran más dignos de inte- 
rés para un filósofo, que no aquellas valiosas manufacturas 
que tan sólo probaban los adelantos mecánicos de la na- 
ción (2). Enviáronse también como muestra de lo que eran 

Reales Altezas podrán mandar tener» . La noticia dada por Velázquez 
debe ser tenida por testimonio de parte, y por lo tanto ser admitida 
con gran desconfianza, pues que era esencial para su propia vindica 
ción, la vindicación de Cortés. Esta Carta jamás se ha impreso; y el 
original existe, como arriba lo decimos, en la Librería Imperial de 
Viena. La copia que yo poseo, y que consta de más de 60 páginas en 
folio, está tomada de la que hay en la Academia de Historia de Madrid. 

(1) <A nuestro parecer se debe creer que hay en esta tierra, tanto 
cuanto en aquella de donde se dice baber llevado Salomón el oro para 
el templo». Carta Je Veracruz, M. S. 

(2) Pedro Mártir, que aventaja en ilustración a todos los escritores 



356 W. H. PRESCOTT 

los habitantes de aquellas tierras, a cuatro indios sacados 
de las jaulas donde se les había encerrado para sacrificar- 
los después. Escogióse para el viaje la mejor nave de toda la 
flota, se la tripuló con quince marineros y se la confió al 
piloto Alaminos. Debía pasar por el canal de Bahama, al 
Norte de Cuba, o Fernandina, como entonces se llamaba a 
esta isla, con orden de no tocar en ninguna de las del 
Océano Indico. Con estas instrucciones emprendió su de- 
rrotero la nave, a 26 de julio, yendo cargada de tesoros y 
de los buenos deseos de los habitantes de Villa Rica de 
Veracruz. 

Después de una rápida travesía tocaron en la isla de 
Cuba, contrariando expresamente las órdenes que lleva- 
ban, y anclaron enfrente de Marien, en la costa septentrio- 
nal de la isla; esto se hizo por complacer a Montejo, que 
quería visitar un plantío suyo que había dejado allí cerca. 
Estando anclados fuera del puerto, saltó a tierra uno de 
los marineros, y, atravesando la isla hasta llegar a Santia- 
go, difundió, por todas partes, nuevas acerca de la expedi- 
ción; por fin, llegaron a oídos de Velázquez. Era la prime- 
ra noticia que había tenido de la flota desde que había sa- 
lido, y al oír la narración del marinero, no pudo Velázquez 
reprimir las emociones de curiosidad, asombro e indigna- 
ción que agitaba su pecho en aquel momento. En el pri- 
mer rapto de su ira, descargó una tempestad de quejas e 
invectivas contra su secretario y tesorero, los amigos de 
Cortés que le habían recomendado para que le nombrase 
caudillo de la expedición. Después de desahogarse un poco 
de esta suerte, mandó dos naves veleras con orden de 



de su época, consagra medio capítulo al examen de los manuscritos 
indios, en los que encuentra las pruebas de una civilización análoga 
a la del Egipto. De Orbo Novo, dec. 4, cap. VIII. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 357 

apoderarse del buque rebelde, y caso de haber ya partido, 
de seguirle y alcanzarle. 

Mas antes de que estas embarcaciones llegaran, había 
volado el pájaro y caminado mucho por el anchuroso At- 
lántico. Lleno de indignación por esta nueva burla, escri- 
bió varias cartas en que se quejaba amargamente, dirigien 
do las unas a España y las otras a los frailes de San Jeró- 
nimo, residentes en Santo Domingo. Poco satisfactoria fué 
la respuesta que le dieron estos últimos, por lo que resolvió 
poner él mismo manos a la obra. Comenzó a aparejar otra 
escuadra formidable, más que igual a los de sus rebeldes 
enviados. Era infatigable en la realización de sus proyec- 
tos, no perdonando paso ni gasto para llevarlo a cabo; 
mas los preparativos eran tan grandes, que para acabar de 
hacerlos se necesitaban muchos meses. 

Entretanto, la otra navecilla proseguía felizmente su via- 
je; y después de tocar en una de las Azores, llegó, en el 
mes de octubre, al Cabo de San Lucas; siendo este viaje, 
por largo que en el estado actual de la náutica no parezca, 
bastante breve para aquellos tiempos. Dejemos para otro 
capítulo hablar de lo que aconteció con los emisarios cuan- 
do llegaron a la Corte, de la acogida que les hicieron en 
ella y de las sensaciones que produjeron sus noticias (i). 

Poco después de la partida de los comisionados, acon- 
teció un suceso de los más desagradables: Es el caso, que 
cierto número de personas, con el padre Juan Díaz, de 

(1) Bernal Díaz, óp. cit., caps. LIV-LVII. Gomara. Crónica, capí- 
tulo XL. Herrera, Hist. de las lnd., dec. 2, lib. 5.°, cap. XIV. Carta 
de Veracruz, M. S. 

Las numerosas noticias de Pedro Mártir procedían do sus con- 
versaciones con Alaminos y los dos enviados, poco tiempo después 
de su llegada a la Curte. De Orbe Novo, dec. 4, cap. VI, y en otras 
varias partes. Opus epistolarum (Amstelodami, 1607), cap. DCL. 



35^ W. H. PRKSCüTT 

cabecilla, bien fuese que no estuviesen conformes con el 
Gobierno de Cortés, bien porque no se encontrasen con 
ánimo bastante para acometer aquella empresa, tomaron 
un plan para apoderarse de una de las naves, largarse a 
Cuba corno mejor pudiesen y contar al gobernador lo que 
había acontecido con la escuadra. La conspiración se hizo 
tan secretamente, que ya tenían los rebeldes sus víveres, 
agua y demás avíos para el viaje y, sin embargo, nadie lo 
había descubierto; cuando, precisamente, la noche misma 
en que debían hacerse a la vela, reveló la conspiración uno 
de los que estaban en ella, y que se había arrepentido. Al 
instante ordenó el general que se aprehendiese a todos los 
implicados en el plan; se formó una averiguación, quedó 
en claro la culpabilidad de los cómplices: dos de ellos fue- 
ron condenados a muerte; el piloto, a perder los pies, y 
otros muchos, a ser azotados. Al sacerdote, aunque pro- 
bablemente el más culpable de todos, se le permitió huir, 
por haber reclamado los privilegios comunes de su estado. 
Uno de los condenados a la horca, fue Escudero, el mismo 
alguacil que, como ya se acordará el lector, aprehendió tan 
bruscamente a Cortés, fuera de un santuario, en Cuba (i). 
Cuéntase que al firmar el general las sentencias de muerte, 
exclamó: ¡Para qué aprendí a escribir! No era la primera 
vez que, en ocasiones semejantes, se hacía esta misma ex- 
clamación (2). 

Habiendo acabado de arreglar todo en Villa Rica, man- 

(í) Véase antes lib. 2.°, cap. II. 

(2) Bernal Díaz, op. cit., cap. LVII. Oviedo, Hist. de ¿as Ind., M. 5., 
libro 33, cap. IL Las Casas, op. cit.. lib. 3.°, cap. CXXII. Demanda de 
Narváez, M. S. Segunda Relación de Cortés, en Loreczana, pág. 41. 

Fué la exclamación de Nerón, referida por Suetonio. *Et cum de 
suplicio mjusdam capite damnati vi ex more subscriberet, admo- 
nerehir. quam vellem, inquit, nescire litteras!-» Lib. 6.°, cap. X. 



HISTORIA DJS LA CONQUISTA DE MÉXICO 359 

dó por delante a Alvarado, con gran parte de tropas, para 
Zempoalla, donde podía, dentro de poco, juntársele con 
el resto de ellas. Parece que el último suceso de la cons- 
piración le había causado una impresión profunda, porque 
ella le probaba que entre sus soldados había corazones tí- 
midos, en quienes no se podía confiar, y que podían sem- 
brar el disgusto y el desaliento entre sus compañeros; y 
que aun los más resueltos podían en lo sucesivo, por el 
más leve motivo de desavenencia, vacilar en su propósito, 
apoderarse de las naves y abandonar la empresa. Era ésta 
demasiado vasta y los enemigos demasiado formidables 
para que no causase temor la disminución del número de 
los compañeros, y la experiencia acababa de probar que 
esto podía verificarse fácilmente, mientras los medios de 
escaparse estuviesen a la mano (i). El mejor modo, pues, 
de precaver tamaño -riesgo, era quitar todos esos medios, 
y para esto, concibió la audaz resolución de destruir la 
flota sin que el ejército lo supiese. 

Cuando llegaron a Zempoalla comunicó su intento a 
unos pocos de sus más íntimos y seguros secuaces, quie- 
nes abrazaron con ardor las ideas del capitán. Por medio 
de estos agentes persuadió a los pilotos, mediante el oro, 
que es el argumento que más pesa en los hombres comu- 
nes, a que dijesen acerca del estado en que se encontra- 
ban las naves, cuanto pudiera convenir a su intento. De 
facto, dijeron que las embarcaciones estaban maltratadí- 
simas a causa de los vientos contrarios con que habían 

(1) «Y porque, dice Cortés, demás de los que por ser criados y 
amigos de Diego Velázquez, tenían voluntad de salir de la tierra; ha- 
bía otros que por verla tan grande, y de tanta gente, y tal, y ver los 
pocos españoles que éramos, estaban del mismo propósito; creyendo 
que si allí los navios dejase, se rae alzarían con ellos, y yéndose todos 
los que de esta voluntad estaban, yo quedaría solo.» 



36O W. H. PKKSCOTT 

luchado, y, lo que era todavía peor, que los gusanos ha- 
bían carcomido el casco de las naves hasta tal punto, que 
las más de ellas estaban inservibles para la navegación, y 
algunas, aun incapaces de flotar en el agua. 

Cortés recibió la noticia con sorpresa, porque, como 
dice Las Casas haciendo los amistosos comentarios que 
tiene de costumbre: «Cortés sabía disimular cuando así 
convenía a sus intereses.» — «Si tal sucede, exclamó, con- 
formémonos y hágase la voluntad de Dios» (i). Ordenó 
que les quitasen a cinco de las naves peor acondicionadas 
las jarcias, el velamen, el fierro y todo cuanto fuese mo- 
vible, y que en seguida se las echase a pique. Se registró 
a las demás, y habiendo encontrado cuatro de ellas en el 
mismo estado, se las condenó a la misma suerte. ¡Una 
sola nave quedaba! 

Cuando llegaron las noticias a Zempoalla, quedaron las 
tropas en la mayor consternación. ¡Se vieron de un solo 
golpe separados de sus amigos, de su familia, de su patria! 
Su esforzado corazón se consternó al contemplarse aban- 
donados en playas enemigas y un puñado de hombres 
combatiendo con un imperio formidable. Cuando supie- 
ron la destrucción de las cinco primeras naves, se confor- 
maron, porque la juzgaron indispensable, conociendo la vo- 
raz actividad de los insectos en aquellos mares. Mas cuan- 
do llegó la nueva de la destrucción de las cuatro restantes, 
comenzaron a desconfiar: conocieron que se les había en- 
gañado, y se levantó un murmullo sordo al principio, pero 
cada vez más manifiesto, que anunciaba una rebelión de- 

(1) «Mostró cuando se lo dijeron mucho sentimiento Cortés por- 
que sabía bien hacer fingimientos cuando le era provechoso, y res- 
pondióles que mirasen bien en ello, e que si no estaban para navegar 
que diesen gracias a Dios por ello, pues no se podía hacer más.» La» 
Casas, Hist. de las Ind., M. S., lib. 3.°, cap. CXXII. 



HISTORIA DK LA CONQUISTA DE MÉXICO 36 1 

clarada. Decían que su general les quería llevar como ove- 
jas al matadero (i). Las cosas a cada instante se ponían de 
peor aspecto; de suerte que jamás estuvo Cortés en mayor 
peligro de que le matasen sus propios soldados (2). 

Su presencia de espíritu no le abandonó en esta crisis. 
Convocó a todas sus tropas, y empleando más bien un tono 
de persuasión que de autoridad, les aseguró que el mal es- 
tado de las naves exigía su destrucción: que debían consi- 
derar que al ordenar que ésta se verificase, había hecho el 
mayor sacrificio, pues que eran todas de su propiedad y 
formaban toda su fortuna: que, por otra parte, se reforzaba 
el ejército con cien soldados útiles empleados antes en 
guardarlas; y que, finalmente, si se las hubiese conservado, 
de poca utilidad les habrían sido, pues si el éxito era feliz, 
para nada las necesitaban, y caso de ser desgraciado, iban 
a internarse tanto, que de nada le servirían tampoco. Su- 
plicóles que dirigiesen su pensamiento hacia otro rumbo; 
que buscar los medios y facilidad de escapar, es indigno de 
los valientes; que una vez puesta la mano en la obra, y en 
el estado en que se hallaban, retroceder sería arruinarse; 
que recobrasen su antigua confianza en ellos mismos y en 
su general, y que el éxito no sería dudoso. Por lo que a mí 
toca, les dijo, he tomado mi partido; permanecer aquí 
mientras tenga yo uno sólo que me acompañe; si hay algu- 
nos tan cobardes que se espanten de los riesgos que nos 
aguardan en esta gloriosa empresa, vayanse benditos de 
Dios a Cuba, allá pueden ir a contar cómo han abandonado 

(1) «Decían que los querían meter en el matadero.» Gomara. Cró- 
nica, cap. XLII. 

(2) «Al cabo, lo hubieron de sentir la gente, y aíana se le amotina- 
ron muchos, y este fué uno de los peligros que pasaron por Cortés de 
muchos que para matallo de los mismos españoles estuvo.» Las Ca- 
sas, zibi. supra. 



3Ó2 



W. H. PitESCOTT 



a su general y a sus camaradas, y a esperar con toda pa- 
ciencia a que volvamos cargados de los despojos de los az- 
tecas (i). 

El hábil orador había herido precisamente la cuerda que 
más vibraba en el pecho de sus oyentes. Conforme habló 
fueron olvidándose los antiguos resentimientos: la seducto- 
ra perspectiva de las futuras riquezas y de la gloria, volvió 
a presentarse ante sus ojos, animada y embellecida por la 
elocuencia de su general; corridos de su primera descon- 
fianza, revivió el entusiasmo por su caudillo, pues conocían 
que sólo bajo sus banderas podían caminar a la victoria; 
por manera que cuando concluyó su arenga, el aire resonó 
con los gritos de: ¡A México, a México! 

La destrucción de las naves es acaso el incidente más 
notable de la vida de este hombre extraordinario. Pocos 
son en verdad los ejemplos de este género que nos ofrece 
la historia; y en ninguno eran más precarias las esperanzas 
del triunfo, ni más desastrosas las resultas de una derro- 
ta (2). Si se hubiera malogrado aquella acción, se la habría 
llamado un rasgo de locura, y, sin embargo, era hija de un 



(1) «Que ninguno sería tan cobarde y tan pusilánime que quería 
estimar su vida más que la suya, ni de tan débil corazón que dudase 
de ir con él a México, donde tanto bien le estaba aparejado, y que si 
acaso se determinaba alguno de dejar de hacer, este se podía ir bendi- 
to de Dios a Cuba en el navio que había dejado, de que antes de mu- 
cho se arrepentiría y pelaría las barbas, viendo la buena ventura que 
esperábale sucedería.» Ixtlilxochitl, Hist. Chich., M. S., cap. LXXXIí. 

(2) Acaso el más famoso de estos ejemplos es el de Julián, quien 
en la malhadada expedición a Asiría, quemó la flota en que había pa- 
sado el Tigris. Este pasaje lo refiere Gilbon, quien demuestra satisfac- 
toriamente que la flota habría sido de más daño que provecho en el 
curso de las ulteriores operaciones. Historia de la decadencia y caí- 
da del imperio romano, vol. IV, pág. 117, de la excelente Edición de 
Müáii. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MKXICO 3^3 

cálculo profundo. Su caudal, su fortuna, su vida misma, 
todo lo había arriesgado y era preciso afianzarlo; no cabía 
alternativa entre morir o perecer, y la medida tomada au- 
mentaba mucho las probabilidades del triunfo; pero llevar- 
la al cabo al frente de una soldadesca desatada y desespe- 
rada, fué un acto de resolución de que pocos ejemplos 
ofrece la historia (i). 



Fray Bartolomé de Lis Casas, obispo de Chiapa3, cuya 
Historia de las Indias ha sido una de las más importantes 
autoridades para la formación de las páginas que anteceden, 

(1) La noticia de la destrucción de las naves que refiero en el tex- 
to, no está acorde con Bernal Díaz, quien dice que la flota fué destrui- 
da con entero conocimiento y aprobación del ejército, aunque fué 
propuesta por Cortés. (Op. cit., cap. LVIII.) Esta opinión ha adoptado 
Robertson en su Historia de América, vol. II, págs. 253-254. Cuesta 
trabajo apartarse del dictamen del verídico Bernal Díaz, principalmen- 
te cuando su dicho ha sido acogido por el juicioso historiador de Amé- 
rica; mas Cortés expresamente declara en su carta al emperador, que 
ordenó la destrucción de las naves sin conocimiento de sus tropas, de 
temor de que los tímidos y desafectos se aprovechasen con el tiempo 
de los medios de irse, si les quedaban expeditos. (Relación segunda 
de Cortés en Lorenzana, pág. 41.) Los hidalgos Montejo y Puerto-Ca- 
rrero dijeron en sus declaraciones que Cortés había mandado la des- 
trucción de la flota por los informes que le dieron los pilotos. (Decla- 
raciones, M. S.) 

Narváez en su demanda, y Las Casas, hablan de aquel hecho, des- 
aprobándolo desmedidamente, y acusando a Cortés de haber cohecha- 
do a los pilotos, para que horadando los cascos de las naves las inuti- 
lizasen. (Demanda de Narváez, M. S. Las Casas. Hist. de las Ind., M. S , 
libro 3.°, cap. CXXII.) Lo mismo refiere Oviedo, aunque calificando el 
hecho de otra manera. (Hist. de las Ind., M. S., lib. 33, cap. II. Go- 
mara, Crónica, cap. XLII, y Pedro Mártir, de Orbe Novo, dec. 5, capí- 
tulo I); autoridades todas bastante competentes. Este hecho tan ex- 



364 w - H - PRBSCOT-T 

fué uno de los hombres notables del siglo xvi. Nació en 
Sevilla en 1474; su padre acompañó a Colón en clase de 
soldado raso a su primer viaje al Nuevo Mundo, habiendo 
adquirido en su carrera las proporciones bastantes para po- 
ner a su hijo en la Universidad de Salamanca. Durante la 
residencia de éste en aquel lugar, le sirvió un indio que su 
padre había comprado en Santo Domingo; por manera que 
el infatigable abogado de la libertad comenzó su carrera 
por ser amo de un esclavo; mas no duró éste en esa con- 
dición por mucho tiempo, pues le libertó a poco el gene- 
roso edicto de Isabel la Católica. 

En 1498, concluyó sus estudios en leyes y teología, re- 
cibió el grado de licenciado, y en 1502, acompañó a 
Oviedo en la armada más soberbia que hasta entonces se 
había dirigido al Nuevo Mundo. Ocho años después, fué 
consagrado de presbítero en la Isla de Santo Domingo; su- 
ceso algo notable, pues fué la primera persona que se con- 
sagró en las colonias. Cuando ocuparon a Cuba los españo- 
les, pasó a esta isla, donde obtuvo un curato de poca 
cuantía; sin embargo, muy en breve se hizo conocer del 
gobernador Velázquez, por la exactitud con que desempe- 

traordinario, suponiéndolo obra de la voluntad de un solo hom- 
bre, se hace increíble cuando se le considera emanación de muchas 
voluntades independientes. No es muy improbable que Bernal Díaz, 
por ser uno de los más adictos a aquella causa, haya sido uno de los 
que supieron el intento de Cortés. El veterano puede haber olvida- 
do después de muchos años de acontecido el suceso, alguna parte de 
él; y celoso de hacer partícipe al ejército de la gloria de aquella ex- 
pedición, gloria que el general se atribuía enteramente haber queri- 
do distribuir entre sus camaradas la fama de una hazaña que en este 
caso pertenecía -enteramente a Cortés; pero sea cual fuere el mo- 
tivo de su discrepancia, su solo y único testimonio, no puede' contra- 
pesar al de todos sus contemporáneos, tan competentes como él, para 
saber la verdad de los sucesos. 



HISTORIA DB LA CONQUISTA DB MÉXICO 3^5 

naba sus deberes, y, sobre todo, por la influencia que mer- 
ced a su carácter manso y benévolo, ejercía en los indios. 
Mediante la amistad con el gobernador, tuvo Las Casas 
oportunidad de aliviar la condición de la raza conquistada, 
consagrando desde entonces todas sus fuerzas a la conse- 
cución de este grande objeto. Por aquel tiempo estaba en 
todo su vigor el sistema de repartimiento, establecido poco 
después del descubrimiento de Colón, y la raza aborígena 
desaparecía con espantosa rapidez, bajo la influencia de 
aquel sistema opresor, que no tiene muchos que compa- 
rarle en la historia de la humanidad. Las Casas, lastimado 
del espectáculo diario de la miseria y del crimen, se em- 
barcó para España, para ver si conseguía la reparación de 
algunas de aquellas injusticias. Fernando murió poco des- 
pués de su llegada; Carlos estaba ausente; la monarquía, 
regida por el cardenal Ximénez, quien dio oídos a las que- 
jas del misionero y con aquella energía que le era propia, 
nombró una Comisión compuesta de tres frailes de San 
Jerónimo, con plenos poderes, como lo hemos dicho en 
el texto, para reformar todos los abusos. Las Casas fué 
condecorado por su celo, con el título de «Protector de los 
indios». 

Los nuevos visitadores desempeñaron su encargo con 
mesura y discreción; pero era aquel extremadamente difí- 
cil, pues que requería tiempo para introducir la reforma de 
abusos ya arraigados. El ardiente e impetuoso Las Casas, 
despreciando las amonestaciones de la prudencia, atrepe- 
llando todos los obstáculos, e irritado de aquella conducta 
que él calificaba de tolerante y tibia, como no se tomaba el 
trabajo de disimular su desagrado, muy en breve se puso 
en desavenencia con los visitadores; por lo que resolvió 
volverse a !a madre patria, a instar al Gobierno para que 



366 W- H- PRESCOTT 

tomase otras medidas que procurasen más eficazmente la 
protección de los indios. 

Encontró el reino bajo la dirección de los flamencos, 
quienes desde el principio mostraron sumo horror a los 
abusos que se cometían en las colonias, y que, en dos pa- 
labras, parecían resueltos a no permitir otras extorsiones 
ni robos, más que los cometidos por ellos mismos. Fácil- 
mente accedieron por lo tanto a las solicitudes de Las Ca- 
sas, quien propuso aliviar la suerte de los indios, enviando 
labradores españoles, e introduciendo en las islas esclavos 
negros. Esta última proposición ha acamado graves cargos 
sobre su autor, a quien se acusa de haber sido el introduc- 
tor de la esclavitud en el Nuevo Mundo. Otros con no 
menos sin razón, han pretendido vindicarle de aquella 
imputación, negando el hecho enteramente. Mas desgra- 
ciadamente para estos últimos, él consta en la Historia de 
las Indias del mismo Las Casas, quien confiesa con gran 
humildad y profundo arrepentimiento, que su opinión en 
aquella vez estaba apoyada en fundamentos erróneos, 
porque, como francamente lo confiesa, «una misma iey se 
debía aplicar al indio igualmente que al negro». Pero lejos 
de haberse establecido entonces la esclavitud en las Islas, 
la introducción de negros en ellas, data de principios del 
siglo. La habían propuesto las más sabias y benévolas per- 
sonas, con el objeto de aliviar los padecimientos de los na- 
turales; pues el negro por su misma constitución robusta 
puede soportar mejor la inclemencia del clima y las pe- 
nalidades del trabajo, que no el débil y afeminado isleño. 
Aquella medida fué sugerida por un sentimiento de huma- 
nidad, aunque extraviado; y considerando la época y cir- 
cunstancia en que la propuso Las Casas, debe echarse en 
olvido, y más si se considera que cuando fué ilustrándose, 



HÍSTORI.. DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 307 

mostró el más sincero arrepentimiento por haber dado in- 
consideradamente aquel consejo. 

Ya se había hecho el experimento propuesto por Las 
Casas; pero no exactamente, a causa de la apatía de Fon- 
seca, presidente del Consejo de Indias; así es que no tuvo 
buen resultado. El buen misionero propuso luego otro 
distinto y más atrevido sistema. Pidió que le diesen una 
gran porción de tierra en la Tierra Firme, junto a las fa- 
mosas pescas de perlas, para plantear allí una colonia y 
convertir a los indios al cristianismo. Exigió como condi- 
ción precisa que no interviniese en ella ninguna de las 
autoridades de las Islas, y, sobre todo, ninguna fuerza mili- 
tar, pues confiaba a medios enteramente pacíficos, la reali- 
zación de sus proyectos. Pidió que le acompañase cierto 
número de labradores españoles, atraídos por algún dona- 
tivo del Gobierno, ycincuenta frailes dominicos que usasen 
un traje especial y enteramente diverso del de los españo- 
les, para que los indios creyesen que aquéllos no pertene- 
cían a la raza de éstos. Semejante proposición fué califica- 
da de quimera por muchos, cuyas opiniones en la materia 
eran dignas de crédito, quienes dijeron que los indios eran 
por su propia naturaleza incapaces de civilización. La cues- 
tión era de tal importancia, que Carlos V mandó que se 
tuviesen a su presencia las discusiones relativas a ella. Pri- 
meramente habló el contrario de Las Casas, quien cuando 
respondió, inflamado por la noble causa que sustentaba, y 
sin que le contuviese la augusta presencia del monarca, ex- 
clamó con favorosa elocuencia: «la religión cristiana es in- 
variable en sus efectos y aplicable a cualquiera nación del 
orbe; no priva a nadie de su libertad; no viola los derechos 
de nadie so pretexto de ser esclavo por su naturaleza; V. M. 
llega a desterrar de vuestros reinos esta monstruosa opre- 



368 W. H. PRESCOTT 

sión, desde el principio de vuestro Gobierno, permita el 
Altísimo que reine por largos y gloriosos años». 

Por fin prevalecieron las opiniones de Las Casas, se le 
dieron los operarios y demás recursos necesarios para el 
establecimiento de la colonia, y en 1520 se embarcó para 
América. Pero sus proyectos se frustraron desgraciadamen- 
te, porque el terreno que le dieron estaba cerca de un esta- 
blecimiento de españoles, quienes ya habían cometido va 
rios actos de violencia, que habían ocasionado alzamientos, 
para cuya represión había usado últimamente dé la fuerza 
el joven almirante; por manera que todo el pueblo entre 
quien quería aparecer Las Casas, como enviado de paz, es- 
taba actualmente en lo más sangriento de una lucha traba- 
da contra sus compatriotas. En espera de que se calmaran 
aquellas turbulentas escenas, comenzaron los labradores 
que había traído consigo Las Casas, a dispersarse deses- 
perados de no poder efectuar su proyecto. Por último, 
después de otra tentativa para llevar adelante su plan de 
colonización, viéndolo enteramente frustrado, renunció a él 
su desgraciado autor, y agobiado de pesar, se refugió al 
convento de Santo Domingo, en la Isla del mismo nom- 
bre. No se puede poner en duda que cooperaron muchas 
circunstancias desfavorables, al mal éxito de la empresa; 
pero no es posible tampoco desconocer, tanto en el pro- 
yecto mismo, como en la manera de ejecutarlo, la mano 
de un hombre más versado en los libros que en el conoci- 
miento práctico de los hombres; de un hombre que en el 
retiro de un claustro había meditado y madurado sus pla- 
nes de beneficencia; pero sin tomar en cuenta los obstácu- 
los que podían oponerse a su realización, y que confiaba 
en que en los demás hombres encontraría el mismo entu- 
siasmo generoso que inflamaba su pecho. 

En medio de su desgracia encontró grandísimos consue- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 369 

los y simpatías en sus hermanos de Santo Domingo, quie- 
nes en todas ocasiones se mostraron abogados celosos de 
los indios, y tan ardorosos campeones de la causa de la 
libertad en el Nuevo Mundo, como enemigos implacables 
de ella habían sido en el Antiguo. Las Casas entró a poco 
tiempo en su orden, y se consagró por muchos años en el 
retiro de su monasterio, al cumplimiento de sus deberes 
espirituales y a la formación de varias obras, todas ellas 
dirigidas más o menos a vindicar los ultrajados derechos 
de los indios. Allí es donde comenzó su grande obra, la 
Historia General de las Indias i que continuó, con algunos 
intervalos de descanso, desde 1527, hasta pocos años antes 
de morir. No empleaba, sin embargo, todo su tiempo en es- 
tas labores; que también entró en varias misiones trabajo- 
sas. Predicó el Evangelio entre los indios de Nicaragua y 
Guatemala, logrando convertir y someter con sólo su elo- 
cuencia, a varias tribus bárbaras que habían resistido a la 
fuerza. En todas estas labores espirituales era auxiliado por 
sus hermanos los Dominicos. Por último, en 15 39 volvió a 
cruzar los mares para solicitar auxilio y compañeros entre 
los miembros de su Orden. 

Grandes cambios se habían verificado en el cuerpo que 
regía a las colonias. El mezquino Fonseca, que a decir ver- 
dad, durante su larga administración, se mostró enemigo 
de todo gran nombre y de toda medida importante con- 
cerniente a los indios, había muerto. A la sazón era presi- 
dente del Consejo de Indias, Loayza, confesor de Carlos V. 
Este funcionario, que era general de los Dominicos, dio 
fácil audiencia a Las Casas y acogió de buena voluntad sus 
propuestos planes de reforma. Carlos, entonces anciano, 
sintió todo el peso de la responsabilidad que le cabía por 
su conducta pasada, y resolvió reparar los males de sus 
subditos americanos, no tolerando por más tiempo los abu- 

24 



370 W. H. PRESCOTT 

sos que con ellos se habían cometido. El estado de las co- 
lonias era el asunto de todas las discusiones, no sólo en el 
Consejo, sino también en la Corte; y el interés que se to- 
rnaba por su suerte, era cada día más patente. Las Casas 
promovió aquel cambio de ideas por medio de la publica- 
ción de varios escritores, y principalmente de su «brevísima 
relación de la destrucción de las Indias» , en la cual presen- 
ta desnudas las multiplicadas atrocidades que cometieron 
sus compatriotas en la prosecución de sus conquistas en el 
Nuevo Mundo Es una narración que parte el alma; parece 
que cada línea ha sido escrita con sangre, pero por muy 
honoríficos que sean para el autor los motivos por que la 
escribió, valía más que jamás la hubiese escrito. Tenía cier- 
tamente razón para no perdonar a sus compatriotas, para 
pintar con su verdadero colorido las maldades que habían 
cometido, y para con aquel cuadro horroroso despertar la 
atención de la nación española y de los que la gobernaban, 
hacia aquel camino de iniquidad que se presentaba más 
allá de ios mares; mas para conseguir mejor este objeto, 
prestó oídos fáciles a todo lo que se decía de la violencia 
y rapacidad de los españoles, y lo exageró tan monstruo- 
samente, que casi incurrió en el ridículo. La rara extrava- 
gancia de sus cálculos numéricos, basta para enajenarle 
enteramente nuestra confianza tratándose de la exactitud 
de sus cómputos en general, y más cuando la verdad des- 
nuda era demasiado horrible por sí misma para necesitar 
de exageraciones. La obra gozó de gran boga entre los ex- 
tranjeros, fué traducida en varias lenguas e impresa con lá- 
minas, como para pintar al vivo las atrocidades que se re- 
ferían en el texto. Entre sus compatriotas excitó diferentes 
sentimientos, y particularmente entre las gentes de las co- 
lonias que se consideraban el blanco de aquellas ocultas 
pero abultadas imputaciones; por manera que después 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 37 1 

contribuyó no poco aquella obra al despego y aún al re- 
sentimiento de aquellas gentes, y disminuyó en propor- 
ción la influencia y utilidad que sin esto habría ejercido 
Las Casas. 

Sus rectas intenciones, sus miras ilustradas y su larga 
experiencia, granjearon a Las Casas una bien merecida 
reputación en su patria. Eran visibles las importantes re- 
formas hechas entonces en el régimen colonial, principal- 
mente en lo tocante a los aborígenas. Las nuevas leyes 
tenían por objeto manifiesto la libertad de aquella raza 
desgraciada, sin que fuera lícito desconocer en la sabiduría 
y humanidad de sus disposiciones, la mano benéfica del 
protector de las Indias. La historia de la legislación colo- 
nial de España, es la de los impotentes esfuerzos de un 
gobierno para proteger a los colonos de la avaricia y 
crueldades de sus subditos; es una nueva prueba de que un 
imperio poderoso en el centro, como era poderosa España 
en aquel tiempo, puede dilatarse tan extensamente, que la 
influencia del gobierno apenas pueda sentirse en las extre- 
midades. 

El Gobierno quiso dar una prueba de cuánto estimaba 
los distinguidos servicios de Las Casas, promoviéndole a 
la silla episcopal de Cuzco, uno de los más ricos obispados 
de las colonias; pero el alma desinteresada del misionero 
no codiciaba ni riqueza ni distinciones; así es que renunció 
sin vacilar el beneficio que le proponían. No obstante, no 
pudo rehusar el Obispado de Chiapas, porque por la po- 
breza e ignorancia de sus habitantes ofrecía campo an- 
churoso a las tareas espirituales del buen misionero; así es 
que en 1 544> aunque tenía setenta años de edad, se cargó 
de aquellas nuevas obligaciones, y pasó por quinta y últi- 
ma vez a las playas de América. 

Antecedióle su fama; los colonos miraban con temor su 



372 W. H. PRESCOTT 

venida, pues no ignoraban que él era el autor del Nuevo 
Código, que tanto menoscababa sus antiguas inmunidades, 
y temían que se empeñase en hacerlo cumplir estricta- 
mente. En todas partes recibían a Las Casas fríamente, y 
aún en algunas le amenazaron con la violencia; mas le pre- 
servaron de todo ultraje su venerable aspecto, sus fervoro- 
sas acusaciones hijas tan sólo de la convicción, y su gene- 
rosa abnegación de sí mismo. Sin embargo, de todo esto, 
nunca condescendió en mitigar a sus contrarios, haciéndo- 
les lo que él juzgaba concesiones indignas, y llevó el rigor 
hasta el extremo de negar los sacramentos a todo el que 
conservaba a algún indio en cautiverio. Esta conducta im- 
prudente ultrajó no sólo a los colonos, sino aún a sus mis- 
mos hermanos de la Orden. Tres años transcurrieron en 
incesantes e inútiles altercados; los españoles, entre tanto, 
para usar de sus mismas expresiones «obedecían a la ley, 
pero no !a cumplían»; y apelaron a la Corte para que re- 
formase las instrucciones; mientras que el obispo a quien 
ya no auxiliaban sus hermanos, mirado de reojo por los 
magistrados y ultrajado por el pueblo, dejó un puesto en 
que ya no podía ser útil su presencia, y regresó a su 
patria a pasar en paz los días de vida que aún le que- 
daban. 

No obstante, aunque encerrado en su convento, no pasó 
el tiempo en ociosa reclusión. Volvió a aparecer como 
campeón de la libertad de los indios, en la famosa contro- 
versia que sostuvo contra Sepúlveda, uno de los más suti- 
les escolásticos de su tiempo, y muy superior a Las Casas 
en elegancia y corrección, aunque éste le aventajaba en 
lógica y solidez, en aquella cuestión en que la justicia es- 
taba de su parte. En sus treinta proposiciones, como se les 
llamaba entonces, abrazó Las Casas los diversos pun- 
tos de la cuestión; sostuvo que la infidelidad en materias 



HISTORIA ÜE LA CONQUISTA DE MÉXICO 373 

de religión, no privaba a los pueblos de sus derechos polí- 
ticos; que la Santa Sede, al dar a los monarcas católicos el 
Nuevo Mundo, sólo había querido conferirles el derecho 
de convertir al cristianismo a los infieles, y de ejercer so- 
bre ellos, por este medio, una pacífica autoridad, que cual- 
quiera otra que no fuese ejercida en este sentido, era in- 
válido. Sostener tal cosa era minar los fundamentos del 
poder de Castilla, tal como la ejercía; mas el desinterés de 
Las Casas, el respeto que se profesaba a sus principios, 
impidieron que la Corte se ofendiese de ellos a su última y 
legítima conclusión. Así, pues, sucedió que mientras a su 
adversario se le impidió la publicación de sus escritos 
Las Casas tuvo la satisfacción de ver los suyos circular 
impresos por todas partes. 

Desde entonces, distribuyó su tiempo en sus deberes 
religiosos, en el estudio y la composición de sus obras, 
principalmente de su Historia. Su constitución física, natu- 
ralmente fuerte, había sido robustecida por una vida tem- 
plada y laboriosa; de manera que sus facultades intelectua- 
les permanecieron ilesas hasta lo último. Murió de una bre- 
ve enfermedad en julio de 1566, a la avanzada edad de no- 
venta y dos años, en su monasterio de Atocha, en Madrid. 

El carácter de Las Casas puede inferirse de lo que fué 
su vida. Era uno de esos hombres privilegiados a quienes 
se revelan esas grandes verdades morales, las cuales, como 
que son luces del cielo, permanecen siempre invariables e 
inmutables; pero que aunque vulgares hoy, en aquellos 
tiempos oscuros quedaron ocultas de todos, menos de 
unos pocos espíritus penetradores. Las Casas era un refor- 
mador, y tenía todas las virtudes y defectos de tal; estaba 
inspirado de una idea grande y gloriosa, que fué como la 
llave de todos sus pensamientos, de todas sus palabras, de 
todas sus acciones durante su larga vida. Esta idea es la 



374 w . H - prescott 

que le daba esfuerzo para lanzar la áspera voz de la censu- 
ra y el vituperio en presencia de los príncipes; la que le 
hacía desafiar las amenazas de un populacho enfurecido; 
cruzar los mares, atravesar los desiertos, recorrer los mon- 
tes, soportar las indiferencias de sus amigos, la hostilidad 
de sus adversarios, despreciar la censura, los insultos y las 
persecuciones; la que le hacía olvidar los obstáculos, con- 
fiar crédulamente en la cooperación de los demás; la que 
animaba sus discusiones, aguzaba sus inventivas, empapaba 
su pluma en la hiél de la vituperación personal, le inducía 
a groseras exageraciones y a pinturas recargadas, le hacía 
creer con ciega confianza en todo lo malo, y le volvía mal 
consejero y desgraciado en ía práctica común de las cosas 
del mundo. Los motivos que le impulsaban eran puros y 
sublimes; pero no siempre es digna de alabanza la manera 
de llevarlos a cabo. Tal es el dictamen, no sólo de los co- 
lonos que como personas interesadas pueden no ser teni- 
das por imparciaies, sino también el de los individuos de 
su misma profesión, el de personas de alta categoría y de 
intachable integridad, sin contar el de los misioneros que 
tomaron parte con él en aquella buena obra; estos, en sus 
escritos y conversaciones familiares, acusaban a Las Casas 
de ser de un carácter orgulloso e intolerante que pervertía 
su juicio y le hacía ligeramente prevenciones hostiles con- 
tra quien quiera que le consideraba o que siquiera no era 
de su mismo dictamen. En suma, Las Casas era un hombre; 
pero si bien tenía los defectos propios de la humanidad, 
tenía también virtudes que rara vez le pertenecen. El mejor 
panegírico que se puede hacer de su carácter es la estima- 
ción de que gozaba en la corte del soberano. Cuando su 
último regreso de América, le concedió una pensión libe- 
ral, que él destinaba casi enteramente a objetos de caridad. 
Ninguna medida importante concerniente a los indios, se 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 375 

tomaba sin su parecer. Tuvo la dicha de ver durante su 
vida, los frutos de sus esfuerzos por mejorar la condición 
de aquellos desgraciados, y la propagación entre el pueblo 
de las grandes verdades que tanto empeño había tomado 
en inculcar. ¿Quién es capaz de decir de cuánto habrán ser- 
vido los escritos de este ilustre filántropo, a los que después 
siguiendo su ejemplo, han consagrado sus raciocinios y sus 
esfuerzos a la mejora y alivio de los hombres perseguidos? 
Sus obras fueron numerosas, muchas de ellas no muy 
largas; unas se imprimieron en vida del autor, otras después 
de su muerte, especialmente en la traducción francesa de 
Llórente. La grande obra que le ocupó con intervalos por 
más de treinta años, fué la Historia General de las Indias, 
que aún permanece manuscrita. Está repartida en tres vo- 
lúmenes y dividida en otras tantas partes, y comprende la 
historia colonial, desde el descubrimiento por Colón hasta 
el año de 1520. El estilo de la obra, como el de todos los 
escritos de Las Casas, es incorrecto, inconexo y excesiva- 
mente difuso; abunda en repeticiones, en digresiones ex- 
temporáneas y en cintas pedantescas; pero al mismo tiem- 
po brotan de todas partes pasajes de otra especie entera- 
mente diversa; y cuando el autor está animado del deseo 
de revelar algún grande agravio hecho a los indios, su len- 
guaje sencillo es casi elocuente y expone y defiende con 
ardor aquellos grandes e inmutables principios de justicia, 
tan poco conocidos en su tiempo. Su defecto como histo- 
riador consiste en que escribe la historia como lo escribía 
todo, bajo la influencia de una idea dominante siempre está 
abogando por la causa de los indios perseguidos. Esto da 
su mismo colorido a todos los sucesos que pasaron a su 
vista, y le hace admitir con fácil confianza todos los que le 
refirieron. Gran parte de los sucesos de que trata nuestra 
precedente narración en lo que concierne a Cuba, los ha 



3/6 W. H. PRESCOTT 

presenciado; pero Las Casas era incapaz de prescindir de 
la antigua amistad que tuvo con Velázquez, quien como ya 
recordará el lector, le protegió cuando era un pobre cura 
de la Isla, y le trató con singular confianza. En cuanto a 
Cortés, parece que le miraba con profundo desprecio; le ha- 
bía visto al principio de su carrera cuando a la puerta del 
orgulloso gobernador le daba las gracias con el sombrero 
en la mano aún por una simple sonrisa; así es que cuando 
Las Casas recordaba este humilde estado, y veía al con- 
quistador de México dueño de una gloria y nombradía que 
oscurecieron las de su antiguo protector y a expensas de 
éste como Las Casas juzgaba, no podía reprimir su indig- 
nación ni hablar de Cortés sino con desprecio y pintándolo 
como a un villano de gran fortuna. 

Defectos tales, y el temor de los errores a que ellos in- 
ducen, han estorbado por tanto tiempo la publicación de 
la obra. Cuando murió Las Casas, la dejó al convento de 
San Gregorio, en Valladolid, con prevención expresa de 
que no se imprimiese hasta no pasados cuarenta años, y 
de que durante este tiempo, nadie la viera, ya fuese pro- 
fano o miembro de la Orden. No obstante esto, se per- 
mitió que la consultase a Herrera, quien transfirió el con- 
tenido de aquella obra a la Historia que publicó en 1601. 
La Real Academia de Historia revisó, algunos años hace, 
el primer volumen de la Historia de Las Casas, con ánimo 
de publicarla íntegra; pero, por una parte el poco criterio 
y las grandes exageraciones en que abunda, según Nava- 
rrete, y por otra la circunstancia de que los hechos refe- 
ridos en ella ya se sabían por otros conductos, determi- 
naron a aquel cuerpo a abandonar su propósito. Aunque 
respeto su dictamen, yo creo que es equivocado. Las Ca- 
sas, quitándole algunas cosas, es une de los grandes escri- 
tores de la nación española; grande, por las verdades que 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 377 

reveló en tiempos en que nadie las percibía, y grande, por 
el valor con que las proclamó y defendió. Estas verdades 
están esparcidas en su Historia y demás escritos, y no 
son, ciertamente, éstos, los pasajes que trascribió Herrera. 
En la relación de los sucesos, bien que sea parcial y pre- 
ocupada, nadie puede disputarle la integridad; y, por úl- 
timo, habiendo sido uno de los más ilustrados contempo- 
ráneos de la época, su testimonio tiene un valor indispu- 
table. La buena memoria de Las Casas, pide que digamos 
que si no se llega a publicar su obra, nunca se le podrá 
conocer por los mutilados extractos de uno que no podía 
ser intérprete de sus opiniones; porque, en efecto, no es 
Las Casas quien habla en aquellas páginas cortesanas de 
Herrera. Sin embargo, la obra no se puede publicar sin 
un buen comentario, capaz de ilustrar al lector y de pre- 
caverle de los indebidos errores del escritor. Yo espero 
que el manuscrito íntegro, se publicará algún día bajo los 
auspicios de esa distinguida Corporación, que ya ha hecho 
tanto por ilustrar la historia española. 

Varias veces ha sido escrita la vida de Las Casas, pero 
las dos biografías más dignas de mencionarse, son: la de 
Llórente, último secretario de la Inquisición, puesta al 
principio de la traducción de los escritos de controversia 
del obispo, y la de Quintana, en el volumen III de los Es- 
pañoles célebres, modelo de buenas biografías, y enrique- 
cida, además, por una crítica literaria tan fina como rigu- 
rosa. Me he extendido tanto en esta noticia biográfica, por 
lo interesante del hombre y por ser poco conocido de los 
lectores ingleses. También he copiado un pasaje de la obra 
en su original, para que los lectores españoles puedan for- 
marse una idea del estilo. Desde este momento deja de 
ser autoridad, pues que su noticia sobre la expedición de 
Cortés concluye con la destrucción de las naves, 



CAPÍTULO IX 



Lo QUE PASÓ EN ZEMPOALLA. — Los ESPAÑOLES SUBEN LA ME- 
SETA central. — Paisajes pintorescos. — Tratado con 
los indios. — Embajada a Tlaxcala. 

(I5I9) 



Estando en Zempoalla recibió Cortés un mensaje de Es- 
calante, comandante de Villa Rica, en que le decía que 
cuatro naves extrañas estaban recorriendo la costa, sin po- 
der comprender sus repetidas señales. Esta noticia alarmó 
mucho al general, que temió no fuese alguna escuadra 
mandada por el gobernador de Cuba para estorbar sus mo- 
vimientos. A toda prisa se dirigió a Villa Rica, acompaña- 
do de unos pocos de caballería, ordenando a una parte de 
la infantería que le siguiese con dirección a aquel punto, y 
dejando el resto a las órdenes de Pedro de Alvarado y 
Gonzalo de Sandoval, joven capitán que desde entonces co- 
menzó a dar pruebas de las raras prendas que le granjearon 
después un lugar distinguido entre los conquistadores de 
México. 

Escalante instaba a Cortés para que le permitiese ir con 
algunos de los que quedaban, en busca de los recién veni- 
dos; pero Cortés le respondió con el proverbio español: 



38O W. H. PRESCOTT 

«cabra coja, no tenga sista» (i); y sin esperar a descansar 
ni él ni sus compañeros, se dirigió tres o cuatro leguas ha- 
cia el Norte, al lugar donde le habían dicho que estaban 
ancladas las naves. En su camino encontró a tres españo- 
les que acababan de desembarcar, a las preguntas que an- 
siosamente les hizo de que cde dónde venían», respondie- 
ron «que pertenecían a la escuadra armada por el gober- 
nador de la Jamaica, Francisco Garay». Esta persona 
había visitado el año anterior la costa de la Florida y obte- 
nido del Gobierno español, en cuya Corte gozaba alguna 
influencia, el gobierno de todas las tierras que descubriese 
en aquellas cercanías. Los tres hombres eran, el notario 
público y dos testigos, enviados a tierra para prevenir a 
Cortés que desistiese de su empresa, por ser esta una 
usurpación de los derechos de Garay. Probablemente, ni 
el gobernador de Jamaica ni sus capitanes, tenían nociones 
positivas acerca de la geografía y límites de aquellos te- 
rritorios. 

Luego conoció Cortés que de allí nada tenía que temer; 
sin embargo, bien hubiera querido inducir por cualesquie- 
ra medios a la tripulación de las naves a que se uniesen a 
su expedición. Por parte del notario y los dos testigos no 
hubo dificultad, pero cuando se puso a la vista de los bu- 
ques, desconfiando la tripulación de la buena armonía en 
que parecían estar sus camaradas con los españoles, no 
quisieron mandar a la playa su esquife. En tal aprieto, se 
valió Cortés de una estratagema: mandó a tres de sus sol- 
dados que trocasen sus vestidos por los de los recién ve- 
nidos, y en seguida se revolvió con su corta partida de 
soldados, fingiendo que se iba para la ciudad; en la noche 
volvió al mismo lugar y permaneció emboscado, previ- 

(1 ) «Cabra coja, no tenga siesta.» 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 3^1 

niendo a los españoles disfrazados que luego que rayase el 
día, hiciesen señales a los que estaban en las naves. El ar- 
did tuvo todo su verificativo: al instante despacharon éstos 
un bote con gente armada, y tres o cuatro de los soldados 
saltaron a tierra; pero al instante conocieron su engaño, 
porque Cortés salió de su escondite y los hizo prisioneros. 
Los carnaradas que estaban en el bote, espantados de 
aquel suceso, se volvieron apresuradamente a las embar- 
caciones, las cuales levaron también anclas, abandonando 
a su suerte a los que habían quedado en tierra. Así termi- 
nó este negocio; Cortés regresó a Zempoalla con media do- 
cena de buenos reclutas de refuerzo, y lo que es más im- 
portante, libre del temor de que viniese nadie a mezclarse 
en sus operaciones (i). 

Comenzó luego a hacer sus preparativos para un inme- 
diato viaje a la capital totoneca. El ejército que debía 
acompañarle al viaje, se componía de cerca de 400 de in- 
fantería y 15 de a caballo, con siete piezas de artillería. 
Consiguió también 1.300 indios guerreros y 1. 000 tomanes 
o cargadores, para arrastrar los cañones y transportar los 
bagajes. Se acompañó, además, de cuarenta de los princi- 
pales, no sólo para tenerlos como en rehenes, sino para 
que le sirviesen de guía en aquellos desconocidos países, 
y de consejeros entre los nuevos pueblos que iba a reco- 
rrer; y de hecho le fueron de grande utilidad durante la 
marcha (2). 

(1) Oviedo, Eist. de las Ind., M. S., lib. 33, cap. I. Relación se- 
gunda de Cortés, en Lorenzana, pág. 42-45. Bernal Díaz, Eist. de la 
Conq., caps. LIX-LX. 

(2) Gomara, Crónica, cap. XLIV. Ixtlilxochitl, Eist. Chich., M. S., 
cap. LXXXÍI1. Bernal Díaz, op. cit., cap. LXI. 

El número de los indios auxiliares referido en el texto, es mucho 
mayor que el que dicen Cortés y Bernal Díaz. Pero ambos dos, acto- 



382 W. H. PRKSCOTT 

El resto del ejército se quedó de guarnición en Villa 
Rica de Veracruz, a las órdenes de Juan Escalante, uno de 
los capitanes más adictos a Cortés; elección prudente, pues 
importaba dejar allí un hombre que pudiese, por una par- 
te, resistir la intervención hostil de los rivales europeos, y 
por la otra, mantener la paz y armonía con las tribus ami- 
gas. Cortés previno a los totonecas que en caso de algún 
peligro acudiesen a Escalante, seguros de que mientras 
permaneciesen fieles a su nuevo soberano y nueva religión, 
encontrarían ayuda y protección en los españoles. 

Antes de partir dirigió el general a sus soldados algunas 
palabras para animarles. Díjoles que dentro de poco iban 
a dar principio a la grande empresa, objeto de sus anhe- 
los, y que confiasen en que el Divino Salvador les sacaría 
victoriosos de todas las batallas contra sus enemigos; aña- 
dióles en seguida estas palabras: «No tenemos otro soco- 
rro y ayuda sino el de la Divina Providencia y de nuestros 
esforzados corazones» (i). Acabó su alocución comparando 
sus hechos con los de los antiguos romanos, en frases de 
meliflua elocuencia que no me es posible repetir, dice el 
sencillo y valiente historiador que le escuchó. Cortés po- 
seía esa elocuencia que domina el corazón de los soldados, 
porque le tenían simpatía, y él, a su vez, participaba del 
espíritu romancesco de ellos. Todos, a una voz, exclama- 
ron: «Estamos prontos a obedeceros; echada está la suerte 
de nuestra buena o mala ventura» (2). Despidiéronse, pues, 

res en el drama, descubren demasiado el deseo de ensalzar sus proe- 
zas, exagerando el número de sus enemigos y disminuyendo el suyo 
propio, para que su dicho sea digno de entera confianza. 

(1) «No teníamos otro socorro ni ayuda sino el de Dios, porque 
ya no teníamos navios para ir a Cuba, salvo nuestro buen pelear y co- 
razones fuertes.» Hist. de la Conq., cap. LIX. 

(2) «Y todos a una le respondimos que haríamos lo que ordenase, 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 383 

de sus hospitalarios y amigables indios, y lleno el corazón 
de doradas esperanzas y de lisonjeros proyectos de con- 
quista, emprendió su camino hacia México aquel pequeño 
ejército. 

Esto fué el 16 de agosto de 15 19. Durante el primer 
día hicieron su camino por la Tierra Caliente, la hermosa 
región donde habían permanecido durante tanto tiempo; 
la tierra del cacao, la vainilla, la cochinilla, y en los últi- 
mos días del viaje, de los naranjos y la caña de azúcar; 
donde las flores y las frutas se suceden en no interrumpi- 
do círculo durante todo el año; donde el ambiente está 
embalsamado de perfumes que cansan los sentidos con su 
suavidad; cuyes bosques están frecuentados por multitud 
de pájaros e insectos cuyas alas esmaltadas relucen como 
diamantes, con los rayos del sol vivido de los trópicos. 
Tales son los encantos de este paraíso; pero la naturaleza, 
que en todo muestra su espíritu de compensación, tam- 
bién allí la ha establecido; pues ese mismo sol que vivifica 
aquellos portentos de los reinos animales y vegetales, en- 
gendra la pestilente malaria, con todo ese acompañamien- 
to de enfermedades biliosas, desconocidas bajo el helado 
cielo del Norte. La estación en que llegaron a la Tierra 
Caliente los españoles, eran, precisamente, los lluviosos 
meses del otoño, durante los cuales el vómito hace sus 
más furiosos estragos en el extranjero qne osa apenas 
asentar allí ia planta, y más todavía en el que se demora 
siquiera un día. En los recuerdos que nos han trasmitido 
los conquistadores, no se encuentra ninguna noticia del 
vómito ni de ninguna otra enfermedad extraordinariamen- 
te mortal. Este hecho corrobora la opinión de los que afir- 



que echada estaba nuestra suerte de la buena o mala ventura.» Loe. 
citato. 



384 W. H. PRESCOTT 

man que el vómito no apareció sino hasta mucho después 
de ocupada la tierra por los blancos; o prueba por lo me- 
nos, que si entonces existía, era muy benigno. 

Después de pasar muchas leguas por caminos casi in- 
transitables a causa de las lluvias del otoño, comenzaron a 
subir los españoles gradualmente, y más gradualmente 
hacia el Este que hacia al Oeste de las cordilleras que con- 
ducen a la meseta central de México. Al día siguiente lle- 
garon a Jalapa, ciudad que aún conserva su nombre azteca, 
en la cual crece esa planta que también lo lleva, y que es 
tan conocida en todo el mundo por sus virtudes medi- 
cinales (i). Esta ciudad está situada a la medianía de aque- 
lla larga subida, a una altura en que los vapores del Océano 
al pasar hacia al Occidente, mantiene el rico verdor de los 
campos durante todo el año. Aunque un poco infectado 
por estas nieblas marinas, el aire es blando y salubre; los 
habitantes acomodados de las regiones inferiores, se reti- 
ran a ella para preservar su salud, durante los calores del 
otoño; y los viajeros divisan con delicia aquellos bosques 
de encinas, porque ellas les anuncian que han escapado de 
la mortífera garra del vómito (i). Desde este sitio delicio- 
so, gozaron los españoles de uno de los más magníficos 
paisajes; al frente tenían la escarpada subida, más escarpa- 
da desde allí en adelante, que tenía que emprender; a la 
derecha se levanta la Sierra Madre, ceñida de su negro cin- 
turón de pinos, y cuyas largas filas de colinas se extienden 

(1) Convulvulus jalapce, Linn. Las consonantes j y x se convier- 
ten la una en la otra en castellano. 

(1) Las alturas de Jalapa están coronadas por un convento dedica- 
do a San Francisco, y erigido por Cortés en los últimos años de su 
vida; éste, como otros edificios de aquel tiempo, prueban por su so- 
lidez, que tenían a la vez un designio militar y religioso. Tudor'a 
Travels in Nortb America (London, 1834), vol. II, pág. 186. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 38$ 

hasta perderse en la distancia; al Sur, formando un con- 
traste brillante, se levanta el soberbio Orizava, cuya falda 
está cubierta de una blanca túnica de nieve, y que se eleva 
en solitaria grandeza, como el espectro gigantesco de los 
Andes. Entre ellos y a su planta, se desenvuelve la mag- 
nífica tierra caliente, con su alegre confusión de prados, 
arroyos y selvas floridas, y de la cual brotan por todas 
partes los relucientes pueblecillos de los indios; una débil 
línea de luz que se extendía a lo largo de todo el hori- 
zonte, les decía a los españoles que allí estaba el Océano, 
más allá del cual habían dejado su familia y su patria, mu- 
chos para no volverla a ver jamás. 

Corriendo el camino por entre perspectivas tan diversas 
como lo son los climas de aquellas regiones, y pasando 
por poblaciones indias, de algunos centenares de habitan- 
tes cada una, llegaron al cuarto día a una ciudad fuerte, 
como la llamó Cortés, la cual se levantaba sobre una roca, 
que se supone sir la que hoy conocen los mexicanos con 
el nombre de Naulinco. Recibieron allí muy hospitalaria- 
mente, por ser aquellas gentes, amigas de los totonecas; 
procurando Cortés inculcarles por medio del Padre Olme- 
do, algunas verdades cristianas, que gustosamente recibie- 
ron, por manera que se les permitió a los españoles erigir 
una cruz en medio de la plaza, para que la adorasen los 
indios. El camino del ejército estaba señalado por estos 
emblemas de la salvación del hombre, erigidos en todas 
las poblaciones indias, que se prestaban a ello; y sugerían 
entonces al viajero una idea muy diversa de la que sugie- 
ren al presente (i). 

(1) Oviedo, Hist. de las Ind., lib. 33, cap. I. Relación segunda de 
Cortés, en Lorenzana, pág. 40. Gomara, Crónica, cap. XLIV. Ixtlilxo- 
chitl, Hist. Chichi., M. S.. cap. LXXXIII. 

<A cada cien varas del camino, dice el viajero últimamente citado 

25 



386 W. H. PRESCGTT 

Las tropas entraron después a un áspero desfiladero, el 
Paso del Obispo (i), capaz de ser fácilmente defendido con- 
tra todo un ejército. Luego comenzaron a sufrir el desfa- 
vorable cambio del clima; a recibir los fríos vientos de las 
montañas, acompañados de lluvias, y luego que subieron 
un poco más, las aguas, nieves y el granizo, que empapa- 
ron sus vestidos y parece que les penetraron hasta los 
huesos. Los españoles, cubiertos en parte por sus armadu- 
ras y jaquetas acolchadas de algodón, a pesar de que su 
larga residencia en las abrasadoras regiones del valle, les 
había hecho muy sensibles a la intemperie, podían resistir 
mejor a ella; pero los pobres indios, nativos de tierra calien- 
te, con pocos vestidos que les abrigasen, sucumbieron al 
rudo embate de los elementos, y perecieron en gran nú- 
mero en el camino. 

El aspecto del país era tan árido y triste como el clima. 
El camino atraviesa por el pie del enorme Cofre de Pero- 
te, montaña que debe su nombre tanto en castellano como 
en mexicano, a la forma de su pico, parecido a un cofre; 
es una de las montañas más altas de Nueva España (2); 
hoy es verdad que no ofrece en su cumbre vestigios de un 
cráter; pero los hay en abundancia en su base, donde las 
lavas, escorias ennegrecidas y cenizas, atestiguan las 
convulsiones de la naturaleza; al mismo tiempo que los 

hablando de esta misma región, se encuentra una cruz de madera, 
que indica, según las costumbres de aquel país, que allí se ha come- 
tido algún horrible atentado.» Tudor's Trovéis, etc., vol. II, pág. 188. 

(1) El Paso del Obispo: Cortés le llama Puerto del Nombre de 
Dios. Viaje, en Lorenzana, pág. 2. 

(2) El nombre mexicano es Nauhcampatepetl, formado de Nauh- 
campa, cosa cuadrada, y tepetl, montaña. Humboldt, que llegó por 
entre los bosques y los hielos a la cumbre, fija su altura en 4.089 
metros franceses, o 13.414 pies sobre el nivel del mar. Véanse las 
Vistas de los Cordilleras, pág. 234. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 387 

numerosos arbustos y troncos de árboles enormes, que 
hay en las grietas, prueban la antigüedad de aquellos su- 
cesos. Al proseguir su penoso camino por entre aquellas 
escenas de desolación, frecuentemente se vieron los espa- 
ñoles orillados a precipicios, en cuyo fondo se podían di- 
visar a la espantosa profundidad de dos o tres mil pies, 
otro clima y otra explendente vegetación. 

Después de tres días de este viaje fatigoso, pasó el can- 
sado ejército por otro desfiladero llamado la Sierra del 
Agua (i). Poco después llegaron a una llanura, cuyo clima 
era el que es propio de los países templados de Europa. 
Estaba ya, después de subir a la altura de 7.000 pies so- 
bre el nivel del mar, en esas inmensas llanuras que se ex- 
tienden centenares de leguas sobre la cresta de las cordille- 
ras. El país daba señales de un esmerado cultivo; pero de 
plantas desconocidas hasta entonces de ios españoles. Por 
todas partes se veían campos y setos de varias especies de 
tunales, de órganos elevados y plantíos de maguey con 
abundantes racimos de flores amarillas en su alto tallo: las 
plantas de la zona tórrida habían ido desapareciendo con- 
forme subían el plátano con sus hojas negras y lustrosas, 
el más común y principal alimento de los países inferiores, 
había, hacía mucho tiempo, desaparecido de la llanura; 
pero el rico maíz, orgullo de la agricultura indígena, car- 
gado de sus doradas espigas, todavía se encontraba, pues 
que forma el principal objeto de cultivo tanto en las altas 
como en las bajas regiones de la mesa. 

Súbitamente se encontraron los españoles a las cercanías 
de una ciudad populosa, cuyos edificios les pareció luego 
que entraron en ella, que aventajaban en solidez y tamaño 



(1) El mismo que Cortés llamó en sus carias con el nombre de 
Puerto de la Leña. Viaje en Lorenzana, pág. III. 



388 W. H. PRESCOTT 

a los de Zempoalla (i); eran de cal y canto y muchos de 
ellos de regular altura y espaciosos: había trece teocallis en 
la plaza, y en los suburbios había un gran osario donde, 
según Bernal Díaz, estaban apilados y puestos en orden 
cien mil cráneos de víctimas humanas, que según dice este 
historiador contó él mismo (2); pero sea cual fuere el cré- 
dito que demos a la fidelidad de sus cálculos, el resultado 
es siempre horroroso. Los españoles debían familiarizarse 
con este espectáculo espantable, al acercarse a la capital 
del imperio. 

El señor de la provincia gobernaba a veinte mil vasallos: 
era tributario de Moteuczoma, de quien había una fuerte 
guarnición. Probablemente había tenido noticias anticipa- 
das de la llegada de los españoles, e ignoraba de qué modo 
les recibiría su soberano, porque íes dio uua acogida fría y 
tanto más desagradable, cuanto más extraordinarios habían 
sido los padecimientos de los viajeros en los últimos días. 
Cuando le preguntó Cortés si era vasallo de Moteuczoma, 
le respondió el noble con verdadera o fingida sorpresa: 
¿hay quien no sea vasallo de Moteuczoma? (3) Repúsole a 
esto el general, que él no lo era: díjole de dónde y por qué 

(1) El conocido hoy con el eufónico nombre mexicano de Tlatlau- 
quitepec. (Viaje, en Lorenzana, pág. IV.) El llamado por Bernal 
Díaz (op. ct., cap. 61), Cocotlan. Los primeros españoles, estropeaban 
todos los nombres mexicanos, tanto de lugares, como de personas; 
y a fe que no les faltaba razón. 

(2) «Puestos tantos rimeros de calaveras de muertos, que se podían 
bien contar, según el concierto con que estaban puestas, que me pa- 
recen que eran más de cien mil, y digo otra vez, sobre cien mil.» 
Hist. de la Conq., ubi. supra. 

(3) «El cual, casi admirado de lo que le preguntaba, me respondió 
diciendo: ¿que quién no era vasallo de Moteuczoma? Queriendo decir 
que allí era señor del mundo.» Relación segunda de Cortés en Loren- 
zana. pág. 47. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DK MÉXICO 389 

venía y le aseguró que él servía a un monarca que contaba 
príncipes entre sus vasallos, y que era tan poderoso como 
el mismo monarca azteca. 

El cacique, en compensación, no se quedó por corto al 
ponderarle el poder y grandeza del emperador indio. 
Dijo a su huésped, que Moteuczoma podía hacer alarde de 
treinta grandes vasallos, cada uno de ellos señor de cien 
mil guerreros: (i) que sus rentas eran inmensas, pues ningún 
vasallo, por pobre que fuese, dejaba de pagar alguna cosa: 
que todas estas riquezas se empleaban en el mantenimiento 
de los ejércitos y en los gastos de su magnífica corte; que 
aquellos estaban continuamente en batallas, y que además 
había guarniciones en las más de las ciudades principales 
del imperio; que anualmente eran sacrificadas en las aras 
de los dioses más de veinte mil víctimas cogidas en la gue- 
rra; que la capital estaba sobre un lago en el centro de un 
extenso valle; que aquél estaba frecuentado por las embar- 
caciones del emperador, y que a la ciudad se llegaba por 
calzadas de muchas millas de largo e interrumpidas por 
puentes de madera, que una vez alzados, impedían toda 
comunicación. Algunas otras cosas añadió para contestar 
a las preguntas del huésped, dando a sus respuestas (como 
ya puede suponérselo el lector), el vanidoso o crédulo ca- 
cique, cierto barniz de ficción y de novela. Pero los espa- 
ñoles no podían saber si lo que estaban oyendo era rea- 
lidad o fingimiento, y a corazones menos esforzados que 

(1) «Tiene más de treinta príncipes así subjetos, que cada uno de 
ellos tiene cien mil hombres o más de pelea. (Oviedo, Hist. de las 
Ind., M. S., lib. 33, cap. 1.) Este cuento maravilloso ha sido transcrito 
seriamente por más de un escritor español, al dar idea del poder de 
la monarquía azteca; no como una sección de este cacique, sino como 
un documento de estadística. Véanse entre otros a Herrera. Hist. ge- 
neral, dec. 2, libro VII, cap. 12. 



390 W, H. PRESCOTT 

los suyos les habría retraído de continuar la comenzada 
empresa; pero lejos de esto, dice el valiente caballero fre- 
cuentemente citado, las palabras que habíamos oído, en 
vez de atemorizarnos, nos puso más ansiosos: tal es el 
temple del español, más impaciente por probar ventura 
mientras más desesperada le parece (i). 

En otra conversación posterior preguntó Cortés al caci- 
que si abundaba aquella tierra en oro, y le insinuó el deseo 
de recoger alguno para llevarlo a enseñar a su soberano; 
mas el señor azteca se rehusó a darle ninguno, dic-iéndole 
que eso desagradaría a Moteuczoma; pero que si él lo man- 
daba, oro, su persona y cuanto tenía, quedaría a disposi- 
ción de los españoles. El general no insistió más en aque- 
lla materia. 

Naturalmente se había picado la curiosidad de los natu- 
rales al ver los vestidos, armas, caballos y perros de los 
españoles. Marina, al satisfacer sus preguntas, aprovechó 
aquella favorable ocasión de ensalzar las proezas de sus 
compatriotas adoptivos, de espaciarse largamente sobre sus 
hazañas y victorias, y de ponderar las extraordinarias prue- 
bas de respeto que les había dado Moteuczoma. Tal con- 
ducta parece que surtió sus efectos, pues poco después re- 
galó el cacique a Cortés algunos dijes de oro, que aunque 
de poca valía, eran una muestra de buena voluntad; le en- 
vió también algunas esclavas, para que preparasen el pan 
para las tropas y les proporcionasen los medios de descan- 
sar, cosa que por entonces importaba a los españoles más 
que todo el oro de México (2). 

(1) Bernal Díaz, op. cit., cap. LXI. Es una ligera jactancia del capi- 
tán, que provoca a risa, aunque no a desprecio, pues el que la decía 
tenía realmente mucho valor y una gran sencillez de carácter. 

(2) Para lo relativo a las páginas anteriores, pueden verse además 
de las autoridades citadas en el texto, a Pedro Mártir; De orbe novo, 



HISTORIA. DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 39 l 

El general español no descuidó en esta ocasión de incul- 
car a ios indios, como lo tenía de costumbre, las grandes 
verdades de la revelación, y de censurar la atrocidad de la 
superstición de los naturales; mas el cacique le escuchó 
con urbana, pero fría indiferencia. Viéndose Cortés enga- 
ñado en sus conjeturas, se volvió repentinamente a sus sol- 
dados y les dijo que ya era tiempo de plantar la cruz; los 
soldados se apresuraron a ejecutar aquella piadosa preven- 
ción, y se representaron las mismas escenas que en Zem- 
poalla, aunque con resultados muy diversos, pues el padre 
Olmedo, más cuerdo que los otros, no intervino en ellas. 
Manifestó que introducir el culto de la cruz entre los indios, 
estando en aquel estado de incredulidad e ignorancia, sería 
exponer el sagrado símbolo a que se le infiriesen desacatos 
e insultos tan luego como los españoles se alejasen de allí; 
dijo que el único ca.mino que había que seguir era guardar 
pacientemente a que llegara el tiempo en que más despacio 
se pudiese inculcar el conocimiento de la verdad, en sus 
oscurecidos espíritus; y por fin, el templado razonamiento 
dei buen padre prevaleció sobre el marcial entusiasmo de 
los demás. 

Fué fortuna para Cortés que el padre Olmedo no fuese 
uno de esos frailes fanáticos, cuyo celo se inflama en tales 
ocasiones; esto habría tenido la más funesta influencia so- 
bre la suerte de la expedición, pues que despreciando to- 
dos los intereses temporales comparados con la grande 
obra de la conversión, por conseguir esta, el poco escrupu- 
loso soldado acostumbrado a la severa disciplina de un 
campamento, habría empleado los medios más violentos, 



Dec. 5, cap. I; a Ixtlilxochitl, Eist. de Cich. M. S., cap. LXXXIIf; a 
Gomara, Crónica, cap. XLIV, y a Torquemada Monarq. Ind., lib. 4.°, 
capítulo XXVI. 



39 2 W. H. PRESCOTT 

caso de que los suaves y pacíficos se hubiese malogrado (i). 
Pero Olmedo pertenecía a esa clase de benévolos misione- 
ros en que para su honor y gloria ha sido tan fecunda la 
Iglesia Católica; de esos hombres prudentes que confían la 
conversión a armas puramente espirituales y que sólo in- 
culcan doctrinas de amor y de benevolencia, las más a pro- 
pósito para conmover la sensibilidad y ganarse el afecto 
de un auditorio tosco e ignorante; estas han sido las armas 
de la Iglesia primitiva, las con que en sus primeras edades 
llevó sus banderas victoriosas hasta los más remotos con- 
fines del orbe; mas no fueron, en verdad, las de los prime- 
ros conquistadores de América, que imitando más bien la 
política de los victoriosos musulmanes, llevaban en una 
mano la Biblia y en la otra el acero; imponían obediencia 
en materias de fe no menos que en las de gobierno, sin 
cuidar de que la obediencia fuese cordial, y atendiendo 
únicamente a que se observasen las ceremonias de la igle- 
sia. Las semillas esparcidas de esta manera violenta habían 
perecido a poco tiempo, a no ser por los misioneros espa- 
ñoles que vinieron en tiempos posteriores a cultivar el mis- 
mo terreno, y viviendo como hermanos entre los indios y 
mediante una larga y trabajosa cultura, lograron hacer que 
se arraigasen y fructificasen en los corazones de estos los 
gérmenes de la verdad. 

El general español permaneció en la ciudad cuatro o 
cinco días para reunir sus fatigadas y extenuadas tropas. 
Los indios modernos todavía enseñan o enseñaban a Jo 
menos a fines del siglo pasado, el venerable sabino a cuya 
sombra estuvo atado el caballo del Conquistador, nombre 

(1) El general pertenecía enteramente a ese ejército militante de 
quien dice Butler «que funda su fe en el sagrado texto de la pica y 
del cañón; y que prueba sus doctrinas ortodoxas a golpe y porrazo>. 



HISTORIA DK LA CONQUISTA DE MÉXICO 393 

que por excelencia se da a Cortés (i). El camino corría 
ahora por un extenso y am^no valle, fertilizado por un arro- 
yo, circunstancia que no ocurre muy frecuentemente en la 
meseta central de Nueva España. El suelo estaba protegido 
de los calores estivales, por bosques que hoy son aún más 
raros que entonces, pues los invasores destruyeron, poco 
tiempo después de la Conquista, las magníficas selvas (dig- 
nas rivales, en variedad y belleza, de las de nuestros Esta- 
dos del Sur y del Occidente), que cubrían ia meseta en 
tiempo de los aztecas (2). 

A lo largo de todo el río y sus dos orillas, se veía una 
línea no interrumpida de habitaciones tan próximas una a 
la otra, que casi se tocaban, y esto, por tres o cuatro le- 
guas; lo cual prueba que la población era entonces mucho 
más numerosa que ahora (3). En un sitio elevado y esca- 
broso se levantaba una ciudad de cinco o seis mil habitan- 

(1) «Árbol grande, dicho ahuehuet.* (Viaje, en Lorenzana, pági- 
na 3. a , Cupresus disticha Linn. (Humbold., Essai politique, t. II, 
página 54, nota.) 

(2) Este mismo gusto que ha desnudado de sus bosques a las Cas- 
tillas, la meseta de la Península. Sin embargo, en Nueva España, pa- 
rece que esta destrucción ha sido el resultado de razones de pruden- 
cia y no sólo de un gusto caprichoso. Habiendo visitado uno de mis 
amigos una grande hacienda, extraordinariamente árida, le dijo e 
propietario que se habían echado abajo los árboles para impedir 
a los perezosos indios que perdiesen el tiempo holgando a la sombra 
de ellos. 

(3) Esto confirma las observaciones de Humboldt. «Seguramente 
cuando por primera vez llegaron los españoles, toda esta costa, desde 
Papaloapam (Alvarado), hasta Huaxtecapan, estaba más poblada y 
mejor cultivada que hoy; sin embargo, al paso que iban internándose 
más los conquistadores en la meseta del centro, iban encontrando po- 
blaciones menos diseminadas, campos divididos en porciones aás pe- 
queñas y mayor ci»ilización en los habitantes. > Essai politique, 
tomo II, pág. 202. 






394 W - H - PKESCOTT 

tes, dominada por una fortaleza, con sus murallas y trin- 
cheras, la cual fortaleza pareció a los españoles igual a las 
de su cíase en Europa; allí hicieron de nuevo alto las tro- 
pas y fueron amigablemente recibidas (i). 

Cortés determinó allí el camino que debía de seguir; los 
naturales le habían aconsejado que siguiese el de la anti- 
gua ciudad de Cholula, cuyos habitantes, subditos actuales 
de Moteuczoma, eran de un carácter manso, y se dedi- 
caban a las artes mecánicas y a otras igualmente pacíficas, 
por manera que recibirían amistosamente a los españoles; 
mas los aliados zempoaltecas advirtieron a los españoles 
que no se fiasen de los chulultecas, pueblo falso y pérfido, 
sino que tomasen el camino de Tiaxcalan, esa valiente re- 
pública que por tanto tiempo se había mantenido inde- 
pendiente de México. El pueblo era tan franco como in- 
trépido y de buena fe en sus tratos; siempre había estado 
en buena armonía con los totonecas y ahora ofrecía gran- 
des garantías de que estaría bien dispuesto hacia ellos. 

El general español siguió los argumentos de los aliados, 
y para mejor asegurarse de la buena acogida de los tlax- 
caltecas, resolvió enviarles una embajada. Para ello esco- 
gió a cuatro de los principales zempoaltecas, y mandó con 
ellos un presente marcial, que consistía en un casco de 
género carmesí, una espada y una ballesta, armas que, se- 
gún había notado, excitaban general admiración entre los 
naturales; añadíase a todo esto una carta en que solicitaba 
el permiso de atravesar por el país; en ella encomiaba el 

(1) El correcto nombre de la ciudad, llamada Ixiacamaxtitlan, 
Iztamacsitan de Cortés, apenas puede traslucirse en el Xalacingo 
de Bernal Díaz. En 1601, fué removida la ciudad, de la cumbre del 
cerro al valle. En el primer sitio subsisten todavía enormes fragmen- 
tos de piedra labrada, que prueban la elegancia de la antigua forta- 
leza o palacio del cacique. Viaje en Lorenzana pág. 5. 



HISTORIA DK LA CONQUISTA DE MÉXICO 395 

valor de los tlaxcaltecas, que por tanto tiempo habían re- 
sistido al soberbio imperio de los aztecas, que él venía 
ahora a humillar (i). No era de creer que aquella carta, 
escrita en buen castellano, fuese comprendida por los tlax- 
caltecas, pero Cortés cuidó de informar de su contenido a 
los embajadores. Los misteriosos caracteres de la carta 
produjeron en los indios la idea de una inteligencia supe- 
rior a la suya y la tomaron por una de esas misivas en je- 
roglíficos que formaban las credenciales de los embaja- 
dores indios. 

Tres días permanecieron los españoles en aquella plaza 
amiga después de que partieron y emprendieron su cami- 
no los enviados. Aunque en país amigo, siempre andaban 
como si estuviesen en uno de enemigos, con la caballería 
y tropas ligeras a la vanguardia, los bagajes y tropas pe- 
sadas a la retaguardia, y todo el ejército en disposición de 
batalla; los soldados jamás dejaban sus armas; dormidos o 
despiertos, siempre las traían consigo. Esta vigilancia in- 
cesante les cansaba tal vez más que las fatigas corporales: 
pero aunque confiaban en su superioridad sobre los indios 
peleando a campo raso, conocían el inminente riesgo que 
corrían en el caso de ser sorprendidos por ellos. Cortés 
les decía: «Ya veis, mis compañeros, cuan pocos somos; 
estemos, pues, apercibidos a la batalla, no como si fuése- 
mos a entrar en ella, sino como si ya estuviésemos pelean- 
do en este momento.» 

El camino que siguieron los españoles es el mismo que 
hoy conduce a Tlaxcalan, aunque no el que se sigue al ir 
de Veracruz a la capital, pues éste da un rodeo conside- 
rable hacia el Sur de Puebla, pasando por las inmediacio- 

(1) «Estas cosas y otras de gran persuasión contenía la carta; pero 
como no sabían leer, uo pudieron entender lo que contenían Camar- 
go, Hist. de Tlaxcalan, M. S. 



396 W. H. PRESCOTT 

nes de Cholula. Más de una vez vadearon el río que riega 
aquellos hermosos prados, deteniéndose algunos días en 
el camino, con la esperanza de recibir la respuesta de la 
República; mas la inesperada e inexplicable tardanza de 
los mensajeros, les confundía y les causaba alguna in- 
quietud. 

Caminando por un país que ya tenía otro aspecto más 
árido e inculto, fueron súbitamente detenidos por una no- 
table fortificación. Era ésta una muralla de piedra, de ocho 
pies de altura y veinte de espesor, coronada de un para- 
peto de pie y medio de ancho, destinado a defender a los 
combatientes. Tenía solamente una entrada en el centro, 
formada por dos muros semicirculares que se extendían 
uno sobre otro, cuarenta pasos, dejando un intervalo de 
diez pasos y de tal manera dispuesto que lo dominaba ente- 
ramente la muralla interior, la muralla de unas dos leguas 
de largo, se apoyaba por sus dos extremos en dos estribos 
naturales formados por la sierra; estaba hecha con enormes 
pedazos de piedra trabados cuidadosamente con mezcla (i). 
Los restos que aún quedan de esta muralla, algunos de 
ellos de todo el ancho que tenía, prueban claramente su 
gran solidez y dimensiones (2). 

Esta extraordinaria fortificación señalaba los límites de 
la república, y según dijeron a ios españoles, servía de ba- 
rrera contra las invasiones de los mexicanos. El ejército se 

(1) Según este último escritor, estaban trabadas las piedras por 
una argamasa tan sólida, que los soldados apenas podían romperla 
con sus picas (cap. LXII). Pero lo contrario se afirma en la carta del 
general, y está probado por la apariencia que hoy tienen los restos de 
la muralla. Viaje en Lorenzana, pág. 7. a 

(2) Viaje en Lorenzana, ubi. supra. Los esfuerzos del señor arzo- 
bispo por rectificar el camino que siguió Cortés, fueron muy útiles; y 
es lástima que no corresponda a ellos el mapa que acompaña al 
itinerario. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 397 

detuvo lleno de asombro al contemplar aquel monumento 
gigantesco, que tan alta idea sugería del poder y fuerza del 
pueblo que lo había levantado: les causó también algún so- 
bresalto acerca del resultado que habría tenido su embaja- 
da a Tlaxcalan, y sobre el recibimiento que allí se les es- 
peraba; pero eran demasiado valientes para que les domi- 
nasen aquellos temores por largo tiempo; se puso Cortés a 
la cabeza de la caballería, y exclamando como en otra vez: 
«Soldados, adelante, la Cruz es nuestra bandera, y bajo 
esta señal conquistaremos» , hizo atravesar a sus soldados 
por el indefenso paso, y en pocos momentos se vieron ho- 
llando el suelo de la libre república de Tlaxcalan (i). 

(1) Camargo. Hist. de Tlaxcalan, M. S. Gomara, Crónica, capítu- 
los XLIV-XLV. Ixtliixochitl, Hist. Chich., M. S., 83. Herrera, Hist. ge- 
neral, Dec. 2, lib. 6.°, cap. III. Oviedo, Hist. de las Ind., M. S., lib. 38, 
cap. II. Pedro Mártir, de* Orbe Novo, Dec. 5, cap. I. 



CAPÍTULO X 

República de Tlaxcalan. — Sus instituciones. — Su histo- 
ria antigua. — Discusiones en el Senado. — Sangrien- 
tas BATALLAS. 

(1519) 

Antes de que penetremos con ios españoles en ei terri- 
torio de TJaxcalan, será conveniente dar aiguna idea del 
carácter a instituciones de aquella nación, bajo ciertos as- 
pectos la más notable de Anáhuac. Los tlaxcaltecas, des- 
cendían de la misma raza que los mexicanos (i); vinieron 
al país que ocupaban, casi al mismo tiempo que las otras 
tribus congéneres, es decir, a fines del siglo xn, y se había 
establecido a la orilla occidental del lago de Tetzcoco. Ailí 
permanecieron muchos años ocupados en empresas pro- 
pias de un pueblo atrevido e imperfectamente civilizado. 
Sea por el motivo que fuere, incurrieron en la enemistad 

(1) El cronista indio, Camargo, considera a esta nación como una 
rama de la chichimeca. (Hist. de Tlaxcalan, M. S.) Véase también a 
Torquemada, Monarq. Ind., lib. 3.°, cap. IX. Clavijero, que ha estu- 
diado cuidadosamente las antigüedades de Anáhuac, la llama una de 
las siete naciones Nahuatlacas. (Eist. de Méx., t. I, pág. 53, notas.) 
La cuestión no importa mucho, puesto que todas estas naciones eran 
de la misma familia, hablaban la misma lengua, y probablemente emi- 
graron al mismo tiempo del país que habitaban allá en el Norte. 



400 W. H. PRESCOTT 

de las tribus inmediatas; se formó contra ellos una coali- 
ción, y le dieron una terrible batalla en Poyauhtlan, donde 
los tlaxcaltecas quedaron completamente victoriosos. 

No obstante esto, disgustados de habitar entre pueblos 
que les aborrecían, resolvieron los tlaxcaltecas emigrar, dis- 
tribuyéndose en tres divisiones, de las cuales la más nume- 
rosa, emprendiendo su camino hacia el Sur por el gran 
volcán de México, y después de rodear por la antigua ciu- 
dad de Cholula, asentó en la tierra situada al pie de la sie- 
rra de Tlaxcalan. Los abrigados y fructíferos valles ence- 
rrados entre aquella escabrosa cadena de montañas, ofre- 
cían los recursos necerarios para subsistir a aquel pueblo 
agrícola; mientras que, por otra parte, las escarpadas emi- 
nencias de la sierra defendían sus ciudades. 

Con el trascurso de los años sufrieron un cambio impor- 
tante las instituciones de aquel pueblo: la monarquía fué 
dividida primero en otros dos y en seguida en otros cuatro 
Estados separados, unidos por un pacto federativo, pro- 
bablemente no muy perfectamente arreglado. Sin em- 
bargo, cada Estado estaba gobernado por un jefe entera- 
mente independiente de los otros en lo que concernía al 
régimen interior de su Estado; pero que en los que tocaba 
a toda la república, procedía de acuerdo con los otros tres. 
Los negocios de Estado, principalmente los tocantes a la 
paz y la guerra, se arreglaban por un Senado compuesto 
de los cuatro señores y de los nobles principales. 

Los dignatarios de un orden inferior, dependían de los 
principales, por cierta especie de feudo, que se reducía a 
la manutención de estos, a ayudarles a conservar la paz in- 
terior y auxiliarles en el caso de guerra (i). En cambio de 



(1) Los descendientes de estos noblecillos daban tanta importancia 
a su prosapia, como pudiera un vizcaíno o un asturiano: mucho tiem- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 40 1 

esto, recibían protección y ayuda de su señor. Iguales obli- 
gaciones recíprocas existían entre esos jefeá secundarios 
y los subalternos que gobernaban los territorios (l). Así es 
como se formaba aquella cadena de feudos, la cual, aunque 
no tenía todo el arte y perfección que otras instituciones 
de la misma clase, tienen en el antiguo mundo, sí tenía los 
caracteres propios de una confederación, en lo que mira a 
las relaciones personales: la obligación de servir en una 
guerra por una parte, y de exigir protección por la otra. 
Esa forma de gobierno, tan diversa de la de las naciones 
circunvecinas, permaneció en su ser, hasta la llegada de los 
españoles; y ciertamente, que el hecho de haber durado 
por tanto tiempo siendo tan compleja, sin ser perturbada 
por la violencia o las facciones de los Estados confedera- 
dos, y con todo el poder bastante a mantener los derechos 
del pueblo y la independencia de la nación, prueba una 
cultura considerable. 

po después da la conquista, a pesar de estar menesterosos, se rehu- 
saron a ocuparse en lo que llamaban oficios viles y bajos. «Los des- 
cendientes de estos son estimados por hombres calificados, que 
aunque sean pobrísimos, no usaban oficios mecánicos, ni tratos viles 
y bajos, ni jamás se permiten cargar ni cavar con coas y azadones, 
diciendo quo son hijos hidalgos y que no han de aplicarse a estas 
cosas soeces y bajas, sino servir en guerras y fronteras como hidalgos 
y morir como hombres, peleando.» Camargo, op. cit. 

(1) «Cualquier Techtli que formaba un Tecaili que es casa de Ma- 
yorazgo, todas aquellas tierras que le caían en suerte de repartimien- 
to, con montes, fuentes, ríos o lagunas, tomase para la casa principal 
la mayor y mejor suerte o pagos de tierra, y luego las demás que que- 
daban se repartían por sus soldados, amigos y parientes, igualmente 
todos estos están obligados a reconocer la casa mayor y acudir a ella 
a alzarla e repararla y a ser continuos en reconocer a ella de aves, 
caza, flores y ramos para el sustento de la casa del Mayorazgo, y el 
que lo es está obligado a sustentarlos y regalarlos como amigos de 
aquella casa y parientes de ella.» Ibid. 

26 



402 W. H. PRESCOTT 

Sin embargo, parece que las clases inferiores no tenían 
más inmunidades de las que pudieran bajo un Gobierno 
monárquico, pues que la distinción de las clames era rigo- 
rosa, haciendo vestir a cada uno, según la que le corres- 
pondía, y estando probibido a los plebeyos usar ninguna 
de las insignias de las clases aristócratas (i). 

La nación, aunque agrícola, había reservado los más altos 
honores, como todas otras naciones incultas y aun desgra- 
ciadamente como también algunas civilizadas, a los héroes 
militares. Había instituidos juegos públicos y decretados 
premios para los que sobresalieran en esos ejercicios va- 
roniles y atléticos que preparan para Ja guerra. Los triun- 
fos de los generales eran recompensados iiberalmente: en- 
traban a las ciudades trayendo en larga procesión sus 
cautivos y despojos; sus proezas eran celebradas en him- 
nos nacionales, y sus efigies, ya de madera, ya de piedra, 
eran erigidas en los templos. Respiraban, en verdad, todo 
el espíritu marcial de Roma republicana (2). 

Había una costumbre propia de la caballería errante, y 
muy parecida a otra que se usaba entre los aztecas: el que 
aspiraba a los honores de aquella caballería barbárica, de- 
bía velar sus armas en el templo y ayunar durante cin- 
cuenta o sesenta días, al cabo de los cuales le decían un 
grave discurso en que les explicaban ios deberes de su 
rueva profesión: seguíanse a esto varias ceremonias capri- 
chosas: se le llevaba en procesión por las calles públicas, 

(1) Camargo, Ibid. 

(2) «Los grandes recibimientos que hacían a los capitanes que ve- 
nían y alcanzaban la victoria en las guerras, y las fiestas y solemnida- 
des con que se solemnizaban a manera de triunfo, que los metían en 
andas en su pueblo, trayendo consigo a los vencidos, y por eternizar 
sus hazañas se les cantaban públicamente y ansí quedaban memora- 
das, y con estatuas que les ponían en los templos.» Ibid. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 4O3 

y terminaba la inauguración con banquetes y públicos re- 
gocijos. Desde aquel momento se distinguía al nuevo caba- 
llero por ciertos privilegios y también por una divisa que 
indicaba su categoría. Es digno de notar que semejantes 
honores no estaban reservados exclusivamente al mérito 
militar, sino que eran también la recompensa de servicios 
de otro género, como la sabiduría en ios consejos, o la sa- 
gacidad y buena fortuna en el comercio, pues que este era 
tenido en tan gran estimación entre los traxcaltecas, como 
entre todos los demás pueblos de Anáhuac (i). 

El templado clima de la meseta proporcionaba medios 
fáciles de hacer un tráfico extenso. La feracidad del suelo 
estaba indicada por el nombre mismo del país, pues Trax- 
calán significa tierra de los sembrados. Sus extensos valles, 
situados en la falda de collados elevados, estaban cubiertos 
con las amarillas espigas del maíz y con las flores del feraz 
maguey, planta que, como hemos dicho, servía para tantos 
usos importantes. Con estos y otros productos de la in- 
dustria agrícola, atravesaba el mercader la falda de las cor- 
dilleras, recorría las ardientes regiones que están al pie de 
ellas, y volvía después a su país cargado de todos los do- 
nes que la Naturaleza no había concedido a éste. 

Las varias artes de la civilización prosperaban a la par 
que la riqueza y bienestar públicos; a lo menos se las cul- 
tivaba tanto, aunque limitadamente, como entre los demás 
pueblos de Anáhuac. La lengua tlaxcalteca, dice el histo- 
riador de aquella nación, era sencilla, como conviene a 
un pueblo que habita entre las montañas; ruda e inculta, 
comparada con la tetzcocana, y por tanto, poco acomoda- 

(1) La descripción completa de las ceremonias de la inauguración, 
que según parece se refería principalmente a los caballeros mercade- 
res, se puede ver en el Apéndice, parte 2. a , núm. 9, donde he trascri- 
to el correspondiente pasaje de Camargo. 



404 W. H. PRESCOTT 

da a la composición. Pero en cuanto a las ciencias, los 
tlaxcaltecas marchaban a la par con sus vecinos. Su ca- 
lendario estaba calcado bajo el mismo pie; su religión, su 
arquitectura, muchas de sus leyes y de sus usos y costum- 
bres eran iguales, y demostraban el origen común de to- 
dos aquellos pueblos (i). La deidad tutelar de Tlaxcalan, era 
la misma feroz de los aztecas, aunque bajo diverso nombre; 
los templos estaban, como entre estos, empapados con la 
sangre de las víctimas humanas, y los banquetes servidos 
con los mismos manjares propios de caníbales (2). 

Aunque poco ambiciosos de conquistas extranjeras, la 
prosperidad de ios tlaxcaltecas había excitado desde lo an- 
tiguo la envidia de sus vecinos, y principalmente del opu- 
lento Estado de Cholula; frecuentes contiendas se trabaron 
entre ellos y los otros, quedando siempre la ventaja por 
parte de la república. En los últimos tiempos se íes pre- 
sentó un enemigo aún más formidable en los aztecas, 
quienes no podían sobrellevar la independencia de Tlaxca- 
lan, después de haber hecho sentir su poder y su imperio 
a todos los demás Estados inmediatos a la república. 
En tiempo del ambicioso Axayacatí, exigieron de los 
tlaxcaltecas que les pagasen el mismo tributo y obediencia 
que las demás provincias del país, amenazándolos si se 
rehusaban a verificarlo, con arrasar sus ciudades hasta los 
cimientos, y con entregar el suelo a los enemigos de 



(1) <Ra bel paese>, dice el Conquistador Anónimo, hablando de lo 
que era Tlaxcalan en tiempo de la invasión, <di pianure et motagne 
et é provincia populosa et vi si raccoglie molió pane*. Relat, d'un 
geni, hum., apud. Ramusio, tomo III, pág. 308. 

(2) El historiador de Tlaxcalan ha dado una noticia exacia de las 
costumbres, usos y política interior de esta nación, siendo esto de 
gran luz para el conocimiento de los demás de Anáhuac, pues parece 
que todas estaban vaciadas en un mismo molde. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 405 

Tlaxcalan. A estas imperiosas amenazas, contestó altiva- 
mente la pequeña república: «que ni ellos ni sus antepasa- 
dos habían pagado tributo u homenaje a ningún extraño, 
ni lo pagarían jamás; que si se les invadía, ya sabían ellos 
cómo habían de defender a su patria; que derramarían 
ahora su sangre en defensa de la libertad, con tanta prodi- 
galidad como sus antepasados la habían prodigado allá en 
lo antiguo, cuando derrotaron a los aztecas en las llanuras 
de Poyauhtlan.» (i) 

Esta resuelta contestación, íes echó encima todas las 
tropas de la monarquía, que sucumbieron bajo las armas 
de la república en una encarnizada batalla. Desde entonces 
continuaron las hostilidades entre ambas naciones, con 
mayor o menor actividad; pero siempre a muerte. No ha- 
bía prisionero que no fuese sacrificado; desde la cuna se 
inspiraba a los niños un odio implacable contra los mexi- 
canos, y en las breves treguas de las guerras, no se verifi- 
có jamás entre los de una nación y los de la otra ningún 
matrimonio, siendo este uno de los vínculos que ligaban y 
enlazaban entre sí a las tribus de Anáhuac. 

En esta lucha les sirvió de grande ayuda la incorpora- 
ción de los othomis, o como les llaman los españoles, oto- 
míes, raza salvaje y belicosa, que al principio habitaba al 
Norte del valle de México. Una parte de esta tribu pidió 
establecerse en la república y quedó desde luego incorpo- 
rada a ella. Su valor y su fidelidad a la patria adoptiva, les 
ganaron una gran confianza; de modo que ias plazas fron- 
terizas quedaron encargadas a su custodia. Las montañas 
que circuían el territorio tlaxcalteca, ofrecían muchas 
posiciones fácilmente defensibles contra cualquiera inva- 



(1) Camargo, Hist. de Tlaxcalan, M. S. Torquemada, op. cit., li- 
bro 2.°, cap. LXX. 



40Ó W. H. PRESCOTT 

sión, excepto por la parte oriental, donde un valle de unas 
seis millas de extensión, favorecía la aproximación de un 
enemigo; mas para impedirla, habían construido los cautos 
tlaxcaltecas esa formidable muralla que excitó el asombro 
de los españoles, y confiándola al cuidado de una guarni- 
ción de otomíes. 

Después del advenimiento de Moteuczoma, hicieron los 
mexicanos nuevas y más serias tentativas para subyugar a 
sus contrarios. Habiendo llevado sus armas vencedoras, 
mas allá de los Andes, hasta las remotas provincias de 
Verapaz y Nicaragua (i), se irritaba su vanidad de la resis- 
tencia de una repubiiquilla cuya extensión territorial no 
excedía de diez leguas de ancho y quince de largo (2). Mo- 
teuczoma mandó un ejército poderoso a las órdenes de su 
hijo predilecto, mas aquél fué derrotado, y muerto éste. El 
rabioso y burlado monarca, aprestó otra expedición más 
formidable; a las tropas de los territorios inmediatos re- 
unió las de su imperio, y con unas y otras formó un for- 
midable ejército con el cual invadió, asolándolos, los prin- 
cipales valles de Tlaxcalan; mas los bravos montañeses 
huyeron a los retiros de sus montañas, y espiando fría- 
mente el momento más oportuno, se desbordaron como 
un torrente sobre sus enemigos y les arrojaron con horro- 
roso estrago de su invadido territorio. 

No obstante las ventajas que los tlaxcaltecas habían ob- 
tenido sobre sus enemigos, estos no cesaban de hostilizar- 

(1) Gamargo, que en su historia de Tlaxcalan, trae una noticia de 
todas las conquistas de Moteuczoma. es una autoridad controvertible 
en este punto. 

(2) Torquemada, op. cit., lib. 3.°, cap. XVI. Solía dice: «el territo- 
rio de Tlaxcalan tenía cincuenta leguas de circunferencia, diez de 
largo de Oriente a Poniente, y cuatro de ancho de Norte a Sur. 
(Conquista, lib. 3.°, rap. TTL) ¡Linda figura geométrica, por cierto! 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DB MÉXICO 407 

les, prevaliéndose de su superioridad en número y en ri- 
queza. Los ejércitos aztecas estaban situados entre la repú- 
blica y la costa, impidiendo de esta suerte que aquella 
prolífera región expendiese todos los productos de su agri- 
cultura y de su industria. Por más de medio siglo carecie- 
ron de algodón, cacao y sal; bien que iejns de que les fuese 
penosa la privación de aquellos artículos, pasaron varias 
generaciones después de la conquista para que se introdu- 
jese el uso de la sai en sus manjares (i). Cuentan que en 
los intervalos de paz, los nobles aztecas enviaban a los je- 
fes de Tlaxcala esos varios artículos de comodidad, como 
por cortesía y generosidad. Según asegura el cronista na- 
cional, estos comercios se hacían sin que el pueblo lo su- 
piese, y sin menoscabar tampoco en lo más mínimo las li- 
bertades de la República, que guardó inviolablemente la 
rectitud de sus costumbres y el culto de sus dioses (2). 

Tal era el estado de Tlaxcalan cuando la venida de los 
españoles, viviendo, según parecía, precariamente a la som- 
bra del formidable poder que amenazaba su cabeza; pero si 
fuerte era la República por sus recursos, todavía lo era más 
por el indómito carácter de sus hijos; por su bien sentada 
reputación, tanto de moderada y leal dur nte la paz, como 
de valerosa en la guerra; y finalmente, porque su espíritu 
de independencia le granjeaba el respeto de sus enemigos. 
Con semejantes cualidades, y con su inveterada enemistad 

(1) Camargo, op. cit. 

(2) «Los señores mexicanos y teztocanos en tiempo que ponían 
treguas por algunas temporadas, enviaban a los señores de Tlaxcalan 
grandes presentes y dádivas de oro, ropa y cacao, y sal, y de t das las 
cosas de que carecían, sin que la gente plebeya lo entendiese, y se 
saludaban secretamente, guardándose el decoro que se debían; mas con 
todos estos trabajos, la orden de su República jamás sj dejaba de go- 
bernar con la rectitud de sus costumbres, guardando inviolablemente 
el culto de sus dioses.» Ibid. 



408 W. H, PRESCOTT 

y odio implacable contra los mexicanos, fácilmente se co- 
nocerá de cuánta importancia sería para ¡os españoles la 
alianza con aquella república; mas no era fácil obtenerla (i). 
Los tlaxcaltecas sabían la aproximación y catrera victo- 
riosa de los cristianos, cuya noticia se había difundido por 
toda la meseta; mas parece que no supieron, con la oportu- 
na anticipación, que se acercaban a su territorio; por ma- 
nera que les puso en grandes apuros la embajada en que 
pedían permiso para transitar por el territorio de la repú- 
blica (2). Convocóse al Senado, entre cuyos miembros hubo 
gran disidencia de opiniones. Algunos, siguiendo las tra- 
diciones populares, opinaban que los españoles eran los 
hombres blancos y barbudos que les habían predicho sus 
oráculos; pero quienes quiera que fuesen eran enemigos de 
México, y, por lo tanto, podían servirles de ayuda en su lu- 
cha contra este Imperio. Otros intentaban probar que los 
extranjeros nada tenían de común con ellos, puesto que en 
su travesía habían derribado los ídolos y profanado los 
templos. ¿Cómo han sabido que somos enemigos de Mo- 
teuczoma? ¿Por qué han oído a sus embajadores, recibido 
sus dádivas y se dirigen ahora en compañía de sus vasa- 
llos hacia su capital? Tales eran las reflexiones de un ancia- 
no señor, uno de los cuatro que presidían la república, lla- 
mado Xícotencatl. Era casi ciego y había vivido, según él 
mismo decía, más de un siglo (3). Su hijo, un joven impe- 

(1) El cronista tlaxcalteca descubre en aquella profunda enemis- 
tad contra México, la mano de la Providencia que se valió de este 
medio para derribar el imperio azteca. Ibid. 

(2) «.Si bien os acordáis, como tenemos de nuestra antigüedad, 
como han de venir gentes de la parte donde sale el sol que han de 
emparentar con nosotros, y que hemos de ser todos unos, y que han 
de ser blancos y barbudos.» Ibid. 

(3 V A la prodigiosa edad de ciento cuarenta, si habíamos de dar fe 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 409 

tuoso de su mismo nombre, mandaba a la sazón un ejérci- 
to poderoso de tlaxcaltecas y otomíes, cerca de la fronte- 
ra orienta!. El anciano opinaba que lo mejor sería caer de 
un golpe sobre los españoles, con este ejército; si el éxito 
era feliz, quedarían aquéllos en su poder; si desgraciado, la 
república podía desconocer aquel acto, reputándolo por 
del general, mas no de ella (i) El astuto consejo del ancia- 
no encontró buena acogida entre sus oyentes, bien que no 
fuese digno de la caballerosidad y celebrada buena fe de 
la república; más para un indio, como para los bárbaros 
de ía antigua Roma, eran conciliables et? la guerra, la fuer- 
za y los ardides, el valor y la perfidia (2). Los embajadores 
zempoaítecas fueron, pues, detenidos so pretexto de que 
asistiesen a un sacrificio. 

En tanto Cortés y su valerosa comitiva, habían llegado 
frente a la gran muralla, como lo hemos dicho en el capítu- 
lo precedente. No se sabe a punto fijo por qué causa no es 
taba guarnecida entonces por los otomíes; mas lo cierto es 
que los españoles ía salvaron sin encontrar resistencia. 
Cortés se puso a la cabeza de su caballería y a los de a pie 
les mandó que a paso acelerado le siguiesen, adelantándose 
él a explorar el terreno. Habrían andado tres o cuatro le- 
guas, cuando descubrió una partidiila de indios armados 
con espada y adarga a usanza del país, los cuales huyeron 
luego que estuvo cerca. Ordenóles que se detuviesen; pero 

a Camargo. Solís, que confunde a éste con su hijo, ha puesto en boca 
de este último una florida arenga, que sería una exquisita muestra de 
elocuencia, a no ser castellana. Conquista, lib. 2.°, cap. XVI. 

(1) Camargo, Ibid. Herrera, Hiat. General, Dec. 2, lib. 6.°, cap. III. 
Torquemada, Monarq. Ind., lib. 4.°, cap. XXVII. 

Hay tal contradicción y oscuridad entre las diversas cosas que se 
cuenta que hizo el Consejo, que es difícil conciliarias con los aconte- 
cimientos posteriores. 

(2) «Dolus an virtus, quis in hoste requiral?» 



410 W. H. PRESCOTT 

viendo que aquella orden sólo servía de que se alejasen 
más y más, pusieron los españoles las espuelas a sus caba- 
llos, y en breve dieron alcance a los indios fugitivos. Al 
ver éstos que era imposible escapar, en vez de mostrar el 
terror que ordinariamente inspiraba a los otros indios el 
aspecto sorprendente de la caballería, le hicieron frente y 
le dieron un terrible asalto. Ésta era muy superior a los 
bárbaros y en breve les habría despedazado, a no haberse 
presentado un cuerpo de muchos millares de indios que 
acudían apresuradamente a socorro de sus compatriotas 

Al ver esto Cortés, despachó a uno de los de su comi 
tiva a que, a toda prisa, acelerase la marcha de la infan 
tería. Los indios, después de disparar sus flechas, se arro 
jaron furiosos sobre los españoles; intentaban romper e 
puño de las lanzas y apear a los jinetes de los caballos 
echaron a tierra a un jinete que a poco murió de las heri 
das, y mataron dos caballos, tronchándoles el pescuezo de 
un golpe con sus pesadas alfanjes (i), lo que sería fabu- 
loso a no ser porque en la narración de estas aventuras, 
apenas hay un paso, y muy corto, de la historia a la no- 
vela. Cortés sintió tan vivamente la pérdida de sus caba- 
llos, por ser tan importantes y tan pocos, que de mejor 
gana habría perdido al mejor de los cabalgadores. 

Difícil y duro era el combate, y su desigualdad mayor 
que cuanto se cuenta en los romances españoles, en que 
un puñado de caballeros lidiaba con legiones de enemigos. 
Las lanzas de los cristianos fueron allí terribles; pero nece- 
sitaban serlo más que aquellas de Astolfo (que derribaba 
con sólo tocarla a miliares de enemigos), para sacarles sal- 
vos e ilesos de tan desigual pelea; así es que no fué poco, 

(1) «Y les mataron dos caballos de dos cuchilladas, y según algu- 
nos que lo vieron, cortaron a cercén de un golpe cada pescuezo, con 
riendas y todas.» Gomara, Crónica, cap. XLV. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 411 

en verdad, el alivio que sintieron al ver llegar a sus cama- 
radas que acudían apresuradamente en su ayuda. 

Apenas había llegado el grueso del ejército al campo de 
batalla cuando, formándose a toda prisa, hicieron tal des- 
carga con los mosquetes y ballestas, que contuvieron a 
sus enemigos; atónitos, más bien que intimidados, por el 
terrible estruendo de las armas de fuego, que por primera 
vez estallaban en aquellas regiones, no hicieron los indios 
nuevo esfuerzo por continuar el combate, y, retirándose 
en buen orden, dejaron el campo libre a los españoles; és- 
tos también, plenamente satisfechos con haber salido airo- 
samente del aprieto, no se ocuparon en perseguir en su 
retirada a los enemigos y volvieron a emprender su 
camino. 

Éste pasaba por un terreno cubierto de chozas de in- 
dios y de florecientes campos de maguey y de maíz, que 
indicaban una población industriosa y acomodada. Salié- 
ronles a encontrar dos enviados tlaxcaltecas acompañados 
de dos de los cuatro zempoaltecas. Al presentarse los pri- 
meros ante el general le mostraron su desaprobación del 
ataque que le habían dado los indios y le aseguraron que 
sería bien recibido en la capital de la república; Cortés 
escuchó aquellas protestas con urbanidad y mostró des- 
cansar en la buena fe de aquellas palabras más de lo que 
descansaba realmente. 

La noche se acercaba y los españoles estaban deseosos 
de acampar antes de que estuviese ya entrada; mas encon- 
traron sitio a propósito para hacerlo a la margen de un 
riachuelo que riega aquellas llanuras: a las dos orillas de 
aquél había unas que otras casas abandonadas, en las que 
entraron, cansados y hambrientos, en busca de alimento; 
pero todo lo que encontraron fué algunos animales domes- 
ticados, algo parecidos al perro, los cuales mataron y gui- 



412 W. H. PJRESCOTT 

saron sin ceremonia, y con esto y con el fruto de la tuna 
de que hay grande abundancia en las inmediaciones, pro- 
curaron satisfacer las necesidades del hambre. Cortés es- 
tuvo alerta toda la noche, durante 3a cual se relevaron para 
montar guardia compañías de a cien hombres, mas nadie 
les atacó, porque las hostilidades por la noche eran con- 
trarias al sistema de guerra usado por los indios (i). 

AI romper el día siguiente, que era el 2 de septiembre, 
ya estaban sobre las armas los españoles y todos los indios 
aliados, que ya subían al número de 3.000, pues Cortés 
había ido recogiendo reclutas en las ciudades por donde 
pasaba, habiéndole proporcionado 300 la última en que 
estuvo. Después de oír misa continuaron su camino. 
Movíanse formando una masa compacta, porque el ge- 
neral les había amonestado previamente que no se que- 
dasen atrás ni se separasen de las nías, porque era seguro 
que serían cortados por el cauteloso y vigilante enemigo. 
Los caballeros marchaban de tres de frente, para mejor 
auxiliarse los unos a los otros, y les previno Cortés que en 
el calor de la refriega procurasen pelear juntos y no se dis- 
persasen; les enseñó la manera de llevar la lanza de modo 
que evitasen que los indios se las rompiesen, que es a lo 
que aspiraban constantemente, y les previno que no die- 
sen lanzadas y que apuntasen directamente a la cara de 
sus enemigos (2). 

No habían andado mucho cuando les encontraron los 

(1) Relación segunda de Cortés, en Lorenzana. ptig. 50. Camargo. 
op. cit. Bernal Díaz, Hist. de la Conq., cap LXI1. Gomara, Crónica, 
cap. XLV. Oviedo, Hist. de las Ind., M. S., lib. 33, caps. III-XLI. Sa- 
hagun, Hist. de Nueva España, M. S., lib. 12, cap. X. 

(2) «Que cuando rompiésemos por los escuadrones que llevasen 
las lanzas por las caras y no parasen a dar lanzadas porque no les 
echasen roano de ellas, > Bernal Díaz, ubi. supra. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 413 

otros dos enviados zempoaítecas, que con ademanes de 
terror informaron al general de que traidoramente les ha- 
bían cogido y aprisionado con objeto de sacrificarles en 
una fiesta que estaba para celebrarse, mas que habían 
logrado escaparse de noche; también añadían la infausta 
nueva de que ya había un considerable ejército de indios 
preparado a impedir a ios españoles que pasasen adelante. 

Poco después vieron una masa de indios compuesta de 
cosa de cien mil, todos armados y blandiendo sus armas 
luego que los españoles se acercaron, como para desafiar- 
les. Luego que estuvo Cortés a distancia tal que pudieran 
oírle, mandó al intérprete que proclamase que no tenía in- 
tenciones } y que todo lo que solicitaba era que le permi- 
tiesen pasar por aquel país, donde había entrado en clase 
de amigo; y ordenó al notario Godoy y que diese fe allí 
mismo de que si se derramaba la sangre, la culpa no era 
de los españoles. A este pacífico mensaje, se contestó corno 
era de costumbre, con una descarga de dardos, piedras y 
flechas, que caían cerno lluvia sobre los españoles, rebo- 
tando contra sus duros arneses, y penetrando algunas ve- 
ces hasta la piel. Irritados por el dolor de sus heridas, 
instaron al general para que se precipitase al combate; has- 
ta que dijo Cortés el grito de guerra: «Santiago y a 
ellos.» (i) 

Los indios conservaron su posición por un rato, y en 
seguida se retiraron precipitada, pero ordenadamente (2). 
Los cristianos, cuya sangre se había inflamado en la pelea, 
se aprovecharon de la ventaja que habían adquirido, con 
más celo que prudencia, y se dejaron llevar en persecución 
de los enemigos hasta una cañada o desfiladero estrecho 

(1) Entonces dijo Cortés: «-Santiago, y a ellos.» Ibid, cap. LXIII. 

(2) «Una gentil contienda», dice Gomara hablando de esta escara- 
muza. Crónica, cap. XLVI. 



414 W. H. PRKSCOTT 

cortado por un arroyo, en el cual era imposible que ma- 
niobrasen los cañones ni la caballería. Habiendo adelantá- 
dose impacientes por salir de tan angustiada posición, se 
encontraron muy a pesar suyo al voltear un ángulo brusco 
que formaba la garganta misma, en presencia de un inmen- 
so ejército que ocupaba el desfiladero y el extenso valle 
que estaba tras él. Los asombrados ojos de Cortés conta- 
ron cien mil indios; pero nadie regulaba que fuesen menos 
de treinta mil (i). 

Presentaban un confuso conjunto de cascos, armas y va- 
riadísimas plumas que relumbraban con la luz del sol na- 
ciente, y entre las cuales se veían las banderas, sobre to- 
das las cuales se elevaba majestuosa una cuya divisa era 
una garza sobre una roca. Era la famosa enseña de la casa 
de Titéala, la cual, así como también las listas amarillas y 
blancas y las mallas del mismo color que llevaban los in- 
dios, denotaban que eran guerreros de Xicotencatl (2). 

Luego que estos apercibieron a los españoles, arrojaron 

(1) Relación segunda de Cortés, en Lorenzana, pág. 51. Según 
Gomara, el enemigo contaba 80.000 combatientes (Crónica, cap. XLVI) 
Igual cosa dice Ixtlilxochitl (Hist. Chichi., M. S., cap. LXXXIII.) Ber- 
nal Díaz dice que más de 40.000 (cap. LXIII); pero Herrera (Dec. 2, 
libro 6.°, cap. V) y Torquemada (lib. 4.°, cap. XX), reducen este nú- 
mero a 30.000. Más fácil sería contar las hojas de un bosque, que el 
número de una caterva de bárbaros. Pero teniendo presente que este 
ejército era sólo uno de los varios que habían puesto sobre las armas 
los tlaxcaltecas, parecerá abultado aún el último cómputo. Toda la po- 
blación de la nación, según Clavijero, que no tiene por qué dismi- 
nuirla, no pasaba de medio millón de habitantes. Hist. de México, 
tomo I, pág. 156. 

(2) La divisa y arma de la casa y cabecera de Titéala, es una gar- 
za blanca sobre un peñasco. (Camargo, ibid.) «El capitán general 
que se decía Xicotenga, y con sus divisas de blanco y colorado por- 
que aquella divisa y librea era la de aquel Xicotenga. > Bernal Díaz, 
capítulo LXIII. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 41 5 

un horroroso grito de guerra, o mejor dicho, un chillido 
agudo y penetrante, y que acompañado del acento de sus 
melancólicos instrumentos, capaces de escucharse más de 
media legua a la redonda, infundían terror en el corazón 
más animoso (I). Aquella hueste formidable se precipitó 
sobre los españoles toda de un golpe, como si hubiese 
querido con la enormidad de su número y de su peso, 
agobiar a los cristianos; mas el intrépido puñado de estos, 
perfectamente unidos todos, y guarecidos por sus fuertes 
armaduras, resistieron inmovibles el choque de los indios, 
mientras que las disgregadas masas de estos, agitándose en 
torno de aquellos, parecían retroceder sólo para cobrar 
nuevo y más irresistible impulso. 

Cortés, puesto al frente del peligro, como lo tenía de 
costumbre, en vano procuraba abrir con sus caballos paso 
para la infantería; y .tanto los infantes como los caballos, 
permanecieron largo tiempo sin usar sus armas, por no 
encontrar un punto por donde atacar al enemigo; mas por 
fin, intentaron un grupo de tlaxcaltecas atacar de concier- 
to a un soldado llamado Morón, uno de los mejores jine- 
tes, y consiguieron en efecto apearle del caballo, que mu- 
rió bajo el peso de un millar de heridas; mas los españoles 
hicieron entonces un esfuerzo desesperado para rescatar a 
su camarada de manos de sus enemigos y de la horrible 
suerte del cautiverio, trabándose un espantable combate 
sobre el cuerpo del postrado caballo. Diez españoles que- 

(1) «Llamaban Teponaztle que es un tronco de madero, concabado 
y de una pieza rolliza, y como decimos, hueco por dentro, que suena 
algunas veces más de media legua y con el atatnbor hace suave y ex- 
traña consonancia.» Camargo, Historia de Tlaxcalan, M. S. Clavijero, 
que en una lámina trae representado este instrumento, dice que to- 
davía se usa, y que se le oye a distancia de dos o tres millas. Historia 
de México, tom. II, pág. 179. 



4IÓ \V. H. PRESCOTT 

daron heridos al recobrar a su desventurado compañero; 
pero este quedó tan gravemente herido, que murió ai día 
siguiente. Los indios se llevaron en triunfo el caballo 
muerto, y sus despedazados restos fueron enviados como 
un trofeo a las diferentes ciudades de Tlaxcalan. Aquel su- 
ceso desagradó mucho al general español, que conoció que 
el caballo había quedado despojado de ese terror sobrena- 
tural que les había inspirado a los indios la superstición, y 
para mantener el cual había ordenado el día anterior que 
se enterrase secretamente a los dos caballos muertos. 

Entonces comenzaron a dejar libre el paso los indios, 
empujados por los jinetes y pisoteados por los caballos. 
Durante aquella dura pelea, fueron muy útiles a los espa- 
ñoles sus aliados zempoaltecas, quienes se arrojaron al 
agua y atacaron a sus enemigos con la desesperación de 
quien no tiene más esperanza de salvarse, que desesperar 
de la salvación (i). «Nada espero ya para nosotros más que 
la muerte, dijo a Marina un jefe zempoalteca, jamás conse- 
guiremos salir con vida de este paso.» «El Dios de los 
cristianos es con nosotros, respondió la intrépida mujer, y 
él nos sacará con bien» (2). 

En medio del estrépito del combate se oía la voz de 
Cortés que alentaba a sus soldados, diciéndoles: «Si des- 
mayamos ahora, jamás se plantará en esta tierra la cruz de 
Cristo; ade'ante, compañeros: ¿cuándo se ha oído que un 
español haya vuelto la espalda a un enemigo?» (3) Anima- 

(1) Una illis fuit spes saluiis, despesasse de salute. Mártir, De 
Orbe Novo, Dec. 1, cap. I. Esto está dicho con la energía clásica de 
Tácito. 

(2) «Respondió María que no tuviese miedo, porque el Dios de los 
cristianos, que es muy poderoso y los quaría mucho, los sacaría de] 
peligro.» Herrera, Hist. general, Dec. 2, lib. 6.°, cap. V. 

(3) Lbid, ubi. supra. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 417 

dos por la voz y por el heroico ejemplo de su caudillo, con- 
siguieron al fin, después de los más desesperados esfuerzos, 
abrirse paso por entre las espesas columnas de sus enemi- 
gos y salir al llano. 

Luego que se vieron allí, recobraron la confianza que te- 
nían de su superioridad sobre los indios. Los caballos des- 
pejaron al punto el terreno donde debía obrar la artillería. 
Las cerradas filas de los enemigos prestaban un blanco se- 
guro. Los truenos de los cañones que vomitaban torrentes 
de fuego y humo sulfuroso, el horrendo estrago que causa- 
ban en las enemigas filas, y los mutilados cuerpos de los 
muertos, llenaron de consternación y terror a los indios; 
ellos no tenían armaduras con que resistir aquellos terri- 
bles proyectiles, y sus leves flechas, descargadas por manos 
no certeras, nada podían hacer contra las guarnecidas ca- 
bezas de los cristianos. Lo que más aumentaba la confusión 
era su deseo de sacar del campo de batalla a los muertos y 
heridos, costumbre general entre todos los pueblos del 
Anáhuac; pero que naturalmente les exponía a los mayores 
daños. 

Ocho de los primeros jefes habían muerto, por lo que 
encontrándose Xicontecatl incapaz de emprender en cam- 
po raso un nuevo ataque contra los españoles, ordenó la 
retirada; ésta no se efectuó como es corriente entre bárba- 
ros, en confusión y con el desorden que introduce un te- 
rror pánico, sino por el contrario, con todo el orden con 
que pudiera verificarla el ejército mejor disciplinado. Cor- 
tés había quedado tan satisfecho como el día precedente, 
con las ventajas ya obtenidas; así es que no se empeñó en 
perseguirlos. Una hora faltaba para que se pusiese el sol, 
y estaba por lo mismo impaciente por procurarse un 
campamento a prepósito para que descansasen sus es- 

27 



4l8 W, H. PRESCOTT 

tropeados soldados, y para pernoctar con seguridad (i). 

Recogió sus heridos y se puso a caminar sin pérdida de 
tiempo, y antes de oscurecer llegó a un cerro llamado de 
Tzompatchtepetl, o cerro de Tzompatch. Estaba coronado 
por una especie de torre de un templo, cuyas ruinas aun 
se conservan (2). Su primer cuidado fué asistir a los heri- 
dos, tanto hombres como caballos; afortunadamente, en las 
chozas inmediatas encontraron abundancia de víveres; así 
es que los soldados, al menos los que no estaban incapaci- 
tados por sus heridas, celebraron la victoria de aquel día 
con fiestas y regocijos. 

En cuanto el número de muertos y heridos que hubo 
por ambas partes, es materia de inciertas conjeturas. Muy 
considerable debe de haber sido la pérdida de los indios; 
pero la costumbre de sacarlos del campo de batalla, hace 
imposible calcularla exactamente. La pérdida de los espa- 
ñoles consistía principalmente en heridos, pues los indios 
de Anáhuac procuraban más bien que matar, coger prisio- 
neros con que solemnizar sus triunfos y que sirviesen de 
víctimas en sus sacrificios; circunstancia a que no pocas ve- 
ces debieron los cristianos la salvación de su persona. Si 
hubiésemos de creer a los conquistadores mismos, la pér- 
dida fué de muy poca monta; pero nadie que haya consul- 
tado a los antiguos escritores españoles, en lo tocante a sus 
guerras con los infieles, tanto moros como americanos, ten- 
drá gran confianza en sus datos numéricos (3). 

(1) Oviedo, Eist. Gen. de las Ind., lib. 33, caps. I1I-XLV. Ixtülxo- 
chitl, Eist. Chich., M. S., cap. LXXX1II. Relación segunda de Cortes, 
en Lorenzana, pág. 51. Bernal Díaz, Hist. de la Conq., cap. LXIIL Go- 
mara, Crónica, cap. XL. 

(2) Viaje de Cortés en Lorenzana, pág. 11. 

(3) Sagúa Clavijero, ni un solo español murió, bien que muchos 
salieron heridos, en esta acción tan fatal para los infieles. Díaz, con- 



HISTOJRI* DB LA CONQUISTA DE MÉXICO 419 

Los sucesos de aquel día prestaban a Cortés asunto para 
serias y dolorosas reflexiones. En todas partes, desde que 
había llegado a las playas de América, había encontrado 
una denonada resistencia; en todas partes había tenido que 
combatir con tropas formidables por sus armas, por su va- 
lor y disciplina; lejos de que los tlaxcaltecas hubiesen obe- 
decido a ese terror supersticioso que habían mostrado los 
demás indios, había abalanzádose osadamente sobre sus 
enemigos, y sucumbido únicamente a la superioridad de 
estos en la ciencia militar. ¡De cuanto momento no sería 
tener por aliados a aquellos hombres, en una campaña con- 
tra los de su misma raza, como por ejemplo los aztecasl 
Mas hasta allí, todas las propuestas de advenimiento habían 
sido desdeñosamente rechazadas, y parecía probable que 
a cada paso se encontraría nueva y terrible resistencia. El 
ejército, particularmente los indios, celebraba los triunfos 
de aquella jornada, con festejos y danzas, con cantos de 
exclamaciones de alegría y de triunfo. Cortés protegía 
todo, conociendo cuan importante era alentar el espíritu 
de sus soldados; mas, al fin, se acallaron la algazara y el 
bullicio del festín, y mientras el ejército dormía profunda- 
mente, acampado alrededor de la colina, el general vela- 
ba, agitado por un tropel de pensamientos. 

fiesa un muerto. En la famosa batalla de las Navas de Tolosa, habida 
entre los moros y los españoles en 1212, quedaron en el campo de 
batalla 200.000 infieles, siendo iguales a los cristianos en la ciencia 
militar de aquellos tiempos, y en compensación de tan enorme pérdida, 
sólo perecieron 25 españoles. Véase la veraz carta de Alfonso IX, en 
Mariana, lib. 2.°, cap. XXIV. Las noticias oficiales de los cruzados cris- 
tianos tanto del Nuevo como del Viejo Mundo, merecen la misma fe 
que los Boletines imperiales de Francia, en nuestros tiempos. 



CAPÍTULO XI 



Victoria decisiva. — Senado indio. — Ataque nocturno. — 
Negociaciones con el enemigo.— Héroe tlaxcalteca. 

(1519) 

A los españoles se les había dejado descansar quieta- 
mente durante el día- siguiente y recobrar las fuerzas per- 
didas en la fatiga y refriega de la víspera; en todo, no les 
faltó ocupación, pues se emplearon en componer y limpiar 
sus armas y en llenar de flechas los carcaxes de los indios, 
preparándose a nuevas peleas, por si la severa lección que 
habían dado la víspera a los enemigos no bastaba a des- 
alentarles. Al segundo día, viendo Cortés que no volvían 
los primeros embajadores, resolvió mandar otros nuevos, 
proponiendo un armisticio y pidiendo que se le permitiese 
pasar en calidad de amigo a la capital de la República, y 
escogió para este mensaje a dos de los principales jefes 
cogidos prisioneros en la última batalla. 

Entretanto, temeroso de dejar a sus tropas en semejante 
estado de inacción, que el enemigo interpretaría tal vez 
como resultado de miedo o de debilidad, se puso a la ca- 
beza de la caballería y de todas las tropas ligeras que es- 
taban más aptas para el servicio y emprendió una excur- 
sión a las cercanías del campamento. £1 país era monta- 



422 W. H. P8KSCOTT 

ñosoj como formado por un ramal de la sierra de Tlaxcala; 
los hermosos valles y setos estaban cubiertos de plantíos 
de maíz y de maguey, y las alturas coronadas de ciuda- 
des y pueblos, algunos de ellos con 3.000 habitantes (i). 
En algunas partes sufrió fuertes resistencias, que vengó 
sobradamente, arrasándolo todo a hierro y fuego. Después 
de su provechosa expedición, regresó al real, trayendo 
provisión abundante de víveres y muchos centenares de 
indios cautivos. Luego que llegaron al campamento hizo 
que se les tratase afablemente, para darles a entender que 
los actos de violencia que habían tenido que cometer los 
españoles no eran hijos de su voluntad, sino de la hostil 
acogida que les habían hecho los otros indios. De esta 
suerte esperaba poder infundirles ideas de su poder por 
una parte, y por la otra, de sus amigables intenciones, 
siempre que ellos también le fuesen amigos. ._ 

Al llegar a sus reales encontró Cortés a los dos envia- 
dos, que ya estaban de vuelta del campamento tlaxcalteca; 
habían encontrado a Xicontecaíl a cosa de dos leguas de 
distancia, donde estaba acampado con su poderoso ejér- 
cito; les dio audiencia a la cabeza de él, mandando a los 
españoles la siguiente respuesta: «Que podían pasar, luego 
que les pareciese, a Tlaxcala, donde sus cuerpos serían 
despedazados para ofrecer su carne a los dioses; y que si 
preferían mejor quedarse en sus cuarteles, al día siguiente 



(1) Relac. seg. de Cortés, en Lorenzana, pág. 52. 

Oviedo, que hizo gran uso de los manuscritos de Cortés, dice que 39. 
(Hist. de las Ind., M. S., lib. 33, cap. III.) Esta contradicción tal vez 
se podía explicar atendiendo a que el signo con que los españoles se- 
ñalan un millar es muy parecido a un número 9. Pero Mártir, quien 
también compulsó los manuscritos del conquistador, confirma el nú- 
mero referido en el texto bien que juzgando a priori, sea el menoa 
probable. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 423 

veríamos su respuesta.» (i) Los embajadores añadieron 
que el cacique traía un grande ejército, compuesto de cin- 
co escuadrones de 1 0.000 hombres cada uno; era la flor 
de los guerreros otomíes y tlaxcaltecas, puestos sobre las 
armas por orden del Senado, que había resuelto arriesgar 
en una batalla decisiva toda la suerte de la República y 
exterminar de un solo golpe a los invasores de su terri- 
torio (2). 

Aquel atrevido reto, sonó desagradablemente a los oídos 
de los españoles, que no se esperaban encontrar tan perti- 
naz resistencia. Pruebas tenían del valor e ímpetu de los 
enemigos, que hoy estaban en condiciones mucho más 
ventajosas, pues había multiplicado el número de los com- 
batientes. El horroroso destino que se aguardaba a los ven- 
cidos daba a aquella guerra un aspecto técrico y tremendo. 
cTemíamos la muerte», dice el valeroso Berna). Díaz, con 
su genial franqueza, «porque al fin éramos hombres». Casi 
no hubo uno en el ejército que no se confesase aquella no- 
che con el Padre Olmedo, quien la pasó enteramente ocu- 
pado en administrar la absolución y las demás ceremonias 
solemnes de la Iglesia. Así armados con los santos sacra- 
mentos, quedaron los soldados esperando tranquilamente 

(1) «Que fuésemos a su pueblo, adonde está su padre, que allá 
harían las paces con hartarse de nuestras carnes y honrar sus dioses 
con nuestros corazones y sangre, e que para otro día de mañana ve- 
ríamos su respuesta.» Bernal Díaz, Eist. de la Conq., cap. LXIV. 

(2) Más de un escritor español cuenta que el general tlaxcalteca 
envió a los hambrientos españoles abundante provisión de víveres; se- 
ría tal vez para que estuviesen con fuerzas para pelear. (Gomara, Cró- 
nica, cap. XLVI. Ixtlilxochitl, Hist. Chich., M. S., cao. LXXXIII.) No 
me parece muy probable esta generosidad ultracaballerosa del bárba- 
ro; y juzgo más creíble, atendida la noticia que da Cortés de lo pro- 
ductiva que le fué su excursión, que ésta sería la que abasteciese de 
Us cosas necesarias. 



424 W. H. PfiESCOTT 

la suerte que les hubiese de tocar peleando bajo la insignia 
de la Cruz (i). 

Como la batalla era inevitable, Cortés resolvió ponerse 
en marcha y atacar al enemigo en su campamento; esto era 
dar una prueba de confianza, y servía al doble propósito 
de intimidar a los tlaxcaltecas y de alentar a los suyos, que 
acaso podían entibiarse un poco si permanecían inactivos 
en sus trincheras aguardando el asalto de los enemigos. El 
sol amaneció radiante al día siguiente, que fué 5 de sep- 
tiembre de 1519, día memorable en la historia de las con- 
quistas españolas El general revisó a sus tropas y les diri- 
gió, antes de marchar, algunas palabras para alentarles y 
advertirles de varias cosas; a la infantería le previno que 
usase más bien de la punta que del filo de la espada, y que 
procurase herir a los enemigos en el cuerpo; los caballos 
debían marchar a paso regularmente violento, y apuntar 
sus lanzas a los ojos de los indios; los arcabuceros, balles- 
teros y la artillería, debían auxiliarse recíprocamente, car- 
gando unos sus armas mientras otros las descargaban, de 
manera que dirigiesen sobre el enemigo un fuego no inte- 
rrumpido; y finalmente, todos debían conservar sus filas 
unidas y sin dejar claros, pues de allí dependía toda su 
salvación. 

No habían andado ni un cuarto de legua, cuando avista- 
ron al ejército enemigo. Sus gruesas filas se extendían y 
dilataban a lo largo de un prado o llanura de cosas de seis 
millas cuadradas; las apariencias no desmentían los infor- 
mes recibidos acerca de su gran número (2). Nada más 

(1) Relación segunda de Cortés en Lorenz^na, pág. 52. Ixtlilxo- 
chitl. Hist. Ch>ch.. M. S, cap. LXXXIÜ. Gomara, Crónica, capítu- 
los XLVI-XLV1I. Oviedo, Hüt. General de los lnd.. M. S., lib. 83, ca- 
pítulo III. Bernal Díaz, Eist de la Conq., cap. LXIV. 

(2) Al través de sus lentes de aumento, contó Cortés hasfa 150.000 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DB MÉXICO 42$ 

pintoresco que el aspecto de estos ejércitos de indios. El 
cuerpo de los soldados rasos están vistosamente pintados» 
los extraños yelmos de los jefes, están cubiertos de oro y 
piedras preciosas que relucen, lo mismo que las armaduras 
de rico y variado plumaje (i). Innumerables lanzas y dar- 
dos de itztli o de cobre bruto, centellean a la luz del sol 
naciente, a manera de esas luces fosfóricas que cintilan en 
un mar agitado; mientras que la retaguardia de las huestes 
enemigas está oscurecida por la sombra de las banderas en 
que están blasonadas las armas de los grandes guerreros 

(loe. citato); número que han adoptado los escritores subsecuentes. 
(1) «Nuestras tiernas y mórbidas doncellas 

No se ostentan más bellas y galanas, 
Cuando de Mayo las tempranas rosas 
A. recoger, festivas se levantan, 
Como el- duro guerrero tlaxcalteca 
Cuando al fiero combate se prepara. 
A los rayos del son, cual de oro tersas 
La cimera relucen y la adarga; 
Rico penacho de ondeantes plumas 
Rodean el casco, y la vistosa malla 
De variado plumaje, el pecho cubre. 
Ni de la siempreviva la escarlata, 
Ni del lozano abril el verde césped. 
Ni las piedras preciosas, ni las alas 
De rica y matizada mariposa, 
Ni el pétalo suave de temprana 

Y fresca rosa, a competir se atreven 
Con los matices y ostentosas galas 
De la rica y espléndida armadura. 
Entre confusa y bélica algazara, 

Y al ronco son de rudos instrumentos, 
El guerrero se arroja a la batalla; 
Mientras nosotros, la rodilla en tierra, 
Elevamos al cielo una plegaria.» 

Madoc, parte I, eanto 7.° 



426 W. a. PRESCOTT 

otomíes y tlaxcaltecas (1); entre todas ellas se distinguía 
un estandarte blanco que tenía por divisa una garza sobre 
una roca, y era el de ía casa de Xicotencatl; descollando 
majestuoso aún sobre éste, el de la águila dorada y con 
las alas abiertas, ricamente adornado de plata y esmeral- 
das, semejante al signum romano, y que era el grande es- 
tandarte de la república de Tlaxcalan (2). 

Los soldados rasos no usaban vestido alguno, excepto 
una correa en la cintura; pero el resto del cuerpo estaba 
pintado con los colores propios del capitán a cuya compa- 
ñía pertenecían; las mallas de pluma de los principales je- 
fes también eran de determinado color, que designaba esto 
mismo; del mismo modo que cada tartán indicaba la tribu 
peculiar de cada montañés (3). Los caciques y guerreros 
principales vestían una túnica de algodón de dos pulgadas 

(1) Los estandartes de los mexicanos iban a la vanguardia, los de 
los tlaxcaltecas a retaguardia del ejército. (Clavijero, Stor. del Mess. 
tomo II, pág. 145.) Según dice el Conquistador anónimo, el asta ban- 
dera estaba de tal modo atada al cuerpo del abanderado, que era im- 
posible que pudiera abandonarla o quitársela. Reí d' un gentil' huomo, 
op. Ramus., t. III, fol. 304. 

(2) Camargo, Hist. de Tlaxcalan, M. S. Herrera, Hist. General 
de las Ind. f dec. 2, lib. 6.°, cap. VI. Gomara, cap. XLV1. Bernal Díaz, 
capítulo LXIV. Oviedo, Hist. de las Ind., M. S., lib. 33, cap. XLV. 

Los dos escritores citados dicen que un pájaro blanco, a maneja de 
avestruz, era la de la Eepública. Evidentemente la han confundido 
con la del general. Camargo, que trae los escudos de armas de las 
cuatro familias de Tlaxcalan, dice que la bandera con una garza blan- 
ca era la pe Xicotencatl. 

(3) Las noticias del historiador tlaxcalteca las confirman el Con- 
quistador anónimo y Bernal Díaz, arabos testigos de vista; no obstan- 
te que este último confiesa sinceramente, que a no haber visto por sus 
propios ojos qué había caballeros y divisas entre aquellos bárbaros, 
jamás lo habría creído Hist de la Conq.. cap. LXIV, et alibi. Camargo, 
Hist. de Traxcalan, M. S., Relac. d'un gent. en Ramus., vol. III, 
fol. 305. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DK MÉXICO 427 

de grueso, y que les cubría no sólo el cuerpo, sino también 
parte de los muslos y de I03 hombros; sobre esta túnica 
usaban los guerreros ricos, láminas delgadas de oro y plata; 
las piernas estaban destendidas por botas o sandalias de 
cuero, bordadas de oro; pero la pieza más rica del vestido 
era una capa de plumaje curiosamente bordada, y algo pa- 
recida al surtú que usaban sobre la armadura los caballe- 
ros europeos de la Edad Media; completaba este gracioso 
vestido un casco de madera o de cuero que representaba 
de ordinario la cabeza de algún animal íeroz, y que por lo 
común dejaba ver una larga fila de dientes: este" casco de- 
fendía la cabeza del guerrero, y le daba un aspecto gro- 
tesco y horroroso (i). De la cimera pendía un penacho de 
esplendentes plumas, que indicaba con su forma y color el 
rango y familia del que lo llevaba. Para completar sus ar- 
mas defensivas llevaban escudos, algunas veces de madera 
forrada de cuero, y las más de un armazón de cañas cubier- 
ta de una colcha de algodón, lo cual se prefiere a lo otro 
por ser más portátil y menos expuesto a quebrarse. Tam- 
bién usaban otros escudos en que el algodón estaba cubier- 
to de una sustancia elástica que permitía doblarlos como 
un abanico o quitasol. Todos estos escudos estaban ador- 
nados según el gusto de su dueño y sus proporciones, y es- 
taban guarnecidos con un bello penacho de plumas. 

Sus armas consistían en hondas, flechas, arcos, javelinas 
y dardos. Eran arqueros acabados, capaces de disparar dos 
o tres flechas a un tiempo; pero principalmente sobresalían 

(1) «Portano ia testa per difesa una cosa como teste di serpenti, 
o di tigri, o di Iíodí o di lupi che a les maschelle, et a la testa del 
huomo messa nella testa di questo, como se lo volese devorare: sonó 
di legno et sopra vi e la penna et di piastra d'oro et di piastre pre- 
cióse copte, eche e cosa maraviglioiosa da vedere.» Conquistador anó- 
nimo ubi. supra. 



428 W. H. PRESCOTT 

en el manejo de la javelina, y mayormente de una especie 
de esta, que tenían un cordón que servían para llamar el 
arma después de haberla arrojado y que era la más temida 
por los españoles. Todas estas armas remataban en una 
punta de hueso o de itztli (obsediana), la durísima y vi- 
driosa sustancia de que ya hemos hablado, y que era capaz 
de adquirir el filo de una navaja, aunque se embotaban fá- 
cilmente. Sus lanzas y saetas remataban a veces en una pun- 
ta de cobre: en vez de espadas usaban de una masa que 
movían a dos manos, la cual tenía atravesada de distan- 
cia en distancia, cortantes navajas de itztli: era de tres pies 
y medio de largo, y tan formidable que, según nos asegura 
un testigo de vista, de un solo golpe mataba a un ca- 
ballo (i). 

Tales eran los arneses guerreros tlaxcaltecas, y aun ge- 
neralmente hablando de todas las naciones que ocupaban 
las mesas centrales de Anáhuac: algunos de ellos con los 
escudos y las mallas de algodón, eran tan excelentes, que 
los españoles los adoptaron luego, pues al mismo tiempo 
que ofrecían mucha defensa, eran menos pesados y más 
manejables que los suyos. Eran suficientemente fuertes 
para rechazar una flecha o el golpe de una javelina, bien que 
incapaces de resistir a las armas de fuego; pero también, 
¿qué arma no lo es? No obstante esto, no sería una exage- 
ración decir que en utilidad, fuerza y gracia, no les aven- 
tajaban las de las naciones más cultas de la antigüedad (2). 

(1) «Yo vidi che combattendosi un di, diede un indiano una cor- 
tellata a un caballo sopra il qual era un caballiero con chi combatte- 
va, nell petto, che glelo a perse fin alie interiora, et cadde inconta- 
nenti mortu, et il medessino giorno viddi che un altro indiano diede 
un altra cortellata a un altro caballo su il eolio che se lo gettó mor- 
to a i piedi.» ubi. supra. 

(2) Noticias en particular acerca del vestido militar y del arreglo 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 429 

Tan luego como se avistaron los españoles, comenzaron 
a desafiarlos sus enemigos, haciendo gran estrépito con sus 
instrumentos músicos, que consistían en atavales, trom- 
petas y caracoles, y con los cuales proclamaban de ante- 
mano su victoria sabré el puñado de los conquistadores. 
En cuanto estuvieron estos a tiro de saeta, descargaron so- 
bre ellos tan gran multitud de ellas, que se obscureció el 
sol por un momento, como si pasase una nube, arrojando 
no menos cantidad de piedras (i). Los españoles avanzaron 
lenta y cautamente por entre aquella descarga, hasta si- 
tuarse a tal distancia del enemigo, que pudiesen causarle 
daño las armas de fuego: hicieron alto entonces y comen- 
zaron a hacer un fuego certero todos simultáneamente. 
Cada bala se abría un camino de muerte, y eran tantos 
los indios que caían, que no les era posible, a los que ve- 
nían detrás, recoger los muertos y sacarlos del campo de 
batalla, conforme lo tenían de costumbre: las balas, al abrir 
un claro por entre las gruesas filas, se llevaban por delante 
los fragmentos de las rotas armas, y los miembros muti- 
lados, esparciendo en su tránsito el terror y la desolación. 
La caterva de bárbaros quedó estuperfacta por algún tiem- 
po; mas por último, impelida por la desesperación, arro- 
jaron todos a un tiempo sus espantosos aullidos de gue- 
rra y cargaron con violentísimo ímpetu sobre los cristianos. 
Parecían un huracán o un enorme témpano de hielo, que 



de las tribus que ocupaban la mesa de Anáhuac, pueden verse en Ca- 
margo, Hsit. de Traxcalan, M. S. Clavijero, Stor. det Mess., tom. II, 
pág. 101 y siguientes. Acosta, lib. VI, cap. XXVI. Relac. d'un gent. 
huom, en Ramussio, tomo III, fol. 305, et auct. al. 

(1) «¡Qué granizo de piedra de los honderos! Pues flechas, todo el 
suelo hecho parvas de varas todas de a dos gajos, que pasan cual- 
quiera arma, y las entrañas donde no hay defensa.» Bernal Díaz, 
Hi8t. de la Conq., cap. LXV. 



430 W. H. PRESCOTT 

precipitándose de la encumbrada montaña, conmueve la 
tierra y arrasa todos los obstáculos que se oponen a su 
curso. El puñado de españoles, resistió con frente serena 
al empuje de aquella masa que trataba de agobiarlos; mas 
no había fuerza bastante a resistirla; por lo que comenza- 
ron a vacilar, retrocedieren empujados por sus adversarios, 
y quedaron dispersas y desordenadas sus filas. En vano les 
exhortaba su general a que se reuniesen; el estrépito de las 
armas y los horribles chillidos de los indios apagaban su 
voz; parecía que todo estaba ya perdido y que había llega- 
do la hora fatal para los cristianos. 

Mas cada uno tenía en su pecho una voz más fuerte que 
la de su general; la desesperación armaba su brazo de so- 
brehumana energía; el desnudo cuerpo del indio no ofrecía 
resistencia al acero de Toledo; por manera que al fin con- 
siguió la infantería detener con sus espadas a la multitud 
de enemigos; la artillería gruesa batió desde lejos el flanco 
del ejército indio, que envuelto en aquella tempestad de 
balas, se puso en desorden; y la caballería cargó esfor- 
zadamente capitaneada por Cortés y vino a completar la 
victoria, pues los enemigos huyeron con mayor desorden 
y precipitación que al atacar. 

Más de una vez intentaron los tlaxcaltecas renovar su 
ataque; pero cada vez era con menor ímpetu y mayor pér- 
dida; eran demasiado ignorantes en el arte de la guerra, 
para que la inmensidad de su número supliese aquella fal- 
ta. Verdad es que estaban distribuidos en compañías, cada 
una con su jefe respectivo; pero no estaban dispuestos en 
filas, y se movían formando una masa confusa y revolvién- 
dose y atropeííándose ellos solos. No sabían concentrar 
sus fuerzas en un punto dado, ni aún sostener un ataque 
empleando destacamentos sucesivos que se ayudasen y 
protegiesen entre sí; sólo una pequeña parte de sus tropas 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 431 

podía ponerse en contacto con el enemigo, aunque este 
fuera muy inferior en número; y el resto del ejército que- 
daba a retaguardia ocioso e inutilizado, o sirviendo cuando 
más de empujar a los de adelante y de embarazar sus mo- 
vimientos, aunque no fuese más que con el peso mismo 
de su gran número; a la menor alarma eran sobrecogidos 
de un terror pánico y ponían al ejército entero en la más 
enmarañada confusión. Era, en suma, el combate de los 
antiguos griegos contra los persas. 

Con todo y esto, la gran superioridad numérica de los 
indios hubiera bastado para acabar, aunque fuese a gran 
costa, con la constancia de ios españoles extenuados por 
sus heridas e incesantes fatigas, a no ser porque se origi- 
naron disensiones entre aquellos. Un capitán tlaxcalteca, 
agraviado de que Xicotencalt le había acusado áspera- 
mente de haberse Conducido con cobardía en la última ba- 
talla, desafió a su rival a singular combate, que al fin no 
tuvo verificativo; pero ardiendo en resentimiento, escogió 
aquel momento para satisfacerlo, sacando del campo a sus 
tropas que subían a io coo hombres, y persuadiendo a 
otros capitanes a que imitasen su ejemplo. 

Reducido a la mitad de sus fuerzas, y muy abatido por 
las ocurrencias de aquel día, conoció Xicotencatl que no le 
era posible disputar el campo por más tiempo a los espa- 
ñoles; así es que, después de defenderlo con admirable 
valor por más de cuatro horas, se retiró y se los abandonó. 
Estaban estos demasiado cansados, y muchos de ellos no 
sólo esto, sino imposibilitados por sus heridas para perse- 
guir al enemigo, por lo que satisfechos con el triunfo que 
habían alcanzado, se volvieron a sus reales en el cerro de 
Tzompach. 

El número de españoles muertos era pequeñísimo, no 
obstante el gran daño que habían causado a sus enemigos. 



43 2 W. H. PRESCOTT 

Los pocos que hubo, fueron enterrados con el mayor sigi- 
lo, no sólo para ocultar la pérdida, mas también para que 
no se descubriese que los blancos eran mortales (i). Pero 
muchos de ellos y todos sus caballos, estaban heridos; 
agravando mucho la angustiada situación de los españoles, 
3a falta de algunos artículos de la mayor importancia, 
como de aceite y de sal, artículo que, como lo hemos di- 
cho, no había en Tiaxcalan; sus vestidos, acomodados a un 
clima templado, no bastaban para abrigarles del inclemen- 
te aire de los montes; y como dice con sarcasmo Bernal 
Díaz, las ballestas ofrecían muy poco abrigo contra la in- 
temperie (2). 

Sin embargo, aquella jornada les proporcionaba harto 
con que consolarse, pues les debía inspirar confianza plena 
de que eran superiores a sus enemigos. No es esto decir 
que debieran despreciarles; que en combate singular y con 
armas iguales bien podían habérselas con los españoles (3); 

(1) Así dice Bernal Díaz, quien al mismo tiempo por los epítetos 
los muertos, los cuerpos, confiesa de plano la contradicción en que 
incurre con respecto a que no hubo más que un solo muerto en toda 
la refriega. (Cap. LXV ) Cortés no tiene la gracia de confesar ni si- 
quiera este único. 

(2) Oviedo, lib. 33, cap. IV. Reí. seg. de Cortés en Lorenzana, pá- 
gina 52. Herrera, Historia General, dec. 2, lib. 6.°, cap. VI Ixtlilxo- 
chitl, Hist. de Chich., M. 8., cap. LXXXIII. Gomara, cap. XLVI. 
Torquemada, Monarquía India, lib. 4.°, cap. XXXII. Bernal Díaz, 
capítulos LXV-LXVI. 

Los ardientes y caballerosos sentimientos que animan la narración 
de este último historiador, le hacen mejor pintor que muchos de sus 
correctos y clásicos rivales; y aunque en sus escritos hay mucho de 
ese tono jactancioso, de quien puede decirse quorum pars magna 
fui, bien puede perdonarse esto al héroe de más de cien batallas, se- 
ñaladas por casi otras tantas heridas. 

(3) El conquistador anónimo da concluyente testimonio de haber 
visto entre los indios algunos tan valientes, que él vio casos de que 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 433 

pero los acontecimientos de ese día habían probado la su- 
perioridad de la ciencia y la disciplina sobre el valor y el 
número; sucedía lo que en las antiguas batallas entre los 
europeos y los asiáticos; bien que podemos recordar que 
en punto aarmas, no llevaban los griegos que vencieron a 
Xerxes y Darío, las mismas ventajas que tenían los espa- 
ñoles sobre los indios. El uso de las armas de fuego les 
daba una superioridad tan enorme, que no es fácil estimar- 
la; pero que seguramente es tal, que si hoy se repitiese un 
combate entre dos naciones iguales bajo todos respectos y 
sin otra diferencia que la de usar la una, y la otra no, las 
armas de fuego, el éxito sería fácil de predecirse en favor 
de la primera. Allégase a esto el efecto producido por la 
caballería; las naciones de Anáhuac no domesticaban ani- 
males grandes, y desconocían completamente el uso de las 
bestias de carga. Su. imaginación quedaba embargada al 
ver la rara figura que hacían caballo y jinete moviéndose 
unísonos y a un solo impulso, como si ambos estuviesen 
animados de un mismo espíritu; y nada tiene, por lo tanto, 
de extraño, que al ver el terrible animal cuyo cuello estaba 
envuelto en el trueno y rompía sus escuadrones y los ho- 
llaba en el polvo, hayan experimentado la misteriosa pavu- 
ra que inspiraba la aparición de un ser sobrenatural. La 
más leve reflexión acerca de la superioridad tanto física 
como moral de los españoles, basta para explicar el éxito 
constantemente adverso a los indios, sin que este redunde 
en mengua ni menoscabo de su valor y capacidad (i). 

uno sólo se defendiese contra dos, tres y aun cuatro españoles. Sonó 
fra loro, de velentissimi huomini et che ossado morir ostinatissima- 
mente. Et io ho vedutto ud d'essi difendersi valentemente da duoi 
cavalli leggieri et un altro da tre et quatro. Relac. d'un gent. huom, 
en Ramusio, t. III, fol. 305. 
(1) El espanto que produjo el aspecto de la caballería entre los in- 

• 28 



434 W. H. PRESCOTT 

Cortés juzgó que el importante revés que habían pade- 
cido los indios, era una circunstancia favorable para man- 
darles otra nu va embajada semejante a la que habían ellos 
últimamente enviado a los españolee, pero el Senado no es- 
taba todavía suficientemente abatido. Maxixcalzin, uno de 
los cuatro gobernadores de la república, reiteraba con gran 
fuerza los argumentos que antes había hecho para que se 
abrazase la alianza con los extranjeros; los ejércitos de la 
república habían sido vencidos demasiadas veces para po- 
der ya esperar una resistencia fructuosa, y la generosa con- 
ducta que había seguido el conquistador con los prisione- 
ros, conducta tan diversa de la que se acostumbraba en 
Anáhuac, era otro nuevo argumento que alegaba en favor 
de la alianza con aquellos hombres que se mostraban no 
menos generosos como amigos, que formidables como ene- 
migos. Mas estas razones eran contrariadas por la animosi- 
dad de los iel partido de la guerra, cuyas últimas derrotas 
parecía que más bien le habían irritado que abatido. Sus 
disposiciones hostiles eran fomentadas por el joven Xico- 
tecanti, que anhelaba impaciente por una ocasión en que 
poder vengar su desgracia y lavar la mancha que por pri- 
mera vez había caído sobre las armas de la república. 

En medio de aquella vacilación, acudieron a la ayuda de 
los sacerdotes, cuya autoridad era frecuentemente interpe- 
lada en semejantes ocasiones, por los guerreros de Améri- 
ca. Lo que le preguntaron primeramente a aquellos orácu- 
los fué si los extranjeros eran también hombres de carne y 
hueso como elios, o si eran seres sobrenaturales. Cuéntase 
que los sátrapas, después de algunas discusiones, respon- 
dieron que no eran precisamente dioses, pero sí hijos del 



dios, es semejante al que nos cuenta Plutarco que produjeron los ca- 
ballos de Pirro entre las legiones romanas. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 435 

sol; que su principal fuerza la recibían de este astro, por lo 
que luego que se extinguía su luz, quedaban aquellos débi- 
les y sin fuerza; por lo tanto, recomendan un ataque por la 
noche, por ser el tiempo más favorable. Tal respuesta, en 
apariencia pueril, tenía más de astuta que de crédula. No 
sería extraño que la hubiese dictado Xicotencatl mismo o 
los caciques, con el objeto de predisponer favorablemente 
al pueblo hacia una medida que repugnaba a los usos mili- 
tares y aun pudiera decirse que al derecho público de 
Anáhuac. Pero ya fuese hija de la superstición o del ardid, 
se puso en obra aquel consejo, facultando al general tlax- 
calteca para emprender un ataque nocturno a la cabeza de 
diez mil guerreros. 

La cosa se hizo con tanto sigilo, que no llegó a oídos de 
los españoles; más el general de estos no era hombre que 
se dejaba sorprender ni dormido ni despierto. Afortunada- 
mente la noche que escogieron para atacarlos, estaba alum- 
brada por una hermosa luna llena, brillante como lo es en 
los meses del otoño. Habiendo apercibido uno de los cen- 
tinelas que se movía un considerable cuerpo de indios ha- 
cia el campo de los cristianos, les dio inmediatamente el 
grito de alarma. 

Los españoles dormían, como lo hemos dicho, con las 
armas a su lado; y los caballos atados junto a ellos, tenían 
el freno pendiente del arzón, de manera que podía ensillár- 
seles al punto. En cinco minutos el campamento entero es- 
taba sobre las armas. A poco comenzaron a ver las gruesas 
columnas de indios que se adelantaban lenta y cautamente, 
sin levantar la cabeza sobre las cañas de maíz de que esta- 
ba sembrado el valle. Cortés determinó no esperar el asal- 
to en su campamento, sino precipitarse sobre los indios 
tan pronto como hubiesen llegado al pie del cerro. 

Continuaban estos caminando despacio y con precau- 



436 W. H. PRESCOTT 

ción, mientras los españoles permanecían tan silenciosos, 
que parecían dormidos; pero no bien habían llegado aque- 
llos al pie de la falda del cerro, cuando les atronó el impo- 
nente grito de guerra de los cristianos, al que siguió la ins- 
tantánea aparición de todo el ejército, que salió de súbito 
*de sus reales, y se precipitó por la falda de la colina. A la 
perturbada imaginación de los tlaxcaltecas, aparecieron 
cuando les vieron blandir sus armas, como otros tantos de- 
monios o espectros que vagaban en el aire, y más, que la 
incierta luz de la luna aumentaba su número y exageraba 
las dimensiones del cabalgador y del corcel de un modo 
gigantesco. 

Sin aguardar la carga de los enemigos, apenas dispararon 
los indios una ligera descarga de flechas, cuando echaron 
a huir, poseídos de terror pánico; pero muy pronto les dio 
alcance la caballería, que atropellando a los fugitivos hizo 
en ellos horrible matanza, hasta que cansado Cortés, reunió 
otra vez a sus tropas después de dejar cubierto el campo 
con los sangrientos despojos de la victoria (i). 

Al día siguiente, según lo acostumbraba hacer después 
de dar un golpe, envió el comandante español una nueva 
embajada a la capital de Tlaxcalan, dando sus instrucciones 
a les embajadores por medio de la intérprete Marina, de 
esta extraordinaria mujer que con tan rara constancia y 
sufrimiento había participado de los riesgos y fatigas de 
los españoles, y que lejos de manifestar la debilidad y fla- 
queza de su sexo, se había mostrado varonil y esforzada y 
había trabajado por fortificar el decaído ánimo de los sol- 

(1) Relación segunda de Cortés, en Lorenzana, págs. 53-54. Ovie- 
do, Eist. General de las Ind., M. S., lib. 33, cap. III. P. Mártir, de Orbe 
Novo, Dec. 2, cap. II. Torquemada, Monarq. Ind., lib. 4.°., cap. XXXII. 
Herrera, Hist. General, Dec. 2, lib. 6.°, cap. VIII. Bernal Díaz, op. cit. , 
capítulo LXVI. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 437 

dados, no perdiendo ninguna coyuntura de endulzar y me- 
jorar la dura suerte de sus compatriotas indios (i). 

Mediante este fiel intérprete, dio sus instrucciones a los 
embajadores tlaxcaltecas; les hizo las mismas ofertas de 
amistad que anteriormente, y ofreció el completo olvido 
de lo pasado; pero les previno que si ahora las rehusaban, 
entraría como conquistador en la capital de la República, 
la arrasaría hasta los cimientos, y pondría a todos sus ha- 
bitantes al filo de su acero; en seguida los despidió, po- 
niéndoles los simbólicos regalos de una carta en una mano, 
y una saeta en la otra. 

Los enviados alcanzaron del Senado que les diese respe- 
tuosa audiencia. Encontráronle a todo éí profundamente 
abatido por los últimos reveses; el malogro del ataque noc- 
turno había extinguido de sus pechos hasta la última chis- 
pa de esperanza; sus "ejércitos habían sido vencidos una y 
otra vez, tanto en campo raso como en emboscadas; el ar- 
did y la fuerza, todo había sido igualmente inútil con aquel 
enemigo, cuya mano nunca se cansaba, y cuyos párpados 
no se cerraban jamás; nada quedaba ya, pues, más que 
rendírsele. Escogieron a cuatro caciques y les encargaron 
de un mensaje al campo de los cristianos, a quienes debían 
ofrecer a nombre de la República el paso que solicitaban 
por su territorio, y un amistoso recibimiento en su capital, 
decirles que sus proposiciones de amistad eran acogidas 
cordialmente, y pedirle atentas excusas por lo pasado; de- 
bían igualmente tocar en el campo tlaxcalteca, informar a 

(1) «Digamos como D a . Marina, con ser mujer de la tierra, qué 
esfuerzo tan varonil tenía, que con oír cada día que nos habían de 
matar y comer nuestras carnes y habernos visto cercados en las bata- 
llas pasadas, y que ahora todos estábamos heridos y dolientes, jamás 
vimos flaqueza en ella, sino muy mayor esfuerzo que de muje.r Bernal 
Díaz, cap. LXV1. 



43^ W. H. PRESCOTT 

Xicotencatl de la comisión que llevaban, y prevenirle que 
se abstuviese de repetir sus hostilidades contra los blan- 
cos, y que por el contrario, les proveyese ampliamente de 
víveres. 

Mas los enviados tlaxcaltecas no encontraron a este jefe 
de humor de cumplir las instrucciones que le llevaban. Sus 
repetidos encuentros con los españoles o tal vez el temple 
natural de su alma, le hacían no tenerles el mismo terror 
que el vulgo de sus compatriotas; él veía a los invasores, 
no como a seres sobrenaturales, sino como a hombres en- 
teramente semejantes a él. Las humillaciones que le habían 
hecho sufrir habían inflamado el odio y el implacable ren- 
cor del guerrero, cuya cabeza estaba llena de mil proyec- 
tos para recobrar su mancillado honor y vengarse de los 
invasores de su patria. Se rehusó, pues, a inutilizar ninguna 
parte de la fuerza todavía formidable que le obedecía y a 
mandar ningunos víveres a los blancos, y bien lejos de esto, 
indujo a los embajadores a que se quedasen con él y a que 
no fuesen a visitar a los españoles; con lo que estos queda- 
ron ignorantes de lo que en favor suyo se había dispuesto 
en la capital de la República (i). 

La conducta de Xicotencatl, es calificada por los escri- 
tores españoles, de bárbara y feroz. Es muy natural que 
ellos la juzgen de esta suerte; pero los que están exentos 
de toda preocupación nacional, deben verla de una manera 
muy diversa. Mucho hay que admirar en aquella alma ele- 
vada e indómita que como una magnífica columna se le- 
vantaba sola llena de majestad y grandeza sobre los frag- 
mentos y las ruinas que la circuían por todas partes. El 
dio muestras de perspicacia y sagacidad, puesto que rom- 

(1) Ibid. cap. LXVI. Camargo, Hist. de Tlaxcalan, M. S. Ixtlilxo- 
ehitl, Hist. Chich. S. M., cap. LXXXIH. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 439 

piendo el trasparente ve.D de la insidiosa amistad ofrecida 
por los espades y penetrando el porvenir, entre ,6 las 
aserias en que iba a ser envuelta su patna, y desplega el 
noble patriotismo de quien intenta salvarla a cualquier pre- 
ció V en medio del abatim.ento universal procura mfund.r 
en 'toda la nacido el Intrépido valor que a él le amma y 
alentarla a un último esfuerzo por conse.var la mdepen- 
dencia, 



LIBRO TERCERO 



CAPÍTULO PRIMERO 

Descontento del ejército. — Espías traxcaltecas. — Paz 
con la república. embajada de moteuczoma. 

(1519) 

Deseoso Cortés de esparcir el terror del nombre caste- 
llano persiguiendo sin cesar al enemigo, al día siguiente de 
haber enviado a la embajada a Traxcaclan, se puso a la 
cabeza de unos pocos de caballería, para recorrer ios países 
inmediatos. Estaba a la sazón enfermo de calentura (i), y 
tanto ésta como una purga que había tomado, apenas le 
dejaban fuerzas para tenerse en la silla. Era fragoso el país 
y corrían de las heladas cumbres de las montañas, vientos 
tan penetrantes que traspasaban el ligero vestido de las tro- 
pas y crugían a caballos y ginetes: cuatro o cinco de los 

(1) El efecto de la purga, no obstante que había sido tomada en 
dosis excesiva según dice el mismo Bernal Díaz, se suspendió duran- 
te aquella expedición; lo cual no tiene Gomara por milagro, aunque 
sí el P. Sandoval. (Hist. de Carlos V. tomo I. pág. 127.) Solís después 
de un escrupulosísimo examen de esta ardua materia, decide la cues- 
tión (cosa que parece;á extraña) ¡contra el Padre Sandoval! Conquista, 
Ub. II, cap. XX. 



44 2 w - H - PRESCOTT 

primeros se enfermaron, y el general, temiendo no fuesen 
a perecer, los mandó otra vez al real. Los soldados, desalen- 
tados por aquel mal agüero, quisieron disuadir al general 
de que prosiguiese; pero esteles respondió: «que peleaban 
bajo la bandera de la cruz, y que Dios es más fuerte que la 
naturaleza» (i); con lo que continuaron su marcha. 

Llegaron a países en que se ofrecían los variados objetos 
que otras veces: áridas colinas y cultivadas llanuras, cubier- 
tas en abundancia de lugarejos y ciudades, algunas de ellas 
situadas en la frontera ocupadas por los otomíes. Siguiendo 
la máxima romana, perdonaban a los enemigos que se so- 
metían sumisamente, y por el contrario, ejercían completa 
venganza contra los que les oponían resistencia, y siendo 
éstos muchos, dejaron señalado el camino por el incendio 
y la devastación, Después de una corta ausencia, regresa- 
ron a su campamento, cargados del botín de su provecho- 
sa expedición. Habría sido más honroso para Cortés, no 
haberse conducido con tanto rigor; pero Bernal Díaz 
imputa aquellos excesos a los indios aliados, a quienes 
era imposible contenerse en medio de la embriaguez de 
victoria (2). Que se imputasen a quien quiera que fuese, 
poco cuidado daba el general, quien en una de sus cartas 
al emperador Carlos V, confiesa que como peleaba bajo la 
señal de la cruz (3), por la verdadera fe y en honra y ser- 
vicios de Sus Altezas, el cielo coronaba eon el triunfo sus 



(1) <Dios es sobre natura». Relación segunda de Cortés, en Lorcn- 
zana, pág. 54. 

(2) Hist. de la Conquista, cap. LXIV. — No así Cortés, quien con- 
fiesa descaramente «que quemó diez pueblos» (Ibid, pág. 52.) Su re- 
verendo comentador, especifica las ciudaes indias destruidas en aque- 
llas expediciones. (Viajes, págs. 1X-XÍ.) 

(3) La famosa bandera del Conquistador, con una cruz por divisa, 
todavía se conserva en México. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 443 

batallas, en las que morían multitud de infelices, y muy 
poco padecían los cristianos (i). 

Los conquistadores cristianos, si hubiéramos de juzgar 
por sus escritos, no obraban por ningún motivo mundano, 
sino que peleaban como soldados de la Iglesia defendiendo 
la santa causa del cristianismo; mas lo raro no es eso, sino 
que del mismo modo piadoso lo juzguen casi todos los es- 
critores naciqnales de tiempos posteriores (2). 

A su regreso al campamento, encontró Cortés nuevos 
motivos de disturbio y descontento entre los soldados. Su 
paciencia se había agotado por los rigores y fatigas a que 
se habían visto sujetos y cuyo término no alcanzaban a 
ver. Las batallas que habían ganado contra tan tremendos 
enemigos, no habían mejorado su condición ni un ápice: 
«veían como cosa de risa»; según dice el soldado viejo tan- 
tas veces citado, «su llegada a México» (3), y la perspec- 
tiva de una guerra interminable con el pueblo feroz entre 
el cual estaban arrojados, les infundía profundo terror y 
desaliento. 

Entre los desean tetos había algunas de esas personas 
vanas y frivolas de las que se encuentran en todo campa- 
mento y que como ligeras brújulas salen a la superficie y 
se hacen visibles a la menor revuelta. En su mayor parte 
eran del antiguo bando de Velázquez y tenían posesiones 

(1) «E como traíamos la bandera de la Cruz é empuñábamos por 
nuestra fé y por servicio de vuestra Sacra Magostad, en su muy real 
ventura nos dio tanta victoria, que les matamos mucha gente sin que 
los nuestros recibiesen daño alguno.» íbidem, ubi. supra. 

(2) «Y fué cosa notable, exclama Herrera, con cuánta devoción y 
humildad volvían todos alabando a Dios que tan milagrosas victorias 
les daba; de donde se conocía claro que los favorecía con su divina 
asistencia.» 

(3) «Porque entrar a México, teníamoslo por cosa de risa a causa 
de sus grandes fuerzas,» cap. LXVI. 



444 w - H - pkbscott 

en Cuba, sobre la cual arrojaban una mirada más y más 
triste conforme iban alejándose de ella. Aguardaban al ge- 
neral, no para hacerle un motín, pues todavía se acordaban 
de la dura lección que les había dado en Villa Rica, sino 
para rogarle como a su hermano y compañero de aven- 
turas (i). Este tono de familiaridad sentaba perfectamente 
al espíritu de igualdad con que se veían recíprocamente 
unos a otros todos los que habían tomado parte en aque- 
lla empresa. 

Dijéronle que sus padecimientos no eran para ser sopor- 
tados por más tiempo; que todos habían recibido una he- 
rida, y la mayor parte, dos o tres; que desde que habían 
salido de Veracruz habían perecido, ya de ésta, ya de otra 
manera, más de cincuenta; que si una bestia de carga te- 
nía una vida más fatigosa que la suya, pues siquiera la pri- 
mera, cuando llegaba la noche se entregaba al descanso, 
pero ellos combatían y velaban de día y de noche; que en 
cuanto a conquistar México, era locura sólo pensarlo, 
porque si la republiquilla de Tlaxcala les había hecho tan- 
ta resistencia, ¿qué no sería de temer del gran imperio de 
México? Que ya que había una tregua de paz querían apro- 
vecharla volviéndose a Veracruz, bien que la flota había 
sido echada a pique, por cuyo acto de audacia sin ejem- 
plo, ni aun en los anales de Roma, el general era respon- 
sable de la suerte del ejército entero; finalmente, que aún 
quedaba un buque, que se podía enviar a Cuba a pedir 

(1) Bemal Díaz rechaza con indignación el cargo de que aquello 
fuese un motín, como Gomara lo califica. «Las palabras que le decían 
eran por vía de aconsejarle, y porque les parecía que eran bien 
dichas, y no por otra vía, poique siempre le siguieron muy bien y 
lealmente, y no es mucho que en los ejércitos algunos buenos solda- 
dos aconsejen a su capitán, y más si se ven tan trabajados como nos- 
otros andábamos.» Ibid, cap. LXXI. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 445 

refuerzo, y que luego que éste llegase quizá se pondrían 
en actitud de emprender nuevas operaciones militares con 
alguna esperanza de buen éxito. 

Cortés les escuchó sin que se mostrase en su semblante 
la menor turbación, y en vez de contestarles agriamente, 
o de desechar sus súplicas, les replicó en el mismo tono 
de familiaridad soldadesca que ellos habían afectado: Díjo- 
les que había gran fondo de verdad en lo que acababan de 
decirle; que los trabajos de los españoles eran grandes, 
mayores que los de ningún héroe griego o romano, pero 
que tanto mayor sería también la gloria que les cupiese; 
que muy a menudo se había llenado de admiración al ver 
a aquel puñado, circundado de millares de bárbaros, y 
que conocía que sólo los españoles eran capaces de triun- 
far de tan formidables enemigos, sin que pudiese menos 
de creer que les ayudaba el brazo del Altísimo; que, 
¿cómo podían desconfiar de seguir contando con su auxi- 
lio cuando por su causa combatían? Que, ciertamente, ha- 
bía sido trabajosa su vida, pero que tampoco debían aguar- 
dársela de ociosidad y pasatiempo, pues ya en otro 
tiempo les había dicho que la gloria sólo era recompensa 
de la fatiga y el peligro, en el que le harían la justicia de 
confesar que había tenido su parte (que era muy verdad, 
añade el historiador que oyó y refiere este diálogo). Con- 
tinuó diciéndoles: Si bien hemos encontrado riesgos, siem- 
pre hemos salido victoriosos; aun en este momento, la 
abundancia que hay en nuestros reales es debida a nues- 
tros tiunfos; en breve veremos a los tlaxcaltecas imploran- 
do humildemente nuestras paces; demás que es imposible 
retroceder, porque hasta las piedras se alzarían contra 
nosotros y los triunfantes tlaxcaltecas nos arrojarían hasta 
las orillas de las aguas. ¿Cómo reirían los mexicanos al ver 
en qué vinieron a parar nuestros fueros y vanaglorias? 



446 W. H. PRESCOTT 

Nuestros primeros amigos se tornarán en enemigos nues- 
tros, y ios totonecas, para desarmar la venganza de los az- 
tecas, de quienes ya no podemos defenderles, se unirán al 
alzamiento general. No nos queda otra esperanza sino con- 
tinuar nuestra marcha; yo os ruego que acalléis vuestros 
nimios temores, y que en vez de fijar vuestras miradas en 
Cuba, las fijéis en México, ese grande objeto de nuestra 
empresa. 

Mientras pasaba esta conversación fueron llegando algu- 
nos otros soldados y circundando al general; los primeros, 
alentados por la presencia de sus camaradas y por la con- 
descendencia del general, replicaron que estaban muy aje- 
nos de haberse convencido; que otra victoria como !a últi- 
ma, sería su completa ruina, y que ir a México, sería ir al 
matadero. Por último, agotada la paciencia del general, 
cortó la disputa recitando un verso de un antiguo roman- 
ce que dice: «Vale más morir con honor que vivir des- 
honrado»; excitando de esta suerte un sentimiento del 
cual participaba la mayor parte del auditorio, el que, no 
obstante aquellas pasajeras murmuraciones, no pensaba en 
abandonar la comenzada empresa, ni mucho menos a su 
caudillo, a quien amaban apasionadamente. Los malcon- 
tentos, desconcertados por aquella repulsa, se retiraron a 
sus tiendas maldiciendo entre dientes y en voz baja al ca- 
pitán que les había llevado allá, a los indios que le habían 
conducido y a los españoles que le toleraban (i). 

¡Cuan grandes fueron los tropiezos que encontró Cortés 
en su camino! ¡Un enemigo astuto y feroz; un clima extra- 

(1) Esta conferencia la refieren de diversa manera casi todos los 
historiadores. Véanse: Relación segunda de Cortés, en Loreníana, 
pág. 55. Oviedo, Eist. gen. de las Ind., M. S., lib. 33, cap. III. Go- 
mara, Crónica, caps. LI-LII. Ixtlilxochitl, Eist. Chich , M. S., capítu- 
lo LXXX. Herrera, Hist. general, dóc. 2, lib. 6.°, cap. IX. Pedro Mar- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 447 

ño y a veces mortífero; enfermedades personales, agrava- 
das por la ansiedad en que le tenía la manera con que el 
soberano recibiría su conducta; y, finalmente, y no es esto 
lo de menos, disgustos y desaliento entre sus soldados, 
cuya unión y constancia debían de servir como de punto 
de apoyo a la gran palanca con que intentaba subvertir el 
trono de Moteuczoma! 

En la mañana del siguiente día quedaron sorprendidos 
los españoles al ver a unos cuantos tlaxcaltecas que se di- 
rigían a los reales, y cuyas divisas blancas denotaban su 
misión de paz. Traían algunos víveres y algunos adornos 
de oro, que enviaba el general tlaxcalteca, quien cansado 
ya de la guerra, requería ahora de amistad a los españoles, 
a cuya presencia debía venir dentro de poco tiempo; lo 
que causó entre estos gran regocijo, recibiendo a los emi- 
sarios con las más amistosas enhorabuenas. 

Pasaron así uno o dos días, en los cuales se ausentaron 
algunos indios del campamento cristiano, quedando en él 
cosa de cincuenta, los que comenzaron a despertar la des- 
confianza de Doña Marina. Al punto comunicó sus sospe- 
chas de que fuesen espías, a Cortés, el cual mandó que 
aprehendiesen a muchos de ellos y íes tomasen declara- 
ción separadamente; de lo que resultó que eran, efectiva- 
mente, enviados por Xicotencaít para informarle del esta- 
do que guardaban los reales de los cristianos, pues se 
disponía a dar un asalto, para el cual iba a reunir todas sus 
tropas. Sabedor Cortés de tal cosa, determinó hacer con 
ellos un castigo que sirviese de escarmiento; mandó, pues, 
que les cortasen las manos, y en esta manera les envió al 

tir, De Crbe Novo, déc. 5, cap. II. Mas lo que yo he hecho es extrac- 
tar lo que refiere Bernal Díaz, uno de los que oyeron el diálogo, aun- 
que no tomó parte en él; razón precisamente para elegirle como la 
mejor autoridad. 



448 W. H. PRESCOTT 

ejército de los tlaxcaltecas, para que les dijesen «que po- 
dían venir de día y de noche, y a cualquiera hora y que 
siempre encontrarían a los españoles prontos a reci- 
birles» (i). 

El doloroso espectáculo que ofrecían los indios mutila- 
dos, llenó de horror y consternación a sus compatriotas. 
El altivo orgulloso de su jefe quedó humillado, perdiendo 
desde aquel momento su acostumbrada arrogancia y pre- 
sunción; y los soldados, por su parte, llenos de un miedo 
supersticioso, se rehusaron a seguir guerreando contra un 
enemigo que sabía leer sus pensamientos y adivinar sus 
planes, antes de que hubiesen puesto mano a realizar- 
los (2). 

El castigo que impuso Cortés a los espías, parecerá bru- 
tal al lector; pero debe tenerse presente en abono de aquél, 
que las víctimas eran espías y podían como tales ser casti- 
gadas con la muerte, según las leyes de la guerra general- 
mente admitidas entre todas las naciones, ya cultas, ya 
bárbaras. La amputación de los miembros era un castigo 
suave, y destinado a ofensas de menor tamaño. Cuando 
nos escandalicemos al pensar en la barbaridad de la 
sentencia, reflexionemos que no era tan desusada en aque- 
llos tiempos, ni más desusada tampoco que los azotes y la 
marca con un hierro ardiente, admitidas en nuestro mismo 
país a principios del siglo presente, o que la de perder las 

(1) Díaz dice que sólo diez y siete perdieron las manos, y los de- 
más los dedos (cap. LXX). Cortés no titubea en confesar que los cin- 
cuenta perdieron las manos. «Les mandó tomar a todos cincuenta, 
y cortarles las manos, y los envió que dijesen a su señor que de no- 
che y de día, y cada y cuando él viniese, verían quién éramos.» Rela- 
ción segunda, en Lorenzana, pág. 53. 

(2) &De que los tlaxcaltecas se admiraron, entendiendo que Cor- 
tés les entendía sus pensamientos. > Ixtlilxochitl, Hist. Chich., M. S., 
capítulo LXXXIII. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 449 

orejas, en uso todavía en el pasado. Una civilización ya 
adelantada, rechaza semejantes castigos, es cierto, como 
perniciosos en sí mismos y degradantes a la humanidad; 
pero en el siglo xvr, estaban admitidos aún por las nacio- 
nes más cultas de la Europa; sería demasiado exigir de un 
hombre, y mucho más de un hombre criado en la dura 
carrera de las armas, que se anticipase en civilización a su 
época. Ya nos contentaríamos con que en circunstancias 
tan críticas como esta, no se hubiese rebajado a cosas más 
indignas de la humanidad. 

Habiendo decidido Xicotencalt, desistir de todo intento 
de resistencia, permitió a los cuatro embajadores tlaxcalte- 
cas que fuesen a desempeñar su encargo, siguiéndoles a 
poco tiempo él mismo, acompañado de un gran séquito 
militar. Luego que estuvieron cerca de los reales españo- 
les, pudieron los de esta nación conocerles en la librea 
blanca y amarilla, la propia de la casa de Titcalla. Grande 
fué el placer que causó al ejército aquella señal cierta 
de que iban a terminar las hostilidades; por manera que 
difícilmente pudo Cortés reprimir el gozo de los soldados 
y permanecer él con el aire indiferente que le convenía 
demostrar a los enemigos. 

Los españoles escudriñaban con curiosidad al jefe que 
por tanto tiempo les había tenido a raya, y que hoy mar- 
chaba con un paso tan firme y un continente tan altivo, 
como si viniera más bien a hacer un reto que a solicitar las 
paces. Era de estatura poco más que regular, ancho de 
hombros y de formas musculares, que denotaban su acti- 
vidad y su fuerza. Sa cabeza era espaciosa y su frente im- 
presa con las arrugas de un trabajo penoso, más bien que 
con la de los años, pues apenas tenía treinta y cinco. Al 
presentarse ante Cortés, le saludó de la manera corriente, 
tocando la tierra con la mano y llevando ésta en seguida a 

29 



450 W. H. PRESCOTT 

la cabeza; entre tanto que sus sirvientes le envolvían en 
densas nubes de incienso de suaves y odoríferas gomas. 

Lejos de temer incurrir en el desagrado del Senado, se 
echaba sobre sí mismo toda la responsabilidad de la gue- 
rra. Dijo que había tenido a los blancos por enemigos, 
por haber venido en compañía de los aliados de Moteuc- 
zoma; que amaba a su patria y que deseaba que se conser- 
vase siempre independiente de los aztecas; que había sido 
vencido por los blancos, quienes tal vez serían los hombres 
que sus oráculos les habían predicho que habían de venir 
del Oriente; que deseaba que usasen de la victoria con 
moderación y sin atropellar las libertades de la república; 
finalmente, que venía en nombre de su nación a ofrecerles 
a los españoles su amistad, que podían estar seguros de 
que sería tan sincera, como firme había sido su resistencia. 

Cortés, lejos de ofenderse de aquel comportamiento, 
quedó admirado al ver aquella alma elevada que se desde- 
ñaba de mostrarse inferior al infortunio; ios valientes saben 
respetar el valor. No obstante, tomó un aspecto severo, 
queriendo como reconvenir al jefe indio por haberse man- 
tenido enemigo por tanto tiempo. Díjole que si Xicotencatl 
hubiese desde el principio creído en la palabra de los es- 
pañoles y aceptado la amistad con que le habían requerido, 
hubiera ahorrado a su pueblo de grandes desgracias, hijas 
únicamente de la obstinación; pero que era imposible des- 
hacer lo ya sucedido; que deseaba dejarlo en el olvido y 
recibir a los tlaxcaltecas como a vasallos del emperador su 
señor ; que si se mantenían fieles, encontrarían en los espa- 
ñoles firmísimo apoyo; pero que si por el contrario se mos- 
traban pérfidos, tomaría tal venganza cual ía que habría 
descargado sobre su capital a no haberse apresurado a ren- 
dirse sumisión. Semejante amenaza sonaba muy ominosa- 
mente al jefe a quien se dirigía. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 45 1 

El cacique ordenó luego que trajesen algunas cosillas de 
oro y de plumaje, que traía con objeto de regalarlas al ge- 
neral. «Nada valen, dijo sonriéndose, porque los tlaxcalte- 
cas somos pobres, no tenemos oro, y ni aún algodón ni sai; 
el emperador azteca nada nos ha dejado más que nuestra 
libertad y nuestras armas; esta dádiva es sólo una muestra 
de buena voluntad.» «Como tal la recibo, dijo Cortés, y 
siendo de los tlaxcaltecas, tiene para mí más valía que si 
me la mandase cualquiera otro, aunque ella fuese una casa 
llena de oro»; respuesta tan cortesana como hábil, pues 
con la ayuda de aquella amistad, iba a ganar todo el oro 
de México (i). 

Así terminó la sangrienta guerra con la terrible repúbli- 
ca de Tlaxcalan, durante la cual, más de una vez vaciló en 
la balanza la fortuna de los españoles, y que si hubiese du- 
rado un poco más, habría acabado por su completa confu- 
sión y ruina, pues estaban agotados por sus heridas, vigi- 
lias y fatigas, y, además, ya comenzaba a cundir el germen 
del descontento. A pesar de esto, salieron sin mancilla de 
aquella lucha tremenda; a los ojos del enemigo aparecían 
invulnerables; sus encantadas vidas, eran tan inaccesibles 
a los golpes de la fortuna, como a los asaltos de los hom- 
bres. Nada tiene de extrañar que los conquistadores hayan 
abrigado en su seno aquella dulce ilusión, y que hasta el 
último de ellos se haya imaginado ser el instrumento espe- 
cial de algún decreto de la Providencia, quien le escuchaba 
en la hora del peligro reservándole a más alto destino. 

Estando todavía ios tlaxcaltecas en el campo español, 
anunciaron la llegada de una embajada de Moteuczoma, La 

(1) Relac. seg. de Cortés, en Lorenzana, págs. 56-57. Oviedo, His- 
toria general, M. S., lib. 33, cap. III. Gomara, Crónica, cap. Lili. Ber- 
nal Díaz, Hist. de la Conq., cap. LXXI y siguiente. Sahagun. Hist. de 
Nueva España, M. S., lib. 12, cap. XI. 



452 W. H. PRESCOTT 

fama de las hazañas de los españoles se había difundido 
por toda la mesa de Anáhuac; el emperador principalmen- 
te, había seguido todos sus pasos, conforme habían ido su- 
biendo la falda de las cordilleras y acercándose a la mesa 
central que forman sus crestas; les había visto regocijado, 
seguir el camino de Tlaxcalan, porque confiaba en que a 
ser mortales los españoles, allí encontrarían su sepulcro; 
grande fué, por lo consiguiente, el desaliento y sobresalto 
que le causaban las incesantes noticias que diariamente re- 
cibía, de los triunfos de los españoles sobre la más formi- 
dable y belicosa nación de las de la meseta, cuyos ejércitos 
eran dispersados como paja por la espada de aquel puña- 
do de aventureros. 

Sus temores supersticiosos recobraron de nuevo todo su 
ascendiente; veía en los españoles a los hombres predesti- 
nados a arrebatarle el cetro. Agitado de temores y dudas, 
resolvió despachar otra nueva embajada al campamento 
cristiano; componíanla cinco de los primeros nobles de su 
corte, acompañados de doscientos esclavos; el regalo era 
como de costumbre, propio de su miedo y su munificencia 
habitual, y consistía en tres mil onzas de oro, en granos del 
mismo metal, y en varios artículos de manufactura, muchos 
centenares de capas y vestidos de algodón bordados y va- 
rios objetos de plumaje. Al poner aquellas cosas a los pies 
de Cortés, dijéronle los enviados, que venían a nombre de 
su señor a felicitarle por las últimas victorias que había al- 
canzado, que lo único que sentía su emperador era no po- 
derle recibir en su capital, cuya numerosa población era 
tan turbulenta, que podría poner en riesgo la vida de los 
blancos. La sola indicación de los deseos del monarca azte- 
ca, habría sido bastante para que la obedeciesen las nacio- 
nes indias; pero nada valía para los españoles; por lo que 
viendo que aquella excusa pueril de nada servía, apelaron 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 4$ 3 

los embajadores al pobre recurso de ofrecer a nombre de 
su señor, que éste pagaría tributo al monarca de los cas- 
tellanos, con tal de que desistiesen éstos de su viaje a Mé- 
xico. Esta fué una torpeza, pues era enseñar en una mano 
la rica joya que no podían defender con la otra. ¡Y, sin 
embargo, el autor de esta conducta pusilánime, víctima in- 
feliz de ia superstición, era afamado por su intrepidez y 
audacia, era el terror de todo Anáhuac! 

Cortés, al mismo tiempo que alegaba los mandatos de su 
soberano, por motivo único de no acceder a los deseos del 
de los aztecas, usó de las expresiones de más profundo res- 
peto hacia este último y les dijo, que ya que no estaba 
ahora en su mano recompensar como deseaba las dádivas 
de Moteuczoma, ¡algún día se las pagaría en buenas 
obras! (i). 

Los enviados aztecas no quedaron muy contentos de ver 
que la guerra había terminado y que se habían entablado 
las paces entre los blancos y los traxcaltecas, enemigos 
mortales de los mexicanos. El odio que se profesaban éstos 
y los de Traxcalan era tan profundo, que no pudieron re- 
primirlo ni aun a presencia del general español; lo que 
causó mucho placer a éste, que en aquella rivalidad esta ba 
mirando el origen de sus victorias y de la ruina del impe- 
rio de Moteuczoma (2). 

Dos de los embajadores se volvieron a México a infor- 

(1) «Cortés recibió con alegría aquel presente, y dijo que se lo 
tenía en merced, y que él lo pagaría al Sr. Moteuczoma en buenas 
obras>. B. Díaz, op. cit, cap. LXXIII. 

(2) Cortés insiste sobre esto en su carta al emperador, donde dice 
«Vista discordia y desconformidad de los unos y de los otros, no hube 
poco placer, porque me pareció hacer mucho a mi propósito, y que 
podría tener manera de mas aína sojuzgarlos, e aun acordeme de una 
autoridad evangélica, que dice: Omne reguum, in scipsum divisum 
desolábitur: y con los unos y con los otros maneaba, y a cada uno en 



454 w - H - PKKSCOTT 

mar a su soberano del estado que guardaban los negocios 
en el campamento cristiano; los otros dos permanecieron 
en él, de lo que se alegró Cortés, pues de esta suerte po- 
dían ser testigos de las consideraciones que le guardaban 
los traxcaltecas. Por lo tanto, suspendió su marcha a Mé- 
xico, no porque descansase en los insultantes ofrecimientos 
de buena fe de los mexicanos, sino porque quería some- 
terla a una prueba mas larga, y antes de visitarle dejar que 
se restableciese completamente su quebrantada salud. En- 
tretanto, todos los días llegaban mensajeros de la capital 
de la república a instarle a que apresurase su marcha a ella; 
y por último, impacientes de la tardanza, vinieron los an- 
cianos gobernadores de la república. 

Traían un gran acompañamiento y quinientos tantanes u 
hombres de carga, que tirasen los cañones y aliviasen a los 
españoles de aquella penosa parte del servicio militar. Era, 
pues, imposible demorarse por más tiempo, de manera que 
después de oír misa y dar gracias al Ser Supremo por las 
victorias que les había concedido, dijeron los cristianos el 
último adiós a los cuarteles en que habían permanecido 
por cerca de tres semanas, y que estaban situados a la fal- 
da del cerro Tzompanch. La torre maciza que lo coronaba, 
fué llamada en conmemoración de su residencia en ella, la 
torre de la Victoria. Las pocas ruinas que aun quedan de 
ella, indican al viajero un sitio inmortalizado en la historia 
por el valor y la constancia de los primeros conquista- 
dores (i). 

Becreto le agradecía el aviso que le daba, y le daba crédito de más 
amistad que al otro.» Relac. Seg. de Cortés en Lorenzana, pág. 61. 

(1) Herrera, Hist. general, dec. 2, libro 6,°, cap. X. Oviedo, 
Hist. de las lnd. t MS., lib. 33, cap. IV Gomara, Crónica, cap. L1V. 
Mártir, de orbe novo, dec. 5, cap. II B. Díaz, Hist. de la Conq., capí- 
tulos 72-74. Ixtlilxochitl, Hist. Chich., M. S., cap. LXXXHI. 



CAPÍTULO II 

Entrada de los españoles en Tlaxcalan. — Descripción 
de la capital. tentativa para convertir a los in- 
DIOS. — Embajada azteca. — Invitación a Cholula. 

(i 5 19) 

La ciudad de Tlaxcalan, capital de la República del mis- 
mo nombre, distaba cosa de seis leguas del campamento 
español. El camino pasaba por un terreno fragoso, que, 
dondequiera que había un palmo de tierra arable, daba 
señales de un esmerado cultivo. En una profunda barranca 
había un puente de piedra que, según la tradición, autori- 
dad muy incierta, es el mismo que hoy hay, y que fué 
construido, en su origen, para que pasase por él el ejérci- 
to (T). En ei tránsito, tocaron en varias ciudades indias, 

(1) «A distancia de un cuarto de legua, caminando a esta dicha 
ciudad, se encuentra una barranca honda, que tiene para pasar un 
puente de cal y canto de bóveda, y es tradición en el pueblo de San 
Salvador, que se hizo en aquellos días que estuvo allí Cortés para 
que pasase. > (Viaje, en Lorenzana, pág. 9.) Si estuviese bien averi- 
guada 3a antigüedad de este puente de bóveda, su existencia sería un 
gran testimonio en favor de la arquitectura india; pero la construc- 
ción de una obra tan sólida en un brevísimo espacio de tiempo, es 
cosa que para creerse, necesita de una autoridad algo mejor que la 
de los aldeanos de San Salvador. 



45^ W. H. PRESCOTT 

en todas las cuales recibieron la más hospitalaria acogida. 
Ya que habían andado algo, conocieron que estaban cerca 
de una ciudad populosa por el gentío que salió a recibir- 
les: hombres y mujeres, pintorescamente vestidos, traían 
ramos y guirnaldas de flores que ofrecieron a los españo- 
les, o con que adornaron los cuellos y caparazones de los 
caballos, como lo habían hecho los de Zempoalla. Los 
sacerdotes, con sus túnicas blancas y sus largas y enma- 
rañadas cabelleras flotantes sobre los hombros, se mezcla- 
ban con la multitud y arrojaban de sus saumerios nubes 
de incienso de copal. De esta suerte entró la numerosa y 
heterogénea procesión por las puertas de la antigua capi- 
tal de Tlaxcalan. Era 23 de septiembre, día cuyo aniver- 
sario celebran todavía los naturales de aquella tierra como 
un día de regocijo (i). 

La multitud era tal en las calles, que con trabajo pudo 
la policía de la ciudad dejar expedito un paso para el ejér- 
cito, en tanto que las azoteas o ^errados de las casas esta- 
ban coronadas de una infinidad de espectadores impacien- 
tes, por siquiera divisar a los maravillosos extranjeros. En 
las casas estaban colgadas flores y festones, y en medio de 
las calles había arcos formados de verdes ramas, entrela- 
zadas con madreselvas y rosas. Toda la población se en- 
tregó al regocijo: el aire resonaba con cantos y exclama- 
ciones de triunfo y con los ásperos sonidos de los instru- 
mentos nacionales que, a no haber sido por las explicacio- 
nes de Marina y por las demostraciones de júbilo de los 

(1) Clavijero, Stor. del Mess , t. III, pág. 53. 

«Recibimiento el más solemne y famoso que en el mundo se ha 
visto, exclama el entusiasta historiador de la República, añadiendo 
que salieron a recibir a los españoles más de cien mil hombres, que 
parece cosa imposible* (y que, en efecto, lo es). Camargo, Hist. de 
Tlaxcalan, M. S. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 457 

indios, habrían excitado temores en el pecho de los es- 
pañoles. 

Esta procesión se dirigió por las pincipales calles, hacia 
la casa de Xicotencatl, el anciano padre del general tlax- 
calteca, y uno de los cuatro gobernadores de la república. 
Cortés se apeó del caballo para recibir al anciano jefe y 
abrazarle; era éste casi ciego, por lo que, para satisfacer 
hasta cierto punto la curiosidad que tenía de conocer al 
general español, le tentó la cara con las manos. Después 
se dirigieron a un salón de su palacio, donde sirvieron al 
ejército un banquete. Llegada la noche, le designaron para 
cuartel los edificios y campos descubiertos, que rodeaban 
el templo mayor, mientras que a los embajadores aztecas 
los alojaron en aposentos inmediatos al de Cortés, quien 
así lo había pedido para velar por su seguridad, pues se 
encontraban en la ciudad de sus enemigos (i). 

Tlaxcalan era una de las más populosas e importantes 
ciudades de toda la meseta. Cortés, en su carta al empe- 
rador, la compara con Granada, afirmando que «era más 
espaciosa, fuerte y populosa que lo que era la capital mo- 
risca al tiempo que se ganó, y tan bien construida como 
ella» (2). Mas no obstante que esto mismo confirma un 
escritor respetable de fines del siglo pasado (3), difícil- 

(1) Sahagun, Hist. de la Nueva España, M. S.,lib. 12, cap. XI. 
Relación seg. de Cortés, en Lorenzana, pág. 59. Camargo, op. cit. Go- 
mara, Crónica, cap. LIV. Herrera, Historia general, déc. 2, lib. 6.°, ca- 
pítulo XI. 

(2) «La cual ciudad es tan grande y de tanta admiración, que 
aunque mucho de lo que de ella podría decirse, deje, lo poco que 
diré, creo es casi increíble, porque es mucho mayor que Granada y 
muy nás fuerte, y de mayores edificios, y de muy mucha más gente 
que Granada tenía al tiempo que se ganó.*> Reí. Seg. de Cortés, en 
Lorenzana, pág. 58. 

(3) «En las ruinas que aún hoy se ven en Tlaxcalan, se conoce 



458 W. H. PRESCOTT 

mente debemos creer que aquellos edificios hayan podido 
igualar a esos monumentos de la magnificencia oriental, 
cuyas esbeltas y aéreas formas excitan, a pesar de las in- 
jurias del tiempo, la admiración de cuantos viajeros tienen 
un gusto delicado. Lo que hay de cierto es que Cortés, lo 
mismo que Colón, veía los objetos con los ojos de su aca- 
lorada imaginación, y les daba un colorido más vivo y ma- 
yores dimensiones de lo que realmente tenían. Nada tiene 
de extraño que un hombre que había hecho tan raros des- 
cubrimientos exagerase desmesuradamente el mérito de 
ellos, no sólo a sus propios ojos, sino también a los de los 
demás. 

Las casas eran por la mayor parte, de adobe, y una que 
otra de cal y canto o de ladrillos secados al sol. A la en- 
trada no había puerta ni ventanas, sino que de las prime- 
ras colgaban esteras ribeteadas de piezas de cobre o de 
cualquiera otra cosa capaz de producir una especie de cam- 
panilleo que avisaba si algien entraba. La población debe 
haber sido muy considerable, si acaso es cierto lo que dice 
Cortés, que se reunían en la plaza más de 30.OOO almas, en 
los días del mercado. Estas reuniones era un especie de 
feria, que en las grandes ciudades se tenía cada cinco días 
y a la que concurrían los vecinos de las inmediaciones que 
traían a vender toda especie de artículos de consumo do- 
méstico y todas las manufacturas que formaban su indus- 
tria fabril, y principalmente la alfarería, en la cual excedían 
a lo mejor que había entonces en Europa (i). Otra nueva 
prueba de qua era un pueblo culto, son las tiendas y casas 
para baños, tanto de vapor como de agua caliente, de los 
cuales hacían un uso frecuente los naturales. Finalmente 

qae no es ponderación^ Ibid, pág. 58. Nota del editor, Lorenzana, 
(1) Nullum es ficti/e vas apud nos, quod arte superet ab ill vasa 
fórmala. Mártir, de Orbe Novo, dec. 5, cap. II. 



■ISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 459 

aquella cultura estaba también atestiguada por la existen- 
cia de una policía encargada de mantener el orden (i). 

El territorio estaba dividido en cuatro cuarteles, que me- 
jor pudiera decirse que eran otras tantas ciudades diferen- 
tes, pues habían sido edificados en diversas épocas, y esta- 
ban separados por altas paredes de piedra que servían como 
de linderos. Cada uno de ellos estaba regido por uno de 
los cuatro gobernadores, quien ocupaba una espaciosa man- 
sión situada en medio de sus vasallos. [Extraño arreglo y 
más extraño todavía que no haya sido incompatible con el 
orden y la tranquilidad sociall La antigua capital situada 
en el distrito donde nacía el rápido riachuelo de Zahuatl, 
pasaba por la cumbre y falda de las colinas en cuya base 
se encuentran ahora los miserables restos de aquella flore- 
ciente poblabión (2). Al Sudeste se extendía hasta un tér- 
mino muy dilatado, -la escarpada sierra de Tlaxcalan, entre 
cuyos picos se eleva el enorme cerro de la Malincke, coro- 
nado de la diadema de plata que ciñe de ordinario a los 
altísimos Andes, y a cuyas fragosas faldas crecían y se le- 
vantaban majestuosas, selvas de gigantescos sicómoros y 
encinos, cuyo tronco de 40 ó 50 pies de altura, estaba en 
teramente desnudo. Las nubes que venían del lejano Altan- 

(1) Camargo, loe. citado. Relac. Seg. de Cortés, en Lorenzana, pá- 
gina 59. Oviedo, Hist. de las Ind., M. S., lib. 33, cap. IV. Ixtlilxochitl, 
Historia Chich., M. S., cap. LXXXIII. 

Este último cita tal número de autoridades de indios contemporá- 
neos, que le han servido para la formación de su historia, que eae 
número prueba por sí solo un considerable grado de civilización en el 
pueblo. 

(2) Herrera, Hist. General, dec. 2, lib. 6.°, cap. XII. 

La población de la ciudad que Cortés comparaba con Granada, as- 
cendía a principios del siglo actual, a 3.400 habitantes, de los cuales 
sólo meno3 de 1. 000 eran indios. Humboldt, Essai politique, t. II, pá- 
gina 158. 



46O W. H. PRESCOTT 

tico se apiñaban en torno de los encumbrados picos de 
aquellas montañas y reuniéndose formaban torrentes que 
al derramarse por las llanuras del territorio, lo convertían 
en un lago, en ciertas estaciones. Estrepitosas tempesta- 
des, más terribles allí que en ninguna otra parte de la me- 
seta, se levantaban en la falda de aquellas montañas y sa- 
cudían hasta los cimientos de los endebles edificios de la 
ciudad. Pero no obstante que los rígidos vientos de la sie- 
rra daban al clima cierta aridez, desconocida bajo el sereno 
firmamento y a la temperatura cálida de los países inferio- 
res, esto no perjudicaba al pleno desenvolvimiento de las 
fuerzas, tanto físicas como morales de los habitantes. Pasa- 
ban una vida dura y laboriosa entre aquellas escarpadas 
colinas, igualmente propias para ser cultivadas durante la 
paz, como defendidas en la guerra, Distinto del mimado 
hijo de la naturaleza, a quien ésta prodiga copiosamente 
los medios de subsistencia y le ahorra toda especie de tra- 
bajo, el tlaxcalteca sacaba su sustento de un suelo, no in- 
grato ciertamente; pero que era preciso regar con el sudor 
de la frente; llevaba una vida sobria y loboriosa; privado 
del comercio por la guerra incensante contra los aztecas, 
tenía que dedicarse principalmente a la labranza, la ocupa 
ción más a propósito para conservar la pureza de las cos- 
tumbres y la fuerza del cuerpo; su honrado pecho estaba 
inflamado de ese patriotismo o afecto local que engendra 
el cultivo de la tierra, y le animaba ese noble sentimiento 
de independencia, propiedad natural del hijo de las mon- 
tañas. Tal era la raza con que Cortés se había aliado para 
dar remate a su gran empresa. 

Algunos días fueron destinados a obsequiar a los espa- 
ñoles, convidados sucesivamente a la mesa de los cuatro 
grandes señores, en los respectivos departamentos de la 
ciudad. Aún en medio de aquellas demostraciones amisto- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 46 1 

sas, conservaba el general el rigor de la disciplina y su 
acostumbrada vigilancia, procurando al mismo tiempo la 
seguridad de los ciudadanos, con prohibir expresamente a 
todos los soldados que saliesen de sus cuarteles sin pedirle 
expreso permiso. Este rigor provocó las quejas de algunos 
oficiales del ejército, que miraban aquella precaución como 
superflua y las de los jefes tlaxcaltecas, que la considera- 
ban como una señal de inmerecida desconfianza. Mas luego 
que Cortés les explicó que lo hacía por no quebrantar las 
reglas del arte militar, manifestaron su admiración, y el 
ambicioso joven general de la República aún llegó a pro- 
poner que se introdujese esa costumbre, si posible era, en 
los ejércitos nacionales (i). 

Luego que el general español estuvo seguro de la lealtad 
de sus nuevos aliados, puso mano a una obra que era uno 
de los principales objetos de su expedición: la conversión 
de los indios al cristianismo, más por dictamen del Padre 
Olmedo, quien siempre se oponía a las medidas violentas, 
se difirió esto para mejor oportunidad. Esta se ofreció 
cuando los jefes traxcaltecas propusieron para afianzar me- 
jor la alianza que habían hecho con los españoles, que las 
hijas de los primeros se casasen con los capitanes de Cor- 
tés y con el: entonces les dijo éste, que tal cosa no podía 
verificarse mientras ellas permaneciesen en las tinieblas 
de la superstición, y con la ayuda del buen fraile, les ex- 
plicó, lo mejor que pudo, los misterios de la fe cristiana, y 
les enseñó la imagen de la Virgen y su Divino Hijo, dicién- 
doles que aquel era el símbolo único de la salvación, mien- 
tras que sus falsos dioses las hundirían en perpetua per- 
dición. 

(1) Sahagun, Historia de la Nueva España, M. S., !ib. 12, cap. XI. 
Camargo, loe. cit. Gomara, Crónica, cap. LIV-LV. Herrera, Hist. Ge 
neral, dec. 2, cap. XIII. Bernal Díaz, cap. LXXV. 



462 W. H. PRESCOTT 

Me parece enteramente inútil cansar al lector refirién- 
dole todo lo que en aquella plática doctrinal explicaran a 
los indios, pues basta figurarnos que entre los dogmas que 
nuevamente se les proponían a los indios incultos, ha- 
bría algunos de ellos que les serían tan incomprensibles 
como muchos de los de su propia religión. Mas aun cuan- 
do no logró convencerles, le escucharon con tímido res- 
peto, y cuando concluido le dijeron: que no dudaban que 
el Dios de los cristianos sería un bueno y gran Dios, y que 
por lo tanto determinaban admitirle en el número de los 
de Tlaxcalan. Ya se ve que el politeísmo de los indios, se- 
mejante al de los antiguos griegos, era de tal naturaleza 
que podía admitir sin violencia ninguna entre la multitud 
de sus divinidades a los de cualquiera otra religión (1). 
Cada nación, continuaron los traxcaltecas, debe de tener sus 
dioses suyos propios y sus deidades tutelares; no podemos 
adjurar ya ancianos el culto que desde nuestra niñez he- 
mos profesado; además, que si tal hiciésemos , provoca • 
riamos la venganza de nuestros dioses y de nuestro pueblo, 
el cual ama su religión tan ardientemente como su libertad, 
y derramaría en defensa de la una y de la otra hasta la úl- 
tima gota de su sangre. 

Según esto era claramente inútil insistir más en aquella 
materia; pero, el celo religioso de Cortés, ardiente de suyo 
e inflamado todavía más por la resistencia que encontraba, 
no calculaba los obstáculos, probablemente, ni la corona 

(1) Camargo habla de esta especie de elasticidad de las religiones 
de Anáhuac. «Este modo de hablar y decir que les querrá dar otro 
Dios, es saber qu9 cuando estas gentes tenían noticia de algún Dios de 
buenas propiedades y costumbres, que le recibiesen admitiéndole por 
tal, porque otras gentes advenedizas trajeron muchos ídolos que tu- 
vieron por Dioses, y a este fin y propósito decían que Cortés les traía 
otro Dios.> Loe. citato. 



HISTORIA DK LA CONQUISTA DE MÉXICO 463 

del martirio había sido parte a retenerle de su buena obra; 
bien que afortunadamente para la causa que defendía, esta 
corona no le estaba reservada. 

El buen misionero, el evangélico consultor de Cortés, 
viendo el camino que iban a tomar los negocios, se inter- 
puso para estorbar que se llevasen adelante las miras de 
aquél: díjole que no quería volver a ser testigo de las es- 
cenas que habían pasado en Zempoalla, que no quería 
fiarse a conversiones hechas por la fuerza, pues que eran 
efímeras; que lo que era obra de un momento, en un mo- 
mento se acababa: ¿de qué sirve, decía, derribar el altar, si 
el ídolo queda en pie allí, en el corazón? ¿Ni de qué tam- 
poco destruir el ídolo si en lugar se ha de poner otro 
nuevo? Más vale que esperemos con paciencia a que mo- 
viéndose el corazón y alumbrándose el entendimiento, 
puedan adquirir estos infieles una coversión sincera y 
duradera. Estos juiciosos consejos fueron de la aprobación 
de Alvarado Velázquez de León y demás en quienes tenía 
ccnfianza Cortés, hasta que por último, ocupado en sus 
primeros proyectos de guerras y batallas, abandonó por 
entonces la obra de la conversión, mayormente, que con- 
sideraba que aquí podía tener un resultado muy diverso 
del que tuvo en Cozumel y Zempoalla. según era el carác- 
ter de la población (i). 

(1) Ixtlilxochitl, Hist. Chich. M. S., cap. LXXXIV. Gomara, Cró- 
nica, cap. LVÍ. Bernal Díaz, caps. LXXVI-LXXVII. No es así como lo 
cuenta Camargo, pues según él, Cortes ganó el punto y consiguió que 
los nobles abrazasen el cristianismo y que se demoliesen los ídolos. 
(Hist. de Traxcala, M. S.) Pero atendamos a que Camargo era un 
indio cristianizado, que vivió en la generación inmediatamente si- 
guiente a la conquista, y que debe haber tenido tanto empeño en salvar 
a la nación del cargo de infidelidad, como tomaría un español mo- 
derno en borrar de su blasón la mala raza y mancha del judaismo o 
del mahometismo. 



464 



W. H. PKESCOTT 



En el curso de nuestra narración se verán más de una 
vez los buenos efectos de la intervención del Padre Olme- 
do, pudiendo asegurarse que su prudencia y discreción en 
las cosas espirituales contribuyó al buen éxito de la em- 
psesa, tanto como el valor y sagacidad de Cortés en los 
negocios de la guerra. Era este religioso un verdadero dis 
cípulo de Las Casas: su corazón no estaba tiranizado por 
ese horrendo fanatismo que destruye y arrasa cuanto toca, 
sino animado del celo vivificante de la caridad cristiana. 
Había venido de misionero al Nuevo Mundo, y no. perdonó 
sacrificio para hacer el bien al pobre descarriado rebaño a 
quien había consagrado su vida. Si seguía las banderas del 
guerrero, era para mitigar los horrores de la guerra y para 
tomar en provecho de los infelices mismos el triunfo de la 
cruz, consagrando todas sus fatigas a la buena obra de la 
conversión; ofreció uno de esos raros ejemplos (no de es- 
perar en un fraile español del siglo xvi,) de un celo ardiente 
y de un espíritu de mansedumbre y tolerancia. 

Mas a pesar que Cortés había diferido para ocasión más 
oportuna sus proyectos de conversión, obligó a los trax- 
caltecas a que rompiesen las cadenas de los infelices prisio- 
neros destinados al sacrificio; acto de humanidad que des- 
graciadamente tuvo una utilidad efímera, pues luego que 
partió Cortea se llenaron las cárceles de nuevas víctimas. 

Obtuvo, además, permiso para que se dejase a los espa- 
ñoles en libertad para celebrar las ceremonias de su reli- 
gión; de manera que erigieron una gran cruz en una de las 
plazas públicas; todos los días se decía misa a que concu- 
rría no sólo el ejército, sino multitud de naturales, que aun- 
que no comprendían la significación de aquella ceremonia, 
estaban tan edificados que aprendieron a venerar la religión 
de los conquistadores; porque parece que la interposición 
directa del cielo para convertirles, valía más que las mejo- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 465 

res pláticas del Conquistador y el misionero. Apenas ha- 
bían salido de la ciudad los españoles, cuando (y es buena 
autoridad la que lo refiere), descendió del cielo una nube 
delgada y trasparente, que formando una especie de colum- 
na envolvió a la cruz en su luminoso resplandor y continuó 
despidiendo durante toda la noche una luz clara y apacible, 
que denotaba el sagrado carácter de aquel símbolo sobre el 
cual se veía la corona de la Divinidad (i). 

Admitido el principio de la tolerancia, ya no rehusó el 
general español aceptar a las hijas de lus caciques. Cinco o 
seis de las más hermosas mancebas quedaron enlazadas con 
otros tantos capitanes del ejército, después de lavadas sus 
manchas de infidelidad con las aguas del bautismo, en el 
cual les pusieron nombres castellanos, en vez de los bárba- 
ros que tenían en su lengua materna (2). Entre estas man- 
cebas estaba la hija de Xicotencatl, a la cual, después del 
bautismo, llamaron Doña Luisa, princesa de grande estima- 
ción y autoridad en Tlaxcalan; su padre la dio a Alvarado, 
y su descendencia emparentó con las familias más nobles 
de Castilla. El trato franco y abierto de este caballero le 
hizo el favorito de los tlaxcaltecas, quienes por su trato 
marcial, hermosa figura y doradas armaduras, le llamaron 
Tonatiuhy o el sol. Los indios se divertían en poner a los 
españoles sobrenombre, así, Cortés, por presentarse en 
público acompañado siempre de Doña Marina o la Malin- 
che, era llamado con este mismo nombre por los naturales. 

(1) Herrera cuenta el milagro (Eist. general, dec. 2, lib. 6.°, capí- 
tulo XV) y (Solís lo cree). (Conq. de México, lib. 3.°, cap. V.) 

(2) Para evitar dudas en la elección de nombre, acostumbraban los 
misioneros poner uno mismo a todos los indios que nacían en el mis- 
mo día: así, había un día para los Pedros, otro para los Juanes, etc.; in- 
vención ingeniosa y muy cómoda para los frailes, aunque no tanto 
para los bautizados. Véase a Camargo, op. cit. 

30 



466 W. H. PRESCüTT 

Estos dos capitanes conservaron entre todas !as naciones 
indias el sobrenombre que habían adquirido en Tiaxca- 
lan (1). 

M entras todo esto pasaba, llegó otra nueva embajada de 
México. Las dádivas eran como de ordinario, suntuosas, y 
consistían en obras de oro y plata y estofas de algodón y 
de plumaje, y los términos en que estaba concebido el 
Mensaje, habrían indicado el carácter tímido e irresoluto 
del monarca, a no haber dejado traslucir una política pro- 
funda y péfida Invitaba ya a los españoles a que viniesen 
a México, asegurándoles que serían bien recibidos: les su- 
plicaba que no contrajesen alianza ninguna con los bajos y 
bárbaros tlaxcaltecas, y finalmente, les invitaba a que al 
venir tomasen el camino de Cholula, en cuya ciudad ya se 
habían hecho, de su orden, preparativos para recibirles dig- 
namente (2). 

Los tlaxcaltecas veían con profundo sentimiento que 
Cortés quisiese ir a México, y le dieron noticias que con- 

(1 ) Ibid. Bernal Díaz, Hisl. de la Conq., caps. LXXIV-LXXVII. Se- 
gún Caraargo, los tlaxcaltecas dieron al jefe español trescientas donce- 
llas para que sirviesen a D( ña Marina, y viendo el buen trato e ins- 
trucción que recibían, determinaron algunos de los principales seño- 
res dar a sus hijas, con propósito de que si acaso algunas se empre- 
ñasen, quedara entre ellos generación de hombres tan valientes y 
temidos. 

(2) Bernal Díaz, cap. LXXX. Relac. seg. de Cortés, en Lorenzana, 
página 60. Mártir, De Orbe Novo, dec. 5, cap. II. Cortés habla sola- 
mente de una embajada azteca, mientras que Bernal Díaz habla de 
tres. El primero por lacónico, y el último acaso por olvido, distan tan- 
to de 1 1 verdad, que no es fácil decidirse entre uno y otro. Bernal Díaz 
no publicó su historia, hasta cincuenta años después de la Conquista, 
trascurso de tiempo muy considerable, que hace perdonables murhos 
de los errores en que ha incurrido; pero que debe enajenarle) nuestra 
confianza, cuando se trata de pormenores muy minuciosos, y, efectiva- 
mente, el estudio íntimo de su historia justifica esta desconfianza. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO +6j 

firmaban plenamente lo que ya había oído con respeto a la 
ambición y poder de Moteuczoma; dijéronle que los ejérci- 
tos del emperador estaban esparcidos por todo el conti- 
nente; que la capital era muy fuerte, y que, además, estan- 
do en una isla, era muy fácil que cortasen la retirada a los 
españoles ya que se hubiesen internado, y les dejasen sin 
arbitrio; pintaban a los mexicanos tan pérfidos en su polí- 
tica, como desmensurados en su aoabición. «No creáis, le 
decían, ni en sus engañadoras palabras, ni en sus acata- 
mientos, ni en sus dádivas; sus promesas son vanas y sus 
amistades falsas.» Habiéndoles dicho Cortés que deseaba 
que cesase la enemistad entre ellos y el emperador, le res- 
pondieron que eso era imposible; que por amistosas que 
fueran las palabras, siempre quedaría el odio en el corazón. 
También disuadieron al general con mucho empeño de 
que tomase el camino, de Cholula, pues sus habitantes, aun- 
que cobardes en campo raso, eran temibles por su perfidia 
y falsía y eran, además de esto, los instrumentos de Mo- 
teuczoma, cuyas tramas ejecutarían. Parece que en la des- 
confianza de los tlaxcaltecas tenía gran parte en la supers- 
tición, pues miraban con temor a ¡a antigua ciudad, metró- 
poli en otro tiempo de la religión del Anáhuac; en ella fué 
donde primero asentó su imperio el Dios Quetzalcoatl: su 
templo era famoso en todo el país, y los sacerdotes creían 
firmemente tener bastante poderío del cual se jaztaban, 
para producir una inundación removiendo los cimientos de 
las aras de aquel Dios, que envolvería en un diluvio a to- 
dos sus enemigos. Finalmente, los traxcaltecas hicieron 
notar a Cortés que mientras tantas ciudades lejanas habían 
enviádole embajadores que le manifestasen su buena vo- 
luntad y le ofreciesen su alianza, Cholula, que sólo dictaba 
seis leguas, no lo había hecho. Esta última observación 
hizo mas fuerza en el ánimo de Cortés que ninguna de las 



4Ó8 W. H. PRESCOTT 

anteriores; por lo que al instante mandó una intimación a 
esta ciudad, exigiéndole que se sometiese formalmente. 

Entre las embajadas que de diversas partes había re- 
cibido el Comandante español durante su residencia en 
Tíaxcalan, una fué de Ixtlilxochitl, hijo del gran Netzza- 
bualpilli, el desgraciado rival de su hermano mayor en la 
disputa de la corona de Tezcuco (i), suceso de que ya he- 
mos hablado en el libro primero. Aunque burlado en sus 
pretensiones, había obtenido el gobierno de una parte del 
reino y tenía la mas profunda animosidad contra su rival 
y contra Moteuczoma que le había ayudado. Había ofre- 
cido sus servicios a Cortés pidiéndole en compensación 
que le ayudase a recobrar el trono de sus antepasados. El 
hábil general le dio una respuesta que alentaba las esperan- 
zas del príncipe aspirante y le granjeaba su adhesión. Su 
gran mira era robustecer su causa, reuniendo todos los ele- 
mentos de desunión que encontraba diseminados por el 
país. 

No se pasó mucho tiempo sin que viniesen los diputados 
de Chochula a ofrecerle su buena disposición y a invitarle 
con mucha instancia a que pasase a esta ciudad. Los men- 
sajeros eran de una clase muy subalterna a la que ordina- 
riamente pertenecen ios embajadores. Así se lo hicieron no- 
tar a Cortés los tlaxcaltecas, causándole mucha indignación 
el saberlo: al punto mandó requerirles nuevamente de que 
le enviasen una embajada compuesta de sus primeros se- 
ñores, o que de lo contrario los trataría como a rebeldes 
al monarca español, legítimo señor de aquellos reinos (2). La 
amenaza surtió los efectos que se deseaban: los cholutecas 

(1) Véase ésto antes. 

(2) «Si no viniesen, iría sobre ellos y los destruiría, y procedería 
contra ellos como contra personas rebeldes; diciéndoles, como todas 
estas partea y otras muy mayores tierras y señoríos, eran de vuestra 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 469 

no estaban dispuestos a reñir, a lo menos por entonces, 
acerca de sus avanzadas pretensiones; así es que se pre- 
sentó en el campo de los cristianos otra nueva embajada 
compuesta de los primeros nobles, quienes volvieron a re- 
petir sus instancias para que pasase a la ciudad y le supli- 
caron que les excusase de que se hubiesen tardado en pre- 
sentársele; pero que esto había sido por el temor de que 
no corriesen riesgo sus personas, viniendo a la capital de 
sus enemigos explicación que a Cortés le pareció plausible. 
Mas los traxcaltecas se oponían ahora más que nunca al 
proyectado viaje, asegurando que a las inmediaciones de , 
Cholula había un fuerte ejército azteca, y que los habitan- 
tes de esta ciudad estaban poniéndola en estado de defen- 
sa, por lo que temían que aquello fuese una estratagema in- 
ventada por Moteuczoma para destruir a los españoles. 

Estas observaciones agitaban el ánimo de Cortés, pero 
no fueron bastantes a disuadirle de su intento. Tenía cierta 
curiosidad de conocer la ciudad tan celebrada en la histo- 
ria e las naciones indias: además que no quería de ningún 
modo retroceder porque no se creyese que temía o des- 
confiaba de sus recursos; lo cual tendría las más funestas 
consecuencias con respecto a sus enemigos, a sus aliados 
y a sus mismas tropas. Así, después de una ligera con- 
sulta con sus capitanes, resolvió emprender su viaje a 
Cholula (1). 



alteza.» (Relación segunda de Cortés, en Lorenzana, pág. LXIII.) 
La palabra rebelde era muy cómoda, y había sido usada por los 
compatriotas de Cortés contra los moros, para defender las propie- 
dades que durante ocho siglos habían poseído en la Península; y 
sirvió igualmente para justificar las más severas represalias. Véase 
la Historia de Fernando e Isabel, part. II, cap. XIII, y en otros va- 
rios lugares. 
(1) Relación segunda de Cortés, en Lorenzana, págs. 62-63. Ovie- 



470 W. H. PRESCOTT 

Hacía tres semanas que habían entrado a residir en el 
hospitalario recinto de Tlaxcalan, y cerca de seis que ha- 
bían pisado el territorio de esta república; allí habían en- 
contrado cuando enemigos una resistencia obstinada, y 
ahora iban a partir llevándoles por compañeros y aliados; 
con ellos iban a combatir sin apartarse ni por un momento, 
hasta que terminase la reñida contienda que iba a tra- 
barse. Grande e importante había sido, por lo tanto, el re- 
sultado de la visita a Tlaxcalan, pues a la ayuda y coope- 
ración de estos valientes y aguerridos republicanos, fué 
debido en gran parte el éxito definitivo de la expedición. 

do, Eist. de las Ind., M. S., cap. IV. Ixtlilxochitl, Hist. Chich.. M. S.. 
capítulo LXXXIV. Gomara, Crónica, cap. LXXXV. Mártir, de Orbe 
Novo, dec. 5, cap. II. Herrera, Eist. Gral., dec. 2, lib. 6.°, cap. XVIII. 
Sahagun, Eist. de Nueva España, M. S., lib. 12, cap. XI. 



CAPÍTULO III 
Ciudad de Cholula. — Templo m^yor. — Marcha a Cholu- 

LA. — ReCíBíMIENTO QUE HICIERON A LOS lSP«ÑOLtS. Se 

DESCUBRE UNA CONSPIRACIÓN. 

(1519) 

La antigua ciudad de Cholula, capital de la república de 
este nombre, estaba cosa de seis leguas al Sur de Tiaxca- 
lan y cosa de veinte al Este, o mejor dicho, al Sudeste de 
México. Cortés dice que contenía veinte mil casas dentro 
de su recinto, y como otras tantas fuera de él (i); aunque 
hoy es una población de menos de diez y seis mil al- 
mas. (2). Pero sea lo que fuere del verdadero número de 
sus habitantes, es incuestionable, que en tiempo de la 
conquista era una de las más populosas y florecientes ciu- 
dades de Nueva España. 

Era también una de las más antiguas, y fué fundada por 

(1) Relac. seg. de Cortés, en Lorenzana, pág. 67. 

Según Las Casas, la ciudad contenía 30.000 vecinos, o cosa de 
liSO.! 00 habitantes. Brevissima re/atione déla distmttione del' 
Indie Occideutale. (Venetia, 1643.) Como este caso es el mas modera- 
do, es el más creíble; mayormente cuando, ¡cosa rara!, se le encuentra 
en las páginas del Obispo de Chiapas. 

(2) Humboldt, Essai politique, tomo III, pág. 159. 



472 W. H. PRESCOTT 

las razas primitivas que ocuparon el suelo del Anáhuac, 
antes de la venida de los aztecas (i). Pocas noticias nos han 
quedado acerca de su forma de gobierno; pero parece que 
estaba calcada bajo el modelo de la república de Tlaxca- 
lan; régimen que le convenía perfectamente, pues que con- 
servó aquel estado su independencia hasta los últimos 
tiempos, en que subyugada por los aztecas, le quitaron 
éstos casi todos los elementos de una existencia inde- 
pendiente. La íntima unión con los mexicanos, obligó a 
los cholultecas a frecuentes guerras con sus vecinos y com- 
pañeros los de Tlaxcalan; pero aunque muy superiores a 
éstos en las artes y en la civilización, no podían equiparar- 
se en la guerra con aquellos bravos montañeses, los suizos 
del Anáhuac. La capital cholulteca era el emporio del co- 
mercio de la meseta; los habitantes sobresalían en varias 
artes mecánicas, especialmente en la de trabajar los meta- 
les, hacer estofas de algodón y de hilo de maguey, y en 
una especie de alfaharería tan exquisita que según se 
cuenta, podía rivalizar con la de Florencia (2). Pero la de- 
dicación particular a las artes propias de una sociedad pa- 
cífica y culta, los hacía inhábiles para pelear con hombres 
cuya principal ocupación era la guerra. Se acusaba a los 
cholultecas de ser afeminados y, según les imputaban sus 
vecinos, más se distinguían por su perfidia que por su 
valor (3). 

(1) Veytia supone más antigua la fundación de la ciudad, refirién- 
dose a los ulmecas, pueblo que precedió a los tultecas. (Hist. Antigua, 
tomo I, caps. XIII-XX.) Como estos últimos, después de ocupar el país 
por muchas centurias, no dejaron ni un solo recuerdo escrito, sería 
difícil contradecir la aserción del licenciado, aunque es más difícil 
probarla. 

(2) Herrera, Hist. general, dec. 2, lib. 7.°. cap. II. 

(3) Camargo, Hist. de Tlaxcalan, M. S. Gomara, Crónica, capítu- 
lo LVIII. Torquemada. Monarq. Ind., lib. 3.°, cap. XIX. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DB MÉXICO 473 

Pero la capital, tan noble por sus adelantos y antigüe- 
dad, era todavía más venerable a causa de las tradiciones 
religiosas en que estaba envuelta. Allí es donde al dirigirse 
a la costa, había detenídose el dios Quetzalcoatl, para ins- 
truir a los habitantes en las artes de la civilización. Les ha- 
bía enseñado, además de esto, mejores formas de gobierno 
y una religión más espiritualizada, en la que sólo se permi- 
tían sacrificios de flores y frutas (i). No es fácil determi- 
nar lo que enseñó, pues sus lecciones son ur.a mezcla de 
los dogmas licenciosos de aquellos sátrapas, y de místicos 
comentarios de los misioneros cristianos (2). Es probable 
que el tal dios sería uno de esos seres privilegiados, que 
habiendo disipado la oscuridad de su época con las luces 
de su propio ingenio, han sido colocados por la agradeci- 
da posteridad en la refulgente mansión de los dioses. 

En honor de esta deidad, se erigió esa estupenda mole 
que todavía ve el viajero con admiración, no sólo como el 
monumento más colosal de Nueva España, sino capaz de 
rivalidar por sus dimensiones con las antiguas pirámides 
de Egipto, a las cuales se parecen algo en la forma. No se 
sabe la época en que fué construida, porque cuando los 
aztecas entraron en el país, ya la encontraron allí. Tiene 
la forma que es corriente en los teocallis o templos mexi- 
canos, la de una pirámide truncada, con cuatro caras vuel- 

(1) Veytia, Hi&t. Antig., tomo I, cap. XV y siguiente. Sahagun, 
Historia de Nueva España, lib. 1.°, cap. V, lib. 3.° 

(2) Últimamente, los teólogos han encontrado en las lecciones del 
dios tulteca o sumo sacerdote, el germen de varios de los misterios 
del cristianismo, como los de la Encarnación y la Trinidad; y en el 
predicador han creído reconocer nada menos que al mismo Santo 
Tomás Apóstol. Véanse la disertación del irrefragable Dr. Mier, y los 
edificantes comentarios del Sr. Bustamante, en el suplemento a la 
Historia del Padre Sahagun, tom. I. En mi apéndice, parte I, se en- 
contrarán también algunas noticias sobre esta materia. 



474 w - H - prbscott 

tas hacia los cuatro puntos cardinales, y dividida en su 
altura, en otros tantos pisos o tramos. El tiempo y los 
elementos han borrado los relieves que tuvo en su origen, 
mientras que una multitud de arbustos y flores silvestres 
cubren su superficie; todo lo cual le da el aspecto de una 
de esas alturas simétricas levantadas por el capricho de la 
naturaleza, más bien que por la industria de los hombres. 
Es dudoso, en verdad, si el interior de la pirámide es una 
colina natural; pero parece más verosímil que sea una com- 
posición artificial de tierra y piedras, cubierta por todas 
partes con capas alternadas de ladrillos y de arcilla (i). 
La altura de la pirámide es de 177 pies; la base tiene T.423 
pies de largo, que es el doble del que tiene la gran pirá- 
mide de Cheops. Puede uno formarse una idea aproxima- 
da de su tamaño, sabiendo que la base, que es cuadrada, 
ocupa 34 acres, y la cumbre o base superior de la phámi- 
de trunes, ocupa más de un acre. Nos recuerda aquellos 
monumentos colosales de ladrillo, cuyas ruinas se conser- 
van en la ribera del Eufrates y aún todavía mejor en las 
del Nilo (2). 

(1) Tal parece que es el resultado final a que ha venido a parar 
M. Humboldt, después de un detenido examen hecho con el esmero 
que le es propio. (Vistas de las Cordilleras, pág. 27 y siguientes.) Su 
opinión se encuentra confirmada por un hecho posterior: habiendo 
hecho un camino al través del monumento, la sección de éste ha de- 
jado ver las capas alternadas de ladrillo y creta. (Ibid, loe. citato.) 
El aspecto que hoy ofrece aquel monumento, cubierto de verde y en- 
negrecido musgo, que han depositado los siglos, excusa el escepticis- 
mo hasta del viajero más superficial. 

(2) Es bien sabido que muchas de las pirámides de Egipto y de 
las ruinas de Babilonia, son de ladrillo. (Herodutus, Euterpe, sec. 136.) 
Humboldt da una idea muy clara del tamaño del teocalli mexicano 
cuando dice que es una masa de ladrillos capaz de ocupar cuatro 
tantos de la plaza de Vendóme, en París, y de una altura doble de la 
del Louvre. Essais politique, t. II, pág. 152. 



HISTORIA DB LA CONQUISTA DE MÉXICO 475 

En la cima está un suntuoso templo, donde se veía la 
imagen de la deidad patrona, el dios del aire, cuyas fac- 
ciones toscas representaban mal la leve forma que revistió 
en la tierra: tenía en la cabeza una especie de mitra, donde 
ondeaba un penacho de plumas escarlata; un reluciente 
collar de oro rodeaba su cuello; de las orejas pendían pre- 
ciosas turquesas; en una mano, empuñaba un cetro ador- 
nado de piedras, y en la otra, llevaba un escudo primoro- 
samente pintado, que era el símbolo de su gobierno sobre 
los vientos (i). La santidad del lugar, abultada por las cré- 
dulas tradiciones y la magnificencia del templo y del culto, 
habían vuelto aquella pirámide un objeto de veneración en 
todo el Anáhuac, viniendo en romería los habitantes aun 
de los más remotos confines de él a ofrecer su adoración 
en las aras del dios Quetzalcoatl (2). El número de los pe- 
regrinos era tan grande, que daba a la heterogénea pobla- 
ción de la ciudad cierto aire de mendicidad. Cortés se 
quedó admirado, según nos cuenta, de ver tanta multitud 
de limosneros como pudiera encontrarse en la más ilustra- 
da ciudad de Europa (3); modo muy peregrino de calcular 
el grado de civilización de una nación, y según el cual, no 
ocuparía la nuestra un lugar muy alto de la escala. 

Cholula, no sólo era el santuario de la clase pobre; mu- 
chas naciones de la misma religión tenían en esta ciudad 

(1) Quien da menuda noticia del traje e insignias de Quetzalcoatl, 
es el P. Sahagun, que vio el ídolo azteca antes de que el brazo del 
cristiano lo hubiese derribado de su encumbrado solio. Hist. de Nue- 
va España, lib. 1.°, cap. III. 

(2) Venían de la distancia de 200 leguas, según Torquemada, Mo- 
narq. Ind., lib. 3.°, cap. XIX. 

(3) «Hay mucha gente pobre y que piden entre los ricos por las 
calles y por las casas y mercados, como hacen los pobres en España, 
y en otras partes que hay gente de razón. > Relac. seg. de Cortés, en 
Lorenzana, págs. 67-68. 



476 W. H. PRESCOTT 

templos particulares, a la manera que algunos de los pue- 
blos cristianos tienen los suyos en Roma. Cada templo te- 
nía ministros propios destinados al culto del dios a que 
estaba dedicado; en ninguna otra ciudad había tal concur- 
so de sacerdotes, tal multitud de procesiones, tanta pom- 
pa, tanto sacrificio, ni tantas fiestas religiosas; Cholula era, 
en suma, lo que la Meca para los musulmanes, lo que Je- 
rusalén entre los cristianos: la Ciudad Santa de Aná- 
huac (i). 

Las ceremonias religiosas no se reducían, sin embargo, 
al culto meramente espiritual que les había prescripto la 
deidad tutelar: sus aras estaban manchadas, tanto como 
las de los dioses aztecas, con la sangre de las víctimas hu- 
manas, y dicen que cada año se sacrificaba en ellas a seis 
mil (2). El número de los templos puede conjeturarse, por 
lo que dice Cortés de que contó 400 torres en la ciu- 
dad (3); siendo así que el que más, tenía dos de éstas, y 
muchos de ellos, sólo una. Sobre todos ellos descollaba la 
encumbrada pirámide de Cholula, cuyas hogueras inextin- 
guibles, que esparcían su resplandor por toda la ciudad, 
proclamaban a ks naciones que allí moraba el santo culto 
(aunque ya corrompido por la superstición y la crueldad), 
de aquel buen Dios, que debía volver algún día a recobrar 
el imperio de la tierra. 

Nada puede ser más magnífico que la vista de que se 
goza desde la truncada cumbre de la pirámide. Hacia el 

(1) Torquemada, Monarq. lnd , lib. 3.°, cap. XIX. Gomara, Cró- 
nica, cap. LXI. Camargo, Hist. de Tlaxcalan. 

(2) Herrera, Hist. general, dec. 2, lib. 7.°, cap. II. Torquemada, 
ubi. supra. 

(3) «E certifico a Vuestra Alteza que yo conté desde una mezqui- 
ta cuatrocientas y tantas torres en la dicha ciudad, y todas son de 
mezquitas.» Relac. seg., en Lorenzana, pág. 67. 



HISTORIA DB LA CONQUISTA DB MÉXICO 477 

Oeste se dilataba la escarpada muralla de rocas porfiríticas 
con que la Naturaleza ha circundado el valle de México, y 
se elevaban el enorme Popocatepetl y el Ixtaccihuatl, como 
dos centinelas que, inmóviles, guardan la entrada de aque- 
lla región encantada. Allá a lo lejos, en el Oriente, se des- 
cubre el agudo pico del Orizava, que se pierde entre las 
nubes, y más cerca, la fragosa, aunque bellamente confi- 
gurada, Sierra de la Malinche, que envuelve en sus som- 
bras los fértiles valles de Tlaxcalan. Tres de estas monta- 
ñas son volcanes, cuyo cráter está más alto que el pico de 
la montaña más alta de Europa, y cuyos hielos no se fun- 
den jamás al calor abrasador del sol de los trópicos. A los 
pies del espectador se desenvuelve la sagrada ciudad de 
Cholula, cuyas torres y techos relucen en el sol y descan- 
san entre jardines y bosques floridos que, en aquel tiempo, 
rodeaban por todas partes la capital. Tal era la perspectiva 
magnífica que deleitó la vista de los conquistadores y que 
con pocas variaciones deleita todavía la del viajero moder- 
no, pues colocado en la plataforma de la gran pirámide, 
puede extender su vista por las más encantadoras regio- 
nes de la bella meseta de Puebla (i). 

(1) La ciudad de Puebla de los Ángeles, fué fundada poco tiempo 
después de la conquista, en el antiguo asiento de un lugarejo insigni- 
ficante del territorio de Cholula, situado algunas leguas al Este de la 
ciudad. Tal vez es la primera ciudad después de la de México, con la 
cual rivaliza en belleza. Parece que heredó la preeminencia religiosa 
de la antigua Cholula, pues como ella, se distingue por el número y 
magnificencia de los templos, por la multitud de sacerdotes y la pom- 
pa y esplendor de las ceremonias. Así lo testifican los viajeros que, 
en su tránsito de Veracruz a la capital, tienen que tocar en Puebla. 
(Véase especialmente la obra de Bullock, titulada: México, vol. I, ca- 
pítulo VI.) Las cercanías de Cholula, tan regadas hoy por los ríos, como 
en tiempo de los aztecas, son notables por la feracidad del terreno. 
Las mejores tierras, rinden según autoridades muy respetables, un 



478 W. H. P&É5SCOTT 

Mas ya es tiempo de quevoivamos a Tlaxcalan. La ma- 
ñana señalada, emprendió el ejército español su marcha a 
México, tomando el camino de Cholula; seguíales multitud 
de ciudadanos que no podían ver sin asombro la intrepidez 
de aquellos hombres, que con ser tan pocos, se atrevían a 
a provocar el poderío del gran Moteuczoma, yendo a bus- 
carle en su Corte misma. No obstante esto, inmenso núme- 
ro de guerreros, se ofreció a tomar parte en los peligros 
de la expedición; pero Cortés se rehusó en términos muy 
atentos a aceptar su ofrecimiento, y sólo escogió para que 
le acompañasen, a 6.000 voluntarios (i), pues no quería 
que estorbasen sus movimientos una masa pesada ni tampo- 
co descansaba enteramente en la fidelidad de tan recientes 
aliados. 

Después de atravesar un país montuoso y árido, entró 
el ejército en las llanuras que rodean a Cholula por algunas 
millas en contorno. A la elevación de más de 6.000 pies 
sobre el nivel del mar, se desplegaban las ricas produccio- 
nes de varios climas, unas al lado de las otras; la esbelta 
caña del maíz, el jugoso maguey, el chile o pimiento de los 
aztecas, y extensos plantíos de tunas o cactus, en el cual se 
cría la brillante cochinilla; no había ni un palmo de terreno 

ocho por uno. (Word, México, vol. II, pág. 270.) Humboldt, Ensayo 
político, t. II, pág. 158, t. IV, pág. 338. 

(1) Según Cortés, lOO.OOt) hombres le ofrecieron sus servicios en 
esta ocasión: «E puesto que yo se lo defendiese e rogué que no fuesen 
por que no había necesidad, todavía me siguieron hasta 100.000 hom- 
bres muy bien aderezados de guerra, y llegaron conmigo hasta dos le- 
guas de la ciudad; y desde allí por mucha importunidad mía se vol- 
vieron, aunque todavía quedaron en mi compañía hasta 5.000 o 6.000 
de ellos.') (Relación segunda en Lorenzana, pág. 64.) 

Este número, que apenas sería el de todos los combatientes de la re- 
pública, no es el que dicen Oviedo y Gomara. Véase Hist. de las Ind., 
capítulo IV. Crónica, cap. LVIII. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 479 

que estuviese inculto (i). Ei terreno estaba fertilizado, cosa 
rara en las altas estepas, por numerosos arroyos y riachue- 
los, y cubierto de espeso bosques que después desapa- 
recieron bajo la hacha inclemente de los conquistadores. 

Ya al pardear la tarde, llegaron éstos al margen de un 
riachuelo, donde determinó Cortés pernoctar aquella no- 
che, no queriendo turbar la tranquilidad de la ciudad con 
la entrada de sus considerables fuerzas a horas incómodas. 

A poco de haberse detenido en aquel punto, llegaron va- 
rios caciques de Cholula, que venían a cumplimentar a los 
españoles; mas no pudieron ocultar el desagrado que les 
causaba ver en compañía de éstos a ios tlazcaitecas, y aún 
manifestaron que su presencia en la ciudad podría dar ori- 
gen a disturbios. Habiendo parecido a Cortés que este te- 
mor era fundado, previno a ios aliados que se quedasen 
allí y que se le reuniesen en el camino de México, luego 
que hubiese salido de la ciudad. 

En la mañana del día siguiente efectuó su entrada en 
Cholula, acompañado únicamente de los indios de Zem- 
poalía y de un puñado de tlaxcaltecas encargados de llevar 
los bagajes. Los aliados, al partir Cortés, le dieron varias 
instrucciones con respecto al pueblo que iba a visitar, al 
cual, aunque afectaban despreciarlo llamándole pueblo de 
mercaderes, lo consideraban temible por sus mañas y per- 
fidia. Luego que los españoles estuvieron cerca de la ciu- 
dad, encontraron el camino ocupado por multitud de gen- 
tes de ambos sexos y de todas edades; el viejo valetudina- 
rio, las mujeres con sus hijos en brazos, todos estaban 
impacientes por vislumbrar siquiera a los extranjeros cuya 
figura, armas, vestidos y caballos, eran objeto de vivísima 

(1) «Las palabras del Conquistador son muy expresivas, pues dice: 
«ai un palmo de tierra hay, que no esté labrada.» Relación segunda 
de Cortés, en Lorenzaua. 



48O W. H. PRESCOTT 

curiosidad para los que no les habían visto en las batallas 
siendo no menor la admiración que causó a los españoles 
el aspecto de los cholultecas, muy superiores en vestido y 
en todas las apariencias, a cuanto hasta entonces habían 
encontrado. Lo que más les sorprendió fué un vestido usa- 
do por las clases altas, que era una graciosa capa o albor- 
noz (i), muy parecida en la tela y hechura a los albornoces 
de los moros. Manifestaban tener el mismo gusto por las 
flores que las otras tribus de la meseta, pues traían adornada 
su persona con elias y repartían entre los recien venidos, 
ramos y guirnaldas. Gran número de sacerdotes venían 
mezclados con la turba y quemaban un suave incienso, 
mientras que al son de varios instrumentos músicos se ce- 
lebraba la bienvenida de los españoles. Aquella era una es- 
cena de grato y sincero placer; y aunque no tenía aquella 
entrada el aire de procesión triunfal que en Tlaxcalan, don- 
de los sones de los instrumentos eran acallados por las 
aclamaciones de la multitud, era, sin embargo, el anuncio 
de una hospitalaria y amistosa acogida, no menos grata 
que aquélla. 

Tampoco causó poca extrañeza a los españoles el aseo 
de la ciudad, cuyas calles anchas y simétrcas parecía que 
habían sido hechas con arreglo a un plano; la solidez de 
las casas y el número considerable y gran tamaño de los 
templos. Se les señaló para cuartel el atrio de uno de éstos 
y los edificios adyacentes (2). 

(1) Los honrados ciudadanos de ella, todos traen albornoces enci- 
ma de la otra ropa, aunque diferenciados de los de la África, porque 
tienen maneras; pero en la hechura y tela y los rapacejos, son muy 
semejables. Ibidem. 

(2) Ibid. Ixtlilxochitl, Hisi. chich , M. S., cap. LXXXIV. Oviedo, 
Hist. de las lnd., M. S., lib. 33, cap. IV. Bernal Díaz, Hisi. de la Con- 
quista., cap. LXXXII. 



HISTORIA DB LA CONQUISTA DE MÉXICO 48 1 

Al instante vinieron a visitarles las primeras personas 
de la ciudad, que se disputaban el honor de alojarles; se 
les proveyó copiosamente de víveres, y, en una palabra, 
se les dispensaron todas las atenciones capaces de disipar 
sus sospechas y de hacer recaer sobre la imputación de 
los tlaxcaltecas la tacha de parcialidad y odiosidad nacional. 

Mas, en pocos días, la escena cambió enteramente: lle- 
garon embajadores de Moteuczoma que, después de inti- 
mar a Cortés breve y ásperamente del desagrado que cau- 
saría a su señor el viaje de los españoles, conferenciaron, 
aparte, con los enviados tezcucanos hasta en el campo de 
los cristianos, y se llevaron consigo a uno de aquéllos, ya 
que se volvían a la Corte. Desde entonces, sufrió una alte- 
ración visible la conducta de los cholultecas; ya no iban a 
visitar a los españoles a sus cuarteles, y cuando les invita- 
ban a hacerlo se rehusaban, so pretexto de enfermedad; 
les fueron retirando los víveres, dando por excusa que ha- 
bía escasez de maíz. Estos síntomas de hostilidad y algu- 
nos achaques pasajeros, inquietaron seriamente el corazón 
de Cortés. No eran para tranquilizarle los informes de los 

Los españoles comparaban a Cholula con la bella Valladolid, según 
Herrera, cuya descripción de la entrada del ejército en aquella ciu- 
dad, es muy animada. Saliéronle a recibir otro día más de ¡0.000 ciu- 
dadanos, en diversas tropas, con rosas, flores, pan, aves y frutas y 
mucha música. Llegaba un escuadrón a dar la bienllegada a Hernán 
Cortés, y con buen orden se iba apartando, dando lugar a que otro 
llegase... En llegando a la ciudad, que pareció mucho a los castellano, 
en el asiento y perspectiva, a Valladolid, salió la demás gente, que- 
dando muy espantada de ver las figuras, talles y armas de los caste- 
llanos. Salieron los sacerdotes con vestiduras blancas, sobrepellices y 
algunas cerraduras por delante; los brazos de fuera, con flecos de al- 
godón en las orillas. Unos, llevaban figuras de ídolos en las manos; 
otros, saumerios; otros, tocaban cornetas, atabalejos y diversas músi- 
cas, y todos iban cantando, y llegaban a incensar a los castellanos. 
Con esta pompa entraron en Cholula. Hist. gen., dec. 2, lib. 7.° 

31 



482 W. H. PRESCOTT 

zempoaltecas, quienes le dijeron que andando por la ciu- 
dad, habían visto algunas de las calles atrincheradas, las 
azoteas llenas de piedras y otras armas arrojadizas, y en 
algunos lugares, hoyos cubiertos con ramas, y estacadas 
dentro de ellos, que tendrían, seguramente, por objeto, 
impedir los movimientos de la caballería (1). Algunos 
tlaxcaltecas que vinieron del campo, avisaron a Cortés que 
en un lugar distante de la ciudad, se había celebrado un 
gran sacrificio, especialmente de niños, implorando el fa- 
vor de los dioses para una proyectada empresa; añadieron 
también que habían visto salir de la ciudad a varios de sus 
habitantes, que llevaban consigo a sus mujeres e hijos, 
como para ponerlos en salvo. 

Todas estas noticias confirmaron las funestas sospechas 
de que se tramaba alguna hostilidad. Mas aun cuando Cor- 
tés nada hubiese sospechado, Marina, el ángel de guarda 
de la expedición, habría convertido las dudas en certi- 
dumbre. 

El trato amable de la joven le había ganado el afecto de 
la mujer de uno de ios caciques, la cual le instaba frecuen- 
temente a que se viniera con ella, pues sólo así podría 
escapar del negro destino que aguardaba a los españoles. 
La manceba, conociendo de cuánta importancia era adqui- 
rir noticias más completas, fingió aceptar al punto la ofer- 
ta, mostrando el disgusto que le causaba estar entre los 

(1) Cortés, efectivamente, habla de algunas señales que encontró 
en el camino, que indicaban una traición premeditada. «Y en el ca- 
mino topamos muchas señales, de las que los naturales de esta pro- 
vincia nos habían dicho, porque hallamos el camino real cerrado y 
hecho otro, y-algunos hoyos, aunque no muchos, y algunas calles de 
la ciudad tapiadas, y muchas piedras en todas las azoteas. Y con esto 
nos hicieron estar más sobre aviso y a mayor recaudo Relación se- 
gunda, página 64. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 483 

blancos, quienes decía elia que la tenían cautiva a la fuerza. 

Ganándose de esta suerte la confianza de la crédula cho- 
lulteca, consiguió Marina insinuarse más y más en sus se- 
cretos, hasta que llegó a averiguar completamente la cons- 
piración. 

Supo que ésta había sido urdida por el emperador azte- 
ca, quien para ganarse el afecto de los caciques, habían en- 
viado a éstos y a sus mujeres ricas dádivas. Los españoles 
debían ser asaltados al salir de la ciudad y cuando estuvie- 
sen todavía enredados en sus calles, en las que habían 
puesto muchos obstáculos para inutilizar a la caballería. 
Cerca de la ciudad estaba un ejército de 2O.000 mexica- 
nos, prontos a acudir en ayuda de los cholultecas, luego 
que el asalto comenzase. Se esperaba, pues, con toda se- 
guridad, que los españoles, imposibilitados de moverse, 
sucumbirían fácilmente a la superioridad de sus enemigos. 
De los prisioneros, una parte considerable debía quedar 
en Cholula, para que se celebraran los sacrificios, y la otra 
debía ser enviada a Moteuczoma mismo. 

Durante esta conversación fingió Marina ocuparse en 
recoger todas las joyas y vestidos que quería llevarse la 
noche en que, escapándose del campo de los cristianos, se 
fuesen a la casa de su amiga, la cual estaba ayudándole en 
aquella operación. Mientras su vista se ocupaba en esto, 
Marina consiguió escapársele por un momento, ir al apo- 
sento del general y revelarle sus descubrimientos. Al pun- 
to ordenó éste que se aprehendiese a la mujer del cacique, 
la cual, en sus declaraciones, confirmó plenamente las no- 
ticias que le había dado la querida del general. 

Estas noticias llenaron a Cortés de sumo desaliento: ha- 
bía caído en la trampa; pelear o huir, todo era igualmente 
peligroso, se encontraba en una ciudad de enemigos, en la 
que cada casa era una fortaleza, y en la que podían opo- 



484 W. H. PUESCOTT 

nerle tantos tropiezos, que fuesen imposibles las maniobras 
de la caballería y la artillería; además de los astutos cho- 
lultecas, tenía que combatir con los formidables guerreros 
de México. Su situación era la de un viajero que en la oscu- 
ridad de la noche ha perdido su camino en medio de pre- 
cipicios; de manera que cada paso puede hundirle en un 
derrumbadero, y que tan peligroso es proseguir como re- 
troceder. 

Deseaba saber más pormenores acerca de la conspiración, 
y para adquirirlos invitó a dos sacerdotes que vivían allí 
cerca, y uno de los cuales era persona muy influyente en la 
ciudad, a que viniesen a sus cuarteles. Por medio de un 
trato afable y de liberales regalos que les hizo, los que sacó 
de los presentes mismoa que le había enviado Moteuczoma 
(con lo que convirtió la dádiva en perjuicio del donatario) 
obtuvo de ellos la ratificación de todas las noticias. Supo 
que el emperador había estado en lastimosa perplejidad 
desde que los españoles habían llegado; que al principio, 
dio orden a los cholultecas de que les recibiesen amistosa- 
mente; pero que después consultó nuevamente con sus 
oráculos, quienes le respondieron que Choiula debía servir 
de tumba a sus enemigos, porque los dioses lo ayudarían 
firmemente en la venganza del ultraje inferido a la Ciudad 
Santa. Los aztecas confiaban de tal manera en el éxito, que 
ya habían preparado en la plaza los griiioL, o pérticas con 
correas, que debían servir para atar a los prisioneros. 

Sabedor de los sucesos despidió Cortés a los sacerdotes, 
haciéndoles el encargo,. apenas necerario, de que guardaran 
secreto. Díjoles que al día siguiente iba a dejar ia ciudad y 
les suplicó que se empeñaran con algunos de los principa- 
les caciques para que viniesen a verle. En seguida convocó 
un consejo de capitanes, auque según, parece probable, ya 
tenía tomada su determinación. 



Historia d¿ la conquista ije m¿xxco 4S5 

Los diferentes miembros del consejo de guerra recibie- 
ron diversas impresiones al saber aquella peligrosa noticia, 
según era el carácter de cada uno. Los más tímidos, vien- 
do que los obstáculos aumentaban en proporción que iban 
acercándose a la capital del imperio, opinaban por retroce- 
der y refugiarse en la ciudad de Tlaxcalan, donde les ha- 
bían recibido amistosamente. Otros, más constantes, pero 
más prudentes, aconsejaban que se tomase el camino situa- 
do hacia el Norte, que habían indicado los aliados. La ma- 
yor parte era del mismo dictamen del general, de que no 
les quedaba otro partido más que seguir adelante; de que 
retirarse era arruinarse; de que las medidas a medias, sólo 
servirán para demostrar su temor y desacreditarlos con 
amigos y enemigos; su esperanza la cifraban en sí mismos; 
querían dar tal golpe a los indios, que les intimidase y les 
hiciese conocer, que los españoles no sucumbían ni a los 
artificios y amaños, ni al valor, ni al número. 

Cuando los caciques persuadidos por los sacerdotes se 
presentaron ante Cortés, éste les echó en cara su falta de 
hospitalidad, les dijo que dentro de breve dejarían de mo- 
lestar a la ciudad, pues se proponían dejarla el día siguien- 
te, y les instó mucho para que le proporcionasen dos mil 
hombres que trasportasen la artillería y los bagajes. Los 
caciques, después de conferenciar un poco sobre la pro- 
puesta, accedieron a ella, juzgándola favorable a sus de- 
signios. 

Ya al partir los embajadores aztecas, mandó el general 
que los trajesen a su presencia y les instruyó brevemente 
de cómo sabía la conspiración traidora tramada para des 
truír al ejército, perfidia de que acusaban a su señor Mo 
teuczoma; díjoles cuánto le ofendía ver al emperador im- 
plicado en aquella infame traición; y les previno, que los 
españoles iban a marchar como enemigos contra el prínci- 



486 \V. H. PKESCÜTT 

pe a quien habían deseado visitar en calidad de amigos. 

Los embajadores replicaron, haciendo mil calurosas pro 
testas, de que ignoraban la conspiración y de que Moteuc- 
zoma no podía estar implicado en aquel crimen, que pesa 
ba enteramente sobre los cholultecas. Es claro que a Cortés 
le convenía estar en buena armonía con el emperador y sa- 
car todo el fruto posible de aquella confianza que fingía 
con el objeto de ocultarle sus ulteriores designios; por lo 
tanto, fingió dar crédito a las protestas de los enviados y 
les manifestó cuánta repugnancia le costaba creer que un 
monarca que hasta entonces había tratado a los españoles 
con tanta benevolencia, quisiera consumar su generosidad 
con un acto de infamia sin igual; finalmente, añadió, que el 
descubrimiento de la doble perfidia que los cholultecas ha- 
bían cometido con él, y con Moteuczoma, le llenaba de ira 
y le haría tomar una venganza terrible, digna del uno y del 
otro. En seguida despidió a los enviados, teniendo cuida- 
do, a pesar de su aparente confianza, de ponerles bajo buen 
recaudo, para impedir que hablasen con los de Cholula (i). 

Aquella noche fué de ansiedad y sooresalto para todo el 
ejército; parecíales que iba a hundirse el suelo que pisaban, 
y cada momento les parecía ser el señalado para su des- 
trucción. El vigilante general multiplicó las precauciones, 
apostando mayor número de centinelas y disponiendo su 
artillería de modo que estorbase las entradas al campamen- 
to. Es de creer que sus párpados no se cerraron en toda la 
noche; todos durmieron con sus armas al lado, y los caba- 
llos estaban ensillados y enfrenadosj para tenerlos listos en 

(1) Bernal Díaz, cap. LXXXI1I. Gomara, cap. LXXXIX. Relación 
segunda, pág. 65. Torquemada, Monarq. Ind., lib. IV. cap. XXXIX. 
Oviedo, Hist. de las Ind., M. S., lib. 33, cap IV. Mártir, de Orbe Novo, 
dec. 5. cap. II. Herrera, Hist. general, dec 2, lib. 7.°, cap. IV. Argen- 
sola, Aflates, lib. 1.°, cap. LXXXV. 



HISTORIA DK LA CONQUISTA DE MÉXICO 4^7 

el primer momento. Pero los indios no proyectaban ningún 
ataque; y el silencio de la noche sólo era interrumpido de 
vez en cuando, por el áspero son de las trompetas con que 
desde la torre de los templos anunciaban los sacerdotes a 
la populosa ciudad hundida en el sueño, las horas de la 
noche (i). 

(1) «Las horas de la noche se regulaban por las estrellas, y toca- 
ban los ministros del templo que estaban destinados para este fin cier- 
tos instrumentos como bocinas con que hacían conocer al pueblo el 
tiempo.» Gama. Descripción, part. I, cap. XIV. 



CAPÍTULO IV 



Terrible matanza. — Se restablece la tranquilidad. — Re- 
flexiones SOBRE LA MATANZA. — Lo QUE SE HIZO DESPUÉS 

de ella. — Enviados de Moteuczoma. 
(1519) 

Al primer albor de. la mañana ya se vio a Cortés monta- 
do a caballo, dirigiendo los movimientos de su reducido 
ejército. El cuerpo de sus tropas lo colocó en el gran atrio 
que les servía de cuartel que, como ya hemos dicho, esta- 
ba rodedao en parte por algunos otros edificios, y en parte 
por una pared alta; había tres puertas o entradas, en cada 
una de las cuales colocó una fuerte guardia para defender- 
ías; el resto de las tropas y la artillería, estaban fuera de 
aquel recinto, para custodiar las avenidas e impedir que se 
interrumpiese la sangrienta obra que debían ejecutar los de 
adentro. La víspera se había dado orden a los jefes tlaxcal- 
tecas de que estuviesen listos a acudir a la ciudad, luego 
que se les hiciese una señal convenida. 

Ya todas estas disposiciones se habían completado, 
cuando llegaron los caciques cholultecas, trayendo un nú- 
mero de tamanes aún mayor que el que se les había pedi 
do. Se les hizo entrar a todos de un golpe, al patio donde 
estaba oculta la infantería española; mientras, Cortés, lia- 



4CO W. H. PKESCOTT 

mando aparte a algunos de los caciques, les echó en cara 
con semblante muy airado y ásperas palabras, la conspira- 
ción que habían tramado contra él y de cuyos pormenores 
les informó enteramente. Dijo que había venido a la ciudad, 
invitado por el emperador; que se había conducido como 
amigo; había respetado a los habitantes y sus propiedades; 
que para alejar todo motivo de resentimiento había dejado 
extramuros de la ciudad, a una gran parte de sus tropas; 
que le habían figido benevolencia y hospitalidad, para ha- 
cerle caer en la trampa y ocultar bajo aquel disfraz la más 
negra perfidia. 

Los cholultecas se quedaron estupefactos, como si los 
hubiera herido un rayo, al ver todo esto. Un terror inde- 
finible se apoderó de sus almas; miraban a aquellos miste- 
riosos extranjeros y creían estar en presencia de seres so- 
brenaturales que tenían poder para adivinar los pensamien- 
tos, no bien los habían ellos concebido. Con semejantes 
hombres no quedaba el recurso de mentir ni el de negar; 
confesaron todo de plano, excusándose a sí mismos e in- 
culpando a Moteuczoma. Cortés, tomando un aire de vio- 
lenta indignación, les replicó que aquella excusa, aun cuan- 
do fuese cierta, de nada les serviría; que iba a hacer al punto 
tal ejemplar, que la noticia de él se difundiese por todo 
el Anáhuac. 

Entonces se dio la fatal señal, la descarga de un arcabuz; 
en un sólo instante se dispararon todos los arcabuces y 
ballestas contra los infelices cholultecas encerrados en el 
atrio, los que cayeron en gran número, pues estaban apiña- 
dos como un rebaño de ovejas, en el centro de aquel. Sor- 
prendidos súbitamente, porque no habían oído nada del 
diálogo que había pasado afuera, no hicieron casi ninguna 
resistencia contra los españoles, los cuales descargaron 
luego su artillería y se precipitaron con las espadas sobre 



HISTORIA OS L.\ CONQUISTA OE MÉXICO 49 1 

los indios; como el cuerpo de éstos estaba medio desnudo, 
los derribaban más fácilmente que el rudo aquilón troncha 
las espigas del trigo en la estación de las mieses. Algunos 
indios intentaron escalar las paredes; pero con esto lo que 
únicamente cosiguieron fué presentar un blanco seguro a 
los arcabuces y arqueros; otros se precipitaron sobre las 
puertas; pero fueron recibidos por las largas picas de los 
que las custodiaban; finalmente, unos pocos juzgaron más 
seguro sepultarse bajo los cadáveres de los muertos que 
cubrían el suelo. 

Mientras esta obra de muerte se consumaba en el inte- 
rior del cuartel, los compañeros de los asesinados, al es- 
trépito de aquella carnicería, acudieron en gran multitud 
e intentaron atacar furiosamente a los españoles que esta- 
ban afuera; pero Cortés había dispuesto sus cañones de 
modo que dominasen todas las avenidas; por lo que, luego 
que se acercaban los acometedores, largas filas de ellos 
eran arrebatadas por las balas. En el intervalo empleado 
para cargar las armas de fuego, que en aquel estado im- 
perfecto de la ciencia, era mucho mayor que en nuestros 
días, obligaban a los indios a retroceder, dándoles una 
carga impetuosa con la caballería. Los caballos, los caño- 
nes y las armas de los españoles, todo cogía de nuevo a los 
cholultecas; no obstante la novedad de aquel terrible es- 
pectáculo, el estrépito de las armas de fuego y el mortífe- 
ro trueno de la artillería, cuyo fuego reverberaba en las 
paredes, los indios desesperados acudían impacientes a 
ocupar el puesto de los que caían. 

Mientras esto pasaba, los tlaxcaltecas, que habían oído la 
señal convenida, avanzaban sobre la ciudad a paso acelera- 
do. De orden de Cortés, se habían ceñido en la cabeza co- 
ronas de esparto para poder distinguirse fácilmente de los 



492 w. h. prescoxt 

cholultecas (i). Llegaron en lo más empeñado del comba 
te; así es que los de la ciudad, acometidos por la caballe- 
ría cristiana por una parte, y por sus vengativos enemigos 
por la otra, no pudieron resistir por más tiempo y retroce- 
dieron, refugiándose unos en algunos edificios de madera, 
a los cuales se puso fuego; otros, en los templos, y la ma- 
yor parte, dirigiéndose en procesión presidida por los 
sacerdotes, al templo mayor. Era una tradición popular, 
de que ya hemos hecho mención, que quitando cierta 
parte de los muros de este templo, debía el dios enviar 
una inundación que envolviese a sus enemigos. Gran traba- 
jo costó a los supersticiosos cholultecas, remover algunas 
de las piedras que formaban las paredes del edificio; pero 
ni polvo ni agua salió de allí; su falso dios los abandonó en 
el momento en que más habían menester de su ayuda. 
Desesperados al ver esto, huyeron a los torreones de ma- 
dera que coronaban a los templos, y desde allá descargaron 
sobre los españoles, al subir éstos por una escalera de 
ciento veinte escalones, hecha en una de las caras de la pi- 
rámide, una lluvia de piedras, javelinas y flechas ardiendo; 
pero los cascos de acero de los cristianos los preservaban 
completamente de todo daño, mientras que las saetas 
abrasadas les sirvieron para prender fuego a aquella ciuda- 
dela de palo, que en poco tiempo quedó devorada por las 
llamas. 

No obstante esto, la guarnición no la abandonaba; cuen- 
tan, que a pesar de que los españoles les daban cuartel, 

(l) Usaron los de Tlaxcala de un aviso muy bueno que les dio 
Hernán Cortés para que fueran conocidos, y no morir entre los ene- 
migos por yerro, porque sus armas y divisas erau casi de una mane- 
ra..., y así, se pusieron en la cabeza unas guirnaldas de esparto a ma- 
nera de torzales, y con esto eran conocidos los de nuestra parcialidad, 
que no fué pequeño aviso. Camargo, op. cit. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 493 

sólo un cholulteca se acogió a él; el resto se precipitó de 
cabeza desde lo alto del parapeto, o pereció entre las 
llamas (i). 

Todo era confusión y estrépito en la hermosa ciudad 
que un momento antes dormía en segura paz. Los quejidos 
de los moribundos y las súplicas lastimeras de los venci- 
dos que imploraban perdón, se confundían con el ronco 
grito de guerra de los españoles y el chillido penetrante 
que lanzaban los tlaxcaltecas al satisfacer su inveterado 
rencor contra sus antiguos rivales. Aumentaba el tumulto, 
el incesante estallido de los mosquetes y el zumbido de 
las balas, y las llamaradas de las armas de fuego, ofuscaban 
ia luz del sol; todo esto formaba un horrible conjunto de 
sonidos y de espectáculos, que convertían la Ciudad San- 
ta en un Pandemónium. 

Luego que cesó, la resistencia, entraron los vencedores 
en las casas y templos, y saquearon cuanto había en ellos 
de valor: plata, joyas, vestidos y víveres; estos últimos ob- 
jetos eran codiciados de los tlaxcaltecas aún más que los 
primeros, con lo que fué fácil la repartición del botín. Es 
cosa digna de notarse, que ni aún en medio de este desen- 
freno universal, se desobedecieran las órdenes de Cortés, 
llevándose este respeto hasta el extremo de no tocar a una 
mujer ni a un niño, bien que muchas mujeres, niños y 
hombres, fueron hechos prisioneros para ser llevados en 
cautiverio a Tlaxcalan (2). Estas escenas de violencia dura- 
ron algunas horas, hasta que Cortés, movido de las suplí - 

(1) Id. Oviedo, Hist. de las Ind., M. S., lib. 33, cap. IV-XLV. Tor- 
quemada, Monarq. Ind., lib. 4.°, cap. XL. Ixtlilxochitl, Hist. Chich., 
M. S., cap. XIV. Gomara. Crónica, cap. LX. 

(2) «Mataron cosa de seis mil personas, sin tocar a niños ni mu- 
jeres, porque así se les ordenó.» Herrera, Hist. Gral. dec. 2, li- 
bro 7.°, cap. IT. 



494 w - H. PRESCOTT 

cas de algunos jefes choiultecas que habían sido preserva- 
dos de la matanza, a las que unían sus instancias los 
enviados de Moteuczoma, pero, según dijo, sin hacer caso 
de estas últimas, mandó reunir a los soldados y puso coto, 
lo más que pudo, a ulteriores excesos; también se permi- 
tió a dos de ¡os caciques ir a ofrecer a sus compatriotas el 
perdón, con tal de que volviesen a la obediencia de los es- 
pañoles. 

Estas medidas surtieron todos sus efec os. Costó gran 
trabajo a Cortés y a los caciques poner término al tumul- 
to; pero por último, los españoles y los tlaxcaltecas, reuni- 
dos bajo sus banderas respectivas, y los choiultecas fiados 
en los ofrecimientos de sus jefes, se volvieron gradualmen- 
te cada uno a sus hogares. 

El primer acto de autoridad que ejerció Cortés sobre los 
tlaxcaltecas (i) fué obligarles a que libertasen a los cautivos; 
pero tal era la deferencia que guardaban al comandante 
español, que consintieron en ello, aunque no sin murmu- 
rar; y se contentaron, a más no poder, con el rico botín 
que les había tocado y que consistía en varios objetos de 
lujo, de que hacía mucho tiempo carecían los aliados. Lo 
primero de que cuidaron, fué de limpiar la ciudad de todos 
los horribles objetos que la afeaban, particularmente de los 
cadáveres amontonados en las calles y plazas. El general, 
en su carta a Carlos V, regula en 3.000 el número de los 
muertos; otros lo hacen subir a 6.000, y algunos a mucho 
más. Como el más anciano y principal cacique era de este 
número, Cortés ayudó a los choiultecas a instalar al que 
debía sucederle (2). La confianza pública fué restableciéndo- 

(1) Bernal Díaz. Eist. de la Conq., cap. LXXXIII. Ixtlilxochitl. 
Historia Chich;, ubi. supra. 

(2) Bernal Díaz, ubi. supra. 

Según Bastamente, todavía viven en Puebla los descendientes del 



HISTORIA DK L\ CONQUISTA DE MÉXICO 495 

se gracias a estas medidas pacíficas. Las gentes de los alre- 
dedores de la capital, acudieron a reemplazar a los que ha- 
bían muerto; se volvieron a abrir los mercados y comenza- 
ron de nuevo las ocupaciones de una sociedad arreglada e 
industriosa. Con todo, las largas filas de negras y humea- 
das ruinas indicaban el huracán que acababa de devastar a 
la ciudad; y las paredes adyacentes a la plaza Mayor que 
aún existían cincuenta años después de la conquista, daban 
un triste testimonio de lo que fué la matanza de Cho- 
chula (i). 

principal cacique cholulteca. V. Gomara, Crónica, traducción de 
Chirnalpain. (México, 1S26), t. I, pág. 89. 

(1) Relación segunda de Cortés, en Lorenzana, pág. 66. Camargo, 
Historia de Tlaxcalan. Ixtlilxochitl, Hist. Ghich., M. S., cap. LXXXIV. 
Oviedo, Hist. de las Lid., lib. 33, caps. IV-XLV. Bernal Díaz, capítulo 
LXXX1II. Gomara, Crónica, cap. LX. Sahagun, Hist de Nueva Espa- 
ña, M. S., lib. 12, cap. XI. 

Las Casas, en su tratado impreso, sobre la destrucción de las Indias, 
adorna la narración de esto3 sucesos, con pormenores que los hacen 
más espantosos todavía. Según dice, mandó Cortés que fuesen empa- 
lados cien caciques o más. A esto añade, que mientras se verificaba 
el degüello en el interior del atrio, el general español cantaba una co- 
pla de un antiguo romance español, donde se describe el regocijo de 
Nerón al ver las incendiadas ruinas de Roma: 

Miró Nerón de Tarpeya, 
A Roma como se ardía. 
Gritos dar niños y viejos, 
Y él de nada se dolía. 

[Brevísima relación, pág, 46.] 

Si la memoria no me engaña, juzgo que es el primer ejemplo de 
una persona que ambiciona ser comparada con aquel emperador. 
Bernal Díaz, que leyó la interminable relación (como él la llama) del 
obispo Las Casas, la trató con mucho desprecio. La narración que 
hace este mismo Bernal Díaz, y que es la que principalmente h9 se- 
guido en el texto, está confirmada por los misioneros que muy poco 



49^ W. H. PRESCOTT 

Este lance es uno de los que han echado ana negra man- 
cha sobre la memoria de los conquistadores. No es posible 
en este siglo, contemplar sin horror la suerte de esta ciu- 
dad floreciente, invadida hasta el corazón por una soldades- 
ca grosera y brutal. Mas para juzgar el acto debidamente, 
transportémonos a aquellos tiempos. La dificultad que en- 
contramos para justificarlo, depende, en último resultado, 
de la que hay para justificar el derecho de conquista; pero 
recordemos que la infidelidad era entonces, y aún mucho 
tiempo después, tenida por un pecado que debía castigarse 
con la hoguera y la tortura en este mundo, y la eterna con- 
denación en lo futuro; y no importaba que esa infidelidad 
fuese hija de la ignorancia o de la educación, hereditaria o 
adquirida, herética o pagana; todo era lo mismo. Esta doc- 
trina, por monstruosa que sea, era el credo de todo el 
mundo romano, o en otras palabras, de todo el orbe cris- 
tiano; era la base de la Inquisición y de todas las demás 
persecuciones religiosas, que entonces y otras veces, han 
manchado los anales de casi todas las naciones de la cris- 
tiandad (i). Según este Código, las tierras de los infieles 



después de la conquista estuvieron en Cholula y averiguaron los he- 
chos, valiéndose de los sacerdotes indios y de otros testigos presencia- 
les de la matanza, que todavía vivían; además, que sustancialmente 
está corroborada por la autoridad de los otros escritores de la época. 
El excelente obispo de las Chiapas, escribió su obra con objeto decla- 
rado de excitar las simpatías de sus compatriotas en favor de los opri- 
midos indios. ¡Generoso intento!, pero que muy a menudo ha desvia- 
do su pluma de la estrecha senda de la imparcialidad histórica. No 
había sido testigo presencial de los sucesos, y estaba siempre propen- 
so a acoger crédulamente todo lo que hacía a su propósito y a recar- 
gar sus cuadros con tantas escenas de sangre y exterminio, que de 
puro extravagantes y exageradas sus noticias, traen su refutación con- 
sigo mismas. 
(1) Para mayor aclaración acerca de la observancia que hago en 



BISTORÍA Í>J¿ LA CONQUISTA DE MÉXICO 497 

eran consideradas como una especie de terreno baldío, que 
a falta de legítimo propietario podía ser reclamado y po- 
seído por la Santa Sede, y como tal, podía ser dado libre- 
mente por el jefe de la Iglesia al potentado a quien quisie- 
se y que tomase por su cuenta el trabajo de la conquis- 
ta (i). Así, Alejandro VI donó generosamente una gran 

el texto, refiero al lector, a las últimas páginas de mi «Historia de 
Hernando e Isabel, donde he impedido algún trabajo para manifestar 
cuan arraigadas estaban estas convicciones en el pecho de los españo- 
les, en la época a que nos estamos refiriendo. El mundo ha ganado 
poco en liberalismo desqués del Dante, el cual había confiado a uno 
de los astros de su «Infierno», a todos los hombres grandes y buenos 
de la antigüedad, por la sola culpa (no suya, ciertamente) de haber 
venido al mundo demasiado temprano. Los memorables versos que 
estáu a continuación, son, como tantos otros del bardo inmortal, una 
prueba de la fuerza y debilidad del espíritu humano, y pueden citarse 
como un ejemplo concluyente de io que eran los sentimientos popu- 
lares a principios del siglo xvi. 

Ch'ei non pecaro, e, s'egli hanno mercedi 
Non basta, perch' 1 e' non ebber battesmo, 
Ch'e porta della fede che tu credi. 
E, se furor dinanzi al cristianesmo. 
Non adorar debitamente Dio, 
E di queste cotai son io medesmo. 
Per tal difetti, e non per altro rio, 
Semo perdutti, e sol di tanto affesi, 
Che sanza speme vivemo in dizio. 

Infierno, Canto id. 

(1) De la misma manera que las leyes de Olero, el Código maríti- 
mo de tanta autoridad en la Edad Media, abundaba la propiedad de 
los infelices, equiparada a la de los piratas, a los verdaderos creyen- 
tes. «S'ilz sont pyrates, pilleurs, ou escumeurs de mer, ou Tur^s, et 
autres contraires et ennrais de nostre dicte foy catbolicque, cha cun 
peus prendre sur teiles manieres de gens, córame sur chiens et peut 
Ton les derrobber et spoli.r de leurs biens sans pugnition. C'est le 

32 



49^ W. H. PKRSCOTT 

porción del emisferio oriental a los españoles y la otra a 
los portugueses. Estas encumbradas pretensiones de los 
sucesores del humilde pescador de Galilea, no eran, pura- 
mente, nominales, que por el contrario, se las invocaba y 
reconocía como decisivas en las disputas entre las nacio- 
nes (1). 

Juntamente con este derecho, venía la obligación en la 
cual se fundaba aquél, de rescatar a las naciones que vivían 
en las tinieblas del paganismo, de la perdición eterna que 
les aguardaba. Semejante obligación estaba reconocida por 
todos los buenos y los valientes: la reconocía el monje en 
su claustro, el misionero en sus predicaciones, el soldado 
en sus cruzadas. Por muy adulterado que haya sido el sen- 
timiento de este deber por consideraciones mundanas y 
por la ambición y la codicia de las cosas terrenales, aún 
era aquel sentimiento más vivo y fuerte en el corazón del 
conquistador cristiano. Ya hemos visto que en Cortés, ese 
sentimiento superaba con mucho a todas las consideracio- 
nes temporales. La concesión del Papa, fundada en la con- 
dición de convertir a los infieles (2), robustecía la creencia 



jugement.» Juicios de Olero, art. 45. en la colee, de las leyes maríti- 
mas, por J. M. Pardessus. París, 1823, t. I, pág. 351. 

(1) La famosa bula de partición, sirvió de base al tratado de Tor- 
desillas, por el cual fijaron los monarcas portuguesss y castellanos los 
límites de las tierras descubiertas por unos y otros; por cuyo tratado 
el vasto imperio del Brasil quedó cedido al primero, no obstante que 
los españoles lo habían poseído antes. (V. la historia de Fernando e 
Isabel, parte 2. a , cap. XVIII; parte 2. a , cap. IX, últimas páginas de 
uno y otro capítulo.) 

(2) En esta condición, terminantemente expresada y repetida va- 
rias veces, se fundan las famosas bulas de Alejandro VI, de 3 y 4 de 
mayo de 1493, en las que confiere a Fernando e Isabel el pleno do- 
minio de todas las tierras de las Indias Occidentales que no hubiesen 
sido ya descubiertas por príncipes cristianos. (V. estos preciosos do- 



HISTORIA I)¡: l.A CONQUISTA DE MJÍXiCO 499 

de que este era un deber imperioso, y servía de base apa- 
rente (y aun podría decirse que para aquellos tiempos, de 
verdadera base) al derecho de conquista (i). 

Verdad es que este derecho no autoriza para actos de 
violencia innecesarios. La presente expedición, hasta el 



cumentos en Xavarrete. Colección de los viajes y descubrimienios 
(Madrid, 1825). t. II, notas 17-18.) 

íl) El título en que los protestantes fundaban sus derechos na- 
turales a los frutos de las tierras descubiertas por ellos en el Nue- 
vo Mundo, es muy diverso. Consideran que la tierra está creada para 
que se la cultive, y que la Providencia no puede haber tenido el de- 
signio de que tribus errantes de salvajes posean un territorio más que 
sobrado para satisfacer sus necesidades, con exclusión de los hombres 
civilizados. Pero ciertamente que, según esto, por lo tocante al cul- 
tivo de la tierra, malos títulos de posesión tenemos sobre muchos de 
nuestros actuales dominios, que, despoblados e incultos, no son nada 
necesarios para nue.stró mantenimiento presente y próximamente 
venidero. 

El argumento fundado en la diferencia de civilización es toda- 
vía más dudoso. Debemos confesar, en honor de nuestros bisabue- 
los los puritanos que alegaron ningún derecho natura!, ni ineno3 se 
fundaron en las concesiones del rey Santiago, que daban derechos, 
casi tan absolutos como los que pretendía tener la Santa Sede, 
pues, por el cont¡ario, sus títulos al nuevo suelo, los adquirieron 
comprándolos legítimamente a los naturales, conducta que forma un 
honroso contraste con la seguida por muchísimos de los que funda- 
ron nuevos establecimientos en el continente americano. Es de ub- 
servar, sin embargo, que cualesquiera que hayan sido las diferen- 
cias entre la Iglesia Católica (o, mejor dicho, entre los Gobiernos es- 
pañol y portugués) y el resto de la España, con respecto al ver- 
dadero fundamento de la legalidad de sus títulos, siempre se han re- 
ducido en sus disputas mutuas, a reconocer los derechos de antelación 
en el descubrimiento. Véase una breve idea de la cuestión en Vattel 
(Derecho de gentes, sec. 209), y mayormente en Kent (Comentarios a 
las leyes americanas, vol. III, lee. 51), donde está tratada, lucida y elo- 
cuentemeute. La cuestión considerada como Derecho de gentes, se en- 
cuentra delucida en el famoso caso de Johnson. (Véase M. Inlosh.) 



500 W. H. PRESCÜTT 

período a que acabamos de llegar, había sido manchada 
con menos de estos actos, que casi todos los descubrimien- 
tos de los españoles en el Nuevo Mando. Durante toda la 
campaña, había prohibido Cortés todas las injurias y ata- 
ques a las personas y propiedades de los naturales, y a los 
que los habían perpetrado les había castigado con ejemplar 
severidad. Había sido fiel a sus amigos, y, con pocas ex- 
cepciones, también poco cruel con sus enemigos. Sea que 
la conveniencia o principios, les dictasen tal conducta, ella 
siempre le hace honor aun cuando nadie que tenga alguna 
sagacidad dejará de conocer que en este punto estaban de 
acuerdo la coveniencia y los principios de los conquista- 
dores. 

Había entrado en Cholula invitado por el emperador in- 
dio, quien ejercía una dominación, aunque encubierta, real 
y verdadera sobre aquel territorio donde le habían recibido 
como amigo y haciéndole todas las demostraciones posi- 
bles de benevolencia; sin provocación alguna suya ni de 
sus subordinados, se encontraron de repente amenazados 
de ser víctimas de la más pérfida trama; puestos sobre una 
mina que podía estallar en el momento menos esperado y 
envolverlos a todos en las ruinas. 

Razón tuvieron en juzgar que su salvación consistía en an- 
ticipar el golpe, pero sin embargo, ¿quién puede dudar que 
el castigo fué excesivo, que el mismo fin se pudiera haber 



Wheaton, Reports of Cases in the supreme Court ofthe United Sta- 
tes, vol. VIII, pág. 543 y siguientes. Si no fuera tratar muy ligeramen- 
te cuestión tan grave, suplicaría yo que se me permitiese remitir al 
lector a la Historia de Nueva York de Driedrick Knickerbocker (li- 
bro 1.°. cap. V). donde se encuentran los argumentos más vulgares, 
sometidos al crisol del ridículo, crisol que manifiesta mejor de lo que 
se pudiera con razones serias, lo que valen, o por mejor decir, lo poco 
que valen sus argumentos. 



HISTORIA DB LA CONQUISTA DE MÉXICO 501 

conseguido descargando la venganza contra los jefes crimi- 
nales y no contra la plebe ignorante que no hacía más que 
obedecer las órdenes de sus señores? Pero por otro lado, 
¿cuándo se ha visto que el miedo, armado del poder sea 
parco ni escrupuloso en el ejercicio de éste? ¿Ni quién, 
tampoco, que las pasiones violentas de un soldado, inflama- 
das por un agravio reciente, se contengan en el momento 
de la explosión? 

Quizá decidiríamos más imparcialmente acerca de la 
conducta de los conquistadores, comparándola con la que 
han seguido nuestros contemporáneos mismos cuando se 
han visto en igualdad de circunstancias. Las atrocidades 
cometidas en Ondula por los conquistadores, no son tan 
bárbaras como las que sus descendientes han sufrido en la 
última guerra de la Península, de parte de los ingleses en 
Badajoz, y de la de los franceses en Tarragona y en otras 
cien partes. La desenfrenada carnicería, los ataques a la 
propiedad, y, sobre iodo, esos ultrajes peores que la 
muerte, de ios que estuvo exento el sexo débil en Cholula, 
forman un catálogo de excesos tan atroces como los que 
se imputan a los españoles, y en cuya defensa no se puede 
alegar ni el resentimiento, ni la necesidad de hacer una es- 
forzada y patriótica resistencia. 

La consideración de todos estos sucesos cuya repetición 
nos ha familiarizado con su espectáculo, debe hacernos 
más indulgentes al juzgar de lo pasado; el cual nos enseña 
que el hombre, ya sea salvaje, ya culto, cuando sus pasio- 
nes se han excitado, es el mismo en todos tiempos. 

Otra cosa nos enseña, y es en verdad una de las leccio- 
nes más provechosas que nos ofrece la historia, y es: que 
puesto que semejantes actos son inevitables en ia guerra, 
aun cuando se verifique entre los pueblos más ilustrados, 
los que rigen los destinos de las naciones, deben someter- 



502 W. H. PRESCOTT 

se a cualesquiera sacrificios, excepto el del honor, antes 
que apelar a la decisión de las armas. El solícito esmero 
que tienen los pueblos modernos en evitar tales calamida- 
des, por medio de conferencias pacíficas y de una me- 
diación imparcial, es una grandísima prueba, mayor que 
todos los adelantos hechos en las ciencias y las artes, de 
nuestra superioridad en cultura sobre los pueblos antiguos. 

Está lejos de mí el designio de justificar las crueldades 
de los primeros conquistadores; que graviten con todo su 
peso sobre su cabeza: eran una raza de hierro, que si no se 
cuida gran cosa de sus propios peligros y padecimientos, 
poco miramiento había de tener a los de sus desventura- 
dos enemigos; pero para juzgarlos debidamente, no los 
veamos a la luz de nuestro siglo, retrocedamos ai suyo, y 
coloquémonos en el punto de vista que permite la ci- 
vilización de entonces; solamente de esta suerte podremos 
calificar imparcialmente a las pasadas generaciones. Otor- 
guémosles a estas la justicia que exigimos nosotros de 
nuestra posteridad cuando, a la luz de una civilización más 
adelantada, examine los hechos oscuros y dudosos que 
hoy apenas fija nuestra atención. 

Mas cualquiera que sea el mérito moral de la acción de 
que vamos hablando, como un golge de política, no se 
puede disputar que era bien calculado. Las naciones de 
Anáhuac habían contemplado, con asombro y miedo, a 
aquel puñado de extranjeros que se internaba cada vez más 
en el país, arrostrando todos los obstáculos, venciendo 
ejércitos tras de ejércitos, con mayor facilidad que la que 
tiene la velera nao para hender el mar bravio, o que la lava 
cuando se precipita de ios volcanes y sigue incontrastable 
su carrera, empujando delante de sí todos los obstáculos y 
dejando devastado y consumido cuanto se encuentra en su 
huella abrasadora, 



HISTORIA IJE LA CONQUISTA DE MÉXICO 5°3 

Las proezas de los españoles, de los dioses blancos (i), 
como se les llamaba por los indios, los hacían pasar por 
invencibles; ¡pero hasta que no llegaron a Cholula, no se 
supo cuan tremenda era su venganza! 

Todos temblaron; pero nadie cual el emperador azteca, 
cuyo trono estaba sentado en medio de las montañas. En 
aquellos acontecimientos, creía leer los negros caracteres 
trazados por el siniestro dedo del destino (2). Ya veía su 
reinado desvaneciéndose, como se desvanece la niebla de 
la mañana. 

Algunas de las más importantes ciudades de las inme- 
diaciones de Cholula, amilanadas por la desgracia de la 
capital, enviaron embajadores al campo de los cristianos; 
requiriendo su alianza y halagándolos con ricas dádivas de 
oro y esclavos (3). 

Moteuczoma, asustado con estas muestras de abandono, 
volvió a consultar con sus dioses impotentes, los cuales, a 
pesar de que sus aras humearon con la sangre de hecatom- 
bes de víctimas humanas, no le dieron ninguna respuesta 
consoladora. En vista de esto, resolvió mandar a los espa- 

(1) Los dioses blancos. Camargo, Hist. de Tlaxcalan, M. S. Tor- 
quemada, Monarq. Ind., lib. 4.°, cap. XL. 

(2) Sahagun, Hist. de Nueva España, M. S., lib. 12, cap. XI. 

Eu una arenga que se dijo con motivo del advenimiento de un 
príncipe azteca, encontramos la siguiente notabilísima predicción: 
¿Acaso tú tienes cuidado de las cosas adversas y espantables que han 
de venir, que no las vieron pero temieron los antigües y antes pasa- 
dos?... ¿Cuándo se verá la perdición y destruimiento que acontecerá a 
los reinos, pueblos y señoríos, y cuándo súbitamente todo a oscuras y 
todo destruido; o cuándo vendrá tiempo en que nos hagan a todos es- 
clavos y andaremos sirviendo en los más bajos servicios? (Ibid, li- 
bro 6.°, cap. XI.) Esta extraña profecía, que he traducido literalmente, 
prueba cuan fuertemente arraigado estaba en los indios el temor de 
una futura e inminente revolución. 

(3) Herrera. Hist. general, dec. 2, lib. 7.°, cap. III. 



5O4 W. H. PPESCOTT 

ñoles otra nueva embajada, negando que hubiese tenido 
participación alguna en la conspiración de Cholula. 

Mientras, permanecía Cortés en esta ciudad. Creyendo 
que la impresión que debían haber producido las últimas 
escenas era una coyuntura a propósito para tentar la con- 
versión de los infieles, instó a los ciudadanos para que 
abrazasen la Cruz y dejasen aquellos falsos patronos que 
los habían abandonado en el momento de mayor peiigro. 

Pero las tradiciones de tantos siglos, esparcían todavía 
una corona de gloria sobre aquel santuario de los diosea, 
la Ciudad Santa del Anáhuac. No era de esperar que 
aquel pueblo se prestara gustoso a renunciar a sus preemi- 
nencias y a bajarse al nivel de las demás ciudades. Con 
todo, Cortés hubiera insistido en su propósito, a no ser 
por ios consejos del sabio Olmedo, quien le persuadió a 
que le dejase para después de hecha la conquista de todo 
el país (1). 

Pero le cupo la satisfacción de romper las jaulas en que 
estaban encerradas las víctimas destinadas al sacrificio, y 
de devolver a éstas la libertad y la vida. 

Se apoderó de aquella parte del templo mayor, que 
siendo de piedra no había sido devorada por ías llamas y 
la dedicó ai culto católico. 

Una cruz de extraordinarias dimensiones, cuyos brazos 
se extendían sobre la ciudad, anunciaba que ésta había que- 
dado bajo la protección de la Cruz. En este mismo sitio 
está hoy un templo circundado de cipreses antiquísimos y 
consagrados a Nuestra Señora de los Remedios. 

Allí se encuentra una imagen de la Virgen, cuya imagen 
se dijo la dejó el conquistador mismo (2). 

(i) Berr.al Díaz, Eist. de la Conq., cap. LXXX1II. 
(2) Veytia, Hht. Antig., t. I, cap. XIII. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 505 

Un eclesiástico indio, descendiente de ¡os an+iguos che- 
lultecas, celebra las pacíficas ceremonias de la Iglesia cató- 
lica, en el mismo lugar donde sus antecesores celebraban 
los sanguinarios rites del místico Quezalcoatl (i). 

Mientras esto pasaba, llegó otra nueva embajada de Mé- 
xico; traía, como era de costumbre, un valioso regalo de 
plata y oro, animales artificiales que imitaban al pavo, con 
plumas de aquel último metal. A esto se añadían mil qui 
nientas vestiduras de algodón finamente trabajadas. 

El emperador volvía a expresar cuánto sentimiento le 
causaba la catástrofe de Cholulr, se vindicaba de teda par- 
ticipación en aquella trama, y decía que ya había acarreado 
a sus autores !a retribución merecida y que para impedir 
que se repitiesen tales excesos había mandado que se situa- 
se en las inmediaciones de la ciudad un ejército azteca (2). 

No se puede ver esta conducta pusilánime de Moieuczo- 
ma sin sentir hacía él, a la vez, lástima y desprecio. No es 
fácil creer en su ponderada inocencia con respecto a la 
conspiración de Cholula, atendiendo a algunas de sus cir- 
cunstancias; pero no perdamos de vista que las noticias que 
de ella nos quedan, provienen o de escritores españoles, o 
de indios que florecieron poco después de la Conquista, es 
decir, cuando el país ya era una colonia de España. En 
efecto, ni una sola historia azteca ha sobrevivido capaz de 
ser interpretada; el triste destir.o del infortunado Moteuc- 
zoma es que su retrato sólo nos queda trazado por el pin- 
cel de sus enemigos (3). 

(1) Humboldt, Vistas de las Cordilleras, pág. 32. 

(2) Relación segunda de Cortés, en Lorenzana, pág. 69. Gomara, 
Crónica, cap. LXíII. Oviedo. Hist. de las Ind , M. 3., lib. 33, cap. V. 
Ixtlilxochitl, Hist Chich., M. S., cap. LXXXIV. 

(o) Lo que se dice en el texto parecerá tal vez infundado, aten- 
diendo a que existen tres códices con interpretaciones, como lo bemos 



506 W. H. PKESCOTT 

Ya habían pasado más de quince días desde que Cortés 
había entrado en Cholula, por lo que resolvió proseguir 
sin demora su marcha a la capital. La venganza sobre los 
cholultecas había sido tan rigurosa, que conoció que el 
enemigo que se dejaba a la retaguardia no podía moles- 
tarlo en caso de retirada. Antes de su partida tuvo el pla- 
cer de saldar (en apariencia a lo menos) la enemistad que 
por tanto tiempo había habido entre los de Cholula y Tiax- 
calan, y que no volvió a revivir después de verificada la 
súbita revolución que cambió todos los destinos .de Aná- 
huac. 

Algo le inquietaba, no obstante, la súplica que le hicie- 
ron los aiiados zempoaltecas de que les permitiese volver 
a su tierra, alegando que por su comportamiento con los 
recaudadores aztecas y por la ayuda que habían prestado 
a los españoles, se jü2gaban poco seguros en la Corte del 
emperador. En vano trató Cortés de tranquilizarlos con 
promesas de protección; la desconfianza y temor de Mo- 
teuczoma eran demasiado grandes para poder ser reprimi- 
dos. Le habían sido tan útiles por su fidelidad y valor, que 



dicho antes. Pero estos tres códices contienen muy pocas noticias re- 
lativas a Moteuczorna, y están sacados de comentarios de monjes espa- 
ñoles, que muy a menudo sou irreconciliables manifiestamente, con 
las más auténticas noticias sobre los aztecas. Aun escritores como Ix- 
tlilxochitl y Camargo. que por su descendencia de los indios parece 
que debían mostrar más independencia, cuidan menos de esto que de 
aparecer fieles a su nueva religión y a su nueva patria. Acaso el más 
fehaciente de los recuerdos de aquel tiempo, es la obra de Sahagun, y 
mayormente el libro 12, d >nde recopiló noticias recogidas poco des- 
pués de la Conquista. Esta porción de la obra ha sido escrita de nuevo 
por el autor y considerablemente reformada por él ya en los últimos 
años de su vida; así es que es de dudar si acaso la versión ya reforma- 
da es tan fiel como el original, que todavía permanece manuscrito y 
que es el que yo he consultado principalmente. 



HÍSTORIA DE LA CONQUISTA DB MÉXICO 5°7 

el general español no podía ver sin sentimiento la determi- 
nación en que estaban de abandonarle, ni acceder a ella 
sin grandes dificultades. Mas, al fin, condescendiendo en 
su justa peticiónase despidió de ellos al partir de Cholula, 
después de recompensarles liberalmente con las vestiduras 
y joyas que le había enviado el emperador. Aprovechóse 
también de su ida para enviar a Juan de Escalante, su te- 
niente en Veracruz, unas cartas en que le informaba de los 
felices adelantos que se habían hecho; preveníale, además, 
que redoblase las fortificaciones de la plaza, por manera 
que se pudiese resistir a cualquier tentativa hostil de parte 
de Cuba, cuidando no menos de prevenirle que evitase 
todo alzamiento de los naturales; finalmente, recomendaba 
muy especialmente que protegiese a los totonecas, cuya 
fidelidad ccn los españoles los exponía gravemente a la 
venganza de los aztecas (i). 

(1) Berna] Díaz. op. cit., caps. LXXX1V -LXXXV. Reí. seg. de Cor- 
tés, en Lorenzana, pág. 67. Gomara, Crónica, cap. LX. Oviedo, Histo- 
Ha de las Ind., M. S., lib. 33, cap. V. 



CAPÍTULO V 

Continúa la. marcha. — Suben el gran volcán. — Valle de 
México. — Impresión que produce en los españoles. — 
Conducta del emperador. — Bajan al valle. 

(1519) 

Restablecido completamnte el orden en Cholula, prosi- 
guieron su marcha ios ejércitos aliados, español y tlaxcal- 
teca. El camino pasaba por entre bellas campiñas y fron- 
dosos plantíos que lo rodeaban en todas direcciones, y que 
ocupaban varias leguas. En su marcha los alcanzaron los 
enviados de varias ciudades, solícitos por ganarse la pro- 
tección de los blancos, a cuyo fin les mandaban ricas dádi- 
vas, especialmente de oro, por ser bien sabido en todo el 
país lo codiciado que era aquel metal de los españoles. 

Muchas de estas ciudades eran aliadas de los tlaxcalte- 
cas y todas ellas manifestaban gran descontento del Go- 
bierno de Moteuczoma. Los naturales amonestaban a sus 
aliados de guardarse de la perfidia del emperador, dando 
como prueba de su ánimo hostil, que había mandado obs- 
truir el camino real para obligarles a tomar otro, que por 
su estrechez y puntos fuertes, les pusiese en condiciones 
desventajosas. Cortés no dejó escapar aquellas observacio- 
nes y vigilaba cautamente todos los movimientos de los 



5 10 W. H. PRESCOTT 

embajadores mexicanos, temeroso de sufrir una sorpre- 
sa (i). Cuidadoso y activo, se presentaba dondequiera que 
su persona podía servir de algo; ora está en la vanguardia, 
ora en la retaguardia; al débil lo alienta, azuza al perezoso, 
y a todos les infunde el ánimo y la fortaleza que a él le in- 
flama; de noche nunca dejaba de rondar el campamento 
para cuidar de que los centinelas estuviesen en su puesto; 
habiendo corrido en una ocasión gran riesgo de que le 
fuese fatal esta vigilancia, pues se acercó tanto a un centi- 
nela, que éste, no pudiendo distinguir en la oscuridad quién 
era, levantó contra él su ballesta, cuando afortunadamente 
contuvo sus movimientos al oír el grito del general que le 
daba la contraseña. Así pudo haberse terminado ia campa- 
ña y recobrar aliento por algún tiempo más el emperador 
Moteuczoma. 

El ejército llegó, por último, a un punto del camino 
donde éste se dividía en dos ramas, una de las cuales es- 
taba obstruida, según y como lo habían dicho los indios, 
con enormes piedras y troncos de árboles. Cortés pregun- 
tó a los enviados mexicanos la causa de aquello, a lo que 
le replicaron que se había hecho de orden del emperador 
para que no fuesen los españoles a tomar un camino que, 
a alguna distancia de ailí, era intransitable para la caballe- 
ría; confesaron, no obstante, que era el más corto, por lo 
que Cortés dijo que le parecía el preferible, y que a los 
españoles no íes arredraban los obstáculos, que despejasen 
la enramada. Según cuenta Bernal Díaz, muchos años des- 
pués se conservaban todavía a un lado del camino ios tron- 
cos de los árboles que lo obstruían. Aquello dio a cono- 
cer claramente al general la premeditada traición de los 

(1) «Andábamos>, dice Bernal Díaz, usando de una expresión fa- 
miliar, pero significativa, «ia barba sobre el hombro >. 



HISTORIA DI LA CONMISTA DE MKXiCO $ll 

mexicanos, pero era demasiado astuto para dejar traslucir 
sus sospechas (i). 

Ya dejan los extranjeros la risueña campiña y comien- 
zan a subir la fragosa sierra que separa los valles de Méxi- 
co y Puebla. El aire, conforme iban subiendo, era cada vez 
más frío y penetrante; el helado soplo que bajaba de la 
falda de las montañas hacía tiritar a los españoles a pesar 
de sus vestidos de algodón y entumecía jos miembros de 
caballos y cabalgadores. 

Ya pasan por entre dos de las más altas montañas del 
continente norteamericano; el P< pocatepetl, cerro que 
humea, y el Ixtaccihuatl, mujer blanca (2), nombre que se- 
guramente le impusieron a esta última montaña, en razón 
de la blanca túnica que cubre su ancha y quebrada cumbre. 
Una pueril superstición hacía creer a los indios que aque- 
llos dos montes eran -dos dioses, y que el Ixtaccihuatl era 
la mujer de su formidable vecino (3). Otra tradición más 
sublime hacía, considerar el volcán del norte, como la mo- 
rada de los espíritus de los malos príncipes, cuyas horri- 
bles agonías en aquella cárcel ocasionaban las tremendas 
convulsiones y los vómitos de lava, en tiempo de erupción. 
Esta era la fábula clásica de la antigüedad (4). Semejantes 

(1) Bernal Díaz, ubi. supra. Relación segunda de Curtes, en Lo- 
renzana, pág. 70. Torquemada, Monarq. Ind... lib. 4.°, cap. XLI. 

(2) ((Llamaban al volcán Popocatepetl, y a la sierra nevada Ixtacci- 
huatl, que quiere decir, la sierra que humea y la blanca mujer.» Ca- 
margo, Hisí. de Tlaxcalan, M. S. 

(3) «La sierra nevada y el volcán los tenían por dioses; y que el 
volcán y la sierra nevada eran marido y mujer. > Ibid. 

(4) Gomara, Crónica, cap. LXII. 

«.Aetna Gigantees nunquam tacitura triumphos 
Enceladi bustum qui saucia terga revinctus 
Spirat inexabustum flagranti pectore sulphur.» 

Clatidian, de Eapt. Pros., lib. 1.°, volumen 152. 



^12 W. H. PRBSCüTT 

supersticiones, investían a las montañas de un misterioso 
horror, que hacía temblar a los indios sólo al pensar en su- 
bir a su cumbre, la cual, por otra parte, era casi inaccesible 
a causa de obstáculos materiales. 

El gran volcán (t) llamado Popacatepetl, se eleva a la 
enorme altura de 17.852 pies sobre el nivel del mar, es de- 
cir, más de 2.000 pies más que el rey de los montes, el más 
alto que se conoce en Europa (2). En el presente siglo, ra- 
ras veces ha dado señales de su naturaleza volcánica, por 
manera que el cerro que humea, apenas merece hoy este 
nombre; pero en tiempo de la conquista, frecuentemente 
estaba en actividad, y precisamente cuando los españoles 
estaban en Tlaxcalan, bramaba con extraño furor; cosa 
que, como es de suponer, pareció de muy mal agüero a los 
naturales de Anáhuac. Su cabeza reviste la forma de un 
cono regular, a causa de los depósitos de las erupciones 
sucesivas, y tiene el aspecto corriente en las montañas vol- 
cánicas, en ios puntos en que no está escavada por el crá- 
ter. Sa le ve elevarse a los cielos envuelto en su túnica de 
nieve perenne, desde las anchurosas llanuras de Puebla y 
México; es el primer objeto que doran los rayos del sol 
naciente; el último que tiñen los del sol que muere; la ra- 
diante diadema que lo ciñe entonces, contrasta con las 
áridas llanuras de arena y lava que se extienden bajo de é!, 

(1) Los antiguos españoles llamaban con este nombre a cualquie- 
ra montaña elevada, aun cuando nunca hubiese dado S9ñales de 
combustión: así, el Chimborazo, era llamado volcán de nieve. (Hum- 
boldt, Ensayo político, tomo I, pág. 162); y el emprendedor viajero 
Stephens habla del volcán de agua, situado a las inmediaciones de la 
Antigua Guatemala. (Incidentes de un viaje a Chiapas, la América 
central y Yucatán), Nueva-York, 1841, vol. I, cap. XIII. 

(2) El Monte Blanco tiene, según De Sanssure, 15.670 pies de al- 
tura. En cuanto a la del Popacatepelt, véase una esmerada relación, 
en la Revista Mexicana, tomo II, núm. 4. 



HISTORIA DB LA CONQUISTA DE MÉXICO 513 

y con la fúnebre faja de cipreses que circunda su base. 

El misterioso terror que inspira aquel sitio y el amor de 
las aventuras, sugirió a algunos caballeros españoles el 
pensamiento de subir a su cumbre; cosa que los naturales 
les aseguraron no podrían verificar quedando con vida. 
Cortés les animaba a aquella empresa, deseoso de probar 
a los indios que no había proeza por peligrosa y tremenda 
que fuese, que no estuviera al alcance de sus intrépidos 
compañeros. A consecuencia de esto, uno de sus capi- 
tanes, Diego de Ordaz, otros nueve españoles y algunos 
tlaxcaltecas, alentados por el ejemplo de los primeros, in- 
tentaron la subida, en la que encontraron mayores dificul- 
tades de las que se aguardaban. 

La parte inferior estaba cubierta de un bosque tan espe- 
so, que en algunas partes apenas era posible penetrarlo. 
Conforme iba subiendo, el bosque iba siendo más despo- 
blado de árboles; la vegetación era un poco más arriba 
pobre y triste; hasta que, finalmente, a la altura de algo 
más de 13.000 pies, desaparecía completamente. Los in- 
dios que habían subido hasta allí, intimidados por los 
ruidos subterráneos que se oían en el volcán, que entonces 
estaba todavía en estado de combustión, no quisisieron 
proseguir. El camino estaba abierto por sobre negras 
lavas enfriadas, cuyos fragmentos irregulares, producidos 
por los obstáculos que se les opusieron cuando venían de- 
rretidas, oponían incesantemente tropiezos para andar. En- 
tre estos fragmentos había uno, llamado el Pico del Fraile, 
que era una enorme roca perpendicular de 120 pies de al- 
tura y que se percibe desde abajo, la cual les obligó a dar 
un gran rodeo. Pronto llegaron al límite de los hielos per- 
petuos, donde encontraron nuevos y desconocidos obs- 
táculos, pues que el hielo, resbaladizo, no les permitía 
asentar sólidamente el pie, y les ponía a cada instante en 

33 



514 W. H. P3ESCOTT 

riesgo de precipitarles en los ateridos abismos que los ro- 
deaban por todas partes; para poner el colmo a la dificul- 
tad, la respiración se encontraba tan estorbada en aquellas 
regiones donde el aire es rarísimo, que ios esfuerzos para 
respirarlo eran acompañados de agudos dolores en la ca- 
beza y en los miembros. Sin embargo de esto, aún prosi- 
guieron sus tentativas hasta que llegaron a acercarse al 
cráter, de manera que la enorme cantidad de humo, ceni- 
zas y chispas que vomitaba el monte de entre sus entrañas 
abrasadas, por poco les sofoca y les ciega. Aquello era de- 
masiado insoportable aun para hombres de hierro como 
ellos; así es que, aunque muy a su pesar, se vieron obliga- 
dos a abandonar su intento, ya en víspera de darle remate. 
Trajeron algunos enormes casámbanos, cosa curiosa en 
aquella región cálida, como un trofeo de su hazaña, que, 
aunque incompleta, era bastante a admirar a los indios y 
a darles una nueva pueba de que para les españoles, los 
más espantoaos y misteriosos peligros no eran más que 
pasatiempos. La empresa era propia y digna de aquellos 
caballeros que, no contentos con los peligros y aventuras 
que buenamente se encontraban en su camino, se echaban, 
como Don Quijote, en busca de otros nuevos. Al empera- 
dor Carlos V se le remitió una relación de esíe suceso, y 
a la familia de Ordaz se le permitió que usase el escudo 
de armas, un monte ardiendo, en conmemoración de tan 
famosa hazaña (I). 

El general no quedó satisfecho del resultado de la expe- 
dición, por lo que dos años después mandó otra nueva a 

(l) Relac. seg. de Cortés, en Lorenzana, pág 70. Oviedo, Hist. de 
las Ind., M. S., lib. 33. Bernal Díaz, cap. LYXVIII. 

El último de estos escritores dice que la subida se intentó cuando es- 
taban los españoles en Tlaxcalan y que se llegó a verificar completa- 
mente; mas la carta del general, escuta poco tiempo después del su- 



HlSTOKI\ T)E LA CONQUISTA DB MÉXICO 5 J 5 

las órdenes de Francisco Montano, caballero de ánimo re- 
suelto y esforzado. El objeto de ella era proporcionar azu- 
fre para la fabricación de la pólvora. El monte estaba pa- 
cífico en aquella época y el éxito fué más completo. Los 
españoles, en número de cinco, llegaron hasta el borde del 
cráter, el cual representaba un elipse irregular y tenía más 
de una legua de circunferencia; la profundidad sería de 
cosa de 800 o de 1.000 pies. Una pálida llama ardía en el 
fondo de él y despedía un vapor sulfuroso, que al subir se 
enfriaba y dejaba depositado el azufre en las paredes del 
cráter. Se echó en suerte quién debía descender, y tocó a 
Montano mismo bajar en un cestillo a aquel horroroso abis- 
mo, donde le hundieron sus compañeros a la profundidad 
de 400 pies. La operación se repitió bastantes veces, has- 
ta que hubo la cantidad de azufre que necesitaba el ejérci- 
to. Esta temeraria empresa excitó la admiración general de 
aquel tiempo. Cortés concluye su relación haciendo al em- 
perador la juiciosa reflexión de que después de todo, ha- 
bría sido mejor mandar traer de España la pólvora (1). 



ceso y sin motivo de equivocación, es mejor autoridad. (Véase, además, 
a Herrera, Hist. gen., dec. 2, lib. 6.°, cap. XVI. Relac. d'un gent., en 
Ramussio, t. III, pág. 308. Gomara, Crónica, cap. LXII. 

(1) Relación 3. a y 4. a de Cortés, en Lorenzana, págs. 318-380. He- 
rrera, Historia Gral., dec. 3, lib. 3.°. cap. I. Oviedo, Hist. de las Ind., 
M. S., libro 33, cap. XLI. 

M. Humboldt duda que Montano haya bajado al cráter, y piensa 
que es más probable que haya obtenido el azufre de alguna hendidu- 
ra lateral de la montaña. (Ensayo político, 1. 1, pág. 164.) Desde la ten- 
tativa de Montano hasta el siglo presente, no se había hecho ninguna 
otra, a lo menos, que se lograse; pero en 1827 se han verificado dos 
expediciones a la cumbre del Popocalepeü, y otras dos en 1833 y 
1834. La noticia completa de la última, y algunos pormenores intere- 
santes; y observaciones científicas, se han escrito por Gerolt, uno de 
la expedición, y se han publicado en el número ya referido de la Re- 



5 l6 W. H. PRESCOTT 

Mas ya es tiempo de que volvamos de nuestra digresión, 
la cual se excusará, si se atiende a que ella ha servido para 
ilustrar notablemente el quimérico espíritu de empresa, 
poco inferior en la realidad a lo que parecía en los roman- 
ces de caballería de los hidalgos españoles del siglo xvi. 

El ejército prosiguió su marcha por las intrincadas gar- 
gantas de la sierra, tomando casi el mismo camino que ac- 
tualmente conduce de la capital a Puebla, pasando por Me- 
cameca (i), diferente del que ordinariamente siguen los 
viajeros que van de Veracruz, el cual da un largo rodeo 
por la parte septentrional de la base del Ixtaccihuatl; pero 
que es menos fatigoso aunque inferior al otro en paisajes 
pintorescos. Los helados vientos que soplan de la falda de 
la montaña y que traen consigo aguas, nieves y granizo, mo- 
lestaban a los españoles mucho más que a los tlaxcaltecas, 
acostumbrados desde la infancia a habitar entre la selvática 
soledad de sus colinas nativas. En la noche sus padecimien- 
tos hubieran sido insoportables, pero se refugiaron en los 
edificios de piedra que el Gobierno mexicano había cons- 
truido de trecho en trecho a lo largo del camino, para que 
se acomodasen los viajeros y los correos. ¡Cuan distante 
estaría al construirlos, de que habían de servir para dar 
abrigo a sus enemigosl 

Al día siguiente, repuestas las tropas con el descanso de 
aquella noche, pudieron llegar fácilmente a la cresta de la 
sierra de Ahualco, la cual se extiende como una cortina al 
Norte y al Sur de los dos volcanes. El camino era compa 
rativamente llano y además les hacía andar con mayor pres- 

vista Mexicana (t. I, pág. 461). Los que han subido a la cumbre del 
monte más alto, que domina enteramente al íxtaccihual, afirman que 
en éste no se descubre ningún vestigio de cráter; lo cual es contra la 
opinión general. 

(1) Humboldt, Essai politique, t. IV. pág. 17. 



HISTOIUA Di LA CONQUISTA DE MÉXICO 5 17 

teza, la consideración de que estaban ya pisando el suelo 
de Moteuczoma. 

No habían andado mucho, cuando al doblar uno de los 
ángulos de la sierra, descubrieron de repente una perspec- 
tiva que compensó con usura las pasadas fatigas del viaje, 
la del valle de México o Tenoctitlan, que es como más co- 
múnmente le llamaban los naturales; este valle, con su pin- 
toresco conjunto de lagos, bosques y llanuras cultivadas, 
de brillantes ciudades y selvas umbrías, se desplegaba a su 
vista como un brillante panorama. En estas regiones eleva- 
das donde el aire atmosférico es muy raro, aún los objetos 
más distantes conservan el brillo del colorido y la limpieza 
de los contornos, por manera que como que desaparece la 
distancia (i). A sus pies se extendían dilatados bosques de 
encinos, sicómoros y cedros; y más allá, dorados campos 
de maíz mezclados con el altivo maguey, y hortalizas y 
floridos jardines, pues que las flores de tanto uso en las 
ceremonias religiosas, eran en el valle aún más abundantes 
que en las demás partes de Anáhuac. En el centro de la 
gran llanura se veían los lagos, que entonces ocupaban 
mucho más espacio que al presente, cuyas orillas estaban 
coronadas de ciudades y aldeas, en cuyo centro, parecía a 
una emperatriz india ceñida de una corona de perlas, se le- 
vanta la hermosa ciudad de México con sus blancas torres 
y templos piramidales, descansando en el seno de las aguas; 
se levantaba, en fin, la afamada Venecia de los aztecas. So- 
bre todas las demás colinas descollaba el cerro de Chapol- 
tepec, residencia de los monarcas mexicanos, coronado de 
los mismos bosques de gigantes cipreses que aún ahora 



(1) El Lago de Texcoco, sobre el euaJ se levantaba la ciudad de 
México, tiene 2.277 metros o cosa de 7.500 pies de elevación sobre el 
nivel del mar. Humboldt, Essai politique, t. II, pág. 45. 



5 1 8 vv. h. i'ítEsi-o-i r 

envuelven aquel sitio en su ancha y negra sombra. Alia a 
lo lejos, más allá de las azuladas aguas del lago y medio 
oculta por el follaje, se veía blanquear y relucir la capiUl 
de Texcoco; y aún más allá se percibía el oscuro cinturon 
de pórfido que rodea a todo el valle, y en el cual parece 
que ha querido engastar la Naturaleza la más rica de sus 
joyas. 

Tal era el bello espectáculo que de súbito sorprendió la 
vista de los conquistadores; aún hoy tan tristes cambios 
ofrece aquel paisaje, aún hoy que el país está desnudo de los 
gigantescos bosques que lo cubrían en otro tiempo, y que 
el suelo, expuesto sin resguardo al sol devorador de los tró- 
picos, está árido y estén!; aún hoy que al retirarse las aguas 
han dejado anchos y espantosos trechos que blanquean 
con las incrustaciones de sal, mientras que las ciudades 
y pueblos que se levantaban en sus orillas se deshacen en 
ruinas; aunque la devastación es lo que se encuentra por 
todas partes, tan indestructibles son los rasgos de belleza 
con que allí se ostenta la naturaleza, que no hay viajero 
por frío e insensible que sea que pueda contemplarlos sin 
sentirse profundamente conmovido y arrobado (i). ¡Cuáles 
serían, pues, las sensaciones que experimentaron los espa- 
ñoles cuando después de hacer un viaje penoso, en una at- 
mósfera delgada, el nebuloso velo que los envolvía desapa- 
reció de improviso y se les presentaron aquellos paisajes 
en todo su primitivo esplendor y belleza! Aquello fué como 
el espectáculo que sorprendió ia vista de Moisés desde la 
cumbre del Pisgah; por manera que en medio del ardiente 

(1) No hay necesidad de copiar las páginas de los viajeros moder- 
nos, que aunque de distinto gusto, sensibilidad y talento, están acor- 
des en cuanto alas impresiones que produce la vista de este hermoso 
valle. 



HISTORIA VE LA CON QUISTA DE MÉXICO 5*9 

entusiasmo que sentían, no pudieron menos de exclamar: 
«He aquí la tierra prometida.» (i) 

Mas estas sensaciones estaban mezcladas con otras de un 
carácter muy diverso, pues todo aquello íes daba a cono- 
cer la obra de una civilización mucho más adelantada que 
cuanto hasta entonces habían visto. Los más tímidos, des- 
alentados por la idea de una lucha desigual cual la que iban 
a emprender, solicitaban con instancia, como ya lo habían 
hecho en ocasiones anteriores, volverse otra vez a Veracruz; 
mas no fué tal lo que sintió el ánimo del esforzado general. 
Í5u avaricia se avivó al contemplar los soberbios despojos 
que le esperaban; y si bien sentía la ansiedad que, natural- 
mente, debía inspirarle tan formidables enemigos, su con- 
fianza renacía al echar una mirada, tanto sobre las filas de 
sus veteranos cuyas tostadas caras y estropeadas armadu- 
ras recordaban los riesgos y dificultades que habían supe- 
rado, como sobre sus audaces y bárbaros aliados, cuyos 
odios se habían inflamado al aspecto del país de los enemi- 
gos de su patria, y parecían como águilas prontas e impa- 
cientes por avalanzarse sobre su presa. Por medio de razo- 
nes, súplicas y amenazas, consiguió revivir el amortiguado 
valor de los soldados a disuadir de que pensasen en retirar- 
se ahora que habían tocado al término que habían suspira- 
do, y que iban a abrirse para recibirles, las doradas puertas 
de Moteuczoma. Ayudábanle en estos esfuerzos aquellos 
bravos hidalgos para quienes el honor valía tanto como las 
riquezas; hasta que, por fin, aún los más pacatos, participa- 
ron del entusiasmo de los capitanes y del general, y éste 

(1) Torquemada, Monarq. Ind., lib. 4.°, cap. XLI. 

Esto nos recuerda la memorable descripción de las bellas llanura» 
de Italia, que Aníbal mostró a sus hambrientos bárbaros, después d» 
pasar los fragosos Alpes, tal cual la refiere el príncipe de los historia- 
dores descriptivos. (Livio, Hist., lib. 21, cap. XXXV.) 



520 W. H. PRKSC0TT 

tuvo la satisfacción de ver a sus columnas vacilantes un 
momento antes, emprender de nuevo su marcha con paso 
firme al bajar las laderas de la sierra (i). 

Al paso que iban internándose, los bosques iban estan- 
do menos poblados, los terrenos cultivados eran más nu 
merosos y se veían en todos los rincones abrigados, caba- 
nas cuyos habitantes salían al eucuentro de las tropas y les 
hacían un amistoso recibimiento. Por donde quiera se oían 
quejas de Moteuczoma, principalmente por la manera des- 
piadada con que arrebataba a les jóvenes para alistarlos en 
sus ejércitos, y a las mancebas para llevárselas a su serra- 
llo. Cortés veía con placer aquellos síntomas de desconten- 
to, y le parecía que el trono de Moteuczoma estaba asen- 
tado sobre un volcán cuyos elementos de combustión inte- 
rior estaban en tal actividad que podrían hacer una explo- 
sión en el momento menos esperado. Instó a los naturales 
que estaban descontentos a que descansasen en su protec- 
ción, y les aseguró que había venido precisamente para 
vengar sus agravios. Finalmente, se aprovechó de sus favo- 
rabíes disposiciones, para hacer penetrar entre ellos los 
débiles rayos de luz espiritual que permitían el tiempo y 
las predicaciones del Padre Olmedo. 

Prosiguió su camino haciendo cómodas jornadas, aunque 
algo retardaba su marcha la multitud de curiosos que salía 
a los caminos reales, y la detención que hacían en los lu- 
gares de importancia. Encontróles en el camino otra emba- 
jada enviada de la capital. Componíanla varios señores az- 
tecas, cargados, como era de costumbre, de ricas dádivas 
de oro y finas vestiduras de plumas y pieles. 

El mensaje del emperador estaba concebido en los mis- 

(1) Torquemada, Monarq. Ind., ubi. supra. Herrera, Eist. gene- 
ral, dec. 2, lib. 7.°, cap. III. Gomara, Crónica, cap. LXIV. Oviedo, His- 
toria de las Ind,, M. S.. lib. 33, cap. V. 



BISTOKIA DE LA CONQUISTA J)E MÉXICO 5 21 

raos términos deprecatorios que antes, insistía todavía en 
rogar que los españoles se volviesen, ofreciendo cuatro car- 
gas de oro al general, una a cada uno de sus capitanes y 
un tributo anual al monarca español (i). ¡Tan fuertemente 
así había sido dominado por la superstición el espíritu al- 
tanero y esforzado del monarca indio! 

Mas el hombre a quien no arredraba el aparato béiico, 
menos podía ser doblegado por femeniles súplicas. Recibió, 
pues, a la embajada, como lo tenía de costumbre, con co- 
medimiento, pero insistía en que no podía volver a presen- 
tarse ante su soberano sin haber hecho antes una visita al 
emperador azteca en su corte misma, y que sería más fácil 
arreglar los negocios por medio de una entrevista personal, 
que por medio de negociaciones indirectas, añadió que los 
españoles venían de paz como lo vería Moteuczoma; pero 
que si le causaba enojo la presencia de aquellos, fácilmen- 
te podría excusárselo (2). 

El monarca azteca era entre tanto víctima de los más 
terribles temores, Es de advertir, que cuando había envia- 
do esta úitima embajada, todavía los españoles no habían 
bajado las montañas; así es que cuando supo que esto se 
había verificado, que sus enemigos venían atravesando el 
valle y que se encontraban a los umbrales de la capital, se 
extinguió en su seno hasta la última chispa de esperanza. 
Semejante a aquél que de improviso se encuentra a orillas 
de un tenebroso y tremendo abismo, quedó desconcertado 

(1) La carga ordinaria de un taman mexicano, era de cosa de 50 
libras u 800 onzas. Clavijero, Stor. de México, t. III, pág. 69, notas. 

(2) Sahagun, Hist de la Nueva España, lib. 12. cap. XII. Rela- 
ción seg. de Cortés, en Lorenzana, pág. 73. Herrera, Hist. Gene- 
ral, dec. 2, lib. 7.°, cap. III. Gomara, Crónica, cap. LXI. Oviedo, 
Historia de las Lid., M. S., lib. 33, cap. V. Bernal Díaz. Hist. de la 
Conqmsta, cap. LXXXVII. 



522 W. H. PRESCOTT 

de tal suerte, que le fué imposible combinar su3 ideas, ni 
aun comprender cuál era su situación; se creía la víctima 
más forzosa de un destino tiránico, contra el cual nada va- 
lían ni la previsión ni las precauciones; parecíale como 
que sus playas habían sido invadidas por seres sobrenatu 
rales, que procedían de un planeta remoto; pues tan extra • 
ños así eran aquellos hombres por su aspecto y costum- 
bres, y tan superiores así (aunque sólo eran un puñado) 
a las numerosas tribus de Anáhuac, en valor, pericia y de- 
más elementos de la guerra. Ya estaban en el valle; las 
enormes montañas con que la Naturaleza parece que habí i 
tenido tanto cuidado en defenderlo, habían sido salvadas. 
La dorada perspectiva de paz y tranquilidad con que se 
había regalado por tanto tiempo, el señorío que había he- 
redado de sus abuelos, sus poderosos dominios, todo iba 
a desaparecer. ¡Aquello era un ensueño horrible, del cual no 
debía volver el infeliz, sino para despertar a una realidad 
aún más horrible! 

En un rapto de desesperación, determinó encerrarse en 
su palacio, rehusó tomar ningún alimento, confiando en 
que las deprecaciones y los sacrificios aplacarían a lors 
dioses; pero los oráculos se mostraron mudos. Entonces 
recurrió al medio más sencillo de convocar un consejo 
compuesto de los principales y más antiguos nobles. La 
misma discordia de opiniones que antes había reinado, 
volvió a reinar ahora. Cacarna, el joven príncipe de Tetco- 
co y sobrino del emperador, era de parecer que se recibie- 
se a los españoles cortésmente, como se acostumbraba ha- 
cerlo con los embajadores de todo príncipe extranjero. 
Cuitlahua, el más animoso de los hermanos de Moteuczo- 
ma, persuadía a éste a que levantase todos sus ejércitos 
y arrojase de la capital a sus invasores, o a perecer en la 
contienda. Mas el monarca no se encontraba con el esfuer- 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DB MÉXICO 5 2 3 

zo bastante para hacer este último impulso. Con ademán 
abatido y los ojos bajos, exclamó: r^De qué servirá esta 
resistencia si los dioses mismos se han declarado en contra 
nuestra? (i) Tiemblo por la suerte de los ancianos y de los 
enfermos, de las mujeres y de los niños, a quienes no es 
dado ni huir ni pelear; en cuanto a mí y a los valientes que 
me rodean, opondremos nuestros pechos a ia tempestad y 
lucharemos con todas nuestras fuerzas.» En este adolorido 
y patético tono, cuentan que expresó el emperador azteca 
la amargura de su pesar. Más glorioso hubiera sido para 
él, poner ia capital en estado de defensa, y resolverse 
como los últimos Paleólogos, a quedar sepultado bajo sus 
ruinas (2). 

Determinó mandar al punto una última embajada, pre- 
sidida por su sobrino el príncipe de Tetcoco, para que 
condujese a los españoles a México. 

Estos, entre tanto, habían llegado a Mecameca, ciudad 
bien construida y que contaba algunos miles de habitantes. 
Recibióles amistosamente el cacique, fueron alojados en 
cómodas y espaciosas casas de piedra, y les hicieron al 
partir de allí un regalo, en el que entre otras cosas había 
tres mil castellanos de oro (3). Detuviéronse en este punto 
dos días, después de los cuales, bajaron por ios floridos 

(i) Xo era esta la resolución del héroe romano. 

« Yictrix causa Diis placuid; sed vicia Gatoni.» 

(Lucan, lib. 2.°, v. 128.) 

(2) Sahagun, Hist. de la Nueva España, AI. S.. lib. 12, cap. XIII. 
Torquemada, Monarquía Ind., lib. 4.°, cap. XLTV. Gomara, Crónica.. 
capítulo LXIII. 

(3) «El señor de esta provincia y pueblo, me dio hasta cuarenta 
esclavas y tres mil castellanos; y dos días que allí estuve, nos prove- 
yó muy cumplidamente de todo lo necesario para nuestra comida.» 
Relación seg. de Cortés, en Lorenzana, pág. 74. 



524 W. H. PRESCOTT 

campos de maíz y plantíos de maguey, los últimos de los 
cuales pudieran llamarse los viñedos de Anáhuac, que se 
encuentra hacia el lago de Chalco. 

El lugar en donde ellos descansaron aquel día, fué 
Ajotzingo, ciudad de considerable tamaño, y gran parte de 
la cual estaba construida sobre estacas clavadas en el agua. 
Era la primera muestra que veían los españoles, de esta 
especie de arquitectura marítima. Los canales que atrave- 
saban la ciudad, a manera de calles, presentaban una esce- 
na muy animada, a causa del gran número de barcos que 
los atravesaban de arriba a abajo, cargados de víveres y 
otros artículos destinados al consumo de los habitantes. 
Mas lo que principalmente llamó la atención de los espa- 
ñoles, fué la comodidad de las casas, de ordinario de pie- 
dra y de buena arquitectura, y las señales de opulencia y 
elegancia que se encontraba por todas partes. No obstante 
que Cortés recibió grandes demostraciones de hospitali- 
dad, no dejó de inspirarle alguna desconfianza el ahinco 
que tenían los naturales por acercarse a los españoles (i). 
No contentos con verles en las calles, algunos indios se in- 
trodujeron clandestinamente en los cuarteles, y quince o 
veinte de aquellos infelices fueron matados por centinelas, 
que los tomaron por espías. Sin embargo, según lo que se 
puede juzgar después de tanto tiempo, semejante sospecha 
no fué fundada. La mal encubierta desconfianza de la Corte 
y las precauciones que los aliados habían aconsejado al ge- 
neral, no sólo hicieron a éste estar bajo la debida guardia, 



(1) «De todas partes era infinita la gente que de un cabo a el otro 
concurrían a mirar los españoles; e maravillábanse mucho de los ver. 
Tenían grande espacio y atención en mirar los caballos; decían, estos 
son «Teules», que quiere decir demonios. Oviedo, Hist. de las In- 
dias, M. S., lib. 34, cap. V. 



HISTORIA I)R LA CONQUISTA DE MÉXICO $ 2 5 

sino que en el caso presente avivaron mucho sus temores 
de inminente riesgo (i). 

A la madrugada del día siguiente, estando el ejército 
preparándose para emprender su marcha, llegó un correo 
a suplicar al general que la difiriese hasta después de que 
llegase el rey de Tezcuco, que venía ya en camino a reci- 
birlos. No pasó mucho sin que éste se presentase, condu- 
cido en una especie de litera ricamente adornada con lá- 
minas de oro y piedras preciosas, con pilares primorosa- 
mente trabajados que soportaba un dosel de plumas ver- 
des, color favorito de los príncipes aztecas. Acompañábale 
un numeroso séquito de nobles y de criados. Al presentar- 
se an:je Cortés, se bajó de la litera y sus sirvietes barrieron 
el terreno por donde debía transitar. Era un joven de cosa 
de veinticinco años de edad, de agradable apostura, ergui- 
do y de majestuoso porte. Saludó a Cortés como se acos- 
tumbraba entre las personas de alta clase, tocando el sue- 
lo con la mano derecha y llevándola en seguida a la cabe- 
za. Al alzarse del suelo lo abrazó Cortés y el príncipe le 
dijo que venía enviado por Moteuczoma para conducirlos 
a la Corte. Regaló al general español tres perlas de extra- 
ordinario tamaño y belleza, y éste, en recompensa, le puso 
al cuello un collar de cuentas de vidrio, que siendo en 
aquella tierra tan raras como los diamantes, debieron de 
parecerle tan valiosas como éstos. Después de haberse tro- 
cado recíprocamente los más expresivos cumplimientos y 

(1) Cortés habló al emperador de este suceso con toda frialdad. 
«En aquella noche tuve tal guardia, que así de espías que venían por 
el agua en canoas, como de otras que por la sierra bajaban a ver si 
había aparejo para ejecutar su voluntad, amanecieron casi quince o 
veinte que las nuestras las habían tomado y muerto. Por manera que 
pocas volvieron a dar su respuesta del aviso que venían a tomar. > 
Relación segunda de Cortés, en Lorenzana. pág. 74. 



5,26 W. H. PRKSCOTT 

de las más rendidas protestas por parte do Cortés, se des- 
pidió el príncipe indio, dejando en los españoles una idea 
de la eminencia de su estado y poder, muy superior a 
cuanto habían visto hasta entonces (i). 

Continuando su marcha siguió el ejército la orilla me- 
ridional del lago de Chalco, poblado entonces de espesas 
selvas y cubierto de jardines y huertos llenos de frutas 
propias del otoño que, aunque de nombre desconocido, 
tenían los más vivos y encantadores colores. Mas frecuen- 
temente transitaban por campos sembrados, donde ondea- 
ban las doradas espigas y regados por multitud de canales 
que venían del lago inmediato; todo atestiguaba una la- 
branza económica y esmerada, cual se necesitaba para el 
sustento de una crecida población. 

Apartándose de la llanura tomaron los españoles el di- 
que o calzada que separa por cuatro o cinco millas los la- 
gos de Chalco y de Xochicalco, hacia el O. En los puntos 
mas angostos, era como una lanza, y en los más anchos, 
tenía amplitud bastante para que caminasen ocho jinetes 
de frente; era de maciza estructura de cal y canto, atrave- 
saba enteramente el lago y asombró a los españoles por 
ser una de las obras más admirables que habían visto. Al 
caminar por la calzada gustaron del alegre espectáculo que 
ofrecía aquella multitud de rápidas piraguas en que venían 
los indios a conocer a los extranjeros, o en que conducían 



(1) Ibid, ubi. supra. Gomara, Crónica, cap. LXIV. Ixtlilxochitl, 
Hist. chichimeca, M. S., cap. LXXXV. Oviedo, Eist. de las Ind.. 
M. S.; lib. 33, cap V. 

Llegó con el mayor fausto y grandeza que ningún señor de los me- 
xicanos habíamos visto traer... y lo tuvimos por muy gran cosa; y 
platicamos entre nosotros que cuando aquel cacique traía tanto triun- 
fo, ¿qué haría el gran Moteuczoma? Bernal Díaz, Hist. de la Con- 
quista, cap. LXXXVII. 



HISTORIA DE LA CQNQÜISTA DB MÉXICO 5 2 7 

a las poblaciones inmediatas los productos del país. Sor- 
prendióles no menos la vista de las chinampas o jardines 
flotantes, esas verdes islas errantes de que hablaremos des- 
pués, y que, cargadas de flores y de frutas, se movían 
como balsas en las aguas. Alrededor de toda la orilla del 
lago y algunas veces a lo lejos dentro de él, se medio di- 
visaban los pueblecillos y aldeas medio ocultos por el fo- 
llaje, y que, formando biancos grupos en la ribera, pare- 
cían a lo lejos parvadas de cisnes que descansaban blanda- 
mente sobre la superficie de las ondas. Un espectáculo tan 
nuevo y tan maravilloso, llenó de admiración el duro cora- 
zón de los soldados; parecíales todo aquello cosa de encan- 
to y no encontraban con qué compararlo más que con los 
encantos mágicos de «Amadis de Gaula» (i). Y en verdad 
que pocas pinturas, ya de éste, ya de otros romances de 
caballería, podíanigualar a lo que realmente estaban presen- 
ciando. La vida de los aventureros del Nuevo Mundo era un 
romance puesto en acción. ¿Qué tiene, pues, de admirar que 
el español de aquellos tiempos, cuya imaginación se ali- 
mentaba en su patria con encantados ensueños y fuera de 
ella con encantadoras realidades, haya desplegado ese entu- 
siasmo quijotesco, esa romancesca exaltación de carácter 
que no pueden comprender las heladas almas de otros 
países. 

En la medianía del lago hizo alto el ejército en la ciudad 

(í) «Nos quedamos admirados, dice el candoroso Díaz, y decíamos 
que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de 
Amadis. > (Ibid, loe. cit.) Una edición de este célebre romance, con 
todos los atavíos de la lengua castellana, había aparecido antes de 
esta época, pues que en el prólogo de la edición publicada en 1521 ya 
se habla de otra hecha en tiempo de I03 Reyes Católicos. (V. Cervan- 
tes, Don Quijote, edición de Pellicer (Madrid, 1797), t. I, discurso 
preliminar.) 



528 W. H. PHESCOTT 

de Cuitlahuac, lugar de mediano tamaño, pero notable por 
la belleza de los edificios, que según el dicho de Cortés 
eran los más hermosos que hasta entonces había visto (i). 
Después de descansar un poco en este punto, prosiguieron 
su camino por la calzada, la cual, aunque era más ancha en 
su parte septentrional, ofreció grandes dificultades para ser 
transitada a causa de la multitud de indios, que no conten- 
tos con ver a los españoles desde las canoas, saltaban a las 
riberas y las llenaban enteramente. El general, temeroso 
no sólo de que se desordenasen sus filas, sino de que aque- 
lla familiaridad disipase el saludable miedo que quería le 
tuviesen los indios, mandó despejar, teniendo que recurrir 
para conseguirlo, no sólo al mandato, sino a la amenaza. 
Al paso que iban adelantando, encontraban muy diversas 
disposiciones respecto de Moteuczoma; sólo se hablaba de 
su pompa y poderío, nada de su opresión. Al contrario de 
lo que sucede comúnmente, el respeto a la Corte parece 
que crecía con la inmediación a ella. 

De la calzada pasó el ejército a una estrecha lengua de 
tierra que separa la laguna de Tetzcoco de las aguas de 
Chalco; las que en aquellos tiempos ocupaban muchas mi- 
llas, bien que ahora están muy reducidas (2). 

(1) «Una ciudad la más hermosa aunque pequeña que hasta en- 
tonces habíamos visto, así de muy bien obradas casas y torres, como 
de la buena orden que en el fundamento de ella había por ser armada 
todo sobre agua.» Relación segunda de Cortés, en Lorenzana, pág. 76. 
Los españoles denominaron a esta ciudad acuática Venezuela o peque- 
ña Venecia. Toribio, Hist. de las Ind., M. S., part. X, cap. IV. 

(2) M. Humboldt en su admirable mapa del Valle de México ha 
designado con puntos los límites conjeturales del antiguo lago. (Atlas 
géographique et phisiquc de la Nouvelle Espagne. París, 1511, 
mapa 3.°) Mas no obstante el gran cuidado con que está hecho, no 
siempre es fácil acoidinar su topografía con el itinerario de los con- 
quistadores, ni mucho menos cuando el aspecto del país ha variado 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 5 2 9 

Después de atravesar aquella península, entraron en la 
residencia real de Ixtapalapam, lugar que, según Cortés, 
contenía de 12.000 a 1 5.000 casas (1). Era gobernado por 
Cuitlahuac, hermano del emperador, cuyo príncipe, para 
honrar más al general, había convidado a los señores de 
las ciudades comarcanas dependientes como él de la real 
casa de México, a que asistiesen al recibimiento. Verificóse 
este con gran ceremonia, y después de los regalos de oro 
y tales que era de costumbre, se sirvió a los españoles un 
banquete en uno de los salones del palacio (2). 

La belleza de la arquitectura excitó otra vez la admira- 
ción del general, quien en uno de sus arrebatos de entu- 
siasmo, no dudó en asegurar que algunos de aquellos edi- 
ficios eran iguales a los mejores de España (3). Eran de 
piedra, los techos de fragante cedro, y las paredes estaban 
tapizadas de algodones finísimos, teñidos de los más bri- 
llantes colores. 

tanto, por causas naturales y artificiales. Aún menos posible es conci- 
liar dicho itinerario con los mapas de Clavijero, López, Robertson y 
otros, que ignoraban igualmente la topografía y la historia. 

(1) Muchos escritores hablan de una visita que al ir a la capital 
hicieron a Tetzcoco los españoles, Torquemada, Monarq. Ind., lib. 4.°, 
capítulo XLII. Solís, Conquista, lib. 3.°, cap. IX. Herrera, Hist. Gene- 
ral, dec. 2, lib. 7.°, cap. IV. Clavijero, Hist. de México, t. III, pág. 74. 
Este improbable episodio que (de paso sea dicho) ha inducido a estos 
autores a muchas dudas, por no decir a muchos disparates geográfi- 
cos, es demasiado interesante para que lo hayan pasado en silencio 
Bernal Díaz en su minuciosísima relación, y Cortés, ninguno de los 
cuales habla de semejante cosa. 

(2) «E me dieron» , dice Cortés, «hasta 3.000 o 4.000 castellanos, y 
algunas esclavas y ropa, y me dieron muy buen acogimiento» . Rela- 
ción segunda, en Lorenzana, pág. 76. 

(3) «Tiene el señor dellas unas cosas nuevas que aún no están 
acabadas, que son tan buenas como las mejores de España, digo de 
grandes y bien labradas». Ibid, ubi. supra. 

34 



530 W. H. PRESCOTT 

Pero el orgullo de Ixtapalapam, el objeto en que su se- 
ñor había gastado profusamente su caudal y sus desvelos, 
eran sus famosos jardines. Ocupaban un inmenso espacio 
de tierra; formaban cuadrados regulares, y los canales que 
separaban a unos de otros, estaban en sus orillas cubiertos 
de flores y arbustos que embalsamaban el ambiente con 
su dulce perfume. Los jardines estaban cercados de árbo- 
les frutales traídos de lugares remotos, y en el centro se 
ostentaba ía inmensidad de vistosas flores que forman la 
flora mexicana, dispuestas científicamente y creciendo lo- 
zanas bajo la influencia del cuma templado y uniforme 
propio de la meseta central. La sequedad natural de la 
atmósfera estaba remediada por medio de numerosos acue- 
ductos y canales que atravesaban el suelo en todas direc- 
ciones. En un lugar adecuado había una pajarera llena de 
multitud de aves notables en esta región, tanto por ía bri- 
llantez de su plumaje, como por lo sonoro de su canto. 
Los jardines estaban separados por canales que iban a ter- 
minar en el lago de Tetzcoco, y que tenían anchura sufi- 
ciente para que los transitasen las canoas procedentes de 
él. Pero la obra más acabada era un enorme estanque de 
piedra, donde había multitud de peces. Tenía 1.600 pasos 
de circunferencia y estaba cercado de un muro tan grueso, 
que podían caber en él cuatro personas de frente. El inte- 
rior estaba primorosamente esculpido, y se bajaba al fondo 
por una escalera de varias gradas. Esta agua surtía a los 
acueductos arriba mencionados, o reunida en fuentes di- 
fundía una perpetua y grata frescura. 

Tal es la descripción que se nos ha trasmitido de lo que 
eran aquellos celebrados jardines en una época en que en 
Europa no se conocían establecimientos de horticultura (1); 

(1) El primer jardín de plantas quo hubo en Europa, se cuenta que 
fué el de Padua, en 1545. Corlí, Cartas americanas, t. I, carta 21. 



HISTORIA Dtí LA CONQUISTA r>K MIÍXICO 53 ^ 

por manera que bien pudiéramos dudar de su existencia 
en un país tan inculto, a no ser porque fué notoria y ha 
quedado atestiguada explícitamente por los invasores. Mas 
apenas había transcurrido una generación después de la 
conquista, cuando ya se había veriñcado el más triste cam- 
bio de aquellos hermosos paisajes. La ciudad misma ha 
sido abandonada, y en las riberas del lago están amontona- 
das las ruinas de los edificios que formaron en un tiempo 
su ornamento y su gloria. A los jardines tocó la misma 
suerte que a la ciudad: al retirarse las aguas, los dejaron 
privados de alimento, y convirtieron aquella florida prade- 
ra en triste e inmundo pantano, morada de viles reptiles; y 
el pato acuático construye su nido donde fué en otro tiem- 
po el palacio de los reyes (i). 

Cortés pernoctó en la ciudad Ixtapalapam. Ya podemos 
figurarnos la turba de ideas que se agolpó al espíritu del 
conquistador en vísperas de entrar con el puñado de sus 
compañeros en la capital de un monarca que no sólo con- 
taba con los recursos de la civilización, sino que le veía con 
aversión y desconfianza. Esta capital, que sólo distaba al- 
gunas millas, se percibía desde Ixtapalapam; las largas filas 
de relucientes casas, heridas por los rayos del sol de la tar- 
de, reflejaban su imagen trémula en las azuladas y oscuras 
aguas del lago, y parecían más bien una creación imagina- 
ria, que la obra de manos mortales. En esta ciudad encan- 
tada debía Cortés verificar su entrada a la mañana si- 
guiente. 

(1) Relación segunda de Cortés, en Lorenzana, pág. 77. Herrera, 
Hist. general, dec. 2, lib. 7.°, cap. XLIV. Sahagun, Hist. de la Nueva 
España, lib. 12, cap. XIII. Oviedo, Hist. de las Ind., M. S., lib. 33, ca- 
pítulo V. Bernal Díaz, Hist. de la Conq., cap. LXXXVII, 



CAPITULO VI 

Alrededores de México. — Entreviita con Moteuczo- 
ma. — Entrada a la capital. — Recibimiento hospitala- 
rio. — Visita al emperador. 

(1519) 

Cuando despuntó el primer albor de la mañana, el gene- 
ral español ya estaba levantado y revisando sus tropas. Re- 
uniéronse éstas bajo sus respectivas banderas, latiendo 
fuertemente el corazón de los soldados al escuchar al pene- 
trante sonido de la trompeta, que dilatándose por las aguas 
y las selvas iba a perderse entre los ecos de las lejanas 
montañas. Las llamas sagradas de los innumerables tem- 
plos, brillaban opacamente al través de las pardas nieblas 
de la mañana, indicando el asiento de la capital hasta que 
las torres, las pirámides y los palacios todo quedó majes- 
tuosamente iluminado por el sol, que alzándose sobre la 
barrera oriental, inundó con su luz todo aquel hermoso 
valle. Era el 8 de noviembre de 1 5 19; día memorable en la 
historia, por ser el en que por primera vez asentaron su 
planta los europeos en la capital del mundo occidental. 

Cortés y los pocos caballos que llevaba, formaban una 
especie de avanzada del ejército. Después venía la infante- 
ría española, que en aquella campaña hecha en el rigor del 
estío, había adqrirido la disciplina y aire marcial propio de 



534 w - H PHESCOTT 

veteranos; Jos bagajes ocupaban el centro, y la retaguardia 
la cubrían las largas filas de los guerreros tlaxcaltecas; el 
número total del ejército sería de unos siete mil, de los cua- 
les no llegaban a 400 los españoles (i). 

Por un poco de tiempo el ejército siguió la estrecha len- 
gua de tierra que separa las aguas del lago de Tetzcoco de 
las de Chalco; pero en seguida entró en la gran calzada que 
a excepción de un ángulo que tiene cerca del principio, 
conduce en línea enteramente recta, atravesando por las 
salobres aguas de Tetzcoco, hasta la puerta de la capital; 
era la misma la calzada, o por mejor decir, la base de la 
que actualmente forma la gran calzada meridional de Méxi- 
co (2). Los españoles tuvieron más de una ocasión de ad- 
mirar la ciencia mecánica de los aztecas, tanto por la exac- 
titud geométrica con que estaban construidas sus obras, 
como por la solidez de ellas. La calzada de que hablamos 
estaba hecha de enormes piedras trabadas con argamasa, y 
tenía toda ella ancho suficiente para que cupieran diez jine- 
tes de frente. 

En la travesía encontraron varias ciudades grandes que 
descansaban en estacas y que estaban en gran parte cons- 
truidas dentro del agua, género de arquitectura que era 
muy del gusto de los aztecas, por ser una imitación de !a 
de su metrópoli (3). 

(1) Tenía cosa de 600 guerreros de Tlaxcalan, y le acompañaron 
igualmente algunos zempoaltecas y otros aliados indios. Los soldados 
españoles subían, al salir de Yeracruz, a 400 infantes y 15 de caballe- 
ría. En las quejas de los descontentos después de los sangrientos com- 
bates de Tlaxcalan, una de ellas era que desde que se abrió la campa- 
ña babían muerto cincuenta españoles. 

(2) La calzada de íxtapalapan, está formada sobre este mismo an- 
tiguo dique en él cual bizo Cortés prodigios de valor en sus encuen- 
tros con los sitiados. Humbolt, Essai politiq., t. II, pag. 57. 

(3) Entre estas ciudades las había ríe tres, cinco o seis mil habitan- 



HrSTORIA DE LA CONQUISTA DX MÉXICO 535 

Aquellas laboriosas poblaciones sacaban su sustento de 
la fabricación de la sal que extraían de las aguas del lago. 
Los derechos impuestos a este artículo de comercio forma- 
ban una de las rentas considerables del Estado. Por todas 
partes encontraban los conquistadores las señales de una 
numerosa y activa población, superior a cuanto habían vis- 
to allí. Los templos y edificios principales estaban cubier- 
tos con una especie de estuco duro, blanco y que relucía 
como esmalte, cuando lo herían los rayos del sol matuti- 
no, la margen del lago, aún más cubierta que la del de 
Chalco, de población y cabanas (i). La superficie de las 
aguas estaba oscurecida por millares de canoas ilenas de 
indios (2), que saltaban a las riberas para contemplar con 
curiosidad y admiración a los recién venidos. También 
allí había esas hermosas islas de flores, sembradas a veces 
por árboles de gran tamaño, que se mecían con gran gen- 
tileza al. blando soplo de las auras. A distancia de media 
legua de la capital, encontró el ejército con una muralla o 
cortina de piedra maciza, que atravesaba la calzada de un 

tes, segúa Cortés, cuya bárbara ortografía es incomprensible para me- 
xicanos y españoles. Relación segura en Lorenzana, pág. 78. 

(1) El padro Toribío Benavente no escaseó I03 panegíricos al 
hablar de los alrededores de la ciudad, que vio en todo su esplendor. 
«Creo que en toda nuestra Europa hay pocas ciudades que tengan tal 
asiento y tal comarca, con tantos pueblos alrededor de sí, y tan bien 
sentados.» Hisl. de las Ind., part. III, cap. VII. 

(2) Es necesario no creer, sin embargo, lo que asegura Herrera, 
de que 50.000 canoas se empleaban constantemente en abastecer 
de víveres a la capital. (Hist. General, dec. 2, lib. 7.°, cap. XIV.) El 
cronista poeta Saavedra es más moderado en sus cálculos. 

«Dos mil y más canoas cada día, 
Bastecen el gran pueblo mexicano, 
De la más y la menos niñería 
Que es necesaria al alimento humano.» 



536 W. H. PRESCOTT 

lado a otro: su altura era de doce pies, las dos extremida- 
des estaban defendidas por dos torreones, y en el centro 
había una abertura, que dio paso a las tropas; llamábase el 
fuerte de Xoloc, y en tiempos posteriores, adquirió cele- 
bridad por haberlo ocupado Cortés cuando el famoso sitio 
de México. 

Había allí, además, algunos centenares de jefes aztecas 
que habían venido al encuentro de los españoles, para 
anunciarles que estaba próximo a llegar Moteuczoma a fe- 
licitarlos y a conducirlos a la capital. Venían vestidos de 
gala, y según el uso del país: traían maxtlatl o caizón de 
algodón, en tomo de la cintura, y una ancha capa de la 
misma tela o de plumas, flotando graciosamente sobre las 
espaldas. En el cuello y los brazos, traían collares y 
brazaletes (i) de turquesas, a veces mezcladas con plumas; 
y de las orejas, del labio inferior y aún de las narices, pen- 
dían piedras preciosas o cadenas de oro fino. Como cada 
cacique hacía al general el saludo de costumbre, esta fasti- 
diosa ceremonia retardó por más de una hora la marcha 
del ejército; pero después de esto, no volvió a sufrir de- 
tención hasta no llegar a un puente que estaba ya casi a 
las puertas de la ciudad. Era de madera, y después fué 
reemplazado por uno de piedra, y servía para zanjar una 
cortadura que había en la calzada, con objeto de que tu- 
viesen las aguas un desagüe cuando las agitasen los vientos 
o hubiese una repentina crecida en la estación de las llu- 
vias. Era este puente levadizo, lo que hizo conocer a los 
españoles, al tiempo de atravesarlo, ¡cuan cierto era que se 

(1) «Usaban unos brazaletes de mosaicos hechos de turquesas, coc 
unas plumas ricas que salían de ellos, y eran más altas que la cabe- 
za, y bordados con plumas ricas y con oro, y unas bandas de oro 
que subían con plumas.» Sahagun, Hist. de Nueva España, li- 
bro 8.°, cap. IX. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA VX MÉXICO 537 

habían entregado a la merced de Moteuczoma, quien in- 
terrumpiendo las comunicaciones, podía cogerlos prisio- 
neros en su capital I (i) 

Estando entregados a estas tristes reflexiones, descu- 
brieron la brillante comitiva del emperador que salía por la 
calle Real, que entonces como ahora, conducía al centro de 
la ciudad (2). 

Entre la turba de indios nobles precedidos por tres ofi- 
ciales de Estado que traían varas de oro, se veía la litera 
imperial que deslumbraba con sus bruñidas láminas de 
oro. Llevábanla en hombro los nobles, así como también 
un dosel o palio de vistosas plumas-, salpicado de piedras 
preciosas y guarnecido de plata; los conductores iban des- 
calzos, caminaban a paso lento y mesurado, y no aparta- 
ban los ojos de la tierra. Luego que la comitiva hubo lle- 
gado a una distancia conveniente, se detuvo, y Moteuczoma 
se bajó de su litera, adelantándose a pie apoyado en los 
brazos de los señores de Texcuco y de Ixtapalapan, su so- 
brino y hermano, quienes, como hemos visto, ya conocían 
a los españoles. 

Al ir el monarca adelantándose bajo el dosel, sus pajes 
cabrían el suelo con alfombras para que el duro suelo no 

(1) Gonzalo de Las Casas, Defensa, M. S.. part. I, cap. XXIV. Go- 
mara, Crónica, cap. LXV. Bernal Díaz, Hist. de la Conq., capí- 
tulo XXXVIII. Oviedo, Hist. de las Ind., lib. 39, cap. V. Relac. segun- 
da, en Lorenzana, págs. 88-79. Ixtlilxochitl, Hist. Chich., cap. XXXV. 

(2) El cardenal Lorenzana dice que la calle de que aquí se trata, 
es probablemente la que atraviesa la ciudad desde el hospital de 
San Antonio. (Relac. seg., pág. 79, nota.) Esto mismo confirma Saha- 
gun, quien dice: «y así en aquel trecho que está desde la iglesia de 
San Antonio (que ellos llaman Xulucoi que va por cabe las casas de 
Alvarado, hacia el hospital de la Concepción, salió Moteuczoma a re- 
cibir de paz a D. Hernán Cortés.» Historia, de Nueva España, M. S., 
libro 12, cap. 16. 



538 W. H. PRBSCOTT 

lastimara sus delicadas plantas. Los vasallos de todas cla- 
ses que formaban una larga procesión, iban con los ojos 
clavados en el suelo, y algunos plebeyos aún se prosterna- 
ban ante el emperador (i). Estos homenajes tributados al 
déspota indio, demostraban que las viles formas del des- 
potismo del Oriente, no eran desconocidas entre los rudos 
moradores del mundo occidental. 

Moteuczoma vestía la gallarda y ancha capa cuadrada 
llamada tilmatli, de algodón finísimo, con las puntas bor- 
dadas y anudadas en el cuello; unas sandalias con suelas 
de oro, y con los cordones que las ataban a los tobillos, 
trenzados con hilo del mismo metal, defendían sus pies. 
Tanto la capa como las sandalias estaban salpicadas de 
perlas, piedras preciosas, y entre las cuales se hacían no- 
tables la eameraída y el ckalchivitl, una piedra' verde, la 
más estimada entre los aztecas. Su cabeza no traía más 
adorno que un penacho de plumas verdes que flotaban o 
pendían hacia atrás, insignia, más bien que regia, propia 
de los guerreros. 

Entonces era de cosa de cuarenta años, de alta estatura, 
delgado pero no mal formado; su cabello, negro y lacio, 
era corto, porque llevarlo largo se tenía por indigno de las 
personas de alta jerarquía; era barbilampiño y de un color 
algo más claro que el que es común entre aqueíia raza mo- 
rena o, por mejor decir, cobriza. Su fisonomía era grave 
y seria, pero no tenía ese aspecto melancólico que carac- 
teriza su retrato y que acaso revistió en tiempos posterio- 
res. Su porte era digno, y a no ser por las noticias que se 

(i) «Toda la gente que estaba en las calles, se le humillaban y ha- 
cían profunda reverencia y grande acatamiento, sin levantar los ojos 
a le mirar, sino que todos estaban hasta que él era pasado, tan inci- 
nados como frailes en Gloria Fairi.> Toribio, Hist. de las In- 
dias, M. S., part. III, cap. VII. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 539 

tenían de su carácter, se le habría creído tan templado y 
benigno cual conviene a un gran príncipe. Tal es el retrato 
que nos ha quedado de lo que era el monarca indio cuan- 
do su primera entrevista con los blancos (i). 

Al acercarse éstos, hicieron alto; Cortés se apeó del ca 
bailo, confiando a un paje las riendas, y acompañado de al- 
gunos caballeros principales, se adelantó hacia aquél. La 
entrevista no podía menos de ser de alto interés para am- 
bos personajes. Cortés veía en Moíeuczoma al dueño y se- 
ñor de los dilatados reinos que acababa de atravesar y en 
la ponderación de cuyo poder y grandeza se ocupaban to- 
das las lenguas. El príncipe azteca veía en el general espa- 
ñol al ser sobrenatural cuya historia parecía tener tanta 
conexión con la suya propia, al ser predicho por sus orácu- 
los y cuyas hazañas revelaban en él algo de sobrehumano. 
Mas cualesquiera que fuesen los sentimientos de que esta- 

(l) En cuanto a la antecedente narración del boato y comitiva de 
Moíeuczoma, se puede consultar a Bernal Díaz, cap. XVIII. Zuazo, 
Cartas, M. S. Ixtlilxochitl, Hisl. chichi., M. S., cap. LXXXV. Gomara, 
Crónica, cap. LXV. Oviedo, ubi. supra, y 45. Acosta, lib. 7.°. capí- 
tulo XXIf. Sahagun, Hisl. de Nueva España, M. S., lib. 12, cap. XVI. 
Toribio, Hisl de las Ind., M. S,, parte 3. a , cap. VII. 

El noble bardo castellano o, mejor dicho, mexicano Saavedra, que 
pertenecía a la generación subsecuente a b conquista, ha acomodado 
algunas de estas noticias en su crónica rimada. Sirva de muestra el 
siguiente trozo: 

Iba el gran Moíeuczoma ataviado 

De manto azul y blanco, con gran falda 

De algodón muy sutil y delicado; 

Y el remate una concha de esmeralda 
En la parte que el nudo tiene atado; 

Y una tiara a modo de guirnalda, 
Zapatos que de oro son las suelas 
Asidos con muy ricas corehuelas. 

Peregrino Indiano, canto II. 



540 W. H. PSESCOTT 

ba poseído el monarca mexicano los reprimió completa- 
mente y no sólo recibió a sus huéspedes con cortesía regia, 
sino que aún les expresó que le causaba satisfacción verles 
presentes en su Corte (I). Cortés correspondió a esto con 
las demostraciones del más profundo respeto y dándole 
las más rendidas gracias por los presentes con que su mu- 
nificencia había colmado a los españoles. Suspendió al cue- 
llo de Moteuczoma un collar de cuentas de cristal, e hizo 
un ademán de querer abrazarle; pero le retuvieron dos se- 
ñores aztecas, que veían en aquello una profanación de la 
sagrada persona del monarca (2). Después de haberse tro- 
cado estos cumplimientos por una y otra parte, Moteuczo- 
ma previno a su hermano que condujese a los españoles a 
la capital, y él se entró en su litera y se volvió por entre la 
prosternada multitud, en la misma forma que había venido. 
A muy poco tiempo le siguieron los españoles, quienes 
verificaron su entrada en el barrio meridional de Tenochi- 
tlan, con banderas desplegadas y tambor batiente (3). 

Nuevos motivos tuvieron allí de admiración al ver la 
grandeza de la ciudad y el buen gusto de su arquitectura. 
Las habitaciones de los pobres es cierto que eran de cañas 
y céspedes; pero la calle principal por donde iban pasando, 
estaba formada por ambos lados por las casas de los no- 
bles, obligados por el emperador a residir en la corte. El 
material de que estaban hechas era una especie de piedra 
porosa y colorada que se encuentra en las canteras de las 

(1) «Satis viiltu laeto, dice Mártir, au stomacho sedatus, et an 
hospites pervini quis xinquam libens susceperit, experti loquamir.* 
De Orbo Novo, dec. 5, cap. III. 

(2) Relación segunda, en Lorenzana, pág. 79. 

(3) «Entraron en la ciudad de México a punto de guerra, tocando 
los tambores y con banderas desplegadas>. Sabagun, op. cit.. lib. 12. 
capítulo XV. 



HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 54 * 

inmediaciones; y aunque las casas rara vez tenían dos pi- 
sos, muy frecuentemente ocupaban una extensión grande. 

El techo de las casas o azoteas estaba cercado con para- 
petos de piedra, por manera que cada una de aquellas po- 
día ser reputada por una fortaleza. 

Algunas veces estaban estas azoteas tan cubiertas de flo- 
res, que parecían jardines; pero lo más común, estos eran 
espacios terrados que había entre las casas (i). 

De trecho en trecho, se encontraba una gran plaza con 
su pórtico de piedra o estuco, o un templo piramidal de 
dimensiones colosales, coronado de altísimas torres y de 
altares donde ardía una llama inextinguible. 

La calle Real que miraba hacia la calzada del Sur era, no 
como muchas otras, amplia; se extendía en línea casi recta 
varias millas, e iba terminado en el centro. 

Un espectador colocado en uno de los extremos de la 
la calle después de extender su vista por la larga hilera de 
templos y jardines, podía divisar el otro extremo, y más 
allá las azuladas montañas, que a causa de la trasparencia 
de la atmósfera, parecían estar contiguas a los edificios de 
la ciudad. 

Mas lo que más admiró a los españoles, fué la innume- 
rable multitud que llenaba las calles y los canales, que se 
asomaba a las puertas y ventanas de la calle y que esta- 
ba apiñada en los techos de las casas. 

«Me acuerdo de esto, dice Bernal Díaz, ahora que lo es- 
toy escribiendo, después de tantos años, como si hubiese 
pasado ayer.» (2) 

(1) «Et giardin alti et bassi, che era cosa maravigliosa da vedere». 
Relac. d'un gent., op. Ramusio, t. III, fol. 309. 

(2) «¿Quién podrá, exclama el veterano, decir la multitud de hom- 
bres y mujeres y muchachos que estaban eu las calles e azoteas y en 
canoas en aquellas acequias, que nos salieron a mirar? Era cosa de 



542 W. II. PKliSCOTT 

¿Cuáles habrán sido las sensaciones de los aztecas al ver 
aquel portentoso espectáculo, al oír, por la primera vez, el 
sólido pavimento de las calles, bajo las herraduras de los 
caballos, de los animales que el terror había investido de 
tan sobrenaturales propiedades, al contemplar a los hijos 
de Oriente que reveían su origen celeste en su hermosa 
figura; al ver relucir con les rayos del sol las armas y las 
armaduras de acero, metal que no conocían; al escuchar 
cómo resonaban en el aire los sonidos de aquella música, no 
de este mundoj o que al menos nunca habían remedado 
sus instrumentos? 

Mas nada es comparable con el odio profundo que les 
causaría mirar a sus detestados enemigos los tlaxcaltecas, 
hollando altaneramente su ciudad, y arrojando por todas 
partes una mirada de fí.-rocidad y asombro, semejante a la 
de la bestia feroz que saliendo por acaso de sus guaridas, se 
ve de súbito en la morada de ía civilización (i). 

Al pasar por aquella espaciosa calle, atravesaron los es- 
pañoles muchos puentes suspendidos sobre los canales 
donde transitaban con extraña rapidez las livianas canoas 
de los indios cargadas de frutas y legumbres para el con- 
sumo del mercado de Tenochtitlan (2). 

notar, que agora que lo estoy escribiendo, se me representa todo de- 
lante de mis ojos, como si ayer fuera cuando esto pasó.» Hist. de la 
Conq., cap. LXXXVIII. 

(1) «Ad spectaculum, dice el perspicaz Mártir, tándem Hispanis 
placidum, quia dui optatum, Tenustiatanis prudentibus forte aliter 
quia verentur fore, ut hi hospites quietem suam Elysiam vieniant pe- 
turbaturi; de populo secus. qui nihil sentit aeque delectabile quarm 
res novas ante oculos iu presantiarum habbere. de futuro, nihil, an- 
xius.> De Orbe N-ovo, dec. 5, cap. III- 

(2) Hist. de México, t. III, pág. 78. 

Ocupada la que hoy es esquina de la calle del Indio Triste y Tacu- 
ba. Humbolt, Vistas de las Cordilleras, pág. 7 y siguiente. 



HlSTüKIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO 543 

Por último, hicieron alto cerca de una gran plaza casi en 
el centro de la ciudad, donde se alzaba la enorme pirámide 
consagrada al dios de la guerra, sólo inferior en tamaño y 
santidad a la pirámide de Cholula, y que ocupaba el mismo 
sitio que hoy ocupa en parte la gran Catedral de México. 

Frente a la puerta occidental del ¿trio que rodea el tem- 
plo mayor, se extendía una gran hilera de casas bajas, que 
era el palacio de Axayacatl, padre de Moteuczoma, cons- 
truido por aquel monarca hacía cosa de cincuenta años (i). 

Aquel sitio estaba a propósito para alojar a los espa- 
ñoles. 

En el patio de este palacio los estaba esperando Mo- 
teuczoma, el cual, al acercarse Cortés, tomó de un vaso de 
flores que traía uno de sus esclavos, un collar formado de 
conchas de una especie de cangrejo de río, muy estimado 
de los indios, engastadas en oro y unidas con gruesos hi- 
los del mismo metal. De aquí pendían ocho adornos tam- 
bién de oro, que representaban la misma concha y primo- 
rosamente trabajados (2), pues los plateros aztecas todos 
confiesan que no cedían en habilidad a sus compañeros de 
Europa. 

Al colgar Moteuczoma el vistoso collar ai cuello del ge- 
neral, le dijo: «Este palacio os pertenece, Malinche (epíteto 
por el cual lo designaba siempre), e igualmente a vuestros 
camaradas; descansad de vuestras fatigas, que bien lo 

(1) El eufónico nombre mexicano Tenoclttitlan se deriva de dos 
palabras aztecas que significan nopal sobre piedra, cuya aparición, 
como recordará el lector, sirvió para escoger el futuro asiento de ciu- 
dad. (Toribio, Hist. de las Ind., part. III, cap. VIL) Explicación de la 
colección de Mendoza, en las Ántíg. de México, vol. IV. Según otra 
etimología la palabra Tenoch era el nombre de uno de los fundadores 
de la monarquía. 

(2) Relac. seg. de Cortés, en Lorenzana, pág. 38. Gonzalo de las 
Casas, Defensa, M S., pait. í, cap. XXIV. 



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habéis menester, y dentro de breve rato volveré a visi- 
taros.» (i) 

Diciendo esto, se alejó con sus sirvientes, dando en 
todo muestras de cortesía, que no eran de esperarse en un 
bárbaro. 

El primer cuidado de Cortés fué inspeccionar su nuevo 
alojamiento: este, aunque espacioso, era bajo y de un solo 
piso, excepto en el centro donde tenía dos. 

Los aposentos eran amplios, y según el testimonio de 
los conquistadores, eran capaces para el ejército entero (2). 

Los toscos montañeses de Tlaxcalan no debían de ser 
muy delicados, por manera que fácilmente encontrarían 
abrigo en la parte del edificio o bajo portales provisiona- 
les en los patios espaciosos. 

Los mejores aposentos estaban tapiza