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Full text of "Historia de la economia politica en Europa desde los tiempos antiguos hasta nuestros dias; seguida de una Bibliografia razonada de las principales obras de dicha Ciencia. Escrita en francés por Adolfo Blanqui. Traducida al castellano por Jose Carasa"

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in 2009 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/historiadelaeconOOblan 



DE LA 



EN 



EUROPA 

_ ♦ » • 

U$oi los Umfo$ (infyudí ^ix$Ux nuestros bi<ts» 

SEGUIDA 
de una Bibliografia razonada da las principales obras de dicha Ciencia» 

ESCRITA EN FRAKCÉS / <^3— ^ 

Por Mr. ADOLFO BL ANQUÍ, mayor. 

Profesor de Economía industrial en el Conservatorio de Artes y Oficios, y 
Director de la Escuela especial de Comercio. 

Traducida Al castellano 

POR 

D. JOSÉ GARASA. 






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£■/ o¿/^/o ^Mfi 7725 propuse al baducir esta obra fue- 
solo emplear el tiempo que me dejaba libre mi profesión, 
cultivando el idioma francés . cayo estudio parece en el día 
útil y aun necesario. Esta sola idea abrigaba en mi, cuan- 
do algunos amigos á quienes di á leer el manuscrito me 
animaron á darle publicidad , fundándose en las escelen- 
ies lecciones que contiene y en el beneficio que podrían 



sacar mis compatriotas con su lectura. Esto., unido á la 
obligación que tiene todo español de ser útil á su patria 
por cuantos medios estén á su alcance., me determinaron 
en fin á acceder á sus deseos ; y yo me daré' por muy 
recompensado si mi corto trabado obtiene la aprobación 
del público. 



Uoje (fa 



córcMOr 



TL 



lo es quizá inútil dar á conocer el motivo que me ha condu- 
cido á emprender esta obra. Llamado hace doce años poco mas 
o menos á la cátedra de Historia y de Economía política de 
la escuela especial de Comercio que dirijo hoy dia , no lardé 
en percibir que existian entre estas dos Ciencias, conexiones 
tan íntimas, que no se podia estudiar la una sin la otra, ni pro- 
fundizarlas separadamente. Se prestan apoyo á cada momento; 
la primera suministra los hechos ; la segunda esplica sus causas 
y deduce sus consecuencias. A medida que adelantaba en la 
esposicion de las doctrinas, los ejemplos me hacian falta; y 
el estudio de los acontecimientos permanecia á su vez incom- 
pleto, mientras la Economía política no venida á ilustrarle. 
Aproximando poco á poco y fortificando uno con otro los 
trabajos de mis dos cursos, he llegado á descubrir una mul- 
titud de preocupaciones que pasaban por verdades reconoci- 
das, aun á los ojos de aquellos hombres mas instruidos y mas 
adelantados. Asi es como los autores de todos los tratados 
de Economía política, sin escepcion , no hacen subir la Cien- 
cia mas allá de los primeros ensayos de Qtiesnay y de Turgot, 
como si antes de las obras de estos hombres celebres, ningún 
escrito sistemático hubiese llamado la atención de los sabios 
y de los estadistas sobre los fenómenos de la producción de 
las riquezas. 

Me dedique' desde luego , á buscar con solicitud en los 
historiadores de todas las edades los hechos mas interesantes 
para el estudio de las cuestiones económicas y sociales: be ha- 
llado bien pronto pobres en Roma y en Atenas como los hay 



en París y Londres ; me ha sido preciso confesar que los pri- 
vilegios , Jos Jmpiiestps , JasJyejaciQnies fiscales, no eran mas 
raras entre los antiguos que lo son en nuestros dias. Entonces 
como ahora, el menor destello de paz y de libertad era se- 
guido de una lluvia, de riquezas y de prosperidades; las m.i&T. 
mas causas siempre producen los mismos efectos , á pesar de 
la diferencia de costumbres y i de instituciones. La. miseria de 
los pueblos se reconoce siempre en la desigualdad de las car- 
gas, en la distribución viciosa de los productos ¡del trabajo,; 
y :)eij el predominio de algunas castas ingeniosas ea poner 
los abusos bajo la protección de la ley. 

Pero el mando no ha permanecido siempre indiferen- 
te, á presencia de estas calamidades sociales, y mas de una 
vez han estallado magnánimas protestas en el transcurso dei 
los siglos, á favor de los derechos de la humanidad desco-^ 
nocidos malamente. Algunos nobles sabenanos se han asociara 
do á estos esfuerzos, hora seguidos con perseverancia, hora 
interrumpidos por; la desgracia dé los tiempos. Ha habido pues 
una Economía política entre los antiguos cómo entre los mo*^' 
demos; no una Economía política i sistemática y formuladaV 
sino deducida de los -hechos y practicada antes de ser escrita," 
Tal ha sido, por otra parte, la marcha de' todas las Ciencias 
desde el origen de las sociedades. Los" primeros que vienen 
al mundo conciben,» obran y ejecutan; los últimos razonan^ 
completan y mejoran la obra de sus antecesores. Para apre- 
ciar bien los trabajos de los economistas. modernos, convenia 
pues conocer las principales bases del movimiento social que 
se continúa desde lo antiguo al través de las revoluciones, 
y que presenta en su marcha tantos rasgos gloriosos y tantas 
peripecias ' dramáticas. 

Este movimiento es el que he procurado describir en la 



(m) 
©Bra que ofrezco al piiljllco. Los grandes estados de la anti- 
güedad y los de la edad media no han caído sin motivo: tan- 
tas riquezas no han sido ni creadas ni destruidas sin que 
6U creación y su anonadamiento se refieran á causas suscep- 
tibles de análisis y dignas de meditación. Es hasta imposible 
no conocer la mano de la providencia en éstas transformacio- 
nes sucesivas del principio social, que se refugia ya en una 
institución^ ya en otra, sin distinción de tiempo ni de lugar, 
fíomo piara mantenerse, sin cesar á la disposiicion y al servir 
cío de la humanidad. Aquí, es un grande hombre quien con- 
serva el fuego sagrado; en otra parte, es un esclavo quien 
intenta reanimarlo: Sócrates en /Vtenas , Espartaco en Pioma. 
Del seno mismo de la barbarie salen Ids primeras luces del 
trabajo y del orden. Garlo-niagno\doraó á la misma muche» 
dumbre que le había alzado. Las ciudades anseáticas se eleva- 
ron del fondo de los pantanos que servían da guarida á la 
piratería. , . ' ■: - 

El sistema feudal, tan, funesto á-Jos trabajadores sujetos al 
territorio j.i^stá. todo lleno de doctrinas preciosas para la Eco- 
nomía política. Era la división estrema de la soberanía, asi 
como ahora vemos la división mas estrema de la propiedad. 
El imperio romano, un momento reedificado por Garlo-:mag- 
no habia visto la centralización llevada al último grado; la 
feudalidad nos hará ver este grande poder político redu- 
cido á átomos. Aqui asistiremos á gigantescas «intcsis; en 
otra parte á análisis casi mícrosco'picós. ¡Qué diCcrencia no 
debía haber entre la Economía política tíel gefe de 4b niillo^ 
nes de subditos y la de un hidalgo que veía toda sutsampiría 
de lo alto dd , su; ea$tilIo^^í Pero en odio 4q este fe idas© me- 
dia comenzaba á reunirse en las cíudajdes, ,á orgín>i«affse en 
cofradías, y hacerse respetar por su número. ;No .se i les qui-»^ 



taba ya su dinero, se les pedia prestado y de este hecho 
en apariencia Insignificante resulta para el economista la es- 
pllcacion de todo un nuevo orden social. 

-qa-^oHe seguido paiso á paso estos grandes acontecimientos j 
Tne ha parecido que la Economía política de los antiguos no 
tenia otras pretensiones mas que la de los modernos. En to- 
das las revoluciones nó ha habido nunca mas que dos par- 
tidos en presencia: uno compuesto de los hombres que quie- 
ren vivir de su trabajo, y otro de los que quieren vivir del 
trabajo ageno. No se disputa el poder y los honores sino 
para descansar en esta región de bienaventuranza , en donde 
el partido vencido no deja jamas dormir tranquilamente á 
los vencedores. Patricios y plebeyos, esclavos y libres, giiel- 
fos y gibelinos , rosas blancas y rosas encarnadas, caba^ 
lleros y pecheros , libérales y serviles , no son mas que va- 
riedades de la misma especie. Siempre es la cuestión del 
Lienestar la que los divide, queriendo cada uno (osando 
servirme de una espreslon vulgar), tirar la manta para sí» 
á riesgo de descubrir á su vecino. Así es qtíe en un país, es 
por vía de Impuesto como se arranca al trabajador, bajo pre- 
testO'del bielí del Estado, el fruto de sus sudores; en Otro es 
por medio ífe los privilegios, declarando al trabajo objeto 
de concesión Real, y haciendo pagar caro el derecho de en- 
tregarse'^ 'él; El misímo abuso S!e reproduce bajo formas^ aiáS 
indirectas, pero no "míanos ojíresivas, cuando por medio d'tí 
las aduanan; el E^tvido divide con las induslírlas privilegia-" 
das' los bsrte'Scáosidedos aranccle-s liTtpuesÉos á todas lasque 
nó JaísftTi.i'< > ' ■ '^ f *' ' " ' 

-f'fnVtd a ríos íOnia nos en los países conquistados y á losf 
puropéosien^-^us i'colonias de Ame'rica: á mais'dé'mil anos 
á¿4IstahcIa'KíallAr'eÍ4'<ít mismo meriOspreéio de la vida hu-> 



mana , las mismas paradojas abominables sobre la necesi- 
dad, para los unos, de ser esplolados por los otros. Es algo 
mas afliclivo que lo que pasa entre los animales , cuyas 
especies devoradoras viven de las especies devoradas, sin eri- 
'gir al menos su voracidad en sistema , y solo por que no 
pueden hacer otra cosa. Todas estas horribles iniquidades 
sociales se han propagado al través de los siglos , bajo for- 
mas diversas , algunas veces dulcificadas por el progreso de 
la razón humana; pero siempre vivas en el fondo y por to- 
das parles sostenidas, ya con audacia, ya con hipocresía. 
Aquí es el clero quien se apodera de todos los bienes, y 
quien se digna dar limosna al ge'nero humano desposeido, 
amenazando con anatemas á cualquiera que osara turbar el 
reposo de la casa del Señor. Mas allá, el diezmo pertenece á 
los señores , porque ellos son señores y no hay señores sin 
diezmos. Los aldeanos se venden aun en Rusia como utensilios 
de agricultura, y la aristocracia inglesa vende á los pobres 
irlandeses algunos haces de paja, y algunas patatas que di- 
viden con el ganado. 

No hay tanta distancia como se cree de la Economía po- 
lítica griega y romana, cruel, insaciable, á la Economía po- 
lítica de mas de un pais en Europa. 

En nuestra hermosa Francia , tan rica en pámpanos y de 
espigas, muchos millones de hombres no comen pan, y no 
Leben sino agua. La sal abunda bajo sus plantas, pero el 
impuesto pesa sobre sus cabezas, y la gabela^ la odiosa 
gabela de la edad media no hace mas que cambiar de nombre 
y de vestido. Si se descubre una planta nueva , el tabaco por 
ejemplo, la ley prohibe el cultivo de ella. Este es el caso de 
csclamar con Rouseau : ¡Todo es bueno al salir de las ma- 
nos del Criador; todo degenera entre las manos del hombre! 



(vi) 
Las pobres muchachas de Lyon, cuyos dedos delicado? tejen 
el raso y la gasa , no tienen camisas; los obreros que decoran 
con sus tapicerías raagaíficas nuestros palacios y nuestros tem- 
plos, no tienen ni aun zuecos. 

No, no es esta la última idea de la providencia, porque 
de aquellos que en otro tiempo hubieran sido irremisiblemen- 
te atados al terrazgo, muchos viven hoy dia en el seno de 
la opulencia , y su número aumenta todos los dias. No hay 
un acontecimiento importante en la historia que no concurra á 
este grande resultado. Después de las Cruzadas, las tierras co- 
mienzan á dividirse; el comercio marítimo abre nuevos manan- 
tiales de ganancias; la industria emancipa millares de vasa- 
J]os. Escuchad los clamores de los pueblos: ¿que piden al 
levantar la voz? Las reducciones délos impuestos. ¿Qué que- 
rian los aldeanos enfurecidos de la jaquerie cansados de verse 
diezmados por el hambre, por la lepra y por la desesperación? 
Una distribución mas equitativa de los productos del trabajo. 
Eran mas modestos aun, ellos pedian á los que no trabaja- 
ban que les dejaran al menos vivir con la mas humilde parte 
del fruto de sus sudores. Los primeros que tuvieron esta au- 
dacia perecieron en los lorniíntos, como hubiera sucedido 
en Pvoma si algún escla; o hubiese osado pedir el menor de- 
recho á su seíjor. 

De este modo aparecen al economista todas las lucha i, 
cuyos detalles sangrientos llenan las páginas de I,i historia. 
Seria un grande error suponer que «1 pensamiento verdade- 
ramente religioso del bienestar g«ner.il, haya pasado inad- 
vertido al través de dos mil ailíos de guerras y de esfuerzos 
sostenidos para hacei 1 1 triunfar. Se verá en el curso de esta 
obra, que mas de una vez, la nube que le ocultaba á la vis- 
ta de los pueblos se habia disipado para los gobiernos pri* 



(vil) 
vilígiaclos, encargados de los destinos de la civilización. La 
mayor parte han debido obrar de una manera empírica , y 
sin proclamar sus proyectos , por temor de hacerlos nau- 
fragar; otros han obedecid() sin saberlo á la ley del pro- 
greso que les arrasliaba á pesar suyo; pero jamas ha ha- 
bido escasez completa de hombres de valor para acelerar 
esta grande obra , y he quedado sorprendido mas de una vez 
recorriendo la historia, al ver la osadia y claridad de sus mi- 
ras. Las capitulares de Carlo-magno, las instituciones de San 
Luis, las máximas del gobierno comercial de las repúblicas 
italianas, están enteramente llenas de disposiciones claras y 
precisas, cuyo objeto era el desarrollo de la riqueza pública: 
según las luces y las preocupaciones del tiempo sin duda, pero 
con las intenciones mas generosas y mas elevadas. En el 
seno de las asambleas privadas y públicas que consagraban 
sus discusiones á ios negocios públicos, fueron frecuente- 
mente espresadas ideas notables: he aprovechado la ocasión de 
citar fragmentos muy curiosos de estas opiniones científicas 
Si estas producciones no son mas conocidas, es porque hasta 
nuestros dias los lectores han preferido la narración de los 
hechos á el análisis severo de las causas que los han acar- 
reado. Por otra parte estos escritos, examinados aislada- 
mente, no parecen presentar una grande inportancia; 
solamente cuando se los compara entre sí, y se les estu- 
dia con un orden metódico, es cuando representan realmente 
]a serie de las doctrinas económicas adoptadas en cada época 
memorable como reglas de conducta para los gobiernos. 

Alguiía vez, cuando después de largas discordias los dos 
principios de la explotación y de la libertad parecen casi su- 
cumbir el uno ante el otro, y se hacen por decirlo asi la últi- 
ma intimación , el problema social aparece en toda su sen- 



(vm) 
cíllez, tal como nueslros padres le fijaron en la famosa no- 
che del 4- de Agosto de 1789; tal como le habían presenta- 
do ya á Carlos V, las comunidades de España sublevadas 
con Padilla; tal en fm como tiende á establecerse ante los 
comunes de Inglaterra desde la reforma de i832. Todas las 
teorías de la Economía política se reducen entonces á cortas 
máximas, que la reasumen claramente á los ojos de los pue- 
Llos: libertad de trabajar, libertad de usar de su trabajo. 
La reforma protestante, la insurrección de los Paises-Bajos 
contra Felipe II, la emancipación de las colonias america-s 
ñas del Norte y del Sur, las guerras civiles y las guerras 
estrangeras, no son sino síntomas de este movimiento irre- 
sistible que arrastra á la bumanidad. He creido que valia 
mas seiídilar con exactitud las principales fases económicas, 
que descuidar la historia europea entera y hacer comenzar- 
casi con nuestro siglo una Ciencia tan antigua como las sori 
eJedades. 

Esta marcha me hubiese sido prescrita por un sentí- 
Biiento de equidad , aun cuando la naturaleza de mi asunto 
no me la hubiese hecho un deber. Es un error creer que, aun 
no teniendo en cuenta los sistemas ensayados por los gobier- 
nos, la Economía política feche solamente de la segunda mitad 
del siglo XVÍIL Mas de 200 años antes, la Italia había visto 
aparecer tratados muy notables sobre una multitud de asun- 
tos especiales que dependen de aquella. Las repúblicas de Ve- 
Bccia, de Genova y Florencia, sabian demasiado bien como 
se multiplican las riquezas para no haber dejado buenos 
ejemplos que seguir y buenos libros que consultar. Mu- 
chas relaciones de sus Duk y de sus Podestás podrian ca- 
minar á la par con los mensages may completos de los pre- 
sidentes americanos. Yo he citado un discurso del Dux 



Mocénigo lleno Je maKÍmas económicas las mas pruclentes 
y un presupuesto de Florencia mas claro y mas circunstan- 
ciado en su brevedad que lo son los nuestros con sus indes- 
clfraLles columnas. Y el sistema de Law, que nuestros autores 
afectan arrojar á los tiempos fabulosos de la Economía política 
¿que' era pues, sino la aurora aun Incierta y dudosa del cré- 
dito público y privado, tal como se descubre en nuestros 
dias? ¡Qué, las hermosas reformas rentísticas de Sully, 
los ensayos atrevidos de Colbert, la famosa acta de navega- 
ción de los ingleses , quedarán incógnitos, con la revolución 
causada por las cruzadas, con las vastas operaciones de los ju- 
díos, con el trastorno monetario que se siguió al descubri- 
miento del nuevo mundo! 

Si el estudio de las causas que han apagado d desarro- 
llado el progreso de la riqueza pública no fuese otra cosa mas 
que un simple asunto de aritmética, no seria quizá indispen- 
sable remontarnos tan alto ; yo no hubiera contado para 
nada el advenimiento del cristianismo, y me limitaría á una 
sencilla esposicíon de las bellas disertaciones de los econo- 
mistas sobre el valor y la utilidad. Pero porque he creído 
ver en la Economía políticíca una Ciencia verdaderamente 
social, mas bien que una teoría de rentas, es por lo que yo 
he querido mostrar, hasta donde la vista del hombre ' 
puede estenderse, el hilo providencial que dirige á los pueblos 
en el cumplimiento de su destino. Creo firmemente que algún 
día no habrá ya Parias en el banquete de la vida y yo de- 
duzco esta esperanza de el estudio de la historia que nos 
muestra las generaciones marchando de conquista en conquis- 
ta por la carrera de la civilización. Por el camino que se ha 
andado juzgo el que debe andarse aun , y cuando yo veo el 
trabajo libre de los presidios romanos refugiarse á la scrvi* 



(x) 

dumlire feudal, después organizarse en corporaciones y lan- 
zarse al través de los mares sobre las alas del Comercio, 
para descansar en fin, á la sombra de las libertades políticas, 
sienta que hay en la Ciencia económica otra cosa mas que 
cuestiones de palabras, y espero que se me perdonará haber 
trazado con ligeros rasgos la historia de su marcha al través 
de las naciones y de los siglos. 

El primer volumen contiene esta esposicion desde los an- 
tiguos hasta el ministerio Colbert Mas de una vez, al trazar- 
le , he esperimentado pesar por haber circunscrito mi asunto 
á los límites que me habia impuesto. Los materiales que te- 
nia en la mano eran inmensos, la mayor parte inéditos 
aunque estractados de obras muy conocidas. Su sola coloca- 
ción en orden formaría una monografía econo'mica suma- 
mente curiosa y mas de un lector instruido quedaría muy ad- 
mirado al hallar en los documentos harto largo tiempo descui- 
dados, una mina inagotable de estudios y de meditaciones. 
No es esto lo que se busca habitualmente entre los his- 
toriadores, y la mayor parte de ellos han conocido tanto 
en todas las épocas la indiferencia del público respeto á 
los hechos de este ge'nero que han sido muy sobrios de 
ellos, y que es preciso deducirlos por inducción, según han 
temido recargar sus anales. Los ejércitos y las cortes ocupan 
el primer plano ; la especie humana , aquella que no mata ni 
roba , apenas figura en segundo lugar en una lontonanza tan 
oscura que casi no se sábelo que ha sido de ella durante 
treinta siglos. : 

Es preciso escusar á los escritores de Economía política 
haber participado con respecto á esto de la indiferencia, d si 
se quiere, de la ingratitud general. Fechan casi todos del siglo 
XVIIÍ porque es aquel en que por la primera vez la huma- 



(XI) 

nídad ha pedido positivamente cuentas y redactado en te'r- 
mínos claros el programa del porvenir. Pero en verdad, esta 
Ciencia no ha salido ya armada del cerebro de los econo- 
mistas de aquel siglo. Yo no quiero citar para prueba de 
ello mas que sus tanteos, sus dispulas, y sus ensayos azaro- 
sos. Estaba reservado á sus sucesores de la escuela inglesa 
echar las verdaderas bases del edificio econo'mico y preparar 
las vias á la reforma que se debe concluir en nuestros dias- 
La historia de este periodo, tan rico en producciones para 
siempre ce'lebres en los anales de la Ciencia , es la que for- 
ma la segunda parte de mi libro. Se comprende los esfuerzos 
que he debido hacer para estrecharme y para no traspasar las 
proporciones necesarias á la unidad de mi narración. Em- 
pleo esta palabra con intención, á fin de justificarme de una 
reconvención en que temo haber incurrido por parte de al- 
gunos espíritus exigentes. Tenia dos caminos que tomar: yo 
podía seguir el carril acostumbrado, desenvolver los discursos 
preliminares de J. B. Say, de Mr. Sismondi , de Mr. Mac- 
Culloc sobre la marcha de la Economía política desde Ques- 
nay, añadiendo algunas palabras de buena crianza para los 
siglos que preceden; o' bien debia tomar las cosas de mas 
alto y unir la Economía política á la historia general, señalan- 
do su influencia recíproca desde los antiguos baste nuestros 
dias. 

El lector juzgará sí este último partido que he tomado» 
ha sido el mejor. Colocándome en este punió de vista estaba 
dispensado de lanzarme en las discusiones de doctrinas, en la 
controversia, y por consecuencia en dilaciones interminables. 
Yo recorro la historia toda sin parar, detenic'ndome solamente 
en las épocas de grande influencia sobre los progresos de las 
riquezas y de la civilización. Yo muestro el trabajo encontran- 



(xn) 
do siempre un refugio sea en un pais, sea en otro, y prepa- 
rando por todas partes la riqueza para ausiliar la libertad. 
Ensayó en fm, enlazar mas lo presente á lo pasado, en lu- 
gar de tratar la Ciencia como una híbrida fecundada al soplo 
del siglo XVíII, prolem siiie matre creata. Yo he querido 
dar abuelos á esta hermosa Ciencia que se ocupa de la felici- 
dad del ge'neró humano y que tienen en dcpo'sito los medios 
de procurarse la dosis compatible con los achaques de nues- 
tra naturaleza y las exigencias de nuestro estado social. Al 
ver con que lentitud llegan las reformas y apreciando en su 
justo valor los obstáculos que han encontrado , los mas ardien- 
tes rcf(»rmadores de nuestra época aprenderán á moderar su 
impaciencia y á no pedir al tiempo en que vivimos mas que 
&\x parte de concurso para el movimiento que nos arras- 
tra. He dicho respecto á esto todo lo que nuestras conquistas 
pasadas nos permiten esperar en el mas próximo porvenir. 
Yo no he creado ningún sistema: confieso ingenuamente que 
no tengo en mi cartera un plan de regeneración y de prospe- 
ridad universales. Yo he referido lo que han hecho nuestros 
mayores y lo que se han propuesto nuestros predecesores para 
efectuar la parte realizable de esta generosa utopia. Algún dia 
sin duda, ampliare' mi libro si obtengo para este primer en- 
sayo el solo éxito que ambiciono, que es el de popularizar la 
Ciencia económica, mostrando que se hallan los elementos de 
ella en la historia de los pueblos así como en los escritos de 
los economistas. 

He terminado mi trabajo por una bibliografía crítica 
de las obras de Economía poh'tica las mas importantes que 
se han publicado en todas las lenguas europeas. Este catálo- 
go seguramente está lejos de ser completo; pero es el mas es- 
tenso que ha salido á luz hasta este dia , y puede servir de 



(xm) 
Lase á una biblioteca especial bastante importante. He leido y 
anotado la mayor parte de los escritos de los que he dado los 
títulos y analizado la sustancia, de manera, que los amigos 
de la Ciencia sabrán en adelante cual es el espíritu de un 
autor, antes de comprometerse en lectura. Se creerá fácilmente 
que esta parle de mi tarca no es la menos dura; pero espe- 
ro haber de este modo rehabilitado á mas de un economista 
ignorado, y hecho conocer á nuestros conciudadanos un ma- 
nantial fecundo de indagaciones e' informaciones. Esle senci- 
llo catálogo bastará el solo para manifestar que la Ciencia 
es mas antigua que se piensa, y que era ya mayor de edad 
cuando se la creía aun en la cuna. He vacilado un momen- 
to si comprendería en mi nomenclatura los escritores vivien- 
tes, y sobre todo si podría permitirme caracterizar impar- 
cíalmente sus obras; pero su ausencia hubiera tenido mas in- 
convenientes que azares puede acarrearme mi propio juicio, 
y me he determinado á hablar de estos contemporáneos como 
si hubiesen muerto , sin cesar por esto de desear que vivan 
por largo tiempo. 

Una razón importante ha motivado sobre todo mi deter- 
minación. La mayor parte de los economistas existentes, sal- 
vo algunas excepciones, forman una nueva escuela, tan dis- 
tante de las utopias de Quesnay como del rigorismo de Mal- 
thus, y veo con satisfacción fdostífica y patriótica que esta es- 
cuela ha nacido en Francia y que se compone casi enteramen- 
te de fi-anceses. Ella es la que trazará la marcha de la Econo- 
mía política durante el siglo XIX. Ella no qui;re ya consi- 
derar la producción como una abstracción independiente de 
la suerte de los trabajadores ; no basta que la riqueza sea 
creada, sino que sea equitativamente distribuida. A sus ojos, 
los hombres son realmente iguales ante la ley como ante el 



(xiv) 
Eterno, Los pobres no son un testo de declamaciones, sino una 
porción de la gran familia, digna de la mas alta solicitud- 
Ella toma el mundo tal como es y saLe detenerse en los 
límites de lo posible; pero su miislon es agrandar cada dia 
el círculo de los convidados á los goces legítimos de la vida- 
Digo que esta escuela es eminentemente francesa y me glorío 
de ello por mí país. 

Se'ame permitido, al concluir , hacerla este Komenage que 
no será disputado por nadie, puesto que resulta de la simple 
esposlcion de sus títulos. Ve'd los libros que la debemos des- 
de una veintena de años: los miei^os principios de Economía 
política, de Mr. Sismondi; el tratado de Mr. Destutt de Tra- 
cy, este hombre de valor, sublime á fuerza de sensatez y pro- 
bidad ; el libro escelente de Mr. Duchátel sobre la Caridad; 
el nuevo tratado de Economía social de Mr. Danoyer tan 
profundamente empapado en razón y en fdantropía; el tra- 
tado de Legislación de Mr. Ch. Comte que ha dado el últi- 
mo golpe á la esclavitud colonial ; Economía política cris- 
tiana de Mr. el Vizconde de Villeneuve Bargemont, que fia 
señalado de una manera tan nueva y tan notable la llaga de! 
pauperismo en Europa; La escuela política de Mr. Droz, 
que ha hecho de la Ciencia un ausiliar de la moral y el En- 
sayo sobre el espirita de asociación^ por Mr. Delaborde, á 
que tenemos la dicha de acudir hoy dia en medio del deso'r- 
den que nace de la concurrencia ilimitada. Estas obras han 
modificado ya poderosamente las teorías austeras de Malthus y 
las formulas algebraicas de Ricardo, Independientes por la for- 
ma y frecuentemente por la elección del asunto, ellas se enlazan- 
sin embargo por medio de un pensamiento común, que es el bien^ 
estar general de los hombres sin distinción de nacionalidad, 

1^0 he desconocido tampoco los servicios prestados á la 



(XT) 

Ciencia y á la humaniclacl por la escuela sansimoniana en la 
época en que la cordura de sus fundadores liaLía sabido pre- 
servarla de la invasión del misticismo y de las utopias. Esta 
escuela ha sembrado en Europa los ge'rmenes de una refor- 
ma que brota por todas partes; ella lia revindlcado los de- 
rechos de la clase artesana, y los ha defendido con un talento 
y una convicción que'há debido hacer impresión aun en sus 
msRí> ardientes adversarios. Los Sansimonianos han podido 
frecuentemente engañarse , como los economistas del siglo 
XVIII, con los cuales tienen mas de un punto de semejanza; 
pero sea lo que quiera lo que se haya dicho de sus intencio- 
nes y de su moralidad, eran ante todo hombres de valor y 
de probidad. La misma Inglaterra que los habia ridiculizado, 
los imita, y las nuevas obras de Economía política publi- 
cadas en este pais, están todas impregnadas de sus ideas 
reformadoras. Es la escuela sansimoniaua la que ha marca- 
do con mas energía los trabajos de las clases laboriosas, y si 
el gran problema del alivio de estas numerosas poblaciones 
no está aun resuelto, ha quedado al menos al orden del dia 
de todos los pueblos civilizados. 

De aqui en adelante es sobre este terreno sobre el que 
deben decidirse todas las cuestiones de Economía política. El 
verdadero fin de la Ciencia es llamar en adelante al mayor 
número de homl)res posible, á la participación de los bene- 
ficios de la civilización. Las palabras división del trabajo^ 
capitales, bancos, asociaciones , libertad comercial no tienen 
otra significación. Tal es, á lo menos la tendencia de la escue- 
la moderna á la que me glorío de pertenecer y bajo cuyos 
auspicios aparece la obra que ofrezco hoy dia al público. Sr 
algunos espíritus concienzudos se admirasen que haya podido 
encerrar en dos volúmenes la historia de una Ciencia tan ira- 



(xvij 
poetante y tan vasta como la Economía política , les respon- 
deré coa uno de sus mas ilustres fundadores ( i ) "ia historia 
de una Ciencia no se parece á una narración de aconte^ 
cimienlos. Ella no puede ser mas que la esposiciou de las ten- 
tativas mas ó menos dichosas que se han hecho en diversas 
ocasiones y en muchos sitios diferentes, para recoger y sóli- 
damente estahlecer las verdades de que se compone. Ella lle- 
ga á ser mas y mas corta á medida que la Ciencia se perfec- 
ciona." 



( 1 ) J. B. Say, curso completo de Economía política, tomo 6. ® 
párrafo 35 a. 



DE 

LA E€€)MefflA FDLraiCA^. 

CAPITULO PRIMERO. 

La Economía Política es mas antigua de lo que se ci ee. — Los grie- 
gos y los romanos la conocieron. — Analogía que presenta con la ele 
nuestro tiempo. — Diferencias que las distinguen.— Modificaciones 
sucesivas que esta ciencia ha cufrido en su marcha. — Ojeada so- 
bre la materia. 

Es un hermoso espectáculo, y bien digno de meditarse, el de los 
esfuerzos intentados, en las dil'erentcs edades del mnndo, para me- 
orar la condicijn física y moral del hombre. Cada siglo trae su 
ributo de fanatismo á esta grande creencia, que cuenta entre sus 
mártires naciones y reyes. Jamas la humanidad descansa; una cs- 
periencia sucede sin cesar á otra, y marchamos al través de revo- 
luciones, acia destinos desconocidos. Cnando se estudia con cui- 
dado la historia de lo pasado, se percibe que este movimiento vie- 
ne de lejos, que ha empujado á nuestros padres y que nos arras- 
Ira con nuestros hijos. Algunas veces los pueblos parecen obede- 
cerle ciegamente, como cuando la Europa fue invadida por los 
bárbaros; lo mas frecuente es ceder á él con una idea confusa de 
las leyes eternas que le rigen. Asi se esplican los innumerables en- 
sayos de gobierno, que se ven no obstante girar sin cesar al re- 
dedor de un corto número de principios inmutables , tales como la 
seguridad de las personas y el respeto á la propiedad. 

La historia de la Economía Política no puede pues ser mas que el 
resumen de los csperimentos que se han hechopor los pueblos civi- 
lizados para mejorar la suerte de la especie humana. Los antiguos 
no son en esta carrera tan inferiores á los modernos como nmchos 
autores suponen, asignando comunmente, y con notable equivo- 
cación , á la ciencia económica un origen tan reciente conio es I"» 
segunda mitad del siglo XV"III. ¿ Quie'n no conoce las iusiitucio- 
nes de Esparla y de Atenas^y las mignííicas obras de la adminis- 



traclon romana ? Nos parece difícil pasar en silencio la Economía 
Política de aquellos tiempos, sobre todo cuando se encuentra en 
ella el origen de casi todas las instituciones que nos gobiernan y de 
los sistemas que nos dividen. A la verdad, había en las leyes de 
Licurgo mas sansimonismo de lo que se cree , y las querellas de 
los patricios y de los plebeyos no han sido mas vivas en París en 
la época del terror, que lo fueron en Roma durante las proscrip- 
ciones de Sila. Y todavia hay semejanzas macho mas sorprenden- 
tes entre la insurrección de los obreros de Lyon y la retirada del 
pueblo romano al Monte Sacro. Cuantas veces, desde Menemnio 
Agrippa acá, ha sido necesario repetirá las poblaciones sublevadas 
la apología famosa de los miembros y de el estómago? 

Separando de la historia de la Economía Política todo lo que 
tiene relación con los antiguos , los economistas modernos se han 
privado voluntariamente de un manantial fecundo de observacio- 
nes y de comparaciones. Han despreciado veinte siglos de espe- 
riencias ejecutadas con la mayor osadía en una vasta escala por 
los pueblos mas ingeniosos y mas civilizados de la antigüedad: han 
desconocido la historia, que ha recogido cuidadosamente las mas 
mínimas trazas de estos esperimentos que repetimos hoy día , de- 
masiado frecuentemente con menos habilidad y necesidad que los 
griegos y los romanos. Esta preocupación de los economistas se de- 
be á que los antiguos no han dejado ninguna obra especial que rea- 
sama sus conocimientos sobre la ciencia económica; pero si estos 
conocimientos no han sido consignados en un libro, se encuentran 
en sus instituciones, en sus monumentos, en su jurisprudencia. 
Las paradas de caballos establecid3S desde Roma hasta York, el 
esmero particular de los romanos en la conservación de los ca- 
minos y de los acueductos atestiguan en el mas alto grado su inte- 
ligencia en las principales necesidades de la civilización. La legis- 
lación de las colonias griegas valia algo mas que la de las colonias 
espafíolas de la Ame'rica. 

Esparta, Atenas, Roma, han tenido su Economía Política co- 
mo la Francia é Inglaterra tienen la suya. La usura, los impues- 
tos exagerados, las tarifas, los arrendamientos exorbitantes, lain- 
suficienciade los salarios, la mendicidad, han afligido tanto á las an- 
tiguas sociedades comoá las modernas, y nuestros antepasados no han 
hecho menos esfuerzos que nosotros para librarse de estas plagas. 



Groseramente se etigañaria el qae creyess que no han refle- 
xionado jamas sobre las dificultades de las reformas cuya necesidad 
conocian: cada página de su historia nos ofrece una prueba de 
ello , y nosotros no dudamos que la gran insurrección de los escla- 
vos capitaneada por Espartaco hiciese pasar muy malas noches á 
los economistas de aquel tiempo. Si los historiadores no nos han 
dado parte de sus angustias , es porque en Roma no se osaba ha- 
blar de esta llaga secreta que minaba la república y que avergon- 
zaba á los mas ilustres ciudadanos. Cuando mas adelante los em- 
peradores acordaron distribuir víveres á los habitantes de la ciu- 
dad Eterna, ¿no hacian uso de la Economía Política como los frai- 
les en España á la puerta de sus conventos? ¿Hay mucha dife- 
riencia entre las máximas de los atenienses que prohibian la salida 
de los higos, á la de los franceses que prohibian no ha mucho la se- 
da y los alamares? Todo lo que se puede decir, es que los griegos 
no han hallado, como nosotros, autores para apoyar estos absurdos 
con sofismas; pero esto no nos da derecho para despreciarlos. 

Cuando se estudia con atención la legislación rentística de los 
griegos y romanos, no se puede menos de reconocer que las mas 
graves cuestiones de Economía Política han llamado en todo tiem- 
po la atención de estos pueblos. Basta ver con que solicitud vela- 
ron sobre sus relaciones internacionales, sobre el estado civil de los 
estrangeros, sobre la naturaleza y los efectos de los impuestos, so- 
bre el fomento de la agricultura, y sobre el régimen de la navega- 
ción. Tendré ocasión de citar en el curso de esta obra pruebas ir- 
recusables de su perfecta inteligencia en estas materias. Ni aun los 
fenómenos mas complicados de la distribución del trabajo han po- 
dido escapar de sus indagaciones y se halla en el 2.° libro de la Re~- 
pública (le Platón un análisis que honraria al mas sabio discípu- 
lo de Adán Smith. El Económico de Xenofonte, hasta el día mal 
estudiado, encierra resúmenes hechos con suma claridad, y no 
conocemos mejor definición de la moneda que la que nos ha dado 
Aristóteles en el primer libro de su Política (i). 

Se engañaría no ol)stante el que considerase los ensayos in- 
tentados por los gobiernos, ó preconizados por los escritores de 
la Grecia y de liorna, como el resultado de un sistema econó- 
mico concebido en virtud de datos verdaderamente científicos , ó 

(1) PoUlicaile^Arislólele» , lib. í. o cap. 6 y 7y 



inspirado por ana clevnda filosofía. Los griegos y los romanos des- 
preciaban cl trabajo y deshonraban la industria como ana ocupa- 
ción indigna del hombre libre. La esclavitud aparece en cada pá- 
gina de su historia para desmentir á los escritos de sus filósofos y 
a !as teorias de sus economistas. ¿Pero no se encuentran en nues- 
tra historia contradictones tan chocantes? Estudiándolas en losan- 
ligtios donde podemos juzgarlas con mas imparcialidad, es fácil re- 
conocer entre nosotros el peligro ó la inutilidad de una multitud 
de tentativas, que aunque parezcan nuevas, no son sino renovadas 
de los griegos y romanos. 

Los antiguos han ensayado de todo, y nosotros les aseme- 
jamos en demasiados particulares para descuidar su Econo- 
mía P.dítica. vVtenas tenia sus Ilotas como la edad media ha te- 
nido sus siervos, y nuestras colonias sus esclavos. Algunos esta- 
dos modernos tienen todavía sus castas proscritas, tales como la» 
de los judíos en Suiaa, Prusia y Polonia: pero lo que distingue 
princip límenle la Economía Política de los antiguos dé la de los 
modernos, es la libertad del trabajo y el uso del crédito. Todo ha 
cambiado al rededor nuestro desde la invención de la imprenta, 
de la brújula y de la pólvora. Conocemos y beneficiamos, en pro- 
porciones colosales , las primeras materias que eran desconocidas 
á nuestros antepasados. El algodón, el hierro, los vinos, la alia, 
el vapor han llegado á ser para nosotros recursos inagotables. Tres 
ó cuatro plantas, la patata, la remolacha, la cana dulce y el té, 
suministran alimento á millones de hombres, y cargamentos a 
iTiillares de navios. Los antiguos vivían de la conquista, es decir, 
del trabajo de ofro; nosotros vivimos de la industria y del comer- 
cio, es decir, de nuestro propio trabajo. 

El carácter distintivo de la Economía Política griega y roma- 
na es la esclavitud; la tendencia irresistible de la nuestra, es la 
libertad. Veremos como la influencia del cristianismo ha contri- 
huido á darla esta dirección, interrumpida ya por la invasión de 
los bárbaros, ya por el finatismo religioso; pero ningún obstácu- 
lo ha pT lido detenerla en su marcha. La SL^rvidumbre feudal ha te- 
nido por contrapeso las corporaciones gremiales que eran ya un 
progreso, puesto que desarrollaron el espíritu de asociación; las cor- 
poraciones á su vez han desaparecido ante la emancipación de la 
inlustría. Guia paso ha librado 'á el hombre ^e una esclavitud y 



(5) 

le ha remunerado con un producto úlll; de suerte que se puede 
decir que la liberlad no ha aparecido jamas sin traer consigo algún 
beneficio. Los griegos y romanos qae oprimieron la humanidacl 
Lajo apariencias engañosas, carecian de ropas blancas y no lenian 
vidrieras en sus casas; nosotros mismos no hemos empezado á 
gozar de algana comodidad en la vida material sino después de la 
conquista de la liberlad. 

Para apreciar en su justo valor estas diferencias radicales y 
también la semejanza de la Economía Política de los antiguos con 
la nuestra, es preciso estudiar á la vez sus instituciones y sus es- 
critos, es decir: los hechos y las doctrinas de su época. He prefe- 
rido para este estudio, respecto á Grecia, el momento de mayor 
prosperidad en Atenas, y en Roma los primeros siglos del Im- 
perio En efecto es Atenas quien representa mejor la civilización 
griega; y l\oma imperial, la civiüzicion romana. Las institucio- 
nes y los escritos de estas c'pocas memorables han ejercido sobre 
el mundo contemporáneo una inQuencia inmensa que se ha esten- 
dido hasta la posteridad de la que somos representantes. Las le- 
yes romanas deciden aun en muchas ocasiones las mas graves 
cnestiones de nuestro estado civil, presiden á nuestros matrimo- 
nios, arreglan nuestras herencias y gobiernan nuestras propieda- 
des. Las aduanas existían en Roma antes del reinado de TNÍeroii 
y los atenienses han conocido los empréstitos públicos. Sabian 
muy bien las riquezas que se pueden sacar del comercio; presta- 
ban á todo riesgo y en todo tiempo dieron macha atención á la 
esplotacion de sus minas. Frecuentemente leyendo su historia se 
cree leer la nuestra. ¡Tanto se parecen los hechos , y tan cierto es 
que la humanidad se agita en una esfera de pasiones y de necesi- 
dades análogas! 

A la caida del mundo romano, se verifica una revolución 
profunda en la marclia de la Economía Política. La esclavitud 
toma una forma nueva, modificándose sin sentir por la influencia 
del cristianismo; las ideas de igualdad empiezan á difundirse. AI 
desprecio afectado de las riquezas suceden los primeros elementos 
d^ adquirirlas. Algunos grandes soberanos dan ejemplo de orden y 
de Lcouoinia: Cario maguo manda vender en el mercado los hue- 
cos de sus gallinas, y las leguuibres de sus jardines .(i) Los con- 
(1} -Véase el Capíiular de Villis arl. 39ídicion Je Baluze. 



(6) 

qu istadorcs se convierten en conservadores y es fácil hallar en las 
Capitulares el germen de las ideas naevas que van reemplazando 
á la decrépita política romana. Las cruzadas ejercen mas tarde su 
influencia, haciendo la fortuna de las ciudades marítimas de Ita- 
lia , que llegan á ser el refugio de la civilización contra la bar- 
barie de la edad media. La propiedad de las tierras concentrada 
hasta entonces en manos de los señores, se divide en manos de los 
ciudadanos que la compran á los guerreros que pelean en la Tier- 
ra Santa. El contacto con el Oriente inspira gustos nuevos, crea 
necesidades de lujo que la industria de las repúblicas italianas se 
apresura á satisfacer: hasta los errores de la e'poca concurren á la 
obra continua del progreso, y los judios perseguidos crean la cien- 
cia del crédito y del cambio. San Luis aparece y organiza la in- 
dustria. Los oficios se dividen en cofradías y se ponen bajo la pro- 
tección de los santos contra la tirania de los barones. Los coma- 
nes se forman y la clase media, donde se recluta el clero, princi- 
pia contra la aristocracia esta larga lucha que apenas acaba ea 
los grandes dias de 1789. 

Tres grandes acontecimientos, casi contemporáneos , el descu- 
brimiento de la pólvora, el de la imprenta y el del Nuevo mando 
cambian á su vez la faz de Europa y las condiciones de la ri- 
queza pública. Los metales preciosos, hasta entonces tan raros, se 
hacen abundantes ; productos desconocidos circulan mas rápidos 
con las ideas; la fuerza física brutal queda destronada por la pól- 
vora. Yo no puedo comprender como en vista de estos maravillo- 
sos elementos de regeneración social se insista todavia en no fe- 
char la Economía Política mas que de los últimos años del siglo 
XVÍI!. Con todo, entonces es cuando el pauperismo renace con 
la concentración de las fortunas; entonces mismo el grande cisma 
del protestantismo, destruyendo los conventos, hiere con una muer- 
te lenta, pero segura, el principio de los diezmos y la esplotacion 
religiosa del hombre, que habia reemplazado á la militar. ¿"Quién 
osará afirmar qne estas grandes revoluciones no han modificado en 
cierto modo las instituciones económicas de las naciones earopcsb? 

Han sido precisos sin duda machos acontecimientos semejantes 
para determinar á los hombres de estado y á los sabios á re- 
montarse á sus primeras causas, cuyo estudio constituye hoy día 
la ciencia económica. Nuestros padres han usado largo tiempo de 



la Economía Política sin conocer sus principios del mismo modo 
qu'j viven la mayor parte do los liovnbrcs sin estar iniciados en los 
fenómenos fisiológicos de la vida. Colbert solo, entre todos los mi- 
nistros á los que fue dado hacer edictos sobre estas graves materias, 
Colbert solo, parece haber tenido un sistema, como mas tarde Law 
debia tener el suyo , como los economistas del siglo XVIII han pro- 
clamado el suyo. Pero estas sublimes inteligencias no pueden ser con- 
sideradas como el foco primitivo de donde ha salido la ciencia ente- 
ramente hecha. Cuando espongamos las ideas de Platón , de Aris- 
tóteles, de Xenofonte, sobre las cuestiones tan admirablemente 
establecidas por Adán Smith , y tan vivamente controvertidas en 
nuestros dias, será difícil no reconocer que estos genios antiguos 
entrevieron su importancia y prepararon su solución. 

El error general nace sobre todo de los escritores del siglo 
XVIII, que creyeron haber hallado el secreto de la ciencia social, 
porque ellos habian analizado con una sagacidad hasta entonces 
desconocida, algunos fenómenos esenciales de la producción. A- 
brieron el camino á las indagaciones, de una manera nueva y 
atrevida, y pasaron por haber creado la ciencia , porque la habían 
entrevisto al través de un prisma, rodeada de muchas ilusiones. 
Los servicios de la agricultura habian sido demasiado desconoci- 
dos: la escuela de Quesnay les ha vuelto al sitio que debian ocu- 
par en los agentes de la producción. Después de él, Adán Smith, 
ha rehabilitado el trabajo y manifestado las verdaderas causas de 
las riquezas de las naciones: Malthus ha dado un grito de alarma 
á las poblaciones llegadas á ser , según el, demasiado numerosas; 
J. B. Say ha preconizado la libertad del comercio y las ventajas 
de la concurrencia ilimitada, de la que Mr. de Sismondi señaló 
bien pronto en un manifiesto elocuente y paradójico, las funestas 
consecuencias: Ricardo ha colocado osadamente las primeras bases 
del edificio monetario moderno, que no se ha elevado, según sus 
miras, sino por un momento en Ame'rica. 

Tales son las principales causas de la indiferencia general que 
los sabios han mostrado siempre en el estudio de los hechos 
económicos de la antigüedad y de los tiempos posteriores lejanos 
de nosotros. He creido seria útil cegar esta laguna, y esponcr su- 
cintamente y con claridad los esfuerzos de nuestros predecesores en 
la carrera que seguimos. Me limitare a los hechos y á las doctri- 



lias mas características de diferentes épocas que pasarán suce- 
sivamente á nuestra vista. Atenas, Uonia, los bárbaros, el cris- 
tianisiní>, las cruzadas, el renacimiento de las letras, la reforma, 
todo nos ofrecerá épocas llenas de tentativas atrevidas y de doC' 
trinas memorables. Todo se enlaza, todo se encadena en la histo- 
ria j,'eneral del hombre; á vista de la irritación de los ánimos, que 
se manifiesta en los Estados-Unidos contra la emancipación gra- 
dual de los negros, es imposible no recordar las máximas odio- 
sas de los antiguos sobre la esclavitud y desconocer, bajo nom- 
bres diferentes, las mismas preocupaciones. 

CAPITULO II. 

Economía Política entre los gf/egos. — Siis ideas sobre la esclavitud. — 
Administración de sus rentas. — Víi>ian del trabajo de los esclavos 
y de los tributos de los aliados. — Lo que era el Teórico. — De loa 
cldrouf/uias ó países conrpiístados. — Cada ciudadano se conside- 
raba como censatario del estado. — Lo que era preciso ú una fami- 
lia para \.'i\>ir. — De las propiedades públicas. — De las minas. — Da 
la moneda. — El templo de Delfos era un verdadero banco de de" 
pósito, — Cual era en Grecia el interés del dinero. — Valor que s& 
daba á las rmias.^-Costumbres de los atenienses. 

Se leen en el libro i .° capítulo 4 de la Política de Aristóteles estas 
palabras notables: "La ciencia del señor se reduce á saber usar 
de su esclavo; es dueño de él, no porque sea propietario del hom- 
bre, sino porque se sirve de él El esclavo hace parte de la rique- 
za de la familia." Xenofonte (i) propone como medio de renta 
para la república, estancar los esclavos, y alquilarlos al mejor 
pjstor después de marcados en la frente para que no se escapen. 
ToJa la filantropia de los antiguos era aquella, y también una bue- 
na parte de su Economía Política. Es evidente que cuando sus fi- 
lósofos hablan del pueblo, entienden solamente el vecindario do- 
miciliado para el que trabajaban las masas sujetas al yugo mas 
intolerable. Su Irritación era estrema cuantas veces se trataba 
de conceder á un hombre el título de ciudadano, es decir , de h.i- 
rerle pasar del estado de trabajo al de independencia. No había 

(1) Medios do aumeatar las reutas de la Ática ^ cap. XI. 



(9) 
allí nadie, hasta el particular mas modesto, que íio poseyese un es- 
clavo parala conservación de su casa. Las cabezas de familia de 
una mediana fortuna empleaban mucbos en moler el trigo, cocer 
el pan, guisar v hacer los vestidos. Se ocupaban muchos millares 
en talleres en los que Atenas era afamada ; pero generalmente es- 
taban sujetos á los trabajos mas duros: se les embiaba á Iieber 
al rio con los caballos. 

Era solo para un corto número de privilegiados para los que 
las instituciones de la Grecia estaban creadas. Los atenienses no 
mostraban mas simpatía acia los padecimientos de sus esclavos- 
que nuestros fabricantes esperimentan acia los rodajes de sus má- 
quinas. Pero cuando uno se coloca en el punto de vista de este 
cruel estado social, no p lede menos de reconocer en machas dé sus 
combinaciones suma habilidad y profundidad. La administración 
de las rentas era dirigida con un orden y una exactitud notables. 
Todos los impuestos regulares estaban arrendados á empresarios- 
que pagaban el importe al tesoro público, bajo la vigilancia de los' 
veedores. Se habia establecido una distinción saludable entre el 
dominio público propiamente dicho, y los bienes particulares de 
los comunes. El producto de las maltas impuestas por los tribu-^ 
nales, las rentas de los templos, la de las aduanas, eran pagridas á" 
perceptores responsables, que tomaban razón de las sumas recibi- 
das y perseguían á los morosos. Un intendente de rentas públicas, 
verdadero ministro de hacienda, tenia la dirección de todas las 
pagadurias, disponía los gastos y regularizaba estos gastos según 
las existencias. Administraciones particulares existían para la cons- 
trucción de loscaminos, délos navios, y de edificios públicos. Todas 
estas administraciones tenían sus escritorios y por consecuencia sus ' 
dependientes, lo mis frecuentemente elegidos entre los esclavos por 
que se podía darles tormento para obtener sus confesiones. La 
desconfianza popularse llevaba tan lejos que ningún deudor podi.1 
alejarse ni hacer su testamento, hasta que hubiese dado sus 
cuentas á los oficíales públicos establecidos para rcciI)irIos. 

Tolo lo que concernía á la hacienda era sometido al registra 
de la publicidad. Se gravaban en piedra las cuentas dadas, á fin 
de que ca la uno tuviese conocimiento <le ellas y pudiese ccnsarar- 
las. El ticnpo nos ha conservado casi intactas machas inscripcio- 
nes semejantes y aun algunas piedras en las que se halla el cuader- 

2 



(lo) 

no de las cargas de ciertas adjudicaciones, lal como el arrenda- 
miento de las salinas, de la pesca y de los bosques. El devastador 
de Atenas, Lord Elgin, ha traido una de estas piedras que está de- 
positada en el Museo británico. El pueblo se mostraba por otra 
parte implacable contra los prevaricadores y deudores morosos. 
INíada era más peligroso qae ser deudor público. Diez dias después 
de esta declaración pronunciada en juicio se decretaba la prisión; 
el sentenciado quedaba escluido para siempre de los negocios públi- 
cos: sus hijos y nietos quedaban responsables de sus desgracias ó 
de sus culpas. Ninguno podia pedir gracia, ámenos que el favor 
de hablar sobre este asunto no se le concediese por decreto dado 
por. 6.000 votos unánimes. Esta estrema desconfianza en materia 
de hacienda no asombrará á aquellos que conozcan la organización 
social de las repúblicas griegas. 

En Atenas especialmente, el tesoro público era una especie de bol- 
sa coman, no solamente para las necesidades colectivas dt; la po- 
l^lacion, sino también para los gastos de cada particular. Toda 
ciudadano era] censualista del estado, desde la institución del 
Teórico bajo Pericles; verdadero premio de asistencia concedido á 
la desidia patriótica y charlatana, y que degeneró bien pronto ea 
una contribución de pobres. Desde entonces el pueblo ateniense 
quiso ser alimentado y divertido á espensas del tesoro público. 
Hubo festines periódicos, fiestas ruinosas, cuyos ordenadores 
buscaban la popularidad á espensas de la prosperidad real del país. 
De aqui el furor de confisC(aciones y de multas, que se manifestaba 
casi siempre en las asambleas populares y del cual Sócrates , Mil- 
ciades, Temístocles, Arístides, Trasybulo, Cimon y el gran Pe- 
rieles mismo han sido heridos ó amenazados sucesivamente. Estas 
maltas y estas confiscaciones eran impuestas tanto á los mas gran- 
des crímenes, como á las mas ligera? contravenciones. El pueblo, 
era embrollista, porque era codicioso; desterraba con el menor 
pretesto á los ciudadanos honrados , que se hacian conspiradores- 
para volver á su patria, y que la asolaron mas de una vez porque > 
no habia sabido ser justa. 

Los aliados no eran mas que tributarios á quienes se imponía 
contribuciones en cambio de un contingente de soldados entera- 
mente arbitrario. La Caria, laTracia, las riberas del Helesponto, 
Efeso , la isla de Rodas vinieron asi á ser verdaderos feudos grie-' 



gos. Aristófanes contaba mas de i.ooo ciudades sujetas al yugo 
helénico, y proponía graciosamente poner en cada una de ellas 20 
ciudadanos atenienses de apremio. Algunas veces el despotismo 
metropolitano iba mas lejos ; los atenienses se apoderaban bajo 
ridículos pretestos del territorio de sus aliados. Las tierras asi con- 
quistadas tomaban el nombre de Clerouquias: los conquistadores 
hicieron de ellas verdaderas colonias de las que los atenienses do- 
miciliados componian la aristocracia , siempre dependiente del go-* 
bierno central: el padre de Platón era clerouca. Los ciudadanos 
que el estado enviaba á sus colonias recibían habltualmentc ar- 
mas y dinero, y llegaban á ser bien pronto odiosos á las poblacio- 
nes indígenas, que se sublevaron mas de una vez para reconquistar 
su independencia. Todo era pues consecuente en el sistema social de 
los atenienses: se exigia rescate dentro, se exigía rescate fuera; aqui 
por las confiscaciones y las multas, allí por las contribuciones de 
guerra ó por los monopolios. Nadie pensaba en los recursos que se 
pueden hjillar en el trabajo. El furor del Teórico hacia inventar 
cada dia espedientes nuevos para bacer frente al consumo de estos 
discursistas exigentes, que deliberaban eternamente sin producir 
jamas nada. 

fio obstante, si el sentimiento exagerado Je su superioridad cí- 
TÍca no hubiese desviado á los atenienses de las vias regulares de 
la producción , ellos hubieran quizá resuelto el gran problema de 
Ja repartición general de los productos del trabajo. Todas sus ins- 
tituciones tenían por objeto hacer participar á los ciudadanos de 
los beneficios de la asociación; pero excluían á los esclavos, que 
formaban cerca de las tres cuartas partes de la población. El estado 
pagaba médicos públicos (Hipócrates lo fue en Atenas), profesores, 
artistas encargados del ornato de los monumentos de los que cada 
ciudadano se consideraba comocoo-propletario: las funciones de no- 
tario y de procurador, que han llegado á ser entre nosotros un 
manantial inagotable de exacciones muy onerosas pnra las fami- 
lias, estaban asalariadas por el estado. La enseñanza era libre. Los 
hijos de los soldulos injertos en campaiii recibían su educación á 
expensas del tesoro público, y los huérfanos hallaban en la solici- 
tud de los magistrados una protección enfcramente paternal. De- 
móatcncs comenzó su reputación de orador litigando con sus tuto- 
res, contra quienes ganó so primer pleito. Los atenienses tenían el 



principio gonei'al ríe qne ningun ciudaflano debía padecer necesi- 
dad y conrcdian socorros á aquellos que sus achaques corporales ha- 
cían incapaces de pros'^eer á sa subsistencia. l*ero esta liberalidad 
de que usaban acia sí mismos, produjo bien pronto sus conse- 
cuencias naturales, maUiplícando escesivamente el núoierode ocio- 
sos ó de imprevisores, y cuando las desgracias de la guerra del 
Pclopouesa agotáronlos recursos del impuesto, b miseria se mostrá 
con tolos sus horrores. Fue preciso esta ¡jlecer uní verdaleri con- 
tribución de pobres, euyo importe ha discalido con su acostumbra- 
da claridad el profesor Boeckh , en su cscelcnte obra sobre la Eco- 
mmia ¡joUlica de los atcnionses (i) Al mismo tiempo el espíritu de 
asociación les ayudaba á luchar contra la escasez del tesoro. Mu- 
chos particulares se reunieron en una sociedad llamada Eranoscon. 
la condición de poner una cantidad que era repartida según las 
necesidades de cada uno. Esta sociedad llevaba el nombre de co- 
mnldad de los eranistas y el gefe se llamaba Eránarca. 

A este hábito anti-econóinico de vivir casi siempre á espensas 
del tesoro público han debido los griegos la perdida de su liber- 
tad y el poco desarrollo de su pider iaiastrial. Habiendo to- 
mado un carácter pericídico las disíribucicnes públicas, todos los 
ambiciosos que aspiraban á la popularidad , compraron el afecto 
de la muchedumbre con liberalidades que agotaban el estado, sia 
enriquecer á los donatarios. Platón observa con justicia que este 
fatal sistema habia hecho á los atenienses perezosos, codiciosos, in- 
trigantes e' inconstantes. Pericles, que fue autor de este abuso na 
se hacia ilusión sobre sus inconvenientes, pero como le era nece- 
sario para conservar su poder , persistió en él. De aqui nacieroa 
los manejos perpetuos de los oradores que tenian intere's en ada- 
lar á este soberano de 20.000 cabezas que se llamaba pueblo, y 
cuya codicia no podia ser saciada sino con impuestos enormes so- 
bre los ricos ó por confiscaciones. Los demagogos llevaron esto al 
punto de declarar públicamente en sus arengas que sino se con- 
denaba á tal ó cual ciudadano, seria imposible atender el mante- 
nimiento del pueblo. Los ricos amenazados se suicidaban algunas 
veces para conjurar la tempestad; entonces se hacia on reparti- 
miento estraordinario en el que todos los descontentos tenian par- 
te. De este modo dio principio el Teo'r/co , y Dcmades osó decir en 

(1) Tomo I. capítulo XVII. 



Ci3) 

alta voz que las distribuciones en dinero eran el cimiento de lade- 

rnocracia. ¿Y no se ve después de 2.000 años de distancia reno- 
vado el mismo sistema de los griegos en el salario de 4-0 sueldos, por 
dia , señalado en lygS á los seccionarlos de Paris? 

Todo estaba calculado entre los griegos para asegurar los sa- 
larios á cada clase de ciudadanos. Los oradores se bacian pagar por 
hablar, y el pacblo por oírlos; los jaeces, verdaderos jurados, no 
eran tampoco olvidados Sea por política , sea mas bien para ase- 
gurar empleos á las notabilidades populares, se acreditaban en ca- 
da potencia, dos, tres y hasta diez embajadores á la vez. Varios 
pregoneros y ciertos copiantes de los decretos del pueblo se hacían 
alimentar en el Pritaneo, en el que sin duda también el estado les 
daba habitaciones. Habia músicos y poetas pagados; en ún la multi- 
tud de asalariados era tan grande, que fue preciso establecer re- 
glas severas contra la acumulación, esta lepra de nuestra hacienda 
moderna. Es fácil formar una idea de la enormidad de los im- 
puestos que exigía el pago de todos estos salarios , cuando se sepa 
que la mas pobre familia de cuatro personas no podía vivir con 
menos de una renta equivalente á 4oo frs. de nuestra moneda, si 
no se contentaba únicamente con pan y agua: serian preciso pues 
recursos mucho mas considerables para vivir decentemente. Ade- 
mas, la piedad de los griegos ácit los muertos les llebava frecuen- 
temente á hacer grandes gastos páralos funerales, y páralos sepul- 
cros; empleaban una cantidad notable de riqueza en muebles, ves- 
tidos y joyas: la mayor parte de las buenas casas no encerraban 
solamente los objetos necesarios para los usos ordinarios de la vi- 
da, sino generalmente los instrumentos indispensables al ejercicio 
de muchos oficios, tales como el del tejido y la panadería, ejercido 
en el domicilio por los esclavos. Jja vanidad condujo al lujo de los 
vasos preciosos de oro y de plata, y se multiplicaron de tal mo- 
do que, para suministrarlos á los que no podían pagarlos, fue- 
ron obligados á fabricarlos de un espesor que no escedia al de la 
epidermis. Ahora bien si se considera que liabia cerca de 1 0.000 
ca.sas en Atenas , independientemente de las constracíones de los 
puertos, villas y aldeas, y al rededor de 36o.ooo esclavos, se podrá 
formar una idea de la rlqieza acumulada en esta república, y por 
analogía, del poder relativo de las otras repúblicas griegas. 

Se pregunta, todavía con sorpresa, como los atenienses habían 



(I4) 

llegado á pagar estos emolumentos universales distribuidos á las 
diferentes clases de ciudadanos. En el principio, los templos y los 
sacerdotes eran mantenidos enmediode los terrenos sagrados, con los 
diezmos territoriales y con los sacrificios (i): los magistrados del 
orden judicial recibian sus derechos en especie. Mas adelante, cuan- 
do Solón dividió al pueblo en cuatro clases según su grado de for- 
tuna, á cada una se la impuso una contribución tomando por ba- 
se el capital que se suponia disfrutaba, de manera que la mas rica 
pagaba en una proporción de su renta mas considerable que la mas 
pobre: este modo de imposición parecia tener todos los caracteres 
del impuesto por cuota. Para establecerle, sobre una base equitativa^ 
£xistia un catastro de propiedades que era revisado cada cuatro 
años. JEstecatastro no llenaba, con todo, el objeto de nuestros regis" 
tros de hipotecas: el prestamista que queria tener garantía se con- 
tentaba coa poner un límite, sobre el que escrlbia su nombre, en 
la finca de su deudor. Ademas del impuesto de cuota que produ- 
cía por sí solo samas considerables , y los tributos de los aliados, 
especie de contribución de guerra rigurosamente pagada en tiempo 
de paz, los atenienses tenían las rentas de las minas, las multas y 
productos de las confiscaciones de que ya hemos hablado, y los dere- 
-chos de aduanas. El estado y los comunes poseían propiedades ca- 
.yo arriendo producía sumas importantes. Estas propiedades consis- 
tían ordinariamente en pastos, bosques, casas y salinas: se daban á 
censo perpetuo ó por tiempo determinado á unaseniisia, el qaese obli_ 
gaba á entregarlas rentas, á plazos seiíalados, en las cajas del tesoro. 
Los griegos, y principalmente los atenienses, manifestaron 
muy temprano su aversión á todo lo que pareciese impuesto per- 
sonal y sobre todo impuesto territorial. No había entre ellos con- 
tribución de puertas y ventanas. Sus rentas habituales procedían 
de dominios públicos y de bienes de los comunes. Gustaban sobre 
todo imponer cuotas á los estrangeros , y recurrían desde luego 
¿luu en circunstancias ordinarias , al arbitrio de impuestos indi- 
rectos, establecidos por otra parle con una gran moderación. Pero 
sobre todo al producto de sus minas es á lo que dieron en todo tiem- 
po siempre una importancia particular. Las déla Ática y delLau- 
rium parecían haber suministrado desde el origen tesoros con- 

(1) Se llamaban sacrificios en Atenas á las fiestas peügiosas en lasque se inmolaban 
a 1 3 uaas veces basta 300 bueyes , de los cuales se Uistribuia al iMieblo la carne y piel. 



&I(leral>'e3 ,' puesto que fué al éxito de su esplotacion á quien 
Temístoclcs debió los medios de elevar á su mas grande altura el 
poder marítimo del estado. Con lodo estas minas no tardaron en 
agotarse , y en tiempo de Estrabon apenas se sacaba con que cu- 
brir los gastos; de la esplotacion. Es probable también que los co- 
Docimientos imperfectos de los antiguos en las ciencias químicas 
no les permitiesen sacar de ellas el partido conveniente. Este 
trabajo era ejecutado por bandas de esclavos naturalmente poco 
instruidos, bastante mal disciplinados, y que se podrían comparar 
con exactitud á los desgraciados indios con que los españoles pobla- 
r.)n sus minas de Méjico y del Perú, al principio de la conquista. 
Asi es que nada igualó á la desesperación de los atenienses cuan- 
do estos recursos preciosos les faltaron de repente, y se vieron 
como los españoles de nuestros dias , reducidos á buscar en el 
trabajo, del que habian perdido la costumbre, un refugio contra 
la miseria y la ruina. Esta revolución debió serles tanto mas peno- 
sa, cuanto que las minas estaban repartidas entre un gran núme- 
ro de propietarios ó de arrendadores, hasta alli muy ricos y colo- 
cados en la misma línea que los agricultores y los mas opulentos 
comerciantes. 

Todo nos induce á creer que los antiguos participaban tam- 
bién de las preocupaciones modernas con respecto á los metales 
preciosos. Veremos en la esposicion del Económico de Xenofon- 
te, que consideraban al oro y á la plata como la riqueza por esce- 
lencia, y que sn política tuvo siempre por objeto hacer refluir 
estos metales sobre el territorio nacional pó^r todos''lós 'medios po-' 
sibles. De este modo es como establecieron sobre las mercancias 
estrangeras el impuesto de la cincuentena que era un derecho de 
aduana. Este impuesto debia ser pagado en el acto de descargar 
las mercancias, en dinero y no en géneros, operación fácil si se 
considera que casi todo el coniercio de la Grecia se hacia por mar. 
Debia. también existir á la puerta de ciertas ciudades un verda- 
dero registro, manantial de fraudes como el nuestro, puesto que 
los autores refieren muchos casos sumamente curiosos de contra- 
bando, entre otros el de un aldeano que introducía barriles de 
miel en sacos de cebada , y que fue descubierto por los encarga- 
dos que acudicroD al socorro de su asno caido. 

La moneda de oro y de plata era basunle rara entre los grie- 



gos anlcs de sus espedloíones á Orienie. La conquista de una par- 
te del Asia por Giro Iiizo huir acia el Occidente una masa inmensa 
de numerario, y sin duda las fabulosas relaciones de las riquezas 
de Creso y del Pactólo con arenas de oro , deben su origen á he- 
chos verosímiles que la imaginación de ios griegos habrá exagera- 
do. La grande variedad de las monedas introducidas dio origen á 
la industria de los cambiantes que especulaban , como los de nues- 
tros dias, sobre la conservación de las especies. Los atenienses ejercían 
por otra parte una vigilancia severa sobre la fabricación déla mone 
da , y la suyajeradc tan buena ley que era buscada con premio en todos 
los mercados. AunquePlinioel naturalista (i) listrabon (2) y Diodoro 
de Sicilia (3) nosbayandejadopreciososdocumcntos sobre las riquezas 
metálicas de los antiguos, no se debe dejar de sentir la perdida de un 
libro especi.^l que Teofrasto parece haber escrito sobre el arte me- 
talúrgico 3oo aiios antes de nuestra era, y del que nos han que- 
dado algunos fragmentos esparcidos en las obras de los escritores 
sucesores suyos. De alii es donde todos han sacado los documentos 
relativos á la cuestión del numerario en la antigüedad. Filipo de 
Macedonia'Bostubo la guerra contra los griegos tanto con el oro 
como coa el hierro, Alejandro, su hijo, trajo millones de su espedí- 
cion á la India c' hizo á sus soldados d.idívas estraordinarias. Los 
Ptoloa^eos, sus sucesores , pasan por haber reunido cerca de ua 
millón de francos de nuestra nioneda en especie. La plata era por 
otra parte mas rara que hoy dís con respecto á el oro. En el sigla 
XÍX el precio del aro es quince veces mas subido que el de la 
plata,, mientras que en tiempo de los griegos no lo era sino diez 
veces mas. Una monedad* V'cllon, mezcla de hierro y de cobre, 
servia para las relaciones usuales del comercio por menor, y no 
tenia curso fuera de las fronteras, 

Li suma importancia atribuida al oro y á la plata dió origen 
entre los Gi"i<ígos á instituciones de hacienda que no carecen de 
analogía con las nuestras. El templo de Delfos vecibia anualmente, 
Lajo la protección d« Apolo, depósitos de sumas considerables per- 
lenecionLes á particulares y también a las ciudades. Los sacerdo- 
tes , inl<;resa'!os en ver amontonarse el oro al pie de sus altares, 
excitaban estas disposiciones, y el templo de Delfos Ik'gó á ser an 
banco de deposito respetado en toda la Grecia, No obstante como 
'7^I)~7l«''~^^"' C2) Llh. ÜÜV y vT'c^y'LibrXXVIl j^XX^Vl. ' 



no se sacaba ningiin ínteres de las cantidades qne se habion depo • 
sitado alli, se establecieron machos concurrentes, y la profesión 
de banquero no tardó en llegar á ser muy lucrativa. La menor ta- 
sa del interés parece haber sido de lo ¿-«, y la mas alta de 36. La 
usara tomó una extensión desmesurada, en razón de las ganan- 
cias que se poJian sacar de los capitales con la ayuda do los es- 
clavos , y sobre todo á causa de la poca seguridad que tenian los 
prestamistas. El mismo fenómeno se repite en nuestros días en los 
paises de esclavos, como se ve en nuestras colonias, donde por 
otra parte las formalidades de expropiación son tan lentas que un 
deudor de mala fe, puede hacerlmorir á su acreedor do caasancio. 
También los prestamistas acostumbraban sacar por adelanto la 
suma entera de los intereses, que prestaban de nueva bajo con- 
diciones rigurosas, burlándose del menosprecio publico mezcla- 
do de condescedeacia y de adulación, que se daba á los ricos 
tanto en aquel tiempo coma en el nuestro. La usura reaparece- 
rá, no menos deforme, en liorna y en toda la Europa en la edad 
media: sintoma fatal de la ignorancia de las verdaderas leyes de la 
producion y del desprecio de las mas sencillas reglas de la moral. 
Se pqede juzgar por estos hechos de lo qne debían ser los alquile- 
res y los arriendos , cuyas cuotas se arreglan¡siempre mas ó menos 
por el inferes del dinera El profesor Boeckh gradúa en 8 p~ del 
capital el importe de los alquileres; el de los arriendos era un po- 
co menos subido. Se fabricaban por especulación posadas cuyas vi^ 
\icndas eran alquiladas á los diversas eslrangeras que la política ó 
el comercio atraia á Atenas, y que no tenian derecho de vecindad. 
Fácil es concebir en vista de estos datos , bajo que bases tan 
onerosas debían efectuarse los empréstitos públicos. La falta de 
seguridad y la tendencia perpetua de estos pueblos á las espolia- 
Clones jurídicas, perniiten dudar que an solo empréstito de este 
genero se haya consentido libremente. Se querría mejor recurrir á 
jiumento ó á creación de impuestos, aun sobre la propiedad ter- 
ritorial, cuando las necesidades del estado llegaban á ser dema- 
siado urgentes. Los templos de Delfos y de Délos prestaron mas 
(le nna veí una parte de las sumas que se les habían confiado. Se 
decretaban de tiempo en tiempo anticipos que debían ser pagados 
por los ricos, verdaderos enípre'stítos forzosos bastante parecidos 
a los que hemos visto en nuestros dias. En fin se llegó hasta 

3 



crear una rtioncfla ficticia de hierro que fue considerada como 
efectiva, y por medio de la cual se sustituyeron las especies de 
oro y de plata estraidas por el comercio cstcrior, liasla el mo- 
mento en que la moneda de hierro fue rescatada y anulada, !ó 
mismo que nuestros asignados ( i ). Despules vinieron las altera- 
ciones de moneda mas vergonzosas y mas deplorables; la liga <Ie 
plata y de plomo, de plata y cobre, espedientes, ordinarios de los 
go!)ieriios en sus últimos apuros; pero estos desvarios fueron, siem- 
pre de poca duración, y si se esceptua Esparla, donde la moneda, 
co isistí > largo lieiTipo en barras de hierro toscas y pesadas por mo- 
tivos inlierenles á la constitücióa de esta república^ «a Grecia no. 
cesó de mostrarse fiel á la repiít.icion de su sistema monetario. 

IjOs hombres de estado de este pais han dado siempre una: 
grande importancia á los negocios, de hacienda. Era una ciencia, 
difícil en un tiempo éii que las deudas públicas no permilian car- 
gar al futuro las cargas del presente. Los gastos estraordinarios 
pesaban con todo su peso sobre- el contribuyente y era preci- 
so ingeniarse de mil maneras, para no. gravar al capital,, y por- 
consecuencia á la producion en su origen. Desgraciadamente la in- 
tervención popular, frecuentemente poco ilustrada,, dio; lugar á. 
graves dilapidaciones;, los monumentos de las artes se levantaron: 
con profusión para satisfacer la vanidad. nacional; el hábito de vi- 
vir despensas de los. aliados desvió á los. ciudadanos de las vias. 
regulares del trabajo. La existencia del estado dependia asi del 
esterior, y era por consecuencia muy precaria. Esto es lo que 
habia chocado al mismo Xenofónte cuando escribió sa.tratadodtí 
Renfiti d- la Ática de que teñiremos en breve ocasión de hablar. 
Un sistema semejante debia necesariamente ejercer una gran- 
de iufliencia en las costumbres de los habitantes de la Grecia. Los 
Atenienses eran inclinados al juego y á la ociosidad :^ se les Veia 
frecuentemente, sentados ante los pórticos de sus numerosos mo- 
numentos, razonar de lo.s negocios políticos, discutir las: noticias 
del dia , después visitar las tiendas; los mercados y los baños pú- 
blicos con un bastón en la mano. Algunas veces se hacian seguir 
por un esclavo que llevaba un tripode para sentarse cuando esta- 
ban cansados. Sus coñudas eran generalmente suntuosas : y aun el 
pan que se vendia á los simples obreros, era de un gusto esquí- 

(1) Cierto papel inOiieda que se creó duraate la revolucioa en Francia. 



sita y de ana bjaiicara caini la do U nieve. Sas morcados estab.in 
surtidos de caza, 4<í pescados, de legumbres y de frutas de todas 
clases. En Esparta era todo lo contrario, y no obstante, las canse- 
cuencias del sistema lacedemonio difieren poco de las de los hábi- 
tos de Atenas. Los Espartanos no han llegado jamas á la altura 
de ana nación civilizada, por que han procurado sofocar tqdas las 
necesidades, y los Ateniense.? han descendido pronlaraente de ella 
por querer satisfacerlas á toda costa y crear cada dia otrai nuevas. 
Si se tiende la vista sobre el conjunto de la Economía Polí- 
tica de los Atenienses, á la que se asemejaban mas ó menos los 
sistemas de hacienda de los demás Griegos que gozaban de la li- 
bertad, á escepcion de Esparta, se reconocerá que muchas de sus 
partes estaban calculadas con sabiduría. Los Griegos no eran ni po- 
bres ni indiferentes á la ¡riquezas; pero la masa de metales preciosos 
en circulación no era tan considerable como en los estados de la Eu- 
ropa moderna, y se hacían por consecuencia nmchas cosas por [>oco 
dinero; como los bienes daban bastante grandes rentas, los par- 
ticulares podian soportar cargas subidas. Atenas, hizo notables gas- 
tos para el culto de los dioses, para perpetuar los pensamient(>s 
generosos y las grandes acciones con monumentos que manifesta- 
ban un conocimiento esquisito de las bellas arles. Pero las distri- 
buciones y los salarios engendraron la ociosidad ; el pueblo se per- 
suadió que el estado debía alimentarle y que su única ocupación 
debía ser dirigir la administración general : era como un proble- 
ma para los hombres públicos buscar medios como enriquecer al 
pueblo, no por el trabajo y la industria, sino sacrificándole las 
rentas del estado; por que se miraba la fortuna publica como una 
propiedad común, que debia ser dividida éntrelos particulares (i). 

CAPITULO. III 

De los sisicmas económicos ensayados ó propuestos en Grecia— 
De las leyes de Licurgo — República de Platón — El Económico de 
-i^Xcnofonte — Política de Aristóteles. 

No creemos que se haya arraigado en ningún país del mundo 

un sistema de Economía Política tan extraordinario como las 

leyes de Licurgo en Esparta. La regla mas austera de una co- 

j. (1) i^otil^h EcDqomía Política d^ los Atenienses I. IV. c. XXI. 



miinldad religiosa , las reformas mas radicales decretadas por 
la Convención Nacional, las utopiáTharmónicas de los O^'i^enistas^ 
y en estos últimos tiempos, las predicaciones aventuradas del 
san-simonlsmo no tienen nada que pueda compararse á estas leyes 
en punto á osadia y originalidad. Parecen el ensueño de un liombrc 
contemplativo mas bien que el fruto de las meditaciones de un hom- 
bre de estado; y no obstante , ellas han tenido una existencia bastante 
larga, y han penetrado bastante profundamente en las costumbres 
de un pueblo célebre para ocupar un sitio en la historia de la 
ciencia. El principal carácter que las distingue , es de haber sido, 
por decirlo asi, improvisadas y aplicadas sin transición á la ad- 
ministración de un pueblo que las liabia tenido basta entonces 
muy diferentes. Se crceria, al leerlas, ojear el reglamento de un 
colegio mas bien que el código de una nación. Todo es allí de tal 
modo singular, que la existencia misma de su autor se pone en 
duda por muchos sabios, persuadidos que ha habido mas de un 
Licurgo, como se ha creído por muy largo tiempo que ha existi- 
do mas de un Homero. 

Con todo eso, cualquiera que sea el oiigen de las leyes de Li- 
curgo, es bien sabido que han presidido durante muchos siglos, y 
mas ó menos intactas á los destinos de los espartanos. Ellas pasau 
por haber realizado la idea de una división general de las pro- 
piedades y de una educación común á todos los ciudadanos. En- 
cierran á la vez un sistema completo de Economía Política, un ca- 
tecismo para las creencias, un manual universal para las indus- 
trias. Arreglaban desde el orden de sucesión al trono hasta el de los 
manjares en la mesa. ¿Qué cosa mas estraija que la división del ter- 
ritorio de Esparta en gooo partes , y el resto del pais en otras 
3o.ooo adjudicadas á otros tantos padres de familia, bajo condición de 
distribuir los productos á sus nmgcres y á sus hijos? Cuanto de- 
bia durar esta igualdad pasagera de las fortunas? Confieso que ten- 
go dificultad en comprender la existencia de una sociedad en la que 
esté prohibido comprar ó vender una porción de terreno, y legarla 
por testamento. Como conciliar esta prohibición con el derecluj de 
primogenitura que existía en Esparta, á ments de suponer que el ma- 
yor de cada familia estubiese obligado á manlcnerá sus hermanos, jy 
entonces que era la igualdad, fin imaginario de las leyesde Licurgo ? 

]No era permitido señalar dotes á las hijas, pero se las casaba 



probablemente sin inquietud del porvenir, pues que el estado se 
encargaba de alimentar y educar á los hijos que diesen á luz. ¡Di- 
choso país en donde cada ciudadano no tenia mas que ponerse á la 
mesa, seguro de hallar la comida dispuesta con tal que él tragese 
su conlingente en cebada ó en legumbres! Para colmo de prodigio 
ño habia impuestos ni tesoro público; y no obstante, si hemos de 
creer á ArisKíteles, este pueblo filósofo hallaba algunas veces el 
medio de prestar dinero. Habiendo recurrido á e'l los diputados de 
Samos nos asegura Aristóteles que la asamblea general dispuso un 
ayuno universal de 24 horas, comprendiendo hombres y animales, 
para obtener un ligero ahorro que dar á los aliados. Puesto que 
estaba prohibido comprar y vender, ^para que' servia el dinero en 
Esparta? A pesar de todo mi respeto por la antigüedad, temo 
mucho que estas historias de empréstitos y muchas mas sean ver- 
daderas fábulas. Lo que hay de cierto, sin embargo, es que ha exis- 
tido una época en que la idea de la propiedad pareció borrarse en 
Esparta, para dar lugar á un indiferentismo patriótico fundado en 
la ausencia casi total de las necesidadeá personales; porque la le- 
gislación de Licurgo era muy consecuente : destruyendo las bases 
de la propiedad, debía hacer una guerra infatigable al deseo de ad- 
quirirla y [X)r consecuencia á todos los placeres que le sostienen. 

Esto es, en efecto, lo que el legislador habla previsto. Todos los 
niños, sustraídos de'Shle la mas tierna edad á la influencia mater- 
nal, cesaban de pertenecer á sus familias para ser propiedad del 
estado. Se les educaba en comunidad, cualquiera que fuera su ori- 
gen, siguiendo principios invariables, bajo la vigilancia de los ma- 
gistrados y casi en la plaza pública- Í1.I azote era mirado como una 
institución por excelencia: se despojaba á los niños de sus cabellos 
en atención á la limpieza; marchaban descalzos en todas las esta- 
ciones; dormían sobre una cama debojasde caiía. Se les ensenaba á 
hurtar frutas para sns comidas, y se les azotaba si eran descubier- 
tos. Llegados á la adolescencia, un nuevo aprendizage comenza- 
ba para ellos, el de la guerra ; y se ejercitaban en ella con tal audacia 
que la sangre corría en aquellas palestras repugnantes endoudesedes- 
pedaz iban casi desnudos avista de sus madres. "Tu me muerdes como 
una muger decía uno; riño como un león, respondía otro" y los espec 
tadores aplaudían á estos furiosos que se servían c-.^n destreza desús 
uñas y dientes. ¡Pueblo detestable, «juc nombre dar á tus virtudes! 



(-o 

La eUicneion 4e las m«{^<!-rcs no prosenfaba anomalías menos 
cl»fttantes, y«.uestra raz<>rt se niega á adaúlirla prclciuliJa eficacia 
moral del sísloina adoptado coa respecto á ellas. Un crítico ingenioso 
ha podido decir con exaclilud qae se las miraba en Esparta como 
hembras mas Lien que como compañeras del hombre. No se las es- 
timaba sino en razón de la proporción de sus formas y del vigor de su 
Icmperamenlo. Se las ejercitaba desde muy ninas á manejar elve- 
iiablo,4Í correr casi desnudas en el circo, á presencia de lodos los 
ciudadanos y aun de los jóvenes de su edad. ^Hablare' del usoinfame de 
reemp!a¿ar los maridos con amantes en una nmltitud de circuns- 
tancias legálmenle previstas? Seria preciso recordar las uniones in- 
cestuosas y los cruzamientos de castas que condujeron á este pue- 
blo grosero á la mezcla de los sexos., bajo prelesto de embellecer 
la raza y de fortalecer las generaciones- No me sorprende que el 
tiempo baya destruido los monumentos de Esparta, si alguna vez 
Esparía tuvo monumentos. Leemosen Plutarco quelascasas de los 
Tjaccdcmonios eran muy pequeiías y construidas sin arte. No se 
trabajaban las puertas mas que con la sierra, y las mesas sino con 
•el hacha; los troncos de árboles apenas despojados de su corteza 
servían de vigas: habitaciones bien dignas de tal pueblo , y que pa- 
rccL'n mas bien pertenecer á tribus errantes que á una nación ci- 
vilizada. ¿No tenian horror al buen lenguage, á las ciencias que 
llamaban vicios, y á lodo lo que hace la gloria ó el encanto de la 
vida? ¿En su teatro mismo, no preferian los luchadores á los poe- 
tas: Es todo cuanto se puede decir. 

No es pues sorprendente que las-artes Industriales tengan poco 
lugar en su historia. ¿Qué industria era necesaria á las gentes que 
Vivian de pan de cebada negro, que se sentaban sobre maderos mal 
labrados, que caminaban frecuentemente descalzosy sin nada en la 
cal}eza?ljos pocos artesanos que se veian en Esparta ejercian, como 
én E^iplo, la profesión de sus padres, y la mayor parte de los habi- 
tantes no ejercian ninguna. Estos hombres tan diferentes de los 
atenienses en todo lo demás, se les pareciati enteramente en el odio 
al trabajo manual. El trabajo era para ellos el símbolo de la es- 
clavitud, deplorable error que ha perdido á la civilización anti- 
i^ua, y que conserva hoy dia en un estado próximo á la decrepitud 
á nuestras modernas repúblicas de la America meridional. Des- 
graciados los pueblos que descansen en los esclavos del cuidado de 



(33) 

proveer á sus necesidades, y que dejen en tales manos la produc- 
ción nacional! Entre los ilotas de Esparta y los negros de las co- 
lonias europeas, ¿cual es la diferenciad Y que diferencia hay tam- 
bién entre los espartanos esclavizando á los ilotas, y los españo- 
les esclavizando á los indios? El le'rminode estadobledominacion ha 
sido el mismo, porqucla fuerzabrutalpuedebien conquistar, pero no 
pertenece mas que á la verdadera libertad conservar y civilizar. 

Can toda eso las instituciones de Esparta han escitado hasta 
el mas alto grado la admiración de los antiguos y modernos. Aris- 
tóteles, Platón, Xenofontc nos han dejado de ellas pinturas vivas 
y animadas. ¿Pero estas pinturas no deberán considerarse como 
obras de imaginación, mas bien que como serios tratados científi- 
cos? No es preciso mirarlas como una tesis filosófica en lugar de 
una doctrina económica? Yo no puedo decidirme enteramente por 
este dictamen,. Las instituciones de la Grecia no son nacidas del 
acaso; la mayor parte de ellas han sida el fruto de meditaciones 
de muchos hombres celebres, que han proseguido su desarrollo 
con una^ inílexibilidad de lógica enteramente sistemática. Se diria 
que querian ver el resultado de sus esperimentos, como entre no- 
sotros el poder ejecutivo mira la aplicacioa de las leyes que su ini- 
ciativa ha producido. 

Cuando Platón escribía los diálogos que- componen su Tra/oí/o' 
de la repMl/'ca, probaba bastante claramente que la Economía Po- 
lítica,, tal como nosotros la comprendemos en nuestros dias, no 
era estraiía á sus mas ilustrados contemporáneos. Manifestó las 
ventajas de la distribución del' trabajo con una claridad completa 
y nos parece haber arrebatado á Adán Smilh el mérito de este 
descubrimiento, ya que ñola anterioridad de la demostración. Este 
esel momcntode citar los pasagos mas curio.sos de este diálogo tan 
natural, tan verdadero y tan a<i mi rabie por su exactitud yseneillez(i). 

"Lo qac da origen á la sociedad, es la imposibilidad en que 
estamoy de bastarnos á nosotros mismos, y la necesidad que te- 
nemos de una multitud de cosas. De eSte moilo, habiendo la nece- 
sidad obligado al hoiííbre á unirse á otro hombre, la sociedad se 
ha estableciilo con un fin de asisieiu ia mutua. — Sí; pero no se co- 
munica á otro lo que se tiene, para recibir lo que no se tiene, sino 
porque se cree hallaren ello ventaja -- Seguramenle. — Edifique— 

(1), República de Blalou lili. 2.° 



mos pues una ciudad con el pensanúento. Nuestras necesidades la 
formarán. La primera y la mayor de todas ¿no es el alimento? — 
Sí.--La segunda necesidad es la de la habitación ; la tercera es la 
del vestido? — Sin duda. — ¿Cómo nuestra ciudad podrá atender 
á estas necesidades? No seria preciso para esto, que uno sea la- 
brador, otro arquitecto, otro tejedor? Añadiremos un zapatero ó 
algún artesano análogo? — Preciso. — Luego toda la ciudad está com- 
puesta de muchas personas ; pero es preciso que cada uno de los 
habitantes trabaje para todos los demás ; que el labrador por ejem- 
plo, prepare de comer para cuatro y que el ponga en esto cuatro 
\eces mas de tiempo y de trabajo, ó ¿no seria mejor que, sin ocu 
parse de los demás, emplease la cuarta parte del tiempo en pre- 
parar su alimento y las otras tres partes en edificar una casa, en 
hacerse vestidos y zapatos? — Me parece que el primer modo seria 
mas cómodo para e'l. En efecto, no todos nacemos con los mismos 
talentos y cada uno manifiesta disposiciones particulares. Las co-' 
sas irían pues mejor, si cada hombre se limitase á un oficio, por- 
que la tarea es mejor hecha y mas cómoda cuando es adecuada al 
gusto del individuo y le deja desembarazado de todo otro cuidado." 
Seguramente que las ventajas de la distribución del trabajo no 
ha sido jamas definidas mas claramenteque en este pasage notable. 
Eien pronto vamos á ver con que ingenioso arte el autor será el mis- 
mo conducido á ladefinlcionde la moneda. "He aqui pues, (prosigue 
uno de los interlocutores de Platón) los carpinteros, los herreros 
y los otros obreros que quieren entrar en nuestra pequeña ciu- 
dad y estenderla. Será casi imposible, desde luego, hallar un lu.- 
gar de donde ella pueda sacar todo lo que es necesario á su subsis- 
tencia. — La ciudad tendrá necesidad de personas que hayan á bus- 
car á la vecindad lo que podrá faltarlas.— Pero estas personas vol- 
verán sin haber nada recibido, si ellas no llevan á los vecinos con 
que satisfacer también á sus demandas. — Seguramente, y será 
prccisogenlesquese encarguen de la importación ydelaesportacioa 
de las mercancías. Estos son los que sellanian comerciantes.— Esto 
es lo que yo creo, y también si el comercio se hiciese por mar, he 
ahí ana multitud de gentes necesarias para la navegación. — Pero, 
en la ciudad, ^cómo nuestros ciudadanos participarán de su mu- 
tuo trabajoí — Es evidente qne será por venía y compra. — Nos es 
preciso pues un mercado y una moneda, símbolo del contrato." 



No se creería, al leer estns líneas tan sencillas y tan precisa?, 
ojear uno de nuestros mejores tratados de Economía política? Es 
difícil , en efecto, esponer con mas claridad la marcha natural del 
desarrollo industrial en una ciudad naciente. A. mcilida que es- 
ta ciudad imaginarla se enriquece, su sitaacion se complica; la 
distribución de las riquezas se hace en ella de una manera desi- 
gual y causa muchas cuestiones que no son fáciles de resolver. 
"¿Qué es lo que pierde á los artesanos ? pregunta Adimantes(i) 
Y Sócrates responde: la opulencia y la pobreza.— j Cómo es esto? 
' Vedlo aqui. El alfarero llegando á ser rico, se ocupará mucho en su 
oficio.^— No. — ¿Llegará á ser de dia en dia mas holgazán y mas 
deseuidado?~Sin duda.— Y por consecuencia mas mal alfarero?— 
Sí. — Por otra parte , si la pobreza le quita los medios de facilitarse 
herramientas, y todo lo que es necesario á su arte, su trabajo lo 
padecerá; sus hijos y los obreros que el forme serán menos hábi- 
les. — Esto es evidente.— Asi las riquezas y la pobreza daíian igual- 
mente á las artes y á los que las ejercen. — Hay probabilidad en 
ello. — Heaqai pues dos cosas á las que nuestros magistrados tendrán 
macho cuidado de cerrar la entrada de nuestra ciudad, la opulencia y 
la pobreza: la opulencia porque engendra la molicie y la desidia-, la 
pobreza, porque produce de la bajeza y la envidia:y una y otra con- 
ducen el estado á una revolución." Es preciso reconocer aqui la 
perfecta competencia de los antiguos para examinar las mas graves 
cuestiones de la Economía Política. Después de mas de 2000 año?, 
aun no hemos obtenido la realización del suefio de Platón, de 
de este justo medio económico que asegurase á cada uno una igual 
repartición de los productos del trabajo. Tenemos siempre alfareros 
enriquecidos que descuidan su arle, y obreros pobres á los que es 
preciso suministrar herramientas que no tienen proporción de ad- 
quirir . Hace pues muy largo tiempo que se piensa en estos terri- 
bles problemas del estado social, que las revoluciones tocan siem- 
pre sin resolverlos jamas. Dictadura, esclavitud, libertad, violencia» 
asociación, aristocracia, democracia; todo se ha empleado para 
ello y el enigma permanece aun indescifrable; ¡dichosa nuestra ge- 
neración, si la ciencia le proporciona resolverle ! 

Después de haber tan ingeniosamente deHnido la Ciudad y 
el análisis de la distribución del trabajo, Platón se detiene de ré- 



pcotc y aconseja la mancomunidad de las mngeres y de los rtiños. 
10 propongo, dice, qae las mugeres de naestros guerreros sean 
comunes, todas á iodos', que ninguna de ellas viva en parlicúlar 
con ninguno de ellos; que los hijos sean comunes, que estos no co-. 
nozcan á sus padres, ni sus padres á sus hijos. ( i )" Cito lite- 
ralmente este pasage admirable, para dar una idea del grado de 
osadía á qae el espirita sistemático pudo conducir á uno de los 
mas grandes genios de la antigüedad. La comunidad de los bie- 
nes , otra quimera , es también considerada por Platón como utí 
remedio soberano para las llagas mas inveteradas de la socie- 
dad. No habría con ella ni tarbulencias ni desórdenes, ni inso», 
lencias, ni servilismo. La usara desapareceria con la- avariqia, y? 
los vicios qae el anjor inmoderado á las riquezas; multiplica ^l.rfi?, 
los hombres. Ningún pleito, habria; por lo tanto tampoco sutile- 
zas ; vivirían todos como hermanos. " No esperemos, con todo 
eso, añade Platón, realizar el plan de esta. perfecta república. Qorf 
mo los pintores hábiles diseaan con gran<ics lineainientos los mxjrr 
délos de una belleza Ideal, imposible de bailar en los individuos, 
del mismo modo nosotros no queremos mas que dar un tipo acan 
Lado; cuanto mas los legisladores se aproximen á este modolfli 
mas propia será su constitución para conducir á los, houibr^s ,¿ la^ 
felicida.d." Tal es la opinión que el niistRO. Platal?, .teaiai de.,sufi 
doctrinas, miscelánea notable de observaciones esaclisimas y de 
ilusiones, indignasde atenderse; por esto no sabemos conciliar los 
sueños de igualdad que agitan á este filósofo, con su profundo des- 
precio para con las clases laboriosas." La naturaleza, dice (i ), u,Q. 
ha hecho ni zapateros, ni herreros; semejantes ocupaciones degra- 
dan á los que las ejercen, viles mei cena rios, miserables sin nom- 
bre que están escluidos por el estado mismo , de los derechos po- 
liticos. En cuanto á los comerciantes, acosf.im])rados á mentir y 
engañar, no se les permitirá en la ciudad sino como un mal ne- 
cesario. El ciudadano que se envilezca siguiendo el comercio de 
tienda abierta será peí seguido por este delito. Si es convencido, se- 
rá condenado á un año de prisión. El castigo será doble á cada 
reincidencia. Esta clase de tráfico no será permitida sino á los cs- 
tran^eros que se hallase ser los menos corrompidos. El magistra- 
do tendrá un registro exacto de sus facturas y de sus ventas. No 
se les permiiirá obtener mas que una corta ganancia . " Xeno- 

( t } í)e la Rej)úl)lica. 1, 5. (i; TrataJo de IdS leyes, lib. XI. 



íénte nó es menos esplícito. Dice qae " las artes mecánicas son in- 
fames e' indignas de nn ciudadano. La mayor parte desfiguran el 
coerpo. Obligan á sentarse á la sombra, ó cerca del fuego. No de- 
jan tiempo ni para la república ni para los amigos." 

Esta es la doctrina de los hombres ociosos ( hommes de loisir) 
resucitada en Ifé'nbáot ros y -Sqdé reasume toda la Economía Políti- 
ca de los antiguos. ]Mr. de Sismondi (i)hace notar con mucho jui- 
cio que á lo menos habian reconocido siempre que la riqueza no 
tréne precio sino en tanto que contribuye á la felicidad general , y 
por no haberla ¡considerado abstractamente es por lo que han te- 
nido frecuentemente en esta materia ideas mas justas que las núes-' 
iras.' La Economía Política de los Griegos era eminentemente gu- 
bernativa y reglamentaria. Sus escritores quieren que la ley se 
mezcle en todo y no deje casi nada á la libertad individual de los 
ciudadanos. La ciudad no es para ellos mas que una vasta asocia- 
oion en idonde cada habitante hace un -papel convenido , ó bien una 
gran maquina de la que el representa ana de sus ruedas. Ellos se 
ocupan esclu divamente de las masas y descuidan á el individuo; 
peligroso esceso junto al que no hay nada mas temible que el es- 
ceso contrario, en el que parecen caer en nuestros dias las grandes 
naciones civilizadas por la industria. Y cuando se habla de ma-i 
■sas en Atenas, es preciso no perder de vista que se traía solamen- 
te .de este pequeño número de hombres libres que se hacian ali- 
mentar por multitud de esclavos. En este sentido Mr Dunoyer ha 
tenido razón para decir "que la esclavitud de las profesiones útiles 
habiarsidíoelrgimcn.eronámícode toda sociedad nacienle(2)." Rous- 
scrtu.; pretende que este régimen sea indispensable «porque hay 
posiciones desgraciadas en donde no se puede conservar su liber- 
tad mas que á espensas de la del otro, y donde el ciudadano no 
puede ser porfectamontc libre á menos que el esclavo no sea per- 
fectamente esolavo.( 3 ). Esta singular doctrina prueba hasta que 
pinto los i»<'j*M:es ingeni-is ban podido estraviarsc en su eieg.l 
<id'itilrnoion p'jr las instituciones de la antigüedad; pero no es va 
•permivido hoy día esliaviarsc con ellos. Un estudio mas filoso- 
feo de la liisloria antigua uns manifieslaráálos Griegos como pre- 
sa de las diiscnsionf^s civiles, de la guerra estrangera, de las in- 

(I) • Kuiv<»s |)fiiie?|SÍt«Me Eronfiíhi.i Politírs , I. I. c. III. 

,|2; • ft'uíw^tiralaJt» .íc EconouuJ social,.!. I pag^ 03 1, ¡(3)iC9ntralo »aci;il. lih. UI. 



(.8) 
rigas del fo-o, por consecuencia de la ociosidad en que le per- 
mitía vivir el trabajo de ios: esclavos. Ellos sobresalían en con- 
ducir un carro en la carrera, en disputar sobre las sutilezas gra- 
maticales, en cooiponer una mala música, y convirtiéndose en 
relóricos después de haber sido ladrones, han perecido por fal- 
ta de valor para defenderse , y por falta de dinero para hacier- 
sc defender por mercenarios. • , i ■ ' 

La Economía Política de Xenof)nte no estriba en otras bases 
que la de Platón. Todas las veces que se trata de analizar las ope- 
raciones del trabajo, de retroceder al origen délas rentas, de deter- 
minar la utilidad de las cosas, la claridad de este escritor es ad-, 
mirahle; pero desde que se trata de la repartición de los produc- 
tos, las preocupaciones gríej^as recobran su imperio y el autor re-( 
cae en la política de Plaíoa y de Aristóteles, fieles intérpretes de 
la oligarquía contemporánea. Que desgracia que estos houíbres tan 
hábiles en esponer los fenómenos esenciales de la producción , no- 
hayandeducído mas juiciosamente sus consecuencias. EsrucheseáXe- 
nofonte en sus definiciones: "Es necesario no comprender por biertf 
sino lo que puede sernos útil. — Las tierras quecaltivamos no son 
bienes, cuando [árdenos su ctiltivo. — El dinero mismo no es na 
bien, sino se hace uso de él." J. B. Say no ha dado ana definición 
mejor de los capitales productivos é improductivos. El autor gi"ic— 
go dice en otra parte estas palabras notables: Se tienen los brazos 
muy largos cuando se tienen los de todo un pueblo. Propone con- 
ceder gratificaciones á los individuos del tribunal de comercio que 
terminen los pleitos con mas justicia y celeridad ; pero nos parece 
menos feliz cuando sostiene que la grande abundancia de dinero 
no le haría bajar de precio. Por lo demás, los escritos de Xe- 
nofonle, aunque llenos de consejos ingeniosos á los agricultores y 
de consideraciones muy importantes para los filósofos, no pueden 
darnos una completa idea de las verdaderas miras económicas de 
Jos ¡antiguos. El autor se ha limitado á recomendar la templanza, 
la actividad, la buena distrib^icion del trabajo. Ha trazado cuida- 
dosamente las atribuciones del honiibre y de la muger bajo la in- 
íluenria del matrimonio, las ventajas del orden, de la emulación 
y de las recompensas. Y después manifestaba con energía el pi»- 
fuudo desprecio que le inspiraban los trabajos manuales, "Las gen- 
es que se eairegan á él, nos dice, no son jamas elevadas á empleósj 



(ag) 
Y se tiene en eslo macha razón. La mayor parle, condenados a 
estar sentados lodo el dia, algunos también ásafrír un faegocon- 
tinao, no pueden dejar de tener el cuerpo alterado, y es muy di- 
fícil que el espíritu no se resienta de ello. Ademas de eslo, el tra- 
bajo lleva todo el tiempo; no se puede hacer nada por sus amigos, 

ni por el estado." ^ . 

Esta es la conclusión forzada de todas las leorias económicas 
de los antiguos. No se concibe al leer estas vehementes filípicas 
contra la clase artesana , como sus mismos autores se hayan dignado 
descender hasta escribir tan bellas cosas en favor de eslostra- 
Baiadores,á quien en todas ocasiones abruman con sus sarcasmosy 
sus desprecios. Solo la agricultura pasaba á los ojos de los antiguos 
por una industria respetable, y es para ella sola para quien reserva- 
ron su solicitud y su admiración. Xenofonte la consagra la parle 
mas importante de su Económico. Trata en el de los medios de 
formar buenos arrendadores, de conocer las propiedadesde un ter- 
reno, los tiempos favorables á la labor , á las sementeras y plan- 
tíos, de los desmontes, y del comercio de granos; pero tan sucin- 
tamente, y de una manera tan sentimcnlal , que su libro, a 
pesar de los datos escelentes que encierra, í>erece mas bien un ca- 
tecismo de moral que un tratado científico. No obstante se reproda- 
cen en él las preocupaciones habituales de los antiguos sobre cier- 
tas cuestiones importantes de la ciencia, particularmente en favor 
de los metales preciosos. "El dinero, dice Xenofonte, no se parece 
á los demás productos de la tierra. Que el hierro ó el cobre lleguen 
á ser comunes, hasta el punto que las obras hechas con estas ma- 
terias se vendan á demasiado bajo precio, y he aqui á los obreros 
arruinados completamente. Lo mismo digo de los labradores, en 
el ano en que el trigo, el vino ó los frutos son muy abundantes. 
Pero con el dinero sucede lo contrario. Cuantas mas .ninas se des- 
cubran y mas se las espióle, mas los ciudadanos se esforzarán en 
hacerse sus poseedores... En caso de guerra, el dinero es necesario 
también para alimentar á las tropas y pagar á los aliados. Se me ob- 
jetará quizá que el oro es por lo menos tan útil como la piala. Me 
guardare bien de sostener lo contrario.Observaré solamenle que el 
oro llegado á ser mas común que la piala, baria subir esta y ba- 
ja ria el mismo" (i). 

(1) De los medios «le aninenlar las reñías de la Alica , c»j». IX. 



(3o) 
De este modo, en los gobiernos de la Grecia tari frecuente-- 

mente citados coma modelos de patriolisino, no se hacia la gaer-*»'' 
rasiujcoii diaero, no se encontraban defensores y aliados mas qa'C 
á este precio. ¿Y como hubiera podido ser de otro modo? La clase 
ricaíra la única q'ie tenia el privilegio de ciudadailía; estaba sin 
cesar ocupada en intrigas palíiicas y se veía obligada á confiar á 
mercenarios el honor de proteger la independencia nacional. Llegó 
el dia en qne las leyes de Licurgo y las de Solón tubieron un des- 
tino común. Las partes que estos legisladores habian creido asegu- 
rar á cada ciudadano en la propiedad del territorio, fueron al fin 
absorvidas por algunos ambiciosos, y cuando los peligros esterio- 
res estallaron, nadie quiso defender una patria que habla llegado 
á ser la propiedad de algtinas familias. 

Esta crisis fital parece aun mas inevitable cuando se Icen los 
tratados econjmicos de A.ristóteles. A decir verdad , estos escritos 
pertenecen mucho mas á la política que á la Economía Política; 
pero esponen con una claridad y un orden tan perfectos las doc-^ 
trinas económicas délos griegos, que se debe considerarlos como el 
monumento mas precioso de su historia La política de Arist(Jte- 
les eslá dividida en ocho libros; examínanseen ellos sucesivamen- 
te los elementos de la formación de las sociedades, las cualidades 
que distingiiea al buen ciudadano, las diferentes formas de gobier- 
no, las causas de las revoluciones, y las bases sobre las que debe 
reposar toda buena legislación. Nada es mas singular que los razo- 
namientos con que este publicista ingeniosoha procurado justificar 
la esclavitud como una institución de derecho natural. "Ií,s ia miS"' 
ma naturaleza, dice (i), la que ha creado la esclavitud. íjosanimnS- 
les se dividen en machos y hembras El macho es mas perfecto, 
manda. La hembra es menos perfecta, obededece. Luego hay en la 
especie humana individuos tan inferiores á los otros como el cuer- 
po lo es al alma ó como la bestia lo es al hombre; estos son seres 
propios para solos trabajos corporales y que son incapaces de ha- 
cer nada mas perfecto. Estos individuos son destinados por la na- 
turaleza á la esclavitud, porque no hay.;nada mejor para ellos que 
pbedecer. ¿F.xiste pues, á vista de todo esto, tan grande diferencia 
entre el esclavo y la bestia.^ Sus servicios se parecen; es por el cuer- 
po solo pDr lo que nos son útiles. Concluyamos pues de eslo& prio- 

(I) Polifíca, llb. I/caj). 111. ^ 



(3.) 

cipios que la naturaleza crea hombres para la libertad, y otros 
parala esclavitud; que es útil y que es justo que el esclavo obedezca.** 
Después de haber proclamado estos raros principios sobre los 
que descansa t(jdo el edificio de su política, z\ristóteles examinaba- 
jo el nombre de especulación la teoria de las riquezas de las que quie- 
re hacer una ciencia aparte, y que propone se llame Crematística. 
Mr. de Sismondi ha parecido dar mucha importancia á la adop- 
fioo de esta denominación esclusiva, que no tiende á nada menos 
que á limitar la Economía Política á los simples elementos de la 
producción de las riquezas. Pero los esfuerzos del sabio profesor de 
Ginebra no han podido inocular á los economistas modernos esta 
sutileza del filósofo de Estagyra. Hay otra cosa para nosotros mas 
que el estudio de la producción material, en la ciencia cuya histo- 
ria trato de escribir; todo el mundo concuerda en hallar en ella 
los medios de mejorar la suerte de la especie humana, y el mismo 
libro de Aristóteles ofrece la prueba mas inconlcstable. ¿Porqué 
habría unido á sus ensayos atrevidos de organización social todo 
lo. que concierne á la ciencia de las riquezas, sino hubiese consi- 
derado estas grandes cuestiones inseparables? ;Ojala que hubiese 
sido tan dichoso en lo uno como se ha mostrado ilustrado en lo otrol 
Apenas ha espucsto en que consisten los bienes que el llama 
naturales, cuando se entrega al estudio de los. que llama artificia- 
les. «Todo objeto de propiedad, dice (i), tiene dos usos, ambos in- 
herentes al objeto con un deslino particular. El uno es el uso na- 
tural, el otro el uso artificial. De este uvodo el uso natural del cal- 
zado es de servir para andar, su uso industrial es ser un objeíOi 
de cambio. «^No se creería leer la definición del valor en ttso y 
del valoren cambio, popularizada por Adán Smilh, y llegada á. 
ser en nuestros días la base de todos los tratados de Economía Po- 
lítica? Arislólcles no ha espuesto con menos verdad y claridad las 
ventajas de la moneda. Después de dar una ojeada sobre los dife- 
rentes géneros de comercio espiica muy bien como la necesidad 
hizo inventar la moneda. 

<<Se címvino, añade, en dar y recibir en tas transaciones una 
materia útil y de una circulación fácil. Sp adoptó para este uso el 
hierro, la piala y otros metales.". Este primer sig^o de cambio no 
varió desde luego sino tnrn'L<n\ dd volumen y del peso: en seguí- 



(32) 

da se 1.1 hizo jina señal q\ic rmslrará el valor , i fin de estar dis- 
pensnda de loda otra comprobación. Despups de la adopción necesa- 
ria de la moneda para los cambios , se hizo nna revolución en la ma- 
nera de especular : el tráfico apareció. Quizá fue poco complica- 
do, en su origen: luego se hicieron combinaciones mas hábiles, 
áfin de sacar de los cambios el mayor beneficio posible. De ahí pro- 
cedió que se ha aoslumbrado á limitar el aríe de la especulación 
á solo la moneda; se ha creido que la única función del especula- 
dor* era amontonar miítales preciosos, porque el reíultado definitivo 
de sus operaciones es adquirir oro y riqueza». Con toilo¿ la mo- 
neda no será un bien imaginario? Su valor está todo en la ley. ¿Don- 
de está el que tiene en la naturaleza ? Sí la opinión que le admi- 
te en la circulación llega á cambiar , ¿ en donde está su valor po- 
sitivo? ^Que necesidad de la vida podrá aliviai? Al lado de un 
montón dcoro fallarán ios mas indispensables alimentos." ¡Que' lo- 
cura llamar riqueza á una abundancia en cuyo seno se puede mo- 
rir de hambre !. 

Es imposible caracterizar de un modo mas justo las verdade- 
ras propiedades de la moneda. En otra parle Aristóteles ha apre- 
ciado con la misma exactitud las consecuencias de la usura y las 
del espíritu de monopolio. "Un siciliano , dice, tenia una cantidad 
de dinero en depósito. Compró con ella todo el hierro que se ha- 
llaba en las herrerías. Presto los comerciantes llegaron de diferentes 
puntos y no encontraron hierro mas que en su casa. No había sa- 
bido demasiado el precio ; pero no obstante dobló su fondo que 
era de 5o talentos». 

Se ha censurado , y con rar.on , á muchos economistas moder- 
nos de no haber comprendido en sus valuaciones de la riqueza pú- 
blica mas que á los productores materiales, como si el magistra- 
do que administra la justicia no prestara á la sociedad tantos 
servicios como los labradores ó los artesanos. Platón mismo ha 
caldo en este error que es refutado con viveza por Aristóteles; "Y 
que! la ciudad no será constituida mas que paralas necesidades fí- 
sicas! los zapateros y los labradores bastarán para todo! ¿Cual es 
la parte del hombre que le conslituye esencialmente? Es el alma 
mas bien que el cuerpo. ¿Porqué pues las solas profesiones que pro- 
veen á las primeras necesidades compondrán ellas una ciudad, mas 
Lien que la profesión de arbitro imparcial de los derechos, ó la de 



(33) 
senador deliberando por el bien del estado? Estas profesiones no 

son el alma activa de la ciudad? (i) " De este modo, Aristóteles 
habia rehabilitado mucho antes que J. B. Say á los creadores de 
los productos inmateriales, cuyas clasificaciones pasaban por un des- 
cubrimiento de nuestra época. Habia también indicado con una 
precisión admirable las causas de la antigua lucha que existe dos- 
de los primeros años del mundoentre la riqueza y la pobreza. "To- 
da sociedad política, decía, se divide en tres clases, los ricos, los 
pobres, y los ciudadanos acomodados que forman la clase inter- 
media. Los priineros son orgullosos y sin fé en los grandes nego- 
cios; los segundos llegan á ser maulas y bribones en las menores 
cosas: de ahí mil i:»justicias, resultado necesario del enibuste y de 
la insolencia que les hace igualmente impertinentes en un consejo, 
en una tribu, y muy perjudiciales en una ciudad. Los ricos ma- 
man la independencia desde la infancia: educados en el seno de 
los goces, comienzan desde la escuela á despreciar la voz de la au- 
toridad. Los pobres, al contrario, rodeados de apuros, pierden to- 
do sentimiento de dignidad: incapaces de mandar, obedecen como 
esclavos, en tanto que los ricos, que no sal>en obedecer, man- 
dan como déspotas. La ciudad no es enlorices mas que ana agre- 
gación de señores y de esclavos; no hay allí hombres libres. Celos 
de una parte, menosprecio de la otra ; ¿donde hallar [la amistad, 
este afecto mutuo que es el alma de la sociedad? Cowo viajar con un 
compañero que se le mira como un enemígo^^' 

"Asi que, continúa Aristóteles, la clase media es la base mas 
segara de una buena organización social, y la ciudad tendrá indis- 
pensablemente un buen gobierno, si esta clase tiene la preponde- 
rancia sobre las otras dos reunidas ó al menos sobre cada una de ella* 
en particular. Ella es quien, colocándose á un lado, hará inclinar 
el ejullibrio que impedirá al uno ó al otro estremo dominar. S 
el gobierno entra en manos de aquellos qae tienen mucho ó dema- 
siado pico, será una impetuosa demagogia ó bien una oligarquia 
despótica. Es evidente que cualquiera que sea el partido dominante, 
la furia de la democracia ú el ceño de oligarquia, la conducen derechos 
á la tiranía. La clase media está menos espuesla á todos estos esce- 
sos: ella sola no se subleva jamas; por todas partes en que ella es- 
tá en mayoría no se conocen ni estas inquietudes ni estas reaccio- 
(2) Polilic» lib. IV c. XI. , tx- 



(34) 
nes violentas que conmueven los gobiernos. Losgran<íes estados es- 
tán menos cspueslos á los movimientos populares. Porqué? Porque 
la clase media es allí numerosa. Pero las pequeñas ciudades están fre- 
cuentemente divididas en dos partidos. •; Porqué. Porque noseencuen- 
Iran allí mas que pobres y ricos , es decir estremos y no medios." 

Parece que estas líneas están escritas ayer y arrojadas á nues- 
tros lectores p)r una de las mil bocas de nuestro tieuipo. Las he 
citado con alguna eslension, porque dan una idea exacta de las mi- 
ras económicas de los mas célebres escritores de la antigüedad. De- 
fendiendo con tanto calor la causa de las clases medias no se dejan 
alucinar por la pretensión de una vana ilusión; sabian lo que pasa en 
las luchas civiles en donde se trata de cuestiones sociales entre el 
rico y el pobre. «El partido que gana no queda dueño sin resisten- 
cia. El se guarda muy bien deestablecer una constitución siguiendo 
el jusiocquilibriode la igualdad. El vencedor mira el gobierno como 
el premio de la victoria : el le da la librea de su partido . ( i ) " Cuanto 
mas se relee á Aristóteles mas se reconoce que este grande escritor ha 
reasumido en un todo las ideas mas adelantadas de la civilización 
de su tiempo. Porque ha habido en Grecia , en Roma , como en la 
resto de la Europa desde la era cristiana, épocas y hombres que 
han merecido el privilegio de representar mejor que los otros el 
carácter y el pensamiento de muchas generaciones. Asi es como se 
puede esplicar el poderoso influjo de los grandes hombres j de lo* 
grandes escritores de la Grecia, á pesar de la diversidad de intereses 
de todas las repúblicas que ocuparon aquel pequeño territorio. A 
pesar de los numerosos cambios qne las instituciones de estas re- 
públicas han sufrido en las diversas edades déla Grecia, descansa- 
ban sobre principios casi invariables, pero cuya base era siempre 
la esclavitud. Toiio el que no era griego era considerado como bár- 
baro; los sacerdotes, los ñlósofos, los legisladores , los guerreros y 
los oradores, han ocupado sucesivamente el poder sin desquiciar 
las antiguos fu adaman tos de la civilización griega, el horror al 
trabajo industrial, el desprecio del comercio, la indiferencia para 
todo el que era estrangero ó esclavo. En vano, las grandes es- 
pediciones de Alejandro y el desarrollo de su poder marítimo fa- 
cilitaron á las dlferenles' naciones griegas el establecimiento de un 
grande imperio oriental: sus dimensiones intestinas y el abuso'de 
" (1) Política til). IV. cap. Xt. 



la servíílumíire le? han heclio perder esta probabilidad glon osa, 
y el feJcralismo griego desapareció ante la anidad romana asi que 
esta llego á mostrarse. 

CAPITUI.O IV. 

De las colonias griegas y de sus relaciones con la metrópoli. — Ellas 
han contribuido á esparcir en una gran parte de la Europa las 
ideas cuyo foco estaba en Atenas y en Esparta.-^Han sido fun- 
dadas como las nuestrdis, por las emigraciones , pero han gozado 
de mayor independencia. 

JjSl historia de la antigua Grecia presenta, como la de la mo- 
derna Europa, el fenómeno notable de ana federación de peque- 
Sos pueblos que tienen á raya comarcas inmensas, por el solo as- 
cendiente de su superioridad moral. El mapa de las colonias grie- 
gas parece á un mundo cuando se le compara con ci del Peloponeso 
y demás dependencias metropolitanas de tierra 6rme. Iios griegos 
tenian en efecto colonias en el Asia Menor, en las orillas del mar 
Negro, en Chipre, en Creta, en Sicilia, en Gaula, en España y en 
África. Ellos contaban alli las ciudades por ciíntos y no se podrá 
dadar que la mayor parte de estas ciudades han gozado de la 
mas grande opulencia , aun en el sentido que nosotros aplicamos 
hoy diaesta palabra. En el principio, fueron el producto de la con- 
quista; se apoderaban de los habitantes como esclavos, y de sus 
tierras como de un dominio público. Mas adelante se capituló con 
las naciones conquistadas; los griegos embiaron á ellas el esceden- 
te de su población famélica y turbulenta, y se formó una asocia- 
ción verdadera entre los indígenas y los emigrados. En tanto que 
la metrópoli podía mantenerlos en la obediencia por medio de sus 
escuadras, la deponJendencia era positiva: pero bastaba una inler- 
rapcion en sus comunicaciones, para poner susupretnacia en du- 
da. Asi es que la derrota de Egos -potamos hizo perder á Atenas 
todas sus Clerouquias. 

No pnede dudarse sin embargo , que el regimeO' colonial 
de los antiguos ha sido, en general , mas independiente que el 
nuestro, de la influencia de las metrópolis. Los griegos no tenian á 
SQ disposición las grandes escuadras de los puobioí modernos niel 
poder de la ariilleria que obra de lejos sin necesitar de los desein- 



(36) 
barcos. Siempre que una de sus colonias se sublevaba, era preciso 
trasportar á olla tropas con escesivos gastos y csias tropas debían 
ser muy HÚmerosas para resistir al choque del enemigo. Asi la 
mayor parte délos establecimientos griegos acabaron por venir á 
ser enteramente libres de toda influencia estcrior. El trabajo era 
honrado alli, floreciente el comercio y las fortunas mas general- 
mente repartidas que en las grandes ciudades metropolitanas. Efeso, 
Esmirna, Focea y Mileto se elevaron á un grado de prosperidad 
desconocido. Mileto solo tenia i puertos y una flota de mas de loo 
navios. Se saben las maravillas de Rodas , la riqueza de Esmirna 
la destreza los navegantes foceos, fundadores de Marsella . Los 
griegos asiáticos perfeccionaron muy prontoel tinte de lanas, la es- 
plotacion de las minas, la fundición de los metales. Todos sus sa- 
bios han contribuido á los progresos de las ciencias; la filosofía, la 
astronomía les deben brillantes descubrimientos ; las bellas artes mo- 
numentos magníficos. Tubieron también sus constituciones particu- 
lares y llegaron á ser bastante poderosos para hacer conquistas. La 
isla de Creta ha mantenido largo tiempo su independencia por medio 
del comercio y no ha sucumbido sino ante la dominación romana. 
■ Una gran parte de la Europa actual, las Galias, la EspaíTa 
la Italia meriflional han existido mncho tiempo en estado de co- 
lonias griegas. La Sicilia sola era un verdadero imperio y los esta- 
blecimientos situados en la porción actual del reino de Ñapóles 
que termina en las dos Calabrias, llegaron á tal grado de esplendor 
que eclipsaron el brillo de la madre patria y merecieron el nombre 
de Gran Grecia , Todos estos estados comerciaban libremente en- 
tre si, mediante ciertos tribuios ligeros pagados á sus metrópolis 
Dificllmente se comprenderla como no se libraron de ellos á tiem- 
po', si sus discordias perpetuas y la rivalidad de sus intereses no 
esplicasen su permanencia en la esclavitud. 

Las riquezas que sacaban del comercio no contribuyeron menos 
áello, debilitando su tendencia guerrera y creando en el seno de sus 
opulentas ciudades una democracia desenfrenada y debilitada por 
los placeres, igualmente impropia para tolerar un gobierno y para rem- 
plazarle. ¡Ved que magnífica situación la de Corinto para el comer- 
cio! Se hallaba colocada sobre dos mares; abría y cerraba el Pelo- 
poneso. Tenia un puerto para recibir las mercancías del Asia; te- 
nia otro para recibir las de Italia, y la Italia era la Europa dc 



(3/) . 
aquel tiempo. Que almacenes! que navios! que monumentos ! pero 

bien pronto se .-dedicó á edificar templos á Venus y á mantener en 
ellos á millares de cortesanas; deplorable abuso de la civilización 
y Je la riqueza , que ha hecho huir de estos hermosos lugares la 
riqueza y la civilización! de este modo han perecido todas las colo- 
nias griegas, convertidas en naciones. Consagraron al lujo y á los 
placeres los tesoros que hubieran podido emplear en consolidar 
su independencia , y nosotros no hallamos hoy dia sino bajo la 
verba los restos de su antigno esplendor. Nada hicieron para la des- 
gracia ni para la pobreza; ningún asilo , ningún socorro para las 
clases des<^raciadas ; ningún ahorro creador de capitales. Vivieron 
solo con el dia , consumiendo sus fondos con sus rentas , hasta el 
momento en que arrastrados á la órbita del mundo romano , allí 
se sumieron con su independencia y su fortuna. 

CAPITULO. V. 

De la Economía Política entre los Romanos , en las diferentes épo- 
cas — Ellos son esencialmente guerreros y ladrones durante la re- 
pública — Ingeniosos Y administradores durante el imperio — Su des~ 
precio al trabajo — Inmensas desi>astaciones que causan—Ruina de 
Cartago — Primeros ensayos de organización por los Emperadores» 

Tres grandes épocas se distinguen , perfectamente caracteriza- 
das, en la historia de los once siglos que separan la fundación de Ro- 
ma del advenimiento de Constantino. La i' casi salvaje, acaba 
en el principio de la guerra púnica: la 2' toda guerrera, termina 
en la batalla de Actium : la 3* comprende el reinado de los em- 
peradores y es la del despotismo y la administración. La verda- 
dera Economía Política de los Romanos no fecha sino del siglo de 
Augusto; hasta entonces, no han sido mas qne agricultores ó con- 
quistadores: bajo el imperio, comenzaron en fm á civilizarse. En- 
tonces solamente fue cuando su gobierno ejerció una influencia uni- 
versal y ellos llegaron á ser positivamente los señores del mundo» 
No obstante á pesar de estas modificaciones sucesivas en su consti- 
tución y en su politíca interior, los Romanos conservaron desde 
los primeros dias de su historia hasta la caida del imperio, ana 
fisonomía siempre igual y| tendencias casi uniformes. Colocados en 



el primer caso, en medio do estados independientes tales como los 
Eqijos, los Volscos, los Sabinos, los Samnitas se hacen conquista- 
dores pr)r no ser conquistados. Vencedores, conservan sus costum- 
bres militares, cuyo principal carácter es el desprecio del trabajo- 
El trabajo, á sus ojos y desde los primeros tiempos , es negocio de 
los prisioneros y esclavos. Por esto uno de sus historiadores pudo 
decir y acaso con justicia , que en esta época su único oficio era el 
de moler el grano y los hombres. Su religión estaba á igual altura 
que siis costumbres, y levantaban templos á Júpiter ladrón {Joifi 
prixdatori). Las bellas artes, la industria, el comercio, les son total- 
mente desconocidos. En la e'poca Je la i ^ guerra púnica, nosaben que 
hacer de las hermosas pinturas que hallaron en la ciudad de Tarento. 
En Corinlo , sus soldados juegan á los dados sobre los mas magnificos 
caá iros de los mas grandes maestros, y uno de sus generales dice se- 
ria ncntoal patrón de un navio encargadode trasportar á Roma las 
obras maest is de la Grecia: «Si pierdes alguno tu le remplazaras." 

En dicha e'poca ni aun su idioma existía; era lo que es entre 
nosotros la gerga de los curiales y alguaciles . El curso del tiempo 
se imrcaba por un clavo clavado 3oletnnemt»ntecada año al princí 
pío de setiembre en la pared del templo de Júpiter y nohabiamas 
de tres divisiones del día; una moneda tosca de cobre, bastaba á to- 
das las necesidades ; y toda la industria, como en las repúblicas 
griegas, estaba concentrada en manos de los esclavos. Sus primeros 
poetas han pertenecido á esta casta Infamada: Ennio, Planto, Te- 
renclo, y otros muchos grandes escritores eran esclavos. Los ro- 
manos de este tiempo tenían sobre todo horror á !a navegación, y 
su ignorancia en este arte les ha causado grandes desastres. De es- 
^e modo hacían de la destrucción de los navios la primera condi- 
ción de sus tratados con los vencidos; mas de 5oo de aquellos que- 
maron en Cartago. Esta aversión por la marina degeneró entre 
ellos en una verdadera manía y cuando llegaron á ser dueños del 
mar, no fué por sus navios, sino por la ausencia de los navios 
enemigos. \ no ser por los piratas, que los Insultaban inpune- 
mente en el M.-diterráneo, hasta el punto de bloquear sus puertos 
y de llevarse á los funcionarios públicos, hubiesen de buena gana 
renunciado á la navegación; la que por otra parte no se sostenía 
entre ellos sino con tripulaciones estrangeras, compuestas de grie- 
gos, egipcios, ó sicilianps. El mismo Augusto, que ganó la batalla 



naval de Aclium, tenia un miedo horrible al agna. 

En el momcnio de sus primeras luchas con Cariago se vieron 
aparecer edictos que proscribian al comercio. «Los pueblos comer- 
ciantes deben trabajar para nosotros, decian, nuestro oficio es el 
vencerlos y exigirlos impuestos. Continuemos, paes, la guerra que 
nos hace señores suyos, mejor que dedicarnos al comercio que los 
convierte en esclavos nuestros." Eil mismo Cicerón ,á pesar de la 
gran superioridad de sa talento, participaba aun, en una época 
mas avanzada de la república, las preocupaciones antisociales de 
sus conciudadanos: ";Qaé puede salir de honroso de una tienda? 
(esclamaba con Ingenuidad) £1 comercio es sórdido por sí, cuan- 
do es de poca importancia, porque los comerciantes en pequeño, 
no pueden ganar sin mentir; es un oficio á lo mas tolerable, cuan- 
do se ejerce en grande y para abastecer el pais (i). "Con tales doc- 
trinas sobre el comercio no es admirable que los romanos hayan 
buscado en la conquista y en el saqueo, los recursos que hallaban 
indigno de ellos deberlos al trabajo. Sus primeras riquezas han 
comenzado por el botin, y su historia se asemeja durante muchos 
siglosá la de un pueblo de pira tas. No se lee en sus autores masqug 
relacionesde robos y devastaciones: el primero es el saqueo de Sira- 
CQsa, después el de Tarento, de la Siria, de las ciudades de Numi- 
dia, en 6n el triunfo dePaulo Emilio cuyo carro triunfal essegtii- 
dodeaSo carretas llenas de oro y plata. Manlio robó el Asia menor 
Sempronio la Lusitania, Flaco la España. Sesenta ciudades del £pi- 
rosón saqueadas y destruidas; i5o3 habitantes son reducidos á la 
esclavitud ; solo la ruina de Cartago produjo 2000 millones de 
nuestra moneda. Buen dia fue para Pioma aquel en que despojó aque. 
lia ciudad cuyos templos estaban cubiertos con hojas de oro, producto 
de las minas de España y del comercio inmenso del Mediterráneo! 

Muchas veces se pregunta que hubiera sido de la civilización 
si Cartago hubiese triunfado de Roma y si el espíriln comercial 
de la grande ciudad Africana hubiese 'prevaIcc¡<lo sobre la po- 
lítica guerrera de su implacable enemiga. Ha-sio <¡<T¡r que Cariago 
era á la vez una ciudad industrial y comercial y qde ella pri)vf¡a 
á lodos los puertos del mediterráneo de sus mercancías v de sus 
materias primeras. La navegación estaba alli en un muy aho gra- 
do de perfección para aquel tiempo, «i' h('rTin.<; i]r jir/r-T *b' «"o 

(1) Cit-ron, iraUJo de los Uelx;ix> lil). I inecioii i2. 



(-lo) 
por clperiplo de Hannon que era uno de los mas bellos monumen- 
tos de esta ciencia en la antigüedad. Se debe pues sentir para siem- 
pre que una potencia que llevaba en su seno todo el germen de 
civilización pacífica, haya sucumbido á los golpes de un pueblo 
esclusivamente guerrero. El capital inmenso destruido eu esta ca- 
tástrofe hubiera alimentado trabajos de un grande interés para la 
humanidad, y fue á perderse á Roma en las arcas de los patricios 
para dar en ellas nacimiento á los mas infames desenfrenos de usa- 
ra que pueden manchar la historia de una nación. Parece que 
desde luego Roma quedó presa de una fiebre de especulación y de 
agiotage; no se oye ya hablar mas que de ciudadanos perseguidos 
por deudas, de palacios que se levantan, y de desgraciados á que sien 
se priva de lo que poseen. Bruto y Casio, Antonio, Sila, el gran 
Pompeyo mismo, se hacen prestamistas secretos y no se abochor- 
nan de sacar intereses de 4^ y ^un de 70 p.| Un Yerres consi- 
gue agotar la Sicilia: Saluslio construye magníficos jardines arti- 
ficiales con el producto de sus rapiñas en Numidia. Cicerón, go- 
bernador de Cilicia, se creia el bienhechor de la provincia por ha- 
ber rebajado el interés á 13 p | y la comisión, en caso de atraso 
ó de renovación. Juvenal en fin pudo esclamar mas adelante; de- 
voramos á los pueblos hasta los huesos, después que Salustlo hubo 
dicho que sus contemporáneos atormentaban la plata de todas las 
maneras. ¡He aqui los hombres que nosotros admiramos y la civi- 
lización que se nos da por modelo, desde nuestra mas tierna in- 
fancia! ¡He aqui la Economía Política del pueblo romano hasta los 
primeros años del imperio! 

CAPITULO VI. 

De la Economía Política de los romanos desde el principio del impe- 
rio.-^ Abusos de las con(fUÍstas.-'-Desprecio del comercio. — Condi~ 
donde las clases laboriosas. — Aristocracia insolente. — Populacho 
famélico.—'Se acoger^l celibato. — Egoísmo público y privado. — Ca- 
rencia de manufacturas. — La utilidad sacrificada al esplendor. 

En medio del caos de guerras y de conquistas en que Roma ?e 
agitó hasta los primeros tiempos del imperio, se ven aparecer al- 
gtinos ensayos de renovación social, y la producción establecerse 



(il) 

bajo bases regulares. El genio pacificador <Ie Vug'islo empreüiiió 
esta grande obra, que, no fue jamas íCompi(3ta»ip,cfil4,f3(bíin(lonada 
por sus sucesores. Un censo general de la población y r,eG,ursos d^'l 
iirtpcrio, un verdadero cala¿>lro que desgraciadanionte no ba 
uceado liasta nosotros, le suministró los cleinentos esenciales, (^e 
las reformas que meditaba. La estadística vino, e-n auxilio de la ad- 
ministración. Se supiel núnierode los propietarios territoriales, el 
de los soldados, el de los esclavos, el de los libertos. 

Los impuestos son cobrados con mas orden, discernimiento e' 
imparcialidad. El derecbo de sucesión queda fijado en el veinteno; 
una cuota general de consumos de i p.° se iiupone.á todos los ge'- 
neros. Las aduanas, este veneno, tan dulce y ta» -fatal al mismo 
tiempo para la industria m)derna, se organizan bajo el mas ri- 
guroso pie, no á título de protección, sino como medio de renta: 
las materias primeras están sujetas á ellas, asi como las mercancias; 
Se resarcían los derecbos en caso de reexportación porfalt^-dc. venia 
pero los aduaneros, es preciso confesarlo, no eran mus tolerantes 
que los nuestros. Estaban autorizado? para abrir los fardos y aun 
las cartas, como Tcrencio lo afirma espresamentc. La omisión de la 
declaración en tiempo útil, arrastraba tras sí la confiscación, y si 
era reconocida involuntaria, el pago del doble dercebo, Nerón qui- 
so un día suprimir este impuesto para hacerse popular: pero;el se- 
nado le representó que si aquel sucumbía, se atacarian I>¡on pronto 
todos los demás y el emp<"radür ctdió á tan poiierosas razo- 
nes. La historia nos ha conservado una de las tarifas, y el conoci- 
miento que he tomado de ella, no me permiten dudar que en pun- 
to á absurdos, nuestras aduanas esceden mucho á las anticuas (i) 
Mas adelante,, bajo Dioclecia no, cuando el imperio fue divi- 
dido en 4 grandes prefecturas que contenían muchos reinos, se es- 
tableció una notable unidad en todos los ramos de la administra- 
ción romana. Las leyes eran las mismas del Tilier al Danubio, 
desde Espaíia al mar Negro. Treinta legiones que formaban on efec- 
tivo de cerca do ^ort mil hombres, mintenian en su deber á una 
multitud de pueblos diferentes en lenguaje, costumbres é intereses. 
Caminos magníficos nnian entre si aquellos vastos campamentos 
situados á la orilla de los ríos , á la entrada de las tnontañas , ó so- 

(i) Se vé líjTiir.ir en psio <lo<-itinPiit.o \:\ píiiiÍT-iita , la miu-I.t , I.-» ijiim , fl .'i'i,«^;|,r<, 
»»5iino4 j)<.r('nni..s , lis iH-leter-a ,p\ inarli I , los diaiüiuiují y olr.i, ol.ji;lO!, de hijo " Pe- 
ro iiucíliM» t.ii'(rj!i lu» ii:ia |H>ril(iiiadu natía. iir t «- • 

6 



(40 

brc los lindes Je las romarcas no sumisas. Las postas, soslcnidas 
con un cuidado estreinado, llevaban á todos ¡os pantos del impe- 
rio las órdenes del gobierno central. Inmensos acueductos surtian 
de agua las ciudades opulentas, cuyo número nos parece hoy dia 
fabuloso. Apesar de los prodigios de que nuestro siglo ha sido tes- 
tigo, esta grandeza romana nos admira aun y nos sojuzga; las mas 
vastas monarquías de la Europa moderna se avergüenzan ante los 
loo millones de subditos del emperador Claudio. Pero se han con- 
tentado hasta el dia con admirar la altura formidable del coloso 
imperial, sin medirla, sin remontarse á las causas primeras de su 
elevación y sin buscar la esplicacion de esta admirable existencia. 
¿Porque medios se podia acudir al consumo de estas millaradas de 
hombres? ¿Deque presupuestóse sacarían los recursos necesarios pa- 
ra alimentar y para vestir este mundo tan diferente del nuestro ? 
¿Habia pobres? Se trabajaba por grandes empresas en talleres, ó^ 
como durante la república, en elhogardomestico?¿Cualera la suerte 
del cultivador y del obreroí ¿Gomo se hacia el comercio? La Economía 
PoUlíca aguarda la solución de estas graves cuestiones, cuya impor- 
tancia no parece haber sospechado siquiera los escritores romanos 
La esclavitud aparece siempre como elemento social en la cons- 
tltucipn del estado. No es ya la esclavitud griega, ui aun la de la 
época media de la república, que tenia el carácter de ana sencilla 
domesticidad : el imperio ha llegado á ser tan grande, que no se 
puede ya pedir á los esclavos solos la masa enorme de trabajo, in- 
dispensable al mantenimiento de una población tan considerable. 
Es preciso que el pueblo mismo ponga mañosa la obra, y en efec- 
to , Roma estaba llena de manufacturas ( i ) en donde los obreros 
asalariados dividian con los esclavos dedicados á las mas duras ta- 
reas, las fatigas, ya quenolos productos, de la fabricación. Los mas 
opulentos senadores beneficiaban estos ingenioso máquinas por me» 
dio de sus capitales y de los esclavos que poseian por millares. Se 
connaturalizaban cada dia producciones nuevas, frutos desconoci- 
dos, plantas útiles, tales como el lino y la mielga. Pero que de 
tierras abandonadas ó caidas en baldios'.Que magníficos dominios 
transformados en cotos estériles, en tanto que los cultivadores mo- 
rían de hambre ! Plinio el mayor deploraba este abuso que volre- 

(1) No Jebe entenderse esta palabr.i en la acepción coinun del dia. Los rommos no 
tenían eu efecto, manufacturas como las actuales, sino vario» estahl ciiuient^s donde 
hacian trabajar i íut eícUvo» bajo la Uireccioa de w}l>reslaate« libras. 



mos á hallar seíialado con la misma energía en los escritos de Colií- 
tnela. Se abandonaban poco á poco las ocupaciones industr tales 
para entregarse á ias profesiones qoe eran de moda, y hubo un 
tiempo en que los farsantes, los gladiadores, los astrólogos, y los 
cocineros eran los hombres mas buscados. El pueblo bien pronto 
adoptó los hábitos de los grandes: le era preciso perfumes comoá 
los praticios y el emperador Adriano mando hacer distribuciones pú- 
blicas á todos los ciudadanos en dias notables. El marfil, elánibari 
los inciensos , vinieron á ser objetos de primera necesidad , y era» 
preciso introducirlos al precio de una masa enorme de numerario 
por que el pueblo romano no tenia productos que dar en cambio. 

Aqui empieza á manifestarse la principal causa de la decaden- 
cia del imperio y una de las llagas la mas profunda de su Econo- 
mia Pülitíca Los romanos querían ante todo, consumir sin pro- 
ducir^ y este error acarreó la esportacion pcrn»anenle de la ma- 
yor parte del numerario que habian arrebatado á los pueblos ven- 
cidos. Las conslruciones magníficas con quecubrian la Europa ab- 
sorbían también cantidades notables y estos inmensos capitales pa- 
saban por sus manos sin dejaren ellas señal ni producto. Se creían 
pensionarios del universo y nosjponian que esta renta tan fácil de 
consumir, acabaría por no reproducirse nunca. Dormían la siesta 
después de sus comidas, en galerías adornadas de flores, en donde 
sus clientes iban á saludarles por la mafíana temprano después 
de haber hecho entrar recado por los esclavos nomenclátores y porie- 
ros de estas viviendas casi reales. Las familias patricias se organi- 
zaban poco á poco en un poder aristocrático cuyos miembros se ha- 
cían llamar vuestra sinceridad, muestra gravedad, imestr aescelencia 
ifuastra alteza, llegada á ser entre nosotros, después , serenísima. 
Sus carros sembrados de adornas de plata cincelada , atravesa- 
ban las calles al galope de sus caballos seguidos de una horda de 
esclavos que quemaban perfumes. El pueblo, á su vez quiso su par- 
le de regocijos perpetuos á los cuales se entregan los señores de la 
«fpoca ; y se le «listribuyeron bonos de pan, de carne, de aceite y 
hasta de baños. Los espectáculos estaban invadidos desde el amane- 
cer: los mas aficionados pasaban en ellos algunas veces la noche. 

En este desorden general de usos y costumbres que se remon- 
taba 3 los últimos tiempos de la república, se vio elevarse en Ro- 
ma y en toda la estcnsion del imperio una verdadera conspiraciou 



conlra el matiimonio. Todr) el inundóse refugiaba en el celibato 
como en un asilo inaccesible á los cuidados y alas cargas: de la fa- 
milia y niasde un emperador, después de Augusto, se vio obligado 
á perseguir con edictos esta manía que renace por otras causas en 
el dia. Un censor invitaba seriamente á los ciudadanos al matri- 
■monio como á un servicio pUriiitico, y el estado se apoderaba de 
las berencias q:ie recaían en cellbilos pertinaces.»To los los roma- 
nas estaban dominados por una invencible repugnancia al espíritu 
'de orden y de empresa , y á todo lo que exigía previsión ó econo- 
mía. Los obrxíros proletarios bailaban en los esclavos obreros una 
concurrencia tanto mas formidable cuanto que estos esclavos eran 
alimentados de los gastos de sus señores y por consecuencia , se ha- 
llaban en estado de perjudicar á los trabajadores asalariados. De 
este m )1 » el número de ¡nllgeutes era considerable ;vivian amon- 
tonados en viviendas estrechas y fétidas, siendo el blanco de esca- 
sos los mas horrorosos , y de privaciones lasmas crueles. Sus ves. 
tidos generalmente fabricados de tejidos de lana y rara vez muda- 
dos, hubieran bien pronto propagado entre ellos epidemias mortí- 
feras, si el uso de los baños universal en Roma, no hubiera evi- 
tado su invasión. (i)L<'^ beneficencia pública desconocida en aquellos 
tieñi pos de despotismo y «le esclavitud no habia aun organizado los 
asilos para la miseria y para la enfermedad, y Voltaire ha podi- 
do decir con ra^.on. "Cuando un pobre hombre cáia enfermo en Ro- 
ma sin tener medios para hacerse asistir, ¿que era de el? Moria.»» 
De este modo, en medio de la magnificencia del poder roma- 
no, no se percibía más que aria masa confusa^ de proletarios, escla- 
vos , libertos, criados y artesanos que trabajaban para hacer frente 
á los consumos inprodiíctivos de los grandes propietarios de capi- 
tales ó de tierras. Las artes liberales^ tan gloriosas y tan nobles, 
estaban abandonadas á manos serviles; la medicina misma no se 
Vjércla sino por esclavos. El comercio permanecía siempre en la 
infancia, á menos que no séllame coniortío la operación trivial de 
can^biar el oro (!c:lós países conquislados por mercancías que se 
traían de ellas. No sé (¡la ninguna ciudad romana celebre por al- 
guna fabricación especial , como nuestras grandes ciudades indus~ 
^riíjles, Eirmingbam , l^j qn p Manchésier. Ningún puerto del im- 
perio puede .ser comparado a los de, Marsella , de Liverpool ó dg 
Nueva Yorck. Y sin cinbargo, las grandes ciudades eran nu«iero_ 

(í) Se lonial.;» un Iwño per 4 (guarios ; ouaJraiite lavari , díte un poeta. 



(4.V5) 

sas en toda la saperficie del mando romano, y su Increi|)l£ opulon- 
: cia lieoe siempre, alguna cosa que nos confunde. Pero £Sla opulen- 
cia fto se parece cu nada á la de nuestros estados conleporáncos, eu- 
donde los mas modestos particulares disfrutan de mas goces que los 
privilegiados del iiDperio. Toda la grartdeza romana era eslerior y 
•feaínaii:; se multipUcaljan los nmounieiUos por ostentación, rara 
ve/i coa objeto de utilidad. Al lado <le es.tos monuuien!o.voslcntosos 
el pueblo li:ibitaba en viviendas indignas del esjjlcndor nacional , y 
en Giiyos cuartos poco claros no estaban menqs.cspficstos á la m- 
femperle de las estaciones. JuzgariaiTjos umy mal (K;l régimen ali- 
menticio de las m\sas, s,liiQ co!isiderás(?mo* .mas que la< elegancia 
de los ultínsiüos de que se scrvian comunmente para los usos do- 
mésticos. Sns licchuras graciosas escitaa ntiestra ad:niracion, y pa- 
recen no haber podido convenir mas que á un pueblo rico ó artis- 
ta; pero estos objetos estaban bien lejos do corresponder á todas sus 
necesidades y de llenar el destino de los utensilios análogos en los 
tiempos modernos. Los romanos no conocian niel papel ni las plu- 
itias; cscribian en letras mayúsculas sobre hojas de papiros ó so- 
bre pergainino, con punzones de liicrroódé madera. Sus sillascraa 
elegantes, pero muy duras, y sus carruajes, colocados sobre el ogo, 
sin resortes ni sopandas, no eran mucho mas cómodos que nuestros 
carros-matos. No se pueden admirar óntre tolas las produccio- 
nes de sil genio industrial masque los acueductos y sus grandes 
caminos, y también debemos admirarnos deque construciones tan 
gigantescas no hayan sido establecidas mas que por un interés pu- 
ramente militar ó jpara el embellecimiento de álguna-s ciudades. 

CAPITULO Vil. 

De laiinportnnclade.los medio.'; (Ic comunicación enfre los romanos. — 
Servicios que sus grandes caminos Jaihicran podido prc.'tar á la ct- 
viUzacron i at coitiercio.— Bosquejo de las principales leyes roma^ 

" nds eh materia 'dé Ecóúomia Pulií/ca.- -Ojeada general sobre \/í 
comercio. 

Lósí graridts camí'nos del íirtpcrío rom.inn Han esredido en 

^"grandeza y 'cn'is(>lí(f(''z á' iVxfo fó qué se'ba e)errtt;ido tña's magiSifi- 

C(j en este {¿eiieroj de tiempo imncnioiial ; Sus ídinás que adniira- 



(46) 

mos aan bajo la yerba que las cubre, no permiten áudap de ted- 
ia Importancia que daban á la perfección de estos prodií^iosos elca 
mentos de poder y de civilización. Y no obstante, estos grandes ca- 
minos no parecen haber prestado á la civilización todos los servi- 
cios que hoy dia saca de ellos; y para Roma no han llegado á ser 
el manantial de una gran prosperidad comercial ; rara vez han evi- 
tado la escasez y las desgracias que arrastra en pos de si. Los roma- 
2JOS no han visto en ellos mas que el m^ídio de transportar rápida- 
mente sus armas del centro a la frontera; en una palabra, solo un 
instrumento de conquista y no de industria. Jamas, en ningún pais 
del muudo, tesoros mas cuantiosos fueron consagrados á esta obra 
importante y jamas ningún pueblo recogió nienos utilidad de taa 
grandes sacrificios! 

La razón de este hecho es muy sencilla. Los romanos no se ocu- 
paban mas que de la agricultura , cuyos productos eran general- 
mente consumidos en el mismo sitio ó en un radio muy poco leja- 
no de los centros de la producción. Los grandes abastecimientos de 
la capital se hacian habitualmente por mar, única via por donde arri- 
baban los trigos de la Sicilia y del Egipto llamados los dos grane- 
ros del imperio No se puede pues esplicar la magnificencia de los 
caminos romanos sino como una consecuencia necesaria del siste- 
ma militar de este pueblo anti industrial y anti comercial. Hacian 
contribuir á ellos con igual ardor á sus soldados, á sus adminis- 
tradores y á sus subditos. La vigilancia sobre los caminos era an» 
magistratura respetable con la que los mayores ciudadanos se mos- 
traban honrados. Ningún impuesto parecía demasiado subido cuan* 
de se trataba de conservarlos, y la severidad del gobierno era ta- 
grande con respecto á esto, que se vieron mas de una vez las legio- 
nes sublevarse, por consecuencia de los trabajos escesivos á que 
eran condenadas para atender á este cuidado. Cualesquiera que ha- 
yan sido las vicisitudes del imperio, jamas la conservación de loa 
caminos fue abandonada; los principes mas perversos la han vigi- 
lado con la misma solicitud que los mas justos; Nerón y Caligula 
han construido tantos como Trajano y A.driano(i). Se trabajaba en 
ellos por carga y por contribuciones, cada uno según la importan- 
cia de sus dominios cercanos', apreciados por arbitrios y sobrecar- 
6;ados á consecuencia. Las comunicaciones eran divididas en do« 
grandes cla-^es , los caminos reales ó militares y los caminos vecioa- 

(4) V. Bergier. HUtori» deloi granJe» eaniooi del imperio romano lib. I cap. XVf 



fes ó comunales. Los primeros eran cc^servados por el estado y los 

segandos por las aldeas ) villas. -■> hrAuMHh- 

Obtenían las simpatías populares en todos tiempos, los prínci- 
pes, los magistrados, y aun los simple^ particulares, que se dedi- 
caban á esta tarea difícil. Se les prodigaban coronas, medallas y 
-arcos de triunfo. De este modo la historia está toda llena de los es- 
fuerzos estraordinarios que se han hechopi^ra mere^ere'tas grandes 
pruebas de reconocimiento del pueblo romano. Desde el reinado de 
Tiberio se podií recorrer la Italia toda entera, la Galia y una 
parte de la España con una rapidez inaudita, y Plinio cuenta que 
este principe hizo, en su viaje acia la Holanda mas de loo leguas en 
24- horas. La naturaleza de esta obra tíos priva de recordar aquí los 
pormenores, por otra parte bien conocidos, sobre el modo de cons- 
truir los caminos imperiales: pero es preciso contesar que en es- 
te punto somos bien inferiores á los aatiguos, y aunque sus ca- 
minos no hayan tenido una grande influencia en los destinos del 
Comercio, no se puede menos de admirar que hayan durado mas 
de i.ooo años cuando los nuestros, mas necesarios, á penas duran 
algunos años intactos. Nada se había olvidado allí, para los de apíe 
había aceras y para los de á caballo guardacantones para montar 
y apearse; los monumentos consagrados á los difuntos se levanta- 
ban habitualmenre en su vecindad , como para obtener los respe- 
tos de los vivientes. La vía Apia es en este genero la mas admira- 
ble obra maestra que ha salido de las manos de el hombre. 

Parece pues que los romanos hubieran debido sacar productos in- 
mensos del buen sistema de caminos con que habían cubieto el impe- 
rio á manera de una gran red. Pero estos caminos veían rodar 
masfrecuentemente los carros de losguerrcros que los pacificoscarrua- 
gesdel comercio y de la industria; ellos no contribuían en manera 
ninguna á la alza ó baja de los productos y de los salarios, proque 
el trabajo libre no esistia aun, y todo se establecía para la gran- 
deza, como lo hemos dicho, mas bien que para utilidad. Los gran- 
des caminos del imperio no tenían por objeto mas que facilitar el 
transporte de los soldados y del producto délas contribuciones. Ll 
movimiento de especies que se verificaba con tinnamente de lodos 
los puntos de la Gaula acia la ciudad de Lyon por cuenta del teso- 
ro publico era inmenso , pero no tenia ninguna circulación comer- 
cial en el sentido que aplicamos á osla paUbra. G)sa eslraua! Ha 



bastado entre nosotros la invención de la letra de cambio para 
remplazar la principal utilidad de los grandes caminos de los roma^ 
nos, y el servicio cspeétal para el cual parecen haber sido creados 
es precisamente aquel sin el cual se pas» mejor boy dia. Asi, los 
magnificos trabajos de la administración romana en materia de ca- 
minos put>lícos no han ejercido ninguna influencia sobre la produc- 
ción fjeneral, por que participaban del carácter esclusivamente mi- 
JUaiCid^ l^ nación y del espiritn general de sus instituciones. 

Toda la legislación romana desde los hermosos dias de la repú- 
blica hasta la caida del imperio, no es mas que la reproducion fiel 
de las preocupaciones incurable^ de este pueblo contra el trabajo y 
Ja industria. Una rápida fljpada bastará para dar de ello una idea. 
-En el principio de su poder hacen una multilud de leyes agrarias 
todas inspiradas por un vanó <Ieseo de di\ isio-i de las tierras y de 
eq liÜbfio entre las fortunas. La ley Terenda contiene ^uc fueran 
distribuidas á cada ciudadano indigi.-nfe 5 fanegas de trigo por mes. 
la ley S^/nprQíu'a. creó un máximum para el precio de granos que el 
estado dcbia: venderles; la ley C/or/Za ordenaba* la' provisión gratui- 
ta. Oira ley fijaba el gasto de las comidas; la ley Camlnla prohi- 
bía libertar los esclavos, pasado cierto número. Al mismo tiempo 
que se fomentaba de esta manera por liberalidades inconsideradas 
el acrecentamiento ;del número de indigentes, se concedían premios 
á la fecundidad: todo hombre, pa<lre de tres hijos, gozaba de una 
miUitud de privilejios, délos cu \les el principal consistía en una 
Irip'e disl''ib'icion gratuita de trigo. En otras ciccinUinci-is , la 
lev autorizaba á los deudores á libertarse, p.ígando solamente la -le- 
parte de sus deudas. 

En tanto que el espíritu de independencia y de empresa estaba 
paralizado por esta legislación protectora de la ociosidad, se man- 
tenían en la nns estricta subordinación todas las clases de ciudada 
nos, aan en el hogar domestico, en donde revnaba como se- 
ñor absoluto el padre de familia, armado del derecho de vida y 
muerte sobre sus hijos. La ntiugerpilesta como en tutela nocra mas 
que la criada de su marido. En loesterior , cada liberto reronocia un 
patrón, cada soldado un superior. La organización militar pesaba 
sobre toda la ciudad, como un yago de hierro al que nadie osaba 
sustraerse rsíngun ciudadano podia salir de su casta , ni aun para 
decaer, y los trabajos industriales eraij vedados como co.?a vil y 



sordina á aquellos que no habían sido condenados a ellos por sa 
racimlcn lo. Augusto impuso pena de muerte contra el senador 
Ovinio por haber derogado de su clase dirigiendo una manufacta-' 
ra, y esta sentencia tan estraordinaria á nuestros ojos pareció á 
los romanos una cosa natural, Esto esplica, desde luego, comO' 
toda industria fue imposible en Ptoma , puesto quese escluian de ella 
las inteligencias para no tolerar alli mas que las maquinas. lYquc 
mas maquinas que estos desgraciados esclavos , embrutecidos por 
los golpes, por el vejamiento desús señores, y sobre todo por la 
carencia de toda especie de salario! En las campiñas estas conse- 
cuencias fueron las mismas: nada de arrendatarios ni cultivadores 
instruidos. La agricultura parecia á la de nuestras colonias de es- 
clavos, con la diferencia de que el suelo del tropico'suple por su fe- 
cundidad á la insuficiencia del trabajo del hombre, en tanto que 
las campiñas romanas no ofrecían ningma compensación. La 
concurrencia y el interés personal, estos grandes móviles, no obra- 
ban sobre los espíritus, preocupados con las ideas de guerra y de 
placeres. Se veían acudir á Roma millares de aventureros, de in- 
trigantes, de vagamundos, atraídos por las distribuciones de co- 
mestibles y por los espectáculos de todo genero que los emperadores 
prodigaban al populacho para obtener algunos aplausos (i)Losarra- 
Lales de Roma llegaron á ser ciudades y el gobierno no tuvo pocas 
dificultades que vencer para atender al alimento de esta multitud 
innumerable de consumidores improductivos. 

Aíipesar de las precauciones infinitas que se tomaban para evi- 
tarlo, el hambre hacia por momentos funestos estragos en la capi- 
tal y en las provincias. En vano la flota cargada de provisiones,, 
llevaba el nombre de ^o/a sagrada: nn viento contrario impedía 
algunas veces su llegada y ponía en peligro la seguridad imperial. 
El arte de gobernar no fue bien pronto mas que el de proveer alas 
necesidades cotidianas de un pueblo desidioso é inconstante; y la 
menor cli'cunstancia daba origen á abusos sin número cuya fre-" 
cuente repetición hacía tener fuerza de ley. La muerte de una que- 
rida del príncipe, el nacimiento de un sucesor, una guerra san- 
grienta^ un triunfo inocente, motivaban igualmente copiosas dis- 
tribuciones. Los emper.idores r )Uíanos conservaban á este precio 
su corona, y no mantenían sua;iioridad sino pagando esactamen- 
' i(t) Mengotti- Del coipereio de Roma, 

7 



te la contrlbacion de pobres á sus subditos famélicos. "Estos per- 
ros, decía uno de los Césares, no cesan de ladrar sino cuando tie- 
nen la panza llena." Se cuenta por el número de hambres el de 
las mejoras verificadas en los negocios del comercio y de la nave- 
gación. La primera hambre bajo el reinado de Augusto fue segui- 
da del establecimiento de una flota y de almacenes públicos para 
la venta de los trigos; la segunda bajo el de Tiberio dio lugar aun 
sistema de premios para la importación de los granos ; la tercera 
bajo Claudio, decidió á este príncipe á reedificar el puerto de Os» 
lia: la cuarta bajo Nerón trajo á los comerciantes de trigo una exen- 
ción de derechos y medallas de premio; otra bajo Antonino Pió hizo 
restablecer el puerto de Terracina y el faro del muelle de Gaeta. 
Durante el reinado de Marco-Aurelio, nueva hambre, seguida do 
una provisión para siete años; en fin durante la administración de 
Cómodo, catástrofes del mismo género llegan á- ser fatales á los co- 
merciantes de trigo, perseguidos y castigados como monopolistas- 
He aqui todo lo que se sabía hacer en Roma por el comercio de 
subsistencias, único que se honraba como ya he dicho. No se en- 
cuentra en ninguna parte una sola señal de medidas regulares ; se 
vivia de undia para otro, sin pensar en los recursos que era facit 
desarrollar en el seno del imperio, y apenas se daba alguna aten- 
ción á los demás ramos de la producción. ■ 

Asi es que lá lana, materia primera casi única de todos los te- 
jidos empleados en Roma desde la vestidura délos senadores hasta 
la de los mas ínfimos soldados, la lana con la que se hacían sabanas, 
cortinas, alfombras, muebles de toda especie, no ha sido jamas de parte 
de los emperadores objeto de ningún sistema de fomento. Jamas urt 
hombredeestado romano descendió á los pormenores industriales de* 
modoque pueda siquiera sospecharse que comprendió la importancia 
detanelevadas cuestiones. Cada pais pagaba su tributo, la Arabia sus 
perfumes, el África sus cereales, la España su cera y su miel, la 
Galia sus vinos, sus aceites y sus metales ; la Grecia los objetos ar- 
lislicos y de buen gusto ; las riberas del mar Negro sus cueros y 
pieles: Roma lo consumia y pagaba todo con el oro de los impues- 
tos. Cuando estos no correspondian á la previsión del presupues- 
to imperial, se establecia una contribución nueva sobre la indus- 
tria, como lo hizo muchas veces Alejandro Severo. A medida que 
los emperadores se rodeaban de legistas y de juriscous altos, sus 



djsjKMÍcíones venían' á ser cada dia mas terribles para las profesio- 
nes laboriosas. Los compiladores de leyes les sugerian espedientes 
vergonzosos qaejastificaban con sofismas; un procarador faeqaien 
les enseñó á alterar la moneda. Constantino, sa mas digno discípa^ 
lo, asimilaba los comerciantes de tienda abierta alas rameras, yper^ 
Beguia con sus formidables anatemas á los hombres que tenian e?l 
honor de ganar su vida con el sudor de su rostro. 

ü'l modo con que se sacaban los impuestos no manifiesta me- 
nos el rigor de los romanos en materias de hacienda. Enjambres 
de Publícanos eslíhiin apostados á la entrada de los puertos, á la 
embocadura de los rios,ála salida délos valles, y allí sobrecarga- 
ban implacablemente' las 'mercancias. Juntaban también frecuen- 
temente á las cuotas de que eran perceptores , las ganancias del 
monopolio de ciertos artículos de consumo. No habia ningún lí- 
mi<te legal en los guarismos de los impuestos, llegados á ser de tal 
modo elásticos en manos de estos funcionarios, que el cultivador na 
podia jamas saber exactamente con que parte de sus productos po-i 
dria contar. Nerón mismo tubo mas de una vez. deseos dereprimin 
estos abasos que hacian la fortuna de sas favoritos ; pero báUó dí-r 
ficultades ante las cuales su poder absoluto se vio obligado á retro-s 
ceder. Se sabe hasta donde llegaban, ya en tiempo de. Cicerorl,, la& 
exacciones deilosiproéóñsales: y los procedimientos .rentísticos de 
Verres, nada tenian que envidiar á los espedientes de los bajas turtíoSi, 
Un solo ramo dé comercio parece haber resistido duraple lar-, 
go tiempo á las trabas de todo genero que la codicia del gobierno, 
y^de sus agentes oponia á las relaciones con el estrangero: cst^,eS; 
el comercio de perfumes y <le especerías de la India, quyo constt,-*. 
mo^en Roma escedia á todo'lo que podemos imaginar. Sumas has-, 
ta exliorbitantes se malgastaban por los simples particulares en la 
compra de estos géneros ruinosos é inútiles, que ocupaban enstx. 
comercio casi tantas naves como el abastecimiento de la capitaL, 
Ademas de los peligros positivos que se arrostraban por irlos. 4.; 
buscar en las costas mas lej.ina.s, se hacian valer peligros imagi-- 
narios; dragones alados, monstruos feroces, se decia que era preci- 
so vencer, para llegar al pais de la pimienta y de la canela. Por to- 
das parles se respiraba en las habitaciones de los romanos el olor 
de los perfumes mas esquisitos; sus cabellos y sus vestidos estaban 
impregnados de ellos. Las salas de baños, los sitios de reunión pd- 



blica no ofrecían meilos lujo, bajo este respecto, qae la résideijcia 
de los ciudadanos nías opulentos. Un dia noiable el emperador 
Adriano inundó el vestíbulo délos teatros con una rociada de esen- 
cias las mas delicadas y suaves. Los soldados se frotaban con ellas 
el cuerpo, y esta clase de ración no era de aquellas que los empe- 
radores, pudieran impunemente descuidar en su distribución. Los 
diamantes y las piedras preciosas, tan superíluas como los per-- 
fumeSjdividian con ellos el frenesí del pueblo romano; desdeelsiglo 
de Augusto se contaban colecciones inmensasy'y Mecenas redactó el 
catálogo de La suya, qiie nos han conservado sustancialmenté loa 
escritos de Plinio el naturalista. El aso de las sortijas se hizo tan 
general, que los romanos las llevaban en todas las /articulaciones 
de la mano y las cambiaban todos los dias de la semana. ¡He aqui 
donde sesumcrgian capitales inmensos, de los que un mejor empleo 
hubiera bastado para preservar al imperio de .las desgracias que 
tubo después que sufrir! El mismo Tiberio estaba horrorizado de 
ello, porque en ana carta que escribia al Senado deploraba la sa- 
lida del numerario, ocasionada por este estremo del lujo y de lá. 
vanidad, (i) Uno desús edictos' prohibía eloro en la fabiicacion de 
las ba^illas de mesa, y el uso de la seda en la confección de los 
vestidos. A pesar de todas estas prohibiciones, los romanos se 
acostumbraron cada día mas á los objetos de fabricación estrange- 
ra las mas brillantes y los mas earos. Las alfombras dePersia, las 
musolinas de la India, los dientes de elefante, la madera de ébano, 
la concha de tortuga, las plumas de pájaros raros, babíaa llegado 
sf-set entre ellos artículos de primera necesidad. ¡Cuantas riquezas 
debiércín consumir estérilmente en la compra de estos productos 
ostentosos, en cambio de los cuales no tenían quedar sino oro! (2) 
JSÍ Dificilmente se esplícará en vista de este sistema de profusión, 
de lujo, y de desidia, como los romanos han podido cubrir el mun- 
do con los monumentos de su arquitectura y los magníficos tra- 
bajos de sus ingenieros: pero es preciso considerar qi;e estos tra- 
bajos asombrosos les han costado muy poco. La invención sola les 
pertenecía toda entera; la ejecución era obra de los pueblos vencí- 
Jos. La mayor parte de estos edificios ha sido construida por me- 
dio de servicios ó de contribuciones especíales que se sacaban ade- 
mas de los impuestos ordinarios. Los cautivos ó esclavos forma- 
"^í) "Xác/to. Anales jib. lU, cap. ^3. (2) Plhiio hUlürla natural 1¡1>. XII c?p. 18. 



(53) 
ban la clase obrera de so tiempo, y marchaban á la obra como re- 
baños, sin murmurar ni quejarse. Volveremos á hallar esle siste- 
ma en los servicios délos tiempos feudales, cuando la Europa cris- 
tiana se cubrió á su vez de monumentos inspirados por otras creen- 
cias, pero ejecutados por los mismos medios. 

Sobre todo, á los romanos no les han faltado nunca recursosa 
Cuantas veces les lia sido preciso suplir por impuestos sobre si mis- 
mos á la insuficiencia de los tesoros suministrados por la conquis- 
taóel pillaje (i).Tenian tresclasesde cuotas, elporíorinin ó los de- 
rechos de aduanas (una cuarentena del valor) que se pagaban erl 
las importaciones y las exportaciones, y de los cuales lomaban los 
colectores el nombre de portitores ó de aduaneros; los diezmos, de"- 
cumce, comprendiendo la decima parte del trigo y la quinta délos 
demás frutos, era el impuesto territorial; en fin, la cuota cono- 
-cida bajo el nombre dcscnplura especie de imposición sobre las pro- 
piedades comunales, tales como pastos y bosques públicos. Hubo 
alli durante mucho tiempo un imp 'sto sobre la sal, pero fue su- 
primido en una e'poca que los autores han descuidado determina**. 
Todas estas cuotas eran arrendadas con publicidad y concurren- 
cia de los censores á los compradores que daban fianzas, y quienes 
divídian con sus fiadores los riesgos de pérdida ó ganancia.'-üna 
maltitud de otras cuotas pasageras fueron establecidas bajo los em- 
peradores; asi es que, Augusto decretó el impuesto de una- veirt¡- 
tena sobre las sucesiones, que ex'isíe aun entre nosotros; Calígula 
impuso sobre los comestibles una cuota cuya percepción escitó hs 
las mas amargas quejas; (2) Vespasíano inventó la cuota de las gari-* 
tas. El derecho del 5 p.¿ sobre todas las mercancias produjo tam- 
bién sarrias considerables. No se pagaba mas que por efectos es- 
puestos en venta en la plaza púb'ica, en las ferias y los mercados'^ 
ó vendidos por adjudicación; pero no podemos valuar el importé 
de sus rentas sino de una máiVera aproxiinattva, á causa de la pe'r-i. 
dída del famoso ralionaríum imperi, esta preciosa estadística de! im- 
perio redactada bajo Augusto y destruida íjajo s'fe .sucesores. Wr. 
Guizot aprecia sin embargo el (olal de los impuestas en la canti- 
dad de 9G0 millones de francos por ?ño (3). ' 

(1) Kl .Túo ¿8G lie Rom.T, se iicnlonaron .il |)ui'.l>lo los liílmios ami.-<lrs )ior linlM>rse 
llenado el tcoro con las inmensas sumas (\w trajo P;iii1o' Emilio, (!ei-i-oU<|i) l'trstíg. 
(2J Suclouio iii Caiig. cap. 40. (.3) NoUs á GiW.oa . lünio 1 pájj. i77. 



CA.PITÜLO VIII. 

J)ecadencia rápida del imperto. — Sus principales causas.-^ Primera 
aparición del cristianismo. — Injluencia de las costumbres asiáti*» 
cas en Constantinopla. — Modificaciones en las ideas cii>iles^ reli- 
giosas , industriales y comerciales. 

En elseno de esta prosperidad aparente, el mundo romano -en- 
perraba gérmenes activos de decadencia y de disolución. La grande 
;í^bundancia de pueblos estrangeros que la conquista tenia reunido^ 
al imperio, modificando insensiblemente sus costumbres , debilitdsti 
poder. Estos pueblos no estaban refundidos sin resistencia en esta 
xmidad, y muchos guardaban fielmente las tradiccionesde su antigua 
ididependeqcia. Los numerosos privilegios de que gozaban los habí- 
-tantes de Roma eran ambicionados por todos los hombres importan- 
tes de las provincias conquistadas, de manera que nadie quería ya 
ser del imperio, sino solamente de la ciudad. Una transformación 
profunda se verificaba de este modo pocoá poco, favorecida por el 
advenimiento al trono de la larga serie de candidatos italianos, es- 
pañoles, galos ó batavos, elevados^ al poder por el homicidio, la 
intriga ó las sedicciones militares. Después vino su vez á los b^r^ 
ijaros. Desde los Antoíñnos, no se vé ya mas que los tracios, los 
panonios, los dalmatas, y los illyrios disputarse el imperio: 6o de 
ellos perecieron de muerte violenta, ensiglo y medio. Esel primero 
que abre esta serie infausta, Maximino, elegido por su talla y su fuer- 
za colosal: hombre grosero, que sabiendo apenas hablar la lengua de 
los pueblos que gobernaba, sobresalía en conducir un carro, en tron- 
char los árboles,en reducir las piedras á polvo,en domarlos caba-» 
líos cerriles, y llenar muchas copas de su sudor. De este modo el 
reinado de la inteligf ncia acabó por dar entrada á la fuerza brutal. 
La Economía Política no se encarga de explicar las largas sa- 
turnales del im£e,rio durante este periodo de infamia y de decre- 
pitud. ¿Quién,, podrá formarse una idea exacta de tal movimirnlp 
de descomposición, complicado por la esclavitud, por la invasión, 
por la mezcla de razas, de lenguas, de costumbres, de vicios: es- 
pecie de caos social en donde la ciencia se detiene y lo imaginación 
se pierde? ¿Qué organización política hubiera podido resistir á 



(55) 
las estravagaticlas de monstruos tales como Cómodo, Caracalla, 
Heliogábalo? Cuando semejantes seres aparecen sobre la tierra, no 
pueden figurar sino como elementos de disolución , y alguna nue- 
va tuz no puede tardar en salir de la noche que ellos han formado. 
Esta luz, que alumbró á los últimos horizontes del imperio, es 
el cristianismo. Provemos á estudiarle en su nacimiento y esplicar 
su grande influencia, destinada á cambiar la faz del mundo. Cuan- 
do comenzó á aparecer, no se previo mucho la brillante carrera 
que debia recorrer, y no obstante ya todo concurria á preparar sa 
triunfo. La filosofía atacaba á los dioses paganos: el escepticismo 
griego venidodelpaisdePlaton, hacia la guerra alas antiguas creen- 
cias romanas, y desde entonces los augures no podían ya mirarse 
sin reirsc. En vano cada profesión habia tomado un dios por pro- 
tector: los marineros á Nepluno, los herreros á Vulcano, los la- 
bradores á Ceres, los viñadores á Baco, y los mercaderes á Mer- 
curio. Ya los dioses tcnian mucho trabajo en protegerse á sí propios 
y se preparaban á hacer sitio á otros patronos mas poderosos. 

Las legiones acampadas en las fronteras y compuestas de sol- 
dados levantados en I os paises conquistados, volvieron caras y de 
ausiliares vinieron á ser enemigos. Mientras tanto que los re- 
tóricos declamaban en las ciudades, los esclavos acostumbrados por 
sus señores á los deleites y á las sutilezas, se fatigaban del yugo. • 
Luciano, el Voltaire de aquel tiempo se burlaba de las superiori- 
dades sociales: los estoicos, los epicúreos, los académicos predica- 
ban doctrinas atrevidas: todo el antiguo edificio de los romanos se 
desplomaba. Una reacción violenta en tiempo de Mitridates, el día 
en que hizo degollar 60.000, los habia ya advertido que desconfiasen 
de la fortuna, y en otra época , cuando Espartaco, este gran gefe 
de los esclavos, batió á cuatro de sus generales. ¿Quién pues quer- 
ría en adelante verter su sangre por la antigua causa nacional^ No 
habia allí ya nación propiamente dicha, .sino un conjunto confuso 
de naciones. El imperio se componía de ciudades separadas por 
desiertos, bosques ó pantanos impenetrables; los habitantes de las 
aldeas {rústica proles) se hablan poco á poco infiltrado en las ciu- 
dades, en donde los espectáculos, las distribuciones, los goces de 
toda clase, los llamaban sin cesar y los enervaban. 

En este momento de decadencia decia universal el cristianismo 
comenzó á mostrarse en algunos puntos del imperio. La primera 



(56) ^ 
noticia oficial que se recibió de el se halla en una carta Ae PU-» 
nio el joven, gobernador de Bytinia, (i) y al punto la doctrina 
nueva se esparció como un relámpago; tímidamente, es cierto, pe- 
ro sin que hubiese habido tienpo para divisarla. Apenas se acaba- 
ba de leer lo que decían los gobernadores de las provincias cuando 
ya Tertuliano esclamaba atrevidamente: "No somos mas que de 
ayer, y ocupamos vuestras colonias, el eje'rcito, el palacio, el se- 
nado , el foro ; noos dejamos mas que vuestros templos." En vano al-^ 
gunas persecuciones sangrientas procuraron sofocaren su origen la 
religión nueva; Constantino la dio templos y su deslino se cum- 
plió. Los historiadores de esta grande c'poca han trazado suficien- 
temente tolas las circunstancias que la han prevenido; nuestro pa- 
pel es estudiar los resaltados humanos y de indagar porque dicho-» 
sa transición la esclavitud griega y romana ha debido hacer sitio al 
respeto del trabajo, al régimen de la liberlad y de la igualdad. 

La división del ímperioen dos vastos tronos favoreció singu- 
larmente á esta revolución singular. Constantinopla era mas á 
proposito que l\oina para recibir al Dios de los cristianos; ciudad 
toda nueva, convenia maravillosamente aun culto nuevo. Es por 
ingratitud por lo que este culto adoptó á Roma después por cuna; 
la verdadera cuna del cristianismo está en Constantinopla. Alli es 
donde la religión cristiana, llegada á ser religión del Estado , co- 
menzó i organizarse bajo bases regulares; alli donde ha sido es- 
tablecida, radiante al salir de las catacumbas de Roma y de loa 
obscuros asilos de la persecución. Poco á poco todas las altas inte- 
ligencias, cansadas del poUleism^ romano , se reunieron alli, v los 
sacerdotes reemplazaron por todas partes á los curiales que eran los 
municipales de la c'poca. Las ley-es les empezaron ádar las atribu- 
ciones que la confianza délos pueblos ratificó, y que por doquiera 
se esforzaron en justificar por su saber y su habilidad. Nada mas 
curioso de estudiar que la transición por medio de la cual esta re- 
volución se ha hecho. Constantino publicó en el mismo año dos 
edictos, de los cuales el uno recomendaba la observancia del do- 
mingo, y el otro prescribía el consultar los augures. Al mismo 

(t) Es notable el párrafo de la carta en que dice. «Me ha parecido el asunto digno de 
oonsidcracioi» , principalmente por el número de los acusados : peligran personas de 
totlns edades , se,xos y condiciones. Esta suj)crsticion ha infestado no solamente las ciu' 

dades , sino las aldeas y campiñas Arostiimhran á reunirse cierto dia anlej da 

salir «I sol y decir juntos á dw coros , siia cántico en honor de Crislo c»ino d« un Üio».* 



tfcmpo sé eslñWecían Hs priineras (líslíncinnes entfG e\ poder es- ' 
pirítoal y (?1 poiler temporal. Por otra parte, Ioí legislas jnvadian'' 
el imperio con testos, substituyendo de este modo la inílaencía de - 
las leyes á la de la espada, y llegando á ser, sin quiza advertirlo, 
los mas poderoMs ausiliares de la roligioo. Roma moribanda se - 
- eítin'*uia en una mortaja de monumentos iConstanlinoplanacíén-^ 
U se elevaba sobre montoues dé libros. Los abogados y los s.irerdo- 
tes sucedían á los arquitectos y á los militares. Las PanJectas , la 
Insir'íuta, el Evangelio se dividieron en adelante «I respeto de lo»' 
pueblos y la influencia universal. Ebsordo murmullo de los alega- 
tos sucedió á los gritos de las batallas, y solo el perfecto del preto- 
rio enapleaba 7 5o abogados. El patriciado no era ya mas que una 
dignidad vitalicia; se le habia quitado el derecho hereditario. El • 
imperio dividido en muchas diócesis, grandes como reynos y gober 
• nadas por los vicarios veía acabar la obra de la descentralización 
que debia favorecer á ía vez los ataques de los bárbaros y los abu- 
sos de la aplicación déla justicia y deMos procedimientos. El mundo ' 
yíbo á ser presa de los leguleyos, quienes le amenazan mas seria- 
mente en el momento en que escribo. Sus fortunas eran tan rápi- 
das y sus exacciones tan escandalosas que el ccídigoTeodosiánotu- 
YO que amenazarlos con la pena de muerte. ( i ) Se hallan con respecto : 
á esto en Amiano Marcelina pormenores que podrían dar laigar á • 
, singulares comparaciones con los abusos de nuestros d¡as(2), : » 
La división déla silla imperial acarreó tamljien notables cambíoá- 
en el sistema de impuestos. Constantino y sus sucesores prefirieron ■ 
una cuota senci'lla y directa al -régimen mas complicado de las contri-^ 
buciones deorigen romano. Los recaudadores, que no reeibianiningu- 
pa retribución, eran elegidos entre los ciudadanos mas distinguidos 
bajo el nombre de decuriones: como serian entre nosotros \os * 
miembros de los jurados de espropiacion por causa de utilidad pu- 
blica. A ellos solos estaban confiadas las funciones penosas de reparti- 
doras, qticUs espoaian al descontento y frecuentemente á las violen- 
cias de las poblaciones. Todas las tierras del estado, sin esccptuar el 
patrimonio del Emperador, estaban sujetas á la cuota , y cada nuevo 
propietario dcbia pagar las deudas del antiguo. Un catastro exacto re- 
visado cada quince años, ponnllia fijar las cuotas con bastante im- 
parcialidad, puesto que se tenia cuidado de designar en loí rc^is- 

(1) lib. 10. lim!o 7 ley 1^ (2) Llb. XXX cap. A. ~ ' 

d 



(58) 
tros la naturaleza particular de cada propiedad cuyo valor estaba 
calculado por el termino medio de la renta en un quinquenio. El 
impuesto se pagaba generalmente en moneda de oro: pero se exi- 
gía una gran parte en géneros de toda especie, como trigo, vino, 
aceite, madera, y forrages qae debian ser transportados de cuen- 
ta de los contribuyentes á losalmacenesdel Emperador , lo queda- 
ba lugar á horrorosas concusiones. Habiendo llegado las quejas i 
ser generales , tubieron los emperadores que recurrir á otros es- 
pedientes entre los cuales se puede contar la invención de las pa- 
tentes impuestas á todos loS( géneros de industria y de comercio» 
Fueron obligados también á pagar á los funcionarios públicos en 
especie, y Lampridio nos ensena q.ue prescindiendo de un. sueldo: 
de cerca de 4-»ooo francos déi nuestra mnne;Ia en especie, los gober- 
nadores de provincia recibiaa seis cántaras de vino, dos mulos y 
dos caballos, dos vestidos de gala, uno sencillo, un baño, un co- 
cinero, un mozo de muías, y en fin, cuando no eran casados una 
CQnaihini ; quod síne kf's esse non possent d'icc e\ autor. Guando sa- 
lían de su empleo estaban obligados á devolver los malos, los: ca- 
ballos, el mozo y el cocinero. Si el emperador estaba satisfeclio de 
su administración, guardaban lo restante: sino, estaban obligados 
á iVoIverlo cuadruplicado. Se vé en otros escritos que los goberna-^ 
dores dje* dos grandes provincias han recibido aceite para sostener 
cuatro lámparas. Cada dia se introducía alguna cosa de las costum- 
bres asiáticas en. el gobierno, en la hacienda y en los hábitos del 
injperio.Los eunucos, los espías, los sirvientes domésticos se multi- 
plicaban infinito,. y con ellos las bajeras, la adulación y el favo- 
ritismo. Entonces, fue cuando los bárbaros esparcidos sobre las ri- 
beras del Mar Negro, á las bocas del Danubio y sobre otras mu- 
chas fronteras, comenzaban á reconocer las partes vulnerables del 
imperio yá preparar la gran invasión que debía cambiarla faz del 
mundo, después que el cristianismo les hubiera cambiado á ellos 
miamos. Examinemos pues cual ha sido la influencia del cristianis» 
mo sobre el desarrollo social europeo, y que modificaciones trajo su 
esUblcciiTxicntodifioilivoenla Econoinia Polilíca de los antiguos* 



(59) 
CAPITULO IX. 

.Mudanzas ocurridas en la economta social de Europa por la injluen-' 
íw.idel cristianismo. — Su organización vigorosa y sabia. — Los mo- 
nasterios crean la vida común. — El principio religioso origina los 
ho.'ípi tales y asi los. — El sacerdote es en el di a inferior á su mi- 
sión. — Opinión sobre este punto: 

Grande fue la sensación en Europa cuando el cristianismo, 
hasta allí proscrito y iiuinillado, se elevó de repente al rango de 
religión domidante y persiguió á su vez á sus perseguidores. |Que 
Jiiutacion tan inesperada! T(»Jo cambia casi á la vez, todo se reor- 
ganiza como por encanto sobre bases nuevas. El poder político, 
hasta allí únicamente apoyado sobre la fuerza, bnsca auxiliares 
en la razón, en la creencia; se rodea y fortifica con el prestigio de 
la autoridad religiosa, que ha echado ya profundas raices en los 
corazones. Es cosa maravillosa ver la proulilud con laqueelmun-* 
do, todavía pagano en el cuUo, se apresura á sacar consecuencias 
déla palabia evangélica, y el admirable instinto con que cada opri- 
mido adivina que la hora de la libertad va á llegar para el. 

Aunque la iglesia cristiana apareció enteramente organizada 
con su gerarquía noble y austera, todo el mundo empreudió biea 
pronto el principio de la igualdad que llevaba en su seno. Agra- 
daba á los grandes por sus dogmas de subordinación y de obedien- 
cia, y á los pequeños por sus doctrinas de independencia v de ni- 
velación ante Dios. Elevaba al esclavo sin deprimir al dueño y 
presentaba á la especie humana agoviada bajo el yugo, un refugio 
contra la tiranía de este mundo en las esperanzas del otro. El pa- 
ganismo se habia mezclado rara vez en la política; pero los prime- 
ros sacerdotes cristianos tomaron parte en los neírocios, v ellos "^o- 
bernaban ya de hecho, sin que nadie hubiese notado su poder. Las 
mismas heregias también que desolaban al cristianismo en su ori- 
gen no fueron inútiles a la causa del progreso social; ellas han abier- 
to en Europa el derecho de discusión. 

Aun cuando uno no sea cristiano muy austero, la magestad 
de este bello edificio sorprende é impone respeto. No se puede ver 
sin ana viva emoción, esta organización vigorosa y lozana formar- 



(6o) 

se toda <le unn pieza con sus magníficas dependencias, y esparcir- 
se en el mando, por todas pa<-tes parecida á sí mismas, como la 
mansa ola, sobre la stipcrficie de la playa. Los primeros obispos, 
tan imperiosos y de tanta dulzura á la vez, tan intolerantes con 
la duda, tan indulgentes para con |Ias debilidades humanas, tan 
altaneros con los grandes, como humildes con los poibrcs, parecen 
tribunos populares que vienen, á protestar en nombre dé los dere- 
chos imprescriptibles de la humauidad Todo en ellos recuerda las 
antiguas máximas de la república, la elección pública, la predica- 
ción renovada (](i\ foro 1 bis asambleas generales, la admisión á las 
mas altas dignidades sin distinción de fortuna ó de nacimlenta 
ISada quedaba de estas antiguas prerrogativas del ciudadano, sina 
un recuerdo estéril y confuso; la religión cristiana todo lo ha re- 
generado, todo ha vuelto á honrarlo. 

Pocos anos pasan después del reinado de Constanlino,y la ma- 
numisión de los esclavos se permite por el simple testimonio de ua 
obispo, el concubinato es proscrito, los bienes de los menores yá« 
las mugeres están esentos de confiscación, las cárceles son visita- 
das, los pobres son socorridos, la beneficencia es descubierta- Se 
formulará mas adelante, pera entre tanto se ejerce^ t />< .'.:, ¡df ^' 

La Economía Política debe otras machas obligaciones al crístia- 
rismoque hho desaparecer este sentimiento mezquino y egoista de 
nacionalidad, origen de las prolongadas querellas de Atenas y de Es- 
parta, de Cartagoy de Roma, deplorables lidesen dondese agotaron 
tantos recursos sociales, que cualquiera otro principio hubiese fe- 
cundado. La sola creación de los Concilios es una de las mas feli- 
ces concepciones del genio civilizador cristiano, aun considerán- 
doles solamente como congresos en donde todas las luces eran lla- 
madas para la discusión de una idea. [Cuanto tiempo no fué ne- 
cesario para que estas nobles inspiraciones triunfasen de la preo- 
cupación bárbara y guerrera! Apenas hace algunos afios que J. B. 
Say araba de demostrar en su bella teoría de las esportaciones , la 
doctrina de la reciprocidad comercial de las naciones, y no sin tra- 
bajo en nuestros dias la solución delosdebates éntrelos pueblos ha 
sidopuesta en manos de la diplomacia mas bien que en la espada. 
jQaien ha preparado estos resultados sino el cristianismo? jY que' 
es hoy dia la libertad civil, religiosa y comercial, sino el desarrolla 
de la idea fundamental cristiana? Sin el nuevo principio de la igual- 



/ 
(60 
dad ante Dios, la esclavilnd griega y romana infestaría todavía ^ 

mundo, la debilidad estaría siempre á merced de la fuerza y la ri- 
queza seria aun producida por los unos para ser consumida por lo« 
otros sin iudemuizacion. 

Bajo el punto de vista de la distribución del poder, no hay nin- 
guna institucionhuinana que pueda compararse al modo verdade- ^ 1/ e^ 
ramcnle admirable con que la iglesia está organizada desde la apa- ^^^ %,í- 
ricion legal del crisllanismo. \Jn &imo Pontífice reside en Roma, y ^,-^/;'^^ 
tiene á sus órdenes para los empleos á los individuos de la mili- 
cia inferior. Toda esta milicia está sometida á las mismas reglas y 
al mismo trage de París al Japón y desde la CbLna á Roma. El 
mismo oficio se celebra en la misma lengua en las dos eslremidades 
del mundov los nombres de los santos del cristianismo figuran á 
la eabeza de todas nuestras actas de nacimiento, y no disliiigui- 
mos los dias del año sino por la nomeoelatnra de sus apóstoles y 
de sus mártires. El domingo de los Cristianos ha llegado á ser dia 
de descanso universal; en todas partes cuando la iglesia abre su5 
templos, el trabajo cierra sus talleres. TSo hay una sola circuns- 
tancia importante de la vida que escape de la influencia religiosa 
oque pasesin su intervención. El sacerdote cristiano espera en las 
fuentes bautismales al niño que acaba de nacer y le impone un 
nombre; mas adelante le precede al altar para bendecir su matri- 
Hionio: en fin cuando el término de su vida es llegado le acompa- 
ila, rogando por él , al sepulcro. ¡ Que poderosos medios de arción 
ha inventado el cristianismo, después, para apoderarse de la exis- 
tencia entera del hombre! Por todas parles se ve al sacerdote ha- 
cerse institutor ó maestro, y dirigir la infancia con sus consejos.. 

El catecismo le asegura sin esfuerzo esta conquista ; un primer 
sacramento, la comunión , crea un lazo mas, estrechado por las co- 
municaciones misteriosas y temibles del confesonario. Después co- 
mo sino fuesen bastantes estos primeros pasos, el Obls()0 aparece 
con toda la magestad del poder eclesiástico y administra la cor^rir- 
macion , concede dispensas , pronuncia censuras, ata y desata co- 
mo arbitro supremo y vicario de Dios. De este modo ni la infauría 
ni la edad madura, nr la vejez,nila muerte misma pueden sustraer- 
se de la influencia del sacerdote, la mas completa y la mas inevi- 
table que ha existido jamas en el mundo. No es esto todo , y no ha- 
cemos apenas mas q,ue indicar las atribuciones ilimitadas del poder 



(60 
religioso. jQjien es hoy día el magistrado que dispone en la mas 
p'-'qit'ria alltíi dtj (111 vasto local pira reunir la población, de an 
«ledio pronto y seguro para convocarla, de una tribuna para las 
arengas á fin Je couiovcrla ó convencerla? El sacerdote. Ji.1 solo es 
dueño del templo, del pulpito y de las campanas; él reúne sus ove- 
jas cuan.'lo bien le parece y sin el permiso de la autoridad civil ; él 
manda y se le obedece. A los ojos mismos de los mas incrédulos» 
Pascua, Natividad, Pentecostés, Todos los santos , todas las fiestas 
cristianas son fiestas, los días de ayuno sondiasde privación. Nues- 
tras calles y nuestras ciudades llevan el nombre de santos; las 
artes y oficios, toman á los santos por patronos. Los marinos hacen 
votos aNuestraSra.de los Desamparados; se siega por San Juan; se 
vendimia por San Miguel. De tiempo en tiempo el sacerdote irrita- 
do dá advertencias severas; tan pronto cabré nuestras frentes de 
ceniza, para enseñarnos la vanidad de las cosas humanas, como 
reusa su asistencia á las oraciones de los heredero > de un hom- 
bre muerto en la impenitencia final. Sube al cadalso para re- 
coriiendar en él los criminales arrepentidos, á la misericordia de'l 
Señor ¡aterra á la tímida doncella pintándola las consecuencias de 
una simple declaración. Pinta el infierno y tiemblan los fieles; entre- 
abre el paraiso y esperan. Guando alguna vez un malvado atrevido 
le roba sus vasr>s sagrados , todo se conmueve y se indigna; al cul- 
pable be le llama impio, y al crimen un sacrilegio por el que sede- 
be una espiacion solemne. Era preciso ver, en otros tiempus, á loS 
fieles consternados besar con fervor el suelo de los templos; y soli- 
citar, á fuerza de llantos, de oraciones, y de ayunos, el perdón de 
estos grandes atentados! 

Este poder tan singular y tan repentino déla religión, y las re- 
voluciones profundas que ha causado en el orden social, se mani- 
fiestan principalmente en el establecimiento de los monasterios que 
han movido y resuello tantas cuestiones entre los hombres. En 
Oriente estos monasterios tubieronpor objeto la soledad y la con- 
templación, la necesidad de aislarse y de sustraerse á los placeres y 
á las relaciones liumanas; en Occidente por el contrario han empe- 
zado por la vida común, por la necesidad de reunirse y ayudarse 
mutuamente; mientras que la sociedad presa de una desmoralización 
no ofrecia y** ningún centro de actividad nacional, provincial O 
municipal á los ánimos elevados, los monasterios abrian sus asi- 



Iqs" á los qae querían vivir, pensary dlscotir en coman, y lle- 
garon á ser bien pronto el foco el mas activo del movimiento inte* 
lectual. De allí dimanaban las osadías teologicasy filosóficas sosteni- 
das con recursos tan ingeniosos, y los ensayos de mortificaciones 
austeras, que regeneraban lasalmas abatidas por el régimen de la 
civilización pagana. 

Una correspondencia activa, y frccaentemente luchas activas se 
tablecieron entre estas diversas soledades ya pobladas conio ciuda" 
des, por la aíluencia de todos los hombres que llevaba á ellas la 
libertad del pensamiento y la regularidad de la vida material. Es- 
te fue bien pronto el teatro de los ainhiciosos para conseguir los 
honores y el santuario de las letras desterradas de un mundo escla- 
sivamente ocupado en placeres y sensualidades. Los habitantes 
de estos oasis afortunados no tardaron en perfeccionar de todas ma- 
neras las profesiones necesarias al sosten de su independencia y á 
su- conservación. La industria que era una profesión donjcstica ejer- 
citada por los esclavos en provecho de sus dueños bajo la repúbli- 
ca y en los primeros tiempos del imperio, se convirtió en manos 
de las comunidades religiosas en un estudio científico; no vivieron 
mucho tiempo con frutas secas ó legumbres; necesitaron oficios, y 
estos oficios fueron ejercidos con la misma superioridad que distin- 
guía en todo lo demás á los nuevos socios. Yo no dudo que este sea 
el verdadero origen de las corporaciones industriales, cuya organi- 
zación se ha atribuido á San Luis. Este arregló las conmnidades 
artísticas, pero no las creó. Su origen se confunde con el de los con- 
ventos. De ellos es de don le la industria salió libre para estable- 
cerse en e! seno de las ciudades de la edad media, bajo la protecíou 
del principio de asociación. 

Otra creación del cristianismo acaba de distinguirse de todo el 
régimen social que se desplomaba: este es el precepto de la benevo- 
lencia mutua puesto en práctica y convertido en obligación sagra- 
da para todas las ciudadanos. Si alguna cosa sorprende en el poli- 
teísmo romano , es la profunda Indiferenria para ron lossufrimien- 
tos del pobre, y con los trabajos- del oprimido. Había en la anti- 
gua sociedad romana una línea de demarcación insuperableentrc el 
rico y pobre , entre el patricio y el plebeyo ; fse diria que el segun- 
do debía ser fatal y necesariamente la priesa del primero con»'» en el 
reino animal ciertas especies estau predestinadas al alimenio de 



oiral El cristianismo ha estrerUaJo las «üstancías prescí-iblenfío ía 
caridad pública y privada cuya imperiosa necesidad se hizo sentir 
al inismoemperador Juliano, á este filósofo tratado de apóstata. «Nos 
debemos avergonzar, decia, de que estos impios galileos después de 
haber alimentado sus pobres, alimenten todavía \os nuestros deja- 
dos en una privación absoluta." He aqui la creación de los hospita- 
les, délos asilos, de las limosnas, indicada de una manera bien ter- 
minante por el mas formidable enemigo del cristianismo ¡Oae 
paso tan graade acababa de dar la Economía Política! Si des- 
pués esta grande misión del cristianismo no se ha cumplido mas 
completamente, si ha sido dado á otras causas el deiener en su mar- 
cha el desarrollo del pensanaiento sublinie que convidaba á la ha- 
inanidaJ entcM-a al banquete de la vida sin distinción de fortuna y 
de casta, tenemos la coafsanza de que cUa ocupará su lugar algún 
dia , y que la voluntad de Dios ^erá eumfl'ula. 

Asi se transfonaó bajo los auspicios de la religión cristiana la 
antigua •civilización fundada toda sobre la esclavitud, en una ci- 
vilización nueva apoyada en la libertad. Una paite de este honor 
pertenece sin cuabairgo á los grand'cs genios déla antigüedad, á Só- 
crates, á Cicerón, á estos nobles filósofos cuyos escritos han so- 
brevivido á la caida de Grecia y Roma, y que hablan colambra- 
d» ya estos destinos mejores acia los que marchamos. 

Todo era aua pagano en l\oma y en el imperio, cuando ía 
revolución cristiana era ya robusta. Luciano ponia á los dioses en 
ridículo en el momento en que Cristo destruía sus aliares. Al- 
gunos esclavos diestros emancipaban la industria á fuerza de la- 
lento, cuanilo la religión vino á tefiderles uita mano amiga; ellos 
obligaron á sus dueños á mlrainiontos ya antes que las doctri- 
nas de la beneficencia y de la igualdad ante Dios, se los impusie- 
ra como un deber. Asi la transición del antiguo re'gimcn al nuevo 
es difícil de ver; los mas ce'lebres escritos se pierden en conje- 
turas, y una de las mas bellas obras consagradas á la averigua- 
ción de las leyes, y causas de esta transfiguración deja mucho 
que desear (i). 

Cuando repara la imaginación en los gloriosos recuerdos de 
los primeros tiempos del cristianismo y los pormenores magcstuo-» 
sos de esta organización tan sabia y tan sencilla no puede evitar- 

(1 j Historia del derecho roniaao en la edad media por xMr. de Savign^. 



se un profundp sentimiento de melancolía, al ver hoy día esta re- 
ligión amenazada de una seria decadencia. Sin dada el edificio 
• aunque minado por todas partes se tiene aun en pie, y proyecl'a 
siempre sobre lo presente la grande sombra"de lo pasado; los ofi- 
cios se celebran; los templos están abiertos: la gerarquía es la náis- 
ma; ¡pero que alteración en las creencias! ¡Y cuan cambiados cslín 
Igs papeles! El sacerdote no da ya el inipulso ni' aun sabe re- 
cibirle; agola en luchas estériles contra el progreso social , sus 
fuerzas debilitadas por la intolerancia, y por el choque de las re- 
votucioaes: ocupa los pulpitos, pero los pulpitos son mudos; su voz 
no vibra ya, como en otro tiempo en el corazón de los pueblos, 
cuando les arrastraba en masa á la conquista de los Santos lugares.' 
La religión existe siempre, pero ella no tiene ya ministros que es- 
ten, á la altura de sus necesidades y las nuestras. Y no obstante 
á pesar de nuestros numerosos ensayos de regeneración política, 
ninguna constitucííh humana es aun parecida á la suya, ningún 
poder central está en posición de hacerse obedecer como ella. La 
desgracia es que no se sabe mandar dignamente en su nombre. Hay 
cuestiones de economía que quedarán inloluhles en tanto' que no 
intervenga en ellas. La instrucion popular, la repartición equita- 
tiva de los productos del trabajo, la reforma de las cárceles, los 
progresos de la agricultura y otros muchos problemas no recibirán 
completa solución sino con su intervención y esto es de justicia 
ella sola puede en efecto resolver bien las cuestiones que ha fijado 
bien. ¿Nos será dado asistir á este desenhce tan vivamente deseado? 
No ló creemos, aunque la reacción religiosa que se manifiesta por 
todas partes parece hacerlo esperar. Es en efecto un hermoso home- 
naje rendido por la Europa á la sublime influencia que nos dij 
en otro tiempo el principio de todas las libertades; pero este ho- 
menaje, lí)S sacerdotes le han tomado por un simple regreso á las 
antiguas ideas, por una retractación del progreso mas bien que por 
el pnfgreso mi*mo. ¡Fatal eí-ror que'íetiene al mundo en su cur- 
so! ¡listraiía ceguedad de u«a casta obstinada en vivir fuera de la 
humanidad, y que se arrastra en pos de ella, en lugar de mar- 
chará su cabeza! ¡Ojala el sacerdote supiera hoy dia de que ad- 
mirable metamorfosis podria ser instrumento, y (fue prodigiosa 
influencia podiae'l ejercer en los destinos humanos! Hospitales, cár- 
celes, escuelas, talleres, relaciones públicas y privadas de lospue- 

9 



blos y de los individuos, agricultura, conranicaciones, empresa- 
rios y obreros, todo seria de su resorte, todos tomarían con gusto 
por arbitro y por guia al sacerdote civilizador á la manera del si- 
glo XIX; al sacerdote tolerante, ilustrado, que hablase algo menos 
de. los terrores del otro mundo que de las necesidades de este, y 
no reusase á la insuüciencia de la política el concurso de su celo y 
de sa decisión.. Se recordarla bien pronto que los sacerdotes han 
sido largo tiempo los primeros misioneros de la civilización y oi- 
ríamos en los templos otra cosa mas que declamaciones contra la 
corrupción del siglo, el lujo, y las riquezas. La lucha singular á 
la que asistimos, la tendencia pacífica del mundo bajo una actitud 
guerrera hubiera ya dejado el puesto ala armonía universal acia la 
que se avanza, si la bella organización del cristianismo estubíera 
representada por hombres en estado de comprenderla y de conser- 
varla. Pero no temo decir que la religión cristiana está tan lejos hoy 
de esta ínQuencia, como el politeísmo romano Hl estaba de su an- 
tiguo poder, en el momento en que aquella le dio el golpe mortal. 
¿Qué ha hecho ella de la España , del Portugal y de la América 
del Sur sus mas magníficos dominios ? ¿ En que se ha convertida 
en sus manos la infeliz Irlanda? 

CAPITULO. 'X. 

Consecuencias económicas de la invasión de los bárbaros y de la des-- 
memhracion del imperio romano, — Nuevos elementos introducido s 
en la organización social: 

A medida que los últimos destellos del poder romano se apa- 
gaban en aquel torrente de corrupción, de infamias y de debilida- 
des que acabó por tragarse al imperio, los bárbaros aparecieron en 
el horizonte para dividirse sus restos. A' decir verdad ellos se ba- 
tían adquirido apasionados en^l corazón de este inmenso coloso 
cuyos directores habían cometido la locura de confiarles su custo- 
dia. Habla mas bárbaros que romanos en las legiones ,que vigila- 
ban en las fronteras, y cuando se pusieron en marcha paracon- 
quíslar el imperio una sola etapa bastó para conducirlos á su ter- 
ritorio, abierto por todas partes. Con todo eso, antes de llegar al 
térroiiK (\c su conquista, tubieron que hacer un largo viager este 



(^7) 
yiage ha darado mas de cien años. Los padres habían partido: so- 
lo lo%ih¡jos llegaron. ¿Quienes eran estos hombres? ¿De dónde ve- 
r.ian? ¿A qué influencia obedecian cuando avan»aban infatigables 
sobre las ruinas del mundo romano, con tal confusión que no po- 
demos distinguir con claridad sus verdaderos nombres y su mis- 
teriosa. patria? Lo que parece cierto es^ue venían de ana región 
en donde la esclavitud era desconocida (i) y la libertad indoma- 
ble; porque ellos liacian pasar á sus gefes por duras pruebas; y no 
se dejaban de asemejar á los árabes del Atlas con quienes tenemos 
recientes relaciones en África. 

Cuando se presentaron en las fronteras, 'casi todos á caballo, 
seguidos de sus rebaños y de «us tiendas, no habia entre .ellos mas 
que una ley, la fuerza; mas que una pasión, la necesidad de usar 
de ella. Hallaron el imperio ocupado en discusiones filosóficas, teo- 
lógicas y políticas , y no tubieron mucho trabajo en hacer huir an- 
te sus bandadas á estas legiones de doctores platicando en lugar de 
combatir. Su misma singularidad, su trage estraño, la horrible 
rareza de sus armas, todo contribuyó á esparcir el terror por don- 
de pasaban, y los romanos de la decadencia no quedaron menos 
asombrados á su aproximación que lo debian ser looo años des- 
pués los habitantes de Méjico á la vista de los soldados íe Hernán 
Cortés. Era ana raza nueva en toda la fuerza del término, robus- 
ta, intrépida, altiva, y que volvía con usura á los romanos el me- 
nosprecio con que estos no habian cesado de perseguirla. Es pre- 
ciso leer en los historiadores coijttemporá neos las descripciones'que 
han dejado de la fisonomía de estos pueblos; en el aire azorado con 
quede ellos hablan, es fácil ver que profunda impresión de estu- 
pof producía su aparición. Ya el mismo Tácito parecía haber te- 
nido un presentflniento profético cuando meria la mortandad de 
las legiones de Varo. 

Estaba escrito, sin embargo, tfíiQ la civilización debía pasar por 
estas marcos salvages, para desembarazarse del barniz impuro que 
la habia cubierto durante la decrepitud del imperio. A partir del 



(1) F.l ilustre ,Tiitor<le los estudios históricos sobre la r.ii(l.i del imperio rotnnnb, 
Mr. Cbntcaubriand (tomo III. pág. 146), rrcc que Ins h.'irbaros conoci.in I.) cscl.ivilud. 
Si es la qui; <'ii virliul del derecho de la ffuerr.i ÍMi|>onian «nom^tiipeamente á los lu- 
cidos , 'nadie te diid.i. Pero no teniah eonio los rom.Tnos, mercados de hombres an;ilo-' 
gos á los de iiiiestr.is colonias. Su cscl.-ivitiid no se parecía íii nuda ;i esta; digamos tíiai 
bien , no era isclaviiud en !.i verdadera acepción Je esta ][>alAbra , j)ucs sino jamas ho" 
lii«ra podido salir de ella 4a libertad. . n 



(68) 
momento en qae la barbarie salió al encuentro del antigao man- 
do, se vio 1^ metamorfosis 'qae comenzaba: la esclavitud se*debi- 
litó, porque ya x^ venia nadie del pais de los esclavos. Estos eran 
mas apreciados; seles trataba como si fuesen una preciosidad, se 
les empleaba como un defensivo. A medida que no podian ya re- 
novarse por la conquista^ sino solamente por su propia-fecun- 
didad, llegaban á ser miembros de la familia romana -, vivian 
en una condición bastante aproximada á la de nueslos cria- 
dos, y sus sctÍ,ores perdian insensiblemente los hábitos del despo- 
tismo adherentes á la idea de la propiedad. Asi es como se ha ve- 
rificado la transición de la esclavitud á la servidumbre, cosas bien 
diferentes, puesto que lo primero enfeudaba el hombre al hombre, 
y lo segundo le unia solamente á la tierra. Todo parecia al con- 
trario favorable á la libertad en los códigos bárbaros; la división 
de bienes se hacia por partes iguales en tre los hijos de un mismo padre, 
y si alguna preferencia era permitida, era en favor del masjoven, es de- 
cir, del masdébil. Ponian especialmente al hombre al abrigo de todo 
j^tentado, porque sus leyes penales parecian mas bien proteger las per- 
sonasquelas propiedades. So lo el cabal lo com pañero e' instrumento de 
su independencia, participaba algo de la protección concedida al 
hombre; habia fuertes multas solamente por montarle sin permi- 
so. La caza estaba sometida á las leyes y los bosques colocados ba- 
jo la salvaguardia de todos como el asilo común y el baluarte de 
la libertad. ' 

Habia tarifas para las heridas linchas por violencia ó por inad- 
vertencia: tanto por cuatro dientes rotos, tanto por un ojo salta- 
do, tanto por la uña del pulgar, ó por la membrana de la nariz. 
La pena de muerte era rara y estos hombres tan duros eran maS" 
sobrios de ella que nosoWos. Nada sorprende mas que la unifor- 
midad de las reglas ó si puede decirse de los principios, á pesar de 
la estrema diversidad de su origen : porque los unos venian del 
Norte, los otros del Sud y del Este: parecia que se daban una cita 
común; habian hecho un arreglo mutuo de costumbres, y se ha- 
bian dado un mismo santo y seña. 

"He tenido empeño en borrar el nombre romano de la tierra** 
decía Ataúlfo, suqesor de Alarico en el momento en que la vani- 
dad de los romanos calificaba á sus conquistadores de generales al 
servicio del imperio. Roma desaparecía ante esta civilización veni- 



da de los bosqnes, y todavía creía rpínar, cuando había cesado de 
existir. La iglesia cristiana encontró á los bárbaros en camino pa- 
ra la conquista del mando pagano y se les ofreció como auxiliar: 
aceptáronla. Tenia una organización del todo hecha, ana gerarqaía 
coastituida, simpatías ya arraigadas en el corazón de los pacUlos,' 
y apareci(í como un arbitro inteligente en medio de estas cohor- 
tes confusas que no sabían proceder mas que par el hierro y el 
fuego. El desorden habla podido avenirse bien con la invasión; ja- 
mas hubiera podido subsistir con un establecimiento regalar. La 
iglesia se había ya apoderado de los ayuntamientos: el municipio 
romano se había transformado en parroquia cuyos mayordomos po- 
dían ser considerados como los administradores. Tales fueron los 
primeros pantos de reunión del nuevo sistema , y. se tiene la prue- 
ba de ello, cuando Alarico, después de haberse apoderado de R.0- 
rna, hizo poner en seguridad los vasos sagrados de los cristianos, 
escoltados por dos hileras de romanos y de godos, con sable en ma- 
no y cantando himnos en alabanza del cristianismo. 

Había en efecto numerosos puntos de contacto, apesar de sus 
diferencias, entre las doctrinas de la iglesia cristiana y \os hábitos 
del régimen bárbaro. Todo era electivo entre los primeros cristia- 
nos como entre los germanos: las asambleas de fieles, sea en el 
templo, sea en concilios, deliberaban .sobre los negocios de la re- 
ligión, como los bárbaros deliberaban en sus reuniones , á la reí 
parlamentarias y militares, que se transformaron mas tarde en 
Campos de mayo periódicos. Los cortos miramientos qae sus ven- 
cedores conservaban acia ella , eran debidos á un poder que cons- 
piraba á la ruina del imperio con ellos, y que les ayudó á con- 
sumarla. Este poder era la iglesia cristiana. 

Poco á poco los sacerdotes obtuvieron el imperio sobre estos hom- 
bres de imaginación que tenían necesidad á la vez de ser dirigi- 
dos y de ser movidos. Fue la mano sola de la religión la que de- 
tuvo sus brazos de tal modo innuígables en herir, que un buen ter- 
cio de la Europa había perecido por sus golpes. La peste, el ham- 
bre, el incendio les servían de se'quito , las ciudades caían por mi- 
llares, como arruinadas por temblores de tierra. "Aun cuando el 
Océano hubiera inundado las Galías, decia un poeta, no hubiera 
hecho mas terribles estragos que esta invasión." En Oriente los 
alrededores de Consiantinopla no tubieron menos que sufrir de 



€sle horroroso vandalismo; di suelo desapareció bien pronto bajo 
iarzas, y los animales mismos parecía haber dejado los bosques. 
Sobre cualquiera punto de la antigua dominación romana que se 
eche la vista ^ el mismo espectáculo se presenta á s^s miradas; lai 
Sicilia, la España, el África, la gran Breia'iíá," son invadidas. 
Torrentes de bárbaros inundan estas comarcas con sus picadas de- 
vastadoras y hacen desaparecer, con los monumentos, todos los 
manantiales de la industria, todas las Iradlcciones de las anti- 
guas artes. 

De este caos era de donde debía salir la civilización moderna. 
Era preciso que todo el universo romano pasase por esta prueba 
antes de sufrir una renovación completa, como las ciudades viejas 
que salen reedificadas mas bellas después de un incendio. Pasados 
los primeros momentos del estupor, el cambio era ya visible. No 
habia ya allí templos paganos y por todas partes se levantaban 
iglesias cristianas, flanqueadas de monasterios en donde los pia- 
dosos cenobitas recogían en silencio los restos de las ciencias y de 
las artes. Los desiertos se poblaban de desgraciados que huían del 
espectáculo de la desolación pública y que se Imponían privaciones 
peores que las del mundo qne acababan de dejar. Crecieron asi ea 
la estimación pública y vieron correr á ellos una multitud de ad- 
miradores que propagaban con ardor la doctrina de la separación 
del poder espiritual y del poder temporal. La iglesia fundaba de 
este modo la independencia del pensamiento en presencia de la cu- 
chilla; dichosa ella, si después de haber fundado ésta independen- 
cia contra la barbarie, no hubiera qaerido ahogarla algún día en 
favor del despotismo! Los bárbaros tenían en efecto maravillosas 
disposiciones para ejercerla. Nada tenemos que comparar en los 
tiempos modernos, sino es quizá el carácter de las poblaciones de 
la América del Norte, á los hábitos de estos hombres nuevos, pa- 
ra quienes el aire Ubre, la vida errante, la carencia de todo freno 
aun á preció de mil -peligros, parecían una felicidad indecible ; y 
no obstante hemos heredado de ellos muchas virtudes y, muchos 
vicios que han penetrado poccrá prfeoéii nuestra sociedad, sin , que . 
pueda fcn^ontarse con exactitud á'su origen. 

Demos gracias, no obstante, á estai inOuencia bárbara en , 
virtud de Iá*caál'1á dignidad personal,' y icási puede decirse 1^ 
generosa sasceptibilidád del hombre ha recuperado ^u dominio , ál 



Í70 

salir de la larga opresión en que habia yacido bajo el yu- 
go de ios emperadores romanos. Si la gerarquía y la subor- 
dinación son bellos elementos en el orden social, la libertad indi- 
v¡dd!ál,*iio es un elemenio menos respetable, y aunque ella nos 
haya venido á la grupa de los bárbaros, es preciso no desconocer 
por eso el servicio fnmenso que nos han prestado traye'ndonosla,' 
Asi es como ellos han preparado la emancipaciou de los trabaja- 
dores y la caída de la esplotacion , favoreciendo la mezcla de las 
castas irreconciliables, y agoviándolas momentáneamente bajo ana 
común opresión No comprendemos como talentos insignes han po- 
dido ver en estos hechos tan sencillos y tan evidentes la justifica- 
cion de una teoría condenada de antemano por la observación y la 
experieitcia. ¿Que' pensar, que ejemglo, de aquellos que han divi- 
dido á laá naciones europeas en dos castas, de las cuales la una se- 
ria la posteridad de los vencedores y la otra de los vencidos? ¿Y 
quie'n podria sostener seriamente en el dia que la iglesia debió ser 
en todo tiempo señora del mundo, por que lo fue un momento de 
sus señores? Doce siglos han pasado sobre el polvo mezclado dees- 
tas generaciones de orígenes tan diferentes, y si la reconciliación 
no es^ completa todavia entre los hijos de tantos muertos, se ade- 
lanta cada día mas en'.el altar de la igualdad civil y en el hogar de 
la asociación de los trabajos. 

El contraste era notable entre los hábitos sociales de los bar-» 
laros y la civilización romana en la que ellos acababan de mez- 
clarse, íisiaban casi todos acampados en pequeñas aldeas, mante- 
niéndose de la vida pastoril y agrícola, cuando partieron para la 
conquista del mundo romano, y le hallaron casi todo entero esta- 
blecido en las grandes ciudades. Por profunda que fuese la deca- 
dencia del poder imperial, su organización si^sistia aan y las rue- 
das de la administración continuaban siembre su oficio, á pesar de 
la dccSidencía general de la política. Habia pues en todas las ciu- 
dades una gerarquía local todavia respetada, cuando la primera 
oleada de los bárbaros vino á tocar á sus muros. ;Quíe'n podrá de- 
cir cuales fueron las sensaciones de estas hordas irregulares, al as- 
pecto del orden regular y metódico de las grandes ciudades roma- 
nas espantadas de verlos^ AI entrar en París los coicos en i8i4 
sobre sus caballos cuUierlos de pieles de bestias , no debieron ad- 
mirarse mas del cspcctácalo de nuestra civilización, foco á poco, á 



mcdiJa qac la invasión secslendia, estos conquIslaJores se hicie- 
ron pHopietarJos; se apoderaron de una mullltud de dominios ru- 
rales, y sea por simpátia con sjs anfiguos hábitos agrestes, sea por 
el desden acia la estancia tn las ciudades, se establecieroui^e pre- 
ferencia en las campiñas, que no lardaron en cubrirse de pueblos. 
Desde allí mantenían á las ciadides en respeto y fundaban de es- 
te modo la superioridad de la propiedad territorial. Los rústicos 
galos, batavos, italianos, españoles, que hallaban esparcidos, ca- 
yeron bajo su yugo inmediato, cultivaron para ellos y fueron sus 
colonos antes de ser sus esclavos; después, la necesidad de defen- 
derse los unos de los otros, y quizá también contra la scdiccioa 
de las ciudades, Iransformó la choza en castillejo y la aldea en plaza 
de armas, preparativos precursores del sistema feudal. 

Asi, aquellos gefc*s puramei^te militares después dehaberse adju- 
dicado su parte de botin en vastas porciones de tierras , manantia- 
les de grandes rentas, se acostumbraron á la riqueza y obligaron 
á sus subordiiiados al trabajo y al censo. Su contacto con los liábi- 
tos romanos contribuyó cada dia á modificar las preocupaciones 
que habian traído CQn|igo del fondo de sus selvas; olvidaban sus 
propias costumbres ^as modificaban bajo la influencia de la po- 
hlacion de las ciudades. Ellos no eran ya bárbaros puros , puesto que 
liabian hecho alto en medio de un mundo que iva a asimilárselos 
por todas partes. Si la fusión se hubiese verificado súbitamente y 
sin otra. agitación que la llegada de los conquistadores, el cambio 
no hubiera costado á la humanidad tanta sangre y lágrimas; •pero 
el cielo quiso que no teniendo ya enemigos qne vencer y pueblos 
que someter, se despedazasen entre si. 

ISo es la primera invasión la que fue mas' funesta , fue la se- 
gunda, luego la tercera , luego la cuarta; lo fue esta serie de inva- 
siones de nuevas, que^^mpujaban unas á otras y que se dispu- 
taban los restos del mWKo romano aterrado y mudo de estupor. 
IjOS francos, los visogodos, los borgoñones que han ocupado mu- 
chas vastas porciones de nuestro territorio, no han penetrado en él 
todos juntos ; y se han establecido sobre bases muy diferentes. Se 
pensaba frecuentemente de una manera opuesta en la corle de To- 
Josa, á la de Lyon , y á la de Soissons , si es permitido dar el nom- 
bre de Cortes, á qjtos cuarteles generales de la conquista; pero do- 
minaba en ellas una idea general, eual era que la ociosidad era de 



derecho soljcrana v q'i.e el trabajo era ja UerGncia €i»<:!asiyí ¿e oU 
ycncl.bs y (je los hombres .sin propie.laJ. Es preciso confesar qt>€ 
lQ$ ro íiaijos habian preparado si^n^alaraienltí las vias para esta tranr 
íicion,. par la man^a, cao qae .elíos trataron sicny^re á los ^ae, 
blos sometidos; cuando Í05 b.írbaros yinieron , notabicron mas qtie 
tomar la plaia q^ie estaba disp lesU y sa^jís rindió sin resisiencia/ 
¿Que v¡nii?roná $er durante este tiernpo la ind.istria, y las ar- 
les, las i nsl¡.tucÍQaes romanas, el sistein^ 4^ Ips ¡mpueí^tos , lo? 
hábitos comerGiíílies del mundo y susgrandes mercados, el África^ 
la Espafi.a, el Asia menor, la Sicilia y toda la Italia? Ijna reyq- 
Jucion profiínda se manifestaba de repente y deslruia en uij mor 
mentó los grandes foco? d¿; la iníeÜgeneia y del progreso racional 
Todo lo que el cristianismo habia aprovechado, en beneficio suyQ, 
de la filosofía griega y romana; todas aquellas escuelas o^uc habia 
refundido y aniiuado con su espíritu, desaparecieron ante las cxi- 
gcnciasde la conquista, hasta que la rcü-ioi) nueva hubo conquis- 
tado á su vez á lodos los conquistadores, y los hubo hecho servir 
al triunfo de su misión, Ei) el orden material, se efectuó tam- 
bién una gran mudanza; las bellas arles fueron, sino proscritas, al 
menos abandonadas como supciHuas. Se vieron cesar casi repeo- 
linamente las construcioncs gigantescas, las empresas atrevida» 
que inflamaban el entusiasmo de los romanos, aun en tiempo de 
su mas triste decadencia. ^Y de que servian ya aquellas formas gra- 
ciosas de muebles y de utensilios domésticos, aquel las estatuas, aqiie, 
líos tcgidos elegantes, para consumidores medio síjl va jes que no hu- 
bieran sabido apreciar el uso, ni querido recomjjensar la hechura? 
El abandono vino á ser tal , que la mayor parte de los secreto.s in- 
dustriales se perdieron y muchos no han podido recobrarse. Algu- 
nos artesanos conservaron en el fondo de sus talleres la tradición 
de los oficios mas indispensables; pero entre el arle romano y el 
arte cristiano no hay nada de común. Ninguna transición sensible li- 
ga los templos del paganismo a las basílicas del nuevo culto, y no se 
podía reconocer un carácter intermedio en los rudimentos pesa- 
dos c imperfectos del periodo puramente bárbaro, que no tier\e 
uotnbre en ninguna lengua. Para h^lar alguna cosa 4e grande, 
verdadcramcnle noble y magcsluoso, es preci.so aguardar que el 
pueblo cristiano haya sucedido al pueblo romano, dcsiwjapdosj 

(ic la corlczj vyiudala. 

>9 



No se podrá negar sin embargo , que la invasión bárbara ha pro- 
ducido cambios notables en la consiitacion social de la Europa. Ella 
ha simplificado la legislación romana, embarazada de testos y llega- 
da á ser ininteligible á fuerza de sutilezas. Ella permitía también 
á los pueblos conquistados adoptar ó rechazar el nuevo régimen, 
bajo con lición de aprovechar los privilegios que se les ofrecían ó 
de sea privados de ellos , según el partido qne' ellos hubiesen, adop- 
'iado. De este modo la ley sálica eslablecia que la vida de un roma- 
no era menos preciosa que la de un bár!)aro, cruel insulto del ven- 
cedor, del que no se halla correctivo sino en la ley ripuaria que 
colocaba los miembros del clero sobre los mismos doini nadares. 
Insensiblemente, esta influencia de la iglesia se manifiesta con una 
tal eficacia que los bárbaros consienten en abandonar sus títulos 
para sustituir los nombres latinos de duques, de condes y de pre- 
fectos. Alas priehas regulares y minuciosas exigidas por la juris- 
prudencia romana, se sustituyen las pruebas religiosas por el 
fuego y por el agua; y muy poco después los'combatcs singulares, 
de los que hemos conservado la maldita costumbre. ¡Que testimo- 
nio nias poderoso de su victoria y de su soberanía! ,, Puesto que 
Dios dirige el éxito de las guerras nacionales y da la palma al 
partido ma? justo, ¿ porque no consultarle por las armas en los ne- 
gocios particulares. " "He aqui lo quedecian, convencidos de que, 
en sus querellas privadas, los romanos no intentarían como indi- 
viduos una lucha que les habia saUdo tan mal como nación. Y asi 
es que esta funesta innovación introdujo en las disputas humanas 
un elonento deplorable del que las generaciones futuras debian lar- 
go tiempo sufrir las. consecuencias. La porción de las tierras con- 
quista. las que los bárbaros se hablan apropiado, dio origen á ve- 
jaciones de toda clase y continuó, bajo formas nuevas, el sistema 
de usurpación que los romanos hablan seguido, do quiera que 
sus armas hablan penetrado. Los artesanos no se vieron mas libres 
para trabajar para si mismos; fueron adjudicados por el dere- 
cho de la guerra á los gefes de sus vencedores, y estos mismos ro- 
deadosdti herreros, de carpinteros, de zapa teros, uie sastres, de tin- 
toreros, de plateros, unieron á las rentas desús tierras los produc- 
tos dellrabajo de estos obreros. Seguía todavía la esclavitud ro- 
mana,' con la diferencia de que poco antes los romanos la csplotl- 
ban por su cnenta y que ahora la sufriau por cuenta de otro. lia. 



,. . (75) 

civilización no hubiera dejado de perder en este cambio, si mastar- 

ie una ingno poderosa no hubiera organizado los elementos espar- 
cidos del orden social nuevo , asociando la inteligencia romana á 
la fuerza vandálica y plegando la independencia un poco salvaje dé 
esta fuerza, al régimen del temor y al respeto de la ley. Este gran - 
de reformador fue Carlomagno. 

El hecho esencial y caracteristico de la invasión de los pue- 
bles designados con el nombre de bárbaros, fue su paso del-estadq 
conquistador y vagabundo á la condición de propietario. La mane- 
ra conque se distribuyeron una porción del territorio conquistado, 
cadí^ uno según sus hábitos nativos, acarreó modificaciones pro- 
fundas en el sistema de la propiedad , sin mejora notable en la 
suerte de los cultivadores. Se halla en las leyes de los visogodos y 
de los borgoñones que estos dos pueblos tubieron las dos terreras 
partes de las tierras ; los francos no siguieron el mismo plan y to- 
maron loque quisieron. No obstante no lo tomaron toJo, y los 
borgoíiones mismos no habian egercido su derecho de conquista 
sobre la totalidad de las tierras disponibles, puesto que esta esti- 
pulado en un suplemento de su ley que no se daria ya mas que \i¡ 
mitad á aquellos que vinieran en lo sucesivo al pais. Duran te largp 
tiempo, cada bárbaro se estableció como alojado en casa de cada 
romano como habian hecho" los atenienses entre los pueblos con- 
quistados, como los mismos romanos habian hecho á su vez, en-r 
tre },as jiaciqntfs de que se habian hecho dueños. De este modo lí| 
propiedad cambió de mano, pero el sistema griego y romano de 
vivir á espensas dentro, subsistía siempre ; y bajo este aspecto, 
no habia alli nada mudado', sino que la barbarie tomaba su des- 
quite á espensas de los antiguos opresores , ahora oprimidos. Bajo 
QUfilqui^r punto de vist^ que se cqnsidere esta dura transición, no 
se percibe todavía en ella el germen de una revolución económica 
decisiva. La arislrocracia territorial nueva no se distinguía de los 
antiguos propietarios á^ íatifufidla sino por costumbres menos ele- 
gantes y menos cultas; pero la crueldad en el fondo es igual en 
las dos castas ; la nueva castiga ella misma á sus criados , la anti-» 
gaa, mejor educada, los hacia castigar: he aqui la diferencia. 

El mundo romano estaba tan fuerten)ente impregnado de es- 
tas ideas de esclavitud y de gerarquia despótica, que los bárbaro» 
no tubieron por decirlo ^ú mas qae sustituir sus denominaciones 



i las (le ía administración imperial. Los empléalos eran casi lo-a 
dos los mismos; el pií'ler corría p>r los mismos canalcf. La cia- 
dani.i roirmii hibia dojiilo sa luijar al estado mivor de los bár- 
baros, y s.ilvo'las coiiSL'ouiMicins que diininaron de cstasusiitu- 
-cion, la revoliici »n qie se vcHricaf)3 hubiera po Itdo pasar por un 
simple cain'>io de fuacioiiarios p ibiicos. Pero bien pronto los ge- 
fes con jiiistad-íres oiiceiieron esenriones de caricas, doinínios, 
éeneficio.'!, vitalicios que l?.s usurpaciones sucesivos de sus suliordi^ 
nados acabaron por hacer herediiarios. Las distinciones penetra- 
ron hasta en las cnlrañas de la sociedad civil"; hubo aüi tierras li- 
bres de impuesto, sulf'cas y alodiales, cuyos propietarios se arro- 
gaban poco á poco derechos sobre los habitantes vecinos v lle- 
garon á ser bajo el titulo de í^«/br(?A, ó señores, verdaderos tira- 
nos. La caza que amaban con pasión fue considerada pir ellos co- 
mo un derecho prohibido á los rústicos. Habia mas peligro en ma- 
tar un ciervo ó un javalí quc en deshacerse de un hombre. Sin em- 
bargo todas estas vejaciones no cataban establecidas por las leyes 
y jamas huboentre ellos, propiamente hablando, utf edicto de con-' 
íiscacioiT general. Cuando est'c ab'isH de la dominación fué inscrito 
én los coiii'^os , hac^ía largo tiempo que figuraba entre lo> hachos con- 
sumados. El clero mitijibr ca la dia sus rigores p^r medio de ía 
inluencia qie ejercía sobre los depo üt'arios de la fj^rza: compues- 
to enterairiMtí de inlig?nií, gente hábil y despierta, no perdía 
íiin"una ocasión de hacer bajar al yugo religioso la altiva cerviz 
de los dominadores. Les enseñaba el latin, corrompiéndole sin dada 
pero en fin les facilitaba de este modo elmediode entraren comu- 
nicación mas intima con las leyes y las costumbres que debían 
á la larga infiuír sobre ellos. 

Una circunstancia señalada con razón como muy importante 
por los historiadores, contribiyó también mucho á impedir que la 
invasión germánica remplazase completamente al régimen ante- 
rior. Los bárbaros tenían la costumbre de reunirse en sus mon- 
tes y laguiías' al rededor de la persona de sus gefes, que tomaban 
consejo de la asamblea general y deliberaban con ella antes de obrar. 
Cuando ellos se estendieron y fijaron sobre el territorio conquista- 
do, se presentaron con menos exactitud en las reuniones, ylaan- 
torldad de los gefes no se esténdia sino á un cierto radio. Mas de 
|in bárbaro entró ea las órdenes sagradas y trajo á ellas sus eos^ 



tamí)res de íníemperancía; las cuestiones de doclrina se áecllie» 
ron frccucnlíMncnfí! por la faerza. En España, los vis)gvio5 hi- 
cieron fstciider, bajo la winuencia de los Concilios, muchos códi- 
gos de !f\es mezcladas de prlnci{Mos romanos y de preocupaciones 
relio'íoías. Ivt liiglalorra, la descendencia de los Sajones encontró 
á los habitante? ahandonados á si mismos, y su eslahlocimiento 
no llegó allí á ser definiíivo sino después de una lucha de mas 
de cien años. Diranle largo tiempo esta isla famosa parecli» hor- 
rada del mapa y fue n>irada conv) una tierra misteriosa de la que 
se contaban toda clase de prodigios. Cuando se la descubrió por la 
«cgunda vez, todo habla cambiado en ella: Siete reinos indepen- 
dientes S'í hiblan fonmdo y aunque sin cesar agitados por la dis- 
cordia, habían hecho desaparecer enteramente hasta los últimos 
vestigios de la s-ipre;nic¡a romana. Ün nuevo orden político acá- 
bala de nacer. La Ga'ia y la España estaban divididas er^tre los 
dos poderes moi^árquicos de los francos y de los vi.íogodos. El 
África era presa de los vándalos propiamente dichos y de los mo- 
ros. La Italia abedecia á estrangcro?; no se veían ya huellas de la 
magestad romana, si no es en el imperio de Oriente que com- 
prendía todavía desde las orillas del Danubio hasta las márgenes 
del Nilo y del Tigris Fuera de estos límites una multitud de na- 
cionalidades nuevas se hablan formado; veremos bien pronto el 
desarrollo de su estado anciah 

. CAPITULO XI. 

Últimos destellos de cloilizacion en Constant inopia hnjo Jusfi'n'ano.-"- 
Este emperador resume toda la legislación de lo<! romanos. — Lo 
gue era su Código. — Las Pandectas.-- Las leyes da Justiniano son 
los arcliií'os de lo pasado ; los capitulares de Curio magno , el pro- 
grama de lo \,'enidero. 

Entre la clvilí/acion romana moribunda, ye! nuevo orden de 
cosas emanado de la invasión bárbara, hay una época intern\e- 
dia, digna de examen para el economista, aunque no este caractcrl- 
z.ada por uno de los cambios profundos que trastornan el siste- 
ma social de todo un pueblo. Esta época, es el reinado del empe- 
rador Justiniano de Oriente, reinado memorable, en verdad, que 



(78) , 
no tobo aurora, y que no tendrá crepúsculo; verdadera comuni- 
cación arrojada entre dos mundos, de los cuales el uno acaba y 
el otro comienza. Parece, estudiándole, que el genio de la clviliza?- 
cion antigua ha querido hacer su testamento, y ser envuelto, co- 
mo la crisálida, en un sepulcro de oro y de seda, antes de sufrir 
la última transformación. Todo se reasume y se recopila, las leyes, 
las artes, las industrias, los procediuúentos agrícolas. Por la pri- 
mera vez, una materia primera, la seda viene á ser el objeto de la so- 
licitud imperial y pesa en la balanza política, como el algodón, el 
azúcar, el te', en los tiempos en que vivimos. Los monopolios se es- 
tablecen en beneficio del tesoro público; las monedas son alteradas; 
los empleos vendidos. No es esto que lo admiremos, sino lo señala- 
njos como el primer indicio de una Economía política sistemáti- 
ca. En las ciencias mismas, atrevidos esperimentos atestiguan el 
movimiento que se verifica; los espejos Qstorios, la pólvora fulmi- 
nante, las bombas de riego se inventan y ensayan. La medicina 
abandona sus antiguas rutinas y la arquitectura arriesga su pri- 
mera cúpula en los aires (i). Por todas partes se edifican palacios 
y templos, se construyen acui^ducíos, puentes, hospitales en casi 
todas las ciudades; parecen todos presurosos en multiplicar los 
monumentos de las artes , de miedo que la barbarie no llegue dcr 
masiado pronto á interrumpir su conclusión y con la esperanza 
de que ellos les sobrevivirán. Desd eBelgrado al Ponto Euxino .y 
de la conüuencia del Save á la embocadura del Danubio, ana 
cadena de mas de 8o plazas fuertes se eleva paraproteger las ri- 
veras de este gran rio; se diria que el imperio romano coloca sus 
últimos límites y se establece en fin ya cansado de conquistas , en 
un campo atrincherado, Pero en tanto que Roma se fortificaba de 
de este modo en el Oriente, en donde se refugiaron bien pronto 
las letras y las artes, el resto de ia Europa sufría la ley del vence- 
dor y las instituciones latinas eran remplazadas en todas partes por 
las costumbres bárbaras. El ingerto germánico aplicado sobre el 
antiguo tronco romano comenzó á dar frutos , á los cuales^queda- 
La todavia alguna cosa del gusto del primitivo árbol. 

A la muchedumbre de gefes devastadores que el cristianismo 
espantado teme y bautiza, sucede al fin un grande hombre, el 
verdadero representante del nuevo orden social , que pone tantji 
(i) La iglesia de santa Sofía ea Coostaatinojila. 



solicitud en restaurar la civilización como sus groseros predeceso- 
res mostraron para destruirla. Hablo de Cario magno, el primer 
principe de la raza de los conquistadores vándalos, cuyo reinado 
resume las ideas, de estos 4 ó 5 siglos, de invasiones. 

El contraste de estas idess con lasde los emperadores romanos 
na parece en ninguna parle de un modo mas patente que en lado- 
ble empresa de Justiniano y de Cario magno., En efecto, estos dos 
principes han dejado, el uno y el otro, un monumento mas du- 
rable que el recuerdo de sus vict )rias , las Pandectas y laLüCapiín- 
lares. No conozco fuente de estudio mas fecunda y mas vasta que 
estos dos grandes códigos de dos grandes soberanos, de los cuales 
el uno representa perfectamente el sol que se pone, y el otro el sol 
que sale. Alli es djnde la E.cono;in'a política debe buscar cual fué 
la condición de los pueblos en las dos estremidades de la Europa, 
cuando la civilización romana se retiró á Constantinopla para ha- 
cer-lugar á la monarquía casi universal de aquel que ciñó sussie- 
nes con la corona de Alemania, de Francia, y de Italia. Del mis- 
mo modo en nuestros días, el código de Napoleón sobrevivirá á sus 
■victorias y hará mas honor algún dia á su memoria que los mo- 
numentos mas magníficos de su reinado. Alli se hallarán los he- 
chos sociales los mas importantes de su e'poca, como nosotros ha- 
llamos en las leyes de Justiniano las huellas mas claras de la sa- 
biduría colecliya de los romaneí. 

El conjunto de estas leyes fue' reunido por la primera vez bajo 
el reinado de este príncipe en tres libros distintos, el Código, los 
Pandecías,Y los Institutos. Cuando subió al trono, la jurispruden- 
cia estaba obstruida con una multitud confusa de testos, cuya sim- 
ple nomenclatura hubiese sido una obra superior á las fuerzas hu- 
manas. La suerte le dio por auxiliar al famoso Treboniano que tra- 
jo el orden y la luz á aquel caos y que acabó en menos de quince 
meses la revisión de las ordenanzas de sus predecesores. Este pri- 
mer trabajo fué llamado el Código Justiniano y promulgado en todo 
elimperio con una pompa inusitada. Diez y siete jurisconsultos ba- 
jo la dirección del mismo sabio, redactaron después en tres años 
'os Ponrffic/aí resumen colosal de dos ó tres millones de sentencias, y 
que había sido precedido de la publicación de los Institutos. De estg 
modo los elementos del derecho romano fueron seguidos de la expli- 
cación de la jurisprudencia, y la justicia pedia en ñn consultar los 



(8o) 
efrrnrij! oránilcs , (i) sla temor de' perderse en un laberinto de le- 
yes. lV-;^rac¡a'!atnen¡u los oráculos fueron eiigaíiosos , conrvjO \o sou 
casi lodos; porrj'je r(»coi¡¡lenJo las leyes se coijó de adoptarlas á U^ 
costa üibties contemporáneas. Treboniano se b¡zo cómplice de la? 
alteraciones que deljiau poner el código de una república en armo- 
nía con el despi)iis;no ilc una monarquía absoluta. Al mismo tiem- 
po y para ¡¡nocdir qiuj en lo sucesivo no se hiciese sufrir al código 
enmendado de este modo en beneficio del despotismo, ua.3 reí'orina 
que pudiese aprov(>cbar algún dia á la libertad, el emperador pro- 
hibió, bajo pena del castigo de los falsarios, e! menor comenlar'O 
sobre el íeslo naevo. Pocos años después, se hizo oira edición de 
é\y aumentada con las Novejllas que completan el edificio respela- 
fele de su jurisprudencia. 

Se encuentran en las-Jns^VMAw detalles muy precio'íos sobfe el 
«Stado de las persoaas en Constanlinopla , acia la iniladdel VI si- 
glo. Aunque los ciuf ládanos fuesen fictivamente por lo menos, igua- 
les ante la ley, no iiabia ya derec]K)s unido? á este tílu'o en otro 
tiempo tan hermoso y tan vivamente npeíccido. Los esclavos liber- 
tos le obienian sin transición, y esla facÜidail ha contribuido i)0 
poco á la abolición de la esclavitud domestica. La autoridad délos 
señores sobre los esclavos era de este modo cons,íderableniei!:e re- 
ducida. El derecho de vida y de muerte concedido á los padres so. 
Lre sus hijos eslíiba abolido, y estos podían adquirir algunas pro- 
piedades que cesaban desde luego de pertenecer á los autores de 
sus dias. El abandonodc los hijos, largo tiempo tolerado como un 
uso disiinulable, fue castigado como un crimen , cuando de él se- 
euia la uiucrte de las víctimas: se pusieron algunas resL'-iccioncs 
á la libertad del divorcio que había degradado al matrimonio bas- 
ta el punto de convertirle en el mas vil concubinato, (2) y la in- 
fluencia de la ií^lesia so manifestó de la manera mas visible en la 
lista de \o5pñea(bs mortales que ya por parte del hombre ya de la 
ma"er, podian dar lugar á la separación. La religión había pene- 
trado ya en la jurisprudencia. Se nota principalmente su interven- 
ción en la solicitud con que se prescrvap de todo alentado los dq- 
T^cbos de los bue'rfanos y de los menores. 

(1) liste es fl nom})re qu'» dio .íiistiiiiano á sus cótligo*. 

(•?) íSan CerÓDÍmo vio en Roiui tin marido que Cülerraba su 21 múger, la cual ha« 
bia ontcrratto 22 antecesores i'i- ,-\queI , mcuoa lohiistosqHc el. Séneca tfecia de laj 
pju'eres tic sn titmpo nuca cQosvimu número, std oiaritcrum aunoa «uo» computaos.» 



(80 

Esto en cuanto á las personas; pero la propiedad no qaedo 

olvidada. I.os Institutos contienen con respecto ácUa una mullilLul 
^e disposiciones notables, admiten el principio de derecho heredii- 
tario de los bienes, cu su estén don mas liberal. Nada de prerro^- 
^ativa de priinogenitura ; nada de distinción, para los derechos de 
sucesión, entre los varones y las hembras; á la esiiacion de la lí- 
nea direcía, los bienes pasan á los ramos colaterales. Las prescrip- 
ciones, sahiamentexpmbinadas, conciliabaD todos los intereses y de- 
jaban poca entrada á los pleitos. Estos inmensos porn^cnores oca- 
pan 12 libros de la» Pandectas. Los libros 17 , i8 , 19 y 20 de 
la misma compilación encierran también disposiciones muy nota-? 
bles sobre los préstamos , sobre los contratos de alquiler , sobre la 
naturaleza y las condiciones de lo§ arrendamientos cuya duracÍQn 
«ra de 5 aSos. La cuota del ínteres qaedó fijada eij un 4 p- > P^""** 
\z& personas de un rango ilustre y un 6 p. -|^ para todas las demás, 
esta era la cuota,orduiaria y legal. Sin embargo, se penq^itia el in- 
terés de 8 p. -§- á los fabricantes y á los comerciantes y el de 12 
para las fianzas marítimas. El clero, j^as £eve;-o o menos ilustrado, 
ha condenado siempre el préstamo á interés, que san Juan Cri- 
fióstomo y los padres de la rglesia perseguían con sus débiles argu- 
mentos y que Shakspeare llamaba-mas tarde en su lenguage pi^,- 
4oresco , la posteridad de un metal estéril. 

Dio obstante, á pesar de estas mejoras en la composición de 
las leyes, comparadas con lo que eran antes, el pueblo sacó de 
«lias machas menos ventajas que se podria' pensar. Aunque se las 
habia reducido á las formas mas sencillas y á los términos mas 
precisos, quedaba en ellas aun bastante de vago y de contradicto- 
rio para mantener enjambres de abogados y de legislas. La resi- 
dencia de los litigantes en provincias lejanas acarreaba dilaciones 
íncerlidumbres, gastos considerables, cuantas veces habia que ape- 
lar á la jurisdicion suprema. El derecho romano volvió á ser otra 
vez uaa cix;ncia misteriosa que la industria Je los causidico.s, dig- 
nos maestros de los de nuestros dias, esplotaba con una audacia 
inaudita. El rico arruinaba cruelmente á el pobre, y los gastos de 
los pleitos absorbían habitualmente el valor de ellos. Sin embargo, 
«stas formas y dilaciones, aunque muy costosas, protegían la per- 
sona y la propiedad contra los caprichos de la tiranía y la arbi~ 
traricdad del juez, lo cual era también un progreso. ¡Guácús re- 



(82) 

formas contenia esta sola revista de las leyes romanas, acomoda- 
das al tiempo presente y que llevan tan profundamente la señal 
de tales reformas en si mismas! ? Quien diría que después de mas 
de 1 200 aiios presidirían todavía en el mayor número de sus dis- 
posiciones, al gobierno de una sociedad tan diversa? Pero en est^ 
larga marcha al través de los siglos, ellas debían penetrarse del 
espíritu de muchas ¡nslituciones nuevas y suministrar á un gran^ 
de h(ímbre los elementos de una legislación que tubo también &a 
gloria, ya que no tubo su originalidad. 

CAPILULO Xll 

Economía política de Cario magno. — Análisis de la parte economía 
ca de sus Cip' talares. — Detalles singulares conten/ dos eu el Ce:»' 
pitular de Villis. — Consecuencias sociales del reinado de aquel 
grande hombre^ 

El reinado de Cario magno forma la transición entre la bar- 
barie y feudalismo. El restableció la unidad del poder y la del 
territorio igualmente destruidas por aquella multitud de pequeños 
soberanos ó de pequeños estados que llenan todo el periodo corrido 
desde la primera invasión. Los reinos de Metz, de Orleans, de 
Solsons, de París, de Aqultania, de Borgoña vienen á confun- 
dirse en la gran monarquía imperial, y todos estos miserables 
despotismos, incapaces de concebir ninguna idea notable, se su- 
men en ano solo capaz de ejecutarlas. Por la primera vez desde 
Cesar » vencedory organizador, aparece un hombre digno de de- 
iar su nombre á su siglo. Lo que caracteriza sobre todo á este 
hombre notable, es que era un verdadero franco de Francia, el 
menos mezclado de sangre romana ;que hasta entonces había su- 
bido al trono. Casi todos sus predecesores, bárbaros ó no, ha- 
bían recibido el impulso romano y cristiano; él, se sintió bas- 
tante fuerte pira darle. Los otros habían reinado; Cario magno 
quiso reinar. Quizás hubiese impedido el advenimiento del re'- 
gimen fendal comprimiendo fuertemente la tendencia aristocrá- 
tica de su tiempo, si sus débiles sucesores no hubiesen dejado 
perecer su obra y entregado al acaso los destinos de la humanidad. 
Sjus ¿3 espqdiciones fueron dirigidas por un pensamiento po- 



'^'lico qae parecía perilldo desde los romanos. Lo que e'l qaíso des*, 
de luego, y ante todas cosas, fue -reedificar en Europa un gran 
-podef, bastante fuerte para contener todas las ambiciones y para 
someterlas á una dominación común. El hizo la guerra á las in- 
dependencias amenazadoras y á las creencias hostiles, y no se de- 
tuvo sino luego que huvo' conseguido su fin principal que era res- 
tablecer un imperio;; En el norte y en el medio dia halló dos 
grandes resistencias^los sajones y los árabes. Desgraciadamente 
sus victorias apenas le dejaron bastante tiempo para argatuzar, y 
halló menos dificultades en la gaerra que en la paz; pero aunque 
sus grandes trabajos no le hayan sobrevivido, el impulso que ha* 
: bia dado á la Europa fae. demasiado vivo para que el movimiento 
• pudiera detenerse. Ella no volvió ya á ser después de su muerte, 
lo que era antes de su r einado; él la dejó dotada de un pensamlen 
lo ^ue se manifiesta en los actos de sus sucesores , en la política 
de los estados formados de la desmembración de su monarquía, 
en las guerras mismas que se harán aiutúamente ó que sostendrán 

contra sus enemigos. f pr^for/ 

Basta recordar el cuidado con que ensayó restablecer una ge- 
rarquía administrativa severa, vigilada por los inspectores- am- 
bulantes, missí dom/ni'd , embiados del señor, encargados de darle 
.cuenta del estado de las prov*incias, de la reforma 'de los abusos y 
de la ejecución de sus órdenes. El estaba de este modo presente 
en todas partes, y podia estender sa mano hasta las estremidades 
. de su impeí io con una rapidez decisiva en aquellos tiempos de len- 
titud y sobre aquella superficie inmensa casi eiiferamente despro- 
yista de caminos. Las 35 asambleas generales tenidas bajo su reir 
' tiado, aunque no. se asemejan mucho á nuestras sesiones pail%- 
mcntarias modernas, no por eso han, dejado de contribuir de una 
nianera eficaz á las mejoras que hizo ejecutar. Pancia que los di- 
putados á ellas tenían solamente voz consultiva; el emp|erador to<- 
n^aba las resoluciones aun cOfíif^ s^^ vclo;^^, pero recilyia precio- 
sas comunicaciones sobre el estado de) país, sobre sus nepesida- 
des, sobre sus trabajos. El arzobispo liincmaro nos ha dejado re- 
velaciones curiosas sobre ia manera con qnc se celebraban estas 
■asambleas generales, y sobre el origen de los Ctipilulares qae re- 
sumían sus trab,i)o.<. "Era, dice, un uso de este tiempo el tener 
cada aíió dos asambleas en las cuales se sometían á los grandes en 



Tirtid de lAs órdenes del rey, los artículos de la ley llamado? Tít-J 
p/'íuleí, que el mismo rey había estfcsvlido por inspiración Ae Dios.** 
Había pti es examen previo, discusión en consejo de estado, por 
qne v.n se podría reconocer otro carácter en estas reuniones pací- 
firas cuyos debates eran dirigidos por el soberano, en i^irtud de ht 
sabiduría que hohía recibido da Dios segan la espresion de su His- 
toriador. Cario magno no por eso tendrá á nuestros ojos metros 
m<'ri;o, puesto rfue el pcnsaímiento dominante ele todas las mejo- 
ras de su reinado le pertenece todo entero. Y á la ver<3ad jamas 
hubo actividad mas estraordinaria que la suya; aunque sus na- 
merosas guerras le hayan forzado á trasladarse muchas veces de 
un cstremo al otro de la li<lropav no cesó de publicar edictos 
de reforma sobre una multitud de a'suntos algunas veces con 
tal minuciosidad , que cuesta trabajo comprender como la ma- 
gestad de su poder descendió hasta ellos. Es pues en sus Capi- 
tulares donde es preciso buscar cual fue su Econonia política 
-y si es verdad que esta ciencia le debe algunas disposiciones esen- 
ciales. Antes de todo, debemos observar que se atribuye injusta- 
mente á Cario Magno solo, la colección de aforismos, consultas, 
prescripciones y leyes que llevan su nombre. Cerca de la mitad 
pertenecen á sus predecesores , y un gran número á sus suceso- 
res : el título solo de la obra {Capitula regum francorum) basta pa- 
ra indicar su verdadera significación y la naturaleza exacta de sa 
contenido. La mejor edición qac poseemos (i) no es mas que ana 
compilación indigesta, sin orden, sin crítica, y cuyo testo escri- 
to en mal latin de la decadencia, desanima á los hombres estu- 
diosos mas intrépidos; pero es una mina inagotable de documen- 
tos preciosos, y seria de desear que existieran otras análogas do 
jodas las e'pocas de nuestra historia. 

Entre los 65 Capitulares de Cario magno , el que mas in- 
teresa á la historia de la ciencia económica, á pesar de la ineo- 
'" herencia de sus pormenores, es el famoso Capitular deVülis 
en '|l' cual este grande hombre procuró recopilar sus ideas so- 
bre la hacienda y la administración de sus dominios. Se compone 
de 70 párrafos sin relación entre sí, y qae se parecen mucho á 
las írístrticciones dadas por ttti rico propietario á su administra- 
dor. EV príncipe pide, ante todo , qáe se le sirVa cóh probidad y 

'^t) La de Ealuze en dos loiuós en folio.'París 1671. ' " • 



(85) 
que sus gentes sean tratabas con solicitud, ^e modo, qne esten al 
abrigo de la pobreza. No quiere que so las imponga servidumbre 
-ni trabajos penosos; "si trabajan de noche se les tendrá en cuen- 
ta." Ellas, á su vez, debian tener mucho cuidado del vino de 
la cosecha y ponerlo en botellas, para que no se heche á perder. 
. Si se separan de los deberes que les son impuestos, podran ser 
castigadas con la pena de azotes, ó según la voluntad del rey y 
-de la reina. Se cuid.>rá de las abejas, y de los gansos , se vigilará 
sobre la conservación y aumento de los vive-ros. Las vacas,, las 
yeguas de vientre, lasobcjas serán multiplicadas. "Queremos, aña- 
• de el SoSor, que nuestros bosques sean tratados con inteligencia 
¿Pe no se les desmonten, que se conserven gavilanes y balcones. 
Se tendrá siempre á nuestra di&posicioa los patos cebados y pollos 
dispuestos; se venderán en el mercado los huevos que no hubie- 
ren servido al consumo de nuestros cortijos. Cada iino de nuestros 
dominios estará provisto de buenos lechos de plumas , colchones, 
mantas, vasos de cobre, de plomo, de fuerro-,, de madera, cade.- 
<iias, cazos ,'hach.as., tarros,, artesas &-c. de modo que nada se ten- 
ga que pedir prestadoá nadie." Cario magno queria tener también 
la cuenta,, de sus legumbres, de su manteca, de sus. quesos, de 
su miel , de su aceite y de su vinagre,, y aun de sus nabos y otras 
minucias, como Índice el testo de las Capitulares. Se pregunta 
solaraenle en que momento hubiera podido examinar tales cuen- 
tas si se le hubiesen presenta<las. 

Se halla también en el n>ismo Capitular una curiosa enume- 
ración de las diversas proíesionips que juzgaba necesario reunir 
. eo cada uno de sus grandes dominios. Eran precisos al I i herreros, 
plateros, sastres, torneros, carpinteros, pajareros, tejedores, d^ 
redes y hombres en estado de cuidar la fabricación de la sidra. 
Todo esclavo que quisiese hablar al soberano en queja de sus se- 
Sores debia tener acceso cerca de su persona; no se le. poília ren- 
gar este favor por ningún pretesto. Cario magno habia fijado (a 
época de Natividad para la entrega general de sus cuentas y el buen 
Ilarpagon no era mas exigente que este grande hombre .sobre esta 
materia delicada. YA artículo 82 del Capitular de ViHíis üfrece fa 
prueba mas evidente de eHo." "Es importante dice qne se{)amo.'? 
todo lo que esas cosas dos producen." y enu«ncra los bueye.-i, los 
molinos ; los bosques, los navios, los viñedos, las legumbres, (a 



lana, el lino, el cáñamo, los fruto5, las abejas, el fíescado, las 
pieles, la cera y la núel , los vinos viejus y nuevos, y todo lo de- 
mas. ToJo loque no se liibiescconsamido para e! servicio del prin- 
cipia debia sor innie iiatainenle vendido. El augusto ecdnóriío 'áíía- 
de ingenuauíeiile." "Esperamos que todo cslo no os parecerá 
demasiado duro, porque po leis ci'inir oiro lanfo á vuestro turno 
siendo cada uno señor de su casa." Su l\eal solicitud iba aun mas 
lejos cuando se trataba del transporte de los vinos y de las hari- 
nas, destinadas á su uso personal. "Tendréis cuidado de hacer 
conducir el vino en toneles debítlamenle rodeados de hierros, y 
nunca en pellejos; en cuanto á las harinas, qii;T) que sean coloca- 
das en carretas forradas y cubiertas de cuero de una manera qae 
puedan atravesar los rios, en caso necesario, sin correr riesgo de 
averiarse. Quiero también que se me de buena cuenta de los caer- 
'nos de mis machos cabrios y de mis cabras, de' mismo modo que 
de las píelas de lobos que hubieran sido cojidos en el discurso de 
cada año. En el mes de mayo, no se fallará tampoco en hacer una 
guerra terrible á los lobo.nos. " En fin el último párrafo de es% 
estraño documento encierra quizá la mas rara nomenclatura que 
existe en las plantas de todo genero y de los árboles frutales co- 
nocidos en el siglo IX, y de quien el grande ordenador de los do- 
minios reales queria que no se descuidase la cultura en ninguno 
de sus jarditics (i). 

Tal es, en sustancia , este celebre capitular de Villis qae resu- 
me mucho mejor la economía doméstica que la Economía Política 
deCarlo magno. Se hallan en otros Capitulares del nuevo Cesar dis- 
posiciones exactas sobre cuestiones económicas especialmente en el 
pasagesigaiente, donde se halla, comoha dicho con razooMr. Güizot, 
un verdadero ensayo de/V2a:»7'/72wm: "El muy piadoso señor nuestro rey 
ha decidido que ningún hombre eclesiástico ó seglar pueda, sea en 
tiempo de abundancia^ sea en tiempo de carestíaj vender los víveres 
mas caros que el precio recientemente fijado por fanega, á saber, &c." 

(1) Dfben citarse algunos de los principales para satisfacion il? los aficionados á la 
horlicultnra. El lis, la rosa, la salvia , la ruda, el cohombro, la cala))aza , el comi- 
no, los chícharos, el anis , la colofjuititida ; la lecliuga , la banlana , la mostaza, la 
menta , la malva , la-cebolla , el cardo , las habas , los guisantes &c, ác. En pnnto á 
árboles Cario magno quería se rullivasen en sus dominios les manzanos, los cirueloij; 
los perales, los castaños, los albérchigos , los nogales , los avellanos . los alniend/'OS, 
las moreras j las higueras , los pinos y los cerezos. Y designa muchas variedades de 
RianzanoR. 



En otra parte se halla la creaccion de una contrlbaclnn de pobres, i. 
fin de evitar la mendicidad. «\ín cuanto á !os mendigos que corren el 
país, querem )S q le cada uno de naeslrós súhdilos alimente á sus 
pobres sea por sucuenla, sea en el interior de su casa , y no les 
permita ir á mendigar á otra parte. Y si se encuentran tales men- 
digos, y que no trabajan can sus mano?, nadie se atreva á darles 
nada:,^ Algunas veces los mandamientos del legislador están de- 
cretados bajo apariencia de una simj'e interrogación: «Preguntad 
á los arzobispos v abades que nos declaren con verdal lo que quie- 
ren decir estas palabras de que se sirven frecuentemente; renun- 
ciar al s'glo, y porque seiíales se puelen distinguir los que re- 
nuncian al siglo de los que no renuncian á él ; y si es solo por 
que no llevan armas ó porque no se han casado públicamente? Pre- 
guntad también si ha renunciado al siglo quien trabaja tada día 
no importa por qué mudíos, en aumentar sus posesionas, tan pron- 
to prometiendo la bienaventurinza del reino de los cielos , tan 
pronto amenazando con los suplicios eternos del infierno: ó biea 
bajo el nombre de Dios, ó de algún santo, despoj mío á algan hom- 
bre rico ó pobre, sencillo de corazón ó poco avisado?» 

El lenguage de Cario magno no era menos significativo, como 
se ve, en sus insinuaciones que en sus prescripciones. Era preciso 
que la corrupción y la dominación de los sacerdotes hubieran ya 
adquirido en su reinado un carácter bien grave, para que se hu- 
biese determinadoá dirigirles tan severas reprimendas. Kn otra par- 
te, les recomienda no jurar, no embriagarse, no frecuentar los ma- 
los sitios, no maniener mozas, y no vender demasiado ca- 
ros los sacramentos. La usura era entonces un abuso tan habitual 
al clero como al resto de los habitantes; los Capitulares hablan de 
ella en mas de veinte pasagcs, y no cesan de censurarla de todos 
modos. Estas piadosas disposiciones no impiden, sin embargo, al 
emperador fijar el mismo el arancel por el que sedeberá recibir su 
moneda, buena ó. mala, y condenar á grandes multas á los hom- 
bres bastante atrevidos para disputar su bondad. Pero estas pres- 
cripciones tiránicas están compensadas con medidas frecuentemen- 
te favorables á los esclavos, á los rústicos, á los pobres, que está 
mandado socorrer, recoger en asilos y cuidar cuando están enfer- 
mos. Los reglamentos eclesiásticos ocupan en los Capitulares un 
lugar considerable. No puede dudarse , al ver su estension , de la 



(;88) 
imparlancia que se daba al clero y á los frailes, dueños de )a a^- 
ministraciü!! por la supe t iorlJad de sus luces v consultados por Car- 
io maguo eu los luas mínimos detalles. Estaban exentos del servicio 
militar, carga penosa entonces, impuesta á todos , sin paga, y por 
tiempo casi ilimitado. Todo atentado á su consideración ó á su per- 
sona era castigado con terrible severidad. 

Se hallan en loscapiltulares~de Cario magno pocas señales dai 
ningún sisteoja de impuestos. Parece que la renta del estado coa- 
sistia principaluíente en la percei^cion de multas, que eran nume- 
rosas y crecidas, y en los arriendos de los domíniosdel emperador 
}í,[ cuidado minucioso con que Cario magn« había arreglado to- 
<io lo que concernia á este asunto no permite dudar que la renta 
de sus tierras fuese la parte mas esencial de su presupuesto. Alga^ 
líos portazgos establecidos en los ca nú nos reales, cerca de los puea^ 
tes., *aministi?abao un supleíiíer.Uo de rtcyjrsos, qqeeran beneficia-^ 
dos en coinun con los grandes pro[>ietarios y que llegaron á ser ba- 
jo el feudalismo el origen de las mas horrorosas exacciones. Es tam- 
bién el reinado de Cario magno al uuc es preciso atribuirla rea- 
Jjililacion de las leye$ romanas que piobibian la salida de los gra- 
fios en el tieni[>o de care&íia., bajo pena de confiscación. Ya hemos 
yisto que no habia retrocedido inte estos ensayos de wax/mum, qa€ 
tuvieron por resultado agravar los males que se querían remediar. 
Sin embargo Cario magno puede ser considerado, en estos tiempos 
medio bárbaros, como el príncipe que ha comprendido Hiejor los 
verdaderos intereses del comercio. Sus Capitulares contienen una 
multitud de disposiciones uias liberales que todas las de los empe- 
radores romanos. íiabia estauleeldo eu las fronteras oficiales encar- 
gados de proteger las relaciones con ios estrangeros, y este fue el 
que colocfi en la embocadura de los ríos los primeros buques e¿ta^ 
cionarios, sea para intimidar á los piratas, sea en interés déla na- 
vegación. Habia emprendido formar un canal navegable para unir 
el Riu al Danubio. Mandó el establecimiento de un sistema rega- 
lar de pesos y medidas para todo el imperio; persiguió con penas 
severas la fabricación de la moneda falsa , y prohibió los monopo- 
lios. Sus edictos no fueron menos opuestos á la compra de los fru- 
ios pendientes como sistema de especulación vej'gonzosa que tenia 
por objeto especular sobre la miseria de los cultivadores y de hacer 
lubirJos géneros. Al mismo tiempo dispuso la iamovilidad perpe-? 



jjia d(i loí bjsncs Je las iylní^ías, opr)ui<ía<ío3e á qus rccU/icson ja» 
ji.ias olro clcstiiio, y caí Jaba Je aumciiiarldl prescrihíenJa las do^ 
naciones en litíri'as y ios Jiczmos que eran pagados por saspropios 
doininlos. Debemos forzosamente convenir que los esclavos de sa 
tiempo eran tratados con ru^s filantropía y pudor que los desgra- 
ciados negros de nuestras colonias No se podía separar al marido 
de la niuger, y el artícalo del Capitular que contenia esta disposi- 
ción, se apoya en las palabras del evangelio: Oi/os den s conjunxíf, 
homo non separet. Era prohibido comprar ó vender un esclavo de 
Otro modo que en presencia de los delegados del emperador. Toda 
yenta secreta era anulada y castigada. 

Se esplica con facilidad esta solicitud por los esclavos en un 
tiempo y bajo un reinado en que la esclavitud tomaba cada dia 
nua estenslon nueva. Las donaciones de tierras que el emperador 
hacia sin cesar á los grandes y á las iglesias, dísminnian cada dia 
el número de cultivadores en estado de vivir del prodüclo de sus 
rentas, y su condición llegó á ser* tan desgraciada, que ellos prefe- 
rian la esclavitud ó njas bien la serviduiníjrc. Poco á poco se vitJ 
desaparecer casi todos los hombres liiires, y sas pequeñas licrcda- 
des agregarse á estos inmensos dominios concedidos por la munift- 
ceneia inaperial á la aristocracia militar y eclesiástica. De este 
modo se confundían las ideas de sobaranía política y de proplcd.id 
territorial que llegaron a ser la bsse de la anarquía feudal, asi 
que la mano del gefe supremo cesó de hacerse respetar de los 
vasallos ambiciosos y poderosos. El mismo preparó esíe grande 
acontecimiento dividiendo el imperio entre sus hijos^y debilitan- 
do su propia obra; y por alli es por donde su reputación es vulne- 
rable, y es por el carácter efímero de sus obras por lo que muchos 
historiadores se han creido autorizados á juzgarle severamen- 
te. Es, con todo, justo reconocer que Cario magno nada tiene de 
común con la mayor parte de sus predccesoros^nL de sus suceso- 
res. Todo lo que sabemos de su ilustrado amor por las ciencias y 
de los esfuerzos generosos q«.e hizo para esparcirlas, estas tentati- 
vas atrevidas de centralización en una dpoca de desmembramien- 
to universal, esta creación maravilloía de un grande imperio en 
menos de l^o años, no pueden ser sino obra, de un genio superior, 
y nos hace muy bien comprender porque Cario magno fue hon- 
rado con el nombre de Grande durante su vida, y canonizado des- 

13 



paes <íe su muerte. El tenía sin duda muchos vicios de su tiempo, 
y sus costumbres persígnales parecen harto frecuentemente en con- 
tradlcion con la rigidez de sus Capitulares; pero su pensamiento no 
quedó estéril, y es un grande espectáculo el de sus trabajos, sobre 
iodo cuandase les compara á los \amsn\Ah\es gesias de los reyes 
desidiosos. Este príncipe ideó el restablecimiento de la grariíeza 
romana con los elementos germánicos; bárbaro, y descendiente de 
bárbaro, consiguió domar el torrente que le arrastraba, y lo hu- 
biera conseguido completamente si no hubiera querido reunir ele- 
mentos clemasiado diferentes, es decir, pueblos ya clasificados por 
la variedad de su lenguaje, por la oposición de sus intereses y por 
su situación geográfica. «Cario magno, dice Mr. Piainouard, (i) 
creyó no tener por subditos mas que guerreros y eclesiásticos. 
El fue grande, pero para él solo y por él solo. Ninguna fama 
ilustre.se levanta á su lado ni aují inferior á la suya; él absorvi*^ 
toda la gloria de su reinado. Dominado por las exigencias del mo" 
mentó, por necesidades accidentales, publicó frecuentemente le- 
yes para favorecer la acción de su gobierno, reprimiendo los aba- 
sos nacientes; pero su legislación no tuvo unidad; y rara vez ma- 
nifiesta previsión para lo futuro.» No ha quedado de él mas que 
ía herencia de los beneficios, de donde el feudalismo debia salir 
í^n sus miserias y sus gérmenes de renovación. Era un princi- 
pio horroroso; pero á. falta de la unidad monárquica, este prin- 
cipio valia mas que la anarquía; vamos á examinan sus conse,-* 
cuencias. , 

CAPITULO XIIL 

Del establecimiento del régimen feudal y de sus consecuencias ecO' 
nótnicas. — La monarquía de Carlomagno es desmembrada por la 
injlu^ncia del derecho hereditario de loi feudos. — Invasión ge-^ 
nsral de la s^rtuidumbie.. 

Los Capitulares de Cario magno consagran principalmente el 
poder de Iji iglesia. Ella sola'intervinode alli en adelante en cuali- 
dad de mediadora entre la humanidad y sus opresores, y su inter- 
vención vale la pena de ser notada, puesto que los Capitulares han 
sido ley en Francia,, hasta el reinado de Felipe el Hermo so. Ella so- 
(t) HistjOriadel derecho muaicipai-en Francia tomo 11 pág. 385. 



la balanceará el poder de Ms barones, y le dará el golpe fatal colo- 
locándose al lado del pueblo, como acabó con el imperio romano 
aliándose al partido de los bárbaros. En efecto, menos de medio si- 
glo después de la mu?rte de Cario magno, su imperio estaba ya di- 
vidido en siete reinos, y los condes, los duques, los beneficiados, 
hechuras de este grande hombre, aprovechándose del tiempo ha- 
Lian procurado crearse posiciones independientes. Los feudos ten-» 
dian á convertirse cada vez mas y mas*en hereditarios, y los so- 
beranos conseníian en ello de buena voluntad. Se lee en un Capi- 
tular de Carlos el Calvo, en 877, las disposiciones siguientes que 
son decisivas con respecto á esto: «Si, después de nuestra muer- 
te, alguno de nuestros subditos, lleno de amor pftr Dios y por 
raestra persona, quiere renunciar al siglo, y tiene un biio ó al- 
gún otro pariente capaz deservir la causa «pública, que sea libre 
en transmitirle sus beneficios cOmo le agrade. «Otro artículo con- 
firma este, y consuma la reducion del imperio en átomos, puesto 
que antes del fin del siglo IX se contaban veintinueve grandes 
feudos mas ó menos independientes," y mas de cincuenta al fin del 
X; solo en F ran c i a. 

* Eále nuevo aspecto de la desmembración social fue descrita 
de ana manera pintoresca por los historiadores: «el r^ino poco ha- 
ce tan bien unido, dice uno, está dividido al presente; no hay ya 
nadie que se pueda considerar como emperador; en luf^ar de rey, 
se ven reyecillos, y en vez de reinos, pedazos de reinos. «En rea- 
lidad, toda la grande organización de Cario magno habia desapa- 
recido para dar lugar á asociaciones turbulentas y débiles que no 
hubieran dejado de sucumbir si algún poderoso agresor las hubie- 
se atacado. A contar de esta e'poca, la historia de Francia no es 
más que una compilación de anales provinciales, sobrecargados de 
detalles puramente locales, en los cuales cuesta mucho trabajo se- 
guir la marcha de la civilización. Los escritores, los mas hábiles 
y los mas concienzudos han tenido que acudir á hipótesis para 
csplicar esta descomposición sin egemplar que se verificó casi ins- 
tai táneamente, y sin preliminares. Mr. Agustin Tierry la atri- 
buye á la diferencia de razas, y Mr. Guizot á la perdida de las 
tradiccioncs administrativas y de las grandes ideas de política ge- 
neral. Creemos que estas dos causas han obrado en proporciones 
diferentes. A medida que las ideas de cohesión se debilitaban, el 



(90. 
cspíilíu, Je raza ó mas bien de IocaU()a<l se desarrolló, prolihWe- 

nicnle según circunstancias cuya valuación nos es imposible, y 
la ÍMiropa de entonces ha debido parecerse á ciertas porriones del 
Asia actual en donde algunos atrevidos bajís, algunos gefcs inde- 
pendientes tiranizan las poblaciones que les eslan somciidas sin 
tener siquiera entre sí relaciones federales. ?so liay pues [X)rqu3 
sorprehendcrse de que nuevas hordas invasoras hiciesen* irrupción 
en nuestros territorios, yqnc el descenso de los sarracenos al Sur, 
y el de los norma ndoá al ?íorle hayan hecho llover sobre nucslros 
infelices abuelos un diluvio de males. jNingun lazo de obediencia 
cxisliaen ninguna parte: las guerras civiles, las devastaciones pro- 
dujeron bien apronto el abandono del cultivo, y el hambre ailadicS 
sus rigores á todas estas plagas. Un puñado de piratas se apodero 
de Marsella en 84-B y los normandos quemaron á Burdeos algún 
tiempo después. Sus barcas subieron el Sena y saquearon á París 
' en 856. Los habitantes corrian á los templos en vez de pelear, y 
los reyes consentían en ignominiosos tratados, en virtud de los 
cuales estos mismos Normandos no teniendo ya nada que robaren 
un pais desolado, se le hicieron adjudicar con condición de defen- 
derle. Asi es que la normandía ha recibido su nombre de Id inva- 
sión misma, y que la capital de Garlo magno, la Ciudad de Aix- 
la-Cbapelle, fue infestada por una banda de estrangeros que este 
grande soberano habiasiempre tratado como á piratas. ¡Cuanto ha - 
Lian cambiado !o>' tiempos! Apenas eledictode Piste (i) arrojó un 
■vislumbre de buen orden en esta noche de anarquía y de turbulen- 
cia: las fortalezas de los barones feudales apenas se hablan derri- 
bado cuando se redificaban para no desaparecer ya sino ante Luis 
Xí, Richelieu y Luis XIV. Un nuevo contrato se formaba entre 
el usurpador del terrenq y el cultivador. Los grandes abades terri- 
toriales, los duques, los condes y los señores Jbuscaban el home- 
nage y el apoyo de sus vasallos casi tanto comosus riquezas: esti- 
majjan el valor de la tierra mucho raasporla población que por la 
renta que podia suministrar. El castillo feudal que amenazaba á 

" '-~ ' — » ; ; : ; ~~ 

(1) Piiodi; verse este edicto en la caleccion de Capitulares pág-. 17i tomo 11 de la 
qdit'ion de Raluce. se compone de 37 artículos y tres púrrafor suplementarios. Tiene 
]iorol)JLto entre otras cosas la reCorm?» general de la moneda cuya fabricación se con- 
Ctídia únicamente ;1 diez ciudades: fijaba la relación del oro con la plata en la projwr- 
cion (le 12 cuartos'Je plata por xwia de oro. Comprem.lia ademas diversos reglamentos 
rclntivos a la paaaduria ,'á la policía de los mercados y al contraste de pesos y iBc» 
Uidas, 



a 



(93)^ 
los convecuios y á los estrangcios era protector pnra el vnsalía 

Xos hijos segundos de familia, los hombres libres, los patjanósnue- 
ron admitidos,- mediante promesa de subordinación, á tomar su 
parte en los productos de la tierra y pudieron casarse sin lastimar 
los intereses de sus seiiioícs. Gombailiendo estos a caballo en virtud 
de su privilegio, permitieron á los otros llevar armas y combatir 
á pie; se establecieron de este modo baja la liendade campaña rela- 
ciones benéficas que apr-o>:imaban los rangos y piepariban aunque 
de muy lejos, el reinado de la igualdad. Cada población fornm bien 
pronto un coman, ligado en intercses,cnpasionesycas¡en parentes- 
co ¿Quic'n podrá decir hasta que punto este slsiemapolíiicoentera- 
mente municipal , de donde debia salir un dia la emancipación de 
' los comunes con las corporaciones de la ii^duslria, ha contribuido' 
á los progresos de la civilización y de la Economía política? No se 
• sabe; pero la transición fue larga y cruel, y los torreones feudales, no 
! tardaron en volverse contra las aldeas. La discordia entró eiitre las 
j millaradas de señores que lavaban sus ofensas con la sanj^e de sus 
I §ábditos|,j durante i^as de tres siglos la Europa ofreció el aspeC' 
; to de -un vasto circo en donde el mas fuerte inmolaba al mas 
I débil sin piedad. No habia entonces Capital para dar impulsc^, 
ni grandes ciudades para recibirle, sino solamente conventos y 
castillos separados por rios sin puentes, pantanos sin arrecifes y 
bosques sin caminos. La Justicia estaba senta<la en el fondo de aque- 
llos lóbregos castillos sieVido mas bien la víctima qíie la compañe- 
ra de la fuerza; allí es en donde se venia á abogar á los píes de los 
señores omnipotentes. El comercio, reducido al simple acarreo, 
evitaba las miradas que busca liby "día ; y por otra parle, ¿que hu- 
bieraj)odido orrccer de atractiva á tiómbres cabiertos de hieiro y 
s.atisfechos por obreros numerosos hasta en sus mefiorcs caprichos? 
El número de estos obreros disminuía sin" embargo todos ios dias 
á causa de la ruina de las ciudades devastadas, tan pronto por el 
enemigo exterior, tan prjjnto por la guerra c\\ 11, y no hubo ya alli 
otras industrias que las que estaban consagradas á.la producci.>n 
de los objetos mas indispensables. FJ espíritu de libertad se es- 
linguia pues con las grandes ciudades ; nada de franquicia.?, nada 
do esas rivalidades enérgicas y estrepitosas que inflaman las ima- 
, ginaciones y^ q.TC volveremos á hallar en el seno de las rep'.íblfcas 
italianas déla edad media; sino líh aislamiento general de lodasía 



(o4) 

inteligencias y de todas las localidades; una polvareda confusa de 
pueblos y de reyes. Los testigos de esta época de disolución fueron 
horrorizados de ella de tal modo que creyeron el fin del mundo in- 
minente y se prepararon á el como á un acontecimiento inevita- 
ble. Han llegado á nuestros diá? una mnílitud de testamentos ó de 
cartas de donación que están motivadas sobre la esplosiorn próxima 
de esta fatal catástrofe. La mayor parte comienzan por estas pala- 
bras: adveníante mundi véspero, estando próximo el fin del munda* 
pero dichosamente no llegó y no causó mas estragos que las con- 
secuencias del miedo que habia inspirado.. En muchos puntos el 
trabajo habia cesado; los esclavos habian sido vueltos á la libertad 
antiguos odios se habian apagado, malvados se habian converti- 
do. ¡Qae triunfo para Ij iglesia! ¡Que aumento de fervor paia li 
fe! Pero al mismo tiempo; ¡que estupidez en los pueblos! y ¿que es- 
peranza concebir de ellos cuando se les veia reducidos á semejan- 
te grado de embrutecimiento? 

-Asi es que este fue un tiempo maravillosamente propio para 
todos los ensayos de la audacia y para tod^ las usurpaciones de 
la tiranía. No se oia ya hablar de guerras políticas, sino dB espe- 
diciones de bandidos y de incursiones de piratas. Los sefíores, au- 
torizados á acuñar moneda, administrar justicia, á fallar soberao 
llámente sobre las tierras de su dominación , rompiéronlos ulti^ 
mos lazos de toda unidad nacional y asombraron á la Europa con" 
el espectáculo sangriento de sns discordias'. Los castillos construi- 
dos por "todas partes' páréciáa aüthéTaTar esfaüébre dé Baf atlas, ofre" 
ciendo segaras guaridas á todos los perturbadores del reposo pú- 
blico. La historia, si acaso se halla su hilo en esta larga serie de 
atrocidades, no es mas que un cúmulo confuso de acontecimientos 
sin enlace, sinwbjeto, dignos mas bien de hordas salva ges que de 
habitantes de un pais civilizado. Sin embargó se "descubre allí una 
señal bastai'ite clara de los principales elementos de la condición so*- 
cial de los trabajadores. Retirados casi tQidos á las campiñas, esta- 
ban en ellas divididos en tres clases, esclavos, plebeyos, y hombres 
libres. Los primeros, ligados al terrazgo, adscriptl glebte^ eraii consi- 
derados comocí)sadesusseñores,comoverdaderosinmuebles por des- 
tino; apesar délas prescripciones délas Capitulares caidas en desuso, 
susseñoreshabianrecobradosobreellos el derechode vida ydeniuer- 
te; ellos les rapaban el cabello, tes imponian el tormento, les pro- 



(95) 
hibian el malrlmonio y les reusaban el derecho de atestiguar en 

iusticia contra los hombres Ubres. Se distinguían de estos por un 
vestido particular, y no podian ni aun disponer por tcslanie»to ile 
los andrajos que malcubriánsndcsnudez. Ninguna autoridad tenia 
derecho de intervenir entre el señor y el esclavo, cuyo estadodebia 
haber sido inferior durante este periodo sacrilego, aun al de las bes- 
tias de carga. Los plebeyos {yillanf, halñtantes de las casas de la- 
• bor) se diferenciaban de los eselavos,enquc estaban admitidos apa- 
gar á sus señores un censo por cuyo medio el efceso de los pro- 
ductos del cultivo les pertenecia. Habia s^a embargo nnmerosases- 
cepciones á esta regla, y generalmente los plebeyos eran pecheros 
á merced y misericordia. Algunos hombres libres, en muy corto nú- 
mero, conservan aun una sombra de independencia, bajo los nom- 
bres de conir//¿/b;2a/eí,¿r/¿z/íar//, arimanni, quepruebanal mismo tiem- 
po que esta independencia no les pertenecia sin condiciones. Se- 
rian probablemente pequeños propietarios que pagarian también 
su parle de censo á los señores, sea en dinero, sea en servicios, y 
caya condición era tan precaria y tan miserable que renunciaban 
á su libertad, las mas veces mas honerosa para ellos que la escla- 
vitud. Esta dimisión de las funciones de hombre libre se llamaba 
f^noxiatOi y millones de desgraciados se resignaban á ella parago- 
2ar de hi protección que ciertos señores y ciertos conventos ase- 
guratan á sus vasallos feudales. Los gritos de la desesperación. re- 
sr^naban en toda la Europa, y los autores la, señalan al mismo 
tiempo en Francia, en Inglaterra, en Alemania. ¿No hay aun mu- 
chos millares de siervos hoy dia en Ptusia y no se venden las tier- 
ras con los aldeanos que las habitan? 

La Economia política no podrá arrojar muchas luces sobre 
la situación de las propiedades en esta época deplorable. Todo lo 
que se sabe es que estaban poseidas las unas á título perpetuo y 
las otras á título de beneficio. Insensiblemente la mayor parle de 
los terratenientes libres se transforinaVon en fciidafanos para ase- 
gurarse protectores, como en los rangos inferiores muchos hom- 
bres libres se habian reducido por el rnismo motivo, á la condi- 
ción de esclavos. La propiedad territorial llegó asi á ser el sím - 
bolo del poder y llame) á si par una serie de usurpaciones suce- 
sivas, ana inmensa cantidad de privilegios cuya mayor parte 
duran aun, y no tienen poca en las complicaciones económicas 



de nuosiru Lic:iipo. ,jQu:jii nr) ¡c.ijnoce fácilmente el antiguo pre- 
dominio de la [MopicílaJ feuilal on la leutitad de la cspropriacioa 
por c^usa de utmdad pública ú por causa juidlcial, en el rcgiiuca 
vicioso de las hipotecas, ca la 'distribacion de los impuestos sietnpre 
favorable á la riqueza territorial y cu el privilegio electoral que 
garantida tolos los demás? Ve'anse las insiitucioaes de Inglater^ 
ra, y de Alemiula, recórransela Espaila y la Italia: el feudahs- 
mo esta vivo aun y se halla también en Francia , á pesar de las< 
leves rcvolacloa»rias que han redicid» la propiedad á átomos. El 
iudustrújil y el cjmerciante son todavía á los ojos de muchas gen- 
tes, los hijos del liberto y del esclavo; al contrario, la presuncioa 
está siempre en favor del propietario- Este es protegido, no como 
agricultor y traliajador, sino en razón de su calidad abstracta de 
propietario, de detcnlor del suelo, de legatario de los antiguos 
patricios y de ]¿3S bar^jnes fciiJales.^" Esto es lo que esplica como 
ha salido alguna luz de civilización de esta noche feudal que pa- 
rece haber cubierto el mundo durante muchos siglos. Si grandes 
ideas políticas han desaparecido alli, grandes individualidades han, 
comenzado á brillar en e'l , y se han penetrado de su propia im- 
portancia, de mnJo que merecen una mención en la historia. La 
armadura caballeresca y el privilegio de combatir á caballo ro- 
Jjustecieron entre los safiQTes el seulimienío de' su independencia 
y de sus derechos, y conservaron á la dignidad humana un.asilo 
Jibrc de esclavitud. Los barones feudales, verdaderos caballeros re- 
publicanos, menos ilustrados que los de Uoma y Atenas se crearoa 
un der£cho de gentes., fundado sobre la lealtad de las promesas y 
sobre el respeto de la fe Jurada*. Bascaron en la santidad del jura- 
mento una garantía contra .la violencia de sa3 paciones, que un 
gohierno poderoso y central no podia ya contener. Colocaron á las 
mugeres, por la primera vez, bajo la protección de la galanteria y 
prepararon sin pensar quizá encello , las mutaciones mas graves 
ocuA-ldas en los sijlos poslerfores. Vamos á verlos unidos al clero, 
atizar el fuego sagrado de las cruzadas , que civilizaron al mundo 
por el comercio , ea taato que sus discordias le regeneraron por la 
liJbertad. 



(97) 
CAPULLO. XIV. 

De les Cruzadas y su injliipucla en la vtarrha de ¡a Eccnomia polí- 
tica ej0Miiropa. — Diezmo saladino. — Kei'olucion en las cosfum-r 
bres. — Pro'xesos de la nui>egac/on, de la industria y del coniercio. 

En niicdio de la anarquía feadal de la Kuropa, fac una dich)- 
sa idea la cmpicsa medio caballeresca y medio reüf^iosa <k' las 
Cruzadas. El primer peiisamieoto perlcnece al clero; la ejecución 
pertenece enleramente á la nobleza, á quien esta fiebre goriero.sa 
¿ebia co-st.ir tan jcara; pero los pueblos lian recojido ventajas du- 
rable,? de las cuales la primera fue verse' libres de una nube (li$ 
opresores. ¡Cuántos acontecimientos decisivos llevaban, en efecto, 
pn su seno estas famosas cruzadas! La emancipación de las muni- 
cipalidades, la modificación de !a serviduuibre , la aparición de ia 
clase media, la rcsureccion d¿i la industria, la creación del comer- 
cio y de la navegacioií, y la forluua de aquella Pieya<le tan bri» 
liante y tan poética de la^ repúblicas italianas. Esto no fuetobra 
de un día; pero la obra, una vez comenzada, no ha cesado de marr 
cljar á paso regular acia su entera conclusión. Nj ha corrido 
un momento sin que alguna generación haya traido su tributo de 
inteligencia y de entusiasmo. ¡Tanto el mu. ido, cansado del caos 
feudal, se ba apresurado á reposar en una idea de gloria y de es- 
peranza! Es sumamente interesante seguir los progresos de esta 
revolucionen la historia tan confusa del siglo XI, y lodo con- 
curre á ella, como por encanto, desde la usurpación de Hugo 
Capelo hasta las peregrinaciones de los trubadores. Se hubiese dir 
pho que la Europa entera iba á continuar en Oriente la invasión 
apenas fijada en Occidente: ¡tantos viageros se presentaron para 
esta scspedicioncs aventuradas! Estas no se componían únicauíen- 
le de guerreros; iban en pos de los soldados una multitud inmen- 
sa de obreros, de mercaderes, de curiosos, de pobres, de «icos, 
de mongcs, de mugeres y hasta de niños de pecho. Esta turba es 
quien comprometió tantas veces la salud del ejercito con sus des- 
órdenes y con la miseria que sembraba por donde pasaba. El 
Uambre ha hecho mas estragos en ella que el hierro enemigo, v 
no podemos concebir hoy dia un esceso de^apuro semejante á aquel 
de que los historiadores nos han iransiñitido detalles lamen- 
tables. Un cronista que hq sido testigo 4c ello csdamaba: " ¡Ojalá 

>3 



(98) 
qae el Papa no hubiese permitido á los de'biles tomar la cruz; 

que hubiese dado á ios fuertes una espada en lugar de una cesta, 
una ballesta en lugar de un bastón!" Un funesto habitó del que 
se nos permitirá decir una palabra, pues que ha penetrado des- 
graciadamente después en las costumbres europeas , tubo origen 
en esta época entre los cruzados: este fue el furor del juego. Esta 
sed de enriquecerse con rapidez hizo tales progresos , qae todos 
jugaban desde los gefes hasta los últimos soldados. Después de la 
conquista "de Constantinopla los caballeros jugaban á los dados las 
ciudades y las* provincias del imperio griego. Los compañeros de 
l^n Luis, durante su permanencia en Damiela, jugaron hasta sus 
caballos y sus armas. 

Se pregunta que motivo humano habia podido obligar á una 
tan grande multitud de hombres á abandonar su patria para cor- 
rer semejantes azares» El entusiasmo religioso hizo mucho, pero 
la pobreza, la servidumbre, la esperanza de un mejor porvenir 
Goali¿buyeron mucho mas. Una ley de Cruzadas concedía una tier- 
ra, una casa, y aun una ciudad á aquel que primero enarbolase 
alli una bandera. Los primeros cruzados estaban exentos de tributos 
y fueron dispensados de pagar sus deudas (i) Sus posesiones fue- 
ron puestas bajo la protección de la iglesia, y por un favor ente- 
ramente contrario á los usos del régimen feudal, pudieron empe- 
ñar sus feudos y venderlos, sea á los seglares, sea á los ecle- 
siásticos,, sin el permiso de su señor. Los cruzados no quedaron 
ya sujetos mas qae á tribunales eclesiásticos. Fue tal esta fiebre^ 
que los artesanos, los comerciantes, los labradores abandonaban 
sus trabajos y su profesión ; los barones y los señores se desemba- 
razaban á toda priesa de sus dominios. Las tierras, los castillos fue- 
ron dados por sumas módicas, y esta circunstancia, trayendo modi- 
ficaciones profundas en el sislema de la propiedad, ha contribuido 
no poco á la manumisión gradual y definitiva de^ los comunes 

(t) He aquí atgunas irisjwsiciones relativas á este privilegio: «Los guerreros que 
hubieran lomado la cruz , tendrán i)ara pagar sus deudas , tanto á los judias como á loa 
cristianos , el es])acio de dos aiíos á contar de la primera fiesta de Todos los santos. El 
ínteres no correrá para nadie á contar desde el dia de la toma de la cruz. Si algua 
guerrero ó clérigo oljliga por un númeix) de años determinados su hacienda ó sus ren- 
tas, á cualquiera da la clase media cruzado ó á un guerrero ó clt'rigo no cruzado, el 
obligado percibirá este aiío los í'r^jitos de la tierra, ó sus rentas, y el acreedor en el 
término de los aúes durante los cuales dehia tener la obligación ó el arriendo los re- 
. tendrá un año mas, por indemnización del año que ha perdido. Ningún cruzado podrá 
ser llamado á la ejecución de sus vales , desde el di% de su salida hasta el de sa vuelta, 
4 meaos que la instancia no haya tenido lugar antes que haya fomaJo la cruz.» 



JjA clase media sedentaria' se enriqueció poco á poco con los domi- 
nios vendidos por la nobleza vagamunda, y el poder pasó de este 
modo con las tierras á las manos de los nuevos poseedores. Hubo 
un momento en que las propiedades no hallaban ya compradores. 
Los cruzados desdeñaban todo lo que no podian traer consigo; los 
productos de la tierra se vendian á bajo precio, y la abundancia 
reapareció de repente en nre&io de la escasez. 

Cuando se estudian con atención los pormenores de este gran- 
de movimiento , es imposible no admirarse con la semejanza que 
presenta con la invasión de los bárbaros. Eran los mismos sueños 
de goces y de riquezas , y asi como la Europa habia parecido á 
aquellos una mansión preferible á la de sus bosques y pantanos, 
del mismo niodo el Oriente parecia á los cruzados un Dorado sin 
igual en el mundo un i)erdadero oestibulo del Paraho., como decía 
uno de ellos en su ingenuo lenguage(i). El amor de lo vago y de la li- 
Lertad, la certeza de escapar á la esclavitud del terrazgo con sus mu- 
geres é hijos convidaban alli á millares de hombres. Los.monges , 
cansados de la disciplina de sus conventos, podian sustraerse de esta 
por el viage á la Tierra Santa; los malhechores mismos, absoeltos 
de sus crímenes por las indulgencias, corrian en masa bajo los es- 
tandartes de la cruz, y tomaban el camino de Jerusalen. Aquellos 
que tubieron discernimiento de resistir al arrastramiento general 
realizaron beneficios considerables por las adquisiciones de tierras 
y de objetos de toda especie, y por la venta de caballos y de ar- 
mas cuyos pedidos se acrecentaban en proporciones inauditas. Se 
saben los descalabros horrorosos que diezmaron esta multitud es- 
túpida y grosera en su primera campaña acia el Oriente á donde 
pocos viaceros llegaron sanos y salvos. En la época de la segunda 
cruzada, se debió poner un poco de orden en los alistamientos y 
se impuso algunas condiciones á aquellos á quienes se autorizaba 
la salida. La tercera vio nacer el diezmo saladino (2) especie de 

. (l) Otros eraji mas es(>lí(iios. Alejo en mi carta al conde de Flaiides citaba entre 
los motivos, el amor al ititen's , y la (;speranza de poseei* las mas hermosas niiigereS 
ítct mundo (I-Amor auri et arge'nti , i-l piilclierrimarum loemlnariim voluptas, » 

(2) El tenor de esta pieza curiosa lia sido conservado por R'ijord , ("ronoii^rafo de 
Felipe Augusto , (pie redactalií en mal latin un diario del reinado de este príncipe, 
lie a(pii el principio: « Todos aquellos «(ue no sean cruzados darán este año .i lo menos 
rl dic/mo de lodos los bienes, niueldes y de todas sus rentas. Kl guerrero no cruzado 
fiará al señor cruzado de quien sea pechero el diezmo de suí propios bienes muebles y 
<lel leudo que tenga de él. Todos los legos darán sus diezmos bajo fe de juramento y 
pena de anatema , y los clérigos, bajo la de escomunion.» Hoy dia uo tenemos mas 
4ue apremios. 



(loo) 
cóntrlhaclon forzosa cuyo pro.lucio era^deslinado á socorrer laj 
necesiílades (le los crazados , y del que no se eximieron mas qae 
aquellos que se alistaban personalmente. El ro^'imen feudal había de 
tal moda penetrado en las costumbres y en las leyes, que la princi- 
pal queja contra los pecheros contribuyentes morosos naciade que 
reusaban á Jesucristo, como señor feudal, el houienagc que todo 
Lucn vasillo estaba ohligado ¿f prestar á su sofior. Ciando, á pe- 
sar de estos numerosos recursos, faltJ el dinero á los asentistas de 
los cruzados, se entró á robir á los judios, á los griegos y auna los 
cristianos. La escasez fue alguna vez tan cruel y las necesidades 
tan urgentes (jie se llegó hasta imponer cargas á los bienes de las 
iglesias y de las com inidades que ponian-el grito en el cielo. Esto 
era lo que los monges de aquel tiempo llamaban entregar al furor 
de las turcas la DÍiía del Sainar ^ y pintaban como acción abominable 
digna de las penas del infierno. 

La revolución causada por las Cruzadas ha ejercido demasiada 
influencia sobre el desarrollo de las instituciones europeas para que 
•no se indague con cuidado como estas espediciones lejanas haa 
podido alimentarse. Al principio como lo hemos visto, el entusias- 
mo bastó; los voluntarios se mantenían ellos mismos del producto 
de sus tierras vendidas ó de los fondos que habían tomado presta- 
das; mas tarde fue preciso alimentarlos y pagarlos, porque de to- 
das partes huian tos habitantes á su aproximación y no les dejaban 
mas que desiertos que andar. Se conserva una singular carta del 
papa Liocencio III á los gefes de la quinta Cruzada: "Estáis dedi- 
cados, les decia, al servicio del Crucificado á quien toda la tierra 
pertenece. Si se os negasen las provisiones necesarias no parecerá 
injusto qiie las toméis do quiera que las halléis, siempre coj¡ el temor 
de Dios y con la intención de restituir." El sabio historiador de las 
Cruzadas que refiero esta carta , afíade con mucho juicio : "No te- 
nemos necesidad de decii' que los cruzados estaban naturalmente 
inclinados á seguir los canscjos del papa, y que no los esperaban 
para procurarse los víveres que les eran necesarios." Sus hábito* 
de saqueo no les preservaron siempre del hambre, y la historia de 
las Cruzadas está llena de relaciones de sus trabajos. No hubo allí 
regularidad alguna en las provisiones hasta la e'poca en que lases- 
pediciones se hicieron por mar, con la intervención de las poten- 
cias <jue cercabati el litoral italiano del Mediterránea 



(lOl) 

Los resallados de las Cruzadas han sido considerados de diver- 
sas maneras segnn el punto de vista en que los diversos historiado- 
res se hancolocado. Consideradas con relaciona laslibertades públi- 
cas, no podra negar que hun conlribaido á la dulcificacÍDn déla es- 
clavitud, haciendo ^pasar una multitud de siervosde la nobleza ala 
dependencia mas tolerable del clero. Debilitando la fortuna y el 
núiríero de los señores ellas prepararon el advenimiento de la clase 
inedia. El gran consumo de soldados que originaban sin cesar, hi- 
zo escasear el número de hombres y valió á los que hablan que- 
dado en Occidente mejor trato. Al mismo tiempo, estos, investi- 
dos del gobierno de las localidades en la ausencia de sus señores, 
administraban con moderación y dejaban tomar alas poblaciones 
usos que los barones no osaron contrariar á su varita. I^a paz reinó 
en las campiñas durante todo el tiempo que los tiranos de los casti- 
llos guerreaban en la Tierra Sania. La tregua de Dios, obra del clero, 
que las es[)ediciones á Palestina hacian aun mas sagrada, colocaba 
bajo la salvaguardia de la iglesia á el labrador y á su arad», y casi 
está dicho su independencia. No se Sabe hasta donde hubiera po- 
dido estenderse esta alianza si los siervos que partieron para Jerusa- 
len hubiesen tenido la^ea de aprovechar en favor de sa emanci- 
pación el entusiasmo que les impelía ala conquista de un sepulcro. 

Insensiblemente el clero ocupaba el sitio de la nobleza en la 
administración de la justicia, protegía á las viudas y á los hue'r- 
fanos, á los estrangeros, á los pobres, y á los leprosos. Se había 
convertido en tulorde los menores, abandonados por los padres de fa- 
•milia, y limitando á castigos espirituales la sancron penal de sus 
decretos, substituia á la cuchilla de los señores un arma menos 
mortífera y con todo mas respetada. Su superioridad todos los dias 
creciente había acabado por escitar la envidia de los barones, que 
formaron en el siglo XIII una liga contra el clero pidiendo que 
entregase al Cesar lo qufí era del Cesar. 

Fue preciso la intervención de los Papas para aplacar este gra- 
ve altercado que veremos reproducirse y del que la libertad se apro- 
vechará. De alli es de donde salieron los parlamentos, esta justicia 
de U" clase media, hija del clero, que ha prcstaJo á la humanidad 
tamos servicios, haciendo revivir y respetar la antigua máxima ro- 
mana; O'darit arma íogor,. Es preciso reconocer Jan»bien que la ne- 
cesidad de prcvcer el porvenir, el gran número de testamentos y 



de xontratos que los peregrinos deliieron suscribir, hicieron co- 
nocer la importancia ''del derecho y de la justicia, y por consecuen- 
cia secundaron el progreso de la legislación y de la jurisprudencia. 
Pero los progresos se manifestaron de una manera mas brillante 
en la industria, la navegación y el comercio. Pareció en un momen- 
to que los navegadores de todos los paises se habian dado cita para 
los mares de Oriente. Bicsna y Lubeck entablaron relaciones con 
Genova y Vcnecia. ül mar Báltico, guarida misteriosa de los pi- 
ratas normandos, fue descubierto y explorado. Lasciudades Anseá- 
ticas, poaleado la libertad bajo la protección del comercio, pre- 
pararon en el Norte una confederación rival de las repúblicas ita- 
lianas y qae trajo como ellas su tributo de inteligencia y de rique- 
zas al foco de la civilización. La arquitectura naval agrandó la for- 
ma de los navios para la facilidad del transporte de los peregrinos- 
Quince años después de la tercera Cruzada, se vieron salir de los 
puertos de Venecia y de Ge'nova flotas formidables que el Me- 
diterráneo no había jamas sostenido. Los navegantes de Barcelo- 
na publicaron la primera colgccion de leyes marítimas que ha te- 
nido autoridad en Europa. Los tribunales de Jerusalen encierran 
algunas disposiciones de este genero , y la historia nos ha conser- 
vado muchos reglamentos estendidos por Kicardo Corazón de leoa 
gara el mantenimiento del orden á bordo de sus flotas. La pirate- 
ría fue reprimida. La policía de los mares, ejercida con rigor por 
dos ó tres potencias interesadas en hacerla respetar, contribuyó 
mucho á los progresos del comercio dándole un principio de segu- 
ridad. Los comboyes de navios seguian las costas de los parses ea 
donde combatían los cruzados y se enriquecían vendiéndoles mu- 
niciones de guerra y víveres. 

La industria no se ha aprovechado menos que el comercio del 
impulso dado á las ideas por las numerosas espediciones á Tierra 
Santa. Se sabe que los cruzados alistaban con preferencia los 
hombres que tenían un oficio y ejercían una profesión mecánica; 
estos industriosos peregrinos no siempre hacían un viage inútil pa- 
ra el país, y en tanto que sus compañeros marchaban á la com- 
quista de los santos lugares, la industria tenia también su Cruza- 
da y robaba á los sarracenos y á los griegos secretos y opera- 
ciones mas preciosas que las victorias, (i) Los cruzados aprendie- 

(1) Michaud historia de las Cruzadas lib. 6 p. 346, 



(,o3) 

ron en Damasco á trabajar con baen éxito los metales y los tegi- 
dos; hallaron en Oriente manufactnras de camelote cuyas mues- 
tras escitáron la admiración de la reina Margarita. Müchas ciu- 
dades griegas manlenian telares de seda, que dieron origen al cul- 
tivo de la iitorera en Italia y por consecuencia nna eslensioq^ in- 
mensa á sus ."pi'eciosos productos. Las fábricas de vidrio de Tiro 
ayudaron a perfeccionar las hermosas fábricas de Venecia , tan 
jusfaniente afamadas en la edad media. No hay nada , hasta los 
molinos de viento, cuya introd^uccion en Europa no sea debida á 
los viages de los cruzados. La cana de azúcar que vieron por pri- 
mera vez en Trípoli, fué trasportada por ellos á Sicilia desde el 
siglo XII; una multitud de otras plantas, no menos útiles, entre 
ellas el maiz denominado después trigo de Turquía , les deben 
(ámbien haber sido naturalizadas en Occidente. ¿Cuánto tiempo y 
trabajo ha sido necesario sin embargo para que estas conquistas pu- 
diesen dar sus frutos, sobre todo cuando se ve que los hombres 
mas eminentes de la época, el señor de Joinville, por ejemplo, su- 
ponian ingenuamente que la pimienta y la canela venían del Paraí- 
so terrestre y que se pescaban las especerías en las aguas del INilo 
á donde eran arrojadas por los vientos? (i) 

En suma, las Cruzadas han aumcutado el poder de los prínci- 
pes y traido importantes modificaciones en el régimen feudal. Los 
nobles convertidos en vasallos , la clase media en comerciantes, 
las ciudades enriquecidas, han asegurado á las rentas públicas nue- 
vos manantiales fecundos y regulares, que han consolidado el 
poder de los soberanos. Desde este momento el estado llano pudo 
oponerse á la nobleza y vino á ser opeo á poco, ba-o los auspicios 
del trono, una clase poderosa y respetada. Estos resultados no se 
han desarrollado hasta el mismo punto y de la misma manera en 
todas las comarcas de la Europa, pero no han tenido causa mas 
influyente que las Cruzadas. Examinaremos mas tarde los verdas 
deros elementos de la manumisión de los comunes; lo que hay de 
cierto, es, que no han comenzado á disfrutar de alguna indepen- 
dencia ^no después de las grandes espediciones de los cruzados. 
El comercio mismo cuyas franquicias, babian algunas veces res- 
petado los bárbaros, hubiera sncituliiJo bajo el pesode las exaccio- 
nes con que le agoviaba la anarquía feudal, si las necesidades da 

(1) Memorias de Joiuville 2.a parle pág. 36, edicioa de Ducange, 



la guerra sania no le hubiera Ueclio recobrar sa antigua indepen- 
dencia. Asi mientras qae en Constanlinopla estaba manopoUzado lo- 
do, el pin, el vino, los aceites, los conjesli bles de toda claae,{i) los gé- 
neros circulaban libremente en el Mediterráneo y en las ciudades 
inarítiíoas bajo los auspicios de la Cruzada religiosa. Los venecia- 
nos Hicieron adoptar los principios de la libertad comercial por do 
qqiera que se estendió su inGuencia política. A ellos se les debe 
el eslablecinjienlo de las primeras facloriasó despachos que sirvie- 
ron de modelos á todos aquellos que las diversas naciones soslie- 
ncn hoy día. Los reyes de Jerusalen que tenían necesidad de es- 
tos atrevidos comerciantes les concedieron numerosos prilvlcgios 
y aun posesiones territoriales. De este modo nació el espíritu co- 
lonial en Luropa, y con él las rivalidades sangrientas, las empre-^ 
sas industriales y las coníblnaciones rentísticas, en las cuales los 
judíos, eslos astutos econoniilslas de la edad media, han hecho un 
pape! qije merece fijar un in )iiienío nyeslra atención. 

capítulo xy. 

Consideraciones solre la siluadou y la influencia de los judios en la 
edad media. — J^aturaleza de los se/vicios que han prestado á la 
Economia política.- -¿ Son los primeros fundadores del crédito ?— 
Origen de la letra de cambio y de los montes dó piedad. 

En tanto que el sistema feudal cubría la Europa con regís- 
tros, peages y trabas de toda clase (2) el comercio se refugiaba en 
el seno de una casta proscrita y ensayaba bajo su influencia los 
magníficos deslinos que debían asegurarle las Cruzadas. Es en 
efecto un espectáculo digno de inleres el desarrollo rápido de la 
riqueza en medio de las turbulencias perpetuas del feudalismo, y 
en manos de los hombres mas cruelmente vejados en esta e'poca de 
de saqueo y de espoliaclon. jNo carece de importancia para la his- 
toria de la tloonoínia política la esposicion ráyida de como este he- 

(1) Ileeren , ensayo sobre la itiíluencia de las Cruzadas. 

(2) Para ilaruna idea t'e la singularidad y de la diversidad de estos peages, bns- 
tará citar algunos. Se pagaba por pasar los puentes el derecho de pontaticum , y el de 
]>ortaticum para entrar en los pufrtos. Los señores hacian pagaren la orilladle los rios 
la cuota llamada ri[)atic,um á los buques mercantes que navegaban al través de sus do- 
minios ; exigían otro llamado tranatirum para el permiso de conducir las mercancías 
en carro. El mansiouatieuní se pagaba para evitar el al&janiiento de la tropa , y erpul- 
veraticum , por el polvo levantado en los caminos por los carruajas del comercio. Se 
pagaba también el teloriium, el paraverdum, el cesjñtaticum, el ccenaticum, y muchos 
otros cuyos nombres no son menos bárbaros ni el oíijeto menos oilioso, 



Cio5) 
clio notable IuÍjo o' Igen y vino á ponerse en el rango de los acon- 
teciniientos mas (lecisivos, bajo el imperio dü las circanslancias 
menos propias para favorecer su desarrollo. 

No recordare' con respecto á esto la historia del pueblo judio 
y de sus largas tribalaciones. Proscritos por los paganos, pros- 
critos por los cristianos y por los masulmanes, los judios parece 
haber vivido con las persecuciones y estorslones desquitándose en 
silencio con el culto del oro de las afrentas prodigadas á su culto 
y reapareciendo siempre mas poderosos á medida que eran mas 
aborrecidos. Ya en tiempo de Cario msgno, se les ve muy busca- 
dos en la corle, aunque no tengan estado civil y no sean conside- 
rados como ciudadanos. Bajo Luis el benigno, se les rehusa el fa- 
vor del juicio de Dios y de las pruebas del agua y del fuego; pero 
en recompensa obtienen juzgados particulares y existe en 828 un 
magistrado especial, personage ilustre, revestido del cargo de Maes- 
tre de los judios para que les administre justicia y les proteja. 

De este modo vinieron muchos á Francia bajo los reyes de la 
segunda estirpe, principalmente á las ciudades del medio dia , en 
donde las necesidades del comercio, la facilidad de hallar un asilo 
pasando las fronteras y los medios que tenian de corresponderse 
con sus co-religionarios de Asia atrajeron un grandísimo número, 
por algún momento se pudo creer que llegarian á ser verdaderos 
mandarines: su Maestre residia en la corte y era el consejero ín- 
timo del soberano, los príncipes y los grandes buscaban su pro- 
tección por medio de ricos presentes; se les concedieron hasta privi- 
legios envidiados por los hombres libres. 

Bajo el re'gimen feudal, ningún rango fue señalado á los ja- 
dios; debieron sufrir la ley común de la esclavitud y obedecer á 
los seíiorcs de las tierras sobre las que se hallaban. Su calidad de 
here'tlcos les impedia ser protegidos tanto como los demás subditos 
feudales, y llegaron al punto de ser cambiados, vendidos y pres- 
tados como ganado. Sin embirgo, su existencia era aun soporta- 
ble, hasta que las primeras persecuciones sistemáticas fueron dirigi- 
das contra ellos en el reinado de Felipe I. quien los arrojó de sus 
estados en iof)6. Volvieron mediante un desembolso algunos anos 
después, y hubieran sido olvidados quizá sin las Cruzadas que die- 
ron lugar á un aumento de fervor religioso y por consecuencia de 
rigores acia ellos. Se les hizo contribuir á los gastos de mas de ana 

«4 



(,oC) 
eampafia en la Tlorr."» Santa por medio de nna mnltitnd de acu- 
saciones vagas y odiosas, que les obligaban á rescatar su vida cada 
día del furor del pueblo, con contribuciones exorbitantes. Un mo- 
mento favorecidos por Felipe Augusto, acabaron por arrastrar en 
su reinada una vida miserable, espuesta á toda clase de insultos: y 
mas adelante forzados á llevar un traje distintivo que les espuso 
muy frecuentemente á los asesinatos y al robo. San Luis los 
agovió con leyes las mas intolerables, exoneró á sus deudores , pro» 
hibió todo juicio en beneficio de los judios y llevó el rigor hasta 
privarles contratar (i). Undccretode i 254. marcaba espresamenle 
"Que los judios cesasen en las usuras,, blasfemias y sortilegios, y 
yiviesende ailien adelante del trabajo de sus manos y otras tareas,, 
sin prestar dinero." Estos decretos eran ejecutados con una seve-» 
ridad tanto mas grande, cuanto que el rey declaraba haberlos da- 
do para descansar su conciencia y proveer á su salvación. Se fue 
mucho mas lejos en laSg , y se halla en los jazgados de Bretaña 
una disposición atroz , en virtud de la que era prohibida informar 
contra cualquiera que matase .i un judioi(2) Mas tarde, en 1288, el 
Parlamento de París los condenaba á pagar una malta por haber 
cantado demasiado alto en sussinagogas. Felipe el hermoso los pros- 
cribió, y los llamó- alternativamente^ según la necesidad' que tenia 
de sus caudales. Su sucesor trató de sa existencia como de una 
materia puramente comercial , y les prometió volver á la posesión 
de sus créditos, á condición de darle las dos- terceras partes de ellos,. 
Si por ventura, dice el decreta, no pueden recobrar sus sinagogas y 
sus cementarios,. les haremos entregar habitaciones y edificios su- 
ficientes á precios proporcionados" Pasados doce años, el rey no 
podia echarles sino dándoles un año para sacar sus efectos. En fin, 
les garantizaba una cierta libertad en sus personas y en sus pro- 
piedades , lo que no les impidió ser saqueados y maltratados en 
182 1 antes de espirar los doce años, bajó prelesta de connivencia 
con los leprosos y aun con los infieles. Se les acusó también , si- 
guiendo el uso, de haber envenenado las fuentes, y se quemaron 
un gran número en consecuencia de ello. Muchos concilios les 
prohibieron el ejercicio de la medicina , y amenazaron con esco- 
munion á los cristianos que osasen recurrir á sus cuidados. No. 

(1) Ordenanzas de lo» reyes de Francia, tomo I. pá9. 53 y 54,. 
(2} D'Argentré; historia dcBretaña lib. 4 cap. 23 pág. 2o7, 



5a])t¡amos hoy día como carnciorizar tales absurdos, y no obstan- 
te los iini:lan»os en nuestras colonias con los hombres de color á 
los que ciertas profesiones cst^a» aun prohibidas; tan cierto es 
que los tiempos cambian^ pero que las preocupaciones son lentas 
en desaparecer 

La historia délos judíos no presenta ¿c este modo mas que una 
serie monótona de vicisitudes 5Ín cesar renacientes. En i34o se 
prohibe á sus deudores pagarlos ; en i346 , son forzados á conver- 
tirse ó á salir del reino. En Italia, en Espaiía, en Alemania, los 
mismos insultos, las mismas persecuciones., algunas veces suspen- 
.didas cuando los gobiernos tienen necesidad de su dinero, y con- 
tinuadas tan pronto como esta necesidad era satisfecha. Al car- 
go de Maestre de los judíos sucede el de Guardian en iBSg, co- 
mo si £stos hombres hubiesen formado una nación en medio de 
otra nación; después viene la cautividad del rey Juancu)o res- 
cate ayudan á pagar y esta asistencia es seguida de un diluvio de 
favores. 5e restituye á los judios sus cementerios, se les autoriza 
adquirir casas; son exentos de subsidios y gabelas^ se les prohi- 
ve á los jueces del rey mezclarse en sus negocios, y para lo que 
les es debido se les autoriza á creerlos bajo su palabra. Fueron los 
estados generales quienes les valieron todas estas ventajas. Dicho- 
sa y singular consecuencia, para aquel tiempo, de la interven- 
ción de la nación en_sus negocios! pero estos hermosos dias no 
fueron de larga duración, y vemos después á ios judios forzados á 
rescatar á peso de oro y por decirlo asi una á una las franquicias 
que habian pagado tantas veces. Carlos VI los arroja de Francia 
«en iSgS y los fuerza á retirarse á Alemania; en donde nuevas ve- 
jaciones les esperan para durar mas largo tiempo que en ningún 
Otro pais. Lo cierto es que en ninguna época fueron populares: 
los servicios que prestaban á los diferentes gobiernos como capi- 
talistas eran caramente pagados por los pueblos y espücan como 
se les ha visto casi en el mismo instante, tan vivamente protegi- 
dos por los unos y tan cruelmente tratados por los otros. El ais- 
lamiento en el que se vieron forzados á vivir y la prohibición lar- 
go tiempo sostenida de adquirir inmuebles, dirigieron sus espe- 
culaciones acia el comercio y la industria, en donde obtubieron 
bien pronto una superioridad incontestable. Desgraciadamente, 
se entregaron á el con suma desconfianza y sentimientos me- 



(-.o8) 
drosos que los liabilaaron poco á paco á buscar en la astucia un 
asilo contra los abusos de la fuerza y de esle modo es como fue- 
ron conducidos á las transaciones vergonzosas de que su historia 
ofrece demasiados ejemplos. 

Nada es mas curioso de estudiar que el estado comercial de 
esta nación que no ha tenido ni lerritorio propio, ni puertos, ni 
ejércitos, y que bordeando sin cesar por un mar agitado con 
vientos contrarios, ha acabado por arribar al puerto con ricos car- 
gamentos e' inmensas riquezas. Los jadios hicieron el comercio por 
que les fue rara vez permitido hacer otra cosa y ejercer su indus- 
tria con seguridad. En tanto que la multitud de peages y la tira- 
nía de los señores feudales hacian toda especulación imposible, 
escepto la de vendedores en villas y ciudades, los jadios mas atre- 
vidos, mas móviles, pensaban en operaciones mas vastas y trabaja- 
ban en silencio para unir los conlinentes , aproximar los reinos.' 
■ Eludiancon destreza los registros y casliüos, ocultando cuidadosa- 
mente bajo apariencias miserables su opulencia positiva y el se- 
creto de sus transaciones. Iban á bascar á grandes distancias y 
ponían al alcance de los consumidores acomadados los productos 
poco conocidos de los mas distantes paises. A fuerza de andar y de 
correr de comarca en couiarca, habían adqair¡<lo un conocimien- 
to exacto de las necesidades de todas las plazas; Sabian en donde 
debian co.nprar y en donde debían vender: algunas maestras y un 
libro de; memorias les bastaban para las operaciones mas impor- 
tantes. Se correspondían entre si bajo fe de los juramentos que sa 
ínteres les obligaba á respetar, en presencia de los enemigos de toda 
clase de qie estaban rodeados, ül comercio ha perdido el rastro 
de las invenciones ingeniosos que fuer^^n el resultado de sus esfuer- 
zos; pero es á su inflencia á quien se deben los progresos rápidos 
de los que la historia nos ha señalado el fenómeno brillante, en 
medio de los horrores de la noche feudal. ínscn ñblomente , los 
judios estancaban todo el numerario, puesto que era la sola pro- 
piedad que podían ad(juírir y poner en seguridad, y la usura se 
ofreció bien pronto á ellos como el medio mas seguro de enri- 
quecerse. Libres de arniar navios y de emprender especulaciones 
autorizadas, hubieran quizá renovado las maravillas de Tiro y de 
Cartago; esclavos y rescatados, se habilaaron á recuperar por la 
usura lo qae se les arrebataba por la espollaoion. Ea vano se pu- 



Hicaban leyes severas contra el préstamo á interés; eslas leyes no 
servían mas que para hacer los empréstitos mías difíciles y |>or 
consecuencia el interés mas oneroso. Los prestamistas sabian ela- 
dir entonces lo mismo que hoy dia, las prescripciones que sujeta- 
ban sus provectos , y sus descuentos eran tanto mas usurarios 
cu:into sus riesgos eran mas serios. Poco á poco, ellos se hicieron 
señores de todas las fortunas con ayuda de algunos capitales, y mas 
tle una vez. la desesperación de sus deadores los destruyó atroz- 
mente como acreedores, mas bien que como heréticos. 

Este estado de cosas ha durado hasta el descubrimiento del ca- 
lió de Bacna-esperanza y de la América, época en la que las na- 
ciones Europeas se entregaron á empresas naucho mas importantes 
que la buhonería de los judíos y sus espcctílaciones de usura en 
pequeño. Pero durante cerca de 5oo años, es en la historia de es- 
ta nación donde es preciso estudiar la marclia del comercio y los 
ensayos mas ó menos atrevidos por los que se elevó al rango de 
poder político. Los judíos comenzaron por vender esclavos bajo la 
prirnera estirpe;^ llegaron á ser también recaudadores de portazgos 
ijelonar!) y abusaron de tal modo de este encargo, que fue pre- 
ciso quitársele. Mas tarde, se les ve establecidos en Viena, del Del - 
finado, en relación con Marsella para el comercio del Levante; ob- 
tienen, por la serle de sus relaciones, muchas misiones diplomá- 
ticas y las llenan con haLíliilñd. El monge de Saint Gall ciia 
cierto mercader judio, que había lleg.Tdo á ser favorito de Cario 
magno y que iba á buscar al país de ultramar los objetos mas 
preciosos. Los sacerdotes y obispos habían llegado á ser sus tribu- 
tarios, y mas de una vez los vasos sagrados fueron puestos rn pren- 
da entre las manos de estos heréticos, para hacer frente á los gas- 
tos ruinosos del clero. Los judíos eran los depositarios de los mas 
hermosos tegídos conocidos, y hacían el comercio con inmensos 
beneficios; eslendian al misn)o tiempo su aso y su necesidad en los 
castillos y en las abadías. Se apoderaron también de la platería y 
del tráfico de las materias de oro y de plata, h.1 feudalismo turli.í 
menos que se piensa estas ocupaciones lucrativas; los seiiores les 
impusieron en ellas condiciones severas, pero tuvieron el buen sen- 
tido de respetarlas. Asi, en medio del terror general que no cesaba 
, de amenazar sobre lodos los caminos á lodos los víageros, los ju- 
díos armados de salvo- conducios recorrían sin inquietud la Euro- 



(,,o) 

pa entera y disponían como soberanos de lodo el comercio de la 
Francia en los siglos X y XI. En esta época, liabian ya simplificado 
mucho las nperadones comerciales y su correspondencia hubiera he- 
cho honor á ios mas hábiles ncgocianlesde nueslras grandes ciudades. 

1.a aparición de los comercianles Ue I «mbardia , de la Toscana 
y de otras parles de la Italia acab() de [)erfecc1onar la obra de los 
judíos y de dar al comercio de lo edad inedia un impulso enérgi- 
co. Estos sacaron desde luego recursos de todo y pusieron .en circu- 
lación lüsobjelos nmcbles é inmuebles, lales como caballos, tier- 
ras y casas: el historiador lligord llegó hasla decir que los judíos 
eran, en esta época, propietarios verdaderos de la mitad del reino. 
En vano, decretos reales fijaban la cuota del interés, arreglaban 
las hipotecas, el iuodo de los juicios contra los deudores y una mul- 
lild de cuestiones de una importancia económica no menos gran- 
de: los judios continuaban en prestar v vender á aquellos que te- 
nían necesidad de pedir prestado y de comprar, y que se guar- 
daban bien de discutir demasiado las <:ondiciones. Se pretende 
también que fue entonces cuando aparecieron las primeras letras 
de cambio de las cuales los unos hacen subir la invención acia el 
siglo Vil y los otros solamente al medio del XII. Este es un pun- 
to que no ha sido aun aclarado y que no merece serlo tanto como 
algunos escritores han creído. La fecha de tal descubrimiento, su- 
poniendo que se pudiese fijar de una manera auténtica, no ten- 
dría mas que un simple atractivo de curiosidad; pero parece que 
está destinada á permanecer siempre en la duda, Se cree con ra- 
zón que la invención es debida mas bien i los comerciantes italia- 
nos que á los chalanes judios de este tiempo; aquellos no habían 
tenido ocasión de entregarse tan pronto como los otros al comer- 
cio de plaza ron plaza que probablemente sugirió esta idea. El nom- 
bre mismo de la letra de cambio, que era primitivamente italiano 
parece indicar sus verdaderos autores , y la primera ciudad en 
donde se hizo uso de ella, Eeoo, entonces depósito de la Italia, ¡es 
un indicio mas. Es probable que los I.,ombardos y los judios ha- 
yan tomado una parte igual y hayan adivinado desde el origen sus 
importantes consecuencias. 

Estos ingeniosos inventores entraron mas tarde en lacha, y 
la historia de las repúblicas italianas de la edad media está toda 
llena de debates que se elevaron entre ellos con motivo de los privi- 



legíos qae ios anos querían esplotar con esclosion de los otros. Se 
ve á los ju.Uos hacerse por totlas partes nvayordomos, ecónomos, 
procuradores, hacendistas y también mediadores de matrimonios 
segan que eran mas ó menos vivamente arrojados de todas las po- 
siciones comerciales regulares por las bulas de los Papas, ó por 
la envidia de sus comi>etidorcs. Todo contribuye de este modo á 
encerrarlos en un círculo vicioso de donde no pueden salir mas que 
por la u:»ura y las negociaciones de dinero. Cuando la envidia les 
ha forzado á abandonar una ciudad, el interés de los habiíantes 
los vuelve á llamar á ella ; sus capitales son de tal modo necesarios 
á estas ciudades industriosas que se desobedecen las órdenes de las 
autoridades para impedir que los judíos los lleven á otra parte- 
También se vio bien pronto establecerse las casas de préstamo 
hasta en las aldeas, y los judíos de la Toscana dirigir de un punto 
central una multitud de comisiones de sus casas de Floreiícia ó de 
Pisa. Su opulencia y su fausto escedían á toda idea suscitándoles ad- 
versarios fanáticos. Se sabe la historia del famoso Bcrnardino de 
Feltre que llevó el entusiasmo hasta predicar una Cruzada contra 
ellos, y que en todas ocasiones se mostró su enemigo mas implacable 
Los perseguía por todas partes como usureros , sustentados con la 
sangre de los pueblos, y para arruinar sus establecimientos ima- 
ginó oponerles estas casas de prestamos sobre alhajas , que fue- 
ron llamadas Montes de piedad. AI principio, todo era gratui- 
to allí, y las sumas prestadas lo eran sin interés, enfanto que 
los judíos sacaban algunas veces de 3o á ^o p. ^. Asi el éxito fue 
prodigioso, y la mayor parle de las ciudades de Italia tubieron suj 
montes de piedad que debían sobrepujar algún día en exacciones 
usurarias á las mas audaces operaciones de los judíos. 

Sin embargo, estos montes de piedad no pudieron reemplazar 
á los establecimientos de los judíos, y esta circunstancia prueba 
con que sagacidad habian adivinado estos las verdaderas necesida- 
des de la circulación. Aunque los montes de piedad prestasen dine- 
ro casi sin interés, las formalidades que era preciso llenar para 
tener derecho á sus socorroi?, la lentitud inevitable de su adminis- 
tración , la necesidad de justificar la legítima posesión de los artí- 
culos empeñados, y sobre todo la obligación para los depositan- 
tes de dar sus nombres á la publicidad, no tardaron en alejar de 
ellos á los necesitados que encontraban fondos á cada instante, cor» 



secreto y sin formalidades i cni ios banqueros judíos. Ricos y po- 
bres, señores y plebeyos, corrían a ellos y su crédílo era tan 
grande en Liorna, en lieinpo de los Meilicis, que se decía prover- 
bial mente: i>ale mas maltratar a! gran duque (pie á un judio. El 
papa Slsto V. les había vuollo á abrir los manantiales de riqueza 
que sus predecesores habían ceg'ido^ sus mercancías mismas esta- 
ban exentas de todo parta¿go, y el Suero monte ddla pleta cesó de 
hacerlos concurrencia , cuando los cristi;.nos encargados de dirigir- 
le hubieron escedldo los abusos de sus rivales. Después de menos 
de diez años de existencia , los montes de piedad habían llegado á 
ser lo que sonhoy dia, abismos abiertos bajo los píes de la desgra- 
cia, mas bien que asilos para escapar de -ella. 

Todo parece pues autorizarnos á reconocer que los judíos han 
ejercido una inílucncia notable sobre la marcha de la Economía 
política en Europa, conservando en medio de la anarquía feudal 
el depósito de tradiciones comerciales que llegaron á perfeccionar- 
se y acrisolarse en el siglo XV. Es á las persecuciones de que fue- 
ron víctimas á quien somos deudores de los primeros ensayos del 
crédito y del sistema de la circulación. Ellos solos quizá , recon- 
centrando sobre el comercio del oro y de plata una atención que 
las preocupaciones de sus contemporáneos les impedían llevar á 
otra parte, ellos solos han preparado la grande revolución mone- 
taria que el descubrimiento de las miaas de América y el esta- 
blecimiento de los bancos europeos debían cumplir en el mundo 
pe este modo brilla y se conserva , en el seno mismo de los acon- 
tecimientos, los mas sombríos, el astro luminoso del porvenir y 
nosotros vamos á seguirle aun mas pronanciado en la historia de 
las ciudades anseáticas. 

€APILULO XVÍ. 

Di las ciudades ansediicas.' -Causa de su asociación. — Sin*:dar or- 
ganización de sus factorías. — Importancia del depósito de Bru- 
jas. — Origen del comercio de comisión. 

En tanto que los judíos creaban y cstendian la ciencia comer- 
cial en Europa, á pesar de la anarquía feudal y las persecuciones 
sin cesar renacientes de que estaban agoviados, una asociación 



(ii3) 

Coderosa se formaba en Alemania, y completaba la obra de laq 
pruzadas después de haberla adelantado. El Norte y oí Mediodía 
marchaban de este modo de concierto á la conquista de los grandes 
elementos de la riqueza publica, y el genio de la producción ha- 
lló siempre un asilo contra los abusos de la fuerza y las exaccio- 
nes de la tiranía. Este progreso no es fácil de seguir al través de 
las vicisitudes que no cesaron de agitar á la sociedad europea desde 
el reinado de Cario magno hasla el de Carlos V; pero es imposi- 
ble desconocer los esfuerzos que se han intentado cada día, sea en 
un país, sea en otro, para restituir al trabajador su rango y al tra- 
bajo sus prerrogativas. Aun oprimiéndole se le honra, y la histo- 
ria de los judíos, sin cesar proscriptos y vueltos á llamar, no es 
mas que una serle de tanteos cuya necesidad sufren los gobiernos 
antes de llegar al enjpleo del crédito, es decir, al respeto inviola- 
ble de la fe' prometida y de la propiedad. El establecimiento de 
la liga anseática es uno de estos ensayos trabajosos, y debe ocupar 
su sitio en la historia de la Econo:nia política. 

í?o~exíste ningún mojiumentp,a,ute'nUco de Tos primeros tiem- 
pos de esta asociación célebre por el cual se pueda fijar ía época 
exacta de su fundación. La mayor parte de los actos de adhesión 
á^lajunion anseática han hasta desaparecido de los archivos de las 
principales dudades.{jiie hacian parte de ellas. jNingun registro de 
deliberaciones, ningún sumario de conferencias nos ha llegado de 
la primera edad de estas opulentas ciudades, mas ocupadas en 
obrar que en hablar y escribir. Lo que es cierto es que desde el si- 
glo Xlll se velan ya muchas ciudades marítimas de la baja Alema- 
nia unidas entre si para su defensa común y sobre todo para la 
protección de su comercio. "Sus principios fueron débiles, dice el 
sabio historiador de estas ciudades, sus progresos rápidos, su resul- 
tado admirables, y sin duda estaban lejos de preveer que algún 
dia su opulencia reinarla como soberana sobre los dos mares del 
Norte y baria gran peso en la balanza política de la Europa." Los 
primeros tratados que hicieron entre si tubieron por fin la repre- 
sión de la piratería y la abolición de este latrocinio conocido bajo 
el nombre át derecho de. naufragio^ enloncea inhumanamente ejer- 
cido contra todos los navegantes. A medida que sus beneficios se 
estcndian, era preciso ponerlos al abrigo de las rapiñas marítimas 
sue correspondían de una manera tan cruel á las exacciones de los 

i5 



barones territoriales. Se compraban los privilegios que no se po- 
dían obtener con e! buen derecho ó por la fuerza; reuniéndose se 
adquiría mas influencia y poco á poco se colocaron sobre bases 
sólidas una multitud de franquicias que vinieron á ser el manan- 
tial de toda clase de prosperidades. 

Las Cruzadas ofrecieron bien pronto un alimento activo á el 
espíritu de empresa de las ciudades anseáticas. Sus navios tomaron 
parte en las espcdiciones en Tierra Santa y visitaron frecuente- 
mente el Mediterráneo; desembarcaron en mas de una ocasión 
atrevidos pasTgeros q!ie reconocieron fácilmente la superioridad del 
comercio de larga duración al cabolage pobre y reducido del mar 
Báltico. En el Occidente y en el mar de Alemania, Colonia, Bre- 
ma, Lubeck, y Hambargo se hacían otorgar privilegios importan- 
tes. Se les habia concedido el favor de organizarse en corporación 
en Londres, de tener alli una casa y almacenes, y usaron de ellos 
con tal habilidad, que en menos de quince años todo el comercio 
inglés habia caído en sus manos. En Suecia, en Dinamarca, ea 
Noruega, en Livonia, su preeminencia no conocía ya límites, y 
hasta en !a grande Novogorod los magistrados de Lubeck ejercían 
sóbrelas factorías anseáticas una influencia respetable. A fines del 
siglo XIII se vieron ya siete ciudades marítimas del Báltico unir' 
se para defender los privilegios que el rey de Noruega quería, dis- 
putarles en sus puertos ; ellas arman una flota para hacerlos res- 
petar y triunfan de la resistencia del príncipe. En el siglo siguien- 
te, su preponderancia es tan grande que la mayor parte de las 
ciudades del interior de Alemania deciden unirse á ellas con pro- 
vincias enteras. Todo el mundo quiso ser de esta asociación de la 
que resultaban tantos beneficios y se corrían tan pocos riesgos. Las 
villas son admitidas á título de clientes, bajo condición de sopor- 
tar la parte de cargas generales, como rescate de su nueva inde- 
pendencia. Se cree que fue en esta ocasión cuando se erigió el pri- 
mer acto de confederación general en una asamblea tenida en Co- 
lonia en 1 364, ^^ donde la liga tomó el nombre de anseática ó de 
hanse que significaba, en el antiguo lenguage deV país, corporación. 
Lo que hay de cierto es que á partir de esta época, no se oye ya 
hablar ni de mercaderes del imperio ni de navegantes de Alema- 
nia t sino de factorías y agencias de las ciudades anseáticas. 

Desgraciadamente' esía liga llevaba en su seno gérmenes de 



jdesorganlzacion que debíao tarde ó temprano conducir-á su dec- 
^¿éncia y sq rói na: La faltaba un poder ejecutivo provisto de me - 
dios suficientes para obligar á todos los asociados á somelerse á 
las resoluciones Adoptadas por la mayoría ; y no tenia gofe insli- 
taido parajdix1gk_to<ia5:las.i^aer.za5 ádaJe]1>ien gene "Era tin 
cuerpo de cien brazos, sin cabeza." (i) En vano se babia esiiprr-' 
lado que las ciudades refractarias serian escluidas de la confede- 
ración, y quei sus diferencias serian juzgadas por un consejo su- 
premo; estas cláusulas esenciales no fueron jamas puntualmente 
ejecutadas, y ninguna idea de perseveraacia y de unión presidió 
nunca en las empresas de la liga. El espíritu de anarquía que do- 
minaba entonces en Europa habia también influido en ella , y no 
comprendemos como cada una de las ciudades de que estaba cóín- 
puesta, podia haber conservado el derecho de contratar alianzas 
con los príncipes ó estados estran^eros á la confederación. Por es- 
to acaeció mas de una vez que el interés de uno ó de muchos 
miembros de la liga se halló en oposición con el de lodos los de- 
mas, y trajo consigo guerras funestas á la asociación entera. Los 
reyes de Dinamarca, de Suecia y Noruega, todas las potencias 
feudales habituadas á imponer pechos y al piilage, acabaron por 
mirar con malos ojos la independencia de algunas ciudades co- 
merciales y la insolencia de la clase media que era consecuencia 
de ella. Llegando á ser mas poderosas á medida que se hacian 
mas ricas, podian tomar á su sueldo los subditos misinos de sus 
enemigos, y oponian una aristocracia de comercio y de dinero á 
la aristocracia puramente feudal que les hacia la guerra. Ellas es- 
taban militarmente fortificadas y podian resistir en aquellos tiem- 
pos en que la artillería, aun desconocida, no permilia abrir bre- 
cha en las murallas. 

Su poder no tardó en manifestarse en las primeras luchas que 
les fue preciso sostener, señaladamente contra Valdcmaro, rey de 
Dinamarca, Ellas forzaron á este príncipe á huir de sus estados, y 

(1) No se han conoiídocon certidumbre los nomI)res de todas las ciudades .inseáti- 
Ca». Las mas famosas y las que eran designadas liahitualnienfc en los actos oliciales de 
la confederación no ascendían mas f|ue á 40 6 45. Estas eran Lulu-ck , Wismar , Ros- 
toch/Stralsund , Griswaide , Collerg, Anelaní , t)emnin , Stcttin, Kiel , Rrenia , Riga, 
Dorpt,Rpvel, Pernow , Colonia , Nnest , Munsler , Osnalxruch , Urunswiok, Migde- 
hur¿o , Hildcshcini , Haiiover, l,unel)nrgo , I trectit , Zwoll , Devsuter , Zut[»ln»n, 
Zivikzee , Briel , Middelbugo, Dordreclit , Roterdam , Araslerdam , Campen , Gronin- 
ga.Hardervick , Slaveren. Las demás estaLan designadas con la denoiuinaciou genérica 
lie ciudades Anseáticas. Pueden regularse tudas cq uiias óchenla. 



(1.6) 
esparcieron tal terror en el Báltico, qae todos sos rivales se hu- 
millaron ante sus triunfos De este modo desaparecieron las flotas 
de los formidables normandos, que habian tenido á la Europa en- 
tera en apuros y fundado reinos á mas de quinientas leguas de sus 
riveras. Las escuadras de la liga anseática, mandadas por sena- 
dores de Li;beck, limpiaron los innres del Norte de piratas, y el 
tratado de Stralsund, en iSjo, les entreg(5 por quince aíios las 
plazas fuertes de la Scania, con los distritos que de ellas depen- 
dian. Desde este momento, puede decirse que nació el derecho de 
gentes marítimo y que el comercio dio la ley á la barbarie. Por 
todas partes en donde ondeaba el pabellón de las ciudades anseá- 
ticas, se vio suceder el respeto de los tratados al abuso de la fuer- 
za. Agentes de comercio, escalas, factorías, almacenes, se esta- 
blecían en todos los puntos en que los cambios poJian tener al- 
guna importancia. La Rusia ha sido realmente descubierta por 
estos navegantes atrevidos, que se abrieron los primeros camino 
hasta Novogorod. Los productos naturales de aquellas vastas comar- 
cas, fértiles aunque mal cultivadas, llegaron entonces á ser, y lo 
han continuado después, el objeto principal del comercio del mar 
Báltico: consistían en pieles, cueros, peletería, granos, cáñamo, 
brea , maderas de construcción , de que la Europa carecía , y q«e 
las ciudades anseáticas la suministraron casi al punto en abundancia. 
La mas perfecta libertad reinaba entre estas ciudades respecto á 
las transaciones, las cuales dificultan boy dia las exigencias de la 
política, las tarifas de aduanas y las demás operaciones fiscales. 

Es preciso transportarse con el pensamiento á nuestras facto- 
rías modernas del Oriente ó de la China , para volver á hallar la 
huella de los usos comerciales que las ciudades anseáticas habian 
hecho prevalecer en toda la Europa en los siglos XIIl y XIV. En 
Inglaterra y en I\usia sus mercaderes gazaban privilegios consi- 
derables. Tenían en Novogorod un magistrado encargado de el or- 
den entre ellos, y de juzgar sus pleitos con arreglo á las leyes de 
la Union. Este magistrado, asistido de algunos hombres buenos, 
tenia el derecho de imponer en ciertos casos fuertes multas, y 
hasta la pena de muerte, con apelación sea á Lubeck, sea á la 
Dieta anseática. La iglesia y la factoría de la Union estaban ro- 
deadas con un muro cerrado durante la noche y severamente guar- 
dado. Los mercaderes de la kanse habian tenido cuidado de asa- 



gurarse el monopolio de los negocios; los rasos no podían vender 
sino á ellos, y un estatuto de la confederación había prohibido 
saldar las ventas en especies: todas las transaciones debían consu- 
marse en forma de cambio. De esto nació el que se hacia contra- 
Lando sea por la Suecia, sea por la Finlandia, hasta el momento en 
que los ingleses, hallado el camino de Arkhangcl por el mar Blan- 
co, anularon de hecho el monopolio de la confederación. Poco á 
poco los lazos de la Union se aflojaron , y desde este momento se 
vid cada día alguna ciudad separarse de la Union á la cabeza de 
la que Lubcck brilló por largo ticmpr» con el mas vivo esplendor. 
Para comprender bien la induencia ejercida sobre el desarro- 
llo do la ciencia de las riquezas por las ciudades anseáticas , es 
necesario echar una ojeada sobre la manera con que estas ciuda- 
des habían organizado las factorías que sostenían en jNovogorod, en 
Bergen, en Brujas, en Londres y en otras plazas. Todos estos es- 
tablecimientos estaban sometidos á los mismos reglamentos, salvo 
un pequcilo núinero de modificaciones locales. Las. factorías se 
componían de una serie de edificios aislados y generalmente cons- 
truidos á la orilla del mar ó de los ríos, á fin de que los navios 
puliesen aproximarse mas cómodauíeale para lomar ó depositar 
sus cargamentos. Cada cuerpo de edificio tenía su nombre y su 
destino particular. Los empleados, y guardianes habitaban cerca 
de las mercancías, que eran repartidas según su naturaleza en los 
graneros, almacenes ó sótanos, como en los docks actuales de la 
ciudad de Lomlres ; vastos jardines servían en caso de necesidad 
de depósitos supletorios y suministraban las legumbres necesarias 
para el consumo de los habitantes. En el invierno, una sala co- 
mún reunía al rededor del mismo hogar esta numerosa familia in- 
dustrial; vastos dormitorios la recibían después durante la noche 
Ningún habitante de la fartiría po'lía casarse, y la infracción de 
esta ley era castigada con la pérdida del derecho anseático y del 
derecho de ciudadano. Imagínese la regla de una comunidad reli- 
giosa aplicada á una asociación comercial, y se tendrá una ¡dea 
de la constitución de estas factorías, cuyas principales disposiciones 
reproducen en nuestros días las de los ingleses en Cantón con al- 
guna leve difcrrcncia. 

Como hoy día en Cantón, era prohibido á los empleados visi- 
tar, bajo pena de muerte y\:\, parle de la ciudad que pertenecía á los 



nnfarales. Los alrededores délas factorías estaban rodeados de cen- 
tinelas durante la noche, y guardados por mastines enormes que 
se arrojaban con furor sobre todo desconocido que se aproximaba 
a ellos. Parece, ademas, que los reglamentos de la confederación 
no perinliian á los empleados hacer el comercio por su propia 
cuenta í no se les consideraba sino como empleados que obraban 
en nombre de sus gefes , y al cabo de dle^ años volvian á Alema- 
nia , ricos de la csperiencia y de los conocimientos que habían ad- 
quirido. Para subvenir á los gastos de la factoría cada mercancia 
pagaba un ligero derecho á la entrada ó á la salida Se empleaba 
en el mismo uso el producto de las multas por violación de esta- 
tutos ó de formalidades y cada ciudad confederada estaba obligado 
á oaí'ar una cuota para el sostenimiento de las factorías. 

Las faclorí:is cstendieron en un momento sus ramificaciones 
pí,r toda la Europa y dieron por todas partes un impulso eslraor- 
dinario al comercio y á la iuílaálria. La ficloría de Brujas vino á 
ser el lugar de depósito de todas las producciones de la Europa y 
la ciudad contó hasta Irinta y cinco mil casas. En los hermosos 
tiempos de su prosperidad , las ciudades anseáticas eran duefías 
de las pesquerias, de las minas, de la agricultura, y de la indus- 
tria de toda la Alemania. Los granos, la cera y la miel déla Po- 
lonia, los metales de la liohemia y de la Ungría, los vinos del 
I\hin y de la Francia, las lanas y estaños de la Inglaterra, las te- 
las de la Holanda, los paños déla Bélgica se beneficiaban en masas 
enormes en sus mercados, Ijos comerciantes del Mediodia embia- 
Lan al depósito de Brujas los productos del Oriente y de Italia, las 
especias de la India , las sederías, y las drogas cuyo consumo era 
miiv considerable. Pero bien pronto, la prosperidad de esta ciu- 
dad escító la embidia de las demás que contrihuian álos gastos 
crecidos de sus empleados, y Colonia rompió con estruendo ella- 
zo que le unía á ella. Los administradores de la gran factoría ha- 
bían cometido la falla de establecer dos categorías de mercancías 
délas cuales las unas debían ser necesariamente negociadas en el 
deposito de la confederación, en tanto que las otras estaban exentas 
de esta condición. Poco á poco se esforzó en aumentar el número 
de los artículos exentos, es decir de hacer prevalecer lo que lla- 
mamos hoy dia el depósito jiti ció sobre el depósito real. La lucha 
que se originó coa este nootivo determinó á muchos negociantes á 



consignar sus mercancias en las casas flamencas para escapar de 
las exigencias de los depósitos, y de este modo es como el comer' 
c/ú í/tí co/n/í/o/í, cuyos destinos debían ser tan brillantes, nació de 
una protesta contra la arbitrariedad de las tarifas. 

Los Ingleses se cansaron á su vez de los pri\i!egios, que ha- 
bían concedidoá las ciudadesanseaticas, porque en efecto, estos pri- 
vilegios eran verdaderamente exhorbiíanles. íiabiasé estipulado que 
los pleitos entre los ingleses y alemanes serian juzgados en defiiii- 
tiva por dos magistrados que el Rey nombraba ; y de este modo 
los alemanes se sustraían de la jurisdicion del tribunal del Almi- 
rantazgo. Se les habia cedido en propiedad, un cuartel en Londres, 
otroenBoston yen Lynn,yestaban exentos de ana porción de dere- 
chos de aduanas y otras gabelas áquc todo el mundo estaba sometido 
La querella empezó á enconarse, cuando los ingleses percibieron, 
que los de las ciudades anseáticas se aprovechaban de sus privile- 
gios para inundar el pais de pailos fabricados en Alemania, y pa- 
ra apoderarse de todas las operaciones comerciales. Se demostró que 
losalemanes hablan introducido en un solo año cuarenta y cuatro 
mil piezas de paños, al paso que las fábricas inglesas no habían podido 
colocar mas que mil y ciento. Mas tarde, la ¡teína Isabel favoreció 
con todo.su poder los progresos de losestablecimientos que los aoen- 
tureros ( i ) habían fundado para rivalizar con las ciudadesansea- 
ticas, y puso el sello de su autoridad á estas represalias de adua- 
nas que se pueden considerar como el preludio de las luchas indus- 
tríales á las que asistimos. Desde este momento, el comercio se 
elevó al rango del poder político. Se pelea en el día con las tarifas 
tanto como los cañones, y la Economía política tiene entrada en 
los consejos de los reyes y en el derecho europeo. 

Las ciudades anseáticas han servido maravillosamente á este 
movimiento tan favorable para la libertad y para la civilización 
uniendo los pueblos con el lazo poderoso del ínteres y de la indus- 
tria. El establecimiento del depósito de Brujas -[uc unía el norte 
con el Mediodía, llegó á ser punto de reunión pira todos los ne- 
gociantes de la Europa y una plaza de primer orden para la cir- 
culación de las especies y las combinaciones del crédito. Se conta-'' 
ban allí sesenta y ocho gremios' de oficios , y desde principios del 
siglo XIV existía allí una cámara de seguros y corredores inslrui- 
(í) Comiiaiíia Je i!i¿leses quo se l'o.-iuó i»ara sustraerse al luouJjiolloaJTórilemancs" 



(l20) 

dos en las principales reglas del cambio. De allí partían como de 
un centro coman las órdones del comercio que habrían despertado 
á la industria del sueiio en que estaba sumida, si el régimen de 
]as corporaciones gremiales, ea vigor entonces en toda la Euro- 
pa, no hubiese contribuido á m.uilencrla en él. Y no obstante, las 
ciudades anseáticas han creado el sistema de las pesquerías moder- 
nas del arenque y de la ballena, la marina mercante, las escalas, 
las comisiones y las franquicias del genero de aquellas de que go- 
zan los europeos en Oriente y en la China , á falta de otras mejo- 
res. Ellas han acostumbrado la barbarie feudal al respeto al tra- 
bajo, concluyendo por hacerla su tributaria, y han sustituido la in- 
fluencia de la industria econóinlcaá la de la cola y la espada. Ellas 
han preparado la emancipación de los comunes en Francia é 
Inglaterra, haciendo ver de que parte estarla la fuerza, el dia en 
que los comunes quisieran entenderse y asociarse. Las debemos en 
fin la primera abolición de las trabas comerciales, y los primeros 
ensayos del crédito público al que acudieron siempre que las ne- 
cesidades de la confederación lo exigia. El régimen representativo 
y electivo que propagaron, la especie de gerarquía que establecie- 
ron entre las ciudades aliadas, protegidas ó súbfütas, escitó á ca- 
da una de ellas a la defensa de sus derechos, conduciéndolas á la 
conquista de otros nuevos. Asi se halla siempre la huella del pro- 
greso económico, en medio délas vicisitudes de los pueblos que pa- 
recen haberle perdido , y las fuer/.as productivas del hombre triunfan 
siempre de sus destructoras tendencias; 

CAPITULO XVIL 

De la emancipación de los comunes y de su injluencia sobre la mar" 
cha del progreso economizo y social. 

Mientras las ciudades anseáticas se organizaban en confedera- 
ción por el Norte, la grande obra de la manumisión de los comu- 
nes se realizaba en el Mediodía. Habíanse aquí conservado las tra- 
diciones romanas mas vivas que en el resto de Europa ; y bajo la 
dominación misma de los bárbaros, las grandes ciudades de la Pro- 
venza y del Languedoc jamas hablan cesado de disfrutar de los be- 
neficios del régimen municipal Lisensiblemenle y á medida <^e 



las clulafles del Norte adquirían importancia por sus riquezas, hi- 
cieron las meridionales tcnlalivas para conqu'istar su independen- 
cia ; qaerian disponer libremente de sus bienes y a^ladir á ellos al- 
gunos prevüegios, en una época en que era una prueba de servi- 
dumbre no tenerlos. Los ciudadanos consiguieron ser juzgados por 
sus iguales y sustraerse de la justicia délos señores, opresiva , par- 
cial y venal. Reclamaron el derecho de pagar solo de una manera 
fija y limitada, de arreglar ellos mismos sus intereses y de man- 
tener el orden en sus ciudades y villas. "He aqui, (decia el abad 
Guibert, cronista del siglo XII, ) he aqui lo que se entiende hoy 
dia por esta palabra nueva f detestable de común: los pecheros no 
pagan ya mas que una vez al año la renta ásu§ señores; si cometen 
.algún delito, quedan absueltos mediante una multa legalmente 
ñjada, y en cuanto á las exacciones de dinero que se acostumbra 
imponer á los siervos, están exentos de elUs." 

Y en efecto de este modo debia aparecer la libertad nacientje. 
á los ojos de un eclesiástico. La iglesia tenia razón en aUrmarse 
por la conspiración universal que estallaba contra todos los privi- 
legios, y que iba bien pronto á atacar los suyos. Porque poco apo- 
co, ella sehabia sustituido á los señores , obteniendo exenciones de 
pechos y prerrogativas fiscales de la mayor importancia. Veia au- 
mentarse diariamente sus bienes por donaciones, y sus pretensio- 
nes crecian con su fortuna hasta el punto de inquietar á los reyes 
en sus mismos tronos. .El mismo Luis IX á quien canonizó por 
Santo, se vio obligado á poner orden en esto, y sus sucesores, fre- 
cuentemente escomulgados, han tenido que sostener largas luchas 
£ontra el Pontificado, protector natural de las pretensiones ecle- 
siásticas en todos los tiempos. De este modose continuaba la pro- 
testa permanente, eterna, de la especie humana en favor de una 
repartición mas equitativa de los productos del trabajo. I^a iglesia 
se asoció con ella en los dias de su tribulación; y suministró ar- 
mas poderosas á los defensores de la igualdad civil , en la época 
en que todo el mundo se sujetaba al yugo feudal, Pero á medida- 
que el feudalismo se debilitaba, la iglesia quiso á hacerse su he- 
rodera, y sustituirle eq su dominación sobre los reyes, quienes se 
.entregaron en manos de los pueblos y crearon el estado llano en el 
seno de los cotnunes cnmancipados. 

Esta grande revolución no fne obra de un dia: vemos sos re- 

i6 



saltados; pero no sabemos apunto fijo su fecha. Lo mas proljaWe* 
es que el movimiento comenzó por algunas ciudades opulentas, y 
se propagó insensiblemente según las circunstancias, á todas las de- 
mas , pi liendo unas la confirmación de los privilegios que poseían 
desde largo tiempo y arguyendo otras, servicios prestados y actos 
cumplidos, para hacer legitimar por la concesión lo que habían 
ganado ya por la conquista. Sin embargo, se atribuyen comun- 
mente á Luis el Gordo las primeras cartas de franquicia ó fueros 
por ser el primer rey qae recurrió al apoyo de la clase media pa- 
ra resistir las usurpaciones de la nobleza. Pero seria un error creer 
que cuando las diversas ciudades se constituían en comunes, no 
poseyeran ya alguna institución popular local, encargada de velar 
sobre los intereses de sus habitantes. En efecto tenia n corregido- 
res , procuradores, jueces, jurados, cónsules &c. Se sabe la lucha 
ene'rgica y celebre que los habitantes de Vezelai sostubioron con- 
tra el abad y monges, que pretendían tenerlos pcrpetuí é irrevo- 
cablemente bajo el yugo feudal. Nada mas curioso en la historia 
que esta larga querella suscitada entre los monges que hablaban 
en nombre de las libertades de su iglesia y los vecinos que recla- 
maban los privilegios de su común ; disputa seria que duró mu- 
chos anos y en la que intervinieron obispos , señores , la corte de 
l\oma, y el l\ey de Francia, parala ruina y la esclavitud de una pe- 
queña aldea. Las ciudades de Tournay,Noyon, Meanx, Dijon&c, go- 
zaban de privilegios muy estensoí!, en cuya primera fila figuran siem- 
pre algunas franquicias comerciales, algunas prerrogativas partica- 
lare^en materia decaminos, demonedas, descrviciosy de impuestos. 
El Abad Suger,que fae ministroy biógrafode Luis el Gordo, di- 
ce espresamcnte que los hombres de las feligresías del país acompa- 
saron á este príncipe al sitio de Thoury. Mas adelante la Pv.eina 
Blanca, durante la ausencia de san Luis , confió la guardia de las 
ciudades á milicias urbanas. Cuanto mas se estudia esta materia, 
mas convence que la riqueza acumulada en las ciudades fue la que 
hizo nacer las ideas de libertad y preparó la emancipación de 
los comunes. 

Si estos comunes no formaron como en Alemania , una confe- 
deración general , es por qje hallaron apoyo en los soberanos tan 
interesados como ellos mismos en cercenar el poder de los barones. 
El trono nada podia por si solo contra aquella nube de señores 



queatrlncheraJosensus castillos esplotaban por su cuenla personal 
los recursos del pais. Los cómanos no podían nada tampoco sin el 
apoyo de los reyes; hubo entre unos y otros una verdadera alian- 
za ofensiva y defensiva que no contribuyó poco á fundar la inder 
pendencia y la unidad nacional. Las crónicas de san Denis celebran 
la decisión con que las ciudades de Corbia , Amiens , Arras , Bcau- 
vois y Compiégne enviaron sus contingentes ala batalla de Covi- 
nes. El trono tubo la sensatez de declarar libres las ciudades que 
no dependían sino de su autoridad y esta sabía resolución le ase- 
garó una multitud de subditos decidii'oí, á quienes no siempre pa- 
gó con ingratitud. No me atreveré á afirmar que los re} es y las ciu- 
dades creyesen, al obrar de este modo, obedecer á un sistema, y 
poner de común acuerdo las bases de un nuevo orden social; pero 
el movimiento fue tan rápido que cuesta trabajo á la historia se- 
guir sus progresos y se ocupa , aun en nuestros días, en buscar 
sus causas. Con todo, no puede negarse que esta revolución fue de- 
bida á la influencia de la riqueza y del trabajo, quienes á su vez 
se valieron de ella para nuevas conquistas. Se verificó en Europa, 
en aquella e'poca , una verdadera renovación, cuya aurora se vis- 
lumbra en las primeras Cruzadas. Parecía que por todas parles las 
ideas se engrandecían y tomaban vuelo; la inleügencía humana se 
emancipaba bajo la protección del gran principio de asociación. Se 
asociaban los hombres en el Sur para la conqnista de la Tierra 
Santa y en el Norte para la seguridad del comercio. Las corpora- 
ciones de artes y oficios , poco antes desconocidas, se mullipUcabaii 
con tal abundancia que pronto fue' menester regularizarlas , por te- 
mor de que se hiciesen guerra unas á otras y llegasen á ser un 
poder peligroso, en el seno del estado. Por lodas partes el trabajo 
es honrado, las magistraturas municipales son verdaderas sindi- 
caturas, los regidores, los prevosfes de mercaderes van á la par 
de los señores y disponen de la opinión y del poder de las ciudades. 
Léanse las ordenanzas de los cinco ó seis primeros reyes de latercera 
estirpe; y se hallará un gran número que están consagradas á ma- 
terias de Ecomía política, como las ferias, los mercados, las mo- 
nedas, los cambios, las compras y venias, los pesos y medidas, la 
libertad del comercio y sobre todo los privilegios de los comunes. 
El trono gobierna formalmente; interviene en todos los negocios, 
y la ciencia de la administración se manifiesta , principalmente 



ch la mancrn nueva y alrevíJa con que venilla las cneslíanés cco- 
idó'mici's. Veremos bien pronto conque firmeza san Luis supo pre- 
senlarlas ya que no tubo el tiempo ó la dicha de resolverlas; y sor- 
prende el inmenso trabajo que se hizo en su rcynado, en medio 
(de las preocupaciones esteriores de las Cruzadas y délas luchas in- 
ternas de! espíritu fcudil contra el trono Se sabe (píelos reyes tienen 
las manos largas , (Iqcía ya el abadSuger en sa vida de Luis el gor- 
do, y san liuis las tubo aun mas largas que sus predecesores.. 

Se ve con un vivo inlcres salir de este modo de las tinieblas 
de la edad media los primeros albores de la brillante antorcha d* 
las artes y la industria, que fue á la vez el efecto y la causa de 
nuesíras libertades municipales. Los comunes tomaron el nombre 
de conjuración , de amistad, de confederación, de hermandad, que 
indican claramente el objeto de su existencia y de su organiza- 
clon. Cada uno de ellas se apoderó de una torre con su campana- 
rio, como señal de reunión ó de combate; crearon su guardia y 
sus magistrados; tuvieron una caja municipal, un sello comunal, 
señales distintivas de su poder y de su individualidad. Prohibie- 
ron la erección de toda fortaleza á tiro de sus murallas, capaz de 
inquietarlas y ejercieron en todas las circunstancias, actos de so- 
beranía local. Ll ejemplo de las repúblicas italianas, el de las 
ciudades anseáticas, que eran también poderes comunales, les 
enseñaron á hacer respetar esta soberanía. Para bien comprender 
la importancia económica de la manumisión comunal, es preciso 
considerar á que duras vejaciones estaban sometidos los habitan- 
tes de estas ciudades y villas. Los señores tenían la pretensión de 
conservar entre aquellos ciudadanos un cre'dito ilimitado; las mas 
veces tomaban todo lo que les convenia , sin pagar jamas nada 
y es sabido que de todas sus viejas costumbres esta es la que ha 
costado á la aristocracia mas trabajo perder. Por esto se ve á los 
ciudadanos (los de Soisons entre otros) estipular en su carta de 
fueros que "los habitantes de la ciudad no concederán mas que 
tres meses de crédito al obispo y sino paga en el término conve- 
nido , todo crédito ulterior le será reusado." Las asociaciones de 
oficios que han parecido presentar después un carácter puramente 
industrial, eran cuerpos esencialmente consagrados al sosten de 
las libertades del coinun ; tenían por objeto librarse de las veja- 
ciones de la nobleza, y defendei'se contra los empréstitos forzosos 



que hubieran renovado para ellos, bajo ana apariencia áe liber- 
tad, todas las miserias de la esclavitud. 

El privilegio de común diferia de las franquicias municipa- 
les, en la circunstancia de era necesario lubiese la sanción real, que 
le coníeria una gran fuerza. Algunas veces se adquiría por transa- 
cioa con el señor feudal á fuerza de dinero; pero como este pri- 
vile<^io arrastraba grandes modificaciones en la situación rentísti- 
ca de las ciudades, sea reduciendo, sea suprimiendo los censos que 
pagaban á los barones, estos opusieron á menudo suma rcsisícR- 
cia á las tentativas de los ciudadanos que tubicron necesidad de 
cuando en cuando de juntarse para vencerlos. Se lee en el preám- 
bulo dé una carta de fuero concedida á los habitantes de Dourlcns 
que "esta carta es concedida á causa de las injusticias y de las 
vejaciones ejercidas por los poderosos contra los vecinos de dicha 
ciudad." Felipe Augusto decia otorgando una carta á la ciudad de 
san Juan de Angely que «adhería á ella de todo corazón á fin de 
que los habitantes pudiesen mejor defender y guardar tanfo sjis 
derechos como los de él." Lo cierto es que la libertad marcha al 
mismo paso que el trabajo, y que ninguna época es mas fecunda 
en desarrollos industriales y en conquistas sociales, que la en que 
entramos. Mr. Guizot nota como una prueba evidente del movi- 
miento general de los espíritus acia las reformas, que eu los si- 
glos XIÍ y XIII se hallan doscientas treinta y seis actas del go- 
Lierno relativas á los comunes , á saber: nueve por Luis el gordo, 
veinte y tres por Luis VII, setenta y ocho bajo Felipe Augusto, 
diez bajo Luis VIII, veinte bajo san Luis, quince bajo Felipe el 
atrevido, cuarenta y seis bajo Felipe el Hermoso, seis bajo Luis X, 
doce bajo Felipe el Largo, y diez y siete bajo Carlos el Hermoso 
Sin embargo, si se considera que los reyes no eran los solos que 
daban las cartas c intervenian en los negocios de los comunes , se- 
rá fácil concebir la importancia del cambio que se había verifica- 
do en la condición de los pueblos. 

Esta revolución, pues loes, fue el resultado inmediato y di- 
recto de la inmensa creación de las riquezas debida á las ciudades 
industriosas de la edad media. Los barones , poseedores del sue!o> 
desdeñaban toda ocupación laboriosa y dejabah á los vecinos el 
cuidado (le proveer á sus necesidades y á sus placeres. Poco á poco 
el numerario obtenido por estos señores, por medio de las contri- 



('-6) 

Luclones, ó de la violencia , iba á ainonlonarsc en los cofres de los 
ciadadados en cambio de los tejidos de lana, sederías, guantes, 
cascos y demás objetos de lujo, que la aristrcracia codiciaba. Los 
señores eran pródigos, los vecinos, al contrario, pasaban por majr 
avaros, y no es sorprendente que hayan de este modo creado 
por la economía una masa considerable de capitales , que adqui' 
rieron un gran valor, gracias á la seguridad consolidada por la 
manumisión de los comunes. Se halla la prueba de esto, en Join- 
ville. "Habia tantos m;\l!iechores y ladrones al rededor de París» 
que todo el pais estaba Heno de ellos. El rey que ponia gran cui- 
dado en que la plebe fuese observada, supo toda la verdad; man- 
dó pesquisas á todo el reino, á fin de que se hiciese buena y pronto, 
justicia^ y que no se perdonara mas al rico que al pobre. La tier- 
ra entonces comenzó á mejorarse , y el pueblo llegó á ello por cl 
buen derecho que en esto se hacia , y tanto se multiplicó y enmen- 
dó, que las ventas.^ ocupaciones , l¿is compras ., y las demás cosas 
i>alian doble que cuando el rey mandó lo dicho antes." 

De este modo vemos establecerse casi simultáneamente los co- 
munes en toda Europa, en ítilia, en España, en Alemania, en 
Francia, en Inglaterra. Por todas partes los hay porque por todas 
partes la industria y cl comercio vuelven á tomar su vuelo. Génor 
va , Florencia , Venecia , Barcelona , Bri^ma , Lubeck , ílamburgo. 
Brujas, París, León, Marsella, Londres, Bisiol, parecen al mo- 
mento regidas por las mismas leyes. La riqueza moviliaria se es- 
tableció alli con arrogancia al lado de la propiedad tcrriiorial y 
revindicó sus derechos La tierra, incapaz en adelante de bastar 
sola á las necesidades de la sociedad nueva, empieza á perder su 
prestigio, y ve pasará manos de los artesanos una parte del po- 
der de los propietarios. La democracia aparece fuerle con el espí- 
ritu de asociación y con todos los recursos del trabajo organizado y 
disciplinado. El estado llano se constituye; la clase media, soñada 
en otro tiempo por Platón y Arislíiteles, llega á ser un cuerpo 
deliberante, concede ó niega" los subsidios, se juzga, se guarda, se 
rige ella misma. La población se acrecienta con los medios de sub- 
sistencia. Las industrias se perfeccionan, el comercio dá la señal 
de la aproximación mutua de las naciones, y los castillos fuerte? 
\ienen á ser tributarios de las manufacturas. Hay un testimonip 
bien notable en la legislación real contemporaaea. El primer vo^ 



(127) 

lamen de la compilación de estos decretos , por la tercera estirpe 
comprende mas de ciento , toJos consagrados á las cuestiones del 
trabajo y de la industria, de comercio y de cambios. Sin duda es- 
tos decretos dejan mucho que desear, porque están generalmen- 
te redactados con miras fiscales y opresivas ; pero sa número y 
su variedad misma demuestran la importancia que se daba ya á 
las materias que querian definir. Vamos á esponer el espíritu y los 
hechos principales con algunos pormenores , porque su conjunto 
forma el primer punto de partida conocido de la ciencia econó- 
mica en Europa. 

CAPITULO. XVIIL 

De la legislación económica de los primeros reyes de. Francia de la 
tercera estirpe. — Decretos sobre los judíos — Sobre las monedas. — 
(jontra la esportacion del numerario. — Sobre el comercio de gra^ 
nos. — Leyes suntuarios. — Origen conocido de nuestras preocupacio- 
nes comerciales. 

Existe, hemos dicho, una prueba autentica del movimiento 
prodigioso impreso en la producción de las riquezas , sea por la 
influencia de las Cruzadas, sea por el comercio de las ciudades 
anseáticas, del siglo XII al XIV: es la colección de ordenanzas á*i 
los primeros reyes de Francia de la tercera estirpe. Se hallan en- 
tre estos decretos mas de cien disposiciones, todas relativas á las 
materias industriales y comerciales, pricipalniente sobre la usura 
y sobre los judios, sobre las monedas, sobre los obreros, sobre los 
pesos y medidas, y también algunos ensayos de maximun y de re- 
glamentos suntuarios. La Economia política del tiempo se descu- 
bre toda entera en estos documentos notables, cuyo estudio nos ha 
parecido merecer una atención particular, porque resume perfec- 
tamente las ideas de nuestros antepasados sobre machas cuestiones 
que nos dividen aun hoy dia. Seguramente, si el comercio y la 
industria no hubiesen adquirido desde entonces una esteosion con- 
siderable , no veriamos la administración contemporánea tan se- 
riamente ocupada de sus negocios , hasta el punto que bajo el solo 
reinado de Fcli[)e el Hermoso cincuenta y seis decretos se dieron 
tínicamente sobre las monedas reales y señoriales, y mas de diez 
sobre los judios y los comerciantes italianos. 



El examen cuidadoso de estos monumentos de la legislación 
económica de la edad media nos permite apreciar, con alguna exac- 
titud, la naturaleza de la influencia ejercida por el gobierno en 
las cuestiones de hacienda y de industria en esta interesante época. 
Tal estudio es tanto mas curioso , cuanto que la mayor parte de 
nuestras preocupaciones comerciales actuales no tienen otro origen 
que la legislación esclusiva é intolerante del siglo XIII. 

Por esta razón nuestras leyes sobre la usura, tan profundamen- 
te discordes con la esperienc¡a,'con el buen sentido, con el intere's 
general de los prestamistas y los que reciben prestado, no son 
mas que una reminiscencia de los decretos dados contra el pre'sta- 
mo á interés y sobre todo contra los judios bajo Luis IX y bajo sus 
sucesores. Nuestras malas leyes de aduanas, tan esclusivas, tan 
hoslües á el eslrangera, sop el fruto de los hábitos limitados de 
nación;» lidad y de egoísmo esparcidos en la época en que la unidad 
nacional tenia quizá jiecesidad de ellas para consolidarse, pero no 
para enriquecerse. La intervención del gobierno en las compras y 
ventas de las mercancías, y las tentativas del maximun renovadas 
bajo el terror de 1793 , fechan del dia en que Felipe el Hermoso, 
creyó deber fijar el precio del trigo y obligará los mercaderes apo- 
nerlo en el mercado, cualquiera que fuese su carestía (i). Toda nues- 
tra legislación de granos nace de los decretos que prohibían su es- 
portacion, y los primeros errores del sistema de balanza se hallan 
en el decreto de 28 de julio de i3o3, que prohibía la salida del 
oro y la plata. ¡Quien puede decir hasta que punto estas prescrip- 
ciones, sin cesar repetidas, han contribuido á robustecer en el es- 
píritu de los pueblos preocupaciones deplorables! 

Examinaremos pues rápidamente y según el orden cronológi- 
co los decretos dados desde el advenimiento de Felipe Augusto 
hasta la época de Carlos el Hermoso; es decir, cerca de dos siglos. 
De todos los reyes que han ocupado el trono en este tiempo, ;no 
-hay ninguno que no haya creido deber señalar su poderío ó su or- 
todoxismo con medidas severas contra los judios: diariamente se 
veian aparecer decretos contra estos parias de la edad media , con- 
siderándolos como materia pechera por escelencía. Felipe Augaslo 
dio cuatro muy célebres; el primero les amenaza, el segundo los 
despoja , el tercero los espulsa y el cuarto perdona á sus deudores. 

(1) Ordenanza de marzo de 1304, en la colección del Louvi-é t. I pág.'426. 



Luis Vllí puLlicd también el suyo. Suprimió loda clase de interés, 
é hizo pagar en beneficio de los señores las sumas debidas á los 
judíos. Hemos ya visto que san Luis no se nioslrci menos severo 
con respecto á ellos ; Felipe el Hermoso, Luis Hulin, continuaron 
el sistema de sus predecesores. Después de los judíos, vienen las 
monedas, y ningún reinado se pasó sin que la autoridad real ha- 
ya dado algunos decretos sobre esta materia. San Luis mandó que 
la moneda de su gobierno se sustituyese en todas partes á la de 
los señores, y esta disposición ya intentada por sus predecesores, 
hubiera tenido resultados favorables, si los reyes no hubiesen abu- 
sado de ella después multiplicando artificialmente sus recursos, 
por medio de alteraciones fraudulentas. Estas alteraciones se re- 
novaron con una perseverancia inaudita , á pesar de los desastres 
que se seguían de casi todos. Ya se prohibía á los que poseían me- 
nos de seis mil francos de renta el tener vagilla de oro y de pla- 
ta. Ya se mandaba á los que la tenían, llevar la tercera parle á 
la casa de moneda, donde los agentes de la corona la compraban 
al precio viejo para revenderla con beneficio, en forma de escudos 
ie mala ley (i). El mismo rey se veía obligado á pedir perdón á 
«tjs propios subditos de esta vejación prometiendo indemnizarles (2). 
Los reglamentos sobre cereales ocupan un lugar notable en la 
colección de estos decretos. Una guerra, ana escasez, una mala 
cosecha, bastaban para prohibir la esportacion de los comestibles, 
bajo muy grandes penas; pero estas prohibiciones parecen casi 
siempre represalias y van generalmente acompaiíadas con algún 
correctivo. "Considerando, dice una ordenanza, que nuestros ene- 
migos podrían aprovecharse de nuestros víveres y que importa 
mucho abandonar sus mercancías, hemos ordenado que aquellos 
no puedan salir ni estos entrar. "Era pues, ona idea hostil la que 
hacia que Felipe el Hermoso rechazase en i3o4 las mercancías 
«strangeras, como la Convención nacional en 1793. j Hoy día 
en plena paz, y cuando se blasona de civilización, el mismo sis- 
tema prevalece apoyado en los mi irnos argumentos! Alguna vez 
con todo, las ordenanzas iban marcadas con el sello de una sabia 
y razonable solicitud: como cuando prescribían la estadística de 
las provisiones de granos por ciudades y por provincías,con inten-r 

(I) Onlftianza de Felipe el Hermoso, en \a colección del Louvre t. 1. jiág. 234. 
<2) Ordcaanzas de los reyes de Francia t, 1. pág. 235. 



.('3o) 
cion de tranquilizar á los ciudadanos y de ilustrar á los magis- 
trados. El edicto de febrero de i3o4 , debido á Felipe IV, 
prueba una previsión y una sagacidad notables. «Se envia- 
rá (dice) por todas las ciudades y lugares del vizcondado de 
París á saber cuanto trigo, morcajo, centeno, cebada y avena y 
toda otra clase de grano bay, y cuanto en cada ciadad y sus ter- 
ritorios, y cuanto será necesario para su manutención hasta la 
nueva cosecha, y cuanto para sembrar: y lo que hubiere de esce- 
so se hará llevar á ios mercados del vizcondado no todo junto 
sino poco ú poco, á fin de que el grano pueda durar hasta la pri- 
mavera y no será permitido que sea sacado fuera de dicho vizcon- 
dado sin permiso especial. /V quien el grano ó el trigo quisiere com- 
prar se le venderá al contado; pero ninguno comprará grano para, 
almacenarlo, bajo pena de perderlo," 

A pesar de estas precauciones que tenían el doble objeto de 
evitar los terrores populares y los monopolios, el mismo príncipe 
se vio obligado el mes siguiente á promulgar un decreto de maxi" 
mum en-virtad del cual, ninguno, podia vender bajo pena de conjis- 
cacionde bienes, el sextario del mejor trigo, medida de París, á mas 
de cuarenta sueldos parisies y el sextario de trigo de calidad infe- 
rior, á proporción. El sextario de las mejores habas y de la mejor 
cebada, debía venderse á treinta sueldos; la mejor avena á vein- 
te, el mejor salvado á diez. Cualquiera que tuviese mas trigo que 
el que permitían las necesidades de su provisión y de sus siem- 
bras, debía enviarlo, al mercado, y si después de echado el pregón 
se hallase entre algunas personas mas de la cantidad necesaria, 
todo era confiscado en beneficio del rey (i). ¿Qale'n hubiera crei- 

(i) Nos parece útil poner en parangón el conxidernado de esla. or- 
denanza con el del decreto de la Convención nacional, que proclamó 
el máximum. Principiemos por la ordenanza de Felipe el Hermoso. 

Philipus Dei graliá , Francorum rex , Ballií-o p'iromandensi salu- 
tem. Sicuf i'n subjetorum. nobis populorum tranquillitate, et prosperi- 
tate ventura gloriamur uberius , sic et in ipsorum. afjliclionc et advev 
Sítate noxiá, et opressts compatímur ct condolcm.us afjlictis vías ex- 
quir entes et modos , justa datam. nobis á Deo potentiam. , quibus et eor 
rum, succurrater indigentiis, dispendiis obvictur. 

Ciim ¿taque tñctualium omnium et prccciuné bladorum, pisorum, 
fabarwn, hordei, aoence , ctrterorunque granorum, quibus sustentan 
^onsuevit populi multitudo, adto in regni nostri partibus, domino per- 
"ii'tíente car istia invaluerit his diebus, quód humilis plebis copia in- 



(i3i) 
do, con todo, entonces, que después de este decreto terrible, la es- 
casez se aumentarla y que los mercados estarían desiertos? Pues 

numerabilis, nisi eis indilato succuratur remedio, di'uti'us , absque gra- 
vt totíus vulgi dispendio , non poíerit sustenfari. 

Generali condolcntes excidio, praesertim cura necessitatis temporc 
omnia Tere communia jura publicé proleranlur, consulte diiximus or~ 
dinandum , quod üaillivias ^ vice comitafus , preposituras, et alia loca 
regni nostri, de quibus expcdiac viderimus, faciemus publicé proel a- 
mari, ac etiam inln'btrif sub omni omissione bonorum, nc quis subdi- 
torum nostrorum sextarium frumcnti melioris , ad mcnsuram parisien- 
seTn, ultra summam quadr aginia solidorum parisiensium , i^endere, 
vel emere, seu vendí, aut emi faceré , quoijuomodo prccesumal et sex- 
tartum frumenii, seu bladi minoris , pro minori prelio , vendi aut emi 
descendendo , prcccipinius , habita consideratione ad valorem et pretium 
molieris sextarii, aut pisorum melioriin , ad mensuram. proidictam 
similater , pro quodr aginia solidis Parisicnsibus , et minora pro mino- 
ri pretio descendendo, vendi prcccipim.us , ut est diclum. 

Fabas quoque , et hordeum , pro triginta solidis, avenanque pro vi— 
ginti solidis , et fúrfur pro decen solidis parisiensibus , sextarium ad 
mensuram parisicTlfem , da melioribus et de aliis pro minori pretio des~ 
cendendo, ac celera grana, habito respecta ad meliora, juxta eorum 
qualitdtem , vendi volumus : modo , quo superius est exprescum. 

J^obis itaque prcecipim.us, et mandamu^ quatenus in cíoitatibus , op- 
pidis, bonis villis et aliis locis baillice vcstroc , de quibus expediré vi-' 
deritis, ordinationem, et sfatutum. praedictum pubh'cc et solcmniter prO" 
clamari, et in qualibct sui parte faciavis firmiter observari. Si quem^ 
vel quos ipsius transgressores imcneritis, animadversione in eosdem 
cxpressa punientes , nemini in hac parte paf cendo , nisi de nostrá spe-^ 
ciali licentid , seu m-andato. 

Veamos ahora la esposicion de los motivos de la ley del maximun^ 
presentada á la Convención por Coupé del Oise, en nombre de la co- 
misión de subsislcucias 

« Me apresuro á presentar á la Convención nacional el resultado 
de las discusiones de vuestra comisión acerca del maximun que debe 
Bjarsc respecto de las difereites mercancías de primera necesidad, es- 
cfeplo la leña y carbón de que os ocupasteis ayer en un decrclo especial." 
«La presente ley se espera con la mayor impaciencia, y la male- 
volencia, la codicia, coniliiíando sus dctc'.lables operaciones con las de 
nuestros enemigos esteriores, no nos permiten diferirla. Hemos cono- 
cido toda su eslerision y dificultad, la cual ha parecido arredrar á al- 
gunos de nuestros colegas: hemos quédalo en corlo número sostenidos 
menos por la confianza en nuestras fuerzas, que por nuestra buena 
voluntad. )» 

"En los tiempos ordinarios el precio de las cosas se compone y for- 
ma naturalmente del interés recíproco de vendedores y compradores: 
esta balanza es infalible. Es pues inútil al mejor gobierno posible, mez- 
clarse en ello: por ilustrado, por benéfico que sea, no encuentra jamas 
el verdadero cquilit>rio, y se esponc siempre á altcrar'o. Pero, cuando 
una conspiración general de malevolencia , de perfidia y de furor de que 



(.30 

esto es lo qac sucedió en efecto , porque entonces como ahora toda 
ley semejante debe producir sus frutos. En vano Felipe IV habia 
cuidado de añadir que fxxlria traerss con seguridad toda clase de 
pai al mercado, con un salvo-conducto real y sin que ninguno 
pudiese dtitener ni toimir caballos ni carretas: su infracción á las 
leyes eternas de la materia no tardií en agravar el mal que tenia 
por objeto prevenir, y se vio obligado á revocar el decreto de m¿j- 
xi'mum casi al momento que le habia dado. Los términos de los que 
se sirve en esta ocasión son bastante notables para que los repro- 
duzcamos icslualmente; ellos pertenecen por otra parle á la his- 



no hay ejemplo, se trama para romper este equilibrio, para estrechar- 
nos por hambre, y aiurjuílarcios, /a salud del pueblo es la suprema ley. 
La sociedad tiene el dereclio de resistir á esta guerra comercial y tirá- 
nica, restablecer y asegurar con mano firme el equilibrio que debe exis- 
tir cutre nuestras producciones y nuestras necesidades. Cora todo, ea 
preciso calcular con inleligenc¡\, es preciso por medio de un maximunk^ 
contentarse con establecer límites prudentes y justos, que no puedan 
traspasarse. Conviene de}»r al comercio su libre acción y no lastimar 
los intereses, que son innumerables en todas las localidades qne com- 
prende la Francia, y mucho mas por la circunstancia de tantas guer- 
ras diferentes y de U conjuración inaudita de todo el resto de Europa 
contra nosotros. 

Vuestra comisión ha observado que sería un trabajo infinito, un 
laberinto confusísimo, el descender á todos los pormenores sobre cada 
ramo de subsistencias en particular, y á las relaciones de localidad, y 
sobre todo que la ley seria entonces indefinida é impracticable. Ha pro- 
curado por lo tanto partir de un principio general y sencillo que pa- 
diese aplicarse en todo tiempo y lugar y s^gun las infinitas variedades 
de la necesidal de comprar y venler. Para conseguirlo ha escojido una 
base que las representa en su estado natural y espontáneo* el valor 
respectivo de las subsistencias en Ijgo. Entonces cada género estaba ensia 
tajsa naturil, nacida de la relación entre los países productores y los 
consumidores, y la distribución de las diferencias necesarias para la 
actividad del comercio estaba hecha: no queda pues mas que aumentar 
á cada precio una cantidad proporcionada á las circunstancias mas 6 
menos agravantes en que nos hallamos." 

Scguia el proyecto de decreto cuyo articulo primero dice asi. "Los 
objetos que la Convención nacional ha reputado de primera necesidad 
y cuyo nin.viniun ó mas alto precio ha creido de su deber fijar, son. 
los siguientes. Carne salada y fresca, tocino, manteca, aceite de comer y 
arder, ganados, pescado salado, vino, aguardiente , vinagre, sidra, cer- 
beza, leiía, carbón común y mineral, velas, sal, sosa y potasa , jabón, 
azúcar, miel, papel blanco, cueros, hierros y funílicion, plomo, ace- 
ro, cobre, cánamo, lino, lana y sus tejidos, lelas, zapatos y zuecos, colz^- 
y naviza, tabaco y las luaterias primeras <jue $irYen para las fábricas • 



(.33) . 

toria de la ciencia que halla rara vez en el lengaage de los reyes 

una franqueza tan esplícita. 

"Felipe por la gracia de Dios, rey de Francia, al Bailio de 
Senlis, salud. Como para refrenar la general calamidad y necesi- 
dad de hoy dia, por la caresiia del trigo, guisantes, habas ,cfba-* 
da y otros granos de los que el coman del pueblo se maiuicrve, he- 
mos no ha mucho mandado y estatuido y hecho publicar y prohi- 
bir en nuestro reino^que ninguno de nuestros subditos, bajo pena 
de perder todos sus bienes, osara vendar trigo el mejor á mas de 
cuarenta sueldos ; habas y cebada á ujas de treinta; avena á mas 
de veinte; y salvado á mas de diez; del cual estatuto y decreto es- 
perábamos el mayor ali\>io y la mejor proi^ision para nuestro pue- 
blo, lo que aun no ha sucedida, puesto que por nuevas causas so- 
brevenidas conviene cambiar los consejos y decretos. Nos para que 
mas pronto pueda ser socorrido en caso de necesidad nuestro pue- 
blo, liemos reoocado y revocamos el precio que habiamos puesto 
en dichos granos y hemos mandado y estatuido, que cualquiera 
de nuestro reino que tenga los susodichos granos pueda venderlos 
en el mercado y darlos por el precio que pueda haber. Y queremos 
y mandamos que segura y pacíficamente se pueda venir á los 
mercados, sin temor por los caballos ni carretas." 

Y véase como la experiencia de algunas semanas bastó para 
demostrar la inutilidad de los medios violentos en materia de pro- 
visiones. Los decretos de Felipe el Hermoso son muy instructivos 
en este senti<io pues forman como un pequciiio drama económico 
donde la acción principia, se complica y se desenlaza , precisa- 
mente según las reglas de la ciencia, es decir en beneficio de la 
libertad. Cuíista algún trabajo comprender como, después de he- 
chos tan decisivos se renueva la lucha en muchos reinados y aun 
ál fines del siglo XVIII., entre el abate Galiani y Turgot, entre 
los administradores y los economistas. Hay mas ; desengañado por 
estos ensayos aciagos de máximum, Felipe el Hermoso fue mas lejos 
que á nosotros nos ha sido dado llegar, en París mismo, en el mo- 
mento en que escribo. Un afío después de la revocación de sus de- 
cretos y la rehabilitación del libre comercio de granos libró á los 
consumidores, del monopolio de los panaderos y permitió á todo 
ciudadano adquirir el pan, como bien le pareciere. «Mandamos 
y queremos que cada vecino dcParís,ó en el permanente, pueda ha- 



cer pan y proveer s'i casi, y vctuler á sus vecinos, haciendo panes 
saficientes y arreglados, y pagando los derechos acostumbrados. 
Mandamos y queremos que todos los días de la semana todo el que 
quiera, pueda traer á París pan y trigo y todas las demás vitaá- 
Uas y venderlas segara y pacíficamente. Queremos igualmente que 
todos los comestibles que vengan á París desde que sean aforados 
(puestos en el mercado) todo el común pueda tener por tal precio, 
como los comerciantes por mayor los compraren". Cosa admira- 
ble ! Cerca de quinientos aiíos después St- Just se veía obligado á 
reconocer en el seno de la Convención nacional casi en los mismos 
te'rminos que Felipe el Hermoso, la ineficacia del máximum para 
conjurar la escasez. '* Las diferentes leyes que disteis no ha mucha 
sóbrelas subsistencias hubieran sido buenas, decia , si los hom- 
bres no hubiesen sido malos. Cuando disteis la ley del máximum^ 
los enemigos del pueblo, mas ricos que él , compraron mas, del 
máximum. Los mercados cesaron de ser provistos por la avaricia 
de los que vendían: El precio del genero habia bajado; pero el gene~ 
To fue escaso. Los comisionados de un gran número de comunes 
compraron en concurrencia , y como la inquietud se alimenta y se 
propaga por si misma, cada uno quiso tener almacenes y preparo 
el hambre por preservarse de ella. " ¿Quien no se admirara de la 
semejanza de estas declaraciones, á pesar de los cinco siglos que las 
separan? Pero en ninguna época se han podido violar impunemen- 
te las leyes esenciales que presiden á la producción de las ri- 
quezas, sin que se experimenten casi inmediatamente los funestos 
efectos de esta violación y la historia está llena de semejantes leciones, 
que no impiden sin embargo, se renueven los mismos errores. 

Prueba evidentemente de esto es la persistencia infatigable de 
los soberanos en trastornar á medida de su deseo , la legislación 
de la moneda. Cuesta trabajo comprender la paciencia de los pue- 
blos en soportar estas mudanzas perpetuas en el valor oficial de las 
piezas de oro y de plata, verdaderos sofismas de que el comercio 
es víctima , y que no pueden ser considerados sino como bancarro- 
tas. Tan pronto agradaba al rey declarar que los realltos tubieran 
carso por oncesueldos parisies; tan pronto que se volviera á la buena 
moneda del tiempo del señor san Luis, y que ninguno se atreviese 
á pagar en otra especie ; ya se prohibia el curso de las monedas es- 
trangeras, ya por último el de hsáe vellón. Después de haber coa 



esto alterado los precios, fue preciso intervenir en los cóntralosi 
en los alquileres, eiklos arriendos, y acabar por mandar que los 
pagos se. hicieran cada ano, cada semestre, e«/<i/7ior?<;r/a corrienie^i) 
Nadie, desde entonces pudo contar con renías regulares, y el mis- 
mo rey se vio obligado á retractarse publicamente para poder 
vender sus leñas que nadie queria, y declarar que aquellos que 
habian comprado en el tiempo cíe la buena moneda jpagaran en bue- 
na moneda, y aquellos que compraron en el tiempo de la feble 
moneda, pagarian en la feble. Cada decreto de alteración era 
seguido de una catástrofe la que se creia remediar con reglamen- 
tos tiránicos. Lucha interesante de estudiar, por que demuestra 
el peligro y la inutilidad de la intervención soberana en las tran- 
saciones , á las cuales el gobierno debe solamente libertad y segu- 
ridad. Separándose de estas doctrinas fundamentales, los reyes de 
Francia abrieron el camino á las crisis comerciales y comenzaron 
la larga y dolorosa serie de esperiencias que ocupan la primera 
época de nuestra Iiistoria económica. ¡Que de tentativas para im- 
pedir la salida de oro y para hacer Uegar de todas partes á la casa 
de monédalos metales preciosos que losartífices de la corona trans- 
forman dia y noche en escudos de mala ley! Los peregrinos mis- 
mos apenas son esceptuadosde la regla severa que prohibe la espor- 
tacion del numerario. Parece que deteniéndole, se retiene la rique- 
za ; no se comprenden todavia las mas sencillas leyes de la circula- 
ción, y se establecen los fundamentos de este culto del oro del cual 
el sistema esclusivo vendrá á ser mas tarde la última espresion. 
Los unos están obligados á vender su bajilla de plata, los otros á 
fundir sus collares y anillos. Se cree multiplicarla riqueza, hacien- 
do de un buen escudo dos malos, y cuando los precios suben á 
presencia de estos asignados, hijos del fraude real, no se halla otro 
correctivo en esta consecuencia inevitable que proclamar leyes sun- 
tuarias é imponer lúniíes al consumo. 

«Queremos (dice una ordenanza de 1294, ) que toda clase de 
gentes que no tengan seis mil libras tornesas de renta no use ni pue- 
da usar vajillas de oro y de plata , ni para beber ni para comer 



(1) Si los contratos están tiechos á una suma ó cantidad á pagar en diversos aiíoi 
V. g. por cinco mil liliras á pagar en iWot anos , cada año quinientas libras , se pagarán 
esta» en tal moneda cual sea la (jm; corra por nuestras ordenanzas en el tiempo que 
ocurra el pago» . Ordenanza tomo 1. pa. 4i4. 



(i 36) 
ni oiro uso, y qae ninguno, bajo pena corporal y pecuniaria , ha- 
ga fraude en ello ; y de la piala susodicha queremos hacer nues- 
tras monedas para el coman l>enpficio de nuestro reino.^ 

Otra ordenanza del mismo aíio dispone lo siguiente. "'Ninguno 
de la cla^e media tendrá coche: ninguno ni ninguna de dicha clase 
llevará vestidos verdes, gris ni armiños, y se desharán de los que 
tengan, desde las pascuas próximas en un año. No llevarán, ni 
podran llevar oro, ni piedras preciosas, coronas de oro, ni de plata 

Los duques, los condes, los barones de seis mil libras en tier- 
ras, ó mas, podran hacer cuatro vestidos por año y nada mas y 
otros tantos las mugeres. El caballero que tenga tres mil reales de 
tierra podra tener tres pares de vestidos por año , y nada mas y 
será uno de estos tres vestidos para el estío. Ninguno usará en la 
cotnida mas que dos platos y una sopa con tocino, sin fraude. 
Y si es vigila podra dar dos sopas de pescado y dos platos. 

líistá mandado que nliigun prelado ó barón pueda tener vesti- 
do de mas de veinte y cinco sueldos torneses la vara de París". 

Qaien creerá que todos estos mandamientos, dignos de las 
mas estravagantes utopias de Esparta, y que estas sopas de haren- 
ijues, no menos ridiculas que el negro pisto de los lacedemonios, 
pertenecen á una época en que la industria hacia esfuerzos estraor- 
dinarios para renacer y en que las ciudades anseáticas y las repú- 
blicas italianas se habian ya elevado á un grado muy alto de ri- 
queza y de esplendor ? Pero el aspecto mismo de esta riqueza bas- 
ta para esplicar la perseverancia ciega de los reyes en prohibir la 
salida del oro. La Francia tenia en esta época poco que ofrecer 
en cambio de los productos de que tenia necesidad : y en vano an- 
tiguos decretos prohibían traficar de otra manera que por cambios 
de mercancías, puesto que de un lado no había mas qae escudos 
y del otro productos. Era preciso absolutamente que el numera- 
rio saliese y que fuese á amontonarse en las arcas de los gobiernos 
italianos , que veremos bien pronto sostener ejércitos mercenarios 
con el oro de las naciones tributarias de su comercio y de su in- 
dustria. En vano, de cuando en cuando, la cólera real alcanza, 
bajo el nombre de lombardos, de usureros y de caorsins, á estos 
comerciantes intrépidos: el interés general los ha hecho necesarios 
y vuelven á aparecer siempre, después de pasado el chubasco que 
sembraba en medio del corazón de los pueblos las primeras descott" 



fianzas, que aun existen contra la esportacion deloro (i). Tal es el 
verdadero panto de partida de nuestras preocupaciones en Econo- 
mía política: obra de resentimientos políticos, cuando se prohibía 
todo comercio con los flamencos (2), ó del fanatismo religioso cuando 
se perseguía á los judios. Estas preocupaciones se han perpetuado 
de edad en edad en la administración y en el espíritu de los pue- 
blos, y están revestidas de la sanción suprema de los gobiernos. 
Esto esplica porque cuesta, aun en el día, tanto trabajo destruir- 
las, á pesar de las terribles leciones déla esperienciay de la histo- 
ria. Tal es la fuerza de todo lo que ha sido vigorosamente organi - 
tado, y nada lo ha sido con mas talento y habilidad que las cor- 
poraciones industriales, cuyos principios en el reinado de san Luis 
vamos á estudiar. 

CAPITULO XIX. 

Organización de las corporaciones bajo el reinado de san Litis — Del 
libro de los Oficios , por Esteban Boylcau-Idea del sistema de las 
corporacioues.-Sus ventajas antiguas y sus inconvenientes modernos. 

Se ha podido juzgar por los decrelos que hemos citado, del es- 
lado de anarquía en que se hallaba la sociedad Europea á fines del 
siglo XII y principios del Xlll. No habia en ella descanso ni 
estabilidad mas que para la propiedad territorial: esta sola reasu- 
mía toflos los goces, todos los privilegios, todas lasliberlades. Pe- 
ro ya se elevaba al lado de ella la riqueza mobiliaria creada por 
el trabajo de la democracia, y en vano se la rehusaba en el estado 
el rango que ambicionaba y que bien pronto llegó á ocupar. l*oro 
á poco se emancipa en las ciudades, sea que compre, sea que se 
apropie la ciudadanía; cada día se ve salir un nuevo edicto en su 
favor y su poder se consolida por los cefncrzos mismos que se ha- 
cen para arruinarla. Los comunes que estaban emancipados cuando 
obtubieron la concesión de sns franquicias, y las persecuciones 
contratos judios, sin cesar proscritos y siempre vueltos á llamar» 

(1) «Y cíiino liPtnoi s»)>¡ilo que muelles it.ilianos estar «ti miRslro reino, rjcrciendo 
trato'? qup no son lionrcsos , nuestra inteni ion no rs il.ir ;i (ürlios italinuos talt>( fran- 
«inirias y liberladusí», Orden.inz.i lie I.iiis Hulin , 'J ilc junio ilo üil,'". 

(2) Véase orra onlennnza «le Luis llutin de 28 de ft-breiu li.- 13J5 y la» 70 \\ 80 Ja- 
das centra los judios en lueuos de cuatro reinados. 

i8 



pracban ya la imporlancia de los capitales. La legislación se sua- 
viza á meiHda que los plebeyos adquieren riquezas. Se les protege 
en las ferias, en los mercados: se les conceden tribunales com- 
puestos de ¡guales suyos y se les exime de una multitud de vejacio- 
nes con que se les abromaba antes. Pero pasa en el momento de 
au emancipación un hecho muy notable, que caracteriza de una 
manera evidente el espíiitu feudal de la e'pora : este es la organi- 
zación gerárquica de los trabajadores bajoel re'gimen délas corpo- 
raciones gremiales. No ocurre á nadie libertar al hombre como 
hombre: el principio de igualdad no existe aun. Era preciso que 
hubiese maestros y aprendices como habia señores y va-sallos, y 
derecho de mando para el taller como exislia un derecho solariego 
para la agricultura. Nadie concibe el trabajo libre, es preciso ab- 
solutamente que el obrero trabaje .para un maestro, asi como el 
-villano para un señor. La libertad está á este precio, el rey la ven- 
de como un genero, pero no faltan compradores. ¿Y cómo habían 
de faltar en aquel ejército industrial que vemos salir de repente 
de las tinieblas del íeadalismo? Siempre será honroso para Luí IX 
haberle ocurrido el pensamiento de someter este ejército al yugo 
de la disciplina. Ganó en poder y en vitalidad lo que parecia per- 
der en independencia, y desde esta época es cuando la industriaba 
tomado un vuelo que no se detendrá jamas. Es imposible no admi- 
rarse al ver conque ingeniosa sagacidad fue todoc'asificadoen e! mo- 
mento de legislación tan curioso que se llama Estalle cimiento (i) 
de los oficios de París, y queha llegado á nosotros todo entero des- 
de el reinado de san Luis. Fueá Esteban Do) leau á quien Luis IX 
confió el cuidado de poner en ejecución el grande pensamiento que 
habia concebido de dar á la industria y al comercio reglamentos 
protectores y una disciplina capaz de asegurar su prosperidad. 

Este Establecimiento han ejercida demasiada influencia en el 
desarrollo de la riqueza pública y en los destinos de la industria 
para no ocupar un lagar en la, historia de la Economía política, y 
nosotros vamos á consagrarle un examen particular. La simple ci- 
ta del preámbulo dará idea de éi". Esteban Boyleau, Gran prebos- 
te de París, á todos los habitantes y residentes enél&c. salud. Por 
lo que hemos visto en París que nos desagrada y disgusta, tanto 

Cl> Existt-a 3 ü 4 manuscritos. El mas aaiigno pertenece á lí Biblioteca real. El 
KTchivo de la i>olicia posee uaa l>uena copia que me papjrcioaó í^ generosidad d« 
Mr. LaJiat »u couserrador. 



(^39) 
por la perfidia, madre de los pleitos y reyertas que desmoralizan 

al paeblo; cuanto por el engaño que se empica á sabiendas para con 
los forasteros por los de la ciudad que no tienen ni ejercen pingan ofi- 
cio, y en razona que estos venden á los estrangeros mercancías 
que no son tan buenas como debian ser; nuestra intención es in- 
sertar en la primera parte de de este reglamento, y lo mejor que 
nos sea posible, todo lo relativo á los oficios de París, sus ordenan- 
zas, y penas por traspasarlas. En la segunda parte trataremos de 
los conductos, riberas, trasportes, mercados, pesos, rodajes , má- 
quinas y de todos los demás objetos que están sujetos á reglas. En 
la tercera parle se consideran los tribunales y las juridiciones con 
relación á todos aquellos que ejercen justicia en la ciudad y arra- 
bales de París, lo que bemos hecbo en beneficio de todos, y par- 
ticulariiienle de los pobres y los estrangeros que vienen á comprar 
mercancias á París, á fin de que estas sean buenas y que sus com- 
pradores no sean engañados por culpa de los vendedores; y para 
castigará aquellos que perciban ganancias indebidas, ó que por 
mala fé las piden y toman contra Dios, contra derecho y contra 
razón. Esto se ha hecho por consejo de los mas sabios, mas leales, 
y mas ancianos de París, de los que deben entender de estas cosas, 
los cuales reunidos alabaron mucho esta obra; por lo cual condena- 
mos á todos los oficios de París, á todos los que en ellos interven- 
gan , que no hagan ni vayan en contra de ello". 

Se ve que el rey tenia espccialincnie la mirado poner le'rmlno 
á los fraudes numerosos que se romoiian en detrimento de los 
compradores, y redactar para cada oficio reglamentos particulares. 
Algunas industrias permanecieron libres; muchas quedaron suje- 
tas á pagar ciertos derechos, y hubo un corlo número que no po- 
dian ejercerse sin licencia del som-rano. Tales eran (quien lo creye~ 
ra?) la profesión de zapatcroy morcaderes de cebollas y verdnra (i). 
Las prescripciones mas minuciosas obligaban á los obreros á con- 
formarse, bajo ponas pecuniarias , con una multitnd de prácti- 
cas trazadas de antemano en el Establecimiento. Era prohibido á 
los hilanderos mezclar hilo *\(i cáñamo con hilo de lino. El pana- 
dero con real licencia, podia vender pescado; carne cocida , dati- 

(1) Ninfjuno podr.i sor z.ipnlpro , ííii licencii del rpy. Ninguno podra ser regaioa 
rereiidcí'or ; de (rulos y verduras , es decir ajos , cebolU» cV.*;: , sino lieuc peruii^ Jel 
rey , ( Libio J«i los olicios ). 



(i4o) 

Us^ uba?, pimienta coman, canela, y orozuz; el cuchillero nóte- 
nla derecho de hacer los mangos de sus cuchillos. Los escudilleros 
y artífices de dornajos no podían tornear una cuchara de madera. 
La sola profesión de sombrerero contaba cinco oficios diferen- 
tes. Estableciendo de este modo la división del trabajo, san Luis 
contribuyó mucho á la perfecion de la industria, y garantizando 
á los compradores mercancías sin adulteraciones, favoreció el co- 
mercio mas que lo. han hecho sus sucesores en diez reinados. 

El libro de los oficios contiene reglamentos para mas de ciento 
y cincuenta profesiones diversas, cuyo número y variedad basta- 
rian para demostrar la importancia que la industria habla adqui- 
rido en las ciudades (i). La mayor parle deestos reglamentos, que 
serian Insoportables en nuestros días, produjeron una verdadera 
revolución en las artes que vigilaban ó perfeccionaban. Se vio bien 
pronto desaparecer los numerosos fraudes que deshonraban los ta- 
lleres y que paralizábanlas especulaciones. Aun cuando la organi- 
zación de las corporaciones no hobleran hecho mas que este ser- 
vicio al trabajo, el bien que resultaba de él debía ser inmenso; pe- 
ro los trabajadores se robustecieron, disciplinándose. El espíritu de 
cuerpo, en otros tiempos tan funesto, nació entre ellos y dló á su 
asociación un carácter serlo y una existencia sólida. Estas //cr/na/z- 
dades, estas unii>ersidades de obreros uo se dejaron fácilmente ar- 
rebatar, en lo sucesivo, los privilegios que se les hablan vendido 
tan caros. Se pusieron bajo la protección de los sanios, adoptaron 
banderas sagradas, verdaderos estandartes de su Independencia, y 
venf^aron con perseverancia la menor ofensa hcrha á uno de sus 
miembros. Tubleron sus síndicos, sus salas de juntas, sus consejos, 
sus defensores. El honor de las diversas corporaciones, colocado 

(1) He aíiui los nombres de los principales induslriales.organizñiios por Esteban 
Bovleau ,t'n un WWo. 

Veioncros B u-üíltos , Caldereros , riiohereros de estaño y de barro. Tejedores de 
paños , Herradores , Arenqueros. Cerrajoros , .fninieros , Molineros, Tinforeros , C.sl- 
ceteros Sastres : iiiieros de dentro y luera de Farís , Cañameros , Aifileií^ros , Tailis- 
las de imáuone s , Aiedidorcs de U igo , Tab'rnerus , Catavinos , Ceibeceros , Regai.oues, 
de sal V pesrailos lie niir , Regatones de veriluras. Plateros , Coi deinros , Cuchilleros 
dé lio'ás Y do niannos , Latoneros . Bodegoneros , Rosarieros de diversas clases ó mate- 
rias Escuderos ólabricantes de rodelas de v::rias th.ses ó materias , Esmaltadores, \ i- 
drie'os. Batidores de oro en panes y por hilera , Ideii de estaño. Cordoneros, de hilo y 
-seda Pintores de-imágenes, Aceiteíos , \ cleros. Espaderos , Cocineros , Recoberos. 
Dedaleros líotoneros , Barberos, Tenderos de merceria , Roperos y !\opTvi'ieríS, Cha- 
puceros, Curtidores de varias clases , biileros , Zapateros de nuevo y de vii-Jo, Obreros, 
de teiidos de seda de varias clases, Carpinteros . Arbañiies , Escudiileros, T;p¡ceros de 
varias clases, Sondirircros de idon , Cirujanos j Fundidores, Piücad.TOS de rio y 
de mar. &c. óc-'. 



zsi bajo la salvaguardia de todos aquellos que hacían parte de ellas» 
elevó las clases la voriosas al rango de poderes sociales iguales al cle- 
ro, la nobleía y la magistratura. La gerarquia no era en ellos me- 
nos severa que en las clases elevadas , y los señores feudales no 
eran mas respetados de sus vasallos que los maestros de sus apren- 
dices- Los hábitos de dominación pasaron bien pronto de los cas- 
tillos á los talleres, hubo un despotismo de obrador, comohabia una 
tirania solariega. San Luis estaba lejos de prevecr todas las conse- 
Ciaencias de su organización de oficios, obra de policia tanto como 
de Economia política. No puso verdaderamente mas que la prime- 
ra piedra de este grande edificio, y se puede reasumir un slstenia en 
dos líneas: "Cada uno hará sa oficio y nada mas que su oficio , á 
fin de hacerle bien y no engañar á nadie." Pero como el preboste 
Boyleau habia cuidadosamente previsto todos los casos de fraude 
é indicado los mejores métodos del trabajo se halló que el libro de 
los oficios vino á ser un tratado de fabricación y el modelo por el 
cual cada uno debia dirigir sus esfuerzos. El Camarero mayor del 
rey obtuvo la inspección de las corporaciones, y aseguró la sanción 
real á todas las medidas que podian serles útiles. Desde este mo- 
mento, se estableció entre los artesanos una viva emulación; reu- 
nidos en los misinos cuarteles, colocados unos á la vista de otros, 
y como al frente de los consuuiidores , libres de elegir entre ellos 
los mas honrados y los mas hábiles, adquirieron bien pronto cua- 
lidades que hubiera sido muy raro tubicsen bajo el régimen 
anánqnico precedente. 

Estaba reservado á los sucesores de Luis IX completar su 
ohra y complicar ; queriendo resolverlas, las cuestiones difíciles 
que debian originarse larde ó temprano. San Ijuís habia en efectoi 
arreglado demasiado minuciosamente la tarea de cada artesano 
para que dejasen de resultar numerosos choques entro las indus- 
trias. ¿Gimo podian evitarse discordias entre los sombrereros, de 
los cuales los unos no teiiian dercclio de fabricar mas que sombre- 
ros de algodón, y los otros sombreros de fieltro? ,iQuien podia res- 
ponder que la armonia reinaría siempre entre los cucliilleros fa- 
bricantes de mangos y los cuchilleros fabricantes de hojas? ¿Ouie'u 
no veia la dificultad de reconocer, en la fabricación de las velas, 
la mezcla pro'.iibida de la grasa de buey con el sebo de carnero, y 
en la de las bujias la mezcla de la cera vieja con la nueva j Los 



hilanderos no debían hilar juntos el cíñamo y el Uno; los zapate- 
ros de viejo no tenían derecho á hacerlos nuevos hajo pena de in- 
currir en la multa señalada por usurpación de oficio. 

Losmnestros guarnicioneros cuando estaban sin trabajo podían ha- 
cer zapatos, pero los zapateros no podían hacer sillas. Los evanistas 
tenían atribuciones cuidadosa, i:t'nte separadas de las de los carpin- 
teros. Asi es que apenas estas cofradías fueron establecidas, cuando 
los menestrales cesaron de vivir como hermanos. Poderosas contra 
los ataques de íuera, las corporaciones tubieron que sostener en sa 
propio seno una guerra civil continua , y sus discordias no larda- 
ron en entregarlas atadas de pies y manos, á la arbitrariedad de 
la corona. Desde San Luis hasta Luis XIV no ha habido un sobe- 
rano que no les ponga trabas, cuotas y reglamentos nuevos: la 
justicia les abrumaba con edictos y multas sin conseguir calmar 
«as odios. El fundador de las corporaciones de oficios habla queri- 
do poner orden en estos: sus sucesores solo vieron en aquellas un 
medio de sacar dinero. 

Un decreto de Carlos VI, en il^oj , empieza á modificar las 
prescripciones de Tjuís IX relativamente á la venta de las mer- 
cancías. El edicto de Enrique III en i58i, establece sobre las 
corporaciones una cuota subida, bajo forma de derecho real, y 
maltlplica los reglamentos con respecto á los aprendizages, la re- 
cepción de los maestros y la elección délos veedores Otro edicto de 
líenrique IV dado en iSgj confirmad precedente y añade algu- 
nas disposiciones nuevas mas opresivas. En fin Luis XíV por su 
edicto de marzo de i6j.3, estableció las corporaciones en todas la« 
ciudades y villas del reino, y creó mas de cuarenta mil oficios 
parásitos. De este modo alteradas por la mano de 1os reyes, las 
corporaciones no se parecen ya nada á lo que eran bajo Luis IX 
V no queda casi nada de la grande idea que las habla conslituüio. 
Ellas no presentan ya mas que un vasto circo en donde se en- 
tregan á groseros combates mercanriles , en beneficio del naevo 
feudalismo, que csplota bajo el nombre de oficiales y de apren- 
dices , á los desgraciados escapados de la servidumbre del terraz- 
go. El monopolio invadió la sociedad industrial. Se limita severa- 
mente el número de oficios para asegurar á algunos privilegiados 
las ventajas del título. Obstáculos artificiosos se oponen á los ge- 
nios precoces, y lentitudes interminables prolongan, bajo el noin- 



bre de aprendizage, la infancia del hombre. Este mismo aprendi- 
Eage no es mas que una esclavitud disfrazada; pero verdadera. 
Durante toda ella , el desgraciado aprendiz es propiedad de sa 
maestro, investido del derecho de hacerle trabajar, hasta á palos. 
Hay vicios redh i l>i lorias para él como para los animales. Tan pron- 
to estos tiempos de rudas pruebas duran ocho aiios, tan pronto 
se terminan al cabo de siete, y el aprendiz se eleva á la dignidad 
de companero ú oficial. Este es el liberto de aquel tiempo, el mu- 
lato de estas colonias interiores. Cualquiera que no hubiera tenido 
en Rúan cinco años de aprendiz y otros tantos de oficial, no po- 
día entrar en ningún gremJo de París ó de Burdeos sin volver 
áser aprendiz; exigencia tan absurda como lo seria la que obliga- 
re á un oficial á convertirse en soldado por mudar de regimiento. 
; Se han olvidado demasiado los largos sufrimientos de la clase 
obrera bajo este régimen de monopolio y de penalidad. Lo que 
les hace mas horribles, es qoe los tiranos salian del seno de los 
tal'eres, y se mostraban implacables en razón misma del origen 
que les era común con los aprendices. Cuanda llegaba para un oficial 
la hora de pasar á maestro enmontaba por jueces á aquellos que 
estaban interesados en apartarle coxno rival. Ellos le pedían una 
obra maestra para probar su talento, pero una obra maestra eje- 
cutada según ciertas reglas, á fin de que su genio se viese forzado á 
detenerse en la altura de su mediocridad. ISinguuo podía separar- 
se de los pronediinientos recibidos, bajo penas pecuniarias. Esla- 
era la época de las maltas. Las iiabia para los menores descui- 
dos como para los mayores yerros. Ün cubero debia señalar sus 
toneles y pagar una multa por un aro mal puesto. El cerrajero 
respondra con su persona de su.s cerraduras, los pañeros de sus 
panos, los curtidores de sus cueros. Se veía sin cesar pasar por las 
calles el alguacil con su varita llena de citas contra los panaderos, 
contra los alba Hiles, contra lo<; plateros y demás artesanos. Los 
recaudadores no tenían m<»jor ocupación, ni la corona mejor ren- 
ta. Causa asombro el número de abusos que se cometían cada día 
en detrimento de las clases laboriosas, cuando se lee con alguna 
atención la inmensa cantidad de decretos dados sobre las quere- 
llas suscitadas por la envidia de las comunidades, ó por sus dis- 
cusiones con la corona En París los gastos de estos pleitos ascen- 
dían acia mediados del si^lo XVU , á mas de q^uioiealos mil 



francés' por añ'o. Las corporaciones mas moderadas no bainban 
dé veinte y cinco mil francos. Los estatuios de todas las corpora- 
ciones existen aun en nuestros dias, sea en la biblioteca del ayon- 
taraienlo, sea en los archivos de la policía , y cuesta trabajo des- 
cubrirlos en el fárrago de edictos, de flccretos y de decisiones sobe- 
ranas provocadas diariamente por el mas míoiino incidente. El 
espíritu de cuerpo se unia á las pretensiones del interés privado 
para eternizar la duración dé ellos, y hay ejemplos de rivalidades 
encarnizadas cuya cstincion no habia podido conseguirse después 
de una lucha de mas de cien años. 

De este modo, Luis Ll habia creído fundar el orden y sus 
sucesores prepararon la anarquía industrial, á pesar de la opre- 
sión absoluta bajo la que geniian todos tos trabajadores subalter- 
nos, ¿Quien creerla que las mugeres habian sido cscluidas de las 
corporaciones de los bordadores? Los oficiales no podían casarse 
antes de haber obtenido el título de maestro, y como hemos dicho, 
este título era para ellos la tierra de Canaan, que les era permi- 
tido ver, pero rara vez pisar. Ademas de la ejecución de la obra 
maestra ó pieza de examen acostumbrada y de las dilaciones del 
aprendizage y del oficialato, gastos enormes aguardaban al audaíí 
que quería pasar de este límite: registro, derecho real, derecho de 
recepción, derecho de policía, derecho de apertura de tienda, ho- 
norarios del decano y de los mayordomos, honorarios del alguacil 
y del procurador del gremio, gratificaciones á los maestros llama- 
dos al examen como veedores &c; nada faltaba alli, y frecuente- 
mente el desgraciado oficial no podia pasar á maestro por falta del 
capital necesario para satisfacer á sus jueces. ¡Cuan terrible de- 
sesperación ha debido agitar el alma de los obreros en tan largo 
periodo de opresión! Todo les era prohibido, hasta la facultad de 
disponer de si mismos; como si la libertad de trabajar no fuese la 
mas sagrada de todas las propiedades! Pero el mayor abuso del 
sistema gremial solo se ha conocido en Inglaterra, donde la ley 
castigaba no ha mucho con pena de muerte al artesano que aban- 
donase su país aun cuando en este no hubiese trabajo que darle, 
Esteban Boyleau á pesar de ser Gran preboste , no habia ido 
jamas tan lejos. 

ISo obstante, al través de numerosas vicisitudes las corpora- 
ciones organizadas por San Luis con una idea de orden, de disci- 



plína y dé probidad, han producido resultados muy dignos de ta 
atención de los economistas y de los hombres de estado. Ellas han 
acostumbrado á los trabajadores á la paciencia, á la exactitud, y 
a la perseverancia; han hecho renacer la seguridad en el comercio 
y dado un impulso inmenso á este elemento importante de la ri- 
queza pública. Deíde que los consumidores estubieron seguros de 
no ser engañados en la calidad y cantidad de los productos, hicie- 
ron pedidos n^as considerables y proporcionaron con ellos, medios 
de subsistencia mas eslensos á las clases laboriosas, llabia también 
algunas ventajas en esta gerarqaia severa que en la industria ha- 
cia del maestro como el cabeza de fuiuilia <le sus obreros con po- 
deres casi tan amplios como los de un pa<lre para con sus hijos. 
El límite fijado al número de nucios mauteuia la concurrencia 
en límites sin duda algo estrechos y por consecuencia propendia 
al monopolio, pero también se oponía á esas empresas inconside- 
radas que demasiado frecuentemente dan alas luchas industriales 
de nuestro tiempo el carácter de una gUL'rra á mui-rie, en donde 
el vencido hace quiebra, sin que el vencedor haga fortuna. La 
disposición de retardar el matrimonio de los obreros sin capital y 
sin colocación, podia pasar por un beneficio, en una época en que 
la paternidad no parecia mas que el don de crear desgraciados^ 
¿Pero quien absolveria á este feudalismo do taller de todas las 
plagas que arrastra en pos de si? Si ha prestado algunos servicios 
en tiempos ya bien lejanos de nosotros, ¿cuántos estragos no ha 
causado en los siglos siguientes- ¿cuántos genios ha ahogado ea 
su cuna? ¿cuan funestos hábitos de servidumbre ha uiantcni- 
do? Todo lo que se puede decir mas significativo con respecto á 
ésto, es que las corporaciones han sido modificadas ó suprimidas 
en todas las e'pocas en que la civilización ha dado an paso y que 
han sido restablecidas, cuantas veces el movimiento humanita- 
rio ha pareciiio estacionario ó retrógado. Turgot las suprimió y 
su caida las hizo volver; la revolución y el imperio las destruyen 
para siempre, y en i8i4 una petición famosa solicita su resta- 
blecimiento (i). Nosotros, sin embargo, no seriamos consecuentes 
si negásemos á los fundadores de este sistema el tributo de ho- 
menage que les es debido. El establecimiento de las corporaciones, 

(1) Est.T palicion snmatucalc curiosa fue redactada por Mr. I.evacher Duplcsis: y 
ge i«HMÍiBÍó, 

«9 



i p:írlc fie los abusos fiscnles, estaba en armonía con la constlta- 
cion política fiel tiempo en que nació. Había pocos oficios, pero 
tainbich había aduanas tn cada distrito: había pora producción y 
poca salida. Lns aduanas interiores aseguraban á la íabricacion 
local la venta de sms arríenlos y los conventos ofrecían pan y un 
asilo á los oficiales desocupados. La población estaba contenida por 
cí celiijaio de los religiosos y de los obreros, en límites proporcio- 
nados á los medios de subsistencia contemporáneos. El aprendiz 
no gana ha nada ; pero después de un corlo número de años sa ali- 
mento estaba á cargo del maestro. Ija concurrencia no hacia ba- 
jare! precio de ios salarios, y no se espcrimentahan en el comercio 
las variaciones de precio repentinas y frecuentes que desconcier- 
tan algunas ve<-e.s entre nosotros á los mas hábiles especuladores, 
liemos emancipado el trabajo y, ¡cosa estraiía! su condición, ba* 
jo muchos aspectos, es mas dura y mas precaria. Esto nace de 
que hemos ejecutado muy imperfectamente la grande obra de la 
manumisión de los trabajadores; hemos proclamado la libertad 
ilimitada de producir, pero nos hemos negado á la libertad de dar 
salida á nuestros productos. Nuestro sistema de libre concurrencia 
es incompleto, y no hemos conquistado, desde la destrucción de 
la obra de san Luis, mas que la facultad de obstruir la circulación: 
las guerras de aduanas han sucedido á las luchas gremiales. 

CAPITULO XX. 

Del mooími'ento dado á la Economía política por las repúblicas ita" 
lianas de la edad inedia. — Influencia creciente del trábalo. — Acie- 
centamlento de la riqueza mo\ñliaria. — Cambios que han resultado 
en el estado social europeo. — Fundación del crédito. — Banco d& 
Tenecia- — Origen del sistema prohibitivo moderno. 

Cuando se estudia con atención la historia de los últimos tiem- 
pos del feudalismo, es imposible no admirarse de los esfuerzos in- 
tentados en los difei'entes puníosle la Europa para asegurar á 
todos ¡os productores una justa parte en la dislr¡!>ucion de los be- 
neficios del trabajo. La manumisión de los comunes en Francia, 
el establecimiento de la liga anseática en Alemania, la creación 
de las repúblicas italianas de la edad medía, no son mas que cpi- 
.sodios de esta grande obra de emancipación que prosigue de siglo 
en siglo con una perseverancia inalterable. La organización de las 



(»47) 

'corporaciones bajo el rein.'ído (le san T^nís pai!;ó sii tributo, con- 

tril)uycn(lo poderosamente á ella. En (odas partes donde los arte- 
sanos y mercaderes se reúnen, procuran crearse una existencia 
indepeuJicnte del capriclio de los señores y de los gobiernos, l^a 
facilidad que bailan en disimular Sus riquezas ó en trasladarlas á 
otra parte, cuando la tempestad amenaza; su aglomeración; la ne- 
cesidad de sus servicios, les aseguraron franquicias queno fueron 
en ninguna parte tan estensas como en Italia , puesto que llegaron 
á darlas el níonopoHo de la soberania. 

Desde el año de 1282 la industria era tan poderosa en Flo- 
rencia, que los ciudadanos de esta república crearon una magista- 
tura exclusivamente compuesta de comerciantes , bajo el ní)iii!>re 
át priores de artes. Estos delegados del pueblo, reunidos en un co- 
legio supremo de seis miembros, estaban revesiidos del poder cge- 
cutivo, y alojados en el palacio de la nación. Sus funciones no du- 
raban mas que dos meses, pero podían s^v reelegidos al cabo de 
dos años. Los priores eran elegidos por sus predecesores reuni- 
dos con los gefes de las artes mayores y de un cierto número de no- 
tables. En Siena se hizo lo misino, y los quince señores que gover- 
raban esta pequeña república fueron remplazados por nueve ciu- 
dadanos escojidos exclusivamente entre los comerciantes. En Gc'no- 
Ta, en Venecia, las fortunas comerciales se substituyeron á la aris- 
tocracia territorial y crearon un poder mas absoluto que el de los 
barones feudales Era preciso, en la mavorpartede estas repúblicas 
Bgerccr un arte ó un oficio para ser ciudadano y para poder aspirar, 
al gobierno del estado. Los comerciantes quisieron ser ennoblecidos 
por su profesión misma: hubo allí una nobleza de seda y una no- 
bleza de lana , esta se creyó bien pronto con derecho de desprecia r 
á aquella. Al principio del siglo XIV se notaba en toda Italia ma- 
cha dlversidid en las conslitucionc; republicanas; pero convc- 
nian todas en el hecho de no permitir que en ninguna parte la 
aristocracia prevjíleciese sobre la clase media de la industria y del 
comercio. T5ien pronto las armas de fuego y la imprenta dieron el 
allimo golpe al poder del feudalismo, nivelando las fuerzas y las 
inteligencias. 

¡Oue hombre del pueblo no sintió latir su corazón de esperan- 
za al aspecto de los progresos cada dia crecientesde la libertad italia- 
na! Jamas las repúblicas de Roma y de Atenas hablan gozado de 



(i48) 
tina libertad scmcjanle : er. Roma y en Aleñas se combatía por la 
soberanía de algunos, en la Italia de la edad media se defendía la 
indepcnJcncia de todos. Se escogían los magistrados en los mostra- 
dores y en los talleres y se mantenía á los nobles á distancia y en 
respeto. Se trabajaba para sí, no para niaeslros. Pocas vejaciones 
y pocos ímpueslos; libertad absoluta de comercio y vigorosa orga- 
nización déla indaslria. El hábito de reuniones publicas y priva- 
das hizo bien pronto nacer oradores, y hombres de estado, y la 
práctica de los negocios mercantiles dio impulso á las primeras ideas 
de hacienda que se han popularizado en Europa. No se crea que estos 
gobiernos de comerciantes estubiesen exclusivamente ocupados del 
comercio; su política se mostró frecuentemente mas liberal que la 
de los seilores á quien habían remplazado. Concedieron á las bellas 
arles fomento, y multiplicaron, con la mas laudable solicitud, los 
eslablecimienlos de beneficencia , de instrucción, de utilidad publi» 
ca. Treinta hospitales con mil camas páralos enfermos y para ios 
pobres ; mas de doscientas escuelas en donde diez mil niiios apren- 
dían á leer; recompensas esplendidas prodigadas al genio de los 
pintores, délos arquitectos y de los escultores, atestiguan el celo ilus- 
trado de los administradores de Florencia en el siglo Xí\. 

La prosperidad del comercio no era menos digna de notarse. 
Se contaban doscientas fábricas de tejidos de lana que producían 
cada año unas ochenta mil piezas de paño, cuya venta aseguraba 
salarios á mas de treinta mil obreros. Ochenta escritorios estaban 
destinados al comercio de banca, y sus numerosos corresponsales 
favorecían por todas partes el descuento, y el cre'dílo, ya iamílía- 
res á los habitantes de aquel país, antes que el resto de la Euro- 
pa lubíese conocimiento de ellos. Florencia igualaba entonces en 
riqueza y en fuerza produ( tiva á la república de Venecía que aven- 
tajaba á la mayor parle de los demás estados. Sus rentas públicas 
ascendían á treinta mil florines. Yíllanl hizo, en esta e'poca una 
¿eicripcion bastante completa, seguida del presupuesto de gastos, 
monumento de hacienda bien digno de nicdilacion , si se considera 
el poco progreso que habían hecho en esta época, en el arle de ha- 
cienda, las naciones mas famosas (i). Se ve en el no sin sorpresa 

(i) Ksle inportatite djcmnerito \¿ cila Mr. <le Sismoiidi en su escc- 
l.eute ///.v/o//a de las repúblicas ilalluncis. Le reproduzco íntegro, co- 
mo el único presupuesto completo de atjucl tiempo, que se ha conserva- 
do para la ciencia. 



que la república no concedía ningún sueldo á sus funcionarios pu- 
blicos, á menos que no fuesen estrangeros. La milicia ciudadana 

Rentas de la ciudad y rcjtáhlica de Florencia desde i 336 ál33S 
enjlorines de ojo de ^2 gi i. rus de peso j 2 4 quilates de ley. 

flors. 
GaLela Je puei'los, ó derecho de entrada y salida en las 

mercancías y víveres; arrendado en 90.200 

Gabela sobre el vino al por menor ( _- de su valor) . . Sg.Soo 
TÜsiimo , ó imposición territorial sobre predios rusticas . 3o. 100 
Gabela de la sal (4o sueldos por fanega á los ciudadanos y 
20 sucU'os álos aldeanos) ...;....►. í^.^Sn 
Renta de los bienes confiscados á los rebeldes y desterrados. 7.000 
Gabela sobre los prcslaniislas y usureros .- . . . . . 3.ooo 
Id. de los nobles, que lenian posesiories territoriales . . 2.ooa 
Gabela de los confralos ( inscripciones en hipoteca ) . . 11.000 
Id. sot-re las carnicerias de la ciudad ,.*..,. 15. 000 

Id. id. de la campifia ^.^no 

Id. sobre los arriendos . , . 4'0^o 

Id. sobre los molinos y la harina 4-280 

Id. sobre los ciudadanos noiuhraL¿os Podestds para países es- 
trangeros 3.5oo 

Id. sobre acusaciones ó denuncias ...... 1.400 

Beneficio de amontdaje de las especies de oro . . . 2.3oo 

Id. id. en las de cobre i.5oo 

Rentas de propios y peages 1.600 

Gabela sobre los vendedores de ganados en la ciudad . 2.l5o 

Id. sobre contraste de pesos y medidas Seo 

Arriendo de los muladares del O/Yo S. MicfieJe . . . 7^0 

Gabela sobre arriendos de fincas rústicas 55o 

Id. sobre los vendedores por las aldeas ..... 2.000 

Multas y sentencias conmutadas 20.000 

Kxencioi es del servicio de milicia 7.000 

Gabela sobre las puertas de las casos en Florencia . . 5'55o 
Id. sobre las fruteras y revendedoras .... 45o 

Permiso para usar armas (20 sueldos por cabeza) . i.joo 

Gabela llamada de sargentos . . . . . 100 

Id. sobre las maderas corladas y transportadas por c\ Arno 100 

Id. de los revisores de las garantios comunales . . 200 

Parte correspofidicnlc al fisco, en los derechos percibidos por 
los cónsules de artes ....... .'lOO 

Gabíjla sobre los ciudadanosque tienen su moradacn la canipÍ!"Ía t.ooo 
Las 4 gabe'a.-^ sobre casas de campo, batalbs sin armas, Fi- 
rcnzola y molinos y pesca producían unos . . . 3. 000 

Total . • . ... 3oo.ooo 

Gastos de la república de Florencia de=;de i336 al 1338 en libras 
florentinas, de las cuales vale el llorin de oro, 3 libras y 3 sueldos. 

libs.' 
Salario del Podcstá y su familia (arqueros, y esbirros) 1 5.2^0 

Id. del capitaa del pueblo y su familia . . . .'1.S80 



seí-via de djerc'ilo darantG la pví y los mercenarios á sueldo del cs-í 
alono figiirabín mas q-ic en los gastos extraordinarios de guerra- 
Los impuestos indirectos osccdlan mucho en número y en valor á 
los impiicslos directos, y particularmente á la contribución lerrllo- 
iría!, que era dos veces menor que la sola renta ds las bebidas. El 
producto de las multas y condenas hace un gran papel en el presu- 
puesto de entradas, triste prueba del poco respeto que se tenia á 
sus leyes ó de la dureza con que se egecufaban estas. >Que podian 
ser los productos del amonedaje de especies de oro y de cobre, si- 
no una concesión del mismo genero que las alteraciones de mone- 
das de que esta llena nuestra historia desde Felipe Agusto hasta 
Carlos el Hermoso? Sin emhargo el balance de gastos y rentas de 
Florencia manifiesta vivaniente la senciUcz del rcgimeu guberna- 

Irl. del ejecutor de las ordenaiizas de justicia . . 4-9<^o 

M. del conservador con 5o cabillos y lOO inlanfes ( Este oíicío 
estraoríliiiário fué abolido muy pi'onto) . . . 26.0^0 

Juez dj; jjpelacioucs sobre los dererhos coniuiiales . , i.loo 

Oíiciaí encargado" de rí'/^/v/??/'/' f^/íí/Oí/í' M.í mujeres . i.ooo 

Oficijl del mercado del Orto S. Michele . , . i.3oo 

Oticio de sueldo á la tro|)a . . . . , j.ooo 

Id. de retiros á los soldados ..'... 200 

Tesoreros del coman, sus oficiales y notarios . . . l.^oo 

Oficios de impuestos lernloriales í/í7 com?//i . , . ooO 

Carceleros y guardas de Jas prisiones , ' • . 800 

Meia para loi priores y su familia en palacio . . , 3. 600 

Salario de los donceles del común y guardianes de las torres 
del Podestá y los priores ' . . . . . 55o 

Sesenta arqueros y un capitán al servicio de I0S priores . 5.;-oo 

JNütario para correcciones y su ayudinle .... /^So 

Luces y otros gastos para el palacio .... 2.400 

Notario para el palacio de los priores , . , , loo 

Salario de los arqueros y porteros ..... 1.5oo 

Tren petas del comuii ... * l.ooo 

Limosnas á los religiosos y ^ los bospilales . . 2.000 

Sesenta serenos ó guardias nocturnos en la ciudad . 10.800 

Binderas paralas tievtas y carreras de caballos , . .3io 

Fspias y uieusageros del común . . t . I.200 

Embajadores . . . . • i5.5oo 

Castellanos y guardianes de las fortalezas . • 1 2.^00 

Provisión anual de armas y Hechas. .... ^.^^o 

Total. , , , . . 121.270 

Lo que hace 39.II9 florines. Las obras de reparación de los muros, 
los puentes v las iglesias forman el gasto eslraordinario con el sueldo de 
la gente de guerra. En tiempo de paz la república tenia á su sueldo 
de 700 á 1.000 gendarmes á caballo y otros tantos dea pie. 



('50. 
. livo de la república ¡dicUosa , si las rivalidadcsde los nuevos nob'ís 

y deoiasiado frccttcnlemcnle la opresión del pueblo por patricios 
salidos de su seno, no hubiesen abierto la entrada á las discordias 
ci\i'es y las fronteras al estrangero? 

Las repdbUcas italianas de la edad media paeden ser considera- 
das como grandes c»>as de co;norciu administradas con babüidad 
y econoinia. Las rentas creadas por el trabajo se soüetaban dificil- 
niente á los impuestos, y piodii.ian cala día cjpilali^s uue%os qac 
la libertad de las Iraiisacioncs pennilia bacer fruLllficar con ven- 
faja. Las ciudades de líamburgo y Genova, tan ricas, á pesar de 
la exigüidad de su territorio, recuerdan con bastante exactitud hoy 
dia la prosperidad de las grandes poblaciones municipales de la 
edad media. Sus alrededores cubiertos de casas de campo y de imi- 
llas ó alquerias deliciosas, donde la 0[)u!ciicia descansa de las fati- 
gas del comercio, son la imigen üe! de las mcradas suntuosas de 
los comerciantes italianos, entonces casi todos aloj.ulos en los pa^ 
lacios de que sus sucesores actuales apenas paedcn sostener el 
mueblaje. Asi también liegaroü á ser los picstaniistas de las prin- 
cipales potencias de Europa y se les buscaJja para intendeutcs y 
administradores de rentas yacienda. Siemprcscdirigian á ellos los so- 
beranos en sus apuros, y eran sus florines de oro los que los rwes 
de Francia se complacian especialmente en alterar, porque ellos 
los hacian valer á treinta sueldos ea vez de los diez que representa- 
tan legalmcnLe. Eduardo tercero de Inglaterra babia elegido sus dos 
banqueros en Fioreucia , y los empréstitos que bacia por ellos es- 
cedian de tal mjJoá sus reembolsyi, que los:i>ardi se bailaron bai>er" 
leanticipadociento ochenta mil marcos esíerünes, y losl\'ru/.z¡ rien- 
tolreintay ciuco„^|I;y j mtos diez y seis müloiies trescieulos oclven- 
ta mil de nuesir/)S francos, en un tiempo en que el dinero era cin- 
co ó seis veces mas raro que ennueslrosdiüs. Los ciudadanos de Jas 
repúblicas italianas disponían en esta época de la mejor y mav^M* 
parle del comercio europeo. Sas obreros eran buscailos por todas 
partes como los mas há!»ilos, y sus productos como los mas perfec- 
tos. Llegaron á ser arbitros del gusto y los uniros afamados eii 
los tejidos, las modas, las armas, y los muebles. Sus cáptales les 
proporrionaljan de es!» mxlo beneficios inmensos, si:» hablar de 
los que tenian como armadores de navios, como bnnqneros , v co- 
mo asociados en todas las empresas de alguna iniporiancia. Las 



leyes qae ellos mismos hacian, en calidad de legisladores revesti- 
dos del poder supremo, favorecian de la manera mas liberal todas 
las transaciones mercantiles; y probaron teórica y prácticamente 
^as ventajas, aun desconocidas por muchos, de la libertad mas ili- 
mitada del comercio. Genova y Vcnccia no han tenido otro ele- 
mento de esplendor. 

Esta es la ocasión de manifestar la parte importante que tu- 
vieron los italianos en la fundación de los primeros establecimien- 
tos del cre'dito. Su inmenso comercio les habia hecho sentirá tiem- 
po la necesidad de simplificar las combinaciones de toda clase de 
que se compone este ramo de la producción, y desde fines del si- 
glo Xíl, Venecia habia visto levantarse en su seno un banco de 
depósito que abria créditos á los capitalislas, para facilitar los pa- 
gos y giros. La caja no cobraba ningún derecho por depósito ni co- 
misión y no pagaba ningún interés; pero sus certificados de depó- 
sito hacian las mismas funciones que el numerario. Mediante ana 
caja llamada del contante, se pagaban á la vista, y en especie los 
efectos que eran presentados, y se elegia para estos pagamentos la 
mejor moneda que vino á ser la del banco. Se estableció que el banco 
EO pagarla y no descontarla mas qucen ducados efectivos, cuya pasta 
era mas fina y la alteración menos común que la de las otras espe- 
cies. Desde este momento, el papel del banco obtuvo soljre todos los 
efectos de comerciantes la ventaja de poder ser cambiado por una mo- 
neda de h lena ley, y el crédito de este establecimiento fue funda- 
do sobre bases sólidas. Poco á poco el gobierno introdujo el uso de 
hacer sus pagos en papel moneda sobre el banco, en vez de efec- 
tuarlos en especie, y añadió de este modo un nuevo elemento de 
prosperidad á todos los de que ya estaba en posesión. En fin la aper„ 
tura de una cuenta de cargo y data que permitía á los capitalistas 
transmitirle sus créditos, acabó de completar los medios de acción 
del banco, lo que bien pronto dio origen á muchos establecimientos 
semejantes (i). 

La posición de Venecia, la hizo, desde su origen, una necesi- 
dad de la perfección industrial y comercial. Venecia era una repú- 
Llica sin territorio, y su capital una flota de navios amarrados y 

(1) Mr. Darú pone tn su séptimo volumen dn la hisloiia de Venecia una meraoria 
sobi'e el banco de Venecia con fecha de 3o de .lunio de 1753 sacada de ia con'esponden- 
oia del abale Bernis^ entonces embajador de Francia. 



anclados. Al comercio fue á quien se vio oLligada á pedir, no for- 
tuna siüo vida. Por esto leda la política desu gobierno ha tenido sin 
cesar por objeto el acrecentamiento de sus libertades comerciales y 
de sus franquicias en todos los pueblos. A falta de productos mas 
preciosos, los venecianos comienzan por vender la sal: después es- 
traen los productos agrícolas del norte de Italia y van á buscar en 
el mar JNegrolos de Turquía, de P\.usla y de la Persia. En la feria 
de Pavía, yo, en tiempo de Cario Magno, habian deslumbradoá los 
compradores con magníficas muestras de alfombras preciosas, telas 
de seda, tejidos de oro, perlas y pedrerías. Las leyes sunluarias les 
obligaban á economizar sus capitales y á no sacrificar al consumo 
improductivo mas que una parte de sus rentas. Colocados entre el 
Oriente y el Occidente, ellos habian imitado la industria de una 
parte de sus vecinas y la sencillez económica de los otros. Sus pri- 
vilegios en Constanlinopla tenian algo de !a insolencia do con- 
quista, y sus colonias del Mediterráneo formarían casi hoy dia un 
reino, Venecla mantenía con un lujo verdaderamente real á sus 
cpnsules y generalmente á todos sus empleados mercantiles; exigia 
que ellos tuviesen un se'quito numeroso para representar digna- 
mente á la república é imponer respeto á los eslrangeros. El Po"" 
destá de Constanlinopla estuvo durante algún tiempo e.i el pie de 
un soberano. Juzgaba sin apelación las diferencias de los natura- 
les de Veneoia, llevaba borcegui«ís de escarlata) señal de la digni- 
dad imperial; y no aparecía en público sino rodeado de guardias. 
Honra n>lo de esta manera la profesión del comercio y favoreciendo 
por todos los medios á los ciudadanos que se dedicaban á ella es 
como los venecianos llevaron á tan alto grado la preponderancia 
desu pais y la consideración de los negociantes que producían aque- 
lla. Asi es que la república ocupaba en el siglo XV, en solo el ar- 
senal de Venecia, diez y seis mil obreros y treinta y seis mil ma- 
rineros.El gobierno enviaba todos los anos á los puertos principa- 
les escuadras de cuatro (')scis grandes galeras que rccibian las mer- 
Cjincias destinadas á los particulares. Este uso tenia por objeto ejer»» 
citarse en la marina militar, sacar partido de ella durante la paz, 
liaccr respetar el pabellón nacional y suministrar medios de trans- 
porte á aquellos que no se hallaban en estado de armar buques por sa 
cuenta. La marina mercante no mantenía menos de tres mil bu- 
ques empleados en la importación y esportaclon de los productos 

ao 



( 1 5{) 
de todos los países del mundo. Estos buques csploraban sucesiva- 
mente los puertos del mar Negro, los de Siria y de Egipto, é iban de 
escala en escala visitando todas las plazas del Pcloponeso, del Asia 
menor, de Chipre, de Candía y del Archipiélago griego. Una ilo- 
ta, la mis importante de todas, salia cada año para las costas de 
Flan. les costeando la Sicilia, el África y la España, cjn grandes 
buques que no polian llevar menos de doscientos hombies de tri- 
pulación, y que traficaban sacesivamentc en todas las riberas con 
las mercancins que sus habitantes necesitaban. Los tratados de co- 
mercio aseguraban en cada escala las mas ventajosas relaciones á 
los negociantes venecianos que seguían correspondencia en Bru- 
jas, en Amberes, en Londres, con los comerciantes de las ciudades 
anseáticas. Venecia habla ya dado en esta e'poca un grande impulso 
á sus manufacturas y los mas ricos cargamentos de sus espedicíó- 
nes se componían de espejos, cristales, telas de lana fina y tejidos 
de seda magníficos hechos por artífices venecianos. Los gobiernos 
mas ilustrados de nuestro tiempo no harr mostrado jamas tanta so- 
licitud como el de esta república para con los intereses del comer- 
cio y de la industria. 

Algunos autores han creído ver en estos viages de larga trave- 
sía hechos en buques del estado, pero por cuenta del comercio, e 
modelo de las compañías que Tos holandeses, los ingleses y los 
franceses han organizado en los tiempos posteriores para el co 
mercío de las Indias: noscrtros no podemos convenir en este parecer 
No hay duda en que los particulares que habían fletado lis naves 
del gobierno para hacer el comercio, gozaban de algunos privile- 
gios: pero estos privilegios no eran permanentes; y cada galera, era 
arrendada separadamente á un precio tan moderado, que no se 
puede atribuir razonablemente á miras fiscales el sistema seguido 
con respecto á esto. El comercio ha sido muy largo tiempo libre en 
Venecia, y la república no empezó á decaer sino cuando su go- 
bierno agotó por el monopolio el manantial de su prosperidad. En 
él principio, todos los jóvenes patricios estaban obligados á pasar 
por las mas duras pruebas de la carrera mercantil. Se les enviaba 
frecuentemente en calidad de aprendices á bordo de los navios del 
estado, á probar fortuna con una lijera pacotilla; ¡tanto entraba en 
¡as miras de la administración el dirigir todos los ciudadanos acia 
las profesiones laboriosas! La sola reconvención que se puede ha- 



cer á los vertctlmos^ es de haber procurado escluír á los eslran- 
geros de toda cotvcur reacia. Atinqae la rivalidad comercial no ha- 
Licse todavía erigido las prohibiciones en sistema, y que los puer- 
tos de ia república estuviesen abiertos á todas las mcrcancias del 
mundo, no obstante los venecianos no permitian su circulación 
sino en sus propias naves y reinaban como dueños absolutos en 
todo el Mediterráneo. La guerra les habia dado buena cuenta de 
los pisanos, de los sicilianos y de los genoveses. La Üspana largo 
tiempo ocupada por los moros, les hacia poca sombra, l^a Francia 
desdeñaba el comercio; la Inglaterra no pensaba en él todavía; la 
república de Holanda no existia. Al favor del derecho de soberanía 
que se habia arrogado sobre el golfo, Venecia se reservaba el de- 
recho casi esclusivo de navegar en el. Flotillas armadas guarda- 
L'an las embocaduras de todos los rios, y no dejaban entrar ni sa- 
lir una barca sin haberla rigorosamente reconocido. ¿Pero deque 
la sirvió esta solicitad tenebrosa para los intereses de sa navega- 
ción? Llegó un dia en que los portugueses descubrieron el cami- 
ro del cabo-de líucna-cspcranza, y todo este artificio de precau- 
ciones y de desconfianzas se lunidió al momento. 

Aqui es en donde comienzan las primeras guerras de aduanas, 
y en donde la Economia política recibe de la historia una gran lec- 
ción. Los venecianos habian allanado todos los obstácalos, pero 
para ellos solos y con csclusion de los demás pueblos. Su legisla- 
ción era muy dura con respecto á los eslrangeros en materia de 
comercio. Las leyes prohibian hasta recibir en las naves del es- 
tado á un negociante que no fuera subdito de la república. Los es- 
lrangeros pagaban derechos de aduanas dos veces mas subidos que 
los nacionales , no podian ni construir ni comprar buques en los 
puertos venecianos. Los navios, los patrones, los propietarios, todo 
¿ebia ser veneciano. Toda sociedad entre nacionales y estranjcros 
era proliibida; no habia allí protección, privilegios ni beneficios 
mas que para los venecianos; pero al menos estos tenia n los mis- 
mos derechos. Es en Yenccia misma y alli solamente donde era 
permitido tratar con los alemanes, los Lobemos, y los húngaros. A 
medida que las manufacturas nacionales adquierieron importancia, 
el gobierno se separó de la política liberal que habia seguido hasta 
entonces, y las fabricaciones obtuvieron la prohibición absoluta de 
las mercancías csirangeras de que habian llegado á ser produelo- 



res. En vano, en el siglo XVII, el comercio en decadencia solicita- 
ba el restablecimiento de las antiguas libertades y la franquicia 
del puerto; se hizo un momento de ensayo, pero el espíritu de res- 
tricción ganó y el régimen prohibitivo preparó muy luego el ani- 
quilamiento de la república. 

Los pueblos de Italia perdonaban, no obstante, á los Tene- 
cianos su intolerancia comercial , en razón del precio moderado á 
qae proporcionaban todas las mercancías. Los judios , los arme- 
nios, los griegos, los alemanes venían en abundancia á ellos, y se 
entregaban con seguridad á especulaciones siempre ventajosas, á 
causa de las seguridades que ofrecían las instituciones del crédito 
y la probidad reconocida de los negociantes. Pero bien pronto 
Venecía vio elevarse en Europa numerosas ñíbrlcas rivales de las 
suyas y su comercio halló en el de los portugueses, holandeses, 
españoles é ingleses la mas formidable concurrencia. El descubri- 
miento del cabo de Bucna-esperanza les arrebató el monopolio de 
las especerías de la India. La toma de Constantinopla por Maho- 
meto II , les había ya hecho perder los magníficos privilegios qu« 
gozaban sus subditos en aquella rica capital del Oriente. Pero el 
descubrimiento de la América y las vigorosas represalias de Car- 
los V, que desde el principio de su reinado en i5i7 , dobló los 
derechos de aduana que los venecianos pagaban en sus estados, 
acabaron la ruina de este dichoso monopolio que había puesto en 
contribución á la Europa entera. Cirios V subió á 20 p. | las 
cuotas en la injporlaciotl y i-sportacion sobre todas las mercancías 
venecianas, y esta tarifa, que parecerá hoy día maderada, ba^tó 
entonces para prohibir á los venecianos la entrada en los puertos 
españoles. Tal fue el origen del sistema csclusivo, cuya funesta in- 
vención debía espiar tan cruelmente la república de Venecía. En 
tanto que ella no buscó la fortuna mas que en la libre concar- 
rcncia del talento y de los capitales de sus propios ciudadanos, se 
engrandeció de siglo en siglo y llego á ser por un momento el ár- 
Litro de la Europa; pero desde que quiso dominar los mercados con 
la tiranía del monopolio, vio formarse contra su comercio una 
jiga mucho mas formidable que la de Cambray. 

No querríamos otro argumento en favor de la libertad del co- 
mercio que el desarrollo prodigioso de la industria veneciana du- 
rante el largo reinado de esta libertad. No había sido preciso re- 



carrir á la protección para asegurar á la república, en sus her- 
mosos días, arquitectos hábiles, constructores de navios, ingenie- 
ros civiles en estado de bastar á todas las necesidades de sus ser- 
vicios. Sus plateros pasaban por los mas distinguidos de toda Eu- 
ropa. Tenia telares de sedería sin rivales en la misma Italia, en 
donde esta industria hizo bien pronto rápidos progresos; y estas 
manufacturas la redituaban, desde el principio, mas de cincuenta 
mil ducados por aiio, Los artífices mas ingeniosos del estrangero reci- 
bian premios de toda especie para establecerse en Venecia, y la inqui- 
sición del estado perseguía coa sus amenazas homicidas á los artí- 
fices nacionales, bastante atrevidos para espatriarsc. "Si algún 
ol>rero lí artista (<lice) lleva su arte á país estrangero, en detri- 
mento de la república, se le enviará orden de volver. Si no obe- 
dece Svi pondrán presos á los parientes mas inmediatos, á fin de 
lesolverle á la obediencia por el interés que le toca. Si vuelve, lo 
pasado le será perdonado y se le proporcionará un establecimiento 
en Venecia; si, á pesar de la prisión de sus parientes, se obstina 
en querer permanecer en el estrangero, se encargará á algún emi^ 
sario el asesinarle , y después de su muerte sus parientes serán 
puestos en libertad." El resultado inevitable de estas disposicio- 
nes atroces dchia ser detener el movimiento progresivo de la ia- 
duslria; inipiJiendo á los obreros ir á estudiar en el estrangero los 
secretos y las perfecciones de que tenia necesidad. A fuerza de ha- 
cer un misterio de s;is invenciones ya viejas, habituaron á sus ar- 
tesanos á ellas y los encerraron por decirlo asi, en un circula vi- 
cioso. Toilo marchaba al rededor de ellos, en tanto que ellos per- 
manecían inmóviles, y los productos de sus fábricas no conserva- 
ron alguna salida en el interior de la república sino á favor de las 
leyes prohibitivas. La decadencia empezó con la protección. 

Venecia, sin embargo, dio los primeros pasos en la carrera 
industria! bajo los mas felices auspicios. Un tribunal había sido 
creado, desde el ano de 1172, para la policía de arles y oficios. 
La calidad y cantidad de las materias eran severamente examina- 
das. Estaba prohibido á todo obrero ocuparse de mas de una cla- 
se de obra, á fin de hacerla con mas cuidado. Asi la industria ha_ 
bia llegado á un muy alto grado de perfección, desde el fin del si- 
glo XIV. La fabricación de los tejidos de algodón era ya conocida 
ea Venecia por esta época. Se hacían allí las mas hermosas telas de 



(,5S) 

toda Italia, y se saLIa ím primarlas colores afamados por m 
brillo y permanencia. Berllvollet refiere que fue en Venecia en don- 
de apareció, en i42g, la primera colección de las operaciones 
empleadas en la tintara. La química estaba alli enlonces mas ade- 
lantada que en ningún otro piis, y los venecianos estaban en po- 
sesión casi exclusiva del comrirci ) de drogas y especerias. Prepara- 
ban y suavizaban los caeros coa una superioridad reconocida so- 
bre lodos los otros pueblos. Sas encajes conocidos bajo el nombre 
ác punto (1; Venecia^ eran bascados con diligencia. Su quincalleria, 
süs refinos de azúcar apenas bastaban para las necesidades del con- 
sumo europeo, y cuando la imprenta estaba aun en la infancia 
entre «us rivales, ya se habia elevado entre ellos al primer ran- 
go de las industrias. Hábian establecido manufacturas numerosas 
q'ue han sido después mejoradas en Francia y en el resto de la 
Europa, pero á las cuales pertenecen el hí)nor de haber servido de 
modelo á todas las demás. De este modo, los venecianos no brilla- 
ron solamente por el comercio, sino por la industria, y reunieron 
durante largo tiempo, á los beneficios de transporte los productos 
ele la fabricación. Ei uso prudente e' ingenioso que habían sabido 
bacer de las combinaciones de cre'dilo se Siabia esparcido poco á 
poco en todas las repúblicas italianas, y habia desenvuelto en una 
grande escala la riqueza fabril y comercial. Existe un discurso no- 
table, pronunciado en ilfii-, en el gran consejo por el Dux Tomas 
Bíocénigo, sobre los recursos de hacienda y sobre la estension del 
comercio de la república de Venecia (i). Después de un relato exac- 
to y detallado de los productos del trabajo nacional en los mercados 
eslrangeros, y de la parte que resultaba de de ello al tesoro del esta- 
do, el anciano Dux se apoyaba principalmente en el riesgo que ha- 



(í) Este discurso se cit.-) testiialmente por Mr. Darií en su historia de Venecia 
tomo segniulo. líl estracto que si^ue me parece á projwsilo para cotejaris con el presu- 
puesto de Florencia. 

«He mandado (dice el Dux Mocéiiigo) formar la relación de Jos productos de nuestro 
comercio «¡uü tlan lo siguiente. Ducados. 

Todas l.^s semanas re<;H)inK)s de Wilan de 17 á 18000 ducados^ , . . . 

lo que liace al año 900000 

de Moiiza 1000 por semana queda , 52000 

de Como 20aü0 por id id - . loíOOO» 

tle Alejándrela JOOO por id id. 52ooo 

lie'Tortóna y Novara 2ooo por id id. . . . < . loíooo 

de Pavía 2ooo por id id. ...... . loíooo 

' de Cremoaa 2ooo por id. . ^ , id. . . . ... loiooo 



Oh") 

tria entonces en perturbar esia magnífica prosperidad , para re- 
ehazar una guerra vivamente reclamada por los impacientes de la 
época. "Sois los solos, dceia, á quien la tierra y los mares están igual- 
mente abiertos. Sois el canal de todas las riquezas; abastecéis al 
mundo entero. Todo el universo se interesa en vuestra fortuna. To- 
do el oro del miimlo llí.'ga á vosotros. ¡Dlciiosos. eii tanto que conser- 
véis ideas pacíficas, mientras que la Europa entera esta en guerra! 
En cuanto á mí, en tanto que me quede un sop'o do vi'.Ia, persis- 
tiré' en este sistema, que es preciso amar la paz. jMc be esforzado 
siempre entornar medidas para que el interés de los empréstitos y 
todas laS' cargas publicas fuesen satisfechas regularmente de seis en 
seis meses, y be tenido el bonor de conseguirlo. En vuestra mano está 
el mantener el feliz estado de nuestros negocios, rogando al Todo 
poderoso os haga perseverar en el sistema saludable seguido basta 
este dia. Si persistis en él, llegareis á ser temidos y poseedores de 
todas las riquezas del mundo cristiano. Guardaos, como del fuego 
de locar al bien de otro y de liacer la guerra injustamente: Dios 
OS lo castigaria. Entonces aquellos que íiu>ieren diez mil ducados^ no 
fendran mas que ni/'l; quien tenga diez, casas será reducido á unuy 
y asi de lo damas. Cuantos mas bienes , mas crédito-, mas reputación. 
De amos que erais, os hallareis subditos-, ¿ y de quien P De militares, 
de la soldadesca , y de esas mismas bandas que mantenéis. Los es— 
frangeros han hecho homenage frecuentemente á vuestra pruden- 
cia, tomando arbitros entre vosotros; persistid, pues, por vos y por 
la felicidad de vuestros hijos en el sistema que os ha proporciona- 
do tanta prosperidad." 

Es dificil no conmoverse á vista de la grandeza y de la sabi- 
duría de este lenguage. Asi aun en esta época muy lejana de noso- 
tros, secomprendia ya que el comercio es esencialmente amigo de 

(le Berganio lioo por id. . : id 73()oo 

de l'altrnio 2ooo por id. . * . id. , loídoo 

de Flaceucia looo id. , . ^^ id 52ooo ' 

1,0 que d.i un tol.il de l654ooo ducados, y lo que comprueba evidentemente este 

resultado es la confesión de todos los l)aii(|ueros que declaran que el niilanesado tiene 

todos los años que saldar á nuestro l'avor Ifíooo ducados. ¿\Ío ol)S('rvais qne es nna 

hermosa posesión de que Venecia goza sin que le ocasione ningún gasto? IKic 

IMas: Tortona y Kovara fabrican cada ano 6000 piezas de paño fjue á 15 ducados 

la pieza valen , , üoooo 

Pavía 3ooo [liezas id . . . íjooo 

Milán 4 000 de lino que á 3o ducados la pieza valín í'ioooo 

Como 12ooo piezas á 15 ducados - , .......;.. ISoooo 

Moaza 6000 . • > > lü. . . . • . ^ . . 9uooo 



(i6o) 
•la paz, y que las naciones son solidarias las unas de las otras en la 
buena como en la mala fortuna. "¿Qué venderéis á los milancses, 
decía el Dux, cuando les hayáis arruinado? ¿Que' podran daros en 
cambio de vuestros productos? ¿Y vuestros productos qué vendrán 
á ser en presencia de las exigencias de la guerra, que supediiar.ín 
á los capitales de que tenéis necesidad para crearlos?,, La simple 

Bréscia 5ooo .... iJ ySooo 

Bergamo loooo ordiríario á 7 ducados .... 70000 

Cremona 4*^000 de hayela á 4 ducados la pieza . . 170000 

Panna 4o<'0 de paño á i 5 ducados ...... 60000 

.1 > Lo cual da un total de g4ooo piezas cuyos derechos de entrada y 
'sslida á un ducado solaraerile por pieza nos producen 200000 ducados. 
Hacemos cotí la Lo:nbardía un comercio que se regula ascender a 
cerca de 29 millones de ducados ¿No os parece que Vcuecia tiene allí 
una hermosa posesión ? 

Los cáñamos entran despnes por la suma de . . loo. 000 ducados. 

Los lombardos nos compran annualmcnte 5ooo milla- I - 

, , , , ^ >2D0COO 

res de algodón que valen j 

20000 quintales de hilo (ó tal vez algodón hilado) de i5 á 20 du- 
cados, el ciento ... ... ... 3oooo 

4000 millares de lana de Calalufia á 60 ducados el millar . 120000 
Igual cantidad de Francia , . . . . 1200000 

Telas de seda y de oro. . . por aSoooo 

3ooo cargas de pimienta & 100 ducados la carga. . . . 3ooooo 

400 fardos de canela á 160 ducados el fardo 64000 

200 millares de gongihre á 4o ^1 millar 8000 

Azúcares, regulados desde 2 ú .^ ducados á i5 el 100, . por. goooo 

Otras mercancías para coser y bordar 3oooó 

4000 millares de palo de tinte á 3o ducados el millar . 120000 

Granas y plantas tintorias 5oooo 

Jabones 200000 

Esclavos . . , 3oooo 

No cuento el producto de la venta de la sal (según el conde Filiasi 
podía regularse en un millón de ducados). Convenid en que tal comer- 
cio es una hermosa propiedad. Considerad cuantos buques mantiene en 
actividad el movimiento de todas estas mercaderías, ya para llevarlas á 
Lombardía, ya para irlas á buscar á Siria, Romania, Cataluña, Fl.iiides, 
Chipre, Sicilia; en fin, á todos los puntos del mundo. A^enecia gana u.i 
dos y medio ó un tres por ciento en los iletes. Ved cuanta gente vive de 
este, movimiento: corredores, operarios, marineros, millares de familias: 
y después de ellas los mercaderes cuyas utilidades no baj.in de fioooo 
ducados. Esto es lo que os produce vuestro jardín del Milauesado. ¿Seréis 
de parecer de destruirle? Seguramente que no: aunque esto no quiera 
decir que no sea preciso defcüderle contra el que venga á atacarnos en 
tu posesión.» 



.(iC)i) 
razón indicaba enlonces á los lioiiibics eminentes lo qae la espe- 

ricncia ha paeslo después fuera de duda, y que la teoría enseña 
hay dia, apoyada en la autoridad de los heclios. 
: .; En las otras rcpdbücas italianas, en donde el espíritu indus- 
trial y comercial habia prevalecido como en Florencia y Venecia» 
sobre el despotismo feudal , la prosperidad no era menos brilíautc 
ni los progresos en todo género menos admirables. Todos saben las 
riquezas acumuladas en Genova por la osadia de sus navegantes y 
por la habilidad de sus negociantes. Genova tenia factorías en el ar- 
chipiélago y en el mar Negro, y sus comerciantes venian á dividir 
en los puertos de las ciudades anseáticas las ganancias con Vénc- 
ela. El banco de san Jorge, nacido en 1^07, de los empréstitos con- 
iratados para subvenir á las necesidades públicas, llegó á ser bien 
pronto rival del de Venecia, y prestó los mismos servicios que esle- 
Sin embargo, los genoveses no persistieron tan largo tien¡po como 
los venecianos en los principios de la libertad comercial, y s:i go- 
bierno ha suministrado el primer ejemplo de privilegios esclusivos 
concedidos á una compañía, en pago de subsidios. En Milán, desde 
el aiio 12G0, se ocuparon del apeo de las tierras y en esia capital de 
las repúblicas lombardas fue j^rcciso poner usas de cien casas de 
moneda en actividad, para bastar á la petición inmenja de nu- 
merario necesario para el progreso de los negocios. A cualquiera 
lado que se dirija la vista, se admira de la actividad devoradora 
que reina en todas estas repúblicas, y la sagacidad con que cada una 
de ellas ha sabido apropiar sus instituciones á las necesidades de 
la industria y del comercio. Nosotros las debemos la creación de 
los primeros establecimientos del crédito público, sea que ellas in- 
venten los bancos, sea que imaginen los empréstitos. Habian ya 
puesto orden en la industria antes que san Luis hubiese fundado 
las corporaciones. El poder de sus gobiernos no parece tener otra 
misión que el de protejer los intereses del trabajo; y en tanto que 
por todas las demás partes se vejaba á los patanes y villanos, en 
Venecia, en Genova, en Florencia, en Pisa, en Milán, estos mis- 
mos villanos, enriquecidos por el comercio y por la industria, dis- 
ponían como duefios de la soberania. 

Las repúblicas italianas no lian servido, pues, solamenic á la 
causa de la libertad, reanimando las nobles ri\alidades de indepen- 
dencia de las antiguas repúblicas griegas; sino que honrando por 

21 



(,6a) 
todas partes al trabajo, cambiaron la faz de la Europa y prepa- 
raron el adveniniiento de las doctrinas liberales, de las que vere- 
mos algún día el triunfo. En ellas es donde se han hecho las gran- 
des esperiencias económicas, de donde la ciencia Oebia salir ya for- 
mada. Estas repúblicas han ensayado sucesivasnenle antes que los 
demás pueblos, la libertad del comercio y las prohibiciones. Ellas 
han arrostrado los primeros escollos del crédito y puesta las bases 
del sistema de los empre'stitos modernos. En tanto que el resto de 
la Europa se cubría de castillos y de chozas, la Italia edificaba pa- 
lacios y templos de marmol. Armaba millares de navios, cargados 
del producto de sus manufacturas. Organizaba el trabajo, y llama- 
ba á todos los ciudadanos sin distinción de casta á los honores y 
á la fortuna, cuando eran dignos de ella por su saber y por su ca- 
pacidad. Dichosa ella si la aristocracia no se hubiese deslizado en 
su seno, á favor de las riquezas, asi como la prohibición á la som- 
bra de las manufacturas, y el monopolio, siguiendo los pasos del 
comercio. íQué lecciones para nosotros en esta inmensa variedad 
de acontecimientos'. La esperiencia precede alli á la ciencia, y nos 
muestra el primer ejemplo de una amplia aplicaeionde teoríasdel 
comercio á la práctica del gobierno. La administración se presenta 
allí bajo las formas sencillas y regulares de una tutoria industrial 
donde todos los recursos se ponen en acción con orden, inleligencia 
y Economia Se diria eran vastas empresas, fuertes con un crédito 
asegurado, que despachan á todos los puertos ricos cargamentos, 
y se ocupan sin cesar de hacer frente, con una producción infati- 
gable, á las necesidades de un consumo inmenso. Es en efecto, eil 
el seno de las repúblicas italianas en donde han nacido las artes 
mas ingeniosas y las doctrinas de hacienda las mas adelantadas de 
que la historia hace mención en esta e'poca; y no se podria decir á 
que grado de esplendor estos estados hubieran podido elevarse to- 
davía sin el funesto advenimiento de Carlos V que cambió á la vez 
la faz de la Europa y la de la Economia política. 



(i63) 
CAPITULO XXI. 

D¿ la revolución causada por Carlos V en la marcha de la Econo- 
mía política. — El espíritu de conquistase sustituye al espíritu de 
comercio --Establecimiento oficial del sistema restrictivo. — Tra^ 
jico de los negros. — Exacciones fiscales — Conventos y miseria. — 
Resistencia del protestantismo. 

Carlos V hijo de Flandes, emperador alemán y monarca es- 
panol, reanló en el mas alto grado todas las antipatías italianas. 
Venia de un pais en donde las manufacturas de Venecia, de Mi- 
lán, de Florencia y de Genova habian hallado formidables con- 
currencias; era en su calidad de emperador de Alemania, la per- 
sonificación mas completa del partido gibelino tan aborrecido en 
Italia; y como rey de España, iba á ser el mas funesto rival de 
Jos banqueros italianos, incapaces de oponer una resistencia seria 
al dichoso poseeedor de las minas de Méjico y del Perú. Apenas 
subió al trono, arrojó en la balanza del comercio, adenias del pe- 
so de su espada, el de el nuevo mundo y el de una gran parte del 
antiguo. En política, en religión, en industria, su poder no quiso 
sufrir rival; y desde la edad de veinte años, se preparó á suscitar 
todas las cuestiones y á trastornar todos los reinos. 

Noes sin razón el que los historiadores estén de acuerdo en coa- 
siderar el reinado de este príncipe como el punto de partida de 
un nuevo orden social en Europa. A contar desde su reinado se 
■verifica en efecto, un cambio rápido y profundo en la marcha de 
la civilización. Las ideas son tan agitadas como los imperios, y 
por la primera vez, después de muchos siglos, el mundo parece 
convocado á la lucha definitiva del despotismo y de la libertad. 
El descubrimiento de la América, la espulsion de los moros de 
España, la reíorma protestante, el tráfico de los negros, son acon- 
tecimientos contemporáneos de Carlos V y cada uno de estos acon- 
tecimientos trae en su seno el germen de veinte revoluciones fu- 
turas. Al régimen municipal que se habia establecido bajo la 
iníluencia del trabajo en todas las ciudades libres de Alemania, 
de U Bélgica, de España y de las repúblicas italianas, vamos á 
\cr suceder la dominación de algunas poderosas monarquías qa« 



se (ílvidirán la Earopa después de liabcrla arruinado. Carlos V-ha 
sulo el principal instrumeuto de esta revelación , cu)o rechazo de- 
bía ser lan fatal á la Economía política, ponicinlo bajo la protec- 
ción de la fuerza las mas funestas doctrinas que han aílij^ido á ía 
huma ni Jad. 

La necesidad de sostener guerras sin cesar renacientes, redujo 
á este monarca, desde los primeros anos de su reinado, á espedien- 
tes rentísticos que arrebataron la mayor parte de los capitales á 
las iaJustrias productivas, para sumirlos en el abismo del con- 
sumo estéril. Su tesoro estaba siempre vacio; sus tropas mal pa- 
gada«, y se acostumbraron á vivir por medio del pillage , de con- 
cusiones y de exacciones arbitrarias. Medidas violentas y opresi- 
vas remplazaron por todas partes el sistema regular de contribu- 
ciones establecido por los rentistas italianos. Entonces comenza- 
ron las estorsiones de toda especie, los alojamientos, los impues- 
tos escesivos sobre el consumo, que hacían encarecer el precio de 
la mano de obra en detrimento de las manufacturas. Se aumen- 
taron los derechos sobre las materias primeras á la entrada , y so-» 
bre los productos fabricados, á la salida. Al libre ejercicio de lag 
artes se sustituyó el monopolio de los oficios y el del comercia 
Por todas partes, se elevaron rodeadas de privilegios, las mana- 
facturas imperiales ó reales de las cuales era preciso comprar las 
licencias para tener el derecho de trabajar. Todo este aparato res- 
trictivo se establecia poco á poco en las leyes y en las costumbre?; 
después vinieron los sofistas que le convirtieron en doctrinas, y de 
este modo es como todas las heregías económicas de que la Euro- 
pa está aun infestada, han venido á ser tanto mas difíciles de des- 
truir cuanto se presentan con la sanción del tiempo y el cara'cter 
de la autoridaJ. Carlos V las hizo mas funestas organizándolas, 
y. haciéndolas penetrar en la administración de que ellas debían 
llegar á ser la regla de conducta y el dogma inviolable. 

. Una consecuencia la mas deplorable del sistema imperial aus- 
Ifiaco-espailol fue restablecer el honor de la aristocracia de per- 
gamino y de la espada, que empezaba á desaparecer ante las no- 
tabilidades de la industria y del comercio. La nobleza de las re- 
pdbÜcns italianas, de las ciudades anseáticas-, de las grandes ciu- 
dades mercantiles belga^s, francesas y españolas, trabajaba al me- 
ii»«:-y-sc ¿honraba de un origen laborioso; pcrdCailos V se puso 



(.65) 

á vender tíialos para If^nor diíiera, y la preocapacían casfellana, 
^«e hacia consistir la nobleza en la ociosidad, se esparció como 
tin ravo sobre toda la Europa. Un solo reinado bastó para haccF 
retrogradar las libertades públicas hasta á los mas malos tiempos 
del feudalismo. Cada día, alguna grande existencia indistri.il se 
retiraba de la lid en donde ño la era ya posible nnníciK'rso .'iii 
degenerar. Los señores habían cesado de despojar á los pasageros 
en los camintís, como hacian sus predecesores de lo alio de los 
antiguos castillos ; pero se atri;ic!>eraban en los privilegios que les 
aseguraban la mayor parte de los productos del trabajo de sus con- 
ciudadanos. Enjanibrc de arrendadores se hicieron adjudicar el ar- 
riendo de las rentas públicas; y uno de los gobernadores por Car- 
los Ven países coriquislado?, ostí responder á una orden real " El 
rey maiula en ?»Iadrid, y yo eri Miian" Nada de disrusi;>n públi- 
ca, nada de recurso posible á la jostlcí.i, nada de jorisiiicciorí^ 
consular, nada de crédito: todas las f()rmas tutelares hobian sidci 
abolidas para hacer sitio al re'gimen absoluto de los Lajas españo- 
les. Pero no era solamente en Italia y en los estados de Carlos V 
donde tenia que deplorar este cambio súbito en la m arclia y sobre 
todo en las doctrinas de los gobiernos. Para cualípiiera que fen'^a 
prescnie la exactitud escrupulosa de los venecianos, de lt;s doren • 
tinos, de los genoveses y de las ciudades ansiáticas en cumplir sus 
obligaciones, los espedientes atrevidos á los que la política del em- 
perador de Alemania iflcoslumbró y ohligti á los otros príncipes 
con su cj.'mplo v con sus guerras conliiui \s , parecerán mas funes-' 
las que el daño inmediato que res-jltabí ác ellas. Nada ha contrr-' 
buido mas á paralizar el desarrollo social, que la inccrlidiTm?)i''(7 
y el tcnror es[)arcido en todas las relaciones que tcnian necesida<í 
de garantias y de seguridad. ¿Sobre que' base se podria en adelan- 
te asentar la mas mínima especulación, cuando los pr¡ncipaK?s ma- 
nantiales de reñías públicas es(ai)an enagenadas con anli( ipacioii 
por muchos anos, y las monedas alteradas sea por las' ligas au-' 
daces, sea por decretos despf>¡.idores ? Asi el numerario, para quien 
no se hallaba ya una colocación útil y segura, descrió bien pron- 
to de la industria y quedó inmóvil en la compra de ti( iias. I,. i 
agricultura, Iierida de muerte por la decadencia del comctcio, no 
tardó en decaer bajo el imperio de una legislación que piolnl.ia ía 
eépoi tacion de granos. Para colmo de desgracia, las mudanzas na- 



merosas verificadas en la administración de los estados translorna- 
dos por la guerra afligieron á la Europa con la reprodacionde ana 
plaga ck'l Bajo-imperio: queremos hablar de los pleitos y de las 
querellas de toda especie con su séquito habitual de rapiñas y de 
leguleyos. E,l brillo deslumbrante de las bellas artes no ha indem- 
nÍ2ado jamas á la Italia de la decadencia que siguió á la pe'rdida de 
su libertad; y la disminución continua de su población ha demos- 
trado suficientemente, desde entonces, que los verdaderos elemen- 
tos de la prosperidad de los estados consistiau en las artes útiles 
mas bien que en las artes gloriosas. 

El reinado de Carlos V ha sido sobre todo contrario á los 
progresos de la Economía política, en el sentido de que ha desvian- 
do violentamente á la Europa de las vias regulares de la produc- 
ción, para precipitarla en los azares de la guerra y en el antiguo 
sistem» de explotación engendrado por el feudalismo. Todo lo que 
tenemos hoy dia de falsas doctrinas y de funestas preocupaciones 
que combatir, lo debernos á su gobierno continuado y empeorado 
por su execrable sucesor. La libertad del común iba á establecerse 
en el mundo y reunir en an insólido coman los intereses del 
Mediodia y del Norte: Carlos V. substituyó á esto las restriccio- 
nes y las prohibiciones. Los bancos de Venecia y de Genova aca- 
baban de fundar el crédito: Carlos V. se puso á adulterar la mo- 
neda; y aunque ya los tesoros del nuevo mundo le estublesen abier- 
tos hasta el punto de traerle cerca de cinco millones de francos por 
año, él inundó la Europa, acia i54o con una masa considerable 
de malos escudos de oro de Castilla. Este detestable ejemplo no 
halló sino demasiados imitadores; y hnbo un momento en que se- 
gún la «spresion de Mr. Ganilh « la Italia se distinguió tanto por 
sus malas monedas como por sus escelentes obras sobre la mone- 
da". !No se buscaba ya la riqueza en el trabajo y en el empleo in- 
teligente de los capitales, sino en la acumulación de las especies; 
se prohibia su sa'ida por leyes draconianas, como si hubiese sido 
posible comprar las mercanciasque ya no se producian por si mis- 
mo y guardar el dinero que servia para pagarles. Entonces es 
cuando tubieron lugar los primeros ensayos de estas teorías raras 
cuya invención pertenece enteramente á los españoles , y que un 
economista de su país resumia tan ingenuamente, doscientos años 
después en este pasage notable: «Es necesario emplear con rigor 



(i67> 
Codos los medios qae pueden conducirnos á vender á los eslrange- 
ros mas de nuestras producciones que ellos nos vendan de las sa- 
yas: ahí esta todo el secreto y la sola utilidad del comercio ( i )• 

Tal es el sistema que ha dado origen á las guerras i numera- 
bles de que la Europa ha sido el teatro desde el advenimiento de 
Carlos V, Y que domina aun sin conocérsela política comercial de 
casi todos los gobiernos modernos. Todos se han esforzado desde 
entonces, á guardar el numerario y á desterrar las mercancías es- 
trangerasv todos han creido ver en las importaciones una causa 
de ruina, sin percibir que las importaciones llegan á ser tanlo 
mas necesarias, cuanto que la producción interior disminuye exac- 
tamente en cada pueblo, en proporción de las restricciones ima- 
ginadas para activar su vuelo. Era por otra parte, perseguir una 
quimera querer vender sin comprar, y ambicionar el monopolio 
de las manufacturas abandonando por el prodncto de minas los 
grandes trabajos de la industria. La España ha expiado cruelmen- 
to, después,, este íalal error de Carlos V; ella ha perdido sus fá- 
bricas, por haber dado demasiada importancia al oro de sus coIo-iS 
nias ; y mas tarde sus colonias se le han escapado por que habia 
descuidado demasiado sus fabricas. 

Por este mal sistema no es el .solo error que Carlos V haya 
acredilado en Europa. La humanidad tiene mas graves cargos que 
hacera su memoria, por haber restablecido sobre una inmensa 
escala la esclavitud que acababa de morir, y la explotación huma- 
na que tocal>a á su término. El tráfico de los negros fue organiza- 
do en su reynado como una institución legítima y regular, y se 
renovó de los griegos y romanos la doctrina funesta, en virtud de 
la cual los productos del trabajo social pertenecen de derecho á al- 
gunos privilegiados. Millones de hombres perecieron en Aine'rica 
víctimas de esta preocupación deleslable, y el África no ha cesado 
aun, al cabo de trescientos años, de pagar su tributo de sangre y 
de lagrimas al sistema que ha sido el fruto de ello. No se podra 
formar una idea de todos los absurdos que fueron imaginados en 
esta e'poca, para asegurar á los hombres de la metnípoli los bene- 
ficios y las rentas de la nueva colonia ; jamas la audacia del pri- 
vilegio se habia manifestado de una manera tan tiránica. La me- 
tópoli impuso lodos sus productos á la colonia , y le prohibió pro- 

^1) Ustariz : Teoría y práctica del comercio. 



curárselas hasta en su prnp'u) sucio. Fue prohibido á los america- 
nos plantar el lino, el cánamo y la vid, establecer nianufacíaras,- 
construir navios, y educar sus hijos en otra parte que en Europa;. 
Al mismo tiempo, se les prescribían ciertos consumos inútiles, 
y se les sometia á extorsiones que parecian fabulosas en el dia. El 
laligodel comitre representaba entonces toda la civilización española. 
Al mismo tiempo quclas máximas del gobierno de Carlos V es- 
tablecían en América la esclavitud y el mas odioso monopolio ÍO" 
mentaban en Europa el despotismo y la pereza por toda la clase 
de medios. Los conventos se nmltiplicaban y se dotaban á espen- 
sas de la agricultura y del trabajo. La inquisición peleaba con ho- 
gueras contra la libertad civil y religiosa ; monumentos ostentosos 
ú iiiúlilcs sucedian á las numerosas obras de utilidad pública, que 
habian señalado de una manera tan brillante la administración de 
las repúblicas italianas. Parecía que nohabia que alojaren Europa, 
mas que cinco ó seis seraidioses en los templos , mientras el resto de 
la especie humana debía esliuiarse dichosa en que se la permitiese 
arrastrar por el snelo. Esta fue la época de toda las ideas mezqui- 
nas, de todos los absurdos sistemas , en industria , en política, en 
religión. No cometemos lioy dia una sola falta, no obedecemos á 
una sola preocupaciot% industrial que no n.^s haya sido legada por 
este maléfico poder, bástanle fuerte para convertir en ley sus mas 
falalesestravios.Nfi, jamas hallará la ciencia términos bastante enér- 
gicos para censurar, ni la humamidad bastantes lagrimas para llo- 
rar las actas nefastas de tal reinado. Felipe I! de fatal memoria> 
no hizo mas que seguir sus consecuencias ; es Carlos Vquien puso 
sus bases, pero los alentados del hijo cesaron al mismo tiempo que 
su vida , y las doctrinas del padre entorpecen lodavia, después de 
tres siglos, la marcha de la civilización* 

Hubo nobles y sublimes resistencias que protestaron contra 
estos graves atentados , contra los imprescriptibles derechos de la 
humanidad. La España conserva aun religiosamante el recuerdo 
de las tentativas heroicas de Padilla y de las ciudades de la Penín- 
sula que siguieron el impulso de su patriotismo. Este fue un her- 
moso reflejo de la anti'gilá independencia de tos comunes, y se pue- 
de juzgar por lo que ellas pedian, lo que Carlos V las ha hecho 
perder. « Queremos, deeian los ge fes de las comunidades en su cé- 
lebre represeatacioa á e3te príacipe, que no se den ya á las tra^ 



pas alojamientos gratuitos; que todas las cuotas sean restaLlecIdas 
sobre el pie en que estaban cuando la muerte de Isabel ; que á las 
Cortes que se celebren en lo sucesivo, cada ciudad embie an repre- 
sentante del clero, otro de la nobleza, y otro del estado llano , ele- 
gidos cada uno por su orden ; que ningún miembro de las Cortes 
pueda recibir ni oficio, ni pensión del Rey, sea para el, sea para 
personas de su familia, bajo pena de muerte, y de confiscación de 
Sus bienes; qne cada ciudad ó comunidad pague á su representan- 
te el salario conveniente para su manutención durante el tiempo 
que asista á las Cortes y gue las tierras de los nobles estén sujetas á 
todas las cargas públicas , como las de los comunes". Tal era la 
Economía política del partido liberal de esta e'poca , pero la muer- 
te de Padilla, ( i ) y la ruina de la insurrección española permi- 
tieron á Carlos V remachar su yugo de hierro sóbrela mayor par- 
te de la Europa, desde entonces entregada al pillaje de sus tropas, 
y al contagio de suí doctrinas. La Francia misma se vio obligada 
áentrar en la lid (2)dondecombatió largo tiempo con gloria, sv bien 
no siempre con éxito, hasta el momento en que la poderosa di- 
versión del protestantismo en Alemania restableció todas las liber- 
tades bajo la protección de un principio. 

De este modo, bajo cualquiera punto de vista que se mire la 
historia de Carlos Y no se puede menos de reconocer que este mo- 
narca entorpeció el magnífico desarrollo de la riqueza y de la pros- 
peridad creeadas por el trabajo de la clase media emancipada an- 
tes de su reinado. Intentando rce lificar la monarquía universal 
de Cario magnoy arrebatar á los diversos estados Europeos su fisono- 
mía con su independencia, les ha condenado al azote de los ejér- 
citos permanentes y de las contribuciones anticipadas. Restableció 
en America la esclavitud casi abolida en Europa. Concentró en 
su sola persona y en la de algunos príncipes, aliados ó rivales, el 
poder de la soberanía , de que las clases medias comenzaban á par- 

(1) SanJoval nos ha conservado la carta admirable que Padilla escribió en Toledo 
la vispera de sn muerte. 

(2) En una de estas numerosas guerras , en i 552, un (ejercito fran- 
cés de cuarenta y cuatro mil hombres, maullado por el Condestable de 
Montmoreucy, invadió los tres obispados, liaciendose proceder de uu 
luanificsto en IVanccs y alcinau , cuyo frontispicio representaba un gor- 
ro con dos puñales, rodeados de la palabra libertad"'. Schoell, historia 
dclai estados Europeos t. i5 p. iGS. 



(»7o) . . ., . 

tícipar. Estos son sindaila graves motivos de acusación á los oJoS 

de la posteridad; pero los ha habido aun mas graves y cuyas con- 
secuencias no fueron menos deplorables. El gobierno de Carlos V 
es uno de aquellos que mas han contribuido á esparcir en el mun- 
do la horrorosa plaga de la mendicidad y sino: ; destruyendo la. 
libertad de la industria y del comercio, con el eslab!eciu»ienío de 
los monopolios y de las manufacturas reales, no hizo roduir acia 
'os conventos una multitud de individuos , condenándolos á la vi- 
da contemplativa ó á la mendicidad? ¿ Creando el sistema colonial, 
no acostum!)ró á una parte de sus subditos á vivir á espcnsas de 
la otra? ¿¿No favoreció el cstahiecimiento de la sociedad de los 
jcsuitas, tan fecunfla en invenciones funestas al trabajo y á la li- 
bertad: No fue el quien hiio estos lúgubres funerales á las repú- 
blicas italianas? 

Pero la mala índole de un solo hombre no podía prevalecer con- 
tra los dcstidos eternos del genero humano. Mientras la fortuna 
parecia sonreírselc á Carlos V y coronar todas sus empresas , se 
elevaba en la antigua y laboriosa Alemania un poder que debía 
destruir el fruto de sus victorias y preparar grandes humillacio- 
nes á sus sucesores. La libertad de examen renacia á la voz de un 
monge irritado. Los gérmenes de independencia mal sofocados en 
las ciudades anseáticas fermentaron de nuevo bajo la influen- 
cia de las ardientes predicaciones del protestantismo. Los aldeanos 
oprimidos corrieron á las armas , los escritores mas valerosos 
preludiaron con ensayos atrevidos los manifiestos elocuentes del si- 
glo XVIII ( I )• Eil contrabando amortiguaba el efecto de los mo- 
nopolios nacientes. Las vejaciones de los arrendadores, la vena- 
lidad de los empleados y el peso de las impuestos hicieron cono- 

(i) «Pobres y miserables gentes , decia La Boetic, pueblos ¡nsciisa- 
tos, nnfcioiies pCiTiriaccs en vuestro mal y ciegas en vuestro bien , os de- 
jais llevarlo n>eior y mas claro de vuestras rentas, talar vuestros cam- 
pos , robar vuestras casas y despojarlas de los muebles antiguos y pater- 
nales, vivis de suerte que podéis decir que nada es vuestro y 

todo este estrago , esta desgracia , esta ruina , os viene, node enemigos, 
sitio mas cierto del enemigo y de aquel que hacéis tan grande como es, 
par el que v:\is tan valerosamente á h guerra, por la grandeza de quien 
no reusais presentaros á la m;jártc. El que os tiraniza no tiene mas que 
dos o'tos, mas quedos manos ni mas que un cuerpo, ni otra cosa mí*s 
que ftl. ineuor hoaibre del número intinito de vuestras ciudades, sino 
que lieue sobre vosotros , lodos las ventajas que le dais para destruiros , 



eér el valor del oríícn en \a hacicniía y la necesidad de re*pelar á 
ios magislrados, forlificó la educación de los pueblos por duras 
pruebas. El espíritu de examen emanado de la reforma protestan-» 
te acabó de penetrar en todas las cuestiones sociales: es Imoorlan- 
Ic estudiar sus consecuencias económicas antes de llegar á las qué 
siguieron al descubrimiento de la America, porque estas dos p.ila- 
hr^s reforma ynaet^o muní/i? están llenas 4e documentos memorables, 

CAPITULO. XXII 

"D* la reforma protestante y su i'nflueucía en la marcha de la Eco-r 

notnía política. - — Secularización délos religiosos. Venta de los 

bienes eclesiásticos. Su importancia en Inglaterra en esta e'pQ^ 

ca.- — Leyes sobre los pobres. — Aumento de los dias de trabajo. 

Hay alguna cosa de verdaderamente providencial en la mar-r 
cha del trabajo y de la libertad. Perseguidos en un punto, se refu- 
gian á otro; detenidos en su carrera , se lanzan mas vivamente 
acia el porvenir, en el momento que este vuelo les queda libre. 
Ala esclavitud griega y romana sucede la independencia bárbara; 
esta á su vez, apenas alterada por la servidumbre foi^dal , vuelve á 
aparecer mas brillante y mas fuerte en los comunes manumisos. 
El terrazgo sucede á la muela, y las corporaciones preceden á la 
libertad del trabajo. Cuando una experiencia ha pasado su tiempo, 
vuelve á la noche de lo pasado y de repente principia la cspcrien- 
cia nueva , encargada de trasmitir á la posteridad el depósito y el 
producto de todas aquellas que la han precedido. La reforma pro- 
testante es una de estas grandes peripecias del desarrollo magcs- 
tuoso de la humanidad. Sus principios fueron mqy humildes; pero 
sus resultados han cambiado de la faz de U Eqropa. León X no 
vio en ella masque la rebelión de un religioso, ni Carlos V mas qug 
una infracción del dogma de obediencia pasiva ; pero bajóla rebe- y '^ 

llon del mo) ge se ocultaba una protesta contra el monopolio deL^/íí^rA"-/' 
cristianismo por el obispo de Roma, y la aparición de Lutero en 
la dieta de Worms no fue mas que el preludio de la liga deSmal-» 
kalde , es decir de la primera confederación de los pcqucfios esta- 
dos contra el despotismo de los grandes. Asi, desde los primeros 
relámpagos de esta tempestad, fue evidente que el rayo iba i he- 



rlr las instituciones qae se creis.n consolidadas por el tiempo, pe- 
ro qac el tiempo tenia minadas. Como el descabrimiento del cabo 
de Buena Esperanza acababa de arrancar á los venecianos el mo- 
nopolio del comercio, el establecimiento de protestantismo arreba- 
tó á los papas y á los emperadores el dominio de la Europa. Los 
Guelfosy los Gibelinos quedaron fuera de combate y la cuestión 
social apareció bajo un aspecto enteramente nuevo. 

No puede menos de reconocerse una especie de correlación con- 
soladora y maravillosa entre estos grandes acontecimientos contem- 
poráneos, tales como el tráfico de los negros y la reforma protes- 
tante destinada á ponerle termino; la monarquía universal de Car- 
los V y la formación de los estados alemanes á los cuales se uni- 
rán mas tarde la Suecia entera conducida al combate por el gran- 
de Gustavo Adolfo, y las provincias Unidas de Holanda ensan- 
grentadas por Felipe II. Pero nosotros no hemos de considerarlas si- 
no bajo el panto de vista económico y aunque para este examen, 
la mayor parte de los historiadores sean guias poco segaros, los re- 
sultados presentan un carácter de tal modo pronunciado , que bas- 
tará indicarlos para dar á conocer su importancia. No fué desde 
luego mas que una repulsa de pagar las indulgencias por medio de 
las cuales Roma acunaba moneda hasta en las menores aldeas ( i ) 
pero esta repulsa llegó á ser la era de la primera reforma en el 
sistema de impuestos , y no esta tan lejos como se cree el pensa- 
miento de esta reforma de las discusiones de hacienda de los par- 
lamentos constitucionales modernos. En Alemania, los peqai5os; 
príncipes comprendieron bien pronto todo el partido que podían 
sacar del entusiasmo religioso, para arrastrará sus pueblos á la 
resistencia de los proyectos ambiciosos del Austria. Por otra parte, 
* i^ í^f¿^'-cl cebo de los tesoros del clero que cada soberano protestante reu- 
■"^^i^v ^^' nía á su fisco, el de la independencia y la unión intima que la caa- 
J^yT^ sa común establecía entre todos los confederados, decidieron á los 

mas timoratos á correr los riesgos de la liga y fundar la primera 
confederación eficaz de estados libres contra la preponderancia de 
sus opresores. 

(1) He tenido en mi mano el original de un ilipiom.i de indulgencia plenaria con- 
. . ^, '■ redido por la suma (lo nn franco y cincuenta oentrsinios de nuestra moneda. En el se 

decia literalmente lo que sigue « Veniam clamus .loauni ¡X. presbítero omnilnis pecatis 
yiraeteritis , praeseniilms ei fituris, quantiíinque enormihus . . . • » El agraciado ha- 
bla añadido al uiargeu , acaso iniprudentemnte , el nombre de su mugery de esta ma- 
nera estaba comprendida en la indulgencia como por vía de añadidura. 



El primer resultado de la lucha y el mas importante para la 
Economía política, fue la secularizacioadelos religiosos, y la ven- 
ta de los bienes de todas las comunidades ó su adjudicación pura y 
simple al dominio público. Estos bienes tenian ya un gran valor, 
y adquirieron otro mas considerable todavía pasando á manos la- 
boriosas, al salir del régimen estéril de las manos muertas al que 
habian estado largo tiempo sometidos La nobleza tubo su parteen 
esto como los príncipes soberanos, y se aplicó otra con mas ó me- 
nos equidad y descernimiento al resto del culto, y de los pobres y 
de los institutos.de educación pública. Cuando la reforma penetró 
en Inglaterra, el cambio fue aun mas sensible y se efectuó sobre 
tales bases que se le puede considerar como una verdadera revo- 
lución. El clero poscia alli las siete décimas partes de la propiedad 
territorial, y los mil cuarenta y un establecimientos religiosos es- 
parcidos sobre la superficie del reino, en tiempo de Henrique VIII, 
gozaban de una renta de cerca de seis millones de francos de nues- 
tra moneda, suma enorme para aquella época, en razón de la es- 
casez del numerario y de la pequenez de la renta nacional. 

La supresión de un gran número dedias abusivamente feriados^ 
restituyó al trabajo millones de brazos habituados á la ociosidad y 
suministró nuevos elementos de acrecentamiento á la riqueza pú- / 
blica. Pero al mismo tiempo, esta masa enornie de trabajadores, 
voluntarlos ó forzados, arrojados en la circulación al salir de los 
conventos que mantenían su ociosidad, ocasionó modificaciones im- f 
previstas en la organización social é hizo aparecer el pauperismo, -^^/> ^^ ^' 




considerable, que fue preciso recurrirá la legislación para conte- 
nerlos y arreglar las condiciones rigurosas que la reforma de los 
conventos les habia impuesto. La mayor parte se reusabnn obsti- 
nadamente al trabajo, y aquellos que se resignaron á él no le halla- 
ban siempre ¿ Qué se baria de esta población aventurera y erran- 
te, de estos desgraciados vagamundos, pidiendo de puerta en puerta 
pan y trabajo, sin hallar lo mas frecuentemente ni lo uno ni lo 
otro.'' El catolicismo habia creado esta plaga multiplicando los con- '^•^7^^' 
ventos; el protestantismo la agrava suprimiéndolos; ¡quién lo ha— f'^^ ^' 
biera creido cuando se principió la obra! 



También esta epoea Ka sido mas qae ninguna otra fértil eg 
medidlas legislalivas y adiinnislralivas de toda especie, para obli- 
gar á los vagamundos al domicilio, y á los holgazanes al trabajo. 
Los anales de Inglaterra están llenos de ello y no se sabe que 
admirar mas ojeándolos, si su impotencia ó su mullipUcidad, 
En i53i Carlos V habia publicado con este motivo en los Paises- 
Lajos un largo edicto tan esicril como todos los decretos análogos 
de lo3 reyes de Inglaterra. Había prohibido á toda persona mendi- 
gar, csccpto á los monges y á ios [)ercgrinos, bajo pena de prisión 
y de azotes. Los indigentes reconocidos por tales debían ser man- 
tenidos por medio de colecías regulares en las puertas de las igle- 
sias, de los hospitales y de las casas de refugio, y los magistrados 
estaban autorizados á hacer colectas en los templos¡ ó en las casas 
particulares una ó dos veces por semana para el mismo objeto. Los 
holgazaiics pertinaces podian ser forzados á trabajar. Pero lodo este 
• aparato de severidad en Bélgica, en Inglalcra, en Alemania no sir- 
vió mas que para hacer mas notable «I absurdo que habia en san- 
cionar por decreto la prosperidad pública. 

Esta estraua pretensión fue llevada en Inglaterra y en los paí- 
ses protcítaiUcs , kasía sus mas extremados h'milcs. La supresión 
de los conventos convirtió con un rasgo de pluma mas de cincuenta 
mil monges en misera bl<'s pensonaríos do! estado, y les arrojó, sin 
hábito de trabajo ni de mundo, en medio de las necesidades y de 
las seducciones de una sociedad industriosa. Las correcciones, los 
castigos y los suplicios no podian nada con estos hombres aguerri- 
dos en la pereza, y que por otra parle no tenían todos á su dispo- 
sición medios de trabajo. ¿Cómo distinguir entre ellos la ociosidad 
forzada de la ociosidad voluntaria ?■ Esta cuestión no esta aun re- 
suelta en Europa aunque haya sido suscitada hace machos siglos, y 
se complica todos los di^is, por los progresos de la industria y 
de la civilización, con una multitud de dificultades que la hacen 
mas y mas insoluble. En vano el proleálantismo ha opuesto á la 
caridad ciega de los católicos la severidad de las leyes sobre los po- 
bres: no ha resultado mas que una cosa, y es que los pobres de 
los países protestantes están obligados á ocultar su miseria, en tanto 
que los de los países católicos pueden ostentarla sin temor; pero la 
miseria no es por eso menos positiva en ambos campos, j Quien 
sabe aun si la cuota de los pobres no ha contribuido roas i miilti<« 



(175) 
pilcarlos en Inglaterra qac en España , asegnra'ndoíos i costa de las 

porroqaias ana rei>ta regalar y forzosa , en lugar de los recursos 

precarios de la limosna ? 

INo se tiene por esto derecho á reconvenir á la rnflaencra pro- 
testante sobre las consecuencias del principio que ella lia frjado. La 
supresión de los monasterios y la venta de sus bienes ban sido me- 
dios sabios y dictados tanto por la razón como por la necesidad. 
En otra e'poca^ también, cuando la esclavitutl personal y aun la 
servidumbre del terrazgo fueron supriinidas, se hubiera intentado 
calumniar la libertad viendo el embarazo en que se hallaban para 
vivir estos |>ro!etarios sin propiedad súbitamente emancipados y 
entregados á si mismos. La libertad les imponia la necesidad dff 
ganar su vida con el sudor de su frente, y de justificar su dignidad 
de hombres libres por el trabajo que es la insignia distintiva y la 
condición esencial de ella. Es una condreion de este genero la que 
el protestantismo exigia de todos los ciudadanos asi como las ne- 
cesidades numerosas y variadas de nuestra civilización actual pi- 
den mas trabajo, porque procu-ran mas goces. INo será poes jus- 
to hacer al uno ú al otro responsable de la existencia de un mal' 
inherente á la naturaleza humana y que no ha cesado de repro- 
J-ucirse bajo todas las religiones y bajo todos los regímenes. Basta- 
saber cual era entonces el genero de vida de las poblaciones labo- 
riosas, para formarse una idea délas miserias que esperaban al in- 
digente sin trabajo, y algunas veces también al cultivador de sa 
propia tierra. Erasmo nos dice que la mayor parte délas casas es- 
taban hasta desprovistas de chimeneas, y que se andaba por la tier- 
ra, s falta de ladi-illos y baldosas; las camas consistían en un mon- 
tón de paja rara vez renovada, y un tarugo de madera mal labra- 
do que servia de almohada. Foiiescue que había recorrido la Francia 
por esla época, decia de nuestros labradores. "Ellos beben agua, 
comen manzanas, hacen con centeno un pan de color negro y no 
saben siquera lo que es carne." 

El establecimiento definitivo del protestantismo en Europa ha 
centribuido mucho á cambiar este triste estado de cosas. Si la su- 
presión de los conventos no resolvióla cuestión del pauperismo que 
su multiplicidad habla complicado, forzó al menos á una parte de 
los ociosos á buscar su existencia en el trabajo. L^n cscesivo núme- 
ro de dias feriados eran perdidos para la producción : los proles- 



(,76) 

tantfs le redujerou á proporciones convenientes, y bien pronto Tas 
comarcas en donde sus reformas habian triunfado presentaron di- 
ferencias nolables respecto á los países católicos. A medida que sus 
poblaciones no podian ya vivir de la limosna, ellas adquirían há» 
bitos mas laboriosos y mas regulares, que subsisten aun y que las 
distinguen de una manera muy notable en Europa. Después del 
cisma de Enrique Vlíl y la abolición de los conventos es cuando la 
Inglaterra ba marcbado, al través de las mas crueles vicisitudes, 
acia su desarrollo actual. La Aleminia debe también al protes- 
tantismo resultados análogos y también aun hoy dia la parte ca- 
tólica de esle bello pais, es inferior en civilización, en riqueza y 
en luces, á la parte protestante. Véase á Ginebra y los cantones 
suizos reformados: ', que diferencia tienen de los cantones católicos! 
La prosperidad de Holanda, después de la sublevación contra los 
españoles monopolistas y perseguidores, no reconoce otras causas. 
En Francia mismo, luego que mas tarde Luis XIV mal inspira- 
do firmó la famosa revocación tlel edicto de Nanles, los protestan- 
tes desterrados del territorio fueron á dar lecciones de industria 
4 toda la Europa. Flandes, Suiza, Inglaterra, Prus¡a(i') se enri- 
quecieron con el fruto de sus trabajos.. Su proselilismo ardiente y 
severo arrastró muchos espíritus generosos y les hizo aceptar sa- 
crificios que la molicie indolente y oslentosa del catolicismo hubie- 
ra siempre rechazado. La sencillez de su culto y de su trage ahor- 
ró para las necesidades de la industria capitales inmensos consa- 
grados en toda la Europa católica á mantener la magcstad délos 
templos ó el lujo de los prelados. 

La revolución no fue menos decisiva en todo lo que toca mas 
cerca á las cuestiones sociales discutidas desde el principio de los 

(i) «Al advenimiento de Federico Guillermo a la regencia, dice un 
escritor alemán, principe de la casa de Brandebourg, no se hacian en 
este pais ni sombreros ni medias, ni sargas, ni ningún tejido de lana; 
la industi'ia de los franceses nos enriqueció con todas estas manuf'aclu- 
ras. Ellos establecieron fábricas de paílos, de sargas , de estamcíias, de 
bayetas, de gorros y medias tejidas en telar, .sombreros de castor, de 
piel de cabra y de conejo, tintaras de todas clases. Algunos de estos re- 
fugiados se hicieron mercaderes y vendieron al pormenor la industria de 
los otros. Berlin tuvo plateros, joyros, relojeros, escultores, y los fran- 
ceses que se establecieron, en el pais llano, cultivaron el t;ibaco é hi- 
cieron venir frutos y legumbres cscelentes de sus comarcas arenosas, que 
por su esmero hau venido á .ser huertas admirables." 



siglos. El pspíiifu 4p ?5PGJacíoí^ se lagnjnííiú en las fiUs caióucas 
p?ra algcar y en las sectas proUsiautcs pan ílefcnderse. La ira- 
prenta , que acababa de ser descubierta como una arma nueva, sir. 
\ió con ventaja á ios (los partidos f tomó puesto entre los poderes. 
Ia lucha enteramente inldeclual que se estableció desde luego, for- 
zó á los disidentes al estudio y al racjocinjo, y la lu^, nacida del 
seno del error y d/ü la confusión, acabó por esparcirse aun sobre. 
los objetos que parccian mas eslraños á estas «Jisputas. Una refor- 
ma condujo á otra; la escolástica fue reemplazada por la filosofía, 
y la moral de los casuistas desapareció, ante la del evangelio. Todo 
el mundo puso piano á la obra y se hicieron al lado de las mas 
altas modificaciones religiosas, cambios jnduslriales inauditos. La 
sola supresión de los dias de ayuno prescriplos por los mandamien- 
tos de la iglesia católica, acarreó una disminución considerable ea. 
los armamentos consagrados á la pjesca- La Holanda consumió nías 
carne, á medida que consumía menos pescado. Sus marineros se 
hicieron agricultores, y criaron bueyes en lugar de pescar aren- 
ques. El rechazo de la reforma proleslanle produjo lambicn otros 
efectos de un orden mas elevado aunque mas indirectos. Cuando 
Felipe 11 se apoderó del Portugal y cerró ia escala de Lisboa á los 
comerciantes holandeses acostumbrados á comprar allí las mefcan- 
cias del Oriente, estos fueron á buscarlas directamente álgs Indias 
y echaron en ellas los cimientos de su poder colonial. Ln capricho 
religioso de este mal príncipe hizo perder á los españoles el im- 
perio del mar. 

Pero fué dado al protestantismo revestirse de un cara'clcr mas 
elevado y ejercer una influencia mas general cuando hubo obteni- 
do el socorro de la lengua francesa que acabó de popularizarle en 
Europa. A partir de esta época, la reforma liego á ser un ansüiar 
de la política, y las guerras de religión que han asolado nuestro 
país probaron bastante que se hahian tomado por lo serio las doc- 
trinas y las consecuencias de ella. Las masas pobres comenzaban 
á comprender la importancia de un cambio que les desembaraza- 
ban de los diezmos eclesiásticos, y las clases acomodadas no mír.T- 
Lan sin interés el movimiento religioso que les dcvoK ia la liber- 
tad de examen y la independencia del pensamiento. Las propieda- 
des de la iglesia, no ha mucho exentas de impuestos, volvían áen- 
jtfar en el dominio público, y aliviaban á ios contribuyentes del 

33 



(,78) 
peso y de las cuotas inamcrabies con que estaban agoviados. Una 
parte volvió á la aristocracia y la unió á las nuevas ideas, aumen- 
tando al mismo tiempo su consideración y su fortuna. Los peque- 
ños príncipes, dc: Alemania las habian acogido como un medio de 
reunión contra la dominación de Garlos V; los hidalgos de Francia 
se afirmaron en ellas para aumentar su influencia local y por que 
el protestantismo se acomodaba perfectamente con sus hábitos pro- 
vinciales. Hubo un.momento en que la Europa se vio dividida entre 
el federalismo. protestante y la unidad católica. Se hubiera cubier- 
to de grandes ciudades libres á modo de las ciudades anseáticas, ó 
de pequeños estados. independientes como las repúblicas italianas, 
si el principio calvinista hubiese completamente triunfado; hubie- 
ra sido embebida en dos ó tres grandes monarquías, quizá en una 
sola, si este principio hubiera enteramente desaparecido. ¡Quesería 
de la civilización, bajo la influencia del uno ó del otro aconteci- 
miento! No sabremos decirlo; pero la prosperidad délos países pro- 
testantes no permite dudar que la reforma, hubiese activado ma- 
cho el desarrolIo.de la riqueza pública; no hubiéramos visto la ren- 
ta social europea devorada por tres ó cuatro potencias beligeran- 
tes, mas ocupadas en los intereses de su engrandecimiento y de sa. 
política que en el bienestar de los pueblos. 

Es preciso que el protestantismo encierre en su seno ge'rmenes; 
fecundos del porvenir puesto, que por todas partes en que esta es- 
tablecido las poblaciones han contraído hábitos mas regulares, cos- 
tumbres mas austeras , una propensión mas pronunciada al trabajo. 
Compárese la Holanda y el Portugal, la Inglaterra y la Espaiía, 
la Alemania. luterana y la Alemania católica; ¡ qué contraste en 
punto á luces, riqueza y moralidad! Que' diferencia entre la vi- 
da que reina en unos y la languidez en que vegetan los otros! Se 
puede juzgar bien de esto respecto á América donde la civilización 
parece haber establecido. los dos estremos: los Estados-Unidos del 
Norte han llegado al mas alto grado de prosperidad bajo la influen- 
cia del libreexamen y con población protestante: las repúblicasde 
la América del Sur, á pesar de las ventajas naturales de su clima 
y la riqueza de su suelo, no han podido aun establecer un gobier- 
no regular á causa de sus preocupaciones católicas. La ociosidad 
y la mendicidad reinan alli siempre como en su antigua metrópoli» 
en tanto que el trabajo de los americanos del Norte ha puesto los 



bosques Cñ CaUivo y poblado los desiertos con ciadades opalenlas 
en menos de cincuenta años. Desgraciadamente, el protestantismo, 
tan hábil en multiplicar la riqueza no ha hallado aun el secreto de 
distribuirla con imparcialidad entre todas lasclases que la producen. 
El ha roto el lazo que unia las nacisnes cristianas, y substituido el 
egoismo nacional á la árnionia universalá que tendia el catolicismo. 
PSo hay ya en el dia en Europa una idea común capaz de reunir los 
espíritus y las convicciones. En industria, en política, en filosofía, en 
religión, las ¡deas flotan á medida del soplodc las revoluciones. Cada 
dia se deshace la obra de la víspera. Los pueblos se disputan los 
mercados y se perjudican con la concurrencia, en lugar de asociarse 
bajo el imperio de sus necesidades y para el cambiode -sus pro- 
ductos respectivos. Yo deseo ante todo ser justo; pero no'puedo me- 
nos de reconocer que si el antiguo catolicismo no ha sabido poner- 
se á la cabeza de la producción-de las riquezas no se puede recon- 
A'cnirle de la esterilidad de las doctrinas en virtud de las cuales la 
distribución de ellas se hace de un modo tan poco equitativo en 
los paises protestantes. Es preciso pues que hoy dia sea la ciencia 
quien se encargue de las funciones <le este gran sacerdocio, predi- 
cándola paz y la solidaridad alas naciones, demostrándolas que sus 
intereses son comunes, á pesar de la aparente oposición que pre- 
senten. Esta verdad aparecerá mas patente con el rápido examen 
del sistema colonial. 

CAPITULO xxm. 

Dé las consecuencias aeí descubrimiento del~nuei>o mundo y del sis" 

tema colonial de los europeos fin ambas ^Indias. 

# ■■" ■ ''■■'',■ " ' ' . ' ' 

Los grandes beneficios que los venecianos sacaban de sxx. co- 
mercio con la India, habian escilado desde largo tiempo la emu- 
lación y la envidia de los demás pueblos. Durante todo el trans- 
curso del siglo Xy, los portugueses no habian cesado de buscar un 
camino que, los' condujese por mar á los paises de donde' los mo-' 
i;os traian , al, través del -desierto, marfil y oro en polvo. De este' 
modo de escala en escala á lo largo de las costas de África, Vas- 
co de Gama se adelantó hasta el cabo de Buena-esperanz.i y des- 
cubrió las riberas del Indoslan, en i497 ^^^pucs de una navega-- 
cion de once meses. Cinco años antes , Cristóbal Colon abordó á' 
América y dotdá su patria y al mundo entero con un maevo 



lió ilerepen 



híinisferip. I^a Earopa, se halló de repeníe y sin preparación aTga- 
na, lanzada cu la via de las conquistas coloniales, qae debian 
ejercer una influencia tan profunda en sus destinos ulteriores. 

No puede compararse con exactitud el sistema que siguió res- 
pecto á esto, con el que dirigía i los griegos y á los. romanos en sus 
eslablecimicntos del uñsmo. genera. Las colonias griegas estaban 
generalmente pobladas por ciudadanos forzados á espatriarse por 
la violencia de las facciones ó por la imposibilidad do proporcio- 
narse una subsistencia suficienle en su pais. Se ha visto ya que 
estas colonias gozaban de cierta ind^'pender.cia, y que la mayor 
parle de entre aellas llegaron á ser verdaderos iiuperios. Las colo- 
nias romanas se habian formado con bases diferentes: su admití 
nistracion,iníerior, menos independiente que la de las posesiones 
griegas, eslubo modelada por el régimen de la metrópoii, que las 
consideraba d su vez como asilos para los ciudadanos pobres ó des- 
contentos, y como puestos militares avanzados en pais estrangcro- 
Nada parecido á esto se halla en la idea que inspiró las espedicío- 
ncs españolas y portuguesas, y que ha dirigido ^ después, todos 
los establecimientos de los europeos en ambas Indias. Era en bus- 
ca del oro y de las riquezas por lo que Vasco de Gama y Cristóbal 
Colon, estos sublimes aventureros, corrian con una perseveFancia 
heroica, cuando arribaron sobre aquellas riberas donde su aparicioa 
diíbia hacer correr tanta sangre y lágrimas. No hay mas que leer la 
relación de sus primeras hazañas para convencerse que su fin no era 
ni civilizar, ni tampoco aunque el los lo hayan dicho, convertir las po- 
blaciones; sino despojarlas esterminándolas en caso de necesidad. 

Cuando Cristóbal Colon volvió á Europa y se presentó con 
grande pompa en la corte de Castilla, lo que hirió mas agrada- 
blemente á sus ilustres amos fue una colección de láminas de orcr, 
brazakles de oro, pedazos de oro mezclados con algunos fardos de 
ajgodoa que traía de los paises nuevamente' descubiertos. Hernatt' 
Corles y Pizarro no buscaron otra cosa en sus osadas espediciones 
Á Méjico y al Peni i y se sabe cual fue sü sorpresa y su alegria á 
la vista de los tesoros que iban á conquistar. El amor del oro fue 
el que condujo á estos valerosos aventureros á las estremidades del 
mundo, 'yícl que les ha hecho superar los mas terribles obstácu— 
las.; Do quiera que poni^an sus plantas pedian noticia del oró y se 
recmbafcaban cuando no descubrian nadade él ; y á ésta causa had^ 



h'iáo alríLurrse principalmente la esfrema lenfílad en ei progreso 
de las colonias españolas. El oro y la plata acumularias por los 
indígenas se agotaron pro-nto, y las turbas de emigrados que si- 
gaieron á la conquista emplearon toda su actividad en los traba- 
jos generalmente imr>roduclivos de las minas. Solo después de lar- 
gos y estériles ensayos en esta carrera arriesgada se percibió que 
habia en el suelo americano recursos mucho mas ricos y fecundos 
qae sus minas de oro y de plata. 

Pero las preocupaciones engendradas por la fiebre de metales 
preciosos no desaparecieron con las circunstancias que las habian 
producido. Sabidos son los sueños de Sir Wallcr Fxaleigli sobre la 
Ciudad del oro y el pais de Eldorado. Mas de cien anos después de 
la muerte de Sir Waller, el jesuila Gomila estaba todavía per- 
suadido de 'a existencia de tan maravillosa comarca y espresaba 
con mucho calor, cuan dichoso seria si pudicst* llevar la luz del 
evangelio á un pueblo que se hallaba en esíado de recompensar 
tan generalmente los piadosos trabajos de los misioneros (i). Cada 
espaiíol creia embarcarse para la tierra de promisión al dar la vela 
para America. La codicia de la multitud era escilada sin cesar 
por relaciones exageradas; y se la puede perdonar haberlas dado 
crc'Jito, en vista de los tesoros que continuamente l'egaban de taa 
poéticos lugares. Poco á poco la nación española enlera se acos-' 
tambró á la idea de hacer fortuna sin trabajar, y desdeñó no so-^ 
lamente las ocupaciones agrícolas que hubieran podido cambiar la 
íaz de la América , sino las que eran necesarias para impedir la 
decadencia de su propio pais. Cida ciudadano español se creia uit 
hidalgo con su correspondiente mayorazgo en el nuevo mundo y 
la legislación colonial vino bien pronto á confirmar tan díiñosa 
preocupación. La América fue considerada como una propiedaJ 
nacional de la melrcípoli , y esta la impuso reglamentos cuy.i lira- 
nia absurda llegó á ser igualmente funesta á ambas, liemos seña- 
lado ya a'gunos de ellos en nuestro rápido bosquejo de la Econo- 
niia política de Carlos V. 

Tal ha sido el origen de las preocupaciones coloniales que han 
entorpecido por tan largo tiempo la prosperidad del mundo y es- 
terilizado en las manos mismas de sus autores, el descubrimienfa 
del nuevo conlinente. La esclavitud de los negros, vergüenza Je 
(I) Ailau Sinjlh, Rif^ueza de las Nacioucs Xih. IV cap. 7. 



la civilización, no es mas que un episodio, y aunque existe toda- 
vía esperamos que su úlllma hora no está lejos de llegar. Pero hay 
otros vicios que serán por largo tiempo incurables , porque su 
origen remonta á los primeros días de la conquista , y han pene- 
trado profundamente en las costumbres coloniales. Se han habi- 
tuado demasiado los colonos á vivir á espensas de los trabajadores 
de toda especie, pues en tanto que en Méjico y en el Perú esplota- 
Lan sin piedad á los desgraciados indígenas, la metrópoli, no me- 
nos inhumana arrebataba á los rolónos el fruto de sus rapiñas, 
bajo los nombres de tari f as ^ de diezmos^ de alcabala y otros seme- 
jantes. Esta Economia política errada infestó la Europa y prepa- 
ro las rivalidades industriales y comerciales do donde han salido 
casi todas las guerras modernas. 

Entretanto que examinamos estos acontecimientos deplorables, 
conviene indicar aquí uno de los resultados mas curiosos que el 
descubrimiento del nuevo mundo ha suministrado á la ciencia. 
Cuando los españoles se cansaron de esperimentos sobre las minas 
se entregaron á algunos ensayos agrícolas, tales como el cultivo de 
la caña de azúcar y del algodón. Se vio entonces el fenómeno de 
una población dueña de mas tierras que podia cultivar, obligada á 
conceder salarios muy subidos á obreros que pronto llegaron á ha- 
cerse propietarios, y asalariar á otros obreros bien pronto bas- 
tante ricos paro dejarlos. La recompensa liberal del trabajo fomen- 
tó los matrimonios , y contribuyó al aumento de la población. De 
este modo los Estados-Unidos han visto, en menos de medio siglo, 
el número desús habitantes subir desde i.20o3 almas á mas de i5 
millones, en tanto que las colonias españolas, dedicadas á la ocio- 
sidad , y carcomidas por las corporaciones civiles y religiosas, 
igualmente parásitas, no han cesado de marchar acia su decadencia. 
Aun hoy día entregadas á su independencia, se agitan tristemente 
entre los recuerdos de lo pasado, y se resienten de los vicios y de 
la impericia' de sus primeros fundadores., El grande error del sis- 
tema inventado por los españoles, fue procurar aislar del resto del 
universo un mundo que tenia mas de 3ooo leguas de costas ac- 
cesibles. Los españoles olvidaron demasiado pronto que solo en 
odio del monopolio veneciano buscaron los portugueses fortuna en 
los descubrimientos marítimos y que ellos mismos creian firme- 
mente haber enviado á Cristóbal Colon á las Indias orientales, 



caando descubrió las Indias occidentales. Este nombre común apli- 
cado á colonias tan diferentes atestigua indudablemente el espíri- 
tu que animaba entonces á los viageros de la Península ibérica. 
¿Por qué, pues se separarían tan prontamente del principio que 
les habia hecho. emprender tantas y tan grandes, cosas? Ya lo he- 
mos dicho: el espíritu de monopolio en odio del cual los españoles des- 
cubrieron, la América y que su gobierno restableció alli sobre bases 
tan odiosas , fue una, necesidad de la política guerrera de Carlos V; 
reducido sin cesar á espedientes rentísticos y acosado por la falta 
dé dinero, este príncipe no vio en la América mas que una mina 
de oro, y la esplotó sin piedad, porque se hallaba sin recursos. 
Toda su legislación no. tubo, por objeto mas que despojar á los na- 
turales por medio, de los colonos y á los colonos por medio de las 
tarifas. A pesar de la exactitud de su ojeada y de su consumada 
esperiencia de las cosas, Carlos V no supo jamas el partido que 
hubiera podido sacar de su rica conquista , si la hubiese adminis- 
trado sabiamente en lugar de oprimirla sin miramiento. Sus su- 
cesores acabaron de matar esta gallina que ponia huevos de oro; 
pero él la abrió las. entrañas. 

Este mal ejemplo, dado por los españoles, fue desgraciadamen?" 
te imitado por todas las naciones europeas en sus relaciones con 
las colonias. No hubo ni una sola de ellas que pensase en los be- 
neficios inmensos que hubiera podido obtener de la libertad del co- 
mercio poniéndola bajo la protección de su pabellón. Cada metró- 
poli se consideró como propietaria de su colonia y se vio que la 
esclavitud de nación á nación iba á suceder á la esclavitud perso- 
nal. Portugueses, franceses, ingleses, holandeses, suecos y dinamar- 
queses, todos obídecicron á la misma preocupación que han espiado 
cruelmente después, por errores irreparables. El Brasil se ha se- 
parado del Portugal; la Francia ha perdido a Santo Domingo, la 
Inglaterra ha sido espulsada de los Estados-Unidos, la Holanda 
está reducida á la isla de Java, y la España no tiene ya mas que 
Cuba y las Filipinas. Esto no es por que el sistema colonial de 
estas naciones haya sido absolutamente el mismo: algunas de en- 
tre ellas han administrado directamente sus colonias, como la Es- 
paña y el Portugal; otras han entregado el gobierno de ellas á com- 
pañias privilegiadas, como la Inglaterra, la Francia, la Holanda 
y la Dinamarca. Pero si hay algunas diferencias en los procede- 



(.80 
re5 de todas estas adminlsliaciont.s , no las ha habido en la idea 
que las* dirigía. Pop todas jiarlcs se quería esplolar la conquista 
á la manera griega y romana, y para conseguirlo, se multiplica- 
Lan los rcglamenlos , las rustricciones , las proliiblcioncs y harto 
frecuentemente los suplicios. Las compauias privilegiadas esplota- 
Lan sus monopolios con el m.is implacable rigor. Los colonos es-» 
taban obligados á venderles la totniiílad de sus productos supera- 
feundantes. El monopolio fijaba el precio, lo mas alio posible cuan-* 
do vendia, y lo mas bajo cuando c )mpraba. Frecuentemente tam- 
bién era interés de las conjpauias aminorar el valor de los produc- 
tos coloniales y detener su aumento para que el precio pudiese 
sostenerse muy alto en Europa. Este furor ha asolado una parte 
de los dos mandos, y se ha visto á los holandeses quemar las plan- 
taciones de los árboles especieros en laá islas Molucas para impe- 
dir que sus rivales pudiesen aprovecharse de ellas. 

Otras naciones sin concederprivi!c.(i()s á las compañías cscíusi- 
vas,han reducidoel comercio colonial á un solopijcrlo de la metró- 
poli del que no era permitido á ningún baque darse á la vela, csceplo 
en una época del<n"niinada, y asoló, ya en convov, á lo nievios sin uij 
permiso espacial. i'Lsta ciicanstaneía ob'¡gaL;i á los armadoresá en- 
tenderse y frecaenlemen!e asoriaisc, para uo dañarse por la con-f 
currencia; y el efecto permanecia el mismo con respecto á los cór- 
lenos, sioMTipre obligados á comprar caro y vender barato. Las nie- 
trópolis mas liberales han modificado algunas veces estos regla- 
mentos en la forma, pero no lian cesado jamas de considerar las 
colonias como posesiones sometidas de derecho á una ley escepcio- 
nal. A pesar de las revo'.u(:1ónes que han protestado en diversase'po- 
cas contra esla opresim, todas las na(.:!<mes europeas persisten to- 
davía en el mismo si-ílema. Hay una legislación particular paralas 
colonias en Francia , en Inglaterra, en Holanda, en España. Lo 
que es legítimo en Europa, cesa de soi"1o en Asia, en África, en 
América. La esclavitud de los negros ha venido á complicar en e! 
nuevo mundo este régimen ya contaminado con mas de un vicio 
radical. Los colonos se lian indemnizado, á espensas de esta raza 
desgraciada, de las vejaciones que sufrían por parte de los altos y 
poderosos señores de la metrópoli; y de este modo el régimen co- 
lonial ha llegado á ser la escuela de todas las inmoralidades qu^ 
aíligea á la civiUzacioa industrial .y comercial. 



(.85) 
• • El funesto pFÍnciplo de los monopolios ha peneiraáo hasta en 
los establecimienlos Jonde U madre patria no len¡3 derecho de so- 
Lerania que ejercer. En el J^pon, en la China, en algunos pmilos 
del litoral del Mediterráneo ^ en donde, á falta de colonias, se te- 
nían qu€ contentar con factorías toleradas, estas factorías estaban 
arrendadas á las compañías privilegiadas, y solo de pocos años acá 
los ingleses han abolido el monopolio de la compañía de las Indias 
para el cprncrcio de la China, ahora ahicrjlo para todos los regnícolas 
ILn el dia se empieza á comprender que nops necesario ser dueño 
de un pais para establecer con el relaciones ventajosas. Cuando, 
desptjes de la guerra de América, el gobierno inglés se yió forzado 
á firmar la paz con su colonia emancipada, hubo en los puertos de 
Inglaterra una conmoción general. La ciudad de Bristol dirigió una 
petición al Parlamento, para suplicarle rehusase su sanción á esta 
paz fatal que debia traer consigo (decian) la ruina .del comercio 
británico, y algunos aiios después dü firmada esta paz la misma 
ciudad pidió la autorización de escabar. nuevas dársenas para sus 
naves, cuyo número se habia duplicado por consecuencia ,de sus re- 
laciones con los Estados-Unidos. Perdiendo sus posesiones suble- 
vajdas, la nación inglesa economizaba los gastos desuardarlas y de 
administrarlas, y su comercio ganaba en estension y en importan- 
cia mucho mas que el despotismo colonial hubiera podido darle. Si 
la España hubiera tenido el buen juicio de hi.cer la paz, en tiem- 
po oportuno, con las repúblicas americanas y aprovecharse de las 
ventajas que resultan de la conformidad del lenguage, de los hábi- 
tos y de las necesidades de los pueblos^ no se vcria hoy dia priva- 
da de recursos, y su industria hubiera podido recobrar algunos 
restos de su antiguo esplendor. Quien no comprende yalas dificul— 
lades de gobernar un pais á dos mil leguas de distancia, por ideas 
oportunas al carácter de sus habitantes y con los gastos enormes 
que necesita siempre la ocupación de comarcas remotas: El poder 
cae en manos de vice-reyes , de pí'ocónsules, de gobernadores. El 
gobierno de la madre patria no ve mas que por sus ojos, no obra 
mas que por sus consejos, y frecuentemente engañado por las re- 
laciones que ellos hacen. 

"Las colonias dependientes (dice J. R. Say) han sido siempre 
tan mal habitadas como mal gobernadas. No se va á ellas sino con 
U idea de volver; es decir para regresar á Europa con una forlu- 

a4 



na bien ó mal adquirida. ' Asi, véase caal es después de trescien- 
tos años de dominación, la situación de la mayor parte de las co- 
lonias hoy dia emancipadas. Ellas conservarán por largo tiempo 
las cicatrices de las llagas que las hizo la tirania de las metrcípo- 
lis , y la arraigada influencia de sus funestos principios marchitará 
durante un siglo mas, todas las tentativas de regeneración. Ellas 
sufren la ley cornun de los individuos, dichosos si su educaciones 
buena, desgraciados cuando es descuidada.. La. Europa ha amon- 
tonado en estas regiones de privilegio todos los abusos y todos los 
tícíos de sus mas detestables gobiernos. Ha reorganizado la escla- 
•iitud en una inmensa escala, hasta ^1 punto que en muchas colo- 
nias la población negra ha revasadocomo un torrente sóbrela aris- 
tocracia blanca. Santo, Domingo dio la señal de la reacción, que 
ya amenaza en Lusiana y en el Brasil y que la abolición de la es- 
clavitud en las Antillas inglesas precipitará de una manera inevi- 
table, si los pertinaces colonos no abren al fin los ojos. Cuando se 
conocen las revelaciones que cada dia se hacen sobre el régimen 
interior de las colonias, se cesa de admirar el estado de languidez 
en que han vivido y la desesperación que las ha arrojado á la re- 
belión (i). Jamas se ha hecho desaire mas audaz á las miras del 
Creador. Jamas tantas frentes encorvadas sobre la tierra han soli- 
citado una reparación mas merecida cuanto mas tardia. 

Empero el sistema colonial no ha sido mantenido en todo sa 
vigor mas que como un mal transitorio y del que la Europa de- 
bia recoger, en un porvenir mas ó menos próximo, las mas bri- 
llantes recompensas. Los privilegios de las compañías no fueron 
jamas concedidos á perpetuidad, sino solamente renovados sea por 
actos de la legislatura como en Inglaterra , sea por reales decretos 
como en otros paises. No se hubiera osado jamas proclamar clara- 
mente la perpetuidad de un régimen tan monstruoso, aun cuando 
la política y la necesidad pareciesen justificar su establecimiento. 
río debia ser, como todos los monopolios, mas que una medida de 
circunstancias, indispensable á la seguridad de las colonias nacien- 
tes, y que cesaria de derecho asi que estuvieran consolidadas. Poco 
á poco, sin embargo, este arrendamiento llegado áser enfitéutico, 
acabó por tomar el carácter de una concesión perpetua, y lá du- 

(1) Basta citarla obra publicaJa en Londres en 1826 cou el título de Noticias se- 
cretas de América por don Jorge Jnan y doa Aatoaio ülloa. 



/ación no hubiera sido jamas interrumpida sin la intervención de 
las revoluciones. Era ya una é inmensa, el d.escubrimienlo de los 
productos especiales hallados ó naturalizados en el Nuevo-mundo, 
la cochinilla, la quina, el azúcar, el café, el algodón, el cacao, el 
añil, los palos de .tinte y los demás. artículos de los que todas las 
naciones europeas quisieron tener su parte, -aun á costa del con- 
trabando, y de la guerra. De ahi nació un nuevo derecho comer- 
cial eminentemente icxclusivo, queriendo cada uno guardar para 
si el monopolio de los productos preferidos, ó arrebatárselos á ri- 
yales mas dichosos. IjaSiComplicaciones crecieron sobre todo cuan- 
do la «mayor parte de las potencias europeas fundaron estableci- 
mientos bajo las mismas latitudes, y se hubo naturalizado alli el 
cultivo de los géneros de gran consumo. El azúcar se eslrajo bien 
pronto de santo Domingo, de la Jamaica, de Cuba y de todas las 
Antillas pertenecientes á diversos dueños. Se planto el café en el 
Brasil y en la Martinica. El algodón enriqueció las llanuras de 
Luisiania, de la nueva Georgia y de la Carolina. El aHil vino á la 
vez de Calcuta , de Guatemala -y de Caracas. El azúcar de la India 
compitió con el de América y ambos tienen hoy dia un rival en el 
de la remolacha. El oro se agotó: pero quedaron en la América 
minas mas preciosas, queeran. las únicas que sus ciegas metropo- 
litis no habían sabido esplotar. 

El grande error de la Europa es haber buscado sus ganancias 
en el alto precio resultante de la escasez ó del monopolio de los pro- 
ductos coloniales, mas bien que en su abundancia. En un princi- 
pio los que primero llegaron se esforzaron á impedir el arribo de 
sus rivales; ensayaron también ocultar el camino de las Indias, 
como los avaros ocultan sus tesoros; después conocido el camino, 
prohibieron á los estrangeros el acceso á sus posesiones, y cuando 
á pesar de la fuerza y de la amenaza, fue preciso resignarse á su- 
ffiíf potnpetídores, las. guerras, de las tairifas crearon distinciones de 
procedencias entre los- géneros del mismo suelo. El azúcar y el 
café costaron mas caro según eran importadas por navios estran- 
geros ó por embarcaciones nacionales. Había colonia vecina á Tier- 
ra firme que estaba obligada á hacer venir el trigo de Europa .á 
riesgo de morir , de bamVrt; » si se retardaba la arribada. Toda esta 
al^;^urda Icgisl^acipn.está Ipdavia en vigor. La Inglaterra la sostiene 
pn suiampsf act^dc-fiavegacion; la Francia con todas sus dispo- 



(,88) 

sicíoncs «le aduanas; la KspaFia como de su propia invención. 'Tícfi'- 
ras separadas por un brazo de mar de algunas horas son tan es- 
trangeras la una de la otra, bajo el ciclo de las Antillas, como si 
el Occeano atlántico estendiese entre ellas sus mil quinientas Itf- 
í^nas de anchura. Nosotros mismos, sacrificamos aun i dos ó tres 
islas, menos pobladas qne uno solo de nuestros departamentos, los 
iríícreses generales del comercio nacional. Las consecuencias del 
sistema adoptado por los primeros colonizacíores no nos han valido 
en definitiva mas que el tráfico de los negros, las guerrasde adua- 
nas, las guerras maríiimas, gastos navales enormes, aun entiempo 
de paz, y la necesidad de pagar muy caro los ge'neros que hoy dia 
toda h. Europa debiera tener muy baratos, si hubiese empleado en 
fertilizar las colonias la decima parle de los tesoros consumidos en 
arruinarlas. Algún dia nuestros nietos apenas podran creer que 
este sistema haya durado tan largo tiempo, y que los pueblos de 
la Europa hayan soporlado tan grandes sacrificios para el mante- 
nimiento de un estado de cosas tan opuesto á sus intereses bren 
entendidos. Se ha dicho, para esplicarle, que el comercio esclusivo 
de las colonias impidiendo la concurrencia, no arriesgaba ser per- 
tubado con las oscilaciones que amenazan mas ó menos al comer- 
cio que se hace con las naciones independientes, pero ademas de 
que la concurrencia es una ventaja positiva , es preciso considerar 
que el monopolio no puede ejercerse mas que sobre colonias de pe- 
queña estension y fáciles de guardar. Toda la marina británica no 
bastaria hoy dia á protejer contra el contrabando el litoral de la 
vution americana, sí este pais Ta perteneciera aun, y hubiese ga- 
nancia en llevar allf productos. Los reglamento^ severos del go- 
bierno español, sus aduaneros, sus guarda-costas no han impedí- 
do que la Ame'rica del sur sea inundada de mercancias europeas. 
IN'o es cierto, no, que sea al sistema prohíbitibo al que las mcfrd- 
polis deban la regularidad de sus abastecimientos en ge'neros colo- 
iiiales.Tja Prusia , el Austria, la Sajonía , la Suiza, la Baviera y 
todos los estados que no tienen colonias ultramarinas no han ca- 
recido jamas de azúcar, café ni algodón; al contrario, estos artícu- 
los han estado siempre mas baratos que en los países de posesio- 
nes en ultramar. No teniendo monopolio que ejercer ni pretender, 
estos estados eligen los lugares en qiic ellos pueden procurarse con 
las mas ventajosas condiciones los géneros deque tienen necesidad 



ylaesperiencialia manifestado que ellos lian estado provistos siem- 
pre mejor que las naciones maríllnias. 

En suma, el régimen colonial no ha venido á parar mas que 
en crear entre las molrópolis y sus dependencias una reciprocidad 
de perjuicios y de danos, y el comercio de las colonias no ha sido 
para ambas partes mas que un manantial de vejaciones y de deca- 
dencia. Es ademas con la sangre mas pura de sus venas con la que 
las poblaciones europeas han pagado el honor de fundar eslable- 
cimienlos en las Indias. Estos establecimientos no son á los ojos 
del observador atento mas que como los niiios que han impuesto 
grandes piivaciones á sus familias hasta el momento en que, lle- 
gados á edad madura, están en estado de sostenerse. Algunas vC" 
ees entonces el reconocimiento les une vivamente á los autores de 
sus dias; mas frecuentemente estos tienen que quejarse de su in- 
diferencia ó de su ingratitud : pero e» locura creer qnc la indepen- 
dencia no llegue con la edad, y que después de trescientos años de 
tutela, esta edad no sea llegada para todas las colonias. Prolongar 
su infancia , es continuar alimentando gentes que pueden bastarse 
asi ú oprimir á ciudadanos dignos de ser libros. Hoy dia que to- 
das las quimeras sobre el oro y la plata están desvanecidas, y que 
ana ruina estrepitosa ha patentizado con descrédito los últimos 
ensayos de esplolacion de minas intentadas en América, es á otros 
manantiales diferentes donde es preciso ir á buscar la rique^í-a. Pe- 
ro antes de indicarlos al por menor debemos volver nuestras mi- 
radas a'cia otras v presentar una esposlcion rápida de las revolu- 
ciones monetarias que han precedido y seguido al descubrimiento 
del nuevo mundo. 

CAPITULO. XXIV. 

De los dii>ersos sistemas monetarios que han existido en Europa cles' 
de los antiguos hasta el descubrimiento de las minas del nuevo 
mundo. — Consecuencias económicas del desculrimiento de estas 
minas. — Ojeada general de las oirás publicadas sobre las monedas. 

IjOs antiguos hablan apreciado tan bien como loj modernos las 
Terdnderas funciones de la moneda. Aristóteles dijo hablando dfe 
ella: "Era una mercancía intermedia destinada á facilitar el cam- 
bio entre otras dos mercancías:" Xenofonte no es menos esplícilo: 



"En Ja mnyor parle de las demás ciadades, (dice hablando de 
Atenas), el comerciante se ve' obligado á tomar mercancías en 
•cambio de las que trac, porque la moneda de la que se hace uso 
no tiene gran crédito fuera ;entre nosotros al contrario, el comer- 
iciantecstrangero tiene la ventaja de hallar una multitud de ob- 
jetos que son pedidos en todas partes, y ademas, sino quiere 
ocupar su buque con mercancias, hace saldar su cuenta en dine- 
ro contante, que de todos los artícalos comerciales es el mas segu- 
ro y el mas cómodo, puesto que es recibido en todo pais, y que 
ademas produce siempre algún beneficio á su dueño, cuando este 
jQzga á propósito deshacerse de él." 

Las funciones de la moneda no han cambiado desde XenoTon- 
te y Aristóteles acá, el dinero es siempre una mercancia interme- 
dia destinada á facilitar el cambio entre las demás mercancias. ¿De 
dónde viene pues que su historia, que parece ídebía -ser muy sen- 
cilla , sea precisamente la mas complicada y la mas dificil de todas 
aquellas cuyo conjunto constituye los anales de la Economía po- 
lítica? ¿De dónde viene 'que todos los pueblos hayan tenido su 
moneda particular en lugar de entenderse entre si para la elección 
■de un marco uniforme? ¿y sobre lodo, por que cada siglo nos 
¡ofrece el espectáculo de una revolución monetaria, es decir de una 
subversión en el valor, la forma, el peso y la calidad del principal 
elemento de la circulación, siendo de todos el que hubiera debido 
permanecer mas inalterable? ¿por qué, en fin, se ven aparecer 
sucesivamente, en los mercados del mundo, ya buenas monedas, ya 
malas; unas de metal casi puro, otras que casi enteramente son 
solo liga? Una respuesta exacta y bien desenvuelta de todas estas 
cuestiones exigiria volúmenes, y estos volúmenes existen; por lo 
tanto me limitaré á indicar lo mas importante para no dar al exa- 
men de este asunto que esta bien profundizado en aquellas , mas 
estension que permiten las proporciones de mi obra. 

Ija cuestión de las monedas es una de aquellas xjue los moder- 
nos han complicado mas; reina en ella la misma confusión que 
en las lenguas, y la ingeniosa sencillez de los antiguos ha sido 
reemplazada por combinaciones de tal modo intrincadas, que he- 
mos perdido la esperanza de vplverá ella, aun cuando la Europa 
entera hiciese un pacto solo para este fin. lí'ijemos algunos princi- 
pios para guiarnos eo este estudio. La cualidad esencial de ana mq- 



neda es que conserve sa valor desde el instante en que se recibe 
hasta aquel en que se de ; de otro modo no se rcciblria ya , cam- 
biando lo que se vende por lo que se compra , una mercancia igual 
en. valor á aqueiláque se hubiera entregado. Olra propiedad de la 
moneda , es que su, valor se mida como el de todo otro objeto, por 
la cantidad de cosas que una tercera persona consiente en dar en 
cambio; si por uua onza de moneda de oro, se consiente en dar 
quince veces mas de trigo. ó> de otra mercancia que se daria. por 
una onza de moneda de plata, es fácil concluir que la moneda de 
oro, á peso igual , vale quince veces mas. que la moneda de plata. 
En esto. solo ya podemos espiicar la locura de las tcntalivas. qu« 
se han hecho, en, diversas épocas para alterar las monedas , es de- 
cir, para darlas, por la fuerza un valor que no lenian. A medida 
que estas alteraciones se verificaban , el precio de las mcrcancias 
subia, porque todos rehusaban dar una cantidad igual por un va- 
lor metálico menor de lo que era antes. Por esto ha sido preciso- 
proclamar el 7?2áx/mzi«. cuantas. veces-se han querido obtener algu- 
nos resultados de estas grandes espoliaciones. Cuando los escudos. 
de á onza fueron reducidos á escudos de media onza, en tiempo. 
de Luis XIV no se compraba con ellos mas, que treinta libras de 
trigo en lugar de sesenta. En todas las demás épocas de la historia, 
mucho antes. y mucho después de Luis XIV, las mismas causas, 
han producido los mismos resultados. 

Las manipulaciones mas ó menos fraudulentas que se han 
ejercido con las monedas, desde la antigüedad hasta nuestros dias, 
vienen de un error de los gobiernos, que aun hoy dia está bastan- 
te estendido, y que ha hecho suponer en la moneda un carácter de 
fijeza que no. tiene. Se ha creido malamente que la unidad mone- 
taria , por su calidad de medida de valores tenia en si misma un 
valor invariable, y que cuando se pagaba una mercancia mas ó 
menos, era necesariamente la mercancia la que cambiaba de valor 
y no la moneda. Este error ha servido de pretesto á la codicia de 
muchos príncipes á los cuales se persuadia imprudentemente que 
dependia de ellos aumentar los. recursos declarando que cien mil 
escudos valian, seiscientos. mil francos como si ellos no debiesen ser 
castigados el siguiente dia mismo de su fraude, por la subida del 
precio de todas las cosas , y por la necesidad de aumentar las con- 
tribuciones para hacer frente á aquella. Es preciso pues renunciar 



(loa) 
hoy día á comparar con exactuuti el valor de la renta de cada pro- 
fesión, en los tiempos lejanos á nosotros, al de las profesiones 
aná!o£^as en el nuestro, porque es imposible hallar para esto una 
medida común como el mctiQ para las longitudes y el litro para 
las capacidades. 

C'ialesquiera qae sean las variaciones que la hayan hecho su- 
frir, todos los pueblos han tenido que recurrir á la moneda para 
la comodidad de sus cambios. Los lacedemonios tenian monedas 
do hierro y los romanos en los primeros tiempo de la república 
moneda do cobre. Se ha visto emplear para este uso, en diversas 
comarcas , conchas, clavos, granos de cacao, pedazos de cuero; pe- 
ro, desde la mas remota antigüedad, el oro y la plata han gozado 
de! privilegio casi exclusivo de servir de materia primera alas mor 
r.edas. El carácter inalterable y homoge'neo de estos melales, sa 
divisibilidad suma , su pureza nativa , igual en todos los lugares , sa 
resistencia al rozamiento mediante algunas parlícalas de üga , qui- 
zá también su belleza natural, esplican suficlentemenle el sufra- 
gio universal que han obtenido en todos los tiempos y en todos los 
países. Así es que cuamlosc habla generalmente de uioneda , se con- 
viene en que es la de oro ó plata, y el primer hecho histórico en 
que uno se interesa es el de saber cual ha sido, en la diversas épo- 
cas, la cantidad de cslos metales en circulación. ¿Quien no com- 
prende la ventaja que se ha debido sacar de un intermedio para los 
cambios tan esícnsas bajo un poqueno volumen, buscado en todas 
parles, y en todas partes acogido, cuando con el sencillo trueque 
de las mercancías el coníercio pcrmaneceria siempre en la infan- 
cia. ?Pero lo que se tiene tanto Ínteres en saber, es precisamente lo 
que cuesta mas trabajo en justificar. No conocemos aun de una 
manera exacta el total de moneda actualmenle en circulación en 
nuestro país, aunque se lleve una cuenta exacta de toda la acuña- 
da desde muchos anos acá. Se Ignora el número y el valor de las 
que se han fundidíj ó esportado, y no se sabe la cantidad ae las 
antiguas qae existen. La mi)nedita de cobre, qae ha sobrevivido á 
todas las refundiciones y á todas las reformas, forma también 
una porción , difícil de apreciar, de nuestra riqueza monetaria y ' 
de la de los demás pueblos. " He iiallado en nuestras provincias, 
(dice J. B Say) piezas de robre que circulan desde el tiempo en 
que estábamos l>^o la dominación de los emperadores romanos, 



(193) 

Ellas pasnn pfjr un liar, dos liaics , un sueldo, dos sueldos con el 

basto de aquellos sciiores del universo". 

La miilúplicaclon rápida de las letras de cambio, villetes de 
banco, papel moneda con curso forzoso, y en general la de todos 
los efectos de comercio ha contribuido mucho á liacer mas difícil 
la valuación de la moneda en circulación. Pero no es necesario co- 
nocer estos hechos con una perfecta exactitud, para sacar conse- 
cuencias de ana utilidad práctica. Loesencial es saber con que seña- 
les se manifiesta la abundancia ó la escasez del numerario aun que 
€5tas señales son algunas veces muy engañosas. Asi es que en e; 
pais en donde, reina una gran actividad co,mercial, la plata esta ca- 
si perpetuamente en circulación, y es preciso menos numerario 
del que se cree para hacer frente á las necesidades de los negocios(i) 
en tanto que en otros paises en donde el dinero abunda, por las 
transaciones; son nulas, se creerla que la moneda es muy rara, por 
que no circula. A medida que las comodidades aumentan una par- 
te de metales preciosos se emplea en objetos de platería , y cesa de 
hacer función de moneda. En otras circustancias, el dinero baja 
de valor de resultas de su abundancia y muchas minas dejan de 
»er espiotadas como lo eran antes , hasta que haya beneficio en pro- 
seguir la esplotacion. Es necesario tener cuenta de todas estas va- 
riaciones en el estudio de las cups^ljiones monetarias; pues el cono- 
cimiento exacto del numerario poseído por cada nacioii es inútil 
para su solución. 

Nadie que los ignora mas felices días del imperio Romano, 
cuando se valuaba en cerca de mil millones 1a renta anual del es- 
tado, no hubo una masa enorme de numerario en circulación , y 
sin embargo la industria no existía. El dinero llegaba por el pilla- 
ge, (2) y desaparecía por las prodigalidades. Lo poco que los l\o- 
manos sacaban de sus minas era debido al trabajo de los esclavos, 
fomq en Grecia, y no parecía que se le hubiese dado una grande 
importancia, aun cuando la esplotacion estaba arrendada á con- 
cesionarios, y regularizada en provecho de los emperadores. Pero 

(1) Toilo el niiii^ilo sabe que, existe en F.on<lr«s vn iejt«l(lccr.n¡ii.enlQ cwiÓhuIq bajo el 
nombre de Cloariii» hoiise , en ilonile los comi^ioIl idos tic iliver.sas c.isns tie hatici» vau 
todos los (Has á .irireslar las cuenta» ■<Ie sus principales j'pof metlio Jé'simplf |>priiMila, 
de crvililo*, <uyo li.-)|ance solo c»cl que se salda en csjjecie cuando no es C'ansídfrrl>l« 
Alg/itios mlll.it-cs (le f'r.incos bastan de estia iliodo piíra tci'minai^. "tránsaciones que as- 
<^t;j)dva -i muchos uiill<4n(;s. , . ■ , , ' ; 

(2) Son buenos test i-jos loj versos (!c I.ncano en su Farsali.i , cuando habla del le» 
«ro dtipusilailü uji el Teoipla Je Sulurito y arrebklado por Julio Cesar. 

25 



ya ei Ébcpcccntamicnto del numerario se hacia sentir en los precios 
y cuesta algún trabajo concebir el precio enorme á que se habia 
elevado en Roma, ea tiempo mismo de Cicerón, una mullilad de 
objetos de consumo babilual. Mas addaiiíe, la codicia imperial 
traspasanda todos los límites, obligó á todos ios ciudadanos á tra- 
bajar en las minas como empresas de utilidad pública , como su- 
cedió con las particiones de la edad media, y este régimen era tan 
duro, que bajo el emperador Valente legiones enteras de mineros 
se unieron á la invasión de los godos en la Dacia. Sin embargo, la 
acumulación de los capitales enormes de que gozaban los gefes de 
la aristocracia romana no ha carecido de influencia en el magnífi,- 
co desarrollo de la prosperidad del imperio , y no podremos negar 
que la mayor parte de las ciudades que se edificaron como por ei>^ 
canto en todos los puntos del territorio, han debido su prosperi- 
dad á esta causa. Tiberio fue' bastante rico para distribuir en so- 
corro de los dueños de edificios incendiados una suma de cerca de 
veinte millones de nuestra moneda. Adriano gastó cerca de ochenta 
millones de nuestros francos en liberalidades , para asegurar la 
sucesión de. Cómodo en su trono; y el emperador Severo no paga 
menos de treinta y cinco millones de fran<:os por gastos de gratifi- 
caciones á su advenimiento» 

Una sola circunstancia nos parece sin embargocapaz de alterar 
la fe que se ha dado hasta el dia á las maravillosas relaciones de 
los historiadores que nos han transmitido la cuenta de los millones 
acomulados. por los romanos; y es que no se ha halladonadá en 
las ruinas del Herculano y de Pompeya que pueda justificar estas 
exageraciones. Casi lodos los utensilios recogidos eran de hierro d 
de bronce, aun aquellos que nosotros hacemos habilualmente de 
plata, y sin embargo la riqueza y la suntuosidad de las pintaras, 
de los muebles, de las estatuas, demostraba bastante bien que se 
habia penetrado en las habitaciones ocupadas en otro tiempo por 
familias opulentas. ¿ Ha habido entre la moneda y el metal emplea- 
do diferencias tales que se debia siempre convertir el último en es- 
pecie, ó bien será preciso reducir á mas modestas proporciones 
las riquezas melálicis de los romanos? Lo- cierto, es que estas rique- 
zas han sido ¡muy considerables, por que bastó la translacion.de la 
silla imperial á Constantinopla, para disminuir de una manera 
muy seria la riqueza del Occidente. Los capitales emigraron en pos 



délas grandes familias con sus ejércitos de esclavos, y la Italia 
giie era el jardín de Roma^ vio sus casas de campo abandonadas 
por las orillas del Bosforo. Mr. Jacob ( i ) ha publicado, con res- 
pecto á esto, an bosquejo déla decadencia monetaria de Piorna des- 
de Augusto hasta fines del siglo V del que resulta que la disminu- 
ción de las especies se ha verificado desde la era cristiana basta el 
ano 482 , en la proporción de nueve mil millones á dos mil mi- 
llones de florines. El movimiento de traslación de las especies de 
Occidente á Oriente, que continúa en nuestros dias, principió en- 
tonces y no se ha detenido jamas. 

Desde el año 482 hasta el fin del siglo IX , el numerario bajó 
de dos mil millones, á solo mil millones de francos según los cal-» 
culos de Mr. Jacob. La aparición de los mahometanos basló para 
suspender todos los trabajos de las minas ; al mismo tiempo la hor- 
rible confusión que ha reynado en Europa desde la invasión de log 
bárbaros, no permite ya seguir con exactitud la huella de las ri.- 
quezas metálicas. Los precios bajaban mas y mas, sea por la in- 
fluencia de la servidumbre que obligaba al trabajo no retribuido á 
una multitud de hombres hoy dia asalariados , sea por la escasez 
siempre creciente de las especies. No se oyó ya hablar de las mi- 
nas tan ricas y tan abundantes que existían en Austria, en Hun- 
gría, en Bohemia, en Sajonla, y en el Tirol. Los soberanos reci- 
bían desús vasallos, en frutos los tributos que hoy día se pagau 
en dinero. Ya hemos visto que Cario Magno vigilaba con la mas 
minuciosa solicitud la administración de sus dominios, y que la 
mayor parte de su renta se componía de productos materiales que 
sacaba de ellos por sus arrendadores. La masa del pueblo tenia coa- 
samos mas limitados, y el número de objetos que compraba con- 
sistía pricipalmente en materias alimenticias. Fácil es concebir que 
no era preciso mucho oro ni piala para pagar un pedazo de paa 
que costaba un ochavo , ó una medida de legumbres cuyo valor má- 
ximo subiría con dificultad á un sueldo. De este modo se esplica 
la inmensa cantidad de moneda menuda que servia para la circu- 
lación en aquellos tiempos poco prósperos ; las piezas de oro y de 
plata eran muy raras, y sa volumen se disminuyó de reinado ea 

(i) .Sl- halb en la liisloria de los nxHaies precioso» ilcl mismo autor un Taior cor 
risnle tie cerca de cualrocienlos arlícnlos de consumo , hajo el reynado de Dioclecíano 
ea 301 recogido por M M Vcscovali y William Banks. Este documento contitne porme- 
nores d<l mayor interés para el estudio de la moneda y d« los valores. 



remado hasta el grueso de una hoja de papel. Por esto los dicho- 
sos poseedores de estos metates preciosos eran el ebjcto de la ad'a- 
laríbn y dé la envidia; testigos los judíos de quienes hennios bos- 
quejado la historia ccónonúca y referido la persecución. Nobles y 
p'obcyos solicitaban igualmente su benevolencia; los nobles espe- 
cialmente, como mas codiciosas de goces, compraban el medio de 
procurárselos con toda clase de adulaciones y hasl'a con regalos á. 
las mugcres de aquellos mild! tos perros here^ts ' ' 

^ Los métalos preciosos eran principalmente usados en el servi- 
cio de las Iglesias en donde brillaban vasos magníficos, enormes 
cartdclabrós lámparas, balaustradas , estatuas de oro y de plata. 
Los ornamentos de los sacerdotes absorvlan también cantidades 
considerables, y quedaba positivamente muy poca'^ára la fabrica- 
ción y la renovación de las monedas. Esla^ estaban generalmente 
muy mal acuñadas ; y se hubiese dicho al ver los progresos de la 
platería Contemporáneos de esta decadencia del artionedaje , que el 
oro y la plata n'o' tenían ya mas destino que el de servir para fa- 
Lricar joyas d vasos sagrados. Nadie ignora que S. Eloy era ua 
gran platero del tiempo del rey Dagoberto cona lo fue Adaa 
Walsingham éntrelos Ingleses de la edad media, y el celebre 
Benvenuto CellinI en Italia, en un siglo mas próxima al nues- 
tro. Cuando Ricardo quedó prisionero en Alemania ( i ), San 
Luis en Egipto y el rey Juan en Inglaterra ( 2 ^ sa rescate no 
pudo ser efectiado sino poniendo en requisición la vajilla y las 
joyas de los nobles y de las iglesias. Los historiadores de la e'poca 
sajona en Inglaterra, hablan frecuentemente de una moneda viva 
(^^líving money) que estaba autorizada pfir la ley, y que consistía 
en pagar eñ esclaoos y en gan'idos (cattle) toda especie de mercan- 
cías puestas en circulación. Mas adelante, á medida que la mone- 
da volvió á aparecer, no se admitió ya la moneda viva mas qtte 



({') T.oí liisVóriailrtrPS vaiúin el rescate df Rica tAo Corazón Jfi Leoiieñ icinco 'míH»- 
«es de frí>-nc(T?»ÍR la moneda actual. Casi todas ks riquezas tnetaücas Ue los barones y 
delas\glp.s-nsdM reyno se3!?otnronpara paorirle. -, - , .• 

^2) Él >f"ii"Tfp del Ro'y Juan fVis fijado en más rte treinta miUrtfiesde Francos de 
nuestra moneiti. Se pa-6 .lesle liK^o «« primer quinto , que pareció tan enorme que 
ImSiera sido iniriosíhle' de rumpür sino se hubiere acudido á los judíos, ascgurandfl»- 
Ifls privilegios. F.l sucesortJe! Rey Juan era tan i>obre que «e vio en-U necesi.kd de 
parir lovcTj^tos de su ('isa én moneda de plomo ligeramente plateada- Los f>1«»» •>«' 
pi^o delVseate dn Juan fueron sucesivamente dilatados , jr la Francia debta aun 
•él ?.».-. mo quinto fcüarenta aíosdespuejdeUratado, cuando «stalló una nueva guerr* 
con la ln2¡lat«rrai 



('97) 
para saldar los emolumentos; y cueste casólos caballos, los Lueyes, 

las vacas, los carneros y los esclavos no podían ser dados en pago 
sino por un precio convenido. Las mullas impuestas por el estado 
ó por la iglesia, fueron las solaesceptuadasy pagadas á voluntad sea en 
escudos, sea en seres v'n^íentes. Es preciso hacer no obstante justicia á 
laiglesia, de que para desalentar el comercio délos esclavos concluy d 
por negarse á aceptar pago ninguno en ellos. El doctor Hcnry nos 
ha dejado una historia de Inglaterra en la que se hallan muchas 
valuaciones cariosas del precio equivalente de la moneda viva á 
la moneda de nuestros dias. Según sus cálculos , el precio de tari- 
fa para un esclavo era en 997 al rededor de setenta francos ; el de 
un caballo cuarenta ycinco francos; el de una vaca ocho francos; el 
de un carnero un franco cincuenta centesimos. So sabe por las 
cuentas que se han conservado en la catedral de Estrasburgo, que 
los salarios de los albauiles en>plcados en la construcción de aquel 
monumento, eran de tres á cuatro céntimos de nuestra mo- 
neda por dia. 

Bajo el reinado de Cario magno, la libra de plata se compo- 
nía de doce onzas de metal; después se dl\idia en veínlí sueldos, 
cada uno de doce dineros, y el dinero correspondía á seis sueldos 
poco mas o menos de nuestra moneda actual. El pan de cuatro li- 
bras se vendía por menos de cinco céntimos, loque puede dar una 
idea bastante exacta de la corla cantidad de numerario entonces en 
circulación. Poco á poco la libra lorncsa de Cario magno bajó de 
ochenta francos á diez francos donde llegó por las alteraciones su- 
cesivas, bajo el reinado del rey Juan. Pero las c razadas hicieron re- 
fluir acia el Occidente una parle de los metales [)reciosos que habían 
tomado el camino del Oriente. I.ta toma deCoosíanlinopla por los 
cruzados dio lugar auna inmensa repartition del botín, y Gibboa 
asegura que el emperador Alejo png(> al marqués de Monfcrraio la 
«umaenorme de mil seiscientas libras pesantes de oro. Sin. em- 
bargo, hay motivo para creer que desde la fundación del reino de 
Jcrusaten, las rcntasdel pais fueron insuficíenlcsal niantenimien- 
lo del gobierno, y ¡que la Europa debió enviarle snmas considera- 
bles cada año para aüsiliarle; lo que hace nmy difícil la tasación 
exarla de la cantidad del numerario en circulación en aquella época. 
Todo lo que se sabe, es que despocsdel impulso que resultó de los 
grandes movimientos de tropas y de víveres espedidos para Tierra 



(198) 
S.inta, las cosas volvieron á toioar su curso acostumbrado^ y que 

la disminución de especies continuó dejándose sentir en todos los 

paises de* Europa. 

El descubrimiento de las minas del Nuevo mundo detuvo 
bruscamente esta disminución. Las masas metálicas que estas mi- 
nas derramaron en la circulación se elevaron en pocos años á doce 
veces el total del numerario existente, sobre todo despaes del des- 
cubrimiento de las minas del Potosi, las mas abundantes de todas, 
en i54^- -^' puntóse vio acrecentarse los precios con rapidez, y 
la producción media de las minas pudo valuarse en mas de sesenta 
millones de francos por año, desde i546 á 1600: desde 1600 á 
1700 este producto ascendió cerca de ochenta millones, annualmen- 
te; y desde lySo á 1800, la importación de las especies de Amé- 
rica en Europa ha escedldo constantemente de la suma de ciento 
ochenta millones anuales. Pero principalmente desde 1800 á 1810 
el acrecentamiento fue mas considerable, pues que ha sido esti- 
mado por las primeras autoridades , en doscientos cincuenta millo- 
nes de francos. Se creería á primera vista, que un acrecentamiento 
tan rápido debia producir una subida correspondiente en lo? 
precios y cambiar bruscamente las condiciíuies y los salarios 
del trabajo ; pero no es sucedió de este modo. Los progresos 
de la industria contemporáneos al descubrimiento de las mi- 
nas , necesitaron el empleo de mayor cantidad de numerario» 
y fue preciso tanto mas cuanto que el valor de esta mercan- 
cía bajaba por su abundancia misma. Las comodidades vinien- 
do á ser mas generales , permitieron á muchas personas con- 
vertir sus ahorros en compra de utensilios de oro y de plata. El 
descubrimiento del cabo de Buena-Esperanza, abriendo las comu- 
nicaciones directas con el continente asiático, ya acostumbrado á 
las importaciones de oro y de piala, impidió que la revolución mo- 
netaria nueva ejerciese sobre los precios una reacción, que hubie- 
ra podido ser peligrosa en Europa sin aquel suceso. 

De este modo, á medida que la masa del numerario aumen- 
taba, su necesidad se hacia conocer mas vivamente; las transacio- 
nes, hasta allí muy difíciles ó casi imposibles, le empicaban en 
una cantidad mas considerable y le impedian bajarse de precio eo 
la misma proporción que su abundancia acrecentaba. Los eco- 
nomistas no están de acuerdo en el aumento que resultó de 



eáta baja del precio del dinero, en el precio de las mercancías. 
Adán Smith no le evalúa mas que en el triple, en tanto que el 
marqués de Garnier es de parecer que fue dos veces mas consi- 
derable. Por una coincidencia' verdaderamente notaL'.e, aquel fue 
el momento que la mr»j;Or parte de los solioranos eligieron para 
aumentar artIGcialmenle el valor de las monedas. Por edictos rea- 
les se habia fijado en Francia, en diez y seis y diez y ocho libras 
el valor numerario del marco de plata acuñada, en lugar de ocho 
á diez libras en que estaba valuado en los priireros arios de aquel 
siglo. El efecto de estas dos causas, que obraban á la vez soijre el 
prtcio nominal de todos los ge raeros de consumo general, produjo 
una subida que los hizo aparecer diez ó doce veces mas caros que 
eran antes. No se sabe como esplicar este fenómeno comercial qie 
llegó á ser motivo de una memoria presentada á Catalina de Me- 
diéis e' impresa en Burdeos en 1086 con este título: discnrso sobre 
la escesiva carestía , presentada d la reina , madre del rey , por un 
fiel servidor suyOi El autor de este discurso examina en él de un 
modo minucioso, el precio de los granos , carnes, frutos, legum- 
bres, forrages y demás objetos de consumo diario; la cuota de los 
salarios, los gajes, los jornales de los obreros en invierno y en es- 
tío, tales como corrían sesenta ó setenta afios antes; y eslablecia 
que cu el momento en que escribía, la mayor parte de estos pre- 
cios habían subido á diez ó doce tantos de lo que eran entonces; 
«En cuanto á. los bienes raices (decia él) examínense las casas, feu- 
dos, sefiorios, tierras de labor, prados, viñas y demás bienes que 
no se han mejorado nada hace sesenta años y se verá que se venden 
hoy día seis veces mas que se vendían antes" (i). 

Este aumento del precio de las cosas se manifestaba en todos los 
países de Europa,á medida que el oro y la plata del Nuevo mundo 
se esparcía por la mediación de los españoles. Se halla en é. Secreto 
de las rentas atribuido á Fromenteau, que desde fines del reinado 
de Luis XII hasta el año i58i en que este libro fue impreso, es 
decir, en un periodo de setenta y cinco años los tributos pviblicos 
se hablan masque quintupücado^n Francia: y como el mismo au- 
mentóse dejó sentir en las demás comarcas, hubo ur.a gran de- 
manda de trabajo para hacer frente á aquel, y quizá por eslenio- 



■ (t) \.»» mismas lamentaciones se clan en Inglatffa ,'conio se piipde ver en los ser- 
mones del oliispo l.alinier, bajo el r. inado de Kdq.irdo VI y lo misino en España como 
K jiuedc leer en la Uesliur»cion política de España ol)ra de don Sancho Je Moneada. 



( 20o) 

llvo y por consecaencia <JcI (Jcsarrollo Je la civilización fué por la 
qae los precios momentáneamente exagerados, acabaron por mantC'» 
nerse en un límite razonahlc, á pesar del acrecentamiento artifi- 
cial del guarismo de las moiiedas por las alteraciones y de su acre- 
cenlamiento positivo por las importaciones. Todas las costumbres 
se cambian; se ejecutan atrevidas empresas nuevas necesidades, 
se manifiestan con la posibilidad de satisfacerlas, mas rápidos me- 
dios de cambio facilitan el comefício y lasespeculaciones, Sin embargo 
si la America no se hubiese descubierto, las especies de oro y de 
plata hubieran sido menos numerosas, pero hubieran tenido mas 
valor; hubieran existido entre las mercancias y la moneda re- 
laciones muy diferentes de las que existen hoy dia ; se hubieran 
obtenido mas cosas con menos dinero; pero la producción hu- 
biera permanecido por largo tiempo lánguida por íalta de capita- 
les, y la civilización permaneceria estacionaría con ella, La prue- 
ba de esto es que el impulso dado al trabajo por el au;ncolo de los 
metales preciosos, no se ha detenido en este primer paso. Biea 
pronto las especies no fueron ya suficientes, las letras de cambio, 
los billetes de bancos de dnpósitü y de circulación , y todas las de- 
mas instituciones del crédito público y privado han venido á acre- 
centar la masa de los medios de permuta, y por eliaá eslimalar en 
el mas alto grado al trabajo. No es preciso ceñirse á abstracciones: 
la abundancia ó la escasez del numerario no puede jamas perma- 
necer como un hecho aislado; el equilibrio tiende sin cesar á res- 
tablecerse. Cuando las especies metálicas abundaron en España, 
ellas escitaron un vivo desen de consumir, suministrando á los 
ciudailanos de este país las facilidades necesarias para procurarse 
en los paises vecinos indo lo que podia llsongear sus gustos ó cor- 
responder á sus necesidades. I.,a Europa se dedicó á producir para 
ellos, y durante un sig'o, ellos solos demandaron el trabajo, y 
fueron los mas poderosos promotores de la industria. Se hizo por 
»us manos una inmensa dlslribucion de salarios y los obreros se 
atrevieron á concebirla esperanza de obtener, por medio de sa 
paga, alguna cosa mas que el triste pedazo de pao negro con que 
habian vivido hasta entonces. 

Pero semejante metam4rfi)sis no podía vcr¡ficar.<;e sin dolor. 
Los primeros momentos fueron duros para todos aquellos que vi- 
▼iao de una renta fija ó de un salario limitado^ antes que la su- 



laiila íifi ios BPriendos ó de los salarios se haljípse ptjesio en armo» 
nía con el auiiíento del precio de las cosas. El acrecentamiento 
del numerario se verifica en esta circunstancia como el descubri- 
miento de una máquina, que comienza por dejar ociosos á un 
cierto número de obreros hasta que la demanda de productos, 
provocada por la baja de los precios, los vuelve el empleo. Esto 
es lo que espiica porque en lugar de congratularse con una circuns- 
tancia que según las ideas vulgares, debía enriquecer á todo el 
mundo, los contemporáneos se mostraron solamente ofendidos de 
la subida que les hacia mas dura la vida. Se ha visto cual era con 
respecto á esto la opinión en Francia , en Inglaterra y en España; 
y se haría un libro muy curioso con todas las lamentaciones ins- 
piradas por este fenómeno de la subida de los precios de la que ca- 
da uno se espanta tanto mas cuanto menos la comprende (i), Y en 
efecto, era difícil es pilcar como los géneros y las mercancías ha- 
bían podido aumentar tanto de precio, puesto que no eran ni mas 
escasas ni mas pedidas La misma cantidad de trigo se cambiaba 
siempre por una vaca ó por cierto número de carneros; pero cuan- 
do era preciso medir estas mercancías por medio del dinero , las 
proporciones no eran ya las mismas; el comprador se lamentaba 
de verse obligado á dar mas nunierario , olvidando que cuando lle- 
gaba á ser vendedor recibía también mas. Sin embargo, aquel que 
producía mas que consumía, vela sus ganancias acrecentirsc cuan- 
do las valuaba en dinero, en tanto que aquel que se encontraba 
en una posición contraria, el simple consumidor, advertía con 
dolor su decadencia, en presencia de su renta Inmóvil ante la su- 
bida de los precios. Pero como en una sociedad organizada todo el 
mundo es productor al mismo tiempo y casi en las mismas pro- 
porciones que consumidor, la incomodidad vino á ser de día en 
día menos considerable, y el equilibrio trajo la prosperidad. La 
moneda no lardó en bajar de valor aumentando en masa , y la pre- 
dicción del obispo Latimer de tjue un cerdo costana bien pronto 
mas de una guinea se verificó exactamente. Sucedió en Europa lo 

(i) El mas nolablc de estos escriíos es seguramente el que ap.irc- 
cló eii i58l durante el reinado de Isabel, con el titulo de A hrkf 
conrrifif loiufíiiig 1¡ic cominon^ialc of tliis rca/tnc of lín¿;Ian(I. Tiene 
la forma de un diálogo en que figuran un propietario, un arrendador, 
Uu coinerciaale, un iabricaule y uu teólogo, 

a6 



(aoü) 
qttc sucede en todos los países, cuando la aflaencía de las especies 
hace emprender cosas en las cuales no se hubiera pensado si esta 
afluencia no hubiese permitido ejecutarlas. 

Mr. de Humboldt ha valuado en la suma enorme de treinta 
mil millones, el producto de las minas del Nuevo-mundo^ desde 
su descubrimiento hasta nuestros dias. Sin admitir á ciegas una 
cifra tan elevada , creemos que ha sido preciso nada menos que la 
fecundidad de estas minas para hacer frente á las necesidades de 
la circulación , desde que el trabajo tubo estímulo en Europa por 
la importación de sus primeros productos. La prosperidad de In- 
glaterra, de Holanda, de Alemania , de Francia y la de la misma 
Rusia debe atribuirse al impulso industrial que estos diversos pai- 
ses recibieron con las remesas del numerario americano, en cambio 
de sus primeras materias ó de sus mercancias elaboradas. Cuan- 
do la guerra de la independencia, suspendiendo en el Perú y en 
Me'jico los trabajos de las minas, redujo la producción de los me- 
tales preciosos á la tercera parte de lo que era antes, la Europa 
suplió á esto por la perfección del cre'dito y por la multiplicación 
de los efectos de todo ge'nero que tienen por objeto reemplazar d 
completar los servicios de la moneda. Esta revolución en sentida 
contrario de aquella que siguió á los primeros tiempos del descu- 
brimiento continúa hoy dia , por consecuencia de la disminución 
creciente de los metales preciosos. En efecto, si se compara la ma- 
sa de mercancias actualmente en circulación con la de hace vein- 
te anos, se verá que hubiera sido necesario un aumento de espe- 
cies de lo menos lo p. ^ para hacer frente á ella. Lejos de esto 
las especies disminuyen, y la población aumenta con la necesidad 
del dinero. Una causa estraordlnaria y súbita ha concurrido tara- 
bien desde i8i5 á acrecentar la demanda. Los gobiernos que ha- 
bian espendido una masa considerable de papel moneda durante 
las largas guerras de la revolución y del imperio, han querido 
reembolsarle hecha la paz. Los mismos estados americanos de don- 
de la Europa sacaba sus especies, no han vivido mas que de em- 
pre'stitos desde esta época, y los hábitos de lujo no se hallan de 
tal modo esparcidos entre nosotros sino porque una suma bastante 
importante de oro y de plata se emplea cada año en objetos de ar- 
tificio ó menaje. Treinta millones de francos están consagrados 
en Francia á esto, y Mr. de Humboldt cree con razón que se pue- 



(ao3> 

de estimar en el cuadraplo , es decir , en ciento veinte millones e] 
consumo análogo qae se hace de ellos en Europa. Mr. Huskinson 
ha demostrado que en el año 1828 , el producto del derecho de en- 
saye había ascendido en Inglaterra á 2. GaSooo francos, lo que 
supone, en este pais solamente, una fabricación de utensilios 
de oro y de plata de mas de cien millones de francos. 

De este modo, las flotas de numerario que no han cesado de 
derramarse sobre la Europa desde el fin del siglo XV" empiezan á 
retirarse. La reacción se verifica con lentidud, sin duda, pero con 
perseverancia y ya los paises mas adelantados en la carrera de 
la industria y del comercio están obligados á pedir al cre'dito lo 
que las minas han cesado de suministrar para sus necesidades 
El oro y la plata tienden á desempeñar en adelante en las tran- 
saciones , el papel que sus reservas están encargadas de hacer 
en los iiancos de descuento. Uno universal, tarde ó temprano, 
establecerá una liquidación para arreglar todos los mercados por 
compensaciones de créditos , y se verá realizarse la utopia de 
Ricardo, que la moneda esta en su condición verdadera cuando 
está en el estado de papel ¿Y no vemos ya la prueba de ello en 
las operaciones de los bancos de Francia, Inglaterra y Estados- 
Unidos? ¿Que' es un establecimiento que produce siete ú ochocien- 
tos millones de descuento al año, por medio de un fondo social 
de cien millones en especie, cuya cuarta parte bastaria para los 
reembolsos pedidos ¿ El dinero como se ve, no representa ya 
de aquí en adelante mas que un papel secundario, y aunque sa 
valor parezca deber aumentarse por la reducción del producto de 
las minas y por el acrecentamiento de las necesidades comerciales, 
el papel moneda tiende á disminuirle y ocupar su lugar en todos 
los mercados del universo. La letra de cambio circula por todas 
partes, y es preferible á los escudos, por que es mas cómoda y 
corre menos riesgo en la circulación. 

Esta revolución monetaria , casi cumplida en Europa, no per- 
mitirá ya las alteraciones y los fraudes de que la historia de to- 
dos los pueblos presenta tan numerosos ejemplos. A fuerza de es- 
periencias y de desgracias, se ha llegado á comprender la necesi- 
dad de un respeto invariable á todos los elementos que concurren 
á la seguridad de los cambios. Pueblos y reyes están libres hoy 
día de la funesta manía de buscar en la moneda alterada recursos 



precarios, siempre tan vergonzosos como estériles, ¿Pero qaie'n 
podrá numerar las fechorías de este género de que la historia es- 
tá llena desde el descubrimiento del Nuevo-mundo? Aquellos que 
no tenían minas, se imaginaron que hallarían el equivalente de 
ellas en la reducción de la ley ó del peso de sus escudos, y la mo- 
neda falsa vino á ser para los gobiernos un arma de dos filos con 
»a que ellos mismos se herían tratando de herir á sus enemigos. 
Así lo hicieron los holandeses en su revolución contra la España, 
y los franceses en el siglo XVII en su guerra contra los españoJes- 
Venccia y Florencia mismas, estas repúblicas opulentas no reusa- 
ron este suplemento ignoble de sus rentas; y se puede contar en- 
tre las principales causas de la decadencia de los florentínes el 
hábito tomado por sus negociantes de entregarse al tráfieo de es- 
pecies acuñadas mas bien que á la cultura de lasarles que habían 
creado la fortuna de sus mayores. El mal no tardó en echar pro- 
fundas raices, y hubo allí no solamente malas monedas, sino in- 
numerables libros sobre la moneda. Este es quizá el asunto eco- 
nómico sobre el cual mas se ha escrito. Cada uno creía haber ha-» 
Hado la piedra filosofal. Davanzati escribía en iSSa. "El oro y la 
plata son instrumentos que hacen circular en todo el globo los 
bienes de los mortales, y que se pueden considerar como las cau- 
sas secundarias de una vida dichosa." Serra' publlí'ó en i6i3 sa 
obra titulada : Tratadito de las cansas que piulen hacer abundar el 
oro Y la plata en los reinos , y se esmeraba en probar que á sus ojos 
las solas riquezas eran las materias de oro y de plata. Montanari 
dio á luz en 1680 su tratado sobre las monedas , en el que se hallan 
las preocupaciones de sus predecesores en favor de los metales 
preciosos, y reflexiones muy justas sohre los fenómenos de la cir- 
culación. Un siglo antes, Gaspar ScaruíFi de Regio, había diri- 
gido al conde Tassoni un Discurso sobre las monedas lleno de mi- 
ras muy elevadas y digno de interés aun hoy día, á pesar de los 
escelentes escritos que se han dado á luz sobre la materia. ScaruíFi 
fue quien propuso el primero, el contraste de oro y áe plata, adopta- 
do después en toda la Europa para servir de garantía al comer- 
cio de platería. Los demás escritores italianos de Economía políti- 
ca, Broggla, Norl, Carll , Beccarla, Vasco, han esparcido muchas 
luces sobre todas las cuestiones relativas á las monedas, y cuyo 
conjunto han reasumido los economistas franceses con mas ó me-, 



(205) 

nos orden y claridad. Boutteroae , Leblanc , Abot de Bazinghen, 
Dupré de Saint-Mauro, Boizard, Poulain, nos han dejado escritos 
mas completos que los italianos , pero donde no se halla la misma 
elevación de miras y la misma originalidad. En Holanda , en In- 
glaterra, en España, la cuestión de la moneda ha producido mi- 
llares de libros, mas ó menos impregnados de las preocupaciones 
del tiempo, y que ya no presentan mas objeto que el de la curiosi- 
dad, desde que los economistas modernos han ilustrado este estu- 
dio con los trabajos mas brillantes y profundos. 

Se concluyeron pues, las locas tentativas que se han hecho y 
renovado durante muchos siglos contra la integridad del sistema 
monetario. De todos los pleitos pendientes en el tribunal de la 
ciencia, no hay ninguno que se haya juzgado con mas esperiencia 
y madurez, y cayo juicio sea mas incontrastable. Tados saben 
hoy dia que las verdaderas ventajas que la Europa ha sacado del 
descubriniento de las minas del Nuevo-mundo, no nacen esclusi- 
vamente de la abundancia de los metales preciosos, sino del culti- 
vo de los géneros de consumo que forman la base de nuestros cam- 
bios con aquellos paises El oro y la plata han desaparecido; el algo- 
don, el azúcar y el cafo han quedado. El solo descubrimiento de la 
patata ha valido mas que el de las minas del Perú y de IVIc'jico 

CAPITULO XXV. 

De algunas fatales consecuencias del descubrimiento de las minas de 
América. — Primera aparición de poI)rcs en Inglaterra. — Mim'ste- 
rio deSully. — Sus reformas en Hacienda. — Sus ideas erróneas so- 
bre la industria y el comercio.—Es el mas ardiente propagador 
del sistema mercantil. — Su inclinación ú las leyes suntuarias. — 
Sus atacpies contra los abusos rentísticos. — Resultados definitivos 
de su administración. 

Si fuese posible limitarse á examinar la superficie de las cosas 
casi se debía deplorar el descubrimiento de las minas del Nuevo 
mundo. Jja gran importación de numerario que fue consecuencia 
de ella no parece, en efecto, haber servido mas que para trastornar 
la Europa y producir la perturbación de los ánimos y de los in- 
tereses. Carlos V y Felipe II se sirven de ella para saciar su am- 



(206) 

bicion, suscitando por todas partes guerras sangrientas y ruino- 
sas; los otros príncipes no ven en ella masque una ocasión de aco- 
piar el numerario de sus subditos, á fin de luchar con armas igua- 
les contra los poseedores de la nueva tierra de promisión. Por to- 
das partes el espíritu fiscal se renueva al aspecto del cdmalo de 
oro y plata que viene de America, y el primer resultado de esta inun- 
dación es suspender la actividad de los pueblos y délos reyes, úni- 
camente ocupados en correr acia la riqueza de las minas, en vez 
de fomentar la que nace del trabajo. Se ha visto cual fue la sor- 
presa de los unos y los arbitrios imaginados por los otros á la apari- 
ción del estraño fenómeno de una subida repentina en el precio de 
las cosas, sin aumento en la cuota de los salarios. En vano se opo- 
nían á los incidentes de cada día paliativos nuevos; el mal renacia 
bajo mil formas imprevistas, siempre mas amenazante y mas in- 
curable. La falsa moneda, los aumentos de impuestos, las exaccio- 
nes de todo ge'nero no podian producir remedio, y la mas hor- 
rorosa enarquia estaba á pique de asolar -en un momento toda 
la Europa. 

Trasporte'monos mentalmente al tiempo de nuestras guerras 
civiles, bajo Enrique III, cuando por todas parles el antiguo cato- 
licismo conmovido hasta en sus cimientos, trataba de recuperar 
un poder pronto á escapársele. Esta era la e'poca la mas brillante 
de las minas de Ame'rica; cada año los galeones volvian de Méjico 
cargados de duros, y sin embargo la pobreza reinaba en todas par- 
tes á pesar de aquel elemento naciente de opulencia; de ana estre- 
midad á otra, la Europa era presa de la discordia y déla miseria. 
No se oia hablar mas quede estorsiones y pillages. "El pais, escla- 
maba un escritor francés contemporáneo, está comido no sola- 
mente por la gendarmeria y por los alcabaleros sino que de hora 
en hora salen de las cindadelas los soldados que van al merodeo con 
insolencias yescesos tales y tan grandes, que no hay lugar ó casa 
que una dos ó tres veces á la semana, no sea forzada á contribuir 
al apetito de esta canalla; cuando el soldado sale, el sargento 
entra, y de ordinario las casas están llenas de gendarmes , pre- 
bostes, soldados, recolectores y alcabaleros, de tal modo qnees ma- 
cha maravilla cuando ha pasado una hora del dia sin ser visitadas 
de tales gentes.** (i) 

(1) Fromeatau, el Secreto de \a» reatas^ cdicioa de 1581. 



(207) 

IjO mismo sacedla en Inglaterra^ en Flandes, en Italia, en 
Alemania. Parecía que los asalariados, á manera de plaga, se ha- 
bían arrojado sobre la fortuna pública, y que los pueblos estaban 
condenados á derramaren adelante sus sudores y su sangre hasta 
la última gota para saciar esta sed de oro y de piala que devoraba 
á sus opresores. En lugar de secundar los recursos naturales de 
cada país, los metales preciosos no sirvieron desde luego mas que 
para agotarlos, y han sido necesarios cerca de tres siglos de espe- 
riencias y de desgracias para enseñarnos que su verdadero deslioo 
era alimentar la industria mas bien que la guerra. Las minas de 
América han sido descubiertas cien años demasiado pronto; ellas 
no hubieran debido derramar sus tesoros en Europa sino después 
de las largas guerras de religión, de donde salieron la libertad de 
examen, el orden en la hacienda y la seguridad para el tral>ajo. 
En las manos de un rey tal como Felipe II su acción fue mas mor- 
tífera que la de la pólvora, y es por ellas ó á causa de ellas porque 
la Fraticia, la España y la Inglaterra han sido tan largo liempo 
destrozadas» Los príncipes que no tenían minas buscaban el equi- 
valente en la bolsa de sus subditos, sin pensar que atacando de este 
modo los capitales al mismo tiempo que las rentis, herían á la 
producción en su origen y al estado en su vida. Por esto cuando 
se estudia la historia de estos tiempos deplorables, no se oye ha- 
blar sino de provincias exaustas, casas destruidas, desgraciados er- 
rantes por tos campos» Cuando los estados deBlois se juntaron, se 
les presentó la enumeración de estas escenas de abatimiento y de 
ruina, y en todas las diócesis , después de cada relato de pérdidas 
en dinero, se decía el número de sacerdotes degollados, de religio- 
sos, de soldados y ciudadanos asesinados, de hijas y mugeres vio- 
ladas , sin que jamas faltase este suplemento, al presupuesto de 
las miserias contemporáneas. 

La mas horrible confusión reinaba igualmente en Inglaterra, 
y el reinado de Isabel, cuyos resultados fueron tan gloriosos para 
sa país, comenzó bajo los auspicios mas fatales. Enrique VIII se 
habia apoderado de los bienes de las iglesias, bajo pretesto de ali- 
viar á sus subditos del peso de los impuestos que no por eso de- 
jaron de pagar; Isabel persiguió la mendicidad con mano inflexible 
y en lugar de volver algunos millares de obreros i la sociedad 
infestó la Inglaterra de ladrones. Ya bajo Enrique VIII , segan 



(208) 

el testimonio de Harrison se habían condenado á muerte mas de 
setenta y dos mil , y bnjo el reinado de Isabel no se pasaba un año 
sin que se enviasen tros ó cuatro cientos ai patíbulo. Estos desgra- 
ciados, errantes en bandas de muchos centenares robaban las al- 
qucrias, despojaban á los viagcros y se burlaban en el fondo de los 
bosques de la persecución del gobierno. Después de haber ensayado 
contra ellos toda clase de suplicios , Isabel poso sa subsistencia á 
cargo de las parroquias, y creó la famosa rz/o/a de pobres insufi- 
ciente para alimentarlos, pero uo para impedir se multiplicasen. 
De este modo, en España, las minas del ?íuevo mundo habian des- 
viado á la administración y al pueblo de las verdaderas vias de la 
riqueza, asegurándoles casi sin esfuerzos una renta independiente 
del trabajo; en Francia, forzaron al príncipe á multiplicar los im- 
puestos y las vejaciones de toda lase, para mantenerse contra la 
concurrencia de los españoles, y en Inglaterra dieron origen á la 
coiilribucion de pobres, una de las mas funestas invenciones de 
los tiempos modernos. ?so es imposible, sin embargo, reconocer en 
medio de este caos la aurora de una e'poca mas próspera y de nn 
orden de cosas mas regular. En vano los soberanos se esforzaban 
á retener el oro y la plata, á sacarlo de sus subditos, á favorecer 
su entrada y prohibir su salida; el oro y la plata se escapaban por 
todos los poros y se iban do quiera que lo llamaban grandes tran- 
saciones, es decir, grandes ganancias (i). Poco á poco también, los 
gobiernos conocieron que la percepción de los impuestos tenia ne- 
cesidad, para llegar á ser productiva, de someterse á reglas seve- 
ras y estas reglas amanecieron en la legislación. El Parlamento en 
Inglaterra, y Sully en Francia fueron los autores de esta reforma, 
de donde dcbia bien pronto salir la ciencia rentística y con ella 
el remedio á los malos sistemas nacidos de la ignorancia contem- 
poránea y de la impericia de los gobiernos. Aqui comienza una 
nueva era para la Economía política, y todos vemos salir al fin un 
sistema del seno de la anarquía horrorosa que asoló á la Europa 
durante las largas guerras de religión. 

La historia ha reconocido con razón en Sully la personificación 
mas perfecta de este sistema, y nosotros no podemos darle á conocer 

(1) El numerario, dice Mengotli , es esencialmente rebelde á las órdenes de la ley: 
■viene s¡i) que se le llame, sy vá cuando se le detiene, sordo á los pregone», inse^siWí 
¿ las amenazas ^ solo aléate al atractivo de las ganancias. 



(209) 

mejor que csponlendo rápidamente los principales actos de la ad-. 
ininistracion de csle celebre ministro. No lodos son conformes con 
los verdaderos principios, por que Sully no tenia menos preocupa- 
cienes que sus conlemporáneos; pero el fue el primer adminislra-r 
dor resuelto á no marchar á ciegas y sus actos son todos notables 
por su espíritu de orden y de consecuencia que ejerció la mayor 
influencia en la Economia política de la Europa. Apenas revestido 
de la confianza de Enrique IV comenzó por estudiar bien las car- 
gas y los recursos de la Francia v redactó el primer presupuesto 
que ha servido de base á!a contabilidad pública. Sus indagaciones 
hicieron conocer ana deuda de cerca de trescientos millones de fran- 
cos á fines del año i5f)5, y se dedicó al punto sin descanso á la 
creación de las vías y medios necesarios para estinguirla. Su má- 
xima principal fue aplicar á cada parte del cargo una parle de la 
data, sin permitir que fuese jamas destinada para ningún otro uso- 
Puso freno al furor de los arrendatarios que esplotaban el pais con 
tal audacia , que de ciento cincuenta millones de francos saca- 
dos á los contribuyentes, apenas treinta millones entraban en el 
tesoro público. Prohibió á los recaudadores embargar, por ningún 
pretesto, el ganado y los instrumentos de labor de los cultivado- 
res deudores al fisco, e' i<npuso penas severas á los soldados que 
tfejasen al paisano ya fuese durante las marchas, ya al llegar á sus 
cuarteles, loque era como se ha visto, una de las mas horribles 
plag.'is de aquel tiempo. No le fue preciso menos firmeza para re-i 
primir la codicia de los gobernadores de provincia que habian lle- 
vado la licencia hasta el punto de imponer contribuciones por su 
cuenta y por su sola autoridad. El duque de Epcrnon , que recogía 
por scínejantes violencias, sesenta mil escudos de renta, osó resis- 
tir á Sully, quien sostiwo como buen militar su mandato. 

El valeroso ministro, después de haber puesto coto á todos los 
•osurpadores altos ó bajos, comprendió bien pronto y lo repetía 
frecuentemenle, que para enriquecer al príncipe era preciso enri- 
quecer á los subditos. Todo su cuidado se dirigía pues acia la 
mejora de la agricultura que consideraba cojno la primera indus- 
tria del pais. (i) La prodigí) recompensas de toda cla'-e y al cabo 
de pocos anos la mayor parle de los terrenos que estaban con- 
vertidos en ciíales á consecuencia de las desgracias de la guerra, 
' (1^ Lat.orco jr pastoreo (decía) sod lasdo) mamas tlel KstaJo. 



(aio) 
habían vuelto al cultivo. Abolió las trabas mas molestas para la 
circulación , y suprimió las mercedes de toda clase que la habilU 
dad de los cortesanos babia arrancado al rey. De este modo es co- 
mo el duqae de Saissoas se babia becbo con la autorización de im- 
poner un derecho de quince sueldos sobre cada fardo de mercan- 
cia que salia del reino. Enrique IV creia haber concedido una gra- 
tificación de algunos miles de escudos, pera el cortesano babia sa- 
bido sacar de ella una renta de trescientos mil Trancos. Sully hizo 
volver á entrar en el tesoro estos productos usurpados. Desgracia- 
damente este gran ministro desconoció toda su vida la importan- 
cia de las manufacturas. Tenia á la vez la antipatia aristocrática 
al trabajo manual y la indiferencia filosófica acia todos los obgetos 
de comodidad y de lujo. Sully era un caballero de alma estoica, un 
verdadero patricio romano de los hermosos dias de la república. 
Sabidos son los largos debates que tuvo con Enrique IV con mo- 
tivo de las plantaciones de moreras fomentadas por este príncipe y 
que por poco le malquistaron con su ministro. Sully se estremecía 
con la sola idea de la introdacion de las sedasen Francia. «¿Qué se 
hace, decia (i) presentando al pueblo el cultivo de la seda para 
que se ejercite? Se le separa de un género de vida duro y laborio- 
so como el de los campos por otro que no cansa con ningún mo- 
vimiento violento. Se ha notado en todos tiempos que los mejores 
soldados salen de estas familias de robustos labradores y artesanos 
nerviosos ; substituidlos con estos hombres que no conocen mas que 
un trabajo que los niños pueden soportar y ya no los hallareis ap- 
tos para el arte militar que la situación de la Francia y su estado 
político tienen necesidad indispensable de conservar y manfenero 
Al mismo tiempo que debilitareis á las gentes del campo que en 
resumen son los verdaderos sostenes del estado^ introduciréis por 
ellos en la ciudad el lujo con todas sus consecuencias, la voluptuosi- 
dad, la mol\cie,la ociosidad, que no es de temer en aquellos que tie- 
nen poco y que saben contentarse con poco. Y no tenemos ya en 
Francia un gran número de tan inútiles ciudadanos, que bajo ves- 
tidos de oro y grana, nos encubren todas las costumbres de verda- 
deras mugeres?" Un censor romano no hubiese dicho mas ni mejor; 
pero un ministro de agricultura y comercio debia tener otras ideas. 
Esta preocupación filosófica contra el lujo fue la que inspira 
(1) Memorias de Sully tomo II págiaa 289. 



(2iO 

^ Sally la mayor paríe de los reglamentes incómodo* que su ad- 
Hiinistracion impuso al comercio y á la industria (i). Todo consamo 
de producios cstrangeros le parecía un hurto hecho á la Francia, y 
un atentado á sus costumbres; toda salida de numerario, una ca- 
lamidad que era preciso precaver con medidas enérgicas. De este 
modo se halló conducido á adoptar las primeras teorías del sisie- 
fíia mercantil del que se le debe considerar como el mas ardiente pro- 
pagador. Jamas se habia desplegado mayor rigor contra los con- 
trabandistas, y sobre todo contra los que estraian cloro y la plata. 
A la confiscación de las especies aprendidas, afiadió la de todos los 
bienes de los contraventores, y el rey declaró con juramento que 
no concederia indulto alguno para los delitos de esta clase. La mo- 
neda acunada con el sello de los diferentes príncipes de la Europa 
habia tenido tu r40iha5ta allí y se empleaba indiferentemente ea 
Francia con la moneda marcada con el sello del soberano; fue pro- 
hibido servirse de ella, esceptuandolade España cuyo uso era dema- 
siado general para suprimirla bruscamente. Pero esta prohibición dio 
un golpe fatal al comercio, y redujo la circulación de los capitales, 
porque se preferia guardar las especies proscritas, á llevarlas á la 
casa de moneda en donde las aguardaban los enormes derechos de 
senoreage. Sully creyó apoyar con las leyes suntuarias la ejeca- 
cion de este sistema que tenia por objeto la reducción forzada de 
todos los gastos públicos y particulares, y que debía según él, 
traer la riqueza y la prosperidad por medio dala privación. « Es to- 
davía mas necesario pasarnos sin las mercancías de nuestros veci- 
nos, (decía), que sin su moneda. La necesidad que se supone de 
vestirse de tales tejidos mas bien que de otros , no es mas que uu 
vicio de nuestra fantasía, pero el valor que se da á ellos es un mal 
que nos hacemos con pleno conocimiento de causa." En esta 
ocasión , los comerciantes de sedas de París que vinieron á recla- 
mar á Sully, en nombre del comercio de la ciudad, fueron recí- 
hídos del ministro con ira y se permitió para con el que llevaba 
la palabra, ultrajes que hubieran merecido muy bien ser vigoro- 
samente castigados (3). 

(1) Sully prpilícal)a ron el ejemplo. Ib.'* romunmvnte vestido de paíío gris, con cal- 
zón de lela sin fscoU-s ni honlados. Alababa a lo» que se vestian del mismo modo y se 
mocaba i\ct los dcraas que l!eva)>an como él decia todas sut haciendas en el vestido, 
Perefixe. 1. 1, 

(21 El Sr. Ilcnriot , encargado de la arenga , habiéndose arrodillado antes ds empe- 
larla j Sulljf le levantó bruscanieute , y Uesimcj de haberle vuelto por toda* partea 



(2T2) 

El no quiso Jamas suprimir de ningún modo la aduana de Vic- 
na, mas conocida después, con el nombre de aduana de Valencia 
y qae tenia por objeto conocido hacer casi iniposible el comercio 
entre la Fraucia y la Italia. Este funesto portazgo establecido so- 
bre el Ródano parecia haber hecho de él un rio intransitable y for- 
zó al comercio á tomar otro camino, con grande detrimento de 
nuestros intereses. Forbonnais refiere el discurso de un diputado 
de León en los estados del Delfinado en 1600 en el que las tristes 
consecuencias de la tenacidad deSully fueron presentadas con ener- 
gía. " Esta aduana , decia el diputado, fue establecida para la re- 
ducción de la ciudad de Viena , y aunque la ciudad de León ha- 
Liese desde el principio conocido el peligro, ella esperó que ha- 
biendo sido creada por necesidades urgentes y pasageras, se vería 
mas bien el fin que la ocasión de quejarse de ella.' Pero como las 
cosas que parecen al principio dulceí^y fáciles se hacen con el 
tiempo ásperas é intolerables , este subsidio se ha convertido en aa 
escollo en que no se toca sin naufragar. Desde que el paso del Ró- 
dano se ha cerrado y los comerciantes han preferido correr todo 
riesgo que esponerse á toda clase de injusticia , la ciudad de León 
ha visto que de celebre y floreciente que era se convertirá en aa 
desierto si no se restablece la libertad de comercio. Ya todas las 
mercancias que del Levante venían á Marsella y de alli á León, han 
dejado el antiguo paso y buscado otras rutas mas largas, mas pe- 
nosas pero mas seguras(i)" jNo creáis señores que seamos tan po- 
ca instruidos en la ciencia de obedecer, la msj'or y la mas dichosa 
posesión de los i>asallos , que pensemos en contradecir las intencio- 
nes del rey, ni en disminuir sus rentas. Las cargas que los pueblos 
sufren, aunque sean grandes, son siempre reputadas santas y jus- 
tas, pero ellas son en el estado lo que son las velas en un navio pa- 
ra coiiducirle, asegurarle, y ,no paracargarle y sumergirle". El 
his'oriadro ¡Mathlea , qae cinservó este discurso, conviene en qu« 
las quejas eran generales y que no fueron oidas. 



|»ara contemplar con facilidad su vestido á la antij^ua , cargado de sedas ''e toílosco» 
lores, s'íguii los hábitos <le su profesión ledijo: ! oh hupii hombre , venís aqi" fO" viie- 
tra cotni>aiíia p-íra lamentaros ! pero estáis mis hermoso qne yo ! como piie" ' "^ aquí* 
tafetanes , damascos , he aqui brocailo ; y el se burló de la diputación sin oirm 
lie una manera tan cruel que los comerciantes confusos decían al marcharse : * *' cri*« 
do es mas brusco y mas foco que el amo. 

(1) Desde entonces el comercio de Italia con Inglaterra que se hacia por la Fraa- 
Cía de tránsito tomó la via del mar y no la ha abandonado. 



Sully, siempre preocnpado con las mismas ilusiones que le ha^ 
cian tener el comercio eslrangero y la indiisiria interior como cau- 
sas de empobrecimiento y de ruina, imaginó aumentarlas rcstri- 
ciones que los antiguos reyes de Francia habían puesto á la liber- 
tad del trabajo. Se sabe que Henrique III habia mandado, en iSSi 
que todos los negociantes, comcrcianlcs, artesanosy gente de oficios, 
residentes en las ciudades y pueblos del reino, fueran establecidos 
en corptiracioncs, macstrias y veedurias, sin que ninguno pudiese 
dispensarse de ello. Un segundo edicto en i 583 habia declarado el 
permiso da trabajar derecho real y patrimonial ; en consecuencia, el 
tiempo de los aprendizages, la forma y la calidad de las obras maes- 
tras, las formalidades para la recepción délos maestros y toda 
la antigua legislación de S. Luis hablan sido de tal modo revisadas 
y corregidas, que el trabajo Jiabia llegado á ser una especie de pri- 
-vilegio. Sully no abusó del derecho: real y patrimonial , pero ven- 
dió letras de gracia que dispensaban á los titulares del apren- 
dizaje y de las pruebas; y creando privilegios en el seno de los 
privilegios mismos , hizo lo que S. Luis no hubiera osado hacer, 
á pesar de la diferencia de los tiempos y circunstancias. Obra- 
La de este modo persuailido en el fondo de su conciencia , que la in- 
dustria era un ramo parásito de la proluccion, nocivo á la agricul- 
tura, y del que hubiese dicho voluntariamente con Xenofonte: 
«Que hacer de gentes, la mayor parle sentadas todo el dia , y cla- 
vadas en oficios cuyos productos debililaná los consumidores y nos 
Lacen gastar dinero? " 

La idea dominante de Sully, al tomar todas estas medidas, 
era hacer frente á las necesidades del estado y tener siempre á la 
inano masas de numerario considerables. ISinguna resistencia le 
parecía tolcral)!e asi que temia ser trabado en la ejecución de esta 
tarea difícil. Tan pronto respondía á los parlamentarios contuma- 
ces. << \\\ rey no pndra hallar injusto lo qi:c conviene á sus negocios" 
tan pronto hacia construir en la liastilla numerosas bóvedas des- 
tinadas á recibir montones de dinero, cuya circulación privaba de 
este modo, por que loscreia tan necesarias ala seguridad del estado 
como los almacenes de pólvora para su defensa. Menrique IV 
apoyaba de tiempo en tiempo estas medidas con discursos estu- 
diados, como uno en que espuso en un consejo eslraordinario los mo- 
tivos que tenia para tener una reserva de fondos con que hacer 



.frenlo á ,una guerra ímprovlsla ó á \xm caresila, siempre borras-i 
cosa. SuIIy estuvo toda su vida preocupado cori esU inquietada la 
que sacrificó mas de una vez sus mas firmes principios: pero sus 
errores eraa mas bien de sü época que de su entendimiento y pudo 
con razón hacerse asi propio en sus memorias la justicia de decir 
que la abundancia empezó al fui á reinar, y los labradores libres 
de lodos los. que les tiranizaban por parte de la hacienda de la no- 
bleza y déla milicia, sembraban sus campos y recogían con se- 
guridad sus cosechas (i). Entonces fue cuando pensó en las gran- 
des obras cuyo principio debia ser el canal de Briare, y que tanto 
trabajó en hacer comprender á Enrique IV poco habituado á pre- 
Tcer los productos venideros por haber vivido de espedientes y de 
anticipaciones. El mismo Sully reasumió sus doctrinas económi- 
cas en una esposicion que presentó á este príncipe, y que ha re- 
producido en sus memorias. "Para ver si mis ideas correspondian 
alas suyas, dice, el rey quiso que le diese una nota de todo lo qas 
creyese capaz de oscurecer ó simplemente eclipsar la gloria de 
un poderoso reino. La presento aqui como un compendio de los 
principios que me han servido de iregla. Estas causas de la ruina 
ó debilitación délas monarquías son; los subsidios escesivos, los mo- 
nopolios, principalmente sobre el trigo; el descuido del comercio, 
del tráfico, del cultivo, de las artes y oficios, la autoridad escesiva 
en los que la ejercen, los gastos, las dilaciones y la iniquidad en 
la justicia; la ociosidad, el lujo y todo lo que üene relación con el- 
el libertinaje y la corrupcJon en las costumbres; la confusión de las 
condiciones; las variaciones en la moneda: las guerras injustas é 
imprudentes , el despotismo en los soberanos ; su adhesión ciega ú 

(1) No consiguió esto SjUv sin trabajo. El mismo cuenta como le 
fue preciso cada día dar alguna batalla para defender los intereses del 
pais. «El rey, dice, acababa de dejarse arrancar una veintena de edic- 
tos, y yo fui con el designio de bacer una tentativa en favor del pueblo^ 
cuando encontré á la marquesa de Vernevil que me preguntó qué pa- 
pel llevaba en la mano: ¿Qué pensáis hacer de todo eso? rae dijo. — Yo 
pienso, señora, bacer representaciones al rey. — ¿ Y por quién quer- 
ríais que el rey baga algo, si no es por aquellos que son sus primos, pa- 
rientes y amigos? ¿Todo lo que decis, señora, la repliqué seria bueno 
si S. M. sacase el dinero de su bolsillo; pero sacándolo de los mercade- 
res, artesanos, labradores y pastores no hay ninguna razón para ello. 
Ellos son los que alimentan al rey y á lodos nosotros \ ellos tienen muy 
bastante con un dueño, sin añadirle tantos primos, parientes y amibos 
que mantener." 



ciertas persotictó\,StVí^e\'éx\cion en favor de ciertascónd-ícíonés d de 
ciertas profesiones; la codicia de los ministros y délos favoritos; eí 
desprecio de las getites nobles', el menosprecio y olvido de los lite- 
ratos; la toleraacía de las malas costumbres y la infracción de las 
I>iienas leyes; la maltiplicidad; dclos edictos embarazosos y de los 
Ceglamentos inátiles." SuUy iio se mostró siertipre conseciicute con 
sus doctrinas durante el transcurso de su larga administración. 
Gaesta trabajo conciliar lo que dice de la importancia de las artes 
con sus esfuerzos para impedir eleslablecimiento de las manufactu- 
ras de seda, y sobre todo con. su^istema de.privaciones forzosas que 
cerraba naturalmente toda especie de salida á los productos de 
las fábricas- .;/i>!oí.¡ii.,'ri • 

Puesto que el descuido del comercia y \2iS variaciones en la mo- 
neda le pareciesen tan perjudiciales al bien del estado, no hubiera 
debido mantener la aduana de Viena y alterar el reginrien de 
las monedas. Pero estas preocupaciones esplican sus contradiciones. 
No podía concordar el desarrollo de la industria con so horror al 
lujo y la necesidad de hacer frente á las exigencias rentísticas de 
cada día. Se puede decir que estos dos sentimientos han sido lol 
mas vivos y los mas enérgicos de toda su vida. Las exacciones de 
los letrados y de los rentistas escitaban particularmente su idig- 
nacion, y su ministerio ha sido un continuo combale contra sa 
rapacidad. No se conocen bastante las campanas verdaderamente 
heroicas que sostuvo contra los abusos de toda especie y su deci- 
sión por las reformas que la muerte de Enrique IV no le ha per- 
mitido egecutár. Yo daré una idea de ella al acabar este capítulo, 
á fin de que se pueda juzgar del movimiento que se verificaba ya 
en los espíritus, en esta época, en materia de Economía política. 

"En el gobierno eclesiástico, se debían dirigir las listas de to- 
dos los beneficios con sus denominaciones y rentas, para tener cuen- 
ta de este modo de la importancia de esta parte de la riqueza na- 
cional. En la nobleza, se hubiese hecho el apeo de todas las tier- 
ras y de los productos que ellas rentaban á los nobles propietarios. 
En el estado llano, se tomaban las precauciones necesarias para evi- 
tar á los labradores, artesanos y comerciantes la menor vejación 
departe délos milílaresy de los nobles." Sully perseguía al mismo 
tiempo con sus anatemas todos los gastos suntuarios." «Se puede 
asegurar, decia, que si habiese sido creido no hubiera tolerado ni 



los coches, ni las otras Invenciones de lujo sino con la condición 
de que hubieran costado caras á la vanidad. Reglamenlos particu- 
lares debían prescribir á los procuradores generales perseguir y 
castigar ejeinplarnieute á aquellos que por el escándalo de una vi- 
da pródiga y disoluta causaban un grande perjuicio al público, á 
los particulares ó á ellos mismos. El medio que se les daba para 
poder hacerlo era reunir en cada jurisdicion, tres personas públicas 
llamidas censores ó reformadores , ele^^idos de tres en tres auos ea 
ona asamblea pública y autorizadas por su encargo, al que esta-* 
ban unidas toda clase de exenciones, no solamente para residen- 
ciar los jueces, á todos los padres, hijos de familia y otras perso-» 
ñas acusadas de llevar la disolución mas allá de los límites del ho-í 
ñor y los gastos supérfluos mas allá de sus facultades, sino también 
para obligar á los jueces mismos censurándoles privadamente en 
CASO de denegación, á pone^T' el remedio que les era prescrito con- 
tra los escesos en uno y en otro gcnerq. üos amonestaciones debian 
preceder á todo procedimiento criminal; pero á la tercera se ponía 
una especie de acción de curaduría por la que las malas familias 
veían la administracioií de sus i)ienes y efectos pasar á manos que 
no les dejaban mas que las dos terceras partes y reservaban la otra 
para el descargo de sus deudas. Ninguna clase se esceptuaba de 
ello, y ningún ciudadano hubiera verosímilmente evitado esta cen- 
sura, porque ella misma tenia que responder de sus acciones á ua 
tribunal superior, cuyos ministros eran también como ella conte- 
nidos en su deber por la amenaza de una pena igual al deshonor. 
Había sido establecido al mismo tiempo que ninguna persona de 
cualquiera calidad y condición que fuese pudiera tomar ninguna 
sama considerable y nidie prestársela bajo pena de perderla, si» 
que fuese declarado en los contratos ú obligaciones en que se pre- 
tendía emplear el empréstito. Era prohibido tanibien con la mis- 
ma mira, á todos los padres de familia dar á uno de sus h'jos al 
establecerlos, una suma mayor que de justicia, con respecto á sus 
bienes presentes, al número de sus hijos hahidos ó por //a'jer, esccp- 
tuado el solo caso que permitía á la autoridad paternal despre-j- 
ciada ú ofendida casíígar á un hijo vicioso ó desnaturalizado,** 
Se creerá oír, al leer estas líneas, una predicación sansimo- 
nlana de nuestros dias, y la semejanza de doctrínaí es aun mas 
sorpréndeme ea las disposiciones terriblesde SuUy , para destruí^ 



(ai?) 

como el decía, el arte desprec-able de la trampa legal. Enlo3 plei- 
tos entre parientes, el demandador era obligado anle todo, á ofre- 
cer,)' se le requería á ello, que dejaría todas sus dlferenciasal ar- 
bitrio de cu.Ttro personas, elegidas enre los parientes ó amiga? 
dje las partes, dos por cada una-, un tercero nombrado por los ar-^ 
bitros debia decidir en caso de empate, " Con respecto á los sala- 
rios, dietas, y otros gastos, del mismo modo quje todos los diver- 
sos subterfugios de la curta y que lodos los demQs abusos del foro en 
las defensas y escrituras cuyas quejas se hacen o'rpor todas partes, ( i ) . 
el rey creia no poder hacer mejor que entregar todo esio para discu- 
tirlo y arrreglarlo á doce hombres elegidosentre los mas inteligentes 
en los negocios." Sully hubiera redactado doscientos anos antes ei- 
código de procedimientos civiles. Henrique IV estaba de tal mo- 
do preocupado del deseo de estas reformas , que el dia en que SulI y 
le embió el programa de elUs estendiílo de su mano, el rey le hi- 
zo llamar al instante para conversar juntos , y al punto que le vio: 
'"id á decir á los capuchinos, esclamó, que se retarde mi misa , por- 
que es preciso que me detenga con este hombre que no es liombre 
d^e misa." La muerte de Henrique IV impidió la egecacion de es- 
tos designos de los que la mayor parte, sin duda , eran impractica- 
bles , pero no por eso espresaban menos el pensamiento económico 
de Sully, tal como se halla en los actos cumplidos de su adminis- 
tración. El principal mérito de este gran ministro, fue el de ha- 
ber restablecido el orden en la hacienda y el de haber facilitado 
con esto solo la vuelta ó mas bien la creación de los elcuienlos 
esenciales de la prosperidad publica. Su canal de Briare ha abier- 
to en Francia la primera via hidráulica, á la que anadio bien pron- 
to en las riberas de los rios el establecimiento de coches púbüfos, 
como habia organizado sobre los caminos casas de post» con caba- 
llos para los viageros. El habia hallado la Francia enip^.'riada en 
trescientos millones de francos, que hiciau cerca de mil millones 
boy dia, y la dcj() casi cuteramente libre de ellos. Relujo los im- 
puestos , niejoró los camino?, las fortiGcaciones ,e! material de gucr- 
ra, la hacienda pública, y entregó al tesoro una reserva en espe- 
cies de catorce millones depositados eu la Bastilla. Doce ailos ha- 
bian bastado para estos resultados que prepararon el advenimiento 
délos htTinosos días del reynado de Luis XIV, y que iiislalaron 
definitivaincnie la Fjlctniomía politica en jos , consejos de los reyes 

{2) Mada Im caiuLiaclo resjiecto estos jiuiUos desdi; áully acá* 

28 



(.i8) 
CAPITULO. XXVI. 

Del ministerio Colhert y de sus consecuencias económicas. — Edicto 
y tarifa de 1664.-5// i>erdadero objeto. — Edicto de 1667. — Fo- 
mento del matrimonio. — Bellas instrucciones dadas á los embajado- 
res. — Verdaderas doctrinas de Colbert — Se le considera sm razón 
como el fundador del sistema prohibitivo. 

Entre la administración de Sally , y la de Colbert, hay la de 
dos sacerdotes, Richelieu y Mazarino, disipadores ambos aunque 
por motivos diferentes y cuyas miras enteramente personales no 
tienen nada de coman con la Economía política; pero hay también 
el reinado de Isabel de Inglaterra y el desarrollo del poder comer- 
cial de los Paises-bajos , magníficos episodios en la historia de la 
ciencia y del mundo. Colbert dominó estos acontecimientos con 
toda la elevación de su genio, y el esplendor con que han brilla- 
do en Europa desapareció ante la re'acion de las grandes cosas 
ejecutadas por el ministro de Luis XIV. Colbert es en efecto, el 
solo ministro que ha seguido un sistema meditado completo y con- 
secuente en todassus partes, y para honor eterno de su nombre triun- 
fó á despecho de obstáculos de toda clase. Aunque su sistema esté 
lejos de ser intachable en todassus partes, era un progreso inmen- 
so al tiempo de su aparición, y no hemos tenido, desde entonces, 
quien pueda serle comparado en punto á amplitud y profundidad* 
Su organización parece haber conservado alguna cosa del respeto 
que se dedica á las funciones religiosas; ella ha formado secta, y 
esta secta cuenta hoy dia quizá otros tantos fieles como la grande 
iglesia que ha tomado por bandera el principio inmortal de la li- 
bertad comercial. 

Fué también la necesidad de restablecer el orden en la hacien- 
da , la que dio origen á los ensayos de mejora egecutados por Colbert. 
Este ilustre ministro comprendió bien pronto que el mas seguro 
medio de restablecer la fortuna publica era favorecer la fortuna 
particular, y abrir á la producción las vias mas amplias y mas 
liberales. Su principal mc'rito es haber puesto en perfecta armonía 
todos los elementos que debian ase^arar el e'xito. Uno de los pnn- 
pales actos de sa ministerio, el restablecimiento Je^uotas sobre 



una base uniforme» ea un hoinensje rendido á lo? verdaderos prin^ 
cipios , y no ^e podrá dudar que todos los otros hubieran sido 
conformes á este glorioso precedente, si la ciencia de las riquezas 
hubiese estado, en aquella época, tan adelantada como hoy día. Col- 
lert hubiera ciertaniente egecutado en Francia lo que Mr. Huskisson 
habia comenzado en Inglaterra, en el momento en que la muerte 
Ic arrebató. El fue' quien empezó la mayor parte de las reformas, 
cuyo complemento proseguimos al través de las dificultades que en 
cierto modo creó, porque daba frecuentemente uña mano y relira- 
La la otra, obligado á hacer mas de una concesión á las preocupa- 
ciones de sus contemporáneos y á las exigencias de su posición. Pero 
sa obra no es por eso menos digna de nuestros homenajes como 
el mas hermoso monumento elevado á la ciencia por mano del po- 
der y también como una prueba de que las teorías económicas 
pueden ofrecer recursos al hombre de estado. 

Ya, aun antes de su entrada en los negocios, las necesidades 
de la industria y del comercio habían hallado órganos elocuentes, 
y no es inútil esponer rápidamente sus quejas para mejor apre- 
ciar la inmensidad de las tareas debidas ¿ Colbert, y el mérito 
que él tubo en cumplirlas. Se ha visto que SuUy , á pesar de sa 
Luen sentido y su fuerza de voluntad no habia podido conseguir 
destruir una jiiultitad de cuotas interiores que sujetaban el co- 
mercio de provincia á provincia, y de las que algunas tales como 
la aduana de Valencia habian llegado á ser verdaderas plagas. 
Sus sucesores habian aumentado la mayor parte de estas trabas 
y aun las habian creado nuevas, acompaDadas de formalidades 
las mas molestas y de medios coercitivos los mas odiosos. Jamas 
la percepción habia sido mas dura; se parecía mucho á las veja- 
ciones de los colectores orientales, y muchos negociantes habian 
renunciado al comercio para sustraerse de ellas: otros habian de- 
jado la Francia; y aquellos que habian podido resistir, apurados 
por el fisco, veían disminuir cada día sus recursos con sus capi- 
tales alambicados. La agricultura misma, tan protegida por Sully 
habia caido en un profundo desaliento. Muchas tierras permane- 
cían eriales, los ganados eran abandonados, y la Francia comen- 
zaba á cubrirse de vagamundos y de mendigos. Se halla una pin- 
tara fiel de este estado de cosas en la petición presentada al rey 
«1 a6 de enero de i654, por las 6 corporaciones de comerciantes 



(220) 
de París. "SeiTíor, declan los peticionarios, la esperiencia enseííá 
que los impuestos escesivos no han aunnentado jamas las rentas de 
un estado, porque hacen perder al pormayor lo que se gana al por- 
menor.... A decir verdad, no hay mas que el comercio y la indus- 
tria qi)e atraigan el oro y la plata con los que los ejércitos sub- 
sisten Si nuestros obreros sacan producto de su industria, no 

es sin la ayuda de los eslrangeros , que nos suministran todas las 
lanas finas , porque nosotros no tenemos mas que toscas: asi como 
las drogas para los tintes, las especerías, los azúcares, los jabones 
y los cueros, sin cuyos géneros no se puede pasar y no se hallan 
en el reino. Los estrangeros no dejaran, para hacernos frente, de 
cargar todas estas niereancias con grandes impuestos, de donde 
sucederá que nosotros no sacaremos ya ó que prohibirán la entra- 
da de nuestras manufacturas; por este medio nuestros obreros per- 
manecerán sin trabajo, y el número de inútiles y de mendigas 
se aumentará." 

Colbert sondeó bien pronto la profundidad de esta llaga, y Targ 
medidas que adoptó probaron que tenia valor para curarla. El 
edicto de setiembre de iGG^- redujo los derechos de entrada y de 
salida sobro las mercancías á proporciones convenientes y supri- 
mió las ntas honerosas. "Nuestra intención, decia el rey, es ha- 
cer conocer á todos nuestros gobernadores e intendentes en que 
consideración tenemos al presente todo lo que puede mirar al co- 
mercio y porque queremos que ellos empleen su autoridad en ad- 
ministrar justicia á los comerciantes , á fin de que ellos no sean 
separados de su tráfico por las trampas legales Hemos convida- 
do á todos ios mercaderes por circulares á dirigirse directamente 
á Nos p;\ra todas sus necesidades: los hemos convidado á diputar. 
algunos de entre ellos cerca de Nos para traern9S todas las quejas 
y sus proposiciones; y, en caso de dificultad, hemos establecido 
una persona de nuestra comitiva para recibir todas sus quejas y 
despachar todas sus solicitudes; hemos mandado que quede siem- 
pre marcada en nuestra ausencia una casa de comercio para reci- 
birlos en ella; hemos resuelto emplear todos los años un milloa 
de libras para el restablecimiento de las manufacturas y el aumen- 
to de la navegación; pero como el medio el mas sólido y el mas 
esencial para el restablecimiento del comercio es la disminución 
y el arreglo de los derechos sobre todas las mercancías, hemos 



(22l) 

mandado reducir lodos estos derechos á uno solo de entrada y olro 
de salida, y también disnilnairlos considerablemente á fin de ani- 
mar la navegación; de restablecer las antiguas manufacturas (i), de 
desterrar la haraganería, y de desviar con ocupaciones honradas 
la inclinación de un gran número de nuestros subditos á una vida 
vil, bajo el titulo de diversos oficios sin funciones , los que degene- 
ran en una peligrosa sutileza que infesta y arruina la mayor par- 
te de nuestras provincias." 

Al mismo tiempo Coibert prohibía embargar por falta de pa- 
go las camas, vestidos, pan, caballos y but-ycs, y demás útiles 
para la labor, ni ios útiles con que los artesanos y artífices ganan 
su vida. El catastro fue reformado, á fin que los bienes no pudie- 
sen ser impuestos mas que en proporción de su valor y de la es- 
tension efectiva del terreno. Como los caminos reales y los riog 
estaban guardados por eje'rcitos de recaudadores de portazgos, que 
detenían las mercancias al paso, y perjudicaban el transporte de 
ellas con una multitud de gastos abusivos, sin hablar de los retra- 
sos y vejaciones de toda clase, un edicto mandó la indagación de 
todos estos gravámenes de los que la mayor parte fueron abolidos ó 
reducidos á justos límites. Pero verificando cslas útiles reformas de 
presente, Coibert preparó otras para el porvenir, con la institu- 
ción del consejo de comercio, cuyos miembros eran encargados 
de esponer oficialmente las necesidades de su profesión y las de la 
industria en gensral. El e.xamen de los cargos vendidos hizo des- 
cubrir que habia entonces en Francia mas de cuarenta y cinco mil 
familias empleadas en funciones en las que seis mil hubieran bas- 
tado. IMasas enormes de valores eran también absorvidas cada 
ano en detrimento de las profesiones laboriosas, y Coibert prosi- 
guió implacablemente la reducción. Este ministro profesaba el ma- 
yor desprecio á la clase censualista v á la de los curiales que con- 
sideraba como gorristas viviendo de los sudores del común, y se 
ocupó en disminuir su número, sea incorporando sus cargos, sea 
limitando sus beneficios. 



(1) F,s un rrror rrcor que Colliorl fue el fundador de la industria fr.inri-s.i , pues 
golo fi!" s;i restaur-iilor. R:ij() el riMii.ido de Henrique IV y Luis X!ll las m.Tmifncluras 
estaban cu suin:i prosp rid.iil. Si> lee en las memorias de Juan WiU, tomo VI i>.ig. 
|8"2 <|iii' i'n IG.VS los oliji'tos (|n fabricación francesa esportados [lor solo la ln¡¿laltrra 
)r la lioUiída ascciiJiau á 80 aiilioitcs Uv libias tonicsaSi 



( 322 ) 

Como el arrendamiento de los derechos de aduana estaba cerca 
de espirar, Colbert aprovechó esta ocasión para revisar las tarifas 
y aunque esta fatal mccliJa haya sido considerada después, como 
el mas bello monumento de su administración, creemos deber es- 
ponerla bajo su verdadero aspecto, que nos parece habersido cons- 
tantemente desconocido. Colbert tenia por objeto, al revisarlas 
tarifas de aduanas, hacer de ellas un medio de protección paralas 
manufacturas nuevas, en lugar de un simple recarso de hacienda 
que era antiguamente. La mayor parte de los objetos de fabrica- 
ción eslrangera fueron gravados con derechos que debian asegurar 
á las mcrcancias francesas análogas el mercado interior. A\ mis- 
mo tiempo Colbert no perdonó ni sacrificios ni medios para ,ac-» 
tivar en el pais el espíritu fabril. Hizo venir de fuera los obreros 
mas hábiles en todo genero, y sugetó la industria á una disciplina 
sev3ra, porque no se durmiese á la sombra de las tarifas. Multas 
cuantiosas fueron impuestas á los fabricantes de un arllculo reco- 
nocido inferior á la calidad que debía tener. Los productos de los 
que delinquían eran clavados al rollo, por la primera vez, con 
una argolla y el nombre del fabricante: en caso de reincidencia, el 
fabricante era atado en persona á ella. Estos rigoresinconsiderados 
hubieran conducido á resultados enteramente contrarios á los que 
Colbert esperaba, si su solicitud ilustrada no hubiera templado 
con otras medidas lo que esta tenia de cruel, Asi es que nombró 
inspectores de manufacturas que dirigían frecuentemente los in- 
dustriales por las mejores vias, y que les proporcionaban el cono- 
cimiento de los mas nuevos procederes, frecuentemente comprados 
d sorprendidos con grandes gastos entre los fabricantes estrangeros. 
Colbert estaba lejos de unir á la tarifa de aduana la idea de la 
protección esclusi va y ciega que no ha cesado de atribuírsele después 
de su ministerio. El sabia muy bien que estas tarifas engendraban 
represalias y que traerían serias trabas alcomercio, si bien anima- 
ban á las manufacturas. También sus esfuerzos tendieron á ate- 
nuar estos efectos desastrf^sos. Sus instruclones á los cónsules y álos 
embajadores atestiguan vivamente sus miras con respecto á esto. 
El les recomendaba vencer todas las dificultades que los negocian- 
tes podrían hallar en el eslrangero y de hacer respetar sus privi- 
legios con la mayor energía. PSo se puede ler sin admiración los 
pliegos que espidió á Mr. de Beiiers , embajador de Francia en 



Madrid. «En caso que los subditos del rey, decía, recioiesen al- 
gunos malos tratamientos de los gobernadores ó de otros oficiales 
del rey católico, sea en sus personas, sea en sus naves ó mercan- 
cías, haréis conocer al consejo de Espaiía que S. M. está resuelto 
á no sufrir que sus subditos sean molestados de ningún modo, y 
que se podrá hacer perder el habito tomado hasta el presente de no 
hacer ninguna justicia'. Estamos hoy día bien lej,os de esta energía. 
"Yo os suplico, anadia, examinar que se podra hacer que fuese 
agradable á los comerciantes para facilitar su comercio ó aumen- 
tarle. Gomo los negocios que ellos tienen en España perjiíanecen 
ordinariamente largo tiempo indecisos, á falla de quien los siga, es 
necesario establecer allí una persona que tenga inteligencia y qne 
pueda aplicarse únicamente al sosten y alivio de los mercaderes." 
En otra ocasión, escribió á Mr. de Poinponc, embajador en 
Holanda : " El comercio de todo el mundo por mar se hace coa 
veinte mil naves poco mas ó menos. En el orden natural cada na- 
ción debería tener su parte en cl , á proporción de su poder, del 
número de pueblos y de sus costas de mar; los Holandeses tienen 
de este número quince á diez y seis mil y los franceses quiza qui- 
nientas ó seiscientas á lomas. El rey emplea toda clase de medios 
que cree ser útiles para aprosímarse un poco mas del número na- 
tural que sus subditos deberían tener. "Y para conseguirlo, Colbert 
concedió premios para la navegación en el Báltico, y para la pes- 
ca en los mares leíanos; suprimió el derecho del fisco en Marsella 
á fm de atraer allí á los estrangeros, y bien pronto se vieron ca- 
sas opulentas del Levante establecerse en esta ciudad en donde se 
construyeron un gran número de navios. Al mismo tiea»po, cl 
edicto del mes de agosto de 1669 declaraba al comercio de mar 
compatible con la nobleza, y permitía á todo caballero interesarse 
en el directa ó ¡ndireclamenle sin degradarse. La creación de lo* 
impuestos territoriales servían de compensación á los rigores de 
la aduana; ailadió á ello la facilidad del transito por toda la Fran- 
cia para las mercancías estrangeras. Su atención se cstendía hasta 
á los menores detalles de conservación y de limpieza». «Estad muy 
alerta, mandaba á Mr. Sonci , de no hacer nada que pued.» tur- 
Lar ó disminuir el comercio. Habéis hecho Lien en hact-r dcicner 
al comisionado del registro de Mortagne, que habia retardado el 
paso de los barquillos de carbón ; es de muy gran consecuencia 



qac los comerclanles no sean vejados por cualquiera prelcslo qne 
sea. No decidid jamas nada sin haberlos oido. Sed mas bien un po" 
co engañado por ellos mejor que sujetar al comercio, porque esto 
seria aniquilar los productos. Objetad siempre sin emíiargo el 
rigor de las ordcuanzas». 

He aqui como Colbert entendia la administración de aduanas. 
Seriamos bien dichosos hoy día si ella fuese entendida de la mismsi 
manera en sus fines y en sus medios de ejecución. Como instra-^ 
mentó de protección, el no la separaba jamas de una actividad in-* 
faligable en la industria, y es fácil ver que esta protección no era 
á sus ojos mas que una medida temporal, segi;n vigilaba para que 
no degenerase en premio de la indolencia y en vejaciones perjudi- 
ciales al comercio. Parecía pedir perdón á la Francia por lo pasa-» 
íjo , en todos los pliegos que dirigía á sus embajadores. Él decia á 
su hijo: «Es preciso que sintáis tan vivamente todos los dcsórder. 
nes que sucedieren en el comercio y todas las perdidas qüc hicie- 
ren los mercadeiescomo si ellas os fueran personales.,, Nq conten- 
to coa haber establecido en los puertos, depósitos, eligió algunos 
como punios de etapa para los navios del cnmerclo estrangero, man-? 
dandi) que los derechos que tuviesen pagados les fueran restituidos 
cuando les conviniese reexportar sus mercancías. En esta época, la 
compañía de las Indias Occidentales se hallaba fuera de estado de 
sostener su privilegio csclusivo. Las colonias carecian de las cosas 
necesarias, y el bajo precio á que se tomaban sus géneros desespe-!" 
raba á los habitantes Colbert se decidió á hacer el comercio libre 
é hizo anunciar en todos los puertos que cada uno tuviera en ade-? 
lante e! derecho de entregarse á el. Cuanto mas se estudian los ac- 
tos de la administración de este gran ministro, mas se conven- 
ce de la suma equidad y de las tendencias liberales de su sis- 
tema, hasta aqui harto generalmente preconizado como hostil á los 
principios de la libertad. En vano los italianos le han saludado con 
el nombre de Co/¿£jr/m/?o , ~pa ra designar el régimen esclusivo, in-' 
ventado por ellos mismos y hom-ado por los espafíoles: Colbert no 
ha pretendidojamas sacrificar lamavor parte de sus conciudadanos 
á algunos privilegiados, ni crearen beneficio de ciertas industrias mo- 
nopolios eternos. Se le puede echar en cara haber sido reglamenta-» 
rio con csceso, pero no de haber infeudado la Francia entera á 
í^lgunos hilanderos de lana y de algodón. El mismo habia reasa^ 



tn\do en pocas palabras sa sistema en la memoria qtie présenlo al 
rey." Reducir los derechos á la salida sobre los ge'neros y sobre las 
manufacturas del reino; disminuir á la entrada los derechos sobre 
todo lo que sirva á las fábricas; rechazar por la elevación de dere- 
chos, los productos de las manufacturas eslrangeras.,, (i) 

Tal era el espíritu de su primer tarifa, publicada en setiembre 
de 1664.- Su principal objeto sobre todo era facilitar el abasteci- 
miento' de la Francia en las primeras materias y las relaciones de 
sa comercio interior, con la abolición de las barreras provinciales, 
y con el establecimiento de líneas de aduanas en la estrema fron- 
tera. Las resistencias que halló en muchas localidades, paraliza- 
ron largo tiempo sus buenas intenciones; pero á fuerza de perse- 
verancia consiguió hacer llegar á todas las partes de la Francia el 
beneficio de sus reformas. La sola reconvención que se podia con 
razón dirigirle, es haber abusado del instrumento protector que 
acababa de crear, exagerando en la tarifa de 1667 las medidas es- 
clusivas, dirigidas contra las manufacturas estrangeras en la de 
1664. Esto no fue ya desde luego una cuestión de industria, sino 
ona cuestión de guerra seiíalada mente con la Holanda, y esta guer- 
ra estalló en 1672 después de largas é inútiles negociaciones. La 
nueva tarifa escluia una multitud de mercancías holandesas; so- 
bre su denegación de admitirlas, la Francia vio al punto herir 
con la prohibición á sus vinos, sus aguardientes y los productos de 
*us manufacturas. La agricultura, ya condenada á duros tormen- 
tos por la prohibición de esporlar los granos, uno de los erro- 
res de Colberl, probó el duro golpe de la prohibición nueva que al- 
canzaba á sus mas importantes productos. Desde la misma c'poca fe- 
chan las primeras guerras de represalias comerciales éntrela Francia 
y la Inglaterra, hostilidades que debian costar tanta sangre y la'gri- 
mas á ambos pueblos. Se vio, pues , á la vez en Francia, bajo 
la influencia de este sistema, la industria prosperar y la agricultu- 
ra decaer. Yo no sé si Colbert temió también ver la población dis- 
minuir, pero hizo dar con respecto á esto en 1666 un edicto que 
no está muy de acuerdo con las teorías de Blalihus. En virtud de 
este edicto, lodo gefe de familia, padre de diez hijos, estaba exen- 
to de contribuciones durante su vida. Si era caballero, el rey le 
concedía mil francos de pensión y dos mil francos si tenia doce hi- 

(1) f Oi'l)ounai( , coDsUieracionei st>br< las renlat too^o I página t'ó\, , 

29 



(226) 

jos. El favor de la esenclon de las cuotas era cstenso á los jóvenes 
que se casasen á los 20 aíios, para gozar de ella durante 5 años; 
y por compensación, el impuesto alcanzaba al celibatario de 20 años 
aun bajo la tutela paternal. Al mismo tiempo Colbert ensayaba po- 
ner un término al desarrollo de las comunidades religiosas; ha- 
bla hecho prohibir á los particulares legarlas ni venderlas sus he- 
redades ó propiedades. Pero todas estas combinaciones no tuvieron 
ningún resultado eficaz. Las medidas por las cuales Colbert abria 
nuevos manianlales de riqueza al pais valian mas que sus primas 
-de fomento á la fecundidad de los caballeros, porque fue preciso 
renunciar á ellas en i6S3 después que hubieron engendrado mas 
abusos que ciudadanos. 

La paz de Nimega forzó igualmente á la Francia á renunciar 
al sistema deesclusion organizado por Colbert contra las manufac- 
turas estrangcras. Cada dia , cada acontecimiento^ traia de este 
modo una modificación á lo que las ideas de este ministro tenian 
de demasiado absoluto; pero sus doctrinas prohibifTvas habian 
sido dejadas en un terreno en que ellas debian ser religiosamente 
conservadas bajo los auspicios del interés personaL Los artífices 
franceses se habituaron á considerar como un derecho, la protec- 
ción que les habia sido acordada como un favor, y esto,^ qiie en 
el pensamiento de Colbert no debia ser mas que temporal, llegó 
á ser á sus ojos definitivo. El desarrollo industrial prodigioso que 
siguió á su sistema, los reglamentos promulgados para sostenerle» 
la fama misma de su autor, todo contribuyó á propagar la funes- 
ta doctrina de la hostilidad natural de los pueblos fabriles. De 
ahi han nacido estas espresiones hoy dia proverbiales, aunque va- 
cias de sentido, del pretendido peligro que hay en llegar á ser 
tributario del estrangero , en dejar írn>adlr nuestro mercado por mer' 
canelas estrangeras, en dejarnos arrebatar nuestro oro y y otras mi! 
semejantes; como si todos los compradores no fueren tributarios 
de los vendedores, y estos á su vez de los compradores ; como si 
en fin un pueblo no debiese recibir en cambio de sus mercancias 
las mercancias de sus vecinos, á menos de darles oro. Si fuese de 
otro modo, no habria ya comercio; porque ¿qué seria un comercio en 
el que no se qaerria ni dejar salir oro, ni dejar entrar mercancias? 
La Europa tendrá largo tiempo que sufrir esta preocupación que 
ha producido tantas guerras y que ha arrojado á tantos pueblos 



fn U vía peligrosa de lias industrias privilegiadas, No , Colbert no 
fue culpable de ello, y en vano es que los unos le hagan honor de 
ello y los otros afeen su memoria; Colbert era un hombre de su- 
ma probidad, enemigo de todos los monopolios y el mas cruel ad- 
versario de los privilegios de toda clase. Jamas este ministro, que 
ya meditaba la igual repartición de las cuotas y que sabia decir á 
su rey austeras verdades, hubiera organizado enteramente el tris- 
te régimen que se ha querido bautizar con su nombre. 

No citamos mas que para memoria los grandes trabajos que hizo 
ejecutar para aumentar las comunicaciones en Francia, y el canal 
del Languedoc, esta hermosa imitación del canal de Briare, y que 
ha dejado tan atrasa su jmodelo. Pero era el pensamiento de Col- 
bert y no el detall de sas obras el que queríamos dar á conocer; 
y la simple esposicion de sus trabajos económicos ha debido bastar 
para revelarle todo entero. Durante su ministerio, Colbert no ha 
cometido mas error que los que le eran impuestos por la época, y 
que un sentimiento exagerado de amor por su pais le inspiró en 
algunas raras circunstancias. Tales fueron los derechos subidos 
que estableció en su tarifa de 1667 con intención de asegurar á 
la Francia la producción de los artículos que sacaba de fuera, y 
también es preciso decirlo^ esta tarifa no contenia ninguna pro- 
hícion absoluta, Colbert habia juzgado sabiamente que la prohibi- 
ción de importar es snficientemente representada por los derechos, 
sobre todo los que son subidos á un cierto punto. Entonces, en 
efecto, si la industria no sabe, ó no puede con la fuerte prima 
que la concede la tarifa, satisfacer el gusto de los consumidores, 
estos tienen también la elección de las fabricaciones eslran^eras, 
pagando un tributo voluntario del que el estado saca provecho, 
por la falla de los industriales. Esta libertad limitada despier- 
ta entre los diferentes pueblos una emulación de industria que el 
monopolio nacional reprime al contrario (i). Seguramente Colbert 
estaba lejos de pensar qne unidla, después que la industria fran- 
cesa hnbíera podido tomar su rango en Europa, su tarifa seria 
juzgada insuficiente y se la ailadirian prohibiciones que el nusmo 
no habia hallado necesarias para protegerla al nacer. Estaba reser- 
vado á nuestra e'poca, tan justamente gloriosa por el progreso de 
las manufacturas, reclamar todo á la vez, medallas para recom- 
1^1) Mr. Uailljr , historia reulística Ue Francia. 



(228) 

pensarlas y prohibiciones para sostenerlas. Seriamos (licliosos, ba- 
jo este respecto en rctrogralar hasta Coibert y volver á sus la- 
rifas; mas dichosos aun si nuestros enib.ijadores recibiesen algunas 
veces tan nobles instrucciones, como las que el espedia á Mr. de 
Beziers y Mr. de Pompone! Que se cese pues de poner bajo la pro* 
teccíon de C')!bert los numerosos monopolios qne la Francia hoy 
dia tiene. Estos monopolios son obra de los tiempos desgraciados 
que la generación présenle ha atravesado; ellos son todos poste» 
riores al tratado de 1786 y naciílos de las grandes guerras de la 
revoluci.)n y del imperio. Restablecidos como instrumentos de 
odio y de eslerminio, ellos no babicran debido sobrevivir á la 
guerra: esperamos que ellos no sobrevivirán á la paz. 

CAPITULO. XXVII. 

Dt la Economía política bajo el reinado de L'iis XIV. — Ordenanzas 
del comercio, marina , agías y bos(jiies. — Código negro. -ConsC" 
Jos de hombres buenos. — Leyes sobre los pobres. — Fundación da 
las casas de espósitos. — Creación de compañias comerciales. — ■ 
Opinión de los economistas contemporáneos: Vauban, Boisguilberi 
y el abate St Fierre. 

Si, como escribia no ha mucho uno de nuestros hombres de 
estado (1) "las leyes son siempre el monumento mas importan- 
te y mas instructivo para la historia," no hay legislación mas in- 
teresante para la Economía política que la del reinado de Luis XIV- 
Ya hemos manifestado el pensamiento dominante del gran minis- 
tro al que debió este reinado tanto brillo: réstanos señalar los ac- 
tos que le espresaron y cuyo conjunto forma el mas hermoso edi- 
ficio que un gobierno ha podido dedicar á la ciencia económica. 
Solo, en efecto, en medio áe las ruinas de lo pasado este edificio 
permanece en pie; y descolla aun toda su elevación sobre nues- 
tras instituciones que á pesar del choque de las revoluciones no 
han podido perder todavía la huella de tan magesluoso origen. 
Es á Colbcrt á quien se debe el honor de haber dotado á la Fran- 
cia con los recursos de la producción , y de haberlos comprendido 
el primero en toda su eslension. Sully queria mantenerla en los 
límites estrechos de un sistema esclusivamente agrícola y patriar- 
cal : y se opuso con todas sus fuerzas al desarrollo de las ntianufac- 

"(íj ~Mr. Thiers , en la enciclopedia progresiva, artículo L A W« 



(229) 

turas, no viendo en el comercio mas que una proLaLilidad peli^ 
grosa de esportacion para géneros. La austeridad de su Economía 
política se perpetuó en el reinado de Luis XIll con reglamentos 
suntuarios y decretos de un carácter hostil al progreso de las ri- 
quezas. Colbert ahrió la carrera al trabajo nacional de un modo 
prudente y regular, y no podemos dudar de que iu legislación 
adelantó en un siglo al menos las teorias de la Economía política 
moderna. Por ella la Francia dilató sus fronteras y se puso en re- 
lación con el mundo: cesó de ser esclusivamenle agrícola y se en- 
riqueció á la vez con el nuevo valor de su territorio y habitantes. 

Esta e'poca será para siempre célebre en los anales de la cien- 
cia porque ha demostrado la unión íntima del progreso material 
y del progreso social. ¡Cuántas existencias mercantiles han debi- 
do su origen á las ordenanzas sobre la marina, sobre el tráfico, 
sobre las manufacturas, de que Colbert fue el dispensador y el 
<5rgano ! Cuando se las estudia con atención es fácil reconocer que 
ellas han suscitado á la aristocracia territorial una rivalidad for- 
midable dando á todos los ciudadanos la facilidad de elevarse á la 
fortuna por la sola inflaencia del trabajo. Las fuerzas de la nación 
se aumentaron y Luis XIV pudo, durante su largo reinado, ele- 
var el país al primer rango entre las potencias. ¡Ojalá no huhie- 
ra abusado de los recursos inmensos acumulados por su ministro! 
Nuestro tiempo tan fértil en ensayos atrevidos nada tiene que pue- 
da compararse en osadia á las creaciones de aquella época ; pare- 
cen formadas de un solo golpe según lo sabiamente coordinadas 
entre sí, y lo bien dirigidas acia un fin común. 

La situación de los pobres fue la primera que atrajo las mira- 
das de la autoridad. En tanto que en Inglaterra se les azotaba ó 
seles mutilaba bajo los auspicios de las leyes draconianas de Hen- 
rique VIH, Colbert hizo fijar un edicto para establecer en París 
una casa de refugio en donde los indigentes debian ser recibidos 
como miembros i>ii>os de J. C. y no como miembros inútiles del esta~ 
do (i). Otro edicto de junio de 1G62 dice que se funde un líos- 
jñtal en cada ciudad y villa del reino para los pobres enfermos 
mendigos y huérfanos los que serán instruidos en los oficios de que 
pudieran ser capaces. Son concedidos premios á los que se casasen 

con las huérfanas del hospicio de misericordia: el rey quiere en 

■»» 

(1) Edicto de abril de ICCS. 



(aSo) 

este coso q-je se les concoja el líiulo do maesfro sin gnsto alguno, 
Las ordqii;m:¿ns hecljas bajo sa reina:Io luaiiiíloslan los esfuerzos 
consta ¡lies (Je csle príncipe para eslirpar-de sus estados ia plaga 
de la mendicidad, grave cuestión de todas las edades, y que la 
nuestra uo ha icsuello todavía sino con encarcelamientos y perse- 
cuciones. Al mismo tiempo la solicitud paternal del poder esta- 
Llecia las primeras casas de niños espósiios (i), llegados á ser 
después asilos mas mortíferos para la infancia que lo seria el mis- 
mo abandono; pues nuestros progresos se limitan aun á contar las 
víctimas (2)! Ya hemos dicho lo que hizo Colberl por las manu- 
facturas: llevó demasiado lejos la raania reglamentarla y y cuesta 
trabajo comprender hoy dia este lujo de penas aplicado á los er- 
rores de la química ó de la mecánica como si fuesen atentados á 
la moral. Sin embargo tal rigor «ra quizá necesario al éxito de la 
industria como la severidad <le la regla lo es á las comunidades 
religiosas nacientes^ y Golbcrt le compensó con tantos beneficios 
que es difícil vituperársele. Le. pareció que la disciplina de los ta- 
lleres era el mas seguro medio de defeaderlos contra los peligros 
de la concarrenclacslrangera y sapowanlenerla con una severi- 
dad inflexible De este modo se esparció por toda Europa la bue- 
na fama de los productos franceses, y su superioridad no lardó en 
justificarse en los mercados del mundo. La industria francesa em- 
pezó con obras maestras la carrera brillante que no ha dejado de 
seguir y conserva todavía con las tradiciones gloriosas de su ilustre 
fundador. Un impulso superior y único presidia en toda la super- 
ficie del país á los movimientos -de la producción, disciplinada 
como un ejército, y si alguna vez el genio individual ha encontra- 
do obstáculos en la rígida uniformidad de los reglamentos, la ma- 
sa de los trabajadores ha ganado mucho en su promulgación. 

Ademas lodo se tenia presente en las miras generales de Col- 
berl. Su genio protegía con una solicitud común los intereses de la 
agricultura, de la industria y del comercio. Esta es su verdadera 
gloria y al paso -que nosotros disertamos todavía sobre la impor- 
tancia relaliva de estos tres principales elementos de la prosperi- 
dad pública, él animaba con igual ardor á todos sus ramos. La 
declaración del sS de enero de 1671 prohibía embargar los gana- 

(1) Fxlicto dé junio <ie 1G70. 

(2) Mic-Gulloch refiere que enla casa «le espósiios de Dublin de 12786 ninos mu- 
rieron 12561 en menos de 6 años, desde 1791 á 1797. 



.dos del arrendarlor (i), asi como Sully había prohibido echar ma- 
no de los instrumentos de labranza. La ordenanza de julio de i656 
prescribía el desaj^ue de los pantanos. Un decreto del consejo de 
17 de octubre de i665 trae el restablecimiento de las montas y 
pone ;las ba^cs de esta institución del todo agrícola, de que hubié- 
ramos sacado desde entonces opimos frutos, si todas lasadnunis- 
traciones se hubiesen penetrado del espíritu de de su autor. En fin 
el magnífico edicto sobre las aguas y los bosques (2), que costó 
ocho arios de trabajo á Colbert ha llegado á ser la base de núes- 
•tro código de montes y plantios. Pero esto no bastaba para alla- 
nar las dificulíades naturales de la producción agrícola: ¿de qué 
le hubiera servido esta nueva fertilidad , sino habia las salidas pa- 
ra la venta de los productos? 

Colbert habia pensado en la importancia de los caminos y loa 
hizo reparar con lodo el lujo de recursos que le pcrmiila la fortu- 
na de la Francia. La abertura del canal de los dos mares, el pro- 
yecto del canal de Borgona y todas estas líneas atrevidas tan sa- 
biamente trazadas después sobre el mapa de nuestro país, son 
lestimonios patentes de su solicitud con respecto á esto. Sus pre- 
decesores parecian no haber pensado mas que en aislar las provin- 
cias francesas entre sí y la Francia del restode la Europa. Colljert tu- 
bo por sistema allanar las barreras y multiplicar las transaciones. 
En la industria creó los consejos de hombres buenos: para el co- 
mercio publicó sucesivamente su declaración (3) sobre la letra de 
cambio y su giro; y su inmortal ordenanza de marzo de iSjd, 
primer código de comercio francés; pero sobretodo la navegación 
es la que le debe los mas eminentes servicios. Antes de la orde- 
nanza de la marina (4) que fijó por primera vez de un modo pre- 
ciso las reglas esenciales, el comercio marítimo era casi nulo en 
Francia ; Co'bert le dio impulso y vida. Las compañias de ambas 
Indias dignas e'mulas de las ciudades anseáticas se establecieron 
bajo sus auspicios. Una colonia sali(la de la Uochela fue á po- 
blar á Cayena, otra tomó posesión del Canadá', y echó los cimien- 



(!) No queria , <l¡ce Necker , que la dr^^racia fucrsc caslig.iita con la imposibilidad 
de n-par.irl.T. 

(2) agosto 16G0. (3) 9 de enero Kiffí. , 

(i) Me liiuilarc a citar el prcánibulp. de csla orden.Tnz.i para dar 
una idea do la manera aiiiplia y graiidioía roj) f|iie (^oIIh rt iniíaha to- 
das Us cucsliuues. "Luis &c; Después de las ordenanzas que iicoios he- 



(Í3.) 

tos de Quebec y otra tercera se estableció en Madagascar. El co- 
mercio de Levante se reanimó, se abrió el del Norte y el de las 
colonias se estendió. La compaiiia del Senegal, organizada al pron- 
to con monopolios, vino bien pronto á caer en el dominio público, 
y el Código negro (t) fue la primera carta consiitucionat de esta 
raza desgraciada que la Europa ilustrada debia emancipar un día. 
No se sabe que admirar mas, si el conjunto de esta vasta le- 
gislación económica , ó la claridad de las consideraciones sobre que 
rccaian los decretos. Colbert cuidó de rodearse de todos los hom- 
bres versados en las materi;\3 que su uiano vigorosa iba á refor- 
niJr , les interroga lia, escuchaba suí observaciones, y modificaba 
jnuy frecuentemente sus ideas en vista de ellas. Asi es como hizo 
plantar una alnn'ciga en el arrabal del Roule, establecer barcos 
cubiertos en el Sena, crear la correspondencia interior de las ciu- 
dades (2) y perfeccionar la general.' profundizó la madre del Mar- 
pc y lílzo de Dunquerque un puerto franco. Reglamentos, edic- 
tos, declaracioaes , cédulas reales, hubieran dado en menos de 
yeinte aRíos solución de todas las dificultades suscitadas respecto 
al comercio de granos, de vinos, de maderas, de tabacos, de me- 
tales preciosos. Se hubiese dicho que la Francia no se conocía 
aun y que el ministro de Luis XIV la descubría á si misma so- 

cho p.u-a .irrc^lar cojí bueijas leyes la administración de la justicia y 
de las rentas, y después de la p;iz gloriosa cotí que Dios se ha servido 
coronar nuesti-'as últiaas victorias henaos creido que p-ira acabar dé 
hacer la felicidad de nuestros subditos solo taltabrj proporcionarles la 
abundancia, íjacüilaiido y aumentando el coaiercio que es uno de )os 
principales manantiales de la dicha del pueblo: y como el qne se hace 
por mar es el mas considerable , hornos cuidado de enriquecer las gos- 
t.is que circundan nuestros estados con muchos muelles y buques para 
la seguridad y comodidrid de lo,s navegantes qqe al)ordan actualmente 
á todos ios puertos de nuestro reino. Pero como no es njcnos necesario 
íficiuar el comercio con buenas leyes, qne hacoide libre y cómodo por 
la bondad dp los puertos y la fuerza niarítima, v como ni nuestras or- 
denanzas, ni las de nuestros predecesores, ni el derecho romano con- 
tienen sino niuy pocas disposiciones sobre la decisión de las direrencias 
qiie puedan oci^rrir entre ios negociantes y las gentes de mar, hemos 
juzgado que para no dejar nada que desear al bien de la navegación y 
del cometcio era iinpoFlante fjjar la juri.sprndencia de los contratos 
maritiinos, hasta ahora incierta, arreglar la jurisdiccioii de los oíicia- 
les del Almirantazgo y los principales deberes de la» gentes de mar, 
estableciendo una buena policia en los puertos, costas, radas y dentar 
q-i^e existen en la estension de nuestros dominios, Por larjlo &c, 
(I) Marzo 1683. (2) Mavo 1656. 



(,33) 
gttii h"cia surgir de su seno máquinas importantes y aparejar en 
BUS puertos ilotas numerosas. Aunque el gran Gjlbert no haya 
jamas tenido ocasión «le formular sus ideas en sistema (í) ^ P'^" 
blicar lo que en nuestro tieuipo se llama un programa, es fácil 
reconocer en él uno de los mas resueltos novadores de que la his- 
toria hace mención. Nacido en la clase de labrador y llegado por 
su mérito solo á la cumbre de los honores, no cesó jamas de tra- 
bajar en mejorar la suerte del naayor número, y el testimonio de 
los escritores contemporáneos acredítala resistencia que tubo valor 
de oponer á las prodigalidades de Luis XIV. ¡Qué hermosa era la 
Francia antrs que este príncipe devorase todos los recursos con que 
Colberl le había enriquecido (2)! Jamas se habia reconocido mas 
claramente lo que puede el genio de un gran pueblo, cuando es gor 
iernado por hombres dignos de comprenderle y dirigirle. 

Asi aun después de los cenlraliempos que siguieron á la A^ejezdel 
rey , aun después de la revocación del edicto de iNantes, la Francia no 
descendió del rango elevado quehabia adquirido sin la esperanza de 
reconquistarle. Aquel golpe terrible !a quitó quinientos mil de sus 
mas industriosos hijos , pérdida cruel quenoha sido reparada jamasí 
pero los hábitos de orden y de trabajo de queesiabao imbuidos se es- 
tendieron toda la Europa y asi es como la gran renovación verificada 
porColbertdejóde tener el carácter estrecho de nacionalidad que qui- 
zá hubiera eoUserv&do sin él. Caila pueblo recibió sn parte de be- 
neficio de este houíi>re de estado; la Alemania, la Inglaterra, la 
Suiza, la Holanda recogieron con nuestros proscritos el palrimo- 
nio de nuestras manufacturas y desgraciadamente el de las ideas 
esclusivas que hahian presidido á su establecimiento. jNadie crcytí 
que Golbert hubiese consentido otorgar á la industria mas que una 

(1) Me aquí lo qu"? sobre e»to Jícp FoH)onnai» sji mfjfir hij^tori^dor. « Ati.iujuf lo <|ito 
rosln (le Ins |).n|)('l'-s de csrc i^raiiilc lioinlire me se Ii.iya comiiiiicailo por su rniiilia , sor- 
jvrcndiri el poco (Viito t\n.' he snc.nlo. Algunos proyectos <le esfuio, de los últiaios aÚQ», 
ñolas muy corlas por via «Je oliservaeioucs, no poil'nu coiil^nlar mas (¡ij!" en parte mi 
cnriosidad. Yo quería conoreí' su espíritu y el único mooumeeto qniirest.a de él esta 
jCpnsi'Miado en dos p'je;^os escritos á media márE;en en l'ornia de iiot is. I,os «dictes , or- 
denanzas y d.'crctos dados solire materias económicas han sido mi único recuas». » 

{'2) Colhei-l se espliea en términos Inerfes con el rey ipisino en una memoria de I9 
qwe srico el siguiente parra Ib- » Respecto á los -asios aun. pie no me loca á mi en na<U 
«iipüco únicamente á V. i>l. m- permita iler iele «pie jamn» Im consultado , ni en paz 
ni en j;uerra , sus rentas para .le< retar los i;astos lo (|ue es tan cslraonlin >rio «pie se- 
guramente no liay ejemplo igual. Y si V. M. quisiese examinar y compar:?r ios tiempo» 
Í lasados desde l.> años que ti-ii¡;o el limior ile servirle, vcria '\iw anniji • los productgs 
layan auiiviitado mucho, ios ;; nIds !-s !.au escedido mucho mas : y acaso eslo coií- 
♦enceria á V. M oin (\tft se moderas'! v suprimiese los csoesivos y pusiosm pup^tto 
WcU'O mas rc(j:ilaridail y j)roj)prciou cnlre los gasto» y Us renti%n 



(234) 

protección provisional, para darie tiempo áe crecer y consolidar- 
se; Se buscó el progreso en la prohibición, cuando cl le quiso en 
la concarrencia, y la prohibición dura aun, bajo formas mas ó 
menos restrictivas , porque es nxas fácil cscluir rivales que so- 
brepujarlos. He aqui coma el sistema de Coibert ha llegado á ser 
europeo; pero no ha sido fatal á la Francia sino porque le es- 
paso á las represalias de sus vecinos, en el momento mismo en 
que la revocación del edicto de Nantes dejaba nuestra industria 
desarmada. Coibert habia sembrado : el eslrangero recogió. 

No se dará demasiida importancia al estudio de estos hechos 
sin el cual la historia de la Econonia política bajo el reinado de 
tim XIV seria inesplicable. Coibert mismo fue obligado mas de 
uua vez á deshacer su propia obra por la desgracia del tiempo y 
por la necesidad de hacer frente á las exigencias de los aconteci- 
mientos. El numerario que sus tarifas Icnian por objeto retener 
en Francia ,. salió de ella por millones durante la larga persecu- 
ción de los protestantes , y con ellos la mayor parte de nuestras ar- 
tes cuyos secretos conservaban. Perdimos á la vez inmensos capita- 
les (i)é industrias capaces de resarcirnos de su perdida. Fecha de es- 
tos tiempos calamitosos el origen de las mas brillantes manufacturas 
estrangcras y esta sed de monopolios que caracteriza el sistema mer- 
cantil. Hubo un momento en que noseescribiasino para demostrar 
la ventaja de comprar el numerario y el peligro de dejarle salir. Tam- 
bién los holandeses hechos manufactureros, proclamaron con ardor 
el régimen de las prohibiciones, y losescritores contemporáneos de 
la Gran Bretaña no hablan sino de los inconvenientes del tráfico 
en el pais siempre que resulte esportacioo de numerario. " El me- 
dio mas seguro de enriquecer la nación, decia Tomas Man, es ven- 
der cada aiio á los estrangeros mas mercancías que nosotros con- 
sumimos suyas." Lord Davenant, SirJosuah Child, Sir James Ste- 
nart, sus compatriotas, BXelon y Forbonnais en Francia, Geno- 
vesi y su escuela en Italia, Ustariz en España han tenido el mis- 
mo lenguage y no es sorprendente que la Europa entera haya san- 
cionado preocupaciones que llevaban cierto color de patriotismo- 

El poder irresistible de los principios modifica sin embargo, 
aun en su origen, esta tendencia esclusiva de los gobiernos en ma- 
teria de industria. Los vemos casi todos atemperar por tratados de 

(1) Macpherson en sus Anales del comercio valúa en ciea millones de franco* la* 
riquezas metálicas importadas en Inglaterra por los refujiados. 



(235) 

comercio, es decir, por una verdadera concesión de privilegios, el 
rigor de las nuevas íarifas. Parece que «líos experimentan la ne- 
cesidad de indemnizarse mutuamente del perjuicio que el siste- 
ma prohibitivo no puede dejar de causarles. Ya bajo el reinado de 
Luis XIV no eran solamente '.ales cuestiones las que se contro- 
vertian. La Economía política acometía discusiones mas sublimes 
y mas peligrosas. Las prodigalidades del fin de este reinado pusie- 
ron el coimo á la miseria pública- Todos los recursos que el genio 
de Golbert habla creado se hablan agotado. 

El mismo se vio obligado á recurrir á espedientes opresivos 
para hacer frente á las exigencias de su señor, y mas de una ver 
con la desesperación en su alma, habia aumentado cootas contra 
las que su corazón y su razón protestaban igualmente. "Es preci- 
so ahorrar cinco sueldos en las cosas no necesarias, decia á Luis XIV 
j arrojar millones cuando se trate del intere's ó de la gloria del 
pais. Una comida inútil de tres mil libras me causa una pena in- 
creíble, y cuando se trata de millones de oro para la Polonia, empeña- 
•ria mi niuger y mis hijos é iriaá pie toda mi vida para facilitarlos." 
Talerael hombrecuyos funerales turbrí un pueblo ciego, siendo prcci- 
•osepaltarlede noche en San Eustaquio como aun enemigo público. 
Pero su noble herencia de franquicias fue recogida después de 
§a muerte y se hallaron voces generosas que osaron tomar la de- 
fensa de los principios y de los pueblos. El mariscal de Vauban 
no titubeo en hacer saher en su proveció de un Diezmo Real^ auste- 
ras verdades (i). " Por todas las investigapionesqueTie podido ha- 
cer, decia, desde muchos años^ue me he aplicado á ellas, he no- 
tado bien q le en estos úllimos tiempos cerca de la décima parle 
del pueblo esti reducida ala menlicidad y mendiga efeciivamente; que 
délas otras nueve partes hay cinco que no están en disposición de dar 
limosna á aquella, por que ellas mismas están reducidas con corta 
diferencia á su desgraciada condición; que de las otras cuatro par- 
tes que restan, tres cslan muy empeñadas con deudas y pleitos, y 
que en la decima en que coloco todos los militares, logados, ccle- 
ciásticos ó seglares, toda la nobleza, los empleados civiles y mili- 
tares, líís mercaderes y propietarios, no se puede contar que de 
cien mil familias, y no creo mentir cuando. lo digo, las diez mil 
pequeíias ó grandes, estén bien acomodadas", 

(V, Se verá en la Ribliof^rafii razonaiU los motivos que teii¡»rt para rro r al mariscal 
Ytuban autor rerJaJero del Oteiiuo Real TaUamenU atribuido á Bois.'oilbcrt. 



El mariscal de Vaaban habla admirado como Colljert la de- 
sigual rcparlicion dé los Impuestos, qne era la mayor plaga de sa 
tiempo y deploraba el abaso de los privilegios en virtud de los 
cuales las clases mas ricas eslaban exentas de todo pago. Le vino 
la iílea de que las rentas obtenidas con tantos gastos de los pueblos, 
podían ser ventajosamente remplazadas por una contribución ter- 
ritorial, única, general, proporcion.ilinente ig'jr»! , fijada al décimo 
de las rentas , en especie para los frutos de la líerra , en dinero pa- 
ra los demás bienes, y esto fue' lo que llamó diezmo real. 

Se halla gran conexión entre sus miras económicas y las qae 
Targot hizo prevalecer medio siglo después. Pedia la supresión de 
las aduanas interiores y la baja de las tarifas sobre los ge'neros es- 
trangeros: nna reducion de la mitad del impuesto de la sal y la 
abolición délos impuestos indirectos comprendido en ellos el ¿iea- 
ino eclesiástico. Habia en su proyecto de reforma muchas mejoras 
impracticables; pero las máximas fundamentales honran á la vei 
su juicio y su carácter. «Ningún estado decía puede sostenerse s¡ 
los subditos no le sostienen. Este sosten comprende todas las ne- 
cesidades del estado á las qne, por consecuencia, todos los sub- 
ditos están obligados á conlriburr. De esto resulta ; primero una 
obligación natural en los subditos de cualquier condición que sean 
deconlríbuirá proporción destt renta óde su industria, sin que ninguno 
áe ellos pacda razonablemente dispensarse de ello; segundo que bas- 
ta para aul)rizarestederechosersúb<iito del estado, tercero que lodo 
privilegio qie tienda á la exención de esta contribución es injusta 
y abusivo y no paede ni debe prevalecer en perjuicio del pueblo"-. 
Pero no es solamente en estas generalidades rentísticas donde 
brilla la razón superior de Vauban (i) y su ardiente amor á la 
hamanidad; se manifiesta, hasta en los pormenores, administra- 
dor hábily economista ilustrado. Basta leer en su diezmo real e\c3L-' 
píiulo que ha dedicado al impuesto de la sal, donde se encuentran 
consideraciones de la mayor profundidad mezcladas con los porme- 
nores mas familiares. «La sal , dice , es un maná con el que Dios 
ha gratificado al genero humano, y sobre el cual, por consecuen- 
cia, no se debía poner impuesto". Después añade: «La cares- 
tía de la sal la hace tan rara qne cansa una especie de hambre en 
el reino, muy sensible á la gente baja qne no pu ede hacer ningo- 

" (1) El tn^jor análisis Jrt las iileas <le Vauhan se halla en la obra de Stepaft , iod»- 
|a:ioaet sobr« loi priacipiosde Rconomía politicii 



M salazón de carne para su uso,á falla de sal. No hay familU 
qae no pueda alimentar un cerdo, y no lo hace por que no tiene 
para salarle; no sala tampoco su puchero sino á medias y frecuen- 
temente no le sala". ¿No se creerá al leer estas redexiones inge- 
nuas oir á un escritor de la antigüedad? Y sin embargo el libro de 
Vauban es poco conocido, aunque encierra las principales bases de 
la ciencia económica de que nos gloriamos ser fu ndadores'os modernos. 
Otro economista del siglo de Luis XIV igualmente olvidado, 
Pedro de Boisguilbert, delineó con los mas vivos colores los tor- 
mentos, las necesidades de sus conteporáneos en, un escrito titula- 
do : Pormenores sobre la Francia bajo el remado de Luis XIV ^ Se- 
ñala en el sin contemplación alguna, las causas de la decadencia 
cuyos síntomas eran visibles á todos, e' insiste como Vauban, en 
'as iniquidades de una mala repartición de impuestos contra la que 
el mismo gran Cilbert habia protestado inútilmente. Las adua- 
nas no son por el mejor tratadas que en el libro de Vauban:" Ellas 
causan, dice, "casi los mismos efectos que lossubsidiosy mas mal 
aun, separando á los estrangeros de nuestros puertos y obligándo- 
les ir á buscar á otra parte lo que venian á buscar entre nosotros; 
denseíiandoles á fabricar nuestras manufacturas llevándose nuestros 
obreros". La misma rectitud de juicio se hacia notar en todas las 
demás evaluaciones del estado de la Francia en esta e'poca , estado 
deplorable que arrancaba lágrimas á todos los hombres' generosos 
y que habia puesto en igual inquietud á los economistas v á los 
poetas, á Boisguilbert y Vauban, á Fenelon y Kacine! Por todas 
partes la población no cesaba de disminuirse : "El pueblo bajo se 
minora mucho en estos últimos tiempos, dccia Vauban, por la 
guerra, por las enfermedades y por la miseria de los últimos años 
que hace morir de hambre un gran número y reduce á otros ma- 
chos á la mendicidad". Con todo no podrá menos de convenirse en 
que el reinado de Luis XIV por desacreditado que sea, ha abier- 
to la carrera á reformas importantes en la historia de la Economía 
política. La industria, severamente organi¿ada, presentó obras 
raaestrasy duplicó nuestro^ fuerzas productivas ; el comercio se ele- 
vó á una altura hasta entonces desconocida , bajo el imperio de las 
instituciones fundamentales que debian acrccenlar su esplendor. La 
colpa del rey fue gastar mas dinero del que le suminislraban los 
impuestos, impidiendo la furoiacioo de capitales que hubieran 



toMplelado la obra de Colberi. Los productos eran absorbidos an* 
tíís de nacer y ya se abría bajo los auspicios de Louvois, el abis- 
mo de los empréstitos que debian cambiar la ciencia de la hacien- 
•da y perfeccionar el estudio del crédito. La Francia habia llegado 
á ser un innaenso taller, en -el que se v€Ía asomar la cuestión del 
pauperismo, á pesar del poco desarrollo de las máquinas y de Jos 
obstáculos opuestos á la progresión de las industrias por el sis- 
•tema gremial. El proyecto de paz perpetua del abate St. Pierre aun- 
qaef quimérico, encierra ana multitud dedescubrimientos ingenio- 
sos sobre estas dificultades sociales , y la grande escuela economista 
del siglo X VIH se manifiesta ya toda entera en estas palabras no- 
tables de Bnisguilbert : « Por mucbo que la magnificencia y la abun- 
dancia seiinestremidas en Francia como esto no es mas que en algu- 
nos particulares, y la mayor parte sehallaen la última miseria no 
puede compensar la pérdida del estado respecto el mayor número"- 

CAPITULO XXVIII. 

Propagación del sistema mercantil en Europa con el nombramiento 
de Colbcrlismo. — Es neutraiizado por el contrabando. — Injluencia 
del contrabando sobre la solución de algunas cuestiones económicas. 

?r-.' Es Injusto mirar á Colbert como -el fundador áQ\ sistema mer- 
cantil: hemos visto que este sistema cuya pretensión es vender 
«iempre sin comprar jamas, venia de los españoles y fue obra de 
Carlos V. Se le conocia ya por toda la Europa antes que tubiese 
oombre, y Colbert no era partidario suyo en los primeros tiempos 
4e su ministerio, porque todas las ordenanzas de dicha e'poca fue- 
ron favorables á la libertad del comercio. Solamente cuando él 
quiso dar un impulso enérgico á las manufacturas fué cuando vio 
jcI partido que podría sacar de la prohibición de los productos es- 
tran"eros. Todos los fabricantes, interesados en la subida del pre- 
cio de las mercancías, se hicieron sus ausiliares desde aquel mo-» 
mentQ y tomaron con ardor la defensa de un sistema que les zst-* 
paraba inmensos beneficios. Al mismo tiempo, el fisco tenia su 
parte en los derechos á queestaban sometidos los artículos introda.. 
cidos, y este doble interés contribuyó á fortificar la preocupacioD 
general. Nadie hubieraosadodesapri>bar un espediente tan cómo- 
do para enriquecer á algunos particulares y al estado. 

Mo se conoció al pronto la naturaleza verdadera del daño cao- 



sado al país con la adopción de esie sistema. Veíase por lodas par-- 
tes elevarse fábricas; el alio precio de los productos suministraUa 
á los dueños de la industria provechos considerables y multiplica- 
ba sus capitales por la acumulación. Las manufacturas francesas 
de sedas, de cristales, de paños, de tapices, no conocían rivales y 
la Europa entera vino á ser su tributaria; pero llegó un momento 
en que los estrangeros usaron represalias y rechazaron los géneros 
franceses. \ la tarifa de 1667 los holandeses respondieron en i6ji 
con la prohibición de vinos y aguardientes de Francia; y esta que-r 
relia puramente mercantil fue una de las principales causas de la 
guerra de 1672, puesto que fue preciso moderar las tarifas ea-Jji 
paz de Nimega. Sin embargo, el contagio habia llegado á todos los 
pueblos , y las guerras de aduanas no han cesado de afligir al mundo 
desde tan infausta e'poca. ,v> 

Otra co«-secuencia evidente del sistema mercantil ó restrictivo 
fue la esclavitud absoluta de los trabajadores por los capitalistas y 
el acrecentamiento de la miseria industrial en presencia de la ri- 
queza general. Este terrible contraste no ha cesado de horrorizan 
desde entonces á las sociedades modernas. Una producción artifi- 
cial y ardiente ha reemplazado al trabajo regular y apacible délos 
tiempos anteriores y por una contradicion estraña se han restrin- 
gido los medios de vender limitando la facultad de comprar. EL sis,"- 
tema mercantil ha nacido de la idea falsa de que un pueblo se en- 
riquece esportando y se empobrece introduciendo, error funda-* 
mental, cuyos inconvenientes han sido completamente demostra- 
dos después por los economistas de todos los paises. Simple histo- 
riador, .>o presentaré los debates memorables que se han suscitado 
sobreestá grave cuestión; me bastaria recordar que las cotmplica- 
ciones con que se ha dificultado deben su origen á los privilegios 
prodigados por Colbert á la industria francesa, y que la industria 
de las demás naciones se hizo conceder á su vez. 

Puede asegurarse que si las verdaderas leyes de la producción 
le hubieran sido mejor conocidas, Colbert no hubiera arrastrado 
ni á su pais ni á la Europa, á la via peligrosa en que hoy dia es- 
tan. A ejemplo de los españoles este ilustre ministro se preocupó 
demasiado de la influencia del numerario, y no ha visto que en de- 
ñnitiva cada nación paga con sus propios productos, los produc-» 
tos que saca del estrangcro; sea que el eslrangero envíe oro, sea. 



que enlre:^iie mcrc.incias. Pariiciijódo la prpocopacion común (i) 
«n una época orí que el dcsGubriiuicnlo rcciciilc de las minas de 
Amorlca dio á sus dichosos poseedores una supremacía envidiada 
de otros pueblos. Y para obtener una parte de su oro esparcido 
por Kuropa, la Francia quiso tener sus cuentas saldadas en espe- 
cie, á pesar do la multitud de vejaciones de toda clase que debían 
acompañar á esta resolución. 

Jamas, preciso es decirlo, paradoja alguna fue acogida con maf 
entusiasmo q(ie aquella en que descansa toda la teoría del sistema 
mercantil. En Francia, en Inglaterra, en Alemania, en Italia, en 
£spaiia lodos los escritores se mostraban unánimes en ensalzar las 
maravillas del aislamienlo industrial sin considerar que este sis- 
tema se destruia generalizándose y que la esperanza de vender sin 
comprar se perdcria el día en que cada paeblo quisiera forzar á 
sus vecinos á comprar sin vender. Los mas sabios economistas se 
hicieron los propigilores do esta doctrina y hubo lan gran núme-» 
ro de ellos que la sola nomenclatura do sus escritos ocupará mu-? 
chas páginas de esta obra. La administración no tardo en asociar- 
se á sus ideas, originando todos los obstáculos, que solo se remo- 
verán con la gran reforma comercial cuya aurora entrevemos. 

Si grandes intereses privados han sido creados b;tjo el imperio 
de esta preocupación, esto no es motivo para desesperar de las me- 
joras imperiosamente reclamadas por el inlere's general. "El li- 
cénciamiento de un ejercito, dice Adán Smilh, trae consigo también 
algunos inconvenientes ¿será preciso por esto permanecer en un es- 
tadode guerra perpetua por temor de licenciir algunos soldados^"' 

El sistema mercantil, no ha vivido tan largo tiempo sino por- 
que desde el principia fue revestido de formas dogmáticas. "La 
ríqaczai decían, es dinero; con dinero se dispone del trabajo y se 
suminiitra subsistencia á Ins trabajadores. El dinero es el nervio 
de la guerra y el minantlal del poder. O lien lo posee manda á 
quien no lo tiene. Todos los esfuerzos de un buen gobierno deben 

'f) Do¡i PH'rna:-Jo Ulloi manifestó con suma olariJai! el error gpnr>ral tle sus corrr- 
palriotTS res¡ipel<j¿ ri.qu'zas rnetáiirn'í. « Cíi.Tiido iias >jnios ikvúos de.l Nuevo-muti? 
<lo y sus ruinas , iliip , creímos confiailaitiPiile (¡uf este vano lltrlo nos as?p;iiraba para 
siempre el goce i!e estos tesoros : nos pareció ver las naciones , en una il»-pen(leneia bu» 
mude , venir .á l>uscar lo superlluo de nuestras ritfuezas. EngaiV.doi jior esta üsongera 
quimera y conl'.íntos con la Iclleza y liarafura de los tejidos estrangeros , abandonamos 
ivrtcstras t'áhricas : el estr.ingcro aproveci.ó un» ne^^ligencia lan favorable para fomen- 
tar las suyas y nx- arrebató por este medio, no solo todo lo quj las Indias nos produ- 
JMHjn en©r ) v pVila dnr?nle muebos aiíos , sino hasta nuestias preciosas ipalerias pr»:» 
faevsiS , sin ¡as <-lh; no pueden pasarie sus manufacturas». 



paes tener por objeto procurar, lo mis que sea posible á la na^ 
cion, y como la cantidad que se halla en cada estado no puede au- 
mentarse mas que por la esplotacion délas minas ó por la impor- 
tación del de fuera, es preciso tener minas ó estancar el nume- 
rarioestrangero por el comercio de esportacion. Según esie sistema 
el comercio interior es casi sin importancia porque no aumenta la 
masa de las especies y el resultado de los cambios no da ninguna ba- 
lanza favorable en escudos. Lo queel uno pierde otro lo gana, pero no 
hay aumento de riqueza. Elcomercio estrangero presenta al contra- 
rio la inmensa ventaja de saldar las transaciones en dinero, y este 
es el motivo por el que es preciso reglarlas de modo que se esporte 
mucho y se introduzca muy poco. El bello jdeal seria no introdu- 
cir nada, pero de no, debe limitarse á exigir que una nación no haga 
Otros cambios que los que procuren un saldo en especie, y se dice 
en este caso que la balanza del comercio le ha sido favorable." 

Las consecuencias de este sistema son fáciles de deducir: para 
que el estrangero no lleve nuestro oroes preciso no comprarle nada 
que se pague en escudos, y necesario venderle cuanto podamos para 
adquirir su dinero. ¿Pero si le da gana de fabricar á su vez y pa- 
sarse sin nosotros? En este caso, tenemos el recurso de prohibir 
la salida de nuestras primeras materias, á fin de impedirle trabajar 
y forzarle á dejarnos los productos desús manos. Tales son las ne- 
cesidades de esta Economía política que se resuelve en prohibie 
Clones á la entrada, en prohibiciones á la salida y que favorec- 
el monopolio y la carestia en todos los puntos. Desgraciadamente 
de esta bella invención ha espirado la patente, según la espresion 
de Mr Hüskisson; todas las naciones han prohibido á su vez la 
salida de las primeras materias y la entrada de los artículos ma- 
nufacturados. Han sido obligadas á replegarse en si mismas y bus- 
car un asilo en el comercio interior, después de haber agotado to- 
dos los ardides de los tratados y sifrido todas las represalias de 
las tarifas. sY que se ha recogido en el campo de batalla por tro- 
feo de esta victoria.^ El pauperismo, las guerras de aduanas, las 
crisis comerciales y la carestia de todos los productos que la 
providencia habia por decirlo asi sembrado bajo nuestras plan- 
tas. Y sin embargo el sistema mercantil ha sobrevivido al cú- 
mulo de maldiciones de los economistas del siglo XVIII, reina 
aun en nuestros dias en los consejos de los gobiernos, y con- 
serva bajo la máscara de un patriotismo interesado todos los mo- 

3i 



nopolios que la Europa sufre y de que se queja. 

Con todo eso, eslá en la naturaleza de las malas inslitaciones 
no ser jamas respetadas y dar origen á protestas que acaban por 
conducir á la reforma: el contrabando ha sido para el sistema es- 
clusivo la mas constante v cspresiva de estas protestas. El contra- 
bando ha llegado á ser en nuestros dias un verdadero poder, mitsd 
comercial, mitad militar, que tiene sus apostaderos, sus estaciones 
.sus tarifas oficiales, y soldados aguerridos, con gefes esperimenta- 
dos. Es tan exacto en sus entregas como el negociante mas escru- 
puloso; desprecia las estaciones y las líneas de aduanas mas vi- 
giladas, hasta tal punto qae las compañías de seguros que le prote-^ 
jen cuentan menos pe'rdidas que las demás. El contrabando es en 
efecto el solo medio que queda á la industria para procurarse los 
productos prohibidos cuyo uso le es indispensable. jNo ha cesado 
de crecer al mismo tiempo que la estension dada á los negocios, y 
en muchos puntos de Europa se ha regularizado con un ardor y 
una habilidad prodigiosa. Al contrabando es á quien debe el co- 
mercio no haber perecido bajo la influencia del re'gimen prohilivo: 
en tanto que este régimen condenaba á los pueblos á abastecerse 
de los manantiales mas lejanos, el contrabando aproximábalas dis- 
tancias, bajaba los precios y neutralizaba la acción funesta de los 
monopolios. Una concurrencia invisible y sin cesar renaciente 
tenia los privilegios suspensos y resarcia al consumo del rigor de 
las tarifas. Aunque solo su existencia sea una ofensa a la ley (i) 
el contrabando no ha dejado de contribuir á la solución de casi 
todas las cuestiones de Economía política relativas al trafico. 
En tanto que los sabios discuten y que el comercio suplica, el con- 
trabando no para y decide en las fronteras: se presenta con el po- 
der irresistible délos hechos cumplidos, y la libertad del comer- 
cio nunca ha conseguido una victoria que él no haya preparado. 

Si se examinan atentamente las épocas en que ha prosperado 
el contrabando, fácil será convencerse que ha sido siempre en los 
paises y en las épocas en que el sistema mercantil ha estado en 
\igor. Las colonias americanas de España fueron en todo tiempo 
sa foco. Ciando Napr^leon decretó el bloqueo continental, la 
Rusia, la Alemania, la Holanda se cubrieron de contrabandistas; 
el emperador mismo se vio obligado á autorizar el fraude por me- 

(1) Castillos, casas, cabanas, nos son abiertos por ilo quiera ; pues el pueblo DOf 
absuelve 5i la ley nos condeaa.=Beranger, caaciou de loscoatrabaudiítas. 



(243) 
dio dé licencias, llegúelas á ser el origen irregular de tañías formi- 
nas. La guerra de 1812 declarada á la Rusia tubo por objeto prin- 
cipal la resistencia opuesta por los rusos á las exigencias de la pro* 
hibicion francesa, y hubo un momento en que el contrabando fue 
el único recurso del comercia europeo. Si en esta rápida ojeada de 
las revoluciones de la ciencia económica, nos fuera permitido ci- 
tar hechos particulares y recientes, fácilmente demoslrarianos que 
es solo al contrabando al que se deben atribuir las modificaciones 
impuestas al sistema esclusivo. Nuestros fabricantes de muselinas 
QO han obtenido la entrada condicional de algodones hilados estran- 
geros sino después de haberlos conseguido mucho tienipo por el 
fraude: nuestras tarifas sobre los caballos no han sido rebajadas sino 
después de la confesión general pública (i) de que el contraban- 
dista montaba en su mercancía y galopaba con ella.. ¡Cuántas 
líiercaiicias hoy dia raras y costosas verian su precio rebajado, si 
el contrabandista pudiese llevarlas á la grupa y atravesar con ellas' 
la frontera! Bastarla una perfección notable en el fraude para 
desconcertar tudas las tarifas del mundo y para obligar á cada 
nación á mantenerse en el género de producción especial á su sue- 
lo ó al genio de sus habitantes. 

El sistema mercantil no ha sido mas feliz en sus tentativas' 
pertinaces pira atraer el numerario de los paises cstrangeros que 
para escluir sus mercancias. En vano las leyes prohibian la salida 
del oro bajo penas severas: en vano, como en Inglaterra, los go- 
biernos han ensayado hacer inclinar la balanza en su favor y han 
publicado tablas de esportaciones superiores á las de sus introduc- 
ciones: la Inglaterra no ha conservado una guinea mas, y es hoy 
dia el pais en que se hallan menos especies. I^a España, tierra 
clásica de la prohibición, no ha cesado de suministrar oro á toda 
la Europa, ül pipcl moneda ha arrojado el numerario cuantas 
veces su presencia ha hecho bajar su vakr á pesar de la pena de 
muerte inpuesta á los contrabandistas. Es que el temor de pagar 
las mercancias eslrangeras con metales preciosos es un temor fri- 
volo; ios metales preciosos no van j.imas de un pais á otro para 
pagar pretendidos saldos, sino para bu-scar el mercado en donde 
se venden mascaros. Nos conviene siempre consumir los producto.? 
que el cslrangcro ficilite mejores ó mas baratos que nosotros, 
bien seguros de que el estrangero se pagará con nutslras pro- 
(1) E*ta confctíoa se huoen uaa stsiou de lasCimaras francesas^ en 1836. 



daccloncs que mejor cucnla le tenga. "Digo que se pagará de es- 
te modo , porque no puede ser de ningún otro. La historia es- 
tá llena de desengaños que los aconlcciinienlos han dado á la 
política, cuando esta ha intentado intervenir en los intereses de 
esclusion ó de resenlimiento. Cuando Felipe U llegó á ser dueiío 
de Portugal quiso prohibir á sus nuevos subditos toda comunica- 
ción con los holandeses: estos escluidos de los dcprisitos de Lis- 
boa en que tenian costumbre hallar mercancias de la India, fue- 
ron á buscar estas mercancias á las mismas Indias y lo que se 
habia hecho pira causar su ruina fue origen de su grandeza. Mas 
adelante la Convención nacional de Francia habiendo prohibido 
la entrada á los cueros crudos de España, bajo pretesto de que 
dañaban á los de aquel pais, los españoles obligados á consumir 
sus cueros crudos se pusieron á curtirlos ellos mismos y esta in- 
dustria se aclimató en España con una buena parte de capitales 
y obreros franceses. Lo propio ha sucedido en el reino de Nápoles„ 
en que los derechos subidos por nosotros sobre las lanas dé eslc 
pais han forzado á los productores á sacar partido de ello, es de- 
cir, á cerrar á nuestros paños una salida de la mayor importancia. 
Los vicios del sistema mercantil han sido señalados con la 
mayor evidencia por los escritores de la escuela economista y 
refutados sin réplica por Adán Smith. por J. B. Say y por 
los autores de mas nota. Este sistema no se sostiene hoy dia sino 
por los intereses que su larga existencia ha originado. Ningún 
hombre ilustrado cree ya en Europa en las maravillas de la ba- 
lanza del comercio; pero las graves complicaciones que este siste- 
ma ha producido no podrian resolverse sin lastimar intereses nu- 
merosos á los que la prudencia meticulosa de los gobiernos rehu- 
sa ofender. Intimamente anida por otra parle á los recaudos del 
fiisco, la doctrina de las tarifas subidas halla protectores en lof 
hombres de estado que temen comprometer á la vez las rentas 
públicas y las empresas particulares. Es por el progreso del cré- 
dito público por lo que el sistema mercantil perecerá: el dia en 
que sus consecuencias lleguen al último límite, produciendo una 
crisis general en la industria, será preciso volver al sistema de 
libertad, único que puede restablecer el equilibrio entre la prodac* 
cipQ Y ^^ consumo. 



CAPITULO. XXÍX. 

Primera lucha del sistema prohibitivo con el libre comercio entre Iii" 
glaterra y Holanda — Funestos efectos de ella — Acta de navegación.' 
- Elo(;uente Jilipica de Mr. Hauterive contra el sistema reitrictivo. 
Hubo un momienlo en Europa, en que el sistema prohibitivo 
y el del libre comercio pelearon bajo las banderas de dos podero- 
sas naciones, Inglaterra y Holanda. Cuando la primera echó el 
guante á la segunda , esta se había elevado á muy alto grado de 
riqueza y de esplendor por el libre desarrollo del trabajo de sus 
habitantes y sin el socorro de ninguna ley restrictiva. Los holan- 
deses ofrecian al universo un ejemplo patente de lo que puede el 
genio de un pueblo laborioso cuando es ayudado por instituciones 
comerciales fundadas en el principio de libertad. Su territorio no 
producía casi cereales y sin embargo la escasez les era desconoci- 
da hasta tal punto que la Europa se dirigía á ellos en sus apuros. 
«Qne el hambre reyne por fuera, decía el autor de \a^ riqueza de 
la Holanda y hallareis trigo , centeno y otros granos en Amster- 
dan; nunca faltaran alli". Por su navegación los holandeses 
llegaron á ser los agentes reconocidos del comercio universal. 
Sir William Petty valuaba en 1690 el trasporte de sos naves en' 
mas de novecientas mil toneladas es decir , en casi la mitad de to- 
do el de Europa, y sin embargo ellos no tenían que esportar nin- 
gún producto propio. Su país era el almacén que de todas las in- 
dustrias y sus navios según la espresion de .Sir William Temple 
eran las acémilas del Océano. La división del trabajo era practi- 
cada entre ellos con una admirable inteligencia; no solamente ne- 
gociantes, sino ciudades enteras se ocupaban esclusivamente de 
de un solo ramo de comercio. Míddelbourg por ejemplo, hacía el 
comercio de vinos: Flessínga el de las Indias ocídentalcs: Saardam 
estaba poblado de constructores de naves: Sluys de pescadores de 
arenques. En cada uno de estos ramos existia una concurrencia 
activa y todos eran desempeñados con una habilidad y economía 
dignas de servir de modelo. Cuando después del tratado de Aíx-la 
chapelle, el Estatiider ( gefe de la antigua república de Holanda) 
hizo una especie de pesquisa á fin de conocer las medidas útiles 
que podían serle propuestas por sus conciudadanos, los negocian- 
tes esperimentadosque consultó , pusieron en primera fila las caa- 
«as de la antigua prosperidad de la Holanda, las maxinnas de to- 



lerancia, es decir de liberiad poauca y comercial qae hablan sido 
la ley de la repúljllca. Si rnas tarde este país descendió del alto 
grado á que esta politica liberal la habia elevado, no se debe 
atribuir sino á la introdacion de los monopolios ,es{>cciai mente al 
de la coinpiuiadc las Indias qae l!ogo á ser origen de ios mas ver- 
gonzosos abasos, y, esloy por decir, un plantel decrimenes. En- 
tonces fae cuando la Gran Brelaíia creyó deber oponer á la pros-» 
peridad de los holandeses su famosa acta de navegación que ase- 
guraba á la marina inglesa el monopolio de los transportes, con 
prohibiciones absolutas en ciertos casos y con fuertes iinposicio-t 
nes sobre la navegación estrangera en otros. Se prohibió á todas 
las embarcaciones cuyos propietarios, patrones y las tres cuartas- 
partes de la tripulación no fueran subditos ingleses , comerciar ea 
los establecimientos y colonias de la Gran Bretaña ó hacer el ca- 
botaje en sus costas, bajo pena de confiscar la embarcación y el 
cargamento. Otras medidas restrictivas completaron este sistema 
' de esclusion de donde salió la guerra maritima mas encarnizada de 
que la historia hace mención. La Francia hizo en ella su papel 
contra los holandeses con la publicación de la tarifa de 1664. y es 
desde esta época desde la que las mas ilustradas naciones de Eu- 
ropa no han cesado de rivalizar en esfuerzos para daiiarse, en vez 
de comerciar entre si sobre bases leales. Las trabas reciprocas han- 
anonadado todo comercio entre ellas y llevado á manos de los con- 
trabandistas la principal introducion de las mercancias inglesas 
en Francia, y de las mercancias francesas en Inglaterra. El co- 
mercio entregado por mucho tiempo al monopolio de las corapa-< 
ñias priviligiadas ha dejenerado desde entonces en vejaciones y en 
rapiñas de toda clase. Asi nuestros padres han visto tres grandes 
compañias disputarse en las Indias la esplotacion de las especias 
por los medios mas violentos. Los holandeses han desiruido cou 
un rigor sacrilego los especieros de las Islas Molucas para impe-> 
dir á sus rivales, participar de las cosechas. La sola idea que preo- 
cupaba á estas compañías era esclnir la concurrencia , .apoderarse 
del monopolio de ciertos artículos y limitar su abastecimiento, de 
modo que subieran á precio exhorbitante. Si se quiere ver una- 
prueba patente de la iuduencia ruinosa de este sistema y de sa* 
tendencia á restringir la estensiou natural del comercio se hallará' 
en el hechode que los, negociantes americanns^que comercian li- 
bremente hoy dia con las posesiones de lo$ Paises-Bajus, en el Ar-r> 



chipielago oriental, emplean mas naves que los monopolistas ho- 
landeses. La reciente abolición del privilegio de la compauia in- 
glesa de las Indias no ha contribuido menos á aumentar las rela- 
ciones de la Inglaterra con la peninsula indostanica. Un simple 
apostadero de pescadores, la isla de Singapore, ha llegado á ser 
hajo el imperio de la libertad comercial un establecimiento de 
primer orden en menos de veinte auos. 

Por do quiera que el prioeipio de la libertad se ha puesto en 
lucha con el del monopolio, los mismos resultados se han mani- 
festado. En vano se pretende que el acta de nasegacion ha sido el 
-origen del desarrolla industrial de la gran Bretaña, esta acta no 
puede ser considerada mas qae como un sacrificio impuesto al co- 
mercio en favor de la política. AdanS:nith no lo ha justificado sino 
bajo este aspecto (i) y es permitido dudar hoy^dia, en presencia 
de los resultados definitivos de su adopción, que esta acta haya sido 
obra de una sabia política. El principal resultado de el ha sido re- 
ducir cada dia mas el comercio de Inglaterra con las demás na- 
ciones europeas y obligar á este imperio á buscar en sus colonias, 
salidas que la esclusion de los estrangeros le hacia perder. La pros- 
peridad de la gran Bretaña comenzó desde este momento á estri- 
bar sobre bases artificiales: fue preciso sostener escuadras consi- 
derables para proteger establecimientos lejanos, cuya emancipa- ' 
cion amenaza sin cesar herir de muerte su industria acostumbra- 
da al régimen de los monopolios. Apenas hace diez anos que Mr, 
Huskisson señalaba, en el seno del Parlamento, estas peligrosas 
probabilidades; y sin embargo, ni Inglaterra ni la Europa se han 
curado todavia de las doctrinas perniciosas de Carlos V. Estas 
doctrinas han habituado á los pueblos á considerar como medidas 
útiles todas las que presentan un carácter de hostilidad contra sus 
vecinos; han hecho pasar en todos los códigos un nuevo derecbode 
gentes en virtud del que el bien de cada ano parece tener por ele- 
mento principal el mal de otro. Cualesquiera que hayan sido des- 
pués las revoluciones que han agitado al mundo, esta preocupación 
fatal ha permanecido la misma; durante la guerra de los Estados- 
Unidos de América, durante la revolución francesa, después de la 
emancipación de las colonias espaiiolas, después de la de Grecia y 

(1) Como la sfguridad ilel Eslsdo, dice, es dr mnyor importancia qi|p su riqueza^ •] 
acta de navegacioa es acaso el uas sakk) de lodos los reglaiuenlo* de comercio *^dt 
Inglattrra. 



(a48) 

ann flcspncs de la conquista de Argel. En vnno lascompfiuias pri- 
vücgiadas han 5ucuif>l)ido qnas en pos de otras: en yano en la 
America española el monopolio ha embrutecido y diezmado las po- 
blaciones en tanto (jiie la libertad las decuplaba y enriquecía ,en 
la América del Norte: el sistema prohibitivo prosiguió sus estra- 
gos y no recibió de los gobiernos mas adelantados sino ataques ílo- 
jos y golpes poco certeros. "La teoría de las leyes prohibitivas, 
dice, Mr. d' Hauterive está escrita con letras desangre en la 
historia de todas las guerras que hace cuatro siglos convierten por 
todas partes á la industria en presa de la fuerza, oprimiendo la 
una, corrompiendo la otra, degradando la moral política, inficio- 
nando la moral social y devorando la especie humana. El sistema 
coloiúal, la esclavitud, los odios de la avaricia que se l'aman odios 
nacionales, las guerras de la avaricia que se llaman guerras de co- 
mercio, han hecho salir de la caja de Pandora la inundación de 
errores, de falsas máximas, de riquezas escesivas, corruptoras y mal 
repartidas, de la miseria , de la ignorancia y de los crímenes que 
han hecho de la sociedad hanaana en algunas e'pocas de la historia de 
los pueblos modernos, un cuadro tan odioso que no es posible de- 
tenerse en él por temor de tener que fallar contra el desarrollo de 
la industria y contra el progreso mismo de la civilización." 

Sin einbargo, á pesar de este sombrio cuadro, el sistema pro- 
hibitivo llevaba en sí mismo ios ge'rmenes de una renovación que 
ha minorado mucho sus funestos efectos. El vuelo incontestable que 
ha impreso á I21 producción en Inglaterra, en Francia y en Holanda, 
sobre todo en sus principios, contribuyó mucho á subir los valo- 
res de los productos en todos los ramos protegidos de la industria 
é hizo refluir inmensos capitales que no tardaron en llegar á ser 
insuficientes. Asi es como el banco de Holanda y el de Inglaterra 
fueron llamados á proveer por el cre'dito á las necesidades cada día 
crecientes de la industria y del comercio de ambos paises. La for- 
tuna de estos bancos se unió íntimamente al acta de navegación, 
al establecimiento de las manufacturas , lo que se esp lica de un 
modo natural por las ventajas que resultaban de ella para las com- 
pAuias puestas en disposición de despreciar al abrigo del crédito 
la lentitud de los rodeos de ambas Indias. También es al crédito á 
quien Luis XIV al espirar pedia la reparación de los errores y de 
las prodigalidades de su reinado que engendró como se sabe 1 el 
sistema de La>r. 



CAPITULO XXX, 

Píacrmfenlo <hl crédito en Europa. — Institución de los bancos- \n^ 
fluencia que han ejercido en la marcha de la Economia poliii" 
ca.~-Bancos de depósito y en particular el de Anisterdan. — Ban^ 
,cos de circulación. — B unco de Inglaterra. 

Pocas revoluciones han ejercido sobre la marcha de la civill- 
«ación ana ¡nflacncia semejante á la de la fandacion del crédito 
en Europa. Esta fue una nueva conquista del genio humano, y 
una fuerza inmensa auadiJa á loJas aquellas de que podía dispo- 
ner. ¿De dónde venia esta fuerza? ¿por que concurso de circuns- 
tancias se m mificsta en el m>!nento mismo en que el descubri- 
miento de las minas í1.' y\.uierica parecia deberla hacer superflua? 
¿Cómo después de tantos beneficios, ha venido á ser de tal modo fe- 
cu;i!la en catástrofes que espíritus ilustrados han llegado hasta mal- 
decir su existencia? Su verdadero origen se pierde en las tinie- 
blas del tiempo. Se sabia que habia banqueros ei\ Roma y en 
Atenas y los habia también en la edad media y que bancos pií- 
blicos se fundaron en iiS/ en Venecia, en íSIqcu Barcelona, en 
Genova en 140/7 en Amslerdanen iGoq, en Hamburgo en 1610, 
y en i6rj4 en Inglaterra. He aqui los hechos y las fechas: ríí'slanoi 
explicar los unos y las otras. 

El primer efecto del descubrimiento del Nucvo-mundo fue dar nn 
impulso verdaleramenle febril á las especulaciones sóbrela AVuíe'rica. 
IjOS capitales trai<ios por el cebo de enormes beneficif)S afluyeron 
acia este genero de comercio, en detrimento de otras muchas in- 
dustrias mas útiles y sobre lodo n>enoo aventuradas ]Maifri>iS pri- 
meras hasta eiilonces desconocidas como el a/jirar, el a'godon, el 
labaco, las especias, entran en el consumo y vienen á ser el objeto 
de un comercio inmenso: armamentos numeroso.-? salieron de toda* 
partes de la Europa para volver áella con ricos cargontcntos; pero 
era preciso esperar su vuelta á fin de recoger sus beneficios, v la 
dilatación de los viajes necesitaba adelantos considerables. Por esto 
los primeros bancos se establecieron lodos en ciudades marílimas. 
Mas adelante, el sistema pridubilivo Hamandoácia las u>anufactu- 
ras una paric de Iuíí capitales que se habian llevado acia el co« 

3a 



(25o) 

mercio estcrior, hizo sentir cada día mas la necesidad del crcdllo, 
y nuevos bancos nacieron de las necesidades dol trabajo. 

Nada mas sencillo y mas ingenioso que el principio funda- 
mental de estos bancos cuyo establecimiento separa en dos cpocaí 
muy disliülas á la Economía política antigua y moderna. Entre 
los antiguos la producción no tenia recursos luns que cu el trabajo 
de los esclavos y en los capitales do los usureros: entre los moder- 
nos tiene por apoyo la libertad del trabajaflor y las facilidades del 
crédito. Desde que se percibió que el numerario que los mercade- 
res estaban obligados á guardar encaja para hacer frente ásuspa* 
goSj venia á ser entre sus manos un capital improductivo, se re- 
flexionó en los medios de sacar producto de él , sustituyendo el i'a/* 
á los escudos y creando los bancos. "El oro y la plata que circu- 
lan en un país, dice con respecto á esto Adán Smii!» , pueden 
compararse precisamente á un gran camino que sirviendo para 
hacer llegar al mercado los granos y los forrages, no produce slo 
embargo nada por si mismo, ni un solo grano de trigo. Las ope- 
raciones de un buen banco abriendo en algún modo un camino en 
los aires dan «1 país la facilidad de convertir una buena parle de 
íus grandes caminos en pingües pastos y en sembrados de trigo, y 
aumentar con ello el producto de su territorio y de su trabajo. Es 
preciso convenir, sin embargo, que si el comerció y la industria 
de un país pueden elevarse alguna cosa con ayuda del papel mo- 
neda, asi suspendido por decirlo asi sobre las alas de Icaro, están 
del todo tan asegurados en su marcha como cuando van sobre el. 
terreno sólido del oro v de la plata."' 

Este pasage de Smith, caracteriza dé un modo exacto y pinlo*- 
rescolas verdaderas propiedades de! crédito. Pero los primeros ban- 
cos de Europa no se arriesgaron á volar con las alas de Icaro, y 
•US tímidos ensayos estubieron muy distantes de las operaciones 
arriesgadas de nuestros dias. Ellos se llamaron modestamente iian," 
eos de depósito y sus arcas encerraron siempre en especie cantida- 
des iguales al total de sus billetes. Estos billetes no eran mas que 
certificaciones transmisibles por endoso como nuestras letras de 
cambio, y no ofrecían desde luego otra ventaja que la economía 
del transporte de especies. Cada florín en papel tenia su garantía en 
escudos: solamente los escudoseran de un peso y de un título au- 
te'aticamente reconocidos, para quitar toda iuceriiduuibrc á los 



BQPUáoFe? de efecto? eemcrcialgs y para dará la moneda del ban- 
co una solidez; que la hiciera /superior á todas las otras. En vano 
los estados vecinos allerabapsus monedas ó se dejaban invadir de 
especies falsas. La simple estipulación del pago en una orden ó tras' 
lado de el banco de depósito proiejido por el Estado, aseguraba á 
csle título una superioridad decisiva y bien pronto todos los pa- 
gos fueron estipulados en moneda de banco. Sin embargo las cer- 
tificaciones de depósito eran limitadas por el total de las cantida- 
des entregadas, y la circu!;»ciou no tenia, haciéndose por medio del 
papel, sino la ventaja de ser mas cómoda y mas pronta. 

íll banco de Amsierdan fue el primero que se estableció sobre 
estas bases simples y regulares, porque lo que sabemos del banco 
de Venecia v el de Genova no permiten dudar que estos bancos 
no fueron oira cosa qnc. grandes administraciones de percepción 
para uso del gobierno. 

El espíritu que presidida la fundación del banco de Amstcrdan 
fue' cníeramenle diferente. Los negociantes hábiles que concibie- 
ron sa idea, habían sabiamente rellexionado que todo ahorro en 
el gasto de conservación del capital fijo de un pais, es una especie 
de mejora para su.s rentas; porque lodo lo que no se liipoteca para 
este capital inmóvil, se deja para el capital en circulación, que su- 
ministra las materias primeras y los salarios del trabajo, y que da 
actividad á todas las industrias. La sustitución del papel á la mo- 
neda de oro y plata era un modo de reemplazar un instrumento 
de comercio en eslrí'mo dispendioso con otro mas sencillo y eco- 
nómico. Esta primera "ventaja debia mover á comerciantes tan ilus- 
trados como los de Amsterdan; pero no fue la sola que les ofrccia 
la organización del banco de quedebian sacar tanto producto. La 
Holanda estaba entonces inundada de una gran cantidad de mo- 
neda estrangera usada y recortada alraida de todos los ángulos de 
£uropa por sueslenso comercio, lo que habia bajado el valor de~1a 
moneda corriente un nueve por ciento del de la buena moneda 
nueva. Asi es que esta era fundida y esportada tan pronto como 
aparecia en la circulación y los njercaderes nosabian donde hallar 
especies para pagar sus letras de cautbio cu^o valor era cada día 
mas variable con grave detrimento de sus intereses. 

Este fue el [)riiner objeto que llamó la solicitud de los funda- 
dores del establecimiento: el banco no recibió las monedas cstran- 



geras buenas 6 malas ni la misma moneda del pais mas que pcrr 
«a valor inirínscco y decidió que no las cambiaria por buena mo- 
neda de ley sino deduciendo de eHas los gastos de mnnedaje y de 
administración. E\ dinero del banco obtuvo desde luego un favor 
•marcado sobre la moneda corrieníe y esta c¡rr;instantia aumentó 
considerablemente el pedido de i.dlletcs. La ciudad de Amslerdan 
era responsable de su pago, y la facilidad que el empico de cslOs 
billetes ofrecía al comercio subia sensiblemente el precio sobre su 
valor efectivo. No obstante, esta superioridad no era reconocida 
íino en tanto que la moneda correspondiente quedaba en depósito 
en las arcas del banco, de donde no se podia por otra parte reti- 
rar sino con quebranto, pues que era preciso pagar una ciertra 
cantidad para los gastos de guarda, ó mas bien de salida. Mas ade- 
lante el banco abrió créditos en sus libros en cambio de depósitos 
de barras de oro y de plata, y esta combinación añadió nueva fa^- 
ciÜdad á todas las que ofrecian ya sus billetes de crédito. Se conoce 
fácilmente que descansando todo el valor de estos billetes en la 
presencia de los escudos dados en cambio, era preciso que el ban- 
co vigilase seriamente la custodia de las arcas y que el gobierno su- 
piese resistir á la tentación de agotarlas en caso de necesidad. Asi 
la dirección del establecimiento estaba confiada á cuatro magis- 
trados renovados anualmente que examinaban el estado del teso-- 
ro al tomar posesión, le comparaban con los asientos en los libros 
y obraban bajo la responsabilidad del juramento. Todos saben que 
cuando la aproximación de los franceses en 1672 el banco quiso 
hacer distribuir á los que tenian derecho el total del depósito, y 
las especies sacadas de sus arcas llevaban aun las señales de un in- 
cendio acaecido muchos años antes. De este modo el crédito públi- 
co y privado comen¿ó á fundarse en la confianza, y es preciso ha- 
cer justicia á los hombres que han dado tan noble ejemplo á las so- 
ciedades modernas. Desde este dia la ciencia económica dio un paso 
gif^anlesco. Fue demostrado que no habia necesidad del numerario 
metálico para desarrollar la industria y el comercio pues que bas- 
taban algunos millones en hojas volantes para todas las transacio- 
nes. El crédito vino á ser un verdadero capital en las manos de los 
trabajadores y preparó su emancipación proporcionándoles un ge* 
ñero de propiedad sin límites, la mas respetable de tóáns porque 
citá fundada en el ejercicio del trabajo y el respeto á los conlr*- 



(.53) 
to«. Nada detuvo ya en adelante los efectos de la inteligencia hu- 
mana, como en los tiempos desgraciados de la usura roinnna y de 
la esclavitud feudal: y la historia, lejos de dar una repulsa á laS 
teorias de la Economía política, no hará mas que confirmarlas 
cada dia. 

El banco de Amstcrdan y los demás bancos de depósitos es- 
tablecidos sobre bases semejantes no eran sin embar£;o mas que el 
primer ensayo en el camino delcrc'diio. Sin duda ellos dieron al 
oro y á la plata bajo la forma de certificaciones transferibles un 
poder de circulación mas activo; pero salvo el beneficio que resul- 
tabadel ag'o, c\ valorde los capitales monetarios no fue aumentado 
oon su transformación en billetes de crédito. La Et.'ropa perma- 
necía con los solos recursos de su numerario acrecentados con todo 
el oro y la plata traidos de America, pero insuficientes para res- 
ponder á la necesidad de la producción que este nuevo elemento de 
riqueza habia provocado. Se habia dado un gran paso; era nece- 
sario dar otro mas grande aun, y los bancos de depósito llegan á 
«er bancos de circulación. Puesto que los certificados de los prime- 
ros estaban aceptados como moneda, en rnzon de la confianza que 
te tenia en la garantía de los depósitos, porque no llevar esta con- 
fianza un poco mas lejos, aumentando el numero de billetes iias- 
ta el concurso de una cantidad mayor que el total de los depó- 
sitos? ¿Que inconveniente podría resultar para los portadores de 
estos efectos, estando ciertos de ser reembolsados en especie, asi 
que manifestarán voluntad de ello? ¿No se veian todos los días los 
billetes de un banquero circular con todos los privilegios del di- 
nero, hasta el punto de llevar intcre's coujo la moneda misma? 

No se trataba mas que de determinar por cálculos exactos cual 
seria, sobre una masa de negocios dada, la canliiiad de los billetes 
que se presentarían al reembolso, á fn de tener siempre en caja 
la cantidail de dinero necesaria para hacer ftenle á e!. La menor 
economía realizada sobre los fondos de reserva venia á ser un be- 
neficio para el trabajo y p!)dia servir para aumentar nuevas in- 
dustrias. Se era dueño de disponer de ello ()or la csporlacion para 
•crecentar el capital consagrado al comercio cslrangero. Es como 
si se hubiese aumentado con otr'o tanto la riqueza general de! pala, 
y no costalea mas que la impresión y grabado de los billelws, que 
£<€uipla¿abaa al dinero. A(j[ui empicha á manifestarse la períccla 



justicia de la comparación tU'l crüdiio emi l«s a]fl« áa íeam, tan 
pociicanienle ideada por Adán Smlih, Nadie podrá a fi miar en que 
proporción osla la cantidad de dinero en circulación en tjn pais, 
con el valor toial del proU'iclo anual que hace circular. ¿Los ban- 
cos de circulación deben reservar el tercio, el cuarto, e! quinto ó 
la nillad de su cantidad en especie para estar prontos á rembolsar 
sin tardanza la porción de sus billetes emitidos que vengan á con- 
"verlirsecn escudos? ¿No hay el peligro, perpetuo para ellos, de en- 
contrarse en presencia de una probabiliil.Td pormanenle de reem- 
bolso? Porque es principalmente descontándolas letras de cambio, 
es decir adelantando dinero sobre esta prenda, como losbancoses- 
penden sus billetes. Su producto consiste en percibir un interés so- 
bre estos billetes bastad vencimiento de las letras de cambio. Solo 
v\ pago hace volver á entrar en el banco los adelantos que ha he- 
cho , con el -producto del interés que ha sacado. ¡Que' sucedería si 
después de haber dado sus billetes en cauíbio de efectos de comer- 
cio, estos efectos, no hubieran sido pagados á su vencimiento! ¿Qué 
recurso quedarla á los tenedores délos billetes de banco, si la pren- 
da de sus acreedores perccia en sus manos? 

Bajo este punto de vista los bancos de circulación están Icjoi 
de presentar los mismos motivos de seguridad que los bancos d« 
depósito: aquellos prestan mas servicios que estos ; pero ofrecen 
ráenos garanlias. Sus administradores no saben siempre defendcr- 
*e de la tendencia natural de descontar, es decir, realizar una ga- 
nancia asegurada, inmediata y palpable por medio de un simpla 
billete que no es sino una promesa. lia mayor parle de los banco* 
ban perecido por el abuso de su propio principio, y por no haber 
calculado que multiplicando sus descuentos se esponian á agotar 
las reservas. Adán Smilh, James Steuart, J. B. Sav, Mr. Sforch 
Y sobre todo Mr. de Si>mondi han espuesto del modo masesplícito 
y admirable todas las dificultades que pueden resultar sea para el 
público, sea para los bancos, de los errores de cálculo ó de la co- 
dicia de sus accionistas. Kilos han demostrado hasta la evidencia 
que toda espendicion exagerada de billetes obligaba á estos esta- 
blecimientos á acumular numerario en una proporción tanto mai 
grande cuanto la inquietud délos tenedores les hacia acudir en ma- 
yor número. La necesidad de adquirir especies imponia á los ban- 
cos en eslc caso sacriíicios superiores á las ganancias que habiaa 



(.55) 

sacado de los descaentos, y se vcian frecucnlcmenle forzados á ha- 
cer volver dci eslrangero con grandes gaslos el numerario cuya es- 
porlacion hablan provocado sus cscesivasespendiciones. La Europa 
ha visto de un siglo acá ejemplos memorables de estas crisis en la 
círcalacion : la suspensión de los pagos del banco de Inglaterra y 
la ruina de los bancos de provincia en esle país, sin hablar do! sis- 
tema de Ijaw, ni tampoco de \os as/gnac/os en Francia; revolución 
inmensa que examinaremos aparte , á causa de los graves hechos 
que suministra su historia. 

Sin embargo el crédito ha sobrevivido á todas estas horrascas, 
semejante á la pólvora que abre caminos en el seno mismo de las 
rocas á pesar de los peligros inherentes á su uso. Cuando se com- 
para en nuestros dias la circulación del papel á la de las especies 
convence que el creJito ha verificado una profunda revolución ea 
las relaciones de los pueblos. Cada instante nos revela materias 
nuevas de las que la producción se apodera por medio del crédito, 
y que este solo permiteseenviená las estremidaues del mundo. Las 
empresas colosales, de las cuales nuestro siglo abre la marcha, el 
espíritu de asociación que se estiende como una red sobre la su- 
perficie déla Europa, la lucha que se ha establecido por todas partes 
entre la ci\ilizacion y los restos de la barbarie, todo es obra del 
cre'dito; todo viene de esta idea tan fecunda y tan sencilla, que 
dio origen á los bancos de circulación y principalmente al ban- 
co de Inglaterra. Todo hombre ha podido desde entonces llevar er- 
guida su cabeza con la arrogancia que da la esperanza de una in- 
dependencia honrosa. La propiedad territorial ha visto elevarse 
al lado de sus castillos las máquinas de la industria: los mares se 
Han cubierto de navios y las costas lejanas de colonias europeas. 
Todo ha marchado á paso acelerado, y el mundo ha andado mas 
camino de doscientos años á esta parte que en los diez siglos an-. 
tcriores. La historia está ahí ¡)ara probar que esle poder del crédi- 
to es el que debe decidir en adelante y sin apelación las grandes 
cuestiones: testigo la Holanda que acabó por humillará Luis XIV 
y la Inglaterra que embió á Napoleón á morir á santa Elena, 

Los principios de esle poder han sido muy modestos sin em- 
bargo, aun en Inglaterra, en donde el p; inier banco de lircula- 
eion pareció desde luego modelarse sobre los de Venecia y Geno- 
n, y no fue Jurante mucho tiempo mas que una dependencia de 



la.tPiqfOrl.i. En lOgi^^QÍe vi'í suceaivamcnJe (írosíap %^ eapllftl 
entero al gobiui-no y exigir el ¡iileres de odio por cionlo: ílespuos 
doblar este mismo ca{>¡lal en 1696. y prestarle en 1708 después 
de haberle daplicado scgun<la \c¿. En vatio sus acciones pierden 
la mitad de su valor: en vano sus billetes sufren una perdida de 
veinte por ciento y dejan un momento de ser pagados: no dejan 
de suscribirse para nuevas acciones á pesar de la baja enorme d,e 
las primeras, porqie es el estado quien es el principal deudor del 
banco y se hacia ya sentir la influencia de la garantía nacional efl» 
los empre'slitoí p;íbIicos. Compréndese bien pronto la importan- 
cia de tal solidaridad y la confianza pública seune á la suerte del esr 
tado como la mejor ancla de salvación. El banco de Inglaterra ha 
cometido fallas ca()ilales y aun un dia,en 1797, osó suspender to- 
talmente sus pagos en especie, sin perder nada de su iinportancla 
á pesar de esta quiebra declarada. La nación ratificó la decisión del 
Parlamento que autorizaba la bancarrota, y los billetes de banco 
Lochos pape! moneda , verdaderos asignados, coulinuaron en cir- 
cular como slsieuipre hubieran sido rembolsados en escudos. El go- 
Lierno los recibió en pago de los impuestos y el eucarcclaroicnt» 
por deudas fue perdonado á Ins que, se libertaban por este media 
Se hubiera creido que á contar desde tal dia, estos billetes se mul- 
tipÜcarian con esreso, pero las actas del Parlamento y la pruden.- 
cia pública contuvieron laemiáion en sus limites y la Inglaterra pu^ 
dapasarsedi^ranle veinte años sin la mayor parle de su numerario, 
ysin dejar por eso de serla primera nación comercial del mundo. 
En Gn la famosa arta de Mr. Peel trajo la continuación de los 
pagos en especie, acia finos de 1819, y cinco años después, en; 
en i«^24 se contaban en Inglaterra cerca de setecientas compañías 
organizadas ó prííximas á serlo con capital de diez mil millo-' 
ne.s , cuya cuarta parle eslabí formada en 1.827 con dos mil qui- 
nientos millones. En este corto espacio de tiempo, la Gran Bre-» 
taíia habla nresíado á los eslrangoros mil u().";cIenlos cincuenta mi- 
lUmes de francos. Tales son los efectos maravillosos del crédito (i) 

(1) IL; v!e'>i lo cersinue á citar aqui stimnriamcüle la revolución re-- 
fcj-ida en EiiCDj^a por c.slablcci:nii'ijlo de loa bancos de deposito y xir- 
ciiiacioa y las priiirijjalfs hascs .sobre que separan. Todos lo.s poi meno- 
res de su organización e.'^t^in e. pocslos rompleiarncnle en !a^ obras de 
SiHÍth Slci^ai't, y Si.^mondi , encrni^'o declarado de los ])anrof. Istos SQfi 
I0.5 aníorcs cjue con pr'!'íiri'iici.i de'orn ronsnitaric sobre lan importante 
objeto. SlorcU, Say, TtlaUbus y el mismo Uicardo han debido looiar 



y sa influencia sobre el Jesarrolio de la producción , que apesar de 
estas esportaciones considerables de numerario y á pesar del enor- 
me capital puesto en las empresas de minas, de alumbrados, de 
barcos de vapor, de hilanderías y herrerías, la Inglalerra halla 
aun en nuestros dias, el medio de consagrar quinientos ó seiscien- 
tos millones á sus caminos de hierro. Ella manda el trabajo en 
la paz con tanta energía como exigia hace veinte afios el trabajo 
en la guerra. Y sin embargo la Inglaterra es el país de Europa en 
que hay menos especies metálicas, de suerte que en ella al menos, 
se podía creer en verdad este adagio ecoiiámico de Ricardo: «La 
moneda ha llegado al máximo de la perfección cuando está en es- 
tado de papel". Yo no esplicojsolo relato; antes de creer á Ricar- 
do, es preciso ver la que ha ensayado Law. 

CAPITULO XXXI. 

Sistema de LarV'— Circunstancias <ine le", originaron. -Causas princwa^ 
les de su ruina. — Injluencia que ha ejercido en la marcha de la 
Economía politica. 

Al principio del siglo XVIIt, se había verificado un cambio 
profundo en la Economía política de la Europa. La estcnsion es- 
traordínaria que tomó el comercio esterÍDr y el cstablecimínento 
del sistema restrictivo habían concentrado los capitales sobre la 
navegación y sobre las manufacturas. Se hubiese dicho que la 
tierra estaba abandonada como un elemento estéril, y no se pensó 
mas que en las compañías privilegiadas, sea para el comercio de las 
Indias orientales ú ocídentales, sea para la fabricación de pailos 
de tapices ó de vidrios. Todos los fondos se emplearon bien pronto 
en estas empresas, á causa del favor y délas ganancias que les 

noticias de ellos, y especialmente de los dos primeros las hermosas aná- 
lisis que hirieron de la íisiologia <lc los bancos. Para el quedc^ee profun- 
dizar la materia citaremos la Jlisioria de los Bancos por Gilbart el 
famoso opúsculo de Gobett. Payn- a.oninst gold , obra maestra de dia- 
léctica y claridad, en asunte 5 rentísticos; la producción de Mr. TJiorn- 
ton An int¡ii!iy on f.Jie fi'.'pcr crcdif; el informe del Parlamento in''Ie.'i 
.•itíbre la renovación de la cédula del banco, pues son documentos in- 
dispen.^ables de consultar. Kn ellos existe toda la ciencia del crédito. 
También puede consultarse aunque con la debida circunspecion la 
obra de Mr. .losé Welt , titulada La ma^Ui dclacditos^tluia, publi- 
cada eu r*iápoles en 1S24. 

33 



( í!;8 ) 
aseguraba el monopolio. Cada pueblo, por olra parte, entráñelo en 
el camino de las tarifas, creyó deber proteger su producción con- 
tra las rivalidades de sus vecinos y buscar la elevación suya en la 
decadencia agena: la España por medio de las prohibiciones, In- 
glaterra cscluyeíido los buques estrangcros, la Francia adoptando 
derechos variables. Todos los hábitos benéficos de reciprocidad fue- 
ron reemplazados por medidas repulsivas, verdadera imagen de la 
guerra en el seno mismo de la paz. 

Para colmo de desgracias, guerras demasiado efectivas nacie- 
ron de estas doctrinas perniciosas, de las cuales el acia de navega- 
ción y la tarifa de i()64 no fueron mas que el preludio. Al daño 
interior que se causaban las naciones por el abuso del sistema pro- 
tector, preciso es añadir los males horrorosos que resultaron de 
una lucha abierta y sostenida de una y olra parle con igual encar- 
nizamiento. Se ha visto loque habia podido producir en este ge'- 
nero la rivalidad de Inglaterra y de la Holanda y con que catás- 
trofes fueron turbados los últimos años del reinado de Luis XIV. 
Las rentas de todos los pueblos estahan agotadas: no hahia va ca- 
pitales para alargar la guerra, ni para reanimar la indusfria. Un 
pueblo solo, en el seno de estos desastres hahia conservado una 
actitud altiva é indomable, como después la Inglaterra á prcsen- 
ciade Napoleón: eran los holandeses que no hablan halladorecursos, 
á pesar de su patriotismo, sino en su crédito. Hemos dicho cuales 
eran las miras ingeniosas que hablan presidido á la fundación y 
el desarrollo rápido que tomó el ])anco de Amsierdan , á pesar del 
limite impuesto á sus emisiones de billetes, por la necesidad de po- 
seer el capital equivalente en especies. Bien pronto los bancos de cir- 
culación y sobre todo el banco de Inglaterra dieron un impulso mas 
activo á todas las Industrias y el trabajo entró en una era nueva. 

La Francia sola, entre estas grandes naciones, habla perma- 
necido en retraso y su gobierno mal inspirado se enircgahn a' los 
escesos de la revocación mientras que la Inglaterra y la Holanda 
hacían maravillas, bajo los auspicios del crédito. Vauban y Bois- 
gllbert han descrito en términos patéticos el triste abatimiento 
del poder productivo de la Francia en aquella época deplorable. 
"JVo les quedaba ya masque ojos pora llorar" decían ellos de nues- 
tros padres, y fuerza es creer la realidad de sus desgracias confir- 
madas por tan notables testimonios. Este fue el estado en que 



Luis XIV dejó el país al morir: hasta el dUiíno momenlo su mí- 
nisterio habla viviilo con miserables espedientes. Se le había visto 
reducido á maltlplicar cargos ridículos para sacar algún dinero de 
los nuevos agraciados, y entanlo que la Inglalcn-a y la Holanda 
tomaban prestado á 3 ó 4 P- ^i los traficantes liacian pagar al rey 
de Francia lo, 20, y hasta 5o p. 3. La enormidad de los impuestos 
habla agotada las campiñas viudas de sus labores á consecuencia 
de los consumos de la guerra: el comercio era casi nulo: la indus-» 
tria diezmada con la proscripción de los protestantes, parecia con- 
denada á perder todas las conquistas debidas al genio de Colbcrt. 
Tal era la situación de la Francia cuando Luis XIV murió: 
la deuda pública ascendía entonce» á mas de tres mil millones y 
la bancarrota parecia inminente. En efecto, fue pr(<puesta al re- 
gente que la rechazó noblemente y que se limitó á establecer una 
comisión (la famosa comisión del Visa) para examinar la validez 
de los derechos de los diversos acreedores del estado. En esta épo- 
ca fue cuando Juan Law hizo la proposición de un banco de cir- 
calacíon y de descuento y echó en el pais los primeros cimientos 
del crédito. Es preciso esponer con alguna eslcnsion las ideas tan 
altas y tanto tiempo desconocidas de este hombre célebre, que tUf 
Lo la desgracia común á todos los hombres de su teu'ple, preveer 
lo futuro con mucha antelación y morir sin ser comprendido. 
Sa primera juventud habia sido aventurera, pero llena de estudios 
especiales sobre el crédito público en Inglaterra y en Holanda, 
paises de tantos negocios. Habia visto de cerca lo que puede en 
un pais la actividad de la circulación, y su Imaginación, exage- 
rando los beneficios del crcilito, le habia hecho creer que la abun- 
dancia de numerario era la principal causa de la riqueza de los 
estados, puesto que el numerario solo trae el desarrollo de su in- 
dustria y de sa prosperidad. Esta era con corta diferencia , la preo- 
cupación general de la Europa en el tiempo en que vivía, y esta 
preocupación no contribuyó poco á favorecer la adopción de sus 
miras. Le pareció que asegurando á un pais la pqsesion de una 
cantidad de numerario suficiente para mandar el trabajo, se le 
liaría llegar al mas alto grado de riqueza y de poder. Empero los 
bancos de circulación permitían suplir el numerario con el crédi- 
to que procura al papel el valor y la cantidad del dinero, y como 
no hay límites en las emisiones del papel moneda, la riqueza pú- 



(26o) 

bllca le parecía estaba en adelante al abrigo de lodos los obstáculos. 

Tal fue el error de Law. la exageración de un buen principio. 
El había tomado el efoclo por la causa, alrihuyendo al crédito los 
resultados de los que el crédito no es mas qae la consecuencia No ha- 
bla considerado que el numerario en especies, ó papel, debia siem- 
pre ser proporcionado á la cantidad de valores en via de circula- 
ción para el cambio, y que los escudos no eran á propósito para 
hacer nacer la industria en un pueblo, sin el socorro del trabajo 
preexistente. El aumento de numerario, sin el acrecentamiento 
correspondiente de valores permutables no haría sino subir el pre- 
cio de todas las cosas, en vez de acrecentar la riqueza positiva de 
de una nación. Pero el genio vasto y certero de Law había com- 
prendido desde luego la necesidad de sumÍTiIslrar capilales baratos 
para el trabijo. ¡labia notado que el crédito individual, es decir, 
el de los ban^aeros y tratantes ds dinero era frecuenlemeiile fu- 
nesto á la in iustria, á causa del despotismo ejercido por los pres- 
tadores sobre los trabajadores y quiso susliluir á la sociedad del 
crédito individual la sociedad del crédito del estado. «No olvidéis 
decía al regente, que la introducción del crédito ha consistido mas 
en el cambio entre las potencias de la Europa que en el descubri- 
miento de las Indias: que toca al soberano darle no recibirle" 

Todas estas ideas giran pues , desde el principio, hacia los 
medios de asegurar al gobierno la dirección del crédito públi- 
co poniendo en sus manos la administración de un banco encar- 
gado de percibir todas las rentas del estado y de esplolar lodos los 
monopolios de que fuese investido, Pero sea que las teorías de ha- 
cienda fuesen entonces comprendidas de pocos, sea que la nove- 
dad del proyecto hubiese espantado los espíritus, Law no obtuvo 
mas que el derecho de establecer un banco privado; perfectamen- 
te parecido, bajo muchos punios a lo que es en nuestros días, el 
banco de Francia y cuyo fi)ndo sori.ij fue de seis millones dividi- 
dos en mil doscientas acciones de cinco mil francos cada una. Este 
banco estaba autoriza<lo á descontar las letras de cambio, encar- 
garse de las cuentas de los negociantes y á espender billetes paga- 
dos al portador, en escudos del peso y título del escudo del día. 
Apenas este banco se fundó coando el crédito apareció por todas 
partes (i) la confianza llegó aun á los estrangeros, y la usura cesó 

(i) ÜLitut describe, ex?.gcráiidula!í las vculaj is producidas por el 



de ejercer sus estraj]¡os. £1 gobierno anadió sa sanción á la del pú- 
blico recibiendo como especies los billetes del banco de Law. Era 
el primer ensayo que se hacia en Francia de esta moneda nueva, 
y se puede afirmar resaeltamenle que el uso hubiera llegado á ser 
general, sino hubiese tan pronto degenerado en abuso. En efecto, 
asi que el regente dio el edicto del lo de abril de 17 17 que obli- 
gaba á los arrendadores y á los recaudadores de impuestos á pa- 
gar en especies los billetes del banco, siempre que les fuesen pre- 
sentados; estos billetes adquirieron una importancia considerable: 
el dinero cesó de viajar y se refugió en las cajas de las provincias 
tí en las del banco, para hacer frente á los reembolsos, tanto menos 
pedidos cuanto el papel era mas cómodo y de menos costoso trans- 
porte. El cxito fue tan completo y decisivo que el banco p.ido 
c.spenicr hasta cincucnla millones con un capital de seis. Los de- 
pósitos de oro y plata se aumentaban todos los dias con el pedido 
de los billetes. Se pcdian aun mas que hoy dia pues los billetes del 
banco circulan con mucha uiücallad fuera del recinto de París. 

Asi Law habia realizado en menos de dos años los mas bri- 
llantes sueños del crédito público y privado. Habia obtenido en 
una escala inmensa resultados que están aun después de cien aiios 
concentrados en algunas ciudades de comercio: consiguió con un 
solo rasgo llegar al término de una carrera que parecía exigir 

Lauro tic Law "La ahiiiidaiicia, dice, se esparció bien pronto en las 
riiuiadcs y Tas campiíías; fue á sacar á unas y otr.is de la opresión ea 
que las deudas coiitiaidas por su iudigeucia las teniaii : dcs¡>crló la in- 
dustria, hizo rccohrar á los bienes raices su valor, suspendido por di- 
chas «leudas, y puso al rey en disposición de perdonar a sus subditos 
roas (le cincuenta y dos millones de los impuestos anteriores a i-lG y 
rnas de l'e'.uta y cinto rnilloneb de derechos devenjjados durante la re- 
gen( ia. Hizo baj ir el itileres de las rentas, derrocó la usura, hizo su- 
bir las tierras un 80 p. ~, hizo construir nuevos cdifu ios en las pobla- 
ciones y en los campos, reparó los anti-uos medio arruinados, desmon- 
tó las tierras, dio valores á materias sacadas del seno de la tierra, que 
antes noloslenian, y atrajo de nuevo ú nuestros conciudadanos que la 
miseria habia forzado á espalrlarse para vivir. Por últino esta abun- 
dancia atrajo las riquezas eslrangcras, las alhajas y pedrerías preciosas, 
y todo lo que acompaña al lujo y la magniücencia : todo nos vino de los 
pai.ses cstrangcros. Que estos prodigios ó maravillas liayan si<lo produ- 
cidos por el arte, por la confianza, por el teuiur ó por ilusiones si se (piie. 
re, el hecho es y no puede negar.'? que e.-te arle, esta confianza, este 
temor ó estas Ihuioncs operaron todas aquellas realidades que el anti- 
guo régimen jamas hubiera producido." {Rc/lcxiuncs políticas sóbrelos 
lentíts y conuicio de Francia tomo J.) 



(26.2) 

maclias pnrndas de generaciones. Sera un eterno honor para sa 
memoria liabcr oiyaiiizaJo con todas piezas sin oniilir ningún ró» 
dage esencia!, un mecanismo tan complicado como el de los ban- 
cos de circulación , y haber familiarizado á sus contemporáneos 
víctimas de tantos fraudes rentísticos, con el régimen de la con- 
fianza y de los billetes. ¡Quien podrá describir su alegria al %'cr 
el éxito tan completo de su obra, el trabajo reanimado, la espe- 
ranza renacer y la Francia sonreir á sus esfuerzos! Pero estos 
días de triunfo debían ser de corta duración, y la providencia le 
reservaba para un próximo porvenir crueles compensaciones. No- 
sotros nos aprovecharemos de ellas como de una lección grave y 
digna de figurar en la historia de la ciencia. 

Ya el banco de circulación establecido en París no bastaba á 
la ambicien de Law. Scguia siempre el primer objeto de sus de- 
seos que era el establecinuento de un banco nacional encargada 
de percibir las rentas públicas y de esplotar los privilegios comer- 
ciales que agradase al gobierno concederle. La posibilidad de emi- 
tir billetes por una cantidad diez veces mayor que las reser- 
vas en especies le pareció después muy limitada. Habia concebi- 
do la idea de reunir en una asociación común todos los capitales 
de Francia y hacerlos poneren sociedad ron todosloselemenlosde la 
riqueza pública desde la propiedad territorial hasta las CAentuali- 
dades del comercio colonial. ¡Que' mejor hipoteca que la Francia! 
•jV qué valor no debia adquirir tal garantia, cuando el crédito ase- 
gurado al mas humilde propietario, abrirla una carrera ilimitada 
á las mejoras de toda clase ! Pero Law no podia presentar este 
proyecto al público en su magestuosa sencillez; la confianza na- 
cional no estaba bastante ilustrada para tolerarlo. Le fue preciso 
injertar por decirlo asi, su banco universal sobre alguna institu- 
ción adaptada á las preocupaciones de sus contemporáneos, y la 
desgracia quiso que la mania de colonizar que estaba entonces 
muy en moda, le suministrase la ocasión de fundar una compañía 
de comercio en las orillas del Mhisipi. De este modo dio principio 
la compañía de las Indias occidentales con el capital de cien mi- 
llones , compuesto de doscientas mil acciones de quinientos fran- 
cos cada una, bajo forma de billetes al portador, tansmisibles por 
vía de endoso. Para favorecer su realización, Law creyó deber au- 
torizar por el edicto de concesión (agosto 1717) á todos los accio- 



(263) 
Bistas á entregar el total de su suscrlcion una cnarta- parte en es- 
pecies y las tres restantes en certificaciones de rentas conocidas 
bajo el nombre de billetes de estado entonces muy despreciados. 
Esta circunstancia les dio algún, favor y reslaljieció el crédito pú- 
blico; pero la seguridad de la empresa dependía realmente del éxi- 
to colonial de la conipania,, y cualquiera que fuese la credulidad 
de los contemporáneos., los dividendos no se componian jamas mas 
que del interés de los billetes de estado pagados por el gobierno á 
los accionistas. Kien pronto una oposición formidable, salida del 
seno de los Parlamentos prelendi(5 disputar al nuevo banco el de- 
recho de percibir los impuestos- y hacer los pagos públicos, y se 
prohibió á los empleados, del fisco cambiar por especies los bille- 
tes que les fueren presentados. Fue preciso una sesión rfgia para 
poner orden en esto; sin hablar de la concurrencia de los herma- 
nos París que organizaron el anti-sistema (i) bajo la inOuencia de 
los parlamentarios. 

En fin el 4- de diciembre de 17 iS dos años y medio después 
de su fundación, el banco de Law fue declarado banco real y el 
capital fue reembolsado en escudos á los accionistas. El rey se en- 
cargó en adelante de la garanfia de los billetes cuya emisión as- 
cendió en algunos meses á una cantidad superior al capital del 
antiguo banco. 

Desgraciadamente para acredlíar los nuevos billetes Law cre- 
yó deber obtener del regente un edicto que prohibiese los trans- 
p jrícs del numerario entre las ciudades en que se hallaban las ofi- 
cinas del banco. Esto fue dar un curso forzado a' su papel moneda 
y este no fue el solo error de Law. Estaba en su destino el intro- 
ducir en Francia con el mas útil uso del crédito, el n>as desastro- 
so abuso, el agwtage.-^\ agioíage nació de las relaciones del ban- 
co real con la compaiiia de las Indias occidentales. Las acciones 
de esta compañia habian bajado considerablemente, Law que que- 
ría sostenerlas se obliga á comprarlas á la par á fecha fija, obli- 
gándose á pagar una prima igual á la diferencia del precio de 
bolsa con el par. Cada uno quiso correr la suerte del bene- 
6cio que resultaba de el y las acciones ascendían. Ellas subie- 



(1) Se ll.imó anti-sistBma , por oposición á las ideas ele Law conocidas con el nom- 
bre de sistinia, :i I.T .isocinrmn íormada [)0r loscuatro hermanos Paris de Creiiohle pa- 
ra desLrnir rl banco de Law por medio de Un cipilal de cien niillones ciiyo,s intereseí 
niejor garantidos 4U0 los dol bani;o debían naluralmwite hacer bajar las acciones de c*le. 



(261) 

ron muclio nn> aan, cuando Law en posesión del favor del recen- 
te hizo unir al privilegio de la compañiade las Indias occidentales 
el monopolio de las Indias orientales, con la autorización do es- 
pender un nuevo capital capaz de hacer fíenle á la grandeza de 
esta asociación. Conjiñnaciones hábiles porque eran nuevas, hi- 
cieron afl'iir el metálico en los cufies del novador escoces. Dio 
tiempo á los accionistas pira pagar el total <le sus acciones sin 
pensar que faltaria tiempo á el mismo para acahar su obra, y que 
se le echaria en cara bien pronto la ruina del pais; pero en fin él 
daba tiempo, y este, como los americanos de nuestro tiempo dicen 
vale dinero, tims ¡s money. Los especuladores compraron á la vez 
acciones y espiíranzas, y Law rcdoi)!ó sus esfuerzos para dar valor 
á anas y otras. El dinero derramado á cántaros en las cajas del 
estado le inspiró la ¡dea de una refmdicion de monedas: hizo se 
le concediera la fabricación esclusiva .de ello por un edicto, cuyo 
favor costó cincaimta millones al banco. De este modo empezaroii 
estas concesiones recíprocas entre el gobierno y el sistema, el {)ri- 
mero concediendo siempre y el seginJi) prometiendo sin cesar, 
con la misma irreflexión y el mismo desprecio del porvenir. Hu- 
bo sin embargo enormes beneficios recogidos por consecuencia de 
la refundición de la moneda y por poco que la compañia de las In- 
dias hubiese suministrado s'i parte de divideudos, el banco real 
se hubiera fijado sobre bases indestructibles. La codicia de los cor- 
tesanos y la locura de los especuladores d .'cidieron de otro modo. 

Ya las acciones se habian elevado á un arai:r.cl que no justi- 
ficaban ni las garantias ofrecidas poi- la compañia ni aun las pro- 
mesas de ganancia mas exagera<ias. Esto no fue mas que an 
iue^o cuya historia es demDSÍ;>do conocida para que sea necesario 
entrar en mas detalles. Basle decir que la subida de las acciones 
improvisó fortunas verdaderamente fabulosas, y acarreó en la pro- 
piedad mudanzas que no han si lo sin vcnl.ija para la prosoeridad 
del pais. La aristocraria territorial dejó de poseer tierras cuyas 
rentas modestas no podian compararse á las ganancias Üasorias 
del agiolage y cambió sus prados y sus bosques por acciones; los 
salarios se elevaron á un arancel desconocido hasta entonces, y 
las mercancías que obstruian los almacenes no pudieron s,iir su- 
ficientes al celo de los compradores. Law parecía haber llegado al 
colino de sus deseos. Si algunos rivales mal inspirados compraban 



(265) 
sus b¡l!<;tcs para inquietarle con fuertes pedidos de reembolso en 
esculos, hacia dar un edicto que rcducia el valor del metálico, y 
desconcertaba sus confederaciones con audacia por su alianza cotí 
el gobierno. Jamas, preciso es decirlo, ensayos mas atrevidos fue- 
ron hechos con tal prontitud y sobre bases tan seguras: jamas teo- 
rías mas aventuradas tubieron á su servicio un poder mas abso- 
luto. No quedaba mas que la última tentativa, la mas peligrosa, 
es verdad, pero la mas alhagüeña de todas, el reembolso de la deu- 
da pública. Aquella debia hallar menos obstáculos que ninguna 
otra por parte del regente: pero tubo el defecto de ejecutarse sin 
precaución y de un modo prematuro. Mil quinientos millones no po- 
dían ser eliminados ligeramente en un pais n:enos habituado á 
las vastas operaciones del crédito que la Inglaterra y la Holanda. 
Era también aventurar mucho sustituir las acciones de la compa- 
uia de las Indias á los títulos de los acreedores del estado y ha- 
cerles trocar, romo se decia entonces, sus certificados de rentas por 
las cédalas del Mlsslsipi. Sin embargo esta disposición hubiera 
tenido liuen resultado á no haberse precipitado con furor el pú- 
blico en las especulaciones de que vino a ser una especie de seíial. 
Las acciones apenas espendidas suben al triplo, al quintuplo, y 
aun al decuplo de su capital nominal. Parecía que los franceses no 
sabían donde colocar su dinero, según se presentaban para obte- 
ner á toda costa títulos del nuevo empréstito. La segunda emisión 
vid realizarse á cinco mil libras, cien mil acciones de quinientos 
francos cada una. Hubo un frenesí general animado por la latitud 
concedida á los suscritores de hacer el pago en diez entregas men- 
suales. Bastaba dar señal, como dice Mr. Thiers en la Encic/ope- 
tlia progresiva, art. Law , para asegurar diez acciones en lugar 
de una. Los acreedores del estado no fueron los últimos en pres- 
tarse á su propia espoliacion, y la historia del sistema está llena 
de los latrocinios que han abierto tan dignamente en nuestro pais 
la carrera del agiotage- 

No podemos esponer aquí sucintamente mas que los resulta» 
desde esta gran revolución rentística, que causó muchos males 
como todas las revoluciones, pero que produjo también muchos y 
duraderos bienes en compensación de los males, que fueron pasa- 
geros. La moral pública especialmente, recibió un golpe terrible, 
demasiado capaz de desviar á los hombres honrados del camíoo 

H 



(sGG) 

largo y espinoso del traLajo. "Las variaciones de la fortuna eran 
tan rápidas, añade Mr. Thiers, que los agiotistas recibían accio- 
nes para ¡r á venderlas, y guardándolas un dia solamente , tenían 
tiempo para hacer ganancias enormes. Cuéntase de uno que encar- 
gado de vender acciones, tardó dos dias en parecer: crevc'ronse 
robadas las acciones , pero no hubo tal ;^1 encargado volvió fiel- 
mente su valor, y tubo tiempo para ganarse un millón. Esta facul- 
tad que tenían los capitales de producir tan rápidamente introdujo 
un ivuevo tráfico. Se prestaban fondos por horas y á un interés de 
que no hay exemplo. Los agiolistas hallaban medios para pagar 
este interés y obtener ganancias considerables para si propios. Se 
podia ganar hasta un millón por dia. No es pues admirable qnc 
los criados llegasen á ser de pronto tan ricos como los amos. Se 
refiere que uno lialló á su amo un día de lodos y le brindó con sa 
coche". La locura llegó hasta el punto de qtie las acciones ascen- 
diesen á treinta capitales por uno y el agiotage absorbió como una 
sima todas las economías del rico y del pobre en pocos meses. No 
liabia bastantes galones en las lonjas para adornar la nueva aris- 
tocracia que salió de esta efervescencia de holsa , y las seiscientas 
mil acciones de la compañía de las Indias vinieron á representar 
mas de diez millones imaginarios. Es preciso haber sido tcstigode 
algunas operaciones bursátiles del tiempo presente para formarse 
una idea del delirio de la época de I^aw , y de la ceguedad pro- 
funda en que el furor de las especulaciones habla sumido á las 
personas mas razonables. 

Sin embargo, el momento de la crisis se aproximaba, sin que 

' nadie osase prcveerla , ni aun el mismo Law que parecía creer en 
la duración indefinida de su sistema. No habla ya garantía posi- 
ble para un capital que ascendía á masdediezmil millones, y aun 
cuando el Misslsipi hubiese sido un verdadero El Dorado a penas ha- 

• Lieran bastado cuatrocientos millones para asegurar un interés de 
cuatro ó cinco por ciento al guarismo ideal de las acciones. Fue 
bien pronto necesario imponer por un golpe de autoridad, una 

' porción de medidas que hubieran debido ser el resultado de la confian- 
za y desdeaqael momento la confianza fuealterada. Lawcreyó deber 
sostener los billetes de su banco por medio edictos que prohibiesen en 

•Paris la conservación en especies; después mandó que los impues- 

■ tos se pagaran en billetes: y en fin que los acreedores tubiesen de- 



reclio á exigir en Lülctes el pago de sus crcJilGS. Prro lodos e&íos 
espedientes no hicieron mas qae apresurar la catástrofe. liOS mas 
prudcnle^s se dieron prisa á real/zar, es decir, áconvertiren tierras 
en muebles, en casas, el total de sus acciones ódc sus billetes, y se vio 
enloncei, un fenómeno enteramente contrario al que hemos sení^^ado 
antes ;los tenedores de efectos correr en pos de los valores sólidos, 
mientras que antes se consideraban por muy dichosos en desemba- 
razarse de estos valores para obtener efectos. Los precios subieron ca- 
si súbitamente á una altura desconocida hasta enionces, y la afluencia 
se hacia de dia en día mas considerable al banco para obtener rec'm- 
bolsos en metálico. Se creyó remediar este peligro forzando el cur- 
so de los billetes y ofreciendo para mantener la confianza alarma- 
da dividendos que no podían ser pagados. Después vinieron las me- 
didas disparatadas: la prohibición Je llevar pedrerías y diamantes 
por temor de que se comprasen en cambio de acciones ó billetes 
de banco: la confiscación de las monedas antiguas y las visitas domi- 
cilarias para descubrirlas. Pero no poi* eáo dejaban de bajar las 
acciones con paso rápido y con gran desesperación de los desgra- 
ciados que habian cambiado bienes positivos por riquezas filicias, 
aumentada por el ruido de las saturnales de todos los nuevamente 
enrriquecidos que habian consolidado su fortuna por compras de 
tieras ó por imposiciones en el estrangero. E1 famoso edicto de 
5 de marzo de 1720 puso el colmo á esta andanada de medidas 
■violentas que atrajeron sobre el sistema de Law la* censura algo; 
parcial de la posteridad. Este edicto asemejando por medio de com- 
líinaciones sagaces los billetes del banco á las acciones de la com- 
paiiia de Indias, es decir valores obtenidos en cambio de cosas rea- 
les á valores eminentemente ficticios y eventuales, fue una verda- 
dera bancarrota que ningún historiador ha tratado de disimular. - 
Nos costaría trabajo comprender hoy dia los tristes espedientes á 
que se vio obligado á recurrir Law, después de su último golpe. 
Los edictos desesperados que dio recuerdan algunas de las medi- 
das del terror de 1798 (i), y comprenden la delación contra los 
detentorcsdel oro y de la plata y la perturbación del sistema mo- 
netario. La ciencia nada tiene que ver con las aberraciones de un 

(1) Fiu' |)rol\iliiilo prurird.ir mas «le (iiiinicntos francos rn csporie ¡¡ajo tiena de una 
BihIU (le <li<v mil. Ninf;ima ol)ra de oro poilia pesar mas ih; onza. Se fijo el peso de to- 
dos josartitulosilo pl:il.'ria , píalos, azucareros, canJekros &c. &c. Lo riJiciUo corre 
aqiti parejas coii lo odioso. 



(268) 
hombre de genio reducido al úliimo apuro: solo si tiene que sen- 
tir que haya sida conducido, por decirlo asi, apesar suyo por la 
necesidad en que sehaUó de subordinar susoperacionesá la exigen- 
cias de la corle y al apuro de la hacienda. 

Oalot, Forbonnais,, Steuart, y Mr. Thicrs han espuesto per- 
fectamente los últimos momentos del sistema y de las falsas com- 
binaciones que determinaron su caida. Lo que está de mostrado ea 
el dia, es que el banco de Law hubiera prestado inmensos servi- 
cios á la Francia si el regente no hubiera hecho de el un instru- 
mento de percepción, una maquina rentística dócil ,en vez de de- 
jarle la independencia de una institución comercial. Cuando se pien- 
sa que este banco establecido con, la mira de activarla circulación 
llego alpunto de prohibir la del oro y alterar el valor de las mo- 
Dedas, es difícil conciliar tal fin con los preludios prósperos que 
no permilian preveerle. Desde 21 de marzo de 172 1 se redujeron 
progresivamente las acciones la compañía de Indias y los billetes 
del banco reaU esto era decretar la bancarrota, en vez de espe- 
rarla y sufrirla ;ó lo que es lo mismo decir álos acreedores.del go- 
bierno que se lesKabia indignamente engañado abrie'ndoles impru- 
dentemente los ojos. Pero el público no recogió en verdad mas que lo 
que habia sembrado. ¿No era el quien había hecho subir la tasa de 
las acciones hasta un punto exagerado, y quien habia de este mo- 
do aumentado artificialmente su valor hasta hacer imposible el pa- 
go de intereses, en la proporción. necesaria á un capital tan enor- 
me? Sucedió á este banco, de Law lo que hemos visto en Ame'rica 
durante la última crisis que acaba de agitar este país. La mayor 
parte de los bancos hm perecido por haber multiplicado demasia- 
do su curso, es decir, por haber especulado demasiado sobre la su- 
bida de tierras y sobre el progresa de una civilización que jamas 
puede marchar sino al paso del hombre. Bajo cualquier punto de 
vista qie se mire el sistema, se convencerá uno que si Ij&W hu- 
biera permanecido fiel á los. verdaderos principios del cre'dito que 
tan bien habia desenvuelto en sns consideraciones soíre el numera- 
rio (i) hubiera elevado á la Francia hace cien anos al primer or- 
den de los poderes rentísticos ^ y acaso evitado las catástrofes ter- 
ribles que la que agitaron á fines del siglo XVlil. El solo, des- 
de la existencia délos bancos hapodido impunemente poner diez 

(1) Coiis'iileractoaes sobre el numerario.. 



(=»69) , 

«ees mas LUleles en circulación que capital efectivo encerraba su 
banco, y á pesar de la imprudencia desaconducta con respecto a la 
compañía de las Indias, no por estodejará de honrársele por ha- 
ber creado en Francia los primeros valores industriales. 

Esta sola creación. fue un pensamienlo alto y grandioso. Los 
mas pequeños capitales hallaron de alli en adelante colocación y. 
los trabajadores, hasta entonces condenados á la incertidumhre del 
salario, fueron, por fm admitidos á los privilegios de la propiedad. 
Las acciones del banco y de la compañia de las Indias olrccian á 
los hombres. económicos las ventajas de una caja de ahorros, con 
las utilidades del productode una graiide asociaclon.comercial. La 
creación, de Law nos parece admirable bajocste aspecto El crédi- 
to público se sustituy(>.al crédito privado. El interés del dinero ba- 
jaba á cuotas menores y menores; con esto desaparecía la causa, 
mas eficaz de la desigualdad de las condiciones. 

Desgraciadamente, el rentista, escoces participó también del 
error común. á muchos desús mas ilustres contemporáneos, supo- 
niendo que basta ba. multiplicar ra«. moneda, para hacer, disminuir 
el interés. del dinero: él agravó este primer, error con. otro mayor 
aun y enteramente personal cual fue el creer que se podía multi- 
plicar la. moneda en papel sin. atender al capital encargada de ga- 
rantizarla. El é.KÍtafaboreció su. ilusión mas tiempo de lo que pa- 
rcela posible porque hemos, visto que las ventajas del papel fueron 
tan bien coniprendidas^en Francia, que Law pudoaventurar aun 
al principiode sus operaciones lo que ningún banco de descuento 
osara intentar hay dia ,, una circulacion.de billetes-diez veces mas 
considerable que el capital cu metálico. La confianza era general: 
la culpa de Law fue abusar de lia. El regente le arrastró poco á 
poco con la intención de ri;embotsar la deuda, nacional; y l<í vio- 
lentó "á levantar, según la espresion de un. contemporáneo , sie- 
te pisos sobre cimientos que soio.se habían puesto. para. tres". Los 
verdaderos, efectosdel sistema apenas nos son bien conocidos al 
presente. Los escritores del dia hablan todos con la afectación bor- 
rosa que persigue harto frecuentemente alas mas- grandes repa- 
taeiones, cuando la mano déla desgracia pesa sobre ellas. «Al de- 
jar esta partida, dice Mr. Lcmontey, (i) los jugadores dichosos 
lubieron de\nasiado interés en disimular sus ganancias y los ¿es- 

(I) Dulol Historia de k regencia. louio 1. 



gracíailas en exagerar su perdida. Los apreciadores iJeve^líi crisis 
.coniplicadd oslan /íspucslos a coiifuudir la violencia del remedio 
con la- del mal , j lot/ue no era mas que dislocado con lo que estaba 
destruido Sin embargo las provincias centrales en donde la ci- 
vilización estaba mas retrasada probaron un sacudimiento saluda- 
Lie. Estos ()aises pobres e' indolentes en donde se habla visto eL cq- 
mercio y el pinero casi ignorados, los frutos de la tierra sin valor 
y la percepción de los impuestos tan penosa como improductiva 
se animaron con una nueva vida. Bajo el aspecto de la riqueza, 
del precio de los géneros, de la cantidad de las contribuciones, 
de la vida social y de la importancia política, el renacimiento de 
este vasto territorio íccha desde el cataelisnjo de Law, y su civili- 
zación progresiva desde 17 20 es mejor monumento de ello que los 
billetes del banco que se conservai) en algunas chozas." 

La principal causa de la calda deí sistemadle la demasia- 
da circulación de los billetes del banco y de acciones de la com- 
pañía de las Lidias. C^pilales Jícíicios eran insuficientes parasu- 
inlnlstrar intereses positi^'os: no resultó de ello mas que la eleva- 
clon exagerada del precio de todas las cosas y de una mudanza ge- 
neralde las fortunas tanto mas peligrosa cuanto que era mas rá- 
pida. Semejantes catástrofes han seiíalado después los mismos 
abusos del crédito en ambos mundos. Nuestros padres han visto 
los asignados multiplicados cscesivamcnte, caer con estrépito á pe- 
sar de la garantía de los bienes llamados nacionales: la Inglaterra 
ha probado á su vez una grande crisis monetaria por haber tras- 
pasado en los préstamos de su banco á su gobierno, el limite na- 
tural de las especies. En el momento en que escribo, una crisis 
mas grave viene á trastornar toda la circulación en los Estados 
Unidos, y créese uno remontado á la época de Law cuando se es- 
tudia las causas de esta perturbación que son casi idénticamente 
las mismas que las de la calda del sistema. En vano la Convención 
castigó con pena de muerte la no admisión de la moneda en papel; 
en vano el Parlamento de Inglaterra autorizó la quiebra del ban- 
co, y en vano los Estados Unidos precipitan la bancarrota de los 
suyos", estos formidables ataques no hacen mas queasegurar las ba- 
ses fundamentales de la teoría del crédito. El crédito no debe re- 
presentar mas que los valores sólidos, y la solidez de los valores 
no puede ser apreciada sino por la confianza , jamas decretada por 



(271) 

la fuerza. Sr Law habiera sulo libre en sus operaciones , huLlcse 
contenido la circulación de los billetes y de acciones en las propor- 
ciones indicadas por la necesidad de la circulación y por las rentas 
■probables de la conipañia de indias. Sus primeras ventajas fueron 
deslumbrantes. Imaginóse que podria reducir la Francia enterad 
monedas pequeñas y hacer circular todas las tierras bajo forma 
de pnpel. En}pero el efecto que obtubo de esta tentativa gigantes- 
ca no fue estéril : las innumerables mutaciones que se efectuaron 
bajo la iníluencia del sistema comenzaron la división de la propie- 
dodad de la que la Francia ha sacado tan grandes ventajasT Kl es- 
pirita de .empresa se apoderó de todas las clases de la sociedad y el 
poder de la asociación desconocido hasta entonces se reveló por 
combinaciones nuevas y atrevidas de las qac nuestras operaciones 
actuales de crédito no son mas que imilaciones. Sin las prodigali- 
dades de la corte la deuda pública hubiera sido considerablemente 
reducida por el reembolso de una parte de los acreedores del esta- 
do, y la baja del interés hubiera bien pronto permitido reembol- 
sar á las demás; 

La propiedad territorial salió por primera vez del estupor en 
la que la habia mantenido por tanto tiempo el sistema feudal. Fue 
on verdadero despertador para la agricultura, y la tierra se elevó 
desde este momento al orde^de poder productivo. Hila acababa 
de pasar del régimen de manos muertas al de circulación. Los nue- 
vos propietarios casi todos salidos de las filas de los trabajadores 
cultivaron la tierra con todo el orden de sus hábitos y con la fa- 
cilidad que les daba la abundancia de los capitales. Le este modo 
la tempestad que acababa de trastornarla, parecia no haber he- 
cho masque refrescarla y desde entonces comenzó para ella una 
era nueva. Todos se unieron á ella como al mas seguro de los va- 
lores basta el punto, que apesar de los males sufridos por las de- 
mas industrias durante la caída del sis/eina, un sistema nuevo su- 
cedió casi inmediatamente al que acababa de estinguirselno sin ar- 
rojar un vivo resplandor antesde pasar como e'í. Fáciles adivinar 
• ^ue se trata del sistema de (2uesnay ó de los economistas. 



(^72) 
CAPITULO XXXII. 

Del sistema de Quesnay y de la escuela economista. — Origen de 
sus doctrinas. — Seri>icios que han prestado. — Dii>ersos matices de 
la escuela economista. — Gournuy. — Mercier de la Ri\>iere. — Tur- 
got. — Admirable probidad de estos Jilósofos.. — Pormenores sobro 
Quesnay. 

El triste fin del sistema de Law dejó á la Prancia entera 
prolongada en una profunda estupidez. ISo se sabia á que princi- 
pios atenerse después de haber visto rápidamente nacer y morir 
tantas fortunas. Xios unos deploraban la ruina de las manufacia- 
ras tan laboriosamente fundadas por Golbert: los otros se trans- 
portaban á cien años detras y recordaban las máximas patriarca- 
les de Sully : laboreo y pastoreo son las mimas del estado : y es pre- 
ciso confesar que las circunsta-ocias hablan llegado a ser muy fa- 
vorables al regreso de estas ideas. De toJo3 los valores -nacidos 
bajo la almisfera abr-asadora del sistema no quedaba ya mas que 
la ruina, la desolación y la bancarrota. La propiedad territorial so- 
la , es la que no pireció en esta tormenta. Se Uabia aun mejoradd 
al cambiar de manos y al subdiviJlrse en una vasta escala, por 
Ja primera vez quizás desde el feudalismo. La importancia que 
adquirió asi de repente aumentó considerablemente su valor y 
bien pronto la actividad de los espíritus, desengañados de especu- 
laciones se dirigió acia la cultura del suelo, para pedirle repara- 
ción de las desgracias del sistema. Podía decirse que cada hombre 
tenia necesidad de descansar á la sombra de su viña y de su hi- 
guera, de los sacudiuíientos y de las agitaciones de la bolsa. 

Jamas transición alguna fue mas brusca. Se procedí í á ella 
sin embargo al través de un cúin i!o de libros. Llovian escritos so- 
bre la circulación, sobre el crédito, sobre la industria, sobre la 
población, sobre el lujo: cada cual queria esplicar la crisis de 
que se salia , y creia haber hallado para su consuelo la solución 
de este enigma. Habíase <:reido durante algún tiempo que el di- 
nero era la riqueza por escelencia y que multiplicando el papel 
que le representaba se multiplicaba la riqueza misma. Pero el 
encarecimiento de todas las cosas y la calda del papel habian he- 



clio aljrir los ojos ¿ los mns riegos, y como se acosf amina en tu- 
caiistancias semejanles, se pasó de la preocupación á la aversiMU, 
del fanatismo á la ¡ncredalidad. No haliia alU ya en !o sucesivo 
riqueza verdadera sino en la tierra , y rentas ascauradas sino las 
que emanaban de su seno. Do esta reacción es de donde salió el 
sistema agrícola mas conocido bajo el nombre de los economistas 
Ó de Ouesnay que fue su primer fundador. También es el pri- 
mer sistema que ha dado una ley ya formulada con una pre- 
cisión dogmática harto rara en los anales de la ciencia. Le resu- 
miremos con sencillez en las personas y en las cosas. Sino hubie- 
ra sido sino un relato de doctrinas paramente económicas, quiza 
no hubiera llamado en tan alto grado la atención de los hombres 
de estado; pero se presentó desde luego como el instrumento de 
una reforma política, que debia facilitar la percepción de los im- 
puestos y reparar los males de que estaba abrumada la Francia. 
Vino después de los desastres de Law y los cnsajos algo rudos 
del abate Terray (i) en materias de hacienda: acogiós^íle favora- 
blemente como una novedad, aguardando que se estableciese por 
derecho de conquista. Y verdaderamente sus primeros manifiestos 
aparecen como una revelación. Cada pueblo á su vez habia preco- 
nizado el poder de la industria y la libertad del comercio; ningu- 
no parecía haber pensado en la agricultura sino es b.HJo el punto 
tk vista pastoril. Nadie habia tenido la idea que el gobierno de- 
biese ocuparse de la cultura de los campos y lomar algunas medi- 
das de administración relativas á su trabajo. Todo lo que se ha- 
bia hecho hasta entonces en este género consistia en malos regla- 
mentos contra la esportacion de los granos ó para impedir su en- 
trada, como las leyes de cereales que reinan en Inglaterra. Y no 
obstante la agricultura era siempre considerada por una especie de 
tradición poética como la madre alimenticia de los pueblos. \cia 
el año de lySo dos hombres dotados de alta capacidad, Mrs.de 
Gournay y Ouesnay trataron de emprender el análisis de este 
poder fecundo: en vez de cantarle, le esplican. Arrebataron á la 
tierra sus operaciones misteriosas, y si no dieron de ella la mejor 
teoría, prepararon al menos sus elementos para la posteridad. 

(l) F.l ab.ilc Terr.Ty no on t.in absurdo ni tan incxoralile <omo han pretendido I» 
mayor parle de sus conltinpor.iiuos. Kcspondii un día i algunos o|«TÍslas que recU- 
nul.an sus atrasos " «s justo pagar los que lloran aatcs de los qne canUa.i 

35 



Su punió (Je partida fue ailmirableinente elegido. Quisieron 
desde luego establecer los verdaderos princrpios de la formación 
de las riquezas y de su distribución natural entre las diferentes 
clases de la sociedad. Les parecití que estas riquezas provenian 
todas de un manantial único que era la tierra, puesto que era ella 
quien suministraba á los trabajadores su subsistencia y las prime- 
ras materias de todas las industrias El trabajo aplicado á la cul- 
tura de la tierra producía no solamente con que alimentarse el 
durante toda la operación sino un valor sobrante que podía aña- 
dirse á la masa de riquezas ya existentes: llamaron este esceden- 
te producto neto. Este producto limpio debía necesariamente per- 
tenecer al propietario de la tterra y constituir entre sus manos una 
renta plenamente disponible. ¿Cuál era pues el limpio de las demás 
industrias? Aquí comienzan los errores de estos bombres ingenio- 
sos porque á sus ojos las demás industrias eran improductivas y 
nada podían añadir según ellos ni á la masa de las cosas en las 
que se ejercitaban, ni á la renta general de la sociedad. Fabrican- 
tes, comerciantes, obreros, todos eran los encargados, los asalu" 
riadas de la agricultura , soberana creadora y dispensadora de lo- 
dos los bienes. Los productos del trabajo de aquellos no represen- 
taban en el sistema de los econonístas mas que el equivalente de 
sus consumos durante la obra, de modo que acabado el trabajo, 
la suma total de las riquezas se haüaba absolutamente la misma 
que antes á menos que los obreros ó sus dueños no hubiesen pues- 
to en reserva, es á^úv, economizado lo que tenían el derecho de 
consumir. De este modo pues el trabajo aplicado á la tierra era el 
solo productivo de la riqueza, y el de las demás industrias era con- 
siderado como estéril j y no resultaba de el ningún aumento en el 
capital general. 

En virtud de este sistema, los economistas admilen como una 
necesidad enteramente á la vez social y nafurut la preeminencia de 
las propiedades territoriales sobre todas las di-mas clases de ciuda- 
danos. Ellos debían recoger la folaüil.id de los ricos productos, de 
los que dlstribuian parle, bajo e! nombre de salarií), á los no pro- 
pietarios, Y la circulación de las riquezas no lenia logaren laso- 
ciedad sino por cambio continuo del trabajo y de los servicios de 
unos contra la porción disponible de la renta de los oíros. iQaé ve- 
nia á ser en esta hipótesis (porque esto no es mas que una hipóte- 



sh hoy día) la base del Impueslo:' Era eviJente qae no se podían 
establecer conlríbucionos á la gente reducida al salario, á menos 
de no atacar su existencia en su origen. Asi los economistas decla- 
raron que el impuesto debia ser esclusivamenlc soportaáo por los 
propietarios de tierras, y sacado sobre su producto Uwpio. El in!e- 
rés general de todas las clases era pues multiplicar \os productos 
agrícolas, porque los propietarios lutllaijan en ellos una renta mas 
considerable para distribuirá todas las profesiones asalariadas. La 
población estaba animada y acrecenlada por la abundanci-j de sub- 
sistencias, y de este modo se verificaba la máxima tomada por la 
nueva escuela de los libros sagrados: Qui operalur ierraní suam, 
satiabitur (i). 

No tenernos necesidad de decir en que se engaiiaban los eco- 
mmistas. Su primipal error venia de que ellos atribuían á la agri- 
cultura sola la facultad de crear productos susceptibles de acumu- 
lación. Los bellos análisis de Adán Suíith han completado después, 
el catálogo de los manantiales de la ri(jueza, deuuislrando que el 
valor social positivo era el va'or permutable, y que habia ganan- 
cia para la sociedad cuantas veces se aumentara por el trabajo es- 
te valor. El trigo seria de muy pequeña utilidad si no se hi- 
ciese pan de él, y la andera no lendria tan gran valor si el car- 
pintero y el ei)anista no la transformasen en muebles. La espe- 
riencia ha manifestada también, que la industria y el comercio 
eran mucho mas f.ivora!)!es que la agricultura al acrecentamiento 
del valor permulab'e, sea [n\r la división del trabajo que se adap- 
ta mejor á el, sea \>itf el perfeccionamiento de las m.íquinas. jCo'- 
mo las ciudades hubieran venido á ser el foco de !a riqueza y de la 
civilización, si la agricultura sola tuviese el don de crear valores, 
V comoesplicar la ricpieza <le Venecia y de Genova que no lenian 
territorio? 5 iNo es primeramente por medio del comercio y de la 
industria por los que un pais puede introducir anualmente en e'l 
una cantidad de subsistencias mucho mayor que la que sus propias 
tierras pudieran suministrarle:' La teoría de las sal¡(/as, tan bien 
desenvuelta después de \o^eronomisía.s por JLB. Say, ha demostra- 
docsta verd.id co 1 toda clai idad, y acabó dignamente lo que Adán 
Smilh maestro de todos nosotros habia laHibieii comenzado. ¡Pero 
qué luz han derrama lo sobre esta grave cuestión las hipótesis atre- 

(1) l'robervios Oip. Xll versic. 2. 



(376) 

villas de la escuela economista}, ¡f^'^c inmensas consecaeneias hemos 
sacado de esta proposición tan sencilla "que la riqueza de las nacio- 
nes no consiste en las riquezas no consumibles tales como el oro y 
la plata (i), sino en los I>¡enes consumibles reproducidos por el 
trabajo incesante de la sociedad!" 

Para colmo de felicidad, los economistas preocupados del esta- 
do de subordinación y de inferioridad de las clases no propietarias 
tales como á ellos les parecía en su sistema , no encontraron nada 
mas justo y mas indispensable que reclamar para ellas la libertad 
absoluta del comercio y de la industria. La baratura de los víve- 
res y la aban iancia de los productos en bruto no po;lian serles ase- 
guradas mas que por medio de la concurrencia ilimitada de los ven- 
dedores. Esta concurrencia era el solo medio de estimular las in- 
dustrias y de favorecer el cultivo de la tierra quitando todas las 
trabas: doctrina que la nueva escuela reasumió en estas palabra^ 
memorables tan mal interceptadas después: dejad hacer, dejad pa- 
sar. Desde este momento es cuando cayeron la mayor parte de la^ 
barreras que detenian el desarrollo de la agricultura y la guer- 
ra general comenzó contra los gremios y las aduanas, estas dos for- 
talezas de los privilegios que ocultan en su seno. La escuela eco~ 
noinista ha prestado también oíros muchos servicios muy impor- 
tantes analizando los principales fenómenos de la distribución de 
las riqueías. En esta ocasión principalmente fue cuando el doctor 
Quesnay rae'dico de Luis XV, y gefe de esta escuela, publicó su 
famoso Cuadro económico ^ tan malamente co¡nentado en el Amigo 

(i) Esta pro{)oslrion está esidicada claramente en el siguíetite pii- 
sage de Mercier de la Riviere. "Permítaseme repetir aqui que la plata 
310 llueve en nuestras manos, ni crece naturalmente en nuestros cam- 
pos. Para tenerla es menester comprarla, y después le esta compra \\n só 
es m\s rico que antes; no se ha hecho masque recibir en plata nn va- 
lor igual á lo que se ha dado en géneros. Se nos dice que una nación 
agrícola es muy rica cuando se la vé con mucha plata: sin dnda que se 
tiene razón en decirlo, pero se comete el error de no ver también que 
antes de adquirir aquella piala, era igualmente rica puesto que posoia 
los valores con que ha pagado esa plata. Ademas ella no puede gozar de 
esta riqueza de plata sin hacerla desaparecer para siempre, á menos que 
no la conserve con la reproducción de valores cuya venta ó mas bien 
cuyo cambici Ic'prorurcn una nueva riqueza en plata. Esta riqueza en 
plata no es poi' con.siguiente mas que una riqueza secundaria y repre- 
scfitantc de una riqueza primaria á laque substituye." (Orden natural 
y esencial de las sociedades políticas). 



de los hombres por el marqués cíe Mirabeau y reproducida en la 
Fisiocracia de Dupont de ISemours. 

Este Cuadro económico cuyas primeras pruebas fueron impre- 
sas en Versalles por mano del mismo rey con este epígrafe: Pobres 
labradores , pobre reino: pobre reino, pobre rey, presenta una se'rie 
de fórmulas erizadas de cifras en las cua'cs el autor indicaba la 
distribución de la renta territorial tal como le parecia resultar de 
la opinión que el se habia formado de las leyes generales de la pra- 
duccion. Es de todo el sistema la parte que ba hecbo mas ruido, y 
que es hov dia la mas olvidada porque descansa sobre bases reco- 
nocidas por erróneas. Nada podrá pintar el entusiasmo que su pu- 
b'icacion esritó entre los iniciados en la secta. Dupont de Nemours 
la llamaría "esta fórmula admirable que pinta el nacimiento, la 
distribarion y la reproducción de las riquezas y que sirve para 
calcular con tanta seguridad, prontitud y precisión, el efecto de 
todas las operaciones relativas á las riquezas." Mirabeau anadia: 
"Hay tres invenciones maravillosas en el mundo, la escritura, la 
moneda y el Cuadro económico." Este Cuadro fue comentado, am- 
pliScado y desenvuelto por todos los iniciados con la misma segu- 
ridad que los teoremas de la geomelria en nuestros co'eglos. Se 
aprendía de memoria como una especie de catecismo, en donde 
cada clase de ciudadanos debia estudiar los deberes que tenia que 
ílcnar en la gerarqola social. Pero abora que no admitimos ya es- 
tas profesiones estériles de las que habla el autor, su clasificación 
mas () menos ingeniosa no ofrece ningún interés para la ciencia. 

Jja idea dominante déla escuela economista se descubre masen 
el opúsculo de Q'iesnay, reproducido bajo el título de Máximas ge- 
nerales del gobierno económico de un reino agrícola. Se descubren en 
«I jMas claramente las miras políticas de esta escuela que se ha acu- 
sado con alguna razón de una tendencia sistemática acia el gobier- 
no absoluto. Citaremos algunas de estas máximas, aisladas como 
están en la obra original bajo forma de aforismos. 

"Que la auloriilad soberana ."^ca riiiica, y superior á todos los indi- 
viduos de la sociedad y á todas las empresas injiislas de intereses par- 
ticulares; porque el objeto de la dominación y de la obediencia es la 
seguridad de todos, y el interés lícito de fodo.s. El sisleiua de fuereas 
opuestas en un gobierno es una opinión funcsha que no deja percibir 
íino la discordia entre los grandes y la opresión en los pequeños. 

Que el soberano y la naciou no pierdan jamas de vista, que la ticr- 



r.i es el único orígca de las riquezas, y que es la agríciillura quien las 
nialtiplica: pc)rí[iie el aumcufo de las riquezas asc^^ura el tle la polila- 
ciou: los lioajIíPes y las ri(|uezas liaceii prosperar la agricultura, es- 
tienden el doiaercio, animan la industria, acrccenlan y perpetúan las 
riquezas 

Que el impuesto no sea destructivo, por desproporcionndo á la masa 
de la renta de la nación; que su aumento guarde proporción con el de 
la i'enta, estableciéndose sobre los productos líquidos de ios bienes raí- 
ces y no sobre el salario de los liouibres, ni sobre los géneros, porque 
malliplicaria los gastos de ¡)ercepcion, perjudicaria al comercio y des- 
truiría anualmente una parte de las riquezas de la nación. Que no se 
tome tampoco sobre las riquezas de los arrendadores de Lienes raices, 
por que las anticipaciones de la agricultura de un reino deben ser con- 
sideradas como un inmueble que es preciso conservar preciosamente 
para la producción de la renta, y para la subsistencia de todas las cla- 
ses de ciudadanos: de uiro modo el impuesto degenera en espoliacion y 
causa un menoscabo que arruina prontamente un rslado. 

Que las tierras empicadas para el cultivo de los granos estén reu- 
nidas cuanto posible sea, en grandes porciones esploladas por ricos la- 
bradores; porque bay menos gastos para la conservación y re[>aracion de 
los editicios y en proporción mucho menos gasto y muclio mas produc- 
to limpio en las granJes empresas de agricultura , que en las pefiueñas. 
La multiplicidad de los perjuenos arrendadores es perjudicial á la po- 
blación. La población la mas asegurada la mas dis¡)onible para los di- 
ferentes trabajos que dividen los hombres en dilcrontcs clases de ella, 
es la que está onservatla por el producto limpio. Toilo ahorro hecho 
en beneí'icio suyo en los Irabajos que pueden ejecutarse por medio de 
animales, de máquinas, de rios, &c. redundan en ventaja de la pobla- 
ción y del Estado, porque mas productos limpios dan mas ganancia á 
los hombres en otros servicios ó en otros trabajos. 

Que se faciliten las salidas y los transportes de producciones de mer- 
cancías, y de manufacturas, por la reparación de los caminos, por la 
navegación de los canales, de los rios y de losm.aies; porque cuanto mas 
se ahorre en los gastos del comercio, mas se acrecienta la renta del 
territorio. 

Que no se disminuya la comodidad de las últimas clases de ciuda- 
danos porque no podrían contribuir bastante al consumo de los géne- 
ros que no pueden ser consumidos mas que en el pais, lo que serla dis- 
minuir la reproducción y la renta de la nación. 

Que los propietarios y aquellos que ejercen profesiones lucrativas no 
se entreguen á ahorros estériles que escluiriau de la circulación y de 



(279) 

la distribución de una poi'cion de sus rentas f\ de sus ganancias. 

Que no se alucine nadie con la ventaja apárenle del comercio con- 
el estrangero, juzgando simplemente por la balanza de las cantidades en 
dinero sin examinar la mayor ó menor ganancia que resulta de las mer- 
cancías mismas que se han vendido ó de las que se lian com¡)rado. Por- 
que frecuenU'íiienle la pérdida para la nación que recibe un esceso en 
dinero, y esta pérdida es en perjuicio de la distribución y de la repro- 
ducción de las rentas. 

Que se mantenga la entera libertad del comercio porque la mejor 
policía del comercio interior y esterior, la mas segura, la mas exacta, 
la mas provechusa á la nación y al Estado, consiste en la plena liber- 
tad de la concurrencia. 

Que el gobierno se ocupe menos en el cuidado de aborrar que en 
las operaciones necesarias para la prosperidad del reino porque muy 
grandes gastos pueden dejar de ser escesivos, por el aumento de las ri- 
quezas. Pero es preciso no confundir los abusos con los simijlc"! gastos» 
porque los abusos podrían tragar toiias las riquezas de la nación y del 
soberano.. 

Que no se esperen recursos para las necesidades estraordinarias de 
un Estado sino de la prosperidad de la nación y no del crédito de los 
rentistas, purcjur las lorlunas pecuniarias son riquezas clandestinas que 
no conocen rey ni patria.. 

Que el Estado evite empréstitos que forman censos perpetuos, que 
le agovian con deudas decoradoras y que ocasionan un agio de reutas 
por 'a interposición de papeles comerciables cuyo descuento aumneta 
mas y mas las foitun.is pecuniarias estériles. Estas fortunas separan la 
moneda de la agricultura y privan á los campos de las riquezas necesa- 
rias para la mejora de los bienes raices y para la esplotacion ó la cul- 
tura de las tierras." 

Las máximas que se acaban áe leer pertenecen sobre todo, co- 
mo se ha podido ver, al orden político. El autor no parece preocu- 
pado sino, mas que de los impuestos, de la población, de los em- 
préstitos, de los gastos públicos. Esto es porque en efecto los econo- 
mistas, miraban la ciencia con diferente modo que nosotros y casi 
esclusivamenle en sus relaciones con la administración y el go- 
bierno. Su objeto era fundar la teoría social ) sujetar todas las in- 
teligencias al yugí) de una autoridad tutelar, muy prtixima del des- 
potismo. Kilos querían desde Iuep;o sentar sobre Lases indestruc- 
tibles la propied.id territorial que les parecía la primera de todas, 
pero no respetaban menos la propiedad personal, y no admitían de- 
beres sin derechos, ni servicios sin compensación. El Ínteres del 



soSor.inf) era mf'iraltnente SP£^'in ellos lo mismo que el del pucMo: 
nn rey no era mas que un [^adic <k' familia. Se regocijaban en pin- 
tar á Luis XV animamlo la agricultura con su presencia y espar- 
cicnJo á su paso la abundancia y la paz. Mcrcicr de la Tuviere en 
su ortkn natural y esencial se aventura hasta escribir: "Es física- 
mente Imposible que pueda subsistir mas gobierno que el de uno 
solo. ¿Quien es el que no ve, el que no conoce que el hombre está 
forma;!;) pira ser í^obcrnado por una autoridad dospóiica? Por solo 
el hecho de quiícl hombre está destinado á vivir en sociedad, est.í 
destinado á vivir bajo el despotismo. Esta forma de gobierno es la 
sola que puede procurar á la sociedad su mejor estar posible." 

El abate Baudeau, unode los inte'r[)reles mas hábilesde la nue- 
va escuela abundaba en las opiniones de Mcrcier de la Ri\icr<;: 
Pensaba como e'l que era mas fácil persuadir á un príncipe que á 
una nación y que el triunfo de los vcrrladcros prhicijt'os seria mas 
bien asegurado por el poder soberano de uii solo hoitibre, que por 
la convicción difícil de obtener de IHtlo un pueblo. La casualidad 
quiso que ellos encontrasen entre sus contemporáneos mas de uno 
de estos príncipes reformadores: la en)[)eratri.'. Catalina, en Rusia 
el emperador José' lí en Austria, el gran duque de Toscana, el 
aran duque de Badén. Form-íbase insensiblemente en Francia un 
plantel de hombres de estado imbuidos de sus ma'ximas, Mr. de 
Gournay , Mr. de Tradayne, Mr. de Malesherbes, Mr. de Argenson 
V el ilustre Turgot que reasumía las virtudes y los talentos de to- 
dos. Hombres honrados no adopln.han sin reserva las doctrinas pa- 
triarcales de Mercier de !a Riviere: pero hacian })cnctrar poco á 
poco en el gobierno las máximas de tolerancia de la escuela econo- 
mista y preludiaban brillantes ensayos en algunas provincias, sea 
como intendentes, sea como ministros, de las reformas ejecutadas 
después por la revolución francesa. Los abusos de las corporacio- 
nes "remiales, de las aduanas, de las servidumbres, de las me- 
didas fiscales, eran señalados por ellos con una perseverancia in- 
fali"'able: y en su ardor de conquistas científicas promovían de 
paso las mas altas cuestiones sociales. Sus errores mismos eran 
útiles y sus presentimientos los mas vagos parecen siempre tener 
algo de profetico. "Moderad vuestro entusiasmo esclamaba Mer- 
cier de la Riviere, ciegos admiradores de los falsos productos de 
la industria ! Antes de esclaraar milagro , abrid los ojos y ved 



caanlos hay pobres , ó á lo menos empeñados de estos mismos 
obreros qae tienen el arle de cambiar veinte sueldos en un ralor 
de mil escudos; ¿en beneficio de quien pasa pues esta multipli- 
cación enorme de valores ? ¿Pues qué aquellos por cuyas manos 
pasa esta multiplicación no conocen la comodidad ? ¡ Ah¡ desconfiad 
de este contraste!" Mercier no atribuia sin duda las miserias de 
la industria sino al apuro de la agricultura y á la insuficiencia del 
producto limpio 1 pero aunque se engañase sobre las causas, seña- 
laba muy bien los efectos: y el contraste del que recomendaba 
desconfiar, encerraba el problema que en la e'poca actual no se ha 
conseguido resolver. Adán Smith no ha escrito nada mas claro ni 
mas vigoroso que estas hermosas demostraciones de los economis- 
tas en favor de la libertad del comercio. Las ideas de fraternidad 
general entre las naciones , tan populares en nuestros dias, fueron 
desenvueltas por Mercier de la R.iviere con un lenguage insinuan- 
te y con tal fuerza de razón que nada puede añadirse. Hay tam- 
bién motivos para creer que este escritor notable hubiera podero- 
samente ayudado á los gobiernos para hallar la mejor base de im- 
puestos, sino le hubiera dominado la doctrina del producto neto 
y de las clases reputadas este'riles. "El impuesto, decia , es una 
porción de la renta neta de la nación, aplicada á las necesidades 
de su gobierno: puesto que lo que no es mas que una porción del 
producto neto no puede ser tomado sino sobre este producto, no 
se puede pedir el impuesto mas que á aquellos que se hallen po- 
seedores de la totalidad de los productos netos, de los que el im- 
puesto hace parte" En consecuencia, \os economistas conslácrd,- 
ban como arbitrario c' injusto todo impuesto personal, y envolvían 
en una reprobación común á todas las contribuciones indirectas. 
j Qué dirian si viesen en nuestros dias estas contribuciones producir 
en Inglaterra cerca de cien millones y en Francia mas de quinientos! 
Este error fundamental que vino á ser mas tarde la base de 
las doctrinas rentísticas de la asamblea constituyente, á pesar de 
los esfuerzos de Roederer y de algunos de sus colegas, era el re- 
resultado de una falsa valuación de los principios de la riqueza. 
La teoría de los valores, creada después por Adán Smith, hubiera 
enseñado á los economistas que el trabajo es como la tierra un ori- 
gen do riquezas y que ellos hablan cometido el error de no asimi- 
lar la multiplicación material procedente de un grano de trigo 

3G 



(282) 

confiado á la tierra, con la multiplicación Je los valores prodocl- 
dosporlos procedimientos déla industria y del comercio. Esta des- 
graciada doctrina del producto neto les alucinó sobre una infini- 
dad de verdades que hubieran deducido de la observación de los 
hechos si hubiesen seguido el me'iodo severo de los escritores que 
los han sucedido. Pero en su ñxlsa rula no hicieron pocos descu- 
brimientos admirables asi como los alquimistas hallaron tantas 
sustancias útiles buscando la piedra filosofal. Les debemos tam- 
bién los trabajos de los hombres posteriores que les han sobrepu- 
jado, y nadie duda hoy día que el mismo Adán Smiih que residió 
algún tiempo en Francia y vivió en la Intimidad de les economi's' 
ios no les iiaya tomado sus primeros conocimientos. No habla de 
sus escritos sino con respeto, y se proponía dedicar su grande obra 
sobre la Riqueza de las naciones á Qaesnay, si este economista hu- 
biese vivido en el momento en que la publicó. 

Frecuentemente se ha acusado á los economistas de una ten- 
dencia revolucionaria, al ver la intimidad que reinaba entre es'os 
sabios y los filósofias enciclopedistas. No es preciso olvidar, sin em- 
bargo, que Voltaire ridiculizó cruelmente sus doctrinas sobre im- 
puestos en El hombre de los cuarcnía escudos, y que Montesquiea 
respondió á sus manifiestos en favor de lajlibertad del comercio en 
un capítulo intitulado: A que naclvnes es desventajoso hacer el co" 
mercio. Lo cierto es que la escuela economista no ha contribuido me- 
nos que la escuela filosófica á la reforma del orden social enropeo* 
Enlanto que los filósofos atacaban con ardor los abusos de toda 
clase, sin mirar en la elección de las armas, los economistas se 
contentaban con señalar con una calma enteramente magistral 
.sus inconvenientes esenciales. Guardaban una reserva digna y aus» 
tcra en medio del fuego graneado de los epigramas ó de las filípi- 
cas con que la enciclopedia perseguía lo pasado, y vivían en bue- 
na armonía con la corte sin ser coitesanos, y con los filósofos sin 
erigirle en censores. Su gravedad im parcial hacia les respetasen lo- 
dos los partidos, y Luis XV mismo llamaba su meditador á Ques- 
nay (i) que vivía en Versalles en el palacio del rey que había lle- 
gado á s&v el punto de cita de los reformadores mas atrevidos. "En 
tanto que las tempestades se formaban y se disipaban debajo de 
la habitación de Quesnay, dice Marmontel en sus memorias, él 

(I) Le dio npr armas tres pcuMmUatos y ei lema ipropter excogUatioaes mentif.e 



garrapateaba sus axiomas y sus cálculos de economía rustica, tan 
tranquilo, tan indiferente á aquellos movimientos de la corte, co- 
mo si cstuuiese á cien leguas de distancia" No se mezcló jamas 
CQ ninguna intriga y murió á la edad de ochenta años dejanlo un 
nombre venerado en toda Europa, que no comprendía la eslen- 
sion de sus doctrinas. Qaesnay escribía poco y de un modo sen- 
tencioso y obscuro. Arrojaba sus ideas á sus secuaces á modo de 
oráculo sin parecer darlas importancia y como para darles en que 
pensar. Pero sus fórmulas eran recogidas con ansia y desenvueltas 
por sus numerosos seguidores. Es de su seno de donde ha salido 
la seíial de todas las reformas sociales ejecutadas ó intentadas en 
Europa de ochenta años acá y se podría decir que escoplo en 
algunas máximas, la revolución francesa no han siuo mas que su 
teoría puesta en acción. 

En efecto, se presentan con las ventajas de una falange com- 
pacta, con una misma bandera. Tienen un grito de reunión co- 
mún, una doctrina común , y aquel lenguagc dogmático que ejer- 
ce siempre sobre el vulgo una inuuencla poderosa. Sus princi- 
pios son por todas partes proclamados en los mismos lérminos, 
con la misma precisión matemáilca, y Ouesnay no se desdeña en 
recurrir á combinaciones especiales de cifras para justificar sus 
aforismos. Tres páginas bastan para reasumir la ciencia miei>a co- 
mo ellos la llamaban, y no obstante Mlrabeau el padre la espla- 
na en dos enormes volúmenes en 4.® Lo esencial era que penetra- 
se por todas partes: según ellos, era tan indispensable ál rey como 
al mas modesto ciudadano: y la esparcieron en fjcma de pintu- 
ras, de instrucciones, de diálogos, de tratados, de cartas, y de ar- 
tículos perlvódlcos. Las efe-méridas del ciudadano ^ el di arlo de agri- 
cultura., el diario económico, la propagaron sin temor de la cen- 
sura ; tan conocidos eran los economistas por amigos del orden, has- 
ta el punto de sacrificarle la libertad. La condición del labrador 
hasta allí tan modesta y tan injustamente humillada, se eleva al 
rango de las mas honrosas profesiones. Se reclaman de todas par- 
tes las comunicaciones, y desde entonces comienza osa fiebre de 
caminos y canales que se estlende tan felizmente en nuestros dias. 
Los grandes caminos se multiplican como por encanto. En mu- 
chos puntos la servidumbre es abolida; el simple pastoreo es recha- 
:Aado; se pide la libertad del comercio de granos. Las campiñas 



(284) 
obtienen en fin una mirada de las ciudades , y la agricaltara sale 
del estado lánguido en que estaba padeciendo hacia muchos siglos. 
Sin embargo, no todos los economistas estaban perfectamente 
acordes sobre el sistema de Quesnay. Convcnian en las doctrinas 
pero diferian en las aplicaciones. Mr. de Gournay , hijo de nego- 
ciante y negociante también, fue el verdadero autor del famoso 
adagio: dejad hacer , y dejad pasar; el fue quien comenzó la guer- 
ra contra los monopolios y quien demostró la necesidad de abo- 
lir ante todo los derechos sobre las primeras materias. Quesnay, 
hijo de labrador, habia fijado mas particularmente sus miras en la 
agricultura: esto le condujo á sus ingeniosas hipótesis sobre la in- 
fluencia de la producción agrícola, con todas sus deduciones, sea 
en lo que toca al impuesto, sea con relación al trabajo. Pilr. de 
Malesherbes, el abate Morellet, Trudaine, el doctor Price , Mr. 
Josiah Tuckcr pertenecian al partido de Gournay: Le Trosne 
Saint-Pcravy , Mirabeau el padre, Dupont de Nemours seguían 
con preferencia las ideas absolutas de Quesnay. Mercicr de La Pvi- 
viere y el abate Baudeau , mas políticos y menos abstractos se in- 
clinaban acia la dominación del poder y querían investirle casi 
esclusivamente de la dirección del movimiento social. Turgot mar- 
chaba á parte, como discípulo de todos ellos y destinado á realizar 
sus ideas con aplicaciones prontas y decisivas. Era ecléctico y 
práctico, como filósofo y hombre de estado. Pero lo que distinguía 
sobre todo á esta generosa familia de amigos del género humano, 
era la probidad admirable de cada uno de sus miembros y su des- 
interés sincero en todas las cosas. No buscaban el brillo y la os- 
tentación. No atacaban ninguno de los poderes establecidos y no 
aspiraban á hacerse populares , aunque estaban animados de nna 
profunda simpatía por el pueblo (i). Eran verdaderos filántropos 
en la mas noble acepción de esta palabra. Sus libros están olvida- 
dos; pero sus doctrinas han germinado como una semilla fecun- 
da y los preceptos que enseñaron han dado vuelta al mundo, exi- 
mido la industria, restaurado la agricultura y preparado la liber- 
tad del comercio. Después de Quesnay viene Turgot ; después de 
Turgot, Adán Smith : la ciencia marchaba ya á paso agigantado» 

(1) Han merecido que se les aplicasen estos tres versos. 

Secta fuit servare modum , finenque tueri 
Naturam qiic sequi , yilam que impenderé vero^ 
Ftec; sibi sed teto genitos se credere mundo. 



(285) 
CAPITULO XXXIII. 

Del ministerio de Tiirgot."- Reformas que emprendió en el orden eco~ 
nómico. — Resistencias que encontró. '-Influencia que ejerció en la 
marcha de la Economía política. 

El minislerio de Turgot no fue mas que la doctrina de los 
economistas puesta en acción. Era la primera vez que la ciencia 
tenia la felicidad de encontrar un ministro dispuesto á realizar 
todas sus concepciones y todos sus esperimentos. Turgot se entre- 
gó á ello con el celo de un neófito, y la perseverancia concienzu- 
da de un magistrado. El mas ilustre de sus predecesores, Colbert, 
habia osado mucho menos, aun con el apoyo de una voluntad co- 
mo la de Luis XIV: es pues un espectáculo interesante ver á Tur- 
got luchando con todas las preocupaciones económicas de los an 
tiguos tiempos que queria desarraigar de un solo golpe. Las con- 
secuencias de esta tentativa heroica merecen ser meditadas con 
igual cuidado por los pueblos y por los gobiernos, porque fue pre- 
ciso nada menos que una revolución para asegurar su éxito. 

Turgot era discípulo délos economistas y partidario de sus doc- 
trinas, principalmente en todo lo que concernia á la libertad del 
comercio de granos y al impuesto territorial. Sus obras encierran 
una multitud de artículos en los que se muestra defensor de las 
máximas fundamentales del sistema de Quesnay. No lo era sin 
embargo sin condiciones, y su csperiencia administrativa le habia 
hecho conocer mas de una vez cuantos miramientos es preciso em- 
plear aun para la ejecución de las mejoras mas indispensables- 
Pero las resistencias encarnizadas que encontró irritaron su pro- 
bidad y no le permitieron siempre guardar la mesura convenien- 
te en medio del conflicto de opiniones. Muy á los principios le 
conmovió el estado deplorable de la gente del campo agoviada ba- 
jo el peso de los diezmos, de las gabelas, de las exacciones de to- 
da especie. En las ciudades, la miseria de las clases manufactureras 
no lastimó menos su alma , y el régimen gremial , este régimen tan 
contrario al respeto de la propiedad personal, cscitó en el mas al- 
to grado su desaprobación. Asi apenas llegó al poder se puso á la 
obra con la precipitación de un hombre que teme no durar en él y 



que qalcrc al menos hacer todo el Lien posible al paso. Los edictos 
de reforma se suceden uno tras otro, poniéndolos dilatados preáru- 
Lulos, quizás para no parecer tímido y mas parecidos a diserla- 
tiones científicas que á edictos de la autoridad. 

¡Pero cuántas resistencias tubo que vencer, cuantas preocapa- 
clones que combatir y cuantas cjaliciones que desbaratar ! Turgot lo 
venció todo: nojles, rentistas, mayorazgos, sacerdotes, letrados, 
laouopolislas, á lodos quiso sujetar al yugo de sus reformas, y pa- 
recía no desesperar de nada. "il/¿ alrei'o á asegurar, decía al rey, 
c/ue en diez arios la nación no será conocida (i)-" Conforme con los 
liábitos de los economistas dirigió desde luego sus miradas acia los 
campos y creyó deber atacar la absurda legislación que prohibía la 
esportation de granos, persuadido que el mejor medio de evitar la 
r.areslia era la libre circulación de las cosechas. Fue sin embargo 
de este lado de donde le vinieron las resistencias mas vivas y las 
dificultades mas intrincadas. La casualidad quiso que la emanci- 
pación del comercio de granos coincidiese con un ailo de carcsíia 
y el pueblo acostumbrado á \igilar sus abastos como un depósito 
sagrado, se irritó en muchos puntos contra las esportaciones que 
parecían amenazarle con el hambre. Estas esportaciones no eran 
en modo alguno mas que interiores , pues ellas no tenían lugar si- 
no de provincia en provincia y no podían privar á la Francia de 
la posesión de sus trigos; antes bien Turgot habia fomentado las 
introducciones de granos cstrangeros: </ pero que podian estos au- 
mentos contra el pavor y contra la calumnia ? ¿ Y qué se podía es- 
perar de la multitud, cuando escritores como el abate Galíani y 
el mismo Necker descendían á la arena para sostener las mas dis- 
paratadas preocupaciones? Exasperado Turgot tomó un partido vio- 
lento, éhizo marchar tropas contra las bandas amotinadas que cu- 
brían las campiñas, deteniendo los trasportes y robando los granos- 
Tal fue el resaltado de la primera tentativa de reforma de es- 
te honrado ministro de quien Luis XV, decía: "no hay mas que 
Targot y yo que amemos al pueblo." Quería poner el pan al al- 
cance de todas las bocas y era aborrecido como un enemigo pú- 
blico. Se le representaba como el protector de los monopolistas y 
el cómplice de los grandes propietarios. Se citaban algunos erróneos 
pasages de escritores economistas que habían sostenido la} ne- 

(1) Memoria al rey, en la colección de Dupoat de ISemours. tomo VI!. 



necesidad de un precio sabido para el trigo, á fin de aumentar el ;?ro- 
ducto limpio de la agricultura (i), y Turgot fue' acusado de redu- 
cir al hambre al pueblo para conseguir tan absurda utopia. No pu- 
do triunfar sino á fuerza de sesiones reglas de la oposición de los 
parlamentos. En P^uan el conicrcl» de trigos cslaba en manos de 
un gremio de cíenlo doce mercaderes. Ellos solos podían comprar 
y vender granos en esla ciudad. Una cofradía de nóvenla gana-pa- 
nes gozaba bajo sus órdenes del derecho esclusivo de transportar 
los sacos: otra asociación tenia el privilegio de moler el trigo para 
el consumo de los habitantes. Todo era monopolio, abuso y tira- 
nta. Aquies donde Turgot quería dar con el hacha; pero cada gol" 
pe (|ue trataba dar recala sobre el mismo. Al leer los largos pre- 
ámbulos de todos los edictos que publico no sabe uno de que ad- 
mirarse mas si de la paciencia de los hombres que soportaron las 
exacciones que señalamos aquí, ó si de la locura de los que que- 
rían impedir á este gran ministro poner termino á ellas. Encon- 
tró las mismas resistencias cuando después de haber emancipado 
el comercio de granos, intentó reprimir los abusos que ponían tra- 
bas al de los vinos. Acostumbrados como estamos desde la asam- 
blea constituyente á la igualdad de los ciudadanos y délos depar- 
tamentos ante la ley, tenemos dificultad en comprender hoy díalos 
gritos de furor con que recibieron, sobre todo en el Mediodía, la re- 
forma de los privilegios de localidad , tan numerosos en materia 
de vino.?. ¿Pues que' diremos do la lucha que comenzó con moti- 
vo de la supresión de las gavelas^entre el guarda-sellos Mi- 
romesnll y Turgot? 

Es preciso ver en la colección de obras de este último con que 
numen de estilo y de razón hacia saltar el rigor de un sistema que 
imponía á la clase mas desgraciada y mas pobre el peso de la cons- 
trucción y conservación de los caminos (2). ¿Y cuánto no habría 
ya tenido que combatir para conseguir que se hiciesen estos mis- 
mos caminos? Ignoramos demasiado en Francia que es al sistema 
economista, al sistema agrícola, á quien debemos la idea delaspri- 

(1) Qupsn.iy tial)i.i dicho en sus m.WiiiiMS generales : "No se crea que la b.inlura (!<» 
lo» comestibles es vent.ijosa al pueblo bajo: escasez y carislia es miseria ; alnuiilancia 
y carestía es ojiulfncia.n 

Pero ,• romo (oncíli.-tr la carestia con la abundancia? 

(2) Facilítense las salidas y trasportosde las producciones y mcrcancia.s por la repu- 
tación y construcción de caminos . y la naveg.icion de canal.» , rios v mares- pues 
cuanto mas se ahorre en los gastos de comercio mas creo: la renta de la lierr. 
^Mr. W. de (.ol. Cap. XVll^. 



(288) 
meras grandes commlicaciones que ahora tenemos, y á Turgol sa 
ejecución. Cuando se trato de repartir las cargas entre las di- 
versas clases de ciudadanos, Turgot, fielá su divisa, tomó la defensa 
de los pobres: Mr. de Miromesnil se enternecia sobre la suerte de 
los mas ricos. He aqui un retazo de su diálogo, escrito por el pri- 
mero bajo forma de observaciones, por el segundo bajo el título de 
respuestas. Senúmos no citar mas que un fragmento; pero este frag- 
mento pertenece á la historia de la ciencia 

E¿ Guardasellos, "hos propietarios que parecen á primera vis- 
ta formar la porción de los subditos del rey la mas dichosa y opu- 
lenta, es también la que soporta las mas fuer I es cargas, y que por 
la necesidad en que está de emplear á los hombres que no tienen 
mas que sus brazos para subsistir, les suministra los medios." 

Turgot'. De que el propietario se resienta de la ruina de sa 
arrendador no se sigue que este arrendador no sea aun mas des- 
graciado que su mismo dueño. Cuando un caballo de posta cae abru- 
mado de fatiga, el ginete cae también, pero el caballo es aun mas 
digno de lástima. Los propietarios hacen vivir con su gasto á los 
hombres que no tienen mas que sus brazos; pero los propietarios 
gozan por su dinero de todas las comodidades de la vida. El jornalero 
trabaja y compra á fuerza de sudor la mas mezquina subsistencia. 
Pero cuando se le fuerza á trabajar por nada, se le quita también el 
recurso de subsistir de su trabajo con el gasto del rico." 

El guardasellos: "Los propietarios no se aprovechan solos déla 
ventaja de los grandes caminos bien conservados. Los viageros, los 
carreteros y también los labradores que van á pie se aprovechan 
igualmente de ellos: los viageros andan mas camino en menos tiem- 
po y con menos gasto y los carreteros fatigan menos sus caballe- 
rías y gastan menos sus carruages: el simple labrador que va á pie 
anda mas fácilmente en un buen camino que en uno malo. De aqui 
resulta que el beneficio de los grandes caminos se estienden pro- 
porción al mente á todos los subditos del rey." 

Turgot : "Los viageros ganan por los buenos caminos el ir mas 
ligeros. La hermosura de los caminos atrae los viageros, multipli- 
ca sa número, y estos viageros gastan dinero, consumen los géne- 
ros del pais, loque resulta siempre en ventaja de los propietarios. 
En cuanto á los carreteros sus gastos de carruage son pagados me- 
nos caro á proporción de que están menos tiempo en camino y eco- 



nomizan mas sus cafrnages y sus caballos. De esla disminución de 
gastos de carruage resáltala facilidad de trasportar los géneros mas 
lejos y venderlos mt.-jor. Asi toda la ventaja es para el propietario 
de tierras que vende me]or su género. Con respecto á los labrado- 
res qae van á pie, el señor guardasellos me permitirá creer que 
el gasto de andar por un camino que está bien empedrado, no 
les compensa el trabajo que han tenido en construirle sin salario." 
En este cambio mutuo de argumentos, el guarda- sellos y 
Targot aprecian incompletamente uno y otro los verdaderos efec- 
tos de la mejora de los caminos. Hablan ambos cómodos hombres 
cstrañosá lasaña teoría de la riqueza: ¡pero qué diferente lengua- 
ge en lo que concierne á los intereses de las clases laboriosas! ¡Que 
viva simpatía rnTurgot! ¡Que fria indiferencia en el otro! Heaqui 
sin embargo lo que habian producido ya las lecciones de \os econo- 
mistas y á que terreno se habian llevado las cuestiones de Econo- 
mía política. Turgot las mantuvo en él todo el tiempo de su mi- 
nisterio y prosiguió invariablemente una á una y por decirlo asi, 
como un programa resuelto de antemano, la solución de todas las 
que suscitó la escuela de Quesnay. Después del edicto de supresión 
de gabelas, vino el famoso edicto de febrero de 1776, la obra maes- 
tra de Turgot, la carta de manumisión de las clases obreras. El 
historiador no tiene hoy dia mas que saludar el recuerdo de esta 
grande resolución, casi inmediatamente seguida de la vuelta del 
monopolio y de los privilegios (i): pero triunfante algunos anos 
después con ayuda de una revolución. La abolieion de los gremios 
fue grande y hermosa medida: ¡pero cuánto no la realzó con los 
términos de su preámbulo memorable, el mas noble quizas que la 
administración ha tomado de la ciencia! 

"Al dar Dios al hombre necesidades, decía el preámbulo, 
al hacerle necesario recurrir al trabajo, ha hecho del derecho dé 
trabajar la propiedad de todo hombre, y esta propiedad es la pri^ 
mera, la mas sagrada, y la mas imprescrlptihlc de todas. Que- 
remos en consecuencia de esto anular instituciones arbitrarias, 
que no permiten al inligcnte vivir de su trabajo: que eslin- 
guen la emulación y la industria y hacen indliles los talentos de 
aquellos que las circunstancias escluycn de la entrada en un gre- 
mio: que sobrecargan á la industria con un im puesto enorme, one- 
(l) ti eaicto de 1776 fue. revocado tres meses después de »u proiuulj;aci^i " 

3; 



(290) 

roso á los subditos, sín ningún fruto para el estado; que en fin 
por la facilidad que dan á los individuos de un gremio de coligarse 
entre si, y forzar á los individuos mas pobres á sufrir la ley da 
los mas ricos, vienen á ser un instrumento de monopolio y favo- 
recen maniobras cuyo efecto es subir sobre su proporción natural 
los géneros mas necesarios a la subsistencia del pueblo. "Todo el 
resto está escrito con este estilo respetable y severo que no perdo- 
na ningún abuso y que los marca lodos á la faz de los hombres 
admirados de la larga opresión de sus padres y del absurdo de tan- 
tas vejaciones inútiles. Lo que hemos dicho mas atrás ( 1 ) coo 
respecto á esto no nos permite profundizar mas esta cuestión ya 
resuelta y cuya solución ha obtenido en el mas alto grado la san- 
ción de la esperiencia y del tiempo. 

Después de haber libertado al labrador de la servidumbre y al 
obrero de la maestría, Turgot quiso arrancar al comercio de ma- 
nos de la usura: y entabló esta reforma con la sublimidad de miras 
quedistinguia su carácter. Publicó en 1 769 una memoria estremada- 
raente notable sobre los [¡restamos de dinero en donde se hallaban 
señalados los vicios esenciales de la legislación restrictiva déla cuo- 
ta del interés, tan victoriosamente refutada después por Jeremias 
Beotham: quiso hacer mas, y para acabar la obra que también había 
comenzado facilitó el establecimiento de una caja de descuento que 
debia neutralizar por el bajo precio del interés, las pretensiones 
esageradas de los capitalistas. Le vino también á la imaginación 
dar publicidad á las hipotecas de modo que hubiese sido imposible, 
decía, que los propietarios de tierras no pagasen sus deudas: y la 
seguridad del crédito hubiera hecho bajar el inte'res del dinero. 
Fuese injusto ó razonable esperarlo, no se podra menos de alabar 
la solicitud con que pensó en todas las reformas que podían favo- 
recer el trabajo y la producion en nuestro país. 

Restábale á Turgot una gran prueba que sufrir; la de la re- 
forma de impuestos: y es en esta ocasión cuando las opiniones er- 
róneas de los economistas acabaron por causarle funestas equivo-» 
caciones. La doctrina absoluta del producto limpio podía en efecto, 
ser muy inocente en tanto que no saliera del círculo estrecho délas 
absíraciones : pero había mucho peligro en destruir enteramente 
todo el sistema fiscal de la Francia, para que triunfase una sim- 

(1) V. el cap. XtX de esta obra coa&agrada á las iiistitucioaes de Saa Luií. 



(^90 
pie teoría. Turgolpreocupadoconlaidea deán alivio general déla» 

ciases pobres y de la necesidad de emancipar todas las indaslriasi, 
«e persuadió que reduciendo todas las cuotas á un impuesto terri- 
torial único, conseguirla solamente el /?roí/uc/o íntegro, es decir 
las creaciones anuales del trabajo natural de la tierra. Su plañera 
consagrar una parle de el á las contribuciones y dejar la otra en ma- 
nos de los propietarios, distribuidores natos de los salarios, según 
Quesnay. Pero los propietarios se asustaron justamente de un cs«r> 
perimento que atacaba sus rentas en su origen, y que atacaba su» 
propiedades llegadas á ser el punto de mira do todas las cuotas. 
El proyecto dcTurgot era por otra parte inlcuoeu el sentido deque 
las riquezas reales creadas por los trabajadores , y otros que na 
eran agricultores estaban csentasdel impuesto como si no fue- 
ran riquezas, aunque lo eran verdaderamente. Se hacia también 
soportar á los propietarios de tierras las consecuencias fiscales de, 
un error de doctrina y se les arruinaba con la mejor fe del mundo 
proclamándoles productores por escelencia. Fue una gran desgraciai 
para la ciencia que Turgot tubicse tanta precipitación en aplicar- 
una teoria tan arriesgada y tan radicalmente falsa como sisuesac- 
titud estubiese sido demostrada con rigor matemático. Y aun en 
este caso, lo existente imponía grandes miramientos aun hombre 
de estado. Cualquiera que fuese el fervor de sus creencias, nodebia 
proceder á semejantes reformas con la rapidez de un sectario, si- 
no con la prudencia de un legislador. Su error, cometido también 
por la asamblea constituyente, ha precipitado á la Francia en un 
abismo de males, privando al gobierno durante muchos anos de re- 
cursos inmensos que hubiera hallado en los impuestos indirec- 
tos , cuyo principio descansa sobre la producion de la riqueza in-p¡ 
mo'üilíaria, como el impuesto territorial sobre la producion de 
la riqueza agrícola. 

Turgot no quería de ningún modo emprc'slitos, y su caja de 
descuento no era una preparación para la reconstitución de ,un 
gran crc'díto público. Ija escuela cconomlsla negaba la induencia 
del crédito público sobre la prosperidad pública. Ella no admitía, 
que se pudiese anticipar nada aun por motivos de utilidad sobre 
la renta anual del estado y por que habia despertado la edad de 
oro, no suponía hubiesen ¡.itnis pasado diasdlficilos. Fsla confian- 
za filosófica es la que había animado á Turgot cnando hizo supri- 



niir las corporaciones. El estaba lejos de pensar que csle grarifle 
acto de emancipación, tan recomendable por otra parte, seria- 
seguido de complicaciones formidables cuya solución exigiría al- 
gún dia un genio mas atrevido ya que no mas leal que el suyo. 
¡•'Pero qué dichoso se crcia al dar la libertad del trabajo á esta 
multitud de aprendices y oficiales clavados al terrazgo del obra- 
dor! Presagiaba tan brillantes destinos á la nación francesa pue- 
sta en posesión de tantas fuerzas vivas! Quien le hubiese dichos 
que después demedio siglo, la concurrencia de los trabajadores 
enjendraria la baja de los salarios, la mendiguez , y todas las mi- 
serias que manchan el brillo de nuestra civilización! Marchaba á 
paso tan firme en prosecución de vanas utopias como en la refor- 
ma de los abusos, y el espíritu mas fuerte se asonabra de ver cuan- 
to emprendió con solas las fuerzas de ministro, en un tiempo en 
que los ministros tenian pocas. Habia proyectado la supresión de 
los monasterios: la igual repartición de los impuestos: un solo cd- 
digo civil para todo el reino: la unidad de pesos y medidas: un nue- 
vo régimen para la instracion pública: el establecimiento del catas- 
tro, sin hablar de una multitud de medidas subalternas que atesti- 
guan la solicitud del administrador , tanto como las luces del sabio. 
«Obraba, diceSenec de Meilhan, como un cirujano que opera en los 
cadáveres, y no pensaba queoperaba en seres sensibles: no veia mas 
qUe lascosas y no se ocupaba mucho de las personas. Esta apírent* 
dureza nacia de la pureza de su almaqua lepinlaba á los hombres 
d como animados de igual deseo del bien público que él, ó como 
malvados que no merecian ningún miramiento.** 
" Asi por todas partes, los proyectos de Turgot encontraban 
ana resistencia obstinada. Mucha nacia de la corte; pero mucha 
mas de los hombres. La mayor parte era Injusta y vergonzosa , por- 
que era dictada por el interés privado, (i) pero también parece 
por él contrario haber sido fundada en algo porque el ministro re- 
fórmador no tenia bastante cuenta con loexistcnte. El primer ger- 
men de oposición vino de los Parlamentos que muchas gentes se 
han habituado á considerar como los defensores de todas las ideas 
del progreso, y que hicieron a Turgot la guerra mas encarnizada 

(1) Entre las creapiones útiles que «sellaron coa todo gMutlps disgustos es.|irPciso 
cil.Tr la* |n-Í!nepas ni'jnsagerias públicas cuya coiiciirri'ucia perjuJicaíja á los anticuo» 
catruageios. Fra mi siírvicio iünjeiiso ¡tara toda clase de ciudadanos pero no ¡>ur <:si> 
dfjú Üe »cr crilicado el luiabtro «jue le hacia. 



C^93) ...... 

que sufrió. No- se podra honrar demasiado á esle ministro, veraa- 

deramente virtuoso, por el valor con que perseveró en la larga lu- 
cha de su carrera parlamenlaria. Uno de sus amigos le afeó haber 
puesto demasiada pricipitaclon en sus reformas :« ¿ Como podéis 
hacerme esta reconvención? le respondió; cuando conocéis las ne- 
cesidades del pueblo, y sabéis que en mi fanvilia se muere de la 
gota á los cincuenta anos." Toda la esplicaeion de su conducta» 
está en estas palabras. Turgot no ha tenido mas culpa qoe la de 
querer demasiado pronto y á toila costa lo que le parccia útil á sa 
paisk Su amor de mejoras se cslendia á todo, á la poesía, ala edu- 
cación, á la astronomia : «queréis le decia undia el abate Morelict, 
hacer en física como en administración : estáis combatiendo con !a 
naturaleza que es mas fuerte que vos, y que no quiere que el hombre 
tenga la medida precisa de nada." Hasta su líhinK» suspiro, á 
pesar de las equivocaciones en que incurrió en su administración, 
perseveró en las doctrinas de los economistas con toda la energía 
de una convicción religiosa. Llegó su filantropía hasta querer que 
sus criados estubiesen tan bien alojados como él, é hizo á este efec- 
to gastos considerables en su casa; 

Turgot ha dejado una multitud de escritos queha recojido con 
cuidado Mr. Dapontde Nemours (i). Los adm.inistradores de lo- 
dos los tiempos y de todos los países, hallarán datos útilísimos ea 
ellos, porque jamas esle ministro acometió una sola cuestión an- 
tes de haberla profundizado, y casi todos sus preámbutós de edic- 
tos son tratados completos déla materia-. Pero lo may interésame 
de sus obras es so. ir atado de- la formación y' de lá distribución dé 
las riquezas: y aunque sea todo cT tomado de lás'ídéas de los <?co- 
nóinistas se veían ya asomar los primeros síntomas de una disi- 
dencia que conduce á la teoría de Adán Smith. La división del 
trabajo, las verdaderas funciones de la moneda, los procedimien- 
tos del comercio están espucstos alli con una claridad y una con- 
cisión notable. Los mas sabios economistas del siglo XIX no han 
demostrado mejor la influencia de la cuota del ínteres sobre lodaa 
las empresas. "Se le puede mirar, dice Turgot, como una especie 
de nivel, sin d cual todo trabajo, todo cultivo, toda iadusiria, lo- 
do comercio cesan. Es como un mar esparcido sobre una vasla co- 

(i; Vm» coiccion se compone de nueve volúmenes que se publicaron <1« IS03 á 181 J 
Dupont la hice preceiler de una Y¡da lU Turgot que no vale UiU» como lu noticias >u * 
blicada iDleí per Coadorcet. ' 



marca: las cimas de las montanas se elevan sobre las agaas y for- 
man islas fc'rtilesy cultivadas. Si este mar llega á desaguarse,á me^ 
dida que desciende aparecen los terrenos en declive, después las 
llanuras y por último los valles, cubriéndose loJo de porduciones 
de toda clase. Basta que el agua suba ó baje un pie para inundar 
ó para volver al cultivo playas inmensas. La abundancia de I05 
capitales es la que anima todas las empresas y el bajo interés del 
dinero es á la vez, el efecto y el indicio de la abundancia de 
los capitales." 

E.I tratado de la formación y de la distribución de las rique- 
zas ha precedido nueve anos á la publicación de la obra de Adán 
Smitb y no ha dejada de ejercer iníluencia en las doctrinas del 
célebre economista escocés. Turgot pensaba como él sobre el prés- 
tamo á interés, sóbrela libertad del comercio, sobre la industria, 
sobre la influencia de las comunicaciones, sobre los elementos del 
precio de las cos^^s y sobre la formación de los capitales. 

Üs una verdadera gloria haber asi precedido en su carrera al 
mas grande escritor que ha honrado la ciencia y de poder ser 
considerado bajo tantos aspectos como su precursor: pero el mas 
incontestable servicioqoese debe á Turgot será siempre haber abier- 
to el campo de las espcjriencias á las primeras teorías que atrevi- 
damente fueron formadas en Economía po'itíca, y haberlas some- 
tido á la prueba de la práctica y de haber llamado á juzgarlas no 
solamente á los sabios, sino á los pueblos. Toda lalileratura de la 
última mitad del siglo XVlll lleva la seíjal de esta influencia. 
Montesquieu, D. Alembprt, Marmonlel, Gondorcet, Raynal, 
Condillac, J J. IV-oasseau, VoUaire mismo, hablan de Economía 
politica en sus escrito^'.lqs periódicos, las colecciones de todas cla- 
ses la consagran un Jugar notable desde este tiempo. Se empieza 
desde luego á comprender que hay una fisiologia del cuerpo social 
como la hay del cuerpo humanoy que existen leyes según las cua- 
les las naciones prosperan ó perecen como los individuos. La ciep- 
cia económica entró pues en los consejos del gobierno; ella no s.n- 
lió de el, desde ellos instante en que AdanSmith la imprimió el 
sello de SQ genio. 



( ^95) 
CAPITULO XXXIV. 

De las obras de Adán Smi'th y de su influencia en el progreso de I a 
Economía política — Diferencia de sus doctrinas y la de los eco- 
nomistas. — Esposicion de las creaciones que le son dMdas. — Sus 
lellas definiciones del sdXor^ del trabajo, de /occipitales, déla 
ríioneádí.-— Inmensas consecuencias de sus descubrimientos. 

El principal mérito de ios economistas fue el de suscitar las 
mas graves cuestiones de la Economía política, y eldeTurgot en- 
sayar su solución práctica , por medio del poder de la administra- 
ción. Se ha visto con que talento y con que virtuosa perseverancia 
estos ñiosofos se habían dedicado al culto de una ciencia que les 
parecía encerrar en su seno el destino del genero humano; pero no 
estaba reservado á ellos el honor de echar sus cimientos de un mo- 
do sólido y durable. No habían visto mas que á una luz sus ba- 
ses principales, y sus errores habían servido al menos para pro- 
vocar un examen profundo de las cuestiones que se habían visto 
en la imposibilidad de resolver. En lugar de proceder por el mé- 
todo esperimental, y por la observación de los hechos, habían pro- 
clamado como dogmas infalibles ciertas formulas que debían ser- 
virles para cspÜcar todos los fenómenos de la fisiología social 
Cuando se encontraba en su camino un argumento capaz de mo - 
dificar su creencia en estos dogmas, se esforzaban en asegurarle 
roas á su sistema por medio de hipótesis ingeniosas ó atrevidas y 
caían sin percibirlo en la sima de las utopias. Se ha visto que sa 
aforismo del /7rofi'í/c/o neto les había impedido reconocer la par- 
te inmensa que las manufacturas y el comercio toman en la pro- 
ducción de las riquezas , y que su teoría de la propiedad les habia 
conducido á la supresión de todos los impuestos indirectos. Ilabian 
tocado todas las cuestiones y no habían resuelto ninguna; pero ha- 
bían llamado sobre las materias mas arduas la atención de toda la 
Europa , y la Europa respondió á su llamamiento. 

Un filósofo escocés, de esta escuela de donde han salido tantos 
raciocinadores, enseSaba en Glasgow al mismo tiempo que los 
economistas en París los principios de la riqueza de las naciones. 
Era acia el año 1763 poco mas o menos en el momento en que 



Qacsnay paTilicaba su Cuadro econáinico y echaba los címicnlos de 
sa doctrina. Pero el pr'pfe^or de Glasgow se había habituado con 
tiempo a estudiar los hechos, á censurarlos y á buscar sus conse- 
cuencias; también fuá conducido á resultados bien dlíercntes de 
los obtenidos por los economistas. Las dos cscuelos no tubieron de 
común mas que el mismo amor del bien, la misma rectitud-, la 
roisma fiielidad escrupulosa á los intereses de la verdad. Respecto 
á lo que mira á la ciencia, el punto de partida siendo entera- 
mente dirorente, los resultados no podian ser los mismos, y 
bien pronto se manifestó el mas completo disenso. Los economistas 
no atribulan poder productivo maí que á la tierra: Adán Smith 
halló este pod-er en el trabajo y de esta idea luminosa hizo salir 
las consecuencias mas imprevistas y decisivas. Aqui comienza la, 
historia de la revolución producida por la publicación de sus ./«- 
dagaclones sobre la naturaleza y las causas de lariífiíeza de las na~ 
Clones que apareció por priiuera vez en 1776, es decir, 24. años 
después de la apertura de su curso. Bien pronto llegará un dia eii 
que esta publicación ce'lebre dará todos sus frutos, y su fecha me- 
morable será gravada en todos los corazones. Tratemos pues de 
imitar el método lógico y severo del grande escritor que fue su 
a-utor y hacer apreciar de una rápida ojeada la importancia de es- 
te buen trabajo para el porvenir de la civilización. 

Al buscar las causas de la riqueza délas naciones, Adán Smith 
reconoció que esta riqueza provenia no solamente do la fecundi- 
dad de su suelo, sino también del trabajo de sus habitantes. Era 
el trabajo el solo que podía hacer la tierra larga y regularmente pro- 
ductiva y es aun al trabajo al que la sociedad humana debe los pro- 
ductos de su camercio. Adán Smith reasumía su pensamiento di- 
ciendo que el trabajo anual de una nación era el origen primitivo 
de donde sacaba sus riquezas, es decir, los productos necesarios 
para su consumo ó aquellos por medio de los cuales se procuraba 
l&s producto? creados por las demás naciones. La riqueza consis- 
tía en el tv/Zor cambiable de las cosas y uno era tanto mas rico cuan- 
to poseía ó producía mas cosas puetubiesen este valor. Empero ¿có- 
mo se daba á las cosas un valor combiable? Sacando por el tral ajO 
una atilidad que ellas tio hubiesen tenido sin él. La rique/a po- 
día pues ser creada, aumentada, conservada, acumulada, destrui- 
da. Esta simple defmlcion destruía de un solo golpe la doctrina de 



Jos economistas y volvía á su lugar todas las profesiones laboriosas 
y honrosas que Qucsnay consideraba como tributarias y subordi- 
nadas á la propiedad territorial. ISinguno era rechazado del ban- 
quete de la vida: el trabajo tenia acceso por todas parles y dejaba 
de ser estéril: la esclavitud feudal mantenida por Quesnay en el 
nombre del propietario fue herida de muerte. El trabajo una vez 
reconocido como origen de toda riqueza, la economia , el ahorro 
vienen á ser el solo medio de acumular, es decir, de hacer ca/)i~ 
tales. Y aquí Adán Smilh se aprovechó con su alta inteligencia 
de los trabajos de sus predecesores. No limitaba los capitales como 
los partidarios del sistema mercantil, al oro y á la plata: pero 
comprendía en él las riquezas de toda clase acumuladas por el tra- 
bajo del hombre, sobre todo cuando eran empleadas en crearlas 
nuevas con ayuda de un trabajo nuevo. Al mismo tiempo hizo del 
trabajo el mas bello análisis que pueda salir de la pluma de nin- 
gún escritor. Este análisis sirve en algún modo di frontispicio á 
su inmortal obra y el autor ha desplegado en ella una claridad de 
dicción y una nobleza de Icnguage verdaderamente dignas de ad- 
miración. En ella es en donde han sido señalados por la primera 
vez los maravillosos efectos de la clií>ision. del trabajo frecuentemente 
previstos antes de Adán Smilh, pero en ninguna parte demostra- 
dos con la evidencia irresistible y la sencillez familiar que no de- 
jan lugar á duda ni á vacilación. Otros hubieran buscado sus ejem- 
plos en las obras maestras de la industria; Adán Smilh se apo- 
dera de un alfiler, describe sus diversas formas y hace ver como 
diez obreros paeden hacer cuarenta y ocho mil alfileres en un dia, 
en vez de cualrocienlos ó quinientos, es decir, cien veces menos 
que harian sin esta división. Después de este ejemplo modesto y 
concluyeme pasa revista á las ventajas del principio de la división 
del trabajo y las seíiala de un modo tan vivo y tan firme que na- 
die desde este momento ha pensado en contestarle. "Cada obrero, 
dice, tiene asi una gran cantidad de trabajo de que puede disoo- 
ner, y otra que aplica á sus propias necesidades; y como los de- 
mas obreros están lambitMi en el mismo caso puede cambiar una 
gran cantidad de mcrcancias fabricadas por el por una "rande 
cantidad de las de oíros, <) lo que es lo mismo por el precio de es- 
tas mercancías. Puede suministrar abundantemente á obreros co- 
•ai de que tengan necesidad y el puede igualmente acomodarse al 

38 



lado de ellos, de modo que se ve reinar cnlrc las diferenles clases 
de la sociedad una abundancia universal." 

Una vez analizada la división del trabajo, Adán Smilb debia 
esplicar por que combinaciones los productos del trabajo se cam- 
bian entre si por medio de la moneda. ¿Quien reglarla lo que se 
entiende por el precio de las cósase ¿Cuáles son los elementos de 
este precio? ¿Cuáles las funciones de la moneda? Cuestiones gra- 
ves que él ha resuelto con una superioridad y claridad incompa- 
rables. El es en efecto quien ha establecido el primero victoriosa- 
mente, la influencia de la oferta y del pedido sobre la alza y ba- 
ja de los precios, al mismo tiempo que espücaba las funciones de 
la moneda en la circulación de los productos. Las aplicaciones que 
ha hecho de suteoriaálos billetes de banco y al papel moneda son 
de la mayor importancia en la práctica y pueden ser considerados 
como una de las mas dliles conquistas de la ciencia. Imposible 
es en adelante escribir sobre el sistema monetario sin adoptar las 
bases que el ha fijado de un modo indeslruclible. Al mismo tiempo 
Adán Smilh manifestaba los misterios de la constilucion de los 
bancos y deducía también las consecuencias de su establecimiento, 
y los principios sobre que debían descansar para no ser funestos. 
Todo hombre deseoso de profundizar la ciencia del creMito deberá 
comenzar sus estudios por el análisis que el ilustre economista es— 
coce's ha hecho de los bancos de circulación y bancos de depósito. 
Son tratados completos que nunca estarán demás porque no con- 
tienen ni un claro ni una demasía. Pero es sobre todo en la per- 
fecta claridad de sus definiciones donde reside el principal me'rilo 
de Adán Smilh. Ellas están generalmente apoyadas en la obser- 
vación rigorosa de los hechos. Una vez fijados estos, deduce sus 
consecuencias con un me'todo que le es propio y qsie bastaría el 
solo para asegurarle un puesto elevado entre los mas bellos genios 
de los tiempos modernos. Se podrá juzgar de esto por la rápida 
esposicion de sus doctrinas. 

Como hemos visto, según el autor, la cualidad esencial que cons- 
tituye las riquezas y sin la que estas no merecerían esle nombre 
es sa \>alor cambiable. El valor cambiable difiere del valor en usoó 
de utilidades que con el primero se pueden adquirir muchas cosas, 
mientras el segundo, aunque útil , no podrá ser el objeto de un 
cambio. Nada hay mas útil que el agua ; pero con ella no se puede 



comprar casi nada. Un diamante al contrario, aunqae de poca uti- 
lidad, puede servir para comprar ana multitud de mercancías. La 
conexión que existe entre estos dos valores cambiables, espresado en 
un valor conveniente que es la moneda, se llama precio. El precio 
nominal de las cosas, difiere de su precio real que representa la 
cantidad de trabajo que han costado. El precio de las riquezas de- 
pende de las circunstancias accidentales qne hacen desviar el precio 
actual acorriente del precio natural. El precio se compone ordi- 
nariamente de tres elementos distintos: el salario del trabajo, el 
producto del empresario y la renta de la tierra que ha suministra- 
do la materia primera del trabajo. Después de haber establecido eoa 
un orden perfecto estos prolegómenos tan sencillos y tan ingenio- 
sos, Adán Smilh determina las leyes que establecen naturalmente 
la tasa de los salarios, y las circunstancias accidentales que le ha- 
cen salir momentáneamente de los límites de esta tasa natural. Exa- 
mina en seguida las leyes en virtud de las cuales se fija la tasa de 
los productos y las escepciones deestas leyes; después define la renta 
de la tierra que llamamos arriendo y los economistas producto neto. 
La riqueza ana vez creada, Adán Smilh la divide en dos par- 
tes: la que debe ser inmediata ó próximamente consumida y la 
que es empleada como capital para suministrar una renta. El ca- 
pital tsjijo 6 h'potecado caandj se le transfoj'ma en ana máquina 
con todos sus instrumentos de producción; y es circulante ó roda- 
dero cuando se sirven de él para pagar el salario de los obreros y 
para renovar la compra de las primeras materias. Las mejoras he- 
chas en la tierra forman parle del capital hipotecado; la moneda, 
los víveres pertenecen al capital circulante. El primero se trans- 
forma algunas veces en el segundo y este toma algunas veces á su 
vez un camino que le confunde con el primero. El dinero aparece 
como el instrumento de esta doble metamorfosis; pero los billetes, 
las promesas de pngnr le reemplazan frecuentemente y aun con ven- 
taja. Esla ventaja depende de las condiciones con las cuales se re- 
cibe y por consecuencia de la tasa del inlcrcs Adán Smith adopta 
con respecto á esto las teorías liberales de Turgot y demuestra coo 
argumentos irresistibles su incontestable equidad. 

El trabajo está al presente armado con loda clase de armas: 
está en posesión de los capitales: vamos, pues, á verlo prácticamen- 
te : nada es mas sencillo y admirable que el modo con que Adau 



Smiih esplica sas maravillas y hemos citado su ejemplo sacado de 
li fabricación de los alfileres. Pero sus numerosas revistas del 
cjircito de trabajadores ofrecen notables motivos de meditación. 
jCdmo ha dado cuenta naturalmente del progreso de las naciones, 
por el progreso de Xa di visión del trahajol \Cóix\o ha referido con fe- 
licidad á esta continuidad la necesidad de los cambios! ¡Como es- 
plica con e'xito el acrecentamiento de la riqueza, la perfección de 
los productos y su precio que se hace mas accesible cada día! Él 
es quien ha revelado el secreto de las máquinas^ estas poderosas mo- 
dificaciones del brazo del hombre, estas bienhechoras del gc'ncro 
tamaño que Sismondi, filántropo distinguido, cometióla injusticia 
de desconocer. Ninguno ha señalado mas hábilmente sus servicios 
variados, infinitos, durables, sin disimular sus inconvenientes pa- 
sageros. Al mismo tiempo x\dan Smiih ponia con claridad los lí- 
mites de su empleo, y demostraba que la estension del mercado 
dcbia ser el regulador habitual de la división del trabajo. Es por 
haber olvidado estas sabias doctrinas por lo que mas de un pueblo 
manufacturero ha visto estallar crisis formidables, resultado de las 
trabas de la. circulación y de las medidas restrictivas. Asi Adán 
Smitli arribaba á la libertad del comercio por un camino muy di- 
ferente del seguido por la escuela de Quesnay; pero era conducido 
por un avaluó mucho mas justo de los fenómenos de la producción. 
Su doctrina sobre los impuestos difería muy esencialmente de 
la de los economistas. Después de haber probado que toda produc- 
ción venia del trabajo, ayudado de los capitales, no leeradificil de- 
mostrar que cada ciudadano siendo apto para crear valores, y por 
consecuencia para hacer productos, debia al Estado su parle con- 
, iri'jutiva de socorros y de cuotas. Cada uno obtenia la libertad de 
su industria en cambio de su cooperación á las cargas púbUcas,.y 
no habia ya profesiones estériles, puesto que todos eran capaces de 
. dar á las cosas un valor cambiable por medio del trabajo ¡Oue'esti- 
. mulo para los hombres desamparados de U fortuna , y para todos 
, aquellos que no aguardaban heredar! Sabian desde luego á qué 
precio se adquiere la independencia; la economia no era ya una 
clase de virtud ascética, sino la compañera del trabajo y el origen 
de los capitales. En lugar de los estrechos límites impuestos á las 
producciones de la agricultura por la naturaleza del suelo y por la 
sucesión de las estaciones, se tenia ante si el horizonte ilimitado 



(3o.) 
de los valores camliiables, es decir, la riqueza indefinida. Adán 
Smlt'.i no habla previsto sin dada tedas sus consecaencias, y nau- 
chos escritores habían espuesto antes que c'l, principios tan vcr- 
dadtros; pero el fue' el primero que demostró eran verdaderos: hi- 
zo mas; indicó el verdadero camino para conocer los errores. Su 
obra se compone de una se'rie de demostraciones que han e'evado 
muchas proposiciones al rango de pt incipios inconlestablt s y qae 
han destruido para siempre una niüllilad. de errores hasla enton- 
ces considerados como principios. El es quien ha pulverizado el 
sistema prohibitivo y la doctrina del producto neto, con toda sa 
secuela de desvarios sobre los impuestos, y de clasificaciones ifna- 
ginarias. En fin, (y es quizá uno de los mayores servicios que ha 
hec'ao á la industria) este inmortal economista hizo ver como el 
interés privado, desembarazado <le trabas, lleva necesariamente á 
los poseedores de los capitales á preferir en igualdad de circuns- 
tancias el empleo mas favorable á la industria principal porque ca 
también el mas productivo para ellos. 

Es verdad que Adán Smith se lía estraviádo algunas vcre.í en 
una multitud de digresiones que no permiten seguir fácilmente el 
hilo de sus ¡deas. Asi que encuentra un abuso inveterado, una 
preocupación dañosa , an sistema erróneo, no para hasta que lo 
destruye; y estas escaramuzas parciales le des\ian frecuentemente 
del plan de su? operaciones. Pero jamas deja definitivamente un 
asunto sin haberle agotado, y présenla habiiualmenle la misma 
idea bajo todas formas hasta que el lector se ha familiarizado con 
ella. ¡Que' resistencias tuvo que vencer y cuántas falsas doctrinas 
que combatir! Los mismos economistas (\\\(i é\ estimaba, y que cior- 
tamenle han contribuido á la dirección de sus ideas, no son los 
que menos le han dado que hacer. Tenia que luchar contra las in- 
numerables obras que acababan de publicar y que se hablan es- 
parcido en toda Europa, bien ó mal comprendidas, bajóla autori- 
dad de los nombres mas venerados, tales romo los de Gournay, 
Turgot, Trudaine. lie fue preciso destruir la mayor parte de la;? 
teorías que acababan de fundar con tanto trabajo y luchar con ellas 
bajo auspicios desfavorables: esta fue la primera disidencia nota- 
ble que estalló entre los fundadores de la Economía política, y qna 
no ha contribuido poco á Introducir la general indecisión en mafe- 
. vías económicas. ¿\ quien se creerá, á Quesnay ó á Smith soste- 



(3oa) 
nientlo con igual empeño doclrinas contrarias y apelando ambos 
á la autoridad de los hechas? No olvidemos que no hay una cien- 
cia que no haya comenzado pnr disputas entre sus mas ilustres 
gcfcs, y que esias duras pruehns lian contribuido casi tanto como 

los descubrimientos, á los progresos de que tan envanecidos nos 

mostramos hoy día. 

Adán Sinlih no tuvo sin embargo el honor de crearla Economía 
política de un solo golpe, y el respeto que tributamos á su memo- 
ria no debe impedirnos hacer justicia á sus predecesores y á sus su- 
cesores. Es un gran paso, y un hecho histórico, la demostración de 
toda la teoría de los valores, los efectos de la división del trabajo 
y las funciones verdaderas de la moneda. Estos análisis bastarán 
para inmortalizar á un autor y después de esponcr lo que tienen 
digno de consideración y ¿e alabanza, se les puede criticar por lo 
que encierran de incompleto. Los economistas estaban demasiado 
preocupados de la importancia de la tierra: Adán Smith concedió 
una prcpDnderancia demasiado exclusiva al trabajo en la creación 
de los productos. Él descuidó la acción de la tierra y la de los ca- 
pitales y á pesar desús magníficas esposiciones del concurso de las 
máquinas no presenta la teoría mas fundada sobre la realidad de 
las cosas. Al reservar esclusivamente la cualidad de riquezas é^ los 
ralores fijados en las sustancias materiales, borró del libro de la pro- 
ducción una masa ilimitada de valores inmateriales hijos del ca- 
pital morah\c las naciones civilizadas y que forman una parte de 
sa dote y de su gloria. Depuso con un solo rasgo de pluma aboga- 
dos, médicos, ingenieros, artistas, funcionarios públicos, todos pro- 
ductores de servicios reales y cambiables por productos materia- 
les pacíto que viven de ellos y viven bien, cuando tienen bastan- 
te mc'rito para hacerse relrlbiir noblemente. El no habia percibi- 
do que eltalento de estos hombres era un capital acumulado muy 
xapiz de dar productos en oro y en plata, y muy útil á la sociedad 
que se aprovecha de sos servicios. 

La influencia del comercio y su modo de obrar sobre la pro- 
ducción general no parecen de modo alguno haber sido suficiente- 
mente apreciados por Adán Smith y algunas de sus mas bellasde- 
moslraciones están espneslas como digresiones en un sitio que no 
deberían ocupar. Tales son los principios relativos al precio real y 
nominal de las cosas que se brillan en una disertación sobre el va- 



(3o3) 
lorde los metales preciosos darantelos cuatro últimos siglos; y la* 
nociones sobre las monedas que el autor ha diseminado en el capí- 
tulo délos tratados de comercio. Parece imitar el desorden que rei- 
na alrededor de una mina abundante en que los fragmentos del me- 
tal mas paro yacen algunas veces mezclados al lado del mineral mas 
grosero. También las investigaciones sobre la naturalezay las can- 
sas de la riqueza de las naciones, no son generalmente compren^ 
didas por toJos y no es por este libro por el que aconscjariamos 
comenzar el estudio de la ciencia. Es preciso leerle muchas veces 
para adivinar su hermosa estructura y para apreciar en su justo 
valor los resultados que ha producido. Entonces pueden contes- 
tarse algunas de las proposiciones que Adán Smilh ha emitido bajo 
la forma mas dogmática; tal es aquella en virtud de la que el in- 
terés privado, libre de trabas, Ic parecia deber siempre determi- 
nar el empleo de los capitales el mas favorable al común, puesto 
que era provechoso á los empresarios. Esta doctrina que ha pre- 
valecido en Inglaterra y que ha dado á la industria un impulso es- 
traordinario comienza sin embargo a dar frutos amargos: ella ha 
creado riquezas. inmensas á costa de una afrentosa pobreza: ella ha 
enriquecido la nación, tratando á menudo muy cruelmente auna 
parte de sus ciudadanos. ¿Es este el objeto social del acrecentamien- 
to de la riqueza ornas bien es un cstravio desgraciado de la via so- 
cial? ¿Se puede verdaderamente llamar riqueza á esta exageración 
de ganancias sacadas, según Mr. Sismondi, délos pobres, y scgan 
nosotros, del capital del trabajo? ' 

Asi nació la concurrencia universal de la libertad ilimitada de 
la industria, y esta concurrencia ha producido en el mundo un tor- 
rente de riquezas que fertiliza muchas provincias, pero que ha de- 
iado en mas de un sitio huellas funestas de su paso: semejante á 
nn carro magnífico y ra'pido cuyos viajeros no pueden ni aun 
ver, y menos compadecer, á los infelices pasageros que atropella. La 
cuestión ha llegado al punto en que se pregunta si es preciso ala- 
bar ó censurar los progresos de una riqueza que arrastra en pos 
suyo tantas miserias y que multiplica los hospitales y las prisiones 
tanto como los palacios. He aquí el gran problema del siglo XIX, 
el que Adán Smith no habia previsto y no podia preveer en una 
época en que la máquina de vapor y la de hilar, estos dos colosos 
de la idusiria inglesa, no haciaa mas que nacer, como sa libro. 



Ksíamos obligados hoy (lia á buscar un regulador y pbner nn freno 
á estos inslni:n:;ritos gl;jantcscos de !a producción, que alimentan 
y matan de hambre á los homlires, que ios vislcn y los desnudan, 
que los ali\'ian y los despedazan: no se piensa ya esclusivamente 
conloen tiempo de Siailli en acelerar la producción; es preciso diri- 
girla y conienerla en sabios limites. INo se trata )a de riqueza ab- 
soluta sino de riqueza relativa ; la ba:nauidad manda que se cese . 
de sacrificar á los progresos de la opulencia pública, masas de hom- 
bres que no se a()rovcchan de ella. Asi lo exigen las leyes eternas 
de la justicia y de la moral, demasiado tiempo desconocidas en la 
repartición social de los productos y de los trabajos, y no consenti- 
remos ya dar el nombre de riqutza mns que á la suma de los pro- 
íiuctos nacionales cquiíalivamcnie dij-tiibuidos entre lodos los pro- 
ductores. Tal es la 'Ecoriomía política ;íráncesa á la que tenemos el 
honor de pertenecer y que es [¡eramos dará vuelta al mando- 
Tal como aparece, sin embargo, la doctrina de Adán Smith 
verificó una revolución completa en la marcha de la Economía 
política. Sus opiniones sobre las colonias adquirieron un gran pe- 
sa por los aconlecimieníos que pasaban en America y sus análi- 
sis de banco prep'vraron el despertamiento de la Europa, en ma- 
terias de crédito público. J^a iadustiia le es deudora de la supre- 
sión de casi todas sus trabas y el comercio de un principio de re- 
üucion en todas las tarifas; Restan las cuestiones de agricultura j 
de poblacio'n que este grande economista no liizo mas que tocar y 
cu va solución concierne á naesirus iiijos; pero las preocupaciones 
mas peligrosas desaparecieron ante su poderosa argumentación, y 
su reinado acabó para siempre. Balanza del comercio, sistema res- 
trictivo, sistema agrícola, todo quedó preci()ilado en la sima de los 
delirios; Adán Smith lodo !o Ita pulverizado con su lógica severa 
yconsu Imparcial observación de los hechos. Una sola incerlidani- 
bre sobrevivió a sus doctrinas: ¿que relación hay entre la pobla- 
ción y las subsistencias? ¿ porque la miseria privada se acrecienta . 
en nuestras sociedades, al mismo tiempo que la riqueza pública? 
¿Porque el sol déla industria no luce para lodo el mundo? Dos es- 
critores ingleses, Godwin y IMallus van á darnos cada uno á su 
modo, la espllcaclon de esta anomalía social. Es tiempo de oírlos 
porque después de Adán Smiih han llegado á ser gefes de escuela, 
con igual derecho que el uno y otro han tenido gran pensamiento 
laminoso que exije aleación y á veces inspira terror. 



CAPITULO XXXV. 

Sistema de Malthus sobre la ^oh\d.c\ox\.—Espos{c¡on de sus fármulas' 
Cuadro de sus consecuencias. — Doctrina de Godmn. — Tiene el de- 
fecto de ser tan absoluta como la de Malthus, pero mas humana.— 
Osadia notable del libro de Godirin. — Diversos escritos sobre la 
misma cuestión. — Nuevas ideas sóbrela población />»oril/r. Everett.~ 
Del libro de la Caridad por Mr, Duchatel. — De la Economía polí- 
tica cristiana de Mr. de Villeneuce-Bargemont» — Escritos de Mr' 
Sismondiy del abate La Mennais. 

Pocos aííos se habían pasado desde la publicación de la obra de 
Adán Siiiith, y ya sus doctrinas eran adoptadas por los economis- 
tas de todos los paises. Su argumentación luminosa y precisa ba-^' 
bia disipado la mayor parte de los desvarios que muchos espir'ítus 
tenian aun por realidades. Se estaba en fin de acuerdo sobre las 
bases fundamentales de la ciencia. Se honró al trabajo: se definió 
elvalor carabiablc;el empleo délos capitales estaba ya sujeto á leyes 
regulares. Se sabia como las riquezas se producen y como se con- 
sumen: pero quedaba, como hemos diclio,un problema que resol- 
ver: ¿porque las riquezas están repartidas tan desigualmente en el 
cuerpo social? Y este problema fue arrojado un dia por la ma- 
no formidable del pueblo francés como un reto á todos los go-' 
biernos de la E iropa. Tnrgot que había tratado de resolverle mu- 
rió con la aflícion de no poderlo hacer, y la revolución france-' 
sa vertió tórrenles de sangre para hallar su soluciou sin ser mas 
dichosa que Turgot. 

¿El mal venia de la naturaleza ó de la sociedad? ^No tenia re- 
medio, ó con la ayuda del tiempo se conseguiría curarle? Heridos 
de lo qae pueden las leyes sobre las Costumbres y sóbrela con- 
dición de los pueblos, ilustres escritores habían pensado que las 
miserias del hombre eran su obra, y que dependía de e'l poner ter- 
mino á ellas acaso modificando menos sus pasiones que sus insi- 
tuciones políticas. Se estaba en 1798: un eúsavo memorable aca- 
baba de intentarse en Francia, y se habian visto en an corto uú-' 
mero deaiios reformas muy atrevidas sucesivamente apoyadaspor 
la razón ó por la fuerza, dejar la especie humana presa de las mis- 

39 



(3o5) 
mas Incerlldambres y de las mismas desigualdades qae an lo pa- 
sado. Se había sustituido el desmenuzamiento infinito de las pro- 
piedades al antiguo sistema de concentración: se había vuelto á 
poner el poder en las masas mas pobres, que no habian desdeña- 
do ni el maximun, ni los empréstitos forzosos, ni la bancarrota, ni 
la supresión de los impuestos indirectos : y habia siempre pobres, 
hombres vestidos de andrajos, ancianos sin pan, uiugercs sin so- 
corro, niños expósitos, mallíecborcs, prostitutas. ¿Que quedaba que 
hacer después de lo que se habia hecho ¿Que monarquía intenta- 
ría lo que no habian podido conseguir la audacia de 1793? Los fi- 
lósofos y economistas llenos de estupor saboreaban este chasco 
amargo qae sigue á las revoluciones políticas, cuando de pronto 
aparecieron á poca distancia el uno del otro, dos escritos de dos 
hombres diversamente célebres, el libro de Mr. Godwin sobre la 
justicia política y el de Malthos sobre la población. 

Mr. Godwin atribuía en su obra todo el mal social á la im- 
perfección de las instituciones políticas y á los vicios de los gobier- 
nos. Malthus examinaba mas las resistencias que el hombre opo- 
ne al progreso social , por las pasiones inherentes á sut naturaleza 
y por su poca disposición á reprimirlas. La lectura de un artícu- 
lo de Mr. Godwin sobre la prodigalidad y la acaricia (i) le deter- 
minó á publicar sus ideas sobre el particular, y después de alga- 
nos tínteos fáciles de concebir en un trabajo de esta importancia, el 
ensayo sobre el principio depoblacion apareció en Inglaterra en el 
último año del siglo XVIII, como una especie de resumen del 
desencanto universal de los espíritus. Este libro hizo gran ruido 
porque descansaba sobre una idea sencilla, fácil de comprender 
y retener: y cruelmente se ha abusado de ella, porque parece fa- 
vorecer mas de una nrala disposición del hombre , el egoísmo , la 
dureza, la indiferencia á los males de sus semejantes. Los princi- 
pios sobre los que descansa han obtenido sin embargo, la sanción 
de muchos gobiernos , y ellos tienden tan rápidamente á penetrar 
en las instituciones que no habrá bien pronto mas que registrar 
sus conquistas en vez de discutir su valor. Es preciso pues esponer- 
los aquí con toda su desnudez, antes de examinar sus consecuen- 
cias , doble tarea que reclama toda la imparcialidad del historiador. 

Esta doctrina se presenta con el carácter inflexible y abso- 

(t; insertos ea ua aúmero del periódico^ El Examiaador. (The Inquírer). 



(3o7) 
lulo del fatalismo. El autor se dispensó de precauciones orálorias: 

estableció sin titubear como un hecho evidente, continuo, nece- 
sario, que la especie humana obedeciese ciegamente á la ley de la 
multiplicación indefinida, mientras que las subsistencias que la 
hacen vivir no se multiplican con ella en las mismas proporcio>- 
nes. Este hecho le parece de tal manera demostrado que no temb 
formularle como un axioma de matemáticas y afirma que los hom- 
tres se aumentan en progresión geométrica, y los comestibles eli 
progresión aritmética. Llegaria pues un momento en que las pro- 
visiones serian insuficientes para los vivientes si los funestos cor- 
rectivos que se llaman enformedades , miseria, muerte, no inter- 
viniesen con regularidad para establecer el equilibrio. Malthus 
pronunciaba esta sentencia de los desgraciados en términos inhú- 
manos: "Un hombre que nace en un mundo ya ocupado, de- 
cía, (i) si su familia no tiene los medios de alimentarle, ó si la 
sociedad no ticTiQ necesidad de su trabajo^ este hombre no tiene el 
menor derecho á reclamar una porción cualquiera de alimento, 
y está realmente demás sobre la tierra. En el gran banquete de la 
naturaleza no hay cubierto puesto para él. La naturaleza le man- 
da irse de allí, y no tarda ela misma en poner esta orden en eje- 
cución." He aqui el fondo de la doctrina de Malthus sobre la 
población. Es preciso ver ahora sobre que bases la establece. 

En vez de observar rigurosamente lo que pasa en las socieda- 
des civilizadas de larga fecha el autor se transporta á América, á 
los Estados-Unidos, país virgen, fértil, inmenso, en donde la 
población se duplica cada veinte y cinco anos. Es este pais el 
que toma por tipo del resto del mundo, y admite sin titubear 
que la especie humana se aumentaria con la misma rapidez en 
todas partes si la fuerza de las cosas no contuviese este desarrollo 
en ciertos límites. Una vez, en efecto, que la población se ha ele- 
vado hasta el nivel de las subsistencias, llegando «stas á faltar, 
'los vicios, las enfermedades, las calamidades de toda clase empie- 
zan á llover sobre los hombres que están demas^ según Malthus, y 
la población disminuye hasta que haya comestibles para todos. 
Con la historia en la mano se esfuerza en probar que "las mismas 
consecuencias siempre han dimanado de las mismas situaciones y 

(() F.-it.> )i.isaf;o rrml lo lia siiprimi.io Malllnis en las úll'inus eilicioiics de su obra: 
pero el esplhlu de su doctrina no por i$o deja do eslar is|)uc.sto con la niistna pi>¿rgi- 
ca franqueza j y c» la doctrina, mas bien <!«<; el Icnguage, la que es preciso nioJilicar. 



(3o8) 
queenelestacto bárbaro como en el estado civilizado no ba babldo 
jamas transaclon etvlre la miseria y la muerte, i Y si la muerte vi- 
niera sola! Pero jamas aparece en estas tristes circunstancia, sin 
iVCiiIr acompañada de un se'qalto de crímenes y horrores de toda 
.Citase: sin enarbolar su lúgubre estandarte sobre los hospitales, 
■sobre los presidios, y sobre los cadalsos." De este modo la pinta 
Malthus, como la hemos visto muchas veces, sin osar creer como 
él que viene en esta forma , por orden de Dios mismo y como una 
.necesidad de nuestro orden social. 

Comencemos por contestar á la doble progresión establecida 
por I^Ialthus: pero antes de señalar este error fundamental de su 
fiistema es preciso ver que consecuencias terribles sacaba de ella. 
Proclamaba desde luego el peligro délas limosnas y socorros públl- 
.cos ó privados, permanentes ó temporales; prohibía el matrimonio 
Cscepto algunos hombres, y condenaba á muerte á millares de ni- 
iios casi al nacer. Las limosnas prodigadas á los pobres por espí- 
ritu religioso ó por amor del prójimo, no eran á sos ojos, mas que 
favores mortíferos cuyo principal resultado era animar la pereza 
y multiplicar el número de desgraciados. " Porque nada se muK 
tiplica como la miseria, dscia, y los que nada tienen que perder se 
caidan muy poco de lo que sucederá á sus descendientes." Esto es 
lo que Montesquicu habla ya dicho en términos irónicos: "Los 
que no tienen absolutamente nada, como los mendigos, tienen 
íiiuchos hijos: porque no cuesta nada al padre enseñarles su oficio 
pues son al nacer Imsta instrumentos de cl." 

Pero Montesquieu no concluyó nada de esta predisposición 
General de los proletarios para la indolencia ; se limitó á< indicarla 
sin buscar su causa. Malthus creyó hallar esta causa en los ausi- 
lios dados á la pereza por la beneficencia , y fijando sus miradas 
en los hospicios, y casas de espósitos, hizo ver todas las miserias 
que había engendrado el abuso de la caridad pública. Se dirigió 
desde luef>^o á los sentimientos los mas elevados y generosos del 
hombre y trató de demostrar la superioridad de la previsión so- 
bré todos los demás recursos ofrecidos á la vejez é á las dolencias. 

Jamas quizá hasta entonees^ ningún sistema se había formula- 
do en términos tan absolutos. Los economistas mismos admitían 
algunas modificaciones en su teoría del producto; pero Malthus no 
reconocía transaclon posible en la lucha de los hombres contra la 



(3o9) ^ 

nataraleza: estos debates lamentables debían siempre acabar por 

la muerte. Púsose pues á predicar bajo el nombre de contrata mo- 
ral, una doctrina poco favarable al matrimonio. Trató- de demos- 
trar á las clases laboriosas que multiplicando el número de sus 
hijos, se creaban concurrentes que acarrearían la baja de los sa- 
larios, y que el mas segaro medio de obligar á los capitalistas á 
ceder era no suministrarles la ocasión permanente de encontrar 
trabajadores baratos. La sociedad misma estaba interesada en 
oponer obstáculos saludables á las uniones irreflexivas pues que 
la consecuencia inevitable de estas uniones era la multiplicación 
,4e los crímenes y de las miserias de toda clase. Desgraciadamente 
Blaltbus no tardó en ver que él celibato no impedía los nacin)ien- 
los ; y solo los hacia ilegítimos lo que era ana desgracia mas. ¿Qué 
hacer para poner un termino al acrecentamiento de la población 
puesto que no se podía impedir que naciesen hijos? Malthus vio 
este obstáeulo, pero no se arredró por él. Se armó con un valor 
estoico y creyó deber poner los hijos fuera de la ley, aun antes 
que hubiesen nacido. Propuso dar una ley declarando: "Que nin- 
gún hijo nacido de un matrimonio contratado después del ano que 
siguiese á la promulgación de esta ley, y que ningún hijo ilegíti- 
mo nacido dos aiios después de la misma época tablera derecho 
á los ausilios de la parroquia." " Este seria ^deci-a,. ün aviso claro, 
esplíeito Y terminante sobre cuyoi sentido^ nadie podrá equivocarse 
Nadie será engañado ni perjudicado, y por consecuencia nadie ten- 
drá derecho de quejarse." "iSo reparaba en que de este modo los 
niños en la cuna venían á ser responsables de los errores que les 
hablan dado el día." Temblad, anadia Maltlius, vuestra caridad es 
mas cruel que mi rigor y vuestros hospitales , vuestros hospicios 
y casas de espósitos no son mas que catacumbas." y presentaba en 
seguida las tablas lúgubres de la mortalidad de los niños en es- 
tos asilos, siendo forzoso convenir que morían en ellos casi, todbs 
en el primer año de su vida (i). ' "*^''* «'^''^'^ ' 

Estos cálculos terribles produjeron una gran SCTisacioii en Éií- 
ropa. Malthus los proseguía con una constancia inflexible. Quería 
horrorizar á la humanidad de sus propios desvarios y forzar á to- 

(I) Si'qun los c.'iliuloí (lií Mr. H-'aoistPii de CLiitPinnof U niorl.ilidad ilo los espósi- 
tos em de 67 por 100 oii M.-.drid en l.S(', do 92 por 100 ph Vicna ni 1811, de ^9 
I'or loo cu Üiiisfl.is, por t«'rniiiio mrdio (l(s<l.- 1S02 a 1817. En el Iiospicio de Du- 
bK« ileíde 1791 a 1797.de 12785 uiúos murierou 125-61 ¡Qué horror! 



(3io) 
dos los hombres de valor á «lar una ojeada saludable sobre si mis- 
mos antes de casarse. Al combatir la inclinación natural de todos 
los gobiernos á multiplicar los institutos de beneficencia, es- 
peraba poner termino á los abusos de estos institutos que no ser- 
vian, según él, mas que para agravar las enfermedades sociales 
en vez de curarlas. El celibato poco antes deshonrado como una 
profesión egoísta, era reabiütaüo y casi elevado al grado de virtud. 
Cerrábanse los hospitales, las casas de beneficencia: dejábanse de 
distribuir limosnas: no se inquietaba ya á nadie en materia de 
beneficencia ni socorros públicos. La dureza sola era de alli en 
adelante, la conforme á los verdaderos principios de ia ciencia, á 
las leyes de la naturaleza: la insensibilidad fue erigida en sistema. 
Es preciso confesar que tal innovación debia irritar profundamen- 
te alas almas generosas y sensibles para quienes el placer de hacer 
beneficios es una necesidad precisa. Asi en todas partes se elevó 
contra la doctrina de Malthus an grito general de reprobación. 
Poco faltó para que su autor fuese señalado como un hombre sia 
entrañas, que venia á dar con insolencia en rostro al ge'nero humano 
con la horrible ironia de su sistema. "Era la primera vez, decian, 
que se hace el elogio de la peste, de la guerra, del hambre y de 
todas las plagas que contristan á la humanidad , presentándolas 
como leyes naturales, destinadas á mantener el equilibrio entre la 
población y las subsistencias.** Los sacerdotes, las mugcres, los filó- 
sofos se sublevaron contra la audacia de tal suposición, y Malthus 
fue por mucho tiempo el blanco , á pesar de sus cualidades priva- 
das , de las imputaciones mas calumniosas. 

La tormenta se aplacó en fin sobre la tumba de este grande 
escritor: la justicia de la posteridad ha comenzado para él. El mis- 
mo convino en sus últimas dias que habla exagerado las conse- 
cuencias de su principio. " Es muy probable , decia , que habiendo 
hallado el arco muy corvo de un lado haya venido á encorvarle 
del otro, con la mira de ponerle derecho: pero estaré siempre dis- 
puesto á.que desaparezca de mi obra lo que se considere por jue- 
ces competentes, que tiende á impedir el arco enderezarse y poner 
obstáculo á los progresos de la verdad." Y en efecto ha suprimido 
en las últimas ediciones de sa libro los pasages mas duros y mas 
irritantes. Su error principal es haber atribuido casi esclusiva- 
mente á la demasiada multiplicación de la especie las desgracias 



(3ti) 

de la liamanidad , y haber por decirlo asi aLsuelto de antema- 
no de toda reconvención á los gobiernos de todos los paises. Las 
causas morales son ordinariamente complexas y es desconocer- 
las no mirarlas sino bajo un solo aspecto. Mallhus no lo ha tenido 
en cuenta: ni tampoco el acrecentamiento dolos medios de produc- 
ción bajo la influencia del trabajo y por el concurso do las máqui- 
nas. Ha fingido no percibir que las poblaciones de nuestros tiem- 
pos aunque inñnitamenle mas numerosas que las de los tiempos 
pasadas, gozaban sin embargo muchas mas delicias: están mejor 
vestidas , mejor alojadas , mejor alimentadas y mucho menos 
espuestas que nunca al peligro de devorarse mutuamente. Qui/.á 
espcrimentaran mas dolores morales por el esceso de tentaciones 
que no podran siempre satisfacer: pero estas tentaciones también 
son un estimulante enérgicc al que es preciso atribuir una buena 
parte de los progresos que han hecho todas las industrias. Adop- 
tando la hipótesis de Malthus, á medida que la población se apro- 
xima al nivel de las subsistencias, el pedido de productos nuevos 
trae descubrimientos útiles de los que la humanidad entera se 
aprovecha: las emigraciones conducen poco á poco la raza humana 
acia los sitios inhabitados que ella fertiliza poblándolos, y la civili- 
zación penetra asi en las comarcas desconocidas que pagan centu- 
plicadas las anticipaciones necesarias para su esplolacion. De este 
modo es como la America del Norte ha visto sus praderas y sus 
bosques desmontados por colonos europeos, y las vegas de sus 
grandes rios cubiertas de ciudades opulentas cuando no ha mucho 
erraban por ellas hordas miserables de cazadores nómadas y antro- 
pófagos. Cuando se examina con alguna atención el mapa del globo 
y la fertilidad de un gran número de regiones apenas esploradas 
se deian de temer respecto la especie humana las desgracias de 
que está amenazada por las preditiones de Malthus. La emigra- 
ción no aparece tampoco mas que como un recurso estremado, á 
presencia de las mejoras que el genio del hombre no deja jamas 
de prodigar á la tierra, porque halla en ella nuevos productos á 
medida que es llamado á hacer frente á pedidos nuevos, Mr. Ri- 
cardo (i) nada ha dejado que desear, con respecto á esto, á los an- 
tagonistas de Malthus y estamos persuadidos que el autor del li- 
bro de la polilacion ha debido tranquilizarse el mismo sobre las con- 

(1) Ca iu obra sobre el principio de los impuestos 



secuencias Je su propio sistema , apieciando en 5U justo valor los 
Leüos análisis del progreso agrícola presentados por su ilustre 
ronciadadano. ílácese por otra parte uu cambio continuo de los 
productos iJianafacturados por los [)rodactos naturales entre todos 
los pueblos, de manera que el couicrcio remedia la insuficiencia 
de la agricultura y no deja jamas sin subsistencias á ningún pue- 
blo inteligente y laborioso. Las relacioues, cada dia mas íntimas, 
que áe establecen entre las naciones civilizadas hacen pronto co- 
munes todos los descubrimientos útiles: testigos la navegación 
por el vapor, el alumbrado del gas, los caminos de hierro que se 
ven adoptar casi al mismo tic¡npo en Europa , en Asia , En Amé- 
rica , y hasta en África. Asi es como hoy dia los barcos de vapor 
surcan el mar Rojo y el Adriático, suben el Nilo, el Ganges y el 
Missisipi, como el Sena y el Támesis y aproximan de antcmana 
para un caso de hambre, los trigos del mar Negro y de los Esta- 
dos-Unidos, á nuestras populosas ciudades. Malthus no es el pri- 
mero que ha dado el grito de alarma con motivo del acrecenta- 
miento de la población, y podríamos citar inas de un escritor de 
su pais que deploraba hace cien años, en estilo de Jeremías, los 
j>eIigros inmediatos de este acrecentamiento. ¿Que dirían estos 
profetas de desgracias, viendo el aspecto de Inglaterra en nuestros 
días, rica, poderosa, y dos veces mas poblada? 

La doctrina de Maljhas no tendrá menos mérito por haber 
llamado la atención de los gobiernos , asi como la de los ciudada- 
nos, sobre el peligro de las uniones impróvidas y de los socorros 
prodigados sin discernimiento. Ya esta doctrina ha preservado á 
la Francia de la imitación de las leyes viciosas que han creado en 
Inglaterra la cuota de los pobres, y que han hecho de la mendici- 
dad una profesión pagada. En el país mismo en que oslas leyes han 
reinado como soberanas, acaban de ser modificadas, y la genero- 
sidad pública ilustrada por la cspericncia de lo pasado, aprende á 
distinguirla desgracia inmerecida , de la pobre/a voluntaria. El 
cristianismo, como ya hemos dicho, descubri») la beneficencia ; la 
Kcomomía política la ha regularizado. Los hombres prudentes han 
aprendido á reflexionar sobre las consecuencias del matrimonio, y 
este acto solemne de la vida ha dejado de ser considerado tan lig«- 
ramcnte como lo era, antes que Malthus hubiese hecho apreciar 
la inmensa responsabilidad que impone. La sociedad mostrándose 



(3i3) 

mas severa en la dlstnoucion de los socorros públicos ha puesto i. 

cada ciudadano en disposición de proveer por sí mismo con sos 
ahorros á las necesidades de su ancianidad y de sus enfermedades 
y tribulaciones; y si eUa no ha osado aun, según proponia Mallhus, 
cerrar los asilos abiertos á la infancia abandonada, ha tomado al 
Enenos mediilas para llamar á gran número de madres á los debe- 
res de la naturaleza que desconocian menos frecuentemente por 
maldad de corazón que por influencia de la miseria. Es preciso 
pues perdonar á Mallhus haber herido demasiado, en vez de he- 
rido en lo justo , y de haber encorvado demasiado el arco de unla- 
do, como el mismo dice, por enderezarle del otro. Cedió al deseo 
natural de generalizar una idea sencilla y grandiosa y de arrojar- 
la como un espectro en el mundo espantado. Su fin era aprovechar 
el horror que tal idea debia inspirar, para exigir de sus contem- 
poráneos mayor actlvidaden todas las cosasv demostrarles el senti- 
do económico del gritoamenazador de Bossuet: " Marc/ial ñl archa" . 
Se ha visto que Malthus se vio obligado á publicar su obra 
por la lectura de los escritos políticos de Mr. Godwin, cuyas ilu- 
siones y energía querían hacer á los gobiernos esclusivamente res- 
ponsables de toilas las imperfecciones de la humanidad. Esta era 
también la doctrina de J.J. Piousseau y la había espresado en tér- 
minos dogmáticos el día en que dijo: «Todo es bueno al salir de 
las manos del criador; lodo dejencra éntrelas manos del hombre." 
Condorcet llevó la osadia mas lejos, y no temió afirmar que «si 
el hombre quisiera seguir á la naturaleza , alejaría indefinidamen» 
te los límites de su existencia sobre la tierra". Godwin se imagi- 
nó que no hacia mas que sacar las consecuencias de sus ideas pro- 
poniendo la destrucción de los gobiernos, de las religiones, de la 
propiedad, del njalrimonio y demás instituciones de menor impor- 
tancia , que derivan de aquellas. Es preciso referirse á estas exa- 
geraciones para csplicar la exageración del sistema de Mallhus. 
"Las instituciones humanas, dice, por muchos males que puedan 
ocasionará la sociedad, no son realmente mas que causas ligeras y 
superficiales, nada mas oue plumas que flotan en el aire , en compa- 
ración de otros manantiales de mal mas profundos que dimanan 
de las leyes de la naturaleza y de la pasión del un sexoporel otro. Le- 
jos de deberse imputar las desgracias de la humanidad á la impe- 
ricia de los gobiernos y á su repugnancia por las reformas, debea 

4o 



(3iO 

mas bien alribairse á la exuberancia de la población todos lo mas- 
Ics que la agovian. La ambición de los príncipes carecería de 
instrumentos de destrucion, si la miseria no pusiese bajo sus ban- 
deras las clases bajas del pueblo.,, Mallhus pensaba que la multi- 
titud aguijoneada sin cesar por la miseria , no podia ser contenida 
sino por el despotismo mas duro: en su opinión los gritos de los 
demagogos, replegando al rededor del poder las clases acomodadas 
déla sociedad, cuya existencia amenazaban aquellos, eran la cau- 
sa de todas las malas leyes y de la conservación de todos los abusos* 
No conocia como una nación ilustrada podia soportar mucho tiem- 
po las instituciones viciosas y las malversaciones de un gobierno 
corrompido, si no se creyese amenazada de males mas graves por 
un populacho ciego y hambriento (i). 

Fácil es concebir con que favor debia acogerse esta doctrina en 
nn pais como Inglaterra, cuya aristocracia sostenia, en la e'poca 
en que apareció el libro de Malthus, una lucha encarnizada con- 
tra los principios de la revolución francesa. Babeuf no habla aun 
escrito; pero se acordaban de los folletos de Marat, y de las tenta- 
tivas sangrientas de nuestros niveladores. Se habia visto operar á 
los reformadores de esta escuela, y el sentimiento general de hor- 
ror que habian inspirado no contribuyó poco al éxito de la doctri- 
na de Malthus. Su teoría de la población fue celebrada con el en- 
tusiasmo de partido, porque colocaba bajo la protección de la pro- 
•videncia y como su obra misma, las desigualdades sociales mas 
chocantes y todas las miserias que arrastran consigo. Los escrito- 
res populares se ponen á un lado, los partidarios de los privilegios 
se atrincheran en otro, los unos para atacar, los otros para defen- 
der este nuevo dogma del fatalismo. No era ya una discusión, era 
una pelea de donde la verdad hubiera tenido mucha dificultad en 
salir sana y salva, si el tiempo que pone cada cosa, en su lugar, 
no hubiera forzado á los partidos á reconocer en fin lo que habia 
de estremado en sus pretensiones respectivas. Godwin fue' ya mu- 
cho mas moderado en sus Indagaciones sobre la población que en 
sus tratado De la justicia política: y Mallhus mismo, como hemos 
dicho se habla retractado ante presencia í/e los jueces competentes^ 
es decir, de los acontecimientos que hablan modificado sus ideas. 



(1) Ch. Comte : noticia histórica sobro la vida y obras de Malthus leída eo el Insti- 
tuto el 28 de dicieaibre de 18S6. 



Sa doctrina, en efecto, no podía sostener un examen serlo 
en los términos absolutos en qae la habia espueslo. Sus sentencias 
de proscripción lanzadas contra los niños, contra los ancianos, y 
los enfermos, nomerecian la sanción de la conciencia pública. Una 
voz interior decia á cada hombre que los sentimientos mas impe- 
riosos y mas dulces, el del amor, el déla paternidad, no le habian 
sido dados por el cirador como un origen de amargura y de mise- 
ria. Los vicios, los crímenes, no debian tener el mismo origen que 
las virtudes. El mas sencillo análisis del trabajo humano bastaba 
para demostrar , por un lado, que si la población aumentándose 
exijia masgran cantidad de subsistencia, tambienposeia en si mis- 
ma los medios de proveer á ella. Veiase todos los dias aun solo hom - 
Lre crear con su trabajo bastantes productos pora alimentar diez 
de sus semejantes. Se esplotaban terrenos nuevos cuando la nece- 
sidad de comestibles aseguraba á los capitales del agricultor pro- 
ductos regulares. Las leyes en favor délos pobres que Malthusha- 
Lia señalado como tan desastrosas (i), no debian ser consideradas 
mas que como una compensación de las limosnas dadas por les 
monasterios cuyas rentas habia confiscado el protestantismo in- 
gles, y no como un ausilio al vicio y á la pereza. Por mas que el 
autor se hubiese esforzado en decir. «Que era preciso dejar á la 
naturaleza el cuidado de castigar al pobre del crimen de indigen- 
cia", nadie miraba la indigencia como un crimen, y la riqueza 
como una virtud. 

Mr. Godwin refuta con gran superioridad de razones toda es- 
taparle de la doctina de Malihus, tan bien acogida por la aristo- 
cracia inglesa, porque se acomodaba perfectamente con sus sim- 
patías naturales. "¡Desgraciado el pais, decia, en que un hombre 
de la clase del pueblo no pueda casarse sin tener la perspectiva de 
perder su dignidad y su independencia! ¡Desgraciado el pais en que 
cuando los rcve.'i'ís imprevistos agovien á este hombre, se le grite 
que no tiene ningún derecho á redamar socorros, que le ayuden á 
salir de situación tan penosa! Se puede afirmar que existe algún 
vicio peligroso en el orden social , en donde tal hombre no tuviera 
una esperanza razonable de alimentar á su familia por medio del 
trabajo de sus manos, aunque no poseyese nada en el momento de 



(1.) Malthus llam.il),-» .i (>str>s Ipjpí « un mil en cuya comparación ladeada nacio- 
nalj coa todo el lerror que debe inspirar, es de muy poca importaacia.» 



(3iC) 
casarse." Y lejos de recomendar á los gobiernos la incllfcrcncla 
ó la dureza para con el desgraciado, Godwin pensaba con justicia, 
que les pertenecia trabajar día y noche en las mejoras que nece- 
sitase el cuerpo social. 

La esperiencia no ha dejado de justificar esta opinión. La ri- 
queza pública continua acrecentándose en casi todos los paises de 
la Europa al mismo tiempo que la población, y este fenómeno se 
reproduce de un modo tan general y compacto, que un economista 
americano, IMr. Alejandro Everett, ha llegado hasta considerar el 
acrecentamiento de la población como la causa esencial de sus pro- 
gresos en todoge'nero. Ha crcido que pues los productos del traba- 
jo están siempre en razón del trabajo mismo y por consecuencia de 
la población , los medios de subsistencia para los individuos no de- 
pendían mas que de la repartición mas ó menos equitativa de los 
productos entre los empleados en las diversas industrias. Estas in- 
dustrias mismas se desarrollan cada día masen un territorio limi- 
tado, sea por el perfeccionamiento déla agricultura, sea por la es- 
tension del comercio. Las tiernas ramas , lejos de agolar el tronco, 
le dan un vigor nuevo y vienen á ser los elementos de prosperi- 
dad en lugar de ser como lo supone Maltliots, una causa de ruina 
y de deterioro. 

Por lo demás los terrores relativos al desarrollo de la pobla- 
ción fechan de una época anterior con mucho á la publicación de 
la célebre obra de Malihus. Los antiguos escritos de Economía po- 
lítica están todos impregnados déla inquietud que agitaba á nues- 
tros padres respecto de la gran familia que contribuían por otra par- 
te , tan valientemente, á acrecentar. Sus gritos de angustia se ha- 
cían principalmenle oir en las ciudades capitales, y nias de un rey 
de Erancia, desatinado, creyó necesario reducir la estension de la 
ciudad de París, cuyas barreras sin cesar traspasadas tendían á 
ensancharse aun. El mismo fenómeno se observó en Londres, ciudad 
tan poblada coma algunos reinos y en la que mas de un millón de 
consumidores viven con comodidad sobre un espacio que no bas- 
tará al alimento de quinientas personas si estuviera destinado á 
proveerá ello. Pero estos vanos terrores desaparecen ante el ab- 
surdo del pretendido acrecentamiento de la población en progresión 
geométrica. El mismo Malthus ha reconocido que no se podia citar 
ninguna nación cuya población no haya estado mantenida por in- 



flaencías físicas ó morales, en el nivel fijado por los probados 
del suelo; sin que nosotros hayamos visto carestías eminentes, ni 
epidemias periódicas, mientras que estas plagas generalmente no 
se han manifestado sino en épocas en que las diferentes naciones 
estaban menos pobladas que lo están ahora. La elección que Mal- 
thus ha hecho de la America en donde la población se dobla ca-* 
da veinte ycinco anos, no es mas concluycnte que la deSueciaen 
donde según Mr. Godwin no se dobla sino cada cien anos. Las 
sociedades no proceden por periodos regulares, como los astros y las 
estaciones, y las instituciones políticas ejercen con las costumbres 
una influencia que modifica profundamente la tendencia natural 
del hombre á multiplicarse aritmética ó geométricamente. 

Malthus ha declarado en vano la guerra á las afecciones do- 
me'slicas, á la caridad pública y privada, á la infancia, ala ancia- 
nidad, por el interés mal entendido de la humanidad. El cielo no 
ha querido que la riqueza tuviese el monopolio de todos los usu- 
fructos, comprendidos en ella los del amor y los del matrimonio, 
ni que una parle de la especie humana fuese sacrificada en holo- 
causto á la otra : en una palabra, la sociedad no debe ser ni ua 
convento ni un conejar. Sin embargo, exagerando Malthus los pe- 
ligros de la población, previno al menos á los gobiernos contra los 
abusos de las instituciones de beneficencia, y ha hecho conocer á 
coda hombre que la ley sacial le imponía deberes sagrados de pre- 
visión y de conservación para el y para sus hijos. La Inglaterra ha 
empezado desde luego la reforma de sus leyes sobre los pobres, y 
los demás países se han puesto en guardia contra el peligro de sa 
imitación. La caridad, en adelante no será menos viva, pero será 
mas discreta ó avisada. Se creyó sometida á reglas, como todas las 
demás virtudes, y ya estas reglas le han sido trazadas en Francia, 
en una obra (i), que participa á la \ezde la sei>era prudencia da 
Malthus y de la filantropía generosa de Godwin. Se dirá también 
que esta transacion ha parecido insuficiente á los espíritus religio- 
sos, porque la beneficencia es el mas santo de los deberes. Uno dé 
nuestros mas ilustres magistrados, IMr. Villeneuve-Bargemont ha 
publicado bajo el título de Economía política cristiana un mani-^ 
fiesto á veces elocuente y siempre sincero contra las doctrinas de 
Malthus. Las ataca, en verdad, mas como apóstol que como econo- 
(1) De la caridad^ por Mr. Ducltalcl. 



(3i8) 
mista y hombre de estado; pero demuestra may Lien sa impoten- 
cia para moralizar las poblaciones y para evitar las miserias que 
afligen á la humanidad. Yainuchos años antes de la aparición de 
sa. libro, una protesta que tuvo eco en Europa, habia señalado á la 
animadversión pública la doctrina del trabajo ilimitado de los obre- 
ros y del derecho de abandono ejercido por los maestros. Mr. Sis- 
mondi no habia temido proponer una ley, en virtud de la cual los 
empresarios de industria estuvieran obligados á proveer á todas las 
necesidades de sus trabajadores-, tanto en buena salud, como en enfer- 
medad, entodaslas épocas de la i'/V/íx, á condición que estos no pu- 
dieran casarse sin permiso de los primeros. Retrocedía de este mo- 
do hasta los gremios y maestrías, exigía de las clases trabajadoras 
su libertad^ en cambio de su pan. Yease cuan grave y dificil 
es la cuestión, y es tanto mas temible, cuando se recuerdan los en- 
sayos de 1793, las crisis de i83o; los luddistas de Manchester y 
los amotinados de Lyon. 

Todos los gobiernos de Europa no han cesado de luchar contra 
el principio de desorden y de perturbación que la incertidumbrede 
esta cuestión arrastra por do quiera consigo. En vano la producción 
marcha á pasos agigantados: los mercados no la ofrecen siempre un 
completo consumo, y la repartición délos productos no se hace con 
aquella evidente equidad que reúne todas las convicciones y todos 
los intereses. La violencia moráis de Malthus, no impide un solo 
matrimonio imprudente ni evita ningún nacimiento ilegítimo. Los 
consejos de Mr. Duchatel solo se dirigen á los hombres ilustrados, 
y la intervención de la ley, tal comoSismondi la reclama, no re- 
pugna menos á nuestras instituciones que á nuestras costumbres. 
La discusión está todavía en el punto en que la dejó Malthus; y 
aunque este autor haya hallado, comoTurgotun gobierno dispues - 
to á favorecer sus esperimentos, estos esperimentos no son aun bas- 
tante concluyentes para que se espere una solución verdaderamen- 
te científica y decisiva. Veremos bien pronto en las asambleas de- 
liberantes, novadores atrevidos que trataron de desatar el nudo 
gordiano y establecer sobre mejores bases la distribución de lospro- 
ductos del trabajo: la constituyente, la Convención, la escuela San- 
simoníana, la escuela socialista y muchas otras: ¿que' han adelan- 
tado con sos ensayos en -grande? Y olmos tronar, como una voz sa- 
lida del abismo la palabra austera de Mr. La-Mennais, el padre 



Bridaine de la Economía política: pero él se queja de los obreros 
tanto como de los maestros y se limita á recomendar la caridad á 
los unos y la resignación á los otros. Sus palabras vehementes re- 
cuerdan algunas veces \3i historia filosófica y políticadc\ abate Key- 
nal ; pero no hacen olvidar nada de los desastres de sanio Domingo. 
No fue la elocuencia febril de Raynal la que emancipó á los ne^ 
gros: fue la razón de Wilberforce y la sabiduria del Parlamento 

de Inglaterra. 

CAPITULO XXXVI.- 

Dé la infiuencia de los escritores del siglo XVIII sobre la marcha de 
la Economía política en £»ro/ja.--Espíritu de las leyes.— 0¿W5 
económicas de J. J. Rousseau.— Opiniones económicas de Vollaire. — 
El abate RajnaL 

Justo es dar á los filósofos del siglo XVIII una parle del ho- 
nor que corresponde á los economistas por todas las reformas eje- 
cutadas ó intentadas al. fin de este siglo. Sus escritos contenían el 
germen de ellas, y aunque reina, una incertidumbre vaga sobre la 
mayor parte délas cuestiones sociales, tan osadamenleacomelidas 
por la escuela de Quesnay , por la de Adan,Smilh y por Mallhus 
mismo, no se puede menos de convenir en que Monlesquieu, Rous- 
seau, Voltaire,l\aynal, han sido los precursoresde aquellos gran- 
des maestros, en la ciencia, económica. El resplandor inmenso con 
que brillaron las obrasliterarias de los enciclopedistas, parece ha- 
ber esclusivamente absorvidola atención de la posteridad; pero la 
parte que se nos escapa hoy dia, la que se lee menos, es el verda- 
dero punto de partida de todas las teorías económicas modernas. 
Allí se hallan en estado de embrión, muy prontas á nacer bajo la 
atmósfera abrasadora de la revolución. francesa, y basta el ojo me- 
nos ejercitado para reconocerlas y señalarlas. 

Montesquieu ocupa el primer lugar eutre los publicistas que 
han puesto sus mirasen las mas sublimes cuestiones de Economía 
política y aunque se engañe frecucntemenle, aunque haya partici- 
pado bajo muchos aspectosde las preocupaciones de sus contem- 
poráneos. Je debemos los primeros tanteos verdaderamente nuevos 
y atrevidos que se han. publicado sobre la influencia del comercio, 
y algunos curiosos análisis de la teoría de la moneda. Que mas ex- 



(3.0) 
acto, aun hoy día, que la magnífica evaluación de! carácter dé \os 
impuestos: "El impuesto por capitación es propio de la esclavitud: 
el impuesto sobre las mercancias os mas natural a la libertad; por- 
que se refiere á la persona de un modo menos directo." Montcsquiea 
es el primero que ha osado decir que los gobiernos mas libres eran 
también los mas caros (i), y si esta doctrina es verdadera en nues- 
tros dias, por otros motivos diferentes de los que dice este grande 
hombre, no por eso es menor su mérito en haberla descubierto. El 
comenzcj por marchar: despuc? se esplioó el movimiento. 

Hemos vivamente atacado, durante treinta aíios, el sistema co- 
lonial y el tráfico de los negros; pero dejando aparte la manumi- 
sloa concedida por el Parlamento ingles,- ¡que' hay mas elocuenle 
en el mundo que el capítulo de Montes ]uieu sobre la esclavitud de 
los negros! "Aquellos de quienes se trata, dice: son negros desde 
los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan chala que casi es im- 
posible tenerlos lastima: No se puedeidear que Dios que es un ser 
muy sabio haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena en 
un cuerpo todo negro. .Es imposible que supongamos que aquellas 
gentes sean hombres, porque si los suponemos tales, debería em- 
pezar por creer que nosotros mismos no somos cristianos. Espí- 
ritus pequeDos exageran demasiado la injasticia que se hace á los 
africanoSt pbr<^ufr si fuera tal como dicen, no hubiera ocurrido á 
ios príncipes de Europa que celebran tantos tratados inútiles, /za- 
cer uno general en faoor de la misericordia y de la piedad. "Este con- 
venio ha sido hecho á Dios gracias; pero quien podrá negar que se de- 
be principalmente á la ironia sublime del alegato de Montcsquiea. 
T^a Eronotnía política ha manifestado la carestía del trabajo de los 
nt'gros y la superioridad relativa del cultivo por manos libres; 
Montesquiéuha hechomasthi inspiradoel horror de la esclavitud: 
la ha infamado, la ha marcado en la frente: los legisladores no han 
lincho mas que aprobar la sentencia. El espíritu de, las leyes habia 
ya resuelto esta gravé'tó&esllon, mucho antes de las declamaciones 
de Raynal y de los decretos de la Convención. 

Me apresuro á pagar á Montesquieu la deuda de la ciencia y 
de la e'poca actual. Escuchad su definición del comercio que se 
creerla sacada de algún discurso del trono, este aiio, en Francia 
ó en Inglatéríraí « El efecto natural del comercio es sostener la 



(1) Espíritu ¿Te "las leyes libró XUl cap. Xll. 



(3.1) 
paz. Dos ñacldnes qae negocian eslíe si se hacen recíprocamcnie 
dependientes : si la una tiene interés en comprar , la otra tiene in- 
terés en veniler, y todos los contratos están fundadas sobre necesi- 
dades múluas.» ¿No es este, en dos palabras, el programa de la 
política moderna? Nosotros marchamos apresurados acia la reali- 
zación de este grande pensamiento harmónico, que fue dado á 
Bloulcsquieu anunciar, sin poder demostrar su exactitud. Esta ta- 
rea correspondia á los economistas y quiza nunca sus trabajos se 
distinguieroo mas claramente de los de los filósofos del siglo 
XVIII, que en todo loque hace relación á este asunto. En efecto, 
Montesquieu no bien espone las verdaderas bases del comercio de 
las naciones cuando se le escapa la demostración y cae en las mayo- 
res contradicioucs (i) «La libertad del comercio no es, dice, una 
facultad concedida á los negociantes para hacer lo que quieran : es- 
to seria mas bien ser\ iduníbre. Lo que sugeta al comercio nu in- 
comoda por eslü al comercio.» Mas adelante aiíade: «Es preciso que 
el estado sea neutral catre sus aduanas y su comercio y que haga 
de modo que estas dos cosas no se crucen ; y entonces se gozará fie 
la libertad del comercio.» El instinto generoso é ilustrado de esie 
celebre escritor le hacia adivinar ios verdaderos principios, y las 
preocupaciones de su tiempo se los ocultaban al momento á sus 
miradas; testigo su opinión soljre las esportaciones, inficionada de 
los mas ancjos errores de la balanza de comercio. « Un pais , dice» 
que esporta siempre menos mercancias que las que recibe, se po- 
ne él mismo en equilibrio empobreciéndose: y recibirá siempre 
menos hasta que en una pobreza eslremada , no reciba ya nada.» 
Esta estraila aserción se halla es verdad, en un capítulo inti- 
tulado : A que nación es perjudicial hacer el comercio, y Montesquieu 
ha designado el Japón como uno de los paises con los cuales hay 
menos inconvenientes en traficar, «porque la cantidad escesiva de 
lo que puede recibir, produce la cantidad escesiva de lo que puede 
cmbinr; » pero no menos se debe sentir que tales errores afeen una 
obra cuya publicación ha prestado tantos servicios á la humanidad. 
En otra parle (2) el autor esclama: "No me corresponde á mi re- 
solver la cuestión, de si la España no pudiendo hacer el comercio 



(1) L.i refutación m,is completa de los errores de Montesquieu en Economía políti- 
ca §6 debe á Üestult-Tr.icy , cuyo eseelente comentario sobre el espíritu de las leyeí 
es casi t.in estimailo como la obra. 

(2) tspirilu de las leyes libro XXI, cap. XXIII. 

4l 



de las Indias por sí misma , valdria mas que le dejase libre á los 
estrangeros. Solamente diré' que la conviene poner á este comer- 
cio los menos obstáctalos que su política pudiera permitirle.» Asi 
es que arrastrado sucesivamente por ideas contrarias, Montesquieu 
ha defendido la libertad y las prohibiciones, y sus obras lian ser- 
vido de arsenal á lodos los partidos, filosóficos, económicos y po- 
líticos porque se hallan en ellas argumentos para todas las causas; 
como, en el momento de la fermentación, se ve alas heces hervir 
con una multitud de productos impuros, mezclados con los líqui- 
dos mas puros. Era dificil no confundir muchas cosas diferentes 
revolvie'ndolas de una manera tan viva como el inmortal autor í/e/ 
espíritu de las leyes ^ y esta consideración esplica muy bien porque 
no ha sido dado á los mismos hombres establecer las cuestiones y 
resolverlas. Los filósofos del siglo XVllI no han visto la solución 
del problema social sino al través del prisma de su imaginación y 
como poetas: los economistas solos han aplicado á ella el método 
experimental, y no es realmente mas que entre sus manos donde 
la Economía política ha llegado á ser una ciencia de observación. 

Se hallan en las obras ecomómicas de J. J. Rousseau las mis- 
mas contradiciones y las mismas dudas que en Montesquieu. Ha- 
ce como el la guerra al lujo: se dedica principalmente á ponderar 
las maravillas de la agricultura. El comercio y las rentas no le 
parecen propias mas que para debilitar á los pueblos y corromper- 
los. «Desde que no se quiere mas que ganar, dice (i), se gana 
siempre mas en ser bribón que en ser honrado. Los que manejan 
dinero aprenden bien pronto á hurtarlo ¿y que son todos los cela- 
dores que se les ponen sino otros bribones que se envia á que par- 
tan con ellos ?" Para evitar este manejo funesto J. J. Rousseau pro- 
ponia pagar á los funcionarios públicos en especie y hacer ejecu- 
tar el servicio público por carga concejil. Tal es según él , el espí- 
ritu que deberia reinar en un buen sistema económico: "Poco pen- 
sar en los estrangeros, hacer poco caso del comercio, suprimir el 
papel sellado, imponer sobre los ganados y especialmente sóbrelas 
erras como lo proponian los fisiócratas, porque en fin es lo que produce 
o quédete pagar." Y aun el impuesto sóbrelas tierras no|debia serar- 
bitrariosinoun diezmo puestoen administración, « á finqueelestado 
tubiese dinerosin que losciudadanosestubiesen obligados á darlo;» 

(1) DeJ gobierno de Polonia cap. XI. 



(323) 

Es' a Economía 'política era la consecuencia nátoral de las pa- 
radojas famosas de que Ivoasseau jamas lia dejado de ser elocuente 
propagador. Conducía derecho al régimen de Esparta y á las leyes 
de Licurgo.» Cultivad, anadia, las ciencias, las artes, elcomcrcio> 
la industria: tened tropas regladas, plazas fuertes, academias; so- 
bre todo un buen sistema de hacienda que haga circular bien el 
dinero y os proporcione mucho: de este modo formareis un pueblo 
intrigante, osado, avaro, ambicioso, servil y malvado como los de- 
mas: entrareis en todos los sistemas políticos, se solicitará vues- 
tra alianza, se os ligara por tratados; no habrá nna guerra en 
Europa en que no tengáis el honor de estar metidos. Pero si por 
casualidad deseáis mejor formar una nación libre, apacible y sa- 
bia , aplicad vuestros pueblos á la agricultura y á las artes necesa- 
rias á la vida: haced el dinero despreciable, y si puede ser inú- 
til." Rousseau no pensaba que para aplicar los pueblos á la cultu- 
ra de las artes necesarias á la vida, eran precisos capitales, como 
lo son á la agricultura misma, á menos que no sea explotada por 
el régimen patriarcal de los tiempos heroicos y de los pequeiios es- 
tados. No basta gritar: «cultivad bien vuestros campos, sin ha-» 
cer caso de lo demás; bien pronto recogeréis el oro, y mas de lo 
que os sea necesario para adquirir lo que os falte." Este resulta- 
do no puede obtenerse sino por el comercioy por las especulaciones 
para las que es preciso grandes capitales. De este modo el filósofo 
de Ginebra fue conducido por su sistema á pedir la supresión de 
las ciudades, es decir, de la civilización misma contra la que ha- 
bía roto las hostilidades en el memorable discurso que fue coro- 
nado por la academia de Dijon. 

Rousseau quería impuestos sobre las mercancías, como los te- 
níamos nosotros no hace mucho sobre las casas de juego : despaes 
pensó en el contrabando y proponía para evitarlo esceptuar de to- 
do derecho los encages y las joyas demasiado fáciles de ocultar. 
iTristes medios para impctlir esta desigualdad de condiciones, cu- 
ya fantasma le causaba miedo, y que es inherente á la civiliza- 
ción misma! "SI por ejemplo, decía, el gobierno puede prohibir 
el aso de los coches , puede con mayor razón imponer una con- 
tribución sobre ellos (i); medio prudente y útil de condenar su 
usoy sin hacerle cesar. Entonces se puede mirar la contribución 

(1) Del gobierno de Palonia , cap. XI. 



como ana especie de multa cayo producto indemniza el abuso qnc 
castiga." ¡Quie'n creerla que después de esta salida, digna de un 
antiguo censor romano de los dias mas austeros de la república, 
Rousseau tomase la defensa de los gobiernos, contra ciertos econo- 
mistas que los quieren escluir de toda parlicipacion en los asun- 
tos industriales del estado! " Es preciso rechazar semejantes ideas. 
Si en cada nación, aquellos á quienes el soberano comete el go- 
bierno de los pueblos fuesen sus enemigos por inclinación, no se 
tomarian el trabajo de buscar lo que deben liacer para hacerlos 
dichosos (i)" y tenia razón. ¿Que' inferir, pues de este amalga- 
miento incoherente de doctrinas liberales hasta la anarquía , y de 
doctrinas giihernamcntalesj como se dice eneldia, hasta la arbitra- 
riedad? Que los verdaderos principios de la fisiología social eran 
aun poco conocidos, porque los esperimentos decisivos no estaban 
hechos y que la Economía política era, hasta para los ingenios 
mas adelantados, una ciencia de imaginación. 

Las escurslones de Voltaire en el dominio de la Economía 
política nos ofrecen una nueva prueba de esta verdad. Al atacar 
las teorías de los otros, ha tenido ocasión de esponer la suya sobre 
estas graves materias, y tengo el disgusto de decir q^e se ha li- 
mitado á echar el barniz de su prosa elegante sobre los lagares 
comunes mas anticuados de su e'poca. Su hombre de lo'; cnarxtnfa 
escudos (a) compuesto con la intención de ridiculizar á los fisió- 
cratas y principalmente á su mas hábil interprete, Mcrcier de la 
Rivierc, no es mas que ana reproducion ingeniosa de todas las 
preocupaciones en favor de la balanza del comercio y de las pro- 
hibiciones. Voltaire sostenía en ella que los pequeíios no viven 
mas que del lujo de los grandes, y pensaba como Luis XIV que los 
príncipes dan limosna gastando mucho. "Por todas partes , dice, 
el rico hace vivir al pobre. He aqui el único origen de la indus- 
tria y del comercio. Cuanto mas industriosa es una nación, tanto 
mas gana sobre el estrangero. Si sacáramos del eshangero diez 
millones cada año por la balanza del comercio habria en veinte 
aííos doscientos millones mas en el estado ; pero no es seguro que 
la balanza -de nuestro comercio nos sea siempre favorable: hay 

(1) Economía jiílítica; al fin t'el articnlo. 

(2) Los economistas pretendi.m quií en un estatlo organizailo segun sus tloctrinas, 
una suma meJia de 40 escudos (unos ,'iOO rs. rn.) debi;t bastar jiar.'i la existencia ife 
cada ciud.idano. De aijui viene el titulo que Voltaire dio i la reí'utacion burlesca da 
afjutíl sistema , á sal>er: El hombre de lo» 4o picudos. 



tiempos en qae períemos. Oigo hablar mucho de poLiacion. Si 
taviéramos el capricho de engendrar doble número de hijos de los 
que tenemos, si tuvic'ramos cuarenta millones de habilanles en 
vez de veinte, ¿que' sucederia? Sucedería que cada uno no tendría 
que gastar mas que veinte escudos, ó que seria preciso que la tier- 
ra diera el doble de lo que da, ó que huvie.se en ella dobles pobres, 
ó seria preciso tener doble industria y ganar el doble sohre el es- 
trangero, ó enviar la mitad de la nación á Ame'rica ó que la mi- 
tad de la nación comiese á la otra." 

Aunque estas líneas sean muy ligeras contienen el resumen de 
las doctrinas económicas que estaban en boga en la época en que 
aparecieron los primeros escritos délos fisiócratas. Asi es como se 
pensaba entonces en tola Europa, y Voltaire no era sino el eco de 
sus contemporáneos cuando escribía en su defensa del Mundano. 

"Sabed que el lujo enriquece un gran Estado, si bien pierde un<» 
pcquei^o : el esplendor y pompa mundana es señal cierta de un reinado 
leliz: el rico ha nacido para macho gastar, asi cOiHO el pobre para ma- 
ciio guardar." 

Distan mucho estas doctrinas elásticas de los primeros análi- 
sis de Adán Sniiih, pero era ya niuclio que se las concediera tan- 
to sitio en todas las obras de alguna importancia y que los mas 
JbcHos talentos de nuesLra literatura se hubiesen hecho sus órga- 
nos. Cuando los fundadores de la ciencia echaron mano de los 
materiales esparcidos en los libros de los filósofos , hallaron la opi- 
nión púbiica preparada á las discusiones de interés social, y no 
tubieron mas que tomar la palabra para hacerse escuchar. IMer- 
cier de la I\iviere era seguramente menos elocuente que X J. Pioa- 
seau, y estamos ciertos que Adán Smilh no es tan grande escri- 
tor como Montesquieu; pero estos economistas tenían sobre Ios^í- 
lósofos la ventaja de ana dialéctica mas convincente, de un meta- 
do mas seguro y mas sólidamente establecido sobre el terreno de 
l'js hechos. Esto es lo que da indudablemente un carácter particu- 
lar de gravedad á sus obras, mejor acogidas de los gobiernos que 
las obras de los enciclopedistas, atrevidos censores que parecen 
mas ocupados en destruir que en reformar. De este modo su tiiun- 
fo ha precedido con mucho tiempo al de los economistas v la rc- 
voluc¡f)n política de la que fueron los primeros apóstoles, ha te- 
pido tiempo de dar la vuelta al mundo, antes que la revolucioo 



(326) 

económica haya Sülameníe elegido sus primeros campos de batalla. 
La libertad civil y religiosa está aset^urada en casi toda Europa: 
la libertad comercial está aun por nacer. Hay un derecho de gen- 
tes político: no le hay industrial. Las naciones respetan un pal- 
mo de nieve sobre la frontera que las separa, y se roban sin pudor 
sus propiedades literarias, como piratas. Aquí, contribuciones 
enormes pesan sobre el comcrciu; en otra parte el comercio está 
menos oprimido, Se han visto soberanos pretender la dominación 
esclusivade la embocadura de un rio; otros quieren cerrar los ma 
res, quitar los puertos, alterar las monedas, todo está en anarquía 
en la producción, ««entras que el orden reina en la política. 

l\aynal es el primer escritor economista del siglo XVIIÍ» 
cuyas obras ofrecen la imagen de esta lucha interior délas dos re- 
\olucioncs. Se conoce al leerlas, que trabajaba de preferencia en la 
revolución política: declama conm un tribuno del pueblo; dirige la 
palabra y dice invectivas al modo de los demagogos: pero sus filípi- 
cas vehementes contra el tráfico de los negros, sus animadas pin- 
taras del monopolio y de sus consecuencias en las dos Indias, le 
destinaban un sitio respetable entre los fundadores de la emanci- 
pación industrial y comercial. Aunque sus miradas sean por mo- 
mentos un poco vagas y mal fijadas, llaynal ha presentado la re- 
volución económica del siglo XIX de la que la independencia de 
los Estados Unidos forma el primer episodio. Se ve que el ha pen- 
sado en dias mas dichosos para las clases laboriosas , sea que nos 
las pinte errantes sobre una nave ó encerradas en un taller; sea 
que se indigne de los abusos de la fuerza europea acia las razas de'- 
biles del continente americano. No se lee ya mucho hoy día: se 
tratan sus escritos á la manera de armazones que el arquitecto de- 
sarma y quila á medida que su edificio se levanta; pero la historia 
filosófica quedará como un recuerdo de los primeros esfuerzos con- 
sagrados á la defensa del trabajo y á la rcgeneraciou de los traba- 
jadores. Este libro parece escrito sóbrela brecha; reina en el un ar- 
rebato de estilo que anuncia la proximidad délas revoluciones ; es 
el ultimo reto lanzado antes del combate. R.cstanos ver á los com- 
batientes en la refriega; lid sublime y convulsiva en donde todo 
viene á ser instrumento de destrucción y de guerra; en donde la 
filosoGa misma creyó deber recurrir ala segur para desembara- 
zare! terreno sobre el caal nuestros hijos serán llamados á edificar. 



(327) 
CAPITULO XXXVII. 

De las doctrinas económicas de la reoolucíon francesa. — Tienen fo- 
das un carácter social mas bien (jue industrial. — Son cosmopolitas 
en teoría y restrictivas en la practica.--La Convención y ellmpe- 
rio las concierten en armas de guerra. — Ojeada general de las 
consecuencias del bloqueo continental. — Existia de hecho antes 
de ser decretado. — Horrorosas preocupaciones que ha esparcido. 

Hay un dicho célebre del abate Sieyes que caracteriza perfec- 
tamente la tendencia de la Economía política," al principio de la 
revolución francesa. «¿Que es el estado llano? decia. Nada. ¿Que 
debe ser? Todo" Esta palabra profunda reasume el pensamiento 
del siglo XVIIÍ, que volvia á honrar el programa olvidado de 
Turgot y anunciaba el advenimiento de la fuerza capaz de hacerle 
egecutar. Asi apenas esta palabra fue pronunciada , cuando se pu- 
so en obra, y en algunos meses de sesiones , la asamblea constitu- 
yente abolió los privilegios, destruyó la aduanas interiores, sua- 
vizó el régimen de las fronterizas, supilmiólas corporaciones, su- 
getó á todos los ciudadanos al pago del impuesto, y preparó la 
emancipación del trabajo. Jamas en ninguna otra época se habia 
hecho semejante siega de abusos inveterados, y manifestado una 
voluntad tan firme de marchar atrevidamente por el camino de las 
reformas. El edificio social fue por decirlo asi, reedificado y no hu- 
Lo en él una sola institución importante que no fuese modificada 
mas ó menos profundamente. 

La inmortal noche del 4- de agosto de 1789 vio realizarse ¡a 
mayor parte de estos cambios memorables. Algunas horas basta- 
ron para la abolición de los gremios, de las manos muertas, de 
los derechos feudales, de los privilegios de las desigualdades fis- 
cales. Al mismo tiempo la Asamblea constituyente hechaba los 
cimientos de una división territorial que destruia los privile-. 
gios délas provincias, creando la unidad nacional. La Francia 
podia en adelante levantarse como un solo hombre acia los nuevos 
deslinos que la revolución acababa de ofrecerle. El trabajo era li- 
bre ; los ciudadanos lo eran también; ninguna carrera estaba cer- 
rada á su capacidad , ninguna esperanza privada á su ambición' 



(3.8) 
El gobierno cenlral , vigorosamcnle ürganí'/ado podía hacor ejecu- 
tar sus ordenes de un eátrcaio á otro del reino. Las esperiencias 
(lecreladas en París no cncontroiljan resistencia seria en los depai- 
tainenlos, y asi es como comenzó esta serie de lentalivas mas ó 
menos dichosas que han suministrado laníos objetos de estudios y 
de meditaciones á los economistas y á los hombres de estado. - 

Todo estaba por hacer en inalcria de industria, de comercio, 
de hacienda: la Asamblea coasiiiuycnle puso valerosamente ma- 
nos á la obra. La supresión de las corporaciones fue seguida de la 
creación de palcnfcs; la abolición de las aduanas interiores fue 
acompañada de un alivio en el régimen de las aduanas esteriores, 
g1 impuesto territorial fue establecido sobre el principio de la igual- 
dad de todos los franceses ante la ley. Hubo sin duda muchos er- 
rores cometidos en este periodo de ensayos arriesgados , demasia- 
do frecuentemente efectuados en medio de las preocupaciones políti- 
cas mas vivas: pero estos errores mismos han Uegadoáser para noso- 
tros, graves motivos de ensefianza, y la ciencia se aprovecha hoydia 
de ellos, como de un faro destinado á evitarnos nuevos naufragios 
Con lodo cualquiera que fuera la osadia y la originalidad de ¡os 
reformadores de ¡790, ellos estaban demasiado imbuidos de los 
principios que dominaban en esta época en el mundo filosófico y 
económico, para no ceder á su in^^luencla cuando se presentó la 
ocasión de hacer su aplicación. Asi las ideas de los fisiocralas de- 
tKjrminaron á la Asamblea constituyente, á pesar de las prudentes 
representaciones de Roederer y de otros ingenios adelantados, 
á reconcentrar el peso de los impuestos en la propiedad territo- 
rial. A duras penas se consintió unir á ella las cuotas mobiliarias 
y los derechos de aduanas. La Francia se vio privada por un ras- 
go de pluma de los recursos inmensos que hubieran podido sacar 
de las contribuciones impuestas á todos los productores que no vi- 
vian de sus rentas, y le fue preciso bien pronto buscaren los íwj- 
nados una compensación á este déficit voluntario, añadido al défi- 
cit de la antigua monarquía. 

La creación de los asignados fue un origen borrascoso pero fe- 
cundo, de cambios ventajosos en nuestro orden social. Favoreció 
la división territorial y devolvió á la cultura un multitud de ter- 
renos, en otro tiempo consagrados á usos estériles. Multiplicó 
el núiaero de prodaclores procurándoles el primer elemento de la 



producción ,1a tierra; yel mas enérgico esllmalante del trabajo, la 
propiedad. En los informes de los principales miembros de las 
grandes asambleas deliberantes, es donde los hombres estudiosos 
de nuestros días hallarán un amplio campo sobre tan importantes 
materias. Mirabeau, Necker, llocderer, Dallarde, Cambon, nos 
han dejado trabajos á los que la posteridad comienza á hacer 
justicia, y que merecen figurar entre los monumentos intere- 
santes de la Economía política. ¿Que cosa mas favorable á la 
industria que la legislación de las patentes de invención y las lu- 
minosas discusiones que hubo con este motivo en el seno de la Asam- 
blea constituyente? Después la Convención nacional aseguró por 
un decreto la propiedad literaria: consolidó la unidad de los pesos 
y medidas en toda Francia por la adopción del sistema decimal, 
y reparó noblemente los golpes que las circunstancias la forza- 
ban á dar á la fortuna de los ciudadanos, con creaciones gigantes- 
casque han contribuido poderosamente á aumentar la fortuna del 
estado. Hubo un momento en que osó decretar las conquistas in- 
dustriales, asi como las militares: el telégrafo, la química, la fí- 
sica, estaban á las órdenes de sus comisiones, como la victoria 
á las órdenes desús generales. 

No podemos sin embargo pasaren silencio los espedientes ter- 
ribles á que esta asamblea se vio obligada á recurrir para luchar 
contra la coalición de los reyes. El dia de la justicia comienza a 
lucir para ella, y nadie ignora que á sus ojos el máximum, las re- 
quisiciones, los empre'stitos forzosos, no fueron recursos regulares, 
sino medidas de salud pública exigidas por la mas inflexible nece- 
sidad. En el peligro estremo en que se hallaba la patria, era pre- 
ciso atender á lo mas urgente y á pesar de todo, sus mas violentas 
resoluciones se distinguieron siempre por una elevación de miras 
que rara vez se encuentran en los gobiernos mns ilustrados y los 
tiempos mas tranquilos. Es necesario remontarse al punto de par- 
tida <Je estas medidas, para apreciar con equidad sus consecuen- 
cias rigorosas ú inevitables. Figúrese á la Convención reducida á 
los solos bienes del clero y de los emigrados, para hacer frente á 
la Europa entera y á la guerra civil. A fin de poner en circula- 
ción el valor do estos bienes, habia imaginado los asis^nados que eran 
su equivalente, pues dcbian entraren el tesoro y ser quemados por 
medio de compras. Pero pocos compraban los bienes: en vano se 

42 



(33o) 
malllplicabanlos asignados á prevención; cuantos mas se creaban, 
mas despreciable era su valor. Fue preciso prohibir el uso del 
numerario, y apelar á los antiguos edictos del regente contra el 
oro y la plata como al fin del sisíema de Law. Todos los dias 
sub'an los precios al par de las emisiones del papel moneda. En- 
tonces fue cuando se quiso establecer el máximum ; pero las mer- 
cancías desaparecieron. 

Es fácil indignarse hoy día, en nornbrc de la ciencia, délas in- 
fracciones que tuvo que sufíir en tiempos tan agitados: nosotros 
ademas hablamos aun bajo la iníluencla del terror de nuestros pa- 
dres. Pero cuando se ve', después de la bancarrota á Cambon vol- 
ver á abrir con mano firme y tranquila el gran libro de la deuda 
pública y hacer pasar bajo el misino nivel á, los acreedores de tOi- 
das épocas, ligando su suerte á la conservación del nuevo sistema, 
no se puede menos de sentir un moNiíniento de admiración y de 
respeto. El interés quedó fijado en una cuota única; todos los cré- 
ditos fueron convertidos en una renta perpetua no rcembolsable, á 
menos que el gobierno no quisiese rescatarla cuando bajase á la par, 
loque equivalía á una verdadera amortización. La ciencia del cré- 
dito público renació del seno mismo de la asamblea que pareciaha- 
Ler ahondado su sepulcro. Al mismo tiempo, la Convención inten- 
tó la gran reforsna de la incn llclJaJ por medio de numerosos decre- 
tos dados á favor de las clases in ügcules. Proclamó la educación, 
deuda nacional; y si este gran principio no ha recibido una com- 
pleta aplicación, permanece como un monumento de la solicitad 
oficiosa de la Francia para la mejora de la suerte de todos sus hi- 
jos. Parcela que la Convención trabajaba para el genero humano: tan 
vasto era su horizonte y tan altos y generosos sus pensamientos. 

En medio de todos los ensayos económicos intentados por nues- 
tras grandes asambleas, solo luy uno que no pudo recibir la 
sanción de la esperiencia, ni aun por un corto tiempo, la libertad 
del comercio. Ella sola ha permanecido desconocida á los franceses 
durante el periodo en que las ensayaron todas. La Constituyente 
adoptó un régimen de aduanas muy moderado; pero se inclinaba 
visiblemente acia el sistema restrictivo. La Convención hizo de las 
aduanas un arma de guerra, dirigida principalmente contra In- 
glaterra; y sus preocupaciones, alimentadas con todo estudio du- 
rante el Imperio, no han contribuido poco al triunfo de las ideas 



(33.) 
mezquinas que reinan a'jn en Francia respecto de las caéstioncs 
comerciales. Es una desgracia que nunca se llorará bastante. Hu- 
biera sido tan imnortante para la ciencia que este gran proceso, 
abierto hace muchos siglos, fuese al menos jnzgado en primera ins- 
tancia.... licjos de esto la liborlad no ha destruido mas quclas bar- 
reras interiores: no ha librado al trabajo mas que de una parte de tra- 
bas y lo que resta basta para complicar todas ias cuestiones de Eco- 
nomiía política hasta el punto de hacerlas casi irresolubles. Asi en 
Inglaterra la cuota de los pobres es una de las causas principales 
del mantenimiento de las leyes de cereales, que son prolúbilivas: 
asi como las dificultades; siempre cfccientes de, nuestro comercio 
son el resultado incontestable de la vida artificial qqe las tarifas 
han dado á nuestra industria. Napoleón que la metió de hecho en 
esta via , por el establecimiento del bloqueo continental, no disi- 
muló sus graves inconvenicntL'S : "Nos ha costado mucho, decia, 
volver después de tantos nilos de civilización, á los principios que 
caracterizan la barbarie de las primeras edades de las naciones; 
pero hemos sido violentados á ello para oponer al enemigo común 
las mismas armas de que él se sirve contra nosotros (i)." 

El bloqueo continental puede ser considerado como la última 
espresion del sistema económico adoptado por la Francia desde el 
principio de la revolución. Aunque Napoleón no hubiese querido 
hacer mas que un acto legítimo de represalias contra el gobierno 
británico, el decreto de Berlin yino á ser la base del régimen in- 
dustrial y comercial de la Francia y déla Europa continental por 
toda la duración del imperio. Esto decreto que ponia á la Inglaterra 
en entredicho, hacia caer las barreras que separabs>n á las demás 
naciones. Establecía una especie de federación mutua contra el ene- 
migo común y abria el continente todo, cerrando una isla. Por la 
primera vez la libertad parecia renacer del escesrf mismo de la pro- 
hibición. Los diferentes estados europeos sometidos á las mismas 
leyes comerciales por la conquista ó por los tratados, no formaron 
ya mas que un solo pucbh de productores, y Jamas el desarrollo 
de sus manufacturas tomó mayor vuelo que bajo la influencia de 
esta concurrencia que ios animaba á lodos. Estos fueron los mas 
hermosos dias de la industria francesa, y sin embargo entonces la 



(1) Mensage ite Napoteoa al Senado al remitirle el edicto de Ikrlin el 21 da oo- 
ivkmbre de ItiUC. 



(332) 
Francia poseía la Bélgica, la Italia, la Pruíia rlniana, cuyas fábri- 
cas de paños, de sedas, de telas, rivales de las nuestras, lejos 
de dañar á su prosperidad, realzaban su brillo y su valor. El 
bloqueo continental hubiera abierto la era de la libertad del co- 
mercio en Europa, si lo hubiese podido legitimar el nacer de un 
pensamiento de guerra y de represalias inspirado al emperador. 
Pero el resultado definitivo de este sistema fue acostumbrar la 
industria europea á vivir á espensas de la protección ficticia de 
las tarifas. Todas nuestras manufacturas tomaron un vuelo in- 
menso, animadas por la esclusion de los productos cuya rivalidad 
podia serles mas peligrosa y por las salidas ciertas que nos ofre- 
cía la Europa entera, sometida á nuestras armas. El hierro y la 
líornaguera de Bélgica, las telas de Holanda, las sedas de Italia, 
las lanas de Alemania, admitidas en nuestros mercados como mer- 
cancías francesas, no impidieron entonces el desarrollo de nues- 
tras fábricas nacionales: ¿cómo pues es preciso para sostenerlas, 
después de la paz de >8i5 tarifas cada dia crecientes y dirigidas 
contra estos mismos pueblos cuya concurrencia no habla causado 
ningún perjuicio á la Francia, durante la incarporaacion á su ter- 
ritorio? Cada uno de ellos se encerró después en un triple círcu'o 
de aduanas y hemos visto la guerra industrial mas encarnizada 
suceder á las guerras políticas como si la paz general fuera una 
quimera, una utopia incapaz de realizarse jamas. En vano la re- 
volución emancipó el trabajo por la supresión de gremios y de 
maestrías: dejando subsistir el sistema prohibitivo ella ha man- 
tenido un verdadero feudalismo comercial que asegura á ciertas 
clases de productores beneficios obtenidos á costa de la comunidad: 
ha dado origen á estas guerras intestinas del trabnjo en las cuales 
tantos trabajadores sucumben víctimas de las leyes que parecen 
hechas para protejerles. El grande error de este sistema es haber 
tratado á los productores estrangeros, es decir, á los inventores 
de los productos cambiables, como adversarios mas bien que como 
clientes. Se han hecho servir los antiguos rencores políticos á la 
conservación de las preocupaciones de la industria colocando bajo 
los auspicios del patriotismo los cálculos interesados del privile- 
gio y de los monopolios. La Convención y el imperio habían hecho 
de la prohibición una arma de guerra: ¡nuestra civilización conti- 
núa sirviéndose de ella después de veinte aíios de paz! 



(333) 

No es preciso pues buscar en los grandes IraLaJos Je la revo- 
lución francesa, el germen de las reformas económicas cuya auro- 
ra parece lucir entre nosotros. Todo lo que la revolución france&a 
ha hecho á este fin, lo ha hecho de un modo indirecto y ohlicuo: 
lo ha reasumido en sus códigos, y es por esto por lo que han de- 
jado, bajo muchos aspectos, de hallarse cu armonia con nuestras 
necesidades. La supresión del derecho de primogenitura , la igual- 
dad poco mas ó menos absoluta de las particiones en línea direc- 
ta, la legislación de las sociedades de comercio, la unidad de los 
pesos y medidas son beneficios incontestables; pero la igualdad an- 
te la ley deja de ser una verdad, cuando se ve á los trabajadores 
de toda clase, ya tributarios del capital por el salario, serlo tam- 
bién por el consumo. En el estado actual de la legislación, nin- 
guna garantia protege al trabajo en sus relaciones con la riqueza 
que le manda y que le paga: ninguna garantia asegura al asa- 
lariado la libre disposición de su salario. Hl precio del trabajo 
tiende sin cesar á la baja y el de los consumos á la alza porque 
uno y otro están realmente fijados por una sola de las partes cou- 
tratanles. La revolución francesa se ha hallado como nosotros en 
presencia de este problema formidable cuya solución quiso hallar 
en los suplicios: pero los suplicios han sido tan insuficientes como 
las leyes para conseguir su objeto. El máximun ha producido el 
hambre: la fijación arbitraria de los salarios ha suprimido el tra- 
bajo. Las liberalidades hechas á los pobres han creado la men- 
dicidad: la esclasion de los productos eslrang^eros ha abierto la 
puerta á los monopolios. 

Los ensayos atrevidos de esta e'poca no carecen de semejanza 
con los que Turgot habia intentado, bajo la monarquía, en in- 
terés de las clases laboriosas. La sola diferencia que los dislin^u-í 
es que los reformadores de la Convención, mas poderosos que el 
ministro de Luis XVI, no tubieron cuenta de los hechos y de las 
resistencias, ante los cuales Turgot se vid obligado á retroceder. 
Parecia que á sus ojos la especie humana era una materia inerte 
capaz de soportar todas las esperiencias: tantos fueron los siste- 
mas absurdos, anárquicos y destructores de toda sociedad que se pro- 
pusieron. Marat, Saint- Jusl, Rabeof nos han dejado monumen- 
tos curiosos de esta monomania que perturbaba los espiritas, an- 
siosos de novedades y los disponia á poner en práctica los delirios 



sotSales mas estfavagahtes, como se ensayan en uñ áabora lorio de 
operaciones químicas las toniijinaciones de sustancias. ISo hubo 
bien pronlo mas que una sola palabra en el vocabulario econó- 
mico de la len^a francesa; esta fue la palabra célebre de Danton: 
audacia 1 -audacia y siempre audacia. Cuando el común de París 
Srilio á 'solicitar de la Convención nacional el establecimiento del 
'jnáxiniínn, su presidente dijo: "Se trata de la clase indigente, por 
*lá que el legislador nada hace , cuando no lo hace lodo. ?«io se ob- 
jete el derecho de propiedad: el derecho dc-propiedad no puede ser 
el derecho de matar de hambre á sus conciudadanos, l^os frutos 
áéí'ía iíierra como el aire, pertenecen á todos los hombres (i)." 
Maral fue -mucho mas lejos , y podríamos citar exageraciones se- 
mejantes de tíste energúmeno , si la posteridad que ha comenzado 
para el, no le hubiese ya colocado en la fila de los insensatos. 

Saint-Just fue la espresion mas atrevida y mas elevada de 
lísfa ésc¿ela de Tribunos, imitada de los Gracos y á cuyo lado 
esto's ihislresí facciosos eran hombres moderados. Los <;scri ios que 
ha dejado contienen su pensamiento econíímico lodo entero, tan 
enér2¡camenle reasumido por el orador del Común de París, y tan 
claramente formulado en los decretos dados por la Convención 
nacional durante la dominación de los Montaíjeses. Estaba reser- 
vad» á iBabeuf sobrepujar á estas doctrinas y predicar abierta- 
mente la ley agraria, la abolición de la propiedad y la insurrec- 
ción permanente de los pobres contra los ricos. Pero estas teme- 
ridades no han tenido olro resultado que separar para mucho 
tiemoo los mejores espiritas de toda especulación social: tanto 
han temido verse confundidos con los demagogos furiosos de la 
escuela anárquica. Una lección severa ha salido ademas , de todos 
los ensayos arriesgados de la revolución francesa: tal es que no se 
reforman tan fácilmente las costumbres como las instituciones, y 
qiic las mas hermosas leyes no bastan para asegurar á cada ciu- 
dadauo una condición próspera sino concurre á ello con su traba- 
io y su moralidad. Todo lo que la filantropía de los legisladores 
poiia decretar sobre riqueza y felicidad pública , ha sido decreta- 
do y se ha reconocido que la riqueza pública sigue otras leyes 
que las de la fuerza y tiranía. Aun cuando no se hubiera hecho 
mas era esto an progreso inmenso, porque ha forzado á los go- 
(1) mslom ijiarUiaeaiiria de la rerolucioa tomo XXYI pá¿ 52. 



(335) 
blernos y á los Individuos á buscar en otra parle mas que en los pro- 
gramas legislativos, ios elenienlos de su grandeza y de su porvenir, 

¿Que queda pues de lodos eslos sueños briUaiilcs y generosos 
que han agitado al mando, desde Turgol hasta nuestros días, y 
que* conqnisstas sociales ha helico la Economía política que la pro- 
duyican a!g:ína gloria? ríosolros podríamos citar dos memorables, 
la emancipación de las colonias inglesas y españolas de la Amé-r 
rica, y la abolición de la esclavitud de los negros; á loque.quízá 
convenga añadir la supresión de los privilegios gremiales; es de- 
cir, la franquicia del trabajo. Tenemos aun otras dos victorias 
que ganar: la franquicia de los trabajadores y la del comercio; 
obra difícil y compücaiLi en un tiempo como el nuestro, en que 
los gobiernos mismos participan de las preocupaciones vulgares 
contra la libertad comercial y la consideran como hostil al trabajo 
nacional. De lodos los errores económicos de ia revolución este 
solo ha sobrevivido, mas audaz que nunca y se lia elevado triun- 
fante sobre las ruinas de los demás. No se defienden ya, la escla- 
vitud , ni las corporaciones, ni las compañías privilegiadas: los 
odios niciona'es han desaparecido poco mas ó menos para hacer 
lugar á rivalidades, á envidias industriales. El campo de batalla 
no esta ya en las llanuras, está en los talleres. ¡Aquí es donde la 
guerra continúa encarnizada , infatigable y haciendo v/ctímas 
en todos los partidos ocupados en dañarse , en vez de ava- 
darse mutuamente; guerra verdadera en donde los combatientes 
se sirven de máquinas ingeniosas y poderosas que dejan sobre el 
terreno de la miseria millones de trabajadores espirando, hombres 
y mugeres, sin piedad ni para la ancianidad ni para la infincia! 

Esta guerra es hoy día la última espresion de la antio'ua Eco- 
nomía p!)lílica en Europa y el último eco de la grande querella 
social escitada por la revolución francesa. Esta no es solamcnle 
una lucha internacional: es un combale serio entre las diversas 
clases de trabajadores. La Francia tiene sin duda traza de rivali- 
zar con la Inglaterra; pero el capital lucha mucho mas proftinda- 
menle con el obrero. ]>ajo pretesto de hacer triunfar al país en el 
primero de estos combales, se mantiene en el trabajo una or-^ani- 
zacion que ha dejado de estar en armonía con sus necesidades y 
los progresos de la civilización. De este modo nada hay de nuevo 
en la ciencia de 1789 á i8i4 siuo es la cspcricacia de los hechos 



(33G) 
cumplíaos y la facilidad de sacar sus consecuencias para marchar 
adelante y para acabar la obra de naestros padres. Con todo sal- 
drá bien pronto del seno de la industria un poder irresistible, des- 
tinado á curar, como la lanza de Aquiles, los males que hubiese 
hecho: poder nacido de nuestras discordias comerciales y que aca- 
bará por estinguirlas todas: es la asociación introducida de Ingla- 
terra en díude el esceso de los impuestos, originado por la guer- 
ra, ha suministrado los medios de hacer frente á ellos á fuerza de 
prodigios: pero bueno es remontarnos á las causas principales de 
este nuevo elemento del progreso social, y estudiar los hechos que 
han preparado su venida. 

CAPITULO XXXVIII. 

De la resolución económica i>errjicada en Inglaterra por los desea'- 
brimientos de Wnit y de Arkn^right. — Consecuencias económicas 
de la independencia de los Esladoí-Unidos. — Reacíon de la rei'O- 
lucion francesa en el sistema rentístico de Inglaterra. — Aumento 
de los impuestos. — Suspensión de los pagos del banco. — Desarrollo 
y abuso del crédito. — Enormidad de la deuda pública. — Conse- 
cuencias de la paz general. 

Mientras que la revolución francesa hacía sus grandes espe- 
riendas sociales sobre un volcan, la Inglaterra comenzaba las su- 
yas sobre el terreno de la industria. El fin del siglo XVIII estaba 
señalado para descubrimientos admirables, destinados á cambiar 
la faz del mando v acrecentar de un modo inesperado el poder de 
sus inventores. Las condiciones del trabajo sufrian la mas com- 
pleta modi&cacioa que pueden haber probado desde el origen de 
las sociedades. Dos máquinas, de aqui adelante inmortales, la má- 
quina de vapor y la de hilar, trastornaban el antiguo sistema co- 
mercial y hacian nacer casi al mismo tiempo productos materiales y 
cuestiones sociales desconocidas á nuestros padres. Los trabaja- 
dores volvían á ser tributarios de los grandes capitalistas; la car- 
retilla V el cilindro de vapor reemplazaban á los tornos y á los 
husos: al mismo tiempo que los hermosos ensayos del duque de 
Bridgcwater sobre la civilización comenzaban á dar sus frutos; 
y el perfeccionamiento de ios transportes coincidia con el acre- 



(337) 
ccnlamicnlo (le las mercancías. La producción del hierro y la ñe 
los demás metales se mejoraba con las hornagueras, cuya esplo- 
tacion se activaba por el empleo del vapor en los trabajos de des- 
agüe. Parecía que la Inglaterra había descubierto minas nuevas 
y se había enriquecido de pronto con tesoros inesperados. 

La generación contemporánea, mas ocupada en recoger los 
productos de sus conquistas que en buscar sus causas, no parecia 
haber apreciado en su justo valor los inconvenientes que llevan en 
pos suyo. Esta transformación del trabajo patriarcal en feudalis- 
mo industrial, en donde el obrero, nuevo siervo del taller pa- 
rece unido al terrazgo del salario, no alarmaba á los productores 
ingleses aunque tuviese un carácter de repentinidad muy capaz de 
turbar sus hábitos. Bien lejos estaban ellos de preveer q'.ie las 
máquinas les traerían tanto poder y tantos cuidados. La mendici- 
dad no se les aparecía aun bajo las formas amenazadoras de que 
se ha revestido después, y sus oficios mecánicos no habian des- 
envuelto este poder del trabajo que debía ser momentáneamente 
tan fatal á tantos trabajadores. Sin embargo, apenas sale de la ca- 
beza de estos dos hombres ingeniosos, Watt y Arkwright, la 
revolución industrial, se posesiona de Inglaterra. A fines del si- 
glo XVIIl no se consumía en Europa una sola pieza de algodón 
que no viniera de la India, y veinte y cinco años después la In- 
elalerra enviaba al país mismo de donde antes las sacaba. "El rio, 
dice Say, había retrocedido acia su nacinúento (i)" 

De e-.te modo dos cilindros pequeños movidos en sentido in- 
verso, bastaron para cainbíarenteramente las relacionesdela Europa 
c;)n el Asia, destruyendo tradiciones antiquísimas. Al mismo tiempo, 
la emancipación de los Estados- Unidos daba un golpe decisivo al 
sistema colonial, y mortal para todas las dominaciones metropoli- 
tanas. La ciudad de Bristol que dirigió al Parlamento peticiones 
muv animadas contra la paz con los insurgentes americanos, soli- 
citaba algunos anos después de firmada esta paz, la autorización 
para hacer nuevos diq-ies , necesarios para la estension de su co- 
mercio con las colonias emancipadas. De este modo se preparaba 

(í) Aules (le la iiivencioa de t.is iiiaqiitii.is de hilar no se coiil.il)an en la Gran Bre- 
taña niab que 5000 hilaniler-is al torno y 3000 ti-jedoiTS tie algodones ; en todo uno» 
8000 olireros , al p.iso ((iic en el dia en solo Inglaterra asciende su núnuro á mas de 
tiOO.üOO-. el valor Inlal de los tejiílos (te alj;odou, en este ¡lais, fue valutdo en 1836 tu. 
la enorme sun>a de 3 í 00.000000 de rs. Soíjrc este punto pueden consultarse tas Esta- 
iliklicu d«: Mac-culloc¡> y Porter y lo» documeutos publicado» de ordeu dul P«rbu)eul»< 

43 



(338) 
la independencia general del nuevo continente cuyo último csla- 
Llecimiento sometido á las leyes europeas, el Canadá, lucha en es- 
te momento para completar la obra deFranklin y de Washington. 
Quedó probado desde entonces, que las colonias eran mas perjudi- 
ciales que útiles á sus metrópolis, y que se podian sacar mas pro- 
ductos de un pueblo libre y laborioso, que de colonos sojuzgados 
y oprimidos. Los Estados-Unidos han dado á la Europa esta lec- 
ción de Economía política que dará vuelta al mundo y vengará les 
generaciones futuras délas colonias, de laopresion en que vivieron 
suspadres. Las profe'cias de Raynalse han realizado. Naciones ricas 
y poderosas han sucedido á los establecimientos débiles y precarios 
de los europeos en una de las dos Indias , y al ver el estado de 
languidez de algunas antiguas metrópolis no parece sino que lo 
mas puro de su sangre ha pasado á las venas de sus colonias. Aun- 
que se resienta de ello el orgullo del antiguo continente, esta es 
una revolacion inmensa cuyas consecuencias comenzamos á palpar. 
Nosotros somos tributarios á nuestros antiguos vasallos por una 
multitud de materias primeras y de productos especiales, sin los 
cuales el trabajo de nuestras manufacturas dejaria de existir. La 
Ame'rica es la que nos embia la inmensidad de algodones con que 
se alimentan nuestras inumerables fábricas de tegidos, y los pa- 
los de tinte que sirven para su estampado. El caíc, el cacao, la qui- 
na qae cura la calentura, lasdrogas que la producen,, todo nos viene 
de afuera. Nuestras necesidades nos ponen cada dia mas en depen- 
dencia de los pueblos ultramarinos: la ciudad de Lyon tiembla has- 
ta en sus cimientos por las tribulaciones de Filadelfia ó Nueva 
York. Una quiebraen Nueva Orleans puede arruinar á diez nego- 
ciantes de Liverpool. El desarrollo estraordinario de la produc- 
ción , pnr el descubrimiento y aplicación de las máquinas, recla- 
ma salidas siempre crecientes, que es preciso irá buscar lejos y 
disputar por la baja de los preciosa las naciones mas adelantadas. 
IjOS mercados han llegado á ser campos de batalla. La diplomacia 
no pone ya en venta provincias; usa tarifas y los ejércitos cuando 
se alteran parecen una nube de aposentadores que va á señalar 
alojamientos para el coTnercio. Heaqui lo que ha producido la eman- 
cipación del Nuevo-Mundo de quien nuestras gr.Tndes manufac- 
turas de Europa no serán bien pronto mas que colonias. 

Ningún siglo ha visto verificarse en tan poco tiempo tales re- 



voluclones cconom!cas y no es sorprendeue tque metamorfosis tan 
desusadas hayan desconcerlado todos los sistemas. iQue menlis 
tan solemne da la súbita prosperidad de los Estados-Unidos á la 
antigua escuela de Carlos V! ¿Que son ante este grande aconte- 
cimiento, las teorías de la balanza del comercio y los hábitos ad- 
ministrativos del régimen colonial? ¡No se hablan pues sostenido 
tantas odiosas guerras y tantas máximas mas odiosas aun , sino pa- 
ra llegar algún dia á la mas humillante retractación! ¡Estas leyes 
proctetoras del comercio no eran pues masque un horrible aba- 
so de la fuerza! Jamas, preciso es confesarlo, la vanidad bumaua 
lia recibido mas sangriento golpe; v á pesar del brilío de esta lección, 
las pretensiones de las metrópolis se han suavizado poco. Es pre- 
ciso que beban todas, de este cáliz de amargara , antes de desistir 
desús costumbres despóticas; semejantes en este punto, á las mo- 
narquías de derecho divino , que creen que todos los derechos des- 
cansan sobre una espada, hasta el momento en que esta espada se 
rompe entre sus manos. 

La revolución de Aine'rica no es el solo hecho económico de- 
cisivo del fin del siglo XVIII. Hemos visto que el descubrimiento 
de las dos máquinasde Watt y de Arkwrigt habia cambiado com- 
pletamente las condiciones del trabajo, sustituyendo la mecánica 
á los brazos de los hombres , v las grandes asociaciones á la in - 
dustria en pequeño. Este solo go'pe debia herir de muerte á todas 
las corporaciones gremiales y reducirá polvo sus códigos rutine- 
ros y bárbaros; pero no podia dejar de influir al mismo tiempo 
en el sistema rentístico de Europa. Siendo el objeto principal de 
los impuestos conseguir las rentas por do quiera que se presenten, 
fácilmente se conoce que la ciencia de hacienda se apresurarla á 
esplotar el nuevo campo que le ofrecía sus cosechas. El estremado 
acrecentamiento de los productos industriales llamó sobre este tier- 
no ramo de la riqueza pública la atención de los legisladores y de 
los hombres de estado, y asi es como en Inglaterra, la elevación 
de los impuestos indirectos lia marchado de frentecon el desar- 
rollo de la producción manufacturera. De repente se ha dejado de 
tratar de disminuir las cargas de lospucblos: ha parecido mas ve nta- 
joso darles fuerza para soportarlas. Pues que no es posible dismi" 
nuir la ciirga^ (ifirmemos la base , decía un ministro ingles, y esta 
palabra caracteriza muy bien la láctica rentística de los gobienos 



modernos. Tanto los pueblos como los individuos han dejado de 
encerrarse en el circulo estrecho de las privaciones: ellos tienen 
mas necesidades porque tienen mas medios de satisfacerlas: bás- 
tales aumentar la dosis del trabajo. 

La Inglaterra habia llegado á este punto de sus csperlenclas 
económicas, cuando la fue preciso sufrir su parle de reacción por 
las ideas esparcidas por la revolución francesa. Singular contrasto 
en efecto, el de dos pueblos de los que el uno se precipitaba acia 
los impuestos indirectos en tanto que eran abolidos por el otro' 
Y estas antipatías son fáciles de esplicar. La aristocracia, omnipo~ 
tente en Inglaterra, hallaba mas sencillo echar sobre el trabajo to- 
do el peso de los impuestos ; la democracia, victoriosa en Francia, 
cometía la misma injusticia acia la propiedad. Aqui se ven- 
dían los bienes de los emigrados y se diezmaba la ríqueía ter- 
ritorial : alli se imponían pechos sobre los menores artículos de 
consumo y hasta sobre el aire necesario á la respiración. No 
es estraño que una guerra implacable estallase entre principios 
tan opuestos; y esta guerra no cesó sino en el momento en que la 
Economía política verificó una transacion, fundada sobre el aná- 
lisis verdadero délos elementos de la riqueza* Cuando Adán Smiíli 
demostró que los manufactureros y los comerciantes eran proíluc- 
tores con el mismo título que los cultivadores fue precisa recono- 
cer inmediatamente la necesidad de gravar la producción manu- 
facturera y comercial como la producción agrícola, y cada una de 
ellas proporcionalmenle á su renta. Lo que queda que decidir hoy 
día es saber hasta que punto la equidad y el análisis permiten gra- 
var á las clases que viven de salarlos y no de productos ; v por es 
to es por lo que la cuestión, suscitada en su origen entre la aris- 
tocracia y la clase media, ha descendido á la arena de las pa- 
siones populares. 

Las largas guerras déla revolución entre la Francia y la Ingla- 
terra , poniendo á los dos palees en la necesidad de medidas esíre- 
rnadas y de ensayos arriesgados, han contribuido, y no menos que 
los escritores economistas, á la solución de muchos problemas isn- 
porlantes. Estamos muy lejos de admitir con Ricardo, por ejem- 
plo , que el aumento de los impuestos haya sido la principal can- 
ea del desarrollo de la producción mamifac'urera de Inglaterra. 
ISadie trabaja únicamente para pagar impuestos, y no hay produc- 



don posible con tal conálcion : pero no se podrá menos Je convenir 
en que la neresidad de procurarse una multitud de objetos de con- 
sumo indispensables, gravados por el impuesto, baya debido es- 
citar en la mayor parte de los bombres, disposiciones muy enér- 
gicas para el trabajo. Desgraciadamente el goliierno inglés arras- 
trado por las exigencias de la guerra , abusó de estas disposiciones 
que vinieron á ser bien pranto insuficientes y la mania de los es- 
pedientes rentísticos pareció renacer al fin del siglo, como babia 
reinado al principio. Las mas estra vagantes teorías de rentas fue- 
ron proclamadas como ma'ximas positivasde gobierno. Los impues- 
tos dejaron de responder á los apuros del tesoro : era preciso recur- 
rir á los empréstitos, multiplicarlos, combinarlos de mil modos 
ingeniosos, para llenar los déficits sin cesar crecientes: y de aquí 
es de donde nació la teoría de la amortización, esta quimera de la 
que Inglaterra debia ser en algunos años la cuna y el sepulcro (i)* 
Pero no por eso ban dejadodo tener los ingleseselbonor de fun- 
dar el crédito público moderno en Europa, probando que podía 
muy bien sobrevivir á las circunstancias mas críticas y aun ayu- 
dar á un gran pueblo á salir airoso de ellas. En efecto á pesar 
del acrecentamiento perpetuo de los impuestos y de los emprésti- 
tos, la población Je íuglaterra no ha dejado de aumentarse, su agri- 
r'áltura de earriqíecerse y su industria de producir cadadia mas. 
Nuevos canales se ban abierto, nuevos diques construido, empre- 
sas cj'osales ejecutado con una rapidez admirable: el capital na- 
cional se ba acrecentado con la prolacion misma: de tal suerte 
que boy día el pueblo inglés es quizas el que dispone délas rentas 
mas crecidas, aunque paga enormes impuestos. Lo que debia con- 
ducirle á la bancarrota, leconducia á la fortuna , y su bancarro^a 
misma, (porque ba pasado por esta piucbacomola Fi-ancia), fue 
tnmbien para ella un motivo de progreso y un origen de mejoras. 
Parece serla dado desfruir lodos los sistemas rv.'cl.'>iJos , y adnii- 
jar al mundo tanto con sus operaciones de hacienda como con los 
procedimientos de suinduslria. Piü osó sostener que el capital fic- 
ticio creado por los impuestos, se transformaba en capital fijo, y 

(1) Mr. Pel'ror en su iliütoria rentística dil lii)|)('r¡u l)rit.iniro v.-dua en .>0-000 
millones tle trances la &iinia ile l.is rentas cobradas y de los empréstitos consiiinidos 
por e! gol)i.:nio íii¿Ils desde el principio de la revolución francesa lia>U la paz de 
1815. EhI.i saina es cinco veces mayor que toda la masa de tiiímerario e»:istent>> en 
turop;» en dicha ¿poca , en U cula fueron muy abunJanles los metales ^irccioios.. 



venia á ser tan ventajoso para el público, como un tesoro real 
equivalente, añadido á las riquezas del reino. ¡Que cosa mas ab- 
surda que tal aserto, ni mas sorprendente que los resultados ma- 
ravillosamente fecundos de estos mulliplicados empréstitos, bajo 
cayo peso debía sucumbir la Inglaterra! 

Asi es como los ingleses no contentos con sn deuda consolidada 
inventaron la deuda flotante, por medio de sus prodigiosas emi- 
siones de bonos del tesoro, cavo empleo prudentemente regulari- 
zado en los tiempos de calma , llega á ser uno de los recursos mas 
cómodos y seguros de los estados modernos. Los rentistas han 
hecho conocer á los economistas que habia frecuentemente mucha 
Economía en poder emplear por anticipación en enero la renta 
de diciembre; y la osadia da un ensayo justificado por el estado de 
crisis en que se encontraba Inglaterra, ha permitido substituir 
una institución rentística útil á los espedientes onerosos de los pa- 
sados tiempos. La deuda flotante ha venido á ser el asilo de todos 
los capitales sin actividad y lareaer^^a de los gobiernos constitucio- 
nales. No es ya necesario amontonar de antemano capitales areba- 
tados al trabajo para hacer frente á necesidades imprevistas, 
i Quien hubiera persuadido semejantes cosas á la escuela de los fi- 
siócratas, y aun á la de Adán Smlth, antes que los esperimentos 
verdaderamente gigantescos de la Gran Bretaña hubiesen permi- 
tido creerlo y reconocer lo fuerte y lo feble de ellas! 

La raismt admiración causó al mundo económico, la noticia 
de la suspensión de los pagos del banco de Inglaterra en 1797. Es- 
tamos ciertos que si alguna doctrina habia juiciosa y sólida, era 
la de Adán Smlth sobre la constitución de los bancos, y sobre la 
necesidad que tenian de limitar sus emisiones de billetes, bajo pe- 
na de verse obligados á recomprar con grandes gastos el metálico, 
después de haber visto sus billetes despreciados: llegó un dia sin 
embargo, en que el banco de Inglaterra, agotado por los descuen- 
tos de bonos del tesoro, se vio forzada á suspender sus pagos en 
dinero. Esta era una verdadera Lancarrola pues que los billetes 
eran pagaderos al portador y en oro, y semejante bancarrota en cir- 
cunstancias como que se hallaba en Inglaterra, parecía deber aca- 
reado la mas horrorosa catástrofe. No fue asi, porque elgobierno tu- 
vo la prudencia de detenese en tan ariesgada pendiente y no mul- 
tiplicar fuera de toda medida los billetes del banco, convertidos ca 



(3i3) 
papel moneda. A penas se percibió una ligera diferencia entre la 
cuDta del oro y la del p.ipel , y la esportacion del melálico parecía 
no haber lenivio olra consecuencia que dar un destino mas produc- 
tivo á las riquezas monetarias. Guando después las emisiones tras- 
pasaron los límites en los cuales se había contenido la creación 
del papel moneda, no resultó mas que una alza general de los 
salarios y de los precios. La nación parecía haber llegado á ser- 
mas rica porque el guarismo de los salarios era mas subido, y esta 
elevación produjo una sobreexcitación general en el trabajo nacional. 
Por otra parte, y mientras que estos fenómenos curiosos se 
manifestaban en Inglaterra , esperimcntos contrarios se concluían 
en Francia. Los asignados y sus certificaciones aunque garanti- 
dos por bienes nacionales, soportaban una depreciación inaudita 
en los fastos rentísticos desde la caída del sistema de Law. Caían 
en el ultimo grado de desprecio á presencia de los billetes de ban- 
co de Inglaterra que se sostenían á pesar de la bancarrota. Aque- 
llos, cambiables por tierras no valían nada; estos despojados 
de su garantía en efectivo, conservaban su valor nominal. La 
Francia estaba sumergida en la anarquía con todos los elemen- 
tos de prosperidad; la Inglaterra prosperaba con todos los elemen- 
tos de anarquía. La producción parecía redoblarse en este país á 
medida que se le sacaba el numerario ; estaba paralizada en Fran- 
cia, á pesar de la venta de bienes nacionales que creaba millones 
de propietarios v era como hemos dicho, su mas enérgico estimulan- 
te. Ninguna época fue mas fértil que esta en graves lecciones eco- 
nómicas, escepto la que siguió á la renovación de los pagos en 
efectivo cuando la paz de i8i5 permitió á la Inglaterra ejecutar- 
lo en virtud de la famosa acta de Mr. Pee). Las consecuencias de 
esta renovación fueron mas desastrosas para la Gran BretaHa, 
que lo había sido la suspensión, ó mas bien que esta parecía de- 
ber serlo. El pueblo inglés se había acostumbrado á los billetes de 
banco pequeños, y los havía adoptado por moneda. Los propieta- 
rios, los empleados, los censualistas, los artesanos, ócc. se habían 
formado la ilusión de un acrecentamiento en su fortuna, porque 
cobraban arrendamientos, salarios, emolumentos, sueldos y ren- 
tas mas subidas. De repente la abundancia del metálico, inun- 
dando los mercados nacionales encontró con innumerables iran- 
Mcíones terminadas bajo el imperio del papel moneda y en alza; 



el qae trató bajo estas condiciones, se \ió oblig.ido á cumplirlas 
en efectivo. Fácil es conocer la pertarbacion que debió producir es- 
ta peripecia rentística que afectaba especialmente los arriendos de 
la agricultara y que asemejaba en sentido inverso á la crisis defi- 
nitiva del papel moneda francés. Fue preciso evitar la ruina de 
los arrendadores con remedios heroicos , y los trabajadores que vi- 
vían del salario fueron condenados por las leyes de cereales á pa- 
gar la deuda de los agricultores á los propietarios territoriales. 

Esta crisis, no fue la sola que sufrió el pueblo británico, y la 
Europa fue testigo de mas de una revolución, el día en que se 
firmó la paz que parecía deber sofocarlas todas. Ya se ha visto 
que el bloqueo continental babia dado un impulso eslraordlnarlo 
Á la fabricación francesa, entonces casi la sola en posesión de los 
mercados del continente. Ija Inglaterra, bajo la influencia de este 
mismo bloqueo, se babia enseñoreado de los mares y de todos los 
mercados coloniales que le aseguraba su preponderancia marítima. 
Habla resallado de esto para ella una grande actividad manufac- 
turera , á la cual el contrabando prestaba ademas su apoyo. De 
pronto la paz aparece cual si fuese una verdadera y súbita guerra 
pues los tratados que debían dar descanso al mundo, prepararon al 
comercio nuevas luchas , mil veces mas serías y mas inesplicables 
que la de las armas. La Francia reducida á sus antiguos límites, 
quedó rodeada de un triple cordón de aduanas casi á las puertas 
de sa capital , y la Inglaterra que abastecía á las colonias , se veia 
obligada á ceder el mercado á sus metrópolis pacificadas. La Espa- 
ña trató de reconquistar sus Américas: los holandeses recobraron 
á Java; cada cual quiso posesionarse de su presa: y la guerra 
franca de las bayonetas se cambió en una guerra ignoble de aduanas 
y resguardos madificadas nuevamente en toda la Europa por la rui- 
na de la dominación francesa , y por el libre paso de los mares, 
tan lar"o tiempo ingleses, para el comercio de todas las naciones. 

La administración europea dio entonces un espectáculo apro- 
pósito para escilar á los pueblos al estudio de la Economía polí- 
tica. Se vieron Estados que prosperaban á pesar de la rivalidad 
de vecinos que eran sus subditos, solicitar contra estos mismos ve- 
cinos llegados á ser libres , restriciones cada dia mas severas, 
cerrándose mutuamente las fronteras. Se vio á la Inglaterra mas 
apartada del conliaente por las tarifas de sus aliados, que por las 



(345) / 
armas de sus enemigos. La miseria invadlfí sas talleres, desiertos 
cuando sa política victoriosa parecia asegurarla el monopolio del 
mundo. 3No la qtiedaba de tantos esfuerzos, sino el guarismo alar- 
mante de sa deuda pública y poblaciones esteauadas por los Iribu- 
*os que las habia impuesto una aristocracia inexorable, j Que' 
magnífico motivo de estudio para los economistas! ¡Qué de lierlios 
presentaba á su observación esta larga serie de aconletinüeiiios- 
nuevos en la hisloria de la ciencia ; la división de la propiedad, la 
abü'icion délos gremios, los impuestos indirectos, los cjnprésti- 
tüs públicos, la amortización , el papel moneda, la suspensión y 
Continuación de los pagos del banco de Inglaterra, y sobre todo, 
el contrasiü admirable de resultados opuestos por causas semejan- 
tes, y ctmsecuencias semejantes por causas opuestas! Desde este 
día se cjioprendió qie no habia nada absoluto en la fisiología so- 
cial; pasaba nat'iraímente al ordca de ciencias de observación y 
sus juicios debiaii est ir fundados ea la espcriencia y comparación 
de los becboj ca.npiidüs, mas bien que sobre rancias teorías. No 
temo afirmar que €S de esta vasta, enciclopedia, que data de lySc) 
y que acaba en iB3o, de donde la Economía política ha sacado 
sns materiales mas preciosos, y las bases mas sólidas de sus doc- 
trinas. Los ecoiiomislas toman desde esta ¿poca, las cuestiones po- 
sitivas y se mezclan seriamente en las cosas humanas; salen del 
terreno árido de las abslraeciones. para elevarse á la práctica, es 
diícir, para llegar á ser útiles y verdaderamente populares: honor 
insigne y que pertenece principalmente á un france's, á J. B. Say, 

CAPITULO XXXIX. 

lie J .B. Say y de sus doctrinas. — Consecuencias importantes de su 
teoría de las salidas. — Espcsicion de los seroirws ruc este escritor 
ha hecho ú la ciencia — Carácter de su escuela. — Ha popularizado 
la Economía política en Europa. 

,{ííji. . -^ . 'i 

Era imposijíle que los grandes esperinienlos hechos en Francia 

é Inglaterra, durante la larga lucha que estas dos naciones han 

sostenido entre sí, no suministrasen á la Economía política nuevos 

elementos de observación y no contribuyesen á su adelantamiento 

Adán Smith habia puesto las bases esenciales de esta ciencia con ma- 



(346) 
no firme y segura; pero como hemos visto había dejado á sos su- 
cesores graves cuesllones que resolver. Faltaba, especialmente, fi- 
jar los limites de la ciencia y determinar bien el campo de sus in- 
dagaciones. Adán Smith habia fijado con suma claridad la teoría 
de los bancos, la división del trabajo, y los fundamentos del valor 
de las cosas; habia hecho verdaderos descubrimientos; pero no vi- 
vió bastante para observar sus aplicaciones. Solamente después de 
sa muerte es cuando se pudieron juzgar los efectos de la concur- 
rencia ilimitada de que fue uno de los primeros apóstoles : y la cues- 
tión de la mendicidad, muy complicada en nuestros dias, no ha- 
bia turbado la tranquilidad de aquellos en que vivió. La Econo- 
mía política no era mas que la ciencia de la producción de las ri- 
quezas. Estaba reservado á un francés completar la obra é iniciar- 
nos en los misterios de !a distribución de los productos del trabajo, 
al mismo tiempo que nos hacia conocer los fenómenos tan varia- 
dos del consumo de los productores- 

La situación de la Francia fue muy favorable para este esta- 
dio después de las borrascas de la revolución ¿No se hablan ensa 
yado todos los sistemas y llevado hasta sus últimas consecaencias^ 
ps principios mas arriesgados ¿ No se hablan risto de cerca la ban- 
carrota, el despilfarro de los capitales por la guerra, la destrucioa 
momentánea del coníercio por el maximun, el bloqueo de los ma- 
res, ana multitud de catástrofes industriales y rentísticas de que la 
historia contemporánea está llena? Era llegado el momento de con-* 
cluir y de resumir en un cuerpo de doctrina las teorías que bro- 
taban naturalmente de esta masa de hechos naevos é- inauditos. 
Era preciso esplicar este cataclismo económico sin igual en el man- 
do y que aparecía sin embargo como el precursor de una regene-* 
ración general. Esto es lo que hizo J, B. Say al publicar la pri- 
mera edición de su Tratado de Economía política bajo el consulado 
de Bonaparte. De este libro fecha realmente en Europa la crea- 
ción de un método sencillo, severo y prudente para estudibr la Eco- 
Itomía política , y el momento ha llegado para no;?otros de juzgarle. 

El principal mérito de esta obra fue haber defendido clara- 
mente las bases de la ciencia. JB Say separó de ella la política 
con la qne los economistas del siglo X VIH la habían siempre con- 
fundido, y la administración de la que los alemanes la creían in- 
separable. Asi reducida á límites mas precisos , la Economía po- 



liiica no corria ya ?1 piesgo de perderse en las alíslraciones de la 
metafísica y en los detalles de la burocracia. J.R Sayla hizo in- 
dependiente, aislándola, y probó que su estadio convenia tanto 
á las monarquias como á las repúblicas. En todas partes se nece- 
sita conocer sus leyes, porque bajo todas las formas de gobierno, 
la proiacion de las riquezas es el manantial mas fecundo de la 
prosperidad de los estados. Al mismo tiempo espuso sus princi- 
pios del modo mas claro y mas metódico, y creó la nomenclatura 
adoptada después por todos los economistas déla Europa. Su teo- 
ría del valor, fundada en su utilidad, completaba la de Adán 
Smith, y aunque dejaba como todas las teorías, algunos vacíos, 
no dejó por eso de servir para resolver las cuestiones mas difíciles 
con todo el grado de exactitud de que son susceptibles. 

Cualesquiera que sean las controversias que se han suscitado 
áespues sobre muchos puntos de sus doctrinas, todos reconocen 
hoy dia la superioridad de su método sobre todos los contemporé- 
neos. La Economía política no es á sus ojos mas que una ciencia 
que trata de la producion , de la distribución y del consumo de 
las riquezas. Las riquezas se producen por medio de tres grandes 
ramos que resumen todo el trabajo humano: la agricultura, la 
industria y el comercio. Los capitales y los fondos en tierras son 
los instrumentos principales de 1^ producción: por el ahorro y la 
acumulación se obtienen los primeros; la propiedad garantiza la 
libre acción de las demás. £1 trabajo del hombre , combinado con 
el de la naturaleza y el de las máquinas, da vida á todo este con- 
junto áe recursos solo del cual emanan las riquezas que son el 
fondo común de las sociedades. Smith demostró admirablemen- 
te las ventajas de la división del trabajo; Say perfecionó su obra 
manifestando algunos abusos de esta división , exagerada mas tar- 
de por Mr. Sismondi. 

Pero lo que asegura una fama inmortal al escritor francos, es 
su teoría de las salidas que ha dado el ultimo golpe al sistema es- 
clusivo, y apresurado la caida de régimen colonial. Esta bella 
teoría, fundada enteramente en la. observación escrupulosa délos 
hechos, ha probado que las naciones no pagan los productos sino 
con productos y que todas las leyes que les prohiben comprar, les 
impiden vender. Ninguna desgracia, desde luego, hay sin recha- 
zo en el mundo; cuando la cosecha falla en un punto, las manu- 



. . (348) 

facturas se rcsie.ijicn en otro; y cuando la prosncrMad reina en 

pn país, lodos sus vecinos parlíclpan de ella, sea á causa de los 
pedidos que se le hacen, sea á causa do In l>aralnra que resulta de 
la abundniíria de los prodacios. Las naciones sen psics s(>lidDrJ?!S 
en la buena y en la niala foríunn: las g-jorras son locuras que 
arruinan al mismo vencedor» y el intere's general de los hombrti 
es ayudarse, en vezue daiíarse como por largo tiempo han hecho 
inducidos por una política cjcga. Ya cnripiezan á comprender- 
se las consecuencias de esta doctrina verdaderamente sabia y su-» 
blimc, y se puede juzgar por la solicitud de los [gobiernos en evi- 
tar la guerra, que los principios de Say han penetrado en los 
consejos de los reyes. Su tiiíihré más glorioso es haber demostra- 
do como una verdad positiva y 'de interés material loque solo pa- 
recía sueno filosófico, y este me'rito es tanto mayor cnanto que 
Montesquieu , Voltalre (i). La Fontaine y demás grandes inge- 
nios han profesado el error contrarió. 

El sistenaa restrictivo no podría subsistir mucho tiempo en, 
presencia de los argumentos concluyentes con que Say ha provo- 
cado su deslrucion' «Se compra mas , dice, todas las veces que 
se recoge mas. Un ramo de comercio que prospera suministra 
con que comprar y procura consiguienlemenle ventas a' todos los 
demás ramos, y por el contrario, cuando un ramo de manufacturas 
ó cierto ge'nero de comercio decae, la mayor parte de los otros pa- 
decen .... Una nación, con relación á su vecina está en el mis- 
mo caso que una provincia á otra provincia, que una ciudad con 
relación á las aldeas : ella está interesada en verlas prosperar ron 
su opulencia. Con razón pues, los Estados-Uuidos han tratado de 
hacer industriosas á las tribus salvajes, que les rodean: han que- 
rido que ellas tubiesen algo que dar en cambio, proqílenose gana 
nada con pueblos que no tienen nada que dar ". ¡ Cuantos esperi- 
mentos no han debido hacerse antes de llegará esta conclusión ge- 
nerosa! Por esto Say esclamaba acia el fin de su carrera: «Cuaren- 
ta años han pasado desde que estudio la Economía política, y que 
años! Valen cuatro siglos las reflexiones que hsn producido". 

Este autor ha tenido sobre todos sus {predecesores y sobre la 

(1) Se lee en el Dicionario filosófico articulo patria lo que sigue « Tal es la con- 
dición humana , que desear la felicidad de su pais es desear el mal para sus vecinos... 
E> claro que un pais no puede ganar tía que oLro pierda.» Afortunadamente todo «jio 
no es ya tau claro eu el Jia. 



mayor parte de sus contemporáneos la ventaja inapreciable de ha- 
ber seguido la marcha de los acontecimientos como observador 
juicioso y de haber aprovechado los numerosos esperimentos que 
estos ac )iUeclmientos ie ofrecian. Asi es que no se limitf) al estudio de 
los feríamenos de la riquoza de un modo puramente teórico y abs- 
tracto, si no qae se le ve á cada paso como hombre práctico, 
acostumbrado á sacar las consecuencias de sus doctrinas y á su- 
bordinar estas á la utilidad masó menos grande de sus aplicacio- 
nes. El carácter distintivo de sus escritos, la claridad, brilla so- 
bre todo en las cuestiones que habian sido embrolladas por los 
economistas de todos los tiempos y de todos los países, y prlnci- 
palmenle en las de la moneda. Espone sus elementos con una 
precisión admirable y pulveriza la multitud de escritos que pulu- 
laron en Italia , España , Francia e Inglaterra , en la época en que 
los gobiernos bacian á competencia mala moneda. Si habla de las 
diversas clases de trabajadores que concurren á la producion,se 
conoce que ha vivido con ellos y palpado sus necesidades , forman- 
do ideas exactas de los males que les aquejan. A él es á quien los 
sabios deben su rehabilitación en la gerarquia industrial, y aun- 
que los productos inmateriales no sean susceptibles de acumula- 
ción, Say ha demostrado su saludable influencia en la prosperi- 
dad de los estados. Solo los funcionarios públicos y los servicios 
que prestan á la sociedad, han hallado menos favor con este ilus- 
tre economista: la indignación que esperimentaba á vista de In- 
glaterra sobrecargada de impuestos, y su odio contra el despo- 
tismo del Imperio, no le han permitido ser equitativo acia el 
emperador, ni medir con justicia la distancia que separa el uso 
del abuso. Say á pesar de la superioridad de su talento, no era 
inaccesible á las pasiones políticas, y aunque sus escritos presen- 
tan pocas huellas de las prevenciones á que estubo espuesto du- 
rante nuestras largas reacciones políticas, no se puede dejar de re- 
. conocer que ha cedido mas de una vez á resentimientos muy es- 
cusables en estos tiempos agitados. 

Pero estos generosos rc.scniiinícnfosse manifiestan mucho mas 
en sus fscritos, por algunas salidas epigramáticas, que por teo- 
rias apasionadas. Los objetos que nos mueven mas vivamente hoy 
dia , aun aquellos que en lodos tiempos han tenido el privilegio de 
conmover eslraordinariamente los cf^paiius , como son las cues- 



(35o) 
tíoncs de salarios y de población, apenas parecen alterarle: pro- 
cede á su examen con su rigidez natural y adopta enteramente 
con respecto á esto las ideas de Maltlius. Por esta parle es por 
donde sus escritos son vulnerables y por donde le escederá siem- 
pre la escuela de Sismondi, apesar de los errores en que ella ha 
caido y de la imposibilidad en que se ve basta aqui de encontrar 
un remedio á los males que tan vivamente pinta. Say ha consi- 
derado la producción demasiado independiente de los productores. 
Le sedujeron los prodigios de la inmensa industria manufacture- 
ra de Inglaterra, y no ha tenido tiempo de evaluar todas las pla- 
gas qne arrastra en pos de sí. Obedetia á la preocupación contem* 
poránea que consideraba el salario como suficiente, no porque 
hiciese vivir, sino porque impedia morir. Sus estudios de la dis- 
tribución de los productos del trabajo están dominados por la 
inluencia del capital, y sus consideraciones sobre los efectos de 
los consomos públicos llevan demasiado visiblemente la señal de 
íu rencor contra el abuso de la tirania. Hay dos poderes que este 
grande escritor ha tratado con igual desigualdad é injasiicia: los 
capitales, dándoles la mejor parte; y los gobiernos reusándolos 
«oda arción eficaz en la felicidad de los ciudadanos (i). Pero nin- 
guno ha popalsrizado la ciencia económica como c!. En vano se 
le lia censurado de haberla reducido á las preocupaciones mezqui- 
nas de la cremátisiica , ó ciencia délas riquezas: pues ha proba- 
do completamente que la Economia política no habia comenzado 
á ser una ciencia sino desde el día eu que sus límites se habian 
fijado exactamente: y ha protestado en sus últimos escritos con- 
tra el proyecto que se le habia supuesto de quererla restringir al 
análisis abstracto de las leyes de la producción (2). Pero sobre to- 

(i) La administración insignificante del Cardenal Fleuri , dice, pro» 
L(') poP lo menos que puesto al frente de un gobierno es hacer mucho 
Lien no hacer mal. 

(2) lEl objeto de la Economía política , dice Say ' parece haberse li- 
mitado hasta squi al conocimiento de las leyes que presiden á la for- 
mación distribución y cousumade las riquezas. Asi es como yo mismo la 
Cpnsicleré en mi ZVa/acfo publicado en i8o3. Sin embargo puede verse 
en éVqiie la ciencia pertenece entera á la sociedad. Desde que se ha 
probado que las propiedades inmateriales, como los talentos y faculta- 
des iíiteicclua les, torman parte integrante do las riquezas sociales, y 
que .los servicios prestados en las mas ebvadas funciones tienen analo- 
gía con los trabajos mas humildes; después que se han establecido cla- 
yanientc laa relaciones iputuasé iutcrescsreciprocos entre el cuerpo $o- 



(35i) 
do detestaba las hipótesis y los sistemas, como el origen de casi 
todos los males que han pesado sobre los pueblos y no le parecía 
verdaderamente útil la Economía política sino en cuanto refala 
sin replica las preocupaciones desastrosas que han afligido á la es- 
pecie humana. Por esto no deja una sola objeción sin respuesta, y 
la utilidad de sus obras consiste mucho mas en los errores qne ha 
combatido que en las verdades que ha descubierto. Say ha trazado 
el primer programa completo déla Economía política, y aun los 
escritores que no están de acuerdo con sus principios reconocen la 
escelencia de su método y la rigorosa exactitud de sus deduccio- 
nes. Gracias á este método, se esplican fácilmente las crisis comer- 
ciales qaehaoasoladolaFranciay la Inglaterraen diversas épocas, y 
se'puedeevitar su vuelta ó atenuar sus efectos con medidas adecuadas. 
Say ha contribuido, mas que ningún escritor contempora'nco, 
á estender el gusto de la Economía política en Francia y en Eu- 
ropa. Sus teorías , tan naturalmente aplicables á las cuestiones 
políticas, fueron estudiadas con ardor bajo la restauración como 
un instrumento de oposición parlamentaria y quizas deben ana 
parte de su éxito á los servicios que prestaron en las discusiones de 
la época. Los publicistas buscaban argumentos decisivos contra 
la enormidad de las cargas impuestas á !a nación, y se acostum- 
braban á análisis minuciosos del presupuesto, que han degenera- 
do después en disputas de guarismos ó en querellas deminislros¿ 
Say no queria que los gobiernos se hiciesen empresarios de traba- 
jos públicos y vituperaba severamente su intervención en los ne- 
gocios industriales del país. La mayor parle de los impuestos ie 
parecian plagas como el granizo, los incendios y las guerras, y 
aunque su filantropía fue sincera y profunda, se rcostraba mas 
hostil al poder que favorable á las masas laboriosas. Trabajaba 
para ellas con perseverancia', sin solicilar su favor ni temer su de- 
sagrado: decía verdades austeras á los pueblos y á los reyes con la 
imparcialidad desdeñosa y esfoicade un ñldsofo únicamente ocu- 
pado en los intereses de la ciencia y de la humanidad. Toda la pren- 
sa francesa se empapaba en las doctrinas sin conocer á su autor 
que vivia retirado con su familia y un pequefio círculo de amigos 
mientras que sus obras traducidas en todas las lenguas, 'obtenían 

cial y lo> indiv¡duo.<i , la Ecoaomía polilira que parecía no teoer por 
objeto mas que los lazos maleriales, abra:u el sistema social. 



(352) 
pjh menoí! de veinte anos, cinco ediciones sucesivas de considera- 
ble núaiero de ejemplares. 

En efecto por la doctrina de Say es por quien fueron dirigi- 
dos los primeros ataques en Francia contra el sistema económico 
de la rcstauracioa. La reacción de i8i5 quiso reconstituir el dere- 
cho de priuiogenitura , las subsliluciones, las corporaciones, los 
privilegios: pero, Latida en este terreno, trató de establecer una 
aristocracia territorial, mitad íeudal , mitad industrial, subiendo 
la tarifa de los hierros que aunieataba el precio de las maderas y 
la renta de los propietarios de bosques. Después vinieron las le)es 
de cereales, el impuesto sobreganados cstrangeros, el emprésti- 
to para los emigrados, ios derechos diferenciales sobre los azúca- 
res coloniales; y cada una de tstas medidas estaba reprobada de 
antemano con ias mas sólidas razones cu el Tratado de jiconomia 
jíoLítica , CU) os capítulos no habian sido hechos con este fin ni pa 
ra las circunstaucias . La Europa entera se aprovechaba de estas 
duras lecciones que uarecian destinadas á la Erancia , pues esta- 
ban consignadas en un libro francés: v mas de una vez, el autor 
se halló empeñado en luchar coa los mas sabios economistas de su 
tiempo. Maltlius, Ilicardo, Sisinondi, Slorch , sostuvieron con- 
tra Say tesis memorables sobre algunos puntos de doctrina; peco 
todos reconocieron en el el mas infatigable atleta de la ciencia, y 
su mas ilustre propagador después de Adán Smith. 

Say era pariidario délas ideas de Malthus sobre la población 
y las adoptó plena y francamente, sin restricción, y las ha he- 
cho prevalecer en Francia hasta el momento en que las doctrinas 
Sansimonian^s les han dado el primer golpe. 

Estaba aigo preocupado por los esresos del sistema ,ingle's,y. 
atribula la plaga de la mendicidad de^jaquel pais á causas pura-r 
•mente políticas. La obstrucción de los mercados le parecía la con- 
secuencia única de las restricciones comerciales: no se vendia bas- 
tante en un punto, según él, porque no se producía lo suficiente 
^n otro. La producción y el consumo eran á sus ojos operaciones 
torrelativas , y no buscaba otrq raqlivo del aparo de otros paises, 
que la falta de producción en los paises con quien tenían relacio- 
nes. La espericncia nos ha euseiíado ya, que no es sobre esta ba- 
se única sobre la que es permitido establecer relaciones comercia- 
les, V que aa pueblo no debe entregar esclasivamenlc i los riesgos 



(353) 
del comercio estóflor la suerte de sus manufacínras. Tarablea 
Say insislía en demostf'ar que los mejores consumidoras ¿e los 
productos de una nación eran los mismos productores nacionales, 
á los cuales el cambio aseguraba salidas regulares y estables, cuan» 
do la impericia de los gobiernos no pouia obstáculo á ello. Lo« 
análisis que hadado del mecanismo de los cambios, han sbiuinis- 
Irado la mayor claridad sobre todas las cuestiones que se dirigen 
á esto, cuestiones muy importantes puesto que es en ellas donde 
estriva la prosperidad de las naciones. « Casi todas las guerras, di- 
ce , suscitadas de cien años acá en las cuatro pai tes del inun- 
do , lo han sido por una balanza del comercio qué no existe. ¿Y 
de donde viene la importancia atribuida á esta pVétiehd ida balanza 
del comercio? De la aplicación esclusiva qafe schahécho de la pa^-í» 
iabra capital en materia de oro y plata." '' 

Con demostraciones tan sencílas y patentes ha llegado Say á 
despopularizar la "guerra yá suavizar las preocu pació' neé nacio- 
nales que tendían á perpetuarla. Esta revolución inmensa , cxx\^ 
sola idea había hecho desterrar al abale Saint-Pierre ál'' páis 
de los visionarios, secfectñó á nuestra vista. Lejos de poner bar- 
reras nuevas entre los pueblos , se trabaja por destruir las que exis- 
ten; se echan puentes en los rios fronterizos, se trazan camintos 
de hierro medianeros, se suprimen la mayor parte délas prohi- 
biciones. Esta bella parte del programa de Say se ha ejecutado 
antes de su muerte y vemos todos losd ¡as losprogresos de la opinión 
pública favorecer la ejecución de lo que resta. iS'o le ha faltado á es- 
te escritor mas que examinarpor un punto dé vista mas social y 
mas elevado las cuestiones de la mendicidad y de los salarios. Se 
nota al leerle, algode duroy repugnante que recuerda las formu- 
las abstractas de Malthus y de Ricardo. Su lógica es implacable 
cuando se trata de socorrer los infortunios que le parecen mereci- 
dos y se diria al oir sus advertencias severas á la beneficencia (i), 
que esta autoriza á la incontinencia mas bien que consuela á 
la desgracia. Pero en todo lo que mira á los grandes principios de 
la ciencia, en las cuestiones de aduanas, de monedas, de crédi- 
to público, de colonias, este autor ha llegado á ser el guia mas 
seguro que se puede seg uir, y el escritor mas clásico de la Europa. 

(1) _ El lionil.rc que |.or su desidia i incuria, cae .n la nii.cria dt-sjucs Je ajTOtar 
mcajiital ¿ es.lij^iio de itcl..mar socorros cuando ius misuias taitas privan de sus re- 
cursos a loi Loiubre» cuyos cai-iules aliinenlabao la iudustria? Saj ttonomía polilica. 

45 



(350 
La última de sus obras, que es también lamas rolaminosa (2), 
presenta modificaciones notables de las primitivas opiniones pro- 
fesadas por el autor. Reina en ella menos aspereza contra los go- 
biernos, sea que Say hubiese reconociJo en ciertos casos la utili- 
dad de su influencia , sea que hubiese creído deber hacer algunos 
sacrificios á la posición que ocupaba. Todos los que conocian su 
carácter, adoptaron con preferencia la primera hipótesis, que se ha- 
lla por otra parte confirmada en pasages notables en que es evi- 
dente que este escritor obedecía á una nueva convicción. Asi es 
que habiendo sostenido en una circunstancia importante, que el 
trabajo de los esclavos era mas económico que el de los hombres 
libres, después tuvo la buena fe de confesar públicamente que se 
habla engañado. No perdonaba la perseverancia en el error y no 
dejaba pasar ninguna ocasión de anatematizar los malos libros de 
Economía política. Los errores en esta ciencia le parecían mas 
funestos que en ninguna otra y los perseguía por áo quiera que 
creia verlos, con la esperanza de establecer la Economía política 
sobre cimientos indestructibles, sin perdonaf en esta tarea á sus 
mas célebres antagonistas. Tiempo es pues de indicar los trabajos 
de estos economistas afamados. 

CAPITULO XL, 

De la Economía política en Inglaterra desde el principio del si- 
glo XIX.— Sistema de Pitt , sostenido por Thornlon , atacado por 
Cobett. — Doctrinas de Ricardo.-r-Escritos de James Mili, Tor- 
rens,Mac -Culloch y Tooke.— Trabajos de Huskisson y Henr- 
riqne Parnell — Tratados de Wade,y Ponlett Scrope. — Econo- 
mía de las manufacturas por Babbage.—Yisoviova.idi de las ma- 
nufacturas por el doctor Ure. — popularidad suma de la Econo- 
mi<i política en Inglaterra. 

La larga nomenclatura de los economistas ingleses posteriores 
á la e'poca de Adán Smith y la concordancia de sus obras, prueban 
cuan vivo y fecundo habla sido el impulso dado á la Economía 
política por sa ilustre fundador. Las ideas que acababa de popu- 
larizar daban ya sus frutos. Las cuestiones económicas hablan de- 

(1) Sü iatiluU Curso cooipleto de Ecouomi» política práctica. 



(355) 
jado de ser abandonadas á la casualidad, y el gobierno mismo pal- 
paba la necesidad de someter al imperio de la ciencia sus mas im- 
portantes resoluciones. Se vio una prueba patente de esto en la 
época de la suspensión délos pagos del banco de Inglaterra en 1737^ 
pues fue la primera vez que se invocaron teorías en apoyo de una 
gran medida rentística, y desde entonces la discusión pisó de la 
soledad de los libros al seno del Parlamento. Una vez impreso, el 
movimiento no se detuvo ya; cada uno creyó d^ber recurrir á la 
autoridad de los principios para apoyar su opinión, y la tribuna 
\ino á ser uno de los mas poderosos aasiliares de la Economía 
política. Asi el Ensayo sobre las causas de la riqueza de las nacio- 
nes, debe ser considerado como el origen de todos los buenos es- 
critos publicados sobre esta materia de 5o años acá. 

Antes de la larga lucba de la Francia y la Inglaterra, causa- 
da por la revolución de 1709, las doctrinas de Adán Smilb no ha- 
bían recibido mas que una grande y solemne aplicación: la eman- 
cipación de los Eblados-üniJos. Se empezaba sin duda á apreciar 
las ventajas de la división del trabajo y del empleo de las maqui- 
nas; pero ning'in» cuestión grave habia puesto á prueba las leorias 
del célebre escocés sobre la constiluclon de los bancos y sobre los < 
males del sistema monetario : era preciso que el genio atrevido de 
Pitt osase intentar la bancarrota, para que se reconociese la com- 
pleta ex.ictitud de los análisis que Adán Sniith babia hecbo de 
lus fenómenos de la circulación. Entonces aparecieron alternati- 
vamente multitud de obras que atacaban ó defendían las doctri- 
nas de Smilh, y la opinión pública fue formándose por medio de 
estas querellas memorables. Una de las obras mas interesantes 
publicadas en esta época por Mr. Henrique Thornton (i), tenia 
por objeto justificar la suspensión de los pagos en metálico; y. 
aunque bormigoea en errores, ningún otro ba explicado con mas 
claridad las ventajas de la circulación monetaria, sea en papel, 
sea en especie. El autor sostenia en ella que los bancos podían 
favorecer sin restricción el trabajo y multiplicar la producción 
sin tener necesidad de numerario, con l.i sola condición de que la 
prudencia presida á sus emisiones. Proclamaba los beneficios del 
crédito en presencia de una medida que parecía deber destruirle, 
y el éxito ba justificado sus predicciones razonables. 

(1) An Fnnuiry iiilo li.« iialure uacl elltícls ol ihu ¡)aper crcilit oi' Grt-al Urilaiii 
Umloa 1802. 



(356) 

Sin cmLarg'o, i fines de 1810, la Inglaterra agotaba por los 
esfuerzos que habja hecho por dcstrnir el poder de Napoleón , ^\á 
todo sa oro esportado al continente para sostener las coalic¡oncs> 
y los precios de géneros sabidos de tal modo que era muy difjcil 
la continuación del re'gimcn rentístico ideado por Pitt. Entooces 
fue cuando aparecieron las famosas cartas de Cobhett (»), que 
Macaban con siimienergia los abusos del papel moneda y los frau* 
des rentísticos del gobierno. No conocemos estudio mas interesan^ 
te que el de este libro para cualquiera que quiera apreciar «n sn 
justo valor las ventajas y los incíinvenientes del sistema de ere'- 
dito. Jamas autor alguno tuvo que luchar contra mayores difi- 
cultades, y desde las cartas prói>inciales de Pascal y las memorias 
Be Beaumarchais, jamas se desplegó tanto ingenio en servicio de 
la razón. Los partidos políticos han podido atacar á Cobbett como 
folletista sin celebridad y sin dignidad; pero la posteridad, mas 
justa para el que e'l lo fue para sus contemporáneos, le aseguPB'í* 
ra un puesto muy distinguido entre los economistas populares. 
Si todas las cuestiones de Economía política hubiesen sido trata- 
das con tan vigorosa y natural claridad , no habria quizás hoy 
4ia un solo punto de doctrina en litigio y esta ciencia habria He-» 
gado á ser accesible para todos los hombres. Cobbett no buscaba 
8'is argumentos en hipótesis disputables ó en tratados dogmáticos 
eomo los escritores que le habia;n precedido; atacaba con los solos 
recursos de su buen sentido, y su lógica inflexible daba la luz mas 
TÍ\'^ á las discusiones mas arduas. Sus folletos económicos, casi 
todos feckaxíes en la prisión de estado de Newgate, son obras 
roaesfras de razón y de eslilo y no serán nunca bastante estudia- 
das por los hambres deseosos de profundizar los misterios áel 
crédito público. 

Casi al mismo tiempo, en 1809, la Inglaterra se enriqnecií 
con los primeros escritos de Rie.ardo que debían dar tanto esplen- 
dor á la Economía política : el aira en el precio del oro y la bajá* 
en el curso de los cambios hablan llamado vivamente la atención 
pública. Ricardo publicó una obrita titulada : El alto precio de las 
barras piiieba la deprec'ac'on de los hilletes de banco (2). Demos- 

({) Faper ai^-iiiist gnld^rKslc proingiiso escribo lia tenido ma' <te siete edicioneí. 
(2) F.iSe escrito^ lu¡y ilia algo r:iro, es uno (ie (os liocmiir'ntos mas nctables de la 
Economía política por su sencillez y es^ictitud eviiiente y práctica. 



(357) 
traba en ¿I clenlíScamenle la tesis sostenida por Cobbetl , es dé* 
cif» los inconvenientes de la escesiva emisión de papel moneda. 
Hacia ver qae la alza y la baja del cambio no es sino relativa f 
qae en tanto que la circulación de un pais se componga única- 
mente de monedas de oro y de plata ó de papel coíivertible eo 
estas monedas, es imposible que el cambio suba mas ó baje meni- 
nos qae el de los demás países, á lo menos en una sania mayor 
que la necesaria para los gastos de importación de metálico ó de 
barras en caso de escasez, ó para los gastos de esporlacion de ana 
parte de lo superfluo en caso de superabundancia. Pero cuando an 
pais espende un papel moneda no convertible, como sacedla en- 
tonces en Inglaterra, este papel no puede ser esportado cuando ei- 
li demasiado abundante en la plaza, y por consecuencia cuantas 
veces baje el cambio con el estrangero, ó soba el precio de las 
barras á mas de sa valor en especies acunadas, que la suma nece- 
saria para la esportacion de las monedas , es evidente que se ha 
espendido demasiado papel y que sa valor ha caldo en razón del 
esceso de las emisiones. Pvicardo contribuyó macho al nombrar 
«niento de una Junta revisora encargada de examinar esta cues- 
tión, y las medidas que propuso para remediair este mal, mal 
miradas al principio por la ignorancia ó la mala voluntad, fue- 
ron adoptadas después con aplauso de sa pais y de todos los ilus- 
trados aanigos de la verdad. 

En esta ocasión fue cuando sa autor Imaginó an sistema áe 
banco en el que los billetes fueran cambiables, no por especies 
acuíiáBdas, sino por barras. La seguridad de los tenedores de bi- 
lletes se hallaba asi conciliíada con la de los bancos. Estos estaban 
obligados á Umilar sus emisiones para no tener que aumentar sa 
garantía en fearras; y como estas barras no tenían el curso que la 
moneda, los bancos estaban menos espueslos á pedidos de reem- 
bolsos. Nada era mas Ingenioso que este sistema, pues presentaba 
todas las vcafajas del crédito sin tener sus peligros, y todas las 
gararíl lasde ana moneda de oro sin acarrear sus gastos ; asi es proba- 
ble que se haga su ensayo algún día con e':illoen mas deán pais (i). 

La principal obra de Ricardo sobre los principios de la Eco- 
nomía política y del impuesto publicada en 1817 , ha escltado ttj 

(1) Kstc proypcio si- tislli «>n un pscrito de Ricardo Ululado: Proposal fur ao eco»» 
noniical tud securu currenoy: Londres 181C. 



(358) 
el mando econdmico sensaciones profundas, pero diversas. Alga- 
nos escritores la han considerado como la mas notable que ha apa- 
recido desde Adán Smith: otros la han censurado de haber arro- 
jado á la Economía política al pais de las abstracciones y de ha- 
berla dado fórmalas algebraicas. Simple historiador y poco dis- 
puesto á remover controversias ya terminadas, me limitare' á 
señalar los caracteres distintivos de esta obra. Ricardo sostiene 
en ella que la renta es del todo cslraua á los gastos de la produc- 
ción; que la alza de los salarios trajo consigo la baja en los produc- 
ios y no en el precio de los géneros, y que la baja de los salarios 
trajo el alza en los productos y no la baja en los precios. 

Después de haber establecido que la variación de los produc- 
tos esta en razón inversa de la de los salarios, trató de descubrir 
las circunstancias que determinan las cuotas de los salarios y por 
consecuencia la de los productos. Creyó haberlos hallado en los 
gastos de la producción de los artículos necesarios al consamo del 
trabajador. "Por subido que sea al precio de estos artículos, dice, 
es daro que el trabajador debe siempre recibir una cantidad su- 
ficiente de él para sa subsistencia y la de su familia. Con todo, co- 
mo los productos en bruto deben siempre formar la parte princi- 
p;»l de la subsistencia del trabajador y como que su precio tiene una 
tendencia constante á subir, en razón de la esterilidad constante- 
mente creciente de los terrenos á los cuales es preciso dar recur- 
sos en las sociedades adelantadas , sucede que los salarios deban 
también tener una tendencia constante á subir, y los productos á 
bajar con el acrecentamiento de la riqueza y de la población (i)** 
En suma, la doctrina fundamental de Ricardo sobre el arriendo 
se reducia á sostener que el producto que saca un propietario ter- 
ritorial de su tierra, es decir, lo que le paga su arrendador, no 
representa jamas sino el oscedente, en igualdad de gastos, del pro- 
ducto de la tierra sobre el producto de las mas malas tierras cul- 
tivadas en el mismo pais. 

Esta opinión apoyada con cálculos notables, fue vivamente 
atacada por Malthus y Say; y sin embargo estos autores llegaban 
por caminos diferentes á las mismas conclusiones: solamente, que 
los adversarios de R.icardo sostenían qaesi los malos terrenos eran 
cultivados, nacia de que la estension de las necesidades de la so- 

^i) Noticia sobre la vida j obras de Ricsrdo jior Mr. Constancio su traductor. 



(359) 
ciedad y el precio qae está en estado de pagar para tener trigo, 

permitian obtener un producto territorial úc los terrenos mcjoícs 
ó mejor situados. Decir que son las malas tierras causa del pro- 
ducto que se saca de las buenas, es admitir en otros términos el 
principio ya conocido, de que los gastos de la producción no son 
la causa del precio de las cosas, sino que esta causa está en las ne- 
cesidades que los productos pueden satisfacer (i). La controversia 
llevada á este punto, no era pues mas que ana cuestión de pala- 
Liras; no obstante, Ricardo ha puesto en sa libro tan altas consi- 
deraciones sobre la influencia positiva de los impuestos en mate- 
ria de rentas, de productos, de salarios y de productos en bruto, 
que aunque no se admita la teoría del autor, no se pueden dejar de 
reconocer las luces que ha difundido en esta parte difícil de la 
ciencia. Es sensible que este escritor se haya colocado demasiado 
frecuentemente en hipótesis peligrosas , para sacar de ellas conse- 
cuencias abstractas é inaplicables, semejante á un mecánico que 
apreciase la acción de sus máquinas, sin tener en cuenta el roza- 
miento, ni los materiales con que están construidas. Ricardo que- 
ría generalizar demasiado: se intrincaba á menudo en ana especie 
de metafísica económica, herizada de argumentos y de fórmalas 
difíciles de que se acusa á la ciencia, aunque haya padecido por 
ellas. "Asi es que bajo pretesto de estenderla, decia Say , la ha 
puesto en lo imaginario (a).** 

En cuanto á nosotros el mayor cargo que creémosse puede hacer 
á Ricardo es el haber considerado la riqueza de un modo abstrac- 
to y absoluto, sin atender á la suerte de los trabajadores que con- 
tribuyen á producirla. Ricardo se ha mostrado mucho mas preo- 
cupado del poder colectivo de las naciones, que del bienestar in- 
dividual de los ciudadanos que las componen; y su lógica dema- 
siado severa ha considerado á los hombres como instrumentos en 
vez de mirarlos como seres sensibles. Su libro es seductor á pri- 
mera vista por sus formas dogmáticas y claramente delineadas. 
Ha tratado las cuestiones humanas al modo de los sabios que han 
fundado la teoría de las proporciones químicas y que se creen se- 
guros de hallar en el análisis de ciertas sales las mismas cantida- 

(1) Say: tr»t.iilo de Kconomia política Ionio 11 pág. 358. 

(2) Siaruonili ilice , o El gefe de la nueva escuela, Mr. Ricardo, según dicen (>♦- 
eUro que uo Labria arriba de 25 períoaas eu loglaUrra qae pudieiea «ul^oJcr m libro.* 



(36o) 
des Je ácido y de base qne han combinado para la síntesis. Era 
de parecer se sacasen los sabsidios como para una goerra del año, 
ó por un aumento de impuestos equivalente, y creia que era cd- 
naodo y practicable pagar la deuda pública por una cotización so-» 
bre el capital. Es ciertamente el hombre que ha tenido mas ideas 
nuevas en Economía política desde Adán Sinilh, pero las solas que 
le sobrevivieron son las que debió á la observación de los hechos 
mas bien que al arrojo de sus razonamientos. El último escrito 
que publicó sobre la agricultura (i) encierra cálculos de la ma«» 
yor profundidad con respecto á la influencia del precio del trigo 
sobre los productos y los salarios, y de los efectos de las cuotas 
«obre la agricultura y las manufacturas. Este solo "trabajo bastaíá 
para colocar á su autor entre los economistas de'primer orden. 

Con sus cualidades y aun con sus imperfeccioneSi Kicardo 
debía naturalmente fundar una escuela, esta escuela cuenta ya ma» 
chos discípulos celebres: entre los cuales conviene citará Mr.Milf, 
que la ciencia acaba de perder y es'principalmente conocido por sa 
escelente historia de la India Británica ; ha dejado un tratado ele- 
laental de Economía política que se resiente algo de la obscuridad 
de so maestro cuyas doctrinas recapitulaá la manera que JusliSo 
los fragmentos perdidos de Tito Livio. Mr. Torrens 'se separa 
mas de las doctrinas fundamentales á la esta escuela, en sn JEnsayo 
sobra la producíon de la riqueza , y no las acepta sino con restric- 
ciones notables. Este escritor se muestra en general ecléctico; no 
da una importancia exagerada á las cuestiones de palabras, que 
tan debido por demasiado tiempo á los economistas, y esplica 
muy bien cortío la mayor parte dé ellos han conseguido ponerse 
de acuerdo en las bases esenciales de la ciencia. El libro que pá- 
"blicó en i834. sobre los salarios y las coaliciones ^ está rebosando 
«impatia general para las clases trabajadoras, y puede consultar- 
íe con fruto en las cuestiones sobre máquinas y en las circunstan- 
cias que hacen subir ó bajar los salarios en los países manufactu- 
reros. El autor ataca vivamente como lo habia hecho Pvicardo, las 
leyes sobre cereales, con una independencia muy honrosa en aa 
gran propietario de tierras. 

A Mr. Mac-Gnlloch estava reservado el honor de vulgarizar 

(1) Se titula oProlectio.i ta agricultura» yes un cuaJerao de uaas cíen paginasj 
Tcrdtdera obra maestra ea pauto á iógica y á díjcusioa. 



(360 _. . 

las ideas (le Ricardo, modificándolas con loda la superioridad de 
su talento eminenteinenle positivo y práctico. Este autor publicó 
antes una escelente edición de Adán Sinllh con notas ; pertenece 
á él mas que á ningún otro el haber dado á conocer los princi- 
pios de Ricardo, y completar con análisis menos abstractos que 
-los suyos los trabajos de este celebre economista. Dcsgraciadamcn- 
' te Mac-CuUoch parece haber adoptado el inflexible absolutismo 
del sistema manufacturero que consiste en aumentarla producion 

- sin consideración para el productor; sino con indiferencia para 
la humanidad, al menos con abuso de los principios económicos. 

■ Mr. Th. Tooke ha permanecido mas fiel al método esperimental 
-de Adán Smith(i) y no se ha ligada tan estrechamente como 
• muchos de sus predecesores á las definiciones meticulosas de las 

palabras valor,- utilidad, riqueza, cuyo sentido preciso y aplicable 
está hace mucho tiempo fijado.- líorabre práctico , negociante ver- 

- sado en la ciencia dé los negocios,, .se apodera de las doctrinas 

■ mas ligitimamente reconocidas y las aplica inmediatamenie á las 
cuestiones industriales, como Mr. Mac-CuUoch ha sabido hacer 
las mas felices aplicaciones de la esíadísiica á la Economía polí- 

•■ tica (2). Asi es como, no descuidando ninguna ocasión de utili- 
zar la ciencia , los econoHHSlas ingleses la, han hecho popular y 

•elevado desde el rango de utilidad al piimqr orden de cono- 
cimientos útiles. 

Dos ministros ingleses, Mr. Huskisson y Slr líenrique'Parnell, 
han contribuido también con éxito á este dichoso resultado. Él 
primero de éstÓá hombres de estado, cuya reciente y prematura 
perdida aun llora la ciencia, no carece de semejanza con Turgot. 

' Afectado por las tristes consecuencias del régimen prohibitivo' y 
de los abusos del sistema proctetor, habla resuello poner sn ma- 
in atrevida en este antiguo edificio, indigno de nuestro tiempo y 
funesto á los progresos de la civilización. Pero sabia conciliar el 
espíritu de reforma con la prudencia delcgislador , y no empren- 
día jamas ninguna mejora sin proporcionarse antes los docu- 
mentos mas exac tos y sin haber procedido á su minucioso examen 

ÍII Se lorrán coa especial intcn's sns tíos escritos litiiL-idas <■ Tilfos y di'sarrollos 
sobro el preeio <le las cosas en los 30 úll irnos años» y "consideraciones sobre el esta- 
dode la Uolsa. » ^ ■; 

(2) ^'l'^'lnsp su Üie<¡onario de eninrrrio y su Esladísliea de Inglsl-rra , doii-íp tnta 
grare» onestittnes de Econoinia polílica con íiuiu^ liabilídcid .npesar dü las ditk'uUuv'^s 
¡nliereutcs al orden alfal>¿lico. 

46 



(362) 
La Economía política hubiera visto dias gloriosos y prósperos, 
si este ministro animoso y elocuente hubiese vivido bastante pa- 
ra llevar á cabo las reformas que habia emprendido (i). «Cuan- 
do hablo de mejoras, dccia en la Camarade los Comunes, entien- 
do estos cambios graduales, reflexionados , que en una sociedad de 
formación antigua y complicada , son los perservativos mas segu- 
ros contra las innovaciones imprudentes y peligrosas: á los cam* 
bios de esta clase es deber de todos concurrir con todo su poder. 
Permaneciendo fieles á este principio y perseverando en el, es co- 
mo conservaremos la alta posición que ocupamos entre las nacio- 
nes civilizadas. Esta posición con toda la gloria, con toda influen- 
cia de que está tan justamente rodeada ¿como la hemos adquirí-* 
rido sino marchando los primeros en esta noble carrera del ho- 
nor y de la utilidad? Hemos tenido que marchar adelante 'guia- 
dos por el recuerdo de lo pasado, por un justo sentimiento de 
nuestra grandeza presente y por el de, las obligaciones que lo pre- 
sente y lo pasado nos impone acia las generaciones que deben re- 
emplazarnos. Nuestro pais no podrá permanecer estacionario, en 
tanto que haya fuera del recinto de este Parlamento , una im- 
prenta libre para reunir en conjunto todas las influencias de la 
opinión, y en tanto que hubiere en el seno del Parlamento una 
discursion libre para guiar y dirigir estas ipismas ioflucncias". 
Las dos ocasiones que condujeron á Mr. Huslcison d estas so- 
lemnes declaraciones de principios , son demasiado conocidas pa- 
paraque sea necesario esponerlas largamente. Bastaría decir que 
eu la una , se trataba de la admisión de las sederías cxtrangc- 
ras, y en la otra de corregir las leyes relativas ala navegación 
que permanecían esclusivamenle restrictivas desde la famosa acta 
de Cromwell. Reclamaciones animosas se suscitaron al momento 
por parle de los fabricantes de sedas y de los armadores de na- 
vios; pretendiendo unos y otros que el ministro quería entregar 
la industria nacional sin defensa á la concurrencia cslcf-ior. Mr. 
Haskissonno sealteró nada por esta doble borrasca, yrefutando sus 
adversarios los unos por los otros, oponiendo las recriminaciones 
de estos á las lamentaciones estudiadas de aquellos , obtuvo el mas 
completo triunfo que un hombre de estado puede desear, laadop- 

(1) Mr. 51uskísson tubo las dos piernas rotas por un wagón ó carro de vapor el di» 
misino de la inauguración del camino de hierro de Liverpool á Maachester. Murió po- 
cas hora* después , de sus resulta». 



(363) 
cíon de sus proyectos sin ninguna enmienda restrictiva. Algunos 
años después, las doctrinas de sas adversarios recibieron un so- 
lemne mentís : no solamente los fabricantes de sedas inglesas no 
habian sucumbido ante la concurrencia eslrangera, sino que se 
acrecentaron y perfeccionaron hasta el punto de luchar con ella; 
al paso que número de navegaciones cscedió á las esperanzas mas 
esageradas. Algunas peticiones, fingiendo temer á la marina pru- 
siana con motivo de la asociación de aduanas de que este pais aca- 
baba de hacer el centro, proponían emplear el canon para redu- 
cir á reconocer el antiguo monopolio de la Gran Bretaña. "Mu- 
cho confio, replicó Mr. Haskisson,en que no tendré parte en los 
consejos de la Inglaterra, cuando se establezca en principio que 
haya ana regla de independencia y de soberanía para el fuerte y 
otra para el débil , y cuando la Inglaterra , abusando de su supe- 
rioridad naval, exija para ella, ora en la paz, ora en la guerra de- 
rechos marítimos que desconoce para los demás en iguales circuns- 
tancias. Semejantes pretensiones producirian la coalición de todos 
los pueblos del mundo para destruirlas". 
I • Tales fueron las doctrinas económicas y políticas deMr. Hus- 
kisson durante su demasiada corta existencia ministerial. Ellas 
no han cesado, después de su muerte, de prevalecer en los con- 
sejos del gobierno Británico y la lentitud con la que los hemos 
visto adoptar para los estados civiliz-ados , debe atribuirse á la re- 
sistencia del interés privado, mucho mas que á la mala voluntad 
de la administración. Todos los buenos talentos están acordes hoy 
dia sobre los resultados infalibles de la baja de las cuotas, y los 
gobiernos ilustrados se apresuran á prevenir con respecto á esto 
el voto de las 'poblaciones. Mr. Huslcisson ha encontrado un dig- 
no sucesor en Mr. Hehrique Parncll (i). Este escritor distingui- 
do ha pagado revista á todo el sistema económico de Inglaterra en 
una obra intitulada: De la reforma rentística que contiene el ger- 
men de todos los perfeccionamientos de que la legislación inglesa 
es susceptible en materia de hacienda, de aduanas, y de intereses 
comerciales. Este trabajo es un modelo que se puede ofrecer á to- 
dos los gobiernos celosos en reformar los abusos de un modo pru- 
dente y progresivo. El autor espone en él, la ilación de los he- 

(1) Sil tratado tle la Reforma. rcutistica en Inglaterra se tradujo al írancupor Mr 
B. Laroche. 



(360 
chos relativos á cada cuesUon , y los inconvenienfes aplicados i 
la conservación del estado actual y cuantas veces que este csiado 
parece contrario á los intereses generales. Se muestra inas atrevi- 
do que Mr. Iluskisson en todo lo que toca á la libertad del co- 
mercio y nunca los principios en que descansan la necesidad de 
esta libertad ban sido apoyados con datos mas concluycntes y ar- 
gumentos mas irresistibles. Sir Hcnrique Parnell lia llevado al 
último grado de evidencia las ventajas de la rcducion de las cuo- 
tc^s, sea en las materias primeras, sea en los productos fabricados; 
lia abierto una era nueva á la ciencia siguiendo un sislcma de 
aplicación particular á cada cuestión económica, de modo que se 
pueda conseguir la solución en un porvenir no muy lejano. 

Dos publicistas ingleses pertenecientes á la misma escuela, 
.Mr. Wade y Mr. Poulett Serope, han publicado últimamente 
pequeños tratados populares en los cuales la Economía política es- 
ta puesta al alcance de las clases laboriosas. El de Mr. "VV^ade es- 
tá precedido de un resumen hiitórico de la condición de los tra- 
Lajadores, y el autor ha tratado con una grande superioridad las 
ciiestiones de salarios , de mendicidad , las leyes de cereales y la 
influencia de la educación sobre las masas. Mr. Poulett Serope se 
ha declarado el antagonista absoluto de las doctrina de Malthus 
sobre la población , y se ha elevado á altas consideraciones sobre 
los fenómenos de la distribución de las riquezas. Sn libro es uno 
de aquellos en que las causas déla pobreza pública y privada han 
sido mejor espueslas, asi como el efecto de las restriciones sobre 
los cambios. "La felicidad de la especie humana , esclama el au- 
tor al concluir, puede fácilmente, por medio de la previsión, igua- 
lar y aun esceder al acrecentamiento de la poblarion". La doctri- 
na de Mr. "Wade y Serope difiere esencialmente de la que ha si- 
do desenvuelta poco mas ó menos en la misma c'poda en las obras 
de Mr; Babbage y del doctor Ure, sobre la Economía de los ma- 
nufactureros. El libro de Mr. Babbage no es otra cosa que una 
serie de cálculos ingeniosxjs sobre la división del trabajo y el em- 
pleo de las máquinas; el del doctor Ure es un himno en honor 
del sistema manufacturero que este autor proclama como el mas 
favorable para el alivio de las clases trabajadoras. Babbage creia 
á lómenos que quedaba mucho que hacer á los fabricantes para 
aprovechar los descubrimientos industriales y para mejorar el es- 



(365) 
tado moral délos lraLajadores;el doctor Ure, apologista mas pro* 
nunciado de la industria en grande, disimula hábilmente sus im- 
perfecciones y la considera como el último termino de la civiliza- 
ción. Tal es el carácter dominante de la escuela económica ingle- 
sa 5 y con razón se la censura de no tener bastante en cuenta las 
complicaciones inherentes al trabajo manufacturero, á pesar de 
las advertencias severas de la cuota de los pobres y las crisis pe- 
riódicas que hace cuarenta anos afligen á la Inglaterra. Al aspec- 
to de millares de niños ya marcados por los tribunales y de ni- 
nas corrompidas que pulu'an en las manufacturas inglcfas, se 
sorprende uno de leer en una obra que se inútala F/losofia de las 
•manufacturas., un pasage semejante á este: "Cuando los niños 
trabajan en su casa, están encerrados todo el dia con sus padres: 
no conocen ni á los hombres ni á las cosas que los rodean. Asi, 
el solo sentinúenio que pueden percibir es el del egoismo." La 
escuela inglesa no ha visto en la producion de la riqueza, mas 
que un elemento de poder nacional y los economistas de esta es- 
cuela se han acostumbrado demasiado á considerar á los obreros 
como simples instrumentos de producion. Apenas dan un grito de 
compasión al aspecto de los incómodos hospitales y cárceles, llenas 
de las víctimas de nuestras desigualdades sociales. Cierran sus oídos 
al llanto y seducidos por el brillo de la civilización , se olvidan de 
preguntar si este brillante edificio está cimentado en lloros y 
lágrimas, y si su base es de tal modo sólida que no se tenga que 
temer algún hundimiento. Felizmente la Francia ha reclamado 
su privilegio acostumbrado de defender los derechos de la huma- 
nidad, y mientras que la Gran Cretaiía marcha á pa;o agiganta- 
do en la carrera de la industria, nuestros escritores la recuerdan 
los principios sagrados de una repartición equitativa de los produc- 
tos del trabajo. Entramos ett la era social de la Ec«)no(nía política 



( 3C6 ) 
CAPITULO XLI. 

De los economistas sociales de la escuela francesa. — Naevos prin- 
cipios de Economía política de Mr. Sismondi. — Nuevo tratado de 
Economía social de Mr. Dunojer. — Economía política cristiana 
de Mr. Villenucoe-Bargcmont. — Tratado de legislación por Mr. 
Ch. Comte. — Economía política de Mr. Droz. 

Había machos años que las doctrinas de Adán Smith, y de 
Mallhus y de la escuela industrial eran adoptadas sin discusión 
en tola Europa, cuando Mr. Sismondi dio el primer ataque serio 
contra los abusos de estas doctrinas, aceptando sin embargo, lo 
que tenían de incontestable y de positivo (i). Movido del contras- 
te de la grande opulencia y de la miseria estremada de que había 
sido testigo en Inglaterra , sorprendido de ver á los adelantos de la 
industria servir casi esclusivamente para algunos hombres, sin 
ventajas conocidas para la generalidad, buscó las causas de esta 
anomalía y creyó haberlas hallado en la constitución misma de 
la industria, poco adecuada según él, d las necesidades generales 
de los trabajadores. " He querido probar, dice, que el aumento 
de la producción no es un bien sino en tanto que es seguido de 
un consumo correspondiente: qae al mismo tiempo la economía 
sobre todos los medios de producir no es una ventaja social mas 
que en tanto que cada uno de aquellos que contribuyen á pro- 
ducir continúa en sacar de la producción una renta igual á la que 
él sacaba antes que esta economía hubiese sido introducida: lo 
que no puede hacerse sino vendiendo mas de sus productos." 

Al examinar bajo este punto de vista nuevo y atrevido la cons- 
titución industrial de la sociedad europea, Mr. Sismondi se en- 
contró con las difíciles cuestiones de la concurrencia, de las pro- 
hibiciones, de los bancos y de la población. La concurrencia en- 
tre los trabajadores le pareció debía producir cada día mayor baja 
en los salarios, mientras que las máquinas suministradas por los 
bancos, disminuían gradualmente el pedido del trabajo. Había 
sin duda mayor masa de riquezas producidas: pero la renta de 

(1) Testigo su primera obra sobre la ri<¡ueza comercial publicada en 1303, cuanüo 
1» primera edición de Sa;^. 



(36;) 
las poblaciones laboriosas no se aumentaba y por consecuencia 

sus medios de existencia vcniaa á ser iusancientes: de ahí re- 
sultaban todas las pingas con qac la humanidad está atlgida en los 
paises civilizados, y Mr. Sismondi se vio obligado á adoptar las 
teorías de Malthus, sino como una fatalidad inevitable, al menos 
como una consecuencia de la constitución imperfecta de la indus- 
tria, La felicidad pública estando unida según el, á un justo equi- 
librio entre la población y la renta, y la renta de los trabajado- 
res hallándose cada dia reducida por la concurrencia y el empleo 
de las máquinas, la sociedad no podia dejar de llegar á una serie 
de catástrofes cuyos signos precursores brillaban en todas partes. 
¿No se vcia por do quiera, respecto del interior, la concurrencia 
con su ignominioso se'quito de baja de salarios, fraudes comercia- 
les, mala calidad de los productos: y en el csterior, las guerras de 
aduanas, el contrabando y todos los crímenes que arrastra consigo? 
Esta lenílencia nueva de la industria; á saber ventajas enor- 
mes para la industria en grande y lucha infructuosa de los traba- 
jadores contra los capitales, ha inspirado á Mr. de Sismondi pá- 
ginas elocuentes. Lanza un grito de horror al aspecto de los ban- 
cos que aíiaden armas nuevas á las armas ya tan bien templadas 
de los empresurlos de industria. ¡ Si al menos estas creaciones efí- 
meras de instrumentos productores apro\echase á la gran familia 
de los trabaj idores! Pero no: los bancos no hacen mas que añadir 
mas medios á los existentes para empeorar la condición del traba- 
jador; multiplican las máquinas, reducen el precio de los jornales» 
y lanzando la producción en un campo sin límites, facilitan los 
deplorables aglomeranjienlos de géneros, seguidos de crisis en el 
comercio y de ruina en las manufacturas. Toda la habilidad con- 
siste ya en vender al mas bajo precio posible; se cree tener patrio- 
tismo, cuando se han arruinado las fábricas estrangcras: pero no 
Be ha reparado mas en las nacionales. Se lian sustituido njáqui- 
nas mas productivas, mas dispendiosas, á las que cxistian ante- 
riormente; se ha obtenido una rebaja en el alquiler de las casas 
en el de los capitales, en la renta de los propietarios. Una fabri- 
cación anual de looooo francos elevada á un millón, hace pe- 
recer Q máquinas rivales: las máquinas nuevas aniquilan el ca- 
pital representado por las antiguas. Hay perdida de renta para la 
sociedad por la disminución del interés del dinero, por la dlsmi- 



(368) 
nación de ios prodactos ríe la iiulusirin, por la pc-rdula del alqui- 
ler de los terrenos, por la reducción del núnjero total de los tra- 
bajadores y de los salarios de cada uno. Hay pues disminución en 
el consumo de todas estas clases; y mientras que el manufactu- 
rero trabaja con todo su poder en aumentar la cantidad y me- 
jorar la calidad de los tejidos que ha espuesto á la venta, tra- 
baja también activa y eficazmente en disminuir el número de 
los compradores , y en decidir á aquellos que empobrece á ha- 
cer durar sus vestidos mas largo tiempo, y contentarse con cali- 
dades mas inferiores (i). 

ISo es pues cierto, según Sismondí, que la lucha de los inte- 
reses individuales, tan preconizada por la escuela inglesa, baste 
pnra producir el mayor bien de todos, pues que bajo la influencia 
de esta lucha, vemos nacer cada dia las complicaciones mas graves 
y consumarse las injusticias mas tiránicas. Asi Malthus tenia ra- 
zón en aconsejar 'a prudencia á las víctimas destinadas á estos ho- 
locaustos industriales que se celebran sobre el a'.tar de la concur- 
rencia: y nuestros padres no eran tan poco avisados como se cree, 
cuando retenian en los lazos de los gremios y de las macslrlas esta 
fatal CKliuberancia de producción que hi transformado el mundo éii 
un campó de batalla, en donde los grandes empresarios devoran á 
los neqaefíos. Alo menos bajo este régimen, habia un freno natural 
para el matrimonio : se ponían con las mismas trabas á la multi-» 
plicacion de los hombres y á la de los proiluctos: se mantenía en 

* justos límites la concurrencia de los trabaja Jores y la de las mer- 

* caricias. El mas grave vicio de la organización social actual, es 
que el pobre no puede jamas saber sobre que pedido de trabajo 
puede contar y que el poder de trabajar no sea jamas para él una 
renta precisa y asegurada." Tal es en resumen, la doctrina soste- 

' iilda por Mr. Sismondi en sus Nueoos pn'nripios de llconomia poli" 
tica, y desarrollada por el con una superioridad de talento, que no 
iia logrado, sin embargo, disimular el lado paradójico de su sistema. 
Convenimos gustosos en que una familia que no tiene mas 
que i.ooo francos de renta no gastará mas que looo francos, 
cualquiera que sea el precio de la parte de los géneros que deba 

* comprar. Pero si adquiere con mil francos más objetos que ella 

(1) Sismondi , artícBjo ¡rsíita socjw, en ia revista de !a Economia política to- 
mo IV pág, 220. . « • 



obtenía antes de la idísminuGion de sus gastos ^e producción , go« 
zsrá en realidad de una comodidad mayor: comprará mas pro* 
4actos y dará salida á mayores pedidos de trabajo.' Que disminu- 
ya el azúcar por ejeuiplo, sea por un progreso del arte, sea por 
un descubrimiento pn la naturaleza ; la porción de la renta ante? 
ríor emplea4a en comprar azqcar, podría emplearse en otras com-? 
pras y, favorecer r»ueyas industrias o el desarrollo de las que exis- 
ten. Si «1 progreso de las manifacturas , la mejora de las máqui- 
nas ó la muliiplicgcJQn de los medios de trabajo por los banco? 
fueran verdaderas plagas, ¿cómo se pspUcarian pues el desarrollo 
progresivo de la prosperidad pública y este acrecentamiento del 
bienestar que ha penetrado hasta en las filas de los mas humilde^ 
trabajadores? ¿No es cierto que todas las economías ?obre los 
gastos de la producción son conquistas de las que se aprovecha I* 
sociedad entera, harto desigualmente sin duda, pero no obstante 
de un modo incontestable ? Mr. Sismondi se ha dejado arrastrar 
por la seducción de una idea sencilla y pasmosa, como Mallhu?, 
cuando proclamó su famoso principio de población: y ha creído 
haber hallado el verdadero principio de la felicidad pública, en 
su teoría de la renta social. Pero á decir verdad, el ilustre econo- 
mista no ha hecho n^as que descubrir nna de las llagas del in- 
datrialismo llevado á sus últimos límites actuales. Lastimado 
al aspecto de los abusos, ha atacado al uso mismo, que ha que- 
rido hacer responsable de todos los nr>ales de la sociedad mo- 
derna; y después de haber descrito en términos patéticos los 
tormentos de las clases laboriosas, se ha vi$to redi^cido á confesar 
la ineficacia de remediarlo. 

Su admirable libro acaba con up grito de desesperación. 
"Confieso, dice, después de haber indicado donde esta á pils ojos 
el principio, donde está la justicia, que no me siento con fuerzas 
para trazar los medios de ejecución: la distribución délos pro- 
ductos del trabajo entre aquellos que concurren á producirlos me 
parece viciosa ; pero me parece casi superior á las fuerzas huma- 
nas concebir un estado de propiedad absolutamente diferente del 
que vemos en la práctica." Y en efecto, Mr .Sismondi ha demos-r 
trado bien que, el cultivo de los géneros tropicales era odioso y 
ruinoso con esclavos : pero nada ha propuesto para resolver U 
grande cuestión de la emancipación de \q& negros , sin dafiar á su, 

47 



(37o) 
sabsistencia misma y á sa propia scgaridad. Ha indicado con 
sama perfección y pcrícclo conocimiento de la materia, los abuso» 
del papel moneda y los peligros de la moneda de papel, pero su 
obra no ofrece ningnn temperamento que se pueda aplicar para 
remediarlos. Sabemos solamente que le inquietaba esto cual una 
poderosa máquina de vapor que pudiese reventar haciendo mucha» 
TÍclimas: pero el autor no indica ninguna válvula de seguridad, 
y la conclusión seria renunciar al empleo de la máqnina para es- 
capar de sus peligros. Los adelantos de la mecánica han escitadó 
hasta el mas alto grado su. inquietud y á veces su enojo: pero no 
nos ofrece ningún medio práctico y formal para suavizar los rigo- 
res de estas e'pocas de transacion y de estas operaciones que ponen 
á las poblaciones enteras en los últimos apuros. Esto nace de qtíe 
hay llagas sociales, hijas del tiempo y de las costumbres, lenta» 
en formarse, mas lentas en curarse y sobre las que no basta llo- 
rar elocuentemente como Jeremías para que desaparezcan por si 
mismas. Seguramente todas los capitalistas no carecen de compa- 
sión ni los obreros de previsión: ¡Pero cuántos matrimonios no 
Temos prematuros! ¡Cuántos niíios que no hubieran deliido nacer! 
jCaánlas guerras imprevistas! ¡Cuánt.TS crisis comerciales, difí- 
ciles de preveer! He aqui lo que desconcierta cada dia las teor/as 
del economista y los cálcalos del hombre de estado. Estíis son las 
enfermedades que acompañan la creciente, pero que no la detienen. 
Mr. de Sismondi ha sido el historiador de esta parte fui^itiva 
y dolorosa de los desarrollos de la industria moderna. TSingun es- 
critor ha mostrado hasta este dia nv.n simpatía mas noble y mas 
tierna para las clases laboriosas: ninguno ha marcado con mas 
energía el egoismo de los ricos y la indiferencia de los hombre.^ 
encargados de velar por los intereses del mayor número. Su libro 
es la mejor obra de critica que existe en la Economia poliiica: pe- 
ro un libro mejor será el qut deba refutarle. La mas ligera 'obser- 
vación de los hechos basta para demostrar que la condición de l,is 
clases laboriosas es muy supcrií^r hoy dia á lo que era antes del 
descubrimiento de las grandes máquinas de la industria moderna. 
Los obreros, aun los mas mal pagados , participan indirectameme 
de los beneficios de la civilización: andan por calles mas limpias, 
m':'jor alambradas; reciben el beneficio gratuito de la educacioin 
^elemental: viajan mas cómoda y económicamente que sus padres, 



(^70 
y cada día se ve la riqueza ó al menos la comodidad llegar á clases 

namerosas que jamas hubieran participado sin el perfecciona- 
miento de las máquinas. El principal defecto del mc'lodo de Mr, 
Sismondi es generalizar demasiado, como el mismo Uicardo, sa 
mas ilustre antagonista. Él no contempla á nadie; va derecho á su 
fin, y saca algunas veces consecuencias exageradas de un princi- 
pio razonable. El abuso que se ha hecho de los bancos en Ingla- 
terra y en los Estados-Unidos, en donde no sirven mas que para 
enriquecer á los que son ricos y para multiplicar las máquinas 
sin saber como se derramaran sus productos, le ha parecido sufi- 
ciente para molivar las uialdiciones con que peisipue este precio- 
so instrumento de fortuna pública. "Los capitales tan fácilmente 
obtenidos, dice, csciían á empresas arriesgadas, para las cuales 
los autores hubieran vacilado, si hubieran debido esponer sus pro- 
pios fondos." Esto es cierto, sin duda; ¿pero sacaremos de esto 
que sea preciso suprimir los bancos? Mr. Sismondi no ha retro- 
cedido para las máquinas, ante las consecuencias rigurosas de su 
íislema. Él no ha titubeado en declarar que un nuevo perfeccio- 
namiento industrial serla una desgracia nacional porque el núme- 
ro de consumidores no puede aumentarse mucho, según sus ideas, 
> el número de productores dismitmiria por el empleo de las 
nuevas máquinas. Pregunta lo que vendría á ser la Inglaterra go- 
bernada por un rey que hiciera por el solo por medio de una in- 
mensa uianija toda la obra de sus subditos muertos de hambre, 
porque su mecánica poderosa les hubiese quitado su trabajo. Y 
respondemos gustosos que Inglaterra seria un pais muy dichose 
en poder fiar su subsistencia á la soÜcidud de un príncipe capax 
de ejecutar por si solo tan inmensos trabajos. 

Sin embargo, y apcsar del carácter paradójico que les distin- 
gue, las opiniones de Mr. Sismondi han ejercido una grande in- 
fluencia en Europa. Es el primero que ha revelado el secretode es- 
tes dolores sociales, principalmente concentrados en los países 
manufactureros y que ha dado el aviso sobre el peligro délos ban- 
cos, mucho antes de las catástrofes recientes que tan tristemente 
han justificado sus predicciones. Gracias á c\ la condición del obre- 
ro ha llegado á ser cosa preciosa y sagrada: ha conseguido en el 
banquete de la vida , un cubierto del que las teorías de Malthus 
hablan querido privarle: y en adelante los progresos de la rique<* 



ta no serán considerados como verdaderamente útiles , sin» en tan- 
to qae los beneficios se repartan en todos los que hubieren concQp- 
rido áella. El principio está fijado: á las legislaciones correspon- 
de sacar sus consecuencias. Ya altas cuestiones industriales y co- 
merciales han caldo en el dominio de la discusión parlamentariar 
ellas no tardarán en ser resueltas, bajo los auspicios de la nueva 
escuela económica ( i) , con la generosidad de sentimientos y la ele- 
vación de miras que deben caracterizará xxn jurado especial de sabios. 
Mr. Sismondi ha dado prueba de un verdadero valor al seña- 
lar con mano firme los peligros del sistema artificial y ciegamente 
productor, preconizado por Inglaterra y adoptado por la mayor 
parte de los ecomistas de Europa. Seguramente si no hubiese sido 
preciso mas que un hombre de valor para recurrirá las simpatias 
públicas sobre la suerte de los trabajadores, victimas de una or- 
ganización industrial egoista y parcial, este hombre no hubiera 
faltado en Francia: pero era preciso esplicar los vicios ocultos de 
este re'gimen: era preciso ver como la miseria privada se aumen- 
taba al mismo tiempo que la riqueza pública y por que triste con-? 
traste los productos del trabajo se concentraban mas frecuente- 
mente en manos de la ociosidad, que en el hogar del trabajador. 
Mr. Sismondi no ha resuelto este problema, pero ha deramado 
sobre él mucha luz y le ha propuesto atrevidamente á los econo- 
mistas y á los hombres de estado. Las prohibiciones han comenza- 
do desde luego, á mostrarse bajo un aspecto bien diferente del de- 
otras veces; el impnlso aparente que ellas dan á la producion, se 
encontró compensado por las trabas que ponen á la producion. Se 
ha visto que. el obrero- perdia en calidad de consumidor, todo la 
que los gefes de industria protegidos ganaban en calidad de empre- 
sarios. El concurso de las maquinas, tan ene'rgicoy tan útil, cuan- 
do tiene por objeto economizar el tiempo y la fatiga de los hom- 
bres, ha parecido mortífero al momento que se ha probado que 
tenia demasiado frecuentemente por resultado pulverizar la huma- 
nidadad en sus rodages. Quiza Mr. Sismondi, vivamente conmo- 
vido del cuadro de padecimientos tan comunes en los paisesdema- 
xmfacturasi haya exagerado males que no dependían todos de la 
misma causa ; pero será ho.nroso eternamente su nombre por ha- 

(1) Testigo la cuestión de las cárceles , la de la esclavitud , la del trabijo de lOf 
pÁrvulos eaias laaaufacturafi > las graadet eniprcsa$ de utilidad pública <&o, de 



Bcr dado el aviso á la Earopa (i) y haberse paesto á la cáLeza de 
una cruzada en favor de las clases mas injastamente desgraciadas 
de nuestro orden social. Bien pronto oiremos su grito de alarma, 
repetido con voz solemne por los Sansimonianos , resonar en el se- 
no de nuestras ciudades y en el tumulto de las insurreciones: lú- 
gubre advertencia que la política no podrá desconocer, ni la cien- 
cia dejar mas largo tiempo estéril* 

Numerosos escritores se han apresurado á responder al llama- 
miento generoso de Mr. Sismondi. Entre los secuaces mas ilus- 
trados de sus doctrinas, la Francia cuenta al autor de la Ecotio~ 
mía política crstiana., el Sr. vizconde Alban de Villeneuve-Barge- 
mont, cuyas indagaciones sobre la mendicidad han obtenido menos 
éxito que el que se merecía una obra tan recomendable , á causa 
de la insuGciencia evidente de la parte terapéutica. Mr. Vilieneuvc 
insiste mas sobre las qaejas de Sismondi con respecto al sistema 
manufacturero: describe con los mas vivos colores las plagas de to- 
do genero con que las clases laboriosas están agoviadas; pero los 
remedios que propone, son de un apóstol mas bien quede un eco- 
nomista , ó de un administrador esperimentado (2). 

Por grandes que sean, en efecto, los recursos del espíritu reli- 
gioso, no podran remediar todas las llagas sociales. La caridad 
cristiana no puede por si sola hacer frente á las necesidades ma- 
teriales de la humanidad. Es de desear sin duda, que penetre en 
la política y en las costumbres: pero aun suponiendo que penetra- 
se profundamente en ellas, restaria saber si su intervención sería 
bastante eficaz para curar un mal tan inveterado y tan inherente 
á las sociedades civilizadas, cual es la miseria generalizada bajo el 
nombre de mendicidad. En una época ya muy lejana de nosotros e* 

(1) Víanse especialmeiue los capítulos 8 , 9, y Í2 del libro 7.o de sns íÜ^oa 
principios de Economía política. 

(2) Citaré un fragmento de su | Pcifacio que paree- reanimar tod.i su oI)ra. « Lo nua 
parece cierto (dice ) es que los dias de menopnlio y de opresión están cumplidos sin re- 
medio , y que se acerca una gran trausacion. lista no puede sureder sino de dos mane" 
ras;ói)or la irruprion viólenla de las clases proletarias pacientes sobre los defensoi-es 



de la propiedad y de la industria .es decir, pop un retroceso al estado de htrhnrie o 

I 
rados deben tender a preparar esta trasmisión por mediode prudancia y d« nersua 



■ ■. . • . . - -~ , , — - ^ „, ^.,,.„,,„ ,,t; rj.rrua 

por la aplicación practica y general de los principios de justicia , de mojal, de liu 



dad 



IW.rni- 



y de caridad. Todo el genio de la [«lítica , todos los esfuerzos de los hombres bou- 



VKlenlementeesta es uua nueva fase del cristianismo , que espera el universo. La cari- 
dad cristiana, puesta en acción en la jiolílica , las leye» , institnciones y cosluinbres es 
la sola que puede preservar al orden social de los espantosos ¡¡eligros que le amenaian 
Fuera de esto , digámoslo con valentía , no hay mas que ilusión ó mentira.» Los .Santi- 
wonianos llaman por algiin tiempo su doctrina Nuevo crisliaao Este es el titulo de una 
ae (oft escritos de Saa Simón. 



cspírilu religioso ha reinado como soberano, sin poder remediar' 
las inisorias humanas: y si se contaban en Europa menos ^pobres 
que en n;jeslros dias, es porque había menos habitantes. 

Sin embargo no se puede dudar que la miseria pública sea un 
gran hecho social, particular á los estados modernos y que se ma- 
nifiesta mas y mas, á medida que la civilización se esliende.¿Será 
preciso admitir que tal bocho es inevitable y fatal, ó que depende 
de las instituciones humanas modificarle en un sentido favorable; 

¿Si la política no puede nada en ello, la religión podrá mas? El 
autor uc la Econoiidií /?o/zV/'ca cr/í/Zana sinceramente ha adoptado es» 
ta esperanza, y siento decir que la lectura de su libro no me permite 
participar de el 'a. S.is coaclusiones son poco masó menos las mis- 
n>asque las de IMr. Sismondi. todo queda puesto en manos de Dios y 
el autor se lefugiaria gustoso á la oración, tan grande es su fervor y 
su piedad sincera; ; pero qué pueden votos á presencia de la terrible y 
penetrante realidad? En vano Vilienueve recueriía con pesar el anti- 
guo sistema de las corporaciones y la vida monástica que limitaban 
prudentemente el acrecentamiento de las poblaciones : ¿á que viene 
sentir lo que ha dejado de estar en harmonía con las costumbres 
actuales, en una palabra lo que no es ya posible? Si, sin duda es 
fácil patentizar los embarazados, que se hallan los sabios y los hom- 
bres de estado al resolver este pniblema formidable; pero la mano 
de los sacerdotes de nuestros dias (') es mucho mas impotente aun 
para darnos ana solución equitativ\i. Mr. Villeneuve nada hapodi 
do deducir de aquellos datos aunque predica con Mallitusy elapíis- 
tol S Pablo la sujeción moral (2), la frugalidad, la templanza, y 
otras virtudes semejantes, á gentes hambrientas. Ei se redujo á 
echar de menos el celibato religioso, atacando al mismo tiempo 
las doctrinas de Malthus, que aconsejan la abstinencia por otras ra- 
zones; y á deplorar los servicios de las máquinas, á pesar del ali- 
vio que han Iraido a los trabajadores mas rudos de las clases tra- 
bajadoras. La Economía po'i'tica no ha recibido pues ninguna luz 

(1) Mr. Guizot "na espresado Dfniy lii'.'n esta impotencia en un frifjinenlo púbücido 
en la Revista francesa. " V.n nuestros dias, dice , por el curso de los acaiiteoimicní.os j 
por fallas recíprocas , la reüijion y la sociedad han dejado de entenderse y de marchar 
paraleiemente. I.as ideas , los senliniieritos , los intereses qne producen aliora en ta 
vida temporal , han sido y son diariamente condenados y reproljados en nombre de las 
ideas, sentimientos é intereses de la vida eterna. La rrüj^iou pronuncia anatema sobre 
el mumlo actual y se mantiene separado de ól : el mundo está cerca de aceptar el auate- 
toa y la separación.» 

;2) La abstinencia del matrimonio no podrá nunca inspirarse á lo» pobres sino por el 
fsutiniiento religioso, cou. polit». criil. lomo 1.° ¡wg. 23i. 



(375) 
aa€'<a áeesla elocuente lameniacion, en la que Mr. VllleneuTC 
lamenta todos los tormentos sociales de la humanidad, sin propo- 
ner remedio eficaz para curarlos. Su conclusión es esla: « i.° La ins- 
trucion moral, religiosa é industrial d^da graluilamenle y con 
obligación de aprovecharse de ella, por medio de escuelas gratui- 
tas pagadas de los fondos munitipalcs: 2.° cajas de ahorros y de 
previsión establecidas á costa de las ciudades y pueblos manufac- 
tureros, ó de asociaciones de caridad con obligación de parle de 
los obreros de dejar una parle de su salario en ellas, cuando la 
cuota de este salario lo permita sin incou\enicnte: 3.° la institu- 
ción de gremios, que sin incomodar á la industria y tenerlas ter- 
ribles consecuencias de los antiguos , favorezcan el espíritu de aso- 
ciación y de socorros mutuos, den garantías de instrucción y buena 
conduela y reemplacen la deplorable institución del aprendiza- 
ge." Pero es evidente que eslos paliativos , por otra parle sa- 
ludables, no tendrían ninguna acción importante en la concurrrn- 
cia universal, en el abaso de los privilegios políticos , en la lucha 
de los grandes capitales contra las pequeñas forlunas y en la de- 
'sigual rcpar!?tioil de los impuestos. IMr. Droz nos parece aprecid 
mas juslamcnle el verdadero caracler de la Econoniía poh'lica- 
"No tomemos dice, las riquezas por fin; eílas no son mas que el 
medio.. Su importancia resulta del poder de aplicar los trabajos, y 
las mas preciosas son las que sirven para el bienestar del mayor 
número de hombres. La felicidad de losestados depende menos de !a 
cantidad de los productos que del modo con que son repartidos. ISin- 
gun plises tan notable como Inglaterra bajo la relación déla forma- 
ción de las riquezas: en Francia su distribución es mejor; y saco en 
consecuencia de ello que hay mas felicidad en Francia que en In- 
glaterra. Al leer á ciertos economistas, se creerla que los prodac- 
los no son hechos pera los hombres, sino que los hombres son he- 
chos para los producios." Tal es la dirección dada á la ciencia por 
los ecoMomisias de la nueva escuela francesa que yo llamo «jcuc/a 
social^ porque dirige tod.is sus miras al perfeccionamiento general 
de la sociedad, sin acepción de raza, ni de casta, persiguiendo con 
ios mismos anatemas el tráfico de lo*; negros y el beneficio de loj 
blancos. El Sr DroZfá de lodos lo; escritores de esta escuela el que 
mas claramenle lia formado su programa , sin hostilidad acia lo 
'J^fiéifentc y sin ilusiones sobre el porvenir, El Sr de Sismondi, ta- 



lento eminentemente Critico, tenia qae desarraigar las prcocapa- 
ciones esparcidas en favor de los hombrea nías respetados en la 
ciencia, y no ha podido impedir en su ardor g\'íneroso ser mas de 
una vez arrastrado acia la paradoja. También, segan la espre- 
sion de Mallhus, habiendo hallado el arco demasiado .estirado de 
un lado, se creyó en la necesidad de forzarle del otro: heaqai por- 
que SQS doctrinas no han producido lodo el fruto que la humani- 
dad debia esperar de el. Ha esperado demasiado de ios gobiernos, 
asi como Mr Villeneuve ha esperado demasiado de la provi- 
dencia: pero la providencia y los gobiernos han impuesto al hom- 
bre severas condiciones- 
Dos obras notables con títulos diversos, el traiado de legisla^ 
xión de Gh. Caoiteyel nuevo tratado de Econonda social áe, Mr. 
Dunoyer han recordado i los economistas ideas mas juslas, sino 
tan seductoras., déla verdaderadificultad de las cucsliones económi- 
cas. Mr. Ch. Comte, ñel al método esperimental seguido por 53. 
Say ha demostrado con hechos históricos habilncente elegido5é ia- 
geniosamente comparados que la mayor parte de los obstáculos en 
Jas mejoras sociales venian de aquellos mismos que debian aprove- 
charse mas de ellas, y que conspiraban perfectamente para impe- 
dir su cumplimiento.' Ha hecho ver como los funestos hábitos de 
la servidumbre habian corrompido á los dueños, embruteciendo á 
las clases, y cuantas resistencias esperaban en cada conquista de 
la civilización, á los hombres celosos colocados á vanguardia. "Por- 
que, dice, la naturaleza délas cosas ó de los hombres no se 
• modifica según nuestros deseos. Los fundadores de la esclavitud no 
han llegado jamas'á librar á los señores de todos los males, ni ase- 
gurarles el monopolio de los goces; los hombres que han intenta- 
do repartir los placeres y las penas de un modo igual , entre todos 
los miembros de la sociedad no lo han conseguido mejor. Los pri- 
níeroshan zozobrado , porque han tenido que luchar contra la natura- 
leza humana: los segundos han zozobrado porque han tenido que lu- 
char centra los mismos obstáculos." Me ha parecido que semejante 
confesión en boca de an escritor cuya vida entera ha sido consagra- 
da á los trabajos de la civilización, merecía ser meditada por los es- 
píritus generosos , que estén dispuestos á adoptar con entusiasmólas 
doctrinas de Mr. Sismoodi, ó de la Economía política cristiana. 
Mr. Daooyer.ba i;epceadi4o coa xnas energía aan á 1.05 ilasos 



(3/7) 

sbíjre'la perfeclibtllJad ¡ndefinida en Econom'z^ polílicíl. Según el, 
Ja iniciativa.de las inejorag en tqdaslas cqsas pertenece áfía^.n^^piQ-í. 
;nes. "Son Iqs agricultoreg los que perfeccionan U agricultura: lífg 
arles adelantan por los artistas, las ciencias por lq$ sabios j. Ja. pq- 
lítica y la morí^l por los n^oralistaS y políticos. Hay solaniente en- 
tre las cosas que son el asunto pailícular de cadss uno y las que 
son el asunto de todo el mundo, esta diferencia, que en los prime- 
ros, las inejoras son inmediatamente aplicables por aquel que las; 
inventa, mientras que en las segundas, á saber en las políticas, 
las aplicaciones no pueden tener lugar sino cuando llegan áser el 
pensamiento común del público, ó al menos de una porción mtjy 
considerable del público. Hastaalli no se pudieron hacer vP?-ra rea- 
lizarlas, sino tentativas infructuosas, Es posible que un poder de 
buena voluntad emprenda establecerlas j perq no gerá obra dura- 
dera. Es posible que una cosa sea ensayada, á pesardel poder, por 
un partido que le destruya y le reemplace; pero las insinuaciones 
mas dichosas no producen ya efecto asi como tampoco las concesio- 
nes mas benévolas. La cosa no se establecerá sino muy á la larga 
á medida que pasare alas ideas yáloshábitosdel m^yor número(i). 
Asi en el estado social mas exento de violencias, será muy difícil 
que no se establezcan desigualdades en las condiciones; y cuando 
estas desigualdades llegan una vez á establecerse, es aun mas difí- 
cil que se borren. No se llega jamas sino con un trabajo estrema- 
do, de una condición inferior á un estado algo elevado; y las fa- 
milias caídas en cierto abatimiento están espuestas á quedar en él 
por el solo hecho de hallarse en él.'' 

Tal es el carácter severo de las doctrinas de Mr. Danoyer que 
no se podia hacer cosa mejor que oponerlas á la filantropía aven- 
turada de Mr. Sismondí y á los sermones religiosos de YiHencu- 
ve y La Mennais. Mr. Dunoyer no se ha penetrado menos que 
estos generosos escritores de una viva simpatía acia las clases pa- 
cientes, de las que se compone la mayor parte de la especie hu- 
mana; el también desea para ellas días mas prósperos y desti- 
nos mas dulces: pero su fría razón le obliga á reprimir ^ vehe- 
mencia d? un^ sensibilidad irreflexiva y no admitir ciegamente 
la posibilidad do un estado de felicidad igual para todos, como 
si todos los hombres tubíesen el mismo valor intelectual y moral 
(1) Nuevo tratado de £conomí<^ social tomo i° pagina 9. 

48 



(3?8) 
y los mismos derechos á una quietud permanente, que destruíria 
todo principio de actividad, de honradez, y de virtud. Mr. Du- 
noyer ha tenido valor de decir á los pueblos las verdades austeras 
que otros dirigen á los reyes. Él ha demostrado muy bien que 
habia imprudencia y temeridad en prometer á todos ios hombres 

■ un mar de felicidad cuyas playas no es dado ver sino á un cor- 
to número. La civilización que no es otra cosa que el progre- 
so en la marcha acia el bien , está sujeta igualmente á condi- 
ciones rigurosas, lentas, graduadas que suponen sobre todo el 
concurso de los que se trata hacer mas dichosos. Es pues á ellos 
á quienes se ha dirigido este economista, para señalarles las leyes 
inevitables del progreso industrial y social. Este progreso le pa- 
rece imposible sin las desigualdades de que se supone injustamen- 
te deben traer la entera abolición. Por estas desigualdades es por 
las que existe la división del trabajo, sin la cual no habria produc- 

• cion suficiente para satisfacer las necesidades de la sociedad. ¿Dón- 
de se encontrarian obreros si todos quisiesen ser empresarios? 
¿Que llegaria á ser un ejército en el que todos los soldados quisie- 
raxi hacer de generales? 

Mr. Dunoyer ha desenvuelto esta tesis en el tiempo prt'sente 
con un rigor de lógica y una claridad de lenguage poco comunes. 
No se ha conmovido por los clamores que podía escitar, seguro 
de sus intenciones y del asenso de los amigos ilustrados del pro- 
greso económico. Su moral un poco ruda, no es hostil á las me* 
joras compatibles con nuestro complicado estado social , y confie- 
sa francamente que si no es posible asegurar á todos los bombres 
una cantidad igual de ventajas materiales, es cosa practicable y 
por momentos fácil mejorar de un modo relativo la condición par- 
ticular de cada uno. Pero es necesario que cada uno se sirva de 
ella por la práctica de las virtudes sociales, tales como el trabajo, 
!a economía, la previsión, qué son condiciones de buen éxito, asi 
como la templanza es una condición de salud. La sociedad no pue- 

■ de asegurar ventajas á todos sus miembros, como los médicos la 
cura á todos sus enfermos. Sostener lo contrario, seria lisongear 
todas las pasiones humanas y preparar su inundación bajo los aus- 
picios- de la impunidad; Mr. Dunoyer no reconoce menos que las 
principales causas de la miseria vienen de la división desigual que 
se ha hecho desde luego de la riqueza, de la desposesion origina- 



(370) 
ria de las clases mas namcrosas de la sociedad , del estado de es- 
clavitud en que han sido detenidas durante siglos, de ios impues- 
tos con los que se las ha aniquilado, de las leyes que les impiden 
sacar de su trabajo el mejor partido posible y de el conjunto de 
instituciones viciosas que les atacan en su subsistencia ó en su 
moralidad "Con todo, añade el autor, el estado de las clases 
inferiores no nace solamente de las injusticias que pueden haber 
tenido acia ellas la parte superior de la sociedad; tiene también 
su origen en los vicios que les son propios, en su apalia, su in-, 
dolencia, su ignorancia de las causas que hacer subir ó bajar eli 
precio del trabajo. Sus apuros son por lo menos tanto su propia 
obra como la de las clases á quien se puede acusar haberlas opri- 
mido: y aun cuando la sociedad se hubiera en su origen estable- 
cido sobre bases equitativas, cuando los fuertes se hubieran abs- 
tenido de toda dominación acia los débiles, yo no dudo que se 
hubiese dasarrollado en el fondo de la sociedad una clase mas ó 
menos numerosa de miserables." 

En verdad que son estas advertencias severas y muy propias 
para calmar la exaltación de los G'ósofos que creian poder señalar 
el vicio de las instituciones como la cansa esclusiva de los traba- 
jos morales y físicos de muchos millones de hombres. Mr. Droz, 
á quien nadie disputará nobles sentimientos como economista y . 
moralista, habia ya hecho presentir que la ciencia y la adminis- 
tración no podían proveer solas á todas las necesidades de la ha- 
manidad. Al proclamar claramente que la Economía política te- 
nia por objeto hacer la comodidad tan general cuanto es posiblcy 
no se hizo ilusión sobre los límites de su influencia tan semejan- 
te á la de la ley en los países constitucionales , es decir , sometida 
á la condición esencial de una buena armonía entre todos los po- 
deres. A diferencia de los principales fundadores de la escuela 
económica social que echaban toda la responsabilidad de las mi- i 
serias públicas sobre los gobiernos ó sobre las instituciones, Du- 
noycr y Droz han creído que esta responsabilidad debía recaer 
también sobre las poblaciones gobernadas, que oponen demasiado 
frecuentemente la fuerza de inercia á las reformas mas útiles, 
lian querido la cooperación de los trabajadores para la dlstriba- i 
clon de los productos del trabajo y el concurso de todas las fuer- 
zas para la obra destinada á la mejora de todas las esistencias. Es-« ' 



(38o) 
ta es si no nos engañamos una fase nueva de la hist )ria d« 1a cien- 
cia , y no sabemos á quienes debemos mas; si á los ccooomislasque 
han revelado, con Sismondi y Villeneuve los agravios de las cla- 
ses pobres, ó aquellos que han llamado á estas clases al sentimiento 
verdadero de su dignidad y desús deberes, como Droz y Dunoyen 
Los dos primeros autores han tomado de su cuenta á la riqueza y le 
han vituperado su egoísmo: los otros dos, han reprendido á la 
pobreza y han condenado su indolencia: doble tarea difícil de lle- 
nar y que dará sus frutos algún dia ; ¡Cuándo llegará el momen- 
to de una transacion entre lo presente y lo pasado, entre el capi- 
talista y el obrero! Esta transacion se ha intentado sin éxito por 
los economistas de la escuela ecléctica. Demos una ojeada sobre 
sus mas distinguidos profesores. 

CA.PITÜLO XLII. 

T)e la Economía política ecléctica y de sus principales órganos^ 
Siorch , Ganilh , Delaborde , y Florez Estrada. 

Los grandes economistas de fines del siglo XVIII, autores de 
tratados célebres de donde la ciencia ha salido por la primera vez 
Lajo una forma metódica habian casi todos adoptado las teorías 
absolutas que la esperiencia y los hechos debian necesarimen- 
te modificar. Asi los fisiócratas consideraron la tierra como el 
manantial único de los i>alores; Adán Smith no concedió este 
privilegio mas que al trabajo: Ricardo subordinó todos los fenó- 
menos de la circulación á su teoría del arriendo. Sismondi á la renta 
de la suya. Say á la estension de las salidas , es decir á la liber- 
tad del comercio: Malthus atribuiría la mayor parte de las enfer- 
medades sociales al esceso de la población : Godwin acusaba de 
ello á la indiferencia de los gobiernos. Era evidente, no obstante, 
que si todas estas causas tenían parte de influencia en el desarrollo 
social, ninguna de ellas podía ser mirada como su causa esclusi- 
Ta; es decir, que las doctrinas de los economistas no eran aplica- 
bles mas que en ciertos casos y bajo ciertas condiciones. Mien- 
tras se hacían la guerra mutuamente para sostener sus sisteman, 
se establecían entre sus discípulos también matices intermedios, 
verdadera emaaacloa de estos colores vivos y pronunciados que 



(38i) 
distinguen parlicalarmenle á los fundadores. Los escritores cuyas 
obras representan estos matices de transacion , son muy n amero- 
sos en Europa. Ellos no tienen un sello que les sea propio: ellos 
nada han inventado, nada descubierto: pero han perfecciona- 
do admirablemente la obra de sus antecesores y suavizado las 
asperezas de las teorías absolutas ante las cuales retrocedian la 
razón ó las preocupaciones de los contemporáneos. 

Mr. Henrique Storch se coloca en primera fila de estos econo- 
mistas eclécticos que buscan la verdad de buena fe, lo mismo en 
el sistema agrícola que en el industrial, y eslan dispuestos á ha- 
cer concesiones á ambos. Observador juicioso y convenientemente 
colocado (i) para juzgar sanamente de una multitud de hechos 
especiales, Mr. Storch ha sabido honrar á sus predecesores, co- 
mo hombre rico de su propio fondo, y ha derramado la mas viva 
luz sobre la cuestión déla esclavitud en el país en que parecia mas 
difícil hablar libremente de ella. El no pertenece precisamente á 
ninguna escuela, y hubiera merecido fundar una por la impor- 
tancia de los documentos que ha suministrado á la ciencia , si la 
osadia de su espíritu hubiese correspondido á la esfension de sos 
conocimientos. A sus ojos la Economía política no tenia otro fin 
que procurar á los hombres los medios de satisfacer sus necesida- 
des morales y físicas, y el de enseiiarles á producir mucho y bien 
para ponerlos en estado de consumir con ventaja. Por el trabajo 
se consigue esto, como todos saben: pero hasta entonces no se ha- 
bía estudiado mas que la acción del trabajo libre, Mr. Storch ha 
espaesto los fenómenos del trabajo forzado, es decir, del de los es- 
clavos, tan común todavía en Rusia, que contribuye poderosamen- 
te á la riqueza nacional de este imperio. Asi es como el autor ha- 
ce figuraren el orden de los medios de transporte, el acarreo, des- 
conocido entre la mayor parte de los pueblos de la Europa. Nada 
mas ingenioso que sa teoría de la riqueza relativa de las naciones 
que llama prestadoras , recibidoras é independientes como también 
sus bellos análisis de la renta de los talentos y de las cualidades'. 
análisis tanto mas dignas de atención cuanto demuestran la supe-' 
rioridad de este elemento de riqueza , largo tiempo desconocido, al 



(1) Mr. Sforcln era maestro <1pI gran duque Nicolás , lioy cniperndor de Rusi.i. Fia- 
ble con una indipcndcncia í|iie tioiira á su país y á su caracicr sobre los funestos ' efec- 
to* de de la esciavilud eu todos los Estados. 



(38.) 
qae fue el primero que propuso llamar capital Moral, (i) El capl-i 
tal moral no es otra cosa mas que la cantidad de capacidades de 
toda clase con que las naciones se enriquecen al civilizarse y que 
les permite enriquecerse y civilizarse cada dia mas. 

En la cpoca en que Slorch publicó sus lecciones á los grandes 
duques de liusia , aun no habia aparecido la doctrina de Ricardo 
sobre el arriendo, que él llama renta de tierras, y confieso que la 
teoría del economista ruso me parece mocho mas sencilla y natu- 
ral que la del cclebrí? escritor británico. Mr. Storch llama renta 
terrilorial dí\ precio pagado por el uso de axxA renta primitha, la 
renta de una tierra inculta, fundada sobre el derecho esclusivo 
que tiene el propietario de disponer de su propiedad: y renta de 
la tierra mejorada, el alquiler de las mejoras sobre la cuota prdi-. 
naria, combinada con la renta primiliva. "La renta de las tierras 
fértiles, dice, determina la cuota de la renta de todas las demás 
tierras que se hallan en concurrencia con ellas. Asi en tanto que el 
producto de las tierras mas fértiles baste para el pedido, las tier- 
ras menos fértiles que están en la concurrencia no pueden ser 
beneficiadas ó al menos no dan renta. Pero tan pronto como el 
pedido esceda á la cantidad de productos que las tierras férti- 
les pueden suministrar, el precio del producto sube y puede ser 
posible cultivar las tierras menos fértiles y sacar una renta de 
ellas (2)." Es notable que esta doctrina sea exactamente la mis-, 
ma que la de Ricardo desenvolvia casi al mismo tiempo en Ingla-, 
térra; concluyendo de todo esto que son las tierras menos fértiles 
las que determinan la cuota de la renta de todas las demás. Seria 
TTiuv largo referir aqui los motivos que me determinan á adoptar 
con preferencia la teoría de M Storch t pero considero los desar-fj 
rollos con que la acompaña, como uno. de los trabajos mas nota---> 
bles que han honrado la Economía política. 

Storch ha sido menos original, pero mas profundo, en su es- 
posicion de la teoría de las monedas, en donde ha tratado de man- 
tener equilibrio entre los partidarios, e;íagerados délos bancos y los 
defensores esclusivos de| nunieraria í^l .h^bia visto de cerca los . 
abusos de las emisiones de papel y de las monedas de vellón; y sa , 
mucha esperiencia no le permitía hacerse ilusión sobre los incon- 

(1) Véase el estrado de las lecciones de Rlanqui en el conservalerio de arle» y ofi- 
cios, hech» por Mr. Rlanqui y Garnier en 1837. f 

(2) Curso de Economía politica libro 3.° cap. 12. ,l 



(383) 
venientes de los asignados bajo cualquier nombre que agradase á los 
gobiernos bautizarlos. Sin embargo, su fisiología de los bancos no 
podria ser comparada con el trabajo inmortal de Adán Smith so- 
bre el mismo asunto. Mr. Storch ba completado las demostracio- 
nes del grande economista escocés: él las ha enriquecido con una 
multitud de ejemplos sacados de la historia rentística de todos los 
pueblos , y ha hecho conocer primero que nadie la organización 
de casi todos los bancos de Europa. Es en su obra donde seria- 
mente se puede aprender á conocer y distinguir claramente los es- 
collos de que deben librarse. La última parte de este libro impor- 
tante está consagrada al consumo. El autor ha espuesto muy bien 
■los motivos porque se enriquecen el comercio y la industria mas 
rápidamente que la agricultura. I<aque dice de los efectos de la es- 
clavitud principalmente en Rusia , el solo pais quizá en que la es- 
clavitud existe aun como institución social, merece ser meditado' 
por los eoonoiTvistas y hace el mayor honor á la independencia de 
este escritor. No sin motivo le hemos colocado entre los eclécticos:. 
su sana razón, la moderación de su carácter, su grande eradicion que 
no parece estraíia á uingun trabajo anterior, le dan títulos á esta 
calificación, noblemente justiGcada por una imparcialidad tanto 
;mas digna de elogio cuanto que el autor era, como se sabe, pre- 
ceptor imperial en la corle de San Petersburgo. 

Conviene también contar entre los eclécticos al infatigable Ga- 
nllh , autor de los Sistemas de Economía política,, muerto reciente- 
mente en una edad muy abanzada , sin haber dejado ninguna crea- 
ción verdaderamente original. Ganilli era mas rentista que econo- 
mista y sus trabajos han contribuido mucho mas al progreso de 
la ciencia de hacienda que al adelantamiento de la Economía política. 
Asi la mayor parte de sus obras no lian sobrevivido á las circunstan- 
cias que las han visto nacer. Escribía bajo el régimen de la censura, y 
trataba de conciliar los miramientos impuestos por la susceptibi- 
lidad imperial, con los intereses de la verdad que le dominaban 
sinceramcnie. Nada parecía indicar entonces la gravedad de las 
cuestiones que nuestra época tendría que resolver: Mr. Ganllh 
seguía aparib'emente el carril acostumbrado de los debates entre 
el producto limpio y el prolucto bruto, entre el sistema restric- 
tivo y la libertad del comercio: pero la Francia distraída por el 
tuuarulto de las batallas, prestaba poca atención á sus numerosos 



escritos (i). Samorlto consiste en no haber ¿Iiesespera3o del por- 
'vfenir de la ciencia y haber Fonavado para ella la cadena-deulos 
tiempos interrampida porel estrépilo de las armas. Ganrlhtraba- 
jaba bn la Economía política al modo de los^ solitarios retirados 
del ittündo^ <|ae escri-btertt-para si mismos, sin cuidarsedeljéfecto 
que producirán sus libt'os y sin aplicarlos á las necesidades de sa 
tiempo. Sus obras sKiniejí la ciencia lo que los compendios en la 
historia. Es el solo economista del imperio. 

El Ensayo sobre el espíritu de asociación del conde Delaborde 
publicado en 1818 ha obtenido mucho mas éxito. Este libro es 
notable especiahnente, por la exactitud de sus previsiones y por 
su escelente valuación de las instituciones mas favorables aldesa- 
Tollo do la prosperidad pública. Todas las fuerzas estaban dividi- 
das en Francia como todas las opiniones , cuando Mr. Delaborde 
publicó esta esposicion délas ventajas del espíritu de asociación, ri- 
co de hechos y lleno de cálculos luminosos sobre los verdaderos 
manantiales del poder industrial y político de los estados. En es- 
te libro es donde se hallan también espresados los trabajos que la 
industria y el comercio tubicron que sufrir bajo el régimen mili- 
tar (2), las formalidades nuevas á quetubieron que sujetarse y las 
lentitudes de la burocracia desventuradamente introducidas en la 
administración, en la legislación del trabajo. Mr. Delaborde reco- 
nocia la utilidad de la intervención del gobierno en las cnestiones 
de riqueza pública y de producción material: pero el la quería según 
los principios de la división del trabajo, sin despotismo, sin usur- 
pación del terreno propio de la indusfria. Asi es como queria aso- 
ciaciones para el crédito público : asociaciones para el trabajo: asocia- 
ciones- para la protección del trabajo. El ejercito hacia su papel como 
el comercio el suyo, como los empleados del gobierno el suyo. El 
autor queria que un pais laborioso fuese moderadamente goberna- 
do, y sin adoptar la doctrina absoluta del dejar-hacer y delí%ar- 



(1) Mi'. Gonilh ha dejado ademas de su obra citada ,un Ensayo sobre rentas , un 
folleto sol.re Hacienila nacional en respuesta á Mr. Villeneuve. Teoría de Economía 
política y un Dioionario de lo mismo , incompleto. 

(2) El mayor defecto del gobierno imperial ,que Delaborde , fue la constante pre- 
vención que tubo respecto de la industria y del comercio: estendia su espíritu de do- 
minación á las roas mínimas cosas y hubiera querido intervenir en todos los ramos de 
la industria , como dirigía todos los negocios del estado. Se le vio hacerse mercader de 
azúcar calé y telas , propietario de todos los bosques , ganadero , administrador de 
canales empresario de obras públicas , curador de los bienes municipales y hospitales^ 
a/rendatarío de los juegols &c. &£, 



(385) 
pasar, creía qae había beneficio en contar con la inteligencia In- 
dividual y con la concurrencia de los intereses. 

Estas doctrinas prudentes han penetrado poco á poco en los 
espíritus , y hemos visto multiplicarse desde entonces en Francia, 
las cajas de ahorros, las compañías de seguros, las sociedades á la 
vez efecto y causa de la prosperidad creciente de la nación. Mr. 
Delaliorde ha demostrado muy felizmente que influencia podia te- 
ner sobre esta prosperidad el concurso de los eslrangeros atraídos 
á nuestras asociaciones por la esperanza de hacer fraclificar sus 
capitales. Esta opinión , atrevida en la época en que fue' emitida, 
comienza á popularizarse en Francia hasta el punto que ha llegado 
caso en que se ha propuesto establecer entre el banco de Francia y 
el de Inglaterra relaciones del todo semejantes á las que existea 
entre muchos negociantes por la mediación de cuentas -corrientes. 
Es preludiar las reformas de donde saldrán a'gun día los desti- 
nos nuevos de la industria y del comercio, cuando la concurrencia 
universal, rechazando sobre cada nación los productos desús ma- 
nufacturas, les obligue á todas á firmar un pacto despojado del es- 
píritu de monopolio y de prohibición ^ Y que' son hoy día estas 
empresas de barcos de vapor, de caminos de hierro, de canaliza- 
ción que tienden á reunir todos los estados con líneas de comuni- 
caciones tributarias las unas de las otras, sino el principio de la 
gran fusión de los intereses europeos? 

Jamas quiza, obtuvo una doctrina económica en tan alto gra- 
do como la de la asociación , la sanción de la esperlencia y de los 
acontecimientos. Su eclecticismo mismo es decir , la transaclon que 
verificaba entre los hechos y los principios, debía contribuir á fa- 
vorecer su e'xito. De este modo no ha dejado de marchar de vic- 
toria en victoria , y hemos visto en pocos ailos la Europa entera 
pedir al espíritu de asociación la realización de ana multitud de 
empresas que parecían no solamente superiores á las fuerzas de los 
particulares, sino también superiores al poder de los gobiernos. 
Ya nada hay imposible en adelante á estos ejércitos de trabajado- 
res que marchan á la conquista de las riquezas con las fuerzas acu- 
muladas de todo un pueblo y que saben sin separarse de su cami- 
no amansar los ríos, allanar las montaiías ó taladrarlas de parte 
3 parle, á voluntad de la industria. No se habla ensayado hasta 
este día mas que asociar las cosas; después que se ha emprendí'* 

49 



(386) 
do asociar los hombres , todo ha cambiado de faz á nuestro rede- 
flor. Hay país que esta palanca poderosa casi repentinamente ha 
modado de forma; testigo la America del Norte cuyos bosques 
vírgenes son atravesados por caminos de hierro y los ríos, no ha 
mucho solitarios , son recorridos por flotillas de barcos de vapor. 
Se hacen al presente dos partes de la riqueza pública , la ana que 
va al fisco, la otra que vuelve al trabajo ; revolución profunda que 
pone sin cesar á la vista , sobre el pie de la igualdad , á la indus- 
tria y al gobierno, á la producción y al consumo. También la be- 
neficencia ha prestado nuevos recursos al espíritu de asociación y 
nuestra civilización moderna no tiene mas hermoso florón en sa 
corona , que estas numerosas sociedades filantrópicas de quienes 
el cristianismo es el principio, y la asociación el medio. 

El eclecticismo económico ha penetrado hasta en España, esta 
antigua tierra de las doctrinas absolutas y uno de sus mas honra- 
dos prosélitos el serior Florez Estrada , nos ha dado bajo el titulo de 
Curso ecléctico de Economía política uno de los tratados mas nota- 
bles que se han publicado después del de J. B. Say El método 
del señor Florez Estrada no deja de tener semejanza con el del 
célebre economista ruso, Henrique Storch. Comienza por exa- 
minar escrupulosamente las opiniones de sus predecesores, que él 
adopta ó refuta según el grado de valor que este examen le ha he- 
cho reconocer en ellos. As^i es que añade cons_¡deraclones verda- 
deramente nuevas á las teorías de Malthus sobre la^oblacion. Su 
bella esposicion de las doctrinas de ivlcardo sobre la renta, es 
acompañada de una serie de análisis finos é ingeniosos que elevan 
este trozo de crítica al orden de las creaciones originales. Ningún 
escritor habia presentado antes qne el señor Florez Estrada las 
cuestiones de impuestos con la sagacidad profunda que le caracte- 
riza; y aunque el autor haya puesto particular atención en los im- 
puestos establecidos en su país, los hombres de estado de todos los 
demás países hallaran en este trabajo indicaciones líiües y precio- 
sas lecciones. El señor Florez Estrada ha demostrado hasta la úl- 
tima evidencia la desigualdad y la injusticia del sistema fiscal que 
pesa hoy dia sobre todas las naciones de Europa, y la necesidad 
que hay de hacer en ellas modificaciones radicales en un porvenir 
no muy remoto. Ha completado por cálculos nuevos todas las dis- 
cusiones relativas á los bancos, al papel moneda, á la circulación» 



prosiguiendo esias cuestiones desde el punto en que las habían de- 
jado Adán Stith, Ricardo, J. B. Say y Mr. Sisixiondi. La Eco- 
2Jomia política ecléctica^ seria un escelente libro de estudio, si al- 
gunos lunares no deslucieran su orden sencillo y severo. Tal cual 
es sin embargo, este libro puede ser considerado como el comple- 
mento necesario de todos los que le han precedido: melódico con 
Say, social con Sismondi, algebrista con Ricardo, esperimentalcoa 
Adán Smith, difiere bajo muchos aspectos de todos estos grandes 
maestros y participa de todas sus cualidades sin caer en sus defectos. 
Ciudadano cspafiol, el señor Fiorez Estrada debia naturalmen- 
te tener á la vista los intereses de su patria , y ha señalado con 
una rara claridad las llagas del sistema económico que regia ea 
España desde Carlos V. Las cuestiones relativas al diezmo: á las 
íubstituciones, al derecho de primogenitura, á los mayorazgos, no 
han sido tratados en ninguna parte con mas superioridad que ea 
su libro. En él se pueden estudiar mejor aun que en las obras de 
Jovellanos , las causas verdaderas de la decadencia de España y 
el daño que han causado á este hermoso pais las malas leyes econó- 
micas con que está afligido hace mas de trescientos años. El señor 
Florcz Estrada ha hecho la crítica de ellas con una superioridad 
que se esliendo hasta la organización fiscal de los principales po- 
deres de la Enropa; y sus bellos análisis de la influencia de las 
cuotas sobre las diversas industrias quedaran como el punto forzo- 
so de partida de todas las reformas de que estas cuotas son suscep- 
tibles. Tales son los títulos esenciales del aulor al reconocimiento 
de los economistas , y sentimos no haya presentado las cuestiones 
sociales, sobre las cuales ninguno era mas capaz que el de dar una 
verdadera luz. El señor Fiorez Estrada pertenece por sus doctri- 
nas á la escuela inglesa : es par tidario del sistema de Malthus y so 
teoría d e la re nta de la tierra no es otra que la de Ricardo perfec- 
cionada é ilustrada por comparaciones y ejemplos igualmente in- 
geniosos. El señor Fiorez Estrada se ha mostrado por otra parte 
mas ecléctico con respecto á las personas que á las cosas. La pro- 
ducción parece haber mucho mas atraido sus miradas que el con- 
sumo, y aunque se haya propuesto añadir al programa habitual 
de la Economía política una división relativa á los cambios^ su 
crítica se detuvo ante las complicaciones que brotan cada dia del 
sistema industrial exagerado por Inglaterra, y ya connaturalizado 



(388) 
en Francia. La mayor parte de los economistas eclécticos, escep- 
to Mr. Delaborde, han participado de esta reserva que llamariamoa 
timidez, si no nos faera demostrado que en la opinión de estos es- 
critores, la libertad del trabajo y la del comercio debian bastar 
para llevar á baen fin todas las diñcaltades sociales de nuestro 
tiempo. Pero cada siglo tiene su problema que resolver y cuando 
el momento crítico llega solo titubeando entre dos doctrinas igual- 
mente impotentes, es como se paede esperar una solución formal 
y durable. En el estado actual de cosas, la Economia política 
ecléctica no es mas que una ciencia de observación, en tanto que 
la marcha de los acontecimientos exige una Economia política de 
acción. Cuando los gobiernos arrastrados por los intereses contra- 
rios, piden á la ciencia respuestas categóricas, esta no puede per- 
manecer vacilante, ni refugiarse en las disertaciones: es preciso 
obrar: es preciso ejecutar las reformas llegadas á ser necesaaias 
con el vigor imparcial y prudente que dislinguia á Mr. Huskisson. 
Tal fue la tentativa arriesgada de una escuela célebre, á pesar de 
sus errores, y cuyos ensayos han parado por haber faltado pru- 
dencia , pero dejando una huella luminosa. Esta escuela es la san- 
simoniana que quiso ser respecto á la antigua Economia política 
lo que la Asamblea constituyente fue respecto al antiguo régimen, 
y ha desaparecido como la Asamblea en una borrasca. 

CAPITULO XLIII. 

De la Economia política Sansimoníana.'— Primeros escritos de San» 
Simón. — Osadia desús ataques. — Teoria de sus discípulos. -El pro- 
ductor. — Lo que entendían por industrialismo. — Fundan una iglc" 
sia. — Sus ataques contra la herencia.-Ojeada general y 6i>aluacion 
de sus trabajos. 

Cuando los primeros escritos de los Sansimonianos vieron la 
luz, todas las grandes cuestiones entabladas por los economistas 
aguardaban solución. La Europa no habia tomado nunca tan ac- 
tiva parte en esta polémica, á pesar de la incertidumbre sobre que 
estrivaba y que aumentaba cada dia con los debates sostenidos 
por los gefes délas diversas escuelas. Al mismo tiempo, el inmen- 
so desarrollo de la iadastria , nacido de la paz general , habia pro- 



(389) 
¿acido naevas dlficaltades que era preciso remediar por medidas 
e6caces y adecuadas á las circunstancias. Era llegado el momento 

de obrar, como hemos dicho: llagas numerosas laceraban el cuer- 
po social: la mendicidad invadía cada vez mas los paises mnufac- 
tureros; se veian, y sin esperanza de que desapareciesen por lar- 
go tiempo, crisis comerciales, dolorosas é inesperadas. Por todas 
partes se oian discusiones relativos á los salarios ,á los niños espd- 
sitos, á las salidas, sin que los gobiernos osasen tomar la iniciati- 
va en estas medidas decisivas, que extinguen ó agravan el mal se- 
gún la habilidad con que se aplican. En este estado halló el Sansi-* 
monismo á la Francia y á la Europa, cuando sus primeras publica- 
ciones despertaron la atención pública. Las doctrina» de esta es- 
cuela han ejercido demasiada influencia sobre la marcha de la Eco- 
nomía política para que nos sea lícito pasarlas en silencio, aun en 
presencia de las luchas borrascosas que han excitado. 

Un hombre original y desconocido durante su vida, llegó á 
ser probablemente sin presumirlo él , digan lo que qnieran sus 
discípulos , el fundador de la secta Saosimoniana : era el conde 
de San Simón, descendiente de la celebre familia de este nombre, ar- 
rastrado durante su juventud á la espedicion de America, y redu- 
cido durante el resto de su carrera, sea por desgracia de los tiem- 
pos, sea por esccsos personales, á una existencia precaria y misera- 
ble. Parece que en medio desús vicisitudes, san Simón ya preo- 
cupado con proyectos de reforma, había formado el plan de 
ana reorganización de la sociedad sobre bases que le parecían pre- 
feribles á todas aquellas que dividían á los economistas de su tiem- 
po. Los apuró sucesivamente en una serie de publicaciones cortaa 
y sustanciales, que resumirian sus ideas bajo formas atenuantes y 
pintorescas. Eu uno desús folletos regeneradores (i), propuso po- 
ner el poder espiritual en manos de los sabios, el poder temporal 
en mano de los propietarios y pagar los gobiernos con considera- 
ciones. Pero estos consejos tubieron poco éxito en aquella época; era 
acia fines del reinado de Napoleón y las circunstancias no eran 
muy favorabes á las utopias de esta clase. San Simón halló el 
campo mas libre al principio de la restauración , cuando en 1819 
hizo aparecer la espresion, clara y atrevida, de sus teorías in- 
dustriales. El pequeño escrito que publicó bajo el titulo de Pará^ 

íl) Carla de un habilantc de Giaebra á *■$ cónlemporancos. 



(390) 
¿ola era. con estretno notable de parte de un hombre de tan alta 

alcarnla , por modesta qae faese por otra parte sa fortuna actual. 
San Simón desenvolvía bajo la forma de una hipútesis burlesca, 
su doctrina favorita de la superioridad de las profesiones indus- 
triales sobre todas las demás profesiones de la sociedad. Fingía no 
comprehender como los hombres mas hábiles en las artes y en 
las manufacturas no ocupaban en el estado los puestos mas ven- 
tajosos , por su cualidad de inventores de todos los productos y por 
consecuencia de todas las riquezas: y la situación inferior en que 
les veía le parecía el mundo destruido. He aquí como se espresa 
con respecio á eUo en sa p¿iráóola, de la que citamos teslualmenie un 
estracto para dar una idea de su estilo y desús míras prácticas. 

"Supongo dice, qie la Francia pierda súbitamente cincuenta de SuS 
principales tísicos, sus cincuenta principales químicos, sus cincuenta 
principales pintores, arquitectos, iiiéilicos, en una palabra sus trein- 
ta rail principales artistas, sabios y artesanos. Como estos hombres 
son los franceses mas esencialmente productores, los que dan los 
productos mas considerables, los que dirigen los trabajos mas útiles á 
la nación, y que la hacen productiva en las bellas artes , en las artes y 
en los oficios, ellos son realmente la ttor de la sociedad francesa: son 
de todos los franceses los mas útiles á su pais , los que le dan mas gloria 
y adelantan mas su civilización y su prosperidad. Seria preciso á la 
Francia al menos una generación entera para reparar esta desgracia, 
porque los hombres que se distinguen ea los trabajos de utilidad posi- 
tiva , son verdaderas anoraalias, v la naturaleza no es pródiga en ano- 
malias, sobre todo de esta especie." 

«Pasemos á otra suposición : admitamos que la Francia conserve 
lodos los hombres de ingenio que ella posee en las ciencias, en las be- 
llas artes, en las artes y oficios ; pero que tenga la desgracia de perder el 
mismo dia al hermano del rey, al seiior duque de Angulema , al duque 
de Berry, al duque de Orlean;;, al duque de Bjrboniála señoraduque- 
sa de Ang!ilema,á la seiiora duquesa de B^rry,^ la señora duquesa de Bor- 
bon y á la señorita de Conde; que pierda al mismo tiempo todos los gran- 
des oficialcsde la corona, todos los ministros de estado, todos los maris- 
cales , todos Hs cai'denales, arzobispos , obispos , vicarios generales y ca- 
nónigos, lodos los prefectos y sub-prtífectos , todos los empicados en los 
ministerios, todos los jueces y ademas de esto, los diez mil propietarios 
luas ricos que pertenezcan á la nobleza. 

«Este accidente atligiria ciertamente á los franceses , porque son bue- 
nos, porque no podrían ver con indiferencia la repentina desaparicior» 
de tan gran número de sus compatriotas: pero esta pérdida de treinta 
mil individuos, reputados los mas importantes del eslado, no les causa- 
ría pena sino bajo una relación puramente sentimental , porque de ello 
no resultaría ningún mal