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Full text of "Historia de la dominacion y Ultima Guera de España en Santo domingo"

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mSTOEIA 



DE LA 



DilMi í mi illA i ESPAM 



EN SANTO DOMINGO 



POR 



D. RAMÓN GONZÁLEZ TABLAS 



Capitán de infttnUria, oficial qvL9 ha «ido del ijército de operaciones 

de dicha isla. 






M. oi;¿'> 




MADRID.-1870. 



IMPBBNTA i CAROO DB FEBNÁNSO Ci.0, 

(kiettreros, S. 



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AL EXCBO. SR, D. FERNANDO FERNAffiEZ DE CÓRDOBA. 

0¿uwute i^eueuu oc icé uiétciU>d jbacMUfoXtét i^cJíaJXtto otate Ctu» de 
ia CweU' cil'bimat dt '^an cTetuaudo, <)e ta ot $<mí «A£>et4fieuea4'i<)o, 
eiceicut, cic., et«. 



y 



EXCMO. 8SÑ0R: 

iJ9a4a€/ecc€/o á /o^f e*f/uó4jíó^ ae4e ^4¡»9nÁie na ^e^ 
'A^a t/. 0. Aaia fneáú4aé ^^ cánauctone^ aó aioanc-' 
r-fcion e/e€auna c/a Q/fUla nerita, tne Aei^ncéa ioa^t^ 

aeaaóiá con ¿€n^t^i*€iínc€a ffu /íuáfíéo, aae nu <f€^/a 
eH'^Á€-ia//a y'ft*i a€ e/e<feo «ó A«cet onnoce4, ^^u^ia ./<?<« 

Hueiféio i^a/ían¿6 e^eialüt, ^n. /a 4nA4€t¿a á/^/a ^ 

EXCMO. señor: 
|lAAON pORZALBZ JaBLAS, 



Madrid y TsoYiembre de 1870. 



m sjvTJ 



PRÓLOGO 



No puede negarse que la rever- 
sión de la isla de Santo Domingo 
ha^sido un suceso de gran bulto 
por BUS consecuencias. AUi hemos 
ido solicitados y rogados por una 
grey desdichada; allí hemos inver- 
tido en corto plazo más de 300 mi- 
llones de reales ; allí tuvimos que 
combatir por la honra de la bande- 
ra nacional, más de 30.000 solda- 
dos, que fueron diezmados por el 
rigor del clima y de allí , donde 
siempre fuimos vencedores, nos he- 
mos retirado por conveniencia de- 
jando el campo á un enemigo infe- 
rior y d^bil. 

Reunir y dejar perpetuada la más 
desapasionada noticia de tamaños 
acontecimientos, es el fin de esta 
obra. 

Cuando fui á la guerra de Santo 
Domingo, estaba muy lejos de pen- 
sar que llegara un dia en que me 
atreviera á publicar la historia de 
la cftmpaña en que iba á tomar 
part«. 



Tiempo hacia que guardaba cui- 
dadosamente algunos cuadernos y 
apuntes sobre las operaciones y las 
cosas del país; pero mis materiales 
eran insuficientes para completar 
una obra que, sin los datos que m« 
proporcionó mi inolvidable y que- 
rido amigo el coronel D. Deogracias 
Hevia, no podría hoy presentar al 
público. 

Antes de decidirme á dar este 
paso, han sido muchas las vacilacio- 
nes que he combatido, pues no ig- 
noraba los grandes inconvenientes 
que tiene historiar hechos coetá- 
neos; pero la consideración de que 
todavía nada completo se publicó 
de la guerra que sostuvo España 
en Sante Domingo, me ha resuelta 
por último á ello, en la seguridad 
de que si mi trabajo no era perfec- 
to, no dejaría de ser leído con in- 
terés por su originalidad. 

He procurado que mi narración 
sea estrictamente histórica, y para 
cons^uirlo he buscado con avidez 



PROLOGO. 



«Mi 



la verdad, desentrañándola de nn 
gran número de documentos oficia- 
les y particulares que reuní. 

Por ningún motivo dejo de refe- 
rir los hechos, tal como los he sabi- 
do y creído. Cierto es que la consi- 
deración y respeto que debo á los 
jefes superiores, me ha hecho bor- 
rar varias veces reflexione^ críti- 
cas que habia consignado; pero 
conste que al adoptar este sistema 
de templanza, lo hago por mera 
cx)rtesía, que dista mucho del te- 
mor. 

Me he impuesto también el de- 
ber de ser parco en elogios, y si 
concedo alguno, es á aquellas per- 
sonas que se distinguieron noto- 
riamente en sucesos importantes. 
Podrá suceder también , que suge- 
tos no mencionados , sean dignos 
de loor, pero yo les ruego conside- 
ren que las dimensiones de esta 



obra no permiten separarse de los 
hechos más culminantes. 

Inserto y cito algunos documen- 
tos que me han parecido oportunos, 
para ilustrar ciertos puntos, y he 
eoi^ultado y estudiado varios li- 
bros que tratan de la historis^ de la 
Isla. 

En cuanto al mérito literario de 
este trabajo, el lector no se puede 
hacer ilusiones, sabiendo que es 
obra de un oscuro oficial del ejérci- 
to, y por poco que conozca los há- 
ibitos militares, no ignorará que 
ellos imprimen un gran fondo de 
verdad en sus individuos. 

Asi, pues, ruego á mis lectores 
que, fijándose más en d fondo de 
mi relato que en las formas con 
que lo presento, no vean en este li- 
bro, sino el fruto de un trabajo su- 
perior á mis fuerzas. 

Ramoii Gonzalfz Takab. 



PRIMERA PARTE. 



CAPÍTULO I. 



LA ISLA DE SANTO DOMINGO. 



El descubrimiento.— FnndaciottM. — El fuerte de la Navidad. — La ciudad 
Isabela.— La capital de la isla.— La prosperidad fabulosa.— Principios de 
la decadencia. — ^La miseria pública.-* Agitaciones políticas.— La emancipa- 
ción.— Conquista de los negros. 



Forzoso nos es empezar, haciendo una 
breve reseña del país donde tuvieron lu- 
ffar los acontecimientos que son objeto 
ae esta obra. 

Cristóbal Colon babia podido recabar 
por «fin auxilios y buques para lanzarse 
á mares desconocidos v descubrir el nue- 
vo mundo solamente adivinado en su ins- 
pirada imaginación. Había cruzado el 
Atlántico, encontrado la tierra prometi- 
da j visto seres ? cosas que le tenian, 
asi como á sus intrépidos compañeros, en 
constante admiración. 

Iba consumando la portentosa obra de 
su primer viaje, habia pisado y besado 
la tierra americana en la isla que deno- 
minó de San Salvador, j admirado el 
verdadero laberinto de las frondosas is- 
las del canal de Bahamá. iTa habia cos- 
teado gran número de millas de la de 
Cuba que tomó por un continente, cuan- 
do el 5 de Diciembre de 1492, divisó una 
tierra que cautiyó toda su atención, por- 

Sue al paso que se le acercaba, revela- 
an sus altas montañas corresponder á 
una isla de grandes dimensiones^ 

De los puntos que ja habia visitado, se 
trajo consigo el almirante algunos na- 
turales, con el fin de que fueran apren- 
diendo el idioma castellano paia poder 



servirse deflfpues de ellos como intérpre- 
tes. Cuando estos indios conocieron que 
las carabelas ponian la proa á la gran 
Isla, gritaron repetidas veces: BQhio^ JBo^ 
hio, V daban señales de miedo. 

Mas tarde se supo que la palabra Bo* 
hio significa tierra muy poblada, y que el 
terror de que se hablan aejado subyuMr 
los naturales^» oonsistia en exageraaas 
noticias que tenían de la crueldad de 
aquellos indígenas, porque sus vecinos 
creían que solo tenían un ojo en la frenó- 
te y que devoraban sus prisioneros. 

Él viento era contrario y los buques 
adelantaban lentamente hada la tíeria. 
Bsta circunstancia prestaba tiempo á la 
imaginaeion de los navegantes para que 
dulce y tranquilamente se embriagasen, 
contemplando la magnificencia que á sus 
ojos iba desplegándose. Las montañas 
que teidan al frente, eran mte agrestes 
y pedregosas que cuantas habían visto 
en las islas antes reconocidas; pero las 
planicies de sus cumbres, sus cañadas y 
sus faldas, formaban pomposos bosques, 
capricbosas florestas y dilatadas pra- 
deras* 

Con semejante aspecto, que mejoraba 
aun ln ilusión y la esperanza, se presen- 
taba la isla de Santo J[>omingo á loe o^ 

2 



-10- 



de los españoles. Aquel país esplendoro- 
so y que encerraba todas las galas de la 
creación, había sido destinado por Dios 
para ser la nación más desgraciada. 

En la tarde del 6 de Diciembre, la es- 
cuadrilla española ancló en un puerto de 
la punta más occidental de la isla: el al- 
mirante le denominó San Nicolás, si- 
guiendo la costumbre que se había im- 
puesto, de bautizar sus descubrimientos 
con el nombre del santo del día. La ba- 
hía pareció excelente por sus cualidades 
y pintorescas orillas, y el paisaje que se 
ofrecía á la yísta de los Tiajeros, era de 
lo más encantador. 

ün gran número de canoas surcaban 
las pacificas aguas , de donde se infería 
que la comarca debía ser muy poblada; 
pero los indígenas cobraron nuedo á la 
vista de los barcos y de la gente; huye- 
ron á los montes y no fué posible á los 
españoles ponerse al habla con nin- 
guno. 

Dejó el almirante el día 7 el puerto de 
San Nicolás, y navegando hacia el Orien- 
te, empezó á costear la isla por su parte 
Norte. 

Es por aquellas alturas, en extremo 
agreste; pero liállause preciosos oasis que 
exceden en magnificencia á toda ponde- 
ración. Hallaron loa viajeros un hermoso 
valle, cruzado por un manso riachuelo, 
circunvalado casi por altas montañas y 
cultivado con inteligencia, loque causó 
la mayor admiración. 

Allí permaneció la expedición fondeada 
varios días. Gomo había Colon arribade 
el 8 de Diciembre, llamó á aquel punto 
cLa Concepción. 1 Ése nómbrese ha per- 
dido, porque loe extranjeros lo camoia- 
ron, pero se sabe que estaba al Sur de la 
isla Tortuga, y se cree que sea, el que 
hoy señalan las cartas con el de cport 
áe Paix.» 

Allí fondeados loe españoles, tenían por 
muy agradable su permanencia, á pesar 
de no darse á trato los indígeaas. Las 
aguas abundaban en peces, que eon faci- 
lidad se cogían, y los pescadores obser- 
varon que había varias especiei de las 
eonocidas en Europa, cosaextrañt, pues 
ño las habían encontrado desde que de^ 
jaron las costas de España. 
* Oyeron también con amdable torpre* 
sa el canto de muchos pigaros, muy u^h 
fiíejanteé al del risueñor. 

Y aquellas fi*ondosa8 enramadas, el 
Mra embalsamada, el cielo sereno j fH 



clima fíresco y templado, por efecto del 
mes y estación de las Antillas, embele- 
saban á los toscos marineros, hijos de 
Moguer, y los trasportaban en alas de la 
ima^nacion á uno de los valles de la 
pintoresca Andalucía. 

Llegó á generalizarse entre los compa- 
ñeros de Colon la idea, de que aquel país 
era un vivo remedo de la parte merídio- 
nal de España, y entonces el almirante 
le llamó tLa Española,! antes de poder 
hablar con alj^uno de sus naturales, y 
cuando todavía no tenia noticia, de que 
los indígenas la denominaban Haití. 

El día 12 de Diciembre saltó Colon eon 
su séquito en tierra y con la gravedad 
que solía emplear en los actos públicos, 
tomó posesión del país á nombre de los 
reyes católicos. 

Era ya muy enojoso para los españo- 
les, fondear en uno y otro pueito de 
aquella isla, sin conseguir ponerse al ha- 
bla con ninguno de sus naturales. El 
almirante dispuso por fin, que fueran á 
tierra seis hombres de arrojo, para que 
penetrando al^ en el interior, recono- 
ciesen el país é hiciesen cuanto les fuera 
dable por traer á bordo, de grado ó por 
fuerza, algunos indígenas. 

Volvieron haciendo elogios de lo her- 
moso y pintoresco que les había parecido 
todo, y refirieron como habían visto di- 
versos grupos de naturales; pero Quese 
deshacían nuyendo tímidamente, al ver 
que á ellos se dirigían. 

Por fin, unos marineros ocultos en una 
enramada, pudieron sorprender y llevar 
ante Colon á una Joven india de dulce 
aspecto, desnuda, pero con sendos aretes 
de oro en las orejas y en la nariz. Aque- 
lla indígena daba testimonio con solo su 
presencia, de tres cosas importantes: la 

Srimera, que no era cierta la ferocidad 
e los haitianos y mucho menos que tu- 
vieran solamente un ojo en la frente, se- 
gún creían los naturales de las islas in- 
mediatas; la seffunda, que el estado de 
absoluta desnudez con que se presentaba 
la lóven, revelaba la escasa civilización 
del país, y la tercera, quelasmuestnMsile 
oro con que se adornaba, indicaban que 
allí lo había y acaso en gran abundancia. 
Colon y la gente de su escuadra agasa- 
jaron mucho á la cautiva y la colmaron 
de regalos de cascabeles, espejitos y 
otras chucherías, que paredan á la india 
de un incalculable valor, con lo cual ga* 
naroQ éeeididamente so voluntad. Pu- 



^ 



- II - 



fiiéroBlft nna camisa y asi vestida, car* 
gada de sus regales» ademada cen sar- 
tas de vidrio de colores y henchida de 
gratitud, la dejaron Tolverse & tierra, 
acompañándola tres de los indios qne 
habia á bordo. 

Pronto se hallaron en una población 
informe y esparramada, como de mil ca- 
sas testas qae llamaban bohíos y que en- 
contraron vacia, pues sus moradores 
andaban aterrados y huidos, desde que 
habían arribado los buques. La india y 
sus acompañantes dieron pronto con un 

gran grupo, y tantos elogios hicieron de 
s españoles, que deponiendo el miedo, 
presto ardieron en deseos de verlos, y 
muchos se dirigieron seguidamente á la 
costar para más de cerca* contemplar 
los barcos admirables. 

Por fin, también el magnate ó cacique 
de aquella comarca se decidió á ir á visi- 
tar los buques y á presentarse á los tri- 
pulantes. El jefe indio se presentó con 
todo '^l séquito y liyo que pudo desple- 

§ar. Llevábanle en andas y en hombros 
e sus vasallos, escoltándole más de 
doscientos. 

Era la gente de aquella isla más blan- 
ca y mejor formada que la hasta enton- 
ces encontrada,- y parecía de un carácter 
dulce y tímido. Mostráronse tan obse- 
quiosos mutuamente los españoles y los 
naturáfes, que pronto los unos iban á 
descansar tranquilamente á los bohíos y 
los buques daban de comer y bebidas á los 
indios; pero quien rebosaba en gratitud 

generosa, era el maride de la joven que 
abia estadocautiva, pues luego que supo 
el dulce trato que recibiera, fue abordo 
cargado de frutas y pájaros preciosos, 
que á su juicio era lo que más valía á los 
ojos de los extranjeros. 

.Aquel país no pareció bastante rico 
para fundar allí un establecimiento, 
máxime cuando se sabia ya, que cami- 
nando hacia el Oriente por la costa de la 
misma isla, se hallaría una comarca po- 
pulosa, gobernada por un cacique pode- 
roso llamado Guacanagari. 

Leváronse anclas, por ñn, d^ la bahía 
de la c Concepción», y los españoles de- 
jaron el puerto con gran pesar de sus na- 
turales. Después de varias perípecias 
ocurridas en el viaje, dieron fondo en un 
puerto que se llamo la f Natividad» y que 
noy se comooe por «El Guarico.» 

Allí residía Guacanagari, que muy 
pronto ceijno sus vasallos se pusieron en 



cariñoso trato con los europeos, tratán- 
dolos con muestras de adoración. 

Los indios conocieron pronto la impor^ 
tancia que los españoles daban al ore, y 
acudieron con mil objetos del precioso 
metal á eambiarlos por cascabeles, espe- 
jos, cuentas de vidrio y otras varatijas. 
Cuéntase en todas las historias que llegó 
un indio con un pedazp de oro en bruto, 
que pesó ocho onzas, pretendió cambiar- 
lo por un cascabel, y tomándolo con una 
mano, alargó con la otra precipitada- 
mente su oro y echó á correr, creyendo 
que podrían volverse atrás del trato. 

Siendo aquel punto muy conveniente 
para una fundación, hizo Colon edificar 
un fiierte, proveyéndole de víveres bas- 
tantes para que pudiera subsistir por 
largo tiempo una corta guarnición. 

Después de entablar las mejores rela- 
ciones con los del país, creyó llegado el 
case de regresar á España, para dar no- 
ticia de sus asombrosos descubrimientos. 

Entre los muchos que pretendían 
aguardar en el fuerte el regreso de Espa- 
ña de la flota, eligió el almirante treinta 
hombres de los de mejores antecedentes, 
y dio el mando de ellos á Diego de Ara- 
na, natural de Córdoba. 

Después de un viaje borrascoso, llegó 
Colon á España, y la noticia de su des- 
cubrimiento inundó rápidamente el anti- 
guo mundo. 

Fácilmente obtuvo nuevos recursos 

Sara volver á la mar y nroseguir su gran- 
iosa obra. Esta vez iban en su compa- 
ñía, no los pobres marineros de Moguer 
que le siguieron en su primer viaje, sino 
una cohorte de valientes caballeros ejer- 
citados en la guerra y que ansiaban tan- 
to encontrar nuevos peligros, como gran- 
des riquezas con que saciar la inmensa 
ambición que en ellos despertaban las 
nuevas regiones. 

El almirante se acercaba impaciente á 
tLa Espumóla,» por saber lo qué nabia sido 
de los treinta hombres que dejara en el 
Alerte de la cNavidad;» de la suerte que 
les hubiere cabido dependía quizás la del 

Sais y de los huéspedes que llegaban aví- 
os de gloria y riquezas. 
El 27 de Noviembre de 1793,, fondeó Co- 
lon por segunda vez en la cNavidad;» 
pero ya era muy cerca de la noche, y te- 
niendo por triste experiencia en el viaje 
anterior, los arrecifes de aquel pueri;o, 
dejó caer.el ancla á más de tres millas de 
distancia de tierra. No podía distinguirse 



— w — 



desda allí nada por la costa. La gente 
del puerto debía haber conocido los bu- 
mies europeos durante la tarde, pero en- 
erada la noche, no se divisaba ninguna 
aefiaJ ni fogata. Cada hora aue pasaba 
orecia la incertidumbre, queÚegó á ser 
ansiedad en los forasteros, t singular- 
mente en Colon. Hizo este disparar dos 
cañonazos, cuyo eco retumbo por las 
montañas; pero el ñierte permaneció sin 
dar la menor señal de vida. Todo parecia 
en tierra sumergido en la más profunda 

Í melancólica soledad. Pasaron largas 
oras de aneustia para los nayegantes. 
iQué suerte nabia csui)ido á la guarnición 
del fuerte? ¿Qnó se habia hecho de la po- 
pulosa población que allí antes existiar 

A media noche se acercó una piragua 
k la escuadra, y los indios oue la tripula- 
ban preguntaron si Tenia allí el almiran- 
te; contestáronles que sí, y habiendo p^ 
dido verle, tuvo que asomarse, é ilumi- 
nándose su rostro, se hizo ver de ellos, 
que deponiendo toda desconfianza pasa- 
ron á bordo. 

Colon, en su impaciencia, no permitió 
que los indígenas le hicieran las acos- 
tumbradas reverencias ni eumplimientos, 
y les preguntó seguidamente por sus 
companeros, oue habia dejado en la isla. 
Uno de los inaios que habian pasado á 
bordo era pariente del cacique Guacana- 
garí, y servia de intérprete otro indíge- 
na recien bautizado que se llamaba Die- 
go Colon. Era natural de las Lucayas, 
cuyo idioma difería un tanto del de 
Haiti. 

Las noticias que iban á trasmitirse 
eran muy graves; digeron los enviados, 
no sin mostrar alguna turbación, y come- 
tiendo contradicciones, según expuso el 
intérprete, que varios de los españoles 
que nabian quedado en el fuerte, falle- 
deron naturalmente por efecto del clima; 
que otros perecieron en una contienda 
ocurrida entre ellos mismos, y que los 
restantes se habian retirado á vivir al in- 
terior de la isla. 

Poco agradables eran las tales noticias; 
pero habia en ellas un fondo interesante 
y político. Los que se habian retirado al 
interior de la isla, habrían podido exami- 
narla bajo sus diversas fiases y referir á 
los que nuevamente llegaban, las cos- 
tumbres y poderío de los naturaleSrComo 
las produciones y riquezas de la isla. 
Pronto deberla llegar hasta los dispersos 
1(1 noticia de haberfondeadoen <La Mari* 



dadi otra escuadra más poderosa que la 
primera, y llegarían presurosos á dar á 
sus hermanos cuantas noticias pudieran 
desear. 

La relación de los indios tenia mucho 
de falsa. Poco tuxió en saberse la verdad, 
y esta fué, que los españoles del faerte, 
no siguiendo lealmente las juiciosas ins- 
trucvsiones que les habia dejado Cristóbal 
Colon, cometieron abusos de la bondad 
de los naturales, que llegaron á escitar 
en estos los celos y el rencor. 

Les viciosos castellanos faeron sor- 
prendidos traidoramente y sacrificados 
sin piedad. Ni une se libró de la matanza 
y de las llamas. 

Aquel infortunado acontecimiento, in- 
fundió en los terribles acompañanta del 
almirante un rencor mal disiinulado con- 
tra los indígenas. 

Be allí siguió la serie de cruentas ven- 
ffanzas perpetradas mutuamente, que 
degeDeraron pronto en sangrientas per- 
ras, que tuvieron el funesto resultado de 
acabar con una raza populosa. 

Levó andas de cLa Navidad» la escua- 
drad dia 7 de Diciembre, y navegando al 
Bste, tomó á fondear el 8 en una bahía 
que pareció deliciosa, y de la que según 
noticias adquiridas, píodria recogerse de 
sus habitantes mucho oro, porque perte- 
necía al distrito llamado d Cíbao, que 
tenia varios criaderos y vetasen explo- 
tación. 

Siendo agradable aquel puerto bajo 
muchos aspectos, nronto resolvieron los 
españoles fundar allí una ciudad. Echá- 
ronse los cimientos, se levantó la nrime- 
ra población de europeos en el Nuevo 
Mundo, y se la Uamó cLa Isabela,» en 
memoria de la reina de Castilla, que 
habia facilitado los medios del descubri- 
miento. 

Juzgaba Colon que el verdadero éxito 
de su segunda expedición debía consis- 
tir en posesionarse del país descubierto 
de una manera permanente y sólida. Al 
efecto entraba en tratos con los cadques 
del Cibaov» pactaba con ellos alianzas, 
por lasque se declaraban vasallos ytii- 
Dutarios de los reyes de España, y no 
descuidaba mandar buques a practicar 
nuevos descubrimientos, tanto por el lito- 
ral de ff La Española,» como por el inmen- 
so archipiélago. 

Apenas habia sido levantada cLa Isabe- 
la,» cuando las enfermedades agobiaron á 
* los europeos y y hubo que abandonar 



— M- 



aquella primera dudad, y desda mton- 
ees, lo que debió ser el fundamento de la 
civilización delNuevo Mundo, quedó yer- 
mo y desierto. 

Habiéndose persuadido los españoles 
equivocadamente que seria más nigiéni- 
ca la parte Sur de la isla , encontraron la 
desembocadura del caudaloso rio Ozama, 
y á la parte del Este una llanura pinto- 
resca y allí fundaron la seguada pobla- 
ción, dándole por nombre «La r^ueva 
Isabela.! 

Tampoco esta ciudad tuvo mejor for- 
tuna que la primera, y luego fué también 
abandonada, porque la destruyó el año 
de 1502 uno de los huracanes que sue- 
len recorrer las Antillas en los equi- 
noccios. 

No solamente destruyó el temporal 
aquella población, sino que también su- 
mergió muy cerca de cLa Bspañola» y á su 
vista, la flota más valiosa que hasta en- 
tonces habia surcado los mares; pues di- 
ce el historiador Charlevois: cdestrozó 
21 navios cargados de oro.i 

Ya por entonces iban prósperos para 
los españoles los asuntos de conquista, 
y descubrimientos por el Nuevo Mtmdo, 
recaudando de los indígenas cantidades 
portentosas de oro, que estos apreciaban 
poco; pero ya también habia nacido entre 
ellos la cizaña, para dejar á la historia 
recuerdos dolorosos. Ya Cristóbal Colon, 
que fuera poco antes deificado , andaba 
entre los miamos que le reverenciaron, 
despreciado y perseguido. Habia sido pre- 
so, encadenado y remitido á Europa, co- 
mo un criminal, impidiéndole á su regre^ 
so que tocase en -fLa Española,^ cuando 
necesitaba el abrigo def huracán antes 
indicado. 

Gobernaba D. Nicolás Ovando la colo- 
nia de Nueva Isabela, cuando fué des- 
truida, y al temer que edificarla resol- 
vió establecerla al otro lado del rio, sen- 
tando asi el fundamento á la capital de 
la isla. Se la denominó ciudad de Santo 
Domingo, sin que hayamos podido en- 
contrar bastante fíinaada- la etimología 
de aquel nombre, que luego tomó toda la 
isla, si bien algunos opinan que el bauti- 
zarla asi fué por haber sido descubierta 
en domingo. 

La edificación, el incremento y la pros- 
peridad de Santo Domingo fué rápida y 
portentosa. Acaeció en la época en que 
los asuntos de América tomaban páralos 
españoles una deslumbrante r&&^ de 



prosperidad* La isla Espafiola deecubria 
tan nbulosos tesoros en los tres reinos 
naturales, que parecían exceder á las 
más desmedidas ambiciones de sus nue- 
vos poseedores. 

Aios primeros diez años después de su 
descubrimiento, contaba ya diez y siete 
ciudades y villas, cuyos nombres omiti- 
mos, porque de las tres cuartas partes, 
hasta se ignoran los sitios en que estu- 
vieron; pero si alguno^de nuestros lecto- 
res deseara saber poi^nenores en este par- 
ticular, le remitimos al historiador Her- 
rera, donde hallará hasta la cédula de 6 
de Diciembre de 1508 en que se concedió 
escudo de armas para cad!a una de aque- 
llas poblaciones. 

Dedicados los colonos á cultivar los 
campos, á fomentar la cria de ganados 
útiles, á cortar délos inagotables montes 
sus maderas de gran precio y á la explo- 
tación de las minas, tan ricas cuando me- 
nos eomo las después llamadas del Poto- 
sí, llegó á ser la isja de Santo Domingo 
lin portento de riquezas. 

La capital se levantó rápidamente con 
tan elegantes proporciones, con tan mag- 
níficos edificios particulares y del gobier- 
no, con tan soberbia catedral, templos, 
conventos, palacios y ciudadela, que 
cuando apenas contaba 25 años de exis- 
tencia, no reparó el cronista Oviedo en 
eseribir id emperador Carlos V: «que en 
España no habia otra que taly ni por lo 
ventajoso del terreno, ni por lo agrada- 
ble de la situación, ni por la belleza y 
disposición de las calles y plazas, ni por 
la amenidad de los alrededores y que 
S« M. imperial se alojaba muchas veces 
en palacios que no tenían ni las comodi- 
dades, ni la amplitud, ni las riquezas de 
algunos de Santo Domingo.» 

fin su mismo recinto se descubrió una 
abundantísima mina de azogue y otra de 
oro, que fueron cegadas de orden del rey. 
De más fortuna gozó una de plata, des- 
cubierta en las cercanías de la capital, 
pues para que se utilizara esta, permitió 
S. M. se pudiera establecer fábrica de 
moneda, y en efecto se estableció. 

Del incremento rápido que iba adqui- 
riendo La Española, debia augurarse 
quellegaria al colmo de la prosperidad. 
Construíanse buques en sus improvisa- 
dos astilleros, venian carabelas de todas 
partes, buscando los apetecidos carga- 
mentos del país; disputaban Sevilla y 
QMúB sobre preferencia en el oomercio de 



- 14 - 



Indias, j alagaba la primara eomo pod«« 
rosa razón, tener un buque construido en 
Santo Domingo, el mayor que hasta en- 
tonces se había visto. Las exportaciones 
de frutos eran cuantiosas, según expli- 
caremos, 7 solamente por el quinto que 
correspondía al rey, recibió este dneuen* 
ta celmines de perlas. 

Asi como fué rápida la prosperidad de 
La Española, asi también na sido efíme- 
ra, sin embargo de proceder de la inago- 
table ñiente de su riqueza. Dirersas cau- 
sas contribuyeron á la Tez á la espanto- 
sa decadencia y despoblación á que desde 
entonces vino la isla. 

Por ima parte, los gobernadores que 
sustituyeron á Colon, Bobadllla y Ovan- 
do, falsearon las instrucciones de dulzu- 
ra y clemencia que habian recibido de 
les reyes católicos para maueiar los in- 
dios, y violentando á los débiles indíge- 
nas k trabajos á que no estaban acos- 
tumbrados, emigraron muchos y fiille- 
eieron no pocos. Guando empezó á cono- 
cerse la escasez de población, quiso po- 
nerse remedio, importando esclavos de la 
costa de África para descanso de los na- 
turales. Los españoles promovían entre 
si discordias y guerras intestinas en 
perjuicio del sosiego público, del comer- 
cio y de la agricultura. 

Con la esieasez^ de brazos, empezó & 
decaer el cultivo de los campos y la ex- 
plotación de las minas, cuyo quüito es- 
taba produciendo al emperador de cinco 
á seis millones de pesos al año. Otra de 
las ¡XHierosas razones que precipitaron 
la ruina y decadencia de Santo Domin- 

, ha sido la que en realidad debeila 

berla dado mayor prosperidad. 

Los descubrimientos y conquistas que 
por el Nuevo Mundo se nacian, se prepa- 
raban, armaban y sallan de La Españo- 
la, y en yez de ganar Con aquel comer- 
cio, perdía en lo que más iba necesitan- 
do, en población. 

Para poblar la isla Margarita salió una 
colonia de Santo Domingo, v de allí tam- 
bién salían cuantas expediciones iban 
á Méjico , á La Florida, al Yucatán, 
al Perú , etc. Estas emigraciones de 
gente, toda muy útil para el país que 
abandonaban , porque los ricos arma- 
ban por su cuenta, y los hombres más 
robustos para el trabajo tomaban plaza 
de marineros ó dé soldados, canosos de 
correr aventuras y violentar la fortuna. 

Do nada servia la previsora disposición 



fi 



del Consejo da India^de 16 dtf Diciambra 
de 1526, en que se manda, que cuando 
hubieran de salir hombres ere Santo Do- 
mingo para ir á conquistas, ya que los de 
allí eran los más apropósito, fuese obliga- 
clon llevar de España otros tantos, pues 
nise cumplió, ni {estorbó jamás á la co- 
dicia. 

Arrostrando iba ya una existencia pre- 
caria la primada de las Indias, cuando el 
año de 1666 una epidemia de viruelas, 
sarampión y disentería, acabó con un 
portentoso número de naturales indios y 
africanos. De entonces quedó ya el país 
reducido á la miseria. Las casas cerradas 
no tenían dueño y se desplomaban; las 
heredades , antes frondosos jardines y 
manantiales inagotables de riquezas, 
quedaban aband<madas y se eubnan de 
bosque. 

La isla de Santo Dominco, que en su 
rápido incremento había llegado á tener 
tres obispados', los redujo á uno y dismi- 
nuyó el personal de la catedral, de la au- 
diencia y de todos los ramos- de adminis- 
tración. Los derechos del Erario queda- 
ron reducidos á cero. El país dejó ae pa- 
gar sus cargos, y eso que no tuvo tropa, 
hasta que a fines del siglo xvu llegaron 
tres compañías, y entonces tuvo que im- 
portar de Méjico caudales para sostener 
las obligaciones de una isla que empeza- 
ba á ser gravosa á los pocos años de ha- 
ber demostrado que había sido y podia 
seguir siendo emporio de riquezas. 

Desde tan lastimosa época para los es- 
españoles data el perseverante empeñe 
que manifestaron algunos piratas de es- 
tablecerse al Oeste de la isla, y esa pro- 
longada iliada de combates, de que más 
adelante hablaremos con el epígrafe de 
re^bliea haitiana. 

SI padrón que de la isla se hizo el año 
de 1737 y se presentó al gobierno con un 
informe de la audiencia, solo arrojaba de 
si una población de seis mil almas. 

A pasos tan agigantados marchaba La 
Española á su completo abandono y des- 
trucción, en aquella época en que la me- 
trópoli apenas se bastaba para las aten- 
ciones que le exigían sus guerras euro- 
peas y sus inmensas colonias del conti- 
nente americano. 

Por eso fué, que solo después de ha • 
berse emancipado las grandes posesio- 
nes, las que hasta entonces se habian 
mirado con indiferencia y como una car- 
ga^ tales como Cuba, Puerto-Rico y Fili-- 



-16 — 



ninas empezaron á prosperar, j son ho j 
mentes de riqueza. 

Pero ni siquiera de esa cireunatancia 
favorable consiguió gozar la isla de San- 
to Domingo. Estamos persuadidos deque 
si hubiera disfrutado por al^n tiempo 
de la protección y desvelos de la madre 
patria si su metrópoli la hubiera tendi- 
do generosa una mano bienhechora, su 
desarrollo, su renacimiento, hubieran de- 
jado muy atrás los cálculos más lisonje- 
ros, porque necesario es confesarlo, toda- 
vía Cuba, Puerto-Bico ni Filipinas, no 
han podido mostramos tantos artículos, 
tantos elementos de deslumbrante rique- 
za como La Española nos dio en los pri- 
meros cincuenta años de su descubri- 
miento. 

Asi como un cuerpo vigoroso lucha con 
la muerte, y en sus briosos sacudimien- 
tos aparece como vencedor de los desig- 
nios de la inexorable parca, así también 
la robusta virilidad de la colonia domi- 
nicana hacia por sí misma esfuerzos de 
conservación á pesar de los enemigos ex- 
tranjeros, á pesar de la indiferencia, en 
quien deoia socorrerla. 

Desde la época de 1737, en que habla 
llegado La Española á la suma escasez 
de habitantes que dejamos indicada, en- 
tonces que parecía llegar al inñnito de la 
desolación y que el país se undia, que- 
dando yermo y desierto , sin una protec- 
ción decidida del gobierno, empezó por 
si mismo á prosperar en población, agri- 
cultura y comercio, de tal modo, que en 
menos de cuarenta años habia elevado 
su censo al número de 150.000 almas, 
reedificando la capital, levantando mu- 
chos templos y fu .dando diversas pobla- 
ciones. Y lo Que puede llamarse porten- 
toso es, que las causas verdaderas que 
contribuyeron á esta naciente prosperi- 
dad fueron de aquellas que hubieran po- 
dido arruinar la colonia si la hubieran en- 
contrado floreciente. 

Una de las primeras causas que dieron 
vida y movimiento á La Española, fué 
haber dejado por fin á los franceses en 
pacifica posesión de aquella parte Oeste 
de la isla, por muchos años disfrutada. 

Los nuevos vecinos, aunque piratas, 
gente perseguida, sin rey ni ley, funda- 
ron una colonia que poco tardó en hacer- 
se populosa; Entonces necesitaron gana- 
dos, que los españoles vendían porque 
los tenían de sobra, y poco tardó en lle- 
gar i noticia de los holandeses é ingleses 



la superabundancia de este artículo en 
La Española, y acudieron á buscar sen- 
dos cargamentos. 

Como que con el comercio nace expon- 
táneamente la agricultura, roturáronse 
campos que yacían abandonados, reedifi- 
cándose muchos trapiches, y acudió gen- 
te al país antes miserable y despoblado. 

La segunda de las causas que dieron 
el nuevo esplendor que adquiría la pajote 
española de Santo Domingo, ha sido el 
establecimiento de varias naciones de 
Europa por las Antillas; porque de todas 
las isias circunvecinas acudían á comprar 
ganados y maderas que allí habia en gran 
profusión. 

Y por fin, la tercera, con otras diversas 
causas del cambio de fortuna, fué la de 
hacer la guerra por mar en las Antillas y 
Norte de América á los que en Europa 
sostenían guerras con España. Para es£:>« 
los dominicanos tenían muy buenas dis- 
posiciones, y el botín cuantioso aue con- 
quistaban en malos barquichuelos, ani- 
maba el valor y la codicia, enriqueciendo 
á muchas familias. Por manera, que este 
segundo período de bienestar que consi- 
guió la isla, y que parecía conducirla otra 
vez al debido lugar de su importancia, 
fué debido, según ya indicamos, á cau- 
sas, al parecer, contraproducentes, come 
fueron la usurpación y pacífico estableci- 
miento de los enemigos en una parte del 
territorio, la creación de colonias extran- 
jeras en las cercanías y á guerras de la 
metrópoli. 

Cierto es que la sabia y liberal admi- 
nistración del buen rey Carlos m, con- 
tribuyó también al engrandecimiento de 
La Española, promoviendo en el país di- 
versas mejoras materiales, y fomentando 
en sus naturales el amor á España, que 
no fué desmentido en los grandes confiic- 
tos que lueRO se sucedieron. 

Coavenciao el benéfico soberano de la 
ventaja que una buena parte de España 
empezaba á disfrutar con la colonización 
de Sierra-Morena, fundando las hoy fio- 
recientes poblaciones llamadas la Caroli- 
na, La Carlota, La Isabela, y laLusiana, 
ensayó el mismo sistema en Santo Do- 
mingo, remitiendo numerosas familias 
que lo pidieron de las islas Canarias, y de 
estas inmigraciones subsisten como tes- 
timonio los pueblos de San Carlos y Sa- 
bana-la-mar. 

No obstante, las mejoras que La Espa* 
fióla iba recibiendo en sii creciente poblar 



-^ I«- 



don, industria y comercio, no dejó por 
eso de ser una carga para la metrópoli. 
Se había establecido contribución a los 
ganados que se exportaban, aduana para 
fa importación y las rentas anuales lle- 
gaban á producir 70.000 pesos anuales; 
pero las necesidades de la época habían 
exigido la creación de alguna fuerza ar- 
mada permanente que defendiera la isla 
de los extranjeros que la codiciaban; fué 
necesario establecer un resguardo para 
que impidiera el contrabando por las cos- 
tas y fronteras haitianas, y crear, por fin, 
otras diversas- atenciones indispensables, 

?or más que gravasen los intereses del 
'esoro. 

Tal era la situación de la isla de Santo 
Domingo por los últimos años del siglo 
pasado, cuando la nación española se vio 
precisada á sostener largas y muy costo- 
sas guerras, primero con Inglaterra y 
después con Francia. 

Ajustada la paz entre España y Fran- 
cia-en 22 de Junio de 1795, por el tratado 
de Basilea, se convenía que á cambio de 
ciertas ventajas que se concedían á Es- 
paña-, cediera esta la parte de Santo Do- 
mingo, que los franceses anhelaban po- 
seer para apagar la encendida hoguera 
por los negros de Haití, y hacer de La 
Española una gran colonia. 

Distraídos los franceses con sus glo- 
riosas guerras de Europa, descuidaron 
tomar posesión de la isla; pero al ñn, fue- 
ron tantas las quejas y lamentos que oyó 
Napoleón de los colonos de Haití, inicua- 
mente despojados por los negros, que se 
resolvió mandar á su cuñado el general 
Leclére con 20.000 hombres de ejército 
para ocuparla. 

Arribó á La Española, esta brillante ex- 
pedición, y después de alguna resisten- 
cia de los negros haitianos, la ocupó toda 
con la sumisión de los insurrectos y del 
mismo célebre negro Toussaint, jefe de la 
insurrección en el año de 1802. 

En el siguiente, una terrible epidemia 
de la enfermedad endémica, ó sease fie- 
bre amarilla, concluyó con muchísimos 
franceses, entre los que se eontó él mis- 
mo Leclére. 

El año de 1805, un criollo valeroso y 
entusiasta por España, enarboló en San- 
to Domingo el nendon de Castilla, y dié 
el grito de rebelión, empezando en aquel 

Sais pobre y casi desierto , una guerra 
esigual. La constancia y otras circuns- 
tancias felices que providencialmente se 



aunaron, dieron el triunfo á la rebelíoií, 

D. Juan Bamirez, héroe de aquella 
campaña, quedó reconocido brigadier, y 
el gobierno del rev le confió el mando dñ 
la colonia que había arrebatado al domi- 
nio francés, cuyo cargo desempeñó con 
acierto hasta su muerte, acaecida alga- 
nos años después. 

Cuando el año de 1821 andaba España 
muy ocupada con la sublevación deicon- 
tinente americano, y aun más que por 
eso, con los disturbios políticos ^ue se 
repetían por entonces en la pemnsula, 
aprovechándose de estas circunstancias 
un ambicioso que desempeñaba un alto 
destino en la capital de la isla, fingió 
una conspiración y con los coniurados se 
presentó en la mañana del I.^ de Diciem- 
bre en casa del gobernador, en ocasión 
que este se hallaba afeitando. 

Hizoles entrar con muestras de amis- 
tad y confianza, y habiéndoles oído que 
el país quería ser independiente, les res- 
pondió, sin alterarse en lo más mínimo 
por tan extraña exigencia, que si él era 
el estorbo á tanta felicidad como soña- 
ban, que pronto quedarían satisfechos» 
pues tan luego concluyera de afeitarse 
iría á embarcarse, cumpliendo asi las dis- 
posiciones del gobierno, que le tenía pre- 
venido no hiciera la menor resistencia si 
La Española quería su emancipación. 

Y en efecto, el gobernador salió de su 
casa tan sereno y tranquilo, como si fue 
ra á paseo, se embarcó y desde el buque 
pudo ver que ondeaba en la ciudad el pa- 
bellón colombiano. 

El patriotismo de que blasonaban los 
conjurados era otra mentira, pues siendo 
ministro de Estado en España el señor 
Yenavides, dijo á este propósito en una 
sesión de Cortes estas textuales pala- 
bras: «Todos sabemos que solo un audi- 
>tor de guerra establecido en aquella ca- 
»pitania general, y un general que no te- 
»nia dotes de tal, el uno consintiendo y 
icallando y no haciendo nada, y el otro 
> incomodado porque no le habían hecho 
imagistrado en la audiencia de Santo 
iDomingo ó Puerto-Príncipe, y no diffo 
»de Puerto-Rico, porque no nabia aui 
•audiencia entonces, sublevó la isla y la 
«isla se sometió á la sublevación y pro» 
»clamó su independencia.» 

Tan pronto como llegó á la parte oc- 
cidentsu de la isla ocupada por los ne- 
gros la noticia de que el país había sido 
abandonado por los españoles, se hiele- 



-ít- f 



Ton tfprd»io8 de guerra, partieron expe- 
diciones de la república naitiana, j los 
orientales fueron subyugados después de 
una débil resistencia. 



Toda la isla formó una nacían j póf 
primera vez se dio el ejemplo de que 
mandase^loB negros j obeaeciesen los 
blancos. 



n. 



PRODUCCIONES DB LOS TRBS REINOS. 



Número de primitiTos habitantes.— Situación geográfica.— Puertos.— Rios.— 
Islas adyacentes. — La feracidad. — Campos y montes.— Frutos. — Maderas 
preciosas.— Q-anados y aves.— Minas de oro, de plata y esmeraldas. 



Después de la rápida ojeada histórica 
hecha en el capitulo precedente, cumple 
al objeto de la presente obra dar una idea, 
aunque lijera, de la situación y produc- 
ciones de la isla. 

Se ha repetido por diversos historiado- 
res, que cuando los espaüoles llegaron á 
la isla de Santo t)omingo estaba dividida 
en cinco reinos independientes. En cuan- 
to al número de sus habitantes, se ad- 
Yierte notable discordancia. £1 padre 
Valverde, natural de la ciudad de Santo 
Domingo , escritor de fines del siglo 
XVIII, sienta que habia cinco millones 
de indios. El padre Las Casas, hace re- 
ferencia de tres, y Washington Irving, 
el moderno historiador de América, 
calcula solo un millón. 

Lo positivo es que los habitantes vi- 
vían felices con sus costumbres inocentes 
en un delicioso pais, abundante en fru- 
tos, caza y i^sca; pero esto no obstante, 
los primeros españoles alli establecidos- 
sufrieron granoes padecimientos, prime- 
ro por los efectos de la aclimatación, y 
luego porque tardaron en comprender 
que las verdaderas, las positivas riquezas 
de las Antillas estaban más en sus fe- 
cundos campes que en las entrañas de 
las minas que buscaban con avidez. 

La isla de Santo Domingo se halla si- 
tuada al S. de la de Cuba, dividiéndolas 
un canal de 14 leguas de travesía, y otro 
de 20 la separa de la de Puerto-Bico. Su 



latitud es de ITW y 19*54, y los 68% 
y74'36*de O. 

Por la parte m&s larga tiene 180 leguas 
castellanas, y su anchura varia de N. á S. 
desde 14 k 35. La superficie totid es de 
8.B00 leguas cuadradas. 

Sobre las condiciones que reúne la isla 
de Santo Domingo para ser considerada 
como pais privilegiado, tiene la muy apre- 
ciable de contar en su interior, rios cav^'- 
dalosos navegables aun para buques de 
gran porte, y otros infinitos, que aunque 
menores, están brindando inmensas uti- 
lidades á la agricultura, á la mdustria y 
al comercio. 

Sus puertos y bahías son en gran nú- 
mero, y los méís frecuentados, Santo Do^ 
mingo, Puerto-Plata, Saman&, Puerto 
Caldera y Monte-Christi. 

Los principales rios, son el Ozama, que 
desemboca en el mar, bañando las muní- 
Uas de la capital; el Isabela, que se le une 
como & dos leguas tierra a dentro; el 
Yuna, que desemboca en Samanéi, y los 
no menos caudalosos, el Jaina y el Ni- 
gua, que desaguan por la parte del Sur, 
no lejos de Azua y Baní. 

En derredor, y á poca distancia de La 
Española, hay otras islas menores, ame- 
nas y frondosas, y que bien merecen se 
fije en ellas la consideración. 

Prescindiremos en esta parte como en 
toda la relación que estamos haciendo» 
de las islas que caoi id frente de la r*- 



--18-- 



fliblíca lialtiána. j al mendonar las de 
a EspaBola hacemos referncia á las 
que pertenecen á la parte quesea veces 
nié nuestra. 

En el Sur, hallarán en el mapa los lec- 
tores la isla Beata; su terreno es magni- 
fico, tiene ricas arboledas , excelentes 
pastos j muchos ganados. Hoy está de- 
sierta, pero estuvo en tiempos muy po- 
blada. Su extensión es de ocho millas de 
E. á O. y de seis de N. á S. con un cir- 
cuito de treinta, próximamente. Al O. tie- 
ne esta abandonada islita un excelente 
puerto con nueve brazas de fondo. Muy 
cerca de la Beata están otras menores 
llamadas Losfraire9 y Alto-Vela. 

La isla Catalina, al S. de La Española, 
tapibien ofrece alguna importancia con 
fiUfi buenos' terrenos y sus ganados sil- 
vestres. De B. á O. tiene como dos le- 
guas y de N. á S. tres cuartos. 

Cercado esta se halla al E. la isla Sao- 
na» importante por más de un concepto. 
Santomas, Curazao, las Tareas y otraa 
islas que en las Antillas poseen naciones 
europeas, son mucho más pequeñas que 
U solitaria Saona. Tiene como 18 leguas 
de circunferencia, seis de B. á O. y dos y 
media de N. á S. Cuando arribó á ella 
Cristóbal CoUm, la encontró bien habita- 
da y cultivada, gobernándola un cacique 
.soberano independiente de los que man- 
caban en Santo Domingo. Su suelo es fe- 
razy despejado y pintoresco, tiene exce- 
lente agua, abunda mucho en ganados 
jEÍlvestres y eiLtraordinaríamente en aves. 

Por último, dejando de mencionar al- 
gunas otras islitas, que aunque de me- 
nor extensión, no por eso dejan de ser 
excelentes, diremos que al O. aela Saona 
j más cerca de Puerto-Rico que déla Es-^ 
pañola, hay dos islotes llamados la Mona 
y el Monito, con buenas condiciones de 
jer pobladas. 

La Mona tiene dos leguas de E. á O. y 
una de N. á P., y para que pueda for- 
Biarse iuicio de sus buenas cualidades, 
bastara decir que los Beyes Católicos la 
cedieron como una muestra de expléndi- 
da generosidad, á Bartolomé Colon, her- 
mano del dbnirante, y el agraciado se 
dedicó á oultivarla, sacando de ella gran- 
4es riquezas. El Monito es de menor im- 
portancia. 

La isla de Santo Domingo tiene un 
«iie)o tiW íerSiZ y rico en producciones 
Mtnral^s, que t^vieroa que reconocerlo 
así los primcDas españoles que fueron á 



ella, por vAñ que aquellos hombrea «vaa- 
tureros por excelencia , eran muy poco 
dados á indagar las oircunstaXicias agrí- 
colas de los países que iban descubrien- 
do y conquistando. 

Gonzalo Fernandez de Oviedo fué uno 
de aquellos soldados, que corriendo de 
una á otra isla de las Antillas, y gran 

Earte del continente americano, se esta- 
leció, por fin, en La Española,, y dejó á 
la posteridad una excelente obra de sus 
viajes y empresas, con curíosiaimas no- 
ticias que sirven de raiz paru la historia. 
Al tratar Oviedo de dar una idea del ter- 
ritorio dominicano, no halló en su ima- 
ginación un medio más claro, una figura 
más pintoresca, que hacer una compara- 
ción entre Santo Domingo, Sicilia é In- 
glaterra, concluyendo por conceder á la 
Antilla grandes ventajas. 

Pocos ignoran que todo país inmediato 
á los trópicos lleva consigo mismo con- 
diciones vejetales favorables: debe saber- 
se Que aun entre aquellos países privile- 
Siaaos por su situación geográfica, la isla 
e Santo Domingo es de las más favore- 
cidas y más fértues del universo entero. 

Hállanse vegas inmensas y llanuras di- 
latadas, fáciles de cultivar y d^ hacer de 
regadío con la multitud de rios y arroyos 
ique la serpentean que no bajan de tres- 
cientos; y la más fecunda imaginación no 
podría calcular las fabulosas riquezas 
que allí podría utilizar la agricultura. 

La vega real hacia el Norte de la isla, 
cuenta con unas diez leguas de ancho por 
ochenta de larffo. Cristóbal Colon y sus 
oompiüeros, al ver aquella prolongada 
llanura, prorrumpieron en gritos de ad- 
miración y fué ella la causa que hubo 
para que se fundara La Isabela, primera 
población de la isla. 

Lo que se llama despoblado de Santia- 
go, entre los rios Camú y Dajabon, es 
otra preciosa llanura que no baja de 25 le- 
guas de largo con su anchura correspon- 
diente. Las planicie de Bani, Azua, San 
Juan de la Maguana, el territorio llamado 
Los Llanos, porque está nlano, como 
nuestros/campos de la Mancna, y el que 
se denomina la ribera del Ozama, son to- 
dos sitios que, como otros que dejamos 
de nombrar, están convidando á ima co- 
lonización populosa para hacerla rica y fe- 
liz. Interpuestas con la sabiduría y acier- 
to con que Dios acaba sus obras, hay al 
ar de las llanuras, montañas y sierras 
e prodigiosa altura. 



I 



-!«-. 



' TodaTia no ctñ&shén queMté U^ ikV^ 
rigaado eaál de las dos partes, llana ó 
montuosa, sea la más importante j pro- 
dnetiya en la isla de Simto Domingo. Los 
árboles de ricas maderas y los inagota* 
bles tesoros mlneralógieos, están en 
las montañas, j sas pastos suelen ser 

^ más esquisitos, dando brillantes resul- 
tados los terrenos roturados de sus la-* 
deras. 

Los indígenas habitantes eran poco 
inteligentes en la agricultura 7 teniendo 
escasa eantidad.de animales con que ali^ 
mentarse, debe inferirse que la parte más 
esencial de su subsistencia, consistía en 
la gran cantidad y variedad de frutos 
silTostres que tanto abundaban j aun 
abundan por los bosques. 

Es general en las Antillas la creencia 
de que las frutas de La BspaSola son de 
mayor tamaño y más esquisitas que las 
de cualquiera otra 'isla, incluso la de 
Cuba. Hay con superabundancia pinas, 
plátanos, cocos, mangos, mameyes, gua- 
nábanas, pxpayas, guayabas, mamones, 
nísperos, marañones y otras espedea de 
frutas, dulces, frescas y alimenticias* que 
fUera molesto enumerar. 

9 Sin que hubiera tanta raríedad ni 
abundancia como en las frutas, tenían 
los indios Tarias raices, de que sacaban 
buen partido para su alimento, tales eran 
la yuca, de que hacían suportas de ca- 
saoe, la patata, el moniato y otras. 

Pero el suelo de Santo Domingo fué 
m4s agradecido á las importaciones de 
Europa que el de esta lo ha sido con las 

Slantaoiones indianas; pues según dice el 
letorlador de las Indias , el P. Acosta, 
en el capitulo 81 de su historia natural: 
tM^or han sido pagadas las Indias en lo 
»aue toca á plantas, que en otras merca- 
>tieri8S, porque las que han Tenido á £»- 
»naña son pocas y dánse mal; las que 
inan pasado de España son muchas y 
idánsé bien.» T en otra parte dice el mis* 
ncio autor: «Cuanto por acá se da de esto 
pcasero y de prorecho, hortalizas, legum- 
fbres, terduras de todas suertes, porque 
>han sido cuidadosos los que han ido en 
vUerar semillas de todo, y á todo ha rea- 
spondido bien la tierra»» 

Para que la ii^a de Santo Domingo seav 
como es, de un suelo el más feraz qué la 
imaginación pueda concebir, reúne cilán-' 
tas cireuiMtaDOias para ello son necesa- 
rias, como son oxeante calidad de|la 
tierra, sol ardiente y humedad oonstaB-> 



te, ya por el riego de sus ianiuMraUes 
ríos y arroyos , ya poif ias oontiauas j 
muy frecuentes lluvias, sin distinción 
de estaciones, ya también por el copio- 
so rocío que por las noches re&esoa las 
plantas. 

Desde el principio de la ocupación de 
la isla por los españoles , se importó la 
cañado azúcar, traída de las islas Cana* 
ñas, según Oviedo, como un objeto de 
curiosidad que empegó á plantarse en los 
jardines y en los huertos; pero su multi- 
plicación fué tan rápida y portentosa, 
que incitó á su cultivo con tal atención, 
que en menos de veinticinco años existían 
ya en Santo Domingo, según afirma el 
P. Valverde: «Veinte ricos y poderosos 
»ingenios corrientes y molientes , y otros 
ttres que estaban para moler en el año 
ide 1535.» Debiendo advertirse que en- 
tonces llamaban únicamente ingenios á 
aquellos cuyas máquinas eran movidas 
por el agua, y ademas por la misma épo- 
ca existían trapiches movidos por caba- 
llos; pero luego que pasó aquella primera 
época, el aumento de la elaboración del 
azúcar ha sido muy considerable; porque 
sí desde un principio los buques iban to- 
dos cargados de a(}uel valioso articulo 
para surtir á la Península, pronto fué ne- 
cesario solicitar y obtener permiso para 
exportar al extraDJero, y principalmente 
para Flandes el sobrante , de azúcar y 
míeles. 

El café ha sido (}uizás la segunda se« 
milla cuya plantación probó en La Bspa*- 
ñola de una manera admiral»le. Donde 
quiera que hay ó hubo un caserío ó pue- 
bleeito, allí se hallan buenas matul 6 
arbustos y aun corpulentos árboles de 
café. 

Está demostrado que su calidad no es 
tan buena en los países llanos como en los 
montes y terrenos pedregosos , pero en 
cualquier sitio en que se cultiva con al- 
gún esmero é inteligencia, es tan supe- 
rior como el más esquisito del universo. 
Hay en la isla un pueblo que toma el 
nombre de Moca, porque el café de su ju- 
risdicción es, á juicio de los más inteli- 
gentes,, tan bueno cuando menos, como 
el tan ponderado de la Arabia. 

El cacao se produce igualmente de ex- 
celente calidad y en tanta abundancia 
como se quiera cultivar. 

El algodón y el añil se producen con 
suma facilidadi y en el dia yacen en com- 
pleto abandono tan ríeos artieulos, 



- 30 - 



SI tabaco, dé tan exeale&ta oaHdad^ 
que ka disfhítado' por largo tiempo su 
praferenda al mejor de laYuelta de Aba- 
Jo de Cuba, se reproduce con tal facUidad 
7 abundancia, que ha llegado á ser en el 

Sais planta silvestre. Por muchos años 
el siglo pasado ha surtido á la fábrica 
de Sevilla. En la actualidad es el primer 
producto que tiene la isla, j con su ex- 
portación principalmente, se surten los 
naturales cíe cuantos efectos del exterior 
necesitan. 

Ademis de estas producciones, univer- 
saloiente conocidas por su general uso, 
hay en La Española otras muchas exóti- 
cas é indígenas que omitimos enumerar 
por no hacer digresivas descripciones de 
plantas poco conocidas en Europa. 

De todas las magnificas y ricas produc- 
ciones que hoy posee la isla de Santo Do- 
mingo, creemos la más ftcil de explotar 
el araculo de maderas de construcción, 
en que abunda, hasta el punto de rayar 
CTi lo inoreible. 

JSi quisiésemos hacer utia relación un 
tanto circunstanciada de los montes y de 
los preciosos árboles que contienen, serta 
Mlimos del propósito que nos impusimos 
de ser sucintos. Asi, pues, haremos una 
muy rápida revista de estos productos 
tan ambicionados en Europa, que en La 
Española vacen perdidos y son de la pro- 
piedad del primero que los quiera. 

Hay prodigiosa cantidad de caobas, y 
lo que aun es más apreciable, hay mucha 
que hoy se conoce con el nombre decara- 
eolillo, porque forma unos ojos, unos di- 
bujos y unos caprichos tan extraños con 
su veteado, que duplica su valor. 

Hay fustete, que es una madera her- 
mosa y amarilla, que generalmente se 
usa para tinte, aunque por su buena con- 
sistencia podrian hacerse muebles muy 
preciosos. 

Hay robles, hácana, la caya, el cuaya* 
can y el quiebra-hachol, cuyas maderas 
se hacen casi incorruptibles y solo tie- 
nen el inconveniente de ser inmanejables 
frecuentemente por su excesiva du- 
reza. 

Hay abundancia de candelon, cuya 
madera de color encendido, como la 
candela de donde ha tomado el nombre, 
es también dura hasta rechazar los ins- 
trumentos de acero, sino están perfecta- 
mente preparados. 

Hay superabundancia de cedro, de na- 
^ anjo silvestre y capá, maderas que dó- 



ciles al haeha son útiles y preciosas para 
muebles, y con decir que todos los árbo- 
les frutales son de buena madera para 
construcción, nos ahorramos largas ex- 
plicaciones. 

Existe además otra elase de árboles y 
maderas que podemos llamar preciosas, 
tales son el ébano, el granadino negro, 
el catey, el palo nazareno, llamado asi 
por sus vetas moradas, el de tabaco muy 
buscado para bastones, por sus capricho- 
sas mancnas negras y amarillas , el gua- 
nigo, el cuerno de buev y otros ármales 

L arbustos de sumo valor para adornos y 
kcer preciosidades. 
Gomo en este capitulo nos hemos pro- 

Sueste dar á conocer únicamente las ma- 
eras llamadas de construcción, hemos 
omitido hablar de la gigantesca oeyba, 
del coco V de la variedad de palmas de 
que tantísimo abunda la isla. 

El palo campeche es tan sumamente 
abundante en las cercanías de Monte- 
Christi, que en los trece meses que es- 
tuvo allí acantonada la división expedi- 
cionaria, la tropa guisó siempre sus rana 
chos con aquella madera que en Europ- 
eo vende muy cara y por onzas. 

Cuando los españoles llegaron por vez 
primera á Santo Domingo, se hallaron 
con la extraña novedad de que los natu- 
rales y el país solo tenían cuatro espe- 
cies de cuadrúpedos, de tan poco tama- 
fio, que ninguno de ellos llegaba al de 
un gato y tan poco abundantes, que .se- 
gún dejaron escrito los compañeros de 
Colon, muy pronto los consumieron. 

Designábanlos con estos nombres: Ju- 
tia, Duemi, Mubuy y Cory. De la prime- 
ra de estas cuatro especies aun se con- 
servan en la isla algunos ejemplares, y 
en la de Cuba hay muchísimos. Son unos 
seres tímidos é inofensivos, habitan en 
las copas de los árboles y viven de frutas 
y raices. Su forma es bastante parecida 
a la de una gran rata, pero con pelo tan 
fuerte que se asemeja a la cerda, siendo 
sus manos como las del mono. 

Luego que los españoles deterntinaron 
establecerse en la isla, importanm á ella 
algunas parejas de ganado caballar, ba- 
cuno, de cerda y cabrio. La propagación 
fué tan portentosa, que jamás se hubiera 
podido imaginar tan extraordinaria nml- 
tiplicacion. 

Para que nuestros lectores puedan for- 
marse una idea algún tanto aproximada 
de la prodigiosa cantidad de animelea 



• M - 



útíles 7 dé Ift msyor estlmieioii que ha 

Soseido, y hoy mismo posee La Espa- 
ola, debsr&n tener presente que OTíedo, 
al ponderarla, habla délos primeros años 
de la colonización y cuando tenia más po- 
bladosee; pues cuinido los ganados mon-* 
teses pudieron vivir á su anchura y pas- 
tar en los terrenos elaborados,, que la es- 
casez de habitantes iba dejando yermos, 
entonces el trascurso de los años hizo 

3ue por cada uno de ellos, hubiese miles 
e reses de las importadas de Europa. 

Asi se explica que los insurrectos ha- 
yan podido subsistir en sus cantones, le- 
janos de todo auxilio. A diversos prisio-' 
ñeros y presentados en la parte del Sur, 
del Seybo, deGuanuma, de Monte-Ohris- 
tiy Puerto-Plata, les hicimos siempre la 
pregunta de lo que comian, y todos nos 
eontestaban unánimes «carne. > Nos 
eonsta que los jefes enemigos no cuida- 
ban del alimento de sus fuerzas, sino 
permitiendo la matanza d» los ganados 
cjue se hallaban por los cantones, y cuan- 
ao más, si habla personas vecinas de las 
cercanías, lo que se hacia era regularizar 
•1 destrozo y dar ya muerta la ración de 
carne. 

Por el Norte de la isla abundan mucho 
el ganado asnal y cabrio, el caballar 
también es común, sus condiciones son 
excelentes, aunque generalmente de po— 
ca alzada. Las vacas y cerdos son la ver- 
dadera riqueza pecuaria del país, y se- 
guramente que bien explotada esta mi- 
na, bastaría para hacerlo rico. 

Si con la frondosa vejetacion, templa- 
do dima y bosques interminables con 
que cuenta la isla de. Santo Domingo, no 
jíuera también ríca en aves, seria una 
aberración de la naturaleza; pero como 
jamtás hace Dios imperfectas sus obrasy 
con justa proporción á la sempiterna ver- 
dura de sus campos, ha sabido poblarlos 
de preciosos habitantes de pintadas plu- 
mas. 

Las aves útiles, alzadas ó domésticas, 
que posee un país, aumentan su verda- 
dera riqueza y ningún otro más rico en 
este concepto que La Española. 

Prosiguiendo en nuestro propósito de 
no aparecer exajerados, copiaremos aquí 
un párrafo del librito ya citado del Paare 
Yalverde, sacerdote respetable, hilo del 
pais; dice asi: «Toda la isla está poblada 
»de cuatro especies de palomas; las unas 
•cenicientas y grandes como una polla; 
jotras hay tor(Hiaes como la9 de SspaSi^, 



y son de un morado eUro, grandes y de 
excelente sabor, y las otras dos de mo- 
rado oscuro que tira á negro, de las cua- 
les unas tienen cierta coronilla blanca y 
otras no, ambas un poco más pequeñas 
que las torcaces y aunque de buen gus-- 
to, no tan excelentes como las prime- 
ras; pero mucho más abundantes , y 
tanto, que en la misma ciudad y sus al- 
rededores, por los meses de Abril, Ma- 
yo y Junio, se ve pasar desde el medio 
dia hasta el anochecer, de la parte del 
Poniente hacia el Oriente una columna 
casi continuada, cuanto alcanza la vista 
deN. á 8. De estas se matan millares 
fuera de la ciudad, principalmente en 
un manglar que está al N. y en todas 
las estancias de la parte del Este. Guan- 
do el viento es un poco fuerte, que no 
pueden levantaríse mucho, es diversión 
ordinaria subirse á las azoteas á tirar- 
las.! 

Otro autor copiaremos también para* 
no cargar con la responsabilidad de dar 
asenso á frases no creibleb para todos. 
Dice Oviedo: tGallinas como las de Cas- 
»tilla no lashabia, pero de lasque se han 
»traido de España, se han hecho tantas, 
»que en parte del mundo no puede ha- 
iber más. Ni por maravilla sale un huevo 
•falto de cuantos se echan á una ga- 
»llina, etc.» 

Las bandadas de gallinas de guinea 
se encuentran por todos los bosques de. 
Santo Domingo con tanta frecuencia cot. 
mo por España las perdices. Hay muchas 
tórtolas, faisanes, pavos reales y cotor- 
ras, cuya caza no solamente es diverti- 
da, sino muy útil y que podria ser de 
mucho lucro en otro pais donde las co- 
sas tuvieran su justo valor. Las v aves 
acuáticas que se hallan en ciertas lo- 
calidades, como á orillas del mar del 
Sur, de lagunas y remansos de rios, es- 
tán en gran cantidad y de las máe-apete- 
cidas especies. Los patos, los gansos, los 
eisnes, los flamencos, etc., han logrado 
formar islas de ffuano. 

Y si después de haber enumerado estos 
pájaros de suma utilidad para la indus- 
tria, comercio y alimento del hombre, 
intentáramos hacer una reseña de aque- 
lla otra parte de avecillas que al parecer 
solo han venido al mundo para excitar 
nuestra admiración por sus preciosísi- 
mos plumajes, por sus melediosos can- 
tos, fuera ya una empresa de suyo larga 
y por eso agena de esta obrar 



DebÜramM ddir a^w Mto punió» peio 
BO resistiremofl A deseo de decir, aunque 
■ea plaffiandc el eitilo de Oviedo, que en 
parte del mundo no puede haber más 
•intontei. Estábamos a punto de compa- 
rar su abundancia con la de los gorriones 
f n España. Los soldados en Monte-Chris- 
U los oogian por docenas, j cuando to- 
maban las crias de los nidos, yenian los 
padres á darlas de comer. Tampoco ca- 
ñaremos otro ¡mrticular; ylmos en aquel 
campamento gran abundancia y mucha 
Tariedad de izaros-moscas de muy di- 
minuto tamaño ▼ de una hermosura 
inexplicable. También era fácil cogerlos, 
pues disparándoles un tiro cerca, aunque 
en dirección contraria á donde estabioi, 
caian unos muertos y atros atontados. 

Bu la isla de Santo Domingo no hay 
animales feroces ni reptiles yenenosos; 
existen si el caimán, la iguana, el la-* 
garto, el majá y culebras de varios ta- 
maños, pero que jamás acometen al 
hombre. 

Los insectos son algunos Tcrdadera- 
mente yenenosos. En los sitios húmedos, 
abundan los alacranes, los oienpiéa y las 
arañas peludea. De estas, que ios natu- 
ralistas europeos admiran porque son 
poco yistas, se crian en la campiña de 
líonte-Christi, con tal abundancia que 
en poco rato pueden recogerse docenas. 

En la csmpifia y en algunos de los bo- 
híos encontramos algunos ejemplares de 
un ser ylyiente, de especie completa- 
mente desconocida para cuantos alli le 
yimos. Los indígenas le llaman 0lfalito 
por su figimt, y también le denominan la 
fuUarra por su canto. Los que hemos 
yisto semejante ser, le comparamos á ub 
palito seco de rosal por su color y por sos 
nudos. Bucle ser largo, eomo de una cua^• 
ta, grueso como una pluma de aye de las 
que se usan para escribir. Se mueye pe- 
rezosamente sobre cuatro patas largas y 
flacas y tiene unas alas cortas como las 
del grillo; pero lo que más de particular 
tiene, y es la razón porque nos detuyl- 
mos hablando de él, es que su picadura 
es casi siempre mortal, según noshan ase- 
ffurado yarios dominicanos. A los pocos 
dias de haber llegado al campamento de 
Monte-Christi, se presentaban en el hos- 
pital yarios soldados muy graves que no 
sabian decir lo que tenian, y sin que los 
médicos descubrieran en ellos otra cosa 
que los síntomas de un envenenamiento. 

Qoncluirexnos estaparte, manifestando, 



enreaúniMí» que los i4es de Santo Dootí»» 
go y los mares que le circundan, son íe^ 
cundisimos en la cria de pescados d$ to^ 
das las especies conocidas. 

Para dar un perfecta idea dd reino mi- 
neral en Santo Domingo, vamos á copiar 
un trozo de la obrita que por fines del si'* 

fio pasado publicó D. Antonio Sanchos 
'alverde. 

Dice asi: cenias producciones vejetalea 
se mostró también la naturalesa pródi- 
ga, de riquezas metálicas ó fósiles, que 
son, según los naturalistas, otra espe- 
cie de árboles subterráneos con raices, 
tronco y ramas. Dar razón de todos los 
géneros minerales que hay en Santo Do- 
mingo é indicar sus Fugares, es imposi- 
ble, porque muchos no se han deseuDier* 
to y aun se ha perdido la memoria de 
otros que se trabajaron al principio. La 
isla tiene todavía sierras y bosques por 
donde solo han penetrado monteros y 
jente fugitiva, y montañas, que sin te- 
meridad podrá decirse que jamás han 
sido pisadas de planta humana; por con- 
siguiente, hay mucho que descubrir, 
tanto en el reino vejetal eomo en el me-* 
tálico. 

»E1 padre Charlevois no duda afirmar 
que en esta linea tiene la isla de cuantas 
especies de fósiles produce la naturale- 
za, todos los cuales dsben aumentar su 
valor; pero como la codicia humana pre- 
fiere ciertas especies, y yo no he de ha- 
blar sino de cosas conocidas y ciertas, 
diré en este punto lo que afirma el cita- 
do Charlevois , qué no hay isla en el 
mundo en donde se hayan encontnéo 
tan bellas y tan ricas minas de oro. De- 
terminadamente tenemos alli las minas 
de la Buena Ventura, á ocho leguas de 
la capital, cerca de la antigua poblaeiott 
de Bonao, donde se encontré el singu- 
lar grano de que hablan nuestros escri- 
tores , especialmente Oviedo , del cual 
dice que pesaba 3.600 pesos de oro, fue- 
ra de otros de extraña graniza , aun- 
que inferiores á la de aquel. En este si- 
tio continúan muchos pobres en el para- 
je que llaman Santa Rosa, lavando oro, 
cuyo quilate pasa de los 23 1|2. En el 
contraste de esta corte se preguntó el 
año de 64 de dónde era el de unas hevl* 
lias que se llevaron á pesar, y as^fura- 
ron que jamás habían visto oro tan 
excelente. Algunos han creído que vie^ 
ne de criaderos superficiales , pero se 
>engaDan; lae aguas traen al rio esto» 



--34- 



tgia&os, úud m áev^ttñésn. 4e la gran 
tnüna trabajada á principios , cuyo soca- 
» von derrumbado se ye tOdaTÍa, j se han 
•sacado herramientas por el preslútero 
»D. Jacobo Cienfuegos j otros , que el 
»año de 750 quisieron beneficiarla, y por 
lia muerte de aquel eclesiástico , que se 
itenia por inteligente, la abandonaron los 
idemás. 

»i>e estas minas, dice el citado Charle- 
»TO|s que, habiendo tenido Colon noticia 
ipor algunos caciques particulares, que 
>en cierta parte del Sur habia abundan- 
itisimas minas de oro, quiso antes de su 
»partida aclarar la veniad, y envió á 
iFrancisco Garay y Miguel Diaz , con 
»buena escolta, á la cual dieron guias los 
icaeiques. Garay y Diaz se hicieron con- 
iducir hasta el rio Hayna, en que habían 
idicho que descargaban muchos arroyos 
»eantidad de oro con sus aguas. Hallaron 
•que era cierto, y habiendo neeho cabar la 
» tierra en ranos sitios , vieron en todas 
apartes cantidad de granos de oro cuyas 
imuestras, llevaron al almirante Colon, 
iquien dio luego orden de levantar allí 
•una fortaleza con el nombre de San Cris- 
itóbal, que se dio después á las minas, 
»aue se labraron en las cercanías, y de 
•aonde se han sacado inmensos tesoros* 

»B1 pueblo de Cotuy, que está más ar* 
•riba háeia el Norte , se llamó antigua- 
»mente de los Mineros, poraue en su ter-^ 
•ritoriohay, y se trabajaoan entonces 
imuchas y ricas minas de oro. En la 
«sierra que llaman Maimón, por un arro- 
yyo de este nombre, se ha labrado en 
«nuestros días una abundantísima de co* 
»bre tan excelente, que se asegura^ tener 
i un ocho por ciento de oro rSuumdo el 
1 metal. No lejos de esta hay otra sierra 
»que llaman de la Esmeralda, por lo que 
«contiene de esta preciosa piedra. 

•Las famosas minas del Cibao, gran- 
•des por la abundancia y ricas por los 
•quilates de su oro, son conocidas desde 
«el principio del descubrimiento de las 
«Indias, y el primer oro que presentó á 
«los Beyes Católicos el almirante, se sa^ 
ICO de ellas. Hallándose estas minas por 
«la parte Norte de la isla, junto aun rio, 
«que unos llaman Jánico y otros Cibao, 
«las cuales dieron en los primeros años 
«mucho oro, sin más beneficio que la 
«fundición. Las sierras que dividen el 
Mitio de Constanza, que está en juriadi- 
«clon de la Vega, y es actualmente de 
«D. Melchor Svmíj de las cuales h^hifr 



«mes arriba, 4e¿att reconocido ser iodas 
«mineras de oro, tan abundante que ex- 
«peUóndole la tierra de sus senos, corre 
«en arenas y granos por cuantas que- 
cbradas, arrovos y riaehuelos descienden 
«de ellas, A aos días de distancia de la 
«ciudad de Santiago, en un sitio que Ua- 
«man las Mesitas, en las cabezadas del 
«rio Verde y todas aquellas inmediacio- 
«nes, se lavó y cogió antiguamente mu- 
«cho oro superficial y viene de copiosisi- 
«mos minerales que no se han recono- 
«cido. 

«Copiaré aqui el testimonio del padre 
«Charlevois: M. Butet confirma lo que 
«he dicho ya muchas veces, que el rio 
«Yaque lleva entre sus arenas, cantidad 
«de granos de oro purísimo. EÍ añade, 
«que en 1708 se encontró uno que pesa- 
•ba nueve onzas y se vendió en 140 pesos 
>á un capitán Inglés. De ordinario, son 
«del tamaño de una cabeza de alfiler apla- 
•nada ó de una lenteja muy delgada. 

«También dice M. Butet, que un suge- 
1 to le mostró un plato de fioisima 'plata, 
«hecho de dos pedazos de una mina, que 
«se ha encontrado en una de las minas 
«de Puerto-Plata; que por lo general to- 
»do el país de Santiago esta lleno de 
«abundantísimas minas de oro, de plata 
«y de cobre; que supo por un vecino de 
«esta ciudad, llamado Juan de Burgos, 
«que sobre las márgenes de un riachue- 
»lo, nombrado.rio Verde, habia una mina 
•de oro cuya veta principal, en que ha- 
«bia trabajado, era de tres pulgadas de 
«circunferencia, de un oro muy puro, 
«macizo y sin la menor muestra de ma- 
«tena extraña: que el rio Verde lleva una 
«prodigiosa cantidad de granos de oro, 
«mezclados con sus arenas. Que D. Fran- 
« cisco de Luna , alcalde de la Vega, ha- 
«biendo sabido que los españoles habían 
«abierto muchas minas á lo largo de este 
«arroyuelo, pasó á visitarlas y quiso apo* 
«dorarse de ellas á nombre del rey; pero 
»que habiendo hecho resistencia ios pro- 
«pietarios, dio cuenta á España de donde 
«se despachó orden al presidente de San- 
»to Domingo, para que hiciera cegar to- 
ldas las minas de la isla, la que se cum- 
«plió con todo rigor. 

«A la banda del Sur están las fertilisi- 
»mas minas de Guaba y el cerro llamado 
«delBubio, que puede llamarse de oro. 
«En estas se han enriquecido "a]|runoa 
«elandestinamente con solo su trabajo y 
«el de algún peón, por no ser deseuUer- 



-Í4 — 



«tos, rin ten«r la pericia ni los ¿tiles ne- 
leesarios. 

c¡Tanta es la abundancia de metal! 
iCuando digo á la parte del Sur se en- 
»tiende hablando ae la gran cordillera 
»que corre de Este á Oeste; pero el terre- 
yno de Guaba es bien conocido y está ca- 
»si en lo más interior de la isla, siendo el 
•ombligo de ella. 

> Kn las sierras de Maniel ó Baoruco, k 
»la costa del Sur, entre la bahia de Ney- 
»ba y ño Pedemalea, que son eminentisi- 
»mas y de un temperamento excelente, 
»se ha cogido mucno oro granado y sus 
^arroyos y quebradas llevan gran canti- 
»dad de pajas y arenas de este precioso 
imetal. Ignórase cuantas riquezas en- 
»cierran estas serranías, porque jamás 
9 se han habitado, y solo han servido pa- 
ira asilo de hombres fugitivos. Lo mismo 
»sucede en los arroyos de MacAon y otros, 
I en jurisdicción de Santiago, que vienen 
•al Yaque por las sierras de uno y otro 
liado, todos los cuales llevan oro, que 
•baja de aquellas alturas y hasta ahora 
>no se han reconocido, y solo se han apro- 
»vechado de las más visibles algunos 
»particulares ocultamente. 

•Ni es solo este metal el que se da con 
•abundancia en la isla, hallándose tam- 
•bien muchas minas de plata, una de las 
•cuales, que se labró y fundió antigua- 
«mente, está á un dia de la VeM en el 
•sitio de Garacoa. Doce leguas ae San- 
»tiago á la parte del Norte, en el arroyo 
•del Obispo y en eJ llamado Piedras, co- 
•mo también en Puerto-Plata, en el cir- 
•cuito de seis ú och o leguas, se encuen- 
•tran muchas minas del propio metal, 
•que de orden de :Roque Galindo, alcalde 
•mayor de Santiago, se ensayó y fundió 
•á fines del siglo pasado. En la parte del 
•Poniente, en los sitios llamados Tanei, 
•hay tanta abundancia del propio metal, 
•que se ha creido aquel paraje más rico 
•que el Potosí. En lasica, doce leglias de 
•Santiago, á la orilla del rio, hay otro 
•cerro de plata. 

•En las riberas del Jaina, en la estan- 
»cia de Gamboa y el Guayabal, que es 
•hoy de D. Casimiro Bello, hay otrari- 
jquisima mina de plata, que se empezó á 
•labrar antiguamente y por haberse der- 
irumbado j c ogido á diez y ocho perso- 
mas, se dejó en aquel estado. En el mis- 
f mo sitio, entre los atos que se llamaron 
•La Cruz y San Miguel st encuentra 
>otra. 



•Tendo do Santo tk>mingo 4 Higdey 
en territorio del Seibo, en unos cerros 
que se ofrecen al camino real, se ha en<* 
sayado una mina de estaño con plata, 
que en más profundidad será más rica. 
En térmido de la misma villa de Higüey 
hay otra muy abundante que trabajaron 
los indios. 

•En Sierra Prieta á seis ú ocho leguas 
de la ciudad, hay una gran mina de 
hierro, y no se duda que en sus espesu- 
ras y malezas se encuentran otros me- 
tales. Siguiendo las mismas serranías 
hacia el Cotuy, se halla el propio metal 
de la mejor calidad, con la facilidad de 
navegarlo por el Yuna. 

»E1 azogue se encuentra en machas 

E artes, principalmente en Yaque Arri- 
a, jurisdiecion de Santiago, y le hay 
también á poca distancia de las minas 
de oro del Cibao. En la jurisdicción de 
Santo Dominffo, pasado el rio Jaina, por 
el camino real que va á San Cristóbal, á 
mano derecha, en el sitio que llaman 
Valsequillo, hay una sierra pelada que 
es mineral de azogue. 

•En las minas del cobre de Maymon, se 
coge un excelente azul y una especie de 
greda ó jaboncillo veteado, de que se 
sirven los pintores para dorar. Junto á 
estas minas, están aos de piedra imán. 
•En fin, el jaspe de todos colores, el 
pórfido, el alabastro y otras piedras ex- 
celentes, son producciones frecuentísi- 
mas en la isla, como también los dia- 
mantes en los muchos pedernales o ue se 
hallan en la jurisdicción de San Juan, 
Bánica y Guaba. El yeso en Baní, Puer- 
to-Plata y Neybá. El talco, en la juris- 
»díccion de Azua y otras partes. Fuera 
de las salinas de sus costas, hay el gran 
cerro de sal en Neyba, que sobre ser 
buena para el uso y muchas medicinas, 
tiene la particularidad de que la esca- 
vacion que se hace un año, se rellena á 
poco tiempo. Vuelvo á decir, que en el 
género fósil, tiene cuanto produce natu- 
raleza de más apreciable y útil, y que 
aun resta que descubrir por defecto de 
industrias y de interés.» 
Concluiremos lo perteneciente áeste 
ramo mineral con dos testimonios. El pri- 
mero, de D. Juan Nieto y Valcárcel, que 
de real orden expedida en 13 de Agosto 
de 1694, partió á reconocer las minas de 
aquella isla, y después de indicar muchas 
de las Que hemos referido, cierra su in- 
fo|me al rey, diciendo: «que no hay para- 



v4 



-«- 



«je «n ella donde layando un artesón de 
itierra, deje de encontrarse alguna parte 
»de oro. Dentro de la misma ciudad pue- 
ide certificarse cualquiera, de esta que 
iparece paradoja; pues en los tiempos de 
imertesiluTias hacen los muchachos j 
líos pobres, en las corrientes de los arro- 
»yos, pequeñas escayaciones donde se 
»empoce el iijg^ua, y layando aquella cor- 
itísima porción de tierra que pueden co- 
»ger con sus gigüeritas, sacan pajas y 
•arenas de oro.» 

Bl segundo es el historiador Herrera, 
el eual dice: «Que en Santo Domingo se 
»hacian cada año cuatro fundiciones de 
loro, dos en el pueblo de Buena Ventura, 
»ocho leguas de la capital, donde se fun- 
idia el de las minas nueyas y yiejas de 



laquel cobtomo, y dos en la ciudad de la 
iTega, & donde se Ueyaba el de sus inme- 
»diaciones. En la Buena Ventura se fun* 
idian cada año, de 225 á 230.000 pesos de 
I oro, y que las fundiciones de la Vega 
leran de 230.000, y algunas yeces llega* 
»ban á 240.000, de suerte que yendia la 
•isla anualmente 460.000 pesos de oro. 
>Es de notar lo primero, que estas fundi- 
Bciones abrazaban dos cortos distritos; lo 
1 segundo, que era todayia muy corta la 
»ciencia met&Iica, y demasiado eldesper- 
»dieio; lo tercero, que ocultaban los par- 
«ticulares mucha parte, y finalmente, 
»que en esta cuenta no entraba el que se 
icogia en granos, cuyo yalor suDia á 
»mucho8 millares, según testifica en ya- 
^ irias partes Oyiedo.» 



m. 



LOS DOMINIO ANOfi. 

Fi8eología.--Caráeter.-«Cottiimbres.— Su orgaaiaaoion social.— Instintos beli- 
cosos.— Su ejército y altos puestos militares. 



Habiendo dado á conocer, aunque so- 
meramente, el país dominicano en los 
Srecedentes capítulos, justo será que de- 
iquemos un breye bosquejo de sus natu- 
rales habitantes, muy diferentes en todo 
álos primitivos indios. 

No desconocemos todo lo que tiene de 
¿rduo esta al parecer f&eil empresa, por- 

Sue en las figuras que deben dibujarse 
ay un caprichoso amalgama de colores 
Ír matices que no es fácil hallar en la pa- 
cta mejor provista. Tal, en fin, como 
podamos y aunque solo consigamos ha- 
cer una oscura sombra, si el perfil es pa- 
recido, la inteligencia de los lectores su- 
plirá la inexperiencia del pobre artista. 

Deberíamos empezar este capitulo con 
diversas explicaciones y salvecuides, con 

Srotestas de imparcialidad y exposición 
el mejor deseo para el buen acierto; pe- 
ro prescindiremos de todo prólogo y va- 
mos á entrar brevemente en asunto. No 
estará demás, sin embargo, agregar, que 
cuanto se diga de las condiciones físicas 



y morales del dominicano, debe enten 
derse que se trata del que sustituyó al 
primitivo indio, y que hoy es el habiten- 
te de La Bspañola. 

Persistiendo en el sistema de utilizar 
en este libro lo qne sea aceptable al obje- 
to y esté consignado por competentes 
autores, copiamos á continuación un tro- 
zo de una carta publicada en un periódi- 
co de medicina y suscrita por el médico 
mayor de Sanidad militar D. Gregorio 
A. y Espala: cTanto la isla de Santo Do- 
imingo, como las otras varias que en un 
itiempo tuvieron esclavitud, no lograron 
>8u emancipación sino á costa de convul- 
1 sienes más ó menos sangrientas, en que 
lia raza blanca fué aniquilada ó reduci- 
»daátan precarias condiciones que la 
•hicieron desaparecer casi por completo, 
lUegando al extremo este rigorismo en 
*la república vecina de Haití, quelos po- 
»cos blancos escapados milagrosamente 
ide la terrible venganza desús antiguos 
lesclavos, se veían reducidos á soportar 

i 



-jM-- 



t^raio más inicuo que el que nunca su- 
»frienai en las plantaciones los negros 
ȟnportados de la costa de AMca. ' El 
linmediato contacto de Santo Domingo j 
«Haití, dio lugar muj luego á que, abo- 
luda la esclavitud en la parte española, 
lia raza de color fuera poco á poco absor- 
»yíendo á la blanca, hasta el^punto de 
ique en la actualidad las tres cuartas 
vpartes de Santo Domingo se hallan ex- 
iclusiTamente pobladas por gente de co- 
vlor asaz oscuro, siendo muy difícil de 
«encontrar vestigios de raza blanca pura, 
«entre los que más se asemejan á ella, 
«habiendo contribuido no poco k esta 
«meicla de castas la época en que los do- 
«minicanos fueron suojugados por los 
•h^tianos, en cujo tiempo se dedicaron 
•estos últimos con particular empefio á 
«extin^ir los restos escasos de los blan- 
«cos, mTorecisAdo á toda costa los nu- 
«merosos cruzamientos que han dado 
«lugar ya á la multicoloreada población 
«que hoy se halla en esta isla, donde se 
«encuentra variedad de matices y confu- 
«siqn tan extraña de los tipos de la raza 
«caucásica, etiópica y de la indígena prí- 
«mitiva, dignas de llamar la atención por 
»más de un concepto de los naturalistas 
«y de los médicos. 

cBl tipo dominante es el etiópieo, sia 
«más modificación que la que sufre esta 
«rasa al permanecer en América dos ó 
«tf^s generaciones sucesivas, y suncuán- 
«do ya he indicado antes hay abundan- 
ida de mtilsilos, pardos, cuarterones, 
svléiidose también, aunque en menor 
múxDero, faidios mestizos de negros y de 
«blancos; la coloración .más general es la 
»negra, distinguiéndose varia robustez, 
«según los pantos de la isla de donde 
«son oriundos. Generalmente hablando, 
»en las provincias del N. hay desarrollo 
f fisioo bien proporcionado; es frecuente 
«ver negros de buena estatura, de ro- 
«bustez y agilidad notables; no así en 
«el S., donde el mayor número son de 
«mala presencia y de aspecto enfermizo, 
«indolentes en sumo grado y de poca 
>eon8tancia en sus empresas, mientras 
»que sus vecinos del N. Noroeste, ñuni- 
-»uarizados con las cordilleras que los se- 
«paran de las otras provincias, en lucha 
«constante con los naitianos, acostum- 
«brados á la guerra y á la sobriedad, 
^poseen una actividad extraordinaria; son 
«tenaces en sus propósitos, no cejan tan 
»ftailm«it« ante los obstáculos y culti- 



«van sus campos con laboriosidad en los 
«intervalos en que dejan el machete y la 
«carabina.» 

Esta relación hará comprender la difi- 
cultad que ofrece sentar reglas fijas que 
demarquen el carácter, las costumbres y 
las cualidades de razas tan confundidas; 

Í>ero aunaue con el peligro de mezclar en 
a generalidad algún caso excepcional, 
ha de llenarse el objeto de este capitulo. 
El dominicano campesino , que com- 
pone como las nueve décimas partes de 
la población, goza de una vida holgsda, 
merced á su mi^alidad nunca bien pon- 
derada V á su país feraz hasta lo porten- 
toso. Alegre y satisfecho en un tosco 
bohio , enmedio de un bosque , cultiva 
únicamente unas poess varas en cuadro 
de terreno, dejando baldío lo muchíaimo 
más que á su disposición tiene. En aque- 
lla al parecer miserable posesión que se 
llama Conuco^ encuentra cuanto necesita 
para cubrir todas las atenciones domés- 
ticas. Si al cabeza de una numerosa fa- 
milia se le ve siempre descalzo y mal per- 
feñado, no hay por eso que juzgarle pe- 
re,y mucho menos desdichado. Nada ne- 
cesita, porque el dia en que entrevea una 
nueva necesidad, roturará cuatro varas 
más de su campiña y <j[uedará satisfacho. 
Gustan aquellos indígenas de vivir coa 
sus parientes en lo más recóndito de los 
montes, cuya costumbre seria quizás im* 
portada de la costa de Afnca, ó ttd vez 
adquirida por el aborrecimiento á las con- 
tinuas guerras y trastornos politicos por 
que ha pasado el país. 

A pesar de esta vida solitaria y que po- 
dría llamarse montaraz, el campesino do- 
minicano es dulce, afuble, manso y he»* 
pitalario; usa siempre de un lenguaja 
afectuoso y cortés con todos los deseono- 
eidos forasteros que llegan á su albergue, 
aunque jamás los haya visto t aunque 
crea que jamás los volverá á ver. 

Han referido españoles muy veraces, 
que tuvieron necesidad de viajar solos 
por el interior de la isla, aun por los si- 
tios más agrestes, en el interregno desu- 
de la anexisin hasta la revolución, que 
jamás llevaron temor de ser vejados, 7 
que cuando tuvieron que pedir hospitali- 
dad por una noche, siempre habían sido 
recibidos con suma consideración, aunque 
fueran los dueños de la vivienda de aque* 
líos que jamás iban á las poblaciones, ni 
sabían nada de lo que pasaba por el resto 
del mundo. 



- dY — 



Pdr esa afieion al aislamiento, hay po- 
cos pueblos en la parte española j soore 
todo muy poco numerosos. 

Los dominicanos habitantes de ciuda- 
des ó Tillas difieren poco en lo general de 
los campesinos. Visten más decentemen- 
te, j siendo un poco más ilustrados, son 
más sagaces y de más peligroso trato; 
pues parece que todo lo que ganan en lu- 
ces lo emplean en doblez y falsía. 

Esta gente de Tillas y ciudades son los 
únicos que se ocupan de política, pues 
los del eampo van siempre ciegamente 
donde los llevan los jefes de las conspira- 
ciones y Tan comunmente engañados y 
contra su voluntad; pero la organización 
de la república obligaba i todo ciudada- 
no á ser soldado, tenia que empuñar el 
fásil cuando la patria le llamase, y siem- 
pre los motines se hacían á nombre de la 
pobre patria, oue con ellos quedaba cada 
Tez peor paniaa. 

A los dominicanos hay que considerar- 
los en casi continua guerra, desde que 
se hicieron independientes de Haití, y 
poco puede decirse de su organización so- 
cial sin que tropecemos con la militar. 
Con respecto k esta, no tenían ejército 
permanente; todos los ciudadanos forma- 
aan agrupaciones á semejanza de nues- 
tros batallones de las antiguas milicias 
provineiales; todos abandonaban sus fa- 
milias y labores para ingresar en el ejér- 
cito, siempre que la independencia se ha- 
lUK^ amenazaba por las ínTasiones, casi 
; • "loqueas de los naitianos, ó lo reclama- 
orden interior; y al regresar al seno 
familias, después de disueltos los 
s á que pertenecían, en más de 



a 



una ocasión hallaban su número dis- 
minuido por la muerte y perdido el flru- 
to de muchos días de trabajo por ftüta 
de brazos que se empleasen en su cui- 
dado. 

Montado el serTício militar por este 
sistema, ya se comprenderá que semejan- 
tes tropas son de pésimas condiciones. 
Sin otra instrucción que saber malamente 
eargar y disparar; sin otro armamento 
que el que cada cual puede ñicilitarse, á 
excepción de algún que otro caso muy 
raro, en que el gobierno podía repartir 
para muchos miles de hombres, algunos 
cientos de fusiles que regularmente slr- 
Tieron á otras naciones, t fueron des- 
echados por inútiles. Bl soldado domini- 
cano no conoce el uniforme, se presenta 
como estaba en sus tareas, que general- 
mente es destrozado, descalzo, t por todo 
morrión un mal pañuelo atado a la cabe- 
za. Mucho menos conoce el uso del co^■ 
reaje ni de la mochila; gasta una especie 
de esportilla, que llama macútOy que con 
una cuerda á modo de asa, cuelga del 
hombro izquierdo. En aquella especie de 
zurrón 6 morral, UcTa todo su iguar de 
campaña; el tabaco, la carne, los pláca- 
nos, alguna prendado ropa, ed por casua- 
lidad tiene, y los cartuchos; todo Ta alU 
roTuelto. 

Los jefes dominicanos, son por lo ge* 
neral personas de Tslor wij acreditado 
en sus guerras t discordias eíTíles. La 
cuiüidad más reloTante en el país, es el 
Talor. Queda más orgulloso un índiTiduO 
á quien se, hace el elogio de decirle que 
es lumbre de machete^ que s i se le cele- 
brase por cualquier otra cualidad. 



IV. 

LA BEPÚBLICA DOMINICANA. 

Alzamiento.— Ruegos á España.— La poUtica de retraimiento.— Xl cáncer de 
la discordia. 



¡Desdichado el pueblo que rompiendo 
el treno de la obediencia y respeto social, 
se precipita de rebelión en reoelion, em- 
puña las armas y pretende lavar con san- 
re de sus hermanos agravios inventa- 
os por la exageración política! 
{Desgraciada la sociedad que se des- 



I 



borde por pasiones mezquinas! Guando 
cada hombre pretende hacer su volun- 
tad hija de sn egoísmo; cuando se pos- 
pone el interés general, entonces bien 
puede asegurarse que aquella sociedad 
está viciada y enferma, que se debili- 
tará tanto, que inspirará compasión y 



-se- 



que arrastrará nna existencia miserable. 

Ejemplo triste nos da la isla de Santo 
Domingo que fuera en otro tiempo prós- 
pera, ilustrada y feliz j retrocedió tres 
siglos desbarrada por los trastornos in- 
testinos, nijos de la política personal, 
?[ue empequeñece k los pueblos, atando* 
os fuertemente al carro de la discordia 
basta arrastrarlos y destrozarlos. 

En el curso de^la presente bistoria se 
yerá de una manera eyidente basta oué 
punto las pasiones mezquinas pueden ae- 
gradar una sociedad morigerada. 

A principios del año de 1822, la repú- 
bliea baitiana conquistó la parte de la 
isla de Santo Domingo que babia sido 
española. 

Diez j nueye años poseyó Haití paeiñ- 
camente su conquista, gracias á la ma- 
yor yigilancia y ¿ grandes medidas re- 
presiyas a ue aiioptó. 

En ese largo período, ni el pais prospe- 
ró n! se ayiniero^ los indígenas con los 
Intrusos. 

¿5o aborrecían mutuamente con la ma- 
yor franqueza y sinceridad. Solo ftdtaba 
nna ocasión propicia para traducir enbe- 
cbos lo que no callaban las lenguas, y al 
fin llego. 

' Ki entre los domicanos ni entre los bai- 
tianos, ¡fuerza es confesarlo! no ba resal- 
tado jamás como yirtud cíyica la unión y 
fraternidad. Teleidoses en sus pretensio- 
nes políticas á aue por su desgracia son 
muy dados, piden noy con empeño, lo 
que mañana recbazan con desden, y de 
aquí procedió que los de raza circasiana y 
los de la etiópica, los conquistadores y 
los conquistados, pudieran entenderse 
uaa yez para fraguar una conspiración 
que se llamó con énfasis cmoyimiento 
combinado.» Hubo ayenencia, porque se 
trataba de destruir. 

Seffun el complot, se destruía en pri- 
mer lugar al emperador Faustino I, que 
se babia becbo un tiranuelo, contra el 
aue principalmente iban los tiros, y se 
destruía el imperio de toda la isla y sus 
adyacentes, porque la recompensa que 
obtendrían los blancos occidentales por 
su alzamiento, sería la conseryaeion de 
su independencia. 

Todo Dlen preparado, estalló simultá- 
neamente la reyolucion en Haití y Santo 
Domingo. 

El ffríto de independencia le dio el 27 
deFeorero do 1844, el que entonces era 
un jóyen, Francisco Sancbez, á quien 



luego yeremos de general, influir en los 
destinos de su patria, y por fin fusilado 
por orden del que le suplantó en el 
mando. 

Violento fué el primer empuje deJos 
dominicanos, y sus adyersarios fueron ar- 
rollados en su retirada basta muy cerca 
de la frontera, contribuyendo á ello la 
traición de yarios generales negros y la 
sorpresa de otros qu^, siendo afectos al 
emperador, no babian tenido conocimien- 
to del complot, y sobre todo el arrobo con 
que peleaban los que procUmiaban (Li- 
bertad é independencia.! 

Mas no consiguieron su objeto pronto, 
ni fácilmente, porque repuestos de la sor- 
presa, los que naNan sido leaJes al poder 
caído, arrepentidos quizás los que babian 
consentido en un plan, que lleyaba por 

Srimera condición el desmembramiento 
el imperio en las dos mejores partes de 
su territorio y aguijoneados unos y otros 
por sugestiones del nueyo poder y por la 
sagacidad del nueyo presidente déla re- "" 
puDlica, el mulato Oe//rart, se perpetuó 
una guerra tan lenta como cruel por las 
provincias de Azua y del Cibao. 
Eso, no obstante, los dominicanos cre- 

S érense felices al yerse por primera yez 
bres é independientes y en actitud de 
poder darse el gobierno que más conyi- 
niese al país y adoptaron la república. 

Los primeros gobernantes de la parte 
española cebaron una ojeada sobre enjo- 
yen nación y yieron que después de na-, 
ber sufrido diez y nueye años el despotis- 
mo más grosero de los batíanos; después 
de baber sido allí enyilecída la raza blan- 
ca basta lo increíble; después de baber 
ofrecido al mundo el nueyo espectáculo 
de bacer yolyer atrás la corriente de la 
eiyílízacíon, basta el punto de que los 
mismos que poco antes, se respetaban 
como ilustrados bajo el pendón de Casti- 
lla, yacían en opinión de salvajes; yieron, 
en ¿n, que después de los máís inauditos 
sufrimientos, quedaba la isla, y especial- 
mente la parte española, en el mayor es- 
tado de postración ; que los dominadores 
no babian becbo mejoras, pero que ba- 
bian cegado todas las fuentes de la rique- 
za púbuca. 

Él espectáculo era triste y desgarrador. 
Se necesitaba mucbo patriotismo, mueba 
fraternidad para levantar la joven repú- 
blica de la postración y descrédito en que 
se bailaba. Era necesario que los domini- 
canos todos depusieran eujuras de la pa* 



-tí- 



tría flus aspiraciones particulares; que ' 
ante la toz del patriotismo callaran to- 
das las miserables ambiciones. 

Aquella crisis hubiera decidido de la 
suerte de la nación, si hubiera tenido la 
fortima de que á su frente se colocara un 
hombre de virtudes cívicas, secundado 
por una docena de altos funcionarios 
honrados; pero quiso la fatalidad que no 
cayese el país en buenas manos. 

Hay naciones desgraciadas en las que 
la adversidad se ceba con saña. 

Las vicisitudes porque ha pasado la 
infortunada isla espaJEíoia, sorprenden y 
admiran, dejándose ver la mano del gé- 
nio del mai que la va conduciendo de 
precipicio en precipicio. 

Cuando en su cnsis era más necesaria 
la unión y fraternidad, no solo para con- 
solidarse, sino también para combatir 
ventajosamente al haitiano que resistía 
la expulsión con ima guerra encarnizada; 
entonces precisamente apareció la gran 
calamidaa pública, la amoicion y la dis- 
cordia. 

Solo por pasiones mezquinas, corria 
infi'uctuosa y abundante la sangre de los 
leales que de buena fó luchaban en la 
frontera por su independencia. A los po- 
cos meses y en el mismo año de 1844, en 
2ue Sánchez habia levantado el pendón 
e la libertad, andaban ya en pública 
desavenencia el gobierno que se llamó 
Junta central gubernativa^ y el general 
que mandaba las tropas que debían 
expulsar á los dominadores. Aquellos 
fueron los primeros reflejos de la llama 
que habia de devorar el ediñcio de la 
prosperidad pública que empezaba á le- 
vantarse . 

El general en jefb del ejército domi- 
nicano que tenia el encargo nacional 
de contener y batir al enemigpo en la 
frontera, olvidando aquel sagrado deber, 
levantó el campo, volvió repentinamente 
la espalda á su contrario, y se dirigió á la 
ciudad de Santo Domingo para negocios 
de personal ambición. ¡Paso funesto! 

El que de una clase oscura se habia 
hecho rápidamente general y dictador, 
D. Pedro Santana, daba el nuevo espec- 
táculo de jurar en la iglesia del pueblo de 
San Cristóbal , ante un numeroso publi- 
co, f que á trueque de que la ciudad de 
Santo Domingo, á donde se dirigia con 
sus tropas, no le hiciera resistencia ni su 
gente ningún cargo por sus actos, no 
abusaría de las fuerzas que mandaba» xU 



perturbaría el orden , ni perseguiría i 
ningún individuo por las opiniones que 
hubiere manifestaao.» 

Explícase tal suceso en la vida política 
del general Santana, cuando dice: cCon- 
ferenciando acaloradamente en la iglesia 
de aquel lugar sobre los motivos que le 
llevaban á la ciudad: cque la Junta ha- 
>bia hecho carecer al ejercito de todo re- 
icurso;» mas como el general Sánchez 
justifícase ante una inmensa muchedum* 
ore los envíos hechos por el gobierno, es- 
pecificadamente y por el orden de sus fe- 
chas, la máscara del hipócrita cayó á sus 
Siés. En vano pidió rect^rsos á su impu- 
encia para salvarse de aquel revés; el 
golpe fué tan certero, que solo recurrió 
al efugio de jurar sobre las aras del Dios 
vivo, que no llevaba siniestras intencio- 
nes contra el gobierno, ni otra mira aue 
la de despedir al ejército dentro de los 
muros de la capital, darle las gracias y 
retirarse otra vez á la vida privada. Su- 
plicó amistosamente al enviado de la Jun- 
ta que interpusiese con ella su inflijo, 
{)ara que coronase su deseo; ísegurándo- 
e que podia responder de la rectitud de 
sus intenciones. 

Obtenida su enttada bajo tan ñdaces 
auspicios, dejó la mitad de las tropas en 
la mrtaleza y arsenal, hizo formar las 
restantes en cuadro en la plaza de armas, 
y se dirigió á la junta para hacerla car- 
gos por su conducta, aconipañado de una 
turba de sicarios armados de trabucos y 
carabinas. A los gritos descomunales 
lanzados por él dentro del salón, donde 
se tenia la sesión, sus parciales respon- 
dieron pidiendo la calda de aquel poder. 
Santana, aprovechando la coyuntura y 
el Víctor de dos hombres que le saluda- 
ron eon el nombre de dictador, di Aína 
proclama diciendo: «que aunque los pue- 
iblos le hablan conferido la dictadura, la 
» rechazaba, porque ella habia sido siem- 
>pre funesta á los países que la hablan 
lensajado; pero que en su lugar presidí- 
irialanueva junta que formaba enton-^ 
ices, añadiendo: los generales Sánchez y 
iJimenez permanecerán en ella á mi 
•lado.» 

Al día siguiente de una escena que de- 
bió ser tan respetable para el magnate 
de un pids que aspira á regenerarse, que 
se titula católico y que habia de elegir 
su sistema de gobierno, fué quebrantado 
el juramento con escarnio del que le 
prestara y escándalo de cuantos le ha* 



-so — 



bian preseneiado. Sa&tana di«olTi¿ & las 
yeinticuatro horas la Junta de gobierno, 
que prometiera respetar; decretó prisio- 
nes por opiniones políticas que ofireclera 
olTídar, j filé condenado al ostracismo el 
general sanchez, que le habia buscado 
para que tomara parte en el alzamiento 
nacional j que le habia entregado ex- 
pont&neamente el ejército con que habia 
atacado la dominación haitiana. 

Pocos ejemplos de tal cinismo son su- 
ficientes para desmoralizar una sociedad 
naciente t el terreno en que derramaba 
tal semilla, era fecunda j pronto dio 
abundantes frutos. 

Empezó entonces un cúmulo de revuel- 
tas, de insurrecciones 7 de fusilamientos, 
con tal rapidez j furor que rayaron en lo 
inverosímil j en lo increíble, casi en lo 
imposible. 

La suerte se habia echado. La repú* 
blica dominicana exhausta, pobre, con 
una escasa población, que no llec:aba á 
doscientos mil habitantes, trabaladas las 
costumbres, poco dados al trabajo sus 
liaturales, i^in industria ni comercio, con 
vn enemigo pertinaz que no quería pa- 
sar la frontera, j con unos mandarines 
que se perseguían con saña, no pedia sos- 
tenerse. Cualquiera que entendiese un 
poco de política, sin ser un lince, podía 
adivinar j aun ver, que aquello era cosa 
perdida, y que no había puntales para 
sostener el vacilante edífleio social, que 
se amasó con sangre leal y que debía ser 
■óUdo. 

Bn tal estado, los ambiciosos como los 
desinteresados, los que ganaban y los 
que perdían, reconocieron, confesaron y 
publicaron la impotencia de sus recursos 
materiales y morales paraestablecerse, y 
conatos, si no arrepentidos, y si tam- 
bién arrepentidos no con el proposito de 
la enmienda, dijeron el Señor pepbé. 

¿Qué recurso quedaba para mejorar tan 
desesperada situación? Nada más que 
uno : implorar el amparo, la protec- 
ción, el aominío de otra nación fuer- 
te, que defendiese á los dominicanos 
de sus encarnizados y fieros enemigos, y 
que contuviera la discordia instentina 
que los devoraba, y i España volvieron 
sus ojos, porque no podían olvidar (;[ue 
de ella procedían, que de ella les ñié en 
mejores tiempos la prosperidad, la reli- 
gión y el idioma. Acudieron una y otra 
vez á los capitanes generales de Cuba y 1 
Pu9rto-Rico, protestando de la más sin- 1 



cera amistad y cariño á su antigua me- 
trópoli: y pedían protección de tal ma- 
nera, con expresiones tan entrañables y 
cariñosas^ como suele usar el que pide 
con mucha necesidad. 

Pero los generales españoles escucha- 
ron con deseonfianza las proposiciones 
que les hacían los dominicanos, que si 
bien por entonces no pasaban de pedir 
avuda para salir de su ahogo, dejaban 
claramente comprender qne fácilmente 
podía llegarse á la reincorporación. 

Ni tampoco eso podía seducir; pues no 
hay ejemplo de que una joven se haya 
fugado inmotivadamente de la casa de 
sus cariñosos padres, y que después de 
haber corrido graves aventuras, regrese 
al hogar paterno, tan pura y tan virtuo- 
sa como antes fuera. De su libertinaje 
siempre adquiere malas mañas. 

Convenia mucho antes de recibir al 
hijo pródigo, conocer sus cualidades. 

Porque un país no se gobierna hoy co- 
mo un padre de familia gobierna su casa. 
Los pueblos son más exigentes que los 
hijos y menos respetuosos, desde que ca- 
ducó el sistema absoluto; quieren que 
sus gobernantes vigilen incesantemente 
por su honra, por su prosperidad y no 
siempre consienten que se contraigan 
compromisos, ni se reanuden amistades 
con gentes que no pueden dar ni honra 
ni provecho. 

Por estas consideraciones, los domini- 
eanos gestionaban con éxito desgracia ^ 
ante las autoridades españolas, que 
hiendo sus intoriorídades, los oían > 
desconfianza y los contemplaban * >>d 
asombro, casi con miedo de contagitr^* 
eon su trato y esquivándole siempre ;^v^» 
podían, informaban desfavorablemente al 
gobierno de S. M. 

Daremos á continuación unos compre- 
bantes de los términos en aue se mani- 
festaban las autoridades de las Antillas, 
y por seguir su orden cronológico, tene- 
mos que empezar por lo que ofició en 1844 
D. Leopoldo O^Doimell, siendo capitán 
genend de la isla de Cuba. Decía: (y su- 
primimos aquí todo comentario) que le 
importunaban con ruegos de proteceion 
V socorros, que no creía debía otorgar, y 
tras informe contrario á los dominicanos, 
terminaba su escrito con estas palabras: 
«Más como hasta ahora no haya descen- 
>dído resolución expresamente sobre el 
» particular, y atendiendo las graves eon- 
>secuencias de} asunto, tanto por los 



-SI — 



i^compronuuios <)B.e pudiera ofrecer re»- 
ipecto i otras naciones europeas, cuanto 
•per ser muy dudoso el que 4 Españii' 
'ConTenga imponerse la obligación de 
^sostener nuevas posesiones, me he limi- 
f tado, etc.» 

No discrepaba de la misma opinión el 
conde de Mirasol , capitán general de 
Puerto-Rieo, pues en 1 1 de Bnero de 1845 
decia respeeto ¿ la parte española de 
Santo Domingo: t Que el pais no tiene 
yrecursos, no tiene industria, no tiene 
lagricultura propiamente dicha, ni otra 
«riqueza actual, que la me2quina expor- 
f tacion de sus maderas; que todo es po- 
tbreza, y por consecuencia absoluta ne- 
»cesidad, de que el protector ó el oeu- 
»pante sufrague por si los gastos, apla- 
»zando su indemnizaeion para cuando se 
icreen los medios productivos que la 
ipuedan realizar.» 

Inrariables en su opinión los generales 
de las Antillas, decia el conde de Alcoy 
al informar de unos ofrecimientos que se 
le hicieron paia anexionar Santo Domin- 
go á España, lo siguiente: t BeTolueiosa- 
»rios sin principios fijos, no me parece 
vdeben inspirar ahora ninguna fé sus pa* 
ilabras, siendo, por el contrario pruden- 
»te juzgar que sus miras llevan la idea 
»de recuperar su anterior posición, ó al 
»ménos vengarse de sus adversarios. 
» Semejante ha sido en otras oeasiones, 
»8egun tengo entendido, la desinteresada 
«sinceridad de las protestas de españo- 
ilismo con que algunos se han brindado 
lá servicios análogos.» 

Bl Sr. D. Ángel Calderón de la Barca, 
ministro plenipotenciario que fué de 
S: M. C. en los Estados-Unidos, j que 

Sor consiguiente debia estar bien entera- 
de lo que se pensaba j convenia en 
las Antillas, tenia una opinión también 
centraría á la reincorporación y aconsejó 
que ne podia convenir ni el protectorado 
ni nada que tendiese á que se hiciese £&cil 
jm frecuente el trato de los dominicanos 
con Cuba ni con Puerto-Eico. 

Este sistema de retraimiento de los es- 
pañoles con sus antiguos hermanos, te- 
nia su origen en la vulgarizada idea de 
que nada bueno podia esperarse de una 
mala compañía. 

Mientras que Cuba y Puerto-Rico, 
prosperaban de una manera portentosa; 
mientras á la sombra de un gobierno pro- 
tector y benéfico gozaban de todos los be- 
neficios de la paz, desarrollándose un ac- 



tivo eomertío, duítivándose las ciencias, 
las artes y la agricultura, Santo Domin- 
go, en continuas conmociones políticas, 
retrocedia al estado primitivo, pero no 
con la candidez de entonces, sino con to- 
dos los vicios de las viejas y gastadas so- 
ciedades. Por eso era temible su trato j 
amistad, de la misma suerte que lo es a 
los jóvenes el roce con los viciosos. 

Los republicanos en todos sus apuros, 
en todos sus conflictos intestinos y ex- 
temos, volvían á pensar en España; no la 
perdían de la memoria; acudían siempre 
pidiendo socorro, y lo extraño es que no 
cejaban, y volvían á pedirle á pesar de no 
obtenerlo. 

Las disensiones políticas de los domi- 
oiicanos, tomaban un carácter de perso- 
nalidad tan ofensivo, que solamente con 
uno de los varios ejemplos que podría- 
mos poner, se formajá un juicio aproxi- 
mado de lo que aquello efa. 

Los generales Baez y Bantana, presi- 
dentes de la república, aue se sucediaü 
fireonentemente en elpoaer se aborrecían 
d^ muerte. Tenemos a la vista un mani- 
fiesto de Santana, que tiene la fecha del 
cuartel general de Pajarito á 4 de Marzo 
de 1845 , y de él copiamos lo siguiente: 
«Baez, ciudadano corrompido , cuyo más 
»gran placer es corromper y envilecer 
»cuañto se encuentra en tomo suyo , mal 
^patriota, traidor dominicano , mandata- 
»rio rapaz , protector del fraude y del 
^desorden, usurpador sobre la fortuna 
»pública, hombre de placeres y de es- 
»cándalo8, ambicioso que aspirabas á la 
»dictadura en tu primera presidencia , y 
>qne en tu última te has apoderado de 
»ella y provocado la guerra civil , pa- 
lera saciar tus pasiones v querer despo- 
»jar al pueblo cbl fruto de sus sudores; 
)^¿tá osas injuriarme á mí, que desde mi 
»cuna he sido honrado, que nunca he da- 
»do á mis conciudadanos ejemplos de ín- 
»moralidad y corrupción, que ne despre- 
»ciado cien veces mi vida , mis intereses 
»y mi reposo por atender á la defensa y 
»al bien de mi patria? No, mentiroso y 
acalumniador; yo no hice matar á Trini- 
»dad y Andrés Sánchez, Nicolás de Sa- 
rria y Fígueroa, según me lo imputas 
»tú, etc.» 

En las multiplicadas revueltas de la 
república dominicana, fueron tres los 
presidentes que tuvo, sucediéndose reite- 
radas veces en el poder á impulso^ de 
conmociones populares. D. Pedro Santa* 



- sa- 



na 7 B. Buenayentora Baez. El general 
Giménez , ¡«"esidente de tercer orden, 
servia para mandar en caeos transito- 
rios y desesperados. 

Los tres tomaban el mando con el 
obligado tema de mandar á Cuba, á Puer- 
to-Hico 7 aun hasta k Madrid, primero 
comisionados y después comisiones que 
abogasen porque reconociera España la 
república y porque la concediera algo. 
Pero ni la comisión que presidia el gene- 
ral Baez, ni las insistentes gestiones del 
general Mella que estuvo en Madrid más 
e un año, pudieron recabar nada del go- 
bierno y los dominicanos se aburrían, se 
cansaban y se iban considerándose ofen- 
didos, porque ni les hacian caso, ni aun 
les recibian con las consideraciones á que 
ae juzgaban acreedores. 

No quisiéramos ser parciales, ni aun 
parecerlo, en la narración que vamos ha- 
ciendo y para corroborar nuestros aser- 
tos y especialmente aquellos que á nues- 
tro inicio se resistan más i la razonable 
oredulidad, usuemos de textos auto- 
rizados. 

Al efecto, daremos fin á este capitulo 
copiando un breve fragmento de un dis- 
curso que en el Congreso pronunció el 
ministro de Estado Sr. Benavides. Becla 



el orador; cPero no es esto solo: es qtc« 
«estas comisiones, al mismo tiempo qu« 
ivenian, lesdecian á los gobiernos d« 
1 España: cpues miren Ydjs., que sino 
> andan listos vamos á acudir á otra par- 
»tei y los gobiernos españoles les contes- 
»taban: «pues vayan Vds. donde tengan 
»por conveniente, porque el caso es oue 
»no queremos,! que es lo que se deoió 
> contestar siempre, y en efecto acudieron. 
» Apenas se empezó k hablar de la ane- 
>xion, de la libertad ó independa de San- 
>to Domingo, fueron, y no porque á nos- 
1 otros nos lo digeran, sino porque lo dijo, 
» hablando de Santo Domingo, el ministro 
> de relaciones extranjeras de Francia que 
>lo era entonces Mr. Guizot, k nuestro 
1 embajador; fueron, como digo, á Francia, 
iv M. Guizot le dijo k nuestro embaja- 
»aor: «hombre, aquí hanvemdo y han 
»dicho que quisieran ponerse bi^o nues- 
»tro protectorado y que acudían k nos- 
' »otros primero que á parte ninguna, y lo 
»que yo les he dicho es que se entiendan 
»con Vds.»; es decir, que lo que quería 
»M. Guizot era cargamos con ellos y al 
»fín cargamos, pero después que acudie- 
»ron á otras partes. Los gobiernos que 
»los conocían les decían: «pues vayan us- 
»tedes donde les convenga.» 



V, 



PRELUDIOS DB LA REINCORPOBACION. 

Visita á Santo Domingo por el Sr. Torrente.— El primer cónsul de España. — 
Proposiciones de la república.— SI general Alfau en Madrid.—- Auxilios de 
guerra. 



La primera autoridad española que 
atendió con alguna seriedad a las súpli- 
cas de los dominicanos, fué, según nues- 
tras noticias, el general Cañedo, que 
mandaba en cuba en 1852, y que contra- 
diciendo la política establecida y obser- 
vada por sus predecesores, la quebrantó, 
no por una de las combinaciones profun- 
das, sino por satis&cer un movimiento de 
su generoso corazón. 

Esto es lo que reprobamos y lo que 
tendremos que censurar en el curso de 



la historia; que un magnate cual en los 
tiempos del feudalismo, tenga una ocur- 
rencia que crea feliz, aunque sea desati- 
nada, y la ponga desde luego en ejecu- 
ción sin pesar su gravedad, ni los com- 
§ remisos y cruentos sacrificios que pue- 
a originar á su patria. 
Los gobernantes tienen muy sagrados 
deberes que cumplir, y no pueden a su 
antojo disponer de lo que pertenece ala 
I nación, de la que no son ni los dueños ni 
y los arbitros, como suelen figurarse, sino 



-tó- 



Io8 admínisiradofes j fieles depositarios, 
teniendo que prescindir de los sentimien- 
tos humanitarios, y estando obligados k 
modelar su conducta según la política 
invariable y conveniente que se haya es- 
tablecido. 

Deseando el general Cañedo, en el bre- 
ve tiempo que mandó en Cuba, saber la 
verdad de lo que se le pintaba con tan 
vivos colores, mandó un buque da guer- 
ra á Santo Domingo y á Purt-au-Prince 
y en este buoue de guerra, como comisa- 
rio de S. M. la reina, al ilustrado señor 
don Mariano Torrente, investido de toda 
autoridad por aquel capitán general de 
Cuba y con extensas instrucciones secre- 
tas para el desempeño de la comisión que 
se le confiaba. 

La llegada del ilustre español á Santo 
Domingo fué uu verdadero triunfo; las 
autoridades todas de la isla pasaron k 
rendirle homenaje á bordo del buque de 
guerra español que le conduela, y des- 

{>ues de la recepción oficial quedaron se- 
os con el Sr. Torrente, el presidente de 
la república y el venerable arzobispo de 
Santo Domingo, y alii, en el seno de la 
amistad y de la franqueza, le instaron ^ 
le suplicaron vivamente que interpusie- 
ra su influencia con el capitán general de 
Cuba para que aquel jefe hiciera conocer 
en Madrid que Santo Domingo era tierra 
española de corazón, oue jamás habia 
dejado de serlo, que toaos alU tenian á 
orgullo llamarse españoles, y solo espa- .^ 
ñoles, y que España tenia el deber de vol- ' 
ver k ella, como tanto deseaban, desde 
el primer magistrado hasta el hombre 
más infeliz del pueblo. 

Cuando el Sr. Torrente saltó á tierra, 
seguido de toda la oñciali iad del buque 
que le llevaba, el venerable arzobispo le 
esperaba á la puerta de la catedral, á la 
cabeza de todo su clero, y al entr/ir en el 
templo el eoviado español, le dijo conmo- 
vido aquel prin-^ipe de la Iglesia: «Vea 
•usted, señor, ahí, en el altar mayor, en 
»lo alto, el noble escudo de armas de la 
•nación española, dominándolo todo, 
•como en los buenos tiempos de Santo 
•Domingo, sin que nadie le haya tocado 
« iurante tantos años; respetado, vene- 
•rado, porque todos esperamos que han 
•de llegar mejores dias en que ese escu- 
sdo vuelva á ser el nuestro, dias de glo- 
•ría, de paz y alegría (jue acaso yo, po- 
•bre viejo, no volveré a ver, por más cor- 
róanos que estén, pero que creo ha de 



icenceder Dios á mi pobre país que ven-' 
•gan.» 

Aqui tenemos ya variada la política de 
los capitanes generales de Cuba y Puer- 
to-Rico c^ue decían y creían que con ve- 
nia el alejamiento y menos trato posible 
con Santo Domingo. 

Ya vemos que pasó el tiempo en que 
los comisionados y las comisiones que 
iban á gestionar se aburrían, porque na- 
da conseguían de las autoridades espa- 
ñolas, que ni aun los recibían con la eus- 
tincion á que se juzgaban acreedores. 
Desde aaui empiezan los pasos contados, 
con que los dominicanosrempezaron á in- 
gerirse en nuestra amistad. 

Bn el año de 1855, el gobierno español 
reconoció por fin la república dominicana 
de la manera más geoerosa. Pocos años, 
antes, en 17 de Abril de 1825, la Francia 
habia reconocido á Haití, con la obliga- 
ción de que habían de pagar los negros 
una indemnizacioQ de 15 millones de 
francos; pero en el tratado que se firmó 
en Madrid no se pedia ni una peseta por 
los perjuicios saíridos cuando en 18dl se 
dejó la isla. 

Se nombró un cónsul que fuese á San- 
to Domingo á poner en planta el tratado, 
y fué elegido al efecto el Sr. D. Antonio 
Segovia, persona muy conocida cpmo ex- 
celente literato y como diplomático. Se 
le relevó de otra comisión que tenia para 
Jerusalem y pasó á Santo Domingo, como 
primer representante que allí enviaba la 
nación española. 

Bl cómo fué recibido el Sr. Segovia lo 
ha dicho él mismo en estos términos: 
cNo dejó, sin embargo, de ser muy sig- 
»nificativo para mi el hecho de que el 
•presidente de la r*' publica no hubiese 
»estado en Santo Domingo á recibir al 
•primer enviado con que Sspaña reanu- 
»aaba la nueva era de relaciones tan es- 
•trechas. No siendo costumbre mía hacer 
»grandes asuntos de pequeñas cosas, ni 
^molestar al gobierno con despachos 
^pomposos y minuciosos, devoré en si- 
»fencio esta duda de sí había desaire para 
»Bspaña, por supuesto, porqué en cuan- 
»to á mi persona, hubo exceso de osten- 
»tacion, en lo cual se parecen á los orien- 
»tales; y á las primeras visitas que hice 
»al vicepresidente de la república y á 
»aquel ministro que debió pronunciar la 
»arenga y los otros que no pronunciaron 
»nada, pregunté cómo era que el general 
»Santana no habia ido á Santo Domingo 

5 



- «4 - 



>Í asistir í tma éei^ffionia que represen- 
>taba un agasajo natural, con ocasión 
»tan solemne al gobierno de doña Isa- 
»bel II. El pretexto fué que estaba ocu- 
>pado en los negocios de la guerra. En 
»efecto, llegué en el momento en que los 
^haitianos editaban ceroa de las puertas 
»de Santo Domingo. Yo fiogí convencer- 
»me; fingí, digo, porque no creía en efec- 
»to la disculpa, pues estaba seguro de 
»que Santana no estaba sino á muy pocos 
»kilómetros de Santo Domiogo, un mes 
»despues de haber estado en el territorio 
»ocupado por los bnitianos.» 

El tratado que hacia Rspaña con San- 
to Domingo tenia un articulo, en que se 
concedía que pudieran ser y llamarse 
subditos españoles cuantos iudividos lo 
solicitasen, j muy pronto se halló con 
mas gente bajo su tutelar bandera que 
la que podia gobernar el presidente de la 
república. Pero Santana no era hombre 
que pudiera mirar impasible la evapora- 
ción de entre sus manos, de un poder, 
que al decir de sus paisapos le habia cos- 
tado muchos alones y no po(*os trrimenes 
y tuvo como un rival peligroso á Se- 
gó vía. 

Si acaso pareciese aventurada esta no- 
ticia que ebtá impresa en un libro en que 
áe le hacen graves cargos á Santana, co- 

Í ciaremos dos párrafos de la memoria que 
e dirigió el secretario de Negocios exte- 
riores i). Miguel Lavastida. 

Decían asi: «'<1 señor cónsul gen<*ral y 
»encargado de Negocios de S. M. Católi- 
»ca, tnatrículó á diestro y siniestro; hizo 
»españoles á cuantos dominicanos, ó por 
♦rehuir el servicio de la patria, ó p<r 
sodios y rencores ó por instigaciones d« 
»el mismo renegaron de su nncionaiilad; 
»y vino un ola tn que el gobierno de la 
. «república, se vio privado de un gran 
»número de ciudadanos*sin fuerza ni au- 
steridad en la tnisma capital del e.vrado 
¿y con un título vano ó irrisorio, y todo 
»eIlo en los momentos mismos en que 
♦corrían rumores que en el vecino imperio 
»8e preparaba una nueva y formidable 
♦invasión contra nosotros.» 

«Gracias a los manejos del Sr. Segovia 
♦y del partido político que habla creado 
ȇ favor de Buenaventura Baez, com- 
♦pueoto en su mayor parte de pseudos 
♦españoles, el gobierno se desprestigiaba 
♦de dia en fila,>y de tal suerte, que ni la 
♦faina de honradez y /prabídad délos 
HiOmbrés que le componían, ni el claro 



♦nombre de Y* fi. (apartado.&aoía meñeM 
♦de los negodos, pero que procuraba 
♦asistirle con sus san os eonsejos) alcanza* 
♦ban ya á prestarle aquella fuerza moral, 
»el mejor y más firme apoyo de loa go- 
»bierüüs. — Descontento general, guerra 
♦civil cierta, rumores de invasión haitia- 
♦na, gobierno desautorizado; tal era la 
♦situación de la república , situación por 
♦toAo extremo grave y peligrosa.» 

Con estos dos párrafos queda demos- 
trad*! la excesiva influencia que ejercía el 
cónsul espaOol, y el odio que le manifes- 
taba el gobierno de Santana, que no po- 
día perdonarle favoreciese las mirsjs de 
Baez. 

Empezó entonces á usar de su habitual 
arbitrariedad y se indispuso con el cón- 
sul, que p jco antes ver>eraba como á un 
i íolo; arrancó de la égida española á l'^s 
contraríos en política que alli habían bus- 
cado asilo, y estos actos y otras quejas 
dieron lug^r á reclamaciones y á discul- 
pas por ambos gobiernos. 

Estas desavenencias ocurrían á la vez 
que por La Española circulaba la noticia 
de que se estaba vendiendo á los Esta- 
dos-Unidos la Península de Samaná con 
su bahía. Y es una verdad justificada 
hoy, que existieron aquellos tratos. 

Viendo Santana entonces que se divul- 
gaban sus pensamientos, corrió el' velo 
al disimulo, y se presentó de frente^ al 
pais con toda la impudicicia que le era 
peculiar. En 1854 reunió un Sanado de 
parciales y hechuras suyas, y presentó 
UQ proyecto de anexión de la república & 
los Estados Unidos, que pronto fué apro- 
bado por sus amigos, que asi representa- 
ban 'los intere>es del pais. 

En Washington fue al prínetpio bien 
recibida la noticia, tanto porque allí htila- 
guba mucho todo lo que era adquirir, 
^cuanto poniue estaba á la sazón muy en 
^efervescencia la opinión exclusivista, que 
pronto habia de sumergir al pais en la 
guerra más espantosa, y contaban los 
adeptos con que Sant^ Domingo era bue- 
na tierra para mandar á ella loa varios 
millones de esclavos que tenían ios Esta- 
dos del Sur, y k quien debía dárseles li- 
bertad. 

A pesar de todo, el gobierno tan libre y 
tan democrático de la Améríoa del Norte, 
dio un triste desaire á Santana, pues re- 
capacitó que anexionados los dominica- 
nos, hablan de ser ciudadanos de los Es- 
tados-Unidos, y no quiso conceder tanto 



— 85 - 



láTor á los negros y gente de color. 

Con este desengaño, era . de suponer 
que Santana se hubiera resentido del g^ 
Diernode Washiogton y que jamás vol- 
riera con él á negociaciones que le daban 
por todo fruto un ^tpe de Estado en 
yago y un desaire mas; pero no tuó asi, 
pues todavía en 1858 volvió á haber ne- 
gociaciones entre ambas repúblicas. No 
se trataba ya de anexión, lo que los Es- 
tados-Unidos queria>i, era que en La Es- 
pañola se abriesen los puertos á una gran 
emigración negra. 

Bsto que á Pantana no le agradaba, 
supo convertirlo en sustancia ó pretexto. 
En efecto, nombró al general de la repú- 
blica D. Felipe A.lfau, para que fuera co« 
mo enviado extraordinario á Madrid á 
pintar á su gobierno con los más vivos 
colores, la dura alternativa en que se ha- 
llaba la república dominicana, de entre- 
garse álosyaokees, en caso de que insis- 
tiera España en negarse á recibirla como 
á hiia arrepentida. 

Llegó Aiíau á Madrid en las más opor-^ 
tunas circunstancias para lograr su ob- 
jeto. 

Estaba en el poder un partido, que sin 
color político, creia haberlos absorbido 
to'lo?. Juzgábase omnipotente para re- 
solver por si mismo las cuestiones más 
arduas y trascendentales para la honra y 
los intereses de la nación. Ese ministe^ 
rio, queriendo repetir en España la polí- 
tica que ensayó la Francia en su con- 
quista de Argel, quería llevar allende los 
mares el interés y las quejas, las aspira* 
dones y aun si se quiere Jas ambiciones 
cxajeradas ó justas délos políticos, cre- 
yendo asi absorber toda la atención sobre 
el exterior, anexar las voluntades por ín- 
teres nacional y distraer la espectativa 
'del cumplimiento de las srrandes refor- 
mas propíietidas. Y con estas pretensio- 
nes, que juzgamos por los rebultados, lle- 
vó á Cuchinchina una buena parte de 
nuestro ejército de Filipinas. 

El ministerio español fijo én su pro- 
pósito, mandó tropa á unas islitas del 
golfo de Gruinea, que habí in estado cons- 
tantemente sin guarnición por fatales, 
insalubres é improductivas, y por fin se 
lanzó á la guerra de África, cuyos triun- 
fos desvanecieron, no solo al gobierno, 
sino á todos sus adeptos. El duque de la 
Torre decía en el Senado el 23 de Enero 
de 1665: cPero ¿eran las mismas circuns- 
vtáncias^n 1801? No: el estruendo de la 



»gnerra de África, Jas glorias de nass-' 
^►«ros soldados, las victorias de nuestros 
»generales habían llenado aquellos pal- 
»ses y el pecho de los españoles se había 
:^ henchido de satisfacción y entusiasmo; 
»las gentes vieron un iris de paz y da 
i porvenir en una patria que renacía, y 
»entonces sus instancias fueron muy efí- 
tcaces, muy ardientes v muy asiduas; y 
»eotonces fué un acto ae patriotismo, da 
«dignidad y de decoro nacional el acep- 
»tar los votos de aquellos desgraciados. 
»Sllos decían: los haitianos tienen más 
^organización y más medios de combate 
»y de guerra que nosotros; los Bstados- 
»Unidos nos están buscando y ponieado 
»mil asechanzas, nos hacen proposicio- 
»oes; ahí están, nosotros no podemos ser 
»un pueblo indepedendtente; tenemos 
»que ser haitianos ó someternos á los Es-* 
»tados-Unidos; nosotros no q ueremos ser 
» haitianos ni pertenecer á los Estados- 
^Unidos; queremos ser españoles.» 

Alfau conocía el terreno que pisaba, y 
no debía desnuiyar , al tropezar con las 
primeras dificultades de su importante 
comisión. Con un poco de perseverancia 
quedaría el mundo admirado del más bri- 
llante éxito. 

El convenio que proponía el general 
dnminicano, contenía siete artículos que 
ligaban á España, y eran los siguientes: 

1.* Promesa solemne de conservar y 
ayudar á conservar la independencia de 
la república, asi como de asegurar la i^ 
tegrídad de su territorio. 

2.* Mediación de España, con exclu- 
sión de cuaÍGuiera otra potencia amiga, 
en las dificultades que puedan ocurrir 
entre la república y otras naciones ; esliO 
es, que sea S. M. C. el único arbitro en 
los asuntos internacionales de la repú- 
blica. 

3.° Intervención y protección de su 
majestad católica en cualquiera eventua- 
lidad en que la independencia de la repú- 
blica ó la integridad de su territorio pue- 
dan estar amenazadas. 

4.^ Que S. M. C. dé á la república los 
medios necesarios para fortificar aquellos 
puntos marítimos que más exciten la co- 
dicia, por ejemplo las bahías de Samaná 
y de Manzanillo , asi como el acmaitiento 
que pueda necesitarse para guarnecerlas 
plazas V puntos fortificados. Todo el]sí> á 
título de pagar la república su costo en 
los términos que se convengan. 

^* BeAl venia de S. M, O. pasa que 



- 8Í - 



de Cuba 7 Paerto-RíM vayan sargentos 
j oficiales de su ejército que instruyan 
al dominicano. 

6/ Consentimiento de S. M. C. x>ara 
que los soldados, cabos y sargentos de 
su ejército de Cuba y Puerto-Rico , cum- 
plido el tiempo de su servicio, puedan si 
quieren, en vez de venir á España, esta- 
blecerse en la república, enganchíndose 
en el ejército dominicano ó ejerciendo las 
industrias que sepan 6 dedicándose á la 
agricultura, en cuyo caso se les dará ter- 
renos en absoluta propiedad. 

7.^ Celebrar un convenio de inmigra- 
ción eonla república. 

En retribución , Santo Domingo se 
comprometía á lo siguiente: 

1.^ Promesa solemne á Su Majestad 
Católica de no ajustar tratados de alian- 
za con niogun otro soberano ó potencia. 
2.^ Hacer á España todas aquellas 
eoncesiones que puedan servir de garan- 
tía material á los nuevos compromisos 
que se contraen entre S. M. C. y la re- 
pública, por ejemplo, un astillero en Sa- 
maná. 

3.* Concesión por tiempo determinado 
á España para que explote las maderas 
que puedan necesitarse en el astillero de 
Samaná. 

4.^ La república se compromete á no 
arrendar puertos ó bahías, y á no hacer 
concesiones temporales de terrenos, bos- 
ques, mínasy vías fluviales á ningún otro 
Í gobierno, y nada en la hidalguía y buena 
é de su antigua metrópoli, aceptará to- 
- dos los comprcmisos que S. M. U. tenga 
k bien proponer. 

5.* Por último, las sumas que hayan 
de abonarse por armamento, construc- 
ción de fortificaciones ó por cualquiera 
otro concepto, constituirán una deuda de 
la república con España , deuda que no 
pagará intereses y que se amortizará en 
los términos que se convengan. Y para 
ello.se tendrá en cuenta, que yunque la 
república no tiene más que una deuda 
interior de unos cuatrocientos mil pesos 
ñiertes, su tesoro está actualmente ex- 
hausto, por haber tenido que hacer frente 
á una multitud de compromisos contraí- 
dos por las dos últimas administraciones. 
Era necesario (jue los generales San- 
tana y Alfau tuvieran muy pobre idea 
del gabinete de Madrid, para que se ha- 
yan atrevido á presentar aquellas propo- 
sicfoies vergonzosas. Por eso el Sr. Sei- 
jas Lozano, ministro de Ultramar, decía 



en la sesión, del 80 de Manso de 1861^: 
«Confieso, señores, francamente, que 
>me he ruborizado al leer que se hicierm 
•á España la proposición, no de la ane- 
•xión, sino la del protectorado. Condicio- 
»nes más humillantes no las he visto la- 
imás en la historia de los tratados. Una 
>nacion que no tenia medios de vivir da 
•ninguna manera se acoge á nosotros, 
•para que la proveamos de recursos y de 
•riquezas, obligándonos además á man- 
•tener su integridad é independencia 
•constantemente. Y digo yo, señores: 
»ninguna nación contrae obligaciones de 
•tal extensión, sin que le resulten benefl* 
»cios importantes. ¿Cuáles se ofrecían á 
•España? Ningunos; absolutamente nin- 
»gunos.» 

Y el Sr. Seijas tenia razón; pues ofre- 
cer en retribución á España como en de- 
pósito las bahías de Samaná y Manzani- 
llo, es un verdadero insulto para todos 
los que conozcan su nula importancia. 

El gabinete de Madrid no se ofendió 
por eso, y aunque le presidía el mismo 
t}ue en 1844, habla manifestado que no 
convenía á la España tener nuevas pose- 
siones en América, accedió á las peticio- 
nes de la república, por las consideracio- 
nes que el mismo presidente del Consejo 
de ministros ha explicado más tarde en 
el Senado, cuando contestaba á las re- 
convenciones que por ello se le hacían. 
. «Señores senadores, decía, después de 
»un maduro examen, modifiqué yo mis 
»opiniones y convine con miscompaLeros 
»en aconsejar á S. M. la reincorporación 
»de aquella isla á la corona de £!spaña; 
>la responsabilidad de esta medida toda. 
»la aeepto yo con mis compañeros; 
»la responsabilidad toda es nuestra; es- 
»tamos dispuestos á responder siempre 
»de aquel acto. Y bien, señores, ¿cerno se 
»hizo esa reincorporación? Más de ua año 
»hacia, año y medio que la república do- 
»minicana manifestaba que no tenia los 
»medios de defenderse, que espiraba el 
»plazo y la tregua de cinco años que ha- 
»bia pactado con los haitianos, y temían, 
»á pesar del heroísmo con que habían 
»derendido su independencia contra es- 
»tos, ser sus victimas. El gobierno espa^ 
»ñol no pensó primeramente en admitir 
»la anexión, pero quiso al mismo tiempo 
»ver si era posible que esa república 
»existíera por si, y le clíó armas y muni- 
»cíones; le mando oficiales para dar una 
^organización á sus tropas, con el objeto 



— 87 — 



»de que pudiesen hacer frente á las neee- 
»8id¿des que ocurrieran: les dio cañones, 
»les facilitó todos estos recursos; más, 
>sin embargo, la república dijo que no 
tpodia continuar.» 

Bl ministerio 0*Donnell daba todos 
esos socorros á los dominicanos, sin que 
la España constitucional, representativa, 
supiera nada por la toz de sus procura- 
dores en las Cámaras, ni de que tal cosa 
se hacia, ni menos al precie que se con- 



cedía tanto fliTor. Este proceder, 4 que se 
iba acostumbrando el ministerio, fue cau- 
sa, á nuestro juicio, deque la cuestión de 
Santo Domingo no fuera tomada como na- 
cional, sino como dijo el marqués de Mira- 
flores «el sueño de un partido.» ¡Lástima 
grande ha sido que tomara tal giro un 
asunto, que tantas vidas preciosas, tan- 
tas lágrimas y tantos tesoros habia de 
coatar á España! 



VI. 



líANBJOS DIPLOMÁTICOS. 



Enriado extraordinario.— Las fórmulas de Saataa*.— Las aotas da adhMidii.— ' 
Protestas da generales disidentes. 



No bastaba que la república dominica- 
na hubiera recibido de su recien aliada 
España, municiones, armas y oficiales. 
Los magnates dieron tormento á sus 
imaginaciones para explotar en toda for^ 
ma el fllon descubierto. Buscaron el ca- 
mino que debia conducirlos á su fin y 
vieron en lontananza el de Cuba. El mi- 
nistro de Hacienda, Comercio y Relacio- 
nes exteriores de la república dominica- 
na, se presentó en la Habana competen- 
temente autorizado por el presidente de 
la república y por el Consejo de ministros 
y comunicó al capitán general su pro- 

? recto de anexión y de reincorporación de 
a república dominicana á la corona de 
Castilla. Ese proyecto de reincorporación 
tenia cinco cláusulas ó condiciones, que 
eran las siguientes: 

«Libertad individual y abolición por 
»con^iguiente de la esclavitud; que la isla 
>de Santo Domingo sedeolarase proviocia 
«española; que fe utilizaran los servicios 
»delos dominicanos desde su iudepen- 
tdenciaen 1844, sobre todos los pertene- 
>cientes al ejército; que se reoo^oeienuí 



»por España los actos legislativos de la 
•república, y que se amortizara el papel- 
> moneda, que era el único signo de valot 
» que entonces existia en aquella isla, i 

£1 Sr. Ulloa, director de Ultramar por 
aquella época, nos ha explicado en la se- 
sión de Cortes de 24 de Marzo del 65, lo 
que hizo el capitán general de Cuba y el 

gobierno con la proposición y condicionéis 
el Sr. Ricart. 

«El capitán general Serrano, que ha 
»sido acusado por unos de ligereza, por 
»otros de ambicioD; el capitán general 
»Serrano hizo una-cosa, de que no, hay 
»por desgracia, muchos ejemplos en Es- 
»paña. 

» Después d^ haber obrado con mode- 
»racion, con prudencia como probaré 
»en seguida; después de haber tenido en 
»un momento solemne, que decidir una 
»cuestíon que tanto importaba al honor 
»español y al porvenir de España en 
»A.mérica, después de haber resuelto esa 
»cuestion, aceptando toda la responsa- 
»bilidad del hecho, le dijo al gobierno: 
«Si \q^ iAtemes del país lo esU^eui sa* 



- 38 - 



>erilicai&e, desautorízame; yo tendré el 
>inajor placer, la mayor satisfacción en 
>qu6 se me sacrifique, si con esto puedo 
anacer un bien á mi patria.» 

«Esta conducta de un hombre aue ha- 
»bia llegado á la primera dignidaa de la ' 
»miliciu, y que teoia ásu cuidado el im- 
»portante cargo del mando de la isla de 
»Uuba, es digna de elogio; yo tengo el 
»mayor placer en tributársele aquí de 
»una manera pública y solemne. El ea- 
» pitan general de Cuba recibió la propo- 
»fiicion del Sr. Ricart, ministro de Ha- 
»cienda y de Relaciones exteriores de la 
»república de Santo Domingo. ¿Y qtió 
»fué lo que hizo el general Serrano? ¿Qué 
»fué lo que hizo aquella autoridad á 
»quien ^e acusa de ligereza y del deseo de 
^precipitar los sucesos? Lo primero que 
>nizo fué mandar que el cónsul de Espa- 
>ñaen Santo Domingo, que k la sazón 
»estaba en la Habana, volviera á su des* 
»tino, para que aprovechando sus rela- 
>ciones y su influencia en la república, 
>impldiese todo acontecimiento, evitase 
MdvobieríK) español todo conflieto que 
^pudiera traerle el demasiado es panolis- 
»mo, el demasiado entusiasmo de los do- 
»minicanoB. Eso fué lo que hizo el gene- 
»ral Serrano, tan motejado en esta cues- 
>iion. 

^ . » Y respecto de las condiciones con que 
ielSr.'Ricart ofrecíala anexión, ¿que fué 
>lo que hizo el general Serrano? Llamar 
fiü 8r. Ricart, y decirle: «no tengo ins- 
;^trücciones, remitiré este proyecto al go- 
»biemo de S. M., y él será el que re- 
suelva.» 

. »En la comunicación que el general 
^Serrato pasó al gobierno de S. M., no 
Vle escasea nada de lo que necesitaba sa- 
«ber para que pudiera comprender los in- 
»con venientes y los gastos que la ane- 
»xion podía traer consigo, como no le 
»ocultó tampoco según era su deber, que 
>si España en esta cuestión se hacíala 
»indiferente, Santo Domingo caería nece- 
isaríaroente en manos poco amigas de 
»España,. y menos amigas todavía de 
^nuestras posesiones en aquellos mares. 
»Esto fué lo que dijo al gobierno, y aña- 
»dió, que pesara las circunstancias, que 
apesara las ventajas y los inconveni en- 
jutes, y que se decidiera con completa li- 
»bertad; no hubo la menor indicación del 
»fi^eneral Serrano capaz de decidir al ga- 
»Dinete á que obrara en este ó en el otro 
fsentido; ahí están laa comúnicaeiones. 



»los señores diputados las han visto, t 
•saben que hablo con perfecta sinceridad 
»y con completo conocimiento de causa^ 

»El gobierno español, sorprendido con 
»este suceso, comunicó sus iustrucciooes 
»al capitán general de Cuba, manifestán- 
»dole su propósito de limitarse á la pro- 
;>teccion de la isla de Santo Domingo, asi 
>como de todas las repúblicas de origen 
»es panol; lo grave de aquellas circuns- 
itaucias, los inconveniente^i que podian 
^resultar de la anexión, U necesidad que 
»habia de apoyar por todos los medios ¿ 
>la república dominicana para que salie- 
»ra del conflicto interior en que se haUa- 
>ba, y para que al mismo tiempo pudiera 
j^contener las tendencias de ios haitianos 
»y de los filibusteros. 

»Le autori/.ó, pues, para que facilitara 
»buques para todo aquello que el gobier- 
»no creía necesario é iudispensable á fin 
»de que no viuiera encima el suceso á% 
»la anexión; pero previendo que ese su- 
»ce80 poiia Ovjurrir, so ore todo cuando 
»se sabia que el deseo era general en los 
»domiuicanu8, le dijo: «yo no puedo acep- 
»tarla ahora , me tomo el plazo de un 
»afio.» Esta decisión del gobierno fué co- 
»municada al Sr. Ricart y aceptada por 
»el como un gran beneficio, fué comuni- 
»cada también al presidente de la rppú- 
»blica y aceptada por este, y en virtud 
»de estas iostruccioaes, el Sr. Ricart, de 
»acuerdo con el gobierno, pidió auxilios 
»en dinero, en material, en una paUbra, 
»todo aauello que creía necesario para 
»salir del conflicto en que se hallaban, lo 
»cual prueba (y este era mi objeto prin- 
fcipal) que ni «1 gobierno español, ni el 
»capitan general de Cuba tenían intar^ 
»en provocar los acont^^cimientoSique vi* 
unieron contra su voluntad , dejándola 
»sor prendido.» 

Tenia Santana muy pobre concepto de 
sus país tinos , y cuando se proponía un 
objeto, importábale poco el m^dio ni el 
modo contal de llegar al fin. Habia fijan- 
do su pensamiento en hacer la reiucorpo* 
ración de su país, á la que habia sido su 
madre patria, y á su carácter tenaz no 
se podian presentar dificultades. ¡Qué«le 
importaban las prevenciones que le die- 
ron de España! El creyó que se daría por 
muy contenta cuando se lo dieran todo 
hecho. ¡Qué le importaba que el país lo 
tomase bien ó mal! El tráoajaba por su 
bien y debía de alegrarse y agradecer el 
&vor que le bacía. 



- w — 



Sin embargo, él que jamás habia dado 
importancia á las formas, se halló atas- 
cado ante la idea de cómo llevarla á cabo 
BU firme propósito. Era necesario prepa- 
rar la opinioa, para que e<us muchos ene- 
migos personales, no tomaran pretexto al 
tiempo de cambiar la decoración política, 
paradar el escáuiLalo de una asonada que 
podia paralizar y aun destruir sus planes. 

Aunque bien puede asej^urarse que la 
anexión quedó Tirtuulmente hecha, desde 
el momento en que el antiguo dictador se 
propuso hacerla, tuvo, no obstante, la 
precisión de ir ganando voluntades; pero 
aun esto lo hizo de una manera desacer- 
tada. 

Hablaba de su gran proyecto á sus 
amigos uno |)or uno, reunía después á los 
que encontraba más resueltos á seguir 
BUS i uspi raciones, y por lin se resolvió á 
escribir y á repartir las instrucciones que 
ponemos á continuación como documen- 
to curioso. 

Decian asi: 

c Pedro Santana, libertador de la pa- 
>trÍM, general en jefe de los ejércitos, ca- 
»ballero gran cruz de la real orden ame- 
»i1cana de Isabel la Católica y presidea- 
»te de la república. 

•Señor general: Debiendo designar las 
apersonas que merezcan toda mi confian- 
»za para que impongan á las autoridades 
»y personas notables del país del resulta- 
ndo de las negociaciones que se acaban de 
^celebrar con el gobierno de S. M. C, 
1 conforme coa los dedeos que siempre 
shaa manifestado lo^ dominicanos, he 
^resuelto encargar á V. para «{ue dfsem. 
»pene esta importante con ision en la co- 
»mun de au mando. Diga V. con franque- 
tza á todos enos patriotas 'o que el gobier- 
»no ha hecho y lo que definitivamente se 
»ha convenido, de acuerdo con e>e mis- 
imo pensamiento de los hijos áA pnis- 

»1.* Que en vista de las grandes dlfi 
>cultades que se han tocad* • para conso- 
»lidar el país, contándose ya diez y siete 
»años de luchas , durante las cuales se 
>han agitado algunas revueltas iuternas, 
»cuyas dolurosas consecuencias se hacen 
«sensibles cada dia, el gobierno se ha 
»visto en el caso de ocurrir cerca del 
»de S. M. O. solicitando una protección 
»efícazque asegure la libertad adquirida, 
tafiance la paz y el sosiego y garantice 
»los derechos del pueblo dominicano. 

»2.° Que las señaladas simpatías que 
»naturalmeate en todos tiempos ha teiü- 



»do el pueblo domÍBÍcane por todo aqpa^ 
»llo que depende de Espi&a, 7 laa que 
»esta nación ha manifestado constante- 
emente por Santo Domingo, demandaban 
»la necesidad de que ambas partes se en- 
»tendiesen y llevasen á cabo una coa- 
» vención que intimamente las estre- 
»chuse. 

»3.^ Que atendiendo á todas estas ra- 
»zones, y con la seguridad de que los 
» haitianos no desisten nunctf de sus ideas 
»de c nquista y exterminio, á pesar de 
» los esfuerzos hechos por las potencias 
^mediadoras, el gobierno estableció sus 
» proposiciones al gobierno de Madrid, ba- 
»sadas de este modo : protecscion directa 
»y eticaz á la república dominicana, ó 
»ane7 ion de la antigua parte española de 
»la isla de Santo Domingo como una pro- 
:^vincia de España. 

»4.° Que el gobierno de S. M., des- 
•pues de haber estudiado, meditado y 
»aun consultado las conveniencias de es- 
>taá proposiciones, ha resuelto decidirse 
• por la anexión, en vi^ta de las dificulta- 
»des que deordinari • ofrece un protecto- 
irado que no podia llevar el sel lo de la 
•perpetuidad. 

>5.* Que resuelta y decidida como es- 
itá la anexión, por convenio de ambos 
•gobiernos, no re^^ta otra cosa que hacer 
•que proceder á la declaratoria. 

•6. Que para que esta pueda llevarse 
•á cabo con todb el órd^n posible, y qus 
•la expresión del pueblo dominicano sea 
•libre, se tienen ya todas las órdenes 
•convenientes para que vengan fuerzas 
•de mar y tierrj^ á protejer la manifesta- 
•cion expont¿(nea ae los pueblos. 

•7.^ y último. Que las condiciones de 
»la anexión son las siguientes: 

»1.* Que se conserve la libertad indi - 
» vidual, sin que iamás pueda establncer- 
»se la esclavitud en el territorio domi- 
»nicano. 

2.* Que la república dominicana sea 
^considerada como una provincia de Rs- 
»paña y disfrute como tal de los mismos 
»derecnos. 

»3.* Que se utilicen los servicios del 
emayor número posible de aquellos hom- 
»brns que los han prestado importantes 
ȇ la patria desde 1844, especialmente en 
»el ejercito y qué puedan prestarlo en lo 
^sucesivo á S. M. 

»4.' Que como una de las primeras 
^medidas mande 8. M. an^ortizar el pape 
»ac(ualmentocirculi^e «n la.repú:^mi(^ 



• ^ 



-4d- 



>5.* Qué sfe réconozcáü óoiUó y&li- 
»dos los actos de los gobiernos que se 
»han sucediQO en la república dominica- 
»na desde su nacimiento en 1844. 

»Estas iustrucciones, q^ue debnrá usted 
»hacerlas ^entender ¿ las autoridades j 
»personas notables de esa común, para 
»que sepan cuanto se ha podido practi- 
»car en favor del pueblo domioicano, re- 
»velan las buenas disposiciones que el 
»gobierno de S. M. C. tiene por los hijos 
»de Santo Domingo. 

»Yo me regocijo y enorgullezco al ver 
^coronada la obra de mis desvelos, al ver 
^asegurada la libertad, los derechos j las 
»garaütias de mis. compatriotas. 

»Por tan halagüeño porvenir, felicite 
»usted en mi nombre á lospatriotas de esa 
»comun, y asegúrt-les, que pueden siem- 
»pre tenerme por el caudillo y guardián 
»de sus libertades. Dios guarde á usted 
tmuchos años.— Santo Domingo , Marzo 
»4de 1861.— Pedro Santana.— Señor ge- 
>neral, Manuel de Regla Mota.— Baui.» 

Estos apóstoles no coa seguían casi nun- 
ca convencer los ánimos de los persona- 
les enemigos de Santana , y antes bien 
les daban un poderoso apoyo para su 
odio; murmuraban, pero aun eso tenían 
que hacerlo con reserva y precaución. Asi 
pues, los pueblos, los distritos y las pro- 
vincias oyeron los rumores de la anexión, 
los unos cttn indiferencia, algunos con 
placer, otros con el terror que inspira el 
ruido que precede al terremoto, y no 
pocos como al clarín que incita al com- 
bate. 

No asi solamente se procuró preparar 
el espíritu público para la publicidad del 
suceso, sino que también pasaron de la 
Península á Santo Domingo algunos pe- 
riodistas, y bajo el gobierno de Santana 
fundaron un diario que se llamó el Cor- 
reo de Sanio Domingo, cuto principal ob- 
jeto era españolizar la isla. Existia otro 
periódico titulado la Revista Quincenal^ 
y tan pronto como quiso entrar en polé- 
mica con su nuevo colega, desapareció 
de la escena. Esto, no obstante, poco in- 
fluía en el espíritu público la prensa, 
porque fuera de la capital y pocas más 

Í>obiaciones, escasea la gente que sabe 
eer,y mucho más que logre periódicos 
y tenga afición á leerlos. A las munici- 
palidades se les exigía que extendiesen 
actas de adhesión á España, que debían 
firmar los principales de la común , y no 
se resistieron ; todas mandaron la saya 



oon más expontanefdadí 6 eon más reti- 
cencias, según el espíritu de las corpo- 
raciones. 

Lo que si tenia una verdadera impor- 
tancia, en un país en que las armas aho- 
gaban todas las demás profesiones, era 
ver á oficiales españoles mandando la 
ciudadela de la capitaUry que al coman- 
dante de armas de la ciudad se le pusiera 
como adjunto un jefe de la misma proce- 
dencia, V oue el coronel Fort, que había 
adquirido buena fama de valiente con los 
voluntarios catalanes en la guerra da 
África, hióiera un llamamiento en Santo 
Domingo á todos los subditos de su ma- 
jestad cató ica, para organizar UQ cuerpo 
de milicias. 

Es cierto que la anexión todavía no es- 
taba publicada ; pero no podrá negarse 
que todos estos actos demostraban, que 
ya era un hecho consumado. 

Y el país, no obstante, no daba mues- 
tra ninguna de que le interesara el suce- 
so. Solamente un hombre, personal ene- 
migo de Santana, fué bastante osado pa* 
ra arrojarle el guau te; y sea que a'>rove- 
chó aquella ocasión para (tonerse de fren- 
te á su contrario, ó que realmente fuera 
bastante patriota para volver á luchar 
por la independencia de su patria , ello 
fué, que hizo una pública y solemne pro- 
testa contra el magnate que a^í disponía 
de los destinos y de la suerte del país. 
Llamábase este sugeto Francisco Sán- 
chez; era el mismo que con osadía inaudi- 
ta había, el 27 de Febrero de 1844, levan- 
tado la bandera dominicana contra los 
dominadores haitianos, coronando el buen 
éxito la causa que fué el primero en pro- 
clamar. 

Pero ¿qué podía intentar el general 
Sánchez, contra su contrarío en el periodo 
de su mayor poder? 

Los generalas de la república Sánchez, 
Mella y Cabral, tan pronto se apercibie- 
ron de lo que se intentaba, hicieron sus 
protestas y repartieron sus proclamas 
contraía anexión, no porque la juzgaran 
mala, pues ya queda consignado que Me- 
lla fué á Madrid á implorar protección de 
España, sino porque aquella era muy 
propicia ocasión de armar algún alboroto 
con que prosperar. 

El primero de ellos que había conmo- 
vido la parte española contra la domina- 
ción de tos negros, se fué á ellos implo- 
rando socorro contra el presidente Santa- 
na, porque traficaba con su patria, ó 



^•41 ^ 



posesión. 

Este que parecía un absurdo en pqliti- 
ca, no es tan grande, si se explica, que 
los dominicanos hacia muy poco en una 
rsTohieion, ó lo que más pomposamente 
llamaron movimiento combinado entré los 
Isleños, asi de origen de la parte france- 
aa, como de la española, contribuyeron 
eficazmente á derribar del poder al negro 
emperador Faustino Soulouque, j eleva- 
ron á la presidencia de la república al 
mulato Geffrard. Los hombres son hijos 
de las oircunstancias, 7 se dejan ir adon- 
de ellas los llevan. Ejemplos de seme- 
jantes anomalías ofrece la nistoria. 



£1 emra Merino, enemigo sangriento v 
cabecilla cruel contra los franceses del 
firan Napoleón, durante nuestra guerra 
ae la Independencia, entraba en España 
el año 1823, formando la vanguardia del 
ejército que conduela el duque de Angu- 
lema. Sánchez i uzgó, y no se ha equivo«* 
cado, que aquel nuevo poder prestaría de 
buen grado cuantos embarazos pudiera 
para estorbar la anexión, ó al menos la 
pacifica posesión por España de la parta 
española, pues no podía ocultársele que 
se echaba un veciuo peligroso, que cuan- 
do meaos habla de e¿girde Haiti el sfddo 
de una muy importante cuenta de limites 
que con Santo Domingo lenia pendiente 



vn. 



CAYO LA REPÚBLICA. 



J^oclamacipn de España en Santo Doiningo.— La crisis. —Llegada de tropas. 
— ^Efecto con que en España se ha recibido la reincorporación. —La oposi- 
ción al ministerio. 



Santana comprendió muy pronto que 
urgía el caso y que no d!ebía perderse la 
ocasión. Asi, pues, cuando en 18 de Mar- 
zo de 1861 tuvo ya un ayuntamiento en 
Santo Domingo oastante adicto j todo 
preparado, expuso ante los concejales lo 
mismo que nadie ignoraba hacia varios 
meses, y siendo todos de una misma odí- 

Sion como el presidente de la que dejaoa 
e ser república, se extendió un acta de 
expontánea anexión. La torre del Home- 
naje arrió la bandera tricolor y fué reem- 
plazada por el pabellón *de Castilla con el 
saludo de 21 cañonazos. Las autoridades 
pasaron á }a catedral, donde se cantó un 
Ti-Deum. En aquel primer acto empezó 
ya el clero á mostrarse contrarío á la do- 
minación española, v anunciaba la ince- 
sante guerra que habiá de hacer. 
' Testigos imparciales aseguran que al 



ver flamear los castillos y leones, hube; 
un indescriptible entusiasmo en la capi- 
tal. Acaso allí veía el comercio un risue- 
ño porvenir; tal vez el pueblo sano vis- 
lumbraba upa aureola de orden y de paz; 
quizás los enemigos de Santana juagaron 
que había llegado el término de sus des- 
planes, y bien pudo ser el público regoci- 
jo el resultado de amaños oficiales; per^ 
es lo cierto que ni en aquel día, ni en los 
subsiguientes, en que se hicieron fiestas 
públicas, no dio Santo Domingo la menor 
prueba de disgusto por el cambio efec- 
tuado. 

Lo mismo sucedió en las demás capita- 
les de las provincias. En todas ellas sé 
levantó paciñcamente la bandera españo- 
la con más ó menos demostraciones d^ 
alegría; y circuló por toda la isla con ra,T 
pidez eletricala.gran novedad, y ea ¿nin- 

6 



-48- 



fimii psrta sa demostró material ópo- 
sidoii. 

Solo entonces creció la^ incertidumbre 
de si España admitiría ó no lo que se la 
ofrecía; incertidumbre penosa para los in- 
teresados en el cambio y gente sencilla, 
como de halagüeña esperanza, para los 
que perdian en ello y se ocupaban de po« 
utica. • 

Santana estuvo inquieto, hasta ver el 
desenlace de la comedia que representa- 
ba. A pesar dé cuantas seguridades tenia, 
t«mió que cualquier imprevisto acon- 
tecimiento diera en tierra con su obra 
magna. 

£1 gobiernode Santo Domingo dio cuen- 
ta de su paso á los capitanes generales de 
Cuba j Puerto-Rico, pidiendo que fueran 
algunas tropas á tomar posesión de la 
isla, que se reincorporaba á su antigua 
madre patria. 

Trascurrieron veintiún días mortales, 
sin que apareciese por la costa de La Es- 
pañola el pñmer buque con tropa. Este 
plazo largo, eterno para situación tan cri- 
tica, j que se deshizo paciñcamente, fué 
siempre el apoyo de los que más tarde 
tuvieron que sostener que la reincorpora- 
ción se hizo con expontaneidad; y en ver- 
dad sea dicho, que aquellos veintiún dias 
pacifLoos en un país tan avezado á las re-^ 
vueltas, enarbolado ün pabellón que des-' 
truia la república, han equivalido á todo 
un sufragio universal. 

No podia ocultársele á Santana como 
á sus enemigos, que aquel interregno era 
la crisis más decisiva para el país. Segu- 
ramente que si al fondear las primeras 
fuerzas españolas en la rada de Santo Do- 
mingo, se hubieran encontrado con algún 
movImieQto repulsivo, no hubieran acep- 
tado la reincorporación; pero ello es posi- 
tivo, que para desgracia de todos los 
agitadores nada pudieron hacer. 

Mucha debia serla incertidumbre que 
agitaba al general Santana, pues al ver 
anibar al puerto al primer batallón, ex- 
clamó con muestras del mavor júbilo: 
«¡Ya cantó mi gallo!» frase pobre y vul- 
gar en boca de un presidente en circuns- 
tancias normales; figura retórica, magni- 
fica en tan solemne ocasión, pronunciada 
por el personaje que la dijo. 

De Puerto- ¿ico llegó á Santo Domingo 
. el primer batallón, y á los pocos dias en- 
traron otros dos, procedentes de la Ha- 
bana. 

Al Ter que dos capitanes generales as 



se desprendían de las thma« que la 
cion les habia encomendaao, paim la de- 
fensa de las Antillas españolas, debia in- 
fenrse que procederían conforme á ixi#- 
trucdones superiores; pero el tiempo 
aclaró, ó á lo menos, el general Serrano 
manifestó en el largo discurso que pro- 
nunció en el Senado, el 2S de £fnero de 
1865, que la remisión de tropas á Santo 
Donúr^, al tener la noticia de un pro» 
nunciamiento por España, ha sido un 
acto expontáneo suyo, y que para llevar- 
le á cabo, y valiéndonos de sus mismas 
palabras, cyaciió, titubeó, pasó grandes 
•amarguras y grandes dolores; y estss 
^amarguras, y estos dolores, y estas pe- 
»nas, escritas están en las comunicacio- 
^nea que mandó al gobierno de S. M.» 

Según confesión propia del general Ser- 
rano, ninguna dificultad, esto es, ningu* 
no de los inconvenientes que por enton- 
ces conoció traia consigo la anexión, ha 
Ocultado en la comunicación que puso al 
gobierno de S. 11. Y por si no era bas- 
tante el informe que daba sobre tan im- 
portante acontecimiento, mandó á Ma- 
drid un Ayudante de toda su confianza, 
para que alli, también de palabra, expli- 
cara más claro, si era necesarío, las ideas 
que consignaba en su escrito. 

España recibió la noticia de tal acon- 
tecimiento, como la niña que recupera 
una muñeca. 

Las cortes se hallaban cerradas; pero tal 
era la unanimidad de la prensa periódica 
de todos los partidos, que para saber y 
conocer perfectamente el sentimiento 
público no se necesitaban los CLcrpos co- 
legisladores; cuando desde los períódi- 
cos absolutistas hasta los periódicos de- 
mocráticos victoreaban la noticia déla 
anexión; cuando todos si algo bochaban 
en cara al gobierno, era que dudaba, que 
vacilaba; cuando se hablaba de la gloria 
de España, da los intereses comerciales 
de España, del porvenir de España y to- 
do eso aplicándolo á la reincorporación 
y á la conservación de Santo Domingo; 
cuando esto se hacia por toda la prensa 
sin distinción de «olores, ^ue conocía los 
sucesos como los conocía el gobierno, 
porque se hablan hecho públicos, bien 
puede decirse, sin temor de equivo- 
carse, que el sentimiento casi unánime de 
la nación española, con exclusión de al- 

Í^unas individualidades, era el creer que 
a reincorporación de Santo Domingo, 
debia considerarse como un fausto auce* 



— ^ — 



80 en el vehiado de doña Isabel II. 

Con una prontitud sorprendente que 
parecía tenerlo todo dispuesto; con tan 
Hrasitada rapidez que no daba logará 
confrontar fechas, que no satisfacía las 
dudas, se recibió la anhelada contesta- 
ción de la Península, sancionando el pro- 
nunciamiento anexionista, y el general 
Bantana tuvo una eaifta del general 
O'Ponnell, que se hizo vulgar y se la 
bautizó con el nombre de los cinco ar- 
tículos, en que sé concedía todo lo que 
podian apetecer los dominicanos, en que 
i(e trazaba la linea de conducta que ha- 
l»ia de seguir el gobierno español, y las 
¿arantias de los anexionados. 

Copiamos aquí literalmente los artícu- 
los de la carta: 

«1.® No habrá jamás esclavitud. 

«2.^ Leyes especiales, sabias v justas, 
»que aseguren todos los derechos, que 
» garanticen la propiedad, indicando que 
9 Se iba á llevar a Santo Domingo el siste- 
»ma qué estaba vigente en Cuoa v Puer- 
ito-Rico, el que indudablemente ha pro- 
»ducidó ese estado de brillantez en que 
•se halliüi. 

»3.^ Una política liberal y expansiva, 
yal resolver las cuestiones prácticas en 
•los diversos ramos dé la administración, 
^haciendo tbdo lo posible para respetar lo 
vexisteote, en lo religioso, económico y 
•judicial, por las condiciones especiales 
•de un pueblo que ha gozado de indepen- 
tdencia en un largo periodo. Protección 
•del gobierno español á- todos los que se 
•han distinguido en la anexión y comple- 
•ta imparcialidad y justicia, en la provi- 
•sion de empleos y destinos públicos. 

»4.* Reconocimiento de los actos quQ 
»Be han realizado por los gobiernos que 
»se han sucedido en la república domi- 
•nieana, desde su independencia. 

»Y 5.^ Consolidación de la Deuda 
pública.» 

Consumado su gran pensamiento, San- 
tana elevó á S. M. la siguiente expo- 
sición: 



«Señora: Bl pueblo que con e^ inm 

»a£uDla el 



mmor- 
•tal Colon levantó eirLa Española el es- 
>tandarte de Castilla; el que más tarde 
•reconquistó qu antigua nacionalidad y 
•devolvió á la corona de España, la perla 
•de que la habia privado el tratado de 
»Basilea; el que después fué arrancado, 
•á su pesar, de los Wzos de la patria, 
»qtie siempre habia mirado como madre 
yamürosa, pa^ ser entregpado á un ;$rugo 



•opresor que tomó á emneüo destnxfrloi 
»el que con heroico valor sacudió ese 
»yugo y reconquistó su libertad é inde- 
•pendencia; el que, en fin, os debió un 
•lugar entre las naciones como poder so- 
•berano, viene hoy, señora, á depositar 
•en nuestras manos esa soberanía y i 
•refundir en las libertades de vuestro 
«pueblo las suyas propias. El pueblo do- 
•minican9, señora, dando suelta á los 
•sentimientos de amor y lealtad, tanto 
•tiempo ha comprimidos, os ha procla- 
•mado unánime y expontáneamente por 
•su reina y soberana, y el que hoy tiena 
•la insigne ó inmerecida honra de ser el 
•órgano de tan sinceros sentimientos, 
•pone á vuestros pies las llaves de esta 
•preciosa antilla. Recibidlas, señora; ha- 
»ced la felicidad de ese pueblo que tanto 
•merece; obligadle á seguir bendicien- 
•doos cómo lo hace y llenareis la única 
•ambición del que es, señora, de Y. lí. 
•el más leal y amante de vuestros súb- 
•ditos. 

•Santo Domingo y Marzo 18 de 1861. — 
•ftrmado.-^Pedro Santana.i 

Si precipitación mostró Santana en 
consumar su proyecto, no más despacio 
andaba el gobierno español, tomando de 
jiqui pretexto, los adversarios políticos, 
para hacerles más tarde grandes cargos 
y para querer imponerle una responsabi- 
Mad grande. 

El gobierno, que sin^da procedía con 
el más desinteresado j^atriótico deseo, 
manejó mal este negocio, que luego se 
vio, como estaba previsto, que era el peor 
, negocio que jamás dos naciones haDian 
tratado. 

Cuando se abrieron las Cámaras hablan 
trascurrido ya varios meses del acto de 
la anexión, v los senadores y diputados 
aprobaron el ñecho.como consumado. Pero 
ni la prensa ni los Cuerpos colegisladores 
perdonaron el desacato, y siempre que 
han tenido proporción se lo arrojaban al 
rostro al mismo ministerio G'DonnelIl 
Deeia más tarde un senador: 

«La cuestión de Santo Domingo ha sido 
•debatida en la imprenta, en todos los 
•terrenos posibles; pero hablando en ex- 
•tricta verdad, esta es laprfmera vez que 
i^se trata en el Parlamento. ¿Y por que es 
»esto? Fuerza es decirlo; porque lá cues-^ 
•tion^M presentó á las Cortes por vez prí- 
•meradeun modo, que era contrario á lo 
^que se deberla haber hecho en un gobier^ 
•no representativo, ;^<}ue hacía 4e todo 



44- 



>piPkto imposible ladiscusioa sobreel prl- 
»mer ¿eehode 1« reincorporación de Santo 
»DomingQ. ¿Qué podia decirse, señores 
^senadores, cuando el gobierno de S. M. 
»presentaba el proyecto de lejr para que 
i^fas Cortes declarasen reincorporada á 
»£spaña la isla de Santo Domingo, y 
vesta reincorporación era un hecho con- 
»$uxnado? ¿Podían los señores senadores 
»j diputados que creyesen que aquello 
»era un hecho desgraciado para España, 
»qtte temiesen que la anexión > o hubiese 
»¿do tan general y tan expontáaea como 
»fuera de desear, podian manifestar esta 
^opinión, cuando ya la bandera española 
»tremolaba sobre los muros de las elúda- 
nles de Santo Domingo y se habia decía- 
»rado españoles ¿ los dominicanos? Lo 
»más que oabia era emplear la fórmula 
»que usí.ba el Sr. Pacheco y á que se re- 
»tería el Sr. Calderón Collantes: «Si la 
»anexion de Santo Domingo ha sido ge- 
»neral, la apruebo ; pero si no, seria un 
»cargo grayisimo para el gobierno.» 

Otraide las acusaciones que se hacian 
al ministerio 0*Donnell, por la infortuna- 
da anexión, era que la habia hecho, sin 
que oficialmente tuyiera parte en ella el 
Senado dominicano yá ella contestaban 
siempre los aludidos, con las actas y con 
losyeintiun días que tremoló pacifica-^ 
mente el pabellón español, sin un solda- 
do de la reina en la isla. Veamos como 
0ude aquel cargoel Sr. Posada Herrera, 
ministro de la Gft)crnacion en 1861. De- 
cía en la sesión del Congreso del 10 do 
Febrero de 186$: 



. ^EAJ «apañóles qiiB dioea wenos iaL- 
»ta el yeto de un Senador luimiJbieAse, 
»» ciertamente liliputiense, que debía h%- 
»ber en aquella república, y 'se olyidaB. 
»del yoto de todo un pueblo, manifestado 
»en medio de tantas calamidades interío- 
»res, de tanta sangre derramada, de tan- 
»tos sacrificios! ¡Se olyidan de este yoto 
»unánime que reconoce, todo el mundq^ 
>que reconocen aun los que m&s interés- 
» tenían en no reconocerlo! Todas las na** 
»cíone8, todos los periódicos, los miamos 
•Estados-Unidos, no han piodido menos 
»de confesar la yerdad y de reconocer qus 
»la anexión habia sido completamente li- 
»bre y expontánea. ¡Y hay aquí español 
»que dice que Mtaba el yoto del Se- 
»nado! 

»¡A.h, señores! 
»Seis jueces, Boabdil, los compra al oro, 
»mas no puede comprar al pueblo entero. 

»jQae ¿Btltaba el yoto de los senadores! 
»Y además de todo , firmaron las proela-' 
»mas y las actas de anexión de aquellos 
»paises.» 

Bllo fué, que, la España ^on la anexión 
consumada, adquirió una nueyaproyincia 
en las Antillas. Hasta qué punto fué ya- 
liosa, quedará eyidenciado en los siguien- 
tes capítulos. 

Consignaremos aqui para mejor inteli- 
gencia, que el general que dejaba la preT 
sidencia de la república, quedaba nom- 
brado capitán general de Santo Domin- 
go por la reina de España, que á la yez le 
concedió una pensión yítalieia j muchos 
honores. 



vm. 



LAS PRIMERAS INSURRECCIONES. 



La. sublevación de Moca.— £1 general Suero. ^Fusilamientos por Santana.^In^ 
vasion del general Sanohes.— Las tropas en A2Úa. — La batida. — Fusilaoaien- 
tos en los cercados. 



Santana, muy satisfecho de su obra, no 
ha podido fi;ozar]a pacificamente : él se 
obstinó en demostrar que la reincoüpora- 
ción era expontánea y unánime; pero el 
tiempo y los acontecimientos tuyieron la 
jMortinatíade 499m9Rtirl0t 



Y hasta un diputado en las Cortes dy o: 
c Empiezo diciéndoos que la anexión no 
ifué obra nacional en Santo Domingo; 
>que no fué un acto libre y expontáneo de 
laquel pueblo, no; fué la obra de unos 
i^uantoQ bombr^t cuftudQ mis de un 



- 46 — 



»pariidQ. ¿Quec^íft la prueba de esto? Dos. 
>meses antes de veríficarse la anexioiú 
»ya un geoeral de la república dominica^ 
»Qa, protestaba contra eUa, el genend 
iMella. ¿Queréis otra prueba? La reiucor- 
iporacion se verlñcó el 18 de Marzo j el 
»6 de Abril el general Cabral, daba una 
«proclama contra la reincorporacioQ«i Y 
no solamente quedaron las cosas en me- 
ras protestas yerbales y escritas, pues 
oate es el sistema de todos los reTolucio- 
nanos, que siempre tantean el vado an- 
tes de lanzarsa al rio. 

Muchos afios hacia, que en Santo Do- 
mingo era pública la existencia de un 
club de c<Hi&4[>iradores, bajo los estatutos 
de la masonería, de que era gran maes- 
tre el mismo presidente de la caida re-^ 
pública. A favor de la especial organiza- 
ción de esta sociedad, se conspiraba en 
las logias contra Santana. 

Grejende los conjurados, que habia ne- 
cesidad para au obieto, de hacer alguna 
demostración de disgusto contra el orden 
de eosas establecido, acordaron promover 
una asonada, en cualquier punto lejano 
de la capital v 4el inmediato alcance de 
su antiguo jefe j el punto elegido fué lá 
ciudad de Meca. 

AlU gobernaba en nombre de España el 
general de las reservas, Sr. Suero, cuya 
lealtad nunca fué desmentida, y hasta 
selló con su sangre sus juramentos de 
adhesión á España, dando por ñfi su vida 
en defensa délos derechoa de su reina. 

Reunidos como doscientos conspirado* 
res, serprendieron fácilmente la .guardia 
del principal, compuesta de 16 nUmerog, 
hilos del país, y que no todqs eran ajenos 
4 la conjuración* 

Tan pronto coajio Suero tuvo notlcli^ 
de lo acontecido, regresó á Moca; entró 
con sigilo en su casa, que estaba en un 
extremo de la ciudad. Allí su familia le 
dio cuantas noticias necesitaba para in- 
formarse bien de los sucesos, y se dirigió 
solo y disfrazado h^ia el principal, para 
oir y hallar á los insurrectos. 

Era Suero un mulato alto y fornido, 
de mucho valor jr de gran reputación en- 
tre los suyos. Óofi la satisuiceion de su 
propia superioridad, tuvo la audacia de 
mezclarse entre los conjurados, oyéndo- 
les sus planes y conversaciones de con- 
fianza. Descubierto al fíu, le atacaron, 
haciéndole una gran herida de machete 
en la frente, y se trabó una horrible lu- 



tenrer entre eUo9, y de una JXkaneraJn^. 
explicable terminó el motin, que tenia, 
por objeto sublevar el país en masa, con? 
tra la obra de Santana. 

Cuando llegó á éste la noticia de tal 
acontecimiento, le causó mucho pesar, y 
le dio la mayor importancia. Comprendió 
que sus adversarios empezaban a ensa- 
yar los medios de despreisti^ar la rever- 
sión; quiso tener loa hilos de la trama y 
al efecto se puso en marcha con tropas 
del Seybo, las más adictajB del paia, y 
iJlegó á Moca. Inquirió con todo ahinco ¿L 
misterio que encerraba aquel suceso, al 
parecer insignificante, pero muy grave 
en el fondo, pues consideraba que aque- 
llos hombres, que proclamaban una cosa 
que habia dejado de existir legalment^ y, 
que asi se atrevían á contrariar el orden 
ae cosas y el poder de la nación espafiolai. 
no podian estar solos, por más quehúbiCT. 
sen sido abandonados. 

Sus indagaeiones motivaron algunos 
fusilamientos, dictados más que por lai 
razón de la justicia, por su rencor. 

En su escursion á lioca habia recogido 
cuantas noticias podía depiear sobre los 

§ lañes de sus advérsanos, jr re^ri^só i, 
anto Domingo, según i)pinion ae sus 
amigos, áttigiSo, mí del viige, sino de la 
carga- del mando, que si bien Je erahaciSi 
tiempo pea%d|, ;sie j[,e.}iacia insoportable^ 
por la negra ingr^rfitúd con qi^e s^is pai» 
sanos pagaban <aus desy^loffi: y qiuzáf 
también por las restríccionas^ q,v^ i ^^^ 
actos d8 UDiando le ponia e^ gobierno* - 

En la noche del 30 de Mayó, se supo «n, 
SantoDomiAffo, qv^poala^^or 
bian entrado oue^ nxunei^ die sf 
proclamando la rep^tlj^jlica p^ifi 
en Vmano. j 

Aquello era otro ensayo^^e loa dencuQji^- 
tontos. 

Sabia Santana por experiei^ay qu0 la 
manera más eficaz y pronta de acabar cop 
éso^ amagos de ffuerra.cvvil» es ^ú^ar i^ 
los insurretos sin t^^^^S^uat pens^a|rloj^ 
sin descanso y atacarjíoa sin pieqjid. Mo 
importa en esos casos la liota da cruel^ 
pues es más la sangre que se ecónomizat 
que la que pue,da ^^rjcamarse por esto 
medio. 

Con tal actividad se dispuso todo para 
ir á la frontera, en busca de los rebeldes, 
que en la tarde del 31, embarcaron tod^ts 
las tropas eapañolas que habla en la (ia^ 
pital, constituyendo una brigadi^ al 




- 4«- 



ttiftitant «ícente sálieroxipor tierra las 
del país, 4 las órdenes del general don 
Antonio Abad Alfau, que en Azua debia 
tomar el mando de todas ellas j mandar 
en jefe las operaciones • 

El día 4 de Juaio se reunieron en la 
ciudad de Azua las dos columnas, siendo 
ja públicas las noticia^ que se tenian del 
enemifi^o. 

D. Francisco Sánchez, aquel general 
que siendo muy joven había sido el pri- 
mero en subleVar el pais contra la do- 
mitiácion haitiana; el que habia protes- 
tado contra la reyersion, j que era ene- 
migo irreconciliable de Santana, reunió 
en la reciña república cuantos fugitivos 
j emigrados aominicanos pudo, y con 
ellos, en numero de unos quinientos, bien 
armados, paisó la jfh)ntera. Llegaron k un 
ptieblecito llamado los Cercados, que 
ocuparon, cdmo asi mismo á Las Matas; 
Tagando por aquellas cercanías al pare- 
cer sm objeto, causando toda clase de 
perjuicios y estorsiones á los pacíficos 
habitantes dé los conucos por alli espar- 
ramados. 

Eí general de las reservas Sr. Pueyo' 
mandaba en aqiiel distrito, teniendo su 
residencia en oan Juan de la Maguana; 
solo podia disponer de 1^ hombres para 
contener á los invasores, si se resolvían 
áiri atacarie, como.lo hablan anun- 
ciado. Con este motivó pidió repetidas 
veces auxilio á las fuerzas qué al parecer 
habianldopafa sacarle de aquel conflicto. 

Veinte diás duró aquella situación sin 
que el general Al&u saliera de Azua para 
batir á ún énéi!D%b que á íkvor de la im- 
puiiidad pddla crecer'y órgiinizarse. 
' 'Hubo enfohces un pensamiento , qué 
fuó lástimí^ en verdad que no se sigtdera 
üíViBürtable ' en tántlis otras ocasiones. - La 
tmpa espaiiola no debia atacar á los del 
j^^y si hibía llegado embarcada hasta 
Azua, fué creyendo cómo se habia dicho, 
que Ik invasión era extranjera; pero al 
ver que los que asi obraban eran domi- 
nicanos, y que rencillas y resentimientos 
personales anteriores á la anexión daban 
fugará las escenas qué Sánchez hacia 
representar, so deci(&ó que se arreglasen 
entre si los del país. 

Al efecto, el general Alfau convocó las 
milicias, pero este remedid, sobre seríen- 
te, era ineficaz, pues los individuos que 
hablan sido licenciados definitivamente 
como consecuencia de la anexión, 6 no 
querían volver á las filas/ ó 61 lo h^ician 



era con ánimo de desertarse en primera 
oportunidad. 

Entre los oficiales que se hablan man- 
dado de la Península á Santo Domingo, 
sntes de la reincorporación, se hallaba 
D. José Gafas, á quien se habia comisio- 
nado para que organizase é instruyese 
con naturales del pais una compañía de 
cazadores, lo que efectuó en poco tiempo 
con notable éxito. Con ella habia ido 
acompañando al general Alfau, quien la 
mandó Salir en auxilio del ReDeraf Pueyo. 
Componíase la compañía ae 70 hombres 
y cuatro oficiales españoles de la misma 
procedencia que su capitán. 

Este fhé todo el poaeroso refüei zo aue 
se mandó á Pueyo, pues la expedición 
dispueétá en Santo Domingo con tan re- 
comendable actividad, fué para estacio- 
narse á 85 leguas de la frontera. 

Con este empezó la gran serie de des- 
aciertos, que de uno en otro dieron des- 
pués lugar al abandono de la isla. 

La marcha del Sr. Gafas se hizo eoB 
ffrandes dificultades por el mal estado de 
IOS o« minos y por la crecida de los ríos. 
A orillas del Yaque se reunió su compa- 
ñía con un batallón de 400 plazas domi- 
nicanas, que habia podido reunir el coro- 
nel de las reservas Sr. Ramírez, y que 
hacia <Üas se hallaba allí acamj^.ido, por- 
que el rio no daba paso, ó más bien, por- 
oue los indígenas iban de ipala gana j 
cieeian que no se atrevían á vadearlo. 
Allí pasaron cinco dias. Situación tan 
embarazosa era insostenible. 

El Sr. Gfaías quiso salvar aouel óbs«> 
táculo con su gente, penetrado de la ecm- 
veniencia de lle|gar pronto' á San Juan, y 
dio. el ejemplo lanceándose al rio con sus 
oficiales. Aim^e la prueba fué negativa, 
pues arrastrado el capitán por la cOrrien» 
te, eístiívo á punto de perecer; al fin los 
eazadores.pasaron á laotra orilla, sin que- 
dar ni uno. 

En vista de aquel ejemplo, el coronel 
Ramírez abaróó en su imaginación las 
consecuencias que podría traerle el que- 
dar álli estancado con su gente, hn oca- 
sión en que el general Pueyo y la provin- 
cia habían menester tanto de sus síolda- 
dos. Entonces los exhortó, y arrojándose 
el primero al agua, pasó á la opuesta ori- 
lla á la que solo ochenta hombres le 
acompañaron. Indignado al ver la cobar- 
día de los que no osaron pasar, continuó 
su'inarcha. 
'* Las dos pe<^uefías oolunmas lie^iiraii ft 



^ff^- 



dan Jaftn 4 tiempo de salvarle todaTia; 
pero sus moradores se habían refugiado 
en el monte, temerosos de los excesos de 
la ficción, que amenazaba invadir el 
pueblo. . 

Dicho refuerzo no podía ser más opor- 
tuno, pues todo lo que Puejo había po- 
dido juntar, eran cincuenta hombres, 
ademaa de unos setenta que^ andaban, de 
servicio de avanzadas. Con su llegada 
determinó tomar la ofensiva, saliendo á 
batir al enemigo que se hallaba ja k dos 
leguas de San Juan,>aniinando esta reso!». 
lucion los oficiales españoles. 

Avanzó el general una legua hacia Las 
Matas, hizo alto, revistó su exiguo ejér- 
cito, y ya se disponía á situar su gente 
en actitud de combate, cuando recibió un 
pliego del general Alfau, en que le orde- 
naba no tomara la ofensiva sin nuevo 
aviso. Pero el destino habla dispuesto las 
cosas de otro modo. Las descubiertas ó 
avanzadas qué tenía Pueyo, dieron con 
los sublevados, cayeron sobre ellos, los 
aturdieron y sorprendieron de tal mane- 
ra, que creyéndose acosados pbr todas 
las fuerzas que habían salido de Santo 
Domingo, huyeron á la desbandada, de- 
jando 21 prisioneros, la mayor parte 
heridos, j entre ellos el general Sán- 
chez, su jefe, tan temible para Santana. 

Alli terminó realmente la campaña, si 
bien en la faga del enemigo se le hicie- 
ron alguDOS descalabros, cerca de Haití, 
donde corrió á refugiarse: 

Los prisioneros fueron conducidos á 
San Juan, & dqnde se trasladó el general 
Alfáu con su estado mayor y cuatro com- 
pañías del batallón de la Corona. Se hizo 
la parodia de un consejo de guerra, y por 
mas que los reos y el mismo general Sán- 
chez pidieron como gracia especial^ ser 
defendidos por oficiales españoles , no 
hubo compasión y fueron sentenciados á 
muerte, ejecut&ndose la sentencia con 
circunstancias repugnantes , pues unos 



fueron muertos á tiros, otros 4 palos y 
otros á machetazos, de cuyo horrorosa 
atentado protestó enérgicamente el co- 
mandante de la Corona, D. Antonio Lu- 
zon, que se retiró con su fuerza para no 
autorizarlo con su presencia. A propósi- 
to de esto dijo el general Concha en el 
Senado: «A poco tiempo de la reincorpo- 
»raqion de.Bspajia k Santo Domingo, que 
»tuvo luffar en Marzo del 61, verificóse 
»una sublevación contra el general San- 
>tana; fué reprimida y dos meses después 
»ocurrióptr.a eit:Saj^^uaa, la cual no 
»debíó ser de poca consideración, cuando 
^se fusilaron más de quince personas 
»comprometídas en ella, y se fusilaron de 
»una manera, que dio lugar y con razón á 
»graves altercados entre el Sr. Pelaez, 
)i^segúnda cabo de la isla, y el general 
»Santana, porque aquellos fusilamientos 
»^e hicieron como si no imperase allí la 
«justicia, como si ño rigiesen alli las lé^ 
»yes oue protejen la vida del hombre.' 
»Los rusilamientos 8ehIciéi*onp/or el slíi-' 
»tema antiguo de la república, y eso qUé 
» entonces el géñérál Santaná nó\era el 
»jefe del Estado, sino capitán gdñéral en 
«nombre de ^, M. hi reina. Pero dé todos 
»modos, eso prueba que la sublevación 
«debió ser de consideración, cuando dio 
«lugar á los sangrientos sucesos á qué 
«me^he referido. « 

Aquello, sin embai'go, no fué subleva- 
ción, filé nada más que la invasión da 
unoscuahtos emigrados que vihieron des- 
de Haití á probar fortuna, y la tuvieron 
tan negra, que ñi el país respondió á su 
llamamiento, ni tuvieron otro remedio 
que volver al extranjero loe que pudieron 
escapar. 

La gran conspiración que por entoncets 
se fraguaba en las logias masónicas, no 
había madurado y el suceso que acaba- 
mos de describir, lo mismo que el de 
Moca, eran tan solo chispas desprendidas 
del fuego recóndito que se atizaba. 



ii 



• 1 



4»^ 



IX. 



BfiLEVO DEL GENEBAL SANTANA. 



Bu expotioion.— Bl general Báirero.— Mcdoras del país. 



Las dos subleTadones que Tan referi- 
das T que han ensangrentado á Moca j 
San Juan; el empeño eon que los enemi- 
gos de Santana propalaban la falsa noti- 
cia, de que si habia nechq la anerion, fué 
con el fln de perpetuarse én el mando de 
la isla; la oposición que mostraba el pais 

6 sus mejores disposiciones, hizo que él 
mismo se cansaba de tan ingrata luclia, 

7 que el gobierno de Madrid^ accediese á 
«US reiteradas instancias de dimisión. 

Hé aquí, como im documento curioso 
para la nistoria, la comunicación del ge- 
neral Santana ^1 ministro de la Guerra j 
Ultramar, presentando su dimisión: 

«Kxcmo. señor: Al manifestará S. M. la 
»reina nuestra señora, en la carta que 
»tuTe la honra de dirigirle en Agosto del 
»año próximo pasado, que paradecidir la 
^cuestión de conyeniencia, de estrechar 
»1qs lazos que hubieran de unir á este 
»pueblo dominicano 4 la madre patria, se 
»tu viese en cuenta el estado valetudina- 
»río en qué me encontraba, presentía ja, 
»que mi salud no me permitiría prolon- 
»gar por largo tiempo, los esfuerzos que 
»el bien de los puelnos exigia dé mi. No 
»era, en efecto, un rano temor. Apenas 
»ha trascurrido año j medio, cuando ya 
»se han hecho tan tenaces mis dolencias, 
»que no me permiten un momento de 
^descanso. Por fortuna, la Divina Provi- 
»dencia oyó mis ruegos; por fortuna la 
>excelsa reina de Castilla se dignó escu- 
»char mi voz, v de hoy m&s, todas mis 
»inquietudes han cesado, todas mis zo- 
»zebras se han calmado. Él cetro de doña 
llsabel II guarda el pais, y yo puedo ba- 



»iar tranquilo á la tumba, sin temor d< 
»legar á los hijos de este suelo la¿ even- 
>tualidades de la guerra civil, ni la per- 
»pétua lucha con uaitL 

»üna administración fuerte y bien or- 
»denada; extiende su acción por todo él 
»pais y le promete mejorar su condición. 
»Fuerza8 die mar y tierra, y m&a aun las 
»glorías que en tedas partes adquiere la 
» nación, lo garantizan de las amenazaa 
«exteriores; todo, pues, ha variado; todo 
»ha mejorado; todo, en fin, ha adquirido 
»ese carácter de progreso que asegura uja 
«porvenir venturoso. 

»¡Yo, solo yo, soy el que paga el justo 
«tributo á nuestra débil naturaleza! Mis 
«años y mis dolencias, Excmo. señor, 
«han venido aumentándose, hasta hacer- 
«me imposible la continuación de un ser- 
«vicio sedentario, que aumenta las últi- 
«mas. De largo tiempo atrás los hombres 
«del arte y la experiencia me habían he- 
«cho conocer, cuan nocivos, me eran los 
«cuidados del mando y las fatigas del des- 
«pacho de los negocios públicos. La na- 
«cíon habia reformado, á ruego mió» su 
«pacto fundamental, creando una vice- 
«presidencia que me permitiera retirarme 
«á buscar en el aire libre de los campos 
«y el ejercicio de la vida privada, una 
«salud que no alcanzaba en el del poder, 
»y solo de ese modo he podido prolongar 
«una vida que las adjuntas certificaciones 
«prueban hasta cuanto está amenazada. 
«Pero hoy que los nuevos deberes que 
«me ha impuesto la investidura que debo 
«á la munificencia de mi soberana, me pri- 
«van de aquel recurso, mi salud decae, 



— 49 — 



>mi8 fuerzas se abaten, y mi Tida está 
»inuj amenazada. 

»Mi deseo, Excmo. señor, esseryir á mi 
»reina, serle útil todavía, j hasta tanto 
»que no le haya pagado, si es quepagar- 
»se puede, la inmensa deuda que la gra- 
»titud me ha impuesto por los multipli- 
meados favores cod que he sido colnnado. 
»Pero para poder hacerlo de una manera 
)>efícaz, es menester que recupere el vigor 
^perdido; es preciso que me recobre de 
»esas dolencias corporales, que hoy me 
»inuti1izan; v esto, Excmo. señor, en la 
»libertad solo de la vida privada puedo 
^conseguirlo. El ejercicio continuo á ca- 
»ballo y la carencia de toda preocupación 
»de mando, es el único remedio conocido 
»para mis crecientes padecimientos. 

^Respecto de ellos, aun podré, bajo las 
^órdenes de un digno capitán general, 
»ser útil, para cuando sea necesario, un 
»hombre de acción, que desea derramar su 
»sangre en defensa de los derechos de su 
>reina. 

»La menor perturbación del orden ó 
»una amenaza extranjera , me hallarían 
»siempre pronto á obedecer la orden del 
»jefe que me ordenase contenerlas , asi 
»como aprestar cualquier otro servicio 
»que se exigiera de mi. 

»Por todas estas razones , debo con- 
»cluir rogando á Y. E. se sirva impetrar 
»de S. M. la gracia de admitir la dimisión, 
»que respetuosamente le presento, del 
»cargo de capitán general de esta isla, y 
»permitirme descansar en el seno de mi 
»iamilia, los cortos días que la Divina Pro- 
evidencia se sirva contarme. 

»Dios guarde á V. E. muchos años. — 
»Santo Domingo 7 de Enero de 1862.— 
»Excmo. Sr.— Firmado.— Pedro Santana. 
»— Excmo. señor ministro de la Guerra y 
♦Ultramar.» 

Al aceptar S. Ik esta dimisión, como 



recompensa de los importantes servíoíosí 
prestados por el general Santana, y en 
señal del aprecio con que le distinguía, le 
confirió el titulo de marqués de las Car- 
reras. 
Para el cargo de gobernador capitán 

general de Santo Domingo, fué nombra* 
o el teniente general D. Felipe Rivero y 
Lemoyne. 
La elección no podia ser más portada. 
El general Rivero estaba muy acredi- 
tado en su muy larga carrera militar, y 
en los altos puestos que habia desempe- 
ñado siempre con mucho celo, tino é in- 
teligencia. Habia también hecho la cam- 
paña del continente americano, y ya co- 
nocía las necesidades como las exigencias 
de las colonias. Santana debia concep- 
tuarse de enhorabuena, porque venia un 
sucesor con quien podia entenderse á 
media palabra. 

El antiguo presidente, al descender del 
poder, podia efectuarlo con el placer de 
verse cargado de honores y riquezas, pues 
prescindiendo de cuanto hubiese podido 
adquirirse en el curso de su vida, no po^ 
dia menos de quedar contento de la real 
munificencia, que le señalaba doce mil 
pesos fuertes anuales y vitalicios; cosa 
de que no hay ejemplo, y los honrosos 
títulos de marques de las Carreras y se» 
nador del reino. 

Dejaba el poder Santana con otra sa- 
tisfacción. Como fruto de la anexión por 
él iniciada y llevada á cabo, dejaba plan- 
teadas las reformas que juzgó convenien- 
tes para su país. Ya estaba completa- 
mente en practica el sistema gubemar 
mental que pareció el más conveniente, 
quedaba organizada la administración y 
se habia establecido en Santo Domingo 
uña audiencia y un personal de justicia 
enteramente igual ó conforme al que ha- 
bia en Cuba y Puerto-Rico. 



m^tO^ 



X. 



obstIcitlos paba consolidar la anbxion. 



Las mejoras planteadas.— Kecrimlnaciones.— Preponderancia de la gente de 
color.— La masonería.— Los protestantes.^La poligamia.— £1 código. — Eide- 
ro . —El papel moneda. 



El ffobiemo español que habla sancio- 
nado la reversión de Santo Domingo, mi- 
raba con el mayor cariño á la hija extra- 
viada que le habla entrado por las puer- 
taÉi de su casa. Con la mejor intención, 
digna de mejor éxito, puso en planta 
cuantas mejoras juzgó convenientes. El 
tiempo de la última dominación fué muy 
corto para que haya podido regenerarse 
un país tan dislocado, contribuyendo 
tamoien k ello, los disturbios y obstácu- 
los que promovieron sus naturales. 

Hubo tal vez poca fortuna en plantear 
ia nueva administración; acaso fué un 
mal dotar al país de muchas mejoras para 
que no estaba preparado; pero al fin, si 
al gobierno se le acusa de poco feliz, no 
es de ningún modo culpable. 

Estableció en Santo Domingo un go- 
bierno independiente, nombrando capitán 
general á Santana. Se aplicaron á Santo 
domingo todas las leyes de que carecía, 
dejando, sin embargo, elCódigocivil y las 
legitimas costumbres de sus tribunales. 
Se crearon cinco juzgados de primera 
instancia y una audiencia para la admi- 
nistración de justicia. Se establecieron 
ayuntamientos en las cabezas de provin- 
cia y juntas municipales en los pueblos 
de menor importancia. 

Se habilitaron como abogados los de- 
fensores públicos que no tenían más ti- 
tulo que im examen en la corte suprema 
de justicia; se nombraron empleados en 
la secretaria del gobierno^ administración 



* de correos y de rentas, & todos los domi- 
nicas os que~ tenían aptitud y conocimien- 
tos para fello; se autorizó al gobernador 
superior civil para que cpnñríera destinos 
hasta de 800 duros, que naturalmente 
habían de recaer en los habitantes de 
aquella comarca; se mandó construir lui 
camino entre Santo Domingo y Samaná, 
V un telégrafo al mismo tiempo; se nom- 
bró un inspector de obras públicas para 
que propusiera inmediatamente las más 
necesarias; se envió un comisario regio 
de Hacienda para que organizase la admi- 
nistración económica é hiciera una con- 
versión del papel moneda; se mandó al 
regente de la audiencia, que informase 
acerca de la administración de justicia 
y del estado de la iglesia; se aprobaron 
ciertas franquicias de derechos arancela- 
rios; se aconló formar presupuestos; se 
aprobaron, con carácter de interinas, las 
tarifas de Cuba, en todo aquello en que 
fuesen más beneficiosas que las de la an- 
tigua república; se pagaron por el Teso- 
ro hasta los gastos de carácter munici- 
pal y se hizo saber á la intendencia que el 
gobierno, para fomentar la producción, 
compraría 30 ó 40.000 quintales de taba- 
co cada año. 

Se recogió el papel-moneda, que era la 
gangrena de la república; se estableció la 
completa igualdad de derechos entre to- 
dos los habitantes de Santo Domingo, de- 
clarándose que jamás se establecería la 
esclavitud bajo ninguna forma; se reco- 



— M -- 



nocieron los grados militares de la anti- 
gua república, encargando á una comi- 
sión la clasificación, j dando á todos pen-^ 
siones proporcionales á sus categorías; 
se concedió el estudio de un camino de 
hierro desde Santiagd'de los Caballeros 
hasta donde empieza á ser naregable el 
Yuna, y se determinó estudiar el curso 
de este rio hasta Samaná, para iacilitar 
el comercio j la exportación; se concibie* 
ron cuantos proyectos podian dar vida á 
aquel país , que por tantos afios había 
estado sufriendo la emigración, la dicta- 
dura, la ^erray la miseria. 

¿Y que fruto recogió el gobierno de la 
reincorporación, y España de tantos afa- 
nes y dispendios? En la Península las re- 
criminaciones y en las Antillas la ingra- 
titud. 

En corroboración de esto pondremos á 
continuación un fragmento del discurso 

3ue pronunció en el Senado un ministro 
e la corona: 

«Cuando la reincorporación de Santo 
>Domingo, se habló mucho de la riqueza 
»de aquella isla, y se ponderó muchísimo 
»lo que España podría obtener de su po-r 
•sesión; pero después la experiencia ha 
fvenido a poner de manifiesto, que tales 
»afirmaciones carecían completamente de 
»fundamento. La verdad es que aquel 
»pais, aquel suelo, en extremo fértil no 
»puede producir nada sin brazos, y esos 
»Drazos faltan. La verdad es, que si para 
^hacerlo producir se hubieran gastado 
»allí, como era necesario, cuantiosas su- 
>mas, á España se le hubiera podido ha- 
>cer un gravísimo cargo, porque tenien- 
»do todavía improductiva una inmensa 
♦extensión de terreno en Cuba y Puerto- 
>Bico, acudíamos á hacer fructíferos otros 
»ménos importantes. Esto sin considerar, 
»que no habiendo encontrado todavía noe- 
»aios para hacer fructíferos los terrenos 
♦incultos de Cuba y Puerto-Rico, ¿cómo 
♦habíamos de encontrarlos para Santo 
♦Domingo? 

»Tan cierta es la escasa producción de 
♦la isla de Santo Domingo, que desde el 
imomento de su reincorporación ha pe- 
isado como una carga sobre el Tesoro de 
«España, y puede asegurarse que «es la 
icausa principal del déficit que venimos 
9 experimentando. El último presupuesto 
>de Santo Domingo ascendía á la respe- 
»table suma de 74 millones de reales, y 
♦esto sin atender en manera alguna k 1¿ 
♦necesidades de aquel país^ ni procurarla ' 



imodo alguno de proi^erar, pues def 
igraciadamente después de haber gasta- • 
•do tanto dinero, el día que lo dejemos 
♦no Quedará ni un kilómetro de camino 
♦hecno. Si se hubiera atendido á la proa- 
♦peridad de aauelpaís y á llevar allí con- 
♦diciones del desarrollo de la riqueza, es 
♦indudable que el presupuesto de Santo 
♦Domingo hubiera 'ascendido á cien mi- 
•llones ó más. 

♦En cuanto á las ventajas que el co- 
♦mercio español ha obtenido con la ane- 
♦xion de esa isla, yo pregunto: ¿qué es lo 
♦que el comercio na conseguido con ése 
♦suceso? Llevamos cuatro años de poseer 
♦la isfa de Santo Domingo y creo que no • 
ihayan llegado á cuatrobuques, los que 
♦de la península han ido á aquel país. Yo 
♦no tengo noticia más que de dos que 
♦fueron desde Palma de Mallorca; pero 
♦les fué tan mal en la expedición, que no 
♦encontrando nada que traerse, consu- 
•mieron allí todo el presupue$^to de viaje 
♦y desde entonces no ha vuelto á salir 
♦ningún barco de Palma de Mallorca para 
♦Santo Domingo. De manera que tene- 
»mos, que tampoco el comercio ha gana- 
>do nada, absolutamente nada, con la 
♦posesión de Santo Domingo, como nada 
♦nan ganado nuestros buques de guerra. 
•No quiero decir más sobre éste punto. ♦ 

El carácter dominicano que se ha for- 
mado en diez y ocho años de guerra in- 
testina y de guerras extranjeras, poco 
dispuesto por consiguiente á la obeaien* 
cia; la ignorancia de los hombres del 
campo respecto de las intenciones del 
gobierno español, ignorancia hábilmente 
explotada por los enemigos; la idea ab- 
surda muy vulgarizada allí entre ciertas 
personas, de que España iba á volverlos 
a la esclavitud y los iba á mandar á Cuba; 
la idea de que el gobierno español no les 
perdonaría nunca ninguna reoelion, nin- 
gún acto de desobediencia; todas esas 
cosas reunidas, han tenido una influencia 
bastante considerable en el nacimiento y 
en el desarrollo de los tristes sucesos que 
han ocurrído. 

Todo esto eran obstáculos en que tro- 
pezaba la anexión, y además habia otros 
que sin desearlos nadie, se presentaban 
como intereses encontrados, que estable- 
cían la pugna entre ciertas clases del 
país y los nuevos huéspedes. 

El señor brigadier Buceta, á quien in- 
justamente se acusó de haber daido lugar 
á la iBSunrecolon ^n su conducta^ buscó 



-52 — 



en flu defeiMia las Terdaderas causas que 
á su juicio la precipitaron, j de su escri- 
to ramos á tomar yarios pensamientos. 

La miseria con todas sus consecuencias, 
era común en todas las clases de la so- 
ciedad, j como las excepciones eran en 
corto número, no »e avergonzaban de la 
desnudez; pero después de la llegada de 
nuestro ejército, en presencia del lujo 
comparativo que ostentaban sus indivi- 
duos, los dominicanos se sintieron por 
primera vez humillados, y aunque las 
causas que hablan producido aquel sen- 
timiento, eran naturales y hasta inevita- 
bles, no por serlo dejaron de ocasionar 
en algunos de aquellos, el arrepentimien- 
to de haber cooperado á crear la nueva 
situación. 

Después que el establecimiento del sis- 
tema republicano habia igualado los de- 
rechos civiles de las razas africana v eu- 
repea, el tiempo que todo lo modifíca, 
hacia estrechado las distancias que an- 
tes las tenia separadas; desde aquel mo- 
mento muchos concurrieron á la gober- 
nación del Estado y á todos los actos pú- 
blicos de la vida social, no siendo raras 
las uniones de individuos de ambas pro- 
cedencias en matrimonio ó en otra forma; 
pero después de la llegada de nuestro 
ejército, los blancos recordaron su origen, 
renació su orgullo, y una mujer que an- 
tes de aquel acontecimiento no hubiera 
repugnado compartir su lecho con un n'e- 

C, algunos meses después se'creia des- 
irada, estrechando la mano de uno del 
mismo origen, en un baile ó en demos- 
tración de amistad, y esta natural modi- 
ficación que ninguna autoridad en el 
mando alcanzaría á impedir, ocasionó 
también sensibles disgustos, en los que 
sintieron el desprecio, y es de temer que 
algún dia tenga por resultado la des- 
trucción de los que lo provocaron. 

Los individuos del ejército procedente 
de la isla de Cuba, acostumbrados á con- 
siderar los negros de un modo muy di- 
verso al que eran considerados en Santo 
Domingo, en sus conversaciones familia- 
res con los mismos, solian decirles con 
frecuencia, sin intención de lastimar su 
amor propio, que si estuvieran en la Ha- 
bana valdrían tantos pesos, Ajando una 
cantidad proporcionada á las condicionas 
físicas del individuo á quien se dirigían, 
con cuyas expresiones, aunque sin desear- 
lo, recordaban k los ancianos el tiempo 
f n <|ue hal^ian sufrido el jnfo de 1% ^- 



clavitud, y en los jóvenes póesentaban Im 
desconfianza, haciéndoles temar que al- 

fundiase intentase el establecimiento 
e aquella. 

La masonería que tan grandes bene- 
ficios tiene prestados á la humanidad, 
tuvo importancia, cuando los hombres 
alistados en ella, para burlar la vigilan* 
cia de los gobiernos, tenían necesioad de 
elegir para sus reuniones los bosques y 
los subterráneos; pero aquellos moder- 
nos sectarios, más afortunados que sus 
antecesores, adquirieron el derecho da 
consignar sus ideas en el papel, entre- 
gándolas á la imprenta y ala publicidad 
sin temor de ser perseguidos; aquella 
sociedad politicamente considerada dejó 
de ser temible; más como á pesar de esta 
circunstancia, el pueblo doxninicano Con- 
sideraba la vieja institución, como una 
de las principales bases de la igualdad 
de sus derechos civiles, recibió con dis- 
gusto la orden que mandaba disolver las 
logias, considerándolo como un acto 
de intolerancia que amenazaba su li- 
bertad. 
La iglesia protestante, se hallaba le- 

f'almente garantida por trafados cele- 
rados con naciones extranjeras; la cuar- 
ta Darte próximamente de los habitantes 
de la península de Samaná y la más im- 
portante del comercio de Puerto- Plata, 
pertenecían á aquella religión y la prohi- 
Dicion de ejercer el culto con la acos- 
tumbrada publicidad, ocasionó sensible 
perturbación en las familias á quienes 
interesaba aquella disposición. 

Los am jsajibamientos constituían la 
regla común y el matrimonio la de la es- 
cepcion; esta circunstancia en una na- 
ción europea, daría una lamentable idea 
de la. moral pública; pero en Santo Do- 
mingo tenia la natural razón de ser, por- 
que si la historía no falta á la verdad, en 
la época del descubrímiento existia la po- 
ligamia y esta puede decirse que nunca 
desapareció por completo, porque los 
conquistadores no fueron más escrupulo- 
sos que los conquistados, y después de 
establecida la esclavitud, pudieron con- 
siderarse las grandes propiedades como 
el harem de ^us dueños, en razón, á que 
estos usaban con las negras que en ellas 
se criaban, el derecho de pernada, que en 
tiempos anteriores habia formado parte 
de los privilegios del feudalismo y cuan- 
do después de consumado el primer sa- 
Qríflcio, atendien4Q ^ }q9 intereses de U 



- M - 



multipliaacion del capital que represen- 
taban los esclavos, se daba á la joven un 
compañero de la misma raza, en nada in- 
tervenía la religión j se consideraba su- 
ficientemente legalizada aquella unión, 
por la sola orden de un brutal capataz. 

Algunos meses después de la emanci- 
pación que abolió la esclavitud, invadie- 
ron la parte española los ejércitos haitia- 
nos, y como en el territorio de aquel pe- 
aueño estado, la poligamia, si no se na- 
a consignada en las leyes, se halla to- 
lerada por el gobierno, los invasores Ue- 
varon al territorio conquistado, sus cos- 
tumbres y sus vicios, que no tardaron en 
ser admitidos por los individuos de la 
misma procedencia que existían en el 
país, y si estos, antes de aquel aconteci- 
miento, habían obtenido esposa, por la 
sola voluntad del dueño á quien servían 
6 por la de sus representantes, al obte- 
nerla después por la suya propia, usaron 
del derecno que habían ejercido, los que 
les habían aventajado en ilustración y en 
hacerlo asi, seguian.tambien el ejemplo 
de las nuevas autorí&ades, á quienes es- 
taban subordinados. 

Por irregular que fuera aquella cos- 
tumbre, mereció la sanción del tiempo, y 
algunos años después á nadie se pregun- 
taba por sus padres, cuando por-voluntad 
Sropia, elección popular ó nombramiento 
el gobierno , entraba á ejercer algún 
cargo. El individuo lo era todo, su origen 
carecía de importancia. 

La-salida de una joven de la casa pa- 
terna para unirse con un hombre, cual- 
quiera que fuese el estado de este, en 
nada alteraba las relaciones de familia ni 
las de amistad, porque se consideraba el 
amancebamiento con condiciones tan na- 
turales como las que tiene el matrimonio 
en las naciones civilizadas y como en tal 
situación, ninguna mujer se avergonza- 
ba de presentarse en público embaraza- 
da, porque el embarazo en ninguna situa- 
ción de la vida infería deshonra, todas 
criaban sus hijos, y la palabra infantici- 
dio no tenía aplicación, ni el estado nece- 
sitaba inclusas. 

Los hijos de jan mismo padre con di- 
versas mujeres, dentro y fuera del matri- 
monio, al fallecer aquel heredaban por 
iguales partes sin litigio ni oposicton, la 
que podía corresponderles. 

El número de hombres que poseían una 
■ola mujer era muy escaso, comparativa- 
mente Qonsiderado con e} dQ loa que to- 



nian dos, tres, cuatro, cinco y mayor nú." . 
mero, teniendo generalmente hijos, si no 
en todas ellas, en la mayor parte, partí- . 
cularmente en la de raza africana, en las ' 
cuales la fecundidad es una de las condi- 
ciones naturales. 

En situación tan extraordinaria que 
no podía haber previsto ningún concilio 
ni legislador de las naciones católicas, 
la prudencia y la religión misma aconse- 
labañ, que se respetase lo existente que 
había adquirido condiciones de legalidad, 
por la costumbre sancionada por el tiem- 
po y Que se dictasen reglas para impedir . 
que el mal continuase en lo sucesivo. 

Debía tenerse en consideración, que el, 
sacramento del matrimonio que santifi- 
case la unión de una mujer, en la mayo- 
ría de los casos condenaba un número 
mayor con sus hijos, al abandono y á la 
miseria, y el temor de que asi sucediese, 
cuando se comunicaron á los párrocos 
las órdenes para legitimaria unión con • 
el matrimoDÍo ó proceder á la separa- 
ción, ocasionó una perturbación en todas 
las familias, perturbación que solo pue- 
de comprenderse, considerando cuaf se- 
ria en Europa la producida en una na- 
ción, en que se mandase la disolución del 
matrimonio con condición forzosa, aun- 
que en este último caso, en número pro- 
porcional de población, no resultarían 
tantas mujeres sin esposos, ni tantos 
hijos sin padre como en el primero. 

Al establecerse la admmistracion de 
justicia, debieron tenerse en considera- 
ción las circunstancias especiales que ha- 
bía atravesado el país, y la fonpa en que 
habían sido aplicadas las leyes, para 
plantear las reformas del modo menos 
sensible que posible fuese, pero se des* 
conoció la conveniencia de obrar asi, y 
en las alcaldías mayores ó sean iuzgados 
de primera instancia, fueron excluidos en 
totalidad, los abogados del país, que por 
escasos que fuesen sus conocimientos, 
eran los más apropósito para conciliar el 
sistema antiguo con el moderno. Los es- 
pañoles cumplieron sus deberes con re- 
conocida exactitud; mas por efecto de su 
mismo celo, las cárceles no tardaron en 
llenarse de presos por delitos penados en 
nuestros códigos, que no lo habían sido 
en la república, y esta causa y la 
lentitud que experimentaban los proce- 
dimientos por falta de brazos auxiliares, 
causaron díísgusto en el país, y la refor- 
ma fué CQn«ídtr$4% «oniK^ !pii^ 4o Iaí 



-54 - 



/ 



más peijudldalefl I los pobladores. 

El Clero católico percibía los derechos 
parroquiales Qín sujeción á arancel j 
aunaue no es posible apreciar con exac- 
titud sus utilidades, teniendo en conside- 
ración que las del cura de Sabanete, cu- 
Íra parroquia no era de las mayores ni de 
as más ricas, no obstante estas circuns- 
tancias, por documentos que fueron ha- 
llados en sujpropia casa, en los dias de la 
revolución dé Febrero del 63, constaba 
que ascendían á 6.000 pfs. anuales, y por 
esta suma podrá comprenderse £&cilmen- 
tCy la desfaTorable impresión que habia 
causado en los interesados, la publicación 
del reglamento que los sujetaba á dota- 
ción fija con el sueldo de 50 pesos men- 
suales y se comprenderán las causas que 
cambiaron su adhesión en fanatismo re- 
volucionario, sino en todos, en la mayor 
parte. 

Las patentes de comercio que consti- 
tuían la contribución de aquel ramo, 
aunque no fueron desproporcionadas en 
la suma total, parece que en la clasifica- 
ción dé las clames, no correspondia á los 
capitales que poseian algunos de los in- 
dividuos compredidos en ellas, y come 
los de menos fortuna, resultaron más 
perjudicados, en algunas poblaciones se 
cerraron varios establecimientos, siendo 
este, otro de los motivos de queja que 
presentaban coittra la nueva acunüiistra- 
cion. 

fil papel moneda, por deteriorado que 
■6 encontrase, como se conociese la suma 
que representaba y la fecha de la emi- 
sión, circulaba en el mercado sin obstá- 
culo de ninguna especie. La nueva in- 
tendencia ordenó á las dependencias del 
ramo, que no admitiesen elque se hallase 
en aquel caso; la disposición compren- 
día á la mayor parte, y en su consecuen- 
cia el comercio de Santiago de los Caba-. 
Üeros suspendió la venta de efectos en 
BUS almacenes; en la plaza faltaron car- 
nes y verduras para el consumo público 
y aunque por efecto de estos resultados, 
quedó sin ejecución la orden que los ha- 
bia producido, no por esta circunstancia 
desapareció por completo la alarma y la 
sensiole impresión que habia ocasionado. 

La administración militar que no tiene 
roce directo con la organización civil, en 
las provincias de Santiago de los Caba* 
Ueros y de Samaná, ejerció una de- 
plorable infiuencia en la opinión pública, 
]porq«e los ^oariglKle^ del ramo, ecMifire- 



* di 



cuenda compraban aplazólos arhcolM 
de suministro, incluso pan y carne para 
los hospitales de la primera y presidio de 
la segunda, retardando el pago en ma- 
chos meses, como retardaron el de los 
alquileres de los edificios de propiedad 
particular, que tenían en arrendamiento 
para alojamiento de la tropa. 

Como natural consecuencia de aquel 
desorden en el Cibao, no se habían regu- 
larizado las revistas de comisario de los 
generales, iefes y oficiales de las reservas 
el pais. Él habilitado de aquellas clases, 
había impreso los justificantes y estos se 
espendian á los interesados, cualesquiera 

2ue fuere la fecha en que se presentaran 
reclamarlos, aunque no lo hicieran per- 
sonalmente, pero con la condición siem- 
re de satisfacer un peso fuerte por eada 
os ejemplares, y como el número de los 
interesados excedía de doscientos, lacón - 
tribucion que les habia endo impuesta, 
representaba anualmente de dos mil cua- 
trocientos á tres mil pesos fuertes. 

Con tal sistema, lc¡s nóminas mensua- 
les no eran remitidas á la capital en 
tiempo oportuno, para ser incluidas ea 
la distribución de fondos del mes á que 
pertenecían, por cuya falta y otra más 
reparable, cual era la de que más recibían 
aquellos que más daban, nabia resultado 
una desproporción en la deuda indivi- 
dual desde tres hasta diez meses en cada 
una de las categorías respectivas, y esta 
situación, extraña á la voluntad de la au- 
toridad superior que la desconocía, en 
presencia de nuestro ejercito, que perci- 
bía sus pagas con regularidad,, nabia 
producido una desconsoladora irritación 
en los militares dominicanos. 

Durante la república, al disolverse el 
ejército, después de haber desaparecido 
las causas que habían motivado su re- 
unión, los individuos en su mayor parte 
se retü'aban á sus hogares con las mis- 
mas armas que habían recibido para em^ 
{>learlas en el servicio, y como no todos 
os que se hallaban en este caso mere- 
cían la confianza de las autoridades, la 
capitanía general, teniendo esta circuns- 
tancia en justa consideración, dictó las 
disposiciones convenientes, para que fue- 
sen recogidas y depositadas en los pun- 
tos en donde existían guarniciones. La 
orden no fué mal considerada durante su 
elecucion, y habría pasado sin ocasionar 
alarma si hubiesen sido conducidas á la 
capital» pretextando la coi^vonieacte Í9 



^""t 'W- 



JMoe^r k sa eompoaieUm; poro con ob- 
jeto de economizar el gasto ae los tras- 
portes, se mandaron oficiales de artille- 
ría para que las inutilizasen en los mis- 
mos puntos en que se hallaban almace- 
nadas, y esta senciUa disposición explo- 
tada po| el club revolucionario, causó 
sensible terror y espanto en la raza ne- 
gra, á la cual hicieron entender, que se la 
desarmaba para esclayizarla después, y 
fácil es comprender las consecuencias de 
tan infame calumiüa. 

Estos son los aue llamamos obstáculos 
para consolidar la reincorporación, y en 
verdad que el remedio de semejantes 
males no estaba en la mano de lúngun 
gobierno, sino que debería ser obra del 
tiempo, de la buena fé, y de un poco de 
paciencia. 

Sabido es, además, que la raza cauca- 
siana no puede estar jamás en firatemal 
concordia para formar un todo homogé- 
neo, con la raza etiope, y aquel pueblo 
compuesto en su mayor parte de negros 
y mulatos, y no asi como se quiera, sino 
de negros á quienes habíamos revestido 
de los mismos derechos y consideracio- 
nes que los peninsulares, y á quienes te- 
níamos que tratar de igual á igual. T no 
solamente de igual á igual, sino que an- 
tes y durante la guerra hubo por Bspa* 
na un verdadero afán de halagar y aun 
adular en Santo Domingo á la gente 
de color que se vio tan enaltecida, que 
tto pocas veces fué insolente.^ Hemos te« 
nido que marchar y estar á las órdeties 
de jefes negros; si hubieran podido ser- 
nos útiles para algo ; si hubieran obteni- 
do la superioridad y derecho de mandar- 
nos por mérito; si hubieran observado á 
nuestra cabeza un porte mesurado y dig- 
no, ó si hubieran revelado genio y leal- 
tad por nuestra causa, en tal caso, bien 
hubieran mandado; pero estuvimos á las 
órdenes de generales que poco antes eran 
cocineros, y de coroneles <}ue acababan 
de soltar la lezna y el tirapie del zapate- 
ro, y cuya capacidad era escasísima. 

Quisiéramos ver á los ingleses, tan li- 
berales en teoría , obedecer las más deli- 
cadas órdenes de tales jefes, y quisiéra- 
mos oir á los Yankees, que no toleran 
gente de color en sus espectáculos, cómo 
calificarán nuestra religiosa y ciega obe- 
.diencia. 

Agitábase en Santo Domingo por el 
mes de Mayo, la cuestión de convertir las 
antiguas papeletas de la república en bi- 



lletes del Te«oro eupaSot cu^aiuío denofT' 
tro la avaricia, digna compañera de los 
conspiradores. Con falsificaciones de 
cantidades subidas, los mismos que ha- 
cían la usurpación, fueron los primeros 
en infundir la desconfianza y la alarma. 
Al poco tiempo y cuando el gobierno de 
Santo Domingo estaba recibiendo en las^ 
oficinas de Hacienda, las deterioradas 
antiguas papeletas, aunque se presenta- 
ran cada una en fragmentos d ferentes, 
excluyendo solo aquellas, que en sus di- 
versos trozos no llegaban a componer ni 
los signos ni las firmas que justificaran 
su legalidad, el comercio del Cibao sacó 
todavía partido de esta medida, como 
verán los lectores, por lo aue decía La 
Razón de Santo Domingo ael día 8 de 
Junio. 

> Sabido es de todos el deplorable esta- 
vdo en que se halla el papel-moneda do* 
»minicano; frágil y disoiuole por su pro- 
»pia naturaleza, la mayor parte de ei ha 
»Uegado á su último periooo de duración 
»y apenas presenta en sus gastados frag- 
»mentos uno que otro signo de su valor 
^nominal. 

»La amplitud con que las oficinas de 
^Hacienda continuaron admitiendo al 
»curso oficial estos billetes, no podía ex- - 
atenderse' hasta los desconcertados con- 
»j untos de trozos heterogéneos, v las pa- 
»peletas que carecían de los sellos y fír- 
imas que dan autenticidad al valor que 
^represeoian: jestaa fueron, efeetívamen- 
»te, las nínit^as excepciones que, como 
»era de razón , establecieron los centros 
»directivo8 de Hacienda. 

»Sin embargo de que esta ligera res- 
»tríccioDy por cuanto solo tendía á preca- 
iver los perjuicios que sin ella pudieran 
»irrogar8e á los intereses del Bstado, en 
»nada pedia afectar álos del público, bas- 
»tó, no obstante, para que el comercio, 
»que de suyo es en todos los países del 
imundo asustadizo y suspicaz, en laspo- 
»blaciones del Cibao llegara a conceoir 
»grande escrúpulo y seria desconfíanza. 
ihácia este agente ae cambio, casi único 
•en aquel distrito; por lo cual y porque 
«su estado de deterioro era mavor en 
»virtud de la misma causa, el mai tomó 
•rápido incremento y llegó id extremo de 
>que se suspendieran casi por completo 
«las operaciones mercantiles en todas 
^aquellas laboriosas y bien pobladas lo- 
»calidades. 

»E1 gobierno, por sa parte, desde que 



-Í6- 



ftíene úotícfa del ¿echó, aparta toda otra 
«consideración para no yer méoi que la 
«necesidad de arrollar á cualquier costa 
»el obstáculo que turba el bienestar pú- 
«blico en una parte del territorio, y no se 
«detiene un punto en acudir con paternal 
«solicitud al socorro de los honrados ha- 
«bitantes del Cibao. El jefe de la Hacien- 
«da en Santo Domingo dicta instantánea- 
«mente las más eficaces medidas, para 
«que los deseos aue manifiesta el ilustre 
•ayuntamiento de Santiago por órgano 
«de su comisión, sean si es posible sobre- 
»pujados. Hé aquí las liberales prescrip- 
«ciones que se fijan á las dependencias 
«de real Hacienda, para la admisión de 
«este papel como valor corriente: 

«1/ Se exceptuarán las papeletas, 
«cualquiera que sea su estado, con se- 



«llos y firmas ó careciendo de éstasreoif- 
«diciones, cuando el uso baya podido 
I romper! as ó borrarlas. 

»2. No serán admitidas las papeletas 
•compuestas de pedaeos heterogéneos, 
mi las que no fuesen de legitima emision 
•del gobierno de la pasada república. 

»8. En los casos dudbsosauxiliarán á 
«los administradores de rentas y teaore- 
•ro general, dos concejales de loa ayun- 
•tamientos de las respectivas locauda- 
vdes, cuya declaración de yalidez haii 
•fé y causará estado.» 

Después de haber leido los párrafos 
que preceden, debemos informar á nues- 
tros lectores, de que el gobierno español 
fué indignamente robado con la gran fal- 
sificación que se hizo del papel-mo- 
neda. 



XI. 



BNBmOOS DB BSFAÑA. 



Los militares sin stieldo.— Loa mercaderes agiotistas. --Loa clérigos inmorales. 



r Si apartando la vista de los obstáculos 
que presentamos en el capitulo anterior, 
buscamos la calidad de los hombres que 
interrumpían el paso de las meioras, ve- 
remos que conspiradores de oncio, que 
hablan convertido en profesión y arbitrio 
para vivir las revueltas políticas tantas 
veces ensayadas en su país , eran los que 
se agitaban, al ver que la dominación es- 
pañola iba planteando tantas mejoras, 
que asegurarían muy pronto la más sin- 
cera adhesión de los mismos que fueron 
sus adversarios. 

Vamos á indicar algunos de los mu- 
chos abusos con que España se halló y 
que estuvo en la necesidad de combatir 
por su propia dignidad. 
, En Santo Domingo habia llegado á to- 



marse la carrera militar como un oficio, 
si alguna vez ñitigoso, casi siempre des- 
cansado, y por esto muy del gusto de sos 
naturales. Organizado el ejército á su 
manera para un total de tropa de tres 
mil hombres, se contaban, según nos 
dijo en público Senado, el señor marqués 
de Miraflores, presidente de un ministe- 
rio posterior á la anexión, la enorme su- 
ma de mil ainerales. El ejército se disol- 
vió creyendo que se hacia gran favor á 
muchos hombres honrados y con familia 
que deseaban regresar á sus hogares pa- 
ra dedicarse á sus labores. A la multitud 
de generales, jefes y oficiales de la repú- 
blica se les reconocieron sus empleos, j 
se les asignó un sueldo , que si bien era 
corto en América , era también muj sa- 



— 67-- 



períor al que ^zában anteriormente, y 
quedaron muy satisfechos cobrando des- 
cansados en situación de reserva. Pero 
su(fedió que como el país era tan pobre, 
que lejos de producir gravaba enorme- 
mente al Tesoro; como el gobierno que 
hizo la anexión tuvo el mal pensamiento 
de establecer en la isla una muy lujosa 
admioist ración; como una crisis mercan- 
til en Cuba mermó sus rendimientos, pa-« 
saron varios meses y la reserva no cobra- 
ba su pensión, v entonces el disgusto de 
verse defraudados en sus esperanzas, y 
el grato recuerdo de su vida, pasada en 
aventuras militares, evocaron en ellos la 
insurrección. 

En Santo Domingo, propiamente ha- 
blando, se desconocía el verdadero co- 
mercio. Era cosa totalmente agena, esa 
respetable clase de liombres, cuja hon- 
radez y buena fé obtienen la pública con 
fianza. Allí halló España una clase de 
imercaderes, la mayor parte extranjeros 
tiranos despiadados. 

Toda la industria del país consistía en 
el corte de las maderas y toda la agri- 
cultura exportable en el cultivo de algún 
{>oco de tabaco y de café, muy poco, por 
o escaso de su población y particular- 
mente por la incuria. En cambio de estos 
artículos, se habia de importar cuanto 
un pueblo necesita para sus gustos y por 
eso el mercader pudo imponer su volun- 
tad. Si daba al fiado hasta la recolección, 
era á un precio exorbitante, y cuando 
recibía los efectos de pago, los valoraba 
de la manera más ínfima, lo cual consti- 
tuían dos pérdidas al consumidor, que se 
podían calcular en el doscientos por 
ciento. , 

Pero el grande, el infame agio de los 
mercaderes, consistía en el que hacían 
con el despresti^ado papel-moneda de 
la república. Además de que era muy 
frecuente la falsificación de los billetes, 
que inundaba el país de un papel sin va- 
lor intrínseco, lo cual no pocas veces ar- 
ruinaba á muchas familias, perpetraban 
otro acto, que á imitación de las fluctua- 
ciones de Bolsa en las grandes capitales, 
constituían en Santo I^mlngo un fraude 
escandaloso. 

Como que los mercaderes eran pocos y 
todos dispuestos á enriquecerse sin re- 
parar en los medios, se asociaban para 
acopiar, en épocas inesperadas, el mayor 
número posible de papel-moneda y des- j 
pues que lo tenían en su poder, lo cual > 



era ftcil en un país tan pot)re y donde 
no habia metálico, le daban un alza sor- 
prendente para el desventurado que ha- 
bía de vender el fruto de su trabajo; y 
cuando los «billetes, ó como en el país 
decían con propiedad, las papeletas lia- 
bian salido de las tiendas, entonces era 
segura su baja, para que volvieran á ma- 
nos de sus antiguos poseedores. Esto es 
positivo, por mas que parezca increíble, 
y nadie lo ignora entre los que conocen 
las cosas de Santo Domingo. 

Los hombres que asi se manejaban no 
podían ver con ojos serenos, la entroni- 
zación del orden y la justicia, y aunque 
extranjeros, conspiraban é iban á las lo- 
gias masónicas y con escandalosa auda- 
cia, excitaban á la rebelión, invocando 
hipócritamente las sagradas palabras de 
patria, independencia y libertad. 

Es indudable que una de las clases 
más respétateles de la sociedad es el sa- 
cerdocio. Un clero morigerado y virtuoso 
es el espejo de las buenas costumbres y 
por su propio ejemplo y méríto, adquiere 
preponaerante influencia y llega á ser el 
timón Gue gobierna y guia á los fíeles. 

Por el costrario, cuando la virtud y la 
moral no resplandecen en los eclesiásti- 
cos, cuando son viciosos y más que vi- 
ciosos, cínicos, entonces el pueblo se 
pervierte, sigue su ejemplo y cual tor- 
rente desbordado que arrastra cuanto 
encuentra en su impetuosa carrera, rom- 
pe los lazos de la moral y del respeto so- 
cial y llega al grado de mayor des- 
enfreno. 

Rl clero que los españoles encontraron 
en la isla, no era por desgracia un clero 
virtuoso y digno, según lo demostró con 
su autorizada palabra el arzobispo señor 
Monzón, en la sesión del Senado del día 
26 de Enero de i865. Sus pasiones, sus 
vicios, sus intrannigencias y su libertina- 
je, le hacían indigno á los ojos de todo el 
que no ignorase la gran misión que le 
está encomendada. Pecaríamos de par- 
cialidad si al considerar este caso general 
no consignáramos que frente á la gran 
mayoría que dejamos retratada, existía 
una miñona compuestade sugetos fieles, 
ilustrados y muy dignos de consideración 
y de respeto, cuja palabra no era oida 
porque condenaba la inmoralidad y pre- 
dicaba las buenas costumbres. 

Aunadas las clases que acabamos de 
describir por sus ii.tertises particulares, 
conspiraban con afán y sin descanso para 

8 



-8á- 



ínquíetar á EspaSa y poner obstáculos al 
orden yá la justicia. 

A este propósito decía el periódico Ztf 
Razón en uno de sus números: 

cNo hay torpe calumnia», impostura 
ygrosera, ni insinuación maligna á que 
9 no estuviésemos preparados dende que 
ipudimos apreciar la clase de enemigos 
ique se habia adquirido España a'*ep- 
itando la reincorporación de Santo Do- 
»mingo y la clase de intereses y de espe- 
»ranzas que habia echado á rodar aquel 
»acto memorable, iniciado y llevaao á 
•efecto por la voluntad de los domini- 
»canos. 

>Y con efecto, ¿cuántas interptetacio- 
»nes indignas no recibió la trasformacion 
:^politicade este suelo, de cuántas decla- 
»raciones trági-cómicas no ha sido obje- 
»to, y cuántos anatemas grotescos no le 
»han caído encima? 

lEl gobierno de la vecina república de 
» Haití fué, como era natural, quien dio la 
I señal de rebato contra un suceso que le 
»deió como á la zorra del cuento, cuando 
»mas cerca se creía de catar las uvas; y 
•su solemne protesta contra los princi'- 



ypales dominicanos, á quienes Uamatis 
^traidores, y cont a la nación española, 
»á la que llamó ambiciosa, y contra la 
1 reincorporación que calificó de negpcio 
»de compra y venta, ha quedado como 
»una especie de Coran, aonde se han 
»in8pirado todos los hipócritas y malva- 
idos derviches pohticusque en nombre 
>de la emancipación de los pueblos, pre* 
»dican descaradamente el asesinato y ei 
^incendio. 

1 Era de presumir que toda esa legión 
»de maldicientes, movidos por un interéa 
»comun, y prometiéndose hallar apoyo 
»entre nueetras masas ignorantes, con 
»cuya credulidad podían contar para sus 
»más disparatadas mentiras, llegaran 4 
^organizar un plan tendente á hacer im- 
> posible la permanencia de España en 
»8anto Domingo, lo que con pueril con- 
»flanza esperaron conseguir, suscitando 
» frecuentes trastornos y movimientos 
»insurreccionales que, ó fatigaran por 
»último á nuestro gobierno ó le persua- 
»díeran al menos, pe que no existia en es- 
»te país ninguna adhesión hacia la madrs 
»pátrla.» 



xn. 



lA IN8tJRRECCI0NDE SANTUGO DE LOS CABALLEROS EN FEBEEBO DE 1863. 



ndicios^de la conjuración. — Salidtt de tropas.— El ayuntamiento faccioso.— La 
lucha en la plaza.— Bendición de los insi^rrestos. — Prisión de los conéctales. 



A mediados d^ebrero de 1863, se de* 
cia públicamente, que los enemigos del 
orden, que no podían sufrir las mejoras 
de que tanto necesitaba el país, tenían 
fraguada una nueva insurrección que de- 
bía estallar, en la provincia del Cibao, 
para propagarla enseguida por toda la 
Isla. 

Hablábase de ello tan sin rebozo, que 
yarios oficiales del batallón de la Corona, 



que daba guarnición á Santiago de los 
Caballeros, dieron conocimiento al gene- 
ral de lae reservas Sr. Hungría, coman- 
dante general de la provincia, de que ha- 
bían oí 10 á los mismos conjurados de- 
signar el sitio donde se reunían. Uno de 
los oficiales españoles denunció como 
principales agentes al general de la re- 
serva, Sr. Concha, j á lielísarío * Curicl, 
mercader mulato, á quien se habia reco- 



- 5^ - 



nocido por la anexión el empleo de te- 
niente coronel, y que era miembro del 
ayuntamiento de Santiago. 

Pero el general Hungría, con una leni- 
dad que dejó muy poco satisfechos á los 
españoles, se contentó con llamar á su 
presencia á los denunciados, y con la 
misma frialdad que si les hablara de la 
teosa menos importante, les dijo: «Miren, 
»compaes, que me dicen que Vas. conspi- 
»ran, aunque no lo creo.i Ocioso será ae- 
cirque los acusados negaron abierta- 
mente. 

El gobernador de Guaynbin, Sr. Gar- 
rido, coronel de las reservas, mandó el 20 
de Febrero un propio á Santiago, con 
oficio para las autoridades, participando 

?ue tenia noticias de aue por alli se tra- 
aba de alterar el óraen, y pedia que se 
le aumentara el destacamento, según 
tantas veces habia solicitado. Toda la 
fuerza que habia en Guayubin se compo- 
nía de treinta h mbres, y era insuficiente 
Sara contener invasiones de los enemigos 
el orden, por una frontera de un pais 
enemigo también, aunque encubierto. A 
nuestro juicio, hubiera sido mucho más 
decoroso no tener alli ni un soldado; pero 
el espíritu dominante en aquella época, 
era el de tener distribuida la tropa espa- 
ñola en pequeñas agrupaciones. 

Al siguiente dia 21, nizo salir el gene- 
ral Hungría una fuerza de veinticinco 
hombres con un oficial, para reforzar á 
Guayubin y sus inmediatos puntos mili- 
tares; pero en la misma tarde llegó á la 
cajital, mandado por el gobernador Gar- 
rido, el capitán de la reserva, D. übaldo 
TVal, que constantemente fué leal á Es- 
paña, V traia noticias graves. Según 
ellas, el general del país. Lúeas Peña, 
con su amigo Santiago se habia declara- 
do en abierta rebelión en el pueblo de Sa- 
baneta, y con unos . 800 hombres hablan 
proclamado la república. 

El caso era muy grave, y reclamaba un 
pronto y eficaz remedio. 

Aquella noticia sorprendió tan solo á 
los españoles, pues los del pais la espe- 
raban. Era el efecto de una conspiración 
fraguada con todo desembarazo; era el 
fruto de las iutrigus de Haití, según de- 
mostraremos en el capitulo siguiente. 

£1 remedio que PIuDgria encontró más 
hacedero, fué el de salir al siguiente dia 
con cien hombres de la Corona y treinta 
caballos del escuadrón de cazadores 
(le Siaio Donungo^ á las inmediatas ' 



órdenes del teniente coronel Yelaseo. 

La disposición era acertada, pero se la 
desvirtuó, retrasando puniblemente su 
salida el onismo general Hungría, que 
solo abandonó la ciudad por la tarde, y 
después délas excitaciones de los jefes 
españoles, que más de una vez le tuvie- 
ron que decir que no se debia perder ni 
un instante. No fueron pocos los que ob- 
servaron que Belisario Curiel fue el que 
mereció las últimas y más expresivas 
atenciones del general qus salla á batir 
la insurrección. 

Quedó en la plaza de gobernador inte- 
rino el general Michel. 

El dia 23 se recibió en la ciudad una 
comunicación del jefe de la columna, 
participando que el pequeño destacamen- 
to de San Marcial, que habia en Guayu- 
bin, habia tenido que capitular con el ca- 
becilla Lucas Peña, y encomiaba la ne- 
cesidad de aue se le mandase un refuerzo 
de 100 hombres más y raciones. Inmedia- 
tamente se dieron las órdenes convenien- 
tes y salió el refuerzo pedido con el capi- 
tán de la Corona Sr. Úlrich. 

En la ciudad reinaba gran efervescen- 
cia, los ánimos andaban agitados y todo 
anunciaba un acontecimiento importan- 
te. En efecto, viendo los conjurados que 
la tropa que había quedado, apenas llega- 
ban á 300 hombres, proyectaron dar el 
grito aquella misma noche, en ocasión 
en que la tropa estuviese de paseo. 

Una casualidad casi providencial des- 
truyó todos los planes de los sublevados. 
Tuvp conocimiento de ellos el comandan- 
te de la Corona D. Juan Campillo, y sa- 
biendo que los conspiradores se habían 
de reunir en el fuerte llamado Dios, se 
fué inmediatamente al nombrado San 
Luis, en donde se acuartelaba la guarni- 
ción, con el fin de que no saliera de pa- 
seo; pero ya era tarde, pues se habia to- 
cado marcha; sin embargo , ordenó que 
seguidamente se la buscara y al poco 
tiempo se bnlló casi toda reconcentrada. 

En el ínterin, los sublevados llegaban 
al punto designado, juntándose hasta 
800 armados. 

El gobernador Sr. Michel y el teniente 
coronel de San Marcial Sr. Zarzuelo, 
acordaron retirar las guardias, y antes 
de efectuarlo con la de la cárcel, pasaron 
al ayuntamiento á manifestarle, que los 
criminale^iban á quedar sin custodia, y 
que era un deber de la municipalidad 
nombrarla, sino quería que se fugaran» 



-tó- 



Al propio tiempo, el ¿robernador requirió 
al ayuntamiento á que leyantara la sesiou 
j pasara al fuerte ae San Luis, para que 
reunido allí cou las demás autoridades 
civiles y militares, pudietra deliberarse 
sobre la manera de tranquilizar los agita- 
dos ánimos de la capital y eyitar los gra- 
ves disgustos que amenazaban. 

£1 sindico del ayuntamiento, Belisario 
Curie!, á quien más tarde veremos de 
ayudante del brigadier Buceta, después 
desertor de las filas españolas, y por úl- 
timo, comisionado por los insurrectos 
para tratar en Monte-Chrísti negociacio- 
nes de paz, y por fin vender al presiden- 
te, tomó la palabra, y con espresiones 
impropias de toda persona decente y dan- 
do fuertes puñetazos sobre la mesa, dijo 
con el tono más altanero, «que el avun- 
ntamiento no iba á donde se le mandaba, 
>que no tenia por que obedecer,» y paro- 
diando la fórmula de los aragoneses 
cuando tenian sus fueros, dijo «que el 
^ayuntamiento reunido era más que el 
igobernador , y tanto como éste valia 
^cualquiera de los concejales que con- 
»curriesen alli, por lo tanto, los demás je- 
»fes y autoridades. 1 

Aquellas maneras y aquel lenguaje 
bastarían para descubrir toda la culpa- 
bilidad de una corporación que debia ser 
la más interesada en conservar el órdjen y 
la obediencia. 

Alas siete y media de la noche, deja- 
ron el fuerte Dios todos los conjurados y 
entraron en la ciudad, formando en la 
plaza mayor, dando desaforados gritos y 
vivas á la república. 

Ya no habla duda del carácter del mo- 
tín, que tendia á trastornar todo lo esta- 
hlecido.^ Aquello era ponerse abierta- 
mente frente al gobierno constituido. 

Los amotinados no bajaban de mil 
hombres armados, y los capitaneaban un 
tal Juan Antonio Espallar, con Vidal, 
Pichardo, Perdomo, Alix, Reyes y Gotié. 
Todos menos Perdomo, que era tíierca- 
dér, pertenecían á la clase de jefes y ofl- 
eiales de la reserva, y empuñaban las 
mismas armas que se les ^abia confiado 
para sostener el orden y los derechos de 
España. 

Consta, y está plenamente justificado 
por la causa, que después de estos acon- 
tecimientos se instruyó, que después de 
lo que llevamos dicho, se unió á los su- 
blevados en la plaza el gener&l D. Luis 
yidóy q^iep a^ompt^ado del reidor iqu 



Mariano Grullon se dirígió á la cárcel, y 
abriendo »us puertas diio á los presos to- 
dos sin excepcioB- de delitos: 

i Quedan Vdn. en completa libertad. Se 
»les va á proveer de armas, en la confian- 
iza de que sabrán empuñarlas en defensa 
I de la república.» 

Durante este periodo v hasta cosa de 
las ocho de la noche, ni la guarnición ni • 
el pueblo se hostilizaban; pero habiéndo- 
se presentado en el cuartel algunos asis- 
tentes llenos de heridas y despojados de 
la ropa que llevaban, ordenó el coman- 
dante Campillo al capitán D. José La- 
puente que atacara á los insurrectos don- 
de quiera que los hallara. Salió dicho 
oficial con tres subalternos y 50 hombres, 
que se prestaron voluntariamente á des- 
empeñar este servicio, siguiéndoles como 
inmediata reserva una compañía del ba- 
tallón de San Marcial, al mando del co- 
mandante Aguilera. 

Al llegar la primera fuerza, á unos cin- 
cuenta pasos de la plaza, recibió una ter- 
rible descarga de los amotinados, que 
llenos del mayor entusiasmo gritaban: 
«¡Al fuerte, al fuerte, pues aunque sea 
»con palos mataremos á los españoles!» 
El capitán Lapuente, en vez de descon- 
certarse, se lanza sobre ellos sable en 
mano, dando el ejemplo á sus soldados 
y aturdidos y acosados por sus bayone- 
tas, huyen despavoridos nasta f aerada la 
población, dejando cinco muertos y diez 
y seis heridos, contándose entre los pri- 
meros al cabecilla Gotier, que empuñaba 
la bandera republicana. 

ínterin el capitán Lapuente llegaba 
desde el fuerte a la plaza, se presentaron 
en San Luis los regidores Pablo Pujol y 
Alfret de Chin, reuniéndose á conferen- 
ciar con el gobernador Michel y los Jefes 
de San Marcial. 

£1 comandante Campillo, que se halla- 
ba fuera, cuidando, á la cabeza de la 
guarnición, de lo que ocurría, fué avisado 
por el coronel de la reserva Frómetra, de 
que se presentara donde estaban reuni- 
das las autoridades, pues se temía que 
se tramase por los individuos del ayun- 
tamiento, algún plan perjudicial para Es- 
paña. Se dirígió, en efecto, al punto in- 
dicado, entrando en él, en ocasión en que 
Pujol decia, que se hablan presentado en 
el salón de sesiones varías comisiones de 
la ciudad, pidiendo se enarbolaae, desde 
luego, la- bandera repablicana y que toda 
la poblado», í9ia^:(cepoion al^uQa,^stab« 



-M - 



dispuesta á elb, y que por lo tanto, ro- 
gaba ^«^;io ie mandaran fuerzas para 
evitar desgracias. El jefe de San Marcial 
contestó de una manera muy digna, pero 
habiendo iosistido Pujol, en que por lo 
menos hasta la tarde del siguiente día 
no se rompiesen las hostilidades, ni se 
mandaran fuerzas á la plaza, y que por 
su parte el ayuntamiento influiría eon los 
subleyados, para que no atacasen á la 
tropa, tomó la palaora Campillo, y lleno' 
de la más profunda indignación protestó 
de todo trato con los insurrectos, aña- 
diendo, que lo que cumplía á las circuns- 
tancias, era atacar sin treguas ni des- 
canso á la revolución, que por medio de 
artificios queria ganar tiempo, para que 
se reuniera la gente que el faccioso ayun- 
tamiento había conyocado, por medio de 
emisarios que habia mandado á recorrer 
el campo y los pueblos inmediatos. 

El general Michel aprobó la opinión de 
Campillo, y contestando á los comisiona- 
dos en el mismo sentido, confió el gobier- 
no de la fortaleza al Sr. Zarzuelo, tenien- 
te coronel de San Marcial, y el mando de 
las fuerzas que habían de atacar & los in- 
surrectos, al comandante Campillo. 

En la tarde del mismo día se habían 
recibido comunicaciones oficiales y cartas 
particulares, pintando con Iq^ mas som- 
orios colores los aconteeimiBQtos de Gua- 
Tubin, y manifestando que la tropa se 
había atrincherado en Jaybon. 

En vista de tales noticias y de lo ocur- 
rido en Ja ciudad, y considerando la cri- 
tica fútuacion de la tropa estacionada en 
Jaybon, preguntó Campillo á la guarni- 
ción, si alguno se atrevía á desempeñar la 
arriesgada comisión de informar yerbal- 
mente al general Hungría y k Yelasco de 
lo sucedido. Cuatro individuos i% ofre- 
cieron, siendo elegido un cabo de grana- 
deros de la Corona , cuyo nombre senti- 
mos ignorar, el cual, vestido de paisano, 
desempeñó con el mayor valor e inteli- 
gencia tan diñcíl encar»). 

Tan pronto como dichos jefes recibie- 
ron el aviso que se les mandó, salieron de 
Jaybon para Santiago, dispuestos á con- 
tinuar á Puerto-Plata, caso de no poder 
entrar. 

Al amanecer del siguiente día , sobre 
1 .400 hombres en diversos grupos, y os- 
tentando banderas, republicanas, eircun^ 
Talaban á Santiago. Reunidos á las diez 
de la mañana los jefes españoles, con el 
QOmf^d(mte {general interino , ^neral 



López, coronel Frómetra y general w3axA^ . 
nistrador de aduanas, únicos que se mos- 
traron leales de los de la reserva, se acor- . 
dó la salida de una compañía de cazado- 
res de San Marcial , cien hombres de la 
Corona y cinco caballos, al mando de 
Campillo, que iamediatamento se dirigió 
al grupo mas numeroso situado al otro 
lado del rio Yaque , y como á una milla 
de la población. 

Al salir la columna, se presentaron & 
ella tres glnetes, y dirigiéndose k su jefe, 
le manifestaron que no tenia para qué 
seguir, pues todo estaba arreglado. El 
comandanta entonces les preguntó, que. 
cómo y eon quién se habia hecho el ar- 
reglo, y los ginetes, que eran individuos 
del ayuntamiento, replicaron que los su- 
blevados pedían únicamente 48 horas 
para deliberar. Indignado el jefe ante ta- 
maña insolencia, contestó: cAl soldado 
» español no se le imponen condiciones; 
»ya verán Vds. tsomo al pasar el Yaque, 
muestras bayonetas se las imponen.» T 
llamando al capitán, que tan bizarramen- 
te se habia conducido la tarde anterior, 
le dijo: c Capitán Lapuente, en cuanto 
>Qiga Y« el toque de redoblado, se lan- 
»za y.^on su compañía al agua, y pasa 
»el rio, y á la bayoneta y sin disparar un 
»tiro, se echa sobre el enemigo.» Diri- 
giéndose á la columna, con las voces de 
¡adelante, y viva la reina! que la tropa 
contestó entusiasmada, se tomó el paso 
lijero, envolviendo una avanzada enemi- 
ga, que situada en la orilla de ac& del 
rio, cayó toda prisionera sin darse cuenta 
de su sorpresa. 

Seguidamente se oyó el toque de redo- 
blado, y el Sr. Lapuente se lanzó al rio 
seguido de su compañía, que despreció la 
amenazadora actitud de más de 400 homr 
bres que apuntaban sus armas. Aquí de- 
bemos llamar la atención sobre un hecho 
del que no hav ejemplo en las guerras. 
Aquellos homores que estaban fuerte- 
mente establecidos, y que eran muy su- 
periores en número, desde la posición de 
apuntar que hablan tomado maquinal- 
mente, dejaron caer sus armas, levan- 
tando en actitud humillante pañuelos 
blancos. 

A la vista de tan extraño suceso se 
tocó alto y el comandante de la columna 
se adelantó al galope hacia los insurrec- 
tos, que nada le decian, hasta que ha- 
biendo preguntado ouién capitaneaba 
aquella jente, contQfito \ui muli^to d98<^ 



— e$ — 



nocido, qne los jefes habían huido. Inter- 
rogados sobre la conexión que pudieran 
tener con los individuos del ayuntamien- 
o de Santiago, que poco antes habían- 
estado entre ellos, contestaron que pot 
8U orden hablan dejado sus casas y qur 
allí los tenian hacia ja dos días, sin daré 
les de comer, y que les hablan recomen- 
dado que cuando se acercara la tropa 
procuraran detanerla, pidiendo cuarenta 
7 ocho horas de tiempo. 

De una manera semejante fueron des- 
hechos todos los grupos que rodeaban la 
ciudad, escapándose los más de sus in- 
dividuos y presentándose los otros pi- 
diendo de comer. 



Siendo ya evidentela culpabilidad del 
ayuntamiento de Santiago, y compren- 
diendo Campillo que ínterin aquella cor- 
poración pudiese reunirse, la conspiración 
continuarla, se dirigió á las casas consis- 
toriales, en donde halló á los concejales, 
que declaró facciosos, y constituyó en 
prisión en nombre de la ley y de la reina. 

El efecto motal de tan acertada dispo- 
sición se vio palpablemente, pues a la 
siguiente mañana, cuando se divulgó la 
noticia de hallarse presos los que hablan 
fomentado el movimiento, se presenta- 
ron á las autoridades todos los que, te- 
niendo obligación de hacerlo, no lo ha- 
blan hecho durante el conflicto pasado. 



xm. 



L08 MOTINES BE LOS PUEBLOS FRONTERIZOS.- 



Xa toma de GnaTubin.— Entrada en Monte-Cluristi.— Acción de Sabaneta. 
dispersión en Capotillo, 



—La 



El público de la ciudad de Santo Do« 
mingo tuvo la primer noticia de estos 
lusontecimientos, cuando leyó en los pe- 
riódicos lo siguiente: 

«El pequeño pueblo de Guayubin, so- 
»bre la firontera del N. O. de nuestro ter- 
»ritorio, acaba de ser teatro de ocurren- 
»cia8 que debemos deplorar, no obstante 
»la escasa trascendencia que pueden te- 
»ner para el entorpecimiento de la mar- 
>cha progresiva que el país ha empren- 
idido, y que según los ilustrados deseos 
> y poderosos medios de nuestro gobier- 
»no, ha de continuar á toda costa. Algu- 
mos alborotadores, mal avenidos con la 
> situación de orden que les reduce al 
^respeto de las leyes sociales, han puesto 
»manos á la descabellada intentona de 
^sustraer aquella población del dominio 
tespafiol, para entregarla al dominio de 
9&0 sabemos <]Luién,i 



cün grito de general reprobación ha 
«respondido á este atentado, en el que 
»nadie puede ver sino la obra de la igno* 
»ranci,a y de la perversidad.» 

»Ni plan, ni objeto determinado parece 
ique tienen aquellos revoltosos. La au- 
itoridad del distrito ha acudido inmedía- 
itamente con parte de las fuerzas que te- 
cnia á su disposición á caer encima de los 
«culpables, mientras que el superior go - 
»bierno de la proviocia ha dictado las 
>más eflcaces medidas para sofocar el 
imovimiento, cualquiera que sea suim- 
vportancia, y restablecer el orden en 
»aquel lugar. :& 

Vencida la insurrección en Santiago, 
del modo referido, restaba hacer lo mis- 
mo en Guayubin y otros pueblos fronte- 
rizos. 

Al siguiente dia de las anteriores ocur- 
rencias, y como conseciiencia del ayisQ 



— 63 — 



antes eicplicado, regresaron 4 Santiago 
HuDgria y Velasco con sus fuerzas; pero 
yenian en fomia de retirada, y asuncian- 
do que el enemigo les perseguía. Al oír- 
les, dno Campillo, quelo convenieote era 
batir fuera á los contrarios saliéndoles al 
encuentro, pues de esperarlos se corría 
el riesgo de que la ciudad y los campos 
inmediatos volvieran á sublevarse. Gran- 
de oposición á esta medida presentaron 
los dos jefes antes mencionados, y fué 
necesario formar una junta de jefes, es- 
nañoles y de los generales Hungría y 
llichel, la cual decidió que al amanecer 
del día siguiente volviese á salir la co- 
lumna recien llegada, para situarse cerca 
de Jaybou y amenazar al enemigo, y que 
á las cuatro de la tarde saliese otra 
mandada por Campillo, con el fin de pro - 
teger á la anterior y de contener la in- 
surrección si avanzaba hacia la capital. 

Todo se hizo asi, y á las diez de la no- 
che se reunieron ambas, en el caserío de 
Navarrete, distante siete leguas de San- 
tiago. 

En la mañana del 2 de Uarzo las tro- 

§as cayeron sobre Guayubin. Los rebel- 
es, no fiándose en la posición que te- 
nían en la margen derecna del rio, pusie- 
ron este por medio y se hicieron fuertes 
4;on su artillería en las formidables posi- 
ciones del Mangar, que los haitianos, en 
su guerra con la república, intentaron 
tomar varias veces , siempre con triste 
éxito. Desde allí se domina completamen- 
te el vado y la población, de modo que al 
llegar á esta la columna, fué recibida con 
Tarios disparos de artillería y fusilería, 
que no causaron daño alguno. Inmedia- 
tamente el comandante en jefe dispuso 
que una mit^d de cazadores de San Mar- 
cial protegiese con sus fuegos el paso del 
rio, que el mismo jefe emprendió el pri- 
mero al grito de ¡viva la reina! á la ca- 
beza de todo el grueso de su intrépida 
columna, disminuida por la necesidad de 

3ue una compañía del segundo batallón 
e la Corona quedara de sosten en el 
pueblo. 

Nuestros valientes pasaron el Yaque 
con el agua al pecho , a pesar de la im- 
petuosa corriente que tiene en aquel lu- 
gar, y bajo un nutrído fuego aunque po- 
co certero, Legaron rápidamente i la otra 
orílla , y reorganizándose las filas que 
aquella operación habia desarreglado, se 
lanzaron al ataque de las posiciones ene- 
migas , con un ardimiento y vivacidad 



que Sorprendió á íoú n0t)elde8,queliacíájf 
sus disparos hasta á menos de veinte 
pasos de distancia. Una sostenida carga 
á la bayoneta los desalojó de las mese- 
tas que ocupaban, y sus cañones fueron 
cayendo sucesi vamente en manos de núes • 
tros soldados. Tomada la última pieza del 
enemigo, este se dispersó en todas direc* 
clones en el más completo desorden, y sin 
atreverse á volver la cara un solo instan- 
te, se internaron en los espesos bosquea 
inmediatos, habiendo Ineficaz su perse- 
cución. 

Testigos presenciales de este notable 
hecho de armas, nos aseguran que en él 
rivalizaron en el mejor cumplimiento de 
su deber, tanto los jefes y oficiales, como 
los individuos de tropa; pero que la glo- 
ria principal cupo al capitán de ingenie- 
ros, D. Elias de la Casa, al de infanrería, 
D. Eduardo Valenzuela, y al teniente don 
Julián Hermida, los cuales, con un valor 
temerario y un inminente nesgo, fueron 
los primeros en arrojarse sobre las bate- 
rías. 

Nuestras pérdidas consistieron en lü 
herídos, entre los que se contaba de bas- 
tante gravedad el Sr. Valenzuela. 

Concluido el combate, en que 360 in- 
fantes y 30 caballos hablan derrotado k 
muy cerca de 3.000 insurrectos, se distri- 
buyó entre la tropa el gran botin que so 
les cogió, y se entró en Guayubin, con- 
duciendo la artillería y municiones to- 
madas. 

A la una de dicho dia hubo junta de 
jefes bajo la presidencia del general Hun- 
gría, acordándose la salida de Campillo 
para Monte-Chrlsti, y de Velasco y Hun- 
gría para Sabaneta, en puyos puntos rei- 
naba aun la rebelión. 

Salió Campillo para su destino, y como 
á las dos de la madrugada y á tres leguas 
de Monte-Christi, recibió un oficio de un 
concejal en que le decía que el goberna- 
dor y jefe de los insurrectos, Juan Anto- 
nio Polanco, habia huido al saber su 
aproximación i y que á la entrada suya en 
el pueblo se arriaría la bandera republi- 
cana, izándose la española con la salva 
de veiiftiun cañonazos. 

A las siete de la mañana entró la co- 
lumna sin la menor novedad, encontran- 
do siete cañones de hierro, de grueso ca- 
libre, colocados en baterías. En su mayor 
parte hablan emigrado los habitantes, lo 
que obligó á Campillo á dictar la orden 
de que todas las familias regresasen ásua 



- «4- 



liogares» en la se^ridad de que nada se 
les haría, pero con la condición de entre- 
gar las armas que habían empuñado 
para la rebelión, cuja medida pobló el 
pueblo y dio lugar á que se recogieran 
más de doscientas armas. 

Para el más perfecto exdarecimiento 
de los acontecimientos de Santiago, se 
nombró una comisión militar para juz- 
gKT á los reos, á los que se concedió todos 
los medios de defensa. 

Los hechos habían sido perpetrados & 
la luz del día; lop que habían levantado 
el grito sedicioso, habían sido aprehen^ 
díaos con las armas en la mano; con las 
mismas armas que les había confiado la 
reina para defender el orden. 

Aparecían complicados muchos veci- 
nos de Santiago y sus> cercanías, y con 
arreglo k las leyes, no pocos debían pa- 
gar con la vida su rebelión. 

Esta perspectiva era muy desagrada- 
ble y penosa para los jueces, que eran 
loa militares españoles. 

Y todavía se hizo más sensible cuando 
se tuvo noticia de que el general Santa- 
na se habia ofrecido al capitán general 
Sr. Rivero, para ir al Cibao con fuerzas 
para tranquilizar el país. 

Esta nueva causó en Santiago un efec- 
to aterrador, pues todos sus moradores 
recordaron desde luego los fusilamientos 
de los Cercados. Bantana habia sido 
siempre el azote del Cibao, y este distri- 
to y el del Seybo, adicto al antiguo pre- 
sidente, sostenían de tiempo inmemorial 
una rivalidad -sangrienta. 

La comisión militar mandó á Santo Do- 
mingo á una persona competente para 
que informase ai capitán general del curso 
y aspecto de los procedimientos, é impe- 
trase de su autoridad el indulto de la 
pena de muerte para todos los que ha- 
bían sido condenados á eíla menos á sie- 
te individuos que al delito de rebelión 
hablan reunido circunstancias muy agra- 
vantes. 

Mientras tanto, la insurrección no ha- 
bia sido aun sofocada en Sabaneta, en 
donde el general Hungría dejaba dorrer 
un tiempo precioso, sumido en la inac- 
ción. 

Habiendo sido nombrado comandante 

general de Cibao el brigadier Buceta, se 
irigíó á Monte-Chrísti, en donde desem- 
barcó la tarde del mismo día en oue ha- 
bia sido tomado por Campillo. Iníormóle 
este del estado de las cosas y salieron en 



busca de Hungría, que al saber su rela- 
vo, ó quizás sin saberlo, se dec'dió k bas- 
car al enemigo que se hallaba muy enva- 
lentonado con la tregua que se le habia 
dado. Media hora bastó para que se le 
batiera y espulsara de la población. 

A propósito de esto decia una alocu- 
ción del capitán general : 

c Según el parte oficial que he recibido 
»en el día de hoy, del teatro de los su- 
icesos, otro nuevo triunfo alcanzado por 
muestros^valientes soldados, ha venido 
»á demostrar á los enemigos de la reina 
»que no se ultraja impunemente al pa- 
»bellon nacional. 

»E1 enemigo ha sido arrojado en la 
»tarde del dia 5 del actual de Sabaneta, 
i último baluarte de sus impotentes ma- 
»quinacíones, por dos compañías del se- 
»gundo batallón de la Corona, <^ue al 
>mandodel digno gcDeral Hungría lea 
» atacaron enérgicamente á la bayoneta, 
^habiéndoles causado tres muertos, va- 
»ríos heridos y prisioDcros, y dejando en 
»poder de nuestras tropas una bandera, 
1 armas, provisiones, municiones y cor^ 
^respondencia. 

»Por nuestra parte ha habido, sin en^- 
>bargo, que lamentar la pérdida de un 
asoldado muerto y algunos heridos.» 

cMedía hora de combate ha bastado 
»para consumar este brillante hecho de 
«armas y obligar al enemigo á declararse 
»en precipitaaa fuga por los barrancos 
»contiguos á la población. 

»La descabellada intentona de algunos 
»ílu3os puede darse por terminada.» 

El capitán general dio además otra 
notable proclama k los dominicanos, ha- 
ciéndoles la exacta pintura de los acon- 
tecimientos, y dándoles en general las 
gracias por el apoyo oue hablan prestado 
á la causa del orden; lamentábase en ella 
de lo sucedido, diciendo que no podía ver 
con indiferencia la sangre dí las ligri- 
mas, y que si bien las autoridades tenían 
grandes deberes que cumplir en estos 
casos, él cumpliría su triste misión del 
modo menos doloroso que le fuese po- 
sible. 

En efecto, así lo hizo, como podrá ver- 
se por el bando que publicó en 16 de 
Marzo, y que decia: 

«Dominicanos: habéis visto los acon- 
vtecimientos que momentáneamente pex^ 
«turbaron el orden en esta isla. Vosotros 
«los habéis condenado como yo; tal vez 
»yo los he lamentado más que vosotros. 



— «5 — 



»B1 escándalo lu «ido grande, el casti- 
»go era indispensable; lo reclamaba la 
lyindicta pública, lo exigia la ley dictada 
ipara la seguridad déla sociedad, lo pe- 
»aia vuestro propio interés, porque si 
> habéis de tener paz, es preciso que los 
ique atonten contra ella no quecten im- 
»punes; la impunidad alienta los delitos. 

1 Desgraciado el país que esté regido 
»por una autoridad que no sepa sobrepo- 
»ner8e á sus sentimientos y nacer callar 
»á su corazón cuando habla el deber. 
»Comprendiendo yo este deber y llenán- 
»dolo, he aprobado todas las sentencias 
»que la comisión militar, sujetáQdose es.- 
»trlctamente á la ley, ha dictado contra 
»los culpables. 

«Entre estas sentencias, once eran de 
»la pena de muerte á individuos presen- 
ites, y diez y nueve á otros que se hallan 
iprómgos; siete de los primeros han sido 
«ejecutados, y cuatro en quienes he en- 
»contrado alguna menos culpabilidad, 
»han sido indultados por mi, porque he 
«querido conciliar la justicia con la cle- 
»mencia. 

»Que los castigos impuestos á los unos 
«sirvan de escarmiento; que la clemencia 
«usada con los otros sea apreciada. 

«El más bello atributo de los reyes es el 
«de perdonar. La reina, siempre buena 
«con sus subditos, ha trasmitido estas 
«facultades á los capitanes generales de 
«Ultramar: en su real nombre he conce- 
«dldo el indulto y sé de antemano que lo 
«aprobará, porque de su corazón no bro- 
«tan más que ^sentimientos generosos 
ihasta con sus enemigos, de sy alma so- 
»lo piedad para los desgraciados. 

«Las primeras palabras que la reina 
«dijo al volver del desmayo que le cau- 
«sara la herida de una mano aleve, fue- 
«ron: perdón al asesino, rasgo sublime 
«de caridad que consignará la historia 
«para honra suya. La señora, que tan 
«grande y tan generosa se mostrara con 
«el que atentó a su vida, tendrá un pla- 
veer en que en nombre suyo, haya salva- 
«do la de cuatro de los culpables. 

cBominicanos: amad á la reina como 
»se ama á una madre, porque eUa os ama, 
icomo se ama á los hijos; no permitáis 
«que algunos ilusos hagan que se arre- 
vpienta de haberos abierto los brazos, 
«cuando quisisteis volver á la familia 
jcomun. 

lYa os lo he dicho otrar vez; en esa fa- 
)imilia habéis sido recibidos con regocijo 



> j si al^runo por aberración 6 por eiYof 
»no os nace justicia, sus apreciaciones 
ison aisladas, y bastante tiene con que 
»los demás condenen su proceder. 

»De vuestra cordura y sensatez, de 
1 vuestro buen juicio para saber apreciar 
bIo que 08 conviene, espero que me ayu- 
» daréis á consolidar el orden, porque sa- 
»beis que sin él no hay ventura, no hay 
•prosperidad, no hay porvenir; solo hay 
> desgracias, lágrimas y confusión. 

» El que manda tiene que acomodar su 
«conducta á la que observan los habitan- 
ites sobre quienes ejerce la acción de su 
»mando. Yo deseo el bien, deseo que los 
idias corran sosegados, y no haya moti- 
»vo de aplicar el rigor; por eso cuando 
«he tenido que castigar á algunos he sen- 
«tido un gran dolor, y cuando he podido 
«perdonar á otros he sentido un gran 
•placer; pero hay caso en que la elemen- 
icia solo se puede usar una vez, y la de 
»hoy envuelve un compromiso para no 
•poder emplearla mañana s^ se repitiese 
•la rebelión. 

•Mi carácter es humano, pero recto; 
•mi conducta está guiada por estos sen- 
«timientos, y descansando enmiconcien- 
•cia, la dejo al juicio público; juzgadme 
•vosotros. 

•Las circunstancias exigieron que el 
•país se declarase en estado de sitio; 
•esas circunstancias han pasado, y mi 
•bando de hoy dispone que cese el esta- 
ndo excepcional. 

•Dominicanos: si^npre me veréis ve- 
•lando por vosotros, porque este es mi 
•deber, y porque asi cumplo con los dé- 
nseos de S. M. la reina, que tanto se in- 
•teresa por vuestro bien, y con las ins- 
•trucciones de su gobierno, encaminadas 
•á lograr vuestra felicidad.— Sant?o Do- 
•mingo. Mayo 29 de 1863.— Felipe Ri- • 
«vero.r 

Esta alocución fué precedida de un 
bando de indulto general, que restituyó 
al seno de sus familias á la mayof parte 
de los que aun vagaban errantes y á la 
mayoi^ia de los refugiados en Haiti. 

La iusurrecion no quedó del todo es- 
terminada con el golpe recibido en Saba- 
neta. Venia urdida con toda premedita- 
ción, para que fticilmente se destruyera. 
Los más comprometidos "Be agruparon en 
su retirada, situándose en las cercanía» 
de Dajabon y punto llamado Capotillo. 
Era necesario ir á busearlos alli y al 
etecto las tropas que hablan vencido en 

9 



- w - 



(jíaajrubín j Sabaneta yolaron á castigar 
nuevamente á los ilusos. ^ 

Llegaron á ellos y cuando ya conside- 
raban segura su presa, se les dio un in- 
necesario descanso. 

Durante él, vinieron parlamentarios á 
imponer condiciones y en vez de caer so- 
bre ellos se les previno con una bondad y 
dulzura más propia de un obispo que de 
militares, que se retirasen de allí, pues de 
lo contrario, & la mañana siguiente st les 
atacaría. Unos re retiraron y los otros se 
internaron en las breñas de la frontera 
para perpetuar la guerra contra España. 

El general Santana, acompañado del 
entonces segundo cabo de la isla, briga- 
dier don Carlos de Vargas, llegó á San- 
tiago de los Caballeros en ocasión en que 
todo estaba terminado; no infundiendo 



su presencia el terror (¡[ne ne femíó, por 
haber ya concluido sus trabajos la comi- 
sión militar. 

Haremos notar, que habiendo firmado 
el acta de anexión, todoí| los cabecillas 
y jefes de esta insurrección, no pudieroB 
en sus declaraciones dar descargo alguno 

Sue sirviera de pretexto á su conducta, 
ónsignarémos también, que el más tar- 
de generalísimo, presidente de la repúblia 
Ír dictador Gaspar Polanco, combatió al 
adodelos españoles con la mayor eficacia. 
La lección que daba esta insurrección 
no fué aprovechada por ninguna parte. 
Los trastomadores, porque vieron ea- 
cesiva bondad en el gobierno y éste por- 
que jamás volvió á emplear la energía y 
decisión de que habia dado pruebas y que 
le dieron tan grandes resultados. 



XIV. 



lA BBPUBLICA DE HÁITI. 



Su origen. — ^Anexión á Francia. —Extensión de su territorio.-*La reyolucicm 
haitiana.— Enemistad con España. 



Ofrecemos á nuestros lectores en este 
capitulo una sucinta reseña del oríffen de 
la república de negros, que tan mala ve- 
cina ha^do siempre de nuestras An- 
tillas.. 

Pasados aquellos primeros años de la 
dominación española en Santo Domingo, 
cuando los dominadores volvieron sus 
ojos interesados hacia los nuevos descu- 
brimientos del contjiiante americano, y la 
espalda á la que hsibia sido la primera y 
la madre de las colonias cuando la infor- 
tunada Española quedó pobre, yerma y 
casi desierta, entonces algunos extranje- 
ros provectaron apropiarse la preciosa 
joya, y a mano armada llegaron para per- 
petrar la usurpación. En épocas inmedia- 
tas j con diversos pretextos, fué atacada 



la isla por ingleses, franceses y holandés 
ses; pero sucesivamente fueron rechaza^ 
dos por sus habitantes europeos é indíge- 
nas. De caso pensado saltamos por estos 
incidentes, porque no tenemos el proyec- 
to de hacer una historia completa. 

Si ha sido posible y aun fácil contener 
y ahuyentar a las tropas organizadas de 
naciones poderosas, no aconteció lo mis- 
mo con una especie desconocida de ene- 
migos, cuya fuerza estribaba en su mis- 
ma debilidad. 

Aventureros, piratas de las Antillas J 
gente perseguida por todos los gobiernos, 
al ver casi desierta nuestra importante 
posesión, formaron el designio de partir 
con los castellanos, según dice un Histo- 
riador haitiano, «una isla de que dejaban. 



-GY — 



iliacia ya largo tien^ una grandísima 
»parte al abandono» y para proseguir re- 
firiendo este importante suceso, con las 
palabras del propio autor , «se acercaron 
»& eUa y habiendo encontrado la costa 
^septentrional casi enteramente abando- 
»nada por los castellanos, se detuvieron y 
restablecieron allí. Como en los bosques 
>y en los llanos hormig'Maban por todas 
apartes los cerdos y las vacadas, se en- 
»contraron muy á su placer; y habiendo- 
ales ofrecido los holandeses asistirles con 
»todo lo necesario, y que recibirían en pa- 
»go, los cueros que sacasen de la caza del 
»ganado vacuno, acabaron de fijarse con 
»esta seguridad.» 

Aunque este sea el origen de la repú- 
blica, que poco há se llamaba imperio, el 
Srimer paso para el ensalzamiento á esta 
ígnidad de Faustino I, se dio en la isl& 
de la Tortuga, inmediata á la de Santo 
Domingo; pero no en ella, y aun de 
allí fueron aesalojados y perseguidos los 
piratas por muchos años. Pero como los 

S untos ae donde eran arrojados quedaban 
esguamecidos , pronto aquellos bandi- 
dos marítimos tornaban á sus guaridas y 
de este suerte, los españoles disgustados 
del mal vecino que se obstinaba en me- 
térsele en casa, pasaron treinta años de 
.frecuente persecución y repetidos ata- 
ques k los intrusos, que aunaue débiles, 
eran fuertes por su t^nacidacl en poseer 
algún territorio del que se dejaba aban- 
donado. 

La fama de aquellos hombres, que sin 
rey ni ley se atrevían á ponerse frente á 
la poderosa España, obstinados en arre- 
batarla una parte del mundo que había 
descubierto y conquistado, se extendió 
pronto por Europa, glosando sus hechos 
Y celebrando las exageradas proezas de 
(os mismos que la sociedad tenia señala- 
dos para pasto del verdugo. 

Jamás faltan partidarios á una causa, 
sí se dispone de fondos para la recluta y 
con más razón si acompaña la esperan- 
za de rico botín y de una emancipación 
completa de las leyes sociales; por eso de 
todas las naciones de Europa acudieron 
aventureros y ^qb^^ perdida á engrosar 
las filas délos piratas, cabiendo á laFran- 
cia la suerte ó la desgracia de haber con- 
tribuido con el mayor contingente, por 
lo cual quedó más tarde constituida la 
colonia en una colonia francesa. 

Para consefi^uir este fin, los raqueros 
d^ Haití mandaron comisionados ^Paríi^ 



ostentando un lego deslumbrador que n<t 
era ya únicamente fruto de las -pirate- 
rías, sino también de los abundantes y 
ricos productos que con inteligencia ha- 
cían producir al país. Aquellos comisio- 
nados llevaban el encargo de negociar 
con el gobierno que reconociese por va- 
sallos fieles á los moradoras de la parte 
de Santo Domingo que hasta entonces 
habían vivido independientes. Siis ges- 
tiones hallaron graves inconvenientes 
3ue vencer, pero por el tratado de paz 
e Bissvick, celebrado en 1697, se con- 
signó q«e el [rey de España Carlos 11 ce- 
día á Francia la parte oriental de La Es- 
pañola que era habitada por gente libre. 

De resaltas de él quedaron sólida y pa- 
cificamente constituidas dos colonias en 
la misma isla. 

La parte cedida era la más agreste y 
hubo gran empeño en querer ponderar 
su extensión, y por esto nuestro inmor- 
tal fabulista Iriarte cometió la impro- 
piedad de decir: 

«La una mitad es francesa. 
«Y la otra mitad española.» 

Los escritores haitianos que se han 
querido mostrar más justos y racionales, 
han dicho que Francia poseía una tercera 
parte de Santo Domingo, pero todavía es 
menos. A pesar de lo reducido y agreste de 
la república h&itiana, afluyó k ella tanta 
población y se descubrieron tantas ri- 
quezas que un cronista francés decía en 
1780: «Esta poderosa colonia es una isla 
»cuyo8 dos tercios ocupa la nación espa- 
Ȗola, trae en continua fatiga las tres 

> cuartas partes de los navios mercantes 
»de la metrópoli; da que hacer por lo me- 
ónos á la cuarta parte de nuestras ma- 
snufacturas; saca del extranjero un nu- 
»merario indecible y forma la mayor par- 
óte de la marina francesa. En sus cinco 

> puertos principales desarmaron 353 na- 
»vios despachados de la metrópoli en el 
»aDo de 1776., Cuéntanse al presente en 
» Santo Domingo 723 molinos de azúcar, 
»los cuales produjeron en 1773, 200.040 
i»quintáies de azúcar bruto y moreno; 
>una infinidad de cafeterías que dieron 
>84 millones de quintales de café; ¿icié- 
»ronse además 4 millones de quintales de 
«algodón; más de un millón 50.000 libras 
>de añil; otro tanto cacao; 30.000 barrí- 
»cas de sirope, y 15.000 de tafia. A estas 
iriquezas conocidas, debe añadirse más 
»de una sexta parte que ha pasado po^ 

icontrabandot» 



V 



- ««- 



En otra parte dice: tqne podría creerse 
>que estos países producen más bien oro 
»que efectos. Admirase j no se vé, cómo 
itan pequeños terrenos pueden dar tan 
igrandes riquezas.» 

Las predicaciones revolucionarias de 
fines del siglo anterior, hallaron pronto 
muy favorable acogida en la colonia hai- 
tiana, y en Agosto de 1791, 100.000 ne- 
gros esclavos conjurados, cayeron sobre 
sus amos en una misma noche, con tal 
rabia y furor, que la pluma se resiste & 
pintar las horribles escenas allí ocijrridas. 

El jefe de esta insurrección fue el ne- 
gro Buokmant, que pronto fué asesinado 
por otro caudillo llamado Biasson, que 
aspiraba á mandar solo. 

Este jefe, feroz hasta lo increíble, co- 
metía las mayores iniquidades para per- 
petuarse en el poder, animando con su 
ejemplo i sus inferiores k toda clase de 
excesos. 

' Vagaba por las cercanías de la capital 
un cabecilla llamado Dessalines, que 
deseaba captarse el aprecio de Biasson. 
P«ra lograrlo, hi70 una correría en el in- 
terior del país, aprehendiendo hasta 800 
blancos, de todos sexos, edades y Condi- 
ciones, y cortándoles la cabeza, las colo- 
có como adorno en el enverjado ó estaca 
da de la casa en que vivía a(^uel, á quien 
originó tan horrible espectáculo un re- 
gocijo tan bárbaro, que no pudo menos 
de signiflcarlo nombrándole oficial de su 



guardia. 

Estos ejemplos nos demuestran, que 
cuando el negro que vemos en nuestras 
ciudades manso y afable, rompe el freno 
de la subordinación, vuelve á ser tan sal- 
vaje y sanguinario como es en Afnca. 

Por aauella época salió i la escena un 
émulo ae Dessalines, el célebre negro 
Toussait de Louvertnre. Había nacido 
este en 1743, en una casa de campo á una 
legua de la ciudad del Cabo. Su primera 
profesión fué la de cuidar el ganado de 
aquella posesión. La circunstancia de ha- 
ber aprendido, con mucha afición, á leer 
y á escribir, le granjeó el aprecio de loa 
demás negros que le miraban con adora- 
ción y entusiasmo. El administrador de 
la finca le eligió para cochero, por su 
mucha disposición y en este estado le co-* 
^ó la rebelión, en que más ^adelante ha- 
bía de tomar una parte tan principal. 

También empezó entonces á figurar el 
negro Cristóbal. 

Preso el jefe Biasson por sus mismos 



oficiales Toussaint y DessalineB, le en« 
viaron con escolta k San Agustín en lo 
interior de la isla, en donde murió de pe- 
na y de rabia, furioso por no poder satis- 
facer su venganza. 

En Marzo de 1796 hubo una sedición 
en la ciudad del Cabo , poniéndose al 
frente de ella tres mulatos que se apode- 
raron del general Laveaux, encerrindole 
en una fortaleza; aprovechóse de esta 
oportunidad Toussaint para distinguirse 
en favor de los franceses, y entrando en la 
ciudad á la cabeza de 10.000 negros, so- 
focó el alzamiento y volvió la población 
al dominio francés. Esto le valió el nom- 
bramiento de general de división y el de 
segundo gobernador de la colonia, obte- 
niendo también Dessalines el de general 
de brigada. En Abril del mismo ano reci- 
bió Toussaint el ascenso de general en 
jefe de la isla, que todavía se conservaba 
aparentemente bajo el dominio de la 
Francia. 

El gobierno inglés quiso sacar partido 
de la confusión para apoderarse de la co- 
lonia, y mandó un ejército de Jamaica, 
que se posesionó de Puerto-Príncipe y 
otros pueblos principales; pero después 
de una gran pérdida de tropas, los ingle- 
ses se vieron obligados á retirarse de la 
isla en 1798. 

Dos años después, el general Rigaud 
logró amotinar a los mulatos, y al ^nte 
de ellos sostuvo una reñida campaña 
contra los negros , que le vencieron y 
obligaron á refugiarse en Europa. 

En esta guerra el feroz Dessalines, 
para ganarse más la voluntad y confianza 
de Toussaint, mandó prender "á todos los 
hombres de color que nabia en Govaincs, 
San Marcos y Puerto-Príncipe, y pretes- 
tando que estaban en Intengencias con 
los mulatos que capitaneaba Regaud*, 
hizo ahogar hasta quince mil de ellos. 
Como complemento de tamaña crueldad, 
en la plaza de los Cayos reunió á todas 
las mujeres, obligándolas á desfilar á su 
presencia y maltratándolas por sí mismo. 
Desembarazado Toussaint de Regaud, 
obligó al comisario francés Resume áque 
intimase á D. Joaquín García, jefe de la 
parte española, la entrega de su territo- 
rio, en cumplimiento de lo pactado en el 
tratado de paz de Basilea. Por este, debía 
entregar España á Francia su colonia do- 
minicana con los cañones, municiones de 
guerra y demás que para su defensa exis^- 
^ie9en« 



- «o — 



Resistióse el Jefe español, pidiendo trea 
meses de término para contestar, en yís- 
ta de necesitar instr acciones de su go- 
bierno; pero habiendo sabido que los ge- 
nerales Hebecourt y Paul, hermano de 
Toussaint, se adelantaban de improviso 
hacia la capital, que los españoles no po- 
dían defender, la abandonó, embarcándo- 
se para las colonias inmediatas. 

Por último, el 2 de Junio de 1801 sa- 
cudió Toussaint el yugo de la metrópoli 
proclamándose jefe supremo y dando una 
constitución en la que aparentaba ouerer 
conservar algunas relaciones con la Fran- 
cia, las destruia todas para siempre. 

En esta Situación se encontraba la 
isla, cuando oyendo Napoleón I las recla- 
maciones de los colonos despojados en 
Haiti, residentes en 5 iris, aprovechóla 
oportunidad de haberse celebrado la paz 
de AjDíens, para mandar k su cufiado el 

feneral Leclerc con un ejército de 20.000 
ombres para sujetarla. 

Después de haberse ensayado con mal 
éxito las medidas más civilizadoras y 
suaves, con el fin de atraerse al general 
Toussaint, hubo de apelarse á la fuerza, 
dando principio las operaciones en 2 de 
Febrero de 1802. 

Habiendo Invadido las tropas francesas 
el interior del país, cayeron en su poder 
los atrincheramientos de los rebeldes, 
cuyos jefes se fueron sometiendo sucesi- 
vamente, terminándose la campaña con 
la sumisión del mismo Toussaint. 

Los estragos sin ejempl©, que hizo la 
fiebre amarilla en las filas francesas alen- 
taron de nuevo las esperanzas de los ne- 
gros; más habiendo sorprendido Leclerc 4 
Toussaint en inteligencias secretas con 
sus parciales, le envió á Francia, en don- 
de murió en un calabozo de Besanzon el 
27 de Abril de 1803. 

A pesar de esto, les negros se aprove- 
charon de los efectos de la liebre en las 
tropa» europeas y al mando de Dessali- 
nes, que les hizo saber algunas palabras 
pronunciadas en la Asamblea francesa 
sobre la esclavitud, obligaron á los fran- 
ceses á refugiarse 4 las ciudades del li- 
toral. 

Muerto de la epidemia el general Le- 
clerc en 2 de Noviembre de 1803, le su- 
cedió en el mando el de igual clase Ro* 
chambean, que dispuso la concentración 
del ejército en la ciudad del Cabo. Des- 
pués de una brillante defensa, los firan- 
eeses rindi^rQQ 9a« arma9 4 la 9«<^«adr« 



ingle0a en 30 del mismb mes y a£é, pt^ 
finendo entregarse prisioneros á sus ti^^ 
yores enemigos, antes de ser victimas d» 
la crueldad de los negros, 

Daefíos estos de todo eí país yf engreí- 
dos con sus victorias, nombraron á Des- 
salines gobernador perpetuo, proclamán- 
dole rey con el nombre de Jal^obo I ett 
Setiembre de 1804; pero poco disfrutó de 
su encumbramiento, puesto que ■hablen-' 
dose fraguado contra él una conspiración 
militar, fué asesinado por sus mismos 
soldados en Octubiys ie 180ÍS. 

Apoderóse entonces Cristóbal del po- 
der supremo; pero disputándosele el mu- 
late Petion, apoyado por la Asamblea df 
Puerta-Principe, se dividieron el paiíi; 
mandando el primero en el Norte y él se- 
gundo en el Sur. 

Cristóbal, después de haberse hecho. 

S reclamar magistrado perpetuo en Enero 
• iScn y luego coronar por rey, con el 
nombre de Enrique I, el 2 de JFunio dé 
181 1 no pudo reprimir una insurrección 
Igual á la que le encumbró y por li^' 
brarse del furor de la soldadesca desen-' 
frenada, se suicidó, disparándose un pis- 
toletazo el mes de 0(itubre de 1820. 

Petion que habia sido nombrado presi- 
dente perpetuo, stMió mandando en el 
Sur hasta el mes de Mayo de 1818, en 
que falleció. 

Luego que su sucesor Boyer supo el 
trajeo fin de Cristóbal, ó -sea del llama- 
do Enrique I, marchó precipitadamente 
á la ciudad del Cabo y sometió el estadü* 
septentrional, quedando ambos reunidos 
bajo las leyes de la nueva república. 

La parte española de la isla, devuelta 
á su antigua metrópoli por el tratado de' 
París de 1814, habia permanecido leal, á 
pesar de las grandes conmociones poKtl-^ 
cas por que habia aitravesado la Penínsu- 
la; pero según hemos expuesto va se fije- 
paro de España en Diciembre de 1821 y. 
fue absorbida por Haiti. 

Desde entonces trabajaron los haitia- 
nos con gran insistencia porque los ñran- 
ceses reconociesen ^u inde|¿endencia, y 
al fin lograron en 17 de Abril de 1825, 
previa una indemnización de quince mi- 
llones de francos para el pago de las pér- 
didas sufridas, por los propietarios del 
pais al estallar la insurrección en 1791. 

En 1844 se'hizo una revoluoion en ht 
isla, con objeto de destronar al empera- 
dor Faustino Louluque y de dividirla en 
^ repúMieaSf «sjpn aatfs 1^ baUa mh 



-vo- 



tado. T deadé entonces empezó la guer- 
ra entre haitianos y donunicanos, que 
eon más ó monos crudeza duró hasta 
que en 1861 se efectuó la anexión. 
Este acontecimiento desconcertó los 

f>lanes de ensanche de los haitianos, y 
es amenazó con que tendrían que con- 
cretarse á los ümites que en 17*^6 habían 
demarcado comisionados franceses y es- 
pañoles. 

En efecto, oyendo el gobierno de la 
reincorporación las muy fundadas que- 
jas que los dominicanos fronterizos na- 
eian, sobre que al retirarse las tropas 
haitianas, hablan alterado los limites le- 
gales que estaban en obseryancia hasta 
1821, y que se habían apoderado de mu- 
chas propiedades y Tarias leguas de cam- 
pos feraces, dirigió una nota muy atenta 
y cortés, haciende la debida reclama- 
ción. 

Los periódicos, no solamente de las 
Antillas, sino también los de Madrid, se 
ocuparon acaloradamente de lo que en- 
tonces se llamó cuestión de limites, y 
llegó á creerse que aquello diese lugar 
á un rompimiento con los haitianos. 

Cuando los dominicanos proclamaron 
la reincorporación, cuando arriaron de 
sus ciudades y fortalezas el pabellón que 
por diez y ocho años habían defendido, 
apreció en los periódicos de Europa y en 
algunos de América, una protexta del 
gobierno de M. GefGrard, presidente de 
Uk república haitiana, en la cual, después 
de combatir el hecho de la enexion, des-» 
conociendo el derecho con que el general 
Santana la había llevado ¿ cabo, se i^- 
serró el suyo para emplear todos los me- 
dios que estuviesen á su alcance, á fin 
de destruir ese mismo hecho que consí*- 
deraba y no podía menos de considerar 
como atentatorio y perjudicial á sus in- 
tereses. 

Esa protesta, sin embargo, no se redu- 
jo entonces á meras palabras. A los dos 
meses de efectuada la anexión, ocupando 
ya el territorio dominicano fuerzas espa- 
ñolas enviadas de la isla de Cuba, M. Gref- 
frard, aprovechándose de la circunstan- 
cia de no estar aun aceptada la reversión 
por S. M. la reina, invadió con tropas 
haitianas aquel territorio; intentó quitar 
de él la bandera española, y se compro- 
metió á tal punto, que no jfudo después 
rehuir la responsabilidad de su incalifl- 
oable atentado, allanándose á dar una 
si^tis&ccion y á íAdomnizar con ^00.009 



pesos los peijuicios que había causado á 
los habitantes déla frontera. 

El desengaño fué demasiado cru^ ea 
aquella fecha; los dominicanos castigaron 
prontamente la osadía del invasor, y es- 
te, no solo se convenció de que por tales 
medios no conseguiría su objeto, sino que 
tuvo ocasión de comprenderlo arries^^ado 
de su temeraria empresa, al encontrarse 
frente á frente con la escuadra española 
que se presentó en las aguas de Puerto- 
Principe, bajo el inmediato mando del 
general Bubalcava. 

Desde ese díaQeffrard cambió de poli- 
tica; á su anterior descaro reemplazó el 
disimulo, la hipocresía v la perfidia, y 
con una astucia y refinada mala fé, que 
solo los dominicanos podían conocer y 
apreciar, hizo alardes exagerados de su 
respeto y simpatías por España, acogien- 
do, sin embargo, en su territorio & algu- 
nos traidores, v fomentando y haciendo 
fraguar en él, las insurrecciones que de 
allí y solo de allí recibían impulso. 

Cada vez que la insurrección quería 
levantar su eabeza en Santo Domingo, se 
alzaba un clamoreo s^eneral en la prensa, 
atribuyéndolo todo a pérfidas intrigas de 
los%egros de Haití. 

Llegó á ser tan evidente la culpabili- 
dad de nuestros malos vecinos, que nadie 
pu(lo ponerla en duda, después de los 
acontecimientos de Febrero que dejamos 
relatados. 

Los alborotadores habían salido del 
territorio haitiano en su mayor parte, y 
al levantar la bandera de la rebelión en 
la frontera, tenían asegurada su retirada; 
pero cuando las más profundas sospe- 
chas dejaron de serlo y se convirtieron 
en realidad justificada, fué cuando caye- 
ron en poder de las tropas los documen- 
tos que en su'^ñiga haolan arrojado los 
insurrectos del Mangar. 

Entre ellos había una carta del cabeci- 
lla Lúeas de Peña, fechada el 22 de Fe- 
brero, que, como pueden observar nues- 
tros lectores, es el mismo día en que sor- 
prendió y saqueó á Guayubin, y en la 
cual, dirigiéndose al general Simón Sam, 
comandante general de la frontera haitia- 
na, recuerda los pactos que tenían antes 
de la insurrección y termina diciendo: 
«:lioy he proclamado felizmente en este 
»lugar, la república y según lo que antes 
»nos ha ofrecido V., espero que nos £aci- 
»litará todos los auxilios necesiMÍos pan^ 
»UeTftr adelante la obra.^> 



-•fl - 



(jfeneralmentt, cuando los intransigen- 
tes conspiran, nada escasean en pompo- 
sas promesas; pero cuando han conse- 
guido lanzar sus adeptos al terreno de 
los hechos y se exige por estos el cum- 
plimionto de lo ofreciao , reciben un des- 
engaño. 

Mas el general Sam no era ingrato, y 
se creyó en la sagrada obligación de 
cumplir lo prometido; y en una carta, fe- 
cha 23 de Marzo, invoca la ayuda di ÍHos 
para los dominicanos traslornadores, y dice 
que da aviso á su gobierno. 

Un tal Rafael Castro fué el comisiona- 
do de Peña para verse con el general Si^ 
mon, y al presentarse en la frontera, fué 
recibido con el mayor agasajo, informan- 
do al comandante general de ella de to- 
dos los pormenores de la insurrección y 
de las medidas tomadas para su propa- 
gación. 

Estas intrigas no podían ocultarse al 
presidente Geffrard, que ni se creia muy 
seguro en su ambicionado puesto , ni po- 
día borrar de la memoria la mala impre- 
sión que le ocasionó la visita de la escua^ 
dra española al mando de Rubalcaba, y 
solo entonces se dio buena prisa, para po- 
nerse á cubierto de la responsabilidad 
que había contraído, en cuestión que de- 
Dio de. haberle sido amarga. 

Bl Monitor de Puerto-Príncipe, órgano 
oficial del gobierno de la república, decía: 

cE} general Simón Sam, comandante 
»del departamento fronterizo de Fort- 
»Liberte, ha recibido una comisión de los 
«rebeldes de Guayubin, y le ha hecho un 
«recibimiento amistoso; ha dado además 
«contestación á un oficio que le fué diri- 
«gído por uno de los cabecillas de la in- 
«surrección. Por estos hechos ha sido 



«reemplazado en su mande y IIama(í(9 
«á la eapital. — El general Philantro- 
>pe Noel , ayudante de campo de su 
«excelencia el presidente de Haití, ha 
»sido encargado del mando interino del 
«distrito de Fort-Líberté , y lleva ins- 
«trucciones especiales que httrkn com- 
«prender á los descontentos de la provin- 
«cia Española, que el gobierno de la re- 
«pública est& resuelto k mantener rela- 
«ciones de amistad con España, y en su 
«consecuencia está decidido, á no alentar 
»ni directa ni indirectamente ninguna 
«tentativa, que tienda á turbar el orden 
«de cosas ^tablecído en aquella parte 
«de la isla, ni á comprometer sus rela- 
«ciones.« 

Si se despojase á los haitianos de aque- 
llos terrenos que no les pertenecían, se 
les hubiera hecho una gran estorsion, 
porque el exceso de población en aquella 
república la estaba oolígandoá buscar en« 
Sanche; lo escabroso de su terreno era in-* 
grato para la agricultura y ganadería, y 
puede asegurarse que lo que indebida- 
mente poseían era lo mejor nel pais« 

Oer estas razones, era de presumir oue 
aquel gobierno pondría en juego toaos 
los medios imaginables para dilatar inde- 
finidamente la resolución de tan gravo 
asunto. Uno de los medios que empleó, 
fué el de patrocinar él los descontentos 
de la anexión \á los enemigos de Santa- 
na, auxiliándoles con más 6 menos disi- 
mulo y facilitándoles lo necesario para 
que agitasen sin tregua ni descanso al 
gobierno español. 

Después de todo, los terrenos de Hin- 
cha, San Miguel, Dajabon, etc., siguieron 
siempre en poder de los haitianos , que 
nunca variaron en su enemiga conducta. 



-^TO-?.? 



XV. 



PRBflAaiOB BB OTEA mBÜRRICCION. 



Los 6migrados.--El indulto.— Alocución del capitán general.^ Correapond 
cías maliciosas. —El brigadier Buoeta.«— La rebelión. 



En riffw» la lasurreocion de Febrero no 
fué totalmente sofocada, pues los suble- 
vados más comprometidos» quedaron me- 
rodeando por la frontera. 

Bn la ra^jrade Haití, por los puntos lla- 
mados Di^jaboUt Capotillo, Piedrabuenay 
al Joya, hay un país al parecer neutnu 
en el que los mamechores de una y otra 
parte viven á sus anchas, sin que la ac- 
ción de la ley les alcance. 

Kn aquella zona, difícil de escudriñar 
por las autoridades, por lo excesivamen- 
te montuosa, no es mcil dar con los cri- 
minales, que en sus apuros se pasan de 
uno & otro pais, según del que venm la 
persecución, y se salvan de ella al aorígo 
oue les concede la eterna rivalidad de las 
oos naoiones. 

Dicbos merodeadores ejercen sus fe- 
cborias en au pais natal, y venden ^n el 
vecino el producto de su industria, que 
generalmente consiste en el robo de ga- 
nados en que abundan aquellos bosques y 
llanuras. 

En esta vida de bandidos vivieron los 
que en Febrero v Marzo hablan sido ba- 
tidos en Guavubin y Sabaneta, y que 
pomo más culpables no se atrevieron á 
regresar k sus hogares. En persecución de 
esta clase de gente se ocuparon, cai^i en 
vano, algunas tropas españolas. 

Cada ola que pasaba se hacia más y 
más atrevida la conjuración que pública- 
mente se urdia en Santiago de los Caba- 
lleros, Puerto-Plata y otros pueblos del 
Cibao. La oposición más activa á cuantas 
medidas ideaba el gobierno para mejorar 



I y reformar el pais, llegó á ser insolente 
de parte del comercio, del clero y de las 
municipalidades. 

£1 periódico el Eeo HUpano-Americano^ 
que se publicaba en Kueva-Torck, dio 
en insertar cartas de uno que se figuraba 
su corresponsal en las islas Turcas, pero 
que seguramente sallan de Puerto-Plata. 
Las apreciaciones del autor de aquella 
correspondencia, y lo bien enterado que 
se hallaba de la verdadera situación del 
Cibao, denotaban claramente que era uno 
de los conjurados. 

Veamos como se explicaba en oea8i(Mi 
de la más generosa amnistía: 

cComo lo habian Yds. ya previsto sin 
»duda, en vista de mis cartas anteriores» 
>^ general Rí vero logró reprimir la in- 
> surrección que había estallado en la isla 
»de Santo Domingo. ¿Por qué no habría 
»ól de haberse reservado el derecho de 
»decidir él mismo, sobre la suerte de los 
» siete infelices que han sido 4!ondenado8 
ȇ muerte y fusilados como jefes y pro- 
»motores del movimiento? 

>La moderación que se nota en sus 
» proclamas, como en los artículos del 
»periódico La Razón, que se publica en 
I Santo Domingo, ,bajo su influencia, ha- 
»bria sido escuchada. Pero se han referido 
»á Santana, y la represión ha sido san- 
»grienta, como ya les habla yo anunciado 
>a Yds., que lo seria, si la confiaban á 
»tales manos.» 

Esto no era exacto. 

La idea de que los siete fusilados en 
Santiago lu hauiun sido por influencia de 



?^ - % - 



Santaiia, fué un arma calmnnlosa de 
aue se valieron sus enemigos. Aquellos 
aesgraciados, conyictos y confesos del 
crimen de alta traición, fueron sentencia- 
dos en debida forma por un consejo de 
guerra de oficiales españoles, que ciñen- 
dose á la ordenanza , fueron ajenos á las 
miserias y personalidades en que estaban 
divididos en el país. 

Y adviértase que los conspiradores 
acusaron á España de sostener a Santa- 
na en el mando, y aue cuando fué releva- 
do de él, le inculpaban de actos en que no 
habia tenido intervención. Esto era lógi- 
co, pues conocían que podia ser un cons- 
tante y temible obstáculo á sus planes. 

En 27 de Mayo de 1863 concedió S. M. la 
reina la 'más generosa amnistía que se 

Imdiera esperar, pues alcanzaba á todas 
as personas, sin excepción, que directa 
ó indirectamente hubiesen tomado parte 
en las últimas rebelioues, y ordenaba que 
se sobreseyesen desde luego. y sin costas 
todos los procesos incoados por conse- 
cuencia de los sucesos aludidos. 

Esta magnánima disposición se publi- 
có en la Gaceta de Santo Domingo^ acom- 
pasada de una alocución del general Ri- 
vero, que nuestros lectores podrán ver y 
juzgar. 

DON FELIPE RÍVERO Y LEMOINB, 

^bemador, capitán general de la 
isla de Santo Domingo, y general en 
gefe del ejército de la misma. 

BoMimcANos: 

Hay situaciones desgraciadas que pro- 
ducen la división entre los individuos de 
una ñimilia, enconando á los unos contra 
los otros: esta situación se prolonga más 
6 menos hasta que la razón se deja oir y 
entonces se aproximan, se abrazan, se 
aman y se restablece la armonía: vos- 
otros estáis en este caso. 

En la pasada república os dividisteis 
en bandos políticos lastimadoos mutua- 
mente; los hombres que representaban 
los partidos aspiraban al poder , sin duda 

Í>orque creían tener medios de hacer la 
élicidad de su patria , pero el resultado 
de estas discordias fué la ruina de el>a, 
hasta que comprendiendo que no podíais 
seguir así, buscasteis el apoyo de la na- 
ción á que debíais vuestro origen para 
que se interpusiese entre vuestras dispu- 
tas y pusiese fin á ese astado lamentable. 
JLa reina de lojs españoles al escuchar 



vuestras súplicas y aceptar la reíneofpd- 
radon , eonodó la necesidad de la con- 
cordia. 

Hoy para lograrla, se ha servido expe- 
dir un real decreto de amnistía tan ám • 
plia, que no exceptúa á ninguna per- 
sona. 

Por él, los que hace poco se rebelaron 
contra su trono, no solo están perdona- 
dos, sino que vuelven á su antigua con- 
dición, conservando sus derechos y que- 
dando relegados al olvido sus actos como 
si nada hubiera pasado; rasgo de gene- 
rosidad que ellos deben apreciar en lo 
que vale. 

Aquellos sobre quienes pesaba una 
sentencia de muerte ó de presidio; aque- 
llos que se hallaban condenados al es- 
trañamiento, todos en fin, al verse libres 
cuando menos lo esperaban, no tendrán 
bastantes palabras para agradecer á la 
reina lo que por ellos hace, y si conser- 
van en su alma un sentimiento de hon- 
radez, serán en lo sucesivo tan leales 
^como lo exige el deber de pagar el bien 
que reciben. 

Los que por antiguas causas están au- 
sentes, vendrán con el corazón henehido 
de gratitud hacia la augusta señora que 
los restituye á sus hogares, á sus fami- 
lias, á sus amigos, y les proporciona el 
medio de volver al país en que nacieron» 
^en que vieron la primera luz, en que se 
despertó su razón y reúne todos sus que- 
ridos recuerdos. También estos serán 
leales si son agradecidos. 

Los que están aquí, si proceden como 
buenos, si consultan el interés común, 
los recibirán con cariño y les dirán: ve- 
nid, hermanos, que bastante tiempo ha- 
béis estado ausentes de la patria y justo 
es que disfrutéis de sus halagos; venid, 
que nuestros brazos están abiertos para 
vosotros y los vuestros hacen falta para 
cultivar los campos y fomentar la indus- 
tria y el comercio; venid, que aquí no hay 
ya más que una sola bandera, la bandera 
española bajo la cual nacieron nuestros 
padres y muchos de nosotros; que aquí 
no hay más que una reina exenta de pa- 
siones, para quien todos somos iguales* 

Dominicanos: se abre una nueva era 
que debe serlo de venturji si vosotros 
queréis que lo sea, si procuráis la unión 
y armonía. 

Al entregarme el mando el ilustre ge- 
neral D« Pedro Santana, como hombre de 
gobierno, os manifestó el deseo de que 

10 



-«- 



llegase la ocasión presente: '*ecordad las 
nobles palabras de su alocución de 20 de 
Julio último. Después de hablaros de las 
desgracias del país, os^ decía: cNo más 
discordias; no más memorias de lo pasa- 
do; no más inquietud por lo futuro. 

»La unión; el respeto á la lev; la afec- 
tuosa obediencia á las autoridades; el 
amor al orden y el apego al trabajo, son 
las virtudes que completarán la princi- 
piada obra de la regeneración de nuestro 
nermoso y privilegiado país. Por mi par- 
te yo os debo dar y os daré el ejemplo.» 
Os cito estas palabras, por la autoridad 
que tienen y porque deseo que sigáis su 
sano consejo. 

Cuando yo os be hablado, he procurado 
inculcar en vosotros estos mismos prin- 
cipios, despertar iguales sentimientos. 

Ha llegado el momento de la práctica; 
para ello debéis tener presente, que un 
"país tan rico de producciones como el 
vuestro, en el cual Dios ha derramado 
con mano pródiga los gérmenes de pros- 
peridad, solo necesita para conseguirla 
el esfuerzo unánime de sus hijos. 

Si vosotros deponéis vuestros agravios, 
si olvidáis vuestras rencillas, si os con- 
vencéis de la necesidad de uniros de bue- 
na fé, sin volver la vista atrás: si com- 
prendéis que la paz y el sosiego infunden 
confianza y atraen los capitales y á los 
hombres industriosos para que coadyu- 
ven á desarrollar la riqueza, entonces y 
solo entonces veréis crecer y engrande- 
cerse este hastaahora desdichado pueblo. 
Pero tened presente que un país re- 
vuelto en donde los odios y las persecu- 
ciones imperan, solo produce la descon- 
fianza, aleja la concurrencia y ciega las 
fuentes de la riqueza. 

Tenecl presente que las rebeliones 
traen la lucha; la lucha trae el venci- 
miento y castigo de los culpables; el cas- 
. tigo produce el luto y las lágrimas de los 
unos, la desconfianza y el recelo de los 
otros, el mal estar de todos. 

El decreto de S. M. que debéis apreciar 
en su grandeza, os señala el camino que 
debéis seguir. Al publicarlo hoy para ge- 
neral satisfacción, doy á las autoridades 
las instrucciones convenientes para que 
dispensen su protección á todos indistin- 
tamente, y estoy seguro que procederán 
con extricta imparcialidad y justicia, pe- 
ro sobre todo yo me hallo decidido á no 
permitir ningún desmán ni tolerar los 
insultos. I 



Aquí no hay vencidos ni vencedores; 

todos son dominicanos oue entran en una 
nueva vida de fraterniaad b^'o el regio 
manto que los ampara. 

Santo Domingo 18 de Junio de 1863.— 
Felipe E itero! 

£1 general Rivero sufrió muy pronto 
nutriste desengaño, si es que creyó que 
los que estaban ausentes por antiguas 
causas, volverían con el corazón htochido 
de gozo y gratitud hacia la augusta se- 
iiora que les restituía á sus hogares. Eato 
era natural tratándose de otros hombres 
que los dominicanos. 

Volviendo al corresponsal de los cons- 
piradores, tardó poco en tomar un tono 
más franco y altanero, y remitió á El Bco 
su carta.del 23 de Junio que vamos á in- 
sertar, como igualmente el juicio que de 
ella y de su autor formó el periódico 
La Razón: 

«Mi querido amigo: Los periódicos es- 
pañoles nos han traido la gran noticia de 
la amnistía para Santo Domingo. Tal vez 
crea V. que yo voy á exclamar: ¡bravo! 
Pues bien, desengáñese V. á mi ver, eso 
es un acto injusto, y por consiguiente 
impolítico. Es evidente que, por loque 
hace á los presos actuales, condenados á 
cárcel, ó á presidio, etc. la amnistía era 
necesaria, para borrar sus antecedentes; 

Eero es 'Conocer bien poco la naturaleza 
umana, el creer que ella los convertirá 
en amigos. Lo que ellos recordarán son 
los días crueles que habrán sufrido, por 
lo que apellidarán la santa causa su mar- 
tirio político. ¿Dónde ha visto V. que no 
sea ese medio, para los hombres de parti- 
do, la mayor excitación á perseverar en 
sus ideas? Y puesto oue V. está en Fran- 
cia dígame si entre los amnistiados por 
el emperador de los francés- s, contará 
muchos que se hayan convertido amigos 
suyos. Así, pues, tenga V. por seguro que 
la amnistía no atraerá á la España á diez 
de sus antiguos advérsanos.» 

«Vemos, pues, que ei corresponsal es 
flaco de memoria, pues olvida que en sos 
primeras cartas aconsejaba la amnistía 
como el único medio de calmar el des- 
contento que según sus informes reinaba 
en este país, por efecto de la influencia 
que se había dejado al general Santana, 
influencia, decia, cuyo principal síntoma 
era el mantenimiento de las antiguasme- 
didas represivas del último gobierno do- 
minicano. Fúndase la reprobación del 
corresponsal en que sol<^ se amnistía al 



— rr- 



^ne es culpable, j que no lo eran los es- 
pulsos del tiempo de la república. «Am- 
nistiándolos, ios declaráis culpables. ¿Te- 
níais derecho de hacerlo? ¿Lo merecían 
ellos acaso?! Así se encara el correspon- 
sal con el gobierno de S. M., y luego 
añade: 

«Lo que conrenia hacer es muy senci- 
llo; era menester haber adoptado medi- 
das muy distintas. Para los culpables la 
amnistía; para los demás, una declaración 
de que, lejos de haber sido ellos nunca 
enemigos de España, han sido, por el con- 
trarío, sus verdaderos, y aun casi pudié- 
ramos decir, sus únicos amigos en el país, 
y que, por consiguiente, no habia ya nin- 
gún motivo que les impidiera la vuelta á 
BU patria, á entrar de nuevo en el goce 
de sus legítimos bienes, tales cuales los 
dejaron cuando se vieron iujustamente 
despojados de ellos; pues esta es otra re- 
paración que les debéis.» 

«Kliminemos de esta cuestión lo que 
atañe á intereses, pues paralas reclama- 
ciones de este 'géuefb nay tribunales y 
hay justicia, que ciertameate se adminis- 
trará imparcialmente, resarciendo perjui- 
cios si los hubiere , y castigando cual- 
quier criminal abuso que fuere regular- 
mente denunciado y probado. A nosotros, 
como á toda persona honrada , nos agra- 
dan his reparaciones cumplidas, cuando 
se pretenden y exigen con arreglo á de- 
recho.» 

«Resumiedo los términos de la corres- 
pondencia, por una parte la amnistía no 
atraerá á España ni á diez de sus anti- 
guos adversarios, lejps de eso, los exa- 
cerbará y excitará á perseverar en sus 
iieus; y por'otra parte, para que esto no 
sucediera se debió abrir una lata delibe- 
ración sobre los pasados procesos politi- 
ce s, y pronunciar un solemne veredicto 
ceno culpabilidad, y más que eso, ufa 
voto de g^racias, un testimonio laudato- 
rio por las pretéritas virtudes de loa már- 
tires... ¡Qué mal raciocina la injusticia! 
El gobierno de S. M. no ha intentado di- 
rimir pasadas cuestiones, ni saber si de 
los antiguos partidos del país el uno te- 
nia razón, y ^^ ^t^^ ^^ 1* tenia. Cuanto 
cumplía á -sus altas miras era tender 
constantemente, como lo ha estado ha- 
ciendo, Á borrar las huellas de nuestras 
htiles discordias, á formar de todos los 
douiinieanos indeterminadamente una 
fracción de la monarquía española.» 

«Poncedamc8| supongamos quelos am- 



nistiadQ0 á quienes se refiere el correá^'t 
ponsal, fueran todos inmaculados; para 
que el supremo gobierno rindiera de ello 
testimonio, sería preciso, primero que es- 
tuviera de humor de hacerlo, y después, 
que la anexión tuviera efecto retroacti- 
. vo, que contra todos los principios de go- 
bierno se desconociera la autoridad legí- 
timamente ejercida un dia, por los mis- 
mos que capitanearon el movimiento de 
reincorporación. Lo que pide ese buen se- 
ñor, es por consiguiente un absurdo.» 
Léase la conclusión de su carta: 
«Hé aquí, querido amigo, mis primeras 
reflexiones, que completaré cuando co- 
nozca el efecto que haya producido en 
los dominicanos de todos los partidos la 

f proclamación dé la amnistía. Hasta hoy 
a experiencia ha debido mostrar á usted 
que yo conozco bastante este país, para 
dar acerca de él apreciaciones que los 
acontecimientos no tardan en confir- 
mar: esperemos pues los acontecimien 
tos.» 

«Por nuestra parte, creemos firmemente 
que el corrcísponsal ha errado esta vez, y 
errado de lleno. Los amnistiados, cual- 
quiera que sea su procedencia política, 
no son hoy más que españoles: deben 
serlo, porque S. M. la reina^ se ha mos- 
trado grande y generosa cuando ^a de- 
vuelto al seno de la familia y al patrio 
hogar tantos seres que sufrían las amar- 
guras del destierro, sin tomar á ninguno 
cuenta de sus errores* respecto do la 
reincorporación, prometiendo k todos el 
amparo de sus leyes y de su justicia: de- 
ben serlo, porque al aceptar los benefi- 
cios déla amnistía, han contraído obli- 
gación de gratitud, confirmada por un 
juramento solemne de fidelidad á la rei- 
na, respeto á las leyes y sumisión á las 
autoridades que gobiernan el país. Ha- 
ble, pues, el corresponsal del Bco por su 
propia cuenta, pero no prejuzgue á los 
aemás hombres calumniando sus senti- 
mientos: la deslealtad, la ingratitud y el 
gerjurio nunca han abundado éntrelos 
ijos de esta tierra. » 
¡Pobres linces políticos los que redac- 
taban La Razonl Garantizaban el buen 
espíritu de los emigrados y no sabían 
que regresaban ya organizados, para le- 
vantar nuevamente el pendón de la in- 
surrección. 

El rumor de próximos trastornos llegó 
áser tan general, que la primera autori- 
dad de la isla se creyó en la necesidad dj 



- w^ 



tomar cartas en el asunto, pnblioindo la 
Blgniente manifestación: 

«Habiendo llegado & mi conocimiento 
»que se propalan en esta ciudad voces 
»inf andadas, con el objeto de hacer creer 
»que se han notado síntomas de agita- 
>cion en la provincia de Santiago, j otras 
>noticias de la misma índole, difundidas 
»sin duda por la gente ociosa ó mal in- 
»tenclonada, cuyo fln es el de extraviar 
>la opinión de los crédulos; j como quie- 
. >ra que estas especies producen la alar- 
»ma consiguiente en el animo de las gen- 
»tes sencillas y timoratas, nerturbando 
»de este modo la tranquilidaa y el sosie- 
»go Cf\ie deben reinar entre los habitantes 
^pacíficos, he determinado que se inserte 
»el presente aviso en la Gaceta ojlcial de 
»este dia, á fin de hacer patente la im- 
»postura y reprimir este abuso perjudi- 
»clal; advirtiendo que estoy decidido á 
»castigar severamente á cualquiera que 
»vierta estas ó iguales noticias, para 
>cuya averiguación he adoptado ya las 
»disposiciones necesarias. — Santo Do- 
»mingo 8 de Junio de 1863.— i2ip<?ro.» 

Mas al mismo tienipo que se expresaba 
asi con el público, advertía al gobierno 
que la revolución avanzaba á pasos agí- 

{yantados y pedia fuerzas, haciendo ver 
a insuficiencia de las que tenia á sus ór- 
denes, para poder resistir al golpe que 
amagaba. 

En esta comunicación, el general Ri- 
vero, juicioso y conocedor de las cosas de 
Amenca, mdicaba con bastante claridad 
su Idea de que seria conveniente anular 
la anexión. Además mandó ala Penín- 
sula, en comisión, al Sr. Colmenares, re- 
gente de aquella audiencia, para que de 
palabra informase al gobierno sobre el 
verdadero estado del país. 

Cada día aue pasaba se hacían más 

irceptibles los indicios y más evidentes 
as pruebas de la existencia de un club 
revolucionario que trabajaba sin cesar. 

Cuantos pohticos habían sido senten- 
ciados por las ocurrencias pasadas, como 
Íh«3)Í^ voluntariamente se habi^'expT 

inAi^t'^'^S^??^^* P»''» disfrutar de 
los bemflcios del decreto de amnistía. 

ttl br. Daza, capitán de la compañía 

flflT^^."^'^^ San Quintín, recX S 
confidencia por dos jefes dominicanos 

íL?//rf '^?^^5 ^ ^* emigración, de^ul 
los españoles debían redoblar su vigilln- 

^ahi¿''!fio^.''?K^?i territorio haitiíio se 

4»abian dlgtnbuidp mU fusiles, y que por 



f>e] 
as 



el interior de aquella república se «xu»»- 
Dan hombres, con el (In de invadir amano 
armada la parte española, y por último. 

^"2 2?^^ ^^^ ^^® regresaban á sus casas 
se nablan juramentado para pop todos los 
medios posibles, hacer triunfar la revo- 
lución. 

Esta importante noticia fué inmediata. 

ÍSlmíní^T'''^*^* *1 brigadier BuStL 
comandante general de la provincia toÍ 
el capitán antes mencionada' ^ 

autoriH«H wi^^!.^ ^"""^^'^ la misma 

Mont^ Chr?«« '^*' ^^ ^^« elsíndicTde 
Monte.ühristi preguntaba de oficio al 

comandante mUita? del mismo punte Á 

nes s?^ífol«f ® ^® ^^® ^^ inmediato lu- 
esc¿ad¿^^«íf "* ^'^ *^"«11» b»l^ niia 

gue^ y me2S íf^""" ^^^^^ ^* 

con lo. ro.oKnSteiS'. '•'•«^•" 

al ¿temo tierno^ ¿nrt!,"*** ^ «clamando 
Bodriguez Kn f .^ °° 7 entrega de 
se hablan reSSi" Af^ "*™* '»'*• 
y que se guaV^i^, K*''i*«« comunes, 
políticos. ^"^^"^ fingiéndose victimas 

doreLtor2íl't/S?'''íl«*'^" por ion 
tUimS^J ^'a^'"" <*« Monteíchris- 
sah^6^lMlí^«Wr m^ informes, 
comandante «nVí^tt'í^? Santíago, su 
acompañado^?!., t' •»"&»«!»'• Buceta, 
RamoVA'veroli t^^**" ^^ artillería do¿ 
ginetei dMndo^Ji?"/**^ J «"»»"> 

to denominXáThí„'*^{^°*«'?y P"»- 
el 15. ^Jabon, al que llegaron 

AlU le aguardaba el ffeneral tt,,»»»-. 
T teniente comnoi j. o «euerai Uungna 



- 79 - 



ridades del general Noel, de qae nada se 
proyectaba contra el pais. 

Aquella misma tarde se recibieron las 
mismas -seguridades, y además que se- 
rian presos los bandidos que habian ele- 
gido por guarida las miomas de David.» 
Con objeto de aprehenderlos, si posible 
fuese, se ordenó al general Hungría, que 
con la cuarta compañía de San Quintín, 
marchase en dirección de Sabaneta, y 
que el capitán de cazadores del mismo 
batallón, con cuarenta iudiyiduos de su 
compañía, efectuase un reeonocimiento á 
las expresadas montañas, en cuya ope- 



ración invirtió dos días sin obtener rs" 
sultados. 

£1 17 por la tarde, habiendo tenido no- 
ticia el comandante general del Cibao, de 
que el coronel ite las reservas Juan An- 
tonio Polanco, alistaba gente para sor- 
prender el pueblo de Guayubin, guarne- 
cido por una compañía diezmada por las 
calenturas, ordenó que veinte individuos 
de tropa del destacamento de Dajabon y 
otros veinte que se hallaban situados en 
Escalante, fueran á las inmediaciones de 
Guayubin á hacer un reconocimiento y k 
adquirir cuantas notieias pudieren. 



XVI. 



LA SUBLEVAOION. 



Sorpresa de las tropas por la firontera haitiana.— 'Derrota y extravío del co- 
mandante general.— Situación de las fuerzas en Santiago de los Caballeros. — 
Llegada de Palanco.— Incendio de la ciudad. 



Todo estaba dispuesto por los conju- 
rados. 

Se habian dado la cita, señalando á 
cada cual su puesto, como asimismo el 
dia y hora en que debían de arrojar la 
máscara de la obediencia con que hasta 
entonces se habian encubierto. 

Apareció nuevamente la revolución, 
levantando erguida su asquerosa cabeza. 

ía Razan daba conocimiento del suce- 
so en un sentido articulo, del que vamos 
k copiar algunos párrafos: 

«Matanza y destrucción; hayta ahora 
es cuanto la anónima rebelión del Nor- 
oeste Im dejado adivinar de sí: su apari- 
ción filé señalada con el atroz asesinato 
de los desdichados enfermos que yacían 
dolientes en el hospital de Guayubin, 
con el saqueo y el incendio d - aquella 
población; y luego cada paso que han da- 
io adelaot9 los rebeldes, ha dejado una 



huella sangrienta y el rastro de los más 
inhumanos excesos.» 

«Apareció el monstruo de larebelion, y 
nosotros le preguntamos ansiosamente: 
¿cuál es tu objeto? ¿qué quieres! ¿qué 
principios proclamas? lAy! demasiado 
pronto hemos recibido la respuesta, y 
noy sabemoá de una manera tristemente 
positiva que el objeto, la voluntad y los 
principios de los rebeldes que infestan el 
Cibao se reducen á esta horrible fórmu- 
la: matanza y des(rucciont> 

c A muchos infelices campesinos, honra- 
dos y paeiflcos, les han maltratado por 
no haberse querido adherir á sus malda- 
des; otros más pusilánimes, por salvar 
la vida, se han prestado á acompañarles 
contra su voluntad, comprometiéndose 
de ese modo en la responsabilidad de crí- 
menes, que sin duda repugnan á sus so- 
segados instintos; y todos loa hombrea 



— 80 - 



QUe en aquel distrito aman el orden, to- 
aos los que tienen alguna significación 
Sor su inteligencia, su honradez ó su can- 
al, han podido convencerse hoy más que 
nunca de aue la dominación española es 
•1 áncora ae salud de todos los principios 
sociales, contra los elementos deletéreos 
que les amenazaba en Santo Domingo.» 
«Traidores sin fé ni opinión, como es el 
tituiado general Gaspar Polanco, quien 
no hace cinco meses pretendia acreditar 
8u adhesión á la autoridad, degradándole 
hasta la delación y el espionaje ; malva- 
dos célebres como el nombrado Pedro 
Salcedo, ó merodeadores de oficio como 
otro Salcedo que vivia en la frontera, 
tales son los nombres que capitanean 
esa insurrección sin principios politices 
de ningún género, (^ue se emboza y va 
de incógnito, cometiendo toda clase de 
violencias sin poder decir «esto quiero,^ 

Sorque lo que ellos quieren no es para 
ecirse ni escribirse, y porque los infa- 
mes fautores de la rebelión , los que la 
han fraguado en el extranjero, y la han 
provisto de armas y pertrechos, temen 
comprometer sus fines, si se hace una 
manifestación, siquier sea fementida, de 
principios cualesquiera. 1 

En vista de tan tristes y graves acon- 
tecimientos, el capitán general dirigió al 
país una sehtida alocución, que ponemos 
aquí para la más completa ilustración 
del suceso que vamos á referir: 

DON FELIPE RIVERO Y LEMOYNE, 
gpbemador capitán general de la 
parte española de la isla de Santo 
Domingo y general en Jefe del ^ér- 
olto de la misma. 

DOMimcAiios: 

Los enemigos de vuestro sosiego; los 
enemigos de la prosperidad de esta isla; 
ios que no quieren nioguna^mejora ; los 
que se avienen mal con er orden , han 
promovido una nueva rebelión en al- 
gunos puntos de la provincia de San- 
tiago. 

Sin causa, sin motivo, obedeciendo á 
desconocidas influencias y á sus malos 
instintos , abusando algunos de ellos 
del generoso perdón de la reina, faltan- 
do ¿ los sentimientos de gratitud , se 
han arrojado á una empresa loca y teme- 
raria. 

En sus actos vandálicos y en su impo- 
tente rabia, han incendiado el pueblo de 
Guayubin» uno de los qiejores ae aquella 



Srovincia; han asesinado á hombres b^ 
efensos v á enfermos que se hallaban en 
el lecho del dolor. 

Conducta tan inicua la condena la hu- 
manidad, la rechaza la civilización, la re- 
Srueba la moral, é indigna á los hombres 
e bien. 

Esos criminal es ¿pueden llamarse vues- 
tros hermanos? ¿Pueden considerarse 
como una parte del pueblo dominicano? 
No; porque vosotros sois sencillos y hon- 
rados, y no podéis asociaros á incendia- 
rios y asesinos; porque vosotros sois va- 
lientes, y los valientes son generosos; 
porque vosotros deseáis el bien de vues- 
tro país y los rebeldes solo propenden al 
exterminio de todo germen de prospe- 
ridad. 

La rebelión será vencida y castigada, 
yo os lo prometo; la autoridad cuenta 
con medios sobrados para ello. 

Permaneced tranquilos, y como en la 
pasada rebelión, acreditad vuestra cor- 
dura y lealtad. 

En el teatro mismo de los sucesos, es- 
tán dando los habitantes pruebas de que 
rechazan toda participación en los hechos 
criminales, y el ayuntamiento de Santia* 
go, el comercio, los generales, jefes t 
oficiales de la reserva y los habitantes <íe 
los campos, ofrecen á la autoridad sus 
servicios y toda clase de recursos, ar- 
mándose los últimos para sostener al 
gobierno. 

De este modo, los que tal vez desde 
fuera y sin exponer sus personas, traba- 
jan para impedir las mejoras que necesi- 
ta este desdichado pais, verán que si ñor 
un momento han podido engañar á^os 
ilusos, sus esfuerzos serán impotentes y 
el orden se restablecerá sólidamente. 

Santo Domingo , 29 de Agosto de 
1863.— Felipe Rivero.» 

Para no abaodonar la costumbre de re- 
latar los hechos, por su orden cronológi- 
co, tomaremos la cuestión, desde que el 
sefior brígadierBuceta, comandante gene- 
ral del Cíbao, salió á enterarse por si mis- 
mo del estado del país que encoxltró en 
grande agitación y aprestándose á la re- 
volución. 

Cerca de Dajabon, apareció una partida 
de diez hombres montados, que procla- 
mando la república trató de impedir el 
paso al brigadier y sus seis acompañan- 
ta' s; pero estos atacaron á los nuevos fac- 
ciosos y los pusieron fácilmente en preci* 
pitada fuga. 



-si - 



Hadta la aparición de aquella partida 
no habia ningún antecedente de que exis- 
tiese fuerza enemiga en aquel territorio 
y el general Hungría, encargado del man- 
do de la frontera j que habitualmente re- 
sidia en Guajubin, h pesar de las muchas 
.relaciones que poseia en aquella parte de 
la isla, no tenia ningunas noticias^ 

De tres á cuatro de la tardo de dicho 
dia, se presentó un soldado perteneciente 
á la partida que el dia anterior habia sa- 
lido para reconocer las secciones iome- 
diatas k Guayubin, manift^stando al co- 
mandante general, que aquella fuerza sin 
que pudiese explicar la causa, antes de 
reunirse con la de Escalante, habia retro- 
cedido para Dajabon y sorprendida á su 
paso por un bosque, se tuvo que batir con 
un^rupo de treinta á cuarenta paisanos. 

Rn aquel momento, el comandante ge- 
neral seguido de treinta individuos de 
tropa^ marchó en aquella dirección; mas 
como llegó después de oscurecido y al- 
gunos disparos le hicieron conocer que 
loa agresores permanecian emboscados, 
suspendió el reconocimiento hasta el dia 
siguiente y regresó k Dajabon. 

Al amanecer el diez y nueve, después 
de tíaber ordenado que la fherza destaca- 
da en Capotillo se reconcentrase en Da- 
jabon, con dos oficiales y cincuenta hom- 
bres de San Quintín y un alférez y diez 
y siete individuos montados, pertene- 
cientes al escuadrón de África, empren- 
, dio la marcha con dirección á Guayubin, 
con objeto de reconocer el punto en que 
habia sido atacada la partida de la cual 
no habia más noticias; al penetrar en el 
bosque en que habia hallado al enemigo 
la noche anterior, observó que este ha- 
bia obstruido el camino con tres barri- 
cas, cuya procedencia era extraña en 
aouel punto 'y con árboles cortados al 
efecto, recibiéndole de8<ie sus parapetos 
con un fuego poco nutrido; mas como le 
favorecía la espesura del bosque para 
franquear el paso, fué indispensable dar 
una carga k la bayoneta, que dio por de 
pronto el resultado que se proponían; 

Sero rehechos durante el tiempo inverti- 
o para facilitar el paso á la caballería, y 
protegidos por la maleza que no podian 
penetrar nuestros soldados, sin grandes 
dificultades, renovaron un ataque por 
los flancos, que causaron tres muertos y 
cinco heridos, antes de haber logrado sa- 
lir á terreno algo más despejado, llegado ^ 
al cual . fué nuevamente atacado y dís- ^ 



persado el enemigo en diversas direccío*' 
nes, terminando asi aquella primera es- 
caramuza. 

La columna continuó su marcha, sin 
que el enemigo volviese k inquietarla, j 
al llegar k Escalante, que dista tres le- 
guas de Guayubin, dieron noticia al co- 
mandante general, de que aquella pobla- 
, cion habia sido ocupada el dia anterior 
por una fuerza sublevada del país, que 
acaudillaba el coronel Blanco, aseguran- 
do el portador del aviso, que el número 
de insurrectos era muv crecido. 

Para entrar en aquella población tenia 
que pasarse el rio Yaque, por una barca 
enfrente del enemigo, y como la fuerza 
de la columna, además de ser corta en 
número, habia consumido la mayor parte 
de municione?, dispuso el brigadier Bu- 
ceta alejarla de Guayubin, dirigiéndose 
directamente á Santiago para obrar se* 
gun lo requiriesen las circunstancias. 

Tomada aquella resolución se empren- 
dió la marcha guiados por un práctico, 
que merecía entera confianza, marchando 
toda la noche sin ocurrir novedad. 

A las ocho de la mañana del 20, hallán- 
dose ya en la sección de Villalobos, divi- 
saron algunos hombres montados que 
corrian con celeridad en diversas direc- 
ciones, y cuyo número se aumentaba por 
instantes, y media hora después empeza- 
ron á incomodar la columna por van- 
guardia, flancos y retaguardia, con fuego 
de fusilería, que se aumentaba por mo- 
mentos, ^dvirtiéndose que los agresores 
tenian buena elección en las posiciones y 
que evitaban reunirse en crecidos gru- 
pos. 

Sin embarco de economizar en cuanta 
fué posible las municiones, k las once 
tuvo' que- cesar' el fuego de la columna, 
por falta de aquellas, porque como el 
enemigo se aumentaba, fué indispensable 
hacer uso de las armas para dejarlo. 

Conociendo los insurrectos la situación 
de la columna, procuraron redoblar sus 
ataques de un modo tan enérgico, que 
para alejarlos, aunque cada uno de nues- 
tros ginetes contaba por docenas el de 
sus contrarios, se reproducían las cargas 
por instantes. 

El sol era abrasador, el polvo produci- 
do por una y otra caballería oscurecía el 
camino, y la sed y el hambre tenian debi- 
litados á nuestros soldados hasta tal pun- 
to, que unos, despreciando la suerte que 
irremisiblemente les agpuardaba, se arrg* 



-te - 



jalbail al suelo, mientras otfofrse iater- 
naban en el bosque para dirigirse al rio, 
desafiando los peligros, con objeto de sa- 
ciar la sed que les devoraba. 

De una á dos de la tarde llegó el resto 
de la columna á Guayacanes, habiendo 
perdido entre muertos, heridos y extra- 
viados, cuarenta individuos de infantería 
y siete de caballería, y los diez de los pri- 
meros que quedaban se hallaban tan de- 
bilitados por la fatiga y el hambre, que 
no pudieron continuar la marcha. 

Al emprender esta de nuevo, por el 
camino de Guayubin á Santiago, obser- 
varon que los rebeldes habían reconcen- 
trado sus fuerzas, que constarían próxi- 
mamente de quinientos infantes y dos- 
cientos caballos, situándolas en dirección 
opuesta á la que debia seguir la colum- 
na, pues de haberlo efectuado á van- 
guárala habría tenido que rendirse á dis- ^ 
crecion, hicieron algunas descargas, de ' 
las que resultaron cuatro heridos, siendo 
indispensable encomendar la ssdvacion á 
la velocidad de los caballos. 

Los enemigos, ^ue sabianquemás ade- 
lante se encontraba el general Polanco 
con mayores fuerzas , no continuaron por 
mucho tiempo la persecución. 

Al llegar los residuos de la columna á> 
Peñuelas, manifestó el alcalde de aquella 
sección al comandante genend que el 
país se hallaba sublevado, asegurando, 
Bo obstante, que en Navarrete podia per- 
noctar la fuerza con seguridad, ocultan- 
do maliciosamente que Folanco intercep- 
taba el camino con sus fuerzas'. 

Estando en la casa del mencionado al- 
calde, observaron con frecuencia la apa- 
rición de paisanos montados que se ale- 
jaban con velocidad, . marchanao en dife- 
rentes direcciones. Cerca de Barrancon 
fueron saludados por una descarga de fu- 
silería que les dirigió un grupo de cua- 
renta ó cincuenta hombres, apareciendo 
por los costados del bosque con precipi- 
taeion fuerzas mucho más numerosas, 
cuyo total no pudieron apreciar por ha- 
ber retrocedido antes que concluyesen de 
presentarse. 

En aquel momento, no encontrando 
otro medio de salvación, se internaron en 
el bosque, quedando solo el brigadier, un 
cabo y un cazador de África, los que con 
resignación vagaron por los bosques, su- 
friendo el hambre y la sed, hasta las diez 
de la mañana del 23 que llegaron á San 
tiago. 



■-J 



Bl día ítú, el teniente eoronel del bata- 
llón de Vitoria, I). Francisco Habreo^ 
que durante la ausencia del comandante 

feneral le habla sustituido en el mando, 
consecuencia de las noticias que había 
recibido y con el fin de averifi;uar coa toda 
exactitud la verdad de los hechos, orde- 
nó la salida de una columna, compuesta 
de tres compañías de su cuerpo, una sec- 
ción de artillería de montaña, y cuarenta 
caballos del escuadrón de Afrirra, la cual 
á las ocho de la mañana, emprendió sa 
marcha con dirección i Guayubin, no 
ocurriéndola novedad alguna hasta el 21, 
q.ue después de alojados en Esperanza, 
fueron atacados, resultando tres muer- 
tos, un herido y dos extraviados. 

El ^ siguió su movimiento hasta Gua- 
yacanes, donde conocido ya el estado del 
país, después de haber sostenido algu- 
nas escaramuzas, á las cinco de la tarde 
emprendieron la marcha en retirada, su- 
friendo el resto del día un continuado 
fuego. Al llegar á Barrancon, observaron 
que á pesar de haber x)seurecido, el ene- 
migo se hallaba posesionado de todas las 
alturas que dominaban aquel paso, prin- 
cipiando después un brusco ataque; pero 
habiendo sido desalojado el enemigo de 
una de las alturas por una brillante car- 
ga á la bayoneta que dirigió el alférsi 
D. Tomás Betegon á la cabeza de veinte 
cazadores, se colocaron en posición las 
dos piezas, que con certeros disparos 
consiguieron alejar á los sublevados, 
siendo herido de muerte el jefe de la co- 
lumna, comandante de caballería, don 
Florentino García , y sufriendo igual 
suerte el capitán de vitoría D. Alejandro 
Robles y el teniente de artillería D. Va- 
lentín Doña Beite. 

En aquella situación recavó el mando 
en el capitán del escuadrón de África don 
José de IOS Ríos, quien conociendo que el 
enemigo trataba de atacar la retaguardia 
organizó la caballería que tenia á sus ór- 
denes, y cargando con ella, log^ó disper- 
sar á los sublevados y poder continuar su 
marcha hasta el dia siguiente 23 que en- 
tró en Santiago con la columna, que ha- 
bla experímentado un total de cuarenta 
y siete bajas. 

Al encargarse del mando nuevamente 
el comandante general , aunq^ue conocía 
por propia experíencia los rápidos pro- 
gresos ae la insurrección y comprendía 
también, que para paralizarlos y reani- 
mar el espíritu público, Borprendído en 



-61 - 



tireseiicia de sueeíós : an ineaperados, «ra 
mdispensajble marchar al encuentro áel 
enemigo, batirlo y derrotarlo; no le fué 
posible hacer nada de esto por no tener 
fuerzas suficientes, pues deducidos los 
enfermos y la fuerza necesaria para de- 
fender la población desde el fuerte de San 
Luis, solo tenia doscientos hombres dis - 
ponibles. 

El 25, el comandante general explicó á 
los habitantes mka influyentes, de las sec- 
ciones próximas á la capital, el estado del 
país, reclamando su cooperación para ha- 
cer frente al enemigo. La ofrecieron des- 
de luego, designando para el mando de 
las fuerzas oue pudieran reunir,- al gene- 
ral D. Hafaei Gómez que sería secundado 
por los de la misma graduaeion D. Anto- 
nio Hernández y D. Juan Lota y Jiménez 
y por los coroneles D. Juan Nepomuceno 
Nuñez y otros muchos de diferentes cla- 
ses y reconocida influencia en el país; 
pero desgraciadamente las buenas dispo- 
siciones de los convocados y las de los 
habitantes de la comandancia militar de 
San José de las Matas, no pudieron uti- 
lizarse, por falta de armas de que pro- 
Teerles. 

£1 26 ordenó el comandante general 
que las guarniciones de la Vega y Moca 
fuesen reforzadas con dos oficiales y cua- 
renta individuos del batallón de Vitoría, 
dando aviso al propio tiempo al general 
Roca, que se hallaba en San José de las 
Matas, de que retrocediese á la capital, 
por ser en ella muy necesarios sus cono- 
cimientos del país. Nada oeurríó que sea 
digno de mención hasta el 31, á las once 
de la mañana, que se recibió la noticia 
de que el enemigo en número de seis á 
siete mil hombres se dirigía á Santiago, 
que ya habían abandonado la mayor par- 
te de sus habitantes. 

Comprendiendo entonces el Sr. Buce- 
ta oue necesitaba para la defensa de la 
población, una fuerza muy superior á la 
que tenia á sus órdenes, creyó, como ya 
lo tenia previsto , deber reconcentrarla 
en él campo atrincheriuio nombrado fuer- 
te de San Luis, sin perjuicio de esperar 
al enemigo fuera de la ciudad, con la ca- 
ballería V alguna infantería , por si podia 
utilizar la prímera de estas armas en un 
terreno ventajoso para sus movimientos, 
por donde los sublevados tenían que pa- 
sar, sí al avistar nuestras tropas no va- 
riaban de dirección. 

Al efecto, después de haber nombrado 



gobernador del fuerte al teniente coronel 
de Vitoría, el comandante general, acom- 

E añado de los generales Hungría y Al- 
lu, salió al encuentro del enemigo, con 
dos compañías de infantería, algunos vo- 
luntarios , sesenta y siete caballos de 
África y una pieza de artillería de mon- 
taña, situándose hacia el cementerío, con 
objeto de impedirle la entrada y desviar- 
le sobre su oerecha, donde la caballería 
podia obrar ventajosamente. 

Durante estas primeras operaciones 
permanecía tranquila la ciudad , sin otro 
síntoma de alarma, que haber salido de 
ella muchas familias. 

Los generales, jefes y oficiales de las 
reservas, amaestrados esta vez , con la 
lección recibida en Febrero del mismo 
año, acudieron solícitos á ponerse al lado 
de la autoridad , aumentando considera- 
blemente el número de defensores de San 
Luis. • 

El ayuntamiento, que tan revoluciona- 
rio se habia mostrado en los sucesos an- 
teriores, permanecía en la obediencia á 
las autoridades, y en espectacion del gi- 
ro que tomaran los sucesos. 

De modo, que las cosas se habían pues- 
to en tan crítica situación, que el partido 
que sufriese un revés, tenia 5ue dar im- 
portancia al que obtuviese la más insig- 
ficante ventaja. ^ ^ 

Los sublevados marchaban por el flan* 
co, en orden de formación irregular con 
dirección á Santiago , sin haber tomado 

Srecaucion alguna para evitar la carga 
e nuestra caballería, que á distancia de 
doscientos metros se hallaba formada en 
batalla, en situación perpendicular al cos- 
tado izquierdo enemigo. Comprendiendo 
el comandante general, que los insurrec- 
tos estaban á distancia competente para 
cortarlos, ordenó al capitán de la caba- 
llería, D. Cipriano Albert, que cargase; 
pero desgraciadamente , sin que el ene- 
migo disparase un tiro, comunicada mal 
la ordeno mal interpretada por el capitán 
Albert, su fuerza emprendió á escape la 
retirada en dirección al fuerte, dejando á 
la infantería privada de su necesario apo- 
yo y obligada á retirarse precipitada- 
mente, sin poder salvar la pieza de arti- 
llería, que defendió hasta perder la vida, 
el sargento que la mandaoa. 

Desde que el enemigo ocupó la pobla- 
ción, circunvaló la posición de nuestras 
fuerzas con numerosos y bien situados 
destacamentos, fortificando algunos de 

11 



estos y dirigiendo un natrído niego . de 
fusilería contra el fuerte de San Luis. 

Al amanecer del 3 de. Setiembre apare- 
cieron en batería dos cañones que hablan 
recibido de Moca y de la Vega, y áé^áe 
entonces empeoró notablemente la situa- 
ción de nuestras tropas. 

En la mañana del seis se observó en 
los puestos de los rebeldes un movimien- 
to que hizo preveer un próximo asalto, y 
de ocho & nueve se indicó éste con un 
fuego y gritería muy continuado, diri- 
^iémiose el enemigo a algunos puntos del 
merte, siendo en todos rechazado. Creyó 
entonces vengar su derrota incendiando 
la población, y bien pronto fueron las pri- 
meras casas inmediatas á la posición de- 
fendida, entregadas á las llamas. Como 
algunas de ellas no distaban más de diez 
metros y como la brísa, que era suma- 
mente fresca, arrojaba las llamas y el 
humo sobre el fuerte, á los pocos minu- 
tos se habia comunicado el incendio al 
edificio en que se habia establecido el 
hospital, siendo indispensable, en tan 
apurado trance, trasladar los heridos y 
enfermos á otro sitio, que ni aun sombra | 
ofrecía á aquellos desgraciados. 

Aquel acto que las. generaciones futu- 
ras leerán con asombro é indignación, ha- 
bia reducido en un instante á la indigen- 
cia á millares de familias, y habia con- 
vertido en cenizas aquella importante 
población. 

Para explicar el excesivo calor que se 
sufría, bastará decir que á algunos se les 
incendiaban expontáneamente las ropas, 
haciendo explosión en otros las municio- 
nes colocadas en las cartucheras: la nube 
de humo daba k la tierra un color oscuro 
y nublaba la claridad hasta el punto de 
parecer de noche, sin que por esto hubie- 



se un solo individuo que abandonase ri 
puesto que le estaban confiado,' acredi- 
tando todos un grande entusiasmo. 

La intensidad del incendio daró zinaa 
cuatro horas, y el calor fué disminuyen- 
do en proporción oue las llamas consn- 
mian el combustible. 

Los enemigos, con desaforados gritos, 
amenazaban un nuevo asalto parala no- 
che inmediata, y creyendo seguro su 
triunfo, habían situado fuerzas en los ca- 
minóle la Vega y Moca, con objeto de 
cortar la retirada de las tropas; la guar- 
nici'm habia crecido en valor, y se halla- 
ba decidida ádar una nueva lección; pero 
su situación habia empeorado en razón á 
que se habían aproximado avanzadas al 
rio con el fin de cortarla el agua. 

Los ganados carecían totalmente de 
alimento, el incendio habia destruido los 
depósitos de subsistencias v las medici- 
nas, y después de tan rápidas y terribles 
desgracias, no habría sido posible prolon- 
gar la defensa por muchos dias; afortu- 
nadamente, sin que hasta aquel momen- 
to, por efecto quizás del incendio ó por 
otras causas desconocidas, se hubiera 
oido un solo disparo de fusil ni de cañón 
hacia la Darte en que marchaba la co- 
lumna del señor coronel Capa, á las tres 
de la tarde próximamente apareció aque- 
lla en dirección del fuerte, con el general 
Suero. 

' Cuando por este tuvo noticia el coman- 
dante general, de que habia sostenido un 
combate en las inmediaciones de las que 
eran ya ruinas de la población, ordenó 
la salida de una parte de la guarnición, 
para proteger la entrada del resto de la 
columna, lo que se efectuó con pérdida 
de un oficial y siete individuos de tropa. 



-..83- 



xvn. 



lás ocurbskciás en pübkto*pláta. 



Pronunciamiento.— La tropa en el faerte,—Llegada do refuersos.^Sl ata<{U9 
ala plaza. 



Las escenaa de Santiago j la parte alta 
del Gibao, no podían ménoH de nallar eco 
en Puerto-Plata, que era el segundo pun- 
to importante de la conjuración. 

La guarnición española que allí había 
era tan escasa, que solo constaba de 400 
hombres, de suerte q^ue á los primeros 
síntomas de insurrección que se advirtie- 
ron en la ciudad, se replegó á un fuerte- 
cito antiguo y descuidado, llamado de 
San Felipe, que se hallaba situado sobre 
una punta de tierra que dominaba la po- 
blación. 

Cada uno de estos movimientos de re- 
tirada á reconcentración que hacían nues- 
tras tropas los traducían los insurrectos, 
llenos de júbilo infantil, por otras tantas 
consumadas victorias, v adquirían nue- 
vos adeptos, de entre los que se habían 
E repuesto esperar pacificamente en sus 
ogares, el desenlace de la lucha. 
La ciudad abandonada, ostentaba á la 
vista de la ^amicion la bandera de la 
antigua república, en la misma asta en 
que días antes flameaba el pabellón de 
Castilla. 

Los capitanes generales de Cuba y 
Puerto-Rico, Sres. Dulce y Mesina, man- 
daron k Santo-Domingo con toda la pre- 
mura imaginable y con un celo digno de 
todo elogio, cuantos auxilios de boca y 
guerra creyeron necesarios x>ara sofocar 
prontamente la insurrección. A esa efica- 
cia fué debido, que sin haber terminado 
el mes de Agosto se hubiesen reunido en 
Puerte*Plati^ el batallón de cazadoree de 



Isabel n, el de la Union, el regimiento 
del Rey, una brigada y una sección de 
artillería de montaña, con su tren y ar- 
reaje de acémilas correspondientes, todo 
ello procedente de la isla de Cuba, á lo 
que hay que agregar el batallón de Ma- 
drid, conducido desde Puerto* Rico por el 
vapor-correo de la Península. 

Y respecto á marina, los vapores de 
guerra San Francisco de Boria^ Isa- 
bel II j ¡Santa Lucía; como el Pájaro del 
Océano y otrps más, mercantes. 

Será conveniente para la mejor inteli- 

g encía de los sucesivos acontecimientos, 
acer aquí una circunstanciada descrip- 
ción de los primeros sucesos de esta 
ciudad. 

A las tres de la madrugada del 25, sa- 
lía del puerto de Santiago de Cuba el va- 
por de S. M. Itábel //, al mando del ya 
célebre capitán de navio D. Casto Mén- 
dez Nufiez, conduciendo á su bordo cinco 
compañías de la Corona y dos de Cuba, 
que CQpiponian un total de 750 hombres 

Sróximamente, á las órdenes del coronel 
e Ingenieros, D. Salvador Arizon. Los 
días 25, 26 y 27 se pasaron en la mar y 
en la noche del último, se arribó á Puer- 
to-Plata. De doce y media á una de la 
noche, y por detrás del fuerte de San 
Felipe se verificó el desembarque, bajo 
la protección de los 400 hombres del se- 

fundo de la Corona, á las órdenes del go- 
ernador Suero. 

'Así que los nuevos refuerzos estuvie* 
roa eo tlt rra, se reimló junta de jefes 7 



- M - 



(!ftplianédpara deliberar enándo y cómo 
seria más conveídente atacar la ciudad. 
Opinaron algunos porque debía esperarse 
que llegara el dia; pero el coronel Arízon 
con el ¿nimo de ios héroes, expuso la 
conveniencia de acometer desde luego, 

Sorque siendo mucho menor el número 
e españoles, podian multiplicarse con el 
yalor en la oscuridad. Esta opinión pre- 
valeció. 

A las dos de la madrugada, divididas 
las fuerzas en tres columnas, á las órde- 
nes respectivamente de los señorea te* 
niente coronel Quirós, comandante Esca- 
lona V capitán Yarto, y precedida cada 
una de una vanguardia ó descubierta de 
la guarnición, se dirigieron, la primera 
por la orilla del mar á tomar el cuartel 
por su espalda, la segunda por la calle 
principal j la tercera por el muelle para 
cerrar el paso al enemigo en su probable 
fu^. Todas llegaron al punto que se les 
habla designado sin la menor ocurren- 
cia, á excepción de la segunda, que antes 
de llegar al cuartel, sufrió una descarga 
que ocasionó un herido de la descubierta. 
Simultáneamente llegaron al cuartel 
las tres columnas, donde se suponía que 
los sublevados opondrían gran resisten- 
cia; pero no sucedió ^asi, pues apenas 
oyeron el entusiasta grito dado por las 
tropas de ti elloi,\vif>a la reinah huye- 
ron despavoridos, aojando algunos muer- 
tos^ cinco prisioneros. ^ 

Practicada esta operación de la mane- 
ra feliz que hemos explicado, se acordó 
atacar decididamente la ciudad , á cuyo 
efecto se dividieron en cuatro columnas 
todas las fuerzas, asignando á cada una 
una sección de músicos, tambores y cor- 
netas. 

La noche se mostraba propicia para 
esta operación, pues la luna aunque em- 
bozada por densas nubes, alumbraba lo 
suficiente, para que la tropa viese el ca- 
mino que debia seguir* 

Las columnas de ataque en^prendieron 
la marcha con mucho silencio , dirigién- 
dose á la Plaza, y á una señal convenida, 
debían dcatacar á los insurrectos, que 
según confidencias, se hallaban en ella 
reunidos. 

Todo estaba en silencio. La tropa mar- 
chaba sin hallar obstáculos que vencer. 
De repente se oyó un tiro de rewolver, 
aue disparado desde la oscuridad y á 
distancia de seis ú ocho pasos, causó la 
»uert9 del W^anro j f ^te^di4o qqx^wX 



Arizon, que marchaba á la cabeza de muí 
de las columnas. 

£1 asesino que había esperado tras una 
esquina, tuvo bastante serenidad para 
dejar pasar la sección de flanqueadores y 
elegir su victima, en la persona que le 

Sareció por su porte la más caracteriza- 
a; pero muy pronto dejó de existir, co- 
sido por las bayonetas de los soldados de 
Arizon, que sin compasión le acribilla- 
ron, encontrándole encima su rewolver 
con los otros cinco tiros cargados. 

Próximas ya á desembocar las colum- 
nas en la plaza, el enemigo rompió so- 
bre ellas dlesde balcones y ventanas» un 
vivísimo fuego que no las desconcertó en 
su movimiento de avance. Sonó por fin 
la señal convenida, y con ella el grito de 
guerra de ¡viva la reina! confundido eon 
los acofdes de las músicas y bandas que 
tocaban el paso de ataque en los cuatro 
ángulos de la plaza. Desconcertado el 
enemigo, trató en vano de defenderse y 
emprendió la más vergonzosa fuga, gri- 
tando algunos: \Juyamos\ \j%yamos\ \que 
tolo de músicos vienen má ¿ quinientos. 

Donde se defendieron con alguna de- 
cisión, fué en la comandancia militar. 
Aquel edificio ofrecía la ventaja de enfi- 
lar las principales calles y sus balcones 
guarnecidos de sublevados, vomitaban 
un mortífero fuego que no dejaba de ori- 
ginar bajas en nuestros valientes ; pero 
todo fué inútil, pues pronto se apodera- 
ron de aquella posición y haciendo uso* 
del arma blanca, desalojaron al enemigo 
que además de los muertos y heridos 
perdió tres prisioneros. 

Seguidamente formaron las tropas en 
batana y batiéndose marcha y presen- 
tando las armas, se arrió la bandera re- 
Sublícana, izándose la española en medio 
e entusiastas vítores. 
La toma de la ciudad de Puerto-Plata, 
del modo que acabamos de referir, costó 
á las tropas un coronel muerto y veinte 
y tres oficiales é individuos de tropa he- 
ridos. 

El dia 28 y los sucesivos se pasaron 
sin novedad particular en cuanto á fun- 
ciones de armas. 

El dia 29 desembarcó el batallón de 
Puerto-Rico procedente de la isla del 
mismo nombre, y el 31 el de cazadores 
de Isabel II que venia de la Habana, lle- 
gando también en el mismo dia el coronel 
jefe de estado mayor de la capitanía ge- 
neral de SaotQ DQoUngpo D, Mariano Capa, 



- «5 - 



que traía la orden de reunir gente 7 
marchar sin demora en auxilio de la tro- 
pa, que según noticias, cercaban y aco- 



saban los insurrectos en Santiago de lotf 
Caballeros* 



xvm. 



LA COLUMNA DEL CWONBL CAPA. 



La primera jomada.— OlTido f9prensi]t>le,— La marcha. —Asi>9Cto de la ciudad. 
— Entrada de las tropas* 



El dia 1.* de Setiembre salió de Puerto- 
Plata con dirección á Santiago, unafuerte 
columna compuesta del batallón cazado* 
res de Isabel II, del de Puerto-Rico, dos 
compañías del de Cuba, cuatro de la Co- 
rona, dos piezas de montaña t el general 
Suero con cien hombres del país, &las 
órdenes del Coronel Capa. 

Esta colunma lle^ó sin novedad hasta 
Hojas- Anchas, donae tuvo un ligero en- 
cuentro eon el enemigo, que fácilmente 
dispersó, perdiendo un oficial de Puerto- 
Rico. La noche se echaba encima 7 se 
acampó en una estancia del general Sue- 
ro, que dista de Puerto-Plata seis leguas, 
de^ues de un tiroteo que causó nueve 
bajas. 

Allí se presentó un propio que manda- 
ba el brigadier ^uceta, avisando que el 
enemigo, en número considerable, se ha- 
llaba en la cuesta del Almirante esperan- 
do á la columna, y que el faccioso Polan- 
co acababa de dar orden de concentración 
de tody las fuerzas rebeldes en Santia- 

fo, para tomar á todo trance el fuerte de 
an Luis. 

Con gran sorpresa de todos, aquella 
columna, que deoia volar en auxilio de la 
mal parada guarnición de Santiago , y 
que debía ser la salvación del país, retro- 
cedió, j al oscurecer del dia 2 volvía á 
entrar en Puerto-Plata. 
¿Qué había ocurrido, para que álos 

•9&emig^09 fi^ les diera el placer deyer 



marchar en retirada alas tropas espa- 
ñolas? 

Había sucedido, ¡asómbrense nuestros 
lectores! que con una punible imprevi- 
sión de que haj pocos ejemplos, iba .la 
tropa exhausta de municiones. Asi cor- 
ría un tiempo precioso para los rebeldes 
7 terrible para el gobierno. ¡Quizás de 
estos días perdidos 7 de estas improce- 
dentes retiradas se alimentó la hidra ra« 
volucionaria! 

A las tres de la mañana del dia 4 vol- 
vió k salir la columna, fuerte de 3.000 
hombres, después de dejar en Puerto- 
Plata una pequeña guarnición, á las ór- 
denes del comandante Campillo. 
. Las tropas salieron racionadas por tres 
días, con cinco paquetes de cartuehos 
por plaza 7 una acémila por compañía 
eargada de municiones de reserva. A las 
einco de la tarde llegaron á la estancia 
de Suero, donde se pasó la noche. Al ra- 
7ar el siguiente dia se rompió la marcha 
pndiendo la jomada en« Limón sin otro 
mcidente, que el de haber descansado en 
Almirante tres ó cuatro horas para co- 
mer los ranchos 7 librarse del sol abra- 
sador que se h^cia insoportable. 

Al amanecer el dia 6 se continuó el 
movimiento de avance hacia Santiago, 
dándose un descanso de once á una, con 
el objeto de defenderse de la fuerza del 
calor. Tres leguas cortas quedaban para 
Ue^ar al térnnne del Tiaje, j palcolando 



— 86 - 



fltw 86 hallarla interceptada la entrada 
ele la población, se tomó el paso largo 

Eara llegar & ella de día. Apenas puesta 
% tropa en marcha, se apercibió a gran 
distancia una inmensa columna de humo 
que se confundía con las nubes. Sin in- 
cidente algtmo se acortaba )a jomada por 
instantes, y muy pronto se empezaron 4 
oir cañonazosy & apercibirsellamaradasde 
fuego, por entre la -colunma de humo que 
cada Tez aparecía más grande. Entonces 
se creyó cuanto se habla presagiado: el 
pueblo ardía y la guarnición sostenía una 
•ncamizada lucha. 

El paso se aceleró más y más, bajo un 
sol de fuego, que hacia caer á los sóida- ' 
dos sin aliento, no encontrándose ni si- 
quiera un árbol que brindase un poco de 
iombra. 

El silencio más profundo reinaba en la 
columna. 

El incendio de la población era hor- 
roroso y los disparos de cañón se suce- 
dían con escasísimos intervalos; todo 
anunciaba, en fin, el peligro graTÍsimo 
que corria la guarnición. 

Todos ansiaban llegar y se llegó por 

fin. 

Aun no serian las tres de la tarde, 
cuando cesó el fuego de artillería. El 
humo, de espeso y negro se había con- 
vertido en ligero y blanco y muchas lla- 
mas que no lo producían daban á cono- 
cer que la población habla quedado redu- 
cida á cenizas. 

El camino para entrar en ella era bas- 
tante ancho y permitió formar en columna 
cernida, primero Isabel II y desj^es Co- 
rona, Puerto-Bico y Cuba, colouidose la 
artillería al flaneo derecho. 

AI O. de la población y antes de pe- 
netrar en ella, hay pequeñas alturas á 



ambos lados del camino; en ellas habían 
construido los insurrectos tres reductos 
llamados Dios^ Patria y Libertad; por de- 
lante de ellos y á distancia de unos se- 
senta pasos, cruza un ancho camino que 
atravesaba el que la tropa traía, que á su 
vez pasaba por entre los reductos J>iot y 
Patria; en dicho camino habían abierta 
un ancho foso que resguardaba una co- 
puda cerca de piña^raton. 

Cuando la cabeza de la columna ll^ó 
á este punto, el enemigo rompió el fue- 
go desde sus tres fuertes. En el del cen- 
tro, llamado Patria, tenia un cañón cu- 
yos primeros disparos causaron conside- 
rables bajas; pero la suerte favoreció á la 
artillería de la columna que al segundo 
tiro desmontó la piez^ enemiga, destro- 
zando su cureña y causando entre loe 
que la servían una desanimación gran- 
de. El fuego de fusilería se sostenía con 
tesón por una y otra parte, cuando de 
repente las músicas y cometas tocaron 
ataque, tomándose la cerca á la bayone- 
ta y dirígiéndose Is bel II al fuerte Dios; 
Corona al faerte Patria y la restante 
fuerza al Libertad, Después de una vi- 
gorosa resistencia en que más que nada 
jugó el arma blanca, se pronunció el ene- 
migo en retirada, en medio de la mayor 
confusión y desorden. 

Los restos del incendio hacían imposi- 
ble la persecución, en términos, que Ta- 
ños soldados á quienes cegaba Sí entu- 
siasmo y la gloria del combate, cayeron 
exánimes, sofocados por el excesivo calor 
que producíanlos amontonados escom- 
bros. 

Muy numerosas y muy sensibles pérdi- 
das sufrió la columna en este memorable 
combate. 



"N 



tn 



OPXEAOIONBS BN SANTIAOO. 



Situación de la tropa. — Combates del 7 de Octubre.— Hl forragear.— Proposi- 
ciones de los sublevados. «-Captura de los parlamentarios.— Narración de nn 
prisionero. 



El fderte de San Luis se había conyer- 
tido en cuartel general del brigadier Bu- 
ceta y demás autoridades. Por su espalda 
pasaba el caudaloso rio Yaque, de cujas 
aguas se surtíala guarnición para su 
consumo diario. 

Empezóse á sentir la escasez de yiye- 
res, y se asignó como ración cuatro on- 
zas de arroz por plaza. 

Al E. de la población hay un monte de 
eleyada altura, y en su cimibre un fuer- 
tecito en donde se habia instalado la jun- 
ta reyolucionaria, almacenando en él la 
mayor parte del botin que hablan hecho 
' antes de entregar la ciudad á las llamas. 
De dos k trescientos sublevados daban 
allí la guardia. 

El eaiflcio de la c&rcel, que habia res- 
petado el incendio, lo tenian igualmente 
guarnecido, por encerrarse en él gran pro- 
yision de municiones de boca y guerra. 

Habiendo preguntado' el comandante 
general, al comisario de guerra, las exis- 
tencias con que se contaba, se supo que 
solo se nedria suministrar ración dorante 
seis ú ocm> dias. 

La ciudad de Santiago, que antes de 
ser presa de las llamas tenia indudable- 
mente una gran importancia militar, por 
su situación y por ser la segunda pobla- 
ción de la isla, excediendo en riqueza k' 
la capital, yino á ser un embarazo para 
las tropas españolas, que no contaban ni 
con edificios en qué albergarse, ni con 
proyisiones con qué sostenerse. 



Las fuerzas que el enemigo habla aglo- 
merado sobre ella, se aproximaban áocho 
mil hombres, según opinión de los seño- 
res Buceta y Capa, y sus defensores úti- 
les no excedían de dos mil doscientos, 
desigualdad numérica, que hubiese es- 
tado compensada con la instrucción y 
disciplina de las españolvs, si los com- 
bates hubiesen sido campales ; pero co- 
nociendo los insurrectos estas yentajas 
no se presentaban de frente , sino en el 
orden abierto y parapetándose en los bos- 

Sues , malezas y aemás obstáculos de 
onde se les rechazaban con dificultad. 

La iglesia y una casa grande de co- 
mercio, edificios de mamposteria, inme- 
diatos al fuerte de San Luis, habian si- 
da, lo mismo que la cárcel, respetados 
por el fuego. 

En la mañana del 7 se trasladaron á la 
iglesia todos los enfermos y heridos, es- 
tableciéndose asi el hospital. El dueño de 
la casa de comercio antes citada mani- 
festó que tenia una porción de barriles de' 
harina en ella, é inmediatamente se ela* 
boro una ración de pan para la guarni- 
ción, que destacó un batallón á cm% uno 
de estos puntos. 

- A las doce del día salió el regimiento 
de la Corona con una pieza de artillería, 
dirigiéndose á la antigua cárcel, para 
apoderarse de los comestibles que conte- 
nia y trasladarlos al fuerte. 

El enemigo salió á su encuentro en pe- 
lotones de (Bes á yeinte hombres, que re** 



-88- 



chazó el segundo batallón, desplegado en 
gaerrilla. Ai abrigo de este, ayanzo el pri- 
mero en columna, hasta seis ú ocho pasos 
de la puerta, en donde se situó el cañón 
que fácilmente la eehó en tierra, dando 
salida al enemigo-, que con indecible va- 
lor se lanzó machete en mano sobre los 
artilleros, trabándose un reñidísimo com- 
bate al arma blanca en el que sucumbie- 
ron gloriosamente un cabo j tres indivi- 
duos de los que servían la pieza, antes de 
que pudieran ser protegidos por la infan- 
tería; tan veloz fué el ataque. 

Las tropas del fuerte presenciaban con 
agitación la lucha, y aun cuando no po* 
dian dudar del resultado, viendo que des- 
de el fortín acudía gente á proteger á los 
SUJOS, hicieron salir al batallón de Isa- 
bel U, pero fué en vano, pues antes de 
llegar al sitio del combate, regresó la Co- 
rona cumplida su misión y conduciendo 
las acémilas cargadas de provisiones. 

Mientras esto sucedía en Santiago de 
los Caballeros, auxilios de todas clases 
llegaban á Puerto-Plata con nuevas tro- 
pas, que debieron haber resuelto favora- 
memente la cuestión, si se hubieran em- 

Sleado oportunamente. La responsabili- 
ad de que asi no sucediera el lector juz- 
gará después, de parte de quien, está. 

Pasaron unos días mirándose frente á 
frente los dos bandos sin otra novedad, 
que las pequeñas escaramuzas que origi- 
naba el hacer la aguada. 
« En la mañana del 11, salió el regimien- 
to de la Corona, con el objeto de protejer 
el forraje que debía hacer la caballería y 
acemileros. Se vadeó el Yaque, y guiada 
por un práctico, andubo la columna tres 
leguas por un bosque, sin que ocurriera 
novedad; á dicha aistancia se encontró 
una casita, alrededor de la cual había 
abundante forraje, del que se hicieron 
muchas cargas. En la casa se hallaba un 
ncRro viejo, que aseguró que por alU no 
habia insurrectos; no obstante, se sospe- 
chó que los habría, pues se encontró mu- 
cha carne fresca de vaca y cerdo, v abun- 
dante tasajo. La tropa se apoderó de es- 
tas vituallas, como también de algunos 
cerdos que allí habia, y concluido el for* 
raje, emprendió la retirada. 

Como a mitad de camino, se vio cerca- 
da de insurrectos por todas partes. El 
negro vieio habia iao á avisar, y se plan- 
tó en medio del catnino, haciendo mego 
con un trabuco; pere bien pronto pagó 
con la vida su atrevimiento. 



Bl segando batallón desplegó gnerri- 
Uas á los flancos, vanguardia v retaguar- 
dia, para proteger la retiraaa de la co- 
lumna. Ai llegar esta al Yaque» nuevas 
masas de insurrectos que bajaban del 
Fortín, se disponían á disputarle el paso, 
que hubiera sido imposible, sin el apoyo 
de la artiUeria de San Luis, y del bata- 
llón cazadores de Isabel 11, que se desta- 
có para proteger la entrada. 

El enemigo, después de ima tenas re- 
sistencia, dejó el campo sembrado de ca- 
dáveres y huyó á sus guaridas para li- 
brarse de la muerte, que sembraba nues- 
tra certera artillería. 

La Corona entró en el fuerte con oaee 
heridos, habiendo dejado en el bosque 
ocho muertos y tres extraviados. 

En la tarde del mismo día 11 se pre- 
sentó al comandante general el teniente 
coronel D. Demetrio Quirós, que con un 
batallón daba servicio en el nuevo hos* 

Sital, participándole que varios grupos 
e enemigos y entre euos algunos que ee 
titulaban oficiales, se hsbian aproximado 
á las avanzadas, manifestando que de- 
seaban la paz. 

El brígadier Buceta dio á esta notieia 
mucha importancia, y convocó junta de 

Í generales de las reservas y de los jefes de 
os cuerpos, para consultar lo mas con- 
veniente en aouella favorable circunstan- 
cia en que la discordia y el cansancio pa- 
recían germinar en las filas enemigas. 

La junta acordó publicar un bando de 
indulto, del que se sacaron seis eopias 
que se remitieron al enemigo por tres de 
sus prisioneros á quienes se dio la li- 
bertad. ' 

En el resto del día mediaren comuni- 
caciones entre el jefe de la sublevación 
y el comandante generai, llegando á en- 
valentonarse el enemigo hasta^el punto, 
de usar frases ofensivas al honor español, 
que fueron digna y enérgicamente con- 
testadas por el Sr. Buceta. 

Recordando las escasas fuerzas con que 
fué ahogada en Santiago la insurrección 
de Febrero, gracias á la pronÉ|ud con 
que se la atacó, recordando que en las 
mismas alturas de la otra orilla del Ya- 
que, campaban los sublevados en gran 
número y fueron desalojados y hechos 
prisioneros sin que disparasen un tiro, y 
recordando,^r último, que entonces de- 
clararon ouenabian sido engañados y ven- 
didos, de oía inferirse á la vista de nues- 
tros bizarros batallones en actitud re* 



-53- 



doelta, <)iae cuando se les diera tm ata- 
que forma], decidido, desesperado, si era 
menester, volverian á dispwsapse y sa« 

furamente no hubieran parado de correr 
asta llegar á sus casas ó aldeas. Pero la 
fatalidad presidió las primeras operacio- 
nes T el enemigo se envalentonó, tradu- 
ciendo por miedo las indebidas conside- 
raciones que se le guardaron. 

Esa inexplicable fatalidad, hizo que los 
jefes españoles propusiesen á los suble- 
vados una capitulación. ^ 

Los que deoian juzgarse perdidos, sin 
la injustificable tflurdanza de la columna 
del coronel Capa y sin la nó menos in- 
justificable conducta del brigadier Primo 
de Rivera, osaron para mengua del nom- 
bre espafiol, imponer^ condiciones humi- 
llantes, y entre ellas, la de que la siiar- 
nicion tomase el camino de Puerto-Plata» 
después de entregar sus armas. 

Semejante audacia no podia menos de 
sublevar el honor de tan valientes tro- 
pas, que se mostraban decididas á morir 
antes de entregar las armas que tan bien 
sabían manejar. 

Se mandó entonces al campo enemigo 
al teniente coronel D. José vélasoo y al 
alférez D. Miguel de Muzas, ambos ami* 
gos de los principales jefes de la insur- 
recion, para que tratasen con ellos; pero 
lejos de haber conseguido nada, fueron 
detenidos, desconociendo con este acto 
las leyes del honor. Aquellos dos parla- 
mentarios sufrieron después un ano de 
amargo cautiverio. 

Oigamos al mismo Sr. Yeiasco como 
refiere el suceso, én una Memoria que pre- 
sentó en Monte-Christl cuando consiguió 
8u libertad. 

«Excmo. señor: Nombrado por el se- 
ñor coronel jefe de estado mayor de la 
capitania general, D. Mariano Capa^ au- 
torizado al efecto por el Excmo. señor 
brigadier comandante general t). Ma- 
nuel Buceta, para ir al campo enemigo 
como parlamentario, la mañana del 18 
de Setiembre de 1863, en Santiago de 
los'CabMeros, con el fin de procurar 
alguna garantía á los heridos y familias 
que hablan de quedar, por la falta de 
medios de conducción, al retirarse nues- 
tras fuerzas, creo de mi deber exponer 
á y. B. este hecho y los que se siguie- 
ron, con la brevedad qué me sea dable 
para la debida constancia. Impaciente el 
sefforjefe de estado mayor, porque sien- 
do ya las nueve de la mañana próxima^ 



mente, no había vuelto del campp doH-' 
trario el presbítero Sr. Charboucan, que 
habia enviado á las seis pjtra negociar 
un acomodamiento en el sentido antes 
expresado, y pesaroso de no poder ir él 
mismo á tratar con los 4éfes rebeldes, 
como también desconfiado de que por lo 
ageno de ilu carrera, pudiese el eclesiás- 
tico concluir un convenio aceptable, que 
se hacia tan urgente por la futa de pro- 
visiones, me interpeló sobre si tendría 
inconveniente en ir, puesto que conocia 
al jefe principal, general de las reservas 
Polanco, y respondiéndole que ninguno 
si se me mandaba, me ordenó fuese al 
momento, yendo conmigo á donde se 
hallaba el escuadrón de Afi'ica para que 
me facilitara- un caballo y un trompeta 
y convinieikdci enq^e me aodmpañase el 
subteniente del segundo batallón de la 
Corcma D. Miguel Muías, que la tarde 
antes, aprovechando la suspensión de 
hostilidades, habia ido con permiso, para 
conocer la disposición de les ánimos, 
por las muebas relaciones que tenia en- 
tre los rebeldes, y que fueron después 
de suma utilidad para convencerlos y 
que aceptasen mis proposiciones. 

» Llegados á Gurabito, donde se hallaba 
el campamente de PelancOi supimos que 
se hallaba con los demás caudillos reuni<^ 
dos en el dei Apnazo, donde mandaba el 
titulado general Salcedo, conocido por 
Pepillo, al cual nos dirigimos haciendo 
repetidas veces sonar la trompeta y lle<- 
vando la bandera blanca; eo cuya dispo- 
sición fuimos redead<is al llegar, é inter- 
pelados por el objeto de la misión, que 
I decian muchos en elta voz debia ser la 
de examinar el estado de sus fuerzas para 
batirlas después. 

Bel altercado -sostenido prineipalmente 
con Salcedo, en que tomó parte Polanco 
4 favor nuestro, resultó dejamos déte* 
nidos. 

De alH á poco rato se acercó Salcedo 
excusándose del paso que habia dado, se- 

gun deoia, por sostener su autoridad so- 
re los otros, y asegurando que pronto nos 
volveríamos. 

El y Polanco entraron entonces en ma- 
teria, V aunque al principio quisieron- se 
estipulase que la columna tomaría el ca- 
mino de Moñte-Ohrísti, convencidos ál fin 
de que toda exigencia de su parte haría 
incompatible la marcha de la columna 
con el honor de las armas, y seria, por 
censigttiente, reehazada, convinieron liis 



— de- 



dos jefes indicados, eon «1 que suacribe, 
en que laoolunuia saldría sin hostilizar 
ni ser hostilizada, que los heMdos, em- 

Sisados en el hospitol j familias reñigiarr 
as«n el fusrts, quedarian bajóla ga- 
rantía de los dos jefes insurrectos, j que 
ellos retirarian las fuerzas que tenian es* 
caloñadas sobre el camino de Puerto- 
Plata. 

»E1 general Polanoo fué á ejecutarlo en 
persona y á despachar una escolta de ca- 
ballería que marchase delante de la tro- 
pa, para eritar toda ocasión de hostili- 
dad, por ignorancia ó mala inteligencia 
de los subieTados, que pudieran hidlarse 
sobre la ruta. 

• »La retirada de las ñierzas de Gurabito 
j demás puestos establecidos sobre el 
caminó w DOYtuTO* luga» desdé luego. Como 
al empezar la conferencia hubiesen ma- 
nifestado que era sensible que hubieran 
llegado las cosas al excremo en que se 
•ncoutraban, por no halwr tenido los 
acontecimiimtos de Febrero la termina- 
ción á que JO había procurado encami- 
narlos en el campamento de Jaybon, su- 
giriéndoles la idea de hacer presente á 
8. M., en una peyerente exposición, las 
causas originarias de los sucesos y del 
malestar que ex país experimentaba, im- 
petrando de su bondad el. perdón y el re- 
medio don otra al Exorno, señor capitán 
general, para que se eiryiera apoyarla y 
aprobar sLindulto que en su nombre die- 
ra el gobernador de la proTíncia, general 
de las leaervas D. José Hungría, y consi- 
derando propicia la ocasión , procuré 
atraerlos otra vez á la sumisión indicán- 
doles que todavía creía posible cYitar ma- 
les mayores al país por el mismo medio, 
solicitando además del Bxeiúo, señor ca*- 
pitan general la suspensión de las hosti- 
lidades hasta la determinación de S. M., 
añadiéndoles al manifestar su resolución 
de resistir á todo trance la dominación de 
autoridades españolas y quejarse de que 
los buenos deseos de S. M. y de su so- 
biemo hubiesen sido mal interpretados 

Í)or la gesaralidsá de sus empleados en 
a isla, que yo sabia por el coronel Capa, ' 
reden Ikgado de Madrid, que en el mi- 
nfsteriQ se trataba por consecuencia de 
los primeros sucesos y de los crecidos 
gastos «que ocasionaba elgobiemo de San- 
to Domingo, de darle otiu.forma más po- 
pular^ quedando probablemente sin tro- 
pas eñ las poblaciones* ni empleados p*- 
ninsutores, por lo que se creía» que si en 



vez de empeñar el honor de la Bacion en 
aometcrlos al procurar ellos la enaiancipa- 
eion por la fuerza» se "dirigían en súplica 
á S. M., todo podían esperarlo de su ge- 
nerosidad y predilección por los domini- 
eanos. 

Los dos caudillos convinieron en adop- 
tar este sistema, mostrándose más espii- 
cito aun Salcedo, después déla aalida de 
Polanco para retirar los cantones. Ter- 
minada la conferencia, salimos los par- 
lamentarios á tomar nuestros caballos y 
nos encontramos sin ellos, por haberlos 
llevado el Chivo (funesto personaje ds 
quien tendremos que ocupamos); pero 
Salcedo mandó que se tngeran estre- 
chando al presbítero Sr. Uharboucan, 
que llevaba la contestación escrita para 
que no esperase, asegurando que le se- 

Suiriames en cuanto llegasen los caba- 
os. Poco después vinieron estoe en efec- 
to hasta unos treinta, pasos de donde nos 
hallábamos, cuando amotinándose la gen- 
te que allí había, acaudillada por el Chi- 
vo, avanzó de todas partes sobre nosoto>8 
dando voces de muerte y preparando las 
armas de fuego ó sacando los machetes. 
La guardia de la comandancia avanzó 
rápldamento , y apoderándose, de nos- 
otros y desarmándonos, nos defendió é 
hizo entnur en la comandancia, mientras 
Salcedo que acudió, procuraba poner or- 
den; pero después de un cuarto de hora 
de confusión y gritos desaforados, entró 
manifestando era preciso que la columna 
entregase las armas para irse, y no con- 
seguimos hacerle variar de resolución, á 
pesar de mostrarse al fln oonvencido de 
que la contestación s^ia atacarles, como 
le decíamos, causándoles tantas bajas 
por' k> menos como ellos hiciesen, j mar- 
charse por último por donde qusisiese. 
Se habla ; cemprometido Salcedo eon los 
amotinados á exigir la entrega de las ar- 
mas paní calmarlos, y en este sentido 
dirigió nueva comunicación al señor bri- 
gacUer Buceta, asegurándonos que nos 
iriamos en euanto lograse calmar la agi- 
tación, á cuyo efecto salió, Ji^andAido 
avise, según después supimos, á Polaa- 
00, para que volviese á ocupar sus poai- 
cienes sobre el camino; el aviso no Üegó 
á tiempo y la columna salió á las tres de 
la tarde, sin eneo0:itrar quien se. le opu- 
siera al paso, lo que desesperábala Sal- 
oedo y á los demás que se hallaban en su 
cantón, que quedaba á retaguardia, ma- 
aüestando extráñese y despacho deque 



^n.^ 



no lo cditeitoseii j mm ly^dontroa tín, 
oaperai Bt haoM soetaniftoion» Ip ^^á^ 
mostraba biexr* qi^f el ^ordadoro motivo 
demicoieraertitologrfMr «ootonerloB» i 
fin do dw tdompo'i quo. Tolfiosea U» 
fuenaarotifcftdaa do Gurabito, j^ara opo* 
nerso al paso de la coiuinaa. . 
. »8alQeao dosapaivBció.oon lamaTor par- 
to do Bugoato, haoióodoaeaordixl iuiUmk 
tras roclainaeioaoa, ó no ojéndolaa oa 
realidad por el tumulto t Yoooríi^, para ir 
á pioar la rataguardiHt llorándolo la pie- 
za que en el cantón tonian« arrastrada á 
la oarrora por anos veinto hombrea. Dea- 
do «1 cantón no ae oyó un solo tiro* ni so 
supo nada hasta la noche que ompoaaron 
¿hablar do heridos y familias que traían, 

Íde gtñJkáoa destrozos que suponían ha- 
or hecho* 

»I)urante la tardo, pugnaron rarias to- 
cos con instancia por entrar en la coman- 
dancia á quitarnos la vida, muchos dolos 
que se quedaron en el campamento; poro 
otros so oponían, y prinoipalmento el co- 
mandante do la guardia, José Miguel Bo- 
yes, que decía tottor orden absoluta do 
Popillo para hacer fuego sobro el que 
atentara i no/oetras personas, y preparó 



dos T0004 Mjoal^iprto rlagi^miaas* JL 
poco do saBr la cf^tÁmi^ «f^f^rlgíó' 4 
Chivo á la i^l9ifa« f \ia fsrria ^La ibospítal 
á los bsridosi capitanoiindo lai oandsr df 
foragidos que le soguia, .con ánimo do 
degollarlos primero, y.arroj4urlo0 al rio. 
para cuyo efecto llovabim ca^nretas. Él. 
presUtoro Charboucan, que hal»ia ja lo- 
g:rado detener i algunos grupos que cor* 
rian sobre la retaguardia de nuestro ejér- 
cito, afeándoles enérsipamente el que- 
brantamiento de lai & empciiSada, pudo 
también, invocando el convenip,, y con el 
auxilio de la sonora del doctor í>. Julio 
Andró, contener la ferocidad de las tur- 
bas y dar tiempo á que llegase una gui^r- 
dia enviada por Salcedo, quo ai bien con 
trabi>jo, restableció el orden. Al amane- 
cer llegó Salcedo, y dirigió esquelas á los 
que después fueron miembros del go- 
bierno provisional, y ^ oibras personas vi-r 
sibles, formando una lista ó información 
del sitio donde se hallaban, asegurándo- 
nos al propio tiempo que con ellos se tra- 
tarla de la devolucioa dei parlamento y 
de los medios que se le hablan .indicado 
para concluir un arreglo.» 



A 



• i 



LA COLUMNA DEL BBtaABtBR PRIMO DB RIVERA. 



Encuentro con el ene^go.-^ttbVíinientó' Votró^&d^.^'mNié^ édbda j nueva 
retirada. 



.1 



í" • 



j" 



El dia 4 de Setiembre salió de la Haba- 
na el 2/ batallón del regimiento del Rey, 
á bordo del vapor de guerra Isabel la Ca- 
tlU^a, qiie'tinfbrefii MQteeti aá brigaAlw 
D: Rafásel Pfhnode'RiverayaIjéfe de e»* 
tadcmayor D. Carlos Rodrtgunde Btve- 
ra.iDicho buque límdeó en la bahia de 
Pnsrto-PliM, aPmedtodfa'deh^7 en oea^ 
sioQ en quai^e'haUabadOípBiabaroaiidotiíl 



batallón cazadores de la Union, que pro- 
cedente de la Habana habia trasportado 
el vapor Pájaro del Océano, 

Alosnaiiieserol llMlió4&P«erto^Pla- 
ta y á una árdenos del brigadier Primo de 
Rirera, «la bohinma oompussta do los ■ 
tres batalk)iiMde>la¿ Union, Bey y Ma- 
drid, con cuatro piezas de mon¿ña. "Su 
oliste er» jr á Simtíáfden l3oeorro4o 1» 



-^á*- 



Tomó i^fa mi malucha nii' ¿atninp co* 
íiocido en lá localidad con el nombre de 
Petlo^yuemado^ que ai bien muy eecabro- 
ao, era el que mis bretemeute conducía 
á la capital del Oibao. 
' Desde el medio día se preíaentaren al- 
gunos sublevados que, ocultos en el es- 
peso bosque, hacían disparos muy multi- 
plicados sobre la columna. 

Al oscurecer acampó esta en el sitio 
llamado lo» llanos de Pérez, distante unas 
seis leg;úaa del punto de partida, y en- 
tonces se pudo ver que las hostilidades 
sufridas habían producido algunas bajas 
en la tropa y cuatro en los oficiales, de 
los cuales uno falleció en la misma noche. 

A la mañana siguiente no se movió la 
columna como se esperaba, y su Jefe, en 
vez de romper la marcha, convocó una 
Junta de jetes para consultar si convenia 
seguir adelante ó retroceder. 

Se resolvió esto último. 

A las doce del día emprendió su reti- 
rada la expedición, sin ser hostilizada 
por el enemigo, sino por algunos dispa- 
ros en menor cantidad que el día ante- 
rior, y á las doce de la noche volvía á 
entrar en Puerto-Plata. 

¿Qué había sucedido para que asi de- 
sistieran de su proyecto, los que se ha- 
bían encargado ae socorrer á sus herma- 



nos de 8luiiiag^ Sacedlo que la tropt; 
que M provlsttt deraeioiie» pmra tras 
dif as, para aliviarse del yeso, que ei e^or 
hacia insoportable» arrojó en sa mayor 
parte los víveres, y al rendir la primera 
jnrnada hubo muchos soldados que m» 
tenían que comer. 

' Bftta gruye falta de disciplina, unida á 
la escasea ó carencia de acémilas, que di- 
Acuitaba la eonduccion de los heridos, 
óen loe que se distraía una gran parte de 
la fuerza, motivó la retirada y quedó fa- 
llida la esperanza- que había inñindido 
aquella expedición, que sin aquellas des- 
gracias hubiera quizás cambiado el as- 
pecto de las cosas. 

Es verdad que el dia 14 tomó» 4 salir 
con el msmo fln; pero á los tres dias de 
ausencia en los que solo se alejó unas 
seis leguas eñ otra direecion, regresó á 
Puerto-Plata con nuevas bajas que de- 
plorar. 

De cuanto llevamos dicho hasta aquí, 
podrá advertirse que las tropas espafiolas 
empleadas pai a sujetar la i as u r re e ekwi, 
fueron manejadas con harta desdicha. T 
como el enemigo comprendiera ó notara 
i^lta de inteligencia, de actividad y de 
energía, tomó alientos, hizo esfuerzos 
verdaderamente superiores, y confió en 
que la misma inacción y las treguas que 
se le concedían, habían de influir de una 
manera favorable á su causa. 



" f • ' ti 



XXI, 



{JL UTIBAOA DE AUíTI^OO 0S I.OS CÁBilLLBBOg. 



La capitulación.— Salida déla columna. —Emboscadas.— Impericia de los 
surrectos.— Karcha penosa.— Combates. 



El diü trece de Setiembre se pactó co- 
mo ya hemos dicho, una capitulación en- 
tre las tropas españolas y el pueblo su- 
blevado, oe la que dias antes era capital 
del Cibao. 

M^chQ sf l^a 4o(l«madQ ^i^tra aqual 



paso, que ae ha mpotado oomopriiiaípal 
causa ae la fftierra que España aostuvo. 
¿Qué sueedia en nuestra campo, para 
que se conviniera y Uevase 'á cabo un 
acto de tanta gravedad? Cüeiiamente no 
era el temor al «imBÁ^f qo» en eoneide^ 



-^ML^ 



rabies y há«ta'trlpliG«dftrñióníift, Blem- 

Ere hábiA Mavemeiáo por nuestras ta-. 
ientés;Lo que)a arigmóiñké él temor k 
la eseasez de viTeres. 
. iPeh> líastá qué punto llegó la penu- 
Har No leemos visto qne previamente se 
hicieran provimones en el fuerte de San 
Luis, como se debió j pudo, pues consta, > 
que antes del ineenoio muchos comer- 
elstttes, previendo los sucesos, pusieron 
á dispoisicion del comandante general jbus 
surtidos almacenes, cujas brandes exis- 
tencias se pudieron trasladar al campo- 
atrincheraao que rodeaba á aquel. No 
hemos visto tampoco que se estableciese^ 
alli un sistema de bien entendida econo- 
mía, sino muy al contrario, que centena- 
res de personas agenas á la milicia se re» 
íugiaron en el fuerte, no sirviendo las 
mas sino para comer, estorbar y ser es« 
pías de los contrarios. 

No hemos visto siquiera en defensa de 
la capitulacon, que los defensores de 
Santíwo pasasen por las amargas prue- 
bas del hambre, de que tantos ejemplos 
nos presenta la historia militar. 

Nada, en fin, hemos visto que Justifi- 
que aquel paso tan precipitado. 

Los que han tratado de defender el 
abandono de Santias|o, y con él, M de los 
pobres heridos y enrermos^ que se deja* 
Dan 4 mereed de un enemigo, que en 
Guayubin habia demostrado su ferocidad, 
asesinando á los que encontró en los hos-. 
pítales, decian, que la capitulación se ha- 
ma hecho para mttorar la situación de 
los imposibilitaáos de retirarse. Casi la 
minna escusa presentaron ke que en el 
año 1835 abandonaron & Durango, dejan- 
do ciento catorce enfermos; |iero enton- 
cea los q&e debieron definider «quial pue- 
blo del valiente y eitratégioo Zjamalaeáp* 
regul, fueron Juzgados por un consejo de . 
guerra que les condenó á muerte. 

Si nuestras ñiersas eran snflciente* 
mente poderosas, para saHr i bascar al 
enemto) «ttaadobra necesaria y siempre 
)o batíaa, cumpliendo riol^eto que se 
hablan propuesto; ;por qué entonces pac- 
tos, cuya sola indicaeion indigna? 

Si las tropas espafiolae p(Klian luchar 
y vencer á los insurrectos; si podían mar- 
char hasta d<tt»de querían, como lo hieie« 
ron, á pesar de sus eontrario<«, ¿por 
qué mendigar una licencia para esca- 
parse? 

Se nos ha querido eo&veneer deque 
hubo necesidad de abandonar i Santia* 



E, piT(hi^h»am encoQitriMÍar^i^ ^^ 
0ca suficisnté,lo logrf^r^. , >> ^ 

Aquel pasp d^$!gniCiado. fué, á nodu-* 
darlo, el que dio vjida é importimqia i la, 
insurrección, que cual la 4e Febrero hu- 
biera sido sofocada. 

Refiriendo el Sr. Pirala<ea su historia 
de la guerra civil, ie Espaila un caso 
análogo al presente, dice lleno de n^ble 
e&tHsiasmo: «Los defensores de.Zof Ar-, 
»cai debieron de haber* seguido el ejem- 
)H|>lo de otros valientes y sepultarse en- 
cere las ruinas de las paredes encomen- 
»dadas i spi defensa.» 

El general Mina impuso castigos k los, 
jefes y oficiales que abandonaron Lot. 
ArcQi. 

Nosotros, ni pedimos castigos, ni si- 
quiera nos permitimos marcarlas perso- . 
ñas en quienes recae la responsabilidad . 
de tan funesto acto. Solo le consignamos 
para que algún dia pueda servir de ejem- ^ 

{^lo, pues también los desaciertos son 
eccioiies saludables. 

Sabemos que el abandono de Santiago 
de los Caballeros, de la manera y con las 
circunstancias que se hizo, no fué reso- 
lución caprichosa del jefe que alli man- 
daba, sino la -acordada de una junta de 
jefes. Pero eso no es rasen eonvincente. 

Guando un iefe superior convoca á 
junta de autoridades en casos de guerra, 
que no sean de los apuradisimos de que . 
trata la ordenanza, puede asegurarse que 
lo que se va á proponer no as ni ftoiTni 
bueno* 

Los jefes superiores saben biisn hasta , 
; dónde ¿cansan sus atribucAonas» v suan-r . 
do las cuestionas son gratasi nUdes 4 
honori^eas, las resudveskSincQ^s^lHy. 
solo declinan ó e<wipai^ten la responsabir . 
lidad por medio de una junta en asqntos 
como el que se relata- 

Bn la malicia existe el gobierno despó- 
tico absoluto, y ningún militar sin un fin 
interesado abdica ds sus atribuciones en 
asuntos que debe v puede resolver por si. 

Los puntos de la capitularon consis*. ^ 
tian, en que los e8pai]k>les podrian em- 
prender su retirada fiasta Uegar á Puerto- 
Plata.» sin que fueran molestados por los . 
iosurrectos, que se comprometían k cui- 
dar k los enífermos y heridos que no pu- 
diesen continuar la marcha. 

Si el brigadier Buceta y demis jefes de . 
la espedicion tuviwoa fe ^n la palabra de 
sus enemigos, pronto, muy pronto r^i^ ^ 

Ueron un ü^fo desfi^i^Qt • 



-tfi^ 



' * JL las ettatio dé la ta^rdo «»m|^ratidi& tu 
retirada la colamna. A 8Íi!t%tltgíi«nlía tte 
un creeido número de fiünillas dué M de- 
cían afectas k la causa eepafidfa, ia ma-^ 
jor parte mujeres j niflos que i f\éj des- 
calzos se proDonian seguir lá trepa. 

&n' la connautfá qu& inspira un pacto 
de guerra, marchaba la columna un tan- 
to dUcuidada, cuando tf la media korá de 
camino fué traidoraménte átaeada por ei 
enemigo que rompid el 'fuego sobre ella, 
y especialmente sobré la retaguardia im 
que se encontraban aquellas lnA»liees fa- 
milias, sin protección alguna, hasta que 
con este fin se destina un batallón de la 
Oórona. Con este apoyo se contUTO algo 
la gran confusión y desorden que se har 
bia intretiucide en la columna; pero, no 
obstante, desde entoncab la retirada fué 
desordenada. 

Los que marchaban en cabeza, no pro- 
tegían ni esperaban i los que á la eola 
iban cansados 6 heridos y el infeliz k 
quien faltaban las fuerzas para seguir i 
paso largo, quedaba abandonado á mer- 
ced del'onemige que eentüiuába hostili- 
zando. . " ' 

La tropa no estaba aun faxniliarfsada 
con la guerta'de boeqtíe, qve luego apren- 
dió perfectamente; era patia eHa algoter-. 
roriflco el ludhar con enemiga inyistbles 
que disparaban i su antojo sin érdünoto y 
ocultos' tftw'ün bosque, que pai^dwim-* 

Itéprimkionmtfmto.e) ataqoe^iii ad- 
virtió la disminución de los sublevados 
qub Sil «sbIbU á' la vista y tíi general Bue- 
roi eofi<M30ábir M ptíé, mío; que sin duda 
algunasé Mbitttt adekuMdó {NM loihar 
Ic&fláttMsdé^uA bÉrf>aneoi)iop'dxi^ese 
deMarffaiiar,' y' ^é eoslaffia' mucha tiaA^ 
g¥e el dlB)^titr «1 pitto al ebeaiígo, pbr' 
cuya razón creia conveniente qtte un^^va*"» 
taUOft se ^friese á vatoguanlta pai%^ eoü- 
pario, deféat^ando 4t' enemigo si Id ha^* 
bia toníaflo ja. - . ■ '■• r 

Bí^ dbiíséjo fué «egufdo %l pié de la * 
letra; y ahot¥ó muchas btffas; 

Ek&pezaba' á oscitreeer , j sdoMse ha- ' 
biatií ^Uíidádo ctÁitfo legtNis; El '<»m!lno 
qué la columna seguía dejaba fi Su Iz- 
quierda un monte rajante attoj por cuya 
nddi^ hál^ una Veredar ancha, pero' se 
conocia que hacia tiexhpb no era fl^ou^n- 
táiiíty xiueé Sétába cubierta de rauífaje y 
bbsqúe tíajo en 'mechas partes; por ella 
penetróla columna, dejando el camino 
(}ue an^s seguía p(úr ta derocha. 6ei1«a 



las ocho de la ñocha cuando el íoem de 
' cafioBoesó; disminuyendo el de fuueiía, 

Sue se degabaoir eüa alguoa intérvaios. 
!n el crucero de los citados cwimiiw 
quedó parte diel batallón da IsdMl II, 
sostaniendó él fuego de flanoo y oon el 
objeto de deaúrientor^ enemigo 4 favor 
de la oscuridad da ia noéhe. 

Internada la oolumnií en el bosquie, 
continuó su maioha con óráen; casó oooi- 

Satamente el fuego, oyéndose tan flolo 
B ayes délos heridos- fue quadahmi 4 
retaguardia* La sitoacion era panosa y 
lamentable, pues no se podia prestar sn« 
xilio4 los infelices que lo redamaban. 
Pronto dejó de percÜMise el menor ruido» 
pues hasta* la respiración paieeia que se 
comprimía, y aqusUos sokiadoa, rsndidos 
de cansancio, hambre y sueño y abrasa- 
dos por una aed devoradora» se detuvie- 
ron de pronto, se sentaron, se acostaron 
ypor ultimóse duemieroa 9 pero con un 
sueño biiMi intranquilo. 

Al romper el dia, las oometas dioroQ 
varios toques para la reunión por cuerpos, 
y después, de ineorpopadoe los que duran- 
te lá noche- so habían extiaviado* as roA- 
pió la marcha. 

A los pocos pasos el enemigo se an3un- 
ció^por vanguardia cen una tckriUe dss- 
cargÉ^ psro pronto ídó; desalojado y dis- 
perso por brillantes y desesperadas esr- 
gá»4 la bayoneta. Hafaiéaddse salido 4 
terrebo m48 destejada, ss-sbatíaoó mar'» 
chando hasta ileear éí Lúnoa. Este punto 
es una extensa usnara, en la rcfuo hay 
varias casas, y. estirodÍEtodo de nuAtes 
(mcifwir laipárte -fiar especialmsBts,soa. 
eicvadfsinuNí y db difioiL aésesOi 

Allí, se bidlato «1' enemigo en fuerzss 

respqtkbl^si, 7«halildtt ialkegadad^ la*oo« 

luman ron^leada el fuego sdbie ella; 

.más atacado de trente y da flaooo por ios 

¡dos batalloaes de> kk.Oorona,' pnategidoa 

1 por los ^onás cuerpos- ei»avesíentsmettte 

eituadssf'se* trabó: ^un , «ncaráisadisiflMi 

combate, ead en» si cfaoqnade Isa as-* 

mas Maneas roemplaaóál, ruido jdala fu«- 

sileriiu fH>co tardaron lias vlvaa yonim- 

'Siastas adamdcicnesiietípntrosBoidadcs 

.en ihdtéarla fiiga y derrota del enemigo. 

Bl regimiento ds laOorena-^se^ineorpo^ 
ró; 'trsjmdo siete cábaUosfridosexitéen*^ 
jáirádos y vasios macutbs -^morral que 
uaaiNi •elísn^niab) ileüosídir plfctanos asa« 
,do8, mazorcas de maíz y carne, y maní-* 
festando quahaibiaa kacmniwAssmaer* 
tos y heridos* 



- Í5 - 



La columna siguió su camino & paso 
largo, para no dar'lugar al enemigo á re- 
ponerse, no sin seguir sufriendo el fuego 
por derecha é izquierda, lo que demos- 
traba que tenian bien cubierta la car- 
rera. ' 

Se llegó por fin á la gran cuesta de 
Altamira, temible por su eleyada cum- 
bre, que la domina completamente; alli 
estaban los insurrectos en buen número, 
que además tenian ocultos en el bosque 
unos 500 liombres, j como l.'OOO dentro 
del pueblo de Altamira. 

En este dia el primer batallón de la Co- 
rona cubría la vanguardia y los cazado- 
res de Isabel II la retaguardia; el eneml*- 
go rompió el fuego, súcediéndose sin cen- 
sar nutridas descargas; cuando se prepa- 
raban las piezas para lanzar algunas gra-^ 
nadas á la cumbre, salieron de repente 
los 500 hombres emboscados j cortaron á 
la columna. En aquel momento la van- 
guardia se hallaba ja empeñada en fue- 
go con los que defendían el pueblo, y le 
era imposible hac/sr caso de las cometas 
que tocaban retirada; mas el resto de la 
columna dio nxedía vuelta para hacer 
frente 4 los que la cortaron, que de re- 
pente se vieron entre bayonetas por todas 
§ artes, sin otra huida que por la parte 
iur, ocupada por el segundo batallón de 
la Corona, que persiguió al enemigo has- 
ta el despeñadero que había al Norte del 
bosque. En esta encarnizada lucha pere- 
cieron todos los 500 insurrectos, bien al 
filo de las bayonetas, ó derrumbados poí* 
ol despeñadero. Cuando se llegó L Alta* 
mira se encontró á la. vanguardia pose- 
sionada del pueblo que sus habitantes 
habían .abandonado. 

Alli se pasó el resto del dia y toda la 
noche, sufriendo el fuego, aunque lejano, 
que desde el bosque hacia el enemigo. 

Al amanecer del siguiente dia 15 se 
rompió el movimiento de^p^s de colo- 
car a los heridos en los caballos de la ca- 
ballería y en todas las acémilas que se 
•pudieron .encontrar. 

Pronto atacó el enemigo la vanguardia 
compuesta de. dos ccoxwaiíiaa del prime- 
ro de la Corona cpq! el. batallan oe Isar 



bel n. La retaguardia, que formaba el 
segundo batallón del primero de los 
cuerpoiV mencionados, sostuvo un ter- 
rible fuego hasta llegar á la estancia del 
general Suero, donde se hizo alto, des- 
cansando un poeo para comer caña dul- 
ce. Notando el enemigo "Su impotencia y 
ardiendo en deseos de sangre y extermi- 

Í^io, prendió fuego á los cañaverales por 
os cuatro ángulos de la finca, obligando 
á las tropas á escapar con velocidad, 
pues la fuerte brisa que haola, dio al in- 
cendio imponentes proporciones. El ene- 
migo, tenaz en su persecución, continuó 
siguiendo 4 li^ columna, parapetándose 
en el paso del rio Bajabonico que habla 
cerrado con grandes talas de árboles y 
mevlmiento ae tterras. - Allituvo la tropa 
española un fuego vivísimo por ambos 
flancos, y más adelante se repitió al lle- 
gar á los llanos de Pérez. 

Poco antes de llegar á la cuesta de San 
Marcos había un terrible barranco rodea* 
do de elevadas alturas. Por él era indis* 
pensable jpasar, y para impedirlo, ^ ene- 
migo había construido una formidable 
trinchera que todos los esfuerzos huma- 
nos no bastaron á destruir. Esto obligó á 
qi^e bajo el fuego y por entre el bosque, 
se tuviera que abrir un camino que sal- 
vara el* obstáculo, lo que se consiguió 
después de tres horas de trabajo durante 
el cual se sostuvo el combate á pié fir- 
me. Al llegar á la cuesta de San Marcos 
solo quedaban tres acémilas cargadas de 
municiónesele reserva que alU se agota- 
ron. Díficilisíma hubiese sido la situa- 
ción de la tropa si el enemigo .hubiese 
seguido hostilizándola^ pero vori uñada- 
mente cesó el fue^o á la vista de Puerto- 
Plata, en laque al cerrar la noche entró 
la columna. 

Allí encontraron los enfermos y heri- 
dos todo género de auxilios, habilitándo- 
se hospitales provisionales hasta la ma- 
ñana del 16, en que se les embareó para 
Santo Domingo. 

Cuando se pasó lista, se vio que aque- 
lla desastrosa retirada, había costado 
mil hombres entre muertos, herido^ j 
ej^trav^ados* 



* - 



^tó-- 



xxn, 



BBOONCBNTRAGION DE LAB tBOPAa BN 8ANT0 DOMINQO. 



Inxnediataf consecuencias de la retirada de Santiago. — £1 general Hansneta.— 
Ordenes del general Rivero.— Abandono de la provincia de Azua.— exposi- 
ción que los sublevados dirigen á S. M. la reina. — ^El memorándum. 



El capitán general de Santo Domingo, 
D. Felipe RiTero, fué probablemente de 
los pocos españoles á quienes no sorpren- 
dieron los aconteclmientoH del Cibao. Los 
tenia previstos y los había denunciado 
previamente al gobierno de Madrid; pero 
careciendo de fuerza material para des- 
truirlos en su germen, porque no recibió 
las tropas que reiteradas veces pidió, se 
cruzó de braaos y dejó venir los su- 
cesos. 

Acaso hubiera sido mejor reconcentrar 
las fuerzas y pequeños destacamentos, 
en uno ó dos puntos, para que bien pro- 
vistas de todo lo necesario, pudieran pre- 
sentar á la revolución una imponente 
resistencia; pero este respetable y avisa- 
do general, tuvo sin duda presente que 
procediendo asi, por más que fuera el 
modo más acertado, contraía la respon- 
sabilidad de alterar ef orden establecido 
por su antecesor, con lo cual podria cul- 
pársele de haber alentado á los conspi- 
radores, dejándoles las poblaciones sin 
guarnición, que contrariara sus prime- 
ros actos de rebelión. 

^Lástima fué que no se planteara este 
pensamiento! 

A las primeras noticias que se recibie- 
ron en Santo Domingo de la insurrección 
del Cibao, se concibió el plan de que sa- 
liera á sofocarhi una expedición ai man- 
do del marqués de las Carreras. Esa era 
la táctica seguida constantemente en loa 
disturbios de la república y la que dio 
siempre el resultado apetecido. 



Este proyecto de expedición, le airan- 
ciaron los periódicos de la capital el 12 de 
Setiembre, en estos términos: «Tropas 
»de Monte-Plata y Bayaguana, eon el 
»general D. Juan Contreras á su frente, 
»se dirigieron á San Pedro, punto que pa- 
>rece se^ el designado para la reunión 
tdel ejército expedicionario, que según 
»nuestros informes lia de marchar sobre 
»la Vega, á las órdenes del excelentísimo 
»8efior general D. Pedro Ssntana, quien 
^reasumirá el mando en jefe de todo el 
»Cibao.» 

Mansueta siempre amigo personal de 
Santana, y que como muchos otros per- 
sonajes influyentes en el pais« había en- 
trado gustoso en la anexión, era fiel to- 
davía y aun más, prestaba un servicio in- 
teresante, según decia un diario de la 
capital. 

«El general dé reservas D. Eusebio 
«Mansueta, teniente gobernador de Lla- 
»masá, ocupa con tropas del país el pun- 
to denominado la Zamorana, uno de lot 
»mejorr s pasosde las montañas del Cibao. 
»Los rebeldes no se hablan atrevido á 
atacarle.» 

Este general en quien Santana tenia 
gran confianza, según de público se de- 
cia, no tardó mucho en volvemos la es- 
palda, y con una legión de indios indíge- 
nas que mandaba con gran prestigio, es- 
tuvo al frente del campamento español 
en Guanamá. 

El motivo de la defección de este hom- 
bre honrado y valiente fué un misterio. 



- 9T- 



Conociendo las autpridadea lo que podia^ 
Taler al frente dé sus indio», le dirígie- 
roncartas halagüeñas, ofreciéndole indul- 
to y ventajas, pero las rechazó con tem- 
planza y atención. 

El dapitan general ordenó la reconcen- 
tración de las tropas en Santo Domingo, 
dejando solo la suficiente para guarnecer 
á Puerto-Plata j Samaná. Por entonces 
se decia que en la capital se conspiraba 

{»ara insurreccionarla y repetir en ella 
os desastres del Cibao, y la Oaceta di\o, 
que la reconcentración de tropas obede- 
cia, al pensamiento de. emprender las 
operaciones militares de un modo vigo- 
roso y con la mayor unidad de accioh 
posible. 

Comunicadas las órdenes, el general 
de las reservas, Sr. Pueyo, que mandaba 
,el distrito del Sur de la isla, reunió en 
Ázua la tropa á su mando y coa ella se 
embarcó en tres vapores de guerra, tra* 
yéndose á varias familias que. temerosas 
de crueles venganzas de los insurrectos, 
desearon seguir la suerte de los españoles. 

A todas estas familias que asi emigra- 
ban tanto de Azua, com<^ de Santiago, 
Puerto-Plata y otros puntos, se les asig- 
nó por el'ca pitan general, ración de cam- 
paña, que poco después con economía del 
erario y ¿ pnticion de los interesados, se 
permutó por la cantidad de cinco reales 
vellón diarios por persona. 

Por consecuencia de la misma orden de 
reconcentración, el general Gándara que 
estaba en Puerto- Plata, embarcó su gen- 
te el día 3 de Octubre, dejando en a(^uel 
Sunto de gobernador al brigadier Primo 
8 Rivera, con los dos batallones de la 
Corona, uno del Rey, algunas compañías 
de Cuba y fuerzas de artillería é inge- 
nieros. 

La medida del abandono de la 'parte 
Sur, de la isla, donde nada habia ocurrí- 
do ni era fácil que ocurriera, porque aque- 
lla provincia era enemiga del Cibao, fué 
^Eital y de lamentables consecuencias. 

Los insurrectos entretanto, siguiendo 
el consejo que les diera su prisionero el 
teniente coronel Yelasco, y coxlOciendo á 
la vez sin duda, la gravedad de la situa- 
ción, dirigieron la siguiente exposición: 
A S. M« la Reina dofta Isabel n. 

«Nosotros los infrascritos, miembros 
del gobierno provisional .^de esta repúbli- 
ca dominicana, tenemos la honra de so- 
meter á la imparcial apreciación de vues- 
tra majestad, los justos y poderosos mo- 



tivos que han decidido á este pueblo, á le* 
vantarse contra el anterior orden de co-' 
sas que el traidor general Pedro Santana 
y los suyos le impusieron inc(msnlta- 
mente, siendo de ningún valor y hasta ri- 
dículo el asentimiento de unos pocos en 
negocio de tanta importancia y trascen- 
dencia que interesaba k la mayoría de la 
nación, cual fué el acto extraño de re- 
nunciar su autonomía.» 

cTanto más extraño, cuanto que el pue- 
blo dominicano, avezado á la lucha que 
durante diez y ocho años sostuviera con- 
tra sus vecinos los haitianos, no podía 
comprender que peligrase en lo más mí- 
nimo su independencia; razón especiosa 
que diera el mismo hombre que tanto 
empeño tomara en las glorías de este 
pueblo, y que tantos esfuerzos hiciera 
por crear el más puro amor á su 11- 
Dertad.» 

cY aun cuando esto no hubiera sido 
verdad, no era por cierto consultando el 
querer «de unos pocos, como debía resol- 
ver tan grave y delicada cuestión un 
hombre público, que como el general 
Santana, habia llegado á poseer en tan 
alto grado la conñanza de su .pueblo.— 
;Por qué, pues, si la patria estaba en pe- 
ligro no la salvó? Y si no podía salvarla, 
¿por qué no resignó el poder en manos de 
la nación? Esta, á no dudarlo, lo habría 
hecho.» 

c Cuarenta años deiibertad política y 
civil de que gozó este pueblo, bajo el ré- 
gimen republicano, la tolerancia en ma- 
terias religiosas, acompañadas de un sin 
número de otras ventajas entre las cua- 
les no deben contarse por poco una re- 
presentación nacional y la participación 
en los negocios públicos oue indispensa- 
blemente trae consigo la democracia, de* 
bian avenirse mal con el régimen monár- 
quico y peor aun con el colonial.» 

«No es la culpa. Señora, de los hijesde 
este desgraciado suelo, cuyo anhelo siem- 
pre ha sido permanecer amigos de los es- 
pañoles sus antepasados, que un infiel 
mandatario, poniendo á un lado todo li- 
naje de consi ieraciones hubiera sacrifi- 
cado á sus intereses personales la exis- 
tencia de un pueblo, al que otra política 
más elevada, más grandiosa y más en 
armonía con las luces del siglo, acostum- 
brará á ser tratado como amigo y como 
igual, trocando los dulces lazos de la fra- 
ternidad por los pesados vínculos de la 
dominación.» 

* 18 



— 9» — 






. cKo 63 k culpa. Señora» 46 loa dominio 
Qfinoa, que aun boj mismo desean conti- 
nuar siendo amigos de loa subditos de 
y. M., que la mala fé ó la ignorancia en 
materias políticas de sus gobernantes, 
les hubiese hecho desconocer los gravísi- 
mos inconyenientes del sistema colonial, 
en el cual, las mejores disposiciones del 
monarca siempre se han trocado en me- 
didas odiosas y desacertadas, siendo la 
historia de los acontecimientos recientes 
de este pais la repetición, punto por pun- 
to de lo que ha sucedido en todas las co- 
lonias, desde la primera que el poder de 
Ja Europa fundara en este nueyo mundo, i 

«A pesar de tan sólidas j poderosas ra- 
zones para que la anexión de este país 4 
la corona de España fuese mal aceptada, 
el pueblo, sin embargo, ya fuese que el 
incesante deseo de mejoras y de progre- 
BO, que era uno de los rasgos caracterís- 
ticos de la sociedad dominicana, le hicie- 
se conllevar su suerte, con la esperanza 
<íe encontrar en su fusión con una socie- 
dad europea los elementos de la prospe- 
ridad y de los adelantos , por los * cuales 
Tenia anhelando ya hacia diez y ocho 
aups; ora fuese por la conducta templada 
de las primeras tropas y el carácter fran- 
co y leal de los oüciales superiores hicie- 
sen entrever como posible lo que en los 
prímeros momentos del asombro y de la 
sorpresa pareciera de todo punto irreali- 
iadI%: el pueblo, decimos, calló y esperó; 
mas ¡cuan cortos fueron estos instantes 
de grata ilusión! Como si se hubiese te- 
mido que la desunión inevitable de dos 
sociedades se retardara demasiado, con- 
tinuando en ese sistema de suavidad y 
moderación, se principió desde luego h 
discurrirlos meaios de engendrar el des- 
contento y el desaliento, que muy lue- 
go debieran producir un completo rom- 
pimiento.» *' 

cHabia trascurrido ya, Señora, el tér- 
mino que el general Santana en vuestro 
augusto nombre habia fijado para la amor^ 
tizacion del papel-moneda de la república 
y cuando todos ansiaban por ver des- 
aparecer tan grave mal, apareció el céle- 
^ bre decreto de la comisaría regia.» 

«No oansaremos, Señora , la augusta 
atención de V. M. con el relato minucio- 
so de semejante disposición, bastando 
decir que sus efectos, como era de espe- 
• tarsoj ^e hicieson sentir en todas las cla- 
ses de la sociedad, como sin disputa su- 
cede siemprví con todas las medidas que 



aíhctái^ la drcúlaeíon iium$táf|«L de raí 
país.» 
«Empero, á pesar da tat desastrosa dia- 

Sosic^on que en cu^quiera parte del miiñ- 
hubiera causado una revolución, nqxá 
se sufHÓ con la mayor resignmcion, no 
oyéndose más que súplicas , nimentos y 
suspiros, como si el pueblo dominicana 
dudase aun que tamaños desaciertos pu- 
diesen ser creación de los sabios de En- 
rona, á quienes (gracias á nuestra modes- 
tia) hemos considerado superiores en in- 
teligencia.» 

c Estaba escrito, según parece, qoe k 
obra de los desatinos económicos debía 
consumarse y la sustitución del papel- 
moneda de la república, inclusos sus bi- 
lletes de Banco, por loa de la emisión es- 
pañola y la moneda de cobre, vino á ser 
el termómetro que midiera la buena fi 
y conocimientos de los agentes de V. M., 
y el sufrimiento y tolerancia de sus una- 
vos subditos.» 

«No distraeremos demasiado. Señora, 
la elevada atención de la augusta perso- 
na a quien este escrito se dirige. Baste 
decir, que seiftejante error económico no 
lo ha cometido ni aun la oscura re{>úbliea 
de Haiti en los momentos de su nact*- 
miento; no lo ha padecido. Señora, )a hu- 
milde y modesta república dominicana.» 

cNada diremos, Señora, del fausto coa 
que se inaugurará la capitanía gene- 
ral de Santo Domingo, ni de un sinnú- 
mero de otras medidas que, aumentando 
exorbitantemente las erogaciones de la 
nueva colonia (cuyos anteriores gastos 
eran en extremo moderados), habían de 
sufrir forzosamente un défícH que no po- 
dría cubrírse sin el aumento escandalose 
de las Contribuciones é impuestos. Todos 
estos particulares han sido iuz^dosy 
apreciados en su verdadero ralor por per- 
sonas de juicio de la misma Península y 
la opinión pública está acorde sobre este 
punto que, en la nueva colonia de la mo- 
narquía española, todo ha sido extravio 
y desaciertos.» 

«Supórñuo sería, Señora, ocupar la aten- 
ción de V. M. con el relato de las pueri- 
lidades, insulceses, arbitrariedades, gro* 
serias y despotismo del último goberna- 
dor comancfante general de la proiíncia 
del Cibao D. Manuel Biicetá ; baste de- 
cir que por muy idóneo que fuese para 
gobernador del preaidio de Samani, era, 
empero, inadecuado para re^ los desti- 
nos de una de las prevíncias Júéa «dé* 



-«9- 



laatadas de la que liabia fido república 
dominicana. Sem^'tudtes tríTialidades ni 
son para dichas en un escrito de la natu- 
raleza de este, ni dignas tampoco de ser 
escuohadas por la augusta personi^ k q uien 
se dirige; soio diremos que eldes&Bentose 
tornó en un profundo abatimiento jque 
los buenos .habitantes de este suelo per-- 
dieron toda esperanza, no ya de ser xne- 
jor gobernados de lo que lo fueron en 
otra época, más ni aun tan bien. Aunque 
quisiésemos no podríamos callar. Señora, 
porque pesa demasiado ^obre nuestros 
corazones la última catástrofe debida 
únicaz^ente á la ligereza é impericia de 
este señor brigadier, quien no contando 
ni con recursos para sostener un sitio, ni 
menos con el auxilio de los naturales del 
paiSp ^e encerró prudentemente en el de- 
nominado castillo de San Luis, para en- 
tregar luego á las llamas á una de nues- 
tras primeras ciudades q^ue ha quedado 
reducida á cenizas, evacuandpla ocho dias 
después.» 

«Lo propio habría que decir, Seoora, de 
las injustleias, desmane? j asesinatos del 
comandante Campillo. £1 generoso cora- 
zón de V. M. sé lastimaría al oir el rela- 
to de los actos de éste oñcial, cual se las- 
timaba el de Tuestra augusta predeceso- 
ra la Grande Isabel, con los sufrimientos 
de loa indios aborígenes de este, propio 
país; de idéntico modo se nos ha tra* 
tado.» 

«Callaremos, SeBora, aunque no fuese 
más que por guardfir decoro i las le jes 
de la humanidad, las persecuciones in- 
fundadas, los encarcelamjbentos injustos é 
inmerecidos de nuestros principales pa- 
tricios, los patíbulos escandalosos é in- 
justiñcables, los asesinatos á sangre fría 
de hombres rendidos é indefensos que se 
acGigian á un indulto que se ofrecía en 
nombre de V". M. Callamos, Señora, por- 
que la pluma es ineñciente para descrí- 
birlos; el lenguaje es débil para pintar- 
los, y porque ahorrar queremos á vues- 
tra majestad. Señora, el dolor y la an- 
^gustia que le proporcionarían el conven- 
*cimiento de que mandatarios infieles, 
abusando de vuestro nombre y de la cre- 
dulidad de estos habitantes en el honor 
é hidalguía de la nación española, se sir- 
viesen de ellos,, y les ponviertiesen en una 
poderosa palanca de trastornos y revolu- 
cionas: la que atravesamos es eminente- 
Qiente popular y expontánea. ) Dios haga 
que j^ naya quien a V. %, ügh lo x^on- 



trario por dar pábulo 4 la oontinaaciQa,' 
de la guerra, porque de ella se,promete al 
mejoramiento de su posición sociall 

»La lucha. Señora, entre el pueblo do- 
minicano y el ejército dé V. M. seria por 
todo extremo ineficaz para Bspaña; por- 
Que, créalo Y. M., podríamos perecer to- 
dos y quedar, destruido el país por la 
guerra y el incendio de sus pueblos y ciu- 
dades; pero gobernarnos otra vez autori- 
dades españalas, eso nunca, jamás. So- 
bre cenizas y escombros de la que no ha- 
ce muchos Qias era la rica y feliz ciudad 
de Santiago se ha constituido este go- 
bierno provisional, precisamente para ar- 
monizar y regularizar la revolución; j 
estos escombrps, estas cenizas y estas 
ruinas, en fin, que nos llenan el alma de 
honda melancolía, así como las de 6ua- 
yubin y Moca, dicen bien á las claras que 
el dominicano pretere la indigencia coa 
todos sus horrores para él, sus esposas j 
sus hijos, y aun la muerte misma antes. 
Señora, que seguir dependiendo á^ quie- 
nes le atropellan, le insultan y Je asesi- 
nan sin fórmula de juicio. 

;^Nuestro pueblo dics á una voz que á 
España no tiene reconvenciones que en- 
caminar, sino contra los que lo engaña- 
ron. Por consecuencia, no deseamos la 
guerra con ella, y lejos de eso, la vería- 
mos como una gran calamidad. Lo único 
Que apetecemos es nuestra libertad é in- 
dependencia; y mucho nos llenaría de 
placer el acabar de completarlas, con Ija 
posesión de Santo Domingo, Samaná j 
Puerto-Plata, sin más sangre, lágrimas 
ni ruinas. 

»Toca, Señora, al gobierno de V. M. el 
apreciar en su debido valor la breve ex- 
posición de los poderosos motivos que 
nan forzado al pueblo dominicano ái se- 
parar sus destinos del gobierno de Y . M. 
y bacer que esta forzada separación ter- 
mine de fa manera justa, im parcial, tem- 
plada y amistosa que cumple á naciones; 
cultas y ligadas, á pesar de todo, por los 
fuertes vínculos del origen, la religión, 
el carácter y el idioma: y al logro de un 
objeto tan eminenteníente honroso, que 
á no dudarlo, sería um espléndido triunfo 
de la moral y del progreso humano, des- 
de luego nos anticipamos á someter á la 
alta apreciación de V. M. la conveniencia 
de nombrar por cada parte «los plenipo- 
tenciarios, q^uienes, reuniéndose en un 
territorio neutral establecieran les bases 
de u¿ arreglo del cual surja ^n hora fe- 



- 100 - 



ht tm tratado, qne nos proporcione los 
inapreciables bienes de la paz, la amis- 
tad ▼ el Comercio. 

ySirvase Y. M. aceptar eon su genial 
agrado esta franca exposición de nues- 
tras quejas, derechos y ñrme resolución 
de rescatarlos, y resolrer en su conse- 
cuencia, según en ella tenemos el honor 
de proponer á V. M.— Santiago, Setiem- 
bre 24 de 1803.— A. L. R. P. de V. M.— 
El yicepresidente del gobierno provisio- 
nal, encardado del poder ejecutivo. Be- 
nigno P. ae Rojas. — Refrendado. — La 
comisión de relaciones exteriores^ Ulises 
F. EspaiUat.— La comisión de la guerra, 
Pedro F. Bono.— La comisión de Hacien- 
da, Pablo Pujol.— La comisión del Inte- 
rior y policía, Genaro Perpignan.» 

Para que nuestros lectores juzguen, 
insertamos á continuación el memoran^ 
dum que el gobierno revolucionario di- 
rigia k los de Inglaterra, Francia, Esta- 
dos-Unidos del Norte de América y re- 
públicas hispano-americanas. Parece im- 
posible que puedan reunirse en una cosa 
que se llama documento público, mayor 
número de falsedades y groseras impos- 
turas. 

Memorándum dirigido á los gobiernos 
de Inglaterra, Francia, Estados- 
Unidos del Norte América y repú- 
blicas hispano-americanas. 

cCuando un pueblo se subleva contra 
un gobierno al cual ha estado sometido 
de buen ó de mal grado, debe cuenta de 
su conducta á los demás pueblos sus 
hermanos. El de Santo- Domingo cumplió 
con este sagrado deber, al reasumir sus 
derechos, que jamás delegara en el go- 
bierno del general Santana, para que lo 
incorporarse en los dominios de la mo- 
narquía española, dirigiendo por medio 
del acta de independencia, sus fundadas 
quejas, al gobierno de S. M. C, de quien 
lo hiciera vasallo la más negra traición. — 
También se dirigieron por mi gobierno 
copias álos gabinetes de Francia, Ingla- 
terra y los Estados-Unidos de la Amé- 
rica del Norte. 

» A más de este paso, mi gobierno di- 
rigió una exposición á S. M. la reina, en 
que la hacia juez de nuestros propios 
agravios, creyendo este acto digno oe la 
cortesía debida á una soberana, á quien 
quino suponer inocente en el vergonzoso 
tráfico que se habia hecho de un pueblo, 
ya libre desde muche tiempo; que des- 



pués de un comportamiento di«io y ade- 
cuado, y á trueque de incalcmables sa- 
crificios habia conquistado su asiento, 
bien aue pequeño, en la grande Asam- 
blea de las naciones libres, independien- 
tes y soberanas. . 

»Como queda sentadA, el pueblo domi- 
nicano supuso que al aceptar el gobierno 
de S. M. Ó. la anexión ae la repúbUra 
dominicana á sus dominios habia sido 
engañado por falsos informes de la cama- 
rilla Santana. Empero, ¡cuan lejos está 
hoy la opinión pública de considerar al 
gobierno español del todo ageno á los in- 
decorosos manejos que de consuno con el 
gabinete domimcano, de tan triste recuer- 
do, se pusieron en planta para sorprender 
la buena fb de un pueblo, ^que id paso que 
habia depositado toda su -confianza en su 
primer mandatario, creia por demiis noble 
y caballeresco al gobierno español, para 
suponer siquiera violara en su provecho 
la principal cláusula del reconocimiento 
por el gobierno de España, de la inde- 
pendencia de la república dominicana! 

»Leios, pues, de oir las sentidas que- 
jas y hondas razones de un pueblo que 
aun deseaba conservar la amistad de su 
dominador, olvidando con inimitable ge- 
nerosidad sus recientes y numerosos 
agravios; en lugar de reparar un errcr fa- 
tal cometido á Ja lijera, en un momento 
quizá de agradable y lisonjero ensueño, 
pormedio de un paz pronta que hubiera 
redundado en provee no de la humani- 
dad y de la sana política que deberla 
seguir en toda la América antes es- 
pañola; el gobierno espñol hace es- 
ruerzos, bien que hasta ahora inúti- 
les, para someter de nuevo á su odioso 
yu^, á un pueblo que diariamente le 
está dando lecqiones de valor v heroísmo, 
y que á pesar de sus menguados recursos 
sostiene una lucha desigual, diciéndole 
con muda pero enérgica elocuencia: «Pue- 
blo español, no os queremos por dueño.» 

«Libres hemos sido, y libres queremos 
permanecer. Os han engañado, cuando 
os han hecho creer que no hallaríais aqtii , 
más que indios dóciles y mansos, á quie- 
nes podríais tiranizar á mansalva, como 
impunemente hicisteis con los primeros 
pobladores de esta antiUa, cuna de vues- 
tra bárbara dominación y de vuestro mal 
gobierno; os hicieron creer que habia 
completa expontaneidad en la anexión; 
ya estáis viendo lo contrario.. La revolu- 
ción comenzó en Capotillo con solo veía- 



». 



- lól - 



te dominicanos, sin casi municiones t con 
poquisimas armas, j hoy se han adneri- 
do Jas tres quintas partes de la nación. 

»La España está hoy profundamente 
eonvenoida de que es tan odiada en San- 
to Domingo, como lo ha sido en sus an- 
tiguas colonias de América, y tanto como 
lo es en Cuba y Puerto-Rico. 

»La cuestión española en este i^ais, 
está haciéndose de día en dia más grave, 
y sabiendo mi gobierno que los aconteci- 
mientos acaecidos aqui, han sido pinta- 
dos por la prensa española de un modo 
enteramente desfigurado, cumple á mi 
deber restablecer los hechos en su ver- 
dadero lugar, teniendo cuidado úe no os- 
curecer la verdad, cual cumple á hom- 
bres que se respetan á si mismos, y como 
corresponde hacerlo, cuando debe uno di- 
rigirse á gobiernos cuya buena voluntad 
se desea captar. 

9 Las autoridades españolas, desde el 
principio de la actual campaña, trataron 
por todos medios de desnaturalizar la ro- 
vo tudon, pintando el movimiento como 
u na horda de bandidos que venían sobre 
Santiago con la tea en la mano matando 
V robando, siendo asi que todas las po- 
blacioDes v vecinos desde esta ciudad 
hasta Dajabon, se levantaron casi simul- 
táneamente; y no habiendo pobladores 
españoles en esos parajes, claro está que 
no podian los revolucionarios hacerse 
daño á si Inismos : queda, pues , desmen- 
tido el aserto por imposible. 

>Se dijo aquí, y se ha repetido por la 
prensa española, que los dominicanos ase- 
sinaron los enfermos que habla én el hos- 
pital de Guajubin, y que después de ha- 
cer gran número de prisioneros , los ma- 
taron. 

>Hé aqui la historia de los aconteci- 
mientos de Guayubin: 

«El dia 16 de Agosto, el general Pedro 
Antonio Pimentel á la cabeza de 42 hom- 
bres, atacó la guarnición española que 
estaba en Beler, en número de 300 hom- 
bres, entre ellos 80 de caballería; y á la 
cabeza de cuya fuerza se encontraba el 
brigadier Buceta y el teniente coronel de 
San Quintín. 

9 La principal acción se pasó en Jacu- 
ba, donde murieron 28 españoles , y de 
nuestra parte cinco. 

»E1 teniente coronel del San Quintín 
se retiró con una parte de las fuerzas por 
las fronteras haitianas, y el brigaoier 
Buceta se puso en fuga eoB diMoeioii á 



Guayubin, ignorando los aeonteeinliMí*' 
tos que allí pasaban. 

»B1 18 de Agosto, el general Juan A. 
Polanco, á la cabeza de 40 hombres, se 
apareció en Guayubin, del lado de Villa- 
lobo. 

»Por la parte de Manga estaba' el co- 
mandante J. Gómez á la cabeza de 25 
hombres, con el objeto de impedir que se 
unieran á las fuerzas de Guayubin las 
que podria traer el brigadier Buceta. Se 
trabó la pelea y en los ataques de la ma- 
ñana y de la tarde murieron 60 espa- 
ñoles, 

»La guarnición total de Guayubin era 
de 200 hombres. Al aproximarse por se- 
gunda vez los dominicanos, el coman- 
dante de la guarnición española armó 
cierto número de enfermos de los que es- 
taban en convalecencia y de estos mu- 
rieron varios en la pelea. 

»En cuanto á los prisioneros de guerra 
de Ghiayubin, en número de 80, lueron 
tan bien tratados como lo permitianlas 
circunstancias, y como pueden atesti- 
guarlo los mismos heridos, y el avudani- 
te médico Sr. García (peninsular) y loa 
señores oficiales de la misma guarnición- 
hechos prisioneros señores teniente Cár- 
denas y subteniente Ordoñez. 

1 Tocante álos prisioneros, en núme- 
ro de 80, se encuentran hoy en Santiago 
tan bien tratados como lo están las mis-^ 
mas tropas dominicanas. 

iTenemos en todo 962 y este crecido i 
guarismo es una prueba bastante evi- 
dente de que todo lo propalado por la 
prensa española es una mentira grosera,* 
inventada con el objeto de.akjar de los 
dominicanos cualesouieraclase de buelio0> 
oficios por parte de las naciones civiliza- 
das, pintando asi á los naturales del país 
como un pueblo de argelinos, dignos do 
ser castigados con la mayor crueldad pa^' 
ra ejemplo de piratas. 

^Consecuentes con su sistema de des- 
naturalizar la revolución, para desvir- 
tuarla, el 6 de Setiembre pusieron los es-; 
pañoles fuego á la ciudad de Santiago de 
los Caballeros, después de haber princi- 
piado á pillarla, para luego después aoha- 
char el necho á tos dominicanos, como si. 
á estos hubiese podido ser provechosa la 
destrucción de los edificios, detrás de los 
cuales se parapetaban para acosar al ene- 
migo encerrado en ef fuerte de San Luis* 
Que se encuentra colocado á un extremo 
del pueblo, y como si pudieee 9%\w fH: 



-101 — 



etrébré de nrolncloAulMilefitríilr una 
de las principales y más ricas oiadades 
del país, privándose de ese modo de toda 
especie ae recursos» para poder conti- 
nuar la reTolttcion. 

iTodo esto queda refutado por solo el 
sentido común. Todo lo cual fue aüuncia- 
do de antemano por el brigadier Baceta, 
por su secretario el 8r. Font y por la ot- 
eialidad del segundo batallón de la Oo^ 
xona. 

iSe ha dicho que los dominicanos en 
el cuno de la campaña han cometido ac- 
tos crueles. Que se cite uno siquiera. 

»Todo8 les españoles que han sido ma- 
tados (y na pocos) han sido muertos du- 
rante el combate, y no podemos creer 
Sue las exigencias de la prensa española, 
eguen haata el grado de pretender para 
los militares españoles un privilegio que 
hasta hoy no ha tenido naoion alguna, 
cual seria el de hacer la guerra «In reci- 
bir daño alguno. 

^Durante el asedio de Santiago, ellos 
han alPesioado los tullidos, han íbsiládó 
en el acto soldados dominici^^s que iian 
a6fllk*tado á tomar, y aunque paroEca tri- 
vial, no hfa Quedado en toda la ciudad 
uno éolo de los innumerables locos que 
en ella habia: del ftierte los caanban: á 
la ves que veían 4 uno de ellos tmoquila- 
mente paseando por las calles, ''por su* 
puesto, sin armas; y no referimos el ase* 
Binato parcial y la agonía prolongada del 
comandante Rorntíto ée la Vega, porque 
sen herimsquto hona^zan, y que ábudn 
se^re no cometen las nactones ^ua ae 
dicen civilizadas. 

»E1 dia IS de Setiembre, el goberoaidoír 
delaplaoay comandante general de faia 
fnersas «Bpaao<as, «i número de 8 000 
hombres, sin estipulación alguna, ni 
convenio de ninguna especie con los je- 
fes dé las fuerzas dominioanas qué las si- 
tiaban, emprendió su marcha, ó mas 
bien sú faga, hacia la ciudad de Paerto 
Phtta. Los nuestros las fueron persiguien- 
do hasta la entrada de aqueua ciudad. 

* Se ha dicho y repetido que los domi- 
nicanos violaron la capitulación de San- 
tiago. Lo único que hubo en todo esto 
itié una violación del derecho de ^ntea 
por parte de los españoles, lo que puso 
en grave peligro la vida del señor tenien- 
te coronel D. José Yelasco, sugeto, apar- 
te de todo, muy apreciable. 

«Llegados los españoles & Puerto Pía- 
tty el jftímBW 'CviátÁo que tuviekon^ ftii 



aprislmiar un «in numere de eiudadaaon 
en sti mayor parte paeiflcoa, aon el te 
de proteger un tanto los prisionMos que 
dejaban detrás. Hoy permanecen aque- 
llos en los pontones y cárceles de Santo 
Pomingo y de Cuba, experimeataado los 
tormentos más inauditos. 

» Dejaron en nuestro poder, sin la pro- 
teecion siquiera de una bandera blanca, 
todos sua enfermos y heridos, y apeaar 
de aue habían destruido por completo la 
oiuoad de Santiago, se llevaron oonaigo 
la caja de la administración del hospital, 
dejando tan solo 1.300 pesos que tenia la 
administración de Hacienda (otra admir 
nistracion distinta) en moneda de cobre, 
y eso porque no encontraron bagajes en 
que colocarlos. ¿No sabrían los generales 
españoFesque los dominicanos no aran 
los hombres ferooea que oou tan negros 
colores debía pintar luego la prensa es- 
pañola?— Tenenos en archivo la corres- 
pondencia oficial de ios empleados espa- 
ñoles de sanidad militar que quedaron 
encaiigados del hospital, eon la cual ae 
podría probar aue el gobierno pravisocio 
na hecho por ellos más de lo que se hacia 
porloadomimoaaos mismos. 

»La marcha sobre Puerto Plata, como 
déjanos dicho, no fué una retirada mili- 
tar, sino uoa fuga en el más completo 
desorden, y todo porque eran persegui- 
dos por unos cuantos hombres, mal ar- 
mados y peor municionados. Se llevaron 
consigo varias familias, á las cuales hi- 
cieron creer que los dominioanos habían 
cometido lossa^ horrendos actos de &- 
rocida(ti, todo^n -el fin de proteger sa 
' n tarada y de hacernos aparecer á Los ojos 
del mundo como un pueblo de salvi^es, 
y obtener de ese modo de potencias má# 
fuertes, el ecmsentimiento tácito para ex- 
terminar al pueblo dominicano. 

•Puesto sitio á la ciudad de Puerto- 
Plata, por nuestras tropas, los españoiss 
se refugiaron en el fuerte de San Felipe, 
V luego después comenzó un pillaje en 
ios almacenes y tiendas, tan verg0OiZ<»o, 
que, aunque no fuese más que por deoo- 
ro, nos abstendremos de desoriDir; sien- 
do de advertir que la mayor parte de los 
establecimientos de comercio de aquel 
puntQ pertenecían á extranjeros. 

•Luego que hubieron pillado lo suficien- 
te para hacer ruborizar al pueblo más 
atrasado en la escala social, dieron fuego 
á la dudad. Loe pormenores todos, de 
Lm Mmteciaytaatos 4e Paarto-Plata« sa. 



encuentran deeeriios con snma exactitud f 
en el R^ald Slandard que se publicó en 
las islas turcas, y fueron presenciados 
por un gran número de extranjeros, en- 
tre ellos el Cuerpo consular. 

)iNo podeni'js pasar en silentío, que des- 
pués de los acontecimieatos del 24 de 
Febrero, el comandante Campillo recor- 
rió los campos desde Sabaueta hasta 
Capotillo, donde incendió arriba de 180 
caseríos, sin contar las atrocidades que 
cometió sobre las i^érsonas. Ta estos ac* 
tes salen de las calificaciones ordinarias 
que se aplican á los malos gobiernos; 7 
se denominan en lenguaje decente, pura 
y simplemente yandalismo. 

»Ha sido falso que los dominicanos 
bajan recibido armas de Haiti ni de otras 
partes. Los dominicanos comenzaron la 
revolucionr con las pocas armas que fue- 
ron consiguiendo en el mismo país, de 
lasque pudieron ^Mtíparue cuando llegó 
á esrfca ciudad al teniaate coronel de arr 
tillería D. Enrique Casaprín y Peonft 
inutilicar el armamento, tanto el que se 
encentraba en loa arsenales, como en 
manos de los partioulares, y las que se 
han quitado decaes al enemigo.. Bn el 
arsenal de Santiaoo se encuentran mis 
de 5.000 cañones de fusiles rotos. 

»Las autoridades españolas de Santo 
Domingo están períbctamente con?enci' 
das, de que los dominicanos no han red* 
bido armas, y la prueba es que en eso 
están fundadas las etperanxaa del Buere 
oiqntan general D. Carlos de Vargas, 
cuando en una proclama asegura que la 
España ha de triunfar de enemigos infe- 
riores ^en número y en recursos; lo que 
710 se habría dicho, á buen seguro, si 
nuestras tropas se hallasen todas -arma^ 
das. Hasta ahora es sumamente reducido 
el número de los que tienen armas de 
foego, y esta falta na sido la causa de 
que hasta la fecha no hayamos podido 
repelerá los enemigos haata las mura- 
Mas de la capital. No obstante, las tra- 
pas españolas no han reportado triunfos 
ningunos; nuestras tropas, á pesar de la 
escasez de recursos han conservado en 
en mayor parte las primeras posiciones, 

Lst hemos perdido algún terreno, se de- 
I tan solo a la falta accidental de mu- 
niciones. 

>Seríe pesado por demás relatar de 
nuevo l^s causas qne han motivado la 
sublevación de Santo Domingo. Todo lo 



que ha ocurrido en esta colonia, y las 
causas que para elle ha habido, son idén- 
ticas á las que produieron el levanta- 
miento de las colonias hispano-ameríca- 
nas, y las que tal vez, no muy tar- 
de, producirán el de Cuba y Puerto- 
Rico. 

lEl gobierno español cometió un gro- 
sero error; al aceptar la adquisición de 
este país, si para conservarlo, según el 
régimen que le es peculiar, no teníalos 
medios suficientes; y no vemos cual sea 
el objeto que se proponga la España al 
pretender sojuzgar un pueblo que le es* 
tá dando pruebas de que primero se se- 
pultará deb»TO de las mismas ruinas k 
que lo ha reducido esa misma España, 
antes que someterse de nuevo á un poder 
que al encontrar el país en un estado de 
prosperidad y 4ie progreso, lo hizo retro- 
gradar en fuerza de su inactitud. Enton- 
ces no habia ad^ieaion de Pturte del pue* 
blo, es verdad; pero habia tolei^ncia, 
hoy el sentimiento predominante en el 
pueblo dominicano, es el odio, el deseo 
de la venganza. Entonces era fócil, coa 
un sietema racional, ligar ambos pue- 
blos con vínculos fundados en la conve* 
niencia general; hoy existe un lago in* 
menso de sangra y montones de ruinas, 
que atestiguan la perversidad de los 
mandones españoles. 

»La guerra, pues, que la España pre- 
tende hacer ni pueblo dominieano, es 
una guerra insana, sin motivo y sin fin, 
que en fuerza de inmensas diílcultades» 
no podrida jamás llevar á ca][)o.- Cumplirá, 
pues, al carácter caballeresco de que 
tanto blasona esa nación, y á la superio- 
ridad del gabinete actual, reparar el error 
cometido por el del Sr. O'Donnell; error 
del cual no soof ni pueden ser responsa- 
bles, los dominieanos. 

«Estos, en fin, no necesitan de una ci- 
vilización que no puede gobernar sin pi^ 
tibulos, que no puede administrar sin 
odiosa contribuciones, por ignorar la 
principal ciencia del arte ae ffobernar la 
economía política; que na puede marchar 
sino al desapacible ruido de las cadenas, 
y que viene alumbrada con la tea del in* 
cendiario. 

» Santiago, Diciembre 14 de 186^— fil 
ministro <te Relaciones exterior/is, flrma- 
do.-^Ulises F. Espaillat.-^Es copia con- 
forme.^El jelé de sección de relaaionas 
ext^riorea, Francisco Pub^eil*» 



— lOÍ- 



xxm. 



INCENDIO DE LA CIUDAD DEPUÍERTO-PLATA. 



Elementos de aqniel pueblo. -^Las. tropas replegadas al faerte.— £1 ineendio.- 
. Combates. 



' Puerto-Plata se había convertido en 
un gran campamento militar. A más de 
su guarnición había recibido toda la fuer- 
za con que Buceta se retiró del Cibao, la 
respetable 7 poco afortunada columna 
del brigadier Primo de Rivera, y un ba- 
tallón del regimiento de la Habana que 
habla traído consigo el general D. José 
de la Gándara, comandante general del 
departamento oriental de la isla de Cuba. 

Hablérase creído que allí se fulminaba 
el rajo que habla de confundir la insur- 
rección; pero luego desapareció el error, 
examinando lo que se hacia. Construían- 
se trincheras en derredor de la ciudad, 
se habilitaba la punta más alta para fuer- 
te y se tomaban otras medidas para la 
defensa. 

Puerto-Plata era la ciudad más mer- 
cantil de la isla; allí había mn número 
de extranjeros que se ocupaban en la re- 
colección y compra de los productos del 
país, que destinaban' á la exportación, 
y todos eran enemigos de España, porque 
a la luz del orden y la justicia no podían 
continuar en sus impuros manejos. Ade- 
más, la mayoría eran protestantes, y 
como sus templos se cerraron, no podían 
tener buena voluntad para sus nuevos 
huéspedes. 

El cura párroco de la ciudad era el an- 
ciano doctor D. Manuel González de Re- 
galado, que contaba más de cuarenta 
años en aquella feligresía, y que gozaba 
de inmenso prestigio. Sus costumbres 
eran agradalues á los del país, por más 
que sus actos fuesen algo tiránicos. Sus 



ideas se oponían abiertamente á la ane- 
xión, y aun después de efectuada esta, 
fué hostil á España en sus conversacio- 
nes, en sus actos páblieos y aun en sus 
sermones. Se ha creído, y se cree aun, 
que este clérigo fué el alma de todas las 
sublevaciones y uno de los más respon- 
sables ai^te Dios, de tantas lágrimas y 
tanta sangre como en su feligresía 7 en 
la isla se derramaron. 

Puerto-Plata era ríval de Santo Domin- 
go poro ue tenia un puerto por donde se 
hacia alguna exfx>rtacion, y era también 
antagonista de Santiago de los Caballe- 
ros, porque era la capital de la pro- 
vincia. 

Los naturales, en su mayor parte, es- 
taban fuera y al frente, hostilizando á las 
tropas desde las cumbres de las inmedia- 
tas cuestas y tras de los corpulentos ár- 
boles que la cercaban. 

El número de sus habitantes en Agos- 
to de 1863 era próximamente el de 6.O00. 

La forma de la ciudad ni era regular ni 
su aspecto bonito; pero en honor á la 
verdad, era la mejor de la isla. Sus ca- 
sas, á excepción de una media docena de 
almacenes y de la iglesia, eran de nut- 
dera. 

Llamado á Santo Domingo el general 
Gándara con las tropas de que pudiera 
disponer, dejó de gobernador al briga- 
dier Primo de Rivera, y ásus órdenes los 
batallones primero del Rey, dos de la Co- 
rona, unas compañías de Cuba y la cuar- 
ta compañía de Ingenieros, con fuerza 
proporcionada de artillería. 



— IfiSl — 



La prlaMni' ñedida tamada par al nue- 
To ^oDeraador, faó la de replagarse al 
fuerte oon toda la g^aaraicionv dejaibdo la 
ciudad á merced de los insurrectos; Aquel 
nueYo paso atrás, orígioó la teurcha al 
enemigo de muchas personas de las que 
hablan seguido la suerte de las trofias, y 
entre ellas al general Benito Martínez, 
aue había formado pairte de la columna 
ael Sr. Primo de Rivera en las dos sali- 
das que había hecho sobre Santiago. 

.En la tarde dei 4, de Octubre dalló el 
batallón disl Rejr á desalojjur ai enemigo 
que se. habla posesionado de lits trinche- 
ras de la ciudad. 

, Cuando regresaba, después de haber 
eumplido fácilmente su misión^ recibió 
orden da retroceder de nuevo para prote- 
ger álos ingenieros que bajaban á cortar 
elÁnoendio que se habia declarado en una 
caaá inmediata á la iglesia. 

Cuantos esfuerzos se hicieron fueron 
en vano» pues con asombrosa rapidez se 
propagó el inoedio por toda la ciudad, 
dando pasto ^l voraz elemento, además 
de las easas^ que como hemos dicho eran 
de madera, las grandes existencias de., 
bebidas espirituosas de que estaban ates- 
tadas las tiendas y almacenes. 

El enemigo miraba impasible su obra 
desde las ium.ediatas alturas. 

Llegó la noche, retirándose las tropas 
▼ el fuego corrió libremente de barrio en 
barrio, empujado por la fresca brisa del 
mar. 



I 



Aquel. lm]^neirfé espectáculo era épf, 
un género magestuoso. Los edificios to- 
dos en combustión, ardían en inmensa 
fogata, que alimentaban los grandes de- 
pósitos de aceites y licores alcohólicos, 
que levantaban hasta el cielo sus azu- 
ladas llamas. 

Al amanecer del día 5 continuaba el 
fuego, aunque ya habia devorado la ma- 
yor parte de la ciudad. 

Considerando que nada pedia contener 
ya los progresos del furioso elemento, or- 
denó el gobernador que bajo la protección 
de un batallón^ bajase toda la guarnición 
sin armas, para recoger de las casas 
cuantos efectos se ptudiesen. Asi se hizo 
en efecto, no sin ^haber tenido que batir 
al enemigo, que habla roto el fuego des** 
de que notó que se bajaba á la ciudad. 

A los tres dias de empezado el incen« 
dio, cesó, no habiéndose salvado sino' las 
dos casas llamadas de Sander y capita- 
nía del Puerto, que por so proximidad al 
fuerte fueron fortificadas á manera de 
blokaus. 

Después déla destrucción de la ciu- 
dad, podian ya verse cara á cara los doa 
bandos enemigos, á los que servia de li- 
nea divisoria ó campo neutral él carboni- 
zado sitio que aquella habia ocupado. 

Aqui dejaremos á Puerto Plata, para 
más tarde volver á dar minuciosas noti- 
cias de este punto, que llegó 4 ser da 
gran importancia. 



XXIV. 



LA DIVISIÓN DEL GENEaAL SANTANA. 

Salida de Santo Domingo. — ^Precioso tiempo perdfto.—Desobediencia á las ór« 
denos del capitán generah^Deserciones de la gente de to reserva.-^Com* 
batea. 



• Cuando el general Mvtro tedbló las 
ürimet'as noticias de Ia>9ttfiurreccioíi que 
habia estallado eít los^rpüeblos frontéri- 
20S de Haiti y su proptü^ieioik' á Santia- 
go, conoeló la importancia dé acudir con 
fuerzas á- ées^íálí el foco de la rebelión, 
y según queda indicado hizo que el oo- 



i^enel Capa saliera con una éólunlnav 

§ reparando otra que puso á las órdenes 
el general Santana, para que yendo por 
el interior del país niciera renacer la 
confianza eftlos pueblos y cortara la pro-" 
paganda revolucionaria. 
Habiendo pintado ya el éxfto fktai eoa 

H 



— 106 — 



(pie -cümpiió áti tfomísion el Sr^ Capa, 
nos toca referir ahora 1q acontecido al 
marqués de las Carreras. 

El martes 15 de Setiembre de 1863 sa- 
lió de Santo Domingo el general Santa- 
aa, con una columna compuesta del ba- 
tallón cazadores de Bailen, del batallón 
de San Marcial, parte del de Vitoria, una 
oompañia de ingenieros, dos piezas de 
montaña, sesenta caballos del escuadrón 
cazadores de Santo Domingo j cuatro- 
cientos voluntarios de infantería j caba^ 
Hería de las reservas de San Cristóbal. 
Las tropas recibieron en Pajaritos al ge- 
neral, en medio del major entusiasmo, y 
pasado que fué el rio Ozama, se empren- 
dió el movimiento como ¿ las dos de la 
tarde. Después de un lijero descanso en 
Poma-Rosa, se llegó al anochecer & Sa- 
bana-Mojarra, ^onde se acampó dando 
frente ál río Yábacao. 

Poma-Rosa, Mojarra j otros puntos 
que será necesario nombrar, son caseríos 
ó campos desiertos, pues en Santo -Do- 
mingo escasean los pueblos. 

A la mañana siguiente se emprendió , 
la marcha, llegándose á las diez a oríllas 
del Yabácao, que se badeó con grandes 
dificultades, por su muchft anchura y 
profundidad y por la gran corriente que 
producian las recientes lluvias. Con- 
cluida dicha operación, se continuó avan- 
zando hasta Sabana-Yuna, donde se pasó 
la noche sufriéndose fuertes aguaceros. 

A las ocho de la mañana del 17 se con* 
tinuó el movimiento de avance con direc- 
ción á Monte-Plata (donde se decia que 
se reunía el enemigo), llegando al medio 
dia á Sábana del río Socoa, desde donde 
dispuso el general avanzase una compa- 
ñía de Bailen jla caballería á marcha 
forzada, para llegar á Monte-Plata antes 
que el enemigo se posesionase alli. La 
columna salió en la misma dirección dos 
horas después, y entró en el pueblo al 
anochecer al son de las músicas y con 
banderas desplegadas- y formando en la 
plaza principal, leyó el secretario parti- 
cular del general, señor coronel de las re- 
servas, D. José María Pérez, una procla- 
ma en que se llamaba á las armas á to- 
dos los nabitantes, para que juntos con 
las tropas españolas, combatiesen la re- 
belión. 

Luego se acampó, veríñcándolo las 
tropas en las afueras del pueblo y las re- 
servas en las casas y bohíos. 

BspenCndp la llegada de las fuerzas del 



Seybo y átmiá puntos, {termuMció la ed- 
lumna en Monte-Plata, v cuando y% con- 
taba con más de 9.000 hombres ó iba á 
emprender las operaciones, se recibió la 
noticia de los acontecimientos de Santia- 
go, que causaron profunda sensación. 

El comandante de estado mayor señor 
Rivera, llegó á Mon.te-Plata con la orden 
del capitán general, para que la oolumna 
se replegara sobre la capital; pero siendo 
de diferente parecer el general Santana, 
desobedeció la orden, y para disculpar 
un tanto su inobedieneia, reunió á los je- 
fes de los cuerpos manifóstándoles, que 
teniendo al enemigo cerca y sin haner 
probado sus fuerzas, le parecía de mal 
efecto el cumplimiento de dicha disposi- 
ción, por lo que podía influir en descré- 
dito del gobierno, y emitió el parecer de 
probar fortuna, yendo en busca del ene- 
migo. Esta opinión fué unánimemente 
«catada y se procedió á tomar las diapo- 
siciones necesarias para llevarla á cano. 

Ya tenemos aquí la confirmación de 
cuanto expusimos á nuestros lectores en 
nuestras breves reflexiones del capitu- 
lo 21. 

Ya tenemos aquí á un general de divi- 
sión, que insubordintodose y desobede- 
ciendo abiertamente, las órdeneM de la 
priihera autoridad de la isla, acude al re- 
curso de convocar una junta, ala que ex- 
pone su pensamiento en contradicción 
con el del general en jefe. 

Si en el ejército fuera lícito semejante 
proceder; si cuando un superior da una 
orden, se admitiese que el subordinado 
dijera: fNo haré tal cosa, porque yo he 
pensado mejor, 1 entonces no habría mi- 
licia posible, y el ejército sería una ver- 
dadera patulea. 

En cuanto á que las juntas sean de 
opinión unánime á la del jefe que las 
reúne, es cosa muy natural. Cuando á un 
general se lo confia el mando de tropas, 
estas descansan y conflan en su valar y 
talento, y<«i situaciones difíciles aconat- 
jan tomar una resolución extrema, cuan- 
to más veteranos y más inteligentes son 
los que obedecen, más obligados se crean 
á apoyar á su jefe, si se ha dignado con- 
sultarles, y lejos por eso de incurrir en 
falta, cumplen con un deber los que le 
ayudan á desenvolf er su plan. 

El general Santana deoia «nprender 
operaciones por un país queconocia per- 
fBCtamente; era de creer que contase con 
buenas eonfideneias» porque de aqúeUaf 



— IW — 



MtmshkM enm la msjor parte de los in- 
divklaoe de laa reseñras que le acompir 
Sabaa. < 

Pero lo que los eepañoles no pudieron 
■aber fdé, qué enemigos, ni eiiántos se 
proponía coilibatir, ni quién los mandaba, 
iii aun siquiera el punto donde los enoon* 
traria* 

Dias j días se pasaron en la inacción, 
j la diTision que habia salido con mucha 
premura j oportunidad de Santo Domin- 
go, se encontraba todavía el d8 á muy 
pocas leguas de la capital. 

Fueron tantas j tan extrafias las coin- 
cidencias con que se inauguró esta cam- 
paña, que la más justa imparcialidad no 
se atrere á resolver si aquello ha sido 
efecto de mera casualidad 6 fruto de bien 
eoncertados planes. ¿Se ha visto jamás 
que álos sospechosos de traidores j cons- 
piradores, se les Heve libres por entre las 
filas leales, para que siembren la cizafia 
en tan fructífero campo? 

Pues bien; con el general Santana t en 
ela£e de arrestado político, iba el gober- 
nador civil que faé, D. Pedro Val verde, 
hombre quisquilloso v descontentadizo, j 
á quien la opinión puolica señalaba como 
instigador de la revolución. Aprovechán- 
dose este sugeto del disgusto que empe- 
zaba á germinar en las filas de las re- 
servas, alentó á muchos de San Cristóbal 
á la deíietecion que empezó á cundir con 
sorprendente crecimiento. 

Las maquinaciones secretas del señor 
yalverde,la flogedad, el cansancio j poca 
eonstaocia de loa naturales á quienes se 
hacia insoportable la vida de campamen- 
to, y la desconfianza que de ellos se ha- 
cia, fueron causa indudablemente de la 
conducta poco leal que han olniervado 
después }a mayor parte de loe individuos 
de las reservas del país. 

El diad9 se movió el campamento de 
Monte Piñth , y dejando una pequeña 
fuerza en él; se emprendió la marcha pa-» 
ra atacar al enemigo, que: según confi- 
dencias, ocupaba con respetables fuer- 
sas la finrmidable posición de Arroyo -Ber- 
mejo. 

Ni en esta, ni en otras muchas ocasio- 
nes, podemos determinar la cantidad y 
calidad de los contrarios, porque ocultos 
por lo general en la espesiira de los bos- 
ques no se les podía fácilmente contar. 

Al asomar la vanguardia de la colum- 
na por frente al desfiladero de Arroyo- 
Berm^o, fué recibido par.una fuerte des- 



earga de fittileria á la que éonteattv'fantrf 
zándose inmediatamente hacia el . rio, 
donde fué contenida por el fuego de me- 
tralla que'con dos piezas se le haciaJ 
Poco tardó, no obstante, nuestra artille-* 
ría, en desalojar al enemigo de las posi- 
ciones que creía inespugnables, y dada 
oportunamente la señal de ataque, avan-^ 
zaron las columnas , apoderándose del 
campamento que entregaron á las lla- 
mas y persiguiendo á los fi^itivos hasta 
los estribos del Sillón de la Viuda (1). 

A las cftco de la tarde habian desapa- 
recido los sublevados, y acampó la divi- 
sión. 

A la mañana siguiente se emprendió 
movimiento sobre San Pedro, que se to« 
mó sin novedad, continuando por la tais 
de bajo un fbrtisimo aguacero, con direc- 
ción a La Luisa, que se suponía ocupaba 
Mansueta con fuerzas rebeldes. Pero ha- 
biendo llegado sin encontrar resistencia, 
se acampo en este punto, donde se pasé 
la noche. 

Al romper el día, se dejó allí una es-^ 
casa foerza de las reservas^ con una com- 
pañía de cazadores de Bailen, á las órde- 
nes del general Pérez, y continuó la co- 
lumna para Sanguino, donde se llegó sin 
novedad, pasando el rio Ozama, poco 
menos que á nado. 

Dos tíros disparados en aquella noche, 
anunciáronla proximidad del enemigo, 
por cuya razón, al amanecer del día 2 de 
Octubre se emprendió la marcha hacia el 
rio Guánuma. No bien llegada la van- 
guardia al punto llamado La Bomba^ se 
rompió el fuego sobre ella. Inmediata- 
mente ordenó el general que la compañía 
decazadoies de San Marcial flanquease 
aquel paso, siendo seguida por el resto 
de ese oataliou, por Vitoria y fuerzas del 
país, lo que consiguieron penetrando por 
un espeso bosque, y bajo un fUego muy 
vivo que sostuvieron, avanzando siem- 
pre, hasta salir á una pequera sabana 
que hay antes de llegar al rio.« Cazadores 
de Bailen que con la caballería había 
quedado en La Bomba, recibió la orden 
de destacar cuatro compañías para pro- 
teger las piezas que rompieron el fuego al 
llegar á la sabana. Bajo la protección de 

(1) San Pedro/La Luisa,- Llamasá, Loi« 
Botados, Sanguino y otros puntos que 
nos veremos precisados á nombrar con 
frecuencia, son rancherías que no pasar 
ban de seis ú ocho bobíos.-r-¿^. M A. 



- Mí- 



k>iftittn&* h ÉMBlUlimdéflúlqhMidcH' 
1^^ «tpojttda por la primera camnuSia de 
BaileiL, se lanzó res^ueltamente al rio con 
bajooeta calada, infundiendo Ul tetror 
en las insurrectos, qae hajeron en todas 
4 direcciones, seguidos muy de cerca por 
todas las tropas que se lanzaron en su 
persecución. 

Seis muertos ydiez y siete heridos tuTO 
la columna y de los contrarios se enoon- 
truron mucnos cadiveres que ain duda en 
su precipitada fuga no pudieron recoger 
según acostumbraban. ^ 

También se les hizo nn eapitan prisio- 
nero. 

Al entrar en la sabana de Juan Alva- 
rez, que deapues ha sido campamento de 
Guanuma, se formaron las tropas en ór* 
den de batalla con la artilleria en el cen- 
tro y la caballería ¿ retaguardia, mien- 
tras el mismo general Santana, con dos- 
cientos hombres del país, medio batallón 
de Bailen y una pieza, batia los bosques 
del frente, y especialmente en dirección 
de Santa Cruz, cuyo camino, hasta salir 
á la sabana del otro lado, fué prolijamen- 
te reconocido. 

A las cuatro de la tarde se estableció 
all^ el campamento, con aTanzadas con-* 
Tenientemente situadas en la orilla 
opuesta del rio y en las avenidas de los 
puntos de más racil aocesOi 

En Sanguino se situó un destacamen- 
to de fuerzas del pais, cuyas multiplica- 
das defecciones dieron lag^r á que se las 
releyase por una compañía de ejército. 

En La Bomba se estableció posterior- 
mente el hospital de campaiia y los de-* 
pósitos de proTisiones. 

Asi quedó instalado aquel campamen- 
to de que más adelante nos ocuparemos 
detenidamente. 

Entre tanto, el capitán general, señor 
Hiyero, reiteró al general Santana la or- 
den de retirada, de que esta vez ñié por- 
tador el comandante de E. M. D. Mariano 
Groicochea; pero lejos de obedecer, dando 
rienda suelta á su irascible carácter, dijo á 
este jefe que iba á continuar las opera- 
ciones sobre Uamasá y qiu no querx^ res- 
tirarse. 

A las siete de la mañana del dia» 18 se 
batieron tiendas y se tomó el camino de 
Llamasá. Las diez serian cuando se avis- 
taron las avanzadas del enemigo en una 
sabana; se hizo alto y se organizó toda la 
fuerza en dos columnas paralelas, con la 
artillería en el centro y la caballeria al 



fl«¿oo*Aeifeefao, j-an efliai)nna j^am, Ímt 
eorrespondiénteB gvéMUas á los flimnn» 

y á vanguardia, se avanzó hacia 3a en* 
trada de un desfiladero, desde donde se 
nmipió el fií^ por fuerzas emboscadas. 
Una vez pasado este obstáculo, sin grsA 
resistencia, desemboearon las tropas en 
sabana Santa Cruz , sufri^ido tres (^8- 
paros consecutivos de canon, que causa- 
ron la muerte de un oficial del regimien- 
to de la Habana; pero el fuego de finante 
Sde flanco de nuestras guerrillas, que 
enas de valor Avanzaban al salir á ter- 
reno despejado, desconcertó al enemigo, 
<Hie en su vei'gonxosa dispersión, aban«- 
aonó una nieza de montaña, tomando la 
dirección ae Llamasá (i). 

Ocho muertos y tres prisioneros se M- 
oieron al enemigo, consistiendo nnasiras 
pérdidas en tres heridos de la clase de 
tropa y el oficial que ya hemos meiioo- 
naüo. 

En esta jomada se distinguió por su 
valor y arrojo, siendo de los primeros que 
se apoderaron de la pieza , el te&iente 
Antón, de quien más tarde haremos es- 
pecial mérito. Este, compadre y predilec- 
to protegido de Santana, era uu negro 
alto V fornido, que llegó á hacerse {torsa 
orgullo é insolencia, insoportable á los 
españoles. Avariento de dinero, ha nido 
después un traidur trascendental. 

Aouella noche se pasó en los mismos 
raneaos cogidos al enemigo, y al signien- 
to dia se siguió á Llamasá, sin otra no- 
vedad que algún ligero tiroteo, que hirió 
á un oficial do artilTería. 

Todo paréela indicar que la mente del 
general seria seguir hacia Santiago, to • 
mando el camino de las Gallinaa (d); pero 

(1) Nos han referido, que al presentar 
el jefe de estado mayor al general Santa- 
na el parte de esta acción, en que decia, 
como nosotros decimos, porque fué cierto 
que el enemigo habia huido vergonzosa- 
mente, le dijo: «Quite eso, que los domi- 
»nicanos nunea corren vergonzosamente. 
»Eso es bueno para lo9 españoles; y sine 
»ahi está lo de Santiago.»— i^. del A. 

(2) Guanuma, Arroyo Bermejo, San- 
ta Cruz y otros puntos que nombramos 
con frecuencia, están á la ^da ó en las 
cercauias de la c<Htiillera coafa^l de la 
isla. El camino de las GalKnas y el Sillón 
de la Viuda son los desfiladeros obliga- 
dos que debian traspasar las tropas para 
ir al Cibao,-¿V^, del Á, 



^IM^ 



sin dada atento & lo« consejos de algiin 
j«fe, emprendió la retirada sobre Guanu- 
ma, pasando por Santa Cruz sin haber 
eido molestado por el enemigo. 

1E(1 80 de NoTiembre se repitió la ma- 
niobra ó exi>edicion antes descrita, sa- 
liendo para Santa Cruz, donde la colum* 
na encontró mayor número de enemigos 
j más resistencia. En este dia apareció 
por primera vez la caballería insurrecta, 

2ue sufrió el fuego con bastai^te f ocenl* 
ad, hasta que cargada por nuestros gi- 
netes, apoyados en los cazadores de Bai- 
len, se dispersó con* pérdida de diez ca- 
ballos. Per auestra pafte ecmcurideron 4 
esta acción los batallones de ¿ailén, San 
Quintín y Victoria, con dos compañías 
de la Habana y las fuerzas de las reser- 
Tas, ya muy mermadas por las constan- 
tes deserciones. 

Pronuneiadoen retirada el enemigo, se 
le persígalo por la caballería, haciáódol» 
algunas bajas, á trueque de tres xiMieriof 
y catorce heridos que tuTo la eolumna. 

C<»no á las tres de la tarde afiareeió de 
nuevo pnr. el camino de Llainasá, oon el 
objeto de reeojer sus muertóa, pero el 
batallón de San Quintín le atAíó al éD- 
eitentro, haciéndole desistir de su in- 
tento. 

Al amanecer del siguiente dia, 1.* de 
Diciembre, «e voWieüon á presentar loa 
insurrectos tocando sua cajas- de guema 

?r habiendo salido & rBebasbrlos el báta- 
lon de Vitoria, una oompaSia de Bailen 
Y las reservas « se trabó un reildo «oái- 
bate en el cementerio, que se tomó á la 
bayoneta eon pérdida de 13 hombres, haf 
eléndoles hüli^ como sietapre. 

Ddspued ce pásala la lioche tranquila- 
mente se regresó á Guanuma, desde don» 
de 'ae pidieron refuisrzos á la capital, para 
eubrir las muchas bajas origi&adae pov 



las enfermedadea j las expediciones de#« 
critas. 

Pasados algunos dias, tuvo noticia el 
general Santana de que el enemigo, si- 
tuado en San Pedro y Loma Colorada, 
amenazaba caer sobre el general Pérez, 
que con dos piezas de artillería y los ba- 
tallones de Puerto-Rico y San Marcial 
guarnecía á Monte-Plata. ^^ Inmediata- 
mente determinó marchar i dicho punto 
can el j^^tl41^'de Bailen, la reserva, los 
ingenieros y una pieza, y habiendo deja- 
do á Bailen en Monte-Plata, salió en 
busca de los insurrectos que batió y des- 
alojó ^et.s^B posieiope? ^ las^gue ao^^^- 
pó dutaúte ocho dias, al cabo délos cua- 
les refi;resó 4 Guanuma. 

El ala 19 se repitió otra expedición á 
Santa Cruz, que se redujo á un simple 
reconocimiento. 

Por esta época se Verífiéó iadeféecion 
del teniente Antón y los eónvoy^ <|ue 
iban y venían de la .capital, empezaron^ 
ser molestados. 

SI día 95 se oi^gantió la divisioB «a ém 
ooliftliiBasraníaé áaa órdenes del gesutfnA 
Santasa, ballió al enemigo mié eneontvd 
en Llatníusái persiguiéndole^aflta Arroya 
Jaibita, y la otra oon el ge&eral Suero 
tttvealgonos tizosiooa«lenem4ge, 4 quien 
hizo retirar 4é lo6 Botados, regrénnda 
aBÍbQB)por,Satíta'Gtuta al campamentol 
. ;:Bn etté4ia «avgiwveíaMto d^eiidoi^all 
lar váaguAiidia-el bizarro ienáénte toaroBd 
de cab4U(tría B. Juap Aalpadía. • .^ 

Distando ti Igeneral • Santana cbniUt; 
mienda/sus ftie]::saa,iea'«a8 fsxúAüeaichpe^ 
Facioiaea de ir 7 T<]ivér>4 jblamas4» k» M^ 
tadofl, SaoClk Orua j^étifea putsiltfaftanitt^ 
fl^gniñctontbeidomoíinodtaosoejrMs wm^ 

E aliemos an kaiaar una Ügeta MAefiaiéa 
idivlsiesqueoipecabaporel Sur date 



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XXV. 



Ll DIVISIÓN DKL aBNBRAL eAKDABA, 



KotiTo do 1» 9xpediciQn.— li«^ tPm» d» 8m Cristóbal.— Aocion en Doñana. 



Lanotieia del abandono de Santiago 
dolos Gaballerofl por lat tropas ospafio» 
las, sorprendió de tal modo al capitán 
general y á todos cuantos en Santo Do* 
müigo la supieron» qne no podía dársela 
crédito por más que apareetese justiflca'- 
da. Gualauiara otra cosa babiera sido 
más creíble por absurda que pareciera. 

Bl general Bivero dicto entonces una 
medida de gran trascendencia j que no 
Biereci6 la general aprobación. 

Llamó al general Gándara, con las 
fuerzas que tenia en Puerte-Í^lata j al 

feneral de la réserya Pueyo, que ocupa-' 
a pacificamente la parte Sur de la isla, 
abandonando de este modo á merced de 
la insuri^eeion á Azua, Baid j otros 
plintos mis afectos áBi^aSá que el Gi- 
oao. En la ciudad de SaMó Domingo se 
hubieran reconcentrado todas las fuerzai9 
espafiolas 7 las adictas, si Santana hu- 
biera sido subordinado; pero con la ne*' 
gativa del marqués de las Garreras ópor 
motivos particulares que desconocemos, 
el general Riyero yarió de plan, querien- 
do Tolyer á ocupar la parte Sur que ha- 
bla mandado abandonar á Puejo j que 
los insurrectos hablan ja recorrido, com- 
prometiendo por su causa á los mismos 
que nos hubieran quizás sido fieles. 

Para poner un dique á la corriente que 
por aUi amagaba, salió de la capital el 
18 de Octubre la división del general 
Gándara, compuesta de cuatro batallo- 
nes j seis piezas de artillería de monta- 
fia, tomanao el camino Sur de la isla j 
con dirección á San Gristóbal. 

El primer dia M hubo noredad en la 



marcha, pero al siguiente se presentaron 
emboscados algunos grupos ae enendgos 
que procuraron importunar á la colunona 
con sus disparos. £1 17, como á las onee 
de la mañana, llegó esta á las cercanías 
de San Gristóbal, j esperando que los in- 
surrectos le opusieran alli una fuerte re- 
sistencia, se sorprendió encontrando tan 
solo un personaje extraño que le salió ai 
encuentro. Bra este un francés llamado 
M. May,, avecindado alli hacia tiempo, el 
eual avisó de que el pueblo estaba total- 
mente abandonado. 

Entró en él la columna, alojándose có- 
modamente en sus casas desocupadas. 

San Gristóbal, de quien tendíamos que 
hablar varias veces, no era otra cosa que 
im grupo in£>rme de bohíos ó barracas 
esparramadas jsin orden, bajo los fron- 
dios; árboles de que abunda su co- 
marca. 

Sus naturales negros, han sido escla- 
vos en otro tiempo, y ante la falsa noti- 
cia que les hablan dado de que se iba á 
restablecer la esclavitud, opusieron siem- 
pre una tenaz resistencia. 

Aquel punto era muy estraté^co, por- 
que para llegar á él hav que salvar mu- 
chos obstáculos naturales, porque era el 
paso de la capital á la provincia de Azua 
y porque de alli arranca el camino más 
corto que conduce al Gibao. 

El general Gándara salió el 24 al ama- 
necer de su cuartel general de San Gris- 
tóbal, al frente de una columna compueci- 
ta de los batallones de Isabel II, Ñapó- 
les V la ünion, las dos secciones de caba- 
llena, la cuarta compañía de artillena de 



— rif — 



flióniana y las milicias del país , quedan- 
do las faenas restantes en el cuartel ge* 
neral, al mando del coronel D. Julián 
González Cadete. 

La expedición tenia por objeto batir al 
enemigo que se sabia estaba acampado 
en el lugarnembrado Doñana, y como & 
una hora de marcha se encontraron las 
aTanzadas enemigas , emboscadas en el 
monte, según su costumbre, y las cuales 
rompieron fuego sobre la yanguardia de 
la columna, mandada por el general don 
Eusebio Pueyo , y formada por el bata- 
llón de Isabel II y las milicias del pais. 
Estas fuerzas cardaron yi^rosamente al 
enemigo, desalojándole de sus posicio- 
nes, lo que se continuó sucesiyamente 
por diversas ocasiones á cortos intérya- 
109, hasta quedar los facciosos completa- 
mente batidos y dispersos. 

Continuó la marcha h&oia Doñana y7 
al llegar áeste punto se encontró al ene** 
'migo esk considerable número ocupando 
el entronque de los dos caminos que con- 
ducen á San Cristóbal. AlÚ se empeñó 
un combate formal, sostenido por los re- 
beldes, que desde el bosque j las iayora- 
bles posiciones del lü'gar nacían un fuego 
muy nutrido, que les fué contestado 
oportuna y enérgicamente por layan- 
guardia, la que hizo al fin alto para que 
ayanzase una pieza de artillería. 

Este movimiento, mal interpretado por 
el enemigo, fué causa de que Hoyara un 
duro escarmiento, pues habiéndose ayen* 
turado muchos Jt salir de sus posiciones 
llegaron á ponerse á tiro de .pistola, 
euando despejando el terreno la infante- 
ría, comenzó sus disparos el cañón que . 
ya estaba en batería, causándoles por 
consiguiente grande estrago. Desorde- 
nadas sus filas cargó á la bayoneta la 
yanguardia, con el coronel D« Joaquín 
Suarez Ayengoza á su frente, empren- 
diendo el enemigo una desordenada fuga 
por el camino de la izquierda, y acam- 
pando las tropas reales en aquel mismo 



campamento, para foniar algún des-* 
canso. » 

Por precaución se dispararon al monte 
algunas granadas, k fin de quitar á los 
facciosos la gana de quedarse embosca- 
dos y molestar al ejército. 

Media hora después siguió la marcha 
hacia Yaguate, donde se suponía hallar 
nueyas nierzas rebeldes. Etectiyamente 
algunos grupos trataron de resistir en el 
camino yarías yeces , pero fueron cons- 
tantemente rechazados , tanto por ^s 
fuegos de la columna como por ugunas 
cargas á la bayoneta. 

A las once y media tuyo efecto la en- 
trada en Yaguate, sin resistencia del ene- 
migo, ^ue atMmdonó precipitadamente la 
población, dejando señales eyidentes de 
su reciente presencia en el lugar. El ex- 
celentísimo señor comandante en jefe 
' dispuso se praeticass un reeoBOcimienio 
' por el camino de Bani,'y se lleyó á efecto 
aunque sin encontrar otra cosa del ene- 
miffo que el rastro de su^retirada. 

Obtenidos estos importantes resulta^ 
dos, y fio hi^endo eñ todas aquellas in- 
mediaciones enemigos que opusieran de- 
sistencia, ta columna regresó &San Cris- 
tóbal, sin ocurrir más noyedad en el trán- 
sito. 

Un mes habla trascurrido ya desde la 
ocupación de San Cristóbal, sin más no- 
yedades que las relatadas y alguna que 
otra de menor importancia. 

Aquel acantonamiento tenia el gran 
inconyeniente de tener que recibir sus 
yiyeres por medio xle periódicos, conyo- 
yes que sallan del río Jaina, distante cin- 
co leguas, en cuyas operaciones tenia 
siempre que sostenerse un yiyo tiroteo 
con los enemigos apostados en los bos- 
ques j puntos más maccesibles. 

Dejaremos ahora á esta dlyision, de 
que aun tenemos mucho que hablar, pa- 
ra ttatar los acontecimientos con el ^- 
sible orden cronológico. 



/ 



XXVI. 



tt GBltEBAl^ TAXai^ir. 



8a ñoxnbr&iaiento de oapitaín general.— Alocueipnés. 



Ánilee qoe se stipiemí en Madrid 1|U' 
ocurrencias de Santo Domingo , estaba 
relevado el capitán general Eiviero ^r el 
que poco antee era brigadier j segundó 
caibo de la-isla. 

Véase eéimo daba la Dotída £a Razón: 

«Como primer efecto de las reformas 
que hace tiempo se preparaban en el mi- 
iHSterio de Ultramar para el gobierno j 
administración de esta proyincia, el ex-* 
eelentisime señor general D. Carlos de 
Vargas ha sido nombrado gobernador 
capotan general de Sante Domingo en 
'reemplazo del Exemo. señor general d(»i 
Felipe Rivero.- 

Venliajosamente oonecido en este país, 
como en todos los demás de América en 
qme ha residido, por la dignidad de su 
carácter, su rectitud j energía, vemos en 
el nombramiento del señor gráieral Yar* 
gas una muestra más del haeai deseo 
que en todo lo que se refiere á la suerte, 
política de los domlnicaoes ha animado 
siexppre al gobierno de 6. M. 

Para- tan acertada y plausible elección 
se han tenido en cuenta, sin duda, k la 

Sar que las altas prendas y el reconoci- 
mérito de S. E., las numerosas sim- 
patías que durante su anterior perma- 
nencia en Santo Domingo como segundo 
cabo de la proyincia, se granjeó entre 
sus habitantes, y de que recibió inequi- 
Yocos testimonios de todas las clases de 
nuestra sociedad á su despedida. 

Tristes son, notoriamente tristes las 
circunstancias en que el nuevo capitán 

Íeneral tómala responsabilidad d^l man- 
O superior de esta provincia. La insur- 



rticeton devasta una extensa poreion del 
territorio^ fr después deáa onmipaften* 
cía divina, se necesitan las grande» cua- 
lidades de un genio superior para llegar 
á pacificar completamente el pais, pur- 
garle de los malos elementos que encier- 
ra, calmar los ánimos y restablecer la 
confianza entre los habitantes honrados 
y pacifloos, cerrar las puertas á his intri- 
gas y maquinaciones de los enemigos ex- 
tranjeros, rechazar con desprecio y man- 
tener á dialancia la impostnsa j la ca-, 
luninia, que bajo mil diferentes formas,' 
como el Proteo de la Muía, tratan de 
acercarse artificiosamente y de asediar al 
gobernante en los tiempos de agitaciones 
políticas. ¡Cuánta penetración, cuánta 
destreza, cnanto talento noesmenesteren 
tales épocas para distinguir y discernir el 
dictamen interesado y mentido del útil y 
saludable, la rencorosa pasión del patrio- 
tismo sincere, la mala intención del sen* 
timieato leal y bien encaminado! Bspe- 
remos que el ilustrado general Vargas 
sabrá elevarse á taa eminente altura, él. 
oue aceptando hoy la capitanía general 
oe Santo Domingo, da uni| prneba es- 
pléndida y nada común del elevado tem- 
Slede su carácter, y. un noble ejemplo 
e confianza en Dios, en el poder y ios 
grandes recursos de España, y en su 
propia fortuna.» 

Decia el mismo periódico el 22 de Oc- 
tubre: 

«En la mañana de ayer efectuó su des- 
embarque el Excmo. señor mariscal de 
campo D. Carlos de Vargas, gobernadiur 
y capitán general de esta provincia esjpa* 



/.y- U5'-. 



Hola. Le eondnjo k este paerto el tepot 
de 1& marina real PiMorrOy que llegó en la 
noche del 22. Acudieron á recibir á S. E. el 
Excmo. señor capitán general saliente, 
D. Felipe Biyero, j todas las corporacio- 
nes ciTiles, militares j eclesiásticas. Las 
tropas de la gu>micion formaron la valla 
en la yia del tránsito.» 

Y el mismo dia en que tomaba pose- 
sión la nueva autoridad, dirigid al pue- 
blo T al ejército las dos siguientes alor 
cucíones: 

D. CARLOS DE VARGAS Y OERVETO, 

mjkriseai de campo de los realea 
ejércitos, gobernador capitán gene- 
ral de la parte espallola de Santo 
Domingo, etc., ote. 

DoiumcAvos: 

Cuando S. M. la reina (Q. D. G.) se 
dignó confiarme el mando superior civil 
V militar de esta isla, oí de sus augustos 
labios sentidas frases » encaminadas á 
vuestro sosiego 7 bienestar. Considerad, 
pues, cuan profunda herida abrirá en su 
magnánimo corazón la noticia de la in- 
motivada j escandalosa rebelión á que 
algunos de vosotros se handejado insen^ 
satamente arrastrar por falaces sujes- 
tiones de un corto número de ambiciosos, 
mal avenidos con el sistema de orden j 
de prudente y racional libertad que se 
iba desenvolviendo en este país, honda- 
mente trabajado hasta ahora, por repe- 
tidas discordias intestmas. 

Hombres desautorizados, üelIsos int^- 
pretes de la opinión pública, sin razón y 
sin derecho, y esgrimiendo las armas de 
la impostura y de la perfidia, han conver- 
tido en teatro de crímenes horrorosos y 
cubierto de ruinas y cenizas algunas de 
las más fértiles y ricas comarcas de esta, 
hasta ahora, infortunada Antilla, olvidan- 
do que nuestra noble nación, sin pararse 
en sacrificios, ni en consideraciones inte- 
resadas, abrió sus brazos de madre al 
pueblo dominicano, cuando éste, en un 
momento supremo, pidió su reincorpora- 
ción en la corona de Castilla, que aesde 
entonces ha prodigado sus tesoros para 
abrir las cegadas fuentes de la riqueza 
dominicana, v sus valientes hijos para te- 
ner á raya á los enemigos de su reposo y 
prosperidad. 

Pero vosotros, dominicanos leales, que 
sois los más y los mejores, tened coi^n- 
za enUí fuerza y la justiciado nuestra 



magnamma nación^ euyas annas no pue- 
den quedar deslucidas en una lucha con 
enemigos débiles en número y en recur- 
sos. Si, muy en breve será restablecida 
la tranquilidad, para lo cual cuento con 
vuestra' cooperación como los más inte- 
resados que sois en que cese cuanto an- 
tes un estado de cosas que no puede con- 
venir sino á los que se alimentan del des- 
orden público. 

Dominicanos, oid la voz de quienno 
pretende engañaros y que, como el que 
más, se interesa por la» prosperidad de 
esta hermosa tierra: los que os hablan de 
que sea posible restablecer en ella la es- 
clavitud, mienten á sabiendas, pues que 
va una vez S. M. (Q. D. G;) declaró aoo-' 
iido para siempre ese sistema en esta pro- 
vincia; y mienten también los que de cual- 
quier otro modo os infunden temores con 
respecto á las buenas intenciones de nues- 
tro gobierno. 

Los hombres honrados y i>acifieos que 
se han mantenido fieles, y los que depo- 
niendo las armas inmediatamente vuel- 
van tranquilos á sus hogares, pueden con- 
tar con la ¡HToteccion del gobierno; pero 
los que perseveren en sus pérfidos de- 
signios desconociendo la legítima autori- 
dad de la reifti, sufrirán el castigo que 
merece su deslealtad. 

Desde hoy quedo encargado del go- 
bierno superior de esta provincia, y me 
desvelaré por restablecer en toda ella la 
tranquilidad y hacerla marchar de nuevo 
por la senda de la prosperidad y del pro- 
greso: asi lo he ofrecido á S. M., y asi lo 
ofrezco á los leales habitantes de Santo 
Domingo. {Viva la reina! 

Santo Domingo 23 de Octubre de 1863. 
--Carlos d$ Vargoi.i^ 

D. CARLOS DE VARGAS Y CERVETO, 

mariscai de campo de los reales «dér- 

citoB, gcfb^mador capitán general 

de la parte eapaftola de. la iala de 

Santo Domingo, y general en Jefe del 

^ ejército de la misma, etc., etc. 

Soldados del ejército y reservas domi- 
nicflbias.— La escandalosa rebelión que 
viene perturbando gravemente la tran- 
quilidad de esta preciosa isla, os ha pro- 
porcionado una ocasión más de patenti- 
zar al mundo entero vuestras relevantes 
cualidades. La abnegación y el sufri- 
miento, la subordinación y el valor que 
habéis demostrado en aquel periodo, Jus- 

IB 



^ »v^ 



SMiecido reoombrtt <|tt6 eziltONdoií'tiftitíp^ 
j-fMiief obtuTO liémpra «1' toldado q«t» 
diiídiide.el paballon oeOuittUft. Yo me 
Cimplaxco ae poder compartir con tos- 
otfioaiaa glorias que oi réaenra el funesto 
estado en ()ueunoa cuantos reyoltosos 
han puesta á estft desgraciada antilla, 
di^a .de nú|>or suerte. 

Ingratos á los beneficios que recibieron 
é0 IhimeifiT de las reinas, apelaron al in- 
eandlQ, tí xobo^ aü, asesinato j á la deras- 
ta^io&L mis. espantosa, para reconquistar 
ttila Ubbrtad ^^e tanian aéegiuwam. Bn 
BUL ciego frenesí han tratada w n^ancillar 
nuestra honra j de llenar de igikmiinia 
nuestra gloriosa enseña. ¡No comprenden 
que nuestro honor ofeooido reclama la 
mes ciúnplida satisfacción de tanto uL^ 
tme! 

Soldados del ejército y las reservas do* 
minicanas; esta satisfiaccion está próxima 
j JO bendigo á la Providencia que me ha 
reiemMle;ei honor de propoeeionárosla. 
Que se diatiiiiga.Tue8tTo comportamiento 
congoje lia (ustinguido constantemente 
por la náa estricta subordinación j 



I clfM», ^r tu ttlís-^éM' cAMBdtóia''á 
Ttt¿itrosJefes,7qtfeeiító8 se seÁtUrtiá, 
no ptieSo dudarlo, te)iiendo^ k^mi fhmte 
al Agno teniente geüeral D. Pedro J9áii- 
tana y al bitarro general Grándara, cuja 
prudencia, valor v exactitud en 'el emn- 
plimiento de las ordenes superiores, así 
como el de los demás jefes, son ia mejor 
garantía de ün triunfo seguro. 
Soldados del ejército y de lae reaer- 

, vas: protección- y amparo al hombre pa- 

j cifíco 7 honrado, al que vuelva üaaeaia- 
tamonte tranquilo i sus hoffar^a: ningu- 
na contemplación álos rebeldes que hos- 
tütees'con armas ó cooperen de otra ota- 

. ñera á fomentar ó mantener la rebelión, 
y cnsndo el pendón inmarcesible de Oas- 

' tilla vuelva a oudear en los mismos pun- 
tos en que la traición j Ijü soniceea lo- 
graron profimarlo, vosotros, sóloados áú 
ejército y de las reservas dominieanas. 
unos y otros, cubiertos de laureles, en- 
tonareis himnos de victoria al grito en- 
tusiasta de ¡viva la reina! 

Samto Domingo 23 de Octnbrede 1 
--Cárloi dé KuryiM. 



xxvn. 



tABTSDiil DSL GtNBSAL RIVBBO. 



1 , . • \* » . < 



Pro^píptioos.— 4u pensamiento sobre lo q^aii congenia.— Rac«erdos qti^ ka 
d^adó. 



Ya lo hemos dicho. £Í general ftívero 
no. f^,l^zaüu^pnea' desde el n^xnento en 
^e se presentó la insurrección. Bl re- 
snlthdo^ justificó sus temores; pero se 
equivocó, el ^t«in que el gobierno de ka- 
drid, que habia désoido sus oportunas 
teflexiones, no dándole cuando debió el 
auxilio que le pidiera, no llegaria jamás 
á desplega sus recursos y prodigarlos 
en dinero, material y .hombres. Mas ha- 
biendo pronosticado que para combatir 
la insurrección habia en el país grandes 
obstáculos y que para salvarlos era ne- 
cesario, un genio y mucha voluntad, en- 
tonQes ftter2a es coñ&sar, que tenia mu- 
cMsima jntzon^ . 

£ie marchfi|b& proclamando la conve* 



iü^n(^e de qu^ EfpaSa sf. ¿e^x^endiara 
njLuy prQutp de la pesada euga q^ft m. 
hja^ Impuasto conla posesión de Santo 
Dao^d^o. Aquello entonces parecia nna 
blasfemia; pero una f&tal reunión dfi ooin* 
ci(Íe;[^cias hizo que Riveco uniese el titu- 
lo de previsor álos muy envidiables que 
se habia adouirido en su dilatada earrcra. 
El 23 de Octubre, al oscureeer, smIíó de 
la capital para embarcarse^ eii.el vapor 
de guerra Pizarro^ que debia conducirlo á 
Puerto-Rico. Le acompañó hasta el em- 
barcadero su sucesor D. Carlos Vainas, 
con todas las corporaciones civiles j mi- 
litares j muchos de los amigoe Que aUi 
había conquistado por su a£abiBdad y 
dulce trato. 



. -8W^ 



Bl g^eüKlJEUrerd dfl^.^ pg» ddriiu 
mandogratos recuerdos de su bo]id«dy 
justicia, siendo únicamente censurado, 
de que á causa de 9u aranzada edad no 
habla despicado bastante energía para 



s«fi)Car la febtftta é lupoBir ébeálMida 
al general Santaaa. '^ 

{Bsoasa critica en Terdad, para el qqe 
atrayesó tan difíciles circunstaácias! 



xxvm. 



tJi PBOyiNCU ML 8STB0. 



Xia defección de Guarnan. — 
^arin.— Antón derrpta<Ao. 



de Santana para #L Béyh^.-^Asoci^m da Pul* 
•n Bíatorlfagror» 



£1 g6|iera],3(^Btaiia llegé á^ mr el gran 
«anorde la i^oTinoJft que le t16 niwer, 7 
8U mucho prestigio en ella, hacia aparar 
que allí no.<^;iQont(mria.eco la ínefurrfte 
don. 

El antiguo dictador no quiso empero 
.hm^erse iiiieiones« 7 eon la mejcir parte 
del %érGiíM espaMquahabia dispoiüale, 
j con la gente df^l pais que pudo reunir, 
ñjié i situarse en Guam^má 7. Monte-Plá- 
ta, más que con el fin de atacar de frente 
la insurrección^ con el poco disiilkulado 
pdTop^ito de lijQÍpiar sus Bstafdos' dis Ids 
^expigQs que por.aqueUa.pi^rta pudieren 
entvar.d^l Q\)áfiíf 7.eentetter con su pre* 
sencia a los se7banos que , , desafeetas k 
su persona más que á España, pensaran 
en rebelarse. 

Asi se explica que al mismo tiempo 

aue desobedecia abiertamente la órd|n{ 
el capitán general, que le mandaba re- 
plegarse á la capital, siseaba el verda- 
dero objeto de su salida dé'' Sintb'fio- 
mingo, que era atacar el focode la revo- 
tueion ^.snmisfifta cuiia,7 no^de bus^ 
car 7 batir los pequeños grupos de su- 
blevados que vagaban por Llamasá, Mon- 
te-Plata, Banta Cruz 7 San Pedro, pun- 
tos que se pueden considerar como los 
IKVrtiUos diBl SeTbp. 

Pjsro el hombre, propone 7 Dioa dis- 
pone. 

Mu7 lejos dtebia estar Santana de í^- 
.rarse que tan cerca de si tenia al.hox^bre 
Que haoia de echar por tierra sus pro- 
^ukloa é intrincadoScCálculos. 

Ta hemos indicado en el capitulo 24 
que el hombre de confianza del antiguo 
presidente era. el teniente Am^on., S^te, 
<o»ajfiM.d0ni»coiiiiift|ieffMá!QÍ»i:e«»T { 



va» surtia con la ma70r efteacia al cam-' 
pamento español de ciertos artilsulos que 
nacía j^agiifá peso de «aro al pébré soli- 
dado» En tstfei industria reunió üañj pron- 
to .8.000 peibes, 7 pUdo co^segnir im au 
compadre el geneÁl de la ilivisioni que 
le concediera perdEM para ü^ ál Sajw á 
emplear su capital. 

AproveohaaMo Santana esta ooaaíon 
7 descansando en la eonfíánsa qve le 
inspiraba, le dio jB.OOO duros máiv^ para 
que loÉ llevara Á sU' casa; peroaúéi no 
seria su sorpresa, al saber á loa foocós días 
4e sú partiaa',' que ée encontraba arla ca- 

bea^daunapBrtí4ft do inanrrectoa. tf(ie 
habla íevantii^o t»n las geirter que* él 
ereia amigos invariables. 

La primera noticia que recibió Santa- 
na de la defección de su compadre 7 a7u- 
f(li(hte de campo Guzman, rué por una 
carta de este, en la que llenándole de 
denuestos, le juraba por lo más sagrado 
qúd^Ié látbü ¿e matar con su propio pu- 
ñal. Esto le causó un profundo pesar, 
p^ear dsbla óonocer la : wtoeidad éé níiü 
nuevo adversario, 7 la primera^ftedlda 
que tomó, ñié la de ordenar al oficial espa- 
ñol que mandaba la guardia de su casa, 
que no permitiese la entrada en ella á 
individuo alguno de lajrefprvaiurinada. 

Én pocos mas «uDlevoAntoA casi toda 
Ici provincia del ^0700 7 s^hizo general, 
trat^o.á su empadre con la.ma7orin- 
selencis. y desden en todas las cartas que 
con nre<'uen/^a le dirigía. 

putaña iar^ó poco en caer enfiei^o 
de gravedad 7 marcnó á curarse á Spato 
Bomii^o, no permitiéndole su estado itct 
cibi^.aiaaQomisioi^sque fueron é^ í^- 
•ít<VÍ^./í(WM*>W^bw4d¿iKd« ífcf Jf*H 



- llt - 



Mientras tanto, las notíeias aue llega- 
ban del Sejbo eran cada vez mas graves, 
pues se propagaba el foego de la Insur- 
rección rápidamente de punto en punto, 
merced k la ñilta de tropas j & las cons- 
tantes defecciones délos individuos de 
las reservas. 

Restablecido Santana, prometió al ge- 
neral Vargas pacificar muy pronto su 
provincia, v á este fin obtuvo autoriza- 
ción para llevar eonsiffo. al batallón del 
Rej, que acababa de llegar de Puerto- 
Plata j Samani, donde nabia prestado 
muy buenos servicios. El dia 12 de Ent- 
ro salió de Santo Domingo con su colum- 
na, pernoctando en el pueblo de San An- 
tonio de Guerra , y al dia siguiente, al 
llegar á La Llanos^ recibió noticias del 
ya general Antonio Guzman, que habia 
conseguido sublevar á los campesinos 
del Seybo y de lasorillaH del Ozama, y 
que le avisaba con insolencia oue le es- 
peraba en el punto llamado PuJgarin. 

Lleno de ira corrió Santana con el ba- 
tallón del Rey á batir á un adversario 
que se le habia hecho tan odioso. 

Guzman era todo uii guerrillero domi- 
nicano que hubiera sobresalido mucho si 
solo hubiera tenido que luchar con sus 
paisanos, pues resaltaban en él la astu- 
cia, el valor y la actividad. 

Para apoderarse el batallón del Rey de 
Pulgarin, que es una posición ventajosí- 
sima en vn monte, tuvo que sostener un 



fuego de castro horas y dar 
gas i la bayoneta; pero sus defensores, 
aunque superiores en número, fderon 
derrotados, haciendo más notable este 
revés, una casual eoineideneia, pues dos 
compañías del regimiento de la Habana, 
destacadas en el pueblo de Baya^nana, 
oyeron fuego de fusilería hada Puigaiin, 
y tomando este camino, se encontraran 
al enemigo en dispersión y le atacanm, 
causándoles muchas bajas. « 

Aquel triunfo sobre un ftedeso que 
tan insolente se .presentaba en eseena, 
ejerció mucha influencia moral en la pro- 
vincia y se llegó á creer que el mismo 
Guzman, reconociendo su impoteneia, se 

{»asaria al Cibao con los ppcos que aun 
e seguían. 

Santana, con el objeto de reanimar d 
espíritu abatido y vacilante de sus tsqI- 
nos, dejó unacompafiia en Lo9 LUmm y 
siguió con el resto del batallón j alguaa 
gente de la reserva para el pueldo de 
Hato-Mayor, que habia sublevado AntoiL 
Aquellos vecmos honrados, flexibles y 
fáciles de impresionar, recibieron al anti- 
guo presidente con las mayores muestna 
de regocijo, de cuya sinceridad, sin em- 
bargo, no salimos garantes. 

Dejando en esta sítuadon un tanto ha- 
lagflefla al general Santana, echaremos 
una ojeada sobre lo que al mismo tiampo 
acontecía en el campamenlip da 6fiia 
numa. 



LA ACCIÓN Blf SAN nDKO. 

Stt busca del enemigo.— 2¡1 ataque y defensa.— Muerte del ooronel Hemaadei. 
Los prisioneros. 



Encargado del mando de la división de 
Guanuma, el general D. Antonio Abad 
Alhtu, por ausencia de Santana, deseaba 
dar una prueba de su buen espíritu por 
la causa de España. Sabia que las expe- 
diciones á Llamasá, los Botados y Santa 
Crut, emprendidas por su antecesor en 
menientos críticos, eran ya recursos gas- 
tados y sin resultado y que era necesario 
pensar en otra cosa más formal. No ig* 
Boraba que los insiutetos estabin renni- 



dosengrannúmeroenSanPedro, á cua- 
tro leguas de Guanumá, y oue á su ca- 
beza se hallaba Pepillo Salcedo, presi- 
dente de la junta revoludpnaria , que 
abrigaba grandes proyectos de tomar la 
ofensiva. 

Con estas noticias que comunicó al ge- 
neral Vargas, pudo conseguir de este 
que le mandara algún refúenso para em- 
prender idgo. El primer batallón áe Es- 
paña, entonces fuerte de mil doseiett' 



- Hi- 



tos hombres, al maado de su primer jefe 
D. Deogracias Heyia, se presentó en Gua- 
numa, dando ylda al campamento, cuja 
guarnición yacía enferma en sus dos ter- 
ceras partes. 

A las tres de la tarde del 22 de Bnero 
salió de él una columna como de des mil 
hombrea; con cuatropiezas de artillería j 
una sección de cabaUería, j después de 
recorrer un camino infernal, ifeno de 
monte, de cuestas j cruzado de nos, llegó 
al punto de la Luisa, situado en una lla- 
nura Que bañaba un arrojo. AÜi se pasó 
la nocne.^ 

Al romper el siguiente dia se puso en 
moTimiento la columna, j al poco rato 
se unió á una respetable fuerza españo- 
la, Que al mando del general Suero Te- 
nia ae Monte-Plata para concurrir al he- 
cho de armas. 

Las ocho serian cuando se avistó el can* 
ton general de San Pedro, en cujas al- 
turas se distinguía considerable número 
áe insurrectos. 

El campamento enemigo se hallaba en 
una cumbre pelada j de mcil acceso* que 
lindaba con una sabana. Las tropas avan- 
zaron por la llanura hasta distancia de 
«nos dos mil metros, en donde bJcieron 
alto para tomafr la más fonveniente f or- 
maciondd combate. 

Su alto fué interpretado por el enemi- 
go por temor, j empezó á dar desafora- 
dos gritos, incitando á la pelea. 

Concertado el plan de ataque, se for- 
maron las columnas en escalones bajo la 
protección de las compañías de cazado- 
res, mandadas por el teniente coronel 
D. Bamon Fajardo, quien con tanta sere- 
nidad j exactitud como en un ejercicio 
doctrinal, desplegó su fuerza en guerri- 
lla j rompió el fuego avanzando. 

Los insurrectos no cesaban de disparar 
sus dos piezas contra las columnas, pero 
lo hacían con tan desdichada puntería, 
que ni un disparo aprovecharon. 

Durante cinco minutos presentó el 
combate el espectáculo más bonito que se 
puede imaginar. La colina de San Pedro, 
limpia j despejada, estaba coronada de 
gente que hacia un nutrido niego de fu- 
sil, protegiendo á su artillería. Esta no 
cesaba de funcionar, j los dos brazos de 
bosque que avanzaban desde la colína á 
\ñ llanura, formaban un semicírculo dé 
fuego que en vano se oponía al empuje 
de las columnas de ataque, que adeían- 
tábasi sieattpre bi^o el apojo oe U» guer- 



rillas, que con toda precisión hacían fue* 
go ganando terreno. Nuestros artilleros 
arrojaban gpranadas con pasmoso acierto, 
j cuando' el efecto de ellas se dejó notar 
por la confusión de las principales masas 
sobre que se arrojaban, se dio la señal de 
ataque, y á la bajoneta j al paso lijero 
se tomó la posición j con ella los cañones 
que la defendían. 

AUí ocurrió un lance particular que 
vamos á referir. 

Guando las tropas cargaron á la bajo- 
neta para desalojar al enemi^ de sus 
posiciones, uno de los contrarios, alto j 
Dastante bien vestido, que^é de los úl- 
timos en abandonar sus piezas, huia con 
una pistola en la mano; dos caúidores le 
seguían tan de cerca, que apenas media- 
ba una cuarta de su espada á las bayo- 
netas. Con un mal paso, con la más lije- 
ra detención, el fugitivo hubiera dejado 
de exiatir; pero en aquel momento pasa 
al golope ef general Alfau, j acercándo- 
se, grita: «Cuartel, cazadores; no matar 
á ese hombre.» Los soldados, sin detener 
su carrera, gritaron á su vez: «Ríndete, 
j no te matamos.» £1 perseguido se paró, 
j los cazadores levantaron sus armas al 
propio tiempo que se acercaba el general. 

El prisionero j Alfau se reconocieron 
entonces como enemigos personales, j el 

S rimero fascinado por la desesperación j 
ominado por el deseo de venganza, diri- 
gió su pistokt hada la persona aue tan 
generosamente le halúa salvado la vida. 
Pero el tiro no salió, ojéndose tan solo 
el ruido que produce un tremendo sabla- 
zo al romper un cráneo. El hombre aquel 
cayó exánime, j el general envainando 
su arma, se alejó de aquel punto. 

Súpose después que el aue tan trágico 
fin tuvo era el coronel de las reservas 
Hernández, que desde Santiago de los 
Caballeros venia con el presidente á pro- 
pagar la insurrección perlas provincias 
que aun permanecían leales. 

La suerte de las armas españolas fué 
completa en aquella jomada, pues en la 
faga de los insurrectos fueron cargados 
por la caballería, que les hizo diez j nue- 
ve muertos j 27 prisioneros, por los que 
se supo que el numero de enemigos aUi 
derrotados pasaba de 2.000 

El ejército continuó avanzando hasta 
Arrojo-Bermejo, donde había otro can- 
tón insurrecto; pero sus defensores le ha- 
bían evacuado al tener noticia dQ la der- 
lota de €an Pedro, ' 



Arroyo-^Bermerjo era %\ sosten del tan 
ponderado desflladero lltmado el Silhn 
ú€ U rt«tf«; de modo, que si aquel día 
hubiera convenido pasarle, se habría oon- 
seffuido sin disparar un tiro y sin más 
bajas que los siete heridos que se habían 
tenido en San Pedro. 

El general de la diTÍsion Sr. Alfra, se 
mostró muy complacido de la díseiplina, 
serenidad y arrojo con que sus iMitallo- 
nes se lanzaron sobre el enemigo. 

El general Suero, poseído de entosias- 
molos elogiaba tambieai, asegurando que 
solo con aquellos soldados y nada ñus, 
iría sobre Santiago y eonduiria oqb la 
roToluoion. 

Los prísionaroa y presentados y Taríos 
documentos que se cocieron aqael día, 
rsTelaron la precaria situación de los in- 
surrectos, que desnudos, sin sal, sin pa- 
pel y sin otra porción de artículos neoe- 
sarios i ia vida racional, andaban ya dis»- 
gustados, eareeisBdo de munlcioaes y 
echando de menos el abundante Mnado 
de que se racionaban; en una palabra, se 
hallaban en la miseria. Un moyinúe»to 
atrerido hiela el Interior por una colum- 
na que hubiese inyadide la provlneia del 
Oibao, foco de la subleyaoion,; hubiera á 
no dudarlo concluido con elia. 

De regreso las tropas en ^ campameI^ 
to de San Ped^, cogido alienemigo, pa- 
saron alM la noche y á la mafieaá si- 
guiente eoKttnnaion su marcha para éus 
naturales . oaütonea, déspuea de .'SHlTCgar 



á las Uámas los bohíos que hablaa wm* 
Yido de fdbergae 4 las fdersas enemigas. 

La expedición que aoabamos de deseri- 
blr se había preparado para celebrar el 
santo del phneíDe de Asturias, que era 
el 28 de Enero. Por los prisioineroe se su- 
po que euando Ueffó i ellos el eco de las 
salras de artillería que se hicieron en 
Santo Domingo, les dijeron susleies que 
aquel ruido le producía el oomoate que 
se habría trabado entre los españoles y la 
flota inglesa que debía Teñir á prtAe- 
gerlos. 

También manifestaron que al tot des*, 
embocar las:tropas en la sabana, se ha- 
bían eobréooffidb de temor, pero que se 
repusienm, merced á las am^Ttanas de 
Sucedo, que con los demás jefes al rer 
que hacían alto, empeaó á gritar: «Mu 
ichachos, ya podéis cortar raras para 
isurrar á esos soldadieos,i t por último, 
oue mientras se formaban las columnas 
ae ataqué, que ellos creitti preparatíyos 
de retirada, les habían hec^o gritar: «to- 
»nír aquí, no os marchéis, cobardea; que 
lya tenemos los cordeles para lloraros 
»amarrados á Santiago.* 

Esto nos demuestra -los artifleioa con 
que estaba sostenida la insuireocioB que 
entonces le podía eom^^aiar á un ediíteío 
sin cimientos, que pume derribarse eoa 
un soplo. T, sin «aabargo, ] eu¿n costosa 
se iba haciendo i Btqpafta! y ¡cuánto» pa- 
decimientos hacia soportar á nuestro Ta-* 
liaiite ejénsitel 



BL CkUTMUEfnO DB aUÁNÜMA. 

81 aepocta def«arrador.-*lfOs ontamos.-^-Iía tropa l¡aaaélioa.-»ba flloooiía^ ¡por 
, qnie se ooosonraba Qruanvna. 



Distaba, el campamento de Guanumf. 
solo siete leguas.de ím capital, pero á pe- 
sar de tan Qorta distancia ae solía haeerel 
camino en dos y hasta en tres jornadas* 

A las primeras dos leguas se encontra- 
ba el íro Isabela, anchísimo y caudaloso, 
que se pasaba sobre una mala balsa (1) 

(1) t realmente era tM&. iMlmbalea» 



que por su.pequefiez tenia que hacer mu* 
chos Tíajes para trasportar un bataUon 6 
cualquiera otra fuerxa, retrasando mucho 
Isfi marchas. 

Solve la odUa.ppaesta había unos .bar- 
racimes, que serrianj de depósito dapre- 
TÍsiones,y desde aüí se traaladabaatsl 

qno^ fstitaiae. |d eaafolMi^.huke.ia 



-lÜr^ 



Orneo leg^uas máa aniD% se bailaba el 
puesto aTanzado de la Bozzuba, distante 
como dos kilómetros de Guanuma^ 

Era aquel destacamento el prólogo del 
libro que representaba el campamento. 

Ya los hombres allí parecían ée otro 
ejército y basta de otra especie. La tropa 
iba suda, pálida, sin afeitarse y des^ 
calza. 

Por allí se veian vagar como escuilidos 
fantasmas ¿soldados envueltos en asque- 
rosas mantas, apocados en largos palos 
y moviéildose trabajosamente. Habia allí 
también una cosa que se llamaba bospi-* 
tal, y que no era más que un barracón 
heeno de ramaje^y palos, bajo cuvo abrigo 
descansaban los enfermos echados sobre 
el suelo. 

El trayecto de la Bomba á Guanuma 
era tan sumamente malo, por lo cenago- 
so, que toda ppnderacion ea poca; la gen- 
te se hundía nasta las rodillas, y las ca- 
ballerías se atascaban y caían con la ma- 
yor frecuencia. 

A unos cuatrocientos metros del canii- 
pamento se vadeaba el río Guanuina. 

La entrada de aquel presenta desde 
luego un aspecto repula vo. Se hallaba si- 
tuado en una suave colina de niBffruzco 
y pegajoso barro, viéndose colocadas sin 
reguuiridad como doscientas tiendas de 
campana al lado de unos cincuenta ó se- 
senta barracones de pésima construc- 
ción disemiikados sin orden ni concierto 
alguno. 

£l perímetro del campamento era de- 
masiado extenso; sus cercanías, por el 
lado del río abundaban en aprboleda, pero 
por los otros tres frentes, el terreno era 
aefflpejado. 

m creemos exagerar diciendo que ^ 
aspecto de Guanúma era repulsivo y des- 
garrador. 

AHÍ no se veía nada que halagase á la 
vista ni alegrase el cosazon. !No babú^ ni 
una casa, pues hasta la que habit,aba el 

Seneral era una mala choza; los caballos 
e los jefes y oñciales se parecían, por lo 
ñacos, á las aleluyas que se suelen ver 

deshacía de que allí se ahogaran varios 
individuos, entre los cuales c&be contarse 
al teniente Mazarredo, que por su educa- 
ción esmerada, valor y buen porte, ha- 
da esperar que llegaría, cual su respe- 
table padre, álos primeros puestos del 
ejército.— M MÁ. 



ciikpor el barro negro, sobFe que a^aba, 
y dormía; no usaba corbatín; selle v^ba- 
poco, no se afeita: 7 niarcnalb^i^ en^su 
n^f^yor parte descalza de pié y pierna, y 
CQn el pantalón levantado hasta la rodi- 
lla. Esta era la facha de la gente buena 
V robusta, pues á los enfermos hay que 
DO£(quejaxlos con tiptas mucho más som- 
brías. Con su semblante amarillento, su 
ropa más desQuidada todavía, su paso 
lento y díñdl á pesar del apoyo de un 
palo que ufaban y la ma^ta ó parte de 
manta en que se ei^volvian, daban á 
aquel campamento el tinte de uñ patio 
de hospital. 

Los oficíales no paredan lo que eran; 
aunque su ropa no estaba tan sucia ni 
tan descuidada como la de sus subordi- 
nados; sus semblantes llenos de barbas 
abandonadas; sus descoloridos uniformes, 
sus calzados embarrados, y sus ajados 
sombreros unido á la falta de insignias, 
les hacia confundir á primera vista 009 
individuos de la clase más inferior de la 
sociedad. 

La enfermedad endémica de Guanuma 
eran unas calenturas cerebrales que se 
solían presentar con síhtoínas tesnb^es y 
^larpiantes. Elpaciej^te sufría ijMíia pos- 
tración. gran(}e á cónsecu^npía. de los 
fúeries oelíríos que le asaltaban. Se^uñ 
opinión délos facultativos, ejaí^ detacíl 
curado^ y obedecían al freno de la aui- 
n^ia: pero ni en (^uanoma, ni en la Qomr 
ba podían combatirse, por la mucha hu^ 
niedad y falta de conii^iones en el local 
que se Üamaba hospital. 

Para socorrer á tanto^ infelices enfer* 
mos como diariamente aparecían en Gua- 
nunia^ había un mal barracón sin camas- 
tros qüia. podía albergar á sesenta indi- 
viduos; pero coxno el número dé eÜos era 
mucho mayor tenían que andar los que 
no cabían, tirados por las chozas y por 
las tiendas, solos, abandonados y sin au- 
xiUoa. iQu^ d^orl 

Cada tres días salla del campamento 
una partida de ochenta hombres con diez 
y seis, ó veinte acémilas para la barca de 
Santa Cruz en busca de raciones. Con 
ella se mandaban aq^uellos enfermos cuya 

fravedad les permitía soportar la jórna- 
a; pero solo se mandábanlos verdadera- 
mex^te de cuidado, en concepta de los mé- 
dicos. Fácilmente se comprenderá que 
aunque en esta designación residiese la 
mayor impardálidad y justicia, solía s^ 



- IW- 



eeder que por no m&ndái^e fttéta á to- 
áo8i los de ffraredad sucumbían por fai- . 
ta de cuidados y asistencia y los deniás 
se agravaban de dia en día. 

Por cualquier prisma que se pretende 
mirar á las tropas españolas allí acanto- 
nadas, solo se verá en ellas miseria, en- 
fermedades y abatimiento. 

^0 empuñamos la pluma para lanzar 
recriminaciones; bástanos indicar ai^ue- 
lia triste y lamentable situación. Quisié- 
ramos equivocamos; pero desgraciada- 
mente es harto cierto cuanto decimos y 
otros muchos incidentes que callamos. 
Bn apoyo de cuanto llevamos expuesto y 

Sarii que no se nos tilde de exagerados, 
iremos que el batallón de Valladolid en- 
tró en*Guanimia completo y tenia en 
1.® de Febrero solos 164 hombres dispo- 
nibles; el. de Puerto-Rico tenia en igual 
fecha, á pesar de los refuerzos que reci- 
bió 2()0 plazas: el de Bailen 11*7 y el pri- 
mero de España que había llevado 1.215 
hombrea, quedó reducido á los veinte 
días á 490. 

La elocuencia de los números es irre- 
cusable; nóa consta que pasan de cuatro 
mil las bajas que nos causó el fatal cli- 
ma de Guanuma. 

La parte de subsistencias fuá otro de 
los puntos que se presentó en dicho cam- 
pamento á los oíos del observador con los 
más tétricos colores. 

Tiene ¿ nuestro juicio esta importante 
cuestión una grande é inmediata conce- 
sión con la salud, pues nadie ignora que 
el alimento y el aire nos dan la vida. Lo 
escaso del primero y las humedades se 
conjuraron allí contra la salud de la 
tropa. 

Hemos presenciado en el campamento 
escenas que partían el alma; hemos oído 
conversaciones áfos soldados andaluces 
que desgarraban el corazón y que no 
obstante hacían reír (1). 

(1) Oímos una noche á dos soldados 
que tenían bajo su tienda el siguiente 
diálogo: 

-«Juanillo, ¿á quién quieres más en 
este mundo? 

—¡Toma! i mí madre. 

—No, hombre, hablo de novias. 

— ¡Ah! entonces á Lolílla. 

—Vamos á ver: ¿si viniera por aquí, 
qué harías de ella? 

- Lo^rimero, para quitarme el hambre 
Ja eomeria una paatorriUa.— i^. dtl Á* 



El toldado estliba tan mal mantenido 
eon la ración que recibía, que cuando los 
vivanderos llegaban de la ciudad con pro- 
visiones, eran de tal manera rodeados y 
acosados por la tropa famélica, que fine- 
cuentemente tenían que intervenirlos je- 
fes y oficiales para restablecer el órdes, 
y hemos visto formar sumaría á un sol - 
dado de Bspaña por haber herido k otro 
de Madrid por cuestión de comprar el 
pan con preferencia. Todo esto ocurría, á 
pesar del fabuloso precio á que los canti- 
neros vendían sus artículos. 

Para ser todo lo breve posible, dim- 
mos, que cuando las tropas salieron para 
la acción de San Pedro, se dio orden de 
que se racionaran por tres días y se re- 
partió la galleta á razón de nueve onzas 
por plaza para todos tres. El día 5 de Fe- 
Drero se distríbuvó una onza de arroz y 
otra onza de galleta por individuo, pero 
como las galletas no tienen mareáao el 
peso por medio de señales, como el cho- 
colate, los soldados, que en todo caen, ee 
repartieron una por cada seis, pero al fin 
se la comía el que ñtvoreeía la suerte, 
pues la rifaban entre si. 

Grandes y muy poderosas razones de- 
bían existir para que á pesar de tan fa- 
tales condiciones no se trasladase ó aban- 
donase el campamento de Guanuma. 

Hemos tratado de averiguar el origen 
y causas de su establecimiento, y nos le 
han explicado del modo que vamos á re- 
ferir. Se nos dijo, que habiendo salido 
en Setiembre el general Santana de San- 
to Domingo con una columna, encontró 
resistencia en los barrizales de Gaaniima 
y bien porque aouel sitio le pareeitfae 
bueno j^e p^lei^ ó oien por que lo ereye- 
se más conveniente para el mejor serri- 
cío ó para sus particulares intereses, el 
caso es que aUi estableció sus reales j 
campamento. 

Este es el hecho. 

Somos muy inexpertos, pues contamos 
apenas diez años de servicios; pero lo 
poco que hemos aprendido sobre nuestra 
profesión, nos induce á creer qae los 
campamentos permanentes deben solo 
estaolecerse al frente de plazas fuertes, 
ó sobre vías de comunicación que unan 
entre si i ciudades importantes ó puntos 
extratégicos. 

Esta fué entonces nuestra opinión; 
pero pronto vimos que este arrúmente 
era insólido, cuando se trataba de hacer 
la guaira á estilo dominicano. 



-1«- 



Veíamos que Oaanmiia erm aii monte 
eomo haj mil en la isla; que no era pun- 
to de paso entre poblaciones importun- 
tes; que la ciudad más próxima era llan- 
to Dominga, de la que distaba siete le- 
guas; que el caaton carecía de condicio- 
nes higiéaieas que nos originaba TÍctimss 
á millares, sieodo una de ellas su ilustre 
fundador, que salió sacramentado, j por 
último, que en sus cercanías no naoía 
enemigos. Todo esto nos hacia difícil dar 
con la razón, de gran peso sin duda, que 
debian tener nuestras autoridades para 
conservar el campamento. 

Confesamos íDgéauamente que nuestra 
pobre inteligencia daba vueltas y re Tuel- 
tas, buscando la causa de conservar me- 
ses j meses el desierto de Guanuma, 
pero que nunca pudo penetrarla. 

Dispuestos á no morimos de empacho 
de curiosidad, acudimos á un general de 
las reservas que tuvo la bondad de exr 
pilcamos, con toda la formalidad y pre- 



■epopeya de que era capas un general de 
la antigua república, lo que tanto ansiá- 
bamos saber. 

Nos dijo: tque Gruanuma distaba ein- 
•co leguas del famoso desfiladero llamado 
lel Sülon de la Viuda^ j que si algún dia 
»te]íia que ir la tropa española al pueblo 
»del Cotuy^ por aquella dirección^ oue en- 
»tonces no tenia que retrorrer mas que 
•cinco leguas desde aquel campamento al 
»ja dicho desfiladero.» Al oir esta pode- 
rosísima razón, nos quedamos tan en 
avunas como antes, doliéndonos qué en 
el tiempo qne llevábamos de campaña no 
hubiésemos aprendido aun lo suñciente 
el arte de la guerra i la dominicana, para 
poder comprender los designios del gene- 
ral Santana. 

Como nada hay eterno en este mundo, 
por disposición del capitán general, se 
abandonó Guanuma en Abril de 1864, 
en medio de la mayor alegría. ^ 



OPERACIÓNBS BN EL 6UR. 

L» toma de Bany. — Acción de 8abána-Buey.— Entrada en Azúa.— Rae#tioei* 
mientos. - Bl general Florentino. — Sn muerte.— B.endon. 



Bn el capítulo XXVII dejamos k la di- 
visión del general Gándara en San Cris- 
tóbal y ahora Yamos á seguir descubri- 
endo las operaciones que emprendió. 

Ya queda explicado, pue habia tras- 
eurrído un mes desde la ocupación de 
San Cristóbal sin mas novedad, que lije- 
ras escaramuzas ó tiroteos, que no des- 
cribrimos por su poca consideración. 

Conociendo el capitán general la im- 
portancia que tenían en poder del enemi- 
go las cluoiides de Bani y Azúa, reforzó 
Convenientemente la división del general 
Gándara, con objeto de que se apoderase 
de ellos. Al efecto el dia 16 de Noviem- 
bre salió de Juyua con dirección á Bany 
una fuerte columna. 

A las tres y media de la tarde llegó á 
la la sabana de Agua dulce donde acam- 
pó, levemente molestada en su marclta 
Sor un pequeño grupo de rebeldes que 
esde Nigua fué tiroteándose con la f^ta- 



guardia, de cuyas resultas tuvimos na 
herido y un contuso. El 17 se rompió 
temprano la /marcha v á poco comenzó 
un débil tiroteo que fué aumentando en 
intensidad hasta que se presentó el ene- 
migo, cuando descansaba la tropa en Sa- 
bana Grande. Una compañía de Tarrago- 
na y otra de la Union lo flanquearon y 
obligaron á replegarse en dirección del 
canúno, á cuyo tiempo avanzó la van- 
guardia calando í¿?l bayoneta y disper- 
sándolo en todas direcciones. Pretendió 
sin embargo rehacerse el enemigo en 
otro pequeño llano algo más adelante; 
pero bastó para ponerle en completa fu- 
ga, que cayese en medio del grupo una 
granada, certeramente dirijida. La divi- 
sión continuó sin otra novedad la mar- 
cha hasta la orilla del Nizao, en cuya 
opuesta margen aparecieron algunos* 
enemigos, los cuales huyeron á los pri- 
mos tiros dejando franco el paso del rio 



-m- 



K 



qm M efectuó feliimenie pftModo el ba- 
talfoD'dé'ctzadores 1á Cbíoü que toín^ 
poeldoíi' entre el bosque muy claro del 
pedre^, y en seguida la primera briga- 
da; miéntrae lo efectuaNí la segunda 
poco máé arriba á pesar dé la rapidez de 
h corriente y profundidad de las aguas. 
Be^pues de media hoia de descanso se 
coíltíliUÓ la marcha hasta la Catal ná, 
donde ftegó la columna á las dos de lá 
forde'y donde acampó, sin otra novedad 
^ue un herido. 

' Preveyendo el comandante en jefe que 
los rebeldes que debian es ar en Iagua- 
* f e y doña Ana, sabedores de la marcha 
de la columna, se corriesen al camino 
para cortarla, media legua antes de lle- 
gar á Paya reforzó la vanguardia con dos 
Eiezas de artillería, colocó los bagajes de 
1 misma y de la retaguardia en el centro 
é hizo custodiar por fuerzas suficientes 
el resto del equipo y tren, para que las 
dos extremidades estuviesen lista ¿ todo 
evento. 

Sucedió lo que había previsto S. E.: 
en la encrucijada de los caminos de Ya- 
guate, doña Ana y Bany rompieron los 
rebeldes el fuego, sosteuiéndolo por al- 
gún tiempo muy nutrido, con cortos in- 
tervalos. Contestóseles al principio, y 
Ine^ se les cargó á la bayoneta con tal 
decisión y entusiasmo, que cuantas ve- 
0BS qtdsieron aquellos hacer frente, fue- 
ron arrollados hasta el pueblo de Pava, 
cuyo caserío, como los demás del tránsi- 
to, se encontró desocupado. 

Practicóse un reconocimiento en aque- 
lla' sabana, al que solo se opuso, y eso 
d6bilmentiB,un corto destacamento, mien- 
tras el grueso de las fuerzas rebeldes se 
replegaba á Bany. 

A las casas de esta población, después 
de haberlas saqueado, pusierm fuego, 
enti candóse en sefruida á la fug»; pero 
ad vil tiendo S. B. la densa columna de 
humo, forzó la marcha y llegó á tiempo 
de cortar el incendio con la iufatigable 
actividad de la tropa, y algtmos pocos 
vecinos del pueblo. Solo como 40 casas 
de la población fueron presa del voraz 
elemento. Uno de los malvados incendia- 
rios cayó en poder de nuestras valientes 
tropas. 

Acaso algunos mal informados supon- 
gan un rasgo de heroísmo en los insur- 
rectos el entregar á las llamas sus po- 
blmeíones y quizás les comparen á los 
rvMS, cuando para salvar al imperio in- 



judiaron á Voseow: fm m engatan, 
pues los dómínícancm, en eitá bomb en 
otras ocasiones, aplicaban la tea' inoen- 
diaria para satisfacer antifi^uas vengan- 
zas. Siempre rivales los defSur y los dd 
Cibao, aprovechaban la menor ocasión 
que se les presentaba, para hacerse daño 
recíprocamente. 

Situada Bany en una extensa llanura, 
en la que el enemigo no osal» [«esentar- 
se, era preciso ir á buscarle donde se ha- 
llase. 

A loa pocos días de ocupar dicha po- 
blación se supo, que en numero de dos 
batallones se encontraba en el punto lla- 
mado Sabana-Buey, á cinco leguas de 
distancia. Con el fin de que todos los 
cuerpos participasen de la gloria de der- 
rotarle de nuevo, se organizó un batallen 
de ochocientas plazas, compuesto de to- 
dos los de la división, y con dos piezas y 
una sección de caballería salió con tres 
días de raciones, en la mañana del ^ de 
Noviembre. 

A las pocashoras de marchay cerca del 
pueblo de Matanzas, se cogió un prisio- 
nero que manifestó ser coronel, y que se 
había separado de los suyos para coger 
un caballo. 

Llegados al punto designado nada se 
encontró; pero nuestros soldados que ya 
habian aprendido á hacer la guerra á lo 
indio, sabían ya la dirección que el ene- 
migo tomaba, bien por la pista de los 
animales, por la huella de los hombres, 
por las cascaras de frutas ó por cualquier 
otro indicio y este conocimiento) práctico 
les aconsejó tomar otra dirección. 

Con una audacia de Que no acostum- 
braba á dar ejemplo, se hallaba fomndo 
en batalla, en un llano á la izquierda dd 
camino'ostentando dos banderas republi- 
canas. 

Juzgando el general Pueyo el terreno 
adecuado para la caballeria, ordenó qué 
cuaudo la infantería se lanzase á la ba- 
yoneta, cargase aquella la derecha ene- 
miga. Así se hizo, pero con tan buena 
suerte y tal rapidez, que sin perder ni uH 
solo individuo, se le causaron al enemigo 
veintisiete muertos, tomándoles las dos 
banderas y cuatro acémilas cargadas de 
víveres de boca y guerra. En Sabana- 
Buey permaneció la colunma victoriosa 
bástala mañana del *«9que sinobstáen- 
loai^ue vencer, regresó a Bany. 

Entretenida la división en ejercicios y 
manioJ[)ras permaneció en esta poblaeii» 



-!«-. 



hftsta el 4 de Dieieiabre, en que dejando I 
«Q ella al coronel D. Joaquín Suareí, conj 
un oficial j sesenta hombres de cada ba-^ 
tallón, emprendió la marcha para apode- 
rarse de Azúa. 

Bn la primera jomada solo tuvo un li- 
gero tiroteo; pero en la segunda batió al 
enemig^o que en número de 400 hombres 
se haüaba en Matanzas persiguiéndole 
hasta el punto objetivo de la expedición, ' 

?ue cayo en su poder sin grande resis- 
iencia. 

Los ineurrectos fueron perseguidos más 
de dos leguas camino de San Juan. 
* Desde la nueva posición salieron varias 
expediciones que se apoderaron de San 
Juan, derrotando al enemigo en los pe- 
queños encuentros que tuvo en el Coroso 
y en las inmediacioues del Jaina. 

El resultado de estas operaciones cun- 
dió rápidamente por Europa, djnde los 
periódicos publicaron un tel^rama pro- 
cedente de Inglaterra, concebido en estos 
términos. 

«La provincia de A^úa ha caido en po- 
f der de las tropas españolas, sin que los 
^rebeldes hayan conseguido incenaiár la 
fcapitah» 

DeBÍé esta continuó él general Q^ánda- 
ra, haciendo salir columnas que periódi- 
camente recorrían el territorio, ahuyen- 
tando al enemigo en todas dlrecoiones, y 
haciendo renacer la confianza en las in- 
felices familias de aquellos contornos. 

Rn uno de los reconocimientos practi- 
éados sobre el valle de Bánica, se encon- 
tró una cureña abandonada y todas las 
pesquisas que se hicieron para encontrar 
el cañón que le correspondía fueron inú- 
tiles. 

Conociendo yar el modo particular de 
hacer la guerra que tenian los insurrec- 
tos, es muy difícil calcular el número de 
ellos que opeiaban en el Sur á las órde- 
nes del' ferp^ e inhumano general Pia- 
rentino. 

Edte hombtV inicuo y despreciable te- 
nia^ embaucadas á las sencillas gentes 
éucí viVian á;lices en sds i:anchos, y coa 
falsas predicaciones y exageradas notj- 
eias les hücia tomai* las armas, ^reseir- 



tándolos de carnada á las bayonetas 
pañolas, mientras él y bu desmoralizada 
mujer se entregaban al robo, al saqueo y 
al secuestro de aquellas personas, cuyo 
re&cateles podia valer algún dinero. Rs 
incalculable el número de cabezas de ga- 
nado de diferentes clases que vendia en 
Haiti, despu'ed do tius cjrrerias y antes 
de abandonar á Azúa hizo un inmenso 
botín de telas y bebidas y hasta da mué. 
bles, que más tArde encontró la división 
en Shu Juan. 

Para este cabecilla, que más qué ge- 
neral era un bandido, no había más sen- 
timiento que una desenfrenada ambición 
de dinero, como lo podemos demostrar 
citando un ejemplo. Habiendo caido en 
su poder un prisionero, su mujer anega- 
da en llanto , se acercó á él rogándole le 
perdonase; pero Florentino desechó sus 
súplicas y solo entró én tratos cuando co- 
noció que podria valeile algo, y después 
de un ajuste como el que podría mediar 
en la compra de un objeto cualquiera, I9. 
dio la libertad, previa la entrega de seis 
onzas dé oro y una muía. Ño tuvieron 
igual suerte, ocho s jldados españoles y 
algunos de las redervas, á quienes sii^ 
piedad y en pelotón, fusiló en Azúa y 
San Juan, protestando que le estor- 
baban. 

Debemos consip^nar en obsequio de la 
verdad que el bárbaro Florentino era una 
excepción entre los defensores de la re- 
pública, pues la mayor parte de los do- 
minicanos, sin excepción de clases ni co- 
lores, se mostraron siempre clementes y 
bondadosos con los españoles prisio- 
neros. 

Por el mes de Febrero de 1864, apare- 
ció por los contornos de Azúa un nuevo 
cabecilla de los peores anter^edente'i. Lla- 
máhaí» Rendon, y muy pronto el nh^TQ 
Florentino le miró con el fur^r de los ce- 
los, como aun rival. Rendon, envidioso de 
su émulo, le asesinó por su propia mano, 
atribuyéndose este acto al deseo de apdt, 
dorarse del f^uto de sus rapiñas, si bien 
él I9 disculpaba, diciendo que habia qué-' 
ridó salvar á la sociedad de un mons- 
truo. 



~1M 



OBOAJIIZACION DK LOg IN8ÜBREGT08. 

LaMasonería.— Los jefes.—-Sistema de guerra.— Los montes incombustibles. 
—Rapiñas por los mandarines. — Espíritu de la gente.^XiOS placeres en loa 
campamentos dominicanos. 



Ya hemos demostrado que la insurrec- 
ción no fué casual ni espontánea, sino el 
resultado de antiguas tramas y conjura- 
clones, 

La parte española de Santo Domingo, 
tan pobre, tau desplobada y tan inculta, 
tenia al anexionarse el germen de sus*" 
eternas discordias con las públicas logias 
masónicas. 

El indio más idiota, el negro más es- 
túpido, el mulato más perverso como el 
blanco más intrigante, iban á las logias, 
sin las precauciones ni el misterio que 
usan los masoues en las naciones más 
cultas 7 libres. Bn las reuniones que en 
ellas tenia aquella etereogénea sociedad, 
se trataban siempre las cuestiones polí- 
ticas, buscando cju ellas la riqueza y fe- 
licidad del país, que no comprendían, ha- 
llarían con el trabajo y la honradez. 

La existencia de las sociedades secre- 
tas en Santo Domingo es innegable y á 
propósito de haber sido acusada el señor 
arzobispo Monzón de haberlos persegui- 
do, dio una contestación de la que tema- 
mos los siguientes párrafos: 

«La franc-masonería es en Santo Do- 
mingo esencial y radicalmente, lo que es 
y no puede menos de ser en donde quiera 
que por desgracia se establece; tiene allí 
el mismo carácter que tiene en Europaj 
en el Sur y Norte de América, de donde 
es originaria, y ha producido allí poco 
más ó menos los mismos fatales resulta- 
dos que produce en todas partes, tanto 
^n el orden religioso como en el social. 

»Sé cuándo y de dónde se introdujo la 
firanc-masonería en Santo Domingo; he 
examinado e^ manual masónico & que 
usaban sus adeptos; me he enterada de 
la constitución de sus logias y de los ri- 
tos con que las celebraban; he ráto al- 



guna de las insignias que usaban en 
ellas según el grado á que pertenecían, 
y he llegado á ver también algún título 
de los que se les expedían, y aun he 
leído algún discurso de los que se pro- 
nunciaron en una ocasión solemne; j de 
estos y otros datos que han llegado a mi 
noticia, he podido inferir que la franc- 
masonería de Santo Domingo es la mis- 
ma que ha sido condenada y anatemati- 
zada en diferentes ocasiones por la Igle- 
sia; la misma que, como sociedad secre- 
ta, reprueban también las leyes civiles y 
castiga nuestro código penal vigente en 
aquella isla. 

»Y aun dado y no concedido que fuese 
cierto lo que han informado al Sr. Oán- 
dara, como para atenuar la importancia 
de la franc-masonería dominicana, á sa- 
ber; «que había tenido en aquel pais un 
carácter político más bien que religioso,» 
resultaría que esto, sin disminuir en na- 
da su gravedad y su malicia en el orden 
religioso, añadiría en el orden político el 
gravísimo peligro en que podría poner en 
casos dados el buen gobierno y la tran- 
quilidad de la isla; pues que, añilados en 
la franc-masonería con cará't^t político 
los sugetos más infla]^entes del país, eo- 
mo se confiesa en el informe, mediando 
entre ellos las íntimas relaciones, oom- 

S remisos y j uramentos que sabem:>s me- 
ian siempie entre los adictos de talas 
sociedades, y teniendo en sus manos los 
grandes medios de comunicación y de 
ac?;on que les proporciona su organiea- 
cion secreta y su ramificación en toda la 
isla, pueden llegar á promover sirios 
conñictos y aun revoluciones y cambios 
políticos, sin que las autoridades puedan 
prevenirlo y remediarlo, á pesar de sa 
ceb y vigilancia.» 



— IJW — 



r 

Pntó»^ pues, asegurarse que todo el 
cúmulo de conspiraciones, trastornos j^ 
delitos públicos que tanto han trabajadP 
T empobrecido aquel país, fueron concer- 
tados en acuellas cátedras. 

Allí donde con tanto trabajo v lentitud 
se comunicaban las órdenes ael gobier- 
no, que velaba por el orden, la tranqui- 
lidad y el bienestar público, existían me- 
dios para participarse rápidamente v por 
▼las especiales los acueraos de las logias, 
y asi se fraguó la gran conspiraeion. 

La insurrección estaba tramada y or- 
ganizada mucho antes de presentarse en 
Febrero de 1863, y al fracasar entonces, 

{)or la prisión v derrota de sus principa- . 
es moiojes, fué necesario aplazar ios 
planes de trastornos para más feliz opor- 
tunidad. ' 

La generosa amnistía concedída*^or su 
majestad, fué la señal para volver con 
actividad á nuevas maquinaciones, y los 
hombres que habían sido cogidos con las 
armas en la mano, y que juzgados con 
arreglo á la ley habian sido convictos y 
confeso^ del crimen de traidores y per- 
juros, á lo que habian jurado en las actas 
de anexión, fueron perdonados y volvie - 
ron á sus hogares sin cejar en sus ma- 
quiavélicos planes. 

Se citaron, se reunieron el dia deter- 
minado para dar el grito de rebelión, y 
al darle se pusieron á-las órdenes del jefe 

aue debia capitanearla. Habian nombra- 
una cosa que llamaron «Junta y go- 
bierno provisorio republicano,» cuya pre- 
sidencia confirieron á Pepillo Salcedo, 
que oías antes de estallar la revolución, 
se hallaba preso én la cárcel de Santiago 
por haber cometido un asesinato. Vice- 
prt'Sidente se nombró á un tal Benigno 
Bojas,queera abogado á uso del país, 
pero sin haber frecuentado ninguna uni- 
versidad; y los ramos de la ? dministra^ 
eion se confirieron sin distinción á los 
tenderos de Santiago, que como los prin- 
cipales promovedores del movimieuto, 
habian de ser desde luego los que saca- 
ran el mejor partido. 

Para general en jefe de las operaciones 
militares se eligió al mulato Gaspar Po- 
lanco, que si bien no sabia leer ni et^eri - 
bir, estaba ganoso de títulos y pompa, 
hasta el punto de titularse él mismo, 
muy luego, generalísimo dictador y pre- 
sidente de la república, si bien á trueque 
de convertirse en traidor j asesino de su 
jefe Salcedo. 



En pos de tales personajes , eapaeeií 
por si solos de dar una idea del país y 
de la revolución, iba en segundo termino ^ 
una numerosa turba de funcionarios que 
tenían señalado su puesto y el teatro 
donde debían representar su papel. 

ghis primeras operaciones por Quayu- 
bin, Sabaneta y Monte-Christi, les ani- 
maron, dándoles aliento y aun aire de 
triunfo de que ellos mismos debieron sor- 
prenderse y admirarse; no contribuyendo 
poco á ello, la desacertada manera con 
que los aspañoles les combatieron en ui^ 
prineipio. ^ 

Cada vez que las tropas de la reina 
emprendían una de aquellas injustifica- 
bles retiradas, aumentaban considera- 
blemente las filas de la insurrección con 
la gente que estaba k la espectativa, y 
que creyendo que los que se marchaban 
era para no volver, haciun causa común 
con sus paisanos, por cálculo más bien 
que por patriotismo. 

Esta consideración nos explica perfec- 
tamente que el Cibao se mostrara uná- 
nimemente hostil, tan luego como vio el 
resultado de las ocurrencias de la fron- 
tera y la vergonzosa retirada de San- 
tiago. 

El sistema de guerra que adoptaron 
los'dominicanos fué un remedo del que 
inventaron los españoles con Viríato, y 
del que siguieron después en su guerra dé 
la independencia contra el ejercito de 
Napoleón I que se Uamt^ de guerrillas y 
emboscadas y cuyo principal papel está 
reservado á la infantería. 

Si en todas partes es este sistema fu- 
nesto para el invasor, en ninguna lo pue- 
de ser tanto como en Santo Domingo, 
que puede asegui*arse que es un bosque 
continuado de portentosa frondosidad. 
Emboscados ios enemigos á orillas de las 
sendas que á uno y otro lado están cer- 
radas por altísimas paredes de follaje, es- 
peraban seguros el paso de las tropas, 
elegían impunejnen te sus víctimas, dis- 
paraban sobre ellas y se deslizaban por 
la espesura. 

Al principio era de \¡fi. efecto terrorífico 
aquello de que marchando una columna 
se oyese uiKtiro que parecía escapado j 
se supiese que había muerto á un jefe u 
oficial. Era en verdad imponente, para 
una tropa aue marchaba. en son de guer- 
ra, con las aebidas precauciones, el es^* 
rimentar sensibles pérdidas po^ los dis- 
paros de enemigos que jamás se dejaban 



N 



-1» - 



tjMr. (1) Per» mnj pronto lot addtdot fie 
•bostumbiuron a penetrar en la xnanigna 
yproYístos de machetee, seabritn paso 
por el enmarañado laberinto de bejncoey 
enredaderas. 

Si en cualquiera estación del año, si 
por cualquiera de loa medios conocidos 
hubiera sido posible incendiar aquellos 
inmensos bosques incombustibles por su 
per|>étua verdura, locura y temeridad 
niibíese sido el intentar siquiera defen- 
der la insurrección. 

El: sistema de flanqueos de la tropa 
hizo renacer la confianza del soldado, que 
con las primeraí) operaciones desgracia- 
das habla decaido mucho, y disminuyó 
considerablemente el número de bajas, 
imponiendo al propio tiempo al enemigo 
hasta el punto, que muchas veces él rui- 
do del follsje producido por el viento, le 
hacia abandonar sus emboscadas. 

Los sublevados conservaron en esta 
guerra la misma organización que habian 
tenido en sus perpetuas discordias. El 
país estaba dividido en pequeños distri- 
tos Que en Eg^aña se lUimarian conce- 
jos o parroquias y que allí se llamaban 
«Lá común.» Declarado el estado de guer- 
ra, eran llamados á las armas todos los 
naturales sin distinción de condiciones, 
debiendo concurrir al sitio designado; 
iwro para conseguirlo, era siempre pre- 
ciso que el jefe de la común fuese de bo- 
hío en b:)hio, sacando de sus casas hasta 
por la fuerza i loe patriotas que así des- 
predaban el peligro nacional. 

Por consecuencias de las campañas 
que Santo Domingo sostuvo contra los 
haitianos, encontramos, al tiempo de la 
anexión un inmenso número de genera- 
les y aun mucho mayor de coroneles. 
Con tres galones dirigía una mala mur- 
ga un cometin, y con tres galonea se 
veia tocar en la catedral por cuatro pesos 
al mes á un mal violinista. 

Loa dominicanos conocen muy poco la 
subordinación y disciplina. Los oficiales 
. y jefes y ^^n los generales, beben y jue- 
' gan con la tropa. 

Bn dos casos solamente se haoian res- 
petar \oA superiores y era, cuando lo6 iü- 
niriores, abandonaban loa cantones sin 
lieeñcia y cuando se excedían ttiel uso de 

(1) Oonocemos varios jeíbs y oficiales 
que habiéndose hallado en diversas ac- 
cioiKes de guerra^ no Consiguieron jaláis 
iw «iá^ua enemigo. If. tfW á. 



eÉta. Testo eoniástia, en que A feja, 
Maneje qtxe constituían las heeneias, era 
iva eUos un filón que sin pudor explo- 
taban. 

Los cantones eran para los jefes supe- 
riores militares la viña del Señor, que 
cultivaban con repugnante cinismo. 

( obligaban á saur oe su casa á un po- 
bre que quizás cargado de familia menu« 
da, la dejaba con su marcha abandonada 
á la mÍLS espantosa miseria y contesta- 
ban á sus justas observaciones con las 
palabras: «El servicio es lo primero.» Be 
este modo redutaban & todos los eam- 
«pesinos, que ajenos á las luchas de par- 
tido é ignorando lo que fuera de su o- 
mun pasaban, Itegaraná los cantones con 
el pensamiento ^o en el dia en que po- 
drían regresar al seno de sus familiaS;^ de 
que eran tan despóticamente arrm- 
cados. 

Puede calcularse el entusiasmo oon 
que esta clase de hombres se lanzarla si 
combate. Desde que llegaban al campa- 
mento les dominaba la idea de marchar- 
se, y si tenian algunos intereses, ajusta- 
ban como libra de peras una Ucencia por 
el tiempo que. necesitaban y volvían i 
sus casas. Loe que carecían de recursos 
con que comprar el jpermiso del inexora- 
ble jefe que les había reclutado, se de- 
sertaban aprovechando la primera opor- 
tunidad, seguros de que antes de aue 
les aprehendieran habrían enjugado las 
lágrimas de sus fpunilias. 

p^o todos los dominicanos iban, sin em- 
bargo, de mala gana. cuando la patríalos 
llamaba k sus cantones. Acostumbrados 
en sus constantes luchas á la vida airada 
y al merodeo propios de la guerra de 
partidas, habituados á sostener á Saata- 
na y derrocarle seguidamente y á íratcr- 
Dlzar con los haitianos para muy pronto 
hacerles la guerra, acudían presurosos 
aquellos soldados-patuleas á la primera 
señal, con la es «ranza de saciar sus des* 
enfrenados instintos de rapiña. 

La organización que acabamos de des^ 
cribir, magnifica para la defensa de un 
paíff, noera,sin embargo, adecuada al ca- 
rácter dominicano. Pues estos indivi- 
duos, asi como los gatos toman cariño á 
las casas, lo tenian k su oomun, en la 
que eran temibles por el conoetmiento dé 
los montes, de Us sendas y de los vadbs 
y sabiendo lo que ea ella vallan y de W 
que eran eapaoes, no la aban<u>nabin« 
procediendo de aqui» que en eela gtáñte' 



=^ w ^^ 



E^xa condición, la fatía di organiza- 
eion militar, ' la desconfianza reciproca 

aae se tienen los republicano^ j. lá^ riya- 
dades continúas de las proviucias vecl- 
Das, hacia que Ihs opei-acioDes de los in- 
surrectos fuesen aisladas, no pbedecien- 
dó á planes concretos, ni dependiendo de 
la unidad de mando, que e;^ la que da 
resultados positivos. 

En sus cantones tenían siempre los do- 
minicanos muchas mujeres que recluta- 
ban de lo§ bohíos cercanos y que les ar- 
reglaban sus frugales coinidas y les la- 
Taoan la ropa. 

El Juego de azares un vicio autorizado 
entre ellos, que delante j en compañía de 
sus jefes les hacia pasar la mavor parta 
del tiempo. Las beoídas más fuertes j 



vt» 



toldes, j eáp^ialmfii^tf aék n)gi, a 
llamaban rtmo, abusaban con fimpue^í^jii. 

En If 8 nitoíEi que les deúijb^li's^iK Vicios 
j liviaAaa^^f^ pensaban alguní^ vez en ^1 
objeto paxf que se hallfOS%n r^u;Dii4p4; 
pero el, antagonismo era caupa iob que 
nunca se reuniesen más de do^c^entoB 
hombre^ para una operación , lidiándo- 
les sus nábltos ó instintos preierir el 
sistema de junfiarse por grupos de 15 á 
20, que agazapados en la manigua Cispe^ 
rab^ el niomonto ^n qi^e su enepi^gp 
pasara. 

Asi se ha visto que tan efljpaso ni^ma^ 
bastara cien veces para molestar á unfi 
columna al vadear un río, 6 al pasar un 
desfiladero, y aun en esos caminos que 
aunque rectos j ancbos, estaban cerca- 
dos de espeso bdaque. 



BL PRESIDIO D8 SÁMANÍ. 



Bl país 7 su ganta.— El prasidio y el clima.— Las flechas de Colon.— 
y fagados.— Los criminales armados. — Sorpresa y toma de un cano^ 



La bahía y península de Samaná • tan 
ponderada por los diputados y senáaoresi 
que opinaron por la anexión dé Santo 
Domingo; aquello que se llamaba el me- 
jor puerto de América , y aquella provin- 
cia con que la república donunicana iba 
brindando á las naciones á trueque de 
protección ,' estaba guarnecida por una 
compañía de San Marcial , al estallar la 
InsurreccioQ en Agosto de 1863. 

Cuando en los Cuerpos cólegisladores 
sa trat^ del abandono de la isla, se pudo 
observar que los mismos que habían he* 
cho la anexión, apoyaban bu idea de sos- 
tenerla, siquiera fuese por la, inmensa 
importancia militar que debia conceder- 
se a la bahía de Sam'iná, que considera- 
ban inmejorable y en extremo temible si 
caia en manos de otra nación y especial- 
mente, si esta era los Estados-Unidos. 
Querían con ésto demostrar que siendo 
en su concepto la llave de las Antillas, 
se debia mirar con predilección y conver- 
tirla en otio Cronstad. 

Samaná, ala am\>i|jr|^, anaatra ana 



existeneil^ pfeisari^ desde au ^sept^rí* 
miento , por causas puramente IpcaJjM? 
Mientras aquellos motivos no desaparez- 
can, y es muy posible qué duren lo quj^ 
dure el universo, no podr^ aer más de lo 
que es y ha sido, ea decir, ún punto ii^- 
mejoraole para que á su vista conciJ^áí^ 
seductoras teorías las imaginacioi^es vi-» 
vas ó impresionables!. . 

Al verificarse la anexión de la i^^ sa- 
lieron tropas directamente de puerto- 
Rico para posesionarse 4e Sanaíaná. Ba- 
bia en ello un verdadero afán.- 

El tiempo habia borrado los estragos, 
que su clima habia causado en lifs antor 
ríores dominaciones y los contemppr]¡L- 
neos, más dados á embel^erse en tas pa- 
labrerías pedodiaticas, qile á informarse 
de las crónicas austeras y verdadeías, 
solo llevaban á la hermana arrepentida^ 
los apasionados y desmentidos elogios, 
que habían leído en las gacetas. 

Pero como el amor no es CQnsti^i^te^ 
cuando es creado por un falso enci^ito, 
pronto li^ famosa pení|)9ula J i^if. ^a^. 



-I*»- 



Mhfa se presentaron á los ojos de sns 
nuevos hué^>ede8 en toda bu horrible 
desnudez. 

A un clima, como acaso no le haya 
peor en la tierra, & una población escasa, 
Ignorante y holgazana, correspondia el 
país frondoso y de salvaje magnificen- 
cia, pero yermo. 

I^a capital llamada Santa Bárbara, á 
unas ocho mllas al interior de la bahía 
y sobre la costa Sur de la península, se 
componía de un grupo de setenta y dos 
bohSos, habitados | or el igual número de 
familias de negros en su gran mayoría, 
de mulatos y de algún que otro blanco 
dudoso. 

Aquella gente se mostraba desconfiada 
y recelosa de la anexión, porque habien- 
do sido esclayos bajo los españoles, los 
cabezas de familia no se explicaban bas- 
tante el por qué les querían tratar como 
iguales y como á hermanos. 
' Además la cuestión religiosa fué otro 
motivo de disgusto. En Santo Domingo, 
en Puerto-Plata y en Samaná, existían 
templos protestantes, y según su código 
fundamental, España no podía permitir- 
los ni en la metrópoli ni en sus domi- 
nios. En Samaná había 392 protestantes 
de ambos sexoé y 18 medotistas. ¿Qué 
seria de aquellas familias? ¿Cómo toma- 
rían la prohibición de su culto público? 

Los templos fueron cerrados y los cre- 

Í rentes devoraron su disgusto en el sí- 
encío. 

Viendo el gobierno de Madrid que en 
Santo Domingo, y expecíalmente en Sa- 
maná, nada se hacia, pensó en mala hora 
en mandar á este último punto cuerdas 
de criminales condenados á cadena per- 
petua, que eran los hombres más corrom- 
pidos de la sociedad. De la isla de Cuba 
se importaron también aquella porción 
de Chinos que con tanta frecuencia come- 
ten asesinatos en las tincas. ^ "que cuan- 
do se trata de buscar al delmcuente, se 
presentan en masa afirmando cada cual, 
que él fué el matador. 

En esta aglomeración de ^ente etereo- 
géneas, como en la guarnición y marine- 
ría que constituían el núcleo de pobla- 
ción de Samaná, bien pronto hizo el cll " 
ma espantosos estragos, atribuidos estos 
á la localidad de Santa Bárbara, después 
de muchas consultas y comunicaciones, 
el pueblo español levantó de allí su 
asiento, v siguiendo á su gobernador el 
iMñor brigadier Buceta, como al pueblo 



de Israel siguió i Moisés en boaea de la 
tierra de promisión, fué á instalarse á 
tres millas de distancia sobre la orilla 
del mar. 

El punto elegido se denominaba «Las 
Fechas de Colon »» como recuerdo histó- 
rico de un acontecimiento del almirante, 
y estaba situado en un vallecito de -for- 
ma semicircular, .cuyo diámetro de unos 
doscientos cincuenta metros, era la orilla 
del mar y su arco unas cuestas ó alturas 
muy frondosas. 

El brigadier Buceta era muy á propó- 
sito para el destino de gobernador de 
aquella colonia y difícilmente se hubiera 
elegido persona más adecuada al objeto. 

Los indígenas le recuerdan con placer. 

Con su carácter adusto, aunque senci- 
llo, se hacia querrer y respetar , como 
también por su justicia y desinterés, 
calidade^A^ue los naturales no estaban 
acostunnqjidos á notar en los mandarines 
del ¡Miis. Con sus maneras y Tslor pro- 
verbial imponía obediencia y orden, aun- 
que no siempre bastaba su ascendiente. 
{>ara dominar las torcidas intenciones de 
a gente del presidio. 

Con su grande é incansable actiiridady 
amor al trabajo, fundó la población de 
«Las Flechas» que ha debido subsistir 
como un recuerdo de su mando. 

Allí empezó á levantarse la nueva co- 
lonia, y antes de dos meses ya vivían á 
cubierto de magníficas barracas y casas 
de mampostería, la tropa que formaba la 
escolta del presidio en número de cien 
hombres, y los penados que pasaban de 
trescientos, pues los cien colonos que por 
su desgracia habían venido de España, 
seducidos por el aliciente de las ventaias 
que se les concedieron, habían ya falle- 
cido en su casi totalidad. La gente del 
país acudió allí también en pos del dine- 
ro de la tropa y presidiarios, establecien- 
do tiendecitas oe bebidas y otros ar- 
tículos. 

Samaná, por fin era un presidio, y los 
condenados en él, constituían el mayor 
número de sus habitantes. Aquellos 
hombres expulsados de la sociedad, 'á 
quienes la ley había impuesto la peniten- 
cia de arrastrar una cadena el resto de 
sus dias y empleados en ti abajos forza- 
dos, vivían en completa libertad en 
aquella colonia, de que se creían el más 
útil elemento. 

Cuando los enemigos de Cristóbal Co- 
lon volvieron á España propalando notí- 



^ ISl — 



tits eoiítra 1m deepaxtadM r^uexas de 
)e8 islas redentemente descubiertas, se 
enfrió mucho el entusiasmo con que se 
«nhelaba ir i aquellas renoi^s, de tal 
suerte, que ni emprender el almirante su 
tercera expedición, por el año de 1497 
no hallaba tripulación voluntaria, j fué 
necesario adoptar una medida funesta, 

3ue airrió después de norma j fué imíta- 
la por otras nacienes. 

Consistió aquella en conmutar las sen- 
tencias de los criminales des inados á 
destierro, galeras ó minas, á ser conduci- 
dos á las nuevas colonias, donde habían 
de trabajar sin recompensa ni salario, en 
beneficio del bien común. Y dando luego 
más latitud á la medida, se juzgaWi los 
delitos más atroces, yendo á servir en 
ellas un plazo siempre corto, pues esta- 
ban dos anos para satisfacerla vindicta 
pública, hasta en los casos que habían 
exigido imposición de pena capital. 

Ijiñcihnente podrá encontrarse racio- 
nal disculpa á tan perjudicial providen- 
cia, que ha merecido el dictado ae inicua. 
Iniquidad es sin disputa alguna el sem- 
brar una sociedad perversa j desmorali- 
zada en un pueblo inocente. Sin duda 
ella es la vausa de donde dimanan, tantas 
espantosas aberraciones como de las co- 
lonias nos cuenta la historia. 

Los galeotes eran un mal ejemplo en 
Las Flecas y en Santa Bárbara; los des- 
afueros quo cometían en las casitas ais- 
ladas que hábia en la península, se atri- 
buían a los españoles por aquellas senci- 
llas gentes que, viviendo en la soledad, 
no podifm distinguir la miserable condi- 
eion de sus agresores. 

Luego que los presidiarios conocieran 
el terreno que pisaban y las guaridas de 
la península, empezaron como era de pre^ 
sumir á desertarse» porque si bien anda- 
ban libres^ querían todavía mayor li- 
bertad. 

De los que huían se aprehendieron va- 
rios, porque se había hecho saber á los 
negpros que por cada uno que prentasen 
recibirían diez pesos, y con este estímulo 
V por el espíritu de venganza á la raza 
blanca, el alcalde del distrito del Téson 
Úegó á organizar un servicio de vigilan- 
cia en los montes inmediatos al presidio, 
á cuyo fkvor muy pocos se pudieron des 
pues ñigar. 

£1 bngadier Buceta fiié destinado de 
comanduite general del Cibao, y ya he- 
mos explicado cómo desembarcó en 



JJbnte-Cbri^tá, encargándose del ^atando 
en circunstancias bien azarosas. / 

Quedó en Las Pleehas de gobernador 
interine el comandante D. Francisco X}a- 
talá, que C(m muy laudable celo y el me- 
jor tacto, no solo adelantó considerable- 
mente las obras de utilidad y aun de or- 
nato, sino que si:^ cantarse la conside- 
ración y afecto de muchos indígenas que 
habían estado retraídos de ir a efectuar 
sus ventas al nuevo pueblo. 

Bn reemplazo del comandante del pre- 
sidio, que no tenia cualidades para a^uel 
puesto, fué destinado el capitán D. Diego 
Somoea, que reunia á su mucho carácter 
bs mejores sentimientos. 

£n poco tiempo el vallecito de Las 
Flechas presento el agradable aspecto 
d^ un hermoso pueblo. Allí (cosa rasa en 
Santo Domingo! ae veían vanos edificios 
cubiertos con tejas y con sus paredes 
blanqueadas. Pero pronto fué nombrado 
gobernador el corozíel D. Bruno Gayoso y 
vinieron los acontecimientos de Agosto, 
y ambas calamidades, hermanadSs de 
una manera violenta, dieron en tierra con 
la Joven colonia. 

£1 alzamiento de a4]uella península se 
conoció en el retraimiento de sus natura- 
les. De manera, que decretada la guerra 
por acuerdo de las logias, la gente de Se- 
mana solo manifestó su hostilidad aas- 
pendiendo sus relaciones. 

Aauella actitud que no podía ser más 
pacínea é inofensiva, alarmó censídefa- 
blemente al gobernador. 

£8 preciso convenir en que hay épocas 
aciagas para las nacionest oobm) pásate 
personas, en las que todo se oenjuva en 
siu contra para destruir las más fondedes 
esperanzas 

buceta, que acaso en Las Fleebas Ru- 
biera prestado importantes servicios pan 
la pacificación de la península, «honán- 
dola tantas calamidadee como se suñ;ie- 
ron, filé á parar á Santiago de los Caba- 
lleros con tanta desgracia, que le hizo 
deamentír la fama de carácter indomable 
que de él se tenia. Y el coronel Gayóse, 
que á la cabeza de un regimiento quizás 
hubiera llevado á cabo empresas temera- 
rias, estuvo f8;bal y deaacerladásimo en 
Samaná. 

Una de las primeras providencias que 
tomó, al saber la insurrección fué la de 
armar el presidio. 

Ta no bastaba la holgada vida fue 
pasaban aquellos críminaies, era necesa- 



-.lui- 



rlo ademas dar i cada uno un fusil para 
que velaran por la seguridad de su im- 
presionable cómitre. 

Cuando se hizo presente & Gayostí los 
graves inconvenientes que podia traer 
consigo aquellff determinación, contestó, 
que también se habían armado los presi- 
oiaríos de Ceuta cuando la guerra de> 
África, en la que prestaron muy buenos 
servicios; pero no se necesita ser muy 
lince para conocer la diferencia que exis- 
te entre Samaná y Ceuta y entre la ca- 
lidad de unos y otros enemig[os. 

Sucedió, como no podia ménós de su- 
ceder, que armados aquellos criminales 
se convirtieron en bandidos, siendo ocio- 
"so el decir, que si excesos cometían en 
tiempo de paz, con la guerra se permi- 
tían todo género de licencias. 

Se desertaron cuatro v á los pocos dias 
se supo que habian sido tan perfecta- 
mente recibidos en el Cibao, por la jun- 
ta suprema provisoria, que á uno de 
ellos le habia agraciado con el empleo de 
coronel. 

Este nuevo caudillo volvió á Samaná 
para ostentar su alta graduación y con 
el fin de reclutar prosélitos entre sus 
antiguos camaradas, /alguno de los cua- 
les habia ya andado por Sierra Morena, 
^ como capitán de ladrones. Sus gestiones 
no fueren inútiles, pues en un dia se le 
reunieron hasta veinte y uno, eon las ar- 
mas y equipos que les habia dado Gayoso. 

otra ae las medidas de este señor, fué 
abandonar completamente el pueblo 
nuevo de «Las Flechas» y retirarse i 
Santa Bárbara, obedeciendo á la conste- 
lación maléfica de las retiradas, que en- 
tonces brillaba y que tanto daño causó 
al honor y á los intereses materiales de 
España. 

¿Qué razón podia dictar esta medida? 
acaso ¿no era Santa Bárbara el mismo 
pueblo poco antes abandonado por inea* 
no y fatal? ¿Qué se' iba á hallar en el, que 
no existiera cuando fué desechado? Ver- 
güenza es decirlo^ pero la historia es 
inexorable. El coronel Gayoso, halló, 
que frente de aquel pueblo y como á 
media milla está el Cayo Carenero y 
entre ambos, habia una fragata-pontón 
español, donde se trasladó su autoridad 
para vivir en completa seguridad de los 
enemigos que imagiaaba. Mientras tanto 
la tropa y el presidio, estaban en tierra 
con mil privaciones, por carecer de aloja- 
Biientof. 



El bri^^er Buceta despuea de m 
derrota e inolvidable retirada d« San- 
tiago, volvió destinado á] Samaná y pú- 
blico fué el desagrado con que vio los 
actos del Sr. Gayoso, que al fin &• mar- 
chó. 

Comprendiendo el inminente riesgo da 
tener armados los presidiarios, se vauó de 
una buena extratagema para desarmar- 
los y encadenarlos de nuevo, lo que con- 
siguió oportunisimamente, pues tenían 
urdida una conjuración horrible. 

El mal estaba hecho y no era dable 
volver á «Las Flechas,» donde el clima 
era más benigno, porque el pueblo había 
sido destruido por el enemigo. No habla 
otro remedio, que resignarse á soportar 
los desastres que la guarnición suma y 
se construyó una trinchera en derredor 
del puel^o; artillándose imas alturas aue 
lo dominan y que se llamaron los 
Fuertes. , 

Buceta eomo la mayor parte de sus 
subordinados, sufrió los rigores de la lo- 
calidad y estando á las puertas de la 
muerte, fué relevado por el general de 
de las reservas Sr. Hungría. 

La g^uerra de Samaná como la del res- 
to de la isla era de espeótativa, cuyo sis- 
tema jamas dio buen existo. 

El nuevo gobernador vegetaba en el 
ocio, que con amaños procuraba distraer, 
pues ni los contrarios venian á hostili- 
zarle, ni él podia disponer de la pequeña 
guarnición para intentar operaciones por 
la peolnsula. 

Quiso la casualidad, que fondeara en 
la bahia, un buque de guerra, que con- 
duela á su bordo al batallón del Rey que 
iba de Puerto-Plata á Santo Domingo. 
Era una magnifica ocasión para que se 
hiciera algo ruidoso por Samaná y el ba- 
tallón saltó en tierra el 31 de Diciembre 
de 1863 y conducido por el gobernador, 
se encaminó al Cantón del Tesón, que 
tenian los sublevados, á dos leguas. 

Sorprendidos los negros por tan ines- 
perada visita, huyeron aespavoridos, 
abandonando un canon y dos trincheras, 
que minutos antes conMderaban ines- 
pugnables. Repuestos, no obstante, del 
susto, empezaron á hacer fuego desde la 
manigua, continuando el tiroteo durante 
la retirada de la columna á la que causa- 
ron seis herídos y dos muertos, que fue- 
ron un capitán de Infantería de marína y 
el general negro Pascual' Ferrer, 



— 18S — 



XXXIV, 

hkS RESERVAS DEL PAÍS. 

Vicios inherentes al instituto.— Exigencias de los nsgros. — Servicios que pras- 
taron á España.— Industrias en los campamontos. 



La cree acia general de cuantos se ocu- 
paban de la guerra de Santo Domingo, 
sin estar en ella, era de que las reservas 
del pais formaban los verdaderos cuer- 
pos de operaciones, y áearte craso q^ror, 
contribujeron siu duda los excesivos elo- 
gios que de ellas hacia el general Santa- 
na en los partes que dio al gobierno de 
sus primeras operaciones. 

Desde el principio de la insurrección y 
aun si se quiere, desde que ,en Junio del 
62 se emprendiéronlas operaciones por el 
Sur de la isla, se pudo inferir que de muy 
poco hablan de servir á Rspaña las reser- 
vas, en caso de necesitarlas. 

No debe tomarse á rivalidad el que 
consignemos aqui los vicios inherentes k 
una institución que si hubiese sido bue- 
na ó nada más aue mediana, hubiera da- 
do á su pais el orden, la tranquilidad y el 
bienestar, que le importaba naturalmen* 
te el nuevo orden ae cosas establecido 
por España. 

En los capítulos que llevan por epigra-f 
fe Los dominicanos j Organización del ene^ 
mi§o j Los enemigos de Espam, hemos 
bosquejado á los parientes y .vecinos de 
los jefes y tropa que componían los caer- 
pos de las reservas del país, que por más 
ó menos tiempo fueron leales á España. 
Cuando las personas están unidas por tan 
intimas y semejantes afinidades, no de- 
be sorprender que sus cualidades sean ■ 
idénticas; asi, pues, siendo unos mismos 
los leales y Los sublevados, los vicios de 
estos en su organización social y moral 
debían resplandecer en aquellos y no po- 
dian esperar los españoles otra cosa. 

Si las reservas hubieran tenido buen 
espíritu y amor al nuevo sistema que los 
europeos habían establecido, la insurec- 
cion no hubiera tenido efecto posible, 
porque repattidos aquellos soldados «n 



todos los vecindarios de la isla, ai saber 
la trama, no k^ hubieran dejado urdir y 
los del Cibao, no habrían sido los prime- 
ros en alterar el orden, valiéndose de las 
mismas armas que para sostenerle se les 
habían confiado. 

Empezada la guerra, permanecieron 
leales algunos grupos de las reservas, 
pero por poco que se examine, se verá 
que de nada sirvieron y mucho estor- 
baron. 

Los negros c[ue á ellas pertenecían es- 
taban tan mimados por Santana, que 
llegaron á creer qué^se temía que se pa- 
sasen %1 enemigo y sus exigencias y sus 
groseras libertades no tenían límites. 
Cuando en el campamento de Guanuma 
el sokiado español recibía su ración de 
galleta, como podía dársele, esto es, en 
pedazos, la gente del país se negaba á 
recibirla si no se le daba entera y Santa- 
na contrató en Santo Domingo con un 
compadre suyo, panadero, una clase de 
pan particular, con que se racionaba ex- 
clusivamente su gente. 

Jamás por sí solo hizo un buen servi- 
cio á la causa de España, y cuando iba 
con la tropa, desconcertaba frecuente- 
mente los planes mejor combinados, ya 
perdiendo el camino que había de seguir- 
se, va desertándose alguno para dar avi- 
so a los contrarios, ó bien rompiendo el 
fuega antes de tiempo. 

Nunca las reservas se prestaron á sor- 
prender al enemigo ni de dia ni de noche, 
y en las acciones de guerra desaparecían 
del sitio del peligro por^ntre los bos- 
ques, escusando su oonoucta con* mil 
pretestos. 

Generalmente iban formando parte de 
las vanguardias para que sirvieran de 
guías; pero inspiraron desconñanza y en 
machas ocasiones se les quitó de aquel 



- 134 ~ 



pnesto, y alguno hasta la vida perdió al 
dar muestras de traición ó infidelidad. 

En los campamentos 7 guarniciones, la 
major parte de los cantineros que espío- 
taban al soldado español, eran oficiales j 
aun generales de las reservas. Esto ea 
evidente j público, por más que parezca 
extraño y repugnante. Algunas veces 
que sobre el precio ó calidad del genero, 
mediaba cuestión entre el vendedor j el 
explotado, para finalizarne sa ponía el 
primero la levita ó chaqueta con las in- 
signias de su empleo y el pobre soldado 
español, modelo de subordinación j dis- 
ciplina, dejaba la razón que nop<Klia dis- 
putar á un superior. 

Donde quiera que habia gente de las 
reservas habia mujeres en abundancia, 



que se dedicaban á despachar alfl^oiM. 
cantinita ó bien a lavar la ropa al precio 
fijo de cinco reiües vellón pieza. 

Muchos «e dedicaban ai comercio de 
carne que les debia ser muy prodactiTO« 
pues salían k las descubiertas, cogían al- 
guna res que vieran en el monte, y des- 
pués la vendían i muy subido preeio, ¿ la 
misma tropa que le facilitaba li 

La guerra de SjBinto Domingo fdé 
muchos individuos de la reserva 
mina que no se descuidaron en explotar. 
Sin deseo de lastimar suseeptibllidades, j 
haciendo las salvedades convenientes, ee 
puede asegurar aue los individuos dsl 
país que hasta el nn permanederoa fieles 
a España lo hicieron por el interés sola- 
mente. 



XXXV. 

LA POLÍnOA DB VAlGAe. 

Su Visita al general Saatana.-^Una soirée polítiea.— Sistema de eontempl»- 
clones. 



El <iia 30 de Octubre, bajo un fuerte 
aguacero, salió de su palacio el capitán 

general de Santo Domingo, acompañado 
e dos ayudantes y dos concejales, em- 
barcándose en el vaporcito Majestad, que 
remontando el rio Ozama hasta él Isabe- 
la, penetró en este, y le condujo á la hora 
de viaje al punto llamado «La barca de 
Santa Cruz.» f 

Alli le aguardaba ya el general Santa- 
na, que dejando sus tropas en Guaaa- 
ma, acudía á la cita con una paquete es* 
colta. 

Al acercarse los dos generales, se abra- 
zaron con la mao^or efusión, dando mues'- 
tras de la mis cordial amistad. Tuvieron 
un almuerzo, para ser de campeas sigo 
suculento, j conJEérenciaron largo tiempo 
en. reserva. 

De aquella finatemidad y de sqísella 
confarenoia, debía naoer, según diieron. 
los periódices» lapas y lafelioidsa del 
país. 

Pero desgradadameate no sucedió aeí; 
el verdadero resultado de la entrevista 
fué la aiNTobaeioa t&oits de Is inesedieor 



eia de Santana á las órdenes del capitsa 
general de la isla. 

¡Triste y pernicioso ejemplo! 

El mando del general Vargas ha sido 
siempre agradable ^ popular, y las ciu- 
dades donde lo ha ejercido le han demos- 
trado siempre singular cariño. La ñocha 
del 4 de Noviembre, con motivo de ser la 
víspera de su santo, tuvo en su palacio 
una reunión, que bien pudiera llamarse 
soirée política. 

Una eomjiacta multitud, entre la que 
se distinguía á casi todas las persones 
más reoomendables de la población, se 
dirigió en cuerpo á palacio, á las ocho de 
la noche, llevando una escogida orquesta 
qee estuvo alternando durante algunas 
horas con Is briUante banda militar si- 
tuada ñrante á la puerta principal del 
edificio. Aeogidos por S. 6. con la fhmcs 
amabilidad que le es característica, los 
obsequiantes tomaron posesión de los 
Balfioaes de palacio, que onecieron en todo 
el cunM) de la füneion el aspecto mí» 
animsáo qae se puede immgmBT. 

Aüi se n^Mú oonfuadideé eoa la latM 



-111^- 



fraternal armonia á loa espa&obs d^ to-, 
das las regiónos, así al que tío la lu^ eü 
la Tíéja j calta Europa, como al iiijo dé 
la Jóren América. S. E. no pudo méao» 
de expresar la Tiya satisfacción con que 
veta ese espectáculo, cuando rodeado de 
todos ios concurrentes en el saton donde 
se había preparado un esquisito refresco, 
respondió con un discurso improvisado ^, 
la lelicitacíon qué en nombre del pueblo 
dominicano le. dirigió en breyes y senti- 
das ñ'ases el señor consejero de adminis- 
tración D. Manuel Joaquín Delmonte. 

«Estoy penetrado del más yíyo recono- 
cimiento por el afecto que me estáis ma- 
nifestando (<fijo S. E.J, y Teo con júbilo 
en esa manifestación que estoy rodea- 
do de Terdaderoa y leales subditos de 
S. IL la reina, que me saludan como al 
depositario de la regia confianza en esta 
isla. Y es mayor j más íntima la satis- 
facción que experimento, al ver confün- 
didóa en la eipresion de sus sentimientos 
de lealtad i los naturales de este suelo, 
que ]por su plena voluntad regresaron al 
gremio nacioxtal, y á los dignos jefes y 
oficiales del ejército español que vino a 
Santo Domitigo como escudo del orden y 
de los principios sociales, para defender 
al país y garantizar su reposo y su exis- 
tencia contra todos sus enemigos. Cuan- 
do el grata espectáculo de esa fraternal 
unión se ofrece á mi vista, se abre mi co- 
razón á la esperanza de que lograremos 
pacificar al país sin sangrientos esfuer- 
zos, que los nombres obcecados que aun 
permanecen con las armas en la mano re- 
conocerán su lastimoso error, y que de- 
jando dé considerar á España como su 
patria y á los españoles como á sus her- 
manos, lo que hacen es dejar de ser do- 
minicanos, porque dominicanos y espa- 
ñoles son y deben ser una cosa misma, 
seffun los maternales sentimientos y las 
intenciones dé S. M. la reina. 

Si por desgratia este convencimiento 
no viniera tan pronto como yo lo espero 

Ír lo deseo, entonces tendremos que ape- 
ar á la dura extremidad de rMucirlos 
por la fuerza, á toda costa, y hacerles 
sentir que las ilustres armas españolas 
están en buenas manos, que sabrán 
mantenerlas con honor y sin mancilla. 
Que los ilusos se desengañen, que entren 
en la senda de sus deberes, de donde en 
mal hora se han apartado para su propio 
daño y el daño de este país, tan querido 
de S. M. , que todas sus recomendacio- 



nes me nrtscriben {¡or norte el bien y la 
felicidad de los dominicanos, y hacia ese 
norte, estoy por oonsiffuiente obligado á 
marchar, porque asi Id otfrecí á nuestra 
augusta soberana, y el cumplimiento de 
ese compromiso es muy g^ato á mi cora- 
zón. - I viva la reinal 

Este viva fué repetido con calor por 
todos los circunstantes, que además vic- 
torearon ai excelentísimo señor general 
Vargas , concluyendo poco después el 
acto. 

Los diarios de la localidad dijeron: 
«Las calles de esta capital estuvieron 
»brillantemente iluminadas en las no- 
»Ches del 3 y el i, en celebridad de los 
»dias del excelentísimo señor capitán 
»general. La mayor parte de las casas 
«estuvieron, adornadas con banderas j 
«cortinas, y el ilustre ayuntamiento en- 
»ffió xm vistoso arco triuníkl en la calle 
»aé Colon, cerca de la entrada principal 
«del palacio de gobií^iio.» 

El general Vareas creyó que la con- 
temporización y \A dulzura podrías, dar 
buen resultado en Santo Domingo. Ra- 
bia estado ya en la isla como segundo 
cabo> visitó el Cíbao con Santana, cuan- 
do las ocurrencias de Febrero, y habien- 
do encontrado entónese al país pacifica- 
do y receloso, formó un juicio demasiada 
favorable de sus naturales. 

Si la benignidad y la dulzura hubiesen 
podido algo con los insurrectos domini- 
canos, nadie mejor que Vargas hubiese 
empleado estos generosos medios. 

Vino al pais con una amplia amnistía. 
Dio libertad á muchos prisioneros que se 
hallaban en Cuba, Puerto-Bico y Santo 
Donungo. Cuando algunas columnas los 
hacia, el general les daba la libertad y 
con ella recursos para restituirse al seno 
de sus familias. 

Si los vecinos de algtn punto invadido 

r la. facción se acogían á nosotros se 
es daba con que vivir. Si el jefe de una 
fuerza en operaciones era atacado, aun- 
que viese ^ue de alguna casa de campo 
partiesen tiros, no por eso debían de con- 
sentir á su indignada tropa, el menor 
desmán, sopeña qe su más estrecha res- 
ponsabilidad. 

Este sistema de excesiva considera- 
ción, hubiera quizás sido oportimo antes 
de empezar la guerra, pero entonces no 
podía dar otro resultado que el que 

Tanta lenidad hizo, que gran número 



po 

les 



— 1* — 



de sublcrados, especialmente por el Sur 
de la isla, hayan estado jugando al es- 
condite. 

A lo mejor se presentaban, tomaban 
su ración, arreglaban sus atentos j 
cuando ya estaban despachados ¿su sa- 
tisfacción se marchaban de nuevo; para 
volver á nuestros campamentos donde 
tornaban á ser bien recibidos, con tal 
que expusiesen alg\ina disculpa á sus 
anteriores infidelidades. 

A pesar de la visita y conferencia de 
Santa Cruz, á pesar de los mayores mira- 
mientos y finura, el capitán general no 
podia disponer del general Santana, que 
con su división seguia empantanado en 
Guanuma. 

Habia servido á sua órdenes y esta 
consideración unida al probable encargo 
que el gobierno le habría hecho, de que 
procurase por todos los medios tener de 
nuestra parte al antijs^uo dictador, alen- 
taron á este á seguir haciendo su vo- 
luntad. 

Se dice que en el mes de Diciembre se 
lamentaba amargamente el general Var- 
gas diciendo: «De todos los muchos sin- 
»sabores y disgustos que me ocasiona 
»nuestra inexplicable situación, lo que 
»más me exaspera es Santana.» 

Cuando más ocupado andaba el capi- 
tán general en el desarrollo de su plan, 
esperando recoger muy pronto el fruto 
de sus afanes, recibió' la noticia de que 
estaba relevado. Comp era de presumir, 
le hizo muy desagradable impresión el ver 
que á un subordinado suyo que obraba 
en cumplimiento de sus órdenes, se le 
ascendía ¿ teniente general y se le daba 
su puesto. Aquello era más que un des- 
aire, un insulto. 

Resentido y conociendo que sin fuerza 
moral no poaia seguir' mandando en un 
país sublevado, convocó junta de autori- 
dades, para dejar el mando con su bene- 



plácitD y consejo. Tenia deseo de resig- 
narlo en el s^undo cabo, brigadier don 
Felipe Ginovés Espinar; pero la caaua- 
lidaci de hallarse preaente en la junta don 
Rafael Primo de Rivera, recien ascendido 
á Mariscal de Campo, hizo que reclama- 
re el derecho que por ordenanza le cor- 
respondia. El Sr. Vargas se negó á ello, 
juzgando que podia traer malas conse- 
cuencias y después de una acalorada es- 
cena, consintió en esperar á su ^cesor, 
antes de acceder á lo que se reclamaba. 
El 3rde Marzo llego el general Gán- 
dara, haciendo á las doce su entrada so- 
lemne y encardándose seguidamente del 
mando. 

Cansado el Sr. Vargas de los muchos^ 
y acerbos disgustos que sufrió en los úl- 
timos días de su gobierno, del ó llenó de 
angustia aquella población á la aue ha- 
bia llegado por segunda vez, con las más 
lisongeras esperanzas de pacificar á poca 
costa el país y de prestar otro nuevo 
servicio á su patria. 

A las dos de la tarde del mismo 31, pa- 
só á bordo del vapor de guerra Isabel la 
Católica, que debia trasportarle á Cuba, 
casi solo, porque adelantada la hora del 
embarañe, no la supieron ni la mayor 
parte ae las autoridades, ni el gran nú- 
mero de amigos que allí dejaba. 

El general Vargas podia marchar muy 
satisfecho de las muchas simpatías que 
se habia conquistado con su genio flexi- 
ble y bondadoso y con su justa y acriso- 
lada honradez; pero si echaba una mira- 
da en Kusca del resultado obtenido, con 
su política de dulzura y contemplación 
nada encontraría. Nada dudamos que su 
buen criterio le habrá persuadido des- 
pués, de que el sistema que tan farora- 
oles efectos habia producido en la culta 
Santiago de Cuba, fué en extremo per- 
judicial en la incivil Santo Domingo. 



SEGUNDA PARTE. 



s 



* 189 - 



I. 



IL OAFITAN aBNBBAX olimÁtA. 



Bu inesperado nombramiento.— Snf priihefos aeios.^LisongerM etperanxas. 
Aprehensión de on» goleta.— Xxpedicion del general Alian. 



Cuando el general D. José de la^Oán- 
dará recibió su ascenso á teniente gene- 
ral j el encargo de sustituir en el mando 
superior de la isla, al Sr. general Var- 
gas, se hallaba en la Habana, en espec- 
tacfon de buque que le condiigeae i Es- 
paña. 

Entonces yarió su yiaje, pasando por 
Santiago de Cuba, donde tenia grandes 
afecciones j preparó allí los primeros pa- 
sos que debían darse, en una empresa de 
que luego nos ocuparemos detenida- 
mente. 

Tan pronto como el 81 de Marzo se hi- 
zo cargo del mando y capitanía general de 
Santo Domingo, llamó a los jefes de los 
batállonej^ de España j la Habana j les 
dio sus órdenes, para que en el mismo 
día, embarcasen toda su gente j almace- 
nes para Santiago de Cuba. 

AoueUos dos trabajados batallones 
que nabian quedado en eiudro, debían 



cubrir sus nomerosas bajas para estar 
prontos 4 nueyas operaciones. 

El general Gándara inauguró su 
mando con algunas proTidenclas que 
presagiaban los mejores resultados. Co- 
nocia el país j el espíritu del ejército j 
debía saber por experiencia, que las tro- 
pas se astiaban con la inacción. 

Iban á emprenderse nueras operacio- 
nes y con ellas renacería en los soldados 
la animación, la alegría j hasta la salud. 
No era ni siquiera lícito dudar, que bajo 
la dirección de un general tan inteligen- 
te j jÓYcn, dejara deímprimírse 41a guer- 
ra una marcha de actividad, que aebía 
conducir 4 conquistar la yerdadera quie- 
tud, la paz. 

La nueya autoridad tuyo también la 
suerte, de recibir del gobierno los refuer- 
sos que con tanta insistencia había soli- 
citaao su antecesor. Se le mandaron dies 
mil hombres, con sus jefes y oficiales or- 



I 
1 



- 140 - 



ganixadof por battlloaet tu^ltot, ptra 
oiu empleándolofl 0QnTtBÍ«nt6ment«,ptt- 
oiara llayar á cabo la tan deseada expe- 
dicion á Monte Christi, donde se creía 
residir la parte esencial de la insur- 
rección, que muchos opinaban languide- 
cería, si se la primaba de aquel importan- 
te puerto. 

Él día 18 de abril entró en Santo Do- 
mingo el vapor de S. M. Isabel Francis- 
ca^ remolcando una goleta llamada 
Psopserf con pabellón inglés, ^ue había 
sido apresada en las aguas de Macoris, 
eon cargamento de Tiveres para los in- 
surrectos, según declaración de los tri- 
pulantes. De esta presa se hicieron mu- 
chos comentarios, asegurándose que la 
marinería había hecho importantes reve- 
laciones. 

Siempre se creyó que la más esquisita 
V constante viffílancia de las costas, hu- 
Diera importado la muerte de la insur- 
rección. 



Ordenada la reconcentradon da tropea 
en la capital, después del abandono de 
los fatales campamentos de Guanuma 
j Monte-Plata, era ¡Hreciso darlas úftfl 
ocupación. Al efecto se pcamóen man- 
darlas en busca de los insurrectos, qns 
se sabia que en gran número ocupaban á 
San Cristóbal j los pasos del rio 
Jajna. 

El día 19 de abril salió de la capital una 
división de más i^ tres mil hombres de 
todas armas, al mando del general dcm 
Antonio Abad Aifau, de la que se asegu- 
raban resultados brillantes. 



Según de público se decía, j aún 
guraoan los periódicos, llevam un plan 
Bien combinado, para caer por tres d»- 
tíntos puntos sobre el cantón enemigo de 
San Cristóbal; pero en honor á la Tardad, 
el resultado de aquel alarde de faena, 
fué bien triste, pues nos costó aensiblei 
pérdidas. 



n. 



SALIDA DI LA OÜARKiriON DB SAMANI. 



SI ézito.^Pres6atados. 



Bl día t2 'de Marzo híxo una salida la 
guarnición de Samaná, con doscientos 
nombres que t, duras penas pudo re* 
unir; pues las enfermedades habrían 
grandes claros en las illas de los bata- 
llones. 

Como en la veriücada el 31 d^ Diciem- 
bre anterior, halló al enemigo en su can- 
tón j trabó con él un combate con la des-r 
ventaia de costumbre, es decir, á pecho 
descubierto, miejatras que los insurrectos 
estaban parapetados en sus bosques, es- 
perando á mansalva de I9S expediciona- 
rios, cuyos proyectos conocieron apenas 
concebidos, merced al buen sistema de 
expionaje que tenían. 

El éxito de esta salida, fué tener la 
tropa dléz muertos en el campo 7 diez j 
seis heridos que fallecieron después. La 
pérdida d^ )os negros ni esta ni ninguna 






vez 89 pudo conocir, porque queda- 
ba oculta en la espesura donde com- 
batían. 

Esta salida tuvo un Inesperado resol- 
tado que parecía debería ser de gran tras- 
cendencia. Viendo los vecinos de Punta- 
Balandras, que los espaíioles se movían 
7 hiusían algo, aunque muj poco, deto-- 
minaron presentarse al gobernador de 
Samaná, temerosos de que en otra cual- 
quier salida cajera sobre su ranchería j 
la tratara como á la del Tesón. 

T se presentaron en número de Teinte 
familias. Aquel triunfo moral indicaba el 
guía de conducta Que debía seguirse en 
las operaciones militares; era como una 
reconvención al sistema de quietismo, j 
parecía como una inspiración para el ca- 
pitán general .acabado de biombrar, pero 
esta lección dé nada sirvió, siendo aca« 



-. 14Í ^ 



aproY^ehada como otfta tonta» qu« pa- 
recían presentaáiur por la ProTidencia. 

Aquellas veinte nimilias que arrepen- 
tidas se acogían de nueyo bajo el pabe- 
llón de Castilla, las componía s^an can- 
tidad de mujeres y nifios, á los que se 
asignó la misma radou que al soldado 

El general Hungría quiso utilizar los 
servicios de los nombres últimamente 
presentados, j les hizo tomar las armas 
entre los individuos de las reservas; pero 



muj pronto tuvo }a triste ocasión de'cQm- 
treDoer, primeo su inutilidad, 7 más 
tarde au aeslealtad. 

Siempre nos sucedió lo mismo en San- 
to Domingo, sin embargo, nunca se es- 
carmentó. 

Los pocos leales basta última hora que 

2ue se acogieron en Cuba cuando el aban- 
ono, han demostrado pronto sü ingrati- 
tud, pasándose á las filas de los insurrec- 
tos cubanos. 



m: 



BXPBDICXON i H0NTB-CHEI8TI. 



Bmaion da tropas én Santiago de Coba.— Sn espMtu y esp^rattias,— Sabara 
q:a«.— Daaambarqucí.^Bl paso del Ya<Eue.^ZA toma de Xonte^^^rif ti. 



Cuaaio la insurrección ■• presentó con 
su verdadera fisonomía, fué jseneral la 
í»pinion de loa españoles de Santo-Do- 
mingo, de que convenía mandar fuerzas 
sobes Monte-Christi, porque se sabia, 
que por aquel puerto, distante solo cua- 
tro noraa de navegación de Haití, red- 
bienios insurrectos auxilios de boca y 
guerra, i trueque de los productos iSí 
país que por él «xoortaban. Se teniSrpor 
cierto, quo privinaoles de squelpunto, la 
insurrección languidecería liaste el ex- 
tremo de acabar con su existencia* 

Conociendo pueSf Iv necesidad demsA^ 
dar pronto una expedicípn. aue pusiera 
en jaoue a Santiago de los Caballeros cu-» 
na del proivuaciamÁanto< Solo fi^ta^ qjit 
elgoibieme destínase fuerzasrpara Úevar 
á caW tamaña emprasa* Pasaron mj^sesy 
meses» cuando por fin esrfi de Abril, eoi-' 
pozaron á reunirse, al efecto, tropea en 
Santiago de Cuba. « 

Á pnndpios de Uaje^ ya sstabe otgi^ 



nizada una expedición de siete mil hom- 
bres, con su correspondiente dotación' de 
artfllería, caballería parque de mgtrúí- 
ros>de sanidad 7 de todo cuanto podía 
nec^itaise en provisiones .de boca 7 
guerra. 

En las revistas 7 ejercicios en que se 
presentaban las tropas en Cuba, ostenta- 
oan tan cumplida instrucción, tanta mar- 
cialidad V Imen porte^ que hacían augu- 
rar una dilatada sárie de brillantes triun- 
fos. 

No podía esperarse otra cosa, de i^a 
división compuesta en su mayor parte, de 
tropas familiarizadas ya con todas las 
penab'dades de la campaña^ 7 que tenian 
en muy poco al enemigo, i quien volv^n 
¿ comoatir' 

ÍEhibíamos confiado on aue aquella es- 

SBdicion hábilmente mancada, j^dia da^ 
n ¿ la revolución, I \n4ui el numero d^ 
los individuos que la componían nos in- 
clináis (i ^a qp|9«ncia, pues nos trajo i. 



- Ití- 



Ia xíiemona, que siete mil hombree eran 
también los que lleyó D. Pedro de Por- 
^ tugal| cuando el 22 de Junio de 1832 zar- 
' pó de las Azores. 

Aquel ejército etereogéneo, compuesto 
de portugueses, ingleses y franceses, con 
un parque pobre y una escuadrilla mala, 
fué suficiente para batir al ejército de la 
nación portuguesa, y destronar al rey 
don Miguel que gobernaba, apoyado por 
Inglaterra, Busia, Prusia y Austria, ne- 
cesitando para todo esto, tan solo dos 
meses. 

Con el recuerdo de este y otros muchos 
ejemplos, justo era esperarlo todo del ex- 
celente cuerpo de tropas que se apronta- 
ba para Monte-Christi. 

Estando todo dispuesto, eldia 13 de 
Mayo se dio principio al embarque de las 
tropas, después de estar ya á Dordo los 
caballos, cañonea y parques, y en la ma- 
ñana del 14 una escuadra de veinte y dos 
vapores, unos de guerra y otros mercan- 
tes, zarpó de Santiago. 

El éxito de aquella expedición no podia 
ser dudoso para los que conocían las con- 
diciones de la empresa. Iba es verdad, á 
toma de un punto el más importante 
para los sublevados; sabíase que en él 
hablan aglomerado todos sus elementos. 
* de resistencia, y debía inferirse, que ha- 
biendo sido por tantos meses anunciada 
aquella expedición, tendrían allí los in- 
surrectos ffrandes obras de defensa; pero 
en contra de esta fundada creencia, exis- 
tia la experiencia del abandono, de la apa- 
tía é ignorancia del enemigo, unido a la 
confianza que el trascurso de los aconte- 
cimientos había hecho concebir, de que 
donde quiera que el soldado español en- 
contraba á su adversario, le batía ^ ar- 
rollaba por inespugnable que pareciese la 
posición que ocupara. 

En la mañana del 15, fondeó la escua- 
dra en una ensenada solitaria entre la 
bahía de Manzanillo y la rada de Monte- 
Christi. 

Allí se incorporó el general en 1e''e con 
álguh otro buque y varios individuos de 
las reservas, que híabian de servir de guias 
como prácticos del terreno. 

Al amanecer del 16, saltarona las tropas 
á tierra, poseídas del mayor entusiasmo. 
Diez lanchas cañoneras protegían el 
desembarque, haciendo fuego soore los 
bosques inmediatos á la pla^a, aunque 
en vano, pues no hubo ni siquiera un 
> V enemigo que pusiera, como pareda regu- 



lar, impedimento á la operación váM di- 
fícil que se pract'ca en la guerra. 

Aquel dia se pasó en aquella costa, de- 
sierta, para dar lugar al desembarqae del 
material y ganado, sin que ocurriera mas 
novedad que la de okse como una docena 
de disparos de fusil.que se hicieron ¿ un 
grupo de enemigos, practicando aL^on 
reconocimiento por el Dosque inmediato 
al campamento. 

Distaba este de Monte-ChrLsti como 
dos leguas, y para lleffar allí había dos 
medios. Tomar la orilla del mar ó mar- 
char monte adentro, para después caer 
hacia la iznuierda. Contra el primero aob 
se presentaba el obstáculo, según decían 
los prácticos y varios oficiales facultati- 
vos que habían ido comisionados por el 
gobierno para reconocer el terreno, de un 
caño, en la desembocadura del Yaque, 
cerca de las fortificaciones enemigas, de 
mucha anchura y cuyo fondo, en horas 
de baia marea, permitía su vado con 
agua hasta la rodilla. 

Contra el segundo medio se presenta- 
ba el inconveniente de tener que llevar i 
la división por las estrechas sendas que 
cruzaban los bosques y que hacían más 
del doble, la distancia que halto que re- 
correr. 

Después de pesados los íneonvanientes 
de uno y otro, se optó por seguir el ea- 
mino de la playa. Así, en la mañana dd 
17, una hora después de amanecido, rom- 

Sió la división la marcha, no encontian- 
obstáculo alguno en su camino que 
recorrió sin disparar un tiro. 

Cuando los primero^ índiTÍduoe del 
batallón que iba en vanguardia, se ha- 
llaron con el anunciado caño j prospecta- 
ron vadearle, se sumergieron casi c<mi- 
pletamente, y estuvieron en peligro de 
ahogarse. El enemigo, que telua sus pie- 
zas enfiladas á aquel puato, rompió dea- 
de luego el niego con sumo acierto, sobre 
las fuerzas oue iban llegando y a^flome- 
rándose á orillas del obstáculo. 

La situación era muy critica* La bala 
rasa 'causaba sensibles bajas, y toda Ta- 
cilacion en aquellos momentos podia ser 
funesta. 

Lanzáronse entonces al agua los hom- 
bres y los mulos, que Uevaban i Ióbio 
las piezas de montana, y á los pocos pa- 
sos hombres, anímales y cargas se su- 
mergieron. 

Afortunadamente, mientras oeiirría^ 
esta especie de catástrofe, unas goletas 



- 148- 



de Tmpor j Tanas lanchas cañoneras re- 
corrían la costa disparando sobre donde 
creian podía haber enemigos. Esta pre- 
rision fué de suma importancia, pues los 
insurrectos habian construido una gran 
barricada á la opuesta orilla del caño, 
desde donde hubieran podido causar al 
ejército daños incalculables; pero á los 
primeros disparos de las cañoneras aban- 
donaron tan Tcntajosa posición. 

Encontróse por fin el verdadero paso. 
Era necesario caminar mar adentro para 
buscar la barra de ai^uella ria. 

No quisiéramos inculpar á nadie por 
este suceso, ^ue pudo muy bien ser cau- 
sa de la péidida ae la expedición, y ca- 
llaremos igualmente la manera f&cil de 
obviar aquel percance, que milagrosa- 
mente causó menos desgraciadas conse- 
cuencias, de las que eran de temer. La 
verdad es que aquel obstáculo perturbó 
y trastorno de tal manera las operaciones 
de aquel dia, que solamente luchando con 
enemigos tan desidiosos, tan ignorantes 
y tan cobardes, pudo consumarse la toma 
de Monte-Ohristi. 

A.SÍ que vadearon el caño los dos prime- 
ros batallones, recibieron orden del ge- 
neral Gándara de lanzarse á la toma del 
pueblo. 

El brigadier D. Rafael Izquierdo, jefe 
de la brigada que iba de vanguardia, hizo 
presente al general de la división don 
Bafael Primo de Rivera, que tenia orden 
del general en jefe, de marchar con los 
dos batallones que habian vadeado el 
Yaque, á tomar las posiciones enemigas. 
T en efecto rompió el movimiento. 

El general déla división quedaba en 
una falsa posición, pues habia pasado el 
caño, y para cualquier ataque del ene- 
migo por el bosque cercano, solo dispo- 
nía como de una docena de jefes v oñcia- 
lea montados, que sin destino en las filas 
aumentaban su e:^ado mayor. Por ins- 
piración propia y por consejo de todos, 
aquel.pequeño grupo marchó con los dos 
batallones. 

El resto de la división estaba todavía 
al otro lado del obstáculo, ocupada en 
intentar salvar el difícil paso one ya es- 
taba intelrceptado por caballerías caídas 
y por cañones atascados. 
- i& trayecto que hama que andar desde 
la playa hasta donde esperaba el enemi- 
go era de unos 1.500 metros de terreno 
fisno y despejado. 

Sin artiiieriar fli caballería marchaban 



á cuerpo descubierto aquellos dos bata- 
llones, urente á unas posiciones cuyas 
obras eran totalmente desconocidas, pero 
que bien se veía que estaban profusa- 
mente artilladas. 

En la línea recta que nuestros soldados 
tenían que seguir para llegar á los fuer- 
tes, se hallaba el pueblo de Monte-Chris- 
ti y habia que cruzarle. 

Mas tarde hemos oído decir á un domi- 
nicano, que siendo nuestro adversario, 
presencio la operación, que á los insur- 
rectos se les figuró que aquellas dos por- 
ciones de infantería sin acompañamiento 
de otras armas, no era más que una es- 
tratagema para llamar la atención, mien- 
tras el cuerpo principal los envolvía y 
cortaba. 

Queriendo, sin embargo, dar alguna 
muestra de su bravura, unos 200 hom- 
bres de los más decididos balaron del 
cerro, tomaron las casas y allí se para- 
petaron para tratar de contener á las dos 
columnas. 

Cada una de estas desplegó entonces 
una compañía en guerrilla, y al toque de 
calacueraa se lanzaron sobre los Insur- 
rectos á la bayoneta , desalojándolos de 
las casas y haciéndoles abandonar el 
pueblo . 

Desde la iglesia y últimas casas de 
este, hasta las artilladas posiciones, ha- 
bría unos doscientos metros. Todo pare« 
cía indicar que en salvar aquel corto tre- 
cho estribaba el vencer lo más arduo de 
la expedición, tan costosa, tan anunciada 
y tan trabajosamente dispuesta. 

Imaginemos por un momento que los 
dos batallones hubieran sido, como de- 
bieron, rechazados, perseguidos y destro- 
zados por un enemigo que les veía acer- 
car con el arma al brazo, sin más caño - 
nes que los de sus fusiles, ni más caba- 
llos que los de sus jefes y que les aguar- 
daba al amparo de su gruesa artillería, 
en una posición por él escogida y que ha- 
bia tenido sobrado tiempo de poner en 
estado de la mejor defensa. Sí hubiera 
esto sucedido, mientras el resto de la dí- 
?i8ion pasaba la ria ó estaba en ella es- 
tancada, V el enemigo hubiera sabido sa- 
car partido de su ventaja, dígasenos i 
quién habria cabido la gloria de la joma- 
da, y á quién deberia España haber he- 
che responsable de sus pérdidas y su 
deshonra. Pero Dios es misericordioso , y 
no quiso dar á nuestra patria otro dia se - 
mci^te al en que Pedro Navarro, por 



-144 



omislon^t ci«8graci*dm6 , perdió «u M- 
Ilaate ejército de 15.000 hombrM, can el 
que había eonquistado, coa «^aombro del 
mando, k MazalquiTír, Oran j Trípoli. 

Partieron desde el pueblo k las alturas 
las dos columnas. La primera, compues- 
ta del batallón de la Habana, que man- 
daba D. Manuel Segura , 4 las órdenes 
del bizarro coronel jefe de media brigada 
D. Secundo de la Portilla, tomó el cami- 
no de la derecha, que parecía j era en 
verdad el m&s comprometido» pues de 
alU partían más certeros y en nooijor nú- 
mero los disparos de la artilleria. 

La segunda, con el brigadier Izquierdo 
i su cabeza j formada del batallón casa- 
dores de la Union, de que era jefe el te* 
niente coronel D. Demetrio Quirós, tomó 
(d déla isa oierda. 

Desde el uno al otro habiauninterralo 
como de ciento cincuenta metros j en su 
centro, un camino de ficil acceso que los 
enemigos descuidaron, id yer la dirección 
de las columnas. Por él aranzó el general 
Primo de Biyera , seguido de su estado 
major. 

En aquel momento solemne, los domi- 
nicanos siguieron su habitual conducta. 
Ai ver subir á los batidlones en correcta 
formación j con marcha atrevida j sere- 
na, j al considerar inmediato el instante 
de trabar la lucha cuerpo k cuerpo j á 
i a bayoneta, se poseyeron de terror, y 
abandonaron á la desbandada aquella po- 
sición. 

Las tropas se posesionaron sin mes re- 
sistencia de la altura t cañones que la 
guarnecían» y el batallón de la Habana 
sustituyó por la suya, la bandera domi- 
nicfina que todavía ondeaba en ú asta 
del fuerte. 

A.1 huir los enemigos, tuvieron que 
hacerlo por el camino del centro, que es 
el de la If apague, y la centinuaeion del 
que habia tomado el gseneral de la divi- 
sión. La casualidad hizo que en el mo- 
mento en que este llegaba a la cumbre, 
llegasen t¿nbien los revoltosos que es- 
capaban azorad, en busca del camino 
de su salvación,' y viéndole interceptado 
por aquel grupo de ginetes, se arrojason 
sobre ellos á la desesperada para abrirse 
paso, lo que consiguieron después de ua 
corto aunque reñido combate, en que el 
cuartel general se batió eon señalada 
bravura, sin distinción alguna, entre los 
trece iodiriduos que le formaban. 
DeresttltM de el mui;i6 el J4ven sapi- 



tan ayudante de Campo D. Juan Lati- 
ré, y fueron hetcidos y contusos más ó 
menos gravemente, elmismo genera], el 
coronel ViUalon, capitán Puente j te- 
niente Barrios. 

Ajbí terminó la toma de Monte-Christi, 
sin que se pudiera hacer ni un prisione- 
ro, pues la ausencia de la cabaUería que 
hubiera desempeñado un principal papel, 
aconsejó el limitar la persecoeion sla 
acdon de dos compañías, que engipemlla 
continuaron batiendo al enemigo por un 
corto tiempo. 

AJli, que se creía encontrar unos fuer- 
tes ó algo que tal nombre mereciese, no 
se encontró nada absolutasMinte. Ni 
trincheras, ni fosos, ni obra algosa de 
fortiñcaeion. No halria más que alg^iuiDS 

fruesos cañones de hierro, montados so- 
re toscas cureñas, y una especie de osr- 
cadade una vara die altura y media de 
eroesor, formado de piedras sueltas. 

Dígasenos ahora si no hemos tenido 
razón en decir antes que los donüniea^* 
nos, como militares, son ignormafees y 
. holffazsnes. 

Nuestra pérdida en aquella aodeaeoD- 
sistió en 10 muertos y 110 heridos* que 
debe llamarse escasa y milagrosa en re- 
lación á las eircustancías, y puede atri- 
buirse á la torpesa de los enemigos. 

Respecto al número de estos qua de- 
fendía la población y posiciones tomadas^ 
se dijo en el parte oficial que evaa tesa 
mil, pero bien puede asegurarse que bay 
exafferadon. 

Bl resto de la división» allá samo Dios 
quiso, ftié pasando d fiítaL eafioa» y 
cerca del oscurecer estaha. va toda acam- 
pada en derredor del pueblo de Monte- 
ühristi, en el que ni uno sola de sus r%^ 
cinos habia quedado. 

Bl verdadero fruto de la expedición» 
fué desalojar al enemigo del panta <|as 
con mengua de Bspaña poseía pacifica^ 
mente, v por cuyo puerto reeibiar tnm ve- 
curáos de guerra. 

Allí ganamos trece cañones viíjjos de 
hierro, que fuá me n es t er leventair por in- 
útiles, y tomamos un< pueblo» oue según 
la celebridad que habia adquirido por los 
aprestos que esotra, él se hieieRui», pare* 
cia ser muy importantOr siendo solo como 
describiremos, en el capitulo ooiansspon- 
dieate. 

Sin embargo^ nuestra victoria Resonó 
por el orbe, y se la dio uan^ impQCtamia 
4|ai^ eatu vo iniH^ Uinpk 4t tiffisr. 



-Itf- 



IV. 



1LÜ8I0NB6 rttltüIDAB. 



SI ««pteto del paí«.^I.o qvm se biio j lo qw m P^mó liMMr.-LM empresas 
de «atsfto T IM de etsño*— SI quietismo.'-AooioBes ea Lagtina Verde. 



Amsiiteeié #ri8de llsyo que abría la 
época de la ocupación y operackmeB en 
n&país tan íicimiente coaquistado. 

Grandes ilusiones se formaron los ió- 
Tenes militares que á los destellos del 
alba contemplábanlas llanuras de Daja- 
ben y la carretera de ^ntiago. Natural 
erasoftar que aquellos campos debían 
muy pronto ser teatro de gloriosos com- 
bates, y ^ue aquel camino debía condu- 
cir la diYision á la capital de los enemigos. 

Hiciéronse aquella mañana las des- 
cubiertas á largas distancias, sin hallar 
fherza alguna contraria, ni descubrir si- 
quiera indicios de gente. Solo se encon- 
iré abundante ganado vacuno y cabrio v 
muchos asnos que pacían en Ubertaa, 
siendo ocioso decir, que á los pocos días 
burros, cabras y vacas pasaron á ser pro- 
piedad deLsoléado. 

una semana se empleó en desembarcar 
los pertrechos y víveres y mientras se 

Í Practicaba esta operación nadie estrañó 
a permanencia de la división en Monte- 
Chrísti. En prueba de eUo jf de lo que po- 
día esperarse de la expedición, copiare- 
mos aquí una correspondencia que dio á 
luz el oíarío de Santiago de Cuba. 
Sr. Director del Diario. 
«Mí afectísimo amigo: Hace tres días 
escribí á Y. dándole noticias de nuestra 
entrada en este pueblo, y ha podido ver 
un croquis de los operaciones de desem- 
barco y ataque. No sé sí habrá llegado á 
sus manos mi comunicación, pues tengo 
mis sospechas de que ha podido ser in- 
tercepteda por gente curiosa. I 



Desde que nuestro ejército se posesio- 
nó de este punto, no hemos tenido la 
menor novedad. Hacemos descubiertas y 
reconocimientos diarios á largas distan- 
cias; pero no hallamos enepugos, y no he- 
mos tadavía oído un tiro, desde que los 
arrojamos de aquí. 

Estamos todavía haciendo el desem- 
barco de los efectos de boca y guerra que 
ha traído la escuadra para la espedicion. 
Díoese que tan pronto tengamos en 
tierra lo necesario emprenderá la mar- 
cha hacia Guayubin }a primera briga- 
da que manda el Excmo. Sr. Conde de 
Yaunaseda, y que la componen Iw 
cuatro batallones 1*^ y 5.^ de Marina, 
el de España y el de Cazadores de Isa- 
bel U, un escuadrón del regimiento del 
Rey, una batería y unacompañía de in- 
genieros. 

Coa esta brillante brigada mandada por 
el tan acreditado en Aftíca de valiente, 
Sr. Yillate, ha podido siempre cruzarse la 
isla de Santo Domingo sin temor de que 
los cobardes la hicieran fírente; pero en la 
actualidad es ya como un lujo de fuer- 
zas, como una ostentación de nuestro po- 
der, pues con haberse ocupado este pun- 
to, la revolución ha muerto moralmente 
y los sublevados que son en todo ponde- 
rativos y embusteros, van huyendo y con- 
tando por el interior, que vieron en esta 
bahía mas de cien vapores muy grandes, 
y (me saltaron á tierra mas soldados que 
yerbas tienen los cami)OS. Estas noticias 

Propagadas por ellos mismos precipitarán 
fc pacificación» porqtie esta gente que ía- 



— 14« - 



merecidamente había obtenido reputa- 
ción de yalerosa, es en realidad espanta- 
diza como ratones. 

Los cobardes que defendian este i>ue8to 
y que tan sumamente mal lo hicieron, 
'gracias á Dios, tomaron desbandados y 
despavoridos el camino de Dajab^n que 
esta en la frontera de Haití, para tomar 
el olivo de la emigración en cuanto, oigan 
el relincho de nuestros caballos. 

Creíamos que los sublevados tendrían 
el militar pensamiento de esperamos for- 
tificados en Guayubin (]^ue es posición 
ventajosa; pero se^un las ultimas noticias 
que noH da un prisionero que ayer se les 
pudo tugar y presentarse aquí, la gente 
no tiene gana de peUéy y en vano los mas 
comprometidos bullen y sermonean. 

Son ya tres los prisioneros que han po- 
dido ¿urtar la vigilancia y se nos vi- 
nieron; los padecimientos que refieren han 
sufrido entre los cafres son inauditos, eri- 
za el cabello escucharlos; de propósito 
quiero omitir la relación que me hizo un 

Í)obre soldado que había sido de mi bata- 
Ion, pues podría parecer una novela para 

concitar el odio castellano contra este 

país infortunado. 

En este pueblo, que ¿ pesar de la cele- 
bridad que adquirió con esta guerra, no 
pasa de ser un pueblucho de cuarenta y 

ocho bohíos ó barracas, sin que se conozca 
el uso ni el color de la teja, no ha queda- 
do nadie. Mejor. El país es muy bueno y 
sano. Puede asegurarse que no tendremos 
aquí el portentoso número de enfermos 
que tuvimos por los campamentos cerca- 
nos á Santo Domingo. 

Aquí estamos bien, militarmente ha- 
blando; nada nos falta. 

Las tropas continúan con ese compor- 
tamiento asombroso que será un modelo 
para la historia. En los sei'^ meses que 
nace vine á esta guerra mandando un 
batallón de mil doscientos hombres, no 
he tenido que imponer castigos, ni tuve 
un desertor, ni se ha formado una causa. 
Soldados tan morigerados serian la dege- 
neración de los antiguos fraíres si no se 
lei^ viera marchar ligeros, serenos y ale- 
gres á tomar con sus bayonetas baterías 
enemigas, aunque como las de aquí, ten- 
gan trece cañones de grueso calibre. Está 
visto: el soldado español es el mejor del 
mundo. 

No más por hoy. Cuando nos pongamos 
en movimiento, cuando hava novedades y 
cuando ten^a prababilidaa de escribir a 



usted, tendrá siempre mato en hacerte 
para comj^lacerle, su wSb afectísimo j se- 
guro servidor Q. B. S. m.—Hetia, 

Pero pasados aquellos primeros días» 
cuando se vio que al campamento se la 
daban dimensiones para todas las fuerzas 
y que se le vantabín trincheras y se cons- 
truían grandes barracones de tabla» te- 
chados de cinc y se emprendía la obra de 
hacer un fuerte sobre la cuesta en que 
los enemigos tenían sus piezas j otro 
más pequeño en una idturita distante 
mil metros, entonces decayó el entusias- 
mo de los amantes de la gloria, porque 
adivinaron que se trataba de hacer la 
guerra de paciencia. 

La campaña, que jpara sofocar la in- 
surrección, emprendieron los eapaSoles 
en Santo Donúngo, no tiene semejante 
en la historia. En todas partes los caste- 
llanos se hicieron admirar por su ac^yi- 
dad, pqr su valor y por bu abnegación j 
constancia, en vencer los obstáculos que 
se opusieron á la realización de las em- 
presas que les dictara su orgullo na- 
cional. 

En las conquistas de América, en las 
invaaiones de África, en las campanas 
de Italia y en las de los países bajos^ 
siempre hay que admirar al soldado es- 
pañol que olvidándose de sí miamo y 
confiado en su habitual frugalidad iba 
siempre á donde quería, temiendo menos 
al hambre que á cualquiera otaro enemi- 
go. Pero en Santo Domingo, por el con* 
trario, nos hemos movido poco j mal, 
apesar de la debilidad del contrario. Allí 
donde tanto abundábanlos gomados, sienn 
pre se presentaba ante los jefes superio- 
res la dificultad, ora en la difícil de la 
conducción de convoyes, ora en la caren- 
cia de acémilas ó ya en la idea de escasez 
de subsistenéias en el interior. 

La falta de resolución fué la que im- 
portó tantas calamidades y tantas des- 
gracias, pues la experiencia demostró, que 
las tropas en movimiento gozaban de la 
salud que perdían empantanadas en los 
campamentos. 

Esa falta de acción, en la división de 
Monte-4]lhristi de la que tanto se espera- 
ba, fué causa de que quedara en ridículo 
á la faz del mundo. 

Y para que no se crea que hablamos 
con prevención, copiaremos un párrafo 
del discurso que el Duque de Tetuan pro- 
nunció en la sesión del Senado el 2o de 
Enero de 1865. 



— 1*6 — 



- Deeia así: 

«Pero a» eometieron varias faltas, de 
las cuales no tuva la culpa el señor mi- 
nistro de la GKierra. Se trataba de tomar 
á MonteOIbrísti, lo cual podía tener dos ob- 
jetos: ó simplemente para ocuparlo y for- 
tificarlo, ó para que sirviera de punto de 
partida en las operaciones sucesivas so- 
ore Santiago de los Caballeros. Si era esto 
último» bien estaban las fuerzas y recur- 
sos que se enviaron: si era lo primero, es 
decir, si se trataba de conservar solo á 
MonteOhristi y no de apoyarse en él como 
base de operaciones, yo pregunto: ¿á qué 
ae enviaron 8.000 hombres para mante- 
nerlos por espacio de seis meses en un 
punto donde no habia agua siquiera, en 
términos de que por falta de ella murie- 
ron casi todas las acémilas?» 

Cuando los insurrectos fueron despoja- 
dos del puerto y posiciones de Monte- 
Christi, en su pavorosa fuga, no podían 
dudar que serian perseguidos tierra aden* 
tro; pero cuando vieron trascurrir dias y 
diafi[ y que nuestro ejército se ocupaba en 
atrmcherarse sin oue una compañía se 
corriese á tomar á Dalabon (1) y á Gua- 
jubin, i)untos para ellos de la mayor im- 
portancia, se sorprendieron agradable- 
mente y empezaron á intentar alg^. 

CojEttO á Qos legras de Monte-Chrisli, 
por el camino de Santiago,, hay un sitio 
llamado Laguna- Verde con un ^rupo de 
aeis jlocho Dohios. Allí estiiblecieron loa 
sublevados un fuerte destacamento y 
cortaron el camino con una trinchera con 
su foso de defensa. 

Esta noticia se supo, por la casualidad 
de haberse podido fuffar uno de nuestros 
soldados que se hallaba prisionero. En su 
consecuencia, en la madrugada del %i de 
Mayo, salió una columnita compuesta 

(1] Dajabon está situado á orilla de un 
rio límite de las dos pNotencias. Al otro 
lado eerlá el pueblo haitiano llamado /«a- 
na Méndez, de manera que los vecinos de 
uno y otro lugar, pueden hablarse desde 
sus casas. En Juana Méndez hayabun- 
danciatle víveres y efectos de comercio. 
Cerrando este paso á los insurrectos, hu- 
bieran recibido gran daño, pues conti- 
nuando la frontera hacia el Sur solamen- 
te -á' distancia de dos leguas hay los pa- 
sos de Capotillo, Piedra Blanca y la Joya. 
Tomados estos puntos, todo lo demás es 
BMnt» y sierras inaccesibles hasta la pro- 
vinoiadeA^a. 1(. del A^ 



del 5? batallón de infantería de Iklárína» 
una sección de artillería y otra de caba- 
llería. Encontrar al enemigo, batirle, des- 
trozarle y destruirle su campamento, fué 
obra de un instante, teniendo ocasión la 
caballería de hacer bastantes bajas en 
una brillante carga que dio. 

En aquella acción mandó las fuerzas 
españolas, el coronel de estado mayor don 
Félix Ferrar y Mora, después justamente 
recompensado con el ascenso á brigadier 
por su valor y porque en aquella ocasión 
como en otras muchas, justificó su infa- 
tigable celo y pericia que le conquistó en- 
tre sus subordinados el mismo apodo del 
famoso guerrillero de los Estados-Unidos 
á quien Uamaban Cal-t/'-Canto. 

El dia 30 se verificó otra correría como 
la anterior pero sin resultado. Hé aquí 
como daba cuenta de ella el verídico cor- 
responsal del diario de Cuba: 

Monte-ChristiSl de Majo de 1864. 

Sr. Director del Diario, 

«Mi afectísimo amigo: Ayer hemos dado 
á.los cobardes la paliza número tres des- 
de nuestra llegada á este pueblo. 

Sabedor el Excmo Sr^ general Qandara 
or un vecino de aqui presentado, que 
os enemigos en considerable número an- 
áeibanporlas inmediaciones de la n^n- 
cheria La Maguaca y por detras de La- 
guna verde distante uno y otro puntQ co- 
mo tres leguas, ordenó la salida de una 
ec^lumna compuesta de tres bata^qnes, el 
de España, el 1.^ de Marina y cazadores 
de Isabel II, sesenta caballos v síes pie- 
zas de artillería. El batallón de Isabel II, 
tomó el camino de la Maguana con una 
tercera parte de la caballería y las piezas 
y la fuerza principal mandada por' el jefe 
de la primera bf igada el señor conde de 
Valmaseda, tomó el camino derecho de 
Guayubin. 

Llegada ésta Columna al caserío' de La- 
ffuna-verde, qu« es ^n sitio llano, despe- 
jado y pintoresco como una risueña pra- 
dera, la encontramos solitaria y solo sem- 
brada de trecho en trecho, de algunos ca- 
dáveres ya pestíferos dé los msurrec|;o8 
que allí habían intentado resistir á nues- 
tras tropas el dia 24. 

La noticia era que los sublevados vaga- 
ban por aquellas inmediaciones, y el se« 
ñor brigadier Villate, decidido á buscarlos 
donde quiera que estuvieran para que no 
sucediera como el dia del Corpa?, que ha 

19 



Ic 



--láé- 



&í<Ío infructuosa niíestra marciha en busca 
del enemigo, dio descanso á la tropa cu- 
briendo el campo de las competentes avan- 
zadas, con ánimo de proseguir después el 
mismo camino. 

, . Media hora babria trascurrido tran- 
quilamente, cuando por el costado dere- 
cho que cubria una compañía de España 
se oyó nutrido fuego. Por aquella banda 
habia manigua espesa, á cuyo abrigo se 
contaban seguros los enemigos; pero re- 
forzada instantáneamente aquella com- 
pañía, al grito de viva la reina, y al soni- 
do del ^ealacrierda penetraron nuestros 
soldados valientemente por la espesura, 
arrojando de ella á los contrarios. 

Corriéronse hacia la izquierda á un si- 
tio algo más despejado, y fueron sorpren- 
didos y acribillados por fuerzas que con 
mucha previsión ó inteligencia habia co- 
locado el brigadier que mandaba la ac- 
ción. 

Crecía se multiplicaba á nuestros ojos 
la fuerza enemiga, y pudo entonces ases- 
tarla repetidos disparos la artillería, que 
la desconcertó. Hasta el mismo conde de 
Valmaseda apuntó dos piezas que hicie- 
ron estragos en los cobardes. 

Emprendieron su retirada buscando su 
salvación en la espesura del bosque, y 
allí fueron también acomstidos. 

Hora y media duraba ya el fuego, cuan- 
do el brigadier pasó una orden á la infan- 
tería, que con excesivo arrojo se habia 
adelantado, y al retroceder, intentaron 
los insurrectos picar su retaguardia; más 



luego hubieron de desistir de du ptop<ísi- 
to, porque tainbien se habia adelantado 
convenientemente una secdon de arti- 
llería y la caballería, que en un momen- 
to oportuno y decisivo disparó sus piezas 
y se amagó una carga vque llenó de cons- 
ternación á los enemigos, que hnyeron 
despavoridos para no volver á dejar- 
se ver. 

Al bataUon de Isabel H que llegó i. la 
Maguaca y allí comió el rancho, le sa- 
lió también otro grupo de cobardes, ean 
(][uienes tuvo buen rato de fue^ haste 
igualmente dejarlos escarmentados. 
- El enemigo debió suftír muchas bajas 
en esta jornada, pues k pesar de su esqui- 
sito cuidado en retirar siempre que pued« 
sus mu^tos, vimos por el campo mas de 
veinte, y tomamos un prisionero que 

Erobablemente morirá, pues está mal 
erido en el pocho. 

£1 batallón de Bsi>aña qne fué el que 
más se batió ha tenido ocho bajas, dos 
el de Marina y tres el de Isabel II. 

Adiós, amigo mió, hasta que tenga al- 
guna otra novedad que participarle su 
affmo. S. S.— H.» 

«5 de «7«»to.— Hasta hoy en que remito 
la anterior carta por falta de vapor para 
ese puerto, no ha ocurrido nada.» 

Com estos acontecimientos de tan po- 
quísima importancia pa&íaban dias y días; 
sin que los dominicanos diesen senas de 
hostilidad, ni los españoles pensasen en 
moverse. 



V. 



EL PUEBLO DB MONTE-CHRISTI, 



Calidad de los ediñeios.-'La campiña.— Sus contornos^ Su cielo y olima.^Sli 
prosperidad bajo el mando del general Izc^uierdo. 



Tanto se dijo y habló de Monte-Chris- 
ti| de sus fuertes, de su puerto y de sus 
desmesurados cañones desde que se trató 
de que una expedición fuera á su con- 
quista, que aquella población creció en 
el ánimo de los curiosos, hasta hacerles 
creer que seria una plaza fuerte 6 una 
piudad importante* 



Cuando se tomó, el parte oficial de la 
acción desengañó á los más ilusos, ha- 
ciéndoles ver que la tan decantada po- 
blación la formaban cuarenta v ocho ma- 
los CKSuchos de ramaje y palos, el que 
mejor de tablas, sin que ninguno tuviese 

Í)aredes de mamposteria ni una t«ja en 
as techumbres, que eran de «Taguas. 



- UȒ- 



si eampo, méralmenté mtMiáco en 

la isla, es en Monte-Christi triste y árido. 
En varias leguas en derredor del pueblo 
no se halla cultivada la tierra, ni se en- 
cuentra árboles frutales, ni cafia, ni aun 

E látanos, pareciendo increíble que sus 
abitantes tuviesen tan abandonada la 
agricultura. 

£1 arbdlado que empieza cerca del mar, 
sigue formando hacia el interior inmen- 
sos bosques, en los se encuentran made- 
ras de construcción y de tinte, en su ma- 
yor parte campeche. 

El pueblo de que nos ocupamos, está 
situaao en una llanura que forma una 
suave ludiente ^ hacia el mar, que dista 
mil quinientos metros al Norte. Al Sur 
está una pequeña loma como á dos cien- 
tos ó trescientos mettos. Al N. E. for- 
mando parte del puerto, hay una monta- 
fia de que toínó su nombre la población, 
que es sumamente parecida al peñón de 
dibraltar, vor su tamaño, por su eleva- 
ción y forma. Al poniente se venios azu- 
lados montes de la parte haitiana, des- 
cubriéndose en la misma dirección y á la 
simple vista, el punto donde cae el Gua- 
rico. Por el Sur, ó tierra á dentro se dis- 
tinguen también las situaciones de Daja- 
bon y Guayubin. El primero ha sido 
tiempo atrás un vecindario importante, 
pero su situación sobre la frontera, fué 
causa de que fuera incendiado en varias 
ocasiones, no siendo en la actualidad sino 
un pequeño grupo de bohíos. El segun- 
do aunque es poolacion de unos cincuen- 
ta casuchos, es estratégico por estar á 
orillas de un rio y dista seis leguas por 
el camino de Santiago, Estos.son los más 
importantes pueblos que tiene por veci- 
nos Monte-Ohnsti, pues la Maguaca á 
tres leguas y Laguna-Verde á dos, son 
pequeñas agrupaciones de bohíos; pu- 
diendo hallarse por el interior de ios mon- 
tes, alguna que otra solitaria barraca 6 
conuco. (1). 

En el rigor del estío, reina una cons- 
tante brisa durante el día, que es á veces 
molesta, por demasiado fuerte. Las no- 
ches y las madrugadas son de una tempe- 
ratura inmejorable pues no hay relente, 
ni se siente calor ni frío. En su zona 



(1) Se llama COMIDO en Santo Domin- 
go a la casita de labranza, llamada es- 
tancia en la isla de Cuba. Bohío es la ca- 
sa ó barraca, y el conuco es esta, con la 
tierra labnuú. 



-Uu ve muy poco y mientras en la mayof 
parte de la isla se sufiren grandes tem- 

' péstades y diarios aguaceros, en los me- 
ses de verano, allí se goza de un cielo des- 
pejado, lloviendo solo algunoí^ dias de los 
meses de Abril y Mayo y de 'Setiembre y 
OcMre. 
Aseguran los dominicanos, que cuando 

Í)or el mterior de la isla, hay enfermos de 
arga curación, les mandan los médicos á 
respirar los salutíferos y puros aires de 
Monte-Chriati. A pesar de esto, cuando so 
pronunció el verano, conoció la división 
su inñuencia, aumentando el número de 
sus enfermos, si bien la enfermedad úni- 
ca desarrollada fueron las calenturas, ca- 
si nunca malignas por más que solían 
complicarse con penosas disenterías. 

También se presentaron algunos casos 
de fiebre amarilla, llamada vulgarmente 
el vómito; pero fueron en tan escaso nú- 
mero en relación al de los jóvenes solda- 
dos que pasaban en América el primer 
estío, que ellos mismos vinieron á con- 
firmar las buenas condiciones higiénicaa 
de la localidad. 

Al llegar á este punto de nuestra his- 
toria, creemos un deber de conciencia el 
" tributar un homenage de respeto y con- 
sideración al comandante general de 
Monte-Christi, Mariscal de Campo D. Ra7 
fael Izquierdo^ que consiguió poner la di- 
visión confiada á su mando á una altura 
envidiable, en instrucción, disciplina y 
policía, á pesar de las eterogéneas proce- 
dencias de los cuerpos que la componían. 

A su incansable celo por el bien del 
soldado, á su esquisito tacto, á su inque- 
brantable carácter, se debe sin duda al- 
guna, el que no decayese el entusiasmo y 
la moral en aquel campamento^ que sin 
temor de equivocamos podemos asegurar 
hubiera sido admirado por los militares 
extranjeros de las naciones más ade- 
lantadas. 

Aquella división llegó á confiar tanto 
eñ las dotes de su general, que no había 
individuo alguno que no creyese que él 
solo hubiera concluido con la insurrec- 
ción. 

Como comprobación de la actividad 
que el general Izquierdo imprimió á sus 
tropas, copiaremos á continuación una 
correspondencia, que desde el campa- 
mento dirigió un oficial á la Qacetilla de 
Zaragoza^ y en la que se dan detalles de 
las mejoras que hicieron nuestros solda- 
dos en la plaza de Monte-Christi; 



- Itt- 



^Huy flenores mio0; todavía &o he hablv 
dú á Vds. en mis anteriores de los buenos 
y útiles seryicios que el cuerpo de hi^- 
nieros ha prestado en este punto, y sino 
lo he hecho no ha sido por desconocer- 
los, sino porque quería dejar trascurrir 
algún tiempo para ver terminadas las 
obras que habia en construcción y que 
con tanto celo y actividad se him líevado 
i cabo. 

Me remontaré á la fecha en que se tomd 
este punto, para que puedan Vds. for- 
marse una idea más exacta de cuanto se 
ha trabajado. 

En Mayo de 1864 el pueblo de Monte- 
Christi lo constituían unos 50 bohíos, 
dos 6 tres casas de tabla y una iglesia 
también de madera, de muy pobre y su- 
cio aspecto, y todo esto sin orden m con- 
tsierto, pues no formaban entre sí calle ni 
plaza alguna. 

£1 Monte-Christi de hoy lo forman 
unas 150 casas muy buenas, algunas de 
ellas con dos pisos, un matadero, una 
tahona, dos grandes depósitos de provi- 
siones, una bonita iglesia bien decorada 
y siete hospitales. Además, cerrando el 
pueblo, se hallan seis grandes barracas 
que sirven de alojamiento á igual núme- 
ro de batallones, y se encuentran otras 
cuantas en construcción. Todo esto for- 
ma tres grandes plazas, á las que afluyen 
todas las calles que son en extremo anchas 
y rectas. A las barracas-cuarteles que 
circunvalan el pueblo, se les ha dado las 
condiciones que exigen las convenien- 
cias tácticas, formando entre ellas una 
línea de defensa parecida ^ perímetro de 
un reducto. 

La playa que se hallaba desierta pare- 
ce hoy un pueblo; allí se encuentra la 
Aduana los depósitos c«nerales de provi- 
siones, el parque de Aaministracion mul- 
tar, los almacenes de particulares, el de- 
pósito de hielo, las máquinas de desalar, 
el agua, un cuartelillo para la guarnición 



y un hospital, habiéndose eonstroi^ sde^ 
más un muelle que entra más de cien va- 
ras en el mar. En todas estas obra^ ha 
tomado una parte muy activa el comer- 
cio, que ha abierto en este punto esta- 
blecimientos de todas clases. 

En cuanto á las obras de fortiñcacio- 
nes los dos fuertes de San Francisco y 
y San Pedro, bastan por sí solos para ha- 
cer ver que el Cuerpo de Injgenieros ha 
Uenado perfectamente su misión. El pri- 
mero es una verdadera fortaleza, todo de 
piedra en seco, capax de contener muchas 
merzas, y en disposición de ser defendida 
por pocas; tienen dentro de sus muros 
cuarteles, polvorines, laboratorios, par- 
ques de Artillería é Ingenieros v puede 
cerrar dentro de sí recursos suncientes 
para nutrir á una división oue operase 
en el interior. El segundo llamado de 
San Pedro diatante de un tiro de íu«l del 
pueblo, es un pequeño fortín de igual 
construcción, capaz de 100 hombres, si- 
tuado en una gran altura, que domina 
todos los caminos que conducen al inte^ 
rior, siendo de mucha importancia por 
ser en realidad el centinela avanzado de 
este campamento. 

Siento oue los límites de una carta no 
me permitan descender á detalles q^ue si 
bien de escasa importancia no dejarían de 
ser leídos con interés por cuantos se in- 
teresan en el bien de nuestro eiército. 

Concluiré por hoy, diciendo á Vas. que 
el domingo 12 de Marzo se abrió al núblico 
el precioso teatro que el general de la 
división mandó construir al cuerpo de 
ingenieros y que este con su celo acos- 
tumbrado, lerminó á los veÍAte días de 
recibir la orden. Se ha organizado una 
compañía lírico-dramática, compues a 
de individuos de las clases de tropa, que 
actuarán «n él los jueves y domingos. 
Las músicas de los cuerpos amenizaián 
las fiestas.— Un Oficial. — Monte-ChrisU 
3 de AbrU de 1865.» 



•- m - 






í 



1 I 



VI. 



BSCASEZ DB AGITA. 



XI cauo« del Yaq[ue.— Las lagQnafl-^ La ración de agua.— Los pasados y notí- 
cías de donde liabia agua, ^piarías ^xpedicionos á )>9ber.-r-Aocion de I^ 
aguada al 2d de Junio, , 



La sequía,. importó en los primeros 
dia3 del mes de Junio una cuestión de 
suma gravedad. 

Monte^Christi no tenia fuentes, ni rio. 
Sus vecinos abrieron en todos tiempos 
profundos pozos, pero con desgraciado 
éxito, pues daban agua sidobre y en muj 
escasa cantidad. 

Hasta fines del siglo ultimó el rio Ya- 
que pasó muy cerca de la población, pero 
un terremoto hizo variar su curso á dos 
leguas al interior, cerca de la ranchería 
«La Maguaca» y fué á salir al mar por la 
bahía de Manzanillo. El cauce antiguo se 
llenó de agua salada y formó el caño 
que con tantas dificultades vadeó la (jli- 
yision. , 

El ángulo que forma el nuevo cauce 
con el antiguo, se ve muy claro y en él 
bebían nuestros soldados, cuando ha- 
cían larsaa descubiertas á los primeros, 
días de lá ocupación,, A - nuestrp juicio^ 
nos parece fácil y poco costoso el nacer 
tomar al Taque el curso que por tantos 
siglos llevó. Si esto se huoiese hecho, el 
eiercito de ocupación no habría carecido 
de agua, y allí donde sglo existían di** 
ficilmente unos cuantos bohíos, se hu- 
biera levantado una buena ciudad. 

£1 corto vecindario ófi Monte-Chrísti 
se surtía de unas que se llamaban la- 

Sunas, pero que solo eran unas pequeñas 
esigualdades del terreno, donde sí^l aseo, 
ni arte, se quedaba estancada el agua, 
llovediza, expuesta al sol, ^l polvo y á to-.? 
das las incidencias de la intemperie. 

La división tuvo en los primerps días 
que ir á estos puntos (atantes mil me- 
tros, para surtirse del agua necesariapara 
sus ranchos; pero con la sequía se empe- 
laron á agotar aquellos depósitos, y solo 
entonces se conoció su inmenso valor. 



El general en jefe, preveyendo el caso, 
se anticipó á la necesidad, organizando 
un servicio de vapores o^e iban á Man- 
zanillo á llenar i>ipas deiTaque, que des- 
Sues se distribuían á los cuerpos á razón 
e cierto número de cuartillos de agua^ 
por plaza, que nunca recibió menos de. 
cuatro ni mas de ocho, con cuya cantidad 
,se habían de guisar los ranchos y atender, 
á todas las necesidades. 

El soldado no debió pasar sed, pero le. 
bastó .saber que estaba á ración de agua 
para que la ansiase más que un hidropi-^ 
co (1) , si bien esto no dio motivo al me-, 
ñor síntoma de indisciplina, en aquellas 
valientes y subordinadas tropas. ^ 

Agotáronse por fin las lagujoas; los sol- 
dados y el ganado bebían agua traída; del, 
Yaque, y en el campamento no faltá^ba! 
que beber; ^o había ansiedad por salir, 
oe aquella, situación que llenaba, de tris^ 
^ tQza y desesperación al cuerpo, ál que le 
' resultaba alguna pipa salada 4 salobre,, ó, 
al> que por causas imprevistas se lé rom- 
pía alguna en el acarreo desde el muelle.. 

Desae la llegada á Monte-Christi el 17 
de Mayo hasta mediados de Junio, pocos 
fueron los presentados. En los primeros, 
días se aparecieron cuatro soldados, de , 
los que cayeron prisioneros al estaUar la, 
insurrección, y que pudieron escapar del 
lado de los negrosjt a quienes servían en. 
clase de esclavos. Otro se presentó el dia¡ 
veinte de Mayo, pero .tan norriblemente 
, acj^^chíllado, que solo sobreviva, des días, 
en los cuáles pudo manifestar que al &uii 

te— ^— a>— ^-1 ^^^^i^i^ 

(1) En los hospitales se hizo sensible 
en los primeros días la cuestión de agua, 
pues algunas pipas salían saladas, y los 
enfermos no podían beber, pero este con- 
flicto duró poco.— N. del A. 



^m^ 



liáeia nnestro e&mpo, le habia alcaniado 
un neg^o que le dio de machetazos hasta 
que le creyó muerto. 

Yino también al campamento una fa- 
milia del país compuesta de marido, mu- 
jer y cuatro hijos, ¿ quienes ligaban re- 
laciones de amistad con yarios de los je- 
íes de las reserras que nos acompañaban 
y que se decian partidarios de la domina- 
ción española. 

Por fin, i mediados de Junio, se nos 
unió tm vecino anticuo de Monte-Christi 
que al ver la penuria en que se estaba, 
por la escasez de aguas, indicó otras la- 
gunas mas abundantes que las agotadas, 
como á una leeua de distancia sobre el 
camino de Santiago. Esto pareció un ha- 
llazgo de incalcu&ble valor. 

El capitán general dispuso en su con- 
secuencia, <me por las mañanas salieran 
todas las caoallerias y ganados, acompa- 
ñados de un batallón, con el fin de llenar 
en el punto indicado cuantas vasijas se 
pudiesen, para de este modo aumentar la 
cantidad que dé ración recibían los cuer- 
pos. Hizóse asi sin la menor oposición del 
enemigo, hasta que el dia m trató de opo- 
nerse, sorprendiendo con su fuego ala 
fuerza de escolta; pero bien pronto fué 
puesto en fuga como de costumbre, con- 
tinuándose la operación hasta su tér- 
mino. 

Este incidente al parecer insignificante, 
dio & conocer que los insurrectos se ha- 
bían propuesto molestar la operación ^e 
la aguada que era larga jr difícil. Supo- 
niendo que á la mañana siguiente vx>lye- 
rtá á^Nresentarse el enemigo, salió el con- 
voy con las precauciones y orden de cos- 
tumbre, pero con la brigada del valiente 
conde de valmaseda, de escolta. Como á 
tiro de fusil de las launas, la guerrilla 
que iba de vanguardia, descubrió una 
emboscada de negros, que esperaban po- 
der hacer fuego a quema-ropa. Empezó 
el fuego de una y otra parte; pero como 
siempre fueron arrollados y perseguidos 
á la bayoneta mas de una l^pia, dejando 
algunos muertos á trueque de uno y va- 
rios heridos que taro la fropa. 

Hé aquí la orden general dtell.*^ de Ju- 



lio y en Ja quese trata del suoeao tdb« 

rido: 
«El Excmo. Sr. Cai^tan Creneral y ea 

Iefe de |este ejército, en uso de las atn^ 
)uciones que le están conferidas, ha te^ 
nido á bien conceder la cruz de María 
Isabel Luisa f)ensionada con 10 reales 
al mes al solaado del regimiento de Es 

Saña José Chantre Qiiirós y al cabo 1.® 
e Isabel II, A.ngel Valle Samper y solda- 
dos del mismo cuerno Joaquín Benavea- 
te, Juan Nicolás y Miguel Cabanes, que 
resultaron heridos en la acción sostenida 
el 25 de Junio próximo pasado en el ca • 
mino de Laguna-Verde. Asimismo ha 
dispuesto S. E. que ^ haga saber en k 
orden general lo satisfecho que está del 
compo^taniiento de todos en (Uclui' acción, 
y en particular de los que cita en su par- 
te el Excmo. Sr. ÍBrigadier Conde deBal- 
maseda, que mandaba las fuerzas que á 
ella concurrieron, Que son: Jefe de la pri- 
mera media brigaaa Coronel D. Nicolás 
Aí^enti, Gefe de E. M. de brigada Co- 
mandante D. Eduardo Gamír, ayudante 
de órdenes c<miandante de' caballería don 
Luis Portero y teniente D. José Bonanza: 
los jefes de los batallones coronel tenien- 
te coronel D. José Fernandez Lojgorrí, 
del de cazadores de Isabel IT, teniente co- 
ronel D. Agustín Búrgos,.de los de Mari- 
na, D. Dsogracias Hevla, del de España. 
Los capitanes de artillería D. Ekluardo 
Reylein, de infantería D. Eduardo Herre- 
ra, D. Mariano Peñas y D. Manuel Palo- 
mino, j los de igual clase de infantería 
de marina D. Joaquín Alvacete y D, Ma- 
nuel de Lara. — Lo que de orden ^e S.E. 
se hace saber en la general de hoy para la 
<|ebída publicidad y satisfacción de los in- 
teresados. — ^Pelaez.» 

Aprovechándose la sequía» se limpia- 
ron perfectamente las lagunas del cam- 
pamento, que no tardaron en llenarse 
por abundantes é inesperados aguaceros. 
Más tarde se trajeron de los Estados- 
Unidos máquinas de vapor, para desalar 
el agua del mar, que se colocaron ea la 
playa, y entonces dejaron de ser diarias 
las expediciones de los vapores que iban 
á Henar la pipería al rio Taque« 



mm 



- 181 - 



- -^« I «^ #*X >««, 



VII. 



ASI6TBNCIJL DEL SOLDADO. 



Hospitales.-— Alimentoi.--TlendM.— Haberes.-— Vivanderos. 



Bl sold&do español llegó á estar en 
Monte-Christi perfectamente asistido. Ña 
creemos haya estado mejor el de ningún 
otro ejército. 

Los enfermos descansaban en limpias 
camas, dentro dé mafi^nífícos barracones 
de madera techados -ce cinc, y el cuerpe 
de sanidad manifestaba el ma^or celo y 
eficacia. Sos alimentos y medicmas eran 
siempre de bnena calidad y apropiados á 
lo que exigia el estado de cada cual. 

La tropa, los oficiales ^ los jefes, re- 
cibían diariamente buena ración de pan 
fresco, devino ó aguardiente, café, azúcar, 
carne fresca (cuando la habia, que era 
casi siempre) tocino, arroz, judías ó gar- 
banzos, aceite y tasajo. Para el ganado 
no faltó nunca buen nienso de maiz, heno, 
avena y salvado, además de los buenos 
pastos que casi siempre tuvieron los cam- 
pos, contribuyó á que se mantuviese en 
buenas carnes. 

La admmistracion militar demostró 
mucha inteligencia y celo, trabajando 
quizás por encima de sus fuerzas, y lo- 
grando conquistarse las simpatías de los 
q\ie la miraban con prevención. 

Todo el ejército dormía bajo buenas 



tiendas marquesinas, y cada cuerpo edi- 
ficó un número proporcionado de sombra-, 
jos, donde la tropa descansaba mejor aue 
debajo del lienzo á las horas de mas calor. 

A cada soldado se le daba en mano, des- 
pués de su buen rancho, una peseta nara' 
que la gastase á su gusto, y estaba oien 
vestido y perfectamente armado. 

A los pocos días de establecido el cam- 
pamento, llegaron á él tantos vivanderos 
de diversos puntos de las Antillas, que al 
mes, lo que antes ^ra un informe montón 
de casuchos, presentaba muy agradable 
aspecto por las muchas casas nuevas que 
los comerciantes levantaban, y que uni- 
das á las obras que se emprendían por la 
tropa, daban á Monte-Ohnsti la forma de 
un Donito pueblo tal como le hemos des- 
crito en el capítulo correspondiente. 

Cierto es que los vivsinderos hicieron 
un verdadero servicio al campamento, 
surtiéndole de todo lo indispensable que 
podía necesitar la división; pero también 
es cierto que vendían sus artículos á un 
precio fabuloso, no pudiéndoseles sujetar 
a tarifa como se habia hecho en otros^ 

S untos de la isla, incluso en 6l désdicha- 
Quanuma. 



vm. 



OTRA SALIDA Di Lk aUAENlClON DB SAMANA. 

Stpirita militar.— Sorpresa del enemigo.— Imprevisioa.'— Los deatladéróe.— 
La casa del blanco por el negro.— La oolxunna perdida *-^8ii casual sal- 
vación. 



Los batallones, segundo de infantería 
de Marina y cazadores de Oádiz^ estaban 
hacia varios meses en Santa Barbara de 
Samaná, sufriendo los terribles efectos de 



aquel mortífero dima. Los hombres se 
acababan sin gloria, sin recompensa y sin 
que nadie^se acordase de sa desgraciada 
situacionf 



--' m - 



Los jeftes ^ oáeiales de estos cuerpos, 
^ue haDían ido á la guerra llenos de pa- 
triótico entusiasmo, se desesperaban ante 
la triste perspectira, de ver sucumbir por 
centenares á su gente, no por las balas 
enemigas, sino por la inclemencia del 
clima, y ansiaban la ocasión de cumplir 
al^na vez con su misión. Al efecto, su- 
plicaron al brigadier marqués de la Con^ 
cordia, que de^e Abril haoia reemplaza- 
do en el gobierno al general Hungría, que 
ordenara una salida de la guarnición al 
campo enemigo. 

Como la efectuada en 22 de Marzo, ha- 
bía dado el buen resiütado de la presen- 
tación de veinte familias rebeldes, tenia 
buena disculpa la concesión del goberna- 
dor 7 aun fue plausible la determinación 
y buen espíritu de los batallones. 

En su consecuencia el 3 de Julio salió 
de Santa Bárbara una columna que se di- 
rigió al Téson donde los contrarios tenian 
su guarida ó cantón en el que otra vez 
fueron sorprendidos, fugánaose al acer- 
carse la tropa. 

^Como el objeto de esta, era principal- 
mente mortificar ¿ los rebeldes para 
obligarles á deponer las armas, se pren- 
dió fuego á 19 casitas ó bohíos que por el 
monte vieron esparramadas, cometiéndo- 
se la imprevisión de disponer que en el 
mismo áüLtio y al fuego de las llamas, des- 
cansase la columna y comiese el rancho. 

Esta imprudencia costó muchas vidas, 
poniendo a las tropas en el mayor com- 
promiso del que se salvaron milagrosa- 
mente, pues los enemigos, avisados en 
toda la comarca por el humo y las llamas, 
acudieron ejx derredor de sus jefes, que 
rabiosos al ver arder sus propiedades, tra- 
guaron el plan de venganza. Para consu-^ 
marla, sfr repartieron los puntos más di- 
fíciles y escabrosos por donde tenia que 
pasar ái tropa y se apostaron en peque- 
nos grupos. 

Cuando la fuerza regresaba con el dis- 
gusto de no haber pocudo batir al enemi- 
go, se le presentó la ocasión de agotar sus 
municiones y de gozar de las más terri- 
bles impresiones de un dia de combaíte. 
. liOs primeros disparos que hicieron los 
negros fueron certeros, como que cada 
uno elegía tranquilo su víctima. La tropa 
a4ii sorprendida, tuvo un momento de 
confusión, c[Ue lai hizo vacilar, pero i la 
voz de sus je^Bs y oficiales que gritiaron 
fn^o é ianie $$ m» íihw^» hizo una nu« 



trida descarga sobre una verde e vnoteú^ 
siva enramada. Apenas oída rompió el 
enemigo un fuego lento pero sostenido por 
vanguardia, retaguardia y flancos. 

Nuestros solc&dos eran nuevos en 
aquella guerra y no sabían esconderse 
como sus contrarios. En grupos, en 
remolinos, presentando inocentemente 
gran fondo y blanco, hacían fuego nutri- 
do contra un enemigo invisible. Los jefes 
y oficiales eran también nuevos y no co- 
nocían la voz de «á la manigua,» que 
horrorizaba y ponía en fuga al enem^o. 
A esa voz en los batallones veteranos, «1 
soliiUuio se diseminaba» se metia por la 
espesura del bosque, con mucho oído, 
con mucha atención, armada la bavoneta 
y el dedo en el gatillo, empezándola ca- 
za del negro, del mismo modo que este 
hacia la del blanco. Cuando se adoptó 
este sistema, perdió muy pronto el domi- 
nicano, la ventaja con que inaguró la 
guerra. La primera descarga en uia em- 
boscadas, era suya, es verdad, pero 
cuando veía penetrar al soldado Heno de 
valor, en las malezas, huía y no presen- 
taba más defensa. Por esto se ha repeti- 
do tanto y tanto en esta guerra la pala- 
bra de «ala bayoneta.» 

Muy mal parados ll^^on á verse los 
que habían salido de &maná. Agotados 
sus cartuchos, extraviados de su cami- 
no por un falso guia, que se pasó á los 
contrarios, borrada la senda, la noche se 
les echaba encima y el enemigo les per- 
seguía gozoso. 

T)e este difícil y apuradísimo trance, 
les salvó una casualidad providencial, sin 
la cual todos los de la expedición huláe- 
sen perecido. 

A tientas por la espesura del bosque y 
siguiendo el natural declive del terreno 
montañoso en que se hallaban, salieron á la 
orilla del maj; más no por estar allí esta- 
ban seguros, muv al contrario, presenta- 
ban un blanco mas descubierto al pei^tí- 
naz enemigo; pero quiso la Provideaieia 
que allí se encontrase una lancha cañone- 
ra que había salido á recorrer la costa y 
merced al apoyo de sus carteros asparos 
de artillería, pudieron retirarse los res- 
tos de la tan castigada expedición. 

Esta fué la última salida que durante 
la guerra hizo la guarnición de Samaná 
Y -la última novedad militar q«ie allí 
nabo, digna de mención. 



— .183 



rx. 



6ANTANJL POR EL SETBO. 

Incremento de la insurrección. — Recursos de Q-uzman. — Situación de SantanA 
— Provisiones.— Gritos de los insurreetos. —Contemplaciones. — La muerte 
del general Suero. — Belevo de Santana. — Su fallecimiento. 



La necesidad de seguir en lo posible el 
orden cronológico de los acontecimientos 
nos hizo dejar al marqués de las Carreras 
en Hato-Mayor, teniendo que habérselas 
con su compadre, antiguo ayudante y 
amigo el teniente Antón. 

Hemos dicho que el triunfo de Santana 
en Pulgarin podía darle la pacificación 
de la provincia. Y en. efecto, síntomas 
hubo de que así sucediera, pues en cuan- 
tos puntos había destacamento de fuerzas 
españolas, se presentaban los vencidos 
por docenas, siendo bien recibidos y ob- 
sequiados. 

£1 teniente Antón .no pensaba, empero, 
como sus conciudadanos, y ayudado de 
Íbu prestigio en el país y de cuatro des- 
graciados como él, recorrió incansable los 
bohíos todos de la comarca, seduciendo á 
unos, engañando á otros y arrancando 
por la fuerza á los más, y de este modo 
pudo reunir una fuerza de 800 hombres 
que acantonó en los puntos conocidos por 
Yerba-Buena y Sabana-Burro. 

* Impo ente Guzman para continuar en 
tan atrevida empresa por carecer de re- 
cursos, se presentó en Santiago de los 
Caballeros a ofrecer sus servicios al go- 
bierno provisorio. Este los aceptó, nom- 
brándole para el mando en jefe de los su- 
blevados de la provincia del Seybo, y fa- 
cilitándole armas, municiones y gente. 

Asegurado un tanto en el débil pedes- 
tal en que su audacia lo había colocado, 
y contando de; sde luego con el apoyo de 
un gobierno constituido, aunque sobre 
bases poco sólidas, estableció su cuartel 
general en el sitio ya mencionado. 

Conocedor del terreno, no Dodia haber- 
le elegido mejor, pues se hallaba á muy 
corta distancia de los pueblos de Hato- 
Mayor y el Seybo, á los que conducían 



miles de sendas y atajos que él conocía 
perfectamente; su posición era ventajosí- 
sima; por los accidentes del terreno esta- 
ba á cubierto de un ataque combinado de 
las tropas españolas, y estas en caso de 
atacar, tenían que dar un rodeo de cinco 
horas de marcna regular, mientms que 
él podia ponerse en flato-Mayor en una y 
media, y recibir recursos de Santiago en 
seis. También logró seducir á un cente- 
nar de hombres del pueblo de Higüey, aún 
afecto á los españoles, y consigiuó dar in- 
cremento á la sublevación. 

El general Santana tenia su familia y 
haciendas en la provincia, y siendo su 
enemigo mortal Ainton, no debía de estar 
muy tranquilo, con tales sucesos pues 
veía en peligro su fortuna j parientes. 

Teniendo solo á su disposición, las ocho 
compañías del batallón del Rej, debía 
cubrpr una línea de comunicaciones de 
cuarenta y tres leguas (del país) y aun- 
que se esforzaba en pedir refuerzos al 
capitán general de Santo Domingo, no 
se le mandaban y su posición se iba ha- 
ciendo cada día mas critica. 

Al llegar á su noticia la sublevación 
de Higüey con el fin de inspirar alguna 
.confianza á los vecinos, mandó una fuerza 
en persecución de los desafectos y otra 
para que quedara en el pueblo, entrando 
en este la primera, después de dos dias 
de inútiles pesouisas. 

Los cálculos ae Guzman estaban cum- 
plidos, pues su objeto era llamar la aten- 
ción de las tropas de Santana sobre varios 
puntos, para debilitarlas, al propio tiempo 
que las enfermedades las iban diezmando. 

Habia trascurrido el mes de Enero, y el 
de Febrero terminaba, sin que varios ata- 
ques dados á Antón, en sus posiciones de 
Yerba-Buentt y Sabana-Burro, diesen 

?0 



^IJU^ 



Mas resnítado que hacerle refugiarse al 
bosque, mientras las tropas dueñas del 
campo incendiaban sus campamentos, 
que reconstruían de nuevo con palos y 
yaguas, á la media hora de retirarse á sus 
cantones los soldadas del Rey. 

Las muchas bajas que experimentaba 
Antón en su gente no le causaba terror y 
el convencimiento de la imposibilidad de 
hacer frente á unos soldados, que no ha- 
llaban obstáculos ante las puntas de sus 
bayonetas, hizo renacer más el encono y 
deseo de venganza y los que no se pasa- 
ban á las filas enemigas, permanecian 
en los pueblos ocupados por ios españo- 
les, sirviendo de espías, amparados por la 
máscara de la adhesión ó bien explotando 
al soldado. 

La sagacidad y mala intención, llegtí- 
ba hasta el extremo de presentarse por 
docenas después de las continuas batidas 
que sufrían y después de armados, muni- 
cionados y socorridos por orden de San- 
tana, cuando habían Cücaminado perfec- 
tamente la situación y recursos de los 
españoles, se desertaban de nuevo á sus 
filas, entre las que mas de una vez y en 
medio del combate, fueron reconocidos 
por los mismos soldados que días antes, 
compadecidos de su situación habían di- 
vidido con ellos la ración. 

£1 campamento de Guanuma había sido 
evacuado y los insurrectos que dejaron 
de hallarse en jaque por aquellas fuerzas, 
pasaron á engrosar las del teniente 
Antón. 

La insurrección del Seybo iba aumen- 
tando de día en día. Un pequeño refuerzo 
de tres compañías de San Marcial, llega- 
do á Hato-Mayor, alcanzaba apenas á 
cubrir las bajas por enfermedades. Las 
comunicaciones de las tropas de Santana 
con los Llanos y S!ln Antonio de Guerra' 
(camino de Santo Domingo) se iban ha- 
ciendo difíciles j peligrosas. % • 

El cabecilla, titulado gen'eral Luperon, 
observaba á corta distancia de Los Llanos 
las operaciones de las tropas que lo ocu- 
paban y obraba contra los convoyes, de 
acuerdo con el teniente Antón. 

Las guarniciones de Monte-Plata y 
otros puntos, recibieron orden de retirar- 
se á la capital, á causa de las enfermeda- 
.des, y con este motivo se pudieron refor- 
zar las de San Antonio de Guerra, Los 
Llanos y Hato-Mayor, la de este punto 
con el batallón de Ñapóles y resto del de 
^an Marcial. 



Cortadas las comunicacionefl entre éi^ 
tos tres puntos, no era fácil conducir por 
tierra las raciones, por carecer de tropas 
que los convoyasen, y se estableció una 
nueva línea de comunicación por la cos- 
ta, sobre la que se establecieron tres de- 
pósitos de raciones para el ejército, en la 
forma siguiente: uno á orillas del rio 
Soco, navegable para goletas de poco ca- 
lado hasta nueve millas al interior, que 
surtía á las tropas del Seybo y Hato-Má- 
yor, que distaba nueve leguas; otro en el 
pequeño pueblo de Macorís, en donde em- 
oarcaban los enfermos y heridos quo pa- 
saban á la capital, por proporcionar más 
comodidad para aquella operación, y el 
tercero en el pueblo denominado «Juan 
Dolió» para surtir á la guarnición de Loa 
Llanos. La de Guerra recibía cuanto ne- 
cesitaba de fa capital, por hallarse muy 
distante de la costa, pero no sin que los 
convoyes fuesen atacados á la ida y á la 
vuelta. 

Desde el pueblo de Pajaritos, separado 
de Santo Domingo, por el río Ózama has- 
ta el Seybo, todos se habían declarado 
enemigos de España y se habían arranca- 
do la máscara de hipocresía con que esta- 
ban encubiertos. 

Era pública hasta lo sumo, la influen- 
cia que el marqués de las Carrerras ejer- 
cía sobre los habitantes de la provincia dd 
Seybo y debía de ser así, por cuanto en 
ella tenía sus deudos parientes y amigos 
y en este concepto era de esperar, como 
prometió, que calmaría los ánimos y res- 
tablecería ia paz, inspirando la confianza 
que desde tantos años inspiraba; pero le- 
jos de suceder asi, ocurrió enteramente 
o contrarío, pues en los momentos del 
combate se oía pedir, (con expresiones de 
un odio mortal) á los insurrectos su cabeza 
V los del país que se mostraban, neutra- 
les, repetían á menudo haber oído decir á 
los sublevados, que no se batían con las 
tropas espejólas, por el odio quehácia ellas 
sentían, sino por estar mandadas por San- 
tana, de QUíen querían apoderarse. 

No dejaba de ser esta otra de las arte- 
rías de los insurrectos, que no podían te- 
ner tal odio á Santana, que por lo general 
se tomaba más ínteres, por cualquiera 
extraño que por sus tropas, y en prueba 
de ello citaremos algunos de los muchos 
casos que podríamos exponer. Si se pre- 
sentaban á vender caballos, reses ó víve- 
res, no permitía se deshicieran de ellos sin 
(][ue sacasen dos tercios más del malor 



i 



-Itó- 



tpii por ellos pedian. Si sé éogian prisio- 
neros, los armaba y gn>atiflcaba, dejándo- 
los luego en plena libertad, mediante la 
palabra de no hacer armas contra los es- 
pañoles, haciendo respetar al soldado, 
tMijo el más severo castigo, la más peque- 
ña propiedad y acortanao á las tropas la 
ración en tiempo de escasez, para poder 
dársela completa á las reservas, á los pri- 
sioneros y a los vecinos de los pueblos, 
que vendiéndose por amigos, solo eran en 
realidad espías que daban puntual aviso 
á Gttzman de cuanto pudiera interesarle. 

Con los refuerzos de gente ^ue este 
había recibido de la junta de gobierno de 
Santiago, tomó una actitud amenazadora 
7 probó fortuna, atacando varías veces la 
guarnición de Hato-Mayor. Uno de los 
ataques más osados lo dio en la noche del 
seis de Abril, en que con una pertinacia 
poco conmn, de parte de los insurrectos, 
consiguieron penetrar por las caUes de la 
población y Uegar hasta la plaza; pero 
como siempre, fueron batidos y recha- 
zados. 

Era ya evidente que la estrella de San- 
tana se había eclipsado, que su prestigio 
babia disminuido, y que lejos de poder 
contribuir con su presencia á templar los 
ánimos, los exaltaba más y más cada día. 
En esta seguridad el general Vargas le 
suplicó y ordenó que hiciese entrega del 
mando de aquella provincia al general 
Suero, que al efecto pasó á verle; pero 
también esta vez desobedeció. (1). 

Ouflndo Suero recesó del Seybo y se 
Yolvió á encargar & la brigada estable- 
cida en San Antonio de Guerra, tuvo no- 
ticias de que uno de los grupos más nu- 
merosos de enemigos vagaba por aquellas 
cercanías, y proyectó salir en su ousca. 
Entre sus disposiciones entraba la idea de 
obrar en combinación con las fuerzas que 
ocupaban el campamento de Poma-Rosa 
distante tres leguas del suyo; pero en el 
mismo dia que concibió su proyecto re- 
cibió de refuerzo al tercer ))atallon pro- 
visional que acababa de llegar de ^España 
y que venia con el completo de su fuerza. 

A. la mañana siguiente del arribo de 
este cuerpo, recibió el general confiden- 
cias más esplícitas, pues se le designaba 

(1) El general Suero nos refirió en el 
pueblo de Guerra los pormenores de su 
entrevista con Santana, y á las veinte y 
cuatro horas de nuestra conversación, 
murió en el campo de batalla. 



el número de enemigos y el punto qué 
ocupaban, distante apenas una legua, y 
entonces mandó formar ai batallón recien 
llegado, y poniéndose á su cabeza cotí al- 
gunos individuos de las reservas, partió 
en busca de los contrarios. Hallábanse 
estos en el punto llamado el Paso del 
Muerto^ que era un difícil desfiladero ro- 
deado de frondoso bosque, y al que eon* 
ducia un estrecho y mal camino. 

Después de una cuesta, se bajaba una 
resbaladiza pendiente al cabo de la cual 
pasaba un no en cuya orilla opuesta se 
nallaban emboscados los insurrectos. 

Nuestros soldados que iban aquel dia á 
recibir el bautismo de sangre, vencieron 
las principales dificultades y sufriendo el 
fuego traidor de aquellos enemigos invi- 
sibles, llegaron hasta el no experimen- 
tando muy numerosas y sensibles pérdi- 
das especialmente en sus dos primeras 
compañías. Suero y eV teniente coronel 
Torrero,' jefe del batallón, dirigieron per- 
sonalmente á su gente mal preparada pa- 
ra aquel lance: pero que merced á su 
ejemplo se batia muy bien. El enemigo 
empezó cual siempre á declararse en dis- 
persión, sosteniendo solo un fuego muy 
lento que denotaba su alejamiento. 

Empezaban ya á replegarse las compa- 
ñías desplegadas y el general Suero se 
acercó á un grupo de oficiales, para en- 
cender un cigarro; pero cuando Inás con- 
tento se hallaba manifestando su eom- 
placiencia por el comportamiento aguer- 
rido de aquellos bisónos soldados, vino 
una bala, quizás perdida y le atravesó, 
dejándole herido ae muerte. 

A las pocas horas de regresar las tro- 
pas á Guerra, tuvieron el disgusto de ver 
morir á su general. 

Era Suero hombre de unos cincuenta 
años, pero que representaba menos. Su 
color era cobrizo oscuro, usaba de un len- 
gruaje expansivo aunque poco escogido. 
Gustaba de vestir con aseo y se recarga- 
ba de anillos y cadenas de oro. Como dije, 
de su reloj, llevaba el signo masónico de 
un compás y una escuadra cruzada. 

Su muerte fué sinceramente sentida en 
el ejército, en el que se había ganado la 
reputación de valiente, sin que nadie 
dudase jamás de la decisión y sinceridad 
con que había abrazado la causa de Es- 

Í)aña. Hacia muy poco tiempo que se 
e había reconocido por S. M. el empleo 
de brigadier de ejército y con eso se mos- 
traba muy halagado y reconocido. 



-* IM - 



Santana sintió amargamente, como no 
podía menos, la pérdioa de Suero, pues 
veía que iba rápidamente descendiendo á 
la nulidad por la falta de sus amigos y la 
hostilidad de sus conciudadanos. Puede 
asegurarse que desde entonces, dejó el 
marqués de las Carreras, de dar indicios 
de la actividad y firmeza que tanto le ha- 
bian encumbrado. 

El día 2 de Mayo, cuatrocientos hom- 
bres del batallón del Key, mandados por 
el valiente comandante D. Federico Es- ^ 
ponda, dieron una dura lección á Guz- * 
man, derrotándole en su campamento de 
Yerba-Buena y haciéndole 24 muertos 
vistos. La constante actividad de nues- 
tros soldados, que en pequeñas columbas, 
salían á buscar al enemigo atacándole y 
venciéndole siempre sin contar su núme- 
ro, fué causa de que los convoyes de Gua- 
sa y Macoris se pudiesen conducir sin 
obsUoulos. 



'*"Así continuó la provincia del B^fao» 
hasta que en los primeros días.del mes 
de Junio salió da Santo Dominico, el bri- 
gadier D. Baldomero de la Calleja, can. 
una orden del general secundo cato^ pa - 
ra relevar de su puesto^! marqués de las 
Carreras. 

Esta vez obedeció sin replicar j regresó 
á la capital; pero inmediatamente cayó 
enfermo de gravedad y el día 9 de Jumo 
pasó á mejor vida. 

Su cuerpo no fué enterrado en el ce- 
menterio, por temor de que lo proñuiara 
la saña de sus enemigos políticos; se le 
colocó en el patío del castillo de la Fuer- 
za, muy cerca del arranque de la escalera 
de la torre, donde tantas lágrimas habiaii 
vertido las víctimas de las constantes re- 
vueltas políticas de la Isla. 

Obvio es decir, que se le tributaron to- 
dos los honores debidos á su alto rango 
militar. 



X. 



NECBOI.OaiA DBL QENEIUL SANTANA« 



Bu figura.— 8a lenguaje.— ün símil de Colon.— Los periódicos. — Los biógrafos. 



D. Pedro Santana, ha sido una figura 
Que ha ejercido gran influencia en los 
aestinos de su patria y su retrato ha de 
ser obra del historiador. Los paisanos su- 
yos que le trataron y conocieron, le pin- 
taron con colores tan recargados que solo 
consiguieron hacer un boceto de aspecto 
repulsivo. Quisiéramos mejorarla obra, 

Sero á fuer de leales, no podemos menos 
e confesar, que no hallamos en la paleta 
risueños colores. — Cuando el mctdelo es 
ceñudo, ñieragran impropiedad sacar de 
él un Karciso. 

Creemos, sin embargo, que algunas 
pinceladas nuestras, sobre lo que hicie- 
ron artistas anteriores podrán contribuir 
á concluir el retrato, dejándolo si no bien 
pintado, al menos con bastante parecido. 
El hombre de que nos ocupamos llegó 
en Santo Domingo á serlo todo; general, 

S residente de la república, legislador, 
ictador y no bastándole aun eso, ha di- 
cho varias veces cuando se enfadaba que 



también ha sido emperador y rey. Este 
personaje obtuvo del gobierno de España 
el empleo de teniente general, oon el suel- 
do vitalicio de doce mil duros, los hono- 
res de Senador del Reino y el titulo de 
marqué es de las Carreras. Ese hombre 
tan recargado de honores, como solía lle- 
var su cuerpo de armas blancas y de 
fuego era calificado de gran pendejo (1) 
por sus compatriotas. 

La impresión que producía la facha da 
Santana era desagradable y cuando se le 
trataba y se creía conocerle, se le tenia 
por. un hombre verdaderamente funeste 

A su muerj;e contaría unos sesenta 
años. Era alto, ancho de espaldas, des- 
aliñado en el vestir, de tosco aspecto y 
mirada penetrante. Aseguran, que tenia 

(1) Palabra de desprecio cjue usan mu- 
cho los dominicanos y que siempre se les 
óia, cuando desde el bosque retübaa lú 
combate á loa : espa&olca» 



-líV- 



la habOidadde CüBoeof eua&dd selepré- 
aeatiiibaí uAa pdrscHia por piteeri» Tea» .si 
le Uey&ba simpatías o: preveaciones. Por 
lo regular era taciturno y de poco hablar; 
pero Cuando se afectaba por cualquier cau- 
sa tornábase locuaz* Poseía muy mal cas- 
tellano y decía con frecuencia tantos ter 
minadlos que costaba mucho trabajo 
oírle, sin tener ganas de reír. 

Exí^ en las marchas^ aue imitando la 
tropa española, las costumbres dominica- 
nas, marchara en atiera; qué las ringlas 
llevaran la boca del fusil mirando á la 
mahiffMa; y que cada oom^paniica había de 
^Ivtrse esparda con esparda^ en cuanto 
se oyeran los primeros Úricos. 

No pretendemos negar á Santana un 
Taiorq^e tantos le han concedido; pero 
lo que no se le puede atribuir, es la sere^ 
nidad y sangre fría tan conyeniente en 
un general. 

Cuandase rompía el faego se inqnie^^ 
taba, se movía y se xemoria y no estaba^ 
sereno jamás. 

Al discutirse en el Congreso español la' 
conyeníenoia de conáeryar ó abandonar 
la Isla de Santo Domingo, uno de los di- 
putados que defendía lá conseryacion, ha-^ 
bló de Santana haciendo de él muchos 
elogios^ no todos merecidos y le llevó la 
pasión de partido hasta el extrema de 
pedir, que sus restos mortajes ñieseni 
conducíaos á España porqué á' sn< juídix 
había ^o un héroe, que él orador tuyo< 
la desdichada ocurrencia de comparar con' 
el inmortal Colon. Tamaña, blasfemia faé 
contestada por el Sr. Benavides, ministra 
da Estado; con las. templadas i^rasessi-»^ 
gaientesi . •< 

«El Sr. Cánovas comparó á Colón, ¿con 
quién dirán los señores diputados? Con 
el general Santana. No discutiré yo aquí 
la memoria del general Santana; le cubre 
la'ílosa del sepulcro, y est^ para mí le 
haca sag^néo; kamnerttí comí» genial 
al servicio del gobierno español, y esto 
para mí le hace muy respetable; pero 
yo rogaría al Sr. Cánovas que nunca y 
-para nada comparara á Colon con el ge 
neral Santana. La figura de Colon no 
puede ponerse, por desgracia, al lado de 
ninguna de las que descuellan en la his- 
toria de nuestra América, no porque no 
haya habido figuras grandes, tan gran- 
des si se quiere, como la de Colon; pero 
esas figuras, esas figuras grandes, esas 
figuras gigantescas que allí se levantan, 
están todas rodeadas de una aureola si^n- 



grteitei son Itomhrar Agnoff ^r tflork/ 
pero todos ellbs' han aiao ^fénios o» des;' 
truQeÍQn,.y Colon' nufica fue eso; Bamiiy^ 
levantado el nombre . doi Colon, erboa Ter 
cuerdos demasiado grandtoy demasiado' 
puros, demasiado noDles^ para trau^ •&« 
comparación, ' para mezclar su nombre> 
con el del general Santana, ni con nin- 
guno de los generales ni de los lefes/qv^r 
han tenido la desgracia de hacer la. 
guerra con todas las canseeueiiciasi cotkr 
todos los extravíos, con todos los horro* 
res con que se ha hecho en ésa: isla, :camo 
he dicho antes, semiafricatia^ si no afn^> 
cana, ó* mas que a&icana, de Santo* I]^r 
mingoi» 

Bl marqués de las Carreras^ tuiro eL' 
triste privilegio de ser ju^do eoi. vida. , . 

Esiñnegable que los actos de loa hem^* 
bre» son £ks páguQíafl de «u historia. 

Cuando con su! división, : estalla j eft) 
Gruanuma, publicaban! los períódícea del 
Madrid uña. memoria^ sobre Sdúto -Do*- 
nnng04iex]r;qfie as^deoian'de él; cofiaB: poco 
lisonjeras. EntóneesTÍvia(el:bdfiq(ttfi)iídi»* 
y.poaB-impiiSiiaiioaa8er!to8si.eiaflb ied* 
sos y ' viniiieánte dér lo8< dwoffi caii|^ r-qné: 
se le hadan, tanto más eupato qnetloa^ 
periódieos que publicaron laiinemofia se' 
repartieroa' ton proñuiion áa la eapítalida' 
la isla; pero ei.iio»iweerlo^ nos demostré^'; 
uflii vez liiásy !qu0 contra'ia lógica! dávl^al 
hechos, no hay argumento posibleiu >. ; . 
' La historia es- inexorable. Sí á la V40ta 
de los'sucesos, qt^ aun vertían sangre, . 
ha habido quien pretemüa extraviar' la. > 
opinión y comparar á Santana con el mag- 
nánimo y afable Colon, creemos conve- 
nisntevpreseñter stn iBüíraiñien%)s Ibs 
antecedenteadelsuntariorqae hade £a« 
liarse;: 

En Santo DomÍQtf o 'cÍM^ulavon y estu^ 
vieroík á la venta pSbliga, eQ< vida del ex-r 
presidenta, diversDsdihi'os y foUetos quei 
juzgaban sus actos. Vamos á eopte unes 
párrafos de algimos, empezando por el 
que se titula su biografia, publicado en 
Nueva- York en 1856. Empezaba así: 

«Santana de pastor oscuro y bodego- 
nero, se lanzó ala vida pública, bajo la 
calidad de miembro del cuerpo municipal 
y procurando á fuerza de manejos é in- 
tng^asel puesto de coronel de miÜcías, 
aspirando al mismo tiempo á la goberna- 
ción del Seybo; hace memoriales al go- 
bierno y busca signatarios que apocen 
sus deseos, etc.» La narración de la vida 

política de Sajitaua, en este folletOi que 



Ím autoMb'SA ttiQ^Sán en oómprobtr eon 
hechos ooá testigos fehacientes y con 
documentos es una cosa horrible. No que- 
remos tratar de lo que allí se esplaya; 
pero para que el lector pueda formar jui- 
cio copiaremos el siguiente párrafo que 
es uno de los últimos. 

«Cuando Santana se ocupa de acrecen* 
tar sus propiedades pecuarias, apropián- 
dose el ganado perteneciente á otros indi- 
Tíduos; mientras que opera rentas de ca- 
ballos cuyos legitimes dueños aparecen 
más tarde reclamándolos; mientras pide 
con descaro á alguno de los que le visitan 
el presente forzíuio de cualquier capricho 
T envia á casa de los comerciantes en so- 
uoitud de objetos cuyo valor no satisfa- 
ce; • mientras exije de la nación el abasto 
del pan diario que consume, las cajas de 
espuma con que especula, el pago de la 
casa que habita* toíoo lo que gasta, todo 
lo que se le .antoja; 'mientra envia al 
tesoro público en busca &e cantidades da' 
moneda ftierte, qme figuran pam siempre 
en boDOp ó pagarés etc.> (1). 

La dureza con que el foQeto censura, 
ai i^arquás, cuando trata de lo <)tte llama 
ñvjá actos despóticos, sanguinarios y an-> 
tropéftigoa* conntituye una terrible acu- 
sación digna de tenerse en cuenta, por 
masque esté formulada por el encono de 
las víctimas y hi exageración de la pi^ 
sion política. 

Bn otraobrita titulada ¿« ffrmn tríticiffn 
de Santanaj se pretende prol»r con citas, 
documentos y «sucesos, que el general 



(1) ün dominicano amigo nuestro, 
nos contó, qus cuando r^alaron á San- 
tana una znagnífica espada de honor, di- 
jo en público, que hubiera preferida su 
valor en dinero y que entóneos el ffob'er- 
n^ IMura contentaría tuv» que darle diex 
y seis mil pesos. 



I 

hizo por ocho veces traición i su patr^ 
y que fué arlntrario y cruel en sumando. 

Leamos algunos de sus renglones como 
comprobación: 

«Tal es Santana en la carrera de sus 
traiciones. Hemos omitido otras muchas 
y los crímenes que de otra especie ha co- 
metido, como los asesinatos, distraccio- 
nes favoritas suyas; porque seria hacer 
demasiado voluminoso un escrito de esta 
especie. 

»E1 ha aprisionado, desterrado y hecho 
fusilar mujeres y ancianos. 

»E1 ha condenado á muerte á un nifio 
pordelitos políticos, para ejecutarlo euan- 
ao llegase á la mktvor edad. 

>E1 hizo subir ai cadalso al general Du- 
bergé iunto con su hijo^ para gozar en 
esa iucina de afectos entre el amor pater- 
nal, el amor filial y el terror á la muerte. 

>E1 ha rasgado con sus propias manos 
la senteneia que Absolvía legalmente £ un 
reo, y le ha hecho condenar á muerte por 
otro tribunal formado á su antojo y por 
la misma causa. 

»E1 no ha usado de clemencia sino en 
los patíbulos á la hora dé la agonía, cuan- 
do ya la vida es inútil. 

»Santana no tiene ni una virtud, y es 
indinado á todos los vicios y crímenes. 
Podría decirse que no es un hombre de 
la raza de Adán, porque en esta clase de 
seres la especie no degenera. Bs un móns- 
tru A, una oestia, un chacal que tiene algo 
de la pantera y del tigre. 

»Su deleite favorito es la sangre ^ ríe al 
ver una madre, una esposa ó una hija des- 
melenadas llorando por la suerte desgra- 
ciada que él ha señalado al hijo, al padre 
ó al marido. 

>Aspira las lágrimas de la humanidad 
como un elemento de su vida; ellas son el 
rocío de su existencia.» 

Tal es el concepto que Santana supo 
conquistarse en^ sus conciudadanos. 



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XI. 

BL OABO BB áSfk, 



Lo 4u« d«be ser.— Lo qao deciaa que seria.— Lo que 4l fin ha 8ido< 



1^ la ingrata 7 monótona campafia 
que nos ocupa, tuvimos por un misterio-' 
80 arcano, las grandes razones en que po- 
dían fundarse los motivos verdaderos y 
no los aparentes de la inacción. 

No comprendíamos como, un ejército 
numeroso y perfectamente pertrechado, 
que triunfaba de su enemigo con una fa- 
cilidad que rebajaba su mérito , que no 
encontraba contrarios en todas las oca- 
siones que los iba á buscar, no compren- 
diamos repetimos, como no se apoderó de 
Dajabon punto fronterizo por donde el, 
enemigo recibía auxilios y de Gua^ubin 
que ocupaba una posición estratégica. 
Con la toma de Monte -Christi, parecía 
haber cumplido su misión. ¿Y acaso para 
conseguir este resultado, se hablan man- 
dado, sin necesidad, siete mil hombres, 
cerca de mil cabaUerías, artillería de 
montaña y de batir y parques de ingenie- 
ros, de sanidad y de administraciom 

Hé aquí lo que en presencia de aquellos 
sucesos escribíamos: 

«Lo que hoy escribimos no son mas que 
unos meros apuntes; cuando sea una his- 
toria, cuando tengamos datos á la vista 
para comparar y juzg[ar, entonces podre- 
mos ent nder y explicar lo que hoy nos 
parece oscuro y aun misterioso; entonces 
el público podrá juzgar de las razones que 
hicieron prolongar la campaña de Santo 
Domingo; de si fueron bien empleadas las 
faerzas v recursos que mandó España; 
del acierto con que el general Rivero de- 
terminó reconcentrar las tropas en la ca- 
pital; del sistema de contemporización 
adoptado por el general Yar^ y del plan 
de estacionamiento ó quietismo del ge- 
neral Gándara. Hasta entonces debemos 
suspender todo juicio y aunque presen- 
ciemos disposiciones contrarios i nuestra 



opinión, confórmémones teniendo {XTesen- 
te el axioma que dice: «Los altos juicioi 
de Dios, son incomprensibles.» 

Corría el tiempo con tan lenta y triste 
monotonía para la división de Monte- 
Christi, que llegó á ser necesario inven- 
tar algo con que distraer á los siete mil 
soldados que la componían. Y se dijo, que 
los insurrectos habían resuelto atacar el 
campamento el 17 de Agosto^ que era el 
fin ó cabo del año de su pronunciamiento. 
Aunque la invención tenia todas las tra- 
zas de ser un absurdo, para los conocedo- 
res del enennsQf no dejó de distraer sin 
embarco los salimos, un tanto decaídos 
por la maccion. 

En la madrugada del 16, un día antes 
del anunciado, se oyó desde las trincheras 
y puestos avanzados y en dirección del 
campo enemigo, el pito y tamboril que 
solían usar los insurrectos, cuando se 
reunían. Cual si fuera la diana estuvieron 
tocando largo rato. 

Aquello bastó para poner en conmoción 
á las tropas que creían confirmada la pre- 
dicción y que so regocijaban haciénaose 
la ilusión, de oue los penados (1) las arro- 
jaban el guante retándolas i combate en 
campo raso. 

Pero muy poco les 'duró esta satisfac- 
ción pues saueron, anduvieron una lai^ 
distancia sobre el camino de Santiago y 
regresaron á su campamento sin dispa- 
rar un tiro, porque, ni aun de lejos vieron 
un solo enemigo. 

Esto fué lo que hubo en el aniversario 
de la revolución. 



(1) Esta palabra, de un uso frecuente 
en Santo Domingo, la empleaban los sf4«« 
dadod para hablar de los sublevados. 



^«B — 






Ulm baterías 'be^ PUEBTO-PLáTA. 



Bl campamento de Pnerto-PlaHáJULil él^i^édiéion.— jEl ataque de las triache 
ras.^La toma de Cafemba. 



1 1) 



La necesidad de ocuparnos de otros 

Santos, nos hizo dejar á Puerto-Plata 
espues de su incendio» 
Yaindd '^ eétár una ojeada rettospecti- 
Tlsi á este campamento, copiando y es- 
tractando del diario de operaciones que 
con escrupulosa verdad se llevaba en su 
comandancia general. 

Después de la acción del 5 de Octubre 
^e ya refei'imos, no hubo novedad hasta 
el 12, que el enemigo rompió el fuego de 
canon desde el Cerro de las Animas, don- 
de se ocupaba en trabajos de atrinchera- 
miento; pero muy pronto nuestra artille- 
ría le hizo abandonarlos y se dió la orden 
de que cada media hora se les disparase 
un cañonazo para impedirles continuar 
sus obras. 
El dia. 14 hicieron los insurrectos fue- 

fó á las descubiertas que les hicieron 
uir por el camino de Santiago. 
Bl 15 Toltie'ron á hacer fueffo á las des- 
cubiertas: masía plaza les hizo algunos 
disparos ae cañony uno dé ellos, apuntado 
con tal desgracia, que causó, la casi ins^ 
tantánea muerte, denuestro jó ven y que- 
rido aini^b D. Ricardo González teniente 
del batallón de Cuba, que contaba solo 
18 años. 

El 16 tuvieron ftiego las descubiertas, 
llevando un proyectil del enemigo, una 
pierna á un cabo furriel de Cuba, en oca- 
sión en que salla dé su tienda, al toque 
de diana. Por la tarde apareció un nuevo 
incendio, en lo poco que sé había salvado 
de lo que fué ciudad y destruyó tres ó 
cuatro casas, continuándose los disparos 
de la plaza á razón de, uno por hora. 
' El Oía 21 salió el tfercer Batallón dé la 
Corona mandado por el conlandatite Por- 
tal á tomar las ruinas de . la Ifflesia y el 
cementerio, llevando consigo á la, compa- 
ñía dé ingenieros con objeto de que des- 
trtr^ede m, obras enemigas que encon- 



trase. El batallón del Bey con algunos 
individuos de las reservas, dirigidos por 
d general D. Juan ^uero ocuparon le 
cocal qne no pudieron atravesar perla 
crecida de las aguas del arroyo de los 
Mameyes. Después de un nutrido fuc^ 
de mas de tres horas, en que el enemigo 
hizo uso de la metralla para defender una 
batería, que había situado en los Pocitos, 
se retiraron las tropas al campamento 
con la pérdida de un oficial herido grave, 
un solaa'do muerto y cinco más heridos. 

Hasta el 26 se cambiaron algún dispa- 
■^os con el enemigo, que en la tarde de es- 
te día atacó osadamente eik número de 
cien hombres, las guerrillas avanzadas; 
pero los terceros disparos de nuestros ar- 
tilleros les hicieron retirarse con pérdida 
de cuatro muertos que se les vio retirar. 

El 23 por la mañana se presentó us 
parlamentario enemigo, que entregó un 
pliego para él señor brigadier comandante 
general, en el que Gaspar Polanco propo- 
nía un cange de prisioneros. Se le con- 
testó, que no reconociéndose á los insur- 
rectos como beligerantes, no se podía 
tratar con ellos sm previa autorización 
del capitán general. 

)Sn ios tres días restantes del mes no 
ocurrió nada de particular. 

Mes de Noviembre.— El día dos por la 
tarde se presentó otro parlamento con un 
pliego que contenía el acta de indepen- 
dencia proclamada por los insurrectos en 
Santiago de los Caballeros el 14 de Se^ 
tiembre jr una carta particular dirigida á 
dos individuos del país, llamándolos á 
las armas.. 

El tres, dirigió ur» comunicación el co- 
mandante general, al jefe de las fuerzas 
rebeldes, manifestándole que sí otra vez 
repetía el desusado ?LCto, de abusar del sa- 
grado ^e un parlamento, como lo habia 
verificado el dia anterior, introduciendo 



^ m^ 



eñ él eamptonetito, docuniéiiítéo quedefná 
rechazar, por no estar coüfbhiKea ó las 
ieyea de la gncrra, que man^Ha hacer 
f aecpo al portador . 

Hasta el 80 el enemigo continné con 
sus disparos de canon y de fusilería á los 
puestos avanzados. Al amanecer de dicho 
aia, se hallaban formados loados bata- 
llones de la Corona, que meroed á algu- 
nos refuerzos que habían recibido consta- 
ban de mil plazas. Al segundo se agregó 
Ib compañía de ingenieros, formando una 
columna al mando del bizarro coman- 
dante de este instituto, don Antonio 
Llptge. 

Él primero, mandado por el jefe prin- 
cipal del regimiento, coronel D. Agustín 
Giménez Bueno, formó otra columna de 
ataque. 

Ambas se dirigieron denodadamente á 
las baterías y parapetos enemigos que 
fueron tomados, incendiados y destruidos 
por los ingenieros que se condugeron con 
gran valor. 

Al mismo tiempo el segundo batallón 
del Eey se dirigió al Cocal donde también 
destrTi3^ó cuantos parapetos y obstáculos 
halló en su marcha. 

Sorpi'endidos los enemigos por tan ines- 
pelado y bien combinado ataque, huyeron 
al bo^ue site disparar un tiro; pero re- 
puestos, rompieran el fuego contra toda 
la est^nsa línea de guerrillas que pro* 
tegia los trabajos délos ingenieros, co«* 
nocténdose que habían retirado su arti- 
llería, pues solo hicieron con ella algunos 
disparos desde un bosque lejano. Conse* 
guido el objeto de la salida con la toma y 
destrucción de las trincheras y reductos 
enemigos, se ordenó la retirada. Aperci- 
bidas bs insiTfrectos, se precipitaron so- 
bre las tropas hostilizándolas á íavor de 
los parapetos que les ofírecian las ruinas 
de la iglesia; pero cuando menos lo espe- 
raban, una impetuosa carga á la bayone^ 
ta, dada por las dos compañías de caza 
dores de la Corona, emboscadas conve- 
nientemente, decidió de tal suerte su 
derrota, que no volvieron á presentarse 
en todo el día. 

Mes de Diciembre, - Hasta el 20 siguió 
el fuego del enemigo sm causar ningún 
daño. Al salir las descubiertas del bata- 
llón del Rey, fueron recibidas por una 
descarga que les hicieron unos cien hom- 
bres que se hallaban ocultos entre las 
ruinas de la iglesia, de donde fueron des- 
alojados pitf una carga á Itt bayoneta. El 



eomálkdáidítd gtméml «fitotté «que 
tamente saliese «1 primer' batallón de la 
Corona con la compañía de ingemeros, 
con el fin de hacer leña 'páralos ranchos. 
Salió esta columna dirigiéndose al teatro 
y casas últimamente incendiadas, y des- 
tacó tres compañías, para que se apode- 
rasen de la trmchera que defendía aquel 
sitio. La tomaron sin resistencia pcH* estar 
abandonada; pero cufindo ya estaban en 
ella, sufrieron á quema-ropa una gran 
descai*ga v dos disparos de canon que les 
hicieron desde una trinchera formidable 
que i-e hallaba oculta ala vista por la 
espesura del 'follaje. Tan ruda sorpresa 
hizo vacilar por breves instantes á aquellos 
bravos soldados; pero su sereno jefe, el 
comandante D. Ramón Portal, con el me- 
jor acierto ordenó una carga á la bayone- 
ta que se dio por aquellas tres compañías 
al paso de ataqn^, lanzándose á la trin- 
chera que el enemigo defendió con tesón 
al arma blanca; parte de la cuarta com- 
pañía y con ella el paisano voluntario 
ca:talan Martin Faioh, logró apoderarse 
de una pieza de artillería que los rebel- 
des abandonaron en su fuga, temerosos 

' de ser cortados y hechos prisioneros por 
la compañía de cazadores que habia ata- 
cado el campamento que tenían á espalda 
de la trinchera. 

Tomada esta, con el ¿añon que la de- 
fendía, las municiones, armas, banderas, 
comestibles y otros efectos, las expresa- 
das compañías se mantuvieron en ella,- 
sosteniendo un vivísimo fuego con el ene- 
migo emboscado, hasta que recojidos sus 
muertos y heridos y hecho el acopio de 
leña, se retiraron con la mayor calma y 
sin ser molestados, balo la protección die 
otras fuerzas que habían tomado posi- 
ciones. Las pérdidas de esta jomada con- 
sistieron, en dos oficiales y siete indivi- 
duos de tropa muertos, tres de los prime- 
ros y veinte y uno de los segundos heri- 
dos y trece contusos, todos de la Corona. 
El batallón del rey tuvo un muerto y 
ocho heridos de la clase de tropa y dos 
oficiales y un soldado contuí»os. 

Loque prueba evidentemente lo san- 
griento del combate que acabamos de 
referir, eái que los muertos y mu'^hos de 
los heridos de la Corona, lo fueron á ma- 
chetazos y que los muchos cadáveres do- 
minicanos que quedaron sobre el campo, 
estaban acribiDados á bayonetazos. Du- 

^rante la acción, la batería enemiga situa- 
da al otro lado de la bahía no cesó de ba- 

21 . 



--MI -. 



«erdispáiosdeotSan al eampammito en 
el que afortunadamente no causaron daño 
alguno. 

£1 día 23 por la noche se presentó un 
español que se escapó al enemigo, atra- 
vesando a nado la bahía desde la batería 
ó punta de Cafemba y dio noticias impor- 
tantes sobre los insurrectos y el estado de 
nuestros prisioneros. 

£1 25, el patrón de una goleta inglesa 
que conducía desde Islas-'nircas á nues- 
tro campamento, á dos yivanderos espa- 
ñoles cou provisiones, cometió la felonía 
de entregarlos á los enemigos en Suflé y 
vender el cargamento. Después se su]^ 
que aquellos desgraciados fueron asesi- 
nados cuando se Tes conducía á Santiago. 

£1 29 se repitió una salida al bosque 
llamado el cocal con el objeto de des- 
truir una trinchera, lo que se consi- 
fuió, sin que se experimentasen bajas, 
pesar del vivísimo fuego que se sos- 
tuvo. 

Mes de Bnero de 1864. — El día primero 
del año apareció á espaldas del cocal y 
sobre el camino de Santiaffo una bandera 
colocada sobre una elevaaísima asta, lo 
que dio á entender que allí había esta- 
blecido el enemigo su cuartel general. 
Por la tarde rompió el fuego de canon 
sobre nuestras posiciones pero nuestros 
certeros disparos apagaron bien pronto 
los sttvos. El resto del mes no hubo nada 
notable, continuando no obstante el dia- 
rio tiroteo entre los respectivos puestos 
avanzados y alguno que otro disparo de 
artillería. 

Mee de Febrero.— 'R\ 7 por la noche se 
presentaron dos soldados de la Corona 
que habían quedado heridos en Santiago, 
cuando la retirada de este punto y ma- 
nifestaron que habiendo sido trasladados 
con muchos compañeros en número de 
ochenta, desde el depósito donde los te- 
nían al campamento de enfrente con el 
ñn de ser empleados en las obras de for- 
tificación se habian podido escapar á nado 
por la orilla del mar. 

Las noticias que dieron del estado de 
los prisioneros indignaron de tal manera 
s\ brigadier Primo de Rivera, que mandó 
un oficio al jefe del campo enemigo, para 
que de ningún modo consintiera, que los 
soldados que habian tenido la desgracia 
de quedar prisioneros de guerra, ruesen 
dedicados á los trabajos de fortificación, 
expuestos á ser víctimas de sus mismos 
compa&eros, pues aquello era un acto de' 



inhumanidad que rechazaba la raion 
tural y el derecho de gentes. 

Esta comunicación se mandó el dia 8 
con un oficial y á las pocas horas se reci- 
bió la contestación del jefe enemigo ge- 
ral Polanco, manifestando que á los pri- 
sioneros no se les empleaba en tramjo 
alguno, no obstante que el gobierno pro- 
visorio loe había mandado con dicho ob- 
jeto. 

En el resto del mes, continuó el acos- 
tumbrado fuego entre las guerrillas j 
descubiertas, cambiándose algunos salu- 
dos las baterías respectivas. 

Mee de Mareo.— El dia 16, se practicó 
un reconocimiento sobre el arroyo de IO0 
Mameyes que estaba detrás del cocaL EL 
enemigo convenientemente parapetado, se 
resistió un gran rato á la compañía de 
cazadores de la Corona que los atacó y 
dispersó por último. 

El 21 se salió, hacia la parte del teatro, 
destruyendo trincheras y cuanto se en- 
contró, á pesar del nutrido fuego del ene- 
migo que contuvo siempre a distancia 
nuestra afortunada artillería de mon- 
taña. 

El 27, se observó que los insurrectos 
proseguían sus trabajos de atrinchera- 
miento y se supo, que los tres cantones 
que sostenían el sitio ó cerco, se habían 
dado cita para atacar nuestras posiciones; 
en su consecuencia se dispuso que el ca- 
pitán D. Julián üermida y Casares con sn 
compañía de cazadores voluntarios se 
trasladase á la iglesia que se estaba forti- 
ficando y que era el punto más amenaza- 
do. Como a la una de la tarde, salió la es- 
expresada compañía dividida en tres seo- 
cíones y se dirigió á las trincheras ene- 
migas de los Pocitos j del cocal, á cuyas 
inmediaciones fué recibida por una nutri- 
da descarga y dos metralLazos que la cau- 
saron seis bajas; pero su valeroso capi- 
tán, que tan justa fama de sereno y va- 
liente se había adquirido , desde el prin- 
cipiodela campaña, se lanzó sobre los 

Sarapetos, en los que se apoyó después 
e lanzar de ellos al enemigo, sosteniendo 
por espacio de dos horas un mortífero fue- 
go contra fuerzas cuatro veces mayores 
que las suyas, hasta que próximas á 
agotarse sus municiones ordenó la retira- 
da á la iglesia, á cuya meseta llegaron los 
insurrectos; más dispuesta conveniente- 
mente una pieza de montaña los ametra» 
Uó y dio lugar á que la misma compañía, 
eon la fuerza que protegía k pieza-dieran 



-168 — 



una brillaote eam i la bayoneta, que 
dejó el campo sembrado de cadáveres y 
entre ellos el del jefe principal que los 
mandaba. 

Mei de Abrih—^El dia 7 á las once de 
la mañana salió la compañía de volunta- 
rios á la iglesia, con el fin de proteger un 
parlamento que conduela un pliego para 
el jefe de las tuerzas enemigas, en el que 
se reclamaba al chino Roberto, presidia- 
rio con destino en nuestro campamento, 
del que se había desertado después de 
haber cometido un asesinato con preme- 
ditación y alevosía. A la hora y media 
contestó el general Polanco, que ignora- 
ba el paradero del chino que se reclama- 
ba, y que en caso de ser habido, seria 
puesto a disposición de la ley. 

Mét de Mayo,—E\ enemij^o continuó 
sus trabajos de atrincheramientos y re- 
ductos, disparando siempre á nuestras 
guerrillas y puestos avanzados, sin que 
ocurriese novedad notable. 

Mes de Junio,— ^síq mes se pasó como 
el anterior, adelantando mucho nuestras 
obras de fortificación, y haciendo fre- 
cuente uso de nuestra artillería para mo- 
lestar todo lo posible á los enemigos que 
ae veía adelantaban mucho en sus tra- 
bajos. 

Mee de Julio. ^Qe pa<iió como el ante- 
rior. En el campo opuesto se trabajaba 
con mucha actividad, viéndose sus pro- 

fresos desde nuestro fuerte, sobre el que 
partir del 23 rompieron el fuego de ca- 
ñón, aunque sin hacer daño. 

Los insurrectos de Puerto-Plata, ha- 
blan adauirido la fama de valientes y des- 
pués de los extractos del diario de opera- 
ciones, que acabamos de hacer, el lector 
no podra menos de convenir, en que real- 
mente eran mas osados y aguerridos que 
los del resto de la isla. 

Esta circunstancia unida á la muy 
importante de las buenas posicionea que 
habían artillado, hizo necesario pencar 
en darles una seria lección. 

La bahía de Puerto-Plata forma la aber- 
tura de una C, en cuyo rasgo final, esta- 
ba situado el campamento español;- todo 
lo demás lo ocupaoa el enemigo, que en 
el extremo opuesto del puerto, llamado 
Punta de Cafemba, había establecido una 
batería perfectamente cubierta, desde la 
cual coñoneaba á nuestros buques cuan- 
do entraban auxilios y que había llegado 
á ser imponente para nuestra marina y 
para la guarnición, porque sus cañones 



ponían cómodamente sus proyectiles en 
los barcos y en el campamento cuyas 
barracas-hospitales, habían perforado mas 
de una vez. 

Aquella situaciojí era angustiosa y se 
le puso cumplido remedio. 

La división de Monte-Ghristi salió de 
su inacción, mandando cuatro bat&Uones 
á Puerto-Plata, donde á las pocas horas 
de desembarcar y unidos con la guarni- 
ción dieron una tremenda lección á los 
enemigos mas insolentes de la isla, que á 
favor de la impunidad se habían llegado 
á creer invencibles. 

En la madrugada del 31 de Agosto se 
formaron cinco columnas de ataque. Al 
toque de diana, señalada á cada una, el 

Sunto que debía de atacar, se dio la señal 
e marcha y pocos instantes después un 
terrible fuego de fusilería y artillería por 
ambas partes, retumbó sordamente, en- 
tre las montañas. 

En esta ocasión como en todas las de- 
mas, se demostró de nuevo el arrojo y 
heroico valor de nuestros soldados y la 
superioridad aue 'enia sobre su contra- 
rio, a' pecho descubierto y por terreno 
despejado avanzaron serenos y en masa, 
á apoderarse de aquellas trincheras que 
erizadas de cañones vomitaban un fuego 
imponente. Media hora bastó para que se 
apoderasen de todas las posiciones ene- 
migas, excepto de la de Cafemba que ofre- 
ció alguna más dificultad. 

Para dar mas detalles copiaremos la 
descripción que con mucha exactitud, 
hizo Él Correo de España: 

lifts baterías de ^^aerto-Plaia. 

Las tropas de la Eeina acaban de dar un 
^olpe contundente á los insurrectos más 
insolentes que existen en la isla de Santo 
Domingo., 

Como no hemos de ser los primeros en 
dar noticia del brillante hecho de armas 
llevado acabo en Puerto- Plata el 31 de 
Agosto último, vamos á reasumir en una 
breve narración el acontecimiento. 

Aquella ciudad, que dejó de existir ha- 
ce un año al furor de las llamas, es hoy 
un páramo desierto. En una pequeña pe- 
nínsula ó punta de tierra, haDía de tiem- 
po inmemorial un rorreen, en terreno ele- 
vado y pedregoso. En aquella lengua, 
qué tiene de extensión como medio kiló- 
metro, está recogida la guarnición espa- 
ñola. Los insurrectos tienen todo lo de- 
más en derredor, y suyo es el país. 



Mientras que por «na parte la guarni- 
ción de nuestra merza había disminuido, 
quedando reducida por larga temporada 
a un escaso batallón, los dominicanos se 
iban envalentonando y se mostra1t)an in- 
solentes porque contaban con la impug- 
nidad. 

Habia llegado á ser aquello en un todo 
semejante á Melilla, pues cuando iba una 
kabila á relevar la guardia semanal, muy 

Eronto se conocía en la plaza si el jefe era 
elico::0 ó pacífico, por la cantidad de 
proyectiles que nos enviaba por via de 
saludo. 

Las cercanías de Puerto-Plata estaban 
circunvaladas completamente de trinche- 
ras enemigas construidas con un gran 
espesor v artilladas. Guando al^un jefe 
tenia mal humor ó quería divertirse, sa- 
tisfacía su antojo disparando sus cañones 
contra el fuerte español y contra ios bu- 
ques de la rada. 

£1 genaral Gándara llego á comprender 
la necesidad de terminar aquellos exce- 
sos, y muy acertadamente dispuso para 
e3rrectivo una exnedicion compuesta de 
cuatro batallones ae los que están acam- 
pados en Monte-Christi. 

Reunidos en Puerto- Plata, la mañana 
del 31 de Agosto último, poco después de 
ravar el dia, se díó la señal de ataque, y 
CBda columna partió al punto que debía 
conquistar. 

Hubo un momentp de fuego espantoso. 
Sonaban loa cañones nuestros y los con- 
trarios, todavía aun tiempo, repitiendo 
todos sus estampidos. Oíase como un 
trueno continuo la fusilería de ambas 
partes, y la gritería de las hombres que 
se eetasiaban de placer, frenéticos con la 
victoria, confundida entre los lamentables 
ayes de los que perecían. 

Aauel momento fatídico fué breve por- 
que la bravura de la iníanteria española 
es univeisalmente reconocida, y mal po- 
drían resistirla lo^ dominicanos. Luego 
se overon por los puntos (]ue habían se- 
guiao las columnas sucesivos y entusias- 
tas gritos de ¡Viva la lieina! como inequí- 
voca señal áe que iban siendo tomadas 
una tras otra las posiciones enemigas. La 
de Cafemba absorbió por largo rato la 
atención y la ansiedad. 

La ba^ia de Puerto-Plata forma la fi- 
gura de una C; el rasgo final de la letra, 
es la pequeña península donde está el 
fuerte espf^ñol, y en la parte alta ó prin- 
cipio de la C eiptá la batería jQafexnl^ai con 



U4- 

una Qbra de grandes dimanakmqs, oi ter- 
reno desigual, rodeado de espeso boague 

V en situación tan dominante, que remitía 
frecuentemente nroyectiles al campo es- 
pañol, V varios Duques mercantes y de 
guerra han tenido que retirarse precipitar- 
damente de la boca del puerto para repa^ 
rar sus averias. 

El batallón de España, del que es dig- 
no jefe hace más de cuatro año^jbuestro 
amigo D. l)eogracias Hevia, fiíé aestina- 
do á tomar aquella importante batería. 

Se vio partir á este batallón con ban- 
dera desplegada, fuerza como de quinien- 
tos hombres, y además catorce de la re- 
serva y el general del país Sr. Ungria, co- 
mo prácticos y buenos conocedores del 
terreno. Antes de haber adelantado la 
tropa por la playa y orilla del mar dos- 
cientos metros, ha tenido que sostener 
nutrido fuego con el enemigo que le dis- 
putó el lado de un rio. Cerca de una le- 
^ua tiene el contorno de la batería, y al 
ultimo tercio del viaje seria preciso dejar 
la arena y penetrar á un frondoso boBque. 

Y cuando el batallón que tan bizarra- 
mente iba venciendo cuantas dificultades 
se le presentaban, desapareció á la vista 
de los numerosos espectadores que con 
ansiedad le miraban desde los bosques y 
desde tierra, todos temieran por su suer- 
te. Pero después de haberse oído por buen 
rato . sostenido y nutrido fuego, apareció 
como una visión celestial para los espec- 
tadores la bandera del batallón de E^^aña 
triunfante sobre la trinchera enemiga, v 
un grito inmenso de ¡Viva España! re- 
tumbó por aquellos bosques y mares. 

La obra del dia quedaba terminada. 
Los sublevados fueron atropellados ante 
las bayonetas de nuestra infantería, y to- 
dos sus cañones quedaron en poder de 
nuestra tropa. 

El general Gándara, que con mucho 
acierto dirigió la operación, y cuantos 
jefes, oficiales y tropa contribuyeron á tan 
orillante jornada, pueden estar muy sa- 
tisfechos de haber dado un dia de gloria 
á la patria. 

El resultado de la jomada, no pudo ser 
más fatal para los insurrectos, á los que 
les tomaron sus trincheras, se le arrasa- 
,ron sus obras, se le incendió sus cam- 
pamentos, cogiéndoseles seis cañones á 
más de causarles un gran número de 
muertos y heridos, contándose entre los 
primeros al general Benito Martínez, que 
;murió al pié de un canon y con la ^cha 



— 1« — 



6n h mano, al afio juflto de haber deser- 
tado de nuestras filas. 

Solo se consiguió la captura de un pri- 
sionero. 

Las tropas españolas tuvieron siete 
muertos y noventa y siete heridos, pér- 
dida sensible, pero muy insignificante 
ai se considera lo temerario y grandioso 



de la empresa, siempre difícil de atacar 
de frente y á la luz del dia, fuertes 
trincheras convenientemente artilladas. 
Este resultado corrobora lo que tantas 
veces llevamos indicado y dicho sobre la 
falta de serenidad, disciplina y valor de 
los dominicanos. 



xm. 

INDICIOS OB PAZ. 

VI prisionero de Puerto-Plata.~El trato que reoibió.— De cómo se le dio suelta. 
— El teniente coronel Velaeco. — ^Negociaciones. — Situación del interior según 
Yelasco. 



Poco faltó, para que el prisionero he- 
cho en la toma de las trincheras de puer- 
to-Plata, fuese causa de la pacificación 
del pais; pero si no se consiguió este re- 
sultado se obtuvo por é^ la imediata li- 
bertad de dos distinguidos prisioneros es- 
pañoles. 

Era el aprehendido un mulato oscuro de 
veinte y tantcs años, estaba mal vestido y 
según noticias de algunos individuos de 
las reservas que le conocían, era vivande- 
ro 7 no hombre de armas. 

Él capitán general impulsado por sus 
buenos sentimientos quiso darle la liber- 
tad inmediatamente, pero algunos jefes 
de la reserva aconsejaron á S. £. que ese 
acto de generosidad ejercido en Monte- 
Christi, podría ser útil, pues cuando me- 
nos el prisionero divulgarla por aquella 
comarca nuestro brillante triunfo y ge- 
nerosidad. Y en efecto, aceptada esta 
opinión, el general le embarcó al dia si- 
guíente, en unión de las tropas que re- 
gresaban á Monte-Christi. 

En este punto se le permitió andar un 
dia en libertad po^ el campamento, se le 
TÍstió y se le previno que a la mañana sí- 
guíente se podría marchar á los suyos. 
Al recibir esta noticia se entristeció y pi- 
dió por favor que se le dejara entre nos- 
otros, prometiendo defender á los españo- 
les hasta morir si fue^e necesario: pero 
fué en vano, pues ya estaba acordada su 
marcha, debiendo ser portador de un 
pliego páralos jefes re volacionarios y er^ 
necesario que le en^tIf9ga^,e, 



Al amanecer del 5 de Setiembre salió 
aquel pobre hombre camino de Santiago, 
acompañado de una de las descubiertas. 
A cosa de media legua de distancia se 
descubrió al enemigo y se dijo al mulato 
que se podía ir á ellos. Se despidió de la 
tropa y se fué; pero antes que hubiese 
andado cien pasos, se incorporó á la car- 
rera á la descubierta, manifestando que 
no se atrevía á juntarse á sus paisanos 
por temor de que^ le mataran tomándole 
por un espia. Enterado el general Gánda- 
ra de esta ocurrencia, ordenó que á la 
mañana siguiente se marchara, y en efec- 
to lo hizo. 

Dos días después, la fuerza que hacia 
la descubierta por el camino de Santiago, 
encontró en tierra y sujeto con una pie- 
dra un pliego del jefe del cantón más in- 
mediato, acusando recibo del que llevó el 
prisionero, y manifestando que lo había 
remitido á su gobierno, para que deter- 
núnara lo convenieinte. 

En la mañana del 14, esto es, siete días 
después de haberse dado libertad al pri 
sionero, se presentó en nuestro campa- 
mento el teniente coronel D, José Ve- 
lasco, acompañado del subteniente D. Mi- 
fuel de Muzas, que hacia un año se halla- 
an en poder de los insurrectos, según ya 
saben nuestros lectores. ^ 

La llegada de estos oficiales con pliegos 
é instrucciones verbales para el capitán 
general, y en completa libertad, cambió 
el aspecto de las cosas; pues aunque en 
el campamento no se conocía bien el ea-' 



- Ml- 



tado de la ^erra, desde entonces se ase- 
guró púlrbcamente que aquello era el 
SrelucQo de la paz. Se aseguraba que los 
em¿8 prisioneros vendrían muy pronto, y 
todo esto fué causa de que las fuerzas 
contrarias fraternizaran con nuestras 
descubiertas, y aue el general en jefe las 
obsequiase mandándolas caballerías car- 
gadas de pan, vino y otros artículos. 

Las noticias que circularon de estar en 
pactos los jefes de ambos bandos, queda- 
ron como borradas al saber la salida de 
tres comisionados, entre ellos Velasco, 
que condujo al Guarico una goleta de 

Í perra española. Allí tuvieron una con- 
erencía con varios jefes insurrectos, á 
los que se obsequió con banquetes á bor- 
do, que ellos pagaron en tierra. 

Cuando la comisión regresó ei 18 al 
campamento, dijo sin amoajes el objeto 
visible de su comisión, y pronto se supo 
que vendrían á tratar personalmente con 
el capitán general, algunos individuos de 
la Junta revorucionana. . 

En efecto, á los pocos días, se apare- 
cieron en nuestras trincheras varios per- 
sonajes, al parecer decentes, que fueron 
alojados en una casa preparada al efecto, 
viéndoseles desde luego visitar el cam- 
pamento y sus dependencias, y ser obse- 
quiados con un banquete que les dio el 
general en jefe. 

Dejaremos po; un momento á los co- 
niisionados para ocuparnos de la situa- 
ción del interior del país, según Velas- 
co. Al presentarse este señor entre nos- 
otros, después de un año mortal de cau- 
tiverio, debía proporcionar interesantes 
noticias sobre la situación de los insur- 
rectos, y en efecto, presentó una memoria 
al capitán general, de la que vamos i 
copiar los párrafos que creemos conve- 
nientes, haciendo primero la franca ma- 
nifestación, de que siempre tuvimos al 
señor Velasco como partidario y acérrimo 
defensor de los dominicanos, según se 
desprende de sus opiniones, que creemos 
un tanto parciales. 
Decía así: 

«La situación del gobierno provisional, 
es la más apurada que puede darse. Sin 
armas apenas ni municiones, sin recursos 
ni crédito, porque ha dejado de pagar 
muchos efectos que le han proporcionado 
en el Guarico, sin poder contar con las 
personas acomodadas que le detestan por 
sus exacciones, arbitrariedades j pocas 
garantías que les ofrece; sin prestigio por 



último, sobre los hombres del levante- 
miento quelos eligieron por la convieeion 
de su propia incapacidad, p«ro que no 
han olvidado ni le perdonan la indiferencia 
ó contrariedad que mostraron' hacia él en 
lo general hasta después de abandonarse 
á ^ntiago, solo se sostiene ese gobierno, 
ó más bien desgobierno, por el terror que 
inspiran los caudillos que imperan sobre 
él, y no necesitan procesos para^ senten- 
ciar y ejecutar. Estos son los que real- 
mente hacen, lo que quieren, resultando 
de ello, el estado más anárquico que pue- 
de concebirse. El Presidente y loa demás 
miembros, pugnan en vano por reprimir 
esa anarquía a que ellos mismos rinden 
culto por sus miras secretas de rivalidad, 
por sus aspiracionss á la popularidad, 
aunaue sea del peor género, y por la pre- 
ponaerancia de los intereses particulares 
sobre los generales, en que puede decuw 
es una excepción el Presidente, verdadero 
patriota de Duena féy hombre de corazón, 
Díen que inhábil en otros conceptos pan 
llevar un timón que deja escapar conti- 
nuamente de las manos. Si fuera posilde 
que durase algún tiempo la situación a^ 
tual, amalgama forzada de ambiciosos, de 
agraviados, de estraviados y de temeroe» 
en demasía por sus intereses con bandi- 
dos de la peor especie, que son los que 
dominan. 

»E1 que me parece llamado á suceder 
lógicamente ese estado de cosas tan in- 
sostenible, despejándole de todos los ele- 
mentos discoraantss que le componen, es 
el titulado general Luperon, tan audaz 
como ambicioso y tribuno solapado de los 
hombres de color, que aspiran en mi con- 
cepto al exclusivismo de su raza y á It 
renovación de las escenas que tuvieron 
lugar en Haití á fines del pasado aigio. 
' Tal vez esto sea en los que se creen go- 
bierno, uno de los más poderosos estimu- 
los para desear una paz cualquiera. El 
estado de la opinión de las filas contra- 
rias, á pesar de los esfuerzos del gobierno 
y de los más comprometidos, que no ca- 
recen de recursos de imaginación, para 
engañar é inspirar confianza, es hoy el de 
un decaimiento visible, por el convencí* 
miento de su impotencia, |mra obtener d 
iácil triunfo que se les había hecho creer 
y cansancio notable de una guerra conti- 
nua que no les permite, como la que sos- 
tenían con Haití, la alteración de comba- 
tir y atender aunque mal á sus propieda- 
des. Nuestros partidarios, más numero* 



- m - 



sos aun de lo que se cree, flino por sínee' 
ro ttíecto después de las ocurrencias fata* 
les del año último, por temor al desenfre- 
no de las turbas que dominan el país, se 
hallan no obstante incapacitados de obrar, 
por la enorme ditancia %,({\xe se encuen-. 
tran nuestras fuerzas, para poder soste- 
nerlos en cualquiera tentativa; pero siem- 
{)re han estado dispuestos para derrotar 
a situación y apoderarse de sus hombres, 
al creer que avanzaban las columnas. El 
mismo gobierno revolucionario tiene la 
conciencia de esto, aunque sin hallar 
pruebaa. por más que prende y persi^e 
para descubrir las armas y municiones 
ocultas y los hombres que deben dirigir 
la contra-revolución. 

» Aun de los mismos que aparecen de- 
cididos partidarios de la revolución, han 
venido algunos, cuando han creido que 
nuestras fuerzas avanzaban, á ponerse á 
mi disposición, si bien pasado este mo- 
mento han esquivado el verme. Muchos 
hay que permanecen fugitivos en los 
montea áeaáe el levantamiento, sin haber 
og^do el gobierno que se presenten, á 



pesar délas más lisonjeras^promesas, por 
que siempre esperan nuestra vuelta, co-^ 
mo otros muchos á quienes ha obligado á 
prestar servicios el^mor de que se ven- 
guen en su familia y propiedades. 

»La conspiración descubierta para po« 
ner la bandera española que se encontró 
guardada en Jaravaisoa, á principios de 
este ano, no era más que una ramifica- 
ción de la general que existia y existe 
con las mismas condiciones en todos los 
pueblos. El mal está en que como mu- 
chas veces han creido en la marcha deci- 
dida de las columnas, y no ha tenido es- 
ta lugar, comprometiéndose algunos por 
infundir sospechas su conducta, en los 
preparativos indispensables, se han he- 
cho cada vez más cautos y remisos. Tales 
son, Excmo. señor, los hechos con que 
me ha puesto en relación más ó menos 
directa la comisión que se me confió y 
de que tengo el honor de dar cuenta 
á V. E. — Dios guarde, etc. — Mont^-Chris- 
ti 1.° de Octubre de 1864.— El coronel te- 
niente coronel. — José Yelasco.» 



XIV. 



LOS COMISIONADOS. 

Sus pretensiones.— Un gmpo de verdaderos retratos de personajes domínica- 
no8.*-Lo que se esperaba como resultado de la embajada. 



Nadie puede tachar á los políticos do- 
minicanos de tener pobres aspiraciones. 
Si contaran con elementos, fueran más 
osados que aquellos titanes que proyec- 
taron escalar el cielo. 

A pesar de hallarse en la más lamenta- 
ble situación, cuando mandaron 4 Monte- 
Christiá sus comisionados vinieron im- 
poniendo como primera condición que los 
españoles evacuaran la isla, á lo que di- 
cen que contestó el general Grándara. 

«Empieza V. por pedir más de lo que 
podrían obtener con una victoria comp/eta 
sobre nosotros; y V. , estoy seguro, tiene 
la conciencia de que estamos muy lejos 
de esa situación. Conozco la de Yds. , y 
conozco la mia. Yo soy el más fuerte, y 
cada <Üa que pasa aumenta mi fuerza. No 



digo á y. esto más que para demostrarle 
que no puede pedírseme una abdicación 
completa » 

Dos dias pasaron los comisionados en 
nuestro campamento, visitados por todos 
sus antiguos amigos y conocidos. Pasea- 
ron libremente examinando los hospitales 
y los fuertes, v sí en obsequio de la ver- 
dad debemos declarar, que con una pre- 
sopopeya de altos personajes, mostraron 
menos curiosidad de la que fuera de es- 
perar; íambien es cierto que no hubo 
para ellos la menor muestra de reserva 
ni de desconfianza. 

Antes que perdamos de vista á estos 
diplomáticos de nuevo cuño» vamos á 
hacer de ellos una rápida resena biográ- 
fica. 



Paih Pftfól^ hijo de^sutalaa j de mu- 
lata, sació en el país, y se educó en Bar- 
celona, contando como cuai-enta y cuatro 
años de edad. Era alto, de color atezado 
y no de mala facha. Antes de la anexión 
tenia una tiendecita en Santiago de los 
Caballeros; y sabido es que todos ios mer- 
caderes de aquella ciudad y de Puerto- 
Píata, recibieron con muy mal gesto la 
reincorporación, poique columbraron que 
aquel acto era aitaaiente^ atentatorio á 
sus dilapidaciones y á los ruines manejos 
que hacían con el desprestigiado papel de 
ui república. 

De cuantos cx)nocen algo la historia de 
Santo Domingo, nadie ignoia que la pan- 
dilla de mercaderes fué la primera diá- 
cuitad con ^ue tropezó el gobierno espa- 
ñol al admitir la anexión, y aunque Pu- 
jol fuese un hombre muy adocenado en 
cualquiera parte, supo entre su gente 
crearse una atmósfera de persona <^ue 
vale algo, y procurando más por sus m- 
intereses que por el bien del país, concitó 
los ánimos contra los españoles y fue uno 
de nuestros más implacables enemigos. 
Al estallar la insureccion, origen de la 
guerra, el tendero fué revestido de ia alta 
dignidad de ministro de Hacienda, del 
que se llamó gobierno provisorio. 

Pasados algunos meses, cuando los do- 
minicanos, aunque en guerra con RspMaña, 
continuaron en sus discordias sempiter- 
nas, deponiendo ministerios, nuestro ten - 
dero se dio tales trazas para manejar la 
nave del Estado, que fue ministro de la 
Guerra, y después de Relaciones exterio- 
res. Para no precipitar los acontecimien- 
tos, omitimos ahora para decirlo luego, 
el brillante papel de traidor que hizo Pu- 
iol^enla comisión que ¿u presidente le 
hauia confiado cerca de nosotros. 

B.Hisario CurieU hijo de un mulato ho- 
landés contaba treinta y seis años, era 
del color de su padre y gastaba una lar- 
ga perilla negra. Pertenecía también al 
gremio de mercaderes de Santiago j al 
tiempo de la anexión, se le reconoció el 
empleo de teniente coronel de las reser- 
vas. Aunado con sus cofrades para poner 
obstáculos á España, impidiéndola que 
desenvolviese en la isla un sistema de or- 
den y justicia, de que absolutamente ca- 
recía, tomo una parte njuy activa en la 
A*acasada revolución que estalló en Fe- 
brero de 1863, siendo individuo del ayim- 
tamiento de Santiago. Por la culpabili- 
dad que contra él resultó fué condenado 



á doce iifios de ejcpatriadoo; pero amm»- 
tiados todos los eomplicados en aquellos 
actntecimientos, Beiisarió prest4S jui»- 
mento de fidelidad á España y yoLtíó á su 
categoría de teniente coronel. Cuando es- 
talló en Agosto la rebelión, nuestro alia- 
do no se precipitó como la vez pa^ada^ ya 
escarmentado por su anterior desgracia ó 
bien por que C(mtaba con bastante perfi- 
dia en su corazón para desempeñar con 
propiedad el bajo papel de Judas. Supo in- 
gerirse en el ánimo del comandante ge- 
neral del Cibao, señor brí^dier Buceta, 
haciéndole falsas revelaciones y «segu- 
rándole que por el orden j por España 
expondría gustoso su vida. Buceta ae de- 
jó engañar y ai que fingía ser su confi- 
dente y su espía, le nombró su ayu<kLnta 
de ordenes. Con estoCuriel dio un gran 
paso á sus fines. Aborrecía al comanaan- 
te general, como todos los conspiradorae 
de Santiago, porque sabían que ante^au 
valor se habían estrellado reiteradas ma- 
quinaciones. 

En aquellos dias en que llegaban i 
Santiago de los Caballeros, todos los 
conjurados de la isla, que habían citado 
las logias masónicas para con su inmen* 
sa superioridad numérica, acabar ai pOr 
dian con el escaso número de soldados es- 
pañoles que guarnecían aquella ciudad 
abierta; entonces que nuestra escasa 
fuerza se había replegado al fuerte de San 
Luis y luchaba con desventaja contra la 
turba-multa ^ue la asediaba, juzgó opor- 
tuno el novel ayudante del jefe sitiado, 
arrancarse la mascara y no bast4&ndole jt 
sostener relaciones con los enemigos ex- 
teriores, empezó á seducir á los de la re- 
servas que estaban en el fuerte, legrando 
realizar sus fines. Cuando nuestras fuer- 
zas abandonaron lo que había sido ciudad 
de Santiago, quedó Curiel con nuestros 
contraríos. Y la prueba más evid.ente de 
su perfidia está, en qué al formarse el 
primer gobierno revolucionario, se le re- 
compensó nada menos que con la cartera 
de la Gruerra. 

En los respetidos Taivenes de la in- 
constante y artera política dominicana, 
cayó desde su alto puesto; pero como hi- 
jo predilecto de su patria, como persona 
que había ju<3tificado plenamente ^u in- 
veterado aborrecimiento, no á España, 
si ¿o al sistema de orden con que amena- 
zaba á su país, quedaba siempre btea 
quisto, pues del segundo puest-o de la na- 
ción por efecto de las eircunstanciaa. 



^m^ 



quedó de gob^nador de la proTincia, pa- 
ra después en otra crisis volver ¿ ser Úa- 
xnado, como lo ^ué al poder, para volver á 
ser depuesto y más tarde elegido por el 
presidente Pepillo Salcedo, plenipoten- 
ciario en nuesti o ci^mpo, cuya comisión 
desempeñó, según veremos, con toda la 
perfidia de que era paz. 

Ricardo Cnrül. Enk isla de Santo Dor 
mingo hay entre tantas otras anomalías 
ima porción de hombres que saben adqui- 
rirse el nombre de abogados y la reputa- 
ción de sabios sin haoer visitado una 
universidad, y sin embargo, estos empíri- 
cos del derecho tienen abierto su bufete 
público, firman pedimentos y^ defienden 
pleitos y causas criminales con la misma 
naturalidad que pudiera hacerlo el mejor 
jurisconsulto. A esta clase de personas 
pertenecía este Curiel, que contaria unos 
treinta años y era de apuesto continente, 
y mulato' de color. Se dice que permane- 
ció ageno á la insurrección de Febrero 
del 63 y que tomó parte en la de Agosto, 
arrastrado por las circunstancias. Lo que 
si es cierto, es que no formó parte del 
primer gobierno revolucionario y que pa- 
saron varios meses antes de que sé le con- 
fiara la cartera de Hacienda. Depuesto de 
tan elevado cargo, se le nombro coman- 
dante de armas de Guayubin. Aquellos 
lectores que saben que este pueblo es un 
compuesto de treinta y tantas barracas 
de palos y barro, ne esitarán muchos 
más datos de la isla de Santo Domingo 
para comprender la inconexión que se ad- 
vierte, entre un abogado que lo es, por 
que quiere serlo, convertido en uñ mi- 
nistro de Hacienda y más tarde en coman- 
dante de armas de la más miserable al- 
dea. Esto da la medida del desconcierto 
de aquel país. 

Nuestro amigo D. Miguel Muzas, oficial 
español, muy conocedor de las personas 
y cosas de la isla y que como recordaran 
nuestros lectores fué prisionero de los 
insurrectos, nos aseguró que Ricardo Cu- 
riel, era persona de muy buenos senti- 
mientos y que no había nadie que pudie- 
ra tacharle de haber perpetrado ninguna 
felonía ni crueldad con los españoles. 

Al/red Decijen era natural de Haití, 
como de veintisiete años, de estatura al- 
go menos que regular, y de buen color y 
agradable fisonomía. Establecido en San- 
tiago con su correspondiente tiendecita, 
no podía mteos de &nnar parta de la 



liga de los tenderos contra la reincorpo- 
ración. 

A fuer de interesado por sus amena- 
zados intereses v no por los del pueblo, 
que no siendo el suvo, poco le Interesa- 
ba, tomó parte en la conjuración de Fe- 
brero, y como convicto de conspirador fué 
ex patriado ; pero la amnistía le abrió las 
puertas da la isla adonde llegó k tiem- 
po de tomar parte en la sublevación de 
Agosto. 

Este joven formó parte del primer go- 
bierno revolucionario, empezando su car- 
rera por el cargo de ministro de Hacien- 
da. AQaso algún lector observe que deja- 
mos sentado que en el primer ministerio 
desempeñaba aquel cargo é[ otro tendero, 
Pujol, es muy verdad; pero esto se ex- 
plica diciendo que la revolución domini- 
cana tenia ministros de Hacienda á pares, 
es decir, ñor partida doble. ¡Cómo podría 
un solo hombre manejar tantísima Ha- 
cienda! 

Alfred, viendo que la cuestión de echar 
á los españoles era larga, y que no salía 
tan á pedir de boca como se había demos- 
trado en las logias matemáticamente, se 
hizo apóstol de la paz y fué quizás el pri- 
mero en la isla que predicó contra la con- 
veniencia de una guerra tan desiguiil y 
de tan difícil éxito , demostrando la im- 
portancia de entrar en negociaciones con 
el gobierno de España, hasta obtener el 
penion de sus calaveradas , y que todo 
quedase asi, esto es, como estaban las 
cosas antes de la sublevación. Siendo 
este el constante tema de sus discursos j 
conversaciones, se le empezó á tomar por 
sospechoso; pero por fin consiguió con- 
vertir al presidente de la república, y en- 
tre ambos formaron el partido de la paz 
ifiiñ condiciones. 

Alfred, fué comisionado por Pepillo 
para que en el Quarico tuviera la prime- 
- ra entrevista con nuestros encargados dtf 
oír sus proposiciones. 

Se nos dijo que se había expresado en 
términos muy razonablos, cuya igual li- 
nea de conducta observó en las delibera • 
clones de naestro campamento. Su pre 
disposición á la paz le acarreó más tard 
persecución y cautiverio. 

Pedro Antonio PimeiUel, o** criollo, d 
cincuenta años de edad, proporcionada 
estatura, buenas facciones y color euro- 
peo; su cabellera y bigote eran grísea. 
6n el campamento se mostró muy reser- 
vado. Algunos de soa compafiaroa ia^^i 

21 



- Mfr- 



wttñ ove deiconflaban de él jfne saiia 
el obstáculo para llevar á buen término 
cut)quier arreglo. La profeaion de Pi* 
xnentel en el pnis era la de ganadero. Sus 
paisanoe no le concedían reputación de 
nombre ilustrado; pero tanto en las con- 
versaciones que le oírnos, como en sus 
actos posteriores, demostró ser hombre 
de ruoa franqueza y de enérgica resolu- 
ción. Fué uno de los primeros cabecillas 
que acaudillaron algunos grupos de su 
plevados j da los que con mas fé j en- 
caridzamiento combatieron la domina- 
ción española. Se opooia & toda trannac- 
cion que no tuviese por base el abandono 
de la isla. 

iiawuel FoirigMez Oógio, era natural 
de Venezuela, como de 28 á 30 años; pe- 
queño, bien ñirmado v de agraciado ros- 
tro. Se presentó en el campamento con 
una levita militar, larga, desairada y ri- 
dicula, y á las pocas horas se le conocía 
ya por el chico doctrino. Se le iuzgaba 
con alguna instrucción, y era inclinado á 
la sátira y á los retruécanos. A un facul- 
tativo nuestro, á anien consultó una do- 
lencia antigua, le alo después de muchos 
ofreclmtentos, una targeta con su nom- 



bre, y aJSadió con lápls. Coronal rewéüot^. 
Figuró poco en los sucesos de la insur- 
rección, y su elevación al poder fué poa^ 
terior á la visita que nos hizo. 

Conqluiremos estos ligeros apuntes 
biográficos, manifestando que los einoo 
primeros de estos persoDajes eran gene- 
rales de su improvisada r'^pública y el 
último coronel. Las demás' personas, 
hasta el número de nueve, que tormaban 

Sarte de la cdmis^on, traian el carácter 
e acompañantes y secretarios. 
Los comisionados partieron por fin pa- 
ra su campo, muy satisfechos de la cor- 
dial V fina acogida que habían tenido en 
Monte-Christi, 

Los que no estaban iniciadoa en loa 
secretos de la política palpitante y que 
tenían que deducir el aspecto de la cosa 
pública, por el ge:sto de los semblantes, 
esperaban como inmediata consecuencia 
de las negociaciones, ver aparecer de un 
momento á otro por las íome^iataa lo- 
mas á nuestros deagraciados compañeros 
de armas, que se nallaban prisioneros 
hacia más de un año en el interior de U 
isla. 

¡Vana esperanza! 



XV. 



LAS NBeOCIÁBIONSB F&ÜSTEADA8. 



Prisiott del Presidenta Salcedo.— Instalación de un nueTo gobierno, 
elon de loa oomiaioaados para negociar la paa. 



Pasaban días y semanas y ni los prisio- 
neros llegaban, ni tampoco la «'onteata- 
eion defíáitíva de la e» misión que había 
mandado el gobierno revolucionario. 

Tan prolongado silencio, en un af>unto 
de tan vital interés, se hacia sospechoso 
y anunciaba un acontecimiento extraor- 
dinario. 

Cierto es, que conociendo la sagacidad 
de los doTninicaDc»s en sus tratos, no era 
de extrañar que faltasen una vez más á 
sus compromisos; pero como parecía que 
estaba en aus propíos iuterese*^ Ih consu- 
maron de un pacto, que ellos habían 
abordado al parecer con sinceridad, i>a- 
die pensaba aiquiera que pudiese suceder 
)o qoi auoaAft^ 



I 



Por fin se rasgó el velo del misterio y 
por la Via de Haití, llegaron al cam pál- 
mente espafol noticias en alto grado 
trascendentales. ¡Cosa extraña! para que 
llegaran á nuestro conocimiento, habia 
sido preciso que dieran una gran vuelta 
por una nación extranjera, cuando «olo 
distábamos seis leguas de Guayubin tea- 
tro del desenlace. 

Se supo que al retirarse de nuestro 
campo los en viador, les esperaba en 
aquel punto el presidente de la repúbli- 
ca, cou el general en jefe dominicano. 
Gaspar Polanco. Que habiendo expuesto 
en una reunión las concesiones que en 
nombre de la reina, hacia el general Gán- 
dara 4 loe aublevaoea que depuaieran laa 



-m- 



ftrmas, y después de oídos los diTersos 
pareceres, Polanco que conspiraba en 
unión de Pujol y Pimentel, dio un ^olpe 
de estado, reduciendo á prisión á Salcedo 
7 á otros de los que sostenían la idea de 
pacificación. 

Trasladados los personajVs de tan ex- 
traño drama á Santiago de los Cahslle- 
ros, se convocó una junta de notables & 
la que se dio cuenta de lo ocurrido, y se 
hizo constar en un acta que insertó el 
diario, que la voluntad nacional era que 
fuese depuesto el presidente de la repú- 
blica, por estar en tratos con el enemi* 
go y por hallarse propicio é^ mna paz 
que (|e fraudaría las espei^nzas que el 
país VblA concebido al lanzarse á las ar- 
mas. ' 

Cuando supimos esto, pensamos mal 
de Salcedo, á quien no teníamos por in- 
experto ñi candido, y creímos que lia- 
biendo vari%do de opinión en cuanto á la 
conyeniencia de deponer las armas^ por 
efecto quizás de las noticias llegadas de 
Europa, viéndose a^aso demasiado com- 
protnetido con nosotros en sus negocia- 
ciones y compromisos, de los que no po- 
día retroceder decentemente, atribuimos 
8U prisión y destitución ó una farsa por 
él inventada; pero al ver la degradante 
acta que contra él se publicó, y al saber 
que cargado de cadenas se le había con- 
crucído al cantón de Puerto-Plata , bajo la 
Tífi^lancia del Chivo, su antiguo y mor- 
talenemigo, entonces suspendimos nues- 
tro juicio y nos convencimos de que la 
reacción de Polanco se había yeriflcado 
bien á su pesar. 

Vamos á dar algunos ligeros detalles 
de la suerte que cupo ¿ los seis persona- 
jes, que comisionados porPepillo vinieron 
á nuestro campo y que ya hemos bos- 
quejado en el capitulo anterior. ^ 

Pablo Pujol, en pena de haber merecí- 
do la confianza y estrecha amistad del 
jefe degradado; en castigo de haber esta- 
do con nosotros pactanao la paz. Inspi- 
rando con stís actos públicos una justa 
desconfianza al gobierno, que el dictador 
Polanco creaba pura estírpar hasta la se- 
milla de los traidores que habían querido 
▼ender la patria, el infortunado Pujol fué 
nombrado ministro de Hacienda. 

Belisarío Curíel, el ex-ayudante de ór- 
denes del brigadier Buceta, el desertor 
da nuestras filas en drounstanclas criti- 



cas, fué nombrado ministro da la Ghieifi 
á la caída de Salcedo. ^ 

Ricardo Curíel quedó como estaba. 

Alfred.Dectjen, á quien hemos consa* 
grado un largo párrafo en el precedente 
capitulo , presentándole como el primer 
apóstol de la prediCHCion de la paz, por 
razones que nb hemos querido explicar; 
este joven tendero, adalid impertérrito de 
la felicidad de un país que no era el suyo, 
se dejó prender con Pepillo. ¡Qué Ingra- 
tas Sen las naciones con ]oi extranjeros 
que van á labrac^su bienestar tan desin- 
teresadamente! ¡Pobre é inocente Al- 
fred! 

Pedro Antonio Pimentel, á quien se 
atribuye la confabulación con Polanco 
para efectuar la reacción, fué el encarga* 
do de prender ni presidente en Gaayu* 
bin, y consumó el acto con todo el apár- 
rate teatral, á pesar de ser compadres j 
amigoa íntimos de toda la vida y de ha- 
ber reunido á sus famiüss en una misma 
casa de campo euando empesó l|k guerra. 
¡Qué patriotismo! ^ 

Manuel Rodríguez. Obgio, el joven ve- 
nezolano, el chico docirino^ que solamen- 
te había podido llegar á coronel revoltoso^ 
según hemos consignado y que no había 
conseguido atrapar ni por ocho días un 
ministerio, logro su pro pósito, siendo % 
nombrado ministro de Relaciones exte« 
rieres, al entregar k los grillos al jefe 
que le había honrado con su confianza. ^ 

Para nuestro objeto» basta con consig- 
nar en estol apuntes los hechos, tales 
como llegamos á saberlos de uua mane* 
ra auténtica, omitiendo las observación 
nes criticas que á cada momento se nos 
ocurren. 

Diremos francamente que en ningún 
periodo de nuestro relato, hemos teñidor 
más necesidad que en este de repri^^ 
nuestros impulsos de discutir si fué dig- 
no y honroso para una nación como Bs- 
paila, el entrar en tratos y en negocia* 
ciones diplomáticas con esta gente re- 
belde y sobre si podía y debia un Capitaii 
general espafiol, sin rebajarse, admitirjf 
tratar di; igual á igual & la pandilla oe 
comisionados de la calidad que hemos 
reseñado. 

El término extrafto, lidíenlo é iasvl-* 
tante de las negociaciones, j^ce por t 
solo mÍM de lo que nosotros pudiframoií 
decir. ' 



-.111^ 



XVI. 

IMPBÜDBkciAS OB LA PBBN8A. 

La glosa de una noticia. — ^Los periódicos ministeriales j los de la oposición. 
Impolítica de los corresponsales. 



Cuando llegó á Cuba j á España la no- 
ticia de la comisión mandada por los 
enemigos á nuestro campo, empezó la 
prensa k comentarla, inventando á su 
antojo historias bien peregrinas. Como 
muestra, yamt s & copiar algunos trozos. 

Uno de los diarios m&s formales de 
Cuba dijo lo siguiente: 

interesantísimo. 

Por la Leonor y que ha entrado hoy en 
nuestro puerto, se han recibido corres- 

gondencias de Monte-Chrísti con fecha 
asta el 19, que contienen noticias de 
grande importancia, sfgun puede verse 
por los extractos que hacemos á conti- 
nuación: 

Monte-ChrisH^ Setiembre 19. 

Habrá como unos diez dias que se pre- 
sentaron con bandera de parlamento, 
imos cuantos insurrectos ¿ la avanzada 
aue sale diariamente ¿ una media legua 
del campamento , llevando ó trajeo do 
consigo al teniente coronel Telasco j su 
asistente; este señor es uno de los oflcia- 
les que quedaron prisioneros en la retira- 
da de Santiago de los Caballeros. 

Poco después de aquel^ hecho, se pre- 
sentaron en la misma descubierta unos 
80 más; pero aunque se presentaron esta 
vez en grupo, no hicieron fuego, sino que 
se adelaotó uno, tomando la palabra y 
diciendo que tenian orden de su gobierno 
de no hacer fuego. Manifestaron sus ne- 
cesidudes: que carecían de pan, café y 
licores; que lo único aue tenian era car- 
ne, y eso por la abuoaancia de reses. En- 
tonces se le permitió ji uoo entrar en: el 
campamento para que tomase tres bar- 
riles de galletas, caté, etc . 

Todas esas cosas han motivado que ha- 
jan salido para el Quarico el general 



Hungría, coronel Yan-Halen y otros de 
la reserva junto con el teniente (juronel 
Velasco á conferenciar con el minil&o de 
Salcedo, quien pasó á bordo de la goleta 
Guadiana todo el dia de anteayer. Dicho 
buque regresó ayer, trayendo las mejo- 
res esperanzas de paz. 

Mañana se esperan aquí todos los pri- 
sioneros nuestros, y de aquí á cuatro 
dias vendrán los comisionados para ar- 
reglar los preliminares de paz. 

La Correspondendencia de España decía 
en Madrid, con e^e tono magistral de los 
periódicos ministerialts que tode lo sa- 
ben de positivo: 

cPueae asegurarse que hoy deben ha- 
»ber8e entregado á las tropas de la reina 
>los rebeldes de Santo Domingo, sin con- 
idicioues.» 

Considerando muy poco decir con k 
noticia de haberse entregado, otro perió- 
dico, sin andarse en chiquitas, dijo: 

«En cartas particulares recibidas de 
> Santo Domingo, y que tienen la fecha 
»del 10 del actual, leemos la siguiente 
^importante noticia: 

< cLos iosurrectos han entregado mis 
»de doscientos prisioneros.» 

Esto ya era mentir con más osadía. 
Otro diario publicó, y de él lo copiaron 
casi todos los de Madrid, lo que sigue: 

«En los periódicos extranjeros haUamos 
noticias de Santo Domingo, traídas k Eu- 
ropa por el paquebot-correo Cuba, 

lEl capitán' general habla tenido cerca 
de Monte-Christi un encuentro con los 
rebeldes, qne hablan sido completamen* 
te derrotados. 

1 Dos dias después, los rebeldes, que ha- 
bían perdido todas sus provisiones, en- 
viaron k pedir víveres al capitán general* 
quien les envió 500 raciones de carne j 
pan. Bl jefe de los rebeldes, para ooiree- 



*-l'» 



jionder á este acto benéfico, entregó 250 
prisioneros españoles, entré los qne se 
contaba al coronel Yelazquez. La situa- 
ción de las tropas era muy buena y se creía 
próximo el término de la insurrección. i 

Estos ejemplos demuestran hasta qué 
pnnto es fácil iayentar la novela Mstori-. 
ca de la vida. De una frase, de un páu'ra- 
fo verídico, componen los noveleros, dis- 
ftazándole, un largo cuento ridiculamen- 
te adornado. 

Rb lo cierto, oue hubo un conjunto de 
coincidencias al parecer insignificantes, 
que contribuyeron á prolongar la cruenta 
lucha entablada por los españoles en la 
primera antílla. 

La prensa de Madrid puede tener la 
satisfacción de haber sostenido la guerra 
con sus necios artículos y con sus estra- 
Tagantes noticias. 

Cuando hablaba.la prensa ministerial, 
lo hHcia siempre con ese tono desdeñoso 
de quien todo lo sabe, de quien no puede 
equivocarse y daba soberbios golpes de 
violón, risibles y despreciables en cual- 
quiera otra ocasión; pero sensibles y tras- 
cendentales cuando se trata de extraviar 
la opinión, en una cuestión tan grave y 
delicada como es una guerra extranjera. 

•Cuando hablaba la prensa vicalvarista 
mostraba sin rebozo el mayor empeño en 
querer hacer creer que por Santo Domin- 
go, todo iba bien y que de un momento á 
otro, llegaría la noticia de haberse domi- 
nado la insurrección. 

Mal andubierun estos dos órganos, que 
imitaban con sus armonías á las del cé- 
lebre de Móstoles; pero por fin; no fueron 
de los que más daño hicieron, pues com- 
pletamente desconceptuados, fueron muy 
pocas personas las que hacían caso y da- 
ban fé 4 sus oficiosas noticiafl. 

Hé aquí otro rasgo de patriotismo de 
un periódico moderado: 

«Kuestras tropas han conseguido triun- 
fo sobre triunfo. Después de la toma de 
Monte-Christi acaba de publicar la Oa^ 
ceta el parte oficial de la acción de Puer- 
to-Plata, en que las fuerzas de mar y 
tierra' se han coronado de gloria; pero 
tenemos el triste convencimiento de que 
este nuevo triunfo ha de ser tan es- 
téril como los anteriores, y de que no 
es posible terminar la cuestión dominica- 
na por los medios hasta ahora emplea- 
dos, que apenas han producido más que 
la muerte de millares de hombres y el 
conaump de millones de reales. 



»Sólo de las cajas de la Habana han sa«» 
lido por extraordinario seis millones de 
duros en este año, y unos once millones 
desdóla anexión. Por término medio mue- 
ren el ocho por ciento de hombres, y las 
bajas de otra clase ascienden al veinti- 
cuatro ó veinticinco por ciento. Hl siste- 
ma político, el sistema militar y de Ha- 
cienda, seguidos en aquella provincia ul- 
tramarina, pueden expresarse con la si- 
guiente fórmula: sangría suelta perma- 
nente de hombres, dinero y orden. 

»De 25 á 80,000 hombres tenemos en 
Santo Domingo. Juzguen nuestros lecto- 
res por un solo hecho del estado de las 
cosas. En el Seibo hay 4,500 hombres, y 
de estos solo están disponibles 1.500. ¿Y 
en qué disposición se hallan estos últi- 
mos? Según nos dice nuestro celoso cor- 
responsal, se ha tenido que autorizar á 
loe centinelas para que la hagan sen- 
tados.» 

Estos pftrrrafos que pertenecen al Pen- 
samiento Bspahol, son tristes verdades; 
pero jamás ha tenido mejor aplicación el 
anttguo refrán de que no todas las ver- 
dades son para dichas. 

Hay ciertas verdades que no deben pa- 
sar de las conversaciones de confianza, ó 
de las cartas parti«'ulares; pero decirlas 
en los periódicos, que nuestros enemigos 
leían con afán y placer, es necesario de- 
cirlo y repetirlo mil veces, para, que co- 
nocido el error, no vuelva á repetirle, fué 
una imprudencia muy criminal pues hizo 
dirramar mucba sangre inútilmente. 

Estamos* intimamente convencidos de 
que la guerra de Santo Domingo, hubie- 
ra tenido un pronto término, si la prensa 
española hubiese tomado el tono digno y 
patriótico que tomó cuando nuestros her- 
manos combatían en África; pero se hizo 
arma de partido y ante miserables renci- 
llas no hubo inconveniente en sacrificar 
al valiente ejército, presentándole á los 
ojos del enemigo, como impotente, como 
inferior en número y calidad y como ago- 
biado por los disgustos y por las en&r- 
medades. ¡Triste lección! 

Los periódicos que sin duda alguna 
fueron más culpables y á quienes sin re- 
bozo nos atrevemos á acusar de traidores 
al honor nacional, han sido los que se 
llamaban en la península de ideas avan- 
zadas. Obcecados sus redactores con sus 
principios políticos, á trueque de pasar 
ante sus correligionarios, por decididos 
campeones de laübertad, tuvieron la des* 



^171-^ 



gneltdft oonrreneia de dftr talas ñotíeias 
y escribir artículos tales, que nuestros 
enemigos recibían con ansia j regularidad 
estas publicaciones, que leian en grandes 
corros y glosando sus frases se eutusiiis-^ 
maban y copiaban en su diario de Santia- 
go lo que les convenia, para demostrar al 
país, que por declaración de los mismos 
periódicos espafioles, la causa de España 
era injusta, que nuestra ejército no ade- 
lantaba Di podía adelantar nada; que la 
ruina de España seria la guerra de Hanto 
Domingo j que nuestro ejercito tenia que 
eracuar la isla sin tardanza. 

Los militares que estábamos en la 
campaña, j que veíamos y Habíamos el 
gravísimo daño que nos causuban tama- 
ñas imprudencias, nos admirábamos de 
que la libertad de impreLta se emplease 
en nuestro propio perjuicio. Ni en los 
Estados- Unidos, ni en ningún otro país, 
hallamos tales ejemplos. Elogiar al ene- 
migo y deprimir la causa nacional cuando 
se está sosteniendo una lucha, es unact > 
punible en todas las naciones* y sin em- 
Dargo, hemos leído articúleos en periódi- 
cos de oposición, que nos han sonrojado. 

Ko citamos los periódicos estremos en 
que los leímos, porque no queremos de- 
nunciar, y no les copiamos, porque nos 
lo impide nuestro decoro nacional; pero 
si copiaremos aquí lo que con justa in- 
dignación decía en las Cortes ún dipu- 
tado: 

cPeró la mayor responsabilidad, seSjg- 
res, no está en Santo Domingo; está tn 
España. Publicaciones que parecían es- 
critas en Santiago de los Caballeros, y 
que con efecto servían de proclamas á los 
rebeldes, salían diariamente de las pren- 
sas de Madrid, para llevar allí el descré- 
dito de iluestro derecho y la impotencia 
de nuestros medican Una parte de la pren- 
sa, haciendo cuestión de partido lo que 
era una cuestión nacioniil, al querer herir 
en el pecho á los que pertenecíamos á 
cierto pifttido, clavaba un puñal en el 
corazón de la Península. De esta manera, 
señores, se formó y se extendió una opi- 
nión artificial; de este modo esa opinión 
salvó las distancias y los mares para lle- 
var, si no el desaliento, laduda al menos, 
al ánimo de nuestro valiente ejército; de 
este modo se han venido preparando las 
cosas hasta el punto ác- que se nos pre- 
sente como una necesidad, como unarven- 
ti^a casi, nuestra anulación y nuestro 
dosprestigto. Gabinete» adversarlos de 



aquel que hizo Ht relneorporaeien, 
alentar estas manifestaciones, que de otra 
manera no se hubieran hecho, y de todo9 
modos indicaban con su conducíka, en eos 
conversaciones y en to ias partea, una 
opinión preconcebida de que el resal tftdo 
había de ser una catástrofe.» 

Los ejemplos expuestos bastarían para 
demostrar lo desatinada que andHTo la 
prensa de Madrid, al querer ilustrar al 
país, de lo^que sufrían sus valientes hijoa 
en la guerra de Santo Domingo. 

No nos cansaremos de repetirlo, los 
periódicos españoles tienen mucha colpa 
de la sangre allí derramada, pues con 
sus imprudentes artículos dieron á uves- 
tros miserables enemigos más fuersas y 
perseverancia, que si de cualquiera otra 
nación hubiesen recibido ejércitos auxi- 
liares y convoyes de toda especie de re- 
cursos. • 

Como el más grosero colmo de la im- 
política y de la más insigne necedad, va- 
mos á copiar aquí una carta inserta en el 
periódico moderado Bl Bspíritu Pwélice, 
el día 20 de Setiembre, es decir, áloe po- 
cos días de haber tomado Narvaez ha 
riendas del poder. 

Guando apareció aquella corresposden- 
cia, se creyó que su contenido estaba ea 
consonancia con los principios del gobier- 
no; pero nosotros queremos hacer más 
honor á nuestros ministros, y creemos 
que aquella carta solo pudo salir de la 
pluma de alppun agente de los insurrec- 
tos. Solo asi puede tener alguna explica- 
ción ese malicioso modo de ver las cosas, 
y ese modo de atacar ai general Gán- 
dara. 

Hé aquí la carta, y el párrafo con que 
el citado periódics la presentaba: 

«La cuestión de Santo Domingo as uaa 
de las que más pronta resolucioQ exigen: 
no sabemos qué pensará el gobiemo, pera 
teniendo en cuenta la actividad y deci- 
sión del general Narvaez para todo k> que 
sea en pro del honor nacional, creemos 
que se encontrará el medio de satisfacer 
á ía opinión pública, sin prescindir de la. 
que nos convenga. Véase la siguiente 
carta que copiamos de nuestro aprecia^ 
ble colega La Libertad: 

»Señor director de La Lüertad.—BiBto 
Domingo 13 de Affosto de 1864. -Muy 
señor mío: Yaásanr la goleta Bugmia 

Sara Puerto-Rico, y mando esta con uno 
e loa pasajeros á un amigo para que la 
despaene fot el conrea infles de ün ée 



— *»-. 



mes. M€f dirijo áV. con preferencia, por- 
que lie Tísto alguno0 números tle bu pe- 
' riódico y Teo que habl&n claro y con in- 
dependencia, que es lo que no se acos- 
tumbra. Levanten Yds. su voz y hagan 
ver que esto es una gran desgracia para 
la nación y una grande responsabilidad 
para los úlUmos ministerios; un escollo 
para la prosperidad de España, donde se 
están gastando el dinero y la sangre del 
pueblo sin utilidad ninguna. Este es un 
desorden espantoso y un despilfarro sin 
ejemplo, cuyo resultado no será otro que 
al descrédito y el ridículo. Y esto no ha 
podido ocultarse al gobierno, si es que 
merecen este nombre ministerios como el 
actual. ¿Qué resultados podían esperarse 
del desatinado manejo que esto tiene? 

»La anexión se hizo por el iAterés de 
una docena de hombres, y aunque el 
pueblo no tomó parte, se estuvo quieto, 
pero cuando vio que en un pais ^^ue ape- 
nas producia siete millones de reales, se 
establecia una administración dispendio- 
sa y descabellada que consumía 64 millo- 
nes, se alarmó y se empezó á conspirar, 
porque conocia que aquello les había de 
caer en las costillas. Y en efecto, ¿para 
qué esa nube de empleados que eran in- 
necesarios? ¿Para qué una Audiencia, es- 
tando tan cerca Puerto-Bico y la Haba- 
na, en un pais donde no hay pleitos ni 
causas ni los habrá, en muchos años? Y 
para colmo de ridiculo, porque V. no 
sabe lo que esto dio que reír, ¡un Consejo 
de administración! ¿P para que? Para lo 
mismo ó menos que la Audiencia*. ¿Y qué 
diré á y. de la aaministracion militar? 

1 Yaya, repito que esto es una gran des- 
gracia; y si no viene un gobierno que 
ponga coto y remedio á tanto desorden, 
esto va á ser la ruina de España. Al go- 
bierno se le ha engañado y se le está en- 
ñando por los que aquí mandan. Lo de 
Monte- Christí no fué nada; fué solo una 
farsa para pintarlo al deseo y sacar gra- 
dos y empleos: estoy todo lo que pasa, 
ea pura farsa. 

» El inepto general Vargas acabó dedes- 
moralizar este ejército con esa lluvia de 
gracias inmerecidas que el gobierno apro- 
bó sin examen ni criterio, como lo está 
haciendo ahora con las de Gándara, con 
motivo de lo de Monte-Christi, mientras 
el pobre soldado carece hasta de agua, 
mientras están muriendo á 25 ó 30 aia- 
riamente en el mayor abandono, míen- 
toas para surtir de agua 4 Monte-Christi 



se están pagando 18.000dttros mensuales 

á dos goletas, y sin embargo, los pobres 
soldados mueren de sed; y mientras aquí 
en la capital está poco menos que sitiado 
por los negros, que en cuanto anochece 
vienen á matarnos los centinelas en los 
fosos y en las mismas puertas. Pero el 
Sr. Gándara juega al tresillo todo el dia 
sin cuidarse de nada, y se hace servirima 
mesa opípara y en vajilla de plata. 

»y enire tanto, vengan empleos y vayan 
gracias, con lo que el presupuesto subi- 
rá á una suma fabulosa, y al fin no ha- / 
brá con qué pagar, como sucede ya en 
Puerto-Rico según me informaron en Ju- 
nio que estuve allí unos días, y trampa 
adelante, para honra y gloria del que se 
llama fi^obierno. 

»Naaa crean Yds. de lo que se diga de 
%qui, porque la verdad es que esto em- 
peora de día en dia. Si no se suprimen 
¿stos gastos, no habrá bastante con toda 
la contribución de España. Lo sensible es 
que se pierda inútilmente tanta gente. 

Suyo afmo. Q. B. S. M.— T. F. C.» ' 

Por los laismos días en que teníamos 
en nuestro campamento de Monte-Chris- 
ti á los comisionados del presidente del 
gobierno revolucionario, publicaba La 
iberia algunas correspondencias de San- 
to Domingo y de la Habana, en la que 
se pintaba con los más negros colores el 
estado de la causa pública. 

Aquel periódico tan liberal, obcecado 
por sus principios políticos y constante 
en su emp'esa de desconceptuarnos, em- 

gezaba un breve articulo con estas pala- 
ras i 
" € SANTO DOMINGO. -Llamamos la 
atención de nuestros l^'Ctores, y muy es- 

{>ecialmentede los periódicos mínisteria- 
es quo se han dado á decir que los in- 
surrectos están pidiendo la paz en cam- 
bio de que se les perdone, hacia la^ dos 
siguientes cartas que hemos recibido por 
el último correo.» 

¡Mentira parece que se niegue asi lo - 
que todos hemos visto! 

Jnsertaremes aqui también algunos 
trozos de las carta^t que anunciaba La 
Iberia^ y no las copiamos todas porque 
además de ser excesivamente largas, ha- 
llamos trozos insoportables. 

4LSanto Domingos, de Agosto de 1864. 
Seüor director de La Iberia» 

>Esto 8igue parado sin que haya noti- 
cias de ulteriores operaciones. Qa Uon^i 
te-Ghristi» lo mismQ, 



-v»^ 



>Creo suman 20 ó 25 mülon^ade pesos 
los que Tan gastados. ¡Pobre España! 

»Nuestro país no sabe lo que es esto ni 
poro ué se sigue sacrficando sangre jr dinero 

>TeDgo bastantes ocupaciones materia- 
les; sino, aunque me conceptuó sin con- 
diciones para escribir lo haría con gusto; 
porque si bien con malas formas, diría á 
nuestros compatriotas Ja verdad de lo 
que es este pueblo; la guerra que se está 
haciendo, cómo se hace, j qué resultados 
se han de obtener. 

» Desde los primeros jefes hasta el últi- 
mo soldado sostienen aquí y sostendre- 
mos el compromiso de la patría, sufrien- 
do las consecuencias de una anexión Ho- 
yada á caito por cuatro farsantes de uno 
y otro bando, español y dominicano; sin 
que de ello se aperciba el país, ni aun los 

Sue protestaron en contra de tan absur- 
a y funesta anexión.» 

iiHabana^ 15 de Agosto. 

Señor director de La Iberia, 
»liuy señor mió y de toda mi considera- 
ción: Poco nuevo que comunicar tengo de 
la hija arrepentida que vuelta al regazo 
de su madre, arrepentida en mal hora y 
solo para provecho de unos fiocos y des- 
gracia de muchos, sigue lo mismo, es de- 
cir, haciendo de las suyas, por aquello de 
que la cabra siempre tira al monte. - 

»La ocupación de Santo Domingo sigue 
siendo funesta á España: nada se adelan- 
ta ni se adelantará por ahora, haciéndola 
más precaría las disposiciones de los que 
rijen los destinos de aquella isla, pudién- 
dose asegurar que si se hubiese tratado 
de reunir un número determinado de no- 
tabilidades para echarlo á perder todo, 
no se hubiesen podido encontrar más á 

gropósito que las oue constantemente se 
an hallado reuniaas; pues todo lo que 
se ha ordenado desde el príncipio de la 
insurrección, y aun antes, ha sido favora- 
ble en tolos conceptos al sostenimiento 
de ella, y de con&igui<*nte perjudicial á 
España: sin embargo, hay que hacer una 

Sequeña excepción, por considerar lame- 
ida como más acertada y conveniente á 
los intereses y honra española. 



€B1 general Bivero (si no me equivoco) 
cuando sé informó de la desastrosa retí- 
rada del brigadier Bnceta, y de la, por 
milfigro, dichosa del brigadier Primo de 
Rivera, que no pudo pasar para auxiliar á 
aquel, ambas en el mes de Setiembre úl- 
timo comunicó órdenes reservadas á loa 
jefes de brígada para oue se reconcentra- 
sen en las costas a esperar las del 
gobierno, á quien habia consultado él 
abandono de la isla: esta medida, pru- 
dente y honrosa en aquel tiempo , que- 
dándonos, como se decia, con la peoinsii- 
la de Samaná, parece fué desaprobada, j 
que se podia paciHcar el pais, sin que un 
año de constantes desengaños, y que la 
experiencia ha demostrado suficiente- 
mente que no los seis batallones, sino los 
veintiséis que hay en la aetuaJidad eon 
1 artillería, caballería é ingenieros cor- 
respondientes, han sido r son insufíciea- 
tes, y que para dominar*' el pais por h 
fuersa de las armas, lo son igualmente 
cuarenta; esto, unido á las grandes nuli- 
dades escogidas para la dirección de aque- 
lla baraúnda, dará por resultado el aban- 
dono de la isla , después de sacrificados 
diez y ocho ó veinte mil hombres , y an 
buen número demillones dn pesos.» 

Hoy que la ocupación j guerra de Sui- 
to Domingo pertenecen a la historia, aca- 
so parezca fría é insustancial la presente 
carta. Pero rogamos á nuestros lectoras 
que se formen idea del efecto que su lle- 
gada y lectura prodúciria en aquellos va- 
lientes militares, que viviendo muchos 
meses seguidos bajo el viejo y agugerea- 
do lienzo de una tienda de cnm paña, es- 
peraban ancosos el arribo del correo, y 
con él noticias gratas de la madre patria, 
de que tanto hablan menester para reani- 
mar su trabajado espíritu. 

Concluimos este capitulo afirmando, 
que las imprudencias de la prenda é im- 
política de sus correspoBsalits, fueron los 
. principales enemigos que tuvimos que 
combatir en Santo Donoingó. 

¡Hasta tal punto llegó la ceguedad de 
los partidos! 



— 1T7 - 



xvn. 



FOLANOO r BL CHITO. 



Biografía del general Polanco.— Venganca del hijo de Salcedo. — Manifletto de 
Pimentel. — Hechos de Manuel Rodrigues (el Chivo.) 



Hemos nombrado ja tantas veces á 
Polanco j al Chivo, que creemos conve- 
niente dar á conocer al lector á este 
par de personajes, aunque sea Ibera- 
mente. 

Guando se reincorporó á España la isla 
de Santo Domingo, exístia en el Cibao 
ima familia llamada de los Polancos, de 
la que formaba cabeza Gaspar, porque 
tenia representación de brigadier, ó co- 
mo allí se llamaba, de general de briga- 
da, 7 además porque se le suponía el 
más inteligente délos tres hermanos. 

La Iposicion de esta familia era un 
tanto aesahogada, pues poseia buen nú- 
mero de cabezas de ganado j algunas 
tierras ó vegas de tabaco. 

Gaspar Polanco, que se nos' presentó 
con todo el aparato de general en jefe y 
dictador del país, que destituyó j enca- 
denó por su propia voluntad al presiden- 
te de la república, contaria entonces 
unos cincuenta años de edad. Era mula- 
to, de color pardo claro, feo y enjuto de 
cara, de cinco pies y cinco pulgadas de 
estatura, pero doblado y desgarbado de 
cuerpo. No sabia leer ni escribir. 

Empezó su carrera militar en la guer- 
ra de la independencia contra los haitia- 
nos en 1844, obteniendo desde luego el 
empleo de coronel, del que se llamó re- 
gimiento de Entre los ÉioSy jurisdicción 
de Guayubin. 

Gaspar se adhirió, al parecer, á la 
anexión, de buena voluntad. No solo no 
tomó parte en la fracasada intentona de 
Febrero, sino que por el contrario contri- 
buyó á sofocarla. 

Su hermano Juan Antonio que figuró 
en ella, fué aprehendido con las armas en 
la mano, y debió sin duda su vida á las 



lágrimas y á los ruegos de Gaspar ante 
los jefes españoles velaseo y Campi- 
llo. (1). 

En sus conversaciones trataba de dis- 
culpar su ingratitud v su apostasía, di- 
ciendo que los españoles le hicieron sufrir 
humillaciones antes de concederle la vida 



(1) Después de las ocurrencias de Fe- 
brero y Marzo de 1863, Gaspar Polanco 
dirigió al capitán general de la isla una 
solicitud, pidiendo indulto para su her- 
mano que habia tomado parte en aquella 
rebelijn. Trataba Gaspar en ella de dis- 
culpar á su hermano d!e las imputaciones 
que de público se le hacían, y temiendo 
que sus razones no bastaran, aglomera- 
ba sus propios méritos para inducir al 
perdón de su hermano, y refiere que su 
patriotismo y amor á España le hicieron 
reunir en aquellos sucesos doscientos 
hombres, con los que se presentó al ge- 
neral Hungría en el punto del Jaybon y 
con los que desempeñó con el mayor 
celo cuantas comisiones le confiaron en 
aquella campaña, v alegaba por último, 
que él era el que habia cogido prisione- 
ros á los cabecillas Eugenio Perdomocon 
varios individuos de su partida, al gene- 
ral D. Bartolomé Mcgia, al comandante 
don Rafael Reyes con tres capitanes y 
tres tenientes más. Recordaba Polanco 
en su instancia otros servicios prestados 
á España en época posterior, y ponia por 
testigos de sus méritos al general Yardas, 
comandante Campillo y al brigadier Bu- 
ceta, terminando por suplicar indulto 
para su desgraciado hermano. Su petición 
rué atendida, sino tan pronto cual desea- 
ra, tan luego como la justicia pudo per- 
mitirlo. 

23 



-iw,-^ 



dt su hennano, y que de aquellas ofensas 
quería yengarse. 

No tenemos noticias de que en la cam- 
paña haya desplegado aljffun plan ó hecho 
alguna Importante oomDinaci(yi con lafi 
tropas del país, de las que era generalí- 
simo. Lo que si supimos, fué aue man- 
daba en Puerto-Plata cuando el ataque j 
toma de las trincheras enemigas pof 
nuestras tropas» j que se dio buenas tra- 
zas para correr. 

Habiendo sido el príjnero que flrmabit 
una exposición que el gobierno deS^* 
tiago de los Caballeros remitió á S. lí. en 
Bnero de 1865, un diputado dijo de él lo 
siguiente: 

iLos que nos siguen siendo leales, de- 
bien creer en este compromiso solemne. 
He dicho los dominicanos que se han con- 
ducido lealmente con Bspafia, porque son 
muchos, señores, aunque abundaron los 
traidores como Gaspar Polanco. Ese hom- 
bre que se atrere á poner la ñrma en una 
exposición á la Beina; ese hombre que se 
atreve á decir aue los dominicanos no han 
querido nunca la anexión y que fué solo 
obra de un partido, firmaba también en 
1861 el acta de reincorporación de G<ia- 
yubin.i 

El desgraciado Salcedo dejó un hijo que 
aunque joyen y de poca energia^egun nos 
han asegurado, se agrupó álos a:aiigos de 
lafamill^y formó un partido para der- 
rocar del poder al dictador Polanco. 

Figuró en este grupo, no parece sino 
que para embrollar la posibilidad del tér- 
mino de la guerra, aquel Pedro AntcHüo 
Pimental, de quien en el capitulo 49, he- 
mos liecho mención, señalándole cerno el 
ojbstáculo, para el arreglo de la paz y co- 
mo el sospechoso & sus compañeros por 
su mucha confianza con Polanco. 

Ese nuevo partido en cuya bandera iba 
escríta la palabra c venganza,» fué pronto 
bastante poderoso para derrocar al im- 
provisado presidente y^ su gobierno y 
encerrar en una prisión al dictador y sus 
ministros Pujol, Rodríguez Obgio, Cu- 
ríel y otros. 

Aquella nueva revolución puso al éren- 
te del país á Pimentel. 

A Polanco se le acusaba del asesinato 
de Salcedo y de otros varíes cometidos 
durante su mando, y 4 sus ministros, los 
antiguos tenderos, se les achacaban ma- 
nejos inmorales oon todo cuanto hubie- 
ron & las manos. 

La vida de Polanco corría inminente 



peligre, porque habia muefams tenütes 

2ue lleroban la reciente pérdida de sus 
eudos sacrificados por él inhnmana- 
mente; pero otra vez más quedó boxiada 
la justicia, pues el preso logró eseaparae 
seduciendo y llevándose consigo al oficial 
de f guardia y al centinela que le costo- 
diaba. 

Oopiaimes aquí, sin comentarios, la 
primera alocución que á guisa de progra- 
ma dio Pimentel al país después de aa 
eooambranuentQ. 

DIOS, PATRIA Y LIBBBTAD. 
JRépúdlicA dominicana. 

cPedro Antonio Pimentel, presidente de 
la república, y encarígado del poder eje- 
cuiávo.—A Ilinación.— Los reiterados su- 
fragios de la soberana eenvencion nacio- 
nal, me han traído á ocupar la primera 
magistratura del Estado, cuyo encargo 
me está encomendado, para que io des- 
empeñe mientras dure la guerra y hasta 
que se reúna en Santo Domingo un coa- 
mso oonstituyente, que será dentro de 
los noventa dias después de evacuado el 
terrítorío donünicano por las fuerzas es- 
pañolas. 

»Hubiera deseado que estaeleecioa hu- 
biera recaído en cualquiera otro ciudada- 
no que con tanto patríotismo como el^e 
yo poseo, pero con mayores luces, estu- 
viese en aptitud^de servir con más pro- 
vecho los intereses de la nación, pero de 
nada me valieron las súplicas que hice 
para que se me eximiese de este cargo, 
teniendo en últimas que condescender 
ante la insistente expresion.de los lati- 
mos representantes del pueblo. 

• Poco debéis esperar de ua soldado , que 
no tiene otra ciencia que el habitual ma- 
nejo de su espada, ni otras dotes de man- 
do que las que se desplegan en medio de 
los campamentos. Esta franqueza que 
apreciareis en lo que vale, me autoriza á 
hablaros en el lenguige que me corre s« 

Sonde, en el qae se explican los hombm 
e armas y en el que por inclinación acos- 
tumbro. 

1 Al dirigiros, pues, mi voz desde el ele- 
vado puesto en que se me ha colocado, 
quiero que me oigáis con atención, sin 
reparar el estilo, fijando solo en el peso 
de mis palabras el estilo Uano de mis 
hondos pensamientos. 

»La lioertad é independencia de la re- 
pública dominicana, sostenida en los cam- 
pos de batalla, sin omisión de sapzificioi. 



/ 



^ 11*- 



j Ift práetiea de loa preceptos eonstitu- 
eioiiiu«8 qne sirren de garantis á la uiü- 
Tf rsalidad de los ciudadaBOs , son preci- 
samente los términos áque se concretará 
mi atención. 

tNuestros derechos de paz é indepen- 
dencia son incontroTcrtibles á los ojos de 
todo el mundo. 

»Bsto lo sabe la España, porque como 
potencia europea, no puede desconocer el 
principio de las nacionalidades; y sin em- 
Dar^, esta nación, que aspira á colocar- 
se aJ lado de las de primer rango, ^ue con 
tanta gallardía se precia de noble e hidal-- 
ga, da en medio de la América ejemplos 
que la desacreditan. 

lYo no comprendo semejante política. 
To no sé cómo explicarme conducta de 
tan estúpida magnitud. ¿Quién mejor que 
laEspafiapudierariTír en paz y buena 
armonía con los pueblos americanos, y 
aun casi regir con ellos los destinos, ayu- 
dándolos y protegiéndolos en sus condi- 
ciones independienteát 

»Los errores de laJEspaña son grandes, 
JO los deploro con la sinceridad de un 
militar honrado y patriota; pero si per- 
seTcra en sus i^eas de conauistar, des- 
atendiendo á los gritos de la razón ex- 
presada por la prensa, insistiere en la 
flnierra injusta que hace k la república 
dominicana, que tiemble ante los horri- 
bles remordimientos de la conciencia y 
los funestos resultados d^ sus extravíos. 
Bs mucha mengua para esa nación el 
empeño de querer emparejar sus armas 
con las de una república infinitamente 
inferior en fuerzas, oUridéüidose de lo que 
fué ayer, de lo que debe serh^oy y de lo 
que le cuadraría ser mañana. 

>Hágalo nb obstante, si quiere, y Tuel- 
ya á la palestra, que en las pampas, en 
los bosques, en los desfiladeros y en to^. 
das partes nos hallará siempre, desple- 
gados en guerrillas, usando nuestra tác- 
tica natural y cuando no decidiendo, al 
menos dilatando la lucha, hasta que sue- 
ne la campana tremenda que ha de pone^ 
en f»rmas toda>la América. 

^Dominicanos: mi programaos, que si 
la España se propone continuar la guer- 
ra, á la guerra aebemos atenemos eon 
todas sus tristes consecuencias; pero si 

guiere la paz de buena fó, si nos abriere 
íB manos como ella sabe hacerlo, nos 
daremos un abnuso, haremos un hcd«M 
eausto, y ante la eomyenieaefa de )oi 
frineipiOB, nos «igflifioaremo» á la Amé^ 



rica con una bandera blanca, símbolo de 
paz y de venturoso advenimiento. 

> 1 o soy militar, pero un militar más se- 
diento de gloría que de sangre, pero si 
peleo es por la patria, por su bienestar y 
por su independencia. A esto es á lo que 
se limitan mis ambiciones y realizadas 
que ellas sean, no aspiraré á otra cosa 
que á buscar en el retiro privado, en el 
sosieffo del hogar doméstico, la satisfac- 
ción de haber cumplido con mis deberes. 
Compatriotas civiles y 'militares, bajo la 
égida de la Constitución de las leves, es- 
tá colocada mi autoridad y allí están 
también á cubierto vuestras garantías. 
Acompañarme en este terreno, en él fio 
flota otra bandera que la dominicana, y 
no preponderan otros principios que los 
de libertad é independencia. 

»Dadd en Santiago de los Caballeros á 
los veinte y cinco días del mes de Marzo 
de 1868 año de veinte y dos de la inde* 
pendencia y dos de la restauración.» 

Manuel Rodriguez, conocido por el 
Okivo, fué un personaje de dos aspectos. 
Considerado como hombre político muy 
poco puede decirse de él; pero si se le 
Dusca en su carrera de* criminal habria 
mucho que contar. 

Era el Chito nn tíitíláta^ alto t feo, jr 
de alma muy atravesada, era de las cer- 
canías de &intiago de los Caballeros y 
contaria cuando la guerra unos cincuen- 
ta años. 

De muchacho era muy quimerista y 
cuando se peleaba con sus acompafieros, 
daba siempre su primera|acometidaconla 
cabeza al pecho del contrario, de cuya 
costumbre le viene el apodo que se le 
puso. 

En tiempo de la antigua repúbliea fué 
soldadot de cuya clase jamás salió por su 
crasa igíaorancia y mala conducta. 

Nos aseguró un antiguo general del 

Sais que nos daba estas noticias, que 
ende quiera que habia una reunios y se 
presMitaba ei Chivo, se acababa con un 
escándalo. 

Cttande se le veía entrar en las galle- 
ras ó en los bailes, se marchaba de ellos 
la gente pacifica. Por sü desarregliada 
conductat estuvo muchas vecetf preso efi 
la torre del Homenage de Santo Do- 
mingo. 

Cuando en Agosto de 1868 estalló la 
insimreecian, se ^hizo partidario, réwM 
un puñado de bandidos como él y sv fam- 
at6# la guerra '^hM ovillas delOzattia 



— 1«0 — 



mis que contra los españoles, contra los 
que indiferentes permanecian tranquilos. 

Enterado el presidente Pepillo Salcedo 
de los inicuos desmanes que cometía el 
Chivo, le hizo comparecer en el Cibao j 
le puso preso. Polanco, que no podia ig- 
norar su deseo de venganza, le entregó 
al ex-presiieute, seguro de que sin man- 
dárselo le despacharla. En efecto, apenas 
llegó al cantón de Puerto-Plata el infor- 
tunado Pepillo, le cargó de cadenas y le 
dio á macnetazos la muerte más cruel, 
enseñándole antes, la^epiütura en que 
habia de ser sepultado. 

Más tarde supimos por varios de los 
oficiales que estuvieron prisioneros en 
Santiago, que á los primeros días de su 
cautiverio se presentó el Chivo con va- 
rias carretas a la puerta de la prisión, 
manifestando su resolución de fusilar á 
todos los españoles, llevar sus cuerpos en 



los carros y arrojarlos al rio por un pre- 
cipicio inmediato á la ciudaa. Al saber- 
se tan bárbaro pensamiento, acucfieron 
varias personas k disuadir á Rodríguez j 
demás satélites de tan horrible idea j un 
sacerdote.se presentó vestido de sobre- 
pelliz y estola, predicando cuan funesto 
seria para el pais y para la causa que de- 
fendían, la consumación de un hecho tan 
salvaje. De nada servían las exhortacio- 
nes que se le hacían, ni la manifestación 
de que los españoles harían otro t«ito 
con los prisioneros dominicanos, y para 
hacerle desistir de su infernal propósito* 
fué ascendido á general desde soldado 
raso que era. 

Este monstruo que en cualquiera na- 
ción civilizada hubiese sido pasto del 
verdugo, en Santo Domingo era nada 
menos que general con mando. 



xvm. 

LÁ TOMA DB PUBRTO-C ABALLO. \ 

Noticias de desembarque.^La expedición. — Un romance histórico. — Presa de 
buques y efectos. 



Se sabia en Monte-Chrísti que á cuatro 
horas de navegación hacia el N. E. habia 
un puerto marítimo, por el que los in- 
surrectos hacian su comercio con las in- 
mediatas islas, y como el bloqueo de las 
costas nunca ñié una verdad, porque de 
haberlo sido, la insurrección no nabria 
podido sostenerse, toda vez que en el pais 
no sabian ni aun elavorar pólvora, no se 
estrañará que por allí recibiesen los do- 
minicanos los auxilios que necesitaban. 

Aquel punto, llamado Puerto-Caballo, 
se sabia que no podría causar daño á 
nuestros soldados, que fácilmente se po- 
dían apoderar de él. Bn-su consecuencia, 
dispuso el capitán general mandar ima 
expedición de unos setecientos á ocho^ 
eientos hombres. 

Tenemos á la vista lacopia de una car- 
ta que un soldado escribió ásu madre 
reñriéndolaen un chusco romance aquella 
fimcion de armas. (1). La copiames & 

(1) Carta de un sol4ado á m madre 



continuación; por lo bien que esphea el 
hecho; pero la ponemos en ibrma denota 
para no interrumpir la lectura. 

En Puerto-Caballo, como en todas par- 
tes á donde se presentaron nuestros sol- 
dados ante los enemigos, les sucedió 
aquello de llegar, ver y vencer; y muchas 
veces llegaron y vencieron, sin ver á 
quien. Creemos que el romaneito está 
perfectamente ajustado al suceso que 



después de la acción de Puerto-Caballo. 

Mi queridísima madre. 
Quiero que sea esta carta. 
Quien pueda dar á mi nombre 
La más sempiterna fama. 

Haga y. que se reúnan 
Cuantos quieran escucharla, 

Y el ñel de fechos la lea 
Con su voz sonora y clara. 

También fuera conveniente 
Que el dómine la copiara 
T comentara su texto, 

Y i los chicos la esplicara* 



-181 



fiere, que bien puede llamársele histórico, 
j conste que habiendo sido remitido á un 

f>eriódico de Cuba, para su inserción, no 
o permitió pasar el censor de imprenta. 
Pasaban dias, semanas j meses en 
Monte- Christi, sin oir un.disparo del ene- 
migo j sin que nada se emprendiese con- 
tra él. Siempre se decia que se esperabail 
órdenes de España para emprender las 
operaciones y siempre los que no estaba - 
mos iniciados en las profundas combina- 
ciones, esperábamos con ansiedad los 
correos de la península con las tan an- 
heladas órdenes de avanzar al interior y 
acabar de una vez con una situación tan 
falsa como vergonzosa. 
£1 día 6 de Octubre, fondeó en la rada 

Y si tuviera usted influjo 
Para hacer que se insertara 

En boletín de provincia 

Haríamos una pasada. 

Pues madre, aquí no quieren 
Que hablemos en confianza 
Ni á los hijos, ni á los padres 
Ni á la imprenta charlatana. 

¡Yo que quisiera que el Orbe 
Quedara hecho un papanatas 
Al saber que Juan Soldado 
BatuTO en la gran jomada! 

Hav cosas, querida madre, 
líuy buenas para contadas, 
Pero loa pelos se herizan 
De cuando uno las pasaba. 

Voy á probar si por orden 
Las escenas se me amañan, 

Y si enebrar puedo el hilo 
De mi concluida hazaña. 

Empiezo por el principio: 
Un domingo de mañana. 
Reunió la compañía 
El sargento de semana. 

Nos miró uno por uno. 
Nos reparaba las caras, 

Y viéndonos todos feos 

De cara atroz y atroz calma, 

Dijo al fin: «Los diez valientes 
Que quieran morir, que salgan.» 

Y toda la compañía 

Un paso dio al ñ^ente en masa. 
¡Aquello fué mucho cuento! 
El sargento derramaba 
Lágrimas como garbanzos 

Y u fin gritó: cijViva España!!» 
Eligiéronse diez hombres, 

Y yo uno de ellos, ¡caramba! 
Que tiene usted un hijo, madre. 
De pelo en pecho j de chapa. 



el vapor, Cuba procedente de San Tomás, 
trayendonos la noticia del cambio minis- 
terial ocurrido en Madrid. Aunque no po- 
díamos olvidar ni desconocer que el espí- 
ritu de partido y las prevenciones perso- 
nales influyen desgraciadamente, en nues- 
tros dias, en los negocios que solo debie- 
ran mirarse por el prisma de los colores 
nacionales y aun conociendo todos los 
compromisos, de que había hablad o el pre- 
sidente de Haití, con que llegaban al po- 
der varios de nuestros hombres de esta- 
do, conñábamos que el cambio de gabi- 
nete importaría un cambio en el plan de 
campaña; pero nos engañamos una vez 
más. 



Setecientos escogidos 
Nos juntamos en la playa, 
La flor de los batallones 
Y de valientes la nata. 

iQué jefes v qué oficiales! 
Oon aquella fuerza escasa. 
De Norte á Sur esta isla 
Pudiera ser paseada. 

Metiéronnos en tres barcos, 
Surcamos la mar salada. 
Oscura cruzó la noche, 
Llegó la aurora rosada. 

A los fulgores del día 
Divisamos una playa. 
Que guarida de enemigos 
Habla de ser conquistada. 

Era de Puerto-Caballo 
La recóndita ensenada; 
A tierra unos pocos fuimos 
Pisoteando las aguas, 

Ligeros cual reguiletes 
Alegres más que unas Pascuas, 
De &ente á los enemigos 
Que despreció nuestra audacia. 

En esta vez como siempre, 
A nuestra voz de cá la carga» 
Los miserables pendejos 
Nos volvieron Jas espaldas. 

Da coraje, madre mía. 
Batirse con tal canalla; 
Siempre huye, siempre se esconde 
En sus oscuras montañas. 

¡A.y! Si la tropa pudiera 
Hacer lo que le da gana, 
Nos íbamos á Santiago 
Antes de una semana. 



- 1»-. 



UN ftOLPE DIPLOMÁTICO. 



Salida de una coxniíion para 
negros.— Bajabon se salvó. 



—La dignidad nacional á dispotieioa de loa 



Cuando se hizo público en ^1 campa- 
ñisto de Monte-Ohristi el advenimiento 
de Polanco, con todos los pormenores de 
la prisión de nuestro flamante amigo Pe« 
pillo y la subida al poder de los que ha- 
Dian íiegado á nuestras tiendas pidiendo 
algunas garantías personales para depo- 
ner las armas, creímos ver un "taranqne 
de justa indignación en nuestro general 
en jefe, y ya suponíamos que se levanta- 
rían tiendas y marcharíamos á Santiago 
á castigar tanta perfidia; pero otra vea 
más nos engañamos. Lo que vimos, fué 
partir para el Ouarico uno de nuestros 
Duques de guerra, llevando á su bordo á 
tres personajes diplomáticos, con miste- 
riosas instrucciones que muy luego por 
su misma índole se hicieron públicas. 

Eran aquellos, el coronel de ingenieros 
D. Francisco Yanhalen, persona distin- 
guidísima, el teniente coronel Velasco y 
el subteniente Musas, de quienes ya ho- 
mo^ hablado antes de ahora. 

Hay pensamientos que llegan á ser 
pasto común, y que mrmaa atmósfera 

T siete cascos que había 
Entre botes y entre barcas 
En el puerto, se aprehendier(m 

Y aumentaron nuestra escuadra. 

Y quemamos los bohíos 
Que en España son barracas, 

Y que aquí en Santo Domingo 
Hacen funciones de casas. 

Y más de trescientos üurdos 
De hoja de tabaco en rama 
Llevamos á nuestros buques. 
Cada cual cuanto gustaba. 

Y el enemigo á la vista 
Sin decirnos nada, ¡nadal . 
¡Yaya una gente de chispa 
Para defender su patria! . . 

Tomamos á nuestros buques 



dentro de la que se vive y respira. Cuan 
do esto snceae. nadie osa {K¿er dique á 
la opinión pública. 

Dajabon, era la palabra que más se 
pronunciaba en la división expedieioDa- 
ría de Monte-Christi, y hasta el ultime 
soldado se permitía disertar sobre la con- 
veniencia de tapar aquel paso da la fron- 
tera á los enemigos, que jpar él se sur- 
tian de cuanto habían menester- 

El coronel Yanhalen debía dejar en el 
Guaríco á sus compañeros de viaje j se- 
guirle á Puerto-Principo, capital de la 
república de Haití. 

Sonrojo y pena nos cuesta el conaignar 
el objeto y éxito de esta comisión en 
aquellas circunstancias. 

velasco y Muzas quedaban en el Gua- 
rico, para adquirir noticias de lo que pa- 
saba entre los enemigos, por medio de los 
dominicanos allí emignídos. Yanhalen 
iba con la comisión, de pedir al presidente 
haitiano, que hiciera la caridad de permi- 
tir á los españoles que desembfffeaaen 
una expedición por el Guarico, y pwr ter- 

Y la gente ya embarcada. 
Se animaron los pendejos 
Prorrumpiendo en alharacas. 

Tiraron tiros á un buque, 

Y una perdida bala 

Dio en la frente á un oficial. 
Que fué nuestra única baja. 

Tomamos á Monte-Christi 
Con nuestra gloriosa faisa. 
Coronados de tabaco. 
Prontos para otra zambra. 

Madre; si cree que me alabo 
Más que la modestia manda, 
No sea boba, que en el dia. 
Asi se adquiere la £una. 

J. N. 



-Wp- 



rxtorio Mmígfif llagar hastal a fronterado- 
minicana j tomar el punto ae B^jalxm 
ppr sorpresa, sin que costam sangre. 

Elplaipnoerai^alo, pero distaba mu- 
cho d^ ser honroso. 

Bl Sr. Geffrard, apesar de los pesares 
que le costó la terminante neffativa de 
tai^ insignificante favor, no pudo conce- 
derle, j eso que debía estarlos agradeci- 
do por al cúmulo de insultos que le han 
dirigido en todo tiempo los periódicos es- 
pañoles, atribuyendo á sus manejos la 
insurrección dominicana (1). 

Si el mulato Geffrard no consintió el 
paso por su territorio, no por eso dejó de 
nacernos un serricio, pues dio un conse- 
jo á nuestro enviado, diciéndole que no 
debíamos molestarnos en proyectar nada, 
toda Tez que habia cambiado el ministe- 
rio de Madrid y que el que acababa de 
constituirse, presidido por Nanraez, es- 
taha compuesto en parte de personas que 



haW^ escrito articubs y prp^unciado 
discursos, demostrando la inconveniencia 
dé conservará Santo Domingo, y que 
segim sus noticias estaba resuelto el 
abandono, quedándonos con la capital 
Samaxiá y Puerto- Plata. 

Cuando Yanhalen regresó á Monte- 
Chiisti, dio estas noticias, que bien pron- 
to lueron confirmadas por el correo de 
Europa. 

Dajabon se salvó, no obstante 4iAtar 
solo cuatro horas de nuestro campo y á 

Sesar de la opinión délos conocedores 
el país, que sostenían, que solo dos- 
cientos infimtes españoles, eran suficien- 
tes para apoderarse de aquel interesante 
punto. 

El ejército, al conocer todas estas noti- 
cias, se llenó de justa indignación, y dio 
una prueba más de su sufrimiento y dis- 
ciplina. 



LA PERDIDA DB ÜN CONVOY. 

Conducción de convoyes. — El vapor trasporte cHajestad.» — Hontegrande. — Bl 
combate.— La darrota.— Estado del Seybo.— Nueva presa en Puerto-Ca- 
ballo. 



Es lógico que hagamos justicia y con- 
cedamos la razón i los que sostienen que 
el ejército español en Santo Domingo, co- 
metió faltas graves, desatendiendo todas 
las reglas militares . 

(1) Estas negociaciones ifueron tan 
poco reservadas, que en el campamento 
las sabian todos los soldados. 

Veamos lo que acerca de este particu- 
lar dijo un senador español: 

«Yo desearia saber también del gobier- 
no de S. M. si tiene conocimiento de un 
tratado que se dice celebrado por Gef- 
frard, presidente de Haiti, con el gobier- 
no de M. Lincoln, presidente de los Esta- 
dos-Unidos. Se di6e, que se ha conveni- 
do en establecer el corso y otras medidas 
que podrán ser de gran daño para Espa- 
ña. Desearía asimismo saber si es cierto 
queQeíFrard ha sido intermediario ole 
ha sido encargada alguna misión nuestra 
cerca de los sublevados. Y digo esto, 
porque Gef&ard, que es un hombre de in- 
teligencia no vulgar y que en esta guer- 



El sistema de guerra iniciado por el 

Í general Santana, y seguido después por 
os mismos que le censuraron, aquello de 
Ir dejando montoncitos de soldados por 
todas partes hasta en los puntos más in- 

ra nuestra se ha manejado con suma ha» 
bilidad y no ha dado motivo grave de 
queja, ni leve, que yo sepa, al gobierno, 
es necesaria y precisamente nuestro ene* 
migo alli. Qeffrard hizo una protesta gra- 
ve cuando se verificó la anexión, y tiene 
interés en que nosotros salgamos de alli 
naturalmente para hacer lo aue Royer, 
para hacer una nacionalidad nemí en 
medio de aquellos mares. Gef&ard se ha 
manejado con gran tacto, pero tiene es- 
tos intei^ses. ¿Cómo, pues, el gobierno 
ignora este tratado? ¿Como el gobierno ni 
ninguna autoridad dependiente del go- 
bierno, se ha pedido valer de Gefírard 
para negocias con los rebeldes? Eso para 
mi, además de lo inconveniente, serla 
una cosa que nos rebajaria y nos deshon^ 
raría á les ojos.de todo el mundo.f 



-184 - 



trtnaitablafl, fué funesto y no tan fatal 
como debió sernos. 

La diyision que el marqués de las Car- 
reras sacó de Santo Domingo para ir al 
Cibao, y que después, conviniendo áftnes 
particulares, quedó muchos meses acan* 
tonada en Guanuma, fraccionándose con 
los destacamentos de la Bomba Sangui- 
no y la barca de Santa Cruz , tenia que 
recibir de la capital todas sus subsiste a- 
cias, para lo cual hubo necesidad desde 
luego de establecer un costoso servicio 
de convoyes. 

Salla periódicamente del rio de la ca- 
pital el vaporcito Majestad cargado de vi- 
veres, y contra la corriente del Ozama 
navegaba dos leguas próximamente hasta 
penetrar en el Isabela, del que recorrió 
una legua que habia al punto llamado 
barca de Santa Cruz. Kl destacamento 
alli establecido, se componía comuuraente 
de dos compañías, y se hacia cargo de la 
remesa de víveres que hacia el buque. 
Alli quedaban {>rimero á la intemperie, y 
más tarde debajo de un cobertizo que se 
construyó al efecto, y desde aquel punto 
á Guanuma, distante poco más de cinco 
leguas al interior, se acarreaban por me- 
dio de convoyes de acémilas. 

Cuando haya que demostrar La inepti- 
tud del enemigo que combatíamos, bas- 
tará fijarse en la torpeza con aue atacaba 
los convoyes. Con muy poca nabilidad y 
con escasa exposición, el terreno le brin- 
daba los medios de hacernos mucho da- 
So, y seguramente con más valor y me- 
jor dirigido nos hubiera obligado á variar 
nuestro sistema de comunicaciones. 

Las orillas de los rios Ozama é Isabela 
están cubiertas de espeso follaje y por al- 
gunos puntos se estrechan tanto, que el 
pequeño vapor iba con su chimenea y pa- 
los, tocando las entretegidas ramas de 
una y otra barda. 

Si loí contrarios hubiesen ideado cor- 
tar el paso del buque, ya con una esta- 
cada 6 con una cuerda ó cadena, un pu- 
ñado dé hombres valientes y resueltos, 
hubieran podido incendiarlo,*pues su de- 
fensa estaba tan solo encomondado á 
veinte soldados y diez tripn". antes. 

El dia 18 de Kuero «k*. 1861, se embos- 
caron loa insurrectos e^i un punto de los 
de mAs difícil paso para el vapor, pero le 
atacaron con tan poco tino, que solo con- 
siguieron hacer algunas bnjns en sus de- 
fensores á trueque de muchas más que 
líufrieron, sin que este hecho impidiese 



que desempeñara como tiempro su cómi* 
8ion. 

Desde Santa Cruz á Guanuma saiian 
cada tres dias al amanecer, los convoyes 
de acémilas, que nunca bajaban de se- 
senta, cuya custodia estaba á cargo de 
un capitán con ochenta ó cien hombres. 
Se saoia de una manera positiva, que 
cuando la conducción llegaba á las cer- 
canías del rio Yuca, atacaba el enemigo, 
á favor de las dificultades que oponían 
los barrizales, el v ido y las tortuosidades 
de aquel peligroso paso y sin embargo 
siempre se llegó á la misma hora, sin q[ue 
nadie ordenase cambiar la desalida, para 
desorientar al enemigo que afortunada- 
mente nunca supo reunirse en suficiente 
número, para copar una expedicior. 

Las primeras instrucciones que el mi- 
nisterio Narvaez mandó al capitán gene- 
ral de Santo Domingo, fueron de que na- 
da fonnal se intentara contra los enemi- 
gos; pero al siguiente correo se ordenabt 
que las fuerzas españolas se reconcentra- 
sen en tres puntos del|litoral, Puerto-Pla- 
ta, Samanáy la capital, has taque reunidas 
las Cortes que se habían convocado para 
el 22 de Diciembre, decretasen lo más 
conveniente á los intereses nacionales. 

Por esta disposición debían ser evacua- 
dos los puntos de Azua, Baní, San Anto- 
nio de Guerra, Los Llanos, el Seybo, Ha- 
to-Mayor y Monte-Christi; pero un suce- 
so inesperado vino á oponerse á su cum- 
plimiento. 

Las tropas establecidas en el Sevbo re- 
cibían sus víveres y socorros de toaas es- 
pecies de la capital. Apenas se salía de 
esta, se pasaba el rio y se dejaba atris 
el pueblo de Pajarito para ir á Guerra, se 
tomaba un camino bastante ancho y oó- 
modo que atravesaba un inmenso bosque 
que en el país llaman Montegrande. A ii- 
q uierda y derecha de él habia unos altos 
paredones, formados por árboles seculares 
que recorrían unas cuantas leguas y que 
estaban rodeados de malexa, bejucos y 
otras mil enredaderas. Allí aguardaban 
siempre emboscados los del país, el paso 
de los convoyes á los que traidoramentc 
hacían muclias bnjns. Victima de una de 
estas celadas, fne el bravo coronel Saa- 
rez, que murió de im tiro escapaJodel 
bosque, el mismo dia en que había alcan- 
zado un señalado triunfo sobre el enemi- 
go en campo más despejado. A pesar de 
ser aquel terreno tan propicio ¿ la clase 
de guerra que se nos nacía, constante- 



ménto em fttn^*esiMJb por pequ^Sts frao- 
eiones de tropa, que llegaban al ténnino 
de su marcha, venoiendo cuantos obstá- 
culos se les oponían. Estos resultados, 
aue siempre nos causaban sensibles per- 
ida9, hicieron creer de buena fé que cien 
españoles podían cruzar cualquier cami- 
no porm'ilo que fuese. 

Los dominicanos repitieron quizás lo 
que Francisco I de Francia dijo á nues- 
tro rey Carlos I, su eterno rival: t tanto 
2Be batirás que me enseñjtrás á batirte.» 
Aquellas herda s indisciplinadas que siem- 
pre eran derrotadas, que siempre huje- 
ron j que nada formal habían osado in- 
tentar, animadas sin duda por las noti- 
cias favorables que leiau en los periódi- 
cos madrileños, al verse en ellos retrata,- 
dos con los más lisongeros colores, pen- 
saron con la misma vanidad que aquella 
lagartija que hizo célebre Iriarte, cuando 
huyendo de las garras de un naturalista, 
decía á sus compañeras: 

«Mucho valemos 
por más qué digan, i 

Por una parte el quietismo de las tro- 
pas, por otra la ya geu^ralizada noticia 
de que España estaba resuelta completa- 
mente al abandono déla isla, si bien con- 
servando por lo pronto tres puntos del 
litoral y el movimiento de retroceso y re- 
concentración que se efectuaba en elSey- 
bo, fueron causas que contribuyeron á 
animar el abatido espíritu de los insur- 
rectos y á hacerles variar de sistema, 
adoptando el que su ignorancia no les 
había permitido adoptar. Por nuestra 
parte, ignorando su nueva determina- 
clon, les creíamos pertinaces en su torpe- 
za y fuimos los verdaderamente torpes 
dejjindonos prenderen sus g -oseras redes. 

El día 12 de Noviembre salió de Santo 
Domingo un convoy, de los que periódi- 
cftmente conducían víveres al Sevbo. Lo 
componía gran número de acémilas y de 
carros, en los que á mas de las provisio- 
nes iban 14.000 duros. Escoltábale una 
fuerza de dOO hombres del tercer bata- 
llón provisional, al mando del capitán 
Champaner, oficial acreditado de valor 
en nuestra campaña de África. Sin no- 
vedad alguna cruzó el cerrado monte de 
Pomarrosa á la Moharra y llegó á San 
Autonio de Guerra, donde pernoctó. A 
la mañana siguiente continuó su marcha 
á Los Llanos á donde rindió la segunda 
jornada sin dificultad alguna. 

Al tercer dk j^ á poco de salir del pue- 



- 185 - 



blo penetró la caravana por un oseum y 
montuoso camino. Ai poco rato de en- 
contrarse en 61, el«enemigo rompió el fue*- 
§0 sobré nuestra gente que contestó con 
enuedo; pero los sublevados habían 
elegido el sitio, habían contado el núme- 
ro de nuestros soldados quizás en las 
mismas calles de la capital, sabían fija- 
mente la hora en que habían de caer en 
el lazo y todo lo tenían dispuesto para 
sacrificarlos á sangre fría. El fuego era 
cada vez más intenso; nuestra gente ,no 
podía avanzar y empezaba á carecer de 
cartuchos. Pronto se agotaron todas las 
iQuniciones y entonces se presentó el 
enemigo con sus alaridos salvajes, ebrio 
por su inesperado triunfo y en número 
que nos han asegurado pasaba de 2.000. 

Dos horas duró el combate en aquel 
estrecK^y oscuro callejón, cerrado por 
vanguardia con parapetos bien defendi- 
dos, y por los flancos por impenetrable 
bosque, cubierto cual la retaguardia dé 
numerosas fuerzas rebeldes. Inútiles fue- 
ron los esfuerzos del capitán Champaner 
que con su ejemplo animaba á los suyos, 
pued concluidas las municiones y no en- 
contrando medio alguno de de^nsa, se 
retiró con los pocos solilados que le que- 
daban en dirección á Los Llanos, toman- 
do una pequeña senda que el enemigo 
habla abandonado por acudir á repartirse 
botín. 

Este acontecimiento, que en cualquiera 
otra guerra no hubiera tenido más im- 
portancia que la que ensí representaba el 
valor de las pérdidas suñridas , tenia en 
Santo Domingo una muy trascendental. 
Significaba, cuando menos, que aquellos 
contrarios, que tan torpes nos parecían, 
empezaban a pensar^ y que repetirían pro-' 
bablemente aquel ensayo de reunir sus 
fuerzas para un golpe de mano, en vista 
del brillante resultado obtenido. A nos- 
otros nos aconsejaba que debíamos apro- 
vechar la lección y tratar desde entonces 
con menos desprecio á nuestro enemigo. 

Pocos días aespues de este suceso, se 
supo casualmente en Monte -Chrísti, de 
que en Puerto- Caballo se hallaban ali- 
jando algunos buques pequeños, de los 
que burlando el bloqueo de nuestra es- 
cuadra, surtían á los insurrectos d3lo 
que necesitaban. Kn su consecuencia, or- 
denó el capitán general, el día 8 de Di- 
ciembre, víspera de su salida para Santo 
Domingo, que la goleta de hélice de S. M. 
lamada Andaluaz fuese 4 dicho punto, 

24 



- 186 - 



•OB objeto da eorelortne de lo que hnbie- 
im de cierto, dando instrucciones i su 
•o mandante el Sr. Lobaton para que 
obrase según el caso. 

En la tarde del dia 10, regresó la An- 
daluza trayendo á remolque dos goletas 
de yela que habia apresado en Puerto- 
Caballo. Venia la una cargada de tabaco 
j caoba j la otra en lastre. Ambas hablan 
alijado ya su cargamento de efectos de 
guerra. 

Por el Sr. Lobaton supimos, que en la 
bahía halló bastantes enemigos, que des- 
ds los bosques que 1^ rodean, hicieron i 



mucho fuego de fuailerfm para impeétír Ib 
aprensión; pero que la intrepidez de la 
marinería fué superior k todo encomio, 
pues en un pequeño bote j despreciando 
el fuego de tierra, se dirigieron álos bu- 
ques fondeados dispuestos al abordage, 
pero á su aproximación "se lanzaron al 
agua sus tripulantes, ffanando á nado las 
próximas orillas, no obstante el gran nú- 
mero de tiburones que por allí pululan. 
Este glorioso hecho de nuestra etftena- 
dra, costó siete bi^as i la marineria de 
la Andaluza. 



VVk B»N UBDIDA. CELA.DA. 

Engaño.— Z«a columna en Neyba.— Situación extraña del Jefe.-^Ataqua 4 
conToy.— Salvación del resto de la oolumna. 



Los insurrectos del Sur, escitados por 
la codicia y asombrados por el éxito y 
botín conseguido con el ataque á un con- 
voy en el Seybo el 14 de Noyiembre, se 
pusieron á discurrir la manera de hacer 
algo de provecho; pero no hallaron fácü 
solución k su problema porque Azua y 
Bani, recibían por mar sus provisiones 
y no tenían el padrasto de los convoyes. 

Eso de atacar formalmente un punto 
ocupado por las tropas españolas, no en- 
tró jamás en el cálculo de los domini- 
canos. 

Era necesario agotar su ingenio é idear 
una estratagema con que hacemos caer 
en una emboscada, cuestión &cíl á su 
arteria y á nuestra credulidad. 

A principios de Diciembre recibió el 
general Pueyo aviso de que los habitan- 
tes de Neyba, querían entregarse al go- 
bierno español y por toda contestación se 
mandó una columnita desde Azua, para 
que recibiese en sus brazos á aquellos 
hijos pródigos, que tornaban arrepenti- 
dos á la casa paterna. 

Ya hemos visto como Neyba habia si- 
de tomada y abandonada por nuestras 
fuerzas, pero las lecciones que daba el 
tiempo eran poco aprovechadas en aque- 
lla campaña. 

Llegaron nuestros soldados á dicho 



punto sin tropiezo, alguno pero le eneoa- 
traron desierto. El jefe, con arreglo 4 las 
instrucciones que había recibido, esperó 
allí; pero como no llevaba raciones sido 
para cinco días, mando áAzua sesenta 
nombres en busca de provisiones. El ge- 
neral Pueyo entonces hizo salir un con- 
voy de trece acémilas cai^gadas de víve- 
res y escoltadas por 150 hombres, al 
mando de un capitán. 

El general faccioso Cabral, «ntor de 
toda la trama, acechaba la ocasión, y 
con un número de insurrectos que no ba- 
jaba de 500, cayó sobre el convoy en ub 
paso montuoso y difícil, Uaniado el Osai- 
oronal. En vano gastó la tropa sos cinco 
paquetes de cartuchos y se batió oon todo 
el valor que da la desesperación, pues al 
cabo tuvo que sucumbir al número, i la 
posición y al cansancio, dejando en el 
campo, entre muertos y prisioneros, dos 
capitanes, dos subalternos y sesenta in- 
dividuos de tropa pertenecientes al pri- 
mer batallón provisional, con siete más 
de las reservas, cayendo también en po- 
der del enemigo las provisiones con las 
acémilas. El resto de la fuerza que las 
escolteba se dispersó, tomando el cami- 
no de Azua, en aonde causó mucha im- 
presión la noticia. 

La gente que esteba en Neyba espe- 



- 1W-. 



nuido ftl coüTOj, tuyo milagrosamente 
aviso de lo ocurrido en el Cambronal y 
de los proyectos de|Cabral, que la e8j)era- 
ba nuevamente emboscado en el mismo 
punto para atacarla á su regreso k Azua. 
Rntonces su jefe, sin peraer momento, 
tuvo la buena ocurreneíade emprender 
una marcha ó fuga, si asi quiere llamar « 



se, por la frontera de Haití, tomando un 
camino que dejaba el Cambronal más de 
ima legua al flanco derecho v este movi- 
miento rápido y oculto, por la oscuridad 
de la noche, salvó al resto déla columni- 
ta que habia ido á recibir en sus brazos á 
los arrepentidos hermanos de Neyba. 



POLANOO 80B1B MONTB-CHftISTI. 



Smulaaion de los insurraetos.— Noticias de un prasantado.^Antes dal comba- 
te.— Singular acción de guerra. 



Ya hablan conseguido los insurrectos 
dos triunfos sobre nuestras fuerzas, por 
efecto de su nuevo sistema de reunirse 
en considerable número para caer de im- 
proviso, sobre las débiles escoltas de los 
convoyes, que constantemente tenian 
que atravesar el país. 

Antón, Luperon y Mansueta en el Sev- 
bo y CalMral por el Sur, se hablan hecho 
notables entre los suyos y el presidente 
Polanco vigilaba hasta donde podria lle- 
gar la ambición de aquellos cabecillas j 
cual seria el premio que pedirían al país 
en pago de sus conquistados laureles. 

No airemos si fué la noble emulación ó 
la envidia la que inspiró al presidente 
una empresa digna de su pobre caletre, y 
con la que pensaba eclipsar las hazañas 
de sus generales. 

Hacia ya más de dos meses que está- 
bamos en Monte- Christi sin saber nada 
de cuanto oeurria por el interior, cuando 
en la mañana del i\ de Diciembre se nos 
presentó im prisionero aüe oonsi^ió fa- 
jarse. Habia sido soldado del reffmiiento 
de la Corona, v quedó en jxKler de los in- 
surrectos desde el momento de estallar 
la revolución. Eefírió, que cansado de 
andar de cárcel en cárcel, viendo su vida 
con mucha frecuencia amenazada, y la 
imposibilidad de poderse fugar, determi- 
nó tomar las armas, con el fin de pre- 
sent^ursenos en la primera coyuntura, 
como Ip efectuaba. 

Nos dio noticias del interior, y sobre 
todaajvna mu; importante. 



Polanco, el generalísimo, el Presidente 
de la república, nos baria muy pronto el 
honor de venir eu persona sobre Monte- 
Christi y añadió, de (^ue habia jurado 

Súblicamente en Santiago de los Caba- 
eros, que no volvería sino después de 
habernos arrojado de nuestras posiciones. 
Traería, según el presentado, unos mil 
hombres, á los que se imirían otros sete- 
cientos que hallaría á su paso por Gua- 
yubin y el D%ro, que era un cantón in- 
termedio, fuerza que habia juz^do más 
que suficiente para el mejor éxito de su 
empresa. 

Todo esto nos pareció un cuento ab- 
surdo é ii^ereible, y por lo que toca á 
nosotros, debemos confesar que lo toma- 
mos por una de esas novelas que en su 
tosca imaginación fraguan casi todos los 
presentados, para causar efecto y asegu- 
rar con la primera impresión de sus pa- 
labras, una acogida favorable. ' 

Pero nos engañamos. Polanco vino y le 
tubimos en medio del combate á tiro de 
pistola. 
En la mañana del 28 de Diciembre, al 

Eracticarse el diarío servicio de descu- 
iertas, se vio vagar en varíos sentidos, 
por las cercanías de Monte-Christi, á un 
gran número de contraríos, y entre ellos 
muchos ffinetes, lo que era una verdade- 
ra novedad. La historia del presentado 
subió rápidamente de valor. 

Los dominicanos se acercaban, no como 
gente que va decidida á dar un ataque 
brusco, ni tampoco como un ejército re* 



I 



-lío- 



biesen inyadido el Cibao como unos 

Serabmn j otros temían, los hombres más 
epravadosj despreciables que siempre 
codican los destinos en que pueden opri- 
mir á mansalva á sus semeíantes, y se 
bailaban allí encargados de los prisione- 
ros, fueron aumentando sus malos tra- 
tamientos* á medida que avanzando la 
estación creían más difícil la llegada de 
columnas, y con ellas el término infali- 
ble de tan vandálica dominación. 

»A1 principio hubo fieras que saborea- 
ban la sangre; pero después reptiles que 
gozaban en la mortificación de ntte8tít>8 
soldados y en la humillación dt nuestro 
nombre. El titulado gobierno carecía de 
poder para reprimir enérgicamente unos 

Ír otros escesos, si bien es forzoso haccr- 
e la justicia de que lo deseaban. Polan- 
co, el titulado Presidente, más por su 
carácter personal, que por el de su posi- 
ción social, se atrevía a castigarlos como 
ocurrió en dos casos que supe y le hablé 
de ellos yendo 4 yisitarme como hacia 
siempre que venia á Santiago. 

Los oficiales no han estado en mejor 
situación que los soldados, pues teniendo 
las mismas privaciones y penalidades, y 
debiendo afectarles más en general, por 
la superioridad de su educación y cir- 
cunstancias, han gozado aun de menos 
libertad y llegado al extremo de tener 
grillos algunos, como criminales, por 
una denuncia de que la gente de la sierra 
debía ir á libertarles de la prisión; sin 
embargo de tantas vejaciones y de las 
continuas amenazas de muerte que seles 
hada, se han mantenido siempre dignos, 
haciendo fervientes YOtos por el tnunfo 
de sus armas y anhelando por momentos 
avanzasen las tropas, porque estiman 
más que la propia existencia la honra de 
su patria.» 

Mientras que las Cortes discutian el 
proyecto de abandono de la isla, el coro* 
nel D. Francisco Yanhden trabajaba ac- 
tivamente, según instrucciones del capi- 
tán general, para que se efectuase un 
cange de prisioneros. Ta iban adelantán- 
dose sus negociaciones, cuando sucedió 
entre los insuirectos la deposición de Po- 
lanco. Aquella novedad podía tener in- 
fluencia en la suerte de nuestros cauti- 
vos, y nadie dudaba qu^ seria par^ ellos 
&vorable, porque cesaba el terrorismo y 
entraba Pimentel que representaba la 
idea de la templanza. Algunos neriódicos 
de la isla de Cuba y de otras iuas inme- 



diatas, refirieron el cambio poMtieo do- 
minicano con exagerados colores, Recar- 
gándolos al tratar de la anarquía en que 
se hallaban los insurrectos; héaqui como 
un diario se expresaba en aouellos días: 
f Ya esti Vd. enterado del alzamiento 
de Pedro Martínez contra Polanco; en 
efecto, Martínez, hacendado de Sosua, mi 
frente de 900 hombres de su jurisdic- 
ción, queriendo vengar la muerte de Sal- 
cedo, asesinado por la gente de Polaoeo 
por querer haoar las paces con el gene- 
ral Gándara en Monte-Christi, dio el gri- 
to de oontra-reTolueion en Sosua. Uon 
sus adictos marchó sobre Santiago, j se 
apoderó del gobierno; avanzó sobre uua- 

Íracanes, y en este punto derrotó á Po- 
anco, al que suponen huido por Goáni- 
ca, pueblo de la Sierra.» 

También dice el Boletín del 3: 

«Ayer entróla goleta deffuerra. Sire- 
na^ procedente de Puerto-Plata y Monte- 
Ghristi. De uno y otro punto eaeriben 
que los insurrectos están en completa re- 
volución, y que la mayor parte, si no to- 
dos, piden la paz: partidas numerosas da 
hombres, mujeres y niños se presentaban 
á nuestros campamentos pidiendo que 
comer, y por cierto que no eran desaten- 
didos sus ruegos, por que mil veces io 
hemos repetido, el soldado españoles tan 
valiente en el campo de batalla al frente 
de su enemigo, de su patria y de su rei- 
na, como humano y caritativo eon el dé- 
bil ó el rendido.» 

Otros, después de dar noticias que el 
tiempo justificó de poco exactas y des- 
pués de hacer exagerados comentarSos 
sobre la completa descomposición áque 
hablan llegado á parar los sublevados, 
daban la siguiente noticia, por suimesto 
incierta: «Dícese también que Rojas ha 
afusilado á Polanco, y que se han puesto 
»en libertad los prisioneros españolee que 
»estaban en Santiago, dándolea armas, 
»para que unidos á los amigos de Bspa- 
»Da, batan á los partidarios de Polanoo, 
»que según parece, lo son de Haití.» 

Itojas no fusiló á Polanco ni á los pri- 
sioneros que estaban en Santiago se les 
había puesto en libertad, ni mucho me- 
nos se les había entregado armas. Lo 
único que había de más cierto en estañe- 
ticia, era la última parte, porque real- 
mente ya iban madurando loa planes y 
las intrigas haitianas. 

Vean nuestros lectores oomo Pimentc I 
y los que seeonetitajerQnenveagadoni 



^ iw - 



del presidente Sftloedo dirigían sue excu- 
sas al público: 

EXPOSICIÓN 
fK^ k*eeií á ius conciitdadanos, los genera- 
les Pedro ÁntOHio Pimentel, Benito 
Moneion y Federico García, jefes del 
perdió eüB^edicionario. 
Dominicanos. — El cumplimiento del 
más sagrado de los deberes nos obliga á 
daros hoY cuenta de las poderosas causas 
que nos impulsaron á aceptar la dirección 
del movimiento que los pueblos en uso 
de su más inminente derecho acaban de 
efectuar, desconociendo el gobierno pro- 
visorio j sustituyéndole con otro que 
mejor inspirado represente la yerdadera 
Tolimtad nacional. 

Donünicanos: Ouando en los meses de 
Agosto y Setiembre del año de 1863, allá 
en las montañas de Capotillo y en los 
campos de Dajabon, Jácuba y Montecris- 
ti, un puñado de hombres dieron el grito 
¡Patria ó muerte! sacrificando sus fa- 
milias, quemando sus hogares y ofrecién- 
dose en holocausto á la libertad de nues« 
tra querida patria, vendida por media do- 
cena de traidores al gabinete de Madrid; 
el general José Antonio Salcedo, fué uno 
de nuestros más aYentajados compañe • 
ros y el más generoso de nuestros solda- 
dos. Su desprendimiento y su abnega- 
ción patriótica lo señalaban de antemano 
Eara presidirnos en la titánica lucha que 
abiamos emprendido. A duras penas, no 
obstante, se logró que aceptara la presi- 

tenciadel gobierno proYisorio; marchan- 
o en seguida como simple soldado á re- 
cejer nuevos laureles en los campos de 
batalla. Corría el mes de Octubre del año 
espirado: por entonces España, fatigada 
déla lucha y creyendo sorprender^ nues- 
tro patriotismo, ofreció la paz. 

El presidente Salcedo, creyendo ser de 
BU deber imponerse de las proposiciones 
del gabinete de Madrid, envió al campa- 
mento español una comisión, tal vez ar- 
rastrado por la generosidad de su alma, 
que hizo preceder por dos oficiales espa- 
ñeles, prisioneros as guerra y de eievada 
graduación, ¿ quienes dio la libertad 
queriendo, quizás, de este modo, facili- 
tar en cuanto fuera compatible con su 
propia honra, las negociaciones: no con- 
tanao con la perfidia y las asechanzas de 
sus enemigos, que aprovechando la oca- 
sión, le supusieron complicidad y crimen 
donde solo habia generosidad y i>rofundo 
patriotismo; y de. todo lo que hicieron un 



pretesto, pérfidamente idumejsdo, paHí 
acusarlo ante el tribunal desapercibido 
de la opinión pública. 

Cayó del poder el general Salcedo; pero 
no se detuvo aqui la acción de sus gra- 
tuitos enemigos.— Los demás miembros 
del gobierno provisorio, presididos por el 
general Gaspar Polanco, y para quienes 
el general Salcedo era sin duda un obs- 
táculo, decretaron su muerte, y se la die- 
ron atroz, oscura y clandestina...! 

Ante ese atentado la sociedad se es- 
tremeció; y los hombres más notables de 
nuestra revolución, oficialmente calum- 
niados, vijilados, sospechados y vejados, 
midieron su peligro por su mérito. Eldi- 
ferimiento indefinido por el nuevo poder, 
de la soberana convención nadonai, cuya 
convocación habia decretado el desgpra- 
ciado general Salcedo para el 20 de No- 
viembre espirado, y «nte la cual deponía 
de antemano un puesto que no apetecía, 
aumentaba para todos el peligro de la 
situación, y acusaba al gobierno proviso- 
rio de bastardas ambiciones de mando 
absoluto y personal, de que ya los pue - 
blos le sospechaban y de que ya empeza- 
ban á esperimentar abundantes pruebas. 

El gobierno provisorio no se detuvo 
alli: al crimen de asesinato, añadió el de- 
lito de Peculado y la imposición inusita- 
da en el país de odiosos monopolios; la 
administración fiscal corría parejas con 1« 
política!... Agotado el sufrimiento, fati- 
gada la paciencia, y alarmado el patrio- 
tismo, ante el espectáculo de tantos yer- 
ros y desaciertos, el pueblo, asumiendo 
sus aerechos, derrocó ese gobierno y le 
retiró sus poderes. 

Ningún interés personal , ningún mó- 
vil indigno ha dictado nuestra conducta 
en estas dolorosas circunstancias. — Le 
ofrecimos al pueblo nuestra dirección sin 
condiciones. ^ 

Hemos llamado para presidimos, míen* 
tras se reúne la Gran Convención Nacio- 
nal, al más ilustrado y al más puro de 
nuestros estadistas. Tranquilos espera- 
mos el fallo del ^an jurado de la nación; 
su veredicto sera, nos atrevemos á espe- 
rarlo, nuestra justificación; y ojalá, do- 
minicanos, sea esta la última vez que la 
violación de nuestros sagrados derechos, 
la infracción de nuestras leyes patrías y 
el peligro común, nos obliguen a salir de 
la oscuridad de la vida privada, único 
favor que esperaáios alcanzar, tan pron- 
to com9 la voluntad nacional , solomne^ 



^\n^ 



mente ezfreunda, 1106 desevi^Qa de esta 
penosa responsabilidad. 

Santiago, Enero d5 de 1865.— firma- 
dos: Pedro A. Pimeatel — Federico Gar- 
da.— Benito Moncion. 

Puerto-Plata fué el punto designado 

Í>ara tratar y efectuar el cange. Por aque- 
la parte, poco interesante babia sucedi- 
do, desde que en 81 de Agosto se despojó 
á los sublevados de su artillería, que ai 
bien ni mal pudieron reponer. Bl 24 de 
Febrero de 1865 pidió parlamento el ene- 
migo para entregar unes pliegos, que el 
gobierno de Santiago muidaDa para el 
coronel Van-halen, por conducto de un 
oomiaionado. ^ 

El dia 26 del mismo mes fondeó en la 
bahía procedente de Santo Domingo el 
yapor de guerra A/rica, trayendo á su 
bordo como comisionados del capitán ge- 
neral para tratar con los insurrectos á los 
Sres. Van- halen j D. Jesús Griban. A 
las doce se tocó á parlamentar, entregán- 
dose á los dominicanos la contestación á 
sus oficios del 24, j convocéüidoles para 
una entrevista que tendría lugar en el 
campamento espafíol en la mañana del 
28. A las siete de la mañana de este dia 
salió la comisión que habia de acompa- 
ñar al campamento desde sus trincheras 
á los enviados enemigos. 

Componíase la primera del comandante 
graduado j ayudante de campo del co- 
mandantegeoeral, señor capitán D. Julián 
Hermida y del secretario político D. Jesús 
G a Iban, y eran los segundos el general 
ministro de Relaciones exteriores y cuatro 
jefes de graduación. A las seis de la tar- 
de se retiraron estos últimos á sus can- 
tones, después de haber sido tratados con 
las deferencias que el gobierno de S. M. te- 
nia preTenidflS para dichoR casos. 

fil nueve de Marzo ( 1 capitán ayudante 
señor Hermida fué de parlamentario al 
campo enemigo con el fin de entregar 
unos pliegos del señor coronel Van-ha- 
len para los jefes rebeldes. Estos manda- 
ro sus contestaciones el dia 11. 

El 29 por la tarde entró el trasporte de 
S. M. núm. 3, conduciendo un jefe de es- 
tado mayor y 92 prisioneros de guerra 
enemigos, para ser cangeados, esta no- 
vedad se comunicó á los dominicanos ci- 
tándoles para el dia siguiente con el fin 
de empezar el cange. 

El 30 entró procedente de Puerto-Rico 
el vapor de S, M. Oolon, con 117 prisio- 
neros m&s« 



ApsMrdeqve panda estar todo dfi- 

puesto, no pudo empezarse el cajqe hurta 
el dia 8 de Abril por la mañana qae se 
resoataróQ 15 oficíales, 16 aargaatoa y 
142 individuos de tropa. 

Al dia siguiente la comisión se llevó al 
anochecer á los presbíteros Regalado y 
Pina á trueque de un capitán y un mé- 
dico. 

El 10 á las siete de la mañana se res- 
cataron 5 oficiales 15 sargentos y l4 em- 
pleados en Sanidad^ militar y clases de 
tropa. 

hn los dias 11^ 16 y 17 respectivamen- 
te se desecharon reclamadones inatendi- 
bles de la comisión enemiga; se recibie» 
ron cuatro familias españolas y tres se- 
ñoras de oficiales y la familia refugiada 
del coronel de la reserva, á nuestro ser- 
vicio, D. Manuel Fometra. 

Los encargados de hacer el cange no 
pudieron ponerse de acuerdo por sus en- 
contradas pretensiones. 

Los de España decian, f todos por to- 
dos» y los republieanoe pretendían one 
fueran «uno por unoi> y ni los unos ni los 
otros podían acceder porque los menos no 
querian cambiarlos por los más, y uno 
por uno tampoco, pues ua jefe ea tales 
easos, no representa el mismo valor oue 
un soldado. Los prisioneros españoles 
eran en su casi totalidad soldados, mien- 
tras que los dominicanos eran oficiales y 
jefes superiores. 

H izóse por fin el cange en dos días per- 
mutando nombre por hombre y dass por 
clase. De aquí resultó que varios de 
nuestros prisioneros quedaron cautivos* 
primero porque su número era superior y 
segundo porque los insurrectos procedie- 
ron esta vez como siempre con eaute'ooa 
desconfianza, dejando en Santiago alga- 
nos de nuestros oficiales para no Quedar- 
se sin rehenes. En la mcüSana dei 22 de 
Abril desembarcaron en el muelle de San- 
to Domingo los prisioneros eanjeados «n 
Puerto-Plata, en número de seis ofieiales, 
dos módicos, un farmacéutico, el comisa* 
rio de policía de la Vega, v 83 individuos 
de tropa, con más 21 de los jefes de los . 
rebeldes que fueron devueltos por no ha- 
ber convenio para su canje. 

Un gentío inmenso acudió k presenciar 
la llegada de esos mártires compañeros, 
y en el semblante de todos se vela es- 
tampada la espresion de júbilo. 

Como á las ocho de la mañana se apro- 
ximaba al muelle una lancha eendacieii* 



— m — 



d# á loH recién llagados; j & hi Tinta de 
estos rotipieron los viTas á S. 11.» & Es-* 

{>ana, al ejército, á las autoiridades y k 
os desgraciados compafieros de armas, 
viras que fueron contestados con gran- 
de entusiasmo por la concurrencia y por 
los mismos que ya iban Uegando, hen-* 
ebido el ebrazon de placer, al verse libres 
de tantos peligros j al aproximarse al 
tierno acto de abrazar k sus dignas com- 
pañeros 7 amigos. 

No es posible pintar con todo su ver- 
dadero colorido lo que -alli sentían los 
concurrentes, al poner pié en tierra esos 
desgraciados hermanos, los cuales, arro- 
dillados, besaban esta v daban gracias al 
Todopoderoso que los babia salvado de 
tantos peligros, de tanto horror py des- 

Sues de esta expresiva cuanto conmov '" 
ora demostración de gratitud profundi- 
sima 7 veneración al Ser Supremo, pa- 
saban á los brazos de todos los concur- 
rentes que los recibían con la efusión de 
su alma como hermanos, como amigos, 
como companeros. 

Las >andas de música de todos los 
cuerpos que de orden superior estaban 
colocadas en el lugar de la recepeion, 
amenizaban el aeto con sus gratos sones, 
lo cual hacia un extraordinario contras- 
te con las emociones que en aquel mo<- 
mento se experimentaban por aquella 
apiñada concurrencia de CU70S ojos cor- 
rían muchas lágrimas» 

Pasado el primer momento de verdade- 
ro regecijo mezclado con llanto, se puso 
en marcha la comitiva, llevando á van- 

Í guardia todas las bandas de música do 
os cuerpos de la guarnición, con las de 
gastadores, tambores 7 cornetas, 7 por 
el centro de las filas que á derecha é iz- 
quierda formaban la oficialidad, personas 
notables de todas clases, tropa tranca de 
servicio 7 un inmenso pueblo; pasearon 
varías calles de esta población, dirigién- 
dose en seguida al cuartel de la Fuerza, 
donde les esperaba im abundante rancho 
dispuesto al efeóto 7 un mes de paga pa- 
ra atender de momento á sus más peren- 
torías necesidades; después de lo cual se 
encargaron los representantes de los 
cuerpos de cada uno de los SU70S res- 
pectivos. 

El 23 por la mañana hubo misa de 
campaña en la plaza de armas del cuar- 
tel de la Fuerza, á la cual asistió el ex- 
celentísimo señor capitán general de esta 
isla, D. José de la «andará 7 los exce- 



lentltimes señores IX Jttán José del Ti- 
Ükt f D. Antonio A. Alfau con todo ék 
estado mavor 7 tropa franca de servicio^ 
la cual en^borreeta formación, manteniA 
en su centro, formado en dos mitades, á 
los rescatados. 

Terminado el santo sacTiñcio de la mi-' 
sa, dispuso el Sr. Gándara que colocasen 
todas las banderas de los cuerpos allí re- 
unidos, delante del lugar que ocupaba el 
altar provisional 7 haciendo aproximar á 
los recobrados prisioneros, les dirigió la 
palabra 7 con un elocuente discurso en 
el cual se rev^elaba la emoción de que 
estaba poseído, dióles la bienvenida, ha- 
eiéndoles presente, que la recibiesen tam- 
bién en nombre del ejército 7 de la pa- 
tria, pues todos orgullosos de su noole 
comportamiento los recibían con el en- 
tusiasmo de que ertuí dignos, como bue- 
nos j leales compañeros, que han sabido 
sufrir con heroica resignación los rigores 
de un penoso cautiverio, antes que man- 
cillar la honra nacional, por lo cual se-* 
rían recompensados por S. M. con toda 
la largueza tan peculiar de su magnáni- 
mo ccH'azon, sin perjuicio de agradecerles 
en el fondo de su alma su acreditada 
fidelidad, dándoles las gracias por . su 
adhesión 7 patriotismo, las cuales se atre- 
vía á anticipar en nombre de S. M. por 
estar seguro de que esta será su real vo- 
luntad. 

También dirigió la palabra á todo el 
ejército, diciéndoie que tomase por mode- 
lo la conducta de sus sufridos compañe- 
ros 7 que si desgraciadamente se viesen 
undiia en un caso análogo, fieles siempre 
como ellos, prefiriesen antes morír que 
faltar á sus deberes como valientes vete- 
ranos 7 como buenos españoles, nada 
había más caro que la honra del pabe- 
llón; aconsejóles, finalmente, (^ue des- 
preciasen con energía las seduciones que 
el enemigo pudiera emplear para atraer- 
los á su partido con mentidas promesas 
7 falacias, pormu7 halagüeñas que pa- 
reciesen á primera vista, pues que nada 
podían cumplir, como lo han dánostra- 
do hasta la evidencia. 

Dicho esto, S. E. dio un viva á S. M. la 
Eeina; otro á España 7 otro al glorioso 
pabellón de Castilla, las cuales ñieron 
contestados con entusiasmo extraordi- 
nario; 7 por los cangeados se dio un viva 
á S. B. 7 otro al ejército español, los cua« 
les fueron también contestados como los 
anteñores. 

»5 



- 194 - 



Pasada esta demostración de cariño y 
respeto, dijo S. E. que él también había 
sido prisionero y sabia* á su pesar lo q^ue 
se suma en tales casos con las privacio- 
nes y miserias que son consiguientes sin 
olvidar los temores de ^verse siempre en 
vísperas de perder la vida á manos de ti- 
ranos opresores, por lo cual S. M. le ha- 
bía honrado con la cruz que con tanto 
orguUo llevaba en su pecho, v con la que 

2uería condecorar al fíente de banderas 
uno de los presentes, sin perjuicio de 
premiar tamoien á los demáÁ, como 
prueba ineq[uivoca de lo que apreciaba 
estos padecmiientos, j llamando en se- 
guida al Dr. D. Francisco Ferrari, primer 
ayudante de Sanidad militar, le colocó 
en el pecho la citada cruz que es la del 
sufrimiento. 

Los canjeados andaban muy obsequia- 
dos por sus compañeros, siendo objeto 
en Santo Domingo de mil atenciones que 
le tributaban como premio de su cons- 
tancia y lealtad. 

£1 27 tuvo lugiu* un espléndido convite 
que los señores jefes y oficiales del ejér- 
cito dieron á los oficiales rescatados, y al 
cual asistieron los Excmos. Sres. Gánda- 
ra, .Villar j Al&u, j después de saborear 
los esquisitos manjares que componían la 
mesa, se ofrecieron brindis en prosa y 
verso, dedicados k S. M. la reina (que 
Dios ^arde), á España, al ejército, á las 
autoridades y á los obsequiados, los cua- 
les por su parte correspondieron también 
k estos obsequios, pruebas repetidas de 
sugratitud. 

El mismo día hubo también otro ban- 
quete ofirecidopor los individuos de tropa 
k sos compañeros rescatados, el cual fué 
presidido per una comisión de los obse- 
quiantes, la cual se componía de un jefe, 
dos capitanes y cuatro subalternos. En 
este banquete nubo también entusiastas 
dando bnndis como en el de Ion oficiales. 

Aquel público agasige y tan reiterados 
obsequios inspiraron á los agraciados una 
idea, que si bien alge extraña, revela con 
gran propiedad la efusión, el cariño y la 
gratitud. Dicha idea fué dirigir la si- 
guiente alocución: 

Al ^ército de Santo Domingo. 

Compatriotas: 

Hoy que una providencia salvadora nos 
ha puesto entre vosotros; hoy que des* 
pues de un martirio de veinte meses he- 
mos llegado k abiia^aros, permitid á estos 
bermanos que tanto os aman y que nun- 



ca os han olvidado, desahoguen á mes- 
tro lado su corazón, apurando el néctar 
de la felicidad. 

Juntos hemes luchado, juntos hemos 
compartido las fatigas azarosas, pero dul- 
ces de los campamentos , y juntos tam- 
bién hemos saboreado el placer de lavie- 
teria k la sombra del pabellón qhe tantas 
glorias amontona sobre la patria de los 
Cides. 

Condecorados por nuestro díCTÍaimo 
capitán general (cuya suerte un día fiié 
igual k la nuestra) con una distinción que 
tanto hemos codiciado, puestas al fren- 
te de las banderas que tremolaron sobre 
uno de los imperios mis grandes del 
mundo, recibimos aquellas palabras de 
consueio y entusiasmo como la savia que 
nos resucitaría del ostracismo. Tanto^ 
tiempo sin oír una palabra consoladora,' 
nos era indefinible aquella dicha. 

Nosotros no habéis podido ser indife- 
rentes ante un espectáculo tan snblime. 
YaJientes, pero tiernos, habéis llorado de 
placer al vemos volver 4 vuestro seno. 
Nosotros á la vez tampoco podemos ol- 
vidar una acogida tan fraternal, y al di- 
rigiros la voz, al corazón le es imposible 
expresar la gratitud que siente. 

Gracias, queridos nermanos, gracias 
una y mil veces; vosotros 'sois los bue- 
nos, sois los héroes, sois los únicos dig- 
nos de nuestra adniiracion y aprecio. 

Santo Domingo 23 de Abril de 1863. 

Los Prisioneros. 

Quedaban todavía según hemos dicho 
varios prisioneros en poder de los insur- 
rectos, y su rescate había de ser para el 
gsneral G&ndara ebjeto de gran interés, 
oneciéronlo sus contrarios, v q^iisieron 
usar de los cautivos como die un freno 
que contuviese las justas pretensiones 
del caudillo español. Esto fué causa de 
nuevas desavenencias y de un rompi- 
miento en los momentos mismos de ve- 
rificarse la evacuación. Asi puede decirse 
que terminó la cuestión de los prisione- 
ros, porque si bien es cierto que habían 
quedado varios por el interior de la isla, 
se fueron presentando ea los puntos de 
Santo Domingo y Puerto-Plata, pasán- 
dose sin inconveoiente k los buques del 
Estado. 

No queremos dar por terminado este 
capitulo sin emitir nuesttt) parecer sobre 
un punto muy debatido en fa prensa. 

Hé aquí el problema. Los prisioneros 



- m - 



españoles qu« tttTieroA en la poderlos 
dominictnos, ifaeron tratados eon emel- 
dad segiin se ha dicho? 

Hemos h%b¡ado y abrumado á pregun- 
tas á muchos individuos de tropa que 
tuvieron la desgracia de caer prisioneros 
de guerra; somos amigos de varios jefes 
j oñciales que corrieron la misma suerte, 
y e-vmo resultado de nuestras investiga- 
ciones, podemos asegurar que general* 
mente hablando , nuestros prisioneros 
fueron bien tratados. 

Sfecto del estado de insurrección del 
país, los que se hallaban detenidos ó des- 
tinados en Santiago de los Caballeros pa- 
saban algunos sustos y tribulaciones, 
paro pasados aquellos momentos de agi- 
tación promovida por hombres malvados, 
vivian libres en la ciudad, y los campos 

Ír hasta obsequiados y considerados por 
os naturales. 

Sabemos que el subteniente Mazas co- 
nocía y vivia coa el presidente de la Be- 
pública Pepillo Salcedo; que el teniente 



Cárdenas era secretario del general Pi- 
mentel, y que el 8r. Yelasco rae el amigo 
y hasta el consejero de los principales in- 
surrectos. 

No es posible, pues, que enninfirunpais 
ni en ninguna guerra hayan podido ser 
mejor tratados los prisioneros. A los in- 
surrectos que tuvimos en nuestro poder, 
los tratábamos con las consideraciones 
debidas, vistiéndoles y alimentándoles 
mejor de lo que tenían por costumbre, 
pero les teniamos presos, y un prisionero 
10 que más ama es la libertad. De con- 
siguiente, si los espafioles al discurrir 
lioremente de pueblo en pueblo, pasaron 
algunas privaciones, no fué por espíritu 
dañino, sino como consecuencia de la 
miseria pública que alcanzaba tuabien á 
los hiioB del país. 

Tenemos una verdadera satisfacción en 
pagar este tributo de gratitud y justicia 
al pueblo dominicano, al aue siempre 
hemos juzgado caritativo y nospitalarío. 



xxm. 

LA CUB8TI0N DBL ABiiNDONO. 

La opinión pública. — El proyecto de ley. — £1 dictamen de la comision.^Be- 
presentacion á S. M. por los insurrectos.— Fragmentos de discursos en las 
Córtes.—Resolucion acordada. — La evacuación del Sur, Monte-Chisti y 
Puerto-Plata. 



Vamos ya llegando al desenlace del 
drama. 

El pensamiento del abandono de la Isla 
germinó en los pensadores de España, 
luego que se vieron las primeras reoelio- 
nes y se conocieron los cuantiosos gastos 
que nabia que hacer para levantar de la 
completa postración en que se halló. 

En el numero 61 del periódico domini- 
cano La Razón se insertó ;una alocución 
del eapifan general y el indulto más am- 
plio de S. M., cuyos documentos hemos 
colocado ya en el capítulo correspondien- 
te, al lado de ellos encontramos el si- 
gílente suelto: 

«Habiendo dicho im periódico de la 
Corte, con motivo de les gastos hechos y 
de los que podrán ser necesarios todavía 



para dar ser i esta Provincia, que era 

ÍíTuáññtt ewaminar afondo la cuestión, 
a Gaceta Ojtcial de Madrid, en su núme- 
ro del 23 de Mayo de 1863, consagra á es- 
te asunto las siguientes líneas: 

«La cuestión está examinada á fondo y 
decidida definitivamente y de común 
acuerdo desde la reincorporación, por el 
decoro de Espeja y por la expontánea 
adhesión de los habitantes de la nueva 
provincia española, demostrada hoy nue- 
vamente al combatir unos con las armas 
y al despreciar todos, á excepción de unos 
contados descontentos, extrañas y mal 
intencionadas sugestiones. 

>La nación no ignora que para que se 
desarrollen los grandes elementos de tüí 
queza que Santo Dosoái^o encierra, es 



- 19t- 



n^ceíaiiopor o pronto hter algnao» ■>- 
orificios: el gobierno atendtrá á esta no* 
coaícUmí del modo debido, y tenieado ade- 
más muj presente la economía y el or- 
den que reclama la gestión de los intere- 
ses del Estado. • 

A pesar de dar esto la Oaeeta, en su 
tarea de abogar desde luego por el aban- 
dono, el periódico La Libertad dijo: 

«Para nosotros, pues, la cuestión bace 
tiempo dejó de serlo, atendiendo i que 
siempre dijimos que lo conyeniente a la 
honra y á los intereses españoles, era 
abuidonar á Santo Domingo, reserrándo- 
nos la capital, Samaná y Puerto-Plata, 
para no perder K influencia que nos cor- 
responde en aquellos mares y en aquellos 
aplatados países, para íaTorecer nuestro 
comercio y para iüdemnizamos en lo po* 
sible de los sacrificios que nos impuso el 
aeto poco meditado de la aceptación de 
un territorio ouyos habitantes no se so- 
metieron de su libre y expontánea yolun- 
tad k una dominación que no apetecían. 

>Qae lo pasado sirva de enseñanza para 
lo porrenir, y no se habrá perdido todo.i 

Por sus pasos contados fué creimdose 
atmósfera la idea de la conyeniencia de 
abandonar la nueya proyincia dominica- 
na, que tan ingratamente habla respon- 
dido á beneficios de su metrópoli. 

España, á pesar de cuanto digan en 
contra sus antiguos detractores; tiene 
desde hace mucho tiempo el Iny^able 
deseo de llevar á sus coloi^aa au Tida^ 
su industria, sus adelantos, y el ver mal 
correspondido sus derechos , habia de 
producirle un efecto parecido al tedio 
que contrae el esposo leal que yé la fal- 
sía de su consorte. 

Cuando solo se susurraba la conye- 
nieacia del aband<mo de la parte españo- 
la de 8anto Domingo, cnanao yergonsau- 
temente por los- más y solo con franque- 
za por los menos, se abordaba tan deli- 
cada cuestión, eon gran sorpresa para 
muchos de loa representantes de la na- 
ción, el presidente del Consejo de minis- 
tros subió á la tribuna de las Cortes y 
leyó éí siguiente proyecto de ley sobre el 
abandono de Santo Domingo: 

PBOYBCTO DB LBT 

SOBRE n. JLBANDOVO DB SARTO DOMINGO; 

A lét Cártii. — ^Bn la antígua españo- 
la, en la primera de las tierras que el 
gran Crltlébal QoIob ooasideró di|^ de 



uaestablecimientei mpoirtents, en aqne- 

I la grande Antilla en qua naoehoa aioa 

después de su segregación de la metró- 

Soli no se ha derramado una sola gota 
e sangre española, corre hoy esa aaagre 
generosa, y ios rigores de tan mortífero 
clima, viniendo en auxilio de los eaemJ- 
ffos, haeen horribles destrozos en las filas 
ae nuestros valientes soldados. 

Esta encarnizada lucha que trae de 
suyo también y sin compensación 6Í in- 
conveniente de gastar inútifanenta el Te- 
soro público y consumir los pingües ][wo- 
ductos de las posesiones nltramaiinaa, 
no se ha promovido por haber intentado 
los anteriores gabinetes una ambiciosi 

f guerra de conquista, tan agena de la po- 
itica sensata, justa, pacífica y deaimte- 
rosada que hace larguiaiato tiempo ab- 
serva España: no ha sido tampoco origi- 
nada por la necesidad de repeler extnfias 
agresiOBes, rechazando la fuerza oon k 
fuerza á toda costa y atendiendo á la de- 
fensa del honor mancillado: nada da esto: 
esa cruenta lucha ha comenzado aldia 
siguiente en que el gobierno de S. M. de 
aquel entonces, creyó que los habitantes 
todos de la república dominicana pedim, 
rogaban, solicitaban con impaciente as- 
helo reincorporarse á la nación española, 
su madre antigua, v formar una de som 

Srovincias, aspirando á la felicidad que 
isfirutaa Cuba y Puerto-Rico. 
Semejante deseo podría no ser cierto, 

Sero era verosímil. El gobierno, noseidc 
e estos sentimientos, ereyóen el que pa- 
recía inspirar á los dominicanos, acogió 
sos votos y aconsejó á S. M. la anexión 
de aquel Estado que se le presentaba 
como vivamente apetecido. 

Por eso, después de refiBiir la lamenta- 
ble historia de Santo Domingo, desdeqas 
en 1821 proclamó su iadependeacia, á se- 
mejanza de otras proyinciaa del contiiita- 
te americano, después de pintar el tcís- 
tisimecuadro de tan prrtongado infortu- 
nio, agoladas las fuentes de la riqaeza 
pública y privada, perdida por completo 
su independencia porfidtas de fuerza pa- 
ra sostenerla no menos su libertad por 
carecer los ciudadanos de seguridad y 
verse la república agitada de continuo, 
invocaban todos los sentimientos dejos* 
tida, de humanidad y de honra para 
aconsejar á S. M. la anexión de aquella 
liria desgraciada^ y que tan füis dem aer 
atendidas las cüpeonstaaciasde la ioAiíiit 
de s«a habitantes» de la íbrtilidad de aa 



-11» - 



Meló 7 del entnñtble amor que profesa- 
bmn, aespues de pasados eetrayioa, eauaa 
de terriblea desengañes, á su aotigna 
metrópoli. 

De esta suerte, dos eausas á cual más 
nobles, más justas y más poderosas, ñie* 
ron en su tiempo las en que se apojó la 
anexión. La primera el derecho fundado 
en Uk unánime voluntad de un pueblo, 
derecho no disputado, antes bien consa- 
grado por el asentimiento general de las 
naciones de Buropa y de América en un 
hecho reciente. La secunda el deber de 
la humanidad, de piedad hacia los des- 
graciados que imploran faror y miseri- 
cordia, viéndose sumergidos en un mar 
de desastres y desventuras. 

Ningún otro derecho csistia ni asiste 
al gobierno español para poseer otra vez 
COSÍO en lo antiguo la parte española de 
la ishtde Santo Domingo: no el de revin- 
dieacion ni tampoco el de conquista, por 
ser ambos opuestos á la política del go* 
Iriemo» 4 los Untereses de los pueblos y á 
la» buenas relaciones que en todos tiem- 
pos ha procurado mantener con los Esta- 
dos independientes de la América, que un 
dia formaron parte del iimienso territo- 
rio qne pvotegian y amparaban bajo su 
manto titular los reyes de España. 

Pero bien pronto se desvanecieron tan 
lisongeras esperanzas, bien pronto sínto- 
mas fatales anunciaron que en la anexión 
faltaban la expontaaeidad y la unani- 
midad que eran su base. Sin embargo, 
cM»er era del gobierno adquirir la certi- 
dumbre de aquellas vidientas protestas 
una y otra vez reprimidas, no eran hijas 
s<dode unos pocos descontentos, sino ex- 

Sresion de un pueblo que rechaza el po- 
er legitimo por él invocado en momen- 
tos de tribulación y apuro. 

Creció la conflagración, ganó pueblos y 
comarcas, extendióse á todo el territorio 
7 hoy es el dia en que la parte española 
^de la isla de Santo I>()mingo presenta á 
'los oíos del mundo civilizado el espec- 
táculo de un pueblo entero en armas, re- 
sistiendo' Ingrato , como tiraaos, á los 
Husmos á quienes se suponía haber lla- 
mado como salvadores. 

Tan extraño íenómeno politieo ha sido 
eotaminado por los ministros que suscri- 
ben con delicada atención y profundo es- 
tadio, han desentrañado la triste historia 
de la anesioa de Santo Dominff^, han 
eowAáénáo la cuestión bajo toaos los 
patos 4» vis(» ifluiffinables, enriando 



per los de la justicia y el derecho y acá-* 
Dando per los de la conveniencia. 

Han tenido muy en cuenta las razones 
que pudieran llamarse de honor y decoro 
nacional, se han adelantado hasta el por- 
venir más halagüeño de un triunfo lo- 
grado á costa de inmensos sacrifleios, han 
pesado» los argumentos que en pro v en 
contra nudieran fundarse en consiaera- 
cienes ae politiea nacional y extranjtra, 
y por último, han hecho el doloroso cál- 
culo de las numerosas y preciosas vidas 
que pierde España cada dia de los que se 
prolonga tan estéril lucha y de los cuan- 
tiosos tesoros que consume. 

Por resultado de tan penoso examen, 
los ministros han adquirido el convenci- 
miento de que la cuestión de Santo Do- 
mingo ha llegado ya á punto de que de 
ella puedan sacarse deducciones. 

Que faé una ilusión la creencia de aue 
los pueblos dominicanos, en su totalidad 
ó en su inmensa mayoría, apetecieran, y 
sobre todo reclamaran su anexión á B»- 

{»afia. Que habiéndose generalizado allí 
a lucha, no tiene ya el carácter de una 
medida tomada para sujetar á unos 
cuantos rebeldes descontentos, sino de 
una guerra de conquista completamente 
ajena al espíritu de la política española. 
Que aun acrecentando nuestros sacrifi- 
cios para conseguir el triunfo, nos colo- 
cariamos en la triste situación de una 
ocupación militar completa llena de difl- 
coltades y no exenta de peligrosas expli- 
oaciones. 

Que aun en la más favorable hipótesis 
de que una parte de la población se nos 
mostrase adicta después de la victoria, el 
régimen gubernativo que en aquellos do- 
minios pudiese establecerse, ó habría de 
ser poco acomodado á los uses y costum- 
bres de sus naturales, ó muy desemejan- 
tes del de las demás provincias ultrama- 
rinas. 

Por todas estas y otras eoBslderaeio- 
nes que suplirá la superior inteligencia 
de las Cortes, ansiosos los ministros de 
poner término á los inútiles sacrificios de 
sangre y dinero que la guerra de Santo 
Domingo está costando a Pa nación, tie- 
nen la honra |debidamente autorizados 
por S. M., de proponer el siguiente pro- 
yecto de ley. 

Articulo 1 .° Queda derogado el decre* 
tode 19 de Mayo de 1661 por el cual se 
declaró reincorporado á la monarquía le 
terriftoffio de la repisbliea dominicana^ 



- i«e - 



JLrt. 2/ Se autoriza al gobierno para 
dictar las medidas necesarias á la mejor 
ejecución de esta ley, dando en su tiempo 
cuenta á las Cortes. 

Madrid 7 de Enero de 1865.— El duque 
de Valencia.— Antonio Benarides.— Lo- 
renzo Arrazola.— Fernando Fernandez de 
Córdoba. — Manuel García Barzanalla- 
na.— Francisco Armero.— Luis González 
Bravo. — Antonio Alcalá Galiano! — Ma- 
nuel de Seijas Lozano. 

El ministerio Narraez dirigió al capi- 
tán general de la isla per aquella época 
una especie de interrogatorio compuesto 
de diez preguntas, ordenando le infórma- 
se sobre aquellos puntos para justificar 
su proyecto de evacuación. 

Gánüara contestó á todas las diez en 
sentido de que asi convenia, y cumplida 
su misión oficial, y como se añadiese una 
postdata k su carta decia: 

«Ya aquí debiera teaminar este traba- 
o, porque aquí quedan resueltas, según 
las entiendo y vep, todas las cuestiones 
qme abraza la real orden que le da origen, 
si no sintiera mi delicadeza personal in- 
teresada en evitar interpretaciones erra- 
das, y si no tuviera el temor de que se 
me atribuyera el propósito de eludir toda 
responsabilidad en una cuestión de honra 
y de interés para mi patria, dejando en 
rage los conceptos que debieran preci- 
sar mi juicio so ore la resolución deJlnUi^ 
ta, cuando he sido tan late en lo demás. 

»La alta y distinguida honra que S. M. la 
reina se ha dignado dispensarme, con- 
fiando á mi cargo este difícil mando, me 
impone el deber deaceptar todas las con- 
secuencias que de esa misma honra se 
derivan. 

»No quiero, pues, reservar mi opinión 
personal sobre la solución que juzgo más 
conveniente para la cuestión de Santo 
Domingo, en los solemnes momentos en 
que el país va decidirla, porque mi si- 
lencio sobre el particular podría tacharse 
como indigno del capitán general y ge- 
neral en jefe que opera en esta isla. 

»No tengo conocimiento del pensa* 
miento del gobierno, ni de los hombres 
políticos importantes de España sobro 
esta cuestión;» pero, á juzgar por el es- 
píritu de la prensa, observo dos tenden- 
cias opuestas y ambas, en mi opinión, 
exajeradas: una está por la continuación 
de la guerra á todo trance y la conser- 
vación del país después del triunfo, otra 
por el abandono aosoluto é inmeídiato, 



retiráadenos de la isla sin concluir su^ 
pacificación. En cuanto á la primsia, no ' 
creo que la seguridad de nuestras otoms 
dos Antillas peligraría, ni nuestro pres- 
tigio ni nuestros intereses en América 
sufrirían por el abandono «después d«i 
triunfo.» El que prueba que es fuerte, 
tiene el derecho, después, de hacer lo que 
le convenga; y nosotros, después de dnr 
pruebas de nuestra fortaleza, podríamos 
y deberíamos darla de nuestra cordura, 
abandonando á Santo Domingo. Perma- 
necer aquí, sería perseverar en un funes- 
to error, por no tener el valor de confis- 
sarlo y la virtud de enmendarlo. 

»Los que están por el'abandono absolu- 
to, incondicional é inmediato, «ae olvi- 
dan lamentablemente de todo lo que un 
puéblese debe asimismo, y se olTídan, 
sobre todo, de lo que es más positiva y 
práctico, de las consecuencias inmediatas 
que el abandono hecho en estas condicio- 
nes tendría para nuestro prMtígio en 
Améríca y para los intereses de nuestras 
Antillas: esas consecuencias soien de- 
sastrosas. 

»En mi opinión, conriene <j[ue salgunes 
de aqui; pero creo que el cunieo camino 
»que hay para salir con dignidad j deee- 
»coro,» es el camino del Yencimiento de 
la insurrección. Debe llegarae al triunfo 
por la guerra actira y enérgica, ó por 
el bloqueo ó la ocupación del utorml j las 
fronteras, y debe resolverse la evacua- 
ción, sin odio ó sin rencor, inspirándose 
el gobierno de los sentimientos de xm 
pueolo grande y digno, que no quiere 
Yiolentar la voluntad de otro. 

»Démonos aqui lasatisfaccion que tene- 
mos derecho de tomar, y al marchAmos 
dejemos al país entregado á su suerte, j 
en lugar de óáios y rencores, un buen 
ejemplo de la conducta y política que nos 
conviene seguir en América; yel tiempo, 
haciéndonos justicia, convertírá en nues- 
tros amigos a los qne hoy son nuestros 
adversarios, y el mundo comprenderá que 
sabemos dirigir nuestros negocios. 

En esta parte, Bxcmo. señor, «es tal la 
«fuerza de mi convencimiento,» que asi 
como creo que «han dado grande Tuelo i 
»la revelueien las opiniones imj^udentes 
»y los consejos desacertados, que con 
■ rara ligereza y lamentable insisteneia 
»se han publicado en la Peninsul«,> no 
temo asegurar, que «si las Cortes reaol- 
» vieran la cuestión por la continuación 
»de la guerra, á ese solo aaoneio, la 



- 1« — 



»Yoliieion 4eniíHTia el más rudo golpe que 
»pudiera dirigiré ela,» acortando asi j m- 
cuitando grandentente el camino de una 
pronta y couveniente pacificación.» 

Asi se espresaba el que haciamuj cerca 
de un año que era general en jefe del ejér- 
cito destinado á combatir la insurrección; 
el que con dos escasos batallones había 
tomado á Monte- Cbristi, de la manera 
que ya hemos descrito y que con una di- 
visión brillante de 7.000 hombres habia 
adoptado el sistema del quietismo que 
nadie esperaba de sus condiciones, y que 
sin duda alguna fué el origen de que se 
engendrase y propagarse la idea del aban- 
done. 

Hay coincidencias tales, que más que 
casuales parecen preparadas con toda 
intención. 

El 3 de Enero de 1865, es decir, seis 
dias después que Polanco fué batido fren- 
te á Monte-Christi, en donde supimos 
posteriormente que fué herido, dirigió^l' 
gobierno [dominicano á S. M. la reina la 
exposición que á continuación in^rta- 
mos. El dia 7 se leia en las Cortes el pro- 
yecto de abandono, y el dia 11 contesta- 
Da el capitán general Gándara al inter- 
rogatorio á que antes hemos hecho re- 
ferencia. 

Decía así la solicitud: 
Exposición que dirige el gobierno do- 
minicano A S. M. G. dofia Isabel n, 
reina de las Espallas é Indias. 
Señora: El pueblo dominicano, repre- 
sentado por sus gobernantes, abajo fir- 
mados, en.'cuyas manos ha puesto su 
confianza encomendándoles el cuidado de 
sus intereses y la defensa de sus dere- 
chos. 

Gen el más profundo respeto suplica á 
V. M. se digne echar una mirada compa- 
siva sobre la situación desastrr sa de la 
porción oriental déla isla deHaití ó San- . 
to Domingo. 

Esta tierra, patria del pueblo domini- 
cano, era hace apenas cuatro afíos una 
república libre é independiente. Por cir- 
cunstancias que y. M. ignora sin duda y 
Í[ue seria penoso en extremo relatar, la 
ibertad é independencia, le fueron arre- 
batadas, y su patria anejada á las vastas 
posesiones de vuestra gloriosa monar- 
quía. Durante tres años escasos ese mis- 
mo pueblo sobfellevó impaciente la per- 
dido^ de sus más caros y sagrados dere- 
chos; pero llegó un dia en que la unáni- 
me voluntad de los dominicanos apelé á 



Dios y á su valor para reconquistar la 
patria, la libertad y la independencia. 

Hace más de diez y seis meses, sefiora, 
que esta pequeña porción de tierra ofrece 
al orbe entero el triste espectáculo de una 
lucha que aflige á la humanidad. Dignase 
oír, sefiora, la voz de todo un pueblo que 
se dirige á vuestra magnanimidad y á los 
sentimientos generosas de vuestro gran 
corazón, pidiéndoos hagáis cesar esta lu- 
cha y devolverle lo que hubo ayer per- 
dido. 

La voz del pueblo, es la voz de Dios; 
es la de la verdad. 

Los dominicanos cen un prefimdo de- 
lor dicen áV. M.: 

Pensad, señora, que allí donde fueron 
ciudades florecientes, no se ven más que 
montones de ruinas y cenizas; que sus 
eampos llenes de una vegetación lozana 
no há mucho, están yermos y desiertos; 
que sus riquezas han desaparecido; que 
por cedas partes se vé devastación y mi- 
seria; que a la animación y á la vida han 
sucedido la desolación y la muerte. 

El pueblo dominicano, valiente y re- 
signado, pero sensible á e^tos infortunios 
dicen aun á Y. M. 

En este drama homicida la sangre que 
corre de una y otra parte hace diez y 
seis meses, es una sangre preciosa, es la 
sangre de un pueblo desgraciado é ino- 
cente, pero valiente como sus antepasa* 
dos; la sangre de un pueblo rudamente 
experimentado, resignado á hacer toda 
especie de sacrificios, y resuelto á sepul- 
tarse bajo las ruinas y cenizas que se 
amontonan á su rededor antes de dejar 
de ser libre é independiente. Es también 
la sangre de una nación grande, genero* 
sa y caballeresca, arrastrada por la fata- 
lidad en esta lucha sin gloria y «sin pro- 
vecho para ella,- cuyos batallones vale- 
rosos, lanzados quizás á su pesar en un 
suelo que no defienden sino por honor 
militar, caen antes que combatir, vícti- 
mas de un clima mortífero. 

Tal es, señora, la verdad; tal es la ter- 
rible situación sobre la cual loa que sus- 
criben, á nombre del pueblo dominicano, 
cllmanla elevada atención de V. M. 

Entre este put blo y la nación española, 
no puede existir ni animosidad ni odio. 
Los dominicanos no han tenido jamás la 
intención de empanar el brillo de las ar- 
mas españolas. 

Si entre dos pueblos ligados ayer por 
estrechar relaciones y profundas simp%^ 



-wo — 



tifts se hn empefiido hoj uni^ lueba H" 
tal, la colpa da ello, ai eulpa hay, no es 
ni del uno ni del otro. 

El pueblo dominicano está conTencido 
de que la duración de la guerra no haria 
sino producir nuevas desgracias j desas- 
tres, y que, en definitiva, á pesar de su 
valor, de sus heroicos esfme rzos, de sus 
cruentos sacrificios, la victoria, como 
siempre, quedaría por la superíorídad dé 
la fuerza. El pueblo dominicano, en ob- 
seauio de la humanidad, se ha resuelto 
á elevar á la consideración de Y. M. esta 
exposición del estado de su país. 

Lleno de confianza en la magnanimi- 
dad de que y. M. ha dado tan altas 
pruebas desde aue oeupa el trono de sus 
mayores, por el órgano de los aue sus- 
criben, suplica una vez más á v. M. se 
digne hacer cesar la efusión de sangre 
y poner término á una situación depTo- 
rmble. , 

Que V. M. quiera que la paz se haga, 
y la paz será hecha. 

Que eáta porción de tierra, patria de 
los dominicanos , sea desprendida por 
vuestra real y magnánima voluntad de 
las vastas posesiones que forman la mo-* 
narquia española. 

Esta naeion aplaudirá tan generoso 
proceder, porque ella ne será por esto ni 
menos grande, ni menos poderosa. 
. Que la paz y la tranquilidad sean por 
vuestra real disposición devueltas al pue- 
blo dominicano, y esta concesión será uno 
de los hechos más gloriosos de vuestro 
reinado, porque será un acto de humani- 
dad y de resplandeciente justicia. 

A L. R. P. de V. M.— Santiago de los 
Caballeros S de Bnero de 1865.— G. Po- 
laneo.— Ulises 5. Espallat.— Manuel R. 
Objio.-Juliaa B. CurieL— Silverio Del- 
monte. — Rafael María Leyba. — Pablo 
Pujol. 

Este memoríal de difícil calificación, 
vio la luz pública al mismo tiempo que el 
siguiente dictamen de la comisión del 
Congreso, sobre el abandono de la isla de 
Santo Domingo. 

Dictamen de la comisión del Congreso 
sobre el abandono de la isla de San* 
to Domingo. 

La comisión nombrada para informar 
acerca del proyecto de ley relativo al 
abandono de Santo Domingo, tiene el ho- 
nor de someter á la resolución del Con- 
greso el siguiente dictamen: 



La ocsniflien ha «stndüdd oon 

miento los anfceoedenteSqaeiérefiereii á 

la reincorporaron de Saato Domiago» á 
la administración que se establéelo eo 
aquella república después que taTO kigar 
ese acontecimiento, y á la guerra que eo- 
menzó más adelante entre los nuoTos sub- 
ditos espafiolesy las fueraas del ^biemo 
de S. M. 

En vista de estos anteoedentes, la co- 
misión considera urgente una medida que 
ponga t!érmino al actual óhien de eesu, 
y ninguna encuentra más acertada que la 
de aprobar con ligeras modificaciones él 
proyecto de lev presentado al Oongreao ü 
7 de Enero del presente año. 

La comisión estima el hecho de la leio - 
. corporación de Santo Domingo, como pm- 
ducto del entusiasmo nacional, j no eea« 
sura á determinado gobierno por nn su- 
ceso que, dadas las circunstancias en que 
ocurrió, y teniendo en cuenta el caráeter 
con que se revestía, pudo parecer impe- 
rioso deber de honor y decoro. 

A España no podía convenirle enton- 
ces, como no le conviene ahora, nna ane- 
xión que le obligaba á diseminar sns foer- 
zas por una más vasta extenaioii de ler- 
ritorío , ni entraba seguramente en los 
cálculos de la política aparecer ante ios 
pueblos de Améríca y ante la eeoñden- 
cion del mundo como potencia que de- 
seaba la adquisición de nuevos domiaioB 
cuando tantos tiene que exigen su cui- 
dado. 

La república dominicana no era, por 
cierto, presa que España codiciaba ; por 
el contrario, desde que se separó de ht 
metrópoli, rompiende loa lazos que ocm 
ella la imian, muchas veces habia tenido 
ocasión de adquirirla de nuevo, prestán- 
dose á las vivas instancias de los domim* 
canos, reiteradas todos los afios y ante 
todas les gabinetes que se sucedían en la 
dirección de la política española. 

La situación de Santo Domingo ao era 
tampoco la más á propósito para inspi- 
rar a España el deseo de unir la suerte de 
ambos pueblos: sumido aquel en la anar- 
quía, despoblado por una lucha incesante 
contra Haiti, agobiado por una inmensa 
cantidad de papel-moneda que circulaba 
sin prestigio, desatendida la agricultura 
y abandoiÁdo el comercio, con, un clima 
insalubre y teniendo en perspectiva la se- 
guridad de enormes galbos , si se había 
de pensar en cultivar los elementoa de 
prosperidad y ríquesa de aqaei deavea* 



- $01 - 



turada hubIo, «ra más bien earga petada 
que presumible gauaucia la que España 
iba 4 loffrar con su adquisioion. 

Pero Uegó un día inesperado en el que 
por un concierto de circunstancias espe- 
ciales j tal Tez porque la necesidad obli- 
gaba con imperio á los dominicanos, ama- 
neció flotando en los muros de Santo 
Domingo al pabellón español , saludaAo 
por. la Toz entusiasmada de aquel pueblo 

2ue nos Uamaba hermanos, t el gobierno 
e Españe, sin va ;ilar, oonsiderando cues- 
tión de honra nacional el atender á ese 
expontineo llamamiento, respondió ¿ él 
y aoeptó los Tetos de los dominicanos 
euTiándoles sus fuerzas j recursos. 

Desde entonces nuestro gobierno no ha 
economizado sacrificio para alentar con 
nueya j más próspera vida á un pueblo 
qué recogió en la agonía: por desgracia 
nan sido estériles, y las pasiones de los 
dominicanos, el yiolento amor á su inde- 
pendencia j los hábitos engendrados por 
muchos años de existeneia ayenturera, 
encarnadaja ea su constitución socia}, 
han hecho imposibles los buenos deseos 
de Etpaña. 

El pueblo dominicano en 1861 nos lla- 
maba con afán; hoy nos rechaza con ener- 
gía: los yotos que entonces pidieron la 
anexión, ahora reclaman la libertad, y el 
gobierno español, que solo tuyo en cuen- 
ta para la reineorporacion el interés de 
los dominicanos y el afecto que le inspi- 
raba este pueblo nacido á nuestra som- 
bra y alimentado con nuestra propia yi- 
da, se apresura hoy á satisfacer sus de- 
seos^ como en 1861 los satisfizo. 

La nacjbon española dará de esta manea- 
ra una prueba más de su moderacien y 
del respeto que tributa á los altos prin- 
cipios de justicia, demostrando ante las 
naeiones civilizadas que no lleyó á Saoto 
Domingo mezquinos calcules de interés 
j de engrandecimiento, y que, dispuesta 
á respetar siempre la legitima yoluntad 
de los pueblos, acudió antes en auxilio de 
los que inyocaban su nombre como espe- 
ranza de salvación, y entrega hoy á su 
propia suerte, á los que se arrepienten de 
sus recientes juramentos. 

Pero id obrar con tanta nobleza la na- 
ción española, tiene deberes que cumplir 
y no ha de olvidarlos: no ignora que mu- 
chos dominicanos, fieles á sus promesas, 
han permanecido abrazados á su bande- 
ra, y que algunos de ellos han sellado con 
su aangre los compromisos que yolunta- 



T ñámente contrajeron. Todos estos mer^ 
cen la protección de España si permane- 
cen en sus hogares, y no podemos permi- 
tir que Queden sin defensa expuestos al 
rencor ae sus contrarios. 

Acaso habrá también dominicanos que 
sientan dejar de ser españoles y quieran 
seguirnos; recibámoslos donde podamos 
con cariño y dignidad, y autorioemos al 
gobierno de S. M. para que asi lo haga, 
respondiendo de este modo á una verda- 
dera exigencia del decoro naciopAal, que 
no nos consiente abandonar á los oue en- 
vuelven su desgracia entre los pliegues 
gloriosos del pabellea de España. 

Cumplidas estas sagradas obligacio- 
nes, nada tiene que hacer después nues- 
tra gobierno en Santo Domingo, c(»kcl«- 
yamos una guerra, sin objeto, ajustemos 
una paz sólida, ya que los dominicanos 
son los primeros que abren extenso cam- 
po á las negociaciones con la última res- 
petuosa exposición que dirigen á nuestra 
reina, y separémonos, no como enemigos 
que se odian, sino como pueblos que se 
aprecian. 

Al salir nuestros soldados [de Santo 
Domingo, al abandonar aquella tierra 
(jue^guarda las cenizas de nuestros va- 
lientes, y que ha consumido mucha par- 
^ te de nuestros tesoros, el mundo será 
testigo de los sacrificios sin recompensa 
que se impone Espina siempre que un 
pueblo desgraciado acude á su hidalguía; 
y por nuestra parte con la conciencia 
tranquila, elevaremos al cielo nuestros 
fervientes votos pidiendo para Santo Do- 
mingo paz, unión y prosperidad. 

Impulsada por estas razones la comi- 
sión, somete al acuerdo del Congreso, 
concebido en los términos siguientes, el 
proyecto de ley presentado por el gobier- 
no de S. M. 

Articulo 1.** Queda derogado el real 
decreto de 19 de Marzo de 1861 , por el 
cual se declaró reincorporado á la mo- 
narquía el territorio de la república domi- 
nicana. 

Art. 2.® Se autoriza al gobierno de 
S. M. para dictar las medidas que con- 
duzean á la mejor ejecución de esta ley, 
y á la garantía y seguridad \\ie deben 
conseguir la» persoi^as y los intereses de 
los dominicanos que han permanecido 
fieles á la causa de la patria, dando cuen- 
ta de todas ellas á las Cortes en tiempo 
oportuno. 

Palado del Oongraso d de Marzo df 



-fte - 



«bcu*-M. ir^áa.-AattcxiHo MsoU^ Rabié. 
-Aatooio María Segojfia.-^^Bioania Al- 
«igaray. 

Lanzados al juicio púbUco to9 ant^rio- 
T6M doeutticliitos pudo 'deacl.6 «iHK^ttcea 
todo el nKiiirdo emitir su opfxiiotí j exa- 
minar el proyecto de abandono en todaa 
duíB laeee. P^etto a discusión en ambas 
Oámarai, ae pronunciaron plPecioeoa diá- 
earsos en pro y éü eontra, y mucho más 
que cttantb pudiéramos áéeir nbeofirótt 
para Üu8t(*ar este punto, )o, han dicho ya 
l68.Mnitdores y los dif^Utado^i de la na- 
ción. C<m el objeto de dar& ^ófioeéf'el 
eiq^ri<»a de las Cámaras, dareittoB iügu- 
títm fragmenta de diseurstia qué creemos 
mifM«nte«\ objeto. 

Prcj^fatába t^n diputado: 

«iCónvigna i España la consfrvtpion 
di^ Santo uppaingq? PrixT||9ra cuestión. No 
es posible i^gar ¿i djBscóx^ocef ni por un 
lüom^njto iiíquiera qins la poUtica españo- 
la, (l^^de tfsce muQho tiempo, dfsd^ puy 
añlliguo, manifiesta uña tendencia m^ 
s{ric»]iun^iada i llcTaj* la MCiop, la Tida, 
la. fuerza, la iñiciati7a de la nación sapa- 
polia k qUos pueblos, 4 otros paisas j na- 
cion(;¿». Xiji PtK>T^ahci^ una^ vsciw, la 
(If^suaíidf^d oif as, el «ispirítu oa^do y em- 
prendsao^ dp lo^ es]^(4s%, las circuns- 
tancias politíc^aqü^ á||B refería^ ios4it 
una de nuestra P.ez)ineÁi}pt ban sido c^iú- 
sás generadoras á^ ^hf^ pp|itlcf que em- 
pezó de muy ai^tigu9 cp|i, If^ cruú4M, 
q|ie SjBguia en las ffuerras de Italii|, y que 
sontinuó más adelanté cotu el déscubri- 
miante de la América, sjendo caus% de 
que nuestra bandería se extendiese jKir 
los mares, ya próximos, ya remotos, que 
separan el África de la Europa, el Asía 
de tas Américas. Hemos prestado con esa 
política jer^nde^a, inmensos seryícips á la 
pfiusa de la civilización y del prpe^reso; 
pero poiuo deeia en otro lugar un ilustre 
o^aJór nó i^ace mucho tiempo, esos ser- 
tícíos los hemos prestado á costa de 
l^randes perjuicios y de enormes sacrifi- 
cios. Hemos sido la nación mas idealista 
que se ha conocido, y ganosos de étm* 
tribuir siempre al triunfo d^ nyestrts 
ideas^ hemos despreciacio las. ventilas 
positiva! que otras naciones, que otros 
paises meaos espirituales que nosotros 
han conseguido.» 

Algunos oradorea de la oposicloa sos* 
^Uian que abandonar i Sanfo Doaüngo, 



eiiiii^íflá^ léeelÉikrÉoa kmnlMbs, & le 

eoal eidntsatask ua mintstétM:' 

«ir qué lia ImqhiemL no «a declaró 
TODcida? ¿no reottoocló laloAspéndeDcia 
de los Bfltados'^Umdos? ¿Y «¿méf Voy 
aquí á decirlo. ¿Despaes de hWblr «id^ 
como BCMotros, ai na como ▼aneedores no 
YeneidoiT No, señores, despaas ^e hmber 
sido psrfeqta y eompletamente 'vsneida. 
Uno de sos grandes ejéneítos mandado al 
prineipio de la guerra por Eusgoyse, 
tuTo que rendisse al ensmigo, y su. gvaa- 
da igércilio, en los últimos tiempos da la 
guerra, mandada por lord ComiralliB, se 
antregé. prisionero de gtiorra al eaemiga, 
y conae&ueiiaiade astas dosgnmdas mt- 
rotas y á consecueocia de que como deds 
en la Cámara lord Cbatan era ia^posiWe. 
40a ^igo «ue no pocéis oonqudatar la 
ABii9fieá,i a coaascoeneia de to<lo esíto, 
la Inglaterra, la grande Inglaterra, aban- 
donó kw Bstaáoa-Uhidos, ree^MCiósa 
isfclapeadenci^. Ya tela, se fiores, eeánto 
Tálala Inglaterra en este siglo j ea el 
pasado después del abaadoao. to falsía- 
ra qas la Bapaaa, después de abaadosiff 
á Santo Domingo, yaliera en el inferior y 
en el extekior taaio óoine 'esta T^üoido, 
tanto aemo valia la laghiterra iKaedia- 
tamente desposa <ftel ab|oáoao de aqae- 
Uas posesiones, y las 'abandonó por com- 
pleto, las dejó ea el caáo de que queda- 
ran sia patria, no los faombns de erier, 
sino los blapooi, lok liabUantss de los 
EstadoS'Unidos que hablan sido fieles á 
la baudera.y é laeonma lagtesa. Ko on- 
y ó qoe se deshearaba no continuando la 
guerra, poiqae quedaran áin patria aque- 
Uoehoataáes kabitaÉtea qae aabablan 
abandonado nunca su ftéendad ( la ce- 
reña ingleaa. Y nosotros, {oémo víanos á 
salir si salihios como espero, anQnte, muy 
pronto, de Santo Domingo? j^á^aoe ▼en- 
eldos? No, señores: podremos no salir 
vencedores, vencidos no saliinos.» 

Tampoco faltó en aquellas cé*sbres dis- 
cusiones quien se eonstituyera en defen- 
sor de los domiaieanos e a respecto al 
derecho que tuviere^ para insurreeele- 
aarse. En prueba de ello co{.tamos á eon- 
tinuacicn parte de Un discurso: 

tYo asnores, ao eonaidero le que lla- 
máis aband.ono de Santo Domingo, le 
2Wyo llamaba hace un momento aban- 
ono hasta que ua esküose adi%o nüé 
me ha hecao noter qoé abandono no as 
debs decir, noroue la idea ae es exacts, 
porque se abana<ma aqaelie que «t debs 



- MS — 



ooDMñrMr, qué a» tira» I^WgncMi d« 
oonJiflrf ar; paetbien; lo qii« llamaba bta^ 
ta ahd» abandolio, jq^ no lo comidero 
oomowrá cuebtfon politiza, ad ; yo lo 
oonaraere (íómó lina sUgiAda eaüta qu6 
alécta á la buBaanidad entera^ y orqo qua 
al fia me dareia la raaen.» 

' c Todos ifoabtroa,8eí0l«adiptttádo8» ea- 
toy seguro do eUo, aantia latir eti yuei- 
tro pe^ik) el f ubgo del aaftior (fairio; todos 
vüaatowe tríbutallft el nsspeto que ae me* 
raa^ el artbtímieDtq de la aacioiíalidad; 
todoa ^oaotnM cofateetareis si os pregun- 
to^ j Éin que yo os lo pregunte diréis es- 
pontánteMiente que es noble, que ea le- 
gitima la defbnaa del Étték donde naci- 
mos, del bogar donde yii^e nueatra fami- 
lia, del teeha qué^ guarda la cuna dcmde 
duanmit nrueatn»' hi^os; exaniBadala 
Guésmo^ bajo eae aa|iecto (f TufeWo á do- 
oir que bsbla ¡ier mi propia oaenta), n& 
poüreia mÓDoade raeonoeer que ea justo 
y neeaatfio el abandonoi» 
tü^sottoSv qué cOíaeMeramea como ex- 

Santán^-mT^toBíd&aqi^l pu^iblocuan- 
opediftlaasialiaas nosotccfaque frocita- 
auímbala fuassaylaafiea^ia de aanellos 
Tatos, boT debe^i9s ^calamar, á^ íuer de 
leaka la nietta y U eflcaef a^ da las Totoa 
y deaeaa eontHaratA. Si lo»d(Kx]6i»ieánoB 
eraa bbBrea al Ugaraeftr noflotroa coa. lázoa 
fralieeaaies, librea «OBrbpypai» raiaper- 
loa» l^cgiA ^ ToluataíEb Uinev te Tobi^itad 
daa^a'. J- padstsí ^m <aCe taiieeao llt cruea- 
iioa-, ¿quíéf 4a tóaatveeí soaleiidirá^ la vich 
leseia qit^ k Bspafia nacMiW.mra aostqr 
nersuduniniiíeioa enSaailo DoinU^go?» 

«(Ab, eéñ^ireaí Coloe84a la cuastion en 
eate terrena» ^ay nadie» qu<» na qonaide- 
ra al pueUodominieanQcomo tin pu^eblo 
que.luifriiá p<pr coñaarYar su, In4lifee9tdai|r 
cia? iSabeia o^mo considero, la opúúon de 
ciertos indiyiduo#qtta quieren o^^iaerrai; 
4 toda oaata^te ipdade Santo Dosiingot 
La'oonsideorf^.QOino laieti^pcfallaAgenuma 
del deneobp d% Uk fij^rusf l^lM^awie dio- 
minicano; no importa; llamadme si que- 
leiair si 4 taota Uegsi yuastia pa4^' de 
partido^ Qnenügo de mi patria.» 

Los e^tadiaiiM que» siempre aigumaa- 
tan con oraros, y. o^yaa opiñionaa aaí 
apoyadsi» p^ipeoen inooatroTertiblaa de- 
cían en pro del abandono: 

•La isla da Santo Domingo en él ttan- 
po que la bemoj^.pos^do^ nobaproduddfi 
máa gu^lO: sQüyUmea ^ xeidesi babiendp 
subioo la Qontiibucío]^ de pata^tw». li) 
ciíal áo ba dqjado ifii pvadliw algip^ dias 



guato an elpaísv f loa pocos deía^boa 

3vté ba produéldo^ y" el présiipfnesto anual 
e gastos pava la isla era de 60' ó 70 mi« 
Uonaa áp reales, esto sin gnelTa, .ó séasf 
afolo para sostener las cargaÉ ordlñariaa, 
para maatbuer decentemente el ejército 
que debe existir allí porque bemoflt do 
eatar constantement amenazados^ jpará 
atender á la mariHa de guerra y á otii 
porción de cosas indispensables en la isla; 
pues bien; sin nada de extraordiliarío te- 
nemos una pérdida dé 60 millones de rea- 
les, que era tanto como renunciar para 
siempri' á todoa los sobrantes dto Ul- 
tramar.» 

A estos datos agregaba también el se- 
ñor Seijas Lozano; ministro de Ultramar, 
los siguientes datos tomadas de docu- 
mentos oficiales: 

«Vais á Ter, sañoraa c^lrntados, lo que 
nos ba costado Santo DonxiBfo, no basta 
abora, liorque no be podido reunir basta 
el dia los datos» pera si basta 1.* dé^ Oc*- 
tubre del año último. En él primer año;, 
señores, el presupuesto llegó i 986.834 
pesos« ó sban 19 millones y pico de reac- 
ios. De 1862 á 1863 4 1.843 686 pesos, 6 
sean 86 millones de reales.» 

«Puaa bien^ señores; estos guarismos 
los be presentado, no para que tfe vea lo 
que se na gastado y nos cuesta Santo Bo- 
mingo^ no; los be p»aentado, porque son 
f un argnuMsto indestructible cehtna ei 
pensamientp de consénraéion de la isla.»* 

cDtf todos satos presupuestos tenemos 
que descartar él de 1861,. porque es in*- 
compleio,'no comprendió teído el añow4 

c Tenemos también que teñeron cuenta 
que en 1862 y 1863 aun no se babiá estai- 
blecidola admioistracion por oomjdeto; 
y el presupuesto de 1863 k 1864, 4a que 
ya se babiaí desenvuelto algo la adminis- 
tración, es el que ya he dicno que' aacenh 
dio i 50.4d8.440 rs.» 

De suerte que desde^ 1861- basta Di- 
ciembre de 1:864 babiá: ffaatadoi EspaSM 
en Santo Dooéngo 280 mniéniss de^mílés. 

Oonyenian,; pues, varios opas^aionistaa 
en la Qomrenlenoia de aun } or intteréa 
pecuniario podia dejarse a Santa Domin- 
go, perp sa moatíñban muy ealba6s de 
la lumra nacional y pisdisí wa nuestno 
^ército ocupase antes la. capital del Gi**' 
biío, i- lo que contestaba un oiüader mí-- 
nistenai: . 

«¡A Santiago de loa Oaballeroal ¥ ¿pdt 
ué, patü qnel Nosotao» abandoasaae 

ien a MnfcaDomingar at asteU ¥a«iai<> 4 



s 



-HM- 



SftAtitgo de los Caballeros. La euestion 
está reducida á 100 6 120 milloiies, j á las 
▼idas de 3 ó 4.000 es pañoles;! nada más 
que esto. ¿Para qué? Pues qué, ¿Santia- 
go de los Caballero e^ algún Sebastopol? 
¿No es una minerable barriada? Pues por 
▼entura, ¿se necesita vencer grandes obs- 
táculos militares, demostrar grandes me- 
dios militares \ ara ello?» 

«Lo que se necesita, señores, es tener, 
no diré si el yalor, airó más bien la cruel» 
dad, no diré la decisión, diré más bien la 
imprevisión de consumir grandes tesoros 
j muchas vidas para llegar allí. Y ¿para 
qué? Para que nos tengan por graodes; 

Sara que juzguen muy favorablemente 
e nuestro poder- en América, en Europa 
^ en todas partes las naciones extran-* 
jeras.» 

«Pues qué, debemos nosotros, podemos 
nosotros pretender engañar á las nacio- 
nes extranjeras »obre la medida de núes» 
tras fuerzas, sobre la importanciade nues- 
tros recursos? Vejamos ó no á Santiago 
de los Caballeros, ¿las naciones extran- 
jeras no saben que tenemos mucha fuerza, 
no saben hasta dónde llega, j no saben 
lo que podemos y debemos hacer? Aquí 
ae puede tratarse de engañar á nadie, ni 
aunque fuera posible, la nación española 
podria tratar de hacerlo. Se nos habla de 
grandes esfuerzos hechos por otros países: 
se nes habla de lo que han heeho los in<- 
gleses en la India.» 

c; Ah, señores! También nosotros lo ha- 
ríamos si se tratara de Cuba ó de Puerto- 
Rico: también nosotros lo haríamos si 
poseyéramos esa India con esas iDmenaas 
ciudades, si Santo Domingo fuera Caleu^- 
ta; si Santiago de los Caballeros, cuya 
eonc^alsta siquiera por una hora tanto 
ansia el Sr. Cánovas, fuera Delhi; si en 
Santo Domingo hubiera el comercio de 
importación y exportación que hay en la 
Inoia Inglesa de 7 á 8.000 millones anua- 
les, con rentas públicas de 8.400 á 3.600 
millones. Entonces emplearíamos esos 
recursos, entonces haríamos todos esos 
esfuerzos, entonces yo mismo propon- 
dría que ée hiciesen.» 

Solo la fraceion política que por medio 
de una insurrección miiitsr, derribó del 
poder á los hombres oue gobernaban la 
España de 18M y que ouscando preséli>* 
tos en todos los partidos legales pudo 
Uamerse «unión liberal» era la que pedia 
la ooBsérvaciott de Santo Demingo, y á 
•sle propósito deoia un diputado; 



Señores: ^solo la unión liberal es ^^«* 
defiende la conservación (de Santo Do- 
mingo: yo, señores, no (haré por ello un 
eargo ala unión liberal. La reincorpora- 
ción de Santo Domingo es la hija mima- 
da y predilecta de la unión liberal, y es 
natural (jue una ^madre, si es cariñosa y 
obedece a los sentimientos de la xuitura- 
leta, quiera prolongar aunque sea por 
breves dias la existencia de su hija: es 
un sentimiento maternal que yo respete 
y todos respetamos; pero nosotros, qm 
no sentimos la voz de la paternidad «n 
este asunto, hemos de querer oontinusr 
en un estado que tanto perjudica (en 
nuestro sentir al bienestar de la naciori? 
Esta es la cuestión.» 

«Señores: inútil es pretender otra cosa: 
la mayoría, la inmensa mayorím del país, 
desea el fibandono, quiere la paz, so se 
muestra dispuesta á prodigar sus recur- 
sos y sus fuerzas en una empresa inútfl.» 

Era muy conveniente é impórtala co- 
nocer y tener en cuenta la opinión que se 
formaba dé España en el extranjero si 
ponerse en tela de juicio la coByenisncíi 
del abandono, por cuya razón uno deles 
oradores ministeríales dijo: 

«¿Qué ha dicho, señores, la pífeasa ex- 
tranjera? Que el acto de la ráneerpora- 
cion de Santo Domingo fué inspiradeal 
gabinete que la acordó per loasentímien- 
tos más nobles y generosos, no pudiende 
desoír las razones, ó mejor dicho, las pe- 
ticiones que le dirigían los que habita 
sido nuestros hermanos, y oejarlos sa- 
midos en la miseria y en la abyección á 
que los han conducido sus desgracias ó 
sus extravíos; y juzgando á este gabine- 
te, ha dicho esa misma prensa que el go. 
biemo actual, presentando el proye^ 
que está sometido á la deliberación dtl 
Congreso, ha escuchado la vez del pa- 
triotismo, ha consultado los yerdadens 
intereses de su patria y cumplido con los 
altos deberes que le impone el pueetoque 
ocupa,» 

Al tratarse en el Congreso de que se 
favoreciese mucho á los que leahnente 
habian seguido hasta lo último la causa 
española el Sr. Segevia, persona la mis 
competente quizá en los asuntos de aque- 
lla isla, dijo: 

«Yo, que conozco la manera con que 
ellos entien<len las obligaciañes de Espa- 
ña, como las ksnentenuidoslempre antes 
del tratado y después de la anexión, y 
como 'las entendemn al tiempo de 4»^ 



— ÍOS - 



pvacioB, me temo, digo, que loe fOO.OOO 
hftbitanteeque sefimlan loe estadistas que 
más conceden 4 la isla, habian de crecer 
mucho en el espacio de reioticuatro 
horas.» 

< Y por si no se entiende bien este he- 
cho que apenas me atrevo á apuntar, ci- 
taré un ejemplo histórico.! 

«En el tiempo énque estuvo en fermen- 
tación j como en germen la negociación 
ó x)or mejor decir el conato de reincorpo- 
ración, circulaba en 8anto Domingo un 
papel moneda, de que todos tenemos co- 
nocimiento. Bste papel moneda, como ob- 
jeto material y puramente inorfi^nieo, no 
sé yo que tenga facultad reproductiva ni 
procreativa. Sin embargo con el anuncio 
porque yn. se vislumbraba que Espa- 
ña nábia de reconocer aquel papel mone- 
da que dio en llamarse deuda nacional, 
con solo ia esperanza 4e la conversión en 
moneda acuñada y metálica, esas papele- 
tas se multiplicaron de tal manera, pro- 
orearon de tal modo, que vo tengo para 
lÁi que- no hay un insecto de los que recor 
noce la Entomología^ y eso que aquellos 
climas se prestan maravillosamente i 
esas reproducciones, que pueda hacerlo 
tan rápidamente.! 

«Quiero decir eon la comparación, que 
los fíeles y leales dominicanos aumentan 
rián de tal mañera después que vieran 
las garantías que se daban para las per* 
sonas y las propiedades, que quizá ven- 
dríamos á parar ¿ que no habia habido 
un solo rebelde, y á que estarían dispues- 
tos k irse 4 cualquier parte, y sobre todo 
4 quedarse en Santo Domiúgo, creyendo 
que España habia de mantenerles con 
gran regalo.» 

Con respecto h la idea de qu<) se exi- 
giese indemnización de guerra al gobier- 
no republlcane. otro orador que conocía 
de lo que se trataba, dijo: 

«Guando la España habia dado 4 la re- 
púl>lica la mayor prueba de su magnani- 
midad y desinterés, tomaren aquellos 
buenos republicanos como cosa natural y 
eorriento el que no se hablase de indem- 
nización, de compensaciones de ningún 
género, de liquidación de deuda que pu- 
lcra hacerse y de reconocimiento de pro-* 
piedades anteriores 4 la separación, yo 
pregunte al Sr. Sílvéla: ¿que espefrímzas 
podremos tener en las circunstancias pre- 
sentes de que eonsintieran en una indem- 
nlzicion, y de que consentida nos la pa- 
garúi?! 



' Al ver la lentitud con que marchaban 
las discusiones en ambos Cuerpos cole- 
gisladores, d^o un senador con mucha 
oportunidad: 

cMe permitiré decir al Senado, que 
mientras aquí perdemos (y digo perde- 
mos, porque esta discusión no tenar4 re- 
sultaao alguno legal), que mientras aquí 
perdemos, digo, una y otra hora, cada 
una de estas nos cuesta un hombre en 
Santo Domingo, pues perecen en aquel 
clima de 20 4 25 hombres diarios; esto sia 
hablar del oro que se gasta allí 4 torren- 
tes, porque no hay para qué hablar de 
esto cuando se hablado sangre, aun cuan- 
do él signifique la fortuna de muchas fa- 
milias y el sudor de milchos hombres. 
Dicho esto, renuncio como he dicho, la 
palabra.» 

Por último, se echó la suerte .^Puesta 
en ambas Cámara^ 4 votación la conve- 
niencia de abandonar 6 seguir dominan- 
do la parte de Santo Domingo que se ha- 
bia anexionado, una gran mayoría resol- 
vió el abandono. Siendo dé advertir oue 
solamente opinaron por la conservación 
aquellos representantes que mis direc- 
taó indire(rbamente estaban comprome- 
tidas en el acto de la reversión, y aunque 
la experiencia les debia haber demostra- 
do el desgraciado éxito de su obra, te- 
miendo aparecer inconsecuentes ante una 
Sueril vanidad, desoyeron las lecciones 
e la experiencia y los lamentos de la pa- 
tria. Con satisfacción nacioQ al, el sufrido 
y morigerado ejército español debia aban- 
donar ms playas dominicanas. 

Solo algunos fan4ticos de los más ar- 
dientes partidarios de la unión libera), 
derramaban en sus diarios la hiél de su 
despecho, y aprovecharon la oportunidad 
para cubrir de improperios al ministerio 
que ejecutaba la voluntad nacional. 

No podemos menos de trasladar ínte- 
gro en este capitulo el articulo que en 
aquéllos dias publicó La Prensé de la 
Habana, y en el que creemos que est4 
perfectamente definida la conducta del 
ejército. 
Helo aquí: 

«Después de más de veinte meses de 
ruda campaña, sin que los rebeldes do- 
minicanos hayan tenido valor para pre- 
sentar su pecho ante nuestros bravos 
soldados, quienes han luchado con un 
enemij^o terrible, que es el clima, y en 
un país falto de caminos y de alojamien- 
tos y de toda clase de recursos, y hasta 



- ^- 



da ñ^ixB, potft^le en muchoa puntos ; des- 
pués que en mucKaa ocasiones / á pesar 
oe estar abundantemente provistos 4e 
todo por la diligencia j actividad cons- 
tante de nuestra autoridad superior, han 
carecido hasta de pan, por absoluta im- 

f posibilidad de trasporte, como sucedió á 
a división del Seibo, cuyos trabajos j 
padecimientos son comparables á la cam- 
paña de Napoleón en Egipto; después de 
haber encontrado una muerte sin gloria 
militar, aunque nurca falta gloria para 
Quien muere por la patria, nnestros sol- 
dados abandonan á Santo Domingo por- 
(j^ue la nación lo quiere j porque seria In- 
útil todo sacrificio.» 

«Anadie pueda ocurrirse la dudade que 
si España lo hubiera creido conveniente, 
podría permanecer en esa isla el tiempo 
que la acomodara. ¿Quién había de echar 
de allí á nuestras aguerridas tropas? ; Aca- 
so los dominicanos? ¡Desdichados! ¿Han 
hecho otra cosa , como vul^rmente se 
dice, que vivir á salto de mata, huyi^ndo 
del alcance de nuestras balas, y no atre- 
viéndose k acerctir á nuestras bayone- 
tas? ¿Han peleado ni una sola vez, cuer- 
go 4 cuerpo y frente á frente, y si solo 
iriendo á favor de la espesura en qu^B* 
anidaban comosalvajesf¿Nohan recono- 
cido esto mismo en un documento so- 
lemne en que pedian á nuestra soberanía 
que se les dejara vivir como venian vi- 
viendo antes de la anexión, y que las tro- 
pas españolas evacuaran el territorio, sin 
lo cual les sería imposible lograr siu de^ 
seos y tendrían que sucumbir?» 

«La verdiule^ que nosotros nada const- 
guiamos con esto, y que si bien en un pe- 
riodo más ó menos lejano el país se hu- 
biera sometido de seguro, la sola vida da 
uno de nuestros soldados era dé superior 
valor á lo que hubiéramos alcanzáoo por 
la obra de civilizar & los negros dotnini- 
canos.» 

* cQuédenso allá, con su feraz é inculto 
suelo, con su libertad salvaje, con su 

{)oco amor al trabajo, y prescindiendo de 
o que á este obligan las más comunes 
necesidadea de los pueblos laboriosos; 
vivan y manténganse de las raices que 
arrancan déla tierra y da los a;g]^estes 
frutos que próvida les concede en todas 
estaciones; cumplan su pasadera misión 
Hobre este mundo en medio d& la licencia 
y sin las sanas costumbres qué un dii^ 
España les legara; no haya freno ni dique 
álainmoralidad y al bárbaro relajamiento; 



gl9biénifnss ^ia Isy, yoona jmss tok 
existencia »in Dios; nuestra nasion, etm 
ánimo inclinado á compadecersede ta&tos 
trabajos y miserias, les tendió su mano 
generosa el dia en que la llamaron, y hoy 
les abandona dejándoles en su soberbia 
entregados al desvanecimiento de sus 
negativas prendas.» 

«Mientras tanto, aguarda á sus leigíti- 
mos^ á sus esforzados y generosos hijos; 
á los que la han dado fienos de «ntusias- 
ta y patriótico desinterés días de gloria 
en apartadas y mortíferas regiones; á los 
qus están siemjire prontos y dispuestos 
i renovar sus juramentos por sm patria 
y por su seina: ella sabrá apogierles opa 
maternal cariño; sUa los ppocarar¿ deír 
canso á sus iatigas« alivio á su desnu- 
dez y premio a sus grandes aasréci- 
mientos.i 

Comunicado el acu^do de las Cáma- 
ras á los capitanes generales de las Anti- 
llas, el de Santo Domingo, procedió i !«• 
evacuación de la isla^ empeasiMlo por la 

S^te del Sur. Las ciudades de Azaa y 
lani que ocupaban ftoilmsmte lae tropas 
esliólas, deoian ser las piimerafi sJban- 
áonadas, después debían da evacitarss 
Monte Ghristi y Puerto Plata, pfM!» nUi* 
mámente serlo la bahia^iís; S^manií y la 
capital. 

Él acto militar dei abaiidono, se» llevé 

4 cabo en todos estos puntos slii novedad 

notable. Vam^sá referir taii ap£» el de 

. Monte Christi, por la imp^táaói& de ks 

; obras llevadas a cabo. 

Este pu^to fué abandonare cep^kta^ 
mente después de haber volado lom raer- 
tes de6an Francisco y San Pe4rov. ár 1% 
vista del ejército; espectáculo impopsats 
y grandioso que cansó un hórropoae es- 
tremecimiento de trepidación en ql ter- 
reno que duró al^pinos segundofi, jmdn- 
cido por la explosión casi eimult^Sbll da 
dos hornillos que céntenian cwéénik 7 
tres quintales de pólvora. 4*^ desupfyer 
cer la inmensa columna de l&umo.y rav4 
que levantó la voladura» ya na ¿q^p^fui 
aquellos baluartes construidos p^ nnesr 
tras tropas con tantas penalidadois.y qjae 
hubieran defondido aquellos vaUl^teí^ 
hasta perder su existencia. 

Lá parte de la población mek|rad%:ó 
mejor dicho» construida defsdela-pess!: 
sion de nuestro ejército, se respetó i.$á 
dc^ó toda, siquiera para que le» ^írvar.s 
lof .rebeldes como un baldqn de su ingñr 
titúd» asi como en la iglesia quéda^ióft^ifr 



4 



^J(^- 



Htmefiioa j tÍÉb9 «ignutós de pltta; pe- 
ro «pMriM^ tabla eVabarcadó A ejémtb, 
que ee pudo nóter desde abordo, que en- 
traban en la población Tariofl giiMtee j 
daban fUégo a aljfi^unita barracones, eptre 
elloe^fc lott ene hablan eenrido de cuarte- 
les á la caballeria j artillería. Quedó, 
pues, completamente evacuado Monte- 
Christí, en donde reposan tranqidlamen- 
te tantea valfontea que sucumbieron k 
las penóciosas influencias atmosféricas, 
siendo asentir doblemente que en los 
últimos éüfks hizo nuevas victimas el vó- 
mito nétj^. 



Db la cuertion del abjindono de lá tíla, 
ííurgló crtra, un tanto grave, entre los ge- 
neralas sefipres Gándara é Izquierdo. 

Altas coñsideracionfs de respeto no 
nos permiten hablar de ella; pero la na- 
tural curiosidad del público, quedará sa- 
tisfecha, en un plazo más ó menos breve, 
pues según nuestra^ noticias las «Histo- 
rias de la guerra de Santo Domingo.» qu^ 
tienen escritas, el último gobernador Si 
aquella antilla y el general Izquierdo de- 
ben explicar lo suficiente aquella cues- 
tión para saber de parte de quien estuvo 
la razón. 



xxrv; 



AJÁKDO:Nk) TOTAL . 



Doctufiantof eonfidenpiaáaa.— CoAíUotoen.8wito>Doviin9o.-~AbáQdono total. 
Kptrtga de loa áUimoa prlAioamoB. 



Con el obj0to de que nuestros lectorejí 
tengan eenocimientó de los incidentes j 
eirennetanefas importantes que media- 
ren en las negociaciones celeoradas con 
los comisienados del general Jefe del go- 
bienl6 de SMftiigo^ con motivo del aban- 
dono de la lela, insertamos i continua- 
olon los ferlguientes documentos que nos 
hemiofi podido proeurar: 

Gonlldenciiü. — Sr. D. Benigno F. de 
Bojas.— fiante Domingo 9 de Abril de 
1805. — Muj i^ñor mió: Debe Y. saber 
que esta sometido á la resolución de los 
altoe pedéres del Bstado un proyecto de 
ley pafti que Bspaña abandone la pose - 
sioa de Santo Domingo. Si se resuelve 
la contiQuacion de la ffuerra. Dios en su 
justicia, decidií^ cual ha de ser el térmi- 
no de la lucha. Si por el contrario, se 
decretase él abandono, comprenderá us- 
ted demasiado que habrá necesidad y 
conventeneia reciproca de nna baena y 
mátua intellgeneü. España es un país 



bastante poderoso, V su política en San- 
to Domingo, demasiado noble, franca y 
general, para conservar odios ni rencores 
contra un pueblo que es creación suya, 
al que volvió solícita cuando sus angus- 
tiados hijos la llamaron, y del que añora 
se alqaria con la dignidad de quien, 
obrando honrada y noblemente, renuncia 
á todo pensamiento de venganza , por 
más que una ingratitud injustificable 
pudiera autorizarla. 

Representante yo aquí de los senti- 
mientos y de la justicia de mi país y de 
mi parte para que todos sus actos lleven 
impreso eí sello de la dignidad y de la hi- 
dalguía, que son la esencia de su carác- 
ter: en esta inteligencia me dirijo á us- 
ted confidencial pero recta y francamen- 
te, preguntándole si llegado el caso su- 
puesto, estará el gobierno de Santiago en 
disposición dé tratar conmigo para el ar- 
reglo de tjodas las cuestiones que deberían 
resolverse, al verificarse en el país la va-* 



-m- 



riaeión que habría de eamUtur tan esen- 
clalmente su manera de ser. España no 

{)uede considerar jam¿s como enemigos á 
os pueblos de su origen, ná está en su 
interés ni en su política oponerse á su 
prosperidad, ni turbar su dicha. Al aban- 
donar á Santo Domingo, lamentará su 
extravio y sus errores, j al entregarle á 
. su suerte. Quedará tranquila su concien- 
cia, ysatisiecha de haber hecho mis que 
él mismo por su felicidad. 

Pero España tiene á la yez derechos 
que hacer respetar j obligaciones sagra- 
das que no puede desatender: sobre estos 
derechos y estas obligaciones desearía sa- 
ber si los hombres que están actualmente 
al frente.de la revelucion, quieren j pueden 
tratar con el mismo espíritu de equidad y 
concordia de aue España está animada. 

No debo ocultar á Y. que si el supreíno 
gobierno del Estado decide que el ejército 
lleye á cabo la evacuación del país, la 
evacuación tendrá lugar, lo mismo en el 
caso de una buena inteligencia contra 
nosotros, que en el de que ustedes se ne- 
garan á todo advenimiento razonable: 
nuestra permanencia j nuestra marcha 
por ahora, no dependen de ningún modo 
de la voluntad era ustedes: T. lo eém* 

E rende sobradamente, y sabe que lo quo 
aya de suceder tendrá lugar por efecto 
de nuestra propia voluntad. Pretender 
otra cosa es negarse á la evidencia, y dar 
vida á sentimientos que solo pueden ser 
orígen de males recíprocos. Lo que si de- 
pende de ustedes, es elegir el modo en 
que debamos irnos, si como amigos ó co- 
mo adversarios: el primero es bueno, el 
segundo es malo; la elección no es dudo- 
sa, pero yo no puedo imponérsela á uste- 
des, aunque debo suponer que obtarán 
por lo mejor. 
El gobierno que quede al frente del 

Í>ueblo dominicano al retirarse de sm sue- 
el pabellón español, tendrá demasiadas 
dificultades interiores para constituirlo 
y gobernarlo, independientemente de los 
peligros que les suscitaran las constan- 
tes asechanzas de su perpetuo y natural 
enemigo; y obraría con poca cordura si á 
estos males inevitables añadiera por su 
propia voluntad todos los ríesgos y to- 
das las contingencias de un bloqueo cens- 
tante que España tendrá que sostener so- 
bre sus costas, hasta obligarle á conceder 
por la fuerza lo que hoy negase á la razón 
j á la conveniencia. 
I^ingun pueblo necesitará tanto como 



el domiaieaBO de Ja paz y la e^neoidia áe 
tadoa sus hiyos para asegurar na» vida 
independiente v aun lográndolo , acaso 
encuentre obstáculos insuperable*. 

Esta paz y esta concordia serákn impo- 
sibles, mientras no establpzca una buena 
inteligencia con España ; y consolidu'la 
sobre bases permanentes debe dirígir to- 
das sus miras, y guiando por la rason, U 
justicia j sus intereses bien entendidos. 
—Hago justicia ala ilustración de Y., su- 
poniendo que Y. la hará á mi sinceridad, 
penetrándose de los buenos deseos que me 
animan al dirígirme á Y. y al omcerle 
los sentimientOH de consideración con que 
soy de Y. atento seguro servidor Q, B. 8. M . 
—Firmado.— José de la Grindara.— Es co- 
pia. — Géndüra. 

Cenfldencial.— Dios, patria y libertad. 
«^República dominicana. — Pedro Antonio 
Pimentel, presidente de la república j 
encargado del poder ejecutivo. —Santitgo 
y Abril 9 de 186S. — Excmo. señor gene- 
ral D. José de la Gándara. -Muy señor 
mió y de mi mejor aprecio: El señor ge- 
neral Benigno F. de Rojas, actual vice- 
presidente de la república, me ha leído 
una carta confidencial que Y. le ha diri- 
gido, fechada .en la plaza de Santo Do- 
mingo el 2 de. los corrientes; y aunque el 
señor Rojas contestará á Y. como es de 
cortesía, quiero no obstante, enHisunto de 
tanta importancia, dar á comprenderá Y. 
mi modo de pensar, para que desde luego 
tenga ocasión de conceptuar el ca-róeter 
de la política que he impresolá miadmíDís- 
tracion, y lo que pueda esperarse de ella. 

Seré, pues, franco y conciso en mis ex- 
plicaciones como cumple á todo nailitar, 
y por consiguiente aebo oomeoxar por 
decir á Y., señor general, que como hom- 
bre d(B principies fuadados en razoi^ me 
verá obrar en este sentido siempre que se 
trate de intereses üan sagrados como ios 
que tengo hoy á mi cargo. Desea Y. que 
al operarse la evacuación de las fuerzas 
españolas del territorio dominicano, se 
haga lo que precisamente deseo vo, y es 
oue nos entendamos para que al despe- 
dimos nos demos un abrazo en que des- 
aparezcan las huellas ensangrentadas de 
esta guerra tan inconveniente á nuestros 
mutuos intereses. 

Bien Quiera el cielo, señor general, que 
tan uniformes pensamientos recilMín la 
sanción divina para que Y. y yo tengan 
mos la satisfacción de presentar al aiun- 



4<i fll «roeeiáevlo qua'nuÉstgnidtoerá á 
la España ante esos monumentos de eue 
glerias, que loe constituyen todas esas 
repúWcae fundadas en el continente 
americano j que llenas de celo j ' fonda- 
das inquietudes contemplan la lucha sos* 
tenida hasta hoj en nuestro maltratado 
territorio. 

Lo que hizo la España con la Francia 
á principios de este siglo, es lo mismo 
que los dominicanos hacen ho j con la Bs- 
pafia. Las guerras de independencia en 
todas partes j- en todos los tiempos, j 
muy particularmente en América, tienen 
VB tipo especial, que Y. como hombre 
ilustrado, que conoce la historia, no ha- 
brá dejado de admirar muchas Tsees. 

Con ejemplos tales, y ya que Dio» nos 
ha traido á buen terreno, no crea Y., se-. 
Sor general, que yo sea un hombre tan 
oscuro que me niegue á todo racional 
aremimiento. 

, Podemos entendemos y nos entende- 
remos, colocando á la república domini- 
cana en el puesto que le corresponde, y 
antes que todo, caracterizando en formas 
oficiales las rsladenes que puedan de 
ahora en adelante seguirse entre usted y 
mi gobierno. 

Sea esta feliz oéasion, señor general, la 
precursora á la paz y la oue me propor- 
cione la satisfiaccion de cultivar con us- 
ted la mas firanca y cordial, «mistad que 
tiene el honor de ofrecerle su atento y 
seguro serTidor Q. B. S. M.— P. A. Pi- 
mentoL-^Bs copia.— Gándara. 



Dios, patria y libertad. — República do- 
minicana.-^Pedro A. Pimentel, Presiden- 
te de la República y encargado del' po- 
der ejecutíTo. — Oonfldencliu, Santiago, 
Abril SO de 1865. — Excmo. señor general 
D. José de- la Gándara. — Muy señor mió 
y de mi mayor aprecio: En debida opor- 
tunidad recibí sus cartas del 17 del que 
espira, una en contestación á la que di- 
riji el dia 9 y la otra refiriéndose á la 
cuestión de eange de prisioneros. Sobre 
esta última materia debo responda á us- 
ted y lo hago manifestándole, que desde 
luego que estamos próximos á entrar en 
negociaciones, que espero en Dios sean 
las que pongan término á nuestras qus- 
rel as, me interesaré- porque la comisión 
qu e pienso mandar con ese objeto á las 
inmeoiaciones de esa plaza, no omita nin- 
gún medio decoroso ni equitativo mi 1% 



sblueian de este áminto. Mieátras tañté, 
doy á Y. la seguridad de que los prisio- 
neros de guerra que tenemos en nuestro 
poder reciben buen trato; no se les ha 
encadenado ni aplicado á trabajos forza- 
dos, sino por el contrario, se les tiene en 
libertad traficando por los campos t po- 
blados y protegidos por nuestras liSera- 
les instituciones. 

Bn la espera de recibir sus noticias 
que nos aproximen más y más á la reali- 
zación de la paz entre España r la repú- 
blica dominicana, reitero á Y. los senti- 
mientos de aprecio y amistad con que 
tengo la honra de suiícribirme su afectí- 
simo serridor Q. B. 8. M.— P. A. Pimen- 
tcL—Bs copiad-cándara. 



Sr; D. Pedro Antonio Pimentel.— Con- 
fidencial.— Santo Domingo 9 de Mayo de 
1865.— MujT señor mió y de mi cdnsidera- 
cion: Recibí ayer la ateísta comunicación 
do Y. de4M> de Abril próximo pasado ,que 
no contesté en el momento, por que ena- 
anuneiado el correo de la Península y 
queria, si habia necesidad y conyenlen- 
cia, refisrirmeásu contenido. 

Antes de pasar adelante, manifestaré 
á Y. mi sentimiento porque las operacio- 
nes del cange de prisioneros no se hayan 
UcTtdo á termino con un espíritu más 
elet^ado de humanidad y de confianza. 
Repito á Y. que á esta cuestión se le han 
dado unas proporciones inconrenientes, y 
se ha tratado de constituir á nuestros 
prisioneros en una garantía innecesaria, 
y en cierto modo ofimsiya. 

Yo tenia interés de terminarla, no solo 

Sara poner término á lospadecimieñios 
elos prisioneros de Yds. y de 'los nues- 
tros, sino para entrar en una ría de eofi- 
ciliacion que fttcilitará las negociaciones 
sueesiyas por el establecimiento de una 
inteligencia tan franca, tan cordial, y sin 
reserra, como fuera posible en nuestras 
respeetíTas situaciones. 

Era un error suponer que nuestros 

Srisioneros pudieran ssrrir á ustedes 
e garantía eficaz para los arreglos su- 
cesiTOs, y no era hábil mauifistar des- 
confianza en los preliminares ds negocia- 
ciones importantes para Yds. O tienen 
Yds. ó no fó y confianza en nuestra rec - 
titud. 
En el primer caso, era eonreniente y 

Solitice zanjar la cuestión de prisioneros 
e un modo franco y absoluto : en el se* 

n 



— tío «- 



fuado, %T% intfleaz j triste «1 neuMode 
oonBerTar los nuestros en poder de uste- 
des, perqué habiéndenes costado tsnts 
gente la guerra de Santo Domingo, no 
abismos ds sacrificar ninguno de nues- 
tros derechos ^ ni ninguno de nuestros 
propósitos á la más larga ó corta perma- 
nencia de nuestros prisioneros en su si- 
tuación actual, toda Tez que su Tidala 
tenemos garantizada con la de los prisio- 
neros de vds. que nosotros tenemos, j 
con la de 12 ^ 14 dominioanos qus están 
bajo nuestra acción en las poblaciones 
que ocupamos, j de las cuales eseogeria- 
mos al marchamos el número de wüUas 
que crejéramos conyenientes entre las 
que supiéramos que habiaa de interesar 
más á los jefes de la rerolucion, j á las 
personas que más la han farorecido. 

Siento también tener que decir á uste- 
des que me ha causado mala iawresion 
la lectura del alcance del Boletín ae San- 
tiago de ao de Abril. 

Las lactancias de Cabral son intempes- 
tiTSS, las noticias de Mansueta son misas 
7 los comentarios oficiales no son propios 
de las circunstaucias actuales. Me alegre 
que no haya Y. firmado aquel documen- 
to, j siento que lo hará suscrito el señor 
Kojas. Bl articulo « Estado actual de la 
guerra» es más lamentable todaria. Bstá 
escrito en un tono de arroguida j de 
suspicacia que á rerelar él el espíritu de 
la política del gobierno de Santiago, se- 
ria el peor de los precedentes pssibles 
para llegar á una inteligencia contenien- 
te. ¿Cómo puede ser hábil y político pro- 
clamar la desconfianza j hacer manifies- 
to alarde de las dudas que inspira la bue- 
na ft de la parte con quien se ts á tratar? 
¿Se ha olTidado al articulista de que los 
tratos de que se ocupa interesan mucho 
á los dominicanos j nada á Bspaña? ¿Ig- 
nora que llegado el caso de marchamos 
nos iremos tratando ó sin tratar, j que 
en el último caso, todos los incouTenien- 
tes pesaráa sobre Santo Domingo, sin 
que a nosotros nes importe nada prolon- 
gar indefinidamente un bloqueo que cau* 
sará su ruina inevitable, porque nuestros 
buques nos costarán lo mismo en los 
puertos de Cuba j Puerto-Rico que cm- 
zando en estas costas, con la única dife- 
rencia de unas toneladas de carbón? ¿Cuá- 
les son los derechos del pueblo dominica- 
no que puede comprometer nuestra mala 
fét ¿de que modo puede este comprometer 
9u Independeneia? 



Los derechos, la indepsndsfteia j Is 
suerte del pueUo dominicano, si ai mar- 
chamos nonos fueran simpáticos, podían 
cuando más sernos indiferentes. Ileiisen 
como quieran sus h^os ^estrsTiados, su 
sin razón y sü extrario, nunca podría 
cainbiar la naturaleza de las cosas ni la 
razón histérica, y si pueblo de Ssmío Do- 
mingo, nunca encontrará en ninsrun pue^ 
blo de la tierra, ni tanta beneToTenein ni 
tan natural protección como de la nabJe 
Bspafia, á quien tan iigusta é ingrata* 
mente ha desconocido. Asi, pues, erse 
oonTeniente decir á Y* que si el eoíBaisi ? 
nado 6 comisionados que Y. sbtío para 
tratar conmigo han de Teñir coa tnstme- 
ciones basadas en el espíritu del escrito 
á que me refiero, puede ahorrarloa el Tia- 
je, porque indudaUemsate será tiempt 
perdido el empleado al acercarse á mi, j 
en pretender que yo entrara en oon&reor 
cías con personas sncarradas ds soste- 
ner propósitos inadmisimes, no solo para 
la digmdad de mi país, sino pare la Bit 
pron^ 

Nunca me cansaré de lamentar qut 
respondan los dominicanos oui en espí- 
ritu de ofensiTs dsseonfíanze j de sos* 
picacia ii^'ustiflcabls, á la magnániaiis 
conducta que obsertó Bspafia al Tsslr á 
Santo Domingo, ▼ á la genesosa politiea 
qus sigue hoy al renunciar al perfecto 
derecho cmi que podria permanecer aquí 
sostenimido su bandera, eonductequene 
hubiera ssguido ninguna otra neeion.— 
Tei^o la confianza de que Y. no partici- 
pa deaquellqs sentimientos y de que le 
animan ideas de yerdadera coneillacieD, 
que son por fortuna en el oseo presente 
la jnejor de las políticas posiUes; y ten- 
go tfmbien la esperanza de que hm oi- 
ted prcTalecer esas mismas ideas en las 
personas que Is rodean que estén anima- 
das de un recto espíritu, y de un Teráa- 
dore interés por su país. 

Bn esta inteligencia y con esta ei- 
peranza, creo llegado el caso de antici- 
par á Y. algunas indicaciones coQTMiien- 
tes para utilizar el tiempo, y para fadli- 
tar nuestra buena intelj^ncia. 

Por este correó he recibido insiraceío- 
nes que me hacen presumir con fuioda- 
mentó, que por el próximo que debe lle- 
gar del 18 al dO del actual, recibiré las 
órdenes para proceder á la etaeuaclos. 
Esto supuesto, es probable que á fin de 
mes se dé principio á la operación por al- 
gunos délos puntos delNorle, en cuyo ca- 



— 211 r 



fio M urgfiite que Mtemos^tn disposioion 
de comuilicuiios con breredad, lo en»!. 
Ho podrá suceder penaaneciend3 usted 
en Santiago.— Ten pronto oomo yo reciba 
mis instrucciones deflnitiTas participaré 
k Y. oficialmente la resolución del Gobier- 
no; t como la distancia que nos separa 
es larga, retasdará demasiado nuestra 
reciproca inteligencia, toda Tez quejo 
he ae proceder desde luego, j hay cues- 
tiones secundarías que seria oonTeniente 
arreglar con anticipación.— Por ejemplo: 
Bn Monte*Christi nemos hecho construc- 
ciones dTiles importantes, y fortificacio- 
nes de consideración oue constituyen 
aquel punte en un pueblo regular, y en 
una plaza de guerra relatiramente^er- 
te. Si al Gobierno, y al pueblo dominica- 
no les cenTiniera conserTarlo en el estado 
actual, sería fleil una inteligenoia per 
medio de una indemnizaeion en cuya ezi* 
gencia to seria prudente. 

Si "Vqb. no estuTieran dispuestos 4 esta 
intelispsneia, y por el medio propuesto, k 
la salida de nuestras tropas de aquel 
punto y de toaos los qne están en caso 
análogo, todo lo que fuera el resultado de 
nuestro trabajo y de nuestros capitales, 
sería retirado ó destruido, quedando cada 
localidad en el estado en que la encon- 
tramos, hasta donde sea posible. 

Esta es una de las cuestiones más ur- 
gentes y míe dan menos espera, porque 
tomada definitiramenté la resolución, 
llegará fatalmente el plazo fijado á la 
eracuacion de cada punte, que se reali- 
zará sin subordinarla á ningún género de 
consideraciones. 

Han llegado en el correo de arer los 
prisioneros que tsniamos en la Península, 
y propongo a V. de huoto una entrega 
reciprocado todos, sin exeepcion ni con* 
dicion ninguna, insistiendo en recomen- 
dar á y. la conToniencia de que i«nnine«- 
mos esto, de una manera franca y UiJ, 
como un buen precedente paraJLo aemáa 
'que tengamos que hacer. 

Si como espero, Y. se encuentra dis-. 

Sueste coíno yo lo estoy, á facilitar el 
esenlace de las cuestiones pendientes, 
me alegraré que para el 17 ó el 18 del ac- 
tual puedan anunciarme su llegada á las 
inmediaciones de esta capital los comi- 
sionados de V., no debiendo ocultar á us- 
ted mis deseos de que Y. se estableciera 
en un punto tan inmediato á la misma, 
como V . lo juzgara conveniente, porque 
oensidero de la mayor impertanem para 



todos el facilitar y abreYiar nuestra ee- 
munioacion.— Con el deseo de una pron- 
ta y conyenieute contestación me repito 
de Y. atento seguro serridor Q. B. S. M. 
—José de la Gándara*— Es copia.— Gán*- 
dara. 



Dios, patria y libertad. —República do- 
minicana*— Pedro Antonio Pimentel, pre- 
sidente de la república y encargado del 
poder eiecutiro. — Santiago, Mayo 11, 
1865.— Confidencial.— Excelentísimo se- 
ñor general D. José de la Gándara.— Muy 
sefior mió y de mi mayor aprecio y consi- 
deración.— En esta fecha he recibido su 
carta de? dia 9, á la que he dado lectura 
con toda la calma necesaria, y después 
de haberme penetrado bien de cuanto en 
ella me dice, he determinado ponerle es- 
tas cortas lineas para darle la seguridad 
de que dentro de dos dias despacho cerca 
de esas inmediaciones una comisión con 
plenos poderes para que defínitiramente 
terminemos nuestras querellas. 

Entonces escribiré a Y. más largó, t 
me contraeré á los particulares de su ci- 
tada; pero mientras tanto persuádase Y. 
de que me hallo sinceramente animado á 
proceder cou la mejor lealtad en las in- 
mediatas negociaciones; á fin de conducir 
las cosas á un terreno conciliadoi^ empe- 
ñaré mi autoridad y mi prestigio para 
aeallar toda idea exagerada y moderarla 
prensa tal como conTiene en las actuales 
circunstancias. 

El cange de prisioneros se efectuará 4 
nuestra mutua satisfitccfon, y para etio 
doy terminantes instrucciones a los' co- 
misionados. 

De mi parte, general, hallará Y. bue- 
nas disposiciones á la paz. Soy hombre 
racional, que amo á mi patria, como usted 
puede amar á la suya, y no es de dudarse 
que si podemos acercamos nos domos un 
abrszo bajo la sombra de nuestros res- 
pectivos pabellones. 

Orétme siempre su particular amigo 
que suscribe, su atento seguro serridor 
Q. B. S. M— P. Jl. Pimentel.— Es c6pia. 
—Gándara. 



Dios patria y libertad.— Bepública do- 
minicana. -Pedro Antonio Pimentel, pre- 
sidente de la república y encargado del 
poder ejecutiyó. — Confidencial.— Santia- 
go, Mayo 18 do 18d5.^Bxcmó. señor go-^ 



- tlB — 



kend D. José de 1« Qéndani. — Mnj «enor 
mío 7 de mi mejor mpreeio j contideira- 
eion: anteayer eieribi á Y. acusándole 
recibo de en carta confidencial del dia 9 
oneciéndole referirme con detenimiento 
acerca de los particulares de aquella car«> 
ta. En este concepto cumplimento koj 
mi ofrecimiento para no hacerme esperar, 
en hL oonfiansaa de que mis explicaciones 
bastarán para hacerle comprender las 
buenas disposiciones que á mi j al go- 
bierno 7 al pueblo dominicano animan 
siempre que se habla de pas. 

No puede ser de otro modo, el carácter 
de nuestra contienda por más qixesehaya 
tratado de desfigurar', es puramente ae 
principios 7 principios mu7 sagrados, 
que España misma como nación culta no 
puede desconocer ante los altares de la 
raeon, 7 cuando se tiende una tabla en 
que aquellos pueden salvarse para que 
ambas partes queden satisfechas, no se- 
remos nosotros losque en ocasión tan so- 
lemne presentemos dificultades ni entre- 
mos en yacUaciones ni desconfianzas que 
ob8tru7an las rias que conduzcan á un 
leid aTenimiento, ni tampoco hago la in- 
justicia de creer, síauiera por un momen- 
to, queel gobierne oe S. M. ni sus dignos 
representantes obren de diferente modo 

Eorque 70 sé apreciar los hechos come 
oinbredeconcielicia,7 mu7 injusto sería 
si no confesase que 7a ha sonado la hora 
en que dominicanos 7>espanole8 debemos 
poner las armas en pabellón para damos 
un abrazo en quedcsaparezcauípara siem- 
pre los reeueraos de esta lucha al mági- 
co grito de ¡Tiya la reina! 7 ¡yiya la re- 
pública dominicana! 

Ta ye Y., general, que mis ideas se 
amoldan mu7 bien á todo lo que es ra- 
cional 7iconyeniente; 7 tanto es aró, que 
desde mi adyenimiento al poder, com- 
prendiendo siempre que el gobierno de 
». M. nos sabría nacer justicia, mi len- 
guaje en todos loe aotoa oficiales 7 aun 
•n prírado, lo he atemperado dentro de 
loa términos de la más extrieta modera- 
ción. Esta conducta me parece que ha 
sido la mejor que he debi<m adoptar des- 
de luego, que no era por la fuerza que iba 
á deciaerse la contienda^ sino por un acto 
de grande 7 noble desprendmiiento del 
garanete.de Madríd, 

Sin embargo, general, á pesar de ha- 
benne conducido de esta mañera 7 pro- 
bado mi buen deseo, tengo la pena de 
eoBfesar á Y. que la lectilim de: su CMUia» 



que contestó, no ha dejado dia apesama 
me, porque á la yerdad, ella yiene esertkn 
con dureza 7 amargura que 70 deploro ^ 
estos mommtos tan impodiantes en que 
yenimos hablando de lapas. Los hom- 
bres y solire todo los militares que so ha- 
llan a nuestra altura, debemos ser 11U17 
francos 7 hablamos con el corazón abier- 
to. ¿No oree Y, ane toda amenaza de ri- 
gor 7 de hostüidad trae sus inconyenien- 
tes en ¿ situación presente? 

Mucha es mi yoluntad 7 grande es mi 
deseo porque la^^Mtz ae efectúe; pero no 
creajgeneral que 70 ni ningún dominiea- 
no JSb prestaríamos á entrar en negocia- 
ciones ante el más leye amago, porque 
entonces, si tal sucediera, _ni aun dig&os 
seriamos de que fuese nuestro andge el 

fmeblo español, eu7a noble sai^^^ cirea- 
a por nuestras yenas con el calor que 
comunica la ardiente zona en que yiri- 

znos. 

La \&j que deja abolida la real órdtti 
de 19 de Mayo de 1861 por la cual as de- 
claró anexado á la monarquía española el 
territorio dominicano, es un golpe que 
hace alto á todo género de hostílidad tt- 
tre nosotros y nos franquea el campo de 
la cordialidad, donde amb^ partea coa- 
coiriremos con nuestras frentes eiignidss 
á damos el ósculo en que desapareeeráa 
para siempre los enojos entre la repúbli- 
ca dominicana 7 la generosa España. 

¿Por qué, pues, entonces usamos de 
tirantez en el lenguaje, 7 cuando se ha- 
bla de canje de prisioneros, cuestión, que 
de hecho queda resuelta, se asoma una 
idea, que en obsequio de la yeniad, crea, 
general, siento io ha7a Y. «atendido?* Y 
adema», aÁra qué hacer mención de los 
rigores, del bloqueo, en horas que no se 
trata 7a de gueiRra, sino de la paz? 

Bntendámoüos, Sfoneral: la politiea del 
dia entr» nosotros la traza el espíritu de 
la 1*7 de abolición á que nos referimos, 
7 le protesto á Y. bajo mi pidabra de ho- 
nor que, sin resenra 7 con la maTor leal- 
tad entraré á tratar con Y., porque le 
creo, como caballero que es, animado de 
laa mismas buenas diqposSciones que ma- 
nifiesta el gobierno de 6. M. á üayor del 
pueblo dominicano. 

En este sentido, permitame auj^icarle 
que de ahora en adelante nahablemos de 
atracosa que de la paz 7 buena inteli- 
gencia c(m que Y. y 70 yamos á tener la 
gloria de terminar la ruidosa coestioiien- 
tro la sepúbiica domlnioana 7 Etepafia. Yo 



- íi r - 



laínento qa« en mi ausencia tn los dias 
que estuve por las lineas del Noroeste se 
hubiera heono la publicación del acto oñ- 
cial á que V. se contrae en su carta, pues 
siendo mi política ajustada i las tenden- 
cias conciliadoras, naturalmente no pue- 
do aprobar nada que no se me identi- 
fique. 

Lamento asimismo que el art culo 
Estado actu«t,l de la guerra^p ublicado en 
el alcance núm. 26 del Boletín ojlcial, le 
haja mortificado, y que sobre él me hu- 
biese llamado la atención. Este articulo, 
publicado en nú ausencia indiferentemen- 
te en el periódico oficial, y sin mi cono- 
cimiento, no es, ni puede ser la significa- 
ción ^ de mis propósitos, sino las simples 
opiniones de un particular des^aciada- 
mente emitidas en la piensa oficial. 

Todo esto queda subsanado donde á 
V. la seguridad de aue, como he dicho á 
V. en mi carta del aia 11, empeñaré mi 
autoridad y mi prestigio, en acallar toda 
idea exagerada y moderar las publicacio- 
nes de la prensa. 

Pasando á otra cosa, tengo la satisfac- 
ción de anunciarle que en esta fecha des- 
pacho de aquí para esas inmediaciones, 
una. comisión compuesta de los señores 

fenerales D. José del Carmen Reinoso, 
[eliton Valyerde, y Pbro. Miguel Quesa- 
da, cuya comisión va autorizada para 
incitar y llevar á cabo las negociaciones 
de paz, etc. fistos indiyiduos los he creí- 
do por su moderación y patriotismo los 
másjiá propósito I para esta importante 
obra. 

Bl general Reinóse es hombre honrado, 
de n^uV buen sentido y mesurado en sus 
ideas. Bl genial Valyerde es un j oren 
8iiqip4tioo, inteligente y con buena rolun- 
tad, y el Pbro. Quesada udo de los melo- 
tes modelos del clero dominicano.! No 
dudo que en conformidad con las instruc- 
oiones que llevan facilitarán todas, las 
coda/9 y que en poco tiempo qae;e ajus- 
tada^a convencien. 

Si, jaás tareas oficiales me lo permite n 
haré por aproxi^larme ¿ esa plaza á fin 
que nos podamos comunicar con más fiei- 
ciudad j sin dilación; mientras tanto bue- 
no será que para ganar tiempo se prin- 
cipien deisde luego las negociaciones. No 
dudo en que la cuestión de cange de po- 
sioneros se decida satisfactoriamente. 
Las instrucciones que doy sobre el par- 
tieular son terminantes para que no se 
haga 4iffirenoia niAguna, ni de clase ni 



de numere, sino que se resuelva por ie-* 
talidad. 

Respecto de las obras de Monte-Cristi 
también llevan instrucciones los señores 
comisionados, lo mismo que para todod 
los incidentes que puedan ofrecerse en el 
curso de la conferencias. 

En fin, general, de mi parte no queda- 
rá ningún medio decoroso que no empeñe 
para la pronta, conveniente y satisfacto- 
ria solución de las altas cuestiones que 
gravitan á cargo nuestro; y en la confian- 
za de queY. se hallaanimado de igual de- 
seo, me prometo que Dios pondrá su ma- 
no poderosa sobre el expediente que se- 
llaremos V. y yo en cumplimiento de 
nuestros deberes y en honor de la civi - 
lizacion. 

Acepto de nuevo los cumplidos y ofre - 

cimientos de mi particular amistad con 

que tengo el honor de suscribirme en de- 

rerente seguro servidor Q. B. S. M.— P. 

, A. Pimentel.— Es copia.— Gándara. 



Dios, patria y libertad. —República do* 
minicana.— Pedro Antonio Pimental, pre- 
sidente de la república y encargado del 
Soder ejecutivo.— N.— Santiago, Mayo 14 
eI854 

Bxcmo. Sr.: En atención á su oficio de 
fecha 9 del corriente , tengo la satisfac- 
ción de comunicar á Y. E. que he comir 
sionado á los señores generales José del 
Carmen Reinóse , Meliton Yal verde y el 
presbítero Miguel Quesada como enviados 
y comisionados especiales encargados de 
mi parte al efecto de entrar en negocia- 
ciones con Y. R. para celebrar la paz en- 
tre esta república y España, y arreglar 
con Y. E. el modo y forma de efectuar la 
evacuación del territorio de esta repúbli- 
ca por las fherzas de S. M. C. 

Tengo el honor de saludar á Y. R. con. 
mi entera consideración. — P. A. Pimen- 
tel.— Refrendado. — El ministro de la 
Guerra, P. G. Martínez.— Bxcmo. señor 
general D. José de la Gándara, etc., etc.— 
Santo Domingo.— Es copia.— Gándara. 

Dios, Patria y Libertad.— República 
Dominicana. — Pedro A. Pimentel; presi- 
dente de la rapúblicay encargado del po- 
der ejecutivo.— N. (I^. A todos íos que la 
presente vieren saDed.— Por cuanto los 
ciudadanos generales José del Carmen 
Reinoso, Meliton Yalverde, y Pbro. Mi- 
guel Quesada, nos m^reeen particular 



-au — 



aprecio, enrasoA de sus eminentes serri- 
cios k la causa dominicana y teniendo 
confianza en su rectitud j honradez he- 
mos venido en nombiarles como por el 
presente les nombramos enviados y co- 
misionados especiales, á fin de que como' 
nuestros representantes y apoderados, 
pacten y aegocien de consuno con el co- 
misionado ó comisionados»' en los radios 
de la Plaza de Santo Domiogo, debida- 
^ mente acreditados por S. M. &. ó por sus 
representantes, sobre la desocupación 
del territorio, pueblos, plazas, puntos y 
ciudadelas que actualmente ocupan las 
armas españolas, cange de prisioneros y 
sobre todo lo demás que en general ten- 
ga referencia con la terminación de la 
guerra con España, ajustando y celebran- 
do una convención en que se estipule la 
paz de la manera y en la forma que se les 
instruye particularmente. 

Y rogamos se les dé entera fé y crédito 
alo que en nuestro nombre y en el de la 
repúUica digan y hagan, comprometién- 
dose nuestro gobierno á todo loque nues- 
tros enviados v coniisionados especiales, 
general José del Carmen Beinoso, Meli- 
ton Valverde y presbítero Miguel Quesa- 
da, hicieren en virtud de estas cartas 
credenciales. 

En testimonio de lo cual firmo la pre- 
sente con mi pufio y letra y hecho sellar 
con el de la república en Santiago de los 
Caballeros á tt de Mayo de 1865.— El pre- 
sidente de la república, P. A. Pimentel, 
—Refrendado.— El ministro de relaciones 
exteriores.— T. 8. Heneken.— Es copia. 
— Gándara. 

CONVENIO celebrado en virtud de la 
ley de 1.* de Mayo del afio «ptnal, que 
deroga el real decreto de 19 de Mayo de 
1861, ^ue declaró reincorporado á la mo- 
narquía el territorio de la república do- 
mini(;ana, entre D. José de la Gándara y 
Navarro, capitán general de Santo Do- 
mingo y 'general en jefe del ejército y el 
general en jefe D. Pedro Antonio Pimen- 
tel, presidente del. gobierno pro?isioiial 
del pueblo dominicano, re^esentado por 
los geo rales I). José del Carmen Reino- 
so, "D. Mellton Valverde y el presbítero 
D. Miguel Qaesada , sus comisionados 
con poderes especiales. 

Art. 1.^ El pueblo dominicano al re- 
cobrar su independencia por un acto de 
magnanidad de la nación española, reco- 
noce y declara que esta obedeció á los 
móviles de la más alta generosidad y 
nobleza cuando tuvo i bien aceptar la 



reincorporación de Santo Domingo» á la 
cual prestaron las circunstancias todo él 
carácter de la espontaneidad y del libre 
querer de los dominicanos, v que en esta 
virtud, España ha estado aentro de los 
límites de su buen derecho, al oponerse 
por medio de las armas á la restauración 
de la república, mientras pudo creer que 
contaba con la adheion del país en la gran 
mayoría de sus habitantes, y ha proce- 
dido con su tradicional hidal^ia, cuando 
convencida de que la mayona de los do- 
minicanos, desaa sobre todo su idepen* 
dencia nacional, ha suspendido el uso de 
la fuerza y renuncia para siempre á la 
posesión ael territorio de Saoto Domingo, 
dando de este modo una relevante pme- 
ba de su respeto á los legítimos derechos 
de cualquier pueblo, sin atender i su 
fuerza ó á su debilidad. 

El pueblo dominicano deelarm asi mis- 
mo, que es su firme propósito conservir 
la generosa amistad de la nación espaSo^ 
la, que le dio ser y origen, y en quien 
por esta misma causa espera enecmtnr 
siempre mayor benevolencia, más eficaz 
protección que en ningún otro pueblo. 

Declara tambieng^que tiene el vehe- 
mente deseo de celebrar con Bspafia un 
tratado de reconocimiento, paz, amistad 
naf^gacion y convercio. 

Art. 2.* Se conviene en un cange reei- 
proco de prisioneros, sin sujeción á nú- 
mero, calidad ó categoría, entregando 
cada parte i la otra, todos los que tenga 
en su poder, dándose desde luego las ór- 
denes para que se verifique la entrega 
respectiva en el punto más cercano á los 
depósitos. • 

Art. 3.^ En la feliz circunstancia y 
con el noble fin de conseguir la pos, el 
gobierno del pueblo dominicano se com- 
place en declarar sin efecto todas lasme- 
didas de rigor que á causado los aconte- 
cimientos se vio en la necesidad do dic- 
tar durante su período revolucionario, y 
en su consecuencia, se declara y queda 
convenido, que los actos politicos de toda 
clase de individuos sin excepción de<per- 
soaas ni cateada, efn el curso de los pa- 
sados acontecimientos, estarán exentos 
de todo género de responsabilidad, no 
pudiéndose perseguir, inquietar, ni diri- 
gir cargos á nadie por las opiniones que 
naya manifestado ó sostenido. 

Los dominicanos que hayan sido flelee 
á España, sirviendo su causa con las ar- 
mas en la mano, ó mostrando su adhe- 
sión de cualquier otra manera, podían 



— tl5 — 



/* 



permanecer en el ptis bajo lá salraguar- 
oia de sus leyes j autoridades, j respec- 
tados por consiguiente en sus personas, 
familias y propiedades, ó bien ausentarse 
libremente, pudiendo al marcharse, 6 
después desde el país donde se fijen, ena- 
jenar sus bienes o disponer de ellos, se- 
gún tengan por conveniente, con la mis- 
ma libertad que los dominicanos en ge- 
neral. 

Los que tuTieren por conreniente se- 
guir la oandera española á otros puntos 
del territorio de la monarquía, podrán 
regresar i este país en cualquier dia, so- 
metiéndose á sus lejes, y disfrutando de 
las mismas franqiücias é iguales dere- 
chos que sus demás conciudadanos. 

Los subditos españoles residentes en 
el territorio de Santo Domingo, podrán 
permanecer en él, ó ausentarse regre- 
sando cuando les convenga, siendo res- 
petados en sus personas j propiedades, 
del mismo modo que los subditos ó ciu- 
dadanos de la nación más favorecida. — 
Se esceptuan de los beneficios de este ar- 
tículo los desertores del ejército. 

Art. 4* El gobierno dominicano se 
obliga á pagar al de S. M. una indemni- 
zación, cuya ascendencia se estipulará en 
un tratado posterior, por la convercion 
del papel moneda dominicano, por los 
gastos de la guerra, del gobierno y admi- 
nistración española. 

La época del pago y la forma en que 
deba verificarse, son puntos que también 
comprenderá el tratado de que se hace 
arriba mérito. . 

Art. 5.^ Mientras llegue el dia de que 
el gobierno español '^eleore con el domi- 
nicano el tratiulo á qué se refiere el ar- 
ticulo 1.°, eí'gobierno dominicano se obli-' 
ga á dispensar á los buques que navegan 
con pabellón español, las mismas fran- 
quicias aduaneras que á los que llevaren 
la bandera de la nació a amiga más favo- 
recida, acordándoles la protección y los 
auxilios que el derecho de gentes pres- 
cribe para los casos de averia, arribada, 
forzosa ó cualquir siniestro marítimo. 

Art. 6.* Los enfermos del ejército y 
de las reservas que hubiere en los hospi- 
tales en el momento de la evacuación, y 
cu^o estado de gravedad no permita su 
embarque inmediato sin peligro de sus 
vidas, quedarán bajo la salvaguardia del 
derecho de gentes, obligándose el gobier- 
no dominicano á tratarlos con los mira- 
que exige la humanidad, hacién- 



dolos asistir y cuidar con toda la conside-, 
ración y el esmero necesario; siendo de 
cuenta del gobierno español los gastos 
que ocasionen, los cuales serán satisfe- 
chos puntualmente por el comisionado 
que más tarde se encargtie de recoger di- 
chos enfermos. 

Art. 7.* Bl gobierno domicicano se 
obliga á no ensgenar el todo ni parte de 
su territorio, á ninguna nación ni pueblo, 
ni establecer ningim convenio que per- 
judique los intereses de España en sus po- 
sesiones de las Antillas, sin la interven- 
ción y consentimiento del gobierno es- 
pañol. 

Art. 8.* Para {1 cumplimiento de los 
puntos estipulados en este convenio, asi 
como para proteger á los subditos espa- 
ñoles que j>ermanezcan en el país, podrán 
quedar en él agentes públicos del gobier- 
no español, con el carácter de comisio- 
nados especiales, ínterin se lleva á afecte 
la celebración del tratado de paz y amis- 
tad, de que se ha hecho referencia en el 
art. !.• 

Hecho V firmado en GÚÍvia, quinta El 
Carmelo /afueras dé la plaza de áanto Do- 
mingo), el sexto dia del mes de Junio. 



Sr. D. Pedro Antonio Pimentel^— Con- 
ñdencial.— Santo Domingo 29 dé Hayo 
de 1865.— Muy señor mié y de mi consi- 
deración: con notable atraso recibí ayer 
lacerta de Y. de 13 del actual, en Jos mo- 
mentos en que llegaban á nsíis manos las 
órdenes de) gobierno de S. H. para la 
evacuación de este territorio. Es, pues, 
llegado el caso de ebrar y de poner en 
evidencia nuestros recíprocos buenos 
-sentimientos. 

Por mi parte tengo el contenido de nlis 
cartas de 2 de Abril y posteriores, sin al- 
teración ninguna. Toda ia benevolencia 
posible dentro del derecho y de la digni- 
dad de mi país. 

Hecho cargo del conterido de la refe-/ 
rida carta de V. del 18 del actual, y apre- 
ciando en su verdadero valor lae seguri- 
dades y protestas de sus deseos de amis- 
tad y concordia , y reiterándole de mi 
parte una sincera reciprocidad , voy á 
terminar esta carta refiriéndome á un 
particular importante de la de Y., que me 
conviene rectificar, estableciendo sobre él 
la debida claridad. 

Me manisfiesta Y. que ha leido con pe- 
na mi carta de 9 del actual, porque cree 



- fie- 



Excmo. señor: Los infrascritoi dt con- 
formidad con lo acordado en la última 
conferencia celebrada en 6 del corriente, 
tienen el honor de dirigir á Y. E. las mo- 
tas qne en tu concepto pueden serrir pa- 
ra la formación del protocolo que ha de 
redactarse como complemento del con- 
Tenio ñrmado en la citada fecha. | 

La CMnlsion eap,era que V. E. se dig- * 



f «• «lia Meriia oob cierta d«r«cm j amar- 
fura que son de sentir en momentos en 
Que estamos tratando de la paz, hacién- 
Qorne algunas preguntas en son de queja, 
sobre amenazas de rigor t hostilidad que 
encuentra en la misma, ke añade usted 
después que el contenido oficial j semi- 
oflcial del alcance del B^Utin OJlcial de 
Santiagúy á^flíZO ^t Abril, publicado en 
ausencia de Y. no merece su aprobación! 
j lamenta Y. que se hubiera publi- 
cado. 

Unida esta esplicacion á las quejas an- 
teriores, me justifica completamente del 
cargo que parece desprenderse de la i 
carta de Y. 

Lo que haja de dure j amargo en mi 
carta del 9 del presente mes se refiere i 
lo que h^ de poco circunspecto en los 
escritos del boletín referido, j á los cua- 
les debia jo suponer que prestaba Y. uu 
adquiescencia, toda Tez que tenían uni- 
dos dos ejemplares á la carta de Y. que 
motíYÓ mi contestación. 

Nevada por Y. su aprobación ál conte- 
nido de aqnella publicación quedan sin 
Talor mis réplicas, pero también queda 
establecido que la dureza, la amargura 
7 la inconveniencia, si las hubo, ne par- 
tieron de mi. 

Mucho me felicitaré que sus tareas ofi- 
ciales le permitan acortar la distancia 
que nos separa, porque es de la major 
importancia para todos, una fácil j breve 
comunicación entre nosotros. Habiéndose 
de rerificar las operaciones de la eva- 
cuación, sin subordinarse, como dije 
i Y., á ningún género de consideraciones 
seria sensible que llegara el caso de rea- 
lizarse la de determinados puntos sin un 
arreglo previo que después vendría 
tarde. 

Acepto con reconocimiento los expresi-^ 
vos ofrecimientos de Y. j reiterándole los 
mios muj cordiales, me repito suyo aten- 
to seguro servidor Q. S. M. B. — José de 
la Gámdara. — £s.copia.~G&ndara. 



nará tomarlas en eonsidcraeioB j «émttlr 

las opiniones que expresa como el resul- 
tado de la conciliación de los intereses 
que está encargada de defender con el 
franco y sincero deseo de llevar á término 
el pronto y justo arreglo de la cuestión 
presente. 

Con sentimientos de la más distingui- 
da consideración nos suscribimos de Y. B. 
atentos y seguros servidores Q. B. 8. M. 
— J. C. Reinóse.— MelitoB Yalverde.— 
Miguel Quesada.— Quintas de San Jeró- 
nimo Junio 9, de 1865.— Excme.sefiorca- 
pitan general D. José de la Gándara, ge- 
neral en jefe del ejército de Santo Domin- 
go.— Es copia. — Gándara. 



Para la formación del protocolo que ha 
sido convenido redactar como comple- 
mento del convenio dominico hispano fir- 
mado el 6' de Junio actual en la quinta 
El C^rmelCy por el Excmo. señor capitán 
general I). José de la Gándara y los se- 
ñores comisionados especiales generales 
D. José del Carmen Reinono, D. Melíton 
Yalverde y presbítero D. Miguel Quesa- 
da se presentan las cuestiones siguientci 
que son las que á juicio de la comisión 
deberán tratarse, coa las demás que el 
señor espitan general estime conve- 
nientes. 

1 .* Sobre l4U causas civiles y erimiisA' 
/«<.— La comisión opina y desea que ks 
causas civiles y criminales incohadas en 
ios tribunales españoles de los diversos 
puntos de este territorio, deberán seguir 
su curso en los del país que se establez- 
can con la sola excepción de aquellas que 
versan puramente sobre intereses entra 
subditos españoles y las de ios preveni- 
dos V acusados de la misma nación. 

2. Biines embargados de los domitríca- 
nos^—Lvia propiedades de toda oíase de 
los dominicanos presentes y ausentes del 
país que hayan sido embargadas ó afec- 
tadas por disposiciones gubernativas de 
la autoridad española, en cualquier pun- 
to del territorio, serán descargadas del 
embargo y entregadas al avuntamiento, 
á cuyo efecto se le pasarán fasf elaciones, 
registros, rentas é Intereses que hayan 
devengado para su devolución, según lo 
disponga el gobierno dominicano. 

De igual manera serán devueltos los 
productos de aquella parte de los mis- 
mos bienes embargados que por eual- 
qiUer caso haya.sido ^iiaje^adi^. 



— 217 - 



3.* . Bntrtga de los ars$n^Uty farq%e$^ 
^di/tcios púdlicet y ^rehitcn de ioi^ cU- 
ses. --Loa parques y arsenalM eu que 
existi'an las armas, pertrechos j «rtiUe- 
ria de la república en 1861, espera la co- 
misión que permaDccerán én el estado 
que corresponde y á partir de los inven- 
tarios del armamento en aquella fecha, 
dejando su entrega y reposición á la ge- 
nerosidad y buen nombre de la autoridad 
española. 

£s también de desear que las oficina 

Íediñclos públicos con los muebles que 
is pertenezcan sean recibidos per el 
ayuntamiento 4 beneficie de inrentario. 
Del mismo modo los archivos antiguos y 
modernos de todas las oficinas públicas 
eomo igualmente los de las notarlas se- 
rán recibidos por la comisión qae se de- 
signe. 

4.** Cuestión reh'giosa, — En este asun- 
to la comisión obecleciendo al sagrado 
deber de conservrr incólumes los eleva- 
dos intereses de nuestra sacrosanta reli- 
gión, suplica al excelentísimo señor vice 
real patrono, interpon^ su influencia 
para que se delegue la jurisdicción espi- 
ritual al candidato del gobierno domioi- 
eano, Pbro. D Calixto María Pina, quien 
recibirá á beneficio de inventario toda 
lo perteneciente á la iglesia y al semina- 
rio conciliar. 

5.** Entrega de la capital.— Lk cornil 
■ion desea que á propuesta del señor ge- 
neral en jefe de las fuerzas españolas, se 
fije el dia en que se efectuará la evacua- 
ción total del territorio>y que la munici- 
palidad de la capital de Santo Domingo 
reciba la plaza con las formalides de es- 
tilo.— Es copia.- Gándara. 



Capitán general y ejército de Santo Do- 
mingo. — E. M. G. — Señores. — Recibí 
oportunamente la comunicación de usté-* 
des de 9 del actual conteniendo nota com- 
prensiva de las cuestiones que deseaban 
ustedes^sirvieran de fundamento al pro- 
tocolo que debía redactarse como com- 
Slemento del convenio firmado el dia 6. — 
lomo la naturaleza de alguna de aquellas 
cuestiones no se presta a ser incluida en 
el protocolo, y el protocolo mismo no sea 
de forma muy propia en este caso, he 
creído deber manifestar á ustedes ^ue sin 
alterar ninguno de mis ofrecimientos, 
serán resueltas todas ellas en favor de 
ustedes con el espíritu de benevolencia 



que me anima y que está de acuerdo co|i 
lo que el gobierno de S. M: ha tenido por 
conveniente prevenirme, asegurándoles 
de nuevo que tan pronto como el conve- 
nio celebrado empiece á' tener ejecución 
por la entrega de los prisioneros, me apre- 
suraré á dar cumplimiento á mis prome- 
sas en todo aquello quo sea inmediata- 
mente realizaDie disponiendo que el 
ayuntamiento reciba á beneficio de inven- 
tario y como representante del gobierno 
dominicano, los archivos y edificios pú- 
blicos que vayan desocupándose, y cón- 
tinuanao del mismo moao con todos los 
demás asuntos en proporción que llegare 
su oportunidad, hasta terminar ron la 
entrega de la plaza el dia de su evacua- 
ción, — Ríitero á Vds. que con ligeras al- 
teraciones acepto el contenido de la nota 
á que me refiero. — Dios guarde á ustedes 
muchos años. — Santo Domingo 13 de Ju- 
nio de 1865. — José de la Gándara:— Se- 
ñores generales D. José del C. Reínoso, y 
D. Meliton Val verde y presbítero don 
Miguel Quesada. — Es copia. — Gánda- 
ra. (1). 



Núm. 37. — San Gerpnimo Junio 16 de 
1865. — Excmo. Señor. — Tenemos el ho- 
nor de remitir á V. E. un pliego que le 
dirije el señor general D. Ensebio Man- 
sueta y al propio tiempo debemos comu- 
nicarle, que según oficio recibido hoy de 
este mismo general, nos está ordenado 
suspender las conferencias, de conformi- 
dad con lo dispues'o por nuestro Gobier- 
no Superior, y trasportarnos á San Cris- 
tóbal nasta nueva orden. — Kn consecuen- 
cia, rogamos á V. E. se digno conceder- 
nos salvo-conducto para pasar á dicho 
punto, en el dia de mañana, y crea que 
no ha sido, sino con gran satisfacción, 
que hemos tenido la honra de verle y po- 
nernos á sus órdenes, asegurándole que 
mientras dura esta suspensión, nos es 
muy grato repetirnos sus atentos servi- 
dores, Q. B. S. M. — J. C. Reínoso. — Me- 
Irton Val verde. — Miguel Ouesada. — Ex- 
celentísimo señor D. José de la Gándara, 
capitán general y general en jefe de las 

Anticipándose al gobierno de S. M. á 
los deseos del pueblo dominicano había 
resuelto, y había autorizndo al capitán 
general para resolver todas estas cues- 
tiones en el seni^ido más liberal y fene- 
roso. 

119 



-»ll - 



faerzas españolas en Baato Domingo — 
Bs copia. — Gándara. 

Capitanía general j ejercito de Santo 
Domingo. — E. M. G. señores generales 
D. José del Carmen Reinoso y D. Meliton 
Talverde j presbítero D. Miguel Quesada. 
— Señores.---Con la comunicación de Vds. 
feeha de este dia, anunciándome haber 
recibido órdenes de su gobierno de sus- 
pender las conferencias para que estaban 
acreditados, y trasladarse á San Cristó- 
bal, he recibido un pliego del general don 
Kusebio Mansueta, en que sustancial- 
mente me participa lo mismo. 

Me complazco en sa^ isfacer los deseos 
de Vds. incluyéndoles el salvo-conducto, 

Sara que cuando gusten, pueden empren- 
er su viaje en la inteligencia de que por 
mi parte, no hay reparo en que puedan 
acoitar ó prolongar á voluntad, su per- 
manencia, toda vez que terminadas de 
hecho nuestras conferencias, desde el d^a 
6 del actual en que firmamos el convenio 
Que fué su resultado, carece de objeto y 
oe significación, la orden que me anun- 
cian vds. haber recibido. — Dios guarde 
á Vds. muchos años. — Santo Domingo 16 
de Junio de 1865. — José de la Gándara. — ' 
Es copia. — Gándara. 



Confidencial. — Sres. D. José del Car- 
men Bcynoso, D. Meliton Valverde y don 
Miguel Quesada. — Santo Domingo Junio 
16 de 1865.— Muy apreciablo:» señores 
míos: no puedo menos de manifestar á 
ustedes; aunque de un modo puramente 
confidencial, el sentimiento de extrañeza 
que me ha causado la noticia que me 
dan Vds. de haber recibido orden de sus- 
pender las conferencias conmigo y reti- 
rarse. — Qonocen Vds. sobradamente que 
ciertas cosas no tienen más que un modo 
de ser y que no es posible cambiar capri- 
chosamente su verdadero carácter. No 
puedo, pues, darme por entendido oficial- 
mente del pensamiento ^ue pueda en- 
volver esa órdeA. ni atribuir ningún pro- 
pósito determinado. — Su forma sin em- 
DargOf es tan- rara que obliga ha hacera 
ustedes algunas indicaciones, que puedan 
servirles de Gobierno para el sensible ca- 
so en que pudieran realizarse mis parti- 
culares impresiones. 

Si la citada orden pudiera en algún 
modo referirse á un propósito de anular 
^ desvirtuar la convenido, debo confesar 



4 y., ooBL toda franqneía, que nf lo 
tiria por mi, pero que mehariaa cambiar 
compietamenteen mi modo de Ter en las 
etiestiones de que nos hemos ocupado y 
mis resoluciones en lo sucesivo aeñan 
diametralmente opuestas á las que han 
determinado la conducta que ka aeg^uido 
hasta la fecha, y que desentendiéndome 
en absoluto de todo g[énero de considera- 
ciones, atendería solo 4 lo que correspon- 
de á los intereses y 4 la dignidad dal país 
que represento. 

Si fuera posible que llegara «1 caso de 
ver á V. de cualquier modo desaatorísa- 
dos después de haber sido acreditados en 
la forma más solemne y de haber dado 
yo por ella completa fé 4 su representa- 
ción, no habría medio posible de nueva 
inteligencia, porque las más rencillas no- 
ciones del deber, de la dignidad j del de- 
coro, me obligarían 4 encerrarma en haa 
incomunicación absoluta y á obrar en 
completa independencia. 

No quiero en esta ocasión faltar 4 la 
lealtad y á la firapqueza con que me h« 
conducido en todas, al tratar, desde el 

grincipio, las diferentes cuestiones que 
an mediado entre nosotros, y por eso 
no e8trañar4B Vds. que les diga« que es 
lo sucesivo no podría tener fe, ni inqu- 
rársela 4 mi go nit mo, en las rslacioncí 
que pudiera tener con quien, en el caso 
supuesto, hubiera desconocido todas las 
reglas del derecho, de las conveniencias 
y hasta de sus propios intereses. 

Esto supuesto cumple 4 mi lealtad ter- 
minar, asegurando 4 Vos. que me negaré 
4 toda cemunicacion y que obraré en lo 
sucesivo y hasta el último momento, del 
modo que convenga 4 mi propósito. Apro- 
vecho esta ocasión para reiterar 4 Vd. la 
seguridad de la personal consideraciCB 
con que me suscribo de Vds. atento y 
seguro servidor Q. B. S. M. — José de la 
G4ndara. — Es copia.— G4ndara. 



Dios, patria y libertad. — ^Repúhlica do- 
minicana. —San Cristóbal ^ ae Junio de 
1865.— Señor general. — Los que suscri- 
ben, comisionados especiales del gobier- 
no dominica&o para negociarla paz entre 
la república dominicana y el gobierno es- 
pañol, tienen el honor de informar 4 V. E. 
•1 general la Gándara, capitán general y 
general en jefe de la armada española, 
que 4 consecuencia de haber sido llaüdia-» 
dos al seno del gobierno sus prededese- 



— alf - 



res los ssñorea gensrslss José del Carmen 
Bejnoso, Meliton YslTerde j el Pbro, Mi 
Qfxel Quessda, j de no haber merecido el 
cenTenio que con V. E. hicieron aquellos 
señores, la aprobación del ejecutivo, co 
mo lo verá V. R. por el incluso decreto, 
han sido revestidos los infrascritos con 
amplios poderes para tratar coa el comí - 
sfonado ó comisionados de S. M. católica 
j para ajustar un tratado fundado en 
principios de equidad y justicia, que pon- 
^a términos á las hostilidades suDsisten- 
tss desgraciadamente entre ambos pue- 
blos j que deje sentado bajo bases sóli- 
das el modo de canjear los prisioneros, de 
evacuar el territorio, ete., como se pro- 
pone en el bosquejo^de convenio, también 
aquí iocluso para economizar el tiempo y 
sometido á la atención de Y. E. 

Se complacen sobremanera, los que sus- 
criben, en decir á V. E., que están dis- 
puestos á abrir conferencias con el comi- 
sionado ó comisionados que S. M. O. ha- 
ya tenido á bien nombar tan pronto como 
a estos convenga fijar día, lugar y hora 
para dar cumplimiento á su cometido. — 
Tienen elhonor de suscribirse deV. E., 
con suma consideración.— Sus atentos 
seguros servidores. — José M. Cabral. — 
J. S. Heneken. — A. S. E. el señor gene- 
ral D. José de la Gándara capitán gene- 
ral y general en jefe de la Armada Espa- 
ñola, etc., etc.— Santo Domingo.— Es co- 
pia. — Gándora. 



Dios, Patria y Libertad. — República 
dominicana. — Pedro Antonio Pimentel, 
presidente de la república. — A todos los 
que las presentes vieren y entendieren, 
sabed: Primero. — Por cuanto entendiendo 
á las atribuciones que nos confiere el in- 
ciso lo,** del art. 83 de la Constitución en 
rigor, hubimos de nombrar con fecha 9 
del mes de Mayo último, y accediendo ¿ 
los reiterados deseos que se nos hablan 
sido comunicados en diferentes oficios, 
por el señor general D. José de la Gánda- 
ra, á los señores generales José del Car- 
men Reinoso, Meliton Valverde, y al se- 
ñor Pbro. Miguel Quesada, para que en cla- 
se de comisionados especiales nuestros, y 
como representantes de la república, pasa- 
sen extramuros de la ciudad de Santo Do- 
m ngo, á tratar con los comisionados de 
8. M. C. , acerca de la terminación de las 
hostilidades entre la república dominica-' 
na y el gobierno de España; y sobre la 



evacuación de nuestro territorio, por las 
tro]^ españolas que ocupan aun p arta 
de el. 

Segundo. — Que al efecto fueron reves- 
tidos dichos señores comisionados espe- 
ciales con las competentes cartas creden^ 
cíales é instrucciones escritas, precisas, 
claras y terminantes para que en estricta 
conformidad con ellas y observando á la 
letra su literal sentido, pactasen y nego- 
ciasen con los comisionados de S. M. C, 
únicamente lo que dichas instrucciones 
disponían, sobre la terminación de las 
hostilidades y desocupación de nuestro 
territorio por tropas españolas como lo 
ordena el real decreto dado á las Cói-tes 
de España, y aprobado por S. M. C. la 
reina el dia I.® de Mayo próximo pasado 
por el cual se deroga el de 19 de Mayo 
de 1861, que declaró reincorporado á la 
monarquía española el territorio de la re- 
pública dominicana. 

Tercero. Que dichos señores comisio- 
nados, extralimitando sus poderes, com- 
prometiendo gravemente la suerte futu- 
ra de la república, y violando todas las 
leyes y decretos vigentes, y hasta la mis- 
ma Constitución en vigor, han pactado 
y negociado en fecha 6 del cotrieote mes 
de Junio, con el general D. José de la 
Gándara, un convenio constante de ocho 
artículos, cuyo tenor á la letra es como 
sigue. 

(Aquí el convenio de 6 de Junio publi- 
caao anteriormente.) 

Cuarto. Por tanto y habiendo el refe- 
rido convenio en su eonjunto y en sus di- 
ferentes artículos sido ajustado por les 
referidos comisionados en contradiceion 
expresado las instrucciones y órdenes 
terminantes que al efecto recibieron, con 
extralimitacioa de sus poderes y violan^ 
do en dicho convenio las leyes, decretos 
y hasta la misma Constitución en vigor. 

Oido el dictamen de mi Consejo de mi- 
nistros. — Oido el parecer del Consejo de 
gobierno. 

En virtud de las facultades que nos 
confiere el inciso 11.^ de la referida Cons- 
titución en vigoc* hemos venido en de- 
cretar, negarle como por estas presentes 
le negamos, nuestro asentimiento y apro- 
bación, declarando de la manera más for- 
mal y solemne, dicho convenio, en cuan- 
to concierne á la república dominicana, 
inaceptable, nulo y de ningún valor ni 
efecto. 

In íi de lo cual, hemos firmado la pro- 



— nó — 



s«Bto no ratiflcaoiOD y declaratoria de 
nulidad j hécholo sellar con el gran sello 
de «la república y refrendado por los se- 
eretarios de Estado. 

Dadeen la ciudad de Santiago délos 
Caballeros, capital de la repúbfica, i los 
doce dias del mes de Junio del año de 
Nuestro Señor de 1865; 22 de la indepen- 
dencia y segundo de la restauración.— 
P. X- Plmentel.— Refrendado.— El mi- 
nistro de Hacienda, Comercio y Relacio- 
nes exteriores.— T. S. Heneken. — El mi- 
nistro de Justicia é iDStruccion pública é 
interinamente encargado de la cartera de 
lo Interior y Policía, Vicente Morel. — El 
ministro de la Guerra y Marina, Pedro G. 
Martinez, 



Bases del couTenio propuesto entre la 
república dominicana y S. M. C. doña 
Isabel II, reina do España. 

Articulo 1,* Habrá paz entre la repú- 
blica dominicana y la nación española, y 
entre los ciudadanos y subditos de am- 
bos Estado, desde la fecha de este con- 
venio en adelante , y sin excepción de 
personas ni lugares; en consecuencia se 
compromete S. M. C. á la eyacuacion in- 
mediata por su fuerza del territorio do- 
minicano. 

Art. 2.* Los prisioneros que existían 
en el poder de la una y de la otra parte, 
serán reciprocamente entregadof^ sin su- 
jetarse k ninguna calidad ni categoría, y 
desde luego se darán las órdenes corres* 
pendientes para que se Terifique la en- 
trega respectiTa á la Tf z, y en los puntos 
más cercanos y conrenientes, ya sea en 
la» inmediaciones de Puerto-Plata ó San- 
te Domingo, ó en otros, que ambas "par- 
tes designen y como mejor les conyenga. 

Art. 3.^ Los enfermos del ejército es- 
pañol ó de las reserras, que existan en 
los hospitales en el momento del canjee 
y de la eyacuacion del territorio, cuyo 
astado de grtkyedad no permita su em> 
barque inmediato sin peligro de sus yi- 
^ das, podrán quedarse, y serán protejidos 
^ por el gobierno dománicano, que en con- 
formidad al derecho de gentes, los trata- 
rá coa el Kiinumiento que exige la huma- 
nidad, haciéndolos asistir ^ cuidar con 
todas las consideraciones y el esmero ne- 
cesario, y á cuyo efecto podrán quedar á 
cargo de facultativos españoles; que go- 
zssvade'laaimniniidadBsde neatvalesy 
de todas las garantías que prescribe el 



derecho da la guerra. Los gastos aue se 
ocasionen serán por cuenta del gobiemo 
espafol, que los nará satisfiM^er puntual- 
mente por el ájente encargado mas tarde 
de recojer dichos enfermos. 

Art. 4.* Encontrándose amnistiados 
los dominicanos que han pertenecido fie- 
les á Edpnña por todos los actos políti- 
cos cometidos por ellos, durante el cur- 
so de los pasados acontecimientos, éon 
solo las excepciones que designa el de- 
creto sobre la materia, dado por la sobe- 
rana conyencion nacional, fecha 16 de 
Marzo del corriente año deberán las dis- 
posiciones del referido decreto surtir su 
efecto y ser acatadas por aquellos á quie- 
nes concierne. 

Art. 5.* Las propiedades, (con sus 
rentas atrasadas;, confiscadas por las 
autoridades españolas á los ciudadanos 
dominicanos en ra^on de sus opiniones 
políticas, y las que lo fueren, á ios aúb- 
ditos españoles ó á dominicanos afectos á 
España por las autoridades dominicanas, 
serán reciprocamente deyueltas, entre- 
gándoselas á sus legítimos dueños, en el 
estado en que he encyentrejí y ain dila- 
ción alguna tan luego como se lleyen á 
cumplido electo las disposiciones de este 
convenio. 

Art. 6.^ La república dominicana de 
una parte, y S. M. C. de la otra, ofrecen 
recíprocamente renovar por medio de 
plenipotenciarios el tratado de paz, amis- 
tad y comercio y navegación ajustado 
entre ambos en Madrid, el 18 de Febrero 
de 1B55, reservándose ambas partes para 
entonces hacer las reclamaciones que á 
cada uno pertenezcan y puedan corres- 
ponder, como también proponer á dicho 
trat»do las modiflca(Mones aue el interés 
de subditos y ciudadanos ae ambas na- 
ciones puedan convenir hacerle. 

Art. 7.^ Sin embargo, queda desde 
luego convenido que los buques españo- 
les en los puertos habilitados de la repú- 
blica dominicana, y los buques bajo la 
bandera dominicana, en los puertos ha- 
bilitados de España y de suscoloniaa, go- 
zarán de las mismas franquicias aduane- 
ras de que gozan los buques pertenecien- 
tes á la nación más favorecida, acordán- 
dose mutuamente la protección y los au- 
xilios que el derecho de gentes prescribe 
para los casos de ave*ias y arribadas for- 
zosas de cualquiera otro siniestro marí- 
timo. 

Art. 8.* Para la protección del comer- 



— 2ái *— ' 



cío da ambas i^artes, j para poder velar 
el puntual cumplimiento de los puntos 
estipulados en este convenio, podrán am- 
bo.s uombrar agsntes comerciales con re- 
sidencia fnlos puertos habilitados de una 
ó de la otra parte, revistiéndolos con los 
poderes correspondientes^á su«i destinos. 

Art. 9.* El presente convenio, seff\in 
se halla extendido en nuev« artículos, 
será ratificado pot ambos gobiernos, den- 
tro del término de seis^ meaes, ó antes ^i 
fuese posible. 

En fé de lo cual, nos los infrascritos 
comisionados especiales de la república 
dominicana r de S. M. C. lo hemos firma- 
do por duplicado j sellado con nuestro 
sello particular en San Gerónimo, etcéte- 
ra, etc. 



Capitanía fenéral y ejército de San- 
to Domingo. — E. ít, G.— Señores gene- 
rales D. José María Cabral y D. T. S. 
Hencken. 

Señólas: He recibido con la comimica- 
cion de Vds. de 24 del actual en San Cris- 
tóbal, los papeles que le son adjuQtos, y 
en contestación les manifiesto que queda 
desde este momento interrumpida toda 
comunicación entre nosotros, que no esté 
dasada en la confirmación y aceptación 
pura y simple del conveolo celebrado en 
6^del presente mes, entre los comisiona- 
dos legitima y solemnemente auterizados 
bclJgoDierDO del pueblo domiuicano, v ^o 
como capitán general, general ea jera de 
su ejército, y como tal legítimo repre- 
sentante de S. 11 . la reina; quien además 
se difirnó otorgarme autorización especial 
para la celebración del citado convenio, 
que tengo por válido, legal y subsistente, 
estando decidido á sostenerlo sin al te ra- 
cional modificación alguna. 

Gn su consecuencia, y en vista de los 
papeles recibidos con la car Ka á que con- 
testo, que prueban una conducta en el 
gobierno de Santiago, que me abstengo 
de c liflcar, pero que reprueban todos los 
principios del derecho, de la razón y del 
honor, declaro, para que puedan hacerlo 
saber Vds á su gobierno, que. llevaré k 
eabo la evacuación del territorio hasta 
donde me convenga, en las circunstan- 
cias que correspondan á mis proyectos 
ulteriores, } que continuaré la guerra en 
la forma que sea mis ventajosa á los in- 
tereses y al honor de la causH que re- 
presento. 



Debo advertirá Tds., por ultimó, oul 
de la vida de nuestros prisioneros, alo- 
rante el nuevo periodo, me responden los 
prisioneros dominicanos que están en mi 
poder y todas las demás medidas que 
juzgue convenientes tomar contra toda 
violencia que se intente contra ellos. Dios 
guarde á vds. muchos afioa.— StTito Do- 
mingo 26 de Junio de 1865.— José de la 
Gándara.— Bs copia. Gándara. 



DON JOSÉ DE LA GÁNDARA Y NA- 
varro, Gobernador Capitán General 
da Santo Domingo y General en Jefe 
del ejército de operaciones. 

Animado el Gobierno de S. M. (g. D. g.) 
del laudable doseo de poner término á las- 
calamidades y horrores consiguientes á 
una contienda, que si bien justa y nece- 
saria por su parte, había llegado atomaa 
ya el carácter de una guerra de conquis- 
ta, muy agena de la intención de España, 
al aceptar la espontánea reincorporación 
de la antigua república dominicana; y 
accediendo ademas á las fervientos sú- 
plicas del gobierno de la revolución, con- 
signadas en la exposición que elevará á 
S. M. en Enero del año actual, resolvió 
con acuerdf y autorización de los cuer- 
pos colegisladores, ^el abandono de esta 
isla, en la creencia de que los dominica- 
nos, movidos por un sentimiento de pra - 
titud á tan alta picucha de magnanimi- 
dad, y poniendo en práctica las protestas 
de amistad y simpatías hacia el pueblo 
español, de que se hact; alarde en aquel 
ofif*íal documento, corresponderían dij^na 
y lealnjente á la noble conducta del Go- 
bierno de S. M.— Mas por desgi'acia no 
ha sido así, y el simple relato de los he- 
chos que han tenido lugar últimamente, 
ponen de relieve el distinto proceder de 
una y otra parte. 

Las Cortes del reino, al decretar por la 
ley de primero de Mayo último el aban- 
dono de Santo Domingo, subordinaron 
este acto á las condiciones que establecen 
en el art. 2.*', efe rea de cuya ejecución me 
han sido comunicadas las correspondien- 
tes comunicaciones. 

Instruido oportunamente el gobierno 
de la revolución, de las benéficas miras 
del pueblo y del gobienio español, nom- 
bró tres comisionados á quienes invistió 
de plenos poderes para convenir y pactar 
conmigo, cuanto se r<&lacíonata con la 



i^rmin&eion do la guerra, dMoeupacion 

del territorio por parte de las fuerzas es- 
pañolas j una pas deñnitiva entre Santo 
Domingo y la monarquía, aprobando de 
antemano por sí j á nombre de la repú- 
blica, todo cuanto aquellos hicieran j 
convinieran, en virtud de dicho ilimitado 
mandato, sin mencionar siquiera cláusula 
ó reserva alguna de ratificación, en prue- 
ba de que, á su juicio, el proyectado con- 
venio, debía ser definitivo y obligatorio 
p^ara las partes contrata ütis, y recibir su 
inm'^diata ejecución sin aquella formali- 
dad; así lo exigían su principal y huma- 
nitario objeto, lo apremiante de las cir- 
circiinstancias del pais. y más que todo, 
los inconyenientes que para la pronta ra- 
tificación por parte del gobierno de Espa- 
ña, ofrece la distancia en que se halla la 
península del teatro de los aconteci- 
mientos. 

En esta virtud, se entablaron las nego- 
goc i aciones entre los antedichos comisio- 
nad »s y yo, y el 6 de Junio último quedó 
ajustado y firmado un convenio que ha 
sido posteriormente desaprobado por el 
gobierno de la revolución; negándose por 
consiguiente las garantías que en virtud 
del art, 2.® de la citada ley y las instruc- 
ciones del gobierno de S. M. estoy encar- 
gado de exigir, como condición indispen- i 
sable de todo pacto, en favor de las per- 
sonas y de los intereses de los dominica- 
nos, y de los derechos de España y de sus 
subditos, aumentando con este inhumano 
é inconcebible procedimiento los males 
inherentes á la guerra, cuyas consecuen- 
cias, pesarán ante Dios y los hombres, 
sobre los que no han tenido la virtud ni 
el patriotismo de evitarlas. 

En consecuencia, y cumpliendo con las 
instrucciones que me han sido comuni- 
cadas por el goDierno de S. M., es de mi 
deber protestar, como protesto solemne- 
mente, contra la injustificable conducta 
del gobierno de la revolución, y declarar 
como declaro: 

1 .* Que al abandonar España la parte 
de esta isla que constítuia la antigua re- 
pública duminicana, reincorporada ev- 
ix>ntá ricamente ala monarquía en Marzo 
de 18BI. se reserva todos los darechoa 
que la asistan, en virtud de dicha rein- 
corporAcion, y que hará valer oportuna- 
mente por cuantos medios estime conve- 
nientes y estén k mi alcance. 

f .* Qaa mientras el gobierno de au 
m^astad oira ooaa determina, continua- 



rá la presante gnerra anire Xapaña 7 
Santo Domingo. 

Y 3.* Que aparte de las medidas que 
crea necesario dictar para llevar á cabo 
lo couteaido en el precedente articulo, 
eofitiuuarán en estado de blt.queo todos 
L s puertos y costas del territorio domi- 
ni -ano, conforme á las disposiciones con- 
tenidas en los bandos de 5 de Octubre y 
7 de Noviembre de 1863, las cuales se 
hacen extensivas desde esta fecha á to- 
dos los puertos y costas del expresado 
territorio de Santo Domingo, que no fáe- 
ron comprendidos en el segundo de loa 
referidos bandos. 

Santo Domingos da Julio de 1865.— 
José de la Gándara.» 

Antes de pasar el capitán general esta 
última comunicación en la qua se decía- 
ra la prosecución del estado de guerra, 
se hicieron en la capital prisiones en las 
familias dominicanas más importantes y 
que más intimamente estaban ligadas á 
los insurrectos. 

Esta medida, por más injusta que pa- 
rezca, produjo los efectos que se desea- 
ban, es decir, los de contrinuir á laen- 
trenra de nuestros últimos prisioneros. 

Por ña, el dia 11 de Julio se evacuó la 
capital, embarcándose la guarnición, par- 
ques y material en la escuadra que se 
fué á reunir en la Caldera. 

De este punto zarpó él 13, dirigiéndo- 
se cada buque á su destino, i exeapcion 
del que montaba el jefe de la división na- 
val, oue entró de nuevo en el rio Ozama, 
coa el fin de pasar una comunicación á 
los generalas Cabral y Mansueta, recla- 
mando nuestros prisioneros. Dichos je- 
tes contestaron afectuosamente, hacien- 
do entrega de los diez únicos que allí te- 
nían, y ofreciendo que el dia 22 se podría 
hacer un cange final en Puerto-Plata. 

En vista de esto, el jefe de la división 
les ofreció que tan lueg^ como \€ fuera 
posible les mandarla las personas que te- 
níamos en rehenes, y para yeriflcarlo sa- 
lió en la tarde del 18 para Puerto-Rico á 
cuyo punto habían sido remitidos, y em- 
barcándolos en la goleta de hélice Gmé- 
diana, la despachó para Santo Dominga 
con órdeíi de entregarlos, lo qUe se efec- 
tuó sin novedad. 

El jefe de la división, desde Puarto- 
Rico se dirigió á Samaná y Puerto-Pla- 
ta, en cuyo último punto turo lugar al 
canga final sin restricciones. 



Mi 



XXV. 

JUICIO CKÍTICb DB LA CAMPAÑA. 

OlTido de los preceptos.— Censuras de personajes. — ^ün plan de comunicacio- 
nes.-' Proclama sarcástica de los insurrectos. 



La guerra es una ciencia j no un astr, 
tomo en otros tiempos se creia. 

Llena está la historia de ejemplos bien 
tristes, de jefes elegidos para mandos j 
empresas importantes , no después de 
examinados sus antecedentes j aptitud, 
aino per amistad ó favor, ó porque su 
buena estrella les ayudara. 

De esta manera la yida de miles de 
kombres, la suerte j tranquilidad de una 
macion, se ha puesto en manos de perso- 
nas que todayla no hablan probado ser 
idóneas. 

Si la historia es el espejo donde los 
hombres j los pueblos deben mirarse, 
preciso es que la luna esté muj limpia j 
jamás empañada por la pasión, por máis 
que se refieran hechos coetáneos. 

Aunque nos sea sensible y doloroso el 
confesarlo; per más que sea un borrón 
para la historia de España, no puede me- 
nos de decirse que en la campaña de San- 
to Domingo, hubo grau descuido en los 
principios que nos enseñaron nuestros 
antiguos j preclaros veteranos, que lle- 
naron el mundo con sus hechos. 

A propósito de esto, un diputado dijo 
en el Congreso lo siguiente: 

•Tampoco diré Dada respecto de la 
cuestión militar, pero siempre será un 
cargo siendo tan grandes los sacrificios 
que hemos hecho, aue no hayamos man- 
dado allí un general en jefe, no á formar- 
se reputación , sino con reputación for- 
mada. 

»Dignos, bravos son los militares que 
han ido á Santo Domingo, pero les ^l- 
^ taba una prenda que es de importancia 
para una guerra, y es el prt>etigio militar 
conquistado con mandos en jefe en cam- 
pañas anteriores. 

>Ese prestigio que el éxite ha consa- 
grado, que la victoria ha creado, es útil 



en toda guerra, es más útil en guerra le- 
jana en que el soldado, con los recuerdos 
de su patria que contempla distante, 
propende á la desconfianza , á la tristeza, 
al desaliento, que en un campamento es 
la peor de las epidemias.» 

A las grandes dificultades que aquella 
isla ofrece para una campaña, por Sus 
grandes despoblados, por sus enfermeda- 
des, por sus ríos j por sus pésimos y es- 
casos caminos, haj que agregar la impe- 
ricia alli demostrada. 
' La mayor critica que se puede hacer 
de la guerra de aue nos ocupamos, está 
condensada en las sifi^uientes palabras, 
aue el vencedor de África, señor duque 
de Tetuan, pronunció en la sesión del se - 
nado del 26 de Enero de 1865: 

f Yo, por mi parte, tengo la seguridad, 
y creo que los distinguidos generales que 
se sientan aqui hubieran hecho lo mismo; 
no tengo inconveniente en asegurar por 
mi parte, que ai hubiera ido mandando 
la expedición, hubiera respondido con mi 
cabeza de haber pacificado el país á los 
tres meses.» Y sin embargo, aquello que 
se llamó guerra de Santo Domingo, duró 
aunque con la languidez de im tísico, 
muy cerca de dos años y no terminó al 
cabo de este tiempo, como la hiibier» 
terminado el general O'DonneU, acredi- 
tado ya de saber cumplir tides em- 
peños. 

Para este capitulo necesitamos toda 
nuestra severa imparcialidad; reconoce- 
moa en él los grandes irt con venientes que 
ofrece el escribir hechos contemporáneos 
con desinterés, cuando h«ty que ocuparse 
de personas que tenemos por respetables 
y á las aue profesamos sincero afecte; 
sabemos hasta qué punto la disciplina y 
la subordinación permiten álos milit8r4)s 
hablar 4o sus jefes, y por estas razones 



- m - 



n« podemos extendemos en ceusidermcio- 
nes que darían mucha extensión á nuestro 
mal llamado juicio critico de lactmpaña. 

Es un axioma, por dem¿s sabido, que 
cuando una obra sale mala, ningún ar- 
tista quiere reconocerse su autor. 

La cuestión de Santo Domingo fué en 
extremo desgraciada desde antes de la 
insurrección. 

Las autorídades que allí mandaroft ban 

S retendido descargar la responsabilidad 
e sus faltas, achacándose] sh k sus an- 
tecesores j hasta al ministerio, y en 
prueba de ello copiaremos un trozo de 
un discurso pronunciado en el Oongreso, 
el 27 de Marze de 1865, por el 6r. Mene- 
ses Saaredra. 

Decía el orador: 

ffPues bien: en real orden de 27 de No- 
yiembre de 1863 se cen^iira el abandono 
de la provincia de Azúa. Juzgando las 
proYincias que habían tomado nuestras 
tropas cubriendo á Santo Domingo, el ca- 
pitán general recien lleg:ado á la is]a dice 
al gobier io el 10 de Noviembre de 1863: 

f La provincia de San Cristóbal, en que 
encontré k una diviaiou al tomar el man- 
do de esta isla, es la peor que podía ha> 
berse elegido: todas sus comuLicaciones 
y racionamientos tienen aue hacerse por 
tierra á tres leguas de aistancia de la 
costa: está rodeada de ríos invadeable), 
0( mo son el Jayna, el Nigua, el Nicao j 
el Odoa, que en esta estr.cion de lluvias 
son ioipra ;ticable4 hasta para la gente 
del país en aquella sitúa ::ion, permane- 
ciendo en 1 jdazade», donde tenia que dor- 
mir la tropa sobre media vara de barro 
por cama. 1 

Una real orden de 12 de Abril de 1864 
juzga el sistema general seg aido en estos 
términos: 

cSe han consumido las fuerzas en des 
t acamen tos j en campamentos insalu- 
bres, donde las enfermedades han causa- 
do los destructores efectos que el enemi- 
go no podia esperar de su impotencia pa- 
ra luchar de otro i^odo, y lo que es más 
de lamentar aun, las tropas dispuestas á 
verificar un njovimiento ofensivo y vigo- 
roso, se emplean en ocupar aproximada- 
mente los puntos á que han de reducirse 
les cuartelfs da veraoo, sin cesar la cam- 
paña por un solo hecho que entre otras 
ventaja» demostrase que la naturaleza y 
no el poder de los .escarmentados rebel- 
des conduela á una situación especta^^i 
pero dif na del nombre esj^fiaoL» 



Hay en seguida un documento que con- 
tiene otra clase de quejas. No emito opi- 
niones mias; leo, sin darles asentimiento 
en todo, los documentos que ha remitido 
el Gobierno de S. 11 . 

El capitán general de Santo Domingo 
decia al de Cuba en 9 de Enero de 1S64: 

«Los esfuerzos que hace España se 
creen extraordinarios, cuando á la verdad 
hasta el dia no considero que nación tan 
poderosa los haya hecho; ^ro asi apare- 
cerá á las potencias extranjeras, sin dar 
el resultado pronto y decisivo que hubie- 
ran tenido empleados de una Tez y como 
lo han exigido las circunstancias que se 
present^aron en esta provincia desde el 
mes de Agosto, y á las cuales ^o se les 
ha dado la importancia de graredad que 
desde entonces merecían. Respetando hu- 
mildemente las decisiones del Grobiemo 
de S. M., no puedo menos de manifestar 
4 V. G. que desde aquella^ época el Go- 
bierno debia juzgar si dedia, podia y ^m- 
ria concluir de una vez con el levanta- 
miento que osadamente alzó su cabeza 
en las provincias del Oibao, contagiando 
toda la parte española de lá isla de Santo 
Domingo, y hacer esfuerzos que hubie- 
ran »ido mas decisivos que los que T. B. 
ha hecho con admiración general y los 
débiles que yo he podido enviar para ga- 
nar tiempo y terreno, ensanchando eltea- 
tro de las operaciones, sin haberme pro- 
metido nunca conseguir otra cosa, si el 
Gobierno de S M. no venia con su pode- 
rosa protección á. aliviar á Y. E. y salvar 
la houra de España y la de su ejército.» 

Este punto daría campo ancho á largas 
disertaciones, pero por las razones ppco 
há expuestas, omitimos la indagación de 
culpas. 

Solo cuando t n España se conoció la 
gravedad <ie la insurrección, fué cuando 
no se escasearon los medios de comba- 
tirla. 

Se necesitaban hombres para la guerra 
y el ministerio Miradores de que formaba 
parte en el departamento de la guerra el 
marqués de la Habana, mandó á Santo 
Domingo 16.000. Cambió aquel gabine- 
te, entró el de Lersundi, y tan luego 
como el capitán general, su "^amigo y he- 
chura le pidió más gente, remitió en 
quince dias 6.000 soldados más, prontos 
para entrar en campaña. 

Pero nada bastaba, pues asi como el 
hidrópico no se sacia ¿e agua, tampoco 
'" los militares que no aciertan Qon un 



-» 985 ^ 



btim plam dejim de pedir con afán gente 
y jüím gente. 

Siempre ha sneedldo Igual. 

Mientras qne en nuestra última guerra 
clTÜy el genio de Zumalácarregui hallaba 
paratodoreearsosj omnizaba batallo- 
nes como por encanto, los generales de la 
T^ina que tenían 4 su mando las dos ter- 
ceras partes del ejército cristlne, á cada 
reyes que les hacia suñ-ir el cabecilla he- 
cioso, procuraban disculparse» cargando 
Is responsabilidad de su torpeza al mi- 
nisterio, á quien hasta con aire amena- 
zador pedían gente y más gente. 

El descrédito de los que en Santo Do- 
mingo consumían la paciencia de las tro- 
pas acantonadas, llegó hasta tal punto, 
que cada cual se creia con derecho & pre- 
sentar su plan de operaciones, en la se- 
C^uTidad de que por malo que fuera, 
siempre seria mejor aue el de estaciona- 
miento, que tan fatales resultados pro- 
ducía. 

Un capitán general de nuestro ejército, 
sin duda, no conforme como el duque de 
Tetuan, con responder con su cabeza 
sino acababa la insurrección en tres me^ 
ses, ex|»licó como debía precederse, en 
estos términos: 

cYo creo que buscando el centro de la 
srevolucíon , marchando desde Monte- 
»Chri8ti sobre Santiago, dispersando el 
igobiemo proYísional allí organizado, es- 
»tablecíenao guarniciones en los puntos 
»más importantes como Santo Domingo, 
^Santiago, Monte- Christi, Azua y otros, 
>organizando las fuerzas del pais que nos 
»8on fieles, y que lo serian mucho más 
»en adelante, puesto que hoy, apesar de 
>las noticias de abandono y de la suerte 
iQue preTeen les espera, no han renega- 
ndo aun de nuestra causa, y sifi^en de- 
ofendiéndola y destinando esas fuerzas á 
^perseguir en los bosques á los restos de 
»la revolución, era muy fácil sujetar á 
>Santo Domingo en un espacio muy 
breve.» 

Sabemos que estas palabra» fueron 
acogidas con sonrisas de desdefiosa supe- 
rioridad, y sin embargo, el capitán gene- 
ral senador, que las pronunció, no hizo 
más que hablar con arreglo al arte mili- 
tar, aplicando sus reglas al caso concre- 
to de que se trataba; pero con ellas nada 
nucTO decía, pues los escritores milita- 
res de todas las naciones lo tienen ya 
consignado. 

Además, en la Memoria presentada por 



el ministro de la Querrá al Estamento, 
cuando en Junio de 1884 se abrieron las 
Cortes, tras tantos años de clausura, hay 
un párrafo que dice lo siguiente: 

«Ello es cierto, que para dominar un 
país cuyos natuníles pueden considerar- 
se en gran parte como contrarios, no hay 
otro recurso que apoderarse de los pun- 
tos que sirren de nidos á sus comunica- 
ciones, que señorean las poblaciones de 
mayor Tecindarío ó que influyen señala- 
damente en el espíritu público.» 

Cierto es, que una de las grares difi- 
cultades que se han presentado en Santo 
Domingo para que la guerra fuese regu- 
larizada, rae la carencia de caminos. Es- 
ta circunstancia fué causa de que lan tro- 
pas no se movieran con la debida regula* 
ridad y eficacia; pero nunca debió moti- 
yar el estacionamiento ó quietismo. 

Sí lo que faltaban eran caminos, el re- 
medio se presentó como providencial; en 
efecto, nuestro distinguido jefe en aque- 
lla campaña, el señor coronel de inge- 
nieros, D. Indalecio López Donato empe- 
zó á publicar en la Revista Militar de la 
Habana y en su número correspondiente 
al 8 de Noviembre de 1863, una serie de 
artículos, en ios que con tanta oportuni- 
dad como ínteligen^a, indicaba el siste- 
ma de guerra que se debía emplear para 
sofocar la rebelión de Santo Domingo, y 
hacer imposible su reaparición. 

Tamos á trasladar aquí algunos párra- 
fos del plan del Sr. Donato, no puaiendo 
hacerlo del todo por su mucha extensión: 

Dice asi: 

€ El secreto más importante de la 
guerra consiste en hacerse dueño de las 
Tías de comunicación. I— M 

La Isla i$ Santo Domingo. 

«Nada hay nueyo debajo del sol, y por 
cierto que no ha de ser la guerra la con- 
traría razón que hasta el presente pueda 
desmentir la expresada verdad bíblica, y 
por lo tanto que la guerra no es cosanue- 
ya y si muy acostumbrada en todas las 
épocas, creo aue se podrán encontrar 
siempre ejemplos aproximativos que imi- 
tar en todos los casos, siendo tan solo 
necesario la sencilla recordación de ellos, 
con el objeto de que sirvan de principios, 

?r no de otra manera se dan^para la reso- 
ucion de los problemas, los elementos 
de la numeración, por ejemplo en la Arit- 
mética, los elementos diferenciales en los 
cálculos, y la desenfilada en la fortifica- 



— fifi -* 



clon, y h$¡ú Ules aupuMtos, y una toe 
que 86 consiga acertar con la Terdadera 
nipóiesis, se obtienen las soluciones que 
aparecían más nebulosas cuando laenun- 
ciacion del teorema. 

i¿Qué es la isla de Santo Domingo? La 
isla de Santo Domingo es un terreno 
áspero, salpicado de montes unidos entre 
si por pequefias cordilleras, no por cierto 
Tírffenes, pero si montes de Ainérica, lo 
cual quiere decir mucho para el que los 
ha tenido que atrayesar con la brújula 
siempre en la mano, á causa de que lo 
espeso del arbolado, unido al entrelaza- 
miento de los bejucos j enredaderas, no 
dejan al que traza una YÍa otro horizonte 
que el circunscrito á veinte metros de 
radio j poco acaso quiere decir el que no 
haja tocado las dificultades que opone la 
Tegetacion á la marcha de frente de solo 
diez hombres, j suponiendo que á fuerza 
de Talor. de ¡constancia y de pertinacia 

Senetre de repente un ejército en ese de- 
alo enmarañado: ¿á dónde quedará la 
base de operaciones, y por consiguiente 
por dónde podrán llegar los aproTisiona- 
mientos y releros de una manera r^^lar 

Íf segura, sin lo aue nada sólido puede 
ograrse? iBn qué lugar, con poco coste y 
eon yentiga de la fuerza material y moral 
podrán descansar los fatigados, cuidarse 
IOS heridos y organizarse los recien llega- 
dos, sean estos procedentes de las o&as 
antillas ó bien dcl^ ejército de la Peninau* 
la? Por ninguna parte y en ninguna, pre- 
ciso es decirlo, aosolutamente en ningu- 
na, porque dejándose indefenso todo lo 
que le queda á la espalda de este ejército 
valiente que avanza, podrá apenas llegar 
á su noticia cuando logre sin duda pisar 
Tíctoriosa la flautera haitiana, que el ca- 
mino que viene de recorrer tiene por me- 
tas sucesivas ó por etapas los ceniceros 
que han dejado las ciudades que vivían 
todavía á su frente, por la sola influencia 
de la ofensiva, en la lucha inicial, ofen- 
siva que es en esta ocasión sumamente 
precaria. 

»Para remediar estos males, tengo que 
citar y lo siento, por la parte de preten- 
siones que pueden atribuírseme, si bien 
prefiero eso que está muy alejado de mi 
intención puramente militar , á que se 
crea que aspiro al privilegio de invención; 
tengo, digo, que citar a los maestros de 
las guerras en las épocas primitivas de 
nuestra historia militar, v ya se deja en- 
trever que me refiero á los civilizadores 



romanos, páralos cuales, lasOaliaa, la 
Iberia, y ui Inglaterra, no fueron tíao 
otros tantos países que dominaron glo- 
riosamente, por el sistema de los trabajos 
militares estratégicos, deaarroUadgs eon 
metódica constancia; todo solda<^ exa 
buen soldado y en esto nada tenemos que 
desear y también cada soldado era un 
buen trabajador y en esto sí tenemos q[uo 
recosdarlos en el caso actual de la ^crra 
de Santo Domingo. 

»No se presuma que irradia una falta 
la última comparación, porque ninguna 
menos fundada podrá existir, quo la que 
contase por contrarias Us comparaciGnes 
de los abiertos y surcados países de Eu- 
ropa con los cerrados oscuros y haata Ló- 
bregos bosques de la Española de Colon, 
asi que, á partir de ciertos principios, cla- 
ros sin duda para todos los militares y 
para todo el que haya recorrido las mon- 
tañas del departamento Oriental de la 
isla de Cuba, gemelas de las de Santo 
Domingo podrá apreciar hasta qué extre- 
mo son aceptables las ideas que voy á ex- 
poner. 

»La isla de Santo Domingo se debe 
tranquilizar de una manera permanente 
y con elementos proporaionaíes á su im- 
portancia, tanto porque el honor militar 
así lo exige, como también bajo el punto 
de vista político y económico, puesto que 
de no ser asi, tendrán siempre ocasión de 

}>roducir situaciones extraordinarias per- 
udiciales al fomento de la isla, los pro- 
movedores de disturbios, enemigos siem- 
pre del orden regular social y por lo tan- 
to siempre se podrá estar en el prinapio 
ó al menos durarán las inquietudes ana 
ó dos generaciones. 

»Gonsidero necesarios para al objeto, 
doce mil hombres de infanteria, cuatro 
cientos caballos, cuarenta piezas de artír 
lleria de batalla, un batallón de ingenie- 
ros y un escuadrón de la guardia civil, 
teda esta fuerza efectiva, en el punto de 
partida y sobre al campo de acción y tra- 
oajos, cuyo punto ó puntos de partida 
pudieran ser la capital de Santo Domin- 

So y la ciudad de Azúa, debiendo enten- 
erse que solo hay fuerza con la antedi- 
cha, para dar principio por estas dos po- 
blaciones en dirección a lo qué fué San- 
tiago de los Caballeros, ó tal vez para no 
empezar sino por uno de ellos, pero la 
verdad que estoy esplayando según mi 
entender, permaneceni siempre Iia.mis- 
ma; una vez reunida la ftierza, se proco- 



— $27 — 



deHi ^ marchar en la direeeion qna aa da- 
Bi^ne, abriendo con el hacha, auxiliada 
por el fdego, cuando el tieny>o lo permita, 
una Tia, tala 6 trocha de un kilómetro de 
aoichara por donde loa bosques sean se- 
culmres, disminuyéndola hasta solo qui- 
nientos metros ó medio kilómetro en los 
•esos más farorables y me atrero á de- 
cir que una división de seis mü hombres, 
Um^u^ sin perder g^nte, en el sentido 
mi&tar de la frase y adquiriendo presti- 
§flo de dia en dia empleando solo cuatro 
meses desde Santo Domingo á Santiago 
de los Caballeros, é igualmente,- otra cu- 
irisúon podrá practicar lo mismo partien- 
do desae la población de Azúa. 

^Sin entrar por ahora en detalles de 
ejecución si se nace preciso enunciar que 
los trabajos estarán constantemente pro- 
tegidos por la metralla de la aue induda- 
blemente se gastará y desperoiciará mu- 
elia, pero sera en cambio de hombres y 
de probable buen éxito, al par que tam- 
bién se tendrán buenos t aun* escogidos 
tiradores y en casos dados que dudo 
puedan llegar, principalmente después 
ae los dos primeros meses de puesto en 

Sráctica al frente del enemigo este méto- 
o y sistema tan desconcertador de to- 
das clases de engaños t rendiciones fic- 
ticias, las bayonetas de todos los que 
empuñaban una hora antas el hacha, la 
sierra tronzadera y el zapapico, harán 
TolTer las cosas prontamenta al respeto 
j comedimiento. 

>Gon la millonésima parte de los árbo- 
les que se derriben se construirán en esas 
Tims, talas, trochas ó limitas extrataffi- 
cos, tuertas, blocaus de kilómetro en Ki- 
lómetro que serán ocupados por destaca- 
mentos ó guarniciones de teinte hombres 
con un oflciid, con sus talégrafes igual- 
menta construidos con troncos de árbo- 
les ó de cualquiera otra clase, cuyas 
guarniciones selo implicarán una dismi- 
nución de 1.600 hombres desde Santo Do- 
mingo á Santiago de los Caballeros, caso 
que sea preciso referirse precisamenta al 
espacio de un kilómetro y que hallándo- 
se en posición yentajosa, por poder reci- 
bir socorros en todo erento, en el tras- 
curso de doce horas á lo más ya per la 
trocha ó Tia desde el punta de partida'^ó 
desde el lugar de los trabaos seryirán 
para proteger los conyoyes oestinados al 
ejército operador á la Tez que ellos mis- 
mos se aproTisioman, incluso de agua si 
necesario fuese» siendo además puntas de 



obserradon y Tigilancia contra todos los 
manejos del enemigo. 
^Imagínense ahora abiertas })er este 

Saulatino sistema las trochas ó TÍas des- 
e Santo Dominfi^o y Azúa, hasta San- 
tiago de los Caballeros, y podremos Ter 
que para hoy, mañana y siempre se hará 
imposible la existencia, no ya de rebel- 
des, sino que ni siquiera de malhechores 
aislados, en el espacio comprendido en 
el triángulo formado por la costa blo- 
queada y las dos trochas conyerRentes y 
reunidas en Santiago de los Caballeros, 
y es STidente que esta operación repetida 
a todos los emplazamientos de las pobla- 
ciones quemadas, daria yerdaderas segu- 
ridades para su renoyacion y progreso, 
puesto que se yeria, que se sentirla, di- 
gámoslo asi , que habia una material é 
inmediata proteccion,porque entonces y 
desde el principio de las operaciones, se- 
rian nuestras tropas las que tandrian sus 
lineas nobles de espera ala clara luz del 
yalor, y no se expondrían á la muerte 
con resultados tal yez poco positiyos. 

»Podrá decirse que son operaciones 
tardías y poco adaptables, no a ser eje- 
cutadas, sino aceleradas por nuestro me- 
ridional carácter; pero yo creo que debe 
S rescindirse del caráctar, cuando para lo 
ueno es necesario, aunque por otra par- 
ta no son tan parsimoniosas como pare- 
cen, j desde lue^^o no lo son efectiyamen- 
ta, m mucho menos, si se tiene en cuen- 
ta que son trabajos que se utilizarán 
siempre en paz y en guerra, ó mejor di- 
cho, seryirán para la paz y adelantos, 
una yez que se. reconozca su aplicación 
por los propios y extraños. 

»Dos yentajas á más tiene esta clase 
de guerra, eue por otra parte aparece 
muy adaptable a las condiciones y di- 
mensiones de la isla, asi como á las atan- 
dones generales de la nación; la primera 
consista en la conyeniencia de que el ene- 
migo sepa y conozca el plan de campaña 
con que se le ataca, y la segunda, y muy 
principal será que el soldado tendrá cons- 
tantemente sulbuena barraca con piso de 
madera y techo impermeable, bajo el que 
yiyirá como en su cuartel y de donde sal- 
drá sano y descansado para lo que de él 
se exija. 

»Tales son por de pronto las condiciones 
generales que pueden considerarse útiles 
al buen resultado de loque puede lla- 
marse una eampafia á emprender, condi- 
ciones que están de .acumo al parecer 



— d28 - 



con los recuerdoi hístórícoi dt la isla 
dominicaHa con el carácter j ñicaltadea 
de loa habitantes insurrectos, con lo qus 
España puede desear, puesto que de otro 
modo nada seria más fácil que un repen- 
tino alarde militar, que colocase inmedia- 
tamente la bandera por el momento en 
todos los lugares que los corresponde y 
con los detalles de las anteriores guerras 
de América, en las que á los bosques im- 

Senetrables habia que agregar las gran- 
es distancias, verdadera dificultad para 
los ejércitos que no tengan el carácter 
antiguo de innumerables, lo cual dado 
caso, le constituiría en la época actual 
desproporciónales, al fin que se propone 
toda guerra.» 

Cuando Timos al Sr. López Donato 
formar parte de la comitiya del cajútan 
general Gándara desde Cuba á Santo Do- 
mingo 7 desde allí á la toma de Monte- 
Qhristi, tuvimos la esperanza de que su 
proyecto ó nlan de campaña, seria adop- 
tado desde luego; pero el tienfpo se en- 
cargó de desengañarnos. 

£1 coronel López Donato vegetó abur- 
rido en aquel eterno campamento, y si 
bien en el primer dia tuvo la brillante 
ocasión de defenderla vida del general 
Primo de Rivera, después solo ejercitó 
sus talentos en la dirección de obras de 
fortificación pasajera. 

£1 modo con que los dominicanos hi- 
cieron la guerra fué débil y poco inteli- 
gente. No porque el buen éxito corone 
una empresa, debe abrumársela con im- 
premeditados elogios. 

Los insurrectos se reunían en sus can- 
tones, en los que permanecían inactivos 
semanas y meses; allí se les iba á bus- 
car, pues con rareza tomaban la iniciati- 
va, quedaban comunmente batidos; se 
dispersaban y desertaban para ir á sus 
casas, en donde estaban hasta que vol- 
vían á sacarlos para reunirse de nuevo y 
volver i las andadas. Mentían con un ci- 
nismo, tal en su Boletín ojlcial de Santia- 
go de los Caballeros, que desde lueeo se 
conocía que sus noticiones absuroos y 
calmnniosos, estaban dedieados á hacer 
e£icto entre los negros ignorantes y en- 
tre las personas de fuera del país que no 
podían conocer lo falso, ni lo ridiculo de 
aquellas gentes. 

Como prueba de nuestro aserto, vamos 
i insertar á continuación dos noticias de 
las que dicho periéáico daba á sus lecto- 
res en el número correspondiente al 20 de 



Enero de 1864, que por casualidad ccfi* 
servamos entre nuestros papeles. 

Decían así; • 

«Del extranjero se ha redbido 1a notí- 
ioa de que ya habian salido dt los Esta- 
dos-Unidos para nuestras a:guas, seis va- 
pores de guerra con la bandera dfsiinics- 
na, que seis más seguirán á los primeros, 
y otros cuatro estaban en construcción 
para ser echados al agua inmediatamente, 
naciendo un total de 16 buques que pron- 
to despejarán nuestras costas.» 

«De 1 abacao se ha recibido parte con 
fecha 11 del actual en que se dice que el 
comandante Bringmann con unos pocos 
dominicanos atacael vapor que acostum- 
braba subir la Ozama para proveer al 
eneiáigo de víveres v pertreclioB, les ma- 
tó un gran número de soldados, v quizá 
lo habríamos apresado sino les nuDíese 
llegado un fuerte socorro. — 61 mismo dia 
logramos apresar 14 muías cargadas de 
víveres y cmco caballos, con dos cajas de 
municiones. 

»Se calcula que el número de muertes 
por parte del enemigo asciende á 190, b 
que no es dudoso por la circunstancia 
muy favorable de encontrarse los nues- 
tros en una altura, desde donde sus tiros 
eran muy seguros.» 

Nosotros creemos (}ue después de ha- 
berse disparado el prmier cañonazo, des- 
pués de haberse empezado á derramar 
sangre, es un error el querer calmar la 
efervescencia por medio de la templanza 
y de las buenas palabras. Este sisteiiía es 
muy bueno y el único que se debe em- 
plear antes de apelar al ae la fuerza; pero 
una vez empezada la lucha, es preciso 
acabarla como siempre acaban las guer- 
ras, doblando el más débil la cerviz ante 
el desenvolvimiento de los elementos de 
poder del más fuerte. 

España para concluir su campaña de 
Santo Domingo, solo pedía un plan, una 
combinación científica, una prueba de 
idoneidad de parte de los hombres á quie- 
nes se habia confiado. Ten verdad que 
no era mucho exigir de la parte de un 
pueblo que estuvo generoso y hasta ex- 
pléndido en mandar nombres y recursos 
al teatro de los más pobres aconteci- 
mientos. 

Las correspondencias de los oñciales y 
y de la tropa que publicaban los periódi- 
oos, clamaban porque se hiciera algo ^ 
aquél particular y pedían que ae adopta- 
se algún sistema que inspiíaM conJEDuíza 



— «» ' 



j econonlixase la sangre que tan inútil- 
mente se vertia. 
Decia un corresponsal de La Iberia: 
«Mientras en Santo Domingo no se adop- 
te un plan de campaña, iguiQ ó asimilado 
al del enem^o, llevamos la probabilidad 
de perder. Ku muchas ocasiones, si no 
fuese un atrevido cometa que toca ata- 
que, ó un viva á España del soldado, al 
Sarecer, más raquítico, ó un oficial que, 
esesperado y aburrido, todo lo arrostra 
porque comprende perfectamente los er- 
rores que se cometen, es s^uro que al- 
gunas desgracias más tendriamos que la- 
mentar. Las dos últimas salidas efeetua- 
das, la una sobre el cantón del Tesón en 
Samaná, j otra sobre el rio Jaina, inme- 
diato á Santo Domingo, corroboran cuan- 
to llevo dicho, y que por más que la ex- 
periencia tenga sooradamente demostra- 
do lo infructuosas que son, no por eso se 
escarmienta; cuatro oficiales* y cuatro 
soldados heridos, cuatro muertos v diez y 
siete contusos ha sido el resultado de la 
primera; y cinco soldados muertos, y 
treinta entre heridos y contusos el de la 
segunda: sm que eso de que el enemigo 
lia quedado escarmentado y disperso ten- 

fa valor alguno, á no ser que secompren- 
a en sentido invetso, pues disperso siem- 
Sre lo está, y ese es su verdadero sistema 
e batirse siendo lo cierto únicamente que 
nuestros soldados se baten como leones, 
que son sufridos, resignados y que en el 
mundo no los hay mejores.» 

Por fin, para (¡xie nuestros lectores pue- 
dan formar juicio exacto de la pericia 
demostrada en la dirección de la cam- 
paña, copiaremos un párrafo del dis- 
curso que pronunció en el Senado el du- 
3ue de la Torre, hoy regente del reino, 
ando cuenta de una sar(Sstica proclama 
de Polanco. 
Decia el orador con indignación: 
«Señores: ajrer vi una carta de una per- 
sona respetabilísima, que reside en un 
punto cercano á Santo Domingo, perso- 
na que debe ser ímparcial^ y que está en 
el caso de saber con exactitud todo lo que 
pasa. En esa carta se dice lo siguiente: La 
bfaceta de Santiago de los Caballerei trae 
una proclamación de Polanco, presidente 
de la insurrecion, en la que se dice: ¿Por 
qué anheláis tanto la paz? ¿Por qué pedís 



la paz con esa impaciencia? ¿No estáis en 
vuestras casas? ¿No cultiváis vuestros 
campos? ¿No estáis al lado de vuestras feí- 
milias? ¿Prestáis algún servicio? ¿Sois 
inquietados? ¿Se os dice que vayáis á 
atacar al enemigo? Pues si nada de eso 
hay, ¿por quéauereis con ese afán la paz? 
Esperad: mirad que los periódicos de Ma- 
drid nos dicen que el gobierno piensa 
abandonamos, que no nos quieren, ^ue 
nojnos necesita, que nos quiere deiar. 
Estaos' quietos en vuestras casas; culti- 
vad vuestros campos; cuidad de vuestros 
hijos; no tengáis cuidado; la paz viene, 
porque nos dejan . » 

Conocidos los medios empleados en la 
guerra de Santo Domingo. ¿Qué tiene de 
extraño que hayamos llegado á tales 
fines? 



CONCLUSIÓN. 



Nuestro libro está terminado, y sin em- 
bargo, nos parece mentira haber vencido 
los grandes obstáculos que se han opues- 
to á la realización de nuestros propósitos. 

En la incompleta historia que acaba» 
mos de presentar, encontrarán nuestros 
lectores á falta de otra enseñanza, la ex- 

Elicacion del abandono de aquella Anti- 
a, que cada cual refiere á su manera y 
de cuyo hecho quieren muchos deducir 
cuál será el fin de la insurrección de 
Cuba. 

Si en la más preciada de nuestras colo- 
nias corren torrentes de sangre, es por- 
que algunos ilusos engreídos y envalen- 
tonados con el ejemplo de Santo Domin- 
go, creen á España bastante débirpara 
dejarse arrebatar su más querida pro- 
vincia. 

Esos desgraciados no comprenden que 
la cuestión de Santo Domingo no fué con- 
siderada como cuestión nacional, sino 
como la obra de un partido, y atribuyen 
á impotencia nuestra generosidad. 

Ya se irán'convenciendo, si no se han 
convencido ya, de que España es inago- 
table en recursos de todo género cuando 
su honra está empeñada y que ante la 
integridad de su suelo amenazado no hay 
dique que la detenga, ni imposibles que 
no vensa. 



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