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Full text of "Historia de la decadencia de España, desde el advenimiento de Felipe III al trono hasta la muerte de Carlos II;"

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HISTORIA 



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LA DECADENCIA DE ESPAÑA 

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HASTA LA MUERTE DE CARLOS II 




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MADRID 



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I RETRATO DE CÁNOVAS 

POR MADRAZO 



•^ 



t DesL\.,i,.K, uwiiorar la presente reimpresión, publi- 
^camos el retrato, verdaderamente magistral, de Cú 
f novas, que empezó á dibujar el eminente pintor don 
^Federico de Madrazo; pues aun no siendo, como no 
{esy sino un ligero esbozo, hecho á dos tintas, resulta, 
" sin disputa, el mejor, más parecido y más completo 
de todos los del autor, por reproducir y contener, no 
sólo sus más genuinos rasgos fisionómicos, sino la 
expresión completa de su espíritu y de su carácter. 
El original, de tamaño natural, lo posee y conserva 
como preciada reliquia el único hermano sobrevi- 
viente de Cánovas, y, con el tiempo, pasará, en cali- 
dad de donativo, al Museo Moderno. 




CixnbV» 



HISTORIA 



DE 



LA DECADEmA DE ESPAÑA 

desde el advenimiento de Felipe III al Trono 
HASTA LA MUERTE DE CARLOS II 



POR EL EXCMO. SEÑOR 

D. Antonio Gínovas del Castillo 

Director de la Real Academia de la Historia, 

individuo de número de la Española, de la de Bellas Artes de San Fernando, 

de la de Ciencias Morales y Políticas, etc., etc., etc. 

CABALLERO DE LA INSIGNE ORDEN DEL TOISÓN DE ORO 



SEGUNDA EDICIÓN, CON PROLOGO 

DEL EXCMO. SEÑOR 

D. JUAN PÉREZ DE GUZMÁN Y GALLO 

de la Real Academia de la Historia, 

OAMAI,I,ERO ORAN CRUZ DEL, MKRITO MILITAR 





MADRID 

LIBRERÍA GUTENBERG DE JOSÉ RUIZ, EDITOR 
Plaza de Santa Ana, 13 



Madrid . — ImprenU de Fortanet, Libertad, 29. — Teléf." 991. 



^I Excmo. é limo. Señor 

^. &€tuJ/n (bú/énanez ^<u^<¿e^dn. 

Caballero Gran Cruz de la Real Orden Americana de 
Isabel la Católica, Comendador de la Real y distin- 
guida DE Carlos III, Académico de número de la Real 
Academia de la Historia, condecorado con la cruz de 
San Fernando de primera clase y otras varias de distin- 
ción, Ministro togado del Tribunal Supremo de Guerra 
Y Marina, Senador del Reino, etc. 

Dedicar á Ud. la primera obra de alguna impor- 
tancia que lleve mi nombre es en mí obligación de tal 
naturaleza, que, con desconocerla, daría sobrada 
ocasión á la censura de los buenos. No parece que 
cumpla dedicándole la presente, porque es tal que 
más consigue con eso autorizarse que declarar mi 
agradecimiento. Pero todo se remediará con que us- 
ted ponga á cuenta de lo pequeño de la obra lo gran- 
de de la voluntad mía; de ella por encarecimiento 
basta decir que es tanta cuanta me cumple para que 
se iguale con mi obligación, Débole á Ud. los prin- 
cipios, que será deberle los fines; débole cariño de 
padre más bien que no de deudo; débole el tal cual 
acierto que tiaya en mi estilo, si lo hay, ó si no harta 
lección y enseñanza para que lo hubiese, pues sólo 



— VI — 



ha de achacarse á mi torpeza la falta. Y singular- 
mente he de confesar por de üd. el amor á las cosas 
de España que en mí hay, fruto de sus palabras y 
ejemplos, y que, después de haber llenado mi fanta- 
sía de ilusiones dulcísimas durante los primeros 
años, aguardo que me acompañe y aliente por todos 
los de mi vida. Tales cosas no exigen menor paga 
que eterno agradecimiento, y bien puede servir en 
muestra del mío el que haya aguardado para decir- 
lo tan pública ocasión como esta, porque los trampo- 
sos y escatimadores de beneficios antes los recono- 
cen en tiempo y lugar donde puedan ser lisonja que 
dañe y lastime que no donde puedan ser cimiento de 
irrevocables deberes. Acepte, pues, la ofrenda esta, 
aunque tan humilde, y apúntela en la cuenta de la 
gratitud, que es cuenta que nunca se cierra en el con- 
cepto de su afectuoso sobrino 



CSivU^i^U C^oinowí^ oíd Q(Kitííí^ 




EL PRIMER LIBRO HISTÓRICO 



DEL 



Excino. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo 

o© 



I 



Cábeme el honor, que ha de constituir línea de relieve en las 
obscuras efemérides de mi vida, de ser el primero, que, lisonjea- 
do por el bondadoso encargo de sus más amantes deudos, logra 
poner su pluma al frente del primer libro que, después de su 
muerte, se reimprime de la inmensa y exquisita labor histórica de 
aquel insigne publicista, hombre de Estado y altísima y univer- 
sal inteligencia, que llenó, con los frutos sazonados de ésta y 
con los actos ejecutivos de su política y poder, más de la mitad 
del siglo antecedente enEspafía, y que dejó ilustrado con lauros 
inmortales á la admiración de la posteridad el encumbrado nom- 
bre de D. Antonio Cánovas del Castillo. 

Reconozco la inferioridad de medios en que me hallo, para 
acometer una empresa como esta, y que á algunos parecerá su- 
perfina, tratándose del hombre insigne de que se trata. Pero 
aquel de sus deudos más próximos, que sin atreverme á apellidar 
el más predilecto entre los suyos y que hasta en el nombre con 
él más se identifica, obedeciendo á altas consideraciones que el 
amor á su memoria le ha sugerido, y queriendo rendir este tribu- 
to de su afecto inextinguible, de su respeto reverente y de su 



- VIII — 

admiración más entusiasta al que, sin dejar á los suyos más 
timbres nobiliarios que su apellido glorioso, después de haber 
sido por tanto tiempo el restaurador del Trono y de la dinastía, 
la columna de la Regencia en la casi orfandad de la Corona, el 
arbitro de los destinos de la Nación, el encumbrador de tantos 
otros y el objeto preclaro de la admiración de todo el mundp, el 
Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo y Valle jo, que une 
á los títulos de su elevada cuna y familia, el honor de los laure- 
les del arte, me hizo la honra de acudir á mi amistad á comuni- 
carme sus pensamientos y á invitarme á la asociación de su obra; 
y yo, que sin ser tampoco de los agraciados con los favores de 
la fortuna en los tiempos que tantos los alcanzaron, y que bajo 
todas las vicisitudes de mi laboriosa carrera profesé incondicio- 
nalmente la misma admiración, los mismos afectos hacia aquel 
hombre que en todas mis producciones políticas apellidé sin duelo 
monstruo de la naturaleza, y puse en la misma elevada jerar- 
quía en los destinos de España, que en sus respectivos países al- 
canzaron Cavour en Italia, Thiers en Francia, Deak en Hungría, 
Bismarsk en Prusia y Disraeli en Inglaterra, no vacilé en aprove- 
char disposición tan ingenua para arrojar todavía mi última co- 
rona sobre la tierra que envuelve la sombra, acaso por muchos 
de sus más favorecidos ya olvidada, de aquel hombre que sim- 
boliza con su hermosa representación toda su época en España y 
fuera de ella, y que ocupará en la Historia de la Patria el lugar 
sublime de todos los que en el campo de la acción contribuyeron 
á sus grandezas y á su gloria. 

El Sr. Cánovas del Castillo y Vallejo, el editor espléndido y 
el impulsor de esta obra en honor del que llevó hasta el nombre, 
que de él recibió en la pila del bautismo, y á quien, más que en 
los puestos de su abandonada carrera política, le impulsó hacia 
las gustosas inclinaciones del arte y del trabajo, que hoy consti- 
tuyen su mayor satisfacción y su orgullo, me decía:— «Mi tío no 
vinculó la propiedad de ninguna de sus obras literarias á la parca 
fortuna que disfrutaba. Todas son del público dominio y cualquie- 
ra editor lícitamente puede reproducir las que quiera, atendiendo 
á su legítima especulación, no al honor y al nombre del que las 
produjo. La Historia de la decadencia de España desde el 
advenimiento de Felipe ¡II al trono hasta la muerte de Car- 



— IX — 

los II, fué el primer libro histórico serio que salió de su pluma y 
entregó á la publicación, cuando el hervor de la sangre juvenil 
encendía las ideas que después templaron el curso de la vida, la 
colosal profundidad de sus estudios posteriores y la experiencia 
personal en los arcanos de los oficios del Estado y de las impo- 
siciones de la vida pública; y aunque ninguna, como ésta, entre 
sus obras, rebosa aquella frescura de imaginación y de ideas, 
aquel vigor de concepción y de crítica, aquel desenfado y liber- 
tad de expresión con que la Historia de la decadencia está es- 
crita, cuando operada en el yunque de los sucesos y de los estu- 
dios la gran evolución de su espíritu, que le condujo á sus pues- 
tos eminentes y á sus más grandes producciones literarias, entre- 
gó á éstas toda la honrada sinceridad de su alma, ansió recoger é 
inutilizar los ejemplares de aquella obra ingenua de su juventud, 
y corregir en parte ó tachar por capítulos enteros el prístino 
ejemplar que él conservaba. Aun no pareciéndole esto bastante, 
después de rectificarse á sí propio en aquel Bosquejo histórico 
de la casa de Austria, que escribió como un avance á la obra 
fundamental que tenía proyectada sobre todo el brillante período 
de los dos siglos que sobre el trono que ocuparon con gloria in- 
marcesible los Reyes Católicos D. Fernando de Aragón y Doña 
Isabel de Castilla tuvieron asiento los Reyes de la dinastía aus- 
tríaca; en todos sus trabajos especiales, y más que en ningún 
otro, en el que tituló Estudios del reinado de Felipe IV, puso 
total empeño en desautorizar muchas de las ideas, conceptos y 
juicios vertidos en la Historia de la decadencia, la cual tal vez 
hubiera quedado enteramente anulada en el largo catálogo de su 
vasta labor intelectual, si Dios le hubiera concedido vida para 
llevar á cabo la que tenía dispuesta y preparada con un lujo de 
documentación y una profusión bibliográfica, que ni antes ningún 
otro escritor, ni en lo porvenir probablemente ningún otro artífi- 
ce de nuestra Historia nacional, logrará reunir y organizar, al 
modo que él la había reunido y organizado en su ya desgraciada- 
mente deshecha Biblioteca. Después de estos avisos del propio 
autor, una reproducción de la Historia de la decadencia hecha 
por cualquier editor especulador, sin una nota, sin un prólogo, 
sin algo que encierre el pensamiento correctivo y la voluntad re- 
suelta que aquel tenía en la profunda rectificación que aquella 



— X — 

obra merecía y reclamaba, no podrá ser impedida por nuestra 
parte y no será, para los que la adquieran y lean, la posesión del 
juicio histórico de D. Axtomo Cánovas del Castillo sobre 
una época, á la que, por haber sido la más gloriosa y la más crí- 
tica de nuestra Historia, él consagró la preferencia de sus estu- 
dios en toda la intensidad de que eran capaces sus grandes dis- 
posiciones naturales: y los conceptos que de su lectura se formen 
y los testimonios que de sus textos puedan deducirse, no encar- 
narán ciertamente ni su pensamiento verdadero, ni su completa 
veracidad. Ante este temor y esta perspectiva, yo, que tanto le 
amé en vida y tanto le venero en su recuerdo, quiero adelantar- 
me, quiero reproducir la obra en toda su integridad, como se 
halla en el ejemplar que él tenía para sí y yo conservo, y quiero 
que usted me ayude á llevar á la conciencia del lector lo que; en 
definitiva, su propio autor pensaba de ella, y la preparación que 
tenía hecha para rectificarla de una manera fundamental.» 

No era posible renunciar á honor tan distinguido, aun recono- 
ciéndome sin fuerzas adecuadas á la magnitud de lo que se me 
proponía, tratándose, como se trataba, de una labor literaria de 
quien tan alto tenía colocado su nombre en el mundo, como his- 
toriador y como hombre de Estado. Pero si era demasiado para 
mis fuerzas atreverme á lanzar sobre ella juicios, que solo he de 
fundamentar en declaraciones testimoniales de su mismo autor, 
en cambio la Historia de la decadencia que para sus más celo- 
sos deudos se prestaba á estos respetabilísimos temores, tiene 
un lado de adquirido y legítimo aplauso en su mera tentativa en 
el tiempo en que se escribió, y este será el punto preferente de 
las líneas que aquí escribo, después de dejar consignado el tri- 
buto de mi reconocimiento á los que han querido distinguirme 
con esta honorífica prefererftia. 



II 

Cuando en el primer tercio del siglo último apareció postuma 
la Historia de la dominación de los árabes en España de nues- 
tro laborioso D. Juan Antonio Conde, un escritor italiano, que 
que á par de Botta, La Fariña y Balbo, precedió á Cantú, dio 



— XI — 

simultáneamente á las prensas de Milán y Ñapóles una Storia 
genérale delle Storia, el Sr. Qabriele Rosa, en la que á sí 
mismo felicitábase, escribiendo con ocasión de la publicación de 
aquella obra española: «¿a storia sembra rivivere in Spagna col 
secólo XIX. Era molió tempo che non ci accadeva incontrare 
un scrittore grave di storia in quella térra, che gareggió col- 
l' Italia peí primato storico dal 1500 al I600y> (1). Indudable- 
mente la Historia de Conde, aunque los estudios orientales pos- 
teriores hallen en ella muchas deficiencias y muchos errores, que 
no invalidan, sin embargo, el mérito de su gallarda tentativa, me- 
recía justamente el aplauso y la exhortación que á la par argüía 
la juiciosa crítica del imparcial escritor italiano. Los historiado- 
res de España que abrieron al campo científico de esta parte de 
la literatura un horizonte tan amplio como el que en la península 
hermana magnificaban los florentinos Nicolás Maquiavello y Fran- 
cisco Quicciardini y el Obispo de Nocera, Paulo Jovio, con nues- 
tro Gonzalo Fernández de Oviedo, con nuestro Juan Ginés de Se- 
púlveda, con nuestros Florián de Ocampo, Ambrosio de Morales, 
Jerónimo de Zurita y Esteban de Garibay, y el más insigne de 
todos Juan de Mariana, cualesquiera que fuesen las obras aisla- 
das y peregrinas que de vez en cuando produjera originalmente 
nuestra Minerva castellana más adelante, desde la muerte de Fe- 
lipe II, habían sufrido tan gran eclipse, que al cabo de dos siglos 
bien podía arrancar de la pluma del Sr. Gabriele Rosa la frase 
que queda estampada arriba la aparición de un libro de tenden- 
cias tan especiales, como no se había intentado todavía otro en 
Europa, en medio de los estudios preparatorios con que la erudi- 
ción por un lado, la teoría histórica por otro y la asociación de 
todas las ciencias auxiliares, en definitiva, venían en todo este 
espacio de tiempo fertilizando el campo común del conocimiento 
de los hechos humanos, así generales, como particulares. 

Desde el comienzo del siglo xvii España pareció disgregarse 
de todo el gran movimiento. Ampliando los términos de la cróni- 
ca y la razón teológica, ya por aquel tiempo Grocio, en Holanda, 
señalaba un progreso considerable hacia la humanidad en las tra- 

(i) Gabr. Rosa: Storia genérale della Storia (seconda ediíione). Milano. 
Napoli, impr. Bernardoni, 1873, pág. 412. 



— Xll — 

diciones históricas y en las ciencias sociales con su nueva orga- 
nización dada al derecho común de gentes; Hobbes, en Inglaterra, 
en virtud de sus principios filosóficos y confesionales, afirmaba 
el espíritu de independencia en la crítica histórica; Strada, en 
Italia, generalizaba al interés de toda Europa los movimientos 
insurgentes de Holanda y los Países Bajos, y Bollando aportaba 
hasta los hechos menudos á la gran razón de los hechos ge- 
nerales; mientras en nuestra Península, después que Cabrera 
de Córdoba cerró el gran reinado de Felipe II y fray Prudencio 
de Sandoval hizo la síntesis del Emperador-Rey Carlos V, los 
que se erigieron en narradores de los sucesos del reinado de Fe- 
lipe III y Felipe IV (1), ya dejáronse inocular en el deletéreo 
virus de las pasiones políticas, interiores y rivales, que derrocan 
y han derrocado siempre la unidad moral en que descansa el po- 
der de los más grandes imperios y empequeñece el espíritu con 
que el caballero Gabriel Rosa, representó á los españoles com- 
partiendo de 1500 á 1600 el magisterio de la Historia por todo el 
continente, enflaqueciendo á par la potencia universal de la na- 
ción, y haciéndola tocar los últimos términos de su decadencia 
al poner Carlos II con el de su vida fin al siglo xvii. 

En vano al ocurrir el cambio de dinastía, Ferreras, Belando y 
San Felipe quisieron reanimar la llama, que encendida desde le- 
janos siglos, todavía en la esfera de la historia, como arte, hicie- 
ron resplandecer por un momento Meló y Solís: sus obras no re- 
velaron las extinguidas llamaradas del antiguo genio español; y 
aunque la vena fecunda de la erudición, por una parte, comenzó á 
formar sus grandes colecciones documentarlas, y aunque la crea- 
ción de las Academias aplicó, por otra, su poderosa palanca al es- 
tímulo de los estudios preteridos, para hacer esculpir en la con- 
ciencia de los pueblos que la Historia, como la Biblia, es el libro 
sagrado de las naciones; y aunque unos con la sanidad de su crí- 
tica, como Feijoo, y otros con el incansable afán en la explora- 



(i) Gil González DXvila: Historia de Felipe III. — Marqués Virgilio 
Malvezzi: Historia de Philippe III desde el año 1612 hasta su muerte.— Bt.K- 
N \BÉ DE ViVANCO: Historia del rey de España D. Felipe III desde el año ijyS 
hasta el de 1626. — Gonzalo Céspedes y Meneses: Historia de Felipe IV, rey 
de las /iJr/íi^j. — Bernabé y Francisco Vivanco ó Matías de Novoa: 
Historia d: Felipe IV. 



— XIII — 

ción de las príxtinas fuentes, como Florez y Risco, emprendie- 
ron un trabajo eficacísimo de restauración, á que se asoció el 
Conde de Campomanes, disponiendo y preparando la moción fe- 
cunda para una inmediata y enérgica iniciativa, hasta que las in- 
fluencias obstructoras que nos venían del lado allá de los Piri- 
neos no empezaron á ser combatidas para extirpar las obse- 
siones de nuestros hombres de estudio, contrarrestándolas con 
los vientos de otros cuadrantes, no se alcanzó intentar siquiera 
los primeros ensayos que volvieran á ponernos en la corriente 
del movimiento general. Esto ocurrió cuando la expulsión de 
nuestros jesuítas del territorio nacional empujó aquellas falan- 
ges de hombres sabios y virtuosos hacia las diversas comarcas 
de Italia, donde al respirar un nuevo ambiente, surgieron nom- 
bres como el del Abate Juan Andrés, que, desde Mantua, se halló 
capaz de hacerse narrador y censor de toda literatura (1), y 
como el del Abate Juan Francisco Masdeu, que, proscrito en 
Roma (1781), se atrevió á reseñar una Historia critica de Es- 
paña, dándole una forma distinta de la adoptada por sus antece- 
sores y manifestando en ella las miras extensas y filosóficas que 
á la sazón en Inglaterra habían colocado tan alto los nombres de 
David Hume, Guillermo Robertson y Eduardo Qibbon. Dado el 
espíritu restaurador nacional que en España se había desperta- 
do desde el advenimiento de Carlos III al Trono, y que hereda- 
ron con todo su entusiasmo su sucesor el vilipendiado Carlos IV 
y todos sus ministros, no menos patriotas é ilustrados que los 
del anterior reinado, indudablemente la Historia crítica nacional 
se habría brillantemente inaugurado en nuestra nación desde el 
último tercio del siglo xviii, si la, para nuestros destinos é inte- 
reses, siempre fatídica Francia no hubiera venido á oprimir de 
nuevo el espíritu nacional, primero con su revolución odiosa y 
después con su odioso Napoleón. 

La influencia de las nuevas ideas sugeridas por la revolución 
é inmediatamente después por las napoleónicas contuvieron en 
toda Europa el curso que los estudios históricos habían tomado 
en todo el siglo xviii; mas cuando á su vez sobrevino la reacción 
general contra Napoleón, atizada en la misma Francia por el Viz- 

(l) Deír origine, progressi é stato aituale d'ogui letterattira. (Parma, 1782.) 



— XIV - 

conde de Chateaubriand y José de Maistre, en Alemania por ma- 
dama Staél y Federico Schlegel, en Italia por Hugo Foseólo y 
Carlos Botta, á los que casi continuamente siguieron en Francia 
misma Agustín Thierry, Adolfo Thiers y Pedro Francisco Guizot 
desde 1823, en Inglaterra Tomás Carlyle, Tomás Macauly y En- 
rique Brougham, Jorge Niebürg en Dinamarca, Francisco Carlos 
de Savigny y Carlos Ritter, precursores Ranke, Schlosser y 
Mommsem en Alemania, Fétis en Bélgica y Washington It ving en 
la América del Norte, España que parecía anhelar su asociación 
á aquel movimiento, sólo aportó á él el nombre del ilustre Conde 
de Toreno, porque los escritores más insignes que se afanaban 
por destacarse de la masa calenturienta que de las luchas de la 
independencia se transportó en cuerpo y alma á las aún más apa- 
sionadas y candentes de las civiles y políticas, eternos y serviles 
enamorados de la erudición extranjera y hasta de la crítica inte- 
resada de los extranjeros sobre nuestra propia Historia, diéronse 
tristemente con el gran Lista á traducir á Segur, con el abate 
Muriel á Coxe, con Alcalá Qaliano á Dunham, y en vez de His- 
torias Nacionales, se lanzaron al estudio de las gentes multitud 
de obras extrañas que el más vulgar sentido serio de la religión 
de la patria debió rechazar abiertamente, para no abrir en la 
desorientada conciencia, hasta de la juventud de las aulas, las 
brechas ominosas de los errores generales, que todavía se hace 
tan difícil esclarecer y extirpar. Al aparecer, todavía en 1844, el 
primero de los ocho volúmenes de que consta la Historia de 
España desde los tiempos primitivos hasta la mayoría de la 
Reina Doña Isabel II, redactada y anotada con arreglo á la 
que escribió en inglés el Doctor Dunham por D. Antomo Al- 
calá Gall\xo, así en el prospecto como en la portada del libro, 
se ofreció la adición de una Reseña de los Historiadores espa- 
ñoles de más nota, por D. Juan Donoso Cortés, que fué des- 
pués Marqués de Val degamas, y un Discurso sobre la Historia 
de nuestra nación, por D. Francisco Martínez de la Rosa. 
Ni aquel aparato de bibliografía histórica nacional tan constan- 
temente prometido, ni aquel discurso sintético de la Historia de 
la Nación, aparecieron nunca, á pesar de la respetabilidad in- 
cuestionable de los dos nombres con que la promesa se autoriza- 
ba. Verdad es, que tanto Donoso Cortés como Martínez de la 



— XV — 

Rosa, á haberse propuesto realizar lo que ofrecieron, tal vez no 
lo hubieran cumplido como al honor de nuestra Historia corres- 
pondía, pues ni la Bibliografía histórica de España en aquel 
tiempo, y ni aun ahora mismo, estaba suficientemente preparada 
para emprender tal obra, ni Martínez de la Rosa se hallaba en 
posesión de los vastos conocimientos necesarios para lanzarse á 
lo que á él le tocaba. En 1847 se demostró esto, pues al tomar 
posesión el 28 de Mayo de dicho año, de la silla que ocupó en la 
Real Academia de la Historia, en el discurso que leyó titula- 
do Bosquejo histórico de la política de España en tiempo 
de la dinastía austríaca, á pesar de la vulgaridad de su crítica 
y de la total carencia de elevación en sus conceptos y de profun- 
didad en la investigación, todas sus fuentes de inspiración fue- 
ron por él tomadas, pidiendo una colaboración repugnante á la 
erudición de los extraños, á Mignet y á Ranke, á Watson y Coxe, 
á Robertson y Dunham, lo que probaba la carencia de estudios 
propios de que adolecía y la insuficiencia de sus medios para in- 
tentar siquiera lo que había prometido tres años antes al traducir 
á Dunham Alcalá Qaliano. 

Con todo, ya por aquel tiempo, otra ola de influencia más fe- 
cunda había batido los términos de España, ya imitando iniciati- 
vas plausibles de otros países, ya coincidiendo con ellas y de 
propia inspiración. Desde el final del siglo xvii, Nicolás Antonio 
había demostrado la utilidad de los inventarios bibliográficos de 
la Minerva nacional, á que se habían añadido en el xviii los de la 
Biblioteca rabínica y los de la Biblioteca arábiga. Se habían for- 
mado al mismo tiempo colecciones valiosas de crónicas de la 
Edad Media, de Tratados y de Concilk)s; y aunque fué casi nulo 
el influjo de los que en la Historia, desde Herder (Ideen über die 
Philosophie und Geschichte der Menscheit; Idea de la filosofía 
de la historia de la humanidad), hasta Vico en su Scienza 
nuova y Bunsen en su Gott in der Geschichte: (Dios en la Histo- 
ria), quisieron buscar mejor la filosofía de los hechos que la de- 
mostración de la verdad de los hechos mismos, pues Tapia que 
intentó una Historia de la Civilización de España (1), y Martí- 



(l) Historia de la civilización de Etpaña desde la invasión de los árabes 
haüa la época presente. (Madrid, 1840). 



— XVI — 

nez de la Rosa, que trató de renovar su Bosquejo histórico de la 
política de España (Madrid, 1857), fracasaron en sus ensayos 
haladles; sin embargo, la reacción de las reivindicaciones histó- 
ricas se impuso hasta sobre los que todavía aleteaban traducien- 
do al castellano cualquier libro que sobre España apareciera en 
la producción histórica de otros países, y haciendo, tal vez en 
nuestra Península, la primera prueba de la originalidad, en 1836, 
el jefe del Archivo de la Corona de Aragón, D. Próspero de 
Bofarull y de Mascaró, al dar á las prensas de la Ciudad Condal 
Los Condes de Barcelona vindicados y cronología y genealo- 
gía de los Reyes de España, dotó su libro de tal copia de docu- 
mentos concordados ó inéditos, que no pudo menos de llamar la 
atención de los sabios dentro y fuera de nuestro país. 

Esta apelación á la restauración documental, á la vez prospe- 
raba ó se emprendía ya por todas partes. Inglaterra, á la que 
toda economía científica debe tantos impulsos originales, había 
comenzado á publicar la vasta serie de su Calendar of State 
Pappiers. En 1835 empezó á aparecer en París, é impresa en su 
Imprenta Real, la hermosa Collection des documents inédites 
sur l'histoire de France. En Turín, en 1836, se fundó la Comi- 
ssione Reale di Storia, y el mismo año, en Florencia, se inaugu- 
ró por Giuseppe Molini la publicación de los Documenti di Storia 
italiana, copiati sugli originali é per le piii autografi esisten- 
ti á Parigi, y en 1839 Eugenio Alberi dio á la estampa, en Flo- 
rencia también, la primera serie de las Relazioni degli Ambas- 
siatori venete al Señalo, que alcanzó hasta 1855, á la que si- 
guieron de 1856 á 1858 las de Nicoló Barazzi é Guglielmo 
Berchet, y de 1858 á 1860*las de Dominico Caruti sulla corte di 
Spagna. Entre tanto, el Archivto Storico Italiano, bajo la direc- 
ción de Francesco Palermo, editaba, en 1846, las Narra zioni é 
documenti sulla storia del Regno di Napoli del anno 1522 al 
1667 , y en 1857 aparecía en Milán la Racolta di cronistié docu- 
menti storici lombardi inéditi, obras todas interesantes para los 
historiadores españoles. 

Pero donde este movimiento tan útil para nuestros estudios 
históricos tomó más cuerpo fué en el seno de la Société de l'Hís- 
toire de Belgique, desde 1841. Rompió en dicho año la marcha 
el archivero general de dicho país Mr. Louis Qachard, con su 



— XVII — 

Lettre á Messieurs les Qiiesteiirs de la Chambre de Represen- 
tants sur le projet d'iine collection de documents concernants, 
les anciennes assemblées nationales de la Belgique. De este 
meritorio objeto se encumbró á todas las particularidades salien- 
tes de la Historia moderna de su país, es decir, durante el tiem- 
po que prosperó bajo la dominación española. Vino en 1843 á des- 
envolver en Simancas una documentación tan varia y tan exten- 
sa que espanta, y en 1847 ya daba fe de la fecundidad de sus 
trabajos, publicando en Bruselas la Correspondance de Gui- 
llaume le Tacitiirne, Prince d'Orange; y en 1848 la Correspon- 
dance de Philip pe II sur les aff aires des Pays Bas; y en 1850 
la Correspondance du Duc d'Alba sur le invasión du Comte 
Louis de Nassau en Frise en 1568, et les batailles de Heyli- 
gerlie et de Gemmingen; y en 1853 la Correspondance d' Alejan- 
dre F ámese, Prince de Parma, avec Philippe II daris les an- 
nées.í 578 á 1531; y en 1855 las Relations des ambassadeurs 
venitiens sur Charles Quint et Philippe II; y en 1859 la Corres- 
pondance de Charles Quint et d'Adrien VI; y en 1867 la Co- 
rrespondance de Marguerite d'Autriche, duchesse de Parma, 
avec Philippe II, etc., etc. 

Se ha dicho que para iniciar tan vastos trabajos vino á España 
á visitar y explorar el Archivo Histórico de Simancas, en 1843, 
y hay necesidad de apuntar aquí qué papel este Archivo comenzó 
á desempeñar también en este movimiento que produjo el estímu- 
lo más activo en el de España desde la muerte del rey Fernan- 
do VII. A nuestra Real Academia de la Historia pertenecen los 
primeros trabajos para recabar, como recabó de los poderes pú- 
blicos, desde 1833 las exenciones que se le concedieron y con que 
comenzó su tenaz labor en pro de la resurrección de los estudios 
históricos patrios. Y ¡cosa notable! los primeros en aprove- 
charse de ella fueron los más distinguidos institutos de nuestro 
ejército, en los que se encendió la emulación más viva para ex- 
plorar las grandezas de su historia respectiva. La primera Co- 
misión militar que en 1843, en Simancas, se entregó á los estu- 
dios históricos de su cuerpo fué la de Ingenieros, y estuvo for- 
mada por D. José Aparicio y D. Luis Pascual García; en 1844 
fué en persona el conde de Cleonarti, D. Serafín María de Soto, 
á instruirse por sí y á sacar los elementos constitutivos de su 



~ XVIII — 

Historia orgánica de las armas de Infantería y Cahalieria. 
En 1845 se presentó á los mismos fines, en Simancas, otra Comi- 
sión del Cuerpo de Artillería, compuesta de D. Mario de la Sala, 
D. Rafael Biedma y D. Ramón López de Arce. Siguió á ésta, en 
1846, la de Infantería, de que formaban parte D. Serafín Estéba- 
nez Calderón y D. José Ferrer de Couto, teniendo por secretario 
de la misma al archivero del Ministerio de la Guerra D. Manuel 
Juan Diana, Por último, en 1850, trabajó allí con la misma fe la 
Comisión del arma de Caballería, presidida por el brigadier don 
Manuel Arizcun con D. Manuel Rodríguez Labrador y D. Anto- 
nio López Gijón, y en 1854 funcionó otra de Administración 
militar de que fué jefe D. Antonio de Silva Bellagín. 

Ya la reputación de las riquezas históricas y documentarías de 
Simancas servían de poderoso acicate dentro y fuera de Espafía 
para traer á las puertas de la antigua fortaleza castellana un 
número considerable de exploradores estudiosos. Entre los pri 
meros que allí obtuvieron licencia para practicar sus estudios 
se contaban D. Luis López Ballesteros y D. Pascual Gayangos 
que trabajaron en sus salas en 1844; D. Miguel Salva y D. Anto- 
nio Ferrer del Río, que allí estuvieron gran parte del año 1845: 
D. Pedro José Pidal, primer marqués de Pidal, en 1847, y otros 
hombres ilustres del renacimiento histórico que vinieron des- 
pués. De fuera de España llegaron príncipes como el duque de 
Aumale, y otros extranjeros distinguidísimos, entre los que se 
hicieron notar más el brasileño barón Adolfo de Varnhagen; el 
director del Real Archivo de Bolonia, Sr. Carlos Malagola; el 
ministro prusiano, barón Minutoli; el de Bélgica, conde Vanders- 
traten; Leva, profesor de Historia de la Universidad de Padua; 
el holandés Gustavo Bergenroth; el inglés, Mr, Samuel Rawson 
Gardiner; el presidente de la Comisión Real de la Historia de Bél- 
gica, barón Kervyn de Lettenhave; el director de los Archivos 
de Varsovia, Adolfo Pawniski; el profesor del de Palermo, Isido- 
ro Carnés; el de la Universidad de Burdeos, Mr. Combes, y una 
multitud de otros literatos distinguidos, de los que al cabo ha 
resultado la falange numerosa de entusiastas hispanistas que 
llenan el mundo con sus obras sobre hechos particulares de la 
Historia de España, singularmente durante el reinado de la dinas- 
tía austríaca. Por nuestra parte, en 1840, D. Miguel Salva y el 



— XIX — 

Marqués de Miraflores, fundaron la Colección de documentos 
inéditos para la Historia de España, y en 1847 en Cataluña, 
otro Bofaruli, hijo del primero, D. Manuel de BofaruU y Sarto- 
rio, fundó también la Colección de documentos inéditos del 
Archivo de la Corona de Aragón, cuyas publicaciones fueron 
recibidas como verdaderas palancas para la promoción activa 
de los trabajos vindicatorios de nuestra Historia Nacional. 

Mas entre tanto, al mediar el siglo xix en que apareció el libro 
histórico del entonces joven publicista D. Antonio Cánovas del 
Castillo, ¿cual era el estado verdadero de nuestra Minerva his- 
tórica? 

III 

Al proponerse en el año de 1854 el gerente de la Sociedad edi- 
tora de la Biblioteca Universal, D. Ángel Fernández de los 
Ríos, publicar una Historia general de España, á fin de vulga- 
rizar su conocimiento, no halló otra más adecuada al fin que per- 
seguía, que la del P. Juan de Mariana. Mas no alcanzando esta 
más que hasta la muerte del rey D, Fernando de Aragón, llama- 
do el Católico, á los principios del siglo xvi, para completarla 
hasta nuestros días, vióse en la necesidad de unir á aquélla la 
continuación que dejó escrita el P. Fr. José Manuel de Miñana, 
fraile trinitario valenciano, que vivió de 1671 á 1730, la cual solo 
abarcaba los reinados de aquella centuria, hasta el comienzo del 
reinado de Felipe III (1), confiando el resto del reinado de la di- 
nastía austríaca al entonces joven batallador político, D. Anto- 
nio Cánovas del Castillo, que acababa de dejar la dirección de 
un periódico de partido que se tituló La Patria, órgano de aque- 
llos moderados, avanzados y disidentes, á quienes se dio el ape- 
llido de los puritanos y que á la sazón se hallaban comprometi- 
dos en la trama revolucionaria que estalló en Julio de aquel mis- 
mo año; así como la del reinado de los Borbones de la Casa de 
Francia, á este mismo escritor y á su amigo y condiscípulo Don 

(i) Publicada por vez primera en una edidón de la de Mariana en el 
Haya, el año 1733, en latín y la traducción castellana por D. Vicente Ro- 
mero en otra de Lyon, de Francia, en 1737. Otra edición de la última se hizo 
€n Madrid en 1804. 



— XX — 

Joaquín Maldonado Macanaz. Otra obra histórica existía desde 
1817, que basada en la reproducción también de la siempre clási- 
ca del P. Juan de Mariana, había sido proseguida, ilustrada y 
añadida con notas críticas y tablas cronológicas que alcanzaban 
hasta la muerte del Carlos III, y que llevaba en su portada el título 
de Historia general de España, compuesta , enmendada y 
añadida por el P. Juan de Mariana, de la Compañía de Je- 
sús: ilustrada con notas históricas y críticas y nuevas tablas 
cronológicas desde los tiempos más antiguos hasta la muerte 
del Sr. Rey D. Carlos III, por el Dr. D. José Sabau y Blan- 
co, Canónigo de San Isidro (Madrid, 1817.— Imprenta de D. Lo- 
renzo Núñez). Pero ni al editor, ni á sus colaboradores pareció 
esta bien, sobre todo, porque en las notas bibliográficas que Sa- 
bau puso ai final de cada uno de los períodos en que la dividió, 
desgraciadamente, resaltaba que toda, ó casi toda su erudición 
histórica se fundaba en el concurso de la erudición ó consulta de 
libros extranjeros. Limitándonos á los tres reinados de Felipe III, 
Felipe IV y Carlos II, que son los que constituían el período 
austríaco de que se encargó Cánovas del Castillo, los textos y au- 
toridades de que Sabau se había servido para formar sus Tablas 
cronológicas fueron, Gabriel Chapuis, Camboers, Greinstons, 
Leonard, La Neuvil y Leclere para el primero; St Creux, La 
Cled, Burnet, Montglat, Ramsay y Vertot para el segundo, y 
Riencourt, Brandt, Basnarg, Jenquiéres, Lamberti y Abrigny 
para el último, y como la mayor parte de estos autores eran, ó 
desconocidos, ó poco popularizados en España, entre el corto nú- 
mero de los eruditos de entonces, cupo la sospecha de que la obra 
total que Sabau daba por original y consecutiva de la de Mariana, 
no era otra cosa sino una mera traducción francesa disfrazada. 

En realidad, el nuevo movimiento documental ó de archivo al 
empezar el año de 1854 era todavía bastante incipiente para que 
sus frutos pudieran derramar una nueva luz sobre los escritores 
españoles; y aunque D. Modesto Lafuente había tenido la plausi- 
ble arrogancia de intentar desde 1850 una nueva Historia gene- 
ral de España, desde los tiempos más remotos hasta nues- 
tros días, la empresa que acometió, y en diez y siete años llevó 
á termino con impertérrita perseverancia, buena intención y no 
escaso estudio, estaba muy á sus principios para que dejara de 



— XXI — 

ofrecer interés y oportunidad la que la casa editorial de la Bi- 
blioteca Universal había empezado á dar á luz y para la que 
había querido contar como colaborador con uno de los jóvenes, 
que en pocos años, desde que residía en Madrid, había universal- 
mente conquistado una reputación de docto y brillante escritor, 
temprano anuncio de lo que en el desarrollo de su vida, siempre 
activa, había de llegar á ser en el palenque de la inteligencia y 
en las supremas posiciones de la política. 

Tenía D. Antonio Cánovas del Castillo veintiséis años de 
edad cuando publicó como continuación de las obras de Mariana 
y Miñana, su Historia de la decadencia de España, desde el 
advenimiento de Felipe III al trono, hasta la muerte de Car- 
los II. Nacido y educado en Málaga, en 8 de Febrero de 1828, de 
diez y seis, en el de 1844, vino á Madrid, huérfano de padre, á 
la continuación de sus estudios bajo los auspicios de su próximo 
parifente, el escritor distinguidísimo D. Serafín Estébanez Calde- 
rón. No tomó de éste ninguna de sus aficiones, aunque las encar- 
nó todas, porque en tan temprana edad ya constituían todas ellas 
la ambiciosa inclinación de su espíritu. Estudió en las Academias 
de San Isidro con Castelar, con Martos, con otros que también 
llegaron á ser hombres insignes, y entre todos sostuvo siempre 
la noble emulación de la superioridad en todas sus facultades. 
De diez y nueve años se inició en los ensayos de la publicidad 
de sus precoces producciones literarias en periódicos literarios, 
afamados, como el Semanario Pintoresco Español y El Con- 
servador, que tenía por únicos redactores á D. Joaquín Francis- 
co Pacheco, D. Antonio de los Ríos y Rosas, D. Nicomedes 
Pastor Díaz y D. Francisco de Cárdenas. Y cuando en 1849, te- 
niendo Cánovas veintiún años, fundó Pacheco con el mismo Ríos 
y Rosas, con D. Antonio Benavides y D. Fermín Gonzalo Morón, 
el periódico político La Patria, dirigido á hacer la campaña de la 
fracción de los llamados puritanos hacia la revolución de 1854, 
juntos entraron á colaborar en él como sus más jóvenes redacto- 
res D. Eulogio Florentino Sanz y D. Antonio Cánovas del Casti- 
llo, ¡Quién se había de figurar 'que un año después, al cumplir 
este último veintidós de edad, había de ser designado por aque- 
llos publicistas tan esclarecidos para sustituir á Pacheco, nada 
menos que en la dirección política de aquella publicación! 



— XXII — 

El trabajo periodístico desgasta aceleradamente las faculta- 
des é impide la ampliación de los estudios profundos, pues no 
sólo el tiempo material que en él se emplea no deja vacancia 
para nada, sino que á la vez enajena el espíritu, cautivándole en 
una de las pasiones más vehementes que ciegan el corazón 
del hombre: la pasión política; mas si La Patria fué para el jo- 
ven Cánovas del Castillo escuela absorbente de esta pasión que 
le había de acompañar ya toda la vida, la vida reducida á dos 
únicos años que aquel periódico disfrutó bajo su dirección, hasta 
1852, no coartó la inclinación poderosa del novel periodista á la 
instrucción y al estudio. Acaso en él, el periodismo fué un acica- 
te á su sistematización, porque desde que se empeñó en sus lu- 
chas, refrenando sus preferencias primeras á la poesía, al tea- 
tro, á las obras de imaginación, le empujó al palenque de la his- 
toria, la maestra suprema de la vida, en la cual los entendimien- 
tos políticos se adelgazan y avaloran, abriéndoles el horizonte 
del mundo de la realidad y de la experiencia en que toda la vida 
han de girar. Término crítico del paso de unas inclinaciones á 
otras, luego que La Patria dejó de publicarse en 1852, fué su 
expedición á las montañas aragonesas, so pretexto de la visita á 
un amigo de la infancia, y su concepción allí de su primera obra 
seria literaria La campana de Huesca, en la que, dejando á la 
imaginación correr por el campo romántico de la novela de en- 
tonces, comenzó á sentir el freno poderoso de la Historia. En 
esta obra se desplegaron instintivamente ya en él, cada una de 
las tres grandes facultades en que durante todo el curso de su 
vida había de dar empleo á la continua ebullición de su inteligen- 
cia calenturienta: la amena literatura, la austera historia, la ba- 
talladora política. Las tres pasiones á la vez le inundaban ya el 
alma, desde las discusiones académicas de las aulas de San Isi- 
dro, desde las conversaciones románticas de los amigos jóvenes 
del Café de la Esmeralda, desde las ardientes lides de su pri- 
mer ensayo del periodismo, desde el cual tan temprano empezó 
á ocupar puesto en las maquinaciones secretas de los hombres 
de partido que tan pronto se agitaban en las intrigas de corte ó 
en las conjuras de club, como se preparaban para la acción del 
Gobierno y las iniciativas de la legislación. ¿Qué era, pues, en 
este punto, á los veintiséis años de edad Cánovas del Castillo? 



— XXIIl — 

¿Un literato? ¿Un periodista? ¿Un hombre político? Nada defini- 
da é individualmente, y todo en conjunto. Era periodista apasio- 
nado, que se ponía á escribir una historia con las ideas de parti- 
do de que se hallaba ya llena su alma; un historiador de episo- 
dios de antiguos tiem{5bs, que con la imaginación exaltada trata- 
ba de convertir en novela; un joven de acción, que en las reunio- 
nes de sus antiguos maestros del periodismo tomaba parte en 
sus planes, se brindaba á secundarlos y apoyarlos, y caminaba 
con ellos hacia una revolución, como se camina en compañía de 
buenos amigos á los deleites de una romería. En esta edad y en 
esta situación de mente y de espíritu emprendió en las vísperas 
de la revolución de 1854 el joven Cánovas del Castillo la Histo- 
ria de la decadencia de España, desde . el advenimiento de 
Felipe III al trono, hasta la muerte de Carlos II. 

Con solo echar una ojeada á las Cuatro palabras que encabe- 
zan la obra de entonces del autor, se profundizan bien cuáles 
eran, en realidad y substancia, sus intenciones bajo el aspecto 
general y ulterior de su trabajo.— «Hemos querido, dice, llenar 
en algo un vacío que se nota en nuestra Historia, y es la descrip- 
ción de nuestra decadencia, no menos notable, no menos grande 
ni menos digna de estudio que la romana. Que no lo hemos conse- 
guido ya lo sabemos; pero puestos á la obra, debíamos hacer de 
nuestra parte todo lo posible por conseguirlo. Nuestra decaden- 
cia no sólo no está narrada hasta ahora sino que está ignorada, 
obscurecida, envuelta en falsedades y calumnias de extranjeros y 
nacionales; de aquéllos, como autores; de éstos, como imitadores 
ó copistas. Sabau y Blanco hizo no más que recoger noticias de 
libros extranjeros sin crítica, sin examen, con notoria precipita- 
ción é injusticia y con manifiestos y continuos errores. Á este 
han seguido después los más de los escritores nacionales. Los 
que mejor explican nuestra decadencia son los dos extranjeros: 
Ranke y Weiss; pero ni uno ni otro quisieron hacer historias 
sino más bien disertaciones, y además, aunque ambos imparcia- 
lísimos, no son, al cabo, españoles, y su crítica no puede siem- 
pre ser aceptada. Algo de esto puede decirse también de nuestro 
buen amigo D. Adolfo de Castro, que ha escrito sobre la deca- 
dencia de España, sin pretender hacer una Historia. De todo esto 
nace el grande amor con que miramos la primera parte de núes- 



— XXIV — 

tra tarea y al extendernos más en ella de lo que, al parecer, exi- 
gía la buena proporción del libro. Y al propio tiempo hemos pro- 
curado beber siempre en fuentes originales y españolas; para 
ello no hemos perdonado medio en el poco espacio de que hemos 
podido disponer. Los juicios, buenos ó malos, son nuestros siem- 
pre; los hechos los hemos tomado donde hemos podido hallarlos. 
No nos hemos fiado casi nunca de las versiones extranjeras, 
porque, ante todo, hemos querido hacer un libro español y para 
España, que era lo que hacía falta.»— Como se ve, la suprema 
aspiración del joven Cánovas del Castillo, al escribir la Histo- 
ria de ¡a decadencia, se concretaba: «primero, á llenar un vacío 
que, desde el siglo xvii, como antes se ha apuntado, existía en 
España; segundo, á rectificar los errores en que habían incurrido 
los que antes, nacionales ó extranjeros, se habían propuesto la 
misma empresa, no recibiendo para ello más inspiración que 
la de las fuentes originales y españolas; tercero, á hacer un li- 
bro enteramente español y para España.» Ahora bien, ¿cumplió el 
joven Cánovas todo lo que se prometió? ¿Pudo cumplirlo? 



IV 



Al avance de los años y al avance de su encumbrada carrera, 
el libro de la primera edad. Historia de la decadencia de Espa- 
ña, en vez de caer en absoluto olvido, como caen siempre los 
primeros defectuosos ensayos de toda labor humana, trató de 
despertarlo la emulación política, cuando el joven estudioso y 
apasionado de 1854 había alcanzado con su constante esfuerzo la 
plenitud de sus facultades todas, la absoluta posesión de sí mis- 
mo en sus ideas y en su conducta, la lenta y acabada instrucción 
que sólo se alcanza en virtud de una labor continua y de una 
reflexión intensa y el magisterio supremo con que la experiencia 
perfecciona y hace más reverberantes las llamaradas del genio. 
El mismo autor de la Historia de la decadencia, dilatados los 
horizontes de su crítica con la vasta extensión de sus estudios, y 
después de haber intentado esclarecer algunos puntos particula- 
res de aquel mismo período de tiempo á que él había aplicado las 
primeras atenciones de su inteligencia, se reconcentró en sí mis- 



— XXV — 

mo, y catorce años después de la publicación de aquella obra, 
con motivo de la aparición de un Diccionario de Administración 
}' Dereclío, que comenzaron á dar á luz en 1868 los laboriosos ju- 
risconsultos D. Estanislao Suárez Inclán y D. Francisco Barca, 
con el título de Austria (Casa de), facilitóles para su inserción 
un breve Bosquejo histórico de la Casa de Austria, que, aun 
no siendo más que el segundo avance para la labor de más dila- 
tado aliento que se reservaba para tiempos para él más sosegados 
y en que pensó siempre con un amor infinito, no sólo presentaba 
un cuadro casi completo y todo nuevo de aquellos dos siglos del 
reinado de aquella dinastía que engrandeció el nombre y el poder 
de España, como jamás este antiguo imperio se había hecho pe- 
sar en el mundo, y como probablemente nunca más podrá hacer- 
se sentir, sino que siendo en conjunto y en detalle una completa 
rectificación de cuanto hasta entonces se había escrito sobre tan 
memorable época de la supremacía española, así por escritores 
extranjeros como nacionales, implicaba una rectificación aún 
más precisa de sí mismo, corrigiendo fundamentalmente todos 
los errores de hechos, de conceptos y de críticas en que, á causa 
de su juventud é inexperiencia, de las pasiones políticas de que 
en 1854 estaban apoderadas de su alma y de la falta de la docu- 
mentación copiosa, que hasta muchos años después, su constancia 
no logró reunir y consultar, la Historia de la decadencia había 
abundado, y que señalados por él mismo poco después, eran re- 
buscados por los adversarios que la altura de las posiciones que 
alcanzó le produjeron, á fin de recriminarle con el enconado ren- 
cor, que es la musa perpetuamente inspiradora de la bacanal de 
la política. 

Aunque las leales rectificaciones del Bosquejo histórico de la 
Casa de Austria, publicado en 1868, debieran haber bastado 
para ser admitidas en buena cuenta por los hombres de reflexión 
y de estudio, como, en efecto, lo fueron, todavía la rectitud del se- 
ñor Cánovas del Castillo le estrechó á insistir en la fe plena de 
su sinceración, y cuando en 1888, haciendo otro avance sobre 
sus propósitos definitivos que la muerte atajó, dio á la estampa 
en la Colección de Autores Castellanos sus dos volúmenes de 
Estudios del reinado de Felipe IV, se apresuró á decir más 
abiertamente á sus lectores: — «Va para veinte años que en un 



— XXVI 

Diccionario general de Politica v Administración, de que sólo 
se publicaron pocas entregas, di á luz un extenso artículo, que 
se encuadernó y distribuyó luego por separado, con el título de 
Bosquejo histórico de la Casa de Austria. Corto fué el nume- 
ro de ejemplares de esta obra; pero no tanto el de las perso- 
nas que han deseado poseerlas después. Alabada de otra parte 
con exceso por un académico francés, y habiéndose comenzado 
á traducir y publicar espontáneamente por un escritor de la pro- 
pia nación, hube al fin de pensar que no era acaso indigna de 
mayor publicidad que le había dado y de más esmerada atención 
que le presté hasta entonces. Puse, pues, cuanto pude en juego 
para que no continuase en Francia su publicación del modo que 
estaba, ofreciendo corregirla y acrecentarla primero que se tra- 
dujera y diera allí del todo á la imprenta, mientras que á los ami- 
gos que, por afición ó curiosidad me la pedían, les anunciaba 
una próxima y mejor edición. Este propósito no se ha cumplido 
todavía; pero espero en Dios que antes de mucho se ha de cum- 
plir. No cabe intentar un resumen exacto y substancioso de tan 
larga é importante Historia, como la de la Casa de Austria en 
España, sin estudios preparatorios de mucha extensión que 
dejen detrás de sí más ó menos completas monografías de suce- 
sos particulares, y eso me ha acontecido á mí precisamente con 
el Bosquejo histórico. Tuvo como base aquella obra una conti- 
nuación mía de la Historia del P. Mariana, comenzada á escri- 
bir, por cierto, cuando no tenia concluidos mis estudios de 
leyes, é impresa con el ambicioso título de Historia de la de- 
cadencia de España: obra incompletísima, por fuerza, y salpi- 
cada de graves errores, nacidos de no haber ejecutado por mi 
cuenta investigaciones directas y formales, sujetándome á lo 
impreso ya por otros en cuanto á la exposición de los hechos. 
Pero como á estos corresponden los juicios, naturalmente, re- 
sultan también plagadas dichas páginas de injusticias, que, 
no por ser comunes y andar todavía acreditadas, han empe- 
ñado menos mi conciencia en desvirtuarlas después, tanto y 
más, que son argumentos y razones, por medio de testimonios 
fehacientes, y en virtud de un examen mucho más atento y 
profundo de cosas y personas. Logré, sin embargo, la buena 
dicha de que, puestos aparte mis errores parciales é involun- 



— XXVII — 

tartos, el concepto que en conjunto formé de la Historia de Es- 
paña durante los siglos xvi y xvii, ofrece el mismo que todavía 
abrigo, después de recoger harto mayor copia de datos, de mu- 
chísimo más trabajo empleado en depurar la verdad, y de la su- 
perior experiencia que por necesidad han tenido que darme 
los años Y mi carrera misma, tan larga ya y accidentada. 
Mas aquel casual acierto no bastó, ni podía bastar á mi probi- 
dad de historiador, ya que comencé tan temprano un oficio, que 
me han permitido largo tiempo ejercitar bien poco las circuns- 
tancias. Natural erg, pues, que en el Bosquejo histórico de la 
Casa de Austria aprovechase la ocasión, que esperaba y ape- 
tecía, para descargar mi conciencia, rectificando casi por 
completo los errores é injusticias esenciales que mi Historia 
de la decadencia encerraba. Quedaron, sin embargo, en pie al- 
gunos trozos de la mencionada obra, que pasaron á formar parte 
del Bosquejo, por hallarse libres de las manchas que quería 
borrar, sirviéndole, como acabo de decir, á mi nuevo trabajo de 
fecundamiento.» A mayor abundamiento, el ejemplar de la Histo- 
ria de la decadencia que el autor conservaba en su biblioteca 
desde que la dio á luz, y que en la actualidad la custodia como 
una reliquia su sobrino, el nuevo editor de esta obra, está lleno 
de anotaciones marginales, de correcciones de mayor ó menor 
importancia, y, sobre todo, tiene páginas enteras, pero muchas 
páginas, cruzadas de lápiz de arriba abajo, como tachadas ínte- 
gramente y á perpetuidad. 

Se ha preguntado antes, y hay que contestar, á pesar de las 
explícitas manifestaciones del autor, á estas preguntas: ¿Cum- 
plió el joven Cánovas al escribir y publicar en 1854 la Historia 
de la decadencia todo lo que se prometió en las cuatro palabras 
que le sirvieron de Introducción? ¿Hubiera podido cumplirlo? 

En los párrafos que se han citado de la Introducción á los Es- 
tudios del reinado de Felipe IV, el mismo autor de la Historia 
de la decadencia con la mayor ingenuidad confiesa que cuando 
la escribía en 1854, antes de acabar su carrera de las leyes, los 
estudios de la Historia estaban entre nosotros tan descuidados, 
que ni existían originales y documentadas monografías comple- 
tas de sucesos particulares, ni mucho menos colecciones de do- 
cumentos copiados de las fuentes originarias entre nosotros de 



— XXVHI — 

toda buena investigación. Él mismo no había practicado esas in- 
vestigaciones directas y formales, que no se improvisan y que 
exigen que para hacerlas útiles y fértiles se las consagre mucho 
tiempo, mucha paciencia y mucha atención. Creyendo, como en 
el prólogo decía, haberse inspirado en libros que al parecer se 
habían ilustrado con buenos datos de los archivos nacionales, 
halló después que sus autores, en su mayor parte extranjeros, 
fundábanse en otros archivos para ellos, al parecer, nacionales, 
que no eran los de nuestra nación, y cuando más tarde tuvo oca- 
sión de compulsar algunos de estos documentos citados como 
procedentes principalmente de Simancas, en Simancas adquirió, 
al par que el desengaño, la plena conciencia de la frecuencia de 
la falsificación, ó cuando menos de encontrarlos truncados, de 
manera, que al parecer testificaban lo contrario de lo que en reali- 
dad debían testificar. ¿Cómo con tales instrumentos había de po- 
der cumplir lo que se había propuesto y deseaba más; esto es, ha- 
cer un lihro español y para España, que era, según su opinión, 
y opinión muy acertada, lo que hacía falta? De defecto tan subs- 
tancial, no podía menos de emanar otro no menos enorme, el de la 
falsedad de los juicios principalmente sobre los hechos particula- 
res y sobre los personajes salientes de la acción directiva que se 
reflejaba en los sucesos. Cánovas, aun transcurridos más de trein- 
ta años, desde que apareció la Historia de la decadencia, hasta 
que se dieron á luz sus Estudios del reinado de Felipe IV, reca- 
baba el honor de no haberse equivocado, á pesar de tamañas de- 
ficiencias, en la crítica general del período de tiempo que en 1854 
bosquejó, y cuyas tesis le sirvieron posteriormente de funda- 
mento para su Bosque/o histórico de la Casa de Austria y aun 
para sus últimos Estudios sobre Felipe IV. Esto no sólo revela 
su gran intuición inicial como futuro historiador, sino que, á de- 
cir verdad, esto es lo que valorará siempre la Historia de la de- 
cadencia aun sobre las mismas condenaciones de su autor. 
Aunque su primera obra histórica estuviera únicamente reducida 
á la hermosa Introducción de que va precedida y al Epilogo 
que la cierra, resultaría siempre un trabajo del mayor interés 
para nuestra Historia. El espíritu esencialmente nacional que él 
quería que de su obra efluyese, efluye de sus juicios, en efecto, 
con toda la intensidad que impuso andando los años, sobre otros 



— XXIX — 

actos propios, cuando los sucesos accidentados de nuestras con- 
vulsiones políticas encarnaron en él el papel del gran restaura- 
dor de la Monarquía y de la Dinastía, el clausurador del largo 
litigio de nuestras reformas jurídicas, políticas y sociales y el 
conciliador potente de todos los intereses rivales por tanto tiem- 
po en lucha y produciendo á la integridad, á la economía y al 
progreso del país tan hondos males. Su obra, además, tuvo otra 
importancia: la de despertar entre los hombres de inteligencia el 
dormido amor de las cosas propias posponiéndolas á las extran- 
jeras, y la de haber iniciado los estudios de regeneración y vin- 
dicación de la Historia nacional tan maltrecha desde el fin del si- 
glo XVI, y en cuya restauración habían fracasado hombres tan in- 
signes como el Conde de Campomanes en el siglo xviii y Tapia, 
Alcalá Qaliano, Donoso Cortés y Martínez de la Rosa en el xix. 
Indudablemente ayudó á la acción de Cánovas á este respecto 
el estímulo que en España promovió el ejemplo de los extranje- 
ros que de lejanas tierras vinieron á la consulta de nuestros ar- 
chivos históricos, principalmente los italianos y belgas. Resuel- 
to á profundizar la época más gloriosa que en la Historia ha al- 
canzado la Monarquía y el poder de España, su prime'r movi- 
miento fué la acaparación de libros que constituyesen á la vez la 
Biblioteca especial del historiador y del hombre de Estado é 
inmediatamente la inspección personal de los Archivos Naciona- 
les, públicos y privados, la revisión de los tesoros diplomáticos 
y la selección de las series que habían de contribuir al esclareci- 
miento general de los sucesos de España durante los siglos xvi 
y XVII, con la razón política que los motivaron, con la discusión 
jurídica que los debatió, y con los instrumentos armados que 
siempre resuelven los conflictos de la toga y del gabinete. No 
existe ya esa Biblioteca, cuyo conjunto solo, formaba la mayor 
aureola de un grande hombre de Estado y de Gobierno, y cuya 
dispersión constituye un crimen de lesa nación para los que, pu- 
diendo, no la han evitado (1). Más contrayéndonos á la obra ini- 

(l) La aleve muerte de Cánovas del Castillo en Santa Águeda no impidió que 
tuviei-a hecho testamento. Los que le trataban con intimidad hablaban de sus pro- 
pósitos para que se perpetuara; pero, al morir, su Biblioteca como sus demás colec- 
ciones artísticas y suntuarias y sus bienes todos entraron en el haz común de los 
derechos de sus herederos legales. Desearon algunos de éstos que la Biblioteca se sal- 



XXX — 



cial de los trabajos históricos de Cánovas, no podrá nunca de- 
jarse de tener en cuenta qué edad tenía el autor cuando la escri- 
bió, en qué ambiente de pasiones políticas se influía ya su espí- 
ritu, como precoz colaborador de la revolución de 1854, que es- 



vara íntegra, mediante su adquisición, por alguno de los Centros del Estado y prin- 
cipalmente por el Congreso de los Diputados, pues, como decimos, la Biblioteca de 
Cánovas en todas sus partes era la Biblioteca de un hombre de Estado. Interesá- 
ronse en que esta adquisición se llevase á cabo los jefes de todos los partidos 
y fracciones: Castelar, Sagasta, Pidal, Azcárraga, Silvela, Salmerón, Pí y Margall, 
Nocedal y Azcárate; pero era Presidente del Congreso el Sr. Romero Robledo, que 
se opuso terminantemente á la adquisición, pretextando que Cánovas no tenía más 
que libros incompletos ó de regalo, y el voto de Romero Robledo valió más por su 
posición accidental que el de los otros. Sobre la importancia de la Biblioteca d: Cáno- 
vas, el autor de este trabajo publicó en La Eifaña Moderna, del i" de Octubre 
de 1907, un artículo que se titulaba Cánovas del CjuíIIo juzgado por sus libros (páginas 
60 á 92). En él fué triste á su patriotismo declarar lo siguiente: — «Ni uno solo de 
estos 30.000 volúmenes fué adquirido sin que ocupase un lugar de eficacia en la 
inmensa variedad de asuntos que fueron objeto preciso de las meditaciones de aque- 
lia mente excepcionalmente constituida en la opulencia y universalidad de sus apti- 
tudes. No es menester que estos asuntos se determinen parcialmente y se clasifi- 
quen. Aun revueltos en tumultuosa confusión éstos treinta mil cuerpos de libros, 
su más ligero examen denuncia su respectiva individualidad dentro de una labor 
intelectual que á la vez comprendía todos los problemas de la nacionalidad española, 
con los antecedentes de su historia y las previsiones del porvenir, y todos los pro- 
blemas que la ciencia, la política, el derecho y la evolución continua y acelerada de 
toda la sociedad humana contemporánea sin cesar pone sobre el tapete y somete á 
la resolución de los grandes pensadores y de los grandes estadistas > (pág. 63). (Por 
encima de toda otra condición de las que presumía oque le caracterizaba en la ge- 
neralidad de sus aptitudes, descuella en la Biblioteca de Cánovas, la del gran esta- 
dista: de tal manera que en nuestra historia no ha existido otra conque compararla 
que la que en el siglo xvii formó el Conde Duque de Olivares, con cuya grandeza 
de concepción y de miras. Cánovas del Castillo tuvo muchos puntos de semejanza» 
(página 67). «El palenque de la historia parecía la tribuna principal de Cánovas del 
Castillo. Y, en efecto, ¿cuál puede tener mayor importancia para un verdadero 
estadista? £1 camino que incesantemente trilla esta ciencia basta para imponer de 
las evoluciones y de las reformas del derecho, sobre todo en nuestro tiempo, en que 
las imposiciones de la vida internacional, en la creciente y estrecha oleada de las 
relaciones de los pueblos entre sí crea las inevitables exigencias de la equiparación 
legal entre todas las gentes, ejerciendo una influencia también ineludible en las 
legislaciones locales de todos los Estados. Pero en los pueblos de larga existencia 
histórica, la ciencia principal del hombre de Estado la constituye el más perfecto 
conocimiento de la historia de la nación que ha de regir, y en la cual, por encima 
de todos esos cosmopolitismos, la unidad invariable de todas las condiciones éticas y 
etnográficas, la perpetua imperturbabilidad de las vecindades con que ha de convivir, 
las tendencias no menos invariables á influirse mutuamente, ya en el sentido de la 
atracción, ya en el de la hostilidad más ó menos encubierta, establece una multitud 



— XXXI — 

talló poco después de la aparición de su obra, qué elementos de 
ilustración documental aún le ofrecía el atrasado movimiento en 
que en el curso de los estudios históricos en Europa, después de 
la reacción contra Napoleón, España aun se encontraba al mediar 

de hechos que, aunque en sus caracteres exteriores ó circunstanciales puedan cam- 
biar, en el fondo responden siempre á la unidad fundamental de estas tendencias» 
(pág. 72). «Nadie, como Cánovas, llegó á reunir tantas piezas marcadas de nuestra 
bibliografía histórica, de esas que han escapado á nuestras grandes Bibliotecas 
públicas, unas por ser rarísimas en extremo, otras por no haber llegado jamás á los 
umbrales de nuestra nación peninsular, por haber sido publicadas ya en lejanos y 
para siempre perdidos dominios españoles, ya por haber sido fruto de literaturas 
extranjeras y escritas en impugnación de derechos é intereses de España, y que, en 
suma, no arribaron á ella jamás. De estos peregrinos papeles, folletos y libros, la 
Biblioteca de Cánovas logró reunir un número extraordinario, cuya importancia se 
necesita poseer una gran cultura histórica y política para saber avalorar bien. No 
era que Cánovas se propusiera en su admirable colección histórica llegar á reunir, 
por reunir, todo lo que dijera á la historia general de la patria, ni al capricho 
de atesorar aquella catalogación que solo á fuerza de constancia puede llegar á per- 
feccionar un establecimiento perpetuo del Estado, como la Real Academia de la 
Historia ó la Biblioteca Nacional. En la adquisición de todos estos verdaderos teso- 
ros de la Bibliografía histórica de España, predominaba en Cánovas, como en todo 
su inclinación á las materias de Estado, porque en aquellos libros, folletos y pape- 
les, publicados en Roma, en París, en Viena, en Amsterdam, en Colonia, en 
Milán, en Turín, en Ñapóles y Venecia, en Bruselas y Amberes, estaban represen- 
tados cuantos hechos formaban el conjunto de nuestra historia en el tiempo en que 
España, en el supremo grado de la supremacía política de Europa, fué el arbitro de 
los destinos del mundo; y aunque él pensaba, como en varias de sus obras no se 
cansó de repetir, que nunca más se producirían circunstancias semejantes á las que 
confluyeron en los Estados de nuestra Península al declinar el siglo xv y durante 
los dos siguientes, los hombres que con sus armas, su gobierno y su política mantu - 
vieron aquel emporio de grandeza por tan dilatado espacio de tiempo, esos hombres 
siempre permanecen vivos en el espíritu de nuestra raza, y aunque hubieran caído 
fatigados por sus propios esfuerzos y acosados por la conflagración universal contra 
ellos, en la postración y decadencia que desgraciadamente todavía nos debilita, e¡ 
estadista siempre debe contar con aquellas condiciones fropiat y con aquellas , rivalidades agenas, 
porque el deber de los que gobiernan, aun en períodos del mayor enervamiento, es 
procurar la recuperación de fuerzas y es conducir siempre á sus pueblos, como 
Moisés por el desierto, á las siempre esperadas tierras de promisión» (pág. 75 y 76). 
«Toda la política que ha producido nuestros desmembramientos territoriales, toda la 
política que nos ha conducido á la presente decadencia de que no nos podemos 
emancipar, toda la política que nos ata las manos para todo intento de resurrección, 
era la política que se estudiaba admirablemente en los preciosos conjuntos de los 
libros propios y extraños que Cánovas llegó á reunir en su biblioteca... Estos gru- 
pos son los que imponían su carácter á la biblioteca del Sr. Cánovas del Castillo, 
que una i'ez deshecha y esparcida, probablemente ningún otro logrará reunir otra tíz». — 
PÉREZ 1)1 GuzmXn: Cánovas del Castillo juzgado por sus libros. — España Moderna: I.'' 
Octubre 1907. — Págs. 60 á 92. 



— XXXIl — 

aquel siglo y la casi total falta de las monografías particulares 
que tanto ayudan á los trabajos de índole general. Cánovas, 
como también dejó anunciado en sus cuatro palabras prelimi- 
nares, no quiso al recibir el encargo que desempeñó, someterse 
á una simple continuación cronológica de Mariana y Miñana. Su 
Historia de la decadencia, escrita con mayor libertad, consti- 
tuyó una verdadera monografía, y singularizándose también en 
esto, invitaba á seguir su ejemplo al corto número de los que 
sentían inclinación á los estudios históricos, que en aquel tiempo 
solo se aprovechaban casi totalmente en el sentido anecdótico 
para nutrir las creaciones románticas de nuestro teatro renacido 
con Zorrilla, con Hartzenbuch, con García Gutiérrez y de la no- 
vela principiante con Espronceda, con Eguilaz, con Navarro Vi- 
lloslada y con Fernández y González. Todos estos puntos de vis- 
ta bajo los cuales hay que juzgar la primera de las obras históri- 
cas de Cánovas, la dan, en medio de sus defectos, una importan- 
cia considerable, sobre todo, si se tiene presente que, con la 
única excepción del Duque de San Miguel, que en 1844 ensayó 
una Historia de Felipe II y del primer Marqués de Pidal que en 
1862 publicó la Historia de las alteraciones de Aragón, durante 
este mismo reinado, de la escuela histórica que con su Historia 
de la decadencia de España, fundó Cánovas á los veintiséis 
años de edad, en 1854, salieron después los Rosell, los Janer, los 
Galindo de Vera, los Manriques, los Barrantes, los Balaguer, los 
Llórente, los Fernández Guerra, los Fabié, los Fernández Duro, 
los Rada y Delgado, los Muñoz y Rivero y otros á quienes se 
deben muchos trabajos serios de renovación. 



V 



No puede tratarse de la primera obra histórica de Cánovas del 
Castillo, cuando tenía veintiséis años de edad, era estudiante de 
Derecho, esgrimía como periodista la pluma en La Patria, y en- 
traba en las conjuraciones políticas que tenían por impulsores 
civiles á D. Joaquín Francisco Pacheco y militares al general don 
Leopoldo O Donnell, conde de Lucena, sin comparar su Historia 
de la decadencia de España con las obras que escribía, ó mu- 



— XXXllI — 

rió teniendo en proyecto, después de haber pasado largos años 
entre los libros de superior Minerva, en los Archivos, donde 
encontró las fuentes originales del desarrollo y verdad de los 
sucesos, y en su mayor parte, vírgenes de nuestra Historia, y en 
los altos puestos gubernativos del Estado, en la serena labor de 
las Academias, en las disputadas discusiones del Parlamento y, 
por último, en las supremas responsabilidades de la dirección y 
gobierno de la Monarquía. Todas las audacias del corazón y la 
mente virgen de la juventud, se templan con la batalla de los 
años, con las reflexiones del estudio, con la penetración profun- 
da y práctica en los misterios de la alta política de gabinete y 
con el trato lleno de las exigencias de la moderación más insis- 
tente en las relaciones de la política exterior. En 1854, á pesar de 
todas sus disposiciones naturales, verdaderamente excepciona- 
les, Cánovas del Castillo, abordando la Historia, no era más que 
un literato precoz y un brillante periodista: de historiador, no 
tenía sino una intuición suprema, Id intuición del genio. Pero re- 
nuncie á escribir de Historia el que carezca de esta intuición 
lenta y segura del perfecto hombre de Estado. Cánovas, á pesar 
de la intuición suprema de su juventud y de su genio, no fué un 
historiador perfecto, con todas sus prendas personales y toda la 
vasta instrucción recibida, hasta que se hizo y fué ese hombre 
completo de Estado. Esta, sin excepciones, es una ley de la Na- 
turaleza, tan inviolable como son todas las leyes naturales. Cuan- 
do la Historia estaba en su cuna, aun sin pretender convertir su 
observación en precepto, Polibio la consagró, siendo él mismo 
ejemplo de ella (1). El había sido capitán y hombre de Estado de 
la liga aquea; él había viajado por Italia, por África, por Espa- 
ña y por las Gallas, y en Roma estuvo en íntima relación con 
los personajes más insignes de su tiempo. En estas expedicio- 

(l) En su Historia universal durante ¡a República Romana, Polibio escribía: — 
« ¡xoj8c¡j!av íto'.aoTEpav cTvaí xo'.; avOpwTzot? SiopOwíJtv , xíji; xwv Trpoyí- 
vr¡¡i.£vojv -pa^ctüv £::".axTÍ¡jLr,; . — áXrjOtvwxaxrjv [i£v etvat xatSsíav xaí yu¡j.- 
vaTiav ~po; xa; 7:oX'.X'.zá; -pás£i;, xr,v £/. ti^; laxopta; ¡laOrjoriv . — loque 
en castellano quiere decir que ninguna investigación resulta más conveniente á los 
hombres que la que conduce á la ciencia de los hechos pasados, y que para educar 
para los oficios de la política, ninguna disciplina, ningún ejercicio es más eficaz que 
el estudio de la Historia. — Véase en Ruy Bamba la Introducción á la traducción de 
la Historia de Polibio Megalitano. 

** 



— XXXIV - 

nes para conocer mundo, estuvo en posición de poder con- 
frontar las condiciones de muchos y diversos pueblos, penetrar 
el fondo de la política de cada uno y engalanarse con todo el 
esplendente ropaje de la cultura griega y romana. El se halló 
en medio de las ardientes luchas de los dos partidos políticos que 
se agitaban en Grecia, el democrático, que fomentado por Filipo 
y por Alejandro, y después por sus sucesores en Macedonia, 
alzóse con las masas populares, y el aristocrático que, después 
de la guerra de Pirro, imploraba socorros á Roma. Mas si en la 
Historia y su estudio fué en donde encontró las enseñanzas para 
poder cumplir los deberes de las posiciones que ocupó, hasta que 
en el manejo personal de los negocios de la política perfeccionó 
su genio, y osó tomar la pluma de historiador, con que ya le fué 
fácil adivinar que el porvenir inexorablemente era para Roma, 
donde en medio de las contiendas que destrozaban su patria, se 
desenvolvía poderosamente el concepto, el deseo y el poder para 
alcanzar aquel dominio universal, que al cabo logró absorber en 
el poder romano todos los poderes parciales que entre sí mismos 
se destruían. En la Historia de la decadencia, de Cánovas, no 
había más que crítica, porque no era más que una obra literaria, 
admirable como prodigio de precocidad; pero ninguna visión 
política. La visión politica del porvenir , con el ejemplo y la en- 
señanza de la Historia pasada, comenzó á dibujarla en el Bos- 
quejo histórico de la Casa de Austria; la amplió aún más en 
sus Estudios del reinado de Felipe IV, donde el hombre de Es- 
tado-historiador traspira por todas las líneas de la obra; ascien- 
de algunos grados más en el prólogo que, cuando murió, tenía 
preparado para la edición ya prevenida de las Memorias milita- 
res de D. Jaime Miguel de Guzmán Dávalos Spinola, mar- 
qués de la Mina, sobre las guerras de Cerdeña, Sicilia y Lom- 
bardía, durante los treinta y seis años primeros del siglo xviii, 
y hubiera llegado á toda la intensidad de las Historias romanas 
del gran historiador y hombre de Estado Polibio Megalitano, si, 
como estaba en su pensamiento y como tenía dispuesto con aco- 
pio de material que en España ningún otro escritor anterior ha- 
bía logrado reunir tan vasto y tan ordenado, constituyendo su 
propia biblioteca, de no haberle sido interrumpida la existencia 
por el más abominable de los crímenes, se hubiese emancipado 



de la carga y el trabajo asiduo del Gobierno, descargándolo en 
el más instruido de sus discípulos, se hubiera aislado entre sus 
libros, sus documentos y la energía de su voluntad, y hubiera 
dado triunfal cima á aquélla Historia general del reinado de la 
Casa de Austria en España, desde los casamientos de los hijos 
augustos de los Reyes Católicos D. Fernando de Aragón y Doña 
Isabel de Castilla hasta la muerte de Carlos II, cuya empeñada 
labor él la veía como el término más puro de los triunfos y de la 
gloria de su vida. Para que su publicación fuese inmediata, ya 
bajo su dirección, había hecho fundar aquella empresa del Pro- 
greso Editorial, que en espléndidas monografías hábilmente dis- 
tribuidas únicamente entre individuos de número de la Real Aca- 
demia de la Historia, comenzó á dar á luz la Historia General de 
España, enteramente rectificada y nutrida de la ilustración de los 
documentos inéditos de nuestros Archivos nacionales, y en que 
tan brillante parte tomaron Menéndez y Pelayo, que se reservó 
describir las fuentes de la Historia y la introducción del cristianis- 
mo en España; Vilanova y Rada y Delgado, que estudiaban las 
revoluciones geológicas que han formado el suelo de la península 
ibérica; Coello, que emprendió su descripción geográfica; Fer- 
nández y González, que había de remontarse á la noción de los 
primeros pobladores históricos; Fernández Guerra é Hinojosa, á 
cuyo cargo quedó la Historia de España desde la invasión de los 
pueblos germánicos hasta la ruina de la monarquía visigótica; Co- 
dera, Riaño y Saavedra, que habían de abarcar toda la dominación 
árabe; Madrazo, que tomó para sí los principios de la reconquista; 
Colmeiro, que se limitó á los reinados de los Reyes de Castilla, 
Aragón, Navarra y Portugal, desde el de Alfonso VI hasta Alfon- 
so XI de Castilla; Fabié y Catalina García, que proseguían con 
los de D. Pedro I hasta el fin del siglo xv; Fita, que se encargó 
de la historia de los judíos; Oliver, de la de los Reyes Católicos 
D. Fernando y Doña Isabel; Pujol, que eligió la de Felipe V de 
Borbón; Danvila, la de Carlos III, y Gómez de Arteche, la de 
Carlos IV y Fernando VII. En este reparto fué en el que Cánovas 
guardó para sí la Historia de la Casa de Austria en España, 
que había de ser el resumen de todos los estudios de su vida, y lo 
que es más, el programa de la resurrección del porvenir, con 
Ja que su mente, nutrida de la fe de la patria, sin cesar soñaba. 



XXXVI — 



VI 



Este progreso en la conciencia histórica del autor de la Histo- 
ria de la decadencia, es uno de los fenómenos más dignos de 
estudio en la vida literaria y política de Cánovas del Castillo. 
Para poder formar su contraste en la sana balanza de la buena 
crítica, parece que providencialmente confluye la división de la 
época respectiva en que escribió cada una de las tres más impor- 
tantes obras históricas que nos ha dejado: La Historia de la 
decadencia, el Bosquejo histórico de la Casa de Austria y 
los Estudios del reinado de Felipe IV. La primera es de su pre- 
coz juventud, de 1854, cuando no tenía veintiséis años, no había 
acabado su carrera del Derecho y era periodista batallador en las 
columnas de La Patria. El segundo, se publicó en 1869: es decir, 
á los cuarenta y un años de su edad, cuando ya había desempe- 
ñado cargos diplomáticos en Roma y superiores administrativos 
en el Ministerio de la Gobernación, llevaba largo embate en las 
contiendas del Parlamento, había sido ministro de la Corona, 
ocupaba sitiales en las Reales Academias, y había practicado 
estudios históricos de personal investigación en los Archivos pú- 
blicos, como el Asalto y saco de los españoles en Roma (1), El 
barcho ó parque de. Pavía; la Batalla de Rocroy (2), Las rela- 
ciones de España y Roma en el siglo xvi (3) en trabajos de 
Revistas, y en discursos académicos La dominación española en 
Italia (4), la Invasión de los moros africanos en nuestra Penin- 



(1) Del asalto y saco di Roma por los espartóles. — (La America: 1858). 

(2) Del prhuipio y fin que tuvo la supremacía militar de los españoles en 
Europa, con algunas particularidades de la batalla de Rocroy. — (Revista </c 
España: tomo j. — 1868). 

(3) fi) Del principio de las diferencias entre Paulo IV y Felipe II y de las 
consultas y determinaciones que con ocasión de ellas hubo en España. — 

b) De la reorganización y tratos del Papa Paulo IV con los franceses y mo- 
tivos que alegó ó tuvo para indisponerse al propio tiempo con los españoles. 

c) De la guerra y paces entre Felipe II y el Papa con la conclusión del Pon- 
tificado de Paulo IV, los principios de Pío IV y las últimas consecuencias de 
todos los sucesos referidos. — (Revista de España: tomos li y ni: 1868). 

(4) De la dominación de los españoles en Italia. — Discurso de recepción en 
la Real Academia de la Historia, 20 mayo 1860. 



— XXXVII — 

silla (1) y otros semejantes. Por último, Los estudios del reina- 
do de Felipe /l^ aparecieron en 1888, á los sesenta años de su 
edad, á los trece de haber hecho la restauración de la Monarquía y 
de la Dinastía en España, de ser el supremo director de la política 
española dentro y fuera de la nación, y de hallarse en el apogeo 
de su poder, de su saber y de su experiencia. En las tres obras 
históricas de 1854, de 1868 y de 1888, de necesidad se imponen, 
siendo unos mismos los grandes actores de los sucesos que rela- 
tan, la repetición del juicio, no sobre los hechos, sino sobre los 
personajes sobre quienes caía la responsabilidad del tiempo, del 
éxito y de la Historia. Nudo de toda la política de España durante 
el siglo de la decadencia, por toda la extensión del xvii mas que 
ningunos otros personajes, son evidentemente el rey Felipe IV y 
su gran ministro ó privado el Conde-Duque de Olivares, D. Gas- 
par de Quzmán. Ante estas dos figuras sólo desempeñan un papel 
secundario, las que las precedieron en el Trono ó en el Gobierno, 
Felipe III y el duque de Lerma, D. Francisco Gómez de Sandoval 
y Rojas, y las que le siguieron en análoga posición, la Reina Doña 
Mariana de Austria con el P. Neidthard y D. Fernando de Valen- 
zuela, primer marqués de Villasierra; Carlos II y D. Juan José de 
Austria, y sobre el fárrago de sus ministros circunstanciales, sus 
dos mujeres, á quienes sobre él y su Gobierno se atribuye una in- 
fluencia determinante: Doña María Luisa de Orleans y Doña Ma- 
ría Ana de Neoburg. Pues bien: ni el Felipe IV de la Historia de 
la decadencia es el Felipe IV del Bosquejo histórico, ni el Fe- 
lipe IV de ésta y aquella obra el Felipe IV de los Estudios histó- 
ricos. Todavía esta diferencia de apreciación, de juicio y de con- 
cepto se nota más en estas tres obras, cuando se trata del Conde- 
Duque de Olivares. De haberse escrito para las monografías de 
la Historia general de España, la que el Sr. Cánovas del Cas- 
tillo se reservó, hubiera aún pronunciado el juicio definitivo sobre 
aquel Rey y aquel ministro, tan injusta é innoblemente vilipendia- 
do durante tres siglos, habiendo sido este con su monarca, los 
únicos espíritus verdaderamente españoles que trabajaron cuanto 



(i) De las invasiones de los moros africanos en España. — Discurso en la 
Real Academia de la Historia, en la recepción de D. Emilio Lafuente Alcán- 
tara: 25 de enero de 1863. 



— XXXVIll — 

pudieron por devolver á España su esplendor empañado y por con- 
servar su prestigio, su supremacía y su poder: juicio definitivo 
qué está aún por pronunciar, y que, muerto Cánovas del Casti- 
llo, la vista angustiada no alcanza á ver el espíritu suficiente- 
mente independiente é ilustrado que lo pueda consagrar. 

Como Cánovas del Castillo fué siempre, desde su primera ju- 
ventud, un hombre de buena fe, ni en esto, ni en otros extremos 
que más adelante él mismo condenó en sí mismo, siendo obra 
suya, no puede culpársele más que de haber extremado en la 
Historia de la decadencia, tal vez la nota adversa bajo la pre- 
sión que en su espíritu juvenil ejercían las ideas con que se 
aprontaba á colaborar ciegamente en una próxima revolución. 
Pero considerando atentamente los medios de que disponía para 
formar y escribir en su Historia los juicios que emitió, no puede 
menos de tenerse en cuenta, lo que antes se dijo, cuál era en ge- 
neral, el estado de los estudios históricos en España, cuando él 
la escribió. Las investigaciones reivindicatorías de los Archivos 
empezaban á practicarse. Y todos los libros de que podíamos dis- 
poner, ó constituían el inmenso bagaje con que la literatura 
francesa, hostil á la Casa de Austria, había sustituido hacía dos 
siglos nuestra literatura histórica, ó eran libros españoles sola- 
mente en el nombre, porque, ó estaban servilmente traducidos 
del francés ó en libros franceses habían tomado su inspiración, 
su espíritu y sus doctrinas, ó eran libros totalmente extranjeros. 
No había otras fuentes á que acudir, y aunque Cánovas se pro- 
puso hacer un libro español y para España, este deseo no podía 
realizarse más que en las nobles ambiciones de una aspiración, 
entonces sin realizar. 

La exploración avanzaba siempre, y cuando los Archivos ita- 
lianos nos dieron á conocer las riquezas atesoradas en los de la 
Cancillería véneta, con las informaciones de los embajadores de 
la República durante los siglos xvi y xvii, á su explotación acu- 
dieron instantáneamente todos los hombres estudiosos de Euro- 
pa, creyendo haber encontrado el más opulento filón de noticias 
y de verdad. Cánovas fué uno de los más ansiosos de fomentar 
el prestigio de estas novedades, y las figuras de los reinados de 
Felipe III y de Felipe IV, que retrató en su Bosquejo histórico 
de 1868, fueron tomadas con su característico calor de entendí- 



— XXX IX - 

miento, de las Relaciones de los Valaressos, de los Qritti, de los 
Corder, de los Justiniani, etc., que aunque servían en España, 
eran como los gobiernos todos de la Señoría, más amigos de 
Francia que de nuestra Nación. También más tarde hubo que rec- 
tificar esto; y así, en los Estudios históricos, las figuras men- 
cionadas ya son las que se acercan más á su realidad. Es verdad, 
que ya Cánovas no se inspiraba, como en 1854, en los libros tra- 
ducidos del francés, ni como en 1868, en las Relaciones intere- 
sadas de los embajadores vénetos. Su biblioteca se había nutrido 
de una documentación sacada de los originales, principalmente 
en Simancas, de la que los 15 volúmenes que tengo ante los ojos, 
son un tesoro de revelaciones inéditas, con las cuales hay bas- 
tante para escribir una Historia nueva de lo que hasta aquí las 
literaturas extranjeras, y, principalmente la francesa, nos han 
dado tari adulterado. Su biblioteca se había nutrido también de 
toda ó de la mayor parte de la bibliografía polemística del tiempo 
mismo en que se efectuaron los sucesos políticos y militares de 
aquellos reinados, que entran en el círculo de la decadencia, y el 
conocimiento profundo de estas controversias en sus fondos ori- 
ginales, eran para él un nuevo manantial de revelaciones que, has- 
ta ahora nos habían sido completamente desconocidas. Esta es la 
única literatura extranjera que el historiador español, vindicador 
del honor de su patria, debe consultar, y consultándola Cánovas 
en sus últimos trabajos que dejó, pudo rectificarse noblemente á 
sí mismo, porque con estas rectificaciones, no sólo hacía honor 
á la verdad, sino á la gloria de su patria y á la justificación de 
los ilustres caracteres que más la sirvieron y con más buena fe 
en aquel tiempo. Ya en 1883, al escribir otro de sus más hermo- 
sos libros, El Solitario y su tiempo, con toda franqueza decía: 
«Triste, pero honrado papel— permítaseme decirlo — , me ha toca- 
do á mí en lo referente á la Historia de España, que durante 
algunos años he cultivado con cierto empeño. Nací, y he vivido 
entre españoles, justamente soberbios de su grandeza antigua, 
pero poco curiosos por inquirir y analizar los motivos que la 
originaron y las causas por qué decayó tan brevemente; conven- 
cidos de que tal decaimiento es excepción y natural estado de su 
grandeza, sin sospechar siquiera que á esta tierra, ó á sus habi- 
tantes en general, se debe la inferioridad en que nos hallamos 



— XL — 

ahora respecto á los demás pueblos numerosos y de límites ex- 
tensos; seguros, por último, de que ciertos Reyes y ciertos mi- 
nistros, algunas instituciones y algunas leyes, eclesiásticas 
y profanas, son las causas únicas del doloroso cambio de 
fortuna que experimenta España. Del poco tiempo que mi agi- 
tada vida me ha consentido dedicar á los libros, he consagrado 
ya bastante á desvanecer tales errores, y no sin éxito, pues las 
más de aquellas ideas mías, que un día se tuvieron por parado- 
jas, comienzan á hacerse vulgares, siendo patrimonio común de 
todos, ó la mayor parte de mis puntos de vista sobre la Historia 
de la Nación, que como tal no existe, sino desde que en Carlos V 
se unieron con Castilla Aragón y Navarra.»— «Confiésolo sin re- 
bozo y hasta por deber riguroso de conciencia: el motivo queme 
ha impulsado á hacer de los estudios sobre la Casa de Aus- 
tria en España, la mayor ocupación literaria de mi vida pos- 
terior, consiste en el remordimiento que quedó en mi de haber 
copiado con ligereza, y creído sin bastante examen, muchas 
de las calumnias históricas que pesan sobre los gobernantes 
españoles de la época, juzgándome más obligado que otros 
á inquirir y buscar la verdad, con el fin de desmentirme siem- 
pre que lo mereciera, cual he desmentido ya frecuentemente 
y pienso también desmentir cada dia más á mis poco escru- 
pulosos antecesores» (1). 

En contraposición con lo que la Historia de la decadencia y 
de 1854 y aun el Bosquejo histórico de 1868 bajo la fe de los 
embajadores vénetos, dijeron sobre el Conde-Duque de Oliva- 
res, véase como Cánovas del Castillo le dibuja, en su monogra- 
fía de su Separación de Portugal inclusa en los Estudios his- 
tóricos de 1888.— «Era, dice, el Conde-Duque de Olivares hom- 
bre de sanas intenciones^ desinteresado, sagaz, atento á los 
negocios, con corazón bastante grande para vencer las dificul- 
tades ó afrontar sin miedo los mayores peligros.» Del Rey Feli- 
pe IV veamos, á seguida, estos otros juicios: «La antigua leyen- 
da que le supone exclusivamente entregado á toros y cañas, co- 
medias y galanteos, tiene que recibir un golpe final y decisivo. 
Fué, en realidad, Felipe IV muy aficionado á divertirse en la pri- 

(i) Problemas contemporáneos: tomo j. — Introducción. 



— XLI — 

mera mitad de su reinado, cuando todo le sonreía á primera vis- 
ta y no había sonado la hora suprema de los infortunios aún; 
pero nunca pensó en eso tan solo, como la falsa historia ha 
contado. A los vencedores de Nordlingen y aun en Fuenterrabía, 
érales, después de todo, lícito sentir alegrías y frecuentar toda- 
vía diversiones. Por lo demás, preciso será que los más incré- 
dulos se convenzan también, si no quieren negar el testimonio 
patente de documentos innumerables, ya en Simancas existen- 
tes, ya detentados en París, de que ningún Monarca moderno, 
ni casi ningún Ministro parlamentario, ha intervenido tanto de 
su puño en los expedientes, consultas y negociaciones como el 
calumniado Felipe IV, No fué, no, por andar en comedias, toros 
y cañas exclusivamente por lo que se separó Portugal dé Espa- 
ña: esto resulta ya evidente. Muchos, muchísimos otros motivos, 
y más graves, hubo para aquella nacional desgracia y las demás 
que la acompañaron.» 

Si la publicación de la Historia de la decadencia, con todos 
sus defectos, tuvo el alto mérito de abrir horizonte nuevo de in- 
vestigaciones y de ideas nacionales á la generación contempo- 
ránea de su autor que se consagró á los estudios históricos, las 
últimas obras de Cánovas y sus últimos conceptos vertidos en 
ella, pronto lograron fructuosos proselitismos. ¡Cuánto se ha dis- 
paratado sobre las causas de nuestra decadencia en el siglo xvii! 
Pero el magisterio histórico de Cánovas ha hecho á los nuevos 
críticos dirigir la mirada hacia otras causas más fundamentales 
que las interiores en que la influencia de fuera ha hecho por más 
de dos siglos envenenar nuestro espíritu naturalmente pesimista 
y envidioso cuando tratamos de nosotros mismos. No existía ya 
Cánovas del Castillo, cuando el más correcto pensador de sus 
discípulos, D. Francisco Silvela, fué recibido el día 1.° de Di- 
ciembre de 1901 como individuo de número de la Real Academia 
de la Historia. Su discurso de recepción tenía por tema los Ma- 
trimonios de España y Francia en 1615. Este discurso fué 
toda una reacción, la reacción á que Cánovas tendía con su lar- 
ga y concienzuda labor. La rivalidad de Francia contra España, 
su penetración cautelosa en nuestra nación por medio de sus ma- 
trimonios políticos y su característica desenvoltura en las intri- 
gas de gabinete y en las alianzas con que siempre ha obtenido 



- XLII — 

todas la^ ventajas que ha querido conseguir, forman el nudo ínti- 
rao de toda la política de nuestra decadencia. Silvela lo decía: 
«su propósito mediante los matrimonios reales de 1615, fué minar 
el poder de España para despojarle de él é investirse ella de 
todo lo que hiciera perder á nuestra Nación, y fué el trabajo te- 
naz de todo el siglo xvii, hasta que al comenzar el xviii se apo- 
deró del Trono, nos trajo su sangre á él, nos convirtió en casi 
una provincia francesa y nos obligó á firmar aquel Pacto de 
familia que extremó para siempre nuestro ruina». 



VII 



A pesar de los defectos que el mismo Cánovas del. Castillo, 
hombre ya de Estado y con una instrucción histórica y política 
que en España no ha tenido quien le iguale, y acaso fuera de 
España, más que Thiers en Francia, denunció en sus libros de la 
edad provecta, todavía la Historia de la decadencia sigue sien- 
do libro único en el tema que desenvuelve en la literatura histó- 
rica de nuestra patria. El Bosquejo histórico de la Casa de 
Austria no es más que un resumen, pero no una historia, y en 
Lafuente la parte que comprende los reinados de Felipe III, Fe- 
lipe IV y Carlos II, adolece enteramente de los propios defectos 
que la primera obra histórica de Cánovas. Aventaja ésta última 
también á la de Lafuente en la forma literaria, que revela toda la 
frescura, toda la espontaneidad y toda la viveza de que el espíritu 
de Cánovas del Castillo estuvo dotado siempre, pero que, á se- 
mejanza de la planta espléndida que se viste de pomposas flores ó 
de sazonados frutos, mas cuy.a primera flor ó cuya primera poma 
ayentaja á todas las demás en robustez, belleza, dulzura y loza- 
nía, la Historia de la decadencia como primera flor de aquel 
ingenio, seduce con el vigor y frescura de que hace y puede ha- 
cer gallardo alarde. 

Se ha indicado repetidas veces en este proemio y crítica de 
tal obra, que en su espíritu fué influida por las pasiones políti- 
cas en cuya atmósfera entonces se sazonaba la actividad ver- 
tiginosa del entendimiento y de la acción de su autor. El tiem- 
po empaña la trasparencia de las alusiones multiplicadas que, 



— XLIII — 

principalmente, al emitir ciertos juicios sobre las desdichadas 
reinas Doña Mariana de Austria y Doiía María Ana.de Neo- 
burg, madre y segunda esposa respectivamente del Rey Car- 
los II , se dirigieron entonces á las combatidas autoridades au- 
gustas de las Reinas Doña María Cristina de Borbón y Doña 
Isabel II, Hay que congratularse de que esas alusiones ya solo 
pueden apercibirse por un corto número de entendimientos 
muy cultos así en la historia del iiltimo siglo del reinado de 
los Austrias en España, como en la historia íntima de aquel 
período demasiado revuelto de nuestras revoluciones contem- 
poráneas. Nadie como el mismo Cánovas se lamentó después 
de aquellas dobles injusticias. Ni Doña Mariana de Austria, 
durante su gobierno en la minoridad de Carlos II, fué la que 
nos dejaron descrita los villanos partidarios de D. Juan de 
Austria, ni Doña María Ana de Neoburg, la que dejaron á su 
gusto retratada para la posteridad, primero los partidarios del 
cambio de dinastía, y después los escritores franceses que se to- 
maron la interesada molestia de sustituirnos en la redacción de 
nuestra propia historia. Pero si estas figuras augustas de aquel 
siglo tan vilipendiadas fueron por los que siempre han conspira- 
do contra el honor y la grandeza de nuestra patria, sosteniendo 
el espíritu de división ambiciosa que nos ha arruinado, que nos 
arruina, que obstruye toda tentativa de resurrección nacional, 
no menos injustamente infamadas quedaron las de los tiempos 
cercanos en cuya desopinión y amarguras todos hemos tenido 
parte. Cánovas, hombre de rectitud extrema, cuando se vio en 
sus altas posiciones de pie derecho delante del espejo de la his- 
toria, no tomó la pluma para desdecirse, como lo había hecho en 
sus juicios históricos sobre Felipe IV y el gran Conde-Duque de 
Olivares; pero con actos de su poder volvió noblemente por el 
honor de aquellas damas. La estatua á la Reina María Cris- 
tina que se levantó en bronce en uno de los parajes más públi- 
cos de Madrid, dirá á la posteridad que las vejaciones que en 
vida se cometieron contra su nombre, fueron actos inicuos de la 
falta de honradez de los partidos políticos exaltados. Por fortu- 
na, repetimos, las alusiones vivas que para los lectores de la 
Historia de la decadencia en 1854 estaban claras y fomentaban 
las iras de la revolución que estalló en Julio del mismo año, son 



— XLIV — 

ya charadas y enigmas que el común de las gentes no alcanza á 
descifrar. 

Para reasumir: La Historia de la decadencia de España 
desde el advenimiento de Felipe ¡11 al trono hasta la muerte 
de Carlos II, sigue siendo todavía, desde la época en que se 
escribió, la única monografía histórica que de aquel período de 
tiempo posee nuestra literatura. La inspiró un alto sentimiento 
de ideas nacionales, y fué el modelo á que en lo sucesivo se ajus- 
taron todos los que, comprendiendo que la Historia general no 
puede escribirse mientras cada una de sus particularidades, de 
sus personajes y de sus grandes sucesos no haya sido estudiado 
bajo la ilustración del mayor número posible de documentos, pos- 
teriormente se dedicaron á una labor que ha hecho insignes los 
nombres de Rosell, Janer, Fernández Duro, Rodríguez Villa, 
Muro, Martín Arrúe, general Fuentes y otros. No son los espa- 
ñoles tan dados á los estudios históricos como los extranjeros, y 
da pena confesar que el número de hispanistas extraños que sin 
cesar enriquecen la Minerva histórica española en todas las len- 
guas cultas que se hablan en los dos mundos, sobrepuja de una 
manera desproporcionada al de los que en España consagran sus 
talentos á esta parte principal de la cultura de la nación. Uno de los 
últimos libros históricos sobre España, que este mismo año ha apa- 
recido en las prensas de Copenhague, ha sido el titulado Filip II 
af Spanien del sabio escritor danés C.vrl Bratli. Este libro 
va enriquecido con una extensa bibliografía de autores de todas 
las lenguas que han escrito sobre Felipe II en los tiempos moder- 
nos. ¡Ciento sesenta y nueve nombres de autores extranjeros 
están comprendidos en esta bibliografía! ¡Los nuestros son solos 
treinta y cinco!: Barado, Raquero Sáenz, Boronat y Barrachina, 
Cánovas del Castillo, el jesuíta P. Cappa, Castro (D. Adolfo 
de), Cedillo (conde de), el jesuíta P. Coloma, Danvila Burguero 
(Alfonso), Danvila Collado (Manuel), Estébanez Calderón, Fer- 
nández Duro, Fernández Montaña, general Fuentes, Gayangos, 
Gómez (Valentín), González (D. Tomás), Hinojosa (D. Ricar- 
do), Janer, Lafuente (D. Modesto), Lafuente (D. Vicente), Man- 
rique, general Martín Arrúe, el agustino P. Mateos, Menéndez 
y Pelayo, el agustino P. Montes, Muro, Ortí y Lara, Picatoste, 
PiJal (marqués de). Rodríguez Villa, Rosell, Sánchez (el presbí- 



— XLV — 

tero D. Miguel) y San Miguel (duque de). Entre los extranjeros 
se hacen inolvidables: Baumgarten (Munich), Baumstark (Lieja), 
Bergenroth (Londres), Bohmer (Berlín), Boglietti (Florencia), 
Bongi (Lucca), Borget (Bruselas), Bozzo (Palermo), Büdinger 
(Viena), Cabié (Albi), Campori (Modena), Capefigue (París), 
Coxe W. (Londres), Croze (París), Cunninghame Graham (Lon- 
dres), Diedo (Milán), DoUinger (Regensburg), Donáis (Toulou- 
se), Dumesnil (París), Du Prat (marqués de) (París), Erslew (Co- 
penhague), Esser (Copenhague), Fea (Turín), Forneron (París), 
Fronde (Berlín), Fruin (Qravenhage), Qachard (Bruselas), 
Gams (Rogensburg), Qayarré (Nueva York), Gossard (Bruse- 
las), Grahl (Leipzig), Greppi (conde de) (Turín), Groen van 
Prinsterer (Utrecht), Habler (Berlín), Havemann (Gottinga), 
Helffefich (Berlín), Herré (Leipzig), Hume (Martín) (Londres), 
Jurien- de la Graviére (París), Juste (Bruselas), Kervyn de Let- 
tenhove (Brujas), Kretzschmar (Leipzig), La Ferriére (París), 
Lassalle (Montanbau), Lea (Filadelfia), Matcks (Estrasburgs), 
Mariéjol (París), Maurenbrecher (Berlín), Mignet (París), Mont- 
plainchamp (Amsterdam), Morel Fatio (París), Motley (Londres), 
conde de Moüy (París), Naméche (Lovaina), Ñores (Florencia), 
Oliveira Martins (Lisboa), Pellegrini (Lucca), Philippson (Ber- 
lín), Prescott (Londres), Rachfahl (Munich), Ranke (Berlín), 
Raumer (Leipzig), Reiffenberg (Bruselas), Reynier (París), Ro- 
main (París), Rousselot (París), Sarrazin (Arras), Schafer (Gü- 
tersloh), Schepeler (Leipzig), Schmidt (Berlín), Stirling-Maxwel 
(Londres), Stübel (Viena), Teulet (París), Thomsen (Copenha- 
gue), Tilton (Friburgo), Turba (Viena), barón de Viel-Castel 
(París), Varnkonig (Stuttgart), Weiss (Pecis) y Wilkens (Qü- 
tersloh). 

Como se. ve, no van aquí citados todos los autores extranjeros 
de la bibliografía de Felipe II publicada por Bratli; ¿pero los 
enumerados no bastan para dar idea de lo que sobre España y 
de un solo reinado se escribe del otro lado de nuestras fronteras 
de tierra y mar? Hay que convenir en que, si toda esta bibliogra- 
fía espléndida, y numerosa es el resultado del movimiento que 
hacia la investigación de las documentaciones originales, prin- 
cipalmente en los archivos de Estado, se inició desde el impulso 
que en toda Europa produjo la reacción contra la literatura revo- 



- XLVl — 

lucionaria y bonapartista de Francia durante el ^re\e reinado de 
la casa de Orleans en este país, en lo que á España toca, fué á 
Cánovas, desde tan juvenil edad, al que correspondió tomar 
sobre sí la representación nacional de todo este movimiento. La 
Historia de la decadencia, en realidad, fué su ensayo; pero ella 
le sirvió á él mismo de acicate para sus posteriores explora- 
ciones propias, á la vez que de palanca para la escuela de pro- 
sélitos que de aquí surgió. Nuestras siempre desoladoras divi- 
siones y contiendas políticas han sido la causa eficiente para 
que este movimiento regenerador se haya entibiado; pero como 
cada día se siente más la necesidad de reanudarlo por nuestra 
misma gloria y por nuestro propio estímulo, la semilla que se 
arrojó á la tierra hace cerca de sesenta años, algún día ha de 
convertirse en espigas de recompensa. Esa esperanza nos alien- 
ta á todos los que amamos la patria por la patria; y cuando el 
vergel preparado se cubra de flores, todos habrán de reconocer 
que el primero que hendió con su reja la tierra esterilizada por 
la inercia de dos siglos fué el ilustre autor de la Historia de la 
decadencia de España en 1854. 



Juan Pérez de GuzmAx y Gallo. 



HISTORIA 



DE 



LA DECADENCIA DE ESPAÑA 













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CUATRO PALABRAS 



A LOS LECTORES 



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mi REEMOS que un libro de esta clase necesita siempre de 
ciertas explicaciones, y por eso nos determinamos á escribir es- 
tas líneas. De otra suerte, nos expondríamos á que, sobre las 
censuras que merezca verdaderamente, recayesen otras infun- 
dadas. 

No faltará quien pregunte por qué hemos hecho dos obras se- 
paradas en lugar de una sola, continuación de Mariana y Miña- 
na (1). Es muy sencillo. Nosotros opinamos que la continuación 



(i) Cuando la empresa editorial que llevó el nombre de Biblioteca Uni- 
vjrsal publicó en 1854 la Historia General de España, del P. JuAN DE Ma- 
riana, ofreció en la portada del libro que esta Historia sería continuada 
hasta el año 1851. El P. Mariana no llegó en su obra sino hasta la muerte 
del Rey Católico Fernando V en los primeros aíios del siglo xvi. Continuó 
su labor el P. Fray José de Miñana: éste alcanzó en la suya desde el rei- 
nado de Carlos I de Austria hasta la muerte de Felipe II, y este trabajo fué 
una verdadera continuación del anterior. Mas el autor de la Historia de la 
decadencia de España, aunque tomando el hilo de su narración donde Minana 
dejó la suya, alteró el método, el estilo y el espíritu de sus dos predecesores, 
y á justificar esto es á lo que se encamina esta advertencia preliminar á los 
lectores. — ^J. P. de G. 

1 



— 2 — 

de una obra debe á ella semejarse; que no es continuación de una 
obra otra distinta en el método, en el estilo, en el espíritu. No 
queremos con esto ofender á nadie: decimos sólo la opinión que 
nos ha traído á proceder de diverso modo que otras personas, 
alguna muy estimable. Porque habiendo de escribir de otra 
suerte que Mariana y Miñana, verdadero continuador éste de 
aquél, hemos aceptado la dificultad tal como se nos presentaba, 
y hémosla resuelto haciendo un libro diferente en el nombre y 
la forma como en todo lo demás tenía que serlo. 

Otros habrá que extrañen el que no hayamos puesto más 
atención en lo moderno que en lo antiguo, en la época de los 
Borbones (1) que en la época de los príncipes austriacos. Tam- 
bién hemos tenido para esto razones propias. En primer lugar, 
hemos querido llenar en algo un vacío que se nota en nuestra His- 
toria, y es la descripción de nuestra decadencia, no menos nota- 
ble, no menos grande ni menos digna de estudio que la romana. 
Que no lo hemos conseguido ya lo sabemos; pero puestos á la 
obra, debíamos hacer de nuestra parte todo lo posible por conse- 
guirlo. Nuestra decadencia no sólo no está narrada hasta ahora 
■ sino que está ignorada, obscurecida, envuelta en falsedades y ca- 
lumnias de extranjeros y nacionales; de aquéllos, como autores; 
de éstos, como imitadores ó copistas. Sabau y Blanco hizo no más 
que recoger noticias de libros extranjeros sin crítica, sin examen, 
con notoria precipitación é injusticia y con manifiestos y conti- 
nuos errores. Á este han seguido después los más de los escri- 
tores nacionales. Los que mejor explican nuestra decadencia 
son dos extranjeros: Ranke y Weiss; pero ni uno ni otro qui- 
sieron hacer historias sino más bien disertaciones, y además, 
aunque ambos imparcialísimos, no son, al cabo, españoles, y su 
crítica no puede siempre ser aceptada. Algo de esto puede 



(i) El autor de la Historia d¿ la decadencia de España era también el que 
había de escribir la del cambio dinástico de la Casa de Austria por la de 
Borbón; pero cuando terminó la primera el torrente de la vida política en 
que ya se había iniciado enteramente, le absorbió en medio de los aconteci- 
mientos que sucedieron á la revolución de julio de 1854; por esta razón, y 
para no aplazar la publicación comenzada, se encargó de escribir para esta 
obra el período de la Casa de Borbón, desde Felipe V hasta Isabel II>. 
D. Joaquín Maldonano Macanaz,— J. P. de G. 



— 3 — 

decirse también de nuestro buen amigo D. Adolfo de Castro, 
que ha escrito sobre la decadencia de España, sin pretender 
hacer una Historia. De todo esto nace el grande amor con que 
miramos la primera parte de nuestra tarea y el extendernos más 
en ella de lo que, al parecer, exigía la buena proporción del 
libro. Y al propio tiempo para no ser tan largos en la época de 
los Borbones, hemos tenido en cuenta que si la Historia próxima 
ó contemporánea es siempre espinosa y casi pudiera decirse 
imposible, señálase esto más á medida que se hace más detallada 
y minuciosa, porque se tropieza con mayor número de personas 
y de simpatías ó antipatías particulares. «Trabajo es— decía 
»Quevedo— escribir de los modernos: todos los hombres cometen 
«errores; pocos, después de haber incurrido en ellos, los quieren 
»oir; conviene adularlos ó callar. El discurrir de sus acciones es 
»un querer enseñar más con el propio ejemplo que con el de los 
»otros.» 

Por último, hemos procurado beber siempre en fuentes origi- 
nales y españolas; para ello no hemos perdonado medio en el 
poco espacio de que hemos podido disponer. Los juicios, buenos 
ó malos, son nuestros siempre; los hechos los hemos tomado 
donde hemos podido hallarlos. No nos liemos fiado casi nunca 
de las versiones extranjeras, porque, ante todo, hemos querido 
hacer un libro español y para España, que era lo que hacía 
falta. 




1- 




V 




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INTRODUCCIÓN 


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Hj|| amos á anudar la historia de nuestra nación en 
el punto mismo en que comienza su decadencia. Ma- 
riana, que tomó su relación desde los tiempos más 
remotos, pudo recoger en sus principios á la Monar- 
quía, y seguirla por los gloriosos caminos que la tra- 
jeron á la grandeza que alcanzó en el reinado de los 
Reyes Católicos. No fué menor asunto el de Miñana, 
que relató los hechos de Carlos V y los consejos y 
empresas de Felipe 11. Aquí llegó el astro de España 
á su apogeo. Nosotros hemos de contar ahora cómo 
de tanta grandeza vinimos á humillación tan grande; 
cómo de tan alto poderío, á tamaña impotencia, y de 
sucesos tan prósperos, á tan inauditas desgracias como 
lloraron ojos españoles en los días de Carlos II. Ta- 
rea ingrata y penosa, donde el amor patrio contiene 



ó corta los vuelos de la fantasía; donde la razón se 
ofende y la fe se quebranta, y el corazón se lastima. 
Con harto placer trocaríamos nuestra tarea por las que 
llevaron á cabo Mariana y Miñana; pero quiso Dios 
que así como es inferior nuestro juicio y estilo al de 
aquellos historiadores, así fuesen menores los hom- 
bres y los sucesos que habían de ocupar nuestra 
pluma. 

Al acabar el siglo xvi, sentía la nación cierto can- 
sancio disculpable en lo grande de las obras que había 
ejecutado, y de las empresas que durante el anterior 
había acometido. Pero era cansancio, no decadencia 
aún lo que sentía. Si Dios hubiera concedido á Feli- 
pe II sucesores tan grandes como eran los estados y 
los empeños de la Monarquía, hubiérase conservado 
como estaba, y reparando y mejorando su constitución 
lentamente con la facilidad de los tiempos, el desen- 
gaño de los sucesos adversos y la enseñanza de los 
prósperos, quizá la hubieran alcanzado nuestros ojos 
dominadora aún, y grande y temida. Ello es que era ya 
uno el territorio de la Península después de tantos si- 
glos de división y desconcierto entre las diversas pro- 
vincias. El turco, nuestro mortal enemigo, estaba ven- 
cido y humillado. Aún la infantería de España no había 
cejado jamás en los campos de batalla. Proseguíanse 
las conquistas en África, y en América y Asia se ad- 
quirían cada día nuevos dominios y nuevas minas ó 
mercancías preciosas con que reparar, á poco que se 
acertase en los remedios, la penuria del erario y la po- 
breza de los pueblos. Todavía en los consejos del mun- 
do era la primera voz y más sabia la de España. Toda- 
vía nuestros historiadores eran los más doctos y más 



elegantes, y nuestros poetas y novelistas, y arquitec- 
tos y pintores daban aún asombro á los presentes, es- 
perando á que llegase el tiempo de infundirlo en los ve- 
nideros. Ciertamente, la Monarquía tenía ya dentro 
•de sí los gérmenes de corrupción que más tarde habían 
de destruirla, y cierto es también que Felipe II había 
cometido no pocas faltas en su reinado. Mas ha de te- 
nerse en cuenta que aquellos gérmenes de corrupción 
no habían sido antes sino principios de vida y engran- 
decimiento que eran naturales en la Monarquía, y que 
lo mismo se advertían en ella cuando comenzaron á rei- 
nar los Reyes Católicos que á la muerte de Felipe ÍI. 
De tales flaquezas se hallan en todos los imperios del 
mundo, y viven y crecen, sin embargo, mientras hay 
manos hábiles que acudan á su mantenimiento. Y no 
ha de olvidarse tampoco que si faltas cometió Felipe II, 
faltas quizá mayores cometieron Fernando el Católico 
y el emperador Carlos V, sin que se diga por eso que 
en su tiempo decayese España. 

Pero el vulgo no acierta á comprender de qué manera 
las mismas causas que produjeron engrandecimiento, 
pueden producir decadencia; de qué manera las ideas 
y las instituciones y los hechos que fueron buenos para 
crear, pueden servir también para destruir, trocados 
los hombres y las ocasiones. Entonces se fijan los ojos 
en errores accidentales y faltas más ó menos grandes, 
pero comunes y reparables al cabo, para explicar la 
ruina de las naciones, como si con aquéllas y con éstas 
no hubiesen coincidido las antiguas prosperidades, ó se 
encontrase gobierno antiguo ó nuevo que no haya caído 
en tamaños desvarios por glorioso y feliz que lo mues- 
tre el éxito de sus empresas. Por eso ha habido quien 



- 8 - 

achaque á Felipe II nuestra decadencia, cuando más 
bien reforzó los resortes y acrecentó las fuentes del 
poderío de España. No sean parte sus faltas como hom- 
bre para negarle las prendas de Rey, que por desgra- 
cia no aparecen reñidas como debieran estas cosas en 
el sombrío campo de la historia. Y líbrenos Dios de 
disculpar las faltas ni de creerlas menores porque las 
cometan los reyes, antes las tendremos siempre por 
más grandes. Pero hay afectación ó ignorancia en las 
modernas escuelas, que, dadas á explicar faltas ó crí- 
menes políticos y á inquirir las razones filosóficas con 
que se cometieron, cierran los ojos de espanto, y otra 
cosa no ven ni examinan en los de Felipe II que no sea 
su ejecución. En verdad que nosotros hemos sentido el 
llanto en los ojos al leer, pasados tres siglos, la rela- 
ción del tormento de Diego de Heredia, el noble cam- 
peón de los fueros aragoneses; mas no hemos probado 
mayor dureza en el alma al repasar con la memoria el 
triste fin de los Girondinos en Francia; y es que las 
grandes ideas, haciéndose absolutas y exclusivas dentro 
del limitado entendimiento del hombre, traen consigo la 
intolerancia, la cual engendra el crimen en todos los 
tiempos, y es digna siempre de igual dolor y censura. 
Tales escritores se hallan, sin embargo, que, ó bien le- 
gitiman ó bien disculpan los cadalsos innumerables le- 
vantados en 1793, al paso que no hay anatema que no 
fulminen contra las crueldades de la represión religiosa 
y política del siglo xvi. Representante fué de ésta y 
encarnación de sus ideas y sentimientos Felipe II. Y 
cierto que si se mira lo que hizo aquel Monarca, por 
odioso que parezca á las veces, todavía no puede to- 
marse por mejor ni más preferible lo que hicieron los 



- 9 — 

filósofos revolucionarios del siglo xviii, ni siquiera lo 
que á los mismos intentos religiosos y políticos que él, 
ejecutó en Inglaterra la sanguinaria y deshonesta Isa- 
bel y en Francia el déspota y disoluto Luis XIV. Ab- 
surdo parecerá á algunos; pero no vacilamos en soste- 
ner que Felipe II, así por la austeridad inflexible que 
empleaba consigo propio á la par que con los demás, 
como por el sacrificio continuo del sentimiento á la idea, 
de la pasión al deber, que se advierte en toda su vida, 
tiene más semejanza que con estos príncipes, con el 
primer Bruto que condenó á muerte á sus hijos, y con 
aquel otro famoso que hirió en César á su padre. Por- 
que en Felipe, como en los héroes romanos, el pensa- 
miento y la creencia eran todo; nada los sentimientos 
y pasiones dulces del alma; y tal era la causa de sus 
rigores. 

No se han contentado, sin embargo, con encarecer 
su crueldad sus enemigos, y ha habido aún quien de 
ineptitud le censure. Niegan el sol y contradicen la evi- 
dencia los que ponen en duda la profunda comprensión 
y sagacidad y prudencia del que llamaron los extranje- 
ros demonio del mediodía. Afortunado en unas em- 
presas, infeliz en otras, como todos los reyes de la tie- 
rra, ambicioso como sus antecesores y como todos los 
que sienten en sí poder para adquirir y gozar aún más 
de lo que tienen y gozan, fanático en materias religio- 
sas como lo fué su padre y su abuelo y lo fueron sus 
nietos, no desconoció, sin embargo, los flacos de la 
Monarquía, ni despreció su cansancio cuando llegó á 
advertirlo, que son las cosas porque más se le censura. 
Y de aquel hombre, que sabía cambiar de conducta y 
modificar sus instintos á medida de la conveniencia 



- 10 - 

como ningún otro, puede creerse fundadamente que, á 
reinar en lugar de Felipe III, no habría acometido em- 
presas grandes, ni habría suscitado guerras, ni habría 
hecho más que dar reposo al Estado y recoger sus es- 
parcidas fuerzas. No sólo la paz de Vervins, donde ce- 
dió sin ser vencido, lo persuade; sino que la cesión 
que hizo de los estados de Flandes en favor de su hija, 
casada con el príncipe Alberto, erigiéndoles bajo su 
protección en estados independientes, lo pone en ente- 
ra evidencia. Aplicó á la Hacienda, á la Marina, al 
Ejército toda la atención que más tarde han puesto en 
ello las demás naciones, comprendiendo que en esto se 
cifra el poder del Estado. Y no fué culpa suya el que 
su Marina no se enseñorease de los mares, asegurán- 
donos el comercio del mundo y la explotación de las 
minas de América; ni lo fué tanto como se supone el 
que la Hacienda no quedase en próspera situación, 
dado que no la alcanzó mejor en tiempo de sus antece- 
sores. Aún el fanatismo religioso no le impidió á Felipe 
cumplir con sus obligaciones de príncipe, acudiendo en 
armas á Roma, cuando fué necesario, y manteniendo, si 
humilde y respetuoso en las palabras, duro é inflexible 
en las obras, los derechos de su potestad. Y ello es que 
si su hijo y sus nietos hubieran estudiado en paz y en 
guerra sus lecciones, jamás Rocroy hubiera sido tumba 
de nuestras banderas; jamás los protocolos de Nimega 
habrían afrentado á nuestra diplomacia; jamás los em- 
bajadores de Luis XIV habrían ido en corte extranjera 
delante de los de España. 

La providencia dispuso otra cosa, y el cansancio de 
la nación se convirtió en lenta y total ruina. Supieron 
los sucesores de Felipe II lo que él había hecho en sus 



- 11 — 

tiempos, y no lo que hubiera hecho en tales ocasiones 
como ellos se encontraron. No alcanzó su sagacidad á 
descifrar las miras políticas del rey prudente, y en lu- 
gar de imitar sus obras y seguir sus pensamientos, 
como acaso pretendían, dieron al traste con todos sus 
pensamientos y con todas sus obras. Entonces, los gér- 
menes de destrucción, contenidos ó modificados por 
Fernando el Católico, por Carlos V y por Felipe II, co- 
menzaron á desenvolverse libremente en el seno de la 
Monarquía, y emponzoñaron sus venas, y secaron su, 
pensamiento, y aniquilaron sus fuerzas. Y es indudable 
que si los Reyes Católicos hubieran tenido los suceso- 
res que tuvo Felipe II, habría durado un siglo menos la 
prosperidad de España, y no habría sido jamás lo que 
llegó á ser en la tierra. 

Mas tiempo es de que hablemos de los gérmenes de 
corrupción que desde los principios trajese en sí la Mo- 
narquía, puesto que su desenvolvimiento lento y pro- 
gresivo es precisamente la decadencia que nos toca re- 
latar. Ya que no pretendamos decirlo todo y explicar 
una por una las causas que pudieran influir en los males 
de España durante aquella aciaga época, ayudando á 
quitar de sus brazos la fuerza y el acierto de sus pen- 
samientos y empresas, trataremos de las principales, de 
las más poderosas, de las que en sí pueden comprender 
y encerrar á las otras. 

Los más de nuestros historiadores han hablado de la 
exageración del principio religioso en España con es- 
caso juicio. Hija legítima era de nuestra patria seme- 
jante exageración, si ya no es que digamos que fué su 
madre. Ni podía ser de otra suerte. Una nación que 
peleó ochocientos años contra hombres que profesaban 



- 12 - 

distinta creencia, que llevaba la cruz en todas sus ban- 
deras y miraba á la religión hermanada con todas sus 
glorias; cuyo grito de guerra era un grito religioso; cu- 
yos soldados estaban hechos á ganar indulgencias en 
las batallas; á obtener absolución de sus culpas mu- 
riendo en el campo; á sentir en su ayuda espadas de 
santos; cuyos obispos y sacerdotes eran guerreros; cu- 
yos príncipes y princesas solían ser monjes, tenía ne- 
cesariamente que colocar sobre todos los intereses el 
interés de la cristiandad, y anteponer la idea mística á 
toda idea política ó literaria. Y esa nación misma, acos- 
tumbrada á defender su fe con las armas y á imponer 
con la fuerza á los vencidos; acostumbrada á mirar en 
los infieles á su Dios enemigos eternos, cuya muerte 
era no sólo licita, sino loable, y cuya vida era afrenta 
suya cuando no pecado, tenía que ser intolerante hasta 
el extremo de constituir la Inquisición, y hasta el punto 
de entrometerse en todas las guerras religiosas del 
mundo. A la verdad, tanto ha podido decirse que los 
reyes de España eran esclavos del fanatismo de sus 
subditos, como que éstos lo fuesen de la piedad exage- 
rada de sus monarcas, que es la opinión vulgar. Y aho- 
ra cúlpese cuanto se quiera aquel fanatismo religioso 
por el cual hubo España, y sin el cual no la habría; cúl- 
pese el fanatismo que guió á los guerreros cristianos 
desde la cueva de Covadonga y el monte Paño hasta 
las puertas de la Alhambra; cúlpese á nuestra nación 
por lo que era, por lo que debía ser, por lo que el tiem- 
po y los sucesos mandaban que fuese. 

Bien sabemos que en pocas naciones se había habla- 
do y escrito con tanta libertad y dureza sobre los des- 
órdenes de la Iglesia como en España en el siglo xvi. 



- 13 "- 

Famosas son, entre otras, las obras del arcipreste de 
Hita, de Juan de Padilla y de Bartolomé de Torres Na- 
harro, á quienes no empescieron los hábitos sacerdo- 
tales para fulminar tremendos cargos contra los cléri- 
gos y contra la misma corte de Roma. Mas nunca estas 
censuras llegaron á lo sagrado del dogma y de la creen- 
cia, y en el reinado de los Reyes Católicos y de sus 
sucesores, bien pudo decirse que era España la nación 
donde más sólidos fundamentos tuviesen las prácticas 
y las doctrinas de la Iglesia. Ni faltaron quejas y cla- 
mores contra la Inquisición y aun contra las guerras 
religiosas; pero tales protestas fueron á perderse en la 
opinión nacional severa y compacta, que se alimentaba 
con recuerdos de victorias y venganzas contra los in- 
fieles, y con propósitos y esperanzas de alcanzarlas 
nuevas. Harto se dio á conocer esta saña contra los 
judíos que, ricos y opulentos, vivían de muchos siglos 
antes confundidos con los cristianos, desempeñando 
importantes empleos en los palacios de los reyes, y 
ejercitando el comercio con tanta fortuna, que eran, 
como en casi todas las naciones de aquella época, los 
que poseían las principales riquezas. El odio contra la 
nación que había llevado al suplicio al Redentor del 
mundo, fué profundo y general en el pueblo desde los 
principios de la Monarquía, y la historia de los siglos 
medios muestra que eran tan perseguidos y maltratados 
por el vulgo como los mismos musulmanes. En el fuero 
de los muzárabes que dio el conquistador á los de To- 
ledo, tratando de las multas que habían de pagar los 
ladrones y homicidas, se exceptúan en ellas los que no 
hubiesen cometido sino «furto ó muerte de judío ó mo- 
ro». Y el fuero de Sepülveda, uno de los más humanos, 



- 14 - 

tasa en sólo cien maravedís el homicidio de judío. Pocos 
años después las calles de Toledo se ensangrentaron 
con la muerte de centenares de aquellos infelices, que 
el populacho desenfrenado inmoló sin motivo alguno, 
y desde entonces hasta su expulsión apenas pudo la 
autoridad de los monarcas refrenar los crueles intentos 
de sus vasallos contra la raza aborrecida. Ni era en ellos 
el odio de sólo el vulgo; pues los grandes de Castilla, 
puestos en armas en 1460 contra Enrique IV, propusie- 
ron como una de las condiciones para dejarlas el «que 
echase de su servicio y estados á los judíos». Otro tan- 
to que en Castilla acontecía en Aragón y en los demás 
reinos de España, y los Reyes Católicos, no bien to- 
mada Granada, acabaron con el poder de los musulma- 
nes, dieron allí mismo un edicto expulsándolos del rei- 
no, cumpliendo evidentemente con el deseo de los gran- 
des y de los pueblos, pero dando fatal precedente á la 
expulsión que más tarde se verificó en los moriscos. No 
muchos años después de aquel decreto terrible nació la 
reforma, y las doctrinas de Lutero y de Calvino, con- 
trarias á las antiguas prácticas de la Iglesia, no pudie- 
ron menos de ser tan aborrecidas y menospreciadas en 
España como el islamismo y el judaismo. Hubo no po- 
cos hombres de mérito,, así eclesiásticos como secula- 
res, que se inficionaron con las doctrinas de la herejía, 
tales como el doctor Egidio y el doctor Constantino, 
el famoso Agustín de Cazalla y Casiodoro de Reina y 
Cipriano de Valera, y otros que han dejado muchas 
obras esparcidas por países extraños y no poca memo- 
ria de sus desdichas. Pero hombres tan grandes y más 
nos habían dado los judíos, y no por eso se excusó su 
persecución ni pudo decirse que la nación transigiese 



- 15 — 

con ellos. Verdad es que se llegó á temer tanto de los 
muy doctos, que solía decirse en España por encarecer 
á alguno: «está en peligro de ser luterano». Mas no es 
menos cierto, sin duda, que el mayor número de los 
sabios y doctores, y sobre todo la gente común, ape- 
gada como siempre á las antiguas cosas, siguieron cie- 
gamente la doctrina católica. Cobró entonces más fuer- 
za que nunca la preocupación antigua de limpieza de 
sangre, ó sea la pretensión, general en las familias es- 
pañolas, de probar que ninguna de ellas se había mez- 
clado por matrimonio ó de otra manera con gente infiel 
y herética. No se tardó en llamar cara de hereje al feo 
y desalmado; hereje, al mal intencionado y cruel; he- 
reje, en fin, á todo el que merecía por cualquier modo 
aborrecimiento ó menosprecio, Y las demostraciones 
particulares correspondían muy bien, en tanto, á aque- 
llas otras de la opinión común ó nacional. Un doctor 
llamado Alonso Díaz vino desde Roma á Ratisbona, 
donde se hallaba cierto hermano suyo, celosísimo par- 
tidario de Lutero, pretendiendo apartarle de la predica- 
ción de tales doctrinas, y no pudiendo conseguirlo de 
otra suerte, le mató con sus manos. Y más adelante 
hubo un caballero en Valladolid que obtuvo por merced 
del Santo Oficio que le dejasen cortar la leña y prender 
fuego en la hoguera donde habían de arder dos hijas 
suyas, doncellas ambas y hermosas, condenadas por 
heréticas. Tales sucesos traen al ánimo la exacta idea 
de lo que se pensaba en España de los reformadores. 
Y al llegar á este punto conviene que hagamos resal- 
tar cierta circunstancia tan notable como poco observa- 
da; y es que la ciencia española de aquella época, lejos 
de defender la libertad del entendimiento y de protestar 



— 16 - 

contra la intolerancia y la exageración del principio re- 
ligioso, las ayudó en su obra. Es la filosofía madre y 
generadora de toda la ciencia, y á cultivarla con mucha 
aplicación y esmero se consagraron los españoles desde 
muy temprano. Pedro, el español, fué el asombro de Ita- 
lia á mediados del siglo xiii, y mereció ser cantado del 
Dante. Raimundo Lull ó Lullio llenó con su nombre los 
primeros años del siglo xiv, y dejó escritas una multi- 
tud de obras de todo género, que fueron y son todavía 
estimadísimas de los sabios. Matemático profundo, pro- 
pendía al empirismo y á la observación y experiencia, 
dejando sometido á reglas casi geométricas y mecáni- 
cas el arte de pensar; y si las ciencias siguieran el ca- 
mino que él las trazó en sus obras, fueran harto mayo- 
res y más rápidos sus primeros pasos. Pero su doctrina 
se perdió en el caos de doctrinas dogmáticas que ocu- 
paban las escasas escuelas de entonces. Juan Luis Vi- 
ves vino después de Lullio á sostener ya la necesidad 
del método empírico, y uno y otro antes que el inglés 
Bacon conocieron la imperfección de la filosofía esco- 
lástica, y trataron de remediarla mejorando los estu- 
dios. Mas no era tiempo aún de lograr semejante fruto. 
En vano Vives, en el tratado De corraptione artium et 
scientiarum y en el De tradendis disciplinis esforzó 
sus argumentos para convencer á los sabios de su tiem- 
po de los errores de la dialéctica. En vano quiso susti- 
tuir á ella su método de pensar, viciosoal cabo, pero más 
á propósito para ir desenvolviendo las ciencias y la ra- 
zón en su cuna. No alcanzó otra cosa sino la gloria, mu- 
cho tiempo desconocida, de haber mostrado antes que 
algún otro á la Europa el camino que vino á seguirse en 
adelante. Por lo pronto, el escolasticismo y aristoteli- 



— 17 — 

mo continuaron reinando en las escuelas, y, sobre todo, 
en las de España produjeron copiosos frutos. Durante el 
siglo XVI florecieron entre estos escolásticos Francisco 
Vitoria, catedrático de Salamanca, que escribió un tra- 
tado sobre la potestad eclesiástica y otro sobre la po- 
testad civil, de donde Grocio tomó no pocas de sus doc- 
trinas; Domingo Yáñez, catedrático también de aquella 
Universidad sapientísima, y eí famoso Domingo de Soto, 
autor del tratado Dejustitia et Jure, aún hoy tenido en 
mucho por los jurisconsultos, y de otros varios libros 
sobremanera apreciados por sus contemporáneos den- 
tro y fuera del reino. De los aristotélicos fué el más 
grande Juan Ginés de Sepúlveda, traductor y anotador 
de las obras del maestro, hombre de inflexible lógica y 
de vasta erudición y doctrina. Negar el talento y la 
ciencia en tales escritores sería injusticia ó locura, y la 
historia de la civilización humana habrá de reparar al 
cabo el olvido en que les tiene, señalándoles alto pues- 
to á todos ellos. Pero la índole particular de una y otra 
filosofía produjo las extrañas resultas que arriba indi- 
camos. 

Perdidos los escolásticos en el laberinto sin salida de 
■su dialéctica, y aplicándola á asuntos de suyo tan suti- 
Jes como los teológicos, llegaron á formar una logoma- 
quia perpetua en las escuelas, impidiendo que dedica- 
sen sus esfuerzos al estudio de las grandes verdades 
morales y políticas. Achaque fué éste, que sintieron to- 
das las escuelas del mundo por aquel tiempo; pero como 
en ninguna de ellas hallase el escolasticismo tanto cul- 
tivo y entusiasmo como en España, ni en otra alguna 
parte se viese tan protegido y apoyado por el clero, 
aconteció que aquí primero, allá después, se fueran di- 

2 



- 18 — 

sipando sus tinieblas, y entre nosotros se hiciesen cada 
vez más densas é impenetrables. No era más favorable 
la filosofía griega que lo fuera de por sí el escolasticis- 
mo al principio de libertad y á la generación de las ideas 
modernas. Formóse una amalgama extraña de la Provi- 
dencia cristiana con el fatalismo griego, de la moral de 
Jesús con la de Epicteto y los demás estoicos, de las 
verdades del Calvario con las del Pórtico y la Acade- 
mia. Entonces, á impulso de las mismas ideas que pre- 
cedieron y protegieron acaso las tiranías de Filipo y de 
Tiberio y la esclavitud romana y griega, se fueron des- 
envolviendo en lo íntimo del catolicismo español, que 
de tan puro y severo se preciaba , principios esencial- 
mente paganos é hijos de la civilización idólatra. Hallá- 
ronse en solemne contradicción y lucha la idea cristia- 
na en su pureza y la idea pagana en su más franca y 
terminante expresión, cuando disputaron en Valladolid 
sobre el tratamiento que había de darse á los indios 
conquistados, el doctor Sepúlveda de una parte, y de 
otra el virtuoso obispo de Chiapa, fray Bartolomé de 
las Casas. Aprobó el primero cuantas crueldades se co- 
metían con aquellos desdichados «por la rudeza de sus 
» ingenios, decía, que son de su natura gente servil y 
»bárbara y por ende obligada á servir á los de ingenio 
>m3s elegante, como son los españoles.» Doctrina ente- 
ramente aristotélica y sacada palabra por palabra del li- 
bro III de la Política. Contestóle el padre Las Casas 
con la sencilla doctrina de los cristianos de que Dios 
hizo hermanos á todos los hombres; ¡idea de fecundi- 
dad inmensa, conquista la más alta que hayan hecho las 
ciencias morales en el mundo! Pero fué en vano; la Fi- 
losofía tenía de su parte el interés particular y el egoís- 



— lo- 
mo, y la Iglesia, encerrada en el Estado y confundida con 
él en deseos y conveniencias, no hizo lo que pudiera por 
sacar triunfante la doctrina purísima de Las- Casas. Así, 
Sepúlveda y su filosofía pagana triunfaron, y los in- 
dios continuaron siendo tan maltratados como al princi- 
pio por los conquistadores. Viéronse al propio tiempo 
predicadores y dogmatizantes invocando los principios 
estoicos de Epicteto y proponiendo sus lecciones por 
modelo á los cristianos. La idea de la servidumbre, tan 
opuesta al cristianismo, se fortificó así entre nosotros, 
y con ella, como hermana y compañera, tuvo entrada 
en todos los ánimos la justificación de la tiranía, co- 
brando más fuerza el instinto de opresión al flaco y al 
vencido. Y lejos de recibir la nación de la filosofía doc- 
trinas de progreso y sentimientos de humanidad, no re- 
cogió otra cosa que la resignación de los estoicos, cier- 
to espíritu de pequenez, de nimiedad, de sofistería, pro- 
ducto de la lógica ergotizante, y mayor suma de intole- 
rancia, si cabe, que la que daba de sí el catolicismo. 
Así fué también como llegaron tiempos en que Nicolás 
Antonio pudo contar en España hasta doscientos cator- 
ce autores que tratase filosóficamente de la Summa de 
Santo Tomás, y ciento cincuenta que hubiesen hecho 
libros de enseñanza ó de texto para las escuelas, ence- 
rrando en ellos las más altas materias de la filosofía, sin 
que entre tantos se encontrara uno solo que haya in- 
fluido después en las ciencias, ni que lograse entonces 
contener la decadencia que á tan tristes extremos iba 
llegando. 

Sólo la exageración del principio religioso y esta fi- 
losofía ergotizante tan bien anudada con ella, trajeron 
males capaces de trastornar cualquier grandeza de mo- 



- 20 - 

narquía: primero, la emigración de muchos miles de mo- 
ros y judíos y luteranos, expulsos ó perseguidos del 
Santo Oficio; luego, la ruina, el envilecimiento y la des- 
trucción de tantas familias como vinieron á los autos 
de fe\ además la parálisis de las ciencias y su muerte 
lenta, pero completa, mientras por todas las naciones 
de Europa, al calor de las disputas y de la libertad de 
pensamiento y de controversia, nacían ideas fecundas, 
asomaban descubrimientos útiles y desarrollábase loza- 
na y gloriosamente el progreso humano; por último, que 
fué lo más fatal, la transformación del carácter en la 
nación. Era España joven, vigorosa, libre en el pensa- 
miento, y en el obrar, franca, entusiasta, alegre, aun- 
que grave, dada á seguir los vuelos de la fantasía y á 
obedecer á las inspiraciones de la voluntad, aunque 
piadosa y prudente. Vino sobre ella una vejez tempra- 
na, contemplativa y descontentadiza; vino una timidez 
penosa en el pensamiento y en las determinaciones; vino 
un íntimo recelo de todas las cosas, que inclinaba á las 
personas á desconfiar hasta de sí propias; vino la indi- 
ferencia terrenal de quien no funda ilusiones sino so- 
bre los bienes del otro mundo; vino cierta melancolía 
antipática á las otras naciones, y enemiga de adelantos; 
vino cierto espíritu de obediencia pasiva y de resigna- 
ción fatalista á cuanto parecía disposición del cielo que 
encadenó aquella voluntad poderosa, que antes todo es- 
torbo lo hallat)a leve y toda resistencia desproporcio- 
nada á sus fuerzas. Quedaron relegadas á lo más hon- 
do de los pechos para ser transmitidas secretamente de 
padres á hijos aquellas antiguas y nobles cualidades del 
carácter de España; en lasobras, en las palabras fue- 
ron desapareciendo primero en el mayor número, luego 



- 21 — 

en el menor, por último en el limitado guarismo de al- 
mas excepcionales y privilegiadas que Dios suele con- 
ceder á las naciones, hasta borrarse del todo. Fué muy 
bien secundada la represión religiosa por la represión 
política, y así pudo decirse que apenas quedaba un es- 
pañol á la muerte de Carlos 11. 

Ni en el reinado de los Reyes Católicos ni en los del 
Emperador y de Felipe II se sintió, sin embargo, tal 
decadencia de carácter. Y aunque á la verdad, las per- 
secuciones del Santo Oficio pesaron sobre casi todos 
los hombres ilustres, perseguidos ó no, hubo, de todas 
suertes, en tiempo de este último príncipe, médicos y 
matemáticos que levantasen las ciencias; escritores 
satíricos que criticasen, hasta con licencia, las costum- 
bres del Clero y de los poderosos; jurisconsultos que 
profesasen ideas muy libres y muy altas; canonistas 
que defendiesen con enérgica franqueza los derechos 
del Estado; pensadores, en fin, que fuera de España 
eran oídos con asombro en las cátedras de la orgullosa 
Sorbona y en las Universidades de Italia y Alemania. 
Andrés Laguna, Hurtado de Mendoza, Arias Montano, 
Melchor Cano, Garcilaso, fray Luis de León y Herre- 
ra, escribieron en aquella era, y es harto conocido tal 
siglo por el siglo de oro de nuestras letras, para que 
no pareciera ocioso el citar otros nombres. Pero la 
Inquisición siguió adelante, y poco á poco fué enros- 
cándose, á manera de serpiente, en torno del pensa- 
miento español, hasta que, debajo del imperio de los 
sucesores de Felipe II, estrechó su anillo tanto que lo 
ahogó en él y le dio muerte. Y cada vez fué creciendo 
el empeño en mantener guerras religiosas, y las medi- 
das de intolerancia y de persecución fueron en aumento 



— 22 — 

de tal modo, que pudieran causar, por sí solas, la total 
ruina. 

Los monarcas estuvieron ciegos, sobre este punto, 
como los pueblos: ni los unos ni los otros conocieron 
el precipicio adonde aquel funesto tribunal podía con- 
ducir á la Monarquía. Los Reyes Católicos habían 
dejado que ardiesen los tesoros de la ciencia árabe que 
se hallaron en la Alhambra; habían expulsado á los 
judíos, que tan buenos servicios prestaran á la nación, 
sobre todo en la guerra de Granada; habían permitido 
los bautismos forzosos de Cisneros, las hogueras 
de Lucero y el enjuiciamiento del buen arzobispo 
Hernando de Talavera, confesor de la Reina misma. 
Carlos V autorizó las mayores persecuciones contra 
sus continuos y amigos, tildados por el Santo Oficio. 
Felipe II dejó luego que se persiguiese á fray Luis de 
León y al grande arzobispo de Toledo fray Bartolomé 
Carranza, y que se atreviese la Inquisición hasta á la 
vida particular de los grandes y de los príncipes; dejó 
también que alimentasen las santas hogueras millares 
de sus vasallos, y dijo, tratándose de los de Flandes, 
aquella frase famosa: «Más quiero no tenerlos, que 
tenerlos herejes». Tiempos habían de venir forzosa- 
mente en que ni el Rey mismo estuviese seguro, como 
lo probó Carlos II en su persona y en que un millón de 
pobladores inteligentes y laboriosos, la flor de nuestras 
provincias meridionales y occidentales, tuviesen que 
abandonar nuestro suelo, llevándose consigo los restos 
de nuestra riqueza agrícola, industrial y comercial, y 
abriendo en el corazón de la Monarquía tan honda 
llaga, que apenas han podido cauterizarla dos siglos. 

No menos funesto que el fanatismo religioso fué, 



— 23 — 

para la Monarquía española, el provincialismo, que es 
la falta de unidad civil y de unidad política. La separa- 
ción y discordancia de las diversas provincias de Espa- 
ña, se advierte en la Historia desde los primeros tiem- 
pos. Quizá la tierra misma se prestó á ello, dando á 
cada localidad opuesto clima y distintas producciones 
y poniendo entre ellas límites y fronteras naturales; 
quizá ayudó eficazmente al establecimiento de colonias 
de diversas naciones. La dominación romana impuso 
■algo de unidad en la Península, pero la invasión de las 
diversas naciones septentrionales, que ocuparon diver- 
sas provincias, volvió á separar las partes mal unidas 
y á dar á cada provincia distintas tradiciones y leyes. 
No bien establecida la unidad por los godos en el rei- 
nado de Sisebuto, se perdió en D. Rodrigo la Monar- 
quía, y los moros, que ocuparon la mayor parte, no 
tardaron en repartirse en muy distintas soberanías, al 
propio tiempo que los cristianos, que huyendo de las 
desdichas del Guadalete se refugiaron en las montañas, 
tomaban allí distintos jefes, lejos los unos de los otros, 
sin poder comunicarse ni entenderse en la empresa 
común. Y muchas dinastías y muchas leyes y muchas 
historias se formaron antes que el valor y la fortuna 
pusiesen todos aquellos estados en manos de los Reyes 
Católicos, menos la parte de Portugal, constituyéndose 
la Monarquía española. 

Pero, al entrar en ella, cada pueblo se conservó 
como era: con sus mismos usos, con su propio carácter, 
con sus leyes, con sus tradiciones diferentes y contra- 
rias. Ni siquiera era igual la condición de todos los 
Estados: los había de condición más y menos noble, 
más y menos privilegiados; éstos, libres, y aquéllos, 



24 

casi esclavos; como que la unión hab'a ido ejecutándo- 
se por muy diversos motivos, viniendo unos pueblos 
voluntariamente, como pretenden los vascongados, y 
otros por medio de matrimonios, como Castilla y León 
de una parte, y, de otra, Aragón y Cataluña; tales 
como Valencia y Granada, que estaban pobladas de 
moros todavía, por fuerza de armas; tales, mitad por 
derecho, mitad por fuerza, como Navarra, Y no era 
esto sólo sino que, dentro de una misma provincia, 
cada población tenía un fuero y cada clase una ley. 
España presentaba, de esta suerte, un caos de derechos 
y de obligaciones, de costumbres, de privilegios y de 
exenciones, más fácil de concebir, que de analizar y 
poner en orden. Era imposible saber con cuántos 
hombres y con cuánto dinero pudiese contar la Monar- 
quía; imposible enumerar sus fuerzas ni sus flaquezas; 
ni siquiera, en algunas ocasiones, dónde estaban sus 
verdaderas ventajas ni sus peligros y pérdidas. Para 
colmo de confusión, tuvo esta Monarquía, desde sus 
principios y antes de fundarse, muchas posesiones y 
colonias extranjeras. Trajo consigo el reino de Aragón 
á Sicilia y Cerdeña; descubriéronse los dilatados impe- 
rios del Nuevo Mundo; Gonzalo de Córdoba puso á 
Ñapóles debajo de nuestras banderas; el casamiento de 
Felipe el Hermoso con Doña Juana la Loca, nos dio 
los Países Bajos; al cardenal Cisneros debimos algunas 
posesiones en África, y Carlos V redujo á su obedien- 
cia el Milanesado. Al contemplar en los mapas tantos 
y tan diversos países, se asombra el ánimo y no hay 
más que exclamaciones líricas en los labios para cele- 
brar la grandeza de España; pero, á poco que la razón 
cobra su imperio, se trueca en pena el primer contento. 



- 25 ^ 

La situación de la verdadera Monarquía, de lo que era 
la verdadera nación, repartida en tantos intereses y en 
tantos pensamientos, no podía ser más peligrosa. Y la 
inmensa balumba de posesiones y territorios que pesa- 
ban sobre aquella desconcertada máquina, debía hacer 
temer desde el principio que, no acudiendo muy efi- 
cazmente al remedio, viniesen las catástrofes que acon- 
tecieron al cabo. 

A la verdad, la falta de unidad en las diversas partes 
de la Península, que era lo primero que debía mirarse, 
parecía cosa de muy difícil remedio y muy lento. No 
podían alterarse en un año aquellas costumbres tan 
antiguas y tan diversas, aquellas leyes tan respetadas 
y tan contrarias. Pero era preciso emprender la obra 
con resolución y constancia si había de llegarse alguna 
vez á buen término. 

Dos caminos se ofrecían. Era el uno igualar á todas 
las provincias en derechos políticos, transportar lo 
bueno y ventajoso de estas á las otras, y quitar de 
todas ellas los gravámenes inútiles y las cosas dañosas 
al común. De este modo hubieran podido formarse más 
tarde unas Cortes generales en España, en las cuales 
los brazos de Aragón y Castilla, Navarra y Andalucía 
y Cataluña hubieran entrado con igualdad de derechos 
y de influencia; y no hay duda de que aquel gran Con- 
greso, representando la libertad general del país, 
habría acabado por establecer naturalmente y sin 
esfuerzo la unidad apetecida. Ninguna provincia perdía 
nada con que las demás se igualasen á ella en libertad; 
ninguna habría podido fundar agravios en que lo mejor 
y lo substancial de sus instituciones se comunicase á 
las otras. Harto más difícil habría sido el reunir en un 



- 26 - 

solo Congreso á los brazos de todas las provincias y 
el ir suprimiendo las malas instituciones y remediando 
los errores añejos. Pero la fuerza del bien general y de 
la libertad de todos, tenía que ser, por fuerza, tan 
grande, que poco á poco habría desaparecido toda 
resistencia injusta y no fundada en razón ó convenien- 
cia. La libertad de todos, representada en estas Cortes 
generales de la Monarquía, habría uniformado los 
nombres que tanta influencia suelen tener en las cosas; 
habría creado un lenguaje político común, y antes de 
mucho la legislación civil y criminal y los intereses y 
las aspiraciones de todos hubieran venido juntándose 
y fundiéndose y creándose una nación sola de tantas 
naciones diferentes. Teníamos, para favorecer esta 
empresa, la unidad religiosa que nos costaba tanto, y 
no habría sido difícil contar con el apoyo de la nobleza 
más ilustrada, de una parte, y, de otra menos discon- 
forme en su composición y más semejante aquí y allá 
en derechos y en intereses, que no las municipalidades 
y los pueblos. Así también el régimen representativo, 
por el cual hemos trabajado tanto después y con tan 
poca fortuna, se habría encontrado por sí mismo cons- 
tituido en España. 

A ninguna nación le hubiera sido más fácil que á la 
nuestra su ejercicio en aquella sazón, y acaso la Ingla- 
terra misma, con su Carta magna, hubiera tenido que 
imitar algo en nosotros, en lugar de tanto como nos- 
otros imitamos en ella. Había aquí ya costumbres públi- 
cas, pueblos enseñados á entender en sus intereses y 
grandes que no sabían ceder al trono en sus empeños; 
había leyes como aquella segunda del Libro de las 
leyes, que decía: «Doñeas faciendo derecho el Rey 



— 27 — 

»debe haber nomne de Rey; et faciendo torto, pierde 
»nomne de Rey. Onde los antigos dicen tal proverbio: 
»Rey seras si fecieres derecho é si non federes dere- 
»cho, non seras Rey»; y aquella otra del octavo Con- 
cilio Toledano: «é si alguno dellos for cruel contra sus 
»poblos, por braveza ó por cobdicia ó por avaricia, sea 
»escomungado»; hab:'a fueros como el de Sobrarbe, 
donde se establecía « que Rey ninguno no oviese poder 
»nunquas de facer cort sin conseyllo de los ricos 
» hombres naturales del Reyno, et ni con otro Rey ó 
» Reina guerra et paz ni tregoa»; había antecedentes 
de resistencia, como aquellos de Epila y Olmedo. Y 
porque tales leyes y tal principio de resistencia no 
engendrasen, por salvar la libertad, la anarquía, tenía- 
mos un grande y general amor á la institución del 
trono, nunca puesta en duda, nunca y en ninguna 
parte combatida hasta entonces, y teníamos leyes que, 
así como las que arriba citamos, amonestaban á los 
malos reyes ordenasen al pueblo completa y total obe- 
diencia á los buenos. Ahí están las Partidas, decla- 
rando que los reyes que no fuesen tiranos y no «tor- 
nasen el Sennorío que era derecho en torticero», son 
«vicarios de Dios cada uno en su regno puestos sobre 
las gentes para mantenerlas en justicia.» Sentados es- 
taban los cimientos del régimen representativo, sin que 
se echase alguno de menos: la libertad y el orden, la re- 
sistencia y la obediencia, antítesis de difícil resolución 
en una sola tesis general y fecunda, pero indispensable 
para que tal régimen subsista. 

Bien conocemos que era mucho pedir en los reyes de 
entonces el que acometiesen con sinceridad y energía 
tal empresa. Pero si los reyes no querían procurar la 



- 23 - 

unidad de la Monarquía á costa de extender las liberta- 
des y de cercenar su poderío, todavía contaban con 
otros medios para traer á punto la unidad deseada. 

Fuera de las sendas de la libertad había otro camina 
por donde llegar á ella, harto contrario, aunque no de 
más fácil logro; y era nivelar todos los derechos, no á 
medida del más alto, sino á medida del más bajo; era 
quitarles á todos la libertad política y las exenciones ci- 
viles, y dejarlos por igual sujetos á la voluntad del so- 
berano. Así fué como la Francia llegó al punto de uni- 
dad que siglos hace alcanza. Necesitábase para ello em- 
plear dentro del reino las fuerzas que se emplearon 
fuera, y dedicar al logro de tan grande empresa toda la 
atención política y todo el poder de la corona. No había 
que transigir con uno solo de los privilegios, porque 
con eso desaparecía la autoridad y la fuerza de la nive- 
lación, al propio tiempo que se interrumpía la unidad 
misma. Un día y otro, un año y otro empleados en esta 
tarea, y la ayuda de la Inquisición y las sangrías que 
ocasionaban á las provincias las Américas y las guerras 
extranjeras, habrían acabado por hacer posible seme- 
jante empresa, que con ser mala en sus fines y en sus 
principios, que con ser injusta, habría proporcionado 
algún beneficio á la Monarquía, trayéndole la unidad: 
mas con lo que se hizo, ni se ganó la unidad ni se ex- 
cusaron tamaños males. 

Hubo represión, hubo tiranía, hubo atentados contra 
la libertad antigua de los ciudadanos y de los pueblos, 
mas no se logró por eso la unidad. Hallaron los monar- 
cas que, lo mismo en Aragón que en Castilla, cabezas 
de la Monarquía, los grandes y los plebeyos estaban di- 
vididos desde muy antiguo en enemistades y emulacio- 



— 29 — 

nes. Miraban de reojo los grandes la libertad que alcan- 
zaban las ciudades, y los ciudadanos llevaban muy á 
mal las exenciones y el poder de la nobleza, mayores 
en Aragón que en Castilla, pero en ambas partes muy 
grandes. Comenzaron los monarcas á excitar y aumen- 
tar aquella rivalidad, fundada en los diversos intereses 
de las dos clases. Primero se concedieron fueros y car- 
tas pueblas, no con otro ánimo que con el de libertar á 
Jos pueblos de la tiranía de los grandes; después se fué 
aumentando el poder del brazo popular en las Cortes, 
hasta el punto de equilibrarse con su poder el poder del 
brazo noble. Acostumbráronse por tal manera los pue- 
blos á hallar protección en el trono y á considerar como 
adversarios á los grandes y ricos-hombres; y éstos, 
despreciando la enemistad de los pueblos, redoblaron 
sus abusos y acrecentaron su soberbia. Declaráronse 
Jos pueblos por uno de los bandos, y los grandes por 
otro en las discordias que hubo en Castilla durante el 
siglo xv: los primeros se inclinaron á Doña Juana la 
Beltranej'a, y los segundos, á los Reyes Católicos; 
aquéllos tomaron la parte de Felipe el Hermoso contra 
su suegro D. Fernando, y estotros sostuvieron á Don 
Fernando á todo trance. La muerte impensada de Feli- 
pe dio al fin la victoria al suegro, y algunos grandes de 
Jos más soberbios é independientes, de los que por sus 
padres y por sí propios habían hecho temblar al trono 
-en tantas ocasiones, hubieron de emigrar á Flandes, y 
desde allí asistieron despechados al júbilo de sus con- 
trarios, que, como todos los que vencen, no sabían dis- 
frutar de la victoria sin abusar de ella. Vino Carlos de 
Austria á reinar, y aunque los grandes vinieron con él 
y se agruparon en torno suyo, no lograron reparar sus 



- 30 - 

pérdidas, ni pudieron considerar la vuelta como victo- 
ria, porque el poder que nace de la fuerza y de la oca- 
sión sin fundamento racional muy evidente, si una vez 
se pierde, no se recobra jamás: así ha de decirse que 
entonces cayó la nobleza castellana. Pero no tardaron 
en llegar los días de Villalar, y, peleando con todo su 
poder contra los pueblos, tomó de su afrenta desdicha- 
da venganza. En vano el noble Hurtado de Mendoza 
formuló la unión indispensable de nobles y plebeyos en 
aquella sentencia enérgica que conservan sus manus- 
critos: «El clamor de la injuria del pueblo despierta é 
incita á la venganza el ánimo de los nobles.» Ya era 
tarde, y el poder real, apoyado por los grandes, acabó 
en Castilla con las franquicias populares, lo mismo que 
á aquéllos los habían humillado antes con el favor del 
pueblo. 

Buen pago dio la corona á los grandes por tamaño 
servicio. Caliente estaba aún la sangre de Villalar cuan- 
do en 1539 los echó Carlos V de las Cortes de Toledo, 
porque se negaban á contribuir con pechos y tributos á 
los gastos del Estado, alegando la exención de que dis- 
frutaban, resto injusto de la libertad antigua, y el pue- 
blo más que nunca debió tomar aquella humillación á 
propio desagravio. 

Una cosa harto distinta había sucedido en Inglaterra. 
El rey Enrique I tuvo ya que modificar muchas leyes de 
Guillermo el Conquistador, hostigado por los nobles y 
los plebeyos coaligados. Fuese perfeccionando sin sen- 
tir tal alianza durante los reinados de Enrique II y Ri- 
cardo corazón de león, por manera que cuando Juan 
sin tierra abusó de las prerrogativas reales, pudo for- 
marse contra él aquella confederación general que le 



- 31 - 

obligó á firmar en Runymede la Carta de bosques y la 
Carta magna, principios y aún hoy día fundarrientos de 
la Constitución inglesa. 

Como en Castilla no se pudo llegar á tal concierto, 
se perdieron las libertades. Mirándose aquí absolutos, 
puesto que no quedaba más que una vana apariencia de 
libertad en las Cortes, los monarcas quisieron serlo en 
todo y en todas partes; pero no supieron llevarlo á 
cabo. Cayeron los privilegios del reino de Valencia casi 
al mismo tiempo que los de Castilla, vencidas las fac- 
ciones y bandos que allí se levantaron con nombre de 
germanías. Y aunque las de Aragón, mal vistas y ame- 
nazadas ya por Isabel la Católica, subsistieron más 
tiempo, vinieron á morir, en fin, á manos de Felipe II, 
legítimo sucesor y continuador de la política de aquella 
Reina, notándose en su perdición las mismas causas que 
se vieron en Castilla, y, principalmente, el propio des- 
concierto y división que allí hubo entre los grandes y 
los pueblos. Fomentó muy especialmente la antigua dis- 
cordia Felipe II antes de dar el golpe que meditaba á 
los fueros aragoneses. Pretendían todavía los señores la 
absoluta, que así se llamaba el derecho de bien, y mal- 
tratar á los vasallos, y ejercitábanlo de hecho con har- 
ta dureza. Insurreccionáronse por este motivo contra el 
duque de Villahermosa sus vasallos los ribagorzanos, 
y el Rey les hizo dar todo género de ayuda, excitando 
más que aplacando los excesos que de una y otra parte 
se cometían. Lo propio aconteció con otros, y hasta 
llegó á proteger el Rey á algunos vasallos que, cansa- 
dos de la tiranía del señor, se alzaron en armas y le 
dieron muerte. Así se vio que, cuando llegada la oca- 
sión acudieron los grandes á las armas, apenas encon- 



- o2 

traron gente que viniese á servir debajo de sus bande- 
ras, y ios que vinieron depositaban muy poca confianza 
en ellos. Las Universidades ó Municipios que regían 
las principales ciudades y villas grandes á manera de 
señorío, tuvieron más fe en las seguridades que daba 
el Rey que no en los reparos de la nobleza, que con 
harta razón no creía en ellas. Sólo Zaragoza se puso 
en armas, y ella sola y los nobles llevaron el castigo. 
Contra éstos no escasearon los suplicios, claros y ma- 
nifiestos unos, encubiertos otros, é ignorados hasta 
nuestros días, en que se han abierto de repente los ar- 
chivos que guardaban aquellos dolorosos misterios. 

No tuvieron mejor suerte que los aragoneses, ni en 
verdad la merecían, los moriscos ó cristianos nuevos 
que poblaban algunas provincias. No disfrutaban éstos 
de derechos políticos; pero los disfrutaban civiles de 
mucha cuenta y exenciones que, en lugar de atraerles 
afrenta, les proporcionaron mayor holgura y riqueza; 
como que á causa de ellos no entendieron ni en las gue- 
rras, ni en la colonización inmensa que por entonces 
empobrecieron y despoblaron las provincias del reino. 
Es indudable que aquella gente de raza enemiga, de 
poco firmes creencias, distinta de nosotros en usos y 
leyes, ofrecía muchos peligros, repartida como estaba 
en las costas meridionales y occidentales del reino, don- 
de tras de no servir para defensa, brindaba con un 
apoyo probable, cuando no cierto, á nuestros adversa- 
rios. Así que el alejarlos de los puertos y lugares de 
desembarco, reemplazándolos en ellos por una población 
enérgica y numerosa de cristianos viejos, habría sido 
determinación prudente y que debió tomarse desde los 
principios. Mas era preciso al propio tiempo con toleran- 



— sa- 
cia en las cosas pequeñas y domésticas y con rigor infle- 
xible en las grandes y que tocasen á la seguridad del 
Estado, ir dando tiempo á que nuestras costumbres fue- 
sen las suyas y suyo de corazón nuestro culto, como 
ya lo era el habla. Así había acontecido sin afán y es- 
trépito en otras provincias del reino que habían ocupa- 
do también los moros, y donde ya en el siglo xvi ape- 
nas podía hallarse rastro de ellos. No se hizo esto; 
antes con prohibiciones impertinentes y odiosos man- 
datos contra sus costumbres y usos domésticos, se 
provocó aquella rebelión de los Alpujarras que tanta 
sangre costó y tantas pérdidas, dejando en el cora- 
zón de los vencidos la saña que á tales extremos obli- 
gó en adelante. Y al propio tiempo que así se obraba 
en Castilla, en Aragón y en contra de los moriscos, 
dejábanse intactos los fueros de Cataluña, Portugal, 
Navarra y las Provincias Vascongadas, no menos con- 
trarios y enemigos de la unidad nacional que los que 
con tanto empeño se habían suprimido. No había allí, 
ciertamente, las mismas causas que en Aragón y Cas- 
tilla para que la libertad se perdiese. Vióse siempre en 
las Provincias Vascongadas la gente noble de la parte 
misma que la plebeya; porque ni tuvo aquélla privile- 
gios odiosos, ni ésta pudo acopiar agravios, por consi- 
guiente: y en Cataluña y Navarra, donde había tam- 
bién harta desigualdad de condiciones, mostráronse 
todos unidos, grandes y pequeños, para la defensa de 
los fueros. Pero ya que la obra estaba comenzada, ya 
que en otras partes no los había, era flaqueza ó error 
grave el dejarlos allí imperar y echando cada día más 
profundas raíces, porque eso mataba la unidad preten- 
dida y dejaba la llaga del provincialismo ó fuerismo, 

3 



- 34 - 

tanto más exclusiva y privilegiada, cuanto más profun- 
da y peligrosa en el corazón de la Monarquía. Sobre 
todo, fué notable lo de Portugal. Esta provincia, que por 
ser tan importante y por tener menos vínculos con la 
Monarquía que ninguna otra, á causa de su larga sepa- 
ración y de su unión tan inmediata, exigía más robustez 
que ninguna en la administración y más fuerza en la 
autoridad, conservó después de la conquista todas sus 
franquicias, aun aquéllas que claramente favorecían su 
emancipación, como se vio por desdicha más tarde. Y 
desde luego se advirtió, tanto en Portugal como en Ca- 
taluña, Navarra y las Provincias Vascongadas, que fue-^ 
ron las provincias donde se toleraron las antiguas fran- 
quicias, una cosa, para ellas de provecho y honra, fa- 
tal para la unidad del Estado, que fué que al calor de la 
libertad se conservó más entero y más firme el carácter 
individual que en las demás partes de España. No tuvo 
medios para hacerse tan eficaz la represión religiosa, 
ni dejaron nunca los ciudadanos de pensar y de discu- 
rrir para atender á los intereses públicos, que en mucha 
parte les estaban confiados; y así se hallaron todavía 
fuertes y enérgicos cuando los castellanos y aragoneses 
habían caído ya de su antigua firmeza. Error de aque- 
llos tiempos que también tuvo influjo en las revueltas 
posteriores. Todavía en Cataluña, Navarra y las Pro- 
vincias Vascongadas se nota cierta superioridad de ca- 
rácter sobre el resto de España, producto de la des- 
igualdad de condiciones que entonces alcanzaron. 

Comparando cosas tan contrarias y tan diversos mo- 
dos de conducta, llégase á dudar si el pensamiento de la 
unidad nacional tuvo cabida en el ánimo de los grandes 
reyes del siglo de oro de nuestra política. Diríase que 



- 35 ■ ■ 

obraron al azar y á medida del capricho momentáneo ó 
de las necesidades del día. Pero lo más probable es que 
cuando el pensamiento de la unidad estuviese en todos 
ellos, y principalmente en Felipe II, distraídos con las 
empresas lejanas y las guerras extranjeras, no acerta- 
ron á obrar con el concierto y la constancia que tama- 
ño intento requería. Fué que se dieron treguas á Cata- 
luña y Portugal y las demás provincias para que con- 
servasen sus fueros, mientras venía la ocasión oportuna 
de igualarlas con Aragón y Castilla, Y en esto precisa- 
mente hallamos nueva falta, porque no había ningún in- 
terés que debiera preferirse al de la unidad, ninguna 
cosa que debiera hacerse antes á costa de dejarla á ella 
para después. 

No era menos dificultoso, ni fué cosa en que se co- 
metieron menos errores, el conservar las inmensas po- 
sesiones que tenía España fuera de la Península, prin- 
cipalmente en Europa. Natural era que se quisiera 
conservar el gran dominio adquirido, porque eso acon- 
sejaban la razón política y el sentido común, enemigos 
ambos de las exageraciones filantrópicas de nuestra 
Edad. Mas por lo mismo, para conservar tan gran domi- 
nio era preciso saber preferir unos territorios á otros, 
unos esenciales, otros accidentales: éstos, que redon- 
deaban y afirmaban la Monarqu«'a; aquéllos, en que sólo 
podía hallar efímera gloria. Aún convenía abandonar 
Estados que hubiesen de perjudicar á la conservación 
de otros mayores, y dejar las empresas inútiles por las 
ciertas y de seguro éxito. No desconocieron tales prin- 
cipios de buena política ni Fernando V, ni Carlos V ni 
Felipe II; pero no supieron ponerlos en práctica con 
oportuna constancia. • 



— 36 — 

Femando V se propuso y alcanzó, en compañía de 
su esposa la magnánima Isabel, la grande obra de arro- 
jar de España á los mahometanos, y más tarde se apo- 
deró, no bien halló pretexto para ello, del reino de Na- 
varra, que era una parte esencial y necesaria de la Mo- 
narquía española. También se hizo restituir los conda- 
dos de Rosellón y Cerdaña, que de tiempo antes 
estaban empeñados en poder de la Francia, y que eran 
esencialísimos para resguardar la Península por aquella 
parte y para tener en respeto á nuestros turbulentos ve- 
cinos, poseyendo tal puerta por donde invadir á mansal- 
va su territorio. Pero apartó de su cauce la política es- 
pañola, empleando en Ñapóles y en las guerras de Ita- 
lia las sumas y soldados con que debió pesar en África. 
Cabalmente alcanzó tiempos en que pudo hacerlo con 
ventaja, porque caídos los benimerines en el Mogreb- 
el-acsa ó imperio de Marruecos, hubo allá una horrible 
división y anarquía, que duró ochenta años, hasta la de- 
rrota de los beni-wataces y la exaltación al trono de los 
sanguinarios xerifes. Aprovecháronse de ella los portu- 
gueses; hicieron grandísimas conquistas con ayuda de 
los mismos naturales, que á la sazón se alistaban sin 
empacho debajo de las banderas cristianas; pero no su- 
pieron conservar lo adquirido. Y Fernando el Católico, 
que tantos recursos tenía en sus reinos, echados los mo- 
ros de Granada, para hacerlas mayores y conservar- 
las eternamente, descuidó de esta manera el constituir 
de nuevo la España romana y goda, que pasando el es- 
trecho tenía puestas sus fronteras en el Atlas, límite que 
la Naturaleza al propio tiempo que la Historia, nos tie- 
nen señalado. Grande error fué, que no disculparían ni 
aun los empeños del descubrimiento y conquista del 



— 37 — 

Nuevo Mundo. Acometiéronse empresas parciales; to- 
máronse algunas plazas de la costa; pero el error de 
Fernando V fué perpetuándose en los reinados sucesi- 
vos, y después de no pequeños gastos y pérdidas de 
hombres y navios, después de muchas batallas ganadas 
y de harta sangre vertida en aquellos arenales, no pu- 
dimos recobrar la España transfretana, y quedaron nues- 
tras costas y nuestros mares á merced de los piratas 
berberiscos, que nos causaron gravísimos perjuicios los 
años adelante, todo por no haber hecho á tiempo el es- 
fuerzo que se requería, llevando de una vez nuestras ar- 
mas á aquellas regiones, donde de ir entonces todavía 
estarían de seguro imperando. Arrastró á Fernando V 
el orgullo de preponderar en Europa, y pudo más en él 
esto que no el útil de España. 

Dejó también sembrada Fernando V copiosa cizaña 
con el matrimonio que pactó entre su hija y Felipe el 
Hermoso, del cual nos vinieron los Estados de Flandes. 
¿Cómo era posible que Carlos V abandonase luego fácil- 
mente aquella herencia tan legítima de sus padres? Sos- 
túvola, que era ya grave error, y además cometió por su 
parte mayores faltas que Fernando V: unas dictadas por 
el propio espíritu de preponderancia, apoderándose de 
Milán, ni más ni menos que como aquél se había apo- 
derado de Ñapóles; otras por la cualidad que tuvo de 
Emperador de Alemania. Acrecentadas con esto sus 
fuerzas, se acrecentó su ambición naturalmente, y ade- 
más, teniendo que acudir á defender el Imperio, empleó 
en ello parte de las fuerzas nacionales, desperdiciándo- 
las: bien que sea preciso convenir en que los alemanes 
tienen razón cuando se quejan de que Carlos V no pa- 
reció más que Rey de España. La verdad es que aquel 



- 38 - 

Príncipe fué español en sus sentimientos, y lo fué en 
sus conquistas, dejándolo todo á beneficio de España. 
Su falta estuvo en que, deslumhrado con las grandes 
fuerzas de que á la sazón disponía, llevó demasiado 
adelante sus pensamientos. No tuvo idea de lo que Es- 
paña con sus fuerzas ordinarias podía sustentar, y de lo 
que particularmente la convenía, y así le vemos no sólo 
desatender la conquista del Mogreb-el-acsa, entrete- 
niendo el ocio de sus armas cuando no eran empleadas 
contra alemanes y franceses, ya en Argel y Túnez, ya 
en otras expediciones menos importantes, sino dejar á 
la Francia vencida la merindad de San Juan de Pie del 
Puerto que había pertenecido siempre al reino de Nava- 
rra, tierra española. Más tarde, dio también la isla de 
Malta á los caballeros de San Juan de Jerusalem, isla de 
suma importancia para la dominación del Mediterráneo. 
Felipe II conquistó á Portugal con ventaja tan grande 
de la Monarquía, que basta con ello para que su memo- 
ria sea honrada en España. Hubo en este Príncipe más 
¡dea que en otro alguno de nuestros verdaderos intere- 
ses; pero de una parte se encontró ya planteados los 
más de los errores nacionales por Fernando V y Car- 
los V, dueño á su pesar de Ñapóles y Milán y Flandes, 
Borgoña y Sicilia, y de otra, sus medidas y sus nuevas 
empresas pecaron siempre ó de poco maduras ó de so- 
brado grandes, por lo cual no sacó de las más el buen 
partido que se proponía. Encadenado á la política de sus 
antecesores, no hizo más que aplicar á ella todo lo 
grande de sus pensamientos y el impulso de su volun- 
tad invencible. De aquéllos y ésta tuvo sobradamente 
para cambiar de política; pero era doloroso y ofensivo 
á su orgullo el cambio, y así vino á tomar el verdadero 



- 39 - 

camino demasiado tarde. ¿No había más que abandonar 
la herencia de su padre y abuelo, los campos donde 
fueron las hazañas de Gonzalo de Córdoba y de Anto- 
nio de Leiva? Felipe^ en lugar de retroceder luego, si- 
guió adelante. A la verdad, sus intentos contra ios in- 
gleses no han de culparse porque salieron desgraciados, 
que el éxito no da ni quita la razón á las cosas. Véase 
adonde la Inglaterra ha llegado después, lo que ha sido 
para nosotros mientras hemos tenido AmériCas y hemos 
tenido Marina, y acaso se encuentren justificados los 
proyectos de aquel Monarca. Él, antes que Napoleón^ 
acometió la grande empresa de humillar al leopardo in- 
glés en su guarida^ y supo hacer más para lograrlo; has- 
ta el bloqueo continental, ese sueño magnífico del capi- 
tán del siglo, fué imaginado por Felipe 11^ llevando para 
su ejecución muy adelante los tratos. Pero en sus in- 
tentos contra la Francia anduvo mucho menos acertado. 
Si en vez de poner en el trono de Francia á una hija 
suya, hubiera intentado^ prevaliéndose de las luchas ci- 
viles^ el desmembrar el territorio y extender lejos del 
Pirineo nuestra frontera, con harto ahorro de dinero y 
de fatiga, lo habría conseguido. Entonces la Francia no 
habría podido tomar sobre nosotros la superioridad que 
tomó en adelante. Dueño como fué de Marsella y de 
otras plazas importantes del Mediodía, fácil habría sido 
que nuestra nación se estableciese allí de un modo du- 
radero. 

No desconoció Felipe tal sistema, pero comenzó á 
emplearlo tarde, cuando ya su influencia y sus fuer- 
zas estaban muy quebrantadas. Más diestro anduvo 
Luis XIV, que abusando de la incapacidad de nuestros 
gobernantes y del estado mísero de la nación, fué apo- 



- 40 - 

derándose, debajo de frivolos pretextos, de tantas pro- 
vincias nuestras; y luego que nos traía despojados de 
todo lo que le convenía, fué cuando emprendió las ne- 
gociaciones para sentar á un príncipe de su sangre en 
el trono de España. Y cierto que á Felipe II le habrían 
sido más fáciles que á Luis XIV semejantes empresas, 
porque el monarca francés tuvo que acabar de abrir con 
su espada nuestros aportillados baluartes, y tuvo que de- 
rramar en el campo de batalla la poca sangre que que- 
daba en nuestras venas; mas al Rey de España le tenían 
vendida la Francia los franceses á precio vil de oro, 
duques y arzobispos, soldados y burgueses: de suerte 
que no había más que tomar de ella al antojo. Algo al- 
canzamos al principio, pero no lo que más convenía; 
Marsella era de mayor importancia que Calais, que 
hubo al fin que entregar á los franceses, y cuatro plazas 
de la parte del Rosellón valían más que muchas en Flan- 
des, puesto que bien se pudo preveer, aun querienda 
sostenerlas entonces por honor ú orgullo, que tarde 
ó temprano habían de perderse aquellas provincias. 

Tales errores hicieron que el Imperio de España,, 
que debía hallarse á la muerte de Felipe II con fronte- 
ras seguras y ventajosas en las montañas de África y 
en el corazón de la Francia; que debía ser señor del 
Mediterráneo, poseyendo ambas orillas del estrecho 
de Gibraltar y el puerto de Marsella, por lo menos, en la 
costa francesa, Sicilia, Cerdeña, Malta y las Baleares, 
en medio del mar, y el gran puerto de Ñapóles, que ai 
abrigo de tales puertos y fronteras debía parecer invul- 
nerable, fuese dificilísimo de defender y facilísimo para 
la ofensa, débil y flaco por su grandeza misma. 
■ Réstanos hablar de la despoblación y pobreza del 



— 41 — 

reino y del desorden y penuria de la hacienda pública, 
que con el fanatismo religioso y la falta de unidad po- 
lítica, han de contarse también entre las causas que in- 
fluyeron en la ruina de nuestro poderío. No conviene 
tratar separadamente de tales objetos, porque son por 
su índole tan semejantes y caminan tan juntos en la 
Historia que, sin lo uno, difícilmente puede compren- 
derse lo otro. 

No hay datos que den á conocer cuál fuese el núme- 
ro de pobladores ni la riqueza é industria que tuviese 
España durante los siglos medios. Dividida en tanfos 
reinos cristianos y moros, éstos bien y aquéllos mal go- 
bernados; pasando los territorios y provincias de unas 
manos á otras con tanta frecuencia; no habiendo pro- 
piedad, ni dominio, ni nación, ni gobierno seguro, es 
imposible, no sólo que tales datos los haya, sino aun 
que á falta de ellos pueda formarse algún cálculo pro- 
bable, ni en lo particular ni en lo general de la nación. 
Pero sábese á ciencia cierta que siempre fueron gran- 
des los apuros en Castilla. Sólo D. Pedro el Cruel lo- 
gró algún desahogo y acopio de dinero entre aquellos 
soberanos de la Edad Media. Los gastos de la guerra 
continua contra los moros, las donaciones de los reyes 
al Clero y á los grandes, la amortización y las exen- 
ciones de pagar que de aquí nacían, y más que todo el 
natural atraso y casi abandono de la Agricultura, del 
Comercio y las Artes que, trayendo muy pobre al país, 
le imposibilitaban de conllevar grandes tributos, eran 
los principales motivos. Alteróse el valor de la moneda 
en casi todos los reinados, desde Fernando III hasta los 
Reyes Católicos, y se contrataron muchos empréstitos; 
mas agravándose el mal con tales remedios, encontra- 



- 42 - 

ban los reyes mayores dificultades cada día para aten- 
der á las crecientes necesidades del Estado. Así se 
puede creer de Enrique III que no hallase con qué ce- 
nar cierta noche, como dicen las consejas. Y, sin em- 
bargo, las Cortes de Castilla le dijeron á su hijo Don 
Juan 11, en 1447: «que non demandase ningunas cuantías 
de maravedises, porque non pudiéndose soportar tales 
pedidos é monedas, se iban los vasallos á poblar otras 
tierras é reinos». No por eso cesó el fatal impuesto de 
la Alcabala ó 5 por 100 sobre la venta de mercaderías, 
infroducido en el reinado anterior, y en el siguiente se 
creó la renta de Cruzada y la contribución llamada 
paga del subsidio. Y pensando aliviar las miserias de 
los pueblos y ponerlos en estado de atender á tales tri- 
butos, se dieron ya por entonces leyes suntuarias y se 
puso tasa al precio de las cosas: mezquinos y falsos 
remedios, harto probados después en los tiempos de 
decadencia de la dinastía austríaca. 

Por esto, que pasaba en Castilla á principios del 
siglo XV, puede colegirse cuan infundada sea la opi- 
nión de los que suponen muy desahogado el Tesoro 
público y muy florecientes las Artes, el Comercio y 
la Agricultura durante el siglo xvi. Verdaderamente, 
aunque no hubiese datos ni documentos que contradije- 
sen la opinión, el recto sentido habría de desaprobarla. 
¿Qué industria, ni qué comercio, ni qué maravillas en 
la Agricultura podían alcanzar tales pueblos, que habían 
vivido ocho siglos lidiando de provincia á provincia, de 
pueblo á pueblo, de heredad á heredad? ¿Cómo habían 
de ser fabricantes ni comerciantes hombres á quienes 
no daba descanso ni un solo día el ejercicio de la es- 
pada? Antes que no caminos, y puertos, y máquinas, y 



- 43 - 

cosas de aquellas que se emplean en el tráfico y pro- 
ducción industrial, mirábanse en España sendas natu- 
rales entorpecidas ó quebradas á intento, á fin de estor- 
bar los pasos, antiguos puentes derruidos, fortalezas 
sembradas por llanos y montes y atestadas de instru- 
mentos de guerra. Parte de ello era obra de los moros, 
parte de los cristianos, ya de los reyezuelos que ocu- 
paban las distintas provincias, ya de los concejos para 
defenderse de los ricos hombres. España era un campo 
de batalla, y en tales campos no nacen ni se conservan 
las flores de la paz. Además de estas razones de buena 
crítica, tenemos noticias de viandantes, principalmente 
una muy detallada del veneciano Navajero, que prue- 
ban que las Castillas, como Aragón y Navarra, á na 
dudarlo, eran ya al empezar el siglo xvi tierras de 
abundancia estéril, provincias de poca población^ y po- 
bres y mal cultivadas, por donde los rebaños merinos, 
favorecidos del privilegio de la Mesta, y que formaban 
la base de nuestro escaso comercio é industria, vaga- 
ban á su placer asolándolo todo, como en los tiempos 
bárbaros y de continua guerra, en que ellos eran la sola 
riqueza posible y provechosa. Y luego que la paz inte- 
rior pudo desarrollar entre nosotros las artes útiles, 
produciendo la emulación y la concurrencia, nacieron ó 
se desarrollaron rápidamente nuevas causas que apar- 
taron á la nación del camino de la prosperidad. Los ju- 
díos dejaron despobladas, según cierto analista, ciento 
setenta mil casas, y salieron de estos reinos en número 
de cuatrocientos mil, según unos, de ochocientos mil, 
según otros, aunque no falta también quien rebaje á 
treinta y cuatro mil las familias, que podían componer 
hasta ciento setenta mil almas; gran muchedumbre, de 



- 44 - 

todos modos. Vedóseles extraer oro ni plata, pero como 
se les permitiese llevar consigo cualquiera otro género 
de mercaderías, y como no se les pudiese impedir el 
uso de las letras de cambio, á que estaban muy habi- 
tuados, sacaron indudablemente inmenso caudal del 
reino. Fué grande también el número de los emigrados 
por causa del Santo Oficio, y aun el de los quemados y 
penitenciados se puede calcular en muchos millares, 
sacando aquéllos del reino oro y plata en abundancia y 
perdiéndose en éstos mucha gente laboriosa y útil, y, 
además, la tranquilidad y la confianza, que son alma y 
vida del comercio y del trabajo. Y á la par consumieron 
innumerables hombres tantas y tan sangrientas guerras, 
apartándose de los oficios y producción en que se em- 
pleaban, al cebo de la gloria y del honor muchos, y no 
pocos al de la ganancia que ofrecía el saco frecuente 
de ciudades y la ruina de los países conquistados. 

Pero, sobre todo, fué fatal á nuestra población y al 
espíritu de laboriosidad y de producción el descubri- 
miento de América. Los españoles que allá caminaron 
fueron tantos, que bastaron para poblar centenares 
de ciudades y villas en aquel continente; y si vinieron 
en cambio grandes conductas de oro y plata, ni fueron 
ciertamente tan grandes como se ha supuesto, ni re- 
compensaron los males que nacieron de ellas. Dio el 
pronto enriquecimiento más y más crédito á la antigua 
preocupación económica, que hacía cifrar en el oro y 
plata la prosperidad de las .naciones, primero en los 
gobernantes, luego en el pueblo. Ninguno viendo vol- 
ver poderosos en pocos años á los que fueron pobres y 
mendigos, sujetaba sus pensamientos á ganar con lenta 
y penosa utilidad ó la riqueza ó la subsistencia; y lo in- 



— 45 - 

esperado del acontecimiento y su lejanía, daban aún 
estímulos á la sorpresa y valor á la fama para encare- 
cer y mentir, fingiendo montes, ríos y mares de plata y 
oro y piedras preciosas con que la codicia despertaba á 
los más modestos y los apartaba de su hogar y antiguas 
ocupaciones. Todo el que sentía en su corazón sed de 
bienestar, de placer y de gloria; todo el que para pro- 
curárselos amaba el trabajo y la fatiga; todos los em- 
prendedores y laboriosos y alentados salieron por tal ma- 
nera de España; la mayor parte al Nuevo Mundo, bastan- 
tes, como arriba indicamos, á las guerras de África y Eu- 
ropa. Bien pudiera decirse que el quedar en España en 
tales tiempos y con tan deslumbradoras esperanzas por 
fuera, era señal casi segura de poquedad de ánimo, de 
imbecilidad ó pereza. Y cierto que no eran los que tales 
cualidades poseían á propósito para continuar la indus- 
tria y el cultivo que hubiese, cuanto y más para adelan- 
tar en ellos, como forzosamente había de suceder cuan- 
do nuestros frutos y producciones hallasen mercados. 
El hecho fué que se abandonó todo género de trabajo, 
viéndonos obligados antes de mucho á traer de países 
extraños hasta los objetos más necesarios para el con- 
sumo, comprándolos con los tesoros que venían de 
América, y por lo mismo ha podido decirse con mucha 
razón que no fué España sino un puente para que éstos 
pasasen seguros á otras naciones más laboriosas. Sólo 
en Segovia, Toledo, Sevilla, Granada y Valencia se 
sabe que floreciesen algunas industrias, y esas no tar- 
daron en decaer completamente, contribuyendo con las 
grandes causas que dejamos apuntadas otra, pequeña 
al parecer, grande en realidad, que fué la introducción 
de nuevas modas, y, por consecuencia, de distintas te- 



- 46 - 

las en los trajes. Eran sencillas las costumbres en esta 
tierra de combates, y nuestros industriales sólo labra- 
ban sencillas telas; la corte flamenca y alemana y el 
frecuente trato de los españoles con aquellas naciones 
y con Italia trajo nuevas necesidades, y, por conse- 
cuencia, nuevo género de consumo. ¿Y cómo había de 
acudir á él y de luchar con los ricos tejidos de Flandes, 
ejecutando dentro de sí tales cambios, una industria 
puesta en tan desfavorables condiciones como á la sa- 
zón afligían á la de Castilla? No era posible. 

El comercio era ya tan pobre, que apenas se halla en 
los siglos medios el nombre de una plaza española que 
se contase entre las concurridas y ricas del mundo. La 
exportación se reducía á algunas primeras materias, y 
la importación no era bastante para satisfacer las nece- 
sidades del país. Y siendo el mayor beneficio que nos 
brindase la América éste del comercio, tampoco supi- 
mos aprovecharlo; planteóse un sistema inmenso de 
monopolio que á un tiempo ataba los brazos de Europa 
y de América, dañando tanto á la una como á la otra, 
sin favorecer á nadie en suma: que es lo que suele su- 
ceder con tal género de errores. A Carlos V se atribu- 
ye, si no la invención, la ejecución de tal sistema, que 
fué y ha sido después no sólo español, sino europeo; 
pero como nacido aquí, fué aquí, sin duda, donde ma- 
yores males produjo. Todo se volvió prohibiciones, 
todo trabas y dificultades al tráfico. El fisco tomó ofi- 
ciosamente á su cuidado la riqueza pública, y como su- 
cederá siempre que tal cosa se intente, en lugar de fa- 
vorecerla, la ahogó en su cuna. Entre otras cosas, se 
prohibió el hacer el comercio de América á los extran- 
jeros, y sólo pudo suceder que ni ellos ni nosotros lo 



— 47 — 

hiciésemos, que no establecer un privilegio en prove- 
cho nuestro como se pretendía. 

Al compás que el sistema prohibitivo de Carlos V 
echaba las hondas raíces en que le vemos sostenerse 
todavía, brotaban preocupaciones particulares no me- 
nos funestas que aquella otra gran preocupación eco- 
nómica. Húbolas en todas partes; pero causas diver- 
sas, religiosas y políticas, hicieron que ellas se afir- 
maran y duraran más que en alguna otra en España. De 
ellas fué la amortización eclesiástica, tan combatida por 
algunos fueros y leyes españolas de la Edad Media, tan 
favorecida después por la devoción exagerada de los 
vasallos, la tolerancia de los reyes y la codicia de los 
clérigos, y ahora más que nunca acrecentada. No nos 
detendremos á examinar y encarecer los males de este 
género de amortización; sabidos de todo el mundo, es- 
tudiados hasta la saciedad, probados en la experiencia 
dolorosa de tantos años, no hay ya lugar á disputas ni 
serias controversias sobre este punto. Será verdad que 
la acumulación de capitales en manos de comerciantes, 
industriales ó agricultores proporcione ventajas á las 
grandes empresas y acreciente la producción en oca- 
siones; mas no lo es de seguro que tal acumulación 
pueda haberla sin notorio perjuicio en manos de ecle- 
siásticos. Lo mismo podemos decir de los pequeños 
mayorazgos y vínculos con que la gente común, émula 
en esto de los grandes, lo mismo que ellos habían sido 
émulos de los reyes, ató la propiedad á los posesores 
y la apartó del tráfico y negociaciones fructuosas, re- 
duciéndola verdaderamente á la condición de muerta, 
como decía su nombre. De tales preocupaciones fué 
también, y acaso la más funesta, el juzgar impropios de 



- 43 - 

la nobleza y la hidalguía la profesión del comercio y de 
las artes útiles, lo cual amortizó por sí solo los inmen- 
sos capitales que poseían los grandes é hidalgos y otros 
muchos de personas ricas que, vendiéndose los títulos 
á dinero, preferían comprarlos con él á emplearlos en 
cosa que les deshonraba. Llegóse á tener por más dig- 
no el servir á las personas de calidad que no el vivir 
con el trabajo propio en libertad y holgura. Errores y 
preocupaciones todas que desde Carlos V han venido 
perpetuándose con diversas formas hasta nuestros 
días. 

Felipe II, lejos de retroceder en la obra de su padre, 
la llevó adelante con su ordinaria tenacidad y empeño; 
unió el monopolio comercial á la intolerancia política y 
religiosa: así fué la represión completa. Prohibió la en- 
trada de mercancías extranjeras, como si ya hubiera 
sido posible estar sin ellas, y la salida del oro, como si 
pudiera entretenerse á sus solas en nuestros mercados 
sin empleo alguno. Y es que Felipe II, lo mismo que Car- 
los V, desconocieron los altos principios que después 
ha desenvuelto la ciencia económica, y quiso la suerte 
que ni siquiera por azar diesen con ellos, como aconte- 
ció en otras partes. Porque á tientas fué; pero ello es 
que la paciente república de Holanda, y la Inglaterra 
primero y luego la Francia dieron con ciertas verda- 
des, á las cuales debieron muchas ventajas. Como ejer- 
citaban ya mucho la industria; como no tenían por qué 
temer la competencia, sino más bien por qué buscarla; 
como carecían de otro medio de proporcionarse el oro 
que no fuese el cultivo de las artes mecánicas y el trá- 
fico, á pesar de los nuevos errores económicos y de las 
nuevas preocupaciones, no dejaron de labrarse una 



— 49 — 

prosperidad duradera, mientras que los españoles, sin 
grande interés en la industria, sin medios de sostener 
por lo pronto competencia alguna en los mercados, con 
oro en abundancia y esperanza de tenerlo siempre y de 
tener más cada día, dejaban tal camino casi completa- 
mente abandonado. 

Y juntando con esto el atraso antiguo de la Agricul- 
tura, producido por la guerra de ocho siglos^ la falta de 
brazos que comenzaba á sentirse por la expulsión de 
los judíos, las emigraciones voluntarias de los moros, 
los destierros forzosos de muchos, las persecuciones 
del Santo Oficio, la amortización civil y eclesiástica y 
el sinnúmero de soldados que exigieron las dilatadas 
y sangrientas campañas del siglo xvi, compréndese 
finalmente cuan pobres y tristes debían ser á últimos 
de él aquellas provincias que estaban á la cabeza de 
tantos países y hacían de centro, de alma, de señor de 
todos ellos. Hasta nuestros días no ha sido puesta en 
su punto de verdad esta situación, obscurecida primero 
por los cantos hiperbólicos de los poetas árabes, y des- 
pués por el pomposo patriotismo de los escritores cas- 
tellanos. Aquéllos, comparando nuestra tierra con el 
África, de donde solían venir, no podían menos de 
hallarla muy bien cultivada y con grandes artes y co- 
mercio; y éstos, que por lo común no habían salido de 
nuestra tierra, tampoco podían hallar en otra ventaja 
alguna. Los extranjeros solían juzgarnos mejor en esta 
parte; y los pocos que visitaron nuestro país durante el 
siglo XVI, están conformes en que las Artes y la Agri- 
cultura y el interior del país presentaban entonces el 
aspecto miserable que han presentado hasta nuestros 
días. 

4 



50 — 

Así la hacienda no pudo andar mejor en el siglo xw 
de lo que anduvo en los siglos medios; y acrecentán- 
dose cada vez más los empeños del Estado, se ocasio- 
naron no pocas cuitas. Los Reyes Católicos, no obs- 
tante que incorporaron á la corona los maestrazgos, y 
que rescindieron muchas de las donaciones de sus ante- 
cesores, y rescataron no poca hacienda usurpada en 
otros reinados, murieron, primero el uno, el otro luego, 
sin ver igualados los gastos con los ingresos. No osa- 
ron ellos acudir al único remedio que pudiera traer pro- 
vecho al Tesoro, y era obligar á contribuir á la nobleza 
y al clero en igual proporción que á los pecheros para 
los gastos del Estado. Mal era que, como la amortiza- 
ción crecía de hora en hora, iba también de hora en 
hora aumentándose. Carlos V osó llegar á él, pero no 
con la decisión y firmeza que convenía; de modo que 
apenas pasó de intento. En tiempo de este Monarca 
comenzó á dar al Tesoro algún rendimiento el quinto 
impuesto sobre el producto de las minas de América; 
ni tan grandes como se supuso, ni tampoco bastantes 
para atender á los gastos de aquel belicoso reinado. 
Hay datos para creer que en 1526 no montaron más es- 
tos rendimientos que unos cien mil ducados. Fué pre- 
ciso, pues, que Carlos V impusiese grandes tributos á 
sus Estados, señaladamente á los de Flandes, que por 
sú industria y prosperidad estaban más para conllevar- 
los que los otros; causa de quejas y reclamaciones por 
parte de los flamencos, que no poco influyeron en los 
posteriores sucesos. Y vióse aquel Príncipe tan estrecho 
en ocasiones, que llegó á contraer empréstitos muy cre- 
cidos y hasta fabricar copia de moneda de mala ley en 
escudos castellanos, según afirman graves autoridades. 



- 51 - 

Por lo mismo, al subir al trono Felipe II estaban las 
cosas de modo, que su favorito Ruy Gómez de Silva 
hubo de decir á cierto enviado de nación amiga, que 
hallaba el reino sensa prattica, sensa soldati, sen- 
sa dennari, palabras que han conservado ciertas me- 
morias contemporáneas. Los usureros se llevaban ya 
buena parte de las rentas públicas. Todo lo que hubie- 
ran costado de más la conquista de Granada, y la de 
Ñapóles, y la de Navarra, y las guerras de África y de 
Alemania, se reunía á la sazón en un capital inmenso 
que el Estado debía y que tiraba crecidísimos intereses. 
Cierto embajador veneciano calculaba entonces esta 
deuda en veinticinco millones de ducados. Aconsejá- 
ronle al rey Felipe la bancarrota; aconsejáronle que fa- 
bricase moneda falsa; aconsejáronle, en fin, cuantas 
medidas, malas ó buenas, pudo discurrir la ciencia de 
los economistas de la época. Pero con practicarse al- 
gunos de tales consejos no cesaron los apuros. Las 
flotas dé América comenzaron á venir ricamente carga- 
das; pero más en provecho de los particulares que del 
Rey, y de todas suertes, no venían, como se ha dicho, 
tantas barras de oro y plata, sino para ir á países 
extraños; con que las provincias de España no estaban 
por eso más en estado de soportar los tributos. Siguió 
la desigualdad en los contribuyentes; el clero y la noble- 
za, que poseían lo más y lo mejor de la riqueza públi- 
ca sin acudir apenas á los gastos del Estado, y los mí- 
seros pecheros arrastrando solos tan penosa carga. Y 
entre tanto el Rey necesitó dinero para armar el ejér- 
cito de San Quintín y de Gravelingas; necesitólo para la 
guerra de Flandes, y para el equipo de la Invencible y 
de la flota que venció en Lepanto á los infieles; nece- 



- 52 - 

sitólo, porque fuerza es decir tales yerros, para crear 
las maravillas de El Escorial, que no debiera en tiem- 
pos de tanta penuria, y para asoldar, que fué gasto 
menos útil que crecido, á casi todos los príncipes y 
cardenales y hombres influyentes, movidos solo de tal 
estímulo á secundar sus planes. Inventáronse, enton- 
ces, impuestos sobre impuestos; las lanas y las harinas 
y los objetos más necesarios al consumo fueron extra- 
ordinariamente cargados; ideáronse servicios ordinarios 
y extraordinarios, en alcabala y renta de millones. Y al 
propio tiempo se dejaron de pagar muchos intereses en 
la deuda pública; se hicieron en ella reducciones arbi- 
trarias y, por tanto, injustas; se alteró, por fin, como 
en tiempos antiguos, el valor de la moneda de oro, fatal 
recuerdo y harto aprovechado en los reinados sucesi- 
vos, pesando tales disposiciones sobre todas las pro- 
vincias, y principalmente sobre Castilla, y levantando 
grandes y justas quejas. 

Fueron fundadísimas las de los particulares interesa- 
dos en las flotas de América, que por espacio de cinco 
años miraron sus caudales pasar á manos del Rey, de- 
bajo de promesa de devolución, que bien sabían ellos 
que no podían cumplirse, y de garantías ineficaces. 
Jamás el derecho de propiedad padeció mayor insulto, 
ni fué más desconocido que con tal despojo, solamente 
posible en tan despótico gobierno, como ya lo era 
el de España. Y fué lo peor que tamañas exacciones 
no trajeron ventaja alguna á la hacienda, ni por eso se 
vieron más desempeñadas las rentas, ni mejor atendi- 
das las cosas. «España, decía el maestro Gil González 
Dávila, cabeza de tan dilatada monarquía, era la sola 
que por acudir á la conservación de tanto mundo esta- 



- 53 — 

ba pobre, y más en particular los leales reinos de Cas- 
tilla.» El mismo rey Felipe escribió en cierta ocasión al 
sabio consejero de Castilla, D. Francisco de Garnica, 
pidiéndole cierto parecer, estas palabras: «El remedio 
de lo que ahora se trata, es el último que puede haber; 
si éste se desbarata, mirad lo que con razón lo sentiré: 
viéndome de cuarenta y ocho años de edad y con el 
príncipe de tres, dejándole la hacienda tan sin orden 
como hasta aquí. Y demás de esto, qué vejez tendré; 
pues parece que ya la comienzo, si paso de aquí ade- 
lante, con no ver un día con lo que tengo de vivir otro.» 
Frases que bien denotan el cuidado que daban al rey 
Felipe los negocios de hacienda; pero que no han de 
causar asombro si se considera que ya por los tiempos 
de D. Alonso el Sabio y de Enrique III, solían pronun- 
ciarlas los reyes, no menos tristes y melancólicas, con 
la propia ocasión y estímulo. Con todo, fuerza es ob- 
servar que á medida que pasaban los años, juntándose 
apuros con apuros y acrecentándose los presentes y 
próximos con los más antiguos y lejanos, el peso de 
las deudas iba haciéndose más grande, y mayor cada 
día la pobreza del Erario. Peor era la situación de la 
hacienda que á la muerte de Fernando V, á la muerte 
de Carlos I; peor se mostró que á la muerte de éste, á 
la muerte de Felipe II. 

Con esto dejamos terminado nuestro objeto, que era 
señalar las causas principales que influyeron en la de- 
cadencia y ruina de España. Las hemos hallado en ella 
desde los primeros tiempos coincidiendo con nuestras 
prosperidades. Hemos visto también que ninguno de los 
príncipes que imperaron entre nosotros durante el si- 
glo XVI acertó con los medios de destruir ó de ami- 



— 54 - 

norar en tanto como se pudo las llagas de la Mo- 
narquía. 

Pero si aquellos grandes reyes no hicieron todo lo 
que debían, tuvieron hartas prendas para esconderlas 
de modo que no apareciesen á los ojos extranjeros. 
Ellos hicieron útil empleo las más veces del poder de 
la nación, que era, á pesar de todo, muy grande, y 
aprovechándose de las ventajas que ofrecía el espíritu 
de los naturales, su valor, su sobriedad y el oro de 
América y la muchedumbre de sus fortalezas y provin- 
cias, vivieron y murieron grandes reyes. No de otra 
manera la Roma de Augusto escondía en su seno las 
flaquezas que vinieron á destruir el imperio de Honorio. 
Es que como nada hay perfecto en este mundo y los 
grandes imperios, por lo mismo que tienen mayores 
fuerzas, suelen tener mayores enfermedades que otros,, 
necesitan precisamente de príncipes ilustres que los 
gobiernen. Tales fueron en España Fernando V, Car- 
los V y Felipe II. 

Tócanos decir, en adelante, cómo otros reyes más 
desidiosos y menos inteligentes, entregados á vergon- 
zosas tutelas, dejaron que los ocultos males de la Mo- 
narquía saliesen á la faz del mundo y que llegaran á 
ser inmensos é irremediables. Más de una vez la pluma 
ha de vacilar en el propósito de seguir adelante, al 
inquirir y apuntar los hechos de esta era desdichada; 
más de una vez el rubor ha de manchar nuestras meji- 
llas y la ira ha de agitar nuestro corazón. Míseros reyes 
y ministros torpes que cometieron todas las faltas de 
sus antecesores y no supieron estudiar ni imitar ningu- 
no de sus aciertos; movidos, príncipes y subditos, no 
de erróneos pensamientos de religión ó de política, sino 



- 55 - 

«de la pereza del ánimo ó del deleite del cuerpo, de lu- 
juria, vanidad y codicia. Bien ha sido hacer alto en la 
severa y noble relación de Mariana y Miñana antes de 
pasar á referir cosas tan diversas y tan inferiores. Sólo 
se echará ahora de menos la pluma con que pintó Tá- 
cito las vilezas de Galba y de Vitelio y la decadencia 
de la virtud romana. 




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LIBRO PRIMERO 


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SUMARIO 



De 1598 á 1610.-^Principios del reinado de D. Felipe III.— Gran- 
deza de la Monarquía.— Carácter del Rey.— El duque de Ler- 
ma. — Destituciones y nombramientos.— D. Rodrigo Calderón. 
— El marqués de Villalonga. — Nuevo modo de administra- 
ción. — Hacienda.— Política exterior.— Expedición de Irlanda. 
— Paz con Inglaterra.— Conspiraciones en Francia.— Italia: el 
Marquesado de Saluces, la Valtelina, Final, diferencias entre 
el Pontífice y Venecia.— Flandes: Gobierno del cardenal An- 
drea, Orsoy, Rimberg, los príncipes alemanes, Bomel, ejér- 
cito de los príncipes, rota de la Caballería holandesa. Llegan 
á Flandes la infanta Clara Eugenia y el archiduque Alberto, su 
Gobierno, batalla funesta de las Dunas, sitio de Ostende, Spí- 
nola, sus primeras campañas, motín de los soldados, su cas- 
tigo, guerr^ marítima, treguas.— Guerra con los infieles, el 
Archipiélago, Túnez, Arauco. 



13 L día 13 de Septiembre de 1598, en fin, las campa- 
nas de El Escorial anunciaron á los labradores humildes 
del contorno que, en la obscuridad y desnudez de una 
de sus celdas, acababa de morir Felipe II. Y al eco de 
aquellos tañidos, comunicándose de gente en gente. 



- 58 - 

se fueron levantando, túmulos primero por el Rey di- 
funto, luego tablados para proclamar al Rey nuevo, por 
todos los reinos de la Península española, por el Rose- 
llón. Ñapóles, Sicilia, Milán, Cerdeña, los Países Ba- 
jos, el Franco Condado, las Islas Baleares, Canarias y 
Terceras, por las plazas españolas ó tributarias de la 
costa septentrional de África, por Méjico, el Perú, el 
Brasil, Nueva Granada, Chile y las provincias del Pa- 
raguay y de la Plata, por Guinea, Angola, Bengala y 
Mozambique, donde tenían grandes establecimientos 
los portugueses, por los reinos de Ormuz, de Goa y de 
Cambaya, la costa de Malabar, Malaca, Macao, Cey- 
lán, las Molucas, las Filipinas y todas las Antillas. 

Jamás en tantos y tan diversos países se han alzado 
preces por un Rey ni se ha proclamado por tal á otro, 
ni antes ni después. La Monarquía española era enton- 
ces la más extensa que haya habido en el mundo; y aun 
cuando la población no fuese tanta como á tan dilatados 
dominios correspondía, llegaba á nueve millones en 
sólo los reinos de Aragón y Castilla, y era numerosa 
en Portugal, Flandes, los reinos de Italia y las colonias, 
pobladas en pocos años de españoles. 

Frisaba en los veintiún años el rey Felipe III cuando 
sucedió á su padre. En tan corta edad pocos hombres 
habrían sido capaces de atender á las vastas necesida- 
des de la Monarquía; y el nuevo Príncipe no era de 
ellos, por cierto. Tímido de natural, de fácil imaginación 
y frías pasiones, criado luego en el retiro y las prácti- 
cas de devoción, sin otra amistad y compañía que el 
conde de Lerma, que se amoldaba mañosamente á sus 
gustos piadosos y los favorecía con su hacienda y 
consejos, cuando llegó á verse en el trono fué su pri- 



- 59 - 

mer cuidado el desprenderse del peso del Gobierno y 
depositarlo en los hombros del favorito. 

Cuéntase que Felipe II se quejó en muchas ocasiones 
de la incapacidad de su hijo para el gobierno, principal- 
mente con el archiduque Alberto, el que casó con la 
infanta Isabel Clara Eugenia, que era su confidente y 
amigo. También previo muy temprano que aquel conde 
de Lerma^ á quien él propio había designado para que 
entrase en la servidumbre del Príncipe, vendría á ser 
con el tiempo el arbitro de España. Pero ni supo reme- 
diar con una educación sabia los defectos naturales del 
hijo, ni logró privar al favorito de su ascendiente sobre 
él, aunque llegó á intentarlo. Acaso el ejemplo fatal del 
príncipe Carlos, acrecentando en el ánimo del Rey los 
recelos naturales de su carácter, le movió á dar una 
educación humilde y monacal á su hijo en los primeros 
años. Y cuando quiso que comenzase á tomar parte en 
las deliberaciones y negocios del Estado, para dispo- 
nerle á las altas obligaciones que le esperaban en el 
mundo, ya era tarde. Creó un Consejo de Estado, don- 
de se examinaban dos veces por semana los negocios 
más arduos, bajo la presidencia del Príncipe, y ordená- 
bale luego á éste que le hiciese relación de lo tratado, 
de la resolución tomada y de las razones en que ella se 
fundaba. Pero el Príncipe, tímido siempre y silencioso, 
ni dio nunca un parecer, ni supo hacer relato alguno á 
su padre. Ni siquiera osó elegir esposa á su gusto: mos- 
tráronle retratos de tres princesas, y apenas fijó en 
ellos los ojos; aguardóse inútilmente su resolución, y 
al fin, muertas dos, hubo de casarse con la tercera, 
que era Doña Margarita de Austria. Casto, limosnero y 
devoto, dio á conocer el nuevo Príncipe desde los prin- 



- eo - 

cipios que limitaba sus intentos á ser buen católico, y 
la muerte le dio hartas treguas al Rey prudente para 
que viese desde su dolorosa silla que el conde de Ler- 
ma venía á heredar sus pensamientos y sus obras y á 
disfrutar de su poder. Húbolo de llorar, tanto porque 
sabía que los favoritos, por buenos que fueran, habían 
de traer consigo la ruina del Estado, como porque á su 
gran penetración no podía esconderse que el de Lerma 
no era hombre de prendas ni de aptitud para tan alto 
empleo. 

Era D. Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, 
marqués de Denia y Conde á la sazón de Lerma, pala- 
ciego hábil y hombre de negocios activo y diestro, mas 
no profundo político, ni administrador inteligente como 
España necesitaba. Ambicioso, desconfiado, suspicaz, 
poco cuidadoso de la propia hacienda y largo en reco- 
ger la ajena, acostumbrado á los medios pequeños y á 
las pequeñas cuestiones, no acertó á remediar uno solo 
de los males de la Monarquía, ni hizo más que empeo- 
rarlos al mismo tiempo en que favorecía pródigamente 
su casa y persona. Muy desde los principios pudieron 
notarse tales calidades. Comenzó trocando su título de 
Conde por el de Duque de Lerma. Luego echó del lado 
del rey á su preceptor D. García de Loaisa, ahora Arzo- 
bispo de Toledo, y al Inquisidor general D. Pedro Por- 
tocarrero, y muertos, uno primero, después otro, por 
enfermedad de cólera y desengaños, puso en su tío don 
Bernardo de Sandoval y Rojas entrambas dignidades. 
Los ministros de Felipe II, Cristóbal de Moura, el conde 
de Chinchón y Francisco de Idiáquez, hombres todos 
ellos de mejor ó peor ánimo, pero muy experimentados 
en los negocios y muy útiles para el despacho, bien 



— 61 — 

dirigidos, fueron alejados de la corte con pretextos más 
ó menos honrosos, y en su lugar entraron deudos del 
privado. Salváronse del general naufragio Juan de 
Idiáquez y el marqués de Velada, mas por encogimiento 
y poca estima, que no por virtud y fama; pero no Rodri- 
go Vázquez, presidente del Consejo de Castilla, varón 
de virtud antigua, aunque de corazón duro y severo, 
grande estorbo á liviandades. En lugar de este entró el 
conde de Miranda, tibio defensor de los derechos de 
aquel Consejo insigne, amigo del placer y del oro que 
lo proporciona, hombre en todo á gusto del favorito. 

Dio este en el arte, sobradamente cultivado después, 
de repartir los empleos públicos por salario y paga de 
los servicios que á su persona se prestaban, y así llenó 
con sus deudos y hechuras todos los virí-einatos, y 
puestos de importancia. Poco después comenzó á ven- 
derlos, é introdujo aún la dañosa costumbre de confe- 
rirlos por gracia ó venta antes de que vacasen, con que 
comenzaron á verse en cada uno dos dueños, el que lo 
poseía y otro que esperaba á que este muriese para 
disfrutar de tan extraño don ó mercancía. Por aquí 
comenzó la corrupción que á tan lastimosos extremos 
llegó los años adelante. A ejemplo de su principal, los 
secretarios y ministros que lo servían, y señaladamente 
D. Rodrigo Calderón, que de paje suyo llegó hasta á 
hacerse dueño de su confianza, comenzaron á vender 
cuanto pasaba por sus manos. Cundió pronto el daño: 
viéronse ministros que habían servido honradamente 
por largos años en el reinado antecedente, hacerse 
culpables de todo género de cohechos y desmanes. Fué 
notable entre otros el ejemplo del conde de Villalonga, 
D. Pedro Franqueza, secretario del estado de Aragón, 



— 62 — 

que en treinta y seis años con Felipe II no tuvo nota, y 
metido luego al manejo de la hacienda con D. Lorenzo 
Ramírez de Prado y otros favorecidos del duque de 
Lerma, en poco tiempo llegaron á tanto sus concusiones 
y escándalos, que el mismo Duque se espantó de ellos, 
prendióle, y hallándose contra él en su proceso hasta 
cuatrocientos setenta y cuatro cargos, le dejó morir en 
la cárcel. Publicáronse pragmáticas contra los cohechos 
que en el duque de Lerma que las ordenaba eran 
hipocresías. El hecho era que los virreyes y gobernado- 
res de las provincias pagaban por llegar á serlo subsi- 
dios muy gruesos al privado y sus amigos, y que las 
provincias mismas los pagaban para obtener justicia, 
con que en todo intervino el oro en adelante. Y entre 
tanto los cargos que podían acercar al Rey personas que 
no eran de su devoción, suprimíalos el de Lerma ó los 
acumulaba en su persona, para evitar que se le susci- 
tasen émulos y oposiciones. Aun los Consejos del reino 
comenzaron á estorbarle: el de Castilla, el de Hacienda, 
el de Indias, el de la Guerra y los llamados de Italia. 
Flandes, Aragón, de las Ordenes, de Inquisición y de 
Cruzada, á cuyo cargo estaba la administración de los 
negocios públicos, principalmente en los cuatro prime- 
ros, y la gobernación de las provincias; porque con el 
respeto que inspiraban y la noble entereza de los ma- 
gistrados que solían componerlos, no era posible que 
él pudiese llevar á término ciertos abusos y desmanes. 
Entonces nació aquel sistema funesto de juntas 
particulares formadas para resolver todos los negocios 
en que tenía interés el favorito, con individuos sacados 
y escogidos en todos los Consejos de entre sus criatu- 
ras, y los magistrados, pocos aún, que por flaqueza ó 



- 63 - 

infamia estaban á su devoción y mandado. No satisfe- 
cho aún con tal cúmulo de poder y tanta independencia, 
puso impedimentos á la comunicación, antes libre, de la 
familia real, no fuese que en ella se levantase alguno 
que quisiera quitarle ó compartir el poder con él. Ofen- 
dióse tanto la vieja emperatriz María, hermana de Feli- 
pe II y tía del príncipe reinante, que estaba en Madrid 
en el convento de las Descalzas Reales, y comenzó á 
mostrar su desagrado de tal suerte, que á creer algunas 
memorias del tiempo, por huir de ella fué el trasladar la 
corte á Valladolid, como en efecto se trasladó corriendo 
el año de 1600, y estuvo allí cinco años. Sea de esto lo 
que quiera, ello es que la influencia del favorito no se 
mermó en lo más mínimo con el despego de la familia 
real, y que llevó sus celos y su audacia hasta el punto 
de señalar límites á las relaciones del Rey con la Reina 
su esposa; hecho increíble en otro ministro que el duque 
de Lerma y con otro Rey que Felipe III. Con esto y con 
poner de confesor del Rey á un fray Gaspar de Córdoba, 
hombre de vulgar inteligencia y bajos intentos, sin am- 
bición ni destreza, aseguró completamente su domina- 
ción; y así él solo desde su casa con sus secretarios y 
ministros particulares, su favorito y corte, haciendo de 
ella archivo de todos los papeles importantes, y palacio 
de todas las solicitudes, comenzó á disponer del Estado 
á su antojo, mientras que el Rey en el despacho no 
hacía más que practicar bien y minuciosamente sus 
devociones. 

Cuáles fuesen las conveniencias de la Monarquía, de- 
jámoslo atrás explicado. Era preciso sobre todo orga- 
nizar la Hacienda, obra á la cual había consagrado sus 
últimos años Felipe II, aunque no con mucho éxito por 



- 64 - 

las circunstancias que le acosaron. Y como principal 
remedio de la penuria del Tesoro, y como fundamento 
de las mejoras que tanto necesitaban la Agricultura y 
Comercio, y las atrasadas artes del país, era indispen- 
sable el reposo, la paz que sabiamente buscó Felipe li 
en el tratado de Vervins. Ni una cosa ni otra se supo 
alcanzar. Y malos principios eran para lograr lo prime- 
ro, el invertir en las fiestas que se hicieron en Valencia 
al recibir á la reina Doña Margarita, que vino por 
Italia á juntarse allí con su esposo, no menos que un 
millón de ducados que hacían harta falta en Flandes y 
en otras partes, para atender al Ejército y Armada, y 
más aún para pagar los préstamos y deudas, que mien- 
tras más se dilataban más consumían las rentas de la 
Monarquía. Desplegó además el duque de Lerma un lujo 
como de Monarca en sus cosas propias, y muy grande 
también en las cosas del Estado, desde los primeros 
años de su administración. Gastó él de por sí trescien- 
tos mil ducados en Valencia, al propio tiempo que le 
hacía gastar un millón al Erario, y envió desde luego 
gruesas sumas al Emperador y á otros príncipes para 
prevenirlos en favor de su política. 

Reuniéronse las Cortes de Castilla en el mismo año 
de 1598 en que comenzó el nuevo reinado, y propúsose 
en ellas la gran estrechez y empeño del real patrimo- 
nio, y en comprobación de lo mismo se presentaron 
dos relaciones del valor de todas las rentas del reino, por 
donde se vio que las fijas no pasaban de cuatro millo- 
nes, y que las demás, que estaban encabezadas y 
arrendadas, importaban cinco millones seiscientos cua- 
renta y cinco mil seiscientos sesenta y ocho ducados. 
Unas y otras estaban empeñadas y enajenadas, de suerte 



— 65 — 

que no podía el Estado valerse de ellas. Entonces se es- 
tablecieron las sisas, que después fueron conocidas con 
el nombre de servicio de veinte y cuatro millones. Poco 
hubieron de arbitrar estas primeras Cortes para los 
grandes gastos y prodigalidades del duque de Lerma, 
cuando en 1600 se convocaron nuevas, las cuales con- 
sintieron en desembarazar y desempeñar las rentas 
reales^ tomando á cargo del reino un censo de siete 
millones y doscientos mil ducados, y concediendo al 
propio tiempo un servicio de diez y ocho millones de 
ducados en seis años, á tres por cada uno, para pagar 
el principal é intereses de aquella deuda. Prefirió de 
esta suerte el reino á admitir nuevos tributos ó á acre- 
centar los antiguos, el tomar sobre sí las deudas de la 
Hacienda y desempeñarla, como con efecto se des- 
empeñó. Pero no se logró con esto el propósito; porque 
continuando la mala administración de la Hacienda, 
hallóse esta de nuevo empeñada en doce millones que 
se debían á hombres de negocios, los cuales tiraban 
muy grandes intereses, sin contar las deudas de juros 
situados y sueltos, con que fué preciso pedirles á las 
Cortes, otra vez reunidas en 1607, que otorgasen el ser- 
vicio de millones para esto, y la paga de toda la gente 
de guerra de dentro y fuera del reino, armada, fortifica- 
ciones y gastos de la corte. También los procuradores 
vinieron en concederlo. Así votaron diez y siete millo- 
nes y m.edio en siete años, á dos y medio por cada uno. 
Por último, á los judíos portugueses se les obligó á pa- 
gar dos millones cuatrocientos mil cruzados, por mane- 
ra de multa ó castigo de sus apostasías. 

Cargábanse los impuestos, parte sobre el consumo 
de ciertos artículos de necesidad para la vida; parte en 

5 



— 66 - 

censos sobre los propios de los pueblos: añadidos á los 
ordinarios y antiguos, que eran ya muy pesados, cau- 
saron muchas lástimas y miserias en Castilla. No tu- 
vieron mejor suerte las demás provincias: en todas se 
impusieron más contribuciones de las que buenamente 
podían soportar, añadiéndolas á las que ya pagaban en 
los reinados anteriores. Sólo Vizcaya tuvo valor para 
resistir (1631), y eso en mengua de la Monarquía, por- 
que no se negó á pagar los nuevos impuestos, alegando 
el interés común y general de los pueblos, sino sólo sus 
propios fueros y exenciones. Cedió Felipe III á las re- 
clamaciones enérgicas de Vizcaya por consejos del fa- 
vorito, y escribió una carta á la provincia, revocando 
su determinación y confirmando todos sus privilegios- 
antiguos: que fué perder los recursos con que ya se 
contaba y perder á la par mucha parte de su dignidad 
el Gobierno, retardándose más y más la necesaria y 
deseada unidad de la Monarquía. 

Mas no bastaron las nuevas contribuciones y recur- 
sos ordinarios para apagar la sed del Tesoro, y lo demás 
que se imaginó fué de poca eficacia y muy ruinoso. Al- 
zóse el valor de la moneda de cobre (1603), lo cual hizo 
que los comerciantes extranjeros se apresurasen á inun- 
dar de cobre nuestros mercados, llevándose en cambio- 
mayor cantidad de plata de la que el cobre valía, con 
que se perdieron muchos millones en aquella operación 
disparatada, además del crédito. Y no fué esto sólo, sino 
que tal especie de moneda se acrecentó á punto de en- 
torpecer las transacciones. Durmióse tanto el GDbierno^ 
que en vez de hacerlo consumir, acrecentó las licencias 
de acuñarlo, y contempló impasible el continuo arribo 
de bajeles que vaciaban en las costas españolas aquella 



- 67 - 

moneda vil de que venían cargados, retornando llenos 
del oro y plata de América. Poco antes de esta altera- 
ción de la moneda, sonaron intentos misteriosos sobre 
la plata labrada, que en gran copia tenían los particula- 
res y principalmente las iglesias, los cuales no llegaron 
á realizarse (1602), pero pusieron en no poca tribula- 
ción y descontento los ánimos. La expoliación y la vio- 
lencia del fisco tocaba así ya en los mayores extremos. 
El duque de Lerma no acertaba con otros medios para 
llenar el vacío de las arcas públicas. Claramente se veía 
que el más eficaz era la economía en los gastos y en la 
administración; pero esto cabalmente no quería practi- 
carlo el favorito. Así fué que desde los primeros años 
del reinado de D. Felipe, que vamos relatando, la Ha- 
cienda pública se vio en mayor pobreza que hubiera 
sentido hasta entonces. Faltan documentos originales 
para determinar su verdadero estado; pero en una me- 
moria presentada al rey de Francia, Enrique IV, por sus 
espías en España, cuando meditaba sus grandes pro- 
yectos de guerra contra la casa de Austria, se leen da- 
tos curiosos, que si no del todo exactos, puede creerse 
por el objeto que se acercaban bastante á la verdad. 
Asegurábase que las rentas de la corona, prescindiendo 
de las de Portugal, llegaban á quince millones seiscien- 
tos cuarenta y ocho mil ducados; pero que en 1610 es- 
taban ya todas empeñadas en ocho millones trescientos 
ocho mil quinientos ducados, á pesar de los esfuerzos 
y sacrificios de las Cortes de Castilla, que cada año 
concedían nuevos subsidios. Las rentas de las Balea- 
res, Ñapóles, Milán, Sicilia y Flandes no bastaban para 
su administración y defensa; y sólo las provincias de 
España, y más que ninguna, Castilla, conllevaban 



— 68 - 

aquella carga inmensa capaz de agobiar á los países 
más prósperos. 

Sin embargo, el duque de Lerma no hizo lo que de- 
bía por mantenernos en el reposo á que prudentemente 
nos había traído Felipe II. Sin ser de carácter tan em- 
prendedor y belicoso como otros ministros que antes y 
después tuvo por aquellos siglos la Monarquía, pagó 
también algún tributo al orgullo nacional, y se lanzó sin 
reparo en nuevas expediciones y aventuras. Para pro- 
longar la lucha ya irrevocablemente resuelta del catoli- 
cismo contra la reforma, continuó pagando las pensio- 
nes cuantiosas que en tiempo de Felipe II recibían con 
el propio objeto los católicos de Inglaterra y Alemania 
y los descontentos de Francia. Aprobaba la política de 
la época, harto imbuida en las máximas que reveló Ma- 
quiavelo, semejante sistema de hostilidades; y Felipe II 
lo empleó contra sus enemigos políticos, como ellos lo 
emplearon contra él en Flandes y en otras partes. Pero 
pasadas las ocasiones de guerra, cuando la reforma es- 
taba consumada en Inglaterra y Alemania, dada por im- 
posible su conversión por las armas y hecha la paz con 
Francia, ni eran necesarias tales pensiones, ni parecía 
siquiera sensato el continuarlas pagando. El duque de 
Lerma las mantuvo, sin embargo, como estaban, por- 
que aspiraba aún á levantar el catolicismo en Alemania 
y en Inglaterra, á desmembrar cuando menos á la Fran- 
cia y á dominar en Italia. Por locos que parezcan tales 
pensamientos, no hay que culpar de ellos al duque de 
Lerma solamente: justo es decir que dominaban en 
muchas personas de cuenta, y en no poca parte del 
pueblo, que habiéndose criado en las grandezas de 
Carlos V ó en las altas empresas de Felipe II, juzgaban 



— 69 — 

á la nación capaz de tanto todavía. Faltóle al favorito 
firmeza de ánimo y una conciencia de su deber bastan- 
te ¡lustrada para no ceder á las exigencias insensatas 
del orgullo nacional; que bien pudo despreciar por esta 
parte sus murmuraciones, quien sabía despreciarlas en 
cosas menos injustas, y que más herían su honra. Hu- 
biérale ayudado en ello el clamor de los muchos que 
ante todo pedían algún alivio en sus miserias. Ni era 
aquella la ocasión de pensar en altas empresas, ni era 
él hombre para llevarlas á cabo; y acontece en las cosas 
políticas que lo que en tal hombre y en tal día es grande 
y digno de aplauso, ó cuando menos de respeto, parece 
ridículo en otra ocasión y en otras manos. 

Los temporales solamente pudieron impedir que la 
Invencible destruyera el poder del protestantismo in- 
glés; mas las empresas que intentó contra aquella nación 
el ministro de Felipe III llevaban la destrucción en sí 
mismas y en su propia pequenez é impotencia. Mandó 
una expedición en favor de los católicos de Irlanda que 
estaban hacía tiempo en armas contra la metrópoli (1602), 
donde apenas se contarían seis mil hombres de des- 
embarco gobernados de D. Juan del Águila, capitán cria- 
do en la escuela del duque de Alba, y luego Maestro de 
campo debajo del príncipe de Parma, valerosísimo y 
prudente. Desembarcó esta gente y se apoderó de Bal- 
timore y de Kinsale. Desde allí envió Águila un escua- 
drón de dos mil españoles, al mando de su segundo 
Ocampo, á que se incorporase con las fuerzas del conde 
de Tyron, caudillo principal de los rebeldes. Hallábanse 
éstos muy disminuidos y desalentados con las derrotas 
que habían padecido antes de llegar los españoles; de 
suerte que solo se reunirían con los nuestros unos cua- 



- 70 - 

tro mil soldados. Montjoy, Virrey de la isla, llegó con el 
ejército inglés y encontró al conde de Tyron y á Ocam- 
po no bien habían logrado reunirse. Trabóse al punto 
un combate, en el cual los nuestros hicieron prodigios 
de valor y mantuvieron por largo espacio indecisa la 
victoria: con todo fueron vencidos. Las tropas allega- 
dizas y tumultuarias de los irlandeses, con pocas armas 
y menos disciplina, no supieron resistir y abandonaron el 
campo, y solo los nuestros perdieron ya inútilmente 
más de dos mil doscientos hombres. Ocampo y muchos 
de sus oficiales quedaron prisioneros. A estas nuevas, 
D. Juan del Águila, sitiado por mar y tierra, se vio 
con el resto de la gente forzado á capitular. Estipuló 
ante todo el capitán español que se daría una completa 
amnist'a á los habitantes de Baltimore y de Kinsale que 
habían prestado muy buena acogida á los nuestros; y 
luego que una escuadra inglesa conduciría á España sus 
tropas con toda la artillería, municiones y efectos des- 
embarcados. A todo accedió el Virrey, que, habiendo 
visto pelear á los nuestros, contábase por feliz con que á 
tan poca costa dejasen la tierra. El conde de Tyron tuvo 
entonces que someterse á la reina Isabel; mas no juz- 
gándose seguro en Inglaterra, fué á acabar sus días en 
Roma. 

Murió á poco Isabel de Inglaterra, y con su muerte 
abriéronse de nuevo los tratos de paz tantas veces co- 
menzados; mas ahora llegaron á terminarse por la bue- 
na voluntad del rey Jacobo y de sus ministros que en 
todo se pusieron de parte de España. Hubo primero que 
resolver cuestiones de etiqueta muy graves para aquel 
tiempo. No sabiendo en qué orden habían de sentarse 
los embajadores, se imaginó ponerlos en derredor de 



- 71 - 

una mesa redonda. La paz fué ventajosa, y aún por eso 
se dijo que el rey Jacobo era de corazón católico, y que 
á sus ministros para que favoreciesen nuestros intereses 
y la política de España, los ganó el duque de Lerma 
con dinero. Si esto fué cierto, bien puede causarnos 
maravilla la venalidad de los ministros extranjeros de 
aquel tiempo, porque en todas partes hallaba nuestra 
política tales ayudas. Añádese que el primer intento del 
duque de Lerma después de las paces, fué incitar á la 
Inglaterra contra Francia, formando una liga con aque- 
lla potencia para devolverle las provincias que había 
poseído er. otro tiempo y repartir el resto en varios 
dominios, los unos libres, los otros dependientes de 
España. Sacrificábase aquí, si fué cierto, el interés 
católico al gran interés político y de conservación de la 
Monarquía, cosa rarísima verdaderamente en nuestra 
corte; pero la traza, así como imaginada en los días de 
Felipe ÍI y de la reina María, pudiera haber sido de efec- 
to, no pod:a serlo entonces de modo alguno, porque 
Francia estaba ya libre de disensiones, y harto flaca 
España para soportar los empeños de tamaña empresa. 
No se intentó al fin, acaso porque no se prestase el pa- 
cífico Monarca inglés á entrar en la liga, y comenzó el 
Duque á tramar conjuraciones dentro de Francia. 

Descubrióse la más extensa y mejor combinada de 
■ellas, á cuya cabeza estaba el Mariscal de Byrón, uno 
de los mayores capitanes de Enrique IV, y en la cual 
tomó parte muy principal el duque de Saboya. El Ma- 
riscal fué condenado á muerte, y ejecutado en la Basti- 
lla, y la conspiración quedó frustrada. Fontenelles, de 
noble familia de Bretaña, tuvo después la propia suerte 
por haber querido entregar el fuerte de Donarnenés á 



— 72 - 

España, y diez ó doce personas más de las principales 
de la provincia fueron por el mismo motivo decapitadas. 
Ahora los intentos de nuestro Gobierno se encaminaban 
principalmente á tomar á Marsella, cosa que tan fácil 
hubiera sido en otras ocasiones; y si la conjuración del 
Mariscal de Byrón hubiera alcanzado buen éxito, estaba 
ajustado que viniese á nuestro poder. Frustrada aquella 
trama, se imaginó otra que no tuvo mejor suerte. Luis 
de Alagón, barón de Mairargues, que mandaba las ga- 
leras de Francia en el puerto de Marsella, y al propio 
tiempo era uno de los magistrados municipales de aque- 
lla plaza, se ofreció á ponerla en manos de los españo- 
les. Supo también su intento el Gobierno francés, y 
perdió la cabeza en el cadalso. Pero aun esto no contu- 
vo la venalidad en Francia: porque pocos días después 
fueron ajusticiados en Tolosa dos hermanos que iban á 
entregar las plazas de Narbona y Leucata al Goberna- 
dor del Rosellón. Empleó España sin fruto en tales in- 
tentos crecidas cantidades, que vinieron á recargar do- 
lorosamente el exhausto Erario. 

Algo mejor librados salieron en Italia los intereses 
políticos y religiosos de nuestra corte, mas no por vir- 
tud del duque de Lerma. El Papa Clemente VIII, nom- 
brado arbitro por el tratado de Vervins entre Francia y 
el duque de Saboya que pretendían á un tiempo el Mar- 
quesado de Saluces (1601), adjudicó estos Estados al 
Duque, mediante alguna indemnización al francés, mer- 
ced al influjo de España que no quería que por aquel 
territorio tuviese su rival entrada libre en Italia. 

Quien tuvo la mayor parte en el buen éxito de tales 
negociaciones fué D. Pedro Enriquez de Acebedo, con- 
de de Fuentes, que del Gobierno de Flandes había ve- 



— Ta- 
ñido al de Milán. Era el Conde discípulo del duque de 
Alba (1). Preciábase de tener sus mismos sentimientos 
y de observar la propia disciplina que él. Sagaz, altivo 
y fastuoso, despreciador de todos los hechos militares 
que no fuesen los suyos, y de otra nación ó potencia que 
no fuese España, llegó á influir de un modo poderoso y 
decisivo en los negocios de Italia. El echó allí los fun- 
damentos de la política hábil que, á pesar de todos los 
desaciertos y miserias de la corte, mantuvo por España 
el Milanesado hasta la muerte de Carlos II. Fué el pri- 
mero en comprender la importancia de la Valtelina para 
la conservación del Milanesado, porque ponía en comu- 
nicación esta provincia con los Estados del Emperador, 
natural aliado y amigo de España. Propuesto desde en- 
tonces á que fuese nuestro aquel territorio, levantó un 
fuerte en los confines del Milanés y de la Valtelina, al 
que llamó de su nombre, fuerte de Fuentes, y comenzó 
á ganarse los ánimos de los naturales. No tardó en apo- 
derarse del Marquesado de Final, poseído por Alejan- 
dro Caretto, anciano octogenario que no dejaba suce- 
sión. A la verdad, sobre estos Estados podía alegar 
ciertos derechos España; mas su conveniencia y su 
fuerza fueron los verdaderos títulos en que se fundó la 
conquista. El dominio de Final era también importante 
para la conservación del Estado de Milán, porque en su 
puerto podían desembarcar nuestras flotas y mantenerse, 
por él, á la par que por Monaco, la comunicación con 
España. Poco después estallaron grandes diferencias 
entre el Pontífice Paulo V y la República Venecia- 
na (1606), con motivo de haber sometido aquélla á los 

(1) Bentivoglio, Memorias. 



_ 74 - 

tribunales civiles las causas de varios eclesiásticos. Y 
llegando el asunto á trance de guerra, tomó nuestra 
corte la defensa del Papa: previno el de Fuentes un 
ejército, y los venecianos no osaron medirse con él y 
se avinieron con la corte de Roma. Ningún suceso fué 
tan agradable como éste á los ojos del rey Felipe y aun 
á los del vulgo, porque él hacía representar á la España 
el papel de cabeza y amparo del catolicismo que tanto 
ambicionaba. Y, sin embargo, dióse con él un ejemplo 
funesto, por dicha no repetido más tarde, que fué sos- 
tener con las armas las pretensiones, no ya dogmáticas, 
sino disciplínales de la corte de Roma, contribuyendo á 
que la potestad temporal en una nación independiente 
quedase vencida por la potestad espiritual, y no en dis- 
cursos ni negociaciones, sino por medio de las armas: 
hecho harto más católico que prudente ni político, á no 
ser que fuera el propósito del hábil conde de Fuentes y 
del de Lerma, humillar á los venecianos nuestros natu- 
rales enemigos. 

Mas el punto adonde mayormente inclinaba su aten-' 
ción la corte eran las provincias de Flandes. Porque no 
obstante que el rey D. Felipe II hab.'a cedido el domi- 
nio de aquellos Estados, de suerte que ya no componían 
parte de la Monarquía, continuaba la guerra con la 
propia obstinación que antes, mantenida de un lado por 
las provincias unidas con el nombre ya de República de 
Holanda, y de otro por las armas españolas que ocupa- 
ban aún las plazas y lugares en defensa y protección 
de los derechos de la infanta Isabel Clara y del archi- 
duque Alberto. Malográronse con esto muchas de las 
esperanzas que hab.'a dejado nacer la cesión de aquellos 
Estados, pues no parecía razón que por cosa que no la 



- 75 - 

pertenecía mantuviese la nación tan costosa guerra. 
Pero de una parte los liolandeses se mostraban tan 
soberbios y tan poco inclinados á la paz, que parecía 
afrenta el dejar la guerra; de otra parte la manera con 
que se había pactado la cesión, constituyéndonos en 
protectores de la nueva soberanía y haciendo á esta 
feudataria de nuestra corona, nos obligaba á su defen- 
sa; y, por último, y más que todo, el rey Felipe III, lleno 
de religioso celo, y su ministro, arrastrado por temera- 
rias miras de engrandecimiento, ni querían ajustar pa- 
ces con tan aborrecidos herejes, ni renunciaban aún á 
avasallarlos, ni se prestaban de buena voluntad á aban- 
donar del todo aquellas provincias, contando con que si 
no tenían sucesión los príncipes habían de volver á sus 
manos. Error este notable, porque lo que se propuso sin 
duda Felipe II, y lo que convenía á la nación, era apar- 
tarse de guerra tan inútil y costosa con algún honroso 
motivo, y no podía haberlo mayor que aquel para lograr, 
tarde ó temprano el intento. Fuera del país las tropas 
españolas y el Archiduque y la Infanta entregados á sus 
fuerzas naturales, habrían logrado sin duda mantenerse 
en él á la sombra del Rey de España y del Emperador, 
haciendo treguas ó paces con los holandeses mucho 
antes que se hicieron y quizás con más ventajas. No se 
siguió este buen consejo, y vino á acontecer que la ce- 
sión no aprovechase de nada. 

Mientras el Archiduque y la Infanta estaban en Espa- 
ña se puso el Gobierno de aquellos Estados á cargo del 
cardenal Andrea, hijo de la casa de Austria y deudo de 
entrambos. Era el Cardenal hombre de no escaso enten- 
dimiento y esfuerzo, y supo administrarlos con celo, ya 
que no con mucha fortuna. Resolvióse bajo su consejo y 



- 76 - 

mandó sujetar ó castigar á las ciudades alemanas del 
Rhin que por ser protestantes solían ofrecer ayuda y res- 
guardo á los holandeses. El Almirante de Aragón, don 
Francisco de Mendoza, hermano del duque del Infan- 
tado y Capitán general de la Caballería, en quien recayó 
el mando del ejército, pasada muestra de las tropas que 
montaban á 20.000 infantes y 2.500 caballos, tomó la 
vuelta de Güeldres, rindió á Orsoy y otros castillos sin 
mucho trabajo, y de allí se fué á poner sitio en Rimberg, 
ciudad importante y fortalecida. Plantáronse las baterías 
por tres partes y se comenzó á batir la plaza con mucha 
furia, porque se temía que los enemigos viniesen al so- 
corro. No dio tiempo á tanto la defensa, porque habien- 
do caído una bala de cañón en ciertos barriles de pólvo- 
ra, se voló toda con gran estrépito y muerte de muchos 
soldados y burgueses, lo cual causó tal confusión y 
espanto, que al punto determinaron rendirse á partido. 
Tomada Rimberg, guarneció el Almirante algunos lu- 
gares para dejar afirmadas las espaldas, y en seguida 
pasó el Rhin con sus tropas. Arrimóse á Wesel, ciudad 
imperial, pero herética, para poner en ella guarnición; 
y los vecinos con gruesa contribución primero, y luego 
restituyéndose falsamente al culto católico, obtuvieron 
que se desistiese de tal intento. Después trató de aco- 
meter á Desborech; pero el conde Mauricio, que acudió 
al socorro de aquella plaza, supo estorbarlo. Más felices 
fueron los nuestros delante de Doetecon, villa cercana 
y no tan fuerte, y eso que, al encaminarse allí la Caba- 
llería española, recibió algún daño de los enemigos 
emboscados al paso. En tanto el invierno venía ya bien 
entrado en aguas y fríos, de manera que no se podía 
campear en aquel país. Esto y la falta de vituallas y fo- 



— 77 — 

rrajes, determinó al Almirante á dar cuarteles á su ejér- 
cito sin hacer más daños en los contrarios. Fué, pues, 
la campaña por demás infecunda y no conforme con las 
esperanzas que hubo al emprenderla. 

Pero anduvo aún más desacertado el Almirante en el 
alojar el ejército que en la campaña. Habíale mandado 
el cardenal Andrea que se alojase por amor ó por fuerza 
en tierras de enemigos. Comprendiólo el Almirante, de 
suerte que envió y distribuyó las tropas por Munster, 
Westfalia y otras provincias de la jurisdicción del Im- 
perio. Negábanse los naturales, como era justo, á reci- 
bir á los españoles; mas éstos, en cumplimiento de las 
órdenes de su general, se hicieron abrir á viva fuerza 
las puertas de los lugares y se alojaron en las casas de 
los moradores. Quejáronse los príncipes del Imperio, 
pusiéronse en armas las ciudades, y negaron los natu- 
rales vituallas y auxilios de todo género, tratando á los 
nuestros como enemigos; mas á medida de la necesidad 
y de los malos tratos que padecían doblaban su rabia 
los soldados para usar del rigor, pareciéndoles también, 
como dice un cronista, que no era ninguno el que te- 
nían con aquella gente bárbara y tan grandes herejes. 
Dióse ocasión á que, acudiendo el conde Mauricio en 
socorro de algunas de las ciudades imperiales, tuviesen 
que salir de ellas por fuerza las compañías españolas. 
Los príncipes alemanes hablaban entre tanto de declarar 
la guerra al Rey de España y de venir con ejércitos for- 
mados á echar al Almirante de sus tierras. Calmaba sus 
ímpetus el Emperador, muy obligado á la España. Procu- 
raba también el cardenal Andrea sosegar á los pueblos 
asegurándoles que pronto se retiraría de ellos el ejérci- 
to; mas no por eso se acalló el descontento que hubo de 



- 78 - 

estallar más tarde en los príncipes, y en los pueblos 
siguió produciendo grandes contiendas. La gente espa- 
ñola y alemana del ejército católico, mal pagada y peor 
servida, no cesó en sacar contribuciones forzosas y en 
tomar cuanto les faltaba de la hacienda de los naturales 
sin reparo alguno. 

Al fin se pasó el invierno en tales trabajos, y en la pri- 
mavera del año siguiente volvió á ponerse el ejército en 
campaña. Antes el Cardenal juntó dinero entre los merca- 
deres con que pagar á ciertos soldados que había amoti- 
nados en Amberes y otras plazas, y procuró reunir 
cuanto necesitaba el ejército para emprender de nuevo 
la guerra. Los enemigos eran grandes y temibles. De 
una parte los holandeses mostrábanse más obstinados y 
más poderosos que nunca en paz y en guerra. De otra 
parte, los príncipes protestantes del Imperio, teniendo 
en el corazón los pasados disgustos, no hacían más que 
allegar soldados y armas con que daban á sospechar lo 
que hicieron más adelante; y además el Rey de Francia, 
á pesar de las recientes paces, no cesaba de hostilizar 
debajo de mano nuestras tierras, ya entrando en inteli- 
gencias con algunas plazas del Artois para apoderarse 
por traición de ellas, ya atendiendo á tomar también por 
inteligencia la plaza de Cambray, ya permitiendo que 
hiciesen los enemigos grandes levas de gente en sus 
Estados, no tan secretamente que no fuese sabido de 
todo el mundo, ya, en fin, prestándoles grandes sumas 
de dinero y armas. Ni faltaban como siempre socorros 
de Inglaterra á los holandeses tanto en hombres como 
en dinero. A todo había que atender y con pocos recur- 
sos, porque eran tardíos y no suficientes los que dejaba 
venir de España la penuria de la Hacienda. Malograron- 



- 79 - 

se los tratos que tenían los católicos para apoderarse de 
algunas plazas rebeldes, y padecimos un descalabro 
antes de comenzar la campaña. El conde de Busquoi, 
Gobernador de Emerique, habiendo caído en una celada 
que le pusieron los enemigos, fué herido y preso con 
muerte de los que le acompañaban. 

Abrióse aquel año la campaña, partiéndose el ejército 
en dos trozos que tomaron por uno y otro lado del Rhin: 
rindióse á poca costa el fuerte de Crevecoeur. Era el 
intento amenazar con el uno el fuerte de Schenque que 
el enemigo tenía muy fortificado, para coger más des- 
cuidada y desguarnecida la isla de Bomel, situada entre 
el río Mosa ó Mosella y el Wael, que era la verdadera 
empresa. Frustróse por decidía y mala inteligencia de 
los capitanes católicos. No se pudo coger desprevenidos 
á los contrarios como se pensaba, aunque bien se pu- 
diera, y tuvo que pasar todo el ejército á acometer for- 
malmente la isla. Allí se mantuvo un largo y sangriento 
sitio sin ventaja de una y otra parte. El conde Mauricio 
con su ejército plantó sus cuarteles enfrente de la isla, 
comunicándose con ella por medio de puentes. El car- 
denal Andrea con el ejército de España tenía puesto el 
pie en la isla, pero sin poder llegar á la villa, ni adelan- 
tar un paso en su expugnación, determinaron al fin los 
nuestros hacer un fuerte en la isla de la parte donde, 
juntándose los dos ríos, comienzan á formarla; que por 
hacer allí punta el terreno daba mucha proporción para 
impedir con buenas baterías la navegación provechosí- 
sima de los enemigos. Hízose el fuerte, lográndose esto 
al menos de tan costosa empresa. Mientras se adelan- 
taban las obras no cesaban de acometerse los dos ejér- 
citos, procurando cada uno sorprender los cuarteles de 



-so- 
los contrarios; mas de ambas partes en vano. Viéronse 
con tal ocasión grandes hazañas. Algunas compañías 
españolas é italianas acometieron con tanto esfuerzo un 
reducto de los contrarios, situado en la misma isla de 
Bomel, que ya comenzaban éstos á desampararlo; mas 
visto por el conde Mauricio mandó que se apartasen de 
la orilla los bajeles que allí ofrecían retirada á sus sol- 
dados, con que los puso en el estrecho de morir ó de 
conservar, como lo hicieron, el puesto. Y fué famoso el 
hecho del sargento mayor Durango, que sorprendido 
con pocos soldados españoles y algunos valones del 
grueso de los contrarios, á tiempo en que se ocupaba 
en labrar un reducto, aunque muchos de los suyos hu- 
bieron de pelear con los picos y palas con que trabaja- 
ban por no hallar sazón para tomar las armas, mantuvo 
el puesto brazo á brazo y dejó en él más enemigos 
muertos que eran en número sus soldados. Por fin, no 
bien acabada la obra, el Cardenal gobernador tuvo que 
retirarse de Bomel para atender á otros peligros más 
cercanos con mucha parte de las fuerzas. 

Habían al cabo juntado ejército los príncipes protes- 
tantes y acometido con él á las guarniciones españolas 
que quedaron á la parte allá del Rhin en tierra de la ju- 
risdicción del Imperio, amenazando reunir sus fuerzas 
con las del conde Mauricio, que si lo hicieran, llegara 
á ser muy crítica la situación de los nuestros; mas no 
pudieron venir á punto. Wesel, no bien se vio libre del 
temor de los españoles al abrigo del ejército alemán, se 
apartó de nuevo del culto católico. Pero en tanto este 
«jército que sitió á Rimberg fué de allí valerosamente 
rechazado por un tercio que guarnecía la plaza, á pesar 
de estar amotinado y vivir como solían vivir los sóida- 



— si- 
dos en tal ocasión con cierto género de independencia. 
En seguida acometió el enemigo á Reez, defendida del 
capitán D. Ramiro de Guzmán con poca gente; mas no 
alcanzó mejor fortuna. Envió el Almirante de Aragón en 
socorro de la plaza á Andrés Ortiz, capitán experimen- 
tado, el cual logró entrar en ella, y desde allí hizo tales 
salidas, é imaginó tales acometimientos, que obligó á 
los contrarios á alzar el cerco. Con esto abandonaron 
el campo los príncipes confederados, y se retiraron á 
sus tierras con mengua de la reputación y pérdida cre- 
cida en hombres y dinero. Sólo consiguieron que los 
nuestros, por no irritarlos más y no estimularlos á nue- 
vas empresas, dejasen á Orsoy y otras pequeñas plazas 
de la jurisdicción del Imperio, que tenían aún ocu- 
padas. 

Al retirarse la guarnición de Doetecon, que fué uno 
de los puntos abandonados, pensaron los holandeses 
sorprenderla y destruirla, y salieron contra ella con lo 
mejor de su Caballería. Dio esto ocasión á una de las 
mayores derrotas que padecieron los holandeses en 
aquella guerra. Porque sabido el caso por Juan Contre- 
ras Gamarra, Comisario general, determinó salir contra 
ellos con algunas compañías de caballos, dando aviso á 
Ambrosio Landriano, Teniente general de la Caballería, 
para que con mayores fuerzas viniese á apoyarle en el 
trance. Divisó Contreras á los contrarios en un paso 
estrecho donde no podían maniobrar todos los caballos 
á un tiempo, y animando á los suyos se arrojó impetuo- 
samente sobre los que venían de vanguardia, matando 
y desordenando cuanto se le puso delante. En esto los 
enemigos habían logrado desenvolverse y mejorar de 
posición; pero fué tanto el espanto que les causó el pe- 

6 



- 82 - 

lear bizarro de los nuestros, que, con ser doblado nú- 
mero, no pudieron sus oficiales y capitanes traerlos á 
que hiciesen buen rostro. Llegaba ya Landriano con 
más fuerzas, y sin esperar á cruzar lanzas con él, se 
declararon los contrarios en total derrota. Corría el Mo- 
sella no lejos del campo de batalla, y los jinetes ene- 
migos, desalentados, se arrojaron á esguazarlo sin tien- 
to, con que fueron muchos los ahogados y más los ca- 
ballos y armas perdidas. De los vecinos lugares salió 
alguna Infantería alemana en defensa de la Caballería 
holandesa, mas fué acuchillada y deshecha. En suma, 
de toda la Caballería enemiga muy pocos quedaron de 
servicio. Contreras, en quien se desconoció la gloria 
del triunfo, volvió desabrido á España. Aconteció este 
suceso á tiempo que el archiduque Alberto y la infanta 
Isabel Clara Eugenia estaban ya en Flandes. 

Dejó el cardenal Andrea el Gobierno, y el Archidu- 
que y su esposa comenzaron al punto á ejercerlo. 
Convocaron primero á los Estados ó Cortes de la Na- 
ción para exigirles el juramento de obediencia, sobre lo 
cual hubo no escasas dificultades. Pedían los naturales 
que antes de prestar ellos el juramento de obediencia 
jurasen los príncipes conservar sus privilegios, de los 
cuales era el poner todas las plazas y fortalezas deba- 
jo de su mano, haciendo salir de ellas las tropas ex- 
tranjeras. Á esto no podían avenirse los príncipes, por- 
que el Rey de España no quería dejar las fortalezas nr 
abandonar del todo el dominio del país, como arriba di- 
jimos. Añadíase que las tropas allí levantadas no eran 
muy de fiar en guerra como aquélla, sostenida entre 
provincias hermanas, y así se resistió la pretensión 
hasta que cedieron los Estados. Pasearon los príncipes 



— 83 — 

todas las provincias de su Imperio, tomando el jura- 
mento á cada una de ellas especialmente, y lograron 
con buenas trazas que se les concediesen algunos sub- 
sidios. 

Entonces el Archiduque volvió á poner los ojos en las 
necesidades de la guerra. Eran éstas á la sazón muy 
grandes. Wachtendoch, plaza muy fuerte, junto á Güel- 
dres, fué sorprendida por el enemigo. Y sintiendo la 
falta de pagas y la vecindad del invierno, los soldados 
del trozo de ejército que estaba aún sobre Bomel se 
amotinaron en mucha parte. Como estaban terminadas 
del todo las obras del fuerte, tomóse por buen partido 
el retirar de allí el ejército, juzgando que no vendría con 
ello algún daño; mas habiendo quedado de guarnición 
ciertas compañías de valones, lo entregaron éstos á 
pocos días después al conde Mauricio por gruesa suma 
de dinero. Rindióse también por tratos á los enemigos 
el fuerte de Crevecoeur, guarnecido de alemanes y fla- 
mencos. Hechos que daban más y más por imposible 
el fiar las plazas á otras guarniciones que las españolas. 
Hallábanse algunas de éstas alteradas, y todas descon- 
tentas por la misma falta de pagas; mas no se halló que 
ninguna de ellas, aun peleando por causa extranjera, 
como ya á la sazón peleaban, rindiese su puesto al ene- 
migo. Contentábanse con sacar por fuerza del país 
grandes tributos con que remediaban sus escaseces. 

No tardó en ofrecerse una prueba solemne de la di- 
ferente condición de nuestros soldados y los extraños 
en el suceso que ahora sobrevino. Porque animados los 
holandeses con las recientes ventajas y con el descon- 
cierto de nuestra gente, reuniendo todas las fuerzas 
que pudieron juntar, con gran. priesa y esmero, salie- 



- 84 - 

ron de sus puertos y desembarcaron en un lugar no le- 
jos de Gante, con ejército de más de veintitrés mil 
hombres, el más poderoso que jamás hubiese llevado 
sus banderas. Era su intento socorrer la guarnición de 
Ostende, harto apurada de nuestros presidios, y tomar 
á Newport y otras plazas allí cercanas, de suerte que 
quedara debajo de su dependencia aquella provincia. 
Á la nueva de tal peligro, el Archiduque envió á reque- 
rir á los soldados de aquí y allá amotinados en los pre- 
sidios, que saliesen á defender la tierra, manifestándo- 
les el grande apuro en que se hallaba. Negáronse los 
italianos y valones; prestáronse de muy buena volun- 
tad los españoles. Con ellos, principalmente, se com- 
puso el ejército, que marchó al punto la vuelta de Gan- 
te en busca del enemigo. 

Allí se presentó delante de él la infanta doña Isabel 
Clara Eugenia, y dio gracias á los soldados españoles 
por su leal comportamiento, recordándoles que eso y 
más debían al nombre glorioso de su patria. Enardeci- 
dos los viejos tercios con tal discurso, pidieron á voces 
que sin más dilación se los encaminase al combate. 
Echaron delante los amotinados, jurando lavar en san- 
gre el pasado extravío. Tomaron al paso el fuerte de 
Andemburg, que se rindió sin defensa. No anduvieron 
tan presto en rendirse los del presidio de Suaesquerch, 
y antes que pudieran meditar lo que les estaría mejor, 
fué asaltada la plaza y pasados todos á cuchillo. Más 
adelante tropezaron los amotinados y vanguardia de los 
nuestros con dos mil soldados escoceses y holandeses 
que enviaba ya el conde Mauricio á ejecutar el socorro 
de Ostende, cerraron con ellos y no dejaron hombre á 
vida en pocos instantes. 



— 85 - 

Sabido por los enemigos cómo avanzaba aquel impe- 
tuoso torrente, determinaron evitar su furia embarcán- 
dose. Pero no les dieron tiempo los nuestros, que sin 
descansar un momento llegaron á ponérseles delante. 
Habían dejado atrás, para asegurar ciertos pasos, cua- 
tro mil infantes y los cañones al mando de D. Luis de 
Velasco, general de la Artillería, de suerte que el total 
no pasaba de seis mil hombres de infantería con* seis- 
cientos caballos. Dióles frente el conde Mauricio con 
diez y seis mil infantes y dos mil seiscientos caballos, 
fortificados en siete dunas ó colinas de arena puestas á 
la orilla del mar entre Newport y Ostende. La Infante- 
ría ocupaba el centro formada en lo alto de las dunas. 
Los flancos de la posición, que eran los espacios que 
se hallaban entre las dunas y el mar, estaban defendi- 
dos de la Artillería, plantada también en lo alto de és- 
tas, señaladamente en las dos puestas á los extremos. 
Además, la Caballería, partida en dos trozos al diestro 
y siniestro lado, así como emboscada entre las dunas 
y el mar, cubría ventajosamente al centro. Muchos de 
los capitanes españoles fueron de opinión que no se 
empeñase la batalla. Proponían que haciendo alto el 
ejército, tomase allí posiciones entre Ostende y el mar, 
de suerte que cerrase al enemigo el camino de esta pla- 
za fortísima, donde podría fácilmente embarcarse, obli- 
gándole á pelear con manifiesta desventaja ó á embar- 
carse en la playa abierta, donde no podría menos de ser 
destruido. No dio oídos á aquel consejo prudente el ar- 
dor irreflexivo de los más, ni se quiso esperar siquiera 
á que llegase D. Luis de Velasco con la gente que que- 
daba atrás y la Artillería. Así, en aquel lugar donde 
pudo acaso acabar la guerra con victoria nuestra, na- 



- 86 - 

cieron mayores desdichas para en adelante y una fatal 
derrota. Era el ejército español menos de la mitad en 
número que el de los contrarios. Hería el sol en lo más 
recio del día y mortificaba mucho á nuestros soldados, 
que venían ya hartas horas sin comer y con largo cami- 
no, después de haber asaltado plazas y peleado á cam- 
po raso con numeroso escuadrón. Estaban los holande- 
ses descansados y en muy buenas posiciones fortaleci- 
dos, con la espalda á las brisas frescas del mar. Con 
todo, se empeñó la batalla. 

Á ella acudieron por el centro los seis mil hombres 
de infantería española y extranjera, al mando del Ar- 
chiduque mismo con Zapena, Villar, Monroy y otros 
Maestres de campo muy nombrados, y embistieron con 
las dunas, defendidas por más de diez y seis mil solda- 
dos. Era difícil el asalto, porque las piernas de los que 
subían se enterraban en la arena, de suerte que apenas 
podían ellos dar un paso, mientras que los que estaban 
en lo alto disparaban la artillería á pie firme y hacían 
muy ordenadamente sus fuegos. Tomóse, sin embargo, 
la más avanzada de las dunas, y acometióse otra que 
era la mayor y mejor defendida. Allí pelearon los nues- 
tros pica á pica por espacio de una hora, y aunque tan 
inferiores en número, lograron quitar algunos cañones 
á los contrarios y poner de su parte las probabilidades 
del vencimiento. Pero entre tanto nuestra Caballería, 
que acometió por los costados entre las faldas de las 
dunas y el mar, fué puesta en derrota. El Almirante de 
Aragón, Capitán general de nuevo de la Caballería, que 
entró por uno de los costados, fué detenido por el fue- 
go de la artillería enemiga, plantada en la duna que allí 
hacía frente; y tal estrago hicieron las balas en sus f¡- 



— 87 -- 

las, que espantados los caballos y confundidos los jine- 
tes, no fué posible hacerlos pasar adelante. Al propio 
tiempo el comisario Pedro Gallego, sucesor de Conife- 
ras, había acometido por el ala opuesta, y saliendo con- 
tra él seiscientos corazas francesas que defendían aquel 
costado, puestos en emboscada detrás de las dunas, 
destrozaron sus compañías. 

No se contentó con este triunfo el ímpetu de los 
franceses, y pasando adelante vinieron á caer sobre el 
centro. En vano el capitán Rodrigo Laso con dos solas 
compañías de caballos cerró con todo el escuadrón de 
los enemigos; él fué derribado medio muerto y disper- 
sada su escasa gente. Entonces la Infantería española, 
que coronaba ya las dunas, viendo tomada de los ene- 
migos la retaguardia, se puso en retirada. Pero al pie 
de las mismas posiciones que abandonaba fué acometi- 
da por los triunfantes corazas franceses, mientras que 
los infantes enemigos bajaban ordenadamente á aco- 
meterla por la espalda. No era posible la defensa; los 
soldados bajaban sueltos y sin orden, como habían pe- 
leado en lo alto. No se podía formar escuadrón que re- 
sistiese á los caballos ni á los escuadrones de la infan- 
tería enemiga, y el campo se convirtió entonces en una 
carnicería horrible, donde los infantes españoles uno á 
uno peleaban por la vida y la honra. Ordenóse la reti- 
rada, que fué peor que la batalla en aquel trance. El Ar- 
chiduque, que no se había separado un momento del 
combate, estuvo á punto de morir, y por defenderlo 
cayeron á su lado los más esforzados de los españoles. 
Perdimos en esta batalla dos mil quinientos hombres de 
escasos siete mil con que entramos en ella, todos capi- 
tanes y soldados viejos, que no habían vuelto nunca 



- 88 — 

rostro al enemigo. Y sólo pudo servir de siniestro con- 
suelo el que de cerca de diez y nueve mil hombres de 
todas armas con que nos aguardó el enemigo, seis mil 
quedaron en el campo. De entre los muertos merecie- 
ron contarse los capitanes Andrés Ortiz, D. Ramiro de 
Guzmán, Ulloa, Dávila, Ezpeleta y otros y otros no 
menos valientes, y el Maestre de campo Zapena. Tal 
fué la jornada de las Dunas (1600), la más funesta que 
hubiesen empeñado hasta entonces las armas de Espa- 
ña en los campos extranjeros. Perdióse, como se ha 
visto, por sobra de valor y falta de cordura. 

El conde Mauricio vio tan maltratada á su gente, que 
no se atrevió á seguir el alcance, ni á emprender otra 
conquista que el sitio de Newport, ciudad de poca for- 
taleza y arrimada al campo de batalla. Pero ni aun esto 
pudo conseguir y tuvo que reembarcarse con tanta 
gente de menos y sin ventaja alguna. Entre tanto, el 
Archiduque acudió á reparar sus fuerzas. Diéronle los 
Estados dineros y auxilios, y con ellos los soldados ex- 
tranjeros amotinados en las plazas vinieron á partido. 
Formóse un ejército numeroso; pero no hubo necesi- 
dad de él, porque ni de una ni de otra parte se empren- 
dió nada el resto de la campaña. 

Á la siguiente, determinado el archiduque á reparar 
la derrota de las Dunas con un hecho de cuenta, co- 
menzó el sitio de Ostende. No bien supieron esta em- 
presa los holandeses, comenzaron á distraer la atención 
de los nuestros con sitios y acometimientos. Pusiéron- 
se sobre Rimberg y la ganaron, á pesar de su esforza- 
da defensa, porque el socorro llegó tarde y no pudo 
aprovecharse. Con la misma felicidad ganaron á Gra- 
ve, valerosamente mantenida de los españoles, y la for- 



— 89 - 

tísima plaza de la Esclusa, que sólo el hambre pudiera 
reducir á semejante extremo por imprevisión de su Go- 
bernador, que no supo abastecerla; y si no ganaron á 
Bolduch fué porque acudió á socorrerla dos veces el 
Archiduque en persona. Entre tanto se rindió Ostende. 
Contar las operaciones de este sitio y los heroicos he- 
chos de los españoles en él, sería larguísima tarea y 
ajena de nuestro propósito. Era aquella plaza muy im- 
portante, porque desde allí tenían los holandeses á toda 
la provincia de Flandes en continuo respeto, y por eso 
estaba muy bien fortificada y guarnecida. Habían su- 
plicado los Estados de Flandes al Archiduque que de 
tal padrastro los libertase, ofreciéndole para ello cuan- 
tos auxilios necesitase. Comenzó el sitio el Archiduque 
en persona, y luego se encargaron de él los mejores 
capitanes católicos, hasta que el marqués de Spínola la 
rindió, mandando con el nombre de maestre de campo 
general el ejército. Fueron varios los asaltos, muchas 
las salidas y escaramuzas, inauditas las máquinas y 
trazas de que se valían los sitiadores, y terrible el fuego 
de la artillería de los sitiados. El conde Mauricio vino 
á alzar el cerco con una armada de seiscientos bajeles 
y mucho ejército; pero los españoles no le dejaron des- 
embarcar en toda la costa, y tuvo que volverse á sus 
puertos con no poca pérdida y mayor despecho. Al fin 
se dio un asalto general á la plaza (1604), en el cual se 
ganó lo mejor de la ciudad, y ya no fué posible dilatar 
la defensa. Perdieron los sitiadores cerca de cuarenta 
mil hombres en esta empresa, y entre ellos seis Maes- 
tres de campo, los cuatro españoles, y casi todos los 
coroneles y capitanes de los tercios: Monroy, Durango, 
Castriz y otros muchos de los buenos y viejos sóida- 



- 90 - 

dos que sirvieron con el duque de Alba. La plaza per- 
dió siete gobernadores durante el sitio y más de dos 
mil oficiales, con un número inmenso de ciudadanos y 
de soldados, porque como tenía libre el mar, cada día 
entraban algunos de refuerzo. Mantúvose con esta con- 
quista el honor de nuestro nombre; pero se desperdi- 
ciaron notables ocasiones, y hubo de nuestra parte tan- 
ta ó más pérdida que ganancia, pues habiendo pretendi- 
do cerrar la entrada de la provincia de Flandes á los 
enemigos, se abrieron ellos otras puertas más fáciles, 
mientras era tomada Ostende. 

Debiéronse muchas de las pérdidas al motín que se 
llamó de Ruremunda, el más funesto de cuantos hubie- 
ran acontecido en aquellos Estados, donde eran harto 
frecuentes por desgracia. Movidas algunas compañías 
italianas y valonas de la falta de pagas, se encerraron 
en la ciudad de Hoochstraet, negándose á servir como 
de costumbre é imponiendo contribuciones al país. Con 
esto se malogró el socorro de Grave y se perdió aque- 
lla plaza, é irritado el Archiduque los declaró por trai- 
dores y envió ejército contra ellos. Pidieron auxilio los 
amotinados á los holandeses; diéronselo, de manera 
que no fué posible rendirlos; y juntándose en seguida 
con los enemigos, pelearon contra los nuestros en diver- 
sos encuentros. Al fin hubo de avenirse con ellos el 
Archiduque, por excusar mayor daño: malísimo prece- 
dente que sembró nuevos disgustos para en adelante. 
En el ínterin se pasó toda la campaña sin que aquellas 
gentes, que ya formaban un ejército con los muchos 
que se hab'an ¡do agregando, sirviese, como debía, de- 
bajo de nuestras banderas. Así, no lograron otra ven- 
taja nuestras armas, fuera de la toma de Ostende, sino 



— 91 — 

la rota que dio el Gobernador de Bolduch á un buen es- 
cuadrón de caballería enemiga que pasaba por sus tér- 
minos. Concluida la campaña, vino á España el mar- 
qués de Spínola á tratar de las cosas de la guerra, 
donde fué muy bien recibido y asistido de cuanto soli- 
citó para llevar adelante la guerra. 

Era este Marqués natural de Genova y hermano de 
Federico Spínola, general de las galeras de España, el 
cual con ellas sirvió muy bien, haciendo gran daño á los 
holandeses, hasta que, poco después de la llegada de 
su hermano, murió en un combate naval que con ocho 
galeras empeñó en aquellas costas contra dos galeras y 
tres grandes navios holandeses, quedando indecisa la 
victoria. Entró Ambrosio Spínola, que así se llamaba el 
Marqués, en el servicio de España por recomendación 
de Federico, y fué á Flandes gobernando diez mil ita- 
lianos que levantó á su costa. Allí dio tales muestras 
de su persona que se le encargó del sitio de Ostende, 
prefiriéndole á muchos capitanes de más reputación que 
él; y saliendo á punto con la empresa, se acrecentó su 
fama de manera que fué nombrado ya para el mando de 
todo el ejército. Fué verdaderamente un suceso afortu- 
nado la aparición de aquel general, que tuvo pocos ri- 
vales en su siglo á tiempo en que escaseaban ya tanto 
en España. Con él salió á campaña (1605) de vuelta de 
Madrid, llevando trece mil quinientos infantes y tres 
mil caballos. Pasó el Rhín y entró en Frisa, burlando al 
enemigo, que le creía ocupado en otra empresa, y allí 
se apoderó sin mucha dificultad de Oldenzeil y de la 
importante plaza de Linghen, metida muy adentro en el 
territorio enemigo. 

Entre tanto los holandeses, que quisieron tomar á 



- 92 - 

Amberes al desprovisto, tuvieron que desistir de ello 
con no poca pérdida, y á los españoles se les frustraron 
también las tentativas que hicieron para apoderarse de 
Bergs y Grave. Pero el marqués de Spínola, alentado 
con los buenos principios de la campaña, dejando muy 
guarnecido á Linghen que ponía en contribución mucha 
parte de la Frisa, se vino á Wachtendonock y la puso 
cerco. En vano quisieron socorrerla los holandeses 
aprovechándose del descuido de los sitiadores: ocho- 
cientos infantes y otros tantos caballos del ejército de 
España contuvieron largas horas á todo su ejército á 
costa de prodigios de valor, y dieron tiempo á que, acu- 
diendo el Marqués con toda sus fuerzas, los obligase á 
la retirada. Rindióse con esto la plaza, y en seguida 
fueron tomados muchos castillos importantes, mientras 
los holandeses eran vencidos y rechazados en Güel- 
dres que quisieron tomar por sorpresa. 

Mas eran escasas tales ventajas, porque la falta de 
dinero imposibilitaba de tal modo el movimiento de los 
ejércitos y causaba tales disgustos, que no podía lle- 
garse á decisivas consecuencias. Lleno de amor y en- 
tusiasmo á la causa de España, vino el noble Spínola 
otra vez á Madrid á demandar socorros. No pudo ha- 
llarlo á crédito del Rey de España, que á tan miserable 
estado habían llegado las cosas, y tuvo que poner á 
prueba el suyo propio, con lo cual lo consiguió y volvió 
á Flandes imaginando lograr en la siguiente campaña 
mayores triunfos. No le salieron como pensaba sus 
proyectos; mas hizo con todo eso harto gloriosa cam- 
paña. Halló que se habían malogrado durante su ausen- 
cia dos sorpresas que se dieron á las plazas de Brede- 
vord y la Esclusa, ambas muy fuertes, y que sin duda 



— 93 - 

se ganaran á obrar los nuestros con más previsión y 
presteza. Ahora el Marqués dividió su ejército en dos 
trozos, dando el mando de uno al conde de Busquoi, 
capitán de mucho valor y experiencia, rescatado ya de 
sus prisiones, y conservando al otro bajo su mano. Con 
estos dos ejércitos se debía obrar de manera que pa- 
sando el Isel el uno, llegase hasta Utrecht, y el otro 
esguazando el Wael se pusiese delante de Nimega, 
y que mientras éste contuviese al enemigo, lograse 
aquél al improviso apoderarse de algunas de tales pla- 
zas y sujetar las provincias confinantes, muy ricas y 
poco guardadas. Pero los temporales fueron tan recios 
en aquel verano^ que era imposible vadear los ríos, ni 
echar puentes sobre ellos, ni correr siquiera por la 
campiña. Sufrieron nuestros soldados con prodigiosa 
constancia el frío y los ardores del sol que allí alterna- 
ban desconcertadamente, y las aguas y la falta de bas- 
timentos que se originaba, haciendo largas jornadas y 
campañas por tierras inundadas sin carros ni artillería. 
Los enemigos, que se mantenían á la defensiva, no pa- 
decían cosa alguna y se fortificaban y prevenían nues- 
tros intentos con sobrado espacio. Tomóse, sin embargo, 
el castillo de Lochem y la plaza de Groll, y se empren- 
dió el sitio de Rimberg, tantas veces tomada y perdida, 
que á la sazón defendían más de seis mil soldados 
asistidos de muchas vituallas y artillería. Rindióse la 
plaza después de un porfiado sitio en presencia del con- 
de Mauricio, que con mayor ejército que el nuestro no 
supo impedirlo. Pero no bien acabada esta empresa, 
hubo en nuestro ejército un total desconcierto por la 
falta de pagas. 
No bastando los recursos que trajo Spínola de Espa- 



- 94 - 

fía, amotináronse muchos italianos y alemanes con los 
más de los soldados del país, y el resto se mostraba 
gran descontento: hubo que deshacer el ejército y re- 
partir en diversos lugares la gente. Animados con esto 
los holandeses, y viéndose con ejército de más de 
quince mil hombres sanos y bien dispuestos, cayeron 
sobre Groll para recobrarla; pero el marqués Spíno- 
la, reuniendo las fuerzas que pudo de entre la gente no 
amotinada, fué sobre ellos y les obligó á alzar el cerco. 
Dio fin la campaña con la sorpresa que lograron los 
enemigos en la plaza de Erquelens, saqueándola y des- 
truyéndola por no acertar á conservarla. Vióse clara- 
mente á pesar de los temporales que estorbaron la eje- 
cución del plan trazado por nuestro general, que hubié- 
ramos logrado nosotros no poca ventaja, á no sobreve- 
nir aquel nuevo motín que excedió ya á todos los 
conocidos, y fué el último que hubiese en los Estados; 
porque irritado á lo sumo el Archiduque, y convencido 
de que con perdonar á los culpables y conservarlos 
debajo de sus banderas, después de pagados y satisfe- 
chos, no hacía más que abrir la puerta á nuevas y más 
duras señales de indisciplina, determinó tratar á éstos 
con ejemplar rigor. Pagóles cuanto se les debía, que 
importó más de cuatrocientos mil escudos, y en seguida 
publicó un bando señalándoles veinticuatro horas para 
dejar los Estados, desterrándolos de ellos perpetua- 
mente y de todos los dominios de España bajo pena de 
la vida. Fueron muchos los que la perdieron, porque 
siendo naturales del país costábales trabajo abando- 
narlo. Los demás se derramaron por las provincias 
vecinas. 
Mas en tanto los holandeses se mostraban ya cansa- 



- 95 - 

dos y abatidos con la ventaja que por todas partes le 
llevaban los nuestros, y soportaban mal el gran peso 
de la guerra. A la verdad sus escuadras habían sido 
más afortunadas que sus ejércitos en las últimas cam- 
pañas. Una de ellas, mandada por el almirante Heems- 
kirck, logró destruir, aunque con muerte de éste y 
mucha pérdida, en las aguas de Gibraltar, la que don 
Juan Alvarez Dávila mandaba por nuestra parte, com- 
puesta de veintiún bajeles; y en las costas de Flandes 
y en las Indias Occidentales alcanzaron otras ventajas, 
apoderándose de las Molucas. Pero, sin embargo, sus 
marinos fueron derrotados delante de Malaca por don 
Alfonso Martín de Castro, Virrey de Goa,y su general 
Pedro Blens fué rechazado en el ataque de Mozambi- 
que y en otro que intentó al volver á Europa contra el 
fuerte de la Mina, donde fué muerto con muchos de los 
suyos. Poco antes D. Luis Fajardo quemó diez y nueve 
naves que llevaban su bandera en las salinas del Arro- 
yo, y las Molucas fueron también reconquistadas. De 
todas suertes bien conocían ellos que no compensaban 
sus triunfos marítimos la esterilidad de las campañas de 
tierra. 

Aprovechóse el Archiduque de esta disposición de 
ánimo de los enemigos para entablar preliminares de 
paz ó treguas. Dieron oídos los Estados de Holanda á 
tales pláticas, y al fin se consiguió ajustar una suspen- 
sión de armas primero, y luego una tregua por doce 
años (1699), ya que no fué posible venir á tratos de 
duraderas y definitivas paces. En ellas reconoció Espa- 
ña á la Holanda como potencia independiente; cosa que 
se procuró excusar con largas trazas, mas no fué posi- 
ble. De esta manera pudo darse por terminado lo prin- 



- 96 - 

cipal de aquel empeño. Reconocíase ya como imposible 
el sujetar de nuevo á nuestro dominio aquellas provin- 
cias; cosa que bien pudiera estar averiguada de mucho 
antes, dada la obstinación de los naturales, alimentada 
por las preocupaciones religiosas y los auxilios cons- 
tantes que de ingleses, franceses y alemanes recibían, 
la multitud de plazas fuertes, la disposición del terreno 
cortado por grandes ríos, por diques, por canales y 
obstáculos de todo género, y la penuria de nuestra 
Hacienda, que privaba á los ejércitos de las cosas más 
indispensables para la guerra; provocando al propio 
tiempo frecuentes motines, principalmente entre la gente 
extranjera y advenediza, sin honor y sin patria, que 
defendían por dinero nuestra causa. Pero la fama de 
nuestras armas quedó ilesa, y todavía para mirada con 
pavor en el mundo. Sólo que con la larga y sangrienta 
guerra se iban agotando los capitanes viejos y los sol- 
dados veteranos, y extinguiéndose con ellos el espíritu 
de la gloria antigua y la experiencia tan costosamente 
adquirida; falta que no remediada á tiempo, debía con- 
tribuir muy principalmente á nuestras futuras des- 
gracias. 

Vióse con ocasión de estas treguas cuál fuese el 
espíritu de nuestra nación todavía, porque no hubo 
alguno de los hechos escandalosos del duque de Ler- 
ma, que levantase tantas murmuraciones en España 
como el haberlas aconsejado y aceptado. Aquellas ne- 
gociaciones, que pueden mirarse como la obra más 
loable de su ministerio, fueron miradas con disgusto 
por el Rey, que llevaba á mal que con tan grandes he- 
rejes se hiciese trato alguno, y más aún por los pue- 
blos, que sobre alegar la propia causa de descontento, 



— 97 — 

lemían que con vernos ceder á la fortuna parte de 
nuestras pretensiones, se entibiase el miedo de nuestro 
nombre en el mundo. 

Algo pudieron consolarse el Monarca y los subditos 
de no haber sujetado á los holandeses herejes con los 
triunfos obtenidos durante aquel período contra otros 
enemigos de Dios. La guerra contra los berberiscos y 
turcos se continuó con mucho empeño, peleando con 
gloria en todas partes. Derrotó D. Ñuño de Mendoza, 
Gobernador de Tánger y Arcila, á los moros que iban 
á sitiar sus plazas. El marqués de Santa Cruz apresó 
con sus navios muchas embarcaciones turcas en el 
Archipiélago, y entró y dio á saco las islas de Longo, 
Patmos, Zante, Durazzo y otras circunvecinas. Tam- 
bién el marqués de Villafranca, D. Pedro de Toledo, 
tomó once bajeles de corsarios turcos en el Archipiéla- 
go. Pero quien ganó más gloria fué D. Luis Fajardo, 
que salió de Cádiz con doce navios, y después de apo- 
derarse de uno muy rico de los moros, llegó á la goleta 
de Túnez, destruyó muchos bajeles turcos que estaban 
al abrigo de aquella fortaleza, cogió mucho botín y 
ocasionó en la costa grandes daños. 

En tanto en Asia, D. Felipe Brito, Gobernador de 
Siriam, deshizo las naves del Sultán ó régulo de Astra- 
cán y se apoderó del reino de Pegú, tomando por allí 
una extensión nuestros dominios verdaderamente in- 
mensa, y además en América sostuvimos larga y al fin 
afortunada guerra contra los araucanos, tribu valentísi- 
ma del reino de Chile, levantada en contra de nuestra 
dominación. Fué el caudillo de ellos el famoso Caupo- 
lican; y al principio vencieron algunas batallas, hacien- 
do gran destrozo en los nuestros, hasta que fué allá el 

7 



- 98 - 

marqués de Cañete, y con muerte de los más redujo á 
los que quedaron á la esclavitud y puso paz en aquellas 
apartadas provincias. Cantó esta guerra, como es sa- 
bido, con más color de historia que de poema don 
Alonso de Ercilla. 




LIBRO SEGUNDO 



©ffi 














SUMARIO 

De 1610 á 1621.— Expulsión de los moriscos, sus principios y sus 
fines. — Guerra contra los infieles. — Francia: proyectos y 
muerte de Enrique IV. — Alemania: campaña de Spínola en el 
país de Julliers. — Italia: humillación del duque deSaboya, tra- 
mas de éste y de Venecia, sucesión del Monferrato, guerra 
con Saboya, batalla de Asti, Oneglia, tratado de Asti, batalla 
de Apertola, sitio de Vercelli, derrota de D. Sancho de Luna, 
Lesdiguieres y el marqués de Villafranca, el duque de Osuna 
y el marqués de Bedmar, empresas de Osuna, los Uscoques, 
Venecia, combate naval en Gravosa, paz de Pavía, falsa con- 
juración y desgracia de Osuna. — España: últimos años de la pri- 
vanza de Lerma, Calderón, Uceda, el P. Aliaga, el conde de Le- 
mus, D. Francisco de Borja, caída del privado.— Guerra marí- 
tima: principio de la guerra de los treinta años, batalla de Pra- 
ga.— Muerte de Felipe III.— Estado en que dejó la Monarquía. 

|i Hj As treguas con Holanda, vituperadas ó alabadas, 
ofrecieron al fin á España el descanso de que tanta ne- 
cesidad tenía: grande ocasión para aprovecharla en 
aliviar la Hacienda pública, y en comenzar la obra de 
reparación y regeneración indispensable, si había de 



- 100 - 

contenerse la decadencia del reino. No se emplearon en 
esto ciertamente los días de tregua. El duque de Lerma 
continuaba por entonces disfrutando sin contradicción 
del favor regio, y aumentaba su fausto y crecían para 
sostenerlo sus cohechos. Daba soberbios banquetes, y 
celebraba en fiestas públicas costosísimas los sucesos 
alegres de su familia, ni más ni menos que se suelen ce- 
lebrar los de las familias reales. El Rey seguía orando, 
y él trabajando^ sin saberlo acaso, por impericia ó am- 
bición en la ruina total del país. Ayudábale aquel don 
Rodrigo Calderón, su privado; hombre de no escaso 
talento y astucia, pero más fastuoso y codicioso aun 
que él, y que más adelante mostró peores mañas y 
cualidades. Este, que era su confidente y consejero, ha 
de ser mirado en todo como su cómplice. 

Fué poco después de las treguas cuando se verificó 
el suceso más desgraciado que hubiera presenciado 
España en muchos siglos. Corría aún el año de 1609, y 
oíase gran rumor de armas en la Península, que parecía 
desusado por la ocasión, puesto que no se hallaba ene- 
migo en nuestras fronteras. Carlos Doria, duque de 
Tursis, y el marqués de Santa Cruz, nieto el uno del 
famoso Andrea, hijo el otro del grande Almirante de 
Felipe II, y Villafranca, Fajardo y D. Octavio de Ara- 
gón, inclinaron las proas de sus naves al mar de Espa- 
ña. Los tercios viejos de Italia dejaron apresuradamente 
sus costas. Tomáronse en lo interior grandes precaucio- 
nes militares, en especial por la parte de Granada y Va- 
lencia. Formáronse ejércitos, nombráronse generales, 
y no parecía sino que alguna invasión temible ó in- 
surrección sangrienta iba á encender en armas la Penín- 
sula. Y, sin embargo, todo estaba al parecer en paz. 



— 101 - 

Era que uno de los males más profundos de la Monar- 
quía, nacido de su propia constitución, y desconocido ó 
mal curado los años anteriores, acababa de cegar los ojos 
de nuestros políticos, tratando de acudir al reparo. Los 
moriscos que habitaban principalmente las costas orien- 
tales y meridionales de la Península no cesaban de man- 
tener inteligencias con sus vecinos marroquíes y arge- 
linos, y aun con el mismo Sultán de los turcos. Trata- 
dos con rigor sobrado y notable injusticia, antes habían 
aumentado que no disminuido los años el antiguo ren- 
cor á nuestra raza. Después de pacificados por fuerza 
de armas, el odio había ido en aumento cada día. No se 
devolvieron á los de Granada los bienes confiscados 
durante la rebelión, ni siquiera á los que, lejos de la 
guerra, habían sido encausados y desterrados solamen- 
te por precaución y sospechas. Mantúvose en muchos 
el destierro que comenzaron á padecer entonces, y la 
Inquisición redobló sus persecuciones contra todos 
ellos, mirándolos con más prevención y con menos 
piedad que nunca. Huyeron algunos de los moriscos á 
tierras extranjeras por no soportar tales rigores; pero 
lo general de la raza oprimida, no pudiendo huir, co- 
menzó á tramar conspiraciones contra el Estado, po- 
niéndose en comunicación y tratos con varios príncipes 
enemigos nuestros, y principalmente con Enrique IV de 
Francia, á quien llegaron á ofrecer, según se dijo, que 
seguirían bajo su dominio la religión protestante, con 
tal de no ser católicos en España. 

Cuando los ingleses tomaron y saquearon á Cádiz, 
tuvo Felipe II temores de un levantamiento general de 
los moriscos andaluces, cosa que acaso se habría veri- 
ficado á mantenerse algo más los extranjeros en aquella 



- 102 - 

plaza. Tratóse luego de que los marroquíes hiciesen un 
desembarco en la Península, prometiéndoles que se al- 
zarían ellos en su ayuda, y que juntos acabarían con el 
poder español en su propio lecho. Pero Muley Cidam, 
que gobernaba entonces en la ciudad y provincias de 
Marruecos, tenía demasiado en que entender con sus 
contrarios los de Fez, por andar á la sazón dividido el 
Imperio, y no pudo acudir como hubiera deseado en 
socorro de sus hermanos: con esto hubo lugar á que la 
conjuración fuese descubierta. Las cosas habían llega- 
do, pues, á tal punto que necesitaban de enérgico y 
pronto remedio. Si en tiempo de Fernando V se hubie- 
ra comprendido cuanto importaba que aquella nación se 
hiciese una con la nuestra y se hubieran tomado medi- 
das adecuadas al caso en aquel reinado y los posterio- 
res, no hay duda, como atrás dejamos dicho, en que 
jamás habrían llegado tan críticas circunstancias. Pero 
el mal estaba hecho, y el remedio tenía de todas suer- 
tes que ser doloroso. 

No tardó en imaginarse la expulsión, tan bien ensa- 
yada en los judíos, y que desde los días de la conquista 
había tenido muchos partidarios; pero se tropezaba con 
un obstáculo tan poderoso que pasaban años y años y 
no podía llevarse á cabo. Eran vasallos muchos moris- 
cos de ricos-hombres de cuenta, principalmente en Va- 
lencia, donde se miraban más numerosos que en otra 
alguna parte, fundándose en su vasallaje grandes for- 
tunas. Así fué que siempre que se pidió dictamen sobre 
el caso á los ricos-hombres y barones, se halló que el 
mayor número contradecía la expulsión. Y si los vasa- 
llos por serlo oponían tal dificultad, mayor la oponían 
los moriscos que no eran vasallos y vivían opulentos y 



— 103 — 

libres, atesorando en sí las mayores riquezas. Estos 
tenían defensores asalariados entre los poderosos de 
aquella corte de España, donde todo se lograba á la 
sazón por salario ó precio, y aun al clero mismo que 
había de endoctrinarlos ó vigilarlos ó solicitar su casti- 
go, le traían en cierto modo sobornado con los grandes 
diezmos y rentas que le proporcionaban. Llegaban las 
riquezas hasta á librarlos de las garras dé la Inquisición, 
tolerándoles á ellos desmanes que el fuego y el hierro 
corregían tan duramente en los demás españoles. Sábe- 
se que el conde de Orgaz era el protector de los moris- 
cos de Valencia, y recibía por ello cada un año más de 
dos mil ducados; y en la corte de Roma lo era un cierto 
Quesada, canónigo de Guadix, el cual cuidaba de que 
las disposiciones del Pontífice no se ajustasen bien con 
las del Rey, á fin de estorbar unas y otras, lo mismo que 
los protectores que estaban en Madrid cuidaban de 
parar ó desvanecer cualquier intento que pudiera serles 
dañoso, desmintiendo las traiciones de que seles acusa- 
ba y atribuyendo á ignorancia sus malas obras. Sin 
embargo, las traiciones, aunque acaso provocadas por 
nuestros rigores, eran evidentes; y sus obras eran más 
de moros, que solo por fuerza aparecían cristianos, y 
de hombres sedientos de venganza, que no de ignoran- 
tes. Los cristianos viejos que vivían en sus comarcas no 
osaban salir de noche, y en las regaladas lunas de ve- 
rano, orillas del mar de Valencia, no era raro el hallar 
al hospedaje y festejo de los moriscos cuadrillas de pi- 
ratas argelinos y saletinos, saqueando haciendas de 
cristianos, matándoles ó cautivándoles á mansalva. 
Crecía con esto cada día el recelo en los nuestros y la 
cólera y la audacia en los moriscos. Contábanse las 



- 104 - 

casas de moriscos y cristianos, y hallábase que las de 
aquéllos se aumentaban de año en año, al paso que las 
de éstos mermaban. Veíase donde quiera armados á los 
moriscos, y aunque se intentó por varios modos des- 
armarlos, no se halló medio de ejecutarlo completamente. 
Todo esto obligó á tomar algunas prevenciones, particu- 
larmente en Valencia, y cuando el duque de Lerma, 
Conde entonces todavía, gobernaba en aquel reino co- 
rriendo los últimos años de Felipe II, fundó la llamada 
milicia efectiva ó general, compuesta de todos los cris- 
tianos aptos para la guerra, y que llegó á ascender á diez 
mil infantes y muchos caballos, los cuales, en sus casas, 
con lugares de reunión y plazas de armas preparados, 
con armas y pertrechos, esperaban la hora del peligro 
para acudir á conjurarlo. 

Pero tantas prevenciones no parecieron bastantes 
todavía. En 1602, el Patriarca de Antioquía y Arzobispo 
de Valencia, D. Juan de Rivera, escribió un papel al 
Rey proponiéndole francamente la expulsión; mas pedida 
explicación de los medios con que había de ser ejecu- 
tada se halló que el buen Prelado no entendía por mo- 
riscos sino á los de Castilla, Aragón y Andalucía, por- 
que los de Valencia, aunque más numerosos y temibles 
que ningunos, juzgábalos necesarios para el sosteni- 
miento de su persona humilde y de su casa de Dios. 
Nada mas curioso que la argumentación de aquel Prela- 
do lleno de celo y deseoso de ver fuera de España á los 
infieles; más no tan enemigo de su particular conve- 
niencia y comodidades que consintiera por tal celo y 
deseo en disminuir sus rentas. Desechóse la distinción 
en la corte como era razón, viendo cuan incompleto 
quedaba con ello el intento, y no faltaron personas que 



— 105 — 

en sendos libros la combatiesen. Tenía acaso más par- 
tidarios la opinión mostrada en otro tiempo por el cele- 
bré Torquemada, de que en caso de infidelidad de los 
moriscos á todos los mayores de edad debía pasárseles 
á cuchillo, y á todos los menores repartirlos como es- 
clavos; pero la que prevalecía en los más prudentes era 
la de ejecutar la expulsión total, echando de España á 
los moriscos de Valencia lo mismo que á los de Casti- 
lla, Sierra Morena, Extremadura y riberas del Segre. 
•Y cierto que dada la expulsión no podía concebirse 
otra cosa. 

Comenzó á formárseles un género de proceso secre- 
to en la corte, oyendo el Rey á todos los que alegaban 
contra ellos, y no dejando también de oir á algunos de 
sus defensores, que, á más de los asalariados, hubo de 
éstos algunos no desconfiados de su conversión y pa- 
cificación, como los obispos de Segorbe y de Orihuela, 
mayormente el primero. Fué de los enemigos más gran- 
des de los moriscos el fraile Bleda, que escribió de 
aquel suceso en su Crónica de los moros, el cual por 
conseguir la expulsión hizo tres viajes á Roma, y es- 
cribió libros y memoriales, é hizo cuanto puede dictar 
el celo más desapiadado. Comprobóse que traían inte- 
ligencia con Enrique IV de Francia, el cual, aunque 
cristianísimo, no había titubeado en prestarles favor, 
bien que, como arriba indicamos, se dijo que le habían 
ofrecido hacerse protestantes bajo su mano. Mas puede 
creerse que quien los ayudaba con promesa de tan poco 
verosímil cumplimiento, también los habría ayudado aún 
cuando renovaran los tiempos de Taric-ben-Zeyyad y 
de Muza-ben-Nosseir y los desastres del Guadalete. Al 
lado de estos cargos, verdaderamente graves, aparéele- 



— 106 — 

ron otros contra los tales moriscos, oídos entonces con 
horror en España. Uno era que no criaban puercos, 
animales aborrecidos de Mahoma; otro era, que cum- 
pliendo á veces sus tratos mejor que los cristianos, no 
convenía dejar en pie tan mal ejemplo, y que se notase 
que los nuestros con ser en la fe antiguos eran menos 
honrados y virtuosos que los que ahora acababan de 
recibirla y no estaban en ella muy seguros: ni fué tam- 
poco de los menores el suponer que en las misas ejecu- 
taban socapa y á escondidas de los cristianos, irreve- 
rentes demostraciones. No pudo resistir más Felipe III: 
y como el duque de Lerma anduviese tan de antiguo 
receloso de los moriscos acabó de decidirle en un todo. 
En 1606 era ya cosa resuelta la expulsión. 

Dilatóse, sin embargo, tres años por los empeños en 
que andaba á la sazón la Monarquía. Guardóse grande 
y maravilloso secreto sobre ello, y fué de notar la con- 
ducta del duque del Infantado, posesor de la baronía de 
Alberique y otras pobladas de moriscos y muy ricas á 
causa de ellos, el cual, sabiendo lo que había de ejecu- 
tarse tan en daño suyo, como que de un golpe iba á 
perder millares de vasallos y copiosísimas rentas, no 
hizo movimiento alguno, ni se aprovechó de la noticia 
para negociar sus intereses, tal como si estuviese ig- 
norante de todo. No fueron tan generosos otros seño- 
res, ricos-hombres y corporaciones interesadas en la 
conservación de los moriscos. 

Eran de los principales intereses los que se fundaban 
sobre los censos. Había cristianos que vendían á los 
moriscos ropas y oro y alhajas de mala ley al fiado, por 
mucho más precio de lo que valían y con crecida usura; 
otros, que prestaban á las aljamas ó Universidades grue- 



— 107 - 

sas cantidades al diez por ciento de usura, y de tales 
préstamos eran no pocos para los mismos barones y 
señores de ellas; otros, en fin, que tenían dinero con- 
signado sobre casas y campos de propiedad dé moris- 
cos particulares. Con el producto de tales censos vivía 
la mayor parte de la nobleza, conventos, parroquias, 
cabildos y otra infinidad de gente honrada del reino, 
las iglesias, colegiatas y catedrales. Y así fué que el 
rumor de la expulsión llenó de espanto á todas las pro- 
vincias donde había moriscos y censos; y que muchos, 
no tan generosos como el duque del Infantado, con no- 
ticia cabal del intento se apresuraron á negociar sus 
créditos. No dio tiempo, sin embargo, el edicto para 
que pudieran excusarse tales daños en los cristianos, 
ni tampoco para que los moriscos ricos, que, aunque 
nada sabían, recelaban lo bastante para desear conver- 
tir en dinero sus haciendas, pudieran ejecutarlo. Por 
Agosto de 1609 se decretó la expulsión de los de Va- 
lencia, al propio tiempo que se tomaban todas las me- 
didas que parecieron necesarias, para ejecutarla. 

Era Capitán general del reino de Valencia el marqués 
de Caracena, D. Luis Carrillo de Toledo; enviósele 
por Maestre de campo general de las armas á D. Agus^, 
tín Mejía, soldado viejo de Flandes y castellano allí de 
Amberes; aprestáronse las llamadas milicias generales, 
y acercáronse á las fronteras de Valencia y Aragón los 
jinetes de Castilla; Doria y Santa Cruz trajeron: el pri- 
mero, en diez y seis galeras, el tercio de Lombardia, 
mandado por D. Juan de Carmona con mil doscientos 
cincuenta soldados efectivos; y el segundo, el de Ña- 
póles, con dos mil setenta, gobernados del Maestre de 
campo D. Sancho de Luna y Rojas. Las galeras que te- 



- 108 — 

nía en Sicilia el duque de Osuna vinieron también, y 
eran nueve, con D. Octavio de Aragón por general; 
bien que aquella armada estuviese á las órdenes de don 
Pedro de Leiva y ochocientos hombres en nueve com- 
pañías. D. Luis Fajardo, con catorce galeras de la ca- 
rrera de Indias y mil soldados, y el marqués de Villafran- 
ca, duque de Fernandina, D.. Pedro de Toledo, con las 
galeras de España, que eran veintiuna, y hasta mil tres- 
cientos soldados también acudieron á la empresa. Fué 
el punto de reunión de todas las armadas Mallorca, y 
desde allí se repartieron los puestos. Los bajeles de 
España y los de Genova vinieron á cerrar la boca de 
los Alfaques: los de Ñapóles se apostaron en Denia, 
los de Sicilia en Cartagena y en Alicante los de Indias. 
Desembarcaron las tropas, repartiéndolas los capitanes 
en los puestos donde se creyó que pudieran los moris- 
cos fortificarse: D. Pedro de Toledo por la parte del 
Norte del reino hacia Aragón, y D. Agustín Mejía por 
la del Sur hacia Murcia. Luego se publicó el edicto en 
Valencia. Disponíase que dentro de tres días de publi- 
cado el bando todos los moriscos saliesen de sus ca- 
sas, bajo pena de muerte, yendo adonde el Comisario 
real que se enviase á sus comarcas les ordenara, para 
ser transportados á Berbería, llevando consigo los bie- 
nes muebles que pudieran conducir por sí mismos. Per- 
mitíase que en cada lugar quedasen seis personas para 
que conservasen el cultivo del azúcar y las artes mo- 
riscas, y que quedasen también los niños menores de 
cuatro años, con licencia de sus padres, para ser cria- 
dos entre los cristianos viejos, esto como favor singu- 
lar. Luego se les dieron sesenta días de término para 
disponer de sus bienes, muebles y semovientes, y lie- 



— 109 — 

varse el producto, no en metales ni en letras de cam- 
bio, sino en mercaderías, y éstas, compradas de los na- 
turales de estos reinos y no de otros, á no ser que pre- 
firiesen dejar la mitad de la hacienda para el Rey, en 
cuyo caso bien podían llevar consigo todo lo prohibido 
en oro y plata y letras de cambio. Los bienes raíces 
fueron sin excepción confiscados, tales eran las princi- 
pales disposiciones. 

Los moros, aterrados al principio con lo violento de 
tal resolución, trataron al fin de defenderse y acudieron 
á las armas. Uno de ellos, por nombre Turiji, persona 
principal del valle de Ayora, levantó banderas de rebe- 
lión, y á poco un molinero de Guadalest llamado Mili- 
ni, insurreccionó también el valle de Alahuar, saquean- 
do y destruyendo sin piedad los pueblos de cristianos 
y matando á cuantos caían en sus manos. Pero sin ar- 
mas, sin enseñanza militar y cogidos al desprovisto, 
tuvieron que ceder al fin á los aguerridos tercios de 
España y someterse á su destino. No fué con todo sin 
algunos combates. Las cumbres de los montes, los lla- 
nos y los caminos parecían cubiertos de ellos, que co- 
rrían furiosos de acá para allá, á pie y á caballo, con 
armas y sin ellas, comunicándose los acuerdos y ani- 
mándose unos á otros. Hombres, mujeres y ancianos, 
grandes y pequeños, se mostraban en el último punto 
de la desesperación. Y no es decir que faltaran moris- 
cos que tomasen la expulsión á regocijo: habíalos, sin 
duda, tan celosos de la fe de Mahoma y tan deseosos 
de salir entre cristianos, que no suspiraban por otra 
cosa y que respondieron con gritos de júbilo al manda- 
to de salir de España. Pero éstos no eran los más, á lo 
que puede deducirse de los hechos, sobre todo luego 



— lio — 

que llegó á susurrarse que no los recibían tan bien en 
África como se esperaba. 

Dio altas muestras de su sagacidad y talento el mar- 
qués de Villafranca, duque de Fernandina, D. Pedro de 
Toledo, porque en la parte del reino que él tomó á su 
cargo fueron tales sus disposiciones que no se oyó un 
sólo grito de rebelión. Pero el Maestre de campo, gene- 
ral D. Agustín Mejia, anduvo algo más descuidado y 
dio tiempo á que Millini ó Mellini por un lado, y Turi- 
gi por otro, se fortificasen y reunieran fuerzas que lle- 
garon á parecer temibles, aclamándose uno y otro por 
reyes en sus comarcas. Entró D. Agustín Mejfa en la 
sierra de Alahuar, llevando por delante á las cuadrillas 
de moriscos rebelados en el contorno; tomó el castillo 
de las Azavaras, en cuyo asalto dio heroica muestra 
del valor de su persona D. Sancho de Luna; luego los 
moriscos guarecidos en las peñas se pusieron al opósi- 
to del ejército, y hubo gran matanza de ellos y alguna 
pérdida de los nuestros, pereciendo entre otros el re- 
yezuelo Mellini, con que los rebeldes pusieron en su 
lugar á un cierto Miguel Piteo. Al fin, llegó D. Agus- 
tín Mejía con el tercio de Ñapóles, el de Sicilia y mu- 
chos soldados de milicias y particulares al castillo de 
Polop, último asilo de los rebeldes: allí padecieron ho- 
rrible hambre y sed por no haber hecho provisión de 
nada, hasta que al cabo de nueve días se rindieron á 
condición de salvar las vidas. Entre tanto Vicente Tu- 
rigi, que así se llamaba el reyezuelo de Ayora, reunió 
muchos moriscos en la Muela de Cortés, lugar muy 
proporcionado para la defensa: salió á reconocerlos el 
Gobernador dejativa, D. Francisco Milán y Aragón, y 
tuvo: con ellos un encuentro, donde, peleando valerosf- 



— 111 — 

simamente, les hizo mucho daño: luego D. Juan de 
Cardona, con su tercio de Lombardía y milicias, vino á 
atacarlos en sus posiciones, y no osando aguardarlo, 
se desbandaron, abandonando cuanto tenían y pere- 
ciendo los más de los que allí se recogieron al filo de la 
espada, hombr-es, niños y mujeres. Turigi, sin embar- 
go, anduvo algún tiempo escondido por la ribera del 
Júcar, hasta que al fin fué preso y ejecutado en Valen- 
cia, donde murió como cristiano. Hubo á la par muchí- 
simas muertes por todas partes entre cristianos y mo- 
riscos, pretendiendo aquéllos robar á los que iban pa- 
cíficamente á embarcarse, solícitos éstos en vengar su 
afrenta y daño. 

Al cabo se completó la expulsión en Valencia, y en 
el año siguiente (1610) fuéronse dando edictos y ex- 
pulsando á los moriscos que quedaban en las demás 
partes de España. De las costas de Valencia pasaron 
las armadas á las de Cataluña y Aragón, y fué también 
D. Agustín Mejía; salieron de allí los moriscos sin re- 
sistencia alguna, coadyuvando muy eficazmente al lo- 
gro de la empresa el Capitán general de Rosellón y Ca- 
taluña, duque de Monteleón, y el Virrey de Aragón, don 
Gastón de Moneada, marqués de Aitonat. Á los de Ex- 
tremadura los expulsó el licenciado Gregorio López 
Madera; á los de Castilla, el conde de Salazar, D. Ber- 
nardino de Velasco, y á los de las Andalucías, el duque 
de San Germán, Capitán general de la provincia, sin 
que en parte alguna se notase ya resistencia. Luego se 
hicieron indagaciones é inquisitorias por las ciudades 
y campos para rebuscar á los pocos moriscos que ha- 
bían quedado escondidos; algunos fueron cazados en 
los montes, como fieras; otros fueron atraídos con ha- 



— 112 - 

lagos y embarcados, y así acabó de desarraigarse aque- 
lla raza triste de nuestro suelo. Á fines de 1610 podía 
reputarse por terminada la obra. 

Tachóse de impolítico y de injusto el edicto en las 
naciones extranjeras; tanto, que el cardenal Richelieu 
dijo de él que fué el consejo más osado y bárbaro que 
hubiese visto el mundo. Sobre todo han sido censura- 
das ciertas disposiciones derechamente encaminadas á 
enriquecer la hacienda del Rey con los despojos, ó más 
bien la del duque de Lerma y sus parciales. De cierto 
pueden considerarse aquellas medidas como desacerta- 
das y fatales para España. Aun en el trance extremo 
en que estaban las cosas, aun siendo tan necesario el 
reprimir duramente á los moriscos y siendo tan peligro- 
sos á la Monarquía, pudiéronse hallar expedientes que 
no causasen con su expulsión total tamaños males. Ha- 
bía moriscos que profesaban sinceramente la religión 
católica, y tanto que murieron como mártires por ella 
entre los de su nación. Los más de ellos ignoraban ya 
la lengua y literatura árabe, y, por el contrario, habla- 
ban la lengua y dialectos de España como los mismos 
cristianos; escribían libros que podían pasar por clási- 
cos en nuestr^literatura, y mostraban gran conocimien- 
to de nuestros escritores y de los escritores greco-lati- 
nos, que andaban entonces en moda. Cursaban en 
nuestras Universidades, aprendían nuestras artes, á la 
par que nos enseñaban las suyas; y en sus gentilezas 
y bizarrías y hasta en la desenvoltura de sus mujeres, 
más se parecían á los españoles que á los moros ó tur- 
cos, sus hermanos. Aun los hubo tan apegados á nues- 
tras cosas, que en el destierro conservaron nuestra 
lengua y costumbres, y las guardaron por mucho tiem- 



— 113 — 

po después, transmitiéndolas de sus personas á las de 
sus descendientes en las muchas ciudades y villas que 
fundaron en África. Y los más de ellos sentían tanto 
amor al suelo de España, que por no dejarlo hicieron 
al Rey los ofrecimientos más extraordinarios, ya pres- 
tándose á rescatar á todos los cautivos cristianos en 
Berbería, ya á pagar las flotas y las guarniciones espa- 
ñolas de sus provincias. 

Algo pudiera, por tanto, aprovecharse en tanta gen- 
te y tan diversa, conservando en el reino á los que lo 
mereciesen, y expulsando con efecto á los más indóci- 
les y aun á los sospechosos de sedición, siendo cierto 
que contendría á los que se quedasen el castigo de los 
que se iban. Lo principal era apartarlos de las costas y 
meterlos en el interior de España; y eso bien pudo ha- 
cerse con muchos, sin peligro alguno ni dificultad muy 
grande, que yermos y tierras baldías que poblar no fal- 
taban ciertamente en nuestro suelo. Pero no se pensó 
en otra cosa que en echarlos y en tomar sus despojos. 
Ni aun esto se logró como se quería; antes bien, fueron 
ellos quien no^ empobrecieron: unos, llevándose, como 
los judíos, grandes letras de cambio; otros, que, apro- 
vechándose del permiso que se les dio de exportar oro 
y plata, dejando la mitad para las arcas reales, pusie- 
ron en circulación inmensa cantidad de moneda falsa y 
de falsas alhajas, y se llevaron consigo el oro y pla- 
ta de buena ley. No alcanzaron tampoco los moriscos el 
fruto de este último engaño, por la ocasión disculpable. 
Muchos de los barcos que habían de transportarlos, 
mal preparados y dispuestos y por demás cargados, 
naufragaron, haciendo presa el mar de millares de ca- 
dáveres. En muchos, no los naufragios, sino la cruel- 



- 114 - 

dad y mala fe de los pilotos y marineros causaron igual 
suerte, porque, deseosos de soltar pronto la carga para 
tener tiempo de volver por otra, echaron al mar á los 
moriscos que llevaban. Y aun no paraba aquí su desdi- 
cha, sino que, al llegar luego á los puertos donde los 
dejaban, eran asesinados y saqueados, por lo común, 
sin piedad alguna. En África mismo, viéndolos los mo- 
ros ignorantes de su lengua y de sus historias y devo- 
ciones, y tan distintos en usos, maneras é industrias, no 
quisieron ya reconocerlos por hermanos, y robaron y 
despedazaron á la mayor parte. 

Es imposible recordar los pormenores de aquella ca- 
tástrofe sin sentir el corazón oprimido y sin lamentar 
la suerte de tantos infelices hijos de España, criados al 
fin á nuestro sol y alimentados en nuestros campos. 
Pocos libraron su vida, menos aun las riquezas que po- 
seyeron. Y no fueron ellos solos los perjudicados, sino 
que de nuestra parte fué no menor el daño y ruina. Las 
ricas y populosas costas de Valencia y Granada queda- 
ron entonces miserablemente perdidas; olvidóse casi la 
industria, que solamente los moros ejercían; abandoná- 
ronse los campos que ellos solos sabían cultivar; cen- 
tenares de pueblos desiertos, millares de casas derruí- 
das,.quedaron por señal de su partida. Calcúlase de di- 
versas maneras el número de los moros expulsados; 
pero pocos lo bajan de un millón de personas de toda 
edad y sexo. Hecho verdaderamente grande y admira- 
ble, á no ser tan infeliz para España. 

No se sació con echar á los moriscos del reino la 
saña de los Ministros de Felipe III. Pareció por un mo- 
mento que se iba á resucitar la antigua política de Es- 
paña, extendiendo nuestro poderío por las tierras in- 



— 115 — 

fieles, cosa que ofrecía más facilidad y menos gastos 
que las empresas de Italia y de Flandes, y podía ser de 
mucho más provecho á la Monarquía. Harto mejor 
campo era este para esgrimir las armas en defensa de 
la religión y en contra de los enemigos de la fe. Y si, 
en efecto, España hubiese consagrado todas sus fuer- 
zas al África, todavía los males de la expulsión de los 
moriscos no hubieran sido tan grandes, aunque siem- 
pre hubieran sido de mal ejemplo y precedente aquellas 
muestras de demasiado rigor para que los africanos se 
rindiesen á los nuestros sin grande esfuerzo. Pero todo 
paró en la toma de Larache, por astucia, en la de la 
Mamora, y en algunos arrebatos y empresas marítimas. 

Ya en 1602 Carlos Doria había llevado una armada 
delante de Argel, que acaso se hubiera apoderado de 
aquella plaza indefensa entonces, á no ser deshecha 
por las tempestades, tan enemigas de España. Al ver 
lo frecuente que eran tales desgracias en nuestra marina 
por aquellos tiempos, sospéchase con fundamento que 
los bajeles españoles, aunque mandados por hábiles y 
experimentados Generales y llenos de gente valerosa, 
no estaban bien aparejados ni tripulados con buena ma- 
rinería, dado que las armadas inglesas y holandesas 
corrían en tanto los mares con mucha mejor fortuna. 

Encamináronse ahora, dejado lo de Argel, los inten- 
tos del Gobierno español contra Larache. Era aquel 
puerto madriguera y abrigo de corsarios berberiscos y 
saletinos, y de piratas holandeses, franceses é ingleses, 
que desde allí tenían en continuo desasosiego nuestras 
costas. Propuesto el apoderarse de la plaza, se aprove- 
chóla ocasión de los tratos que había movido á&proprio 
mota con nuestra Corte Muley Xeque, Rey de Fez, que 



- 116 - 

era quien la poseía, el cual estando en guerra bravísima 
y larga con Muley Cidan, que gobernaba en Marrue- 
cos, deseaba tener propicio al Rey de España, para ha- 
llar refugio en cualquier desmán en sus Estados. Un 
cierto Juanetín Mortara, genovés avecindado en África, 
fué el mensajero que escogió el moro para pedir el se- 
guro, el cual, ganado por nuestra Corte, trabajó con mu- 
cha astucia y acierto, y con exposición notable de su 
persona en que el marroquí nos cediese á Larache. Lo- 
gróse después de muchas dificultades (1610), y de mu- 
chas idas y venidas de nuesti-a armada á aquellas cos- 
tas y un año de negociaciones; pero no fué sin gastos, 
porque entre otros, hubo que darle á Muley Xeque dos- 
cientos mil ducados en dinero y seis mil arcabuces. 
Manía singular aquella de comprar aún lo que podía ad- 
quirirse por armas, porque á la verdad era España en 
ellas todavía más rica y poderosa que no abundante en 
dineros. 

Más acierto hubo en la toma de la Mamora, donde, 
perdida Larache, habían trasladado los piratas moros y 
cristianos su madriguera. Rindióla D. Luis Fajardo, que 
salió de Cádiz (1614) para el caso con una armada 
de noventa velas, cogiéndola al desprovisto y casi sin 
defensa; y el Gobernador que allí quedó, Cristóbal de 
Lechuga, supo conservar la plaza de modo que, aun- 
que bien la acometieron los moros los años adelante, 
no pudieron recobrarla. 

No menos afortunado por mar que D. Luis Fajardo, 
se presentó el marqués de Santa Cruz con su armada 
destinada á cruzar en las costas de Ñapóles delante de 
la Goleta de Túnez, quemó once naves que allí había 
al abrigo de la fortaleza; y desembarcando luego en la 



— 117 - 

isla de Querquenes la saqueó, trayéndose mucho botín 
y número grande de cautivos, aunque no sin pérdida, 
porque los moros obstinadamente defendieron sus pues- 
tos. Y el duque de Osuna, Virrey á la sazón de Sicilia, 
donde comenzaba ya á echar los cimientos de su fama, 
aprestó una armada en aquellos puertos, la cual, vinien- 
do á las costas berberiscas, echó gente á tierra en el 
lugar de Circeli, y á pesar de la valiente defensa de 
los turcos que lo defendían, lo entró á fuego y sangre, 
con muerte de más de doscientos de ellos y poca pér- 
dida de su parte. 

Alentado Osuna con la gloria y provecho de este 
triunfo, juntó mayor armada al mando de D. Octavio de 
Aragón, marino muy ejercitado. Navegó este General á 
los mares de Levante; y encontrándose con diez gale- 
ras de turcos algo separadas de una grande armada que 
tenían ya á punto aquellos infieles, las combatió, y des- 
pués de un recio combate tomó seis sin que el grueso 
de las naves contrarias acudiera á estorbárselo, con lo 
cual y otras presas que hizo se volvió á Palermo, rico 
y glorioso. No tardó Osuna en ordenar otra vez á don 
Octavio que saliese al mar; habían hecho los turcos un 
desembarco en Malta, y sabedor de ello el General de 
los nuestros, llegó y atacó su escuadra anclada en las 
costas, echó á pique unas galeras, apresó otras y obli- 
gó á los enemigos á embarcarse y huir. En tanto don 
Juan Fajardo, D. Rodrigo de Silva y D. Pedro de Lara 
hicieron muy ricas presas en los corsarios mahometa- 
nos, principalmente el último, que, en dos naves marro- 
quíes que rindió, halló más de tres mil manuscritos ára- 
bes de filosofía, medicina, política y otras artes, los 
cuales fueron traídos á la biblioteca del Escorial, don- 



- 118 - 

de algunos se hallan todavía; y otros, los más, pere- 
cieron en el doloroso incendio de 1674. 

Mas siguió predominando en los consejos el interés 
de influir y dominar en Europa; y cierto que á la sazón 
nos aquejaban aquí graves cuidados, porque el rey de 
Francia, Enrique IV, no había cesado de hacer aprestos 
de guerra desde la paz de Vervins, ni de procurarse 
alianzas, además de ayudar á nuestros enemigos tanto 
al menos como nosotros ayudamos en la ocasión á los 
suyos. Secundábale Sully, su gran privado, hombre de 
gran capacidad y celo, al cual debió Francia la gran 
prosperidad en que se halló los años adelante. Tanto el 
Rey como el Ministro aborrecían de corazón á España, 
por el calor que había dado á la liga católica. Alarmada 
nuestra Corte con los preparativos del francés, comen- 
zó á inquirir sus intentos para destruirlos antes de que 
llegasen á ejecución. Trajeron en nuestro favor el oro 
y las promesas de alianza y amparo, á casi todos los 
ministros de Enrique IV, y hasta la reina María de Mé- 
dicis y á María de Verneuil, querida del Monarca fran- 
cés. Dícese que éste no podía hacer cuajar sus proyec- 
tos, ni preparar ninguna trama contra España sin que 
de nosotros fuese conocido el intento, por secreto que 
pareciera. Pero á la verdad el de movernos ahora gue- 
rra no lo era ni se cuidaba mucho Enrique IV de que lo 
fuese. En una conferencia con nuestro embajador don 
Iñigo de Cárdenas, que fué á pedirle cuentas de sus 
armamentos tan inesperados, exclamó lleno de cólera: 
«¿Quiere vuestro Rey ser señor de todo el mundo? 
»Pues yo tengo la mi espada en la cinta tan larga como 
»otra.» A lo cual respondió D. Iñigo, con la gravedad y 
nobleza que solían tener los ministros de Felipe II, que 



— 119 — 

el Rey de España no quería ser dueño del mundo, por- 
que ya Dios le había hecho señor de lo mejor de él; y 
que «sin meterse en el tamaño de las espadas, era tal 
»el de la espada de su Rey, que en Europa y las demás 
»partes del mundo podía sustentar lo que tenía y man- 
»tener su reputación de modo que quien la provocase 
»habría de sentirla.» Pasaron allí otras razones tanto y 
más duras, y públicamente se hablaba ya del tiempo y 
el modo con que Enrique IV había de invadir nuestras 
provincias de Flandes. 

Indudablemente para el Monarca francés eran bas- 
tantes motivos de guerra el odio que profesaba á Espa- 
ña y el deseo de destruir nuestra preponderancia en Eu- 
ropa; mas la Historia no puede callar un motivo pueril 
propio de aquel Rey tan flaco con las mujeres, aunque 
dotado de altas prendas y cualidades. El príncipe de 
Conde se había refugiado en Bruselas con su mujer jo- 
vén y hermosa de quien estaba locamente prendado el 
rey Enrique. Hablando con nuestros embajadores ape- 
nas dejaba de nombrar entre los negocios de Estado que 
lo traían descontento de España, el que alejase aquél la 
mujer de sus manos, y hablaba en su particular de ir á 
Bruselas y traérsela por fuerza de armas contra la vo- 
luntad del esposo. En esto le sorprendió el puñal de 
Ravaillac, que le quitó tales proyectos con la vida 
(1610). Aquel crimen fué sin duda útil para España, 
puesto que con él quedó libre de tan peligroso enemi- 
go; y aun por eso sin duda hubo quien lo atribuyese á 
nuestras artes. Calumniaron torpemente los que deja- 
ron corren tales voces á nuestro buen rey Felipe III, 
que era tal, que al decir de un embajador veneciano en 
ciertos despachos á su Gobierno, «no habría hecho un 



- 120 - 

pecado mortal por todo el mundo>. Ni los hechos del 
duque de Lerma autorizan á creer que de por sí tramase 
tamaña alevosía, ni era fácil que sin conocimiento del 
piadoso Rey la intentase. A la verdad, el Gobierno 
español obedecía al maquiavelismo indigno de la época, 
empleando las artes de la seducción con harta frecuen- 
cia; mas no la usaban menos contra él los extranjeros, 
aunque no con tanta fortuna, porque no se hallaban 
españoles que hiciesen traición á su patria. Ni ha de 
ser razón ésta para que se atribuya á nuestro Gobierno 
un crimen que pudo ser más ventajoso, y no se imaginó 
en los días de Felipe II. 

Descansó con la muerte de Enrique IV la política 
española por aquella parte, y ya no se trató sino de 
aprovechar las circunstancias. Logró de la reina regen- 
te, María de Médicis, D. Iñigo de Cárdenas, no sólo que 
apartase al ministro SuUy de los negocios, sino tam- 
bién que lo redujese á prisión, libertándonos así de 
aquel otro enemigo. Y en seguida para asegurarnos más 
se ajustó el matrimonio del príncipe de Asturias, don 
Felipe, con Doña Isabel de Borbón, y el de la infanta 
Doña Ana de Austria con el rey de Francia, Luis XIII. 
Casi al propio tiempo (1611) murió de sobreparto la 
reina Doña Margarita de Austria, con gran sentimiento 
de su esposo, que no quiso ya contraer segundas nup- 
cias; y los funerales de la Reina se confundieron con 
los festejos ruidosos que produjeron los nuevos matri- 
monios, de que se esperaba por cierto más felicidad 
que hubo. 

Libre ya de temores el Gobierno español, se dispuso 
á ejecutar sus intentos un tanto contenidos por aten- 
der á los proyectos del difunto Enrique IV en Alema- 



— 121 — 

nia é Italia. Eran los de Alemania poner en posesión de 
los Estados de Cleves y de Julliers al conde Palatino 
de Nebourgo, católico, contra las pretensiones del mar- 
qués de Brandeburgo, protestante y enemigo de la casa 
de Austria. Habían convenido primero aquellos Prínci- 
pes en repartirse amistosamente los Estados; pero como 
suele suceder en tales transacciones, no tardaron uno 
y otro en acudir á las armas. Vinieron los protestantes 
alemanes y el conde Mauricio de Nasau con los holan- 
deses al socorro del de Brandeburgo, y Spínola recibió 
orden al punto de salir de Flandes á combatirlos y res- 
tituir á Neoburgo los Estados. Reunió Spínola un ejér- 
cito que se hizo subir á treinta mil hombres, y con él 
sorprendió á Aix-la-Chapelle sin resistencia; pasó luego 
el Rhin, y rindió á Orsoy sin dificultad, y apareció de- 
lante de Wesel. Bien recordaban los moradores de 
aquella ciudad herética los agravios que tenían hechos 
á los españoles, sometiéndose á ellos cuando los mira- 
ban cercanos, y ultrajándolos y persiguiendo el culto 
católico no bien los sentían apartados. Por lo mismo 
resolvieron estorbarles la entrada, y opusieron tenací- 
sima resistencia; mas Spínola combatió la plaza de tal 
manera, que antes que pudiera ser socorrrida de los 
protestantes la obligó á rendirse. Fortificóla más que 
estaba y puso allí guarnición muy crecida al mando del 
marqués de Belveder D. Luis de Velasco. Ocupó luego 
otros lugares y fortalezas, y se volvió á Flandes sin 
dar batalla, porque tenía órdenes de evitarla. 

En Italia fué á la sa^ón el principal intento de nues- 
tra Corte tomar venganza del duque de Saboya. Hacía 
tiempo que este Príncipe sentía bullir en su cabeza el 
pensamiento de echar de Italia á los extranjeros, for- 



- 122 - 

mando con ella un reino para su casa. Públicamente se 
dejaba llamar el libertador de Italia; y fuéralo acaso 
á tener tantas fuerzas como voluntad y astucia. Por 
entonces, olvidando los beneficios que debía á España, 
había ajustado un tratado que se llamó de Brusol con 
Enrique IV para apoderarse del Milanés, mientras 
aquel Monarca ponía en práctica por otro lado los inten- 
tos que contra nosotros meditaba. Ordénesele deshacer 
su ejército, y el Duque se negó á ello con altivez. En- 
tonces el Gobernador de Milán recibió orden de inva- 
dir sus Estados. Anticipóse el de Saboya, y entró con 
ejército en las tierras de España, juzgando acaso que 
los venecianos y los franceses, viéndole tan empeñado, 
vendrían á ayudarle en su empresa. Pero abandonado 
de ellos, y viendo ya sobre sí al ejército español, se 
apresuró á ceder proponiendo la paz. Negósela el Rey 
de España mientras no diese larga satisfacción de sus 
agravios, mandando á su hijo primogénito á Madrid 
para que delante de toda la Corte mostrase el arrepen- 
timiento y enmienda del padre. No sin razón tuvo por 
duras el de Saboya tales condiciones, y por no some- 
terse á ellas, imploró, no sólo el auxilio de Venecia, 
sino también el de Francia y de los potentados de Italia. 
Pero Venecia ño osó aún dar la cara al peligro; la polí- 
tica francesa estaba vendida á nuestra Corte, y los Prín- 
cipes italianos temían demasiado nuestro poder todavía 
para que se determinasen á empuñar las armas, que era 
lo que requería el caso. Al fin tuvo que prestarse á todo. 
El príncipe Filiberto-vino á Madrid (1611), y en pú- 
blica audiencia dio verbal satisfacción por las faltas de 
su padre; pero ni aun con eso se contentó nuestra Corte. 
Exigióse que fuera por escrito: dictósele la fórmula 



— 123 — 

misma, que era harto humillante. El Príncipe consultó 
á su padre, y hubo duda y vacilaciones sobre ello: al 
cabo triunfó la firmeza de España. Aquel documento 
contenía la declaración más afrentosa que Príncipe ó 
nación hayan hecho nunca. «Mi padre, decía Filiberto 
»en tales ó semejantes palabras, me envía aquí porque 
»á él la edad y las obligaciones no se lo consienten, á 
»suplicar humildemente al Rey de España que acepte 
»el arrepentimiento y satisfacción que ofrece de sus 
»errores. No aceptaré yo á explicar el dolor que 
»siente el ánimo de mi padre al verse privado de la 
>gracia del Rey, pues sólo habría de demostrarlo no 
»alzándome del suelo sin obtener el perdón que pido. 
»Gran muestra será de su piedad el perdonarle y mos- 
»trarse aún benévolo con una casa que respeta en él á 
»un tiempo señor y padre. Confiado en que lo será el 
»duque de Saboya, se pone enteramente á merced del 
»Rey de España, entregándose á su misericordia; y 
»seguramente el perdón que ahora le conceda, será un 
»lazo de eterna duración con que él y yo y todos los 
»de nuestra casa quedaremos atados á su voluntad y 
»servicio.» Concediósele la paz al Duque después de 
tal declaración: y ¿cómo pudiera negársele? Bien mos- 
tró España en esto su antigua soberbia, y sólo faltó que 
el poder la acompañase para mantener tal superiori- 
dad perpetuamente. 

Pero el duque Carlos Manuel, más airado que arre- 
pentido con la pasada humillación, no cejó un punto en 
sus proyectos de engrandecimiento. Logró al fin atraer- 
se los venecianos, inclinados ya á ello, porque hacía 
tiempo que aquella república aspiraba á dominar sola 
en el Adriático, y por tanto necesitaba enseñorearse de 



— 124 — 

los puertos que en la Dalmacia, Istria y Croacia poseía 
el archiduque Fernando de Austria como Rey de Hun- 
gría, y al propio tiempo tenía pretensiones sobre mu- 
chas plazas de Italia en tierra firme, que cerraban el 
camino de la ciudad de las lagunas. Como las fuerzas 
de Saboya y Venecia no eran tan grandes como sus 
intentos, comenzaron á teger una trama inmensa yá 
valerse de todas las astucias y trazas imaginarias. Era 
España el principal estorbo que tuviesen sus miras, 
porque su política era la más hábil, y su brazo el más 
poderoso todavía, y contra ella se encaminaron los ma- 
yores esfuerzos. Aguardaban para renovar la guerra 
una ocasión en que de cierto Francia no pudiera aban- 
donarlos á merced de España, llegando el último tran- 
ce: el de Saboya había de prestar las armas por lo pron- 
to, y el dinero Venecia. 

Hallaron la ocasión apetecida en la sucesión del Mon- 
ferrato (1613). Por muerte del duque de Mantua, Fran- 
cisco de Gonzaga, tales Estados recayeron en María, 
nieta del de Saboya^ nacida del matrimonio de aquél 
con Margarita, hija de éste, más adelante virreina de 
Portugal, á la cual y á sus descendientes les estaban 
adjudicados por manera de dote. Pidió primero Carlos 
Manuel la tutela de la nieta, y no consintiendo en que 
la tuviese el nuevo duque de Mantua, su tío, desembo- 
zó los planes, y levantando tropas numerosas con el 
dinero de los venecianos, cayó á mano armada sobre 
Monferrato y se apoderó de todas sus plazas, excepto 
de Casal, que estaba bien guarnecida. España y el Im- 
perio, alarmados, se prepararon á un tiempo á despo- 
seerle de su conquista; pero el artificioso Duque hizo 
tanto, que ni una ni otra, envuelta en sus intrigas» 



— 125 - 

supieron qué hacer por algún espacio. Al cabo el Ga- 
binete de Madrid, que era el más perjudicado, se deci- 
dió á obrar, y el marqués de Hinojosa, D. Juan de 
Mendoza, ahora Gobernador de Milán, antes soldado 
de valor en Flandes, entró con las armas de España en 
el Monferrato. 

A orillas del río Versa se presentó por primera vez el 
enemigo, resuelto á disputar el paso; pero los nuestros 
le desalojaron fácilmente (1615), llevándole en retirada 
á la cordillera que se extiende por ellas hasta la ciudad 
de Asti. Allí se empeñó la batalla. Sostúvola con valor 
el de Saboya ; pero no eran sus gentes para contener 
el ímpetu y la ordenanza de nuestros tercios, y fueron 
al fin arrolladas y puestas en total derrota y dispersión. 
Entre tanto, el marqués de Santa Cruz se acercó con 
su escuadra á las costas enemigas y rindió á Oneglia, 
á pesar de su esforzada defensa, y poco después la 
fortaleza de Marro. No se aprovechó como debió y pudo 
el marqués de Hinojosa de estas victorias; y en vez de 
acometer al punto las plazas fuertes que ocupaba el 
enemigo y señorearse de ellas, rriantuvo á su ejército 
largo mes y medio en las montañas cercanas de Astf 
como en amago "de la plaza, donde el calor y la falta de 
víveres y hasta de agua potable debilitaron sus fuerzas 
sobremanera. Con todo, el duque de Saboya, incapaz 
de resistir entonces, pidió la paz, y el de Hinojosa se la 
concedió por mediación del marqués de Rambouillet, 
embajador de Francia, y de los enviados de Venecia y 
del Papa. Firmóse el tratado en Astí, estipulando en él 
que el duque de Saboya renunciaría á tomar por armas 
el Monferrato, que devolvería cuanto hubiese ganado 
en la guerra, poniendo en libertad á los prisioneros, y 



— 126 — 

que España haría otro tanto retirando sus tropas al 
milanés, mientras licenciaba las suyas el saboyano. 

Lo peor de este tratado fué que se puso su cumpli- 
miento bajo la garantía del mariscal de Lesdiguiéres y 
de los demás Gobernadores franceses de la frontera, 
los cuales quedaban autorizados para entrar con las 
armas en nuestro territorio á la menor infracción. Era 
sin duda esta condición vergonzosa é inadmisible, y la 
sospecha de que lo que quería el saboyano era tomar 
treguas para descansar y volver en mejor ocasión á la 
guerra, hizo que más lo pareciese á muchos. Ello fué 
que la Corte la desaprobó, y en lugar del marqués de 
Hinojosa, á quien trataban de inhábil unos, de traidor 
otros, envió de Gobernador á Milán á D. Pedro de To- 
ledo, marqués de Villafranca, hombre de virtud antigua 
y de probado valor y destreza en los hechos más me- 
morables de su tiempo. 

No bien llegó el nuevo Gobernador se puso en cam- 
po; pero la estación estaba hartp avanzada, y pronto 
las lluvias excesivas del otoño le obligaron á aplazar 
sus empresas. Desde sus cuarteles de invierno movió 
tratos con el duque de Nemours, de la casa de Saboya, 
que se hallaba retirado en Francia y tenía de Carlos 
Manuel muchas quejas, ofreciéndole la soberanía de 
aquellos Estados si por su parte nos ayudaba á la con- 
quista. La conducta del de Saboya justificaba sin duda 
el que los españoles quisieran desposeerle de sus Es- 
tados, y harto más político era en tal caso el ponerlos 
en mano amiga que no el guardarlos para nosotros, 
cosa que los franceses jamás podían ver tranquilos, y 
tampoco los Príncipes de Italia. Entró el duque de Ne- 
mours en tales intentos, y reuniendo cuanta gente pudo 



— 127 - 

de aventureros franceses y flamencos, invadió la Sa- 
boya, mientras el marqués de Villafranca con el ejér- 
cito español invadía el Piamonte y se apoderaba de 
San Germán y otras plazas, amenazando á Vercelli. 

A las nuevas de estos sucesos corrieron á juntarse 
con el duque de Saboya muchos aventureros franceses 
enviados principalmente por el mariscal de Lesdiguié- 
res, Gíbernador por Francia del Delfinado, protes- 
tante, antiguo consejero y amigo del difunto Enrique IV, 
y por tales conceptos declarado enemigo de España. 
Con ellos y los suizos, asoldados á costa de Venecia, 
y la gente levantada en sus propios Estados, guarneció 
Carlos Manuel las plazas de la frontera por donde el 
de Nemours ejecutó su invasión, y formó ejército bas- 
tante para salir al encuentro del de España. Con éste 
caminaba el marqués de Villafranca la vuelta de Ver- 
celli resuelto á ponerla sitio. Hostigóla en su marcha el 
saboyano, interceptándole los convoyes, cogiéndole los 
rezagados, y causánd3le en pequeños choques alguna 
pérdida; mas el Marqués siguió tranquilo su marcha 
esperando ocasión favorable de combatir. La halló al 
adelantarse el Duque para entrar antes que él en el 
llano de Apertola, y fingiendo que iba á tomar posicio- 
nes donde luego empeñar la batalla, mientras el ene- 
migo pon a en la vanguardia sus mejores tropas para 
sostenerla, se arrojó impensadamente sobre la reta- 
guardia con unos diez mil infantes y algunos caballos 
que eran la flor de su ejército. Aturdidas las tropas del 
Duque iban desfilando á la sazón por un bosque pen- 
sando romper ellas las primeras el combate, no supieron 
resistir ni retirarse en buena ordenanza, y á pesar d3 los 
esfuerzos de Carlos Manuel y de sus capitanes se pusie- 



- 123 — 

ron en abierta fuga, arrojando muchos las armas y 
abandonando el bagaje y heridos. A dicha vino la no- 
che, y con sus tinieblas impidió el alcance, que si no^ 
así como fueron muchos los prisioneros y muertos, 
fuera total la presa y ruina de aquel ejército. Pero entre 
tanto Nemours no hizo por la opuesta frontera el efecto 
que se esperaba. No se levantaron en su favor los na- 
turales; no pudo tomar por sorpresa ninguna plaza, 
porque todas estaban sobrado prevenidas para el caso, 
y falto de dinero, de víveres y en soldados, tuvo que 
entrarse de nuevo en Francia, desde donde se concertó 
con el de Saboya. 

Era ya en esto bien entrado el invierno ; mas no por 
eso abandonaron el campo los españoles y saboyanos, 
ni dilataron sus operaciones. Viéndose Villafranca sin 
el opósito del ejército contrario, puso sitio á Vercelli, 
como de antes traía pensado, y la rindió después de 
dos meses de sitio, falta ya la plaza de víveres y mu- 
niciones. El duque de Saboya intentó en vano por dos 
veces socorrerla; mas la fortuna no le fué por todas 
partes tan adversa. Su hijo Víctor Amadeo entró en 
tanto con alguna gente en el principado neutral de Ma- 
sserano, apoderándose de la capital y de Cravecoeur, 
que tomó por asalto. Sabido esto por el marqués de 
Villafranca, temiendo que la pérdida de esta última 
plaza le impidiese rendir á Vercelli, envió por aquella 
parte contra el enemigo al valeroso Maese de campo 
D. Sancho de Luna y Rojas, con algunas compañías de 
infantes y caballos; pero atacado por fuerzas muy 
superiores, quedó muerto en el campo con los más de 
los suyos. Antes de que pudiera repararse tal desca- 
labro, hubo de causarles mayores otro acontecimiento, 



- 129 — 

si inesperado de nuestra Corte, harto previsto del de 
Saboya. No podían ios franceses mirar indiferentes que 
los españoles, con la rota de aquel Príncipe, se hicie- 
sen señores de toda Italia. El envilecimiento de su 
Gobierno, durante la menor edad del rey Luis XIII, no 
le dejaba pensar en tales cosas; pero hubo quien pensa- 
se por él en Francia, y se dispuso la expedición, alegan- 
do las condiciones del tratado de Astí, que, verdadera- 
mente no lo era, puesto que no había sido aceptado de 
nuestra Corte. Fué el alma y ejecutor de todo el mariscal 
de Lesdiguiéres, tan enemigo de España como dejamos 
dicho, el cual, con las ventajas alcanzadas por los nues- 
tros, á pesar de los encubiertos auxilios que él prestaba 
á los contrarios, conoció que no era tiempo de más 
espera. La confusión de Francia era tan grande á la sa- 
zón, que el Mariscal pudo llevar á efecto sus pensamien- 
tos, contra el deseo primero, y luego contra las órde- 
nes terminantes de su Gobierno. Entró con ocho mil 
hombres en Italia, y reuniendo sus fuerzas con las del 
príncipe Víctor Amadeo, juntos rindieron á San Damián, 
más por astucia que por armas, y luego entraron en 
Alba. Las órdenes imperiosas de su Corte obligaron á 
Lesdiguiéres á volverse á Francia, y en seguida el 
marqués de Villafranca, acudiendo á reparar las ante- 
riores pérdidas, tras de rendir á Vercelli, se apoderó 
de Soleri, Feliciano y todos los puestos importantes 
de las riberas del río Tánaro. Y el duque de Saboya 
vio entonces su perdición más que nunca cercana. 

Habíanse reunido por azar en Italia tres españoles 
ilustres contra cuyo valor y experiencia se estrellaban 
todos sus cálculos. El marqués de Villafranca el uno, 
el duque de Osuna el otro, y el último el marqués de 

9 



- 130 - 

Bedmar, embajador en Venecia. No tardó en ser cono- 
cida de ellos la liga del Saboyano con Venecia y 
cuanto ayudaba á aquél esta República, asegurándose 
que para tal guerra le había prestado hasta veintidós 
millones de ducados, mientras divert''a la atención de 
España y del Imperio con sus empresas en la Croacia, 
Dalmacia é Istria. No es de culpar, ciertamente, que 
Venecia hiciese por echar á los españoles de Italia, lo 
mismo que el duque de Saboya, antes las historias ita- 
lianas habrán por eso de dispensarla elogios. Pero 
tampoco ha de vituperarse en Villafranca, Osuna y 
Bedmar el pensamiento de aniquilarlos, quitándoles los 
medios de dañar á su nación y á su patria: tal es la ley 
de las cosas. 

Encargóse de sujetar á la República el duque de 
Osuna, con noticia y acuerdo del de Bedmar, para que 
no pudiera señorearse del Adriático ni acudir al Sabo- 
yano. Era el duque de Osuna, D. Pedro Téllez Girón, 
el más notable de aquellos tres ilustres españoles, y 
aun por eso le llamaban ya el Grande. Su fama es tan 
singular, que no parece bien pasar adelante sin dar 
cumplida cuenta de su persona. Nacido de tan noble 
casa, fué en su juventud sobremanera disipado y re- 
voltoso á punto de caer en prisiones: de ellas se esca- 
pó á duras penas y pasó á Francia, desde donde, sin 
prestar atención á los halagos de aquella Corte, caminó 
á Flandes y sentó plaza de soldado en sus banderas. 
Distinguióse mucho en el sitio de Ostende y en otras 
ocasiones, y en pocos años llenó de heridas su cuerpo 
y se cubrió de gloria; mas dio tales muestras de insu- 
bordinación y soberbia, que el archiduque Alberto pi- 
dió por merced al Rey que de allí se lo sacase. Vuelto 



- 131 - 

á Madrid acertó á ajustar el matrimonio de su hijo ma- 
yor con una hija del duque de Uceda, primogénito del 
de Lerma: de suerte que á la privanza del abuelo y al 
empeño del padre de la desposada, debió Osuna ser 
nombrado para el virreinato de Sicilia. Allí dio ya bue- 
nas muestras de su alta capacidad y de las grandes 
cualidades que lo recomendaban y señalaban para el 
Gobierno. Conociendo el flaco de que entonces adole- 
cía nuestra Corte, fué su primer objeto el procurarse 
oro; mas lo hizo de tal suerte que favoreció al propio 
tiempo al país, granjeándose el amor y el entusiasmo 
de las muchedumbres. Votó gustosamente por compla- 
cerle el Parlamento de Sicilia grandes cantidades para 
el servicio del Rey, cosa difícil en aquella provincia, y 
al propio tiempo votó una pensión muy crecida para el 
duque de Uceda, que, como hijo del de Lerma, tuvo 
siempre gran poder é influjo en la Corte, á título de fa- 
vorecedor del reino, no siéndolo, en verdad, sino del de 
Osuna. Mientras estuvo en aquel Gobierno no cesó 
de enviar grandes cantidades á Uceda, que se asegura 
llegaron á dos millones de ducados, y otras no mu- 
cho menores al Padre Fray Luis de Aliaga, cuando fué 
ya confesor del Rey, á D. Rodrigo Calderón y á las 
demás personas influyentes en la Corte. Ganó así bas- 
tante prestigio para ser elegido Virrey de Ñapóles; y 
dejando en Sicilia mucho sentimiento de su partida, 
pasó allá, donde, viéndose con más poder, hizo subir 
más altos sus pensamientos. 

Formó una escuadra poderosa de los escasos y mal 
prevenidos bajeles napolitanos, y un ejército temible 
de aquella nación y extranjeros, sin contar los españo- 
les que ya tenía, y los que, á la fama de su esplendidez 



- 132 - 

y generosidad, se le fueron allegando. Con estas fuer- 
zas hizo cruda guerra á los turcos y berberiscos, y lim- 
pió de piratas aquellos mares, logrando por sus capita- 
nes muchos triunfos. Fué el más notable el que por 
este mismo tiempo que el Saboyano mantenía la guerra 
en Lombardía, consiguió su teniente D. Francisco de 
Ribera contra los turcos. Sabedor Osuna de que éstos 
disponían una armada de cien galeras para venir contra 
las costas de Sicilia y Calabria, se aprestó como pudo 
á la defensa, y envió á D. Francisco á que observase 
sus movimientos y los comunicase con solo cinco gale- 
ras y un patache. Llegaron estas naves á las costas 
enemigas, y pasaron tan adelante en la observación, 
que dieron tiempo á los turcos para que, dándose á la 
vela en cincuenta y cinco galeras que había ya apare- 
jadas, viniesen á su encuentro. No era posible excusar 
el combate, ni Ribera lo intentó tampoco. Allí, rodeado 
de naves enemigas, metido en un círculo de fuego que 
formaba en derredor suyo la numerosa escuadra turca, 
se mantuvo tres días peleando casi sin descansar. Al 
amanecer del cuarto, se halló solo con sus naves y 
treinta de turcos rendidas ó deshechas, y más de tres 
mil cadáveres de ellos que flotaban sobre las aguas. El 
resto de la escuadra enemiga sin general, porque que- 
daba también muerto, huía á lo lejos. Extendióse más y 
más con esto la fama del gobierno de Osuna, y tembló 
toda la Italia amagada de sus armas. Era el Duque alti- 
vo con los grandes, benévolo con los pequeños, liberal 
y magnífico en todas sus cosas, verdadero ejemplar de 
la antigua nobleza española, aquella que combatió en 
Olmedo y en Epila, y luego, especialmente, mordaz, 
iracundo, no habiendo cosa mala que no dijese, ni cosa 



— 133 — 

buena que no hiciese: más capaz de sustentar cetro en 
sus manos, que no de respetar otro, aunque fuese el de 
su propio Rey. Llegaba en su ira á hablar en público, 
con poco respeto de Felipe, y aun se añade que solía 
llamarle el tambor mayor de la Monarquía. Deslucie- 
ron principalmente sus buenas cualidades la lascivia y la 
codicia; pero éstas, á cuenta de las otras, perdonábase- 
las la muchedumbre popular y era cada día más queri- 
do de ella. No había para él ni leyes, ni tribunales, ni 
regalías: su voluntad era únicamente la que regía, aun- 
que fundada las más veces en la justicia; y como las le- 
yes de entonces estuviesen hechas más en ventaja y 
favor de las clases altas que no de las bajas y plebe- 
yas, todo lo que por este motivo era más alabado del 
pueblo, venía á ser aborrecido de los nobles, de los tri- 
bunales y clero. Pero él no reparaba en eso y seguía 
constante en su camino, guiado solo por la sed de nom- 
bre y de gloria que le acosaba. Un hombre de esta na- 
turaleza no podía menos de simpatizar con los patrióti- 
cos intentos del marqués de Villafranca. El de Bedmar, 
D. Alfonso de la Cueva, no era indigno, ciertamente, 
de alternar con aquellos dos hombres ilustres; antes los 
igualaba en muchas cosas, y en astucia y destreza los 
superaba, ayudándoles en todo. 

Comenzó Osuna por proteger á los Uscoques, que 
así se llamaba á los habitantes de Segnia, ciudad y 
puerto de Croacia, hombres muy valerosos y prácticos 
en el mar, que con continuas piraterías traían afligido 
el comercio de Venecia. Éstos con tal ayuda causaron 
en los venecianos infinitos daños, sin que ellos pudie- 
ran tomar venganza, aunque repetidas veces lo in- 
tentaron. Envió luego al marqués de Villafranca un re- 



- 134 - 

fuerzo de seis mil buenos soldados, y sin miramiento ni 
consideración alguna les hizo pasar desde Ñapóles á 
Milán por las tierras de los demás potentados de Italia, 
que, aunque lo resistieron, no osaron impedirlo con las 
armas. Por último, desembozando ya sus intentos, 
mandó al valeroso D. Francisco de Rivera que con su 
escuadra napolitana, tan rica de triunfos, entrase en el 
Adriático. Bastó esto para que los venecianos abando- 
nasen sus empresas en las fronteras costas de Istria y, 
dejando allí tranquilos á los imperiales, se recogiesen á 
las lagunas. El espanto y la indignación fueron en los 
venecianos incomparables: miraban ya como suyo aquel 
mar, y afrentábalos sobremanera ver en él ondear tan 
soberbio el pabellón de España. Determinaron hacer 
un esfuerzo supremo que restableciese su superioridad 
en aquellas aguas; armaron ochenta bajeles, y con 
ellos fueron á buscar á los españoles. A vista de Gra- 
vosa, en Dalmacia, esperaron los nuestros á la ar- 
mada de la República con solo diez y ocho bajeles; 
pero eran de los mismos que con aquel D. Francisco 
Rivera, que los mandaba, habían triunfado tantas ve- 
ces de los turcos. Pelearon ahora desesperadamente; 
y no les fué menos próspera la fortuna, porque rom- 
pieron toda la armada veneciana y, á traer galeras con- 
sigo, se la llevaran toda de remolque á Ñapóles. Poco 
después, nuestra armada, dueña del mar, tomó tres 
naves riquísimamente cargadas con mercancías de Le- 
vante, en que iba empleado mucha parte del caudal 
de la República. Desfalleció ésta á punto que ni su 
propia capital tenía por segura, y suplicó al rey Fe- 
lipe que la amparase contra aquel poderoso vasallo, 
abandonando de todo punto la causa de Saboya. Por 



— 135 — 

esto y los triunfos de Villafranca era por lo que parecía 
ya tan perdido. 

Pero á tal punto las cosas, pasó de nuevo la frontera 
el mariscal Lesdiguiéres, enviado ahora de su Corte, 
que, más avisada, ya atendía por sí al grave peligro de 
■que los españoles lo avasallasen todo en Italia, si bien 
le ordenó que caminase lentamente, así como para ama- 
gar, más bien que no para empeñar un combate. Lesdi- 
guiéres, enemigo tan encarnizado de nuestro nombre, 
se aprovechó de aquellas órdenes para entrar repenti- 
namente, y sorprendiendo á las guarniciones españolas 
de la ribera del Tánaro, pasó á cuchillo cuatro ó cinco 
mil soldados antes de que hubiese ocasión de preparar- 
se contra su embestida. No tardó el marqués de Villa- 
franca, reforzado con la gente que le envió Osuna, en 
acudir al remedio, y hubiera arrojado á Lesdiguiéres de 
Italia, según eran de numerosas y aguerridas sus tro- 
pas, si el duque de Saboya, viéndose sin soldados y sin 
■el auxilio de Venecia y entregado su territorio á dos 
ejércitos extranjeros, igualmente temibles para él, no se 
hubiese apresurado á pedir la paz. Medió el Nuncio del 
Papa y medió también Francia, que no aparecía en 
^stos sucesos ni en paz ni en guerra con nosotros, y al 
fin se ajustó en Pavía un tratado que comprendía condi- 
ciones semejantes á las de Asti, mas no tan vergonzo- 
sas garantías como en aquél se puso. Logramos tam- 
.bién que el duque de Saboya y la República de Ve- 
necia quedasen escarmentados y seguros de que por sí 
solos no podían nada contra España. Venecia, princi- 
palmente, quedó muy flaca y sin paciencia para so- 
,portar las humillaciones que de España había recibido. 

Para vengarse inventó aquella fábula famosa de tan- 



- 136 - 

tos autores creída, principalmente extranjeros. Supuso- 
que entre el duque de Osuna, el marqués de Viiiafran- 
ca y el de Bedmar, principalmente, se había formado 
una conjuración horrible para sorprender la ciudad de 
Venecia, y con muerte de su Senado y nobleza, redu- 
cirla al dominio español. La verdadera trama era la 
suya para hacer odioso nuestro nombre en el mundo. 
Publicáronse "fentonces detalles y pormenores muy mi- 
nuciosos; hubo dentro de Venecia no pocos suplicios 
de gente, por la mayor parte extranjera y desconocida; 
dio el Senado de la República gracias á Dios en los 
templos por haberla librado de tan grave peligro, y 
afectó, en fin, todo lo necesario para que la fábula se 
creyese. Decíase que una parte de las tropas de la Re- 
pública estaba ganada por el oro de Bedmar; que lo es- 
taban también algunos capitanes de mar y tierra; que 
no se aguardaba más que una señal para poner en eje- 
cución el proyecto, y que para eso las escuadras de 
Osuna no se apartaban del Adriático, y el ejército de 
Villafranca aparecía no lejos de las fronteras. Pero ello 
es que la República no se quejó oficialmente á la Corte 
de Madrid, como debiera, de semejante atentado, y que, 
registrados minuciosamente sus archivos y los nues- 
tros, no se ha hallado un solo documento que ofrezca 
grande ó pequeña prueba. 

El único efecto que se vio de nuestra parte fué la se- 
paración del marqués de Bedmar de aquella embajada; 
pero no si no para darle mejor puesto en Flandes, y fué 
condescendencia de nuestra Corte hecha para evitar 
los continuos disgustos, que no podían ya menos de 
acontecer en el estado de los ánimos. Poco después co- 
menzó á correr otra voz, que también tenía traza de in- 



- 137 — 

ventada por los venecianos para cumplir en todo su 
venganza, y era que el duque de Osuna quería levan- 
tarse con el reino de Ñapóles. Que el carácter del Du- 
que se prestase á tal sospecha no hay que dudarlo, y 
los hubo entre sus hechos que algo inclinan el ánimo á 
darla crédito. Sus obras dentro y fuera de Ñapóles eran 
de rey; él hacía por sí guerras y treguas; él sentencia- 
ba las causas sometidas á los Tribunales reales; impo- 
nía tributos, suprimía los que le parecían dañosos al 
pueblo, revocaba donaciones, tenía corte propia y es- 
cuadras y ejércitos, que por sí solo disponía y goberna- 
ba. Pero no pasó de ser un rumor vago la acusación 
de que implorase la alianza de Francia y Venecia para 
arrancar aquel reino á la corona de España, ni de su 
probado patriotismo puede sin mayores indicios supo- 
nerse tamaña traición. Los pocos Grandes de España 
que no habían humillado sus nombres en la servidum- 
bre del Monarca recordaban aún por aquel tiempo lo 
que había sido en siglos anteriores; y Osuna parecía en 
Ñapóles, no con mucha más independencia y soberbia 
que su antecesor el marqués de Mondéjar y el gran du- 
que de Alba, y el famoso conde de Fuentes y el de Vi- 
llafranca, y el de Medinasidonia, que gobernó más tar- 
de en Andalucía. 

No obstante, la malicia de los extranjeros, harto acos- 
tumbrados á ver traiciones en sus magnates, vendidos 
casi siempre por dinero á los intereses de otras nacio- 
nes, dio por indudable el propósito; y el odio de algu- 
nos napolitanos descontentos, el clero, la nobleza y la 
magistratura, principalmente, acogió apresuradamente 
la sospecha y fulminó la acusación. Reunidos en un 
propósito los descontentos, y contando con pretexto tan 



— 13S - 

plausible, escribieron al cardenal D. Gaspar de Borja, 
que estaba en Roma y era de las personas en quien más 
confianza depositaba la Corte de España, rogándole que 
viniese con sigilo á apoderarse del mando, so pena de 
perderse el reino. Vino el de Borja, y fué de tal manera 
que no lo advirtió el duque de Osuna hasta que estaba 
dentro de los castillos de Ñapóles. Pusiéronse al punto 
de parte del recién venido todos los nobles con sus 
gentes, los tribunales y clero, con sus familiares y alle- 
gados, mas el pueblo permaneció fiel al Virrey. Hubie- 
ra podido empeñarse una batalla de éxito, harto dudo- 
sa y quizás funesta á los conjurados, si el Duque no. se 
resignara á dejar el mando y tornar á España. Prueba 
en su notorio valor y soberbia, de singular patriotismo, 
y bastante para poner en duda la acusación que se le 
hacía, si ya no fuera para calificarla de injusta. En tanto 
Saboya y Venecia, particularmente la última, celebra- 
ron el suceso con demostraciones de triunfo, indicio 
también no poco importante para sospechar de dónde 
pudo venir la acusación contra Osuna. 

Mas ya es razón de que, dejadas las cosas que pasa- 
ban por fuera de España, veamos las que por dentro 
acontecían al propio tiempo. El duque de Lerma, que 
desde antes de comenzar á reinar Felipe III fué su con- 
sejero y el arbitro de sus determinaciones, había conti- 
nuado muchos años con el propio favor. Así todas las 
veces que hemos hablado hasta aquí de los intentos de 
la Corte y del gobierno de España, debe entenderse de 
los del duque de Lerma. No había mejorado de condi- 
ción y de conducta el favorito por virtud de los años; 
antes á medida que ellos pasaban, iba aumentándose su 
codicia y su despilfarro, y ofreciendo mayores pruebas 



— .139 - 

de ineptitud. Enriquecióse con los despojos de los mo- 
riscos y otros arbitrios, á punto de poder gastar cuatro- 
cientos mil ducados en las fiestas que se celebraron por 
el doble matrimonio del Príncipe y de la Infanta de Es- 
paña, y de dedicar más de un millón á obras pías. Sólo 
en donaciones adquirió más de cuarenta y cuatro millo- 
nes de ducados, según sus contemporáneos, aunque la 
cantidad es tal que pudiera pasar por increíble. Con- 
temporáneamente llegaba la Hacienda á tal extremo de 
penuria, que no pudiera concebirlo la mente si no hu- 
biera sido mayor todavía en los siguientes reinados. Las 
rentas estaban empeñadas por la mitad de su valor y 
debíanse crecidas cantidades á usureros genoveses y 
de otras naciones, que consumían con los intereses que 
sacaban del Estado el resto de ellas. Las plazas fuertes 
se mostraban, por consecuencia, desmanteladas; los 
ejércitos, mal pagados y descontentos; no se reponían 
los arsenales; no se conservaba la marina; no podía em- 
prenderse obra alguna de interés público. El Duque ni 
se atrevía á aconsejar al Rey que impusiese nuevos 
tributos, ni quería tampoco aminorar los gastos del Es- 
tado. En 1617 dieron las Cortes de Castilla los ordina- 
rios diez y ocho millones, en nueve años, á dos cada 
uno, sin que por eso se viese más desahogo en la Ha- 
cienda. 

Había sostenido el de Lerma la ruinosa guerra de 
Flandes, ni más ni menos que si nos perteneciesen aún 
aquellos Estados; se había entremetido sin necesidad 
forzosa en ciertos asuntos de Italia, y había enviado 
desdichadas expediciones contra Argel y contra Irlan- 
da, levantado á precio de oro discordias en Francia 
y expulsado al propio tiempo á los moriscos. Esta 



— 140 — 

conducta varia del privado, ya buscando la paz para 
España, ya lanzándola audazmente á descomunales 
empresas, empujado por el orgullo nacional, fué censu- 
rada por el Papa Clemente VIII en un dicho, que por la 
oportuno merece mención histórica. Representábale 
cierto fraile no poco favorecido del de Lerma cuan 
conveniente parecía la expulsión de los moriscos, y 
mostraba recelos de que sin ella se perdiese España r 
cuando le respondió el sagaz Pontífice: «Si estando, 
»como decís, de esa suerte oprimidos con tal freno y 
^rodeados de enemigos no hay quien se averigüe con 
»vosotros, ¿que sería si os vieseis libres?> Y así era la 
verdad; que con tantos peligros y dificultades como 
agobiaban á España, no dejaba de entremeterse en todo, 
cosa que acrecentó mucho la pobreza y decaimiento 
del reino, sin darle ninguna ventaja, ni aun aparente de 
gloria ó engrandecimiento. Murmurábase por todas par- 
tes del Ministro; el clero y los grandes plebeyos mira- 
ban de consuno en él la causa de todos los males, y juz- 
gaban que con solo perderle se remediarían: ilusión 
harto frecuente en las naciones afligidas del yugo de 
un favorito ó de un mal ministro, sin pensar en que tan 
fácil como es obrar el daño, tan difícil y lento es el re- 
pararlo después de causado. 

En fin, combatido por todas partes el Ministro, sintió 
vacilar su ánimo; comprendió que no estaba lejos el 
día en que había de perder la gracia del Rey, y temió 
que entonces se le sujetase á recio castigo. Para evi- 
tarlo redobló sus cuidados, poniendo cerca de la perso- 
na del Rey, con cargo de sumiller de corps, á su hijo 
el duque de Uceda, joven de escaso mérito, más ducho 
ya en las intrigas y algo en negocios, y dotado de al- 



— 141 - 

gunas prendas de cortesano. Y habiendo ascendido al 
capelo el maestro Javierre, confesor ahora del Rey, 
puso en tal lugar al Padre Luis de Aliaga, que era con- 
fesor suyo, hombre al parecer de humildes intentos, 
pero en verdad muy codicioso y soberbio. No tardó de 
esta manera en haber tres favoritos á quien contentar en 
la Corte y á quien dar mercedes, pues todos las admi- 
tían sin empacho del Rey y de los particulares. Hubo 
muy luego quien prefiriese comprar por su dinero el fa- 
vor de Uceda y del Padre Aliaga, á gastarlo en favor y 
amparo del de Lerma, como antes se solía, tal hemos 
visto que hizo el duque de Osuna. 

No se descuidaba tampoco D. Rodrigo Calderón por 
su parte, que era acaso el que tenía más talento de to- 
dos, y así la confusión de los negocios y la inmoralidad 
de los gobernantes iban llegando al último punto. Mas 
estando la influencia en tantas manos no podían menos 
4e originarse discordias, y con efecto se originaron 
muy pronto. El mozo Uceda comenzó á disputarle á su 
padre la gracia del Rey, ayudado al principio del confe- 
sor, que, como suele suceder en ánimos viles, cobró al 
viejo Duque desde luego tanto odio como obligaciones 
le debía, tomando el beneficio por ofensa de su vanidad, 
y la gratitud antigua por desmerecimiento de su actual 
grandeza. La lucha entre el padre y el hijo fué larga, y 
de ejemplo tan miserable, como penosa memoria. Pron- 
to se vio estallar otra entre Uceda y el confesor, que 
no quería compañero en la privanza, mas concertáron- 
se al fin viendo que separados no podían derribar al de 
Lerma. Éste en tanto procuraba tenazmente defender- 
se. Puso en la cámara del Rey á su sobrino el conde de 
Lemus y á D. Francisco de Borja, también deudo suyo. 



— 142 - 

para que combatiesen á su hijo y lo sostuviesen á él en 
el mando. Pero ni uno ni otro supieron contrapesar el 
influjo de Uceda y de Aliaga. Era el duque de Lerena 
ayo del príncipe de Asturias D. Felipe, y aun siendo 
niño como era, propusiéronse Lemus y Borja darle en 
él un apoyo que lo sostuviese, moviéndole con conti- 
nuas alabanzas á amarlo, al paso que desacreditaban al 
de Uceda. Súpolo éste, y entre él y su confidente Alia- 
ga lograron que D. Francisco de Borja fuese honrosa- 
mente desterrado, dándole el virreinato de Aragón. En- 
tonces el de Lemus, dotado de no vulgar espíritu, fué 
á ver al Rey para rogarle que de desterrar á Borja no 
le dejase á él en la corte: «idos adonde quisiereis» — le 
contestó Felipe — , y el Conde se retiró al punto á sus 
haciendas, después de haber hecho los más generosos 
esfuerzos por salvar á su fío el duque de Lerma, y con 
el dolor de que éste, lejos de agradecérselo, llegase en 
los últimos días á dudar de su lealtad. 

En tanto, en la opinión pública se mostraba de día en 
día mayor el odio y mayor el esfuerzo para derribar el 
poder del viejo Duque, achacándole todo lo que hacían 
entre muchos. Doblaban sus enemigos los esfuerzos, 
multiplicaban las trazas y los expedientes y las intrigas, 
y aunque á todo respondía el de Lerma, valiéndose de 
la maña y artificios de Calderón, no dejaban de llevarle 
ventaja, porque con su largo gobierno traía ya gasta- 
dos todos los resortes de su poder y prestigio perso- 
nal. Sosteníale, sin embargo, en su puesto el cariño del 
Rey, que no se había disminuido en lo más pequeño, y 
por lo mismo fué preciso que sus adversarios inventa- 
sen algo para neutralizar tal influjo. Halló el Padre 
Aliaga el remedio, que fué ya de por sí, ya por medio 



- 143 - 

de frailes de su confianza, el dejar entender al Rey en 
pláticas y confesiones, que llamándole Dios á la gober- 
nación del reino, era gran pecado dejarla en manos de 
otro. Tal idea, imbuida en el ánimo devoto del Rey, se 
mantuvo en él hasta su muerte, causándole vivísimos y 
extraños remordimientos. Conoció el duque de Lerma 
que no podía resistir ya mucho tiempo, y para procurar- 
se un seguro en todo trance, pidió y obtuvo de Roma 
el capelo de Cardenal. Verdad es que siempre manifestó 
alguna inclinación en todos sus pesares á entrar en la 
vida religiosa, apartándose de las pompas del mundo. 
Mas puesto en la pendiente, el capelo mismo apresuró 
su caída, porque el Rey, con el respeto que su dignidad 
le inspiraba, no se acomodaba á tratar con él de los ne- 
gocios ni á ordenarle cosa alguna. 

A tal punto las cosas, hicieron un gran empuje sus 
enemigos, y lograron por fin ponerle en tierra. Hallán- 
dose la Corte en El Escorial, le dio el Rey en propia 
mano (1617) un papel donde le mandaba que se fuese á 
Valladolid. Imploró entonces bajamente la piedad de sus 
enemigos y señalamente la de un cierto Padre Florencia 
á quien veneraba el Rey mucho; mas no logró con sus 
bajezas sino menosprecio. Tuvo que partir, aunque no 
sin consuelo, porque en el camino recibió todavía se- 
ñaladas muestras de la benevolencia del Soberano, que 
no había quitado de él ni un punto del amor que le pro- 
fesaba. Sin ser perverso el de Lerma, será siempre uno 
de los ministros que con más razón censure la Historia. 
Su defecto capital fué la codicia; pero ella dio ocasión 
á que incurriese en faltas de todo género. Pocos defec- 
tos hay tan grandes ni tan viles en los ministros como 
la codicia y la falta de pureza en el manejo de la hacien- 



- 144 - 

da pública. Y el duque de Lerma, sobre ser tan seña- 
lado en esto, alcanzó el privilegio triste de ser el pri- 
mero que abriese en el Gobierno tal camino, por des- 
dicha seguido luego de tantos. 

Siguiéronse á su caída míseros espectáculos de esos 
que tan comunes suelen ser en los Gobiernos absolutos 
como el de España lo era. Los vencedores saciaron la 
ira contra sus favorecidos y los pocos amigos que le 
habían quedado. De ellos fué D. Rodrigo Calderón, 
marqués de Siete-Iglesias, privado del privado; á este 
pusieron en prisiones y comenzaron á formarle un pro- 
ceso, que tuvo lastimoso fin en el reinado siguiente. 
Hombre fué el D. Rodrigo de singular historia, y á quien 
es imposible olvidar, tratando de los sucesos de ésta 
época. En todos tuvo muy gran parte, y en algunos de 
ellos la principal, puesto que desde el tiempo en que 
logró el favor del duque de Lerma no se apartó de su 
lado, dirigiendo ó encaminando todos sus negios. Pue- 
den atribuirse á D. Rodrigo muchos hechos que corren 
á cargo del duque de Lerma. En codicia y ambición no 
era menor, y superábale sin duda en orgullo. Señalóse 
también en no reparar tanto como su favorecedor en 
derramar sangre, si por acaso le convenía. Ordenó dar 
garrote sin proceso á un alguacil llamado Avila ó Avi- 
lilla, y á un tal Francisco de Juara, porque no revelase 
secretos suyos lo mandó asesinar, cosas ambas que 
alborotaron á la Corte. Llegó á despachar con el Rey, y 
parecía más privado que el mismo duque de Lerma. La 
reina Margarita vino á aborrecerle mortalmente por de- 
safueros, de donde emanó sin duda la acusación de que 
por él había sido envenenada cuando murió de sobre- 
parto, que fué tan anteriormente á su caída. La Corte toda 



- 145 — 

le detestaba; no tenía otro sostén ni apoyo sino el duque 
de Lerma. Y, sin embargo, era tal, que comenzó á des- 
acreditarlo por celos de que se entregaba todo á un 
cierto criado suyo, por nombre García Pareja, que á la 
verdad tuvo por entonces sobrado influjo en los nego- 
cios públicos. Celos de favorito para los cuales tam- 
poco tenía razón alguna. Cuéntase que la primera vez 
que el Duque Cardenal miró airado contra sí el sem- 
blante del Rey, fué por excusar á D. Rodrigo; y era 
tanto el generoso afecto que le tenía, que no lo des- 
amparó por eso un momento. Cuando cayó él fué cuan- 
do D. Rodrigo no pudo sostenerse más y vino al suelo, 
comenzando entonces á correr sus desventuras. 

No alteraron tales catástrofes la política de España, 
ni se mejoraron por eso las rentas, ni hallaron algún 
remedio los males públicos, cosas, si esperadas del 
vulgo, con razón calificadas de imposibles. Ya que no 
tuviese Lerma sucesor en el cariño del Monarca, los 
tuvo más ó menos ostensibles en el Gobierno, ni mejo- 
res por cierto^ ni más hábiles que él. Ni el duque de 
Uceda, ni D. Baltasar de Zúñiga, ayo ahora del Prín- 
cipe, ni su confesor y los demás clérigos y devotos que 
le rodeaban, supieron obtener ó aconsejar mejores co- 
sas. Consultóse (1619) al Consejo de Castilla y á va- 
rias personas graves, principalmente eclesiásticas, so- 
bre el remedio de los males de la Monarquía; pero en 
sus dictámenes no se halló cosa de provecho, si no fué 
la idea de reducir el número de los monasterios y difi- 
cultar las profesiones religiosas; y aun por eso no se 
llevó á ejecución. Lo demás se redujo á arbitrios pueri- 
les^ y propios solamente de las erradas miras económi- 
cas de aquel tiempo. Ganó en tanto D. Juan Ronquillo 

10 



- 146 - 

en el mar de Filipinas una gran victoria naval á los ho- 
landeses, que no obstante las treguas combatían nues- 
tras colonias y pirateaban en nuestros mares: tomóles 
ocho bajeles y degolló y aprisionó á cuantos lo tripula- 
ban. Las nuevas del suceso pudieron alegrar los funera- 
les de la antigua privanza. Fué no menos glorioso el su- 
ceso de Adra, en las costas de Granada. Arribaron acá 
siete galeras de turcos, y desembarcando quinientos 
hombres, acometieron la villa. Defendióla D. Luis de 
Tovar con unos veinte soldados hasta morir en el tran- 
ce con ellos, y luego los vecinos recogidos en el casti- 
llo se sostuvieron tanto, que dieron tiempo á que, acu- 
diendo la caballería de la costa y gente armada de las 
Alpujarras, tuvieran los enemigos que embarcarse con 
mucha pérdida. Hízose célebre también por aquel tiem- 
po la capitana San Julián, que separada de una escua- 
dra que iba á las Indias, se vio acometida de cuatro 
navios ingleses que andaban al pirateo. Mandaba la 
nave D. Juan de Meneses, y supo pelear de tal mane- 
ra, que después de dos días de combate, obligó á los 
enemigos á huir muy maltratados. También el marqués 
de Santa Cruz apresó delante de Barcelona dos gran- 
des bajeles de moros. Y por los mismos años (1617) 
ganaron en Italia y Alemania ventajas y laureles las 
armas españolas, que fué nuevo motivo de orgullo y 
consuelo. 

Había sucedido D. Gómez Suárez de Figueroa, du- 
que de Feria, al marqués de Villafranca en el Gobierno 
de Milán. El nuevo Gobernador, hallando á los habi- 
tantes de la Waltelina, que eran católicos, en abierta 
rebelión contra sus señores los grisones, que al pare- 
cer querían imponerles el calvinismo, se determinó á 



- ut - 

intervenir en la contienda, y fué de modo que tomó 
para España aquel territorio. Hemos dicho en otra parte 
que era de grande importancia para nosotros el poseer- 
lo, porque ponía en comunicación al milanés con los 
países hereditarios de la casa de Austria, y que el 
conde de Fuentes, famoso Gobernador de aquel Esta- 
do, había ya hecho mucho para ello, ganando los áni- 
mos de los naturales y acercando allá nuestras fuerzas. 
Con esto fuéle fácil ahora al duque de Feria echar del 
territorio á los grisones, y al punto, para asegurarlo, 
levantó en él fortalezas, de manera que los enemigos 
intentaron en vano recobrarlo. Gran ventaja sin duda á 
poder conservarse. Mas lejos de atenderá aprovecharla 
y consolidarla^, puso los ojos nuestra Corte en nuevos 
intentos, que por mayores tuvieron desde el principio 
menos fortuna. Había ya comenzado en Alemania la 
guerra de los treinta años que tanto lugar ocupa en la 
Historia. Tiempo hacía que España era el amparo del 
catolicismo alemán y el brazo derecho de los Empera- 
dores: desde los días de Carlos V y de la confesión de 
Augsburgo, no ocurrió allí cosa en que no mediara 
nuestro nombre y nuestro poder. El espíritu nacional, 
dominado siempre por el recuerdo de lo antiguo, y ali- 
mentado por las predicaciones continuas del clero y los 
ejemplos de intolerancia extrema del Tribunal del Santo 
Oficio, ya sabemos que no se mostraba contrario á las 
guerras religiosas y á los sacrificios hechos en defensa 
del catolicismo; antes bien, se solían mirar como nece- 
sarios y justos, por más que doliese el soportarlos. 
Luego el poder de la policía tradicional era tan grande 
que, como también dejamos indicado, muchos españo- 
les, y acaso el mayor número, aceptaban gustosos los 



- 148 - 

más caros proyectos de engrandecimiento, al paso que 
rechazaban las más prudentes medidas, con tal que 
fuesen indicios de flaqueza en la Monarquía. 

Bien se mostró esto en las treguas de Holanda, tan 
murmuradas y censuradas, que no fueron de los meno- 
res cargos que se hicieron al duque de Lerma y que 
ayudaron á su caída. Junto el interés religioso con el 
interés político en la guerra de los treinta años, no era 
posible que nosotros dejásemos de tomar en ella parte. 
Que el interés religioso nos lo aconsejase, no ofrece 
duda ni necesita pruebas por consiguiente; pero lo del 
interés político, no tan claro ni averiguado, necesita de 
explicación oportuna. Había muerto en 1618 el empera- 
dor Matías sin dejar hijos varones, y no teniéndolos 
tampoco sus hermanos, parecía fundado el derecho del 
Rey de España, sobrino del emperador Maximiliano, 
á los Estados hereditarios de la casa de Austria. 
Fernando II, que sucedió en el Imperio, había sido 
antes elegido Rey por los habitantes de Bohemia, 
sublevados contra el emperador Matías porque violaba 
sus antiguos fueros y privilegios; pero no bien le 
vieron levantado á más alta dignidad, mudaron de pro- 
pósito y ofrecieron la corona á Federico, elector Pala- 
tino. Naturalmente, Fernando de Austria desde los 
primeros días de su exaltación al Imperio trató de 
recobrar aquellos Estados, antes unidos á su casa; pero 
los protestantes alemanes que habían formado en tiem- 
po de su antecesor la llamada Unión Evangélica, para 
defenderse contra las pretensiones, á la verdad muy 
grandes, de los católicos, acudieron en socorro del 
príncipe Palatino, á la par que el Rey de Inglaterra, su 
pariente, y el famoso Betlem Gabor, Príncipe de Tran- 



— 149 - 

silvania. No tuvo Fernando en este trance otro recurso 
que pedir ayuda á los Príncipes católicos, y señalada- 
mente al Rey de España, que era tenido aún por el más 
poderoso, y cuya ayuda por los lazos de la religión, la 
sangre y la política debía ser, como había sido en tantas 
ocasiones, más sincera y eficaz que otra alguna. Pero 
no se prestó este al socorro, sin pedir y pactar antes 
cierta compensación y paga. No sabemos de documen- 
tos españoles que prueben este hecho; pero él está 
atestiguado por el conde de Khevenhuller, Embajador 
del Imperio por muchos años, y muy sabedor por lo 
mismo de las cosas de nuestra Corte, en sus Anales 
de Fernando II. La compensación era por los derechos 
importantes que tenía Felipe III á la corona de Hungría 
y de Bohemia, y la paga por los grandes auxilios que 
había de dar en hombres y dineros. En virtud de una 
y otra se firmó un tratado secreto, por el cual el 
Emperador se obligó á ceder á España la parte de 
Austria llamada anterior ú occidental, siempre que 
llegase á poseer con nuestra ayuda aquellos otros 
Estados. 

No sería bastante el dicho de Khevenhuller para 
persuadirnos de que con efecto hubo tal promesa 
ó pacto, si no lo viésemos confirmado por anteriores 
y posteriores sucesos. Desde el tiempo de Felipe II 
y del conde de Fuentes no había descansado un punto 
nuestra Corte en la empresa de unir el Milanesado con 
las provincias de Flandes por medio de los países 
hereditarios del Emperador. Y dados los derechos de. 
Hungría y de Bohemia y los apuros del Emperador, 
que era darnos la posibilidad de hacer españoles los 
mismos países hereditarios, uniendo por tierras núes- 



- 150 - 

tras las provincias de Italia y Flandes, ¿no parece- 
natural que se extendieran á tanto los intentos? No nos 
atrevemos á censurarlos de locos, porque la ventaja 
que de su ejecución podía venir era tan grande, que 
bien podía correrse por alcanzarla cualquier riesgo. 
Con la situación de Francia, no favorable todavía 
para empeñar una guerra y la alianza con el Empera- 
dor, que de todos modos era poderoso, no parecía 
el éxito imposible. Difícil y costoso sí era; pero {cuán- 
tas cosas de igual dificultad y costo no se habían 
acometido antes y se acometieron después sin tan 
lisonjeras esperanzas ni interés de tanta monta! Lo que 
merecería graves censuras sería que sin tamaño intento 
se hubiesen hecho los sacrificios que se hicieron, 
y hubiésemos tomado sobre nuestros hombros tan 
pesada carga, como llevamos, durante aquella guerra. 
El celo religioso por sí solo no basta á explicarlo; y es 
menester juntar con sus efectos los efectos de un plan 
político, para disculpar en la penuria del Tesoro y en 
la falta de soldados que sentíamos, las campañas del 
Palatinado y de la Alsacia y las expediciones de Spíno- 
la, del duque de Feria y del cardenal Infante. Ellas no 
produjeron fruto alguno, y el intento de la dominación 
en las provincias occidentales de Austria no tuvo eje- 
cución. Pero esto no persuade que no lo hubiera, ni 
debe ser parte para desaprobarlo: ni España ni el Impe- 
rio pudieron imaginar que la espada de Gustavo Adol- 
fo pesase en la contienda. 

A comenzarla salieron de los Países Bajos ocho mil 
soldados, los cuales se incorporaron con el ejército 
imperial que caminaba ya á encontrar al del conde 
Palatino en el corazón de la Bohemia. Y entre tanto» 



- 151 - 

para matar en el origen y fuente el poder del Palatino, 
se determinó juntar nuevo ejército en , el Rhin que 
entrase á ocupar sus Estados de Alemania. Pasó el río 
el marqués de Spínola con veintidós mil infantes y cua- 
tro mil caballos, dejando las armas en Flandes al cui- 
dado de D. Iñigo de Borja, y poniendo á la parte de 
Frisa y en defensa de las plazas imperiales del Rhin, al 
marqués de Belveder, D. Luis de Velasco. Al saber 
estas noticias la Unión Evangélica, levantó también 
un ejército que se compuso de veinticuatro mil hom- 
bres al mando del marqués de Auspach, con el cual 
creyó asegurar el Palatinado situándolo en Oppenheim, 
por donde forzosamente tenían que pasar los nuestros. 
Burló Spínola con su ordinario acierto los planes de los 
protestantes. Desde Coblentza, tierra del arzobispado 
de Tréveris, se puso en camino para Francfort, fingien- 
do que iba á acometer esta plaza, con lo cual atrajo 
hacia allí al general enemigo, y entre tanto, con marcha 
rápida y atrevida, se lanzó sobre Oppenheim, y, cogién- 
dola desprevenida, entróla por asalto. Salvó de nuevo el 
Rhin, y ya sin obstáculo, entró en el Palatinado, hacién- 
dose dueño en breve tiempo de todo el país. En vano 
el conde de Auspach, con ayuda de holandeses que 
trajo el conde Enrique de Nassau, pretendió quitar 
á los nuestros las adquiridas ventajas, porque ellos 
supieron hacer sus puestos inexpugnables á la Unión 
Evangélica. Y en tanto, los imperiales, al mando del 
duque de Baviera, ganaron con ayuda del refuerzo de 
España la famosa batalla de Praga, donde fué comple- 
tamente deshecho el ejército del elector Palatino, con 
pérdida de más de diez mil hombres muertos y prisio- 
neros, y toda la artillería y bagajes. Pelearon allí valen- 



- 152 - 

tísimamente el conde de Busquoi, flamenco de nación, 
y el coronel de walones D. Cristóbal Verdugo, uno y 
capitanes de España. Pareció por un momento que 
con tal victoria los intentos del emperador Fernando II 
y del Rey de España no habían de hallar obstáculos 
considerables. Halláronles, sin embargo, y España, 
sin provecho alguno, tuvo que hacer grandes gastos y 
sacrificios los años adelante por haber entrado en la 
empresa. 

No tuvo tiempo de sentirlos Felipe III, porque á los 
31 de Marzo de 1621, rindió su alma al Criador, siendo 
cuarenta y tres los años de su edad y veintitrés los de 
su reinado. Hacía ya tiempo, que su salud, frágil siem- 
pre, venía muy quebrantada. La desconfianza de su 
salvación y el temor de las penas de la otra vida apre- 
suraron acaso la muerte: tal era de escrupulosa la con- 
ciencia de aquel buen Príncipe. Aquella idea que el 
confesor Aliaga y los frailes sus secuaces, principal- 
mente el prior de San Lorenzo y un cierto P. Santa 
María, le habían infundido de que Dios no podría per- 
donarle el haber entregado el gobierno de los reinos 
que le dio á un favorito, si produjo la ruina del de Lerma 
como se pretendía, causó también en el Rey horribles 
tormentos, principalmente á la última hora de su vida. 
Murió pidiendo perdón á Dios de no haber gobernado 
por su persona, y repitiendo con lastimosas voces: 
«¡Ah, si Dios me diera vida cuan diferente gobernara!» 
Y por todo consuelo el P. Florencia no supo más 
que recordarle cuántas veces le había dicho que no 
cometería un pecado mortal por todo el mundo, y cómo 
había sustentado las guerras de Alemania contra pro- 
testantes y había echado de España á los moriscos. 



— 153 — 

Alabóse en este Padre el que no se hubiese aprovecha- 
do de aquella hora suprema para sacar alguna merced 
del Rey; no fueron todos tan mirados, y entre otros el 
Padre Aliaga que le sacó merced de cuatro mil ducados 
anuales por toda su vida, y el prior de San Lorenzo 
del Escorial el obispado de Tuy. ¡Miserable y descon- 
solador espectáculo el que ofreció por todos conceptos 
aquella estancia de muerte! Forjó el Embajador francés 
Bassompierre un cuento increíble, de esos de que tanto 
gustan los de su nación, suponiendo que por etiqueta 
los grandes de su servidumbre no acudieron á quitar de 
su lado cierto día un brasero que le ocasionó la muerte: 
jlástima que otros historiadores hayan dado crédito 
á tales patrañas! 

Así acabó Felipe III, Príncipe que dejó de ser Rey 
antes de empezar á reinar. «En su corazón, dice el 
»autor de los Grandes anales de quince días, sólo 
»existían la religión y la piedad: fué de costumbres tan 
»candorosas, que con su mirar daba tanta devoción 
»como respeto: tan virtuoso, que se podían esperar de 
»la pureza de su espíritu tantos milagros, como haza- 
»ñas de su poder.» Mas con todo eso, ni fué el Rey que 
España necesitaba, ni hizo otra cosa que empujarla 
poderosísimamente hacia su ruina. El propio autor de 
los Anales añade que muchos, acordándose de su san- 
tidad, llamaban á los sucesos en la conservación de la 
Monarquía milagro continuado: y lo fué sin duda muy 
raro. Acaso por defuera se ostentaba el poder de Espa- 
ña más extenso y grande que nunca; pero en el interior 
se sentían ya los síntomas de la decadencia. 

Sostuvo nuestro nombre en el mundo el espíritu an- 
tiguo de grandeza y la costumbre de dominar y de ven- 



— 154 - 

cer que guardaban en sus ánimos algunos buenos 
capitanes y políticos españoles, más perseguidos y 
penados que recompensados por ello. Vivióse en todo 
de lo pasado, y no pareció en muchas ocasiones sina 
que el Estado se gobernase sólo, abandonados á su 
arbitrio los Virreyes y Capitanes generales de las pro- 
vincias y los diplomáticos que representaban á la na- 
ción en Cortes extrañas. Incapaces de comprender la 
política que conviniese á España en aquella era, el 
duque de Lerma y los ministros que heredaron su in- 
flujo sólo por la fuerza de la tradición fueron hábiles 
algunas veces y tuvieron levantados pensamientos. Mas 
faltó en todo la oportunidad y el acierto que únicamente 
se alcanza en el propio estudio y en el verdadero cono- 
cimiento de las cosas. El Ejército y la Marina quedaban 
en mucho peor estado que á la muerte de Felipe II; las 
artes y oficios mecánicos más decaídos; había menos 
comercio é industria, y la agricultura proporcionaba 
aun al labrador empobrecido menos ventajas. La amor- 
tización de la propiedad tocó en este reinado los ma- 
yores extremos, principalmente la eclesiástica, produ- 
ciendo sus ordinarios males. Y no era de los menores la 
desigualdad en el repartimiento de los tributos que con 
ella venía. No montaban los donativos voluntarios del 
clero y la nobleza tanto ni con mucho como debieran 
pagar por sus haciendas, y así los pequeños propieta- 
rios cada año se sentían más decaídos. Con esto la 
Hacienda, lejos de concertarse y mejorarse como se 
pudiera, dado que ni se hicieron conquistas, ni á pesar 
de todo se mantuvieron grandes guerras, se había dado 
un gran salto hacia el abismo en cuyos bordes la dejó 
el Monarca anterior. La nobleza, vencida por Carlos V 



- 155 - 

y sujeta y oprimida por Felipe II, daba de sí á las veces 
altas muestras recordando lo que había sido; pero en lo 
general puede decirse que no mejoró de posición ni de 
fortuna. Aun las altas muestras de sí las daba la noble- 
za fuera de España; porque aquí dentro no osaba mo- 
ver la lengua, sino en caballerescos galanteos, ni el 
brazo, sino en desafíos y aventuras. Púsose en este 
reinado más cerca del trono que en el anterior; pero no 
para que cobrase la dignidad antigua, sino para que le 
sirviese de ornamento y de cómplice. Mejor estaba la 
grandeza recogida en sus castillos ruinosos, murmu- 
rando de los ministros plebeyos de Felipe II, que no 
autorizando con su asistencia las dilapidaciones de los 
favoritos de su hijo, y acaso contribuyendo á ellas, 
cambiando sus títulos viejos tan gloriosos, por títulos 
nuevos y dignidades de la Real Casa. 

Las ciencias quedaban ya casi subyugadas á la teo- 
logía y del todo envueltas en las tinieblas del escolas- 
ticismo y aristotelismo. Fueron los teólogos y filóso- 
fos de más nota, Ángel Manrique, llamado el Atlas, 
por su vasta doctrina, natural de Burgos, hombre elo- 
cuentísimo y catedrático de Salamanca; Marsilio Váz- 
quez, Pedro de Oviedo, Gabriel Vázquez, Baltasar 
Téllez, Francisco Suárez, Francisco de Toledo, Ro- 
drigo Arriaga, y, sobre todo, el ilustrísimo Juan Cara- 
muel, uno de los talentos más singulares que haya 
habido jamás, teólogo, filósofo y orientalista. Todos 
ellos escribieron obras eruditísimas y de copiosa doc- 
trina, pero sin grande elevación ni libertad filosófica. 
Dos cosas pueden llamar la atención en este punto, 
porque dan á entender en nuestro concepto que ni aun 
del escolasticismo y aristotelismo se fiaba ya la Inqui- 



- 156 

sición española. Es la una, que no hubo filósofo alguno 
que no fuese eclesiástico, como si el serlo no se les 
permitiese ya á los legos. La otra es todavía más im- 
portante. Durante el reinado de Carlos V y de Felipe II, 
sin contar los que dentro del reino se miraron con más 
ó menos razón perseguidos, hubo algunos teólogos y 
filósofos que fueron á profesar sus doctrinas en tierras 
extrañas; mas no parecía singular, porque eran, por lo 
común, las que se iban, personas más ó menos inficio- 
nadas en la herejía. Ahora se notaba ya que ni uno solo, 
aun siendo muy buenos católicos, permanecía al fin en 
España, saliendo fuera de ella con diversos pretextos á 
enseñar sus doctrinas y á publicar sus obras. Fué á 
parar Marsillo Vázquez á Italia, y allí explicó filosofía 
con mucha reputación en las Universidades de Floren- 
cia y Ferrara; Pedro de Oviedo murió de Obispo en el 
Río de la Plata; Juan Caramuel, no bien concluyó sus 
estudios en la Universidad de Alcalá, pasó á Flandes y 
luego á Italia, donde tuvo que ver alguna cosa con el 
Sacro Colegio por cierta obra suya calificada de dudosa 
en la fe; Francisco de Toledo enseñó en Roma filosofía 
y teología, y fué nombrado por el Papa Gregorio XIII 
censor de sus propias obras, que fué concederle una 
especie de libertad de pensar exclusiva; Rodrigo de 
Arriaga, el más atrevido de aquellos filósofos, fué á 
parar con sus lecciones y doctrina en Bohemia; solo 
Ángel Manrique, Baltasar Téllez y el granadino Fran- 
cisco Suárez, metafísico profundo y de clarísimo estilo, 
autor del libro De legibus y otros muchos, en los cuales 
estudió Vico un año entero la filosofía, por ser los más 
famosos de su tiempo, murieron en la Península; pero 
aun no en estos reinos, sino en Portugal, donde hubo 



-~ 157 - 

siempre otro género de libertad religiosa y civil que en 
Aragón y Castilla. Fueran tales hechos para casuales 
demasiados en número, y bien pueden fundarse sobre 
ellos, cuando no evidencias, por lo menos muy razona- 
bles sospechas. Y aun pueden añadirle crédito algunos 
hechos que tuvieron lugar por entonces. Fué el P. Juan 
de Mariana el último de los grandes pensadores que 
tuvo España, y uno de los mayores de su siglo. Su his- 
toria, no desnuda ciertamente de defectos, fué la pri- 
mera que vio Europa después del renacimiento de las 
letras que mereciera tal nombre, y los extranjeros, tan 
parcos en alabar nuestros hombres y nuestras cosas, 
han tributado al sabio jesuíta grandes homenajes de 
admiración y respeto. Permitiósele escribir acerca de los 
Reyes con libertad, aun hoy tenida de muchos por de- 
masiada, porque entonces el sentimiento monárquico 
era tal, que no había en ello el menor peligro, y más 
parecía entretenimiento que doctrina el tratar de tales 
asuntos los sabios. Pero no bien trajo su pensamiento 
á censurar moderadamente las cosas presentes ó á ex- 
plicar teorías de aplicación inmediata, fué rigurosa- 
mente perseguido, ocasionándole grandes pesares. Tal 
aconteció al escribir el tratado famoso sobre la altera- 
ción de la moneda, medida tan perjudicial de aquel 
reinado. Los lazos de la represión estaban, pues, más 
estrechos que nunca. Algunos años más, y doctrinas 
tales como las de Mariana en el libro De Rege, ni por 
entretenimiento podrían ser enseñadas ni defendidas. 
Argensola y el P. Sigüenza escribieron también en esta 
época libros históricos notables por la belleza del esti- 
lo, mas no por la crítica y filosofía de Mariana. 

Pero en tanto que morían las ciencias, el ingenio 



- 158 - 

español ofrecía altísimas muestras de sí en otro género 
de letras. Sin más pretensión aparente que el entreteni- 
miento y recreo, dio á luz el inmortal Cervantes su In- 
genioso Hidalgo, maravillosa lucha y contraste de lo 
real con lo imaginario, del mundo práctico con el mun- 
do poético, de lo sublime con lo ridículo; cuadro inmen- 
so de costumbres que no pierde su oportunidad con los 
siglos, símbolo eterno, libro, en fin, el más grande de 
nuestra literatura y que apenas halla rivales en el mundo. 
Menos afortunado en sus novelas, hízolas, sin embar- 
go, dechado de estilo, y alguna de ellas singularísima 
en la pintura de caracteres y costumbres. Sus obras 
poéticas son las que menos boga han alcanzado; y 
aunque á la verdad no la merecían muy grande, siem- 
pre es cierto que la reputación del autor en otras cosas 
las ha perjudicado bastante. Floreció á la par Balbue- 
na, poeta de talento colosal, que tal vez hubiera pare- 
cido más grande á tenerlo menor, y escribiendo con más 
estudio y en mejor ocasión sus obras. En el Bernardo 
dejó los trozos de poesía épica más valientes que haya 
en castellano, envueltos en un fárrago de versos insopor- 
tables, y en la Grandeza Mejicana describió la Prima- 
vera con gran belleza en la dicción, y mucha novedad y 
galanura en los pensamientos, á la par que con sus ordi- 
narios defectos: también en el Siglo de oro dejó buenas 
églogas, aunque amaneradas y frías, como solía ser 
siempre aquel género de poesía, imitación eterna de la 
literatura latina. Con éstos ha de juntarse el nombre 
insigne de Lope de Vega, monstruo de fecundidad y de 
imaginación que dio su nombre á mil novecientas co- 
medias, si no buenas todas, ninguna falta de belleza y 
de ingenio, verdadero maestro del arte dramático en 



— 159 — 

España, y harto encarecido de propios y extraños, para 
que mucho nos detengamos en su elogio. Fué época 
aquella gloriosa, en fin, y grande para las bellas letras; 
pero no ha de atribuirse por ello honor alguno al Mo- 
narca ni á sus Ministros. Era que todas las fuerzas in- 
telectuales de la nación se habían refugiado en la lite- 
ratura, cerrado el camino de la Filosofía, de la Histo- 
ria y de las Ciencias físicas y matemáticas. Aún allí no 
habían llevado sus armas la Inquisición y el escolasti- 
cismo, pero no andaban muy lejos. La representación 
de las comedias, bien tolerada por Felipe II, se vio 
ahora amenazada de muchos teólogos. Felipe III, aunque 
asistió á algunas, y señaladamente á una que se repre- 
sentó en cierto teatro mandado levantar por el duque de 
Lerma sobre las aguas del Tormes, no gustaba mucho 
de ellas: acaso hubiera caído entonces el arte dramáti- 
co á no ser sostenido y defendido vigorosamente por 
otros teólogos y frailes muy aficionados á tal espec- 
táculo. 

En suma, sólo puede decirse que merecieran favor al 
rey Felipe III las costumbres privadas y el catolicismo. 
En su reinado no es posible olvidar á los confesores, 
antes parece preciso irlos recordando á la par de los 
ministros y capitanes. Acrecentáronse extraordinaria- 
mente los monasterios, tanto en bienes como en núme- 
ro de religiosos, á pesar de los clamores de las perso- 
nas prudentes y en algún tiempo del mismo Consejo 
de Castilla, y llegó al último punto la influencia del 
clero en los pueblos. También se acrecentaron los san- 
tos, porque Roma, que tanto partido sacaba de Feli- 
pe III, no regateaba en cambio las canonizaciones y 
beatificaciones. Ni se echaron de menos los autos de 



- leo - 

fe, siendo entre todos notable el de 1610 en Logroño, 
donde fué quemada por bruja confitente una cierta Ma- 
ría de Zozaya, y diversamente castigadas por igual 
delito ó por practicar distinto culto del católico, hasta 
otras cincuenta y dos personas. Mas ello fué que con el 
predominio de la ¡dea religiosa, aunque produciendo 
tan dolorosos extremos á las veces, con los ejemplos 
piadosos del Rey y con la hipócrita moderación de la 
Corte, se logró que las costumbres públicas, lejos de 
decaer de como las había dejado Felipe 11, se mejora- 
sen todavía. Quizás en ninguna época se han visto en 
España tan pocos escándalos y crímenes como en este 
reinado, ni en país alguno del mundo se han respetado 
más la moral y las conveniencias sociales, obras todas 
de un rey cristiano. En cambio, la moralidad de la ad- 
ministración y del gobierno padecieron gran mengua. 
Salió á la plaza la lisonja poco sufrida de los reyes an- 
teriores; diéronse al envilecimiento los puestos que so- 
lía tener antes el mérito; comenzaron las dádivas de 
todo género á hacer las veces del Consejo y á producir 
persuasión en los ánimos; la vanidad y la codicia y la 
abnegación se abrieron á todo camino, obras estas pro- 
pias de un rey inepto. Buen católico y mal rey, he aquí 
formulado el carácter de Felipe III: lo que quiso ser y 
lo que fué para España. 




LIBRO TERCERO 



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SUMARIO 





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De 1621 á 1636.— Principios del reinado de Felipe IV. —Privanza 
de Olivares.— Autoridad anticipada. — Castigos y venganzas, 
el P. Aliaga, Calderón, Osuna, Uceda, cí duque de Lerma. — 
Reformas en el Gobierno.— La moneda. — La Hacienda y las 
Cortes.— Disgustos en las de Cataluña y Castilla.— Empeños 
de la Monarquía. — Alemania: victoria en Hoecht.— Holanda: 
renuévase la guerra, rota de su escuadra en el estrecho de 
Gibraltar, muere el archiduque Alberto. — Qenepp, Meurs, 
Berg-Op-Zoom, batalla gloriosa de Fleurus, sitio y toma de 
Breda. — Triunfos navales en América. — La Mamora. — Venida 
á España del Príncipe de Gales, negociaciones matrimoniales, 
guerra con Inglaterra, rota de los ingleses en Cádiz.— Italia: 
guerra de la Valtelina, sitio de Verrua, hostilidades entre 
Francia y España, paz de Monzón, armada á la Rochela.— 
Italia: sucesión del ducado de Mantua, sitio de Cazal; pasa allá 
Spínola; fuerzan los franceses el paso de Suza; levántase el 
sitio de Cazal; concierto de Suza; campaña de Richelieu; de- 
rrota de los saboyanos en Javennes; muerte del duque de Sa- 
boya; nuevo sitio de Cazal; mala defensa del puente de Cari- 
nan; muerte de Ambrosio Spínola; tregua de Cazal, Quieras- 
co.— Flandes: malos sucesos del conde de Berg.— Pérdidas ma- 
rítimas.— Liga de Leipzig.— Campaña en el Rhin de Gustavo- 
Adolfo. — Oppenheim, Maguncia.— Funesta campaña del duque 
de Feria en la Alsacia; su muerte.— Flandes: vuelve á España 

11 



— 162 - 

la soberanía.— Traición del conde de Berg; gobierno del mar- 
qués de Santa Cruz; pérdidas; combate de Maestrik y gobierno 
de los cuatro generales; derrota de nuestra armada en Ze- 
landa; gobierno de Lerma; muerte de la Infanta; gobierno del 
marqués de Aytona; sucesos varios; nómbrase al cardenal In- 
fante D. Fernando, para el gobierno de los Estados; su carác- 
ter y cualidades; viene por Alemania con un ejército; batalla 
gloriosa de Nordlinghen.- Francia declarada enemiga.— Al- 
gunas empresas de Asia y África. 



iiJ Ejó el difunto Rey cinco hijos, y de ellos era Don 
elipe IV el primogénito, que le sucedió á la edad de 
diez y seis años, el cual estaba casado desde los once 
con la princesa Doña Isabel de Borbón. Viéronse al co- 
menzar este reinado los mismos síntomas que cuando 
empezó el anterior. La cámara del Príncipe estaba 
puesta desde 1615, y en ella había entrado como Gen- 
tilhombre D. Gaspar de Guzmán, tercer conde de Oli- 
vares, de noble casa y muy agraviada porque no se la 
hubiese concedido aún grandeza de España. No se in- 
clinaba el nuevo Rey en los principios al Conde; amaba 
más á otros de su cámara; y sólo el duque de Lerma, 
con su ojo perspicaz y ejercitado, acertó á comprender 
que en él tenía sucesor y acaso rival temible. Quiso 
entonces apartarlo del Príncipe, pero ya no pudo; y el 
Conde, disimulando mucho y alimentando á su costa 
con su ingenio y arbitrios las pasiones voluptuosas del 
joven Príncipe, no de otro modo que el de Lerma había 
alimentado la devoción del padre, logró al fin la pri- 
vanza que apetecía. Así, desde mucho antes que mu- 
riese el rey D. Felipe III, sabíase en la corte y en todo 
el mundo, quién había de ser el ministro y favorito de 
su sucesor, y el arbitro de las cosas del Estado. 



— 163 - 

Dio muy pronto el de Olivares muestra de sí y de su 
valimiento. En los últimos días del Rey difunto, los ami- 
gos del duque de Lerma, que estaba retirado en su vi- 
lla dé este nombre, quisieron tentar por último á la for- 
tuna, mandándole venir á toda prisa. Parecía vivo to- 
davía en aquel Príncipe el cariño del Duque, y era de 
temer su llegada para muchos, aun en aquel trance, 
sobre todo si prolongaba por azar la vida, que de ello 
había, como siempre, alguna esperanza y duda. Pero 
como supo el caso Olivares, determinó llevar á cabo 
uno de esos atrevimientos, que sólo en el buen éxito 
pueden recibir aplauso, aun de parte de aquéllos que 
no ven en las cosas sino la utilidad que proporcionan. 
Aconsejó al Príncipe que ejerciendo jurisdicción anti- 
cipada enviase un mensaje al Duque Cardenal, man- 
dándole que se volviese á su villa de Lerma, sin llegar 
á la corte. Hízolo el Príncipe; llegó el mensaje, y el de 
Lerma obedeció, aunque notando que no tenía aún au- 
toridad quien lo ordenaba. Tampoco había muerto to- 
davía Felipe III cuando Olivares le dijo públicamente al 
duque de Uceda, su antecesor y rival: ya todo es 
mío. Y mostrólo muy pronto, porque no eran pasados 
tres días de muerto Felipe III, cuando desagraviándose 
á sí mismo del agravio que aquél le debía por no ha- 
berlo querido hacer Grande, ni aun en los últimos días 
de su vida, hizo que el nuevo Príncipe le dijese co- 
miendo: Conde de Olivares, cabríos, con que recibió 
la grandeza que ambicionaba. 

Después de desagraviarse á sí mismo, aparentó el 
conde de Olivares que iba á desagraviar á la nación de 
las ofensas que en ella habían hecho los ministros y 
cortesanos de Felipe III. El primero que padeció sus 



- 164 - 

iras fué el P. Aliaga, confesor del Monarca difun- 
to, al cual mandó salir desterrado de la corte; tal me- 
recía y mayor castigo aquel fraile indigno, que vendía 
á precio de oro la influencia que ejercía en el Monarca 
y que tanta parte tomaba en las intrigas cortesanas. 
Apresuróse luego el proceso de D. Rodrigo Calderón, 
marqués de Siete Iglesias, aquel amigo del duque de 
Lerma, que á poco de la caída de éste fué puesto en 
prisiones. Acumuláronsele cargos gravísimos, algunos 
de ellos justificados, otros no tanto, y en los cuales pa- 
recía que obraba más la pasión que la verdad. Habíase 
hecho á todo el mundo odioso D. Rodrigo, por su des- 
mesurada soberbia, y así fué que en la ocasión no ha- 
lló más que acusadores y verdugos. Al fin, fué conde- 
nado á muerte y ejecutado en la Plaza Mayor de Ma- 
drid. La noble entereza con que murió (1620) disculpó 
en la opinión generosa del pueblo todos sus yerros. 
Por el contrario, no faltó quien culpase al conde de 
Olivares de aquella muerte, atribuyendo á impulsos de 
envidia antigua y de odio no vencido con la ruina de 
D. Rodrigo, el que lo dejase ir al suplicio, cuando una 
palabra suya podía salvarle. Dio calor á la sospecha el 
ver que al propio tiempo que terminaba el proceso de 
Calderón, se comenzaban los de tres duques y mi- 
nistros famosos en el anterior reinado: el uno el de 
Lerma, de Uceda el otro y otro el de Osuna. Y aun- 
que las faltas de Calderón mereciesen riguroso cas- 
tigo, también causaba grima el ver que sus acusado- 
res adoleciesen de las mismas faltas que él, y el ha- 
llar en sus mismos pasos ya al ministro que consen- 
tía ó acaso ordenaba su muerte. Fué de esta manera de 
más escándalo que ejemplo el castigo de Calderón, 



- 165 - 

dado que antes se atribuyó á venganza, que no á jus- 
ticia. 

Los propios efectos se sintieron en la muchedum- 
bre con la prisión del gran duque de Osuna. Andaba 
éste por la corte desde 1620 en que vino de Ñapóles, 
suscitándose nuevas enemistades antes que no apla- 
cando las antiguas, con la soberbia de su condición y 
el lujo desmesurado de su casa y persona. Pública- 
mente se le acusaba en corrillos y papeles de haberse 
enriquecido malamente en el gobierno de Ñapóles, y 
el conde de Villamediana le llegó á apellidar ladrón 
en unas coplas. Despreciaba el de Osuna tales mur- 
muraciones y aun las alentaba cada día más con su 
conducta; traía siempre detrás de sí veinte coches, 
donde iban multitud de caballeros españoles y napo- 
litanos, á quienes favorecía; cincuenta capitanes y al- 
féreces reformados, formaban la guardia de su casa y 
caminaban en torno de su persona; los vestidos eran 
de telas extrañas y costosísimas, sembrados de pie- 
dras preciosas. En una de las fiestas de Madrid entró 
á justar en la Plaza Mayor con cien lacayos, vestidos 
de azul y plata; no había ningún Príncipe ni Grande 
que le igualase en magnificencia, dado que se allega- 
ba la suya á la del Rey. Mientras vivió Felipe III y el 
duque de Uceda, á quien tenía tan ganado por el pa- 
rentesco y dádivas, tuvo el Gobierno en las manos, la 
emulación no pudo nada contra él; pero se ahora en- 
cargó de ser ministro de ella el Conde-Duque. 

Acaso se sentía éste más que ningún otro humilla- 
do con aquellos alardes de grandeza. Halló que la no- 
bleza y tribunales de Ñapóles, habían hecho una in- 
formación contra Osuna, para justificar el haberlo des- 



— 166 — 

poseído del virreinato y dádoselo al cardenal Borja 
sin órdenes de España; presentaban documentos de- 
nunciando sediciosos intentos en el Duque, y relata- 
ban multitud de injusticias y vejaciones. No necesi- 
taba de más el favorito para satisfacer sus ¡ras en 
aquel rival aborrecido: decretó su prisión y, luego, al 
punto, mandó que se le formase proceso. Recordó en- 
tonces todo el mundo los notables servicios del Duque, 
y extrañando que no se contentase con ellos, para 
descargo de sus faltas, entró luego la piedad en el 
pueblo, loable sentimiento que siempre manifiesta el de 
España, aunque perjudicialísimo en muchas ocasiones: 
así el castigo se convirtió en descrédito de quien lo or- 
denaba. El Duque conllevó su desgracia con notable en- 
tereza durante dos años y medio, que estuvo prisione- 
ro primeramente en el castillo de la Alhameda, cuyos 
muros á medio caer se levantan aún no lejos de la 
magnifica posesión que con aquel nombre ahora tienen 
sus sucesores, y, (1) al fin, en Madrid, donde murió 
más de saña y afectos vengativos, que no de enferme- 
dad incurable. Hombre memorable y que siempre ocu- 
pará lugar entre los buenos capitanes y políticos espa- 
ñoles, dignísimo de otra suerte, dado que el mayor de 
los delitos que se le atribuyeron, que fué el de pre- 
tender alzarse por Rey en Ñapóles, no pasó de sospe- 
cha, y más, sobrando razones para recelar que aquella 
voz fuese esparcida y autorizada por los venecianos 
con ánimo de perderle, en venganza de las humillacio 



(1) Deshechos postei ¡ormente los Estados de la Casa ducal, 
esta preciosa posesión pertenece, al imprimirse segunda vez 
este libto, á los Sres. de Baüer.— ^A^. del Ed.) 



— 167 — 

nes y daños que de él habían recibido. Su muerte, aun- 
que no tan desdichada, fué no menos sentida que la 
de D. Rodrigo Calderón y con harto mayor justicia. 

Salvó al de Lerma de correr los mismos pasos que 
Calderón y Osuna el capelo cardenalicio que había to- 
mado con tanta cordura antes de perder la privanza, 
porque no osó el favorito tocar á su persona. Pero 
Uceda, su hijo, que no tenía semejante defensa, cayó 
en poder de los Tribunales del Conde-Duque; y sabe 
Dios adonde llegara al fin su castigo, si el Rey no hu- 
biese intervenido de repente y contra su costumbre en 
el asunto, declarando por sí propio en una cédula que 
aquel ministro no había faltado en cosa alguna á su 
deber y obligaciones. Épocas tristes aquellas en que es 
de alabar la arbitraria resolución de un Príncipe que 
arranca á un reo de manos de los Tribunales de justi- 
cia; mas tales andaban ellos de honrados. Fuera, sin 
embargo, el castigo de Uceda, mal hijo y peor minis- 
tro, sin cualidad ninguna que disculpase sus vicios, 
rnenos sentido que el de los otros. 

Aunque burlado Olivares en sus intentos contra es- 
tos dos ministros, padre é hijo, no por eso dejó de 
mortificarlos, hasta que les originó la muerte. El de 
Uceda, viéndose sin licencia para venir á la corte, y 
sin poder ni valimento, murió de pesadumbre, y su 
padre no tardó en seguirle al sepulcro. Porque Oliva- 
res, para completar la ruina de sus antecesores, creó 
una Junta llamada de reformación de costumbres, man- 
dando que á todos los que eran y habían sido minis- 
tros desde el año de 1603, se registrase la hacienda 
que poseían y la que habían enajenado, bajo gravísi- 
mas penas: de manera que fuera conocida fácilmente la 



— íes - 

parte del primer caudal y si había aumentado por me- 
dio ilícito. Aplaudió el vulgo la determinación: muchos, 
viendo llevar tan adelante los castigos y persecuciones 
de los malos ministros, decían que, aunque á ser tan 
riguroso le moviese más el odio particular que razón 
alguna de interés público, quien tales cosas ejecutaba 
con los demás, no podía merecer nunca iguales censu- 
ras. Había también, ¡cosas disculpables en las preocu- 
paciones de la época!, quien creyese que por aquel me- 
dio volverían á llenarse las arcas públicas. El suceso 
mostró muy á las claras lo equivocado de tales con- 
ceptos. El duque de Lerma fué condenado á pagar al 
fisco setenta y dos mil ducados anuales y el atraso de 
veinte años por las rentas y riquezas adquiridas en su 
ministerio, condena que no pudiendo sufrir el codicio- 
so viejo, le hizo morir de pena como su hijo; pero mu- 
chos que habían administrado mal las rentas, enrique- 
ciéndose en cohechos y desmanes, conservaron cuanto 
tenían, sólo porque no hacían sombra á la privanza de 
Olivares. Y éste, aunque algunos dicen que procuró 
menos por sí que sus antecesores, dio harta ocasión 
en adelante á toda censura y castigo. El interés del 
momento ciega á las veces los ojos de los pequeños 
ambiciosos, que no ven en el poder la gloria y la satis- 
facción legítima del mando, sino sólo un camino para 
hallar el placer y el deleite, y contentar á las pasiones 
viles del alma; y á trueque de conseguir una cosa, no 
vacilan en sentar precedentes que pueden serles de 
vergüenza y daño en lo futuro. 

No contento, naturalmente Olivares con rebajar á 
los contrarios y exterminarlos, cayendo en sus mismos 
errores, comenzó á elevar á otros sin consideración al- 



— 169 -- 

guna, procurando hacerse de clientela. Alzó varios des- 
tierros de personas importantes que antes los padecían, 
y devolvió algunas plazas y dignidades mal quitadas, 
robusteciendo con el agradecimiento los muros de su 
poder. Entre otros, se levantó el destierro y prisión que 
padecía D. Francisco de Quevedo, ya en obras famo- 
so, por su amistad con Osuna, y aun se le dio coloca- 
ción en Palacio. Pero los más de los destinos públicos 
los ocupó el Privado con sus amigos personales. Con 
ellos compuso la regia servidumbre, despidiendo á los 
que antes la formaban, y cuando ya no tenía destinos 
que dar allí, determinó poner casa aparte al infante don 
Fernando, que por su corta edad vivía aún con el Rey, 
su hermano, á fin de crearlos nuevos y repartirlos de 
la propia suerte, como lo ejecutó con efecto. Quitó de 
los Tribunales á muchos magistrados, porque alcanza- 
ban reputación de inflexibles; y de ellos fué el Presi- 
dente del Consejo de Castilla D. Fernando de Acebe- 
do, en cuyo lugar puso á D. Francisco de Contreras, 
uno de los jueces de Calderón, que era de sus mayo- 
res amigos y parciales. Sólo conservó en alto puesto á 
D. Baltasar de Zúñiga, por tío suyo y por fingir tam- 
bién con eso que no quería ser solo en el mando. Era 
D. Baltasar hombre de antigua carrera y muy práctica 
en los negocios; mas como viejo y tío, afectaba algo de 
superioridad y entereza, que ofendía la vanidad que- 
bradiza del de Olivares. Murió á poco, y murió á tiem- 
po porque ya comenzaba á rugir la discordia entre 
ellos, y la perdición de Zúñiga no parecía muy lejana. 
No hallando ya quien le disputase el Poder, se puso 
á disfrutar tranquilo de su fortuna. Y no pareciéndole 
ninguna casa acomodada á su grandeza, vínose á vivir 



- 170 - 

á Palacio, ocupando con mengua de la Familia Real, 
menos cómodamente alojada, el cuarto que solían los 
Príncipes de Asturias, donde Felipe IV había residido 
hasta la muerte de su padre. Allí, siguiendo los pasos 
del de Lerma y acrecentando sus abusos, se hacía 
traer todos los papeles importantes sacados de los ar- 
chivos y secretarías sin cuenta ni resguardo alguno; 
allí daba las audiencias que antes solían los Reyes; 
despachaba con los ministros, dictaba órdenes á los 
Consejos, y hacía todos los alardes de poder y mando 
que pudiera siendo suya la corona. No tardó, como el 
de Lerma, en hacer sentir su privanza á la Real Familia. 
Cobró, principalmente, aborrecimiento á los dos infan- 
tes D. Carlos y D. Fernando, ambos muy queridos en 
la corte, porque, dotados de noble espíritu, no llevaban 
con paciencia su dominio. Y siempre será mengua de 
aquel favorito el haber procurado indisponer al Rey 
con sus hermanos por bajos medios. 

A la verdad, en un principio mostrábase en los ne- 
gocios públicos tan solícito, como fué descuidado y 
flojo más tarde. Si no acertó con lo bueno y lo útil, no 
fué por falta de arbitrios, que los tuvo y aplicó en gran 
número, sino porque su inteligencia y desordenadas 
pasiones no le dejaron ver más y mejor de lo que veía 
en las cosas. De todos los arbitrios que imaginaba y de 
la situación de la Monarquía, dirigió al Rey una Me- 
moria muy alabada entonces, donde hubo quien hallase 
principios é ideas de gran político: la verdad era que 
ya había en la nación, apartada por la Inquisición del 
estudio y de la meditación verdaderamente filosófica, 
poquísimas personas capaces de juzgar bien en tales 
materias. En cambio, pululaban los arbitristas, hombres 



— 171 

incansables que no cesaban de publicar peregrinos li- 
bros, donde se proponían remedios á todas las necesi- 
dades y enfermedades públicas, disparadamente chis- 
tosos, cuando no torpes y fatales. De éstos recogió no 
pocas ¡deas el Conde-Duque y así fueron ellas. Deter- 
minó que los servicios no se recompensasen más con 
donativos de dinero en cantidad de maravedís ó duca- 
dos, como antes se solía hacer, sino que á cuenta de 
ellos se repartiesen los honores y las dignidades, con 
que se evitaron algunos gastos, pero se envilecieron 
las grandezas y las encomiendas á fuerza de prodigar- 
se; mal quizás tan grande como el que se trataba de 
remediar, porque no viven menos las Monarquías con 
economía en el dinero que con economía en las honras 
y dignidades. Siguióse la mala costumbre introducida 
en el anterior reinado de crear para el conocimiento de 
todos los negocios importantes juntas especiales com- 
puestas de individuos de diversos Consejos, y se intro- 
dujo otra peor todavía, que era la de que los conseje- 
ros no deliberasen de viva voz, sino que cada uno 
diese su dictamen por escrito al Rey; de forma, que 
pasando tales papeles del Rey al favorito, no se deter- 
minaba cosa que éste no tuviese por útil. Dióse también 
sucesión á los empleos antes de que vacasen poniendo 
en cada uno dos dueños; pero algo se remediaron los 
daños de esto último con repartirlos por merecimiento 
verdadero ó supuesto, y no por dinero como al princi- 
pio. Tratóse de acortar los términos de los pleitos, que 
por lo largos y ruinosos eran de las principales causas 
de decadencia en las familias que hubiese en el reino, 
entreteniendo con ellos la esperanza muchos odios, 
alimentando la dilación muchas disensiones, y fabrican- 



— 172 — 

do los desengaños no pocas perdiciones de gente 
hidalga y capaz, bien dirigidas y de altos servicios. 
Y por lograrlo fácilmente, se redujo á la tercera parte 
el número, á la verdad exorbitante que había de conse- 
jeros, escribanos, procuradores, alcaldes, alguaciles 
y demás oficiales públicos. Fijóse, por último, un plazo, 
dentro del cual los litigantes forasteros pudiesen solo 
residir en la corte, y para evitarles la venida, se dis- 
puso que los pleitos, aun los privilegiados, se viesen 
ante las justicias ordinarias. También se mandó á los 
señores de vasallos que residiesen en sus pueblos á fin 
de aliviarlos en vez de oprimirlos. Prohibiéronse las 
emigraciones, aun para las Américas, que era para 
donde más comúnmente se verificaban con tanto daño 
de los reinos de la Península, que se miraban despobla- 
dos, mas sin conocer que no hay otro remedio para 
evitar tales emigraciones, sino ofrecer ventaja y buen 
gobierno á los pobladores para que no dejen sus hoga- 
res; y, por último, se prohibieron algunas modas un 
tanto costosas, que era pueril remedio y tan ineficaz 
como se halló luego. Vióse á los alcaldes de casa 
y corte dar de rebato en las tiendas de mercaderes 
y sacando todos los valones, zapatillas bordadas, 
almillas, ligas, bandas, puntas, randas, abanicos, puños 
aderezados y otras galas de mujeres á este modo 
prohibidas por sobrado ricas, hacer con todas ellas 
ridículo auto de fe en las calles de Madrid. Calculóse 
que había cuello cuyo aderezo costaba al año seiscien- 
tos escudos y prohibióse tal uso, dando el Rey y el 
favorito el ejemplo, que ellos creyeron glorioso, de no 
llevar sino valonas sencillas. jMezquinos ejemplos! 
Harto más graves si no más oportunas fueron las 



- 173 - 

medidas tomadas para desahogar la Hacienda en sus 
apuros. 

Rebajóse nuevamente el interés que del Erario tiraba 
la deuda conocida con el nombre de juros reales, y se 
dio facultad á las Cortes para conceder tributos sin 
permiso de las ciudades; con que ganados los procura- 
dores, no imposibles de ganar ya entonces, podía el 
Rey más fácilmente sacar dinero de los pueblos. Ni 
una ni otra de estas medidas sentó bien en la nación; 
pero se soportaron ambas, porque todo el mundo cono- 
cía que el estado deplorable de la Hacienda pública 
exigía grandes remedios. La moneda que tanto dio que 
hablar en el anterior reinado, hubo también de ocupar 
en éste, desde los principios, la atención del Gobierno 
y de la nación entera. Hizo el Conde-Duque que el 
Rey dictase un decreto prohibiendo que se sacase del 
reino el oro y la plata y se introdujese en él la moneda 
de vellón; poco después se mandó que el trueco y re- 
ducción de la moneda de oro y plata á la de vellón no 
excediese del diez por ciento. Pero esto no bastó para 
evitar que el vellón sobrase en nuestros mercados, 
y en 1626 hubo que pregonar Real cédula para que no 
labrase más moneda de vellón en veinte años. Todavía 
sobraba esta moneda infeliz de tal suerte, que el año 
después se publicó una pragmática famosa para su 
disminución, encomendando la obra á una especie de 
Junta y Caja de amortización, al modo de las que des- 
pués hemos visto destinadas á la amortización de papel 
moneda, con el nombre de Diputación general del 
consumo. Tratábase de ir recogiendo poco á poco en 
las principales capitales del reino la moneda de vellón, 
cambiándola por oro y plata, inutilizando una parte, 



— 174 — 

y poniendo la demás en su justo valor, alterado desde 
el tiempo de Felipe III. Mas sin embargo de que esta 
Diputación hizo cuanto pudo, en 1628 hubo que expedir 
nueva pragmática, rebajando ya violentamente la mone- 
da de vellón á la mitad de su valor y originándose con 
esto las pérdidas y quejas que eran naturales. Así 
se pensaba entretener algún tiempo el oro y la plata 
que á más andar desaparecía del reino; pero todo era en 
vano, y en el propio año de 1628 hubo que mandar aún 
que la moneda de estos metales no pasase de puerto 
alguno sin registrar, revocando la antigua que permitía 
sacar moneda con obligación de volver mercaderías. 

No alcanzó esta disposición más fortuna que las 
otras, y en adelante todavía dio harto en que entender 
el arreglo de la moneda. Pero el caso era, que en estos 
cambios y alteraciones, si los pueblos padecían mucho, 
no dejaban de ganar los ministros. Era en todo con sus 
altas y bajas la moneda, lo que por ventura ha sido la 
deuda del Estado en nuestro siglo. Los favoritos y mi- 
nistros codiciosos que por su posición tenían noticia 
anticipada de las alteraciones, se aprovechaban de eso 
para expender ó recoger moneda y cambiarla por más 
ó menos, según el caso, y así realizaban inmensas y 
vergonzosas utilidades; todo en ruina de la nación y 
más confusión y desbarate de la Hacienda pública. 

Crecieron en tanto los tributos y fueron mayores que 
nunca desde los principios de este reinado. Las Cor- 
tes de Castilla otorgaron en 1623 veinticuatro millones 
en cada doce años, por la manera misma con que fué 
practicada la exacción en el anterior reinado, y per- 
petuándose tal cantidad en los pedidos, tomó de ella 
esta contribución el nombre con que fué en adelante 



— 175 - 

conocida. Las de Aragón en 1627 ofrecieron dos mil 
hombres armados y pagados por seis años; mil hom- 
bres pusieron también en armas las de Valencia del 
mismo año: solo las de Cataluña se mostraron parcas y 
desabridas. Ya en 1620 se había solicitado de aquella 
provincia que diese cuenta de sus rentas y pagase el 
quinto; mas no se insistió mucho en ello. Luego que 
entró á tratar de las cosas de la hacienda, el Conde-Du- 
que aconsejó al Rey que pidiese formalmente á Catalu- 
ña el quinto de sus réditos; hízose la petición y respon- 
dió Barcelona que estaba exenta por sus privilegios, 
mas en las Cortes de 1626 se esforzó la pretensión, re- 
cordándose otra antigua de establecer allí la renta del 
Escusado. Hubo disgustos, precursores de los que en 
los años venideros trajeron tantas desdichas: exacerbá- 
ronse las pasiones á punto que el conde de Santa Co- 
loma y el duque de Cardona vinieron á las espadas en 
el recinto mismo donde se celebraban las Cortes; y fué 
mucho que se pudiese evitar mayor escándalo. Negá- 
banse los brazos catalanes unidos á introducir la altera- 
ción más pequeña en los antiguos privilegios de la pro- 
vincia, y no faltó quien previese ya todo lo que había 
de sobrevenir de continuar en la demanda. El almirante 
de Castilla D. Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, du- 
que de Medina de Ríoseco, hombre ilustre, nacido para 
preveer y llorar las torpezas de aquella época sin po- 
der remediarlas, manifestó al Rey con noble libertad el 
peligro, lo cual le trajo disgustos con el Conde-Duque, 
y el odio de éste que le acompañó por toda su vida. 
Irritado el Rey con las penalidades que le costaba sacar 
algún socorro y ayuda de los catalanes, dejó un día in- 
pensadamente á Barcelona y se vino á Madrid. Envió 



- 176 - 

entonces Barcelona en su seguimiento ciertos diputa- 
dos que le alcanzaron todavía en el camino y le ofre- 
cieron cincuenta mil escudos. Volvió el Rey en 1632 á 
sentir grandísimos apuros y á pedir nuevos tributos á 
las Cortes; negáronse las de Castilla en Madrid á con- 
cederlos, pretextando que el dinero iba á emplearse en 
pagar los ejércitos del Emperador: plausible pretexto y 
muestra de fortaleza pocas veces repetida por los pro- 
curadores castellanos en aquellos tiempos. 

Las Cortes catalanas que el Rey en persona fué á 
abrir el propio año, dejando para que las continuara, 
con permiso de la provincia, á su hermano el infante 
don Fernando, se resistieron como siempre, á dar tri- 
butos, habiendo nuevos empeños y disgustos por esta 
causa entre el Almirante y el Conde-Duque. Por fin se 
lograron cuatrocientas cuatro mil libras, muchísimo me- 
nos que se pretendía. Hizo éste que algún tiempo des- 
pués, se tornase á la pretensión primera de que Barce- 
lona diese cuenta de sus réditos para pagar el quinto al 
Erario. Negáronse los catalanes más enérgicamente 
que nunca. El Virrey, que á la sazón era el duque de 
Cardona, quiso registrar de por sí los libros de la ciu- 
dad, á fin de averiguar el importe de tales réditos: for- 
tificáronse los conselleres en la casa de la ciudad, don- 
de el Virrey no osó acometerlos, y el Conde-Duque y el 
Rey, enojados ya al último punto contra Barcelona, 
determinaron trasladar la Audiencia á Gerona. Todo 
principios de lo que sucedió más tarde. 

No bastando, pues, los tributos concedidos por las 
Cortes, fué preciso acudir á nuevos arbitrios, para lle- 
nar las arcas públicas. Pidiéronse donativos á la no- 
bleza y al clero que los hicieron cuantiosos: solo el car- 



— 177 — 

denal Borja envió de Roma quinientos mil ducados, y 
el clero dio gratuitamente siete millones de tal moneda. 
Poco era esto para lo que se necesitaba, y mediante 
una bula del Papa se obtuvieron del Estado eclesiástico 
otros diez y nueve millones de ducados. Al propio 
tiempo se creó (1632) la contribución conocida aún en 
nuestros días con el nombre de lanzas y medias anna- 
tas. No se tardó en inventar otro servicio de millones 
sobre consumos no gravados todavía, y que no podían 
mirarse como de primera necesidad, el cual importaba 
dos millones y medio de ducados en seis años. Las Cor- 
tes de Castilla lo concedieron al fin á fuerza de impor- 
tunaciones y halagos, mas no para socorrer al Empera- 
dor de Alemania como se quiso antes, sino para aten- 
der á los gastos interiores del Estado. 

Pero con tantos arbitrios y derramas como dejamos 
enumerados no se logró ver mejoría en el Erario, ni 
acrecentar las decaídas fuerzas de la nación, ni reme- 
diar la despoblación y la ruina de las ciudades y de los 
campos; antes visiblemente se miraban empeorar las 
cosas. El mal, como venido de tan lejos y tan hondo, 
necesitaba de remedios, no tanto heroicos y atrevidos, 
como bien meditados; de los cuales el primero y más 
eficaz era la paz, según dejamos ya apuntado en el 
reinado antecedente. Paz necesaria para que se dismi- 
nuyesen los gastos públicos, y para preparar el camino 
de otras disposiciones tenidas ya de todo el mundo por 
indispensables, que restableciesen ó hicieran prosperar 
el Comercio y la Agricultura é Industria. Mas en esto, 
cabalmente puso aún menos atención el conde de Oli- 
vares que su antecesor el duque de Lerma. Desde el 
principio hasta el fin de su privanza, no hizo Olivares 

12 



— 178 — 

otra cosa que promover y sostener luchas desiguales, 
costosísimas y sangrientas, despilfarrando en festines 
y obras de recreo lo que quedaba, y los recursos mis- 
mos que pedían los ejércitos y la guerra. Así en 1633, 
cuando nuestros ejércitos en Holanda y Alemania soli- 
citaban dinero de continuo y no se les enviaba por no 
haberlo; cuando por eso no podían salir al mar las arma- 
das; cuando el Emperador nos importunaba más, pidien- 
do socorro y las Cortes de Castilla lo negaban y á las 
de Cataluña se sacaban contribuciones tan mezquinas 
á tanta costa y con tan grandes penalidades, vieron 
levantarse los madrileños los palacios y jardines mag- 
níficos del Buen Retiro con gasto inmenso, porque ni 
el terreno los consentía; obra tan deleitosa y tan alaba- 
da ahora, como maldecida entonces por los hombres 
previsores y sensatos. 

El de Olivares en tanto para no aparecer como autor 
de todo, aunque verdaderamente lo fuese, encomendó 
á una junta de tres personas autorizadas el examen de 
cuantos negocios había de despachar el Rey, dando so- 
bre ellos su dictamen. Y más tarde rogó el Rey en un 
papel, el cual quedó por honra en su mayorazgo, que 
asistiese personalmente al despacho de todo, y viese y 
dispusiese por sí las cosas. No faltó quien tomase á 
moderación estos pasos, y con tales trazas, aunque co- 
rrieron siempre hartas murmuraciones sobre su con- 
ducta, mucha parte del pueblo no le quería mal en los 
principios y esperaba de él mejor fortuna. Amábale so- 
bre todo y cada día más el Rey, que depositaba en él 
toda su confianza, no sólo en las cosas del Estado, 
sino en aquellas otras viles que afrentan, más que á los 
reyes que las hacen, á los ministros que las protegen y 



— 179 — 

ayudan. Era Felipe IV muy dado á aventuras y galan- 
teos, y tanto que sólo en ellas ponía atención y cuida- 
do. Los papeles y los libros de la época lo pintan como 
liberal, generoso, valiente y no desnudo de ingenio y 
de instrucción, gustándole mucho el trato de los poetas 
y artistas, y aun la misma profesión de las Musas. 
Pero el caso es que distraído en liviandades no hubo 
monarca más esclavo que él de sus privados,. ni aun su 
tímido y devoto padre. 

El conde-duque D. Gaspar de Guzmán, que lo era 
único y absoluto y lo fué por tantos años, no carecía 
ciertamente de talento, bien que no fuese tanto como 
su vanidad; pero no tenía la sagacidad política, la pro- 
funda comprensión, y la instrucción y vasta experien- 
cia que necesitaba en tan peligrosas circunstancias la 
Monarquía. Fué también más atento al provecho propio 
y á contentar sus pasiones que al bien del Estado, cosa 
harto común por desgracia en los ministros y privados, 
sobre todo, en España y en aquellos tiempos. Con la 
grandeza de España, tomó para sí el título de duque de 
San Lúcar, de donde le vino el ser Conde-Duque, y no 
tardó en formarse copiosísimas rentas. Luego, á cam- 
bio sin duda de los favores que á manos llenas recibía, 
dióle el ministro al Rey gratuitamente el título de Gran- 
de, y fué vergüenza que éste llegase á admitirlo como 
merecimiento, .en lugar de despreciarle como lisonja. 
Hecho en que harto se dieron á conocer entrambos, 
mostrando bien desde los principios lo que de tal Prín- 
cipe y tal ministro podía esperar la Monarquía. 

Eran muy grandes sus empeños en 1621 al empezar 
el nuevo reinado. Francia patrocinaba los intentos de 
los que pretendían la restitución de la Valtelina á su 



— 180 — 

primer estado, y á los grisones, sus anteriores dueños, 
de cuyas manos la había quitado el duque de Feria, y 
también ayudaban á ello los holandeses con dos regi- 
mientos pagados á su costa. Faltaban cinco meses para 
cumplir las treguas ajustadas con éstos, todavía tenidos 
por rebeldes, treguas tan mal vistas de la soberbia es- 
pañola, que no hubo en catorce años, que duraron, quien 
quisiera prohijar su negociación, excusándose todos 
unos con otros ministros y embajadores y hasta el mis- 
mo príncipe Alberto. Continuaban conspirando contra 
nuestro poder los venecianos, libres del meditado cas- 
tigo del otro reinado. Ñapóles andaba á pleito con el 
Gobierno, y tenía en la corte diputados representando 
agravios de los virreyes, sobre todo del duque de Osu- 
na, y en Sicilia estaban situadas por diferentes créditos 
las rentas del Rey, sin haber de dónde costear la defen- 
sa del reino. La Marina, que tanta gloria había alcanza- 
do en el reinado de Felipe III, siendo la principal defen- 
sa de la Monarquía, quedaba arruinada; la armada del 
Océano constaba de solo siete navios, y las galeras de 
España que eran aún en menor número, apenas salían 
del puerto por desproveídas. Las fuerzas de los pro- 
testantes alemanes, suscitadas de consuno contra el 
Imperio y contra España que era su aliada; las de In- 
glaterra, más quietas que seguras, mediante la plática 
de casamiento entre su príncipe y la infanta Doña Ma- 
ría, comenzadas en el reinado de Felipe III y que 
ahora venían á formalizarse. Y entre tanto la Hacien- 
da, tan afligida como atrás dejamos explicado, con- 
signada á deudas antecedentes por todo el año de 
1623, habiendo aún rentas sobre las que pesaban más 
largos empeños, sin que las medidas del conde de Oli- 



— 181 - 

vares fuesen eficaces para traer los recursos que fal- 
taban. 

A pesar de tan mala situación, el nuevo Gobierno 
no se arredró un punto; y á la verdad la fortuna sonrió 
en los principios sus empresas. No desalentados los 
protestantes alemanes con la pérdida de la batalla de 
Praga^ continuaron la guerra contra el Emperador y el 
Rey de España, y éste por su parte no desistió de la 
alianza y de los empeños que con aquél contrajo su 
padre. El conde de Tilly, general de los imperiales, 
y D. Gonzalo Fernández de Córdova, hijo del duque 
de Sesa y biznieto del Gran Capitán, que comenzaba 
entonces la carrera de las armas, atacaron en Hoecht 
sobre el Mein á Cristiano de Brunswick y al conde de 
Mansfeldt que mandaban á los protestantes (1622), 
y los pusieron en derrota; arrojáronse los protestantes 
en confusión á pasar el río por un puente que allí tenía, 
y hundiéndose éste al peso enorme, fueron muchos los 
que se ahogaron y otros se salvaron á gran pena, de 
suerte que su pérdida llegó á seis mil hombres entre 
muertos y prisioneros. 

Cumpliéronse en esto las treguas con Holanda, y él 
archiduque Alberto envió al punto mensajes á las pro- 
vincias unidas en república, ordenándolas que volviesen 
á su obediencia. Mandato ridículo, puesto que era su 
inutilidad tan evidente. Habíase calculado, no se sabe 
cómo, que aquella guerra costaba poco menos que 
la paz; erradísima cuenta, aunque no se mirase más 
que la destrucción lenta, pero segura, de los pocos 
ejércitos que quedaban á la Monarquía, sin que permi- 
tiese ya la despoblación reponerlos y reparar sus pér- 
didas. No se pensó en esto; y la guerra encendida del 



— 182 - 

lado allá del Rhin se comunicó á esta otra orilla pudién- 
dose considerar como una sola por los accidentes 
comunes y porque los ejércitos ya acudían á una, ya 
acudían á la otra parte indistintamente. Comenzaron 
las hostilidades por decomisarse en nuestros puertos 
más de doscientos sesenta buques holandeses que 
comerciaban con bandera alemana; pero ellos vengaron 
bien esta pérdida. Armaron escuadras y corsarios que 
saquearon á Lima y el Callao; echaron allí á fondo 
veintidós bajeles que llevaban nuestra bandera; rindie- 
ron y dieron también á saco la ciudad de San Salvador 
en la bahía de Todos Santos, cogiéndola desprevenida 
á semejante ataque, y causaron en las costas del Brasil 
infinitos daños. Pero la fortuna no dejó de recompen- 
sarnos con una gloriosa victoria habida al punto mismo 
en que se rompió la tregua. D. Fadrique de Toledo, 
hijo del gran marqués de Villafranca y Capitán general 
de la Armada del Océano, salió de Cádiz con siete 
navios y dos pataches, y hallando en el estrecho de 
Gibraltar una escuadra de hasta treinta y un bajeles 
holandeses, peleó con ellos diez horas, tomó cinco, 
echó tres á pique y obligó á las demás á huir con ver- 
güenza. Fué grande el valor con que pelearon los 
españoles en este trance, y señaladamente el don 
Fadrique, el general Carlos Ibarra, Roque Centeno 
y otros Maestres de campo y capitanes. En tanto eí 
marqués de Spínola, justísimamente honrado ahora con 
el título de marqués de Belvis ó los Balbases, dejadas 
las cosas del lado allá del Rhin volvió á Flandes. 

Halló moribundo al archiduque Alberto, que de allí 
á pocos días rindió la vida, y así recayó sobre él todo el 
peso de los negocios, porque la Infanta, que quedó de 



— 183 — 

señora, no sabía más que llorar su pérdida. Sin embar- 
go, no tardó en poner á punto las cosas y entrar en 
campaña. Tomó á Genep y Meurs y fué á acamparse 
delante de Burich. Era su intento atraer á sí al príncipe 
Mauricio que mandaba á los holandeses, para que éste 
dejase descubierta á Juliers, y no le salió mal la traza. 
Desguarneció el holandés aquella fortaleza, y al punto 
Spínola envió allá al conde de Berg que, plantando sus 
cuarteles y abriendo luego sus trincheras, impidió el 
socorro y la rindió á los cinco meses de sitio. Spínola 
se puso en tanto sobre Ber-op-Zoom, plaza importante 
de los contrarios; pero acudiendo Mauricio al socorro, 
no pudo evitarse que metiera dentro más número de 
soldados que tuviesen los sitiadores; con que hubo que 
levantar el cerco cuarenta y seis días después de plan- 
tado el campo. Mas este revés lo compensó con harta 
ventaja una dichosa victoria. 

Mansfeldt, y el malvado Obispo de Halberstad, 
Cristian de Brunswick, dos de los principales corifeos 
de los protestantes en Alemania, echados de allí por 
los recientes triunfos del Emperador, acudieron á refor- 
zar á los holandeses. Salió á estorbarlo D. Gonzalo 
Fernández de Córdova, que venía de vencerlos en 
Alemania. Los enemigos, pasado el Sambra, quemaron 
con licenciosa crueldad las aldeas del contorno y come- 
tieron infinitos desórdenes; el número de su Caballería 
llegaba á seis mil soldados; el de la Infantería no 
se supo bien; pero hubo quien lo estimase en ocho mil. 
Aguardólos D. Gonzalo cinco leguas de Bruselas en los 
campos de Fleurus, que caen en los confines de Bra- 
vante, y Namur con ocho mil infantes y mil quinientos 
caballos; y allí empeñó la batalla. La noche había sido 



- 184 - 

tempestuosa, y los españoles, inferiores en número 
á sus contrarios, estaban también más fatigados que 
ellos; con todo, nuestra Infantería sostuvo con tal 
esfuerzo la carga de los numerosos caballos enemigos, 
que los puso en derrota obligándolos á abandonar á los 
infantes. Antes hubo algún desorden en el costado 
derecho de los nuestros, porque el Maestre de campo 
D. Francisco Ibarra, que allí mandaba con imprudente 
heroísmo, lejos de esperar á pie firme á los caballos 
enemigos, salió precipitadamente á su encuentro. Re- 
medióse por virtud de nuestra Artillería, que hábilmente 
dirigió el capitán Oteiza; huyeron los caballos y queda- 
ron los infantes. Entonces cayó sobre estos toda la furia 
de nuestra gente: murieron los más de los capitanes 
españoles, pero no por eso cejaron los soldados, y ani- 
mados del ejemplo del General, rompieron también la 
Infantería enemiga y casi entera la pasaron á cuchi- 
llo. Los pocos de los enemigos que se salvaron de esta 
matanza, huyeron, dejando en el campo banderas, 
bagajes y artillería. Murieron de ellos mil quinientos; 
de los nuestros el Maestre de campo Ibarra y mucha 
gente de cuenta; los prisioneros no fueron muchos por 
la furia de los vencedores; pero los hubo de valia. Tal 
fué la batalla de Fleurus (1622), una de las gloriosas, 
que ganaron los españoles por el esfuerzo con que pe- 
learon y que fué de mucha reputación al joven caudillo 
D. Gonzalo Fernández de Córdova. Duró cinco horas 
y media, y fué el pelear con tal. furia, que en el escua- 
drón de la Infantería española no quedaron en pie más 
oficiales que el Maestre de campo Boquin y el capitán 
Castel. Siguió D. Felipe de Silva, que mandaba nues- 
tra Caballería, el alcance de los enemigos, haciendo 



— 185 — 

nuevos destrozos, y cerca de Ham, en la frontera de 
Lieja, degolló el resto de los fugitivos. 

Recibiéronse con el júbilo natural en Bruselas las 
nuevas de estos sucesos, y dieron aliento para conti- 
nuar la guerra con los holandeses, al paso que éstos 
sintieron profundamente aquel descalabro que venía 
tan en su daño. Sin embargo, por falta de recursos no 
pudo Spínola darle á la guerra poderoso impulso, y 
como los holandeses se mantenían á la defensiva casi 
siempre, se continuó con tibieza en los dos años suce- 
sivos, limitándose todo á la empresa de Amberes que 
intentaron los holandeses sin éxito alguno. 

Al fin, comenzó el famoso sitio de Breda. Henchido 
de arrogancia Felipe IV, como quien no había experi- 
mentado reveses todavía, ni escuchaba más que lison- 
jas, escribió aquel mandato célebre: «Marqués de Spí- 
nola, tomad á Breda», y no hubo más si no comenzar 
el sitio (1626), el cual pudo compararse con el de Os- 
tende, por lo largo y costoso. La guarnición era tan nu- 
merosa, que llegó en ocasiones á cuarenta mil hombres; 
la artillería mucha; terribles las fortificaciones; pero 
todo cedió á la constancia y al valor de los españoles. 
En vano Mauricio de Nassau con numeroso ejército 
pretendió obligarlos á levantar el cerco: frustrados una 
vez y otra sus intentos, murió sin verlos logrados, y 
Breda se rindió al fin á los dos meses de sitio. Sucedió 
á Mauricio en el mando de los ejércitos enemigos su 
hijo Enrique de Nassau. 

Con este suceso vinieron á juntarse, para desvane- 
cer del todo á nuestra Corte, los triunfos de D. Fa- 
drique de Toledo en la América Meridional. Corrió allá 
este General en demanda de los holandeses, que ha- 



- 186 — 

bían hecho ya extensas y ricas conquistas en las Islas 
y Tierra Firme; recobró la bahía de Todos Santos, Gua- 
yaquil y Puerto Rico, y con pérdida de todo, los echó 
de aquellos países y de aquellas aguas. Fué también 
glorioso, aunque no de mucho contento, el triunfo al- 
canzado por la armada de Ñapóles contra los piratas 
berberiscos. Salió contra ellos el conde de Benavente, 
Virrey del reino, con quince galeras y los acometió con 
mucho brío; pero atravesado por una bala en lo más 
recio, lidiando como quien era, no le dio tiempo la 
muerte si no para que por señas ordenase imperiosa- 
mente á sus oficiales que continuasen el combate. Con- 
tinuólo, en efecto, D. Francisco Manrique, en quien re- 
cayó el mando, y apresó al fin toda la escuadra enemi- 
ga, menos la capitana, que el almirante turco Azan 
hizo volar, por no rendirla. Con no menos fortuna pe- 
leó D. García de Toledo con cuatro naves africanas, 
rindiéndolas cerca de Arcilla; y los gobernadores de la 
plaza de África hicieron también por su parte mucho 
daño en los piratas berberiscos, ahuyentándolos de de- 
lante de sus muros, señaladamente D. Alonso de Con- 
treras, que mandaba en la Mamora. Aguó en parte la 
alegría el mal suceso de la Esclusa; envió Spínola al 
conde de Horn á sorprender aquella plaza y no pudo 
lograrlo: antes se retiró herido y con pérdida de cua- 
trocientos hombres. Mas de todas suertes las cosas de 
la guerra estaban de buen aspecto hasta entonces. 

Entre tanto, nuestra diplomacia andaba ocupada en 
una cuestión que tuvo cierta importancia. Desde 1617 
corrían pláticas entre la Corte de España y la de Ingla- 
terra sobre el matrimonio de la infanta Doña María, 
hermana de Felipe IV, con el príncipe de Gales, hijo 



— 187 — 

primogénito del rey Jacobo. Siguiólas tibiamente Feli- 
pe III, cuyo espíritu devoto no consentía que viese con 
buenos ojos á hija suya casada con un Principe protes- 
tante. Pero no bien comenzó á reinar Felipe IV, vino á 
Madrid el conde de Bristol, encargado de llevar á efec- 
to aquella idea, y comenzaron con calor las negocia- 
ciones. Solicitaba el inglés juntamente con la mano de 
la Infanta, el que la España y el Emperador devolvie- 
sen sus Estados al Conde Palatino, su deudo, el cual 
acababa de perderlos, como fautor de la guerra de 
Alemania. En vano quiso el Rey de España separar del 
todo entrambos asuntos; el Embajador inglés, fingien- 
do que los separaba, los juntaba más cada día. 

Por aquí comenzó el disgusto de nuestra Corte, tan 
predispuesta á mirar mal el matrimonio por la diversa 
religión del de Gales; reclamó, por su parte, cierta 
libertad para los católicos de Inglaterra, como condi- 
ción del matrimonio, y no alcanzó si no buenas pala- 
bras. Ni España cedía en lo del Palatino, ni Inglaterra 
en lo de la libertad religiosa, y así caminaban (1623) 
perezosamente los tratos, cuando, con sorpresa de to- 
dos, el príncipe de Gales se presentó en Madrid de in- 
cógnito, acompañado del marqués Bukingham, luego 
Duque del propio título. Pasáronse en festejos y cum- 
plimientos los primeros días: visitó el de Gales á la 
Infanta, y parecía más dispuesto con su visita, que lo 
estuviese antes á llevar á efecto el matrimonio. Mas 
nuestra Corte, circunspecta y austera, no por eso 
apresuró las cosas. Consultósele al Papa, y respondió 
bien; formáronse dos juntas, una de teólogos y otra de 
ministros, y ambas fueron de favorable dictamen: y así 
se llegó, á fijar ya día para los desposorios. Pero 



- 188 - 

á medida que más adelante llegaban los tratos, más 
empeño manifestaban los ingleses en que se estipulase 
la restitución del Palatinado, y más los españoles exi- 
gían que se concediesen grandes y verdaderas ventajas 
á la iglesia católica en Inglaterra. Así forcejearon por 
largo los negociadores, sin ceder ni conceder unos ni 
otros. Jamás asunto matrimonial ha sido tratado con 
más lentitud y estudio. Olivares puso en él una atención 
que con harta más justicia reclamaban los apuros de la 
Monarquía. Hubo nimiedad y pequenez de miras por 
nuestra parte, y algo de malicia y doblez por parte de 
los contrarios. 

Al fin se rompieron los tratos. El príncipe de Gales 
se marchó de Madrid con buen semblante, pero agra- 
viado en lo íntimo del alma; y aunque dejó poderes 
para continuar las negociaciones, no se volvió á hablar 
más de ellas. No faltó quien alabase al de Olivares por 
haber evitado con dilaciones y astucia la proyectada 
alianza, mas sin razón plausible. Si la Infanta hubiera 
llegado á contraer matrimonio con el príncipe de Gales, 
que luego fué Carlos I, la desdichada suerte de los 
esposos, lejos de traernos ventajas, nos hubiera traído 
acaso más enemistades y males. Pero como esto no se 
podía prever, contando con circunstancias comunes 
y naturales, era desacierto notable el no aprovechar la 
alianza de una nación que empezaba á llamarse dueña 
de los mares, exponiendo á sus iras nuestro comercio 
y nuestras flotas, ya no seguras de los holandeses. 

Claros indicios de serlo se ofrecieron de allí á poco. 
Porque habiendo muerto por entonces el rey Jacobo 
de Inglaterra, no bien se halló en el trono Carlos I, su 
primera diligencia fué acudir al agravio que de parte de 



— 189 — 

España tenía. Entró en tratos con Francia, Holanda, 
Saboya y venecianos para humillar nuestro poder, 
y envió una armada de ochenta bájales con el conde de 
Lest por general, á que se apoderase de Cádiz y Lis- 
boa y las saquease, destruyendo los bajeles allí surtos 
y robando la flota que. debía venir de América aquel 
año y se estaba esperando. A la verdad no salieron 
como pensaba estos intentos. Llegó la armada al frente 
de Lisboa, y hallándola bien prevenida, siguió nave- 
gando la vuelta de Cádiz. Echó el inglés diez mil hom- 
bres en tierra: ganó la torre del Puntal defendida de 
quince soldados solamente, y dándose ya por dueño de 
todo, se encaminó á la ciudad con escuadrón formado. 
Salió á escaramucear con él D. Fernando Girón, fuera 
de la muralla, con seiscientos españoles, tan valerosos, 
que al primer acontecimiento desbarataron la vanguar- 
dia británica, matándola más de ochocientos hombres. 
Retiróse luego; pero como supiesen los contrarios que 
ya acudía al socorro el duque de Medinasidonia, Capi- 
tán general de Andalucía, con la nobleza y gente de 
las ciudades circunvecinas y algunos soldados, no 
atreviéndose á mantener el campo, se embarcaron pre- 
cipitadamente (1625) apartando de las costas sus naves. 
Con esto, el rey Carlos I se dio por vengado, y no 
volvió á hostilizarnos: poco después se labraron con- 
ciertos que nos libertasen de aquel nuevo enemigo, 
aunque, á decir verdad, más bien nos le quitó de encima 
la revolución que ya comenzaba á rugir en Inglaterra. 
Hubo también la fortuna de que á los pocos días de 
rota la armada inglesa llegase la armada de la Plata con 
diez y seis millones en moneda, sin tropezar con las 
naves contrarias. Nueva ocasión de soberbia y desva- 



— 190 — 

necimiento para nuestra Corte. Creíase poderosa porque 
tenía capitanes y soldados heroicos, y tomaba por fuer- 
za y vigor del Estado lo que no era más que virtud 
y aliento de algunos individuos. No estaba lejano el 
tiempo en que á estos los fuese consumiendo la gue- 
rra, y en que se viesen en toda su desnudez las 
flaquezas. 

Continuaron aún en Italia los prósperos sucesos. 
Dejamos al duque de Feria ocupando el territorio de la 
Valtelina, levantando fuertes para mantenerla á nuestra 
devoción, y á los grisones, sus antiguos dueños, pug- 
nando por recobrar lo perdido con ayuda de los holan- 
deses y del Rey de Francia. De la importancia de aquel 
territorio para asegurar la dominación española en Italia 
no había que dudar, y aun por eso ponían más empeño 
■en quitarlo de nuestras manos los contrarios. Firmóse 
un tratado en Madrid en 1621, en el cual se estipuló la 
restitución de la Valtelina á los grisones: mas nuestra 
Corte no quiso cumplirle. Hízose otro convenio en 
Roma, donde se estipuló que los fuertes levantados 
allí por los españoles se pondrían en poder del Papa, 
€l cual los mandaría arrasar en seguida, y entonces fué 
Francia, gobernada ya por Richelieu, la que se negó 
á cumplir lo pactado. Así fué que los españoles entre- 
garon realmente los fuertes al marqués de Bagni, 
Comandante de las tropas del Papa; pero un ejército 
francés, al mando del marqués de Croeuvres, pasó la 
frontera no bien se habían retirado los nuestros, y tomó 
posesión de ellos, bien por flaqueza, bien por conni- 
vencia con las guarniciones pontificias, como se sospe- 
chó fundadamente. Al propio tiempo el duque de Sabo- 
ya y los venecianos, tan antiguos enemigos de España, 



— 191 — 

recelosos también ahora de nuestros intentos por la 
ocupación de la Valtelina, se aunaron con los franceses. 
Coaligóse el duque de Feria para desbaratar aquella 
liga con las repúblicas de Genova y de Luca, y los 
duques de Parma, Módena y Toscana; y de una y otra 
parte comenzaron al punto las hostilidades. El duque 
de Feria envió á D. Gonzalo Fernández de Córdova, 
que después de la victoria de Fleurus había pasado 
á ocupar de nuevo los fuertes que no hubiesen toma- 
do aún los franceses, visto cuan mal guardados estaban 
de las tropas pontificias. Entraron los españoles en 
Chiavena. Hubo á sus puertas varios combates, en los 
cuales señalaron los nuestros su valentía, fortificándose 
y peleando de manera que durante año y medio mantu- 
vieron el puesto, sin que de allí pudiera desalojarlos el 
marqués de Croeuvres, á pesar de la superioridad de 
sus fuerzas, hasta que ellos mismos se salieron, ajusta- 
da la paz. Entre tanto, otro ejército francés de diez mil 
hombres, al mando de los mariscales de Lesdiguiéres 
y de Crequi (1625), entró en Italia: unióseles con el 
suyo el duque de Saboya, y con veintisiete mil hombres 
que entre unos y otros contaban, invadieron el Geno- 
vesado, tanto para llamar por allí la atención de Espa- 
ña, como para castigar á aquella república por la fiel 
amistad que nos tenía. Confiaban tanto los enemigos 
en sus fuerzas, que llegaron á hablar de repartirse el 
Milanés y el Genovesado. El éxito no correspondió 
á tan soberbias esperanzas. El príncipe del Piamonte 
tomó á Siena y sitió á Savona: su padre, el duque de 
Saboya, derrotó en batalla campal al ejército combina- 
do de Genova, Parjna y Módena con pérdida de mil 
muertos y setecientos prisioneros; y el condestable de 



— 192 — 

Lesdiguiéres, después de seis semanas de sitio, rindió 
la importante plaza de Gavi. Estremecióse la república 
de Genova viendo ya al enemigo casi á sus puertas, 
y por un momento se juzgó perdida. Pero el duque de 
Feria, hábil capitán no menos que buen político, no era 
hombre que descuidara por su parte las cosas. Con los 
pocos recursos que se le enviaron de España juntó un 
ejército de veintiocho mil hombres, y entró en el Mon- 
ferrato para cortar las comunicaciones y aun la retirada 
del enemigo. Cayó al punto el desaliento, compañero 
inseparable de las privaciones en la gente francesa, 
y ya no se pensó más en su campo sino en dejar 
la campaña con menor daño y afrenta. 

A dicha entró entonces el marqués de Santa Cruz 
con su armada dentro del puerto de Genova, limpiando 
de enemigos toda la Liguria marítima, y alentados los 
republicanos con este socorro, salieron de sus muros 
y recobraron todas las plazas que habían perdido, obli- 
gando también al príncipe del Piamonte á levantar 
el sitio que tenía puesto á Savona. Y desordenados del 
todo los franceses con tales sucesos, repasaron los 
Alpes con no poca lesión de su orgullo. Pero no tarda- 
ron en volver al socorro de Verrua. Tenía sitiada aque- 
lla plaza D. Gonzalo Fernández de Córdova, y debajo 
de ella abrigaba el duque de Saboya él resto de su 
ejército, metidos en fortísimos retrincheramientos. El 
forzar la plaza y los retrincheramientos era muy difícil 
empresa; pero con todo eso no se hubiera malogrado 
á no sobrevenir inopinados accidentes. Inundó el Pó los 
campos vecinos de la plaza, y obligó á los españoles 
á abandonar sus trincheras. Y en esto llegaron los fran- 
ceses mandados por Lesdiguiéres, Crequi y el mariscal 



— 193 — 

de Vignoles, y aprovechándose de tales circunstancias 
tomaron por asalto varios reductos donde apoyaban 
sus líneas los españoles. Recobráronlos éstos con 
mucho valor, pero no fué ya posible continuar el sitio, 
socorrida la plaza. Negociábase en tanto entre nuestra 
Corte y la de Francia sin llegar muchos meses á con- 
cierto, y era extraño de ver cómo entrambas naciones 
se hacían guerras y trataban de paces, sin considerarse 
por eso como enemigas. Aun llegó á acontecer que 
habiendo apresado los franceses tres naves españolas 
que iban con socorros á Genova, navegando bajo 
el seguro de la paz á lo largo de sus costas, ordenó el 
Rey de España que los bienes de los comerciantes de 
aquella nación fueran confiscados en todos sus domi- 
nios; medida á la cual respondió el de Francia confis- 
cando en sus Estados las haciendas y mercaderías de 
todos los españoles, portugueses, lombardos, napolita- 
nos y genoveses, 

Y, sin embargo, ni España ni Francia se considera- 
ban en estado de guerra. Las últimas ventajas ganadas 
por los españoles trajeron al fin moderadas pretensio- 
nes á los contrarios, y así se ajustó el tratado que se 
llamó de Monzón (1626), en el cual quedó reconocida 
la libertad de la Valtelina, que pudo en adelante elegir 
magistrados y disponer de todas sus cosas sin más 
obligación que pagar un razonable tributo y reconocer 
como soberanos á los grisones. No le salieron bien 
á la liga franco -italiana sus intentos, porque dado 
que la Valtelina no quedara en poder de nuestra Na- 
ción, todavía era de gran utilidad para nosotros el ver- 
la poseída por católicos y tan agradecidos al favor de 
España. 

13 



- 194 - 

Pero ni Venecia ni Saboya podían nada solas, y á 
Francia la obligó á ceder la necesidad, porque á la 
sazón ardía toda en guerras civiles entre el Rey y sus 
vasallos protestantes. Era la Rochela el refugio y gua- 
rida del protestantismo francés, y para desarraigarlo 
y exterminarlo parecía preciso rendir aquella plaza, 
empresa difícil por ser ella fuerte de suyo, y porque los 
ingleses no dejaban de socorrerla con sus armadas. 
Había también serios disgustos por entonces entre 
Luis XIII y Carlos I de Inglaterra á causa del infeliz 
matrimonio de éste con la princesa Enriqueta, hermana 
del Rey de Francia; cosa que más animaba al inglés 
á dar ayuda á los rebeldes franceses. España, no bien 
satisfecha de Inglaterra desde la empresa de Cádiz, 
se ofreció á hacer alianza con el Monarca francés para 
vengar las mutuas injurias en formal guerra. No acep- 
tó Luis XIII, porque quería excusar en lo posible los 
empeños con Inglaterra á fin de que, lejos de aumentar 
sus esfuerzos contra él, |se apartase del mantenimiento 
y defensa de la Rochela; mas como viese á los bajeles 
ingleses á la boca de aquel puerto impidiendo á los su- 
yos que lo bloqueasen, solicitó al fin, con muchas ins- 
tancias de nuestra Corte, que enviase en su ayuda 
una armada. Oyó bien la propuesta Olivares, y previ- 
niendo costosamente la del Océano, que mandaba el 
hábil general D. Fadrique de Toledo, la envió á aque- 
llos mares, bien que no fuese ya de efecto, porque por 
lo avanzado del invierno las escuadras inglesas esta- 
ban recogidas en sus puertos, y el Rey de Francia traía 
puestos á los de la Rochela en el extremo de rendirse; 
con que al poco tiempo tornaron los bajeles á anclar 
en nuestras costas. Hubo aduladores del favorito que 



— 195 - 

celebrasen la jornada; mas cierto que nada se ha he- 
cho más infeliz. 

Estábase esperando la flota de América, que era el 
único recurso con que contaba la Monarquía para aten- 
der á sus inmensos apuros de dinero; sabíase que los 
holandeses la acechaban cuidadosamente para apode- 
rarse de ella, y en lugar de enviar la armada á buscar- 
la y traerla segura á nuestros puertos, se concertó 
aquella expedición inútil que, dejando sin defensa 
nuestros mares, dio ocasión fácil á que lograsen los 
enemigos su intento, apoderándose de la flota (1627) 
y de los cuantiosos caudales que traía, no lejos de las 
Islas Terceras. Además, sucedió, como sucede en to- 
das las resoluciones mal imaginadas y ejecutadas, que 
ni los franceses quedaron con agradecimiento, ni nos- 
otros con ventaja. Murmuraron que la armada se había 
enviado lentamente con todo intento para que llegase 
tarde el socorro; y á la par los españoles comenzaron 
á decir, por su parte, que el ministro francés, Riche- 
lieu, no solicitó la armada si no para que, sobrevinien- 
do el invierno, se destrozase en aquellos mares del 
Norte tan procelosos, haciéndonos este daño, ya que 
■otros no le consentían las circunstancias. Quizás fuera 
más acertado en los nuestros el decir que con esta tra- 
za burló la escasa previsión del Conde-Duque, y aten- 
dió á privarnos de los caudales que venían de Améri- 
ca. De todas suertes, aquella expedición parece injus- 
tificable á los ojos del recto juicio, porque á España no 
la convenía, por cierto, que la Francia se desembara- 
zase de las guerras civiles, sino más bien que se en- 
tretuviese con ellas, y era imbécil contradicción el 
ayudar allí á Luis XIII contra sus subditos, cuando^ por 



- 196 - 

otra parte, no se escasearon los manejos y el dinero á 
fin de lograr de éstos que aquí y allá promoviesen se- 
diciones. Cabalmente, por el propio tiempo se abrieron 
tratos para ello con el duque de Rohan, caudillo de los 
descontentos franceses, si no bien conocidos, no tan 
obscuros que no haya razonables sospechas de que 
los hubo. Ni tardó España en recibir la recompensa del 
auxilio que había dado á tanta costa á Luis XIII contra 
los de la Rochela. Por aquellos mismos días ajustó 
aquel Monarca un tratado con Holanda, donde se com- 
prometió á pagarles gruesos subsidios con tal que man- 
tuviesen viva la guerra contra España. Y no tardó en 
presentársele ocasión de mostrar más y más la mala vo- 
luntad que nos tenía. 

Habíase entrometido el conde de Olivares en otra 
cuestión en Italia, que tuvo menos favorables resultas 
que aquella de la Valtelina, con motivo de la sucesión 
del Ducado de Mantua. Pretendíanla el conde de Ne- 
vers para su hijo primogénito, y César Gonzaga, du- 
que de Guastalla, protegido del Emperador. Cuál de 
los dos compitiese con más derecho es cosa que no 
importa á nuestro propósito; porque, aunque aparenta- 
se Olivares la parte del Emperador, no hay duda que 
su verdadero intento era tomar para España lo mejor 
del territorio disputado. Dícese que ajustó para ello un 
tratado con el duque de Saboya estipulando la reapa- 
rición del Monferrato entre aquel Príncipe y España. 
El caso es que el Saboyano se puso de nuestra parte 
en aquella ocasión, ó bien por el cebo de la ganancia, 
ó porque con las anteriores derrotas creyese débiles 
para defender su partido á los franceses. Y ello fué que 
á los principios, no rendida aún la Rochela, hallaron el 



— 197 — 

conde de Olivares y el duque de Saboya poco estorbo 
á sus intentos. 

Habíase quitado poco antes el gobierno de Milán al 
duque de Feria por trazas de D. Gonzalo de Córdova, 
que quería sucederle, y lo logró en efecto. Este General 
entró con el Ejército de España en el Monferrato y se 
puso delante del Casal, la más importante de sus pla- 
zas, mientras los saboyanos tomaban (1628) á Pontes- 
tura, Niza de la Palla y Alba. Al punto el de Nevers 
pidió ayuda á Francia, que no pudo darle otra si no 
el permiso de reclutar soldados en sus tierras; mas el 
Ejército así levantado y compuesto de cerca de diez y 
seis mil hombres, al mando del marqués de Uxelles, se 
dispersó al paso de los Alpes, sin llegar á poner el pie 
en Italia. Con esto amenazaron ruina por un momento 
las cosas de aquel Príncipe. Pero no bien libre del em- 
barazo de la Rochela encaminó Richelieu á Italia el 
ejército que había llevado á cabo la conquista, persua- 
diendo al rey Luis XIII que él en persona fuera á man- 
darle, como si se tratase de la salvación de su reino. 
Súpolo Olivares, y no fiando ya tan grande empeño de 
D. Gonzalo de Córdova, aunque tan probado en valor 
y militar experiencia, determinó reemplazarle por el 
más hábil, sin duda, de nuestros capitanes, que era 
Ambrosio de Spínola, marqués de Spínola y de los 
Balbases, el cual con tanto acierto y fortuna, como 
antes hemos visto, estaba gobernando los ejércitos de 
Flandes. Envióle órdenes para que dejara aparte aque- 
lla guerra y encomendándola á manos menos expertas, 
acudiese él á Italia. No quiso Spínola ir allá sin pasar 
antes por Madrid, donde pidió dineros para hacer la 
guerra con mejor fortuna que en Flandes, y título de 



- 19S - 

Vicario ó Gobernador absoluto de aquellas provincias 
y ejércitos, para que en España con consultas, infor- 
mes y dilaciones no se estorbasen sus propósitos. 
Todo se le ofreció; pero luego en nada de ello se vio 
cumplimiento, y aquel ilustre capitán halló en Italia la 
misma imposibilidad que en Flandes para humillar 
á nuestros enemigos. 

Había comenzado las hostilidades el francés por 
exigir al duque de Saboya que diese paso á su ejército 
para el Monferrato, donde Casal se miraba reducida al 
último apuro; y como éste no le contestase sino ambi- 
guas palabras, determinó fiar el propósito á las manos. 
Las gargantas de Suza, que era por donde mejor 
podían entrar en Italia los franceses, estaban defendi- 
das por tres recintos de fortificación y algunos reduc- 
tos, que guarnecían dos mil setecientos saboyanos 
mandados por el mismo Duque y príncipe del Piamon- 
te, su hijo. Llegaron delante de ellas los franceses: 
acometieron el primer recinto los mariscales de Crequi 
y de Basompiére, y lo ganaron fácilmente, por no 
defenderlo como debieran los saboyanos. Los otros dos 
recintos fueron luego abandonados sin resistencia algu- 
na. La rota de los saboyanos pareció completa, y los 
franceses fueron con tal ímpetu tras ellos, que hicieron 
prisioneros al mayor número, y tuvieron ya casi entre 
sus manos al Duque y á su hijo. Entonces fué famoso 
el hecho de un capitán español, que á dicha se hallaba 
entre los saboyanos, el cual, recogiendo algunos solda- 
dos, dio cara á los franceses y detuvo á todo el ejérci- 
to, lo bastante para que el Duque y su hijo se pusiesen 
en salvo. 

Los franceses entraron en seguida en Suza, y el 



— 199 — 

Duque se apresuró á ajustar paces con el vencedor, 
temiendo ya mayores daños: evacuó las plazas que 
había ocupado en el Monferrato, y abrió los Alpes 
álos franceses. Con esto D. Gonzalo de Córdova, que 
gobernaba todavía á los nuestros, porque aún no era 
llegado Spínola, hubo de levantar el cerco del Casal, 
culpado de tibio y poco diestro en los ataques, y los 
franceses, logrado su objeto, repasaron los Alpes, 
dejando en resguardo de aquella plaza un Cuerpo de 
tres mil quinientos hombres á las órdenes de Toiras, 
capitán famoso por la constancia con que defendió la 
isla de Rhé en la guerra contra los rocheleses. Firmóse 
en seguida un tratado que se llamó de Suza, entre los 
caudillos de los ejércitos beligerantes, por el cual se 
estipularon condiciones ventajosas al de Nevers y á 
Francia; mas no fué de efecto alguno, porque habiendo 
llegado Spínola á Italia, contando con su superior 
talento y fortuna, se determinó el comenzar de nuevo 
las hostilidades. Envió para ello el Emperador dos 
ejércitos á las órdenes de los condes de Merode y de 
Colalto: el uno á invadir la Valtelina, el otro á conquis- 
tar el Mantuano, mientras que los españoles se pose- 
sionaban de nuevo del Monferrato. Y el duque de 
Saboya, viendo tan mejorada la parte de España 
y Austria, tornó á declararse por nosotros, y se puso 
otra vez en campo. 

Así la guerra comenzó nuevamente como si nada se 
hubiese pactado. Verdad es que el concierto de Suza, 
mirado como vergonzoso en España y en el Imperio, 
no fué ratificado, mas siempre es de notar la perfidia 
diplomática de aquellos tiempos, porque así se hacían 
tratados, como se rompían, sin otro norte que la conve- 



- 200 - 

niencia y el interés del momento. Richelieu, que era el 
más pérfido de todos los diplomáticos, irritado ahora 
con las Potencias aliadas contra el Mantuano, se deter- 
minó á pasar él mismo á Italia mandando un ejército. 
Púsose delante de Pignerol, plaza importante de la 
frontera de Saboya (1630), y la tomó en dos días. Spí- 
nola, Colalto y el duque de Saboya reunieron sus fuer- 
zas al saberlo, para defender la línea del Pó, y detuvie- 
ron sus pasos, obligándole á volverse á Francia. Pero 
no tardó en volver con el Rey mismo, y los Generales 
franceses conquistaron en poco más de un mes toda la 
Saboya, derrotando en Javennes al príncipe del Piamon- 
te que mandaba las tropas saboyanas é imperiales con 
horrible destrozo y mucha presa de armas y banderas. 
Causó el dolor la muerte al duque de Saboya, Carlos 
Manuel, hombre de larga y azarosa vida, que no hubo 
perfidia que no hiciese, ni hazaña que le espantase, 
para echar de Italia á los extranjeros y ponerla toda 
bajo su mano. 

No en todas partes era tan desdichada la guerra: 
Felipe Spínola, hijo de Ambrosio, se apoderó de 
Acqui, Ponzoñe, Roque-Vignal y Niza de la Palla, y el 
padre ganó á Pontestuna y Rosignano, y cercó de nue- 
vo á Casal. Toiras, que la defendía, hizo algunas salidas 
contra los nuestros con poca fortuna, y en una de ellas 
fué completamente derrotado, de suerte que no volvió 
á salir de los muros de la ciudad. Pero en tanto el 
ejército francés continuaba su marcha en demanda del 
Casal para levantar el cerco. Llegaron delante del 
puente de Carinan, defendido de tropas saboyanas 
y españolas, donde se hallaba Felipe de Spínola y esta- 
ba bastante fortificado; mas el ataque de los franceses 



— 201 — 

fué impetuoso y la defensa flaca, con que pareció ver- 
gonzoso al paso que lograron aquéllos. No supo resis- 
tir el valeroso Ambrosio de Spínola á la pena de aquel 
suceso; preguntó si su hijo quedaba muerto, herido 
ó prisionero, y respondiéndole que no, perdió el juicio, 
no dijo ya palabra más, y postrado en la cama murió 
«de los que no osaron morir», según la frase elocuente 
de un autor contemporáneo. Singular muerte, que coro- 
nó dignamente la vida de tan gran capitán, uno de los 
mejores de aquel siglo, en que los hubo muy grandes. 
Vino á sucederle el marqués de Santa Cruz, don 
Alvaro de Bazán, que pasó con larga experiencia de 
mar á estrenarse sin alguna en los ejércitos de tierra, 
y debajo de su mando se continuó el sitio del Casal. 
Habían rendido los imperiales á Mantua á pesar del 
socorro de los venecianos, poniendo en fuga al ejército 
de éstos, no lejos de Villabona, doble en número 
y fuerzas. Junto ahora el ejército del marqués de San- 
ta Cruz con el del marqués de Colalto, eran superiores 
al enemigo que ya delante de las líneas del Casal inten- 
taba el socorro: de suerte que con esperanzas de des- 
truirlos, pedían á voces los nuestros que se empeñase 
la batalla. Iban á cumplirse sus votos, cuando median- 
do el famoso Julio Mazzarino, Nuncio del Papa, que co- 
menzaba entonces su larga carrera, se ajustó una tre- 
gua y suspensión de armas entre nuestros Generales 
y los contrarios, censuradísima de los mejores capita- 
nes y soldados españoles é imperiales, que juzgaban 
que con ella se les quitaba de las manos gloriosa vic- 
toria y presa segura; tregua á que siguió muy luego la 
paz que ya todos anhelaban, espantado el Emperador 
con las victorias de Gustavo Adolfo, la España falta de 



- 202 - 

dinero con que continuar la guerra, y la Francia ama- 
gada de nuevas guerras civiles. Firmóse primero en 
Ratisbona, y como se ofreciesen algunas dificultades, 
se hicieron aún en Quierasco dos tratados, que pusie- 
ron un término á la contienda. Ninguna de las poten- 
cias beligerantes quedó satisfecha, aceptándolos todas 
ellas por fuerza; pero es indudable que los franceses 
obtuvieron considerables ventajas. Quedó Mantua por 
el conde de Nevers, su protegido, aunque reconocien- 
do el feudo del Emperador, y el duque de Saboya, 
aunque sin conocimiento de España ni del Imperio, les 
dio la importante plaza de Pignerol, que dejaba abier- 
tas á sus armas las puertas de Italia. Prestóse á esto el 
nuevo duque de Saboya, porque Francia se compro- 
metió por su parte á hacer que se le cediesen la ciudad 
de Alba y otras pertenencias del Monferrato en los 
tratados pendientes á título de indemnización por los 
derechos que pretendía tener á aquel Estado, promesa 
á la verdad no bien cumplida: solamente España nada 
ganó en una guerra en la cual había hecho no peque- 
ños gastos y sacrificios. 

No había sido por cierto de los menores el sacar de 
Flandes á Ambrosio de Spínola, porque, aprovechán- 
dose de su ausencia los holandeses y de la ineptitud 
del conde de Berg, flamenco de nación, á cuyo cargo 
quedó el ejército, lograron sobre España grandes ven- 
tajas. Sorprendieron á Wesel, que estaba á la sazón 
muy bien guarnecida y fortificada, sin que les costase 
más que diez hombres la empresa; y de resultas de 
esta desgracia hubo que abandonar á Amesfort, desde 
donde los nuestros traían puesto en contribución el 
país hasta las mismas puertas de Amsterdam, dejando 



— 203 - 

también el sitio ya bien adelantado de Haltem, para 
poner de nuevo el Issel entre nuestras banderas y las 
enemigas. A la par con esto el príncipe de Orange si- 
tió á Boduch, tantas veces perdida y recobrada por los 
españoles, ayudado de un cuerpo de tropas francesas 
que, al mando del mariscal de Chatillón, servía en Ho- 
landa, con permiso de su Rey. Resistió la guarnición 
cuatro meses y medio, pensando que sería socorrida; 
pero viendo que el de Berg no venía, tuvo que darse á 
partido. ■" 

Tal andaban por allí nuestras cosas, entre tanto que 
en Italia dejábamos que nuestra antigua superioridad se 
olvidase con el tratado de Quierasco que acabamos de 
mencionar, y que la mar, no más favorable que la tierra 
por aquellos días, pusiese en mano de los holandeses, 
envalentonados con la prosperidad de sus armas, la flo- 
ta de Méjico, que quemaron después de trasladar á sus 
naves ocho millones que traía. Apoderáronse también 
los holandeses de Pernambuco, en el Brasil, no obs- 
tante la esforzada defensa de D. Martín de Albuquer- 
que, que allí mandaba con poca gente y armas. 

Mas fuerza será que ahora principalmente nos fije- 
mos en las orillas del Rhin, donde más que en ninguna 
parte hallaba ocupación y cuidado la Corte de España. 
El emperador Fernando II, vencedor del elector Pala- 
tino y luego Rey de-Dinamarca, que vino en su ayuda 
con alguno de los príncipes protestantes del Imperio, 
había hecho sentir su triunfo más de lo que fuera justo. 
Exasperados con esto los protestantes formaron una 
liga llamada de Leipzig para resistir y oponerse á sus 
violencias, y como al propio tiempo moviesen guerra 
al Emperador los suecos con su gran rey Gustavo 



- 204 - 

Adolfo, se formaron entre unos y otros terribles con- 
ciertos, que desde luego dejaron esperar efectos de- 
sastrosos para el Imperio. Entonces Fernando II implo- 
ró más vivamente que nunca el auxilio de España: de- 
cíase que Fernando obraba en todo á impulsos de 
nuestra política; que en su enemiga á los protestantes 
no pensaba más que en verlos aniquilados por todas 
partes; y verdaderamente España daba hartos motivos 
para que semejante opinión se acreditase. 

Ya hemos dicho que en nuestro concepto no era so- 
lamente celo católico lo que movía á nuestra Corte, 
sino que con él se juntaban graves conciertos políti- 
cos á que la lealtad española no quería faltar, aunque 
viese ya de seguro que no habrían de proporcionarle 
ventajas, obrando de consuno para precipitarla en los 
mayores extremos. Aconteció que en los mayores apu- 
ros pasados el Emperador se hallase también en gran- 
de aprieto, porque tenía sobre sí al Rey de Dinamarca 
y los Príncipes protestantes con él coaligados. Escri- 
bió el Emperador á nuestra Corte pidiendo recursos, y 
entonces fué cuando del dinero que acababa de dar el 
reino con tanto trabajo y sacrificio para el objeto de 
levantar y mantener ejército que defendiese nuestras 
fronteras, se le enviaron trescientos mil ducados y cien 
mil más á su fiel amigo el duque de Baviera. Y esto á 
la par que de nuestros soldados que tanta falta hacían 
en Flandes, se distraía no pequeño número para guar- 
necer las plazas del Imperio y pelear contra sus enemi- 
gos. Ahora, con la invasión de Gustavo Adolfo y la 
Liga protestante de Leipzig fueron naturalmente mayo- 
res las exigencias y mayores los sacrificios. Era aquel 
Monarca famoso ya por sus victorias en las orillas del 



— 205 — 

mar Báltico; irritado contra el Emperador, que había 
dado auxilios á la Polonia contra él faltando á la fe de 
los tratados, y luego había despedido desdeñosamente 
á sus embajadores, lleno de ambición y de amor á la 
gloria, fiado en su espada y en su fortuna, se determi- 
nó á invadir el Imperio. Contribuyó no poco á persua- 
dirle á ello el ministro francés Richelieu, que veía en él 
un enemigo temible para la casa de Austria: no hubo 
intrigas, ni consejos, ni ofrecimientos de que no se va- 
liese, y al fin hizo con él verdadera y completa alianza 
en 1631, dándole crecidos subsidios para mantener la 
guerra. Halló también Gustavo amigos y aliados en los 
Príncipes protestantes. Y con esto y su ejército, que 
aunque no pasaba de quince mil hombres, era hermo- 
sísimo y temible por la disciplina y valor tantas veces 
experimentados, consiguió destruir en Leipzig los ejér- 
citos del Imperio y enseñorearse luego de mucha Ale- 
mania. Espantadas y previendo que los suecos llega- 
rían á sus puertas, las ciudades católicas del Rhin que 
no las tenían, pidieron y obtuvieron guarniciones espa- 
ñolas, y algunos escuadrones más de los nuestros pa- 
saron á Flandes á recorrer aquellas orillas. 

No tardó en presentarse en ellas Gustavo Adolfo. Pú- 
sose primero delante de Maguncia, ciudad importantí- 
sima y señora de toda la comarca, por lo cual tenía 
dentro dos mil soldados españoles que mandaba D. Fe- 
lipe de Silva; pero no era posible sin pasar el Rhin for- 
malizar el sitio, y aunque intentó hacerlo por Cassel, 
halló tan bien defendido el paso de los españoles que 
no pudo lograrlo. Entonces tomó el camino de Berg 
para buscar punto por donde lograr sin estorbo su in- 
tento. Tenían guardados los españoles los pasos, y no 



- 206 - 

hubiera podido llevar á ejecución su intento á no ser 
tanta su temeridad y la de sus soldados. Pasó él mis- 
mo cierto día con una barca á reconocer la orilla que 
ocupaban los nuestros, donde, acometido, estuvo á pun- 
to de ser preso, y aún lo fuera, sin duda alguna, á sa- 
berse quién era; mas como no pudo escapar, vuelto á 
su campo, escogió trescientos hombres, los más va- 
lientes del ejército, y al mando del conde de Brahe los 
envió en dos barcas á que tomasen pie en la ribera 
opuesta. Acudieron á ellos los españoles, y hubo un 
combate encarnizado y terrible, durante el cual pasó el 
Rey con doblado número de gente; y los nuestros, ya 
inferiores, dejando muchos muertos en el campo, tu- 
vieron que meterse en Maguncia. Dio Gustavo Adol- 
fo tanta importancia á esta victoria, que levantó una 
columna en el campo para que la perpetuase. En se- 
guida fué sobre Oppenheim para quedar desembaraza- 
do de estorbos antes de formalizar el cerco de Magun- 
cia. Había dentro de aquella plaza no más que qui- 
nientos españoles, los cuales, entrada por asalto, 
pagaron todos con la vida el obstinado valor con que 
se defendieron. Maguncia entonces fué inmediatamen- 
te acometida, poniéndose á la orilla izquierda del Rhin 
los suecos, mientras el landgrave de Hesse Cassel 
ocupaba la orilla derecha para impedir los socorros. 
Defendiéronse los nuestros, aunque sin esperanzas al- 
gunas de obtenerlos por espacio de cuatro días, ha- 
ciendo grande estrago en los contrarios; pero las forti- 
ficaciones no eran muy robustas, y no tardaron en ver 
la brecha abierta y en disposición de ser asaltada, con 
que les fué preciso capitular bajo honrosos partidos. 
Rendida Maguncia, apoderáronse fácilmente los suecos 



— 207 — 

de otros lugares, y pronto de las plazas del Palatinado 
no quedó más que Franckenthal en poder de los espa- 
ñoles. Cerca de esta plaza derrotaron aún los suecos 
algunas compañías nuestras que iban de Flandes al 
socorro. Tras esto se derramaron por ambas orillas 
del Rhin, ahuyentando fácilmente las partidas y desta- 
camentos de españoles que las guardaban (1632), ayu- 
dándoles no poco en todo esto al decir de los historia- 
dores alemanes, el rigor de la estación, que enflaque- 
cía á los nuestros y no estorbaba en nada sus opera- 
ciones, como gente acostumbrada á más duro clima. 

Ni pararon aquí los daños de aquel rigor de clima; 
mayores los padecimos poco después. Porque irritada 
nuestra Corte contra los suecos, á la par que importu- 
nada de los ruegos del Emperador, dio orden al duque 
de Feria, Suárez de Figueroa (1635), que de nuevo 
gobernaba el Milanés, para que dejando aquel Estado 
al cardenal Infante D. Fernando, hermano del Rey, 
levantase un ejército y viniese con él á defender la Al- 
sacia de los suecos. Púsolo por obra el de Feria con 
actividad suma, y reuniendo hasta catorce mil hombres 
italianos con algunos oficiales españoles, pasó á Ba- 
viera y de allí á la Alsacia. Comenzó la campaña for- 
zando á los enemigos á levantar el sitio de Brissac, 
plaza importantísima y cuya pérdida se tenía ya por 
cierta, y luego con no menor fortuna recobró á Baldel- 
sult, Lucemburg, Rienfert, Rutagran, y los echó de toda 
la Alsacia obligando á huir al Rhingrave Otón Luis, 
que campaba triunfante por aquel lado con las armas 
protestantes. Mas no se hicieron esperar mucho los 
suecos, y acudiendo al opósito bajo las órdenes de 
Gustavo de Horn y de Bickenfeld y en número muy 



- 208 - 

superior al de los nuestros, hubo que disponer la reti- 
rada. Aquí fué la desdicha, porque sobreviniendo los 
grandes fríos del invierno, no pudo soportar la gente 
italiana, hecha á mejor clima, las marchas y operacio- 
nes, y casi toda pereció sin pelear. Fué tanto el dolor 
del hábil y pundonoroso General al verse sin ejército, 
que aunque no podía atribuírsele alguna culpa, murió 
de pesadumbre. ¡Pundonor extraordinario, el que toda- 
vía mostraban nuestros capitanes! 

Mientras esto pasaba del lado allá del Rhin, del lado 
de acá en las provincias regadas por sus poderosos bra- 
zos, con nombre también de ríos, dejábanse sentir nue- 
vos descalabros. No había dejado el archiduque Alber- 
to sucesión de su matrimonio. Era desgracia para 
nosotros su muerte, por ser el Archiduque buen capi- 
tán y hábil administrador, y porque los flamencos, vien- 
do en él á su señor natural, con mejor voluntad le ser- 
vían que á los españoles y á la misma Infanta. Y con la 
falta de éste y de Ambrosio Spínoía y la ineptitud 
probada del conde de Berg, que mandaba el ejército, 
fueron las cosas de la guerra cada día de mal en peor 
por aquella parte. Al fin la Infanta, llena de disgusto y 
afanes, y creyendo interesar con esto más al Rey de 
España para que enviase auxilios con qué continuar la 
guerra, se determinó á renunciar la soberanía devol- 
viéndola al Rey de España. 

Admitió Felipe IV el partido, anticipándose sólo aque- 
lla carga, porque á la verdad, muerta sin sucesión la 
Infanta, habría venido de todas suertes á sus brazos. 
Pero ni antes ni después era prudencia que España 
echase sobre sí el costoso mantenimiento de aquellas 
provincias tan discretamente abandonadas por Felipe II, 



— 209 — 

donde tanta sangre y tesoros se consumían en balde. 
Alegábase en favor de esto una razón de algún peso, 
y era que importaba retener á nuestros enemigos en 
aquel país extraño al cabo, y lleno de plazas fuertes y 
defensas naturales, á fin de que convirtiendo todas sus 
fuerzas contra nuestras fronteras, no peligrasen las 
provincias septentrionales de la Península. Los acon- 
tecimientos mostraron que nuestros enemigos, no por 
lo de Flandes dejaban tranquilas nuestras fronteras, y 
que aquella razón plausible á tener bastantes soldados 
y capitanes para mantener la guerra en ambas partes, 
no lo era en modo alguno cuando no los había por la 
despoblación y pobreza para guarnecer nuestras forta- 
lezas. No dejaría quizás de tenerse en cuenta la cesión 
del Austria occidental á nuestra corona, antes pactada, 
que podría abrir por aquellas provincias segura comu- 
nicación entre Italia y Flandes, cosa que hubiera hecho 
sin duda mucho más fácil nuestra dominación en ambos 
países. Pero los acontecimientos mostraban ya por de- 
más que tal cesión no se llevaría á cabo por falta de 
poder para merecerla y recabarla y era locura fiar en 
ella. En todo la falta principal de nuestra Corte era el 
equivocar las acciones. Acontecía de esta manera que 
las ideas más grandes y más profundamente políticas, 
aprendidas en la escuela insigne de Fernando el Cató- 
lico y de Felipe 11, eran las más fatales para la Monar- 
quía. Quedó en Flandes lá infanta Isabel Clara por go- 
bernadora, y lo fué hasta su muerte. 

Mas no bien supieron los flamencos que dejaban de 
ser independientes volviendo á entrar en el dominio de 
España, quejosos é indignados comenzaron á tramar 
conspiraciones. Púsose al frente de ellas el mismo con- 

14 



— 210 — 

de de Berg que gobernaba á la sazón los ejércitos, con 
el propósito de hacer de aquellas provincias una repú- 
blica como la de Holanda. La conspiración se frustró 
porque el conde de Archost, noble señor flamenco, lo 
reveló todo á la Archiduquesa; mas no quiso decir, por 
más instancias que se le hicieron, los nombres de los 
conjurados. Con todo el de Berg, harto sospechoso ya, 
fué separado del mando, y en su lugar entró el marqués 
de Santa Cruz, llamado de Italia. Poco faltó para que 
todo se perdiese. Mientras duraban los tratos y la trama 
de rebelión, entró el príncipe de Orange en la provincia 
de Güeldres, y se apoderó de Venlóo en sesenta horas, 
y dos días después de Ruremunda con no mayor difi- 
cultad. En seguida se puso delante de Maestrick. De- 
fendióse obstinadamente la plaza, y dio tiempo á que 
se tomasen las determinaciones que lo estrecho del 
caso requería. Vino de Alemania el conde Godofredo 
Enrique de Papenheim, ferocísimo soldado y uno délos 
mejores capitanes del Emperador, al frente de un ejér- 
cito de veinte mil hombres, para socorrer á la Infanta 
gobernadora, y unido con el marqués de Santa Cruz, 
puesto ya al frente de las armas españolas, acudieron 
ambos á socorrer á Maestrick. Delante de aquella plaza 
se libró un combate (1632), que debió tener provechosas 
resultas, según el número y valor de los nuestros, y no 
las tuvo sino fatales. Determinóse atacar en sus trin- 
cheras al ejército del Príncipe de Orange, hecho al 
cual debían concurrir los imperiales y los españoles; 
pero divididos en pareceres, ó celosos uno de otro, el 
conde de Papenheim y el marqués de Santa Cruz, dejó 
éste á aquél torpemente que acometiese solo con sus 
tropas, de modo que fué rechazado, dejando dos mil 



— 211 — 

hombres en el campo. Maestrick se rindió á conse- 
cuencia de esta batalla dos meses después de sitiada. 
Papenheim con sus soldados se volvió á Alemania lle- 
no de ira, y el vencedor tomó en seguida á Limburgo, 
á Orsoy y á Vére, sin hallar apenas resistencia. Seña- 
lábase públicamente como causa principal de tales pér- 
didas al marqués de Santa Cruz, que dado al juego y 
los placeres no ponía atención en las cosas de la gue- 
rra; además que no había mostrado nunca mucha apti- 
tud para mandar ejércitos. 

Apartóle la Infanta del mando, y como no hubiese 
allí hombre de bastante autoridad para tomarlo en su 
lugar, al fin se adoptó para remediar el mal un pésimo 
partido, que fué distribuirle entre cuatro Maeses de 
campo generales, que eran el duque de Lerma, nieto 
del famoso ministro, D. Carlos Coloma, D. Gonzalo 
Fernández de Córdova y el marqués de Aytona, de los 
cuales cada uno le ejercía una semana. Pronto se vio 
que con esta disposición extraña, antes se embrollaban 
y empescían que no se mejoraban las cosas. Equipóse 
á mucha costa una escuadra de noventa velas, y al 
mando del conde Juan de Nassau se la destinó á cor- 
tar las comunicaciones entre Holanda y Zelanda, rin- 
diendo las islas pequeñas de aquel mar. Pero atacada 
por los holandeses entre Vianen y Sttaueinse, de las 
noventa naves setenta y seis fueron apresadas y las 
demás echadas á pique, no salvándose más que once 
de cinco mil seiscientos hombres que la tripulaban. Es- 
taba equipada apresuradamente y con poco conoci- 
miento, de manera que ni eran buenos los bajeles ni 
las tripulaciones ejercitadas. 

Al saber tales desastres nuestra Corte, tan poco 



— 212 - 

Oportuna para comenzar las guerras como para termi- 
narlas, entró en deseos de paz ó nuevas treguas con 
los holandeses. Moviéronse tratos y se continuaron en 
La Haya por algunos meses, á punto que se creyó que 
llegarían á buen término. Pero las intrigas de Riche- 
lieu, que quería mantener allí ocupadas las fuerzas de 
España, mientras él maduraba las grandes empresas 
que traía en la mente, lograron al cabo romper los tra- 
tos. En el entretanto el príncipe de Orange rindió á 
Rimberg en diez y seis días de sitio, plaza que más de 
una vez hemos visto ya ganada y perdida por los es- 
pañoles, y abrió trincheras delante de aquella Breda, 
tan costosamente adquirida. La Infanta gobernadora y 
la Corte de España no sabían acudir al reparo de es- 
tas cosas sino mudando las cabezas del ejército. El 
marqués de Santa Cruz había vuelto ya á España, don- 
de halló recompensa á sus derrotas con el empleo de 
mayordomo mayor del Rey, que se le dio, aunque no 
volvió más á hallarse en ejércitos de tierra. Y dejando 
ahora el mando semanal de los Generales, entró solo á 
desempeñarlo algunos días el duque de Lerma. Dio 
éste alguna muestra de sí con la toma de Stevenswert, 
isla del Mosa, no poco importante, la cual ganó pa- 
sando á caballo el río con sus soldados; mas no tardó 
en sucederle el marqués de Aytona, D. Gastón de 
Moneada, antes Embajador en el Imperio y Capitán 
general de Aragón, en aquel mando. Sitió el nuevo Ge- 
neral á Maestrick y se mantuvo dos meses delante de 
la plaza, hasta que con noticia del apuro en que á 
Breda traía puesta el de Orange, se levantó de allí para 
ir al socorro. No se atrevió á aguardarle el príncipe de 
Orange y alzó sin pelear el campo. 



— 213 — 

En esto murió la Infanta gobernadora Doña Isabel 
Clara Eugenia, ya de edad muy avanzada, llorada por 
sus virtudes y buen deseo de sus antiguos vasallos y 
de los españoles, y el marqués de Aytona unió interi- 
namente con el de las armas, que ya tenía, el gobierno 
de todas las cosas del Estado (1633). Durante el tiem- 
po que estuvo en él, que no fué mucho, entró Aytona 
en negociaciones con el príncipe Gastón de Orleans y 
con la reina María de Médicis, que había venido á 
aquellos Estados huyendo de la persecución de Riche- 
lieu. El objeto era que el Príncipe francés levantase 
con dinero de España un ejército de franceses y ale- 
manes y entrase por él en Francia por una parte, 
mientras los españoles invadían por otra el territorio, 
repartiéndose las conquistas. Era Gastón de Orleans 
uno de los hombres más pérfidos de su siglo, y María 
Médicis pecaba no poco de inconstante. Bien pronto se 
supo que Gastón mantenía tratos á la par que con Es- 
paña con Richelieu, y él y la Reina salieron de Flandes 
sin que surtiese efecto el tratado. Ni dejó Aytona el man- 
do sin lograr otra ventaja importante, y fué que la plaza 
de Filisbourg, que los Generales suecos habían con- 
quistado y puesto en son de depósito en manos de fran- 
ceses, viniese á poder de los nuestros por sorpresa. 
Pero poco después el conde de Fontainay, Maestre 
de campo general, que embistió valerosamente á Fort 
Philippine, á cuya defensa estaban los holandeses, no 
pudo alcanzar su rendición, y con tales ventajas y re- 
veses, veíase claramente qué todo se perdía, á no acu- 
dir eficazmente al remedio. Por lo mismo desde la muer- 
te de la infanta Clara Eugenia se estaba tratando de en- 
viar allá persona de autoridad que ocupase el puesto. 



- 214 — 

Fijáronse los ojos de todos desde la muerte de la Infan- 
ta Doña Isabel Clara Eugenia en el Cardenal infante don 
Fernando. Era éste el menor de los tres hijos varones 
que habían quedado de Felipe III, Cardenal y Arzobis- 
po de Toledo desde sus primeros años, y de todos el 
de más valer, aunque el segundo, D. Carlos, también 
alcanzó crédito de valeroso y discreto. La muerte tem- 
prana de D. Carlos le dejó á solas entregado á los re- 
celos del Conde-Duque, que de uno y otro hermano 
había desconfiado siempre mucho, procurando, como 
en otro lugar dejamos dicho, indisponerlos con el Rey. 
No obstante éste que era de generoso ánimo, aunque 
licencioso é indolente, no dejó nunca de parecer buen 
hermano. En las Cortes de Barcelona de 1632 le vimos 
ya á D. Fernando ocupando el lugar del rey D. Feli- 
pe: luego quedó allí de Virrey por algún tiempo, mos- 
trándose hábil y celoso, al propio tiempo que firme y 
severo, porque habiendo pretendido cubrirse delante 
de su autoridad los concelleres de Barcelona, no pu- 
dieron conseguirlo por más instancias que hicieron: 
cosa que á la verdad acrecentó el enojo que entonces 
comenzaba de los catalanes. Desde este virreinato 
pasó á Italia con ánimo ya de que le sirviese de puente 
para Flandes; allí consiguió que se concertasen la Re- 
pública de Genova y el duque de Saboya, cortando 
por entonces un rompimiento funesto para la paz de 
Italia. Y hecha ya experiencia de su persona y calida- 
des con tales empleos, se determinó al fin enviarlo al 
gobierno de Flandes (1634). 

Pudiérase añadir á la experiencia que hubo de su 
aptitud una razón de más peso entonces para explicar 
la causa de su nombramiento. El Conde-Duque, que no 



— 215 — 

había podido indisponerlo con su hermano, nada desea- 
ba tanto como arrojarle por cualquier motivo fuera de 
España. Para ello no debía omitir medio alguno, y aun- 
que era Cardenal y Arzobispo de Toledo, persuadido 
también de que semejante ejercicio no correspondía á 
su humor belicoso y ánimo levantado, se resolvió á 
destinarle á la guerra. jFeliz recelo y persecución del 
Privado, que nos proporcionó un General de tanto mé- 
rito y tan consumado político como el Cardenal Infan- 
te! Acogió éste con entusiasmo el propósito: tenía 
veinticinco años y amor grande á la gloria; por sus ve- 
nas corría aún la sangre de Carlos V, y en su mente se 
albergaba algo del espíritu de Felipe II: no podía ha- 
berle dispensado mayor favor el Conde-Duque. Con 
su nombramiento coincidió el deseo de reforzar pode- 
rosamente el ejército de Flandes, y ordenósele recoger 
en Milán cuanta gente pudiese de españoles é italianos 
y conducirla á Flandes, atravesando los países heredi- 
tarios del Emperador. Hiciéronse tres tercios del viejo 
de Lombardía, núcleo y cimiento siempre de los ejérci- 
tos que habían peleado con el Milanés y sus fronteras: 
el uno de ellos quedó allá, y los otros dos con soldados 
veteranos, criados en la escuela austera del conde de 
Fuentes, del marqués de Villafranca y duque de Fe- 
ria, tomaron con el Cardenal Infante el camino de 
Flandes. Siguiéronle también algunos tercios italianos, 
y buenos escuadrones de caballería napolitana y espa- 
ñola acudieron al propio objeto, formándose en todo 
un ejército de diez mil soldados, resto glorioso de 
nuestra antigua pujanza en la guerra. 

No había llegado este ejército á la mitad del camino 
cuando se presentó una ocasión de que demostrasen, 



- 216 - 

el General sus altas cualidades, y los soldados, que no 
había decaído aún el valor de los españoles, y que si 
eran pocos en número para atender á tan dilatada y 
larga defensa como necesitaba la Monarquía, no se 
hallaba aún quien los superase en el pelear en campo. 
Rogó el Emperador al Infante Cardenal que le ayudase 
á desalojar á los suecos del Rhin, y como esto convi- 
niese también á los intentos de España, prestóse de 
buena voluntad á la empresa. Reunióse entonces un 
poderoso ejército de españoles é imperiales, mandados 
los primeros por el cardenal infante con Felipe Spínola, 
ahora marqués de los Ralbases, y el marqués de Lega- 
nés, Capitán general de la Caballería de España; y los 
segundos, por el archiduque Fernando, rey de Hun- 
gría, el duque de Babiera, Picolomini, Galas y Juan de 
Wert, además del duque de Lorena que mandaba el 
cuerpo de tropas suyas aliadas del Imperio. Este pode- 
roso ejército ganó la batalla de Nordlinghen, principal- 
mente debido al valor de la Infantería española, y á sií 
vista Ratisbona y Donawerth cayeron sin poder resistir 
un punto, con lo que bien pronto Nordlinghen, una de 
las fortalezas más temibles de la Suavia, se sintió ame- 
nazada de igual suerte. Temieron los protestantes aque- 
lla pérdida, y á evitarla acudieron el mariscal Gustavo 
de Horn con los suecos, y Bernardo, duque de Sajonia 
Weimar con los alemanes, ambos famosísimos Gene- 
rales, trayendo en su compañía á Gratz y otros capita- 
nes veteranos, con toda la flor de los soldados de Gus- 
tavo Adolfo y de sus aliados. 

Tomaron los enemigos un bosque defendido de los 
nuestros, y que abrigaba nuestro campo y llegaron á 
ponérsele delante. Luego, habiendo no lejos de Nord- 



- 217 - 

linghen unas colinas que dominaban el campo católico, 
las cuales cuando llegaron los enemigos á divisarlo es- 
taban abandonadas, quiso el de Horn apoderarse de 
ellas por sorpresa la noche que precedió á la batalla, y 
á lograrlo pagaran los nuestros su descuido muy caro; 
pero por lo áspero del terreno y el temporal que so- 
brevino, no pudiendo apenas arrastrar la artillería ni 
mover la gente, llegaron tarde los contrarios y hallaron 
ya reparada la falta, y muy bien fortificadas, en pocas 
horas, las colinas. Sobre ellas se formó el ala izquier- 
da de los nuestros; tropas imperiales escogidas ocu- 
paban las cimas, y á la espalda, como en reserva, y para 
asegurarlas, se plantó un tercio de Infantería española 
gobernada del Maese de campo general D. Martín de 
Idiaquez. A la derecha acudió Galas con la Caballería 
húngara y alemana, y Leganés con la española y napo- 
litana y un grueso de Infantería. En el centro estaba el 
grueso de la Infantería alemana, italiana y lorenesa, al 
mando del duque de Lorena y otros varios Generales. 
Los Príncipes acudían aquí y allá estimulando el valor 
de los soldados. Comenzaron el ataque los enemigos 
por nuestra ala izquierda que embistió Gratz con las 
mejores tropas suecas y weimaresas: una lluvia espe- 
sísima que traída por el viento azotaba los rostros de los 
imperiales, permitió á los enemigos llegar sin ser vistos 
hasta el pie de las colinas: cegaron fácilmente con fa- 
gina los fosos, y subieron intrépidamente á lo alto. Allí 
se empeñó un furioso combate donde los suecos sostu- 
vieron su antigua reputación y la gloria del gran Gus- 
tavo, y los imperiales el nombre y la gloria de su So- 
berano. Al fin, habiendo llegado gente de refresco en 
ayuda de los suecos, los imperiales, que ya habían per- 



- 218 - 

dido y ganado una vez las colinas, se pusieron en dis- 
persión, arrojándose sobre la Infantería española que 
estaba plantada á sus espaldas; mas ésta caló las picas 
y recibió con ellas á los fugitivos, de modo que tuvie- 
ron que volver el rostro de nuevo al enemigo. Poco ha- 
bría durado, sin embargo, el combate si Idiaquez no 
hubiese movido su tercio en demanda de los vencedo- 
res. Recibiéronle los suecos como gente acostumbrada 
á vencer siempre, y alentada más y más con el reciente 
triunfo; pero los españoles hicieron tanto que á hierro 
los llevaron hasta las faldas opuestas de las colinaf, 
poniéndoles en completa derrota. En vano acudió Qtt*- 
tavo de Honr á restablecer el combate. Obstinados los 
enemigos en recot>rar las alturas, inmóviles los espa- 
ñoles en sus puestos sin vacilar un punto en mantener- 
los, se fué consumiendo la flor de la Infantería sueca y 
alemana sin fruto alguno, muertos ó heridos todos los 
valientes y desalentados y en desorden los otros. Siete 
veces llegó á tocar la cima de la posición un regimiento 
alemán del duque de Weímar, y siete veces cayó de 
ella vencido. Asombrados los extranjeros calificaron 
no de valiente sino de heroica la resistencia de nuestro 
tercio, y ello es que á sus plantas quedó rendida la 
gloria de aquellas armas que estaban llenando el 
mundo. Mientras la derecha enemiga, empeñada con- 
tra nuestra izquierda, corría tan mísera tuerte, el du- 
que de Sajonia Weimar, que mandaba su izquierda, 
hizo ciar á Galas y al marqués de Leganés; nws re- 
puestos ellos le embistieron de modo que le pusieron 
en denrola. Cubrióse de gloria en asombrosa carga la 
Caballería húngara y la napolitana del ejército español; 
y el marqués de Leganés, que aunque con el alto cargo 



— 219 — 

de Capitán general de la Caballería hacía allí acaso sus 
primeras armas, dio hartas muestras del valor de su per- 
sona, digno sin duda de la casa de Guzmán, de donde 
era. Restablecióse algo la gente del de Weimar; mas 
era inútil. La Infantería española todo lo había arrolla- 
do por la izquierda; el centro traía puesto en grande 
aprieto al de los enemigos, la derecha amagaba nuevo 
ataque, y desanimados ya por todas partes alemanes y 
suecos, donde quiera humillados después de tantas ho- 
ras de lucha, acabaron por soltar las armas y huir des- 
ordenadamente. Ocho mil cadáveres de ellos cubrían 
ya el campo; pero aún la fuga les fué más costosa, por- 
que Juan de Werth, que se encargó de perseguirlos, 
degolló más de nueve mil en los campos de Nordiinghen 
y Wurtemberg y Ulloa, adonde se acogieron las reli- 
quias de aquel ejército, vencedor hasta entonces en cien 
batallas (1634). Ochenta cañones, trescientas banderas, 
cuatro mil carros de transporte y un número crecido de 
prisioneros, fueron los trofeos de la victoria. Entre los 
últimos se contaron el mismo Gustavo de Honr, Gratz 
y todos los Generales; sólo el de Weimar logró reco- 
gerse en Francfort. 

Las historias alemanas, aun las de los protestantes, 
conceden á nuestras armas todo el honor de aquella 
célebre jomada. Quien más gloria ganó en ella fué el 
Cardenal Infante, que aunque no peleó por su persona, 
echó alK los cimientos de su fama militar por el buen 
acierto de sus disposiciones y consejos. El marqués de 
Luanes, D. Diego Felipe de Guzmán, primo del Conde- 
Duque, se dio á conocer por valentísimo; así fuera tan 
hábil capitán en adelante como buen soldado. También 
se hicieron notar el valeroso Maese de campo D. Mar- 



- 220 - 

tín de Idiaquez y D. Pedro de Santa Cilia y Pax, ma- 
llorquín de larga y peregrina historia, que mandaba una 
compañía de dragones, con la que hizo maravillas en 
la batalla. Salvóse el Imperio, y se perdiera del todo 
la causa de los protestantes sin el auxilio poderoso que 
Francia, declarada ya en formal enemiga de la Espa- 
ña cuando de tanto tiempo antes lo era simulada, no 
hubiera venido á mezclarse en la contienda; aconteci- 
miento que forma época en la Historia de España, por 
lo cual requiere libro aparte. 

Mas no hemos de terminar éste sin dar antes alguna 
cuenta de lo que durante el período que acaba de ter- 
minar aconteció en las lejanas costas de Asia y del Sur 
de África, que fué no poco digno de recuerdo. Llega- 
ron allá inopinadamente numerosas naves holandesas y 
causaron grandes daños en el comercio que hacían los 
portugueses sujetos á nuestra corona, y no contentos 
con eso animaron y excitaron á las reyes bárbaros, tri- 
butarios de España, para que sacudiesen el yugo. Uno 
de ellos, por nombre Chingulia, rey de Mombaza, se 
echó sobre los cristianos residentes en sus Estados y 
los degolló despiadadamente. Envió el Virrey de Goa 
una escuadra á castigarle, mas no pudiendo lograr su 
objeto en la primera campaña, halló en la segunda que 
el bárbaro, destruidas las fortalezas y arrasados los 
campos, se había retirado con todos sus vasallos y ri- 
quezas al interior de la Arabia. Viendo los holandeses 
el buen éxito de sus tentativas, mandaron ya formales 
escuadras á aquellos dominios. Una de ellas se apo- 
deró de una flota portuguesa que venía de China. 
Otra dio auxilios eficaces á los habitantes de Ceilán 
para que se alzasen contra España. Los portugueses 



— 221 — 

que guarnecían esta isla eran tan pocos en número que 
no pudieron mantener el campo y tuvieron que ence- 
rrarse en la fortaleza de Colombo. Allí sostuvieron un 
sitio gloriosísimo, donde faltos de todo, por no rendir- 
se, llegaron á comer carne humana. Socorrióles al fin 
el Virrey de Goa, enviando á D. Jorge de Almeida á 
que echase á los enemigos de la isla con algunas na- 
ves. Después de muchos trabajos llegó este General á 
Ceilán, reunió alguna gente y con ella obró de mane- 
ra que en pocos días logró que la bandera de España 
volviese á flotar en todos los lugares de aquella re- 
mota tierra, trayéndolos á la obediencia. Heroico ca- 
pitán este D. Jorge y digno de mejor suerte que la que 
tuvo, pues murió á poco olvidado y escarnecido, así 
del Gobierno de España, como de los mismos á quie- 
nes con su valor había salvado de segura pérdida. 






D 









LIBRO CUARTO 



o© 



SUMARIO 



K 



De 1636 á 1640.— La Monarquía francesa.— Cotejo con la es- 
pañola. — Pretextos para la guerra, prisión del elector de Tré- 
veris, manifiesto del Rey de Francia; contestación; verdade- 
ra situación de la Monarquía. — Corrupción de los ejércitos y 
de la Corte; autos de fe, comedias, galanteos; el conde de 
Villamediana; principios de la guerra. — Flandes: batalla de 
Avein: pérdida de Tirlemont; sálvase Lovaina; tómase el 
fuerte de Schenk; irrupción en Picardía; toma de la Cha- 
ppelle, Chatelet, Vervins, Noyon, Roye, Corbie; terror de 
París; retirada del ejército; piérdense las plazas conquista- 
das; censura de aquella disposición; atacan los enemigos el 
Franco-Condado; defensa heroica de Dola; pérdida de Breda 
y de Landecí; conquista de Roremunda; combates parciales; 
conquistas importantes de la Valette y del mariscal de Chati- 
llon; Ham, Ivoy y otras plazas vienen á sus manos; socorro á 
Danvillers é inútil destrozo de franceses; batalla del Callao 
y rota de los holandeses; socorro glorioso de S. Omer; ba- 
talla y victoria de Thionville; pérdida de Hesdín; nuevos com- 
bates parciales; malogrado socorro y pérdida de Arras, em- 
presas frustradas de los holandeses en Flandes; nota que les 
da el gobernador de Gueldres; horrible desolación del Fran- 
co-Condado por los franceses. — Italia: defensa gloriosa de 
Valencia de Pó; campaña del de Rohan en la Waltelina; de- 
rrota del conde Juan Cerbellón, campaña de Tessino; gran 



- 224 - 

batalla indecisa; el duque de Parma, nuestro enemigo, pide 
la paz; combates parciales; liga con los Príncipes de Saboya: 
conquista de la mayor parte de las plazas del Ducado; toma 
de Turín; sitio de la ciudadela; tregua; combate en el Routa; 
derrota de Casal; pérdida de Turín.- Pirineos: entrada en 
Gascuña; conquistas; retirada importuna; suceso desgracia- 
do de Leucata; victoria de Fuenterrabía; pérdida de Opol de 
Sasas, su costosa reconquista, y rota de los franceses.— Gue- 
rra marítima: conquista de San Honorato y Santa Margarita; 
expedición de los enemigos contra V'alencia; derrota de su 
armada; amagos del arzobispo de Burdeos contra las cos- 
tas cantábricas, siempre frustrados; armada infelicísima de 
Oquendo; expedición del conde de la Torre al Brasil; derrota 
de su armada.— Situación miserable que ofrecía la nación á 
este punto; diversiones, desmoralización, confusión de ideas. 



|i ™ A nación francesa, dividida en facciones y debilita- 
da por las guerras religiosas, apenas había tomado par- 
te en los negocios de Europa por cerca de un siglo. Enri- 
que IV tuvo sin duda grandes pensamientos, mas no llegó 
á ejecutarlos. Algunos han creído que uno de ellos era 
el fundar la Monarquía universal, sueño político de la 
época; pero tal intento, que pareciera temeridad en un 
Carlos V y en un Felipe II, habría denotado manifiesta 
locura ó crasa ignorancia en el Monarca francés. No 
contaba éste ni con tesoros para tanto, ni con ejércitos, 
ni con capitanes, ni tenía, en fin, cosa alguna de cuanto 
pudo en otros dar ocasión á tan alto intento. No ha 
faltado tampoco quien, con más razón acaso, atribuya 
los propósitos del Monarca francés á locos impulsos de 
lujuria, pasión que en él tanto imperaba: de esto deja- 
mos ya hablado al tratar de su suerte. Pero de todos 
modos cuando ella le sobrevino, comenzaba ya á in- 
quietar nuestro poderío, y á intervenir en las cosas de 
Europa. Durante los primeros años de Luis XIII tam- 



— 225 - 

poco sonó la Francia en cosa importante, porque los 
socorros que dio á Holanda y al duque de Saboya, no 
fueron más que momentáneos y aun las más veces en- 
cubiertos. Mas no bien entró Richelieu en los consejos 
de este Príncipe, cuando se propuso darle en Europa á 
su nación la importancia que sin duda merecía por el 
número de sus habitantes y lo dilatado de sus fronte- 
ras, ya que por su poder y valor militar poco se hubie- 
ra señalado todavía. Pero la Francia no podía levan- 
tarse ni tomar superioridad en Europa mientras conti- 
nuase imperando en ella y disponiendo de sus destinos 
la casa de Austria; y de ésta el primero y más temible 
campeón era el Rey de España. 

Por lo mismo encaminó desde el principio Richelieu 
sus pensamientos á destruir nuestra influencia y nues- 
tro predominio. Hallábase á la sazón Francia tan en la 
cima de su poder, como España en decadencia. Su po- 
blación, no repartida por dos mundos, como lo estaba la 
nuestra, sino recogida en no muy ancho territorio; no 
diezmada como aquella por dos siglos de guerra ex- 
tranjera y de conquistas dilatadas, ni disminuida con 
tales expulsiones como la de los judíos y la de los mo- 
riscos, era tres veces mayor que la de España. Sus 
pueblos y sus campos habían padecido grandes cala- 
midades en las antiguas guerras extranjeras y en las 
civiles de los últimos tiempos; pero no tanto cierta- 
mente como en los ocho siglos de la guerra mahome- 
tana padeció España; así ofrecían harto mejor aparien- 
cia que los nuestros, hechos escombros y eriales. No 
hab'an poseído los franceses minas de oro que los 
apartasen del cultivo de la tierra y artes mecánicas, 
como á tan mal tiempo poseyó España; de modo que 

15 



- 226 — 

no bien acabadas las guerras y las calamidades, vié- 
ronse florecer entre ellos la agricultura é industria. La 
Corte, si no honrada, no era cuando menos tan licen- 
ciosa que se enervase como la nuestra en los placeres, 
gastando en ridiculas prodigalidades el Tesoro público, 
que por cierto estaba también más desembarazado que 
el nuestro desde el tiempo del buen Enrique IV. Sully, 
su ministro, fué de los primeros en conocer que no está 
tanto el beneficio del Tesoro en sacar mucho de los pue- 
blos como en sacarlo bien y sin mucho daño. De ciento 
cincuenta millones de francos calculábase que sólo 
treinta entraban en el Tesoro; los Gobernadores de las. 
provincias no sólo imponían contribuciones para el Rey, 
sino también para sí propios, y la deuda pública ascen- 
día á trescientos millones de francos. A todo atendió 
Sully, si no siempre con acierto, con constancia y des- 
interés, que es lo principal en estas cosas. Hombre de 
costumbres puras y severas, pobre en el vestir, sobria 
y enemigo de placeres, naturaleza espartana de esas 
que Dios envía de cuando en cuando á salvar á las na- 
ciones, acaso su desdén al lujo y á los placeres causó 
el más grave de sus yerros, que fué olvidar la indus- 
tria y procurar que la agricultura fuera la única ocupa- 
ción de los franceses. Con todo eso pudo tanto su 
buena fe, que dejó la deuda casi enjuta, disminuidos 
los impuestos, mejorados los caminos y fortificaciones, 
y sobrantes en el Tesoro cincuenta millones de reales 
de nuestra moneda, al salir del mando. 

Y en verdad que por mala que dejase la hacienda 
española Felipe II, no mucho mejor estaba la francesa 
después de la guerra de la liga: la deuda misma era 
mayor, y la inmoralidad que allí había en la adminis- 



— 227 — 

tración y recaudación, ni de, lejos era igualada en Es- 
paña. Un solo ministro honrado y un período de paz no 
muy largo bastaron para obrar en Francia mudanza tan 
grande, mientras en España cada día fueron empeorán- 
dose las cosas. Algo se perdió de lo ganado en la ha- 
cienda pública durante la minoría de Luis XIII; pero la 
misma impotencia en que se halló entonces la Francia, 
conservándola en una paz completa, ofreció á su agri- 
cultura mejoras, y dio aumento á su población y en- 
sanche á la general riqueza. Y fué de ver que contri- 
buyese España á proporcionarle estas últimas venta- 
jas, haciendo tanto porque se mantuviese neutral, 
cuando más bien la convenía pelear con la Francia, 
entonces que estaba flaca y mal gobernada, que no 
después debajo de un Rey, unida y fuerte. Gran falta 
de previsión política en nuestra Corte el retardar gue- 
rras que habían de venir al cabo, desperdiciando la oca- 
sión oportuna que ofrecía la menor edad de Luis XIII, 
y á ser generosidad, generosidad impropia de un go- 
bierno sensato. 

Todas estas causas hicieron que Francia se halla- 
se más fuerte y más próspera que nunca al empuñar 
Luis XIII las riendas del gobierno. Sólo faltaba ya una 
mano diestra y poderosa que tomase el timón del Es- 
tado, para que Francia sacase el partido que debía 
de su situación, destruyendo la cizaña que aún quedase 
en ella y sembrando nuevas semillas de poder, porque 
el Rey era inepto y descuidado. Entonces apareció fa- 
talmente Richelieu, hombre, como particular, odioso; 
grande, como ministro, y de esos que saben levantar 
á las naciones ofendiendo y maltratando á los indivi- 
duos, cosa en muchas ocasiones indispensable. Alean- 



- 228 - 

zó Richelieu un conocimiento perfecto de Francia y 
del estado del mundo, y especialmente de lo que era y 
podía España; porque desde el tiempo de Enrique IV 
los Embajadores franceses no habían hecho más que 
espiar nuestras flaquezas y delatarlas; de suerte que la 
pobreza de nuestro Tesoro, la despoblación y la ruina 
de nuestros campos y cuantas enfermedades aquejasen 
al decaído cuerpo de la Monarquía, eran más conoci- 
das en París que no en Madrid y en España. Compren- 
dió entre otras cosas Richelieu que el nombre de la 
nación no estaba sostenido en los campos de batalla, 
sino por algunos soldados heroicos, reliquias de su 
pasado. Y contando el número grande de los suyos 
paseaba á la par la codiciosa vista por las dilatadas 
provincias que en Europa obedecían nuestro cetro, 
mirándolas como presa fácil y deleitable despojo del 
que primero supiera acudir al botín que se ofrecía. 
No ignoraba tampoco que en los mismos reinos de la 
Península era fácil hacer presa, ó cuando menos ha- 
llar muchos auxiliares y amigos con nombre y título de 
independientes; porque si bien la lealtad española no 
permitía sospechar que con dinero vendiesen los sol- 
dados á gentes extrañas provincias y fortalezas, como 
tan frecuentemente se vio en otras naciones, y en es- 
pecial en Francia, estando la obra de la unidad nacio- 
nal tan en los principios, y teniéndose cada provincia 
por de distinto valer y origen, si no por enemiga de las 
demás, podía preveerse sin grande esfuerzo que esta- 
llasen al estímulo de los socorros de por fuera y de los 
apuros interiores, insurrecciones como aquellas que es- 
tallaron con efecto, dando de sí tan tristes muestras en 
Portugal y Cataluña. Y sin duda contaba también el sa- 



— 229 - 

gaz extranjero con la imbecilidad de nuestra Corte, la 
lujuriosa indolencia del Rey y la vanidad inepta del 
Privado. 

Mientras hubo asomos de guerra civil y hubo quien 
le disputase su poder en la misma Francia, Richelieu 
disimuló sus proyectos y aun llevó con paciencia los 
triunfos y la soberbia de sus contrarios, amenazándo- 
los tal vez para contenerlos, pero evitando siempre for- 
males empeños. Rematados los protestantes con la 
toma de la Rochela, separada la Reina madre, á quien 
tenía por enemiga, del lado del Rey, y frustradas las 
conspiraciones de los Príncipes y de los grandes vasa- 
llos disgustados con lo omnipotente de su influjo, vol- 
vió los ojos al propósito de poner en obra sus pensa- 
mientos. Antes refrenó aún la codicia despierta otra vez 
de los recaudadores y Gobernadores, inclinó á la carre- 
ra de las armas á la nobleza, separándola por fuerza de 
las intrigas, y estableció una disciplina severísima en 
el ejército; por manera que luego se vio que cuantos ca- 
pitanes perdían una batalla ó una plaza, eran procesa- 
dos y por lo común condenados á muerte. Al propio tiem- 
po puso los ojos en la marina de guerra, y por primera 
vez armadas navales francesas se mostraron poderosas 
en los mares. Preparado ya todo, no aguardaba más 
que una ocasión oportuna para declararse, cuando la 
batalla de Nordlinghen vino á darle á entender que no 
era tiempo de más espera; porque si la causa protes- 
tante moría en Alemania, desembarazado el Emperador 
de tan temible enemigo, acudiría al extremo en ayuda 
de España, y esta desde luego con las triunfantes 
armas del Cardenal Infante, podría lograr gloriosos 
y terribles efectos en Holanda, con cuyo poder ha- 



- 230 - 

bía él contado para conseguir más fácilmente sus in- 
tentos. 

Pero la declaración formal de guerra que en 1636 
hizo á Felipe IV Luis XIII, ó más bien el cardenal duque 
de Richelieu, que con grandísima habilidad regía allí las 
riendas del Gobierno, forma época en la Historia de 
España. Púsose á toda prisa á imaginar un pretexto, 
y no tardó en hallarlo. Mantenía el Elector de Treveris 
íntimos tratos con los enemigos del Imperio y de la 
España, señaladamente con los franceses, debajo de 
cuya protección había puesto su persona y Estados. No 
era de respetar ciertamente tal protección, ni eso era 
costumbre en los tiempos que corrían; y después de la 
victoria de Nordlinghen se resolvió su castigo. Enco- 
mendóse al conde de Emden que gobernaba por Espa- 
ña el Luxemburgo, y saliendo de Lieja con tres mil sol- 
dados, entró por sorpresa en Treveris, destrozó la 
gente francesa que guarnecía los muros, y trajo preso 
á Bruselas al Elector. Exigió Richelieu del Cardenal In- 
fante, que lo pusiese en libertad al punto; como éste se 
negase á hacerlo mientras no recibiese órdenes de Ma- 
drid, envió un heraldo á Bruselas á que de parte de 
Francia le declarase la guerra. Y en seguida publicó 
un manifiesto enumerando largamente los propios agra- 
vios y callando los que había recibido España, que no 
eran pocos, como va ya mostrado en esta historia. De- 
claraba en él Luis XIII que movía sus armas porque la 
ambición de España pasaba ya á oprimir descubierta- 
mente á los Príncipes aliados de su corona, y que des- 
pués de todos los esfuerzos que había hecho para 
desmembrarla, no había encubierto el designio que te- 
nía formado de atacarla á fuerza abierta, al mismo 



— 231 — 

tiempo que el mal estado de sus cosas debiera disua- 
dirla; añadía que España no había cesado del injusto 
deseo de usurpar los Estados de sus vecinos para es- 
tablecer el Estado de la Monarquía universal á que as- 
piraba; alegaba en comprobación de esto la ocupación 
de la Valtelina, la guerra de Mantua y la prisión del 
Elector de Tréveris, y protestaba, en fin, que no obra- 
ba si no en virtud de la propia seguridad y defensa. 
Respondieron á este papel en sendos libros D. Fran- 
cisco de Quevedo, el historiador Céspedes de Mene- 
ses y otros varios teólogos y juristas, mostrando las 
quejas que de nuestra parte había contra la Francia. 
Pero no era tanto ocasión de palabras como de obras 
y fué preciso aprestarse á la guerra. 

Cómo se hallaba á la sazón nuestro poder lo de- 
muestran las páginas antecedentes. No se había per- 
dido nada de la herencia pingüe de Felipe II; antes al- 
gunos territorios y derechos no poco importantes, ha- 
bían venido á hacer más ostentosa la apariencia de 
nuestro poderío. Pero los males interiores del Estado 
habían corrido y aumentádose rápidamente en los úl- 
timos años. Uno de ellos, sobre todo, fácil de prever y 
descuidado como los otros, vino á mostrarse ahora, 
comenzando á dar amargos frutos. Ya apenas había 
ejército que sustentase nuestro nombre. Devorados len- 
tamente por tantas y tan imprudentes guerras, queda- 
ban solamente algunos miles de valientes veteranos, 
pocos para luchar con la muchedumbre de nuestros 
enemigos. Las nuevas levas, mal dispuestas y peor 
ejecutadas, no podían llenar el vacío. Mas no era esto 
solo. Hasta entonces se había conservado en Madrid 
cierta veneración á los ejércitos, y había habido cierta 



- 232 - 

severidad en repartir los mandos y empleos de la mili- 
cia. La antigua disciplina y escuela de los ejércitos de 
Felipe 11 se había conservado bastante bien 'durante el 
reinado de Felipe III, y aun cuando desde que el Con- 
de-Duque entró á gobernar las cosas, se notaba sínto- 
mas de corrupción, no había llegado ésta á producir 
hasta entonces todas sus consecuencias. Ya no se daba 
el mando de los ejércitos al de más mérito, sino al más 
galán y al que más favor alcanzaba del Conde-Duque; 
repartíanse sin tasa empleos y dignidades. Con esto á 
un tiempo se destruía la autoridad del mando y de la 
obediencia, se quitaba el estímulo de los antiguos es- 
cuadrones, y se enflaquecía el poder de los nuevos. 
Así, aquel ejército formado en la escuela del Gran 
Capitán, amaestrado después por el duque de Alba y 
conservado por el de Fuentes de Val de Opero, había 
perdido su organización robusta y mucha parte de sus 
tradiciones. Sólo en Flandes podía decirse que hubiera 
ejército digno de España, aunque escasísimo en fuerzas. 
Continuaba al propio tiempo la penuria y la confu- 
sión en la moneda del reinado anterior; por tal manera, 
que desde los primeros apuros de la guerra se tomaron 
nuevas disposiciones sobre ella contrarias, precipita- 
das y ruinosas. En 1636 se acordó que todo el vellón 
resellado se recogiese otra vez, para que, vuelto á re- 
sellar, se triplicase su valor, sin reparar en que poco 
antes se había bajado el de toda esta moneda; alteróse 
el premio del cambio de la moneda de vellón por el de 
oro y plata, imponiendo nada menos que pena de muer- 
te á los que llevasen más del señalado, y se prohibió la 
entrada del cobre en bruto en la Península. Increíbles 
alteraciones y trastornos dictados por la ignorancia y 



— 233 — 

la codicia que causaron sin ventaja alguna del Tesoro, 
horrendos males en la nación. Negábase todo el mun- 
do á comprar y vender, no sabiendo, en suma, el pre- 
cio de las cosas, pues todo dependía de tales alteracio- 
nes; interrumpíanse las transacciones sobre los objetos 
de primera necesidad, que eran ya casi las únicas que 
se conocían; pasaban días y días sin que á los pueblos 
viniese pan ó vino ó legumbres, padeciéndose hambres 
y trabajos sin cuenta. Y en medio de esto, aparecían 
triunfantes los usureros genoveses y franceses, nego- 
ciando con los ministros, y exprimiendo á los pueblos 
españoles, para volverse cargados de oro á los suyos. 
Seguían á la par las rentas empeñadas, y más cada día 
escasas para atender á las cargas públicas. Las Cortes 
de Castilla, ó tímidas ó sobornadas, concedieron para 
los primeros preparativos de la guerra un servicio de 
nueve millones de ducados en plata por tres años. No 
tardó el Rey en pedir más, y se le dieron arbitrios para 
pagar y mantener ocho mil soldados, lo cual se fué 
prorrogando de año en año para siempre. Impúsose 
también un tanto por ciento, que se llamó de extensión 
de las alcabalas: impuesto este ya tan oneroso', que 
pesando sobre las compras y ventas, y habiéndose ido 
lentamente acrecentando, traía aniquilado sin necesidad 
de otro arrimo el comercio é industria. Establecióse por 
pragmática el papel sellado en los tribunales seculares 
del reino, y cargáronse otros arbitrios sobre las reli- 
quias de la agricultura y comercio. Por último, se acu- 
dió al medio de vender propiedades y establecimientos 
en Italia, recurso que, bien empleado, podía ser de mu- 
cho provecho por las ricas heredades que en todas 
partes tenía la corona. No había naves, ni armas, ^ni 



- 234 - 

soldados que oponer al gran poderío de la Francia, y 
eso podía justificar tamaños esfuerzos y gravámenes; 
pero bien se vio que no eran tales objetos los princi- 
pales del Rey y de su favorito. 

Por los mismos días en que se supo la declaración de 
guerra de la Francia, celebráronse en Madrid los gran- 
des festejos, que eran ordinarios y en los cuales se 
gastaban sumas inmensas, siendo la ocasión ahora el 
nacimiento de una Infanta. Y debieron reputarse por 
cortos y por grande el fundamento, mirando los que se 
hicieron dos años después, por haber sido elegido Rey 
de romanos Fernando, que lo era ya de Hungría y de 
Bohemia, cuñado del nuestro. En celebrar tal aconteci- 
miento y que tan poco nos importaba, se gastaron nada 
menos que doce millones, cantidad increíble á no es- 
tar bien atestiguado; duraron las fiestas cuarenta y dos 
días; hubo toros, cañas, parejas, danzas, máscaras, 
farsas, mogigangas y cuanto pueden inventar la satis- 
facción y el contento. Por remate, se representó en la 
plaza pública una comedia titulada Don Quijote de la 
Mancha, que, como advierte cierto historiador, no pudo 
ser en la ocasión más oportuna. No eran, sin embargo, 
indispensables los pretextos para tales fiestas; sin ellos 
corríanse toros cada día, y había frecuentes justas y 
cañas. Refiérese que en una de tales ocasiones se pren- 
dió fuego en la Plaza Mayor de Madrid, ardiendo en 
gran parte, y como á pesar de eso hubiera en el mismo 
lugar nuevas fiestas á los pocos días, se vio en medio 
de ellas que de cierta casa de las quemadas salían aún 
torbellinos de humo. Alborotóse el concurso, fué mucha 
la confusión, no pocos los heridos y estropeados, mas 
e^ Rey ni aun se movió de su asiento. Hecho harto 



— 235 — 

loado de animoso por los aduladores viles de la época; 
que si lo era, bien pudo emplearse en mejor ocasión é 
intento. 

A veces en lugar de toros y danzas había procesio- 
nes ostentosas, donde el clero lucía sus inmensas ri- 
quezas. Ni dejaban de alternar con tales regocijos los 
autos de fe y las fundaciones de monasterios. Asistió el 
Rey con toda la Corte y gran séquito y fiesta al auto de 
fe que con desusada pompa se celebró, corriendo el 
año de 1632 en la Plaza Mayor de Madrid, donde fue- 
ron condenados á sentencia capital siete judíos y sa- 
lieron otros veintiséis penitenciados, por haberse des- 
cubierto que tenían conciliábulos, donde secretamente 
practicaban sus devociones y mofaban y escarnecían 
las imágenes; y no contento el celo del Rey con tal 
demostración, fundó además un convento en el pro- 
pio lugar donde los judíos cometían sus profanaciones. 

Pero las comedias eran lo que más ocupaba la aten- 
ción de la Corte y del pueblo. El amor á este género de 
espectáculos y al arte de componerlas habían progre- 
sado en pocos años extraordinariamente, llegando de 
amenazadas ó toleradas en tiempo de Felipe III, á ser 
ahora el encanto y la ocupación de todo el mundo. 
La sed de placeres de Felipe IV y del Conde-Duque 
dieron poderoso impulso á esta pasión de las comedias. 
Representábanse ya donde quiera, hasta en los con- 
ventos más observantes. Las representaban las princi- 
pales damas de la Corte; componíanlas muchos seño- 
res principales, y aun el mismo Rey las hacía, al decir 
de las gentes, ocupación no tan loable como en los 
demás en personas que tales y tan altos deberes tienen 
que cumplir en el mundo. No bastando los corrales de 



— 236 - 

la Cruz y del Príncipe, donde con poco aliño y arte, 
pero con harto ingenio, se representaban comedias 
para entretener los ocios de la muchedumbre y con- 
tentar su afición, levantábanse frecuentemente tablados 
en las calles y plazas para representar, principalmen- 
te autos sacramentales, los cuales eran acompañados 
con luces de cirios en medio del día y todo el aparato 
de las funciones religiosas. El Rey acaso asistía á las 
comedias de incógnito alguna vez en los mismos co- 
rrales públicos; pero por lo común en las salas de sus 
palacios: á imitación suya hubo Grandes y señores 
que labraron en su casa teatro propio. Quien quisiere 
hallar á los caballeros de la Corte habíalos de buscar 
en tal espectáculo, ó cuando no en los aposentos de 
los cómicos y bailarinas, y en amistad y compañía con 
ellos, dando el Rey en tal desorden ejemplo y pauta, 
pues corriendo el año de 1629 dio á luz un hijo suyo, 
que luego se llamó D. Juan de Austria, una de las có- 
micas más aplaudidas, por nombre María Calderón. 
Amores públicos y afrentosos para el trono, de los 
cuales sólo la Calderona pareció avergonzada, puesto 
que fué á acabar su vida en un convento. 

De entre cómicos y cómicas no salían el Rey ni el 
favorito, sino para entregarse á nuevos placeres en los 
jardines y estanques del Retiro, llenos siempre de lu- 
minarias y máquinas costosísimas, ó para atentar en lo 
obscuro de la noche á la honra de mujeres huérfanas 
quizás de los soldados de Flandes, ó para manchar 
con escandalosas aventuras los regios aposentos, cuan- 
do no lugares más sagrados. Acaso castigó Dios como 
merecían las liviandades de Felipe con un misterioso y 
sangriento suceso, que aunque no bien averiguado ni 



— 237 — 

conocido, puso su propia honra en lenguas del vulgo. 
Hecha la Corte un mar de galanteos, fué esmero y 
porfía de los caballeros mostrar que eran altas y her- 
mosas damas las que servían. Uno de ellos, el con- 
de de Villamediana, hombre agudo, lenguaraz y atre- 
vido, osó llevar por divisa en una de las fiestas de la 
Plaza Mayor cierto número de reales de plata con es- 
tas letras: son mis amores. Escandalizó la sospecha, 
pero más aún, el hecho de que mientras los demás ca- 
balleros mozos obsequiaban á las damas de la Corte, 
el de Villamediana sólo ofreciese sus homenajes á la 
reina Isabel de Borbón. Comenzó á rugir la murmura- 
ción; oyóla ó sospechóla el Rey, y dio alguna muestra 
de manifiesta ira: poco después unos enmascarados 
asesinaron al conde de Villamediana en su propio co- 
che. Creció con esto la murmuración hasta producir 
deshonra, si justa ó injusta no se sabe. El hecho es que 
por primera vez sintió tal mengua la corona de los Re- 
yes Católicos. 

Con tales y tan varios sucesos, con tanta confusión 
y escándalo, distraídos los ánimos de los cortesanos y 
del pueblo, se oyeron en Madrid sin pena ni alarma las 
nuevas de Richelieu, el cual, juntando con el pensamien- 
to la ejecución, enviaba un ejército numeroso á unirse 
con el del príncipe de Orange para acabar de quitarnos 
los Países Bajos, mientras otro con igual objeto camina- 
ba ya hacia Italia. El Conde-Duque, que era quien más 
atención debió poner en ello, había dado en mirar en 
Richelieu un rival suyo y émulo de sus talentos, como si 
entre aquel hombre perverso, pero grande, y él, cupiese 
comparación alguna; acaso no imaginaba que Francia 
fuese rival verdadera y cuasi forzosa de España. La 



— 238 - 

idea de Felipe II de aniquilar ó de avasallar á aquella 
nación, no era más que la expresión de nuestra prime- 
ra necesidad política; porque era evidente que el po- 
derío de España no podía existir sin el abatimiento de 
Francia, lo mismo que la supremacía de Francia á 
costa de España tenía que levantarse en Europa. Pero 
el Conde-Duque, incapaz de comprender en toda su 
extensión aquel pensamiento, miraba como enemiga á 
la Francia por costumbre solo, y la guerra que iba á 
emprenderse como otra cualquiera guerra. Esperábala 
hacía tiempo, y tanto, que tres años antes había en- 
viado emisarios á la frontera del Pirineo para que vie- 
sen el estado en que se hallaban las plazas del enemigo 
y reconociesen todos los pasos; mas no esperó nunca 
que aquello fuese un combate particular, un duelo á 
muerte, del cual hubiese que salir triunfante ó comple- 
tamente rendido. Ni vio el Rey lo que no vio su favo- 
rito, ni las historias recuerdan alguno que en aquella 
Corte estragada supiese toda la importancia del nuevo 
acontecimiento. Así continuaron sin tregua los place- 
res mezclados con sangrientos dramas; porque cada 
día un celoso mataba un galán, y caballeros enamora- 
dos malgastaban en desafíos y empresas pueriles la 
sangre que tanta falta iba á hacer en las fronteras. 

En tanto el primer ejército francés (1635) á las órde- 
nes de los mariscales de Brezé y de Chatillon, com- 
puesto de más de veinticinco mil hombres, caminaba la 
vuelta de Flandes. Envió á su encuentro el Cardenal 
Infante, al príncipe Tomás de Saboya, que servía de 
tiempo antes en el ejército de España, con diez mil 
infantes y dos mil caballos, á fin de cerrarle el paso 
impidiéndole que se juntase con los holandeses. Mar- 



— 239 - 

chaban divididos los franceses en dos trozos, y el prín- 
cipe Tomás imaginó atacarlos por separado, primero al 
uno y luego al otro, y de igual á igual deshacerlos. En- 
gañóse en sus medidas, y halló sobre sí á todo el ejér- 
cito contrario en Avein, junto á Lieja. No era posible 
retroceder, y se comenzó la batalla. Mostróse al princi- 
pio favorable á los nuestros, á pesar de que no llega- 
ban á ser la mitad en número que los contrarios, por el 
certero fuego de nuestra Artillería. Con esto se pro- 
longó la lucha largas horas á costa de mucha sangre 
de ambas partes, porque los nuestros, con la ventaja 
ganada, no querían ceder, ni menos los enemigos, que 
se miraban tan superiores en número. Al fin, envueltos 
los nuestros por todas partes y rendidos de tan des- 
igual pelea, huyó primero la Caballería, y luego la In- 
fantería mercenaria, ó de naciones, se puso en fuga. 
Quedaron en el campo dos tercios viejos, uno de espa- 
ñoles, otro de italianos, los cuales, aunque desampa- 
rados y peleando uno contra ciento, todavía sostuvieron 
por mucho tiempo el empuje de todo el ejército ene- 
migo hasta que cayó el último de los soldados. Así 
fueron abatidas allí nuestras banderas, pero no humi- 
lladas. Dejamos en el campo tres mil muertos, mil y 
ochocientos prisioneros y todo el bagaje de artillería. 

Las ventajas de un triunfo que tan poca gloria dejaba 
á los vencedores, no fueron tampoco muy grandes. 
Juntóse á la verdad el ejército francés con el del prín- 
cipe de Orange, como pretendía, y unos y otros, reuni- 
dos, embistieron á Tirlemont y la tomaron por asalto, 
cometiendo inauditos excesos, á pesar de la esforzada' 
conducta de su Gobernador D. Francisco de Vargas. De 
allí se dirigieron á Diest y Archost, plazas poco impor- 



— 240 - 

tantes, y las tomaron; con que llenos de presunción 
osaron amenazar á Bruselas. No tardaron en conocer 
la imposible ejecución de aquel intento, y encaminán- 
dose á Lovaina, la pusieron cerco. Pero el Cardenal 
Infante maniobró de tal suerte, que sin exponerse á los 
trances de una batalla desigual, logró que levantasen los 
contrarios aquel cerco á los diez días de haber abierto 
las trincheras, y sin que su ejército padeciese daño. 
Introdujo socorros en la plaza, á punto que hizo la ex- 
pugnación imposible; cortó los víveres y las comunica- 
ciones á los enemigos, que comenzaron á tenerse más 
por sitiados que por sitiadores, y viniendo en seguida 
sobre ellos las disensiones naturales en tales casos, y 
las enfermedades que engendran las privaciones, al fin 
tuvieron que separarse , quedando sólo en Flandes el 
mariscal de Brezé con ocho mil soldados, porque los 
demás se volvieron á Francia. No se limitaron los es- 
pañoles á guardar sus plazas y deshacer sin combatir 
á los enemigos, sino que llevaron á cabo una dichosa 
empresa. El fuerte de Schenck , situado en la isla de 
Batavia que vienen á formar dos brazos del Rhin, esta- 
ba á la sazón muy bien fortalecido, puesto que era uno 
de los importantes que tenían los holandeses; pero no 
tan bien guardado, porque mucha gente de la guarni- 
ción había salido á reforzar los ejércitos. Apercibidos 
del caso los españoles que guarnecían á Gueldres, de- 
terminaron tomarlo de improviso, y saliendo en número 
de quinientos hombres escogidos, donde iban no pocos 
soldados flamencos, debajo del mando de Jorge Esrholtz, 
capitán de esta nación, se abalanzaron á los muros, y 
al tercer asalto, muerto el Gobernador, se enseñorearon 
de ello, degollando la gente que los defendía. Sintieron 



— 241 — 

profundamente esta pérdida los contrarios, y con ella, 
desconcertados del todo sus ejércitos, tomaron cuarte- 
les de invierno muy disgustados, y achacándose mu- 
tuamente los capitanes el mal éxito de aquella campa- 
ña comenzada con fuerzas tan superiores y con tan 
favorables auspicios como la batalla de Avein. Alaba- 
ban todos al propio tiempo de acertada la conducta del 
Cardenal Infante. 

Al año siguiente (1636) fué todavía menos favorable 
la campaña á los enemigos por aquella parte. Ocupá- 
ronla los holandeses con el sitio de la fortaleza de 
Schenck, que así como fácilmente se les ganó, ahora, 
bien guarnecida de los nuestros, no hallaban medio de 
recobrarla. No había que temer de ellos por algún tiem- 
po, según era su empeño, y según eran las fuerzas de 
la plaza, que intentaran alguna otra empresa. Y dando 
por bien empleada la pérdida de Schenck, que al fin 
se rindió á los nueve meses de sitio, reunió en tanto el 
Cardenal Infante todas sus fuerzas con las que el Em- 
perador envió en su ayuda, y juntando un poderoso 
ejército imaginó invadir á Francia. Componíase éste 
hasta de treinta mil hombres de buenas tropas españo- 
las, lorenesas y alemanas al mando de Octavio Picco- 
lomini de Aragón, general italiano, natural de Siena, y 
de los que con más gloria habían mandado las tropas 
imperiales contra los suecos; de Juan de Werth, de 
Carlos, duque de Lorena, Príncipe feudatario de Fran- 
cia, más que seguía alianza contra ella con España 
y el Imperio, capitán de mucha sagacidad y esfuerzo, 
y del príncipe Tomás de Saboya. Eran el ejército y los 
caudillos casi los mismos que vencieron en Nordlighen 
y podían esperarse ahora de ellos no menores efectos. 

16 



— 242 — 

Entraron nuestras banderas impetuosamente en la pro- 
vincia de Picardía, y se enseñorearon de la Chapélle 
en seis días, y poco después del Chatelet que aún se 
sostuvo menos; á la par que numerosas partidas de 
Caballería, mandadas por capitanes intrépidos se exten- 
dían por toda la Picardía y la Champagne, llevando por 
donde quiera el miedo y estrago. En vano el conde de 
Soisons, que mandaba el ejército francés presurosa- 
mente reunido, se opuso á la marcha triunfante de los 
nuestros. No se atrevió á pelear á campo raso por sen- 
tirse inferior en fuerzas, y siempre cejando delante de 
los españoles, los vio pasar tranquilamente el Soma, y 
extenderse por la llanura que separa las aguas de este 
río de las del Oise; Vervins, Noyon y Roye se rindie- 
ron en seguida con poca defensa, y nuestros Genera- 
les llegaron sin más obstáculo delante de Corbie. De- 
fendiéronse los sitiados durante trece días; pero al fin, 
faltos de socorro de por fuera, hubieron de rendirse á 
partido. Hubo entonces un gran Consejo en nuestro 
campo para deliberar si convendría ó no caer sobre Pa- 
rís. No había almenas de por medio, ni ejércitos que lo 
estorbasen, y no faltó quien se inclinase á ello; pero 
prevaleció el parecer contrario, y dejando fortificada y 
guarnecida la plaza, aunque no bien abastecida, se or- 
denó la retirada. 

Hubo y ha habido después sobre tal determinación 
diversos conceptos. Ello es que París estaba lleno de 
espanto; salíanse á millares los habitantes de su recinto, 
y los que permanecían en él, ocultaban cuidadosamente 
sus riquezas como si viesen ya en las puertas al ejér- 
cito vencedor. El Rey y el cardenal Richelieu dejaron 
también la capital, decretando levas de gente muy gran- 



— 243 — 

des; creyóse que la perdición de Francia era llegada, y 
la privanza de Richelieu estuvo para hundirse, porque 
todos le miraban como causa de guerra hasta entonces 
tan desdichada. Ni pudo desvanecer el pánico el ejército 
nuevamente levantado; porque si bien llegaba á cin- 
cuenta mil hombres, como se componía de artesanos 
de París y de gente allegadiza é inexperta en el ejerci- 
cio de las armas, no podía medirse en campo con nues- 
tros aguerridos tercios y escuadrones. Mirando y con- 
siderando tales circunstancias, parece desacertadísima 
la retirada que resolvieron nuestros Generales. Si desde 
Corbie hubieran marchado rápidamente á París apode- 
rándose de aquella capital que no podía defenderse, 
Richelieu habría caído indudablemente, y Luis XIII, ni 
muy firme ni muy belicoso, se habría prestado de bue- 
na voluntad á ajustar las paces. Ni otra cosa convenía 
en aquella ocasión á la Corte de España. Asustar á la 
Francia con tal alarde de fuerza, conservar con él la 
fama de invencibles de nuestras armas, y el prestigio 
de nuestro nombre, todavía muy grande en los que no 
conocían nuestras flaquezas, obteniendo al propio tiem- 
po la paz, era un pensamiento militar y político tan alto, 
que podía justificar sobradamente lo que hubiese en la 
expedición de arriesgado. Y más que sin esto era de 
prever que ni los triunfos pasados ni el terror infun- 
dido en los contrarios hubiesen de producir fruto algu- 
no. Así sucedió desdichadamente. No bien repasaron los 
nuestros el Soma, sitiaron los enemigos á Corbie, y 
hallándola ya sin víveres ni municiones de guerra, tuvo 
su Gobernador que capitular al mes de bloqueo. Rin- 
dióse luego Roye, y poco á poco fuimos perdiendo 
lodo lo conquistado. Sin embargo, si no sacamos todas 



- 244 - 

las ventajas que se pudieran de aquella campaña, toda- 
vía debió de considerarse como favorable, puesto que 
con tanta reputación la habíamos sostenido en el terri- 
torio enemigo. 

Habían en tanto los franceses invadido el Franco-Con- 
dado. Estaba aquella provincia asegurada por tratados 
particulares de neutralidad, ajustados entre España y 
Francia en tiempo de Felipe III; pero como fortificasen 
los naturales algunos puestos, y tomasen algunas otras 
precauciones legítimas é indispensables al comenzar 
tan empeñada guerra, diéronse los franceses por libres 
de los pactos, y entrando en el país con ejército de 
veinte mil hombres al mando del príncipe de Conde, 
pusieron sitio á Dola, que era la principal de sus pla- 
zas. Mostraron los habitantes tanta lealtad y amor á 
España, que aún hoy se conmueve el corazón al re- 
cordar los sacrificios, inútiles al fin, que hicieron por 
nuestra causa. El Arzobispo de aquella ciudad, bien 
que agobiado de los años, y el Parlamento acudieron 
á la defensa y lograron meter en la plaza abundantes 
provisiones, y hasta cinco mil paisanos que al punto 
adiestraron en las armas los pocos oficiales españoles 
que allí había. No quedó medio bárbaro de hostilidad 
que no empleasen los franceses para rendir la lealtad 
de los de Dole; mas todo fué en vano por entonces. 
Lanzaron multitud de bombas, y con ellas destruyeron 
la mayor parte de los edificios, y además quemaron los 
campos y las poblaciones cercanas. Pero perdieron 
más de tres mil hombres sin lograr aún aportillar la 
plaza, y al cabo fuéles forzoso levantar el sitio cuando 
ya un trozo de gente, enviado por el Cardenal Infante á 
socorrerla, estaba á punto de lograr su intento. No 



— 245 — 

fué más afortunado en el Rhin el ejército francés des- 
tinado á atacar al Emperador, puesto que en las dos 
primeras campañas no logró ventaja notable; antes pa- 
deció notablemente descalabros. 

Mas Richelieu no era hombre á quien desanimasen 
los reveses. Formó al abrirse la campaña de 1637 cuatro 
ejércitos, y con ellos embistió de nuevo á un tiempo la 
Alsacia y el Luxemburgo, el Franco-Condado y las pla- 
zas del lado de Picardía. Y á la par el príncipe de Oran- 
ge, que gobernaba á los holandeses, tomado yaSchenck, 
se puso más poderoso que nunca en campaña. Eran 
las fuerzas del Cardenal Infante inferiorísimas á las de 
los contrarios, de suerte que no podía sostener el cam- 
po, y los imperiales que principalmente defendían la 
Alsacia, no estaban para prestarle muy grande ayuda. 
Pidió con instancia á Madrid soldados y dineros, y no 
pudo obtener unos ni otros, porque á la sazón ocupa- 
dos el Rey y el favorito en las grandes fiestas y moji- 
gangas con que se celebró, como arriba dijimos, la co- 
ronación del Rey de Hungría, no estaban para pensar 
en armamentos ni en socorros; demás que los doce mi- 
llones que se habían gastado en ellas, eran el dinero 
que había. Falto así de todo D. Fernando á todo su- 
plió su esfuerzo, que sólo en él se mostraba entonces 
digno de su raza, y mantuvo en tres campañas desig- 
nadísimas el honor de España. 

Sitió el príncipe de Orange á Breda, y el cardenal 
la Valette se puso delante de Landreci; y como el 
Infante no pudiese intentar el socorro á campo raso 
por falta de fuerzas, una y otra plaza se rindieron, al 
cabo de dos meses de sitio la primera, y quince días la 
segunda de trinchera abierta. Dolorosas pérdidas, en 



— 246 — 

especial la de Breda, cuya conquista había costado mi- 
llares de vidas y tesoros inmensos pocos años antes. 
No se estuvo quedo, sin embargo, el valeroso Infante,, 
y mientras los enemigos expugnaban aquellas plazas, 
rindió por su parte á Roremunda y Venlóo. Hubo tam- 
bién algunos combates parciales honrosísimos para los 
españoles. D. Alvaro de Viveros, que mandaba tres- 
cientos artilleros, fué sorprendido por mil cuatrocien- 
tos franceses, que gobernaba el coronel Gassion, y 
peleó con ellos hasta que apenas le quedó hombre á 
vida, causando entre los enemigos enorme estrago. 
Tributó el cardenal la Valette á D. Alvaro de Viveros 
honrosas demostraciones cuando se lo llevaron prisio- 
nero. Peleó con no menor esfuerzo D. Juan de Vive- 
ros, que fué al socorro de la Chapelle, sitiada también 
por la Valette; mas no pudo lograr su intento, y aun- 
que él se retiró sin pérdida, rindióse la plaza. Con- 
quistó el mismo la Valette á Mobeuge y Barlemont; 
mas una y otra plaza fueron recobradas por el Carde- 
nal Infante, que ganó también el castillo de Emeric. 

Pero al propio tiempo el ejército francés, que al 
mando del mariscal de Chatillon había entrado en el 
Luxemburgo, hacía grandes progresos. En pocos días 
ganó á Villaine, Dinant, Murnaux, Lupi y Ham. Puso 
luego sitio á Ivoy, rindiéndola con no menor fortuna, 
y de allí se fué á sitiar á Danvilliers, que se defendió 
valientemente por más de dos meses. Acudieron al so- 
corro de esta plaza los españoles que estaban de guar- 
nición en Arlon y Montmedi, y asaltando de noche el 
cuartel de artillería de los sitiadores, donde estaba el 
conde de Polie, pasaron á cuchillo á la mayor parte de 
los soldados, llevándose á los capitanes prisioneros. 



— 247 — 

Pero con todo continuó el asedio y tuvo que rendirse 
la plaza. Pequeña recompensa fué de tanta pérdida el 
que los nuestros recobrasen por sorpresa á Ivoy, de- 
gollando casi toda la guarnición francesa que allí ha- 
bía. Era preciso acudir al socorro de esta provincia, 
sin dejar por eso el propósito de la Valette, y contener 
al propio tiempo los progresos del príncipe de Orange, 
que después de tomada Breda, viéndose sin enemigos, 
recorría libremente la campaña y amenazaba las plazas 
de Flandes. En tan crítica situación no desmintió el 
infante D. Fernando su fama. Marchó contra el dé 
Orange, y lo halló retrincherado con sus holandeses 
entre los diques de Callao y de Woérbroec en el Waes. 
No era su ejército mayor que el de los enemigos: aco- 
metiólos, sin embargo, detrás de los reparos, peleó con 
ellos dos días con tanto esfuerzo que, al fin, los rom- 
pió, matando mil doscientos hombres y tomando dos 
mil quinientos prisioneros con cincuenta y tres bande- 
ras, veintiocho cañones y ochenta y un barcos que 
tenían., Libre ya de tal enemigo, dividió su corto ejér- 
cito en dos trozos, y mientras con el uno conquistaba 
la plaza de Kerpen sobre los holandeses y hacía frente 
á la Valette, envió el otro al mando de Piccolomini 
á reforzar al príncipe Tomás que gobernaba las armas 
en el Luxemburgo. 

Sitiaba el mariscal de Chatillon, envanecido con sus 
anteriores triunfos, la importante plaza de Saint Omer, 
escasamente guarnecida, y los nuestros no habían 
podido hasta entonces socorrerla; mas con la llegada 
de Piccolomini, el príncipe Tomás se resolvió á la 
empresa á toda costa. Ejecutóla metiendo en la plaza 
dos mil soldados, y deshaciendo en campo algunos re- 



- 248 - 

gimientos franceses que quisieron impedirlo. Y no con- 
tentos con esto, embistieron Piccolomini y el de Sabo- 
ya al grueso del ejército francés en sus mismas trinche- 
ras, tomaron tres reductos de los que ceñían la plaza; 
introdujeron en ella más socorros, y en cuatro días de 
sitio formal rindieron á la vista de los enemigos el fuer- 
te de Bac, muy bien fortalecido y guarnecido. No osa- 
ron éstos venir á formal batalla, y levantaron el cerco 
con gran mengua y daño. Perdióse en tanto la plaza de 
Chatelet, la última que nos quedaba de la invasión del 
Cardenal Infante en Picardía; pero no era esta pérdida 
tal que pudiese aguar el regocijo de la anterior victo- 
ria. También levantaron los nuestros el sitio de Cha- 
teau-Cambresis al aproximarse con muy superiores 
fuerzas el enemigo. 

Mostróse aún más próspera la fortuna al comenzar la 
siguiente campaña, que fué la de 1639. Recibió Piccolo- 
mini estrechas órdenes del Infante para que volviese 
á juntarse con él, una vez logrado el socorro de Saint 
Omer. Marchaba éste á ejecutarlo, cuando supo que el 
mariscal de Feuquiéres sitiaba á Thionville, donde no 
había ni víveres, ni municiones, ni soldados, ni siquiera 
gobernador que diese alguna orden para la defensa. 
Con esto Piccolomini detuvo su marcha resuelto á de- 
jar libre y abastecida la plaza. Para estorbárselo salie- 
ron á él los franceses en buen número, y le pusieron 
una celada; mas supo evitarla, y cayendo sobre ellos 
cuando creían tenerle cogido en sus redes, les mató 
tres mil hombres y puso en fuga á los demás que 
se le opusieron. Llegó entonces sin obstáculo de- 
lante de las líneas de los franceses, y hallólas ya 
bastante fortificadas, pero no por eso cejó en su empe- 



— 249 — 

ño. Lanzóse sobre una de las estancias, y la forzó 
fácilmente; con que pudo entrar en la ciudad, y anima- 
do con tal triunfo, tornó á salir luego y acometió de un 
golpe todas las que ocupaban los enemigos. No pudie- 
ron los franceses resistir en ninguna de ellas el valor de 
los nuestros, y á la primera acometida, abandonando 
cobardemente bagajes, artillería y municiones, se pusie- 
ron en fuga, dejando once mil hombres muertos ó pri- 
sioneros en el campo. De estos fué el mismo Feuquié- 
res, que á poco murió de las heridas que recibió en la 
batalla. 

Sitió en seguida Piccolomini á Mouzon creyendo ga- 
narla al paso; pero tuvo que levantar el cerco, porque 
se aproximaba el mariscal de Chatillon al socorro, 
y porque el Cardenal Infante le instaba más cada día 
para que volviese á incorporarse con él. Y era que 
como los enemigos se mostraban tan superiores en 
número, no había medio de hacerles frente en todas 
partes. La importante plaza de Hesdin había sido sitia- 
da por el Rey de Francia en persona con un poderoso 
ejército, mientras que los españoles vencían en el 
Luxemburgo á los franceses. No pudo socorrerla el 
Cardenal Infante con las escasísimas fuerzas que le 
quedaron, y cuando volvió Piccolomini ya era tarde. 
Abierta la plaza por todas partes y sin esperanzas de 
socorro, rindióse al segundo asalto. Allí dio el Rey de 
Francia el bastón de mariscal á la Meilleraie, que había 
dirigido el sitio, y lo dejó de comandante de su ejérci- 
to, el cual se dividió en dos trozos. Logró con el uno 
la Meilleraie cierta ventaja contra un trozo de los nues- 
tros, gobernado del conde de La Fontaine, flamenco, 
y General de la Artillería, en el combate de San Nico- 



- 250 - 

las, y poco después en San Venant deshizo otro tro- 
zo de walones á servicio de España. Entre tanto el 
mariscal de Chatillon con el resto de los franceses 
volvió á tomar á ¡voy y arrasó sus fortificaciones. Pero 
en cambio, los españoles hicieron levantar á los france- 
ses los sitios de Charlemont y Marienburg, destrozaron 
completamente su Caballería, y era de todos modos 
vergonzoso lo poco que habían hecho con ejércitos tan 
poderosos, y teniendo al frente un enemigo tan inferior 
en número. Mandó Richelieu que á toda costa se toma- 
se á Arras, capital del Artois. Reuniéronse para la 
empresa las reliquias de tres ejércitos enemigos y se 
comenzó el sitio, extendiéndolo en diez leguas al con- 
torno. Importaba tanto la plaza, que el Cardenal Infan- 
te, juntas también todas sus fuerzas y las del duque 
de Lorena, marchó al punto al socorro. Sorprendió 
Lamboy, caballero liejés que mandaba nuestra Caba- 
llería, varios convoyes, y hostigó de diversos modos á 
los sitiadores, pero sin lograr sorprender sus líneas. 
Dióse luego en ellas un combate en que disputándose 
la vanguardia españoles é italianos, hubo alguna con- 
fusión y desconcierto de nuestra parte; con todo, al 
decir de los franceses, hicieron prodigios de valor los 
nuestros, ganaron dos medias lunas é hicieron gran 
mortandad en los contrarios; pero estaban muy bien 
fortalecidas y defendidas por mayor número de tropas, 
de suerte que no fué posible forzarlas todas. El duque 
de Lorena, que también se había apoderado de uno de 
los cuarteles del enemigo, tuvo igualmente que aban- 
donarlo. Intentóse otra vez el socorro, pero no hubo 
lugar de ejecutarlo, porque los burgueses, sin noticia 
de la guarnición, abrieron las puertas, cogiéndola al 



— 251 — 

descuido. Fueron allí generosos los franceses; admira- 
dos de la valerosa defensa, concedieron á la guarni- 
ción, que la alevosía de los vecinos había puesto en 
su mano, todos los honores de la guerra. 

Entretanto el príncipe de Orange había atacado á 
Flandes por diversas partes, pero sin éxito alguno. 
Sitió los fuertes de San Donato y San Job, y fué re- 
chazado; quiso pasar el canal de Brujas, y no acertó á 
conseguirlo. Entonces se embarcó y fué á caer sobre 
los fuertes de Nassau y de Hulst; tomó el primero, 
pero del segundo le obligó á alzar el cerco el Cardenal 
Infante, que volvía del malogrado socorro de Arras, y 
en seguida tuvo que arrasar el otro por no poder sos- 
tenerlo. Otra empresa intentó el holandés por Guel- 
dres; desembarcó y se acercó á la ciudad con ánimo 
de tomarla por sorpresa; pero saliendo de ella el Go- 
bernador, que era el Maestre de campo Pedro de la 
Costa, lé degolló seiscientos hombres y cogió cuatro 
piezas de artillería, haciéndole retirar vergonzosamen- 
te. Con esto terminó aquella campaña en Flandes, no 
ventajosa para nuestras armas porque no podía serlo, 
dada la inferioridad de fuerzas y de recursos, y, sin 
embargo, muy memorable. 

Pero entretenidos allí nuestros escasos ejércitos, no 
pudieron acudir á la defensa del Franco-Condado. Odia- 
ba más el francés á aquella provincia que á otra al- 
guna, por su lealtad á España. Entró el duque de Lon- 
gueville en ella con un ejército formidable; destrozó en 
Rotalier algunas compañías españolas y los tercios que 
formaron apresuradamente los naturales, mandadas las 
primeras por un cierto Gómez, y las segundas por el 
barón de Wateville, y en seguida rindió fácilmente 



- 252 — 

el flaco castillo de Saint Amour y quemó otros varios, 
Acometió luego á Lonsle-Sauliner y la tomó, y en 
aquel año, que fué el de 1637, y el siguiente, asoló los 
campos y las ciudades abiertas con tanta crueldad, que 
redujo á la miseria á todos los habitantes. Ayudóle el 
duque de Weimar, que entró por tierra llana con otro 
ejército, y ambos recorrieron el país como bandidos, 
sin acometer las plazas fuertes donde se habían reco- 
gido los pocos españoles y soldados que allí había, 
empleándose solamente en el saqueo y en el extermi- 
nio. Las historias no hablan de invasión tan bárbara 
como ésta, si no es remontándose al siglo v; todavía 
queda memoria de ella en aquel país, aunque sujeto 
tanto tiempo hace al dominio francés. Continuáronse 
en 1639 y 1640 tales campañas, tomando en ellas al- 
gunos fuertes y las plazas poco importantes de No- 
seroy, Chatelvilain y Saint Cloud. Quedaron sólo por 
nosotros las principales fortalezas, que eran Besanzon, 
Gray, Dola y Salins, donde no se atrevieron á llegar 
los franceses. Y los naturales, entregados á la saña de 
los enemigos, suplicaron reverentemente al rey Felipe, 
por medio de su diputado en Madrid, que ó les envia- 
se un ejército para su defensa ó los desamparase del 
todo, cediendo su señorío á otra potencia. 

En Italia no corría menos varia la fortuna. El duque 
de Saboya se declaró desde el principio por Francia, y 
él y el de Parma ajustaron en 1636 un tratado con 
aquella potencia, que se firmó en Rivoli, para despo- 
jar á los españoles del Miianesado. Los españoles en 
tanto pusieron de su parte al duque de Módena, y de 
uno y otro bando se comenzaron al punto las hostili- 
dades. Era á la sazón gobernador del Miianesado Don 



— 253 — 

Diego Felipe de Guzmán, marqués de Leganés, cono- 
cido por el valor con que peleó en la jornada de Nord- 
linghen. De parte de Francia vinieron los Mariscales 
de Crequi y de Toiras con diez mil hombres á Italia, 
y juntas sus fuerzas con las de los Duques, expugna- 
ron fácilmente á Villata y Candia, y sitiaron á Valen- 
cia del Pó. Defendióla heroicamente D. Martín Galia- 
no, que gobernaba á los españoles, y al cabo de seis 
semanas tuvieron que levantar el campo muy dismi- 
nuidos. 

Amenazó en el ínterin Leganés los Estados del du- 
que de Parma; hubo un combate dudoso entre un Cuer- 
po de tropas españolas y modenesas, y otro de fran- 
ceses y parmesanos, en el cual unos y otros salieron 
con descalabro, é irritado con esto el General español, 
se determinó á hacer mayor esfuerzo todavía para cas- 
tigar á aquel Príncipe. Pero entretanto el duque de Ro- 
ban, encargado de conquistar la Valtelina, entró allá 
con un ejército formado de franceses, suizos y griso- 
nes, y se apoderó en poco tiempo de todo el valle y 
los condados de Bormio y de Chiavenas. Acudieron al 
socorro los imperiales por la parte del Tirol, y en el 
combate de Matz los rechazó con alguna pérdida, y 
encontrándose luego con las tropas que al propio in- 
tento traía de Milán el conde Juan Cerbellón, soldado 
milanés de mucha cuenta, las destrozó por dos veces 
en Morbeigne y á orillas del lago de Como. Entonces 
el de Roban adelantó sus intentos á incorporarse con 
los confederados que acababan de levantar el sitio de 
Valencia. Impidióle la ejecución el de Leganés, po- 
niéndose entre ambos trozos de enemigos con su ejér- 
cito. El duque de Roban, privado de víveres y acosado 



- 254 - 

por todas partes, hubo al fin de recogerse de nuevo á 
los desfiladeros de la Valtelina, y libre ya de este es- 
torbo el de Leganés, puso toda su atención en el ejér- 
cito de la liga italiana, que amenazaba aún el Milane- 
sado. Habían estallado entre ellos las ordinarias dife- 
rencias que suelen entre Príncipes y capitanes de 
distintas naciones y de opuestos intereses, por manera 
que los españoles tuvieron tiempo de sobra para llegar 
antes de que hubiesen logrado efecto notable. Toma- 
ron los aliados ambas orillas del Tessino, caminando 
los franceses por la una, y por la otra los saboyanos, 
con el objeto de caer unidos sobre Milán. Apoderáron- 
se del fuerte de Fontanelle, aunque con muerte del 
mariscal de Toiras, uno de los mejores capitanes fran- 
ceses, y rompieron los acueductos que surtían á aque- 
lla ciudad, con que hubo en ella algún espanto. Mas 
viéndolos separados por el río, imaginó el de Leganés 
acometerlos por separado y destruirlos, y juntando con 
la idea la obra, fué con D. Martín de Aragón, Capitán 
general de la Caballería, hijo natural del conde de 
Luna, á acometer á los franceses. Recibiéronle éstos 
con firmeza en los campos vecinos de Buffarola, con- 
fiados en que el duque de Saboya vendría en su ayu- 
da, y que entre unos y otros oprimirían á los nuestros 
con la superioridad del número. Así fué que unos es- 
perando refuerzos, y otros temiendo que les llegasen, 
pelearon con increíble obstinación durante diez y ocho 
horas seguidas, sin que la noche separase á los com- 
batientes. 

Pero á este punto el valor español iba en aumento 
y el francés estaba ya enflaquecido, de suerte que pa- 
recía nuestra la victoria. Hubiéralo sido, sin duda, á no 



— 255 — 

ser porque, con la duración de la batalla, tuvo tiempo 
el duque de Saboya para echar un puente sobre el 
Tessino y venir sobre los españoles. Entonces fué for- 
zosa la retirada; mas la ejecutaron los nuestros en tan 
buena ordenanza, que no dejaron en poder del enemi- 
go ni artillería, ni prisioneros, ni éste se atrevió á mo- 
verse de sus puestos. De esta batalla, que se llamó del 
Tessino, se tuvieron ambas partes por victoriosas, mas 
la gloria quedó por los de España, que hicieron tal riza 
en los franceses que, pocos días después de la batalla, 
sin intentar empresa alguna se volvieron al Piamonte. 
Con esto hubo más quejas y más recriminaciones que 
nunca entre los aliados, y las cosas se pusieron ente- 
ramente de nuestra parte. 

En el invierno de 1637 se acuartelaron los españo- 
les en el^ Placentino á costa del duque de Parma, y 
este Príncipe, viéndose tan próximo á perder sus Es- 
tados, se apresuró á pedir la paz, que no obtuvo de 
Leganés, sino cediendo á España la fortaleza de Sa- 
bionetta. En tanto los grisones, ofendidos de la va- 
nidad francesa y de lo cara que les hacían pagar su 
alianza, se concertaron con los españoles y lo^ im- 
periales sobre la Valtelina, expulsando de su territo- 
rio al duque de Rohan con su gente. No quedaron 
satisfechos los antiguos deseos de España de poseer 
el valle; pero siempre fué ventaja el cerrarles aquella 
puerta á los franceses. Continuando la guerra contra 
el duque de Saboya, tomó el marqués de Leganés á 
Niza de la Palla. Hubo dos encuentros entre las tro- 
pas del Marqués y las del Duque, el uno en Rocca de 
Arasa, y en Montbaldon el otro, donde se peleó con 
encarnizamiento, pero sin consecuencia alguna. Así 



— 256 — 

fué que el saboyano cantó la victoria; pero con igual 
ó mayor razón pudieron cantarla los nuestros. Murió 
en esto (1637) el Duque, dejando por heredero á un 
Príncipe de seis años, bajo tutela de su madre Cris- 
tina, hermana del Rey de Francia. 

Ocioso parece decir que la Regente se declaró con- 
tra España, como su marido, ajustando un tratado de 
alianza ofensiva y defensiva con nuestros enemigos. 
Hallábanse de nuestra parte los dos Príncipes de Sa- 
boya, hermanos del Duque difunto, y tanto que el uno 
de ellos, Tomás, mandaba ejército nuestro en Flandes. 
Discurrió el Conde-Duque oponer á la regencia de la 
madre la de los hermanos; acogieron éstos con regoci- 
jo el intento, y no fué mal recibido tampoco en los 
pueblos de Saboya, disgustados del gobierno de Cris- 
tina, con lo cual el príncipe Tomás vino de Flandes á 
Italia. Encontró allí al marqués de Leganés triunfante, 
porque habiendo sitiado á Bremo la puso en pocos días 
á punto de rendirse: acudió al socorro desde Turín, 
donde estaba el mariscal de Crequi con el ejército 
francés, ya un tanto recobrado de los quebrantos que 
habí^ padecido en la campaña anterior, y pretendió 
forzar nuestras líneas; pero al venir á reconocerlas 
cayó muerto de un cañonazo, con lo cual quedaron 
desconcertados los suyos, retirándose él y capitulando 
la plaza. Dividió nuestro ejército en dos trozos el de 
Leganés: entró con uno de ellos por el Montferrato, y 
los Príncipes de Saboya entraron con el otro por el 
Piamonte, reclamando la regencia del Ducado. 

Habíase pactado en un convenio hecho en Vainiero 
antes de comenzar la campaña entre el príncipe Tomás 
y el marqués de Leganés, que las plazas que opusie- 



— 257 — 

ran resistencia y fueran tomadas por fuerza de armas, 
quedarían en poder de España para siempre. Con esto 
fué más fácil la conquista de algunas plazas, porque 
los Gobernadores saboyanos y piamonteses, las ren- 
dían sin resistencia á los Príncipes pretensores de la 
regencia. Así se tomó á Quierz, á Montcollier é Ivrea. 
D. Juan de Garay rindió en tres asaltos á Verrua; el 
marqués de Leganés ganó en persona á Crecentino, y 
el príncipe Tomás se apoderó de Chivas, por sorpresa. 
Acudieron muchos saboyanos á alistarse debajo de las 
banderas de los Príncipes, y así se mostraron tan pode- 
rosas nuestras armas que el cardenal de la Valette que, 
muerto Crequi, había venido á mandar á los franceses 
con las reliquias de su gente, hubo de encerrarse en 
Turín. No se atrevieron á sitiarle allí los nuestros 
todavía, y revolviendo sobre otras plazas menos impor- 
tantes, ganaron en pocos días á Asti, Villanueva de 
Asti, Churasco, Trusasco y otras muchas. El príncipe 
Tomás derrotó un trozo de gente enemiga que pareció 
en campo, causándole de pérdida dos mil hombres, 
y en seguida innumerables lugares y castillos vinieron 
á nuestra obediencia. Trin, plaza fortísima de Piamon- 
te, opuso mayor resistencia; pero al fin la tomó por 
asalto á escala vista el marqués de Leganés con muer- 
te de muchos franceses. Montcalvo, Ponte Tuca, Salu- 
ces, Coni y Villafranca cayeron también en nuestro 
poder. Richelieu, que había mirado hasta entonces 
fríamente las pérdidas de la Duquesa Regente para 
obligarla á ponerse del todo en sus manos, viendo tan 
próxima su total ruina, ajustó con ella un tratado 
y envió numerosas tropas á socorrerla al mando del 
duque de Longueville. Alentado con estas nuevas salió 

17 



~ 258 — 

el cardenal la Valette de Turín, púsose sobre Chivas, 
y la tomó sin que los españoles pudieran socorrerla, 
aunque lo intentaron, antes con alguna pérdida hubie- 
ron de abandonar el empeño. 

Pero entre tanto, el príncipe Tomás llevó á cabo otro 
de tanta ó mayor importancia, que fué la toma de Turín. 
Acercóse de noche á la ciudad, y aplicando un petardo 
á una de las puertas la rompió y entró con sus tropas. 
No pudieron los contrarios oponerle resistencia alguna, 
porque dentro de la ciudad tenía el Príncipe muchos 
parciales y aun algunos soldados que acudieron á la 
señal en armas. La Duquesa Regente se refugió medio 
desnuda en la cindadela. Allí se fortificó con su gente 
mientras llegaban los franceses al socorro. Vinieron 
éstos; pero vino también el marqués de Leganés con 
todo el ejército español, y de una y otra parte se 
comenzó el sitio, defendiendo los saboyanos y france- 
ses la ciudadela, y atacándola desde la ciudad y el 
campo los nuestros. Esperábase la rendición, cuando 
por mediación del Nuncio del Papa, Caffarelli, se ajustó 
una suspensión de armas de ochenta días entre ambas 
partes. Mostró en ella el marqués de Leganés, que si 
tenía grandísimo esfuerzo, dando con él ejemplo á sus 
soldados para vencer algunas veces, tenía escasos 
talentos militares. Tal tregua no podía traernos ventaja 
alguna, y, en cambio, daba espacio y lugar á los fran- 
ceses para reforzar y mejorar sus cosas. Desaprobóla 
el príncipe Tomás, y con ocasión de ella nacieron dife- 
rencias entre éste y el General español, no poco perju- 
diciales en adelante. Pronto se dejaron ver las resultas. 

Habiendo muerto en aquella sazón el cardenal de la 
Valette, vino el conde de Harcourt á gobernar las 



— 259 — 

armas francesas. Y no bien terminada la tregua, se 
puso el nuevo General en campo, abasteció algunas pla- 
zas de las que quedaban por él todavía, y rindió á 
Quierz, que era de mucha utilidad para conservar la im- 
portante posesión de Chivas: en seguida se fortificó no 
lejos de aquella plaza para aguardar refuerzos. Imagi- 
naron los nuestros cogerle allí entre dos ejércitos y des- 
truirle, y al efecto salió de Turín el príncipe Tomás con 
cinco mil hombres, y el de Leganés con quince mil se 
adelantó á Quierz y tomó todos los puestos y comuni- 
caciones, de suerte que el enemigo parecía ya reducido 
á la mayor escasez y miseria. Harcourt supo burlar 
á nuestros capitanes. Levantó su campo una noche, 
y antes de amanecer se halló tan lejos de los españoles 
que no era posible ya obligarle á que viniese á bata- 
lla. Mas como el río Routa viniese muy crecido, tuvo 
el francés que detener la marcha para fabricar un puen- 
te á la ligera, y entre tanto el príncipe Tomás se apare- 
ció delante de su vanguardia con las tropas que traía, 
y algunas compañías del marqués de Leganés se roza- 
ron con su retaguardia, comenzando á escaramucear. 
Harcourt, sin vacilar un punto, se arrojó sobre las 
tropas del príncipe Tomás, compuestas de italianos 
parciales suyos, nuevos é inexpertos en las armas, y las 
rompió al primer choque: apresurando luego la cons- 
trucción del puente, antes de que llegase el grueso de 
los españoles, pasó el río y se escapó de nuestras ma- 
nos favorecido también de la noche. 

Tal fué el último suceso de esta campaña, y en la de 
1640, ya muy reforzado el francés, comenzó el primero 
las hostilidades con mucha furia, y rindió los castillos 
de Busque, Dronner y Brodel y la ciudad de Revel. 



- 260 - 

Tampoco los nuestros tardaron mucho en salir á cam- 
paña. Mientras el príncipe Tomás proseguía el asedio 
de la ciudadela de Turín, sitió el marqués de Leganés 
al Casal. Vino al socorro el conde de Harcourt, y aco- 
metiendo á los españoles dentro de sus trincheras se 
trabó una batalla terrible. Por tres veces rechazaron 
los nuestros á los enemigos; pero á la cuarta penetra- 
ron éstos por el cuartel del Maestre de campo D. Fer- 
nando del Pulgar. Leganés no acertó á tomar las medi- 
das convenientes en aquel trance, y todo el ejército fué 
forzado á retirarse con sumo desorden, dejando mil 
prisioneros y muchos muertos, la artillería y caja mili- 
tar en poder del enemigo. La mala composición de aquel 
ejército, que era ya de extranjeros en la mayor parte 
y soldados bisónos, excusa en algún modo la derrota 
de Leganés; pero ella fué funestísima para nuestras 
armas en Italia. Alentado el francés, cayó sobre Turín, 
y no sólo metió socorro en la ciudadela, sino que 
sitió al príncipe Tomás dentro de la ciudad. El mar- 
qués de Leganés se puso con su gente á los pasos 
por donde podían venir á los franceses socorros, y 
en pocos días los redujo á tal estado que apenas 
tenían que comer, siendo bastantes los pasados y fu- 
gitivos. Con todo, Harcourt no cejó en su empeño, 
antes bien se atrincheró en dos líneas fortísimas, la 
una que miraba á la ciudad, la otra al campo de los 
españoles. Era de ver el revuelto aparato y disposición 
de armas que allí había, porque el príncipe Tomás 
sitiaba desde la ciudad á la ciudadela, y los enemigos 
sitiaban por fuera á la ciudad, y el marqués de Lega- 
nés los asediaba luego á ellos desde su campo. Pasa- 
ron días y días en este estado, hasta que al fin se acá- 



- 281 — 

barón de todo punto las municiones y los víveres en la 
ciudad, y el príncipe Tomás instó para que se le soco- 
rriese. Acometió el marqués de Leganés las trincheras 
enemigas por una parte, mientras por otra iba á ellas 
Carlos de la Gatta, buen capitán napolitano, y el prín- 
cipe Tomás hacía una salida. Fué rechazado el Mar- 
qués, aunque peleó esforzadamente como solía, y pues- 
to que la Gatta rompiese la línea, fué para mayor des- 
dicha, porque no pudiendo pasar con él víveres ni 
municiones, no hizo otra cosa que meter en la ciudad 
cerca de seis mil hombres más, los cuales, no habiendo 
que comer, apresuraron la rendición. 

Intentó todavía el príncipe Tomás romper en otra 
ocasión las líneas; pero aunque peleó con desespera- 
ción no pudo lograrlo, y más que las tropas del de 
Leganés que debían embestir por otro lado, mal dis- 
puestas y dirigidas, no llegaron á tiempo, con que fué 
inútil el combate. Al fin capituló la plaza, saliendo la 
guarnición española y las tropas italianas con todos los 
honores de la guerra. Crecieron con esto las diferen- 
cias entre el príncipe Tomás y el marqués de Leganés, 
atribuyendo á éste el primero, que á todo intento le hu- 
biese dejado solo en -las salidas; entorpeciéronse las 
operaciones y todo llevaba traza de perderse en un 
punto, cuando el Conde-Duque, por esta vez acertado, 
aunque ya tarde, mandó venir á España al marqués de 
Leganés, dando el gobierno de Milán al conde de Si- 
ruela, D. Juan Velasco de la Cueva. 

No estaban quietas en tanto las fronteras del Pirineo. 
Concertó el Virrey de Navarra, D. Francisco de Andía, 
marqués de Valparaíso, con el Conde-Duque, el modo 
de ejecutar una diversión en Francia por aquella parte. 



- 262 - 

Era el Marqués más cortesano que capitán, y así fueron 
los efectos. Bajó de improviso los Pirineos, seguido de 
algunos trozos de gente mal armada, que á mucho du- 
dar podía llamarse ejército. No lo entendieron los fran- 
ceses sino en ocasión que se hallaba ya destruyendo 
y ocupando Siburo, San Juan de Luz, Socoa y la 
Tapida, lugares de la Gascuña. Pudieron tomar á Ba- 
yona, según era el descuido de la provincia, á no dete- 
ner, sin razón plausible, su marcha con lo que sé diá 
tiempo á los franceses para volver sobre sí, y persegui- 
do por ellos hubo de tornarse á nuestra frontera, dejando 
guarnecidos y fortificados á gran costa todos los pues- 
tos conquistados. Así se conservaron algunos días, no 
hallándose los franceses con fuerzas para sitiarlos toda- 
vía, cuando se determinó en Madrid el evacuarlos, 
y sin que nadie las embistiese ni acosase, salieron de 
ellos las guarniciones apresuradamente, dejando aban- 
donada cantidad de víveres y municiones y perdido el 
dinero empleado en la fortificación. 

Asombra la poca cordura con que se encaminó toda 
aquella empresa; la precipitación en comenzarla sin 
bastante fuerza para ello, y acaso más la precipitación 
en dejarla tan sin motivo y con tanto daño. Dióse orden 
poco después al Virrey de Cataluña, D. Enrique de 
Aragón, duque de Cardona, para que dispusiese otra 
diversión por la parte del Langüedoc, y reuniendo hasta 
dos mil infantes y dos mil caballos, la mayor parte 
catalanes, con el conde Juan Cervellón, Maestre de 
campo general, venido de Milán para el caso, se puso 
sitio á Leucata. Ya se daba la plaza por rendida, cuan- 
do sobrevino el duque de Halluin, Federico de Schom- 
berg, que gobernaba á Langüedoc, con un ejército. 



— 263 — '■ 

Sorprendió el francés á los nuestros en sus cuarteles, 
ya entrada la noche de un día en que iban á cumplirse 
los veintinueve de sitio: huyeron al primer empuje de 
los enemigos las milicias del Rey, que poco prácticas 
en tales trances, apenas supieron ponerse en orden; 
sostuviéronse los tercios catalanes, aunque también 
bisónos, y los jinetes de Castilla: el combate fué san- 
griento y obstinado, y al fin unos y otros se retiraron 
teniéndose por vencidos; los españoles fuera de las 
líneas que ocupaban, los franceses á su campo. Mas el 
de Cardona sin reparar en el desconcierto de los ene- 
migos, que era casi tanto como el de los suyos, em- 
prendió al día siguiente su marcha hacia el Rosellón, 
abandonando la artillería y bagaje, con que tuvo el 
suceso apariencias de completa derrota. Harto com- 
pensó esta* pérdida la victoria de Fuenterrabía, que fué 
de las más gloriosas que hubieran alcanzado nuestras 
armas. 

Para devolvernos Richelieu las entradas que había- 
mos hecho por el Pirineo, envió acá un ejército de 
veinte mil infantes y dos mil caballos á las órdenes del 
duque de Enghien y del de la Valette, los cuales sen- 
taron su campo delante de Fuenterrabía. Al propio 
tiempo, una escuadra francesa, al mando del Arzobispo 
de Burdeos, vino á bloquear la plaza. Defendióse muy 
bien la escasa guarnición que allí había; pero pronto 
empezó á sentir la falta de vituallas, que ocasionaba ei 
cerco tan estrecho por mar como por la parte de tierra, 
y la rendición parecía segura. Aumentó la probabilidad 
un funesto accidente. Catorce galeras y otros cuatro 
bajeles equipados para meter socorro en la plaza, fue- 
ron destruidos en la rada de Guetaria por la armada del 



- 264 — 

Arzobispo. Con todo, no desmayaron los sitiados, 
resueltos á defenderse hasta el último trance. Las 
minas habían ya hecho practicable la brecha, y estaba 
á punto de darse el asalto, solamente por negligencia 
diferido, cuando llegó al socorro un ejército reunido 
costosamente, pues hasta de Flandes vino gente para 
él y á las órdenes del esforzado Almirante de Castilla, 
D. Juan Alonso Enríquez de Cabrera, duque de Medina 
de Río-Seco, y del marqués de los Vélez, Virrey á la 
sazón de Navarra, asistidos de la industria y valor de 
Carlos Caracciolo, marqués de Torrecusso, capitán 
napolitano más valeroso que prudente, pero de mucha 
práctica en la guerra y muy leal á su Rey y al servicio 
de España. No era nuestro ejército tan lucido ni tan 
experimentado como el de los contrarios; pero suplió 
el valor á todo. Mandaban los cuarteles franceses el de 
Enghien, y el Arzobispo, que había ido á tomar parte 
en las operaciones con los soldados de los bajeles. 
Acometiéronles los españoles con inaudito esfuerzo, de 
tal manera que, sin poder resistirles, huyeron al primer 
ímpetu los franceses, abandonando sus reductos. Forzó 
con su tercio el marqués de Mortara los puestos que 
defendía el mariscal de la Forcé con tres mil soldados, 
debiéndosele, por consiguiente, muy principal parte del 
triunfo. Tal fué, que en un momento todo el ejército 
enemigo se lanzó en precipitada fuga hacia el mar; 
cayeron más de ochocientos al filo de la espada, y fue- 
ron más de dos mil los que se ahogaron antes de ganar 
los bajeles, dejando en poder de los nuestros muchos 
prisioneros y toda la artillería. 

Pocos en todo fueron lo que se salvaron, no parando 
de correr hasta Bayona, y de los primeros el duque de 



- 265 - 

Enghien, hijo del príncipe de Conde, y ios otros capi- 
tanes, que tuvieron más cuenta con la vida que no 
con la honra que perdían. Levantóse allí la fama del 
gran Almirante de Castilla, á punto de no ser más 
empleado en mucho tiempo, que tanto pudieron la envi- 
dia y la emulación arbitras por entonces del Gobierno; 
cubriéronse de gloria Mortara y Torrecusa, y con 
tales capitanes y soldados, España se creyó todavía 
invencible. 

Pero así como el suceso de Leucata puso aliento en 
los nuestros para el socorro de Fuenterrabía, la afrenta 
que aquí padecieron los franceses, los movió á empren- 
der con más ahinco alguna cosa de importancia en 
nuestras fronteras. Fióse el desagravio al mismo duque 
de Enghien, que entró por el Rosellón con veinte 
y cuatro mil infantes y cuatro mil caballos, repartidos 
en tres trozos, trayendo al duque de Halluin por segun- 
do en el mando. Acometieron el castillo de Opol, forta- 
leza algo importante, que se rindió con poca defensa; 
de suerte que el Gobernador, que era flamenco, pagó su 
flaqueza con la vida en Perpiñán. Entraron en seguida 
en Rivas Altas, Claires y otros lugares abiertos; pusie- 
ron sitio á Salsas, y corrieron el campo hasta Perpiñán. 
Dióles una rota D. Alvaro de Quiñones, degollándoles 
un buen trozo de caballería con muchos capitanes 
y personas de cuenta; pero ellos en tanto combatieron 
á Salsas con mucha furia. Comenzóse á juntar el soco- 
rro en Cataluña esperando todos que la plaza se sos- 
tendría largos meses; pero habiendo volado los fran- 
ceses algunas minas con mucho efecto y daño, rindióse 
el gobernador Miguel Llórente Bravo, que hasta enton- 
ces se había mostrado valeroso, con no poca afrenta. 



~ 266 — 

Fortif icánrose allí los enemigos cuidadosamente, y die- 
ron el gobierno del presidio á Mr. de Espenan, capitán 
hábil y esforzado. Las nuevas de este suceso conmo- 
vieron á toda España. Decretáronse levas extraordina- 
rias; recogióse de todas partes el dinero que se pudo; 
excitóse el celo de los Grandes de Castilla para que 
acudiesen á la defensa del reino y el de la provincia 
de Cataluña, llena de patriótico ardor contra los fran- 
ceses. 

Fué noble el impulso y necesario, porque verdadera- 
mente aquella era la puerta de España; pero debió 
hacerse antes ó guardarlo para más tarde; aquello, para 
evitar la pérdida, y esto para que no costase tanto el 
cobro. Aconsejaban los prácticos que se dilatase la 
empresa por ser ya los últimos meses del año; pero no 
se oyó el consejo. Encargóse á D. Felipe de Spínola, 
hijo del célebre D. Ambrosio, y por su muerte, mar- 
qués ahora de los Ralbases, el mando del ejército que 
era muy grueso para aquel tiempo, como que algunos 
lo hacen subir á veinticuatro mil infantes y tres mil 
caballos, de ellos quince mil catalanes bisónos, y el 
resto castellanos y extranjeros de los tercios de Morta- 
ra. Moles, Molinghen, y otros, vencedores en Fuente- 
rrabía: el todo más lucido que robusto ni experimenta- 
do. El ejército francés, que estaba aún delante de Sal- 
sas, se retiró al aproximarse los nuestros; con todo 
hubo un combate entre alguna infantería suya y tropas 
nuestras bastante ventajoso. Apretóse el cerco, y á la 
par comenzaron las enfermedades á hacer estragos en 
el campo español. Las obras de sitio comenzaron de 
prisa; pero las aguas las destruyeron de un golpe cuan- 
do estaban muy adelantadas, y se pensó en rendir 



— 267 — 

por hambre la plaza. Vino bien para esto que el duque 
de San Jorge, hijo del marqués de Torrecusso, y don 
Alvaro de Quiñones destrozasen en un encuentro un 
buen golpe de caballería enemiga que andaba por 
aquellas inmediaciones atenta al socorro; porque así, 
privados de él, fué á poco muy grande la escasez de 
bastimentos en los defensores. Resolvióse entonces el 
duque de Enghien á venir en persona á levantar el 
cerco, pero fué rechazado dos veces: la una, más bien 
por un temporal horrendo que se declaró aquel día, que 
no por nuestros soldados; la otra, á pica y espada. 
Asaltó en esta última ocasión nuestras trincheras el de 
Enghien con seis mil soldados escogidos, y aunque 
pelearon con mucho valor fueron rechazados con más, 
y puestos en fuga, dejando mil trescientos cadáveres en 
el campo. Pero entre tanto, de aquel ejército nuestro 
tan brillante, no quedaba apenas la mitad, muertos el 
resto de las enfermedades y trabajos. Fué preciso traer 
nuevas tropas de socorro, levantadas principalmente 
en Cataluña, donde los naturales se aprestaron gusto- 
sísimos á la empresa, y con eso los franceses, aunque 
de nuevo aparecieron en campo, no se atrevieron más 
á dar batalla: con que tuvo que rendir la plaza su gober- 
nador Mr. de Espenan, después de haberla sostenido 
con todo género de salidas y defensas; mas salió con 
los honores de la guerra. No les quedó tras esto á los 
franceses por aquella parte otra fuerza que la de Opol, 
quizás menospreciada, y el ejército español, sin acome- 
ter otra empresa, vino á tomar cuarteles de invierno en 
el Rosellón y Cataluña. 

Fué no menos empeñada y sostenida que la de tierra 
la guerra marítima, dado que en el último término se 



- 268 - 

nos mostrase más adversa la fortuna. No bien se abrie- 
ron las hostilidades, una escuadra española, compuesta 
de veintidós bajeles, al mando de D. García de Toledo, 
marqués de Villafranca, duque de Fernandina, hijo del 
gran D. Pedro y hermano del hábil almirante D. Fadri- 
que, uno y otro difuntos, y al mando también del mar- 
qués de Santa Cruz, entró en el golfo de León y se 
apoderó de las islas de San Honorato y Santa Margari- 
ta, dejándolas guarnecidas y fortalecidas, con lo cual 
las costas de Provenza quedaron á merced de los espa- 
ñoles. Mantuvimos aquellos puestos no sin gloria ni 
ventaja; pero al cabo, sobreviniendo la escuadra fran- 
cesa que gobernaba el Arzobispo de Burdeos con tropas 
que desembarcaron á las órdenes del conde de Har- 
court, perdiéronse ambas islas, bien defendida la de 
Santa Margarita por su gobernador D. Miguel Pérez, 
y no rendida sino por falta de socorros; cobardemente 
entregada la de San Honorato, sin espera ni defensa 
bastante, por D. Juan Tamayo, que allí mandaba. Mien- 
tras nuestros bajeles llevaban á cabo aquella conquista, 
los de Francia se habían presentado delante del Grao 
de Valencia, desembarcando gente que osó llegar hasta 
la ciudad y ponerla sitio. Volvía el marqués de Santa 
Cruz con sus galeras de la expedición de Provenza, 
cuando supo estas nuevas, y cayendo sobre los contra- 
rios destruyó muchas de sus naves y los forzó á reem- 
barcarse con pérdida considerable. 

Mas fortuna que por acá tuvo la marina francesa en 
las aguas de Genova, donde hubo un reñido combate 
entre algunas galeras suyas y otras nuestras, y quedó 
de su parte la ventaja. Destruyeron también la flota 
dispuesta para el socorro de Fuenterrabía, como arriba 



— 269 — 

dejamos dicho, y de esta suerte pensaron olvidar la rota 
que les dio el de Santa Cruz delante de Valencia. Pero 
no tardaron en tocar en ellos un nuevo desengaño (1639) 
en las costas de Galicia. Determinado Richelieu á diver- 
tir también nuestra atención por aquella parte, juntó 
una armada la más poderosa que hasta entonces hubie- 
se salido de los puertos franceses, como que constaba 
de más de sesenta velas al mando del buen Arzobispo de 
Burdeos, que del todo aparecía apartado de los asuntos 
eclesiásticos y consagrado sólo al oficio del mar y de las 
armas. Presentóse esta escuadra delante de la Coruña. 
Estaba cerrado el puerto con unas cadena de mástiles 
gruesos, bien trincados con fuertes gúmenas y argollas 
de hierro que corrían de uno á otro de los dos castillos 
que la defendían; afirmada toda la obra en grandes 
áncoras, y tomados todos los puestos y bien guarneci- 
da la costa. Cobró miedo el enemigo, y no osando 
acercarse, se entretuvo tres días en disparar de lejos 
á la plaza y á la armada allí surta que mandaba D. Lope 
de Hoces, sin efecto, antes .con propio daño. Luego 
desistiendo de aquel empeño, se arrimó al Ferrol 
y desembarcó allí alguna gente, la cual, acometida af 
punto de los nuestros, fué rechazada después de cuatra 
horas de cruel pelea, y al fin tuvo que reembarcarse. 

No le cupo más gloria al Arzobispo en la empresa de 
Laredo. Desembarcó en aquella villa indefensa y dijo 
misa en su iglesia; pero no osó acometer el ingenio- 
ó fábrica de artillería que allí se miraba, donde hubiera 
logrado gran presa, y se volvió á sus naves. Al saber- 
lo el Arzobispo de Burgos, recogió toda la gente que 
pudo y corrió al encuentro del enemigo; que fuera de 
ver, si se encontraran, á tales tiempos, tal batalla ert 



— 270 — 

los prelados. Pero el de Burdeos, después de amagar 
también á Santander con poca fortuna, aunque allí dio 
á las llamas los astilleros, se hizo á la vela para sus 
puertos, y sobreviniendo tempestades, aquel gran arma- 
mento francés se deshizo por si propio con mucha pér- 
dida y ninguna ventaja. 

Pronto habíamos de tener por venturosos á los fran- 
ceses comparando su fortuna marítima con la nuestra. 
Afrentada con los insultos que padecían nuestras costas, 
determinó la Corte hacer un esfuerzo y traer armada al 
mar que pusiese respeto en los contrarios. Tales provi- 
dencias se llegaron á tomar, que en breve tiempo se 
juntaron en la Coruña setenta bajeles y de nueve á diez 
mil buenos soldados. Dióse el mando á D. Antonio de 
Oquendo, marino antiguo y experimentado, disponien- 
do que la jornada se hiciese en derechura á Flandes, 
navegando de tal manera, que si en el pasaje se pre- 
sentase alguna armada, se aventurase todo á trueque 
de conseguir su ruina. Al medio mes de navegación 
llegaron los españoles al Canal de la Mancha, y trope- 
zando con la escuadra holandesa que mandaba Tromp 
pelearon seis horas con ella, haciéndola retirar al cabo 
para aparejarse á nueva batalla recibido el socorro que 
esperaba. Vínole, con efecto, y holandeses y españoles 
pelearon de nuevo catorce horas seguidas con ventaja 
de los nuestros, que forzaron á los enemigos á reco - 
gerse en Calais. Pero eran grandes las averías y los 
heridos y muertos del combate, y más aún apuraba á 
los nuestros la falta de pólvora, de suerte que al fin 
tuvieron también que ampararse de las Dunas en la 
costa de Inglaterra. Allí permanecieron muchos días 
antes de lograr de los ingleses pólvora y socorro algu- 



- 271 — 

no; y entre tanto de todos los puertos de Holanda sa- 
lieron cuantos bajeles había disponibles, y juntándose- 
les algunos franceses, bien prevenidos y municionados 
todos, vinieron sobre la escuadra de España. Ascendió 
de esta suerte la contraria á ciento diez naves con diez 
y ocho brulotes, los cuales tomaron la boca del puerto 
para impedir que los nuestros saliesen. En tal punto las 
cosas dispuso Oquendo enviar á Duquerque todo el cau- 
dal y tropas de refuerzo que llevaba á Flandes, y lo lo- 
gró sin ser sentido de los holandeses. Reforzó también 
sus bajeles, despidiendo á muchos de los que traía de 
transporte y contratados, y se aparejó á salir á pelear 
con los enemigos, á pesar de verse tan inferior en fuer- 
zas. Mas éstos estaban ya de acuerdo con los ingleses, 
y al anochecer de cierto día en que los españoles esta- 
ban surtiendo de pólvora los bajeles para salir al mar 
sin sospechar algún peligro, se metieron dentro del 
mismo puerto. Defendiéronse los nuestros con más 
valor que podía esperarse de la mala prevención y des- 
cuido en que estaban, creyéndose en puerto amigo; 
pero con todo eso perdimos la mayor parte de los ba- 
jeles, bien apresados, bien quemados por los contrarios; 
de ellos fué el llamado Santa Teresa, de ochenta ca- 
ñones, que mandaba aquel D. López de Hoces, capitán 
valerorísimo, con quinientos mosqueteros, la flor de 
España, y ochocientos hombres de marinería. No se 
salvó en tal bajel un solo hombre. 

La escuadra inglesa que guardaba aquellas costas, 
hizo fuego sobre los combatientes para que respetasen 
la neutralidad del puerto; pero lo hizo de modo que no 
causaron daño en los holandeses, y en los nuestros lo 
causaron inmenso. Quejáronse los españoles de trai- 



- 272 — 

ción y no sin motivo; todos los documentos y porme- 
nores persuaden que la hubo. Mas ello fue que España 
perdió la mejor de sus naves, y entre más de catorce 
mil muertos ó prisioneros, muchos de aquellos solda- 
dos viejos con que contaba todavía para defender su 
suelo y sustentar su gloria. No mejor suerte corrían al 
propio tiempo nuestra marina y nuestras cosas en las 
costas del Brasil y de África. 

Una escuadra holandesa de nueve bajeles embistió 
el fuerte de San Jorge de la Mina, establecido por los 
portugueses en las costas de Guinea, y lo rindió sin 
mucha dificultad. Quisieron luego los contrarios apo- 
derarse de otro que se nombraba Arzin; pero la con- 
ducta firme del Gobernador los hizo desistir del pro- 
pósito. 

Mayores fueron en el Brasil las pérdidas, atacando 
aquellas provincias los holandeses en diversas ocasio- 
nes, y causando siempre daños sin cuento. Vencidos y 
echados de allí por D. Fadrique de Toledo, no tardaron 
en venir á reparar el ultraje, y desembarcando nume- 
rosas tropas, lograron en tres campañas, funestamente 
felices, traer á su obediencia mucha parte del territorio, 
rompiendo diversas veces á las tropas portuguesas que 
les salieron al paso. Tales triunfos movieron á los ene- 
migos á hacer mayor esfuerzo todavía para ganarlo 
todo de un golpe, y enviaron allá al conde Mauricio de 
Nassau, deudo del de Orange, con poderosa armada. 
Banjola, que mandaba á los nuestros, no bien supo la 
llegada del conde Mauricio salió á ponérsele delante, 
pero no con más fortuna que otras veces, porque la 
gente de indígenas y portugueses que traía, poco dies- 
tra y valerosa, huyó en dos encuentros que hubo sin 



— 273 - 

disputar muy largamente la victoria. Con esto se apo- 
deró Mauricio de muchas plazas y llegó á sitiar á San 
Salvador; pero aquí no le salieron como creía sus pen- 
samientos, porque en una salida que hicieron los defen- 
sores le mataron mucha gente y le forzaron á alzar el 
campo. 

Con todo, aquellas cosas continuaron ofreciendo 
gran peligro, y nuestra Corte, á pesar de sus apuros 
marítimos, determinó enviar allá gruesos socorros. Jun- 
tóse una armada de cuarenta y seis bajeles con cinco 
mil hombres de desembarco, y se puso al mando de 
D. Fernando Mascareñas, conde de Torre. Navegó 
esta escuadra con mucha felicidad al principio; pero á 
mitad del camino cayó la peste sobre las naves y mu- 
rieron más de tres mil hombres, quedando los demás 
extenuados. Hubo aún la desgracia de que por haberse 
dado espera al desembarco, la armada se extraviase 
por aquellos mares y estuviese algún tiempo sin poder 
arribar de nuevo. De aquí nació que cuando D. Fer- 
nando Mascareñas, desembarcada la gente y reuni- 
da la que allí quedaba se puso en campo, estuviese ya 
á la vista el socorro de los holandeses que salió á las 
nuevas de nuestros armamentos. Y á la verdad, mirá- 
banse éstos tan disminuidos con las anteriores campa- 
ñas, que sin él no hubieran podido sostenerse un punto. 
Cuarenta y uno fueron los bajeles de guerra que trajo 
^1 enemigo, y por general á Guillermo Looff, hábil ma- 
rinero. Salieron en busca de ellos los nuestros, que no 
eran menos ni inferiores, al mando de Mascareñas y 
se trabaron varios combates, en uno de los cuales el 
Almirante holandés perdió la vida sin verse ventaja de 
una ni de otra parte. Pero Huighens, en quien recayó 

18 



- 274 — 

él mando de la escuadra enemiga, sin perder aliento 
provocó un combate decisivo, y en él después de lar- 
gas horas de lucha, fueron los nuestros completamente 
deshechos, aunque no sin gran pérdida del enemigo. 
De toda aquella armada solamente seis bajeles volvie- 
ron á España, Y cierto que serían de extrañar tan repe- 
tidos desastres en los mares, si no se sospechase ya 
que consistían en la mala disposición de las flotas. Ar- 
mábanse de prisa, tripulábanse con soldados de tierra 
y chusma ignorante, y los más de los bajeles no eran 
construidos para la guerra, sino arrancados aquí y allá 
al comercio ó comprados y aun alquilados á mercaderes 
extranjeros. Solo los navios llamados de Dunquerque, 
construidos para la defensa de aquellas costas, eran 
buenos y los de Ñapóles gloriosos desde la época del 
gran duque de Osuna. Naves portuguesas, genovesas, 
algunas inglesas y pocas, muy pocas castellanas, for- 
maban principalmente en aquel tiempo las escuadras, 
que con tan poca honra y fortuna paseaban nuestra 
bandera por los mares. Con la derrota del Brasil y la 
que antes habíamos padecido en el Canal de la Mancha, 
parecía aniquilado nuestro poder marítimo; y fué cosa 
de maravillar cómo pudimos en adelante hallar bajeles 
todavía para defender nuestras costas y aun para ven- 
cer en algunas ocasiones. 

Imposible será referir aquellos accidentes de tan cos- 
tosa y dilatada guerra, sostenida á un tiempo en Euro- 
pa, en las fronteras del Pirineo, en Italia, Flandes, Ale- 
mania, el Franco-Condado y á la par en las demás 
partes del mundo. Y en todas las costas y mares. Jamás 
alarde más grande ni esfuerzo más desesperado hizo 
nación alguna, que éste que estaba haciendo la Monar- 



— 275 — 

quía española, peleando por todos lados con tan des- 
iguales medios y armas; donde quiera imponiendo, 
aunque tan enferma, respeto y espanto á sus enemigos. 
Pero se estaba ya en el año de 1640, y el mal penetra- 
ba en el corazón; el incendio estaba ya encima; oíase el 
chisporroteo de los combustibles; sentíanse las llama- 
radas, y el humo ennegrecía el horizonte. La hora de 
la muerte era llegada para la agonizante grandeza de 
España; sus cimientos estaban socabados del todo, y 
una ráfaga de viento que pasase la haría desplomarse. 
Y sin embargo, en Madrid no se notaba aún señal de 
temor ó de tristeza. Celébranse no sólo cada victoria, 
sino cada rumor de ellas, verdadero ó falso que corre, 
con los festejos de costumbre, y no pocas veces se 
hacen sin pretexto alguno. De los más señalados fué 
uno en que hubo cierta comedia de magia, ó más bien 
alegoría, con el título de la Circe, invención de un 
tal Cosme Loti, la cual se representó sobre el es- 
tanque grande del Retiro, con máquinas, tramoyas, 
luces y toldos, fundados parte en el lecho mismo del 
estanque, parte sobre barcas que iban á la par nave- 
gando. Yendo la representación á punto en que se fin- 
gían tormentas, se levantó una tan verdadera, con tal 
torbellino de viento, que lo desbarató todo y algunas 
personas peligraron de golpes y caídas; mas con todo, 
no se desistió del espectáculo, y á pocos días después 
tuvo lugar delante del Rey y la Corte primero, y luego 
delante los Consejeros, comunidades religiosas y pue- 
blo. Pero acrecentándose cada día más la afición al arte 
dramático, donde más de continuo asistía el pueblo era 
á los teatros ó corrales, y el Rey y los cortesanos, prin- 
cipalmente, á las salas del Buen Retiro, donde se ha- 



— 276 — 

cían algunas improvisadas por los primeros poetas de 
la época, que allí mismo tramaban el plan, y repartién- 
dose los papeles las ejecutaban ellos propios siguiendo 
á su voluntad los diálogos. 

Con tal género de ayuda no tardó el arte en ponerse 
en alto punto de esplendor. Los antiguos corrales de 
la Cruz y del Príncipe se convirtieron en teatros, para 
aquel siglo muy lujosos, y todo el mecanismo de la imi- 
tación adelantaba diariamente, tocando en una perfec- 
ción hasta entonces desconocida en Europa. Los repre- 
sentantes, no contentos con las ganancias que les ofrecía 
Madrid, se multiplicaban; cruzaban continuamente los 
caminos, y desde las más grandes hasta las más peque- 
ñas poblaciones del reino veían levantarse telones, y eje- 
cutarse comedias, y bailes, y entremeses, y todo género 
de espectáculos. Y al compás de esto, Lope de Vega, 
Calderón, Moreto, Rojas, Alarcón, fray Gabriel Téllez, 
conocido por Tirso de Molina, Luis Vélez de Guevara, 
Cubillo, Villaizan, Hurtado de Mendoza, Montalbán y 
otros muchos de menor nombradía, produjeron obras 
innumerables, si defectuosas en la disposición y forma 
y no pocas veces en el estilo, maravillosas en la inven- 
ción y en el enredo; llenas de altos pensamientos, ricas 
en interés, en diálogos, en descripciones, en ingenio- 
sos recursos y en todos los prodigios de la fantasía. 
¡Lástima que tal arte y tales ingenios no floreciesen en 
tiempo de más ventura! Porque es doloroso haber de 
apuntar afrentas de los hombres á quienes agradecidos 
los poetas dramáticos tributaban tanto aplauso y lison- 
ja; haber de reputar por viles tal lisonja y aplauso; 
haber de condenar los festejos que eran germen y vida 
del arte dramático; haber de baldonar al Rey poeta y 



— 277 — 

al ministro Mecenas por la misma atención, por el favor 
mismo que tributaban á las obras y á los autores que 
tanta gloria nos han dado en el mundo. Ojalá que el 
cielo hubiera dado tales ingenios en los días de nuestra 
grandeza; ojalá hubiera infundido aquel amor al arte en 
los altos Príncipes del siglo de oro de la Monarquía. 

Mas ahora no la escena, ni el patio, ni los palcos, sino 
la frontera era el lugar donde había de hallarse á los 
buenos; y no las flores del Parnaso, sino el sangriento 
laurel de la victoria lo que debían de apetecer los espa- 
ñoles. Cada cosa tiene su oportunidad y su tiempo. La 
poesía de los vencidos es como el canto de la esclava, 
tal vez dulce, pero vil; Esquilo no escribió tragedias 
sino después que á costa de su sangre vio salvada á la 
Grecia en Platea; Corneille, Racine, Voltaire y Molie- 
re, vinieron á tiempo de añadir grandeza á la grandeza 
de nuestros vencedores. Miserable espectáculo ofrecía 
Felipe IV, regocijado y placentero mientras su herma- 
no, el infante cardenal D. Fernando, rendido el cuerpo 
de tan largas campañas y trabajos en Alemania y Flan- 
des, y acosado el ánimo de presentimientos y temores 
por la suerte de la patria, se enflaquecía de hora en 
hora, y en tan florida edad inclinaba ya el cuerpo al 
sepulcro. Faltábanle soldados al buen Infante, y al Rey 
le sobraban representantes y truhanes; porque según 
dejó escrito uno de ellos con imparcialidad notable, 
«como su vida era libre y apetecida de gente moza, se 
^aumentaban considerablemente cada dia». No había 
dinero á punto que el Rey se echó sobre la plata que 
trajo en 1639 la flota de Indias, de propiedad de parti- 
culares, tomando la mitad para sí y pagando de la otra 
mitad mucha parte en calderilla; despojo inicuo del 



- 278 - 

cual se habían dado ejemplos en tiempo de Felipe lí, 
pero harto más reprensible ahora, puesto que no se 
había de emplear en la defensa de la nación como se 
empleó entonces, sino en pagar bacanales y fiestas. 

Y en tal pobreza se labraba á mucha costa un teatro 
en el Buen Retiro, donde se representasen comedias 
con más lujo que antes en los salones, obra grande, 
según un autor contemporáneo. Allí, entre comediantes 
y farsas y bailes, los reyes acabaron de perder su 
decoro y su virtud los vasallos. Mostraba gusto la 
Reina de ver silbar las comedias, y por agradarla el 
público vil de cortesanos, dio en silbarlas todas, malas 
y buenas, con igual diligencia. Asimismo para que vie- 
se la Reina todo lo que pasaba en las cazuelas de los 
corrales ó teatros, se representaron bien al vivo en el 
Buen Retiro, trayendo mujeres que se mesasen y ara- 
ñasen unas, que se diesen vayas ó insultos otras, 
y mosqueteros ó truhanes que de propósito las enoja- 
sen. También se solían echar entre ellas reptiles que 
fas asustasen, y «ayudado esto, exclama un contempo- 
>ráneo, con libertad singular del son de silbatos, chiflos 
>y Castradores, se hacía espectáculo más de gusto que 
>de decadencia». En esto había venido á parar la 
admirada gravedad de los Reyes de España. Felipe, 
tan ceremonioso, tan absoluto, que se juzgaba un Dios 
levantado sobre sus vasallos, tan avaro de sus respetos 
y autoridad que por conservarlos había ya hecho derra- 
mar mucha sangre y debía hacerla derramar á torrentes 
todavía, toleraba tales ruindades en presencia suya y de 
su esposa é hijos, dando tales alas á los representantes 
que uno de ellos, por nombre Juan Rana, que hacía de 
gracioso, osó mofar públicamente por loa afeites que 



— 279 — 

usaban en el aliño del rostro, durante una de las repre- 
sentaciones del Buen Retiro, á dos damas de las prin- 
cipales de la Corte que allí asistían. 

Tales liviandades, comunicándose á la nación, habían 
ya corrompido por aquel tiempo las venerables costum- 
bres de los antepasados. No había, especialmente en 
Madrid, ni decoro, ni moralidad alguna; quedaba la 
soberbia, quedaba el valor, quedaban los rasgos distin- 
tivos del antiguo carácter español, es cierto, pero no 
las virtudes. Pintó D. Francisco de Quevedo con exac- 
titud los vicios de aquella época nefanda; no hay 
ficción, no hay encarecimiento en sus descripciones. 
Tal franqueza no podía pasar entonces sin castigo, y 
así los tuvo el gran poeta con pretextos varios, entre 
los cuales hubo uno infame, que fué correr la voz de 
que mantenía inteligencias con los franceses. La verdad 
era que halló medio de poner ante los ojos del Rey un 
memorial en verso donde apuntaba las desdichas de la 
república, señalando como principal causa de ellas al 
Conde-Duque. Siguióle el aborrecimiento de éste hasta 
el último día de su privanza; y así estuvo Quevedo en 
San Marcos de León durante cerca de cuatro años, los 
dos de ellos metido en un subterráneo cargado de 
■cadenas y sin comunicación alguna. Aun fué merced 
que no le degollasen, como al principio se creyó en 
Madrid, porque todo lo podía y de todo era capaz el 
orgulloso privado. Pero mientras aquel temible censor 
pagaba sus justas libertades, la Corte, los magistrados 
y los funcionarios de todo género acrecentaban sus 
desórdenes, y al compás de ellos hervía España, y prin- 
cipalmente Madrid, en riñas, robos y asesinatos. Pagá- 
banse aquí muertes y ejercitábase notoriamente el oficio 



- 280 - 

de matador; violábanse los conventos, saqueábanse 
iglesias, galanteábanse en público monjas ni más ni 
menos que mujeres particulares; eran diarios los desa- 
fíos, y las riñas, y asesinatos, y venganzas. 

Léense en los libros de la época continuas y horren-^ 
das tragedias, que muestran no mucho más respeto 
á las cosas de Dios que á las cosas de los hombres. 
Tal caballero rezando á la puerta de una iglesia, era 
acometido de asesinos, robado y muerto; tal otro lleva- 
ba á confesar á su mujer para quitarle al día siguiente 
la vida y que no se perdiese el alma, ya que el cuerpo 
pensaba traerlo á tal extremo; éste, acometido de faci- 
nerosos en la calle, se acogía debajo del palio del San- 
tísimo, y allí mismo era muerto; el otro se despertaba 
de noche al sentir puñaladas en su almohada, y era que 
su propio ayo le erraba golpes mortales, disparados 
por leve represión ú ofensa. Una compañía de natura- 
les de Antequera y los soldados del tercio de Madrid, 
estuvieron batallando todo un día en Madrid por peque- 
ña ocasión, y se dieron hasta doce ó más acometidas 
en las calles, á pesar de haber sacado de una iglesia el 
Santísimo Sacramento para aplacarlos. En Málaga, cier- 
to corregidor prendió por leve disgusto á un hombre 
principal, y sin forma de proceso le hizo decapitar de 
noche, sin confesión y por un esclavo. En quince días 
hubo, en Madrid solo, ciento diez muertos de hombres 
y mujeres, muchas en personas principales. Hechos 
todos no de maravillar, ciertamente, en otros países 
y épocas, donde se han visto iguales si no mayores, 
pero increíbles en España, que tan severas costumbres 
había heredado de Felipe II y Felipe III, trascurridos 
tan pocos años desde la muerte del último Monarca, 



— 231 — 

y estando al parecer más vivos que nunca la fe, el cul- 
to católico y el influjo del clero. 

Atribuíanse, por lo común, los crímenes á los solda- 
dos de los tercios que se formaban para acudir al 
refuerzo de los ejércitos; y bien podía ser, porque 
extenuadas y despobladas las provincias de la continua 
guerra, agotados casi los hombres valerosos y de 
espíritu verdaderamente guerrero, apenas acudía á 
ponerse debajo de las banderas sino gente mezquina. 
Muchos venían á servir por engaño ó por fuerza, y por 
lo mismo no tardaban en desertarse, y con temor del 
castigo echábanse luego á vivir por malos modos. 
Otros viciosos y malvados se enganchaban en los ter- 
cios mientras se formaban, y recibido el precio del 
enganche y las pagas, desertábanse al salir á campaña 
y se quedaban en la corte sin otro ejercicio que el robo 
y los crímenes, hasta que de nuevo tornaban á engan- 
charse para volver otra vez á la deserción y mala vida 
que solían. A veces también formaban cuadrillas de 
malhechores en despoblado que cometían inauditos des- 
manes. Mas no eran solo los soldados; tanto ó más que 
ellos cometían los naturales de diversas provincias, 
y especialmente los de Cataluña. 

Allí corrían en cuadrillas, ó por quejosos de la auto- 
ridad ó facinerosos, muchos hombres de valor y cono- 
cimiento en el terreno, burlando las iras de las autori- 
dades y justicias; llamaban á tal vida andar en trabajo, 
y había entre ellos sus caudillos y capitanes. Tales 
ó semejantes cuadrillas de forajidos se vieron en las 
llanuras de la desierta Mancha. Y en tanto los Tribu- 
nales del reino tal vez ahorcaban por precipitación 
á personas inocentes; y contra los grandes criminales, 



— 282 - 

Ó bien sobornados, ó bien temerosos, mostrábanse muy 
tibios. La Corte parecía menos firme todavía en casti- 
gar los delitos. Perdonábanse los mayores, ó por la 
calidad de la persona, ó por la utilidad solo que de ellos 
resultaba ó á precio de dinero y servicios, ó por mero 
capricho del Príncipe y privados. Así se vio á D. Pedro 
de Santa Cilia entrar con alto puesto á servir en los 
ejércitos y armadas de España después de haber dado 
muerte por sus manos á su industria á trescientos vein- 
ticinco personas. Era el D. Pedro, mallorquín, y siguien- 
do los impulsos vengativos que asemejaban entonces 
sus paisanos á los naturales de Córcega, determinó 
vengar la muerte de un hermano suyo lanzándose á 
cometer tantas y tan crueles, en personas inocentes 
casi siempre y á manera de bandido. A dicha se halla- 
ba en Madrid, cuando sacaron de palacio un caballo 
que nadie osaba montar por su braveza; ofrecióse ha- 
cerlo Santa Cilia, y lo ejecutó con tanta habilidad que 
todos los presentes quedaron maravillados. Violo tam- 
bién el Rey; mandóle subir y que le contase su histo- 
ria, y por último le perdonó y le admitió á su servicio 
en gracia de su atrevimiento. Portóse luego Santa Cilia 
como soldado y capitán de valor, señalándose en Nord- 
linghen y en otras ocasiones; pero el número increíble 
de sus crímenes pedía á la verdad otra enmienda y 
ejemplo de parte de los guardadores de la justicia. 

La Inquisición misma, aunque tan severa, y tan en- 
trometida siempre en las cosas del Gobierno y justicia 
civil, pasaba por alto tales desafueros, aun los que más 
cerca la tocaban, y no ponía atención ni cuidado sino 
en los casos de herejía, y en los delitos cometidos 
contra el culto ó contra los privados del Rey. Aun sor- 



— 283 — 

prende el ánimo la facilidad con que corrían entonces li- 
bros llenos de ideas y palabras obscenas que no se tole- 
rarían en los tiempos modernos, siendo así que tan rigu- 
rosa censura se ejercitaba contra los autores en todo lo 
tocante á pensamientos religiosos y políticos. La des- 
igualdad de los castigos llegó á un punto, que repugna al 
sentido común, cuanto más al derecho. Viéronse en los 
autos de fe, ó quemadas ó duramente castigadas muchas 
personas por delitos como la bigamia, mientras corrían 
impunemente los más atroces atentados. Cualquier pa- 
labra de doble sentido ó sospechosa en materia de fe 
ó de culto, era castigada con más crueldad que el robo 
de una monja ó la violación de unos votos; bien que 
esto último llegó casi á tolerarse como cosa común. Era 
tan general la obcecación, que el cronista D. José Pelli- 
cer y Tobar, en sus Avisos, después de narrar los gran- 
des peligros é infelicidades de aquel tiempo, exclama: 
«De verdad una de las desdichas que se deben reparar 
»con más atención y lástima, es ver á España tan llena 
»por todos lados de judíos enemigos de nuestra santa fe 
»católica.» ¡Singular advertencia cuando las fronteras, 
la Hacienda, la Corte y las provincias se miraban de tal 
modo perdidas! Así todo parecía ya degenerado; no ha- 
bía en España ni opinión verdadera, ni juicios exactos, 
ni vínculo social que se mantuviese en la antigua firme- 
za. Tan extraña confusión en las costumbres habían in- 
troducido las liviandades de Felipe IV y de su privado. 
Hacia los años de 1640 era Madrid, en suma, como 
un tiempo Roma, cabeza extraviada y corazón corrom- 
pido de un cuerpo colosal, que por milagro se mantenía 
en pie todavía; heredera de glorias y maestra de iniqui- 
dades y torpezas; hija de héroes y madre de viles. 



Q 










LIBRO QUINTO 



o® 



SUMARIO 














1640.— Propósitos del Conde-Duque: motivos de la rebelión de 
Cataluña: sus principios: el conde de Santa Coloma y el mar- 
qués de los Balbases: alojamientos: reclamaciones del Prin- 
cipado: choques" entre soldados y paisanos: rompe el pueblo 
de Barcelona las puertas de las cárceles: sedición del día del 
Corpus: matanza de castellanos y muei te del Virrey: el Vía 
/ora.— Fiestas que entretanto celebran en Madrid: amones- 
tación de un labrador al Rey. — Virreinato del duque de Car- 
dona: sucesos de Perpiflán: Virreinato de D. García Gil Man- 
rique. — Prevenciones de guerra. — Sucesos del Rosellón. — 
Jura el Virreinato el marqués de los Vélez: primeras opera- 
ciones: disposiciones del Conde-Duque sobre Portugal: Suá- 
rez y Vasconcellos: el duque de Braganza: principios de la 
conjuración: Pinto de Ribeiro: torpezas del Conde-Duque: 
burla el de Braganza sus ardides: sublevación de Lisboa: he- 
cho generoso del capitán Garcés: muerte de Vasconcellos: 
arresto de la Virreina: pérdida de la cindadela y del castillo 
de San Juan. — Espanto en nuestra Corte: cómo dio Olivares 
al Rey aquella mala nueva: disensiones: conjuraciones del 
duque de Medinasidonia y del arzobispo de Braga: frústranse 
ambas: suplicios: muerte del aleve marqués de Ayamonte: se 
salva Medinasidonia: su reto al de Braganza. — Liga de la 
paz: batalla de Sidam.— Prevenciones de guerra: corrupción 
y torpezas. 



- 286 - 

i'J KiAMOs notado ya en otros lugares que los Mo- 
narcas y Ministros infelices de estos tiempos que va- 
mos narrando, hacían acaso más daño á la Monarquía 
con sus buenos que con sus malos intentos. Y es que 
en las cosas políticas no hay mayor yerro que trocar 
las ocasiones, y querer, porque sólo un día fueron posi- 
bles, llevarlas cualquier otro á cabo forzosamente. Harto 
se probó esta verdad en la expedición que envió Fe- 
lipe 11! contra Inglaterra y en sus proyectos contra 
Francia; más todavía hubo de recibir más grande y 
triste prueba. Nada tan útil como la unidad nacional 
y el pensamiento de reunir todas las fuerzas de la Mo- 
narquía en un solo punto. Pero esto no era posible 
llevarlo á cabo de pronto entre los azares y ocupacio- 
nes de las guerras extranjeras, estando tan flaca como 
estaba á la sazón la cabeza de la Monarquía. Sin em- 
bargo, tal era el Conde-Duque, que cabalmente eligió 
aquella ocasión para traer á ejecución su propósito. 
Buena enseñanza del modo con que tales cosas se 
ejecutan acababa de ofrecer en Francia Richelieu. 
Mantuvo al principio la paz todo lo que pudo, aun sa- 
crificando en ella el orgullo francés; hizo alianzas ex- 
tranjeras y organizó ejércitos y reunió tesoros, y 
cuando tuvo á punto las cosas, comenzó á descargar 
golpes certeros contra los protestantes, los grandes 
señores y las ciudades indóciles y rebeldes. Así logró 
á todos rendirlos y reducirlos á la obediencia del Mo- 
narca, en cuyo nombre gobernaba; y el astro de Fran- 
cia, después de algunos años de eclipse, apareció más 
brillante que nunca á los ojos del mundo. No aprove- 
chó la lección Olivares, que más que estudiar en las 



— '287 — 

obras de otro, pensaba poner las suyas de ejemplo á 
todos: tal era su vanidad. 

A muy poco de encargarse del gobierno dirigió al 
Rey un papel sobre ello; porque todas las cosas que 
él quería que le alabasen las ponía por escrito. 
Apuntaba allí á más de las razones claras y obvias, 
que persuadían la conveniencia de dar unidad á la na- 
ción, ciertos sofismas como aquel de que, «si eran 
»poderosos seis Príncipes moderados, pero bien uni- 
»dos, se considerase cuánto más lo podían ser, si se 
»uniesen, los muchos reinos de España, tanto mayores 
»que los opuestos y tanto más fáciles de ajustar, es- 
piando debajo de una obediencia que esos otros de 
»diversos dueños.» De tal manera equiparaba el fa- 
vorito la alianza de nuestras provincias entre sí con la 
de Francia, Suecia, Saboya, Holanda y las demás na- 
ciones contra nosotros á la sazón conjuradas. Fué 
muy alabado el papel de todas suertes, y se enviaron 
aquí y allá comisionados que tratasen de ello: á Flan- 
des fué el marqués de Leganés, y á Portugal el de 
Castel-Rodrigo. Llamáronse también á la Corte pre- 
lados y personas principales de diversas partes para 
discutir la unión pretendida. Pero no se logró, porque 
no se podía lograr tan fácilmente efecto alguno; y du- 
raron los tratos hasta que comenzaron las violencias á 
hacer sus veces, y saltaron de eso las consecuencias 
que lloraron todos. Este paso de las negociaciones á 
las violencias tuvo por causa en mucha parte los apu- 
ros del Erario y las necesidades de la guerra. Pero es 
imposible olvidar que otras causas menos disculpables 
influyeron también y no poco en su empleo. En esto 
como en todo la Monarquía tuvo que llorar con la in- 



- 238 — 

capacidad política del Rey, la vanidad funesta y la in- 
prudencia del favorito y sus ministros. 

Nació poderoso el deseo de humillar con la fuerza á 
los catalanes en las Cortes celebradas en Barcelona 
en 1626. Ya en las de 1623 había quedado disgustado 
el Rey por la poquedad de los subsidios y resistencia 
á manifestar los libros y réditos; pero en estas de 1626, 
Felipe, al dejar repentinamente á Barcelona, traía sin 
duda en su ánimo el propósito de castigarles. Volvió, 
sin embargo, benévolamente en 1632 para dejar en su 
lugar al infante D. Fernando; y quiso la desdicha que 
la antigua herida de su agravio se la resucitase y exas- 
perase con uno suyo el Conde-Duque. Porque habien- 
do tenido cierto disgusto sobre el modo de tratar á los 
catalanes con el noble Almirante de Castilla, que des- 
de 1623 venía proponiendo moderación en ello, la no- 
bleza y pueblo de Barcelona, ó sabedora del motivo, ó 
inclinándose más á éste, naturalmente, por ser de la 
casa de Cabrera, tan respetada en el Principado, mos- 
tráronse ostensiblemente en su favor y en contra del 
favorito. No era hombre Olivares que perdonase las 
ofensas hechas á su vanidad; aumentó en sus conse- 
jos el desabrimiento en el Rey, y con sus amenazas y 
palabras de cólera dio lugar á que los ministros ser- 
viles que le servían comenzaran á tratar con despego 
en las cosas á Cataluña. Principalmente el protonota- 
rio de la corona de Aragón, D. Jerónimo de Villanueva, 
muy favorecido de Olivares, puso á título de lisonja 
en completo olvido todas las reclamaciones y negocios 
que de allí venían, tratando con tanta dureza á los 
interesados, que llegaron á aborrecerle los catalanes 
tanto ó más que al Conde-Duque, y fué acaso el ma- 



— 289 — 

yor causante de los excesos que cometieron. No es- 
taban ellos á la verdad muy gustosos tampoco desde 
las Cortes de 1623 y 1632. Inspiróle á aquel pueblo 
varonil y laborioso desprecio y cólera la licenciosa 
Corte de Castilla; ofendióle sobre manera la vanidad 
del Conde-Duque, su lujo y porte; y luego no le agra- 
vió poco el que el infante D. Fernando, con notable 
firmeza, pero acaso fuera de tiempo, negase el honor 
á sus conselleres de que se cubriesen delante de él, 
según el antiguo usaje. Y notando al propio tiempo la 
lentitud con que se despachaban sus negocios, y el 
despego con que eran tratados en la Corte de Casti- 
lla, ellos, que nunca habían mirado con buenos ojos su 
dependencia de otra provincia, que se inclinaban poco 
en carácter, ideas y costumbres á los castellanos, y 
negaban siempre á éstos otro nombre que el de ex- 
tranjeros, comenzaron á hacer acopio de ira y á espiar 
ocasiones de venganza. Siendo Virrey el gran duque de 
Feria hubo una gran riña entre la armada de España an- 
clada en el puerto y los habitantes, donde llegaron és- 
tos al extremo de disparar contra las galeras la artillería 
de los muros, y cuando el virrey Cardona quiso registrar 
por fuerza los archivos de la ciudad, y los conselleres 
se fortificaron dentro de su palacio, negándose á permi- 
tirlo, el pueblo se puso en armas, y fué ventura que no 
inundasen ya en sangre las calles de la ciudad condal 
catalanes y castellanos. El Rey, airado ya de todo pun- 
to, mandó que la Audiencia se trasladase á Gerona; y 
los conselleres y Diputación, como si previesen el pró- 
ximo rompimiento, no cesaron desde entonces en repa- 
rar los muros, labrar algunos más reparos y disponer 
como al descuido en la paz las cosas de la guerra. 

19 



— 290 — 

En tal punto las cosas, suscitóse la guerra del Ro- 
sellón; y la Corte expidió dos edictos, imponiendo por 
el uno á Cataluña cierta contribución no votada en 
Cortes, y por el otro expulsando á todos los france- 
ses del territorio; uno y otro contra los fueros de la 
provincia. Recelosos los catalanes al ver aquellos prin- 
cipios, hicieron ai punto en Madrid reclamaciones, mas 
no fueron atendidas de modo alguno. Lo que el Con- 
de-Duque había ordenado sin obstáculo en otras pro- 
vincias, quiso que fuese también en Cataluña, porque 
como tenía en su pensamiento la unidad, figurábase 
que no le faltaba otra cosa que demostrarla en las 
obras; y las nuevas reclamaciones, sin obligarle á 
cambiar el fondo de su propósito, le impulsaron á ha- 
cer más duras las formas, recordando siempre su que- 
ja. Con todo, el patriotismo pudo tanto en los catala- 
nes, que cerrados los ojos á todo agravio, acudieron á 
la empresa de Leucata y más á la recuperación de Sal- 
sas, donde se vio venir á toda su nobleza con muchos 
soldados y caudales. Separado el duque de Cardona 
después de aquella derrota de Leucata, vino á suce- 
derle por virrey D. Dalmau de Queralt, conde de San- 
ta Coloma, querido del pueblo y la Corte. Hubo el raro 
acierto de igualarle en mando durante el cerco de Sal- 
sas con el Capitán general del ejército, que era el 
marqués de los Balbases; y aunque este mando era más 
honorífico que otra cosa, obligó más á los catalanes á 
servir con muy buena voluntad en la empresa. 

No faltaron, sin embargo, disgustos ocasionados por 
la contrariedad de caracteres entre los catalanes y el 
resto del ejército; durante la campaña cerca de Co- 
lliure hubo un choque sangriento, y debajo de los 



- 291 - 

muros de Perpiñán se trabó una verdadera batalla, que 
duró seis horas, con gran mortandad de ambas partes, 
siendo maravilloso que acertaran á suspenderla los capi- 
tanes. Pero ello es que fueron inmensos los servicios 
y sacrificios del Principado, tanto en hombres como 
en dineros y que en Madrid no se mostró por eso el 
menor agradecimiento. Mirando el Conde-Duque cuan 
poco habían insistido en la primera violación de sus 
fueros y cuan de veras servían en aquella ocasión los 
catalanes, tomóles por humildes, y dio por cierto que 
podría traerlos por fuerza á su propósito, satisfaciendo 
al par sus mezquinas venganzas. Así, lejos de enviar 
recompensas, envió amenazas y nuevos agravios. Du- 
rante el sitio de Salsas, cuando más méritos estaban 
haciendo los catalanes, le escribió al virrey Santa Co- 
loma, sin motivo ni provocación alguna, que si los pri- 
vilegios del país podían avenirse con sus órdenes, los 
respetase; pero que en el caso de que le empesciesen ó 
dilatasen el éxito de las cosas, considerase al que los 
alegara como á enemigo de Dios y del Rey, de su 
sangre y de la patria; añadiéndole que enviase á to- 
dos los hombres capaces de trabajar ó de llevar armas 
al ejército, que hasta á las mujeres empleara en el ser- 
vicio, y que echase si era preciso á los habitantes 
de sus hogares, para que los ocupasen los soldados. 
Y no contento con esto, inclinó al Rey á que escri- 
biese al propio Santa Coloma, mandándole que do- 
meñase con el rigor las libertades de los funcionarios 
y pueblos de la provincia. Provocaciones y rigores casi 
inconcebibles, cuando voluntariamente hacía tanto Ca- 
taluña, que era imposible pedirla más, impropios ade- 
más para empleados con españoles, y más por hom- 



- 292 — 

bres que tan flojamente se las habían con los extran- 
jeros. 

Era el Virrey catalán al cabo, y no podía prescindir 
de respetar por costumbre los privilegios de sus pai- 
sanos. Dilatóse por su causa, antes que por no ser ne- 
cesario, el gran rigor que aconsejaba la Corte; pero 
cuando llegó el trance de acuartelarse el ejército en 
Cataluña, terminada la campaña, ya no pudo evitar los 
daños. Faltaron las pagas, como acontecía de ordina- 
rio, á los soldados; y éstos, en mucha parte extran- 
jeros y acostumbrados á tomar por fuerza cuanto que- 
rían en Italia y Flandes, donde por lo común habían 
servido, comenzaron á ejecutar igual desorden en Ca- 
taluña. No acudió á reprimirlo como debiera el mar- 
qués de los Balbases, Capitán general del ejército, 
porque como extranjero, no tenía compasión á los na- 
turales ni estaba acostumbrado á hallar resistencias en 
el paisanaje de otras partes, equivocando él, como los 
soldados y la propia Corte, al valeroso pueblo catalán 
con otros viles que había conquistado. Cabalmente 
aquel paisanaje había asistido en Leucata y Salsas y 
despreciaba á los soldados, teniéndose por más vale- 
roso que ellos, y habiéndolo mostrado, verdadera- 
mente, en muchas ocasiones, siendo ésta una de las 
causas de aborrecimiento y menosprecio que por en- 
tonces traían conmovidos los ánimos. Combatíanle en 
tanto al de Santa Coloma, de una parte el celo del 
servicio de su Rey, y de otra la compasión de los na- 
turales; dudaba y revolvía en su mente diversos con- 
ceptos, pero no determinaba cosa alguna; y los sol- 
dados, fortalecidos en su licencia por la permisión ó 
tolerancia que traslucían, no había insultos que no ha- 



- 293 - 

liasen lícitos, disculpándolos todos con el hambre. Mas 
los catalanes, viendo que no se les hacía justicia, ven- 
gativos y duros por naturaleza, y despreciando más 
que temiendo á la soldadesca, no tardaron en comen- 
zar á tomarla por sus manos. 

De pequeños principios fueron así formándose poco 
á poco grandes tumultos. Quemaron los soldados del 
tercio napolitano de D. Leonardo de Moles á Riu de 
Arenas, y Santa Coloma de Parnés tuvo luego igual 
suerte en castigo de haber allí muerto algunos aloja- 
dos. Al saberse estas violencias, no ya el pueblo, sino 
la nobleza y el clero levantaron al cielo sus quejas. 
Sólo el alojar el ejército en Cataluña era ya manifiesta 
infracción de sus fueros; y habiendo enviado á Madrid 
doce embajadores que reclamasen contra ella, no se 
les permitió entrar siquiera, mandándoles que se detu- 
viesen en Alcalá, donde estuvieron muchos días. En- 
tonces enviaron á dos frailes capuchinos para que so- 
licitasen que se oyese á los embajadores. Debieron 
aquéllos á sus hábitos el llegar á la presencia del Rey, 
sin que pudiera estorbarlo el favorito, y tanto dijeron, 
que lograron su propósito. Vinieron los embajadores á 
la Corte y pusieron en manos del Rey un memorial, 
que por lo descarado acabó de irritar los ánimos de la 
Corte, y por gran sufrimiento no logró respuesta algu- 
na. Y á la par Santa Coloma prohibió en Barcelona 
que ningún abogado pudiese asistir á las causas ordi- 
narias que suscitaban los paisanos contra soldados, 
pensando sin duda refrenar con esto la audacia del 
vulgo; lo que se logró fué que, hallando cerrado los 
agraviados catalanes el camino de la justicia, acabá- 
ranse de inclinar al propósito de defenderse brazo á 



- 294 - 

brazo. Fueron como heraldos y mensajeros de tal pro- 
pósito á verse con el Virrey el diputado militar Fran- 
cisco de Tamarit, voz de la nobleza catalana, y poco 
después una embajada de la ciudad de Barcelona. Re- 
presentaron ofensas, pidieron reparaciones y dejaron 
entrever amenazas. Mas era el conde de Santa Coloma 
hombre aunque bien intencionado, un poco violento, 
como lo mostró en las Cortes de 1626, donde puso mano 
á la espada contra el duque de Cardona, y luego en el 
sitio de Salsas, donde por pequeña ocasión apaleó á un 
tiempo al Maestre de campo Torrecuso y á su hijo el 
duque de San Jorge, tan valerosos ambos; y ahora irri- 
tado con la libertad de los catalanes, sin tener más en 
cuenta que era de ellos, ni reparar ya en los privile- 
gios de la provincia, redujo á prisión al diputado Ta- 
marit y á dos de los magistrados. Con esto parecieron 
muertas por un instante las libertades y la resistencia 
de Cataluña. Juzgóse en Madrid que lo estaban para 
siempre, y aplaudióse la determinación como esforza- 
da, sin ver el peligro que ofrecía los que podían re- 
mediarlo. 

La última embajada había puesto en el Conde-Duque 
y en sus favorecidos tanta ira, que se tenían por dicho- 
sos con imaginar tan inmediato castigo. No faltaba, sin 
embargo, quien temiese de aquellos sucesos, y alguno 
por cierto de quien menos pudiera esperarse. Tal era el 
marqués de los Balbases, D. Felipe de Spínola, hombre 
ilustre solo por el apellido de su padre, y cuya muerte 
aceleró, como se dijo, con la mala defensa y fuga del 
puente de Carinan. Había sido D. Felipe con su tole- 
rancia á sus soldados y con su desprecio á los catala- 
nes, uno de los mayores causantes de aquellas inquie- 



— 295 - 

tudes, y después no había cesado de aconsejar á la 
Corte que mantuviese sus disposiciones en Cataluña, 
alimentando y albergando la gente de guerra á costa y 
cargo de los naturales. No obstante, ahora, habiéndolo 
querido enviar allá para comenzar la nueva campaña 
contra los franceses, no quiso hacerlo, diciéndose públi- 
camente que era porque temía el humor de los catalanes. 
Vergonzosa conducta la del Marqués, que daba á los 
demás lecciones de fiereza, cuando él no osaba mos- 
trarla por su persona donde convenía, y ejemplo elo- 
cuente á los príncipes que se fían de fieros y balandro- 
nadas de cortesanos para ser agresivos é injustos. Los 
acontecimientos mostraron muy pronto que si era ver- 
gonzoso el reparo del Marqués, señalaba en él, sin em- 
bargo, más previsión que en los demás, pues irritados 
al último punto los catalanes, acrecentando las injurias 
su natural dureza y su antipatía á los castellanos, re- 
unidos en un solo pensamiento, como suele acontecer 
en ellos, no tardaron en declararse en abierta rebeldía. 
Rompió el vulgo de Barcelona tumultuosamente las 
cárceles, sacando de ellas á Tamarit y los otros magis- 
trados, presos, teniendo que acogerse el virrey Santa 
Coloma al amparo de las Atarazanas; y aunque se 
aplacó aquel tumulto por mediación del mismo Tamarit 
y los magistrados, alentáronse con la impunidad los 
descontentos, y creció su osadía con el ensayo de la 
poca resistencia, á punto de inclinarlos á mayores extre- 
mos. No se concibe cómo así la Corte, como el virrey 
Santa Coloma, descuidaron meter en Barcelona, para 
su seguridad, una parte del ejército que tan numeroso 
andaba en otros lugares; pero la Corte estaba ciega en 
5u imprevisión, y el Virrey, ó no pudo lograr el refuer- 



- 296 - 

zo, Ó se negó imprudentemente á pedirle, porque no 
pareciese flaqueza de su persona. Grandísimo error en 
la autoridad que había tenido ya una vez que desampa- 
rar su puesto, huyendo del vulgo amotinado, y que 
debía la paz entonces á la influencia de los mismos 
á quienes él tenía en prisiones. El hecho fué que los 
barceloneses, después del primer grito que dieron de 
rebelión rompiendo las cárceles, la llevaron á funesto 
término el día del Corpus del año 1640, sin que se 
hallase en la ciudad, como sin duda pudiera hallarse, 
bastante gente del Rey para contenerla. 

No se había tomado otra precaución que armar algu- 
nas compañías de milicia del país, que en lugar de 
vencer el riesgo en la ocasión, lo aumentaron, haciendo 
causa común con los rebeldes: nueva torpeza y mayor, 
si cabe, que las otras. Comenzaron la sedición los sega- 
dores y habitantes del llano de Barcelona, recogidos en 
la ciudad con el pretexto de la fiesta; gente que, no te- 
niendo nada que perder en ellas, se ha hallado siempre 
mucho más temible en tales casos que los moradores. La 
guardia del palacio del Virrey, viendo los primeros gru- 
pos y oyendo las voces sediciosas, hizo fuego, que fué 
dar más ocasión que remedio en el punto que estaban las 
cosas; cayó muerto un segador, recogieron el cadáver 
sus compañeros, y lo pasearon por plazas y calles,, 
apellidando venganza. Desatado entonces el vulgo,, 
empezó la matanza de castellanos y naturales de otras 
provincias, y particularmente de los que se empleaban 
en algún servicio del Rey, primero por las calles y pla- 
zas, luego asaltando las casas y entrando en los apo- 
sentos á fuego y sangre. Todo Barcelona ardió en un 
momento en confusión y estrago, y los rebeldes, na 



— 297 — 

hallando resistencia en ninguna parte, y más envalento- 
nados y más sedientos de sangre que nunca, llegaron 
á las puertas del palacio del Virrey cargados de haces 
de leña para quemarle. Este, sin otro amparo ya que su 
dignidad escarnecida, sin otra defensa que la razón que 
juzgaba tener de su parte, sintió decaer su corazón 
y ocupar el miedo lentamente el sitio donde se albergó 
hasta entonces la ira. Rodeábanle los conselleres y ma- 
gistrados de Barcelona, tan amigos de la sedición como 
los que estaban ejerciéndolas en armas, aparentando 
por decoro de sus cargos que la aborrecían, y propo- 
niendo consejos y arbitrios que bien pudieran tomarse 
por maliciosos estorbos y trazas de evitar cualquiera 
ejecución acertada. Dijose que ellos jamás llegaron 
á temer tanto del vulgo, habiendo mirado apaciblemen- 
te sus primeras demostraciones; pero éste, una vez 
lanzado, rara vez para en lo justo. Entraron las turbas 
en casa del Virrey, pidiendo á gritos su muerte; salvá- 
ronse como pudieron algunos de los oficiales reales, 
y los conselleres y magistrados de la ciudad adularon 
á los delincuentes, regocijándose ya con la victoria. Y 
en tanto Santa Coloma, encadenado por su honra, retar- 
dó la fuga, hasta que vio sobre sí á los asesinos. Salió 
entonces del palacio sin ser visto, y se metió en las 
Atarazanas; luego, dejando aquel asilo con su hijo 
y algunos oficiales, acudió á embarcarse en una galera 
genovesa que había en el puerto; pero no pudo lograr 
sino salvar á su hijo, que le seguía, anteponiendo 
la vida de éste á la suya propia, porque el esquife que 
le aguardaba, cañoneado desde la ciudad por los rebel- 
des, advertidos ya del caso, no osó más esperarle. 
Así la fortuna, ensañándose en aquel hombre más torpe 



- 298 - 

que criminal, le permitió salvar á su hijo y á los más de 
sus oficiales, algunos despedidos por él antes, otros 
embarcados ahora, y no quiso concederle á él la vida, 
y tuvieron tiempo y valor los del esquife para salvarlos 
á todos menos al que más obligados estaban. Solo ya 
en la playa y cierto en su perdición, echó á andar don 
Dalmau sin saber dónde iba por las orillas del mar á las 
peñas de San Beltrán, camino de Montjuich, donde 
rendido al miedo y la fatiga, cayó desmayado; y llegan- 
do algunos de los muchos que le buscaban, fué muerto 
de cinco heridas. 

Mientras tan triste tragedia se representaba fuera de 
la ciudad, otras tan horribles y más se representaban 
por dentro. Las iglesias fueron violadas, y manchados 
los altares con sangre de los inocentes castellanos que 
en ella buscaban asilo; no hubo de ellos quien conocido 
librase la vida, y ni una de sus casas pudo escapar del 
saqueo. Tamarit y los magistrados populares, llevados 
en hombros de la plebe y dueños, al parecer, de la 
muchedumbre, no quisieron ó no pudieron, que es más 
cierto, contener el estrago. Ni paró éste en Barcelona: 
Lérida, Balaguer, Gerona y otros lugares no poco albo- 
rotados ya, siguieron impetuosamente el movimiento 
matando ó saqueando cuanto encontraban con el nom- 
bre de Castilla, y en Tortosa, fueron mayores que en 
ninguna parte los escándalos. Al grito de Vía /ora eran 
acometidos los cuarteles donde se alojaban los tercios 
y escuadrones del ejército real, y los capitanes, dudo- 
sos y confundidos por lo impensado y lo inaudito del 
suceso, ni acertaban á tratar á los naturales como her- 
manos y amigos, ni á emplear las armas contra ellos 
con el rigor que ya convenía. Fueron sorprendidos y de- 



— 299 - 

gollados de esta manera cuatrocientos caballos que 
mandaba D. Fernando Cherinos, y en Tortosa prisione- 
ros ó dispersos tres mil reclutas. A duras penas se sal- 
varon cuatro mil infantes y novecientos caballos al man- 
do de D. Juan de Arce, encaminándose al Rosellón, ha- 
ciendo mucho daño la soldadesca enfurecida en las co- 
marcas por donde se ejecutó la retirada; y D. Felipe 
Filangieri, que mandaba la mayor parte de la caballe- 
ría, pudo salvarla, entrándose con ella en Aragón, á 
favor de la noche. Así, de todo aquel ejército, que 
ya que había ocasionado con su alojamiento tan des- 
dichada ruptura, podía, según era su fuerza, haber 
mantenido el Principado, bajo la obediencia del Rey, 
ó al menos las principales poblaciones y lugares, no 
quedó en breves días un solo escuadrón en el territo- 
rio rebelde. 

La mente, contristada con estos sucesos, se vuelve, 
naturalmente, á Madrid para ver lo que aquí en tanto 
acontecía. Y halla que el Conde-Duque en los propios 
días del estrago daba banquetes en el Buen Retiro, 
donde casi todos los convidados quedaban borrachos, 
porque las tazas con que se brindó eran muy capaces, 
según las palabras del narrador; y halla al Conde-Du- 
que camino de la Algaba á escoger toros para fes- 
tejar con una corrida á los mismos caballeros del ban- 
quete; y halla á. la Corte alegre con la fausta noticia 
de un auto de fe celebrado en Zaragoza, donde fué 
azotado y condenado á galeras un mal caballero que 
entretenía sus ocios en meter demonios en muchos lu- 
gares con quien tenía aborrecimiento, endemoniando 
más de mil seiscientas personas de esta manera, y ha- 
lla, en fin, que el día de la matanza horrible de Bar- 



- 300 - 

celona acompañó el Rey la procesión de Corpus con 
desusada gala por la mañana, y por la tarde se repre- 
sentaron autos. Mas cuando llegaron las nuevas de 
Barcelona, hubo en los buenos ciudadanos la mayor 
confusión y lástima. El pueblo, hasta entonces des- 
lumbrado con las apariencias que se conservaban de 
grandeza, sintiendo ya perdición cercana, comenzó á 
llorarla. Sólo el Rey y el favorito se negaban aún á re- 
conocer el daño. Felipe, por toda demostración de cui- 
dado y riesgo, asistió en persona al Consejo de Esta- 
do, donde el Conde-Duque hizo valer desde el princi- 
pio más bien la venganza que el remedio, añadiendo 
obstáculos al acomodamiento de las cosas, sosteniendo 
públicamente que no era decente amoldarse á la vo- 
luntad de hombres inquietos inficionados en la des- 
obediencia; y luego en su particular negando su gracia 
á los que no se esforzaban mucho en calumniar ó de- 
nostar á los catalanes. Continuáronse las procesiones 
ostentosas, y en la de octava del Corpus, yendo tam- 
bién el Rey con toda la grandeza acompañándola, 
aconteció un caso de risa y mofa en la Corte, de es- 
panto y pena para las personas prudentes, no indigno 
de memoria. Un labrador, vestido á la manera humilde 
de los de su clase, saliendo de repente del concurso, 
se puso delante del Rey, diciendo á grandes voces: 
«Al Rey todos le engañan; señor, señer, esta Monar- 
»quía se va acabando y quien no lo remedia arderá en 
»los infiernos.» «Ese hombre debe de ser loco» — dijo 
el Rey, desdeñosamente — . «Locos son los que no me 
>creen»— replicó el labrador, con acento solemne—; 
»prendedme y matadme si queréis, que yo he de deci- 
»ros la verdad.» Y sin más fué retirado de allí por los 



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soldados. Ni siquiera la risa del suceso duró en la Cor- 
te más que una noche; pero en el pueblo, afligido ya, 
no faltó quien tomase aquella voz por aviso del cielo y 
fué largamente recordada. No era sino la voz de la 
razón y de la lealtad, que echada de la Corte por la li- 
sonja y la lujuria, se mostraba y resplandecía en tan 
rústicos hábitos; no era aquel labrador sino un senci- 
llo castellano acostumbrado á practicar la virtud en sus 
hogares, mientras en la Corte sólo tenían entrada los 
vicios, con valor en el corazón para decir la verdad, 
cuando nadie osaba aquí desembozar la mentira. ¡Inútil 
verdad por cierto! 

No se tomó en muchos días determinación alguna 
sobre Cataluña, mas que la de nombrar nuevo Virrey 
en la persona de D. Enrique de Aragón, duque de Car- 
dona, de ilustre casa y muy estimado en Cataluña, 
porque la vez pasada que tuvo aquel cargo, halló me- 
dio de desempeñarlo, si no con gloria, á gusto de sus 
paisanos. Por lo demás, entretúvose el Conde-Duque 
en murmurar amenazas, al paso que los embajadores 
catalanes, que estaban en Madrid todavía, le hacían 
protestas mejor dichas que cumplidas. Y en lugar de 
atender la Corte á las cosas de Cataluña, atendió aún 
á lidiar toros en la fiesta dada á Santa Ana, y corridas 
de lanzas á la manera de África en la plaza de la Prio- 
ra, al expurgatorio público y solemne de libros hecho 
en aquellos días por la Inquisición, y á procesiones 
brillantísimas en la iglesia de la Almudena, y otras, 
donde llevaban estandartes y borlas los generales mis- 
mos que tanta falta estaban haciendo en los ejércitos; 
todo como de ordinario y cual si nada hubiese de infeliz. 

En tanto desde el Ebro hasta las faldas septentrio- 



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nales del Pirineo, paseábase la rebelión triunfante y 
seguida unánimemente del clero, nobleza y pueblo. 
Excomulgó el obispo de Gerona al tercio castellano de 
Arce y al napolitano de Moles, uno y otro señalados 
en los desórdenes, y que ahora, al mando del primero, 
se habían retirado hacia el Rosellón; y las cuadrillas de 
rebeldes, alentadas con esta demostración del sacerdo- 
cio, y queriendo santificar con ella su causa y tachar de 
impíos á los castellanos, pintaron un Cristo crucificado 
en sus banderas. Arce, con la infantería que llevaba, 
logró al fin recogerse al Rosellón, para sentar allí sus 
cuarteles y esperar órdenes de la Corte; pero ni aun 
esto pudo hacerse en sosiego. La fama del desorden 
de aquellos soldados había llegado al Rosellón, como 
siempre, muy llena de exageraciones; los habitantes de 
aquella provincia, acostumbrados á mirar como herma- 
nos á los catalanes, deploraban sus daños y aprobaban 
sus razones, y junto lo uno con lo otro, hizo que en 
Perpiñán á Arce y á los suyos se les cerrasen las puer- 
tas. Fué temeridad de los moradores, porque el castillo, 
uno de los más fuertes de España, estaba muy guarne- 
cido y con mucha artillería, y dentro de él residía el 
marqués Cheli de Rene, que mandaba la provincia; de 
suerte, que con el castillo y la gente que Arce traía, 
era imposible la resistencia. Con todo, desecharon los 
partidos que se les propusieron, y los soldados caste- 
llanos y napolitanos entraron la ciudad por asalto, mien- 
tras que el castillo descargaba su furia contra ella, 
dejándola en mucha parte asolada. Tras el triunfo vino 
el saqueo: huyó la mayor parte de la población á los 
campos, y los soldados, faltos al fin de todo en la ciu- 
dad, se derramaron por la provincia, tratándola como 



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tierra enemiga. En esto, el nuevo Virrey, Cardona, ha- 
biendo logrado introducirse en Barcelona, templó con 
lo agradable de su trato algo de los pasados enojos. 
Allí supo lo acontecido en el Rosellón, y temiendo que 
con ello se acrecentase el escándalo y el odio en Cata- 
luña, pasó allá, prendió á los Maestres de campo Arce 
y Moles, y empezó á admitir las quejas de los paisa- 
nos contra los soldados, cosa prohibida por el Virrey 
Santa Coloma y que había añadido tanta ocasión á los 
primeros tumultos. 

Fueron universalmente aplaudidas estas disposicio- 
nes en el Rosellón y Cataluña y calmaron mucho los 
ánimos; pero en Madrid el Conde-Duque las recibió 
con sumo disgusto. Cada día más encolerizado con los 
catalanes, deseoso de castigar su audacia y juzgándo- 
se con bastantes fuerzas para el caso, vino á dar más 
calor á sus intentos el continente y palabras sumisas de 
los embajadores catalanes, residentes aún en Madrid, 
que públicamente pedían perdón por los pasados es- 
cándalos, y ofrecían la enmienda, tomando por miedo 
de todo el Principado, lo que no era más que arte ó 
templanza de ellos. Así, no bien supo las disposiciones 
de Cardona, se apresuró á desaprobarlas. Faltóle tiem- 
po á éste para sentir la afrenta que se le hacía y para 
llorar las desdichas que se le preparaban, porque en 
aquellos mismos días, cargado de años y de pesares, 
bajó al sepulcro, y en su lugar se nombró al obispo de 
Barcelona, D. García Gil Manrique, hombre docto y 
virtuoso, pero incapaz por su ministerio y manso ca- 
rácter para puesto tan difícil como era entonces aquel 
Virreinato. Y bien puede decirse que no llegó á desem- 
peñarle, porque en Madrid se ordenó todo en lo suce- 



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sivo sin contar con tal Virrey, y los catalanes no con- 
taron con él para bien ni para mal en cosa alguna. A 
un tiempo en Madrid y en Barcelona se determinó fiar 
el remedio á la fuerza. Convocó el favorito una Junta 
de ministros y magistrados de aquellas mixtas que él 
solía hacer con individuos de los diversos Consejos, y 
les propuso al cabo la resolución del negocio; pero fué 
de manera que, aunque hubo quien manifestase que 
sólo con templanza y buen gobierno podía sosegarse á 
Cataluña, él hizo triunfar la opinión de la guerra y la 
violencia con el peso de la suya y el número mayor de 
sus amigos. Resolvióse que el Rey saliese de Madrid 
para Cataluña, so pretexto de hacer Cortes en la Co- 
rona aragonesa, y que llevara consigo para ejercitar 
el imaginado rigor todos los tercios, compañías y capi- 
tanes que se hallasen en España, así de gente veterana 
como de milicia y nuevas levas, echando mano de la 
artillería de las plazas y de las que tenían los señores 
en sus castillos, y formando de todo, el ejército más 
poderoso que se pudiera. Fué nombrado después de 
muchas dudas y pareceres por Capitán general del ejér- 
cito D. Pedro Fajardo y Zúñiga, marqués de los Vélez, 
soldado inexperto, aunque no falto de buen deseo, con 
nombre de Virrey de Aragón primero, por respetos al 
obispo de Barcelona; luego, quitando ya el reparo, con 
el de Virrey y Capitán general del ejército y Prin- 
cipado. 

No era éste, ciertamente, á propósito para mando tan 
grande, como lo dejaron ver las resultas. Zaragoza fué 
señalada por plaza de armas, y se mandó que las gale- 
ras de España se acercasen á las costas de Cataluña 
para dar calor á las operaciones. No se estuvieron 



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quietos los catalanes al propio tiempo, sino que convo- 
caron sus Cortes, llamando á ellas -á los grandes y 
obispos, y se propusieron francamente las medidas ne- 
cesarias para la defensa, dado que al fin no podía ob- 
tenerse la paz. Allí, después de varios discursos dis- 
cordes en la manera y objeto, se siguió el parecer del 
diputado eclesiástico Pau Claris, canónigo de Urgel, 
hombre, como suele haberlos en estos casos, turbulen- 
to, y á lo que se sabe, de no muy honradas intencio- 
nes, y más deseoso de medrar en la revuelta, que de 
servir á la patria: éste propuso la resistencia á toda 
costa. Comenzaron, pues, á juntar ejércitos, á nom- 
brar capitanes, á señalar plazas de armas; enviaron 
una embajada á los aragoneses, solicitando que como 
hermanos que eran, les ayudasen en la empresa; y, 
por último, tomaron una resolución de todo punto in- 
disculpable, aun en los mayores extremos, que fué en- 
viar embajadores al Rey de Francia implorando su au- 
xilio. No anhelaba otra cosa Richelieu, y acogiendo 
alegremente al enviado de Cataluña, le ofreció armas y 
soldados para sostenerse contra los castellanos, y lue- 
go ajustó un tratado con ella, por el cual de una y otra 
parte se obligaron á no hacer paz sino de mutuo con- 
sentimiento con el Rey Católico. Reconocíanse aún los 
catalanes como vasallos de éste y mostrábanse pro- 
puestos sólo á defender sus fueros, y era que los fre- 
nos de su lealtad y de su patriotismo no estaban rotos 
del todo; pero bien podía sospecharse desde entonces 
que agriados los ánimos con la guerra, se inclinasen al 
último rigor y extremo. Aún contribuyó á ello astuta- 
mente Richelieu, no enviando por lo pronto á Cataluña 
muchos capitanes y soldados, á fin de que sirviendo 

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de muestra de su poder, labrasen más deseos que sa- 
tisfacción, haciendo sentir la esperanza antes que no el 
alivio. Sin embargo, envió los bastantes capitanes para 
que se les encargase del gobierno de todas las plazas 
y fortalezas, y bastantes soldados para que adiestrasen 
á los inexpertos catalanes en el ejercicio de las armas, 
y estorbasen á nuestro ejército el pelear con gran ven- 
taja en los campos de batalla, siendo unos y otros de 
lo más escogido y valeroso que contase á la sazón 
Francia, entre ellos M. de Espenan, el defensor de 
Salsas. 

De tal aspecto de las cosas no había más que espe- 
rar desdichas; pero el Conde-Duque las hizo aún mu- 
chísimo mayores que debieron y pudieron ser. Ya que 
no había sabido valerse de la templanza y de la justi- 
cia, tampoco supo cómo y cuándo emplear las armas 
para alcanzar su propósito. Despacháronse órdenes á 
todos los capitanes de guerra de las costas y fronteras 
del Principado, para que sin demora comenzasen las 
hostilidades mientras llegaba el grueso del ejército que 
se estaba formando. Entraron los soldados en Tortosa 
por industria y trato con los naturales, suceso que dio 
á los nuestros esperanza, y desaliento á los contrarios; 
pero no tardaron en sobrevenir reveses tales que hi- 
cieron olvidar la adquirida ventaja. Había recaído el 
mando de las armas del Rosellón en D. Juan de Garay, 
criado del duque de Feria, y de muy humildes principios; 
Maestre de campo luego del tercio viejo de Lombardía 
y Maestre de campo general, reputado de muy experto 
y valiente, no tanto de capitán afortunado. Salió éste 
de Perpiñán con el tercio de Arce y el de Moles, al- 
gunos caballos y artillería; llegó al lugar de Milla y 



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entrólo sin resistencia, y en seguida se puso sobre ella 
que estaba en abierta insurrección. Defendióse briosa- 
mente aquella pequeña plaza, y á punto que Garay 
tuvo que levantar el cerco y enviar á Perpiñán por más 
gente y artillería, con cuyo refuerzo volvieron á co- 
menzarse el cerco y los ataques. Abierta la brecha, 
dióse un asalto en el cual D. Juan de Garay, notando 
flojedad en los suyos, tomó con una pica la delantera, 
acompañando con la voz el ejemplo; pero herido gra- 
vemente, sus soldados se descompusieron y fué preci- 
so ordenar la retirada. Poco después recibió orden 
Garay de venir á Cataluña con cuanta gente pudiese 
reunir, para juntarse con el ejército del marqués de los 
Vélez; pero no quiso cumplir tal orden por no dejar la 
provincia en manos de catalanes y franceses, y se em- 
barcó sólo con alguna artillería, dejando guarnecidas 
las plazas, á lo cual se debió que no se perdiesen por 
lo pronto. Llenáronse de ardor los catalanes con estos 
sucesos, teniéndose ya por invencibles, y el Conde- 
Duque, pareciéndole aquella ocasión para ceder, mo- 
vió nuevos tratos de paz, él que tanto la había dificul- 
tado, por medio del nuncio apostólico monseñor Aldo- 
brandini, y de algunas personas de la nobleza catala- 
na. Sin duda la resistencia de los catalanes le cogió de 
improviso como todas las cosas. Creyó que no osarían 
pueblos, al parecer inermes, contrarrestar su tiranía, 
y que los lazos de la lealtad serían bastantes para atar- 
los al carro de su insolente vanidad y de su codicia tor- 
pe; y lo poco que dejó de perder con el engaño, vino 
con el desengaño á perderlo. Negáronse los rebeldes, 
como era natural, á las proposiciones que ahora se les 
hicieron, y no hubo más sirio que ellos crecieron en 



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osadía, y el Trono y la autoridad decayeron en respeto. 
Entonces, yendo siempre de error en error, y de floje- 
dad en violencia, se redujo á prisión en Madrid á los 
embajadores catalanes. 

Reuníase al propio tiempo el ejército real con gran 
dificultad y trabajo en las fronteras de Aragón y Cata- 
luña. Los soldados de las nuevas levas, no bien incor- 
porados en las banderas, desertaban y se volvían á sus 
pueblos; faltaban armas, carros y todo género de ins- 
trumentos de guerra, porque con la larga paz de que 
las provincias de España habían disfrutado, apenas se 
hallaba en ellas cosa alguna; pero al fin se logró alle- 
gar gente bastante y acopiar todo lo necesario, y el 
ejército, desde Zaragoza y Tortosa, se dispuso á en- 
trar en Cataluña. Había propuesto Garay que se inva- 
diese el territorio catalán por el Rosellón, con lo cual 
se cerraba la puerta al socorro de Francia, y éste era 
sin duda el parecer más acertado, por lo cual, precisa- 
mente, no fué el que se siguió, prefiriendo comenzar la 
campaña por la frontera aragonesa. Mas todavía hubo 
antes de cruzar formalmente las armas, notables demos- 
traciones. Fué una, que el marqués de los Vélez se 
juró por Virrey de Cataluña ante el obispo de Urgel y 
algunos otros catalanes fieles; y como en el juramento 
se comprendió el no infringir los fueros de la provin- 
cia, se añadió por esta vez que eso sería mientras ella 
no obligase á infringirlos. Otra fué, de parte de los ca- 
talanes, porque habiendo llegado el tiempo de elegir 
los conselleres ó magistrados de Barcelona, como era 
costumbre que no se introdujesen los electos en el nue- 
vo mando sin la aprobación del Rey, despacharon un 
correo á la Corte, de la misma suerte que lo hacían en 



— 309 - 

los años de quietud, dando á entender con esto todavía 
que no se desviaban por defenderse de la obediencia 
soberana. Fundó en esto alguna esperanza de acomoda- 
miento nuestra Corte, suponiendo que los catalanes de- 
seaban la sumisión, y sin dificultad se confirmó la elec- 
ción de aquellos magistrados; pero era vana esperan- 
za. Por último, los aragoneses, convidados por los 
catalanes á la rebelión, no sólo se negaron á ello, sino 
que enviaron una embajada á Barcelona, aconseján- 
doles que se sometiesen al Rey: ¡ocioso intento también! 
Luego, sin más tardanza, comenzaron las armas á ha- 
cer su oficio. Salió D. Fernando de Tejada de Tortosa, 
en donde era gobernador, y embistió á las cuadrillas 
catalanas fortificadas en las cercanías; desalojólas, que- 
mó la villa de Cherta y causó muchos daños en aquellos 
campos, y D. Diego Guardiola entró á poco tiempo en 
el lugar de Tivenís sin resistencia alguna; con lo cual 
y el perdón que se ofreció luego á los que voluntaria- 
mente se sometieran, vinieron muchos lugares de la 
comarca de Tortosa á la obediencia del Rey. Tras esto 
fueron enviados dos capitanes á tomar algunos pasos 
de allí cerca, para que los enemigos no pudiesen es- 
torbar el movimiento del ejército. Y en seguida el mar- 
qués de los Vélez, impaciente por ganar la gloria que 
esperaba, lleno de ardor y de buena fe, pero tan poco 
previsor como de su poca práctica podía esperarse, 
entró en el Principado, llevando consigo de Maestre de 
campo general á Carlos Caracciolo, marqués de To- 
rréense, muy honrado en el socorro de Fuenterrabía, 
á D. Alvaro de Quiñones, al marqués de Cheli de Rene 
y otros muchos capitanes de cuenta, con veintitrés mil 
infantes, tres mil caballos y veinticuatro piezas de ar- 



- 310 - 

tillería, sin mirar que eran ya principios de Diciembre, 
como dando por cierto que la resistencia no obligaría á 
hacer largas ni dificultosas operaciones. 

Pero en esto sobrevino un accidente á la Monarquía 
más grave desde el principio que la insurrección de 
Cataluña, y al cabo de muchas más funestas resultas. 
A un tiempo casi llegó á Madrid la noticia de que el 
ejército del marqués de los Vélez había comenzado sus 
operaciones, y la de que el Reino de Portugal estaba 
alzado en armas, aclamando por Rey al duque de Bra- 
ganza. Otra consecuencia del descabellado pensamien- 
to de unidad que traía en la mente Olivares. Habían 
durado en Portugal los tratos de unión más que en Ca- 
taluña y habían llegado más adelante. Propúsose que 
las Cortes portuguesas fuesen unas con las de Casti- 
lla, convocándose á éstas un cierto número de diputa- 
dos de sus tres brazos. Llegó á designarse al arzobis- 
po de Evora para la presidencia del Consejo que debía 
reemplazar al de Castilla, entendiendo en los asuntos 
de las dos provincias. Llamóse á Madrid para tratar 
de esto á los nobles, principales y prelados, caballeros 
y eclesiásticos de cuenta. Celebráronse muchas confe- 
rencias, y hubo largas pláticas y discursos, pero sin 
llegarse á determinar cosa alguna. Hallábanse los por- 
tugueses poco gustosos con los castellanos para ello. 
Felipe III no estuvo sino una sola vez en Portugal, y 
aún fuera mejor que no estuviera ninguna. Trató el 
Rey con despego á aquellos orgullosos pueblos, y la 
grandeza castellana, no ya con despego, sino con alti- 
vez é insolencia, y en cambio Lisboa y los demás pue- 
blos por donde pasó la Corte se mostraron con ella 
muy desabridos. Aumentáronse con esto las antiguas 



- 311 - 

antipatías de pueblo á pueblo. En Portugal aborrecían 
francamente á los castellanos por su soberbia, y en 
Castilla eran despreciados sobre manera los portugue- 
ses. Como disfrutaban éstos de alguna más tolerancia 
religiosa, eran tachados de impíos por el fanático pueblo, 
y más al ver que los autos de fe, aunque frecuentes, no 
daban abasto al número de judíos portugueses encau- 
sados por sus sacrilegios y doctrinas. De otra parte, 
había por acá muchos portugueses que se dedicaban al 
tráfico y negociaciones, logrando en ellas grandes pro- 
ductos, y enriqueciéndose con préstamos y usuras al 
Gobierno y particulares: nueva causa de envidia y abo- 
rrecimiento en los castellanos, siendo tan mala la dispo- 
sición de ánimos en unos y otros para intentar la unión 
pretendida. Pero el Conde-Duque no reparó en nada, 
y al sentir los apuros de la guerra comenzó á ordenar 
novedades nunca oídas en aquella Corona y á soste- 
nerlas con el rigor. 

Los Ministros que entendían en las cosas de Portu- 
gal, Miguel de Vasconcellos y Diego Suárez, eran a se- 
mejanza de aquel funesto protonotario de la Corona de 
Aragón, D. Gerónimo de Villanueva, hechuras y adula- 
dores del Conde-Duque, vendidos á sus intereses y ca- 
prichos, y, por tanto, universalmente aborrecidos de los 
naturales: en todas partes los mismos yerros. Necesitó- 
se dinero y gente, no se quiso acudir á las Cortes por- 
tuguesas, tan parcas en conceder uno y otro, como to- 
das las de España, y sin tal requisito se mandó á los 
pueblos que aprontasen una contribución crecida y que 
enviasen á Castilla mucho número de soldados. Alboro- 
tóse Portugal con esta nueva. Llegó á tal extremo la 
oposición y el odio á los castellanos, que hasta los curas 



— 312 - 

y predicadores, después de los sermones y misas, pres- 
cribían públicamente á sus agentes rezos y plegarias 
para que Dios los librase de tal Gobierno. Alzáronse en 
poco en encubierta rebelión, corriendo aún el año de 
1636 muchos lugares de los Algarbes, dando por causa 
el no pagar una nueva contribución de cinco por cien- 
to, impuesta sobre las rentas y mercaderías, y en Evora 
principalmente llegaron los desórdenes á ofrecer cuida- 
do. Sosegóse, sin embargo, el tumulto, quedando sa- 
tisfechos el Rey y los cortesanos, de manera que el 
Consejo de Castilla primero, y luego los procuradores 
de las Cortes de Castilla, tan vendidos por aquel tiem- 
po al Poder, propusieron al Rey en 1639 que atendien- 
do á los méritos de Olivares por haber librado á Por- 
tugal de un levantamiento, conservándolo unido á Cas- 
tilla, al propio tiempo que por la disposición del socorro 
de Fuenterrabía, se le hiciesen ciertas mercedes muy 
grandes. Accedió el Rey á la súplica y se las hizo: ¡ri- 
dicula farsa urdida por el favorito, y tan deshonrosa 
para el Consejo como para las Cortes! Pero Suárez y 
Vasconcellos no tardaron en comunicar á Madrid que 
aquellas chispas no eran hijas del acaso, sino un in- 
cendio oculto, que antes de mucho, sin grandes y opor- 
tunos remedios, habría de abrasar todo Portugal: lo úni- 
co que faltó fué que acertasen con tales remedios. 

Eran ambos Ministros de no vulgar talento y de his- 
toria tan singular, que para el conocimiento de las co- 
sas de aquel tiempo conviene dar alguna razón de ella, 
Miguel de Vasconcellos fué hijo de un oidor de Portu- 
gal, el cual, por ciertos arbitrios y remedios públicos 
que imaginó, fué muy perseguido de sus conciudada- 
nos, condenado á no tener oficios en su familia hasta 



— 313 -- 

la cuarta generación, y al fin asesinado. De resultas de 
esto se halló en su mocedad desamparado, sin otro 
arrimo que el de una hermana que tenía soltera, y aún 
tachado, con razón ó sin ella, de no muy sano en la fe. 
Acertó á casar esta hermana con Diego Suárez, hom- 
bre entonces de alguna mejor fama, pero no de mucha 
más fortuna; y unidos ya por los lazos de la amistad y 
de la sangre, trataron de remediar sus miserias. Anda- 
ban á la sazón tan en boga en la Corte de España los 
arbitristas y los arbitrios, que al Diego Suárez se le 
ocurrió una singular idea, que fué pasar á ella con los 
borradores y apuntes de aquellos que tan desdichada 
suerte habían acarreado al padre de Vasconcellos. Con- 
sultólo con su cuñado, y éste, aprobando el plan, le 
dio los papeles que poseía, aunque no sin pactar antes 
que las mercedes obtenidas por tal medio se partirían 
entre ambos. Con esta recomendación vino á Madrid, 
en efecto, el Suárez, y halló tanta gracia en el Conde- 
Duque, que los arbitrios no se sabe si se aprovecha- 
ron; pero es cierto que él se aprovechó muy bien de 
ellos, llegando á ser muy pronto uno de los mayores 
validos del Conde-Duque y secretario de Estado de 
Portugal, y el que despachaba en Madrid absolutamen- 
te todo lo que tocaba á aquel Reino. Entonces, cum- 
pliendo con el pacto antiguo, hizo también á su cuña- 
do Vasconcellos secretario de Estado, con la obliga- 
ción de residir en Lisboa. Así las cosas, pasaban de 
Vasconcellos á Suárez, y de Suárez al Conde-Duque, 
repartiéndose entre los tres toda la autoridad y ganan- 
cia, y principalmente entre estos últimos, que como 
más miserables también abusaban más de su poder. 
Estaba de Virreina en Portugal Doña Margarita de Sa- 



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boya, duquesa viuda de Mantua, hija del turbulento Víc- 
tor Manuel y muy diferente en sentimientos de su padre, 
porque amaba sobremanera á los españoles y se desvi- 
vía por sus intereses. Era, en suma, mujer de carácter 
firme y de no vulgar inteligencia; pero, á la verdad, más 
parecía esclava que señora en aquel cargo. Vigilada y 
estrechada por Vasconcellos y sus secuaces, veía pa- 
sar ante sus ojos los mayores desórdenes; y aunque se 
quejase á la Corte con frecuencia, no recibía de ella, 
por mano de Suárez sino desdeñosas respuestas. De 
esta suerte, los escándalos de cohecho y de violencia 
fueron inauditos en poco tiempo, y acabaron de hacer 
perder á los portugueses la paciencia. Pero, como arri- 
ba dijimos, ya que fuesen perversos, no carecían de al- 
gún talento ni Suárez ni Vasconcellos, y no tardaron, 
por tanto, en conocer el peligro, acertando también 
que el duque de Braganza sería luego la cabeza y el 
principio del daño. Entonces, con aviso de ellos, co- 
menzaron aquellos largos manejos con que Olivares 
procuró evitarlos, mostrando más y más en esto su in- 
habilidad y torpeza. 

Era el duque de Braganza nieto de la infanta Catali- 
na, que contendió con Felipe II sobre los derechos de 
la Corona portuguesa por ser hija de D. Duarte, her- 
mano de la emperatriz Isabel, madre del Rey de Es- 
paña. Fundaba Doña Catalina su derecho en una ley 
del Reino que excluía á los príncipes extranjeros del 
Trono; pero Felipe negaba con cierta razón que pudie- 
sen mirarse como tales en Portugal los Reyes de Casti- 
lla. Llegó el asunto á trance de armas, y Felipe com- 
pletó con el poder de las suyas lo que pudiera faltarle 
á su derecho; venciendo al prior de Ücrato, que osó 



- 315 - 

contraponérsele en campo, sin que de parte de la in- 
fanta Catalina hubiese el menor amago de rebelión ó 
resistencia. A eso debieron ella y su hijo el duque Teo- 
dosio permanecer en Portugal después que fué provin- 
cia de España; así como el nieto, Duque á la sazón de 
Braganza; descuido y error grave que apenas se expli- 
ca en tan prudente Rey como Felipe II. El duque Teo- 
dosio había alimentado siempre en el corazón un odio 
invencible á los españoles y lo había legado á su hijo; 
pero éste era de carácter pacífico y más dado á los 
placeres que á los negocios: de suerte que aunque 
muy sagaz y astuto, parecía incapaz por indolencia de 
meterse en ninguna empresa de importancia. Mas por 
desdicha estaba casado con Doña Luisa de Guzmán, 
hermana del duque de Medinasidonia, mujer altiva, 
ambiciosa, inteligente, ejemplar de aquellos que la 
grandeza castellana engendraba aún de cuando en 
cuando, y que servían de muestra de lo que habían 
sido en otros tiempos. Aquella mujer castellana, y muy 
estimada en la Corte de Madrid y en la servidumbre de 
los Reyes antes de su matrimonio, afrentada más bien 
que agradecida con tal recuerdo, como suele verse en 
los soberbios, logró á su tiempo del indolente marido 
que aprovechase la ocasión que se le ofrecía de recu- 
perar el poder y grandeza de sus mayores, ayudándole 
también muy eficazmente á ponerlo por obra. Pero el 
principal agente de la conspiración fué cierto Pinto 
Ribeyro, mayordomo de la casa de Braganza, hombre 
de no vulgar ingenio, astuto, disimulado, lenguaraz y 
osado por todo extremo, nacido para ser instrumento 
de grandes cosas y empresas. Este comenzó á fraguar 
la conspiración con el mayor sigilo y con el más refi- 



- 316 - 

nado disimulo; de suerte que, á no estar tan cerca Vas- 
concellos, y á no ser tan sagaz Suárez, se llevaran á 
efecto sin que nadie supiese sus principios. 

Retirado á sus haciendas riquísimas de Villaviciosa, 
no pensaba, al parecer, el de Braganza en otra cosa que 
en sus cacerías, ni más la Guzmán que en sus queha- 
ceres domésticos. Mas no apartaban un punto su aten- 
ción del negocio, y allí recibían á sus ministros y cóm- 
plices, así naturales como extranjeros, pues se sabe 
que los hubo franceses en aquella época que ofrecieron 
para el levantamiento- de Portugal naves, soldados y 
todo género de auxilios, al propio tiempo que á los en- 
viados del Conde-Duque, que desde los alborotos de 
1836 tampoco los perdió un instante de vista. Hízoíe 
aquél capciosas preguntas sobre aquellos acaecimien- 
tos, y más sospechoso que asegurado con sus investi- 
gaciones, tomó la determinación de sacarlos de Portu- 
gal á toda costa, con todos los nobles del país, no sin 
razón tachados de cómplices ó descontentos. Valióse 
para ello de la insurrección de Cataluña, porque ha- 
biéndose publicado que el Rey haría jornada á aquella 
provincia con pretexto de que lo acompañase allá toda 
la nobleza de sus Reinos, mandó venir á Madrid la de 
Portugal, en la cual era de los primeros el duque de 
Braganza. Vinieron con efecto á Madrid hasta cincuen- 
ta prelados y títulos portugueses, pero no el de Bra- 
ganza, que se excusó con frivolas razones, siendo él 
la persona que más se quería que viniese. Crecieron 
con esto, como era natural, los temores de Suárez y 
Vasconcellos y las sospechas de Olivares; y cuando 
todo el mundo esperaba alguna resolución violenta y 
acomodada al caso, que no fuera difícil de traer enton- 



— air- 
ees á cumpíimiento, salió de la Corte una disposición 
extraña, y á los ojos de los pasados y presentes in- 
explicable, que fué ordenarle al Duque que en salien- 
do de Villaviciosa fuese á residir cerca de Lisboa para 
atender á la defensa de las costas de Portugal que se 
suponían amenazadas de enemigos, con el mando ab- 
soluto de las armas y hasta veinte mil doblones de ayu- 
da de costa. El objeto, si lo hubo, no pudo ser otro 
que adormecer al Duque y sus parciales con semejan- 
te muestra de confianza, haciéndoles creer que nada 
se recelaba de ellos, á fin de ejecutar más á mansalva 
cualquier resolución atrevida; pero era fácil de conocer 
tal objeto por un lado, y por otro era aquello demás 
para hecho de burlas y con cautela. Así fué que en el 
Duque y sus parciales, lejos de desvanecerse con eso, 
se aumentaron los ya crecidos alientos y no pensaron 
más que en aprovecharse de los medios que tan insen- 
satamente se ponían en sus manos. Vino el Duque á 
Lisboa, como se le ordenaba, tomó el mando de las 
armas, guarneció con capitanes y soldados de su de- 
voción los principales lugares y fortalezas de la costa, 
y hasta en la misma cindadela de Lisboa metió guarni- 
ción de portugueses con la castellana que allí había; 
así que halló sin pensarlo abiertas de par en par las 
puertas del Reino. 

Al propio tiempo, por todas las ciudades por donde 
pasaba se mostraba con regia pompa y triunfal aparato, 
hacía mercedes á los suyos, castigaba con ocasión ó 
sin ella á los amigos y parciales de Castilla, y engen- 
draba esperanzas y ganaba simpatías. Hubo ciudad 
como Lisboa donde se le recibió con igual júbilo y hon- 
ras que si fuera ya persona real. Atónita la Duquesa go- 



- 318 — 

bernadora y los ministros y personas fieles que queda- 
ban en Portugal á nuestra Corona, con tan impensados 
accidentes, escribieron á Madrid, exponiendo con ver- 
dad y franqueza el estado de las cosas, y anunciando la 
total perdición del Reino si pronto no se deshacía lo 
hecho; mas Suárez no respondía sino con oráculos y 
enigmas, y Vasconcellos se mostraba en Lisboa com- 
pletamente seguro y satisfecho. En tanto Olivares se- 
guía larga y afectuosa correspondencia con el duque de 
Braganza, ponderándole los servicios que estaba ha- 
ciendo á la Monarquía con su conducta, y estimulán- 
dole á que se preparase á hacerlos mayores. Aún no 
se sabe bien cuáles fuesen en todo los ocultos intentos 
del favorito y sus agentes. Los portugueses afirman 
que se trataba de prenderle á toda costa; que se dio 
orden á D. Lope de Osorio, general de la armada del 
Océano, para que conduciéndole á bordo con algún 
razonable pretexto, lo redujese luego á prisiones y lo 
trajese á cualquiera de los puertos de Galicia ó Anda- 
lucía; y que frustrado esto porque los temporales des- 
hicieron aquellos bajeles, se pretendía prenderle en 
uno de los castillos que había de visitar por su nuevo 
oficio. Pero el hecho fué que no se hizo nada de esto, 
y, por el contrario, cuando el Conde-Duque creía te- 
nerlo confiado y seguro, halló traza el de Braganza 
para engañarle, harto más eficaz y menos expuesta, 
porque al tiempo mismo en que le suponía más em- 
peñado en conservar el mando, se volvió voluntaria- 
mente á residir en Villaviciosa, enviando al ejército de 
Cataluña cantidad considerable de sus vasallos y alle- 
gados, y quedándose al parecer sin facultades y sin 
fuerzas. 



— 319 — 

Atribuyóse este paso á temor, que era lo que él que- 
ría, y desistiendo de toda idea violenta y repentina, 
prosiguió la Corte por algún tiempo negociando lenta- 
mente á fin de sacarle á él y á la nobleza de aquel Rei- 
no, hasta que, cansada de nuevo de los subterfugios 
que empleaba sin tasa, reducidos todos á negarse á la 
salida, expidió orden terminante para que sin más dila- 
ciones ni pretextos se pusiese en camino, conminando 
al propio tiempo con pena de traición y confiscación de 
bienes á todos los prelados, títulos y señores que no 
acudiesen á Madrid, como por tres veces se les había 
ordenado, para acompañar la jornada del Rey tantas ve- 
ces alegada. No hizo esto más que apresurar el esta- 
llido de la conjuración, y verdaderamente que para 
proceder así con órdenes rigurosas y absolutas, más 
valiera emplearlas desde el principio. A la sazón, lo 
que el caso requería no eran órdenes tales, sino pron- 
tos y vigorosos hechos; era preciso meter al punto en 
Portugal un ejército, asegurar -bien las fortalezas con 
nuevos alcaides y guarniciones, sorprender al duque 
de Braganza y á los nobles que se resistían á cumplir 
las órdenes, y hacerlos presos antes de que pudieran 
ponerse en defensa; pensar, en fin, más en las obras 
que en las palabras, y más en la ejecución que en el 
intento. Todo esto se necesitaba para contener el mal; 
y aún se había también perdido tiempo con no ejecu- 
tarlo desde los primeros días, puesto que las sospe- 
chas que había bastaban ya para ello. Pero tal era aquí, 
como en todas partes, la política del Conde-Duque or- 
guUosa, tiránica, provocadora en la amenaza, y flaca 
y tarda en el golpe; importuna en el rigor y en la tole- 
rancia, usando aquél antes de tiempo, y de ésta cuan- 



- 320 - 

do ya la cuestión había pasado. La desdichada políti- 
ca habíase ya probado en ItaUa, Fiandes y Cataluña, y 
ahora iba á confirmarse en Portugal con el mayor de 
todos los desastres. Suárez y Vasconcellos, ó no atre- 
viéndose á decir toda la verdad, ó no queriendo ir con- 
tra los designios y proyectos del Conde-Duque, por 
no descontentar su vanidad, ó fiando demasiado de su 
habilidad y sus fuerzas para vencer en la ocasión, de- 
seando acaso que llegase para hacerse más necesarios 
y tomar mayor venganza en sus enemigos, aunque 
fueron los primeros que advirtieron la conjuración y 
la comunicaron, no hicieron nada al fin de lo que debía 
hacerse para remediarla, ni, á lo que parece, comunica- 
ron al Conde-Duque la final situación de las cosas. 
Sólo la Infanta Gobernadora, atenta al peligro, acon- 
sejada del arzobispo de Braga y de algunos otros por- 
tugueses leales, escribió ardientes cartas al Rey y al 
Conde-Duque, protestando que si prontamente no se 
remediaban tan malas premisas, había de ser conse- 
cuencia la total pérdida de aquel Reino. 

Pero desdeñada por esto y aborrecida del Conde- 
Duque, no tuvo más que esperar, satisfecha de su con- 
ducta, si no tranquila, á que se representase aquella 
fatal tragedia. Llegó ésta en tanto sin ser sospechada ni 
sentida; porque aunque se sabían los intentos, no pudo 
descubrirse cuándo ni cómo sería la ejecución, hasta 
que se vieron los efectos, guardando maravillosamente 
el secreto los conjurados. El duque de Braganza, des- 
pués de haberlos suscitado y movido secretamente con 
su esposa,- vaciló mucho todavía antes de dar la cara, 
declarándose por su cabeza; sin embargo, hostigado 
por su esposa y por algunos prelados y caballeros de 



— 321 — 

los de su bando, cedió al cabo. Día 1.'' de Diciembre 
(1640), muy de mañana, se armaron los principales y 
más valerosos de los conjurados, encaminándose al 
palacio de Lisboa, donde residía la Infanta Gobernado- 
ra y Vasconcellos. Un pistoletazo disparado por Pinto 
de Ribeyro fué la señal para el ataque. Había de guar- 
dia en Palacio un trozo de gente castellana y otro de 
alemanes, y éstos y aquéllos, sorprendidos, apenas hi- 
cieron resistencia. Cierto clérigo con un crucifijo en la 
mano iba delante de las turbas y presentaba la sagrada 
imagen á los soldados, de manera que algunos que qui- 
sieron defenderse no pudieron por no herir en ella. 
Pinto entonces se dirigió con algunos de su banda en 
busca de Vasconcellos; hallaron á la puerta de su cuar- 
to al corregidor de Lisboa, y dando gritos de «Viva el 
duque de Braganza>^ respondió el leal magistrado con 
vítores al Rey Felipe, por lo cual le mataron al punto. 
Tropezaron en seguida con cierto Antonio Correa, gran- 
de amigo de Vasconcellos, y también le dejaron por 
muerto; por último, se presentaron á las puertas del 
aposento de aquél sedientos de sangre. 

Hallábase á la sazón conversando con Vasconcellos 
D. Diego Garcés, capitán de infantería española, el 
cual oyendo el rumor de las armas y los gritos de los 
sediciosos, conociendo de qué se trataba, se arrojó á 
la puerta para cerrarla con su espada y persona, y dar 
tiempo de ocultarse al Ministro, llevado sólo de su ge- 
neroso aliento, pues no le debía obligaciones algunas. 
Allí se sostuvo largo espacio contra el tropel de los 
conjurados, hasta que herido el brazo derecho, inde- 
fenso y desfallecido, tuvo que tirarse por una ventana; 
premió Dios su buena acción, no permitiendo que mu- 

21 



— 322 — 

riese de la caída. Luego los conjurados entraron en el 
cuarto de Vasconcellos, y hallándole escondido en un 
armario, le asesinaron con cien heridas, arrojando al 
punto su cadáver por una ventana á la plaza de Pala- 
cio, donde le esperaba ya todo pueblo congregado y 
sediento de sangre. Después por casi dos días estuvo 
sirviendo el cadáver de aquel Ministro, soberbio y co- 
dicioso, de juguete y de burla al pueblo, que no hubo 
afrenta ni vileza que en él no cometiese. Subieron tam- 
bién los conjurados al cuarto de la Virreina, y ésta, 
acompañada del arzobispo de Braga y de las damas< 
procuró aplacar su ira; pero lejos de prestarla atención, 
la insultaron y amenazaron sin respeto alguno. Dio en 
aquel trance la Virreina altas pruebas de generosidad y 
de entereza; con pocos hombres como ella, Portugal 
hubiera permanecido sujeto al Rey Felipe. Pero no ha- 
lló á su lado en el peligro más que al arzobispo de 
Braga, D. Sebastián de Mattos de Noronha, hombre 
amantísimo de España, dotado de altas prendas, de in- 
teligencia y de carácter; y aunque ambos expusieron 
largamente la \?ida, debiéndola sólo á ser mujer ella y 
él prelado, no alcanzaron fruto alguno. Uno y otro fue- 
ron arrestados. Fuélo también el Maestre de campo ge- 
neral D. Diego de Cárdenas, y en un momento la re- 
belión triunfante se extendió por todo Lisboa sin hallar 
en ninguna parte resistencia. 

Quedaban, sin embargo, por nosotros la ciudadela y 
el castillo de San Juan, situado á la embocadura del 
Tajo, y á sostenerse no pudiera darse aún por perdida 
Lisboa. Por lo mismo pusieron los rebeldes el mayor 
empeño en su conquista: exigieron con amenazas de la 
Virreina una orden para que los gobernadores abriesen 



- 323 — 

SUS puertas, y no pudieron conseguirlo; entonces la 
anunciaron que de no dar tal orden degollarían á todos 
los españoles que tenían en su poder, y con esto lo- 
graron que sucumbiese á su demanda. Gobernaba en 
la ciudadela el Maestre de campo general D. Luis del 
Campo, el cual, con poco acierto ó valor, hallándose 
con más portugueses que castellanos bajo su mando, 
la rindió á los conjurados, según previno forzadamente 
la Virreina; mas luego, recobrado, pudieron tanto en él 
los remordimientos de su honor, que se volvió loco y 
acabó sus días en el hospital de Toledo'. No fué tan 
pundonoroso el gobernador del castillo de San Juan, 
D. Fernando de la Cueva. Tenía éste -bajo su mando 
una guarnición compuesta de españoles solamente, los 
cuales se ofrecieron á morir en la defensa sin cumplir 
el mandato de entrega. Reunieron los conspiradores 
toda su gente disponible, y con numerosa artillería vi- 
nieron á poner sitio á la fortaleza, y el D. Fernando 
con su numerosa guarnición se mantuvo firme algunos 
días, molestando con frecuentes salidas á los sitiado- 
res. Mas luego, vencido del oro, con flaqueza indigna 
de españoles, y apenas oída hasta entonces, abrió las 
puertas al enemigo, vendiendo ásus soldados. Era 
aquel traidor D. Fernando, natural de Jaén, y bien 
quisiéramos que su nombre y patria no hubieran llega- 
do á nosotros, ya que llegó su odiosa alevosía. 

No hubo ya resistencia en el resto del reino. Los 
Consejos y Tribunales comenzaron al punto á despa- 
char en cabeza del duque de Braganza, con el nombre 
de Juan IV. Los magistrados y gobernadores de las ciu- 
dades se apresuraron á prestar obediencia al nuevo 
Gobierno. No tardó el de Braganza en venir á Lisboa 



- 324 - 

y coronarse por Rey con Doña Luisa de Guzmán, en 
medio de las aclamaciones del pueblo, que con eso 
pensaba ser dichoso en adelante. Francia no dejó es- 
perar mucho el socorro prometido, ni tampoco los ho- 
landeses, enviando unos y otros á Portugal armas, na- 
ves, capitanes y soldados que fuesen núcleo de los 
ejércitos de la nueva corona. Y así se concluyó aque- 
lla revolución triste y funesta para todos, españoles y 
portugueses. Vengaron éstos con ella las inmediatas 
injurias del mal gobierno del Conde-Duque y sus mi- 
nistros; pero' fué á costa de procurarse para siempre 
una decadencia total y una servidumbre más odiosa y 
vil. Portugal no ha podido vivir desde entonces sino 
como dependiente de otras potencias, principalmen- 
te de Inglaterra; y así su nacionalidad, sus intereses y 
su gobierno han venido á ser esclavos de verdaderos 
extranjeros codiciosos y soberbios. España á la par vio 
deshecha con los frutos de aquella revolución la inte- 
gridad de su territorio: y sin más que eso pudo contarse 
por rebajada en su antigua categoría é impedida de re- 
cobrar su grandeza. Al contemplar las consecuencias de 
aquella separación desdichada, el ánimo se siente incli- 
nado á censurar duramente á los portugueses, que con 
tan mal acuerdo convirtieron en castigo y humillación 
de toda España el merecido castigo y ruina de un mal 
ministro y de dos miserables cómplices. Pero la razón 
obliga también, no ya á censurar la conducta de éstos, 
sino á maldecirla; que ellos con sus torpezas y sus 
crímenes fueron causa de todo. No se puede exigir de 
los pueblos que pongan tanta prudencia y cordura de 
su parte. Á los gobernantes es á quien toca tenerla: 
que aun á los hombres más cuerdos y prudentes es 



- 325 — 

locura querer obligarlos con el espectáculo de mise- 
rias que ofrecen las revoluciones, á que soporten todo 
género de opresión injusta; porque llega día de seguro 
en que prefieren el mal venidero y endulzado con la 
venganza, al mal presente y exasperado con el sufri- 
miento. 

Cuando llegó á Madrid la noticia de este suceso, 
halló á la Corte descansando, como solía, de unas fies- 
tas de toros que se habían celebrado en la plaza pe- 
queña del Buen Retiro, toreando los principales de la 
nobleza, para honrar á un Embajador de Dinamarca 
que acababa de llegar á España y no había visto nunca 
tal espectáculo. Sin embargo, la noticia del suceso 
produjo una impresión profunda en todos los ánimos. 
Vióse entonces claramente que era ya inevitable la 
ruina de la Monarquía con tal favorito. Públicamente 
se murmuraba de su conducta, acusándole de imbécil é 
inepto, tanto como de vanidoso y tirano. Llenos de do- 
lor los Grandes y los plebeyos, rogaban á Dios ar- 
dientemente que los librase de él; pero ninguno osaba 
dirigirse con súplicas al Monarca. Olivares mismo 
sintió por primera vez abatido su ánimo, que pareció 
hasta entonces incontrastable, más que por lo grande 
y fuerte, por lo distraído y poco atento que se mostra- 
ba al bien ó al mal público. Sospechóse que aun en esta 
ocasión, antes sentía el menoscabo en su privanza que 
esperaba, que no la pérdida de tantos países y reinos 
como acababan de perderse en un punto. Estuvo mu- 
chos días sin hacer pública la noticia ni comunicársela 
al Rey, aunque toda la Corte en voz baja la- repetía. 
Al fin se determinó á decirlo al Rey, no fuese que otro 
alguno se anticipase en ello y viniese á pararle mayor 



— 326 - 

perjuicio; pero la forma con que ejecutó su intento me- 
rece ser conocida. Es fama que llegándose un día al 
indolente Felipe, con rostro alegre y confiado, le dijo: 
«Señor, el duque de Braganza ha perdido el juicio. 
>Acaba de levantarse por rey de Portugal, y es demen- 
»cia, que da á V. iM- de sus haciendas doce milio- 
>nes> (1). No respondió el Rey más que estas pala- 
bras: «Es menester poner remedio»; pero su frente se 
nubló y su corazón comenzó á sentir remordimientos, 
de manera que no le aprovechó al de Olivares la treta 
como pensaba. 

Pretendió en seguida deslumbrarle con nuevas fies- 
tas y diversiones; pero el pueblo, la nobleza, la Reina 
misma no daban ya lugar á ello. Un día que salía á 
caza de lobos le gritó el gentío en las calles: «Señor, 
señor, cazad franceses, que son los lobos que tene- 
mos. » Defendíase el de Olivares contra todos, sin ha- 
ber desafuero que le empesciese, ni recurso ó astucia 
á que no acudiera. Oprimió á la Reina privándola has- 
ta de tener comunicación con su esposo, y poniéndola 
su mujer al lado, que vigilante y sagaz, no la dejaba 
tener pensamiento que no supiese el Conde-Duque; 
hizo que el Presidente del Consejo de Castilla juntase 
á todos los prelados de las religiones y les ordenase 
advertir á los predicadores de su obediencia que en los 
sermones procurasen templar de modo las palabras 
que no ofendiesen las materias del Gobierno, porque 
el pueblo, afligido, no se desconsolase del todo; aten- 
dió también á refrenar las murmuraciones de la Corte, 
y para ello prendió á un D. Juan Pardo de Castro, que 

(1) Ortiz: Compendio Histórico. 



— 327 — 

andaba muy metido entre los señores y Grandes, por- 
que hablaba mal de su privanza, y le nombró tales jue- 
ces, que de tres dos le condenaron nada menos que á 
la pena de garrote por tan liviano motivo, y sin duda lo 
pasara mal á no averiguarse que estaba casado con 
una criada de la casa de cierto secretario del Rey; he- 
cho no indigno de recuerdo, porque con él se da á en- 
tender maravillosamente lo que era entonces el gobier- 
no de España en todas sus partes. Nada de esto bastó, 
sin embargo, para detener ya la ruina del Conde-Du- 
que; desde entonces, aunque tarde á la verdad, pudo 
contarse por decretado. 

El pueblo, como siempre, ciego en sus determinacio- 
nes y llevado de la antigua antipatía, que así como los 
portugueses á los castellanos profesaban éstos á aqué- 
llos, al propio tiempo que maldecía al favorito, des- 
ahogaba su ira en Madrid de una manera sangrienta. 
Porque habiéndose susurrado que había portugueses 
que vitoreaban de noche por calles y plazas al duque 
de Braganza, con ánimo sin duda de causar alarmas y 
de insultar á los castellanos, la gente moza que anda- 
ba á tales horas rondando amores, según el uso del 
tiempo, dio en entretener sus largos ocios matando á 
cuantos hombres tropezaba de aquella nación, aunque 
anduviesen tranquilos y sin hablar palabra. Ni tales 
excesos, que hubo al cabo que reprimir severamente, 
se cometían sólo en la soledad de la noche, pues no 
era raro hallar en medio del día caballeros portugue- 
ses y castellanos acuchillándose por pequeña ocasión 
al parecer, pero en realidad por la encendida cólera de 
las dos naciones. Mejor fuera emplear la nuestra en la 
frontera de Portugal que no en aquellos trances y em- 



- 328 — 

peños particulares; pero allí, que era donde importaba 
más la premura, iban harto despacio las cosas. 

El Conde-Duque, atento antes que todo á conser- 
varse en el poder, no pensó en muchos días en dar 
disposición alguna. Luego, reparados los primeros gol- 
pes, recobró al ver amenazada su privanza la activi- 
dad y fertilidad de los primeros días de su gobierno, y 
se puso á imaginar arbitrios y remedios, que ojalá así 
fueran tan acertados y eficaces, como fueron numero- 
sos y varios. Mandó al marqués de los Vélez que ocul- 
tase la noticia á su ejército á fin de que los portugue- 
ses que había no desertasen y viniesen á engrosar las 
banderas del de Braganza; rogó al Emperador de Ale- 
mania que prendiese allí á D. Duarte de Braganza, que 
servía como general en sus ejércitos y era hermano del 
nuevo Rey de Portugal, á fin de que no acudiese por su 
persona al servicio de éste; hizo prender á algunos por- 
tugueses notables que servían en los ejércitos ó en el 
Gobierno, y de ellos á D. Felipe de Silva, el vencedor 
de Fleurus y Maguncia, que estaba aún en Flandes con 
reputación de gran soldado; por fin, comenzó á fraguar 
una conspiración dentro de Portugal con las pocas per- 
sonas fieles que allí nos quedaban. Triviales é injustas 
medidas las primeras, y aunque no descabellada la úl- 
tima, con todo más propia para acompañada de otras 
que no para reducir á ella todas las esperanzas; por- 
que descubierta y frustrada, como era tan fácil que su- 
cediese, y con efecto sucedió, se había de perder un 
tiempo precioso, dando con la espera más espacio á la 
insurrección para que cobrase fuerza y aliento. Fué la 
cabeza y agente principal de este intento aquel arzo- 
bispo de Braga, tan fiel á nuestra causa, y de quien ya 



— 329 — 

en otras ocasiones hemos hablado, y logró traer á su 
partido á muchos Grandes y personas importantes del 
reino, al marqués de Villarreal, al duque de Caminha, 
su hijo, el conde de Val de Reys, al de Castañeira, al 
de Armamar y á Antonio Correa, aquél que dejaron 
por muerto los conjurados á las puertas de Vasconce- 
llos, con otras varias personas y prelados. Fué tan 
adelante el intento, que se llegó hasta señalar día para 
la ejecución, y según estaba todo concertado, hubiera 
dado en que entender al de Braganza, á no ser por- 
que un impensado accidente descubrió el secreto. 

Estaba de gobernador de las armas en Ayamonte y 
su frontera D. Francisco de Guzmán, marqués de este 
título y, por tanto, de la casa de Medinasidonia, muy 
relacionado con la de Braganza por la vecindad de tie- 
rras y Estados que con ella tenía. Este, desde los prin- 
cipios de la conjuración, faltando vilmente á lo que debía 
á su patria España y al puesto de confianza que le esta- 
ba conferido, mantuvo inteligencias y tratos con los fau- 
tores y caudillos de ella, mayormente con el duque de 
Braganza y su esposa. Animado con el buen éxito de 
aquella conjuración, intentó este marqués de Ayamon- 
te, tan imbécil como malvado, suscitar otra en las An- 
dalucías, con el fin de hacer de ellas un reino y poner 
á la cabeza al duque de Medinasidonia, su deudo, 
hermano de la nueva reina de Portugal, y Gobernador 
y Capitán general de tales provincias. Tenía el de Me- 
dinasidonia una ambición que no justificaban sus cua- 
lidades, y más vanidad que abonasen sus servicios. 
Comunicóle el marqués de Ayamonte sus propósitos, y 
ni más generoso ni más cuerdo que éste, se prestó á 
dar su persona y nombre para la empresa. Jamás otra 



- 330 — 

más descabellada ha podido concebirse en el mundo, 
porque no hay tampoco país donde haya habido siem- 
pre menos sentimientos de provincialismo y de inde- 
pendencia; como que la población no venía de distinta 
raza de Castilla, ni tenía diversas historias, ni costum- 
bres distintas, ni leyes diferentes, ni tradiciones, ni 
pretensiones, ni nada, en fin, de lo que hizo que la de 
Portugal se sustrajese á la obediencia del Monarca cas- 
tellano, y que repugnasen su dominio Cataluña y otras 
provincias del reino. Por el contrario, mirábase los na- 
turales de Andalucía como castellanos hijos de los con- 
quistadores, y harto más atendían á conservar puras 
las costumbres, la lengua y leyes de Castilla, para de- 
notar más y más su separación de los descendientes de 
los moros, muy numerosos allí, naturalmente, que no á 
formar una nación independiente entre las demás. Con 
todo, los tratos iban muy adelantados entre el de Me- 
dinasidonia, el de Braganza y el de Ayamonte, cuan- 
do éste recibió de Lisboa unos pliegos para la Corte 
de España, enviados á él sin duda en la confianza que 
inspiraba su posición de gobernador de las armas es- 
pañolas y su noble cuna; abriólos y halló en ellos el 
secreto de la conspiración urdida en Lisboa para resta- 
blecer allí nuestro gobierno. Entonces puso el sello á 
su traición y maldad enviando los pliegos al duque de 
Braganza. Prendieron allí al punto á todos los conjura- 
dos y condenaron á muerte los más: de ellos fué el mar- 
qués de Villarreal, que murió con noble y heroica ente- 
reza, aclamando hasta el último momento la causa de 
España, y también el arzobispo de Braga, que aunque 
por su alto carácter no pereció en público cadalso como 
los otros, apareció muerto de allí á poco en la cárcel, y 



-- 331 — 

Antonio Correa, á quien no parece que respetó la 
muerte el día de la rebelión, sino para hacer ahora más 
noble su sacrificio en la horca. Víctimas de la buena 
causa, hijos leales de una patria que los infamaba tor- 
pemente con el nombre de traidores, ellos pagaron con 
su sangre la indolencia del débil Felipe y las torpezas 
de su favorito, muriendo por España, que era morir á 
un tiempo por Portugal y por Castilla. De resultas de 
esto mandó el de Braganza salir precipitadamente de 
Portugal á la duquesa de Mantua, y poco después, 
por un edicto echó á todos los castellanos del reino. 

No tardó Dios en castigar la villana conducta del 
marqués de Ayamonte, compensándose con su casti- 
go el de los portugueses leales, y con el descubrimien- 
to de la insensata conspiración que tenía tramada, el 
de aquella otra que por su causa acababa de frustrar- 
se. Un castellano, por nombre Sancho, prisionero en 
Lisboa, con algunos indicios que tuvo del caso, acertó 
á ganarse la confianza de los traidores, y cuando tuvo 
en sus manos las pruebas de todo, vino con ellas á Ma- 
drid y se las presentó al Conde-Duque. Aturdióle á éste 
más aún que el de Portugal aquel suceso, porque el du- 
que de Medinasidonia era cabeza de la casa de Guz- 
mán, de donde él también venía, y tenían entre ambos no 
lejano parentesco; además, que con aquella traición se 
empañaba el lustre de la casa, que, cierto, era digna de 
otros descendentes, por su antigua gloría. Revolvió en 
su mente mil pensamientos, y, al fin, determinó para 
salvar al de Medinasidonia, castigar duramente á Aya- 
monte, como autor y agente principal del concierto, y 
así se hizo. Vino á Madrid el duque de Medinasido- 
nia por encargo del Conde-Duque, pidió perdón al Mo- 



- 332 - 

narca, y, ayudado de aquél, que hizo lo que más pudo 
por servirle, consiguió que se redujese el castigo á al- 
guna multa y precauciones que se tomaron para que no 
pudiese repetir el intento en adelante. Pero, en tanto, 
D. Gaspar de Bracamonte, Maestre de campo, fué á 
Ayamoníe y retiró del mando al Marqués, prendióle, y 
encerrado en el Alcázar de Segovia, al cabo de algún 
tiempo, murió, según la voz común, decapitado: mere- 
cidísimo y justo castigo, si lo hubo, que sólo pudo 
mover á compasión por la desigualdad que hubo entre 
su suerte y la del duque de Medinasidonia, tanto ó 
más culpable. 

A la par, en Lisboa se hicieron públicas luminarias y 
festejos, y el de Braganza y Doña Luisa de Guzmán 
admitieron parabienes y felicitaciones, como dando por 
cierto que el hermano se había ya levantado por Rey 
en las Andalucías. Súpolo el Conde-Duque, y aconse- 
jó al de Medinasidonia que para acallar el rumor co- 
mún, que ya lo acusaba, y sincerarse del todo á los 
ojos del Rey, desmintiese públicamente á su cuñado y 
lo desafiase y retase á lidiar cuerpo á cuerpo con él. 
No supo negarle esta satisfacción aquel señor, recelo- 
so aún de mayor castigo, y mandó fijar carteles donde 
llamaba al campo al duque de Braganza, anunciando 
que lo esperaría ochenta días en Valencia de Alcántara, 
situada entre Portugal y Castilla, y declarándole aleve 
y cobarde si no asistía; por lo cual ofrecía en tal caso 
al que le matase de cualquier modo su ciudad de San- 
lúcar, y al Gobernador y Alcalde portugués, que de- 
volviese alguna plaza importante al Rey de España, 
uno de los mejores lugares de sus Estados. Fué tras 
esto el de Medinasidonia á Valencia de Alcántara con 



— 333 — 

D. Juan de Garay, y esperó allí algún tiempo, hasta 
que cansado de tan inútil farsa, se volvió á Madrid, 
dejando al de Braganza triunfante en Lisboa. 

No lo estaban menos los catalanes, alentados con el 
ejemplo de los portugueses, y conociendo que habrían 
de disminuirse las fuerzas del Gobierno español re- 
partiendo su atención en ambas fronteras, negáronse 
á oir las nuevas proposiciones de acomodo y concier- 
to que más ó menos encubiertamente se les hicieron. 
Exigían ante todo la caída del Conde-Duque, la reno- 
vación de todos los ministros que entendían en las co- 
sas de aquella provincia, y la exención de tributos por 
muchos años á título de compensación ó desagravio, 
y esto los más prudentes; que otros, acaso el mayor 
número, no querían prestarse de ninguna suerte á los 
tratos, juzgando ya posible el hacerse independientes. 
Con tales pensamientos en los catalanes, claro está 
que no podía practicarse concierto alguno; pero, á la 
verdad, si los catalanes se mostraban sobrado exigen- 
tes y rebeldes, tampoco el Conde-Duque hizo mucho 
por aplacarles. Su vanidad era inflexible, y además de 
esto no tenía bastante patriotismo en el alma para reti- 
rarse de los negocios, viendo que estorbaba é impedía 
la concordia de que tanto necesitaba la Monarquía. 

Lo que hizo fué procurar devolver mal por mal á los 
enemigos, y darles en su casa á los franceses el propio 
entretenimiento que ellos nos ofrecían en la nuestra, ó, 
al menos, ayudaban poderosamente á ofrecernos. Mas 
no le acompañó tampoco en esto la desgracia ó la for- 
tuna. Firmóse un tratado en Bruselas entre el Cardenal 
Infante de una parte, y el conde de Soissons y el du- 
que de Bouillon, Príncipe aquél de sangre real, y éste 



- 334 - 

general, bastante reputado, para echar á Richelieu del 
Gobierno y terminar la guerra por tratos ventajosos á 
España: esta fué la liga que se llamó de la paz. Los 
franceses aliados levantaron, con dinero que se les dio 
del poquísimo que hubiese en Flandes para atender á 
nuestros ejércitos, algunas tropas con las cuales se pu- 
sieron sobre Sedán. Vino á juntarse con ellos, por 
mandato del Infante, Lamboy, general de nuestra Ca- 
ballería, con un buen trozo de soldados, y tropezando 
con el ejército francés, que enviaba Richelieu á some- 
ter á los insurrectos, al mando del mariscal de Chati- 
llon, se empeñó entre unos y otros la batalla. Rompió 
Lamboy con los nuestros la Infantería enemiga, y el 
duque de Bouillon, con los suyos, deshizo cuanto se le 
puso por delante, de modo que en breves momentos 
todo el ejército enemigo se puso en fuga. Hubieran 
sido inmensas las ventajas de esta victoria, á no ser 
porque el duque de Soissons cayó muerto de un pisto- 
letazo al alzarse la visera para ver mejor la fuga de 
los contrarios: suceso de muy diversas maneras inter- 
pretado hasta ahora, dado que no pocos se inclinan á 
considerarlo como un asesinato dispuesto por Riche- 
lieu. De resultas de este accidente, el ejército de los 
insurrectos, consternado, no acometió otra empresa 
que la toma de Donchery, y como el Cardenal infante 
llamase á Lamboy precipitadamente para contrarrestar 
á los enemigos que sitiaban á Ayre, la liga se deshizo 
sin otro efecto para nosotros que la pérdida del di- 
nero empleado y que se retardase el socorro de aque- 
lla plaza, por la ausencia de Lamboy, más de lo que 
convenía, lo que contribuyó no poco á que se frus- 
trase. Poco después se ajustó en Madrid un nuevo tra- 



• — 335 — 

tado entre el Conde-Duque y cierto emisario del du- 
que de Orleans, hermano del Rey de Francia, con igua- 
les condiciones y el propio objeto que el anterior; mas 
este no llegó á practicarse en lo más pequeño, porque 
fué descubierto por Richelieu, y castigados con pena 
de muerte, fuera del Príncipe, los verdaderos autores- 
que eran Enrique de Effat, marqués de Cinq-Mars, 
gran escudero del Monarca francés, y su amigo De 
Thou, hijo del historiador de tal nombre. 

Con esto quedamos reducidos al solo ejercicio y es- 
peranza de las armas. Ordenóse la formación de ejér- 
citos en la frontera de Portugal, viniendo el mando del 
principal con Badajoz por plaza de armas, D. Manuel 
de Zúñiga y Fonseca, conde de Monterrey y de Fuen- 
tes, Virrey que había sido de Ñapóles y heredero del 
gran conde de Fuentes, pero no de sus merecimientos 
ni de su gloria, hermano de la mujer del Conde-Du- 
que, muy intimado con él, y cómplice de sus livianda- 
des, espléndido, aficionadísimo á cómicos y comedias, 
á galanteos, á locuras, á ostentaciones, tanto, que en 
sus jardines, situados en el Prado de Madrid, asistieron 
los Reyes y la Corte á nocturnos festejos de los más 
celebrados de la época: harto más á propósito para 
alternar en los salones, que no en los campamentos y 
batallas. Negáronse muchos Maestres de campo y Ca- 
pitanes de los nombrados para mandar las tropas que 
se juntasen á servir debajo de tal capitán, y así, todo 
fué desconcierto desde el principio, y fuera mayor á 
no admitir el cargo de Maestre de campo general don 
Juan de Garay, tan bien reputado entre la gente de 
armas. Los otros trozos de ejército se mandaron for- 
mar en los confines de Andalucía y de Galicia, más 



- 336 - 

con intento de defender el territorio que con el de ha- 
cer conquistas. Mas no había soldados con que llenar 
los nuevos tercios, ni dinero con que levantarlos; to- 
dos los recursos estaban de tal modo agotados con la 
formación del ejército de Cataluña, que no se hallaba 
á la sazón ninguno que no fuese desusado y extraordi- 
nario. Fueron llamados á la Corte todos los caballeros 
hijosdalgo del reino, y se les propuso que acudiesen 
con armas y caballos, según la antigua usanza, no 
practicada desde que terminó la guerra con los moros, 
á servir al Rey y a la patria. Vinieron muchos; pero 
fué lastimoso de ver el que antes de ofrecerse á servir 
los que sirvieron, fuesen exigiendo hábitos y merce- 
des y ayudas de costa, sin que ninguno se prestase 
por solo el deber y el patriotismo á salir á campaña; 
conducta muy diversa de la antigua. Mejor obraron 
los Grandes, aunque no hicieron todo lo que pudieron, 
levantando cada uno á su costa una compañía de cien 
hombres. Los ministros de los diferentes Consejos pa- 
garon con poner cada uno en campo cuatro hombres 
armados,, y de la gente común muchos acudieron tam- 
bién al servicio, con promesa que se les hizo de dar 
por recompensa títulos de hidalguía. Por último, se sa- 
caron á la venta en pública almoneda hasta quinientos 
hábitos de órdenes militares, señalando á Madrid como 
patria común para hacer pruebas, á fin de que no hu- 
biese quien no pudiera hacerlas, calculándose en otros 
tantos caballos efectivos y hasta un millón de duca- 
dos lo que produciría tan extraña venta. Así, donde- 
quiera se ve ya á la vanidad en lugar del patriotismo, 
al interés personal haciendo olvidar al interés públi- 
co, dondequiera el decaimiento y la corrupción, fruto 



- 337 — 

tardío, pero cierto, de la liviandad de los Ministros y 
de la Corte, de la desconfianza del Gobierno, del me- 
nosprecio de la equidad en la distribución de empleos 
y honores, de la falta de justicia y de la ignorancia que 
cegaba los ojos de todos los españoles. Es locura 
pensar que las naciones, por nobles que sean, puedan 
levantarse á grandes intentos, hacer grandes sacrifi- 
cios, moverse á ciertos esfuerzos supremos oprimidas 
y desconfiadas, sin fe en lo presente ni en lo futuro. 

No había más que un modo de poner el patriotismo 
nacional á la altura de la ocasión, y la ejecución de 
éste dependía de todo punto del Monarca. Era preci- 
so que apartase de sí al favorito y aun lo inmolase á 
la justa saña de la nación: era preciso que abandona- 
se los placeres y se consagrase al trabajo; que co- 
menzase á gobernar y á hacerlo todo por sí mismo; 
que empuñara la espada de Fernando III y vistiese la 
armadura de Alonso el Batallador; que fuese como 
Carlos V á los ejércitos y pelease con ellos, y fuese 
con ellos á la victoria ó á la muerte. Entonces sí que 
los hidalgos y los pecheros hubieran acudido á las 
banderas del Rey, según la antigua usanza; entonces 
sí que el patriotismo nacional se hubiera despertado 
dando copiosos frutos; entonces sí que del gran pueblo 
que tal muestra dio luego de patriotismo en 1808, vir- 
gen á la sazón, y de más virtud y esfuerzo, todavía 
hubiera podido esperarse con fundamento la victoria y 
la salvación de la Monarquía. Hubieran muchos dejado 
la parte de la rebelión, al ver castigado al mal Minis- 
tro; no hubieran otros osado levantar las armas contra 
la persona del Rey, santa y verdaderamente inviolable 
hasta allí para los españoles; hubieran los más tibios 

22 



— 338 - 

cobrado valor, y hubieran cobrado los más enemigos 
respeto ó miedo. Por tal modo salvó Enrique IV su 
trono y salvó á la Francia, y á la sazón misma, sólo 
para procurar nuestra ruina, vimos á Luis XIII forzar 
en persona las puertas de Italia, y asistir más tarde en 
las tiendas de los sitiadores de Perpiñán. De esto se 
hizo algo en España; pero se hizo mal y fuera de tiem- 
po, que es casi tanto mal hacer como no hacer nada. 
Fué Felipe al ejército de Cataluña, pero no á pelear, 
sino á sentir de cerca afrentosas derrotas, y aumentar 
el menosprecio á su persona y el odio á sus Ministros 
en los rebeldes. No fué á Portugal, que era donde más 
falta hacía por lo pronto, y á tal punto descuidó esto, 
que la reina Isabel, dándole vergonzosa enseñanza, lle- 
gó á pedirle permiso, que no obtuvo, para ejecutarlo por 
su propia persona. Así, pues, cuando separó de sí al fa- 
vorito, y cuando se determinó á ver los muros de Lé- 
rida coronados de franceses, ya no era tiempo para 
salvar á la nación: su desmembración y ruina eran in- 
evitables. 




LIBRO SEXTO 



o© 



SUMARIO 



De 1640 á 1643.— Guerra general.— Cataluña: toma de Perelló, 
de Coll de Balaguer, Cambrils, Salou, Villaseca y Tarrago- 
na. — Paso sangriento de Martorell; entrada en el llano de 
Barcelona; dase esta ciudad al Rey de Francia; dispónese á 
la resistencia; estado del ejército real; orden de ataque con- 
tra Montjuich; batalla y rota de los nuestros; muerte del du- 
que de San Jorge; retirada á Tarragona; sitio de esta plaza; 
socorro por mar. — Rosellón: piérdese Elna; victoria de Arge- 
les y socorro de la provincia. — Formación de nuevo ejército; 
hostilidades en la frontera de Aragón; Tamarit de Litera; su- 
cesos del campo de Tarragona; victoria de Villalonga; parte 
el marqués de Pobar al socorro de Rosellón; su marcha y su 
derrota en Granada; pérdida de Colliure, Perpiñán y Salsas y 
toda la provincia. — Hostilidades por mar y tierra en Vinaroz. 
— Medidas extremas; armamento de nuevo ejército; sale el 
Rey á campaña; su conducta y la de la Reina; batalla de las 
Horcas; combate naval de Barcelona. — Portugal: rebatos y 
correrías por Extremadura, interpresa de Olivenza; otros su- 
cesos á la parte de Castilla y Galicia.— Italia: pérdida de 
Montcalvo; sálvase Ivrea; Ceba, Mondovi y Coni perdidas; 
recóbrase Montcalvo; defección de los Príncipes de Saboya; 
grandes pérdidas; defección del Príncipe de Monaco. — Flan- 
des: sitio de Ayre y su conquista; muere el Cardenal Infante, 



— 340 — 

reemplázale D. Francisco de Mello; victoria gloriosa de Hon- 
necourt; derrota funesta de Rocroy.— Intrigas contra el Con- 
de-Duque y su caída. 

|L™| ( )X la sublevación de Cataluña y Portugal se abre, 
naturalmente, nuevo período en la guerra. Si hasta 
ahora la hubimos sostenido con cierta igualdad, ya no 
era posible; si hasta ahora la fortuna había repartido sus 
favores entre las potencias beligerantes, en adelante 
llevaremos siempre la peor parte. Dejamos narrados 
algunos encuentros y hechos que fueron preludio y 
exordio de las campañas de Cataluña; dejamos á los 
franceses enseñoreados de toda aquella provincia sin 
cosa alguna; y dejamos, finalmente, al marqués de los 
Vélez caminando con todo el ejército desde Tortosa 
tierra adelante por el Principado. 

La primera conquista fué la de Perelló, pequeño 
pueblo, pero murado, donde trece catalanes solos detu- 
vieron heroicamente á todo el ejército por un día ente- 
ro, y más los detuvieran á no haber inteligencia con uno 
de los vecinos. En seguida se encaminó el marqués de 
los Vélez al Coll de Balaguer, punto áspero y difícil, 
y muy fortificado y guarnecido, aunque sin arte, por 
los catalanes. Hicieron éstos resistencia; mas no sa- 
biendo aprovecharse de sus ventajas, fueron rotos y 
tomado el paso; y algunos escuadrones de caballería, 
que con el conde de Zavallá, General de ellos, vinie- 
ron al socorro desde Cambrils, fueron también des- 
hechos. Tomáronse al propio tiempo algunas torres y 
casas fuertes de la marina, y el ejército, alegre con la 
facilidad de aquellos pequeños triunfos, se entregó á 
los desórdenes de vencedor. Por su parte, los cátala- 



— 341 — 

nes intentaron envenenar unas lagunas cercanas del 
Coll; horrible intento, y que, á poder lograrlo, causara 
infinitas muertes entre los nuestros. Así, de uno y otro 
lado, la guerra iba exacerbando las pasiones más y más 
cada día. 

Llegaron al cabo los nuestros delante de Cambrils, 
primera plaza de armas de los catalanes, y de las que 
tenían mejor fortificadas, puesta en la plaza y campo 
de Tarragona. Hizo D. Alvaro de Quiñones mucho es- 
trago en sus escuadrones á las mismas puertas de la 
villa; tomóse á viva fuerza un convento de las afueras, 
que defendieron celda por celda los frailes; púsose 
por fin el cerco; batióse furiosamente, y al fin su Go- 
bernador, el barón de Rocafort, se entregó por capitu- 
laciones. Pero al salir los defensores hubo una alarma 
falsa: gritóse traición sin saber quién ni por qué causa, 
y aprovechando la ocasión los soldados pasaron más 
de setecientos de ellos al filo de la espada antes de 
que pudieran contenerlos los capitanes. Reus y otros 
lugares ricos vinieron entonces á la obediencia. Mas 
•con todo faltaban vituallas y recursos, porque no los 
dejaban venir de ninguna parte los miqueletes ó almo- 
gávares, gente suelta, incansable, valerosa, que repar- 
tida en bandas de corto número, con gran conocimien- 
to del terreno y no menos astucia, iba siempre delan- 
te, á las espaldas ó en los costados del ejército, 
acosándolo sin cesar y matando, al propio tiempo que 
robaba los mantenimientos, todos los dispersos y fo- 
rrajeadores. Parecía conveniente apoderarse de un 
puerto adonde pudiera venir fácilmente el socorro de 
la armada; y se determinó caer al punto sobre Ta- 
rragona. Tomáronse Salou y Villaseca, lugares y pues- 



- 342 - 

tos bien fortificados, y allanado ya el camino, se plan- 
taron los cuarteles delante de aquella ciudad. 

No hubo, sin embargo, que hacer uso de las armas, 
porque M. de Espenan, que estaba dentro con mil ca- 
ballos de su nación, juzgando imposible la resistencia, 
capituló su salida, obligándose á no pelear más en Ca- 
taluña, y los naturales tuvieron en seguida que ren- 
dirse á partido. Cumplió de Espenan su promesa como 
bueno y salió de Cataluña con los suyos, que fué gran 
ventaja para nuestro partido. Luego las armadas en- 
traron en Tarragona y algo aliviaron al ejército, pero 
no tanto como se esperaba, por la tibieza de D. Gar- 
cía de Toledo, marqués de Villafranca, que los man- 
daba. Era éste harto menos capitán que fueron su pa- 
dre y hermano; mas en cambio les aventajaba á en- 
trambos en presunción, defecto común en las épocas 
viles y degradadas, donde faltando verdaderos y pú- 
blicos merecimientos, hay que fingirlos y afectarlos; y 
no llevando á bien que ganase otro gloria á costa suya, 
tenia por más honrado el dejar de servir á la patria, 
que no servirla dando reputación al inexperto marqués 
de los Vélez. Con esto y con las numerosas cuadrillas 
de miqueletes, que interceptaban y destruían todos los 
convoyes y recursos, volvió á hallarse en grande ne- 
cesidad el ejército. Determinóse el marqués de los Vé- 
lez á salir de tal situación y á traer á sus banderas ef 
triunfo, encaminándose á Barcelona, cabeza y foco de 
la rebelión. Ganó con mucha dificultad á Villafranca 
de Panadés y San Sadurní; pero siguiendo su camino, 
halló cerrado el paso de Martorell por los catalanes, 
con muchas trincheras y reductos, apoyados en posi- 
ciones casi inaccesibles, defendidas por todos sus ter- 



— 343 — 

cios y escuadrones y gobernados del diputado militar 
Tamarit, y de los franceses Seriñán y D'Aubigné. 

Llegó allí el Marqués, y conociendo que no era po- 
sible la expugnación de las fortificaciones por el frente, 
mandó al de Torrecuso que con un buen trozo de 
gente pasase encubierto á coger por la espalda al ene- 
migo, lo cual hizo éste con mucha habilidad y preste- 
za. Entonces los catalanes, viéndose entre dos fuegos, 
espantados y confundidos se pusieron en retirada y no 
pararon hasta Barcelona, en cuyos muros hallaron 
abrigo. Entraron nuestros soldados en Martorell, de 
donde era cabalmente título y señor el marqués de los 
Vélez, y todo lo llevaron á hierro y fuego, como si se 
tratase de gente bárbara y extranjera; mas en verdad 
que los catalanes no quedaban cortos en la venganza. 
El mencionado Margarit, mezcla de entre capitán y fa- 
cineroso, que mandaba algunas bandas de ellos, entró 
por asalto en Constantí, donde estaban los enfermos 
y heridos del ejército castellano, en número de más de 
cuatrocientos, y á todos los hizo pedazos en los lechos 
mismos. Ni por una ni por otra parte ponían de sí los 
capitanes cuanto debieran para contener tales excesos; 
y así ellos incitaban cada vez más la ira y hacíase más 
imposible la paz. Entró el ejército castellano después 
de asolada Martorell en Molins de Rey, San Feliu, Es- 
plugas y todos los pueblos del contorno, hasta dar vis- 
ta á Barcelona y sentar los cuarteles en Sans y los de- 
más pueblos de su amenísimo llano. 

Desde allí el Marqués, antes de intentar cosa algu- 
na contra la ciudad, envió á ella un parlamentario, á 
fin de que les intimase de parte del Rey la sumisión, 
ofreciendo en cambio clemencia. Negáronse los cátala- 



- 344 - 

nes, gente más obstinada aún en las derrotas que en el 
triunfo, y de uno y otro lado se dispusieron á emplear 
las armas. Estaba dentro de Barcelona por Ministro y 
caudillo principal de los franceses M. Du Plessis, hom- 
bre sobremanera astuto y muy empapado en los pen- 
samientos é intenciones de Richelieu. Viendo tan apu- 
rados á los catalanes, que teniendo á las puertas tan 
numeroso ejército no contaban con otra esperanza que 
la de enterrarse honrosamente en los escombros de sus 
murallas, comenzó á dar á entender astutamente, prime- 
ro con ambigüedades, luego al descubierto, que el Rey 
de Francia, si como aliados les ayudaba en algo, ,como 
dueño emplearía en su servicio todas las fuerzas que 
tenía. Representóles el poder del Rey Cristianísimo, 
su bondad, su celo; pero más aún que tales encareci- 
mientos, sirviéronle para traer á los catalanes á su ar- 
bitrio los argumentos que públicamente se hacían con- 
tra el rey Felipe y su Ministro, que sin mirar como 
propia aquella tierra, la combatían y azotaban con ar- 
mas tan formidables y rigor tan desusado. No recorda- 
ban entonces los catalanes sus propios excesos y cul- 
pas; atendían sólo á los rigores de sus contrarios, por- 
que achaque humano es el exigir que de parte del 
prójimo estén la prudencia y la templanza en los tran- 
ces violentos. 

Y, á la verdad, no les faltaba á los catalanes alguna 
más razón que suele haber en los que se hallan do- 
minados de la ira, con que se acrecentaba en este caso 
ia saña; porque las torpezas del Conde-Duque y de 
sus Ministros viles habían excusado todo género de 
razonable acomodo. Pero de todas suertes fué lamen- 
table y digno de eterna censura el que tanto pudiese 



— 345 — 

en ellos la pasión del momento, que prefiriéndola al 
interés de la patria común, cediesen á las insinuaciones 
pérfidas de M. Du Plessis, dándose por entero al Rey 
de Francia, y admitiéndole por señor y Soberano. Hí- 
zose la proclamación solemne en Barcelona, y al punto 
los franceses comenzaron á intervenir como naturales 
en las cosas de la defensa. La noticia de este suceso 
encendió más y más la cólera en el campo castellano; 
y aunque no faltaron diversos pareceres, por no creer 
muchos que estuviesen después de los pasados traba- 
jos en disposición de emprender el sitio de Barcelona, 
se resolvió al fin comenzar los ataques, fijándose todos 
los ojos en la toma del castillo de Montjuich, como na- 
tural principio de la empresa. Esta montaña, que domi- 
na á todo Barcelona y á la cual hace la posición esen- 
cialísima para su defensa, había estado hasta aquellos 
tiempos sin fortificación alguna; pero ahora, viendo los 
cabos catalanes el peligro de que la ocupase el ejérci- 
to real, levantaron en breves días en lo más eminente 
un castillo en forma de cuadro, bastante fuerte, y lo 
artillaron y guarnecieron muy bien con gente escogida 
de naturales y algunas compañías de veteranos fran- 
ceses. Probóse con esto que Barcelona no puede estar 
sin aquel castillo, porque bien los ciudadanos para su 
defensa, bien los enemigos para la ofensa, necesitan 
de él forzosamente. Montjuich extiende su falda por 
una parte hasta el mar y por otra hasta las murallas de 
Barcelona: la subida es escabrosa y larga, y á la sazón 
estaba cortada con muchas zanjas, y defendida, sin la 
fortaleza mayor, con muchas trincheras; de suerte que 
con esto y con estar tan cerca de la ciudad, toda pues- 
ta en armas y asistida de no pocos capitanes y sóida- 



- 346 — 

dos franceses, era de expugnación muy ardua. Pero 
el ardor de los Vélez no reparó en nada. Todavía el 
ejército real, aunque muy disminuido por la hambre, 
por la guerra y las enfermedades, y principalmente por 
las guarniciones que iba dejando detrás, era numero- 
so; y aun contándose en él mucha gente bisoña, tenía 
bastantes soldados viejos para ser temible. Goberná- 
banlo, bajo las órdenes del marqués de los Vélez y de 
Carlos Caracciolo, marqués de Torrecuso, su Maes- 
tre de campo general, D. Juan de Garay, que acababa 
de llegar del Rosellón, el duque de San Jorge, hijo de 
Torrecuso, el marqués Cheli de la Reina, D. Alvaro de 
Quiñones y otros capitanes, de nota algunos, todos 
muy antiguos en el ejercicio de las armas; y la artille- 
ría, con la desembarcada últimamente del Rosellón, 
era buena y mucha. Pero había en el corazón de aquel 
ejército un mal profundo, incurable, y era el poco 
acuerdo y división de los capitanes, producido princi- 
palmente por el mando del marqués de los Vélez. 

Como este Marqués ignoraba el arte de la guerra y no 
sabía, por tanto, proveer en ella lo que convenía; como 
no podía alegar grandes servicios y menos en las ar- 
mas, carecía de la autoridad necesaria para el mando, 
y era incapaz de contener las pretensiones opuestas y 
exageradas de tantos capitanes orgullosos con los ser- 
vicios que habían prestado y que no acertaban á igua- 
lar con el propio ningún merecimiento. Así acontecía 
que el de los Vélez, ó no daba provisión alguna en las 
ocasiones más críticas, ó si las daba eran olvidadas y 
contradichas de los capitanes, que ni lo respetaban á 
él ni se guardaban entre sí respeto alguno; con que no 
había quien mandase ni quien obedeciese, causa bas- 



— 347 - 

tante para perderse en las armas. Habíase advertida 
ya este mal én diversas ocasiones durante aquella cor- 
ta campaña; mas ahora delante de Barcelona fué donde 
sirvió de ejemplo horrible de lo que la mala elección 
en el general puede hacer en un ejército, por poderoso 
que sea. 

Llegada la hora prefijada para el ataque de Mont- 
juich, se puso en marcha el ejército real, repartido de 
esta suerte: dos trozos de mosquetería, cada uno de mil 
hombres escogidos al mando el uno, del conde de Ty- 
ron, irlandés, y el otro al de D. Fernando de Ribera, 
Maestre de campo, se encaminaron á subir la montaña 
donde aquella fortaleza está sentada, aquél por el cos- 
tado derecho, entre la campiña y la eminencia; éste por 
el costado izquierdo, entre la eminencia -y la ciudad: 
seguía luego por el centro un escuadrón de ocho mi! 
infantes, que se extendió en batalla por el monte, 
como en reserva de los dos primeros escuadrones y lo 
restante de la infantería se escuadronó haciendo frente 
á la ciudad. La artillería y caballería, á los costados 
en los sitios más á propósito que se hallaron, atendían á 
evitar la salida de los de la ciudad y la retirada de los 
de Montjuich, gobernando toda la gente destinada con- 
tra éstos Torrecuso, y lo que quedaba contra aquéllos 
D. Juan de Garay. Mandaba dentro de Montjuich, por 
los catalanes, M. d'Auvigné, y en la ciudad M. Du Pies- 
sis y el diputado militar Tamarit; y Seriñán, con la ca- 
ballería francesa y catalana, se apostó fuera de las 
puertas, en un llano entre Montjuich y las murallas, al 
abrigo de las muchas baterías con que éstas estaban 
coronadas. 

Tal descripción se nQcesita para comprender el in- 



- 348 - 

Opinado suceso que allí hubo. Subieron á la eminencia 
los dos primeros escuadrones de mosquetería destina- 
dos al asalto; pero llegaron muy fatigados y con mu- 
cha pérdida por haber tenido que ir desalojando de las 
trincheras de la cuesta á los enemigos. Puestos allí, 
sin embargo, no había más que dar el asalto, que era 
éxito seguro; mas al intentarlo se notó el inconcebible 
olvido de no haber traído escalas ni instrumentos al- 
gunos para el caso; entonces envió á pedirlos Torre- 
cusa al marqués Cheli, que dirigía la artillería situada á 
la falda del monte, y la infantería, en tanto, quedó for- 
mada enfrente de las murallas de la fortaleza y expues- 
ta á todo el fuego de las baterías enemigas. Pasaron 
horas y horas, y las escalas no vinieron, y nuestra 
infantería aguardó con increíble valor, sin perder te- 
rreno, cayendo sin defensa uno tras otro los más va- 
lientes de los capitanes y soldados. Había comenzado 
el ataque á las nueve de la mañana, y á las tres de la 
tarde continuaba todavía la matanza de los nuestros, 
hecha á mansalva por los catalanes desde sus muros. 
Ya á esta hora faltaba el aliento en los pechos más he- 
roicos. Torrecuso, que era el que tenía la mayor cul- 
pa del estrago con aquella imprevisión fatal, corría de 
una en otra parte, desesperado, desatándose en inju- 
rias contra Cheli, que le dejaba abandonado sin instru- 
mentos ni escalas, y sin recordar que él era aún más 
digno de ellas por no haber traído consigo lo que con- 
venía. 

Mas en un punto quiso Dios que con el mayor cas- 
tigo que pudiera recibir, se le ocasionase también la 
total rota que temía. Estaba á la falda del monte dando 
frente á la ciudad el duque de San Jorge, su hijo, con 



— 349 — 

la caballería del costado derecho; comenzaron los ene- 
migos á molestarle con escaramuzas de la caballería de 
Seriñán y alguna infantería que sacaron fuera de las 
puertas emboscadas; y él, no escuchando más que la 
voz de su valor, que era muy grande, determinó aco- 
meterlos y obligarlos á refugiarse en la ciudad. Con- 
sultó su intento con D. Juan de Garay, que mandaba 
las tropas de toda aquella parte, el cual, como soldado 
viejo, le mandó que no se moviese de su puesto. Pero 
este género de órdenes no hacían en aquel ejército 
efecto alguno: insistió el San Jorge; tomó alguna in- 
fantería de la que estaba cercana y desalojó á los ene- 
migos de la emboscada; y luego, como se sintiese allí 
más molestado de los enemigos del muro, despachan- 
do aviso á D. Alvaro de Quiñones, que mandaba la 
caballería del costado izquierdo para que embistiera al 
propio tiempo, se arrojó sobre la caballería enemiga 
debajo de sus mismas baterías. No hizo caso el D. Al- 
varo del aviso de San Jorge y lo dejó arrancar solo. 
Fpé el ataque de éste tan temerario, que llegó á azotar 
con su espada los mismos muros; pero allí, rodeados 
él y los suyos por todas partes, combatidos á un tiem- 
po de la caballería de Seriñán y de la mosquetería de 
los muros, cayeron los más valientes, desordenáronse 
los otros, y el duque de San Jorge quedó muerto acri- 
billado de heridas. Era mozo de valor heroico, aunque 
imprudente, y á ejemplo de su padre, muy leal á la 
Corona de España. 

Con este triunfo cobraron más brío los barcelone- 
ses, y haciéndoles señas los de Montjuich de que les 
enviasen socorro, se determinaron á enviarlo, y lo eje- 
cutaron á punto que ya los españoles que coronaban la 



- 350 — 

cima del monte no podían sostenerse. Entonces los del 
socorro y defensores hicieron una salida, y aunque 
pocos en número, como estaban de refresco y hallaron 
tan desalentados á los nuestros, arrollaron fácilmente á 
los primeros, y los otros ya sin más espera se dejaron 
caer en derrota desde la cima á la falda del monte. Fué 
fatalidad que Torrecuso supiese en aquel momento 
mismo que Dios le había castigado de su imprevisión 
con la muerte del hijo, y en lugar de dictar alguna dis- 
posición ó concierto, se entregó á los mayores extre- 
mos de desesperación, sin cuidar de su vida ni de la 
de los otros. En tanto los catalanes bajaban del mon^te 
degollando y sembrando de cadáveres el suelo, sin ha- 
llar en ninguna parte resistencia, trayendo á los nues- 
tros en total dispersión. Debióse á D. Juan de Garay 
que todo el ejército no se perdiese aquel día. Con 
sin par destreza, recogió á los fugitivos, reanimó á las 
tropas que no habían entrado en combate y dispuso la 
retirada á Tarragona, sin que el marqués de los Vélez, 
que ignoraba casi todos los accidentes de la batalla, 
supiese otra cosa en aquel trance que llorar su desdi- 
cha, enviando en el instante á Madrid la dimisión de 
su empleo. Tal fué la jornada de Montjuich, que nos 
costó dos mil soldados de los mejores que á la sazón 
hubiese en nuestras banderas. 

Con la noticia de este suceso y la obediencia presta- 
da en Barcelona al Rey de Francia, se determinó R¡- 
chelieu á enviar considerables fuerzas á Cataluña, 
viendo que aquél era entonces el punto más vulnerable 
de España. Nombró por general del ejército á M. de la 
Motte Hodancourt, y envió tropas, que formaron con 
algunas catalanas un ejército de nueve mil infantes y 



- 351 — 

dos mil quinientos caballos, el cual se puso en marcha 
para Tarragona, don.de los nuestros estaban retirados, 
al propio tiempo que el Arzobispo de Burdeos con una 
armada cerraba la boca de aquel puerto. Ascendía la 
gente nuestra á poco más de catorce mil hombres, res- 
tos de veintitrés mil con que se comenzó la campaña, 
y había venido á mandarlos después de la dimisión y 
salida del marqués de los Vélez, Federico Colona, 
condestable de Ñapóles y príncipe de Buttera, que se 
hallaba de Virrey en Valencia, reemplazándole allí el 
marqués de Leganés, que acababa de llegar de Italia. 
Quedaron bajo las órdenes del de Buttera el marqués de 
Torrecuso y D. Alvaro de Quiñones, porque D. Juan 
de Garay, á quien tanto se debió en la retirada de 
Montjuich, había ido ya á servir bajo la conducta del 
conde de Monterrey en el ejército formado en las fron- 
teras de Portugal. 

Era el nuevo General no mucho más hábil que el 
marqués de los Vélez y algo más indócil; de suerte que 
no quería escuchar consejo alguno de los que sabían más 
que él en materia de armas; así acabó de traer al últi- 
mo extremo al ejército; porque dado que en los prime- 
ros impulsos de la retirada fuera conveniente meterse 
en Tarragona, debió luego salir de ella el ejército, de- 
jándola bien guarnecida y provista: donde no había de 
verse forzosamente lo que sucedió, y fué que, levan- 
tado en armas todo el país, fortificados todos los pa- 
sos y las plazas entre Tarragona y las fronteras de 
Aragón y Valencia con un ejército al frente y una es- 
cuadra en el mar, había de quedar el ejército encerra- 
do y reducido á la última extremidad de la miseria y 
el hambre. Pronto se hicieron sentir tales efectos. Los 



- 352 — 

enemigos, después de algunos choques parciales sin 
consecuencia, se apoderaron de Reus, de Constantí, 
de Salou y los demás lugares del campo de Tarrago- 
na, y acampados á media legua de la plaza, la apreta- 
ron, de suerte que de un día á otro se esperaba ya la 
rendición del ejército. Para colmo de desgracias, la 
poca autoridad y destreza del General no tardó en en- 
gendrar las naturales discordias de los nuestros; y por 
otra parte, entrando las enfermedades en la plaza, pos- 
traron al mayor número de los capitanes, y entre otros 
al mismo príncipe de Buttera. Sólo Torrecuso conservó 
alientos para el mando, y acaso si él hubiera sido Ge- 
neral no habrían venido á tal punto las cosas, porque 
era, á pesar de sus yerros, el más diestro de los capi- 
tanes que tuviésemos en aquel ejército. Dio orden el 
Conde-Duque al de Villafranca para que acudiese con 
su armada, que estaba en Valencia, al socorro. Dudó y 
temió mucho éste por hallarse con pocas fuerzas; pero 
al fin se determinó á intentarlo, y entrando valerosa- 
mente en el puerto de Tarragona con cuarenta galeras 
y algunos buques menores, á pesar de la escuadra del 
Arzobispo, metió algunos víveres. Mas éstos fueron 
destruidos en parte por el fuego de los franceses, y 
en parte consumidos por la gente de la armada, que 
separada sin pensar del resto cuando se retiraba, tuvo 
que recogerse al puerto; de modo que al poco tiempo 
se encontró el ejército en los mismos apuros que an- 
tes. Entonces la Corte determinó hacer un esfuerzo 
supremo para enseñorearse del mar, mientras que por 
tierra se esforzaba también en juntar ejércitos que bas- 
tasen á ahuyentar á los enemigos. 
Reunióse una armada poderosísima, compuesta de 



- 353 — 

casi todos los bajeles armados que llevaban entonces 
nuestras banderas. Vinieron los bajeles de Dunquerque, 
gobernados por el almirante Francisco Feijóo, los na- 
politanos del duque de Nájera, los bergantines y gale- 
ras mallorquínas de aquel famoso D. Pedro Santa Ci- 
lia, las napolitanas de D. Melchor de Borja, las geno- 
vesas de Juanetin Doria y algunas toscanas, y jun- 
tándose con la armada del de Villafranca y Fernan- 
dina, compusieron entre todos treinta y un navios, 
veintinueve galeras, catorce bergantines y otros cin- 
cuenta buques menores. Constaba la armada francesa 
de treinta navios, diez y nueve galeras y muchos ber- 
gantines y buques menores; pero no osando esperar á 
la nuestra, entró el socorro sin obstáculo; bien que fué 
muy sentido en Madrid el que no se la obligase á en- 
trar en combate. El ejército cuando llegó el socorro se 
. hallaba ya muy disminuido, y casi acabado por las en- 
fermedades y el hambre, con muerte de muchos capi- 
tanes. Entre ellos murió á los pocos días el mismo ge- 
neral D. Fadrique de Colona, príncipe de Buttera, á 
quien no le dio la suerte ni una sola ocasión en que 
justificase la torpe elección que de él hizo el Conde- 
Duque. Sucedióle interinamente el marqués de Hinojo- 
sa, mientras se nombraba otro que lo reemplazara. 

Entonces Richelieu, para conquistar el Rosellón, en- 
vió allá un ejército al mando de Conde, que se apo- 
deró de Elna, mal defendida por los soldados walones 
que la guarnecían. Y más cuidadoso de ganar aquella 
provincia, que sabía que podría conservar, que no á 
Cataluña, cuya pérdida tenía al fin por inevitable, me- 
tió en ella nuevas tropas y generales, ordenando tam- 
bién que de los ejércitos de Cataluña una parte se 

23 



— 354 - 

acercase al Pirineo para dar calor á la meditada con- 
quista, y otra se quedase en observación de Tarrago- 
na y la frontera de Aragón. Había ido á mandar las ar- 
mas en Rosellón por nuestra parte el marqués de Mor- 
tara, D. Juan Orozco Manrique de Lara, soldado de 
glorioso nombre desde la victoria de Fuenterrabía; y 
aunque entresacando guarniciones de las plazas había 
logrado formar un pequeño ejército, se hallaba sin 
fuerza para contrarrestar al enemigo. Dio orden nues- 
tra Corte al marqués de Torrecuso para que de los 
soldados de las galeras formase tercios, y con ellos y 
alguna gente de la que estaba en Tarragona, con po- 
cos caballos, se embarcase en la armada y fuese á 
prestar socorro al de Mortara. Con esta orden desem- 
barcó Torrecuso en Rosas; pasó el Tech, con el agua 
hasta el cuello; caminó sin descanso, cargados los sol- 
dados con las municiones y víveres á la espalda y ahu- 
yentó á los trozos de gente enemiga que le salieron 
al paso. 

El mariscal de Brezé, nombrado á la sazón lugar- 
teniente de Cataluña por el Rey de Francia, y los ca- 
bos catalanes, noticiosos de su intento, estaban ya for- 
tificados en el paso de Argeles con seis mil infantes y 
mil doscientos caballos, alargando sus trincheras hasta 
el mar para detenerlo. Sorprendió Torrecuso durante 
la noche las centinelas enemigas, entró en uno de sus 
cuarteles y lo desbarató; de manera que halló, libre el 
paso, como quería, y habiendo avisado su llegada al 
de Mortara, que estaba en Perpiñán, vino éste á jun- 
társele con su gente. Aún el mariscal de Brezé quiso 
impedir esta reunión, y en el momento de verificarse 
atacó á Mortara furiosamente y logró desordenarlo un 



— 355 ~ 

tanto; pero no pudo impedir que Torrecuso con su 
ejército viniese á incorporarse con él, reuniendo entre 
ambos siete mil infantes y seiscientos caballos. Enton- 
ces se empeñó una recia batalla: la caballería de los 
enemigos era doble que la nuestra, y la infantería, con 
la que acudió de los contornos al oir el fuego, era 
igual; pero Torrecuso y Mortara hicieron de modo que 
ios enemigos fueron obligados á retirarse, dejándoles 
dueños dd campo. Honrada acción, que recordó al 
mundo cuanto podía esperarse aún de los ejércitos es- 
pañoles bien dirigidos. Fueron bastante provechosas 
las resultas. Rindióse luego Argeles y muchos lugares 
del Rosellón, y entre otros el de Santa María, que era 
muy importante, cayó en poder de los nuestros; me- 
tiéronse en Perpiñán provisiones de boca y guerra 
- para un largo sitio y se reforzó la guarnición de Co- 
liure. Hecho esto, como si no hubiera más peligro que 
temer, en obediencia sin duda de las órdenes de la 
Corte, se embarcó Torrecuso con una parte del ejérci- 
to que había llevado y se vino á Tarragona; y de allí á 
Madrid, cuando era más necesario en Cataluña. Que- 
dó gobernando las armas en Perpiñán el marqués de 
Flores Dávila; en Coliure ó Colibre, el marqués de 
Mortara, y en Salsas, D. Benito de Quiroga, todos 
con buenas guarniciones, pero sin ejército bastante 
para correr el campo. Por lo mismo, no tardaron los 
franceses en recobrar á Santa María y amenazar de 
nuevo toda la provincia. Entretanto se formaba á toda 
prisa en Aragón un ejército que fuese á reforzar las 
reliquias de los Vélez, aún acuarteladas en Tarra- 
gona. Eligióse para el mando al marqués de Pobar, 
hijo primogénito del difunto duque de Cardona, joven 



— 356 — 

sin ningún conocimiento en las armas, ni experiencia 
en el mando, que no tenía otros méritos que los de su 
familia y los de su lealtad, verdaderamente acrisolada, 
con cuyo nombramiento desacertadísimo se prepararon 
desde luego nuevos desastres. Fuese formando el nue- 
vo ejército con las tropas que había de antemano re- 
unidas en aquella frontera, principalmente extranjeras, 
y algunas nuevamente levantadas en el reino, que acu- 
dieron de varias partes. 

A la verdad, el proyecto de formar un ejército en^ 
Aragón que sirviese de reserva al que mandó el mar- 
qués de los Vélez y divirtiese por aquella parte al ene- 
migo, no era nuevo. No bien el de los Vélez cambió sü 
nombre de Virrey de Aragón por el de Virrey de Ca- 
taluña, y vino á sucederle en aquel puesto el duque de 
Nochera, gran señor napolitano, comenzó éste á juntar 
soldados, amagando á los pueblos fronterizos de Cata- 
luña; pero de una parte su humor extraño, y de otra la 
insubordinación de los capitanes que tenía á sus órde- 
nes, le impidieron salir formalmente á campaña y ha- 
cer la división que estaba determinada. Fué esta la 
causa principal de que á poco se le separase del man- 
do y se le encerrase en una fortaleza, donde murió, 
sucediéndole el marqués de Tavara en el mando, y en 
el ínterin fueron los enemigos quienes intentaron por 
aquella parte divertir la atención de los nuestros. M. de 
San Pol gobernaba en Lérida: reunió un grueso de ca- 
talanes y cayó sobre Tamarit de Litera, villa situada 
en la ribera del Cinca, donde se alojaban algunos ter- 
cios navarros destinados ya al proyectado ejército. 
Sorprendióla; degolló alguna gente; hizo bastantes pri- 
sioneros y se volvió sin que la gente que salió de Fra- 



— 357 — 

ga en su persecución pudiera alcanzarle. Tomaron 
también los catalanes la villa de Orta, que estaba forti- 
ficada, sin que los nuestros pudiesen socorrerla. Hubo 
reposo en aquella frontera mientras duró el bloqueo de 
Tarragona; pero forzado La Motte á levantarlo y falto 
de dinero para pagar sus tropas, se acercó de nuevo á 
Tamarit de Litera, y entrando en ella como amigo, la 
saqueó luego horriblemente. 

Algo pudiera remediar de este daño D. Francisco de 
Toralto y Aragón, luego Marqués de este título, que 
mandaba un trozo de cerca de cinco mil hombres en la 
ribera del Cinca; pero no quiso, para castigar á los de 
Litera de haber recibido como amigos á los franceses. 
Lo que hizo para vengar el insulto fué enviar uno dé 
sus capitanes á que tomase la villa de Almenara, don- 
de tenían guarnición los enemigos; mas no pudo con- 
seguirlo, aunque lo intentó por dos veces. Tan tibia- 
mente corrían las cosas cuando el D. Pedro de Aragón, 
marqués de Pobar, vino á Aragón á formar el ejército 
destinado al socorro de Tarragona. Costóle mucho 
trabajo ordenarlo, y al fin, apretándole la Corte para 
que marchase, con seis mil infantes y mil doscientos 
caballos que tenía reunidos, pasó los confines de Ara- 
gón y entró en Cataluña. 

Dejamos mandando por muerte del de Buttera las tro- 
pas de Tarragona al marqués de la Hinojosa, más cono- 
cido por este título, que tenía de su esposa, que por el 
conde de Aguilar y Sr. de Cameros, que era el pro- 
pio, capitán no vulgar, aunque un tanto corrompido 
por la vanidad y la envidia, pasiones viles de la épo- 
ca. A pesar del mal estado de sus tropas, no bien se 
alzó el bloqueo, mientras los generales enemigos se 



— 358 — 

encaminaban al Rosellón y á la frontera aragonesa, sa- 
lió de Tarragona, tomó á Reus y la Selva, rindió en 
Alcover un tercio de catalanes, apoderándose de la vi- 
lla, y se enseñoreó de casi todos los lugares de aquel 
campo. Alentado con estas ventajas se acercó al Ven- 
drell, donde tenían sus almacenes los catalanes, y em- 
bistiendo la villa por dos partes, después de cuatro ho- 
ras de combate la entró sin mucha pérdida. Ganó en 
seguida á Vallmol; y estando para emprender nuevas 
conquistas fué acometido sobre la ermita de Villalonga 
por el general francés La Motte-Hadancourt, que acu- 
dió al opósito de sus empresas, y venía observándole 
y espiando la ocasión favorable de acometerle. Hubo 
Un combate sangriento, porque los franceses eran do- 
blados en número que los nuestros; pero al fin fueron 
rotos con mucha gloria de nuestra parte y pérdida de 
cuatrocientos hombres en los enemigos. Después de 
esta victoria se rindieron algunos castillos, nidos fu- 
nestos de almogávares. 

Ya en esto el marqués de Pobar con su ejército ha- 
bía pasado el Segre por el lugar de Escarpe, apode- 
rándose de la villa, y encaminándose á Sarroca, rindió 
el lugar y no el castillo, por carecer de artillería. Con 
esto y haber tomado el de Aguilar é Hinojosa el cas- 
tillo de Constantí y el Coll de la Alforja, pasando en 
aquél á cuchillo á toda la guarnición por no querer 
darse á partido, y dando éste á las llamas por la obsti- 
nación de sus moradores, se pusieron en comunicación 
los dos ejércitos. Mas, juntos los generales, no tarda- 
ron en suscitarse entre ellos grandes contiendas, prin- 
cipalmente sobre la materia de mando, no queriendo ni 
uno ni otro reconocer superior. Careciendo de órde- 



— 259 — 

nes suficientes para resolver el caso, hubo que consul- 
tar á Madrid, cuando todo debió estar provisto de an- 
temano, y mientras venía la contestación se desapro- 
vecharon las ocasiones de lograr algunas ventajas con 
aquellos ejércitos, que reunidos y reforzados con la 
gente que trajo de Rosellón Torrecuso, formaban un 
grueso considerable. Llegó la resolución de Madrid, y 
fué tal, que más descompuso que acomodó á los gene- 
rales; nueva dificultad para las operaciones, viniendo 
la mayor parte de la culpa del de Hinojosa, pues el 
marqués de Pobar á todo se prestaba dócilmente. No 
hubo más medio que sacar de Cataluña á uno de los 
dos generales, y cierto que no pudo ser peor el modo 
y la ocasión que se eligió para ello. 

Habían los franceses invadido el Rosellón de nuevo, 
como arriba indicamos, con más fuerzas que nunca, 
no bien se retiró Torrecuso. Era tan fácil de prever 
esto, que no se comprende cómo nuestra Corte pudo 
ordenar la retirada; pero aún es menos fácil de com- 
prender el modo con que ahora acudió al remedio. Or- 
denóse al marqués de Pobar que recogiendo hasta dos 
mil corazas y mil dragones, se encaminase desde Ta- 
rragona al Rosellón. La distancia entre estos parajes 
llega á cincuenta leguas de tierra, todo á la sazón po- 
blado de castillos y pueblos fortificados, con muchas 
plazas fuertes é innumerables cuadrillas de almogáva- 
res y miqueletes, sin contar el ejército enemigo del 
mando de La Motte-Hodancourt, situado en Mont- 
blanch en acecho de las operaciones de los nuestros. 
Desde luego todos los capitanes experimentados die- 
ron la empresa por imposible, y el marqués de Pobar 
envió á la Corte para que lo representase á D. Martín 



— aeo — 

de Mójica, su Maestre de campo general, proponiendo 
que se embarcaría en Tarragona y haría el socorro por 
mar, como lo hizo Torrecuso; fácil intento, por andar 
señoras de él nuestras armadas. Mas no se dio oídos 
en la Corte al enviado del de Pobar y fuéle preciso á 
éste ejecutar el mandato. Púsose en marcha con su 
caballería, que era el mayor número de corazas, y 
como tal, doblemente pesada é impropia para hacer tan 
difícil marcha por tierra de enemigos. Debía el mar- 
qués de Hinojosa proteger el movimiento del de Pobar, 
amagando hacia el Coll de Cabra á los franceses, para 
que viniendo sobre él dejasen al otro libre el paso; 
mas no quiso ó no supo ejecutarlo, ó lo que es muy 
probable, no logró que los capitanes enemigos, prácti- 
cos en la guerra, se separasen de su principal intento. 
El hecho fué que éstos ocuparon todos los pasos. La 
Motte-Hodancourt, desde Montbianch, comenzó á pi- 
carle la retaguardia. Se levantaron los somatenes en 
toda la comarca, y los caudillos más osados y prácticos 
de los almogávares ocuparon con sus gavillas los ca- 
minos por donde forzosamente tenía que pasar el ejér- 
cito. Así, desde el primer día de su marcha nuestros 
soldados no descansaron un momento, siempre hosti- 
gados y perseguidos, y lo que es peor, sin víveres, ni 
agua, ni forraje. Todo estaba seco, todo exhausto, todo 
desierto á su paso, y sólo los alaridos de los almogá- 
vares venían á recordarles espantosamente que iban 
caminando por lugares habitados. Dejábanles pasar, 
sin embargo, tranquilamente sin emplear las armas; 
pero no era sino con intento de traerlos más adentro, 
cerrándoles la retirada. 
Llegaron de esta suerte por el Coll de Balaguer 



— 361 — 

hasta Villafranca del Panadés y Esparraguera, pasando 
tres leguas distante de Barcelona. Allí ya supieron que 
€l enemigo venía sobre ellos por todas partes; que los 
pasos estaban completamente cerrados y que era impo- 
sible de todo punto seguir adelante; y habido consejo 
de los capitanes, convencido el de Pobar de que había 
hecho todo lo humanamente posible por obedecer á la 
Corte y que era delirio pensar en ejecutarlo, ordenó la 
retirada. Fué ya á deshora. La Motte-Hodancourt se 
echó con todas sus fuerzas sobre la retaguardia, que 
gobernaban Frey Vicencio Gamarra y D. Antonio Pe- 
llicer. Eran los nuestros quinientos caballos; los con- 
trarios ochocientos y además quinientos mosqueteros 
catalanes: rompieron los caballos españoles á estos 
mosqueteros; pero embestidos luego por la caballería 
enemiga tan superior, sucumbieron, no sin pelear va- 
lerosísimamente, quedando prisioneros los capitanes y 
muchos soldados. En seguida, no queriendo aún aven- 
turar el francés un combate general, se puso á seguir 
á los nuestros sin perderles ya de vista un instante. 

Apresuraban el paso los españoles; pero más aún lo 
apresuraban los enemigos, y principalmente los del 
país, como más prácticos y más hechos á la fatiga. No 
había infantería con que ir apartando los almogávares 
de los caminos, porque los dragones, desmontados, no 
bastaban para semejante servicio; los caballos, faltos 
de forraje y sedientos, caían aquí y allá muertos ó ren- 
didos, y los jinetes, no más afortunados, apenas po- 
dían llevar sobre sí el peso de las armas. Hogueras en- 
cendidas por los catalanes en lo alto de los montes 
iban avisando al país que se pusiese en armas, ocul- 
tando los víveres y las provisiones; y en tanto los 



- 362 — 

franceses no dejaban de distinguirse al lejos un solo 
punto, amagando la batalla. Al fin, un día que nuestros 
infelices soldados habían corrido veinte horas segui- 
das sin comer ellos ni los caballos, vagando de acá 
para allá, y hallándose al fin en el punto de donde sa- 
lieron, que era el lugar de Granata, media legua de 
Villafranca, engañados por sus guías y sin acertar con 
el camino, hallando algunas provisiones, hicieron alto- 
un momento para cobrar fuerzas y seguir la marcha. 
Mas no le dieron tiempo los contrarios: en el mismo 
punto cayeron sobre ellos franceses y almogávares en 
muchedumbre, y hallándoles desmontados á los más y 
á todos desfallecidos, sin cruzar la espada ni hallar la 
menor resistencia, hicieron á generales y soldados pri- 
sioneros, sin escapar alguno (1). 

Causó tal desastre en Madrid horrendo espanto; cul- 
pábase al General, pero no era sino el Conde-Duque 
quien tenía la culpa de todo, por la elección que en él 
hizo y más aún por su absurdo mandato. Era el D. Pe- 
dro de Aragón, marqués de Pobar, poco capitán, 
como tan inexperto en tal ejercicio; pero nunca des- 
mintió en sus intenciones lo honrado de su cuna, y pa- 
rece aún respetable en su desdicha. Malogrado con 
este suceso el socorro del Rosellón, no tardaron en 
venir de allí mayores desastres, perdiéndose para 
siempre toda la provincia. Un ejército francés, com- 
puesto de más de veinticinco mil hombres, mandada 
por los Mariscales de Schomberg y de la Meilleraí, 
sitió sucesivamente á Colliure, á Perpiñán y Salsas, 
que eran las plazas que defendían la provincia, vinien- 

(1) Felíu de la Peña: Anales de Cataluña. 



— 363 — 

do el mismo cardenal Richelieu con el rey Luis á los 
campamentos para dar mayor estímulo á los soldados. 
Colliure, donde estaba el de Mortara, se defendió va- 
lerosamente. La guarnición peleó varias veces con los 
franceses fuera de los muros, y en una de ellas entró 
uno de los cuarteles, y tomó y clavó seis piezas de ar 
tillería, haciendo gran destrozo en los enemigos. Logró 
éste al fin ocupar la plaza; pero el castillo, que era lo 
principal, quedó por los nuestros, hasta que luego, falto 
de agua á causa de haber destruido las bombas la cis- 
terna, se rindió bajo honrosas condiciones, saliendo el 
marqués de Mortara con sus soldados para Fuente- 
rrabía. 

Perpiñán tuvo también que rendirse al cabo de tres 
meses de trinchera abierta y más de estrecho bloqueo, 
por falta de bastimentos, no sin consumir antes la 
guarnición todos los animales que se hallaron en la 
plaza, el pergamino, la lana y hasta algunos cadáve- 
res, quedando reducida de tres mil hombres de que 
contaba á solos quinientos. Portóse como quien era el 
marqués de Flores Dávila, que allí mandaba, y bajo su 
mando, D. Antonio Caballero de Illescas comenzó á 
acreditarse de capitán esforzado. Perdióse con la pla- 
za el mejor arsenal que entonces hubiera en España, 
tan falta de pertrechos y armas, pasando de veinte mif 
las de fuego que allí se contaban. Poco después entre- 
gó á Salsas sin mucha espera su gobernador D. Benito 
de Quiroga, pretextando falta de recursos. Tras esto 
se dieron todas las demás villas y lugares, y el Rose- 
llón quedó hecho provincia francesa. Mientras esto pa- 
saba del lado allá del Pirineo, fueron muy varios deí 
lado acá los accidentes de la guerra, y si no tan desdi- 



— 364 - 

chados, no tampoco muy favorables. Peleóse heroica- 
mente en Tortosa, porque habiendo intentado apode- 
rarse de esta plaza importantísima el mariscal de La 
Motte-Hodancourt, después de la destrucción del ejér- 
cito del marqués de Pobar, fué derrotado, en tres asal- 
tos consecutivos que dio, por su gobernador Bartolomé 
de Medina, asistiendo hasta las mujeres á las murallas: 
tanto era por España el amor de los moradores. Buen 
desengaño llevó también el francés en la villa de Ta- 
marit de Litera; pues escarmentados los moradores 
con el saqueo horrible que ejecutó en ellos cuando 
como amigo lo recibieron en la villa, defendieron esta 
vez la entrada con tal esfuerzo, que no la logró sino á 
costa de muchas vidas, y aun así no pudo rendir á 
algunos de ellos que se encerraron en la torre: en 
cambio se apoderó de Monzón, defendida por D. Mar- 
tín de Azlor, por falta de víveres, amenazando las pro- 
vincias aragonesas. 

Al propio tiempo D. Vicente de Aragón, enviado á 
la Conca de Tremp para promover algún favorable le- 
vantamiento entre los vasallos de su casa, tuvo que 
retirarse sin fruto alguno. Mil caballos franceses llega- 
fon hasta dar vista á Vinaroz y llenaron de terror toda 
la comarca hasta Valencia; y el mismo La Motte-Ho- 
dancourt hizo una correría por el condado de Ribagor- 
za con casi todo su ejército, aunque fué resistido de 
tal manera por los paisanos aragoneses, que tuvo que 
tornarse sin botín y con pérdida. También los navios 
españoles de la escuadra de Dunquerque, que al man- 
do del Almirante Feijóo estaban en las costas de Vi- 
naroz desde que se deshizo la gran armada que hubo 
el año antes, pelearon con un trozo de armada france- 



— 335 — 

sa, y echaron á pique algunos buques y maltrataron 
otros después de diez horas de combate; pero acu- 
diendo el resto de los bajeles enemigos, que eran mu- 
chos, tuvieron los nuestros que recogerse al puerto, 
y quedaron dueños del mar los franceses. Por tierra 
no había otro ejército que oponerles sino el del mar- 
qués de la Hinojosa, encerrado de nuevo en Tarragona 
y su campo: y aunque no dejaba su General de moles- 
tar á los enemigos con frecuentes algaradas y escara- 
muzas, todavía eran éstas insuficientes para traer al- 
guna ventaja importante. En una de tales algaradas 
destrozaron los nuestros mil quinientos franceses y 
catalanes, degollando mucha parte, haciendo muchos 
prisioneros y tomando una gruesa cantidad de dinero 
que iban escoltando. Descubrióse por aquellos días en 
Tarragona una conspiración urdida por los frailes car- 
melitas descalzos para entregar la plaza al enemigo, 
los cuales se defendieron hasta morir los más en sus 
celdas cuando se les quiso prender. Pero ya en esto 
los franceses y catalanes, triunfantes en el Rosellón y 
en Cataluña, amenazaban por toda la frontera penetrar 
en el corazón de la Monarquía. 

Clamaban los leales aragoneses, clamaban los va- 
lencianos, clamaba el mismo pueblo de Madrid porque 
el Rey saliese al opósito de los enemigos; sabíase que 
sólo alrededor de su persona podían ya juntarse ejér- 
citos tan numerosos como se necesitaban; sabíase que 
sólo su presencia era capaz de infundir respeto en los 
rebeldes y de alentar á los leales; teníanse, en fin, 
las mayores esperanzas en aquella jornada, pedida, 
solicitada por todos desde el primer grito de rebelión 
que hubo en Cataluña, y ahora por la Reina misma y 



— 366 - 

los principales señores de la Corte. Sólo el Conde- 
Duque se oponía á ella, temiendo que viendo de cer- 
ca las cosas sospechase el Rey su ineptitud para el 
mando, y que con el trato de los generales y las li- 
bertades que ofrece la campaña, tomase afición á otras 
personas que él, ó despertase de su ceguedad y letar- 
go. Pero no pudiendo resistir al clamor de tantos, dis- 
puso en fin la jornada; que para ser como el Conde- 
Duque hizo que fuera, más valía que no se hubiese 
ejecutado. 

Convocóse de nuevo á todos los caballeros, hijos- 
dalgos y nobles á fuero de España para que saliesen 
con el Rey al ejército, ordenando que los hijosdalgos 
llamados de privilegio que no asistiesen lo perdieran 
por su vida, que los dichos de sangre no pudiesen go- 
zar en ningún lugar del reino oficio de tales ni tener 
hábitos en las órdenes, y que en los libros de cabildo y 
Ayuntamiento se apuntasen los nombres de los que 
habían cumplido con su obligación y de los que habían 
faltado á ella para que en todo tiempo constase. Man- 
dóse al propio tiempo que no se diese licencia á los 
soldados, que se castigase severamente á los que hu- 
yesen de sus compañías para sentar plaza de nuevo, y 
que se registrasen todas las armas ofensivas y defen- 
sivas que poseyesen los moradores, así naturales como 
extranjeros, so grandes penas, sin duda con el fin de 
tomarlas para los ejércitos si hiciesen falta. Por último, 
■se hicieron tales levas y enganches y requisas, que en 
Madrid, particularmente, no hubo en muchos días quien 
•desempeñase ciertos oficios, ni quedó caballo en coche 
ó caballeriza. 

Todo era menester y ojalá que con más rigor se hu- 



- 367 — 

biese celado el cumplimiento de las órdenes. Pero fal- 
taba dinero para todo, y el Rey tuvo que rogar á los 
Grandes que hiciese cada uno un donativo para los 
gastos, según el patriotismo y riqueza de cada cual, 
por cuyo medio se juntó algún tesoro. Señalóse entre 
todos los Grandes el almirante de Castilla, Enríquez de 
Cabrera, el mismo que ganó la victoria de Fuenterra- 
bía, olvidado del Conde-Duque por sus grandes mere- 
cimientos, el cual rogó al Rey que le diese permiso 
para enajenar su mayorazgo y destinar todo el produc- 
to al servicio de la patria. No se le dio; de suerte que 
no pasó de generoso el ofrecimiento del Almirante, 
•que con esto añadió un título más á los muchos de pa- 
triotismo y de gloria que ya llevaba sobre su persona y 
nombre. Luego el Rey, con el dinero y gente reunidos, 
comenzó su jornada: salió de Madrid, llegó á Aran- 
juez, y no sin detenerse algunos días en aquellas deli- 
cias, pasó á Cuenca, donde también gastó mucho tiem- 
po en placeres y festejos con que el Conde-Duque 
procuraba todavía deslumbrarle. Por fin, después de 
detenerse aún bastante en Molina de Aragón, llegó 
á Zaragoza. Al propio tiempo, aunque muchos títulos 
y Grandes, ó tibios patricios, ó sobrado airados con- 
tra el Conde-Duque, dejaron de concurrir á la jornada, 
con sus gentes se formó en el Ebro el nuevo ejército 
de hasta diez y ocho mil infantes y seis mil caballos, 
número grande después de tantos desastres, con vein- 
tidós piezas de artillería sacadas del castillo de la Al- 
jafería, donde estaban para tener en respeto á la ciu- 
dad desde el tiempo de Felipe II, y algunas otras que 
quedaban en los tercios. 

Llamóse para que mandase todas estas fuerzas al 



— 368 — 

marqués de Leganés, que estaba de gobernador en 
Valencia; porque aunque muchos, recordando sus cam- 
pañas de Italia, murmuraban que no convenía, amába- 
le el Conde-Duque sobremaiiera, y esa era entonces ra- 
zón que se prefería á todo. Por Maestre de campo gene- 
ral de aquel ejército fué Torrecuso, que era acaso más 
capaz que el de Leganés para mandarlo. Hubo esperan- 
zas de que podría hacerse una campaña ventajosa. A la 
par que el ejército, habíase equipado en Cádiz una ar- 
mada compuesta de treinta y tres navios de guerra, seis 
de fuego y cuarenta buques menores con nueve mil 
hombres de tripulación, la cual, reuniéndose con las ga- 
leras y los navios de Dunquerque y Ñapóles, que eran 
veinte, se presentó poderosísima en las costas de Ca- 
taluña á echar de ellas á los franceses y dar calor á las 
operaciones de tierra, mandada por el duque de Ciu- 
dad Real, separado ya del mando el duque de Fernan- 
dina, y aun alejado de la corte y preso el genovés 
Juanetin Doria por los enemigos á causa de haber nau- 
fragado en sus costas: de esta suerte, tanto poc mar 
como por tierra nos hallamos iguales ó mayores en 
poder á los catalanes y franceses coaligados. Pero no 
quiso Dios, ó no permitieron las más veces los des- 
aciertos del Conde-Duque que las imaginadas espe- 
ranzas se realizasen. El Rey no pasó de Zaragoza, 
preso casi en sus aposentos por el Conde-Duque, y no 
se mostró una vez siquiera al ejército, con vergüenza 
de la Corona y mengua de la persona del Rey, pública- 
mente motejado de cobarde. Allí se entretenía Felipe 
en ver jugar á la pelota y en pasear en el río, mientras 
por mar y por tierra se jugaba á los trances inciertos 
de la guerra la suerte de la Monarquía. 



— 369 — 

Algo mejor se conducía que él la reina Isabel, que 
durante su ausencia había quedado de gobernadora en 
Madrid. Recorría los cuarteles; animaba á los soldados 
que iban á salir á campaña; vigilaba y apresuraba la 
organización de los tercios y compañías que se hacían 
en Madrid para el refuerzo de Cataluña, y buscaba di- 
nero á toda costa. Entonces fué cuando D. Manuel 
Cortizos de Villasante, rico negociante de Madrid, á 
quien la Reina fué en persona á pedirle dinero sobre 
sus joyas, se negó hidalgamente á recibirlas, y sin al- 
guna garantía la entregó hasta ochocientos mil escudos 
para que los enviase al ejército, que era entregarlos 
para no obtener más el cobro; acción loable y que hon- 
ró tanto al vasallo como á la Reina. 

Era el intento partir en dos trozos el ejército de Ca- 
taluña, el uno compuesto de las tropas que defendie- 
ron á Colliure, traídas por Mortara, y otras al mando 
de Torrecuso; y el otro trozo al del Capitán general 
marqués de Leganés, el cual debía bloquear á Lérida, 
mientras aquéllos iban al socorro del Rosellón. Pero 
sabida la rendición de Perpiñán y Salsas y la pérdida 
de toda la provincia, se puso toda la atención en Léri- 
da. Salió el de Leganés propuesto á sitiarla con el 
ejército entero: ganó el lugar de Aytona; pasó el Se- 
gre y fué á sentar su campo delante de Lérida en el 
llano dicho de las Horcas. Halló ya al mariscal de La 
Motte al amparo de los muros con hasta dos mil infan- 
tes y tres mil caballos franceses y catalanes, fortifica- 
do en unas alturas que caen poco distantes de la ciu- 
dad. No era posible emprender el sitio sin desalojarlo, 
y por lo mismo no se dilató el ataque, mas fué con 
poca fortuna. 

24 



— 370 — 

Pecaba el de Leganés de soberbio, y con su expe- 
riencia de la guerra despreciaba todo otro consejo y 
opinión que no fuese la suya, y más que teniendo tan 
por amigo al Conde-Duque, no reparaba en respeto al- 
guno; por lo cual se condujo de tal suerte con Torre- 
cuso, que al fin tuvo éste que abandonarle, viniéndose 
á Zaragoza con el Rey. Solía decir que renunciaría á 
la conquista de Francia si hubiera de hacerla por los 
consejos de un italiano. Con esto, mandaba solo el 
Marqués cuando se empeñó la batalla. Comenzóla Don 
Rodrigo de Herrera, Comisario general de la caballe- 
ría, apoderándose con trescientos jinetes de una de las 
colinas y de una batería puesta en ella por los contra- 
rios; pero acudiendo al refuerzo de éstos nuevas tro- 
pas, no tardaron en rechazar á los españoles. Entonces 
se hizo el combate general en toda la línea del enemi- 
go, atacada vigorosamente por los nuestros, desde las 
diez de la mañana hasta bien anochecido, pero sin fru- 
to alguno. Los franceses, como inferiores en número, 
no osaron tomar la ofensiva, y los españoles no supie- 
ron aprovecharse de sus fuerzas. Cometiéronse gran- 
des desaciertos: ninguno supo á quién mandar ni á 
quién obedecer; todo era confusión, todo dar y des- 
hacer órdenes; así se pasaron las horas, perdimos qui- 
nientos hombres muertos y muchos heridos, y llegada 
la noche se ordenó la retirada. No puede decirse que 
padeciéramos una derrota, porque tomamos tres ca- 
ñones al enemigo, que no pudo quitárnoslos, ni osó 
luego perseguirnos, y porque el enemigo estaba forti- 
ficado y en lugar eminente; pero siempre fué desven- 
taja notable el haber de renunciar al propósito de tomar 
á Lérida. Ni fué esto lo peor; sino que el ejécito, me- 



— 371 — 

tido de nuevo en sus cuarteles, se fué lentamente di- 
sipando; de suerte que al comenzar la siguiente cam- 
paña, de aquellos veinticuatro mil hombres apenas cin- 
co mil quedaron en armas. 

Acusóse también por ello al de Leganés, diciendo 
unos que no sabía mantener en los soldados la dis- 
ciplina, y otros, menos piadosos aún, que los afligía 
con hambre continua, á fin de saciar á su costa la 
codicia desordenada que en él se había despertado. 
Pasión indigna de su valor, que sin duda lo tenía Le- 
ganés. También fué reprensible la vanidad con que se 
dio por vencedor de la batalla de Lérida, logrando en- 
gañar al principio al Rey; pero no tardó en venir el 
desengaño; y reunidas todas sus culpas, á pesar del 
parentesco y amistad del Conde-Duque, fué separado 
del mando y confinado á Ocaña, donde comenzó á for- 
mársele proceso por su conducta. Enseguida, aver- 
gonzado del espectáculo que estaba allí ofreciendo, se 
volvió el Rey á Madrid. Y entretanto la escuadra es- 
pañola, al mando del duque de Ciudad Real, queriendo 
ir al socorro del Rosellón, había pasado por delante de 
Barcelona, donde estaba M. de Brezé con la francesa, 
compuesta de cincuenta y nueve bajeles y veinte gale- 
ras, por habérsele incorporado la que mandó el Arzo- 
bispo de Burdeos, igual en poder á la nuestra. Salió 
Brezé del puerto, formó sus bajeles en línea y se em- 
peñó un combate que duró todo el día, sin que la vic- 
toria se decidiese por alguna de las partes: al día si- 
guiente volvieron á encontrarse también sin ventaja, 
quemándose y perdiéndose algunos bajeles, y quedan- 
do tan maltratadas ambas, que ni los españoles pudie- 
ron llegar al Rosellón, volviéndose á las Baleares, n¡ 



— 372 — 

pudieron los franceses en mucho tiempo salir de Bar- 
celona. Después de esta batalla, ni por mar ni por tie- 
rra volvió á emprenderse nada en mucho tiempo. 

El conde de Monterrey, con D. Juan de Garay por 
Maestre de campo general, acabó de reunir en tanto 
su ejército en la frontera portuguesa. Pero como ni el 
estruendo de las armas pudiera hacerle olvidar sus co- 
medias y lascivias, las operaciones de aquel General 
fueron muy lentas. Envió partidas ó escuadrones que 
hiciesen correrías desde Mérida y Badajoz, donde te- 
nía acuarteladas sus tropas, á Olivenza y Elvas, ha- 
ciendo algunos daños, sin que los enemigos, faltos al 
principio de toda ordenanza y disciplina, osasen opo- 
nerse á campo raso. Mas su principal ocupación fué 
mover tratos en las plazas para que las entregasen los 
moradores. Adelantólos en Olivenza, y aún se creyó 
que llegaría á rendirse la plaza, para lo cual fué á pre- 
sentarse delante de sus muros D. Juan de Garay con 
un buen trozo de gente; pero llegando más tarde de lo 
convenido, descubrióse en tanto la trama y se frustró. 
Entonces el de Monterrey en venganza hizo quemar y 
talar todos aquellos confines y campañas, robándolo y 
abrasándolo todo, y los portugueses en cambio entra- 
ron en Galicia en número de más de seis mil hombres 
para arrasar el país. Salió á ellos D. Benito de Abral- 
des con poca gente, los detuvo y dio tiempo á que, lle- 
gando tropas de refuerzo, los pusiesen en fuga, persi- 
guiéndolos hasta muy adentro de sus tierras. Intentó de 
nuevo el conde de Monterrey tomar á Olivenza de re- 
bato, encomendándose la facción á D. José de Pulgar, 
hombre poco afortunado, el cual llegó de noche delan- 
te de los muros, y errando el petardo con que pensaba 



— 373 — 

forzar la puerta, fué sentido y derrotado con pérdida 
de doscientos iiombres. 

No se tardó en acometer de nuevo á Olivenza, pero 
-no con más fortuna, y en el ínterin los portugueses 
rindieron y saquearon á Valverde, valentísimamente 
defendida por D. Juan de Tarrasa, y entrando más 
adentro en la sierra, se apoderaron del lugar de Seijas 
con su castillo, bastante bien guarnecido. Hubo tam- 
bién no lejos de Olivenza un choque entre D. Juan de 
Garay y Antonio Gallo, portugués, en el cual uno y 
otro se atribuyeron jactaciosamente la victoria, y el 
Prior de Navarra, que mandaba en Galicia, obligó á 
retirarse á un Cuerpo muy numeroso de portugueses, 
que al mando de D. Manuel Téllez de Meneses y Don 
Diego de Pereira, entró á correr aquella provincia, 
sosteniendo algunos choques parciales con ellos en 
que hubo pocas pérdidas de ambas partes. 

Estos fueron los hechos más brillantes de aquella 
guerra, reduciéndose todo lo demás á feroces correrías 
donde unos y otros quemaban sin piedad los pueblos, 
talaban los campos y degollaban á los habitantes con el 
mayor encarnizamiento. Los capitanes de uno y otro 
bando dejaban casi siempre á los contrarios hacer im- 
punemente tales correrías, ó si acudían al reparo, era 
por lo común sobrado tarde. Al fin nuestra Corte, 
que era quien perdía con aquella inacción, porque en 
€l ínterin los portugueses se fortificaban más y más, 
recibiendo tropas y auxilios de las naciones extranje- 
ras y organizando su gobierno y ejércitos, determinó 
separar del mando de las armas al conde de Monte- 
rrey, y en su lugar envió al de Santisteban, que no 
mucho más experimentado y con tan insignificante 



— 374 — 

fuerza como componía aquel ejército, no alcanzó tam» 
poco ventaja. De nada sirvió la asistencia y práctica 
de D. Juan de Garay. El cardenal Spínola, que fué á 
Galicia á juntarse con el Prior de Navarra, no hizo 
tampoco más que él, ni el duque de Alba, que estaba á 
la parte de Ciudad Rodrigo, logró ejecutar cosa digna 
de su nombre. Todo se volvía cambiar de caudillos en 
aquella frontera; todo repartir trozos é imaginar aco- 
metimientos; pero la verdad era que no se hacía nada 
de provecho, ni eran las fuerzas tampoco para que se 
hiciese. 

Por este tiempo ya todas las posesiones portugue- 
sas en América, África y Asia habían reconocido por 
Rey al duque de Braganza. Gobernadas por portugue- 
ses, y no habiendo en ellas más que tropas portu- 
guesas que las defendieran, unas primero, otras des- 
pués, se fueron alzando contra España sin resistencia 
alguna: Ormuz, Goa, Pernambuco, el Brasil, tan azo- 
tado de los holandeses, Angola y las Islas Terceras: 
sólo Ceuta quedó en nuestro poder por lealtad del Go- 
bernador el marqués de Torresvedras al Rey de Espa- 
ña. Pudo decirse que sólo por mar nos sonrió la fortu- 
na contra portugueses, porque habiendo encontrado el 
duque de Ciudad Real con la armada de España á una 
holandesa que había venido en ayuda de ellos, la de- 
rrotó, echándola algunos navios á pique y obligándola 
á refugiarse en sus puertos: fué este combate á la vista 
del Cabo de San Vicente. 

Italia era teatro al propio tiempo de nuevos contra- 
tiempos. Había reemplazado al marqués de Leganés 
en el gobierno de Milán el conde de Siruela, D. Juan 
Velasco de la Cueva, otro de los privados del Conde- 



— 375 — 

Duque, al cual, ya que no tuviese grandes méritos, 
no le faltaba alguna sagacidad y prudencia; mas quiso 
la suerte que desde el primer día se continuase la mala 
inteligencia con el príncipe Tomás de Saboya, no ha- 
biendo cosa al fin en que los españoles y el saboyano 
estuviesen de acuerdo. Sitió el conde de Harcourt á 
Montcalvo y la tomó, y en seguida se puso sobre 
Ivrea. Defendiéronse valientemente los sitiados, recha- 
zando en varios asaltos á los franceses, y en tanto el 
príncipe Tomás y el conde de Siruela acudieron á le- 
vantar el cerco. Hubo un choque empeñado entre los 
sitiadores y las tropas del príncipe Tomás, mas sin 
efecto alguno, y negándose Siruela á comprometer una 
batalla general, discurrieron los aliados para llamar la 
atención del enemigo ponerse delante de Chivas. No 
se les malogró el intento; porque apenas lo supo Har- 
court, alzándose de sobre Ivrea vino al punto al soco- 
rro, y los nuestros, que no pretendían otra cosa, se re- 
tiraron sin que el enemigo pudiese obligarlos á venir á 
la batalla. En seguida rindió Harcourt el castillo y villa 
de Ceba y la plaza de Mondovi, y luego se puso sobre 
Coni, plazas de las más importantes del territorio, y á 
pesar de los esfuerzos de nuestros generales, la tomó 
á los cuarenta y seis días de trinchera abierta, mien- 
tras los españoles sitiaban á Montcalvo. Acudió el 
francés al socorro de esta última plaza y no pudo con- 
seguirfo, con que tuvo que rendirse á nuestras armas; 
mas poco después, falto el de Siruela de soldados, sacó 
la guarnición y demolió las fortificaciones. Al propio 
tiempo el príncipe Tomás, que quiso sorprender á Que- 
rasco, fué rechazado con alguna pérdida. Con esto ter- 
minó la campaña de 1641 por aquella parte, quedando 



— 376 — 

más enconados que nunca el conde de Siruela y los 
príncipes de Saboya. 

Enviaron éstos á Madrid Embajadores á quejarse al 
Rey de la conducta de los Ministros españoles, y hubo 
varias conferencias y tratos; pero en el ínterin se com- 
pusieron impesada y cautelosamente con la Corte de 
Francia y la regente de Saboya y volvieron contra nos- 
otros sus armas. Dio esto ocasión sobrada para que se 
sospechase que algunas de sus quejas contra los espa- 
ñoles y sus Embajadas, tenían por objeto ocultar el 
intento de la defección, y hacerla más dañosa. La ver- 
dad era, que muerto el conde de Soissons, en la batalla 
de Sedán, la princesa de Carinan, su hermana, mujer 
del príncipe Tomás, que estaba á la sazón en Madrid, 
tenía á sus bienes pretensiones, las cuales no parecía 
que pudieran hacerse valer sin reconciliarse con los 
franceses. Además, tanto Tomás como su hermano 
Mauricio, viendo claramente perdida la grandeza de 
España, más querían ser ingratos que víctimas. 

De todos modos, el suceso no pudo sernos más 
funesto. Estuvo oculto el Tratado bastante tiempo para 
que los príncipes de Saboya pudiesen ir sacando astu- 
tamente las guarniciones españolas de la mayor parte 
de las plazas, y con efecto lo consiguieron, no sospe- 
chándose aún su deslealtad, y cuando fué pública, 
reunido el príncipe Tomás con los generales franceses, 
tomaron á Niza de la Palla, Verrua, Crecentino y Tor- 
tona, valerosísimamente defendida esta última plaza de 
los nuestros, primero en el recinto de ella, luego en el 
castillo. Era tan importante, que el conde de Siruela no 
quiso dejarla perdida, y como vio que los franceses y 
saboyanos se habían retirado del sitio, llegó allí con 



— 377 — 

SUS tropas, hizo reparar las líneas de circunvalación, y 
se fortificó en ella. Acudieron al socorro el principé 
Tomás y el conde Du Plessis que entonces gobernaba á 
los franceses; mas vieron tan bien dispuestos nuestros 
cuarteles, que no osaron acometerlos, y la plaza se rin- 
dió á los cuatro meses de sitio. Dejó así con honra el 
de Siruela el mando, que desde Flandes vino á recoger 
el marqués de Velada D. Antonio Sánchez de Avila, 
tornándose á España. Ni fué la defección de los sabo- 
yanos la única que padeciésemos entonces en Italia. 

Desde el tiempo de Carlos V tenían los españoles 
guarnición en Monaco, cabeza del Principado de este 
nombre, y puerto, aunque pequeño, esencialísimo para 
la navegación de España á Italia y para el socorro de 
aquellos Estados, mucho más habiéndose dejado perder 
el de Final, que con este objeto tomó el gran conde de 
Fuentes. Era ahora príncipe de Monaco D. Honorato 
Grimaldi, príncipe de Carpiñano, ricamente heredado 
en Ñapóles y Milán, y hasta entonces leal vasallo de 
España; y viendo tan decaídas las cosas de España, 
abrió las puertas de la ciudad á los franceses. Los sol- 
dados españoles del presidio, aunque sorprendidos con 
aquella traición impensada, y sueltos y desarmados, no 
dejaron de defenderse por eso, muriendo muchos antes 
de abandonar la plaza, entre otros el capitán Esporrin, 
natural de Jaca, que los mandaba, peleando gloriosa- 
mente por su persona; mas al fin tuvieron que ceder. 
Pérdida también muy sensible y de mucha consecuen- 
cia para en adelante. 

Volvíanse en esto todos los ojos y todas las esperan- 
zas de España á Flandes. Allí era donde estaban reco- 
gidas las reliquias de los temibles tercios de Carlos V 



- 378 — 

y de Felipe II; allí donde se conservaba la antigua es- 
cuela militar, el antiguo estímulo y hasta la antigua 
gloria; y allí, por último, estaba el hombre de más méri- 
to que quedase en la Monarquía: el Cardenal Infante. 
Formóse aquel ejército con los mejores tercios españo- 
les que pasaron de Italia al mando del duque de Alba 
casi ochenta años antes, y habíase luego repuesto con 
la gente vieja de Ñapóles, Sicilia y Lombardía, y con 
los tercios que trajo el Infante cuando vino á los Esta- 
dos y vencieron en Nortlinghen. Durante tan largo espa- 
cio de años mantúvose peleando y venciendo casi siem- 
pre en batalla, muriendo hoy uno, luego otro al filo de la 
espada, todos los capitanes y soldados, y rellenándolos 
lenta y perezosamente tal ó cual aventurero impaciente, 
tal otro perseguido en la Patria por pendenciero y reta- 
dor, muchos sedientos de gloria, y no pocos sin familia 
ni hogar, ganosos de fortuna. Conforme iban llegando 
de España los bisónos, recogíanles los antiguos cabos, 
adiestrábanles y les enseñaban los severos principios- 
de aquella milicia, y así todos se hacían unos á poco 
tiempo, y parecían los tercios de ahora los mismos que 
vencieron en Mulberg y en Pavía. 

Ni era su general indigno de los de aquella época de 
gloria, ni sus capitanes, el conde de laFontaine, el duque 
de Alburquerque y otros desmerecían de los primeros. 
Aguardábase por lo mismo en España que con podero- 
sas diversiones por aquella parte se llamase de tal 
modo la atención de los franceses, que no pudieran 
acudir con fuerzas muy grandes á Cataluña y á Portu- 
gal é Italia. Y cierto que á los principios bien pudieron 
dar aliento á tales esperanzas, porque fueron muy glo- 
riosos. Mas aconteció lo que entonces acontecía ya en 



— 379 - 

todo, que al paso que los extranjeros reparaban fácil- 
mente sns pérdidas, nosotros no podíamos sobrellevar 
las nuestras, porque nuestros grandes capitanes no 
hallaban sucesores ni reemplazo los valientes soldados: 
así todo lo ganado á mucha pena en largo tiempo y 
con grandes triunfos, perdíase de un golpe en una sola 
derrota. No había, como solía suceder, recursos ni 
dinero para comenzar nuevas campañas después de 
aquélla que concluyó con la toma de Arras por los 
franceses. La gente estaba desnuda y falta de todo; 
mas el Cardenal Infante, con su buen gobierno, logró 
recoger subsidios de los pueblos, y hubo capitanes, 
como el duque de Alburquerque, que con patriótico 
desprendimiento vistieron á su costa los tercios y sacri- 
ficaron la propia hacienda para mantener la campaña. 
Comenzáronla los enemigos coaligados sitiando el ma- 
riscal de la Meillerie la importante plaza de Ayre, y ef 
de Orange la de Genep. El condede la Fontaine, Maes- 
tre de campo general, con un trozo de españoles se 
opuso á este último; pero no pudo salvar á Genep, y 
Ayre se rindió también, aunque después de defenderse 
valerosísimamente. En esta ocasión dio una muestra in- 
signe de sus talentos militares el Cardenal Infante. 

No teniendo reunido bastante ejército para el soco- 
rro, se estuvo apostado en las inmediaciones mientras 
duró el asedio, esperando refuerzos, y llegando tarde 
con ellos el barón de Lamboy, no pudo impedir la 
rendición de la plaza. Los enemigos antes de alzarse 
de su campo fortificado quisieron, naturalmente, dejar 
aprovisionada la plaza, y para eso enviaron por un 
gran convoy; mas el Cardenal Infante maniobró de suer- 
te que se puso entre el campo francés y el convoy» 



— 380 — 

tomando por asalto la importante villa de Liliers y ense- 
ñoreándose de todo el país. Entonces los franceses se 
vieron forzados á dejar sus líneas separándose como 
media legua para salvar el convoy, y el Infante, que no 
deseaba otra cosa, se metió rápidamente en ellas, sin 
que pudiesen ya estorbárselo. Allí, fortificado en los 
mismos reductos y baterías de los franceses, que no 
habían tenido tiempo de deshacerlos todavía, sitió de 
nuevo la plaza, la cual, no provista de municiones ni 
bastimentos, tuvo que rendirse. En vano los enemigos, 
burlados tan extrañamente y reforzados con numerosas 
tropas que trajo el mariscal de Brezé al de la Meillerie, 
intentaron forzar las líneas que ocupaba el Cardenal 
Infante; habíanlas ellos tan cuidadosamente fortificado 
antes, que ahora á su abrigo fueron invulnerables los 
nuestros. 

Pero esta fué la única hazaña del Cardenal Infante; ni 
siquiera tuvo la satisfacción de ver rendida la plaza tan 
hábilmente ganada. Su salud, ya decadente con tantas 
fatigas y trabajos, acabó de llevar el último golpe con 
unas malignas tercianas que le acometieron en el cam- 
pamento, y tuvo que dejarlo y retirarse á Bruselas, don- 
de murió á poco tiempo de padecer penoso, llorado del 
ejército y del país por sus buenas cualidades, y muy 
sentido en España, aunque no tanto como merecía lo 
grande de la pérdida. Su cadáver vino al Escorial, don- 
de reposa entre sus antepasados. Desde la muerte de 
Ambrosio de Spínola no había habido otra tan irrepa- 
rable y tan dolorosa. Hábil político y capitán valiente y 
diestro, tenía también el Cardenal Infante muy alto 
patriotismo y una abnegación y dignidad que comenza- 
ban á echarse harto de menos en la corrompida Corte 



— 3S1 — 

de España. Así, cuando se habla de las desdichas de 
estos años fatales, es imposible dejar de contar entre 
las mayores su muerte. Ella fué también anuncio y pre- 
ludio de otras que remataron nuestra ruina. Sucedió en 
el Gobierno una Junta compuesta de D. Francisco de 
Mello, conde de Azumar, del marqués de Velada, del 
conde de la Fontaine, D. Andrés Cantelmo, que eran 
los primeros jefes de las armas, y el Arzobispo de Ma- 
linas, hasta que sabido el suceso en nuestra Corte se 
nombró por Gobernador único de los Estados mientras 
iba persona real que lo reemplazase, al de Azumar, 
D. Francisco de Mello. 

Era este de noble familia portuguesa, y acaso de las 
honradas de aquel reino; mas no debía andar sobrado de 
fortuna, y muy joven aún, se vino á la corte de España 
para obtenerla. Aquí contrajo amistad muy estrecha 
con Olivares, y cuando murió Felipe III, no bien comen- 
zada la privanza de aquel Ministro, fué ya nombrado 
Gentilhombre del Rey. Mantúvose por acá muchos años 
sin obtener empleo, hasta que por los de 1639 fué envia- 
do al virreinato de Sicilia, cargo harto mayor que sus 
servicios y merecimientos. Sobrevino allí á poco la 
rebelión de Portugal, y Mello permaneció fiel á España, 
y tantas fueron las demostraciones de su lealtad, que 
al tiempo mismo en que los demás portugueses, por 
bien reputados que estuviesen, eran cuidadosamente 
vigilados, cuando no perseguidos, él recibió el mando 
de la Alsacia, y el cargo de plenipotenciario en Alema- 
nia. De estos empleos, sin experiencia alguna de ejér- 
citos, fué traído por el favor solo del Conde-Duque al 
difícil gobierno de los de Flandes. 

Fueron los principios de este General tan prósperos. 



— 382 — 

como desdichados los fines. Tomó el mando del ejérci- 
to delante de Ayre, y en sus manos se rindió la plaza. 
Para divertirlo de aquel asedio entró aún la Meillerie 
por Arras; apoderóse de Lens y Villeta, villa de poca 
■defensa; pasó á la Bassée, puesto importantísimo para 
cubrir el país de Lila, que á la sazón' se estaba fortifi- 
cando, y por no hallarse acabadas las fortificaciones no 
se había plantado en ella la artillería; así la tomó en 
pocos días, con que corrió todo el país. Adelantóse 
hasta Lila, y acometió dos veces los Burgos, de donde 
fué rechazado por hallarse allí ya tres mil infantes, con 
•dos mil caballos que habían salido de las líneas de Ayre. 
Entonces M. de la Meillerie escribió al magistrado 
pidiendo neutralidad; pero los ciudadanos se mostraron 
muy fieles, con lo cual se retiró de allí y acometió á 
Armentieres, desde donde, si la tomaba, podía cortar 
los víveres al sitio de Ayre, y penetrar en el país hasta 
Brujas: fué también rechazado. Volvió á dar vista á 
Lila, y luego se retiró quemando y destruyendo todo 
aquel país hermosísimo. No pudo sufrir más el de Azu- 
mar, y adelantó un Cuerpo de doce mil hombres para 
salir al aposito. El enemigo fué á sitiar á Bapaume, y 
•en su seguimiento fué Mello esperando alguna buena 
ocasión para romperle. Entre tanto Ayre pidió capitula- 
ción, y con esto terminó la campaña. En la siguiente, 
-que comenzó muy temprano. Mello envió al conde de la 
Fontaine delante de Lens y la tomó, y después recobró 
también á la Bassée. Vinieron al socorro de esta plaza 
los mariscales d'Harcourt y de Grammont, que manda- 
ban ahora las tropas francesas; mas no pudieron lograr 
su objeto, y permanecieron acampados y fortificados á 
orillas del río Escalda junto á Honnecourt, en paraje y 



— 383 — 

manera que parecía inexpugnable. El Escalda los espal- 
daba, y extendiéndose por uno de sus costados, daba 
lugar á que este fuese defendido por un bajel anclado: 
el otro costado estaba apoyado en un bosque: el frente 
lo defendían tres buenos baluartes y una trinchera y 
foso que saliendo del río con media pica de ancho, vol- 
vía á entrar en él, dejando encerrado en su arco el 
campo francés. 

Supo D. Francisco de Mello maniobrar entonces 
diestramente; envió hacia Hesdin un destacamento de 
tropas; con lo cual Harcourt, para precaver algún gol- 
pe de mano, salió de las fortificaciones con mucha par- 
te de sus fuerzas, dejando dentro al conde de Quiche, 
conocido por el mariscal Grammont, con el resto, que 
serían hasta doce mil hombres. Luego al punto embis- 
tió las líneas enemigas con veinte mil soldados. El 
duque de Alburquerque tomó con su tercio los baluar- 
tes y la artillería, á pesar de una resistencia desespera- 
da, y el marqués de Velada, que mandaba la caballería 
nuestra, deshizo al salir de las líneas la de los contra- 
rios; con que después de seis horas de combate fueron 
estos derrotados dentro de las fortificaciones que juz- 
gaban inexpugnables, y puestos en total fuga y disper- 
sión, dejando en el campo dos mil quinientos muertos, 
tres mil prisioneros, toda la artillería y bagaje, la caja 
militar que tenía cien mil escudos, y todas las banderas 
y estandartes, entre otros el llamado de San Remigio, 
que era el blanco y no se había perdido nunca, y la ban- 
dera de la coronelía del Delfín, las cuales fueron colga- 
das en los templos de España. Grammont huyó seguido 
de muy pocos, y no paró hasta Quintín. 

Fué gloriosísima esta batalla, y más porque siendo tan- 



— 384 — 

to el estrago de los enemigos, no pasó nuestra pérdida 
de doscientos muertos y pocos heridos; pero no tan 
fecunda como debía esperarse, porque en todo el resto 
de la campaña no se hizo otra cosa que vagar por uno 
y otro lado y hacer algunas incursiones por el territorio 
enemigo, fatigándose y disminuyéndose las tropas con 
inútiles marchas. Atribuyóse esto á la división que 
hubo entre los capitanes españoles, que no tenían á 
Mello, falto de autoridad y de antiguos servicios, todo 
el respeto que debieran. Pretendió acaso remediarlo la 
Corte enviándole á Mello en recompensa de la victoria 
de Honnecourt, con título de marqués de Tordelaguna, 
grandeza de España para su casa, y al propio tiempo le 
instó para que hiciese diversión bastante á sacar á los 
franceses de Cataluña. 

Con estas victorias, para la campaña de 1643 se 
hicieron los mayores preparativos. Juntáronse hasta 
veinte mil infantes y seis mil caballos, los mejores de 
Flandes, en los cuales iba casi toda la gente española 
que había en los Estados. Dividió el de Tordelaguna y 
Azumar su ejército en dos trozos, y dejando como en 
reserva el uno de seis mil hombres á Beck, Coronel de 
alemanes, que desde la humilde condición de cosaco 
había llegado á aquel punto por sus servicios y vir- 
tud militar se adelantó con el otro, donde había has- 
ta diez y ocho mil infantes y sobre dos mil caballos, 
llevando al conde de la Fontaine por Maestre de campo 
general, y al duque de Alburquerque, D. Francisco 
de la Cueva, por General de la caballería, ausente el 
marqués de Velada para el gobierno de Milán; y entran- 
do en la provincia de Champagne puso cerco á Rocroy. 
Acababa de ser nombrado por los franceses gobernador 



— 385 — 

de esta provincia el gran príncipe de Conde, todavía 
duque de Enghien, joven de veintidós años, muy deseo- 
so de vengar la vergüenza que había hecho recaer sobre 
su casa la fuga de Fuenterrabfa, y bajo su mando esta- 
ban los generales de l'Hopital, de Gassion, de Espanau 
y de la Ferté Semetiérre, con diez y siete mil infantes y 
Ires mil caballos. No bien supo Conde que el marqués 
de Tordelaguna, D. Francisco de Mello, sitiaba á Ro- 
€roy, se determinó á rechazarle de allí á toda costa, á 
pesar de que los viejos Mariscales que tenía á sus órde- 
nes calificaban de temerario el intento. Éralo sin duda, 
y á no ser por las grandes faltas que cometieron los 
nuestros, la ruina del ejército francés hubiera sido com- 
pleta, como lo fué la de los españoles. 

Está Rocroy situada en medio de una llanura, rodea- 
da de bosques y pantanos, sin otra puerta ó entrada 
que un peligroso desfiladero: con sólo guardar éste por 
algunas compañías de soldados, era imposible el paso 
y el socorro intentado por los enemigos. Pero Tordela- 
guna, que quería la batalla, y que ensoberbecido con 
sus anteriores ventajas, menospreciaba imprudentemen- 
te á los contrarios, les dejó entrar en la llanura pacífi- 
camente, sin tomar otra precaución que la de ordenar á 
Beck que viniese en su ayuda con la reserva. No faltó 
luego quien le aconsejase que fortificase ligeramente 
su campo; pero Mello tampoco quiso dar oídos á con- 
sejo tan prudente; antes se salió de él y formó su ejér- 
cito en batalla. Levantábase un tanto la llanura por la 
parte de la ciudad que ocupaban los españoles; descen- 
día luego suavemente, y volvía á levantarse por la par- 
te del desfiladero adonde estaban los franceses. De 
ellos á nosotros corría uno de tantos bosques como por 

25 



— 386 — 

allí había, el cual, comenzando no lejos de la derecha 
de los franceses, terminaba á la izquierda de nuestro 
campo. Mello hizo ocupareste bosque por una manga de 
mil mosqueteros, y al duque Alburquerque D. Francisco 
de la Cueva, le dio el mando del ala izquierda que en él 
se apoyaba con buena parte.de la caballería y la infan- 
tería italiana y walona; en el centro, y allí donde más 
se alzaba el terreno por nuestra parte, plantó el grueso 
de la mejor infantería española, gobernada de aquel 
conde de la Fontaine, Maestre de campo general, con la 
artillería; y en el ala derecha se puso él propio con el 
resto de la caballería, y alguna infantería española y 
extranjera. El duque de Enghien dio frente á los nues- 
tros á la otra parte alta de la llanura, poniendo al maris-^ 
cal d'Espenan, aquél que defendió á Salsas, en el cen- 
tro con el grueso de la infantería francesa y mercenaria; 
el ala izquierda opuesta á Mello la fió á los mariscales 
de l'Hopital y de la Ferté: y en el ala derecha contra 
Alburquerque se colocó él mismo con Gassion, distri- 
buyendo entre las dos alas su numerosa y escogida 
caballería. A la espalda dejó en reserva, con buen 
número de tropas, al Barón de Sirot, soldado de mucha 
nota. Ambos generales ardían en deseos de venir á las 
manos: Mello, sin embargo, aguardaba á que llegase 
Beck con la reserva para comenzarla, y aun por eso 
quizás no había cuidado de dejar alguna gente á la es- 
palda en su orden de batalla: mas el de Enghien, advir- 
tiendo el propósito de su enemigo, se apresuró á venir 
á las manos. 

Día 19 de Mayo, al amanecer, se rompió el tuego: 
comenzólo Enghien embistiendo poderosamente el bos- 
que donde apoyaba sus escuadrones Alburquerque, que 



— 387 — 

era la llave de nuestra posición; por lo mismo debieron 
sostenerlo los nuestros hasta el último extremo, pero 
no se hizo, y después de una sangrienta escaramuza, 
nuestros mosqueteros fueron de allí desalojados. Enton- 
ces Enghien avanzó con toda su ala formada en batalla; 
pero la espesura del bosque desordenaba su gente, y 
para evitarlo hubo de acudir á una traza de más efecto 
que la que imaginó en un principio. Mientras él conti- 
nuaba avanzando con la primera línea de sus escuadro- 
nes á lo largo del bosque, ordenó al mariscal Gassion 
que recorriese la segunda, y rodeando con ella el bos- 
que mismo, vino á caer por el otro lado sobre los nues- 
tros. Ejecutólo Gassion con notable presteza y arrojo; 
halló desprevenido al de Alburquerque, que solo aten- 
día al ataque de Enghien, y aprovechándose de la sor- 
presa deshizo en pocos momentos nuestra caballería^ 
En vano Alburquerque acudió ya al reparo peleando 
bien por su persona: fué herido y obligado á retirarse: 
con que dejó expuestos á la furia de los caballos ene- 
migos los tercios walones é italianos, que no tardaron 
en tomar la fuga. Entre tanto los mariscales de l'Hopital 
y de la Ferté habían embestido nuestra izquierda con 
mucho denuedo; pero saliendo contra ellos D. Francis- 
co de Mello deshizo sus caballos y acuchilló sus infan- 
tes, y preso la Ferté y herido l'Hopital, todo se lo llevó 
por delante en completa derrota. 

Hasta aquí la batalla estaba igual por ambas partes: 
los escuadrones que componían el centro en uno y otro 
ejército, no se habían embestido todavía: de las alas 
una por cada parte quedaba deshecha. Pero entonces 
cabalmente se vio la diferencia de talento en los caudi- 
llos. Mello con su caballería no pensaba más que en per- 



- 388 — 

seguirá los fugitivos juzgando ganada la batalla, cuando 
tropezó con el escuadrón de la reserva que traía Sirot, á 
cuyo abrigo comenzaron á recogerse las reliquias del ala 
izquierda enemiga. Trabóse un reñido combate, y entre 
tanto el de Enghien, sabido el destrozo de su ala, repar- 
tió acertadamente su gente en dos Cuerpos; con el uno 
envió á Gassion por detrás de nuestro mismo centro á 
embestir á la infantería vencedora de Mello, y con el 
otro fué él propio á sostener á Sirot con nuestra triun- 
fante caballería. Esta, gobernada del mismo Mello, se 
sostuvo bienal principio, pero acometida por fuerzas tan 
superiores, no tardó en dispersarse, sin que el General 
fuese de los últimos que apelasen á la fuga. La infan- 
tería por tan breves momentos vencedora, fué acuchi- 
llada sin piedad á un tiempo por Gassion que la cogió 
por la espalda, y por Enghien y Sirot y toda la caballe- 
ría francesa. Allí murieron muchos, pocos huyeron, 
algunos se recogieron confusamente al centro donde 
estaba el grueso de la infantería española, altas las 
picas, preparados los mosquetes y arcabuces, inmóvil é 
intacta todavía. El conde de la Fontaine, lorenés, ganó 
aquel día incomparable prez y gloria. Doblado al peso 
de los años, y enfermo y desfallecido, se había hecho 
traer en silla de manos, no queriendo en tal ocasión 
desamparar á los viejos tercios, que tantas veces había 
acompañado á la pelea. Desde allí vio los varios trances 
de la batalla sin poder obrar nada, porque d'Espenan, 
aunque no osaba acometerle, le amenazaba sin cesar 
con iguales ó mayores fuerzas, y descomponer su or- 
denanza habría sido entregar sus infantes al hierro de 
los caballos enemigos en un momento vencedores. Lo 
que hizo fué recoger y amparar á los infantes fugiti- 



- 389 — 

VOS que acudieron á sus escuadrones y ordenar á és- 
tos en cuatro frentes: los mosqueteros y arcabuceros 
en las primeras filas'; las picas detrás, y en el centro 
del cuadro que se formaba, los cañones: de modo que, 
abriéndose á cada momento los soldados, pudieran dis- 
parar sobre seguro los nuestros. No tardó Enghien, 
recogida su caballería y ordenada, en caer sobre el 
centro. Serenos é inmóviles los infantes españoles, la 
dejaron llegar á cincuenta pasos, y allí dispararon so- 
bre ella tal rociada de balas, que la hicieron volver las 
espaldas con no menos precipitación que venía á dar 
la acometida. Volvió Enghien á cargar dos veces más, 
y ambas fué rechazado de la propia suerte con horri- 
ble estrago, sin que se notase en los nuestros señal de 
desorden ó recelo. Entonces todo el ejército enemigo 
vino á cercar el cuadro, azotándole con la artillería, 
combatiéndole con furiosos asaltos, y hallando des- 
esperada resistencia. 

Prolongóse aquel desigual combate mucho tiempo, 
consumiéndose poco á poco los infantes españoles, mas 
sin ceder un punto, y acrecentándose cada momen- 
to la saña del enemigo al ver que un trozo de infan- 
tería desamparado de todo el ejército osase dispu- 
tarle la victoria. Al cabo, abiertos ya por todas partes 
los escuadrones, flacos y rendidos, algunos capitanes 
españoles pidieron capitular. Adelantábase el de En- 
ghien á oir sus proposiciones, cuando otros de los 
nuestros, ó no queriendo capitular aún en tal extremo, 
ó interpretando mal el movimiento del general enemi- 
go, y suponiendo que venía á embestirles de nuevo, 
dispararon su arcabucería. Gritóse traición por ambas 
partes y de nuevo se comenzó el combate, aunque ya 



— aso- 
mas bien podría llamarse matanza. La caballería fran- 
cesa, hallando claras las filas, vacíos los puestos de 
soldados y llenos de cadáveres, penetró al fin en el 
cuadro y hubieron de lidiar los nuestros, sueltos y sin 
orden, uno contra veinte, no ya por la victoria ó por la 
vida, sino sólo por la reputación de su nombre. Cayó 
el conde de la Fontaine de su silla despedazado de he- 
ridas, y pisotearon sus venerables canas los escuadro- 
nes franceses; cayó el valiente Maestre de campo Don 
Iñigo de Velandia y casi todos los capitanes. El de 
Enghien corría de acá para allá, conteniendo la saña de 
sus soldados, por salvar las pocas vidas que quedaban 
de aquellos valientes españoles; mas como ellos no 
querían ya las vidas y peleaban valerosamente por 
dondequiera espantando aún á sus enemigos, no ha- 
llaban piedad alguna. Sin embargo, logró salvar el de 
Enghien al Maestre de campo D. Jaime de Castellví y 
algunos soldados de nota, todos heridos ya, ó sin fuer- 
za para mover el hierro. En esto asombró á los fran- 
ceses el espectáculo de uno de los tercios, que forma- 
do el cuadro de por sí: peleaba con tanta bizarría y re- 
solución como si entonces comenzase la batalla. La co- 
mandaba el conde de Villalva D. Bernardino de Ayala, 
noble caballero enviado á servir en Flandes por casti- 
go, de los más valerosos que hubiese entonces en 
aquellas provincias. En vano los franceses acometie- 
ron una vez y otra aquel tercio invencible: murió Vi- 
llalva, murieron casi todos los capitanes, y no por eso 
cejaron los soldados. La artillería francesa inundó de 
sangre el reducido ámbito que ocupaba el tercio; mas 
no pudo romper sus frentes. Bramaban de cólera los 
enemigos al contemplar que un puñado de hombres 



— 391 — 

osase disputarles todavía tan gloriosa victoria; redo- 
blaban á cada momento sus esfuerzos, y siempre en 
balde. Al fin el de Enghien, joven y valeroso, admi- 
rando el valor de aquellos viejos soldados, que no sa- 
bían dar la espalda al enemigo, ni rendir las espadas 
heredadas de los vencedores de Ceriñola y San Quin- 
tín, les ofreció honrosos y nunca oídos conciertos, que 
fué que saliesen del campo con los honores mismos 
•con que suelen salir las guarniciones de las fortalezas, 
y que libres y con armas fueran puestos en tierra es- 
pañola. Con tales condiciones no pudieron negarse á 
■capitular. Creyóse al principio que los franceses los 
traerían á Fuenterrabía para cumplir los pactos; pero 
sin duda les pareció menos peligroso dejarlos en Flan- 
des que ponerlos á punto de reforzar nuestras armas 
-en Cataluña, y allí los dejaron. Años adelante, aquel 
tercio era conocido aún en Flandes, por memoria de su 
hazaña, con el nombre de Tercio de la Sangre. 

Mucha derramaron en aquella ocasión los enemigos; 
y tanta ó más los nuestros. Dejamos ocho mil muertos 
en el campo; los prisioneros llegaron á seis mil, casi 
todos extranjeros; veinticuatro cañones, las banderas, 
bagajes y cajas militares. Muy pocos pudieron salvar- 
se al amparo de Beck, que llegó con sus tropas al cam- 
po de batalla cuando acababa de capitular el último 
tercio. Mello se refugió avergonzado en Bruselas. Allí 
acabó la infantería española que había fatigado á la 
tierra y encadenado los ejércitos de todo el mundo por 
cerca de dos siglos. Acabó con tanta gloria, que aún 
los franceses recuerdan con admiración la respuesta 
■de uno de los capitanes españoles prisioneros, al cual 
preguntándole por el número de soldados que tenía 



— 392 — 

SU tercio, contestó friamente: «Contad los muertos. > 
La ineptitud de Mello, la flaqueza de nuestra caballe- 
ría, y aún la poca resistencia que allí tuvieron los ter- 
cios italianos y walones, nos arrancaron la victoria que 
el valor de nuestra vieja infantería hubiera hecho indu- 
dable. No contemos más desde este día á España entre 
las grandes naciones militares: era Roma y va á ser 
Cartago: manos mercenarias la defenderán casi siem- 
pre en adelante (1643). 

Llegó á Madrid esta nueva infausta á poco de caer 
de su privanza el Conde-Duque y cuando la Corte se 
hallaba aún tan regocijada con tal suceso, que no tuvo 
espacio para llorarla como debía. No habían desdicho 
las últimas medidas del favorito del resto de su admi- 
nistración, que toda se volvía imaginar arbitrios bue- 
nos ó malos, aplicando sin cordura los malos y dejan- 
do de aplicar los mejores. Todavía en 1642, meses an- 
tes de su caída, hizo publicar una pragmática, bajando 
el valor de la moneda de vellón, que él mismo había 
hecho subir en 1636: de modo que las piezas de seis- 
maravedís valiesen uno solo, con que hubo tal confu- 
sión y espanto, que apenas se hallaba de comer en 
Madrid mismo. Algo menos infeliz anduvo al querer 
llamar de nuevo á los judíos; pero no era él hombre de 
llevar á cabo tamaña empresa, y así fué que con sólo 
haber puesto la Inquisición mal ceño, desistió del propó- 
sito; ni era esto tampoco, verdaderamente, para ejecu- 
tarlo de pronto, ni para atender á males tan inmediatos 
y urgentes. Los soldados, testigos de su flojedad y del 
papel indigno que hacía representar al Rey en paz y en 
guerra, llegaron á aborrecerle mortalmente, y estando 
en Molina de Aragón con el Rey, de una compañía que 



— 393 — 

hizo salva al pasar su coche, saHó una bala, que hirió 
dentro de él al enano con que entretenía sus ocios y pe- 
nas, y puso á riesgo su persona, sin que pudiera averi- 
guarse el autor de tal hecho. 

No lo odiaban menos en la Corte, donde hubo ya 
una conjuración para matarle en los primeros años de 
su privanza, que no tuvo efecto. Cada día su altanería 
y sus injusticias le atraían nuevos enemigos, y pronto 
se formó de ellos una especie de partido ó bandería 
muy poderosa que sin descanso trabajaba en su daño. 
A la cabeza de este partido estaba la misma reina Doña 
Isabel de Borbón. Era diestra aquella mujer, como 
criada en la Corte de María de Médicis, orgullosa ade- 
más y dominante de suyo, no podía llevar con pacien- 
cia el poco respeto del Conde-Duque, y desde los 
principios habíase propuesto derribarle de la privanza, 
siendo el no haberlo conseguido sino al cabo de tanto 
tiempo grandísima muestra de las profundas raíces con 
que la tenía afirmada en el corazón del Rey. Como 
tenía puesta cerca de la Reina, para vigilarla, á su mu- 
jer. Doña Inés de Zúñiga, dama de no vulgar talento y 
completamente imbuida en los intentos de su esposo, 
ésta, ejerciendo en Palacio y en el cuarto real una opre- 
sión verdaderamente insoportable, tratando de igual á 
igual á las Princesas, como la de Mantua y la de Ca- 
rinan, y aún poniéndose en las ocasiones delante de 
ellas, y echando ó intimidando á todas las demás se- 
ñoras de la Corte, le ayudó mucho á parar y deshacer 
los golpes y manejos de sus enemigos. Pero la Reina, 
más irritada á medida que se sentía más oprimida y 
con menos influencia sobre su marido, estuvo ace- 
chando cuidadosamente la ocasión de castigarle. Ofre- 



— 394 - 

ciéronsela cumplida los recientes desastres, y más que 
otro alguno el de la pérdida de Portugal, que tan pro- 
funda impresión hizo en el ánimo del Rey. Indignada 
la Reina lo propio que los Grandes y todo el pueblo 
con aquella nueva y triste muestra de la ineptitud del 
favorito, y alentada con la desconfianza con que co- 
menzaba á oir su esposo los consejos que aquél le daba, 
apresuró y redobló las hostilidades. Ella fué principal- 
mente quien inclinó al Rey á que hiciese la jornada 
de Cataluña, á fin de que viese por sus mismos ojos 
el estado de las cosas. 

De vuelta en Madrid se atrevió ya á representarle 
con vivos colores los desaciertos y maldades del Con- 
de-Duque, y aun mostrándole un día al príncipe don 
Baltasar, su primogénito, dijo con lágrimas que por cau- 
sa de tal ministro había de llegar un día en que se viese 
reducido á la condición de caballero particular. A este 
tiempo ya los Grandes no asistían á Palacio ni al servi- 
cio del Rey: el clero, el pueblo, todo el mundo, conjura- 
do contra el favorito, ayudaba invisiblemente á la 
Reina. Dos mujeres vinieron aún á secundarla más 
activamente, concertando con ella sus planes. La una 
fué Doña Ana de Guevara, ama del Rey, á la cual ama- 
ba él sobremanera, y que muy ofendida de la mujer del 
Conde-Duque por haberla alejado de Palacio, acechó 
la ocasión de hablarle á solas, y le dijo contra ella y su 
marido cuanto la pudo dictar la sed de venganza, ayu- 
dada de la razón y de la verdad. La otra fué Doña Mar- 
garita de Saboya, duquesa de Mantua, que echada de 
Portugal se vino á Ocaña, y desde allí, viendo que el 
Conde-Duque la dejaba abandonada sin enviarle siquie- 
ra para su sustento, se presentó de improviso en la cor- 



— 395 — 

te; y aunque el favorito hizo mucho porque no viese al 
Rey, ella, por medio de la Reina, supo lograrlo, y demos- 
trarle con copiosas noticias que sólo á aquél y á sus 
allegados y amigos debía atribuir la pérdida de la Coro- 
na portuguesa. Honrada y prudente mujer era esta 
Doña Margarita, y digna de mejores tratamientos que 
los que empleó con ella el Conde-Duque. También con- 
tribuyeron á desengañar al Rey su maestro fray D. Gal- 
cerán Albanell, Arzobispo de Granada, y el conde del 
Castrillo, Presidente del Consejo de Hacienda, al cual 
respetaba mucho el Monarca: el primero por medio de 
una carta muy libre, donde le decía claramente todo lo 
vergonzoso de su conducta, y el otro por servir á la 
Reina con oportunas y bien encaminadas indicaciones y 
discursos. Por último, se unía á éstos el marqués de Gra- 
na Carreto, enviado del Emperador, que, por lo que im- 
portaba á su Soberano, miraba con dolor la ruina de Es- 
paña. Tanto fué menester para derrocar aquella privan- 
za; y aun derrocándola era de deplorar el que fuera el 
consejo y respeto de personas particulares, pocas bien 
intencionadas, muchas sin más deseo que el de la perso- 
nal venganza, antes que no las grandes faltas del favori- 
to y desdichas de la Monarquía lo que moviese su caída. 
Males que se remedian de tal modo, no pueden decirse 
remediados, sino más bien aplazados; porque en el gé- 
nero de gobierno ó en el estado de cosas en que tal suce- 
da, ellos han de repetirse de seguro muchas más veces. 
Por fin, el favorito conoció que era inútil la resisten- 
cia, y rendido de tan larga lucha y queriendo hacer 
menos dolorosa su caída, pidió al Rey licencia para 
retirarse de los negocios. Fuéle negada por dos veces; 
mas cuando comenzaba quizás con eso á dar entrada 



— 396 - 

en su pecho á la esperanza, recibió un billete escrito de 
propia mano de Felipe, mediado Enero de 1643, man- 
dándole que no se entrometiese más en el Gobierno, y 
que se retirase á Loeches hasta que otra cosa dispu- 
siese: de allí fué luego á residir en la ciudad de Toro. 
Mostró el Conde-Duque gran entereza en este golpe 
de la fortuna, que bien pudo contarlo por blando según 
era lo que merecían sus faltas. A la verdad, el Rey 
anduvo con él muy benévolo en las últimas disposicio- 
nes: mandó que se le dejase registrar y romper todos 
los papeles que quisiera y pudieran perjudicarle; escri- 
bió á los Consejos honrándole mucho, y diciendo que 
le apartaba de los negocios por las repetidas instancias 
que le había hecho pidiendo licencia, y que no era sino 
para tomar sobre sí el Gobierno sin fiarlo de otro algu- 
no; y habiendo indicado el Presidente de Hacienda, 
Castrillo, que ciertas urgencias del Estado no podían 
cubrirse sin echar mano de una gran cantidad de plata 
venida de América para el Conde-Duque, se negó á 
aceptar el remedio, antes mandó que se le pagasen 
puntualmente sus sueldos. No fué tal benevolencia 
aprobada. El pueblo acechó en numerosas turbas la 
hora de salir de Palacio el favorito, y acaso le matara á 
no tomar él el buen partido de ejecutarlo oculto y dis- 
frazado; pero algunos de sus coches, donde por un 
momento se creyó que iba, fueron apedreados. Frustra- 
do su intento, corrieron las turbas por las calles victo- 
reando á todas las personas que habían tenido parte en 
la caída del privado. Estas solicitaban á la par su casti- 
go, alternando en todos, con el regocijo, el deseo de 
venganza que les aquejaba. 
Si Castrillo, con sus malévolas insinuaciones intentó 



— 397 — 

€n vano despojarle de sus haberes, otros de sus enemi- 
gos no tardaron en lograr que á su mujer se la separase 
también del servicio de la Reina, mortificándola antes 
con continuos desaires, y queá su hijo D. Enrique de 
Guzmán, se le quítasela asistencia del Rey, desterrándole 
como á él de la corte. Creció con el tiempo y la seguri- 
dad de que era ya imposible su vuelta, el rencor y la 
saña contra el Conde-Duque. No ya solo sus enemigos, 
sino sus antiguos amigos y aduladores, como suele acon- 
tecer á los ministros caídos, censuraban agriamente su 
conducta, abriéndose entonces á la verdad los ojos que 
el interés y la cobardía tuvieron tantos años cerrados. 
Comenzaron también á escribirse papeles en contra del 
privado, y hubo uno en pro que debía ser de persona 
bien agraviada en la mudanza, con lo cual el Rey pro- 
hibió severamente semejante polémica, y castigó con 
graves penas á los que intervinieron en ella. Dios sabe 
adonde hubieran ido á parar las cosas, porque el Rey, 
continuamente acosado por todas partes de voces que 
pedían venganza, y persuadido ya de todas sus faltas, 
comenzaba á mirarle con odio, cuando la muerte vino 
ú libertar al favorito de persecuciones. Sobrevínole en 
la ciudad de Toro, donde residía ejerciendo el cargo de 
regidor, por efecto de su despecho y amargura, antes 
que de enfermedad alguna, porque tenía más de altivez 
que no de conformidad la entereza que mostraba. Díjo- 
se que expiró perdido el juicio, por haber recibido del 
Rey una carta en que le decía estas palabras: «si he de 
»reinar yo, y mi hijo se ha de coronar, será preciso que 
>entregue vuestra cabeza á mis vasallos que á una voz 
Aa piden todos y es preciso no disgustarles más. » Y sea 
ó no esta particularidad cierta, el hecho es que el Rey no 



— 398 — 

andaba ya muy lejos de tales pensamientos, y que si la 
muerte fué justa en D. Rodrigo Calderón, debía parecer 
en él pequeño castigo. Acusábanle con razón de haber 
sido la causa principal de que se perdiesen en Oriente, 
Ormuz, Goa, Fernambuco y todas las colonias portu- 
guesas, el Brasil, las Islas Terceras, el Reino de Portu- 
gal, el Rosellón, todo el Ducado de Borgoña á excep- 
ción de cuatro plazas, la gran fortaleza de Arras, muchas 
en el Luxemburgo, Brunswick, en la Alsacia, y los dere- 
chos é influjo del Ducado de Mantua, que eran las mer- 
mas de dominios que ya á la sazón tenía España. Asi- 
mismo se le acusaba de haber perdido más de doscien- 
tos ochenta navios en los mares, de haber sacado de las 
entrañas 'de la tierra y del corazón de los vasallos me- 
dias anatas, papel sellado, alcabalas y otras cosas innu- 
merables por él imaginadas hasta ciento diez y seis 
millones de doblones de oro: parte gastado inútilmente 
en ejércitos y armadas perdidas; parte distribuido en- 
tre Virreyes, Gobernadores, Capitanes generales y 
otros ministros, todos criaturas suyas, ya por sangre 
ó por servil dependencia; parte acopiado en su pro- 
pio bolsillo y casa. Lo de los gastos inútiles en ejér- 
citos y armadas pruébanlo bien todas las campañas. 
Lo distribuido entre parientes y servidores no tiene 
tampoco duda, viéndose siempre al Conde-Duque no 
fiar de otros que de ellos los lucros: de modo que al 
mirarlo asociado con alguno en el Poder, hay que recor- 
dar que fué su tíq D. Baltasar de Zúñiga, ó bien su primo 
D. Diego Felipe de Guzmán, marqués de Leganés, en 
quien, cuando estaba á su lado, descargaba una parte 
de los negocios públicos. Al inquirir quién gobernaba 
en Ñapóles, hállase al conde de Monterrey, su cuñado, 



— 399 — 

Ó al duque de Medina de las Torres, su yerno; al nom- 
brar al Virrey de Milán, tropiézase con el mismo mar- 
qués de Leganés, su primo, y lo propio al tratar de 
Cataluña; en el Generalísimo de la frontera de Portu- 
gal se encuentra otra vez á Monterrey, y fué mucho 
que desde la asistencia de Palacio, adonde ya veía á su 
hijo, el bastardo D. Enrique, mozo disoluto y sin autori- 
dad ni talentos, no pasase á ocupar la presidencia del 
Consejo de Indias, que ya estaba para él dispuesta. 

Siendo el conde-duque Guzmán y su mujer Zúñiga, 
Zúñigas y Guzmanes, se vieron casi solos en los altos 
empleos, exceptuando algún Velasco, por ser su abuelo 
materno de aquella casa y tener casado á su hijo con 
mujer de ella. El resto de los destinos que no pudo lle- 
nar con sus parientes, fué para sus viles aduladores, 
Jerónimo de Villanueva el protonotario de Aragón, 
Diego Suárez, Miguel de Vasconcellos, secretarios de 
Portugal, y algunos otros. Hasta su asesor en la pri- 
vanza, D. Luis de Haro, no hubiera llegado á serlo sin 
ser sobrino suyo, porque sólo á eso debió la entrada en 
la Corte y la amistad del Rey; si bien cuando llegó á 
notar sus adelantos le aborreció sobremanera y comen- 
zó también á preparar su ruina, Y en cuanto á los me- 
dros de su persona y casa particular, fueron inmensos. 
Su orgullo, que nunca le faltó, no consentía en él como 
en el duque de Lerma, que admitiese regalos ó donati- 
vos de particulares como en compra y paga de favores; 
pero supo obtener empleos y sueldos y comodidades 
que le produjesen con menos vergüenza tantos ó más 
beneficios. Primeramente obtuvo un privilegio para 
gozar encomiendas en todas las Ordenes militares, 
teniendo solamente la cruz de Alcántara, por lo cual 



— 400 — 

gozaba cuarenta y dos mil ducados; luego se hizo decla- 
rar Camarero mayor del Rey, oficio no conocido desde 
el tiempo de Carlos V, del cual sacaba diez y ocho mii 
ducados; también tomó para sí el cargo de Caballerizo 
mayor, que daba veintiocho mil ducados; el de Sumiller 
de Corps, doce mil, y el puesto de Canciller de las In- 
dias, que montaba cuarenta y ocho mil, todos en produc- 
to anual. Mas no era esto lo mayor, sino que cuando par- 
tían los galeones de Sevilla y Lisboa, hacía cargar can- 
tidades exorbitantes de vino, aguardiente y trigo reco- 
gido en sus haciendas; y como tenía para sí los puertos 
francos, vendía tales géneros á precio muy subido; con 
lo cual y la carga de retorno, ganaba cada año en el 
trato hasta doscientos mil ducados. Además hizo que 
el Rey le cediese la villa de San Lucar la Mayor, con 
título de Duque, que en alcabalas y derechos valía cin- 
cuenta mil ducados. Y no contento con esto, sacó para 
su mujer la merced de Camarera mayor de la Reina y el 
cargo de aya del Príncipe, con salario de cuarenta y 
ocho mil ducados por ambos conceptos (1). De este 
modo ascendían las ganancias que anualmente obtenía 
por su privanza á cerca de cuatrocientos cincuenta mil 
ducados, cantidad bastante para mantener un ejército, y 
que él derrochaba inútilmente en festines y locuras. 

Así, por todos estos conceptos, fué el Conde-Duque 
de Olivares, el ministro más funesto y de odiosa memo- 
ria que haya tenido jamás España, donde tantos se han 
hecho dignos de censura. Y eso que como hombre, ni 
por su inteligencia ni por su carácter puede decirse que 
fuera un hombre vil como otros, no tan funestos como 
él, lo han sido. 

(1) Semanario Erudito. 



LIBRO SÉPTIMO 



o© 



SUMARIO 



De 1643 á 1643.— Sucesos que siguen á la caída del Conde-Du- 
que.— Cataluña: nuevo ejército y sale el Rey á él; campaña 
de D. Felipe de Silva y toma de Monzón; vuelve á Cataluña 
el Rey; batalla gloriosa de Lérida, y rendición de esta plaza 
y de Balaguer; retíranse del servicio Silva y Garay; D. An- 
drea de Cantelmo; defensa esforzada de Tarragona. — Portu- 
gal: batalla de Montijo y toma de algunos lugares; sucesos 
de la frontera de Ciudad-Rodrigo. — Socorro de Oran y com- 
bate naval de Cartagena.— Italia: pérdida de San Ya. — Flan- 
des: gloriosa batalla de Tutelinghen; pérdida de Qrawelin- 
gas y del Saxo de Gante. — Muerte de la reina Doña Isabel de 
Borbón; privanza de D. Luis de Haro; estado de la Corte por 
■estos años; prohibición de las comedias; D. Juan de Austria. 
— Italia: Expedición de los franceses á Toscana; combate na- 
val; nueva expedición; insurrección de Sicilia; principios de la 
rebelión de Ñapóles; el duque de Arcos; Masaniello; refugiase 
el Virrey á Castelnovo; combates y conciertos; muerte de 
Masaniello; nuevas rebeliones; Toralto; llegada de D. Juan 
de Austria; nuevos combates; propósitos del Arzobispo; muér- 
ete de Toralto; Jenaro Annese; llegada del duque de Guisa y de 
la armada de Francia; combate naval y retírase aquélla; tor- 
pezas del de Guisa; separación del duque de Arcos; D. Juan 
de Austria y el conde de Oñate en el Virreinato; combate ge- 
neral y término de la rebelión; prisión de Guisa; muerte de 

26 



— 402 - 

Jenaro Annese; Portolongone y Piombino recobradas; guerra 
con el Modencs; batalla de Bozzolo; combate de Cremona; 
conquistas en el Modenés y sumisión del Duque.— Cataluña: 
pérdida de Rosas; batalla funesta de Balaguer; encuentros 
parciales y pérdida de la plaza; sitio de Lérida; vuelve el Rey 
á Cataluña; fuerza el marqués de Leganés las líneas de Léri- 
da; nuevo sitio de esta plaza y afrenta de Enghien; operacio- 
nes de Enghien y Aytona; pérdida de Tortosa; recóbranse 
algunas plazas; victoria de D. Juan de Garay no lejos de San- 
ta Coloma; toma de Castellbó y victoria delante de sus mu- 
ros; situación de Cataluña; tratos de los naturales con nues- 
tros capitanes; campaña de Mortara; Flix y Tortosa rendidas; 
llegada de Mortara á Barcelona, sitio y toma de la plaza; pa- 
cificación casi completa en Cataluña.— -Portugal: empresa de 
Olivenza frustrada.— Flandes: piérdense Mardik, Ulhiz, Cour- 
tray y otras plazas; combate de Rethel; pérdida de Dunquer- 
que y de Venló; el archiduque Leopoldo; toma y batalla de 
Lens; disturbios con Francia; paz con Holanda; estado de 
nuestra Corte; permítense de nuevo las comedias; nuevo ma- 
trimonio del Rey; proyectos de unión con Portugal y de re- 
gicidio. 

|pJ| iGuió á la caída del Conde-Duque un período de 
esperanza para la desalentada nación española. El vul- 
go, como suele, y como ya lo había demostrado á la 
caída del duque de Lerma, pensaba que con sólo la 
perdición de aquella persona aborrecible se remedia- 
rían todos sus males. Los más sensatos fundaban su 
esperanza en el arrepentimiento del .Rey, pensando que 
en adelante se aplicaría de todo punto á los negocios, 
dejado del ocio y liviandades que hasta entonces le 
habían impedido cuidar de sus pueblos. Los oprimidos 
antes, ahora mostraban buen rostro, mirando satisfe- 
cha su venganza. Los que antes disfrutaban favor, tam- 
bién ponían ahora buen semblante á las cosas á fin de 
que no se les tachara de fieles amigos del Ministro 
caído. Vino la ordinaria ganancia de unos y pérdida 



— 493 — 

de otros, que seguía á la ruina de cada favorito; vol- 
vió D. Francisco de Que vedo á la corte de vuelta de 
su largo cautiverio de León; restituyóse su generalato 
de la mar al marqués de Villafranca; salió de sus pri- 
siones aquel buen capitán portugués D. Felipe de Sil- 
va, que andaba en ellas por sospecha de su lealtad, y 
tan favorecido del Rey, que le dio el mando del ejérci- 
to de Cataluña, vacante por la separación del marqués 
de Leganés y á éste, en cambio, se le continuó el proce- 
so detenido por respetos al Conde-Duque. También el 
duque de Medina de las Torres, D. Ramiro Núñez de 
Guzmán, fué separado del gobierno de Ñapóles. Había 
enviado aquel reino á Madrid á uno de sus Grandes 
con quejas del de Medina y pidiendo nuevo Virrey; 
pero á causa del parentesco de éste con el Conde-Du- 
que, no pudo conseguir el Embajador en largos días, ni 
ver al Rey, ni que siquiera le dejasen entrar en Pa- 
lacio. Ahora, con la caída del favorito, el. napolitano 
explicó el objeto de su embajada, y se ordenó la des- 
titución de D. Ramiro, enviando en su lugar al buen al- 
mirante de Castilla, D. Juan Alfonso Enríquez de Ca- 
brera, nombramiento acertadísimo y que reparaba una 
de las injusticias más grandes de aquellos tiempos; 
porque el Almirante, olvidado y sin empleo, era, como 
en otras partes dejamos dicho, hombre de gran mé- 
rito, sin duda de los que más lo tenían á la sazón en 
España. 

Como éstas se tomaron otras medidas, ni todas jus- 
tas, ni injustas todas, pero unas que otras aplaudidas del 
mismo modo. Aumentaba el regocijo y la esperanza el 
ver muy mudadas las cosas de Francia. Había muerto 
pocos días antes de la caída del Conde-Duque el car- 



— 404 — 

denal de Richelieu, y pocos días después Luis XIII, 
quedando por gobernadora de aquel reino, con un 
Príncipe de cinco años, la reina Doña Ana de Austria, 
hermana de Felipe IV. La ocasión parecía acomodada 
para hacer próspera guerra ó ventajosas paces; por- 
que de una parte Francia no podía tardar en mostrarse 
más flaca que antes, por las discordias que habían de 
nacer forzosamente, y de otra, la Reina Gobernadora, 
tan unida á España por los lazos de la sangre y de la 
patria, no parecía natural que nos hiciese tan calculada 
y terrible hostilidad como Luis XIII ó más bien su mi- 
nistro Richelieu. Indudablemente esto último era digno 
de tenerse en cuenta. La paz había llegado á hacerse 
tan necesaria, que sin ella se disolvía inevitablemente 
la Monarquía. Muchas victorias contra la Francia no 
nos habrían sido en aquellos tiempos tan provechosas 
como una paz honrosa que á cambio de la de Flandes, si 
era preciso, nos hubiese dejado el Rosellón y Catalu- 
ña, y libres las fuerzas para embestir á Portugal. Aca- 
so Ana de Austria hubiera obtenido de su hermano el 
rey Felipe un tratado de paz de esta especie; y lo que 
es más, que fielmente lo cumpliera y no diese ayuda 
alguna al duque de Braganza para mantenerse en el 
Trono. Pero ciegos siempre los cortesanos que rodea- 
ban al Rey, deslumhrado éste todavía con el esplendor 
de su Trono, recordando aún la Grandeza antigua, 
más para desearla y afectarla, que no para imitarla y 
alcanzarla, determinaron aprovecharse de la ocasión, 
no para hacer buena paz, sino para hacer con más 
ventaja que antes la guerra, abriendo un huevo perío- 
do en aquella lucha terrible. Así, nada se hizo por 
nuestra parte en las conferencias abiertas en Munster 



— 405 — 

entre las potencias beligerantes para obtener la paz ge- 
neral que más tarde se llamó de Westfalia. 

De que la guerra nos ofreciese ventajas, mal presa- 
gio era la batalla funesta de Rocroy, ganada por los 
franceses cinco días después de la muerte de Luis XIII. 
Y no debían esperarse muy grandes errores que apro- 
vechar del gobierno de Ana de Austria, mujer de alma 
española, como era su cuna, magnánima y fuerte, y 
que tenía por favorito al cardenal Mazzarino, sobrado 
conocido de los españoles, á cuyo servicio había esta- 
do en los principios de su carrera después de sus estu- 
dios hechos en la Universidad de Salamanca, y el cual 
había dado muestras de su gran habilidad al servicio ya 
de Francia en los negocios de Italia, causándonos mu- 
chos perjuicios el, por todos conceptos, digno sucesor 
de Richelieu. Debiéronse al principio algunas ventajas, 
tanto á la intervención del Rey en los negocios, y al 
aliento y estímulo que con ella inspiraba, cuanto á los 
disturbios que, en efecto, estallaron en Francia entre 
Mazzarino y sus rivales; y mayores se lograran si fueran 
más y más continuados los aciertos. Pero el Rey no es- 
taba acostumbrado al trabajo; agobiábale la pereza; pi- 
cábanle siempre las antiguas pasiones: así es que an- 
tes de un año comenzó á dejar alguna parte del peso de 
los negocios en D. Luis de Haro, hijo del marqués del 
Carpió, sobrino del conde-duque de Olivares, hombre 
mucho más honrado y de harto mejor deseo é inten- 
ciones que su tío, pero de muy escasa instrucción y 
talento. Había contribuido también en algo á la caída 
de éste, á quien debía su favor, pero del cual esta- 
ba temiendo ya algún efecto de celos con que le qui- 
tase más de un golpe que le hubiese dado; y era por 



— 406 — 

esta circunstancia y sus buenos modos estimado gene- 
ralmente. 

Lo primero que acordó el Rey fué salir de Madrid 
para Cataluña. Pero era preciso reunir para ello sol- 
dados con que acudir allí honrosamente sin desatender 
por eso el resto, principalmente Portugal, que estaba 
clamando socorro, pues los portugueses adelantaban 
ya su audacia á hacer conquistas en Castilla. Aún llegó 
á dudarse si convendría más que el Rey saliese para 
Portugal que para Cataluña; pero al fin se resolvió lo 
segundo. Y en verdad que atentamente miradas las co- 
cas, no se sabe decir qué hubiera sido más ventajoso 
al presente; porque ya en los últimos desastres los fran- 
ceses y catalanes estaban tan envalentonados que ame- 
nazaban por Aragón, donde no había plazas fuertes, 
meterse en el corazón de la Monarquía. Sin duda fue- 
ra lo mejor que el Rey, activo y esforzado, hubiera sa- 
bido acudir, ya á una parte, ya á otra, no parando en 
ninguna más que lo necesario para dar aliento á los 
unos y temor á los otros. Tiempos eran de penalidad y 
de fatiga, y ningún recurso ordinario podía bastar á 
todo. Mas ya que el Rey no acudiese á Portugal en 
persona, atendió á aumentar el ejército que allí había 
al propio tiempo que el de Cataluña, aunque inclinan- 
do á esta parte las mayores fuerzas. Fué Torrecusso á 
Ñapóles, su patria, y obtuvo allá hasta cuatro mil na- 
politanos; el marqués de Villasor trajo un buen tercio 
de Cerdeña, y así todas las provincias ofrecieron á 
porfía número de soldados: Aragón cuatro mil; dos mil 
Valencia; otros dos mil Andalucía, que con mil qui- 
nientos walones, mil borgoñeses y los dos mil quinien- 
tos valientes españoles que habían de venir por Fran- 



— 407 — 

cia, según lo pactado en Rocroy, debían formar en solo 
Cataluña un ejército de más de veinticuatro mil hom- 
bres. Pero como suele suceder en tales cálculos, no 
llegó á juntarse tanto número. 

Al mismo tiempo se ordenó á todas las milicias de 
Andalucía y Extremadura que acudiesen á la frontera 
de Portugal, y á los Grandes que tenían por allí Esta- 
dos, que llevasen á todos sus vasallos con armas, 
aunque por tal concepto no pasaría el refuerzo del 
ejército de tres mil hombres. Vino bien para mover 
esta gente y comenzar las nuevas campañas la llegada 
feliz de las flotas de Méjico, ricamente cargadas, y 
luego la de los galeones con no menor riqueza. Las 
Cortes de Castilla concedieron la prolongación de los 
arbitrios antiguos, mas no pudieron imponerlos nue- 
vos. Valencia se prestó á pagar, armar y vestir por 
seis años los dos mil soldados que daba; y en Ñapóles 
se impuso un tributo sobre el consumo de harinas, que 
produjo mucho disgusto, y tuvo no escasa parte en los 
sucesos que sobrevinieron. Con lo cual se vio ya al- 
gún dinero en la Corte, porque al fin del año 1643 era 
tal la penuria, que Pellicer en sus Avisos escribió cier- 
to día desde Madrid estas palabras de elocuente signi- 
ficación: «Aquí nadie cobra ni paga.» Tal era la Corte, 
fuerza es decirlo una vez más, que tan descomunal 
guerra estaba sosteniendo por todo el mundo. El Rey 
salió de Madrid muy á la ligera, y por Alcalá llegó á 
Tarazona, acompañándole algunos señores principales: 
no tantos como la vez anterior; porque entonces se 
pudo ver que con sus etiquetas y vanidades eran más 
de estorbo que de otra cosa. Dejó encargado el mando 
á la Reina y ordenóla muchas devociones, como para 



— 408 — 

aplacar la cólera de Dios que contra él debía estar 
ofendido. 

Halló á su llegada que La Motte se había apoderado 
de la villa y castillo de Estadilla, cerca de Barbastro, 
donde había muy buenas fortificaciones, por cuyo me- 
dio tenía el paso abierto para echarse sobre aquella 
ciudad y aun sobre la misma Zaragoza. Nuestro ejér- 
cito, reunido en la frontera, aunque ya á punto de salir 
á campaña, no lo hizo en algún tiempo por falta de ví- 
veres y por mal concierto de los capitanes. Sin embar- 
go, no dejó de haber choques parciales. La Motte Ho- 
dancourt, tomada Estadilla, partió su gente en dos tro- 
zos: con el uno quiso tomar á Barbastro, mas se lo 
estorbó saliéndole al opósito D. Felipe de Silva; con el 
otro atacó el castillo de Benabarre, y también fué re- 
chazado. Poco después el marqués de Mortara, nom- 
brado Capitán general de la caballería del ejército^ 
pasó el Cinca, que venía muy crecido, con sus tenien- 
tes D. Fernando de Tejada y D. Alvaro de Quiñones, 
y dando en un cuartel de infantería que los enemigos 
tenían establecido al amparo de los muros de Lérida» 
derrotó de cinco á seis mil hombres que allí había, ma- 
tando mil quinientos y trayéndose hasta mil prisioneros 
con botín considerable. Por la parte de Tarragona no 
se intentó en tanto cosa alguna; porque el conde de 
Aguilar, marqués de la Hinojosa, había muerto, y el 
célebre Maestre de campo D. Juan de Arce, que fué á 
reemplazarle, lo mismo; con que la plaza quedó sin 
General mucho tiempo, y contemporáneamente sin ví- 
veres apenas ni soldados. Pero en la campiña de Rosas 
el Gobernador de aquella plaza, D. Diego Caballero de 
Illescas, deshizo hasta trescientos jinetes enemigos,. 



— 409 — 

trayéndose el mayor número de caballos y jinetes pri- 
sioneros. 

Eran estos buenos preludios de la campaña que iba á 
comenzarse. Para ella se hizo á Barbastro plaza de ar- 
mas de nuestro ejército. Tenía el mando supremo Don 
Felipe de Silva, como Capitán general de las armas; 
D. Juan de Garay vino de Portugal nuevamente á ser 
Maestre de campo general; el marqués de Mortara si- 
guió en el gobierno de la caballería, y el napolitano, 
D. Jerónimo de Tuttavilla, tuvo el de la artillería. En 
Tarragona entró á gobernar el marqués de Toralto y 
príncipe de Massa, D. Francisco Toralto y Aragón, 
vuelto de las prisiones de Francia, donde estuvo desde 
la derrota del ejército del marqués de Pobar. Dispues- 
tas las cosas, se comenzaron las operaciones con la 
empresa de Flix, plaza importante de la Castellanía de 
Amposta, intentada por D. Juan Garay sin fruto algu- 
no; porque hallándola muy prevenida, se volvió sin 
empeñar combate. También se frustró la sorpresa de 
Miravet. Luego D. Felipe de Silva, desde las cerca- 
nías de Barbastro, se adelantó con ocho mil infantes, 
tres mil seiscientos caballos y veinte cañones, que eran 
las fuerzas que hasta entonces tenía, con ánimo de em- 
bestir á Balaguer; mas no pudiendo esguazar el río No- 
guera, determinó caer sobre Monzón. Al pasar por de- 
lante de Lérida halló á la caballería enemiga goberna- 
da del propio La Motte; acometióla con la suya y la 
obligó á meterse al amparo de los muros; y sin más di- 
ficultad se puso sobre Monzón y comenzó á combatir- 
la. Vino al socorro el francés, pero no pudo lograrlo, y 
la plaza se rindió á los cuarenta días de sitio. 

Entretanto, el valeroso Gobernador de Rosas, Don 



- 410 - 

Diego Caballero, después de causar infinitos daños en 
el territorio ocupado por los enemigos, con mucha pér- 
dida de éstos, intentó entrar por inteligencia en Cada- 
ques, pero no pudo conseguirlo. Cuatro bajeles que 
le llevaban socorros fueron rendidos por la armada 
francesa de Brezé. Poco después vino á las aguas de 
Barcelona la de España, mandada aún por el duque de 
Ciudad-Real, con las galeras á cargo otra vez de Fer- 
nandina, y hubo una nueva batalla tan ineficaz como 
otras anteriores, donde fué poquísima la pérdida de 
ambas partes. Con esto se terminó la campaña y vol- 
vió á Madrid el Rey. Mas á la siguiente, que fué la de 
1644, volvió á encaminarse el Rey á Aragón, y cerca 
de Barbastro pasó revista al ejército, fuerte de nueve 
mil infantes y cuatro mil caballos, con diez y seis ca- 
ñones, presentándose por la única vez de su vida con 
el hábito de soldado, al modo de su abuelo D. Felipe II, 
que nunca se presentó más que una vez en San Quin- 
tín; nunca su padre. Luego marchó D. Felipe de Silva 
con las tropas, entró en el lugar de Farfaña, y desde 
allí plantó los reales delante de Lérida, á una y otra 
orilla del Segre, que lame sus muros. Era la plaza tan 
importante, que los caudillos franceses y catalanes no 
tardaron en venir al socorro, trayendo el mariscal de La 
Motte Hodancourt el mando supremo, con siete mil in- 
fantes y dos mil caballos. Salió á ellos D. Felipe de 
Silva con cuatro mil infantes viejos y tres mil caballos, 
dejando la demás gente guarneciendo los cuarteles, y 
á campo raso les ofreció la batalla. Aceptáronla los 
enemigos, que no venían á otra cosa, y se empeñó por 
ambas partes con mucha furia. No pudieron los nues- 
tros romper el ala derecha, y se llegó á desesperar de 



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la victoria porque el ala izquierda parecía más fuerte; 
con todo, ésta fué envuelta y deshecha en poco tiempo 
por los escuadrones de nuestra caballería, que arrolla- 
ron á la carrera á la caballería francesa, y cayendo en 
seguida sobre el centro hízose total la derrota. Fué di- 
cha de ellos el que á tal punto hiciesen valerosa salida 
de la plaza hasta seiscientos hombres, los cuales, des- 
trozando la gente nuestra que guarnecía el puente del 
Segre por donde se comunicaban nuestros cuarteles, 
dieron ocasión y espacio á que algunos de los vencidos 
se recogiesen en los muros y otros se salvasen. No obs- 
tante la victoria fué para nuestras armas muy gloriosa 
y completa: dejaron los contrarios en el campo dos mil 
muertos y tres mil prisioneros, con catorce cañones y 
todo el bagaje, y la dispersión fué tal que apenas mil de 
ellos llegaron á Cervera. Interceptó en seguida un con- 
voy que querían meter los enemigos en la plaza, y ésta 
tuvo que rendirse después de un horrible bombardeo; 
El Rey, que estaba en Fraga, vino entonces á Lérida y 
entró en triunfo. Acompañábale el conde de Monterrey, 
único de los favorecidos del Conde-Duque que se con- 
servase en la gracia del Príncipe, y tan envidioso como 
inepto, no había cesado de sembrar desconfianzas de 
D. Felipe de Silva durante el sitio, pretendiendo dar 
lecciones en cosas en que se había mostrado tan torpe; 
con lo que éste, logrado el triunfo, se negó á continuar 
en el mando por más instancias que se le hicieron. Por- 
tóse noblemente D. Felipe, y aunque no es de aplau- 
dir que dejase el servicio de la patria por particulares 
sentimientos, dio con ello merecida lección al Rey que 
no acababa de salir del yugo de los cortesanos, gente 
vil, y enemiga entonces como siempre de todo mérito. 



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Poco antes había pedido su licencia y retirádose del 
servicio D. Juan de Garay: la ocasión fué el haber pe- 
dido un título y no concedérselo: reprensible motivo es 
el que prefiriese su sentimiento á sus deberes; pero no 
disculpable severidad en el gobierno que tantos títulos 
repartía entonces sin merecimiento alguno. 

Los frutos de la victoria de Lérida fueron además de 
la toma de esta plaza, que Solsona, lo mismo que Ba- 
laguer y Agramunt, viniesen á la obediencia. Sucedió 
en el mando al vencedor D. Felipe de Silva, D. Andrea 
de Cantelmo, italiano de aquellos valerosos, que uni- 
dos bajo un cetro con los españoles, peleaban con ellos 
y por ellos en todos los campos de batalla adonde asis- 
tiesen nuestras banderas. Sin embargo, aunque leal y 
de buenas partes, habiendo desempeñado en Flandes 
el cargo de Maestre de campo general, y sido uno de 
los Gobernadores de aquellos Estados después de la 
muerte del Cardenal Infante, no tenía ganada mucha 
gloria militar, ni acertó á ganarla en Cataluña. Fué des- 
de Lérida con un trozo del ejército á ponerse sobre la 
villa de Ager, y la tomó á pesar de la defensa desespe- 
rada que en ella hizo el caudillo catalán D. José Zacos- 
ta, y como Agramunt estuviese en la obediencia del Rey, 
acercándose los franceses á recuperarla, se vieron aco- 
metidos y puestos en derrota por dos de nuestros ter- 
cios que ya había allí acuartelados. Para vengar tantos 
descalabros reunió La Motte Hodancourt al improviso 
toda la gente que pudo, y con doce mil hombres y gran 
tren de artillería se presentó delante de Tarragona, 
mientras el marqués de Brezé cerraba con una armada 
la boca del puerto. Dióla en cuarenta días que allí se 
mantuvo trece ataques y uno general en que llegó á 



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apoderarse de la torre del muelle; disparó contra los 
muros hasta siete mil cañonazos, y abrió muchas bre- 
chas en el recinto de la plaza. Pero el marqués de To- 
ralto que allí mandaba, con algunos de los mejores ter- 
cios que quedaban de infantería española, rechazó todos 
los ataques, reparó las brechas, llenó de cadáveres 
enemigos los fosos, y aún hizo salidas con que causó 
daño inmenso en los sitiadores. Avergonzado el Gene- 
ral francés, no sabía ya que partido tomar contra aque- 
lla resistencia desesperada, cuando supo que D. An- 
drea de Cantelmo con el ejército español de diez mil in- 
fantes y dos mil seiscientos caballos venía por tierra aj 
socorro, y por mar aquel Carlos Doria, padre de Jua- 
netín y duque de Tursis, que mandaba las galeras de 
Ñapóles: con esto alzó el cerco después de haber per- 
dido inútilmente más de tres mil soldados. Esta rota le 
costó el empleo á La Motte, que fué separado. 

Fué esta campaña de 1644 la primera que tal pudo 
llamarse en Portugal después de cuatro años que la in- 
surrección caminaba triunfante. Ya por este tiempo ha- 
bían acudido á las banderas de los portugueses multi- 
tud de aventureros franceses y holandeses y aun regi- 
mientos enteros: tenían ya armas, instrucción, capitanes 
y cuanto se necesita para la guerra. Nombrado el mar- 
qués de Torrecusso por Capitán general de nuestras ar- 
mas en aquellas fronteras en lugar del conde de San- 
tisteban, llegó allá y reunió de la gente antigua que 
había y la mejor de las milicias que acudieron, un ejér- 
cito pequeñísimo para las empresas que se esperaban, 
pero valeroso y robusto; porque el nuevo General pen- 
saba con razón que era preferible poca gente y buena 
á mucha tumultuaria sin disciplina ni aliento. Mandaba 



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la caballería el Barón de Molinghen, belga, que á poco 
tomó el cargo de Maestre de campo general; D. Dioni- 
sio de Guzmán la artillería. Reformó Torrecusso las cos- 
tumbres de los soldados, restableció la disciplina, y 
luego comenzó las operaciones. Ya los portugueses, to- 
mada Valverde, osaban amenazar á Badajoz. Comenzó 
el de Torrecusso por hacer en su territorio tal correría, 
que tomó y trajo consigo hasta dos mil cabezas de ga- 
nado. Vengáronse los portugueses quemando un lugar 
llamado la Zarza, y el de Torrecusso hizo quemar á Vi- 
Uamayor, que era de ellos. Tomaron también los por- 
tugueses á Montijo y Membrillo y saquearon ambas po- 
blaciones. Luego, adelantando sus intentos, se fueron 
á poner sobre la plaza de Alburquerque. Socorrióla á 
tiempo Torrecusso, y además, para quebrantar la audacia 
de los contrarios, no pudiendo él asistir, ordenó al buen 
Barón de Molinghen que á toda costa les diese batalla. 
Día del Corpus de aquel año, á las puertas de Mon- 
tijo, se encontraron ambos ejércitos. Montaba el de los 
portugueses á ocho mil hombres de +odas armas con 
seis piezas de artillería; el de los españoles sólo se 
componía de cuatro mil infantes, mil setecientos caba- 
llos y dos cañones. Mandaba á los portugueses el ge- 
neral Matías de Alburquerque : su infantería ocupaba 
el centro, y la caballería los costados, puesta al dere- 
cho la portuguesa y al izquierdo la de auxiliares extran- 
jeros. Molinghen comenzó el combate; rompió nuestra 
caballería á la extranjera que cubría el ala izquierda de 
los portugueses, y acudiendo parte de la dé éstos, que 
defendía el ala derecha, al socorro, fué también deshe- 
cha: entonces el centro fué acometido por todas partes 
y envuelto de manera que en un momento se puso en 



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derrota. Matías de Alburquerque, aprovechándose sin 
embargo de la .codicia de los nuestros que se entrega- 
ron al despojo y presa de los vencidos, logró ordenar la 
retirada, saliendo con honra del campo. Quedaron de 
los portugueses tres mil doscientos hombres en él y 
seiscientos prisioneros: nuestra pérdida no pasó de 
quinientos muertos y trescientos heridos, muchos de 
ellos personas y capitanes principales. Cantaron los 
portugueses la victoria, mas sólo por no desalentar á 
los pueblos: la verdad fué que la victoria, infeliz para 
ambas naciones hermanas, quedó aquella vez por Cas- 
tilla. Que cierto puede decirse de pocas en aquella gue- 
rra. Tras esto rindió Torrecusso á Serpa y Alconchel, 
que á poco vino á perderse, y á Viilanueva de Barcaro- 
ta y otros lugares poco importantes, mas no á Elvas, 
aunque llegó á amagarla. Entre tanto el duque de Alba, 
que mandaba en la frontera de Ciudad-Rodrigo, conte- 
nía aunque sin recursos á los enemigos por aquella par- 
te. Habiéndose acercado un grueso de ellos á la villa 
de Alberguería, no lograron efecto alguno, valiéndose 
el capitán nuestro que allí estaba de una industria no 
conocida por allí hasta entonces, que fué cargar los 
cañones con balas de mosquetes, con que los enemigos, 
imaginando por el número de las balas, que había den- 
tro mucha gente, se retiraron, siendo así que la guarni- 
ción era muy flaca. Sucedió en el mando al de Alba 
D. Fernando Tejada, el cual, como muy experimentado 
en la guerra, tendió una emboscada á la guarnición de 
Almeida, en la cual murieron ciento y quedaron sesen- 
ta prisioneros. 

. Tales fueron los frutos de la campaña. El único des- 
calabro que padecieron nuestras armas por estas partes 



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de España, fué en el mar y después de un suceso di- 
choso. Porque habiendo sitiado los moros á Oran ó so- 
licitados de nuestros enemigos ó sabedores de los apu- 
ros de la Monarquía, fué enviado allá al socorro un tro- 
zo de nuestra armada al mando del general D. Martín 
Carlos de Meneos, y lo logró de manera que los infie- 
les, rechazados ya en varios asaltos, tuvieron que le- 
vantar el sitio; mas á la vuelta fueron acometidos nues- 
tros bajeles enfrente de Cartagena por la armada de 
Francia que mandaba el marqués de Brezé, y después 
de un furioso combate en que pelearon los nuestros 
con gran valor, tuvimos dos navios quemados, otros 
dos echados á pique y uno presa de los contrarios. 

Las cosas de Italia no iban bien en tanto, pero tam- 
poco ofrecían grandes disgustos. Rindió el príncipe 
Tomás de Saboya, nombrado Capitán general de las 
armas francesas, la plaza de Trin, que poseían los 
nuestros en el Piamonte, después de cincuenta días de 
sitio. El marqués de Velada, que había reemplazado en 
el mando al conde de Siruela, comenzó por demoler el 
fuerte de Sandoval levantado por el gran conde de Fuen- 
tes, cerca de Vercelli, por ahorrar )a costa de mante- 
nerlo: medida con razón censurada, porque habiéndose 
de devolver aquella plaza que era de Saboya en cual- 
quiera paz, habíamos de quedar por allí sin alguna de- 
fensa. Luego sorprendió el castillo de Astí, que fué 
recobrado por el príncipe Tomás al poco tiempo y el 
propio Príncipe rindió á San Yá después de un largo 
asedio. 

En Flandes, después de la rota de Rocroy, pareció 
que los enemigos iban á apoderarse de los Estados. 
El duque de Enghien entró en el Haynaut, tomó algu- 



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nos fuertes, y adelantó partidas hasta las mismas puer- 
tas de Bruselas. Luego, dispuestas todas las cosas, se 
puso delante de Thionville, plaza importantísima por- 
que dominaba el Mosa, cubría á Metz y abría á los 
franceses el camino del electorado de Tréveris. La de- 
fensa de la plaza no pudo ser más esforzada por parte 
de los españoles; pero al fin, falta de socorro, tuvo que 
rendirse con honrosos partidos. Clamaron los Estados 
porque se sacase de allí al marqués de Tordelaguna, á 
quien acusaban de tamañas desgracias, y nuestra Corte 
vacilando en el sucesor, envió por lo pronto al conde 
de Piccolomini, duque de Amalf i, á gobernar las armas. 
Pero entre tanto se logró un triunfo que si no puede 
decirse que se debiera á Mello, no dejó de servirle de 
algún mérito. Había invadido la Alsacia un ejército fran- 
cés de diez y ocho mil hombres al mando del general 
Rantzau, en el cual se contaban muchos generales fran- 
ceses de fama como Schomberg y Sirot, con el intento 
de expulsar de aquella provincia á los alemanes y es- 
pañoles. El duque de Lorena, Mercy y Juan de Wert, 
que mandaban el ejército imperial y las tropas españolas 
■de la provincia, determinaron salirles al encuentro y pe- 
lear con ellos sin demora; y D. Francisco de Mello, que 
supo el trance que se preparaba y de cuanta importancia 
habían de ser sus resultas para la Flandes española, en- 
vió de refuerzo dos mil caballos nuestros y dos mil in- 
fantes á cargo del Comisario general de la caballería 
de Alsacia D. Juan de Vivero. Halló nuestra gente al 
ejército enemigo acampado en. los alrededores de Tu- 
telinghen y de improviso cayó sobre él. Ya estaban los 
escuadrones de caballería española y alemana en medio 
"del campo, ya eran dueños del parque de artillería, y 

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todavía Rantzau no sabía á qué atenerse ignorando la 
ocasión del tumulto. Así la rota fué completa; quedó 
preso Rantzau con todos los generales, coroneles y ca- 
pitanes, cuarenta y siete banderas, veintiséis estandar- 
tes, catorce cañones y dos mortero's, que era toda la 
artillería, municiones, carros y bagajes. Los muertos 
no fueron muchos, porque la embestida fué tan repen- 
tina y tan vigorosa, que los franceses acobardados, ape- 
nas osaron ponerse en defensa; los heridos fueron más, 
y sobre todo los prisioneros y dispersos, á punto que de 
diez y ocho mil, apenas dos mil soldados se salvaron. 
Debióse lo principal del suceso al General de la caballe- 
ría D. Juan de Vivero, que con los coroneles Vera, Vi- 
llar y otros extranjeros de su mando, penetró en el cam- 
po enemigo no bien dada la señal del combate. Dio este 
hecho reputación á nuestra caballería; levantándose 
sobre la de la infantería, que, aniquilada en Rocroy, no 
acertaba ya con nueva gente á hacer nada importante» 
y como al propio tiempo en Cataluña se mostrase la 
caballería superior á- la infantería, vino á resultar un 
cambio total en el género de reputación de nuestras ar- 
mas, cambio no dichoso por cierto. El triunfo de Tute- 
linghen hubiera producido copiosos frutos en Alemania 
y en Flandes, á no andar flojos los nuestros y muy ac- 
tivos los enemigos. Estrechóse con él la alianza entre 
los holandeses y franceses, y unos y otros pusieron 
mayores fuerzas que nunca en campaña. 

El duque de Orleans, con un ejército poderoso, don- 
de iban por tenientes suyos los Mariscales de la Mei- 
lleraie y de Gassion, se puso delante de Gravelingas» 
mientras una armada holandesa establecía el bloqueo. 
Mandaba en la plaza el Maestre de campo D. Fernanda 



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de Solís; y aunque, ó por su culpa ó por culpa de nues- 
tros generales, la guarnición no pasaría de mil quinien- 
tos hombres, cuando debiera ser doble en número, y 
así constaba en los asientos de España, fué la defensa 
bizarra, rechazando en cuatro asaltos á los franceses 
con horrible pérdida. Mas al fin, reducidos los nuestros 
á la tercera parte, y viendo aportillados por todas par- 
tes los muros, se rindió con honrosos partidos. Acudie- 
ron al socorro Piccolomini, que acababa de llegar á 
Flandes, y el mismo D. Francisco de Mello, con el con- 
de Fuensaldaña y todas las fuerzas disponibles, mas no 
pudieron conseguirlo. Y entre tanto, el Príncipe de 
Orange, viendo desguarnecidas con aquel socorro nues- 
tras fronteras, invadió el territorio, tomó tres fuertes 
nuestros poco importantes y el llamado de San Este- 
ban, y logró circunvalar de esta vez el Saxo de Gante. 
Habíalo intentado ya antes, y estorbádoselo D. Fran- 
cisco de Mello: ahora lo consiguió sin dificultad alguna. 
La plaza era pequeña, pero importantísima, porque des- 
de allí se podía inundar á mansalva con los diques toda 
la campiña de Gante, y por estar á corta distancia de 
esta ciudad y de Amberes, abriendo puerta á todo el 
Brabante: era muy fuerte, pero guarnecida por solo tres- 
cientos hombres. Logró el Sargento mayor Espinosa, 
mozo muy alentado, meterse en la plaza con novecientos 
hombres, rompiendo las líneas enemigas, y esto pro- 
longó la defensa por algún tiempo; pero al cabo de seis 
semanas tuvo que rendirse la plaza, no pudiendo tam- 
poco socorrerla el marqués de Tordelaguna, D. Francis- 
co de Mello. Suceso funestísimo que terminó la desgra- 
ciada campaña de 1644 por aquella parte, y que puso 
en horrible descrédito á Mello, á quien públicamente 



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insultaban los naturales acusándolo de flojo é inepto. 
Su mujer, dama orgullosa, acabó de concitar contra él 
todas las iras, y al fin el Rey, aunque con honrosas dis- 
tinciones, se vio obligado á separarlo del mando. 

A fines de este año murió la Reina Doña Isabel de 
Borbón. El Rey, que había ido á Aragón con intento de 
que jurasen los brazos del Reino por heredero al prín- 
cipe D. Baltasar, y á preparar las cosas de la nueva 
campaña, volvió á Madrid y manifestó sentirlo sobre 
manera. Ya por este tiempo estaba cjel todo declarada 
la privanza de D. Luis de Haro. Hubo asomos de dis- 
gusto y de resistencia en los Grandes á reconocerla; y 
aun llegaron á escribirse graves disertaciones, discu- 
tiendo la cuestión de si el Rey debía ó no tener favo- 
ritos. Las costumbres no habían mejorado por parte 
de los Tribunales y gente del Gobierno. La Universidad 
de Salamanca quiso trasladarse á Falencia por no poder 
más soportar los desafueros que allí se ejecutaban en 
sus estudiantes. Hubo auto de fe en Valladolid, donde 
murió quemado D. Francisco de Vera, noble caballero, 
acusado por su propio hermano de negar algunos ar- 
tículos de la fe: y en Córdoba y otras ciudades había- 
los á la par como siempre. Quemáronse públicamente en 
Madrid monederos falsos, y hombres acusados de pe- 
cado nefando y multiplicáronse los desafíos y las quie- 
bras de negociantes. 

Entre los hechos escandalosos, lo fué sobre manera 
la prisión y causa de D. Jerónimo de Villanueva, aquel 
famoso protonotario de Aragón amigo del Conde-Du- 
que que tanto contribuyó á las revueltas de Cataluña, 
secretario de Estado de Flandes y España, por cuya 
mano habían corrido los mayores asuntos de la Monar- 



— 421 - 

quía; y las de Doña Teresa Valle de la Cerda, abadesa 
del convento de San Plácido, de Madrid, y tres de sus 
religiosas, ejecutadas y seguidas por el tribunal de la 
Inquisición. Amó D. Jerónimo á la Doña Teresa en sus 
mocedades, y tanto que estuvieron para contraer ma- 
trimonio. Arrepintióse ella inesperadamente de aquel 
trato, y sin que bastasen á disuadirla algunos ruegos, 
determinó meterse monja. Entonces D. Jerónimo, ó con 
su solo caudal ó con el suyo y el de su amada junto, 
edificó aquel convento, de donde ella fué abadesa, y al 
lado una gran casa que él habitaba. Visitaba frecuente- 
mente el convento D. Jerónimo en compañía del Conde- 
Duque, y esto y la proximidad de la casa al convento, 
y los pasados amores, hicieron rugir á la murmuración 
sacrilegas y misteriosas historias. Al fin la Inquisición 
tomó parte, y aunque nada resultó, á lo que parece de 
los procesos que se formaron, fué acontecimiento que 
produjo doloroso escándalo. Tal sucede en los tiempos 
de depravación,, donde la murmuración halla pretextos 
continuos: perviértese la opinión, dase crédito á todo, 
porque todo se ve posible, y padecen tanto la moral y 
las costumbres con la verdad como con la sospecha. 

Seguían los jueces, perezosos ó pervertidos como 
antes, de modo que sólo podía decirse que entendían 
en dar tormento, el cual aplicaban con horrible dureza. 
Padeciólo inocente Alonso Cano, el célebre artista, por 
haber hallado á su mujer muerta en el lecho, asesinada 
en su ausencia. Señalábase por la crueldad en esto de 
dar tormento, cierto alcalde de Corte llamado D. Pedro 
de Amezqueta, que apenas dio uno que no originase 
muerte. No cesaban las procesiones y funciones de 
iglesias, y alguna vez aún solía haber toros y fiestas. 



- 422 — 

Pero no obstante, habíase aminorado notablemente el 
deseo de este género de entretenimiento. 

Ahito el Rey de placeres y liviandades, y lleno acaso 
de remordimientos, no ponía tanta atención en ello; y la 
muerte de su mujer, á la cual en los últimos tiempos 
había vuelto todo su cariño, y la de su hijo, el príncipe 
D. Baltasar, acabaron de inclinar su corazón á la me- 
lanconlía. Sintieron las comedias los primeros efectos 
de esta nueva disposición de ánimo del Rey. Diéronse 
ya en 1644, antes de la muerte de la Reina, unas leyes, 
por las cuales se prohibía que pudieran componerse ni 
representarse de otros argumentos que de vidas y he- 
chos de santos; que hubiese cómicas que no fuesen ca- 
sadas, y que los señores de la Corte pudiesen visitar á 
las comediantas arriba de dos veces: dictadas unas por 
la ignorancia y la hipocresía, ridiculas otras y comple- 
tamente ineficaces. Si algo había de prohibirse por pro- 
fano é indigno, eran cabalmente las comedias de santos. 
Y no podía disculparse en el Rey y sus Consejeros que 
pasasen de la vida de comediantes que ellos propios 
con mengua de sus altos empleos hacían, á suprimir las 
comedias: lo único grande y la única recompensa, pe- 
queña á la verdad, que nos hubiese quedado de tanta 
pérdida y desdicha, como aquella alegre y poética Cor- 
te nos había traído. 

Muerta la Reina se puso ya en tela de juicio, como lo 
estuvo en los días de Felipe III, si eran ó no lícitas y 
convenientes las comedias; hubo papeles en pro y en 
contra, y al fin se suspendieron por dictamen del Con- 
sejo de Castilla, «hasta que Dios se sirva, decía, dar 
fin á las guerras tan vecinas con que Castilla se halla». 
Graves palabras y dictamen, que mirando la ocasión en 



— 423 ~ 

que se dijeron, no pueden censurarse aún por los que 
más amen el divino arte dramático. Agravada luego la 
tristeza del Rey con la muerte de D. Baltasar, heredero 
presunto de la Corona, estuvieron suspensas las come- 
dias por entonces. Por estos mismos años, llegado á 
mayor edad, fué reconocido por hijo del Rey, D. Juan 
Antonio de Austria, tenido en la famosa comedianta, 
llamada la Calderona. Púsosele casa en 1644; hízosele 
prior de San Juan, y comenzó á imaginarse qué cargo 
■correspondería á su afición y nacimiento. Pronto se 
notó en él amor á las armas: quísosele hacer goberna- 
dor de Flandes, ó darle mando en los ejércitos de Espa- 
fia; pero al fin se prefirió la marina. Fué nombrado, por 
tanto. Generalísimo de la mar, dándole por segundo á 
Carlos Doria, con otros capitanes antiguos y experi- 
mentados. 

Nuevos vaivenes y borrascas se preparaban en tanto 
á dar el último golpe á nuestro poderío, agotando del 
todo nuestras fuerzas. Y eso que no podemos decir que 
-en tales borrascas y combates no nos ayudase la fortu- 
na; por el contrario, ella, declarándose muchas veces 
por nosotros, hizo aún dudar al mundo, si era ó no Es- 
paña todavía la nación potente de Felipe II, Faltan por 
ver prodigios del valor español; aun hay que ver cómo 
defienden piedra á piedra la grande herencia de sus 
padres por dentro y por fuera contrastada, los nobles 
hijos de Aragón y Castilla, á pesar de todas las faltas 
de su Gobierno. En Italia el príncipe Tomás se apode- 
ró de Roca de Vigevano; mas recobráronla los españo- 
les el año siguiente, y rindieron á Niza de la Palla, lo- 
grando mantener en el Piamonte la guerra que los 
enemigos querían traer al Milanesado. Viendo el Go- 



— 424 — 

bierno francés cuan poco adelantaba per aquella parte, 
imaginó embestir á Ñapóles, donde el príncipe Tomás 
tenía algunos parciales, y donde había al parecer menos 
defensa. Para preparar el camino salió de las costas de 
Provenza una escuadra francesa al mando del duque 
de Brezé, compuesta de treinta y cinco naves, diez ga- 
leras y sesenta buques menores; tomó á su bordo al 
príncipe Tomás, con ocho mil soldados, y desembar- 
cándolos en la playa de Siena, se apoderaron de Tela- 
món y de los fuertes de Salinas y San Stephan, lugares 
descuidados y no bien provistos. Luego llegaron delan- 
te de Orbitello, plaza fuerte y defendida con buena 
guarnición por aquel valeroso Carlos la Gatta, que tan 
nobles pruebas dio de sí en el sitio de Turín. 

Era Virrey de Ñapóles el duque de Arcos; porque 
ya el ilustre almirante de Castilla, por causas que luego 
apuntaremos, había dejado aquel Gobierno, tornándose 
á España. No bien supo el de Arcos el sitio de Orbite- 
llo, levantó tropas, y con copia de bastimentos y dine- 
ro las envió en siete bajeles al socorro, el cual se logró 
felizmente. No fué tan afortunado otro socorro que en- 
vió el de Arcos á los pocos días en buques pequeños, 
porque sorprendidos por la armada de Brezé, que ha- 
bía quedado á la mira de las costas, fueron destroza- 
dos. Pero en esto, sabido el caso en España, se junta- 
ron apresuradamente algunas galeras al mando de Don 
Diego Pimentel, hijo del conde de Benavente, las cua- 
les, reunidas con las napolitanas, compusieron una ar- 
mada de sesenta y cinco velas y diez barcos de fuego 
ó brulotes. Dio vista esta escuadra á la francesa en las 
costas de Toscana y al punto se trabó el combate, que 
duró tres días, aunque no con mucha furia; nosotros 



— 425 — 

perdimos un brulote, que se incendió por sí mismo; los 
enemigos una nave gruesa y el Almirante, que murió 
de un cañonazo, con lo cual se dieron por vencidos y 
se alejaron á toda vela de aquellos mares, dejando 
triunfantes nuestras banderas. Mas aunque algunos de 
nuestros bajeles llegaron á la costa, no hallaron medios 
de enviar socorros á la plaza, cerrada completamente 
por los sitiadores, y así se temía su pérdida. 

Desplegó el de Arcos una actividad loable; juntó un 
grueso de infantería que envió por mar á aquellas cos- 
tas, y otro de caballería, por tierra y á dobles marchas; 
y todo el ejército lo puso á las órdenes del marqués de 
Torrecusso. Habíase este General retirado á Ñapóles 
después de la batalla de Montijo; y cierto que la elec- 
ción del Virrey no podía ser más acertada. Justificóla 
Torrecusso forzando valerosamente las líneas del prín- 
cipe Tomás delante de Orbitello, y poniendo en com- 
pleta fuga á sus tropas. Ganó mucha gloria Carlos La 
Gatta, que en una salida deshizo todos los trabajos de 
los sitiadores, que estaban casi terminados, obligándo- 
los á emprenderlos de nuevo. Quitó Mazzarino el man- 
do de los ejércitos franceses al príncipe Tomás de re- 
sultas de este desastre, y envió una nueva expedición 
á aquellas costas, en naves francesas y algunas portu- 
guesas, con un ejército al mando de los mariscales de 
La Meilleraie y de Plessis, el cual se apoderó de Piom- 
bino, que pertenecía á un pariente del Pontífice, por 
castigar á éste de cierto desaire que al Ministro fran- 
cés había hecho. Luego los dos Mariscales desembar- 
caron en la isla de Elba y se apoderaron en veinte días 
de Portolongone, poseído por los españoles. Y parte 
de la armada que los trajo á aquellas costas adelantó 



— 426 - 

SU osadía hasta mostrarse amenazadora en el Golfo de 
Ñapóles. Salieron á ella los bajeles españoles, que por 
acaso había en el puerto, y los napolitanos, tripulados 
por la nobleza de la ciudad, y no se dudaba del triun- 
fo, cuando una calma repentina impidió el combate, 
y á favor de las sombras huyeron luego los franceses 
para evitarlo. 

Piombino y Portolongone iban á caer en manos de 
los españoles de nuevo, cuando impensados sucesos 
vinieron á trastornar todas las cosas. Fué el primero el 
alboroto ocurrido en Sicilia á principios de 1647. Esta- 
ban los pueblos de aquella isla muy cargados de tribu- 
tos, como todos los de la Monarquía. Las últimas em- 
presas de los franceses en las costas de Toscana ha- 
bían obligado al Virrey, que era el marqués de los 
Vélez, tan desgraciado en Cataluña, á reunir á toda 
prisa hombres y dinero con que defender sus costas, y 
atender al socorro de Ñapóles y Toscana, y por lo mis- 
mo había acrecentado las derramas y había hecho levas 
considerables con gran disgusto del pueblo. Aconteció 
en tan mala ocasión una extraordinaria sequía, y con 
ella se declaró el hambre en toda Sicilia. No faltaba 
más para traer al último punto de la desesperación á 
los naturales. Incierto y confuso, y poco diestro, como 
siempre, el de los Vélez, oyendo el clamor del pueblo 
y temiendo ya sus excesos con el pasado escarmiento, 
comenzó á imaginar remedios para atajar el daño, y no 
se le ocurrió otro mejor que prohibir á los panaderos 
que subiesen el precio del pan, con pena de muerte. 
Retiráronse de tan peligroso ejercicio los panaderos; 
creció la miseria; aumentóse el desconcierto y, por úl- 
timo, impulsados por la desesperación, tomaron las ar- 



— 427 — 

mas tumultuariamente los naturales de Palermo, y acau- 
dillados por un cierto Tomás Alesio, artesano, quema- 
ron y saquearon las casas de los usureros y recauda- 
dores, y las de los nobles y amigos del Virrey, abrieron 
las cárceles, y durante tres días fué dueña de aquella 
capital la anarquía. No hizo nada el de los Vélez para 
reprimirla: refugiado en las galeras desde los primeros 
instantes, no supo más que ceder á todo cuanto quiso 
solicitar de él la muchedumbre. Abolió las gabelas, 
devolvió al pueblo sus privilegios y concedió un per- 
dón general á todos los culpables. Las turbas, insacia- 
bles, como siempre, no se contentaron con eso y conti- 
nuaron los desórdenes en Palermo y luego en toda Si- 
cilia, llegando á haber en las principales ciudades como 
Siracusa, Agrigento y Catania, barruntos de sacudir 
el dominio de España, dándose á los franceses. Pero 
Mesina se mantuvo fiel, y el mismo pueblo de Palermo 
hizo pedazos al Strático, que era el primer funciona- 
rio de la ciudad, por tachársele de agente de los fran- 
ceses. Además, los varones ó señores feudales, de ori- 
gen catalán en mucha parte, parciales de España y ene- 
migos del pueblo, se pusieron del lado del Virrey, y 
así se logró atajar por entonces la insurrección, que 
muy amenazadora se presentaba. Harto peores resultas 
y cuidado ofreció el disgusto de Ñapóles, que comenzó 
á mostrarse por los mismos días. 

Era ésta de las provincias extranjeras de la Monar- 
quía la más fiel y la que más había hecho en todas oca- 
siones por España. Sus ejércitos y sus armadas, lo 
mismo que sus tesoros, no se habían escaseado jamás: 
con los españoles se habían empleado copiosamente 
en las campañas que en el Nuevo y Viejo mundo había 



— 428 — 

sostenido la Monarquía desde principios del siglo xvi. 
Sujetos sus soldados á la severa disciplina española^ 
pronto adquirían la propia intrepidez, la misma firmeza,, 
el mismo deseo de gloria que los tercios nacionales, á 
punto de no distinguirlos en las batallas. Napolitanos 
fueron muchos de los mejores capitanes que antes y 
después tuvo España; napolitanos muchos de los ba- 
jeles que tanta gloria dieron á nuestro pabellón en el 
Mediterráneo. Apenas puede decirse que las diversas 
provincias de España se tuvieran por tan españolas 
como aquella Ñapóles, conquistada por la fuerza y sin 
otra razón ni derecho poseída. Aun por eso había me- 
nos cuidado en guardar aquel reino que ningún otro, y 
á principios de 1647 no pasaban de dos mil los soldados 
españoles que guarnecían todo aquel reino. 

Pero á medida que Ñapóles contribuía tanto á mante- 
ner el Estado, los Ministros de Felipe IV, como suele 
suceder, redoblaban sus exigencias. Así, en los veinte 
últimos años solamente, se calculaba en cincuenta mi! 
hombres, número desproporcionado para aquella edad, 
y en ochenta millones de ducados lo que se había saca- 
do de Ñapóles para las guerras. Esto y la mala admi- 
nistración del reino, singularmente en los últimos años, 
lo habían traído á lamentable pobreza. Ni el conde de 
Monterrey, ni el duque de Medina de las Torres, deu- 
dos del de Olivares, que allí fueron Virreyes uno tras 
otro, pensaron en más que en esquilmar á los pueblos, y 
no ya sólo para servir y auxiliar á España, sino para en- 
riquecerse ellos propios y contentar la codicia de sus 
favorecedores. Así andaban entonces todas las cosas. El 
pueblo napolitano, ligero é inflamable, aunque dado á la 
obediencia y leal á España, no podía ya menos de mur- 



— 429 — 

murar altamente del Gobierno, y aumentándose cada día 
la despoblación y la miseria, íbanse también aumentan- 
do las quejas, hasta el punto de producir profundo y 
general descontento. Y cierto que no era de despreciar 
éste: ya una vez lo había demostrado en tiempo de Car- 
los V, con motivo del establecimiento de la Inquisición, 
y hubo que renunciar á ello: después, en diversas oca- 
siones, había aparecido terrible. 

Ni faltaba entre la muchedumbre quien se inclinase á 
la emancipación y á echar del reino á los españoles por 
cualquier modo, para darse á los franceses; y aunque 
■estos reformadores fuesen pocos y flacos, todavía eran 
•de precaver sus intentos y de repararlos con tiempo. 
Mas los Ministros y los Virreyes españoles no pusieron 
•en nada de esto la atención más pequeña. Funestas y 
más tempranas habrían sido las resultas, á no mediar una 
circunstancia tan favorable para los españoles como 
desfavorable para la rebelión, y era la división entre 
nobles y plebeyos. Tal división, que perdió las liberta- 
des de Aragón y Castilla, mientras la unión conservaba 
las de las Provincias Vascongadas, y que daba vida á la 
insurrección de Cataluña, y facilitaba la desdichada 
emancipación de Portugal, era antigua en Ñapóles. Vió- 
se de ella una muestra durante el virreinato del gran du- 
que de Osuna. No pudieron conllevar los nobles que 
fuera tan querido del pueblo, el cual no le amaba tanto 
sino porque lo creía enemigo de los nobles: lograron és- 
tos desposeerle del virreinato, y aquél estuvo para tomar 
las armas en su defensa, no dependiendo quizás, sino 
de Osuna que no lo hiciese. Pero si esto retardó la re- 
belión y sacó al fin triunfante de ella nuestras banderas, 
no pudo impedirla ni estorbar sus excesos, que fueron 



- 430 - 

luego tan horribles. Previóla el Almirante de Castilla, En- 
ríquez de Cabrera, sucesor del de Medina de las Torres, 
que ya había sabido preveer la de Cataluña quince años 
antes que aconteciese, y desde el primer momento, co- 
menzó á mejorar y moralizar la administración, y escri- 
bió á Madrid representando el peligro y la imposibilidad 
de sobrecargar á Ñapóles con nuevas derramas y contri- 
buciones, avisando al propio tiempo como buen soldado, 
que no eran bastantes las guarniciones españolas que 
allí había para mantener la obediencia, si el descontento 
llegaba á estallar en armas. Pero en Madrid, con la or- 
dinaria imprevisión y el orgullo insensato de siempre, 
no se dieron oídos á sus avisos; antes, como en otro 
tiempo por los de Cataluña, se le tachó ahora de apo- 
cado y débil, á él que era de los poquísimos capitanes y 
Ministros de corazón heroico que aún tenía España. En- 
tonces el Almirante, afligido por los nuevos males que 
miraba venir sobre la patria, hizo renuncia de su cargo, 
diciendo: «que no quería que en sus manos se rompiese 
aquel tan hermoso cristal que se le había confiado.» 

Vino el Almirante á España, y en su lugar fué don 
Rodrigo Ponce de León, duque de Arcos. Tenía este 
hombre reputación de inflexible, y era, por tanto, muy 
estimado en la Corte, que miraba en esta la mayor de 
las cualidades para el gobierno de los pueblos; mas aún 
se equivocaba en ello, porque el de Arcos antes podía 
contarse por duro que no por inflexible, como se le su- 
ponía. Era de esos Ministros á quienes jamás les ve la 
sonrisa el humilde ó inerme; y delante del fuerte y del 
armado dejan escapar viles lágrimas: frecuentes en to- 
dos tiempos, más en los de decadencia, y propios siem- 
pre para ocasionar desdichas. 



- 431 — 

Tales fueron todos los que intervinieron en los prin- 
cipios de la rebelión de Cataluña. La inflexibilidad del 
carácter donde hay que ponerla á prueba es en los mo- 
mentos de peligro ó de desgracia, y harto más resplan- 
dece en la autoridad vencida, que sabe morir sin ser 
indigna, que no en la autoridad triunfante y segura que 
oprime y tiraniza á mansalva. Buen español sí era el 
de Arcos, como lo demostró en la embestida de los 
franceses; probo hasta el punto de no tener dinero con 
qué volver á España cuando fué separado del virreina- 
to; inteligencia no le faltaba y menos astucia; pero por 
las calidades que dejamos indicadas, no era sino el 
peor Virrey que pudiera ir á la sazón á Ñapóles. No 
bien llegó allá tuvo que imponer un nuevo tributo para 
atender á los gastos de la defensa contra los franceses, 
y en mal hora se le ocurrió que fuese sobre el consumo 
de la fruta, porque tales tributos son los más dolorosos 
siempre, y más debía serlo aquél y en Ñapóles donde 
la gente común no tomaba apenas otro alimento. Tra- 
tóse, viéndose el disgusto general, de abolirlo después 
de establecido; mas aunque se inventaron para ello va- 
rios recursos, no se ejecutó al cabo ninguno. Siguió el 
impuesto sobre la fruta, y con él de día en día fué au- 
mentándose el disgusto hasta parar en cólera y deses- 
peración. 

Llegaron las cosas al punto en que sólo falta una ca- 
beza para dar principio á los tumultos, y ésta, como sue- 
le suceder, no tardó en presentarse. Fué este caudillo 
Tomás Aniello de Amalfi, conocido vulgarmente por Ma- 
saniello, joven de veintisiete años, y de oficio vendedor 
de pescado. Desabrido como todo el vulgo con el impues- 
to sobre la fruta, tuvo además otro motivo para inclinar- 



— 432 — 

se á tomar parte en la rebelión: su mujer, á quien él ama- 
ba en extremo, fué presa por los aduaneros de la ciudad 
al querer introducir furtivamente una poca de harina, 
género también gravado CDn molesto tributo. De aquí 
nació que Masaniello se hiciese notar entre los más ar- 
dientes instigadores de la sublevación. Comenzó ésta 
por un altercado entre los rústicos que traían la fruta al 
mercado y algunos revendedores, sobre quién hubiese 
de pagar el impuesto: intervinieron los recaudadores, y 
acalorándose los ánimos cayeron algunas piedras sobre 
ellos; la primera disparada por Masaniello, con que co- 
menzó á cobrar autoridad entre el vulgo. Luego, su- 
biéndose el propio Masaniello sobre un banco, pronun- 
ció las siguientes palabras que vinieron á ser el grito 
de guerra de la insurrección: «/ Viva Dios! ¡ Viva la Vir- 
gen del Carmen! ¡ Viva el Papa! ¡ Viva el Rey de Es- 
paña! ¡ Viva la abundancia! ¡Muera el mal Gobierno! 
¡Fuera la gabela!^ Y poco después el populacho de- 
senfrenado, dando suelta á su cólera, corría por todas 
partes, echaba las campanas á vuelo y quemaba las ca- 
sillas de los recaudadores de tributos. Por último, sin 
objeto, sin idea fija, sin jefe aún reconocido, se lanzó 
al Palacio del Virrey. 

Hacía días que el duque de Arcos estaba avisado del 
mal estado del pueblo; sabía lo exaltado de las conver- 
saciones, lo aventurado de los intentos, la ira y la saña 
que germinaban en él. Pero no se dignó de abrir entra- 
da en su alma al recelo: creía imposible que contra auto- 
ridad como la suya intentase nada el pueblo, y además 
tenía por infalibles remedios para atajar la sublevación 
si venía, los grillos y los dogales de la justicia. No cuidó 
de reforzar la guarnición de Ñapóles, ni tomó precau- 



— 433 — 

ción alguna de resistencia. Mas cuando vio desde sus 
balcones cómo desembocaban las turbas en la plaza de 
su Palacio, en qué número, con qué alaridos, con cuáles 
demostraciones de saña, toda la confianza antigua des- 
apareció de un golpe, convirtiéndose en lo que suelen 
confianzas tan insensatas, en miedo. Si en aquel punto 
hubiese parecido tan animoso como antes se mostraba; 
si hubiera acertado á ser en trance de armas tan resuel- 
to como era en el despacho pacífico de los negocios, 
todavía la rebelión hubiera podido contenerse. Montan- 
do á caballo, llamando á sí las tropas españolas y tu- 
descas, convocando á los nobles de la ciudad, irrecon- 
ciliables enemigos de la plebe, y atrincherándose en " 
el Palacio ó saliendo valerosamente al encuentro de 
los rebeldes , estos hubieran sido indudablemente des- 
hechos, faltos de armas, de organización, de caudillo, 
de todo lo necesario para el combate. Pero D. Rodrigo, 
con mengua y escarnio de su reputación de inflexible, 
y con afrenta de sus heroicos mayores, no supo más 
que temblar en la ocasión; dejó al populacho que rom- 
piese las puertas, que invadiese los salones y se apo- 
derase de su persona, soportando insultos y sujetándose 
á los más vergonzosos tratamientos. Al fin, merced á 
la astucia del Arzobispo de Ñapóles, el Cardenal Filo- 
marino, muy respetado del pueblo, pudo huir y refu- 
giarse en el castillo de San Telmo, de donde luego dis- 
frazado pasó al de Castilnovo, cuyo alcaide era D. Ni- 
colás de Vargas Machuca, muy buen soldado y de fa- 
milia de ellos. Allí poco á poco se fueron recogiendo 
los principales señores y caballeros. 

El pueblo en tanto, aclamó por su caudillo á Masia- 
nello, que se había distinguido entre todos por su ar- 

28 



— 434 - 

dor y arrojo, y á quien favorecían con sus simpatías 
algunos de los demagogos más furiosos, entre otros un 
cierto Julio Genovino, anciano octogenario y sagaz 
que tuvo no poca parte en los posteriores sucesos. Sol- 
táronse los presos de las cárceles, saqueáronse las ar- 
merías, formáronse pelotones diversos de gente arma- 
da, y pronto el número de los sublevados tocó, si es 
que no pasó, el número de cien mil hombres. Luego 
fueron quemadas las casas de los principales arrenda- 
dores de contribuciones y amigos del Virrey. Pero era 
tanto el amor de aquella gente á España; era tal aún su 
respeto á la Corona, que cuando en medio del saqueo 
encontraban retratos de Felipe IV y de sus antecesores, 
apartábanlos con mucho cuidado, improvisaban doseles 
en las esquinas, y allí los colocaban con fervientes acla- 
maciones. Sus caudillos y tribunos improvisados no 
cesaban de predicar obediencia y respeto al Rey de 
España, limitándose á censurar el mal Gobierno. 

No se sabe que fueran perseguidos en el primer tu- 
multo los españoles domiciliados; antes la furia común 
descargó principalmente sobre los Ministros y logreros 
napolitanos que tiranizaban y robaban á sus hermanos 
bajo el amparo de los Virreyes. El actual, D. Rodrigo 
Ponce de León, desde Castelnovo comenzó á negociar 
con el pueblo, pensando recobrar por maña lo que por 
fuerza había perdido; mas éste se negó á todo concier- 
to que no fuese la abolición completa de los impuestos 
sobre consumos. No se hizo esperar el empleo de las 
armas: dentro de San Lorenzo, que era una especie de 
Casa Consistorial, en un torreón muy fuerte, había un 
depósito de artillería y guarnición de cuarenta soldados 
españoles. Acometió aquel puesto Masianello con has- 



- 435 - 

ta diez mil hombres ya bien armados y un cañón, y 
después de tres horas de mortífero combate tuvieron 
aquellos valientes, reducidos á mucho menos número, 
que rendirse á partido . Tras esto acometieron y des- 
hicieron los sublevados algunas compañías de españo- 
les y tudescos que acudían de diversas partes al refuer- 
zo de la gente del Virrey. Éste en tanto, no desalentado 
con los primeros desaires que había recibido del pue- 
blo, movió nuevos tratos con él, y mediando el arzo- 
bispo Filomarino, con indecible constancia entonces, lo- 
gróse llegar á concierto. Mas como algunos forajidos, 
instigados por uno de los grandes señores enemigos 
de la rebelión intentasen matar á Masianello durante 
la ceremonia donde habían de jurarse los pactos, el 
pueblo, furioso, los hizo pedazos, y derramándose por 
la ciudad cometió ya infinitos excesos contra todo gé- 
nero de personas, abandonándose por el pronto toda 
idea de acomodo. 

Al fin, las exhortaciones de Filomarino y el haber 
ganado con dinero ó promesas el favor de Julio Geno- 
vino, aquel octogenario que en los principios de la su- 
blevación había figurado tanto, fueron parte para lo- 
grar nuevo concierto, que por esta vez llegó á ejecu- 
ción. Pero fué inútil. La verdad era que en el punto en 
que estaban las cosas, como siempre que el vulgo ha 
llegado á triunfar de las autoridades y del Gobierno, no 
había más que ceder del todo ó recobrar con la fuerza 
lo perdido. Las concesiones, útilísimas y loables para 
evitar y precaver, no lo son para sosegar y vencer á 
los que ya han ejercitado el valor del brazo y probado 
con él que son capaces de obtener por sí lo mismo 
que quieren concederles otros. 



— 436 - 

Bien hubiera hecho el duque de Arcos en oir las 
quejas de aquel pueblo leal, que no pedía más que pan 
y frutas con que entretener las vidas y ganar tesoros 
que ofrecer á España. Ya que de las quejas había pa- 
sado el pueblo á las armas, no era ocasión sino de sus- 
tentar con honra la autoridad y. de hacer respetar eí 
mando. Mas el de Arcos, como antes el de Olivares 
cuando la insurrección de Cataluña, presuntuoso y terco, 
más bien que no firme, aguardó para ceder la peor de 
las ocasiones. Consintió en que se levantasen todos 
los nuevos impuestos, en que se aboliesen las gabelas, 
no conocidas en tiempo de Carlos V, y aun no fué esto 
lo más malo, por cierto, sino que compartió con el mi- 
serable Masianello el gobierno, le dio tratamiento de 
Grande, puso á sus órdenes las galeras con que Juane- 
tin Doria, rescatado ya de sus prisiones, había venido 
á socorrerle, dejando el crucero de aquellos mares que 
le estaba encomendado é hizo que su guardia le presta- 
se ¡guales honores que á él. Su esposa, Grande de Es- 
paña, prostituyó la dignidad de su clase, hasta el punto 
de tratar familiarmente con la mujer del vendedor de 
pescados, poco antes presa por el contrabando de ha- 
rina en que la sorprendieron los aduaneros. Llegó la 
vileza del de Arcos hasta á limpiarle el sudor del ros- 
tro, adulando bajamente á Masianello delante del pue- 
blo. Entonces se vio una cosa prodigiosa para el co- 
mún de las gentes, de clara explicación para los que 
estudian los misterios de la naturaleza humana. 

Masianello, el pobre vendedor de pescado, nacido en; 
la abyección y criado entre el vulgo más soez del mer- 
cado de Ñapóles, se mostró intrépido, generoso y has- 
ta inteligente, mientras solamente se trató de combatir,. 



— 437 — 

mientras no hizo más que ser el primero en las deter- 
minaciones y en los peligros, cubierto de harapos, 
apellidado sólo por su nombre vil. Pero no bien tro- 
có los harapos por un vestido de riquísima plata, que 
el Arzobispo le obligó á tomar por cierto; no bien notó 
los honores que le dispensaba la guardia del Virrey; no 
bien entró en los salones perfumados de éste, sintió 
sus adulaciones y vislumbró todo el poder, sintió pa- 
siones desconocidas, y se trocó en otro hombre. Tuvo 
recelos de que le matasen y sacrificó á tal recelo cen- 
tenares de víctimas; tuvo sed de sangre, sed de man- 
do, sed de oro; derribó cabezas por capricho sólo y 
como para convencerse de que tenía poder para tanto; 
imaginó construirse un soberbio palacio; celebró ban- 
quetes magníficos; corría las calles á caballo con la es- 
pada desnuda afrentando á cuantos encontraba y vino 
al fin á parar en demente. El pueblo, que le idolatraba, 
Jlegó á aborrecerle con aquellas demostraciones, y 
aprovechándose de esto unos asesinos, enviados por 
el duque de Arcos sin duda, le sorprendieron en un 
convento y allí mismo acabaron con su vida. Entonces 
el pueblo bajo insultó su cadáver y lo arrastró en triun- 
fo como días antes había arrastrado tantos por mera 
indicación de Masianello. Así acabó el imperio de aquel 
hombre singular, que aunque sólo duró nueve días, 
merece años de meditación y estudio, por las grandes 
lecciones que ofrece y los notables ejemplos que pro- 
pone. ¿Llegó á pensar en levantar un Trono? No se 
sabe, ni es fácil decidirlo: la verdad es que rechazó 
las proposiciones que le hicieron mensajeros franceses 
•que llegaron pronto á la ciudad para sacar partido de 
tales sucesos, y que hasta el último punto aparentó ser 



— 438 - 

subdito leal del Rey de España. Creyó el Virrey resta- 
blecida con esto la autoridad y sosegadas las cosas, 
y aun volvió á morar en su palacio y á gobernar desde 
allí conío antes; pero hubo nueva ocasión de conocer 
cuan cierto es que contra un pueblo que toma una vez 
las armas y sale triunfante, no bastan ya concesiones 
y conciertos, y que es preciso, ó sujetarse á él en un 
todo, ó imponerle de nuevo con la fuerza el respeto 
perdido. 

Pocas horas después de la muerte de Masianello ya 
había encontrado el pueblo nuevo motivo para renovar 
los pasados excesos; ya se lloraba aquella muerte coma 
una gran desdicha, y los mismos quizás que habían 
arrastrado su cadáver por el cieno de las calles, se 
apresuraban á recogerle y á honrarle de mil maneras. 
No faltó quien le tuviese por santo y por mártir; pocos 
dejaron de celebrarle como á héroe, y el Virrey tuvo 
que refugiarse de nuevo á Castelnovo. Volvió á apla- 
carse el tumulto, pero no por eso cesaron los excesos: 
cada día se cometían nuevos atentados; cada día eran 
mayores las exigencias, hasta que por fin se declara 
de nuevo abierta insurrección. Aún el motivo no está 
bien conocido; pero el espíritu de revuelta, las pasio- 
nes desenfrenadas antes, mal avenidas ahora con el 
orden, las artes de los revoltosos de profesión, deseo- 
sos de medrar en las revueltas, y acaso las de los emi- 
sarios franceses, pueden explicar los acontecimientos 
que sobrevinieron. De repente el pueblo, guiado sin 
concierto por varios caudillos, se arrojó cierto día so- 
bre algunos puestos militares y los forzó fácilmente; 
estableció baterías que dominaban los castillos de Cas- 
telnovo y San Telmo; atacó la plaza de Palacio á mana 



— 439 — 

armada, y, como hiciese fuego para defenderla la guar- 
dia tudesca, comenzó por todas partes un combate san- 
griento y una matanza horrible de españoles, tudescos 
y nobles napolitanos, sin perdonar edad ni sexo. 

Lograron el primer día las turbas con lo inopinado 
del ataque grandes ventajas, y al siguiente pensaron 
en elegir un caudillo de experiencia y valor que los 
mandase. Fijáronse todos los ojos en el noble Carlos 
La Gatta, el cual se negó á ello resueltamente, con 
singular lealtad y ánimo; y en seguida propusieron el 
cargo al marqués D. Francisco Toralto ó Toralto de 
Aragón, príncipe de Massa y Maestre de campo gene- 
ral, bien conocido por la honrosa defensa que había he- 
cho de Tarragón. El Príncipe se resistió al principio con 
noble entereza á condescender con los deseos del pue- 
blo; pero llevado del amor de su mujer, que estaba en 
poder de los sublevados, por una parte, y creyendo 
por otra atajar la sublevación con el nombre y autori- 
dad de caudillo que le daban, se prestó al fin á ello. 
Era Toralto honrado y leal, mas desprovista de las 
altas cualidades de carácter que dan al hombre la con- 
ciencia y el gobierno exclusivo de sí mismo, encade- 
nándolo, según sea, al deber, al deleite ó á la conve- 
niencia. Naturaleza de aquéllas que hacen el mal obran- 
do bien y que se envilecen con nobles propósitos y ac- 
ciones. Su nombre quedó infamado para siempre; mas 
á la verdad no era tan digno de desprecio como de lás- 
tima. Púsose el nuevo General en comunicación con el 
buen Arzobispo, que no dejaba un punto de trabajar en 
demanda de la paz, y con el Virrey, desbaratando con 
astucia los intentos de sus mismos subordinados y avi- 
sando á los españoles cuanto pudiera importarles. 



- 440 - 

Todo el reino, harto conmovido ya con los anterio- 
res sucesos, se declaró ahora en rebelión; y la capital, 
amaestrada en ellos, hizo su rebelión más terrible que 
nunca. Impacientes por pelear los caudillos del tumul- 
to, sin aguardar órdenes de Toralto, embistieron for- 
malmente el palacio donde se había fortificado el tercio 
viejo de napolitanos, mandados por D. Próspero Tutta- 
villa, soldado de valor, y á pesar de su esforzada de- 
fensa, les pusieron á poco en cuidado. Entonces el Vi- 
rrey desde Castelnovo rompió el fuego contra la ciu- 
dad, haciendo señal para que lo imitase al castillo de 
San Telmo. Contestaron los rebeldes con su artillería, 
y se trabó un combate encarnizado, durante el cual 
cierto Andrea Pólito, audacísimo caudillo de las turbas, 
llegó á poner, con una mina que abrió diestramente, en 
no poco apuro á la fortaleza de San Telmo. Gobernaba 
en ella D. Martín Galiano, aquel valeroso defensor de 
Valencia del Pó, en el Milanés, contra franceses y sabo- 
yanos, y á éste se debió que Pólito no lograse al punto 
su intento, interviniendo también Toralto sagazmente, 
de modo que se paralizasen los trabajos de la mina. 

Hubo tras esto nuevas capitulaciones y algunas ho- 
ras de reposo, cuando se avistó la armada española de 
D. Juan de Austria y del viejo Carlos Doria, enviada 
de España, no bien se supieron acá tan graves aconte- 
cimientos, la cual se componía de veintidós galeras, 
doce naves gruesas y catorce buques menores. Traía 
esta armada á su bordo tres tercios de españoles y uno 
de napolitanos, recogidos en el ejército de Cataluña, 
donde se contarían hasta tres mil quinientos infantes. 

Dio la venida del socorro sospechas y recelos á los 
sublevados, y valor y soberbia al Virrey, para que 



— 441 — 

unos y otros de consuno quebrantasen las capitulacio- 
nes. Imaginóse un ataque general á todos los puntos 
ocupados por los rebeldes, para restablecer por la fuer- 
za la autoridad del Rey; y el de Arcos y D. Juan de 
Austria de consuno tomaron todas las disposiciones. Á 
un tiempo rompieron el fuego sobre la ciudad los cas- 
tillos y lugares fuertes guarnecidos de los nuestros y 
los bajeles de la armada, mientras la gente de desem- 
barco emprendía en diversos trozos el ataque de algu- 
nos puestos enemigos. Mas el. populacho, ordenado y 
dirigido por muchos soldados viejos italianos, de los 
licenciados que habían servido debajo de nuestras ban- 
deras, animado ya descaradamente por algunos agentes 
de Francia, y hasta por una parte de la gente de Igle- 
sia, principalmente los frailes capuchinos que predica- 
ban la rebelión abiertamente, armado todo, con copiosa 
artillería, y reforzado con las turbas más desaforadas 
de las provincias y no pocos bandidos, opuso tenacísi- 
ma defensa. Toralto, aunque luchando hasta el último 
instante por lograr un acomodamiento, llegado el caso, 
sirvió á la sublevación con una lealtad funesta. Sus há- 
biles disposiciones y el número de su gente, que pasa- 
ba ya mucho de cien mil hombres, contrapuestos á 
nuestras escasas guarniciones y columnas, dieron á la 
rebelión notorias ventajas. Peleóse muchos días sin for- 
tuna, perdiéndose algunos puestos, cuyas guarniciones 
pagaban con la vida lo heroico de lá resistencia. Logró 
Toralto que en medio de la pelea y á pesar de sus ven- 
tajas, propusiesen los rebeldes una tregua; y el de Ar- 
cos, tomándolo á flaqueza de los contrarios, no quiso 
aceptarla. Mas continuándose el combate y viendo que 
á cada momento perdían terreno los nuestros, rebajó de 



— 442 — 

nuevo su altivez y propuso á Toralto la tregua que an- 
tes había rehusado, implorando también humildemente 
la intercesión del Arzobispo, que de la propia suerte 
había desairado poco antes. Negóse Toralto y negóse 
ya el pueblo á escuchar las voces de concierto, y más 
que aquel estaba ya muy sospechado de amigo de los 
españoles y vigilado muy de cerca por sus propios par- 
ciales, y el Arzobispo, indignado con el anterior desaire, 
no quiso tampoco mediar ahora con su influjo siempre 
poderoso. Aun llevó el Prelado tan lejos su indignación, 
que llegó á concebir el intento insensato y traidor de 
tomar aquel reino para el Papa aprovechándose de la 
revuelta: cosa indigna no menos que de su talento, del 
elevado carácter que antes había mostrado. Sin embar- 
go, no por eso fué estéril la idea que germinaba ya en 
todos los caudillos de la sublevación; pronto dieron un 
manifiesto á Europa declarándose independientes de 
España. No sorprendió esto á nadie, porque á tal punto 
habían venido las cosas, que aquello no era más que 
formular explícitamente lo que de hecho parecía. 

Prosiguiéronse las hostilidades y como atacasen los 
rebeldes furiosamente un convento defendido por los 
nuestros y que era muy importante para el triunfo, ha- 
biendo estallado una mina dirigida por D. Francisco 
Toralto con más daño de los suyos que no de los nues- 
tros, el pueblo harto receloso ya comenzó á apellidar 
traición, si con razón ó sin ella se ignora, y pasando 
pronto de las palabras á las obras, hizo pedazos al des- 
venturado caballero. Así acabó su extraña y contradic- 
toria conducta el príncipe Toralto de Aragón. 

Nombraron en seguida las turbas por generalísimo en 
lugar suyo'á un cierto Jenaro Annesio, de oficio maes- 



— 443 — 

tro arcabucero, hombre zafio, ignorantísimo y cobarde, 
muy conocido ya en las anteriores revueltas; mas el 
gobierno verdadero de las armas lo pusieron en el 
Maestre de campo Brancaccio, soldado antiguo que 
había servido con venecianos y fué siempre muy ar- 
diente enemigo de España. Habían los nobles, entre 
tanto, levantado tropas en la campiña, principalmente 
de caballería, formando en Aversa un pequeño ejér- 
cito, el cual fué á mandar de parte del Virrey el gene- 
ral Tuttavilla; con tales fuerzas corrían los nuestros los 
alrededores de Ñapóles y traían bloqueada á la ciudad. 
Salió contra ellos Jaime Rosso, caudillo popular, ani- 
moso y entendido en la guerra, con muchedumbre de 
gente armada: comenzó por atacar unas casas valero- 
samente defendidas por el capitán Ignacio Retes con 
cincuenta españoles, y luego, acudiendo al socorro Tut- 
tavilla, se empeñó un combate general, en el cual lleva- 
ron al fin la peor parte los que seguían nuestras bande- 
ras. Resarciéronse bien de esta pérdida tanto Tuttavilla 
como los nobles napolitanos, destrozando en muchos 
encuentros parciales á los amotinados y estrechándolos 
á punto que Ñapóles entera comenzó á sentirse aqueja- 
da del hambre. Annesio y Brancaccio no lograron ven- 
taja alguna dentro de la ciudad, y así la causa de los 
rebeldes volvió á hallarse un tanto decaída. Tornáronse 
á entablar negociaciones de paz, pero el duque de Ar- 
cos ni el pueblo mostraron propósito de arreglar las co- 
sas. Y en esto la rebelión entró casi impensadamente 
en su último período, en el que más peligro parecía ofre- 
cer para nosotros; y lejos de eso, nos proporcionó la re- 
cuperación de todo y una completa victoria. 
Fué el caso que Enrique de Lorena, duque de Guisa, 



— 444 — 

de la casade Francia, descendiente por línea femenina 
de Renato de Anjou, y por tal título no destituido de 
pretensiones á la Corona napolitana, después de largas 
y laboriosas negociaciones con los caudillos del pueblo, 
llegó á Ñapóles por mar burlando la vigilancia de nues- 
tros bajeles, y se puso al frente de la rebelión, cesando 
el villano Jenaro Annesio en el cargo y empleo de gene- 
ralísimo que tenía. El monarca francés, que había pen- 
sado en apropiarse aquel reino, no vio con buenos ojos 
la empresa de Guisa; con todo se inclinó á enviarle una 
armada, esperando acaso convertir en su provecho el 
socorro. Con esto el de Guisa y los napolitanos se juz- 
gaban ya triunfantes, y proclamaron solemnemente la 
república napolitana. Vióse en la ceremonia al arzobis- 
po Filomarino, olvidando su antigua dignidad y constan- 
cia por los desaires del de Arcos, bendecir la espada 
del nuevo caudillo. Y éste, queriendo acabar pronto su 
obra ó dar señalada muestra de su valor, no bien se 
puso al frente del pueblo, dio rabiosa embestida á uno 
de los puestos españoles; pero fué rechazado con gran 
pérdida. No mucha más fortuna tuvo en el campo. Por- 
que habiéndose puesto delante de Aversa, plaza de ar- 
mas de Tuttavilla y los señores napolitanos, con buen 
golpe de infantes y caballos y artillería, salieron á él 
hasta mil quinientos caballos de los nuestros, y hubo un 
combate sangriento, no lejos del puente de Fignano, en 
el cual, aunque peleó valerosísimamente de su persona, 
fué obligado á cejar, dejando á los nuestros la victoria. 
Llegó en esto la armada francesa al mando del duque 
de Richelieu, compuesta de veintinueve naves gruesas 
y cinco barcas de fuego con hasta cuatro mil hombres 
de desembarco. Reunióse diestramente la española di- 



— 445 — 

seminada por aquellas costas; reparóse lo mejor que 
pudo, aprovechando la indecisión de los enemigos, y 
luego fué con ella D. Juan de Austria á presentarles 
batalla, la cual duró seis horas con mucha furia, mas sin 
tener éxito decisivo. Comprendió, sin embargo, el de 
Richelieu que para desalojar á los españoles de aque- 
llos mares era preciso arriesgar mucho, y no pare- 
ciéndole la ganancia en proporción del riesgo, puesto 
que veía al duque de Guisa apoderado de todo, des- 
abrido también con éste que, lleno de soberbia, y teme- 
roso ya de que Francia quisiese quitarle el fruto de la 
victoria, no le prestaba atención alguna, sin empeñar de 
nuevo la batalla, se hizo á la vela, tornándose á las 
costas de Francia. 

No sintió tanto como debía este suceso el duque de 
Guisa, cada vez más desvanecido con sus grandezas. 
El barón de Módena, su teniente, después de un largo 
bloqueo, obligó á salir de Aversa á Tuttavilla con la 
gente de la nobleza napolitana, refugiándose en Capua, 
por no ser socorrida aquella plaza, causa de disgustos 
entre el General y la nobleza, con que algunos caudillos 
populares lograron ciertas ventajas contra los nuestros. 
Pero el Virrey, quitando el mando á Tuttavilla para que 
no se aumentasen los disgustos entre él y los nobles, 
envió en su lugar al valeroso y experimentado Maestre 
de campo Luis Poderico, el cual supo resarcirse de 
tales pérdidas. Ardía la guerra civil en las provincias, 
por tal manera causando infinitos males; y en la ciudad, 
notando el desvanecimiento del de Guisa y sus licen- 
ciosas costumbres, recordando los más con amor el go- 
bierno de España, comenzó á advertirse favorabilísimo 
disgusto. Ayudaron también á ello poderosamente las 



— 446 — 

intrigas y manejos del de Arcos, que era en tal género 
de hostilidades muy diestro; con que en público apare- 
cían ya hartas señales de decaimiento en la rebelión. 
Fué á tiempo que por nuestra parte se tomó una medi- 
da, de mucho antes solicitada, sin la cual no podía 
haber concierto alguno, y era la destitución del duque 
de Arcos. 

Tomó el gobierno D. Juan de Austria, apoyándose en 
los poderes que le envió su padre para componer aque- 
llos desdichados disturbios, y con parecer y opinión de 
un consejo de capitanes, entró él mismo á ejercer el 
mando. Portóse en él con prudencia superior á sus años, 
que no pasaban entonces de diez y ocho, dejando entre- 
ver de sí mayores esperanzas que frutos dio en adelan- 
te. Mas no quiso la Corte dar entera aprobación á un 
hecho, ilegal al cabo, y sin reprender á D. Juan de 
Austria, confirió el Virreinato al conde de Oñate, D. Iñi- 
go Vélez de Guevara, hombre de largos servicios y de 
verdadera severidad y destreza. Embajador á la sazón 
en Roma y antes en el Imperio por muchos años, don- 
de contribuyó sobremanera á desbaratar los planes de 
Gustavo Adolfo, y luego la conspiración de Walstein, 
haciendo representar á nuestra diplomacia importantí- 
simo papel en todos aquellos acontecimientos. Tiempo 
hatua que la Corte de España no hacía nombramiento 
más acertado, puesto que sólo el del buen Almirante pu- 
diera compararse con éste. Desplegó el nuevo Virrey 
una actividad prodigiosa: empleó de tal manera sus 
agentes y confidencias, que desacreditó en breves días 
al de Guisa; puso de su parte á varios caudillos popu- 
lares, y no menos hábil guerrero que negociador, trajo 
á perfecta ordenanza las armas. Ya D. Juan de Austria 



— 447 — 

en el corto tiempo que desempeñó el Virreinato había 
escarmentado ai enemigo durísimamente, mediado el 
mes de Febrero de 1647, donde el ataque fué general á 
todos los puntos, guarnecidos de los nuestros y por 
todas las fuerzas de dentro y fuera de la ciudad con que 
pudiese contar la rebelión. Peleóse desesperadamente, 
menudeando los asaltos, y asordando el aire por todo 
un día y parte de la noche el fuego de la artillería; pero 
los españoles mostraron tan heroico esfuerzo á confe- 
sión de sus propios enemigos, que peleando uno contra 
diez sostuvieron todos sus puestos sin perder uno solo. 
Ahora, bajo el gobierno del de Oñate, lo que habían 
dejado por hacer las negociaciones, lo hicieron las 
armas de un golpe. 

Ya el pueblo murmuraba continuamente del duque de 
Guisa; ya éste había tenido que castigar con la muerte 
á algunos conspiradores, con que se atrajo mucho odio 
de la plebe; ya se notaban síntomas evidentes de su 
perdición, cuando el ligero y vano Príncipe imaginó el 
mayor de sus desaciertos, que. fué salir de la ciudad 
con hasta cinco mil hombres de sus mejores tropas y 
muchas barcas armadas con el propósito de embestir 
la isla de Nisida, á fin de asegurarse en ella un fondea- 
dero. No pudiera desear más el conde de Oñate. Pron- 
to, como el relámpago, se aprestó á aprovecharse de su 
ausencia, embistiendo las trincheras y los puestos de 
los amotinados, que aunque abandonados ya de toda 
la gente que tenía que perder en la ciudad y con el de- 
sabrimiento del de Guisa, todavía en mucho número se 
mantenían en armas, bien hallados con aquel estado de 
cosas que les proporcionaba vivir holgadamente sin 
trabajo ni miseria, satisfaciendo todo género de gustos 



— 448 — 

y licencias, sin miedo de represión ó castigo. Mirába- 
se, pues, reducida la rebelión á los díscolos y malvados 
de condición; pero éstos eran cabalmente los que la 
habían comenzado y los más temibles. Ordenó Oñate 
las cosas de esta manera: sus tropas disponibles, guar- 
necidos los castillos, no pasarían en todo de tres mil 
españoles, tudescos y napolitanos, y eso porque de la 
península y de Sicilia habían venido algunas de refuer- 
zo; sin embargo era número pequeñísimo para tan gran- 
de empresa, pues todavía era más que sextuplicado el 
de los contrarios. 

Lo que sí sobraban eran capitanes de fama. Además 
de D. Juan de Austria y el conde de Oñate, hallábanse 
allí el marqués de Torrecusso, que, como soldado leal, 
dejó su retiro de nuevo y vino á ponerse á las órdenes 
del Virrey; D. Dionisio de Guzmán, aquel su teniente 
que se halló con él en Portugal; el nombrado D. Carlos 
de La Gatta; el barón de Batteville, noble borgoñón, 
consejero del Príncipe y militar muy aventajado, que 
había dirigido la defensa de los puestos españoles des- 
de que llegó á aquellas costas la armada; el general 
Tuttavilla, vuelto del mando de los Nobles, donde ha- 
bía sido reemplazado por Poderico. Contábanse tam- 
bién muchos Maestres de campo y Capitanes de cuen- 
ta: Monroy, Biedma, Vargas, D. Diego de Portugal y 
el marqués de Peñalba, noble portugués partidario de 
España; Visconti, el príncipe de Torella, Caraffa y mu- 
chos que fuera ocioso enumerar. 

Distribuyóse en tales capitanes la escasa gente, y á 
un tiempo se arrojaron sobre los puestos enemigos. 
Sorprendidos éstos y confusos, apenas osaron hacer 
resistencia; y los que la hicieron fueron instantánea- 



— 449 — 

mente desordenados. En esto los vecinos pacíficos de 
la ciudad, cansados de tantos desastres, llenaron los 
balcones y las calles, aclamando con entusiastas voces 
al Rey de España, y los rebeldes, perdido del todo el 
ánimo, depusieron aquí y allá las armas, hasta some- 
terse al vencedor. No abusó Oñate de la victoria, dan- 
do en el propio instante un indulto general; y en un 
momento la ciudad se halló tan tranquila como si nada 
hubiese acontecido en ella, y dada toda á regocijos y 
festejos. Así terminó aquella rebelión famosa que no 
llegó á contar ocho meses de duración, y que en tan 
breve espacio corrió por tantos y tan diversos trances 
y sucesos. El duque de Guisa supo lo acontecido por 
el rumor de las campanas y del regocijo de Ñapóles. 
Sus tropas se dispersaron al punto, y él mismo fué pre- 
so por la gente de Luis Poderico y conducido á Capua 
al intentar la fuga. Quiso el severo conde de Oñate 
cortarle la cabeza, y sin duda lo hiciera á no mediar 
benignamente D. Juan de Austria; por lo cual fué en- 
viado á España cautivo. Pocos días después todas las 
provincias conmovidas é insurrectas se habían some- 
tido al gobierno del Virrey. Quiso Jenaro Annesio, mal 
contento con la vida particular que traía, con sus mi- 
serias y harapos urdir nueva trama; pero fué descu- 
bierto y pagó con la vida. Y en seguida el Virrey se 
dedicó á cicatrizar las llagas de las pasadas revueltas. 
Viendo que no podía conseguirlo del todo sin echar á 
los franceses de los lugares que habían ocupado en 
Toscana para hostilizar á Ñapóles, reunió la gente que 
halló disponible y la puso á las órdenes de D. Juan de 
Austria, el cual con ella y la armada recobró á Piom- 
bino para devolverla á su señor; y luego á Portolongo- 

29 



— 450 — 

ne en la isla de Elba, después de cuarenta y siete días 
de sitio, restableciendo allí el antiguo presidio de es- 
pañoles. 

No andaban quietas entretanto las demás partes de 
Italia. En Milán, separado el marqués de Velada, que 
tan poco hizo, vino el mando de aquellas armas á poder 
del condestable de Castilla D. Bernardino Fernández 
de Velasco. Francisco, duque de Módena, aliado hasta 
entonces de España, no bien miró perdida á Portolon- 
gone y á Piombino en manos de los franceses, ó te- 
miendo ver invadidos sus Estados, é importunado por 
su hermano el cardenal de Este, parcial de Francia, se 
separó de nuestra alianza y ajustó una solemne defen- 
siva y ofensiva con aquella potencia. Esto dio nuevos 
cuidados á nuestras armas en el Milanés. Fué el Con- 
destable en busca del Duque, reforzado ya con un 
cuerpo numeroso de franceses; hallóle no lejos del lu- 
gar de Bazzolo, y allí se empeñó una batalla larga y 
porfiada. Rompieron los nuestros la infantería enemiga» 
y por tres veces deshicieron su caballería. Lograron 
ellos rehacerse, principalmente por el esfuerzo de un 
regimiento de suizos que estaba debajo de sus bande- 
ras; mas al fin la victoria quedó por los españoles. Dió- 
se esta batalla al terminarse la campaña de 1647, y en 
la siguiente rindieron los nuestros á Niza de la Palla» 
tantas veces tomada y perdida. 

En esto se confirmó el cargo de Virrey de Milán al 
marqués de Caracena, deudo del nuevo favorito Don 
Luis de Haro, General de caballería en Flandes y an- 
tes de la de aquel mismo Estado. Tuvo ^ste poca for- 
tuna á los principios, aunque era capitán muy reputado. 
El duque de Módena y el mariscal de Plessis-Plaslin 



— 451 — 

vinieron á atacarle en un campo fortificado, no lejos de 
Cremona, donde se había apostado para proteger aque- 
lla plaza, amenazada de los enemigos, siendo harto in- 
ferior en fuerzas para parecer en campo abierto. Tra- 
bóse un reñido combate, en el cual fueron forzados los 
retrincheramientos, por los flancos que defendían sol- 
dados italianos y suizos á sueldo de España, con gran 
pérdida nuestra, aunque no fué mucho menor la de los 
enemigos. Pusieron éstos en seguida sitio á la plaza; 
pero Caracena, no desalentado con el anterior descala- 
bro, se mantuvo cerca de la plaza, prestándola conti- 
nuamente socorros; de modo que después de dos meses 
de sitio tuvieron que alzar el cerco los franceses y mo- 
deneses sin fruto alguno. Desanimados aquéllos, y fal- 
tos de todo, se retiraron á poco, dejando al de Módena 
reducido á sus solas fuerzas. Entonces Caracena entró 
á la siguiente campaña (1649) en el Modenés, y rindió 
á Pompanasco, Gualteri y Castelnovo, y lo ocupó todo, 
obligando al Duque á pedir por misericordia la paz, que 
le fué concedida á condición de admitir guarnición en 
Correggio. Recobróse con esto la reputación del de 
Caracena, y aunque falto de dinero y soldados no pudo 
emprender grandes operaciones, con todo, recobró á 
Trin de los saboyanos, y luego, en unión con el duque 
de Mantua, á la sazón nuestro aliado, sorprendió la ciu- 
dad de Casal, y rindió con estrecho bloqueo su fortísi- 
ma cindadela, puestos de los más importantes de Italia. 
Así, á pesar de las escasísimas fuerzas con que contá- 
bamos para resistir á tantos enemigos como nos embes- 
tían por aquella parte, se conservó la superioridad de 
nuestras armas en el Milanés y sus fronteras. 

Harto más larga y sangrienta todavía que la subleva- 



— 452 — 

don de Ñapóles había sido la de Cataluña, y de más 
grandes consecuencias, tanto por el carácter de los na- 
turales, mucho más duro y tenaz, como por los mayores 
auxilios que habían recibido de Francia, debajo de cuyo 
vasallaje los había puesto el despecho. Pero verdade- 
ramente en el fin y término, ya en que lo demás andu- 
viesen tan diversas, se asemejaron mucho ambas suble- 
vaciones. Las causas fueron unas, y el suceso tan im- 
pensado también, que apenas podían creer los ojos lo 
que veían, hallando tranquilos y obedientes á los cata- 
lanes á tan poca costa, después de tan sangrientos es- 
fuerzos, ardiendo sus ciudades y sus campos en rego- 
cijos, resonando, por donde tantas maldiciones antes, 
ahora vivas y aclamaciones ardientes al Rey de España. 
Ya á principios de 1645 el tiempo y los sucesos ha- 
bían ido trayendo en los ánimos de los naturales singu- 
lares mudanzas. De una parte la caída del Conde-Du- 
que, la prisión del Protonotario, el haber dejado el ser- 
vicio de España el marqués de los Balbases, la muerte 
de Arce y de Moles, Maestres de campo, que ocasio- 
naron mucha parte de la furia de aquel pueblo, y la 
total mudanza de Ministros y capitanes, habían borrado 
los odios de los catalanes, inclinándolos á someterse á 
su antigua ley y patria; de otra, la soberbia y mala con- 
ducta de los franceses, gente extranjera al fin, y que 
trataba á los catalanes como vasallos, habían dado calor 
á semejante inclinación, convirtiéndola en deseo. Des- 
confiaban los franceses de los catalanes, y éstos abo- 
rrecían á los franceses: aquéllos habían admitido los 
fueros y privilegios para facilitar el dominio que de otra 
suerte no habrían adquirido; éstos, conociendo el espí- 
ritu dominante de sus nuevos señores, recelaban de 



— 453 — 

continuo, y sin causa, á veces, los creían amenazados. 
Juntóse á todo el natural de los catalanes, impaciente, 
duro y enemigo del que manda, quienquiera que sea. 
Cuentan de algún catalán que huyendo de Tarragona, 
poseída por los españoles, porque no le ahorcasen como 
á confidente de los franceses, fué ahorcado por éstos á 
poco en Barcelona como confidente de los españoles. 
A tal punto las cosas, se abrió (1645) la campaña. 

Había nombrado el Rey por su lugarteniente y Capi- 
tán general de Cataluña, ejércitos y galeras al desdi- 
chado marqués de Tordelaguna, D. Francisco de Mello; 
pero más para que con su autoridad dispusiese las cosas 
de la guerra, que no para que tomase el mando de las 
armas. De todas suertes el nombramiento no fué acer- 
tado; y sólo pudo disculparlo la misma insignificancia á 
que el D. Francisco se redujo, haciendo que apenas 
sonase su nombre. Al mismo tiempo, la Motte Hodan- 
court, aborrecido de los catalanes y censurado del Go- 
bierno francés por sus derrotas, fué también separado, 
entrando en su lugar el conde de Harcourt. Reunió éste 
un poderoso ejército con la gente que trajo de Francia 
y la que ya había en el Principado, y no pudiendo más 
tolerar las hostilidades que desde Rosas hacía D. Diego 
Caballero, que allí gobernaba, determinó poner sitio á 
la plaza. Ejecutólo por orden suya el conde de Plessis- 
Praslin, mientras él se oponía á nuestro ejército, man- 
dado aún por D. Andrea Cantemo. La plaza se de- 
fendió muy bien, y D. Diego hizo muchas salidas, 
rechazó un grande asalto, y apuró todos los recursos 
del arte; mas tuvo al fin que rendirse dos meses des- 
pués de comenzado el sitio. Luego el de Harcourt 
determinó sitiar á Balaguer. Acudió al opósito Don 



— 454 - 

Andrea con el marqués de Mortara por su segundo; 
fortificó el puente de Camarasa, y ocupó la orilla dere- 
cha del Segre, á fin de impedir el paso al enemigo. 
Pero este logró forzar el puente con un trozo de los 
suyos, y con otro, pasando el río por un puente de 
cuerdas, se fortificó en cierta montaña eminente, á la 
orilla que defendían los españoles. Embistió D. Andrea 
la montaña, y logró apoderarse de los primeros pues- 
tos; pero volvió á perderlos, y tuvo que retirarse. No 
obstante, impidió que el grueso de los enemigos, que to- 
davía no había pasado, atravesase el río, obligándole á 
dar una gran vuelta para esguazar el Noguera y entrar 
con todas sus fuerzas, ya reunidas en el llano de Llo- 
rens, inmei^iato á Balaguer. Allí D. Andrea les salió al 
encuentro: embistiéronse los ejércitos y pelearon san- 
grientamente dos horas, inclinándose ya á un lado ya á 
otro la victoria; pero al fin Harcourt logró desordenar 
nuestros escuadrones. Mortara, el duque de Lorenzana 
que allí venía, y otros capitanes fueron hechos prisio- 
neros, y D. Andrea, con el resto del ejército, se retiró 
apresuradamente. 

Entonces Balaguer fué embestida. Salió D. Francis- 
co de Mello de su inacción y dispuso el socorro por sí 
mismo; mas no se logró, aunque hubo en Ager un re- 
ñido encuentro, y otro donde fué herido Cantelmo. 
Con esto, se rindió Balaguer, y Harcourt, alentado, co- 
menzó la siguiente campaña 'por el sitio de Lérida. Sie- 
te meses estuvo allí con diez y ocho mil infantes, cua- 
tro mil caballos y veinte y seis cañones; pero la plaza 
se defendió de manera que no pudo adelantar un paso. 
Nada hizo para salvarla D. Francisco de Mello. Tuvo el 
Rey que acudir en persona, juntando todas las fuerzas 



— 455 - 

españolas de Aragón y Cataluña en un regular ejérci- 
to; á su frente el marqués de Leganés, nombrado en 
lugar de Cantelmo, con el duque del Infantado bajo su 
mando, se apostó en las cercanías de la plaza, teniendo 
como sitiado al francés dentro de su propio campo. 
Hubo varias escaramuzas favorables á nuestras armas, 
y en una de ellas logró Leganés romper las líneas por 
la parte de Villanoveta y meter abundantes socorros en 
la plaza, con lo cual los franceses, temiendo que les 
cortasen la retirada y desesperando del éxito, levanta- 
ron el cerco, dejándose en el campo toda la artillería y 
municiones y la mitad de su gente. Este fué el único 
hecho de la campaña de 1646, desalentados los france- 
ses para emprender nuevas operaciones, y falto de re- 
cursos nuestro ejército para prevalerse de su estado. 
Irritado Ma^zarino quitó á Harcourt el mando, y con 
un florido ejército envió al duque de Enghien, vence- 
dor de Rocroy, á que en la campaña de 1647 sitiase de 
nuevo á Lérida. Era Gobernador de la plaza el portu- 
gués D. Gregorio Brito, que la defendió antes y supo 
ahora también defenderla con tal esfuerzo y haciendo 
tan valerosas salidas que á los cuarenta días de ataques 
continuos hubo de levantar Enghien el cerco, ni más ni 
menos que Harcourt lo hubiera hecho, sin que el soco- 
rro levantado en Castilla y que traían el mismo D. Luis 
de Haro con el joven marqués de Aytona, Maestre de 
campo y otros capitanes, fuera necesario emplearlo. Y 
fué más vergonzoso el suceso para Enghien por la con- 
fianza vana con que emprendió el sitio al son de violi- 
nes y músicas, y los jactanciosos ofrecimientos que 
hizo á su corte. Así aquellas orillas fértiles del Segre, 
y aquellos muros de la vieja Lérida, vieron en poco 



— 456 — 

tiempo tres ejércitos franceses deshechos, mandados 
por ios primeros capitanes de su nación. Enghien 6 
Conde, alzado el cerco de Lérida, no osó acometer nin- 
guna otra empresa. 

Por entonces terminó su carrera D. Diego Felipe de 
Guzmán, marqués de Leganés, lleno de glorias, á pe- 
sar de sus faltas; retiróse del mando del ejército muy 
trabajado de enfermedades, y murió á poco. 

Antes que él había ya muerto D. Felipe de Silva. Re- 
cayó entonces el mando de las armas en el joven mar- 
qués de Aytona, el cual no hizo cosa notable. Tenía 
doce mil infantes y tres mil quinientos caballos, número 
capaz de cualquier empresa. Llegó al lugar de las Bor- 
jas y le puso cerco; mas viniendo el príncipe de Conde 
contra él se retiró lentamente. Persiguiólo Conde sin 
empeño; tuvieron algunas escaramuzas los ejércitos en 
la huerta de Lérida, y al fin los nuestros fueron á me- 
terse en un campo fortificado, entre aquella plaza y 
Gardeny, y el de Conde en otro que sentó hacia Vim- 
bodi, sin venir á batalla. Y mientras los ejércitos prin- 
cipales estaban así en la inacción, de una y otra parte 
se acometían diversas empresas con varia fortuna. To- 
maron los franceses á Mollerusa, á pesar del auxilio 
que enviaron los españoles, y éstos no pudieron rendir 
á Montblanch, ni á Flix, ni á Miravet, y sí el puente de 
Termas, poco después perdido. También amagaron los 
nuestros á Constanti y á Salou, ocupados del enemigo, 
y éste se apoderó de Ager. Mas con todo eso, la ven- 
taja estaba de parte de los españoles con las victorias 
obtenidas delante de Lérida. Irritado al último punta 
Mazzarino, y teniendo que disponer de Conde para la 
guerra de Flandes, envió con nuevas fuerzas á Catalu- 



- 457 - 

ña al mariscal de Schomberg. Fué éste más afortunada 
que sus antecesores, pues en ocho días rindieron sus 
armas á Tortosa. Quiso D. Francisco de Mello dar aquí 
nuevas muestras de su persona, y reuniendo alguna 
gente acudió á socorrer la plaza; pero el francés le obli- 
gó á retirarse sin efecto alguno. En cambio, D. Francis- 
co Tuttavilla, gobernador de Tarragona, ganó á Mont- 
blanch, Salou y Constanti. 

Fué preciso para hallar general que supiese mandar 
el ejército de Cataluña sacar con grandes súplicas de 
su retiro á D. Juan de Garay, substituyéndolo á Ayto- 
na. Juntó D. Juan un trozo de ejército de hasta siete 
mil infantes y tres mil caballos, y se puso en marcha 
hacia Barcelona. Llegó hasta Villafranca de Panadés 
sin obstáculo, y como su intento no era otro que el de 
mostrar á aquellos naturales el poder de las armas del 
Rey, se puso luego en retirada. Salieron á estorbársela 
los franceses y catalanes, superiores en número, al 
mando de MM. de Marsin y de Crequi: hubo discordia 
entre estos dos generales, y no supieron hacer valer el 
número; y Garay, aprovechándose diestramente de 
su desconcierto, destrozó la caballería francesa, que 
mandaba Crequi, matándole y tomándole trescientos 
caballos, y obligó al resto del ejército enemigo á reco- 
gerse en sus cuarteles, después de lo cual se volvió 
tranquilo á Lérida. En tanto los enemigos intentaron 
sorprender á Tarragona, vistiéndose como paisanos ca- 
talanes con acémilas de harina; mas, dentro ya algunos 
de los muros, fueron descubiertos y dados á hierro ó 
prisiones. 

Más afortunados los nuestros, de Lérida bajaron á 
poner sitio á Castel Lleó, y la tomaron con pactos. Hizo 



- 458 - 

sitiar de nuevo aquella pequeña plaza el duque de Van- 
dome, que había sucedido á Schomberg en el mando 
de Cataluña por los franceses. Aprovecháronla bien sus 
tropas, mientras el de Vandome desde Balaguer alenta- 
ba la empresa; pero llegó el socorro de Lérida; nues- 
tros soldados rompieron violentamente las líneas, for- 
zaron el campo y pusieron en derrota cuanto se puso 
por delante de sus armas. Poco después los naturales 
de la villa de Falset entregaron los muros á unas gale- 
ras de España, que por acaso habían arribado á sus pla- 
yas; mas no tardó en recobrarla Vandome. 

Eran tales sucesos poco importantes y decisivos; 
pero por parte de los Ministros y capitanes españoles 
muy bien imaginados. A la sazón no convenía ya hacer 
dura y sangrienta guerra en aquel territorio; el tiempo 
había de hacer más que las armas. Toda Cataluña anda- 
ba revuelta en celos, odios y discordias entre catalanes 
y franceses, haciendo los primeros contra éstos más 
que hicieron contra los españoles. Mazzarino, para ha- 
cer sentir la falta de su amparo y protección, no enviaba 
ya bastantes fuerzas y abandonaba á los naturales su 
defensa; mas éstos, lejos de amilanarse por ello, des- 
preciaban en voz alta á sus protectores. Hijos de Espa- 
ña, con hábitos y costumbres más ó menos extraños, 
pero españoles al cabo, aquellos nobles moradores no 
podían ya resistir la dominación extranjera. Suspiraban 
por su antiguo gobierno, por las antiguas cosas; y aun- 
que no fué disculpable en ellos el darse á los extranje- 
ros, mostrábanse con su arrepentimiento antes dignos 
de lástima que de ira. Algunos tributos impuestos en- 
tonces exaltaron más los ánimos. Y dando los franceses 
en formar procesos, ejecutar suplicios, fulminar destie- 



— 459 - 

rros y confiscar haciendas, acabaron de perder á los 
pocos que el interés conservaba en su partido. 

La dureza del natural, el odio al ejercicio del man- 
do, el amor á la libertad, todo se suscitó entonces po- 
derosamente en los corazones catalanes, juntándose 
con el patriotismo para ponerlos de nuestra parte. Vien- 
do cuan grandes eran sus males presentes, olvidaron 
de todo punto los pasados. Lección elocuente que nun- 
ca deben olvidar los pueblos que rompen con sus her- 
manos y se entregan á razas extranjeras por motivos 
de cólera ó disgusto. Nunca pueblos hermanos se se- 
pararán sin que tarde ó temprano sientan la pena, ya 
sea involuntaria la separación, ya dictada por fuerza de 
enemigos. Las nacionalidades son como las familias; 
jamás la división de sus miembros puede traer otra cosa 
que empequeñecimiento y vergüenza, y los extraños 
que se entrometen en ellas, no vienen más que á ser 
cizaña, y en vez de protectores, verdugos. 

Ahora los catalanes, arrepentidos, mostraban de mil 
maneras sus sentimientos. Pronto algunos de los prin- 
cipales abrieron tratos con el Gobierno español por me- 
dio de D. Baltasar Pantoja, que había sucedido á Brito 
en el mando de Lérida. A estas nuevas el Rey y don 
Luis de Haro, llenos de gozo, determinaron obrar acti- 
vamente. Dispúsose primero que la armada de España, 
gobernada á la sazón por el duque de Alburquerque, 
vuelto del mando de la caballería de Flandes, cruzase 
por delante de Barcelona al mismo tiempo que el ejér- 
cito insultaba sus mismos muros. Llegóse á esperar lue- 
go que los moradores abrirían sus puertas á la gente de 
desembarco de la armada, que iba ya bien prevenida 
para eso; y aunque no se logró, porque descubierto el 



— 460 - 

trato de los franceses, fueron presos (1656) los que te- 
níamos en inteligencia con nosotros, no por eso cesa- 
ron las idas y venidas y hablas de concierto. Al fin, 
pareciendo que sería lo más breve, y viendo cuan falto 
de enemigos andaba el Principado, se determinó el si- 
tio de Barcelona. Retirado por última vez de las armas 
D. Juan de Garay, fióse la empresa como Virrey y Ca- 
pitán general al buen marqués de Mortara, D. Juan 
Orozco Manrique de Lara, rescatado ya de sus prisio- 
nes, y tan práctico de aquella guerra; y al mismo tiem- 
po se envió orden á D. Juan de Austria, Capitán ge- 
neral de todas las armadas marítimas que estaban en 
Sicilia, para que acudiese á la empresa, mandando le- 
vantar gente en Alemania y reunir la de todas partes 
que se pudiese. 

Salió de Lérida Mortara con seis mil infantes y tres 
mil caballos, donde se contaban muchos catalanes vo- 
luntarios. Sitió la importante villa de Flix, tantas veces 
acometida en vano, y la rindió sin que el de Vandome 
pudiera estorbarlo. Juntáronse entonces hasta tres mil 
catalanes más con Mortara, y con ellos y su gente fué 
á ponerse sobre Miravet y la rindió y luego sobre Tor- 
tosa. Quiso Vandome salvar la plaza; pero no osando 
venir á batalla, se contentó con permanecer en las in- 
mediaciones. No se empleó mejor el socorro de la mar 
que el socorro de tierra. Traíalo en cuatro navios el ma- 
riscal de Ligni; mas Alburquerque, que con seis gale- 
ras ocupaba ya la embocadura del Ebro, los embistió y 
apresó después de un reñido combate. Falta entonces 
de víveres, hubo de rendirse Tortosa. La retirada de 
Vandome y la de la guarnición que capituló en la plaza 
fueron verdaderamente desastrosas; por dondequiera 



— 461 — 

que pasaban iban sobre los alojamientos ó sobre cual- 
quiera ocasión liviana, encendiéndose en discordias los 
naturales con los soldados, pereciendo tantos de éstos, 
que antes de llegar á Barcelona se halló Vandome sin 
ejército. 

En el ínterin, el de Mortara se engrosaba cada día 
con voluntarios catalanes, y además recibió hasta tres 
mil quinientos alemanes de refuerzo por Tarragona, 
con que principiada la primavera de 1651, se juzgó ya 
bastante fuerte para sentar sus reales delante de Bar- 
celona. No pasaban, sin embargo, sus soldados de once 
mil hombres, número insuficiente para rendir tan nume- 
rosa población, y más recordando el ejemplo del mar- 
qués de los Velez, que con más de doblado número no 
acertó á conseguirlo. Pero á la verdad, la situación de 
las cosas era harto diferente. En Barcelona misma se 
victoreaba públicamente al Rey de España, y se daban 
mueras á los franceses; y los magistrados de aquella 
capital estaban de tal manera, que habiéndoles represen- 
tado algunos síndicos de los lugares comarcanos los ex- 
cesos que cometían los franceses, es fama que respon- 
dieron: — «¿Por qué no los degolláis á todos?» — Género 
de consejo, antes seguido que esperado en Cataluña, 
en las ocasiones. No por. eso dejó Barcelona de apres- 
tarse á la defensa: de una parte, los franceses, que no 
pudieron detener la marcha del ejército español reduci- 
dos á sus solas fuerzas, pusieron el mayor empeño en 
conservar á Barcelona, y de otra, el gobernador de las 
armas catalanas, D. José Margarit, aquel capitán de al- 
mogávares, y tenacísimo enemigo de la madre patria, y 
los caudillos de los tercios y gente armada no se pres- 
taban á los deseos de lo general del pueblo. El de Mor- 



~ 462 — 

tara con su ejército, donde venían el Condestable de 
Castilla y el barón de Sabac y otros capitanes, pasó á 
Santa Coloma, deshizo un trozo de caballos franceses, 
y de allí fué al llano de Tarragona donde se juntó con 
D. Juan de Austria, que ya había arribado de Sicilia. 
Luego, por la orilla del mar se encaminó á Llobregat. 
Allí había una torre fortificada, cuya expugnación causó 
algún trabajo; pero se ganó, y el ejército, tomando or- 
denadamente á la izquierda, por debajo de las verdes 
montañas que coronan el llano de Barcelona, pasó de 
Esplugas al monasterio antiguo de Pedralves; y desde 
él á Sarria, y siempre costeando las faldas hasta. San 
Andrés, donde se pasó el campo. Extendiéronse los 
cuarteles desde San Andrés al mar, y se esparció la ca- 
ballería por el llano á fin de que no entrasen bastimen- 
tos ni socorro en la ciudad. Mr. Marsin, encargado de 
defenderla por Mazzarino, se marchó á Francia, ó bien 
desesperado ó bien arrastrado de sus intereses particu- 
lares, y la diputación de Barcelona, que por causa de 
la peste que reinó en ella se había salido á Manresa, no 
quiso volver á encerrarse en los muros. Ante el mayor 
número de sus Ministros abrió tratos con los del Rey. 
Pero Margarit y los soldados siguieron obstinado^ en 
la defensa; y como á pesar de nuestra caballería por la 
parte del Llobregat entrasen todo género de bastimen- 
tos, no mostraban el menor miedo del sitio. Al fin Mor- 
tara determinó partir su ejército en dos trozos: al uno 
dejó en San Andrés, al otro puso en Sanz, cerrando 
así los dos extremos de las montañas, y de uno á otro 
campo por la falda de estas dejó vagar la caballería. 
Además D. Juan de Austria con los duques de Tursi y 
de Alburquerque cerraba el puerto con veinte bajeles, 



— 463 — 

con lo cual comenzaron á faltar los víveres en la plaza 
que era lo que Mortara quería, puesto que no se halla- 
ba con bastante poder para entrarla por fuerza. 

Comenzaron á fabricar los barceloneses un fuerte 
sobre Santa Madrona para dominar el camino de Sanz; 
pero fué conquistado por los nuestros antes de estar 
acabado. Luego, para que impidiesen los nuestros la 
comunicación de Barcelona con Montjuich, construye- 
ron otro fuerte los defensores entre aquel castillo y la 
plaza, el cual no pudo ganarse aunque se intentó repe- 
tidamente. Dieron una embestida los catalanes de Mont- 
juich á nuestros cuarteles de la parte de Sanz, y la gen- 
te nuestra de esta parte intentó un asalto al castillo, en 
el cual fué rechazada. Luego por muchos días se divir- 
tieron unos y otros en dispararse cañonazos sin fruto. 
Mas en esto la corte de Francia ordenó á Mr. de la 
Motte Hodancourt que con cuatro mil infantes y dos 
mil quinientos -caballos bajase desde el Rosellón al so- 
corro. Estuvo La Motte algunos días por los contornos 
amagando ó combatiendo parcialmente sin poder venir 
á batalla por la inferioridad de sus fuerzas, hasta que 
por fin una noche, después de una vigorosa escaramu- 
za, logró abrirse paso con tres regimientos de infante- 
ría y seiscientos caballos por el centro del llano donde 
no teníamos puestos ni cuarteles. Dio esto aliento á 
Margarit y La Motte para hacer varias salidas contra 
nuestros reductos y cuarteles. En una de ellas llegaron 
á tomar el fuerte de los Reyes, que Mortara había man- 
dado edificar en la colina de Montjuich para oponerlo á 
la fortaleza enemiga; pero al fin fué recobrado por los 
nuestros, y en todas las demás ocasiones fueron recha- 
zados los contrarios. Con esto el hambre comenzó á 



— 464 - 

hacer estragos en Barcelona. Apareció en sus aguas 
una armada francesa gobernada de Mr. de la Ferriére, 
cargada de bastimentos, pero no osando medirse con 
la de D. Juan de Austria y Alburquerque, superior en 
número, se retiró de nuevo á los puertos de Francia. 

La parte de tierra estaba no menos guardada que la 
del mar por los nuestros. Concertáronse los de adentro 
con algunos caudillos almogávares de la montana, y en 
un día señalado aparecieron éstos con un convoy por la 
parte de Sarria, y salieron de la ciudad á ampararlos 
numerosas fuerzas. Hubo un reñido combate, y ya pa- 
recía logrado el intento, cuando acudiendo más gente 
nuestra de los cuarteles, fueron rechazados los almogá- 
vares y los escuadrones de la ciudad muy derrotados. 
Ya no había esperanza de socorro, y el hambre arrecia- 
ba por momentos su furia: fué error de Mortara el dar 
en tales circunstancias una embestida á Montjuich y á 
los baluartes y puertas de la ciudad, donde padecimos 
sin fruto alguna pérdida. La plaza no podía ya defen- 
derse, y tuvo que ofrecer capitulaciones. Tuvo el buen 
acierto D. Luis de Haro de aconsejar al Rey que ofre- 
ciese amnistía completa á los catalanes después de este 
suceso, sin exceptuar más que á Margarit y algún otro 
de los tenaces de aquella rebeldía, que ya podía llamar- 
se traición en adelante. Y esto acabó de dar á la entre- 
ga de la ciudad toda la apariencia de un triunfo para 
los naturales, en lugar de ser una humillación ó des- 
dicha. 

Entregóse Barcelona á merced del Rey, y éste en 
cambio la otorgó todos sus privilegios antiguos, y en 
un momento se vieron trocadas todas las cosas, y Ca- 
taluña entera ardió en fiestas y alegrías. No se había 



- 465 - 

rendido aún Barcelona, cuando Mongat y su castillo, 
sitiados desde aquella plaza misma, fueron ocupadas 
por las tropas del Rey: luego muchos lugares del llano 
de Vich, vinieron voluntariamente á la obediencia. La 
guarnición de Lérida, de acuerdo con los moradores, 
recobró á Balaguer de los franceses, por sorpresa. Los 
diputados catalanes que no habían querido entrar en 
Barcelona, congregaron los brazos de la provincia en 
Manresa, y de acuerdo con ellos dieron al Rey aquella 
villa y á Cardona, Solsona y muchos más lugares. No 
tardó Mortara, separándose momentáneamente de las 
líneas, en ocupar á Mataró, y á las nuevas de la rendi- 
ción de Barcelona, Gerona, y todos los lugares de la 
marina y Ampurdán menos Rosas, volvieron á restable- 
cer el Gobierno de España. Solo la villa de Blanes se 
resistió y fué dada al saco en castigo. Desde entonces 
pudo ya considerarse Cataluña vuelta á España. El 
marqués de Mortara, D. Juan Orozco Manrique de Lara, 
ganó en ello una de las-glorias más motivadas de aquel 
siglo y Cataluña quedó tan enemiga de los franceses 
como lo mostró en calificadas ocasiones más adelante, 
alguna no venturosa ni loable por cierto. 

Mas si la insurrección de Sicilia se había atajado, si 
la de Ñapóles al fin había cedido á nuestra constancia 
ó á nuestra fortuna, si la de Cataluña se había termina- 
do dichosamente, la de Portugal, que era la que más 
importaba vencer, mostrábase triunfante y más y más 
potente de hora en hora. Después de la batalla de Mon- 
tijo, el marqués de Torrecusso se retiró á Ñapóles como 
atrás hemos visto, disgustado del mando y persuadido 
de la inutilidad de emprender con tan escasas fuerzas 
y recursos campaña alguna. Entonces se dio el Gobier- 

30 



— 466 — 

no del ejército al marqués de Leganés, mandando so- 
breseer en su proceso; porque á la verdad, aun dadas 
las grandes faltas de aquel General, todavía era por el 
esfuerzo de su persona y por la experiencia que tenía 
en las armas, de los mejores y aun de los pocos de que 
para tal ocasión pudiera echarse mano. Empleóse el 
Marqués con sus tropas en arrasar quintas, molinos, 
aldeas y puentes: luego, reunidas todas las fuerzas que 
pudo, y que montarían á tres mil caballos con siete ú 
ocho mil malos infantes, emprendió el sitio de Oliven- 
za. Llegó á apoderarse de algunos baluartes y á pene- 
trar en la ciudad; pero volvió á perderlos por la defen- 
sa heroica de los portugueses y la mala calidad de la 
gente nuestra: de modo que tuvo que alzar el cerco sin 
fruto alguno. Siguióse de una y otra parte la guerra de 
correrías y desolaciones, hasta que muerto D. Andrea 
Cantelmo, con retención del mando supremo de aquel 
ejército, fué á gobernar el de Cataluña, donde con más 
fortuna que por acá, hizo levantar el cerco de Lérida á 
los franceses. Quedó mandando el ejército el valiente 
barón de Molinghen, á quien se debía la gloria de Monti- 
jo, Maestre de campo general del ejército; mas no hubo 
en su tiempo hostilidad notable. Retirado y muerto al 
poco tiempo Leganés, se dio ya el mando de las armas 
de Extremadura á D. Francisco Tuttavilla, duque de 
San Germán, que estaba en Cataluña. No se lograron 
por eso mayores ventajas, y ni de una ni de otra parte 
se reunió ejercito bastante para hacer verdaderamente 
la guerra. 

Por este tiempo, en Flandes se habían pretendido re- 
mediar los males traídos por los pasados desaciertos, 
enviando en lugar del marqués de Tordelaguna, don 



— 467 — 

Francisco de Mello, varios caudillos de nombre que se 
repartiesen el mando. Así se vio pasar allá á D. Octa- 
vio Piccolómini y Aragón, natural de Siena, Conde pri- 
mero de su nombre y luego hecho por el Rey de Espa- 
ña duque de Amalfi, en recompensa de la victoria de 
Thionville. Era ya éste muy conocido en los ejércitos de 
España y más en los del Imperio, del cual fué uno de 
los principales sostenedores en la sangrienta lucha con 
los suecos. Con él servían el conde de Fuensaldaña, 
D. Alonso Pérez de Vivero, que comenzaba entonces á 
ser conocido en los ejércitos, el general flamenco Beck, 
y el marqués de Caracena, D. Luis de Benavides, Ge- 
neral entonces de la caballería, puesto en lugar de Al- 
burquerque, y Lamboy, aquel buen capitán liejés, que 
de antiguo peleaba debajo de nuestras banderas. Con 
éstos hay que juntar al duque de Lorena, nuestro alia- 
do, que como Príncipe y señor de un ejército que tenía 
á nuestra devoción, era el que más autoridad alcanza- 
ba. Tantos y tan calificados capitanes sin ejércitos 
bastantes que mandar, sin sujeción unos á otros, lejos 
de traer ventajas, ocasionaban con sus disturbios con- 
fusión y pérdidas. 

El duque de Orleans, con un poderoso ejército fran- 
cés, comenzó la carnpaña de 1645, y aprovechándose 
de tales disturbios y de la ordinaria falta de recursos, 
obtuvo considerables ventajas. Púsose sobre Mardik 
mientras el almirante Tromp, holandés, con treinta baje- 
les impedía por mar los socorros, y ganó la plaza á los 
veinte días de sitio. En seguida fué sobre Bourboug y 
la ganó del mismo modo en breve tiempo. Con mayor 
rapidez todavía ocupó á Bethune, Saint Venant y Ar- 
mentiéres, plazas casi abiertas, por sí ó sus tenientes 



— 468 — 

Gassion y Rantzau. Entre tanto, Hultz vino á poder del 
príncipe de Orange. No acertaron nuestros capitanes, 
aunque juntos reunían bajo sus órdenes cerca de vein- 
ticinco mil combatientes, á socorrer ninguna de estas 
plazas; y así, aun cuando todas ellas se defendieron 
con esfuerzo, no pudieron salvarse. Pero Lamboy re- 
cobró á Mardik por sorpresa, sin perder más que diez 
hombres, cuando tantos y tantos días había costado 
tomarla á los franceses, y Montcasel y otros lugares 
importantes vinieron á nuestras manos. El duque de 
Orleans y sus tenientes entraron entonces en la idea 
de llegar hasta Amberes ó Gante, y para facilitar su 
intento emprendieron el sitio de Courtray. El duque de 
Lorena y Caracena vinieron á apostarse en las cerca- 
nías de la plaza, y desde allí con frecuentes ataques y 
hostilidades dificultaron los trabajos; pero con todo la 
plaza ofrecía poca defensa, y Delliponti, su Goberna- 
dor, tuvo que rendirla á los trece días de abiertas las 
trincheras. 

De Courtray fué el de Orleans á recobrar á Mardik, 
y lo consiguió á pesar del glorioso denuedo con que 
D. Fernando de Solís, el mismo que había defendido á 
Gravelinas, mantuvo el puesto, y á pesar de Caracena 
y de Lamboy, que acudieron prestamente al socorro. 
Y entre tanto Longwy, única plaza que quedaba al du- 
que de Lorena, nuestro aliado en sus Estados, cayó en 
poder de los franceses. Sucedió en esto al de Orleans 
en el mando, el príncipe de Conde. Comenzó este ge- 
neral por rendir á Fumes, donde sólo había de guarni- 
ción entonces ciento cincuenta españoles; y en seguida 
fué á caer sobre Dunquerque. Era esta plaza una de 
las más importantes de Flandes, famoso puerto sobre 



— 469 — 

el mar de Inglaterra, donde se formaban y reparaban 
nuestras armadas, donde se abrigaban nuestros corsa- 
rios, y por donde nos comunicábamos con aquellos Es- 
tados. Mas con toda su importancia estaba Dunquer- 
que menos que medianamente fortificada y provista. 
La guarnición sí era buena y estaba mandada por el 
marqués de Leyden, valeroso soldado; mas, falta de 
otras cosas la plaza, no era posible dilatar mucho la de- 
fensa. Por lo mismo se puso el mayor empeíio en el so- 
corro, y el conde de Piccolómini fué á él con todas las 
fuerzas que pudo. Pero las de los franceses eran muy 
superiores para que pudiera forzar sus líneas, y como 
el almirante Tromp con la armada holandesa era dueño 
del mar, no hubo medios de prolongar más que diez y 
ocho días la defensa, rindiéndose el marqués de Ley- 
den, su Gobernador, bajo honrosos partidos. 

No compensó ciertamente esta pérdida el descalabro 
del príncipe de Orange, que tuvo que levantar sin fru- 
to el sitio que había puesto á Venló, y así á principios 
de 1647 estaba á punto de hundirse del todo nuestro 
dominio en Flandes, al peso de las armas aliadas de 
holandeses y franceses. Comprendió la Corte de Espa- 
ña que ahora, como después de la muerte de la infanta 
Isabel Clara, el número y la división de los Generales 
tenía mucha parte en las derrotas, y resolvió enviar allí 
persona de autoridad y carácter que fuese bastante á 
desempeñar el mando supremo. Pusiéronse los ojos en 
el archiduque Leopoldo, creyendo que de esta manera 
se lograría alguna ayuda del Emperador, su hermano, 
además que el Archiduque había dado á conocer ya 
ciertas prendas militares. Diósele el Gobierno de Flan- 
des en los mismos términos en que lo había tenido el 



— 470 — 

Cardenal Infante D. Fernando, y al punto vino á tomar 
posesión de su cargo. Su primera empresa, pasada 
muestra de las tropas y reunidos á sus órdenes los ca- 
pitanes, fué el sitio de Armentiéres, que ganó en cator- 
ce días de sitio, y luego rindió á Landresi. En cambio, 
los franceses tomaron á bixmunda, la Bassé, Lens, 
donde el mariscal Gassion, uno de sus mejores capita- 
nes, fué herido de muerte, y luego á Iprés, plaza no 
poco importante. Recobró á Dixmunda el Archiduque, 
sorprendió luego á Courtray, y obligó á rendirse, dos 
días después á la cindadela, mientras el francés Rant- 
zau hacía en vano un amago sobre Ostende; y se apo- 
deró de nuevo de la plaza de Lens: por manera que 
logró equilibrar las ventajas de los enemigos. Mas al 
día siguiente de tomada la plaza se presentó el ejército 
francés mandado por el príncipe de Conde, y los maris- 
cales de Granmont y de Chatillon, que venían á soco- 
rrerla. Dio esto ocasión á una batalla desgraciadísima 
para España. Al ver á los franceses el Archiduque 
tomó ventajosas posiciones sobre ciertas eminencias de 
no fácil acceso, aguardando á que ellos comenzasen el 
combate. No lo comenzaron, y los dos ejércitos se es- 
tuvieron observando todo un día. 

Al siguiente el príncipe de Conde, no osando embes- 
tir á los nuestros en sus posiciones, emprendió la reti- 
rada. Entonces el Archiduque, lleno de ardor y deseoso 
de venir á las manos, ordenó al general Beck, que man- 
daba la caballería, que fuese á embestir la de los con- 
trarios que iba de retaguardia, mientras él bajaba de 
sus posiciones con todo el ejército á la llanura que al 
pie de ellas se dilataba. Hízolo aquel capitán con tanto 
esfuerzo, que la destrozó en un instante. El pavor fué 



- 471 - 

grande en los franceses y tanto, que el príncipe de 
Conde, determinado ya á dar la batalla, cuando vio ba- 
jar al llano á los nuestros, dudó si podría continuarla 
después de tal descalabro. Pero desvanecido el Archi- 
duque con el triunfo y pensando arrollarlo todo de la 
propia manera, encaminó á toda prisa, sin orden ni con- 
cierto, su ejército á atacar al de los franceses. Estos ya 
no pudiendo excusar la batalla, y viendo que el des- 
orden de los nuestros los favorecía sobre manera, se 
repartieron los puestos en un momento é hicieron alto. 
Traían los soldados españoles el ala derecha de nues- 
tro ejército, los alemanes é italianos el ala izquierda y 
centro de batalla, y como con la prisa del caminar tras 
de los franceses unos tercios y escuadrones se hubie- 
sen adelantado á otros, haciendo los franc'eses alto in- 
opinadamente, tuvieron que comenzar la batalla confor- 
me iban llegando sin detenerse á reponer su ordenanza. 
Aprovechándose de esto los enemigos, acometieron fu- 
riosamente; rompieron el ala izquierda en breve tiempo 
y luego el centro: la derecha, por donde venían los es- 
pañoles, no se sostuvo mucho tampoco, porque la caba- 
llería estaba armada de largos mosquetes, y aunque su 
primera descarga fué mortífera, luego no pudo resistir 
á la de los enemigos, que la embistió espada en mano. 
Ordenó entonces el Archiduque la retirada, que se hizo 
con el mayor desorden, dejando en el campo la artillería 
y bagajes, muchas banderas, tres mil muertos y cinco 
mil prisioneros: la pérdida de los contrarios, entre heri- 
dos y muertos, no bajó de dos mil hombres. 

Hubiera traído este desastre grandes desdichas á no 
ser por las discordias que distraían por entonces la 
atención de la Corte de Francia. La Reina Regente, 



— 472 — 

Doña Ana de Austria, tenía puesta toda su confianza 
en el cardenal Mazzarino, de tal modo, que él dirigía á 
su antojo los negocios públicos. Era aquel Cardenal, 
hombre muy diestro y digno de suceder á Richelieu en 
el Gobierno; pero como italiano no estaba bien vista 
del pueblo francés, que, sin agradecerle las ventajas 
que él proporcionaba, le achacaba todos sus males. 
Eran los principales que Francia padecía los que ori- 
ginaba la penuria del Tesoro, consumido también por 
la larga guerra: aumentábanse diariamente las contri- 
buciones, y con ellas como siempre las vejaciones. 
Juntóse con el clamor del pueblo la mala voluntad que 
tenían los grandes señores á Mazzarino, los unos sus 
émulos, los otros resentidos de él porque no satisfacía 
sus pretensiones. El Parlamento de París y el Obispo 
coadjutor, Gondí, comenzaron también á hostilizar de 
diversos modos al Ministro, y por hostilizarle á él, á 
hostilizar á la misma Reina Regente. Al fin estallaron 
tumultos, levantáronse barricadas, la Reina y el Minis- 
tro salieron de París, y un ejército, al mando del prín- 
cipe de Conde, bloqueó por algunos días aquella capi- 
tal; Compusiéronse las diferencias, pero de nuevo 
volvieron á estallar y con más fuerza. El príncipe de 
Conde fué preso, y el vizconde de Turena, su amigo, 
ilustre ya en los ejércitos de Alemania, se salió de la 
corte y vino á Flandes á ofrecer sus servicios á los es- 
pañoles. Ajustóse un tratado entre el archiduque Leo- 
poldo y los honderos (frondeurs) que así se llamaba el 
partido contrario á Mazzarino, por el cual unos y otros 
se comprometieron á no hacer paces sin razonables 
ventajas. Y así fué como la victoria de Lens quedó sin 
producir algún fruto á los franceses. 



— 473 — 

No pudo prevalerse el Archiduque tanto como pudie- 
ra de la disposición de las cosas por falta de hombres 
y dineros como siempre; pero con todo no dejó de con- 
seguir algunos triunfos. Reuniendo hasta quince mil 
hombres todavía, se puso en marcha hacia París para 
socorrer á los insurrectos; mas al llegar á Amiens, tuvo 
noticia de que éstos andaban ya en negociaciones con 
Mazzarino, y se yolvió á Flandes. Dióle ocasión de acer- 
tar aquella desconfianza de los enemigos, porque de ir 
á París no hubiera conseguido nada probablemente, si 
no era facilitar el que la Corte transigiese con sus ene- 
migos, y en Flandes podía aprovechar, como aprove- 
chó, las distracciones de los enemigos. Fué sobre Iprés 
y la recobró en tres semanas; ganó á Saint Venant y la 
Motte y otros muchos lugares, y acudiendo al socorro 
de Cambray, logró introducirlo á tiempo; por manera 
que el conde de Harcourt, con un poderoso ejército, 
donde se hallaba el mismo cardenal Mazzarino para dar 
calor á la empresa, tuvo que alzar el cerco. Ocuparon 
también los nuestros dentro de Francia, las plazas del 
Chatelet y de la Chapelle, y aunque el vizconde de Tu- 
rena y el conde de Fuensaldaña, tuvieron que levantar 
el sitio de Guisa, Rethel y Montsón y Bourg, en Guyen- 
ne, cayeron también en nuestro poder. Rethel, sitiada 
por el mariscal de Plessis-Praslin y defendida por el 
italiano Delliponti, no tardó en volver á manos de los 
contrarios, rindiéndose el Gobernador, seis días antes 
de !o que tenía ofrecido á nuestros Generales. Estos, 
entre los cuales venía Turena, se aproximaron al soco- 
rro, y hallaron ya rendida la plaza. Empeñóse entonces 
un combate poco sangriento, en el cual unos y otros se 
dieron por vencedores. El ala izquierda de los nuestros^ 



- 474 - 

que gobernaba Turena, rompió la derecha enemiga; 
pero nuestra derecha fué puesta en derrota. Esto hizo 
que no quedara bien declarado el triunfo. Mas ello fué, 
que en seguida Fumes y Berg-Saint Vinaox cedieron á 
las armas españolas, y luego la fortísima plaza de Gra- 
velingas, que el Archiduque rindió en persona, con más 
de dos meses de sitio. Tras esto abandonaron á Mar- 
dik los enemigos, y la gran plaza de Dunquerque fué 
embestida, la cual tuvo que capitular á los treinta y 
nueve días de sitio en manos del archiduque Leopoldo, 
falta de socorros. En esto fué declarado mayor de edad 
el rey Luis XIV; mas no por eso cesaron las turbulen- 
cias, como veremos en el libro siguiente, y, por lo 
pronto, ya que Turena volviérase á servir á su patria, 
vino á entregarse á los españoles y á ofrecerles sus 
servicios el famoso príncipe de Conde, tan funesto para 
nosotros en Rocroy y en Lens. 

Así terminó por la parte de Flandes la campaña de 
1652, que fué aquélla en que se rindió Barcelona, y 
Cataluña sacudió el yugo de los franceses, uniéndose 
de nuevo con la madre patria y más estrechamente que 
nunca. Ya por ahora, las cosas de la guerra presenta- 
ban por aquí y por allá distinto aspecto del que presen- 
taban antes. A mediados de 1647 los holandeses, vien- 
do en tanto poder á los franceses por sus fronteras, 
hicieron proposiciones de paz, que fueron aceptadas, 
reconociéndose de nuevo y explícitamente la soberanía 
de aquella república, y ajustando pactos de navegación 
y comercio. Desde entonces comenzó un nuevo género 
de relaciones entre España y Holanda. Después de ha- 
ber peleado tan largos años una y otra generación, des- 
pués de haber satisfecho con tanta sangre el odio encen- 



— 475 — 

dido por las pasiones religiosas, el interés político pudo 
tanto ahora, que las dos naciones se reconciliaron y lle- 
garon, no sólo á pelear juntas en las batallas, sino á llo- 
rar juntamente sus pérdidas respectivas y á celebrar mu- 
tuamente sus triunfos. Por lo pronto, no hubo más que 
paz, y paz sincera; pero los acontecimientos no tarda- 
ron en traer lo demás. 

Ratificóse la paz en Munster el año siguiente de 
1648, en cuya ciudad y en Osnabruch se trató al mismo 
tiempo la paz famosa conocida con el título de paz de 
Westfalia, por pertenecer aquellas dos ciudades á la 
provincia de este nombre, la cual puso término á la 
guerra de los treinta años, haciendo soltar las armas á 
Francia y á Suecia, y al Emperador y los Príncipes 
protestantes, que con tanto encarnizamiento se dispu- 
taban el dominio de Alemania. Y cierto que si D. Luis 
de Haro mereció alabanzas por las paces hechas con Ho- 
landa, que nos eran tan necesarias como inútil nos era 
la guerra, no pudo decirse lo mismo tocante á su con- 
ducta en estas paces generales, de donde á solicitud de 
Francia y de la misma Suecia quedó España exclui- 
da. No obró lealmente el Emperador con España, que 
puesto que tanto la debía, á punto que sin ella hubiera 
sucumbido á manos de sus enemigos, no debió aban- 
donarnos, como nosotros no lo habíamos abandonado 
á él en los días de peligro, y jamás debió hacer paces 
sin contar con que nuestros intereses quedasen antes á 
salvo. ¿Qué habría sido del Imperio si España cuando 
vio llegar á Alemania las terribles armas de Gustavo 
Adolfo y deshechos todos los ejércitos austríacos, hu- 
biese prescindido de los tratados y ajustado por su 
parte la paz? Sólo una lealtad desconocida en la diplo- 



— 476 — 

macia la mantuvo firme en tan costosa alianza, aun te- 
niéndola ya por inútil para sí, y esto, sin duda, mere- 
cía otro pago. Buena era la lección para no perdida en 
adelante. Pero por lo mismo que nuestros enemigos 
ponían tanto cuidado en dejarnos solos en la contien- 
da, debió ser mayor el empeño de nuestros políticos en 
que no se cumpliesen sus deseos. La soberbia era allí 
extemporánea é inútil; no había la menor probabili- 
dad de que pudiésemos luchar solos contra Portugal y 
Francia. Verdad es que como el intento de Mazzarino 
era desmembrar nuestros dominios, se negó siempre á 
abrir conciertos que no tuviesen por base condiciones 
para nosotros desventajosas. Pero por mucho que lo 
fueran no lo serían más que las de la paz de los Piri- 
neos que se ajustó más tarde; porque de una parte, el 
tratar de nuestros intereses al mismo tiempo que los 
del Imperio y de los de tantas potencias, naturalmente 
había de ofrecer facilidades para llegar á razonables 
conciertos, y de otra, Francia, contando aún con el 
Emperador por enemigo, á la par que España, no po- 
día aparecer tan superior y tan soberbia como pelean- 
do con España sola, y, por tanto, no podía tener tan 
descomedidas exigencias. Acaso D. Luis de Haro con- 
fiaba en las turbulencias que estallaron en Francia 
por aquel propio tiempo, de las cuales dejamos dada 
noticia, para no prestarse á dolorosos sacrificios. No 
reparaba el Ministro en que tales turbulencias nunca 
podían dar el fruto copiosísimo de las nuestras, por- 
que allí no peleaban más que cabezas con cabezas, 
caudillos con caudillos, seguidos de plebe, sin odio ni 
saña, que miraba la revuelta como un entretenimiento, 
y más bien seguía en ella por deseo de novedades y 



- 477 - 

pueril juguetonería, que no por algún grave interés ú 
opinión política. Aun por eso se dio el nombre á aque- 
lla guerra civil de guerra de la honda, el mismo con 
que se conocían las lides y encuentros que en los arra- 
bales de París solían sostener á pedradas los mucha- 
chos de la plebe. Así que para empresas de importan- 
cia, tales aliados, como los honderos, no podían traer- 
nos utilidad alguna. Dábannos caudillos; pero el dinero 
y. los soldados teníamos que ponerlos nosotros, y eso 
equivalía poco más ó menos á pelear solos. 

Si se nos hubiera ofrecido ocasión de levantar en 
Francia tal guerra como la de Cataluña, tal rebelión 
como la de Portugal, tales alborotos como los de Ña- 
póles y Messina, donde el enemigo había encontrado 
soldados y dineros nuestros para combatirnos, sin po- 
ner hartas veces de su parte sino los caudillos, y tal 
vez nada, pudiéramos y debiéramos continuar la gue- 
rra seguros de resarcir las pasadas pérdidas. De estas 
diversiones y sublevaciones poderosas y verdaderas 
fueron las de los calvinistas en Francia, y la de los ca- 
tólicos en Inglaterra, que bien dirigidas hubieran podi- 
do servir de mucho en otro tiempo. Dejó el tratado de 
Munster ofendido á la par que á España al duque de 
Lorena, el cual continuó peleando con nosotros contra 
los franceses. Así siguió por algunos años más el esta- 
do de guerra que debjó abandonarse en tiempo de Fe- 
lipe III, y que, sin embargo, había ido conservándose 
día tras día para devorarnos enteramente. Hemos di- 
cho en otras ocasiones que era ocasión de ceder 
algo ó mucho para no perderlo todo: ceder, como cedió 
Francia vencida por Carlos V, provincias enteras, ce- 
der, como acababa de hacerlo el Emperador, después 



— 478 — 

de treinta años de lucha encarnizada. Con tal de con- 
servar el Rosellón, que eso sí debía conservarse á toda 
costa, con tal de reunir fuerzas bastantes para recupe- 
rar á Portugal, Flandes y el Franco-Condado, ya inevi- 
tablemente perdidos, bien podían darse en todo ó en 
parte por precio de la paz. 

En el ínterin volvía el Rey á sus antiguas costum- 
bres, aunque ya sin ardor, porque la edad tenía algo 
entibiados sus gustos y pasiones. Notábase en él la 
propia indolencia, la indiferencia misma que antes: no 
oía, no quería oir hablar de los negocios públicos. No 
tardaron en volver las comedias: resucitólas el perte- 
necer los teatros á los Hospitales que contaban con sus 
productos para atender á sus necesidades piadosas, y 
aunque con ciertas restricciones, comenzaron á apare- 
cer en todas partes, y señaladamente en Madrid, seis 
años después de haber sido suspendidas. Ni eran las 
comedias los únicos entretenimientos del Rey y de la 
Corte; volvieron con aquel género de espectáculos to- 
dos los que antes andaban en uso, suspendidos por el 
luto de la reina Isabel y del Príncipe. Para que nada 
faltase al cambio, dispuso el Rey contraer nuevas nup- 
cias, que estuvieron, por cierto, para serle fatales. 

Bien puede servir el suceso que vamos á narrar para 
comprender cuánto hubiese decaído en España en po- 
cos años el respeto de los Monarcas. De seguro no 
hubo nadie en los tiempos de Felipe II y Felipe III que 
soñase matar al Rey? aun de los más agraviados: el li- 
bro de Rege, de Mariana, donde se admite con ciertas 
condiciones la justicia del regicidio, mas confirma que 
no combate esta opinión. Tales doctrinas no habrían 
podido tolerarse ni aun en el tiempo y forma con que 



— 479 — 

se toleraron, si hubiese habido en la nación algo que 
pudiese corresponder á ellas con hechos y obras. Por 
lo mismo que era el regicidio un género de utopía, una 
cosa inconcebible á los ojos de los españoles, pudo el 
P. Mariana asentarlo como doctrina. Pero ahora ya no 
sólo lo veremos posible, sino que traído á punto de eje- 
cución, evitándolo la casualidad y la fuerza, que no la 
voluntad de los que se lo proponían. Verdad es que si 
tal crimen hubiera podido ser en alguna ocasión discul- 
pable, tal vez en ésta lo hubiera sido, porque si jamás 
un homicidio ha podido disculparse por las necesidades 
ó las conveniencias políticas, disculpa podía haber en 
ésta en que movía á los fautores una alta idea de pa- 
triotismo. Fué el caso de esta manera: 

No habiendo quedado de la reina Doña Isabel de 
Borbón otro fruto que la infanta Doña María Teresa, 
muerto el príncipe D. Baltasar, era ella la heredera de 
la Corona. Muchos portugueses conocedores del ver- 
dadero interés de la nación, y no pocos españoles, 
imaginaron que para unir de nuevo los dos reinos y 
reconstituir la unidad de la Monarquía se diese la mano 
de la princesa á D. Teodosio, hijo y heredero del du- 
que de Braganza, de hecho ya Rey de Portugal. Era el 
pensamiento magnífico, y el más oportuno que en ta- 
les circunstancias pudiera ofrecerse para el remedio del 
mayor mal de la Monarquía. Comprendiólo el de Bra- 
ganza, y por su parte no puso obstáculo alguno, antes 
trabajó con afán por hacer partido á D. Teodosio en 
España, si hemos de dar crédito á algunos de sus bió- 
grafos; y aun entró en negociaciones muy serias con 
algunos de nuestros Grandes y personas principales. 
Pero Felipe ÍV, ó no acertó á comprender lo noble y 



- 480 — 

grande de la idea, ó no halló en su ánimo bastante ab- 
negación para dejar por señor de todos sus Estados á 
un hijo de su rival y enemigo el de Braganza. Sólo una 
de las dos cosas podía ser, porque ciertamente la na- 
ción no tenía que temer nada de la nueva dinastía, y 
aun puede decirse que ella era ventajosa para todos, y 
muy á propósito para que la unión fuera en adelante 
más firme y más sincera que nunca. No podían temer 
los portugueses que un Príncipe de su raza los menos- 
preciase, como decían de los monarcas austríacos; ni 
las demás provincias de la Monarquía, que formaban 
un cuerpo de nación tantas veces mayor y más pobla- 
do que el Portugal, podían temer de modo alguno que 
éste adquiriese una superioridad ó señorío dañoso. Si 
alguna vez Portugal y Castilla con Aragón se juntaran 
de nuevo y para siempre, realizando las miras de la 
Providencia que hizo tales pueblos hermanos, sería de 
esa manera; viniendo una dinastía portuguesa á sen- 
tarse en el Trono español. 

Felipe IV no sólo no dio entrada á tal pensamiento 
en su ánimo, sino que accediendo á la súplica de las 
Cortes de Castilla que le pidieron que contrajese ma- 
trimonio, lo ajustó en 1647 con su sobrina Doña Maria- 
na de Austria. Habían solicitado las Cortes el matri- 
monio, no mirando más que el interés de dejar varón 
que empuñase el Cetro más adelante, sin reparar en la 
posibilidad y la conveniencia de pacificar á Portugal 
por tal modo. Sintieron profundamente esta determina- 
ción, que podía echar por tierra todos sus planes, los 
castellanos y portugueses interesados en que la unión 
se llevase adelante, y algunos de ellos con exagerado 
patriotismo, sin reparar en lo odioso del medio, trama- 



— 481 — 

ron una conspiración para asesinar al rey Felipe, ro- 
bar á la Princesa y casarla en seguida con el príncipe 
D. Teodosio de Braganza. Los principales eran Don 
Carlos Padilla, Maestre de campo que había sido en 
Cataluña, D. Rodrigo de Silva, duque de Híjar, Don 
Pedro de Silva y Domingo Cabral. Una carta de Don 
Carlos Padilla á un hermano suyo que servía en las ar- 
mas de Milán, venida por azar á poder del Gobierno, 
fué el hilo por donde se descubrió la trama. Todos 
ellos fueron presos, dióseles tormento, y convencidos 
del hecho, D. Pedro de Silva, marqués de la Vega de 
Sagra y D. Carlos Padilla fueron degollados en la Pla- 
za Mayor de Madrid. Domingo Cabral murió en la 
cárcel. Los demás cómplices padecieron menores cas- 
tigos, y el duque de Híjar, que era de los más culpa- 
dos, no fué condenado sino á cárcel perpetua y á pa- 
gar diez mil ducados de multa (1648). Justos aunque 
sensibles castigos por el noble móvil que guiaba á los 
delincuentes. 



31 




Cl^ 



LIBRO OCTAVO 



o© 



SUMARIO 



De 1648 á 16B5.— Fines del reinado de Felipe IV.— Cataluña: in- 
teligencias con los del Rosellón; virreinato de D. Juan de 
Austria; pérdida de Figueras; defensa heroica y socorro de 
■Gerona; pérdida de Villafranca de Conflans; pérdida de Puig- 
cerdá; socorro malogrado de Castellón de Ampurias; pérdida 
•de Sobrona, victoria delante de esta plaza; combate naval en 
Barcelona; toma de Berga y gloriosa victoria delante de sus 
muros; nuevo virreinato de Mortara; Castelfollit en nuestro 
poder; victoria al paso de Fluviá; toma de Camprodón y bata- 
lla gloriosa del Ter.— Italia: nuevas tentativas del duque de 
Guisa; batalla de la Roqueta; nueva guerra con el Modenés; 
toma de Reggio de Correggio; pérdida de Valencia del Pó.— 
Flandes: el príncipe de Conde en nuestro campo; sublevaciones 
en Francia; toma de Rocroy; prisión del duque de Lorena; si- 
tio de Arraz; fuerzan los franceses nuestras líneas; entra Don 
Juan de Austria en el Gobierno; rota de los franceses en Va- 
lenciennes; sucesos de Inglaterra; negociaciones con Crom- 
wel; muerte de Aschau; insultos á nuestro Embajador; guerra 
con los ingleses; pérdida de Mardik; sitio de Dunquerque; ba- 
talla segunda de las Dunas y pérdida de la plaza; Gravelingas, 
•Oudenarde y otras muchas se rinden al enemigo; rinden los 
ingleses nuestras flotas en América; negociaciones y paz de 
los Pirineos; matrimonio de la infanta Doña María Teresa 
•con Luis XIV.— Portugal: sitian á Badajoz los enemigos; va 



— 484 — 

al socorro D. Luis de Haro; derrota de D. Luis en Ervás,-; 
campañas del marqués de Viana en Galicia; vuélvense contra 
Portugal todas las fuerzas; D. Juan de Austria viene á inten- 
tar la reconquista; disposiciones de una y otra parte; toma 
D. Juan muchas plazas pequeñas, y entra en Cermeña y en 
Evora; retirada de esta plaza y batalla llamada de Estremoz; 
piérdese todo lo ganado; campaña del duque de Osuna por 
Ciudad-Rodrigo; es derrotado por los portugueses; entra el 
marqués de Caravaca en el mando; pierde la batalla de Mon- 
tesclaros ó de Villaviciosa; sentimiento del Rey; conjuración 
del marqués de Heliche; disputa de los embajadores en Lon- 
dres; afrentas; muerte del Rey y principales disposiciones de- 
su testamento; juicio de su reinado y resumen de los males 
que causó á la Monarquía. 

[I H| legax por fin los últimos años de la vida de Feli- 
pe IV, y con ellos los fines de la guerra con Francia, 
la paz de los Pirineos, los desastres de Portugal, que 
afirmaron la Corona de aquel reino en las sienes del de 
Braganza, las humillaciones de España en las negocia- 
ciones y cortes extranjeras. Sucesos, si no más temi- 
bles, más vergonzosos que nunca comprende este nue- 
vo período. 

Continuaron en tanto, á pesar de la sumisión de los. 
naturales, las hostilidades en Cataluña. Suplicaron los. 
del Rosellón al Rey que hiciese un esfuerzo para reco- 
brar aquella provincia como había recobrado la de Ca- 
taluña, asegurándole que allí estaban los ánimos no- 
menos propensos que aquí á volver á la obediencia. 
Llegó el caso de prestarse por sí sola á la recupera- 
ción de Cataluña, con tal que se la ayudase con caba- 
llería, que era lo que le faltaba. Y el Rey y sus Minis- 
tros, tímidos é irresolutos, no osaron acometer una 
empresa tan importante, y que la ayuda de los natura- 
les, deseosos de volver á juntarse con la madre patria,. 



- 485 ~ 

hacía tan fácil. Dejó el de Mortara el virreinato al co- 
menzar la campaña de 1653, y entró en él D. Juan de 
Austria mientras casi todo el ejército que había obrado 
la recuperación era destinado á Portugal. Comenzáron- 
la los franceses entrando de nuevo con un cuerpo vo- 
lante de soldados y miqueletes que llegó hasta el llano 
de Vich; pero fueron rechazados por D. Gabriel Llu- 
piá con algunos soldados y buen golpe de paisanos. 
Luego el mariscal de Hocquincourt con el traidor Mar- 
garit, un tal D. José Ardenas y el capitán Manuel Aux, 
bien señalado en las pasadas revueltas, entró por el 
Portus, mandando catorce mil infantes y cuatro mil ca- 
ballos. Pensaban que Cataluña al verlos se levantaría 
de nuevo en armas contra su natural Gobierno; pero 
erraron completamente el cálculo. Sólo los forajidos, 
acosados por la justicia, se juntaron con los franceses, 
aunque á la verdad no en corto número, porque nunca 
lo hubo por desgracia de tales gentes en el Principado. 
Señalóse en su odio contra los españoles además de 
Margarit, Aux y Ardenas, un cierto Segarra, gran fo- 
rajido. Pero el grueso de la población tomó valerosa- 
mente la parte de España. 

Dos tercios formados para defender á Barcelona du- 
rante el sitio, vinieron á ponerse á las órdenes de Don 
Juan con otros muchos soldados y capitanes que estu- 
vieron peleando contra España. Tomaron los franceses 
.algunos lugares y á Figueras no sin pérdida, y luego 
pusieron sitio á Gerona. Allí estaba lo mejor de nues- 
tro ejército con el Condestable de Castilla, General de 
la caballería, el barón de Sabac, el marqués de Sierra 
y D. Juan Palavicino, sus principales capitanes; y lle- 
gando los franceses de improviso se hallaron encerra- 



— 486 — 

dos. Defendiéronse heroicamente ayudados por los ve- 
cinos, hombres y mujeres que á porfía se prestaban á 
coronar los muros: rechazaron á los franceses de sus 
brechas, y teniéndolos setenta días sin adelantar un 
paso, dieron tiempo á D. Juan de Austria para que 
desde Barcelona, juntando ejército bastante, viniese al 
socorro. Compúsolo de catalanes, voluntarios casi to- 
dos, con alguna infantería napolitana acabada de des- 
embarcar y algunos escuadrones de caballería vieja, y 
el total no pasaba de cinco mil infantes y mil quinien- 
tos caballos. Con todo, bastóle esta gente para llegar 
delante de Gerona y romper un trozo de enemigos que 
le salió al encuentro; y como la guarnición de la plaza 
hiziese una salida oportuna, diéronse las manos los es- 
pañoles de dentro y de fuera y se logró el socorro» 
viéndose forzados á retirarse los contrarios. Señalóse 
en aquella ocasión D. Francisco de Velasco, hermana 
del Condestable, que quedó pasado por el pecho de 
un mosquetazo y quebrado un brazo, cumpliendo con 
su obligación largamente. Recobráronse luego Caste- 
llón de Ampurias y Figueras. Disolvióse el ejército ca- 
talán después de tales victorias, con lo cual los enemi- 
gos pudieron de allí á poco entrar otra vez en el Prin- 
cipado y correr la tierra hasta Gerona sin obstáculo 
alguno. Pero de todos modos hizo mala campaña Hoc- 
quincourt, que perdió mucha gente en Gerona y más 
en la retirada, sin poder ganar una plaza importante ni 
conservar siquiera los pequeñas lugares donde entró. 
Á la campaña siguiente, destinado Hocquincourt á Flan- 
des, entró á gobernar á los franceses el príncipe de 
Conti. 
Este había ya aparecido en la parte de Conflans cort 



— 487 — 

cuatro mil infantes y mil quinientos caballos: tomó por 
asalto á Villaíranca de Conflans, pasando á cuchillo la 
mayor parte de su guarnición, que se defendió hasta 
el último punto, y luego emprendió el sitio de Puigcer- 
dá. Quisieron los nuestros distraerle del intento y ama- 
garon á Rosas; dejó el de Conti con efecto á Puigcerdá 
y fué. á socorrer esta última plaza, mas en el camino 
fueron destrozadas sus tropas por las partidas de natu- 
rales apostadas en los desfiladeros; sin embargo, llegó 
delante de Rosas y obligó á los nuestros á retirarse con 
premura. Dio ocasión el no haber ejército á que los 
enemigos osasen insultar las murallas de Barcelona pa- 
sando por delante de ellas, aunque sin fruto. De nuevo 
se pusieron sobre Puigcerdá, que tenía dos mil hom- 
bres de guarnición, y se defendió muy bien al principio; 
pero muerto de un cañonazo su gobernador, D. Pedro 
Valenzuela, se dio á partido. 

Pugnaba en tanto D. Juan de Austria por juntar ejér- 
cito que oponer al enemigo; y aunque Cataluña puso 
mucho de su parte, no lo hubo bastante para dar bata- 
lla á los franceses. Con esto D. Juan salió de Barcelo- 
na y estuvo observándoles algunos días; luego guarne- 
ció las plazas más importantes y se recogió, sin hacer 
nada, á la capital. En tanto el enemigo entró en la Seo 
de Urgel, que halló indefensa, en Berga y Camprodón. 
Púsose también sobre Vich; pero los miqueletes cata- 
lanes le tomaron de tal suerte los pasos, impidiéndole 
los mantenimientos, que hubo de alzar el campo. Luego 
reforzado recorrió el Ampurdán y sitió á Cadaqués, 
que estaba ya bloqueado por algunos bajeles; rindióla, 
y desde allí fué sobre Castellón de Ampurias. Había 
logrado D. Juan levantar ya en la provincia algunos 



— 488 - 

tercios, y con la escasa caballería y gente veterana 
con que contaba se propuso librar esta plaza; ya es- 
taba cerca cuando cayó en una emboscada que le te- 
nían dispuesta los enemigos; trabóse con igual valor 
el combate, pero sobreviniendo el grueso de los con- 
trarios, tuvo D. Juan, inferior en poderío, que retirarse 
á Palamós, y Castellón fué perdida. Apoderóse D. Juan 
de Bañólas; pero el francés se resarció con usura, en- 
trando en Solsona, que halló desguarnecida. Mandaba en 
esta ocasión D. Manuel de Aux, llevando consigo todos 
los soldados viejos de aquella provincia que no habían 
desamparado las banderas extranjeras, y luego quedó 
con ellos de presidio. No tardó D. Juan en mandar un 
trozo de gente á que le asediasen; acudieron á soco- 
rrerle, cuando ya estaba apretado, mil quinientos caba- 
llos franceses y algunos infantes, y D. Juan, que estaba 
en Vich, envió su caballería, que mandaba D. Diego 
Caballero de Illescas á estorbar el intento. Viéronse en- 
trambas fuerzas delante de Solsona, pelearon y hubo 
muchos muertos y heridos; pero los contrarios debie- 
ron padecer mucho más y quedar derrotados, porque 
se recogieron á un bosque cercano, y de allí, desistien- 
do del socorro, pasaron á Berga. Luego el de Conti se 
puso sobre Palamós para divertirnos de lo de Solsona, 
sitiándola por mar y tierra; pero sobreviniendo nuestra 
armada al mando del marqués de Santa Cruz con vein- 
te bajeles y treinta galeras, hubo de alzar el sitio. Tomó 
no obstante algunos lugares mientras nuestra armada 
ocupaba las islas Medas. 

Tropezó esta armada delante de Barcelona con una 
francesa que traía el duque de Vandoma para visitar 
aquellas costas y sublevarlas de nuevo; dióse un com- 



— 489 — 

bate que duró todo el día, donde ambas partes se atri- 
buyeron la victoria, y los franceses se retiraron á sus 
puertos y los nuestros á Cartagena. Entre tanto don 
José Galcerán de Pinos, noble caudillo catalán, se apo- 
deró de Berga; vinieron los franceses á recobrarla, y 
la defendió su alcaide Juan Miró valerosamente, dando 
tiempo á que Pinos con mil infantes y mil cuatrocientos 
caballos, á cargo de D. Diego Caballero, acudiese en su 
auxilio. El enemigo, tomada ya la villa, aprovechó la 
ocasión de poner la conquista del castillo, ocupado aún 
de Miró y los suyos, á trance de batalla. Mandábalos 
el catalán D. José Ardenas. Su infantería ocupó ciertas 
colinas ventajosas, y la caballería quedó en un llano de 
poca extensión metido entre unos barrancos; una ermi- 
ta enlazaba á la infantería y la caballería protegiendo á 
ésta. La infantería catalana, mandada por Pinos, ganó 
las colinas al enemigo y se comunicó con el castillo. 
D. Diego Caballero con la caballería, al amparo de al- 
gunas mangas de walones, logró doblar los barrancos, 
entrar en el llano donde estaba la enemiga y deshacer- 
la; luego la guarnición del castillo cayó sobre la villa, 
y la rota de los franceses fué completa. Casi toda su 
infantería quedó prisionera y entre todos bien perderían 
mil quinientos soldados con el bagaje y artillería. Sal- 
vóse milagrosamente D. José Ardenas, retirándose por 
los montes seguido de pocos. Sabida esta victoria por 
D. Juan salió de Barcelona, y reforzando aquel peque- 
ño ejército con mil quinientos infantes sacados de las 
galeras, asedió formalmente á Solsona, descuidada has- 
ta allí por unos y por otros á causa de los diversos ac- 
cidentes de la guerra, y la tomó sin grande esfuerzo. 
En esto fué nombrado D. Juan de Austria para el go- 



— 490 — 

bierno de Flandes, y el virreinato de Cataluña tornó al 
ilustre Mortara. Ahuyentó el marqués del Ampurdán á 
los franceses, tomando todos los lugares de aquellos 
contornos menos Rosas, y D. Diego Caballero y el 
conde de Humanes con un trozo de ejército fueron á 
ponerse sobre la Seo de Urgel; pero ó bien por des- 
orden de ellos, ó bien por no atreverse á esperar al ene- 
migo que venía superior en fuerzas, levantaron el si- 
tio. En tanto el duque de Cándale, francés, y Margarit 
entraron en Blanes y en muchos lugares abiertos, é in- 
sultaron de nuevo al llano de Barcelona. El gobernador 
francés de CastellfoUit vendió por dinero aquella plaza 
al rey Felipe, y un golpe de gente catalana recobró á 
Blanes. Sitió el de Cándale á CastellfoUit deseoso de 
castigar al Gobernador y de recobrar la plaza; soco- 
rrióla D. Próspero Tuttavilla con escogido escuadrón 
de caballos, no sin pérdida del enemigo, y en su reti- 
rada al paso del Pluvia fueron acometidos los franceses 
por Mortara con el grueso de sus fuerzas, y obligados 
á echar al río dos cañones que llevaban, perdieron mu- 
chísima gente dispersa. En seguida D. Próspero Tutta- 
villa acometió el castillo de Camprodón; acudió á so- 
correrlo Mr. de Santonné con buen golpe de infantes y 
caballos, y á una legua de aquella plaza tuvo lugar un 
combate, en el cual los enemigos fueron destrozados 
con pérdida de quinientos hombres, muriendo no pocos 
y calificados de nuestra gente. Con esto se rindió Cam- 
prodón; pero no tardó en sitiarla de nuevo Mr. de San- 
tonné con más de cinco mil infantes y tres mil caballos. 
Reunió entonces Mortara los tercios catalanes, la in- 
fantería de las galeras al mando de D. Melchor de la 
Cueva, el tercio de la guardia que allí estaba á cargo 



— 491 — 

de D. Juan Salamanqués, un tercio valenciano y otro 
navarro y hasta dos mil quinientos caballos al mando 
de D. Diego Caballero, y con esta gente se presentó 
delante de los enemigos. Salieron ellos á esperarle en 
un llano que baña el caudaloso Ter. Trabóse la batalla, 
en la cual nuestras dos alas envolvieron las de los ene- 
migos; pero antes aún de que esto se verificase, ya don 
Diego Caballero había esguazado el río con sus caba- 
llos, y cogiendo por la espalda al enemigo, había des- 
trozado cuanto se le había puesto delante, forzando, es- 
pada en mano, las líneas y entrando á degüello los cuar- 
teles que habían quedado bien guarnecidos. Con esto 
fué completa la victoria, perdiendo el enemigo hasta 
mil quinientos prisioneros, las banderas y artillería. Fué 
tan brillante acción la última de la guerra por aquellas 
partes. Sostúvose tibiamente porque Francia, no con- 
tando ya con el favor de los pueblos, juzgaba inútil el 
esforzarse; y España, escudada con la fidelidad de la 
provincia, no tenía miedo del enemigo. Así fué que en 
lugar de enviar á Cataluña nuevas tropas se enviaron 
á Portugal, Italia y Flandes las que permitieron reunir 
los tiempos tan estrechos. Fué gloriosísima sin embar- 
go la conducta de nuestras armas, catalanas en la ma- 
yor parte, durante estas últimas campañas, poniendo 
casi siempre de nuestro lado la victoria. Así anduvieran 
nuestras cosas por todas partes. 

Pero en Italia, Portugal y Flandes no era buena la 
fortuna. En Italia se mostró varia. Por el lado de Ña- 
póles hubo un nuevo amago del duque de Guisa, no 
menos funesto para él que el anterior. Habíase librado 
éste á ruegos de D. Juan de Austria de la pública muer- 
te que le preparaba el buen conde de Oñate por casti- 



- 492 - 

go, y conducido á España fué encerrado en el Alcázar 
de Segovia. De allí se escapó disfrazado: pero no pudo 
ganar á Francia, y preso de nuevo en Vizcaya fué res- 
tituido á sus prisiones. 

Pasara allí el resto de su vida, si el príncipe de Con- 
de no hubiera interpuesto su favor y súplicas con el Rey 
de España, cuando vino á nuestro servicio. Creyóse 
acaso que aumentaría el partido de los Príncipes contra 
Mazzarino; pero el de Guisa, ingrato al de Conde, se 
puso de parte del Ministro, é ingrato al Rey de España 
que le dio la libertad cuando tenía derecho para quitar- 
le la vida, comenzó á solicitar ayuda y protección para 
volver á Ñapóles. Hizo entonces Mazzarino equipar una 
armada de cuarenta bajeles, y pensando vengarse del 
aliento que daba España á sus enemigos personales, 
envió en ella al duque de Guisa á las playas napolita- 
nas, con armas y soldados. Llegó esta armada delante 
de Castelmare y hallándola desprovista, sin esfuerzo 
alguno cayó en sus manos. Al saber la venida de los 
franceses, conmoviéronse los Abruzzos, y las cuadri- 
llas de bandidos que recorren siempre aquellas comar- 
cas, se engrosaron grandemente á punto de causar se- 
rios temores. Pero el Virrey que, vuelto Oñate á Es- 
paña era el conde del Castrillo, obró con actividad y 
acierto. Reunió la infantería española y la caballería 
napolitana, y caminó apresuradamente á Castelmare. 
Salió el de Guisa al encuentro lleno de presunción, y 
hubo á las puertas de la ciudad un combate, en el cual 
los enemigos fueron completamente derrotados: de 
suerte que apenas pudieron reembarcarse al abrigo de 
los muros. Luego se hicieron á la vela los bajeles fran- 
ceses, y el de Castrillo sosegó fácilmente los revueltos 



— 493 — 

ánimos de los naturales de los Abruzzos, y volvió á po- 
ner en paz todo el territorio. 

Á principios de 1653 entró el mariscal Grancey en el 
Piamonte con un ejército, y juntándose con las tropas 
del duque de Saboya, fueron en busca del Gobernador 
de Milán que lo era aún el marqués de Caracena, don 
Luis de Benavides, con el fin de provocarle á batalla. 
Halláronle cuando éste entendía en esguazar el Tánaro 
por la Roquetta, y al punto le embistieron. Eran los dos 
ejércitos casi iguales en número; peleóse casi todo un 
día, y con tanto escarnizamiento, que los regimientos sui- 
zos que traían los franceses, faltos ya de balas, cargaron 
sus armas con los botones de hierro de sus vestidos; 
mas al fin los franceses, que habían venido á provocar la 
batalla, tuvieron con su retirada que confesar la derrota. 
Perdimos nosotros poca gente, mucha los aliados. En 
seguida el vencedor Caracena, amagando antes algunas 
plazas del enemigo, tomó cuarteles de invierno. No 
osaron los franceses emprender nada en la siguiente 
campaña; pero en la de 1655 volvieron á alimentar gran- 
des esperanzas. El duque de Módena, Francisco de 
Este, obligado poco antes á pedir misericordia á Espa- 
ña, no pudiendo llevar con paciencia la altivez de Ca- 
racena, volvió á empuñar las armas. Envió Mazzarino 
en su ayuda al príncipe Tomás con un trozo de ejérci- 
to. Mas no bien supo el de Caracena la determinación 
del Modenés, entró en sus estados con respetables 
fuerzas, tomó á Reggio y luego se puso sobre Berzello. 

No hallaron el duque de Módena y el príncipe Tomás 
otra traza para libertar esta última plaza, sino el poner 
sitio por su parte á Pavía, plaza de extrema importan- 
cia en el Milanés. Lisonjeábanse ya de conquistarla, 



- 494 — 

compensando con esta sola ventaja cualquiera pérdida 
que tuviesen, cuando apareció Caracena; y cortando 
los víveres á los enemigos y acosándolos de continuo, 
les obligó á levantar el asedio, disminuidos ellos, él sin 
pérdida notable. Luego para desquitarse de no haber 
tomado á Berzello, redujo á Correggio á nuestra obe- 
diencia. Con esto el marqués de Caracena aumentó su 
reputación sobremanera; y como la Corte pusiera ma- 
yor atención en Flandes que en ninguua otra parte, le 
envió allá, trayendo de allí en cambio para gobernar 
estas armas al conde de Fuensaldaña. No era el nuevo 
general, ni muy antiguo, ni muy experimentado en las 
armas, ni los sucesos le daban por muy afortunado 
tampoco; pero poseía cierta firmeza de carácter y ha- 
bilidad, y estaba sobre todo en Madrid bien visto, cua- 
lidad bastante á la sazón para desempeñar cualquier 
cargo. 

Fueron á decir verdad, no desafortunadas sus opera- 
ciones. En un encuentro empeñado rompió buena par- 
te de las tropas de Módena; mas el Duque, con los nue- 
vos refuerzos que le enviaron los franceses al mando 
del duque de Mercoeur, que vino á reemplazar al prín- 
cipe Tomás de Saboya, muerto en aquellos días, jun- 
tando hasta catorce mil hombres, fué con ellos sobre 
Valencia del Pó. Defendióse ochenta días la plaza; pero 
tuvo al fin que rendirse, porque Fuensaldaña no pudo 
socorrerla, aunque lo intentó por dos veces, y á pesar 
de haber obtenido notables ventajas á campo raso con- 
tra las tropas modenesas que acudían al cerco, no logró 
levantarle. Recibió Fuensaldaña algunos refuerzos del 
Emperador; mas la falta de dinero, y por consecuencia 
de pagas y bastimentos, impidió sacar provecho algu- 



— 495 — 

no. Sitió á Valencia del Pó y no pudo recobrarla, por- 
que acudieron al socorro los enemigos; mas en cambio 
impidió á éstos, mandados por el Modenés y el prínci- 
pe de Conti, con varias y acertadas combinaciones, que 
se apoderasen de Niza de la Palla, sitiada todo un mes 
por ellos. Rindieron sin embargo á Mortara y los pe- 
queños fuertes de Varas y de Novi, y Fuensaldaña no 
pudo apoderarse de Borzello que de nuevo tenía sitia- 
da. Así hallaron por allí la paz nuestras armas. Fuensal- 
daña, á pesar de que no cesaba de suplicar al Rey que 
hiciese la paz á toda costa, dando sino el Milanés por 
perdido, supo mantener con su firmeza por aquellas 
partes, no sólo nuestro dominio, sino también el respe- 
to de nuestras armas. 

Mas donde verdaderamente lucharon con encarniza- 
miento durante el último período de la guerra españoles 
y franceses, fué en las provincias de Flandes y no poco 
en el interior de la misma Francia, al calor de las disen- 
siones. Allí fueron varios y continuos los sucesos, no 
pocas las complicaciones; y para tratar de todo ello es 
preciso explicar y relatar algunas cosas, que, tanto en 
España, como en Francia, ocuparon por largo tiempo la 
atención de los Ministros y diplomáticos. Dejamos al 
príncipe de Conde en Flandes, y en unión con nuestros 
capitanes. Dióle la Corte de España, deseando utilizar 
sus talentos, título de Generalísimo y tales considera- 
ciones como obtenía el mismo archiduque Leopoldo. 
Puesto al frente de un trozo de nuestro ejército con al- 
gunos regimientos levantados por él para servir á su 
patria, y que ahora seguían su bandera, recobró á 
Rethel y tomó á San Menehould dentro del territorio 
francés. 



— 496 — 

Desquitóse de estas pérdidas Luis XIV, recobrando 
la importante plaza de Bourg en Guyenne, mal defen- 
dida por D. José de Osorio que allí mandaba y redu- 
ciendo á su obediencia á Burdeos, puesto en armas por 
el príncipe de Conti, al calor de una armada que al 
mando del barón de Batteville y del marqués de Santa 
Cruz se dejó ver á la embocadura del Garona. Tenía- 
mos ocupados muchos puestos á la embocadura del río 
y sin duda no cediera la ciudad de Burdeos al enemigo 
si Lormont que la aseguraba, no hubiera sido vendida 
á Mazzarino por la guarnición irlandesa que allí tenía 
España. Con Burdeos tornaron á obedecer á su rey Li- 
vourne, Perigueux y otras plazas, no poco revueltas 
también por aquellos días, en las provincias occidenta- 
les de Francia. Al Oriente por la parte de Flandes, el 
príncipe de Conde, el conde de Fuensaldaña, y el duque 
de Lorena, salieron á campaña con hasta veinticinco 
mil hombres, recorrieron las riberas del Soma y sitia- 
ron la plaza de Rocroy, de funesta memoria; guardaron 
esta vez los desfiladeros vecinos de forma que no pu- 
diese venir el socorro', y por fin la rindieron. Poco fal- 
tó para que se malograse esta empresa por la discordia 
que sobrevino entre el Príncipe y el de Fuensaldaña. 
Acudió á componerlos, desde Bruselas, el mismo archi- 
duque Leopoldo, y no tardó en disputarle el de Conde 
con el título de Generalísimo, que tenía ciertas preemi- 
nencias, por manera que tomó aún mayores proporcio- 
nes la discordia. Medió el duque de Lorena y se termi- 
naron las diferencias; pero á los pocos días fué preso 
el propio Duque y enviado á España. 

Ocasionó esto grande y más peligrosa discordia; al- 
gunos regimientos loreneses se pasaron á los france- 



— 497 — 

ses; muchos soldados y capitanes sueltos hicieron lo 
mismo, y del resto de las tropas auxiliares del Duque 
se confiaba tan poco que apenas se sacó de ellas parti- 
do alguno. Sin embargo, continuaron al servicio de Es- 
paña gobernadas por Francisco, hermano del duque 
Carlos. Acusaban al Duque de mantener inteligencias 
con Francia, y de andar en tratos de paz con aquella 
potencia; mas esto no estuvo nunca bien justificado. Y 
cierto que la conducta del duque Carlos no era para 
engendrar tales sospechas; él había abandonado el par- 
tido de Francia por el partido de la casa de Austria; la 
había servido eficazmente por su persona y con sus 
subditos contra todo género de enemigos, y había 
empleado en su provecho sus talentos militares, que 
eran grandes y la sangre de sus soldados; había per- 
dido por ella su hacienda y estados. Ni el Imperio an- 
tes ni ahora España, tuvieran mejores aliados, y prin- 
cipalmente esta última, por la cual, aun viéndola en 
tanta decadencia, luchaba heroicamente en Flandes. 
Dícese que entibió su ardor en los últimos tiempos; 
mas para olvidar tantos servicios y castigarle tan dura- 
mente, era preciso que más que tibieza se advirtiera en 
él clara defección. Y aun así y todo sería de dudar si 
á un Príncipe soberano, aliado nuestro, y no vasallo ni 
feudatario, podíamos sin justicia castigarle porque se 
fuese de nuestro partido. Mas el hecho fué que Fuen- 
saldaña, en quien descansaba entonces nuestra Corte 
todos los negocios de Flandes, recibió órdenes reser- 
vadas para ejecutar la prisión; que la hizo con gran 
sigilo, sin que el Archiduque pusiera de su parte más 
que la confirmación de tal medida, y que vino á Espa- 
ña, donde, encerrado en el Alcázar de Toledo, estuvo 

32 



— 498 — 

maldiciendo nuestra ingratitud hasta la conclusión de 
la paz. 

Entre tanto se perdió Stenay, una de las plazas re- 
beldes contra el Rey de Francia por el lado de Flandes. 
Para distraer á los franceses de aquel sitio se empren- 
dió el de Arras, que nos fué muy funesto por la división 
de los capitanes y el desorden del ejército, de ella y la 
prisión del de Lorena ocasionado. Era el ejército de 
hasta doce mil infantes y diez mil caballos. Mandában- 
lo el archiduque Leopoldo y el príncipe de Conde, los 
cuales atacaron tan mal la plaza, que en cincuenta días 
no lograron aportillar los muros. Su línea de cinco le- 
guas de circuito tardó tanto en cerrarse, que hubo tiem- 
po de sobra para que las abasteciesen los franceses y 
reforzasen su guarnición. Luego los mariscales de Tu- 
rena y de la Ferté, con diez y ocho mil hombres esca- 
sos, acudieron á levantar el cerco, situándose á media 
legua de la plaza. Propusieron unos capitanes ir ¿ata- 
carlos, otros mantenerse en las líneas; y el ejército fran- 
cés recibió, al mando del mariscal de Hocquincourt, un 
gran refuerzo. Todavía era posible sorprender á este 
último por tener separado su campo del de Turena con 
notoria imprudencia; mas no pudieron ponerse de acuer- 
do tampoco nuestros capitanes. Pasaron días, nuestro 
ejército se desatentó y se debilitó sobremanera, y al 
fin Turena, bien tomadas sus disposiciones, embistió 
por todas partes nuestros cuarteles. Fué forzado casi 
sin defensa el cuartel de los loreneses, y con muy poca 
el de españoles, que mandaba D. Fernando de Solís, y 
se comunicaron los enemigos con la plaza; entonces el 
Archiduque con algunos cabos y poca gente se retiró á 
Douay; el príncipe de Conde con el General de la ca- 



- 499 — 

ballería española y la mayor parte del ejército se vino 
en buen orden á Cambray, y Francisco de Lorena ama- 
neció en Valenciennes fugitivo. Perdióse la artillería y 
bagajes. Consecuencia de este descalabro fué el que 
Turena recobrase en Francia á Quesnoy, la Chapelle y 
otras plazas, y rindiese, á pesar de su esforzada defen- 
sa, la importante plaza de Landrecy, sin que el prínci- 
pe de Conde pudiera recobrar lo perdido. 

Acabó de disgustar también aquel revés al archidu- 
que Leopoldo, harto disgustado ya con la falta de re- 
cursos y con la confianza que la Corte de Madrid hacía 
en Fuensaldaña, el cual gobernaba verdaderamente to- 
das las cosas en mengua suya, y solicitó que se le dis- 
pensase del cargo. Eran entonces los principios del 
año de 1653, y nuestra Corte, viendo cuan poco adelan- 
taba con la alianza de Conde y sus parciales, atribu- 
yendo no sin razón mucha parte al poco concierto de 
los generales, oyó bien la solicitud del Archiduque y 
determinó enviarle sucesor apartando de allí á la par al 
conde de Fuensaldaña, ya mal visto de muchos. Había- 
se granjeado el archiduque Leopoldo el amor de los 
pueblos, que habían de sentir naturalmente su ausen- 
cia; necesitábase reemplazarle con persona de autori- 
dad bastante para que no se le echase tanto de menos, 
y al propio tiempo era evidente que, sin autoridad y 
sin conocimiento de las armas, no podía haber gober- 
nador que bien lo fuera donde estaba el príncipe Con- 
de. Todo esto hizo recaer la elección en D. Juan de 
Austria, que estaba casi ocioso en Cataluña. 

Fué con efecto D. Juan á desempeñar su cargo, no 
sin padecer antes en la mar muchos azares, y con él, 
para acompañarle en el mando, se destinó al marqués de 



— 500 ~ 

Caracena D. Luis de Benavides, entrando en lugar de 
este á gobernar á Milán el conde de Fuensaldaña, como 
atrás hemos visto. Dieron los nuevos capitanes en Flan- 
des excelente comienzo á su Gobierno. Sitiaban los 
mariscales de Turena y de Ferté la gran plaza de Va- 
lenciennesconun ejército de treinta mil hombre y mucha 
y buena artillería: defendíala D. Francisco de Meneses, 
su Gobernador, con extraordinario esfuerzo, de mane- 
ra que los enemigos no adelantaban un punto. Pero sin 
embargo, D. Juan de Austria con Caracena y el prínci- 
pe de Conde, determinaron socorrerla, y lo ejecutaron 
felicísimamente. Estaban los Mariscales franceses acam- 
pados, el uno en una y el otro en otra de las orillas del 
Escalda, que baña la ciudad, á fin de estrecharla por 
todas partes. D. Juan y el de Conde rompieron las ex- 
clusas en Bouchain, é inundaron ambas riberas del río^ 
de suerte que no era posible caminar por ellas. Al mis- 
mo tiempo se pusieron en marcha por terreno seco ha- 
cia el cuartel del mariscal de la Ferté: llegaron sonada 
la media noche y lo embistieron, de manera que en un 
momento lo arrollaron todo, poniendo á los franceses 
en completa derrota. 

Tuvo el marqués de Caracena la gloria de ser- et 
primero que plantase nuestro estandarte sobre las trin- 
cheras enemigas. No pudo Turena enviar á su compa- 
ñero refuerzo alguno, porque no consentía el paso de 
los infantes y caballos la inundación de la ribera, y así 
todo el trozo de ejército de la Ferté fué destruido. Sie- 
te mil cadáveres quedaron en el campo de batalla, y 
cuatro mil prisioneros, entre los cuales se contaban el 
mismo la Ferté, y hasta sesenta y siete capitanes de 
menor cuenta; todo el bagaje, artillería y banderas vi- 



— 501 — 

nieron á poder nuestro. Turena entonces tuvo que alzar 
el cerco y retirarse en buena ordenanza. Fué el fruto 
de esta victoria la toma de Conde, con lo cual se ter- 
minó la campaña de 1656. Para la siguiente tuvieron ya 
que luchar D. Juan de Austria y Conde con un nuevo 
enemigo. Este era Cromwel, protector de la República 
de Inglaterra. 

Aquel príncipe de Gales, que estuvo para ser cuñado 
de Felipe IV, tan rencoroso con España siendo ya Rey, 
había muerto en un cadalso á manos de sus propios 
vasallos, con el nombre de Carlos I. El pueblo inglés, 
puesto en armas contra su Rey, después de vencerle y 
degollarle, depuso sus iras y se entregó á merced de 
aquel afortunado aventurero. Cromwel fué más tirano 
<que nunca lo hubiese sido Carlos I, y el pueblo, como 
suele suceder, llevó ahora con paciencia cosas mayo- 
res que las que antes pusieron las armas en sus manos. 
Europa, ocupada en aquellas encarnizadas luchas en- 
tre católicos y protestantes, entre la casa de Austria 
y sus enemigos, no prestó grande atención en los prin- 
cipios á aquellas turbulencias; aun hubo naciones, 
como Francia, que contribuyeron á exacerbarlas para 
tener distraída á Inglaterra y otras, como España, que 
celebraban en secreto las amarguras del rey Carlos, 
recordando las ofensas que le debían. Ni aun llega- 
do el trance de la muerte de aquel desdichado Príncipe, 
lloraron los demás Príncipes tanto como debieran el 
ejemplo fatal que se ofrecía á los pueblos, y la lección 
que acababa de escribirse en la historia, atentos sólo á 
lo presente. Ciegos con sus odios, y desvanecidos con 
sus empeños, antes se pararon á ver el partido que po- 
dían sacar de tal acontecimiento, que no las consecuen- 



- 502 — 

cias que de él habían de deducir y recoger los tiempos 
futuros. Así unas primero, otras después, todas las Po- 
tencias fueron reconociendo á la República inglesa. 

Señalóse España por haber sido en esto la primera. 
Verdaderamente en el punto en que estaban las cosas» 
luchando á solas contra Francia y Portugal, la alianza 
de los ingleses podía reputarse, no sólo por útil, sino 
aun por necesaria. Imaginó D. Luis de Haro aprovechar 
el despego con que en los días que siguieron á la muer- 
te de Carlos I miraban todas las naciones á Cromwel 
para solicitar su alianza, y por lo mismo se apresuró á 
reconocerlo. No se descuidaron Portugal y Francia en 
entablar iguales negociaciones, y entonces el astuta 
Cromwel comenzó á prevalerse del deseo de tales Po- 
tencias para entretenerlas á un tiempo, hoy dando, ma- 
ñana quitando esperanzas, ya inclinándose á una, ya á 
otra, con el objeto de sacar más ventajas de su alianza. 
Hubo, pues, en Londres, una larga lucha diplomática,, 
en la cual el marqués de Leyden y D. Alonso de Cár- 
denas, Embajadores nuestros, ordinario el uno, el otro 
extraordinario, hicieron desesperados esfuerzos por 
traer al astuto protector al partido de España, y aun 
pudiera decirse que humillantes. Mas en tanto que se 
afanaban por lograr la amistad del protector, aconteció 
en Madrid un desagradable suceso. 

Fué el caso, que habiendo enviado Cromwel á nues- 
tra Corte con título de residente á Antonio Ascham, uno 
de los más decididos parlamentarios y parcial suyo, al 
día siguiente de su llegada fué asesinado en su propia 
casa por cierto inglés realista, de los acogidos á nues- 
tro suelo, queriendo castigar en él la parte que habí» 
tomado con su voz y voto en el suplicio de Carlos L 



— 503 — 

Sintiólo mucho nuestra Corte, y titubeó algún tiempo 
entre la aprobación que el hecho de aquel realista le 
merecía y la amistad de Cromwel, deseando hallar me- 
dio de conciliar ambos afectos: para ello se dio tiempo 
al agresor á que se acogiera en sagrado, y luego se 
dieron órdenes rigurosas á un alcalde de Corte de que 
lo redujese á prisiones. No entendió el alcalde las ocul- 
tas miras de la Corte, y lleno de indiscreto celo puso 
tales asechanzas al inglés y se valió de tales amaños, 
que logró sacarlo del sagrado, poniéndolo á disposición 
de los Tribunales. Entonces estos no pudieron menos 
de condenarle á muerte; y la Corte, aunque llena de 
dolor, no tuvo aliento para renunciar á la amistad de 
Cromwel, y dejó ejecutar la sentencia castigando indi- 
rectamente al alcalde. Pero Cromwel, lejos de conten- 
tarse con tan dolorosa satisfacción, no dejó de hacer 
cargos á nuestra Corte sobre la muerte de Ascham, y 
no tardó en urdir contra nosotros una trama miserable. 
Era costumbre en Londres, que á la entrada de cada 
nuevo Embajador asistiesen los coches y séquito de los 
demás Embajadores para honrarle; y en tales casos se 
seguía en la colocación de los diversos carruajes el 
orden de dignidad y grandeza que alcanzaban las na- 
ciones; de modo que hasta entonces los de España ha- 
bían ido siempre delante de los de Francia. Llegó á 
Londres un Embajador de Suecia: salieron como siem- 
pre á recibirle los carruajes de los demás, y caminando 
el del Embajador de España como de costumbre, se le 
interpuso el carruaje del francés y pasó adelante. Al 
punto los españoles de la servidumbre del Embajador 
pusieron mano á las espadas y obligaron á los france- 
ses á volver á su puesto. Pero Cromwel, de acuerdo 



- 504 — 

ya con ellos, tenía apostados por aquellas inmediacio- 
nes un trozo de soldados, los cuales acudieron al rumor 
de la pendencia, y so pretexto de poner en paz á espa- 
ñoles y franceses, dejaron á éstos que pasasen delante. 
El asunto, aunque parecía trivial y pequeño, no era 
sino de grande importancia en aquellos tiempos de eti- 
queta diplomática, y el marqués de Leyden, hombre de 
gran valor y carácter, que como General de la mar ha- 
bía ya defendido una vez á Dunquerque de los france- 
ses, se quejó duramente á Cromwel; mas no obtuvo 
satisfacción alguna, y poco después, desesperando de 
lograr nada, se volvió á Flandes. 

No tardó en seguirle D. Alfonso de Cárdenas; por- 
que Cromwel, quitándose al fin la máscara, ajustó un 
tratado con Mazzarino, por el cual se comprometió á 
declarar la guerra á España, embistiéndola con todas 
sus fuerzas marítimas, y á dar seis mil hombres al Rey 
de Francia para sitiar de nuevo á Dunquerque, plaza 
que tomada, debería quedar á disposición de Inglaterra. 
No faltó allá durante las negociaciones quien represen- 
tase á Cromwel como más favorable á la nación la 
alianza de España que no la francesa, á fin de mantener 
el equilibrio entre las dos Potencias; pero el protector, 
con funesta sagacidad, se empeñó en ponerse en con- 
tra nuestra. Decía con razón que Francia no tenía co- 
lonias, ni navegación, ni comercio que pudiera ser pre- 
sa de la armada inglesa como tenía España; que la 
guerra contra Francia podía ser muy gloriosa á Ingla- 
terra, pero que no la proporcionaría provecho alguno, 
y que la rica y abandonada herencia de España, con 
poca dificultad y coste, si bien con menos gloria, esta- 
ba convidando al saqueo. No bien fué conocido el Tra- 



— 505 — 

tado, mandó Felipe IV que todas las mercadurías y bu- 
ques ingleses que hubiese en sus reinos, fuesen confis- 
cados; pérdida inmensa para aquella nación, y medida, 
si no justa porque no podía serlo tal despojo, osada al 
menos y proporcionada al género de hostilidades y da- 
ños que de Cromwel podían temerse. Este ordenó 
equipar al punto armadas que atacasen á nuestras colo- 
nias y persiguiesen á nuestros buques en todos los ma-' 
res; pero en Flandes fué donde se sintieron los mayo- 
res golpes. 

Vinieron en los principios de 1657 á reforzar el ejér- 
cito del mariscal de Turena seis mil ingleses escogidos 
de los veteranos de la revolución, al mando del coronel 
general Renols, caudillo muy nombrado en la guerra 
civil. Ya D. Juan de Austria y el príncipe de Conde 
habían recobrado á San Guillain, y forzado al enemigo 
á alzar el sitio de Cambray. Juzgóse que la primera em- 
presa de los enemigos aliados sería el sitio de Dunquer- 
que, y por lo mismo se metió Conde dentro de la plaza 
con numerosa guarnición y escogida. Tal era en verdad 
el intento de Turena; pero no osó, al saber las preven- 
ciones, llevarlo á cabo, y fué á ponerse sobre Bour- 
bourg, plaza pequeña y mal defendida que rindió en 
horas. De allí fué á San Venant y la tomó, y luego pre- 
cisó á los nuestros á levantar el campo de delante de 
Ardres; por último, sitió á Mardik, fortalecida y guar- 
dada por los españoles, tomóla en ocho días, y la puso 
en manos de los ingleses mientras que cumplía el Tra- 
tado rindiendo á Dunquerque. 

Ni tardó en conseguir esto con la ayuda poderosa de 
Inglaterra. Mediado el año de 1658, una armada inglesa 
de veinte navios de guerra cercó la boca del puerto de 



— 503 — 

Dunquerque, y seis mil ingleses más, también escogi- 
dos y veteranos, al mando de milord Lokart, vinieron 
de Inglaterra á reforzar el ejército de Turena. Repar- 
tiéronse luego los cuarteles, y pronto estuvo aquella 
ciudad estrechamente sitiada por mar y tierra, viniendo 
al campo el mismo Luis XIV para alentar á sus solda- 
dos. En tanto halló medio el de Leyden, antes Embaja- 
dor en Inglaterra, para atravesar las líneas enemigas 
con alguna gente y socorros, y atendió con mucho 
acierto y valor á defender la plaza. Los sitiadores me- 
tidos entre ella y Furnes y Bergues y Niwport, que 
estaban en nuestro poder, no podían recibir los basti- 
mentos sino por la parte del mar; de modo que su po- 
sición era peligrosa. D. Juan de Austria y Conde, con 
hasta quince mil hombres, vinieron á agravarla, presen- 
tándose por el camino de Furnes hacia las Dunas, dis- 
tantes como tres cuartos de legua del campo; venían 
con ellos el marqués de Caracena, el mariscal de Hoc- 
quincourt, del partido de los Príncipes y el duque de 
York, hijo del desventurado Carlos I, hermano del pre- 
tendiente Carlos II, y luego infeliz Rey de Inglaterra, 
que estando al servicio de Francia se había pasado al 
de España por causa de la liga ajustada entre aquella 
Potencia y Cromwel, obteniendo de nuestra Corte el 
título de Capitán general de la armada del Océano. 
Tal ejército y con tales capitanes, dejaba esperar que 
al enemigo se le frustraría el intento de apoderarse de 
la plaza; mas no sucedió así por desgracia. No creye- 
ron ni D. Juan ni Conde que el ejército anglo-f ranees 
viniese á ofrecerles batalla; porque encerrado como es- 
taba entre ciudades nuestras, una rota le habría traído 
á perdición completa. Por otra parte, no tenían ellos 



— 507 — 

todas sus fuerzas; faltaba la artillería que habían deja- 
do muy atrás por acudir más pronto, y no poca parte 
de la infantería: por manera que á la sazón eran muy 
superiores los anglo-franceses. Así, pues, no imaginan- 
do que los otros viniesen á atacarlos, ni queriendo eje- 
cutarlo ellos hasta tener dispuestas todas sus cosas, 
estuvieron nuestros Generales dos ó tres días sin em- 
prender cosa de importancia, ocupados sólo en hacer 
reconocimientos y facciones. 

Uno de tales reconocimientos le costó la vida al ma- 
riscal d'Hocquincourt. Mas Turena, que sabía que don 
Juan y Conde aguardaban refuerzos, que no tenían 
artillería, y que eran entonces muy inferiores en núme- 
ro, aprovechó hábilmente los momentos, y al amanecer 
de un día, cuando nadie lo esperaba en nuestro campo, 
vino sobre él en orden de batalla. Formóse apresurada- 
mente nuestro ejército, apoyando su derecha en aque- 
llas mismas Dunas, tan fatales ya otra vez para nues- 
tras banderas, extendiendo el centro y ala izquierda 
por las arenosas llanuras, testigos medio siglo antes de 
la rota gloriosa de nuestras armas. Mandaba la derecha, 
D. Juan de Austria con los españoles; la izquierda, 
el príncipe de Conde con sus regimientos propios y 
otras tropas extranjeras, y éstas componían también el 
centro. 

El marqués de Castelnau con los franceses, y milord 
Lokart, con la vieja infantería inglesa, embistieron las 
Duras, que eran, como hoy se dice, la llave de la posi- 
ción de los nuestros: defendiéronla los españoles con 
valor; pero fué inútil, porque en la playa que se exten- 
día entre las Dunas y el mar no se había puesto alguna 
guarda, á causa de estar muy alta la marea cuando se 



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formó el ejército en batalla, y ahora bajando la marea 
dejó abierto allí bastante espacio para que pasase un 
Cuerpo de caballería francesa, el cual, cogiendo por 
la espalda á los españoles, los puso en derrota. Des- 
hechos éstos, lo demás del ejército no pensó ya más 
que en huir, dejando tres mil hombres muertos en 
el campo, más en la fuga que en la batalla, y muchos 
prisioneros. Debieron el triunfo los enemigos á la in- 
fantería inglesa, si es que puede decirse que alguno 
ganara allí la gloria; la verdad es que con la imprevi- 
sión de D. Juan de Austria en no guardar la playa ó 
caleta entre el mar y las Dunas no había lucha posible, 
era inevitable la derrota de nuestro campo. Vergonzosa 
derrota esta segunda de las Dunas, y harto diferente 
de la primera donde el honor quedó por los vencidos. 

De resultas de ellas tuvo que capitular Dunquerque, 
mas no antes de que muriese de sus heridas el valero- 
so marqués de Leyden; pasó á manos de los ingleses, 
según lo pactado, y Link, Dixmunda, Gravelinas, Fur- 
nes, Oudenarde, Ypré y otras plazas importantes abrie- 
ron luego sus puertas, sin hacer las más resistencia al 
enemigo. Estos fueron los últimos sucesos de aquella 
guerra en Flandes. D. Juan de Austria, aunque tan 
culpado en aquella derrota, fué llamado á España para 
mandar el ejército de Portugal, y en su lugar vino al 
Gobierno de Flandes el archiduque Sigismundo, con 
gente de refuerzo que enviaba el Emperador; mas no 
hubo ocasión de probar al nuevo capitán, terminada ya 
la guerra. 

Una armada inglesa en tanto, compuesta de diez y 
siete bajeles de guerra y muchos de transporte, con 
buenas tropas, al mando del almirante Pen y del gene- 



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ral Venables, se presentó delante de la isla de Santo 
Domingo. Hecho el desembarco, la gente inglesa se di- 
rigió á la capital; mas en el camino fué detenida por los 
españoles que á toda prisa acudieron á la defensa; y 
cincuenta mosqueteros, apostados en un bosque, hicie- 
ron de modo que la pusieron en desorden, obligándola 
á retirarse á sus bajeles, con pérdida de seiscientos 
muertos, trescientos heridos y doscientos prisioneros. 
Pen y Venables, avergonzados y temerosos de volver 
á la presencia de Cromwel con el cuento de tan impen- 
sada desdicha, determinaron intentar nueva empresa, 
que fué harto más feliz para ellos. Llegaron delante de 
la Jamaica, que estaba completamente desguarnecida y 
sin armas, desembarcaron pacíficamente, y tomaron 
posesión de la isla. Amagaron luego los ingleses á 
Cuba y Tierra-firme, sin fruto alguno. Pero el almiran- 
te Blake, con una armada poderosa, vino á esperar de- 
lante de nuestras costas los galeones del Perú, ricamen- 
te cargados como siempre, mediado el otoño de 1656; 
y uno de sus segundos, Stayner, con siete bajeles que 
mandaba, hallándolos en número de cuatro con otras 
tres naves, á vista de la playa de Sanlúcar, que ya sa- 
ludaban gozosos después de tan largo y peligroso via- 
je, embistió furiosamente con ellos, logrando tomar, 
después de una esforzada defensa, el que mandaba don 
Luis de Hoyos, perdiéndose además dos de las naves 
en el combate. 

Habíase formado en Cádiz apresuradamente una ar- 
mada á cargo de D. Pablo de Contreras para salir á 
buscar los galeones; pero se le dieron tales órdenes de 
excusar la batalla, que por no desobedecerlas no pudo 
evitar la pérdida. Fuera mejor para esto no disponer tal 



- 510 - 

armada. Al año siguiente, en la bahía de Santa Cruz 
de Tenerife, acometieron Blake y Stayner otra vez á 
los galeones, y defendiéndose heroicamente sus tripu- 
laciones, diéronlos al fuego antes que rendirlos, per- 
diéndose las riquezas y muchos hombres. No pudimos 
vengar estos daños de los ingleses, y la muerte de 
Cromwell terminó dichosamente tales hostilidades casi 
al propio tiempo que, abiertas de buena fe entre Espa- 
ña y Francia -las negociaciones para la paz, se ajustó 
ésta con el nombre de Paz de los Pirineos, acabándo- 
se aquella lucha tremenda y decisiva que había durado 
veinticinco años. 

Ya la Francia la deseaba, si no tanto como España, 
bastante al menos para que corriendo el año de 1656 
entablase en Madrid tratos que no llegaron á buen tér- 
mino por ciertas condiciones que parecieron inadmisi- 
bles. La principal era el matrimonio de la infanta Ma- 
ría Teresa, hija mayor de Felipe y heredera de la Co- 
rona, con el joven rey Luis XIV, con lo cual se habrían 
juntado en una las Coronas de Francia y España. No 
quiso Felipe IV dar oídos á semejante pretensión; an- 
tes pretendía casarla con el archiduque Leopoldo de 
Hungría, que fué luego Emperador, imaginando acaso 
reunir de nuevo el Imperio con España. Verdadera- 
mente el primer matrimonio era inadmisible. España no 
podía ni quería unirse con Francia, que mucho más po- 
blada y más próspera no habría tardado en dominarla y 
convertirla en una de sus provincias; ni había aparien- 
cias de que la Europa, que á tan duras penas consintió 
luego en que un Príncipe francés viniese á ceñir esta 
Corona, tolerase unión semejante á ningún precio. 
Pero el intento de reconstituir la colosal herencia de 



— 511 — 

Carlos V, juntando otra vez la Corona imperial con la 
católica, no era menos aventurado, y señalaba bien á 
las claras cuánto el espíritu de familia mantenido y avi- 
vado por el matrimonio de Mariana de Austria impe- 
raba en Felipe. Ello fué que el no haber obtenido 
Luis XIV la Infanta por esposa prolongó dos años la 
guerra, Pero habiendo dado á luz la reina Doña Maria- 
na á fines de 1658 un hijo, el cual tuvo por nombre 
D. Felipe y murió más tarde sin llegar á heredar la 
Corona y desvanecidos por lo pronto los temores de 
unión de las dos Coronas, volvieron á entablarse los 
tratos. ■• 

Acogiólos Francia con favor, porque su tesoro esta- 
ba de todo punto exhausto, y muerto Cromwell no po- 
día contar con la alianza de Inglaterra, al paso que Ho- 
landa, los Príncipes alemanes y los potentados del Im- 
perio comenzaban á mirar su grandeza con la misma 
envidia y recelo con que habían mirado la de España. 
Temió agotar sus fuerzas y exponerse á perder todo 
lo ganado, y se apresuró á ceder algo discretamente. 
Así se hubiera hecho en España cuando era tiempo de 
hacerlo. Ahora si Francia necesitaba de la paz, juz- 
gúese cuánto la necesitaríamos nosotros: estábamos ya 
sin aliento, sin vida; no quedaba sangre en nuestras 
venas, ni oro en nuestras arcas, semejante la nave del 
Estado á aquéllas desarboladas y sin timón, que sin 
poder moverse para esta ó la otra parte, ni mantenerse 
fijas en un punto, son en el Océano miserable jugue- 
te de los vientos y ludibrio de las olas. Tres meses 
duraron las negociaciones para la paz entre D. Luis de 
Haro, Marqués ya del Carpió por muerte de su padre, 
y conde-duque de Olivares por herencia del tío, y el 



— 512 - 

cardenal Julio Mazzarino, que á tan justo título podía 
jactarse de haber dado cima á la obra de Richelieu. 
Fué el lugar de ellas una casilla de madera construida 
de por mitad en una isla del Bidasoa, llamada de los 
Faisanes, media legua de Irún, en la raya de España y 
Francia, y que se supuso que pertenecía á ambas Coro- 
nas. Concertáronse las negociaciones en ciento veinti- 
cuatro artículos que forman aquella paz famosa de los 
Pirineos, tan importante en la historia de España. Por 
ella cedimos á Francia, en el condado de Artoys, las 
ciudades de Arras, Hesdin, Bapaume, Bethune, Liliers, 
Lens, el condado de Saint Pol, Terouane, Pas y, en fin, 
toda la provincia menos Saint Omer y Ayre con sus 
dependencias: en Flandes á Gravelingas, con los fuer- 
tes de la Esclusa, de Felipe y de Tuttin, á Bourboug y 
Saint Venant; en el Haynautá Landrecy y Quesnoy; en 
el Luxemburgo á Thionville, Montmedi, Dambilliers, 
Ivoy, Chavancy y Merville, y además Avennes, Fili- 
peville y Mariembourg. Por la parte de España cedi- 
mos también los condados de Rosellón y Conflent ó 
Conflans, señalando por límites entre las dos naciones 
la cima de los montes Pirineos; de modo que todo lo 
del lado de acá quedase á España, y todo lo del lado 
de allá á Francia. Obligámonos á restituir á Rocroy, 
Chatelet y Limchamp, plazas conquistadas en Francia 
durante el último período de la guerra. Con estas pér- 
didas hay que juntar la de Dunquerque, que tenía cedi- 
da Luis XIV á los ingleses. Francia nos devolvió á 
cambio de estas cesiones el condado de Charolois y 
las plazas de Borgoña, en Flandes Oudenarde, Dix- 
munde, Fournes, Nerville sur la Lys, Menin, Commi- 
ne, la Bassé, Bergues, Saint-Vinos y otros fuertes y 



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lugares sin importancia; en Italia á Mortara y Valencia 
del Po; en Cataluña á Rosas, Cadaqués, Urgel, la 
Bastida, RipoH y el condado de Cerdania. 

No es fácil suponer ahora qué mayores ventajas pu- 
dieran obtenerse del Tratado; quizá Francia persisti- 
ría en conservar las conquistas con que más podía per- 
judicarnos, negándose á devolver las plazas y territo- 
rios que más nos conviniesen. Pero hay harta ocasión 
á recelar que faltó acierto en las negociaciones. Jamás 
pudiendo debimos abandonar el Rosellón, y á cambio 
l)ien pudiera darse doble territorio en Flandes, con que 
la Francia ganara más y nosotros p