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Full text of "Historia de la guerra del Brasil: Contribución al estudio razonado de la historia Militar Argentina"

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PRÜFESSORSHIP OF 

LATIN-AMERICAN HISTORY AN1> 

ECONOMICS 

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I 



HISTORIA 



DE LA 



GUERRA DEL BRASIL 




I 




Teniente Coronel D. J. Amadeo Baldrich 




DE LA 




BEL BllSIL 



(lOIITBIBÜGlIllI AL ESTUDIO BAZOHADO 
De la Historia Militar Argentina 



POR 



J. AMADEO BALDRICH 

TENIENTE CORONEL DEL EJÉRCITO DE LÍNEA 




BUENOS AIRES 



Imprenta La Harlem, calle Viamonte d45, departamento G 

1 905 



HARVARD COLLEGE LIBRARY 
DEC 24 1915 

LATIN-AMERICAN 
PROFESSORSHIP FUND. 



El autor se reserva todos los dere 
chos de reimpresiftn, traducción, 
etc., conforme & la Ley. 



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' 



OBRAS DEL AUTOR PUBLICADAS 



El Chaco Central Norte. 

Las Comarcas Vírgenes, con un mapa en colores- 
de Formosa. 
Las tropas de Ingenieros. 

En Curá-Malal — La división «Buenos Aires». 
Iaí Infantería Montada Argentina. 
Historia de la Guerra del Brasil. 



PRÓXIMA Á APARECER 



La División del Litoral. 






BREVES PALABRAS EXPLICATIVAS 



«Las cosas hay que hacerlas. Hacerlas 
mal, pero hacerlas.» 

Sarmiento. 

Sé bien hasta donde llega la grave responsabi- 
lidad del que, bastante osado, se resuelve á dar á 
la estampa un libro sobre materia histórica. 

No sin vacilaciones me he decidido á ello, 
desconfiado de mis fuerzas, que no de mi sinceri- 
dad de juicio y de mi hondo cariño por el asunto 
y el Ejército, á quien especialmente consagro es- 
te trabajo, fruto de largos dias de labor com- 
pleja. 

No soy por cierto el llamado á justipreciar su 
mérito, si lo tiene, ni lo pretendo. Es muy posi- 
ble que sea deficiente, por muchos conceptos, co- 
mo toda empresa en la que si sobra voluntad al 
obrero para llevarla á término, falta en igual me- 
dida la capacidad mentñl para que resulte sólida, 
ya que no perfecta. 

No he sido empujado á escribir este libro por 
inmoderada aspiración de fama. Me parece que 
lleno simplemente un deber y me escudo sin fal- 
sa modestia en la profunda máxima de Sarmiento, 
que responde á mi situación. Mala ó buena, la 
resultante de mi esfuerzo ahí queda; jalonea un 
camino que otros llenarán de luz: es mi objeto. 



VIII Breves palabras explicativas 

En realidad, este libro serenamente meditado, 
es una contribución al estudio razonado de la his- 
toria militar argentina: pero agrúpase en él, en 
un bloque, cuanto al origen, desarrollo y conse- 
cuencias de la guerra con el Brasil Imperial se re- 
fiere. Hasta hoy, de ese conflicto, solo se han vul- 
garizado sus grandes líneas y los sucesos mas sa- 
lientes de aquéllos días interesantísimos, inciertos 
y obscuros de la organización nacional del Rio de 
la Plata: la espada es su instrumento, en un am- 
biente lleno de contrastes morales, de luz y som- 
bras; ambiente cálido y glorioso á la par, por la 
suma de talentos y virtudes viriles de las volun- 
tades dirigentes y por las heroicas abnegaciones 
de la masa anónima que cimenta con su noble san- 
gre en el campo de batalla, la personalidad de 
un nuevo estado: el Uruguay. 

El estudio de nuestra historia militar y de esta 
guerra — que es historia general, social y política 
— tan rica en profundas enseñanzas, debe sernos 
familiar á los militares singularmente, pues cons- 
tituye una fuente viva de meditación, de ciencia, 
de experiencia y de aplicación en plena actuali- 
dad, que responde á las modalidades permanen- 
tes y peculiares de la raza, á nuestro tempera- 
mento militar, á nuestro espíritu guerrero, á nues- 
tros órganos, á la capacidad económica de la Re- 
pública y á las mismas exigencias de los diversos 
teatros de operaciones á que pueden ser llamadas 
nuestras armas, problemas todos á que no hemos 
orientado nuestras facultades, preocupándonos 
casi exclusivamente el estudio abstracto y pre- 
ceptivo, fatalmente ecléctico de las campañas clá- 
sicas de los grandes capitanes europeos, antiguos y 
modernos, encerrándonos así en el círculo de hierro 
de la imitación^ como si nos preparáramos á la 



Breves palabras explicativas IX 

defensa de la casa ajena descuidando los hogares 

propios , 

Sin agravios nacionales que vengar, pertur- 
badores del juicio histórico; sinjierida alguna que 
encone mi ánimo, me .encuentro, en lo posible y 
en lo humano, libre de toda prevención, de toda 
pasión innoble, de todo prejuicio: no temo que la 
mirada del lector se asome y vea el fondo de estas 
páginas, sinceras é imparciales, que reflejan 
lielmente el estado moral de mi espíritu, al juzgar 
los hombres y los acontecimientos que estudio. 

Para llegar á lo íntimo de los unos en el pensa- 
miento y en la acción; para buscar el cómo y el 
porqué de los otros, que conduce hasta la secreta 
fuerza motriz que les da vida y los explica, he pro- 
curado vivir y respirar el ambiente de aquéllos 
días con sus pasiones é intereses en pugna, tan 
complejos y tan contradictorios á veces, aunque 
llenos siempre de las misteriosas armonías del 
alma nacional que da unidad á las diversas ten- 
dencias sociales y políticas, conforme al verbo de- 
mocrático y nacionalista de Mayo. Juzgar con el 
criterio de hoy, después de tan larga y hermosa 
jornada los sucesos de ayer, se me antoja que es 
como tomar un camino de atajo, no conocido, que 
aleja al viajero de la meta, con engañosas exte- 
rioridades. Se llega tardíamente y no siempre, 
con honda é inútil fatiga y con amargo descon- 
tento no libre de mortificantes desconfianzas. 

He buscado, pues, la verdad, con criterio pro- 
pio y honesta intención. En la página 479 doy no- 
ticia de las obras y documentos consultados, so- 
bre los cuales he edificado. 

Hallar la verdad no es tarea fácil. La ocultan los 
documentos oficiales no pocas veces, la tradición 
oral y las Memorias de los mismos actores, cuyas 
nobles palabras, por respetables que sean, vi- 



X Breves palabras explicativas 

ven también las pasiones y las emulaciones per- 
sonales y generales de su tiempo. Así, las con- 
tradicciones en el detalle y á veces en el fondo 
mismo de los sucesos, abundan, y mas, cuando 
cómo en este caso, las fuentes de información 
brotan de tres focos nacionales diversos, bien ca- 
racterizados en los días del conflicto. Hay pues 
que analizar, inducir y deducir; rastrear, en su- 
ma, entre esos preciosos materiales y la obra de 
los historiadores argentinos, brasileros y urugua- 
yos que los han utilizado brillantemente, aunque 
con criterio diverso y sin clausurar el período de 
polémica del asunto, en su faz histórica y filosó- 
fica. 

Es posible que algunos de mis juicios y refle- 
xiones sobré los hombres y las cosas sean seve- 
ras. Desde luego 1q lamento profundamente, pero 
ellos reposan en los documentos publicados ó iné- 
ditos que he consultado, y en las memorias y las 
obras de los historiadores que cito en el texto y en 
la noticia bibliográfica respectiva. He querido 
sobretodo permanecer fiel á mi propia concien- 
cia, lleno de cariño, de respeto profundo ó de 
consideración por los hombres y las intenciones 
que se mueven y actúan en el gran escenario de 
la lucha que da existencia legal y soberana á la 
República Oriental. Y si en alguno de esos jui- 
cios se creyera ver ataques ó malquerencias na- 
cionales á los hombres y cosas del Uruguay y del 
Brasil de entonces, indignas del asunto y de mi 
imparcial sinceridad al juzgarlas, desde luego 
protesto de tal cargo. 

El Uruguay es carne de nuestra carne. Son 
hogares de nuestra familia y vice-versa los hoga- 
res suyos ! Nada será parte á quebrantar esos 
vínculos sagrados que viven en la tradición, en 
la historia, en los afectos, en los destinos para- 



Breves palabras explicativas XI 



lelos! Cuando el sol de cada día iriza con radio- 
sas fulguraciones la palpitante superficie del 
Plata, lleva á un mismo tiempo alientos de no 
rivales alegrías á argentinos y orientales, bañan- 
do con el polen misterioso y fecundo de su calor 
y de su luz á las cuchillas de allá y las llanuras 
nuestras, campos próvidos que manan civiliza- 
ción, riqueza y libertad por el trabajo de sus hi- 
jos en estrecha comunión con el hombre de to- 
das las razas. El fenómeno es en el fondo, igual, 
con respecto al Brasil. ¿Cómo explicar entonces 
esas malquerencias que murieron para siempre 
con la infancia embrionaria de las respectivas 
nacionalidades? No existen ni en mi espíritu ni 
en mis palabras. Considero por otra parte que 
la verdad de la historia solo es mortifican- 
te para la multitud patriotera é inculta. Para 
los demás es instrumento de civilización, de 
progreso y de cuitara. Duele á veces como cau- 
terio, pero cura, y en cuanto á mí, he medido 
con igual cartabón las cosas y los hombres propios 
que los ágenos, con el pensamiento como regla 
en este precepto de Tácito: sine ira et studio. 

Pero debo repetir que he buscado la verdad en 
los documentos, en los libros, en la tradición, en el 
análisis y en la lógica de los hechos, sin prejuicio 
nacional ú escolástico, procurando acercarme á los 
métodos de Taine y de Buckle. Pero mi modelo real 
ha sido el ilustre general Mitre, en sus dos obras 
monumentales sobre San Martin y Belgrano, de 
las que este libro resulta, por el asunto, una mo- 
desta prolongación, ya que la guerra de la inde- 
pendencia americana no termina, en realidad, en 
el campo de batalla de Ayacucho, como se ha di- 
cho. 

En la narración en general he prescindido de 
todas aquéllas circunstancias difusas ó minucio- 




XII Breves palabras explicativas 



sas cuya supresión en manera alguna afecta al 
fondo y á la cronología de los acontecimientos, 
material mas propio de la crónica que de la his- 
toria. En cuanto al estilo, si por esto se entiende 
el temperamento del autor, no he buscado un mol- 
de artificial para encerrar el propio. Así, la gue- 
rra con el Brasil no fué un fenómeno metafísico, 
abstracto, sino humano, político, filosófico y hasta 
pasional. Es un fenómeno de hechos por la acción 
del hombre, y todo él está lleno de pasión, de 
movimiento, de vida que he procurado revivir 
dando color y calor á los episodios y á los actores, 
sin lo cual faltaría al libro el ambiente natural, 
moviéndose los personajes como autómatas, faltos 
de voluntad y de ideales y como extraños á las pa- 
siones, á los intereses y á la gran causa del dra- 
ma trascendental en que actúan. 

Tal es la obra que sigue y que en la bibliogra- 
fía del Plata es el primer libro que aparece expre- 
samente dedicado al estudio militar, social y po- 
lítico de la guerra del Brasil, que es también la 
guerra de la independencia del Uruguay y la úl- 
tima etapa del gigantesco drama guerrero de la 
emancipación sud-americana por las armas argen- 
tinas. 

J. Amadeo Baldrich 

Buenos Aires, Abril de 1905. 



Capítulo i 

Orígenes de la guerra con el Brasil 



I 

f. Sumario : Filiación histórica de la gnierra — Sus orígenes — Espa- 

* ñoles y portug'ueses — Herencia de preocupaciones y ri- 

f validades — La cuestión del Rio de la Plata — Criterio 

^ histórico — Armonías y conflictos — Evolución de las na- 

f cionalidades - La obra de la revolución de Mayo — Re- 

trospecto — Exterminio de aborigénes — Audacia portu- 
guesa y debilidad ó ceguera española — Fundación de la 
Colonia — Luchas que provoca — José de GaiTo — Vera 
Mugica - Valdez de InclAn — Miguel de Salcedo — Fir- 
meza y bravura de las milicias argentinas ~ El conde 
de la Mondo va — Triunfos militares y derrotas diplomá- 
ticas — Tratado de Madrid — Barbarie de la conquista de 
Misiones - Renacimiento de la vieja lucha —Don Pedro 
de Cevallos — Sus dos brillantes campañas — Funesto tra- 
tado de San Ildefonso — Ambiciones portuguesas — Doña 
Carlota, Sarratea y Strangford — Ello y la invasión por- 
tugniesa — Belgrano, Rondeau, Alvear y Brown — Ten- 
dencias del artiguismo - Odios y conflictos — Cargos k 
los argentinos- Anarquía y desorganización urugniaya 

— Da pretexto á la invasión portugniesa — Hegemo- 
nías nacionales — Puevrredón, Lecor v Vedia — Protesta 
argentina — Es desatendida — Artig*as y sus tenientes — 
Valerosa y estéril resistencia de las milicias uruguayas — 
Acción argentina — Política de Don Juan VI — Las «Cor- 
tes» orientales — Sancionan la incorporación al Portug*al 

— Festejos oficiales y populares en Montevideo — Disi- 
dencias patrióticas — Actitud previsora del gobierno de 
Buenos Aires — Independencia del Brasil — Consecuen- 
cias — Aparición de Cochrane — La Banda Oríental pro- 
vincia brasilera — Rivera y Lavalleja prestan con sus 
tropas juramento de fidelidad al Emperador — Lecor y 
da Costa — El cabildo de Montevideo y la logia de los 
«Caballeros» — Acciones y reacciones del espíritu púl)lico 

— Convención de gobernadores — Misión diplomática de 
Gómez — El Brasil se niega á evacuar v entregar la 
provincia oriental Lecor ocupa Montevideo — Derrum- 
be de las dominaciones metropolitanas — Nueva era. 



La guerra con el imperio del Brasil á que vamos á 
asistir, es de filiación histórica bi-lateral. Nace con los 
primeros tiempos coloniales y se clausura en los albores 
de la vida independiente. 



^ Orígenes de la guerra con el brasil 

En realidad y por lo que singularmente se refiere á 
nosotros, es la prolongación natural de la guerra de la 
independencia argentina dentro de sus propias fronteras, 
apesar de que sus orígenes reales arraigan en hechos 
anteriores á la revolución de Mayo, por lo que resulta, en 
rigurosa lógica, una simple consecuencia, una prolonga- 
ción sistemática y fatal de la antigua lucha, por razones 
de hegemonía y predominio territorial americano, entre 
las dos metrópolis peninsulares. Son, pues, viejos anta- 
gonismos, no de razas naturalmente, dado el estrecho 
parentesco social y étnico que las liga, sino de derecho, 
de política, de ambición, de emulación; herencia viva y 
enconada, llena de prevenciones y de celos de españoles 
y portugueses, que rifle con brazos americanos la batalla 
postrera en América, libre ya de sus antiguos señores 
pero llena de su espíritu y prejuicios nacionales, tenaces 
y agrios. 

El conflicto que nos va a ocupar en este libro tiene, 
pues, una filiación precisa y clara, de líneas netas y 
vigorosas como una agua-fuerte de Durero. 

Al romperse las hostilidades, el Brasil y la República 
Argentina (Provincias Unidas del Río de la Plata) cons- 
tituían dos cuerpos de nación libres é independientes ^^ 
y, abstracción hecha de la diversidad de medios, sacrifi- 
cios, esfuerzos y circunstancias que obraron en la con- 
quista de la independencia respectiva, de la profunda 
disparidad de sistemas de gobierno de uno y otro país — 
conforme á su tradición real — y de los conflictos internos 
que los trabajaron, ambos, en su evolución política, 
obedecieron á una misma ley sociológica, con idéntica 
filiación americana. 

No obstante, supervivían acá y allá las viejas preven- 
ciones, ya por lo incompleto de la evolución social, ya 
por atavismo^ ya por cálculo. En todo caso, el terreno 



(1) £1 Brasil se declaró independiente el 7 de Septiembre de 1822. 




Orígenes de la guerra con el brasil 



era propicio al desarrollo ó incubación de gérmenes de 
discordia. 

Asi, en el Brasil imperial de Don Pedro I, nosotros 
continuábamos siendo castellanos (ó gallegos) y en la Re- 
pública Argentina, aún informe en los dias del gobernador 
Don Juan Gregorio de las Heras, y del mismo Presidente 
Don Bernardino Rivadavia, los brasileros continuaban 
siendo portugueses 

Pero lo grave es que, en el fondo de estas exteriorida- 
des que parecen hoy pueriles, se mantenía acurrucado 
el pasado. Los seculares conflictos entre las dos cortes 
rivales vivían hasta en las formas en sus antiguas colo- 
nias, palpitantes en el ambiente social y político de la 
una y la otra región americana, con hondas raíces en 
el corazón de los pueblos respectivos, á lo que la invasión 
y ocupación de la provincia oriental del Uruguay por 
las armas del Rey Don Juan VI primero, y la subsiguiente 
anexión del territorio á la corona de Don Pedro I des- 
pués, dio nueva vitalidad, aportando mayores y odiosos 
elementos de malquerencia y desconfianzas, é hiriendo 
en lo vivo al sentimiento nacional argentino. 

La cuestión de la provincia oriental dividía pues ahora 
á la joven República de Mayo y al Imperio brasileño, 
y el viejo disentimiento hereditario parecía hasta com- 
plicado por la misma forma antagónica de gobierno — 
otro accidente— que nos dividía. La provincia oriental 
ó «cisplatina», detentada por Don Pedro y Lecor, Barón 
de la Laguna, era la «cuestión» por antonomasia entre 
los gobiernos de Buenos Aires y de Río de Janeiro,^ 
grave y fundamental por cierto, con los inconvenientes 
de la airada resurrección del pasado metropolitano (que 
no les pertenecía), lleno de aristas cortantes como un 
peñasco recién arrancado por las tempestades á las hu- 
rañas soledades de las cumbres. 

liOS muros de la Colonia del Sacramento, llenos de tradi* 
ción dramática y trágica, donde las espadas hispano- 
portuguesas se habían buscado constantemente las juntu- 



Orígenes de la guerra con el brasil 



ras de las corazas, ofrecían á los unos recuerdos 
mortificantes á su amor propio nacional y á los otros la im- 
presión contraria, despertando vanidades justificadas de 
estirpe criolla. Esta herencia fatal, ilógica, aunque natural 
en aquellos días, recogida en horas apasionadas y tormen- 
tosas — nobles horas por cierto, como que están selladas 
con sangre y alumbradas por virtudes! — puede decirse 
que recién acaba de liquidarse ¡ Dios sea loado ! con la 
terminación de la enojosa delimitación de Misiones. 

Podemos, pues, al fijar los orígenes de la guerra y al 
historiar las causas indirectas y directas, de hecho, que 
la hicieron inevitable — penetrar con el ánimo sereno en 
aquél pasado (lleno de angustias sin duda, aunque glorio- 
so), con el criterio tranquilo y ecuánime del investigador, 
libre, en lo posible y humano, de las pasiones y prejuicios 
que el estudio de las cosas que fueron, reclaman. Sombras 
son y no más los castellanos y portugueses de entonces, 
progenitores nuestros, que llamearon en el siglo del Rena- 
<iimiento de las ciencias, las artes, las armas y las letras 
humanas; sombras queridas, augustas y sagradas como 
que de ellas nacieron los pueblos libres, grandes y glo- 
riosos que van ahora, en cumplimiento de sus destinos, á 
esgrimir entre sí las armas del combate, que labrarán en 
4ina sangrienta y luminosa eucaristía, la nacionalidad 
uruguaya, enferma todavía de dolorosos sacudimientos ins- 
titucionales, tintos en la noble sangre de sus hijos. Re- 
moveremos ese pasado triforme con el respeto de quien 
busca altas y nobles enseñanzas en la existencia de los 
hogares nacionales comunes, que alguna vez chocaron en 
cumplimiento de leyes desconocidas que solucionan por 
el choque que es fuerza y vida, el equilibrio y el com- 
plemento de las cosas y de los organismos. 

Pero el conflicto armado que la espada resuelve en 
primer término en Ituzamgo, si bien tiene la filiación y 
los orígenes históricos que hemos señalado — y cuyos 
efectos vamos á esponer más detenidamente, — obedece 
también á razones, factores y aún á causas nuevas, que 



Orígenes de la guerra con el brasil 



en cierto modo lo desligan del pasado colonial; razones 
de orden fundamental, de equilibrio nacional, de decoro? 
de credo político, de soberanía. No está ya solamente 
en juego la posesión y la arbitraria conquista de una 
porción de suelo, con violación de la fe pública de las 
naciones y del derecho consuetudinario de una de ellas. 
Se trata ahora de un verdadero atentado á la integridad 
territorial de una nación, ó, mejor dicho, de dos. Se trata 
ahora de la causa misma de la gloriosa revolución 
de Mayo, de su obra amenazada por la ambición ni 
leal ni. justa del gabinete de Río. Así, la guerra 
con el Imperio «había llegado á ser un hecho inelu- 
dible y necesario», según el profundo pensamiento de 
un historiador argentino ^^\ concepto que hacemos 
nuestro porque lo encontramos de acuerdo con la lógica 
de los hechos, la filosofía de los acontecimientos y el 
espíritu imperativo y militante de la revolución reden- 
tora de 1810, con relación á su faz interna ó argentina, 
y á su misma proyección excéntrica continental ó sud- 
americana. 

Pero antes de pasar adelante en la consideración de 
los acontecimientos que trajeron de inmediato la «nece- 
sidad» de esa guerra, estéril y honerosa á los intereses 
argentinos, conviene volver atrás, para historiar á gran- 
des rasgos y cronológicamente, los viejos conflictos his- 
pano-portugueses, que remontan al 1680, por el dominio 
de la rica comarca peninsular limitada por el Atlántico; 
el Plata y el Uruguay, poblada por aborígenes de raza 
guaraní — no todos autóctonos de la región, sin duda — 
conocidos con las denominaciones de «Charrúas», ¿Minua- 
nes», «Yarós», «Chañas», «Arochanes», «Bohanes», y 
«Gtienoas», distinguiéndose los primeros por su irreduc- 
tible resistencia á la civilización, su amor á la inde- 
pendencia y á la tierra de sus mayores, que defen- 
dieron con indómita fiereza, á la manera que los «Que- 



(1) Mariano A. Pelliza, Historia Argentina. 



Orígenes de la guerra cok el brasil 



randíes» y los «Pampas» argentinos y los «Aracaunos» 
chilenos, la suya, cuyas reliquias — rebeldes ahora á la 
dominación de los gobiernos patrios, como antes lo fueron 
sus antepasados á la conquista europea — fueron total- 
mente exterminadas en 1832 sobre el Cuareim y el Qtie- 
güay, en nombre siempre de la civilización, del cristianis- 
mo y del orden (*). 

La corte portuguesa, agresiva y ambiciosa, seducida 
por la riqueza del suelo y la benignidad paradisíaca del 
clima oriental, aprovechándose de la incuria española 
que tenía puede decirse abandonada ^2) y abierta la 
comarca, proyectó adueñarse de ella y, con increíble 
audacia, comisionó al gobernador de Rio Janeiro Don 
Manuel de Lobo, en 1680, para que echara las bases 
de este plan, levantando en la margen izquierda del Plata, 
frente á frente de Buenos Aires, un fuerte. Nació enton- 
ces la Colonia del Sacramento, fundada por Lobo en el 
año citado, el que la pobló con 30 familias, guarnecién- 
dola con 200 soldados y artillando sus rudimentarios 



(1) Esta inaudita matinza de indí^^enas está menudamente detallada en la obra 
del Brigadier D. Antonio Díaz, Hist. Polit. y Mil. de las Rep. del Plata, pág. 84 
á91, tomo II. Fueron héroes en ella los hermanos D. Fructuoso y D. Bernabé 
Rivera. El primero, con toda alevosía y engafto atrajo á los charrúas al lugar 
]lamado Cueva del tigre, donde los agasajó y les hizo abandonar sus armas, asal- 
tándolos luego con un millar de soldados que al efecto tenía consigo, haciendo en 
ellos bárbara y cobarde carnicería. Algo parecido ocurrió luego en el Quegüay, 
donde D. Bernabé, Coronel á la sazón, hizo idéntica matanza, pero aquí los indi 
genas lograron intentar una defensa desesperada que costó la vida al Coronel. 

Sobre la bravura y cierta superioridad de estos indígenas, que en los últimos 
tiempos de su existencia poblaron las costas del Cuareim, Yagüarón, Rio Negro 
superior, Arapey y Puntas del Quegüay, se ha fantaseado bastante. La verdad 
es que eran hombres indolentes en extremo, sucios y miserables, agresivos sólo 
cuiíndo creían seguro el éxito de sus empresas y refractarios á la vida civilizada. 
Sus armas primitivas las constituían, primero, boleadoras, flechas y lanzas de pun- 
tas de pedernal y silex, que después reemplazaron con puntas de fierro, y cuchi 
líos. Las boleadoras primitivas (formadas de una cuerda á cuyo extremo iba atada 
una bola de piedra) fueron arma no arrojadiza, para la pelea á pie, pero más tarde, 
cuándo poseyeron caballos, se transformó en arrojadiza, para la guerra y la caza, 
constando entonces de dos ó tres bolas. El vestido primitivo de estos indios se 
reducía á simples tapar abos de pieles de tigre, venado, avestruz, etc., llamados 
Quillapi. Con la civiliaación, se vistieron después de harapos. 

(2) En la costa oriental del Uruguay, los españoles solo habían echado los ci- 
mientos de un núcleo de población en el punto de Soriano. 



Orígenes de la guerra con el brasil 



bastiones con 22 piezas de todo calibre. El Rey Don 
Pedro II de Portugal consideraba res nuUia la tierra in- 
vadida por su lugarteniente americano, prescindía del 
derecho del primer ocupante que los españoles, ajusto título 
podían reclamar y, violando abiertamente los límites te- 
rritoriales de sus dominios de Indias fijados netamente por 
el solemne tratado de Tordssillas (1494)^ el monarca lu- 
sitano dejaba caer con altanero desenfado aquella gruesa 
gota de agua que rebalsaría la copa de la tolerancia 
castellana y llenaría de sangre la solitaria comarca. 

La Colonia, destinada á tan gran resonancia y á ser 
la constante manzana de discordia entre españoles y 
portugueses, azuzados y alentados éstos por la astuta 
Inglaterra^ se convirtió desde luego en un foco de con- 
trabando, de corso y piratería, en extremo dañoso á los 
intereses de los primeros y á su sistema de aislamiento 
y monopolio comercial. 

El enérgico gobernador de Buenos Aires, Don José de 
Garro — que había sucedido en el mando á Don Andrés 
de Robles — intima previamente á Lobo el desalojo del 
punto, lo que, naturalmente, no es acatado. 

Garro entonces, después de haber dado cuenta del 
grave suceso á Lima y Chuquisaca, y pedido socorro 
á los gobernadores del Tucuman y Paraguay, sin espe- 
rar órdenes superiores — que no las necesitaba su ánimo 
esforzado, — más amigo dé las obras que las palabras, 
celoso de la real autoridad que inviste y de los derechos 
de su soberano, organiza con la posible actividad una 
expedición, de la que será alma y jefe el Maestre de Campo 
Antonio de Vera y Mujíca, nativo de la ciudad de Santa Pé. 

En poco tiempo la tropa queda lista. La pequeña 
columna está constituida por un núcleo de artilleros es- 
pañoles veteranos, 120 hombres de milicias criollas de 
Buenos Aires y 140 plazas de igual origen, nativas de 
Córdoba, Entre Ríos y Santa Fé. Además, se cuenta con 
el auxilio de tres millares de indígenas guaraníes y 
misioneros. 



B Orígenes de la guerra con el brasil 

El 6 de Agosto de 1680, Mujíca estaba con su tropa 
y gran número de los citados auxiliares, frente al ajtrin- 
cherado campo enemigo, al que se aproximó en la noche 
— después de un prolijo reconocimiento de la posición — 
con ánimo de asaltarlo al día siguiente. 

Pero los indígenas, impacientes y bravios, se le anti- 
ciparon. Con las primeras inciertas claridades del día 
7, se lanzaron con intrépida fiereza sobre las fortifica- 
ciones, despreciando el formidable fuego de los mos- 
quetes y cañones portugueses. Llenaron en masa infor- 
me de cestones y faginas humanas los fosos, y trepando 
los unos sobre los otros, forzaron los glásis, escarpas, 
palizadas y parapetos y, ya mezclados á los milicianos 
y soldados de Vera, que habían acudido con no menores 
bríos al asalto, se trabaron con los azorados defensores 
de la plaza en heroica lucha cuerpo á cuerpo, vencién- 
dolos y señoreando los reductos y el recinto todo. 

Vera Mujíca, victorioso, regresó á Buenos Aires, lleván- 
dose áLobo yá los demás prisioneros, junto con la arti- 
llería y demás pertrechos conquistados, después de cegar 
los fosos y demoler las baterías. Las milicias criollas, cas- 
tigando al invasor, acababan de poner á prueba su 
empuje y temple bélico, conquistando sus primeros lau- 
reles militares contra tropas regladas, fuertemente esta- 
blecidas y fijando con esta expedición los orígenes rea- 
les del ejército argentino, como en las milicias de las 
Misiones jesuíticas de que hablamos en otro lugar, se en- 
cuentran los de la organización de la guardia nacional. 

El monarca lusitano, sabiendo que todo puede osarlo 
en Madrid, se queja de la noble y hermosa actitud de 
Garro, intriga, negocia, reclama y obtiene del torpee y 
ciego gabinete español, la libertad de los prisioneros y 
la devolución de la Colonia á los vencidos, que la seño- 
rean de nuevo aumentando sus defensas, y que conser- 
van hasta que las sangrientas y mezquinas contiendas 
entre los partidarios de Felipe de Anjou y el Archiduque 
Carlos, que se disputan la corona castellana, pone de 



Orígenbs de la guerra con el brasil 



nuevo en pugna en la península á portugueses y espa- 
ñoles. La lucha repercute, naturalmente, en América. 

El Virrey del Perú, Lazo de Vega, conde de la Mon- 
clova, que al frente de su compañía había perdido el 
brazo derecho en la batalla de Arras (1654) y que luego 
substituyó por uno de plata, por lo que se le daba el apodo 
consiguiente, ordenó al Maestre de Campo de Buenos 
Aires, Don Juan Valdéz de Inclán^ que arrojara á los por- 
tugueses de la Colonia, convertida ya entonces en una 
plaza fuerte, respetable por la guarnición, las obras, la 
artillería y la escuadrilla que se abrigaba en su puerto. 

Valdéz de Inclán trabajó ardorosamente en la orga- 
nización de su empresa, á cuya cabeza puso al Sar- 
gento Mayor Baltasar García Ríos, oficial emprendedor 
y enérgico, aunque tardo y meticuloso. 

Las tropas de Buenos Aires, constituidas de acuerdo 
con el procedimiento anterior, es decir, con milicias 
criollas y con soldados, fuertes de 1580 hombres y una 
división auxiliar de cerca de 4000 indios misioneros^ pu- 
sieron cerco á la plaza, la que, mejor defendida por su 
gobernador, Sebastian Cabral de Veiga, ó más débil- 
mente atacada — que las dos causas concurrieron, — re- 
sistió unos seis meses, hasta que estrechada con más 
vigor, la abandonó al atacante en Marzo de 1705, refu- 
giándose con la guarnición abordo de los barcos de la 
escuadrilla. 

Pero este segundo triunfo de las armas españolas fué 
de nuevo anulado por la sutil sagacidad lusitana y la 
perenne debilidad de la política española. Las nego- 
ciaciones de Rastadt y el tratado de paz de Utrecht de 
1715, tuvieron, entre otras consecuencias fatales, la de la 
devolución de la Colonia á los portugueses, que otra vez 
sentaron allí tranquilamente sus reales, no sin sorpresa 
suya seguramente, ante un enemigo tan duro y fuerte 
en el combate y tan manso y débil en las negociaciones. 

En el 1735, el gobernador de Buenos Aires, Don Mi- 
guel de Salcedo, abre de nuevo operaciones contra la cé- 



' ^^ Orígenes de la guerra con el brasil 

lebre plaza, que se defiende esta vez, no sólo vigoro- 
samente, sino con éxito. Selcedo la sitia con escasos 
elementos ni bien mandados ni bien organizados, pero 
sobre todo insuficientes para la empresa. Permanece bajo 
los muros de la Colonia hasta el 37, en que levanta el 
asedio, interrumpiendo así la tradición victoriosa de las 
armas reales, mientras la diplomacia sutil de la época, 
azuzada por las constantes intrigas de la política inglesa 
que echa leña al fuego, sin llegarse á las llamas, pro- 
sigue sus batallas obscuras pero prolíficas siempre al 
Portugal. Las dos casas reales se emparentan estrecha- 
mente por alianzas matrimoniales. Don Fernando VI de 
España se casa con una hija de Don Juan V de Por- 
tugal. Viene entonces el Iratado de Madrid (1750), lla- 
mado Pacto de familia y también de Permuta, que pone, por el 
momento, coto ala gula lusitana. La CoZowía queda por Es- 
paña, pero el vasto y rico territorio llamado los siete pue- 
blos de Misiones, pasa al dominio definitivo de la corona 
portuguesa. Pero los pueblos y las tribus de indígenas mi- 
sioneros desconocen al nuevo soberano y resisten la toma 
de posesión con las armas. Es un levantamiento en 
masa, formidable y heroico. Las tropas de Don Juan 
V cometen en el territorio terribles atrocidades, ester- 
minando y esclavizando familias enteras, lo que redo- 
bla el furor patriótico de los indios, que al fin arrojan 
fuera de su comarca á las tropas de ocupación, en No- 
viembre de 1754. ' 

Los vencidos soldados vuelven á la carga hasta que 
al fin, gracias al concurso de las armas españolas, las 
infelices Misiones son ocupadas de nuevo, conquistadas 
á sangre y fuego en 1756. Los valientes indígenas ins- 
tigados por los Padres Jesuítas, no se someten empero. 
Una gran parte de ellos, huyen á las posesiones españolas 
limítrofes; los demás, á las selvas impenetrables del terri- 
torio, que queda desierto y como muerto, agostado por 
la barbarie conquistadora. 

La muerte del monarca español trajo al tapete la 



Orígenes de la guerra con el brasil 1 1 

vieja cuestión. El Pacto de familia de 1750 fué anulado 
por la Convención del 7 de Mayo de 1761 que volvió la 
Colonia ^'^ al Portugal y las Misiones á España, pero el 
asunto tendría ahora inusitadas proporciones, poniendo 
en lucha á España y Francia de un lado, y á Portugal 
con Inglaterra del otro, encendiendo una ruda guerra 
que duraría hasta el 1777, con las consecuencias ameri- 
canas que veremos. 

Gobernaba á la sazón á Buenos Aires el Brigadier don 
Pedro de Cevallos, político sagaz, alma intrépida y fuerte, 
patriota fervoroso y militar de estirpe, nada amigo por 
cierto de portugueses peninsulares ó americanos. 

Sin miedo á los peligros y á las responsabilidades, 
fiel á su Dios^ á su Rey y á su honor de caballero y de 
soldado, importándole muy poco la presencia de una 
fuerte división naval inglesa en el estuario del Plata, al 
mando del Comodoro O'Meara, organizó una respetable 
expedición í^) en Buenos Aires — cuyo núcleo principal 
lo constituían, como antes, las milicias criollas — entusias- 
taníente secundado por el vecindario, que constituyó á 
su costa un cuerpo voluntario de artillería y, madurado 
un plan vasto y audaz, desembarcó un buen día al otro 
lado del río^ apareciendo como llovido del cielo ante los 
atónitos portugueses de la Colonia, mandados por el gene- 
ral Vicente da Silva da Ponseca, fuertemente defendida y 
apoyada en la escuadra de O'Meara, con 11 barcos y 150 
cañones. 

El intrépido castellano (que á sus méritos de soldado 
reúne los de haber sido el más progresista y liberal de 
los gobernantes españoles del Río de la Plata), después 
de unos rápidos trabajos de aproche se preparó á dar sin 
otras demoras el asalto decisivo á la plaza, pero antes 



(1) El 4 de Noviembre de ese aflo hizo entrega de la plaza (en virtud de ese 
pacto) el Coronel español D. Baltazar García Coy al seflor Gómez Barbosa, comi- 
sario regio portugués. 

(2) La expedición constaba de 2700 hombres. La escuadrilla que los condujo 
estubo al mando del marino real, seflor Carlos Sarria. 



12 Orígenes de la guerra cox el brasil 

tentó por segunda vez evitar el choque, intimando la en- 
trega, obteniendo al fin promesa de capitulación. Su 
enérgica constancia tuvo el merecido premio. El 2 de No- 
viembre de 1 762 (^^ (3 dias después de la citada promesa), 
Cevallos, con muy pocas pérdidas de su parte, ocupó la 
plaza, haciéndose dueño de gran material de guerra y 
prisioneros^ y, en el puerto, de 26 barcos anglo-portugueses 
llenos de mercancías y efectos valiosos. Con febril acti- 
vidad, reparó las fortificaciones^ solidificándolas, previen- 
do un inminente ataque de los ingleses, que no tardó en 
producirse, por medio de un furioso y terrible bombardeo 
que duró tres horas hasta que, al caer la tarde del 6 de 
Enero de 1763, un grueso proyectil disparado por la bate- 
ría del sud del recinto, servida por los noveles artilleros 
porteños, cayó dentro de la Santa Bárbara de la esplén- 
dida fragata Lord Clive — que montaba O'Meara — barco 
de 64 cañones y 500 hombres de tripulación, jefes, oficia- 
les, marineros y soldados de desembarco. 

La Lord Clive con el Almirante y tripulación, voló 
con pavoroso estruendo, iluminando con el trágico pan- 
tallazo de la terrible explosión el teatro del combate, 
salvándose sólo unos 80 hombres. 

Los cañones de los demás barcos británicos enmude- 
cieron ante la tremenda catástrofe y se alejaron luego, 
perdiéndose entre las sombras del ancho río, silencio- 
sos como los fúnebres espectros de su propio duelo, 
errantes sobre las aguas solitarias, respetados en su do- 
lor por sus nobles vencedores. 

Cevallos se consagró entonces á aumentar las defensas 
de la plaza. Hizo de ella la base de sus operaciones fu- 
turas y al frente de una escogida fuerza, bien montada, 
llena ahora de su espíritu, con temple y virtud marcial, 
marchó al Este, camino de Rio Grande, en demanda de 
los portugueses, que no lo esperaban sin duda. 



(1) Hay discrepancias en la fecha citada que algunos escritores suponen corres- 
ponde al 29 de Octubre, que creemos equivocada, mereciéndonos mayor fé la que 
aquí damos. 



Orígenes DE LA GUERRA CON EL BRASIL 23 

Es, por todas maneras admirable esta rápida y deci- 
siva campaña, digna del esclarecido capitán que la rea- 
liza. Cevallos cae como, el águila sobre sus enemigos, 
triunfa de ellos en varios encuentros, reconquista por 
fuerza de armas los pueblos cedidos al Portugal por el 
tratado llamado de Permuta^ y los fuertes de San Migtiel 
del Chui, Santa Tecla y Santa Teresa ^^^ Entra en San 
iedro de Río Grande, capital del estado de ese nombre, 
donde, además de otros efectos, se apoderó de 30 caño- 
nes, 400 fusiles, 200 barriles de pólvora y enorme canti- 
dad de municiones de guerra. Prosigue luego con no me- 
nor fortuna sus conquistas y funda el pueblo fuerte de 
San Carlos, pero el tratado de paz que sobreviene, le 
corta las alas, arrancándole algunas de sus presas, la 
Colonia é isla de San Gabriel, entre ellas, que vuelven al 
dominio portugués. Cevallos, amargado, retorna á Bue- 
nos Aires, de donde regresa á España en 1767, después 
de entregar el mando á Buccarelli, el nuevo gobernador, 
que á poco botó á cañonazos á los ingleses, de las islas 
Malvinas, que les son luee:o inicuamente devueltas el 16 de 
Septiembre de 1771 y en cuyo poder permanecen todavía! 

Pero la guerra se reanuda enseguida y Don Pedro de 
Cevallos, nombrado por Carlos III primer Virrey del Rio 
de la Plata, sale de Cádiz el 1 3 de Noviembre de 1776 al 
frente de 20 buques de guerra y 97 transportes, que con- 
ducen 9300 soldados y un gran parque de guerra. Las 
tropas citadas, á las órdenes inmediatas del Marqués de 
Tilly y superiores del Virrey, constituyen cuatro briga- 
das, al mando de los brigadieres Diego de Salazar, Mar- 



(1) El fuerte de Sania Teresa había sido fundado en 1762 por el coronel D. To- 
más Luis de Osorio. Era una obra notable en piedra de sUleria. con muros de 8 y 
11 metros de espesor y de altura varia entre 5 y 11 metros. Su planta era la de un 
polígono de 25 lados irregulares, con 5 grandes ángulos salientes bastionados, ocu- 
pando la obra en conjunto, una superficie de )2.000 metros cuadrados. Permitía 
el cómodo emplazamiento de GO cationes. L.i obra estaba exteriormente circun- 
dada por un muro de piedra de cerca de 2 metros de espesor. Cuando Cevallos lo 
rindió el 19 de Deciembre de 1763, la obra no estaba terminada. La defendía su 
fundador Osorio, con u^millar de soldados^ dicen unos autores, 600 otros, y 13 
piezas de artillería 



14 Orígenes de la guerra con el brasil 

qués de Casa Cajigal, Guillermo Waugham y Juan Ma- 
nuel de Cajigal. 

En Febrero de 1777, Cevallos se apodera de Santa Ca- 
talina. En Mayo está con parte de su ejército frente á la 
Colonia, abriendo fosos y ejecutando otros trabajos de 
asedio contra lá plaza. 

Los defensores, sabiendo bien con quien tienen que 
habérselas, después de un día de lucha, prometen capitu- 
lar. El 3 de Junio la plaza, con su guarnición, pertre- 
chos y demás cosas está en poder de Cevallos. Embarca 
los 140 cañones que artillan el recinto, remite á Rio á los 
jefes y oficiales prisioneros y á Córdoba y Cuyo á la tro- 
pa, y dá principio al total arrasamiento de las obras 
ofensivas y defensivas de la plaza. Echa á pique en el 
puerto y canal de acceso al mismo, algunos barcos viejos 
para obstruirlo. En suma, en pocos días, la orgullosa 
fortaleza es un montón de escombros «como para quitar 
á los lobeznos todo deseo de hacer de ella su madri- 
guera.» 

El formidable enemigo de los portugueses se propone 
continuar su empresa^ pero el Tratado de San IMefomo 
(1777) lo paraliza. Por este documento se modifican los lí- 
mites de las posesiones hispano-portuguesas en Améri- 
ca^ reconocidos en el tratado de 1750. Se restituyen al 
Portugal Río Grande y Santa Catalina, reconquistadas 
por Cevallos, y á España quedan una parte de lo que 
siempre fué suyo, (^> vale decir, la Colonia desmantela- 
da y las Misiones despobladas y empobrecidas! 

Sobreviene un período de calma entre los seculares 
adversarios, hasta que las invasiones inglesas y la guerra 
de la independencia española contra Napoleón, lo con- 
mueve profundamente. 

La revolución de Mayo revivió por el lado de Portugal 
el viejo conflicto dando pie á Doña Carlota para reno- 



(1) Las primitivas posesiones espafiolas comprendían lo% estados de Río Grande 
del Sud, Santa Catalina, Banda Oriental, costas de San Pablo y ParanA, etc. 



Orígbnks de la guerra con el brasil 15 

var sus pretensiones de señorío sobre el territorio del 
Virreynato del Río de la Plata y sobre la misma penín- 
sula, ambición audaz á que en vano se oponía su esposo 
el Príncipe Regente, cuerdamente aconsejado por su 
ministro Souza Coutinho, cuyas miras de espansión terri- 
torial se circunscribían al territorio de la Provincia 
Oriental del Uruguay. El conflicto reunió en Río (1811) 
á los representantes de las opuestas tendencias: el mar- 
qués de Casa Irujo, por España, á Don Manuel de Sarratea 
por la Junta revolucionaria de Buenos Aires y á Lord 
Strangford, embajador británico ante la Corte del Janeiro, 
visiblemente inclinado á la causa de Sarratea, con quién 
marchaba de acuerdo, en apoyo esta vez de la política y 
aspiraciones argentinas. 

Estas negociaciones no dieron, como era natural, fruto 
alguno. Desconocida abiertamente la autoridad del Virrey 
D. Javier de Elío por la Junta de Buenos Aires, aquél 
declaró la guerra á ésta el 12 de Febrero de 1811, de 
acuerdo con las instigaciones de Doña Carlota y con 
Goyeneche, y declaró el bloqueo de Buenos Aires. La 
princesa envió en apoyo de Elío, Vigodet y demás par- 
ciales de Montevideo, 1200 fusiles, 600 sables, municiones 
y otros elementos y, careciendo de dinero efectivo, sus 
joyas, para afrontar con el importe de su venta los más 
urgentes gastos de la guerra. El gobierno de Buenos 
Aires organizó rápidamente algunas milicias en Entre 
Ríos, á las que se agregó un batallón de pardos y morenos, 
man^dadas por el entonces Comandante D. Martín Rodrí- 
guez, con cuyas fuerzas el general D. Manuel Belgrano 
abrió operaciones contra Elío, al mismo tiempo que 
Artigas movilizaba cuerpos de milicias uruguayas en 
contra de portugueses y españoles, secundado enérgica- 
mente por los Comandantes de milicias D. Venancio 
Benavidez, D. Ramón Fernandez í^> y otros. 



(1) El 18 de Mayo de 1811 lat tropas de Artigas alcanzaban sobre las espa&olas 
mandadas por Posadas el hermoso triunfo de Las Piedras^ y el 26, Vigodet dejaba 



16 Orígenes de la guerra con el brasil 



El pequeño ejército patriota, después de algunos en- 
cuentros felices con las tropas realistas, puso cerco al 
Virrey y á la plaza de Montevideo (1° de Junio), único 
centro de su poder. Belgrano, torpemente acusado por 
sus enemigos^ autores del motín del 6 de Abril, había 
debido bajar á Buenos Aires, para responder del fracaso 
de su expedición sobre el Paraguay, relevado por Ron- 
deau, que á su vez sería reemplazado por el general 
Alvear, quién cosecharía, no sin esfuerzo suyo, el triunfo 
final preparado por sus antecesores. 

El bloqueo decretado por Elío fué desconocido por Lord 
Strangford que dio instrucciones al Almirante Courcy, 
jefe de la escuadrilla inglesa en el Plata, para oponerse 
por la fuerza á los barcos españoles. Artigas, seguido 
por fuertes núcleos milicianos, mantenía en perpetua 
agitación á las poblaciones brasileñas fronterizas. Todo 
era, pues, desesperante para las armas españolas y para 
los planes de la Princesa, que había logrado atraer á su 
causa al marqués de Casa Irujo, engañándolo infantil- 
mente, al mismo tiempo que el Regente, invocando la 
suprema necesidad de proteger á sus subditos de las des- 
vastaciones de Artigas y sus tenientes, ordenaba al general 
D. Diego de Souza, jefe de un fuerte ejército reconcen- 
trado con anticipación en Eio Grande, la invasión á la 
Banda Oriental. 

El embajador inglés protestó de esta medida é inti- 
midado el Regente pidió condiciones honrosas para retirar 
sus tropas, entablándose una negociación que dio ese 



en poder de los patriotas acaudillados por el comandante Bcnavidez, la plaza de la 
Colonia. Por desf^racia, las intrigas subsiguientes de Artigas empafiarían esos 
sucesos. 

El 10 de Diciembre de 1813 una Asamblea reunida por inspiraciones de Artigas en 
la capilla de Jesús, en el Miguelete, declaró la incorporaeión de la Prov. Oriental 
á las de la Unión, constituyó por un triunvirato el gobierno local y nombró tres 
diputados á la asamblea nacional, medidas que fueron desaprobadas por el gobier- 
no de la Nación, lo que disgustó en tal forma al caudillo que se retiró con todas 
sus milicias del sitio de Montevideo, arrebató traidoramente las caballadas al ejér- 
cito de Rondeau, ni que hostilizó, ya en abierta rebelión contra los argentinos, pro- 
clamando la independencia absoluta de la Provincia. 



Orígenes de la guerra con el brasil 17 

resultado, con lo que se cerró esta primera tentativa de in- 
tervención y expansión brasilera en el ciclo de la vida 
independiente argentina, eslabonada con la vieja tenden- 
cia de la era colonial hispano-portuguesa. La política 
inglesa, favorable ahora (por razones de pura conve- 
niencia comercial) á la causa argentina, no tardará en 
evolucionar por su alianza con Portugal, permitiendo que 
las seculares ambiciones de Lisboa y de Río asienten de 
nuevo su planta en la provincia Oriental y en las Misio- 
nes, con una nueva ocupación y una nueva y larga guerra 
que se inicia en 1816 y termina en 1828. 

La total y absoluta desocupación del territorio Oriental 
por las armas españolas, vencidas en los muros y en las 
aguas (combate naval del 16 y 17 de Mayo de 1814 en que 
venció Brown) de Montevideo por las armas argentinas 
de Belgrano, Rondeau, Alvear y Brown, ^^^ recién se 
consumó el 23 de Junio de 1814, incorporándose en con- 
secuencia la rica comarca á la comunidad argén tina? 
bajo el título de Provincia Oriental del Rio de la Plata que 
le da el Decreto Directorial de fecha 7 de Marzo de ese 
año, suscrito por D. Gervasio Antonio de Posadas, sie;ido 
nombrados gobernador de la misma primero el general 
Alvear, luego D. Nicolás Rodríguez Peña y el coronel 
D. Miguel Estanislao Soler^ después. í^) 



(1) El 20 de Junio de 1814, por capitulación al sreneral Alvear. Las tropas 
argentinas, vencedoras, ocuparon el ?2 la fortaleza del Cerro y la ciudad, el 28' 
confirmando con este triunfo los laureles conquistados en la brillante acción del 
Cerriio ^31 de Diciembre;, donde entre otros trofeos, se tomó una bandera á lo» 
realistas. Los trofeos de la rendición de Montevideo fueron ocho banderas, ocho 
mil fusiles, otras armas y pertrechos diversos, además de unas 545 piezas de ar- 
tillería de todo calibre, de campaña, posición y de marina. (Pelliza, Hist. Arg.) 

(2) Por una serie de decretos, las tres antiguas Intendencias de Buenos Aires, 
Córdoba y Salta, constituían ahora las provincias de Buenos Aires, Entre Rios, 
Corrientes, Montevideo, Córdoba, Cuyo, Tucuraán y Salta. La provincia de CuyOy 
(separada de la Intendencia de Córdoba) comprendía las actuales de San Luis, 
Mendoza y San Juan; la de Corrientes, el estado de este nombre y el territorio y 
pueblos de Misiones; la de Tucumán (que había pertenecido también á la Inten- 
dencia de Córdoba), al estado de ese nombre y las hoy provincias de Catamarca 
y Santiago y por último, la provincia de Salta tenía bajo su jurisdicción á la ac 
tual de Jujuy y pueblos de Tarija, Oran y Santa María. La provincia de Monte- 
video era, pues, una desmembración de la Intendencia de Buenos Aires. 



18 Orígenes de la guerra con el brasil 

Pero esta solución natural y lógica no satisñzo ni las 
pasiones ni las ambiciones personales y localistas de Ar- 
tigas y Rivera, apoyados sin duda en gran parte del pue- 
blo y en las mismas secretas intrigas de la corte de Río. 

El artiguismo quería la independencia lisa y llana de 
su provincia, ideal que el decreto del Director Supremo 
del Estado á que nos hemos referido, pulverizaba. No 
le quedaba, en presencia del hecho consumado sino dos 
caminos: acatar ó rebelarse. Se rebeló! 

Las tropas de Buenos Aires, resistidas, odiadas, trata- 
das como enemigos extrangeros, tuvieron que volver á 
esgrimir las armas en defensa de la autoridad y de la 
unidad nacional. El conflicto tomó cuerpo. Un caudillo 
obscuro y brutal, Fernando Otorguéz, lugarteniente de 
Rivera, — mero instrumento en suma, — fué investido por 
la insurrección, con la autoridad gubernativa. El grito 
de guerra: era «mueran los porteños». La bandera ar- 
tiguista creada en 1815, cruzaba diagonalmente con una 
ancha faja roja, los gloriosos colores de la bandera de 
la patria grande, despojada de su sol, símbolo de libertad 
y de vida. No se quería á los argentinos en la banda 
oriental — no se les ha querido nunca, bien y sinceramente 
— digámoslo sin amargura y sin reproche, con noble 
franqueza y con absoluta verdad, porque toda la historia, 
desde los días coloniales, está ahí para comprobarlo, sin 
•que sea parte á modifícar este juicio las voces amigas 
jr cariñosas, constantes é infatigables que entonces y des- 
pués han resonado en los hogares de allá, pugnando 
noblemente por mantener indestructible el triple vínculo 
de la raza, del origen y del destino. Ni la pasión nos 
mueve para pronunciarnos así, pero tampoco debemos 
ocultar, por una hipócrita complacencia (que dejaría 
además sin explicación muchos hechos históricos) la im- 
presión que deja en nuestro espíritu la serena aunque 
penosa meditación sobre ese fenómeno moral é histórico, 
y que fluye nítida y precisa, de esa lección de cosas del 
j)asado! 



Orígbnbs db la guerra con el brasil 19 

No detallaremos la marcha de los sucesos de tal perío- 
do. Sabemos ya á qué fuerzas y á qué causas obedecen. 
No se discuten tampoco las antipatías de familia. Nos 
bastan las síntesis. Así, abandonada por nuestras tropas 
— en una hora de serena inspiración que es de lamentar 
no perdurara eternamente — la provincia y la plaza de 
Montevideo el 27 de Febrero de 1815,1a ocupó Fernando 
Otorguéz (^) inmediatamente, á raíz de la acción de 
Guayabos (10 de Enero de 1815, en la que fué derrotado 
el Coronel Dorrego). La ciudad fué teatro entonces de 
todo género de excesos. Vivió días amargos mientras 
estuvo bajo la férula del caudillo y de la soldadesca capi- 
taneada por Blasito, Encarnación y Gay. En las cam- 
pañas la anarquía y los excesos del pequefio caudillage 
y del bandolerismo sin ley ni freno, no eran menores por 
desgracia y, lo que es más grave, estos suc( sos dieron 
pretexto y pié para la intervención portuguesa de h.clio 
y armada, que, violando todos los fundamentos de las 
leyes morales y de derecho natural y positivo, invadió 
el territorio uruguayo, con franco y descarado empuje de 
conquista, protestando no tener otro fin que castigar los 
desmanes de Artigas y al bandolerismo local que infesta- 
ba sus fronteras, llevando el desorden y la inseguridad 
á sus propios pueblos, víctimas de todo linage de crí 
menes y exacciones, como si para llenar esos fines no le 
hubiera bastado una rigurosa policía fronteriza, para lo 
que le sobraban elementos , sin atrepellar criminalmente 
la independencia y soberanía extrangera, y sin agotar 
antes todos ó simplemente algunos de los recursos del 
derecho de gentes! 

Pero, al formular tan severos cargos á la conducta 
incalificable del gobierno de Río, que de tal manera 
resucitaba torpemente los viejos procedimientos á que 



(1) Este Otorsruéz ú Otorsrues.^s el mismo caadillo qae el 6 de Octubre de 1814, 
fué completa y totalmente derrotado por el Coronel Dorreg^o, en fl combate df 
Marmarajd, dejando en poder del vencedor su artillería y entre los prisioneros, 
u familia, que fué tratada con todas las consideraciones por el triunfador. 



20 Orígenes de la guerra con el brasil 



parecía haber puesto término el solemne tratado de San 
Ildefonso — ahora más irritantes y odiosos— será justo 
agregar que la actitud de ese gobierno respondía, se 
dice, á misteriosas confabulaciones á las que se liga, no 
sabemos con qué fundamento, el nombre del doctor Manuel 
José García y del mismo gobierno argentino, que busca- 
ban por ese medio la inutilización de Artigas para adue- 
ñarse de la provincia, cargo que éste último utilizó 
hábilmente en «u provecho, excitando las pasiones pa- 
trióticas y localistas de las muchedumbres orientales 
contra los porteños y su gobierno, á los que acusó pú- 
blicamente de ser causantes de la invasión extrangera. (^^ 
El caudillo fué así para las multitudes cultas é incul- 
tas la encarnación de la nacionalidad uruguaya y su 
primer paladín, repartiéndose los odios populares entre 
invasores y porteños, sobre éstos especialmente y era 
acaso tal y tan hondo el extravío de la conciencia pú- 
blica oriental y tan sinceros sus rencores que, ante la 
posibilidad de volver á formar parte de la familia ar- 
gentina, ella y Artigas sobre todo, preferían refundirse 
definitivamente en un pueblo totalmente extraño, como 
lo demostró la incorporación al Brasil, que nos llevó á 
la guerra con ese país, en un instante de generosa locu- 
ra patriótica, altruista y principista, todo lo que se quie- 
ra, pero inspirada en los ideales heridos ya de muerte 
irremediable y fatal del patrimonio colonial. Eran ciegos 
ó miopes los que aún se debatían por desconocer ó negar 



(1) Estas acusaciones al gobierno argentino eran completamente calumniosas. 
Es posible que en parte al menos fueran fundadas^ con respecto al doctor García^ 
quién, particularmente, consideraba que las ideas artiguistas y la acción del cau- 
dillo — que habían contaminado á Corrientes, Entre Rios y Santa Fé, haciéndose 
sentir en Córdoba — eran un peligro grave para la organización nacional y para 
la unidad social y política del país. Consideraba perdida la provincia oriental, 
pero no quería que la anarquía caudillesca tomara cuerpo en nuestro territorio. 
De todas maneras las acusaciones hicieron su camino, mezclándose en ellas al 
general Airear á quién se suponía, no se sabe á qué título^ instigador de 
la invasión de Lecor, de lo que lo acusa en términos duros y apasionados «La 
Crónica» de Buenos Aires, de fecha 25 de Diciembre de 1816, periódico redactado 
por enemigos suyos, personales y políticos. 



Orígenes de la guerra con el brasil ^ ^ 

las hondas raíces de la disgregación territorial y po- 
lítica del Virreynato, consumada y en enérgica gesta- 
ción. El Alto Perú, el Paraguay y el Uruguay ya no 
eran parte del colosal organismo. Habían dejado de 
pertenecerle, los dos primeros, constituyendo núcleos y 
sistemas propios; el último^ agitado por los espasmos 
finales de su alumbramiento nacional, recorría la ór- 
bita de su propia gravitación autonómica é indepen- 
diente. Nada, pues, nos llamaba á ser parte principal y 
armada en la contienda extranjera. Y fuimos á ella con 
el corazón! De todas maneras la confabulación argentino- 
portuguesa á que antes hemos aludido nos parece sen- 
cillamente un contrasentido, demostrado por la actitud 
de Pueyrredón y las dos desairadas gestiones de Vedia y 
de Gómez á que varaos á asistir. Por muy molesto que 
al gobierno argentino fuera el orden de cosas implantado 
por Artigas y su influencia sobre los caudillos de las 
provincias bañadas por el Uruguay y el Paraná, era 
sin duda mayor el peligro que la conquista portuguesa 
entrañaba, aún haciendo á un lado la consideración de 
que éste acontecimiento iba á herir en lo vivo las suscep- 
tibilidades argentinas. Es por otra parte inadmisible que 
las armas portuguesas obraran como un simple y secreto 
instrumento de los intereses y planes de los argentinos y 
que sólo buscaran destruir á Artigas y domar la provin- 
cia para entregarla inerme á Buenos Aires. Enunciar 
los términos de la cuestión, es resolverla: El Portugal 
obraba por su sola cuenta y en su exclusivo servicio. 
Se puede dar la espalda al sol en plena pampa, pero no 
con ello se impedirá que su luz alumbre radiosamente la 
inmensidad de la llanura! 

En Agosto de 1816, las tropas del Rey Don Juan VI 
estaban ya listas en las vecindades de la frontera de la 
provincia oriental, en cuyo territorio penetran el 19 de 
Septiembre de ese año, al mando superior de Lecor, 
Barón de la Laguna, fuertes de 10.500 soldados de las 
tres armas, regular^nente instruidos y bien equipados. 



22 Orígenes de la guerra con el brasil 

Las tropas de mar se adueñan de Maldonado; las de 
tierra, de la fortaleza de Santa Teresa, derrotando la co- 
lumna del valeroso y audaz indígena Andresito Tacuarí 
en San Borja (capital de las misiones portuguesas) el 3 
de Octubre, y el 19 la de Verdum, en Ibiracoy. El Marqués 
de Alégrete y el bárbaro y sanguinario brigadier Chagas, 
de siniestra memoria, vencedor de las indiadas de An- 
dresito, se lanzaron entonces, — ebrio de venganza y de 
botín el último especialmente — sobre los pueblos de las 
Misiones argentinas (^) que ahogaron en sangre y fuego, 



(1; Del morboso foco penal y colonial formado con elementos portugueses 
y feroces aventureros holandeses en la Provincia de San Pablo do Sul. partió 
la invasión «mameluca» que destruyó los siete pueblos misioneros jesuíticos pa- 
raguayos de la Guayra, centros florecientes fundados por los P. P. Filde, Gas- 
par Tulio, Ortega, Soloni, Barzana, Aquila, Lorenzana, Páez, Maceta y otros. 

Regidos por el heroico padre Montoya, alma bondadosa de civilizador 
con alientos de Ciiudillo de epopeya, l.¿ mil indígenas, reliquias salvadas al 
hierro y al fuego de la citada invasidn, en centenares de canoas, barcazas 
y jangadas, se confiaron á la corriente del Paraná, buscando hacia el sud 
nuevas tierras do sentar sus destrozados penates, sufriendo lo indecible en aque- 
lla estupenda y trágica inmigración de tribus. 

Llegado Montoya con su pueblo á las márgenes del río Jabebiri (donde exis- 
tían desde 1611 diez reducciones jesuítas), se detuvo, fundándose á poco las 
primeras trece reducciones que fueron la base de los famosos 33 pueblos de 
Misiones que siglo y medio después contaban 150.000 indígenas sometidos al 
régimen especial de los Padres, constituyendo el rico y formidable imperio 
teocrático, ganadero, agrícola é industrial, sugeto á una disciplina férrea y 
paternal á un tiempo, de mansa servidumbre, que fué luego decayendo, por 
causas complejas, hasta que el gobernardor Velázco le infligió el golpe mortal 
de 1603, c >n la abolición del comunismo y otras medidas de orden político y 
económico. En realidad de verdad, las invasiones mamelucas pauHstas y la 
expulsión de los P. P decretada por el hábil, sagaz y progresista Carlos III, 
si bien precipitaron la destrucción del sistema comunista y teocrático misionero, 
que «hizo flo eccr (L. Lugones) una política que enredó en su trama á dos 
naciones*, prepararon por esos medios indirectos la evolución de las ideas á 
favor de la independencia de Mayo de 1810. 

Las milicias jesuíticas, creadas poi razones puramente defensivas de la Re- 
pública Cristiana (sic), constituían unidades de infantes y caballeror, no fal- 
tando algunos planteles de artilleros provistos de cañones de fierro y br^'nce, 
lizos. Algunas compañías de infantes estaban armadas de mosquetes de chispa, 
espadas y rodelas, pero la masa del arma lo estaba de arcos, macanas y hon- 
das. Los caballeros llevaban mosquetón corto, lanza, sables y bolas arroja- 
dizas, pero la mayoría no contaba sino con la lanza y las bolas. 

El reclutamiento de estas milicias tenía un carácter regional. Su organi- 
zación era e.'^r.^^.ial, de tipo defensivo, que el nativo valor de sus s«>ldados trans- 
formó en ofensivo, obedeciendo al temperamento nómade y aventurero de los 
indios. La instrucción militar era dominical y obligatoria, debiendo concurrir 
á ella todos los varones desde la niñez más temprana, penándose severamente 
la inaxistencia, enseñándose rudimentos de táctica y una vez al roes el tiro. 



Orígenes de la guerra con el brasil 23 

sin quebrar no obstante la heroica pertinacia de Andresito 
contra el que por tres veces más marchó el tremendo 
Chagas. 

Andresito lo hizo pedazos en Apóstoles y lo obligó á 
repasar el Uruguay en derrota, pero tornó el Brigadier 
y tras terribles combates y espantosos actos de barbarie, 
el lusitano arrasó San Carlos, San José, Apóstoles y otro» 
lugares. De San Carlos logró escapar á viva fuerza, con 
empuje de leyenda Andresito, que, ayudado por Ramírez 
y Artigas, se metió como una cuña en el territorio ene- 
migo y se apoderó, con sus valientes hordas de misione- 
ros, de San Nicolás. Fué su último esfuerzo y su hazaña 
postrera, cayendo á poco prisionero y muriendo torturado 
en el Janeiro. 

En la primavera de 1817, el generalísimo Carlos Pede- 
rico Lecor, secundado por los generales Curado, Barre- 
te, Abreu, Oliviera Alvarez, Chagas y Bernardo Silveira y 
otros jefes de valer como Bentos Manuel Riveiro y Ben- 
tos Manuel Gon9álvez, dio vigoroso impulso á las opera- 
ciones de la invasión. 

La noticia de estos acontecimientos produjo la impre- 
sión y alarma condignas en Buenos Aires. Era la viola- 
ción descarada del armisticio de 26 de Mayo de 1812 
firmado en Buenos Aires por el Enviado del Príncipe 
Regente de Portugal en Río, Coronel Rademaker y el 
Ministro de Relaciones Exteriores de Buenos Aires, con- 



Los P. P. realizaban así el pensamiento del Papa Bonifacio VIII, siendo due- 
ftos efectivos de las «dos espadas», pero es singular el hecho de que su sis- 
tema militar miliciano, se amolde á la organización que entre nosotros ha te- 
nido la Guardia Nacional. Por lo demás, esa educación bélica produjo cau- 
dillos indígenas inteligentes, audaces y bravos, llenos de prestigio como Nicolás 
Languirú y José Sepé^ que fueron formidables adversarios de las tropas re- 
gladas, en la sublevación de aquellos, de 1751, que se prolongó hasta ITfíó, cos- 
tando muchas vidas y muchos millones al Portugal; y como Andresito, que 
mantuvo en jaque al Brigadier Chagas en 1817. Pero en esta época, desapa- 
recidos los Padres y en franca decadencia de ruina sus antiguas reducciones 
y pueblos, los indígenas habían perdido su cohesión, no constituyendo con 
su regresión á la vida nómade del bosque, sino masas degeneradas y viciosas^ 
que se extinguen dando pruebas gallardas de su antigua bravura, en la guerta 
con el Brasil, que nos ocupa, mandados por Jos caciques Caray-pi, Ramón- 
cito y otros. —Lngones, /m/).yiesi<//. 



24 Orígenes de la guerra con el brasil 

venio ratificado solemnemente por el Regente el 13 de 
Septiembre de ese año, determinando por consecuencia 
la retirada de sus tropas del territorio uruguayo, ocupado 
en parte por el Brigadier Diego de Souza. 

La opinión pública de Buenos Aires incitaba al go- 
bierno á las medidas extremas, pero el Director Puey- 
rredón se propuso solucionar el asunto por las vías pa- 
cíficas y agotarlas, á cuyo efecto comisionó y dio poderes 
al Coronel D. Nicolás de Vedia, uno de los más distingui- 
dos é ilustrados oficiales de su tiempo, para que se avis- 
tara con Lecor, le pidiera explicaciones por la invasión, 
lo invitara á desocupar el territorio ó á suspender sus 
marchas y operaciones mientras los dos gobiernos, abo- 
cándose la cuestión, la resolvieran amigablemente, con- 
forme á las leyes de derecho y justicia. En el fondo, la 
misión era una protesta formal de la invasión y una in- 
timación al general portugués; pero era también una es- 
tocada en el vacío. 

Vedia salió inmediatamente para Montevideo, que dejó 
el 19 de Noviembre de 1816, marchando á su destino y 
avistándose con Lecor en la fortaleza de Santa Teresa, 
según algunos historiadores, y en el paso del Arroyo Saii 
Miguel según otros, lo que no tiene mayor importancia, 
donde entregó el pliego ó nota de Pueyrredón á Lecor, 
de que era portador. 

El generalísimo portugués recibió con extremadas con- 
sideraciones al enviado directorial, alojándolo en una 
rica carpa de campaña, teniendo con él algunas confe- 
rencias donde, esforzándose por demostrar las intencio- 
nes pacíficas de su soberano con respecto al gobierno 
argentino, procuró fundar las razones de la presente in- 
vasión á la provincia oriental. 

En una de estas conferencias fué más esplícito acaso 
de lo que él mismo deseaba, pues llegó á decir á nuestro 
enviado «que el ejército de su mando sólo iba á- tomar 
» posesión de la banda oriental, finalizando sus marchas 
» en el Uruguay». 



Orígenes de la guerra con el brasil 25 

« Ignoro — agregó — si después pasaré á ocupar la pro' 

> vincia de Entre Rios, pero tengo orden de guardar con 
» Buenos Aires la más perfecta neutralidad. El Rey mi 
» amo se ha resuelto á enviar sus tropas para recobrar lo 
» que ya en otros tiempos poseyó^ con juntos títulos adquiri- 

> dos desde te conquista, y que la corona de Castilla le 
» arrancó con violencia. Además de esto, no puede serle 
» indiferente ver amenazada la tranquilidad y seguridad 
» de los pueblos de su mando, por el mal ejemplo de la 
» banda Oriental, la ambición de Artigas y su odio á los 
» portugueses. Siento los males que afligen á este país; 
» pero no me es posible suspender mis marchas, ni 
» tengo facultades ^ara interpretar las órdenes que se me 
» han dado. V. E., agregó, debe esforzar estas razones para 
» contener á su gobierno, y moderar la animosidad en que 

> están los pueblos de la Unión, porque si es preciso ve- 
» nir á un desgraciado rompimiento, se verá inmediata- 
» mente bloqueado el Rio de la Plata y se llevará la guerra 
» hasta la banda occidental, pues una vez decidido mi 
» gobierno á recobrar este territorio, no le es ya posible 
» dar un paso atrás sin comprometer su honor, su consi- 
» deración y quizá la integridad de sus dominios. Es 
» verdad que no ha habido el mejor acierto en dar prin- 
» cipio á las operaciones militares, sin tratar primero con 
» Buenos Aires, y hacer públicos nuestros derechos y ra- 
» zones, pero ni mi gobierno lo ha creído necesario, ni se lo 
» han permitido los inconvenientes y consideraciones que 
» guarda con la Corte de España; lo primero, porque 
» para tomar lo que á uno le pertenece, no es necesario 
» pedir el beneplácito de otro; lo segundo, porque invadir 
» una provincia limítrofe en anarquía, tiranizada por un 
» caudillo que la oprime, y prevenir los males queame- 
» nazan la» posesiones portuguesas, no puede decirse un 
» atentado contra Buenos Aires, con cuyo gobierno ha 
» celebrado un tratado, en que ha reconocido de un modo 
» tácito la legitimidad de las Provincias Unidas. Su inde- 
» pendencia quizás será reconocida y al fin Buenos Aires 



26 Orígenes de la guerra con el brasil 

» 86 verá libre de Artigas de quien nada bueno debe espe- 
« rar (i). ^ 

Lecor en esa y otras conferencias, abundó en conside- 
raciones análogas, llegando hasta esplayar una especie 
de plan ó de reparto territorial según el cual el Brasil, 
constituido en Imperio brasilero (lo que revela que los su- 
cesos posteriores se maduraban ó acariciaban desde hacía 
tiempo en Río) tendría por límites australes el Plata y 
el Uruguay. 

Por fin, instado por Vedia, díó su respuesta escrita y 
oficial, despachándolo por la vía de Maldonado, llegando 
aquél á Buenos Aires el dia 7 de Diciembre del año 
citado. 

La nota de Lecor á Pueyrredón tiene fecha de 27 de 
Noviembre y en ella — después de afirmar que la inva- 
sión de su ejército sólo tiene por objeto asegurar las 
fronteras del reino del desorden y atentados del artiguis- 
mo, y que obrará respetando el armisticio y conven- 
ción con Buenos Aires de 1812, — dice: «Esta medida 
» (marchas y ocupación) en ningún sentido puede inspi- 
» rar desconfianza á ese gobierno, cuando ella es prai ti- 
» cada en un terreno ya declarado independiente de la parte 
» occidental*, singular afirmación que se completa con 
estas dos no menos extrañas prevenciones: «si fuese 
hostilizado tomaré medidas de precaución hasta que re- 
ciba nuevas órdenes de mi Rey en breve y de más 

cerca tendré ocasión de poder manifestar á V. E. cuan 
de buena fé son mis operaciones militares^. Como se ve, 
el general era á la vez ingenuo, insolente, amenazante y 
pacífico, y un extraño y alarmante maridaje de incon- 
gruencias graves. 

Artigas, entre tanto, al frente de sus bravas milicias, 
fuertes de unos cuatro mil hombres, en varias columnas, 
operaba al Norte después de sus primeras derrotas, in- 
tentando oponerse á los portugueses, desdeñando todo 



0) Mitre, Historia de Belgrano, tom. III. 



Orígenes de la guerra con el brasil 27 

auxilio de Buenos Aires y acusando públicamente á los 
porteños de ser los causantes de la invasión y de estar en 
connivencia y acuerdo con los invasores, como lo de- 
muestra su torpe y enconada Circular á los pueblos, de fe- 
cha 16 de Noviembre de 1816, en la que enrostraba audaz- 
mente al Director Pueyrredón de «estar empeñado en el 
» aniquilamiento de los orientales y de mantener crimi- 
» nales relaciones abiertas y de comercio con el Portu- 
» gaU, precisamente en los momentos en que nuestro co- 
misionado, el Coronel Vedia, iba á reclamar de Lecor de 
la invasión, en los términos que ya conocemos. La cir- 
cular era además una verdadera declaración de guerra á 
Buenos Aires, pues cerraba «absolutamente todos los 
» puertos de la banda oriental para Buenos Aires y sus 
» dependencias, prohibiendo toda relación y tráfico, de 
» teniendo y asegurando todos sus buques que se hallasen 
» en puertos orientales, y haciendo responsables á todas 
« las autoridades civiles y militares de cualquier omisión 
» ó indulgencia en el cumplimiento de estas órdenes». 

El Director se defendió de estas inauditas calumnias 
ante el Cabildo de Montevideo y ante el mismo represen 
tante de Artigas en Buenos Aires, un señor Barreyro. ^^^ 
El caudillo, cuando se vio perdido, pidió descaradamente 
á Pueyrredón lo auxiliase, diciéndole: «Todo está en las 
» manos de V. E. Sus auxilios remitidos acá sin pérdida 
» de instantes, llegarán á un tiempo oportuno^ y todos 
» los pueblos cantarán juntos la consolidación de su inde- 
» pendencia cubiertos de una gloria inmortal. Cualesquie- 
» ra que sean los pactos que V. E. precise al efecto yo 
» estoy pronto á sellarlos. (2)» 



(1) Los antecedentes y la conducta de este sefior hacen creer qu/e el historia- 
dor Dr. L5pez, en su Historia, lo ha juzgado con pasi6n y severidad excesiva. La 
verdades que una vez que se convenció en Buenos Aires de que no eran justas 
las pretensiones, ni sanos ni patrióticos los propósitos de Artig:as, se puso sin- 
cera y noblemente al lado de la buena causa, lo que le valió, primero, tre- 
mendas filípicas de parte de su poderdante y terribles amenazas que más tarde 
realizó Artigsa, y de las que si Barreyro salló con vida fué sólo debido á la 
intervención de los mismos portugueses. 

(2) Mitre, Historia de Belgrano, tom. III. 



\ 



^ Orígenes de la guerra con el brasil 

El Director exigió, en vista de que el Portugal conside- 
raba independiente á la Banda Oriental, que Artigas de- 
clarase que la provincia formaba parte de la Unión, anun- 
ciando estar pronto á socorrer sin tardanza á Montevideo. 
Hizo estas mismas proposiciones al Cabildo de esa ciu- 
dad^ que, como el caudillo las acogió con evasivas y 
argucias al principio, hasta que al fin, apurado Artigas 
por los sucesos, dio instrucciones á sus representantes en 
Buenos Aires para que reconocieran y declararan en su 
nombre la reincorporación de la Provincia Oriental al 
cuerpo de nación de las Provincias Unidas del Rio de la 
Plataj quedando sometidas las autoridades y territorio de 
aquella al Congreso y Ejecutivo Nacional Argentino. El 
día 8 de Diciembre de 1816 se firmó en consecuencia en 
Buenos Aires por los dos delegados de Artigas, el Direc- 
tor Pueyrredón, el Cabildo, la Junta de Observación y 
la Comisión de Guerra, el Acta solemne que consagraba 
de hecho y de derecho esta reincorporación, no sincera 
ó expontánea de parte do Artigas, arrastrado á ella por lo 
desesperado de su situación y su impotencia frente á la 
invasión portuguesa. 

No obstante esto, Pueyrredón socorrió á la división de 
Fructuoso Rivera con fusiles, cañones, munición y otros 
artículos de guerra, lo que no fué parte á impedir que 
Lecor, al frente de su ejército ocupara Montevideo, donde 
penetró bajo palio, entre vítores, conducido por el Cabil- 
do, corporaciones y pueblo, el 20 de Enero de 1817. Pocos 
días después una diputación del Cabildo solicitaba humil- 
demente del Rey, en Río, admitiera la anexión de la 
Provincia á la Corona portuguesa!! 

El Director Pueyrredón, pensó entonces en medios 
más eficaces y enérgicos y, queriendo pulsar la opinión 
de algunas corporaciones del estado y de ciudadanos es- 
pectables, les escuchó primero en cuerpo, en una reu- 
nión que se celebró en la Fortaleza, y luego les pidió 
á cada uno su parecer por escrito respecto al siguiente 
cuestionario: 



Orígenes de la guerra con el brasil 29 

1^ Si se debía mandar inmediatamente un Enviado á la 
Corte de Río á exigir el reconocimiento de la Indepen- 
dencia Argentina y pedir explicaciones sobre la invasión 
de Lecor; ó si debía esperar sobre estos tópicos la reso- 
lución del Soberano Congreso. 

2° Si se debe declarar por el Directorio la guerra al 
Brasil ó esperar al respecto la resolución del Congreso, 
ó si es necesario que sea este cuerpo quien la de- 
clare. 

El Presidente del Cabildo, D. Francisco Antonio de 
Escalada, opinó por el envío del comisionado. Que en 
atención á la lucha de la independencia, á la falta de 
recursos y á la situación del país, no debía declararse la 
guerra, y que esta medida era del resorte del Con- 
greso. 

El general D. Martín Rodríguez, por el no envío del co- 
misionado, que sería infructuoso é indecoroso. Que con- 
viene oponerse lisa y llanamente á la invasión, auxilian- 
do á la Banda Oriental. 

El general D. Juan Ramón Balcarce, dice que, después 
de esta agresión injustificada, no debe nombrarse el co- 
misionado. Vota por la inmediata declaración de guerra y 
el envío de auxilios á los oriei\tales. 

D. Ignacio Alvarez por el envío del comisionado y que 
se faciliten bajo cuerda á los orientales los elementos ne- 
cesarios al rechazo de la invasión, sin que el gobierno 
argentino se comprometa oficialmente. 

El Coronel D. Nicolás de Vedia, vota por el inmediato 
envío del comisionado, sin perjuicio de ofrecer á los orien- 
tales los auxilios posibles. Que la declaratoria de guerra 
corresponde al Congreso Soberano. 

D. Manuel Pinto, que conviene el nombramiento del 
enviado. Que compete al Congreso la declaratoria de 
guerra. Que se hostilice entre tanto la invasión y los 
subditos enemigos, embargando los barcos y propieda- 
des de los mismos. 

D. Miguel de Azcuénaga, por el envío del comisiona- 



30 Orígenes de la guerra con el bra&il 

do. Que se dé cuenta al Congreso de los sucesos para 
que resuelva lo pertinente; que se auxilie á los orienta- 
les y que si el gobierno del Brasil no retira sus tropas 
se tome contra ellas medidas hostiles, «debiendo mirarse 
la invasión como hecha á nosotros». ¡ 

D. Pedro Ibañez, que se someta al Congreso la cuestión 
del nombramiento del comisionado. Que habiendo el | 

Brasil invadido y roto hostilidades sin previa declara- 
ción de guerra, que se proceda inmediatamente á su res- 
pecto de igual manera. 

D. Mariano B. Rolón, que si la provincia Oriental es 
considerada como una de las de la Unión, y si el go- 
bierno puede legitimamente tenerla por tal, debe decla- 
rarse inmediatamente la guerra. No se pronuncia cate- 
góricamente sobre el enviado. 

General D. Marcos Balcarce, vota por el inmediato 
envío del comisionado, el que debe exigir la respuesta 
dentro de un término perentorio. Que un enviado intime 
á Lecor detenga sus marchas hasta la resolución de la 
corte del Brasil, haciéndole entender que su avance 
importa una declaración de guerra. Que se dé cuenta al 
Congreso de estas medidas. 

D. José Gazcón, por el no envío del comisionado y 
que se declare inmediatamente la guerra por el Direc- 
tor. Que no debe acordarse fe pública al gobierno bra- 
silero. Que la respuesta de Lecor á Vedia es una verda- 
dera declaración de guerra. 

D. Eduardo Holmberg, vota por el envío del comisio- 
nado, por el inmediato socorro á los orientales y porque 
es al Congreso á quien corresponde declarar la guerra. 

Pero estas opiniones, que es innecesario estudiar, y la 
subsiguiente actitud del gobierno con sus reclamaciones 
por la invasión, no serán parte á impedir la marcha de los 
sucesos, orientados fatalmente hacia la guerra, apesar 
déla confirmación de la vigencia de la Convención de 
1812, hecha por el Ministro de Portugal en Río, D. Anto- 
nio Villano va, el 23 de Julio de 1818, en que de- 



Orígenes de la guerra con el brasil 91 

claraba de nuevo ser provisional la ocupación del Uru- 
guay. 

Pero la cuestión no sería resuelta por la diplomacia 
sino por las armas y era á ellas á quienes estaba librada 
la solución, luchándose con empeño por alcanzarla por 
esos medios; los portugueses para consumar la ocupación 
de la provincia y Artigas por impedirla en cuanto 
pueda. 

La defensa de éste es á veces vigorosa pero inorgánica 
é incoherente siempre, militarmente considerada. 

El, sus tenientes y sobre todo sus milicias, se baten 
acá ó allá con heroico denuedo. Nada, empero detiene 
los progresos de la invasión que avanza y penetra como 
una cuña y opera como una tenaza de acero. 

Artigas, como león acosado^ dá al enemigo algunos 
rudos zarpazos, <^^ pero sus contrastes y los de sus te- 
nientes son más numerosos, superiores y decisivos que sus 
triunfos, sobreviniendo las derrotas de «Carumbé», «India 
Muerta», «Arapey», «Catalán», «Río Negro», «Cañas», 
«Olimar», «Gtiaviyú», «El Rabón», «Hervidero», «Santa 
María», «Quebrada de Belermino», «Arroyo Grande», 
«Tacuarembó» y otras, que matan la resistencia activa 
de los patriotas. Maldonado y la Colonia están en poder 
del enemigo. El 20 de Enero de 1817 Lecor había ocupado 
Montevideo, poniendo el sello á su rápida y aplastadora 
campaña la ruidosa batalla del Tacuarembó (22 de Enero 
de 1820) ganada por el general conde de Figueira. 

Destrozado el intrépido coronel Andrés Latorre, roto y 
prisionero D. Juan Antonio Lavalleja en el Güaviyú, pa- 
sado al enemigo don Fructuoso Rivera, en Tres Arboles 
(2 de Mayo de 1820) ya todo quedaba consumado. Arti- 



(1) El más serio fué el que asestó al Mariscal Abreu el 14 de Diciemb'-e de 
1819, en Guayrapuitá (Barra del Sarandi). Artigas acaudillaba 2500 milicianos 
con los que habia invadido el territorio enemigo, cun próspero suceso. Abreu, 
despreciando las milicias uruguayas, les salió al paso, al mando de 500 sol- 
dados escogidos. La derrota de estos fué completa y el triunfo del bravo 
caudillo uno de los postreros chispazos de su estrella próxima á extinguirse. 



32 Orígenes de la guerra con el brasil 

gas, imagen viviente é infortunada de la patria vencida, 
vagó un instante como una sombra en las cuchillas 
salvajes, y pasó al fln el Uruguay, sediento de esperanza, 
buscando, sin sospecharlo, el camino de su infausto des- 
tino hacia el Paraguay, semejante á un astro moribundo 
arrancado por fuerzas contrarias á su centro de gravi- 
tación. 

Pero la lucha contra el invasor no había cesado por 
completo. La resistencia^ aunque débil é impotente para 
reñir combates y batallas con el conquistador lo molestó 
donde y cómo pudo, manteniendo viva la agitación mon- 
taraz en las campañas, en las sierras y en los bosques, y 
latente ó espectante en la mayoría de los centros urbanos 
descontentos y anarquizados. 

Con la derrota y fuga de Artigas, la adhesión de Ri- 
vera al nuevo orden de cosas y los sucesos argentinos 
fruto inmediato de la sublevación de ArequitOy el general 
Lecor dueño sólo en realidad de los puertos, sobre el 
Plata y el Atlántico, se consagró con tesón á consolidar la 
ocupación de sus armas en el interior de la provincia, 
desplegando una política de contemporizaciones y halagos 
al elemento nativo, y una activa persecución al llamado 
bandolerismo fronterizo y departamental, renaciendo poco 
á poco el orden y el trabajo, cosas todas gratas al ele- 
mento conservador de todos los tiempos, afectos tenaz- 
mente «á las servidumbres tranquilas», que asegúrenla 
cómoda digestión de sus estómagos. 

El gobierno de Buenos Aires no había sido parte ar- 
mada en la presente contienda, para lo que no se encon- 
traba ni preparado ni fuerte, angustiado por los propios 
conflictos internos y externos ^^^ y las imperiosas aten- 



(1) Entre estos, las tentativas de la org:anizaci6n del gobierno patrio bajo la 
forma monárquica, que desde el sueño de la reconstitución imperial incásica, 
(con el Cuaco por capital, moci6n del diputado Manuel Antonio Acevedo, el 
12 de Julio de 1816, en el Congreso de Tucumán) fué hasta la exótica y 
odiosa del Duque de Luca, despojado de su reycsla de la Etruria, fórmula 
ridicula y fantástica aunque bien intencionada, que marca el derrumbe de las 
fantasías realistas en el Plata, cuya filiación real señalamos en otro lugar. 

La candidatura de este Príncipe, propiciada por Francia, que se encargaba 



Orígenes de la guerra con el brasil 33 

clones de la guerra con España, circunstancias propi- 
cias que aprovechó el gobierno del Janeiro. No obstan- 
te, su actividad diplomática fué si no muy enérgica — 
pues no había ejército ni escuadra en que apoyarla, — 
persistente. Su negociador, D. Manuel José García, pugnó 
constantemente hasta el 1820, por la integridad de los 
derechos argentinos^ (violados por la escandalosa invasión 
del Barón de la Laguna), amparado en los antecedentes 
coloniales, en el armisticio de 26 de Mayo de 1812 (á 
que antes nos hemos referido), solemnemente ratificado 
por el gobierno de Río, el 23 de Julio de 1818. 

Entre tanto, los propios asuntos internos portugueses 
se complicaban, y el Rey Don Juan VI se veía forzado á 
reintegrar la sede de su gobierno á Lisboa, abandonando 
con su Corte, á Río. 

Pero antes de partir no quiso dejar al Regente Don 
Pedro, su hijo, sin solucionar la inquietante cuestión del 
Plata. Todo parece hacer creer que en éste momento al 
menos, el monarca lusitano deseaba sinceramente una 
entente, un acuerdo sincero y duradero con las Provin- 
cias Unidas, al amparo de una política concordante y 
sana. 

En consecuencia, su Ministro de Relaciones Exteriores 



de obtener en su favor la aquiescencia de España y del Portugal por medio 
del enlace del Duque con una Princesa de Bra^^anza, fué tomada en consi- 
deración por el Cong:reso Argentino á propuesta del Director del Estado, 
Rondeau, y, apesar de reconocer que el proyecto contrariaba abiertamente la 
Constitución Nacional sancionada el 25 de Mayo de 1819, lo aprobó el 12 de 
Noviembre de ese aflo, en tanto la Inglaterra no se opusiera d sm cumpli- 
miento ^ en cuyo caso quedarla sin efecto. La sanción de este negociado se 
realizó bajo la presión de la gran expedición española contra el Río de la 
Plata que se preparaba á zarpar de Cádiz, pero no fué votada en silencio y 
por unanimidad. Voces enérgicas y patriotas la combatieron rudamente y sal- 
varon su voto en contra, como el Diputado Don Jaime Zudaflez, que protestó 
en estos términos: 

«No estando en mis facultades contrariar la expresa voluntad de mi pro- 
vincia por el gobierno republicano, manifestada en las instrucciones á sus dipu» 
tadoa para lA asamblea general constituyente, ni variar en su principio fun- 
damental la Constitución del Estado, me opongo á la propuesta hecha por 
el ministerio francés Dará admitir al duque de Luca como rey de las Provin- 
cias Unidas.» 



34 Orígenes de la guerra con el brasil 

dirigió al Gobierno de Buenos Aires, con fecha 16 de 
Abril de 1821, una extensa nota ^^^ que, en substancia, 
decía: 

No querer el Rey diferir por mas tiempo el resta- 
blecimiento de las cordiales relaciones y armonías de 
su gobierno con las Provincias Argentinas; que á tal 
efecto nombraba su Agente al señor de Figueredo, auto- 
rizado por esta nota «para promover todos los intere- 
ses respectivos, así comerciales como diplomáticos y 
reconocer su independencia. En cuanto á la Banda 
Oriental, la nota afirma haberse expedido reales órde- 
nes é instrucciones al Barón de la Laguna, para que 
congregue en Montevideo Cortes, elegidas libremente por 
los habitantes de la provincia, las que deben deliberar y 
resolver en libertad y sin presión alguna, la suerte de la 
provincia, para que se constituya independiente del Brasil 
ó se agregue á cualquier estado ^^^ 

Pronunciadas esas Cortes — continúa la nota — las auto- 
ridades civiles y militares portuguesas entregarán el 
mando á las autoridades creadas por ellas y se reti- 
rarán (si ese fuera el caso), al territorio del Brasil 
« con la mas formal y mas solemne promesa (dice tex 
« tualmente la nota) de parte de su Magostad Fidelí- 
« sima, que jamás sus ejércitos pasarán la línea divi- 
« Soria y que sus armas no incurrirán jamás en la 
« bárbara satisfacción de intevenir en las disenciones 
« de sus vecinos». 

Esta comunicación, consecuencia directa ó indirecta 
del largo negociado del señor García, se presta á mu- 
chas reflexiones, no favorables por cierto á la lealtad 
de la política de Río, y menos por cierto á esa cordia- 
lidad de réUiciones y armonios que se invoca; pero dos 



(1) Publicada en la Gaceta de Buenos Aires, N. 66. Este documento lo en 
tre^r^ al gobierno Arg^entino el Agente especial diplomAtico del Rey D. Juan, 
para llevar adelante el neg^oclado, D. Juan Manuel de Figueredo, el que fa- 
llecid desgraciadamente, á raíz de ser reconocido en su elevado carácter. 

v2) Todo lo subrayado lo es por el autor 



Orígenes de la guerra con el brasil 35 

cosas resaltan en ella, á saber, el reconocimiento de 

la independencia argentina y el propósito de dejar á 

la provincia oriental en libertad para que disponga de su 

suerte, erigiéndose en estado independiente ó agregándose á 

cualquier estado, incluso el Brasil naturalmente. Se vo 

claro, que el gobierno de Don Juan, no considera la 

provincia como parte integrante, natural y legal, del 

cuerpo político de las Provincias del Rio de la Plata 

— cuya independencia reconoce, — pues á no ser así» 

lo que se imponía era la desocupación lisa y llana de 

la provincia, que habría ejecutado á no abrigar por lo 

menos la secreta ambición y la secreta esperanza de 

quedarse con ella. Estaba, pues, apesar de todo, vivo 

el espíritu de conquista que había batallado tan largos 

afios en los muros y en las aguas de la Colonia del Sa- 
cramento/ 

El Rey, que acaso creyó candorosamente arreglada 
la ardua cuestión, se embarcó para la península el 26 
de Abril de 1821, dejando en Río á su hijo el Prín- 
cipe D. Pedro, como su lugarteniente en el Brasil, alma 
audaz y ambiciosa que trastornaría todos los planes de 
su padre. 

El Barón de la Laguna entre tanto, en cumplimiento 
de las instrucciones recibidas de que hemos hablado 
antes, convocó la reunión en Montevideo de las «Cortes» 
que debían decidir de la futura suerte de la provincia, 
pero la elección de sus miembros estubo bien lejos de 
realizarse en libertad y sin presión alguna, como lo había 
prometido Don Juan. Sin necesidad de que esa asam- 
blea lo declarase, la anexión al Portugal era ya un hecho. 

Las Cortes, pues, compuestas de 16 diputados por 
Montevideo, Maldonado, San José, Colonia, Soriano, Ce- 
rro Largo, Mercedes y Canelones, se constituyeron bajo 
la presidencia del Señor Duran ^^^ el 15 de Julio de 1821 



(1) Los diputados de esta Asamblea, además del Seftor Duran, eran los si- 
guientes: Dámaso A. LarraAaga» Tomás García Zúniga, Gerónimo Pío Bian- 



36 Orígenes de la guerra con el brasil 

en la capital, militarmente ocupada por las tropas de 
Lecor. 

El 18^ el Presidente propuso á la deliberación de la 
asamblea, la cuestión: 

«Si en vista de las circunstancias, convendría la in- 
corporación de la provincia á la monarquía portuguesa, 
y sobre qué bases y condiciones se realizarla, ó si, 
por el contrario, le sería mas ventajoso constituirse 
independiente ó unirse á cualquier otro gobierno, eva- 
cuando el territorio las tropas de su Majestad Fidelísima». 

No se hacía mención en ese cuestionario, de las Pra- 
vincias Unidas, cosa sin duda peligrosa. Se las aludía 
vaga y medrosamente en la locución cualquier otro go- 
bierno. En cambio, la alusión al Portugal era más que 
neta y sugerente. La nota del Enviado Figueredo y 
este cuestionario se completaban, llenos de «armonías», 
como se vé. Hubiera sido gracioso, por otra parte, 
que aquella respetable corporación de linea, hubiera 
votado la anexión argentina! Por fortuna para Lecor, 
el Deux ex máquina de aquel plebiscito, se le evitó el 
sonrojo de su veto á una tal sanción! 

No hubo debate; no era posible que lo hubiera! Se 
abundó simplemente en consideraciones tendientes á de- 
mostrar lo improcedente de dos cosas: la independencia 
de la provincia «por carecer de condiciones», y lo in- 
conveniente y «peligroso» de unirse á Buenos Aires, que, 
con las demás provincias, hábia abandonado á los orien- 
tales No había tampoco que pensar en volver á 

Espafta. «No quedaba sino otro camino que unirse á 
Portugal». Tales fueron los razonamientos de los dipu- 
tados Llambí, Larrafiaga, Bianchi 

Por consecuencia, la provincia de Montevideo era pro- 
vincia portuguesa desde ese momento, por unanimidad 
de sufragios! Tal fué el voto de las Cortes el día 31 



chl, Fructuoso Rivera, Loreto de Gomenzoro, José Vicente Gallegos, Manuel 
Lajfo, Alejandro Chucarro, Romualdo Ximeno, Mateo VisiUac, José de Alaron, 
Luí» Pérez, Manuel A. Silva, Salvador García y Francisco Llambí. 



Orígenes de la guerra con el brasil 37 

de Julio. Las condiciones de la incorporación, que de- 
bían estudiarse, conforme al voto ú opinión de los comi- 
tentes, no vale la pena ocuparse de ellas. Se redujeron 
á una palabra: dar el nombre de Estado Cisplatino á la 
nueva provincia lusitana. 

El 5 de Agosto de 1821 la ciudad de Montevideo, 
engalanada y jubilosa, asistía al solemne juramento 
de fidelidad al Rey. El general conquistador Barón de 
la Laguna, seguido de su Estado Mayor y las corpo- 
raciones políticas, judiciales, civiles y religiosas de la 
ciudad, entre el estruendo de las salvas de los cañones, 
juraron ante las «Cortes» citadas. En la iglesia cate- 
dral se cantó el Te-Deum de estilo, invocando las ben- 
diciones del Eterno, y en el teatro de la Comedia esa 
noche, el retrato del Rey Don Juan Sexto fué aclamado 
con delirio por las autoridades, las damas y caballeros. 
Las fiestas y banquetes duraron tres días. 

Pero no todo era regocijo y no todos se regocijaban 
en esa hora de locura y de traición á la tradición, á 
la familia, al dogma republicano y á la libertad. Habían 
en la hermosa provincia muchos y nobles corazones que 
repugnaban aquello, en nombre de sus sentimientos y 
en homenage á la sangre gloriosa que había regado 
las cuchillas y las campiñas orientales defendiendo el 
suelo de la patria con Artigas, de las armas de los ven- 
cedores del Catalán y del Tacuarembó. Y además, esa 
vergonzosa anexión — y la que le seguirá — serían im- 
potentes para desviar las fuerzas misteriosas que 
buscarían el equilibrio de las cosas por otros medios mas 
lógicos y mas grandes. Así, la reacción patriótica del 
espíritu público oriental no tardó en manifestarse, al 
mismo tiempo que en el Brasil las secretas aspiraciones 
por la segregación de la corona portuguesa, en pos de 
la independencia nacional tomaban cuerpo. El gobierno 
de Buenos Aires por su parte, alarmado por estos gra- 
ves síntomas, firmaba con los de Santa Fé, Entre Rios, 



38 OrÍGE^TBS de la guerra CON' EL BRASIL 



y Corrientes, el Tratado Cuadrilátero^ para ponerse al 
abrigo de los sucesos (25 de Enero de 1822). 

En el Brasil no tardó en escucharse el grito separa- 
tista de Ipiranga, y el 12 de Octubre de 1822 el Prín- 
cipe Don Pedro, Regente y Defensor Perpetuo, era pro- 
clamado Emperador. (^' 

La noticia cayó como una bomba en Montevideo, di- 
vidiendo desde luego al ejército de ocupación, como 
había dividido en el Brasil la opinión, parte de la cual 
se mantenía fiel á la metrópoli, que había caducado de 
hecho. 

En el Brasil, el Brigadier de Mello mantubo en Bahía 
por el rey Don Juan, su autoridad y sus tropas. Otro 
tanto hizo Saldanha en Rio Grande, al igual que otros en 
el Para, el Marañon y Pernambuco; pero no tardarían en 
someterse ó ser vencidos, gracias también á la interven- 
ción de Lord Cochrane que, alejado del Pacífico, alquiló 
su espada, barcos y servicios al novel Emperador. 

En Montevideo, Lecor, con parte de las tropas, se decla- 
ró inmediatamente por Don Pedro I, acompañado por el 
Coronel D. Fructuoso Rivera y D. Juan Antonio Lavalleja. 
Declaró á Maldonado capital del Estado Oisplatino, donde 
se estableció, allegando elementos, mientras que perma- 
necía en Montevideo y por el Rey, el Brigadier D. Al- 
varo da Costa Souza de Macedo, al frente del grueso de 
las tropas reales y de la escuadra. El estado oriental se 
dividió entonces en varios bandos: los unos por los por- 
tugueses, los otros por los brasileros; los de acá luchan- 
do por la independencia de la provincia, y los de mas 
allá, — los menos — por la incorporación á la Argentina. 
Los pueblos, los cabildos y las milicias tomaron partido 



(1) El príncipe, sabedor de que el gobierno de Lisboa, desaprobando como 
era natural sus manejos ambiciosos, clasificaba de traidores á sus ministros, 
proclamó la independencia del Brasil el 7 de Septiembre de 1822, en las már- 
genes del Ipiranga, dirigiéndose rápidamente á Río, donde fué recibido con 
gran entusiasmo por sus parciales, que el 12 de Octubre lo proclamaron Em- 
perador Constitucional del Brasil, siendo solemnemente consagrado y jurado 
como tal el 1° de Diciembre de ese afio. 



Orígenes db la guerra con el brasil 99 



éntrelos unos ó los otros. <*> El 17 de Octubre de 1822, 
en el Arroyo de la Virgen^ el coronel Rivera jefe del Re- 
gimiento de Dragones de la Unión, prestó con Lavalleja y 
demás oficiales del -cuerpo, clases y tropa, el solemne 
juramento de fidelidad al Emperador, ^2) (que no tarda- 
rían en violar) entre ruidosos vítores á Don Pedro y á 
la incorporación al Imperio. 

Alvaro da Costa, reducido al recinto de la ciudad, 
comprendido la fortaleza del Cerro y las aguas del puer- 
to, angustiado y lleno de rencor por el movimiento se- 
paratista del Brasil, se preparaba á resistir á Lecor, — 
secundado por el Coronel D. Manuel Oribe que permane- 
cía fiel al Portugal, — sin descuidar por eso agitar la opi- 
nión y de favorecer sus trabajos contra los imperiales. 
Quizá consideraba perdida para su Rey la rica provin- 
cia y, en todo caso, prefería verla en manos de cualquiera 
antes que en poder de los «traidores» de Rio. ^^^ 

Abrió, se asegura, aunque indirectamente, negocia- 
ciones con el gobierno de Buenos Aires, para que entrara 
en acción, bajo la promesa de la entrega de la plaza á 
sus armas y de retirarse Costa con sus tropas á Lisboa. 
Favoreció, no cabe tampoco dudarlo, la reunión de un 
Cabildo abierto en Montevideo, que el 20 de Octubre de 
1823 declaró que los actos que habían producido la ane- 
xión al Portugal y luego al Brasil, eran resoluciones nu- 
las, violatorias de los antecedentes naturales y naciona- 
les de la provincia oriental, que había sido siempre ar- 



(1) En Junio, el Procurador General de la Provincia Cisplatina hizo presente 
á Don Pedro la adhesión de la provincia á su causa y persona. 

(2) De este acto se conserva íntegro el discurso y proclama de Rivera al 
Regimiento, el que vá en los anexos. 

(8) Todo se sometió á la autoridad de Don Pedro,— dice el profesor Joaó Rebeiro 
en su Historia do Brasil • , menos la provincia cisplatina, «territorio indebi- 
damente conquistado á una raza diferente, la que con el auxilio del Gobierno 
de Buenos Aires y mediación de la Inglaterra, consiguió libertarse del domi- 
nio imperial». Añade después que la guerra con la argentina por aquella causa 
«era impopular» en el Brasil, circunstancia ésta no comprobada, pues todos 
los hechos anteriores al conflicto y en el conflicto, parecen concordar con la 
demostración contraria. 



40 Orígenes de la guerra con el brasil 

gentina, y que la voluntad libre del pueblo de Montevi- 
deo era volver al seno de la comunidad de las Provincias 
Unidasy que era la suya. 

Daba impulso á esta reacción pública, ó, mejor di- 
cho, era el alma misma de la reacción en Montevideo 
una sociedad secreta, constituida en los moldes de la 
gloriosa logia «Lautaro» de Buenos Aires, bajo el nom- 
bre de los Caballeros Orientales, que fundó una hoja im- 
presa, órgano de sus ideales patrióticos: «El Pampero». 

Los Caballeros, ostensiblemente al menos, no hicieron 
fuego al principio al general da Costa, en virtud de 
haberles este prometido evacuar la ciudad y provincia 
una vez vencido l^ecor y los imperiales, pero sospe- 
chando con razón sin duda de la lealtad de estas 
promesas, se pronunciaron al fin contra portugueses y 
brasileros, y solicitaron el apoyo armado de Buenos 
Aires, el de las provincias litorales y el de Bolívar 
mismo. 

La opinión pública argentina no era empero — no podía 
serlo , — indiferente á estos graves acontecimientos. 
Rechazaba por igual la incorporación al Portugal y al 
Brasil, de la provincia oriental, que la quería ó inde- 
pendiente ó mejor aún reintegrada á la familia argen- 
tina, de la que era uno de sus miembros. El gober- 
nador Don Martín Rodríguez tampoco era indiferente 
al magno asunto. Nadie quería ni buscaba abandonar 
á los hermanos de la otra banda á su propia suerte. 
Solo se difería en los medios de la intervención y ni 
aún en esto acaso, como lo prueban los votos de los 
notables consultados por el Director Pueyrredón, de que 
ya nos hemos ocupado. El pueblo, como siempre, estaba 
por los medios expeditivos y violentos, pero el prudente 
general Rodríguez que sabía á que atenerse al respecto, 
quiso, hasta el fin, evitar la lucha armada con un ad- 
versario fuerte y preparado para ella. En consecuencia, 
envió en misión diplomática extraordinaria al Janeiro 
al Doctor Don José Valentín Gómez, acompañado de 



Orígenes de la guerra con el brasil 41 



Esteban de Luca como Secretario, el bardo que había 
cantado en bellas y pujantes estrofas las glorias de la 
revolución de Mayo. 

La embajada fué recibida con la meticulosa, fina y al- 
mibarada cortesanía, llena de gentilezas sociales caracte- 
rísticas de aquel pueblo culto. Nuestro enviado dirigió el 
15 de Septiembre de 1823 su primera nota^ donde expone 
las causas de su misión y los derechos en que se fundaba. 

El Ministro de Relaciones Exteriores del Imperio señor 
Carneiro de Campos y su sucesor, señor Carvallo de Me- 
ló, hicieron entreveer visiblemente al doctor Gómez, des- 
de el primer momento, una solución favorable á su ges- 
tión, abundando en protestas de amistosas intenciones. 

Gómez, viendo transcurrir el tiempo insistió, exponien- 
do los fundamentos históricos del derecho argentino, los 
tratados, armisticios y ratificaciones que abonaban su 
reclamación. Disertó hasta sobre los intereses de todo 
orden, argentinos y brasileros que iban á satisfacerse 
con la solución justiciera é inmediata de la cuestión 
oriental, llegando hasta él ofrecimiento de una indemniza- 
ción pecuniaria al Imperio. ^^^ 

Seis meses después habló la cancillería fluminense y 
habló claro, con insolente desenfado. 

Discute la respuesta imperial con especiosas argucias, 
los antecedentes históricos y los instrumentos modernos y 
recientes del derecho argentino. Afirma que el pueblo de 
la provincia cisplatina ha pronunciado y ratificado 
constantemente su anexión al Brasil, «porque la gran 
mayoría de los orientales solo veían garantías en esta 
anexión y no en la argentina, á la que odiaban». Por 
último y como para cerrar definitivamente el negociado, 
el señor de Meló daba este ruidoso carpetazo: no serle 
posible al gobierno imperial abrir con el de fiuenos Aires 



(1) Isrnacio Nufiez. Noticias Históricas de la República Argentina -Memoria 
presentada al Agente Diplomático Inglés, en Buenos Aires, Woodbine Parish. 
El gobierno brasilero pretendía qae los gastos que le había originado la ocu- 
pación eran superiores al valor total de la provincia disputada. 



1 



^2 Orígenes de la guerra con el brasil 

ninguna negociación que tuviera por base la cesión de 
la Provincia cisplatina á las Provincias Unidas del Rio 
de la Plata. ^^^ Esta brutal declaración era la guerra» 
que quedaría simplemente aplazada breve término. Gó- 
mez regresó inmediatamente á Buenos Aires en Abril de 
1824, salvando de un naufragio en que pereció el infortu- 
nado Luca, que había sido muy agazajado en Río. 

Lecor se movió al fin con su ejército sobre Montevideo, 
llevando como jefe de vanguardia al Coronel D. Fructuo- 
so Rivera, quien recibió algunos golpes que le infligió el 
Coronel Manuel Oribe, desertando el campo del primero 
algunos jefes, entre ellos D. Juan Antonio Lavalleja que 
huyó al fin á Entre Rios, pasando de allí á Buenos Aires, 
donde le encontraremos mas tarde organizando la glo- 
riosa cruzada de los 34. 

El Barón de la Laguna estrechó de tal modo en la ca- 
pital al Brigadier da Costa que éste, falto de todo apoyo 
y aislado como un topo en su topera, tras» un simulacro 
de combate naval en el puerto, entregó la plaza á los im- 
periales y con ella un escuadrón de caballería y dos ba- 
tallones de infantería negra, embarcándose con el resto 
de la guarnición portuguesa con destino á la madre pa- 
tria, el 28 de Agosto de 1824. De las dos seculares metró- 
polis conquistadoras no quedaba ya en América sino la 
sombra de una de ellas, í^) que no tardaría en pertene- 
cer ala historia, después de pretender vanamente mante- 
ner su antigua y precaria soberanía colonial ! 



(1) 6 de Febrero de 1824. 

(2) La conviccci6n de que la separación del Brasil era un hecho irremediable 
y la impotencia para su reconquista, indujeron al Portugal, por la mediación 
de Inglaterra^ á reconocer la independencia del nuevo imperio, hecho que se 
produjo el 29 de Agosto de 1825, debiendo pagar el Brasil á su antigua metrd- 
poli, la cantidad de un millón de libras, como indemnización. 



Capítulo II 



Situación política y social del pais. 



Sumario : El Director Rondeau — Rápida síntesis de la situación — 
Necesidad de revistarla — Contrastes morales y políticos 

— Hombres y cosas — Criterio histórico — Espirita de las 
masas argentinas — Autonomismo y centralismo — Debi- 
lidad orgánica de los poderes nacionales — Liga caudi- 
llesca — Problemas paralelos — Federalismo y unitarismo 

— Palabras ! — Odios á Buenos Aires — Dias angustiosas 

— Rondeau, amenazado, llama en su auxilio á los ejércitos 
nacionales — La independencia nacional en peligro - San 
Martin rehusa acudir á la guerra civil — Concepto de la 
obediencia militar ciega y absoluta — £1 ejército del Alto 
Perú — Preliminares de Árequito — La noche siniestra — 
Bustos, Paz y sus secuaces — Debilidades y vacilaciones 
del General Cruz — El motín — Consejos enérgicos de La 
Madrid — Sometimiento de Cruz — Anarquía general — 
Buenos Aires centro supremo de las esperanzas naciona- 
les — Es invadido por la descomposición -- Gobiernos efí- 
meros — Soler y López — Acción de la Cañada de la Cruz 

— Alvear gobernador rural — El coronel Dorrego — Sem 
blanza del nuevo gobernante — Alvear y Carreras son des- 
trozados en San Nicolás — López lo es en Pavón — Ober 
turas de paz — Duplicidad de López — Dorrego es batido 
en el Gamonal — Rodríguez, aliado á Rozas, se impone 
al Cabildo por las armas — Tratado entre López y Rodrí- 
guez — Obscuro término de las siniestras correrías de 
Carreras — Muerte dramática de Ramírez — Artigas, de- 
rrotado y fagitivo, se asila en el Paraguay — Decadencia 
pasagera del caudillage — Horas auspiciosas — Rodríguez, 
el Congreso y Rivadavia — El gobierno del g*eneral Las 
Heras — Esperanzas y reacciones — Síntesis. 



El Director Supremo de las Provincias Unidas del Río 
de la Plata, General Don Juan Martín de Pueyrredón, 
el fervoroso creyente en el éxito de los planes geniales 
de San Martín sobre Chile, había renunciado el ejercicio 
de su alta investidura y sido reemplazado en el cargo 
por el General Don José Rondeau, el 9 de Junio de 1819. 



44 Situación política y social del país 

Al mando efímero é inhábil del nuevo Director del 
Estado quedaría ligado el recuerdo del sombrío y ver- 
gonzo episodio que la historia argentina designa con el 
nombre de sublevación de la Posta de' Arequito, siniestro 
prólogo de la anarquía política, institucional y social del 
afio veinte, que poniendo en peligro y en conflicto las 
fuerzas conservadoras y la causa sagrada de la inde- 
pendencia, haría de la • patria incipiente un inmenso 
palenque de lucha criminal y fratricida que, compro- 
metiendo primero gravemente los vínculos nacionales, 
nos traería al caudillage litoral y mediterráneo de esos 
tiempos — no in totum definitivamente clausurados todavía, 
— la guerra con el Imperio del Brasil y la desmembra- 
ción territorial del hogar argentino en el norte y en el 
oriente, cuyo proceso de dolorosos y mortificantes des- 
garramientos geográficos alcanza hasta los días actuales 
por el norte, por el oeste y por el lejano sud, estrechando 
la soberanía secular de la patria y empobreciendo la 
vieja y noble herencia del pasado ^^K 

Antes de penetrar en la atmósfera candente de la gue- 
rra, materia de esta obra serenamente meditada, escrita 
con cariño y con intensa sinceridad histórica, sin pre- 
juicios ni pasiones inconfesables, indignas de la verdad 
y de la misma majestad del asunto, nos es forzoso com- 
pletar el estudio precedente, del capítulo primero, con el 
rápido bosquejo á grandes líneas, de la situación social 
y política de la época (de 1820 á 1825), sin lo cuftl muchos 
sucesos, las extrañas actitudes de muchos actores promi- 
nentes y el mismo génesis ú origen del confiicto con el 
Brasil quedarían obscuros á cuantos no estén familiari- 
zados con la historia de esos días ; época mas que inte- 
resante aunque penosa, llena de contrastes vigorosos 
como una tela de Rembrandt; de inconsecuencias, de 



(1) El Virreynato del Río de la Plata había llegado á tener una superficie 
territorial de cerca de seis millones de kilómetros cuadrados, poco más 6 
menos el doble del actual territorio argentino. 



Situación política y social del país 45 

delitos de lesa patria y de dolores infinitos, pero también 
rica en hermosas intenciones, en caracteres austeros, en 
altas y nobles cosas que clarean como el sol estival en 
un campo de mieses doradas, prontas para la opima cose- 
cha, premio bendito de las fatigas humanas. 

Los penosos acontecimientos de esos días anccustian. 
Los sucesos repugnan á veces como el espectáculo de las 
llagas físicas del vicio. Los actores, achicados, actúan 
con luces y contornos contradictorios que ponen su amargo 
toque de escepticismo sobre un pasado lleno de desinte- 
rés, de patriotismo y de virtud. Son como sombras do- 
lientes y errantes que muestran el desmayo de las almas 
que se conocieron ó se soñaron hermosas, fuertes y puras; 
arcilla contaminada cubriendo el oro puro de su ser 
moral. 

A su vista, la protesta ni libre de pena y estupor, se 
alza vibrante y fulminadora. Pero luego viene la calma. 
Pasa entonces, fresca y sana, una ráfaga que es como 
aliento de equilibrio y voz de justicia, llena del profundo 
espíritu sereno, reflexivo y ecuánime de las cosas. El 
juez apasionado calla, como invadida su alma por el 
aliento misterioso que viene de las generaciones que 
amaron y sufrieron, llenas del augusto prestigio de los 
hombres y de las cosas de la historia, que reclaman para 
ser juzgadas, empaparse mentalmente en su ambiente, 
vivir en él, estudiar las armonías y conflictos de los 
acontecimientos y de los caracteres contrapuestos y en lu- 
cha, que parecen simples ó aisladas manifestaciones indi- 
viduales, y que en realidad esconden no pocas veces las 
secretas causas de profundas evoluciones sociales y el 
destino de los pueblos. 

Quién podría negar por otra parte que la virtud se 
envuelve á veces en ropajes que la deforman ú ocultan 
externamente ? Es posible, además, la misma existencia 
de errores de buena fe, rodeados de apariencias que dan 
al hecho los contornos precisos de una maldad fría y 
calculada, y ésto sin negar la existencia real de esas 



46 Situación política y social del país 

almas enfermas ó infames, sensuales del poder y del mal, 
que han llenado de lágrimas y de sangre nuestros anales 
en los días del caudillage inorgánico, cuyo mas autori- 
zado esponente se nos antoja ser Artigas, y en los días 
de la tiranía, cuyo actor prominente y sombrío es 
Rozas. 

No obstante ¡ cómo se borran y se esfuman las som- 
bras de esos tristes obreros, al lado de las grandes ñguras 
patrias, y cómo se magnifica y dignifica el drama á la 
luz gloriosa de las virtudes nativas y anónimas de las 
masas argentinas, batalladoras y heroicas, nacionalistas 
y federalistas por secreto instinto, localistas y autónomas 
por la sutil y secular influencia de la política comunal 
de sus viejos cabildos, — llenos del espíritu sagrado de 
aquellas bravias y seculares libertades castellanas y ara- 
gonesas, acaudilladas por Lanuza y Padilla, que la doble 
tiranía teocrática y feudal de Felipe 11 y de Carlos V 
ahogó vanamente en sangre en los campos de Villalar y 
de Epila — el ambiente, y la mas directa de sus caudillos 
regionales ! 

Pero el caudülage argentino no fué siempre y en todos 
los puntos donde floreció, un delito, ni un factor abso- 
luto de anarquía y de barbarie, tal como nos lo ha legado 
la tradición y la leyenda amamantadas de pasiones. 
Cuando se medita fría y tranquilamente sobre la acción 
de ese órgano de la sociabilidad política argentina, so- 
bre su época, sus hombres, sus medios y tendencias, 
sentimos la intensa sensación de una mordedura de duda, 
y nos asalta la sospecha de haber vivido sugestiona- 
dos, comulgando con los rencores, los odios y los intere- 
ses contrapuestos de una generación batalladora y 
enconada que fustigó como un crimen lo que acaso no 
fué otra cosa que una virtud nativa, hosca y huraña, 
pero llena de altiveces, resistiendo con bravia flereza y 
lanza en mano, el despotismo y la absorción de los cen- 
tros y de los hombres urbanos. Así, todo rasgo de inde- 
pendencia desaquelles era acaso tildada de «barbarie» 



Situación política y social del país 47 

Ó de «rebelión» por éstos, que gustaban por la cultura 
relativa, la fortuna y el rango, de ser obedecidos en silen- 
cio, con manso ó disfrazado vasallage, por lo que el 
sometimiento resulta «orden», y «libertad» la domiaación 
incontestada de la clase superior ó dirigente. Pero el cau- 
dillage explicado por el genial Facundo no está conforme 
con la filosofía positiva de los fenómenos de la monto- 
ñera, que tuvo, como los heroicos soldados de Obligado^ 
él Tonelero y Costa Brava (paladines de la soberanía na- 
cional bajo la bandera del tirano), sus ideales y sus ga- 
llardas bravezas. El caudillage argentino, litoral y 
mediterráneo, (abstracción hecha de sus tipos perverti- 
dos, crueles y netamente bárbaros) fué el proletariado 
sufriente de nuestros orígenes institucionales, curtido al 
sol y á la nieve, olfateando misteriosamente á un tiem- 
po, entre desconfiado y dolorido, los ensueños patrióticos 
del Deán y el derrotero definitivo de las Bases. 

La montonera, órgano del caudillage, fué, pues, uno 
de los modos de manifestación de una sociedad en for- 
mación áspera y ruda, que buscaba como los ríos 
su cauce en un terreno de trasporte, escabándolo sin 
arte y abriendo hondos y crueles zureos en la llanura 
deleznable, ajitada por los dolores de un alumbramiento. 
Llena de la penosa tradición de tres siglos de servi- 
dumbre colonial, había soñado con una manumisión ple- 
na y entera que el caudillaje culto de la ciudad le ne- 
gaba, después de haberla arrancado al enemigo secular 
y metropolitano. El unitarismo era para los caudillos 
el pasado, y el pasado era demasiado odioso á sus re- 
cuerdos, á sus esperanzas, á sus mismos ensueños de 
dominación privada. Bruscamente despertados en su 
inquieto insomnio poblado de visiones, montaron á ca- 
ballo contra la ciudad, no por barbarie sino en defensa 
de sus ideales, tales como podían concebirlos, embrio- 
narios como su propia civilización. Sus potros de batalla 
fueron sin duda lejos, atrepellando barreras, rotas en 
la trágica carrera las riendas tegidas por pasiones y 



48 Situación política y social del paIs 

curtidas por viejos odios sagrados. Pero no perdieron 
jamás el rumbo los fantásticos caballeros de las chuzas, 
mas hermosas en su horror que los lanzónos de Cortés y 
de Pizarro, templados con alientos soberbios de conquista 
y purpurados con sangre esclavizada. Ginetes y potros, 
entre la gloria del sol, la soñadora melancolía de los 
crepúsculos y la medrosa lobreguez de las noches dan- 
tescas, corrieron la tierra, ebrios de divina locura regio- 
nalista, llenando la montaña, la selva y la llanura de 
pavorosos clamoreos de combate, empujados como las 
nubes en el cielo, por el soplo de la incipiente demo- 
cracia, que empenachaba de luz sangrienta la terrible 
divinidad de los autonomismos locales, modelando por 
el fuego y el hierro el alma prometeana de los pueblos 
y las formas del federalismo múltiple, que triunfaría 
recien en 1853, después de crueles enseñanzas y de 
penosos insomnios de tragedia. 

Fué aquélla una lucha por la^vida, ennoblecida por 
el alto aliento secreto que palpita en su entraña y que 
parpadea entre las sombras del momento, como el faro 
en las costas peligrosas. Casi todos pecaron y casi todos 
erraron en ella. En la pavorosa penumbra hay lampos 
de aurora, y en el alma inquieta de los caudillos fie- 
rezas de virtud. No todos «amaron el oro en las ma- 
nos y el hierro en los pies.» Cruzaron como bólidos 
sangrientos el cielo tormentoso de sus días, dejando 
entre los dolores de su paso perfumes de virilidades 
republicanas, gratos á los olfatos de la tierra y de la 
historia. 

«Cuándo uno piensa (Xugones, Imperio Jesuítico) en lo 
que padecieron, en lo que trabajaron, de que modo han 
creído y á que fin han marchado aquellas colectivi- 
dades anacrónicas ahora, ve á la humanidad repetida 
en una eterna regeneración. Esos combatieron por la 
vida como nosotros; su ideal fué un momento la for- 
ma próspera, con la cual dominaron la inmensa hos- 
tilidad latente que el universo opone al dominio de su 




General D. CarlOB Marfa de Alvear 



Situación política y social del país 49 

animálculo racional; sus pasiones, al igual que las nues- 
tras, buscaron el placer sin gozarlo nunca, como re- 
baños muertos de sed antes de llegar al abrevadero; 
sus virtudes^ gotas de agua en la sombra, estubieron 
cavando, llora que te llora, la ardua roca del egoísmo 
humano, donde labra el progreso estalactitas tan bellas 
y tan frías » 

En la época que estudiamos, la autoridad central lan- 
guidecía, trabajada por sus propios errores, su debilidad 
orgánica y su falta de orientación política. 

En realidad carecía de base nacional. Todas sus raí- 
ces se alimentaban del rico limo social y político de Bue- 
nos Aires, pero la secular capital del extinguido Virrey- 
nato no era el país, que la resistía, y los peligros, todos, 
graves y apremiantes, asediaban á ese poder mas nomi- 
nal que real, sin imperium en el territorio de las demás 
provincias, sin prestigios y sin vinculaciones nacionales 
sólidas, que le dieran autoridad efectiva y aliento moral. 

La liga de los gobernadores litorales, inspirada por el 
fatal Artigas dirigía, sus legiones sobre Buenos Aires. 
En el interior todo estaba ó parecía estar listo para se- 
cundar á los caudillos de Santa Pé, Entre Ríos y Corrien- 
tes, alzados contra la Constitución Unitaria del año 19,. 
el Congreso Nacional (otra ficción ó sombra) y el Direc- 
torio, cuya caida reclamaban, alentados por el prospero- 
suceso de sus armas al travez de un decenio de lucha á 
que había dado bandera el ideal federalista do Mariano 
Moreno — alma de místico apasionada y ardiente — bastar- 
deado por el caudillaje y confusamente comprendido por 
los pueblos. Así, el país se encontraría embarcado en 
la solución paralela de dos grandes problemas, interno eP 
uno, nacional, social y político; internacional y excéntrico 
el otro. Ambos se operarían por las armas — fuente de- 
la democracia según Grink — debilitando el organismo ar- 
gentino, con perjuicio del mas inmediato y vital, que era. 
la independencia política de la metrópoli española, aum 



^0 Situación política y social dbl país 



ího consumada, puesto que sus legiones vivaqueaban en 
el norte de la República, contenidas por Güemes. 

AflUQlla lucha sorda, obscura y sangrienta del caudi- 
llaje, alzado en nombre de la federación (que serla des- 
:pues repudiada como un estigma de oprobio bajo Rozas) 
para encubrir en muchos casos el secreto propósito de 
Jos mandones litorales y del interior, ganosos de con- 
rquistar la independencia local de sus estados, para domi- 
.narlos sin control, no tardaría en dar su alarido de pelea 
. general, precipitando al país en el caos. No eran en ge- 
. neral principios institucionales los que se controvertían; 
eran intereses mezquinos, personales y localistas que ha- 
íbían ya dado su fruto en el Paraguay y en el Uruguay, 
'Con desgarramientos dolorosos que serían definitivos. 
Bíyo aquella resistencia al unitarismo palpitaban tam- 
* bien intereses de ese orden, servidos inconscientemente 
por las masas ineducadas y bravias, y el odio intenso ó 
las simples celosas resistencias á las cosas y á los hom- 
ibresde Buenos Aires, á que no pudo ó no se supo subs- 
. traer mas tarde ni el cerebro ponderado de Alberdi, en 
•días. mas tranquilos, que no lograron serenar sus pasio- 
nes, ni detener su pluma batalladora de sectario mas que 
-de apóstol, de combatiente enconado, ^^' permaneciendo 
inmutable en sus amarguras, cuando todo evolucionaba 
en torno suyo, contrariando así el concepto moral y filo- 
sófico del estadista moderno, bosquejado por Disraeliy 
.:por Thiers. Nada había sido parte á desarmar esos odios, 
í'csos celos V esas ambiciones; ni los constantes sacrifi- 
•<3Íos de JBuenos Aires en aras de la causa común, ni 
su propia renuncia de 1816 á continuar siendo la ca- 
;pital .política del país, como antes lo había sido del 
Virrey nato. 
Vino entonces la anarquía, larga y doliente noche 



(1) De los escritos de Alberdi dos cosas queremos dejar á salvo de este jui- 
« cío: Las Bases, con su sistema rentístico, que hacen honor por igual al país 
vy al autor. 



Situación política y social del país 51 

que tuvo sus horas de serenas y nobles espectativas 
nacionalistas, bajo el breve gobierno del virtuoso y pa- 
triota general Las Heras, y que la efímera y genial pre- 
sidencia de Rivadavia trastornaría de nuevo, en plena 
guerra con el Brasil, trayendo á López, á Dorrego^ á 
Lavalle y á esa serie de gobernantes y de cosas ins- 
tables, aunque puras, entre las cuales se incuba Rozas 
el sangriento, y su época 

Amenazado el general Rondeau, Director Supremo 
del Estado, por la Liga de los gobernadores del litoral, 
cuyas legiones á las órdenes de Ramírez de Entre Ríos, 
López de Santa Fé y el siniestro Carreras, marchaban 
sobre Buenos Aires, impartió órdenes perentorias y an- 
gustiosas á los generales del ejército del Alto Perú y 
al de Los Andes — que en esos momentos remontaba 
sus cuerpos en Cuyo^ destinados á la realización de la 
campafia ^libertadora del Perú — para que bajaran con 
sus tropas y salvaran al país de la guerra civil y de 
la disolución acaso, según esos temores. 

Este plan del Directorio — dice el ilustre general Mitre 
en su Historia de Belgrano — por el que se abandonaban 
las fronteras y se renunciaba á la expedición al Perú, 
centro supremo y formidable todavía de la resistencia 
española «era absurdo y cobarde, política y militar- 
mente considerado. Esto equivalía á entregar las pro- 
vincias del norte argentino á los realistas del Alto Perú, 
romper la alianza con Chile, desertar la guerra ameri- 
cana, y librar todo el resto del territorio argentino á 
los caudillos y á la anarquía, dando pábulo á la con- 
flagración general. Si tal reconcentración se hubiese 
realizado, preservando por ella á la provincia de Bue- 
nos Aires de los males de la guerra y la anarquía, 
este resultado negativo habría importado la disolución 
nacional de hecho, el aislamiento del poder general y 
el divorcio con los intereses de las demás provincias. 
Había que emprender en seguida una guerra de con- 
quista y de ocupación militar contra todo el país insu- 



52 Situación política y social del país 

rreccionado, en que los ejércitos se gastarían estéril- 
mente, si es que no concurrían al desorden». 

El general San Martín, por lo pronto, desobedeció 
respetuosa pero abiertamente al llamado del Director^ 
asumiendo fría y deliberadamente ante el gobierno,, 
ante el país y ante la historia, la entera responsabi- 
lidad de su conducta que ha sido juzgada con criterio 
diverso^ de cuartel no pocas veces. 

Es indudable que el concepto de la disciplina pasiva 
y férrea, de esa disciplina que reclama y exige una 
obediencia absoluta y ciega^ haciendo una simple cosa 
mecánica de un hombre, le «ordenaba» obedecer, pero 
es que no se trataba de una cosa en este caso. Se 
trataba de San Martín^ que, al cabo de cuánto ocurría 
y de los móviles personales que movían á los actores,^ 
estaba en condiciones de pesar no solo la importancia 
real de la lucha interna que se disonaba — á la que su 
grande alma de estoico asistiría con honda congoja de 
patriota — sino también de que esta lucha no iba con- 
tra los vínculos de la nacionalidad, que era un hecha 
indestructible. Para él, la nacionalidad argentina reci- 
biría el golpe de muerte si se abría á los realistas las 
fronteras del Norte y, sobre todo y especialmente, si 
se dejaba sin efecto su proyectada campaña del Perú, 
que malogrando los frutos gloriosos de las grandes y 
geniales jornadas argentinas de Chacabuco y Alaipo^ 
con el concurso chileno, haría fracazar la conjunción 
estratégica y decisiva de las dos corrientes libertadoras 
del Plata y del Orinoco, en el suelo de los Incas, para 
dar el golpe supremo y final al poder secular de la 
metrópoli, sin el cual el problema de la emancipación 
quedaba en pie. Así, entre los dos peligros, limitado y 
transitorio el uno, vital, fundamental y permanente el 
otro, acudió al mayor, sabiendo bien á lo que se ex- 
ponía con ese acto de suprema responsabilidad que 
parece extraña, porque todo lo que es grande y que sale 
del horizonte común produce asombro cuando no vitu- 



Situación polItica y social del país 53 

perio, por lo mismo que es difícil penetrar sus causas. 

He hizo bien el libertador sud-americano! Su reso- 
lución, si no logró evitar la guerra intestina, que acaso 
tampoco habría muerto con su personal intervención 
armada, impidió que la mayor parte de los cuerpos del 
inmortal ejército que se remontaban én Cuyo, fueran 
arrastrados por la obscura turbulencia, y puso á salvo 
la obra de la independencia nacional, fundando la pe- 
ruana, que era entonces el miembro magno y el nudo 
del problema militar y político de la América insu- 
rreccionada. Los hechos y los resultados, ademas, da- 
rían razón á su actitud. Las luchas de las montoneras^ 
dolorosas y sangrientas todo lo que se quiera, pasarían, 
como las sombras fatales de una pesadilla; como los 
cruentos dolores de un alumbramiento. Quedaría la 
patria, independiente y libre, atada con broche do acero 
forjado al calor de fuentes inestinguibles y gloriosas, 
á la desobediencia histórica del gran capitán argentino! 

El benemérito, el noble general Belgrano, ^^^ ya no co- 
mandaba al ejército del Alto Perú, cuya vida se había 
prolongado entre triunfos luminosos y contrastes san- 
grientos, inferiores á su temple cívico y á su espíritu mi- 
litar y guerrero. Pero ahora «era como un cuerpo sin 
alma penetrado por la anarquía en tres años de inacción 
estéril», trabajado por el infame motín que el 11 de 
Noviembre de 1819 había encabezado en Tucumán, el 
Capitán Abrahan González. Lo regían el general Pran- 
<iisco Pemandez de la Cruz y Bustos, animados ambos de 
muy distinto espíritu, como veremos. Con un total de 
3000 hombres, el ejército se movió el 12 de Diciembre de 
1819 de su campamento del Pilar, de la provincia de Cór- 
doba, camino de Buenos Aires, en virtud de las ya cita- 



(1) Murió en Buenos Aires el 20 de Junio de 1820, en el hogar paterno, pro- 
nunciando estas melancólicas palabras: «Pensad en la eternidad á donde voy, 
y en la tierra querida que dejo. Yo espero que los buenos ciudadanos traba- 
Jarán por remediar sus desgracias». El 28, el gobernador Soler era derrotado 
«en la Cañada de la Crus, por Estanislao López, de Santa Fél 



54 Situación política y social del país 



das órdenes de Rondeau, dando melancólicamente la es- 
palda al NortC; teatro de su gloria y de sus dolores pa- 
sados, á los que ya no volvería! 

El día 7 de Enero de 1820, el ejército campaba en la 
posta de Arequito, sobre la margen solitaria de aquel 
mismo rio Carcarañá, cuyas aguas habían asistido á la 
tragedia de Sancti Spiritus^ poetizada por la figura de una. 
mujer hermosa y oscura, en los días de Gaboto. En las 
vecindades, las legiones gauchas, enfermas del veneno 
artiguista, merodeaban, como los chacales que esperan á. 
la presa, á la que acosan sin atacarla de frente. 

Era la media noche de ese día. El silencio intenso del 
desierto señoreaba al campamento dormido, ^^^ bañado en 
la difusa luz melancólica de los astros lejanos y miste- 
riosos. Pero no todo dormía en él y cerca de él: la mon- 
toTiera, rumorosa y avisera, velaba cercana, y en el cam- 
po velaba el delito, como esperando mayores sombras y 
mayor sueño, para no ver el rostro de la propia despierta 
conciencia acusadora. Velaba Bustos, velaba Paz, ¡el 
general D. José María Paz!, velaba Heredia, velaban 
otros: todos los conjurados en el crimen de aquélla no- 
che nefasta y triste, engañados los unos por Bustos y 
Heredia, los otros perfectamente impuestos de los mó- 
viles del motín! 

Fué Paz, el futuro vencedor de Ituzaingo, La Tablada 
Oncativo y Caá-Gtiazú, el primero que cortó el nudo 
empañando el brillo de sus limpias charreteras! Se alzó 
con el Regimiento de Dragones, á cuyo jefe, el coronel 
Zelaya, arrestó! A este cuerpo, siguieron otros, algu- 
nos incompletos, cuyos jefes habían sido previamente 
presos, por no responder al motín. Con las luces del 
nuevo día aparecieron en dos líneas los soldados de 
Tucumán y Castañares; de un lado, los sublevados por 



(1) El servicio de vig:ilancia, por disposición de Bustos, lo daba esa noche- 
el primer escuadrón del Reg:imiento Húsares, al mando del capiUn José 6 Ma- 
riano Mendieta, con una avanzada al mando del teniente José Seg^undo Roca 
Esta fuerza fué también de la sublevada. Lamadrid, Memorias, 



Situación política y social del país 55 

Bustos y Paz; del otro, una parte del regimiento nú- 
mero 2, los regimientos números 3 y 9 de infantería 
con sus jefes los coroneles Pico y Domínguez, el segundo 
escuadrón del Regimiento Húsares (160 plazas) con La 
Madrid y la artillería, al mando de Ramírez (^^ . Esta- 
ban frente á frente, en actitud de combate, «sin ban- 
dera ni credo la una; sin nervio ni esperanzas la otra» 
(Mitre). El 9, después de algunos episodios dolorosí- 
simos y de' nuevas defecciones de los fieles del 2, 3 y 
9 y algunos artilleros, el general Cruz entregaba las- 
reliquias de su hueste á Bustos^ que se había sublevado- 
para no Juicer la guerra civil, — dice Paz en sus Memorias y 
— el que se puso en marcha sobre Córdoba, que lo re- 
cibió triunfalmente y que fué luego sojuzgada, apoderán- 
dose del mando político, apoyado en las bayonetas de los 
sublevados de Arequito que serían las armas pretorianas 
y obscuras de su dominación feudal, liberal y federalista 
según él. Estos sucesos se completaban con la suble- 
vación del Regimiento número 1 de Cazadores del ejér- 
cito de los Andes en San Juan, de cuyo contagio salvó 
el coronel Alvarado á los Granaderos á caballo, que se 
remontaban en San Luis, y á los Cazadores á caballo, 
que lo hacían en Mendoza, con los que repasó preci- 



(1) Mitre, Historia de Belgrano—F&z, Memorias. La Madrid, Metnortas. Paz 
abandonó á Bustos cuando se convenció de que este lo había eng^aftado, dicién- 
dolé que el movimiento respondía á volver al Norte, para continuar la gue- 
rra contra los espafioles. 

El doctor López, en su Historia Argentina, tomo VIII, cap. I, hace g^raves 
y severos cargos al entonces comandante José María Paz, á quien supone le- 
jos de haber sido engrafiado por Bustos, antes bien cree que todo se hizo de 
perfecto acuerdo entre ellos, aunque desconfiándose mutuamente y dispuestos 
ambos á dos á engañarse en beneficio de sus particulares ideas y propósitos. 
Sin duda que hay pasión en la pluma del eminente historiador, pero es, no 
cabe dudarlo, una pasión noble y patriótica, de la que otros historiadores par 
ticipan. 

La Madrid, en sus Memorias, no es menos severo al juzgar los sucesos de 
Arequito. Fué él también el único jefe que aconsejó al General Cruz medi- 
das enérgicas contra los sublevados, proponiendo fueran sometidos inmediata- 
mente por las armas, consejo viril propio de su alma batalladora, que fué de- 
soldó por el general, convencido acaso de la inutilidad de este nuevo y san- 
griento escándalo. 



B6 Situación política t social del paIs 

pitadamente á Chile, llevando á San Martín an millar 
de brillantes ginetes. 

Tal fué en síntesis el génesis activo de la anarquía 
argentina, que perduraría vigorosa y amenazante^ en los 
mismos días de la guerra con el Brasil, paralizando los 
esfuerzos patrióticos de los gobiernos nacioTiálea de Buenos 
AireSy dificultando los planes sólidos y brillantes de Al- 
vear é inutilizando el triunfo glorioso de Ituzaingo en el 
teatro de la guerra y en el campo de la política inter- 
nacional argentina de la época, con la pérdida definitiva 
de la provincia de Montevideo. 

El pronunciamiento de Arequito no es una causa, es un 
efecto; un medio fatal de manifestarse el hondo males- 
tar latente de una sociedad política embrionaria, super- 
ficial y enferma. Es como un proceso geológico de la 
súbita formación de los volcanes. Los centros de pobla- 
ción argentina constituían sin duda una unidad territorial 
y una unidad tradicional, fortalecidas ambas en los co- 
munes esfuerzos y sacrificios por la independencia nacio- 
nal, pero estaban demasiado alejados los unos de los 
otros como para penetrarse y conocerse mutuamente. 
Eran como un vasto archipiélago de islas separadas por 
amplios y profundos espacios de mar, llenos de escollos 
— las prevenciones del espíritu regionalista. — Consti- 
tuían focos naturales de pasiones é intereses locales, 
propicios para incubar el tipo social y político del cau- 
dillo, — como en el antiguo klan, — que celoso de su autori- 
dad, gustando del aislamiento en un caso, ó de la espansión 
de su poder y de su influencia personal en el otro, hallaría 
en el federalismo criollo el resorte capaz de asegurarle su 
dominación, y el pretexto principista de su obstinada 
resistencia á toda organización de una autoridad nacio- 
nal y central, de filiación federal, unitaria ó realista, que 
no fuera la propia. A las enormes distancias, á las dife- 
rencias topográficas del suelo, del clima, de los productos, 
de los medios de vida, del distinto grado de civilización, 
se unían las mismas diferencias étnicas de raza y origen 



Situación política y social del país 57 



que, aunque no muy profundas, eran bastantes para carac- 
terizar entre sí á varias provincias, hasta por el vínculo 
ordinario y normal del idioma de sus habitantes rurales, 
montañeses ó llaneros, acentuando así esas resistencias 
instintivas de las masas y calculadas de los caudillos- 
:gobernadores á todo poder central fuerte y respetable. 
Así, el artiguismo nos parece ser el arquetipo del sistema 
•caudillesco de impura estirpe, dañino y contrario á los 
intereses sociales, nacionales é institucionales argen- 
tinos. 

La sublevación de Arequito resulta la manifestación 
TMtural de un momento histórico en que todo parece pre- 
parado para la catástrofe. Precipita la descomposición 
nacioal y trae el debilitamiento de los vínculos generales. 
El país entero, sacudido por el hondo espasmo, se hunde 
-en ese limbo que clarea con siniestros relámpagos de 
tragedia. Solo Buenos Aires, aunque enferma también 
y contagiada^ permanece de pie, armada de los atributos 
salvadores de la sociedad. Es el Arca de la tradición 
-que flota solitaria y simbólica en aquel naufragio de 
tantas esperanzas. Batida por todas las tempestades, 
resiste como una roca de basalto (que guarda en su entra- 
ña los ideales supremos de la revolución de Mayo), las em- 
bestidas que la azotan sin descuajarla, mientras llegan á su 
puerto, buscando el calorde su hogar, los grandes náufra- 
gos de las provincias hermanas, los nobles corazones que, 
sacerdotes incontaminados del dogma proclamado por 
Mariano Moreno, le traen los anhelos y las palpitaciones 
generosas y patrióticas del alma nacional que vive y 
espera á los hijos pródigos de la patria. En sus manos 
arderá, aunque con intermitencias ó desfallecimientos 
pasageros, el fuego sagrado del hogar nacional, á cuya 
luz y á cuyo calor se unirán mas tarde, cumplido el 
ciclo de prueba, los miembros dispersos de la gran fami- 
lia. En Buenos Aires se escucha entre tanto el verbo 
ardiente del Sermón de la montaña de la democracia argen- 
tina, que, entre acciones y reacciones de los hombres y 



58 Situación política y social del país 



las cosas, educa, convence, suaviza las viejas asperezas 
y cicatriza, lentaraente/las eaconaiáas heridas, preparan- 
do el triunfo de las nueras ideas que despejan el camiK) 
donde se opera la evolución salvadora de los altos inte- 
reses en pugna, y se modelan los moldes definitivos de 
la patria grande. 

Pero ¡ cuántos dolores y cuánta confusión brota entre 
tanto del seno tormentoso y sombrío del aflo veinte T 

En el interior luchan las distintas oligarquías para 
imponer las respectivas influencias, á cuya cabeza está 
Bustos de Córdoba, que reúne una sombra de Congreso 
Nacional Constituyente sin ambiente, sin cuerpo ni alma 
nacional, que se debate en el vacío y que escarnece Ra- 
mírez, el prepotente gobernador de Entre Ríos. 

Buenos Aires continúa luchando con varia fortuna con 
el caudillage que diremos artiguista del litoral, con el 
que chocan sus tropas en Cepeda, el 1° de Febrero. La 
anarquía interna devora las entrañas de la noble provin- 
cia, sin hallar el punto de equilibrio y de paz. Sus go- 
biernos son más que efímeros. Rondeau y el Congreso, 
caen y asume el poder el Cabildo, el 11 de Febrero, que 
el 16 lo deposita en las débiles manos de D. Manuel de 
Sarratea, elegido gobernador, el que es depuesto por el 
mismo Cabildo el 6 de Marzo, que nombra en su reemplazo 
al general D. Juan Ramón Balcarce quien dura hasta el 
12, reemplazado de nuevo por aquél, que á su vez por re- 
nuncia, abandona el cargo, siendo suplantado por doni 
Ildefonso Ramos Mejía, nombrado el V de Mayo por la. 
Junta de Representantes, í^' el que renuncia en seguida, 
á causa de que el general Soler, aliado de Ramírez y 
acantonado en Lujan con las tropas y milicias á sus- 
órdenes, se hace nombrar Gobernador y Capitán General, 
por el Cabildo local, elección que el de la capital se ve 



(1) Esta Junta nombró un tribunal para residenciar las administraciones de 
Pueyrredón, Rondeau y Sarratea, y otro especial, militar, para jttzg:ar á Bal 
caree y Alvear. 



Situación política y social del país 59 



forzado á ratificar el 22 de Junio, después de vagos pujos- 
de resistencia y «piara evitar males mayores». 

Entre tanto, Estanislao López, gobernador de Santa. 
Fé, al frente de unos 1400 hombres (llamado ejército en 
el vocabulario gauchi-militar de la época), — entre los 
cuales están unos 400 chilenos con José Miguel Carreras 
que alcanzarán después siniestra celebridad con su jefe, — 
y también el general Alvear, acompañado de un crecido- 
número de jefes y oficiales y un escuadrón de milicianos 
porteños, había invadido Buenos Aires, encontrándose eV 
26 de Junio á la altura del pueblo de San Antonio de- 
Areco, 

El general Soler, al frente de dos millares escasos de- 
hombres, de las tres armas, rápidamente organizados, se 
puso en marcha contra López con el que chocó, en la 
mañana del 28, en la Cañada de la Cruz. 

El combate se mantuvo indeciso un tiempo, pero ha- 
biendo sido copado por las fuerzas de López un batallon- 
cito de infantería (Cazadores, 300 plazas)^ que se empan- 
tanó materialmente al intentar vadear la cañada en un. 
movimiento envolvente, se pronunció la victoria por Ló- 
pez y que terminó con el casi completo desbande de las 
fuerzas de Soler, el que se dirigió con sus reliquias hacia 
la capital, ^^^ consternada con la no esperada noticia der 
desastre que dejaba todo el norte de la provincia, hasta 
la línea del rio de las Concfias, en poder del vencedor. 

El general Soler, amargado mas que por el contraste 
reciente, por el espectáculo de la profunda desorganiza- 
ción reinante en la capital, la abandonó el 1^ de Julio, 
dirigiéndose en un barquichuelo á la Colonia, después de 
presentar, por medio de una nota, la renuncia de su car^ 
go de gobernador ante el Cabildo, protestando en ese do- 



(t) El Coronel Don Vicente Pagóla logró retirarse del campo de la acción- 
con un núcleo organizado de tropa. Creyéndose arbitro de la situación, pensó^ 
suplantar á Soler y se declaró manu mtUiari, gobernadorl Este torpe aten- 
tado fué nnánimente condenado, siendo el autor despojado de toda autoridad 
y mando, el 4 de Julio. 



60 Situación polItica y social del país 

•<^umento, de que su dimisión y su ausencia del país «era 
lo único que le presentaba la prudencia para no ver re- 
petidos los excesos de horror con que se han señalado 
las jornadas de cinco meses á esta parte.» Palabras! 
López, entre tanto, considerándose arbitro de la situa- 

*ción y como si se tratara de un departamento de Santa 
Fé, tuvo la insolencia de desatender las gestiones de paz 

-que inició con él el Cabildo de Buenos Aires y convocó 
en Lujan una Junta electoral la que, «bajo la protección 
del Gobernador y Capitán General de Santa Fé y bajo los 

. auspicios del qjército federal t^, ^^^ eligió y proclamó Gober- 
nador y Capitán General de Buenos Aires, al General 
D. Carlos María de Alvear, el 1° de Julio de 1820, decla- 
rándolo salvador de la patria, 

Pero el Cabildo no se dá por vencido. Insiste en un 
acuerdo con López. Los comisionados de aquél se en- 

-cuentran con Alvear en el Puente de Márquez, que los re- 
cibe con fiera arrogancia y les dice: «Ya una vez me han 

•depuesto ustedes del gobierno, pero no volverán á ha- 
cerlo otra vez, porque si lo intentaren, colgaré de la 
horca á medio Buenos Aires»; palabras duras y extra- 
ñas en los labios de Alvear, ni dignas de su pasado ni 

Justificadas por su conducta ulterior; palabras amenazan- 
tes y sombrías que nada explica sino el desequilibrio 
moral de su alma en aquél obscuro momento de su vida, 
enferma de la influencia de la gaucho-cracia litoral y ex- 
trangera de Carreras í^> . 
El Cabildo recoge varonilmente el guante y el 6 de 



(]) Palabras del Acta de la Junta, constituida en 24 horas por los jueces 
pedáneos de los puntos vecinos de Lujan, hombres obscuros y sin luces, me- 
ras máquinas del vencedor. La tal Juntn, además, levantó la proscripción que 
pesaba sobre Alvear. 

{2) Sus corifeos y enemigos harían de estas duras expresiones, magnificán- 
dolas y dándoles importancia exagerada— un arma cortante de combate y de 
resistencia contra Alvear, al que acusaban además de haber intentado entregar 
las Provincias Unidas á la Inglaterra (negociación García con Lord Strang- 
ford en Rio 1815,} traicionando la causa de la independencia nacional, reme- 
morándose además el hecho de haberse negado el ejército del Alto Perú, en 
*i815, á reconocer su autoridad y prestarle obediencia, etc. 



Situación política y social del país 61 

Julio (1820) inviste con la suprema autoridad política y 
militar al coronel D. Manuel Dorrego, el que afronta 
enérgicamente la situación, delega el mando de la provin- 
cia en el general Marcos Balcarce, organiza algunas 
fuerzas y abre operaciones contra el enemigo, secundado 
por el general D. Martín Rodríguez, el coronel La Madrid 
y por el coronel de Milicias Juan Manuel de Rozas, que 
se le incorpora con un cuerpo de 600 hombres de caba-^ 
Hería inorgánica, que llama Colorados del Montea (nombre 
extraño y siniestro), con los que abre el funesto período- 
de su actuación militar y política. 

Dorrego ^^^ era simpático á las turbas, pero resistida 
con apasionada energía por la mayoría de la clase culta. 
y conservadora, por su carácter dominante, altanero, 
autoritario y mordaz, no exento de delicadezas nativas y 
adquiridas. Contaba, empero, con nobles amistades, ga- 
nadas por el conocimiento que se tenía del fondo caba- 
lleresco y patriótico de su alma, fervorosa y sana; por el 
prestigio glorioso de su pairado militar; por sus talentos 
y las vinculaciones de su casa con las mas distinguidas 
de entonces, lo que no bastaba sin duda para darle toda 
la necesaria autoridad de que carecía y que los sucesos 
reclamaban, para no ser dirigido por ellos y por ellos sa- 
crificado. El ambiente^ en suma, no le era propicio en 
aquellos momentos, como le sería después, aunque con 
infausta suerte personal^ en 1828. 

López, con el grueso de sus fuerzas, establece su cuar- 
tel general en Santos Lugares y extiende su línea hasta, 
el Arroyo Maldonado, mientras Alvear con Carreras es- 
tán en el pueblo de Morón, con puestos avanzados sobre 
Flores y la Chacarita y patrullas que llegan hasta Monse- 
rrat y Recoletos^ las goteras de la ciudad entonces. 

Pero ante el brioso empuje de Dorrego, el temible cer- 
co se contrae y retrocede. La Madrid, dá un recio golpe 



s 

(1) «FÍ£^ra militar y política llena de luz y de sombras,» dice Rodolfo W. 
Carransa; expatrlado por el Director Pueyrredón el 15 de Septiembre de 1816. 



6- Situación política y social del paIs 

en Lujan al enemigo, el glorioso día 9 de Julio. López, 
que se vé al fin en una situación insegura y peligrosa, 
levanta el sitio y se repliega al norte, acosado por Do- 
rrego, que lo empuja y persigue con una división de 2000 
hombres. 

López, después de licenciar algunas milicias, establece 
su campamento sobre el arroyo de Pavón, mientras Al- 
vear con Carreras, se sitúa en San Nicolás de los Arroyos 
— titulándose siempre gobernador de Buenos Aires, — 
donde los busca Dorrego y los bate y deshace completa- 
mente el día 2 de Agosto. 

El triunfo de este día y el que el mismo Dorrego con- 
siguió sobre López á quien derrotó con una sola carga 
de caballería el 12, en Pavón, arrojando los restos de su 
destrozada y perseguida división sobre el río Carcarañá, 
, fueron decisivos. López entró en oberturas de paz — no 
sinceras — y de concordia, á que lo invitó noblemente su 
vencedor. Alvear, falto de apoyo y desterrado por Ló- 
pez, se retiró á Montevideo. Todo hacía presagiar el tér- 
mino ó una larga tregua á tantos y tan dolorosos males. 

No será así, por desgracia. El Gobernador Dorrego que 
ha quedado al frente de una pequeña fuerza — pues Ro- 
dríguez y Rozas lo han abandonado licenciando las su- 
j^as, por ser contrarios á la continuación de la gv£rra — es 
batido poco después, el 2 de Septiembre, en la infausta 
jornada de la cañada del Gamonal, en territorio santafe- 
cino, retirándose el vencido á San Antonio de Areco con 
su división en esqueleto, desalentada ó anarquizada, que 
ha perdido la fé en su capitán y á quien el último con- 
traste debilita sus prestigios en la ciudad. Es depuesto 
de su alto cq,rgo político y militar por una Junta, que el 
,26 de Septiembre lo reemplaza con el general D. Martín 
Rodríguez. 

Pero los amigos y partidarios de Dorrego, aliados á los 
de Sarratea y Soler, conspiran y organizan un movi- 
miento armíido, apoyados en el mismo Cabildo que ha 
protestado de la elección de Rodríguez. 



Situación política y social del país i>3 

Después del toque de silencio, en la noche del 1° de 
Octubre, el coronel D. Vicente Pagóla, soldado ambicioso 
y anárquico, subleva en su cuartel del Retiro al batallón 
Fijo. Las demás tropas comprometidas, se levantan igual- 
mente y se apoderan con Pagóla de la plaza y del mando, 
<iontando con un total de 1500 á 1600 soldados. Rodríguez 
übandona la ciudad en la madrugada del 2, y se sitúa en 
Barracas con sus parciales y algunas tropas^ donde se re- 
fuerza y fortifica hasta que al fin, bajo la presión de los 
sucesos, el descontento que Pagóla produce con sus actos 
j las enérgicas conminaciones y amenazas de Rodríguez, 
el Cabildo cede y reconoce la autoridad del general en 
la madrugada del 5, el que ocupa la ciudad esa misma 
tarde, después de un encarnizado combate en las calles y 
plaza de la Victoria. Juan Manuel de Rozas, que ha defec- 
•cionado como sabemos la causa de Dorrego, acompaña 
ahora á Rodríguez, al freníe de dos regimientos de ca- 
l)allería gaucha, vestidos de sangrientos uniformes de 
bayeta roja. Extraña y fatal alianza! Por fortuna, ningún 
exceso ni crueldad alguna manchó el triunfo de aquellos 
•escuadrones dantescos y formidables. 

Tranquila la ciudad, la abandona Rodríguez el 21 de 
Octubre, al frente del ejército, en marcha contra López, 
de nuevo en campaña contra Buenos Aires. 

No se van á las manos, por fortuna. Rodríguez tienta 
los recursos pacíficos. Bustos, de Córdoba, apoya esta po- 
lítica y López, que tampaco se siente fuerte, no lá resis- 
te. Es como un soplo refrigerante que atempera las en- 
conadas corrientes de las pasiones del día. El 24 de 
Noviembre, en la estancia de Benegas, cabe las pintores- 
ca8 márgenes del histórico Arroyo del Medio, perfumadas 
por los trebolares regionales, los diputados de Buenos 
Aires y Santa Pé y los de Córdoba como mediadores, 
subscriben el «Tratado definitivo y perpetuo de paz» en- 
tre las dos provincias, del que sale garante el gober- 
.nador Bustos. No será perpetua ¡ay!, pero inicia una era 
de descomposición orgánica de la funesta Liga caudillesca 



64 Situación política y social del país 

litoral arrebatándole las arteras ventajas alcanzadas el. 
23 de Febrero por el instrumento del Tratado del Pilar, y 
arrojando entre sus miembros semillas de mutuas des- 
confianzas que los distanciarán entre sí, con ventajaa^ 
para la causa pública. 

José Miguel Carreras y «sus chilotes», derrotados y des- 
hechos por el coronel Dorrego en San Nicolás, como he- 
mos visto, por todos resistidos y de todos repudiados, 
ganan el desierto en demanda de seguridad, de asilo y de 
aliados que no tienen entre las gentes civilizadas. Carre- 
ras llega á los aduares pampeanos y, con la promesa del 
botín seguro, acaudillando sus tribus, infama su vida y 
su memoria en el asalto, incendio, saqueo y asesinatos 
del pueblo del Salto. Prosigue luego con sus vándalos la 
siniestra jornada, llevando el terror á las pacíficas co- 
marcas que cruza hasta que al fin, vencido por el coman- 
dante don Albino Gutiérrez, mendocino, en el combate 
de la Punta del Médano y prisionero después de su derro- 
ta, es fusilado en Mendoza el 4 de Septiembre de 1821^ 
como reo de crímenes comunes! 

Francisco Ramírez de Entre Ríos, en pugna ya con 
López y después de ser derrotado por Bustos de Cór- 
doba, en Cruz Alta, y por aquél en Coronda, recibe el 
golpe final que le asesta Don Francisco Bedoya, gober- 
nador interino de Córdoba, el 10 de Julio, en San Fran- 
cisco ó Fuerte del Tío, donde rinde con heroica y so- 
berbia fiereza la vida, en defensa de su poder y de su 
dama, como un cruzado legendario! ^^^ 



(1) Ramírez, consumada la total derrota de su tropa, abandonó el campo 
del combate, acompañado de doña Delfina^ su hermosa y fiel amiga, escoltado 
por un pequeño grupo de sus soldados. En la persecución de que fueron ob- 
jeto, la dama fué apresada. Ramírez, al notarlo, volvió grupas y la arrancó- 
personalmente, á fuerza de armas, de manos de sus enemigos: ella se salvó, 
pero él, herido de un balazo mortal en este dramático episodio, cayó de allí 
á poco, del caballo. Fué degollado y su cabeza remitida á López, como un 
trofeo, el que la envió á Santa Fé, envuelta en un cuero de oveja, para que, 
encerrada en una jaula de hierro, fut-ra espuesta ala espetación pública! López^ 
dando cuenta al general Rodríguez de la derrota y muerte del infortunado cau- 
dillo, le decía: «La heroica Santa Fé^ ayudada por el Alto y las aliadas pro 






BANDERA DE LAVALLEJA LLAMADA DE LOS 33 



BANDERA DE ARTIGAS 



Situación política y social del país 65 



Artigas, por su parte — encarnación del alma localista y 
nacionalista de su patria infortunada y gloriosa, — que- 
brantado y roto su poder militar en el Catalán y en 
Tacuarembó ^^^ que consuman por las armas la conquista 
brasilera, como ya lo hemos dicho en el capítulo I, asilado 
en Corrientes primero, donde en vano hace oir su voz el 
Protector de los pueblos libres, ^2) que resuena con acen- 
tos extraños y extrangeros, se lanza con los fieles que 
aún le quedan sobre Entre Ríos, que sueña someter por 
la astucia ó por la fuerza á su dominio, para recons- 
tituir su ya muerto ascendiente, y su pasado y sombrío 
poderío en un suelo que no es ni el de sus afecciones 
ni el de su nacimiento. 

Ramírez, argentino antes que todo, resuelto á man- 
tener su propia independencia y la de la provincia^ 
se prepara á rechazar al jefe invasor, quien, batido 
y destrozado sucesivamente en los combates de la 
Bajada^ en el Sauce de Luna y en Abólos, acompañado- 
solo de su fiel asistente, el abnegado negro Ansina, huye 
al Paraguay, donde termina, miserable y obscuro su 
vida y su destino, el 23 de Septiembre de 1850, á 
los 86 años de edad, endulzados acaso en sus últimos 
momentos por el espectáculo de su patria, aunque para 
él ingrata, libre é independiente. 

La desaparición obscura de Artigas y trágica de Ra- 
mírez y Carreras, quita materiales al incendio del aña 
20 en el litoral, y amortigua los focos correspondientes- 
del interior. Buenos Aires respira un momento y da 
una viril y altiva respuesta á los regios representantes- 
de Fernando VII, venidos en el «Aquiles» <^^ en nom- 



vincias, ha cortado en guerra franca la cabeza del Holofernes americano.» 
Bárbaro! 

(1) £1 4 de Enero de 1817 la primera (fueron dos combates y dos derrotas en un 
mismo día. las acciones del Catalán), y el 27 de Enero de 1820 la segunda. 

(2) Titulo Que se hada dar Artigas, que no solamente batallaba por la sc- 

f^regación definitiva de la Provincia Oriental, sino que pretendía arrebatar á 
a República Argentina las provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones. 
Era, pues, un enemigo en las ideas y en los hechos, de la integridad territo- 
rial argentina y á ello tendió toda su vida. 
(8) Estos comisionados regios eran el coronel Don Manuel de Herrera; 



66 Situación política y social del país 

%re de una quimera. La fuerzas conservadoras y el sen- 
timiento de los vínculos nacionales argentinos se re- 
templan. En el Perú y en las fronteras del norte, 
nuestras armas redentoras chispean, gloriosas, augurando 
las dianas triunfales de la América manumitida por el 
solo esfuerzo de sus elementos nativos, y las jornadas 
definitivas de Junín y Ayacucho. 

La administración del general Rodríguez que se pro- 
longa hasta el 2 de Abril de 1824 — en que fué nombrado 
para sustituirle el benemérito general Las Heras, — libre 
de las angustias pasadas, clarea como un día de sol, 
fecundo y grande bajo la genial acción de su ministro 
de gobierno, Bernardino Rivadavia que lo vitalizó todo 
con García, que pone orden en la hacienda pública y 
él general de la Cruz que reorganiza las fuerzas mili- 
tares. Es como un renacimiento nacionaU Los gobier- 
nos de Buenos Aires, Santa Fé, Entre Ríos y Corrientes, 
firman tratados que parecen inspirados en una cordia- 

Jidad fraternal y qu« solucionan para el comercio ge- 
neral y para la navegación de los ríos, problemas fun- 
damentales, y en el orden político y social otros no 
menos graves. El conjunto es un rumor de colmena en 

jplena labor, auspiciosa de grandes y hermosas cosas. 
El Congreso General Constituyente, obra de Rivadavia, ^^^ 

:reunido en Buenos Aires é integrado con representantes 

• de todas las provincias, halagaba las esperanzas de los 

-patriotas. La nebulosa política se condensaba, adaptán- 
dose á todas las manifestaciones fecundas y nobles de 

.la vida: el pueblo peregrino estaba á la vista de Cáanam! 



.Don Tomás Conyú. Secretario del Rey; Don Feliciano del Río, Coronel; Don 
Manuel Martín Mateo, Capitán de fragata y Don Pedro Hurtado de Corcuera, 
Teniente de navio, Comandante del Aquile». 

(1) En Febrero de 18'J0, el C ingreso Nacional que había producido en su 
sede de Tucumán el grande y glorioso acto de la independencia Argentina, es- 
taba clausurado y disuelto de hecho. Rivadavia se propuso reintegrarlo á sus 
funciones haciendo del alto cuerpo el eje de la reconstruccí'^n p' lítica interna 
del país. Sus trabajos alcanzaron el éxito buscado y el 16 de Diciembre de 
1824, con asistencia de Í8 diputados de todas las provincias, el Congreso quedd 
^instalado en Buenos Aires. 



Situación política y social dbl país ^7 

Estaba en ella! La asamblea citada, al constituirse, 
dio su memorable decreto de 25 de Enero de 1825, que 
restablecía, ó afirmaba, por el voto y la voluntad de 
los representantes de los pueblos, los vínculos prexis- 
lentes aunque debilitados por la guerra civil, de la 
familia argentina! 

Por desgracia, los males pasados habían penetrado 
demasiado hondamente en el organismo nacional y lo- 
•cal, como para que pudieran ser estirpados en una 
hora de sanas y salvadoras intenciones. El Congreso, 
trabajado por esas reacciones del espíritu personal 
y partidista, se extraviaría bajo la Presidencia de Ri- 
vadavia, que reeditando la pasada aventura de la consti- 
vtución unitaria de la administración Rodríguez, daría 
nuevo cuerpo á la guerra civil localista. Fuera del grave 
'Conflicto interno que la actitud presidencial iba á provo- 
-car, una nube sombría no tardaría en condensarse en el 
«cielo patrio, fuente de nuevos dolores, de nuevos y san- 
:griento8 conflictos externos é internos, pero también orí- 
gen de grandes y gloriosos acontecimientos. Esta nube era 
la guerra con el Brasil, que tendría por corolario una na- 
cionalidad, carne de nuestra carne: la República Oriental 
del Uruguay^ nacida á la vida soberana é independiente 
por el concurso de las armas y las tropas argentinas. 

El general Las Heras— á quien por antagonismo de 
^carácter, según se dice, ó por otras causas no develadas, 
se niega á acompañar en el gobierno el señor Rivadavia 
— ^^asume el mando de la provincia, «con el ejercicio 
provisorio de la autoridad general ó nacional» el 9 de 
Mayo de 1824^ confiando la cartera de gobierno, hacienda 
y relaciones exteriores al ilustrado ciudadano Manuel 
José García, y la de guerra y marina al general Prancis- 
'co de la Cruz, á quien substituyó luego el general Marcos 
Balcarce. 

El nombre del virtuoso soldado era no solo una ga- 
rantía de honestidad insospechable en el gobierno, sino 
<iue su patriotismo y su rectitud eran elementos y fuerzas 



"° Situación política y social del país 

vivas de atracción y de concordia entre todos los ar- 
gentinos, cualquiera fuera su credo ó filiación política. 
Así, su exaltación al poder debía repercutir con honda 
simpatía en todo el país, afirmando las mas optimistas 
esperanzas, que no fueron defraudadas por la gestión 
gubernativa del glorioso soldado de San Martín, mien- 
tras los acontecimientos políticos internos y externos y 
la acción de Rivadavia y sus amigos, de que nos ocupa- 
remos mas adelante, no le arrebataron • el poder, obli- 
gándolo á un destierro voluntario pero no por eso me- 
nos doloroso para su corazón. Alma sin doblez la suya^ 
cristalina como la quieta linfa de los lagos andinos, su 
palabra no ocultaba sus pensamientos, ni sus obras re- 
ñían con sus palabras: era como la encarnación del pro- 
verbio latino: «fuñe bos capite, verbo legatur homo». Fué 
el mas puro, el mas noble y el mejor intencionado de los 
gobernantes argentinos y es quizá en esto donde se es- 
conde uno de los secretos — ó el secreto — de su 'caída. 
Había demasiada entereza y demasiada virtud en aquel 
carácter y en aquel varón digno de los moldes morales 
de Plutarco! Había sobre todo en él, demasiado amor 
al orden, á la libertad y á la ley, y los tiempos, agitados 
como el mar en los equinocios, eran tumultuarios y 
liberticidas. Se quería la quietud silenciosa de las oli- 
garquías, no la saludable efervescencia de las democra- 
cias; el desorden sobre la organización. Momentos de 
transición en suma, de evolución desorientada, en los que 
sólo podían flotar los caracteres á medias. Las Heras era 
completo. Estorbaba y fué sacrificado, fenómeno éste co- 
mún á todos los tiempos y á todas las situaciones en que 
los intereses apasionados de los círculos ó de los gobier- 
nos son puestos por encima de los principios regenera- 
dores y constitutivos de las sociedades que rigen sin go- 
bernar. Guerra pequefla y obscura de logrerías sin ideales 
superiores: ni Diderot, ni Voltaire, ni Moreno; ni siquiera 
la clara visión de esta admirable sentencia de Cervan- 
tes por boca del inmortal caballero: «La libertad, Sancho, 



Situación política y social del país 6" 

es uno de los mas preciosos dones que á los hombres 
dieron los cielos: con ella no pueden igualarse los tesoros 
que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, 
así como por la honra, se puede y debe aventurar la vi- 
da». Apresurémonos á decir no obstante, que estamos 
muy lejos de querer acusar de falta de ideales superiores 
Á los hombres dirigentes del momento, y especialmente 
á Rivadavia, lleno de virtudes cívicas y de patriotismo, 
"de amor al orden, á la cultura popular, al progreso y á 
la libertad, pues toda su actuación y todas sus creacio- 
nes fecundas y geniales durante la administración del 
general Rodríguez — en la que aquél obró como pensa- 
miento y como fuerza — nos saldrían al paso para resta- 
blecer la verdad. Sin embargo, su figura, tan prestigiosa 
por sus talentos y sus eminentes servicios públicos, se 
debilita cuando la vemos interponerse entre la de Las 
Heras, determinando el eclipse moral de la Presidencia 
que el golpe de estado contra las autonomías de la pro- 
vincia de Buenos Aires que desgarra, como veremos, 
acentúa y obscurece con su reversión á las tendencias y 
á los medios unitarios y centralistas. Pero Rivadavia creía 
que el supremo derecho de vida de los pueblos argenti- 
nos anarquizados, se aseguraría por una forma de gobier- 
no que en manos de la Prímera Junta patria había perdido 
su oportunidad y su prestigio, contentándose con pode- 
res locales cuando pudo tenerlos generales, como dice 
Alberdi. Por eso había sido y se mantenía tmitario, es de- 
cir, centralista, á la manera que San Martín, Belgrano y 
otros proceres fueron realistas, por iguales motivos, en el 
seno del Congreso de Tucumán. Las tendencias institu- 
•cionales de aquél y de estos, no tienen otra filiación y 
otra causa. 

Tal era, pues, la situación social y política de la Repú- 
blica en los momentos en que la guerra exterior con un 
enemigo poderoso iba á reclamar todos los esfuerzos y 
todos los sacrificios al patriotismo argentino, sin benefi- 
cio alguno para sus intereses, pues fuera de la gloria que 



70 Situación política y social del país 

......... ... . ■••■•■•■••>•*•■■.•■■•■>.•■•■■•... .■.........■■...<.■■•-.■■■■..•■ ■■.■..-■.•■■■> ■■■...>■■«■■■. ...■• . ........■>*■■■■■*■•«•■■•■••■■ «^ 

la victoria daría á sus armas, no haría otra cosa que ase- 
gurar y sellar solemnemente un nuevo desgarramiento 
de su suelo, conquistando la mas que dudosa gratitud dé- 
los realmente beneficiados, y el enconado rencor ó por lo 
menos la no disimulada prevención y malquervjncia del. 
Brasil, profundamente herido en su amor propio nacio- 
nal y en sus planes é intereses, por el desastre de sus. 
armas militares y navales. Así, la guerra con el imperio 
nos fué fatal por varios modos. En sus días se produjo la 
segregación definitiva de la rica provincia de Tarifa^ ar- 
teramente incorporada á Bolivia el 26 de Agosto de 1826;. 
la pérdida de la del Uruguay y nuevos y formidables es- 
tallidos del caudillage, con la tiranía de Rozas y el re- 
tardo, por muchos años, de la organización nacional,, 
frutos directos ó indirectos de una guerra impolítica, total- 
mente contraria á los intereses fundamentales de la Re- 
pública, por mas que ella nos librara del establecimien- 
to definitivo en la banda oriental del Río de la Plata de 
un vecino molesto y acaso peligroso en aquellos tiem- 
pos, ya que no en los presentes. 

Caudillos de las campafias y caudillos de las ciudades,, 
precipitados por la lucha y por ellos gobernados, en pos. 
de aspiraciones luminosas ú obscuras, habían olvidado,, 
en sus impaciencias, que nada puede ser forzado para, 
alcanzar frutos sanos y maduros en el orden de las cosas 
de la naturaleza, ni en el orden moral y político de las 
sociedades humanas. La tendencia federalista y la ten- 
dencia unitaria (encarnada esta última en los reglamen- 
tos, estatutos ó constituciones de ese credo, inspiradas 
por Rivadavia), nos trajeron no esas manifestaciones, 
ordenadas de la evolución de la vida que se desarrolla, 
entre espasmos y calmas^ presidiendo el admirable equi- 
librio de los fenómenos de los órganos, sino la anarquía 
desquiciadora, en la que las altiveces y las bajezas de- 
ciertos actores parecen igualmente serviles, escuela fatal 
que ha creado en Sudamérica. tipos enfermizos de gober- 
nantes irresponsables y anacrónicos, que han sacrifica- 



Situación política y social del país 7Í 

do en nombre de un falso amor á la paz^ la justicia y la 
libertad, deponiendo en manos extrañas por el instru- 
mento del arbitraje amplio ó absoluto, hasta el princi- 
pio supremo del stattis, que en lo antiguo, bajo la presión 
brutal de las armas triunfadoras de la ciudad cesárea^, 
marcó la hora de la decadencia de la soberanía é integri- 
dad territorial de sus rivales, reducidos á la impotencia, 
y á la minoría social, económica y política! 



Capítulo 

Declaración de la g^uerra. 



Sumario: — Precaria situacióu de la ocupación de la Banda Orien- 
tal — El espíritu fiúblico en Montevideo y Buenos Aires 
Propaganda guerrera de Dorreg'o — Palpitaciones 
del alma popular argentina — Las Heras espectante — 
García decididamente contrario A la g'uerra — Funda- 
mentos lógicos de su actitud — Lavalieja en escena — 
Orlg'en de la cruzada gloriosa de los 34 — Quiénes eran 
éstos — Se decide la invasión - Desembarco de la ex- 
pedición — Primeros episodios — Actitud de Rivera — 
Rivera y da hilva — Creación del ejército arg'entino de 
observación — Trabajos del Comité revolucionario en 
Buenos Aires — Sus vinculaciones argentinas — Compra 
v remisión de armamentos — El Comité busca la coo 

• 

peración de los gobiernos locales argentinos — Decía 
raciones del Presidente del CongTeso Nacional — Re- 
clamaciones del Cónsul brasilero Pereira KSodré —Gestión 
diplomática del Almirante Ferreira de Lobo — Digna 
y enérgica actitud de García — Protestas amistosas del 
Almirante — El enviado imperial Falcao da Frota — 
Atropellos de que es víctima — Su sigilosa retirada - 
Junta de gobierno de la Florida — Reunión de la 'sam- 
blea Legislativa Oriew^rtí — Nombra A Lavalieja Gober 
nador y Capitán General — Declara solemnemente la 
independencia de la Provincia y su incorporación A la 
República Argentina - Actitud del (Congreso Nacional 
- Consecuencias inmediatas y naturales de las resolu- 
ciones del Congreso — Las Heras pide al gobierno im- 
perial la evacuación de la l*rovincia ( íriental — El 
Emperador declara la guerra A la República Arg'entina 
— Bloqueo de los puertos argentinos — Actitud del Con- 
greso Nacional - Autoriza al P. E. A resistir la ag*re- 
sión brasilera, levantar tropas, remontar el ejército de 
observación y otras medidas de guerra — Creación de 
cuerpos — Entusiasmo patriótico de los pueblos — Ma- 
nifiesto del Emperador — Circular arg'entina A los go- 
biernos provinciales — Proclamas vibrantes — Penurias 
del tesoro — Milagros de acti\idad y energía — Brillan- 
tes improvisaciones — Rivadavia, Presidente de la Re- 
pública — Funesto golpe de estado — Ostracismo volun- 
tario de Las Heras - Consecuencias fatales — Lavalieja 
V Rivera — Semblanzas de estos hombres. 

La ocupación de la Banda Oriental por las armas im- 
periales — apesar del Congreso CisplatinOj del voto de los 
•Cabildos y de la adhesión de los caudillos y milicias lo- 



«^ Declaración de la guerra 



cales — continuaba siendo precaria y en realidad (no sien- 
do dueña sino del terreno materialmente pisado por sus^ 
soldados) nada habla resuelto, porque nada fundan la» 
combinaciones violentas y artificiales ni las bayonetas, 
que sea duradero y estable, cuando contrarían los senti- 
mientos y los intereses de un pueblo que habiendo go- 
zado de los bienes de la libertad, suspira por ella en la 
servidumbre, siempre dura y aborrecible y mas cuando 
es disfrazada y extrangera. Por otro lado, la verdad es^ 
que gran parte del interior del territorio de la Provincia 
de Montevideo era de hecho independiente de la autoridad 
de Lecor. 

La resistencia al Brasil era pues una levadura en fer- 
mentó, que se agriaba con acidez creciente y por momen- 
tos. Indudablemente, la opinión oriental continuaba divi- 
dida. Los conservadores y los intrigantes amaban aquella 
petz tranquila aunque llena de oprobio para el alma na- 
cional, que aspiraba á levantar sus alas por encima de 
aquellos días obscuros y sin ideales, llena de secreta hu 
millación y de dolor. 

En Buenos Aires — donde se condensaban por ley na- 
tural todas las esperanzas del momento, flotantes en el 
ambiente de la una y la otra orilla del río «que las se- 
para sin dividirlas» — la agitación patriótica era lógica- 
mente mas viva y enérgica, activada por la propaganda 
déla prensa argentina, por los emigrados orientales, — 
Lavalleja entre ellos, — y por una parte de los «Caballe- 
ros» de la logia, disuelta de hecho por la ocupación de 
la capital por los imperiales. 

La opinión argentina quería la guerra con el imperio, 
á que tendía la misma sanción de la Ley fundamental 
dictada por el Congreso el 23 de Enero de 1825 y que era 
en el fondo un nuevo medio de unión nacional y de 
acercamiento político entre las provincias, alrrededor 
de un centro común de gravitación y de fuerzas morales 
y físicas. 

Por todas partes se mostraban los síntomas del conflic* 



Declaración de la guerra 75 



to internacional. El Coronel Dorrego, tribuno, escritor y 
soldado, sacudía la fibra cívica del pueblo. «Es necesa- 
rio, decía en uno de sus fervorosos escritos ^^^ , arrancarle- 
ai usurpador (el Emperador del Brasil) la presa, y que el 
25 de Mayo de 1826 se cante el Himno patrio sobre las 
murallas de Montevideo!» Y estas voces ardientes reso- 
naban en el corazón del pueblo argentino como toques 
de tambor marcial batiendo generala, convocando á la 
comunión patriótica de las almas, llenas de la gloria de 
sus armas redentoras. 

El gobernador Las Heras y sobre todo su ministro Ma- 
nuel José García, resistían este torrente que procuraba 
envolverlos y arrastrarlos. Ambos^ con ánimo sereno y 
frío — no tanto el primero sin duda — miraban hondo y cla- 
ro al fondo de las cosas, aleccionados por los sucesos á 
que habían asistido desde el 1810. 

García, especialmente, pensaba acaso que ninguna 
necesidad vital y ningún interés positivo nos impelía, á 
desnudar la espada. La adhesión sincera y carifíosa de 
los orientales á nosotros, no la encontraba sin duda ci- 
mentada en ningún hecho pasado^ expontáneo é intenso, 
general y popular, desde los orígenes nacionales argen- 
tinos. Era, en el fondo, mas partidario de la constitución 
independiente de la provincia, que amigo de su anexión 
ó mejor de su reincorporación á la Unión, pero era fir- 
memente contrario á que el Brasil la detentara. Al cabo 
de la política externa de la época^ de las intrigas ingle- 
sas y de sus aspiraciones sobre Montevideo, temía esa 
guerra como un serio y grave peligro para la misma 
nacionalidad argentina. Las Heras, además, encarando la 
cuestión del punto de vista militar, encontraba que el 
gobierno no solo carecía de un ejército y una escuadra^ 
sino que estaba también exhausto el tesoro para afron- 
tar la lucha, con los ingentes gastos que demandaría. 

García, pues, tildado de flojo, de mal patriota y hasta^ 



(1) Escribía en el periódico «Kl Argentino». 



'6 Declaración de la guerra 



de «traidor», era el blanco de todas las iras, sobre todo 
de parte de aquellos que hacen bravamente la guerra 
desde su casa ó desde el Club, mas dañinos á veces 
que el enemigo y sus armas. 

El señor Juan Antonio Lavalleja, que se encontraba 
emigrado en Buenos Aires después de haber defecciona- 
do la causa brasilera que abrazara en el primer momen- 
to con Rivera, de acuerdo y apoyado ahora en el parti- 
do de la guerra con el Brasil, trabajaba activamente en 
la organización de un plan de invasión al territorio 
oriental, para provocar el levantamiento en masa de las 
campañas y decretar la reincorporación de la provincia 
á las de la Unión, por cuyos medios la intervención ar- 
mada argentina se haría inevitable, apesar de García y 
de los amigos de la paz. 

Lavalleja trabajaba al frente de un saladero en Barra- 
ncas, de propiedad de Don Pascual Costa, celebrando reu- 
niones en ese punto y en casa de D. Ceferino de la Torre, 
con el coronel Don Manuel Oribe — emigrado como aquél 
aunque no por la misma causa, — Don Pablo Zufriátegui, 
D. Manuel Meléndez, D. Simón del Pino y D. Manuel 
Lavalleja, los que, puestos de acuerdo, allegados los ele- 
mentos necesarios y en combinación con otros patriotas 
uruguayos y argentinos que debían secundar la empresa 
en el territorio oriental, concibieron y acordaron el plan 
de invasión que tiene en la historia patria del Uruguay 
el glorioso nombre de los treinta y tres. 

La memorable cruzada fué resuelta porosos varones 
y elegido como jefe y caudillo el primero, pero antes de 
realizarla se combino en que se trasladarían sigilosamen- 
te á la otra banda el mismo Lavalleja, D. Manuel Freiré 
y D. Atanasio Sierra, — que eran de los iniciados en el 
plan, — con el objeto de explorar algunos ánimos, conocer 
la situación real de la opinión pública y allegar elemen- 
tos y voluntades; en una palabra, cerciorarse de la posi- 
bilidad y éxito probable de la expedición libertadora. 
Los comisionados, vueltos de su rápido viaje, declararon 



Declaración de la guerra 77 

que todo sería propicio al plan. La invasión quedó re- 
suelta deanitivamente, siendo constituida, además de su 
Jefe, por los siguientes ciudadanos, cuyas jerarquías mi- 
litares suprimimos, porque la gloria de la empresa al- 
canza por igual al jefe y al soldado: 

Manuel Oribe^ Pablo Zufriátegui, Simón del Pino, Ma- 
nuel Lavalleja, Manuel Freiré, Jacinto Trápani, ijregorio 
Sanabria, Manuel Meléndez, Atanasio Sierra, Basilio 
Araujo, ^'^ Santiago Gadea, Pantaleón Artigas, Andrés^ 
Spikerman, Juan Spikerman, Celedonio Rosas, Andrés 
Chevestre, Juan Ortiz, Ramón Ortiz, Abelino Miranda^ 
(^ármelo Coimán, Santiago Nievas, Miguel Martínez, Juan 
Rosas, Tiburcio Gómez, Ignacio Nuñez, Juan Acosta, José 
Leguizamón^ Francisco Romero, Norberto Ortiz, Luciano 
Romero, Juan Arteaga, Dionisio Oribe y Joaquín Arti- 
gas. 

Los expedicionarios con su jefe, se embarcaron á la 
media noche del 18 de Abril de 1825, en dos lanchones^ 
en el puerto Sánchez^ costa de San Isidro, dándose á la 
vela en demanda de la vecina orilla á donde llegaron 
no sin haber experimentado las hondas angustias de ser 
descubiertos y apresados por los barcos enemigos, que 
cruzaban vigilantes las aguas del ancho río, por entre los. 
cuales pasaron, desembarcando por fin el 19 en un lugar 
mas abajo de la desembocadura del arroyo Agraciada^ 
en la ^Cañada de Gutiérrez^, que antes se llamó Guardizá- 
bal, luego de los Raices ó Arroyo de los Raices, algunaa 



(1) El capitán D. Basilio Araujo, á consecuencia de una comisión que se le 
había confiado, no hizo su travesía con los demás expedicionarios: se incorporo á 
ellos en la playa. En los anexos va la lista de los 34, con especifícación de sus- 
grados y empleos. 

Por esta lista, publicada en la pág. I del Catálogo de la Correspondencia mili- 
tar de 1825. tomo I, de la «Insp. Gl. de Armas de Montevideo», resulta que los ex- 
pedicionarios fueron en realidad 34 y no 33. La verdad es que uno de sus miem- 
bros, el soldado Tiburcio Gomes, fué suprimido de las listas primitivas por Lava- 
lleja y Oribe, pero el humilde y glorioso legionario reclamó de esta omisión, que se 
dice intencionada. El expediente que se formó al respecto, esclareció de modo in- 
dubitable el derecho de Gómez. Resulta así quedar perfectamente restablecida la 
verdad histórica sobre el número exacto de los expedicionarios, y sobre el punto 
en que tomaron tierra en la costa oriental, como se verá á continuación. 



• ^ Declaración de la guerra 



'Cuadras al norte de la punta Chaparro y no en la «Agra- 
ciada» simplemente, ó «Arenal Grande», como se ha 
dicho siempre, apesar de que el 19 de Abril de 1863 el 
ciudadano D. Domingo Ordeñana, acompañado del seftor 
Tomás Gómez que asistió al desembarco de los 34, fijó 
el verdadero lugar en que tuvo lugar, esclareciendo, con 
un actor de la escena^ la duda histórica, y elevando en 
ese punto un modesto obelisco conmemorativo, objeto 
luego de sencillas pero tocantes ceremonias cívicas. 

Lavalleja, al arribar al punto fijado, tuvo un primer 
desencanto. Esperaba y había convenido con Tomás 
Gómez, que en ese lugar le aguardarían partidarios para 
remontar su pequeño núcleo, y caballadas. En la playa 
solitaria de Cañada Gutiérrez^ donde acababa de repro- 
ducirse el juramento de Tell de libertar la patria, no 
había nadie ni nada ! 

Unos vecinos propietarios en la localidad, los herma- 
nos Ruíz, proporcionaron los primeros caballos, en los 
que cabalgaron los expedicionarios, dirigiéndose hacia 
la barra del arroyo Salvador^ nombre auspicioso. 

En el camino, algunos paisanos engrosaron la pequeña 
hueste de los Cruzados uruguayos que, sobre la marcha, 
chocaron con una partida enemiga que derrotaron, diri- 
giéndose entonces Lavalleja sobre Mercedes^ cada vez mas 
fuerte por la constante incorporación de patriotas vo- 
luntarios á su columna, que de pronto contó con 300 
hombres decididos y entusiastas^ más el fuerte núcleo 
de paisanos y vecinos del Durazno, acaudillados por el 
Mayor Bonifacio. 

D. Fructuoso Rivera, comandante general de campaña al 
servicio de Lecor, con el que había marchado para ocu- 
par por Don Pedro á Montevideo, como ya lo hemos 
relatado, debía batir á los invasores, lo que tentó, pero 
su versatilidad — esta vez orientada en favor de la noble 
causa de los 34 — lo arraiátró al campo de su compadre y 
antiguo subordinado del Regimiento Dragones de la Unión, 
D. Juan Antonio Lavalleja, plegándose con las fuerzas 



Declaración de la guerra 79 



•de su mando á los invasores patriotas. El 16 de Mayo 
^e 1825, titulándose Comandante en Jefe del Ejército de la 
Patria, ordenaba «á todos los jefes, oficiales y ciudadanos 
•que en épocas anteriores hayan servido á la patria, se 
presenten á su cuartel general». Ya el 10 de ese mismo 
mes^ había cambiado con el jefe imperial D. Tomás José 
-da Silva, las siguientes comunicaciones: 

«La Provincia toda, unida en masa y á imitación del 
Imperio del Brasil reclama su libertad é independencia. 
— Con documentos que justifican hasta la evidencia la 
Toluntad general de mi Provincia, se me invitó para po- 
nerme al frente de estos graves negocios; yo, penetrado 
de los mayores sentimientos y justicia que tanto favo- 
rece este reclamo, acepté gustoso, resuelto á contribuir 
-á la gran obra principiada. Ya tengo á mi disposición 
dos mil hombres bien armados, no para hacerla guerra 
á nuestros compatriotas y amigos, sino para pedir con 
justicia el pleno goce de nuestros derechos. — Economi- 
zar la sangre y privarnos de las consecuencias de la 
guerra, son los sentimientos que nosotros abrigamos y 
confiamos en que V. S. animado de estos mismos prin- 
-cipios, hará cuanto esté de su parte para que nosotros 
recobremos nuestros derechos y desaparezcan de entre 
nosotros los males de la guerra. — El coronel don M. Fort 
escribe á V. S. ofreciendo que dentro de muy pocos días 
estará en ese destino para tratar con V. S. de una sus- 
pensión de armas, hasta tanto el señor Barón de la 
Laguna delibere sobre las exposiciones que se le han 
hecho. — Yo espero que V. S. hará por su parte todo 
cuanto le sea posible en favor de la justicia de nuestra 

-causa» 

Da Silva, tres dias después, contestó así á Rivera: 
«Con admiración recibí el oficio de V. E. del diez del 
<íorriente, en el cual me manifiesta ser invitado por la 
voluntad general de su Provincia para ponerse á la ca- 
beza de negocios que ignoro; yo creo que hago justicia 
-á V. E. en decir que no acredita ser el Excmo. briga- 



«^0 Declaración de la guerra 

dier del Ejército Imperial del Brasil, quien habla en tales 
términos, cuando por tantas veces ha demostrado á esta 
Provincia v al Brasil entero sus nobles sentimientos, y 
pueden sus vastos conocimientos juzgar que esta Pro- 
vincia pueda invadir al Brasil; en cuanto á decirme 
V. E. que tiene á sus órdenes 2.000 hombres bien arma- 
dos, diré lo que me cumple: hombres no intimidan á 
hombres, y no es la primera vez que V. E. se pone al 
frente de igual número de hombres sin intimidar las 
armas brasileras, acostumbradas por su subordinación, 
disciplina y fidelidad á vencer la multitud; finalmente, 
si V. E. tiene dado explicaciones al Excmo. Barón de la 
Laguna, es escusado dirigírseme para objeto de tan alta 
consideración, y menos mandarme al ilustre seftor don 
M. Fort á tratar conmigo, pues debiendo V. E. por expe- 
riencia saber que los oficiales de S. M. Imperial no 
constituyen jefes para deliberaciones y sí para fieles 
observadores de las órdenes de sus superiores, por cuyo 
conducto debe V. E. para mis deliberaciones, en la cer- 
teza de que tengo confianza en las determinaciones de 
mis generales^, duplicando mi actividad y vigilancia para 
repeler la fuerza y tramas.» (Archivo de la Insp. Gral. de 
Armas de Montevideo). 

Estos sucesos alarmaron naturalmente á los imperia- 
les. La revolución y la agitación de las campañas^ 
como chispas de incendio, tomaban cuerpo y vuelo. Por 
el lado de Buenos Aires, los asuntos tenían para el impe- 
rio un cariz igualmente amenazante, pues Las Heras, for- 
zado por los sucesos ó en previsión de ellos, creaba, en 
virtud de la ley respectiva ^^^ el 13 de Mayo de ese año^ el 
Ejército de observación del Uruguay, que debería ser remon- 
tado á ocho mil hombres distribuidos en un regimiento de 



(1) El 11 de Mayo de 1825, el Congreso sancionó una Ley autorizando al 
P. E. para tomar medidas que aseguren la defensa nacional. Otra Ley de Mayo 
31 dispone la organización del Ejército Nacional. La Legislatura local de 
Buenos Aires, el 27 de Junio, pone á disposición del poder nacional, 500.000 
pesos de las rentas provinciales. Véase estos documentos en los anexos. 




Juramento de los 33 



Declaración de la guerra 81 



artillería lijera, seis regimientos de caballería, cuatro ba- 
tallones de infantería y servicios auxiliares de ingenieros, 
maestranza, sanidad, justicia, estados mayores, etc. al 
mando del brigadier general D. Martín Rodríguez. 

Entre tanto, los señores Trápani, Muñoz, Costa y Plate- 
ro, que constituían en Buenos Aires el Comité dé propa- 
ganda oriental en favor de la causa encabezada por 
Lavalleja, trabajaban con fervoroso entusiasmo, secunda- 
da por Alvear, Dorrego, Vicente Casares, Zufriátegui, etc., 
allegando voluntades, aliados, armas y recursos para la 
lucha, encontrando cooperadores decididos en la prensa 
y en todas las clases sociales y, con las meticulosas y 
elementales reservas del caso, dentro de las mismas 
esferas gubernativas. El 27 de Mayo de 1825, aquellos 
ciudadanos remitían con D. Vicente Ballesteros á Lava- 
lleja y Rivera 192 fusiles, 720 tercerolas (carabinas), 
10.000 cartuchos á bala de fusil y carabina, 760 sables 
y otros artículos, de 990 tercerolas, 504 fusiles, 1532 sa- 
bles de tropa y 280 espadas de oficial que tenían com- 
prados, además de 200 sables y 100 tercerolas donados 
ó prestados por un patriota de Montevideo, cuyo nombre 
no conocemos. El 9 de Junio, en la goleta Serpiente y á car- 
go de D. Pedro Pablo Gadea, se enviaban á Lavalleja 140 
fusiles, 47 tercerolas, 920 sables de tropa y 160 de oficial, 
mas 900 cananas, correajes y 10000 tiros. En Agosto (21 y 
2b) y abordo del Druida y otros barcos, marchaba una nue- 
va remesa de armas, municiones y ropas que, como las 
anteriores y burlando la vigilancia de la escuadra del al- 
mirante Lobo, fueron desembarcadas entre Martin Chico y 
las Vacas. Paralelamente se negociaba un empréstito al 

9 7o y ^1^ ^^^s ^® plazo. 

El comité, con el apoyo decidido de personajes porte- 
ños, entablaba al mismo tiempo negociaciones políticas 
con los gobernadores Bustos, de Córdoba; Ferré, de Co- 
rrientes y otras provincias litorales, tendientes á conse- 
guir el envío al Uruguay de contingentes de tropas, pero 
sobre todo, los esfuerzos de los comisionados se concen- 



B3 Declaración de la guerra 



traban sobre el gobierno de Buenos Aires y sobre los. 
miembros del Congreso Constituyente. 

El general Las Heras, sin comprometerse, dejaba hacer^ 
tanto en el comercio de armas y marcha de contingentes 
como en el proyecto de armamento de algunos barcos 
corsarios. El Presidente del Congreso parece fué ma& 
esplícito, pues en carta ce D. Loreto de Gomenzoro y 
D. Francisco Muñoz (del comité)y de fecha 26 de Julio 
(Arch. de la Insp. Gral. de Armas de Montevideo) á Lava- 
lleja, le dicen que el 25 «finalizaron los objetos primor- 
diales de su comisión», agregando: «que el Presidente del 
Soberano Congreso, Diputado Laprida, les dijo que esta- 
ba facultado por el Honorable Congreso para hacer saber 
al Gobierno y Jefe de la Provincia Oriental, que del modo 
más seguro, cierto y dicidido, podían contar con la pro- 
tección de la República de las Provincias Unidas del Río 
de la Plata para la libertad del territorio Oriental, á 
cuyo efecto tenía comunicado órdenes al Ejecutivo Nacio- 
nal, para que preste todos los auxilios que se pidan; que 
por ahora convenía guardar reserva hasta preparar las- 
Provincias, fortificar la línea del Uruguay y dispuestos 
los elementos necesarios, se declarase la guerra al Im- 
perio». 

El Cónsul brasilero en Buenos Aires, señor Simphronio 
María Pereira Sodré, malquisto en la opinión, había 
tentado á nombre de su gobierno algunas reclamaciones, 
por todos estos sucesos, pero el Ministro García le mani- 
festó cortés pero firmemente, que no se le podía atender 
en este terreno por carecer de representación diplomá- 
tica, lo que dio lugar á otro traspiés del gobierno imperial, 
que confió igual obertura al almirante de la escuadra 
imperial en el Plata, señor Ferreira de Lobo, «eZ qu£ debia 
manejarse con toda prudencia á fin de calmar los ánimos y 
evitar á todo trance un rompimiento franco con él gobierno 
de Buenos Airesj». 

El almirante, en consecuencia, dirigió al gobierno ar- 
gentino con fecha 5 de Julio, una comunicación en que se 



Declaración de la guerra ^3' 



quejaba de la aparente parcialidad de éste á favor de los- 
revolucionarios orientales, y del franco apoyo que encon- 
traban en las provincias litorales, sobre todo lo que- 
requería explicaciones, pidiendo además que el gobierno » 
hiciera regresar á Buenos Buenos Aires á los argentinos 
que en la provincia ci^platina agitaban la opinión. Pro- 
testaba de los sentimientos cordiales de su gobierno 
agregando «que el Emperador no podía persuadirse de 
que el gobierno de Buenos Aires, á quien el Brasil había* 
dado constantemente tantas pruebas de amistad (sic), se pres- 
tara á proteger operaciones revolucionarias y y á fomen- 
tar hostilidades». En suma, en este documento lleno 
de meticulosos circunloquios y perífrasis, con cargos- 
justos á veces y pretenciones pueriles (^) ó ridiculas, dé- 
bil en las formas, dejaba traslucir el temor al conflicto- 
y el deseo de evitarlo, pero todo eso no era parte á- 
impedir la vista de la trama: una amenaza. 

García, angustiado por estas complicaciones, que estre- 
chaban el sitio á la paz, tomó no obstante una actitud 
digna, enérgica y hábil. Recordando que en 1822 y 23;. 
el gobierno de Buenos Aires se había negado terminan- 
temente á atender las reclamaciones interpuestas por el 
almirante francés Barón Roussin y por el almirante inglés 
después, apoyados en sus respectivas escuadras, lo que 
contrariaba al principio argentino proclamado en 1821 
y según el cual «la autoridad del país no» concedería 
» representación alguna diplomática ni mercantil á nin- 
» gún negociador que se presentase al frente de fuerza 
» armada ó sin las formalidades establecidas por el dere- 
» cho de gentes», aplicó esos antecedentes y ese principio 
tutelar de la soberanía nacional al presente caso, y se 
negó terminantemente á tratar con el señor de Lobo? 
no sin protestar á su vez de los propósitos amistosos del 
gobierno argentino para con el del Brasil, y de ser total- 
mente ageno á la agitación oriental, ^agitación que tampo- 



(1) La internación de los argentinos residentes en Montevideo entre otras^ 



^4 Declaración de la guerra 



co le era indiferentej desde que afectaba por su vecindad á la 
propia tranquilidad argeritina*. La nota de García cortés y 
enérgica^ terminaba anunciando el pronto envío de un 
comisionado á Rio, para negociar con el gobierno de 
S. M. I. un tratado definitivo de paz y amistad. ^*^ 

Lobo se dio por entendido y consideró terminada de 
hecho su misión^ no sin abundar en frases corteses de 
cliché, protestando seriamente de que no había pretendi- 
do hacer presión al presentarse con parte de la escuadra 
de su mando. Y se fué! 

La revolución oriental siguió su curso con éxito, adqui- 
riendo cuerpo el movimiento provocado por la invasión 
de los treinta y cuatro, que obligó al Imperio á una 
nueva tentativa diplomática^ que tampoco dio resultado 
como veremos. 

Esta vez nos envió, munido de poderes en forma al 
Consejero señor Antonio José Falcao da Frota, el que 
fué reconocido como agente diplomático el 21 de Julio 
de 1825 y víctima en seguida de indignos atropellos po - 
pulares, á los que fué total y absolutamente extraño, 
como es natural, el gobierno, y que condenó la opinión 
sensata del país. 

El señor da Frota se dio cuenta de lo difícil de su 
situación. Se quejó ante su gobierno y el argentino de 
las vejaciones populares de que había sido victima y 
reclamó formalmente ante el Ministro García, del recien- 
te asalto á los barcos brasileños «Para» v «Carolina», v 
del armamento en nuestro puerto de los buques corsa- 
rios «San Martín», «Guillermo» y «Lavalleja», sobre lo 
que se le ofreció hacerse justicia. La misión había ter- 
minado con esto y ya nada sería parte á impedir el 
ruidoso rompimiento que se preparaba. El comisionado 
se retiró sigilosamente, «para escapar á nuevas vejacio- 
nes». 

Lavalleja, pensando regularizar la revolución, darle ner- 



<1) Los sucesos no permitieron este negociado. 



Declaración de la guerra ^ 



vio civil y preparar el advenimiento de los sucesos polí- 
ticos de antemano acordados y previstos, constituyó en el 
modesto pueblo de la Florida, fundado en 1805, (en el 
departamento de ese nombre creado en 1856) una Junta 
de gobierno local del estado compuesta por los ciudadanos 
D. Gabriel A. Pereyra, D. Manuel Calleros, D. Juan José 
Vázquez, D. Loreto Gomenzoro, D. Manuel Duran y Don 
Francisco J. Muñoz, laque se instaló el 14 de Junio de 
1825 en el obscuro pueblecillo, destinado á la celebridad 
histórica. ^^^ 

Esta Junta reasumió el mando y la autoridad política 
y administrativa de la provincia, nombrando el día cita- 
do á Lavalleja comandante en jefe del ejército provincial, 
y á Rivera inspector general de armas, convocando en 
seguida á elección de diputados para constituir la Asam- 
blea Legislativa del Estado, la que, á raíz de instalarse en 
el citado pueblo, en un rancho miserable de palo á pi- 
que, con el piso de tierra* á la sombra de la pobre iglesia 
parroquial de la aldea, — pobreza digna de la egregia 
grandeza que saldría de aquel home de la patria urugua- 
ya — nombró á LavaU ej a G^ofter?iador y Capitán General, el 
22 de Junio, hasta que en su memorable sesión del 25 
de Agosto de 1825, por unanimidad de votos, la gloriosa 
Asamblea produjo, á nombre de los pueblos que repre- 
sentaba, los grandes actos históricos de la Independencia 
de la provincia del imperio brasilero, y de su reincor- 
FORACIÓN á las Provincias Unidas del Rio ele la Plata. 

He aquí el texto de esas memorables resoluciones que 
llevan las firmas de todos los representantes:^ 

«La Honorable Sala de Representantes de la Trovincia 
Oriental del Río de la Plata, en uso de la soberanía ordi- 
naria y extraordinaria que legalmente reviste, para 

constituir la existencia política de los pueblos que la 



(1) La Sala Representantes declaró que los seftores Calleros, Vázquez, Muñoz 
y Pereira cesaban en sus cargos de miembros de la Junta de Gobierno cuya» 
funciones quedaban reasumidas en los señores D. Manuel Duran y D. Loreto 
de Gomenzoro (Sesión del 20 de Agosto de 1825). 



H6 Declaración de la guerra 



componen y establecer su Independencia y felicidad, 
satisfaciendo el constante, universal y decidido voto de 
sus representados, después de consagrar á tan alto fin 
su mas profunda consideración obedeciendo la rectitud 
de su íntima conciencia en el nombre y por la autoridad 
de ellos, sanciona con valor y fuerza de Ley fundamental, 
lo siguiente: 1° Declara Írritos^ nulos, disueltos y de nin- 
gún valor para siempre, todos los actos de incorpora- 
ción, reconocimientos, aclamaciones y juramentos arran- 
cados á los Pueblos de la Provincia Oriental por la vio- 
lencia de la fuerza unida á la perfidia de los intrusos 
poderes de Portugal y Brasil que la han tiranizado, ho- 
llado y usurpado sus inalienables derechos, y sujetándo- 
la al yugo de un absoluto despotismo desde el año mil 
ochocientos diez y siete, hasta el presente de mil ocho- 
cientos veinte y cinco. Y por cuanto el Pueblo Oriental 
aborrece y detesta hasta el recuerdo de los documentos 
que comprenden tan ominosos actos, los Magistrados 
Civiles de los pueblos en cuyos archivos se hallan de- 
positados aquellos^ luego que reciban la presente dispo- 
sición, concurrirán, el primer día festivo, en unión del 
Párroco y vecindario y con asistencia del Escribano, Se- 
cretario ó quien haga sus veces, á la Casa de Justicia, 
antecedida la lectura de este Decreto, se testará y borra- 
rá desde la primera línea, hasta la última firma de di- 
chos documentos, extendiendo en seguida un certificado 
que haga constar haberlo verificado con el que deberá 
dar cuenta al Gobierno de la Provincia. 

2° En consecuencia de la antecedente declaración, rea- 
sumiéndola Provincia Oriental la plenitud de los dere- 
chos, prerogativas y libertades inherentes á los demás 
pueblos de la tierra: se declara de hecho y de derecho 
Libre é Independie7ite del Rey de Portugal, del Emperador 
del Brasil y de cualquier otro del Universo, y con amplio 
y pleno poder para darse las formas que en uso y ejer- 
cicio de su soberanía, estime conveniente. 

Dado en la Sala de Sesiones de la Representación Pro- 



Declaración de la guerra 87 

vincial en la villa de San Fernando de la Florida á vein- 
te cinco de Agosto de mil ochocientos veinte y cinco. 
— Juan Francisco Larrobla, diputado por la villa de 
Guadalupe, Presidente — Luis Eduardo Pérez, diputado 
por la Villa de San José, Vice-Presidente — Juan José Váz- 
quez, diputado por la Villa de San Salvador — Joaquín 
Suárez, diputado por la Villa de San Fernando de la Flo- 
rida — Manuel Calleros, diputado por la Villa de Nuestra 
Señora de los Remedios — Juan de León, diputado por la 
Villa de San Pedro — Carlos Anaya, diputado por la Ciu- 
dad de San Fernando de Maldonado — Simón del Pino, di- 
putado por la Villa de San Juan Bautista — Santiago Sie- 
rra, diputado por la Villa de San Isidro de las Piedras — 
Atanasio Lapido, diputado por la Villa del Rosario — 
Juan Tomás Nufiez, diputado por el pueblo de Vacas — 
Gabriel Antonio Pereyra, diputado por la Villa de Con- 
cepción de Pando — Mateo Lázaro Cortés, diputado por la 
Villa de Concepción de Minas — Ignacio Barrios, diputado 
por la Villa de Víboras — Felipe Alvarez Bengochea, Se- 
cretario.» 

«La Honorable Sala de Representantes de la Provincia 
Oriental del Río de la Plata en virtud de la soberanía or,- 
dinaria y extraordinaria que legalmente reviste, para re- 
solver V sancionar todo cuanto tienda á la felicidad de 
ella, declara: que su voto general, constante, solemne y 
decidido es, y debe ser, con la unidad con las demás 
Provincias Argentinas, á que siempre perteneció por los 
vínculos mas sagrados, que el mundo conoce: — Por tan- 
to ha sancionado y decreta por ley fundamental la si- 
:guiente: 

Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata unida 
Á las demás de este nombre en el territorio de Sud Amé- 
rica, por ser libre y expontánea voluntad de los pueblos 
que la componen, manifestada con testimonio irrefraga- 
ble y esfuerzos heroicos, desde el primer período de la 
regeneración política de dicha Provincia. — Dado en la 



1 



"" Declaración de la guerra 



Sala de Sesiones de la Representación Provincial, en la 
Villa de San Fernando de . la Florida, á veinte y cinco 
días del mes de Agosto de mil ochocientos veinte y cinco. 
(Siguen las mismas firmas que autorizan el documenta 
que precede)». 

La Asamblea decretó después otras resoluciones, fijan- 
do la duración de la Junta de Gobierno y del capitán gene- 
ral del estado (3 años); fórmula del juramento del gober- 
nador y capitán general; número de los ministros d¿ 
gobierno, guerra y hacienda (3); sueldos de estos funcio- 
narios; decreto de amplia amnistía por delitos de deser- 
ción y políticos, y otro sobre libertad de los hijos de es- 
clavos residentes en la provincia ó que llegaren á ella,, 
para «evitar la monstruosa inconsecuencia que resultaría 
de que en los mismos pueblos en que se proclaman y 
sostienen los derechos del hombre, continuasen sujetos á 
la bárbara condición de siervos los hijos de éstos», se- 
llando todas estas resoluciones con la elección en sesión 
en 22 de Agosto, de diputado al Congreso Nacional,, 
que recayó en la persoaa de D. Tomás Javier de Gomen- 
zoro, á cuyo alto cuerpo se incorporó, y el que en sesión 
plena del 25 de Octubre de ese año, reconoció solemne- 
mente á la Asamblea de Representantes de la Florida y 
la legalidad de sus resoluciones, declarando á nombre de 
los pueblos de su representación «gwé reconocía á la Provin- 
cia Oriental reincorporada de hecho á la República de kis Pro- 
vincias Unidas del Rio de la Plata á qtie por derecho ha perte-^ 
T^cido siempre y quiere pertenecer^ (*). 



(1) Estas y otras resoluciones exaltaron al máximum el -entusiasmo por la gjxQ- 
rra en Buenos Aires. Dorrego y sus amigos escribían en «La Crónica Ar- 
gentina» y «El Mensajero Argentino-: 

«Estos son los votos de todos los argentinos y es llegado el momento de 
que no sean secretos; ellos deben recordarse á todas horas y en todas partes; 
la guerra debe ser el saludo en iodos los circuios, y proscribirse hasta el 
nombre de paa que enerva el espíritu público y desnaturaliza la situación del 
país». 

«Acaba de echarse un bando en esta capital para armar 400 negros y espe- 
ramos que otras disposiciones de guerra seguirán muy pronto á las medida» 
precautorias que es preciso abrazar. Un pueblo que nunca ha sido conquis- 
tado, un pueblo heroico que ama el estruendo de la guerra por carácter, y 
que la hace siempre con gloria: Buenos Aires clama por defensa.» 



Declaración de la guerra 89 



Esta sanción solemne, llena de vafentía y virilidad, era 
la espada de Alejandro que cortaba el enojoso nudo, y 
entrañaba por consecuencia la derrota de la política re- 
posada, serena, conciliadora y hasta desconfiada ó pesi- 
mista del ministro D. Manuel José García. Era también 
la guerra con el Imperio, arrastrando al gobernador Las 
Heras á donde lo impulsaban acaso con fuerza secreta 
su temperamento de soldado y sus ideales sobre la re- 
construcción de la nacionalidad argentina, con todos sus 
elementos originarios. En consecuencia debió comunicar 
y lo hizo, al gobierno brasilero, la resolución soberana, 
manifestando lealmente quedar el argentino obligado á 
mantenerla y cumplimentarla, sin dejar de estar dis- 
puesto á una solución pacífica y á una decorosa evacua- 
ción del territorio de la provincia por las tropas de S. M.,. 

protestando de que para lograr (»stos fines «no atacará 
sino para defenderse, reduciendo sus pretensiones á la 

integridad del territorio de las Provincias Unidas del 

Río de la Plata». 

Ofrecía, pues^ noble y sinceramente la paz ó la guerra^ 
el glorioso general de San Martín, y la primera más que 
la segunda, aceptando y sosteniendo los hechos consu- 
mados y la sanción del Congreso, no dejando al Empera- 
dor otras vías que esas, pues no había otras que ofrecer- 
le. Por fin y á raíz de algunos actos de verdadera piratería 
de barcos de guerra brasileros en el Plata, Las Heras de- 
claró rotas las relaciones con el Imperio el 4 de Noviem- 
bre de 1825, dando cuenta de este hecho al Congreso, el 8. 

Don Pedro I eligió las armas para dirimir la cuestión,, 
lógico con su política, sus ambiciones y la imposición de 
los acontecimientos preparados por su gobierno. 

El decreto del Emperador declarando lá guerra tiene 
fecha 10 de Diciembre de 1825. Está datado en Río, re- 
frendado por el Ministro de R. E. Vizconde de Santo 
Amaro, y dice así: 

«Habiendo el gobierno de las Provincias Unidas del 
» Río de la Plata ejecutado actos de hostilidad contra- 



90 Declaración de la guerra 

» este Imperio, sin haber sido provocado, y sin proceder 
» declaración expresa de guerra, prescindiendo de las 
» formas admitidas por las naciones civilizadas: convie- 
» ne á la dignidad de la nación brasilera y al rango que 
» debe ocupar entre las potencias, que yo, después de 
» haber oído á mi Consejo de Estado declare, como de- 
» claro, guerra contra dichas Provincias y su gobierno. 
» Por lo tanto ordeno que por mar y tierra se les haga 
» todas las hostilidades posibles, autorizándose el corso 
» y todo otro armamento de que quieran usar mis súbdi- 
» tos contra aquella nación, declarando de que todo 
» cuanto se tome ó aprese, de cualquier género que sea^ 
» pertenecerá á los apresadores^ sin que se haga deduc- 
» ción alguna en beneficio del tesoro público. La mesa do 
» de^emftargro do papólo tendrá así entendido y lo harápu- 
T» blicar, remitiendo copia á las correspondientes estacio- 
» nes y fijándolo por edicto.» 

Esta medida se completó poco después con la orden 
formal dada al almirante imperial en el Plata, Don Rodri- 
.-go José Ferreyra da Lobo, de establecer el bloqueo rigu- 
roso de los puertos argentinos y demás operaciones con- 
dignas, cuya declaración oficial al gobierno de Buenos 
Aires hizo el almirante el 21 de Diciembre. 

jtíl 1^ de Enero de 1826, el Congreso General Constitu- 
.yente, por unanimidad de votos y en medio del entusias- 
mo delirante del pueblo de Buenos Aires, autoriza al Po- 
der Ejecutivo á resistir la agresión brasilera, y movilizar 
-tropas en las provincias para remontar el ejército del 
^^eneral Rodríguez. La guerra quedaba así oficialmente 
declarada por ambos gobiernos! 

El gabinete de Río sintió la necesidad de justificar 

ante las naciones su actitud en esta emergencia, dando 

entonces á la publicidad un extenso Manifiesto ^^^ que 

lleva la fecha de 10 de Diciembre de 1825, donde la can- 

*cillería fluminense procura sincerar su política explican- 



(1) Se inserta íntegro entre los demás documentos de los Anexos. 



Declaración de la guerra ^'^ 



do los antecedentes y los hechos con un criterio eviden- 
temente parcial á su causa, que serla ocioso rebatir de 
nuevo aquí, pues ya lo ha sido en las páginas que ante- 
ceden, por lo que nos limitaremos simplemente á un 
rápido extracto de ese curioso documento, subrayándolo 
en aquéllas partes en que se viola con mayor desenfado 
la verdad histórica: 

«El Emperador del Brasil (principia el Manifiesto), 
y> viéndose reducido al extremo de recurrir á las armas 
» en justa defensa de stts derechos ultrajados por el go- 

> bierno de Buenos Aires, después de haber hecho con 
» el mayor escrúpulo todos los sacrificios posibles para la 

» conservación de la paz, juzga deber exponer feaí y 

» francamente á la faz del universo, cual haya sido y de- 
» ba ser ahora su procedimiento hacia aquel estado li- 
» mitro fe, á fin de que la justicia de la causa en que 

> solo pudiera empeñarlo la defensa de la integridad 

> del imperio, sea patente á los nacionales y extranjeros 
» de uno y otro hemisferio y aun á la más remota pos- 
» teridad.» 

Estudia luego la neutralidad del Brasil en la lucha de 
Buenos Aires contra España y las depredaciones de los 
insurgentes en las fronteras de Río Grande, las incitacio- 
nes á los indios misioneros y otros «desmanes» soportados 
•con toda ecuanimidad, hasta que haciéndose intolerables 
los males y la anarquía oriental bajo la tiranía de Arti- 
gas, el gobierno de S. M. P. envió contra el caudillo un 
-cuerpo de tropas «con orden de expulsarlo al otro lado 
del Uruguay y ocupar la margen izquierda de aquel río». 
Esta medida, dice el Manifiesto, «aseguró al Brasil el 
derecho de la ocupación del territorio», entrando «las tro- 
pas del Brasil en 1817 como libertadoras, con satisfacción 
general de los cisplatinos». 

Canta después los beneficios que al país conquistado 
causó esta ocupación, en cuatro años de bendita tranqui- 
lidad, que las intrigas del gobierno de Buenos Aires 
.comprometió íJonstantemente, el que insinuaba «que con 



^2 Declaración de la guerra 

la derrota de Artigas debía cesar la causa de la ocupa- 
ción». 

Habla después de la reunión de las «Cortes» de Mon- 
tevideo libremente elegidas^ las que expontáneamente decla- 
raron su incorporación al reino unido del Portugal, Brasil y 
Algarbes, y de la <í franqueza y buena fe del gabinete brasile- 
roy> y de la subsiguiente anexión al imperio, de la provin- 
cia cisplatina, la que, ratificando su adhesión al IraperiOy 
reconoció su Constitución, enviando sus diputados al 
Cuerpo Legislativo de Río. Se explaya luego en una lar- 
ga serie de cargos contra la «perfidia» argentina, sobre 
la formación del ejército del Uruguay, la traición de Ri- 
vera al Imperio, la invasión de Lavalleja^ el apresamien- 
to de barcos brasileros, las injurias públicas al agente 
político imperial en Buenos Aires, «forzado á abandonar 
repentina y clandestinamente la ciudad» y al gobierno 
imperial obligado <íá repeler la fuerza co7i l<i fuerza-^. 

El gobernador Las Heras, por su parte^ dirigió una 
circular á los gobiernos de las provincias, dando cuenta 
de estos graves sucesos y exhortando no sólo su con- 
curso en la guerra, sino también el pronto envío de los 
diputados que debían integrar el Congreso General^ con- 
forme á la ley del 19 de Noviembre de 1825. Dirigió 
luego dos vibrantes proclamas (ver los anexos) al pueblo 
de la República y á los Orientales. Con fecha 2 de Ene- 
ro dé 1826, el Congreso General Constituyente^ encargó á 
Las Heras, de conformidad al artículo 1^ de la ley de 11 
de Mayo del 25, de la defensa «de todos y cada uno de 
los puntos del territorio, contra cualquier clase de ene- 
migos» 

Desde este momento toda la atención de los poderes 
públicos se dedicó á preparar los elementos para la lu- 
cha. El entusiasmo público era inmenso, pero las guerras 
no se mantienen ni se sostienen con esto solo, y todo lo 
que era esencial y fundamental para las necesidades de 
la lucha faltaba en gran parte, y era necesario concen- 
trar los elementos dispersos, darles organización eficien- 



Declaración de la guerra 93 



te, allegar y crear recursos. Se cr^recía de barcos y ma- 
terial naval y esto era casi angustioso frente á la 
poderosa flota enemiga de Lobo, que señoreaba en abso- 
luto las vías marítima y fluvial. El ejército con sus ser- 
vicios auxiliares de campaña — que sería el alma de la 
<Jontienda armada — habia que crearlo, puede decirse, en 
el sentido de los efectivos de tropas, porque en materia 
de jefes, el país podía contar con los brillantes y sólidos 
paladines de la independencia. Las penurias del tesoro, 
por otro lado, eran extremas. La guerra con España y 
la anarquía interna habían agotado lo& recursos y estan- 
-cado las fuentes del trabajo y la producción nacional. Sin 
embargo, el general Las Heras acudió á todo, calculando 
disponer en breve de un ejército fuerte de 20.000 hom- 
bres. Se tomaron todas las medidas de guerra cuyo de- 
talle se encontrará en los anexos ^^^ y se arribó á combi- 
naciones flnancieras y bancarias internas, después de 
transformar el banco de descuentos de Buenos Aires en 
Banco Nacional, que pusieron en manos del gobierno los 
fondos de que carecía un momento antes^ concurriendo 
el vecindario con patriótica y decidida eflcacia á salvar 
no pocas diflcultades, mientras en las provincias se pre 
paraban cuerpos y contingentes de soldados hechos y re- 
clutas, que comenzaban á llegar. 

« Un ejército brillante — dice el historiador Vicente Fi- 
» del López ^^^ — se formaba de prisa en la margen derecha 
» del Uruguay para proteger á los orientales é invadir 

> el territorio del imperio. Buenos Aires, la antigua 
» capital, aquel centro inagotable de recursos, cuya 
» admirada energía había alejado á los ingleses de 1806 

> y 1807 y había superado, en manos de Pueyrredón, 



(1) Formación de nuevos cuerpos, remonta de los existentes, levas y contin- 
¿rentes en las provincias, reclutamiento de marinería, creación de la maestranza 
de artillería y del cuerpo médico militar, etc. Decretos sobre el corso marítimo, 
«obre presas, sobre indulto á los desertores, sobre pensiones á los heridos, á las 
viudas y huérfanos; premios militares, etc. 

(2) Historia Argentina,— \ 9, veremos que ésta creación tuvo una gestación 
lenta y débil: sombra de ejército hasta el último tercio del año 26. 



"^ -Declaración de la guerra 



» todas las dificultades de la guerra de la independencia 
» y de las luchas civiles, estaba otra vez en pie, en ma- 
» nos de Rivadavia, servida por sus soldados y por un 
» banco prodigioso que debía hacer milagros y crear 
» millones. Las demás provincias la acompañaban exal- 
» tadas contra el Brasil, como lo habían estado antea 
» contra España. Por todas partes estaban vivas las 
» grandes tradiciones del patriotismo argentino. La 
» tiranía (^) y el enervamiento de los caracteres, no ha- 
» bían hecho posible todavía que la molicie y el hibri- 
» dismo escalaran el gobierno y la explotación de los. 
» partidos. El país entero había entrado en la guerra 
* oriental con su confianza característica y legítima en 
» el triunfo. » 

La elección de Don Bernardino Rivadavia por el Con- 
greso para el cargo de Presidente de la República el día 
7 de Febrero de 1826, había quitado el día 8 en que asu- 
mió el mando, de manos de Las Heras, el ejercicio dele- 
gado de la autoridad nacional, constituyendo aquél el 
gabinete nacional con el doctor Agüero en Gobierno¿ 
general Cruz, en Relaciones;» doctor del Carril, en Ha- 
cienda y en Guerra y Marina con el general Alvear, que 
acababa de llegar de su misión ante Bolívar en el Alto 
Perú, como Rivadavia de la que se le había confiado en 
Londres, brillante y útilmente terminada. 

La presidencia de Rivadavia, genial y progresista, fué 
más que fecunda en bienes pero fué también fatal, por- 
que resucitando las tendencias unitarias y directoriales 
de 1819 y 1821, dio pretexto al despertamiento de las 
pasiones políticas de los caudillos del interior, los que 
exageraron su alarma con la sanción del Congreso del 3 
de Marzo de ese año, que federalizaba la capital y ponía 
bajo la inmediata y exclusiva autoridad del Congreso y 
del Presidente de la República á. la Provincia entera,, 
haciendo tabla rasa de su autonomía, y poderes locales 



(1) Alude, naturalmente, á la tiraaí^i de Rozas*. 



Declaración de la guerra 95 



que fueron desposeídos ^^K Su gobernador, el benemérito 
Las Heras, que era prenda de unión y de concordia na- 
cionales por sus virtudes, depuesto de ese cargo por el 
atentado presidencial, en un noble Manifiesto, raelancólico 
y sereno, se despidió de la gloriosa provincia, tomando 
el camino de la expatriación voluntaria y por eso mismo 
mas dolorosa para él y para la patria. Los pueblos 
del interior, absortos, se recogieron dentro de sí mismos, 
debilitándose desde entonces el envío de contingentes 
para el ejército nacional (que se reanudaría recién en 
1828, cuando acaso ya no era necesario). 

No fué ese el menor de los males. Pero no queremos 
ahondar el ingrato tema que nos llevaría lejos, apartán- 
donos de nuestro plan, por lo que nos basta señalarlo, no 
sin repetir empero que estos sucesos con sus consecuen- 
cias lógicas, fueron de los que esterilizaron los sacrificios 
y triunfos del ejército de Alvear, después de Ituzaingo. 

Antes de pasar adelante en la narración de los suce- 
sos,, conviene bosquejar la semblanza de dos hombres 
que por varia manera ejercieron grande y contraria in- 
fluencia en los acontecimientos de la guerra y en la 
sociabilidad de su país, sobre el que pesaron á veces 
nefastamente, no sin daño nuestro, como antes pesara 
Artigas — aunque en horizonte mas amplio — del que en 
realidad no fueron sino una prolongación simple y pura 
en un ambiente desgraciadamente propicio á su encum- 
bramiento militar y político. Estos dos personajes — 
binomio fatal de la vida institucional uruguaya — fueron 
Lavalleja y Rivera, personajes dignos de un estudio dete- 
nido y profundo para llegar al conocimiento de muchos 
problemas y á la explicación de muchos fenómenos y 
sucesos de la vida política del Uruguay; á la psicología 
de sus multitudes bravias, inquietas, apasionadas, levan- 
tiscos, patriotas y guerreras, en plena actividad todavía, 
y á los dolorosos estravíos de sus partidos tradicionales 
y enconados. 



(1) En lo8 anexos ya ésta resolución del Congreso Nacional 



96 Declaración de la guerra 



No nos proponemos por cierto penetrar tan hondo en 
-el asunto, ni grato ni exento de asperezas, pero no pode- 
mos escusarnos de entrar en él hasta un límite que 
baste á nuestro objeto, pues de no hacerlo así quedarían 
sin inmediata explicación las extrañas acciones tan con- 
tradictorias — y tan dignas de vituperio — que provocan y 
producen éstos hombres, al lado de otras antípodas, en 
que es forzoso reconocer virtudes dinámicas nativas é 
instintivas, como inconscientes, que iluminan por un 
instante el cuadro, los actores y la misma época, 
-como para magnificar la arcilla impura de los caudillos 
de ese tiempo. Por momentos — cuando triunfan sobre el 
enemigo de la patria, á la sombra de una causa grande 
y gloriosa; cuando momentáneamente olvidados de sus 
propósitos egoístas y malignos, ó impulsados únicamente 
por esto mismo, (conforme al aforismo de Franklin) lo 
que hace mas obscuro el misterio de sus almas, mar- 
chan, combaten y se retemplan en el contraste, — desple- 
gando calidades de energía y tenacidad nativas — se 
engrandecen. Luego viene el desmayo y lo pequeño y 
lo odioso, arrancando un grito de dolor incontenido, 
que es vergüenza y es protesta, porque todo resulta com- 
prometido por estas contradicciones de ambos caudillos, 
que se observan y se temen y se odian secreta é inten- 
samente. Uno quisiera verlos, en la medida humana, 
parejos: ó malos constantemente — tal como uno de ellos 
es en realidad, — ó buenos. Aman á su país á su manera, 
para éllos^ con apasionada fiereza. Quieren su indepen- 
dencia política, cada uno por su lado, con tal que ellos 
puedan mandar y despotizar. Rivera, apurado, no trepi- 
dará en traicionar su patria entregándola al portugués 
<3 al brasilero ó al español; atacará con las armas, en 
obediencia á Lecor, á Lavalleja y sus 33 compañeros; 
sólo á sí mismo no se hará traición jamás! Ambos 
marchan paralelamente ó por un sólo camino y ambos 
son grandes de una sola cosa: su odio más ó menos 
encubierto á los hombres de Buenos Aires y á Buenos 



Declaración de la guerra 97 



Aires. Desaparecen de la escena y esta herencia les 
-sobrevive todavía ! 

Sarmiento, en el Facundo^ ha pintado en razgos admi- 
rables y verdaderos, la psíquica de éstos tipos morales 
enfermos y, sin embargo lógicosy porque son humanos y 
en manera alguna contradictorios con el medio, el am- 
biente y los hombres — tomados en masa — de su tiempo, 
cultos ó incultos. 

Son los personajes reinantes de Taine, todo pasión 
y todo acción, esos personajes del Facundo y estos 
dos personajes concretos que estudiamos, que tie- 
nen méritos propios que han sabido abultar con há- 
bil simulación, usufructuando el esfuerzo^ los sacrifl- 
•cios y las virtudes anónimas de las multitudes que 
íicaudillaron, adoradoras del autoritarismo prepotente, 
de la fuerza, del prestigio personal y del éxito, en cuyo 
ambiente morboso ha vivido parte de la galoneada gau- 
chocracia sudamericana, proterva y batalladora, que todo 
lo ha osado y que todo lo ha podido, creando tipos que 
Carlyle en los tiempos modernos y Tácito en lo antiguo 
han estudiado en todas sus singulares metamorfosis mo- 
rales, en todas las estrañas contradicciones de sus almas 
preñadas de tempestad, que á veces sanea por el rayo. 

Así, el poder que ejercieron Lavalleja y Rivera (como 
Artigas) en su país^ no fué una tisurpación, en el sentido 
gramatical y filosófico del vocablo. Tuvieron — es imposi- 
ble negarlo — influencia y prestigio entre las masas de 
los centros urbanos incipientes de la época y las turbas 
•de las campañas^ y el prestigio no se usurpa ni se con- 
serva, porque se funda no sólo en el temor sino en las 
misteriosas afinidades del alma del caudillo con el alma 
de las multitudes que domina y compenetra;'y la agresiva 
trilogía caudillesca del Uruguay, dominó y se impuso en 
sus días por sincronismo y paralelismo de sentimientos 
con las masas, amamantadas además en ese estúpido y 
secular odio á los porteños. Lavalleja y Rivera, — este úl- 
timo sobre todo, — explotaron naturalmente este filón me- 



98 Declaración dk la cubrka 



tido en su propia carne, y de aquí uno de los elemen- 
tos morales de su poder, que no es obra de la casualidad, 
ó de la fortuna, razonamiento infantil que deja en pie el 
problema, porque el secreto de tales dominadores no 
e& tal enigma, sino la resultante natural y positiva de 
cierta superioridad — talento, astucia, carácter, valor per- 
sonal, etc. — así en virtudes como en vicios. Ellos, como 
Ramírez, como López de Santa Pe, como Quiroga, como 
Urquiza, como López del Paraguay, como Rozas y tantos 
otros que aún viven y pueden, contaron, aún caídos 6 
muertos, con fervorosos partidarios, cuya fidelidad á su 
causa, á su poder y a su memoria, no se desmintió un 
solo instante. Supieron pervertirlo todo á su alrrededor 
y esto constituye también una especie de superioridad, 
que explica su poderío y prestigio, á que se sometieron 
los gobiernos, los círculos y los mismos hombres dirigen- 
tes y cultos, en servicio de sus propias ambiciones, que la 
anarquía en las ideas y las cosas, hace mas difíciles de 
satisfacer. Así, el 11 de Febrero de 1814, el Director Po- 
sadas declara á Artigas traidor á la patria y fuera de la 
ley é infame, y ofrece un premio de 6000 pesos á quien 
lo entregue «vivo ó muerto», y el 17 de Agosto del mis- 
mo año lo rehabilita ruidosamente, mientras el Cabildo 
de Buenos Aires lo declara «ilustre y benemérito» el 30 
de Abril de 1815! Dos meses antes Alvear lo había ful- 
minado, al evacuar Montevideo el 27 de Febrero, que el 
caudillo ocupa con Otorguéz para hacer de la plaza el 
centro de su poder y de sus intrigas eternas, que termi- 
nan al fin desastrosamente, como lo hemos visto. 

De todas maneras habrá que reconocerse que la in- 
fluencia personal y política de Lavalleja y de Rivera 
no era una planta exótica en el Uruguay, sino un pro- 
ducto genuino de la sociabilidad y del espíritu de la 
época, hondamente arraigada en las masas y en las sim- 
patías locales, en oposición á la política argentina, que 
no acierta con los remedios á los propios males. 

Lavalleja y Rivera, tan semejantes en ciertos sentidos, 



Declaración de la guerra 99' 



difieren fundamentalmente en otros, por mas que en cier-^ 
tos momentos la luz de los acontecimientos los bañe en 
una coloración única, ó las sombras de ciertas situado- 
nes los envuelva en las mismas tinieblas. Se hacen el- 
uno al otro una guerra sorda, enconada y tenaz, llena de- 
emboscadas y de sutilezas que mas tarde revienta eni 
lucha armada y sangrienta, disputándose la Presidencia - 
de la República Oriental. Lavalleja, mas hábil y acaso- 
sincero en cierta medida, oculta sus odios ó sus antipa- 
tías contra los porteños, circunstancia que Rivera explota 
con éxito. Pero Lavalleja era en realidad un hombre de- 
bien, y si buscaba en esta guerra la independencia lisa y 
llana de su provincia, sin proclamarlo naturalmente, no 
habrá por cierto que vituperarlo por ello, á lo que lo 
arrastraba su patriotismo local. Lo condenable era sin^ 
duda el interés de su personal predominio en el triunfo- 
de este ideal, que poniendo en conflicto el éxito y la 
misma unidad de ideas y de esfuerzos de la lucha, com- 
prometería los preliminares de la campaña, con sus am- 
biciones é intrigas desde el Durazno, dejando amargos 
frutos de anarquía institucional y militar que perduran^ 
destructores y sangrientos, en el rico país hermano. Con 
todo, tenía servicios públicos distinguidos y reputación 
honorable. Su reciente aventura con sus 33 denodados, 
compañeros del Arenal Grande, la energía con que inicia, 
la campaña y su triunfo del Sarandí, habíanle propiciada 
el aura popular y rodeado su persona de prestigio glo- 
rioso y merecido, y de valor personal acreditado. 

El brigadier Lavalleja era de talla baja y membrudo, 
conjunto cuadrado, sólido y duro que se movía y accio- 
naba con agilidad aunque sin gracia. Sobre el busto,, 
modelado vigorosamente, como para las empresas de 
fuerza, se alzaba una cabeza desproporcionada á su cuer- 
po, sostenida por un cuello corto y hombros recios, de am- 
plio tórax de luchador romano. 

El cabello negro, tupido y recio, armonizaba con ese 
cráneo de frente estrecha que lo parecía aún mas por el 



100 Declaración de la guerra 

•desarrollo de unas cejas igualmente negras, duras y abul- 
tadas, que despedían reflejos azulados de acero empavo- 
nado, como las chuletas de su barba. Sus ojos obscuros, 
luminosos y vivos, de mirar manso aunque firme, daban 
á su fisonomía cierta expresión de bondad nativa, pero 
era prominente y osada su nariz, á lo que contribuía la 
falta de bigote, afeitado. La boca grande y los labios car- 
nosos y fuertes, completaban este boceto del hombre que, 
según la impresión personal del historiador López, «tras- 
» piraba un no sé qué de decente y de honorable, que no 
^ dependía quizá de su fisonomía, tanto como de la bue- 
y> na opinión de que gozaba». 

Naturalmente^ carecía de cultura. No era hombre de 
estudio. Su preparación para la vida política y pública á 
■que aspiraba, era mediocre; pero su cie^iem militar era 
mas pobre aún. 

Todo su saber al respecto se basaba en su valor perso- 
jial. En sus empresas guerreras se buscará en vano el cál- 
culo, la meditación, el plan reglado. Son simples todas sus 
■combinaciones. El instinto y la astucia son sus guías; la 
atropellada, el entrevero, el sable y la lanza, sus medios. 
Sus triunfos tácticos resultan siempre incompletos y con- 
<5retos: no salen del campo de la acción y por eso debe 
buscarlos y repetirlos para llegar al fin. Es audaz, por- 
que es bravo, pero no es un militar y menos un general, 
•como lo demostrarán sus encuentros con los jefes y tro- 
pas veteranas imperiales. Es un batallador, mejor aún, 
un guerrillero ni superior ni mediocre. Sus entorchados 
halagan su vanidad, pero las charrateras no hacen al ca- 
pitán y Lavalleja con todos sus méritos, sus servicios y 
sus triunfos no fué sino lo quo debió ser y lo que fué: ni 
general ni gobernante, por mas que haya ejercido ambas 
magistraturas supremas, creyéndose dotado de todas las 
cualidades para el mando en jefe, en lo militar y en lo 
político. 

Su antagonista y émulo, el brigadier D. Fructuoso Ri- 
vera, era inferior en todos conceptos á Lavalleja, á cu- 



Declaración de la guerra 101 



vas inmediatas órdenes servia como Inspector General 
de Armas de la Provincia Oriental, en la época que es- 
tudiamos. 

Era de talla algo mayor que la mediana, esbelto y ágil. 
Pecho ancho y alto. El conjunto acusaba vigor físico con 
algo de atrayente en toda su persona, impresión que una 
observación mas cuidadosa y prolongada, no tardaba 
en modificar, á lo que contribuía sin duda fuertemente 
los antecedentes nada recomendables del personaje, su 
duplicidad, su inconsecuencia política^ su <r rapacidad», 
su moral mas que pervertida, sus perpetuas intrigas y 
sus constantes veleidades á la causa é intereses sagrados 
de su patria ^^^ . 



(1) El Duende (periódico de la época, redactado por el Dr. Julián S. Agüero^ 
D. Ignacio Nuñez — que ha dejado sus interesantes y valiosas «Noticias históricas», 
obra de consulta que tenemos A la vista,— y el ilustrado y patriota sacerdote D. Va- 
lentín San Martin), haciendo la biografía del hombre, dice: «Siendo ofícial del 
ejército que sitiaba á Montevideo en 1818, el Gral. Rivera abandonó el sitio y si- 
guió á Artigas. Al fínal del reinado del Patriarca (sic) Artigas, abandonó al Pa- 
iriarca y se hizo por si mismo Patriarca. Abdicó el patriacado para servir al Rey 
D. Juan VI y se hizo vasallo de D. Pedro I. Después de prisionero juró perseguir 
á D. Pedro y se pasó á la bandera de los patriotas orientales. Los abandonó ense- 
guida y tomó servicio en el ejército nacional argentino , etc., etc.» El Duende, pá- 
ginas 167, 180 y siguientes. Buenos Aires. 

Ya. en 1811, del campo patriota había pasado al portugués, mandado por Sou 
za, que abandona impávidamente enseguida incorporándose á las tropas irregula- 
res de Artigas. Cuándo considera á éste perdido, se pasa tranquilamente á los bra- 
sileros aceptando honores y cargos. Como jefe de la vanguardia de Lecor hace 
chocar á orientales contra orientales. Invade Lnvalleja con los 38 y Rivera se le 
incorpora, después de combatirlo, porque sospecha que la causa de D. Pedro está 
perdida. Pero no para aquí. Inicia una campaña de intrigas entre argentinos, 
orientales y brasileros para desprestigiar «á su compadre» Lavalleja(á quién aban- 
dona, incorporándose al ejército del general D. Martín Rodríguez, que será su víc- 
tima)^ pensando perderlo y asumir él sólo el mando y autoridad del vencedor del 
Sarandi! Termina, por fin, conspirando contra Rivadavia, que lo protegía y huye 
á Santa Fe, al lado de López, alzado contra el Presidente, hasta que reaparece 
en el escenario de la guerra con el Brasil, en 1828, para reconquistar las Misiones, 
con gran alarma de Lavalleja. 

Se cuenta y es exacto, de Rivera, que encontrándose en Buenos Aires (1826) 
en un banquete que se le dio en casa de Don Pascual Costa, llegado el momento de 
los brindis se levantó D. Juan Manuel de Rozas y dijo: «Brindo á la salud del gau- 
cho Rivera», en medio del asombro de todos los comensales. El aludido no se ofen- 
dió y, cuándo se vio amenazado de ahí á poco de ser preso por sus maquinaciones 
contra el gobierno de Rivadavia, y por los sucesos de la rebelión de Bernabé Ri- 
vera, Rafia, Caballero y otros, fué Rozas quien le facilitó la fuga, dándole además 
3000 pesos y recomendaciones para López de Santa Fe. En Entre Rios sufrió mu- 
chas necesidades. Su asistente, un abnegado hombre de color, llamado Luna, se 
vendió como esclavo, dando el producto de su venta á su patrón. En otra ocasión 



102 Declaración de la guerra 



Su andar era tranquilo aunque nervioso, ostentando 
cierta bizarría natural y que, sin ser petulante era afec- 
tada, como su conversación, cuando se sentía observado, 
tornándose entonces reticente y reservado, buscando por 
estos medios de simulación vulgares, ocultar á un tiempo 
su ignorancia y su pensamiento íntimo. «Su educación 
(dice el brigadier Díaz en su Historia política de las repú- 
Nicas del Plataj qae arranca de 1828) corría parejas con 
la de su afortunado émulo el general Lavalleja, reducién- 
dose la instrucción de estos proceres de la libertad de la 
República Oriental del Uruguay á balbucear las letras, 
y casi puede decirse, que á trazar apenas las que compo- 
nían sus nombres (pág 148, tomo I). » Pero podemos 
aseverar que esta pintura está recargada por lo que 
respecta á Lavalleja, de quien hemos visto documentos 
originales de su puño y letra que, apesar de su detestable 
ortografía, no concuerdan con ese juicio tan absoluto. 

La tez de Rivera, era de una media tinta entre blanca 
y morena con reflejos de viejo mármol florentino expuesto 
al sol, y sus cabellos negros, abundosos y rizados como 
de «mulato», dicen los que no le querían bien (V. F. Ló- 
pez). Empero, nuestros informes nos hacen creer que 
Rivera estaba lejos de parecer un mulato, ni por el color 
de su cutis ni por los rasgos antropológicos ^^K 

La verdad empero es que, en su fisonomía de taimado, 
en sus labios inquietos y temblantes y en la mirada de 
sus ojos negros y pequeños, nerviosos por momentos y 



salvó milagrosamente de morir & manos de los soldados de Blandengues Orienta- 
les, sublevados, los que atropellaron á Rivera, arrancándole las ropas hasta que 
éste consiguió escapar escondiéndose en una tahona. 

(1) Don Juan Manuel de Rozas lo habla bautizado con intencionado menos- 
precio con el mote de pardejón, que los papeles de la época reproducen, sin ex- 
cluir los oficiales. 

Nuestro distinguido amigo el conocido hombre de letras señor José Juan Bied- 
ma, Archivero General de la Nación^ nos ha añrmado que la voz pardejón es una 
corrupción del verdadero apodo de Rozas, según el cual llamaba á Rivera padre- 
j'ón, aludiendo maliciosamente á los numerosos ahijados que con razón ó sin ella, 
se le suponían al caudillo. Otra versión dice que en el mote pardejón se aludía á 
otras condiciones morales del personaje, lleno de mañas, agachadas, cábulas, etc* 
Y extremando la injuriosa clasificación de sus cualidades personales, se dice de él 
que era un «zotreta». 



Declaración de la guerra 103 



desconfiados siempre, que nos pintan algunos historiado- 
res y la tradición, entre los que le conocieron y trataron, 
se trasparentaba el horabre moral con todos los defectos 
y toda la duplicidad de su carácter: vicios originarios 
del medio en que vivió su primera juventud y en que 
pasó después la mayor parte de sus días: las campañas. 
Era, pues, autoritario, (V. P. López) ambicioso en alto 
grado y falso é inconsecuente en todo. Carecía, ya lo 
hemos dicho, de instrucción, pero no de inteligencia; 
inteligencia astuta de gaucho pulimentado. Y cosa rara! 
no era un ginete. Tampoco sus antecedentes acredita- 
ban valor personal, aunque sí colectivo. Pero su presti- 
gio y su predominio no sufrieron por eso. Se basaban 
en otros factores, siendo los principales su odio á los 
porteños, intenso y sincero, con lo que daba satisfacción 
al sentimiento de la masa de sus paisanos ^^^ y el hecho 
de ser él como el dueño real de todo el suelo uruguayo, 
que adjudicaba, ó quitaba, ^2) conforme á su antojo, res- 
petándose siempre estas resoluciones. Además, tenía 
raro talento para tratar con sus amigos incultos de las 
campañas, cuyas pasiones halagaba ó contenía con pro- 
mesas fantásticas, con consejos, con amenazas ^^\ Era 

(1) Hstos odios de los orientales de entonces á losporteflos, están corroborados 
además por muchas anécdotas de las interesantes Memorias de D. José María Todd. 
-saltefto, teniente del Rcg. n" 2 de Caballería, en cuyo cuerpo hizo la gruerra del Brasil . 

(2) Después del triunfo de Garíbaldi sobre un pequeño destacamento de las 
tropas de Rozas en San Antonio (escaramuza sin importancia real & la que se ha 
dado y se dá el ampuloso nombre de batalla), Rivera hizo donación moiu propio 
al vencedor y á sus legionarios, de cuarenta leguas decampo fiscal 6 privado, 
pero que no eran con toda seguridad, de propiedad del caudillo. Garibaldi, con 
muy buen sentido se apresuró á no aceptar ese premio, que habría manchado su 
victoria y su nombre. 

(S) Su astucia, empero, no se ejercitaba sólo con los hombres sencillos é ignoran- 
tes: operaba en más altas esferas, y sino veamos la sugerente anécdota que nos 
relat'i el historiador López: 

«No hubo diplomático europeo á quién no engañase y algunas veces con bas- 
tante ingenio. Logró arreglar una vez, que el ministro francés le hiciese un em- 
préstito con que pagar las tropas que, según él, tenía reunidas para abrir su cam- 
paña contra Rozas. Salló el ministro á ver el ejército. Rivera había hecho venir 
numerosos grupos de gauchos, y en las cejas de un monte cercano por donde de- 
bían desfilar los escuadrones había ocultado ponchos forrados en colorado, en 
amarillo y otros colores. El mismo escuadrón pasaba unas veces con un colorí 
otras veces con otro color; y así le hizo revistar al ministro cuatro mil hombres* 
sin que tuviera cuatrocientos*. 



1 



104 Declaracióx de la gukrra 



su protector Dato para todo, sin dejar de ser por eso su 
Cáburé irresistido. 

Su reputación de vaqueano de todo el territorio oriental 
— que es una de las características de los caudillos sud- 
americanos — contribuía grandemente á su prestigio. Su 
fama al respecto, era fabulosa y está llena de anécdotas. 
Agreguemos que era exagerada y falsa en gran parter 
pero que él explotaba hábilmente con mil recursos tea- 
trales, en las largas marchas nocturnas de sus monto- 
neras y en las correrías sin fin, descabelladas y locas 
las unas, felices las otras. Afectaba conocer éste ó aquél 
lugar^ en los bosques, en las grandes abras desiertas, en 
la huraña soledad de las sierras abruptas, por el color,, 
la disposición y el sabor de los pastos, las aguas estanca- 
das ó corrientes y el aspecto de los árboles. 

Como militar no es posible estudiarlo. Lo ignoraba 
todo y todo repugnaba reglarlo ó meditarlo para encubrir 
su absoluta ignorancia del arte de la guerra. Todas sus 
empresas son correrías, sorpresas y encuentros inmedi- 
tados técnicamente. Ya hemos aseverado con el testi- 
monio de su tiempo y de sus hechos^ que no era un 
bravo. Lavalleja pues, le era por todas maneras supe- 
rior, hasta por las gentes sanas y patriotas que le 
rodeaban. Rivera lo sabía y por eso le temía y odiaba. 
Ambos, empero^ maquinaron é intrigaron poniendo en 
dificultades al general Rodríguez, entorpeciendo las ope- 
raciones del ejército argentino. 

Estudiado, pues, el carácter de estos dos hombres en la 
medida que nos habíamos propuesto, sin prejuicio alguna, 
para explicar su actuación en los sucesos, tomaremos el 
hilo de éstos, pero antes debemos decir que tanto el una 
como el otro— conforme también en esto con la mayoría 
de la opinión pública oriental — pretendían que la Repú- 
blica Argentina sólo tenia el carácter de auxiliar en la 
guerra: la consideraban como un simple aliado — un 
«cooperante», como dice el historiador López — y, por 
consecuencia, ambos pretendían y ambicionaban el mando 



Declaración de la guerra 105 



en jefe del ejército de operaciones, para lo que Lavalleja 
se creía con aptitudes superiores después de su modesto 
triunfo de Sarandi, simple episodio sin fisonomía mili- 
tar y de su expedición de los 34, que no resulta sino 
otro episodio, aunque de mas noble aliento y de mayor 
significación, puesto que fué como la espada de Alejandro 
que cortó el nudo del conflicto latente y nos arrastró á 
la lucha, precipitándola simplemente, pues era ya inevi- 
table. Ambicionaban además, junto con el mando militar 
el político, creando en su propio beneficio una especie 
de comunismo personal caudillesco, pudiéndose decir de 
ellos que pretendían encarnar en su autoridad y en sus 
personas — fenómeno común á casi todos los caudillos 
americanos de esa estirpe — el rol de providenciales dentro 
del Estado, conforme á la profunda definición de Buckle. 
La lucha de zapa por esta preponderancia no cesó un 
momento entre estos dos caudillos, y es indudable que á 
dejarla crecer, tomar cuerpo y manifestarse abiertamen- 
te, habría degenerado en una guerra civil desastrosísima 
para todos y fatal para la infiuencia y la persona de 
Lavalleja. Pero el gobierno de Buenos Aires se dio cuenta 
del peligro. Forzado á optar entre dos males, se inclinó 
á Lavalleja, é hizo bien. Pero unos y otros se observa- 
ban. El gobierno argentino, vigilante y desconfiado. Los 
dos caudillos «unidos» entre sí, á la espera de los acon- 
tecimientos, contando acaso con hallar puntos de apoyo 
hasta en el enemigo tradicional y nacional. El espíritu 
personal, estrecho y localista de Artigas vivía, sin duda, 
en el alma inquieta y ambiciosa de esos dos hombres, 
tan distintos y tan semejantes á un mismo tiempo, pro- 
ductos ambos de un mismo medio aunque desenvolvién- 
dose en ambientes acaso distintos, pues Rivera mucho 
mas que Lavalleja, encarna las tendencias de las masas 
rurales y turbulentas — génesis del primitivo partido colo- 
rado oriental que luego, bajo la tiranía de Rozas y por la 
influencia de la emigración argentina hace suyas las 
ideas conservadoras de las masas urbanas, mientras el 



1 



^^^ Dbclaración de la guerra 



primitivo partido blanco se hace campesino, rural ó cau- 
dillesco — , rebeldes á toda organización y á toda ley 
que amengüe en lo mínimo su absoluta libertad de 
acción y de gobierno sin gobierno, según las ideas y 
sentimientos de la época, que es necesario tener presente 
:para juzgar los sucesos y los hombres.. 



Capítulo IV 



El ejército argentino — Triunfos del Rincón y Sarandi 



Sumario: — El ejército argentino de observación — Debilidad mili- 
tar y orgánica del movimiento uruguayo — Situación 
respectiva de los beligerantes — Superioridad brasileña 

— Intereses argentinos contrapuestos — Los caballeros 
andantes de la América — Fatalidad de la guerra — 
Labor y entusiasmos — Sutilezas político internacio- 
nales — Don Pedro y el ejército de observación — Am- 
biciones de mando de Lavalleja — Son defraudadas — 
Razones del nombramiento del General RodrigTiez — 
Pide instmcciones al gobierno — Análisis de su actitud 

— Ambigüedad relativa de Balcarce — Razgos biográ- 
ficos de Rodríguez — No era el hombre del momento— 
Milicias uruguayas — Petulancia ii^juriosa de Abreu — 
Responden los hechos — Triunfos de los tenientes Go- 
mes y Caballero — Operaciones de Rivera — Acción 
triunfal del «Rincón de las gallinas» — Característica 
sintética del combate — Consecuencias del triunfo — 
Alarmas de Lecor — Bentos Manuel Gon^álvez y Rentos 
Manuel Riveiro — Huidosa victoria del «Sarandi» — Fi- 
liación militar y critica del combate — Su importancia 
moral y consecuencias — Evacuación de Mercedes y el 
Salto - Preparativos y concentracióh brasilera en Hlo 
Grande, Santa Ana y Yagüaron — Oberturas pacificas 

— fiivera y Sotomayor — Carácter de estas tentativas 

— Correrías de los barcos imperiales en el Uruguay. 



Apesar de que los sucesos habían justificado la me- 
dida previsora de la creación del ejército de observación 
del Uruguay, éste, en los momentos de la declaración de 
la guerra, era poco menos que una entidad nominal por 
su escaso efectivo y por la deficiente instrucción de sus 



10^ El ejército argentino— El Rincóx y Sarandí 



tropas ('>, lo que prueba que la República Argentina no 
estaba preparada para la guerra, pues no podía contar 
con otras fuerzas de tierra que las de ese diminuto nú- 
cleo que era forzoso aumentar á toda prisa, lo que se ha- 
cía lentamente. Por otra parte, no era dado forjarse mu- 
chas ilusiones respecto al concurso militar de Lavalleja 
y de Rivera, que sólo podían aportar á la lucha masas sin 
cohesión, milicias bravas y heroicas todo lo que se quiera 
pero cortas en número, mal armadas ó desarmadas, inor- 
gánicas, con fibra guerrera pero sin espíritu militar, indis- 
ciplinadas y sin instrucción profesional, instrumentos in- 
hábiles (aunque preciosos) para una rasa campaña metó- 
dica y reglada, como debería ser aquella. 

El enemigo común ó mejor, el enemigo de la República 
Argentina^ no estaba en condiciones de tomar desde lue- 
go la iniciativa enérgica y acaso decisiva de la lucha 
que parecía temer, como trabajado por la misteriosa vi- 
sión de los acontecimientos futuros, que serían un doble 
desastre para sus armas en tierra y en mar, para sus am- 
biciones y para su soñada preponderancia política en el 
Plata. 

No obstante^ su situación en el momento mismo del 
desembarco de los treinta y cuatro era de una gran supe- 
rioridad política, económica, militar y naval. 

Don Pedro I era el soberano incontestado, y popular 
era en el Imperio la guerra contra los «españoles» ó «cas- 
tellanos» de la Banda Occidental del río de la Plata, en 
defensa de los «derechos y soberanía brasilera» sobre la 
rica provincia «cisplatina». 

La unidad política del imperio era un hecho. Gozaba 
de los beneficios de la paz interna y de las simpatías 
europeas, y de la regia Santa Alianza, Sus finanzas, sino 



(I) En comunicación del g^eneral Rodrij^uez al Ministro déla Guerra, fecha 
31 de Marzo de 1826, le dice que el Ejército cuenta sólo con un efectivo de 280O pía 
zas, con deñciente instrucción, anunciándole al mismo tiempo que sei^ün las noti- 
cias que posee del enemigo, tiene éste en las fronteras unos 9000 hombres, cifra 
que nos parece abultada. 



El ejército argentino— El Rincón y Sarandí lOÍÍ 

prósperas en absoluto eraa por lo menos desahogadas, 
contando con el crédito exterior que le acababa de 
permitir negociar con suceso y en excelentes condicio- 
nes en Londres, un empréstito de 3.000.000 de libras 
destinadas al fondo de guerra. 

Disponía ya entonces de un ejército respetable — formi- 
dable en relación al de su adversario — ^^^ y de una fuerza 
naval preponderante, fuerte de mas ochenta barcos, muy 
poderosos algunos, que lo hacía duefto del mar, del es- 
tuario del Plata y del curso del Uruguay, cuyas costas y 
poblaciones vivían en perpetua alarma. Su Emperador 
aliado por simpatías y lazos de familia á la poderosa 
casa de Austria, contaba además con el auxilio alcanzado 
por esas causas, del contingente de sólidos y gruesos 
batallones de infantes veteranos tudescos^ que la incapaci- 
dad militar del atolondrado Marqués de Barbacena y la 
bravura de la caballería argentina de Lavalle, Paz^ 01a- 
varría y Brandzen, malograrían en el campo estratégico 
de Rio Grmide y táctico de Ituzaingo. Era además el Im- 
perio, ocupante y dueño por los medios que conocemos, 
de la rica provincia oriental, arrebatada como Helena á su 
hogar y causa como ella de la guerra, con la singular 
circunstancia de que la conquista ó el rapto, contaba esta 
vez con defensores y simpatías numerosas en el seno mis- 
mo de los agraviados! 

La República Argentina, en cambio, no salida de su 
laboriosa gestación, trabajada por mil conflictos internos 
•de todo orden y todos graves, — que recrudecerían con 
nuevas fuerzas en medio de la lucha internacional^ fenó- 
meno nefasto éste que se reproduciría medio siglo mas 
tarde ^^^ — se encontraba con el tesoro exhausto, sin ejérci- 



(1) En las fronteras, Rio Grande y San Pedro do Sul, se^ún las noticias del 
<^eneral Rodríguez, los imperiales tenían reconcentrados 9000 hombres. En las 
plazas de Montevideo, la Colonia y otros destacamentos, Lecor contaba con otros 
^5000, más algunos núcleos importantes de milicias, y las fuertes tripulaciones de 
la escuadra de Lobo. 

(2) Con Urquiza, las rebeliones de Entre Rios y las montoneras del interior, 
•durante la guerra del Paraguay. 



lio El ejército argentixo— El Rixcóx y Sarandí 



to y sin escuadra y sin contar — ya lo hemos dicho — ni 
con la entera cooperación, ni con las sinceras simpatías 
del pueblo hermano por cuya causa iba á desnudar la es- 
pada^ derramar la sangre de sus hijos y agotar recursos 
penosamente allegados en esa lucha impuesta por un fa- 
tal encadenamiento de sucesos y de intereses, extraños á 
los reales y positivos de la nacionalidad, embrionaria y 
desmembrada^ y circunscripta ya entonces á los límites 
geográficos actuales ^^K Ni la actitud de la provincia 
oriental desde 1810, antiargentina siempre, pretendiendo 
con Artigas engrandecerse con la anexión de Corrientes, 
Entre Ríos y Santa Pé; ni la resistencia hosca y armada 
del Paraguay, encerrado por el sistema conventual y 
medioeval del Dr. Francia entre sus montes y sus bre- 
ñales, como un molusco gigantesco dentro de su capara- 
zón calcárea; ni la pérdida de las provincias del Alto 
Perú, alevosamente substraídas á la soberanía argentina^ 
(Tarija sobre todo), habían sido parte á demostrarnos 
que el principio del utf- poseditea y los vínculos históricos y 
los mismos ideales del hogar colonial y de Mayo eranr 
como el Virreynato, una sombra sin alma, errante en las 
tempestades de esos días! Así, las solemnes sanciones de 
la Asamblea de la Florida, á que hemos asistido, se nos 
antojan, por lo que á la República Argentina respecta, 
una cosa sin sentido; una habilidad calculada ó instintiva 
de Lavalleja, destinada á repercutir con honda sacudida 
simpática en los corazones de los patriotas del uno y del 
otro lado del Plata; á quebrantar las prudentes exhorta- 
ciones de Las Heras, y á destruir las enérgicas y clarovi- 
dentes resistencias de su Ministro García. 

La segregación de la provincia oriental por una ó por 
otra causa v á la luz de los antecedentes recordados, era 
un hecho consumado. Constituía una porción del Brasil 
y éste ni buscaba ni quería la guerra con la Argentina 

(1) Salvo, naturalmente, las modernas desmembraciones en favor de Chile, 
Brasil, Paraguay y Solivia, que han hecho del suelo argentino una especie de tú- 
nica de Cristo. 



El ejército argextixo— El Rincón y Saranüi 111 

siempre que se le dejara la tranquila posesión de lo 
suyOy ó de lo que consideraba Ugalmente por tal. Si los - 
orientales arrepentidos de esa obra, fruto de su propia 
deliberación y pasiones, querían romper el odioso vínculo, 
era esa una cuestión de su fuero, máxime cuando para . 
repudiarlo levantaban como en 1815 á 1825 una bandera 
local (*í, que parecía tener, no es aventurado señalarlo, por 
dogma firme y secreto este propósito: la independencia 
pura y, entre dos anexiones, la más extraña, hasta que los 
tiempos, la oportunidad ó los sucesos, que no tardarían? - 
hicieran posible el triunfo de la idea madre. 

El sentimentalismo del partido de la guerra argentino 
precipitó, como hemos visto, el advenimiento de esos 
tiempos y esos sucesos, con hondo daño nuestro. Volvía- 
mos á ser, terminada recién la grande y gloriosa lucha 
de la emancipación americana, aún abiertas y sangrantes 
las heridas, los caballeros andantes de la libertad y de las . 
ajenas nacionalidades, sin haber logrado cimentar la pro- 
pia, en orden á su organización interna! 

Nuestras armas iban á esgrimirse nuevamente para . 
consagrar en el campo de batalla, en la victoria y en la 
historia, un nuevo y doloroso desgarramiento que nos trae- 
ría entre sus laureles marciales el caballo de Troya, sem- 
brando prevenciones, rencores é ingratitudes en el exte- 
rior, que es el lote de toda política que, como aquélla que 
estudiamos en sus consecuencias, procede con violación 
de los intereses fundamentales y conservadores de las co- 
lectividades que gobierna, marcando la ausencia ó el ex- 
travío de los hombres de estado, (jue no saben ser ni há- 
biles, ni previsores, ni fuertes, ni débiles, instrumentos de 



(1) Los 34 enarbolaron una bandera (reji^alada por Don Ceferlno de la Torre) 
azul, blanca y rq/a, con este mote en la faja blanca central: Libertad ó tnuerte! 

La Sala de Representantes de la Florida, ti 25 de Agosto de 1825 decretó este 
pabellón «como una consecuencia necesaria al rango de independencia y libertad 
que ha recobrado de hecho y de derecho la Provincia Oriental» pabellón que «de- 
be seflalar su ejército y flamear en los pueblos de su territorio», hasta «tanto se 
enarbole el reconocido por el de las Unidas del Rio de la Plata». 



112 El ejército argentino— El rincón y Sarandí 

los sucesos y los intereses mas encontrados que los arras- 
tran y dominan. ^^^ 

Pero los acontecimientos no permitían retrotraer las 
cosas al punto de partida ni tentar una obertura pací- 
fica. Declarada formalmente la guerra, el decoro na- 
cional impedía toda negociación ulterior que no naciera 
de la guerra misma, ó de la mediación de una poten- 
cia amiga. Era tarde, desgraciadamente, para pensar 
siquiera en otras soluciones que las trájicas del cam- 
po de batalla. Los dos e:obiernos habrían sido quizá 
impotentes para encaminar por otros rumbos á la opi- 
nión pública respectiva, ajitada por fervorosos entu- 
siasmos en Río y en Buenos Aires. Sólo Lavalleja y 
Rivera habrían podido dirigir ó encausar las pasiones 
— encaminándolas en una ú otra dirección, — de la noble 
tierra uruguaya, de la que eran el alma, pero se guar- 
daron bien de intentarlo, porque habrían ido contra sus 
propios planes paciente y tenazmente perseguidos. La 
guerra era para ellos el primer triunfo de sus ambi- 
ciones y la base de su omnipotencia futura, como lo 
probarían después, disputándose el poder, entre la san- 
gre generosa de sus compatriotas, criminalmente derra- 
mada por ellos. 

Definida así la situación, no cabía sino prepararse 
para afrontarla en todas sus consecuencias. 

La tarea era compleja para el gobierno argentino, 
pero fué abordada con actividad y energía por el señor 

(1) En 1873 y á raíz de la sanción secreta de la Cámara de Diputados de la R. 
Argentina que por 48 votos contra 18, adhería al tratado de alianza perú-boliviana 
el eminente ciudadano doctor D. Guillermo Rawson, (Diputado entonces), en una 
larga y luminosa carta reservada de fecha 27 de Septiembre de ese afto, dirigida 
al senador D. Plácido S. de Bustamante, se quejaba amargamente de ésta 
sanción y de esta política fatal, que, cómo la que venimos estudiando y que 
nos llevó á la guerra con el Brasil, contrariaba todos los intereses argentinos, sin 
fruto alguno para nosotros. 

Rawson, condenando esa alianza decía en uno de los últimos párrafos de la ci- 
tada carta: 

«Si mantenemos relaciones amistosas con Inglaterra que nos usurpa las Malvi- 
nas; si vivimos en paz con Bolivia que nos ha arrebatado Tarija; si no nos inquie- 
tan los avances del Brasil sobre los límites de 1777 en las Misiones; si hemos con- 
sagrado la independencia del Paraguay, etc., ¿por qué nos obstinamos? etc., etc 



El bjército argentino— El Rincón y Sarandí 113 



general Las Heras al principio y luego por Rivadavia y 
su Ministro de Guerra, el general Alvear. La misma 
angustiosa situación del tesoro, los peligros de la situa- 
ción política interna, agravados por la inconsulta é 
inicua sanción del Congreso Constituyente, del 3 de Mar- 
zo de 1826, de que ya nos hemos ocupado, que hacía 
tabla rasa de las autonomías de Buenos Aires y que 
resonó como fúnebre toque de rebato en el litoral y en el 
interior, alarmando á sus mandatarios y al partido fe- 
deral; la carencia de ejército y de material bélico y 
naval, todo parecía mancomunado para amontonar difi- 
cultades que llenaban de zozobras á los espíritus serenos 
y reflexivos, ajitados por penosas congojas patrióticas, 
que el espectáculo de la popularidad de la guerra no 
era parte á calmar. 

Pero sus consejos y sus exhortaciones y sus temores 
habían caído como la gota de agua sobre metales en 
fusión. Eran voces clamantes en aquel desierto poblado 
de almas ardorosas, á que había dado temple la fer- 
vorosa predicación de Dorrego y sus amigos, contra 
el imperio. Los nombres mas brillantes de la epopeya 
de la independencia; aquellos gallardos soldados que 
habían fatigado á la gloria en los caminos y encuentros 
del Alto Perú; en los despeñaderos de los Andes; en 
los risueños valles de Chile; en los arenales de la tie- 
rra de los Incas; en las montañas de Quito y el Ecuador, 
á la luz de las llamaradas del Pichincha, símbolo del 
dlma convulsionada de la América, anciosos de nuevos 
lauros, inflamaban con su sola presencia á la multitud, 
pronta á todos los sacrificios por la patria. Era un delirio 
guerrero que repercutía en todo el país, poblando de 
marciales entusiasmos los montes y cuchillas uruguayas- 
Y es necesario agregar que ese entusiasmo era sincero 
y que no decayó un punto, sin que sea parte á des- 
pojarle de su aureola, ingratos acontecimientos ^^^ que 

(1) Separación de Mendoza, Corrientes y otras provincias, en Junio y Julio 
de 1827. Segregación de las proTincias de Chuqulsaca, La Paz, Tarija, Santa Cros 
de la Sierra y Potosí, en el Alto Perú, ya citadae. 



114 El ejército argentüío— Et rincón y Sarandí 

van á arrojar sombras brutales sobre el cuadro lumi- 
noso y cálido como la gloria de un día estival. 

Se ha enrostrado al gobierno argentino de Las Heras- 
de una estrecha connivencia con Lavalleja^ desmos- 
trada por la creación del ejército de observación que- 
fué, se dice, el acto preparatorio de la expedición dé- 
los treinta y cuatro. 

Creemos que el cargo, oficialmente considerado, carece- 
de consistencia, per mas que esté rodeado de exterio- 
ridades que parecen abonarlo. En realidad, en las es- 
feras oficiales y populares de Buenos Aires, se había 
hecho carne la idea de que el conflicto armado se pro- 
duciría fatalmente por imposición natural de los sucesoS;. 
y fué simplemente en previsión de este acontecimiento 
que nació el ejército, para garantir la inviolabilidad del' 
territorio patrio y la neutralidad de las Provincias Unidas 
en las agitaciones de la Banda Oriental^ se dijo. 

Pero se comprende que esta sutileza — natural y usuat 
en esos casos — sería ineficaz para ocultar el pensamiento 
fundamental de aquélla medida (perfectamente lógica des- 
pués de las declaraciones amenazantes de Lecor á Vedia,, 
en que dejaba entrever el pasage de su tropa al Entre 
Ríos, y de todos los antecedentes históricos que hemos- 
rememorado) y bastante ingenua para engañar al fino- 
olfato de la diplomacia del Janeiro, avezada á este juego. 
Era cómo presentar un hombre vestido de seda, con la 
sonrisa en los labios, pero que dejaba entrever la resis- 
tente cota de mallas que cubría por entero su ropaje de 
corte que se arrojaría 6 no, según los casos. Y es clara 
que ésta «previsión» tenía que ser molesta al gobierno- 
del Emperador^ que contaba con la absoluta pasividad ar-- 
gentina, que sólo había opuesto embajadas platónicas á la 
invasión del Barón de la Laguna y á la sanción de las- 
«Cortes» de Montevideo. 

En rigor, pues, el ejército de observación ^^^ — que se- 



(1) La concentración, de las. primeras. tropas y contingeates se hizo en la pro- 
vincia de Entre Rios. 



El ejército argentino— El Rincón y Sarandí 115^ 

llamó también de «vanguardia», «nacional», de «operacio- 
nes» y «republicano» — era un instrumento defensivo en 
su origen. No era la guerra, pero la llevaba en sus entra- 
ñas, conforme á los sucesos y á la presión del espíritu, 
público, que la trageron, obedeciendo también á los ante- 
cedentes seculares que hemos esbozado en el capítulo- 
primero, á los mas inmediatos del levantamiento provo- 
cado por Lavalleja y á las declaraciones de la Asamblea, 
déla Florida. Las acciones del «Rincón», el «Sarandí» y 
«Santa Teresa», no tardarían en teñir con generosa púr- 
pura humana el ancho palenque que españoles, portugue- 
ses y americanos habían conmovido en las pasadas con- 
tiendas. Aquéllos campos próbidos y gloriosos4ios eran, 
familiares como la victoria, desdólos tiempos del Maestre 
de Campo Vera Mugica, Valdéz de Inclán y Pedro de Ce- 
vallos! 

Declarada formalmente la guerra y resuelto el pasago 
del ejército argentino al teatro de las operaciones, é im- 
provisado Brigadier General por el Congreso y Ejecutivo- 
Nacional Don Juan Antonio Lavalleja, pretendió ó abri- 
gó la secreta y firme esperanza de ser nombrado generat 
en gefe de aquél, lo que desatendido, cómo era lo natural 
y lo cuerdo, dio lugar á su empacamiento en el campa- 
mento del Durazno, con las enojosas, ridiculas y graves- 
circunstancias que nos ocuparán á su debido tiempo, com- 
plicadas con las de su adlátere, el Brigadier ^^^ na menos 
improvisado Don Fructuoso Rivera. 

Era por cierto inconcebible que el gobierno nacional 
confiara la organización, reclutamiento, instrucción, mo-^ 
ral, disciplina y operaciones del ejército del Uruguay, a 
un caudillo sin condiciones, sin antecedentes militares, 
sin escuela ni instrucción profesional alguna. Habría sido 
no sólo un grande error militar y de gobierno, sino tam- 
bién un acto de profunda imprevisión, sin contar que ese 



/ 



(1) Grado que le confirió, como á Lavalleja, el C. G. C. de Buenos Aires en un 
momento de extravío. Tenia este mismo grado en el ejército brasilero, que le con- 
firió el Emperador. 



116 El ejército ARGENxrNO— El Rincón y Sarandí 



nombramiento habría alejado del ejercitó á personalida- 
des de la talla de Paz, de Lavalle, de Soler, de Olazábal, de 
Brandzen, de Olavarría, etc., soldados llenos de servicios, 
de reputación, de experiencia y de gloria, formados en la 
escuela virtuosa de Belgrano y genial y severa del gran 
capitán de los Andes, que se habrían sentido deprimidos, 
sea dicho sin ofensa para la memoria del pretendiente. 

Ya sabemos que fué designado para ese alto y deli- 
cado cargo el general D. Martín Rodríguez que, si bien 
carecía de las dotes eminentes que la situación y los 
sucesos iban á reclamar bien pronto del generalísimo 
«n la campaña ofensiva, llevaba no obstante al ejército 
una reputación de caballerosa honestidad, de cierta fir- 
meza de carácter, algunas recomendables cualidades de 
organizador y antecedentes militares que aunque debili- 
tados por el doloroso desastre de Venta y Media, le daban 
autoridad, junto con su patriotismo sencillo, su bondad 
ingénita y su consagración al bien público. 

Su designación fué, puede decirse, grata á sus antiguos 
compañeros de armas, y si bien su actuación posterior 
no fué la que él podía esperarse, dentro de cierto or- 
den concreto de ideas,- -cosa que hemos de consideiar 
al tratar de su separación del mando — es indudable que 
-estuvo no sólo dispuesto á consagrar todas sus fuerzas 
. al cumplimiento de sus deberes militares y cívicos, sino 
que se dio cuenta de lo delicado de su misión, como lo 
revela el texto integro, (sin alterar su redacción y orto- 
grafía), que creemos necesario dar aquí, de su comuni- 
cación al ministro de la guerra, general D. Marcos Bal- 
caree, antes de incorporarse al ejército, datada en Bue- 
nos Aires á los 6 días de Agosto de 1825: 

« El general que firma, deseoso de llevar debidamente 
las miras del gobierno nacional ha creído de su deber 
dirijirse al señor ministro de la guerra, á fin de obte- 
ner prevenciones mas latas por medio de las quales 
nivele su conducta militar y política en la línea del 
Uruguay. 



El ejército argentino— El Rincón y SarandI 117 

« Es bien sabido que la guerra que la Banda Orien- 
tal sostiene contra sus opresores, puede ser adversa 6 
favorable á aquella provincia; asi que como todo acon- 
tecimiento de un carácter decisivo, ha de producir ne- 
cesariamente un movimiento de consecuencia en la Pro- 
vincia de Entre Ríos, donde deve acantonarse la divi- 
ción al mando del que subscrive: á lo menos la pru- 
dencia dicta un semejante calculo, y los datos y conoci- 
mientos que se poseen conspiran al mismo tiempo á- 
prever tal resultado. 

« Si batiendo el Ejército Imperial las fuerzas patrio- 
tas de la provincia de Montevideo intentase invadir el 
Entre-Ríos forzando la linea del Uruguay; previsto este 
caso en las instrucciones escusado sería el consultarlo: 
la fuerza se opondría á la fuerza para sostener la in- 
tegridad de la nación^ repeliendo con las armas una 
agresión tan injusta. 

« Lo que el infrascripto solicita es una demarcación 
de la línea de conducta que el deve sostener, en el 
supuesto caso de que por un accidente funesto, que 
siempre es preciso no olvidar que puede suceder^ las 
tropas del general Lavalleja derrotadas intentasen pasar 
el Uruguay: ya sea que la necesidad lo obligase vién- 
dose acosado de los enemigos victoriosos, y sin otro 
arbitrio que el poner el río por medio; o bien que el 
gefe de dichas fuerzas patriotas conciviese el plan de 
guarecerse en la línea, por el conocimiento de la devi- 
lidad de sus fuerzas, ó por un plan combinado de ope- 
raciones. 

« Es necesario pues que el infrascripto sepa quales 
son las medidas que deberá tomar, si lo último aconte- 
ciese; es decir, si el deverá entonces proteger el paso de 
las fuerzas orientales; incorporarlas á la divición de su 
mando si lo solicitasen; dárseles auxilios, y de que clase. 
Y por ultimo que resolución es la que deve adoptar, 
suponiendo que después de efectuar el pasage del Uru- 
guay las tropas patriotas de la otra banda, sus gefes 



118 El ejército argkntixo— El Rincón y Sarandí 



•quisieran conservar una independencia absoluta, mante- 
niéndose separados como perteneciendo únicamente á 
la Provincia de Montevideo. 

« Mas como también es posible, y así deve esperarse 
que las fuerzas patriotas de la Banda Oriental obtengan 
ventajas sobre las del Brazil: el que firma desea saver 
el partido que debe tomar, si el gefe de la enunciada 
fuerza, á consecuencia de sus triunfos^ solicitase del de 
la Divición Nacional una cooperación activa, por medio 
•de un refuerzo de algún cuerpo ó cuerpos de la divición 
•ó de toda ella, para consumar la obra del total aniqui- 
lamiento de los Brasileros, suponiendo también que en 
el caso propuesto, á juicio del que subscribe fuese pro- 
vable la derrota de los Imperiales con el auxilio de una 
parte ó del todo de su divición; y que el gefe de los 
Orientales se pusiese á sus ordenes cediéndole el mando 
de las fuerzas combinadas. 

« En fin, el general que firma consultando sobre un 
punto tan importante cumple un dever de primer orden: 
al Excmo. Govierno compete el comunicarle su resolu- 
ción relativa, marcando circunstanciadamente todos los 
casos posibles. Al govierno por la sabiduría de sus con- 
sejos no se le ocultará ninguno, mientras el que firma 
puede haber omitido algún otro interesante, por no tenerlo 
presente.» 

Las instrucciones pedidas á su gobierno por el general, 
•en este documento, eran precisas, netas y concretas. Se 
adivina por ellas las dudas que asediaban á su espíritu 
a.nte una situación aún obscura, é imprecisa por lo tan- 
to. Militarmente no dudaba sobre su actitud, sin consulta 
previa, en el caso de una invasión brasilera á la pro- 
vincia de Entre Ríos, que sería rechazada por la fuerza^ 
dice con varonil sencillez, pero quería saber á qué ate- 
nerse en los otros casos, y conocer el pensamiento del 
gobierno en lo que á la política de la guerra se refería 
y en particular á los caudillos locales en armas. Pero 
es digno de notarse el hecho de que en ese documento 



1^ EJÉRCITO ARGENTINO— El RiNCÓ» Y SaRANDÍ 119 

palpita el gran problema, político de la suerte futura de 
la provincia, convulsionada por Lavalleja, y su mismo 
carácter en el momento en que la solución ha sido con- 
fiada á las armas. El general Rodríguez supone que 
las milicias orientales, derrotadas, pueden pasar á la 
margen derecha del Uruguay y en ésta hipótesis, pide 
xeglas de conducta para el caso de que stis jefes (Lava- 
Ueja ó Rivera) quisieran conservar una independencia ab- 
-soltita, manteniéndose separados <^cómo perteneciendo única- 
jnente á la provincia oriental*. Se vé, se adivina sin mayor 
esfuerzo, que el general sospecha de los propósitos 
isecretos de la lucha que se inicia, y que la guerra 
no vá acaso á asegurar y consagrar en los hechos, el 
voto solemne de los diputados de la Asamblea de la 
Plorida, sino la independencia nacional de la provincia 
disputada. Para él, Lavalleja no era un enigma, y los 
acontecimientos no tardarán en demostrarnos que estas 
melancólicas desconfianzas de su espíritu de varón ho- 
aiestoy patriota, resultarían perfectamente justificadas. 

Balcarce dio las instrucciones pedidas diciendo, en 
substancia, que en caso de ser derrotadas las fuerzas 
orientales, debían ser amparadas y j^r o tejiáeLS, embebién- 
dolas en las filas del ejército de observación, sin permi- 
tirles constituir cuerpo separado y quedando desde ese 
momento á las inmediatas órdenes del general, quien 
podía separar á las personas qíie pudieran perjudicar el 
-orden y seguridad del territorio naeionaL En cuanto á 
lo de auxiliarlas en los otros casos previstos, debería 
dar cuenta en cada uno de ellos y esperar instruc- 
•ciones. 

Era, como se vé, una respuesta á medias por mas que 
se prometiera ampliarla, «según el estado de las cosas». 
En resumen, el gobierno de Buenos Aires ú ocultaba su 
pensamiento ó procuraba orientarse, carente de un pen- 
samiento definitivo con objetivos precisos. No obstante, 
la recomendación de no permitir la formación de ctier- 
pos autónomos^ separador de la autoridad del general, era 



120 El ejército argentino— El Rincón y SarandI 



sugestiva, perfilando en modo claro no sólo el pensa- 
miento militar y la unidad del mando, sino también un 
criterio político de gobierno que se develaría en oportu- 
nidad ^^\ aunque sin resultados. El general Rodríguez 
marchó entonces á ocupar su destino. 

Pero antes de continuar adelante en la narración y 
examen de los sucesos, conviene, conforme á nuestro 
plan, completar las noticias biográficas sobre la perso- 
nalidad del general don Martín Rodríguez. 

Alto y delgado, era una figura distinguida sin afec- 
tación^ á la que el uniforme de la época daba cierta 
severidad y rigidez, que no condecía con sus maneras 
sencillas, su trato afable, sus maneras tranquilas y 
reposadas como su palabra. 

Su cabeza, ni grande ni pequeña, bien modelada, se 
alzaba sobre un busto armónicamente conformado. La 
frente alta y amplia cuadraba un rostro algo alargado 
y fino, caracterizado por la nariz aguileña, algo audaz y 
por los ojos de mirar inteligente y sereno, espejo de un 
alma plácida y honesta, llena de bondad y de desinterés- 
por otra cosa que no fuera el bien público. 

Su patriotismo se había acreditado desde las dos in 
vasiones inglesas. Era un profesional, lleno de devoción 
por la causa patriota, como lo probó al lado del coro- 
nel D. Cornelio Saavedra en los sucesos del 1° de Enero 
de 1809 contra Liniers, á quien los españoles pretendie- 
ron deponer, y en los grandes y memorables días que 
precedieron y siguieron inmediatamente al 25 de Mayo 
de 1810, en que fué actor distinguido. 

ün año después se le confió una misión militar en 
Entre Rios, al mismo tiempo que el benemérito Belgrano 
llevaba las armas y las ideas revolucionarias al Para- 
guay y al Uruguay. Después pasó al Norte^ á las órdenes 
de Rondeau y de aquél, y se halló en las gloriosas jorna- 



(1) Después de la reincorporación de la provincia decretada por los diputa- 
dos de la Florida, el 25 de Agosto. 



El EJÉRCITO ABGENTiNO— El Rincón y Sarandí 121 

das de Tucumán y Salta. Operando como jefe de van- 
guardia de Rondeau, en el Alto Perú^ fué sorprendido y 
hecho prisionero por Olañeta^ en la funesta acción del 
Tejar, en Febrero 19 de 1815. Fué canjeado, pero le 
aguardaba otro ruidoso desastre en Venta y media, que le- 
sionó fatalmente su reputación militar y puso á prueba 
su alma, amargada por un severo castigo, del que fué re- 
habilitado noblemente por el Director Pueyrredón. 

En 1820 asume el mando de la Provincia de Buenos 
Aires. Bate, con las armas, á los adversarios de su go- 
bierno. Hace la paz con López de Santa Fé, tratado contra 
el cual se subleva la soberbia de Ramírez de Entre Ríos, 
que, vencido, se somete, pactando el famoso acuerdo 
cuadrilátero de las provincias litorales, que abre, por un 
momento al menos, el ciclo de quietud y de paz, con 
opimos frutos. En 1823 y en 1824, desnuda su espada 
contra las bravias tribus de la Pampa y hace obra de 
civilización y de humanidad, que una administración ho- 
nesta celosa de los grandes intereses de Buenos Aires, su 
provincia natal, llena de nobles y felices iniciativas á que 
dio nervio el genio de Rivadavia, su Ministro de Gobier- 
no, culmina (^^. 

Tales eran, en rápida síntesis, el hombre y sus obras, 
en el momento en que se pone al frente del ejército de 
observación; varón justo y bueno sin duda, aureolado 
por acciones y servicios memorables, dignos de loa, liga- 
dos en el tiempo y en la historia á sucesos extraordina- 
rios, grandes y gloriosos. 

Pero, es forzoso repetirlo: sus talentos ó su capacidad 
militar y política eran concretos. Esta guerra y los 
hombres y los intereses en juego, llenos unos y otros de 
sutilezas y de reservas de estirpe varia, rodeado todo de 
dificultades y complicaciones, propias del momento y de 



(1) Vivió respetado y querido en Buenos Aires, su ciudad natal, hasta que las. 
amarguras y las persecuciones de Rozas, le impusieron la emigración al Estado 
Oriental, donde terminó noblemente sus días. 



1 22 El ejército argkxtino— El Rincón y Sarandí 

"SU filiación histórica, reclamaban imperiosamente una 
cabeza bien organizada, una voluntad enérgica y un 
brazo fuerte y manso á un tiempo, conjunto de calidades 
como para oponerse á los obstáculos y dirigir y no ser 
dirigido ni por los hombres ni por los acontecimientos. El 

, general Rodríguez no era el hombre. Demasiado bueno 
y demasiado sincero, el espíritu de Artigas, encarnado en 

• sus dos genuinos representantes, lo envolvería en redes 
sutiles que harían posible y necesaria su eliminación del 
teatro de la lucha, como sucedió en breve, dando lugar á 
la figura voluntariosa, dominadora y genial del General 
de Ituzaingo y de Montevideo, que fué el alma de la logia 
de Lautaro en la gigantesca cruzada de la independencia 
argentina y que, en cierto orden de ideas, podía decirse 
como vaciado en el molde moral de Bolívar, de cuya 

-altanera idiosincracia participa. 

Entre tanto, la insurrección patriota tomaba cuerpo en 
el territorio oriental, agitado por la activa propaganda 
de los jefes departidas, y las correrías y levas de Lava- 

Jleja y de Rivera. Era una especie de levantamiento en 
masa aunque incoherente de las campañas, que alarmaba 
con justicia al enemigo, no acaso por este hecho en sí, 
sino porque á su sombra el ejército reglado de Buenos 
Aires crecería en potencia, apoyado por el espíritu pú- 
blico local que vería en él á su libertador. Así, una 

^proclama ampulosa, ^^^ con ribetes cómicos, curiosa, llena 
de invectivas contra Buenos Aires y contra el «traidor 
» y rebelde Fructuoso Rivera, monstruo de iniquidad y 
» perfidia», del Mariscal de Campo D. José de Abreu, ^2) 
Gobernador de Armas á la sazón de la Provincia de 

•San Pedro, a sus conciudadanos de la provincia Cisplatina, 
cayó en el vacio ó excitó las energías «de los infames y 
viles caudillos de turbas de bandidos, salteadores y faci- 



(1) Se inserta en los anexos. 

(2) El antiguo dominador & sangre }• fuego con el Brigadier Chagas, de los 
infelices pueblos de Misiones. 



El ejército argentino— El Rincón y Sarandí 123 



nerosos», como les llamaba donosamente el señor Maris- 
■cal, á las milicias uruguayas, que no tardarían en acusar 
su temple, contestando con hechos á los halagos falaces 
y amenazas del general imperial. 

Así, el teniente D. Tomás Gómez, al frente de 25 bravos 
milicianos, derrotó el 23 de Junio de 1825 á un centenar 
de imperiales, hazaña que le valió el galón de capitán y 
el mote glorioso para él y sus soldados, de Vencedores, 
Poco después el teniente Felipe Caballero, destrozaba una 
avanzada enemiga, haciendo prisionero á su jefe con 
íilgunos soldados, por lo que fué también promovido, dán- 
<losele á él y á sus milicianos el título de Valientes. En 
Agosto — á raíz de esos dos episodios — se realizaba un 
ataque audaz y feliz al pueblo de Mercedes por los capi- 
tanes Gómez, Caballero y Gaete, tomándose prisioneros 
á dos hijos del Mariscal Abreu, los jóvenes oficiales Cán- 
dido José y Manuel José de Abreu, al mismo tiempo que 
el bizarro coronel Laguna conquistaba la plaza de PUy- 
sandú. 

Ya hemos dicho que Rivera, viendo apoyado á Lava- 
Ueja por el gobierno y los hombres espectables de Buenos 
Aires, abandonó la causa brasilera y se plegó á éste con 
sus fuerzas, decidido á servirle, á la espera seguramente 
de la oportunidad de pasar de esta situación subalterna 
á la de jefe supremo. 

Se consagró con ardor a la nueva causa, combinando 
<ion Lavalleja un ataque al Brigadier Abreu, que se en- 
encontraba con 600 hombres en Mercedes (Septiembre de 
1825) en condiciones poco favorables, á cuyo efecto Rive- 
ra reforzó su columna con lá que operaba á órdenes del 
coronel Andrés Latorre. 

En marcha sobre el jefe brasilero. Rivera supo que 
en el Rincón de Haedo ó «Rincón de las Gallinas», se en- 
•contraba un pequeño destacamento enemigo que custo- 
diaba algún material de guerra y unos 8000 caballos, 
^ue había reunido Abreu. 

Rivera, dejando que Latorre con el grueso, continuara 



124 El ejército argentino— El Rincón y Sarandí 

lentamente el avance acordado, organizó una columna 
de gente elegida, fuerte de unos 300 hombres de caballe- 
ría — entre los que había muchos correntines y entrer ría- 
nos — , con les que marchó desde la Tranquera, pasó el 
el Río Negro por el vado de Vera y cayó sobre el desta- 
camento imperial, sin ser sentido, en la madrugada del 
24 de Septiembre, apoderándose de cuanto había en el 
punto, menos una parte de la guarnición que logró huir 
y salvarse en unos buques brasileros al ancla en el Uru- 
guay. La operación, hábilmente conducida, fulmínea, 
dejaba á pie al brigadier Abreu. 

Dueño Rivera del puesto, tuvo aviso por sus bomberos 
de que venía sobre el Rincón^ á marchas forzadas, una 
columna de 700 hombres de buena caballería, al mando 
del coronel Jerónimo G. Jardín, que, es de suponer, con- 
curría en apoyo del destacamento, para evitarle una. 
sorpresa. Pero Jardín que no conocía el reciente con- 
traste, y que se suponía fuera de contacto con el enemigo, 
marchaba con la mayor confianza, sin servicios avanza- 
zados de seguridad y exploración, ni al frente ni á los 
flrancos, negligencia grave, indisculpable y criminal en 
un soldado experimentado como lo era él, y que pagaría 
caramente, con vituperio para su reputación militar y 
con desprestigio de las armas imperiales, que serían ru- 
damente castigadas ese mismo día. 

La desproporción numérica de Rivera con respecto á 
Jardín es notabe y difícil sin duda la situación de aquél,, 
que, no obstante, alentado por el éxito de su reciente 
golpe de mano, tiene la inspiración y la audacia de tentar 
la fortuna. 

Su resolución de batir al enemigo le hace honor. Su 
plan, hijo de su astucia nativa, se reduce á una simple 
combinación: sorprender en su marcha á Jardím y caer 
como el rayo sobre su columna. Y es necesario convenir 
que esta resolución, aunque peligrosa, era lógica: Rivera, 
dada la inferioridad numérica señalada y la calidad de 
su tropa, inapta para el choque reglado y la defensa por- 



El ejército aegkytixo— El Rin'cón y SARA?fDf 125 

el fuego de la posición que señoreaba — posición aislada y 
sin importancia estratégica ó táctica, desde que no se 
apoyaba en fuerza alguna ni su posesión, por el momento 
al menos, no se ligaba á ninguna necesidad ú operación 
— no tenía sino dos caminos a seguir: la retirada ó la 
sorpresa. Optó por ésta. Su osadía fué una imposición de 
s\x temperamento de guerrillero. 

Destaca en observación del enemigo al capitán D. Ma- 
riano Pereda que llega al Sandú algunas horas después 
de haber pasado aquél por ese punto, y con el que se 
desencuentra naturalmente. Rivera, con doscientos cin- 
cuenta hombres, abandona el puesto tomado en la ma- 
drugada de ese día y se establece en emboscada, como un 
tigre en acecho, á caballo del camino que utilizan los 
imperiales en su rápida marcha, en un lugar adecuado, 
que dista unos tres kilómetros escasos del paso del Río 
Negro, á la altura de Mercedes. 

El enemigo, cuya aproximación es anunciada por bom- 
beros ágiles y astutos, marcha, como ya dijimos, en bas- 
tante desorden, fraccionado en tres grupos, lo que 
acentúa el alargamiento de la columna y facilitará la 
obra del pánico. Jardín, ignorante de lo que ocurre al 
frente de su ruta, marcha ciegamente á su destino. 

Rivera aguarda á los brasileros en línea, cuya dere- 
cha está al mando del capitán Servando Gómez (Drago- 
nes de Rivera); el centro (milicias del Durazno) á las del 
coronel Julián Laguna y la izquierda (milicias de Soria- 
no) á las de los capitanes Miguel Saenz y José Augusto 
Posólo. A vanguardia establece una débil guerrilla á las 
órdenes de los capitanes Manuel Benavidez y Gregorio 
Mas. No hay reserva, de modo que no habrá esfuerzos 
sucesivos ni apoyo alguno, estando todo librado al suce- 
so del ímpetu del choque. 

La cabeza de columna del infortunado Jardín, cae ino- 
pinadamente para ella sobre la guerrilla patriota, que la 
saluda con una salva de carabina y la carga sobre la mar- 
ocha, arrojándola en desorden sobre el grueso, que á su 



126 El ejército argentino— El Rincón y Sarandí 

vez se desordena y lleva la confusión y el espanto á. la. 
retaguardia. 

Los jefes brasileros hacen desesperados esfuerzos por 
rehacer sus rotas unidades. En parte lo consiguen, pero 
ya está encima de ellos la línea de Rivera, que ha salva- 
do en su avance el obstáculo de un bañado, sin que la 
contenga naturalmente el fuego ^^^ enemigo, que hace so- 
bre ella una salva inofensiva. El choque cuerpo á cuerpo 
se produce, terrible y «nconado, entre el trágico chocar 
de lanzas y de sables, y la característica gritería del si- 
niestro entrevero del combate, que termina con la derro- 
ta y persecusión de Jardín, que deja sobre el campo el ca- 
dáver del coronel Luis Mena Barreto con otros ciento diez 
hombresentre muertos y heridos, de ellos 16 oficiales y tres 
cientos prisioneros, 20 oficiales entre ellos, armas, muni- 
ciones, caballada y equipos. Las pérdidas del vencedor 
fueron relativamente insignificantes. El vencido peleó 
con bravura pero á la desesperada, vencido de antemano 
por la culpable negligencia de su jefe. 

Este triunfo de escasa importancia militar la tuvo y 
grande en la moral del levantamiento popular. Ensober- 
beció á Rivera — que así vengaba ^2) el rudo zarpazo que 
le dio el coronel Bentos Manuel el 4 de ese mismo mes 
en el Arroyo del Águila (ó puntas del Biscochó) donde 
perdió al mayor Mansilla^ 2 oficiales y 28 soldados— pero 
dio temple á las armas uruguayas y alentó los corazones 
quebrantando los contrarios. Fué como un augurio de 
victoria que cruzó cálido y jubiloso la provincia entera, 
enardeciendo con nuevas esperanzas el alma generosa de 
los patriotas del antiguo Virreynato. 

El enemigo entre tanto, aunque dueño de las aguas 



(1) La instrucción de tiro ó era muy deficiente en ese tiempo ó no se hacia en 
absoluto, lo que no debe extrañarse mucho cuándo sábeme s que aun hoy, eae/cnó 
meno se produce todavía - ^^ 

i2) Era también la revancha de los recientes contrastes sufridos por el Ca- 
pitán Caballero y por el Comandante Don Juan Arenas, en la Colonia^ derro- 
tado este último en una vigorosa salida de los sitiados. 



El EjÉaciTO argentino— El Rincón y Sarandí 127 



del teatro de la guerra continuaba puede decirse iniíio- 
vílizado en Río Grande, en Santa Anna do LibramentoVen 
el Yagüarón, en algunas otras poblaciones orientales como 
Mercedes, Salto, etc., y al amparo de los muros y baluar- 
tes de Montevideo y la Colonia. Lo estaba también el 
mariscal Abren en Mercedes, al frente de los seiscientos 
hombres citados anteriormente, privado ahora de me- 
dios de movilidad por la pérdida de las caballadas del 
Rincón. Sólo los activos coroneles Bentos, al frente de sóli- 
das columnas de caballería, realizaban operaciones ofensi- 
vas que en realidad no eran sino diversiones, correrías, raids 
sin vinculación á un plan de guerra por lo que sus éxitos 
— cuando los alcanzaban — no dejaban rastro en la mar- 
cha de los acontecimientos bélicos, á. la. manera del paso 
de las nubes tempestuosas sobre el cielo azul de las 
cuchillas. 

No había, pues, plan reglado y coherente de guerra, de 
la una parte por debilidad material, orgánica é intelectual 
ó profesional, y de la otra por excesiva prudencia, iner- 
cia ó ausencia de voluntad firme y enérgica de batirse y 
triunfar. Los imperiales, desde el momento de la decla- 
ración de guerra, tenían elementos sobrados, superiori- 
dad material abrumadora para romper operaciones enér- 
gicas y decisivas contra Lavalleja y sus tenientes. Pero 
ya sabemos que se inmovilizaron en las fronteras y en 
las plazas del litoral, sin impulsar su movilización y 
concentración estratégica, dejando que el levantamien- 
to popular tomara cuerpo y que el ejército de ob- 
servación se robusteciera tranquila y lentamente, pa- 
sando á la banda oriental, al mismo tiempo que Brown 
improvisaba las fuerzas navales argentinas, tan fatales á 
los imperiales. La fortuna nos favorecía! 

Por el momento iba á producirse otro encuentro feliz 
semejante al del Rincón de las Gallinas, que precipitando 
los acontecimientos aportaría también su lote de compli- 
caciones y conflictos penosos, provocados por Lavalleja 
y Rivera, á que pondría remedio la actividad del Gober- 



128 El ejército argentino— El Rincón y Sarandí 

nador Las Heras, el relevo del general Rodríguez y la 
mano y voluntad firmes de Alvear, encausando los suce- 
sos y la lucha. Este encuentro fué el combate del Sarandf, 
el 12 de Octubre de 1825^^^, entre las fuerzas de los co- 
roneles Bentos Manuel Riveiro y Bentos Manuel Gonijal- 
vez — tenaces y porfiados á la manera de Blücher — y las 
que operaban á las órdenes inmediatas del brigadier La- 
valleja y Rivera. 

Inquieto el general Lecor por el incremento alarmante 
de la insurrección uruguaya y por el desastre de Jardim, 
se propuso restablecer el prestigio de las armas brasile- 
ñas con un golpe decisivo asestado á Lavalleja, que con 
su columna vivaqueaba á la altura del arroyo de la Oruz, 
buscando á su vez la oportunidad de batir en detalle á 
las fuerzas que operaban á las órdenes directas de los 
coroneles Bentos Manuel Riveiro y Bentos Manuel Gon- 
§alvez y que, en conjunto^ sumaban 2.200 soldados de 
buena caballería. 

Estas tropas, en cumplimiento de las órdenes del Barón 
de la Laguna, concentradas, (y al mando de Bentos Ma- 
nuel Riveiro, que en los primeros días de Octubre salió 
con su columna de Montevideo, camino de Minas), se 
movieron en masa sobre Lavalleja, que, debidamente in- 
formado del objetivo del enemigo que iba sobre él á mar- 
chas forzadas, llamó á sí al comandante del Regimiento 
«Dragones libertadores», D. Manuel Oribe, y al brigadier 
Rivera, que se le incorporaron con sus tropas el 11 de 
Octubre de 1825 en la Horqtieta del Sarandi, con lo que 
el caudillo contaba á su vez con dos mil hombres de 
caballería y un cañoncito de campaña de 4 libras, servido 
por el alférez José Joaquín Olivera. Bentos Manuel no 
había podido evitar estas incorporaciones, pero fiado en 
la calidad é instrucción de sus soldados, en la superio- 



(1) Pelliza, en su Historia Argentina ^ temo III no dá la fecha de este combate. 
El Dr. López le asigna la del 11 de Junio. 

Las partes originales de la acción (publicadas en el tomo LV de los Partes por 
el Archivo General de la dación) dan la que aquí consignamos, que es la exacta. 




General D. Martin Rodríguez 




El Emperador D. Pedro I del Brasil 



El ejército argentino— El Rincón y Sarandí Í29 

«••■•••••• ■•■■•••••■■-«•••••■■••«•.,..>.•■•...■*•■...■.-•■..■■.■*.•>■ ■->■-■•■■-■-■■>«*■■■•>■■>■*■.•-..*..*..................■.■.•«■■.■..>..■..........« 

ridad de su organización y armamento, bravo y sincera- 
mente dispuesto á batirse, ni varió de plan ni pidió á 
Lecor refuerzos que le aseguraran la primitiva superio- 
ridad numérica sobre su adversario, no menos bravo que 
él, no menos confiado en el triunfo y no menos decidido 
á medirse con el imperial, lleno de fé en sí mismo, en 
sus milicianos y emulado por el reciente triunfo de Ri- 
vera. En el uno y en el otro campo en suma, había 
mas corazón que cabeza, y con igual despreocupación 
sobre las consecuencias, ambos caudillos guerrilleros se 
buscaron para sablearse en aquella jugada decisiva, en 
la que cada uno se creía seguro del éxito. 

Al amanecer del 12, imperiales y republicanos estaban 
á la vista — en la cuchilla de «Sarandí», entre el arroyo 
de este nombre y el Castro — y á la mano puede decirse, 
separados por un brazo del Arroyo Sarandi, que los pri- 
meros despuntaron para no lidiar con este obstáculo á 
su espalda, siendo ésta la única maniobra preliminar 
del encuentro, que se efectuó por unos y por otros en la 
jornada. Lavalleja, secundado también por el coronel 
Laguna, esperaba en una rígida línea, teniendo en el flan- 
co derecho al coronel Pablo Zufriátegui; en el centro 
al coronel D. Manuel Oribe y á la izquierda á Rivera y 
Gregorio Planes. 

El choque, entre aquellas dos fuertes masas de 
ginetes numéricamente equilibradas, no tardó en produ- 
cirse. Y es justo agregar que si existia alguna superio- 
ridad de la una sobre la otra, por calidades militares, 
ésta pertenecía á los brasileños. Las tropas patriotas, 
excepción hecha de los Dragones (excelente tropa) de 
Oribe, que tenían cierta solidez y cohesión, estaban cons- 
tituidas por simples milicias voluntarias, pero eran 
superiores á sus contrarios por el espíritu y una como 
ciega confianza en sus fuerzas y en su estrella: Se creían 
invencibles. 

Las dos grandes masas de caballería se vieron de pron- 
to frente á frente en aquel terreno propicio para la 



130 EL EJÉRCITO ARGENTINO— El RlNCÓN Y SaRANDÍ 

acción del arma. El cafioncito de Lavalleja (eran las 8 
de la mañana) rompió el trágico silencio que precedió al 
encuentro, con el ronco estampido de dos ó tres disparos 
quizá perfectamente inofensivos, que turbaron con el 
vocerío de las tropas, la quieta paz de la naturaleza. 
De la nerviosa línoa brasilera partieron inmediatamente 
algunas descargas de carabina, no mas eficaces. Impe- 
riales y republicanos se precipitaron al punto los unos 
sobre los otros, en masa, en idéntica formación frontal y 
lineal, sin reservas ni cosa parecida, «sable en mano y 
carabina á la espalda», dice Lavalleja, con gráfica expre- 
sión, que da la pauta del mecanismo de su táctica inar- 
ticulada, enemiga del fuego ó sin gran confianza en sus 
efectos. 

Entre ensordecedora gritería, chocaron, bravamente 
conducidos por sus jefes, no ya caudillos sino simples 
plazas combatientes. Desde es;3 momento, todo quedaba 
librado al empuje personal brioso y bizarro; á la habilidad 
ecuestre; al bote de las lanzas terribles y al filo de los 
pesados sables de la época (muchos de ellos forjados en 
la Maestranza del Parque de Buenos Aires), esgrimidos 
por brazos robustos obedientes á las viriles pasiones del 
corazón. Choque sin duda formidable y magnífico como 
un gigantesco torneo medioeval, aunque rápido, á la ma- 
nera de una estocada á fondo y doble, en el que abun- 
daron forzosamente los encuentros personales y los 
episodios heroicos, que terminó por la espléndida victoria 
de los republicanos ^^l- La masa enemiga, semejante á 
las hojarazcas de la selva arrastradas por la tempestad, 
se dispersó^ tras breves remolineos, animada por las 
locas energías del pánico. Solo el bravo y sereno co- 



cí) En poder de Lavalleja quedaron 56 jefes, oficiales y cadetes (cuya Hsta no- 
minal vá en los anexos) prisioneros, y 670 de tropa, gran número de armamento, 
municiones, caballadas, etc. Las bajas imperiales fueron unos 200 muertos y ma- 
yor número de heridos. Los republicanos tuvieron 1 oficial y 40 de tropa muertos 
y 13 oficiales y 80 de tropa heridos. 

El Congreso Nacional, como en el caso de la expedición libertadora de los 33 
compañeros de Lavalleja, decretó premios en dinero á los vencedores del Sarandt 



El ejército argentino— El Rincón y Sarandí 131 

mandante Alencaster — semejante á Ordófiez en el campo 
luminoso de Maipo — logró reunir en torno suyo á cuatro- 
cientos soldados y cuarenta oficiales, reliquias de la', 
brillante división. Logró imponerse en el primer momen- 
to y se retiró en orden y amenazante al otro lado del. 
Sarandí, alentando una suprema esperanza de salvación,, 
hasta que al fin, acosado por todos lados y no viendo/ 
otra solución que una inútil carnicería, se rindió, recla- 
mando para él y los suyos las consideraciones debidas á. 
los prisioneros de guerra, que le fueron acordadas am- 
pliamente. 

A este combate se le da el nombre de batalla — que- 
no queremos disputarle á la gloria de los vencedores. — 
La verdad es que fué una acción de enctienfro deliberada, 
una pelea en masa y en línea, sin plan ni maniobras 
tácticas. El arte no se manifestó ni en la preparación del 
tremendo choque ni en el choque mismo. Lavalleja, cie- 
gamente seguro del triunfo, ni pensó en un contraste de 
sus armas. Así, no tomó ninguna providencia para este 
evento, ni se aseguró un punto de apoyo ni en el terre- 
no ni en una reserva. Pronunciada la derrota y la fuga 
de los imperiales, las milicias de Lavalleja se desgrana- 
ron materialmente en su seguimiento^ fuera de la mana 
de sus jefes. No había ni que pensar en organizar la 
persecución, encargada al brigadier Rivera. Y gracias- 
que por instinto, mas que por otra cosa, se pudo agrupar 
oportunamente sobre el núcleo de Alencaster, fuerzas- 
respetables, salvándose así los vencedores de un peligro- 
grave. En suma, el combate del Sarandiy aunque de^ 
mayor importancia por los efectivos y las consecuen- 
cias, ofrece la misma filiación milita?' que el del Bincón,. 
como todas las acciones de esa escuela especial de gue- 
rra, fruto natural del temperamento y del espíritu gue- 
rrillero de las milicias americanas. No de otra manera 
el inmortal Güemes, en Salta y Jujuy, levantó una mura- 
lla de acero á los generales realistas del Alto Perú, que 
se estrellaron en los escuadrones ágiles y dantescos de. 



^ 



132 El ejército argentino— El Rincón y Sarandí 

los Infernales, Pero el caudillo sal teño, mas que Lavalleja 
sabía sacar partido al terreno y apoyarse en él. 

En los combates del Rincón y del Sarandi no hay, pues, 
■que buscar enseñanzas de arte militar con arreglo á los 
preceptos clásicos europeos que tan dañina influencia 
■ejercen sobre ciertos espíritus, fácilnjente inclinados á la 
imitación servil y no á la adaptación inteligente, y que 
toman los efectos por las causas. Así, todos esos en- 
<iuentros son lógicos y casi perfectos desde que responden 
<ion eficacia al medio, al temperamento guerrillero y á 
los recursos del país: son combates americanos, con sol- 
dados improvisados nativos que, sin ostentar la impo- 
nente fachada de la vieja guardia, tienen su misma soli- 
dez como órganos de pelea, no importa que carezcan de 
brillante indumentaria y sus movimientos de la rigidez 
geométrica y rítmica de los granaderos de Federico ó de 
Napoleón. Ya sabemos, por otra parte, lo que pueden dar 
esos elementos bajo la mano y el espíritu de un San Martín 
y de un Paz. En ItuzaingOy bajo el fuego y en el momento 
formidable del choque, veremos á los magníficos lanceros 
{16 de caballería de línea) de Olavarría «maniobrando co- 
mo en un día de parada». Así, sería ceguera y grande ne- 
gar la enseñanza peculiar^ de aplicación, llena siempre de 
actualidad americana, que se desprende de los combates de 
caballería del «Rincón» y del «Sarandí». Hay una cosa 
superior á esa enseñanza desorientada^ efectista y dog- 
mática — á veces pedante, — mas brillante que profunda 
de las aulas, enfermas de programas y de imitaciones 
impacientes, y es el espíritu de los pueblos, producto del 
temperamento nacional — que es tradición j^ es herencia 
étnica, — del suelo, del medio, de los recursos. Los ejérci- 
tos americanos se vestirán, se organizarán, se armarán 
y se instruirán á la moda francesa, alemana, inglesa y 
yanqui, pero continuarán siendo quien sabe por cuanto 
tiempo todavía, americanos; serán ante todo ejércitos im- 
provisados (hablamos de sus masas), vale decir que su 
movilización, su concentración en los lejanos teatros de 



El ejército argentino— El Rincón y Sarandí 133 

operaciones, sus medios de vida, sus órganos de movili- 
dad y hasta las formas reales de ejecución en el combate, 
han de responder siempre á ese espíritu, á ese tempe- 
ramento, á esa tradición. Esa fuerza secreta de las co- 
sas propias, hará que por debajo de la coraza y de los 
uniformes alemanes ó franceses, «aparezca el instinto gau- 
cho, que dice Sarmiento, y que es como una piedra pre- 
ciosa cuyo tallado se quisiera forzar. Hay que educar ese 
imtinto, no destruirlo, adaptando todo lo bueno y lo sabio 
de fuera y no copiando automáticamente sus preceptos^ 
sus reglas, sus procedimientos. Ya Ganivet, con alta elo- 
cuencia de psicólogo humano, nos ha dado la pauta de 
este proceso supremo de progreso, en las hondas páginas 
de su «Idiarum», que parecen expresamente escritas para 
orientar la evolución de nuestras repúblicas, en lo polí- 
tico, en lo económico y en lo militar. 

Así, la mejor escuela de guerra será aquella que no 
se divorcie del propio país ni de su historia. Los 
japoneses son un ejemplo brillante y reciente de esta 
tesis. Han tomado al Occidente cuánto les era útil, 
desde sus academias de guerra y sus organizaciones, 
hasta el material de sus usinas y han adaptado, dejando 
intacto, en el fondo, el viejo espíritu y el carácter nipónj 
apasionado, bravo y heroico, que no es cómo se pretende 
una simple manifestación de «shintoismo» nacional^ á 
base de bárbaro desprecio de la vida. Y ya sabemos 
cómo los japoneses han demostrado, triunfando en ata- 
ques frontales y en tremendos asaltos á la bayoneta, 
que las armas modernas no han muerto al hombre. El 
valor, cálido ó estoico, se cierne como una águila por 
encima de las tempestades del fuego y las apaga con el 
corazón y con los músculos. Es Dragomiroff que triunfa 
con el famoso «puñetazo», que hizo reir desdeñosamente 
largo espacio de tiempo á los proyectilistas^ apesar de Lan- 
glois y otros maestros. Naturalmente, estamos muy lejos 
de pretender resucitar ciegamente formas muertas y mu- 
cho menos de proscribir al libro, la escuela y la organi- 



134 El ejército argentino— El Rincón y Sarandí 

zación racional y científica, preconizando la regresión á 
la fuerza bruta de pupilas enceguecidas, en que todo se 
libra al Ímpetu desordenado y loco y á la fortuna. Busca- 
mos sencillamente poner de relieve la secreta fuerza que 
da eficacia á los esfuerzos de las milicias que triunfan 
en tal forma en el Rincón y en Sarandí, para deducir en- 
señanzas lógicas y nacionales que no deben ser olvidadas 
porque son dignas de meditación. Hay allí materiales 
militares, morales y físicos^ que la cátedra científica no 
puede desdeñar en modelar. 

Bentos Manuel, al iniciarse francamente el desastre de 
sus tropas huyó hacia la línea del. Yí, en demanda de 
Montevideo, seguido de escaso séquito de dispersos, por lo 
que dejaba en manos del vencedor casi todo el territorio 
uruguayo, con excepción de las plazas fuertes y las 
costas marítimas y fluviales. En la tarde del día 13, la 
victoria del Sarandi era coronada por otro próspero su- 
ceso de las armas patriotas: la pequeña columna brasileña 
mandada por Antonio José de Oliveira, caía prisionera en 
manos del teniente Santos Aguilar, en la Tranquera del 
Perdido. El 16, los imperiales evacuaban el pueblo de 
Mercedes, que ocupó inmediatamente con su partida, el 
capitán Felipe Caballero. El Salto fué igualmente aban- 
donado por el enemigo. 

Estos triunfos brillantes de las milicias orientales dieron 
nervio y fuerza en el terreno de los hechos, á las resolu- 
ciones políticas de la Asamblea y gobierno local de la 
Floriday que en tal modo se consolidaban. 

El gobierno brasilero por su lado, viendo definida la 
situación en todos sus aspectos y amenazante, dá nuevo 
impulso á sus preparativos militares, haciendo de la rica 
y poblada región del Eio Grande su centro y base de ope- 
raciones. Cuenta, además, con algunos sólidos cuerpos or- 
ganizados con alemanes y austríacos, de los que dos de ellos, 
el 27 de infantería y un escuadrón de lanceros actuarán en 
Ittizaingo] tropas excelentes y bien mandadas, tenidas 
como el riñon del ejército imperial en aquella em- 



El ejército argentino— El Rincón y Sarandí 135 



presa que cerraría el largo ciclo de las viejas y sangrien- 
tas contiendas armadas entre los conquistadores espa- 
fioJes y portugueses y sus descendientes americanos. 

Entre tanto el brigadier Rivera, desde su campamento 
del Sio Negro, dirigía por intermedio de D. Servando Gó- 
mez y D. José Rodríguez, el 22 de Octubre de 1825 á los 
generales enemigos, brigadier D. Sebastián Barreto Pe- 
reyra Pintos y mariscal D. José de Abreu, gobernador 
militar de la Provincia de San Pedro del Stid, notas amis- 
tosas, incitándolos á la paz con la provincia oriental y 
ofreciendo á este precio con otros beneficios mutuos, la 
libertad de ciento y tantos jefes y oficiales brasileros y un 
millar de soldados prisioneros. Pero esta tentativ^a de 
Rivera — como la que más tarde inició el mismo general 
Rodríguez — no daría ningún resultado positivo ni relativo, 
desde que entrañaba para los generales imperiales una 
simple invitación de traición á su patria y á su soberano. 
Entre los documentos anexos y á título de comprobación 
histórica, insertamos esas notas del vencedor del Rincón. 
El 26 del mismo mes y año, el comandante militar de 
Paysandú D. Manuel Antonio Paz de Sotomayor circu- 
laba la siguiente ampulosa proclama — que se liga á las 
mencionadas oberturas de Rivera y Rodríguez — dirijida 
á los brasileros avecindados: 

«Por fin, brasileros, una cadena de sucesos gloriosos 
que las armas de la Patria han conseguido sobre los Im- 
periales, desde los momentos de nuestra regeneración 
política, habiendo sellado para siempre la libertad de la 
Provincia Oriental, el triunfo glorioso con la memorable 
acción en los campos del Sarandí, me impele á brindaros 
con la generosidad de nuestro carácter. Puedo asegura- 
ros sin exageración, que ya no pisa nuestro territorio un 
sólo brasilero capaz de oponerse á nuestras bravas hues- 
tes, y que deben ya desistir de toda ilusoria esperanza 
porque desaparecieron para siempre hasta las reliquias 
del despotismo: con este presagio os prevengo que mis 
tropas unidas á las del Excmo. Inspector General don 



136 El ejército argentino— El Rincón y Sarandí 

Fructuoso Rivera, marchan sobre el Continente, á fin de 
asegurar una paz sólida, y que la Provincia goce de los 
derechos que le son propios. 

«Brasileros: los soldados déla Patria no llevan el te- 
rror ni el espanto á los vecinos pacíficos y laboriosos, 
respetan sus hogares y sus haciendas, hacen solo la guerra 
al hombre armado: nada tiene que ver la propiedad que 
por sagrada está defendida por las patriotas, cuyos sen- 
timientos están ya demasiado conocidos en la conducta 
que han observado: desgraciado del soldado que insulte: 
él será castigado según las Leyes señalan. Yo, en nom- 
bre del Excmo. señor capitán general don Juan Antonio 
Lavalleja, os lo prometo^ y vivid firmemente persuadi- 
dos de esta verdad, que os aseguro bajo mi palabra de 
honor.» (Archivo gl. de la Inspección de Armas de Mon- 
tevideo). 

Ya hemos visto cómo las armas imperiales eran acá ó 
allá rudamente castigadas en tierra, pero tomaban su 
desquite en las aguas del Uruguay, enteramente domi- 
nadas por ellas, lo que les permitía á las tripulaciones 
de los barcos de su escuadrilla fluvial efectuar desem- 
barcos — no siempre felices empero,— dar golpes de ma- 
no aislados y bombardear las indefensas poblaciones 
ribereñas, desde Soriano al Norte. 

Amenazado el pueblo de Paysandú de ser bombardea- 
do por los marinos imperiales, el brigadier Lavalleja 
dirigió al jefe de la flota enemiga, el 4 de Noviembre de 
1825^ una enérjica nota así concebida: «Hago entender 
al señor comandante de la escuadrilla imperial, anclada 
en el puerto de Paysandú, que si hostiliza este pueblo pa- 
cífico con su artillería, por cada tiro pasaré á cuchillo 
cincuenta prisioneros de mil y tantos que tengo en mi 
poder; debiendo prevenirle que si se halla con energía 
bastante para batirse con mis tropas, puede desembarcar 
en el punto que guste, pero si de abordo trata de ofender 
este vecindario pacífico y tranquilo, como ya se ha no- 






El ejército argentino— El Rincón y Sarandí 137 

tado en el primer tiro que ha disparado con bala, no fal- 
taré á lo prevenido». 

El imperial, convencido acaso de que la prevención era 
algo más que una mera amenaza de represalia, mantu- 
vo inactivos sus cañones. Tampoco recogió el guante y 
se guardó prudentemente tomar tierra para acudir al 
reto medioeval del caudillo. Sin embargo, los barcos 
enemigos continuaron sus correrlas en el Urugtiay, que 
serían de ahí á poco duramente castigados en las aguas 
del Juncal, como veremos en el capítulo octavo. 



Capítulo V 

Relevo del general Rodríguez- Conf I ictoe angustíoeos 

/ 



Sumario: — Descontento enconado de Lavalleja ~ Su actitud en el 
Durazno — Obras y palabras — Tirantez de relaciones 
con el general Rodríguez — Elude el cumplimiento do 
las órdenes de éste — Rodríguez enrostra enérgicamente 
& Lavalleja sus procederes — Protestas de adhesión y 
obediencia de Lavalleja — Consecuencias fatales de la 
conducta de este jefe — Manejos de Rivera — Subleva- 
ción de los "Dragones ' orientales — Es disuelto el cuer- 
po y se remontan otros con su personal — Resoluciones 
felices déla Sala de Representantes ^q laProviacia — 
Don Joaquín Suárez, Gobernador Delegado — Nuevas 
protestas patrióticas de Lavalleja — Acciones de guerra 

— El General Rodrígmez y Rentos Manuel — Ilusiones y 
astucias — Planes de Abreu — Situación de sus tropas 

— Peligros del momento — Expedición de Rivera contra 
Rentos Manuel — Fracaza por culpa del primero — Cau- 
sas — Actitud sospechosa de Rivera — Inteligencias se- 
cretas y criminales con el enemigo — Rentos Manuel 
inactivo — Depredaciones de Rivera — Refluyen en des- 
prestigio del ejército - Temores de Rivera — Obtiene 
sus pasaportes para Buenos Aires — Criminales movi- 
mientos que provoca - Bernabé Rivera, Raña, Arau- 
cho, Caballero, Santana y Anacleto — Hostilidades al 
ejército nacional — Medidas enérgicas de Alvear — Sor- 
presa de las Puntas del Hospital — Expedición de l^az 
contra Gon^alvez — Contraste y muerte del capitán Vor- 
dum — Episodio de la Atalaya — Retrospecto de la si- 
tuación — El general Rodríguez solicita el relevo — So- 
ler — Alvear — Causas del relevo de Rodrígniez — Sus 
vacilaciones sobre el pasage del ejército— Ordenes ter- 
minantes del gobierno — El ejército pasa el Uruguay — 
Cuestión de los campamentos — Consideraciones gene- 
rales — Faltas de iniciativa republicana ó imperial — 
Rodríguez no saca partido de la situación — Actitud es- 
pectante y defensiva — El terreno y la g-uen-a — Consi- 
deraciones estratégicas — Juicio sintético sobre la ac- 
tuación del General Rodríguez. 



Defraudadas como hemos visto las injustificadas pre- 
tensiones del brigadier Lavalleja de ser nombrado Ge- 
neral en Jefe del Ejército Argentino de Observación, se 



^ 



140 Relevo del general Rodríguez 

resignó aparentemente al fracaso de sus aspiraciones. 
En el fondo— como las ascuas bajo la capa de cenizas — 
vivían todas sus esperanzas, sobre las que soplaba su 
ambición, á la espera de una oportunidad propicia para 
levantar las llamas. Tuvo dos: Sarandi y el pasaje del 
ejército al territorio uruguayo. Acaso estaba también 
al cabo de que el general Rodríguez pensaba pedir el 
relevo del mando. Maniobró en consecuencia: 

La resonancia abultada de la hermosa acción de Sa- 
randi^ su carácter de -Brígradíer con que había sido investi- 
do por el Congreso y Ejecutivo argentino y su populari- 
dad local, creyó que pesarían esta vez en la balanza con 
tal gravitación como para modificar el pensamiento del 
gobierno de Buenos Aires. Sus esperanzas, cálidas y ale- 
gres, agitaron nuevamente su alma, inmoderadamente 
sensualista del mando y de los honores públicos. 

Cuando supo que el ejército nacional había iniciado el 
pasaje por el Salto^ el 28 de Enero de 1826; cuando se 
convenció de que nada habla sido parte á modificar la 
situación conforme á sus ambiciones y que, lejos de as- 
cender iba á convertirse por ley natural y escrita en un 
subalterno del general argentino ^'^\ fué presa de un ac- 
ceso de descontento tan acentuado que lo llevó con al- 
gún peligro para la causa patriota y mayor para su 
personal reputación, á la vera de una especie de rebe- 
lión en la forma y en los hechos, digna de la serena censu- 
ra de la historia, tanto mas cuanto que esta actitud del 
caudillo iba á remover impuras rezacas, con nota de es- 
cándalo y vituperio, despertando adormecidas prevencio- 
nes del espíritu local de las multitudes; situación que se 
agravaría con la sublevación y fuga de los oficiales 
brasileros prisioneros, á su salida del Paraná con destino 
á Santa Pé, el 5 de Marzo, y con las graves desavenencias 
entre el gobernador de Entre Ríos coronel León Solas y 



(1) Por decreto del 22 de Febrero de lí*26, el general Rodríguez fué nombrado 
Jefe militai de las Provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones, además de 
gozar de igual autoridad en la Oriental. 



Conflictos angustiosos 141 



el jefe del segundo departamento de la misma, D. Ricardo 
López Jordán, el que acogía y amparaba eñ su campa- 
mento de la Centella^ á los desertores del ejército de Ro- 
dríguez ^^K 

Lavalleja, encerrado con sus milicias en el campamen- 
to del Durazno, cortó, de hecho^ con su mutismo y hosca 
actitud, las relaciones de sincera obediencia debida al 
general Rodríguez, revelando así no sólo su despecho si- 
no también que habían carecido de lealtad sus ditiram- 
bos patrióticos; sus protestas de incondicional adhesión 
al gobierno nacional; sus declaraciones y ofrecimientos 
solemnes al general Rodríguez, en el paso de laysandú el 
3 de Noviembre de 1825, sobre el urgente pasaje del 
ejército y su entrada en operaciones; su decisión de aca- 
tar todas las órdenes y disposiciones del general del 
Ejército Nacional, ratificado todo en documentos que lle- 
van su firma, y en su ampulosa y cálida proclama á los 
habitantes de la provincia oriental, del 17 de Noviembre del 
año citado ^2). 

Colocado en ese terreno, Lavalleja intrigó directa ó 
indirectamente para privar al ejército de víveres, reclu- 
tas y caballadas, entorpeciendo así su organización (^^ y 
debilitando el nervio del levantamiento y cooperación de 
las campañas. 

Sin cortar por completo las relaciones oficiales con el 
general, ni declarar por cierto su rebeldía ó desobedien- 
cia, toda su actitud tenía esos caracteres, apesar de que 
reiteraba sus protestas de fidelidad á la causa nacional^ 
entre distingos sutiles ó infantiles entre sus deberes de 



(1) Estas desavenencias terminaron felizmente el 21 de Marzo del 26, por 
acuerdo entre Solas y Jordán, debido también á los consejos y órdenes del g^ene- 
ral Rodríguez. 

(2) Estos documentos se reproducen en los Anexos. 

(3) Las autoridades y vecinos del Salto y Paisandú, en Agosto de 1826, se ne- 
garon á facilitar carretas con destino al Ejército, destruyendo las que poseían á 
ñn de que no fueran requisadas. Oficio del General Rodríguez al Ministro de 
Guerra, de fecha IS de Agosto. 



f 



142 Relevo del general Rodríguez 



subordinado militar y los de su cargo de gobernador de la. 
Provincia. 

Pero llegó el momento en que este juego fuera insoste- 
nible. El general Kodríguez le había ordenado que refor- 
zase con algunas tropas á las que estaban en observa- 
ción de la plaza de Montevideo, á las órdenes del coronel 
D. Manuel Oribe, y á las que operaban en Cerro Largo 
á las del comandante D. Ignacio Oribe y que, con las res- 
tantes del campamento del Durazno, se incorporase per- 
sonalmente al ejército, sito en el Rincón del Queguay, en el 
término de diez dios. 

Lavallej a dio cumplimiento, no de buena gana segura- 
mente, á la primera parte de esa disposición superior. 
Envió á Montevideo tres escuadrones de milicias y uno- 
de Dragones Orientales y al Cerro Largo otro escuadrón 
de milicias, quedándose él con un batallón de libertos, 1 
regimiento de caballería. Dragones; 1 piquete de artiUeria 
y el escuadrón escolta, que, en conjunto^ hacían un efec- 
tivo de 1329 plazas (*) entre jefes, oficiales y tropa, sin 
marchar con estas fuerzas al cuartel general del ejército 
nacional como se lo prevenía la segunda parte de las 
instrucciones citadas, y aduciendo en defensa de su acti- 
tud, razonamientos torpes y especiosos. 

El general Rodríguez, en oficio del 20 de Junio de 1826,. 
enrostró á Lavalleja su desobediencia diciéndole: «El 
» general que subscribe se abstiene de hacer las reflexio- 
» nes á que da lugar la resolución de parte del señor Bri- 
» gadier; después de haber avisado en sus anteriores co- 
» municaciones estar pronto á marchar, como sin duda 
» debió verificarlo con un solo hombre que le hubiera 



(í) Según un Estado General de estas fuerzas, fecha 25 de Julio de 1826, fir- 
mado por el Comisario de Guerra del Ejército Dionisio Quesada, con el V B" del 
general Rodríguez, documento original inédito que hemos copiado, como tantos- 
otros, en el Arrhivo General de la Nación. Las fuerzas se descomponían así: 

Jefes 8; Oficiales 75; Síirgentos 80; tambores, pitos y clarines 23; Cabos 114; 
Soldados 1076. Fueron incorporados al ejército nacional, así como el parque de 
Lavalleja en el que además de algún armamento portátil, municiones, equipo, etc.,. 
había 1 obucero de 6 pulgadas, 1 cañón de á 3, 3 de á 4 y 1150 caballos. 



Conflictos angustiosos 143 



» quedado, porque así lo exige el verdadero espíritu de 
» obediencia que ha protestado repetidas veces el señor 
» Brigadier, y porque la seguridad y defensa de la pro- 
» vinciaestá encargada al que subscribe». 

Y terminaba, reiterando imperativamente la orden, 
que Lavalleja, en una larga nota de fecha 24 del citado 
mes, protestando siempre de su sincera adhesión a la 
causa y á la persona del general, se negó por segunda 
vez á cumplir ! 

El 28, el general Rodríguez daba cuenta al Ministro 
de la Guerra de estos sucesos tan graves, limitándose 
á decir que por su parte creía «deber abstenerse de 
» ulteriores contestaciones con Lavalleja, mientras el 
» gobierno no resuelva lo conveniente. » Era por cier- 
to bien poca cosa en defensa de su autoridad descono- 
cida ó burlada, por mas que lo delicado de la cuestión 
reclamara una esquisita prudencia. El penoso incidente, 
algo mas que un simple episodio, iba á tener consecuen- 
cias, que se estenderían rápidamente como una inmensa 
mancha de aceite corrosivo y venenoso. 

Rivera, (que acababa de desempeñar una comisión 
sobre el Cuaraím) vigilante como el ave de presa y como 
ella insaciable, lo aprovechó sin tardanza. El Regi- 
miento de «Dragones», mandado antes por él y ahora 
por el coronel Latorre, sublevado, abandonó el 2 de Julio 
el campamento de Lavalleja (que se hallaba entonces en 
San José para asistir á la apertura de la Sala de Repre- 
sentantes) y se incorporó al mando de un oficial, al Ejér- 
cito Nacional, en marcha ya hacia el Durazno, ^^^ La 



(1) El Coronel Oribe y otros jefes bien intencionados, en desacuerdo con la 
conducta de Lavalleja le significaron que si persistía en desobedecer las órdenes 
del ¿general en jefe, lo abandonarían (Nota del Gral. RodrÍ£ruez del 2 de Julio). En 
cuanto A la sublevación de los Dragones, Rodríguez, en marcha sobre el Duraarto, 
tuvo conocimiento de ella. Al dar cuenta al gobierno de este suceso, en oficio de 
5 de Julio, dice que si Lavalleja «continúa obstinado en resistir el impulso de la 
opinión general de la Provincia lo abandonarán todas sus tropas». El general llegó 
al Durazno el 13 del mes citado, siendo agazajado por todos los jefes y oficiales 
del campamento, que prestaron pleno acatamiento á su autoridad. Lavalleja se 
encontraba ausente en San José. Llegó el 16 y se puso á las órdenes del general. 



1^ Rklbvo dbl general Rodríguez 

actitud de Rivera en esta emergencia^ le valió desgracia- 
damente la gracia y generosa confianza del general en 
jefe, que el astuto caudillo explotó, consiguiendo comisio- 
nes y mandos en la región sud y norte del río Negro para 
algunos de sus secuaces, como Bernabé Rivera, Santana, 
Caballero, Raña, ^^^ etc., incluso el indígena Anacleto, 
personajes todos que no tardarían en provocar escanda- 
losos sucesos con nota de infamia para ellos y su 
instigador, y desprestigio de la causa sagrada que se 
debatía por las armas. 

Este movimiento de defección de las milicias del Du- 
razno era sin duda simpático á la opinión y al ejército, 
que veían retardarse por culpa de Lavalleja (no era sólo 
éste el culpable) la apertura de las operaciones activas 
contra los imperiales, cuyas depredaciones y crueldades 
al norte del río Negro y otros puntos de las fronteras, se 
hacían cada día mas intolerables. Se puede agregar 
acaso que el mismo general Rodríguez no miró con malos 
ojos el suceso — como parece revelarlo el texto mismo 
de su oficio al gobierno, en que da cuenta del hecho y 
que se inserta en los anexos, — por mas que por razones 
de disciplina disolvió el cuerpo sublevado, embebiendo la 
tropa en otros regimientos de nueva creación ^^^ y de 
escasos efectivos, proponiéndose además formar proceso 
á las clases de los Dragones que habían encabezado el 
movimiento, las que evitaron el juicio con una deserción 
anticipada, un tanto sospechosa 

La Sala de Representantes de la provincia concurrió por 
su parte á la solución del conflicto delegando el poder 
ejecutivo en el ciudadano D. Joaquín Suárez, y disponien- 
do que el brigadier Lavalleja, á las órdenes del general 
Rodríguez, se consagrase exclusivamente á los servicios 



(1) Rafia fué destinado á operar con una de las partidas volantes en obser- 
Tacidn del enemigo sobre el Arapey, de donde remitió, á mediados de Agosto, al 
campamento nacional del Yi, 2500 cabezas de ganado vacuno, salvados de los 
arreos del enemigo en esos parajes. 

(2) Con los Dragones y planteles de tropa de los regimientos 1* y 2* de caba- 
llería, se formó el N* 8 del arma, á órdenes del Tte. Coronel Juan Zufriátegui. 



Conflictos angustioso^ 145 



militares^ lo que aquél prometió á éste con la exagerada 
fraseología de siempre, sin declinar empero en los hechos 
su «empacamiento», que perduraría aún después de su 
sometimiento á la enérgica voluntad del general Aivear, 
en las circunstancias que relataremos mas adelante. ^^^ 

Entre tanto, el 1^ de Enero, el 14, 17 y 23 de Marzo de 
1826^ habían tenido lugar algunos hechos de armas, de 
alguna significación, prósperos y adversos, entre milicia- 
nos orientales y tropas imperiales. 

En la acción del 1^ de Enero el comandante Leonardo 
Olivera, partiendo de Minas, logró sorprender á la guarni- 
ción del campamento del Chuy, — después de haberse 
adueñado del fuerte de Sarita Teresa, — al fr.ente de tres 
escuadrones que lanzó como una avalancha sobre los 
cuarteles y ranchos del campamento, que derribó mate- 
rialmente ápecJiazos, arrojando fuera á sus ocupantes que, 
sorprendidos durmiendo, se defendieron desnudos, des- 
armados una gran parte, lo que revela que vivían sin 
vigilancia militar alguna. 

La confusión de los imperiales fué espantosa. Muchos 
se azotaron al Chuy, logrando salvarse, pero los mas su- 
cumbieron, ahogados ó al filo de los sables, lanzas y 
proyectiles republicanos, cayendo el resto prisioneros y 
entre éstos el negligente jefe del acantonamiento, mayor 
José Cabral da Costa, y algunos oficiales. Los trofeos 
del vencedor fueron: armamento, municiones, correajes y 
caballadas. 

Las partidas de Olivera, después de este triunfo, co- 
rrieron el campo en persecución de los dispersos hasta 
el Yerbatú y arroyo San Miguel, donde lograron sorpren- 



(1) Tan no era sincero con el general Rodríguez que éste, cada vez mas que- 
joso, decía al Ministro de la Guerra en la nota que lleva la fecha del 26 de julio: 
«que el campamento del Durazno (donde intrigaba también contra los argentinos 
un señor Jorge Pacheco) es un foco de anarquía; que las deserciones de las tropas 
orientales son frecuentes, por lo que se hace necesario trasladar el ejército á otro 
punto para salvarlo de la disolución». Y este cáncer de la deserción era tan grave 
que (según una lista nominal que hemos tenido á la vista original, en el Archivo 
Gra!. de la Nación) en el lapso de un mes— desde el 14 de Julio al 18 de Agosto del 
26^— se desertaron 228 soldados, orientales en su casi totalidad! 



1^ Rblbvo del general 'Rodríguez 



der otro destacamento enemigo, cuya tropa en fuga fué 
vivamente perseguida hasta el Palmar de Lemos, donde 
en parte logró salvarse. 

Este feliz suceso fué á poco amargado por el escan- 
daloso episodio de la sublevación de un centenar de 
reclutas correntines (15 de Febrero) en Punta Gorda, des- 
tinados á la remonta del ejército del Uruguay, los que 
después de un breve combate con las milicias del lugar, 
se dispersaron por la campaña entrerriana. 

La acción del 14 de Marzo en la Colonia, dio al cuadro 
otra pincelada enervante. Fué un fracazo, debido directa 
y personalmente á Lavalleja, que costó al Batallón de 
Libertos 13 muertos y 26 heridos. 

Contrariando las órdenes de Rodríguez que le había 
ordenado concentrase las milicias de su mando para or- 
ganizar el ejército, y usurpando de hecho la autoridad 
y facultades de éste, se puso de acuerdo con el almirante 
Brown (que bloqueaba la plaza con una fragata, tres 
bergantines, dos goletas y seis lanchones cañoneros) para 
ejecutar un ataque combinado contra el punto, al que 
concurrirían la escuadrilla, las fuerzas sitiadoras de tierra 
al mando de su jefeelcomandante Juan Arenas, las mili- 
cias de Mercedes, del fiando del comandante Planes, y un 
escuadrón y el batallón de Libertos de las tropas del cam- 
pamento del Durazno, (Ver el capítulo VIII). 

Obrando así y sin autorización, Lavalleja cometía el 
delito de usurpación de mando y facultades, censura á 
la que no escapa el mismo Almirante — y que formuló el 
general Rodríguez ante el gobierno — que se entendía di- 
rectamente para un asunto tan grave, con un subalterno 
del generalísimo. Y la falta de Lavalleja es tanto mas 
seria cuanto que, habiendo informado al general Rodrí- 
guez lo proyectado, éste lo desaprobó terminantemente, 
reiterándole la orden de la reconcentración de las mili- 
cias á que nos hemos referido, dejando únicamente en 
observación de la Colonia una fuerza de doscientos hom- 



Conflictos angustiosos 147" 



"bres y algo mas en Montevideo, para hacer guerra de» 
recursos á las guarniciones enemigas. 

El Brigadier hizo oídos de mercader. Marchó con tro- 
pas desde el Durazno sobre la Colonia, á donde llegó el 
11 y donde se encontró con las milicias de Arenas y de 
Planes. 

Pero el ataque concertado no se efectuó, en r^zón de- 
que Brown, amenazado por la aproximación de una 
fuerte escuadra enemiga, zarpó, pidiéndole á Lavalleja. 
aguardara su regreso para ejecutar lo convenido. 

La situación de la guarnición de la plaza era cada. 
dia;más difícil por desavenencias entre sus jefes, fruto de 
una prolongada inacción, y por la escasez de víveres y 
forrajes, lo que la obligaba á frecuentes ó diarias salida». 
en demanda de reses, y para hacer pastar al ganado de 
reserva del recinto, en los potreros de los suburbios. 

Lavalleja, sabedor de que se preparaba una de estas, 
salidas, organizó el 14 una emboscada de 200 infantes de 
Libertos, sobre la que cayó la columna enemiga, fuerte de 
.500 hombres con dos piezas ligeras. El encuentro fué 
fatal á los bravos libertos que tuvieron, debido á la des- 
atentada combinación del brigadier, las bajas citadas. La- 
valleja se retiró al punto á su campamento del Durazno^ 
sin esperar á Brown, arrepentido acaso de su vitupera- 
ble proceder, al que el reciente contraste ponía un sello» 
trágico. 

Habiéndose levantado una compañía de indígenas en 
las Misiones orientales, cometiendo mil excesos^ salió con- 
tra ellos el gobernador del territorio, D. Félix de Aguirre,. 
al frente de un centenar de milicianos, los batió y dis- 
persó. 

Encontrándose en Itaqui el 17 de Marzo, fué atacado 
Aguirre por unos doscientos brasileros y, no obstante no 
tener á mano en ese momento sino cincuenta lanceros,, 
cargó denodadamente á la columna imperial, la derrotó y 
arrojó á los dispersos al otro lado del Uruguay, sin mas 
pérdida de su parte que cuatro muertos y pocos heridos^ 



148 Relevo del general Rodríguez 

Un día después al citado, el mayor José María Raña, 
comisionado por el general Rodríguez para batir ó copar 
<ion 100 hombres bien montados una partida enemiga, 
que merodeaba en Belén, fué sentido por ésta, que aban- 
donó el punto, no sin que una de sus avanzadas fuera 
-destrozada por Raña en la madrugada del 18. 

Por ese tiempo también, el general Rodríguez se em- 
barcó en una aventura, que no dio resultado, y en lo que 
fué desaprobado por el gobierno. La credulidad y buena 
fe del general le hizo creer ser ciertos algunos rumores 
ó informes, que dabxn por seguro que la opinión de la 
Provincia de San Pedro del Sud, era contraria á la gue- 
rra, y estar dispuesta á alzarse contra el gobierno 
central. . 

El coronel Rentos Manuel, sobre el Cuareim y el Ara- 
pey, cubria, obedeciendo órdenes de Abreu, que luego de 
tallamos^ la frontera de esa provincia. Rodríguez, basado 
en antecedentes que no conocemos, y sin instrucciones 
de su gobierno, creyó posible atraer á la causa patriota 
al jefe imperial y abrió con él una negociación infantil y 
fantástica, que tenía por base la independencia de San 
Pedro, merced á un movimiento que promoviera Rentos 
Manuel con sus tropas, á las que apoyaría el ejército ar- 
gentino. 

Rentos Manuel aparentó verbalmente al principio dar 
oídos á este plan de soborno y de traición, que el general 
le explayó en un largo oficio que lleva la fecha de 8 de 
Febrero, y que aquél se guardó bien de contestar por 
escrito, ni de palabra, tales fueron éstas de vagas. 

Convencido entonces Rodríguez del insuceso y de lo 
falso de su posición, y apercibido por esta conducta por 
el Ministro de Relaciones Exteriores y Guerra de la Repú- 
blica, que lo incitaba á obrar inmediatamente con las ar- 
mas, se dispuso á operar contra Rentos Manuel en la 
forma ordenada. 

Después de estos episodios y combates aislados, el ma- 
riscal Abreu, encargado por Lecor de la defensa del oeste 



J 



Conflictos angustiosos 149 



de la provincia, puso en movimiento, en actitud ofensiva^ 
cuatro columnas de buenas tropas, á las órdenes de Ben- 
tos Gon^alvez, Claudino y Bentos Manuel Riveiro. Las de 
este último, destinadas al Ouareinij de pura caballería^ 
unos 1200 hombres, debían avanzar primero hasta laa 
puntas del río Arapey, amagando luego al Salto y Paysan- 
dtt, por donde el ejército argentino recibía contingentea 
de tropas y reclutas, armas, municiones y dem^is recur- 
sos, siendo por lo tanto su primera y única base de co- 
municaciones y aprovisionamientos. 

Las otras columnas operarían sobre las líneas del río 
Tacuarembó^ puntas del Tarariras, Yaguar&íi y Rincón de 
Mataperros, etc., es decir, que el conjunto de todas esas 
operaciones tendrían por teatro inmediato los departa- 
mentos de Artigas, Salto, Rivera, Tacuarembó y parte de 
Cerro Largo. 

El peligro de un ataque ó golpe de mano sobre el Salto 
y Paysandú no parecía inmediato, dentro de los planes, 
enemigos, pero debía temerse, y en este caso una ele- 
mental regla de previsión imponía prepararse á contra- 
restarlo, como pasaba en la extrema derecha (Cerro 
Largo), donde la columna del teniente coronel Ignacio 
Oribe era bastante fuerte como para tener en respeto 
al enemigo. 

En consecuencia, el general Rodríguez, á indicación 
del brigadier Rivera, le confió la delicada misión de ope- 
rar contra el coronel Bentos Manuel Riveiro y batirlo so- 
bre el Cuareim, evitando su avance y acantonamiento 
sobre el Arapey, lo que suprimía ese peligro sobre nuestro 
flanco izquierdo. 

Rivera^ al frente de una columna de tropas de línea, dra- 
gones y milicias de Paysandú, — un millar de ginetes, — 
secundado por jefes como Oribe y Servando Gómez — de 
bizarra comportación en hechos de armas anteriores y 
que seguramente valían militarmente mas que su briga- 
dier — operó al principio con rapidez y discreción. 

El 7 de Mayo de 1826 logró apoderarse de las guardias 



150 Relevo dkl general Rodríguez 



avanzadas del grueso enemigo^ sin que uno solo de sus 
hombres, jefes, oficiales ó soldados lograra escapar para 
llevar la alarma á Bentos Manuel, que vivaqueaba á corta 
-distancia, con tranquila confianza no militar, y casi con 
la misma imprevisión que pocos meses antes había lle- 
vado á Jardim á la estrepitosa derrot?'- del Rincón de kut 
Gallinas, 

Su suerte estaba ahora en manos de Rivera, que sin 
detenerse un punto debió abalanzarse sobre él, antes de 
la media noche de ese día, ó al alba del 8. El jefe impe- 
rial habría seguido así, seguramente, la infausta fortuna 
de sus torpes avanzadas. 

No fué así! Rivera, con sorpresa é indignación de 
sus tropas, campó en el mismo sitio donde la suerte no 
merecida le había dado un triunfo que sería miserable- 
mente desaprovechado. Desencilló y largó las caballadas. 
Hizo mas: dispuso y favoreció sigilosamente la fuga 
de uno de sus recientes prisioneros, Andrés Suárez, 
brasilero, que esa misma noche, después de una rápida 
carrera, dio personalmente al coronel Bentos Manuel, 
campado á la margen del Cuareim, la noticia de lo ocu- 
rrido esa tarde y de la situación del enemigo! 

El coronel imperial, por fortuna, dio mas oídos á su 
miedo que á su fama. En lugar de obrar, como se lo 
imponía el honor de las armas, su reputación y sus debe- 
res ante su país y su soberano, no pensó sino en la fuga. 
Pudo, de perseguido, transformarse en perseguidor. Debió 
montar inmediatamente á caballo y saltar, con las pri- 
meras claridades del día, como un tigre, cuya astucia 
poseía, sobre el descuidado campo republicano. Le faltó 
para la empresa, el corazón ó la cabeza, ó ambas cosas 
á un tiempo, lo que parece extraño en él, dado sus an- 
tecedentes. En el obscuro desmayo de su alma de 
soldado sólo alumbró el chispazo de la fuga. Dio preci- 
pitadamente la espalda á la luz y huyó hacia su antiguo 
acantonamiento de la frontera, por las vías de aSuh Diego 
y Santa María, dejando en el aire las combinaciones de 



Conflictos angustiosos 151 



SU jefe, el mariscal Abreu, y á Rivera dueño de la vasta 
zona que los imperiales habían amenazado, desde el 
Cuareim al Arapey, 

Rivera — haciendo mas vituperable ó sospechosa su 
conducta — operó en ella, pero ya no sobre el enemigo 
sino sobre las vacas y caballadas de los habitantes. En 
poco tiempo, sus partidas se adueñaron de millares de 
millares de cabezas de ganado mayor, que en mínima 
parte regaló á los caudillejos regionales del Daymán, para 
premiar sérmelos á la causa de la patria, reales ó supuestos; 
en puridad de verdad, para ganar sus voluntades y aso- 
ciarlos á sus propósitos personales, mientras el grueso de 
este botín criminal y vergoilzoso, pasaba incesantemente^ 
en grandes tropas, al Entre Ríos y Corrientes, donde se 
enajenaban á precios ridículos ^^K Del resultado de su 
comisión militar^ Rivera dio cuenta al general Rodrí- 
guez el 20 de Mayo, disfrazando los hechos naturalmente. 
El 12 de Junio estaba de regreso en San José, de su glo 
riosa expedición ! 

Pero eran estos hechos tales y tan monstruosos los 
atropellos á la propiedad privada, que levantaron la 
protesta y condenación condigna, con no escasa lesión 
para la reputación del mismo general Rodríguez, envuelto 
en ellos con evidente injusticia. Pero fué aún mayor el 
daño causado por ellos al prestigio de las armas nacio- 
nales, sobre las que la sorda hostilidad local anti- 
iirgentina, arrojaba su malquerencia, hábilmente explota- 
da en estas circunstancias por algunos caudillos y los 
jefes enemigos. 

El brigadier Rivera sintió que su situación, falta de 
firmeza, se obscurecía, apercibido de ser un sospechoso 
á los ojos del general Rodríguez, cuya noble credulidad 



(1) Estos hechos de bandalag^e y de vergüenza se denunciaron, con documen- 
tos no desautorizados hasta hoj;, en cEl Mensajero Argentino», números 44 al 104, 
Buenos Aires. El ganado tomado pasó de 200,000 rcses, según el parte de Rivera 
al Gral. Rodríguez, de 20 de Mayo. Estos hechos fueron comprobados por Lava- 
lleja en su oñcio del 24 de Junio al Gral. Rodríguez, que pidi6 cuenta de ellos. 



152 Relevo del general Rodríguez 



y buena fe á su respecto sentía debilitada. Oribe, como 
Gómez y otros jefes, le acusaban. Lavalleja echaba 
lefia al fuego, y en el ambiente, Rivera respiraba cargos 
nada tranquilizadores para su conciencia impenitente, 
asediada en los breves momentos dé lucidez, por los 
fantasmas acusadores de sus pasadas traiciones á la una 
ó á la otra causa. 

La escapada de Bentos Manuel, en las mas que suge- 
rentes circunstancias que la favorecieron^ daba pábulo á 
nuevas y terribles sospechas contra Rivera, apoyadas en 
un pasado que le era totalmente desfavorable, al que un 
próximo episodio sangriento ^^^ daría pie, con bastante fun- 
damento por cierto, para acusarlo de inteligencias crimi- 
nales con los brasileros, cuando no de una nueva traición á 
la patria. Ya veremos como estas sospechas van á robus- 
tecerse con los sucesos posteriores. Rivera no seria 
nunca el hijo pródigo de la lealtad^ ni en milicia ni en 
política. 

Buscó entonces un pretexto para su nueva composición 
de lugar y lo encontró, aunque con. resultados no previs- 
tos, en la negativa del general Rodríguez para reorga- 
nizar nuevamente los escuadrones del Regimiento de 
Dragones Orientales que, como sabemos, hablan sido refun- 
didos en otros cuerpos, después de su sublevación del 
Durazno, 

La disolución de ese cuerpo había herido en lo vivo 
al brigadier Rivera, no sin duda por ese noble y fervo- 
roso cariño del soldado al Regimiento y al número, que 
hace entre sus miembros comunes las glorias, los dolores 
y las alegrías, sino porque esta medida severa y necesa- 
ria, lastimando la vanidad del caudillo, cruzaba sus 



(1) Durante la rebelidn de Rafla, Caballero, Bernabé Rivera y otros de que 
nos ocupamos en éste capítulo, un bandido, el indio Anacleto, asaltó y dí6 muerte 
al capitán brasilero Floriano, que conducía correspondencia secreta del enemigo 
para Rivera y se apoderó de ella, según lo declaró la esposa del capitán que via- 
jaba en su compañía— Oficio del Gral. Alvear al Ministro de Guerra, fecha 26 Sep 
tiembre de 1826. 



Conflictos angustiosos 15?^ 



planes secretos, despojándolo de esa fuerza que era la 
base de su poder, y á la que conceptuaba como una pro- 
piedad inviolable anexa á su persona y mando. 

Convencido de la inutilidad de toda gestión para hacer 
tornar sobre sus pasos al general Rodríguez, que sabia 
ser ultra-enérgico á veces ^^\ mantuvo su actitud, y sin 
poder enmascarar su disgusto, pidió sus pasaportes para 
Buenos Aires, que el general le otorgó en el acto, dando 
cuenta de este incidente al Ministro de la Guerra, en nota 
fecha 17 de Julio. 

Pero el caudillo, en vez de dirigirse á la capital, como 
era su deber, se estableció en los Porongos, donde con la 
base de un centenar de desertores de los «Dragones 
Orientales» que se le incorporaron, se consagró á cons- 
tituir un núcleo de tropas colecticias (vagos, desertores 
y milicianos) y á preparar un movimiento insurreccio- 
nal contra el gobierno y el ejército nacional, tarea que 
se vio forzado á abandonar merced á las enérgicas reso- 
luciones del general Soler, hasta que se embarcó en el 
puerto de las Vacas rumbo á Buenos Aires, dejando 
sembrada la semilla de la discordia y la traición en la 
Provincia Oriental ^^K 



(J) En varias ocasiones expulsó del ejército á ofícialct y aún jefes, cuya in- 
moralidad de costumbres y faltas en el servicio, constituían un peligro para la 
disciplina. En otra ocasión hizo lo propio con un teniente coronel, llegado con 
un contingente de Córdoba, cuya ignorancia y absoluta ineptitud para todo ser- 
vicio, pondera en la nota original que hemos tenido A la vista en el Archivo Na- 
cional. El gobierno le prohibió que tomara por si. sin previa autorización, estas 
medidas salvadoras! 

(2) Por este tiempo llegaron á manos del general Rodríguez dos cartas diri- 
gidas al brigadier Rivera por un alto jefe enemigo desde el Janeiro la una, y 
desde Montevideo la otra (dirigida á Bernabé Rivera por D. Florencio Perea), que 
elevó al Ministro de la Guerra, con nota de fecha 28 de Agosto de 1S26. En esta 
nota inédita y las cartas en cuestión, que hemos copiado de los originales en el 
Archivo General de la Nación y que insertamos en los anexos, el general mani- 
fiesta que esas cartas «han ratificado completamente el juicio, que ya, por otros 
« motivos y por la observación inmediata del jefe á quién se complica, el general 
« en jefe había llegado á formar.» Y agrega: «El general que firma se limita 
« sólo á prevenir que no serían vanos los temores á que daría lugar la presencia 
- del sindicado (Rivera) jefe en este territorio, principalmente, 5 en cualquiera en 
« que pueda ejercitar su influencia, aún indirectamente, en servtcto de la causa 
• de los enenngos, por la que parece decidido.* 

£1 gobierno de Buenos Aires, en vista de la gravedad de estos hechos, encargó 



154 Relevo del general Rodríguez 



Su hermano, el mayor Bernabé Rivera, que como sabe- 
mos operaba con una partida volante en la línea del 
Arapey, se sublevó en Agosto y vino, en actitud hostil á 
situarse en el Río Negro, á unos 70 kilómetros del cuartel 
general argentino^ sito en el arroyo Maciel entonces, 
actitud doblemente criminal, pues dejaba descubierto el 
flanco izquierdo patriota. 

Este movimiento vergonzoso tomó rápidamente cuer- 
po. El teniente coronel Bernabé Quinteros, destacado 
con un regimiento de milicias entrerrianas sobre el Day- 
mán, fué sorprendido y traidoramente preso por dos se- 
cuaces de Bernabé, los mayores José María Raña y 
Manuel de Araucho, los que se apoderaron de la tropa — 
unos 330 hombres — incorporándose luego á Bernabé Ri- 
vera, al mismo tiempo que un capitán de los Dragonesy 
tantas veces citados, Felipe Caballero^ situado en el 
pueblo de Mercedes con la misión de reclutar gente para 
el ejército, se plegó igualmente al movimiento, haciendo 
lo propio un Santana y otros, mientras el indígena Ana- 
cletOj al frente de unas hordas de su estirpe, sembraba 
el espanto de sus correrías. 

Entre tanto, las deserciones en el ejército tomaban el 
incremento que ya hemos señalado con datos numéri- 
cos, y fué en el curso de estos tristes é infames episodios 



al general Rodríguez la instrucción de un sumario, al mismo tiempo que dictó 
una orden de arresto de Rivera, seguida de este edicto: « Buenos Aires, Septicm- 
* bre 15 de 1826— Habiéndose ordenado el arresto del brigadier gral. Don Fruc- 
« tuoso Rivera, parii que respondiese en juicio público bajo las garantías que dan 
« las leyes, á los cargos que deben tomársele sobre datos relativos á crimen de alta 
« traición é infidelidad, y notándose que se ha ausentado de esta capital luego que 
« supo que se le buscaba, se le llama, cita y emplaza de orden del Gobierno por 
« estos edictos, para que en el perentorio término de 24 horas se presente á esti 
« Inspección General de Armas al efecto indicado». Que iba á presentarse! Ya 
sabemos que protegido por Juan Manuel de Rozas, en primer término, huyó á 
Entre Ríos y Santa Fe, bien recomendado por aquél á López. 

Contemporáneamente con estos hechos, el coronel Manuel Oribe sitiador de 
Montevideo, se apoderó de agentes de Lecor, salidos déla plaza, los que llevaban 
impresos imperiales que debían ser repartidos en las campañas y milicias de la 
provincia, incitándolas á rebelarse contra les argentinos. Todo, pues, demostraba 
la existencia de un plan de intrigas ó de traición. 



CojfFLICTOS ANGUSTIOSOS 155 



-quo Bernabé Herrera se apoderó de caballadas del ejér- 
cito, al mismo tiempo que otra de sus partidas (la do 
5antana), saqueó las carretas en que iban los equipajes 
del general Rodríguez y de su jefe de E. M., general Mar- 
tínez, que se reintegraban á Buenos Aires, conducidas 
bajo la custodia de un capitán Bustos, que fué impo- 
tente para impedir esta hazaña. 

Naturalmente, el general Rodríguez acudió al reme- 
dio, manu mílitari, de estos males, pero sin el empuje 
necesario, por lo que no logró apagar el incendio, tarea 
-que abordaría el nuevo generalísimo D. Carlos María de 
Alvear, quien tomó posesión del mando del trabajado 
-ejército, el 1° de Septiembre de 1826, inaugurando una 
era nueva de labor y de acción. 

Alvear dio rápido y favorable giro á las cosas, secun- 
dado por el gobernador de la Provincia D. Joaquín Suá- 
rez, los coroneles Brandsen y Laguna, y el mismo Lava- 
lleja, estimulado en dar este golpe definitivo á la persona 
é influencia de su émulo el brigadier Rivera, alma de la 
sedición. 

Obró Alvear con tal energía, secundado por Brandsen, 
que en pocos días se apoderó de Bernabé Rivera, Caba- 
llero y otros, mientras el meritorio coronel D. Juli«án La- 
guna, con habilidad y prudencia, logró el sometimiento 
de Raña y Araucho, con las fuerzas de su mando, los 
que fueron indultados por Alvear, sirviendo fielmente 
durante el curso de la guerra. 

Por este lado, pues^ el grave episodio quedaba conjura- 
do y el problema complejo de las dificultades reducido á 
un solo término: Lavalleja, que á pesar de todo conti- 
nuaba liuraflo, reticente y enconado en el Durazno. ^^^ 



(1} Lavalleja, con sus pretensiones, hahfa creado otros conflictos fuera de los 
relatados. Pretendía que el g^obicrno nacional le pairara los crecidos gastos de 
iruerra que había hecho, y que las milicias uruguayas á sus órdenes, conservaran 
su autonomía, etc. Y fueron tan enojosos estos incidentes, que el gobierno se vio 
en el caso de enviar al Oficial Mayor de gobierno, D. Ignacio Nurtez, para que les 
pusiera término. Las instrucciones escritas de este comisionado (tienen la fecha 
de 15 de Junio de 1826 y son muy poco conocidas) eran terminantes y enérgicas. Se 



156 Relevo del general Rodríguez 



Lo dejaremos un momento para ocuparnos de los últi- 
mos sucesos militares en que intervino el general Rodrí- 
guez en las postrimerías de su comando: la brillante sor- 
presa en las Puntas del Hospital, la diversión sobre la 
división imperial de Bentos Gongalvez y la refriega en 
Atalaya. 

El comandante D. Ignacio Oribe operaba con su divi- 
sión de caballería contra las tropas de Gon^alvez, desta- 
cadas como hemos dicho en Cerro Largo, líneas del Tara- 
riras y Francisquito, En realidad, ambos jefes no hacían 
sino observarse, tentando acá ó allá golpes de mano 
aislados é incoherentes sobre los puestos avanzados y las 
partidas sueltas, choques que sin tener grande influencia ^ 
contribuían á sostener la moral de las tropas, prepa- 
rándolas para las operaciones dyecisivas que iban á ini- 
ciarse. 

El capitán de Bentos GonQalvez, Manuel Alonzo, cubría 
con su destacamento las Puntas del Hospital, en Rivera, 
puesto aislado que se prestaba para un golpe de mano 
feliz, operación que Oribe resolvió tentar, confiándola á 
un oficial emprendedor é intrépido: el capitán uruguayo 
Claudio Berdum. 

Marchó éste con una partida, cayendo por sorpresa 
sobre el enemigo en la mañana del 13 de Julio^ después 
de seis jornadas de marcha. El destacamento brasilero 
hizo, empero, una desesperada resistencia, pero fué al fin 
completamente derrotado, dejando en poder de Berdum 



le prevenía que debía hacerlas conocer de la Junta de g^obicrno oriental y de La- 
valleja. Lo substancial de ellas era lo siguiente: •Primero: que el s^obierno nácio. 
nal no reconocía otra autoridad militar en la provincia que la del jefe del ejército 
nacionñl—Segtiftdo: que las tropas llamadas orientales no recibirán auxilio de nin- 
ííunsL clase, mientras no sean incorporadas al ejército nacional y orgsinizaáaa con 
arreg^loálas repetidas órdenes que se han impRrtiáo— Tercero: que mientras no 
se cumplimente todo esto, no serán pagados por el tesoro nacional los gastes he 
chos por el señor Lav.illeja, ni reconocidos los empeftos contraídos por él, y Cuar^ 
to: que el gobierno nacional tiene decidido empeño en que no exista ni ejército, n' 
cuerpo alguno que pueda llamarse exclusivamente de orientales, porteños, cordo- 
beses ó sáltenos, sino que mezclados todos indistintamente, presenten una masa 
que pueda con propiedad llamarse ejército de la nación». El comisionado consi- 
guió ai fin el éxito de su gestión, como era lo regular y lo lógico. 



I — 

I 
i 



Conflictos angustiosos 157 



14 muertos, seis heridos graves, 22 prisioneros de tro- 
pa, unos 250 caballos, armamento y munición, con daño 
mínimo para el vencedor, que se dirigió hacia el Paso de 
las Piedras, sin otro suceso que garantir la propiedad y 
aún la vida del vecindario de esa parte de la cam- 
paña. 

El grueso de la división de Bentos GouQalvez, fuerte 
de unos ochocientos hombres^ se encontraba acantonada 
«n el Rincón d« Francisquito, quieta en orden a las opera- 
ciones militares, activa en otras que produciéndole abun- 
dante botín, sin mayor peligro, mantenían la perenne an- 
gustia de las poblaciones campesinas, caso éste común á 
todo el territorio uruguayo ocupado por los imperiales^ 
víctima de todo linaje de atropellos sobre las personas y 
los bienes, considerados unas y otros como res nulUa^ 
por la prepotencia del invasor, que de tal modo, levantan- 
do la universal protesta del paisanaje, lo incitaba en su 
contra con hondos agravios que vengar, en homenaje á la 
patria, á la familia y á los intereses materiales destruí- 
dos. Así, uno de los grandes enemigos del Imperio fué la 
conducta torpe ó criminal de muchos de sus jefes militares, 

Bentos Gon^alvez se encontraba en este número. Sus 
tropas merodeaban sin guerrear. Carecían de verdadera 
disciplina y su instrucción era solo mediana, de donde 
su moral y espíritu militar se resentían de la falta de 
solidez y de potencia, en aquel ambiente malsano, lleno 
de tolerancia y de complicidad en las faltas, y de indis- 
ciplina por consecuencia. Militarmente, esas tropas, sin 
apoyo alguno inmediato sobre los flancos ó la retaguar- 
dia, estaban como en el aire. La población, aunque 
quieta, les era francamente hostil. Eran, con relación a 
los otros núcleos de Abren, — aislados entre sí, — como los 
rotos eslabones de una cadena, sembrados á largos tre- 
chos. Invitaban á llevarles un golpe de mano. El gene- 
ral Rodríguez lo tentó, aunque sin el resultado que se 
prometía, acaso porque no se preparó debidamente. 

La empresa fué confiada al benemérito coronel D. José 



158 Relevo del ge.xrral Rodríguez 



María Paz, que al frente del Regimiento N*^ 2 de Caba- 
llería (^^ de su mande, cuerpo nuevo pero lleno del espí- 
ritu de su jefe, marchó el 27 de Julio del campamento del 
Durazno hacia el Cordobés, donde se le incorporó el te- 
niente coronel Ignacio Oribe, con sus milicias, con lo- 
que la columna expedicionaria sumaba un efectivo de: 
1 150 combatientes, llenos de ardor y de bríos. 

Desde Las Palmas, el coronel Paz destacó, al mando de 
una partida, al capitán Claudio Berdum, el vencedor eu 
la acción de las Puntas del Hospital, 

El día 6 de Agosto, Berdum se encontró de improviso- 
con una columna enemiga, camino de las puntas def Ca- 
raguatá, tres V(íces mas numerosa que la suya. Chocaron 
al punto^ debido al temerario arrojo del oficial patriota,, 
que pudo y debió esquivar el combate, sin vituperio 
para sus armas y con honor para su prudencia, dada la 
gran desproporción numérica, y cuando ninguna necesi- 
dad angustiosa le imponía el sacrificio de su propia vida,, 
que rindió gallardamente en el campo del combate, y la de 
muchos de sus hombres. 

Dos escuadrones brasileros cargaron de frente á Ber- 
dum, que á filo de sable arrolló y desorganizó al uno. 
Se revolvía contra el segundo, medio conmovido, cuando 
un tercero se le echó encima por el flanco izquierdo y 
cambió en un instante, no sin brava y tenaz resistencia ?- 
el aspecto de la lucha. Vanos, aunque heroicos, fueron 
los esfuerzos del bizarro capitán. La retirada se impo- 
nía y se realizó con orden admirable. Legua y media 
persiguieron los imperiales á aquél montón de bravos r 
retrogradando en cerrado escuadrón, vencido y no des- 
hecho, impenetrable y unido como un bloque de acero 
sin dejar ni dispersos ni prisioneros, dando fe de su 
bravura el cadáver de su jefe, los de dos alféreces del 
Regimiento 2, 26 de tropa, un teniente y 7 soldados he- 
ridos. El enemigo tuvo bajas numéricamente iguales.. 



(1) Se había formado en Salta, como sabemos. 



Conflictos angustiosos 159 



Este contraste, aunque glorioso, debelando á los ojos 
de Bentos Gonqalvez la empresa de Paz, la malograba 
de hecho. En consecuencia, el Regimiento 2, de orden 
del general Rodríguez, se reincorporó al ejército, en el 
campamento del Yi. 

El encuentro de Atalaya, en la madrugada del 24 de 
Agosto, que siguió al combare referido, carece de im- 
portancia. Fué un simple episodio que, modesto y todo, 
hizo honor al vecindario, que espontáneamente armado 
y á las órdenes del bravo Alcalde del partido de la Mag- 
dalena, D. Pablo Muñoz, repelió la incursión de un grupo 
de 65 marineros y soldados imperiales, los que fueron 
obligados á reembarcarce precipitadamente, tras un breve 
choque. 

Ya hemos dado cuenta en un capítulo anterior de los 
sucesos, de las acciones y reacciones de los partidos po- 
líticos en la capital que con la calda del gobierno del 
glorioso general D. Juan Gregorio de las Heras, llevaron 
á la Presidencia de la República al ilustre Rivadavia? 
elegido para ese alto puesto el 7 de Febrero de 1826, por 
el Congreso Nacional Constituyente^ que, 27 días después, 
á propuesta del Presidente, sancionaría la dolorosa des- 
membración de Buenos Aires, de tan fatales consecuen- 
cias, y para la que las pasiones, los tiempos, los hom- 
bres y las cosas y la misma delicada situación del mo 
mentó especialmente, no eran propicios, si alguna vez 
pueden serlo estas amputaciones á las autonomías y á la 
integridad de los estados, consagradas por la tradición y 
el derecho, y confirmadas por los sacrificios de las gene- 
raciones, llenas del santo amor á la tierra y á las institu- 
ciones locales, que es la fuente secular de la libertad 
comunal y política de los pueblos. 

El general don Martín Rodríguez había, antes de éstos 
sucesos, reiterado al gobierno de Las Heras, su pedido 
de relevo del mando del Ejército de Observación. 

El ministro de guerra Balcarce, designó para sucederle 
interinamente, al general Rondeau, el que marchó á la 



160 Relevo del general Rodríguez 

banda oriental el 28 de Enero de 1826, de donde regresó 
por disposición de Rivadavia un mes después, sin haberse 
hecho cargo del mando, enviándose al ejército al general 
don José Estanislao Soler, como jefe de Estado Mayor 
ostensiblemente, aunque en verdad, para asumir indirec- 
tamente el mando, hasta el nombramiento definitivo del 
nuevo generalísimo, que se produjo el 14 ce Agosto de 
1826 en la persona del general Alvear, que asumió el 
mando en jefe en el cuartel general del Yi. 

El relevo de este meritorio soldado de la independen- 
cia habia sido provocado por sus renuncias del cargo, 
en los momentos del pasaje del ejército, pero lo que fué 
al principio una resolución expontanea de su parte, fué 
luego una imposición de los sucesos; de sus desinteligen- 
cias con Lavalleja, alzado contra su autoridad, de la 
conducta vergonzosa de Rivera, en lo militar y en lo 
privado ^^^, y de la rebelión de su hermano Bernabé, Ra- 
ña, Caballero y demás secuaces. Culminó ésta situación 
con la exaltación del general Alvear. al ministerio de gue- 
rra y marina, que no sería sino un escalón para pasar al 
mando del ejército de operaciones, que era sin duda üu 
gran ambición, ansioso de gloria y de renombre en una 
guerra que daría teatro á las actividades de su espíritu 
lleno de la emulación de Bolívar, á quien acababa de ver 
y de tratar en el Alto Perú, en todo el esplendor de su 
petulancia genial y de su fortuna militar y cívica de 
Libertador. 

La eliminación del general Rodríguez fué, pues, la 
resultante lógica de todos esos factores, propios ó ex- 
traños á su voluntad, fatalmente encadenados. Pero este 
juicio sintético no basta á alumbrar el cuadro de ese epi- 
sodio de los comienzos de la campaña. El actor queda 
rodeado de una vaga penumbra que proyecta cierta os- 
curidad sobre la manera cómo se preparó el hecho y las 



(1) Arreos de günados, rebelión é inteligencias con el enemigo de que nos he- 
mos ocupado, etc. 



r 



Conflictos angustiosos 161 



causas mismas de su generación, que conviene esponer y 
aclarar^ en cuanto sea posible, en el momento mismo en 
que desaparece de la escena, para dar lugar á su afortu- 
nado V brillante sucesor. 

Respetuosos por temperamento y por sistema de hom- 
bres que, como el general Rodríguez, prestaron servicios 
eminentes á la patria, con noble altruismo y alto desin- 
terés; encariñados con su persona y con su gloria, un 
sentimiento de varonil sinceridad — la sinceridad de la his- 
toria—nos obliga no obstante á decir que su dimisión no 
le favorece. Nos parece el desmayo de un alma fuerte 
y pura, que debió someterse sin debilidad á las amarguras 
de una hora psicológica, en la que los contornos físicos 
de un hombre y las virtudes de un carácter, se esfuman 
en la masa de los grandes intereses y dificultades que 
reclamaban su sacrificio pleno y entero. De aquí que 
no hallemos justificada esa dimisión y que comprendamos 
el decreto de relevo. Nos parece ser enteramente cierto 
lo que decimos en otra parte de este capítulo: el general 
Rodríguez no era el hombre/ ¡Con qué honda pena repro- 
ducimos esa síntesis! Sólo la virtud es verdaderamente 
enérgica, y el misterio de esa hora de desaliento y de de- 
bilidad moral en un corazón que dio pruebas de biza- 
rría, resulta mas extraño y mas amargo, porque el ge- 
neral Rodríguez era virtuoso en la amplia acepción 
de la frase. 

La tarea de organizar el ejército de operaciones era 
ardua, sin duda, pero el general Rodríguez debía saber 
que la falta de elementos, de tropa, de material de gue- 
rra y de numerario en que se encontraba la nación, ha- 
ciendo aún mas difícil esa tarea^ pondría á prueba la 
paciencia, el patriotismo y la dedicación del general, 
obligado á recurrir á todo género de arbitrios, para suplir 
las penurias del tesoro y la pobreza de los parques y 
maestranzas de la patria. En el pasado encontraría 
dificultades no menores, vencidas con laborioso tesón, 
que podían ser ahora un ejemplo y un estímulo á su ac- 



162 Relkvü del general Ror)Ri<;üEz 



tividad y celo, llamado como lo estaba á crear el ejér- 
cito, preparándolo para su misión en una escuela de 
labor y de abnegación que no le era dosconocída, pues ha- 
bía sido uno de sus gloriosos obreros en las campañas 
del Alto Perú, y estaba al cabo de aquel admirable tra- 
bajo de San Martín, que dio por resultado la creación del 
Ejército de los Andes, luminosa como un milagro. 

En suma, después de haber sido autorizado el general 
Rodríguez para pasar, á su propuesta, con ol ejército, á 
la banda oriental, para hacer frente á la invasión brasi- 
lera, cuyos núcleos de cabeza de vanguardia llegaban 
entonces hasta la linea del Arapey (Diciembre de 1825), 
amenazando seriamente á la provincia, mientras llegaban 
al Río Grande 3000 hombres salidos del Janeiro el 21 
del mes anterior, oponía dilaciones á la operación, ne- 
cesaria por aquel peligro, y para proteger la salida del 
Uruguay, con destino á Entre Ríos y Santa Pe, de un 
considerable número de prisioneros de toda categoría. 

La orden del pasaje le fué luego formalmente dada y 
reiterada, así como la de abrir inmediatamente las opera- 
ciones, si lo creía necesario. 

No fué cumplimentada alegando: ser las tropas reclu- 
tas en extremo, carecer de fondos, faltarle un oficial ge- 
neral para encargarlo del Estado Mayor, no tener bas- 
tantes jefes, ni escribientes y que la mayor parte del 
armamento que había recibido, «era viejo, de diferentes 
calibres, portes y fábricas, é inútiles para todo servicio», 
terminando así su nota al ministro de guerra, de fecha 
8 de Enero de 1826, después de decir que «después que 
el mismo gobierno ha salvado la responsabilidad del ge- 
neral, puesto que apesar de los inconvenientes que éste le 
ha espuesto, y que no se han allanado todavía, se le 
repite la orden de pasar á la banda oriental, no le resta 
más que obedecer»: 

« El general (agrega) se siente vivamente conmovido al 
» considerar la posición en que se encuentra, porque aun- 
» que su honor y opinión están á cubierto, después de ha- 



Conflictos angustiosos 163 

» ber ocurrido con tiempo á la autoridad de donde emana 
» el remedio á tantos males, se horroriza de los que puede 
» sufrir la patria y mucho mas cuando por el puesto que 
» ocupa, su imaginación le dice sin cesar que tal vez él 
» está destinado á ser el instrumento, aunque inocente. 

« El general que en su comunicación N.° 96 hizo su 
» renuncia formal del mando de este ejército^ y fundada 
» en las mismas causas que en dicha nota se manifies- 
» tan: insiste de nuevo en que el Poder Ejecutivo Na- 
» cional se digne nombrar otro general que lo suceda en 
» un puesto tan difícil, y que él no puede desempeñar 
» de un modo correspondiente^ careciendo de los auxi- 
» lios necesarios», y añade que «habiéndose su salud alte- 
» rado notablemente no le es posible, aunque no mediasen 
» las causas aducidas, continuar en el mando del Ejér- 
» cito.» 

La resolución recaída en este asunto, rubricada por el 
Presidente Rivadavia y firmada por el Ministro Balcarce, 
tiene fecha 17 de Enero y dice textualmente: 

« Dígasele q® el Gov"^ ha trahído á nueva considera- 
» ción la nota del lo de Diciembre último, n. 96, después- 
» que ha recibido la de 8 del presente con el n. 110, re- 
* nunciando en ambas el mando del Exto. q® se le había 
^ puesto á su cargO;, y aunque no conforme con las- 
^ causas q® p* hacerlo expone, sino en la de hallarse^ 
» enfermo, y sobre todas en el párrafo en q® dice q®:: 
» después de aber ocurrido con tiempo á la autoridad 
» de donde emana el remedio de tantos males se horro- 
» riza de los que puede sufrir la patria, y mucho mas- 
» cuando por el puesto q® ocupa su imaginación le dice sin 
» cesar que tal vez él está destinado á ser el instrumento, 
» aunque inocente», ha resuelto sin conceder otros fun- 
» damentos p* las renuncias, relevarlo del mando del 
» Exto. q® deverá entregar al brigadier D. José Rondeau^ 
» á quién ya se han dado las órdenes convenientes para 
» este efecto, etc.» 

Este decreto no era un relevo: era una destitución^ 



1 



164 Relevo del general Rodríguez 



Apresurémonos á decir que no era digno ni de Balcarce 
ni de Rodríguez, y por mas que éste hubiera incurrido 
-en una desobediencia análoga á aquella en que incurrió 
Lavalleja á su respecto, y que el general Rodríguez le 
enrostró con frase lapidaria, la causa, la situación, las 
responsabilidades y los actores eran bien diversos, por 
mas que las causales, graves sin duda, que en su des- 
cargo alegaba el general, no eran indiscutibles, ni de 
aquellas que obligan ó autorizan el quebrantamiento de 
una orden terminante y reiterada, desde que el funda- 
mento de la disciplina reposa en estos casos en la obe- 
diencia, que es la primera virtud del soldado. Los mo- 
tivos de salud, alegados por el general, nos parecen res- 
petables, y él afirma en otro documento haber sufrido 
dos síncopes^ padecer de fuertes dolores al pecho y espu- 
tar sangre «lo que no le deja momento de quietud». Es 
forzoso hacer honor cumplido á su palabra de caballero, 
sin ninguna resei*va mental. 

Ya hemos dicho que Rondeau no se hizo cargo del 

Ejército, que pasó el Uruguay y se mantuvo siempre á 

las órdenes de Rodríguez, hasta que a,sumió el mando el 

.general Alvear, no sin que su antecesor volviera á pedir 

se apresurara el relevo. 

Resuelto el pasaje del Uruguay por el ejército, me- 
dida que apremiaba por la invasión enemiga, cuyas 
puntas de vanguardia llegaban al Arapey, el Ministro 
Balcarce dio orden formal al general Rodríguez de efec- 
tuar la operación, el 6 de Diciembre de 1825, dejando 
en la margen occidental un destacamento para recibir 
los contingentes de las provincias, y tomando el SáUo 
•como base de comunicaciones y aprovisionamientos. 

El general Rodríguez, por las causas que ya hemos 
relatado, no dio cumplimiento á esta orden, comunicando 
•desde el campamento del Arroyo del Molino, el 17 de Enero 
de 1826, haber tomado las disposiciones para ejecutar el 
movimiento por aquel punto, una vez que tenga reuni- 
•das las carretas y demás elementos que deben llevar á 






r" 



Conflictos angustiosos 166 



ese pueblo los depósitos del ejército, cuya caballería debe 
permanecer en ese lugar, para la protección del equipo y 
seguridad de los prisioneros que deben evacuarse á Santa. 
Fe, escoltados por 200 hombres del ejército y algunas 
milicias de Entre Ríos. Entre tanto, en el Salto, dos es- 
cuadrones de «Dragones» y uno de «Granaderos», esta- 
ban ocupados en reunir canoas y preparar balsas para, 
el pasaje de las tropas, armamento, equipo, etc. 

El 23 de Enero comunica que al día siguiente se rao- 
verá en persona del Paso del Molino al Salto, con los. 
«Húsares», «Coraceros» y una compañía de artillería con 
tres piezas lijeras de campaña, para donde calcula que 
el jefe interino del Estado Mayor, cte. Manuel Rosas, con 
toda la infantería y la impedimenta, marchará el 30 6 
el 31 del mes. 

El 28 se inició el pasaje de la caballería (un millar 
de hombres) y la artillería (100), operación que calcula 
durará unos tres días, por las dificultades que opone la 
caballada. Ese mismo día la mayor parte de la trop& 
y el cuartel general toma tierra en la banda orientaL 
En cuanto á la infantería y depósitos, no se moverán 
el 30 ó 31 del Arroyo del Molino^ por cuanto el general 
ha dispuesto que no rompan la marcha al Salto hasta 
tanto no se termine la recomposición del armamento 
respectivo, que no está en estado de servicio. Solo un 
batallón de Cazadores se exceptúa de esta disposición. 

El dia 15 de Febrero llegan al Salto otras tropas, in- 
cluso, un contingente de Corrientes y una compañía de 
artillería, con dos piezas de á 4, las que vadean el 
Uruguay. El general se propone: establecer el cuartel 
general en el Rincón de las Gallinas (contra la opinión 
expresa del Ministro de la Guerra que aconsejaba la 
barra del arroyo San Francisco, entre este y el Quegüay 
Grande, por razón de su vecindad al Salto); completar 
allí la organización del ejército; cubrir los puntos nece- 
sarios de la frontera y fijar la distribución de las fuerzas 
cuando tenga en su poder los partes y estados genera- 



Itítí Relevo del general Roüriguez 



les que ha pedido al brigadier Lavalleja ^'^ de las milicias 
que tiene ásus órdenes, con ei que debe también acordar 
el plan general de operaciones ofensivas. Ha dispuesto, 
además, que, con el objeto de asegurar las comunica- 
ciones con el Salto y protejer el pasage de los contin- 
gentes que lleguen de Córdoba, Mendoza y otros puntos, 
ocupe ese pueblo el Regimiento de Dragoiies de la Unión, 
con 400 hombres, los que serán apoyados por las milicias 
de Paysandú, situadas en el Daymán, y destamentos mili- 
cianos del Arapey, con un total general de 800 hombres 
montados, que deben tener á raya á Bentos Manuel, a 
caballo sobre el Cttareim, con poco mas de mil hombres 
y á 280 kilómetros de los patriotas. 

Al pisar el suelo de la provincia hermana, el general 
Rodríguez dirigió á sus soldados, en una proclama que 
lleva la fecha del 28 de Febrero, palabras alentadoras 
y cálidas: 

«El día en que pisáis la tierra clásica de los bravos^ 
les decía, — es el mismo en que contraéis el mas sagrado 
compromiso. La nación ha confiado á vuestro valor la 
garantía de su independencia y de la integridad de su 
territorio, que un príncipe inmoral y ambicioso ha vio- 
lado, aunque no impunemente: vuestros hermanos de 
Oriente han escarmentado á los satélites del tirano del 



(1) El ejército nacional de observación constaba en Enero de 1326, de 8 gcfes, 
73 oficiales; 1 capellán; 70 sarg^entos; trompas, pitos y tambores 49; cabos y solda- 
dos 1879, sin contar el E. M. y Cuartel General. En Febrero, 13 jefes; oficiales 69; 
capellán y cirujano 2; Sargentos 71, trompas, etc. 51; cabos y soldados 1924. En 
Margo, jefes 19; oficiales 110; capellán y cirujano ?; sargentos 99; trompas, etc. 64; 
cabos y soldados 2603. En Abril, jefes 21; oficiales 139; capellán y cirujano 2; sar- 
gentos 98; trompas, etc. , 61; cabos y soldados 2503. En Mayo, jefes 22; oficiales 
130; en Junto, jefes 25; oficiales 157; capellán y cirujano 2; sargentos 117; trompas, 
etc., 83; cabos y soldados 2530 y asi, con un efectivo medio de 6000 caballos. (Es- 
tados y partes del Ejército). 

De las fuerzas de milicias existían en Julio de ese afto, 1329 hombres (j^f^s, ofi- 
ciales y tropa) en el campamento del Durazno á órdenes de Lavalleja; 400 á órde- 
nes del comandante Miguel Gregorio Planes en la Colonia y alrededores; 600 en el 
Cerro Largo, con el comandante Ignacio Oribe; 1400 en la línea de Montevideo, 
con el coronel Manuel Oribe, y 400 con el coronel Laguna en el Ejército. (Comu- 
nicación de Lavalleja al general Rodríguez fecha 16 de Julio). 



Conflictos angustiosos 167 



Brasil; ellos huyen pavorosos al interior de sus campos 
bien arrepentidos de haber sido instrumento de una agre- 
sión tan injusta. 

«Soldados: unión estrecha con vuestros hermanos de 
Oriente: las provincias que componen la Nación Argen- 
tina han consolidado para siempre los vínculos de la 
fraternidad; bajo un solo pabellón, con la divisa de la 
independencia ó muerte, envían sus hijos predilectos á 
vengar el honor nacional: nosotros pasamos hoy el Uru- 
guay, y con la velocidad del rayo nos precipitaremos 
sobre los enemigos: los buscaremos en su territorio mis- 
rao^ no para talar sus campos y llevar la desolación á sus 
familias; no, nosotros iremos á ofrecerles los preciosos 
dones de la paz y de la libertad. 

«Soldados: nuestros sucesos pasados son un seguro 
garante de las victorias que nos esperan. No hay nin- 
guno de vosotros que quiera regresar á sus hogares por 
otro camino que el del honor. La gloria no se adquiere 
sino á fuerza de fatigas» 

Y terminaba con estas palabras que parecen un apos- 
trofe de los generales-ciudadanos de la Francia revolu- 
cionaria: 

«Marchemos, pues; y que á nuestro aspecto los ene- 
migos reconozcan á los vencedores de los tiranos ! » 

El 10 de Febrero, desde el Daymán, el general hace 
saber al Ministro de la Guerra que ha resuelto no acan- 
tonar al ejército en el Rincón sino en San José ^^\ por 
donde se propone recibir los contingentes del interior 
que desembarquen en el Paraná y las tropas, efectos y 
artículos de guerra que le lleguen de la Capital. Quiere 
evitar también con esta medida, dice, que las caballa- 
das argentinas se estropeen sin necesidad en largas 
marchas, en un suelo pedregoso, desde el Salto al Rincón. 



(1) Lugrar situado en la margen izquierda del Uruguay, entre los arroyos Aíaio 
y Gaaviyú, elegido antiguamente por los portugueses para la fundación de un 
pueblo. 



168 Relevo del general Rodríguez 

Se propone, además, reconocer personalmente algunos 
puntos de la provincia donde va á operar <^) y que están 
ocupados por los destacamentos de milicias, cuya situa- 
ción ó dislocación estratégica conocemos. 

Producidos los graves sucesos en que son actores prin- 
cipales Lavalleja y Rivera, el general Rodríguez obede- 
ciendo las instrucciones superiores se dispuso, después 
de realizada en parte la anunciada inspección, á trasla- 
darse con el ejército de San José al Durazno , para donde 
el 3 de Julio se encontraba en marcha, dejando en aquel 
punto algunos piquetes. 

El 15 pedía autorización para abandonar el Durazno 
y regresar á San José, alegando las razones que hemos- 
hecho conocer y porque este punto «tiene la ventaja, dicer 
» de buenos pastos para las caballadas, facilidad para 
» proveerse de [ganado de consumo, inmediación á la 
» frontera enemiga (?) y deja atrás de sí los inmensos 
» ríos que embarazarían de otro modo sus movimientos 
» y servirían de barrera al enemigo para correr impune- 
x' mente todo el territorio al norte de ellos. San José tiene 
» á mas la ventaja del puerto y del contacto que él pro- 
» porciona con las provincias de Entre Ríos, Corrientes y 
» Misiones. » 

Los inconvenientes del acantonamiento del Durazno 
los resumía así: 

Escasez de ganado al sud del Río Negro que obliga á 
traerlo de la zona del Arapey y Quegüay, con gran pena 
por la creciente de esos ríos en esta época; carencia de 
pastos para el ganado y caballadas; peligro de dejar en 



(1) Parece ser que el plan del s^eneral era llevar el ataque al centro de la línea 
enemiga, á cuyo efecto contaba llamar su atención por su derecha (izquier da im- 
perial) con la columna de Ignacio Oribe, y por su izquierda (derecha enemiga) 
con una fuerte diversión ofensiva, para lo que había despachado con anteriori- 
dad al mayor Martínez Fontes, con armamento, el que debía movilizar y organizar 
fuerzas en Corrientes y Misiones, destinadas á esta operación, que adueñándose 
de Misiones, obraría sobre el flanco y la retaguardia de los imperiales dtl Cuareim^ 
Fontes, de orden del gobierno, por el órgano del general, no di6 fin A la proyec- 
tada movilización. 



Conflictos angustiosos 169 



manos del enemigo toda la rejión al norte del Negro, y 
necesidad de mantener alguna fuerza de observación y 
antemural sobre el Uruguay, fuerza que resultaría cor- 
tada del grueso por las corrientes del Quegtiay, Negro y 
Yi, muy caudalosos y casi sin vado en invierno, y ex- 
puesta á ser copada por el enemigo, sin posible y 
oportuno socorro. «Por otra parte, dice el general, este 
> punto, ^^\ está muy distante de la frontera enemiga, y 
» cuando llegue el caso de abrir sus operaciones, se 
» hallaría muy lejos del teatro que ha de ser de la gue 
» rra, é invertirá (el ejército) en marchas una parte del 
» tiempo que de otro modo emplearía con mas fruto». 
En consecuencia, abandonado el punto, el ejército marchó 
hacia el Yí, donde se acantonó, prosiguiendo la tarea de 
su remonta y organización, antes lenta y penosa y 
ahora activada por la presencia de un militar de rele- 
vantes condiciones y sólida reputación: el general don 
Miguel Estanislao Soler, encargado de la jefatura del 
Estado Mayor del ejército, al que aportaba una reputación 
brillantísima y cualidades no comunes de organizador 
metódico y enérgico, forjado en la severa escuela de San 
Martín^ y lleno de la gloria luminosa de Chacabuco. 

Es indudable que la responsabilidad en la lentitud para 
completar los efectivos^ y en la organización del ejército 
no es imputable in totum al general Rodríguez. Tuvo 
sin duda que luchar con muchos inconvenientes, entre 
los cuales, el mal estado de una parte del armamento 
portátil, la carencia de dinero (2) y de material para mo- 
vilizar y transportar los depósitos y parque desde el 
campamento de la Bajada^ al del Arroyo del Molino y de 



(1) El campamento del Durazno. 

(2) Las dificultades pecuniarias del ejército eran angustiosas. Para subvenir 
á ellas, mientras recibía de Buenos Aires los fondos necesarios, el general nego- 
ció un empréstito de 21699 pesos oro con vecinos de Paysandú, Salto y Concep- 
ción, medida que no fué aprobada por el gobierno. Es indudable que el general 
no contaba en ésta y otras cosas, con la decidida cooperación de la superioridad, 
dificultades que rodearon luego al mismo Alvear, después de Ituzaingo, como ve- 
remos á su tiempo. 



170 Relevo del general Rodríguez 



aquí al Salto, pero así y todo, investido como lo estaba, 
de amplias facultades militares y de mando directo so- 
bre hombres y cosas en cuatro provincias, su acción fué 
débil, perdiéndose lamentablemente mucho tiempo. La 
organización é instrucción de las escasas tropas que esta- 
ban á sus órdenes (cuyos efectivos hemos dado antes), era 
defectuosa y embrionaria en el momento del pasage á 
la banda oriental, lo que llama la atención, pues desde 
el 16 de Agosto de 1825, en que salió de Buenos Aires 
para asumir el mando del ejército de observación, creado 
el día 11, hasta el 28 de Enero de 1826 en que se dio 
principio al pasage del Uruguay, después de cinco meses 
y doce días, las tropas no fueran sino un conjunto de 
«reclutas», según la propia confesión del general, é in- 
hábiles por lo tanto para operar contra las enemigas, que 
no les eran superiores en este ni en otro sentido, y que las 
milicias irregulares é inorgánicas orientales habían ba- 
tido en varios encuentros, de importancia algunos, como 
el combate del Sarandi. 

El pasaje del río — que se efectuó tranquilamente y 
que pudo obstaculizar seriamente la columna de Bentos 
si este jefe hubiera desplegado un poco de iniciativa y 
previsión, concentrándose sobre el Arapey, entre los 
arroyos Valentín chico y grande, vigilando el Salto — se 
realizó con felicidad^ aunque con la lentitud caracterís- 
tica. De todas maneras, el retardo de esta operación 
siempre resulta un cargo para el general, pues pudo te- 
ner consecuencias desagradables si los imperiales, con 
un poco mas de audacia, no se hubieran contentado con 
bajar hasta el Arapey^ divididos é inactivos. Es de todas 
maneras indudable que el general Rodríguez, obedecien- 
do á las sensatas instrucciones del Ministro de la Gue- 
rra, contenidas en su nota del 27 de Diciembre de 1825? 
una vez realizado el pasaje del Uruguay— dejando un 
destacamento en el Salto, base de sus comunicaciones y 
trasladando á este punto la maestranza del Arroyo del 
ilfoZino— debió llamar á sí, sin pérdida de momento, las 



Conflictos asc;u««tio5íos 

i- ... 



171 



milicias estacionadas en el Durazno y marchar rápida- 
mente al norte, incorporando ó no, de paso, las milicias do 
Laguna, Oribe (Ignacio), etc., batiendo en detall al invasor 
y arrojándolo al otro lado del Cuareim y de la cuchilla de 
Santa Ana, operación factible, porque esa concentración 
-de fuerzas le daba al general superioridad en número y 
en calidad de tropas, sobre las columnas aisladas ya que 
no sobre el total mismo de los invasores, porque sus tro- 
pas no solo no eran inferiores á las brasileras, acordo- 
nadas en un frente enorme, sino que estaban mandadas 
por jefes superiores á los enemigos, teniendo además en 
su favor la influencia moral de triunfos recientes ^'\ la 
superioridad que le daría su movimiento ofensivo y por- 
que, muy especialmente, la operación sería apoyada en 
espíritu y en acción por las poblaciones, ahora franca- 
mente hostiles al enemigo, que las trataba como botín de 
guerra. En suma, esa operación preliminar de la campa- 
na decisiva no solo le habría hecho dueño de los departa- 
mentos del Salto, Tacuarembó, Cerro Largo, Rivera y Ar- 
tigas, permitiéndole consagrarse á la remonta, organiza- 
<nón é instrucción de su ejército, apoyado en la acción de 
las milicias volantes criollas y de los indígenas misione- 
ros, sino que habría circunscripto al enemigo (empujado á 
la frontera) á la sola y precaria posesión de la Colonia, 
Montevideo y algunos otros puntos litorales sobre el 
Atlántico, ya vacilantes— como el dominio del Uruguay — 
por la acción enérgica y victoriosa de las naves de 
Brown, que disputaban con éxito á la poderosa flota brasi- 
lera el dominio de las aguas. 

Pero el general, sin bastante confianza en la solidez de 
las tropas plantel de su ejército, por deficiencias de ar- 
mamento y de instrucción, ó prudente e)i una medida 
que nos parece excesiva, no se atrevió á tentar la fortu- 
na, á pesar de ser el mas fuerte, olvidando que en la gue- 
rra especialmente, el éxito está en razón directa de la 

(1) Rincón, Sarandf, etc. 



172 Relevo del general Rodríguez 

audacia desplegada y que no se debe vacilar en arriesgar 
lo menos para conseguir un máximum de resultados^ y 
que en esa operación encuadraba matemáticamente el pre- 
cepto napoleónico: «hay que maniobrar y obrar por con- 
secuencia, de manera á imponer nuestra voluntad al ene- 
migo, para no darle tiempo á que realice la propia». 
Y la voluntad del enemigo^ resultaba claramente indica- 
da en la iniciada reconcentración estratégica de numero- 
sas tropas sobre Santa Ana do Livramento y Yagüarón. Se 
nos antoja, además, que la operación «staba hasta im- 
puesta por razones de política interna local. Habría pues- 
to en actividad y de su parte, ciertos elementos, acallado 
pasiones personales caudillescas, aunado opiniones y 
malogrado gérmenes y semillas de discordia y de escán- 
dalo, que envolverían, como hemos visto, al estallar, al 
mismo general, malgrado su insospechable honestidad y 
patriotismo. 

De los miembros del problema, eligió el mas prudente, 
no el mas útil. Atraviesa el Uruguay empujado por las 
órdenes enérgicas y reiteradas del general Balcarce, Mi- 
nistro de la Guerra, que trunca, porque eran articula- 
das. Para Balcarce, el pasaje era la apertura de las 
operaciones; para Rodrígueg, buscar un nuevo campa- 
mento para completar la organización é instrucción del 
ejército. Así, lo vemos vacilante siempre en la elección 
del lugar adecuado á esos objetos, sin pensar que este 
peregrinaje que tiene las etapas Arroyo del Molino — Sal- 
to — Rincón de las Gallinas — San José — Durazno — otra 
vez San José y Yí, contraría ese propósito, que, en 
principio, es fundamental. Los razonamientos estratégicos 
en que funda algunos de esos cambios— que hemos ex- 
puesto en síntesis — obedecen á un criterio defensivo, es- 
pectante ó de tímida ofensiva^ sin que sea parte á modifi- 
car este juicio su proyecto sobre Tacuarembó, su plan de 
ataque central, sus órdenes de reconcentración á Lava- 
lleja, que no hizo cumplir, y la empresa contra Bentos 
Manuel sobre el Cuareinij que tuvo el resultado escanda- 



Conflictos angustiosos 173 



loso conocido. Solo la tentativH contra Bentos Gongalvez, 
confiada al coronel Paz, parece romper esa quietud, per- 
filando en el terreno un pensamiento con proyecciones de 
acción estratégica ofensiva. 

En una cosa, empero, nos parece tener completa razón 
él general Rodríguez, al pedir autorización para dejar el 
campamento del Durazno y avanzarlo al norte ^^K 

La situación y puesto del Durazno, como posición cen- 
tral, satisfacía á ciertas exigencias militares transitorias 
<iel momento y podía constituir un eje de maniobras in- 
ternas, concreto y céntrico, que tuviera por objetivos 
inmediatos las operaciones sobre la Colonia, Montevideo 
y Maldonado, pudiendo atender de inmediato á los su- 
cesos de los departamentos de Río Negro, Soriano, Flores» 
Colonia, Durazno, Florida, Canelones, San José, Maldo- 
nado, Minas y aún Rocha y Treinta y Tres, es decir, casi 
todo la región extrema sud y sudeste de la provincia, la 
mas abundante en recursos (excepto ganados), de mayor 
densidad en población y de mayor civilización, con puer- 
tos sobre el Uruguay, el Plata y el Atlántico. 

Pero tenía graves inconvenientes. 

El río Negroj que tiene sus vertientes al Norte de Bagéy 
penetra á la provincia entre la desembocadura de los 
arroyos San Luis y Hospital, tributarios suyos, por los 
31^ 43' de latitud sud, corre, tortuosa y diagonalmente 
por entre cuchillas y una verdadera red de arroyos y 
arroyuelos hacia la cuenca madre del imponente Uruguay, 
al que tributa su caudal al Norte de Soriano, por los 
33° 23' de latitud. Divide, por consecuencia, geográfica y 
militarmente á la provincia, en dos grandes secciones 
Norte y Sud, y constituye por esta causa, por la naturale- 
za del suela donde ha escavado su lecho, por su caudal 



(1) Debemos hacer constar que el estudio á ¿grandes rasgos del terreno y las 
consideraciones estratégicas y tácticas que son su consecuencia y que formulamos, 
están basadas en el Mapa histórico de la K. O. del Uruguay , por L. Ambruzzi, 
publicado en Montevideo en 1898 y autorizado por el gobierno de la República- 
Todas las citas geográficas anteriores se refíeren á esta misma fuente gráfica. 



174 Relevo ukl oknkkai. Rodríguez 



ordinario, por sus numerosísimos afluentes y por sus ex- 
traordinarias crecientes de invierno, que dejan muy po- 
cos vados, una verdadera y formidable base de operacio- 
nes y línea defensiva contra una invasión del Norte, quo 
solo deja descubierto el pequeño sector Nordeste de la 
frontera con el Brasil. 

Esta línea — considerándola siempre del punto de vista 
defensivo indicado — se completa y refuerza con la dol 
n, río también de consideración, que nace en los con- 
trafuertes de la Cuchilla (írande del Norte, á la altura del 
pueblo de Cerro CJiato, y corre casi paralelamente al an- 
terior, al que entrega sus aguas en Navarro, entre los 
arroyos Marincho y Grande, Además, al Norte del Rio 
Negro y paralelo á éste, el río Quegüay Grande forma otra 
línea secundaria avanzada é importante, con su red pro- 
pia de arroyos (que es también el caso del Yí). Luego 
este sistema fluvial defensivo-ofensivo, resulta reforza- 
do por el gran cordón orográfico de la Citchüla de Haédoy 
en primer término, que, arrancando de la cuchilla do 
Santa Anna do Livramento, al Nord-Oeste de Rivera, des- 
ciende hacia el Sud-Oeste y muere en la península for- 
mada por el gran codo dol Uruguay, sobre el pueblo 
independencia y la desembocadura del río Negro. La cu- 
chilla de Haedo da origen, en su vertiente occidental, á 
cordones secundarios, que caen todos al Uruguay, y 
que son las cuchillas del Rabón, del Quegüay, del I)ay- 
man, del Arapey, Belén, Tre« Cerros y Yacaré- Curii. Además 
frente al Durazno, entre el curso del Negro y del Yí, alza 
su lomo rocoso la cuchilla del Durazno, que parte, puede 
decirse, de Cerro Chato (cuchilla Grande del Norte) y 
muere en la confluencia de estos dos ríos. ^^^ 

Ahora bien, teniendo en cuenta que la escuadra ar- 
gentina que, aunque improvisada, muy temible, en ma- 
nos de Brown y de sus bravos compañeros, disputaba 
con suceso á la imperial el dominio de la vía marítima^ 



(1) Este estudio se basa igualmente en el mapa citado. 



Conflictos angustiosos 375 



la ocupación por los brasileros de las plazas de Monte- 
video y la Colonia, (dueños solo de los recintos respecti- 
vos), pesaba muy poco en las operaciones, mucho mas 
cuando el plan de guerra del imperio revelado clara- 
mente por la concentración estratégica del grueso de sus 
tropas y material sobre el Cuareim, Santa Aim y Yagüarón 
con sus avanzadas sobre el Arapey^ indicaba que la suer- 
te de la guerra se iba á jugar al Norte, y que era por 
este lado por donde los generales de Don Pedro busca- 
ban la juntura de la coraza republicana. 

Se comprende, entonces, que la concentración y esta- 
cionamiento indefinido del ejército argentino en el Duraz- 
no era antimilitar, é ilógico por todas maneras, sin res- 
ponder eficientemente al concepto ofensivo ni al defensivo 
de la campaña. 

No respondía al primer caso, porque se encontraba á 
enorme distancia de la frontera no solo ocupada sino 
violada, y de los puntos de concentración enemiga, sobre 
la misma frontera, operación que se realizaba con per- 
fecta tranquilidad y seguridad, y otras circunstanciáis que 
hacían posible y feliz esta transgresión á los preceptos 
teóricos de la guerra. A la distancia, se agregaba las difi- 
cultades naturales y topográficas que harían lentas y pe- 
nosas las marchas. 

No respondía al segundo, porque ese mismo alejamien- 
to y la barrera constituida por las líneas del Tí, deLVe^rro 
y del Arapei/y difíciles de salvar, no solo dejaban en el 
Aire el punto del SaltOy base elegida para las comunica- 
clones, remonta y aprovisionamientos del ejército, sino 
que de hecho todo el territorio de la provincia disputa- 
da, al Norte del Río Negro, quedaba en manos y á mer- 
ced del enemigo, dueño de todos los ricos recursos de 
esa parte del teatro de la guerra, de que se aprovechó 
naturalmente, aunque con pobre criterio militar y lamen- 
table torpeza política, hiriendo fuera de lo regular y ne- 
cesario, intereses y personas. 

La posterior traslación del ejército al i% por el general 



176 Rblbvo del general Rodríguez 

•••■•"-..•■ ........••.......•••.--..«... ■..■■..... > •■....■... *........ .....* «.. .. .. 

Rodríguez, no salvaba ninguno de los graves inconve- 
nientes y errores apuntados, en orden particularmente al 
acercamiento y seguridad de su base de comunicaciones, 
pues su inmovilidad en ese punto dejaba en pie el pro- 
blema casi entero, cuya solución estaba en ese avance 
decidido y enérgico sobre el Arapey y el Ouareim, ó mejor 
aún sobre el Yagüarón, que hemos señalado, y que haría 
del pueblo de San Fructuoso^ sobre el arroyo Tacuarembó, 
el cuartel general y eje de maniobras, punto equidistante 
entre Santa Ana, núcleo de la concentración enemiga, y 
el Salto^ base de las propias comunicaciones. Ningún río 
ó arroyo de consideración cortaba perpendicularmente la 
ruta de San Fructuoso con el Salto, Allí el general, sin 
desatender la vigilancia activa y agresiva de la fronte- 
ra, por medio de destacamentos fijos apoyados en la 
movilización de las milicias de la región, ágiles y bravas, 
podía completar la remonta, organización é instrucción 
de su ejército regular, para las operaciones decisivas y á 
fondo, impidiendo las del enemigo y, en caso de un con- 
traste ' serio de sus armas durante ese período, tenía 
siempre libre y expedita su retirada, ó sobre su base de 
concentración del Uruguay ó detrás de la línea del Río 
Negro, donde se establecería sólidamente para restable- 
cer el roto equilibrio de sus fuerzas y reabrir la cam- 
paña ofensiva, vigilando á la vez su flanco derecho, para 
oponerse por ese lado á una posible marcha del enemigo 
en apoyo de Montevideo. 

Así, con la retirada del mando del ejército, el general 
Rodríguez clausuraba su actuación personal y directa en 
la guerra que hasta este momento, en sus manos, había 
sido de preparación y de organización de las fuerzas, en 
un campo limitado y concreto, careciendo por lo tanto de 
pensamiento y de plan verdadero y resuelto, en orden á 
la iniciación sistemática de las operaciones, tarea reser- 
vada á su reemplazante. Pero es necesario y justo agre- 
gar que el general Rodríguez, venciendo y luchando con- 
tra todo género de dificultades, ingratas algunas, propias 




General D. Juan Cato de Lavalle 



Conflictos angustiosos 177 



de la situación, prestó, con su modestia y su bondad habi- 
tuales, servicios importantes. Fué el obrero de la prime- 
ra hora, — llena de confusión y de aristas duras y cortan- 
tes, — que atravesó sereno aunque enfermo del cuerpo y 
aún del alma, conservando para su nombre y para su 
fama, la integridad de su antigua reputación militar y 
cívica. La gloria de Ituzaingo le alcanza legítimamente, 
como á Rondeau, en la rendición de Montevideo. Es una 
figura y una vida nacional, porque fué, en su esfera, uno 
de los varones ilustres y gloriosos de la gran revolución, 
fundadores de la nacionalidad argentina! 



Capítulo VI 

Organización militar y naval —Acción del Oral. Alvear 



Sumario: — Lenta org'anización del ejército de operaciones — Sus 
cansas — Dificultades para fijar los efectivos do las mi- 
licias en armas — Carácter militar de éste periodo — 
Debilidad org'ánica de la insurrección urug'uaya — Iner- 
cia de los beligerantes — Creación de la escuadrílla ar- 
g'eutina — Las Heras y Brown — El Almirante Ferreira 
de Lobo — Declaración del bloqueo imperial — Carece 
de elementos para ser efectivo — Discusión de sus tér~ 
minos — Protesta del representante de los Estados Uni- 
dos — Misión naval de Vázquez en Chile — Pormenores- 
ing^ratos que la caracterízan — Inutilidad de los barcos 
adquiridos en el Pacífico — Audaces operaciones de 
Brown — Impotencia del eneTiiig^o — Alvear y Lavalleja 

— Sometimiento poco sincero del caudillo — Fin de la 
rebelión de los Rivera — Síntesis del momento histórico' 

— Anarquía interna argentina — Espíritu nacional — 
Actividad militar de Alvear — Bocetos morales y milita- 
res de jefes — Conting'entes arg'en tinos — Esperanzas 
patrióticas de Las Heras — Organización definitiva del 
ejército de operaciones — Desproporcionalidad en las ar- 
mas — Contrastes y paralelos — Dislocación estratégica 
enemiga — Vicios de que adolece — Superioridad mate- 
rial de los imperiales — Es compensada por otros facto- 
res — Inercia brasilera — Proclamas — Espíritus opues- 
tos que las inspiran — El Verbo de Mayo — La quimeras 
nacionalista argentina — En marcha ! 



Hemos visto hasta este momento que la actitud del 
Ejército Nacional, desde que asumió el mando del mismo 
el general D. Martín Rodríguez á fines de Agosto de 1825^ 
hasta que lo reemplaza el general D. Carlos María de 
Alvear, fué espectante en el primer período de su exis- 
tencia, y luego pasiva casi del todo en orden á operacio- 
nes de guerra que no inició, por las causas múltiples ya 



180 ORGAKlZACIÓlf MILITAR Y ITAVAL 

conocidas, habiendo transcurrido un año entero de 
inactividad real, propicia al desarrollo de ciertos gérme- 
nes de indisciplina y á los mismos graves conflictos á 
que hemos asistido. Un ejército organizado para la 
guerra y que no guerrea, teniendo frente á frente al 
enemigOj es un órgano que se atrofia. 

Hasta aquí, pues, desde -el desembarco de la expedi- 
<iión de los treinta y cuatro, la guerra ofrece este doble 
carácter en lo militar, en el campo patriota: 

Una lenta reconcentración, organización é instrucción 
<ie las tropas y contingentes de reclutas provinciales 
llamados á constituir los cuerpos del ejército de Ohser- 
A)ación (lo que en parte se explica por las penurias del 
tesoro, las enormes distancias á recorrer sin otro medio 
de locomoción que el caballo, ó los naturales de los sol- 
dados, y los acontecimientos políticos internos), del lado 
nacional; y cierta actividad inicial que luego se debilita 
ó se hace obstruccionista de parte del jefe supremo de 
ias milicias uruguayas, brigadier Lavalleja, lleno de 
emulación, de celos y ambiciones que en su hora culmi- 
nan lógicamente, y lo arrastran á la desobediencia y á 
las hostilidades mas ó menos encubiertas pero tangibles 
y dañosas en alto grado á la causa nacional, mientras 
que su colega el brigadier Rivera, promueve intrigas de 
J:al estirpe que lo llevan á secretas inteligencias con el 
enemigo, — perfectamente comprobadas — á la rebelión 
abierta y en armas, y á su fuga y refugio en el litoral 
del Paraná, por las causas y en las circunstancias que 
hemos relatado. 

Es tarea difícil penetrar en la urdimbre de las actitu- 
des é intenciones de estos personajes y sucesos, y darles 
4ina filiación precisa á la luz de los documentos, incom- 
pletos y con muchas soluciones de contimidad que existen, 
lo que entorpece la investigación aunque sin detenerla, 
pues es posible siempre conservar el rumbo y llegar á 
síntesis claras y convincentes. 

Lo propio sucede cuando se quiere precisar con segu- 



Acción del general Alveab lol 

ridad la ubicación, dislocamiento y efectivos amigos ó 
enemigos en operaciones, en este período de la guerra. 
Las contradicciones abundan entre los que han escrito 
sobre esas cosas, narrándolas sin criterio profesional ó 
militar y, lo que es mas singular, los mismos actores 
contribuyen á dificultar con la incoherencia (falta de 
método) de sus operaciones y datos, el fijar puntos de 
partida para una rigorosa observación. Los efectivos 
aumentan ó disminuyen caprichosamente, como obede- 
ciendo á causas distintas que unas veces son de simple 
vanidad ó amor propio militar, y otras responden á inte- 
reses de otro orden, no siempre confesables, cargos de 
que está libre por cierto el noble general Rodríguez. 

Esta tarea resulta naturalmente mas difícil cuando se 
trata de precisar la fuerza efectiva, de revista^ y la dis- 
ponible ó real, lista para formar, de las milicias orienta- 
les, que aparecen acá ó allá, se mueven y operan mas 
ó menos obedientes directamente á la autoridad del 
brigadier Lavalleja. 

Se puede asegurar que el general Rodríguez no cono- 
ció nunca con toda exactitud el efectivo de verdad de 
estas fuerzas, y es posible también que el mismo La- 
valleja lo ignorara, aun cuando los datos que dio al 
respecto en dos ó mas ocasiones, ^^^ parezcan probar lo 
contrario. 



(1) Al dar cuenta de sus actos á la Asamblea de la Florida ^ recié instalada, 
declaró contar con 2500 hombres de armas y en campafla, de los que 1000 estaban 
á sus inmediatas órdenes en la barra de Santa Lucia Chico; 1000, á las de Fructuo- 
so Rivera, parte en el Duraano y el resto sobre los rios Negro y Uruguay; 300 
con el coronel Manuel Oribe en la linea de Montevideo y otros 300 sobre la Colonia 
y alrededores. Además, y fuera de algunas otras pequeñas partidas, operaba en 
Cerro Largo la del comandante Ignacio Oribe, y en el Cebollatt la de D. Pa- 
blo Pérez. 

&Iás tarde, apremiado Lavalleja por Rodríguez para que reforzara la línea de 
Montevideo y se le incorporara con la división de su mando inmediato (lo que 
desobedeció como sabemos), mandándole previamente un Estado General de las 
milicias en armas, le decía en nota de fecha 16 de Junio de 1826: que en el ejército 
nacional habían 40u hombres con el Coronel Laguna; otros tantos operando con 
el comandante Miguel Gregorio Planes; 600 con el comandante Ignacio Oribe; 1400 
con el coronel Manuel Oribe y el resto (1329 plazas entre jefes, ofíciales, clases y 
tropa, conforme al detalle que damos en una nota del capítulo V) en el campamen- 



182 Organización militar y naval 

Durante el primer período de la lucha local, á raíz 
de las acciones del Rincón de las Gallinas, del Sarandi y 
otras mas modestas, halagado el amor propio de Lavalle- 
ja y soñando con un levantamiento total y en masa de 
la provincia, que haciendo innecesario el auxilio argentino 
le diera á él el rol glorioso y único de Libertador de la pa- 
tria, le convenía inflar los efectivos en armas, obedientes 
á su voz y prueba de su personal prestigio, autoridad y 
talentos militares; y es posible también que por las mis- 
mas causas, dentro de las órbitas particulares de aquel 
sistema, sus tenientes, exornados con títulos y grados 
militares motu propio en muchos casos, cuya sanción ó 
confirmación oficial buscaban, abultaban á su vez al 
brigadier las cifras de sus divisiones, buscando méritos 
por este medio natural y nada extraordinario, aunque 
vituperable. Además, se trataba en muchos casos de 
partidas reunidas con un objetivo concreto y transitorio, 
que luego de satisfecho con fortuna ó sin ella, se disol- 
vían, — como esas nubes que las tempestades de las cum- 
bres fragmentan, — para reconstituir ó no mas tarde, sus 
miembros dispersos por la derrota ó el triunfo. Otras, 
bravas, astutas y terribles como los yaguareté de los 
bosques y breñas nativas — y como éstos ágiles y hura- 
fias á toda sujección — defendían sus pagos y su prole 
por instinto natural y cuenta propia, con una vaga y 
confusa idea de la nacionalidad en el cerebro, aunque 
con la enérgica resistencia impuesta á sus corazones 
por el atavismo indígena autóctono, y la herencia caste- 
llana, contra el idioma y el hombre extraño que invade la 
tierra natal que tala, saquea y tiraniza. 

En el segundo caso, obligado Lavalleja á remitir al 



to del Durasno, cuartel general de Lavalleja. La adición de estas cifras da un 
total de 4129 hombres. ¿Era el exacto? No hemos podido comprobarlo, fuera de la 
última cifra parcial, pero todos los indicios que tenemos sobre la columna del 
coronel Oribe, sitiadora de Montevideo, nos hacen creer que en la información de 
Lavalleja aparece abultada. De aquí otras dudas análogas en ese periodo de la 
guerra. La verdad es que nuestras investigaciones en los archivos oficiales del 
Uruguay ni en los nuestros, en busca de Estados de las milicias, no han dado re- 
sultado absoluto, como lo ratificamos mas adelante. 



Acción del general Alvear 183 



cuartel general de San José las milicias de su acantona- 
miento del Durazno^ y deseando no desprenderse del total 
de esas fuerzas — reliquias de su autonomía militar — 
que bajo su mando directo le daban apariencia de auto- 
ridad independiente del general porteño^ es claro que á 
la vez que le convenía aumentar con cifras abultadas 
los efectivos de las divisiones destacadas sobre la Colo- 
nia, Montevideo, Cerro Largo, etc., disminuía la que 
pretendía mantener bajo su mando exclusivo. 

Pero esta cuestión, este juego personal es secundario. 
Lo que nos interesaba era dejar simplemente constancia 
del hecho para llegar á estas conclusiones: lentitud de 
la organización y robustecimiento del ejército nacional 
del general Rodríguez, primero; segundo, debilidad é im- 
potencia orgánica local para rechazar por sí sola la 
invasión brasilera y, tercero, ausencia de verdadero 
plan de guerra articulado ó simple, para resolver eficien- 
temente el conñicto bélico. 

En efecto, las operaciones de las milicias locales des- 
parramadas por toda la provincia puede decirse, carecían 
de solidez en todas partes, de unidad y de objetivo defi- 
nido. Esas operaciones no eran sino la pequeña guerra 
de partidas, de montonera, á salto de mata, apta sólo 
por su elasticidad y movilidad para las sorpresas, las 
escaramuzas y golpes de mano que, felices hoy y des- 
graciados mañana, nada resuelven en suma, por mas que 
se alimenten del espíritu guerrillero de las masas cam- 
pesinas, activas y dueñas de los secretos yj^recursos 
topográficos de la región que defienden, y por mas que 
se apoyen en el espíritu del territorio, regionalista y 
local, ^^^ salvo el caso de un verdadero levantamiento 



(1) Sin las geniales campaftas de San Martin en Chile y el Perú, que amena- 
zaban á los realistas en el centro mismo de su poder y sus recursos, la heroica y 
enérgfica resistencia de los admirables guerrilleros á^yíüemes no habría sido 
parte á impedir 6 contener la invasión española, porque habría resultado una de- 
fensa sin núcleo sólido, y porque allí también no hubo en'^realidad levantamiento 
en masa del país amenazado. El esfuerzo de los patriotas en armas, délos glorio- 
sos gauchos de Güemes, habría terminado por agotamiento de las fuerzas morales 
y físicas, á no mediar aquéllas campañas ofensivas y decisivas. 



184 Organización militar y naval 

en \aasa, con todos sus elementos activos, formidable 
por el número y la enérgica y. decidida voluntad por la 
lucha, lo que da cohesión al conjunto de esfuerzos, y ya 
sabemos que este no era el caso actual. En suma, era 
aquella una guerra estéril, (simple reproducción de los 
esfuerzos y sacrificios gloriosos que terminaron en los 
campos de Tacuarembó en 1820) que llevaría á sus 
esforzados mantenedores al cansancio y al agotamiento, 
como se vio forzado á reconocerlo su mismo caudillo, 
Lavalleja, y un jefe de valer real — el coronel Laguna — 
cuando, angustiados por la amenazante concentración 
enemiga sobre la frontera, instaban al general Rodrí- 
guez para que apresurara el pasage del ejército ar- 
gentino, y tomara parte activa y principal en la guerra, 
* sin lo cual todo seria perdido,^ 

Fuera del triunfo del Sarandi y de la desatentada ten- 
tativa naval y militar contra la plaza fuerte de la Colonia^ 
en Marzo de 1826, que fracasó sangrientamente, Lavalleja 
nada intenta y produce que sea parte á mantener el 
personal prestigio de sus armas y de su autoridad, en los 
comienzos de la lucha, y acrecentar sus fuerzas. Por el 
lado del general Rodríguez, aparte de la proyectada 
diversión sobre el flanco derecho y retaguardia imperial 
por Misiones; de la tentativa contra Rentos Manuel en 
el Cuareim, torpe y sospechosamente conducida por el 
brigadier Rivera, y de la expedición sobre Rentos Gon- 
Qalvez, confiada al coronel Paz, empresas éstas sin fruto 
y vergonzosa en sus consecuencias la de Rivera, nada se 
hace, lo que naturalmente es aprovechado, — solo en 
parte felizmente, — por el enemigo, que prosigue tranqui- 
lamente su reconcentración en Río Grande y sobre la 
frontera, y sus depredaciones al sud de esta. El general 
Rodríguez^ prudente en exceso, no impone su autoridad y 
órdenes á Lavalleja, y ambos descuidan fomentar con la 
necesaria actividad y previsión, el levantamiento general 
de las poblaciones rurales (que no se produjo nunca) 
como lo indicaba la situación, el temperamento guerrero 



Acción del general Al veas 18^ 



— no militar — del paisanage, y la tradición viviente de 
Artigas. En suma, y aun teniendo en cuenta todas las 
dificultades (que se presentaron durante un año largo y 
que hubo que vencer en el campo militar, político y 
económico, comprendidas las resistencias personales cau- 
dillescas y la rebelión de los Rivera, con precisos tintes 
de traición á la patria, í*>) no se puede decir que el tiem- 
po fué aprovechado, porque hubo inercia en la gestión 
superior del comando en jefe, y desgaste de sus energías 
por el diario choque de las fuerzas locales contrarias á 
su acción. Por fortuna, el enemigo, lleno de prudencia 
anti-militar no hizo mas, cuando todo pudo osarlo en 
esos momentos, en que el mismo Emperador se había 
trasladado á Río Grande para dar tono y nervio á la 
organización de su ejército, con el que pensaba dictar 
la paz á los argentinos desde Buenos Aires, ocupada por 
sus armas victoriosas ! 

Perfilada así la situación de los beligerantes por la 
parte de tierra, nos queda antes de penetrar en el perío- 
do de la brillante y enérgica ofensiva del general Alvear, 
lanzar una rápida ojeada á la creación de la escuadra 
nacional, y ala apertura de las operaciones navales del 
almirante Brown, conducidas con la audacia, la bizarría 
y la fortuna de siempre, en este primer período de la 
guerra. 

Ya hemos hecho conocer las resoluciones gubernati- 
vas del general Las Heras, tendientes á crear los elemen- 
tos navales indispensables por lo menos, para disputar 
al Brasil el tranquilo y absoluto señorío, no solo de las 



(i) En el sumario que por orden superior mandó instruir el general Alvear 
sobre la rebelión é inteligencias con el enemigo del Brigadier Rivera, su hermano 
Bernabé, Caballero y otros, se produjeron declaraciones muy comprometedoras 
para el primero. El sargento de Dragones orientales Benito Silva, declaró el 19 
de Septiembre de 1826 que el general Rivera, antes de retirarse á Buenos Aires, en 
el mes de Julio, le dijo al deponente: cque los porteños querían vender el país á 
los portugueses y esclavizar la provincia y que por esto se levantase y viviese en 
el campo, hasta de allí A un mes, en que él (Rivera) volverla, ofreciéndole entre 
tanto el ganado y caballos de sus estancias, para que se mantuviese, etc.» 



186 Organización' militar y naval 

aguas del Atlántico y del Rio de la Plata, sino también 
de nuestras dos grandes arterias fluviales, el Paraná y 
el Uruguay, la juntura de la coraza del vasto litoral que 
riegan, por donde el enemigo, dueño de una flota pode- 
rosa, introducía tranquilamente su espada con grave 
daño de nuestro incipiente cabotaje y de los ya grandes 
intereses de comunicación é intercambio comercial, que 
se desarrollaban á su sombra. 

El vicealmirante Rodrigo José Ferreira da Lobo, gefe 
de las fuerzas navales del imperio, mantenía el bloqueo 
del Plata con una fuerte escuadra, con naves de gran 
porte, bien guarnecidas y con numerosa y potente artí- 
lleria, á las que el gobierno argentino no pudo oponerle, 
en los primeros tiempos, sino débiles barcos, armados 
rápidamente, é impotentes naturalmente para salir al 
paso al formidable adversario, dueño en toda la ampli- 
tud de la frase, del río y, por consecuencia, de nuestras 
comunicaciones y comercio exterior é interior, con lo 
que hizo mas afligente la situación del momento, y an- 
gustioso el estado del tesoro público, privado de su 
principal, sino su única fuente de renta. 

El 21 de Diciembre de 1825, el almirante había decla- 
rado el bloqueo. El 22 apareció con su escuadra frente 
á Buenos Aires, dispuesto «á no dejar entrar un pájaro al 
puerto. » Dio entonces el siguiente Manifiesto: 

«El deseo sincero de mantener la mejor armonía con las 
potencias neutrales y la urgente necesidad de evitar que 
el enemigo reciba socorros de la margen occidental del 
Plata, así como la de repeler las hostilidades que el go- 
bierno de Buenos Aires, sin declaración de guerra, ha 
hecho y continúa haciendo al Imperio, obligan al coman- 
dante de la escuadra de Su Magostad el Emperador del 
Brasil, á manifestar lo siguiente: 

«1^— Todos los puertos y costas de la República de 
Buenos Ayres y todos los que en la margen Oriental 
estuvieren ocupados por tropas de Buenos Ayres, quedan 
desde hoy sujetos al mas riguroso bloqueo. 



Acción del general Alvear 187 

«2^ — Los buques do las potencias neutrales, que se 
hallen en los puertos de Buenos Ayres, podrán salir en 
el término de catorce días contados desde la fecha, des- 
pués de cuyo período solo podrán salir en lastre los 
expresados buques, no conduciendo personas sospecho- 
sas, y por cuyo motivo quedan sujetos al registro orde- 
nado por el comandante de la escuadra imperial.» 

Los fundamentos de este documento y la amplitud y 
generalidad que se daba á la declaración del bloqueo, 
eran sin duda objetables^ así como el plazo dado á los 
barcos neutrales para poder salir libremente con sus 
cargamentos y personas, pues era natural suponer que á 
un velero que se encontrara en operaciones en el puerto 
de Corrientes, por ejemplo^ no le llegaría á tiempo á su 
comandante el Manifiesto, siendo siempre lo mas proba- 
ble que en ningún caso, ya por la dificultad de comuni- 
caciones, ya por varaduras, falta de agua ó de viento, 
transcurriría siempre un tiempo infinitamente mayor 
para salir del país, dentro del angustioso y acaso malicio- 
so plazo fijado por el almirante. Además, el bloqueo, 
dada la enorme extensión de costas que abarcaba su 
declaración, no podían hacerlo efectivo en todos sus pun- 
tos los barcos imperiales, por lo que resultaba ilu- 
sorio. 

Así lo entendió el Encargado de Negocios de los Esta- 
dos Unidos de Norte América, señor J. M. Forbes, acre- 
ditado ante el gobierno de Buenos Aires, quien, con fecha 
13 de Febrero de 1826 dirigió al almirante Lobo una 
formal protesta, en la que al afirmar los principios políticos 
profesados al respecto por su gobierno, decía en uno de 
los párrafos de ese documento que va entre los anexos: 

«Después de una refiexión seria y meditada de todas 
estas circunstancias, el abajo firmado cree su deber 
indispensable representar y protestar como debidamente 
representa y protesta contra el bloqueo de los puertos 
y costas de la República de Buenos Aires, según fué 
declarado últimamente por S. E. el señor Almirante 



188 Organización militar y naval 

Lobo, comandante general de las fuerzas navales de S. M. 
el Emperador del Brasil, puesto que dicho bloqueo es en 
su carácter general, así como en su ejecución y práctica 
verdaderamente ineficaz, mantenido por una fuerza na- 
val totalmente impotente para llevarlo á efecto en toda 
su extensión, y de consiguiente ilegal, derribando los 
derechos neutrales y enteramente inadmisible por parte 
del gobierno de los E. E. U. U. » 

Y en efecto, fuera de los ríos interiores citados y del es- 
tuario del Plata, estaban veinte grados de costa marítima, 
para cuya vigilancia y bloqueo efectivo, la escuadra 
imperial era impotente. Además^ bajo el bloqueo, seis 
buques lo habían en una li otra forma burlado, entrando 
á las balizas interiores del puerto de Buenos Aires, 
mientras otros tres lo habían hecho al puerto de la E7i- 
senada. 

De todas maneras, el crucero y presencia de tal escua- 
dra era dañosísima, por mas que Lobo^ carente de las con- 
diciones necesarias para el mando y la acción^— lo que le 
valió de ahí á poco su destitución y relevo — no sacara de 
ella todo el rendimiento que pudo y debió dar, prescindien- 
do de su donosa declaración sobre los pájaros. Se imponía 
arbitrar los medios para contrarrestar la acción naval 
enemiga, por mas que la solución de la guerra no estu- 
viera en las aguas sino en tierra, ya que se trataba de 
una lucha terrestre y no marítima. Y el gobierno y el 
pueblo de Buenos Aires se entregaron con ardor á la ta- 
rea, reproduciendo las admirables improvisaciones de 
1814 y 1816 (1). 



(1) La llegada de 2000 soldados espafioles á la plaza de Montevideo en Diciem- 
bre de 1813 en trasportes escoltados por los navios San Pablo y Prueba, puso so- 
bre el tapete la cuestión de crear una escuadrilla patriota, para completar el cerco 
de la ciudad y disputar á ios realistas el dominio del estuario del Plata y sus 
afluentes. 

Se trabajó con tesón en ese sentido. En Febrero del año sig:uiente, cuatro 
barcos mercantes, armados en guerra, se balanceaban sobre las aguas frente á 
Buenos Aires, constituyendo el primer núcleo naval argentino: eran el «Hércules» 
mandado por Brown, de 350 toneladas, 32 caftones y 200 hombres de tripulación; el 
«Céfiro», mandado por el capitán King, de 220 toneladas, 18 cañones y 120 hombres^ 



Acción del general Alvbar 189 



El 12 de Enero de 1826, el gobierno arrancó de su hogar 
donde vivía tranquilo é inactivo, á Guillermo Brown, el 
glorioso marino de la independencia, que, con el rango 
ahora de mayor general, fué nombrado almirante de la 
escuadra nacional, que debía oponerse á la de Lobo, 

Esta escuadra era un nombre, una sombra de tal. En 
los momentos en que el audaz y heroico Brown se pone 
á su frente, constaba de diez y seis barquichuelos: los 
bergantines «General Belgrano» (16 cañones) y «General 
Balcarce» (14 cañones), una pequeña corbeta, un qvsche 
y doce lanchones-cañoneros, armados cada uno con una 
pieza emplazada á popa, lo que hace un total de 44 ca- 
ñones de todo tipo y calibre. Y si la artillería era pobre 
y mala, mas pobres y débiles eran los barcos, construi- 
dos para el comercio y no para la guerra. La tripula- 
ción bizoña y cosmopolita: argentinos, franceses, norte- 
americanos é ingleses. El 13 de Enero, la insignia de 
Brown flotaba orguUosa y amenazante en los mástiles 
del Balcarc€y como olfateando en aquellas aguas de los 
Fozos, los viejos rastros de las pasadas hazañas! 

El Imperio podía oponer á este esqueleto de flota una 
armada de guerra fuerte de 82 naves, entre las que se 
contaban fragatas artilladas con 74 cañones poderosos. 

En los momentos de declararse la guerra, la escuadra 



«1 «Nanci», pequeño brifc, mandado por el capitcín Leich, con 10 cañones y 80 
hombres y la goleta «Julieta», de 7 cañones y 60 hombres, comandada por el ca- 
pitán Seavers. 

El mando en jefe de esta ñotilla fué confiada, con el grado de teniente coro- 
nel, á Don Guillermo Brcwn, antiguo comandante del brik «Elisa» y vecino de 
Buenos Aires desde 1811. 

Brown trabajó con febril ardor. En Marzo de 1814, reforzado por tres barqui- 
chuelos más, el «Fortunata», «San Luis» y «Tortuga», se atrevió contra la fuerte 
«scoadrilla de Romarate, en Martin García^ y que constaba de seis buques de 
guerra y tres mercantes, sólidamente armados. La lucha que se entabló fué te- 
rrible. Los españoles, apoyados en las baterías de la isla, inñigieron graves da- 
ños á los barcos y tripulaciones patriotas- El «Hércules», varado y abandonado 
•de los demás buques, sostuvo desde el medio dia del 11 hasta las 10 a. m. del 12, un 
cañoneo tremendo, recibiendo 82 proyectiles bajóla línea de flotación. Porfín, 
después de otras peripecias, la isla fué asaltada y tomada en la madrugada del 17 
Tal fué el bautismo de sangre, de gloria y de triunfo de la primera escuadrilla 
argentina. {Acciones navales, por Guillermo Brown. Memorias de). 



190 Organización militar y naval 



brasilera en las aguas del Plata, á las órdenes inmedia- 
tas del capitán de mar y guerra, Don Pedro Antonio 
Nunez, constaba de los siguientes barcos: fragata «The- 
tis»; corbeta «Libertad»; brigues «Real Pedro» y «Real 
Juan»; barca «Dom Sebastian»; eacuyias «María Teresa», 
«Camoés», «Reino Unido», «Leopoldina», «Isabel María», 
«6 de Febrero», «Isla de Flores», «Don Alvaro», «María 
Isabel», «Dofia Ana de Jesús», «Manuelina» y ocho caño- 
neras, buques que de ahí á poco fueron aumentados con 
las fragatas «Paula» y «Emperatriz»; corbetas «Maceo» é 
«Ytaparica»; brigue «29 de Agosto» y 12 mas menores, 
asumiendo entonces el mando directo el almirante 
Lobo. 

Había, pues, que hacer esfuerzos angustiosos para 
contrabalancear siquiera esta fuerza. 

Se realizaron milagros, y poco tiempo después los 16 
barquichuelos eran veinte, merced á la adquisición de 
cuatro barcos mercantes que, armados en guerra, lleva- 
ron los nombres de «25 de Mayo» (28 cañones), «Con- 
greso Nacional» (18 cañones),, «República» (18 cañones) 
y «Sarandí», con uno de á 18, lo que hace un total gene- 
ral de 109 cañones. (En el capítulo VIII se dan detalles 
mas completos de las escuadras beligerantes). 

Pero se comprende que esto no bastaba y de aquí que 
el gobernador de Buenos Aires, general Las Heras, se 
propuso adquirir en Chile otros barcos, á cuyo efecto 
fué allá, acompañado de otros oficiales, el coronel don 
Ventura Vázquez. 

Pero el comisionado argentino no encontró al otro 
lado de los Andes, la generosa y noble cooperación que 
soñaba para su gestión patriótica el alma ingenua y 
caballeresca de Las Heras. Los tiempos habían cam- 
biado ó impreso nuevo carácter á los hombres y á 
las cosas de Chile, y los días y las angustias que 
precedieron á las grandes victorias argentinas de Cha- 
cabtLco y Maipú, eran allá cosa vieja ú olvidada, por 
lo mismo que reclamaban la gratitud condigna, que 



Acción del General Alvear 191 

tal fué casi siempre el premio que tocó en lote á la Patria 
de Mayo, donde quiera que conquistó para los extraños, 
con su sangre y sus tesoros, la Libertad y la Indepen- 
dencia! 

El coronel Vázquez chocó con todo género de dificul- 
tades de índole bolichera, desconfiada y como sedienta 
de oro. Hubo de pasar por todo y tolerarlo todo, y al fin 
consiguió al contado (los argentinos de 1826 no teníamos 
en Chile un penique de crédito, dice el historiador López) 
la fragata Mdria Isabel (antiguo buque ruso) y dos cor- 
betas, por las que pagó la suma de un millón y doscientos 
mil pesos fuertes ^^\ enormidad monstruosa sin duda, pero 
no mas grande que la avidez del vendedor 

La fragata — armada con cincuenta cañones y capaz 
para admitir 500 hombres — fué bautizada con el nombre 
de «Buenos Aires», y las dos corbetas con el de «Chaca- 
buco» (resultó inservible) la una (20 cañones), y «Monte- 
video» (30 cañones), la otra. 

Vázquez, una vez tripulados y aprovisionados sus 
barcos en Valparaíso, se dio á la vela, encontrando acaso 
menos inhospitalarias las aguas de aquel mar, — que 
dos almirantes argentinos, ^2) habían llenado con su glo- 
ria, — que los hombres que dejaba en sus* costas, y eso 
que el siniestro destino le aguardaba como una fiera á 
su presa, para hacer regresar ó destruir su escuadrilla 
(menos la Chacabuco) en las soledades australes del 
Cabo de Hornos. 

Entre tanto, en Buenos Aires, la improvisada flota ar- 
gentina se tonificaba bajo la acción y la ardorosa acti- 
vidad de Brown, que el día 15 de Enero de 1826 
alcanzaba su primer laurel naval sobre los imperiales, 
apresando frente á Buenos Aires y en medio de la escua- 
dra enemiga con el Balcarce^ una cañonera brasilera y 



(1) López, Historia Argentina. 

(2) Blanco Encalada, nacido en Buenos Aires y Guillermo Brown, en{]8us em- 
presas sobre el Callao y Guayaquil, con el cHércules» y el «Trinidad». 



192 OUGANIZACIÓN MILITAS Y NAVAL 



un buque mercante. A este triunfo seguirían otros, de 
mayor aliento y consecuencias, junto con aquel crucero 
del «Sarandí», que diremos sin hipérbole maravilloso por 
la audacia, la genial y diabólica astucia de Brown, su 
actividad y su fortuna, que^ inmovilizando materialmen- 
te al poderoso enemigo, desprestigió á Pinto Guedes, á 
Lobo, á Sena Pereyra, á Mariath y á Norton, y dio una 
fuerza incontrastable y superioridad efectiva á la escua- 
drilla argentina. El horizonte naval, clareado, auguraba 
las luminosas jornadas del Juncal, los Pozos, Patagones y 
tantas otras que relatamos en el capítulo VIII, y que se 
completarán con la acción emprendedora y feliz de los 
barcos corsarios, que, molestando á la flota y comercio 
enemigos, contribuirían á robustecer las empresas de 
Brown y de sus denodados compañeros en aquella gue- 
rra de sorpresas y de golpes de mano, de raidsy que 
tantos puntos de contacto ofrece con la campaña y los 
procedimientos de las partidas de Gtiemes, en el norte, 
cerrando á fuerza de actividad y de bravura las puertas 
á la invasión española del Alto Perú, mientras San 
Martín daba sus golpes formidables y decisivos por otro 
lado. 

El brigadieí Lavalleja, que, como sabemos, había sido 
relevado de las atenciones del mando político de la pro- 
vincia, por la Junta de la Florida^ para que pudiera 
consagrarse todo entero á las atenciones de la guerra, 
como subalterno del general Rodríguez, continuaba en 
su mas que equívoca situación en el campamento del 
Durazno, y en pie la criminal sedición armada de Ber- 
nabé Rivera y sus secuaces. 

El general Alvear no era hombre como para dejar 
cohesistiendo, frente á su autoridad de jefe supremo, 
el enigma del Durazno y la sedición. 

Acostumbrado á imponer su voluntad, pagado de su 
propia gloria, de su abolengo, de su fortuna, de su per- 
sona y de su prominente posición actual, no se acomo- 
daría á tolerar la resistencia pasiva y maniobrera de 



Acción dkl general Alvear Í 93 



aquél personaje, cuya filiación caudillesca no le era sin 
duda grata ni simpática, aunque en otro grado que la 
de Rivera^ á quien sin duda detestaba, oponiéndose 
enérgicamente A la solución conciliadora pero débil y 
muy mal inspirada del Presidente Rivadavia, que pre- 
tendía (antes de conocer las pruebas de su traición) que 
este volviera nuevamente al servicio en el ejército de 
operaciones, lo que no sucedió, por fortuna. 

El general Alvear hizo en seguida su composición de 
lugar, después de concentrar sobre el nuevo campamento 
del Arroyo Grande^ al que tributan el Las Flores y Acerids 
al Norte del Río Negro, las fuerzas del ejército na- 
cional. 

La situación, como se vé, era propicia á los planes del 
general, resuelto, de todas maneras, á llevarlos ade- 
lante. 

Llegado al Arroyo Grande D. Joaquín Suárez, goberna- 
dor delegado de la provincia y puesto en posesión del 
mando interino del ejército el severo general Soler, Al- 
vear se puso en marcha con aquél y el Regimiento N® 
1 de caballería, bien montado, mandado por el caballe- 
resco coronel Brandsen, camino del Durazno^ en deman- 
da de Lavalleja. 

El encuentro fué lo que debía ser, con las consecuen- 
cias previstas. 

De un lado, retobamiento lleno de quejas, de ostenta- 
ción de servicios y victorias ^^), con protestas de adhesión 
á la causa de la guerra y de la autoridad nacional, no 
abonadas por la presente conducta. 

Del otro, una actitud altanera y teatral, verbosa, elo- 
cuente, llena de cargos, de apostrofes patrióticos y aún 
de amenazas imponentes, alternado todo con algunos ra- 
zonamientos hábiles y mañosos, como para halagar las 
vanidades de aquélla alma inquieta y desconfiada. Rápi- 



(1) Para Lavalleja, el combate de Sarandi era tan grande y glorioso como 
Chacabuco, por ejemplo!! 



194 Organización militar y naval 

do relampagueo de arco iris, en aquel cielo de borrasca. 
En la escena, el gobernador Suárez, hombre sano y since- 
ramente afecto á la causa nacional, era como la fuerza 
moderadora de aquellas dos naturalezas tan diversas, 
en lucha. 

Pero Lavalleja, medio vencido, vacilaba, como bus- 
cando una salida en aquél círculo cuyo diámetro lógico 
y fatal se acortaba á cada instante, estrechándolo. Al- 
vear dio el último golpe. 

Intimó á Lavalleja que se pusiera franca y sincera- 
mente á sus órdenes, en el plazo de 24 horas, y que él se 
pondría inmediatamente, con el Regimiento de Brandsen, 
sobre Bernabé Rivera y sus paniaguados, para someter- 
los á la razón ó á la fuerza en un instante, por mas 
«gauchos montaraces que fueran», agregando estas pala- 
bras finales más é menos textuales, que la tradición ha 
conservado : 

« Si usted no obedece, general, marcho al punto al 
cuartel general del Arroyo Grande y repaso inmediata- 
mente el Uruguay, con todo el ejército, para lo que tengo 
facultades, dejando á los orientales qtie se las compongan 
como puedan con los brasileros y los riveristds y> , ^^^ 

El caudillo se sometió^ aunque con reservas mentales 
sin duda, lo que poco preocupaba al general, pues ya 
sabía á qué atenerse á su respecto. Se revolvió en se- 
guida en demanda del cabecilla activo del riverismo en 
armas, á caballo sobre el paso de Los Toros, del que se 
apoderó fulmíneamente, con lo que decayó el movimiento 
anárquico, que fué rápida y totalmente extinguido de 
allí á poco, como hemos dicho en el capítulo precedente. 

Con razón el general, al historiar estos sucesos en una 
proclama á sus soldados, que lleva la fecha del 30 de 
Septiembre, les decía al terminar: « Bajo tan funestos aus- 
picios fué que vuestro general dio principio al arduo 



(l) Versión del hijo del general, Don Emilio de Alvear, y que reproduce 
el Dr. L6pez en su Historia Argentina, tomo X, pág. 41. 



Acción del general Alvear 195 



encargo de llevaros á combatir contra los enemigos de 
la República. Cual haya sido la gravedad de su compro- 
miso en aquellas circunstancias, puede juzgarse por la 
profundidad del abismo en que os hallabais. Pero la Pro- 
videncia que siempre inclina su mano protectora de au- 
xilio de una justa causa, ha querido que se disipen en el 
breve espacio de quince días, todos los elementos acumu- 
lados para la ruina de la patria. Las fuerzas de los anar- 
quistas están disueltas, presos sus principales caudillos 
para ser juzgados por las leyes; restablecido el orden, y 
asegurada la paz interior de la provincia: las fuerzas del 
ejército concentradas; aterrados los traidores y burladas 
las esperanzas del enemigo ». 

Lavalleja, sometido á la autoridad de Alvear; Rivera 
fugitivo en Santa Fé; tranquilizada la provincia oriental; 
el ejército reconcentrado en el Arroyo Grande, he ahí 
los primeros frutos de la acción activa y ponderada del 
nuevo general. Por desgracia, los elementos de discordia 
interna en el resto de la República, obstaculizando la 
acción administrativa y política del gobierno presiden- 
cial del señor Rivadavia, de filiación unitaria y centra- 
lista — tal como acaso la necesitaba entonces el país en 
momentos tan angustiosos, y quizá tal como la reclama 
aún hoy mismo, acaso con mayor razón que ántes^ — 
aglomeraban so pretestos varios nuevos elementos de 
sinsabor é incertidumbre pública, privando al ejército 
de los contingentes que de allá se esperaban^ para ter- 
minar su remonta y organización. 

La fatal figura de Rosas se diseñaba en Buenos Aires- 
Entre Ríos, quieto en las formas. Corrientes agitado, 
Estanislao López, en Santa Fé, protector de Rivera, en 
abierta oposición, como casi todo el resto del país, en- 
vuelto en infame guerra de banderías, teniendo por cau- 
dillos á Bustos, Quiroga, Ibarra, Gutiérrez, etc., y por 
teatro de conflagración la provincias de su dominio y 
Salta, Tucumán, Rioja, etc. El cáos^ en suma, y el Pre- 
sidente de la República, desconocido por sanciones ofi- 



196 Organización militar v naval 

cíales y pactos provinciales, ó francamente resistida su 
autoridad, por las armas fraticidas, en aquéllos momentos 
solemnes en que la guerra exterior reclamaba de los ar- 
gentinos todos los esfuerzos y todos los sacrificios, y en 
que el Soberano enemigo se incorporaba á sus tropas^ 
amenazando, aunque risueñamente, con llegar hasta la 
gloriosa Buenos Aires.... 

Sin embargo, hubo patriotismo para acudir á todos estos 
peligros. El gobierno nacional no desmayó un punto 
ni el pueblo de Buenos Aires le negó su concurso su- 
premo, superiores á todo desfallecimiento y animados 
por igual y fervoroso celo patriótico, que no se desmintió 
un momento. Del interior, apesar de todo^ tampoco faltó 
el condigno concurso, en hombres y elementos, aunque 
en escala reducida. 

El general Alvear pudo entonces consagrarse con apa- 
sionado entusiasmo á la organización é instrucción de 
los cuerpos del ejército, reconcentrado en el Arroyo 
Grande^ secundado en primer término por el general So- 
ler, que fué su primer obrero; por la brillante pléyade 
de los jefes de unidades, soldados de la independencia, 
que habían hecho las campañas libertadoras del Alto 
y bajo Perú, Chile, Ecuador y Quito, sirviendo con el gran 
capitán San Martín, con Belgrano, con Bolívar y Sucre, 
como Paz, Lavalle^ Olazábal, Brandsen, Olavarría, Iriar- 
te, Pacheco y Nazar, — sin escluir al glorioso fray Beltran 
mayor á la sazón — de quienes sería ocioso hacer elogios, y 
de entre los cuales dos conquistarían en el campo de ba- 
1;alla de Ituzaingo las palmas de general: Paz y Lavalle, 
<iordobéa el primero, porteño el último. (*> 



(1) En aquellos tiempos— que parecen tan remotos— y hasta hace muy poco, 
los generales se hacían sobre el campo de batalla, no en revistas teatrales 
por todas maneras, fastuosas y decorativas, falsas manifestaciones de una 
organización militar ausente en las ideas y en los hechos que^ no obstante, han 
-sido títulos en alguna parte para ciertos generalatos incruentos, no abonados 
por el talento, los antecedentes ú otras cualidades del carácter, que reemplazan 
en los agraciados la total ausencia de la gloria marcial, 6 de largos servicios 
bien y honestamente aquilatados £1 coronel Dorrego rehusó los entorchados 
•de general en 1827, que, decía, solo se conquistaban frente al enemigo. 



Acción del general Alvear 197 



Entre los jefes orientales fya nos hemos ocupado en 
otro capítulo de los brigadieres Lavalleja y Rivera) había 
algunos de verdadero mérito y con cualidades militares 
mas ó menos distinguidas, que se condujeron con honor 
y bizarría en la campaña, habiendo algunos, como los 
tenientes coroneles Buenaventura Alegre y Eugenio Gar* 
zón, cuyos grados y antecedentes militares databan déla 
campaña del Perú, con San Martín, y que S3 distinguían 
por su cultura y honestidad. 

Además de estos dos, ocupaban puestos distinguidos 
por sus aptitudes y servicios, los coroneles Julián Lagu- 
na ^^^ (luego general) y Manuel Oribe; los tenientes coro- 
neles Antonio Díaz (brillante oficial y escritor, que fué 
después general). Servando Gómez, Anací eto Medina, Ma- 
nuel Correa é Ignacio Oribe, y los coroneles Olivera, 
Lenguas y Quinteros. 

Laguna no tenía dotes militares sobresalientes ni de 
organizador, pero era un hombre que á su buen sen- 
tido é inteligencia nativa, reunía condiciones de carácter 
distinguidas, una perfecta consagración á la causa y á 
sus deberes militares y una bondad y honradez inva- 
riable y sólida, que lo rodeaban de simpatías, autoridad y 
prestigios populares, habiéndose distinguido en la difícil 
tarea de combatir y contener la rebelión riverista. De 
.esta reputación y buena fama aunque en un campo mas 
concreto, participaban sus colegas Olivera, Lenguas y 
Quinteros, hombres todos de valor probado y queridos 
de las milicias que mandaban, pero no tanto como aquél. 



(1) Este meritorio jefe había jurado también fidelidad al Emperador, pero 
luego abrazó con ardor y lealmente lá causa patriota en 1826, atraído por Ri- 
vera, se dice. 

El 4 de Octubre de 1827, proclamó con otros militares en el Duraano, la 
dictadura de Lavalleja. Reconoció la independencia de la provincia oriental, como 
consecuencia del tratado de paz con el imperio, pero la aceptó como un hecho 
fatal é inconveniente á ios intereses de la provincia, según lo expresa en una 
carta á Dorrego. que tiene fecha 16 de Octubre de 1828. El coronel Laguna era 
un sincero amigo de la argentina, y partidario de la reincorporación de la Banda 
Oriental á la República. 



198 Organización militar y naval 



El coronel Oribe (limeño), había militado ya con Al- 
vear en 1814 y 1820. Era un hombre de cierta cultura, 
sagaz y ambicioso, con dotes sobresalientes de soldado» 
bravo, enérgico, autoritario y hasta cruel, muy apegado 
á la ordenanza y á la disciplina, y enemigo por atavismo 
y por cálculo, de la montonera y del sistema de guerra 
de la escuela de Artigas, Lavalleja y Rivera, como que 
toda su carrera la había hecho en las filas y al mando 
de tropas regulares. Era la suya una de esas naturalezas 
apasionadas y altivas, de corte moral aristocrático y que 
se creía destinado á posiciones espectables. Llegó en 
efecto, á las alturas, bajo Rosas, pero su memoria ha 
pasado á la historia envuelta en el vaho de sangre y de 
las infinitas crueldades de la época. Siniestra auréola 
por cierto! Era, además, un patriota. Se le respetaba y 
se le temía, pero sus afinidades y sus simpatías por la 
causa nacionalista argentina, no lo hacían bien quisto 
entre ciertos elementos (la mayoría), que querían la ab- 
soluta autonomía ó mejor, la independencia de la provin- 
cia oriental. El comandante Gómez, por último, era un 
soldado completo, en el que Alvear depositaba mucha 
confianza^ que merecía y conservó siempre. 

Los contingentes venidos de las provincias para cons- 
tituir el ejército de operaciones, fueron importantes en 
el primer período, pero luego cesaron cuando las com- 
plicaciones y la guerra civil provocada por la política' 
unitaria de Rivadavia y la desmembración de la pro- 
vincia de Buenos Aires^ dieron la voz de alarma en el 
interior y pretexto y bandera para la lucha, que absor- 
vió en Salta y Tucumán cerca de 1500 hombres de ca- 
ballería, que se habían movilizado con destino á la gue- 
rra nacional. 

El gobernador de Córdoba, que conservaba en su poder 
las reliquias del glorioso ejército del Alto Perú, que él 
sublevara con el apoyo del general Paz y otros jefes en 
ArequitOj fué el primero en enviar un millar de hombres, 



Acción del general Alvear 199 

eatre los cuales había muchos de los soldados de Belgrano 
que vencieron al español en Tucumán y Salta, 

Los contingentes tucumanos, con los que el general Lu 
Madrid debía constituir y organizar un Regimiento de 
caballería, sublevados por este jefe, que de tal manera 
obscurecía sus pasados laureles, fueron arrastrados por 
él á las ingratas vicisitudes de sus ambiciones políticas. 
En cambio. Salta envió además del plantel del Regi- 
miento de caballería N° 2, que organizó Paz, unos sete- 
cientos reclutas, que con los de Jujuy, formaron después 
el N° 5 de Infantería de Olazábal. De las tres provincias 
de Cuyo llegaron también algunos contingentes, lo mismo 
que de las demás secciones de la República, incluso na- 
turalmente Buenos Aires, que fué la que mayores esfuer- 
zos hizo. De todas maneras, el pensamiento del general 
Las Heras, que creyó en su patriotismo poder levantar 
un ejército de 20,000 combatientes, — y que lo hubiera 
conseguido sino se le despoja del mando político y militar 
de Buenos Aires por el golpe de estado de Rivadavia, — 
quedaba reducido á una cifra muy inferior á la soñada 
por sus esperanzas. 

La organización y el efectivo del ejército argentino de 
operaciones contra el imperio, que se ha hecho conocer 
hasta hoy, no es el que arrojan los documentos oficiales, 
que aparece ó aumentado ó disminuido caprichosamente 
por los autores que se han ocupado de la guerra y que 
nosotros conocemos, lo que produce la natural confusión 
y vacilaciones, sobre todo, cuando como en el caso pre- 
sente, se aborda el asunto con un criterio militar y de 
más amplia investigación. 

Asi, el Dr. D. Vicente Fidel López, en su notabilísima 
Historia Argentina, tomo tercero, da estos simples datos 
numéricos de los cuerpos combatientes: » Cáballeria: 
N^ 1°, 700 plazas; N^ 2, 700; N^ 16, (lanceros), 600; N° 4, 
600; N° 3, 400; Colorados, 300; Coraceros, 400; N^ 8, 600; 
Carabineros. 400; N° 9, 400; y Dragones 300: total 5.400 
hombres de caballería. 



200 Organización militar y naval 

« Infantería : N^ 5, 700 plazas; N^ 3, 300; N^ 1^, 300 y N° 4, 
300: total, 1600 hombres. í^) 

Artilleria ; 16 piezas y 300 plazas, y milicias de caballe- 
ría oriental, de Lavalleja, 2000 hombres ». 

Esta organización y efectivos del ejército han sido 
aceptados como los verdaderos, á pesar de la evidente 
insuficiencia que acusan, llamando á primera vista la 
atención de que todos los cuerpos aparezcan redondeados 
en sus efectivos, y que nada se nos diga de la organización 
del personal del cuartel general, del Estado Mayor, cuer- 
po médico, etc. 

No podían naturalmente satisfacernos estas vaguedades 
y hemos acudido á la preciosa documentación, aún no 
completamente organizada y clasificada, de nuestro Ar 
chivo Nacional. 

Por desgracia, las series de estos papeles no son com- 
pletas; hay muchas soluciones de continuidad y los Esta- 
dos Generales del Ejército de Operaciones contra el Bra- 
sil, son muy escasos, faltando al mismo tiempo muchas 
Jietdstas. 

No obstante, después de una laboriosa investigación 
en los legajos inéditos, hemos llegado á un resultado 
que, sin duda alguna, es el más exacto que pueda ofrecer- 
se. Con las listas de revista podemos, pues, restablecer 
aquel organismo complejo que, en el mes de Diciembre 
de 1826, muy pocos días antes de iniciar el general Al- 
vear su admirable marcha estratégica hacia el enemigo, 
por la línea del Bio Negro, en vísperas de Ituzaingo por 
consecuencia, tenía la siguiente organización y per- 
sonal: ^2> 



(1) No hubo tal batallón n*" 4. Hicieron la campafia el n* 1, 2, 3 y 5. 

(2) En los Anexos damos los nombres de todos los jefes y oficiales de armas 
combatientes y servicios auxiliares, en sus unidades respectivas, conforme á esas 
Revistas^ documentos perfectamente fehacientes, no publicados hasta hoy. 

El decreto de Agosto 18 de 1826, reglamentaba los uniformes del ejército en 
la siguiente forma. 

Arttlleria: casaca azul, corta, sin solapa, vivos encarnados, collarín y 
vuelta azul, granadas en el cuello, centro blanco y azul, casco con guarnicio- 



Acción del general Alvear 201 



Cuartel General: 

General en jefe, brigadier general D. Carlos María de 
Alvear. 

Brigadieres generales^ D. Miguel Estanislao Soler y don 
Juan Antonio Lavalleja. 

Coroneles mayores D. liUcio Mansilla y D. Julián La- 
guna. 

Auditor de guerra, Dr. José Ceferino Lagos — Secretario 
D. Ángel Saravia. 

Primeros ayudantes de campo ^ coronel D. Rafael Horti- 
guera y coronel graduado D. Estévan Hernández. 

Ayudantes de campo del general en jefe, teniente coronel 
D. Pedro Lenguas; teniente coronel graduado, D. Juan 
Escobar; sargentos mayores D. José Félix Correa y don 
Cayetano Artayeta; mayor graduado D. Juan Elias; ca- 
pitanes D. José María Magariflo y D. Pedro Gómez; ayu- 
dante mayor D. Pedro Visillac. 

Ayudante del general Soler, capitán D. Gregorio Jaime; 
Ídem del general Mansilla, mayor D. Segundo Roca y 
capitán D. Calixto Calderón; ídem del general Lavalleja, 
alféreces D. José Blanco y D. Melchor Pacheco. 

Oficiales de Secretarla, D. José María Salvadores, D. José 
María Quiroga y D. Mariano Moreno. En la imprenta 
del ejército, D. Antonio José Caldas y Lázaro Almada. 

Estado mayor, coronel mayor D. Benito Martínez; (fué 
reemplazado luego por el general Mansilla); coro- 
nel D. Ramón Deheza. Ayudantes, tenientes coroneles 



nes metal dorado y botas ^útdLS— Infantería: casaca corta azul, vivos carme- 
síes, collarín, vuelta y solapa verdes, cornetas en los faldones, centro blanco y 
azul, casco con {guarniciones metal dorado, cordones verdes y chapa con el 
niSmero del regimiento, botines ó zapatos.— Cafra/Z^r /a.* casaca corta azul, con 
vivos encarnados, arranadas en los faldones, collarín, vu^íltas y solapa azul, 
centro azul y blanco, casco con guarniciones doradas y chapa con el número 
del re^miento, botas úXXti%— Estado Mayor: lo mismo que en la caballería, con 
una palma bordada de oro en el cuello de la casaca, faja colorada, botas y 
espuela dorada, pantalones blancos. 



202 Organización militar y naval 

D. Gabriel de la Oyuela y D. José María Aguirre; sar- 
gentos mayores D. Juan José Martínez Fontes y D, Julián 
Perdriel; mayor graduado D. Gerónimo Espejo; capitán 
de ingenieros D. José María Reyes; capitanes D. José 
Tomás Beruti, D. Ramón Arguelles, D. Juan Antonio 
Garretón y D. Antonio Mendafia; ayudante mayor don 
José Videla; tenientes D. José María Gutiérrez, D. Manuel 
CoUao, D. Hipólito Artaza, D. Josjé Brito del Pino y don 
Lorenzo Manterola; alférez D. Felipe Echabúru. 

Comandante del cuartel general^ teniente coronel D. Fran- 
cisco Crespo; ayudante de policía, capitán D. Adrián 
Cardozo. 

Fiscal del Tribunal Militar: teniente coronel graduado 
D. Juan José Quesada; Secretarios, capitanes D. Manuel 
Caballero y D. Victorio Dandreis; Oficiales de ordenanza, 
teniente 1° D. Benito Domínguez y alférez D. Florencio 
Pinilla. 

Agregados: tenientes coroneles, D. Fructuoso Sosa, don 
Gabriel Velázco y D. Félix Garzón; sargentos mayores 
D. Bonifacio Ramos, D. Ildefonso Cabolis, D. Juan Isi- 
dro Quesada y D. Francisco Pérez; capitán D. Felipe 
Maturana; ayudantes mayores D. Urbano Sosa y don 
Tomás Martínez; teniente 1° D. Pablo Pavor; alférez don 
Teodoro Tisera y sargento Manuel Cárdenas. 

Comisario de Guerra, D. Dionisio Quesada. 

Cuerpo médico: Cirujano mayor (asimilado á coronel) 
Dr. D. Francisco de Paula Rivero. 

Médico y cb*ujano principal (asimilado á teniente coro- 
nel) Dr. D. Francisco Javier Muñiz. 

Primaros médicos y cirujanos (asimilados á mayores) doc- 
tores Victoriano Sánchez y Antonio Caffo. Segundos ciru- 
janos (asimilados á capitanes)^ doctores D. Daniel Torres, 
D. Fermín Ferreyra y D. Ignacio Martínez. Primeros 
ayudantes (asimilados á ayudantes mayores 1®*) D. Pedro 
Serrano y D. Francisco Viera. Segundos ayudantes (asi- 
milados á ayudantes mayores 2^*) D. Alfonso Contreras, 
D. Emilio Solier y D. José Brito. 



Acción del general Alvear 203 



Boticario principal, D. Fortunato Ranzel Maya; Primeros 
ayudantes de farmacia, D. Eleuterio Mugica y D. Edmundo 
Cranwell. Segundo ayudante D. Juan Revilla. Contador 
D. Luis López. Guarda almaceii D. Manuel López. Primer 
comisario D. José Cano. Segundo comisario D. Juan Ibar- 
guren. 

Regimiento de artíUeria ligera, dos escuadrones, de á dos 
compafiías, 16 piezas. 

Plana Mayor, coronel D. Tomás de Iriarte. Comandante 
del primer escuadrón, mayor D. Luis Argerich (ausente 
á la sazón en Buenos Aires); idem del segundo, mayor 
D. Juan Antonio Vázquez. Jefe del Parque, mayor D. Luis 
Beltran, 6 oficiales (entre ellos el capitán D. Juan Arhen- 
gren, distinguido oficial del ejército chileno que había 
conseguido permiso por 18 meses de su gobierno para 
tomar parte en esta guerra), 1 capellán y 5 sargentos 
brigadieres de los escuadrones. 

Comandantes de las, compañías: capitanes D. Martiniano 
Chilabert, D. Benito Nazar, D. Guillermo Muñoz y don 
José María Piran. 

Oficiales, 15; sargentos P« y 2^% 15; cabos P* y 2^^*; 
31; trompas 13, y 410 soldados artilleros y conductores. 

Batallón N^ 1, {Cazadores), 5 compañías. 

Plana Mayor: jefe, teniente coronel D. Manuel Correa ^^^ i 
sargento mayor, D. Isidro Larraya; oficiales 3; sargen- 
tos 2. 

Comandantes de las compañías: Capitanes D. Melchor 
Alvarez, D. Ramón Lista, D. Francisco Dormoy, D. Juan 
A. Casacuberta y teniente D. Ciríaco Moreno. 

Oficiales, 13; Sargentos P* y 2^», 21; cabos P« y 2°% 31: 
tambores y trompas 16; soldados, 359. 

Batallón N° 2 {cazadores), 5 compañías. 

Plana Mayor: jefe, coronel graduado D. Ventura Ale- 



(1) A este jefe, el Dr. López Historia Argentina, lo hace fígurar como jefe 
del Batallón n** 3. 



204 Organización militar y naval 

gre; sargento mayor, D, Agustín Ravelo; 3 oficiales, 1 
tambor mayor y 1 sargento de cornetas. 

Camandantes de las compañids: capitanes D. Bernardo 
Henestrosa, D. José María Leites, D. Lorenzo Merlo, don 
Dolores Donado y D. Anastacio Encinas. 

Oficiales, 13; sargentos P» y 2°», 8; cabos P» y 2^8, 36; 
tambores y cornetas, 13; soldados, 334. 

Batall&n N^ 3 {cazadores) j 6 compañías. 

Plana Mayor: jefe, coronel graduado, D. Eugenio Gar- 
zón; sargento mayor, D. Pedro José Díaz; oficiales efec- 
tivos y agregados, 8. 

Comatidantes de las compañías: capitanes D. José Miguel 
Galán, D. Cipriano Miró y D. Manuel Brid; tenientes 
primeros D. Miguel Martínez, D. Hermenegildo Lafuente y 
D. Tomás Aragón. 

Oficiales, 14; sargentos 1^* y 2*^*, 18; cabos 1«>» y 2<^», 50; 
soldados, comprendidos trompas, tambores y pitos, 436. 

Batallón N^ 5 {cazadores)^ 6 compañías. 

Plana Mayor: jefe, coronel D. Félix de Olazábal; teniente 
coronel D. Antonio Díaz; sargento mayor, D. Franco 
Gama; oficiales 3; 1 tambor mayor, 2 cabos tambores y 
4 gastadores. 

Comandantes de las compañías: capitanes D. Santiago 
Riveros, D. Bruno Escobar, D. José María Aparicio y 
D. Manuel Antonio Córdoba; teniente primero D. Juan de 
Dios Valdez; y teniente segundo D. Bernardo Romero. 

Oficiales, 9; sargentos l^^ y 2°», 25; cabos P* y 2°^, 45; 
tambores, cornetas y pitos, 18; soldados, 383. 

Regimiento N^ 1 de cáballeriaj 3 escuadrones, de á dos 
compañías. 

Plana Mayor: jefe^ coronel D. Federico Brandsen; 2^ je- 
fe, teniente coronel D. Paulino Rojas; comandantes de es- 
cuadrón, mayor D. Juan Pascual Martínez, D. José María 
Cortina y D. Manuel Brito; oficiales efectivos y agrega- 
dos, 13; 1 sargento y 1 cabo de trompetas. 

Comandantes de las compañías: capitanes D. Juan Mén- 
dez, D. Luis Velazco, D. Estovan Rodríguez y D. Miguel 



Acción del grneáal Alvear 205 



Marco; alféreces D. Toribio Salvadores y D. Miguel Cha- 
morro. 

Oficiales, 14; sargentos P» y 2^«, 23; cabos V y 2^% 45; 
trompas, 14; soldados 388. 

Regimiento N^ 2 de caballería, 3 escuadrones, de á dos 
compañías. 

Plana Mayor: jefe, coronel D. José María Paz; 2° jefe^ 
teniente coronel D. Daniel Ferreyra; comandantes de 
escuadrón, D. Manuel Besarez y mayores D. Victorio 
Llórente y D. Juan Correa Morales; oficiales efectivos 
y agregados, 9; sargentos, trompas, 3. 

Comandantes de las compañías: Capitanes D. Alberto Ló- 
pez, D. Samuel Albarracín, D. Domingo Martínez, D. Ca- 
simiro Rodríguez, D. Rafael Segovia y D. Santos J. Martín. 

Oficiales, 22; sargentos !<>• y 2^% 24; cabos P* y 2«% 
37; trompas, 14; soldados, 453. 

Regimiento N^ 3 de Caballería, 2 escuadrones, de á dos 
compañías. 

Plana Mayor, jefe, teniente coronel D. Ángel Pacheco; 
comandante del 2° escuadrón D. Román Rodríguez; sar- 
gento mayor D. Sixto Quesada; oficiales efectivos y agre- 
gados, 6; 1 sargento y 1 cabo trompas. 

Comandantes de las compañías: Capitanes D. José María 
í'lores, D. Guillermo Smith, D. Celedonio Escalada (grado 
de mayor) y D. Juan Ramírez de Orellano. 

Oficiales, 13; sargentos l.os y 2.os, 15; cabos l.os y 2.os, 
32; trompas, 7; soldados, 269. 

Regimiento Isi^ 4 de Caballería, 2 escuadrones, de á 2 
compañías. 

Plana Mayor, jefe, coronel D. Juan Galo de Lavalle; 
2® jefe, teniente coronel D. Nicolás Medina; sargento ma- 
yor D. Jaime Montero; oficiales efectivos y agregados, 5. 

Comandantes de las compañías: Capitanes D. Nicolás 
Saenz, D. Mariano Artayeta, D. Rafael de Olavarría y 
D. Patricio Maciel. 

Oficiales, 13; sargentos 1*^8 y 2°% 16; cabos P» y 2*^*, 
38; trompas, 8; soldados, 306. 



-06 Organización militar y naval 



Regimiento N^ 8 de Caballería, 2 escuadrones, de á 2 com- 
pafíías. 

Plana Mayor, jefe, coronel D. Juan Zufriátegui ('í; 2° je- 
fe, teniente coronel D. Andrés Seguí; comandante D. Gre- 
gorio Pérez; sargento mayor D. Manuel Soria; oficiales 
efectivos y agregados, 5: 1 trompa mayor y 2 cabos. 

Comandantes de las compañías: Capitanes D. Gregorio 
Aycardo, D. Valentín Calderón, D. Félix Iriarte y D. Es - 
tévan Donado. 

Oficíales, 16; sargentos P« y 2^% 20; cabos P« y 
2^», 45; trompas y clarines, 11; soldados^ 365. 

Regimiento í\^ 9 de (7a&rt//e/*ia^ 3 escuadrones, de á dos 
compañías. 

Plana Mayor, jefe, coronel D. Manuel Oribe; tenientes 
coroneles D. Manuel Preyre y D. Manuel Lavalleja; sar- 
gento mayor D. Ramón Cáceres; oficiales, 6; 1 cirujano y 
1 vaqueano. 

Comandantes de las compañías: Capitanes D. Atanasio 
Sierra, D. Manuel Meléndez, D. Lorenzo Pérez, D. José 
Villagrán, D. Tomás Burgueño y D. Joaquín Pigueredo. 

Oficiales, 22; sargentos 1°« y 2^% 32; cabos l*^^ y 2«% 
40; clarines, 8; soldados, 392. 

Regimiento N^ 16 de Caballería (lanceros), 2 escuadrones, 
de á 2 compañías. 

Plana Mayor, jefe, coronel D. José de Olavarria; 2^ jefe, 
teniente coronel D. Niceto Vega; sargento mayor D. Vi~ 
cente Balbastro; oficiales efectivos y agregados, 7. 

Comajidantes de las compañías: Capitanes D. Prancisco 
Olmos, D. Indalecio Chenau, D. Jerónimo Olazábal y 
D. Ignacio Correa. 

Oficiales, 11; sargentos 1°^ y 2°*, 9; cabos P» y 2<>», 
26; clarines^ 8; soldados, 347. 



(1) Este jefe es confundido por machos historiadores con el coronel don 
Pablo Zufriátegui, jefe del reg-imiento n** 10 de caballería que en Enero, Fe- 
brero, etc., de 1827, pasa revista de Comisario en el sitio de Montevideo, cuyo 
asedio mantiene con otras tropas de milicias. 



Acción del general Alvear 207 



Regimiento ^Colorados* delinea, 2 escuadrones, de á dos 
compañías. 

Plana Mayor, jefe, teniente coronel, grado de coronel, 
D. José María Vilela; sargento mayor D. Mariano Pesta- 
ña; oficiales 4 y 1 cabo de trompetas. 

Comandantes de las compañias: Capitanes D. José Benito 
Duarte, D. Juan Andrés Serrano, D. Julián Aguilar y 
D. Eulalio Parías. 

Oficiales, 10; sargentos V^ y 2«>», 20; cabos 1<^' y 2°» - 
35; clarines y cornetas, 6; soldados, 340. 

Escuadrón ^Coraceros^ de linea, 2 compañías. 

Plana Mayor, jefe, teniente coronel D. Anacleto Medi- 
na; ayudante mayor D. José de Hermelo y 1 porta es- 
tandarte. 

Comandante de la 1* compañía, capitán D. Luciano 
Brayer y de la 2*^ capitán D. Bernardo González; oficia- 
les, 5; sargentos^ 8; cabos. 9; trompas 3 y soldados 110. 

Además, un pequeño plantel de ingenieros, al mando 
del comandante Trellé y el parque, maestranza y el 
personal de las escoltas particulares de Soler, Man silla 
y Lavalleja, que, en total, arrojan un efectivo de un cen- 
tenar de plazas entre oficiales, clases^ obreros y sol- 
dados. 

Tenemos, pues, que el ejército argentino propiamente 
dicho, de operaciones y en vísperas de la batalla de Itu- 
zaingo, constaba de 3 brigadieres, 3 coroneles mayores, 
65 jefes desde coronel á mayor inclusives (graduados y 
efectivos); 297 oficiales desde capitán á subteniente ó al- 
férez y porta estandarte ó guión; sargentos primeros y 
segundos 247; cabos primeros y segundos 475; clarines, 
trompas, pitos y tambores 124; soldados 4786, más un 
centenar de plazas de tropa de las escoltas y servicios 
auxiliares, lo que da un total general de tropa presente 
(sin contar el cuerpo médico, obreros, etc.) de 6090 hom- 
bres de general á soldado raso, cifra inferior por cierto á 
la que da el historiador López. Este autor, ya lo hemos 
visto, (cuyas cifras que siguen han sido aceptadas como 



208 Organización militar y naval 

verdaderas por casi todos los escritores que se han ocu- 
pado de esta guerra), da al ejército, en su Historia Argen- 
tina, un efectivo de 5400 soldados de caballería, 1600 de 
infantería^ 300 artilleros y 2000 milicianos orientales, lo 
que hace un total general de 9300 plazas, sin decirnos 
tampoco si en esta masa están ó no comprendidos los 
jefes y oficiales del cuartel general, estados mayores y 
cuerpos. Además, ya lo hemos dicho, hace figurar entre 
la infantería al batallón número cuatro, que no hizo la 
campaña, error en que incurre igualmente el historiador 
Pelliza (Hist. Argentina) que, además, incluye entre la 
caballería (tomo III, pág. 211) á los regimientos núme- 
ros 13, 14 y 15. El regimiento número 17 del arma, man- 
dado por el benemérito coronel Isidoro Suárez, tampoco 
actuó en Ituzaingo. Estuvo ocupado en el asedio de la 
Colonia, (desembarcó con ese destino en el puerto de las 
Vacas el 17 de Septiembre de 1827, procedente de Bue- 
nos Aires) á pesar de lo cual el mayor de Granaderos á 
Caballo D. Domingo Arrieta, lo agrega al estado del ejér- 
cito de Alvear (así como al batallón 4) que figura en sus 
Memorias, en el siguiente cuadro: 

Artillería, 28 piezas y 500 plazas 

Caballería, Regimientos 1, 2, 3, 4, 8, 16, 17 

y escolta 5.370 » 

Infantería, Batallones 1, 2, 3, 4 y 5 3 . 735 » 

Caballería Oriental 3 .200 » 

Total 12.805 plazas 

El general Miller (Memorias) da igualmente, como tan- 
tos otros, cifras englobadas. El ejército argentino, según 
él, estaba constituido «por 7500 soldados de línea y 3000 
gauchos y milicias á órdenes de Lavalleja». No nos dice 
nada con respecto al número de jefes y oficiales y á la 
organización del ejército. El general Iriarte, actor en la 
guerra, no da en su folleto «Glorias argentinas y recuer- 
dos históricos», que se refiere á la campaña, mayor luz 
sobre el asunto. 



Acción del general Alvear 209 

No queremos examinar otras cifras igualmente abulta- 
das, que proceden de fuentes brasileras, incluso los datos 
que proporciona el marqués de Barbacena. Nos bastan 
las que dejamos anotadas. Es singular por otra parte 
que el término medio que dan las cifras de López, Arrie- 
ta y las nuestras (que proceden de las revistas oficiales 
originales como sabemos), es igual á 6065 plazas, casi 
aritméticamente conforme al número que nosotros damos 
como efectivo real del ejército, al abrir operaciones 
ofensivas sobre los imperiales. 

En cuanto al monto absoluto de la división ó tropas 
orientales al mando de Lavalleja (milicias de caballería), 
no nos ha sido posible comprobarlo con documentos feha- 
cientes ^^\ que no existen en el Archivo Nacional ni tam- 
poco en el de Montevideo, por lo que nos vemos obliga- 
dos á desechar datos sueltos y vagos. No obstante, esas 
tropas^ (entre las que están los «Carabineros» que López 
hace figurar en el estado de las tropas argentinas ya ci- 
tado) estaban distribuidas entre las unidades tácticas si- 
guientes: Milicias de Maldonado (coronel Leonardo Olive- 
ra); Dragones de Cerro Largo (comandante Ignacio Oribe); 
Escuadrón Colonia (comandante José Arenas); Escuadrón 
San José (comandante Adrián MedinaJ; Escuadrón Pando 
(comandante Francisco Burgueño); Escuadrón Paysandú 
(Raña y Tescera); Escuadrón Durazno (comandante Juan 
Tomás Gómez) y Escuadrón Soriano (comandante Miguel 
Planes). El comandante Servando Gómez mandaba una 
brigada de estas fuerzas, que, dada la organización que 
señalamos, puede aceptarse para ellas, como muy aproxi- 
mado á lo cierto, un total general de unos dos millares 
de hombres que, seguramente, es el que mas se aproxima á 



(1) Con el propósito de conocer la org^anización y el efectivo de estas tro- 
pas, el señor coronel Rovido, oficial distingruido del ejército urug^uayo, hizo re- 
cientemente á nuestro pedido, laboriosas investigaciones en los archivos de 
Montevideo, sin resultado alguno, pues no encontró ni Estados generales ni 
listas de revista, papeles que, destruidos 6 substraídos, resultan por una ú otra 
causa perdidos para el esclarecimiento de este punto interesante de la historia 
de la guerra. 



210 Organización militar y naval 

la verdad y que es también el que da el historiador López, 
lo que hace un efectivo absoluto de ocho mil hombres 
presentes para el ejército republicano al abrir opera- 
ciones, dotado para su movilidad (la infantería iba 
montada) de buenas aunque no muy abundantes caballa- 
das, bueyes para el tiro de las pesadas carretas del par- 
que, maestranza y depósitos, y un pequeño equipaje de 
botes y canoas para el pasaje de ríos, que, generalmente 
se efectuaba á nado por los hombres y el ganado, en bal- 
sas de troncos de árboles y de cueros vacunos para la 
impedimenta general. 

Se ve por estos datos, que la composición del ejército 
era sensiblemente defectuosa del punto de vista de la pro- 
porcionalidad de las armas, y de las exigencias de la 
naturaleza topográfica del teatro de la guerra, boscoso y 
montañoso, pues para 5529 clases y soldados de caballe- 
ría regular é irregular (armada de lanza, sable y cara- 
bina), se presentaban sólo 1731 infantes (clases y tropa), 
armados con fusiles de chispa de calibres diversos y de 
fábricas distintas, y 464 artilleros con 1 6 piezas (cañones 
de á 4 y 8, lisos, y dos obuceros de 9 pulgadas), pudién- 
dose decir que respecto a las dos primeras armas los pa- 
peles ó cifras estaban invertidos, siendo también débil la 
proporción de la artillería, que apenas llegaba á la de 2 
piezas por millar de combatientes. 

Sin embargo, esta característica de organización y 
orden de batalla era la corriente en esos tiempos en 
América, en razón especialmente de que el núcleo de los 
ejércitos lo constituía gente de la campaña, es decir, 
caballeriüj que era como el arma por excelencia para 
operar y combatir, por razones logísticas y estratégicas 
regladas por las grandes distancias á recorrer y la enor- 
me extensión de los teatros de guerra y de operaciones, 
y, sobre todo, porque la caballería era el instituto de 
más fácil, rápida y barata organización ó improvisación, 
y muy especialmente porque esa arma respondía mejor 
á los hábitos y al temperamento ó espíritu guerrero de 



Acción del general Alvear 211 

la población. Por otra parte el general Alvear, soldado 
de caballeria — aunque lleno de espíritu militar — , si bien 
daba preferencia y aún exageraba la importancia de su 
arma, no podía humanamente contrariar los hechos cita- 
dos de la composición del ejército. 

Frente á esta debilidad táctica de la organización 
argentina, el enemigo iba á presentar una mas eficiente 
y mas armónica. Su infantería era no sólo veterana y 
sólida (los batallones alemanes de Brown), sino también 
numéricamente superior á la republicana, mejor armada 
y mejor provista. Si el general Alvear hubiera contado 
con 3500 infantes, en vez de los 1731, es mas que proba 
ble que pudo haber hecho pedazos al ejército de Barba- 
cena en las asperezas de Camacudy lo que habría evitado 
la batalla de Ituzaingo, espléndida victoria que no fué de- 
cisiva por esa debilidad numérica de la infantería argen- 
tina, ocurriendo también que su misma brillante y 
heroica caballería se inmovilizó en cierto modo en ese 
palenque de su triunfo, por falta de ganado útil (como lo 
veremos en el capítulo noveno) circunstancia que salvó 
á los imperiales de un desastre tal, que acaso les hubiera 
impuesto imperiosamente la paz, como una necesidad 
suprema del momento. 

Entre tanto, las noticias adquiridas por el general 
Alvear sobre los efectivos y la dislocación de las tropas 
enemigas, sino completas cosa muy difícil de obtener,, 
eran bastantes para darle una idea bastante precisa de 
la situación. 

Algunas de estas noticias le decían estar á las inmedia- 
tas órdenes del general Magesí y superiores de Lecor^ 
un poco mas de tres mil hombres en Montevideo, y en 
la Colonia^ á las del brigadier Rodríguez, unos mil qui- 
nientos, tropas en su gran mayoría de infantes, inmovili- 
zadas por la falta de medios de transporte, dueñas sólo 
de los recintos fortificados de ambas plazas y hostigadas 
constantemente por las milicias de caballería que man- 
tenían sobre ellas una vigilancia permanente, haciendo á 



212 Organización militar y naval 

SU alrrededor la guerra de recursos^ cortándoles en lo 
posible, la adquisición de ganados para su manutención, 
y sobre todo de caballadas. 

El 23 de Diciembre de 1826 el Emperador Pedro I, — que 
el 30 del mes anterior había desembarcado en Santa Ca- 
talina — se encontraba en Rio Grande^ con tropas brasile- 
ñas y austríacas. En Santa Ana do Livramento^ eje central 
de la concentración, se encontraban siete batallones de 
infantería y los contingentes de caballería de ASan Pafeío, 
Rio Pardo y Santa Catalina. 

En el Rincón de FrancisquitOj el coronel Bentos Gon9al- 
vez da Silva, con su división de caballería de 1300 
hombres; Bentos Manuel con mil y pico de la misma 
arma en las puntas del Cuaray; el coronel Liborio, con 
ochocientos en Cuñapirú; un destacamento de ginetes 
«obre el Ohuy^ de 300, y otro, de igual efectivo y arma 
^n los Jres cerros, á las órdenes del comandante Clau- 
-dino. 

Otros informes^ oficiales, de fecha 17 de Mayo de 1826, 
le liabían dado los efectivos (evidentemente disminuidos) 
y dislocación brasilera siguientes: 
División de la derecha al mando del c oronel Rentos 
Manuel que debe situarse sobre la costa del Qua- 
rey, toda su fuerza de caballería en número de: 600 
"Columna de Santa Ana al mando del coronel To- 
más Antonio, situada en la punta del Ibicuy Chi- 
co, con 4 piezas de artillería, 120 infantes (80 de 
estos alemanes y el resto guaraníes) y la demás 
fuerza de caballería, incluyendo entre estos el 
Regimiento denominado «Entre Ríos» ó Guara- 
níes, compuesto de 500 indios 2220 

•Columna de Piray Chico situada frente á los Cerros 
de Bagé, compuesta toda de infantería, á excep- 
ción de dos escuadrones á 200 hombres, Paulis- 
tas y Mineros, con 8 piezas de artillería, siendo la 
infantería venida toda del Janeiro y entre ella 
como 300 talaberas 2900 



Acx:ióN DEL General Alvear 213 



División de la izquierda al mando del coronel 
Bentos Gongalvez, situada en el Potrero de Fran- 
cisquito sobre el Yaguarón, toda fuerza de caba- 
llería en número de 400 

8e anunciaba la próxima incorporación á la colum- 
na de Santa Ana de un batallón de 800 infantes 
procedentes de Bahía 800 

Fuerzas que ocupan á Montevideo y la Colonia 
calculadas en un total de 5500 

Total general 12420 

De cualquier manera, el general Alvear— descontando 
las guarniciones «embotelladas» de Montevideo y la 
Colonia, y que podía dejar sin gran peligro á su espalda; 
como sucedió — sabia lo bastante al respecto. Fueran 
catorce ó quince mil los enemigos (como se aseguraba), 
estos no podían oponerle en campaña á sus tropas concen- 
tradas^ sino unos diez mil combatientes de todas armas, de- 
fectuosamente dislocados, tropas en modo alguno superio- 
res en organización é instrucción á las argentinas — salvo 
la sólida infantería veterana de Brown,— aunque quizá 
mejor armadas, provistas y pagas que las republicanas, 
contando estas por otra parte con jefes — desde el general 
— superiores á los enemigos y con la superioridad de su 
espíritu patriótico. Además, faltaría en el campo im- 
perial la armonía necesaria entre sus jefes mas caracte- 
rizados, y la necesaria unidad de ideas. 

Descartando las guarniciones de las dos plazas citadas, 
Alvear siempre resultaba numéricamente inferior al ene- 
migo de la frontera invadida, contra el cual iba á cho- 
car, é inferior especialmente en infantería, pero esta 
desventaja sería suplida por la habilidad de su combina- 
ción estratégica, operando en masa, puede decirse, mien- 
tras el enemigo, dislocado en un enorme frente, cometería 
desde luego el grave error de presentarse dividido, 
pudiendo ser penetrada su linea, batidos de flanco ó de 
revéz y sucesivamente sus núcleos importantes, habiendo 



214 Organización militar y naval 

ya perdido la oportunidad de concentrarse rápidamente 
sobre Mélo por ejemplo, bajar al sud, pasar el río Cebolla- 
ti á la altura del Olimar y descendiendo el primero por su 
margen oriental, guardado su flanco derecho por esa 
corriente y la del arroyo Aiguá y cordón de Judn Gómez, 
en que apoyarla su movimiento, caer sobre Montevideo, 
por Minas y Canelones, dándose la mano con esa guarni- 
ción y la de la Colonia, y obrar en consecuencia, apoya- 
do en la rica y poblada provincia de Río Grande y en 
la escuadra, fuerte y unido, y con las grandes ventajas 
morales de su atrevido y enérgico movimiento, antes que 
el general Rodríguez primero, y el general Alvear des- 
pués, con su ejército en esqueleto y teniendo que vencer 
éste la culpable inercia de Lavalleja y la rebelión de 
los hermanos Rivera, pudieran oponerse con suceso. La 
campaña, entonces, habría presentado una faz amenazante 
para las armas argentinas, obligadas quizá á repasar el 
Uruguay, peligro que la inepcia de Barbacena ^'^ tro- 
caría por fortuna, preparando las acciones preliminares 
de Bacacay y Ombú, y el gran descalabro imperial de 
la batalla del 20 de Febrero. 

En estas circunstancias, el Emperador desde su cuartel 
general de Eio Grande — que no tardaría en abandonar 
entre otras causas por el inesperado fallecimiento de la 
Emperatriz en Río — dirigía á los «habitantes de la pro- 
vincia cisplatina» una breve proclama en que, á vuelta 
de piní arles los grandes beneficios que les reportaba el 
formar parte del Brasil, al que pertenecían «por su libre 
voluntad»^ les decía, entre cariñoso y amenazante: 

«Escoged, ahora! O volver al cumplimiento de vuestros 



(1) El Emperador, disgfustado y con razón, por la inercia 6 ineptitud de 
general Francisco Paula Damasceno Rozado, comandante en jefe del ejército 
imperial de operaciones sobre las fronteras del norte de la provincia Orien- 
tal, lo relevó del mando por imperecia, reemplazándolo en sus altas funciones 
el general Marqués de Barbacena, el que se hizo cargo de su puesto el 11 de 
Enero de 1826, en el campamento de Capella do Ltbrantento. Ya veremos como 
el Almirante Lobo, en desgracia con su señor, seguiría la misma suerte que 
su colega de tierra, el generalfsmo Rozado. Los reyes no admiten sino ser^ 
vidores victoriosos! 



Acción del general Alvear 215 



deberes para gozar de todo como os lo prometo, ó sufrir 
todos los rigores de una cruenta guerra. Esta es mi 
última decisión. Aun es tiempo para vosotros. Soy tan 
piadoso como fuerte. Escoged y decidios! » 

El general Alvear, por su parte, al abrir sus operacio- 
nes sobre el enemigo, dirigió, el 25 de Diciembre de 1826 
á los orientales, estas palabras: 

«Orientales! La hora deseada de todos ha llegado: las 
legiones de la República están en marcha sobre la fron- 
tera enemiga; dejad vuestras ocupaciones. Bravos del 
Sarandí: empuñad el acero y venid á llevar la libertad á 
vuestros vecinos: mostrad al mundo la diferencia que 
hay entre los pechos republicanos y los que están ago- 
biados bajo un cetro de fierro. 

«El imperio prepara nuevas cadenas para esclaviza- 
ros: preparemos nosotros coronas de flores para los 
pueblos del Brasil que van á romper sus grillos, que van 
á aparecer por primera vez en el mundo de los libres. 

« ¡Orientales! Venid á engrosar las filas de los soldados 
de la República! Pueblo de valientes que tantas veces 
habéis aspirado á la gloria, no perdáis la mejor ocasión 
de coronaros de ella! Venid á ver los pueblos que domi- 
nan vuestros antiguos opresores, y de donde salieron 
las cadenas que habéis arrastrado diez años. Todo otro 
interés que no sea el de combatir por la libertad é inde- 
pendencia nacional en esta guerra sagrada, es indigno de 
vuestro valor y de vuestro heroísmo: él os acarrearía 
cien años de esclavitud. » 

Había sin duda diferencia entre estas palabras y las 
del Emperador. El uno hablaba como el amo que ense- 
ña á un tiempo á su grey el pan y el látigo. El otro 
invocando los mas caros dones del hombre, ofrecía la 
la paz y la libertad, sin señores. Hábilmente, rememora- 
ba diez años de vasallage, que tampoco había sido tran- 
quilo; diez años de humillación y de dolor! Sarandí 
reberberaba como una nueva Mantinea. Era como el 
verbo hecho carne de la cruzada, que llamaba al esfuerzo 



n 



2iQ Organización militar y naval 

definitivo al «pueblo de valientes», para conquistar la 
propia independencia y llevarla á los vecinos sojuzgados 
por el «Tirano». El dogma de Mayo, cálido y triunfal, 
ceñido por los laureles definitivos de Junín y Ayacucho, 
agitaba de nuevo sus alas, — luminosas de pensamiento 
y vigorosas de acción, — en la tierra hermana aunque in- 
grata en su bravio localismo. El general Alvear, caudillo 
de la empresa, podía decir con verdad que ni sus armas 
ni sus palabras escondían otro interés que el supremo de 
la libertad é independencia en aquella «guerra sagrada». 
Y el verbo iba á encarnarse nuevamente con honor y con 
gloria para el nombre argentino, no sin hondos dolores 
y amarguras en el futuro para la patria altruista, atada 
con fervorosa pasión al viejo ideal, velando como un 
antiguo sacerdote al pie del ara, por el mantenimiento 
de los vínculos de la tradición y de los recuerdos del 
hogar común, roto en las montañas bolivianas y en 
las selvas paraguayas, y que no tardaría en perder su 
último eslabón, en esa misma tierra que ahora iba á 
empapar la sangre generosa y heroica de sus próbidos 
soldados, venidos de todos los ámbitos de la República, á 
defender una quimera nacionalista y á realizar un hecho 
glorioso y perdurable, ni bien comprendido entonces, ni 
agradecido suficientemente después, hasta nuestros días. 

Antes de pasar adelante, es esta la oportunidad de 
poner una vez mas en claro la cuestión de los batallones 
austríacos ó alemanes á las órdenes superiores de un ma- 
riscal Bráun ó Braün, que algunos historiadores (el doc- 
tor D. Vicente Fidel López especialmente) hacen figurar 
como formando parte integrante y principal del ejército 
brasileño en esta guerra, tropas que, según esas versio 
nes, fueron enviacUis por el Emperador de Austria, en defensa 
de su yerno Don Pedro primero. 

Esta versión ha sido por mucho tiempo artículo de 
fé histórico, y la creencia popular al respecto ha per- 
durado hasta hoy, reafirmada en libros recientes, que se 
ocupan de la historia de los batallones y regimientos 



Acción del general Alvear 217 



argentinos. El testimonio respetable de esos escritores 
está conteste con la tradición corriente que^ por otro 
lado, tiene su parte de verdad y su parte de leyenda. 
El ilustre historiador nombrado afirma (Hist. Arg.) que 
el mariscal Brüun vino al Brasil con cinco batallones de 
infantería alemana y un escuadrón de caballería, mien- 
tras que un grupo no menos respetable de autores ar- 
gentinos (los doctores Quesada, padre é hijo, Baldomcro 
García, Mantilla, etc.) y extranjeros, rectifican esta ver* 
sión (^), con abundante investigación bibliográfica y 
eruditos razonamientos, en artículos, monografías, libros 
y Memorias, 

La verdad real y comprobada es que esas tropas exis- 
tieron, aunque no todas hicieran la campaña, ni asistie- 
ran por consecuencia á la batalla de Ituzaingo. Lo que 
pertenece sin duda alguna á la leyenda es el origen que 
se les ha atribuido, y se les atribuye todavía, y la fantás- 
tica personalidad del mariscal austríaco, denominado 
Brüun, En el fondo, no existe otra cosa que confusiones. 
El hecho en sí es exacto, pero son falsos los detalles 
históricos, ó parte de ellos al menos. 

Ningún antecedente documentado y fehaciente se ha 
exhibido hasta hoy que compruebe que el gobierno aus- 
tríaco enviara al servicio del Brasil cuerpo alguno mi- 
litar organizado^ durante la guerra que nos ocupa, ni nada 
tampoco atestigua la existencia del Mariscal citado, pero 
está igualmente comprobado, como hecho histórico autén- 
tico, que al servicio del imperio existieron cuatro grue- 
sos batallones de infantes y un escuadrón de caballería? 
compuestos en su casi totalidad por austríacos y ale- 
manes, siendo el resto de otras nacionalidades. El reclu- 
tamiento de esta gente fué — todo parece comprobarlo — el 
producto de un engaño. No fueron lansquenetes ni mesnadas 
de aventureros del tipo de aquellas que nos pinta Mac- 



(1) Es por todas maneras digno de leerse el notable y laborioso estudio 
sobre «Ituzaingo», conexo con esta cuestión, del erudito publicista doctor 
Ernesto Quesada. Revista Nacional, tomo XVIII. 



218 Organización militar y naval 

chiavello en la historia de las luchas de la República 
florentina, intestinas ó externas, con los ducados ó re- 
públicas vecinas; es decir, no se agruparon sus compo- 
nentes á sabiendas para ir á guerrear en América, por 
cuenta de un soberano y de un país extranjero. Se les 
contrató por el comisionado de Don Pedro en Alemania, 
el mayor Schaffer, y se les trajo al Brasil en 1824, para 
constituir colonias agrícolas, conforme al pensamiento y 
decretos del Rey D. Juan VI, que en aquel entonces no 
dio resultados. Sch¿lffer, mas afortunado, ó mejor provis- 
to de recursos eficaces, logró lo que tres años antes no ha- 
bía sido posible. Así vinieron esas legiones de inmigrantes 
que al llegar ál Brasil, en lugar de las tierras prometidas 
con liberalidad, se les dieron cuarteles; fusiles, lanzas y 
sables, en vez de arados; la obediencia y la ordenanza 
militar, como leyes tutelares de sus personas y bienes, y 
la guerra como teatro de sus energías. 

Dados estos antecedentes, no es posible admitir que 
todas esas gentes fueran vagos, viciosos y aventureros 
de la peor especie, como se ha dicho. Sin negar que entre 
ellos hubiera hasta criminales extraídos de las cárceles 
germánicas, es lógico suponer que con éstos vinieron 
gentes honestas, que buscaban de buena fe en América 
una fortuna ó bienestar honrados. Y ya sabemos que 
grr.n parte de los que lograron desertar antes y después 
de Ituzaingo, vinieron á la República Argentina, fundan- 
do aquí hogares emparentados luego con expectables fa- 
milias criollas. Cabe igualmente suponer que muchos de 
aquellos inmigrantes (oficiales y clases fuera de servicio) 
estaban al cabo de la verdad, y que cooperaron á la mi- 
sión del agente imperial, seducidos por la oferta de gra- 
dos V buenos sueldos. Por lo demás, no es en manera 
alguna aventurado suponer que el gobierno austríaco 
favoreció encubiertamente la misión de Schaffer, dadas 
las vinculaciones de sangre existentes entre las casas so- 
beranas respectivas. Razones de alta política podían im- 
pedir al Emperador de Austria el público envío de tropas 



Acción del general Alvear 219 



- organizadas á su pariente y colega, pero esta dificultad 
podía ser salvada con otros expedientes. Lo esencial en 
este caso era encubrir las formas. Así, podían emigrar al 
Brasil cuerpos ó parte de cuerpos desgranados^ sin consti- 
tuir unidades. ¿No pudo suceder acaso esto? Que falten 
documentos que lo comprueben no es de extrañarlo, pues 
es elemental, en parecidas circunstancias, borrar todo ras- 
tro. Así, Don Pedro pudo en realidad ser auxiliado, no 
con cuerpos organizados, pero sí con soldados sueltos? 
mezclados á verdaderos emigrantes, con los cuales se 
reorganizaran en América las unidades. Con este criterio 
inductivo y deductivo, lógico con los antecedentes, so 
concilla la tradición con la histeria. 

Esos cuerpos (denominados alemanes) que llevaron en 
el ejército brasilero los números 27 y 28 de Cazadores y 2 
y 3 de Granaderos, mas el escuadrón de lanceros, han existi- 
do, y sino toda su fuerza, una gran parte de ella tomó ac- 
tiva parte en la guerra, como veremos. Que vinieran ó no 
enviados por el Emperador de Austria, el caso no altera 
lo fundamental del asunto. En cuanto á la persona de 
Brüun, incurre en evidente error á su respecto el eminen- 
te historiador López y con él otros muchos escritores. Se 
trata en este caso de uua confusión mas que de otra cosa. 
Bráun no ha existido, pero sí el reputado militar inglés 
Gustavo Enrique Brown, contratado en Londres para 
prestar sus servicios en el Brasil, á los objetos de la orga- 
nización del ejército imperial. Con el rango de Mariscal de 
Campo y el cargo de Jefe de Estado Mayor del Ejército de 
Barbacena, hizo la campaña y se distinguió especialmente 
en el campo de batalla de Ituzaingo. Para Alvear y para 
muchos otros de los actores en la guerra, de una y otra 
parte, y de los que entonces escribieron sobre ella, Brown 
se transformó en Brüun. Simple cuestión de escritura y de 
pronunciación. Y si la creencia general de la época era do 
que aquellos cuerpos de alemanes venían enviados por el 
Emperador de Austria, parece natural pensar que la opi- 
nión corriente hiciera del inglés Brown el austríaco Brá^un. 



1 



Capítulo Vil 

Marcha estratégica de Alvear. Triunfos 
de Bacacay y del Ombú 



Sumario: — Espíritu del ejército argentino— Orden de batalla del 
mismo — Critica de esta organización relacionada con 
la imperial — Apertura de Ic^s operaciones ofensivas á 
fondo — La palabra del g-eneral Alvear — Marcha de las 
divisiones arg-entinas — Dificultades logísticas — Abne- 
gación y fortaleza de las tropas — Planes de Alvear — 
Semblanza moral y militar del generalísimo argentino 

— Concepto de la autoridad de un jefe de tropas — 
Planos y vaquéanos — El coronel Cabrer — Planes del 
enemigo — Falta de criterio — Defensiva imperial es- 
tratégica y táctica — Lineas de operaciones de Alvear 

— Consideraciones & su respecto y con relación al ene- 
migo y al terreno ~ Los hechos cori'esponden á las con- 
cepciones teóricas de Alvear — Consecuencias de la ad- 
mirable marcha estratégica sobre el rio NegTo — La 
linea en cordón, de Barbacena — El ejército arg'entino 
penetra en territorio brasileño — Proclamas de Alvear 

— Fatigas de su ejército — Maniobras hábiles de naneo 
contra el centro enemigo en Santa Ana — Barbacena 
inmovilizado — Ruptura de la linea imperial - - Los im- 
periales derrotados sin combatir — Las tropas de Brown 
y de Bentos son arrojadas á las serranías de Camacuá 

— Movimiento en masa de Alvear — Se apodera de Bagé 
y de sus almacenes — Sorpresa á un destacamento im- 
perial— Reacción pasagera de Barbacena — Alveario 
persigue — Contraste de los coroneles Bentos — Sólida 
posición de Barbacena — Falsa retirada y hábiles ma 
niobras de Alvear — Barbacena abandona la sierra — 
Episodios felices y presas — Zufriátegnii ocupa /S'anG^a- 
hriel y sus almacenes — Triunfo de Lavalle en Bacacay 

— Mansilla destroza á Bentos Manuel en el Ombú — 
Maniobras y ardides de Alvear, preliminares de la ba- 
talla de Ituzaingo — La posición de San Gabriel. 



Pacificada la provincia oriental; sometido el brigadier 
Lavalleja de grado ó por fuerza á la autoridad del gene- 
ral en jefe; inmovilizadas en sus respectivos recintos las 



222 Marcha estratégica de Alvkar 



gruesas guarniciones de Montevideo y la Colonia, al punto 
de no constituir un peligro para las operaciones del ejér- 
cito nacional en su campaña ofensiva del Norte, y disputa- 
da la preponderancia naval del imperio por la febril y 
afortunada actividad de la escuadrilla de Brown y la 
audacia de los corsarios, no quedaba sino dar los últimos 
toques á la máquina bélica del campamento del Arroyo 
Grande, llena del espíritu emprendedor y ardoroso de 
Alvear, y de la fuerza orgánica inoculada con método y 
perseverante labor por el general Soler, su competente 
jefe de Estado Mayor. El ejército, pequeño por el número^^^ 
era gr¿mde sin duda por su espíritu é instrucción y la ciega 
confianza que tenía en sus jefes, las primeras y mas arro- 
gantes figuras de las grandes y casi fabulosas campañas de 
la independencia americana, en las que el valor heroico se 
hermanaba con la experiencia de la guerra y el culto fer- 
voroso por la patria y la bandera. 



(1) Ya hemos dicho como las primeras medidas políticas de la Presidencia 
de Rivadavia, despertando los temores y las desconfianzas de los ^gobernadores 
del litoral y del interior, les dieron pretextos para escusar el envío de los 
continente.» al ejército y como las aventuras criminales de La Madrid y la gue- 
rra civil que sobrevino y que incendió por lo pronto á todo el Norte, privó 
igualmente al ejército de gran número de tropa que debía incorporársele y que 
estaba lista á ese objeto. 

El mismo general Alvear, al abrir sus operaciones, contaba como un hecho 
de que en breve recibiría del gobernador de Corrientes, don Pedro Ferré, 800 
hombres }^ caballadas, pues así se lo había prometido, á lo que faltó como faltó 
en una situación parecida é igualmente solemne (guerra del Paraguay) el ge 
neral Urquiza, ofreciendo el concurso de 10.000 soldados de caballería. El go- 
bernador Aguirre, de Misiones, prometió igualmente á Alvear, en el campa- 
pamento del Arroyo Grande, el concurso de las milicias y de los indígenas 
del territorio, enemigos tradicionales y ardorosos de portugueses y brasileros 

Alvear, pues, contaba con estos elementos para su campaña y tan es asi 
que comisionó á un oficial inteligente y activo, el mayor Reyes, para que, 
á nombre de su general propusiese á Ferré que, de acuerJo con Aguirre, in- 
vadiese las Misiones brasileras y buscase la incorporación con el ejército, por 
San Gabriel y Cementerio, llevándole fuertes arreos de caballadas, lo que fué 
aceptado de palabra, por ambos gobernadores, que no hicieron nada, peleán- 
dose entre ellos por miserables rivalidades de mando y figuración, privando ai 
ejército de su concurso y acción, que habría dado grandes resultados, ope- 
rando vigorosamente sobre el flanco derecho de la línea imperial y llevando á 
Alvear, en el momento más oportuno, los medios de movilidad de que carecía 
y careció después de Ituaaingo. La diversión de Ferré y Aguirre, habría 
evitado á Alvear quizá, su retroceso á Cerro Largo, con las consecuencias que 
tubo su segunda campaña, en que le faltó todo, ó todo se le negó. 



Triunfos de Bacacay y del Ombú 223 

A esta tarea final se consagró por entero el general 
Alvear y su entonces jefe de Estado Mayor, el infatigable 
general Soler, (cuya competencia, labor y celo elogió sin 
reservas el primero), trabajando con tesón para comple- 
tar la organización de las tropas, perfeccionar su ins- 
trucción y dar cohesión y temple bélico al organismo. 
Los jefes de los cuerpos, estimulados entre sí, desplega- 
ban no menor actividad. En el parque y maestranza, el 
sargento mayor D. Luis Beltrán hacía sentir aquella 
misma enérgica acción que ligó gloriosaments su nom- 
bre al gran ejército, que San Martín había modelado en 
el campamento del Plumerillo, en la virtuosa, heroica 
Mendoza de los días luminosos de Chacabuco y Maipú. El 
teniente Todd, en las páginas de sus Reóiierdos de Salta y 
de la guerra del Brasil, nos ha dejado la relación de la 
labor de aquella colmena guerrera, rica en detalles inte- 
resantes. Las ordenanzas españolas, nos dice, se aplica- 
ban con todo rigor, no sólo para castigar sino para exi- 
gir el cumplimiento exacto de todos los deberes militares 
y mantener una severa disciplina en las tropas. Los de- 
talles del servicio diario y peculiar del ejército, se com- 
pletaban con las órdenes del día y generales, «Los ejercicios 
tácticos se hacían por la mañana y la tarde. De noche, 
se daban las academias teóricas á jefes y oficiales, (mu- 
chos de estos últimos no solo eran muy jóvenes, casi ni- 
ños, sino que carecían de toda instrucción militar: eran 
voluntarios arrastrados al ejército por su patriotismo), á lo 
que se agregaba las revistas de armas, vestuario, mon- 
turas, limpieza y aseo de todo, de modo que apenas que- 
daba libre el tiempo necesario para comer y dormir. Se 
exigía á jefes y oficiales riguroso uniforme, para presen- 
tarse en las paradas diarias». 

Las tropas estaban bien vestidas pero carecían de al- 
gunos útiles de campaña, carpas entre ellos, por lo que 
vivían al raso en las marchas ó en ramadas, ranchos ó 
abrigos multiformes de circunstancias, en los vivaques ó 
estacionamientos prolongados. En los primeros tiempos 



224 Marcha estratégica de Alvbar 

de creación del ejército hasta fines de 1826, se racionó á 
los soldados con sal, jabón, etc., y vicios de entretenimiento 
(tabaco, papel, yerba mate, etc.), pero las penurias del te- 
soro gravitaron primero sobre los uniformes y luego no 
mas sobre la provisión de los artículos citados^ que fue- 
ron suprimidos del todo. Las pagas se atrasaron igual- 
mente. En suma^ las tropas no contaron sino con lo 
puesto y con la carne, por único alimento normal, 
faltando muchas veces hasta la sal. Al abrir Al- 
vear operaciones sobre el Río Negro, nos cuenta el mismo 
Todd que el general les dijo á sus jefes: ^Ntiestra madre 
patria nos dice que está muy pobre y que no puede ni sustentar- 
nos por más tiempo; que ya somos unayores de edad y que de- 
bemos procurarnos cuanto necesitemos. Aceptemos la idea, 
pu£s felizmente los campos del Brasil están llenos de ganados y 
hay oro como para vestirnos de él con proporción (Recuerdos 
etc. citados)». El ejército, lleno de patriotismo, abnegación 
y espíritu, marchó empero con entusiasmo contra el ene- 
migo de la patria. Las penurias de ahora, culminarían 
un año después, como lo veremos, á la luz de documen- 
tos oficiales inéditos, sin que el temple y las virtudes de 
esos admirables soldados decayeran un punto! Fueron 
superiores al hambre, á la desnudez absoluta, á la mise- 
ria y á los trabajos! 

En el campamento, pues, lleno de unción patriótica 
(apesar de algunas ingratas circunstancias de que habla- 
remos someramente al hacer la biografía del generalísi- 
mo) y marcial, sólo palpitaba un deseo: ir contra el 
enemigo sin tardanza. Lus vibraciones de esta nota mi- 
litar y moral correspondían perfectamente á los senti- 
mientos de las masas populares, vivientes y luminosos, 
aún en medio de las angustiosas preocupaciones de la 
política interna de la República, azotada de nuevo por la 
anarquía caudillesca del litoral y del interior, que cre- 
ciendo como las mareas, lo inundaría todo, llevando en 
las impurezas de sus rezacas, el germen de la siniestra ti- 
ranía de Rozas. 



Triunfos de Bacacay y del Ombü ^5 

Pero en aquellos momentos, esos peligros parecían 
quiméricos ó muy remotos, previstos ó temidos solo de los 
espíritus superiores. Nadie acaso en el campamento del 
Arroyo Grande^ podía sospechar el desarrollo y consecuen- 
cias ulteriores de aquellos acontecimientos que, burlando 
primero las previsiones del gobernador Las Heras, le qui- 
tarían al ejército del Uruguay la mitad de los efectivos y 
que luego lo paralizarían en medio de sus triunfos, malo- 
grando sus sacrificios y victorias. Nadie podía sospechar 
tampoco que aquellas legiones, al pisar el suelo de la pa- 
tria, llenas de la gloria de Bacacay, el Ombú, Ituzaingo, 
Camacuá y Yerbal, serían arrastradas á un suceso aná- 
logo al de la Posta de ArequitOy la revolución del 1^ de 
Diciembre de 1828, fruto de un instante de extravio y que 
tendría por prólogo y epílogo dos tragedias y dos marti- 
rios: Navarro y Jujuy: Dorrego y Lavalle. 

Ageno el general Alvear á este futuro doloroso, se pre- 
paró á levantar sus tiendas. Constituyó con el ejército 
tres unidades tácticas de combate, encargando del mando 
de la primera (que debía constituir la vanguardia) al bri- 
gadier Lavalleja, compuesta de los cuerpos de milicias 
orientales, á los que daba solidez el Regimiento N^ 9 de 
Caballería de que era jefe el coronel Manuel Oribe, y los 
«Colorados», mandados por el comandante José María 
Vilela. 

La segunda, compuesta de los regimientos de caballe- 
ría números 1, 4, 8 y 16, escuadrón de «Coraceros» y 
milicias de la Colonia, quedó á las órdenes inmediatas 
del general en jefe. 

La tercera, constituida por los batallones de infantería 
números 1, 2, 3 y 5, regimiento de artillería ligera, los 
números 2 y 3 de caballería, milicias de caballería de 
Mercedes, parque y maestranza del ejército, al mando del 
Jefe titular del Estado Mayor ^i^, brigadier Soler. 



(1) El 5 de Enero fué encargado de la jefatura del Estado Mayor, el ge- 
neral Lucio Mansilla, que tenia de segundo al coronel R. A. Deheza. 



226 Marcha estratégica de Alvear 

Esta organización (^^ era desde luego criticable, porque 
las dos primeras divisiones estaban, como se ve, consti- 
tuidas por pura caballería y agrupada la artillería-- 16 
piezas, entre las que había dos obuseros de 9 pulgadas — 
y toda la infantería, en la tercera, que venía á ser así el 
núcleo verdaderamente sólido de batalla, con perjuicio 
de las otras dos, que carecían de infantes y cañones. Sin 
embargo, el defecto orgánico y táctico señalado quedaba 
en parte amenguado por el hecho de que, siendo el pen- 
samiento y el propósito del general marchar concentra- 
do ó con sus tres divisiones á la mano, pensó que en caso 
necesario se encontraría siempre en situación de afron- 
tar toda situación táctica, haciendo cooperar las tres ar- 
mas y los tres miembros de su organismo militar. Pero 
esta nos parece una presunción teórica, que podía ser 
desbaratada por las contingencias propias de la guerra, 
como una imposición imprevista ó deliberada del enemi- 
go, ó por las dificultades topográficas del teatro de ope- 
raciones, sembrado de todo género de dificultades natu- 
rales—ríos, arroyos, bañados, sierras y bosques — que 
podían malograr la mejor combinación logística ó estra- 
tégica, y retardarla llegada de las armas necesarias al 
campo del combate. Lo mejor, en estos casos, es estar 
siempre en condiciones de responder en todo momento á 
las exigencias de un encuentro. 

Es también probable que el general, sabedor de que 
la infantería y artillería enemiga estaban concentradas 
en los campamentos de Santa Ana do LibramentOy Bagé y el 
Yagüarón, (según sus noticias), con los que no entraba en sus 
cálculos chocar en los preliminares de la campaña, pensó 
que lo mejor en éste caso era formar, como lo hizo, dos divi- 
siones puras de caballería, teniendo además presente que 
los destacamentos avanzados enemigos estaban consti. 
tuidos por ésta sola arma, no superior á la suya, como 



(1) El general Alvear denomind «cuerpos» A cada uno de los tres grupos 
que nosotros llamamos y seguiremos llamando divisiones, que, en rigor, no 
eran sino brigadas. 



Triunfos de Bacacay y del Ombú 22T 

ya hemos dicho, é infinitamente peor mandados, pues no 
tenían á su frente jefes ni parecidos á Paz, Lavalle,. 
Brandsen, etc, Además, la división 1* á órdenes de La- 
valleja, que lanzó á vanguardia del grueso, dislocada en- 
4 grupos á las órdenes del coronel Laguna y comandan- 
tes Gómez, Olivera é Ignacio Oribe, tenía por misión es- 
pecial la exploración estratégica, la ocupación de algunos^ 
puntos y los reconocimientos en general, misión que re- 
clamaba actividad y agilidad suma, unido á un conoci- 
miento anterior del terreno, para lo que indudablemente 
se prestaban mejor sus tropas de milicias criollas. No obs- 
tante ésto, la organización dada al ejército era defectuosa,, 
por el desiquilibrio de sus miembros, lo que no tardaría en 
demostrarse en la práctica, una vez tomado el contacto 
definitivo con el enemigo, é inadecuada por lo tanto para 
responder á las exigencias creadas por la nueva si- 
tuación. 

En el momento de romper la marcha el ejército desde 
su campamento-escuela del Arroyo Grande, el general 
Alvear puso en comunicación su alma ardorosa y entu- 
siasta, con la de sus soldados. 

El 26 de Diciembre ^^^ de 1826, á las cinco de la tarde, 
el ejército formaba su línea de parada y era revistado 
por Alvear, al frente de su estado mayor. Todo estaba- 
listo para la marcha. 

La pompa sencilla y solemne del acto debió agitar los 
corazones de aquellos pocos millares de soldados, con- 
gregados por una causa noble y justa. Muchos de ellos 
habían recorrido la mitad de la America convulsionada^ 
llevando con su bandera y con sus armas la libertad á los. 
pueblos del continente, hasta la línea del Ecuador, fun- 
dando naciones y haciendo carne el verbo republicano y 
democrático de Mayo. La visión esplendorosa de aqué- 



(1) Boletín del Ejército. Pocos días después el Marqués de Barbacena 
tomaba posesión del mando en jefe de los brasileros en el Cuartel general de 
Sania Ana, donde no tardaría en reinar la confnsidn y la anarquía en el mando 
superior. 




^H Marcha estratégica dk Alvear 

líos días y de aquéllas campañas, debió de nuevo alzarse 
del fondo de sus recuerdos é iluminar aquella escena 
guerrera con su luz triunfal y heroica. La misma ban- 
dera, con la gloria de sus colores celestes y de su sol 
simbólico, agitaba de nuevo su pafio sagrado sobre sus 
<iabezas, y aquellos caudillos que se llamaban Soler, 
Lavalle, Olavarría, Paz, Brandsen, Olazábal, Nazar, Que- 
sada, Iriarte, Pacheco y tantos otros como Oribe y Garzón, 
regidos ahora por Alvear, eran los mismos ligados á la epo- 
peya de la independencia, que hablaban de Tucumán, de 
Salta, Suipacha, Cotagaita, Las Piedras, Florida, San Lo- 
renzo, Tambo Nuevo, Paso de los Andes, Guardia Vieja, 
Chacabuco, Maipú, Gavilán, Talcahuano, Putaendo, Pesca- 
dores, Callao, Lima, Pasco, Nasca, Rio Bamba, Pichincha, 
Junín, Ay acucho, Montevideo, el Cerrito y la Colonia, zur- 
<ios fecundos en grandeza y frutos duraderos, testigos in- 
mobles de la virtud y la bravura de aquella generación de 
batalladores argentinos. 

Acalladas las agudas notas guerreras de las fanfarras 
repetidas de cuchilla en cuchilla por el eco, entre el 
vaho de la tierra vestida de galas primaverales y el an- 
-cho espacio azul, cálido y luminoso, recorrido por las 
blancas masas erráticas de los cúmulus multiformes y 
opalinos, vibró la palabra del general en jefe, recibida 
y coreada por los vítores de las tropas. 

«Soldados!— decía la proclama del general — Un nuevo 
momento de gloria se aproxima: vais á combatir contra 
todos los esclavos del Emperador. Aterrado al saber que 
las legiones de la República se dirigen al Imperio, aban- 
donó el trono y ha venido á ponerse al frente de sus 
tropas (^^ ! Tanta mayor será vuestra gloria al humilla- 
las! La empresa á que sois destinados es gigantesca, pero 
digna de vuestro corage.» 



(1) La muerte sensible de su esposa, la Emperatriz Leopoldina y la situa- 
ción política del Imperio, obligaron á don Pedro I á abandonar el teatro de la 
j;uerra y volver á Rio. 



Triunfos de Bacacay y del Ombú 229 



Y con la clara visión de las penalidades de aquella 
campaña, las develaba varonilmente diciendo: 

«En el curso de vuestra marcha incontrastable os es- 
peran grandes fatigas y peligros, aliciente poderoso para 
los viejos soldados de la independencia. La historia os 
acompaña^ la posteridad os aguarda y cuatro millones de 
brasileros os tienden sus manos, oprimidas con las espo- 
sas de la esclavitud.» 

Con frase cálida y ditirámbica evocaba luogo las som- 
bras augustas y gloriosas de los que lucharon y cayeron 
en las campañas regidas por San Martín, Belgrano, Su- 
cre y Bolivar, y terminaba: 

«¡Soldados! La más justa de todas las causas es la 
que ha puesto en armas á las provincias de la Unión. 
El honor nacional fué insultado por el enemigo que vais 
á buscar: toda la república está en pie para defender 
sus derechos, y vosotros no sois sino la vanguardia del 
gran pueblo argentino: el os confía el deber sagrado de 
vengarlo, reduciendo á nada las pretenciones del agre- 
sor. Soldados! ¡que vuestra conducta sea digna de vues- 
tra gloria anterior y el pueblo argentino será vengado!* 

Así se hablaba y así se obraba en esos tiempos de 
pobreza y de virtud patricia, que parecen tan lejanos 
de nosotros^ y á los que se ligan, justo es decirlo, aque- 
llos otros de la campaña del Paraguay y de la conquis- 
ta del desierto, en la pampa y en el Chaco! 

Era cerca délas seis cuando les cuerpos de la 2* di- 
visión, con el general en jefe á la cabeza, rompieron la 
marcha, que fué ruda y penosa desde luego, por entre 
sierras y montes, campos y pastizales abrazados por incen" 
dios recientes. 

Al caer la tarde^ la tempestad, anunciada por excesivo 
bochorno, tomó formas precisas y amenazantes. Con las 
primeras sombras crepusculares, fuertes rachas rugien- 
tes lanzaron sobre la columna las abundosas cenizas de 
la quemazón, envolviéndola con una espesa nube griz 
que se aplacó luego bajo una lluvia torrencial, que obligó 



^33 Marcha estratégica de Alvear 

Á la división á hacer alto, reanudando la marcha á la 
madrugada del siguiente día, para campar luego en 
vivac, sin pérdida alguna en hombres, ganado ó efectos, 
sobre la margen del arroyo Porongos, á las 8 a. ra., a 
causa de la lluvia. 

El 28, á la noche, campó sobre ésta misma arteria la 
tercera división (Soler), que ese mismo día había aban- 
donado su acantonamiento del Arroyo Grande, mientras 
la anterior (Alvear) pasando el Maciél, lo hacía sobre el 
río Yi, en las vecindades del pueblo del Durazno. Las 
tropas de la primera división (Lavalleja), que se encon- 
traban en movimiento al iniciar las otras el suyo, dis- 
locadas por las razones estratégicas ya que hemos dado» 
ocupaban los puntos siguientes: las de Gómez, en el paso 
Bustillos sobre el Río Negro; las de Olivera, en marcha 
hacia Santa Lucia; las de Laguna, en el Quegüay, paso 
de Los Sauces, y las del comandante Oribe, en el arroyo 
Cordobés, con sus avanzadas en punta sobre el arroyo 
Malo, constituyendo todas el abanico frontal de exploración 
y reconocimiento del ejército. 

El 31, Alvear estaba campado sobre el arroyo Car* 
pinteria, paso de Bustillos y frente á él, las milicias del 
Coronel Laguna. Soler, con su división, en la emboca- 
dura del arroyo Minas, sobre el rio Negro; y las demás 
fuerzas dislocadas de las milicias de Lavalleja, ocupa- 
ban los puntos siguientes: el general Mansilla, en el Ca. 
neldn Grande, con las milicias de Pando, San José y re- 
gimiento Colorados, y Olivera, en el paso Folancos, etc. 

Hasta aquí, las dificultades naturales opuestas á los 
movimientos del ejército, aunque serias, se habían sal- 
vado con esfuerzos extraordinarios aunque sin sacrificio 
de vidas ni de elementos necesarios á la campaña. El 
espíritu de las tropas, vibrante y entusiasta, era superior 
á esas pruebas, en medio á una población aunque escasa 
y desconfiada, adicta á su causa que las servía de esti- 
mulante. Pero ei problema no radicaba en la adhesión ó 
resistencia de los vecindarios rurales ó urbanos: estaba 



Triunfos de Bacacay y del Ombú 231 

en las fuerzas de la naturaleza que, violentada, dá á 
veces en tierra, lógicamente, con las mejores combina- 
ciones humanas, quebrantando todas las energías del 
hombre. 

La comarca atravesada por Alvear estaba, en rigor, de- 
sierta í^^ y exhausta de recursos, de ganado sobretodo, por 
las depredaciones anteriores del enemigo y por los mismos 
cuatreros locales que se habían aprovechado de aquel 
estado de cosas para operar á mansalva, destruyendo ó 
saqueándolo todo. 

El incendio de los campos había cambiado el aspecto 
antes risueño de aquellos hermosos y fértiles valles, 
ricos en forrages naturales, sobre los que había soplado 
el aliento dañino extraño y propio de los hombres. El 
suelo era ahora hosco y uraño, y la estación en que se 
iniciaban las operaciones, no era seguramente ni pro- 
picia ni bien escogida. 

Los calores eran aplastadores para los hombres y las 
bestias de consumo, silla y tiro, y si bien el estado de 
general sequía de los campos y el caudal mínimo propio 
de la estación, de aquel intrincado laberinto de ríos, 
arroyos y bañados de la región, favorecía el pasage de 
las tropas y del enorme convoy é impedimenta gene- 
ral del ejército, y particular de sus divisiones, care- 
ciéndose, como se carecía en absoluto, de un regular 
material de puentes y de zapa, esta misma circunstancia 
obligaba á subordinar en cierto modo las etapas y mar- 
chas, siguiendo en lo posible esas corrientes, á fin de 
no carecer de agua, elemento indispensable de vida á 
los hombres y al ganado del ejército, lo que duplicaba las 
dificultades logísticas y aumentaba las distancias á re- 
correr. 

Todo hace suponer que el general conocía perfecta- 
mente esas circunstancias por propia experiencia y por 
los informes de que era dueño, de modo que la apertura 



(1) 



Gran parte de los pobladores hablan ganado los montes y serranías. 



232 



Marcha estratégica de Alvear 



de las operaciones en el rigor del verano en una comar- 
ca subtropical, no fué una simple imprevisión militar, 
iaadmisible en él, sino una resolución deliberada en que 
había pesado de antemano el pro y el contra de la 
cuestión. 

El pensamiento ó el concepto fundamental estratégico 
del plan del general Alvear era articulado, según se 
desprende del estudio de sus operaciones. 

Se proponía, en primer término, hacer creer al Empe- 
rador y á su generalísimo el Marqués de Barbacena, que 
la ofensiva inmediata v á fondo, á causa de la misma 
estación, no entraba en sus cálculos y, sobre todo, ocul- 
tar hasta donde fuera posible la directriz estratégica de 
sus marchas, dejando suponer ó procurando hacer carne 
en el ánimo del enemigo, que esa directriz iba á apoyarse 
en la línea del Cuareim ^^^ por el frente, y en el Uruguay 
sobre su flanco izquierdo, amenazando el ala derecha de 
la dislocación estratégica de la línea brasilera, cuyo eje 
central de maniobra estaba en Santa Ana do LíbramentOy 
que defendía de inmediato sus almacenes de guerra de 
San Gabriel y Bagé^ situados á retaguardia, sobre su ala 
izquierda. 

Pero antes de entrar á considerar ese plan en sus de- 
talles y objetivos, es conveniente detenerse un punto 
para perfilar la fisonomía física^ moral y militar del ge- 
neral argentino, á la luz de sus obras, digna por cierto 
de un estudio mas completo que el que podemos bos- 
quejar, figura singular por varios modos, compleja y 
llena de facetas sugestivas é interesantes, mas brillante 
que sólida^ en la que los chispazos geniales de su tem- 
peramento y de su carácter, dignos de loa, se hermanan 
á desfallecimientos que achican sus méritos, mostrando 
materiales heterogéneos que buscan su punto de equili- 
brio ó su centro de gravedad moral, cualidad ponderada 



(1) Los imperiales, creyendo posible este plan, lanzaron al Uru^^tiay ana 
fuerte escuadrilla para hostilizar á Alvear y apoyar el punto amenazado, escua- 
drilla que fué luego destrozada totalmente por la de Brown, en el Juncal. 



Triunfos de Bacacay y del Ombú «33 

de fuerzas que caracteriza á los grandes hombres de 
guerra, completos como San Martín. 

Alvear, — como San Martín, — había nacido en las Misio- 
nes argentinas del Uruguay. Vio la luz primera el 4 
de Noviembre de 1787 en el obscuro pueblecillo de Santo 
Ángel de la Guardia y murió como el gran capitán de los 
Andes, en tierra extraña a su raza y á sus afecciones 
^^\ aunque en circunstancias menos amargas y tristes. 

De familia patricia é ilustre, su vida se deslizó empero 
entre hondos contrastes y alternativas de fortuna mili- 
tar y política las mas opuestas. Su padre, el brigadier 
de la armada española D. Diego de Alvear (que se en- 
contraba en las Misiones como miembro de la comisión 
de límites hispano-portuguesa, encargada de la delimita- 
ción territorial de las posesiones de la una y la otra 
corona, conforme al tratado de San Ildefonso), y la distin- 
guida señora argentina Josefa Balbastro, lo enviaron 
muy niño, á Buenos Aires, á los objetos de su educación^ 
donde permaneció hasta el 1804, en que con sus padres, 
sus hermanitas María Josefa, Manuela, Zacarías y Julia- 
na y sus hermanos menores Francisco, Diego é Ildefonso, 
se embarcó con destino á la madre patria en la fragata 
Mercedes que, con la Medea^ Fama y Flora, constituyendo 
una división á las órdenes del entonces gobernador de 
Montevideo D. José de Bustamante y Guerra, se hicieron 
á la vela el 9 de Agosto del año citado^ con destino á 
Cádiz. El gobernador Bustamante llevaba á bordo cau- 
dales reales y particulares que, en conjunto, sumaban 
unos cinco millones de duros, dicen algunos, y otros (el 
señor Alvear entre ellos) un poco más de tres. El jefe 



(1) En Nueva York, el 2 de Noviembre de 1P52, desempeñando la represen- 
tación diplomática de la República. Sus nobles despojos Uegraron a Buenos 
Aires en 1854. En Montevideo los recibió el glorioso Almirante Brown, quien 
los condujo á la capital abordo de la nave de guerra argentina JRio Bamba. 
El féretro, envuelto en el pabellón nacional y rodeado de las banderas brasi- 
leras tomadas en Ituzaingo, fué conducido á la Recoleta. La apoteosis la 
completó el ilustre general Guido, el fiel y noble amigo de San Martín, pro- 
nunciando palabras hermosas y justicieras, que eran como la glorificación de 
la historia. 



1 



231 Marcha estratégica de Alvear 

inmediato de esta escuadrilla era el experto marino don 
Tomás de ligarte, pero habiéndose enfermado gravemen- 
te antes de zarpar de Montevideo, quedó en tierra, y lo 
reemplazó en el mando el brigadier D. Diego de Alvear, 
que se trasbordó con Carlos María á la fragata Medea^ 
continuando viaje en la Mercedes el resto de la familia. 

El viaje se hizo con toda felicidad é iban ya corridos 
57 días, cuando á la altura del cabo Santa María, á la 
vista de tierra y de Cádiz, los barcos de Bustamante 
fueron objeto de un brutal y bárbaro atentado, digno de 
piratas berberiscos. El 5 de Octubre cayeron sobre ellos 
las fragatas de guerra inglesas «Amphion», «Medusa», 
«Infatigable» y «Libely». España é Inglaterra estaban en 
plena paz á la sazón y nada, fuera del brutal apetito 
por el dinero ageno, podía haber hecho sospechar de tan 
honrosa hazaña . . . filibustera. 

Los españoles, aunque sorprendidos, se batieron con 
el fogoso denuedo de siempre, pero no estaban prepa- 
rados para la lucha y las fuerzas, el poder ofensivo y la 
preparación deliberada de los enemigos, eran abrumado- 
ras. Los britanos tuvieron la triste gloria del triunfo ! 
Las fragatas Fama, Flora y Medea fueron su presa. La 
Mercedes, donde cómo sabemos iban la esposa y los siete 
tiernos hijos de D. Diego, voló al principio del combate^ 
incendiada por los cañones ingleses, salvándose sólo 
unos cincuenta hombres de su tripulación. El mancha- 
do leopardo, ensangrentadas sus garras, pero llenas de 
oro español, hizo rumbo á Plymouth con los barcos, te- 
soros y personas tan inicuamente apresados. 

Don Diego y su hijo Carlos María aunque libres, fueron 
retenidos en Inglaterra, donde éste completó su educa- 
ción, asimilando conocimientos preciosos y algo de la se- 
vera fortaleza del espíritu nacional británico. Para él y 
para su padre, debió ser más que amarga la estadía en 
aquella tierra, cuyos hijos armados habían desgarrado 
bárbaramente sus entrañas. 

El joven Alvear, altivo como un aguilucho, pasó luego 



Triunfos de Bacacay y del Ombú 285 

«■■•••«■••■••■••■■«•••••••■••••■■a ■■- •.-•••.-..■■■•.-••.-.•■ .• .- ........ ... .■ ....■■■■■■■•.•*■■ ■••■■•..• ...■ •.....■.•.«•••...•• 

á España. Se batió con bravura contra las tropas napo- 
leónicas en defensa de la independencia de la madre 
patria. Fué aquella su escuela de acción que dio temple, 
no juicio, á su naturaleza casi romancesca, llena de 
ensueños caballerescos aunque ambiciosos. El bizarro y 
joven capitán de carabineros reales presentía acaso el 
destino de su futura figuración militar y política, tan 
compleja. La savia, vigorosa de vida, que palpitaba bajo 
el sol natal en las selvas misioneras que habían saturado 
con acres perfumes tropicales su cuna de niño, vivía 
buUente en su sangre de soldado y de hidalgo, sana y 
roja como el incendio de una puesta de sol. Había en 
su temperamento agresivo y audaz, con noble fon- 
do moral de caballero de vieja y noble cepa castella- 
na, algo del imponente espectáculo del Igtuizú, en el de- 
rrumbe inacabable de sus energías de coloso. Se estrelló 
muchas veces contra los obstáculos de los hombres y 
cosas de su tiempo, pero volvió otras tantas al asalto» 
como obedeciendo á misteriosas fuerzas de propulsión. 
Frente á las águilas derrotadas en Bailen y en Albuera, 
ensaya el esfuerzo de sus alas como si olfatease el es- 
pacio asignado á su destino. Nobles y magníficos sueños 
los suyos, no importa que, como las noches sin estrellas 
tengan también su negro lote de sombras ! 

Los grandes sucesos del 25 de Mayo de 1810 se produ- 
cen y, órgano de tempestad, Alvear vá hacia la revolu- 
ción redentora. En 1812, teniendo 25 años de edad, está 
en Buenos Airas, con San Martín, con quien funda La 
Logia lautarina que, para éste, es una fuerza directiva de 
la lucha y para aquél, un instrumento de encumbra- 
miento personal. 

« El sueño de Alvear (dice el ilustre general Mitre), era 
la gloria militar y la dictadura. La revolución era para él 
una aventura brillante quo halagaba su juvenil ambición. 
Al cambiarse en Europa sus adioses, Alvear y Carreras 
se habían prometido ser los arbitros de sus respectivos 
países ». 



236 Marcha estratégica de Alvear 

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« La petulancia juvenil de Alvear, no podía sobrelle- 
var con paciencia el ademán imperioso, la palabra inci- 
siva y la voluntad de fierro de San Martín. Alvear con 
cualidades más brillantes, aunque menos sólidas que las 
de San Martín, podía sobreponerse á su antiguo amigo 
en las oscuras intrigas de la logia (Lautaro) ó en el fa- 
vor pasajero de una ciudad impresionable como la Ate- 
nas de la antigüedad. Esto tal vez lo hizo creerse supe- 
rior al que desde entonces pudo considerar como su 
rival. Era el Alcíbiades moderno, hermoso, inclinado al 
fausto y á la ostentación, fogoso en la tribuna, chispeante 
en el banquete, bravo si era necesario en el campo de 
batalla y devorado por la fiebre de la ambición, en pre- 
sencia del Anníbal americano, tan astuto, tan reservado 
y tan lleno de fe en el poder de su espada como aquél 
héroe de la antigüedad cuya más notable hazaña debía 
imitar. Alvear tenía inspiraciones súbitas que deslumhra- 
ban como un relámpago. San Martín era el vaso opaco 
de la escritura, que guardaba la claridad en lo interior 
de su alma. 

« Como general, tenía cualidades de mando y poseía 
sobre el arte de la guerra, -ideas más completas que los 
demás generales de su tiempo (con excepción de San 
Martín). Su petulancia juvenil, su indisputable coraje, su 
carácter emprendedor y sus chispazos de inteligencia 
imitaban á veces los relámpagos del genio » fMitre, Histo- 
rias de Bélgrano y San Martin). 

Es innecesario recapitular su actuación militar y po- 
lítica, pues son bien conocidos esos hechos, que, plumas 
brillantes y altas mentalidades han estudiado, sin escusar 
los ataques justos ó exagerados de sus enemigos, y este 
juicio severo del historiador Pelliza : « joven afortunado 
que, ascendido a los más altos honores, llevaba al país al 
precipicio » (Hist. Arg. pág. 17). Queremos, no obstante, 
mencionar un hecho que, sin duda, tuvo influjo marcado 
en el carácter del general Alvear. 

Ayacucho había sellado definitivamente la lucha de la 



Triunfos de Bacacay y del Ombú 237 

independencia sudamericana y Bolívar, en todo el esplen- 
dor de su fortuna (Presidente de Bolivia á la sazón) reci- 
bía en Chuquisaca, eclipsando y usurpando títulos á la 
grande y modesta figura de Sucre, los plácemes del conti- 
nente. El gobierno de Buenos Aires creyó de su deber tri- 
butárselos igualmente, y reclamar al mismo tiempo del 
general Bolívar, la devolución del departamento de Ta7'i- 
Ja, que desde el 1807 había formado parte de la Intenden- 
cia de Salta. 

Con este doble objeto fueron diputados como Ministros 
argentinos el general Alvear y el doctor José Miguel 
Díaz Velez, los que fueron acogidos con extremadas 
muestras de deferencia por Bolívar y la sociedad bolivia- 
na, siendo coronada la delicada misión por el éxito mas 
completo. Tarija fué entregada el 17 de Noviembre de 
1825 á nuestros comisionados, tomando posesión de ella, 
á nombre del gobierno de las Provincias Unidas del Río 
de la Plata, el edecán de Alvear, sefior Ciríaco Díaz ^ 
Velez. 

Alvear, joven, bello, arrogante y fastuoso con los hom- 
bres; culto y delicado con las damas, se ganó todas las 
voluntades. Su prosapia, sus antecedentes en la guerra 
de la península y su conquista de Montevideo á los espa- 
ñoles, lo rodeaban de una auréola gloriosa, que no al- 
canzó á debilitar alguna ruidosa aventura galante, — 
propia de su temperamento y situación, — sobre la que 
echó tierra Bolívar, logrando así calmar, en parte al me- 
nos, la agitación social que el hecho produjo. 

Intimó con Bolívar, arrastrados mutuamente por cierto 
acentuado paralelismo de caracteres. En el comercio de 
ideas, sus almas, hermanas de muchos puntos de vista, 
se compenetraron, halagadas por análogos sueños de 
grandeza. De este encuentro salió mas acentuada la fiso- 
nomía moral de Alvear, por la influencia de aquel ca- 
rácter voluntarioso y ambicioso, que perduró en éste y 
del que hizo su modelo. 

Tal era el hombre que en estos momentos, contando 



238 Marcha estratégica de Alvear 



39 años de edad, regía al ejército argentino, y en quien 
se cifraban tantas esperanzas. Sobre sus talentos milita- 
res ya conocemos las opiniones serenas y autorizadas del 
ilustre general Mitre. Le hacen honor, pero también le 
hacen justicia. Su marcha estratégica del Río Negro, su 
plan de campaña^ sus movimientos en las serranías de 
Camacuú (en rigor, «Cambá-cuá», de cambá, negro y de 
cuáy agujero, ó cosa así, no obstante lo cual conservare- 
mos aquella denominación para evitar inútiles confusio- 
nes), sus maniobras por lineas internan que preparan Itu- 
zaingo y la batalla misma revelarán — ya lo veremos — á un 
general, con inspiraciones geniales y claro juicio militar 
para ver^ juzgar^ combinar y ejecutar, cualidades distin- 
guidas que las dificultades y obstáculos que van á trabar 
su acción en la primera y segunda campaña, no son parte 
á debilitar. 

Empero, el doctor Pregeiro, en un interesantísimo estu- 
dio histórico, nos ha hecho conocer parte del diario inédito 
sobre esta campaña, del heroico coronel Brandsen, donde 
se ofrecen otros juicios contradictorios de la capacidad 
militar de Alvear. Así^ resulta que el general D. Lucio 
Man silla (jefe de Estado Mayor como sabemos, del ejér- 
cito de Alvear) visitó el 15 de Enero de 1827 á Brandsen 
para deponer «todo sofocado», amargas quejas contra Al- 
vear, á quien acusa de ignorante «sobre todo la que es 
parte práctica de la ciencia militar». No sabe, agrega, 
«marchar, ni acampar, ni prevé nada. Los caballos pere- 
cen á vista de ojo: La tropa está mal atendida. El general 
no consulta mas que su capricho y voluntad. Confunde 
todas las ramas del servicio, paraliza el talento y la ex- 
periencia, etc.» Estas murmuraciones se reiteraron mas 
tarde por Mansilla y otros jefes. 

Un deber elemental de sinceridad nos obliga á recoger 
estas versiones y abundar en ellas con un concreto mas, 
que viene del historiador brasilero señor Pereira da Silva. 
Este conocido escritor, en su obra Segundo reinado de Don 
Pedro primero en el Brasil, dice textualmonte: «tanto el 



Triunfos de Bacacay y del Ombú 2?i9 

general Alvear como el Marqués de Barbacena, coman- 
dantes en jefe de los dos ejércitos, merecían los altos 
puestos á que habían llegado mas por sus cualidades cienti- 
fieos y literarias ^^^ que por la práctica, el conocimiento 
personal y habitual déla guerra, ó la costumbre y peri- 
cia de mandar y dirigir operaciones militares Alvear 

y Barbacena no eran militares expertos y estratégicos^ 
porque no habían tenido escuela regular y no habían dado 
pruebas de saber mover tropas, preparar y dar combates 
y batallas, sin que pueda negarse á uno y otro extrema 
valentía de carácter». 

No nos encontramos con fuerzas para volver por la 
figura militar de Barbacena, pero sobre Alvear diremos 
brevemente que su actuación en la guerra de la penín- 
sula^ sus estudios profesionales, su figuración en la cam- 
paña y sitio de Montevideo y su plan de campaña que le 
dan por resultados triunfos positivos, logisticos, estraté- 
gicos y tácticos, lo colocan fuera del cuadro del historia- 
dor Silva. 

En cuanto al juicio del general Mansilla — el heroico 

combatiente de Obligado — se nos antoja que carece de 
autoridad y de «ciencia y experiencia militar» (él las 
menta en su entrevista con Brandsen) para erigirse en 
juez de su general. Firma, como jefe de estado mayor del 
ejército de operaciones, documentos y boletines ditirám- 
bicos que recaen forzosa y lógicamente sobre Alvear, y en 
su elogio. ¿Cuándo és sincero^ pues? Acusar á Alvear de 
que la tropa esté desnuda, pobre é impaga y que sufra 
todas las penalidades de una ruda campaña, bajo un clima 
terrible^ y de que los caballos se inutilicen y mueran, nos 
parece mas un razgo de encono que un grito de protesta 
viril. El tesoro de la República era entonces una ficción 
y la patria no podía sino ofrecer á sus nobles soldados la 
pobreza condigna, tanto, que el gobierno, para atender 
las penurias de las familias de los jefes y oficiales en 



(l) Lo subrayado no pe^^tenece sil seflor da Silva. 



240 Marcha estratégica de Alvear 

campaña, se vio obligado á dictar una resolución por la 
cual la mitad de sus sueldos quedaban en Buenos Aires, 
para llenar en parte, aquella necesidad suprema. 

£1 general Mitre nos dice que Alvear poseía calidades de 
mando y sobre el arte de la guerra ideas mas completas que los 
demás generales de su tiempo y excepto San Martin, Para juz- 
gar á un hombre en la especialidad de sus conocimientos, 
es necesario poseerlos con cierta amplitud por lo menos. 
El general Mitre es juez irrecusable. ¿Cuál es la autori- 
dad «científica y práctica» que invoca el general Mansi- 
11a? Confesamos ingenuamente nuestra ignorancia á su 
respecto. Lo sabemos en aquella época un caballero (lo 
fué siempre) y un soldado apuesto y bizarro, hombre de 
acción por su valor intrépido y fogoso; de salón por su 
verba atrayente y espiritual y sus cultas maneras socia- 
les. Como militar, no ha tenido aún notoriedad desco- 
llante, ni ocasión de alcanzarla. Mas aún, lo vemos en la 
víspera de gobernador de Entre Ríos, teniendo el grado 
de Sargento Mayor efectivo, y ahora de Brígadier General, 
sin que tengamos noticia de las promociones intermedias 
regulares, que, á existir, resultan extraordinarias y ra- 
pidísimas 

La verdad es — no hay razones para ocultarlo en este 
lugar, cuando el hecho es tan notoíúo y comprobado — 
que el general Alvear no era persona grata á la mayoría 
quizá de los jefes del ejército, á pesar deque al hacerse 
cargo definitivo del mando del mismo, en el campamento 
del Durazno, el 1^ de Septiembre de 1826, fué acogido 
deferentemente por todos (menos uno de que hablaremos) 
y con alegría, sincera por algunos. El teniente D. José 
María Todd, coronel después (autor de las interesantes 
memorias «Recuerdos de Salta y de la Guerra del Brasil» 
y «Recuerdos del ejército de operaciones contra el Empe- 
rador del Brasil»), nos cuenta que Alvear asumió el man- 
do «con suma complacencia de todos». No fué así, por 
desgracia. El coronel Escalada (jefe del regimiento nú- 
mero 3 de caballería de línea que se organizó con paisa- 




General D. José Marfa Paz 




' 



Triunfos de Bacacay y del Ombú 241 

nos del norte de Buenos Aires, en su mayor parte) mani- 
festó que él no serviría á las órdenes de aquél. Montó á 
caballo, y seguido de sus asistentes que le llevaban el 
equipo, abandonó el campamento sin autorización ni li- 
cencia. No volvió, naturalmente, pero Alvear, por medio 
de una enérgica Orden general, lo dio de baja, por desertor, 
confió el mando del cuerpo al teniente coronel D. Ángel 
Pacheco (oficial de mérito y no su amigo) y dio cuenta al 
gobierno de lo acaecido Los resentimientos de Alvear y 
Escalada tenían carácter y origen político. 

El principal enemigo de Alvear era el coronel D. Juan 
Galo de Lavalle ^^^ que fué el alma, no cabe dudarlo, de un 
complot para desposeerlo del mando en jefe, triste y pe- 
noso episodio de que se ocupa el general D. Antonio Díaz 
en sus Memorias inéditas, que ha glosado en un erudito 
trabajo, el galano escritor y hombre público uruguayo, 
Eduardo Acevedo Díaz. Lavalle, impetuoso y apasionado, 
no hacía misterio de su malquerencia, con grave lesión 
de la disciplina, lo que le valió, como al comandante Pa- 
checo, la suspensión temporal de los mandos respectivos 
por Alvear, á los que los reintegró al entrar el ejército 
en territorio enemigo. 

Pacheco, soldado lleno de méritos y servicios, alma 
virtuosa, aunque apasionada y no amiga de Alvear, no se 
mezcló á las intrigas citadas, y tampoco el coronel don 
José María Paz, que, en diversas ocasiones, tentó noble- 
mente — ayudado por Garzón y Pacheco — un acercamiento 
entre el general y Lavalle, sin conseguir amalgamar sus 
naturalezas opuestas. 

El origen de todos estos celos y rivalidades no es un 
misterio. Aquel grupo de brillantes y gloriosos jefes, 
formados en las escuelas de San Martín y Belgrano, que 
habían hecho con éstos y con el mismo Bolívar, las gran- 
des y estupendas campafiats del bajo y alto Perú, de los 



(1) Lavalleja le tenia, ij^ualmente grande encono, agriado sobre todo por los 
iBcidentes del Durasno. 



242 Marcha estratégica de Alvear 

Andes, Chile, Ecuador, Quito, etc., no congeniaban con 
su nvevo y joven general, que no había sido su camarada. 
Pero si no todos le querían, le respetaban y obedecían, 
y eso le bastaba al general, que en tal forma se asegu- 
raba de su autoridad real, profesional y personal, dentro 
del ejército. El respeto y la obediencia de los subalter- 
nos, importan el reconocimiento de la superioridad del 
jefe, y el afecto del soldado por sus superiores, se mani- 
fiesta por esos medios severos. Alvear contaba pues, 
con esta especie de cariño militar. Su energía agresiva 
y autoritaria, en la voz, en el gesto, en las actitudes todas, 
imperiosas y ásperas, no era propia para crearle amigos, 
pero en el fondo de estas exterioridades, en parte calcu- 
ladas, alentaba el espíritu caballeresco y r.oble de un 
alma sensible y de un espíritu cultivado, lleno de la 
influencia del hogar paterno, virtuoso y severo. No obs- 
tante, parece que Alvear, en el curso de la campaña, tuvo 
algunas debilidades de orden pasional, de que lo acusa 
el teniente corouel D. Ángel Pacheco con dura frase. 
Esta conducta lesionó la autoridad del general y dio nue- 
vos elementos á sus adversarios^ que, agriando su áni- 
mo, lo prepararon para algunos episodios desagradables. 
El mayor Domingo Arrieta puntualiza en sus Memorias 
de un soldado, cargos severos al general. Lo acusa de 
acciones criminales, de las que él fué instrumento, por 
interés de un ascenso, lo que confiesa con despreocupada 
ingenuidad, dando á su palabra en esta ocasión, po- 
breza de autoridad moral. 

El general Alvear antes de abrir sus operaciones, había, 
naturalmente, meditado el plan general que debía reglar- 
las^ de lo que hemos dado ya una idea concreta. 

Carecía de elementos gráficos para un estudio detenido 
del problema sobre la carta, en aquel tiempo en que los 
trabajos geográficos y topográficos estaban en embrión 
entre nosotros. Oficial de escuela y estudioso y sin co- 
nocimientos personales del terreno en que iba á operar, 
sintió vivamente la necesidad de un mapa que, por lo 



w 



Triunfos db Bacacay y del Omrú 243 

menos en sus grandes lineas, le diera noticias y datos 
del teatro de operaciones, sin lo cual todos sus cálculos 
y combinaciones logísticas, estratégicas y tácticas care- 
cerían de una base que le mereciera plena confianza* 
Pensó entonces en el coronel de ingenieros D. José Maria 
Cabrer (hijo del teniente general de ese apellido, notable 
geógrafo, que había tenido una actuación distinguida en 
los trabajos geodésicos de la delimitación fronteriza- 
hispano-postuguesa), y le pidió la confección de un plano 
que comprendiese la provincia oriental y la capitanía de^ 
San Pedro. Cabrer era español y residía en Buenos 
Aires con cargo militar patrio. Se había distinguido por 
su valor y servicios en las invasiones inglesas, y estallada 
la revolución de Mayo, sus sentimientos y sus afecciones- 
lo llevaron á la causa patriota, que sirvió con lealtad y 
cariño^ ganando grado á grado sus ascensos. 

No sabemos si el coronel Cabrer pudo satisfacer los 
deseos del genei al. Por lo menos no hemos encontrado 
ningún rastro al respecto, fuera de referencias vagas. 
Es posible que remitiera al general noticias topográficas 
y algún croquis, pero el mismo Alvear no hace referen- 
cias al asunto. 

Todo hace pues creer que el general, en defecto de 
esta guía preciosa siempre y hoy absolutamente impres- 
cindible, hubo de contentarse con las noticias é infor- 
mes de los vaquéanos — topografía viviente é inteligente 
de la región — que, prudentemente utilizados, llenarían 
la ausencia de un plano que, en cierto modo, sería infe- 
rior á esas noticias sobre las condiciones naturales del 
teatro de la guerra, en todas sus faces y recursos. Ade- 
más, contaba, dentro de la exactitud posible, con las 
noticias referentes á la dislocación de las tropas ene- 
migas, í^> por lo que se creyó habilitado para formar 
opinión definitiva y trazarse una línea de conducta, que 
se propuso adoptar y que adoptó, y á la que se mantuvo 



(1) En el capitulo precedente hemos dado estos datos. 



244 Marcha estratégica db Alvbar 

militarmente fiel, en cuanto fué posible, con los resultados 
que veremos. 

Hemos ya dicho que los imperiales, vacilantes en la 
elección de un plan definido y neto, ofensivo ó defen- 
sivo, no adoptaron en realidad ninguno, pues no otra 
cosa importa el despliegue de sus fuerzas en un frente 
enorme, con grandes soluciones de continuidad táctica 
entre sus núcleos, lo que los hacía débiles en todos. Su 
actitud fué la de dejar hacer\ entregando la dirección de la 
guerra á su hábil adversario. 

Su actitud fué desde un principio, de simple espectativa 
defensiva, renunciando á la ofensiva, para lo que esta- 
ban en condiciones, según lo que ya hemos dicho en otro 
lugar, porque eran dueños de las aguas y de las dos 
grandes plazas de guerra del estuario del Plata, donde 
contaban con unos cinco mil soldados, que mantuvieron 
inactivos. En su ceguera, ni los generales Rozado antes, ni 
Lecor, ni Barbacena, Brown y el Emperador ahora, habían 
llegado á comprender que la ocupación do Montevideo y 
la Colonia no resolvían nada. El nudo y la solución de 
la guerra estaban fuera de esos dos centros, vale decir, 
en la ocupación real del territorio de la provincia, y en 
la derrota del pequeño ejercito enemigo. Habían ol- 
vidado la luminosa lección de la reciente guerra con- 
tra Artigas, que les prometía otro Tacuarembó, que no 
supieron buscar ni recoger, contando ahora con mas 
•elementos que en 1820. No comprendían que, dueños de 
las campañas, del Plata y del Uruguay, aquellas plazas 
■eran suyas por simple gravitación. 

Resuelta la defensiva estratégica y táctica, Barbacena y 
•el Emperador, á caballo sobre la frontera, se propusieron 
defenderla de una invasión á Eio Grande, - su base natu- 
ral y lógica de recursos y comunicaciones, — por el sistema 
de cordón, que fué su caballo de Troya — como lo será 
siempre en todo caso análogo, aún tratándose de una línea 
constituida por una cordillera, alta y áspera — que los 
llevó fatalmente á Ituzaingo. No sabiendo cual sería el 



Triunfos DE, Bacacay y del Ombú 245 



punto elegido para él ataque ni trabajando por conocerlo^ 
creyeron que les sería fácil acudir al peligro donde apa- 
reciese^ y tendieron su ejército en línea, muy débil 
para el caso, á lo largo del Cuar aim, cnchillei de Santa 
Ana y línea del Yaguarón, con algunos puestos avanza- 
dos al Sud: desde el Uruguay á la laguna Meriny puede 
decirse en rigor, línea enorme, cuyo núcleo fiterte central 
era Santa Ana do Líbramentó, que consideraban el punto 
mas amenazado. 

Alvear tenía á primera vista varias líneas de opera- 
ciones sobre la frontera y el enemigo, pero tres era» 
las mas indicadas. 

La primera, apoyada en el Uruguay — que arriba del 
Salto quedaba libre de la escuadrilla enemiga — que lo 
llevaría á operar sobre el flanco de la extrema derecha 
de la línea brasilera; la segunda, central, apoyado en la 
cuchilla de Haedo, que lo llevaría sobre Santa Ana; y 
la tercera, apoyado en el Rio Negro, por su margen orien- 
tal (para resguardarse) hasta Bagé^ con este pueblo y 
San Gabriel por objetivos inmediatos, tomando el cordón 
brasilero de revéz, cortándolo y adueñándose de su linea 
de retirada, recursos y comunicaciones con Rio Grande y 
Santa Catalina^ maniobrando en consecuencia y de inme- 
diato sobre Barbacena, que, vencido, resolvería acaso la 
campaña y traería la paz con el abandono de las pre- 
tensiones del Emperador sobre la provincia oriental. 

El primero y segundo caso, no ofrecían al general Al- 
vear las probabilidades mas inmediatas, de éxito, del 
tercero, y los desechó, ccn gran sentido táctico, adop- 
tando el último. 

El primero ofrecía serios inconvenientes radicados en 
lo difícil y escabroso del terreno, en las grandes distan- 
cias del arco de marchas y de conversión á la derecha 
á efectuar, y en la pobreza de ganado vacuno y caba- 
llar de la región, esquilmada por el enemigo, y los enor- 
mes arreos recientes de Rivera que nos han ocupado. 
Además, ese flanco de la línea enemiga era el mas fuerte 



246 Marcha kstkatégica de Alveab 

por la naturaleza y la densidad de las tropas imperia- 
les que se podían acumular sobre él, llamando las del ala 
izquierda. Corría Alvear el riezgo de ser sentido con 
anticipación y sus marchas debían ser lentas, lo que 
permitiría concentrar al enemigo fuerzas superiores á 
las suyas, y obligarlo á una batalla de éxito muy dudoso, 
con tropas cansadas, medio á pie y débil en número. El 
segundo ofrecía iguales ó mayores inconvenientes, como 
la concentración de las alas enemigas, á su centro de 
Santa Ana, mientras el tercero, mas simple, bien enmas- 
carado y recto al objetivo, apoyado en la fuerte barrera 
del río Negro, tráa de la cual podía maniobrar, respondía 
mejor á sus planes. Se decidió resueltamente por éste, 
como hemos dicho, mucho mas cuando tenía datos y 
motivos para suponer que por esa vía áspera y difícil 
sobremanera, llena de arroyos, sierras y montes, era por 
la que menos se le esperaba; siendo por consecuencia 
la mas débil para resistir su avance é invasión, con un 
adversario poco temible como era Bentos Manuel Rívei- 
ro y su destacamento ó división de caballería poco sólida, 
que constituía la avanzada de la línea del Yaguarón, 
mandada por el general Brown ^^^ . 

Su plan, pues, según resulta del estudio de sus opera- 
ciones consistía en esto: 

Dirigirse rectamente con sus tres divisiones escalona- 
das y á la mano, sobre la frontera, apoyado en el Río 
Negro, con Bagé por primer objetivo, cortando la línea 
enemiga y aislando la columna del Yaguarón de su cen- 
tro, Santa Ana] — 

Maniobrar sobre el flanco izquierdo de las tropas del 
cuartel general brasilero, con gruesos destacamentos y 
puntas audaces, de manera á inducir á Barbacena á in- 
movilizarse en Santa Ana, ó empujarlo al Nordoeste, 
sobre la extrema derecha de su línea, haciéndole creer 
que era contra él que el ejército argentino se dirigía. 



(1) Brown tenía á sus ordenes inmediatas una fuerte división mixta. Bentos 
Manuel, t200 hombres de caballería. 



Triunfos de Bacacat y dbl Ombú 247 

Elsta demostración debería iniciarse una vez pasado el 
Tacuarembó. Los destacamentos volantes, que simularían 
la vanguardia del ejército, se mostrarían primero sobre 
el arroyo Caraguatá y avanzarían luego sobre la línea 
de los arroyos Yagüarón y Sauce. Las puntaos extremas 
se mostrarían sobre el arroyo Cuñapirüj casi en las go- 
teras mismas del cuartel general de las imperiales, de 
modo que no le quedara duda á Barbacena de que se 
le iban encima los republicanos: los ^caste^os de Al- 
viar». La diversión citada, debería también aprovechar, 
sin comprometerse mucho en una acción á fondo, toda 
oportunidad de batir los destacamentos contrarios que 
hallara á mano, y apoderarse también del ganado vacu- 
no y equino que fuera posible, para la remonta de las 
caballadas del ejército, disminuidas y estropeadas en las 
marchas. 

Los sucesos correspondieron á esta hábil concepción 
teórica que hace honor á la perspicacia y al talento 
militar de Alvear, que se mostró entonces digno de figu- 
rar entre los grandes «conductores de hombres ».Su wa- 
niobra de flanco resulta entonces no sólo audaz, sino bri- 
llante y admirable. Es una maniobra característica que 
le hace dueño de la situación, de sus movimientos y del 
triunfo parcial y final que será la consecuencia lógica de 
su plan de guerra ofensiva, que lleva en sus entrañas^ 
como la semilla el germen vital, el fruto luminoso 
y triunfal del 20 de Febrero. Tiene, en suma esa manio- 
bra, por la percepción clara y neta del punto vulnerable 
de los imperiales, por la rapidez de ejecución, por las 
dificultades naturales del suelo, superadas, y por la fide- 
lidad al plan, sabor napoleónico. '^^ De un golpe se hizo 
dueño del problema estratégico, metiéndose como una 
cuña de acero entre los dos grandes núcleos de batalla 



(1; Hay, en efecto, como se ha dicho por algunos escritores, alguna ana. 
logia en esta marcha de Alvear, que termina con la toma de Bagé^ con la de 
Napoleón, en 1815, en su luminosa campaña sobre Charierot, dividiendo A Ve- 
llinsgton de Bnnser. 



248 Marcha estratégica de alvear 

de Santa Áiia y Yagüuró7i, imposibilitados de darse lá 
mano, de reunirse, y amenazados de ser rotos y batidos 
el uno en pos del otro. De todas maneras, Alvear resul- 
taba por el momento, arbitro de la situación. La ruidosa 
ruptura de la izquierda enemiga, que partía en dos su 
línea, lo ponía además en situación (después de haber 
deshecho la columna del Yagüurón — cosa que tentó— y 
arrojado sus reliquias á las asperezas de Camacud, para 
no dejar á su espalda y sobre sus comunicaciones este 
grave problema) de apoderarse inmediatamente de i^agr^ 
y San Gabriel, centros de los depósitos enemigos y con 
ellos de las comunicaciones y recursos de Rio Grande, 
base de operaciones de Barbacena, quien se vería for- 
zado á acudir inmediatamente en su defensa y en defen- 
sa, siempre en malas condiciones, de Forto Alegre, igual- 
mente amenazado. En una palabra, la acción ulterior é 
inmediata de Barbacena, quedaba librada á la acción 
de Alvear, lo que por sí solo constituye el logro de uno 
de los preceptos fundamentales de la gran guerra, con- 
quistado en este caso casi sin una gota de sangre. Las 
noticias de estos sucesos debieron repercutir penosamente 
en el corazón del Emperador, hiriendo su vanidad y su 
patriotismo. Y en verdad que sobraban los motivos. Ni 
Barbacena, ni sus generales de división, habían hecho nada 
serio para penetrar los intentos del enemigo y desbara- 
tarlos. Se creían acaso invulnerables detrás de su famosa 
línea en cordón y sólo vigilaban— y no bien tampoco— 
por el lado de Cuñapirú; y del Uruguay, por el Ctiaraim, 
enseñando una vez más que toda negligencia y toda inep- 
titud en asuntos de tal monta, se pagan con fracazos, 
humillaciones y derrotas dolorosas. Brown, creyendo 
amenazado Santa Ana, sin mayor averiguación, se pre- 
paraba á reconcentrarse á marchas forzadas á ese punto, 
y Barbacena, temiendo con más razón lo propio, al ver 
sobre las puntas del arroyo Cufíapirú á 60 kilómetros de 
sus posiciones^ el destacamento del comandante Gómez, 
compuesto de más de ochocientos hombres de caballería 



Triunfos de Bacacay del Ombú 249 

de la división Lavalleja. Ambos generales enemigos se 
movieron tarde y desatentadamente, con resultados de- 
sastrosos para sus armas, como veremos* en seguida. 
Estaban derrotados de antemano por maniobras. No -tar- 
darían las derrotas por las armas! 

Entre tanto, conseguido en gran parte el objeto preli- 
minar, Alvear quiso retemplar el alma de su ejército^ 
después de los cortos pero rudos trabajos lógísticos de 
la admirable marcha del Durazno al Yagüarón^ mos- 
trando á sus soldados el rico país enemigo y lo glorioso 
de su empresa, como Bonaparte y Anibaf á los suyos, 
las feraces campiñas de Italia. Unos y otros habían su- 
frido privaciones con estoicismo, pero las de Alvear lu- 
chaban por el principio de las nacionalidades, y era la 
libertad é independencia de los pueblos su misión y su 
lema, no la conquista. 

« ¡ Soldados ! — decía Alvear, en su proclama del 14 de 
Enero de 1827— Antes que el astro que brilla en vuestras 
armas concluya hoy su carrera, habréis pisado ya el te- 
rritorio enemigo! Que vuestra antigua disciplina no se 
desmienta con una conducta indigna de vuestra gloria y 
del honor de la República. Al poner vuestras plantas so- 
bre el país del extrangero, hallareis en él una población 
inmensa agobiada bajo las cadenas del despotismo, á la 
cual es preciso que demos una mano protectora^ porque 
el deber del Ejército de la República es escarmentar á 
los enemigos y libertará los oprimidos. 

« Las propiedades del habitante pacífico y laborioso son 
sagradas, como su honor y libertad. Soldados, respetadlas! 

«Vuestro general está satisfecho de la constancia con 
que habéis soportado las fatigas y privaciones en medio 
de un clima abrasador; pero pronto saldréis del desierto 
y hallareis la abundancia en el país que vais Á ocupar. 

« La rapidez de vuestra marcha (agregaba con noble 
y legítimo orgullo de soldado) ha sido para el enemigo un 
rayo que lo hirió por donde menos lo esperaba: su vigi- 
lancia fué burlada y bien pronto tocareis sus efectos! 



250 Marcha estratégica db Alvear 

« Soldados de la República: vuestro destino es pelear y 
vencer: que el orden y la disciplina os anuncien entre los 
pueblos del Brasil, y la constancia entre las ñlas del ene- 
migo ! ». Al mismo tiempo, sirviendo sus intereses por los 
preceptos de la política de la guerra, dirigía otra alocu- 
sión á los habitantes del territorio enemigo, protestando 
que la guerra era contra el poder despótico del Empera- 
dor y contra los soldados de su ejército; que las pobla- 
ciones, los ciudadanos pacíficos, sus bienes y propiedades 
serían rigurosamente respetados, en tanto no hostilizaran 
á las tropas de su mando. Hé aquí esa proclama: 

« ¡Brasileros! El ejército de la República pisa vuestro 
territorio. Vedlo, y por todas partes hallareis en él los 
signos de la libertad. 

«Los que escalaron los nevados Andes, para romper 
las cadenas de medio mundo, y desde la una á la otra 
zona llevaron en la punta de sus bayonetas la gran carta 
de la soberanía del pueblo, son los mismos que hoy os 
saludan. 

« ¡ Brasileros ! El ejército republicano es el amigo de 
todos los pueblos^ porque su causa y la de los pueblos es 
una misma: libertad, igualdad é independencia. El se 
mueve para obligar á vuestro emperador á desistir de 
una pretensión injusta, Un día se atrevió á insultar la 
magestad del gran pueblo Argentino, y el gobierno de la 
República nos ha confiado la obligación de hacerle en- 
trar en sus deberes. El emperador es el solo responsable 
de los males que pueden caer sobre vosotros : tratad de 
«vitarlos con vuestra conducta, nosotros no os causare- 
mos directamente el menor perjuicio. El ejército repu- 
blicano no lleva consigo sino la fuerza y lo justicia; el 
érden, la libertad y la igualdad; esa igualdad, don de 
los cielos, patrimonio de la América, y del cual solo vo- 
sotros estáis excluidos aun. 

« ¡Brasileros ! Reposad tranquilos en vuestros hogares: 
el pabellón republicano será vuestra égida: vuestras pro- 
piedades serán respetadas, vuestras personas garantidas. 



Triunfos de Bacacay y del Ombú 251 

Nuestras armas solo se dirigen contra los soldados del 
emperador: pero desgraciados los que, confundiendo los 
intereses del pueblo con los de aquél, tratasen á los ar- 
gentinos como á sus enemigos. ¡Ellos no dejarán de ser 
libres! pero será la espada lo que los conduzca á la feli- 
cidad que ahora rehusan, y que les promete alcanzar, á 
nombre de la patria, Carlos de Alvear». 

Entre tanto, los cuerpos del ejército, abandonando los 
vivacs en que los hemos dejado, continuaron su avance 
al Nord-este, en medio de grandes trabajos, faltos de 
agua muchas veces y de buenos pastos, habiendo sucum- 
bido á causa de enfermedades é insolaciones, un ofícial 
apreciable, el capitán Rafael Olavarría y algunos solda- 
dos. Los arroyos y los ríos que debían cruzar, ó pan- 
tanosos ó con barrancas abruptas y empinadas, exigían 
éstas, frecuentes y fatigosos desmontes y trabajos para per- 
mitir el pasage de la artillería y los pesados convoyes de 
carretas; aquéllos ser salvados por grandes rodeos, abrien- 
do larga.s picadas entre el bosque urafio, tupido y salvage. 
Otras veces el agua caía á torrentes ó ardía el campo en 
vastas extensiones. El suelo, pedregoso, inutilizaba ca- 
ballos y vehículos, multiplicando los obstáculos y las 
tareas de las tropas, no por eso amilanadas ni decaídas 
de espíritu y de fuerzas, bajo soles y fatigas abruma- 
doras. 

En los días 11 y 12 de Enero, el grueso del ejército, 
salvada la difícil barrera del Tactutrembó, tomó campo 
sobre ese río, donde permaneció bástala tarde del 14, en 
que se movió hacia el Caraguatá, acampando, ya de no- 
che, entre las serranías que dividen aguas de los ríos 
Negro y Tacuarembó, perseguido constantemente por una 
lluvia torrencial, después de haber sido asaltado en el 
campamento anterior por el fuego, que, debido á descuido 
de la tropa, tomó súbitamente cuerpo, abrazando en un 
instante los secos pastisales del valle, no sin grave peligro 
del ejército, de su ganado sobre todo. 

Mientras las tropas dislocadas de la división Lavalleja 



552 Marcha estratégica dk Alvear 

■ •■• .. . .... ••*•>*•••>•.*>■■•■■•■■••.•>.«■■■>■••-. ■•■*•-.>••■•■••■••.•.■*.•■-•■ ......>•>■•■>-■•>•■■■■■>■ >■••««»*« 

operaban sobre el flanco izquierdo de la directriz de 
marcha, y sus avanzadas, al mando de Gómez, llamando 
fuerte y enérgicamente la atención de Barbacéna, por el 
Cuñapi7níj como hemos dicho, tomando algunos prisioiie- 
ros y caballadas enemigas, el grueso, (división Alvear y 
división Soler) atravezaba la cixohilla, del Caraguatá cam- 
pando el 17 en Laguna Blanca sobre la. margen derecha 
del Río Negro, después de recorrer 60 kilómetros de de- 
sierto, sin una gota de agua, entre un calor sofocante. 
El 18 marchó Alvear con su división, campando ala al- 
tura del arroyo y cañada de Acegtiá, cubierto en su 
derecha por la columnti de Oribe; en su izquierda por 
la de Gómez, y á retaguardia pior el grueso, en Laguna 
Blanca. Estaba, ya, desde el 14, en territorio enemigo! 

En este puntó, además de un afortunado golpe de mano 
sobre una partida enemiga mandada por un capitán Mar- 
tínez, del que se apoderó el 19, así como de un arreo de 
cuatrocientos caballos que conducía, Alvear tuvo noti- 
cias ciertas por pasados y prisioneros, de la situación de 
los imperiales y del éxito de la primera parte de su 
marcha estratégica sobre ellos, que se propuso desde 
luego afianzar y completar, maniobrando hábilmente, ya 
perfectamente reconcentrado, pues tenía en la mano sus 
tres divisiones, é interpuesto entre las fuerzas de Brown 
y Bentos Manuel y las de Barbacen; á quienes hizo per- 
der totalmente la cabeza. 

Fué entonces que Alvear se decidió á sacar todo el 
partido posible á su situación. 

Sus avanzadas sobre el Yagüariysxxs puntas sohre el Cu- 
/la;?írú, emprendedoras y audaces, no dejaron ya duda al 
Mariscal de Barbacéna que Alvear se le iba encima en ma- 
sa. Inquieto, movió su caballería de Santa Ana, para explo- 
rar, y la lanzó al vacío, pues no se encontró con la del Co- 
mandante Gómez, y cuando supo, con gran estupor, el 19^ 
que el grueso republicano se encontraba á caballo de 
la frontera sobre la margen derecha del Río Negro, se 



Triunfos de Bacacay y del Ombó ^53 



dio recién cuenta del engaño, de su aislamiento y del 
grave peligro que corrían sus almacenes de Bagé y San 
Gabriel^ y sus comunicaciones con Rio Grande^ Rio Pardo j 
Santa Catalina, etc. cortado de su izquierda. Vio sobre 
todo el peligro de ser batidas en detall sus divisiones. 

Se lanzó entonces en masa con la suya, á lo largo de la 
cuchilla de Santa Ana (^^ sobre los arroyos Pirahy, San 
Luis y Hospital, á donde llegó el día 26 de Enero parn 
cubrir Bagé, llamar á sí á Brown, Barrete y los coroneles 
Bentos, y disputar entonces, fuerte y concentrado, el 
paso á los republicanos, á quienes soñaba batir. 

Era tarde! 

El comandante Gómez, cumplida su misión y confor- 
mándose a sus instrucciones, una vez que vio en movi- 
miento á Barbacena hacia el Sud-este, se replegó al 
grueso de su división, á la derecha del río Negro, sobre 
la barra del arroyo Carpintería, 

El Mariscal Brown como Bentos Manuel, ignorando á 
su vez las verdaderas intenciones de Alvear y aún su 
situación táctica, cuando las creyeron adivinar, se pro- 
pusieron maniobrar, ya para defender la línea del Ya- 
guarén — que el primero encomendó al segundo — ya para 
acudir en socorro de Barbacena, misión que aquel se re- 
servó, marchando el 19 sobre la laguna Paracaydy con 
aquél objeto. 

Pero Alvear, dejando en observación de Barbacena á 
la primera división, concentrada en el arroyo Carpintería, 
pasó rápidamente con la segunda y la tercera á la mar- 
gen izquierda del río Negro, y se lanzó sobre aquellos 
para batirlos. 

No lo. esperaron y, viéndose imposibilitados para unirse 
entre sí y ejecutar su junción con Barbacena, amparados 
de lo escabroso de los lugares, retrocedieron con gran 
rapidez y por vías diversas al Norte, ganando las es- 



(1) En custodia de los depósitos de Santa Ana, Barbacena dejó un desta- 
camento de 100 hombres. Santa Ana dista de San Gabriel unos 150 kilómetros. 



2o4 Marcha estratégica de Alvear 



pesuras y serranías de Santa Tecla y Camacuá, dejando 
franco el paso hacia Bagé, 

El general Alvear busca entonces sacar todo el par- 
tido posible á su brillante situación. Contramarcha 
con gran presteza y repasa con su división el Río Negro. 
El 23 está con el ejército concentrado sobre el paso de 
Valiente. Se propone marchar sobre Barbacena par¿v 
aplastarlo j por lo que toma las disposiciones necesarias 
y da órdenes, que le han sido criticados después con más 
ligereza que juicio, ó más pasión que sinceridad, por 
alguno de sus mismos camaradas en la guerra, á quienes 
parece molestaba aquella actividad, previsiones, fatigaa 
y maniobras. 

Pero el generalísimo imperial, viéndose aislado y cor- 
tado de las tropas de su izquierda (Brown-Bentos), reco* 
noce la gravedad de su posición y que ya no le es dada 
ni acudir en defensa de Bagé. Abandona entonces su 
vivac de las puntas del arroyo Hospital, y se repliega, 
con aire dé fuga al norte, ganando las asperezas de la. 
OuchiUa Grande^ por donde piensa internarse á las del 
Cama^uá^ en busca de Brown. 

Alvear, visto que la presa se . le escapa de las manos- 
por el momento, amolda su plan á los sucesos. Su 
objetivo primero es ahora Bagé, desde cuyo punto, y 
apoyado en él, cuenta con impedir se le escape Barba 
cena, plan juicioso sin duda, y lógico con la situación. 

En consecuencia, acompañado del general Lavalleja,. 
efectúa un reconocimiento personal del pueblo citado el 
día 24, apoyado por tropas del comandante Gómez y 
pasivamente observado por una columna enemiga que 
que se muestra en unas colinas vecinas, mientras la di-* 
visión de caballería (4000 ginetes dice el Boletín núm. ^ 
del ejército republicano^ del brigadier Barreto, se man- 
tiene igualmente quieta, á las goteras del norte de la. 
población, sobre las puntas del arroyo Pirahy, 

Al caer la tarde del 25, el ejército argentino se mueve 
en tres columnas de las posiciones en que lo hemos de- 



Triunfos db Bacacay y dbi. Ombú 255 

jado. Con la tercera en reserva, marcha durante la no- 
che de ese día sobre Bagé, En la madrugada del 26, los 
batallones de la segunda división, números 2, 3 y 5, dando 
un rodeo, ocuparon las vertientes de las cerrilladas de 
la derecha, para abatirse desde sus alturas sobre la po- 
blación, como el águila desde las cumbres, sobre la 
presa. 

Las tropas de la primera división debían apoyar á la 
infantería citada, lo que efectuaron. Bagé fué así tomado 
impunemente, no sin sorpresa de los atacantes, que creían 
que el enemigo la habría ocupado en la noche del 25 y 
la defendería con energía. La villa, importante centro de 
población, nudo estratégico de los caminos que llevan 
á Río Pardo y Puerto Alegre, estaba sola y abandonada, 
por disposición de los jefes imperiales: solo había en ella 
tres vecinos al ocuparla el ejército argentino, dice el 
Boletín de su Estado Mayor. Su conquista solo había dado 
lugar á una ligera escaramuza de la caballería del co- 
mandante Gómez con la retaguardia de la fuerte columna 
de Barreto, que al caer la tarde de ese día se ponía en 
franca retirada al Norte, perdiendo en el choque citado 
un oñcial y cuatro soldados muertos y seis soldados prisio- 
neros, sin daño alguno para los argentinos. 

En la risueña villa, coqueta y gentil entre sus mon- 
tañas, rodeada de galas naturales como preparadas para 
premiar la constancia de los vencedores y festejar su 
triunfo, el ejercito encontró abundante botin en los aban- 
donados depósitos enemigos, avaluados en más de tres- 
cientos mil pesos y consistentes en su mayor parte en 
fariña, yerba mate, tabaco, vino, aguardiente, etc. Era 
el oasis para la sufrida carabana patriota que en sus 
penosas jornadas había carecido hasta del agua necesa- 
ria! Es justo agregar que los intereses particulares fue- 
ron religiosamente respetados por el ejército, cuyas tro- 
pas de artillería é infantería se alojaron en el pueblo y 
sus alrededores, vivaqueando su caballería á vanguardia 



L. 



^ó6 Marcha estratégica de Alve^r 



y á la izquierda de la posición, en observación de los 
imperiales ^^l 

Pero las penurias y las inclemencias de la naturaleza, 
perseguirían á los soldados de la patria hasta en aquel 
breve y tonificante descanso. 

El general Alvear, dueño de Bagé, pensó inmediata- 
mente revolverse contra Barbacena (2)^ contra el cual re- 
solvió marchar el 27, pero á las 10 de la mañana del 26 
se inició ruidosamente una tormenta que en la noche era 
tempestad formidable. De los valles vecinos y del obscuro 
seno de las quebradas, el huracán sopló sobre la villa y 
los alojamientos del ejército con furia inaudita, escri- 
biendo el rayo sus lívidos geroglíficos de fu^go en la 
negra inmensidad del espacio. El agua cala á torrentes 
inundándolo todo y sacando de madre los arroyos y los 
ríos, llenando los zanjones y las antes secas torrenteras, 
súbitamente henchidas, y los campos. Parecía que los 
altos cerros que abrigan cariñosamente la tranquila po- 
blación, marchaban contra ella, entrechocando sus moles 
de piedra con hórrido estruendo de derrumbes colosales. 
El espantoso espasmo duró hasta la madrugada del 30^ 
llegando al campamento ese mismo día el comandante 
Anacleto Medina, que al frente de su escuadrón de Cora- 
ceros acababa de infligir en medio de la tempestad, un rudo 
golpe al destacamento del comandante Cardozo^ de avan- 
zada de la columna del coronel Bentos Manuel Riveiro, 
el fugitivo del Yagüarón. Medina cayó sable en mano 
sobre Cardozo, matándole dos soldados, haciéndole algu- 
nos prisioneros de tropa, arrebatándole sobre cuatro- 
cientos caballos que custodiaba y poniéndolo en fuga. 

El día 31 de Enero, arreglados los desperfectos cau- 
sados por el temporal, en el equipo y el armamento, 



(1) Sin embargo, han sido hechos g^ravea cargos al general Lavalleja, no 
lenvantados, de haber dejado saquear con las milicias de su división, casas 
particulares y de comercio, de cuyo botín se apropió en parte, distribuyendo 

le resto «ntre sus jefes y oficiales favoritos y los soldados. 

(2) Exposición de Alvear. 



Triunfos de Bacacay y del Ombü 267 

Alvear se movió de Bagé con las tres divisiones del ejér- 
cito, camino de las asperezas donde antes alzó sus alti- 
vos baluartes la antigua fortaleza de Santa Tecla^ en la 
cresta del alto cordón rocoso de ese nombre, al Norte del 
pintoresco Bagé, campando á la sombra de las ruinas soli- 
tarias. A ocho kilómetros de este punto se encontraban las 
puntas avanzadas imperiales de las divisiones de los coro- 
neles Bentos Gongalvez da Silva y Bentos Manuel Riveiro^ 
destacadas por las instrucciones de Barbacena en ob- 
servación de Alvear, que ahora se proponía, amenazando 
San Gabriel (otro centro de recursos y almacenes impe- 
riales y punto de alta importancia estratégica), empujar 
á Barbacena al valle inferior del Santa Maria^ donde lo 
batirla, en un encuentro decisivo, ó impedirle por lo 
pronto que se internara en la serranía Camacuáy donde se le 
incorporaría fatalmente el mariscal Brown, adquiriendo 
entonces aquél una gran superioridad numérica y en 
infantería sobre todo. 

El general Alvear suponía con razón que la furiosa 
tempestad que lo había retenido á él en Bagé, habría 
igualmente inmovilizado el marqués de Barbacena, á la 
altura de las puntas del arroyo Pirahy. 

No había sucedido así, por desgracia. La tempestad 
y las lluvias no habían tenido en esos lugares la violen- 
cia que hemos descrito. Barbacena, á su vez, se hizo 
quizá iguales reflexiones que Alvear, y aguijoneado por 
sus angustiosos temores, pensó salvar al peligro inminente 
con la fuga, que fué una marcha nocturna difícil y llena 
de audacia y de riezgos. Ganó entonces las alturas de 
la Cuchilla Grande (conducido por buenos vaquéanos), que 
alza sus abruptas lomadas rocosas entre el Pirahy y el 
Santa Maria^ eñ demanda de las asperezas del Camacuá 
y de Brown, picada su retaguardia aunque débilmente 

Como le molestara la vigilancia que tan de cerca le 
controlaba sus movimientos, Alvear lanzó contra Bento 
Gon^alvez y Bentos Manuel un millar de hombres mon- 
tados de la primera división, que despejaron inmedia 



258 Marcha estratégica de Alvear 

tamente el campo, dejando el enemigo algunos prisione- 
ros y extraviados en su rápido retroceso al Norte, sin 
comprometer combate, pues su misión era de observación 
y de protección del movimiento de Barbacena que, como 
sabemos, procuraba ganar el amparo de las sierras ae 
CamacvAj reconcentrar sus fuerzas en esa región, cubrir 
San Gabriel y atacar unido y en masa á los republica- 
nos en el momento v sitio convenientes. Es necesario 
decir que el mariscal alcanzó con éxito ponerse á salvo 
en las cuchillas, fortaleciéndose, por lo que sin restablecer 
el roto equilibrio de sus armas, aminoraba el reciente 
descalabro estratégico, que había roto su línea y logrado 
separarlo de sus columnas del Yagüarón, Este movimiento 
de Barbacena le dio el éxito calculado, aunque mo- 
mentáneo. Desconcertado por las maniobras de su ene- 
migo, irresoluto, como obsesionado por los sucesos, carece 
de un pensamiento neto y definido. Está como aturdido. 
Es «un general sorprendido y por consecuencia un ge- 
neral vencido», según el aforismo del mariscal Marmont 

No obstante, molestado Alvear (que habla contado con 
una batalla inmediata y decisiva para el 1^ de Febrero) 
por este cambio de situación que cruzaba sus combina- 
ciones^ marchó resueltamente en persecución de Barba- 
cena^ lanzando á vanguardia, en enérgica punta ofensiva, 
á toda la división de Lavalleja, seguida de la segunda 
y tercera. 

Pero el enemigo se internaba sin detenerse en las 
montuosas serranías, con gran daño de nuestras caballadas 
casi extenuadas por la fatiga y mala alimentación^ hasta 
que el día 3, Barbacena hizo pie, como dispuesto á la 
lucha, en una posición formidable, donde la poderosa 
caballería republicana no tenía acción; posición defendida 
por los altos y ásperos cordones del Camacuá grande y 
chico, y los flancos apoyados fuertemente en obstáculos 
casi insuperables, que reclamaban para ser forzados nu- 
merosa infantería de que carecía el ejército argentino: 
tablero ideal para una batalla defensiva. 



Triunfos de Bacacay y del Ombú 259 



En esta situación y sin suficiente artillería para batir 
al imperial en su posición, habría sido loca temeridad 
comprometer combate. Alvear lo comprendió así, ape- 
sar de tener en ese momento mas tropa que el marqués, 
y campó á unos veinte kilómetros de Barbacena, mante- 
niendo el contacto de avanzadas con las del enemigo y 
esperando que éste se decidiría al fin á ir en su 
busca, abandonando su temible agugero, que habría sida 
como un pozo de lobo para las tropas argentinas. 

Pero el imperial, que á su vez contaba con la fogoci- 
dad de su enemigo, no se movió de sus posiciones. Am- 
bos se engañaban, pero Alvear, cada vez mas convencida 
de que aquel terreno tan accidentado no le era propicia 
á su cuerpo principal de batalla — la caballería, — y de 
que Barbacena no iría en su busca, modificó su plan pri- 
mitivo con certero juicio. Maniobró sobre su flanco de- 
recho y se dirigió al fin con la segunda y tercera división: 
sobre San Gabriel, su inmediato objetivo ahora, dejanda 
á la primera á retaguardia y en escalones, para cubrir 
el movimiento del grueso, contener al enemigo y desa- 
rrollar un plan de astucias y ardides, tendientes á arran- 
car de las sierras á los imperiales y llevarlos á campa 
llano. Alvear quería hacer creer al generalísimo de Don 
Pedro que se retiraba en fuga, y á este efecto los esca- 
lones de la retaguardia debían de ir abandonando en su 
retirada caballos flacos y despmdos, algunos equipos vie- 
jos y papeles donde se pintaba el estado desastroso del 
ejército y su imposibilidad de trabar combate. Hasta se 
dejaron escapar algunos prisioneros, á quienes seriamente 
se había hecho creer en la realidad de esta comedia í^>. 

Barbacena tragó los indigestos potages de su astuto 
contendor y, sin desconfianza alguna, creyéndolo llena 
de miedo, hambriento y estenuado, salió inmediatamente 
en pos suyo, temeroso de que se le escapara. Inflado de 
esperanza y de vanidad inmensa, siguió á remolque de 

(I) Estas estratagemas se redoblaron en vísperas de Ituzaingo, como veremos. 



26(^ Marcha estratégica de Alvbar 

Alvear, con aire de perseguidor, con lo que la posición 
del señor Marqués de Barbacena resultaba mas cómica, 
pues precisamente acababa de ser burlado nuevamente, 
encontrándose otra vez en el aire, con el enemigo á su 
•espalda, camino de San Gabriel. El engaño continuaría! 

Entre tanto Alvear, con sus dos dinsiones de cabeza y 
seguido de la tercera, hizo en la noche del 6 un pequeño 
cambio de dirección que lo llevó á las inmediaciones de 
San Antonio, En la tarde del día siguiente, acampó en 
las puntas del Yagüarij desde cuyo punto destacó sobre 
San GabiHel al coronel Zufriátegui, al frente del hermoso 
regimiento n° 8 de caballería y del escuadrón de corace- 
ros, para apoderarse del pueblo. La primera división 
seguía los movimientos del grueso, al que se incorporó 
el 9, en Bacacay. 

Bentos Gongalvez, disperso por la primera división re- 
publicana en Camactiáj á inmediaciones de las ruinas de 
Santa Tecla, como hemos relatado^ reunió su desorganizada 
hueste sobre el Ybicuy y buscó el contacto con la divi- 
sión de su colega en grado y malaventura, Bentos Ma- 
nuel, campado á la sazón sobre el arroyo del Ombá. 
Ambos, bajando al sud, reanudaron su servicio de obser- 
vación (y el contacto con Barbacena) que no por ser poco 
peligroso dejaba de ser molesto á Alvear, pues develaba 
sus movimientos. 

Lanzado el coronel Zufriátegui á su empresa, se hizo 
:seutir contemporáneamente sobre el campamento del 
grueso argentino Bentos Manuel, lo que podía poner en 
•conflicto á aquél. Para contrarrestar este peligro y es- 
carmentar al jefe brasilero, el general envió en protec- 
ción de Zufriátegui, á su jefe de estado mayor, general 
Mansilla, con el regimiento 16 (lanceros) y un escuadrón 
del 1® de caballería. Además, desde el día 5 corrían el 
campo, en distintas direcciones^ para ocultar los movi- 
mientos del ejército y hacerse de caballadas, diversas 
partidas de línea y de los cuerpos de milicias de la pri- 
mera división, con resultados más ó menos felices. El 



r 



Triunfos de Bacacay y del Ombú 261 



solo mayor Albin, destacado con esos objetos al frente de 
200 hombres de los regimientos 8 y 1^ y bien secundado 
por los capitanes Calderón y Méndez, logró apoderarse de 
2500 excelentes caballos serranos^ mientras las otras 
partidas reunían otros tres mil mas. 

La expedición del coronel Zufriátegui logró el mas 
cumplido y brillante suceso. El enemigo se retiraba 
precipitadamente á su aparición. Abandonó primero en 
sus manos, en la costa del iS'awfa iíarí^, un grupo de siete 
grandes carretas cargadas de armamento, munición esr 
pertrechos varios, 25 piezas de rico paño, gran parte de 
los equipajes de los jefes y oficiales del ejército impe- 
rial, las mochilas y banderas del batallón n^ 3 de caza- 
dores**'. Sa7i Gabriel fué igualmente desocupado con no 
menor precipitación y sin combate. Lo ocupó el coronel 
republicano el día 7, encontrando en los almacenes mili- 
tares del imperio, entre otros artículos, gran cantidad 
de municiones de artillería y de armas portátiles, ciento 
veinte piezas de paño, ochenta cascos de vino y aguar- 
diente, armas varias, etc. Era la abundancia, la riqueza 
para las tropas de Alvear, alcanzada con escaso sacri- 
ficio de sangre y de vidas! 

Era también el segundo triunfo estratégico de Alvear 
sobre su enemigo, que quedaba de nuevo burlado, y que 
iba á completarse en las hermosas acciones de Bacacay 
y del Ombúy como veremos, precursoras de los laureles 
y las palmas de Ituzaingo, en el lógico encadenamiento 
de los sucesos de la guerra. 

El día 8, la segunda y tercera división republicanas 
pasaron al norte del Yagüari, campando en las pintores- 
cas laderas del cerro Batoviy de donde se movieron el 9 
sobre el arroyo Bacacay, á tres kilómetros de San Gabriel, 
donde se les incorporó la primera que operaba destaca- 
da, en fracciones. El ejército, en masa, avanzó el 12 sobre 
San Gabriel, menos el regimiento 4 de caballería que con 



(1) Boletin «• 4 del E. M. del ejército argentino. 



262 Marcha estratégica dr Alvear 



SU jefe el coronel Lavalle, se lanzó contra la división 
riograndense del coronel Bentos Manuel, cuyas pun- 
tas avanzadas merodeaban infatigables sin perder el 
contacto con el ejército argentino, vigilancia en extremo 
perjudicial á los planes y movimientos de Alvear. 

El bravo coronel Lavalle, ganoso de tener entre las 
manos para triturarlo, á su escurridizo adversario, que 
huía todo encuentro serio, que sin duda carecía para él 
de objeto, pues su misión era espiar y seguir, se movió en 
tal forma y con tal actividad, que el día 13 de Febrero 
logró su encuentro en el arroyo Bacacay (ó Vacacahy), sin 
que le fuera dado al imperial evitarlo, por más que lo tentó, 
como si tuviera la visión clara de su rota, sintiéndose débil, 
pues no tenía sino un millar de hombres de su división. 

Lavalle se fué sobre él como un alud, y lo sableó^ 
matándole treinta hombres, con la sola pérdida de cinco 
muertos de los suyos y algunos heridos. El enemigo, sin 
osar una resistencia firme y ordenada, abandonó el cam- 
po á sus impetuosos adversarios, sembrándolo de heridos 
y dispersos, convirtiendo su derrota en franca y completa 
fuga. Pero tenía una tenacidad á prueba de contrastes. 
Se rehizo rápidamente y de nuevo reanudó el perdido 
contacto y el servicio de vigilancia. Fué entonces que 
Alvear, deseando acabar con él y con la división de 
Bentos Gongalvez, confió esta misión á fondo á su jefe de 
Estado Mayor, el general Mansilla. 

Este, con trescientos soldados del regimiento 8 de caba- 
llería con el coronel Zufriátegui, 200 del regimiento 16, 
con su coronel Olavarría, cien del regimiento 1° con el 
comandante de escuadrón José María Cortinas; cien del 
regimiento 2 al mando de los capitanes Samuel Albarracín 
y Santos J. Martín, y el escuadrón de coraceros con su jefe 
el comandante Anacleto Medina, en total unas 800 plazas 
de caballería, se puso en persecución de Bentos Manuel, 
que reconcentró en su retroceso sus partidas volantes, te- 
niendo así reunidos unos 1200 ginetes bien montados, 
equipados y armados. 



Triunfos de Bacacay y deLí OAbú 2w 



El encuentro se produjo en la mañana del 16 de Febre- 
ro (*> en el arroyo Ow6m, que con el Caciquey forman parte 
de la red hidrográfica del alto Ibicuhy ó Ibieuy, 

Fué recio el combate, que se inició sin maniobras tácti- 
cas complicadas, como casi todos aquellos choques de 
caballería en que el mismo fuego era un accidente. Bentos 
Manuel hizo resistencia enérgica y bizarra. Los nuestros, 
llenos de fe en sí mismos y en sus jefes, halagados por 
el noble orgullo de sus éxitos, bien instruidos, discipli- 
nados, educados con la visión perenne del triunfo, cre- 
yéndose invencibles, sabiéndose observados de su gene- 
ralísimo y del ejército, estimulados por el recitante chis- 
pazo del Bacacay y la ocupación de San Gabriel^ carga- 
ban con fiereza. La quieta calma de la naturaleza fué tur- 
bada por la bravia pelea de los ginetes. Lanzas, sables y 
caballos chocaron con furores de muerte entre el revuelto 
entrevero de las cargas, crepitantes y medioevales. 

Tras no larga brega, flaqueante el enemigo, los solda- 
dos de Mansilla— que años después nos daría la tremenda 
fabulosa página gloriosa de Obligado — redoblaron el es- 
fuerzo, que fué como la gota de agua que rebalsa el 
vaso. 

Dejando en el campo muertos, heridos y prisioneros, 
Bentos Manuel, en franca derrota, con los girones de su 
división y los dispersos de Bacacay, que se le habían incor- 
porado, huyó al norte, tenazmente perseguido. Paró re- 
cién, jadeante y roto, al otro lado del Ibicuy. Y fué tal 
y tan grande la dispersión de sus fuerzas y el efecto de 
la derrota, que la batalla de Ituzaingo las vio ausentes 
con su jefe. 

Estos dos triunfos, que llevaron al ejército argentino un 
nuevo rayo desoí, despejaron el campo de operaciones de 
Alvear que, preocupado en atraer hacia sí á Barbacena, 
arrancándolo definitivamente de la montaña, se consagró 

(I) Boletín n** 15 del Estado Mayor republicano. El general Alvear en 
su primer parte de la batalla de Ituzaingo, documento qne tiene fecha del 21 
de Febrero, dice que el combate del Ombü fué el 16. Según el boletín citado 
el combate fué el dia 15. 



264 Marcha bstratégica de Alvear 

entonces á desenvolver su paciente y notable plan concén- 
trico de maniobras internas, libre de la molesta y peligrosa 
vigilancia del infatigable y astuto coronel imperial. Apo- 
yado en San Gabriel, corrió la comarca con sus partidas y 
dio principio á sus movimientos inscriptos entre el polígo- 
no cerrado al oriente por la cuchilla ó álhardón del Tape, al 
oeste por el Ibicuy Grande, ó Santa Maria^ al norte por 
el arroyo Caciqíiey y al sud^ por el arroyo Yagtiari^^^ 
vasto tablero del que solo aprovechó en realidad la zona 
centra] de la cuenca del arroyo Ituzaingo ó Ituzaingó, que 
cubrió de hilos sutiles, marchas y contramarchas preci- 
pitadas, para llevar tras sí á los imperiales, y desorien- 
tarlos con estas maniobras que á sus ojos tenían una sola 
y única explicación : la fuga y el temor al combate. 

Hasta aquí, pues, desde la salida de las serranías de Ca- 
macuá todo había resultado favorable á la situación del 
ejército argentino. Las penurias materiales de sus abne- 
gados soldados, tenían al fin una compensación aunque 
momentánea, en aquel risueño y rico pueblecito de San 
Gabriel, engastado en una fértil y pintoresca llanura re- 
gada por el Bacacay, de glorioso recuerdo para sus armas. 
Alvear era dueño de los ricos almacenes imperiales y el 
ganado de su caballería se había repuesto y en parte 
reemplazado con los grandes arreos quitados al enemigo. 
Estaba además en posesión de un punto táctico de apoyo in- 
mediato y fuerte como era el pueblo nombrado (aparte de su 
importancia estratégica para las ulterioridades de la cam- 
paña, nudo como era de los caminos de Río Grande, Río 
Pardo, Santa Catalina, Porto Alegre), con terreno ade- 
cuado para el empleo de su masa de batalla, la caballe- 
ría, que era lo que buscaba para chocar con Barbacena. 
¿Por qué no le aguardó allí, fortificando su posición, ya 
que tuvo tiempo para ello? Es lo que procuraremos in- 
vestigar en el capítulo noveno. 



(1) El Yagüari como el Ituzaingo, son afluentes del Ibicuy 5 Santa María. 
Ks conveniente tenerlo presente para no confundirlo con su homónimo, que 
tributa sus aguas al Tacuarembó Grande, 



Capítulo VIII 

La campaña naval — Emprosas contra Patagones 



Sumario:— Breve retrospecto naval— Org'anización de la escuadrilla 
arg'entina— La inaríneria criolla— Las flotas enemigas— 
Reapertura de las operaciones — Ensayo ofensivo de 
Brown— El combate del 9 de Febrero- Cobardía de 
algunos marinos extrangeros— Son relevados de los 
mandos— Combates en la colonia- Pérdida del «Bel- 
grano»--Tentativ a desgTaciada contra los barcos imperia- 
les—Bravura de Rosales y Espora— No es secundada— 
Brown ocupa «Martin García»— Burla el plan de los 
imperiales— Combates frente A Montevideo— Sangriento 
asalto nocturno á la frag'ata cKmperatríz»— Episodio 
Yhyn Bawer- Breve y feliz crucero por Maldonado— 
Combates del 2 y 3 de Mayo en banco «Ortiz» — Otros en- 
cuentros—Combate del «25 de Mayo» con la frag^ata 
«Iv'itheroy» — El almirante Lobo es depuesto del mando 
y enjuiciado en Rio— Lo reemplaza el almirante Pin- 
to Guedes— Derrotas de Norton— Acción triunfal del 11 
de Junio— Entusiasmo público— Batalla de los Pozos - 
Episodios gloriosos — Los imperiales se atribuyen el 
triunfo— Brown y Guedes- Injurias del almirante im- 
perial -Enérgica defensa de Maldonado por Fournier— 
Revela la ineptitud del enemigo Audaz cnicero de 
Brown en las costas brasileras Presas- Planes del 
enemigo - Preparativos de Brown- Batalla articulada 
del Juncal— Total destrucción y apresamiento de la 
tercera división brasilera — Premios militares— Com- 
bate del 24 de Marzo— Expedición brasilera contra 
Patag'ones- Apresamiento de sus barcos y tripulacio- 
nes — Heroica conducta del vecindario — Segunda ex- 
pedición-La corona un nueA^o fracazo— Acción de los 
corsarios— Presas- Terrible combate en «Monte San- 
tiago» — Pérdidas de barcos argentinos— Rápida reseña 
de otros encuentros, cruceros y presas de Brown y 
los corsarios— Síntesis de la actuación de las flotas 
beligerantes— Juicio sobre sus altos comandos. 



Ya hemos asistido al próspero suceso del desarrollo de 
las operaciones estratégicas y tácticas del general Alvear 
en territorio enemigo, preparatorias de la batalla de Itu- 



266 La campaña naval 



¿mngo que cerrará con broche de oro y acero, la primera 
y gran etapa de la gloriosa campaña del verano del 
año 27. 

Llévanos ahora el lógico encadenamiento de los suce- 
sos, conforme á nuestro plan, á retomar la relación de las 
operaciones navales esbozadas en el capítulo VI, para 
ligarlas con las de tierra, que constituyen el nudo del 
problema bélico y político del conflicto con el imperio, 
cuyo lejano origen histórico y filosófico hemos señalado, 
entre las acciones y las reacciones naturales y artificiales 
de los hombres y las nacionalidades, que buscan su equi- 
librio y su grandeza á costa del mas débil ó del mas 
torpe, Esfinge pavorosa que vuelve en el momento actual 
á desenterrar sus garras ensangrentadas de entre las 
arenas de los siglos, devorando de nuevo hombres y pue- 
blos, con terror de los pequeños y secretas angustias de los 
mismos poderosos de la tierra que provocan las luchas 
siniestras del moderno imperialismo en Europa, Asia, Áfri- 
ca y América. 

En el capítulo citado hemos historiado sintéticamente 
la organización de las débiles fuerzas navales de la Repú- 
blica y dado cuenta del ingrato episodio de la misión de 
Vázquez en Chile, que en definitiva fué un doble desastre. 
Hemos también relatado, á grandes rasgos, el primer 
triunfo naval, y aludido al brillante y audaz crucero del 
Almirante Brown, con la «Sarandí», que llevó la alarma 
á la fuerte fiota bloqueadora de los imperiales y conmovió 
su comercio marítimo en el estuario del PJata y en las 
mismas costas y puertos de Río Grande y Santa Catalina, 
debido en gran parte sin duda, á la ineptitud de su ad- 
versario el Almirante Perreira da Lobo. 

Brown, desde el primer momento se consagró, con el 
gobierno, á robustecer en lo posible la escuadrilla, com- 
pletando de una ú otra manera sus tripulaciones, en gene 
ral carentes de toda instrucción y práctica marinera. 

Ya hemos dicho que estas dotaciones eran cosmopolitas. 
Los extrangeros eran marinos en su mayor parte, engan- 



Empresas contra Patagones 267 

<;hados casi todos, pero lo que les sobraba en aptitudes 
como marineros, les faltaba en condiciones morales y mi- 
litares. La masa, empero, era criolla, proveniente de todas 
las provincias, pero aquí también flaqueaban las cualida- 
des morales, desde que parte de esa gente acababa de 
dejar las cárceles, siendo el resto producto híbrido de le- 
vas forzosas, enganche y voluntariado. Los mismos jefes 
y oficiales extrangeros que se ocuparon, buscaban por lo 
general en el servicio, un medio rápido aunque peligroso^ 
de hacer fortuna, y hubo que deshacerse de algunos de 
ellos, como veremos. 

Empero, estas deficiencias del lado del personal subal- 
terno criollo, eran de posible remedio y le fueron. Los 
hombres se adaptaban fácil y admirablemente al nuevo 
ambiente, no importa que recién se reflejara en sus reti- 
nas el extraño espectáculo del Plata, y que recién dejaran 
en la playa su parejero, fama del pago lejano y medite- 
rráneo, llenas aún de la honda nostalgia de los horizontes 
<le la pampa natal, melancólica y soñadora como sus almas 
y acariciante como la luz de los negros ojos de sus chineuf, 
objeto de sus trovas y de sus duelos romancescos. 

Bravios y apasionados, abnegados y estoicos, su noble 
arcilla dura y del color cobrizo del bronce que inmorta- 
liza los heroísmos humanos, estaba como amasada con el 
aliento del espíritu argentino, homogéneo y fuerte, de aque- 
llos días hermosos y grandes de la patria, llena de luz y de 
gloria aún en las horas dolientes de sus momentos de luto, 
purpurado de sangre hermana. De esos nobles gauchos, 
poderosos en su bravura nativa y altiva, no se podía 
decir con José Manuel Estrada, que no había nada en sus 
tnentes y nada en sus corazones! Y lo probaron de nuevo 
ahora— como lo habían probado antes, en tierra hasta 
el Chimborazo y el Pichincha; en el Pacífico hasta Gua- 
yaquil, y en el Atlántico hasta las aguas ecuatoriales de 
las Antillas, y la Oceanía— y lo probarían después y 
siempre! 

Oh! la noble, la fuerte, la heroica, la egregia raza del 



-^68 La campaña naval 



rancho solitario cabe el ombii, lleno de la vida y de las 
quejumbrosas dolerás de las vastas inmensidades de las 
llanuras argentinas! Cómo se modeló con férrea y vi- 
brante nervatura, bajo la mano y el espíritu de sus gran- 
des capitanes, á la manera que la creta plástica del 
estatuario, bajo los dedos creadores de la forma y de 
la línea inmortal! Cómo encontró en ella el Almirante y 
glorioso corsario de 1814 y 1815 á 1818, á los mismos ad- 
mirables elementos anónimos, carne, brazo y sentimiento 
en sus audaces empresas! 

Pero si por el lado de las tripulaciones la cuestión 
naval no podía preocupar mayormente al gobierno y al 
almirante, no sucedía lo propio en orden á completar el 
material y robustecerlo. 

En suma^ la escuadrilla argentina durante todo el curso 
de la guerra llegó á contar por adquisiciones y presas al 
enemigo, con los siguientes buques: 

Fragata «Nuevo 25 de Mayo» {ex-Matilde comprada al 
finalizar la guerra);— Bergantines; «25 de Mayo», «General 
Balcarce», «General Belgrano», «República», «Indepen- 
cia», «Patagones», «General Rondeau» y «8 de Febrero» 
— Barca: «Congreso». — Goletas y bergantines-goletas: «Sa- 
randí», «Río de la Plata», «Maldonado», «Pepa», «Guana- 
co», «Unión», «Juncal», «tltuzaingo»^ «Patagones», «9 de 
Febrero», «11 de Junio», «30 de Julio», «29 de Diciem- 
bre», «18 de Enero»^ «Argentina» y «Federal» — Zunia- 
cá «Uruguay», un Queche y 12 lanchas cañoneras. Su 
principal barco de combate era el bergantin-corbeta 25 
DE Mayo, que montaba 28 cañones y 200 hombres de 
tripulación. En total^ todos estos lefios estaban artilla- 
dos por unos 200 cafiones de todo calibre. 

De los tres barcos comprados en Chile, solo llegó al 
país el «Chacabuco», que resultó inservible y que hubo 
que desarmar en Patagones. 

En cambio, la flota brasilera en el Plata, mandada por 
Lobo^ Pinto Guedes, Norton, Pritz, Mariath, de Bota, etc., 
era una verdadera armada de guerra. Contaba ahora con 



Empresas contra Patagones ^B9 

unidades de pelea formidables, como las fragatas: «Em- 
peratriz» (50 cafloiies); «Paula> (50 cañones), «Nitheroy» 
<36 piezas de á 34 y 32 carroñadas), «Chiriy uga» (40 piezas), 
«Ipiranga» é «Isabel» con 22 piezas, «Thetis» y «María da 
Gloria» (36 cañones); corbetas: «Itaparica» (22 cañones), «Li- 
beral» (22 cañones), «Massayo» ó «Maceo» (18 piezas), «Du- 
quesa de Goyáz», y otras; bergantines: «Caboclo», «29 
de Agosto», «Pirajá», «Independencia ó Muerto», «Río da 
Prata», «Real ó Imperial Pedro», «Real Juan», «Don Sebas- 
tian», «Cacique», etc., con 18 cañones cada uno; ber- 
gantines «Maranhao», «9 de Agosto», «Januario», «Escu- 
dero», «Bertioga» y otros que montaban de 7 á 14 piezas 
cada uno y además las goletas y escunas «Oriental», «2 
de Diciembre», «Carioca», «Constancia», «María Teresa», 
«María Isabel», «Manuelina», «LealPaulistana», «Para», 
«Libertad do Sud», «Providencia», «Itapoam», «Príncipe 
Imperial», «Paula», «Ríos», «Bella María» etc., sin con- 
tar otros barcos menores y cañoneras de todo tipo, que 
duplicaban en número á los republicanos (*> y los cua- 
druplicaban en poder. Sin exageración, se puede decir 
que la mitad del grupo de las fragatas imperiales era 
muy superior á toda la escuadra argentina reunida. La 
superioridad argentina, en tierra con Alvear y su brillante 
cuadro de jefes, y en las aguas con Brown y sus deno- 
dados compañeros, estaría en el espíritu que los animaba, 
en la dirección— es decir, en el empleo racional y orde- 
nado de las fuerzas y en la unidad de mando y de ideas. 
El almirante argentino, ni sus jefes^ ni sus oficiales ni 
sus tripulaciones, desmayaron empero un punto, en pre- 
sencia de la notoria desigualdad de fuerzas materiales. 
Su espíritu, su audacia y la confianza en sí mismos, daría 
misteriosa pujanza ofensiva á sus barquichuelos y sin 
despreciar por cierto el orgulloso poderío de los impe- 
riales, ni lo temieron ni lo esquivaron un sólo día, tenién- 



(1) «90 naves de alto bordo y 60 menores», dice el doctor M. Garcia Mer6u, 
constitafan la nota imperial en operaciones. Historia Argentina, tomo 11^ pá' 
gin» 27S, 



270 La campaSa naval 



dolo en constante alarma y obligándolo á operar á veces 
con e^ajerada cautela, sin que su prudencia fuera parte 
á evitarle ruidosos descalabros. 

Puesto orden en sus barcos, Brown se propuso desde 
luego probar el temple de ^us marinos, y abrir el ciclo 
de su brillante actividad. 

Una escuadra enemiga de 17 naves de todo porte, man- 
tenía el bloqueo inmediato de Buenos Aires, y Brown se 
propuso caer sobre ella de sorpresa, obligarla abierta- 
mente al combate ó alejarla. 

Al efecto se movió con su escuadrilla de su fondeadei*o 
al cerrar la noche del 4 de Febrero de 1826, dando el 
ancla á eso de las doce á causa del fuerte viento. Al 
amanecer del 5 se encontró á dos millas del enemigo, cuya 
capitana arboló su pabellón, dando Brown al viento de 
la mañana, los colores de la patria bandera en la «25 de 
Mayo» que montaba, ordenando con toda audacia su lí- 
nea, en son de pelea, maniobra que repitió varias veces 
sin otro resultado «que el enemigo con la mayor pruden- 
cia y descaro me huyera», dice en su parte oficial al co- 
mandante general de marina, José Maria Zapiola. El 
enemigo, sin aceptar combate, dando al viento todo su 
trapo, se corrió río afuera, perseguido por Brown, hasta 
que aquél se puso fuera de alcance y este volvió á su 
fondeadero, satisfecho de haberse impuesto en tal forma^ 
logrando uno de los objetos de sil tentativa y quedar ex- 
pedito para tentar empresas decisivas. 

La acometida del 5 de Febrero había tonificado á las 
tripulaciones y llenádolas de confianza^ fuerza moral que 
Brown se propuso desde luego utilizar. 

Montando el «25 de Mayo», (28 cañones y 2üO hombres),, 
capitán Parker, y seguido del «República», (18 cañones 
y 120 hombres), capitán Baizely; «Balcarce», (14 caño- 
nes y 80 hombres), capitán Cereti; «Belgrano», (1(5 caño- 
nes y 80 hombres), capitán Azopardo; «Congreso», (18 
cañones y 120 hombres), capitán Masón; «Sarandí», (1 ca- 
ñón de á 18 y 69 hombres), capitán Warms, y doce caftone- 



r 



Empresas coxtka Patacones 271 



ros al mando de Rosales y Espora, es decir, un conjunto de 
18 buques (solo los seis primeros que montaban en total 
95 cañones y 669 hombres, valían la pena), se movió de 
los Pozos en la noche del 8 del citado mes, en demanda 
de la escuadra imperial muy superior á la suya, compues- 
ta por las fragatas «Emperatriz» y «María da Gloria»; 
corbetas «Jurujuba», «Liberal», «Maceo» é «Itaparica»; 
bergantines: «Independencia ó Muerte», «Januario», •<Real 
Juan»; barca «Paulistana»; escunas «Gloria», «Isabel Ma- 
ría», «Carioca» y «Providencia»; diates «29 de Agosto» y 
«7 de Septiembre» y cañoneras «12 de Octubre», «9 de 
Enero», «2 de Diciembre» y «10 de Diciembre». 

Los barcos de Brown^ mal dirigidos, avanzaron dis- 
persos y en desorden, á tal extremo, que á las 3 de la tar- 
de del día 9, el bergantín 25 de Mayo, con el almirante á 
bordo, mantuvo solo un violento cañoneo de una hora 
contra todos los buques enemigos que lo acosaron. Los 
bergantines Congreso j Bel grano, Sarandl y República no 
acudieron al fuego. Tampoco el Balcarce ni los cañone- 
ros que, poco veleros, habían quedado rezagados. El 
enemigo maniobró para atacar á estos, que creía fácil y 
segura presa, pero acudió en su auxilio Brown y el Co»- 
grrcíío, y después de una ruda hora de fuego (entre 5 y 6 
déla tarde), se retiraron los brasileños, volviendo los pa- 
triotas á los Pozos, sin mas daño que cuatro muertos y 
siete heridos y algunos destrozos en el 25 de Mayo y 
Congreso. Los imperiales, no obstante, llevaron la peor 
parte en la jornada, saliendo estropeada la «Itaparica», 
cuyo comandante, jefe de división, Diego Jorge de Brito, 
resultó seriamente herido. Abordo del «29 de Agosto» 
murió su jefe el teniente Rodríguez Glidon, y en otros y 
estos buques murieron y fueron heridos unos 20 hom- 
bres. 

Tal fué el resultado de esta tentativa que pudo dar 
grandes frutos y que casi resultó un doloroso desastre 
merced á la fogosa y no prudente precipitación del almi- 
rante y, sobre todo, á la incalificable conducta del mayor 



272 La campaSa naval 



Warms, del Sarandiy capitán Baizely del República^ y del 
mismo Azopardo, del Belgrano. El gobierno, dado lo difí- 
cil de la situación, se contentó con algunas exoneraciones 
y cambios. Así, se confió el mando del «25 de Mayo» al 
capitán Espora; á Rosales el del «Belgrano»; á Handell 
(que fué luego relevado por el capitán José María Pinedo) 
el del «Sarandí», y Clark pasó al mando del «Congreso», 
sin lograr por eso remedio al mal, que perduraría por 
desgracia, con otros jefes ú oficiales extranjeros, que que- 
daron en la escuadra. 

Después de este suceso Brown, aunque sin resultado, 
tentó una sorpresa á una división brasilera compuesta 
por la poderosa fragata «Emperatriz», de 50 cañones, 
dos corbetas, tres bergantines y dos goletas, en cuya 
operación empleó los días 21 al 25 de Febrero. Brown 
acusa al piloto de su escuadrilla de haberle hecho ma- 
lograr su plan. La verdad es que él mismo tiene su parte 
de culpa por la precipitación con que prepara constan- 
temente sus empresas — como lo demostrará el próximo y 
sangriento contraste de sus armas en la Colonia — en las 
que no es siempre secundado sino por una parte de los 
jefes de sus buques, ni por estos, por su escaso poder y 
deficiente organización. 

En la tarde del 25 de Febrero^ Brown apareció con par- 
te de sus mejores barcos frente ala plaza de la Colonia 
«con ánimo de tomarla por asalto», nos cuenta él mismo. 
El 26, á las 2 p. m., intimó rendición al comandante, briga- 
dier Manoel Jorge Rodríguez, quien contestó altivamente 
que no lo Jiaria mientras tuviera pólvora y balas y «que solo 
eran las armas las que decidían la suerte de las plazas». 
Rodríguez puso al abrigo de los cañones de las baterías 
Santa Rita, Carmo y San Pedro, dentro del puerto, á 
la escuadrilla allí estacionada, al mando de Mariath, {es- 
cunas y bergantines-goletas «Para», «Real Pedro», «Libertad 
del Sud» y «Concepción») y destacó en observación de 
Brown á la goleta Concepción, 

Btown, con una corbeta y cuatro bergantines-goletas se 



Empresas contra Patagones 273 



aproximó al puerto y abrió el fuego, rudo y formidable 
por ambas partes. Hora y media mas tarde cesó en las 
naves republicanas, intimando por segunda vez su jefe la 
rendición de la plaza (simple ardid de Brown para repa- 
rar en el Ínterin graves averías y poner orden en sus 
buques), y también con resultado negativo, lo que dio de 
nuevo la palabra á los cañones, carroñadas y mosquetes 
de los combatientes. 

En el entretanto, todos los esfuerzos realizados para 
poner á flote al bergantín «Belgrano» (capitán Rosales), 
varado desde el primer momento en unas restingas del 
puerto, habían sido inútiles. Soportó la gallarda nave y 
su bravo comandante y tripulación, el espantoso fuego 
enemigo durante dos días, y una tentativa de abordaje, 
que, como una jauría, le llevaron los barcos de la es- 
cuadrilla imperial, que se retiraron al fin duramente cas- 
tigados; pero tan graves fueron las averías del «Belgra- 
no» — que fué además azotado por una tempestad que so- 
brevino — que hubo necesidad de abandonarlo en la 
noche, salvándose la tripulación y arrojándose al agua 
sus cañones y cuanto no se pudo llevar. 

El almirante fué así obligado á darse á la vela, é ir á 
echar el ancla entre las islas del Inglés y Hornos^ para 
reparar sus daños, donde el 27 se le incorporaron la goleta 
«Sarandí» y seis lanchónos cañoneros. El V de Marzo 
estaba de nuevo en el puerto de la Colonia, donde reiteró 
la anterior intimación. En la noche, lanzó contra los 
buques brasileros sus seis lanchones cañoneros, á las ór- 
denes de Rosales y Espora, con la misión de incendiar las 
naves enemigas, si no podían ser apresadas. 

Pero esta empresa fracasó igualmente, sangrienta aun- 
que gloriosa, de parte de Rosales y Espora. Estos avanza- 
ron resueltamente con sus dos cañoneros sobre el enemi- 
go. Cayeron como el rayo sobre el bergantín «Real 
Pedro»^ hermoso leño de 18 cañones y lo dieron á las 
llamas. Turner concurrió con eficacia al ataque y logró 
calvar su cañonero de la situación desesperada en que 



2 74 La campaña naval 



estuvo colocada, pero los jefes de las otras tres se condu- 
jeron con manifiesta cobardía. A los primeros disparos de 
los sorprendidos enemigos, huyeron hacia tierra y embi- 
caron los barcos al pie mismo de las baterías contrarias, 
que los acribillaron en pocos minutos con proyectiles de 
cañón y fusil, siendo al fin apresados en la madrugada del 
día 2, con sus tripulaciones, menos doce hombres que se 
salvaron á nado. Tal fué el resultado del ataque, con pérdi- 
da de un bergantín, tres cañoneras (las números 4, 6 y 7) 
y 150 bajas entre muertos, heridos y prisioneros ^^K Un 
desastre^ en suma, aunque caramente alcanzado por el 
enemigo ^2)^ que tuvo unos 20 muertos y 26 heridos. 

El doloroso contraste no debilitó la fibra de la bizarra 
escuadrilla que, reforzada con la goleta «Río de la Pla- 
ta» y cuatro cañoneras, restañó sus heridas, templándose 
en la prueba como el metal en el fuego y bajo el marti- 
llo^ manteniendo en respeto á la flota imperial que cru- 
zaba en las aguas de la plaza Colonia con 16 barcos, y á la 
que socorrió en la mañana del 13 de Marzo proveyéndo- 
la de municiones de guerra y víveres, que llevaba abor- 
do de cinco buques. 

Brown, entretanto, cambiaba á diario cañonazos con la 
plaza, madurando un nuevo plan de ataque contra ella, á 
cuyo efecto se puso de acuerdo con Lavalleja, que vino 
del Durazno, y con el que acordó en una entrevista la 
ejecución del proyecto, al que debía concurrir la escuadra 
y las milicias de aquél. Este plan combinado era acerta- 
do y feliz en el fondo y prometía resultados acaso decisi- 
vos, pero, elaborado sin meditación, preparado sin estu- 
dio, pésima y lamentablemente dirigido en tierra por el 
brigadier Lavalleja, ya sabemos que resultó un nuevo y 
sangriento desastre y un desgaste inútil de fuerzas, de par- 



(1) Entre los muertos el capitán Robinson, tenientes Echevarría y Curr}'; y 
entre los heridos, capitán Rearney, teniente Turner y otros. (Nunca se supo 
el número exacto, dice Brown, Campañas navales).'' 

(2) Nota del general Rodris:uez al Ministro de la guerra (18 de Marzo de 
1826).— Catálogo de la corresp. mil. de la Inspección general de armas de Mon- 
tevideo, 2* afto", pág. 60— Memorias de Bro'W'ii. 



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Empresas contra Patagones 275 

te de las bravas milicias uruguayas. Por fortuna, la isla 
de Martin García, (en la que se encontraban los 119 jefes, 
oficiales y tropa prisioneros que el 5 de Marzo de 182& 
se escaparon del Paraná), quedó en nuestro poder, á 
consecuencia de los ataques á la Colonia. El almirante 
Lobo explicó así á su gobierno el abandono de la isla: 
«Tomé el expediente de abandonar la isla de Martín Gar- 
cía, porque de nada nos servirá si se pierde la plaza de 
la Colonia, y perdida ésta, está perdida la margen orien- 
tal, quedándonos sólo Montevideo; salva la Colonia lo está^ 
también la margen oriental, siendo fácil entonces reto- 
mar la isla con una expedición». 

El almirante Lobo que meditaba dar un golpe á fondo 
á los republicanos, ordenó al jefe de la división naval 
que operaba en el río Uruguay se le incorporara. Brown 
fué noticiado del grave peligro de tal reconcentración y 
se propuso burlarla. Levantó entonces el asedio naval de 
la Colonia y maniobrando hábilmente escapó á las garras 
de Lobo que lo esperaba en el canal principal de esa» 
aguas, tomando uno no conocido de los imperiales. El 14,. 
por la tarde, la escuadrilla patriota, á la que el enemigo 
había dejado navegar libre y tranquilamente, fondeaba 
en valizas exteriores, donde el 16 se le incorporó un nuevo 
barco, el bergantín de 22 cañones «Independencia», capi- 
tán Bathurst. Brown, como siempre, había pensado agre- 
dir sobre la marcha á los contrarios, pero se dice que fué 
disuadido de ello por algunos de los jefes y oficiales ex- 
tranjeros, impresionados por el número y el aspecto impo- 
nente de la escuadra del Emperador. 

Por este tiempo fué apresado por la escuadra bloquea- 
dora (12 de Marzo de 1826) un barco mercante francés» 
que se dirigía á Buenos Aires. A su bordo, con otros 
pasageros y trayendo un cargamento de artículos varia- 
dos, venía el señor Antonio Martín Jhym, negociante 
alemán, que se proponía establecerse en la capital ar- 
gentina. El barco fué conducido por los apresadores á 
Montevideo, los que se incautaron de las mercancías, 



276 La campaña líAVAL 



apesar de las protestas de sus legítimos dueños y de las 
activísimas gestiones del Cónsul francés que, al fin, ter- 
minaron de modo favorable, aunque no sin serios per- 
juicios a los interesados, al señor Jhym, especialmente, 
que vendió sus mercancías en la plaza citada y pasó a 
Buenos Aires, lleno de justo rencor contra los impe- 
riales. 

Se encontraba á la sazón en Montevideo un personaje 
relacionado en el Brasil, el señor Federico Bawer (ó 
Baüer), el que intimó con Jhym, á causa de ser de la 
misma nacionalidad y al que^ayudó para recobrar sus 

mercaderías. 

Llegados á Buenos Aires, Bawer impuso á Jhym de las 
interioridades del grave negocio que lo traia á la ciudad. 
Se pusieron de acuerdo y, asociados, llevaron adelante 
el asunto ante el gobierno del Presidente Rivadavia, pri- 
mero, y ante el Presidente interino, doctor López, después, 
sin que prosperara, pues uno y otro rehusaron termi- 
nantemente su patrocinio oficial ó privado al grave ne- 
gociado. Bawer se decía el representante secreto de los 
jefes y oficiales de las tropas alemanas, recién llegadas 
al Janeiro en apoyo del Emperador Don Pedro, los que 
descontentos de su situación y aspirando á desmembrar 
en beneficio suyo el territorio del sud del imperio, limí- 
trofe á la provincia oriental, se proponían revolucionar 
ese pais y poner fin á la guerra con el Plata, previo el 
acuerdo y auxilios de su gobierno. Pero este asunto 
lio debe ser ahora sino esbozado, bastando que lo deje- 
mos indicado por razones de cronología y por ligarse á 
las operaciones navales de estos días. Lo trataremos con 
•detalles mas tarde, ya que su desenlace político y san- 
:griento se produjo en los preliminares de la paz con el 
imperio. Es un episodio interesante (que ha tratado 
brillantemente el doctor Mantilla en la Revista Nacional) 
«de la época, cuya documentación existe en el Archivo 
general de la Nación. El gobernador Dorrego — apesar 
del precedente sentado por Rivadavia y López — acogió 



r 



277 
Empresas contra Patagones 



con calor el plan, conducta que mereció críticas acer- 
bas de los contemporáneos y de la posteridad, en nombre 
de una moral severa y quisquillosa, quizá justa y pre- 
visora en, el fondo. 

A principios de Abril, Brown abandonó su fondeadero, 
con los barcos «25 de Mayo», «Congreso*, «Balcarce», 
«Sarandí», «República» é «Independencia». Dejó frente 
á la Colonia para vigilar sus aguas y hostigar la plaza, 
tres de sus buques y con los bergantines 26 de Mayo y 
Reptiblica y barca Congreso, se dirigió sobre Montevideo. 
Hizo sobre banco Ortiz algunas presas, entre ellas una 
goleta armada en guerra y una corbeta mercante, pero 
no pudo, á causa de los vientos y corrientes contrarias 
penetrar al puerto para atacar á los buques enemigos, 
entre los que se encontraba la fragata «Nitheroy» (capi- 
tán Norton, fuerte buque tripulado con 400 hombres y 
artillado con 36 cañones de á 24 y 32 carroñadas), que 
remontó inmediatamente su tripulación y levó anclas 
con otras cuatro goletas, dirigiéndose sobre los barcos 
argentinos, contra los que á las 3 de la tarde del día once 
abrió el fuego que duró hasta las 5 y 30, sosteniéndolo 
casi exclusivamente el 25 de Mayo, pues la Congreso se 
mantuvo alejada y el República (capitán Clark) es* 
quivó comprometerse á fondo en el combate! 

Los buques enemigos, con serias averías, ganaron el 
puerto con la noche. La «Nitheroy» tuvo 6 muertos y 
14 heridos, entre éstos el teniente Juan da Silva Lisboa. 
El 25 de Mayo, perdió su mastelero mayor y con otros 
daños materiales en su casco y aparejo, se reunió á los 
otros dos buques poniendo todos proa á la Colonia, donde 
incorporados los que allí quedaron, hicieron reunidos 
rumbo á Buenos Aires. En esta correría Brown tuvo 
24 bajas en sus tripulaciones, de los cuales 9 muertos y 
los restantes heridos. 

Pero el tenaz almirante no desiste de su plan contra 
la NüJieroy. Aprovecha la oportunidad de que el grueso 
de la flota enemiga se encuentre fondeada en Punta 



278 La campa5ía naval 



Indio y el 26 de Abril se hace á la vela sobre Montevideo, 
con aquél designio. Ignora que el barco objetivo de su 
empresa se ha incorporado á la escuadra de Punta 
Indio, y que esta, en masa^ marcha igualmente sobre la 
plaza. 

El 27, á la noche, Brown, que montaba el 26 de Mayo 
y seguido del bergantín Independencia y de cuatro buques 
mas, está á la vista del Cerro, que destaca su obscuro 
dorso y su giba de coloso sobre el horizonte, á la ma- 
nera de un gigantesco monstruo de la fauna prehistó- 
rica, que dormita en la playa. 

El almirante, lleno de esperanza en su plan que le 
rememora la hazaña de Cochrane en el Callao, aguarda 
á que la luna alumbre con su luz difusa las aguas 
tranquilas del Plata. Promediaba la noche, cuando el 
25 de Mayo avistó á corta distancia de su ruta, la masa 
imponente de un barco que Brown creyó ser la fragata 
de guerra inglesa «Doris». Dudando, (y esta duda fué 
una de las causas del poco éxito de la tentativa) se fué 
no obstante sobre ella, preparado á todo evento, listo 
su pquipaje para abordar y, convencido finalmente de 
que era el buque enemigo que buscaba, lo cruzó por la 
proa y le descargó tres formidables andanadas que rom- 
pieron con sus estanapidos el solemne silencio de la 
noche, con el trágico vocerío de los bronces. 

El 25 de Mayo se iba ya encima del contrario para 
abordarlo, cuando fatalmente se cruzó en su camino el 
Independencia. Entre los atacantes y el atacado se inició 
entonces un diabólico fuego de cañón y mosquetería. El 
jefe del barco imperial (que era la fragata «Emperatriz» 
y no la Nitheroy), Luis Barroso Pereyra, bravo é ilustrado 
marino, se defiende con fiereza desesperada y rindo he- 
roicamente su vida con otros muchos de sus camaradas, 
(15 bajas en total) hasta que al fin, viendo Brown que 
se le aproxima toda la escuadra de Lobo, se ve forzado 
á abandonar la ya segura presa^ con pérdida de parte 
de los patriotas de solo tres marineros muertos, aunque 



Empresas contra Patagones 279 



con averias en los barcos. La Emperat^^iz tinta en san- 
gre de sus marinos, quedaba poco menos que destrozada. 

El 28, los seis barcos republicanos cambiaron sin resul- 
tado algunos tiros con catorce barcos brasileros, que, 
á pesar de su gran superioridad en material, esquivaron 
un encuentro serio, dirigiéndose aquéllos á las aguas de 
Maldonadoj donde efectuaron un rápido crucero y algunas 
presas de poca significación, sin ser molestados por los 
contrarios; tanto pesaba el ascendiente moral de Brown 
y de sus audaces barcos. 

El 2 y 3 de Mayo, el ya famoso «25 de Mayo» inició 
un formidable combate con la poderosa fragata «Nithe- 
roy», en el banco Ortiz, donde ambos encallaron. Los 
demás barcos de Brown, excepto el «Sarandí», desam- 
pararon á su nave capitana, la que no tardó en tener 
que batirse contra toda la división enemiga (15 buques), 
sin grave daño por fortuna. Puesta á flote y en salvo la 
Ntíheroy, se incorporó á su división, haciendo rumbo á 
Montevideo. El 10 de Mayo, Brown, con su gloriosa nave 
y demás barcos de su escuadrilla, estaba fondeado de 
nuevo frente á Buenos Aires, donde reparando las averías 
sufridas, reorganizaría su flota que, apesar de todo se 
había impuesto materialmente al enemigo y muerto la 
autoridad moral y el prestigio del almirante Lobo, que 
fué despojado del mando y reemplazado por el vicealmi- 
rante Rodrigo Pinto Quedes, (*) que asumiría la autori- 
dad suprema de aquél, al que no era superior en ningún 



(1) El gobierno imperial á consecuencia de los anteriores y estos sucesos, 
exoneró del mando A Lobo, el 19 de Marzo, ordenándole su inmediato regreso 
á Rio. Nombró interinamente para sustituirle á Diego Jorge de Brito, pero 
este, á consecuencia de las heridas que recibió el 9 de Febrero, tuvo necesidad 
de ir al Brasil A curarse, sin asumir el mando. Encargóse de él, al jefe de di- 
visión Pedro Antonio Nunes, hasta que fué nombrado en propiedad, como coman- 
dante en jefe de las fuerzas navales en el Plata, el almirante Rodrigo Pinto 
Gnedes, Barón del Rio de la Plata, el que no tardó en hacerse cargo de su 
alto puesto. 

Lobo, llegado A Rio, fué confinado preso en la fortaleza de Santa Crwtt á 
las resultas del Consejo de Guerra que se le mandó formar por su conducta 
en las aguas de la Colonia, el abandono de Martin García^ la pérdida de la 
Isabel Maria^ la sorpresa A la Emperattia y el combate del 3 de Mayo. El 



2*^ La campaña naval 



sentido como lo demostrará su actuación. La escuadra 
brasilera quedará entonces organizada en tres gruesas 
divisiones, de las que una operará á las órdenes directas 
de Guedes, y las dos restantes á las de Norton y Sena 
Pereyra. 

Norton, con presuntuosa ligereza, había manifestado 
ser empresa fácil para él destruir de una sola vez, — 
conforme á las órdenes del gabinete de Río, lleno de 
coraje y de indignación por los continuos contrastes de 
Lobo— á la escuadrilla argentina. Pintos Guedesy no 
menos petulante, puso entonces bajo su mando con aquél 
objeto, una potente escuadra de veinte barcos, con los 
que el 23 de Mayo apareció el confiado capitán en las 
valúas exteriores ^>, firmemente dispuesto, al parecer, á dar 
fe con los hechos, de sus palabras. 

Con formidable aparato navegó el imperial ese día 
sobre Brown, que se aprestó rápidamente al desigual 
encuentro á que era provocado. El río, vivamente agi- 
tado por rachas huracanadas, hacía difícil las maniobras 
de los barcos republicanos, inutilizando la recia mare- 
jada «á las cañoneras y á los cañones de la cubierta 
baja del 25 de Mayo é Independericia*, dice Brown. En la 
playa de Buenos Aires, y en lo alto de los edificios y 
torres, un gentío inmenso, anhelante y hasta angustiado 



Consejo empero, por unanimidad de votos, absolvió A Lobo el 6 de Febrero de 
1827, por falta de pruebas^ en la mala dirección de las operaciones. 

Lord Cochrane, Marqués del Maranhao, llamado también á Rio para dar 
cuenta de su conducta en las provincias del Norte del Imperio, fugó á Europa 
en la fragata imperial Piranga, por lo que el 10 de Abril del mismo afto fué dado 
de baja de la armada brasilera. 

(2) Para la mas fácil comprensión de estas designaciones, diremos que 
el estuario (ó valiaas) interior del Rio se considera limitado por una linea 
de 110 kilómetrosc que parte de Punta Piedras (costa argentina) y termina en 
Punta Espinillo (costa oriental). El límite exterior ó estuario 6 valizas exte- 
riores, lo limita otra linea de 850 kilómetros, que arranca de Cabo San Antonio 
(costa argentina) y termina en Cabo Santa María (costa oriental). Este úl- 
timo limite, según Reyes, termina en Punta del Este (Maldonado) y tiene 
según él, de costa A costa, 270 kilómetros. El límite de la embocadura interior 
del Rio lo constituye otra linea de 46 kilómetros que parte de Buenos Aires y 
termina en el puerto de Conchillas. 



Empresas contra Patagones 281 

por el resultado de aquel encuentro de David con Goliath, 
se agolpaba lleno de honda emoción. 

Gallardamente formados los buquecillos de Brown, 
esperaron el ataque, balanceándose sobre las olas como 
potros ardorosos. El imperial abrió el fuego á distancia 
tal que lo hacía ineficaz. El fogozo Norton, á despecho 
de su abrumadora superioridad, se hacía prudente en 
extremo y mas dispuesto parecía á la retirada que al 
avance. Y se retiró, después de veinte minutos de loco, 
desordenado é ineficaz cañoneo, perseguido como la res 
por los lebreles! Volvería el 25 de Mayo — dos días des- 
pués — para tentar, con igual fortuna, á la victoria, es- 
quiva á sus armas y á sus bravos marineros, dignos de 
mejores y mas aptos caudillos. 

La escuadrilla iirgentina acababa de hacer su salva 
mayor en homenaje á la gloria del día, cuando á la 
1 y 15 p. m. se avistó la poderosa fiota de Norton, recta 
hacia las naves de la República, cuyas tripulaciones se 
suponían en tierra. Sobre el río fiotaban todavía, como 
rotos copos de gazas irizadas, el humo azulado de las 
salvas. Los corazones de la marinería batían presurosos 
y conmovidos por las notas augustas del Himno Nacio- 
nal. El espíritu de la Patria, palpitante en el aire y so- 
bre las aguas azules del río, agitaba el paño sagrado de 
las banderas 

En tales momentos, la presencia del enemigo en la 
rada exterior, parecía una temeridad. La indignación 
y el corage incendió todas las almas. 

Brown dio paño al punto á sus naves y salió al en- 
cuentro de los imperiales, que orzaron de pronto al S. O. 
virando un momento después de vuelta del Este. A las 
3 y 50 estaban en facha. Diez minutos mas tarde se en- 
contraban frente á los barcos republicanos, que cargando 
mayores y trinquetes dejaron á los de Norton á sotavento. 
El «Independencia», el «Río de 4a Plata» y el «Congreso», 
derribaban. A las 4 y 25 minutos, los cañones de la 
corbeta «25 de Mayo» tronaron la cólera de la patria. 



n 



282 La campaña naval 



secundados por loa del bergantín «Balcarce» y goleta 
«Sarandí». El cañoneo se hizo entonces general y formi- 
dable durante una hora, aunque sin gran daño de una 
y otra parte, por la distancia, que en vano tentaron 
acortar los nuestros. 

Veinte minutos después, parte considerable de los bar- 
cos enemigos ponía proas al Este. Los patriotas viraron 
sobre los que restaban en facha. No esperaron, vaci- 
lantes, ni el fuego ni el abordaje. Corrieron sobre la 
estela de los primeros para rehacerse lejos. A las 5, los 
cañones disparados en caza, enmudecieron totalmente. 
Delante, en franca fuga, iban los antes audaces adver- 
sarios, en espesa masa de cascos y de velas; detrás, en 
su seguimiento, las naves argentinas. Brown les dio caza 
hasta Punta Santiago. Las sombras de la noche y la dis- 
tancia hacían inútil la persecución. La noble sangre 
de seis muertos y siete heridos había regado la cubierta 
de nuestras naves. Era bastante para la gloria del día 
y de la acción! 

El 11 de Junio, volvieron los imperiales con treinta y un 
barcos sobre Brown, anclado en los Pozos con la «25 de 
Mayo», los bergantines «Independencia» y «República», 
barca «Congreso» y seis cañoneros, que, en conjunto, 
montaban ochenta y seis cañones, llevando cada caño • 
ñero una sola pieza de á 24, en barbeta, á proa. El resto 
de la escuadra, constituida por el « Balear ce », «Sarandí», 
«Río de la Plata» y cañoneros, estaba á la sazón en 
Martin Garcia, en desempeño de una comisión, pero logró, 
al mediar la tarde de ese día, incorporarse á los prime- 
ros, tomando gloriosa parte en el combate. 

Norton habla dividido su escuadra ese día en dos di- 
visiones, de la que una, compuesta del «Caboclo», «Ja- 
nuario», «Maceo», «Independencia ó Muerte», «7 de Mar- 
zo» y «Providencia», la confió á Greenfell, destinado á 
cortar la retirada á Brown por el lado de las islas de 
Hornos. Pero luego no mas, cambiando de resolución, 
reconcentró las dos divisiones bajo su mando. 



Empresas contra Patagones 288 

El fondeadero de los Pozos (tantas veces citado, y tea- 
tro de tan altas gallardías navales argentinas), situado 
al Nord-oeste de la ciudad, es un verdadero lugar de 
refugio (lo era entonces para los barcos y artillería de la 
época)^ lleno de bajos fondos, bancos y escollos de con- 
glomerados y tóbasy que defienden la entrada á las hoyas 
de aguas profundas, caprichosamente distribuidas, é im- 
piden el acceso de barcos de gran calado y difícil ma- 
niobra. Un canal estrecho que corre por entre el banco 
de la rada interior del puerto y el banco Camarones, da 
acceso á la red de pozos que dan nombre & esa porción 
del Plata. Fué al costado de esta entrada donde Brown 
formó su línea para recibir al enemigo, que avanzó re- 
sueltamente á velas desplegadas, llevando á vanguardia 
sus naves mas ligeras y á retaguardia las pesadas, las 
fragatas «Chiriguya» y «Nitheroy» entre ellas, que tro- 
pezaban con la grave dificultad de la falta de agua para 
navegar. 

El comandante de la barca «Congreso», nervioso, abrió 
sin orden expresa del almirante el fuego, contraviniendo 
lo dispuesto por él al respecto, momentos antes. Eran 
ias dos horas pasadas de la tarde. Los demás barcos 
patriotas secundaron á los cañones de la barca, con los 
propios. El enemigo, sorprendido, pues parecía haberse 
reservado la iniciativa, contestó al punto y vigorosamente 
con sus piezas, no solo enormemente superiores en nú- 
mero, sino también en la calidad del material y de la 
pólvora, aunque no mejor servidas que las contrarias. 
Pero fué tal la violencia y el desorden del fuego, tan 
malos los apuntadores en lucha y tan poco dispuestos 
parecían los imperiales á atacar á fondo y acortar dis- 
tancias (Brown tuvo el sereno acierto de no abandonar 
su posición defensiva que le imponía su inferioridad ma- 
terial abrumadora), que el combate resultó casi incruento. 
A las tres, la división de Martin García, merced á una 
maniobra hábil y enérgica — á travéz del banco de las 
Balmasj — que le evitó ser batida en detall por los brasi- 



284 La campaña naval 



leros, se incorporó á la acción, que se prolongó una hora 
mas y que cesó con la retirada de los imperiales, obe- 
dientes á las órdenes trasmitidas por las señales de la 
Nitheroy, nave capitana. Moral y materialmente, el triunfo 
era esta vez también de los argentinos. Norton declaró 
«que la posición ocupada por Brown hacía imposible ser 
atacado». 

El pueblo entero de Buenos Aires había asistido desde 
la playa al emocionante espectáculo y dádose cuenta del 
bizarro comportamiento de sus marinos, que habían recha- 
zado el ataque de su poderoso enemigo. Hizo á Brown 
y á sus compañeros que bajaron á tierra, una recepción 
triunfal, y el entusiasmo público no paró hasta conseguir 
que por su principal cooperación pecuniaria, el gobierno 
consiguiera adquirir y armar casi inmediatamente, tres 
nuevos barcos. El 3 de Julio, la bella señora María de 
Mendeville, secretaria de la Sociedad de Beneficencia» 
hizo á Brown á nombre de las damas de Buenos Aires, 
el presente de una hermosa bandera de seda, bordada 
en oro. 

La derrotada flota apareció de nuevo frente á Buenos 
Aires, en la rada exterior, el 29 de Julio, para restablecer 
el bloqueo directo de su puerto. Brown aparejó inmedia- 
tamente y se fué sobre ella, ese mismo día, sin preocu- 
parse de que iba á chocar con 23 barcos entre los que 
se encontraban Isls fragatas «Nitheroy» (36 cañones y 32 
carroñadas) y «María de Gloria» (36 cañones); las corbe- 
tas «Itaparica», «Liberal» y «Massias», con 22 piezas 
cada una; los bergantines «Pirajá», «Caboclo», «29 de 
Agosto» é «Independenza ó Morte», con 18 cañones cada 
uno y once goletas y tres cañoneras, es decir, un conjunto 
de cerca de 300 cañones y carroñadas. El almirante que 
arbolaba su insignia en el «25 de Mayo», su predilecto, 
no sabía además que de nuevo seria abandonado por sus 
camaradas, en el fuego, y que en el duro trance que le 
aguardaba, solo el fiel Rosales, comandante de la goleta 
Sioj seguiría las aguas y la fortuna de la nave capitana. 



Empresas contba Patagones ^5 



Eran las 9 y media de la noche del 29 cuando Brown, 
al frente de su flota, dio la señal de acometida: La 25 y 
la Rio hendieron como una cuña la línea imperial^ pero 
los demás buques no siguieron el movimiento, por lo que 
el Almirante, ardiendo en justa cólera, hubo de retro- 
ceder, abriéndose de nuevo paso á cañonazos entre el 
enjambre de naves enemigas. Se reunió á las propias, y 
en la madrugada del 30 se abalanzó otra vez sobre las 
contrarias, que hablan avanzado en su seguimiento, 
rumbo é los Pozos. 

Fué aquél un terrible cañoneo. En los barcos republi- 
canos se introdujo inmediatamente un tremendo desor- 
den. El «Balcarce», el «Independencia» y un bergantín 
corsario, al mando de un señor Dotan, hicieron rumbo 
al refugio de los Pozos; el «República» y la barca «Con- 
greso», á Punta Larüj sin orden unos y otros, y sin cau- 
sas ni averías que paliaran esta fuga (*> que arrojaba 
otra sombra sobre la luminosa tradición de la armada 
nacional! Sobre las aguas y en aquel infierno de fuego, 
el 25 de Mayo^ solo, animado por el alma acerada de 
Brown, se batía, herido y roto, contra los centenares de 
cañones imperiales. Ya ni gobernaba, cortadas cua- 
tro veces sus brazas. La cubierta estaba obstruida por 
los heridos, los muertos y los restos de aparejos, y en los 
puentes y las baterías, la sangre lo purpuraba todo, roja 
y humeante, pero el patrio pabellón batía su paño glo- 
rioso, como una caricia suprema por encima de sus he- 
roicos defensores; y los cañones, quemantes, vomitaban 
metralla, como el volcán sus lavas. Era como un león 
herido acosado por chacales. El «Caboclo» osó acer- 
carce amenazante de abordage por la proa, pero la me- 
tralla y la fusilería del Veinte y cinco lo arrojó de allí 
con gran destrozo, gravemente herido su jefe, el bravo 
comandante Greenfell, que perdió el brazo derecho. Tres 
horas llevaba ya de duración este estupendo episodio. 



(I) Brown, Acciones navales. 



286 La campaña naval 

cuando hicieron su aparición algunas cañoneras repu- 
blicanas y el «República». El «25 de Mayo», protejido 
por la goleta JtiOy pudo retirarse entonces, sin que el 
enemigo osara perseguirlo, pero solo pudo llegar al fon- 
deadero de los Pozos remolcado, tal era el estado á que 
había quedado reducido, llevando herido en su desgarrado 
casco á su bravo jefe, el capitán Espora y 23 compañe- 
ros, mas los nobles despojos de 14 de sus hombres, muer- 
tos. Abordo de los otros barcos hubieron 4 muertos y 
7 heridos. {Parte del combate, firmado por Antonio Toll, 
con el visto bueno de Brown) ^^K 

Tal fué el combate ó batalla de los Pozos que el señor 
Juan M. Espora, descendiente del glorioso jefe del «25 de 
Mayo», ha descrito, y á quien pertenecen los siguientes 
párrafos encomillados, que tomamos de su interesante 
narración, no sin decir que da en ella un efectivo de 31 
buques á los brasileros, contra el testimonio de Brown,. 
que dicen fueron 23. Además, omite detallar el aban- 
dono en que quedaron durante lo r-ecio del choque el 
26 de Mayo y la goleta Bio: 

«La insignia de Brown, ñameaba en la «25 de Mayo», 
Nuestro almirante, que jamás se había amedrentado ante 
un número mucho mayor de buques enemigos, porque 
siempre estaba acostumbrado á vencerlos, tomó las dis- 
posiciones para el combate con la mayor serenidad, é im- 
partió las órdenes del caso. Una vez terminado esto, se 
dirige á su segundo, joven de 26 años escasos, el enton- 
ces sargento mayor Espora y palmeándole en los hombros 



(1) El almirante Pinto Guedes, en sa parte de la acción^ documento que 
lleva la fecha del 11 de Agosto, dice que las fuerzas de ambos contendientes 
estaba equilibrada; que la 25 de Mayo montaba 22 piezas de A 12 en la bate- 
ría corrida del convéa, y 12 de á 24 en cubierta, y que las bajas argentinas, 
fueron muy superiores á las citadas, pues los heridos pasaron de noventa 
abordo de la 25. La verdad es que tanto del uno como del otro lado, se* dismi- 
nuy6 casi siempre la confesión de las bajas personales habidas en cada encuentro. 

Los imperiales, naturalmente, se atribu5'eron el triunfo de la jornada del SO 
de Julio. Su gobierno promovió á jefes y oficiales. Acordó al bravo Juan ' 
Pascual Greenfell, capitán de fragata, una pensión anual de 600.000 reis y lo 
condecoró, lo mismo que á Norton, Beaurepaire, Sena Pereyra, Eyre, Thompson 
y Ferreyra, con la orden do Cruceiro. 



Ehpbrsas contra Patagones 287 

le dice con tono risueño : Espora, hoy tendremos un diu 
glorioso j si todos cumplen con su deberá como sé. que lo hará 
este buque,.. 

« Un momento después truenan los cañones de los im- 
perialistas^ acto continuo contestados por los de nuestros 
buques cuyos tripulantes y el pueblo que estaba apiñado 
en la ribera responden á su estampido con un / Vivo la 
patria! y un prolongado ¡hurra!. El combate estaba em- 
peñado. Los brasileños, sea por orden de su jefe ó por 
hacer alarde de su fuerza, estrechaban la línea con vi- 
gor, haciendo un nutrido fuego de artillería, el cual era 
secundado por el de fusilería desde las cofas. 

« No había que dudarlo, ellos pensaban ese día aniqui- 
lar para siempre nuestra pequeña escuadra, pero de 
preferencia trataban de convertir en pedazos á la «25 
de Mayo», capitana argentina. 

« Esta era atacada por fuerzas muy superiores y su 
cubierta barrida por los proyectiles, á punto de que los 
tripulantes tenían que recoger los cadáveres para dejar 
expedito el tránsito sobre cubierta. La arboladura de la 
«25 de Mayo» había sido completamente destrozada, no 
quedando sitio donde la metralla no hubiera hecho sentir 
sus terribles efectos: pero sus heroicos marinos habían 
jurado irse á pique antes que rendir el pabellón^ y fieles á su 
promesa sacaban fuerzas de donde las saca el heroísmo 
para cubrir con eterna gloría el pabellón que ñameaba 
en los mástiles de sus naves, ó si no hundirse en los abis- 
mos, con la convicción de los que cumplían su deber hasta 
el sacrificio. 

« El comandante Espora estaba gravemente herido. En 
circunstancia en que toma una bocina, viene una bala y 
se la lleva, pero vuelve á pedir otra sin turbarse. Brown 
al ver su buque inutilizado, sigue el ejemplo de CoUing- 
vood en Trafalgar y vá á hacer flamear su insignia en 
el «República»... Antes de abandonar la «25 de Mayo» 
le dice á Espora : Prenda u^ted la Santa Bárbara antes qu£ 
rendirse. Egte, recostado sobre el puente de su buque 



288 La campaña naval 



«despreciando los dolores físicos de su herida, cual otro 
Dupetit Tliouars en Aboukir, ordenó á sus marinos, que 
si él moría y el buque era rendido por los brasileños, al 
abordaje, arrojaran su cuerpo al agua, pues prefería ser 
pasto de los peces argentinos y no trofeo del enemigo. Entonces 
un marinero que en otros combates había dado pruebas 
de muchísimo valor, responde con la nobleza y altivez 
del gaucho : Mi comandantey pa que nos agarren el barco es 
preciso que tuitos haigamos muerto. 



« Entretanto, el desigual combate se prolongaba ya por 
espacio de dos horas. El bergantín enemigo «Caboclo», 
mandado por Juan Pascual Grenfell, jefe déla escuadra 
brasilera, era el que hacía más vivo fuego y tomaba mas 
empeño en destruir completamente el bajel republicano. 

« En medio de la desesperación, los marinos de éste 
que aún podían servir las piezas, cargan una de estas y 
como último consuelo y esperanza la disparan sobre el 
«Caboclo» al grito de ¡viva la patria! El proyectil es bien 
dirigido y barre la cubierta del buque enemigo, hiriendo 
gravemente en el brazo izquierdo á su comandante, que 
cae aniquilado por la herida. Entonces, el buque se re- 
tira, pero los otros sostienen el combate y tratan más 
que nunca de destruir á la «25 de Mayo». 

« El comandante de la pequeña goleta «Río», Leonardo 
Rosales, al ver así aislado y en lucha tan desigual al bu- 
que de la patria, acude en su auxilio á toda fuerza de 
vela, después de haber sostenido un reñido combate con 
dos buques enemigos, y logra, por medio de una hábil 
maniobra, interponerse entre los atacantes y nuestra ca- 
pitana, luchando heroicamente. ¡Qué dia aquel de tanta 
gloria para el capitán Rosales y para la «Rio», luchando 
á la par de la «25 de Mayo», cuyo distintivo sigue con 
heroísmo y mirada tranquila, en medio de aquel turbión 
de balas y de muerte! Cuando se había disipado un poco 
el humo, distingüelo Brown y exclama conmovido seña- 




Almirante D. Guillermo Brown 



Empresas contra Patagones 289 



lándolo al estímulo de los demás : ^¡bahe batirse mi pobre 
muchacho con su brava gaviota! ». 

Pinto (íuedes, despechado por sus contrastes, dando 
cuenta á su gobierno de la batalla de los Pozos, en nota 
fecha 3 de Agosto, dice de Brown: « Se bate siempre dis- 
parando ó huyendo á fuerza de vela, sin admitir combate 
regular á distancia propia de quien sostiene el punto con 
honra: siempre se cubre de los bancos, dispuesto á la 
fuga cuando está en descubierto. No se cuida del pundo- 
nor, anexo á los oficiales de las marinas regulares. Toma 
siempre el camino del guerrillero ó salteador y>. 

El 31 de Octubre de 1826, una escuadrilla imperial 
compuesta de una fragata, dos bergantines y una goleta, 
echó el ancla en la bahía de Maldonado, con el propósito 
de ocupar el pueblo, para lo que traía un destacamento 
de tropa de la guarnición de Montevideo. 

Maldonado carecía en ese momento de medios de de- 
fensa, pero se encontraba en él el capitán César Pournier, 
bravo oficial de marina que servía á las órdenes de Brown 
y que anteriormente, el 21 de Septiembre, con 3 botes y 
21 hombres, se había apoderado en ese mismo punto de 
una goleta de guerra enemiga (la Leal Paulistana, armada 
con dos cañones de á 24 y tripulada por 60 hombres), 
y que el 12 de este mes, tripulando una escuna con otros 
oficiales y 47 marineros, fué perseguido por cuatro barcos 
brasileros, viéndose en el caso de embicar su buque en 
la costa de la Colonia, del que se apoderó el enemigo, 
aunque perdiendo la principal de sus naves, de 18 caño- 
nes, que varó sobre unas restingas y se fué luego á pi- 
que. Pournier, ^^^ protegido por parte de los buques ar- 
gentinos que mantenían el bloqueo de la Colonia, salvó 
toda su tripulación, armamento portátil, municiones y tres 
pequeñas balleneras, que cargó en carretas, dirigiéndose 
á Maldonado, donde le encontramos ahora. 

Los cuatro buques imperiales, que montaban cañones 



(1) «El mas osado de los bandidos extranjeros» lo llama el historiador da 
Silva, en su Historia Naval brasilera ^ página 118. 



n 



290 La campaba naval 



de los calibres de 6 á 36^ abrieron el fuego sobre la in- 
defensa villa^ pero el capitán Pournier que á fuerza de 
ingenio y de grandes trabajos había conseguido traspor- 
tar desde la Punta del Este un cañón de á 24, que montó 
sobre una cureña que fabricó á toda prisa con sus mari- 
neros, logró emplazarlo á las 5 a. m. del día 4 de No- 
viembre, á medio tiro de cañón del enemigo, rompiendo 
inmediatamente el fuego sobre la fragata que érala mas 
vecina, y la que ofrecía mejor blanco, por consecuencia. 

A las 8, la pieza de Pournier enmudeció, después de 
consumir catorce tiros, únicos que había podido prepa- 
rar. A medio día pudo disparar otros dos, y á la tarde 
otros tantos. El enemigo, en la lucha, había lanzado so- 
bre los defensores— que á la sazón contaban con el apoyo 
del regimiento de milicias del coronel Olivera — unos 
trescientos proyectiles, con resultado negativo, mientras 
en la fragata se contaban 7 muertos y 8 heridos, con 
graves daños en el casco y aparejo ^*\ 

En el pueblo no había ya un solo grano de pólvora, 
pero en el puerto, entre los barcos atacantes, estaba al 
ancla una polaca Sarda, que Pournier, con toda audacia, 
tripulando una canoa, abordó á las 10 de la noche del 5, 
con mar gruesa, donde compró unas 70 libras del precioso 
explosivo y algunos fusiles. 

A las 5 de la mañana del 6, dueño de 8 cargas con sus 
proyectiles, Pournier reabrió, lenta y cuidadosamente el 
fuego, como si gastara oro puro, sobre la fragata, acu- 
diendo para cubrirla el bergantín y la goleta, recibiendo 
ésta dos tiros á metralla que la obligaron á retirarse 
apresuradamente para reparar sus averías, y recibir un 
refuerzo¿de guarnición que se le envió en un bote desde 
la primera. Abordo, tenía muertos á su comandante y 3 
soldados y 17 heridos. A las 8, el cañón patriota calló de 
nuevo, por la misma causa anterior. A sus ocho disparos 
se había respondido con cuatrocientos, sin otro resultado 



(1) Parte de Fournier. 



Empresas contra Patagones 291 



que llevar el brazo de uno denlos defensores í^). A las 5 de 
esa tarde, la escuadrilla abandonó el puerto, rumbo á 
Montevideo, con su barco principal descangallado y ha- 
ciendo agua, y los otros no menos mal parados. Un de. 
sastre en suma. 

Nos hemos detenido, glosando el diario de Fournier, so« 
bre este hermoso episodio, porque él es parte á compro- 
bar, como fué de ineficaz la acción de la flota imperial 
cuántas veces puso enjuego sus poderosos recursos — cóme- 
lo veremos en el caso del ataque á Patagones — y como^ 
por el contrario, la pobre pero enérgica acción argentina 
sacando fuerzas de la nada, supo siempre imponerse 
cuándo no triunfar abiertamente en combates despropor- 
clonados y heroicos, no por falta de valor guerrero en 
los adversarios, seguramente, sino porque sus jefes se 
mostraron en la mayoría de los casos, inferiores á su 
misión dirigente, cuestión ésta grave y seria, digna de la 
profunda meditación de los gobernantes, que abandonan 
al favor palatino lo que es una propiedad del mérito, 
provocando encumbramientos militares que no resisten á 
la primera prueba, y que la nación paga con desastres 
dolorosos y humillantes. Oh! los generales y los almi- 
rantes impresionistas de parada y desfile, qué caroa 
resultan en la paz y qué vergonzosos en la guerra! Caren- 
tes de autoridad, de prestigios, de experiencia y de ta- 
lentos, el brillo de sus entorchados los empañará el ridí- 
culo y el trágico clamoreo de la derrota irreparable! 

Entre tanto, el almirante Brown, después de la batalla 
de los PozoSj se había consagrado á reorganizar la es- 
cuadra fondeada en valizas exteriores, á la que se propuso 
tonificar, dando de baja á gran número de marineros ex- 
trangeros, que reemplazó por criollos. 

A mediados de Agosto de 1826 se encontraba en la costa 
de Cabo Corrientes y á la espera de los barcos comprados 
en Chile por el coronel Vázquez, pero como estos no He- 



(1) Parte de Fourníer. 



292 La campaña naval 



garan, el gobierno se propuso que buscara su incorpora- 
ción en el mar y que, aprovechando la circunstancia del 
desamparo en que se hallaban las costas brasileras, 
efectuara un crucero por ellas. 

Con este designio se hizo á la mar en la noche del 26 
•de Octubre con la SaraJidi (capitán Coe) por capitana, el 
bergantín República (capitán Granville) y la barca Con- 
greso (capitán Masón). Se dirigió hacia la Colonia para es- 
quivar un encuentro con la escuadra imperial, pero los 
vientos y las corrientes obligaron, parece, al República y 
Congreso á regresar. Brown siguió con la Sarandi y tuvo 
la fortuna de unirse en Cabo Corrientes á la corbeta 
Chacabuco (único de los buques de Vázquez que llegó al 
Plata), barco de 22 cañones y 150 plazas, mandado por el 
capitán Jorge Bytnon, con el que operó hasta el 12 de 
Noviembre en que lo despachó en misión á la isla de San 
Sebastián. Brown debía gobernarse en esta empresa dig- 
na de su temperamento audaz y emprendedor á las ins- 
trucciones del Ministro de Guerra y Marina, que llevan la 
fecha de 25 de Octubre de 1826, en cuyo primer articulo 
se condensa, como en un postulado, el pensamiento y pro- 
pósitos del gobierno. 

« Siendo el objeto— dice ese artículo — en general de este 
crucero, hacer sentir al emperador del Brasil todo el peso 
de la guerra, y no estando sugetas á cálculo las circuns- 
tancias que puedan presentarse al general para conseguir- 
lo con más fruto, el gobierno deja á su discreción y genio 
el detall de sus operaciones; recomendándole solo, que 
ái3il) ?rivíúni33 lo 3 males que en la vasta extensión 
de la costa del Brasil pueda hacer fácilmente al enemigo, 
no debe malograrlo exponiéndose aun combate desigual». 

Se le prevenía que una vez que se le incorporara la cor- 
beta «Chacabuco», á la altura de cabo CorrienteSj se dirigie- 
ra rectamente á las costas y puertos enemigos, «sin com- 
prometer acción en el Río de la Plata». Sus facultades eran 
amplias, conforme al derecho de gentes y prácticas de las 
naciones, y se le muñía de doce patentes de corso, en 



Empresas contra Patagones 29o 



blanco, para que las usara en el modo mas conveniente. 
Se le establecía como punto de recalada y base primera de 
operaciones, la bahía de San Blas, y por fin, que el crucero, 
no debería durar más de cuatro ó cinco meses. 

La aparición de los dos barcos argentinos en las costas 
brasileras, causó las alarmas condignas, lastimando hon- 
damente los sentimientos de la nación, quo no podía 
explicarse como podía ser así burlado ol bloqueo del 
Plata y la escuadra brasilera, muchas veces más fuerte 
que la contraria. Brown puso el sello á esta situación 
realmente extraordinaria, presentándose frente á Rio 
Janeiro^ á la que hizo formal declaración de bloqueo que, 
naturalmente, no pasaba de una «parada» . 

En el curso de esta campaña puso en conmoción las 
costas del Janeiro, Santa Catalina y Río Grande. Apresó 
al bergantín Defensor Perpetuo^ de 18 cañones, cuyo man- 
do confió al teniente Gad, del Sarandi, tres zumacaSj etc., ^^^ 
cargadas de artículos de comercio, y cambió algunos ca- 
ñonazos con las baterías de San Sebastián^ hasta que al fin, 
sin lograr encontrar á la Chacabuco en los sitios desig- 
nados al efecto, regresó triunfante á Buenos Aires, pa- 
sando altiva y seguramente por en medio de la nota 
imperial, dando el ancla en el punto de partida el 25 de 
Diciembre, lleno de confianza en su estrella, de autoridad 
y de prestigio, después de haber burlado ágil como un 
delfin é inagarrable como un fantasma de las nieblas 
marinas, la persecución de Norton y de Guedes, que lo 
buscaron vanamente. El año 26 terminaba así brillante- 
mente, como un augurio de los grandes y memorables 
triunfos que aguardaban á las armas argentinas en tierra 
y en mar^ en los albores del siguiente. 

Se inauguraron con la captura de la goleta San Jorge, 
el 24 de Enero de 1827, de cuyo suceso Brown dio cuenta 
en el día al gobierno desde abordo do la Sarandi, en el si- 



(1) El total de barcos apresados fueron 15. 



294 La campaña naval 



guíente oficio que queremos registrar aquí, porque es 
hermoso por varias consideraciones : 

« El general en jefe de la escuadra nacional que 
subscribe, tiene el honor de poner en conocimiento del 
Excmo. señor Ministro de Guerra y Marina, como hoy á 
las 12 del día, á distancia de dos leguas de la línea, 
apresó una goleta brasilera nombrada San Jorge Ameri- 
cano, transporte que había venido de Montevideo, para 
la escuadra imperial, su patrón Patricio Martínez, car- 
gada con 60 barriles de pólvora de cañón, de 5 arrobas 
cada uno; así mismo se han tomado 8 fusiles, 8 sables, 1 
cañón de bronce de á 2, y por la relación adjunta se im- 
pondrá V. E. de los prisioneros que se han tomado. 

« También se han apresado 741 patacones en plata y 
45 en cobre, los mismos que conduce el benemérito te- 
niente coronel D. Tomás Espora, encargado de entregar- 
los á la Comisión recaudadora de la subscripción para 
enganche de los marineros que deben tripular los tres 
buques, República^ Congreso é Independencia; cuyo generoso 
desprendimiento ha hecho la oficialidad y tripulación de 
la escuadra. Tales son, Excmo. señor, los deseos que ani- 
man los compañeros de armas que en la lucha me acom. 
pañan por destruir los enemigos de la República». 

Los prisioneros eran doce. Cinco soldados de la fragata 
Emperatriz^ cuatro marineros de la escuadra imperial, uno 
de la goleta, y Patricio Martínez y Juan Soriano, argentinos. 

Ya hemos dicho, al tratar de las operaciones de tierra, 
que los imperiales esperaban, como muy probable^ que el 
general Alvear tomara por punto de invasión el sector 
de la frontera del Ouaraim^ apoyando su izquierda y sus 
comunicaciones en la línea del Uruguay. 

Lecor, mas que Barbacena, lo creyó así y en consecuen- 
cia se dispuso, de acuerdo con el almirante Pinto Gue- 
des, entorpecer desde luego la operación, ocupando sin 
tardanza el río con una fuerte división naval, cuya 
principal misión, parece era cortar las comunicaciones 
del ejército republicano con las provincias de Entre Ríos 



Empresas contra Patagones ^5 



y Corrientes, y cooperar por ese lado y por ese medio, á 
la acción ofensiva de Barbacena sobre Alvear, recon- 
centrando rápidamente en el cuartel general de Santa 
Ana, la división del Yagüarón — su extrema izquierda — 
para caer en masa sobre los republicanos, maniobrar 
oblicuamente sobre su frente y flanco derecho, acorra- 
larlos sobre el Uruguay y obligarlos á una batalla con 
el río á su espalda ocupado además por las naves del 
imperio que les cortarían la retirada por ese lado. Si ese 
plan existió era heY'moso y formidable. Pero ya sabemos 
que las cosas pasaron de muy diversa manera; Barbace- 
na no era Lecor. En todo caso, la brillante hipótesis de 
éste costó á los imperiales una derrota ruidosa y la pér- 
dida de aquella impórtate vía fluvial. 

Cluedes, en consecuencia, (después del apresamiento de 
la goleta Eio de la Plata), preparó en Montevideo una 
fuerte división de rio, de 17 buques bien tripulados, y ar- 
mados, al mando superior de Jacinto Roque da Sena Pe- 
reira, marino de reputación, que se hizo luego á la vela 
afines de Diciembre de 1826, internándose en el Uruguay 
que remontó hasta SoríanOy sin preocuparse de lo que 
podia suceder á su espalda, que consideraba bien guar- 
dada por la potente escuadra bloqueadora de Norton, 
fuerte de veinte y ocho unidades de distinto porte^ mon- 
tadas por un millar y pico de combatientes^ entre las 
que se contaban 6 fragatas, que, solas, eran muy supe- 
riores á toda la escuadrilla argentina. 

Sabedor Brown de la aventurada empresa confiada al 
jefe de la tercera división naval enemiga, se propuso 
«embotellarlo» en el Uruguay, primero; rendirlo ó des- 
trozarlo luego. A este objeto se dirigió desde valizas el 
26 de Diciembre, con rumbo á Martin Garda, con 
el bergantín «Balcarce», (14 cañones de á 6 y 9 libras, 
capitán Seguí), goletas «Sarandí» (7 cañones de 9 y 18, 
capitán Coe), «Maldonado» (2 cañonea de á 24 y 6 de á 
12, capitán Espora), «Guanaco» (6 carroñadas de á 9 y 
dos cañones de á 18, capitán Graville), «Unión» (2 caño- 



296 La campaña naval 



nes de á 12 y 8 carroñadas de á 9, capitán Shannon), 
«Pepa» (2 cañones largos de á 9, capitán Silva); la suma- 
ca «Uruguay*, capitán Masón (con 1 cañón de á 18 y 6 
carroñadas de á 9), más 8 lanchas cañoneras con un ca- 
ñón cada una de 12 ó 18 libras. En total 15 barcos, con 
44 cañones y 20 carroñadas. 

El 29, Brown apareció frente á frente de Sena Perara, 
fondeado en la embocadura del Río Negro, con gran sor- 
presa del imperial. Cambió con él á guisa de saludo, al- 
gunos disparos y le envió en seguida de parlamentario al 
capitán Coe, con la intimación de rendirse; pero el jefe 
brasilero desconoció el respetable carácter de éste y lo 
apresó, con los marinos que lo acompañaban. 

Viendo Brown que no regresaba su emisario, apesar 
de la promesa de Sena Pereira, y sospechando la verdad 
de lo ocurrido, quiso vengar de inmediato tal indignidad, 
pero no se lo permitió el viento. Solo sus cañoneros, ayu- 
dados por remos y con gran fatiga, se aproximaron á la 
división de los imperiales, á la que cañonearon una hora 
replegándose después. 

Brown, dándose cuenta de que Sena Pereira no aban- 
donarla para batirse la favorable posición que ocupaba, y 
creyendo atraerlo en pos suyo, descendió el río hasta la 
angostura de Punta Gorda, y levantó una batería de cir- 
cunstancia en la isla del Vizcaíno, que eligió como punto 
táctico de apoyo, tarea inútil, pues Pereira lejos de ir 
en su busca se alejó, remontando el río hasta el arroyo 
de la China. 

Brown resignó interinamente el mando en el entonces 
teniente coronel Espora y bajó á Buenos Aires, en deman- 
da de artillería adecuada para fortificar Martin Garcia, 
llave del Uruguay, convencido de que la tercera división 
naval enemiga, se vería al fin obligada á bajar al estua- 
rio. En todo caso, quería evitar que la isla, desguarnecida 
á la sazón, cayera en manos del comodoro Norton, y se 
proponía en definitiva hacer de ella su base de operado- 



Emprksas contra patagones 297 



nes^ cuando de nuevo remontara el Uruguay en demanda 
de Sena Pereira, si éste persistía en su actitud. 

El 6 (le Enero reasumió el mando en I unta Gorda, 
sacó los cañones emplazados en la isla del Vizcaíno y los 
condujo á Martin Garda, nombrando jefe del punto itl co- 
mandante Espora, el que trabajó con tezón en las obras 
fortiflcatorias y levantó el reducto «Constitución», que fué 
guarnecido con 20 artilleros y 80 milicianos venidos de 
la capital. Sena Pereira continuaba no solo tranquilo en 
el Uruguay, sino que contaba con secretas inteligencias 
¡triste episodio! y con el apoyo de algunas autoridades de 
Entre Ríos y Santa Fé ^^K El viejo espíritu del año veinte! 

El 18 de Enero, Brown sostuvo una escaramuza con 
cuatro barcos que al mando del comandante Federico Ma- 
riath í^> aparecieron en el canal de la isla. No tuvo ma- 
yores consecuencias, pero el 24 logró apresar la goleta 
«San Jorge Americano», á que antes nos hemos referido. 

Apercibido tardíamente el jefe de la división brasilera 
de operaciones en el Uruguay de los peligros de su si- 
tuación, se propuso sin duda regresar á Montevideo, ó 
incorporarse á la división de Norton. 

Aparejó en consecuencia y se dio á la vela con diez y 
siete buques para ganar el estuario, pero alas 11 a. m. 
del 8 de Febrero se encontró inopinadamente á la vista de 
los barcos de Brown, que esperaba á los contrarios, á la 
altura de Dos hermanas. El enemigo, á quien era total- 
mente favorable ésta circunstancia y la corriente, pudo, 
con un poco de audacia y resolución, tentar romper el 
cerco — ya que parecía temer el combate deliberado — y 
abrirse camino á viva fuerza, mucho mas cuando á su 
vista y á retaguardia de Brown, aparecía la división na- 
val de Mariath. Entre dos peligros, optó fatalmente por 
el mayor y echó el ancla^ á tiro de cañón casi de los 



(1) El almirante Brown. corrobora y concreta estos carjfos: ver Acciones 
Navales, páginas 64 3* 65. 

(2) Brown y otros escriben Marta/i: es un error. Este jefe fué destacado 
por Pinto Guedes para protejer & Sena Pereira y atacar á Brown por reta- 
guardia, si se internaba en el Uruguay para batir á aquél. 



298 La campaña naval 



patriotas, preparando por su propia mano la acción y 
el desastre del Juncal. 

Brown, imposibilitado de ir á su encuentro, por causa 
de viento contrario y no deseando permanecer inactivo, 
lanzó sobre los 17 barcos enemigos sus 8 lanchones-cafto- 
neros que, remontando el río á fuerza de remos, abrie- 
ron el fuego á las 3 de la tarde y que mantuvieron, vivo 
y enérgico, hasta que cesó á causa de una gran tormen- 
ta, no sin producir el incendio de una nave imperial y 
causar destrozos en otras. Las dos escuadras, vigilán- 
dose, quedaron á la vista, sobre el ancla. Coe, apro- 
vechando la confusión reinante, logró fugar é incorpo- 
rarse á los patriotas. 

Eran las 8 y 30 de la mañana del 9, cuando los ca- 
ñones del bergantín, las 6 goletas y los ocho lanchones 
argentinos reabrieron el combate con los 17 buques bra- 
sileños, que respondieron vigorosamente, llenando de 
formidables estampidos el río y las verdes frondas de las 
islas, engalanadas con todas las pompas de la primavera, 
espectadores impasibles de aquel duelo trágico de los 
hombres. Dos horas largas duró el violentísimo cañoneo, 
al que Brown quiso poner término, confiando más en el 
choque decisivo y breve del abordaje, que en la acción 
balística de la defectuosa artillería de aquel tiempo, poco 
precisa y solo verdaderamente eficaz á cortas distan- 
cias . Obedecía también en ésto á su propio temperamento 
que se inflamaba en el combate. Era como un soldado 
de caballería que todo lo esperaba de la carga y el sable, 
y esta tendencia de su alma bizarra, este firme deseo de 
«combatir y vencer» según el concepto de Dragomiroff 
y de Langlois, y esta peculiaridad de su táctica, la sabia 
compartida por los jefes de sus barcos y por las tripula- 
ciones, (depuradas en gran parte de extranjeros), ele- 
mentos de lucha cuerpo á cuerpo, llenos de soberbio des- 
dén por el combate de lejos y á pura bala 

Maniobró en consecuencia y se echó fieramente sobre 
los imperiales, que, sin poder ya moverse para conser- 



Empresas contra Patagones 299 

varse á distancia, se defendieron valerosamente breve 
término, como tentando sobreponerse al vértigo de la 
fatal derrota que los amenazaba. 

Vigorosamente acosada la caj>itana (bergantín Januario) 
que montaba el comandante de la flota enemiga, capitán 
de mar y guerra Jacinto de Sena, fué rendida, así como 
tres hermosas goletas y un barco hospital con heridos y 
enfermos. El resto de la rota escuadrilla, sin esperar á 
más, abandonó el campo en abierta fuga y espantosa 
confusión. Dos buques mas fueron apresados en la boca 
del Paraná. El comandante del «Januario» logró fugar 
en un lanchen con parte de la tripulación de su barco, 
pero el resto de esta y de otros, cayó luego prisionera y 
Mariath (que situado á la espalda de Brown con sus 
cuatro buques, no osó disputar el paso del caíwl del in- 
fierno á los cañones de Martin Garcia y tomar á los re- 
publicanos de revéz, llevando un concurso decisivo á 
Sena Pereyra que contaba con él), una vez consumado 
el desastre de sus compañeros, á que asistió impasible y 
culpable, huyó á su vez. 

Reparadas sus averías, Brown, con diez barcos remontó 
el río el día doce, en demanda de los buques fugítiv^os. 
A la altura de San Salvador encontró los restos de tres 
naves brasileras (escunas «Libertad del Sud», «Itapoan» 
y «7 de Marzo») encalladas é incendiadas por sus propios 
tripulantes. El día 13, llegado á la barra del Río GuaU- 
guaychúj penetró personalmente á él en dos lanchas con 
22 hombres elegidos, y lo remontó, hasta que avistados 
los cinco buques fugitivos objeto de su expedición, los 
abordó, sin que lo resistieran sus tripulantes que se azo- 
taron al agua y ganaron la costa, donde fueron ampa- 
rados por las autoridades y vecindario de Gualeguaychú, 
que se negaron á entregarlos (eran cuatrocientos) á Brown, 
apesar de sus reclamos. Los enemigos de la patria en- 
contraban protección en la tierra entrerriana! Así lo 
añrma Brown, en sus «Acciones Navales». 

Dos barcos imperiales habían logrado huir á la perse- 



300 La campaña naval 



cución de los primeros momentos por el Paraná Gutiérrez. 
El bravo Espora, dejando apostados en la boca del Güazú 
las goletas «Guanaco» y «Unión», y cinco lanchones en 
Caracoles y Palmas, remontó el Güazú en su busca con la 
goleta «29 de Diciembre» y un cañonero. Sin embargo, 
era ya tarde. Los dos barcos, hábilmente conducidos, 
lograron salvarse. Era lo único que de la hermosa flota 
de Sena Pereira había escapado al tremendo desastre 
de la batalla del Juncal: lo demás, con su jefe superior, 
oficiales y tripulaciones quedaba prisionero, salvo los 
tres buques varados é incendiados que hemos citado ^'^ 
Era y fué este un triunfo completo y brillante, alcan- 
zado sin gran sacrificio de sangre argentina. Quebrantó 
hondamente la moral de la escuadra bloqueadora al par 
que levantó la de Brown, dotándolo de nuevas unidades 
de combate. La noticia del ruidoso triunfo fué jubilo- 
samente recibida en Buenos Aires, alentando á todas las 
almas, llenas de fervorosa fe en el porvenir y de noble 
confianza en sus soldados, como si se presintiera el otro 



(1) Los partes del coronel Rafael Hortiíjuera al Ministro de Guerra y Ma- 
rina de fecha 8, 9 y 10 de Febrero, anuncian que el día 8 le fué incendiado al 
enemigo 1 barco, y que el 9 se le tomó á los imperiales 4 buques. En su parte 
del 10, refiriéndose á la acción de 9 dice: que el resultado fué quedar prisio- 
neros seis barcos de guerra enemigos, de. los mejores, y un mercante con enfer- 
mos, habiendo fugado aguas arriba nueve buques. 

El parte del almirante Brown, fecha 9, dice haberse apoderado en el com- 
bate de ese día del bergantín Janttarto, goletas Oriental ^ Veteova y otra que 
no nombra. 

En el parte del 10, ampliación del primero, anuncia haberse apoderado de 
otras dos goletas cañoneras, y de una goleta hospital. 

En el parte del 19 anuncia que habiendo salido en busca de los barcos ene- 
migos que huyeron Uruguay arriba, después del combate del 9, vio frente á 
San Salvador los restos de tres de estos, que habían sido incendiados, y que se 
ha apoderado t>n Güalegüayc/tú de otros cinco, habiendo logrado escapar por 
el Paraná Gutiérrez otros dos. 

En realidad, los barcos tomados á los imperiales en la batalla articulada 
del Juncal fueron: el bergantil Januarío (14 cañones); goletas Batioca (2 ca- 
ñones de á 24 y 6 carroñadas de á 12), Oriental (11 cañones varios calibres y 
uno giratorio de á 18), Veteova y dos mas, con un queche, montando cada uno 
de estos tres barcos, cañones de á 18 y de á 24; más cuatro hermosas cañoneras 
con piezas de 18, 24 y 82 libras (1 por barco), y la goleta hospital: total, doce bu- 
ques, que con los tres incendiados y los dos que lograron fugar, resultan los 17 
de la tercera división naval. Los barcos que huyeron á Gilalegüaychü ha- 
bían arrojado al agua casi toda su artillería, para alijarse. 



Empresas contra Patagones 301 



grande y memorable suceso que haría del mes de Febrero 
de 1827, el mes de gloria de la desigual campaña contra 
el orgulloso Emperador americano. 

El Ministro de Guerra y Marina, Francisco de la Cruz, 
felicitó calurosamente en nombre del gobierno á los ven- 
cedores, y el Soberano Congreso General Constituyente^ 
por su parte, decretó el 21 de Febrero de ese afto, un 
Escudo de Honor^ que debería llevarse en el brazo iz- 
quierdo. 

Esta condecoración, de oro para el almirante, de plata 
para los jefes y oficiales y de bronce para los marineros 
y soldados, llevaría esta leyenda: «Gloria á los vencedo- 
res en las aguas del Uruguay^ 9 de Febrero de 1827», 
con trofeos navales al centro. El 2 de Marzo de ese 
afto, una nueva Ley del Congreso, fijaba premios en di- 
nero á los vencedores del Juncal^ acordando 20.000 pesos 
á Brown, y el importe de dos meses de sueldo á los 
demás ^^K 

Pero la victoria obligaba á Brown á paralizar por el 
momento sus operaciones. Sus buques habían sufrido 
averías que reclamaban la reparación condigna. Era 
además necesario remontar las tripulaciones y alistar 
los barcos apresados en el Juncal. 

Regularmente artillada y guarnecida Martin Garciaj 
abandonó Brown sus aguas el 22 de Marzo y tomó rumbo 
á la capital con 21 barcos, dispuesto á batirse con la di- 
visión bloqueadora del puerto de Buenos Aires mandada 
por el reputado comodoro dinamarqués Pritz, fondea- 
da frente á Quilmes. Esta división estaba compuesta por 
la fragata Emperatriz, enorme mole artillada con 50 pie- 
zas de gran poder; la corbeta Liberal, con 23; cuatro ber- 



(1) El 26 de Octubre de 1827, el coronel Dorrego. Gobernador del Estado 
de Buenos Aires, acordó á Brown, en Acuerdo de Gobierno, otro premio de 
50.^ «n pesos en fondos públicos de 6 ''/^i por la toma de la escuadra de Mon- 
tevideo en 1814. 

Esta resolución no fué moiu propio del gobierno; fué motivada por una 
solicitud de Brown, que la reclamaba, cosa esta que, justa y todo, no favo- 
ece su desinterés y patriotismo. 



302 La campaña naval 



gantines de á 18 cañones, y otros cuatro buques menores 
con 20 piezas. 

Con el brio acostumbrado, Brown se lanzó al combate 
(24 de Marzo), que se prolongó con violentísimo fuego 
de una y otra parte desde las 3 de la tarde hasta la 
caída de la misma. Durante la lucha y proveniente de 
la Colonia con cargamento de pólvora y municiones, se 
incorporó á Pritz la goleta 2 de Diciembre^ que voló con 
espantoso estruendo, incendiada por los proyectiles repu- 
blicanos, pereciendo 117 hombres de su tripulación, entre 
ellos el capitán Carvalho. 

El combate no tuvo mayores consecuencias. Los im- 
periales, con grave daño en vidas y material, se retira- 
ron durante la noche de ese día. Brown tuvo abordo de 
sus buques 7 muertos y 10 heridos, y recogió prisioneros 
á los sobrevivientes de la 2 de Diciembre, En la tarde 
del 2b, el almirante fué objeto de una recepción deli- 
rante y triunfal en el puerto y calles de Buenos Aires. 

Los corsarios, entre tanto, aumentando en audacia y en 
número, efectuaban casi impunemente sus correrías, reca- 
lando en algunos puntos de la costa sud argentina, espe- 
cialmente en Patagones y bahía San Blas, base de sus 
afortunadas correrías, dañinas en todo sentido á los in- 
tereses del imperio. Por esos puntos se efectuaba ade- 
mas, con igual impunidad, el tráfico comercial del inter- 
cambio internacional de la República. De ese foco habían 
salido muchas expediciones corsarias que operaban eu 
las mismas vecindades de Río Janeiro, llegando hasta la 
extremidad norte de las costas del imperio y efectuando 
presas importantísimas en el litoral y en los puertos. 
El gabinete de Río se propuso, en consecuencia, poner 
remedio á estos hechos que hacían casi totalmente ilu- 
sorio el bloqueo del Río de la Plata. 

Una fuerte expedición fué entonces dirigida contra el 
Carmen de Patagones, al mando del capitán de fragata 
James Shepherd, la que se presentó á la vista de la barra 
de Patagones el 27 de Febrero de 1827. 



Empresas contra Patagones 303 

La expedición constaba de las corbetas Duqueza de 
Goyáz é Itaparica, bergantín goleta Escudero y goleta 
Constancia, con 55 piezas de artillería, de varios calibres, 
entre cañones de bronce y de fierro, colisas y carroñadas, 
y 654 hombres de tripulación. 

La población, como perdida y abandonada en la lejana 
costa austral, no estaba apercibida para afrontar este 
grave conflicto^ pero llena de espíritu nacional y resuelta 
á defenderse, lo estubo inmediatamente, siendo el alma 
de ella el comandante del punto, Martín Lagarra, el co- 
mandante de la corbeta nacional Chacabuco, Santiago 
Jorge Bysson, y el ayudante de la comandancia Sebas- 
tián Olivera, jefe de la improvisada columna de caballe- 
ría local, que operó sobre los trescientos y tantos hom- 
bres que desembarcaron de los barcos de guerra de 
Shepherd, rindiéndolos íntegros. Los vecinos y los pa- 
trones y tripulaciones de los barcos corsarios «Hijo de 
Mayo», «Hijo de Julio» y «Oriental Argentino» ^^\ coad- 
yubaron entusiastamente á los planes de Lagarra y Bys- 
son, aquellos ^^^ alistándose en los piquetes de infantería 
y caballería que se constituyeron, y los segundos encar- 
gándose, con los marineros de Bysson, del servicio de 
la artillería del pequeño fuerte del lugar. 

Avistado el enemigo y en medio del patriótico entu- 
siasmo de las autoridades y vecindario, marcharon á 
ocupar la batería y fuerte el coronel Felipe Pereira con 
un pelotón de infantes, cincuenta hombres montados, los 
marineros de la Chacabuco, patrones de los corsarios ci- 
tados y sus tripulaciones, á los que se agregó un va- 
queano, Molina, con 23 hombres. Se corrió luego los 
alrededores, dando la alarma, armándose á los vecinos 
que se presentaron todos espontáneamente, organi- 
zándose la defensa. 

En esta situación, el enemigo avanzó resueltamente, 



(1) Jaime Harris, M. Bibois y Pedro Doutant, respectivamente. 

(2) Entre los vecinos se distingruieron por su decisión y servicios, Ramón 
Ocampos, Manuel Alvarez, Blas Urefta y Fernando Alfaro. 



304 La campaSa naval 



promediando el día 28^ menos la goleta Constancia que 
quedó varada un poco afuera y á cuyo bordo se acogió 
parte de la tripulación de la corbeta Duqueza de Go- 
lf áz (^\ 

La corbeta Itaparica y bergantín Escudero^ después de 
un breve aunque vigoroso cañoneo con el fuerte, reforza- 
das sus tripulaciones con las de los otros dos buques, y 
llevando los hombres destinados al desembarco, forzaron 
la entrada del río Patago7ies. En consecuencia, el coro- 
nel Pereira, con el grueso de su fuerza, se replegó sobre 
el pueblo para defenderlo é impedir el desembarco, mien- 
tras el comandante Bysson, después de desembarcar al- 
gunos cañones y municiones y emplazarlos en el fuerte, 
montando abordo de la zumaca Bella Flor y seguido de 
los corsarios Oriental Argentino, Chiquilla y Emperatriz, se 
preparó á abordar la Constancia, pero, por rápido que 
fuera *el apronte de estos elementos, solo estubieron lis- 
tos cuando la goleta enemiga, zafando de su varadura, 
se puso en franquía, desembarcando tropa el 30, al sud 
del pueblo, la que atacada vigorosamente, abandonó los 
botes que la trajeron á tierra, con el equipo, ganando 
precipitadamente la costa y guareciéndose al amparo de 
los fuegos de la Constancia. Los imperiales efectuaron 
después otro desembarco al Norte del fuerte, del que lo- 
graron apoderarse, por estar casi desguarnecido, clavando 
sus cañones y reembarcándose luego. 

La Itapirica y el Escudero abandonaron el puerto 
el 4 de Marzo, abordando la costa á poca distan- 
cia, donde se hicieron de algunos víveres. El coman- 
dante Bysson se propuso atacarlos, pero luego supo que 
los dos barcos habían desembarcado el 6, la tropa que 
llevaban con ese objeto, la que, á las órdenes directas 
de Shepherd, se encontraba en el morro de la caballada 
en la mañana del día 1, la que fué hostilizada por la 



(t) Este hermoso buque varó también A la entrada del rio, perdiéndose 
totalmente el 29 y con él unos cuarenta de sus tripulantes, que se ahogaron. 
El resto se salvó en la Constancia. 




Coronel D. Félix de Olazábal 



Empresas contra Patagones 805 



artillería de los barquichuelos de Bysson y por guerrillas 
ágiles y audaces de ginetes. El jefe de la expedición 
brasileña fué muerto en uno de estos tiroteos. 

Bysson, por su parte, con la zumaca y los tres bar- 
quitos corsarios salió, en demanda de la Itapirica y el 
Escudero, barcos de que se apoderó bizarramente, rin- 
diéndolos, cayendo luego como el rayo sobre la Constan- 
cia^ que continuaba al ancla en el mismo punto de la 
costa donde la hemos dejado, á la que rindió igualmente 
el mismo día 5^ apoderándose del buque y de 9 oficiales 
y 110 de tropa. 

Entre tanto, la columna de tierra quedaba después de 
estos sucesos irremisiblemente perdida. Privada de su 
jefe, con la moral profundamente quebrantada, fué arran- 
cada del cerro que ocupaba, tiroteada y acosada sin 
descanso por Olivera y sus ardorosos soldados ciuda- 
danos. 

Atormentada por la sed^ retrogradando sin rumbo fijo, 
la columna invasora resistía no obstante, pero estaba 
claro su fatal destino. 

Al cruzar en su penosa retirada por un campo de altas 
gramíneas resecas por el sol, fueron éstas incendiadas 
por los patriotas. Olivera intimó la rendición y la logró 
en el momento, tomando prisioneros á 11 oficiales de 
todo grado y 306 soldados y marineros. Es justo agre- 
gar que aquella tropa, aunque con muy poca pérdida de 
su efectivo, había salvado con su resistencia angustiosa 
el honor de sus armas. 

Parte de los prisioneros fué embarcada á bordo del 
brique «Ana», que debía conducirlos al Salado, pero los 
brasileros, vista la débil custodia del buque, se subleva- 
ron, y apoderándose del barco, se hicieron conducir á 
Montevideo. Se libertaron así los oficiales Eyre, Corter, 
Hayden, Joaquín, Pecurario, Nery, Ouseley, Ignacio y 
Marqués Lisboa, mas 1 guardia marina, 3 pilotos prácti- 
cos, 2 comisarios^ 4 escribientes^ 8 oficiales de caballería, 



306 La campaña naval 



2 de artillería de marina, 8 oficiales de mar y 58 mari- 
neros y soldados. 

Tal fué el fin de la confiada empresa imperial contra. 
Patagones^ con pérdida total de todas sus naves, abundan- 
te armamento, pertrechos y hombres. La gloriosa acción 
— que apenas nos había costado una docena de bajas, 
entre muertos y heridos— nos dejaba hábiles para nave- 
gar y combatir, tres hermosos barcos que se incorpora- 
rían á la escuadra con los nombres de «Ituzaingo», 
«Patagones» y «Juncal», y excelente y numerosa artillería;, 
una riqueza en aquellos tiempos de franciscana pobreza 
en recursos y elementos de guerra. Además, quedaron 
en poder de los vencedores once banderas brasileras, de 
las que hoy apenas existen dos en la municipalidad de 
Patagones^ habiéndose perdido no se sabe cómo las res- 
tantes. Sin embargo, los bravos de Patagones no alcan- 
zaron en premio de su denuedo, ni una cruz ni una cinta 
de honor para su hazaña! También entonces la gratitud 
nacional tenía sus horas de penoso olvido que la histo- 
ria devela con serena amargura! 

La acción de los corsarios recrudeció con estos suce- 
sos (en cuya persecución se perdió totalmente mas tarde,, 
á principios de Octubre del 27, al norte del Janeiro, la. 
espléndida fragata de guerra «Paula»^ mandada á la 
sazón por el capitán de mar y guerra, Cándido Fran- 
cisco de Brito Victoria), pero estos descalabros no que- 
brantaron la tenacidad de los imperiales, que el 20 del 
mes y año citados, mandados por el comandante Eyre,. 
inglés, se presentaron nuev_amente en las aguas de Pa- 
tagones con la corbeta «Masayo» (18 cañones), y los ber- 
gantines «Independenza» ("14 cañones) y «Caboclo» de 
12 piezas, los que el 21, enarbolando la bandera argenti- 
na, pretendieron entrar por sorpresa al puerto de bahía- 
San Blasy y desembarcar parte de su tripulación. 

Pero no les valióla vituperable estratagema. El jefe 
superior de Patagones acorrió sin tardanza al punto 
amenazado, el que al llegar en la madrugada del 22,, 



Expresas contra Patagones 307 

se encontró con que la Masayo y el Independenza se habían 
perdido totalmente en la costa, dejando prisioneros en 
nuestro poder dos jefes y 78 marineros y artilleros. El 
resto de los tripulantes — menos unos 50 hombres que se- 
ahogaron— fué recogido por el Caboclo, que el 24 se habla, 
alejado de aquellos parajes tan fatales á las armas bra- 
sileras. 

El 29 de ese mismo mes y año, el enemigo perdía otro- 
buque en la costa del Sauce (aguas de la Colonia), siendo 
apresado su jefe el teniente D. Santiago Wilson y 25 
hombres, por una partida patriota al mando del teniente 
D. Pedro Pablo Torres, siendo incendiado el barco por 
los vencedores, á causa de no ser posible ponerlo á flote,, 
pues había varado. 

Con anterioridad á estos sucesos se había producido 
la desgraciada misión de paz confiada al señor Manuel 
José García, de que nos ocuparemos mas adelante. El 
ruidoso fracaso de este negociado infelicísimo, dio im- 
pulso á las operaciones bélicas. Guedes, barón del Río 
de la Plata, conformándose á las perentorias órdenes que 
le trasmitió el Ministro marqués de Maceió, reabrió las 
navales. 

Brown, por su parte, había recibido órdenes análogas 
para efectuar un nuevo crucero en las costas de Río 
Grande y Santa Catalina, y, prontos los bergantines «Re- 
pública» é «Independencia», goleta «Sarandí» y barca. 
«Congreso», se movió con ellos en la noche del 6 de 
Abril. El almirante alzó su insignia en el República y 
maniobró en el sentido de esquivar las naves bloqueado- 
ras, conforme á sus instrucciones, que le prevenían 
además dirigirse directamente al Carmen de Patagones,. 
apresurar la reparación y armamento de los buques re- 
cientemente tomados en aquel punto, é incorporarlos á 
los primeros y entrar entonces de lleno al desempeño de 
su comisión. Los buques de Patagones fueron bautiza- 
dos con los nombres de «Juncal» (capitán Coé), «Itu- 
zaingo» (capitán Masón) y «Patagones» (capitán Lo ve). 



L. 



^08 La campaña naval 



El movimiento de Brown fué observado por los blo- 
queadores, que esa misma noche se pusieron en franquía 
para cerrarle el paso con 18 naves (entre ellas las fraga- 
tas «Emperatriz» y «Paula»), preparando así el desigual 
y reñido combate de Monte SantiagOj que, por una serie 
de incidentes fatales y la enorme desproporción de 
fuerzas, resultó un desastre aunque glorioso para la 
escuadrilla argentina. 

En la madrugada del día 1, con fuerte viento que del 
Norte había saltado á la sazón al N. E., encallaron el 
República y el Independencia, fondeando inmediatamente á 
sus costados y en su protección, los otros dos, donde fue- 
ron atacados al aclarar, por los enemigos. Dos de los 
barcos argentinos no sólo estaban imposibilitados de 
jugar todas sus piezas, sino que ahora contaban con un 
buque menos, la barca "Congreso", que Brown despachó 
á la Ensenada, debilitándose y haciendo mayormente an- 
sgustiosa su situación; rara resolución por cierto, por mas 
que la inspirara el pedido de refuerzos. 

Por fortuna en estos primeros ataques, muy prudentes, 
los imperiales no se fueron á fondo, mantenidos en res- 
peto por la autoridad del almirante y la bravura de sus 
compañeros. El bergantín Independema ó Morte, encalló 
á su vez, y viendo su comandante que del costado del 
República se desprendían dos lanchas para abordarlo, 
arrojó al agua sus cañones y otros efectos, con lo que 
logró zafar, fugando en seguida. 

A bordo de los barcos republicanos se combatía y se 
trabajaba por poner á flote al República y al Independen- 
cia. Toda la noche del 7 se ocupó en la tarea del alije, 
libre del enemigo,— que se vio forzado á retirarse esa 
tarde con grandes averías, — pero inútilmente. 

Al día siguiente, la fragata «Paula» concentró el fuego 
de su poderosa artillería sobre el Independencia, cuyo 
jefe, el capitán Drumond, viendo agotadas las municio- 
nes, pasó al «República» en su busca. A su regreso, una 
bala de cañón le dio gloriosa muerte en su barco, que. 



Empresas contra Patagones 309 



hecho trizas y sin tener ya ni pólvora ni balas para- 
combatir ni ser volado, arrió su bandera, siendo ocupa- 
do por la gente del Caboclo. 

El Eepáblica, destrozado y pura hilacha, agotadas casi 
completamente su municiones y el Sarandl sin ningunas,, 
mantenían empero á raya á los contrarios, rechazándo- 
los. Pero la situación del primero se hizo do todo punta 
insostenible. Brown entonces embarcó en botes su tri- 
pulación y heridos (él mismo lo estaba, aunque no de gra- 
vedad), y se dirigió al Sarandi, prendiendo fuego al 
desmantelado República, que á las 9 de la mañana del 
8 ardía gloriosamente sobre aquellas aguas, testigos de 
la temeridad y del heroísmo de sus marinos. El Sarandi 
llegó con fortuna al puerto de Buenos Aires. 

El formidable encuentro nos había costado dos barcos. 
El Independencia perdió dos tercios de su tripulación en- 
tre muertos, heridos y prisioneros. El República tuvo 
14 heridos (el almirante j el capitán Granville entre 
ellos) y 3 muertos. El Sarandi 12 heridos y 6 muertos. 
Granville perdió un brazo y el bravo mayor Drumond, 
al rendir su noble vida, dirigiéndose á los camaradas 
que le rodeaban solícitos y ensangrentados, les dijo: 
«decid al almirante que he cumplido con mi deber y 
que muero como un hombre.» Eran caracteres comple- 
tos aquéllos! 

De parte de los imperiales las pérdidas fueron con 
todo superiores á las republicanas, en muertos y heri- 
dos. Sobre el lugar del combate quedó varada la fragata 
«Paula». La corbeta «Liberal», los bergantines «Cabo- 
clo», «Independenza ó Morte», «Pirajá», «Río da Prata» 
y tres goletas, la «Concepción» entre ellas, sufrieron 
graves averías, recalando en Montevideo para repa- 
rarlas. 

Después de este desigual combate se suceden una 
larga serie de encuentros y episodios, audaces siempre, 
no siempre completamente afortunados, con algunos con- 



•»10 La campaña naval 



trastes, que no logran abatir el ánimo de los heroicos 
marinos republicanos. 

Tales son los combates en las aguas de Martín Garcia 
el 5 de Agosto, en que Rosales, con la «9 de Febrero», 
se cubrió de gloria, y en las de la Colonia el 8, contra 19 
iDuques enemigos; el apresamiento de la goleta María 
Teresa en el combate del 15 de Junio de 1827, hermoso 
barco de 14 cañones que fué rendido, sin sacrificio de 
sangre argentina, tomándose prisfoneros á su bordo á su 
iDravo comandante el capitán Martín Aníbal Bolt, 5 ofi- 
ciales y 54 de marinería; un breve encuentro frejite á 
isla Gorríti, el 27 de Septiembre de 1827; el combate 
feliz de la Juncal, Sarandi y Asunta (Octubre 18 de 1827) 
con cuatro goletas y dos bergantines imperiales, "Pira- 
já" y "Maranhao", en los Pozos, que fueron arrojados y 
perseguidos hasta valizas exteriores; un combate con 
corsarios, el 7 de Noviembre en la costa del Salado; un 
encuentro desgraciado el 6 de Diciembre, en que fué 
gravemente herido Pournier; un cañoneo sin consecuen- 
cias en el canal exterior, el 4 de Enero de 1828, después 
del apresamiento de un barco corsario; el apresamiento 
en la misma fecha, de la goleta de guerra t9 de Octubre, 
en las aguas de la laguna Mini] un recio cañoneo sin 
resultados, el 15 de Enero de 1828 en las aguas de la 
Ensenada, al N. E. de Monte Santiago; la pérdida de dos 
lanchones republicanos el 20 de ese mes y año en la 
iDarra de San Migusl (laguna Miní); el rechazo déla es- 
cuadra brasilera en los Pozos, el 1^ de Febrero de 1828; 
el apresamiento de un bergantín en Cabo Frió, por el 
capitán Fournier, el 5 de Febrero de ese año; el repre- 
samiento del bergantín Sicilis por los capitanes Agustín 
Erescano y Manuel Larrosa, frente á los Quümes, el 17 
de Febrero de 1828; una recia escaramuza de Brown, 
con tres barcos, contra una división bloqueadora, (13 
buques) frente á Monte Santiago, el 22 de Febrero del 28, 
que terminó con el apresamiento del corsario enemigo 
Fortuna; el rechazo de una división enemiga en las aguas 



r 



Empresas contra Patagones 311 

de los Pozosj que consiguió Brown al frente de tres bar- 
cos, el 12 de Abril de 1828; los combates del 17 y 19 de 
Junio de ese año, frente á Punta de Lara^ el primero entre 
los barcos brasileros y la batería «Brown», de la costa; 
y el segundo entre buques enemigos y los de Brown, 
que el 22 se hizo dueño de la artillería y demás efectos 
del bergantín imperial «9 de Enero», que había sido 
echado á pique frente á la batería citada^ en los encuen- 
tros de esos días ^^K 

El 24 de Junio de 1827, el capitán G. C. De'Kay, 
montando el corsario «General Brandsen», armado con 
dos cañones largos de á 1 2, dos carroñadas de á 8 y cua- 
tro de á 12, con 66 hombres de tripulación, había iniciado 
un brillante y atrevido crucero de un año, haciendo al- 
gunas presas y sostenido combates con fuerzas imperiales 
muy superiores, á las que derrotó, tomándoles 130 caño- 
nes, 5000 fusiles y otros efectos, además de los prisio- 
neros. 

De regreso el bravo Kay y perseguido por 21 buques 
enemigos, sostuvo el 17 de Junio de 1828 con éstos, un 
recio combate en punta de Lara, en que les infligió gra- 
ves pérdidas en hombres y material, haciendo arrear la 
bandera imperial al bergantín «Niger», á quien le mató 
35 hombres é hirió otros tantos, entre éstos Norton, que 
perdió bizarramente un brazo en la acción y que fué 
reemplazado por el comodoro D. Juan de Botas. 

Pero el buque patriota, después de pelear como un león, 
agotadas todas sus municiones, utilizó trozos de cadenas 
como proyectiles hasta que, habiendo encallado, fué ne- 
cesario abandonarlo, abriendo en su bodega algunos rum- 
bos, para que se hundiera. La batería Broten, empla- 
zada en la costa, disputó bravamente sus despojos á 



(1) En el combate del 19 se produjo un ingrato episodio. El comandante de la 
cañonera número 4, Manuel Rodríguez, catalán, se rindió cobardemente á los bra- 
sileros, entregándoles junto con su barco, el plan de seftales de Brown. La 
cafionera fué luego no mas reeonquistada á fuerza de armas, entre un violento 
cañoneo, lavándose asi la fea mancha de la traición y cobardía de Rodríguez. 



312 La CAMPAÑA NAVAL 



los imperiales, los que no pudieron apoderarse de él, 
y que al fin fué incendiado por la escuadrilla de Brown 
en los combates que sostuvo con el enemigo el 19 y 
20 de Agosto. De'Kay (que había hecho prisionero al 
capitán del bergantín «9 de Agosto» y á 3 marineros) 
tuvo en el combate relatado 8 muertos y 12 heridos, 
llegando á tierra con éstos y los prisioneros, y el 
resto de los tripulantes del Brandsen. En los comba- 
tes del 19 y 20 los republicanos tuvieron dos bajas; y 
heridos por accidente de explosión de unos saquetes de 
pólvora abordo del Uruguay y su comandante^ el capitán 
D. Juan Francisco Seguí, un guarda marina y tres de 
tropa. Los imperiales, además de la pérdida del «9 de 
Agosto» que quedó irreparable, experimentaron unas 80 
bajas entre muertos y heridos. 

Se suceden después algunos otros hechos de armas de 
escasa significación, y de que someramente nos ocupare- 
mos mas adelante, junto con los esfuerzos felices del 
gobierno y del pueblo de Buenos Aires para adquirir 
nuevos buques. 

Tal fué la actuación brillante y heroica de aquella 
improvisada y diminuta escuadra de Brown, tripulada 
por hombres de raza y creencias diversas, durante la 
guerra con el Brasil, en veinte y nueve combates y en- 
cuentros aislados, en los que no faltaron episodios de 
estupenda y temeraria bravura, de choques audaces y 
gloriosos, dignos del bronce de la historia, como aquel en 
que la goleta Rio de la Plata, acosada por 17 barcos ene- 
migos^ se batió durante dos horas hasta que, material- 
mente acribillada por el hierro enemigo, informe, destro- 
zada, tinta en la noble sangre de sus defensores, se hun- 
dió, sin arrear el pabellón glorioso y magnificado, entre 
los gritos frenéticos de sus tripulantes legendarios de: 
¡Viva la Patria! ¡Viva la libertad!, á la manera que el 
cóndor centenario, herido traidoramente por el plomo que 
rompe sus alas soberanas en el espacio, se abate sobre 



Empresas contra Patagones 313 

la tierra, llenando los abismos y las quebradas natales- 
con su ronco y melancólico grito de batalla ! 

Asi, la poderosa nota enemiga había sido impotente- 
para lograr ninguno de los objetivos de su misión y se- 
puede decir con verdad que no había cosechado sino de- 
sastres, perdiendo por la acción de la escuadrilla del al- 
mirante Brown, por los golpes de mano de los corsarios,., 
por la acción de la defensa de Patagones y los accidentes 
marítimos, unos 50 buques, de todo tipo y porte, y 300 ca- 
ñones mas ó menos, de todo calibre, además del arma- 
mento portátil ^^^ 

Abordo de los barcos enemigos no había faltado bra- 
vura y heroísmo, seguramente: faltó dirección superior,. 
energía, carácter y competencia en el alto comando del 
conjunto de la flota y de sus divisiones. Por el lado ar- 
gentino, (además del abuso que se hizo de las correrías en 
crucero) hubo exceso de audacia y de temeridad irrefle- 
xiva de parte de Brown, que nos trajo desastres que pu- 
dieron evitarse y que pudieron ser mayores. HubieronL 
también, ya lo hemos visto, ingratas notas de debilidad 6 
cobardía, pero la luz del cuadro es tan intensa y cálida,^ 
que anula esos pasajeros y raros desmayos del alma de 
los bizarros actores, expuestos por la acometividad gue- 
rrillera del Almirante, á tensiones mas que humanas. 



()) El historiador naval brasilero da Silva^ dice que en Diciembre de 1827,. 
los imperiales llevaban perdidos unos 50 buques de guerra de todo tipo. 



Capítulo IX 

Victoria de Ituzaingo 



Sumario : — El generalísimo Barbacena— Brown y Callado— Retros- 
pecto de la situación militar — Situación delicada del 
ejército argentino— Faltas de iniciativa de Barbacena— 
Maniobras lógicas de Alvear— Evacuación de San Gabriel 
— Indecisiones del general imperial— Nuevas faces de la 
situación & la luz de los escritos inéditos del coronel 
Iriarte— Alvear y el pasaje del Santa María— Posición y 
movimientos de los beligerantes— El boletin b^ del ejér- 
cito argentino— Propósitos reales de Alvear— La con- 
tramarcha del 19 es fruto de su inspiraci<}n— Compro- 
bación de la sorpresa de Barbacena— Abandono y 
quema de equipos en Caciquey— La cuestión del pá- 
sage del Ibicuby grande— El diario del comandante 
Pacheco— Ídem del comandante Díaz- Alvear pensó 
pasar con el ejército el Santa María— La situación y 
estado del rio le imponen el abandono de ese plan 
— No hubo elección previa ni previo estudio del campo 
de Ituzaingo— Juicio filosófico de Eduardo Acevedo 
Diaz— Alvear y Lavalle -Proyecto de motín— El episo- 
dio de la entrega de la bandera del ejército argentino 
—La cuestión de los efectivos argentinos y brasileros 
en la batalla— Bosquejo topográfico del campo de batalla 
— La batalla de Ituzaingo por los documentos oficiales 
contrapuestos— Preparación, desarrollo, episodios y re - 
sultados de la acción- Trofeos— Bajas— Victoria táctica 
del ejército argentino— Comprobación razonada— Car- 
gos injustos al general Alvear— Premios militares— Pro- 
mociones— Proclama de Alvear. 



El generalísimo imperial, Pilíberto Caldeira Brant 
Pontes, Vizconde, teniente general Marqués de Barbacena 
y comandante en jefe del ejército del Sud, había susti- 
tuido oficialmente en este último cargo, el 11 de Enero 
de 1826, al general Francisco Paula Damasceno Rosado, 
caído en desgracia ante el Emperador, como su almirante 



816 Victoria de Ituzaingo 



Perreira da Lobo. La estrella militar del marqués, sink 
culminar, no tardaría en palidecer á su vez, falta de- 
calor vital, cediendo el puesto á Lecor, de nuevo llamado 
á la dirección de la guerra, en la que tampoco sería, 
mas feliz que sus antecesores. 

El general marqués de Barbacena, nacido en el estado 
de Minas Geráes en 1772, había estudiado con éxito 
humanidades en Lisboa, y luego cursado los estudios de la. 
Academia de Marina de la misma ciudad, como cadete,, 
en 1788. 

En 1811 regresó al Brasil donde, con el rango de briga- 
dier, prestó servicios importantes, de orden civil. EL 
movimiento separatista de Ipiranga lo encontró en In- 
glaterra. Formó desde luego en las filas revolucionarias,, 
teniendo ocasión de negociar y conseguir del Ministerio- 
Canning, el solemne reconocimiento de la independencia, 
de su patria natal, y del nuevo orden de cosas represen- 
tado por la gloriosa revolución y Don Pedro L 

En 1823 está otra vez en el Brasil. El joven y brillan- 
te monarca utiliza sus vinculaciones inglesas y le confia 
la negociación de un fuerte empréstito en Londres, que 
Barbacena conduce á buen término. El relevo del 
mando que hemos citado, parece que no debilitó las sim- 
patías ni la confianza del soberano por su amigo y 
subdito, ya que, terminada la presente guerra, veremos, 
al marqués volver á Europa con la alta misión de acor- 
dar el matrimonio de D. Pedro, con la princesa Amelia, 
de Leutchemberg. 

El señor teniente general de Barbacena (generalmente- 
llamado mariscal) tenía, pues, en estos momentos decisi- 
vos para su reputación y fortuna militar, 55 años de edad,, 
vigorosamente llevados. 

Tenía el marqués la distinguida cultura caracteristica 
de la aristocracia brasileña^ pero nada de extraordinaria 
ó desaliente señalaba hasta hoy su personalidad, llena 
por otra parte de perfiles personales simpáticos. En rea- 
lidad, no era un hombre de guerra, y en este terrena 



Victoria de Ituzaingo 31' 



-debemos aceptar el juicio autorizado que al respecto 
formula el historiador Pereira da Silva, ya citado en el 
«capitulo octavo. No carecía, es necesario reconocerlo, 
ni de conocimientos teóricos del arte militar, ni de cierto 
golpe de vista profesional, que por instinto llenaba los 
•claros de la ausencia de experiencia en el comando 
directivo, pero su espíritu caía pronto en la irresolución, 
trabajado además por sus dos mentores: Brown, jefe de 
estado mayor, y Callado, jefe de la segunda división 
•del ejército. 

El brigadier Juan Crisóstomo Callado, hombre ehérgico 
y soldado de sólida preparación (que salvará con Barrete 
el núcleo imperial de la derrota táctica de Ituzaingo, como 
vamos á verlo), fué en extremo útil á Barbacena, en mas 
amplia y mas eficiente medida que el mariscal de campo 
Gustavo Enrique Brown, talento concreto y alma fria 
que no llevaba á la guerra otros entusiasmos que los 
de su propio interés, extraño totalmente al país y al 
gobierno, que había sido llamado á servir por un con- 
trato previo. La lucha ni la bandera imperial^ no des- 
pertando las soberbias ebulliciones patrióticas del alma, 
carecían de prestigios para exaltar su espíritu y arras- 
trarlo á las supremas abnegaciones del soldado. No 
obstante, sirvió con bravura y con honor á las armas 
brasileñas, propendiendo á la organización regular del 
€|jército en campaña, secundando en cuanto pudo ó quizo 
á Barbacena, apesar de que ambos se tenían sus preven- 
ciones, por una ó por otra causa. 

Hemos dejado á Barbacena siguiendo los pasos de 
Alvear, á quien cree en «vergonhosa é precipitada fú- 
gida» (proclama de Barbacena, 17 de Febrero), después 
de * tanta fanfarronada» (boletín 3^ del ejerc. imp.). Es 
hora, antes de retomar el hilo de los acontecimientos que 
se precipitan, hacer algunas breves reflexiones sobre la 
situación respectiva de ambos ejércitos. 

La del republicano era delicada. Numéricamente 
considerado, con escasa infantería y artillería, carecía de 



318 Victoria de Ituzaingo 



potencia para avanzar al norte en una invasión á fondo^ 
con las capitales de la región por objetivo, reproducien- 
do las hazañas de D. Pedro de Cevallos, que operó ea 
circunstancias mas propicias y por sorpresa (cap. pri- 
mero). El organismo habia desgastado muchas fuerzas- 
en largas y penosas marchas y combates. Estaba ya 
demasiado alejado de su centro y base de recursos^ 
naturales, y con el imperial situado á su espalda, a ca- 
ballo é interpuesto entre su línea principal de operacio- 
nes y comunicaciones (Río Negro). Barbacena, en cam- 
bio, reconcentrado, bien provisto de municiones y 
caballadas de repuesto, frescas, operaba en su propia 
país, apoyado en él y con sus comunicaciones expeditas- 
sobre los grandes centros regionales (Río Pardo, Río- 
Grande, Porto Alegre y Santa Catalina). Sin embargo, 
en caso de un contraste, Alvear, pasando al otro lado- 
del Santa María y defendido por él, podía bajar rápida- 
mente al Sud, retomar sus comunicaciones del Rio Ne- 
gro y hacerse fuerte detrás de la barrera del Tacna- 
rembó, á la espera de refuerzos. Podía igualmente 
bajar á su antiguo acantonamiento del Arroyo Grande 
por la directriz Paso del Rosario— Santa Ana — Rivera — 
San Fructuoso; ó al Salto, desde Rivera, 

Barbacena, con un poco de audacia y la visión am- 
plia del estado de las cosas, era dueño de crear ahora, 
una situación acaso desesperada á su astuto enemigo.. 
Según esto, no debió empeñarse en perseguirlo. Le hu- 
biera bastado dejar sobre su pequeño ejército las ágiles 
y audaces caballerías de Bentos Manuel Goncalvez y 
Bentos Manuel Riveiro, fortalecidas con un par de cuer- 
pos regulares del arma, de la división Barrete y que, apo- 
yadas en partidas del país, tendrían por misión vigilar á. 
los republicanos, obstaculizar sus movimientos, sobre los 
flancos y retaguardia, y privarlos de todos los recur- 
sos locales, sin empeñar con ellos ningún combate 
serio ó á fondo: inmovilizarlos en una palabra, é im- 
pedirles por consecuencia la retirada al Uruguay jr 



Victoria de Ituzaingo 31& 



al Río Negro, mientras Barbacana con el grueso, bajaba, 
rápidamente al sud, estableciéndose en una posición cen-^ 
tral, San Fructuoso por ejemplo (el pueblo de este nom- 
bre se fundó en 1831), ó en Paso Piedras (Rios Negro y 
Tacuarembó), donde esperarla se le incorporasen gran, 
parte de las guarniciones de Montevideo y la Colonia^ 
que podían llegar al uno ó al otro punto en una quin- 
cena alomas. En esta situación, el generalísimo imperial, 
podía disponer de una masa de trece mil hombres de 
tropas excelentes, con los que, ó concentrados, ó divi- 
didos en dos cuerpos (que operasen en combinación y 
en condiciones logísticas de acudir el uno en apoyo 
del otro, á la voz del cañón), revolverse sobre Alvear, 
acosarlo y obligarlo á una batalla en condiciones mas^ 
que desesperadas. Ya hemos dicho que la ocupación de 
las dos plazas no era la solución de la campaña. Po- 
dían, pues, ser evacuadas, dejando alguna guarnición es- 
cogida en sus fuertes, que se apoyarían en la escuadra, 
de Norton, para volver sobre ellas una vez destruido el 
ejército de Alvear ó arrojado en esqueleto al otro lado 
del Uruguay, que para el caso era lo mismo. La Repú- 
blica Argentina no estaba en condiciones por sus dificul- 
tades políticas internas, de crear inmediatamente un se- 
gundo ejército, ni de remontar con la debida eficiencia, 
(como se comprobó después) al de operaciones. Era la 
segunda vez que se presentaba este problema á los im- 
periales. Lo habían desatendido Lecor y Rosado ^'^\ y 
lo desatendería ahora Barbacena y Brown, su consejero 
técnico. 

El general Alvear, viendo que el enemigo, en pos suyo, 
se dirigía sobre San Gabriel, y deseoso de arrancarlo del 



(1) £1 historiador Pascual, miembro del «Instituto histórico y geográfico 
de Rio», en su obra * Apuntes para la historia de la República Oriental del 
Uruguay*, se queja amargamente de la inacción brasilera en los comienzos de 
la lucha, disponiendo, dice, de 19.500 hombres que distribuye así: «12000 en las 
fronteras de Rio Grande; (>000 en Montevideo; 1000 en la Colonia; 1000 en isla 
Gorriti y 500 en Lobos»— Obra citada, tomo I, página 290. Estas cifras son 
abultadas. 



320 Victoria de Ituzaingo 



itodo de las sierras, abandonó el pueblo con la segunda 

:y tercera división, con las que campó en la tarde del 16 
de Febrero al oeste de la población, sobre el arroyo Ca- 

^iquey (Cacequy según los brasileros), después de haber 
vivaqueado en el Yacaré. En San Gabriel quedaba la 
primera (Lavalleja), en observación del enemigo y para 

-cubrir y proteger la marcha y movimientos de las otras 
dos. 

Barbacena, á quien se habían incorporado el día 10 
las divisiones de Brown y de Abreu, barón de Cerro Lar- 

j/o, mostró las cabezas desplegadas de su vanguardia so- 
bre San Gabriel, el mismo día 16, á cuya vista las tropas 
déla primera división republicana, conformándose á sus 
instrucciones, se retiraron lenta y ordenadamente, si- 

_^uiendo el movimiento del grueso. Por desgracia, las 
milicias de Lavalleja, dejaron al evacuar el risueño pue- 
blo, diversos focos de incendio, que todo hace creer fué 
intencional, acto odioso é innecesario, digno de severa 

' condenación. 

En la mañana del 17, los imperiales ocuparon la villa 
que ardía por varios puntos. Se ocuparon, con indignada 

_y justa diligencia, en dominar el fuego, que por fortuna 
no hizo grandes daños. El 18, Barbacena reanudó su 
persecución, ó lo que él creía tal, haciendo alto á unos 
15 kilómetros del enemigo, distancia ínñma que no nos 
explicamos como no salvó incontinente el señor marqués, 
haciendo honor á su arrogancia, á sus palabras y á sus 
seguridades de triunfo. 

En realidad, todo parece hacer creer que el mariscal 
de Barbacena se sentía en estos momentos trabajado 
por dudas inquietantes. Sospechaba acaso que la preci- 
pitada retirada del general Alvear podía envolver una 
celada, y el terreno lo sentía sin la consistencia de los 
primeros días. 

Dudoso, y como olfateando un peligro impreciso, llamó 
á junta de guerra á los jefes principales para exponer 

Jla situación. 



Victoria de Ituzaingo 321 



Las opiniones tuvieron algunas graves discrepancias de- 
fondo y forma. El historiador López (Hist. Arg. pág. 82,, 
tomo X) dice que Barbacena queda volver á las sierras, 
maniobrar y tomar posición en ellas; y Barreto y Abreu: 
dar batalla allí mismo. Pereira da Silva, secretario mi- 
litar de Barbacena, dice que este desoyó prudentes conse-^ 
jos de Callado y Brown. En definitiva, quedó en pie 
la hipótesis de que Alvear, huyendo, se encaminaba al: 
Paso del Rosario para vadear el río Santa María y ponerse- 
á salvo al otro lado, tomando posiciones para impedir- 
el pasage á los imperiales. En consecuencia, se resolvió- 
continuar la persecución, pero sin el ánimo firme de- 
comprometer combate, ni cortar la retirada á los repu- 
blicanos. 

El coronel Iriarte, ocupándose de estas indecisiones 
del marqués (Apuntes, pág. 138), dice que sus jefes de 
línea opinaban que no debía provocarse la batalla. En 
cambio, los de milicias (Abreu, Bentos Gongalvez, etc.) 
criollas, la reclamaron en las juntas referidas con tal 
enerjía, que fluctuaron^ cuando no fueron oídos, entre 
abandonar á Barbacena ó provocar un motín para de- 
ponerlo del mando. 

Del estudio sereno de los acontecimientos y de los mo- 
vimientos de Alvear en estos momentos decisivos, llenos, 
de palpitante interés, que preceden en horas á la trage- 
dia de la batalla, se induce y deduce, sin necesidad de 
documentos solemnes que lo constaten, que el general, 
se proponía en efecto continuar al oeste, vadear el río,, 
disputar el paso al enemigo y proceder en consecuencia, 
convencido de que en este encuentro preliminar que éL 
sostendría en buenas condiciones tácticas, destruiría á, 
Barbacena ó lo dibilitaría de tal manera, material y^ 
moralmente, que le sería fácil revolverse fulmínea- 
mente sobre el, y darle el puñetazo preconizado des- 
pués por Dragomiroff. Así, ninguno de los dos gene- 
ralísimos, á la luz de los hechos, buscaba el choque in- 
mediato, de este lado del río. 



822 Victoria de Ituzaixgo 



Alvear, temeroso sin duda de que Barbacena con una 
media variación á la izquierda tomase el camino ^^^ que 
de San Gabriel conduce rectamente al paso del Rosario 
(camino que llega á la ciudad de Alégrete), ganándole 
tiempo, se le anticipó; y, só pretexto de que era necesa- 
rio aligerarse para esta marcha, dio en el Caciqueyj una 
*orden general disponiendo que la tropa abandonase su 
equipo de repuesto, penando con la vida al que se que- 
dase con maletas. Cuerpos hubieron que dejaron uni- 
formes casi nuevos, tanto, que el batallón N° 2 de Ale- 
gre, cambió por ellos los harapos de que iban vestidos 
los soldados. Todos estos equipos ó se arrojaron al río 
<> se quemaron, sin librarse del fuego ni las cureñas de 
repuesto, ni parte del mismo archivo del ejército. La 
tropa quedó así con lo puesto. El general, explicando 
esta resolución tan extraña decía: «lo que importa es 
4:riunfar; todo lo demás es secundario ó de ninguna con- 
secuencia: si perdemos ha de desaparecer cuanto ahora 
poseemos, y si ganamos, recobraremos con usura cuanto 
4ihora inutilicemos» (Iriarte, pag. 139 de sus apuntes 
inéditos). 

En consecuencia, ambos ejércitos reanudaron sus mar- 
ochas. Alvear, en la noche del 18, preparado para un en- 
cuentro imprevisto y de sorpresa, caso posible dada la 
vecindad del enemigo, se movió enérgicamente sobre 
el Santa María. En la madrugada del 19, una délas divi- 
siones de su ejército ocupó el nudo de los caminos que 
del arroyo Caciqueyj paso das mogas vellias, y de San Ga- 
briel (ver el plano), van á unirse al que lleva al río Santa 
María en la vecindad de la hacienda de Antonio Francis- 
co; mientras las otras dos, con el parque é impedimenta, 
^e adelantaron á ocupar el Paso del Rosario^ situado un 
poco al norte de la horqueta que con el Santa María (ó 
Ibicuhy grande^ pues lleva también este nombre) forman el 



'(1) Ver el plano original que ilustra este capitulo. 



Victoria de Itüzaixgo 328 



Ibicuhy da Armada y el arroyo Iftizaingo ^^\ lugares ya 
consagrados por otra derrota brasilera {Güairapuitá, 14 de 
Diciembre de 1819, en que fué derrotado completamente 
el mariscal Abreu, por Artigas). 

« Al amanecer del 19, los dos ejércitos están á la vista. 
El republicano siguió tranquilamente su marcha, hasta 
campar sobre el paso, á las doce del día; el enemigo, si- 
guiendo su movimiento, se situó á dos leguas del mismo. 
De las 12 á las 5, el general en jefe se ocupó en preparar 
el ejército para la batalla. Al ponerse el sol ya el ejército 
republicano contramarchaba al campo Ituzayngo, posi- 
ción que se había reconocido en la marcha de ese mismo 
día y que debía atravesar el enemigo; campó á media 
legua de él, á las 10 de la noche ». 

Este párrafo del Boletin número 5 del ejército de Al- 
vear, que acabamos de transcribir textualmente, omite 
algunos detalles interesantes, y afirma otros que no es- 
íán comprobados. 

Es rigorosamente exacto, como allí se expone, que el 
ejército contramarchó al anochecer del día 19, y no en 
la madrugada del 20, como lo asevera el historiador Ló- 
pez, mientras otro historiador también de nota^ se aparta 
mas de la verdad al afirmar que habiendo Alvear «re- 
conocido el día 19 la llanura de Ituzaingo, se resolvió á 
pararse y á librar en ella la batalla. . . viéndose duefio 
de un campo que su actividad y la energía de sus solda- 
dos le permitieron elegir». (M. A. Pelliza, Hist. Arg., 
tom. ni, pág. 218). 



(1; Todos los mapa« brasileros que conocemos (y son muchos) suprimen 
el arroyo Itdzaingo, ó le dan otro nombre, obedeciendo sin duda á una pueril 
¿lebilidad patriótica, como si se pudieran borrar de la historia, hechos históricos! 

El conocido é ilustrado geógrafo brasilero, señor Arturo Montenegro, al 
«stndiar la hidrogeología del Ibicuy b Santa María, paga tributo á esta debi- 
lidad. No nombra al Ituzaingo, inocente escomulgado^ pero dice que en la 
cuenca del Ibicuhy, los brasileños sufrieron sensibles derrotas «que enlutan 
«1 alma nacional f» y agrega luego en otro curioso párrafo: «Ñas margens de 
un río de essa bacía, no Santa Marla^ as armas brazileiras suffreram 6 seu 
mais funesto revés, é ItuaaingÓ será siempre una página negra nos annaes 
tnilitares do Brasil. («Notas para la carta geográfica de Rio Grande del Sud.» 
página 16. Arturo Montenegro). 



324 Victoria de Ituzaingo 



Entre los detalles que el citado Boletín omite, están al- 
gunos muy interesantes. 

Por lo pronto, el ejército hizo un alto de cerca de dos 
horas en los lugares donde después se dio la batalla, 
mientras el grueso del imperial permanecía campado 
sobre la estancia de Antonio Francisco, nudo de cami- 
nos, á tres leguas del paso, y no á dos, como dice el Bole- 
tín. Según los papeles inéditos del coronel Iriarte, de los 
que hablamos más adelante, las tropas argentinas, des- 
pués del alto citado, reanudaron su marcha hacia el Paso 
en este orden: artillería, parque y bagajes, á órdenes de 
Iriarte, seguidos del resto de la 3* división con el general 
Soler, menos el batallón 5^ y una batería de dos piezas 
á las órdenes del teniente Julián Martínez, que quedaron 
para proteger el pasage de la 2^ división (Alvear) por 
el desfiladero, que da acceso á la cuenca del río. Cuan- 
do estas tropas salvaron el obstáculo, el batallón y los 
dos cañones siguieron el movimiento, quedando entonces 
en esos lugares en observación del enemigo, la 1* divi- 
sión (Lavalleja)^ que no bajó hasta el rio. 

El comandante Medina, destacado con anticipación á 
estos movimientos con los Coraceros de su mando sobre 
el río, lo había pasado con su tropa, y nadie más. Su mi- 
sión era reconocer prácticamente el estado del río, y 
apoderarse de la margen occidental, pues se sabía que 
una división de caballería de 1400 hombres (deposición 
de Caxias ante el Instituto Histórico de Rio), al mando de 
Bentos Manuel Riveiro, merodeaba por esos lugares. 

Llegados al río Soler é Iriarte, el primero fué infor- 
mado por Medina de que el Santa Maria estaba á nado y 
muy cerrentoso, y que se le hablan ahogado algunos 
caballos de su cuerpo, apesar de lo cual el general Soler 
ordenó al coronel Iriarte (nos lo cuenta éste) que proce- 
diera inmediatamente á pasar con la artillería y el 
parque. 

Iriarte le manifestó ser de todo punto imposible la ope- 
ración, por carecer de balsas ni de maderas con que cons- 



Victoria de Ituzai.ngo 325 



truirlas, y teniendo además tan próximo el enemigo. En 
último extremo, solo podría pasar la artillería, debiendo 
sacrificarse todo el parque. 

Soler insistió enérgicamente en efectuar el pasaje por 
ser esa la orden terminante que tenía del general en jefe. 
En este estado la cuestión, dice Iriarte^ « Soler prorrum- 
pió en las quejas mas amargas, y en.los reproches más 
acerbos contra Alvear », terminando con estas otras pa- 
labras textuales : « Si el enemigo se apodera de las al- 
turas que dominan este detestable emplazamiento, el 
ejército se verá obligado á capitular ». El pasaje del 
material quedó, pues, en suspenso, y llegado Alvear al río 
con la 3* división. Soler le informó de lo ocurrido, sin 
que aquél insistiera, antes bien dispuso de ahí á poco, que 
los coraceros repasaran el río y se incorporaran al ejército, 
lo que se efectuó. El general, sin duda alguna, meditaba su 
plan, en concordancia con la situación. Después de campar 
sus tropas, menos la 1* división, destacada siempre en ob- 
servación de Barbacena, Alvear se entregó al reposo, al 
lado y á la sombra de su galera. Las tropas, fatigadas 
igualmente, después de tantas marcha.s, descansaban. 

Alvear, en su exposición^ dice que esa maniobra del 
pasage formaba parte de su plan. Según eso, no era sino 
un nuevo ardid, un simulacro de pasage. Pero es que el 
general denomina después al campo que ocupó el 19, 
«llano traidor del Santa María ». ¿Porqué? 

Por lo pronto, esa iniciación del pasage simulado, te- 
niendo inmediatamente á retaguardia al enemigo, era 
una operación muy grave y aventurada. La observaba el 
jefe de la vanguardia de Barbacena^ el anciano mariscal 
Abren, Barón de Cerro Largo, al frente de su división de 
caballería de San Pablo, el que se contentó con mirar, sin 
dar cuenta de la importante novedad á Barbacena, que 
pudo entonces ocupar con su artillería las alturas domi- 
nantes del terreno y atacar impetuosamente á su 
enemigo, que habría tenido que luchar en circunstan- 
cias desfavorables, con un río de difícil vado á su 



326 Victoria de Ituzaingo 

espalda. No ocurrió esto, por fortuna, gracias á la tor- 
peza militar de Abreu y á la pasividad de Barba- 
cena^ pero á priori, y luego como resultado de una 
fría, madura y sincera meditación sobre los hechos y las 
opiniones de los actores y escritores argentinos, brasile- 
ros y uruguayos, se llega á la conclusión, de que el ge- 
neral Alvear cambió súbitamente de plan en la tarde del 

19, pues todo parece indicar — hasta la clasificación que 
da al lugar y sus desfavorables condiciones tácticas — 
que no pensó dar allí, antes de esa fecha^ la batalla del 

20. Así, lógicamente, su contramarcha tenía que resul- 
tar, como sucedió, una sorpresa para Barbacena, que 
no lo esperó nunca verlo salir á su encuentro, mucho 
mas cuando Abreu, en quien confiaba, lo tenía á obscu- 
ras en esos momentos decisivos. La sorpresa táctica de 
Barbacena nos parece un hecho evidentísimo, que no ad- 
mite discusión y que ha sido confesada por los mismos 
enemigos, Barbacena, Brown y Barreto entre ellos, y en 
términos bien esplícitos como lo veremos en los partes 
de la acción que van mas adelante, documentación pre- 
ciosa poco vulgarizada en el Plata, apesar de correr 
impresa. 

Se ha querido despojar á Alvear de la iniciativa de su 
repentina actitud en la tarde del 19, pero sabiéndolo ca- 
paz de inspiraciones súbitas, dotado de claro y certero 
golpe de vista que alumbra con fulguraciones precisas 
sus resoluciones militares, no cabe dudar que la contra- 
marcha, si no había sido de antemano prevista por él, se 
impuso á su espíritu por la situación. En realidad, queda 
siempre alguna duda sobre si el verdadero plan de Al- 
vear, el primitivo, era dar el combate á este ó al otro lado 
del río. La serie de sus marchas y maniobras internas 
dentro del polígono que hemos señalado, respondían á 
arrastrar al oeste, lo más lejos posible de las sierras, á 
Barbacena, para destruirlo completamente, y es evidente 
entonces que le convenía adelantársele en el pasage del 
río, é impedirlo desde el otro lado á los imperiales, debili- 



Victoria de Ituzaingo 327 



tándolos en ese primer encuentro y luego revolverse sobre 
ellos para darles el golpe final. 

Alvear conocía personalmente esos parajes de la cuenca 
del Santa MaHa, por haber residido antes de ahora en 
ellos. Sabia — y lo acababa de constatar en este momento 
— que en las mismas márgenes del rio, sobre el paso Eosa- 
rio y en dos mas que existen al norte de esa posición, no en- 
contrarla el terreno favorable que buscaba. Y si penetró 
bien que el pensamiento de su contendor era impedirle 
el pasage como dice Brown en su parte, ¿por qué no in- 
virtió los papeles, dejando que el de Barbacena se le ade- 
lantara^ para atacarlo en la situación peligrosa en que él 
mismo se encontró en la tarde del 19, con el rio á la es- 
palda? Pudo también, ya lo hemos dicho, haber elegido 
una posición en San Gabriel y reñir batalla al imperial 
y si no lo hizo fué sin duda porque creyó que una victo- 
ria en estos lugares quebrados no serla tan completa y 
decisiva como la que esperaba al oeste, en terreno mas^ 
abierto y libre. 

El general Alvear afirma que no pensó seriamente pa- 
sar el Santa Maria y el historiador López (Ob. cit. pág.. 
84 y 85, t.X) dice: 

«El general Alvear hizo lo posible por afirmar al ene-^ 
migo en ese error (creencia del pasage)^ pues se proponía 
sorprenderlo á tiempo con un movimiento atrevido. En 
la tarde del 19, varios trozos de caballería del primer 
cuerpo (Lavalleja, primera división nuestra), pasaron á 
nado el río, llevando cosas inservibles en botes de cuero 
como si trasladasen materiales de guerra. Los brasileros 
podían observarlo, pues hablan desprendido piquetes de^ 
caballería local que desde algunas alturas circunvecinas, 
llevaban estas noticias al cuartel general. Al caer la no- 
che^ se fingió ciertos descuidos en el paso, mediante lo 
cual muchos prisioneros pudieron escapar y confirmar la. 
noticia de que todo el ejército argentino estaba trasla- 
dándose al otro lado. Pero en esa misma noche todos vol- 
vieron á sus puestos, y en la madrugada del 20 el ejercita 



328 Victoria de Itüzaingo 



se puso en movimiento á ocupar á su frente un terreno 
bien estudiado el día anterior, etc». 

El teniente coronel Ángel Pacheco, jefe del 3 de caba- 
llería, nos dice en su Diario de la campaña (Dr. Ernesto 
Quesada, Rev. Nac. tomo XVIII) lo siguiente: 

«Dia 19 — Amanece el ejército en marcha en dirección 
al paso del Rosario; el día sereno y despejado; algunos 
altos cortos. A las 11 y media (a. m.) estábamos campan- 
do en las márgenes del río Santa María. Da parte la 
vanguardia que cubría la retaguardia del ejército^ que 
los enemigos marchaban por el camino mas corto de 
San Gabriel, sobre el mismo paso, y que se aproxima- 
ban. Generala, un cañonazo, señal de alarma y se toman 
caballos de reserva. Ala llegada al río se intenta pasar, 
estaba á nado y se desiste; grande alegría en los jefes 
por el obstáculo que nos obligaba á poner la cara al 
enemigo. 

«A las 4 de la tarde son llamados los jefes; el señor 
general nos manifiesta la intención de volver esa misma 
noche sobre el ^enemigo, nos da orden de arrojar todo 
el equipo de la tropa y oficiales, y nos hace responsables 
con la vida si se distrae un solo soldado en objetos par- 
ticulares. Su lenguaje fué decidido, pero áspero. 

«Al ponerse el sol, marcha todo el ejército sobre el 
mismo camino que habíamos traído. Sigue el primer 
cuerpo, la infantería, una batería de artillería y el N^ 8 
y 16, y el resto del ejército. Alto en el llano: se desenfre- 
nan los caballos y descansa la tropa. La noche sin no- 
vedad » . 

Como se verá, este dispositivo de la contramarcha 
(salvo la división 1*, ó P^- cuerpo que no bajó al rio) dis- 
crepa poco del que da el coronel Iriarte. 

El doctor Eduardo Acevedo Díaz, en su Biografía del 
general don Antonio Díaz, nos da otros datos valiosos de 
juicio que entresaca del diario sobre la campaña, de 
ese distinguido jefe uruguayo. Según este, la situación 
y sucesos preliminares de la batalla, fueron los siguientes: 



Victoria de Ituzaingo 329 



«A las 11 a. ra. del 19, el ejército de Alvear se encon- 
traba á dos leguas del Paso del Rosario y el enemigo á 
otras dos de los republicanos y, por consecuencia, á 
<5uatro del Paso, que Barbacena procuraba ocupar para 
-evitar la fuga de los republicanos. 

El terreno ocupado á la sazón por Alvear era el 
lecho ó cuenca de un gran bañado, que se prolongaba 
hasta el Santa María, arenoso, lleno de matorrales, paja 
brava, alguna vegetación achaparrada, zanjones y mon- 
tículos de tierra fofa {fétidos hormigueros, dice el cirujano 
del ejército, doctor Mufiiz). Estaba dominado por dos 
cordones de colinas de cierta elevación, con sus ejes 
paralelos al rio. 

Alvear dio ordenes para pasar el Santa María, pero 
resultó que estaba á nado é inundadas sus orillas y pi- 
cadas, lo que le impedía el vado de los bagages y la 
artillería. Pasó solo á la margen izquierda el cuerpo 
de coraceros que, á la tarde, volvió á la derecha, in- 
corporándose al ejército. 

A la 1 p. m. se produjo en el campo una falsa alarma, 
creyéndose tener encima á los imperiales, y un poco 
mas tarde, el general llamó á sus jefes á junta de guerra, 
esponiéndoles netamente la situación y su propósito de 
contramarchar esa noche y batir a Barbacena en la ma- 
drugada del 20, lo que quedó acordado. 

El ejército se preparó para esta maniobra, dándose 
á las tropas divisas blancas que los soldados deberían 
atar el brazo izquierdo, para evitar confusiones en el 
combate. Las ordenes del general prevenían además 
que los jefes de división no deberían atender otras que 
las que directamente les diera él, ó por medio de sus 
ayudantes, munidos al efecto de un papel con su firma 
autógrafa que exhibirían como contra seña. 

A las 6 p. m. el ejército contramarchó dejando en 
la costa del río el equipo portátil de las tropas, par- 
que y hospital con los enfermos, heridos y prisioneros, 
con la escolta correspondiente. A las 11 de la noche 



330 Victoria de Ituzaingo 



campó en unos cerrillos. El terreno estaba sembrado^ 
de montículos, matorrales y zanjones escavados por las 
aguas pluviales. Al frente del campo cruzaba el camino 
que va del Caciquey al Paso del Rosario. 

Replegada al grueso la vanguardia, el general tomó 
las últimas disposiciones para la próxima batalla é in- 
dicó su posición á las divisiones, pero, debido á la obs- 
curidad según unos, ó á la mala voluntad según otros, 
de Lavalleja, la caballería de este ocupó un sitio que 
estorbó la acción y empleo de la infantería de la divi- 
sión Soler (3*)». 

De todos estos antecedentes, fríamente estudiados, pa^ 
rece que el general Alvear tuvo realmente el propósito de 
pasar á la margen derecha del Santa Maria y dar allí, en 
lugar apropiado, batalla á Barbacena, idea que acaso- 
abandonó cuando se convenció que á ello se oponía el es- 
tado del rio y la proximidad del enemigo, que lo habría 
tomado con las manos en la masa, según la locución vulgar. 

Resulta igualmente que la resolución de contramar- 
char al anochecer del 19, para ir en busca del enemigo, 
fué una inspiración propia, que le pertenece por en- 
tero, y que no le fué sugerida por ninguno de sus jefes,, 
incluso el comandante Garzón, ^'^ por mas que éste (como 
su colega Alegre) coincidiera con él en este punto, con- 



(1) La versión de que fué Garzón quien decidió el ánimo de Alvear para 
dar la batalla de Ituzaingo, no pasa de una especie fantástica y de pura le- 
yenda. Con el propósito de aclarar este punto hemos recurrido á diversas fuen- 
tes, y entre otras personas eruditas, al distfn^ido escritor uru^^uayo doctor 
Luis Melian Lañnur, quien, en una interesante carta de fecha 27 de Enero de 
1904, nos dice no saber nada sobre ese punto, pero, nos transcribe una carta 
de Alvear del 3 de Mayo de 18S2 dirigida al general Garzón, publicada en un 
opúsculo que escribió su hijo don Vicente, en 1876. y que dá luz en el asunto. 
Dice así ese documento: 

«Mi muy querido amigo: Vd. es joven, lleno de servicios y Vd. obtendrá 
más hoy, más maftana, la recompensa de sus servicios y de su honrosa com- 
portación. 

Mi amigo: siempre he recordado y he dicho á todos su parecer de Vd., la 
vízpera de Ituzaingo; y así como no puedo echar de mi memoria que todo»- 
nuestros generales eran de opinión de esperar al enemigo en el llano traidor de 
la margen del Santa María, Vd. debe vanagloriarse de haber juzgado muy bien 
lo que debía hacerse, y que se hizo en efecto; y esto lo he contado á todos. 



Victoria di Itüzaingo 331 



tra la opinión de otros jefes que deseaban no poster- 
gar por mas tiempo el encuentro y esperar al ene- 
migo en el lugar que el 19 ocupaba el ejército, incluso 
Lavalleja, que, sin penetrar el secreto de aquella cons- 
tante retirada del ejército, de sus marchas y contra- 
marcha, ^vociferaba que todas esas estratégicas eran farzas, 
« y que para ganar una batalla no se necesitaba sino 
« pararse frente al enemigo, ir derecho á él, atrope- 
« liarlo con denuedo y vencer ó morir (López, Historia 
citada, tomo 10, página 88)». 

Pero es éste un punto histórico interesante que convie- 
ne agotar. Los papeles inéditos del ilustrado coronel 
Triarte dan una versión nueva, y arrojan al debate nue- 
vos elementos de juicio que hacen convicción en nuestro 
espíritu. Según este testigo ocular, las cosas pasaron de 
esta manera, fielmente extractadas por nosotros de las 
memorias ó diario de ese jefe: 

Inquieto Soler por la situación del ejército en la tarde 
del 19 (estas inquietudes las había hecho ya presentes al- 
general en jefe), se provocó una reunión privada de je- 
fes, á los que aquél hizo conocer los peligros del momen- 
to y la necesidad de inmediato remedio. 

En esta reunión (en la que no se encontró Lavalleja)- 
se convino en que fuera el comandante Garzón, en razón 
de sus afinidades personales con Alvear, el que se aper- 
sonara al general en jefe, para exponerle la necesidad de 



porque le hace á Vd. honor y porque es una justicia que me complazco en 
hacer á su mérito— Carlos de Alvear». 

Posteriormente (el tO de Enero de 1837), Alvear ratifícalo anterior en docu- 
mento ofícial en que dice: «Certiñco igualmente que el 19 de Febrero de 1827, 
vino este coronel (Garzón) de motu propio, á decirme en su nombre y en eí 
del bravo coronel Alegre, cuales eran sus opiniones en aquellas circunstancias, . 
y que en extracto estaban reducidas á que se*debía revolver sobre el enemigo 
para atacarlo. Estas reflexiones espuestas con modo y subordinación, dima- 
naban tan solo de un celo ardiente por el servicio y causa pública, y asistiendo 
de este modo á su general en jefe con su consejo, le impulsaron á que les diese 
las gracias, añadiendo que tenia una gran satisfacción en ver que la opinión • 
de dos jefes tan acreditados, estubiese tan perfectamente de acuerdo con 1»» 
mía, pues era lo que estaba resuelto á verificar, como lo hice». 



332 Victoria de Ituzaingo 



-« sacar al ejército de las orillas del rlo^ antes que el 
enemigo coronara las alturas que lo dominan ». 

Garzón aceptó el singular encargo. Alvear dormía la 
siesta á la zazón. Lo despertó el enviado y desempeñó 
su comisión. Se vé, pues, que la actitud de Garzón no fué 
una inspiración propia y que tampoco, fuera de la pro- 
pia, llevara la sola representación del comandante Ale- 
,gre: llevaba la palabra y la opinión de casi todos los 
jefes del 2° y 3^^- cuerpos. Alvear, en su informe sobre los 
servicios de Garzón, del año 37, omite ese detalle, por 
olvido ó por cálculo, pero establece en forma precisa y 
terminante, que la contramarcha que se le insinuaba, 

YA LA TENÍA RESUELTA CON ANTERIORIDAD. 

A raíz de esta entrevista, y siendo las 4 de la tarde, Al- 
vear llamó á todos sus ayudantes y les ordenó citasen á 
su alojamiento á los generales y jefes de división, para 
darles sus órdenes é instrucciones^ para la contramarcha y 
la batalla. Los jefes comenzaron á llegar sucesivamente 
á la galera del generalísimo, recibiéndolos y hablándoles 
éste individualmente, y no en cuerpo, lo que excluye toda 
idea de tal «junta de guerra», que no existió. El general, 
agrega Iriarte, estaba como transfigurado, verboso, lleno 
de entusiasmo y de fe en el triunfo. Los cuerpos comen- 
-zaron inmediatamente los preparativos condignos. El es- 
tado mayor trabajó febrilmente en esas horas auspiciosas 
para el ejercito. El entusiasmo guerrero agitaba todas 
Jas mentes y todos los corazones, desde el jefe al sol- 
idado raso. 

Es igualmente evidente ó todo concurre á darle este 

«carácter, que el campo de batalla no fué elegido por 

Alvear ni estudiado detenidamente con anterioridad^ como 

-se ha dicho. La elección del campo fué una imposición 

de los sucesos. Es en este sentido que decimos en el 

.sumario de este capítulo^ « que no hubo elección previa 

ni previo estudio del terreno». Esto no escluye absolu- 

-tamente que pensemos que Alvear, durante el alto horario 

*que hizo con el ejército en la mañana del 19, en esos 



Victoria de Ituzaingo 333 



lugares, antes de bajar hasta la cuenca pantanosa de las- 
orillas del rio, dejara de fijarse en las condiciones tácti- 
cas del lugar. Lo hizo sin duda, y fijó en su mente las 
características topográficas de la posición, por si llegaba 
el caso de utilizarla. Fué una previsión de su razón y 
criterio militar, no una elección concreta. Si esto último 
ocurrió, es ese su secreto, y entonces su marcha sobre- 
el río no resultaría sino la prolongación, la última etapa 
de su retirada estratégica. Además, es necesario recor- 
dar que el desfiladero que corta las alturas dando paso 
al río, Alvear lo había dejado sólidamente ocupado por 
el primer cuerpo, medida esta de seguridad para la mar- 
cha del grueso y tendiente á evitar que Barbacena se 
apoderara de esas líneas de alturas que dominaban la 
margen del río. Esta previsión hace honor á su talento 
militar. Gracias á ella pudo bajar hasta el río, contra- 
marchar luego y tomar tranquilamente posiciones de 
combate, adelantándose en todo al enemigo. 

Teniendo á éste encima^ hubiera sido locura emprender 
el pasage del Ibicuhy, que, por otra parte sabemos esta- 
ba á nado, y esperar á los imperiales en la posición que 
el 19 ocupaba el ejército sobre el rio, — un embudo panta- 
noso, cerrado por un lado por el Santa María, y al otro 
por los cordones de alturas — era una visible torpeza en la • 
que no caería, como no cayó el general republicano. Su 
contramarcha resulta entonces una resolución lógica. Sabe - 
que el terreno en que va á reñir batalla al imperial no le 
es propicio enteramente, pero cuenta con ocupar posicio- 
nes que le den superioridad táctica, y espera que su con- 
tramarcha resultará una sorpresa para Barbacena. Ambas 
cosas suceden, esto último sobretodo, confesado por el 
mismo Barbacena (además de otros jefes imperiales 
que hemos citado) en oficio al Emperador, en que le 
dice que su ejército fué sorprendido durante su marcha el 
día 20 por el republicano. En efecto, Barbacena creía 
á Alvear ocupado en el pasage, como lo dice el histo- 
riador brasilero Paranhos^ y marchó sobre él en la. 



B34 Victoria de Ituzaingo 



noche del 19, cuando la luna iluminó su ruta. Espe- 
raba sorprender á su enemigo sobre el mismo rio^ cuando 
el sorprendido sería él! Así, se ve que no ha existido 
tampoco la doble sorpresa^ á semejanza de esos golpes 
dobles de los esgrimistas, en la pedana. 

« La batalla de Ituzaingo (ha escrito el doctor E. Ace- 
bedo Diaz) fué un suceso que mereció juicios muy di- 
versos en su época. Publicáronse acerca de él opiniones 
inconsistentes, por cuanto no se fundaban en informes fi- 
dedignos, al punto de arrojar sombras sobre los vence- 
dores. No era extraño que ésto pasara en la capital de 
la República (argentina) dada la intemperancia de las 
ideas partidistas y los encolamientos de los coetáneos: al- 
gunos criticaron hechos que no habían acaecido, según 
las palabras del actor en la jornada, y otros dieron á 
luz relatos apologéticos inexactos que aumentaron las 
dudas y sospechas, con serio agravio de la verdad histó- 
rica.» (La Nación, B. Aires, N° 6549). 

Han pasado muchos años desde que esto se dijo y 
la situación es hoy día casi la misma: los encélamientos 
parecen subsistir, con agravio de la verdad histórica, y 
se llega si no á dudar de la palabra de los actores, á 
recibirla con cierta prevención, recordando que Alvear 
carecía de amigos en el ejército y que muchos de ellos 
escribieron sobre la campaña, á medida que se desarrolla- 
ban día á día los sucesos, pudiéndose decir que sus jui- 
• cios y palabras, reflejando las pasiones y enconos del mo- 
mento, favorables ó adversos al general, carecen de ese 
espíritu sereno y ecuánime á que aspira la historia. Sin em- 
-^bargo, todos esos testimonios son no solo respetables 
sino también preciosos. Permiten restablecer los he- 
-chos y buscar el por qué y el cómo de los sucesos. 

Pero antes de seguir adelante conviene esbozar dos 
episodios, triste el uno, hermoso el otro, producidos en 
la tarde del 19. 

El descontento por la constante retirada de Alvear 
-a.1 oeste había llegado á tal punto que generó el pro. 



Victoria de Ituzaingo 335 



yecto de un verdadero motín, del que fué desgraciada- 
mente cabeza el coronel Lavalle, dice el doctor López. 

El entonces comandante don Antonio Diaz, se ocupa 
■detalladamente en su diario, del suceso. Nos dice que 
el plan de Lavalle era despojar del mando á Alvear 
y confiarlo á Soler ó Lavalleja. Por fortuna, ya por 
propio arrepentimiento, ya por las exhortaciones del 
coronel Manuel Oribe ó á consecuencia de la declara- 
ción que Alvear hizo á sus jefes en la tarde del 
19, donde expuso su propósito de contramarchar para 
presentar batalla á los imperiales, ordenando el repaso 
del rio á los coraceros de Medina, el hecho es que la 
dolorosa intentona quedó sin efecto ^^\ 

Pero oigamos, en síntesis, lo que nos dice sobre este 
episodio penoso el coronel Iriarte, que lo detalla con 
amplitud y también con acritud, pues no es amigo de 
Alvear^ volvemos á repetirlo, de quien hace este juicio 
en las páginas 90 y 101 de sus memorias inéditas: «Al- 
vear valía mucho mas que algunos generales viejos y 
nulos, cuya única capacidad militar consistía en saber 
recitar de memoria los artículos de las ordenanzas mili- 
tares » «Alvear era una combinación heterogénea 

del bien y del mal: aquél fugaz y éste preponderante. » 

En el Caciqtiey, los jefes, descontentos con la constante 
retirada de] ejército, celebraron algunas reuniones se- 
cretas, con el objeto de deponer del mando al general 
Alvear. Los intermediarios en estas reuniones fueron 



(t) El general Alvear tuvo conocimiento de lo que se había tramado, pero 
no se dio por apercibido, callando noblemente su agravio. 

El bravo, caballeresco general Lavalle, el heroico soldado de Bio Bamba, 
que llevaba sobre el peto de su casaca de libertador catorce condecoraciones 
guerreras, no era amigo, ya lo sabemos, de Alvear. Empero, durante el go- 
bierno de Buenos Aires que asumió de hecho el 1** de Diciembre del año 28, 
nombró Ministro A Alvear. Hablando recientemente de estos sucesos con la 
distinguida matrona señora Dolores Lavalle de Lavalle, hija del procer, y con 
-sa digno esposo el señor Joaquín Lavalle, á quienes acudimos por algunos in- 
formes y documentos, y en demanda del diario inédito del coronel Brandsen, 
-sobre esta guerra, de que son propietarios, nos decía el señor Lavalle que 
jpara él siempre habían sido un misterio esas desinteligencias de los dos gue 
f reros, y que no se las había explicado nunca. 



336 Victoria de Ituzaingo 



los generales Soler y Mansilla. En una de ellas se acord6 
realizar el plan el día 19 de Febrero. El candidato para, 
reemplazar á Alvear era Soler, pero como éste rehusara, 
asumir el mando, se pensó investirlo de él^ por razón 
gerárquica, á Lavalleja. Afortunadamente la proximi- 
dad del enemigo y el peligro de la situación hizo aplazar 
el complot, que en la tarde del 19 abortó por completo. 
(Iriarte, doc. cit. pág. 163). Se vé, por esta versión res- 
petable, que Lavalle, si tomó participación en el proyecto,, 
no lo hizo como cabeza dirigente. 

El mismo testigo ocular nos relata que el descontento 
por la retirada habla cundido entre la tropa, caso no 
extraño, ya que el soldado que no está en el secreto de- 
las maniobras, clasifica de falta de coraje todo movi- 
miento ó marcha retrógrada frente al enemigo, á quien 
siempre se tiene en menos. Alvear (dice Iriarte) había 
llamado varias veces á juntas de guerra para exponer 
la situación, en las que él solo hablaba, sin admitir 
contradiciones, «como si no tuviera otro objeto que ha- 
cer ostentación de máximas de guerra y preceptos 
clásicos que con privilegiada memoria recitaba literal- 
mente». Alguna vez hizo efectuar á los generales reco- 
cimientos para elegir campos de batalla, «pero nunca 
se manifestó satisfecho de estos estudios y los desechó.» 

El otro episodio es tonificante y hermoso. 

Hasta este momento el ejército había marchado y com- 
batido sin desplegar al viento su bandera, que el doc 
tor Mufiiz, cirujano principal del mismo, nos dice que 
fué presentada en plena batalla y confiada al bravo 
coronel Olazábal, jefe del batallón 5*^ de infantería, lo 
que parece ser incierto, en lo que al momento y cir- 
cunstancias de la ceremonia se refiere. 

El doctor Mufiiz nos dice ^^^ que estando el batallón 
5 sufriendo el fuego de los cañones y fusiles enemigos,, 
el general Alvear hizo entrega al jefe del cuerpo, co- 



(1) Vida y escritos del doctor Frantisco Javier Muñía. 



Victoria de Ituzaingo 337 



ronel Olazábal, de la bandera del ejército, en cuyo acto 
dirigió al bizarro soldado frases honrosas que termi- 
naron con estas palabras: 

— Coronel Olazábal, en este punto hágase Vd. matar! 

El mayor Arrieta {Memorias de un soldado) refiere en 
■cambio que en la tarde del 19, el ejército, en masa, 
formó en columna cerrada por regimientos delante de 
la tienda del general^ el que, montando un soberbio 
caballo se acercó á las tropas, llevando la bandera inma- 
culada de la República. 

El general se descubrió, y tremolando sobre su cabeza 
la gloriosa enseña, la entregó al b^, que era el mas an- 
tiguo de todos, y que ocupaba en la ceremonia el centro 
de la columna. 

La presencia y entrega de la bandera fué saludada 
por las dianas de las fanfarrias y los vivas delirantes 
de las tropas electrizadas. Alvear proclamó en seguida 
con fervorosa palabra al ejército, al que prometió con- 
ducir á la victoria próxima. «No es posible explicar 
«(dice Arrieta) la belleza del discurso que pronunció nuestro 
general, y solo podrá formar un juicio de él quien 
tenga un conocimiento exacto de la fácil afluencia, cien- 
cia, elegancia y lujo de ideas que poseía nuestro general 
y la destreza con que ponía en juego su raro ingenio 
para explicarse según lo requería el caso. En su pro- 
clama tuvo tal arte en producirse y supo de tal modo 
disponer el ánimo del soldado para el combate^ que 
no había un solo hombre que no ansiase el momento 
de venir á las manos con el enemigo. Era tan exaltado 
el entusiasmo en que se hallaba la tropa, que si en 
.aquel instante hubiera habido que pelear, ó en un mo- 
mento hubiera destruido al enemigo, ó en un momen- 
to habría dejado de existir nuestro ejército». Termi- 
nada esta ceremonia masque hermosa en su grandeza y 
embolismo, se ordenó se adelantase, á ocupar las posicio- 
nes de combate señaladas por el general, una brigada com- 
puesta del batallón 5° (Olazábal), una batería de artille- 



338 Victoria de Ituzaingo 



ría (Chilabert), y el regimiento 3*^ de caballería (Pache- 
co). Estas tropas que conducían entre sus filas apretadas, 
llenas de ardoroso entusiasmo, la enseña de la patria, 
darían fé de su bravura recibiendo, solas puede decirse, 
las primeras y audaces embestidas del enemigo^ igual- 
mente entusiasmado, al punto de «costar mucho contener 
á la tropa (dice el mayor imperial Seweloh, en su obra 
Reminiscencias de la campaña de 1827)^ pues cada uno que- 
ría lanzarse sobre el enemigo». 

Pero conviene detenernos un momento para echar un 
vistazo sobre el que va á ser campo del combate, á la 
vez que fijar los efectivos de tropas que van á chocar, 
ya que los actores y escritores brasileños dicen y afirman, 
con total ausencia de sinceridad, que su ejército era nu- 
méricamente igual a la mitad del argentino, mientras que 
la contraparte sustenta lo contrario, aunque sin la exa- 
jer ación de aquellos. 

En el capitulo VI hemos estudiado la organización y 
efectivos del ejército argentino al abrir operaciones, con- 
forme á las listas de revista originales que existen en el 
Archivo general de la nación, que arrojan un total de 
jefes, oficiales y soldados igual á 6090 hombres de línea, 
(pág. 207), mas 2000 hombres de milicias uruguayas, 
(entre las que había muchos entrénanos y misioneros), 
lo que dá un total general de 8090 hombres. Por lo que 
á estas últimas respecta, hemos manifestado en la página 
209, nuestras dudas con toda franqueza, en lo que á su efec- 
tivo total se refiere; pero estamos ahora en posesión de 
nuevos datos inéditos sobre ellas, que nos merecen plena fe. 

Ahora bien, y teniendo en cuenta que el general Al- 
vear desde su partida del Arroyo Grande, no recibió hasta 
este momento ningún nuevo contingente de tropas, y 
que, por el contrario, el ejército experimentó bajas por 
deserción, enfermedades, heridos y muertos, es lógico 
deducir que aquella cifra no es la que corresponde á la 
de sus tropas presentes en el campo de la batalla á que 
vamos á asistir, debiéndose tener por otra parte en cuenta 



Victoria de Ituzaingo 339 



que en custodia del parque, heridos, enfermos y prisione- 
ros sobre la margen del Santa María, quedó la escolta 
condigna, lo que disminuía fatalmente su efectivo de 
combate. 

Los papeles a que un momento antes nos hemos refe- 
rido, y de los que nos ocupamos nuevamente á conti- 
nuación^ nos dicen que las milicias de la caballe- 
ría oriental de Lavalleji% al romper el ejército su 
marcha del Arroyo Grande, eran 2600 hombres, pero que 
en el campo de Ituzaingo solo estuvieron presentes unos 
mil quinientos, á causa de las deserciones y sobre todo, 
porque muchos de estos milicianos regresaron á la banda 
oriental conduciendo grandes arreos de ganado vacuno 
y caballar, fruto de saqueos y expoliaciones llevadas á 
cabo con su intervención, y por los grupos de gauchos y 
mujeres que seguían á las tropas de Lavalleja. Se puede 
pues afirmar á la luz de estos hechos bien comproba- 
dos, que el ejército de Alvear no presentó sobre el campo 
de batalla arriba de ^siete mil combatientes de toda 
arma. 

El general Alvear, en sus dos partes de la batalla, se 
limita á decir que el ejército de Barbacena constaba de 
8500 plazas, sin hacer mención del ejército propio. 
Mas tarde, en su Exposición sobre la campaña, rectifica 
esa cifra, que eleva á 10.000, agregando que el argentino 
era de 6200 hombres. 

El historiador Pelliza («Glorias argentinas» pág. 46), 
nos dice que el ejército argentino en Ituzaingo, tenía 7500 
plazas y el imperial 8500. 

El doctor López, en el tomo X de su «Historia Argen- 
tina», dice que el ejército republicano en la batalla citada, 
solo presentó 7300 hombres contra 9000 enemigos. El ge- 
neral uruguayo D. Antonio Díaz, actor en la campaña, 
como sabemos, afirma por su parte (E. Acevedo Diaz, Itu- 
zaingo) que del ejército republicano solo entraron en 
combate el 20 de febrero, 6632 hombres. 

Bollo (M. de hist. de la R. O. del U.), da al ejército de 



340 Victoria de Ituzaingo 



Alvear en Ituzaingo 5500 hombres de tropa, y unos 7000 
á los imperiales, de los 12.000 que asigna á su ejército. 

La palabra autorizada é imparcial de un actor en la 
guerra, el coronel D. Tomás de Iriarte, oficial ilustrado y 
de verdadero mérito, nos va á proporcionar ahora nuevos 
elementos de información y de juicio sobre el ejército de 
Alvear y la batalla de Ituzaingo, con sus apuntes origi- 
nales, manuscritos de su puño y letra, perfectamente iné- 
ditos y desconocidos, que conserva como una verdadera 
reliquia su hijo, el distinguido ciudadano D. Félix A. de 
Iriarte, quien por primera vez permite que sean compul- 
sados. Según esos papeles, que hemos estudiado con celo- 
so afán, de alto valor histórico y militar sobre todo, que 
tanta luz nueva arrojan sobre la memorable campaña y la 
batalla célebre que la condensa, como hemos visto en to- 
das las citas precedentes, el ejército de Barbacena en 
la víspera de Ituzaingo, constaba de 8500 plazas dis- 
tribuidas en 3500 infantes, 4600 de caballería, y 400 ar- 
tilleros con 12 piezas, un pesado parque y numeroso tren 
de bagajes. 

La organización del ejército argentino, según esos 
Apuntes, era la siguiente, en la vízpera del choque con el 
imperial: 

Primer cuerpo, ^^^ jefe, brigadier Lavalleja, constituido 
por tres divisiojies de caballería: la P á órdenes del gene- 
ral Laguna, la 2* á las del coronel Manuel Oribe, y la 3* 
.á las del coronel Ignacio Oribe. 



(1) Ya sabemos que á estos cuerpos de ejército, nosotros los llamamos 
.•divisiones. 

£1 cuerpo de Lavalleja, con excepción del regimiento n° 9, al mando del 
'coronel don Manuel Oribe, estaba constituido por cuerpos de milicias uruguayas, 
..á los que con especialidad seguia á retaguardia un gran grupo de paisanos, des- 
tinados al merodeo, é infinidad de mujeres bravias, amigas de los milicianos, que 
■montaban á horcajadas, vestían poncho y gorras de cuartel, llevando muchas de 
•ellas sable al cinto, del que sabían hacer uso, llegado el caso. Por su aspecto y 
desenvoltura, se las confundía fácilmente con milicianos. Su número en todo el 
ejército era de unas 500, del que las dos terceras partes pertenecía á la divi- 
Lavalleja. Su presencia dio origen á escenas vituperables. (Testimonio 
odel coronel Iriarte y otros). 



Victoria de Ituzaixgo 341 



Segundo cuerpo y á las órdenes directas del general Al- 
vear, tres dhisioties de caballería de línea: la 1* á las 
órdenes del coronel D. Federico Brandsen, regimientos 
1^ y 3°; la 2* á las del coronel D. Juan Lavalle, regi- 
mientos 4®, «Colorados», y escuadrón «Coraceros»; y la 3* 
á las del coronel D. Juan Zufriátegui, regimientos 8 y 
16 (lanceros). 

Tercer cuerpo, jefe, general Soler, tres divisiones: la 1* á 
órdenes del coronel D. José María Paz, regimiento N° 2 
de caballería de línea y 1 cuerpo de milicias; 2*, á las 
órdenes del coronel D. Félix de Olazábal, batallones de 
infantería de línea números 1, 2, 3 y 5; y la 3% á 
las órdenes del coronel D. Tomás de Iriarte, 1 regimienta 
de artillería con diez y seis piezas (11 cañones ligeros de 
campaña de á 4, 2 de á 8, y 3 obuceros de 7 pulgadas), un 
escuadrón de milicias de caballería de Mercedes, y el par- 
que y maestranza del ejército. El parque é impedimenta 
general del ejército, lo constituían 120 vehículos, carre- 
tas (muy pesadas, donde se conducía útiles de hospital 
enfermos, heridos y municiones de infantería y artillería), 
carretillas (donde iba equipo, cureñas de repuesto, etc.), 
y 20 galeras para el equipo de los generales y jefes. 

Los efectivos que el coronel Iriarte asigna á los cuerpos 
del ejército de línea, ó argentino propiamente dicho, son 
algo inferiores á los que nosotros, con las listas de revis- 
ta originales á la vista hemos consignado, pero la 
diferencia no es notable, salvo el caso de las milicias 
uruguayas, que hemos anotado un momento antes. Es 
además muy interesante el hecho de que, gracias al tes- 
timonio irrefutable del ilustrado jefe, podamos afirmar 
que el total de piezas de artillería que fijamos en eí 
capítulo VI, pág. 226, oea el exacto, salvo sólo la diferen- 
cia de calibres y el número de obuces que, en vez de dos,. 
resultan tres. 

Pero las contradicciones y las exageraciones de los 
actores y escritores brasileros en materia de efectivos,, 
son notables, por cierto. 



342 Victoria de Ituzaingo 



El Marqués de harbacena dice que peleó en Ituzaingo 
contra fuerzas dobles^ y el historiador José María da Silva 
Paranhos, en su Biografía del Barón de Cerro Largo, jefe 
de la vanguardia de Barbacena, sostiene, refutando la 
Exposición de Alvear, que en la batalla combatieron diez 
mü quinientos cincuenta y siete argentinos y uruguayos, con 
24 cañones, contra cinco mil quinientos sesenta y siete bra- 
sileños, con diez piezas de fuego!. . . . 

El escritor brasilero Antonio Deodoro de Pascual 
{Apuntes históricos citados), consigna para el ejército ar- 
gentino 1578 plazas de infantería, 8379 de caballería y 
600 artilleros, lo que da un total de 10557 (la cifra de 
Paranhos), contra 8357 imperiales. Pretende que de estos, 
solo 6527 entraron al fuego contra el total del enemigo. 
El Marqués de Caxias, ofrece para la parte argentina, los 
mismos datos numéricos de Paranhos, Pascual, etc., 
mientras que solo da á Barbacena en la batalla, cinco mü 
siete hombres presentes, de toda arma ! 

El brigadier Francisco José de Souza Soarez de An- 
drea, ingeniero y Ayudante general de Barbacena, <^juzga* 
(Parte de Ituz.) que los republicanos eran diez mil y, por 
último, para cerrar esta ya larga enumeración, un oficial 
imperial, Cunha (lo cita el historiador López), actor en 
la jornada del 20, dice que los imperiales eran nu£ve mil 
hombres, contra 12000 enemigos 

Nos parece que ya sabemos á que atenernos con res- 
pecto al efectivo argentino. En cuanto al brasileño, 
abundaremos en otros datos que nos habiliten para des- 
pejar la incógnita. 

El 20 de Febrero, el ejército de Barbacena entró ál 
fuego con la siguiente organización, que es rigurosamen- 
te exacta. 

Primera división: jefe, brigadier Sebastián Barreto Pereira 
Unto, constituida por la 1* brigada de infantería (batallo- 
nes N°» 3, 4 y 27, (de alemanes este último); la 1* brigada 
de caballería (regimientos 1^ y 24), y la 2* de la misma 
arma (regimientos N^ 4, Lunarejo, y lanceros alemanes). 



Victoria de Ituzaingo 343 



Segunda división: jefe, brigadier Juan CHsóstomo Callado^ 
constituida por la 2* brigada de infantería (batallones 
N°« 13 y 18), 3* brigada de caballería (regimientos N° 6 y 
Bahía) y 4* brigada del arma (regimientos N°^ 5 y 20). 

Artillería, un regimiento ^^\ distribuido en las dos 
grandes unidades de tropa regular citadas y, además, las 
dos divisiones de caballería ligera (milicias, pero ague- 
rridas) á las órdenes del mariscal Abreu, barón de Cerro 
LargOj y coronel Bentos Gongalvez, lo que nos da un 
total de nueve cuerpos de caballería de línea, cinco de 
infantería, uno de artillería y dos divisiones de caballe- 
ría independiente^ miliciana. Es necesario agregar que 
el coronel Bentos Manuel Riveiro^ al frente de 1400 
hombres de caballería, dice Caxias^ aunque no asistió á 
la batalla, estuvo en las vecindades, circunstancia que 
Alvear debía tomar en consideración como lo hizo. 

Teniendo en cuenta que e] efectivo de esos cuerpos era 
muy crecido, daremos como muy aproximado á la ver- 
dad absoluta, una cifra media de 500 plazas para cada 
uno: luego, 5 batallones de infantería, 8 regimientos de 
caballería y uno de artillería, hacen 7000 hombres; mas 
80 lanceros alemanes^ 56D de Abreu (adoptamos la versión 
brasilera para estos) y unos 1000 de Bentos Gongalvez, 
lo que rinde un total general de 8640 plazas. La cifra 
parcial fijada A las divisiones de Abreu y Gongalvez está 
de acuerdo con uno de los partes de Barbacena, en que 
dice que al principio de la acción huyeron unos 1500 
hombres de su vanguardia, misión que tenían precisa- 
mente las tropas de esos dos jefes, que constituían dos 
brigadas de caballería ligera, como hemos dicho. 

Réstanos ahora bosquejar la topografía del campo de 
batalla, antes de penetrar en el candente palenque del 
combate. 



(1) Declaramos que no hemos podido comprobar con toda exactitud el nú- 
mero de caftones, que oscila entre 12 y 24, versión esta última de López y 
otros escritores. El coronel Iriarte, como hemos visto, nos dice que eran doce 
los cañones, pero nos parece que fueron 18. En todo caso, no bajaron nunca 
de doce, los que tomaron parte en la batalla. 



344 Victoria de Itüzaingo 



El conjunto general de este campo lo comprende 
el espacio limitado por el aiToyo Inhatium al Este^ 
que se. une al río Caciquey un poco al norte del 
camino que de San Gabriel conduce rectamente al paso 
Eosario, y el río Santa María 6 Ihieuy grande al 
Oeste, al que tributa perpendicularmente el arroyo Itü- 
zaingo (que dio nombre á la batalla), á corta distancia 
del paso y al Sud de éste. 

El río Santa María, de fuerte corriente, corre en parte 
encajonado entre barrancas que en algunos lugares 
llegan á 3 y 4 metros de altitud, con rampas ora sua- 
ves, ora bruscas y á pique. 

Las márgenes están festoneadas por lonjas de bosques 
altos y espesos, que ralean y desaparecen á medida que 
uno se aparta del río, cuyo caudal de aguas aumenta ó 
disminuye rápidamente, conforme al régimen de las lluvia» 
torrenciales de la región. Así, la anchura media normal 
ocupada por las aguas es de 80 á 110 metros, pero en 
las crecientes se desbordan, abarcando un espacio diez 
veces mayor, haciéndose entonces invadeable. En la 
estación normal, el rio no da tampoco fácil paso en todo 
su curso. Fuera del vado del Rosario, hay otros dos al 
norte, que, como éste, corresponden á otros tantos ca- 
minos que llevan á Alégrete, por el lado del Uruguay. 

La topografía del terreno comprendido entre el Santa 
María^ el Cacequey é Inhatium, está caracterizada por 
mamelones ó cordones de alturas (lomadas) de poco re- 
lieve, con soluciones de continuidad, cuyos ejes son 
paralelos al curso de los ríos citados, y por médanos 
con alguna vejetación arbórea. Estos cordones de loma- 
das determinan en general vallecitos longitudinales y 
estrechos, que los desbordes de las arterias fluviales 
citadas y las lluvias llenan, en todo ó en parte, dando 
lugar á bañados ó pantanos temporales ó semi-perma- 
nentes. El suelo limo-arenoso, resquebrajado y pedre- 
goso de estas hoyas ó valles, está cruzado por zanjones 
escavados por las aguas pluviales que bajan de las ver- 



Victoria de Ituzaingo 345 



tientes orientales y occidentales de las lomadas, durante- 
las lluvias, y por los mismos desbordes de los ríos, que 
penetran á los valles por las gargantas, depresiones ó 
desfiladeros de las alturas y médanos. Algunas isletas 
de monte achaparrado (caracterizado por los arbustos 
de Arazáj con sus frutos característicos), altos pajonales 
lacustres y hormigueros, completan los detalles del suelo 
que aun en las épocas de sequía, es de difícil tránsito, 
é inadecuado para las marchas y maniobras rápidas de 
un campo de batalla. La de Ituzaingo va á tener por 
teatro precisamente el lecho ó cuenca de uno de estos 
valles pastosos, con médanos, isletas y hormigiieros, 
un tanto pantanoso, que los caminos que van de 
San Gabriel y Paso das mogas Velhas (Caciquey) al 
Faso del Rosario^ dividen, ya unidos, y de donde arran- 
ca otra senda que conduce á otros pasos sobre el 
mismo Santa María (ver el plano)^ al norte. 

De San Gabriel al Paso del Rosario hay unos 35 kiló- 
metros, y del nudo de caminos citados unos 15, al 
Paso. El Santa Maria, frente al paso, describe una am- 
plia curva cuya cuerda por el oriente la determinan dos 
cadenas de lomadas irregulares que el camino de San 
Gabriel al Paso]atraviesa, en pendiente descendente hacia 
el río, por entre una de las depresiones ó desfiladeros ■ 
señalados. Entre las dos cadenas ó mamelones citados 
se desarrolla un estrecho valle (lecho seco de pantano)- 
de suelo requebr ajeado, cruzado en toda su extensión 
longitudinal por un zanjón relativamente profundo, con al- 
gunos pasos. Otras zanjas menores, pequeños médanos,^- 
grupos de Arazáj hormigueros y pajonales (stipas) com- 
pletan los detalles del terreno donde va á realizarse la . 
batalla. El conjunto topográfico desde las alturas occi- 
dentales al río, donde el ejército campó el 19, es una es- 
pecie de embudo, sin salida expedita. 

Sentado todo esto, y antes de asistir á los movimien- 
tos y ocupación de posiciones que traerán los primeros 
dramáticos y trágicos episodios de las armas, queremos. 



346 Victoria de Ituzaingo 



anticiparnos, copiando aquí, íntegros, los partes com- 
pletos de la batalla^ para luego glosarlos, discutirlos y 
procurar restablecer la verdad histórica, con ánimo se- 
reno é imparcial. A la vista de esos documentos inte- 
resantes, no completamente verídicos por cierto, el lector 
podrá formar su propio juicio que con toda sinceridad 
buscamos amparar, dándole firmes puntos de apoyo y de 
análisis. Los dos partes de Alvear los hemos copiado 
directamente de los originales, con absoluta fidelidad, 
conservando su construcción, redacción y ortografía. Los 
del enemigo, mas completos que los argentinos, los hemos 
tomado de la obra de Pascual, citada en el texto, unos, 
y del tomo IV de los Partes oficiales publicados por el 
Archivo general de la Nación^ otros, los dos de Barba- 
cena. 

«Cuartel General en marcha, Feb**. 21 i827. 

«El General en Gefe del Ejercito Republicano tiene la 
satisfacción de comunicar al Exmo. Sor Min^ de la Gue- 
rra que después de dos encuentros parciales, en q®. fué 
atacada y batida la división de Bento Man^- por el coro- 
nel Lavalle el 13, y el Gral. Mancilla el 16, ayer 20 se 
encontró el Ejercito de la República con el Imperial en 
el campo de Ituzaingo. Su fuerza q® ascendía á 8500, 
hombres de las tres armas, se batió por 6, horas con 
energía y maniobró habilm*^: cedió al esfuerzo de nues- 
tros bravos, siendo completam^^ derrotada y dispersa su 
caballería, abandonando el campo de batalla y quedando 
sobre él mas de 1200, cadáveres, entre ellos el del Maris- 
cal Abréu, diez piezas de Artill*., todas sus municiones, 
bagajes y crecido num^. de armam^^» y de pricioneros. 

«La perdida del Ejercito de la República no alcanza á 
400, hombres entre heridos y muertos, siendo altm*® sen- 
sible entre estos, el intrépido Coronel Brandsen q® cayó, 
en la carga al frente de su regim^®. 

«Es imposible p'' ahora dar un detal de los sucesos del 
20, el Gral. en Gefe lo remitirá lo mas presto; entre tan- 



Victoria de Ituzaingo 347 



to el Ten''^. Coronel Aguirre q®. conduce esta instruirá de 
ellos al Sor. Min**. y le presentará dos banderas q®. son 
también délos trofeos del Ejercito. 

«Las ventajas q®. ofrece la victoria y sus consecuencias 
son inmensas. El Gral. en Gefe sigue sobre el enemigo 
p*. aprobecbar de ellas y felicita á la Nación y aJ Gov"^- 
á nombre del Ejercito. 

«El General tiene la mas alta satisfacción en asegurar al 
.S°'*. Min°. q®. todos los individuos del Ejercito han con- 
tribuido del modo mas distinguido al suceso feliz de esta 
jornada, espera q®. lo ponga en conocim**^. del Exmo. Sor 
Presid^^. y lo saluda con su mas distinguido aprecio. — 
Carlos de Alvear. — Exmo. Sor. Min°. de la Guerra». 

«Cuartel general en S^ Gabriel, Febrero 28 1827. 

«El general en Jefe del Ejercito Republicano se dirige 
al Exmo. Sor Min° de Guerra p*^ poner en su conoci- 
miento el detall de la jornada del 20 en q® fue batido 
todo el ejercito imperial. 

«El sol asomaba sobre el horizonte cuando se encon- 
traron los ejércitos contendientes. El Imperial q^ igno- 
raba la contramarcha del Republicano, fue sorprendido 
á su vista y tomado en infraganti delito marchando, p*^ 
su flanco izquierdo, al paso del Rosario en S'^ María 
donde creía encontrarlo campado. Entonces el General 
que susbscribe proclamó alos cuerpos del Ejercito con 
la vehemencia de sus sentim^°« animada por la gran 
solemnidad de aquel día, y destinó al general Lavalleja 
p* que con los valientes del primer cuerpo cargase sable 
en mano sobre la izquierda del enemigo p* envolverla 
y desbaratarla. La división Zufriátegui, compuesta de 
los regimientos 8 y 1(5, lanzeros mandados por el bizarro 
•Coronel Olavarría, y del escuadrón de Coraceros con 
su brabo Com'® Medina, iba en seg^* línea p* sostener 
el ataque del primer cuerpo. El 3°, á las ordenes del 
general Soler, se formó en unas alturas q« se ligaban ala 
posición del 1..^ las divisiones Paz y Brandsen, del 2..^ 



3*^ Victoria de Ituzaingo 



quedaron en reserva un poco á retaguardia, entre el 
1..^ y 3^ cuerpo; y la División del brabo Coronel Lavalle 
fué destinada ala izquierda de este. 

«En tal disposición, y a pesar del vivo ataque del pri- 
mer cuerpo, el enemigo se dirigió de un modo formi- 
dable sobre el 3..® Tres batallones, entre ellos el de 
Alemanes, sostenidos p^ 2000 caballos y seis piezas, eran 
los q^ iban sobre él: un fuerte cañoneo se hizo sentir 
entonces en toda la línea, y el combate se empeñó p*" 
ambas partes, con tenacidad y viveza, ala derecha y 
ala izquierda. Las cargas de cavallería fueron rápidas, 
bien sostenidas y con alternados sucesos. Entretanto 
el Coronel Lavalle, con su división había arrollado toda, 
la caballería q^ se hallaba á su frente, sabliandola, y 
arrojándola á legua y media del campo de batalla. 

«A pesar de este suceso brillante, la acción no estaba 
decidida: las fuerzas principales del enemigo cargaban 
sobre nuestra derecha y el centro, y entales circunstan- 
cias fue necesario dejar solo en reserva el 3„ de cava- 
llería y hechar mano délas divisiones Paz y Brandzen. 
Esta fuerza en acción, ya el todo de ambos ejércitos 
se hallaba empeñado en el combate: entonces, el intré- 
pido Coronel Brandzen, destinado á romper una maza 
de infantería, quedó gloriosamente sobre el campo de 
batalla. 

«El bat.** 5*^, al mando del Coronel Olavarría, había 
roto sus fuegos sobre el enemigo: el 2..°, del Coronel 
Alegre, atacado por una fuerza de caballería q® trahía. 
á su frente los lanzeros Alemanes, los abrazó y la obligó 
á abandonar el campo— El Coronel Olivera, con la divi- 
sión de Maldonado, y el 1..*^ de cavallería, acuchillaron 
esta fuerza en su retirada, y fué dispersa y puesta fu era. 
de combate. En la derecha se disputaban la gloria los 
Com^^* Gómez y Medina: cargaron una columna fuerte de 
cavallería, la acuchillaron y obligaron á refugiarse bajo 
los fuegos de un batallón q® estaba parapetado de unos- 
arboles. El ardor de los Gefes llevó hasta allí la tropa. 



Victoria de Ituzaingo o4:d 



q^ un fuego abrazador hizo retroceder algún tanto: la 
maza de caballería se lanza entonces sobre ellos: en el 
instante, el regimiento 16, recivio orden de sostener á 
sus compañeros de armas: los Corazeros y Dragones se 
corrieron p*' derecha é izquierda, poniéndose á sus flan- 
cos; y los brabos lanzeros^ maniobrando como en un 
día de parada sobre un campo cubierto ya de cada- 
veres^ cargaron, rompieron al enemigo; lo lanzearon y 
persiguieron hasta una batería de tres piezas, q^ tam- 
bién tomaron. El Regimiento 8, sostenía esta carga: 
fue decisiva — El Coronel Olavarría, sostuvo en ella la 
reputación q^ adquirió en Junin y Ayacucho. 

«La cavallería enemiga, por el centro, había sido obli- 
gada a ceder terreno siguiéndola su infantería perse- 
guida por nuestros cuatro batallones: tres posiciones in- 
tentó tomar y fue arrojada al instante de todas. 

«Los Generales Soler, Lavalleja y Laguna, p*" el acierto 
de sus disposiciones y por su brabura en esta jornada, 
se han cubierto de una gloria inmortal. El general 
Mansilla ha llenado noblem*^ el cargo que desempeñaba: 
el Coronel Paz, ala cabeza de su división, después de 
haber prestado servicios distinguidos desde el principio 
de la batalla, dio la ultima carga ala cavallería del 
enemigo q^ se prestaba sobre el campo, obligo al ejer- 
cito imperial aprecipitar su retirada. 

«El Coronel Iriarte^ con su regimiento de Artillería 
ligera, ha merecido los elogios no solo del General en 
Gefe^ sino de todo el Ejercito Republicano. La serenidad 
de los artilleros y el acierto de sus punterías ha sido 
el terror del enemigo: todos los Gefes de este cuerpo y 
los capitanes Chilavert, Alengren y Piran se han dis- 
tinguido de un modo especial. 

«Los Coroneles Olazabal, Oribe, Garzón y Correa, y los 
Com^«^» Oribe, Arenas y Medina del 4„ han sostenido la 
reputación bien adquirida en otras batallas, igualmente 
•q* el 2^ Gefe de E. M. Coronel Dessa. Los Ayudantes 
<iel General en Gefe han respondido satisfactoriamente 



350 Victoria de Ituzaingo 



ala confianza q*^ se depositó en ellos: el cuerpo de in- 
genieros con su com^^ TroUé se ha desempeñado de- 
igual modo. 

«Por ultimo el ejercito enemigo abandonó el campo de 
batalla dejando sobre él mil y doscientos cadáveres, entre 
ellos varios Gefes, Oficiales y el General Abréu. Un gran 
numero de prisioneros y armamento: todo su parque y 
bagages, dos banderas^ diez piezas de artillería y lar 
Imprenta son los trofeos q^ ofrece ala República el 
ejercito. Su perdida alcanza á cerca de quinientos hom- 
bres entre heridos y muertos, siendo de estos el Com'^ 
Bezares del 2° regimiento. 

«Todos los Gefes oficiales y tropa se han desempeñada 
con el valor q® siempre ha distinguido a los soldados 
Argentinos. El General en Gefe se complace en ponerla 
en conocim^*^ del Exmo. Sor. Min^ y lo saluda con su 
consideración distinguida. — Carlos de Alvear — Exmo. 
Sor. Ministro de la Guerra». 

«lUm. é Exmo. Sor. — No dia 20 do corrente encontrei ó 
inimigo ñas vizinhangas do passo do Rosario, pelas 6 ho- 
ras da manhá, e desde logo comegou o fogo. O Marechal 
Baráo do Serró Largo fazía a vanguardia com una bri- 
gada de 560 homens, por elle escolhidos, e, segundo sua 
expressáo, todos da fazer pé. Longe, porem, de fazer pé, 
ou a menor resistencia a quatro escuadróes inimigos, fu- 
giram sen dar hum tiro, ou tirar pelas espadas, e em tal 
debandada, que causaram alguma desorden no quinta 
regimentó, destinado a sustentalhos, teriam cabidos sobre 
o quadrado dos batalhóes 13 e 18, se nao fizessen fogo so- 
bre elles. Alguns destes tiros mataron ao Marechal. Esta 
desordem, expondo a Divisáo do Brigadiero Callado a 
ser flanqueada, obrigou o referido Brigadiero a ocupar- 
se em repellir, come fez, os repetidos ataques do inimigo 
per este lado, deixando por isso de cooperar com a 1* 
Divissáo^ onde a victoria duas vezes se declarou a nosso 
favor^ mas onde tambem tívemos a desgraía de ver re- 
cuar o regimentó N° 24; entretanto que o inimigo, por 



Victoria de Ituzainco 351 



sua superioridade numérica, nao so mandaba reforgo 
a tüudos os puntos atacados, mas destacaba esquadroes, 
que nos flanqueavan pela direita e ezquerda, lan9ando 
fogo nos campos aomesmo tempo. Oslanceiros do Uru- 
guay (guaranys) e os conductores tamben se portaram 
mal^ langandose sobre as nossas bagagem^ queroubaram. 
«Con taes acontecimentos, con as tropas fatigadas, con 
seis horas de continuado fogo, e o inimigo dispondo cer- 
car-nos, forzoso foi retirar-me, posto que até antáo tive- 
ssemos vencido em todos os ataques feitos, ou recibidos. 
Os cinco batalhóes fizeron prodigios de valor, aellesse 
deve a reispetavel attitude que o Exercito pode conser- 
var na retirada: en só perdí una peya de artilharia per 
causa do conductores, e 242 homes entre mortos eprisio- 
neiros. O numero dos extraviados e maior, mas deixei 
esquadroes de cavallería para os receber na grupa, e 
assimseváo reunindo. Estando com a cavallaria mal 
montada, e con infantería cansadíssima, procuro algum 
ponto menos exposto, em que possa receber os socorros 
indispensaveis de cal9ado, fardamento, munÍQÓes de gue- 
rra e cavallos; quanto a mini só pode ser o passo de 
San Lourengo^ en Jacuhy: a pluralidade dos Officiaes foi 
de opiníáo que San Sepe era preferivel per causa do 
sustento da gente, e dos cavallos^ concluindo, porem, to- 
dos que nos deviamos occupar o passo de San Louren^o,, 
logo que inimigo avan9asse. Ora, estando o inimigo úni- 
camente distante de 4 marchas^ e devendo a passagen 
do rio Jacuhy occupar-nos um, ou dous dias, vem a ser 
manifesta contradÍ9áo demorar-se em San Sepe. Rece- 
bendo em tempo os soccorros de que preciso, espero ti- 
rar-me da luta. Nao devo omittir o quanto brilharam 
na ac9á,o os regimentos de cavallería de Lunarejo, e 20, 
assin como una parte da Brigada do Coronel Bento Gon- 
galves. Na rela^ao junta achara V. E. o numero dos 
mortos, feridos, e prisioneiros. Em outro officio darei 
conta a V. E. dos Officiaes que mais se distinguiram, 
porque, supposto tivessemos de abandonar o campo da. 



352 



Victoria de Ituzaingo 



batalha, os héroes, que tanto se illustraram durante onze 
horas de combate, vinte e quatro de marcha sem descan- 
so, e quarenta e oito sem comer, sao, na mia opiniáo, tao 
dignos das boas gragas de S. M. L, como se aos seus es- 
forgos tivease acompanhado a victoria. 
«Deus guarde a V. Ex. 
«Vacacahy, 25 Fevereiro de 1827 — lUm. e Exm. Sr. Con- 
de deLagues — Marqués de Barbacena». 

ORDEN DEL DÍA DEL GENERAL BARBACENA 
•Cuartel General tto Passo de San Lortnso 20 de Margo de 1827. 

«Ordem do dia. Bravos do Exercito do Sul. com ex- 
traordinario prazer vi os prodigios de valor por vos prac- 
ticados no dia 20 de Fevereiro contra forgas quasi dobra- 
das, e cuando fosteis abandonados por mais de 1,500 cora- 
batentes, que fugirao no principio da acgao, e sen dar 
hum tiro, ou tirar pela espada. Era minha intengao, e 
bem agradavel dever, dar immediatamente os meus agra- 
decimentos, fazer o elogio dos que mais se distinguirSo, 
promover aos officiaes, quecabiaoem minha juridicgao, 
e mandar processar aquello, que infelizmente dessapare- 

' cerao do campo na companhia dos desertores, on mal 
preencherao suas obrigagoens, durante o combate; mas 
o Exercito conhece as causas, que durante a marcha para 
o Rio Jacuy embaragarao a os Senhores Commandantes 
de Divisoens^ Brigadas, e Corpos de darem os partes do 
dia da acgao, as quaes erao indispensaveis para o com- 
pleto conhecimento dos factos particulares. Pelo que vi 
e pelas informagoens que recibi esto u cada vez mais con- 
vencido do brilhante comportamento do Exercito, do 

• qual separando os cobardes, que fugirao, e o Senhor Co- 
ronel de Artilharia, que su posto se conservase no com- 
bate perdeo paraoflm a presenga de espirito, pode bem 
dizer-se que he todo digno de admiragao, e reconhecimen- 
to nacional, das Gragas, e Mercez do Soberano. 

«A todos me considero em gran deobrigagao, e á todos 
estimarla poder dar hum publico testemunho de minha 

, gratidao. Como porem entre elles alguns houve, a quem 



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Victoria de Ituzaingo 353 



coube en partilha ou commando demaior responsabili- 
dade, ou attaque, e defeza de pontos mais arriscados, 
nao posso deixar de fazer raengao dos Senhores Marechal 
Braun^ Brigadeiros Barreto, e Callado. A primeira carga 
commandada pelo Sr. Barreto, e a retirada da segunda 
Divisao commandada pelo Senhoe Callado estarao sempre 
presentes na minha memoria. Os senhores Coronéis Mi- 
guel Pereira, Calmon, Leitáo, Leite, e Silva, do Regi- 
mentó 20, assim como os Senhores Tenentes Coronéis Pe- 
lippe Neri, José Roix Barboza, e Major Calmon^ Cabral, 
forao quinhociros na gloria d' aquelles illustres feitos. 
Nao posso igualmente deixar de fazer honrosa men^ao 
dos Senhores Brigadeiro Soares, e Tenente Coronel Eli- 
siario, Ajudante, e Quartel Mestre Generaes, os quaes 
forao de min inseparaveis, durante a acQao, e prestaráo 
mui grande servisso, bem como o Senhor Coronel Alen- 
castre, Tenente Coronel Machado, Majores Ponsadilha, e 
Dutra, Capitao Sweloh, e Alférez Lecor, que fizerao 
as funQorns d' Ajudantes das Ordens. Naocabendoem 
minha jurísdic^ao, promover as Senhores Officiaes de 
Tenente Coronel para cima, foi men primeiro cuidado 
levar seus nomes a presenya augusta de Sua Majestade ó 
Imperador, solicitando as Merzez, y Gra9as de que sao 
credores. Quanto aos outros de Tenente Coronel para 
baixo, tenho promovido os que constao da lista junta, 
einguindome ás informa9onens, que recebi, e aos factos, 
que presenciei. Eu seria o mais feliz dos homens se po- 
desse limitar-me a publicar únicamente os ilustre feitos 
do Exercito^ e os meus agradecimentos; mas a justÍ9a pede 
que o premio, e castigo sejao distribuidas aomesmotem- 
po. Ñas listas tamben juntas, ae ordenstavao declarados 
os nomes Vogaea de Conselho de Guerra, e Comissao 
Militar desde ya instalados, e que deven julgar osdelin- 
cuentos. Os cobardes, e todos aquelles que desaparecerao 
do campo de batalla responderlo perante o Concelho; os 
desertores, e traidores perante a Commisao. Assignaddo, 
— Marqués de Barbacena>. 



354 Victoria de Itüzaingo 



« Illmo. y Exmo. Señor: Doy parte que saliendo el 
ejército en la madrugada del 2ü del corriente de la ha- 
cienda de Antonio Francisco, con el fin de perseguir é- 
impedir que el enemigo efectuase su retirada por el Paso 
del Rosario, le encontramos á las 6 de la mañana una. 
legua mas acá del Paso, en posición muy ventajosa, é in- 
dicando que quería impedir la marcha de nuestro ejérci- 
to : apesar de que el ejército estaba prevenido en parte- 
para este encuentro, con todo no esperaba que el enemi- 
go tuviese de este lado del rio todas sus fuerzas reunidas^ 

« En cuanto la caballería mudaba de caballos montan- 
do los que traía de las bridas, el enemigo tuvo tiempo 
para destacar fuertes columnas hacia nuestros flancos,, 
por lo que nos vimos obligados á tomar una posición casi 
paralela á la del enemigo^ en una colina cerca del cami- 
no, con el flanco izquierdo casi apoyado en la misma,, 
siguiendo lo restante del ejército su configuración hasta 
la cima de esta colina. Por la proximidad en que se ha- 
llaba el ejército del enemigo, y en consecuencia de no» 
haber sido avisado por la guardia avanzada,. cuando esta 
lo encontró, y estando á la distancia de tiro de fusil, no. 
hubo tiempo para dar otras disposiciones que no fuesen 
atacarlo en el caso que diese lugar para ello; ó de de- 
fendernos contra sus ataques, hasta conocer el estada 
y número de sus fuerzas. 

« La posición de nuestro ejército, estaba separada de 
la del enemigo por una zanja profunda, y cortada por 
una acequia ó foso seco, que daba paso á la caballería 
solamente en pocos parajes y con grandes dificultades;, 
quedando así nuestro frente seguro contra cualquier ata- 
que de fuerzas de caballería: no aconteció lo mismo en 
nuestros flancos, ambos accesibles á ataques de cualquie- 
ra fuerzas, y solo porque el collado tenía una elevación 
considerable en su centro, impedía que el enemigo pudie- 
se hacer seria impresión sobre ellos. 

« Suponiendo que el enemigo no tenía toda su fuerza de 
este lado del paso, se dio la orden de atacarlo desde.- 



Victoria de Ituzaixgo 355' 



luego, y para este objeto se dividió el ejército en dos lí- 
neas, de las cuales, la primera división mandada por el 
brigadier Barrete formó la primera^ y la segunda divisióa 
bajo las órdenes del brigadier Callado, formó la segundaí 
la segunda división se puso en marcha y casi había atra- 
vesado el bañado á la izquierda y cerca del camino — te- 
nía que ganar una distancia mayor que la primera divi- 
sión — la cual se halló de frente auno de los pasos para 
atravesar el valle y perpendicular al centro de la posi- 
ción del enemigo, cuando éste se mostró con fuerzas tan. 
superiores en número, que se juzgó mas prudente que ci- 
ñese sus esfuerzos á rechazar los ataques que pudiese 
intentar, y por eso la segunda división tuvo orden para, 
regresar á la colina y tomar posiciones. 

« Observándose que el enemigo tenía el plan de en- 
volver el flanco derecho, lo que dejaba recelar que lle- 
gase así á apoderarse en las alturas, de la retaguardia 
del ejército, se resolvió atacar aquella fuerza, que ya 
había hecho pasar la zanja del valle, y por ello el bri- 
gadier Barrete recibió ordenes para dividir la caballería 
de la primera división en dos líneas, compuesta la pri- 
mera del regimiento 4 y del escuadrón de lanceros atema- 
nesj mandada por el coronel Miguel Pereira y del regi- 
miento Lunarejo, mandado por el coronel José Rodríguez. 

«La segunda línea, compuesta del primer regimiento- 
mandado por el mayor Calmón, y el 24, mandado por el 
mayor Juan Severino, para rechazar al enemigo. Mas^. 
habiéndose observado que^ durante estos preparativos,, 
el enemigo continuaba á destacar fuerzas por su izquier- 
da, en lo que no podía tener otro fin sino tomar el flanco 
derecho de nuestro ejército, y suponiéndose como era 
natural, haber debilitado mucho por esto su centro,, 
fiándose en su artillería, se dio orden al coronel Pita,, 
comandante de la tercera brigada de caballería, com- 
puesta del 6^ regimiento, escuadrones de Bahía y regi-^ 
miento 20, para colocarse en la retaguardia del fianca 
derecho con el fin de observar al enemigo y atacarle 



356 Victoria de Ituzaixgo 



luego que asomase, dejando esta disposición poca proba- 
bilidad de que llegase á realizar su proyecto. Para reci- 
bir los ataques de la caballería se puso en marcha la 
primera brigada de infantería, compuesta de los batallo- 
nes 3, 4 y 27, mandada por el coronel Leitao; esta peque- 
ña fuerza venció todos los obstáculos, avanzando en el 
mejor orden, siendo amagada repetidas veces por cargas 
de caballería, y sufriendo un vivísimo fuego de artillería 
é infantería, causando grande pérdida al enemigo por 
sus bien dirigidas descargas de fusilería, conque recibió las 
•cargas del enemigo, matándole muchos de sus mejores 
oficiales. Llegando nuestra caballería al otro lado del 
valle cayó sobre la caballería enemiga, haciéndole mu- 
chos estragos, algunos prisioneros y obligándola á refu- 
giarse bajo los fuegos de su artillería. Esta pequeña 
fuerza hubiera continuado avanzando, si el ejército im- 
perial hubiera tenido fuerzas para reforzar, y en tal 
•caso no hubiera quedado dudosa ni por un momento la 
factoría del ejército de S. M. I. y la completa derrota del 
enemigo. 

« El mal estado de las acémilas de nuestra artillería 
no permitía hacer mayor uso de esta arma; mas se debe 
notar que el teniente Mallet, que mandaba dos piezas de 
artillería, que protegían el ataque de la primera división, 
desempeñó con decidida actividad y buena eficacia de 
:tiros su deber. 

« Habiéndome hallado casi siempre con la primera di- 
visión, no puedo informar con exactitud relativamente á 
las demás tropas de que se componía el ejército, no de- 
jando por ello de creer que todos hicieron igualmente 
:su deber^ conforme consta de los partes de sus coman- 
^dantes. 

« Habiendo vuelto la primera división á ocupar su pri- 
mera posición sin ninguna dificultad, y siendo inútil con- 
tinuar un combate, que ninguna probabilidad ofrecía de 
íbuen resultado^ faltando agua en el lugar y devorando 
las llamas los pastos, el ejército hizo su retirada en la 



Victoria de Itüzaingo 357 



dirección que ofrecía mayores ventajas para ulteriores 
movimientos. Será difícil distinguir y particularizar la 
conducta de cada uno de los oficiales, mejor de lo que 
arrojan de sí los partes de los señores comandantes de 
división y brigada; pues todos tomaron parte en el ataque 
sobre el frente y derecha, haciendo cada cual su deber. 

«La pérdida de nuestro ejército fué poco considerable: 
con todo ha aumentado el número por las fatigas de la 
marcha, lo que solo se puede achacar al calor de la 
estación. Por la falta total de parihuelas capaces de 
trasportar heridos, fueron dejados algunos en el campo, 
en poder del enemigo: á una pieza de artillería que 
quedó en poder del enemigo, se le quebró, según consta, 
una rueda, sin que hubiese modo de componerla, y el 
mal estado de las acémilas, que tiraban de la artillería^ 
hizo que algunos carros y forjas, quedasen también 
abandonados. El desorden^ la pérdida de los bagages,. 
y de las yeguadas fueron debidos, según consta, luego 
al principio del ataque, á algunos fugitivos, peones y 
guardas á quienes se habían confiado estas cosas — Cam- 
pamento en San Sepe, 29 de Febrero de 1827 — limo, y 
Excmo. señor Marqués de Barbacena, teniente general 
y comandante del ejército del Sur — G. E. Broten, maris- 
cal de campo, jefe del Estado Mayor». 

«limo, y Excmo. señor: Aunque no me sería pre- 
ciso informar á V. E. sobre el comportamiento de la 
división que tuve el honor de mandar en la batalla de 
ayer 20 del corriente, porque V. E. fué testigo ocular, 
y la mayor parte de los movimientos de la división fue- 
ron dirigidos por V. E., con todo, cumpliendo uno de 
mis sagrados deberes, debo afianzar á V. E. que la 
división cumplió religiosamente sus deberes; mas debo- 
en abono de la razón y justicia, particularizar la primera, 
brigada de infantería compuesta de los batallones 3, 4 y 
27 de alemanes, mandada por el benemérito y valiente 
coronel Leitáo. Esta brigada, Excmo. señor, hizo pro- 
digios de valor y por ello la juzgo digna de la consi- 



358 Victoria de Itüzaingo 



•deración de V. E., y recomiendo con especialidad al 
referido coronel Manuel Antonio Laitáo Bandeira, bien 
así como imploro su alta protección en favor de los 
oficiales, de quienes él hace particular mención. Así 
mismo se hizo acreedora á los mayores elogios la se- 
gunda brigada de caballería, mandada por el digno co- 
ronel Miguel Pereira de Araújo, compuesta del regi- 
miento de caballería número 4, los lanceros alemanes 
imperiales y del de Lunarejo^ de la segunda línea. A este 
regimiento, dirigido por el denodado teniente coronel 
José Rodríguez Barbosa, le cupo la honra de ser el 
primer cuerpo que atacó al enemigo, y tanto mas dis- 
tinguida y brillante fué su conducta cuanto en repe- 
tidas vivas á S. M. I. dio las cargas sucesivas á fuerzas 
muy superiores^ obteniendo no solo desbaratar la pri- 
mera, sino que también la segunda línea enemiga, dejando 
el campo sembrado de cadáveres. El comandante de 
la brigada recomienda á los individuos que constan en 
la adjunta relación, firmada por él, la cual reputo digna 
de toda fé y crédito, y faltaría á la justicia, si no reco- 
mendara á V. E. al referido coronel M. P. de Araújo, 
como igualmente al mayor del dicho regimiento de la 
primera linea^ Francisco Calmón Javier da Silva Cabral, 
oficial que se portó con mucha distinción. Los oficiales 
bajo sus ordenes, Manuel Márquez de Souza, teniente 
del Estado Mayor del Ejército, y Francisco Félix de 
Fonseca, teniente del batallón de cazadores número 23, 
cumplieron con sus deberes; con todo, suplico á V. E. 
todo favor y justicia para el teniente Manuel Márquez 
de Souza^ pues mucho me ayudó — Dios guarde á V. E. 
— Campo en marcha, 21 de Febrero de 1827 — Sebastian 
Barreto Pereira J¥wfo— brigadier, comandante de la pri- 
mera división». 

«limo, y Excmo. señor: Por los partes inclusos de 
los comandantes de las brigadas de la segunda divi- 
sión de mi mando, verá V. E. los servicios que á cada 
una de ellas cupo desempeñar bajo mis órdenes en la 



Vjctoria de Ituzaingo 359 



batalla del 20 del corriente, junto al Paso del Rosario y 
Rio de Santa María, y cumpliendo con lo que V. E. exigió 
verbalmente, de que le diese cuenta detallada de todos 
los actos, paso á exponerlos de este modo: - 

«Mi división se presentó en el campo de batalla á 
las 6 de la mañana, formando la derecha del ejército: 
juzgando V. E. acertado que me colocase mucha más 
para la izquierda, fui conducido por el Cuartel Maestre 
general del ejército en dirección á un collado, como á 
1800 pasos de distancia de mi primera posición : se me 
mandó nuevamente después que fuese avanzando ó que 
me retirase, y que formase más unido á la izquierda del 
ejército, lo que ejecuté, quedando más á mi izquierda 
560 hombres á las órdenes del mariscal Abreu, y dos pie- 
zas de artillería á la derecha, en donde se hallaba situado 
V. E., sostenidos por una compañía de cazadores, entre- 
góse después otra pieza al mariscal Abreu; recibiendo yo 
la orden de defender la izquierda del ejército. Principió 
el fuego de artillería de nuestra derecha de 7 á 8 de la 
mañana, seguido por la pieza de la izquierda, alas órde- 
nes de dicho señor Abreu, y lo continuaron las dos de 
mi derecha, donde se hallaba V. E. cuando descendieron 
luego las fuerzas de la caballería enemiga á atacar nues- 
tros flancos, y entonces me preparé á resistirlas^ forman- 
do mi cuarta brigada de caballería en columna de escua- 
drones á la izquierda, para proteger al señor mariscal 
Abreu, y rechazar el enemigo; y mandé á la segunda de 
infantería que formase cuadro, al que hice reunir en los 
ángulos las dos piezas de artillería que V. E. había de- 
jado allí, por juzgarlas perdidas, por otra parte por dema- 
siado débiles. Atacaron cuatro escuadrones enemigos las 
fuerzas del señor mariscal Abreu, que yo sostenía con la 
cuarta brigada de caballería, y ésta por el cuadro de la 
segunda de infantería, estando la tercera brigada de ca- 
ballería en reserva, para defender y observar mi derecha, 
centro del ejército: desgraciadamente, la gente del señor 
Abreu no recibe la carga del enemigo, retírase, abandona 



360 Victoria de Ituzaingo 



la pieza de artillería, atrepella al 5^ regimiento de caba- 
llería, que se hallaba en columna, y cae una fuerza de- 
sordenada sobre mi cuadro. 

« Grito al mariscal Abreu que se detenga; mas no soy 
oído ni atendido, quizá porque S. E. venia ya herido: mi 
caballo cae muerto y yo grito con furor al cuadro que 
haga fuego para que no lo rompan, montando luego en 
otro caballo, y mandando al 5^ regimiento de caballería 
de la 4* brigada, que se hiciera fuerte; cuyas disposicio- 
nes auyentaron al enemigo. El 5^ regimiento volvió luego 
á su orden, y mandé tomar la pieza perdida por la gente de 
Abreu. El enemigo se prepara para un nuevo ataque: man- 
do al mismo 5^ de caballería de la 4* brigada y al 20 de la 
3*. que le recibiesen: se atacan, y el enemigo es rechazado. 

« Recibo en seguida orden de V. E. para destacar la 3® 
brigada de caballería para proteger la 1* división; lo que 
cumplí, mandando que marchase: veo seguir por mi 
izquierda — como para cortar ó atacar mi retaguardia, 6 
tal vez para tomar el camino hacia donde siguió nuestro 
ejército,— una fuerza enemiga, como de un escuadrón: 
mando que el capitán Garcez con el de su mando^ le 
ataque: este oficial mete mucha bulla, diciéndome que su 
gente no le obedecía. Le grito que se ponga en marcha 
á su frente, no lo consigo apesar de algunos esfuerzos, 
y tomé inmediatamente la determinación que un escua- 
drón del 5^ de caballería, á las órdenes de los capitanes 
Belchior da Roza y Brito, protejan la compañía del ca- 
pitán Garcez, dándole orden para castigar á los que no 
le siguiesen. El parte adjunto del capitán Belchior, re- 
lata lo demás, habiéndose retirado finalmente el enemigo, 
sin que nuestra fuerza llegase hasta él y uniéndose á su 
cuerpo, pues el enemigo se preparaba á atacarme de nuevo 
con diez escuadrones de caballería, formados en dos lineas. 

« Es en este mismo momento que recibo orden, por me- 
dio del coronel Joaquín Antonio AlenQar, para marchar 
con mi división hacia la derecha, dado caso que estu- 
viese desembarazado del enemigo. Le mostré el estado 



_>-ii 



Victoria de Itüzai.tgo 361 



en que me hallaba, y me repuso de orden de V. E. que 
no ejecutase dicha determinación; y siendo luego ame- 
nazada mi infantería, pasé la caballería á retaguardia 
del cuadro formado por mi 2* brigada de infantería. El 
enemigo intenta romperlo, mas esperándole á 20 paso& 
de distancia, mando hacerle fuego, retirándose el ene- 
migo en desorden. Salgo del cuadro, y ordeno al 5^ de 
caballería que le persiguiese, yendo valientemente al 
frente su comandante, acompañándole yo, para obligar 
á los soldados á la carga, los cuales se hallaban fatiga- 
dos y con poca confianza en sus caballos, por cansados^, 
pues ya eran las dos de la tarde: me avisan que la de- 
recha del ejército se retiraba. 

« Los escuadrones enemigos avanzan sobre mí flanco 
derecho, como para cortar al 5^ regimiento de mi caba- 
llería; hace fuego al cuadro, ala voz del comandante de 
la brigada de mi división, tan felizmente que result6' 
quedar del primer escuadrón enemigo de 16 á 20 hom- 
bres á caballo, y el segundo se desbandó. Comenzó en- 
tonces mi retirada á ejemplo de la 1* división, llevando 
mi infantería en cuadro, y el resto en columna en el 
frente, siendo yo perseguido constantemente por el ene- 
migo : encuentro en el camino la mayor parte de nuestra 
artillería dispersa, algunos carros de municiones, la ye- 
guada, el ganado y todo lo llevo á mi frente y en guar- 
dia; diligencia arriesgada, que para activarla, mucho 
cooperó el teniente coronel comandante del 5^ de caba- 
llería, sosteniendo continuo fuego contra mis persegui- 
dores, que habían incendiado el pasto, formando de todo 
el campo un volcán, en que estábamos obligados á abrir- 
nos paso, menos mi 3*^ brigada de caballería que desta- 
qué por orden de V. E. para la 1* división. 

«Solo al anochecer me fué dado reunirme á V. E.^. 
salvando todo lo que queda dicho y recibiendo con re- 
conocimiento los agradecimientos de V. E., á la cabeza 
de mis subordinados, á quienes se debieron aquellos- 
agradecimientos. Desde el comienzo hasta el fin de la- 



362 Victoria de Ituzaingo 



: acción, los jefes, oficiales y plazas de los cuerpos de mi 
mando se portaron con denodado valor, y todos merecen 
ia atención de V. E. á quien recomiendo con especialidad 
los servicios del teniente coronel del 5° regimiento de 
caballería Felipe Neri de Oliveira, de mi ayudante de 
• órdenes Claudio José dos Santos, y con especialidad, el 
«teniente coronel, comandante del batallón 18, Bento José 
Lamenha, herido por una bala de fusil en la pierna iz- 
quierda, conservándose, no obstante la herida, en el 
mando de su batallón, hasta que dos días después fué 
posible curarle con toda regularidad. 

« Siento no tener mas fuerzas y mas conocimientos mi- 
litares para ayudar mejor á V. E. — Dios guarde a V. E. 
muchos años.— Campo, 24 de Febrero de 1827. — limo, y 
Excmo. señor marqués de Barbacena. — Juan Crhóstomo 
Callado, comandante de la 2* división ». 

«El día 19 por la tarde se dio orden al mariscal, Barón 
de Cerro Largo, para principiar su marcha al nacer la 
luna, en derechura al Paso del Rosario, hasta encon- 
trarse con el enemigo, sosteniéndole la 2* brigada ligera 
á las órdenes del coronel Bentos Manuel Gongalvez. El 
.20, á la 1, principiamos la marcha, llevando la caballe- 
ria por las bridas los caballos de reserva, é hicimos 
alto al romper el día ya próximos á la posición del 
enemigo^ y se cambiaron los caballos. Concluido esto 
marchamos hacia una colina, en cuyo frente aparecie- 
.ron algunas fuerzas enemigas, que comenzaron luego á 
moverse, avanzando hacia una garganta espaciosa que 
,le tapaba con los collados que la formaban, la mayor 
parte de sus movimientos y hacía su posición fuerte é 
inaccesible. 

«liuego que llegamos á lo alto, vimos las tropas del 
.mariscal Cerro Largo y la 2* brigada ligera acampadas 
de este lado de la zanja que separaba ambas posiciones, 
y en tiroteo con los tiradores del enemigo. Al mismo 
tiempo se dio orden á la caballería de la ]* división para 
3r á pasar la zanja por un paso que nos quedó á la 



Victoria de Ituzaingo 363 



•derecha, y atacar al enemigo: la 2* brigada ligera marchó 
á tomar posición en nuestra derecha, y algunas piezas de 
artillería fueron a sostener las evoluciones de nuestra 
'Caballería. Poco después rompió el fuego de nuestra 
artillería, á lo que se siguió la carga dada por la bri- 
gada de caballería que arrojó luego al enemigo hasta 
su segunda línea. Notando yo por este tiempo que el 
enemigo juntaba fuerzas en su derecha, me dirigí al 
Excmo. señor general en jefe á exponerle que proba- 
blemente nos atacarían por la izquierda, á lo que 
repuso S. E. que allí estaba la 2* división. Fui perso- 
nalmente á prevenir al jefe de la 2* división y regresó 
junto :á S. E. cuando llegué vi la fuerza del mariscal 
Cerro Largo en completa retirada, y haciendo notar 
•esto al Excmo. señor general, repúsome que le había 
mandado parte de que los caballos estaban cansados. 
Poco después, subiendo para lo mas elevado de la colina, 
que habíamos escogido como nuestra posición y no 
viendo la 2* división por estar cubierta con el terreno, 
y observando ya mucho desorden en la retaguardia^ me 
dirigí al lado de la 2* división y tuve luego que regre- 
sar para el lado derecho á causa de las partidas ene- 
migas que venían por la retaguardia, y á pocos pasos 
topé con un escuadrón de lanceros enemigos, que habían 
entrado por la derecha: entonces bajé la colina en 
derechura a una parte del regimiento 1^ de caballería, 
que á esta sazón ya venía en retirada por la derecha y 
se reunía á 3 ó 4 piezas mandadas por el ayudante 
Mallet, y cosa de 30 ó 40 cazadores que aun estaban dis- 
persos: allí hice unir los cazadores, y haciéndose dudoso 
por el momento si los lanceros eran nuestros ó del ene- 
migo, recomendé á Mallet que no rompiese el fuego sin 
que tuviese la certeza: se ofreció un oficial á ir á reco- 
nocerlos, y habiéndoles ellos asegurado que eran de los 
nuestros^ regresó con la respuesta, mas dudoso; recono- 
'ciéndose inmediatamente el engaño por haberse reunido 
lunos escuadrones de carabineros á los primeros^ y enton- 



364 Victoria de Ituzaingo 



ees el ayudante Mallet les dirigió algunos tiros de su 
artillería, lo que les forzó á retirarse. 

«Estando ya lejos, por algún tiempo, del cuartel gene- 
ral, bajé la colina por el lado en que los cazadores de 
la 1* división, estaban protegiendo nuestra caballería, 
y encontrándome con el señor mariscal Brown, que 
venía de la derecha, y no dándome noticias del señor 
general en jefe, tomé la izquierda y me reuní á S. E. en 
la misma ocasión en que el mariscal, barón de Cerro 
Largo acabó de morir. Poco después comenzó nuestra^, 
retirada^ y cuando la 1* división estaba ya á las espal- 
das de nuestra primera posición, operaron como unos^ 
dos escuadrones del enemigo sobre la retaguardia de 
nuestra posición, gritando ; viva la patria !, á lo que res- 
pondía toda la división ¡viva el Emperador!, conser- 
vándose nuestra caballería sin atacarles, en cuanto un 
cuerpo que les iba á atacar por el flanco, no llegaba á 
su lugar: lo que columbrado por ellos, huyeron á toda 
brida, y fueron á unirse á unos mil hombres de caba- 
llería que estaban en nuestra retaguardia. Al mismo 
tiempo que el enemigo se introdujo por la derecha é 
izquierda en la retaguardia de nuestro centro ó inter- 
valo de las dos divisiones, otros se ocuparon en robar- 
nos la yeguada, los carros de municiones y el bagaje, 
lo que efectuaron completamente, exceptuando aquellos 
que se les pudieron escapar, siguiendo para San Gabriel,, 
cuyo número aún no se sabe. Juzgo que el número 
de los enemigos era 10.000 hombres.— -Frajicisco José de 
Souza Sodres de Andrea, brigadier ingeniero, ayudante 
general. » 

Tenemos, pues, la palabra oficial de los generales y je 
jes de ambos ejércitos que describen la batalla, y debe- 
ríamos atenernos á esos documentos exclusivamente para, 
juzgar de la acción, á no mediar otros que los comple- 
mentan é ilustran, llenando vacíos sensibles, involuntarios 
ó deliberados, de esos papeles oficiales, que, por otra- 
parte, relatan confusamente los sucesos. 



Victoria de Ituzaingo 365 



Son estas las publicaciones que en libros, folletos ó mo- 
nografías de escritores argentinos^ brasileños y urugua- 
yos, se refieren á la guerra y á la batalla; las piezas 
producidas con ocasión de los sumarios militares y con- 
sejos de guerra mandados formar para esclarecer la 
•conducta de los generales, y las Memonas, diarios y 
apuntes de jefes y oficiales actores, que recogían sobre 
la marcha y en los vivaques, los diarios sucesos y las 
diarias impresiones de la campaña. Entre estos documen- 
tos, descuellan los escritos de Pacheco, Diaz (Antonio), 
Brandsen, Garzón, etc., que los escritores doctores Que- 
sada (argentino), Acevedo Diaz y Pregeiro (uruguayos), 
han glosado en estudios interesantísimos que tenemos á la 
vista, debiendo recordar aquí que Brandsen, muerto glo- 
riosamente en ItuzaingOj no escribió naturalmente nada 
sobre la célebre batalla. Después de esos escritos, debe- 
mos recordar las Memoria^i de Todd^ Arrieta^ etc., publi- 
<iadas, como la del doctor Muñiz, trabajos muy aprecia- 
bles por los datos que contienen y, en fin, la célebre 
Exposición del mismo general Alvear, que es su autode- 
fensa de los cargos con que fué abrumado, y que al final 
de este capítulo examinaremos ^^K 

A esa documentación hemos agregado ahora los pape- 
les sobre la campaña y batalla del 20 de Pebrero, del 
entonces coronel Iriarte, jefe de la artillería republicana, 
absolutamente inéditos como hemos dicho en páginas 
precedentes, cuyo estudio nos permite arrojar nueva luz 
sobre la batalla, adoptando muchas de sus versiones, que 
nos merecen entera fe, y que nos parecen ser lógicas con la 
situación y para el mejor estudio comparativo de la depo- 
sición de los demás testigos oculares, apesar de que el 
<Joronel Iriarte nos deja la impresión de no ser serena- 
mente imparcial al juzgar al general Alvear, para el que 
tiene frases mas que duras en ciertos momentos, que perju- 



(1) AI final de esta obra damos la lista completa de la bibliografía cónsul 
tada. 



366 Victoria de Ituzaingo 



dican al relato y á las apreciaciones de los hechos, tanto^ 
que se ve obligado á protestar de su imparcialidad, sin 
que su respetable afirmación sea parte á destruir ente- 
ramente la impresión contraria. Con todo, su contribu- 
ción histórica es preciosa. Ella, como la de Mufiiz y otros,, 
nos dan, aunque concretamente, datos topográficos que,, 
asociados á otros muchos, cartográficos, escritos y ora- 
les, nos han permitido ofrecer una idea la mas completa, 
posible de la topografía del río Santa María, sobre el Pa^o 
Rosario, y del campo de batalla, habilitándonos, con el 
estudio táctico de la acción, para la construcción gráfica, 
del plano respectivo. Con respecto á esto último, debemos- 
agregar que, fuera del pianito geométrico por así decirlo^ 
y notoriamente deficiente que ilústrala Historia Argen- 
tina del doctor López, no conocemos ningún otro docu- 
mento gráfico que lo supere. Se dice que en poder del 
Barón de Rio Branco, actual Ministro de Relaciones Exte- 
riores del Brasil, existe un plano inédito de Ituzaingo,^ 
que es sensible no se haya publicado, á ser cierta su exis- 
tencia. Explicado todo esto, podemos reanudar la narra- 
ción de los sucesos. 

Hemos dejado al ejército imperial á casi tres leguas, 
del que va á ser campo de batalla, vivaqueando á la 
espera de la salida de la luna para reanudar su estraor- 
dinariamente lenta, su medrosa marcha de2?^?**«CMCídw del 
ejército enemigo, del que dos ^^^ cuerpos (2° y 3°) están 
campados sobre la margen del Santa María en la tarde 
del 19, ocupados ya en la jubilosa preparación de la 
contramarcha que los arrancará de los pantanos en em- 
budo que ocupan, y los llevará á la pelea. El primer cuer- 
po (Lavalleja), no bajó todo hasta el río: quedó su masa 
ocupando el desfiladero de los cordones de lomadas, que 
da acceso al valle pantanoso del río, en observación del 
enemigo y para contener- su avance en caso necesario 
(versión de Iriarte). 

(1) Para evitar confusiones, adoptamos ahora la designación de cuerpos. 
que Alvear da á sus tres grupos de batalla, que hasta aqu( nosotros hemos Ha 
mado divisiones. 



Victoria de Ituzaikgo 367 



Al ocultarse el sol bajo el horizonte, dicelriarte, el 2^' 
y S^»"- cuerpo iniciaron su contramarcha, llevando la ca- 
beza el 2^, seguido con algún intervalo por el 3°, á cuya co- 
la iba el batallón 5^ de Olazábal, marchando á retaguardia 
de éste el regimiento de artillería, con Triarte, su jefe ^^K 
La pendiente del suelo era ascendente y éste, quebrado^, 
pedregoso, con zanjas y baches, difícil en suma, obligando 
estas circunstancias, la obscuridad y la estrechez del 
camino (que no permitía á la caballería, por ejemplo, 
marchar con frente mayor que el de mitades y de á 
cuatro) á que la columna se alargara mucho, desbordán- 
dose del camino y dislocándose, por lo que fué necesario- 
hacer un alto para acortar distancias y permitir que la 
artillería, muy rezagada por las dificultades de aquella 
trájica y fantástica travesía en las tinieblas, apenas- 
atemperadas por la difusa claridad de las estrellas par- 
padeantes, se acercara, dándole paso las otras armas 
que encontraba sobre su tránsito, por lo que se alteró en 
parte el orden primitivo de marcha de la columna, llena 
de solemnes espectativas. 

Mientras se reorganizaban las tropas citadas, Lava- 
Ueja^ que había recibido orden de Alvear para avanzar y 
aproximarse con el P^cuerpo al enemigo, á fin de asegu- 
rar al 2° y 3° que tomaran posiciones de combate y des- 
pliegue sobre las alturas al rayar el día, se encontró com 
el general Soler, y no sabiendo éste con seguridad el punto 
donde se encontraba á la sazón el generalísimo, aquér 
hizo presente á Soler, que no conociendo el terreno, corría 
el gran peligro de un encuentro en la obscuridad, si 
avanzaba, por lo que creía no deber cumplimentar lo 
dispuesto por Alvear. Soler le dijo que no podía autori- 
zar tal desobediencia y que si se realizaba, toda la res- 
ponsabilidad recaería sobre su autor. Lavalleja desobe- 
deció, por lo que resulta perfectamente exacto que Al- 



Cl) Este dispositivo de marcha está en desacuerdo con otros. Pero lo dá 
Iriarte, que vA al frente de su regimiento, precedido del batallón 5", por lo que la 
versión nos merece plena le. 



368 Victoria DE Irur A iNGo 



^Tear lo encontrara en la madrugada del 20 en donde no 
io esperaba. En la batalla^ el caudillo desobedecería por 
segunda vez, lo que generó un incidente agrio y fuerte 
•con Alvear, de que hablaremos. 

Entre tanto, puesto algún orden en las tropas del 2° 
.y 3^^^ cuerpos, pasada la media noche, se reanudó el in- 
terrumpido movimiento, siempre con las mismas difi- 
cultades. 

Con los primeros destellos de la aurora, (Triarte, pa- 
peles cit.), se oyeron en el grueso, rompiendo el hondo 
silencio de esas horas llenas del augusto misterio de las 
-cosas de la naturaleza, los primeros estampidos de las 
armas en la vanguardia, mientras la cabeza de la columna 
de aquél, llegaba á la salida del desfiladero, cortado per- 
pendicularmente por la primera línea de alturas. En este 
punto el general Soler esperaba á los cuerpos para indi- 
carles, de acuerdo con las instrucciones y órdenes que 
había recibido del comandante en jefe, las posiciones de 
combate que debían ocupar en esas lomadas. La caba- 
llería había montado ya el ganado de pelea, no en muy 
buen estado por cierto. Las primeras tropas que toma- 
ron posición, fuera de la vanguardia, fueron la batería 
de Chilabert, el batallón 5*^ de Olazábal y los regimien- 
tos l°y 3° de caballería (división Brandsen). 

El alargamiento de la columna se había naturalmente 
reproducido y por esta causa y por la estrechez del ca- 
mino, los regimientos y batallones desembocaban uno á 
. uno á la salida del desfiladero, tanto que, siendo próxima- 
mente las 7 de la mañana, dice el comandante Antonio Diaz 
' (versión del doctor Acevedo Diaz, según los papeles de ese 
jefe) recién tomaron, posiciones el grueso de las tropas, 
menos los batallones 1, 2 y 3 y la artillería, que á eso de 
las 9 ocuparon los emplazamientos respectivos en unas 
alturas ligadas por la derecha á los regimientos del primer 
* cuerpo (Lavalleja). La artillería formó aisladamente sus 
baterías á la derecha del 3^'' cuerpo^ y no agrupadas, 
-como en la tarde del día anterior seliabía acordado con 



Victoria de Ituzaixgo 369 



él general Alvear, dice el coronel Iriarte. En definitiva, 
y para evitar algunos detalles innecesarios que no harían 
mas que complicar la narración, diremos simplemente que 
todo el ejército republicano constituyó su línea en este 
orden: derecJia, 1*^ cuerpo (Lavalleja); centro, 2^ (general 
en jefe); é izquierda, 3° (Soler). A la extrema derecha de 
este último, el batallón 5° de infantería (Olazábal) hacía 
flamear en una altura los colores sagrados de la bandera 
argentina, familiares á la gloria marcial y á la libertad 
de los pueblos, bajo el sol de la América, cuya inde- 
pendencia política había presidido desde el Plata al Ecua- 
dor, en quince años de campañas y de victorias ! 

Entre tanto, veamos lo que había pasado en el campo 
imperial, en esas memorables horas de la noche del 19 
y primeras del 20. * 

Barbacena, que sin adoptar una actitud perfectamente 
definida se había colocado en una ambigua, entre las 
opuestas que habían hecho crisis en la última junta de 
guerra que celebrara, y de la que tan mal parada había 
salido su autoridad militar y moral, continuaba campado 
on la noche del 19 en la estancia de Antonio Francisco, 
á unos 15 kilómetros del Paso Rosario, esperando que la 
salida de la luna le permitiera alumbrar la ruta, para 
seguir á remolque de su adversario, á quien esperaba ver 
«se día con el grueso de su ejército á la margen occi- 
dental del Santa María, y batir ó copar á las escasas 
tropas que se encontraran todavía a este lado del río, 
como lo hemos establecido al comprobar la sorpresa del 
caudillo imperial por la contramarcha del contrario, de la 
que no dio cuenta á su general el Mariscal Abreu, que en 
la tarde del 19 recibió orden de marchar con la 1* bri- 
gada de caballería ligera de su mando en dirección del 
paso, para retomar el contacto y observar al enemigo, 
en cuya operación sería apoyado por la 2* brigada lige • 
ra de la misma arma (Bentos GonQalvez), según la afir- 
mación de Andrea, ayudante general de Barbacena. 
Seweloh, otro oficial imperial, agrega, en estracto lo 



370 Victoria de Ituzaingo 

siguiente : que el ejército (grueso, divisiones Barreto y 
Callado) se puso en marcha antes de las 2 de la madru- 
gada del 20, llevando de la rienda los caballos de reserva. 
De 3 á 4 un alto, para reconcentrar la columna muy 
alargada, por las dificultades del camino y la obscuridad, 
pues el cielo, encapotado, no daba paso á la luz lunar. A 
las 5,Barbacena tiene noticias de estar próximo el enemigo. 
Se muda apresuradamente de caballos y se lanza á van- 
guardia la 1* división (Barreto). En esos momentos apa- 
rece dispersa y perseguida por la llanura parte de la 
caballería ligera del barón de Cerro Largo, que acababa 
de sufrir su primer contraste del día, después de haber- 
se adelantado osadamente hasta las mismas posiciones 
que estaba tomando Álvear, el que la hizo cargar con tal 
Ímpetu por las tropas de vanguardia^ que la obligó á 
volver caras á toda brida. 

A una distancia de 7800 pasos, (seis mil metros, en 
globo) aparece una altura (dice siempre Seweloh) que es 
como una larga cortina con dos baluartes ( ? ), separada 
de la del enemigo (otra cortina y alturas, los dos cordones 
paralelos que hemos descrito) por un ancho valle (que 
será el palenque del combate). Esta parte final de la re- 
lación de Seweloh, en sus « Reminiscencias de la campa- 
ña», concuerda con la de Paranhos: «nuestro ejército 
se colocó frente al enemigo situado en la cuchilla Santa 
Rosa ». 

Brown, en su parte de la batalla, dice que el ejército 
imperial se movió en la madrugada del 20 de la estan- 
cia de Antonio Francisco « con el fin de perseguir é im- 
pedir que el enemigo efectuase su retirada por el Paso 
del Rosario ; le encontramos á las 6 de la mañana á una 
legua más acá del paso, en una posición muy ventajosa. 
Mientras se mudaban caballos (el momento está en desa- 
cuerdo con el que seftala Seweloh, lo que tiene alta im- 
portancia con respecto á la sorpresa táctica), el enemigo 
destacó fuertes columnas hacia nuestros flancos, por lo 
qtie nos vimos obligados á tomar una posición casi para-^ 



Victoria de Ituzaingo 871 



lela á la del enemigo en una colina Cía altura oriental 
de la cortina de Seweloh) cercana del camino, apoyando 
casi nuestro flanco izquierdo en ella ». 

Barbacena, en su parte, ya lo hemos visto, se limita á 
decir que á las seis de la mañana « encontró al enemigo 
próximo al paso del Santa María y que desde luego co- 
menzó el fuego ». No dice que su propósito fuera impedir 
la retirada de Alvear y que iba sobre él para batirlo en 
campal batalla, por lo que resulta inconsistente y capri- 
chosa aquella afirmación tan categórica al respecto, de 
Brown, en la que está sólo. 

Cuando el grueso imperial se encontró de golpe y casi 
á tiro de fusil (parte de Brown) de las primeras tropas 
argentinas, ya en posición, «no hubo tiempo, — dice el 
jefe del estado mayor de Barbacena — para dar otras dis- 
posiciones que no fuesen atacarlo, en el caso que diese 
lugar para ello, ó de defendernos contra sus ataques^ 
hasta conocer el estado y número de sus fuerzas» y, se- 
gún el testimonio de este jefe, hasta en ese momento el 
comando en jefe imperial suponía que el enemigo no tenía 
de este lado del río todas sus fuerzas, por lo que se 
resolvió atacar incontinente las que veía al frente. A 
este efecto, el ejército imperial se formó en dos líneas, 
llevando la cabeza la 1* división (Barrete), seguida de la 
2* (Callado) que, moviéndose ya al frente, se detuvo á la. 
vista de nuevas fuerzas contrarias que desembocaban del 
desfiladero al valle. Recién entonces cae la venda de los^ 
ojos imperiales ! Se dan cuenta de que es todo el ejercita 
republicano el que tienen á la vista. La división Barrete 
recibe orden de retroceder, porque, dice Brown, se juzga 
prudente que el ejército ciñese sus esfuerzos á rechazar los ata- 
ques que se le llevasen. Según esto, se adoptaba la defensiva 
táctica. El ejército imperial tendió entonces su línea 
con esta característica general: derecha, división Ba* 
rreto, con Bentos Gon9alvez; centro, división Callado;; 
extrema izquierda, Abreu, reforzado con un batallón 
y tres piezas. En suma, caballería en las extremi- 



1 



^72 Victoria de Ituzaixgo 



dades de las alas y la artillería í^> é infantería in- 
-terpoladas en los tres grandes grupos, dispositivo de 
-combate distinto como se vé al argentino. En ambos 
■campos, las reservas eran escasas, por lo que todos sus 
efectivos se verían comprometidos de inmediato y con- 
Jtemporáneamente en la acción í^)^ 

Barbacena, que se había visto obligado á abandonar 
•su reciente plan de ataque en vías de ejecución, reple- 
gándose á retaguardia, había dado tiempo con esta peli- 
;grosa maniobra y por la inacción subsiguiente en que 
se mantuvo un momento, á que Alvear, situado á la al- 
tura del batallón 5*^, se diese cuenta clara déla situación 
y solidificara su linea con la llegada de nuevos cuerpos. 



(1 ) Cada división disponía de 4 piezas. Las restantes, quedaron en re8er\'a 6 
■se destacaron para apoyar las dos divisiones de linea, y caballeria ligera de 
Abreu y Bentos. 

(2) Como se vé, este dispositivo es distinto al que dá el doctor López (Hist 
Arg. tom. X y plano) y que ha sido admitido hasta hoy como el exacto, como 
^u afirmación de que la infantería de Barbacena en Ituzaingo estaba constitaida 
por siete batallones^ cuatro de ellos de austríacos 6 alemanes, cuando solo exis- 
tieron cinco cuerpos del arma, con gruesos efectivos, eso sí, (superiores á los de 
los batallones argentinos) y de los cuales uno solo, el N" 27, era de alemanes. 

Es verdad que Callado dice al principio de su Parte que ocupó la derecha del 
•ejército, pero esto fué acaso en un momento dado, durante las primeras maniobras 
preliminares de la batalla misma. Léase detenidamente ese documento y se verá 
-que su situación á la extrema derecha de la línea brasilera es inconciliable con 
los hechos. Ha}* un momento en que él, por dos veces, se vid obligado con su 
<iivisión á efectuar una marcha de flanco para ligarse á la izquierda de la línea 
<le batalla, lo que ejecutó, «quedando aún á mi izquierda, dice, 560 hombres á las 
ordenes de Abreu, con dos piezas». Si la división Callado (2*) hubiera estado á la 
extrema derecha ¿cómo era posible que al marchar para acortar intervalo con la 
izquierda de la línea, dejase aún d su iaquierda á la 1* división ligera de Abreu? 
Además, Callado dice que « recibió orden de defender la izquierda del ejército » 
y no era posible que lo hiciera desde la derecha. Por otra parte, cuando Abreu 
fué roto y puesto en fuga en la izquierda, por la derecha argentina, Callado dice 
textualmente: «Mandé ala 2* brigada de infantería que formase cuadro, al que 
liice reunir en los ángulos las dos piezas que V. E. había dejado allí por juzgar- 
las perdidas. Atacan 4 escuadrones enemigos las fuerzas del mariscal Abreu, 
que yo sostenía con la 4* brigada de caballería y ésta por el cuadro de la 2* de 
infantería, estando la 3* brigada de caballería en reserva, para defender y obser- 
var MI DERECHA, CENTRO DEL EJÉRCITO*. Cou la dívístón Callado á la izquierda 
^ mejor dicho al centro, ya que la división Abreu era la extrema izquierda de la 
lí.i*a imperial, todo se explica y aclara. Nadie parece haberse apercibido de este 
tiecho capital, que surge del estudio meditado de los episodios de la batalla y de 
las maniobras tácticas en el uno y en el otro campo. Callado peleó, pues, á la 
izquierda. «Mi derecha, dice él, era el centro del ejército». Luego, no podía 
ocupar la derecha de la línea, porque entonces su derecha era .... el vacío! 



Victoria de Ituzaixgo 373 



Pudo observar con sorpresa que la línea brasilera pre- 
sentaba una grave solución de continuidad. En efecto,, 
la división Callado se ofrecía cortada por un intervalo 
considerable de la división Barreto (derecha), situación de^ 
la que Alvear quiso sacar partido de inmediato como 
veremos, maniobra que la indecisión de Lavalleja malo- 
gró desgraciadamente. 

Frente á frente y á corta distancia, estaban ya repu- 
blicanos é imperiales, apoyados en alturas que do.uina- 
ban el llano intermedio, cortado longitudinalmente por el 
zanjón de que hemos hablado, franqueable por pocos pun- 
tos y que, en suma, constituía una trinchera natural que 
defetidía entreambos frentes de batalla. Había entusias- 
mo guerrero en el uno y el otro campo. Algunos encuen- 
tros parciales se habían producido, de tanteo, mas que 
de fondo, preparatorios del gran drama del día. Entre 
7 y 8 de la mafíana, el ronco estampido de los caño- 
nes y los obuses caldeó las almas y sacudió los múscn- 
los, generando los primeros dolores de la jornada. Por 
primera vez, en tierra, se encontraban el coronado pabe- 
llón del Crucero, teñido con el verde de las frondas, 
ecuatoriales, y la bandera auroleada por la gloria del 
sol y del cielo americano ! Allí estaba, entre las bayone- 
tas del 5^ de Olazábal, agitando su paño de tradición 
esplendorosa como una aurora, la bandera que los cón- 
dores de los Andes habían saludado entre los picachos* 
nevados de la cordillera, y que los pueblos habían vista 
portadora del dogma inmancillado de Mayo! El viento de la 
mañana, acariciante, tremolaba por encima de las cabezas- 
de los soldados los amplios pliegues, y eran como palpi- 
taciones de alas que ensayan la cólera triunfadora de su 
vuelo, aquellas palpitaciones celestes de la patria, en su 
bandera, que marcó las etapas de su vida con victorias, 
labrando en sangrienta y gloriosa eucaristía libertadora, 
la manumisión del continente ! 

Alvear, colocado al centro de supínea, vio, mientras 
esperaba la llegada del resto do sus tropas, la marcha de 



374 Victoria de Ituzaikgo 



flanco en que se hallaba comprometida la división Ca- 
llado, para estrechar intervalo sobre la izquierda de la 
división Barreto; movimiento á que antes hemos hecho 
referencia. La maniobra, destinada á dar cohesión á la 
línea imperial era necesaria, pero audaz y peligrosa por 
todas maneras, y Alvear, naturalmente, quiso sacar in- 
mediato partido de aquella flagrante transgresión de un 
precepto fundamental de la táctica, según el cual nó debe 
desfilarse por el flanco al alcance del fuego ó de los sa- 
bles enemigos. 

En consecuencia, se dirigió hacia la derecha (1^"^ cuer- 
po) y ordenó á Lavalleja cargase en masa sobre la divi- 
sión enemiga, agregando en alta voz, nos cuenta el en- 
tonces comandante Antonio Diaz, « que esa carga iba a 
asegurar el éxito de la jornada». 

El caudillo uruguayo contestó que estaba pronto á obe- 
decer, pero que necesitaba se le pusiese una reserva 
« por lo que pudiese suceder », nos refiere el mismo co- 
mandante Díaz^ (^> observación justa si se hubiera tratado 
de la solución de un problema táctico en una academia, 
pero antimilitar en el campo de la acción y en aquellos 
momentos preciosos. 

El general insistió en su orden y dispuso que los lan- 
ceros de Olavarría (regimiento 16) y el N^ 8 de Zufriáte- 
gui, del 2^ cuerpo, se trasladasen del centro á la dere- 
cha, para sostener á Lavalleja, que se mantuvo inactivo. 
Cuando llegaron á su campo los dos cuerpos. Callado ha- 
bla tranquilamente terminado su maniobra, recorriendo 
impunemente, sin reserva que lo apoyase, unos 1500 me- 
tros por el flanco, á tiro de fusil del vencedor del Sa- 
randi. Esa brillante oportunidad no volvería á presentarse 
ante el jefe uruguayo, cuyas bravas milicias cosecharían 
de ahí á poco, un revéz parcial á las órdenes del general 
Laguna, y luego otro general, mandadas por Lavalleja 
en persona. 



(1) f Biografía del general Antonio Diaz», fragmento publicado en La A^a- 
cj'ón, Bueno» Aires, por E. Acevedo Díaz. 



Victoria de Ituzaiicgo 375 



£n estos momentos se preparan por ambas partes los 
movimientos decisivos y ofensivos á fondo, después de 
los primeros choques de tanteo, sin importancia. £1 im- 
perial tiene por objetivo al S*** cuerpo argentino (Soler), 
que desea romper : el republicano, la izquierda enemiga 
(Callado), que anhela hendir en cufia, penetrarla por dere- 
cha é izquierda, arrojarla fuera del campo, caer sobre los 
bagajes y luego por retaguardia y el flanco, sobre la 
división Barrete, previamente debilitada por el cañón y 
por un ataque envolvente sobre su flanco derecho. En 
suma, del lado brasileño, un ataque de su derecha contra 
nuestra izquierda, el núcleo sólido de batalla; y del lado 
argentino un asalto general sobre toda la línea imperial, 
previa derrota ó conmoción de su izquierda (Callado- 
Abreu). 

Son las 7 y media de la mañana. El cañón, generaliza- 
do el fuego, retumba fragoroso en la izquierda argen- 
tina y en toda la linea brasileña. El calor es sofocante 
y el aire se hace irrespirable por los acres gases de la 
pólvora, el humo de los pastizales que empiezan á in- 
cendiarse con las granadas y los tacos de las piezas, y 
las mismas emanaciones de los pantanos, que, en man- 
chones, bordan el ancho campo. El embriagante y sober- 
bio horror del drama toca ya los límites de la tragedia. 
La sangre de los combatientes siembra la tierra sedienta 
de rojas manchas humeantes, que son como gigantescas 
amapolas brotadas de improviso en aquel campo, que la 
pasión patriótica sublimiza con los bizarros alientos de la 
braveza heroica de los ginetes. Los clarines y los bron- 
ces y los parches bélicos clamorean, y sus sones impe- 
riosos y magnéticos, son caricia suprema de muerte y 
suprema promesa de victoria ! 

Alvear, fortalecida su derecha con algunos regimien- 
tos del 2® cuerpo (el 8 y 16 de caballería y los Corace- 
ros), se prepara á caer sobre la izquierda enemiga (Ca- 
llado) al mismo tiempo que apresta el ataque por su iz- 
quierda sobre la derecha contraria (Barrete), en la 



376 Victoria de Ituzaingo 



que forma la división ligera de Bentos Genial vez, á la 
extremidad de ese costado. Estas maniobras son obser- 
vadas por el enemigo con inquietud. 

El brigadier Callado toma con serenidad y juicio laa 
disposiciones para repeler el ataque inminente que le 
lleva al fin el general Laguna con su división de ginetes,. 
y las de Ignacio Oribe y Olivera, del primer cuerpo. 

Este ataque prematuro y sobretodo muy mal prepa- 
rado, sin el apoyo oportuno y enérgico que reclamaba^ 
fué rechazado, comprometiendo en su principio, el éxito 
de la batalla. Laguna, con sus tres divisiones de caba- 
llería miliciana se estrella, apesar de su brioso empuje» 
en aquel desatentado asalto frontal, contra una batería 
de 3 piezas, un fuerte batallón y los ginetes imperiales. 

Abrazado por el fuego de los cañones y los fusiles, que 
lo detienen y desorganizan, en vano vuelve una y otra 
vez contra el enemigo. Es cargado á su turno por un 
brioso contra-ataque de los contrarios ginetes, que lo dis- 
persan, pasando sus rotas unidades á reorganizarse al 
amparo del resto del primer cuerpo, que preparaba el 
ataque en masa sobre los vencedores de Laguna. 

Entre tanto, observando el mariscal Brown (que du- 
rante toda la acción se encontró en la derecha brasilera, 
al frente de la 1* división del mando de Callado, donde 
permanecía pasivo y como mero espectador el Marqués 
de Barbacena), que se había debilitado el centro republi- 
cano por el envío de tropas á las dos alas de su línea, 
pensó que era llegado el momento de llevar un ataque 
decisivo y á fondo á la artillería é infantería argentina^ 
que abrían anchos claros en sus filas, y prevenir el ata- 
que inminente de caballería que sospechaba sobre su 
flanco derecho. 

Brown pidió á Callado le reforzara con una brigada, 
de caballería que destinaba á colocar á retaguardia del 
naneo citado, para defenderlo del ataque previsto, y con 
los batallones 3, 4 y 27, seguidos por la artillería divi- 
sionaria y apoyados en la 1* y 2* brigadas de caballería. 



Victoria de Ituzaixgo 377 



de Barreto, mandó iniciar el ataque central al 3^^ cuerpo- 
argentino. 

Los batallones imperiales mandados por el coronel- 
Leitáo Bandeira, marcharon briosamente al frente, sa- 
liéndoles al encuentro el 5? de Olazábal, que desplegó al 
punto, no tardando en abrir la compañía de voltigeros del' 
mismo, un recio fuego de mosquetería céntralos tirado- 
res del 27 de alemanes, que llevaba la cabeza del ataque,, 
sostenido por los disparos de dos piezas que al mando 
del teniente Mallet habían quedado en posición, mientras- 
las otras que debían acompañar en su avance á los in- 
fantes, se inmovilizaron á causa de los zanjones y baches^- 
y por indecisión de sus jefes, aunque sin dejar de caño- 
near á la caballería argentina de la izquierda. 

Nuestra artillería — menos la primera batería— teniendo 
á sus flancos á los batallones I*', 2^ y 3*^, abrió sus fue- 
gos sobre los infantes de Leitáo, secundados e'.cazmente 
por los fusiles de los tres cuerpos. 

Los infantes imperiales, apesar del fuego, continuaron: 
su movimiento frontal, y notando el general Alvear que^ 
la 1^ batería no secundaba á las restantes, acudió á gran 
galope á estepuntode su línea para averiguar el extra- 
fio silencio de aquellos cañones. 

Era que, replegándose á su línea el batallón de Olazá- 
bal para dar lugar á que la brillante división de caballe- 
ría de Brandsen cargase á los batallones de Leitáo, el 
general Soler, confundiendo á un batallón enemigo con 
el 5^, cubierto en ese momento por un pliegue del terre- 
no, ordenó al coronel Iriarte que no hiciera fuego á esa 
masa de infantes, como éste lo había dispuesto. Alvear, . 
nervioso, sacó de su error á Soler y ordenó que la ba- 
tería obrase al punto. Entonces, las 16 piezas argentinas- 
concentraron su fuego formidable y certero sobre la ma- 
sa de Leitáo, y la caballería que la sostenía. El campo,- 
zureado por el relámpago de los cañones y fusiles contra-^ 
puestos, llenó con el alto y siniestro vocerío de sus estam-^ 
pidos, aquellos antes silenciosos lugares, mientras en. 



^78 Victoria de Ituzainco 



rambaH alas argentinas se preparaban las cargas de Brand- 
sen y Lavalleja, y en el contrario campo la resistencia 

• condigna, pidiéndose mutuamente refuerzos sus divisio- 
nes de la derecha y la izquierda. 

El general Alvear da en estos momentos orden al coro- 
nel Brandsen, para que con su división (regimientos 1® y 

-3° de caballería), que con el batallón 5^ y los cañones 

-de Chilabert y Arengreen, habían sido las primeras 

tropas del ejército que tomaron posición en la madrugada 

y abrieron el fuego sobre los imperiales, ctxrgase en linea y 

á la columna de infantes de Leitáo Bandeira. 

El coronel Brandsen hizo observar respetuosamente al 

.general, que en su carga de frente se encontraría con 
el zanjón central longitudinal que dividía el campo de 
batalla, obstáculo que lo detendría desorganizando sus 

.ginetes, con estéril sacrificio de éstos. Mientras espera- 
ba la resolución del general, formó los tres escuadrones 
del regimiento 1°, deque era jefe titular, en tres escalo- 
nes, y ordenó al comandante Pacheco, jefe del regimien- 
to 3^, que lo apoyase en reserva, y luego se colocó tran- 

' quilo y altivo al frente del 1°, sable en mano. Leitáo, que 
observaba estos movimientos, se detuvo á corta distancia 
de la zanja fatal, de altas barrancas, coronadas de espe- 

: sos arbustos, que ofrecían un estrecho paso ó bajada á 
su frente. Confiando en este obstáculo y en la caballe- 
ría de su derecha, que lo apoyaría en el momento oportu- 
no, el jefe brasilero replegó sus tiradores, formó con sus 
tres batallones un sólido cuadro y esperó. 
Alvear, al escuchar el mensaje de Brandsen, viendo 

-acaso en ello una observación á sus órdenes ó temeroso 

• de que se perdieran momentos preciosos, (como había pa- 
sado con la marcha de fianco de Callado) se dirigió á la 

-carrera hacia el coronel, el que se adelantó á recibirle^ 
cruzándose entre ellos este breve diálogo (versión del 
-comandante Pacheco) en que aletea la muerte: 

— « Coronel Brandsen ! Cuando el Emperador Ñapo- 



Victoria de Itüzaingo 379 



ieón ^*) daba una orden sobre el campo de batalla, nin- 
:guno de sus jefes la observaba, aun cuando supiera que 
ibaá morir!» 

— « General ! Está bien ! Sé que voy á morir, pero cum- 
-pliré la orden ! » Y marchó á ocupar su puesto al costado 
-de dirección del segundo escuadrón. Alvear, espada en 
mano^ le sigue. 

Brandsen, vestido con su uniforme de gala, cuajado el 
pecho de su casaca de condecoraciones ganadas á punta 
de sable, está magnífico y soberbio sobre su caballo de 
pelea. Es como un viejo paladín que se ha despojado 
•desdeñosamente de la cota, del peto, de los brazales, del 
yelmo y del escudo. Sus ojos fulguran, pero se diría que 
su marcial figura está como envuelta por el vaho melancó- 
lico de su triste destino. Se alza sobre los estribos, pro- 
nuncia breves palabras que los clarines traducen y repi- 
.ten con larga y aguda vibración de mando. Y parte ! 

Brandsen, que vé que su general galopa á su costado, 
"dispuesto á cargar también, le ruega (nos dice el coman- 
^dante Díaz, Memorias)^ que se detenga, pues « lo ve con 
pesar ocupando un puesto que él creía poder llenar con 
honor». El general, noblemente emocionado, sofrena su 
caballo y se repliega lentamente al centro de su línea» 
para observar la marcha de los sucesos. El día promedia 
á la sazón. 

Los escuadrones del regimiento devoran la distancia 
•en la formidable carrera en plano descendente. Los sa- 
bles de los ginetes en alto, centellean. Llegan así al 
zanjón, que el primer escalón salva, aunque desordenado 
por el obstáculo que detiene el impulso de la carga. Si- 
rguen ! el cuadro de los tres batallones de la brigada de 
Leitáo espera. La masa de peatones está como subyugada 
por el soberbio espectáculo de la temeraria embestida. 
Acaso tiembla, pero confía en su número. Las bayo- 
jietas erectan sus púas siniestras y chispeantes. Fal- 



(1) Brandsen había servido ^gloriosamente con Napoleón. 



380 Victoria de Ituzaingo 



tan una treintena de metros para que choquen los^ 
unos con los otros, cuando los fusiles del cuadro al- 
zan su voz trágica de salva, que siembra la muer- 
te en los contrarios. Detenidos los caballos por el to- 
rrente de fuego, cargados á su vez por la caballería- 
imperial i'emolinean, retroceden, los caballeros del pri- 
mer escalón, no sostenidos por los otros dos, que no 
encontrando paso a su frente en el zanjón, han debido 
buscarlo á sus costados. Vuelven caras los primeros^ 
arrastrados por Brandsen con el segundo escalón y el 
tercero. La masa marcha como un alud sobre la columna 
cerrada, que se conmueve. Retumban otras y otras des- 
cargas que abaten en tierra ginetes y caballos. Brand- 
sen, mortalmente herido, retrocede con sus heroicos sol- 
dados; los reorganiza sobre el borde mismo de la zanja 
fatal, recibe nuevas heridas que le arrancan la vida, y, 
al caer gloriosamente del noble bruto, al lado mismo del 
cadáver del teniente Joaquín Lavalle, su ayudante, que 
acaba de ser fulminado por las primeras descargas, grita- 

á sus ginetes: Carguen! y lo hacen por tercera vez,. 

pero ya sin cohesión. Es la suya la agonía desesperada, 
de los bravos. Dan, empero, formidables zarpazos á la^ 
caballería contraria que les sale al paso, hasta que ganan 
el amparo de los cañones de Triarte que reabren sobre^ 
los imperiales el fuego á metralla, bomba y bala rasa. 
Leitá.0, viendo fracazado su ataque, diezmado por los 
cañones y fusiles enemigos y amenazado su flanco dere- 
cho por nuevas cargas de la caballería republicana, re- 
trocede lenta y ordenadamente, apesar de su victoria 
sobre Brandsen, debida mas á la zanja que desordenó al 
regimiento argentino, que no al fuego y á las bayoneta»^ 
de los infantes contrarios. En cuanto al regimiento 3^ 
del bravo comandante Pacheco, había seguido al 1^ de- 
Brandson para sostenerlo, al iniciar éste su terrible 
y fatal carga, pero recibe orden de detenerse. Rechaza- 
do aquel cuerpo, el 3^ se prepara para repetir sus asaltos. 
El campo de batalla arde por varios puntos. El humo de= 



Victoria de Ituzaingo 381 



la pólvora y el de los pastizales, dificultan la visión de 
la escena. En esos momentos las dificultades para la 
transmisión de órdenes se duplican por lo quebrado del 
terreno y la humareda. Algunos trozos de caballería repu- 
l)licana incendian los malezales á retaguardia del enemigo. 

El general Alvear ordena que la división Callado sea 
<5argada a fondo por el 1^^- cuerpo, sostenido especial- 
mente por los lanceros de Olavarría. El propósito del 
general es no solo batir la izquierda enemiga, sino pe- 
netrar la línea imperial por el intervalo de la izquierda 
de Barreto-Brown y la derecha de Callado, para to- 
marla de revéz y por retaguardia, apoderarse de su par- 
-que y bagajes, y cortarle la retirada por San Gabriel. 

El caballeresco Brandsen duerme ya el sueño de la 
:gloria al lado de los juveniles despojos de su bizarro 
ayudante, Joaquín La valle, cuando Lavalleja -Be prepara 
para cargar á la división de Callado, que tiene á su fren- 
te, el que toma disposiciones para resistirle, rectificando 
•el dispositivo de su línea. 

Destina á un costado como reserva divisionaria, á los 
regimientos 6 y Bahía, (3* brigada de caballería que luego 
pasa a reforzar la 1* división, Barrete). En una pequeña 
•elevación arbolada establece en columna cerrada (y luego 
en cuadro), á los batallones de infantería 13 y 18 (2* 
brigada del arma), con dos piezas á los flancos, prolon- 
;gándose sobre la línea, un poco avanzada, la división de 
caballería ligera de Abreu, con una. pieza, «hombres es- 
-cogidos y capaces de hacer pié », según su jefe, palabras 
-que Barbacena, en su parte de la batalla, recordará con 
amarga y sangrienta ironía, que envuelven en densa 
43ombra la memoria militar del antiguo camarada del 
brigadier Chagas, en la sangrienta conquista de Misiones, 
Por último, en protección de los infantes y para sostener 
Á Abreu, forma en columna de escuadrones á los regi- 
mientos 5^ y 20 (4* brigada de caballería), con el 5^ en 
•cabeza, que, con el Lunarejo, resistirán en la jornada los 
mas rudos embates del enemigo. 



382 Victoria DE Ituzainco 



Lavalleja, con sus bizarras tropas, se lanza al frente,, 
con imponente masa de ginetes, sobre la caballería 
de la izquierda de Callado, cruzando el campo teatro del 
reciente descalabro de las divisiones ligeras de Laguna. 

Los escuadrones imperiales ceden, en derrota, al em- 
puje de los republicanos, que los acuchillan, pero el fue- 
go de los infantes del 13 y del 18 contienen á los ginetes- 
vencedores. Vacilan, se desordenan los hombres de La- 
valleja y caen sobre ellos los antes derrotados escuadro- 
nes, que se han rehecho al amparo de los fusiles y ca- 
ñones amigos. Vuelven caras los republicanos y se retiran, 
derrotados á su vez, apesar de los esfuerzos de los jefes,, 
el coronel Manuel Oribe entre ellos, de quien se ha dicho 
con cálida frase: 

« Tres cargas consecutivas contra aquellos cuadros^ 
formidables de soldados alemanes, habían desmoralizado 
las filas de los patriotas. Don Manuel Oribe intenta lle- 
varlos nuevamente á la carga, empeñado en romper 
aquella inexpugnable muralla de bayonetas. Los solda- 
dos vacilan y remolinean. Oribe echa pié á tierra entre 
sus soldados estupefactos, se arranca las charrateras, las 
pisotea, y les dice : Miserables ! eso es lo que ustedes mere- 
cen; yo no he nacido para mandar cobardes! Monta nueva- 
mente en su espléndido y brioso corcel, se aproxima á las- 
filas del enemigo y lleno de indignación y de brío, arroja 
ante ellos sus charrateras. Los soldados se electrizan, se 
alinean á la voz de sus oficiales, cargan furiosamente á las- 
órdenes de su digno jefe, rompen intrépidos el cuadro y 
lancean á discreción, deshaciéndolas filas del enemigo» ^*^- 



(1) Guillermo Melian Lafinur, Los partidos de laRcp.Ori. del Cruguay. 

Oribe, como sabemos, mandaba el 9 de caballería, bravo jefe y bravo cuerpo, 
capaces sin duda del hermoso cuadro trazado, pero el episodio de las charratera» 
no pasa de una ardiente visión de poeta. No hubieron por lo pronto cuadros de 
infantes alemanes en Ituzainj^o, sino un solo batallón, el 27, de la división Barre- 
to. Además, ningún cuadro de infantería fué roto, lanceado , ni sableado. Los 
sacrificios y las glorias de argrentinos y orientales en la jornada, no necesitan de 
falsos laureles, para magnificar sus dolores y su triunfo. Por otra parte, el co- 
mandante Díaz, 2" jefe de Olazábal, en sus Memorias^ da una versión distinta de 
cstc episodio, no favorable por cierto á Oribe. 



Victoria de Ituzaingo 383 



En protección de las rechazadas fuerzas de Lavalleja 
acude entonces la reserva de linea del primer cuerpo, 
mandada antes por Alvear para apoyar la carga del 
primer cuerpo, al mismo tiempo que la división de Pa 
checo sale briosamente al paso de las fuerzas de Abreu, 
interviniendo eficazmente en este momento de la bata- 
lla í^^ . Es el instante crítico, el punto de equilibrio mo- 
ral que va á decidir de la fortuna del uno ó del otro 
contendor. Callado lo vé con ojo certero y experimenta- 
do de batallador. Reorganiza el regimiento 5°, mandado- 
por Felipe Neri de Olíveira, y el 20; forma en cuadro á 
los batallones 13 y 18, y espera con sus cañones listos. 

El coronel Olavarría, al frente del regimiento 16 de 
lanceros, seguidos á sus flancos por los coraceros de Ana- 
cleto Medina y los dragones de Ignacio Oribe, y cubierta 
su retaguardia por el 8 de Zufriátegui, se mueve sobre 
el enemigo. Los bravos lanceros maniobran sobre el 
campo « como en un día de parada», dice Alvear, ha- 
ciendo con este breve y hondo comentario, digno del laco- 
nismo de César, el elogio marcial del gallardo jefe y sus 
soldados. 

Con incontrastable empuje de marea arrazadora que 
todo lo cubre y lo nivela^ parten á toda brida los esca- 
lonados escuadrones de los lanceros. No son ni mas 
grandes ni mas felices en su estupenda bravura, los gi- 
netes de Lefebre y de Milhaud, en el día de Waterlóo. 

Chocan en su tremenda arremetida con los caballeros 
contrarios, que lancean. Se adueñan de los cañones im- 
periales y llevan por delante á la división de Abreu que 
huye á toda brida sin tentar la resistencia, presa del 
pánico, la que penetra y desordena los escuadrones del 
regimiento 5^ y se va, ciega, sobre el cuadro. 

En tan grave conflicto, el brigadier Callado exhorta 
á gritos á Abreu, que viene á la cabeza de los fugitivos, 
para que se detenga y contra-ataque. No es escuchado, 

(1) «Apuntes sobre la campaña del Brasil > por el general A. Pacheco, pu-- 
bücados en la Revista Nacional, Buenos Aires. 



384 Victoria de Ituzain'go 



j^ entonces el enérgico y sereno jefe imperial ordena a 
los infantes que rompan el fuego sobre perseguidos y 
perseguidores. Resuenan formidables descargas, que 
abren anchos claros en las filas amigas y enemigas. Abren 
cae de su caballo y espira de ahí á poco, mientras sus per- 
rseguidos soldados se corren por los flancos del cuadro 
y abandonan en frenética carrera el teatro de su triste 
rota, en el que han dejado todo, hasta la vida y el honor 
militar de su viejo caudillo. El campo queda sembrado 
'de muertos y heridos imperiales, que dan fe del tremendo 
-empuje de la carga republicana. 

Entre tanto, las derrotadas fuerzas de Lavalleja han 
logrado rehacerse y volver con nuevo y firme aliento á 
la pelea. La línea brasilera queda rota, y Callado sepa- 
rado de Barrete, reducido á dos batallones^ que perraa- 
jiecen firmes, y á los restos de su caballería (regimiento 
~5^) que se amparan de los fusiles del cuadro. Los ven- 
-cedores son ya dueños del parque y bagages del enemigo ^ 
pero la derecha imperial (Brown- Barre to-Barbacen a) 
permanece aun casi intacta, batida siempre por los ca- 
ñones y los obuses de Iriarte. Brown pide en estos 
momentos nuevos refuerzos á Callado, que, rodeado por 
Jos republicanos, y en mas que crítica situación, nada 
puede hacer en apoyo de la derecha, á no ser su incor- 
.poración en masa, maniobra difícil, que tampoco intenta. 
Está inmovilizado! 

El general Alvear, noticioso del estado feliz de sus 
armas en la derecha, prepara el ataque á fondo contra 
el mismo costado enemigo. Las baterías republicanas 
recrudecen el fuego contra la brigada de los tres poten- 
,tes batallones del coronel Leitáo Bandeira. A su vez, los 
cañones de la división Barrete, vomitan metralla contra 
ia línea argentina^ y uno de sus proyectiles, da en tie- 
rra, muerto, con el meritorio comandante Manuel Besares, 
del regimiento 1^ de caballería. 

Manda en consecuencia orden terminante al general 
JSoler, para que con su infantería se prepare á avanzar 



Victoria de Ituzaingo 386 



contra la de Leitáo. Al pasar por el lugar que ocupa 
el regimiento del coronel Paz, que, inmóvil, recibe el 
fuego del enemigo, el general se aproxima á este jefe y 
le dice en alto y seco tono: «No estaré contento de su 
regimiento, coronel, hasta que vea las lanzas y los bra- 
zos de sus soldados tintos en sangre hasta los codos» 
(versión de Triarte, papeles inéditos citados). Le da 
luego orden de cargar sobre la infantería enemiga, y se 
retira. ^ 

El bravo Paz, herido en lo vivo por el rudo y no 
merecido apostrofe, hijo de la nerviosidad del general, 
dft breves órdenes y se arroja en turbión fantástico 
sübre los infantes. Es rechaziado. Retrocede, en orden, 
y, viendo á su frente una fuerza de caballería enemiga 
que avanza en son de carga, le sale al encuentro por 
su cuenta, la sablea y derrota por completo, pero á su 
vez es obligado á detenerse y retrocedé^ por el nutrido 
fuego^ de flanco que recibe de los infantes de Leitáo. 
Alvear, indignado por esa segunda carga d^»Paz, sin *- 
su orden, lo hace objeto de una sevtM'jareprenirtó^iy le\ 
suspende del mando del regimiento^ Recordó a^áíso 
aquel amargo reproche de Sbult, contra Néy: «Nos 
compromete como en Jena^^ y asoció el caso jjresente al 
de Ó'Higgins, en Chacabuco. Pero esta carga aé Paz,' 
corona la decisiva que un momento ante^* habi4 lle- 
vado, con brillante suceso y terrible empuje el eoro- 
nel Lavalle con su división (4^. regimiento y Calorados 
de Vilela), sobre una fuerte masa de páballeríli de línea 
y ligera de Bentos GouQalves, que amenazaba envolver 
el flanco izquierdo de la linea argentina, desde la ex- 
trema derecha imperial^ completando así la obra de la dis- 
persión y derrota de las coUimnon^de ginetes imperiales. 
En el campo de bate^ít no^iTedan en formación del 
ejército de Barbacena, siiití la infantería de Barrete (que 
ha sufrido sensibles pérdidaí) á la- derecha, con las dos 
piezas de Mallet,.y restos de caballería, entre la que 
está el regimienta Lunarejo mandado por el teniente 



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386 Victoria de Itüzaixgo 



coronel José Rodríguez Barbosa que, con el regimiento 5% 
de Neri de Oliveira, han mantenido con bizarría el 
honor del arma. A la izquierda de Barreto se ven en 
cuadro los dos batallones de Callado^ también con reli- 
quias de caballería, y entre ellas, el regimiento 5*^, citado. 
Todo lo demás de la caballería veterana y ligera ha sido 
aventada por los escuadrones argentinos que la persi- 
guen todavía. Casi toda su artillería, comprendidos los 
carros de municiones y fraguas, yace abandonada en el' 
campo por los artilleros, que han cortado los tiros y 
atalages, huyendo cobardemente en dirección al norte í*^. 
El campo está convertido en un vasto incendio sem- 
brado de heridos y cadáveres. Son próximamente las 2 
de la tarde cuando los batallones de Barreto, con las 
dos piezas de Mallet, «considerado que todo está perdi- 
do», preparan su retirada por disposición de Brown y 
acuerdo de Barbacena. 

El general Alvear se había propuesto destruir estos 
batallones á raíz de la carga victoriosa de Lavalle sobre 
la derecha imperial, y al efecto ordenó á Soler lo efec- 
tuase con la infantería de su cuerpo, que, á excepción 
del 5^ de Olazábal, había sufrido poco y combatido desde- 
el emplazamiento que ocupó al principio de la batalla. 

Soler no cumplimentó la orden, aduciendo para ello 
la precaria razón de que si el ataque fracazaba, se 
comprometería el éxito de la batalla, lo que dio luego orí- 
gen á un acerado diálogo con Alvear, que lo terminó con. 
esta frase: «Había sido Vd. un general muy prudente». 
(Iriarte, pap* . inéd» . pág. 210). 



(1) Fuera de las dos piezas servidas por el bi;:arro teniente Mallet, la artillerfa 
imperial mandada por el coronel Madeira, se portó indignamente. El coronel, des- 
de los primeros momentos, so pretexto de que sus cañones eran inferiores en ca- 
libres y alcance Uo que no era exacto) á los ar^rentinos, abandonó su puesto de ho- 
nor: Con oprobio para su nombre y vergonzoso ejemplo de cobardía, se metió* 
debajo de un carro de munición, donde lo encontró Barbacena, que lo increpó con> 
indignación, sin que Madeira reaccionase. El marqués estuvo á punto de fusilarlo 
ahí mismo. (Seweloh, ajudante de campo de Barbacena, da tristes detalles sobre 
este episodio y la conducta de la artillería» en su obra citada, Reminiscencias de- 
la campaña de 1827). Barbacena, en sus partes y «órdenes del día» fulmina ft 
los «cobardes y traidores» de su ejército, en Ituzaingo, á los que enjuició. 



Victoria de Ituzaingo 387 



El comandante Pacheco (puesto por razón gerárquica. 
y de antigüedad en posesión del mando de la brigada 
Brandsen) que observa la delicada situación de las reli- 
quias de la división Barreto, de acuerdo con el coman- 
dante Manuel Correa, jefe del 1^ de infantería, se decide 
cargarlas, por su cuenta y sin orden. 

Forma Pacheco en dos escalones los regimientos 1° y 3° 
con éste á la cabeza, y, seguido del batallón, se mueve 
en abierta y gallarda ofensiva contra el enemigo, pero 
es detenida la columna por orden enérgica y rei- 
terada de Alvear, que considera acaso imprudente en 
este momento ese ataque. No tiene á mano fuerzas que 
estime suficientes para apoy.arlo. Las dificultades del 
terreno y la gran zanja central, no permiten que la arti- 
llería secunde y acompañe el movimiento, avanzando 
al frente sus baterías, y casi todas las tropas de caba- 
llería del 2° y 3^»* cuerpo se han alejado del campo de 
batalla, en persecución del enemigo, incluso Lavalle 
que no regresa, á pesar de las terminantes instrucciones 
que recibiera al efecto. Por otra parte, al moverse la 
columna de Pacheco, las reliquias de Barreto (con Bar- 
bacena, Brown y algunos heridos) se ponen en precipita- 
da retirada en la directriz Caciquey-San Sepe. La divi- 
sión Callado, reducida al estado que conocemos, sigue el 
movimiento retrógrado de la 1^. Con los batallones en 
cuadro, en cuyo centro van algunos heridos^ y los gi- 
netes divididos en dos grupos^ de los cuales uno va á 
vanguardia y el otro en tiradores á retaguardia^ se re- 
tira en la dirección indicada, recogiendo al paso algu- 
nos cañones y carros abandonados en el campo por los 
artilleros del coronel Madeira. Ambas columnas son vi- 
vamente hostilizadas en su retirada por los vencedores 
hasta la caída de la tarde, en que se replegan al campo 
de batalla, de orden de Alvear. Al anochecer, los restos 
de la división Callado logran reunirse á los de Barreto- 
Aunque con el ánimo abatido por el terrible desastre, los^ 
imperiales se retiran en orden, bajando y subiendo ba- 



388 Victoria de Ituzaingo 



Trancos y lomadas, cortando campo. Los infantes arras- 
tran los cañones. Las hondas angustias de la retirada 
-se aplacan recién cuando cesa la persecución. «No se 
podía pensar siquiera en la resistencia (ha dicho Seweloh, 
íiyudante de Barbacena): nuestra situación era bien tris- 
te». Llegaron así á la margen del Caciquey en medio de 
la protunda obscuridad de la noche, «estremeciéndose á 
cada rumor, á cada ruido», como si esperaran ver surgir 
de entre las tinieblas los formidables escuadrones del 
vencedor. A las dos de la madrugada del 21, se incorpo- 
raron á Barbacena los últimos restos de los rezagados 
de su descalabrado ejército. 

Tal fué la batalla de Ituzaingo que, según los partes del 
general Alvear que preceden, durí^ ^cis horas ^'*\ de- 
jando el enemigo sobre el carneo l'SOO cadáveres, dos 
banderas, diez piezas de artiBéria, la imprenta, todo su 
parque y municiones, bí^ages, crecido número de ar- 
mamento portátil y prisioneros. Las pérdidas del vence- 
dor, según la palabra de su caudillo, fueron unas 
quinientas entre muertos y heridos (- ). Barbacena, natu- 
ralmente, disminuye considerablemente el efectivo de sus 
bajas personales. No niega la pérdida de las banderas (que 
se tomaron escondidas en un carro del parque, entre ins- 
trumentos de música y otros efc^ctos, ni la total del parque 
y bagages, pero solo confiesa la de un sólo cañón y 
alg mos carros y fraguas, que cita su cuartel maestre 
general (véase el parte). 

La verdad es que el ejército imperial experimentó en 
Ituzaingo graves pérdidas materiales. Las reliquias de 



(1) Conforme con el parte de Barbacena. Sin embarg^o, la batalla dar6 en realí- 
süná, once horas, pues sólo terminó al cesar la persecusión de los vencidos. 

(2) En los anexos damos la lista nominal tomada por nosotros, de los documen- 
tos originales existentes en el Archivo general de Nación. Según esos documentos 
-su total de bajas monta á 397. 

Barbacena, en la relación de sus bajas, dice que tuvo 170 muertos /'jefes, ofic. y 
■s-ild.), 92 heridos y 71 prisioneros, es decir, mayor número de muertos que heridos 
y prisioneros, lo que por si sólo basta para poner en duda tales cifras. Los partes 
parciales de sus jefes de división y estado mayor, no dan cifras, pero hablan de 
los heridos que hubo que dejar en el campo de batalla, de los que murieron du- 
rante la retirada y de los dispersos 



Victoria de Ituzaingo 389 



SUS dos divisiones de línea abandonaron el campo, perse- 
guidas, sin salvar nada de su rica y abundante impedi- 
menta, de la que se apoderó el vencedor y los merodea- 
dores. En cuanto íí la artillería, ya hemos visto queil- 
veur da cuenta oficialmente, de haber tomado diez 
cañones, mientras Barbacena dice que sólo perdió uno, 

Miranda Brito, cuartel maestre general de Bíubaceria dice 
que el fuego les inutilizó un cañón, dos furgones y dos 
forjas; el brigadier Callado, que recogió en su retirada 
la mayor parte de la artilleria y algunos curros de 7nit ilicio- 
nes, y Brown, que quedó en poder del enemigo una pieza 
algunos carros y forjfi^. 

Como se vé, e»(|os 4atos contradictorios dejan en pié 
y entera, la duda. La locui^ión de Callado « mayor parte » 






confirma nuestra» tesis. Parece inadmisible, por otra* 
parte, que Alvear confundiese cañones con otros carrua- 
jes de artillería (armones ó fraguas). La verdad plena na 
podemos establecerla, pero es indudable que al imperial 
so le conquistaron á fuerza de armas, cañones aislados y 
baterías en el campo de batalla, por los regimientos de 
caballería do línea (el de Olavarría por ejemplo), mate- 
rial que quedó abandonado en el campo, sin atalajes ni 
ganado, por lo que, y á consecuencia de la natural con- 
fusión del combate, nadie se preocupó de llevar á la línea 
republicana, considerándolo definitivamente conquistado. 
Alvear se basó en estos hechos, sin duda, para fijar en 
diez las piezas tomadas al enemigo, afirmación que éste 
no ha destruido completamente. En todo caso, resulta 
evidente que Barbacena perdió, en pelea, casi toda su 
artillería y que no la reconquistó peleando, si no que la re- 
cogió en su retirada, pues yacia totalmente abandonada. 
« La infantería enemiga quedó sola en el campo de ba- 
talla, acompañada de quinientos caballos, únicos que no 
fueron arrojados en derrota y en fuga. El cuadro de Ca- 
llado se retiró acosado en un flanco por el ardoroso La- 
valle y en el otro, por parte de la caballería de la In- 
división, que se había rehecho en el entretanto. 



3í^0 Victoria de Ituzaixgo 



« La batalla la decidió la caballería argentina sobre las 
alas, y al centro, la artillería (disparó 668 tiros á bala 
rasa, granada y metralla), con la infantería, que tuvo 
poca acción, pues se mantuvo casi inmovilizada en la 
posición que ocupó desde el primer momento. Toda la 
masa de la caballería brasilera fué arrojada del campo y 
sus artilleros abandonaron las piezas, que sirvieron con 
poca eficacia y hasta con manifiesta cobardía. Dejaron 
en el campo los imperiales, 800 muertos y heridos, un 
cañón, armones y gran cantidad de armas portátiles y 
caballos. En los primeros encuentros, la caballería re- 
publicana de la vanguardia (l^^ cuerpo, Lavalleja), fué 
arrollada por los fuegos de la infantería imperial (Iriartej 
estracto de los papeles inéditos citados)». 

«A las 2 de la tarde (relata otro actor) los tres bata- 
llones (división Barrete, 1*) en cuadro, con 3 piezas y un 
regimiento de caballería al frente, perseguidos por la 3* 
división argentina, estaban casi á una legua del campo 
de batalla. Esta tropa era vivamente perseguida y hos- 
tilizada. Se le quitó caballada de reserva y equipos y se 
le incendió el campo. 

«Callado (2* división), en su retirada, recogió algunos 
de sus heridos, cañones y carros que encontró abando- 
nados. Al caer la tarde, se reunió con Barrete, perse- 
guidos por los 4 batallones, la artillería y el regimiento 
3. Todas las órdenes de Alvear, para que las otras divi- 
siones se reunieran á la 3*, fueron inútiles. Solo lo hi- 
cieron los regimientos 1, 8 y 16 (caballería de línea), 
Recién en la mañana del 21 se le reunió Lavalleja y La- 
valle en el Paso del Rosario, A medio día, todo el ejército 
estaba concentrado en este punto (general Antonio Diaz, 
estracto de sus Memorias citadas, Ituzaingo, por E. A. 
Diaz) ». 

Sobre la persecución del enemigo, dice el comandante 
Pacheco (Diario inédito, Ituzaingo, por E. Quesada) : 

« Se replega esta columna (Brown-Barreto-Barbacena) 
sobre el resto de su infantería (Callado), y emprende 



Victoria de Ituzaixgo 391 



una retirada precipitada. Nuestra infantería estaba fres- 
<;a. Los seguimos á la distancia é hicimos alto á la media 
legua. 

« El primer cuerpo, la división Lavalle, y los números 
8 y 16 (^^, seguían al enemigo sin artillería. Recibieron 
orden de replegarse al campo (de batalla). 

« A la noche (del 20)^ todo el ejército estaba reunido 
sobre el paso del Rosario, como a dos leguas del campo 
de batalla ». 

Este campo de victoria y de sangre, era en las últimas 
horas de la tarde del 20 y en las de la noche, como un 
circulo dantesco. Ardía por todas partes. El fuego de los 
altos pastizales hacía presa en los armamentos, ropas y 
equipos dispersos, carbonizando los cadáveres. Los he- 
ridos, arrastrando sus visceras sangrientas, locos por el 
dolor, la sed, la fiebre, eran acx)sados por las llamas. 
Algunos, salvados del hierro enemigo, fueron impotentes 
para luchar con éstas. Acá ó allá estallaban de pronto 
sordas detonaciones, como si aún continuara el combate. 
Eran las cartucheras que hacían explosión, ceñidas á los 
cuerpos de los soldados muertos ó heridos, y que en la 
trágica noche rezón aban como una larga é intermitente 
salva de honor á los caldos. Sobre el campo, á la sinies- 
tra luz del incendio se movían, aisladas ó en grupos, si- 
luetas fantásticas. Eran los merodeadores, los infames 
merodeadores, que se abatían como buitres hambrientos, 
aquí y allí, para robar por igual á republicanos é im- 
periales, despojándolos de sus sangrientos uniformes, ul- 
timando acaso á los que, aún vivos, se debatían con la 
muerte, defendiéndose á un tiempo de la una y de los 
otros, en las ansias supremas de la doble agonía de 



(1) Fué solo parte del primer cuerpo (Lavalleja) el que continuó la persecu- 
-sión. La división Lavalle la constituía el N® 4 de caballería de su mando y los 
Colorados. Los números 8 (Zutriátegui) y 16 (Olavarría), constituían otra división 
de caballería al mando del primero de esos jefes. Por lo demás, las dos columnas 
•enemigras, se reunieron recién A la noche, con gran contento de Barbacena que, 
•sin tener noticias de la división Callado, la creía totalmente destruida, dispersa 
'ó prisionera. 



392 Victoria de Ituzaingo 



aquellas horas espantosas. El ambiente, caldeado por el 
bochorno del día estival, estaba saturado por el hedor de 
los nobles muertos y de sus cabalgaduras, espantosa- 
mente hinchados y en plena descomposición. Los sinies- 
tros montones, sillares de la gloria marcial de la jornada, 
daban nuevos relieves al campo de matanza consagrado 
á la libertad de un pueblo. Aquellos corazones que en el 
día habían latido presurosos y heroicos^ eran solo despo- 
jos de la muerte. De puntos diversos partían gritos de 
socorro ^^K Se clamaba por agua y á los clamores respon- 
día el trágico diálogo de las llamas en hondo contraste 
con la intensa y serena paz del cielo. 

Los regimientos republicanos, que regresaban de la 
persecución, después de once horas de pelea, sin haber 
bebido una gota de agua ni probado alimento desde la 
tarde del 19, cruzaron por en medio de aquel campo de 
horror, entre ellos el 2 de Paz. 

Al pasar éste por el campo donde cayó el caballeresco 
Brandsen, hizo un alto, frente al cadáver del romances- 
co batallador. 

Yacía tendido el héroe cerca del funesto barranco que 
fué parte á detener el empuje de sus tremendas cargas. 
Estaba totalmente desnudo, alumbrado por los rojos res- 
plandores de las hogueras que coronaban las alturas del 
valle. El estoico Paz debió sentir como paralizadas las 
corrientes de su vida ante los restos del noble camarada, 
profanados por la rapacidad de los merodeadores. No 
pudiendo llevarlos consigo, los cubrió con piadoso sen- 
timiento de cristiano y con honda congoja de solda- 



(1) « Vefamoa caer á cada instante á los soldados^ ardiéndoles la rcpa, entera- 
mente asados; saltados los ojos, el pellejo separado de las carnes, dándoles esto 
unas facciones horrorosas, y á poco rato espiraban consumidos por el faego, 
exhalando el último aliento entre penetrantes ayes y biamidos. (Arrieta, Memo- 
rias citadas)». 

Naturalmente, el fuego hizo mayores víctimas entre los heridos brasileros, 
pues las posiciones de éstos fueron incendiadas & retiíguardia por las tropas repu- 
blicanas, cuando fué rota y penetrada la línea imperial, aislando sus dos principa- 
es núcleos de batalla 



Victoria de Itvzaingo 3P3 



do y de amigo, y siguió su marcha con el regimientos- 
dispuesto á regresar con el nuevo día para confiarlos á. 
la custodia generosa de aquella tierra que recogió su 
postrera voz de mando, y que los guardó piadosamente 
hasta el día de la apoteosis del guerrero en la patria de 
sus afecciones, (Buenos Aires) heredera de su gloria. 

El ejército argentino, se encontraba pues, completa-^ 
mente reconcentrado el 21, reorganizándose y tomando 
algún aliento después de tantas fatigas y trabajos sopor- 
tados con gallarda abnegación y fortaleza. 

Era el medio día de esa fecha, cuando los generales y 
jefes se presentaron en el alojamiento de Alvear para, 
cumplimentarlo por la reciente jornada, que había tonifi- 
cado todas las almas. 

La reunión se tornó familiar y animada, relatándose 
episodios de la batalla, lamentándose naturalmente la. 
dolorosa pérdida de jefes como Brandsen y Besares, y 
haciéndose conjeturas sobre la situación de los imperia- 
les y las consecuencias del triunfo de las armas repu- 
blicanas. El general Alvear, con la fogosa verba que le 
era peculiar, departía con todos, sin ocultar su satisfac- 
ción y sus esperanzas para lo futuro, noble debilidad sin 
duda, que sería injusto censurarle, porque era la mani- 
festación ingenua de su temperamento^ tan opuesto ala- 
férrea é impenetrable reserva de su antiguo compañero, 
el gran capitán de los Andes. 

Lavalleja se encontraba presente en ia reunión. Alvear 
se dirigió de pronto á él y sin acritud, amistosamente, le- 
hizo este reproche ; 

— « General: Si ayer hubiera Vd. cargado cuando yo 
se lo mandé, el ala izquierda del enemigo (Callado-Abreu),. 
que estaba en desorden, no se me escapa un solo brasi- 
lero ». 

— «Señor general: — respondió en el acto el interpela- 
do — yo sé cargar al enemigo sin necesidad de que nadie- 
me lo enseñe ! » 

Esta respuesta ya no altiva sino irrespetuosa y torpe- 



394 Victoria de Ituzaixgo 



4icaso, llamó la atención de todos. Alvear, sin perder 
aparentemente al menos la tranquilidad^ respondió : 

— « No se trata de eso, señor general, sino de que ayer 
Jio cargó Vd. cuando convenía hacerlo, y yo se lo man- 
daba ». 

— « Yo no soy de los generales, repuso acremente La- 
Talleja, que miran al enemigo con anteojo » ^^K 

El breve diálogo encomillado es una versión textual 
•del entonces comandante D. Antonio Diaz, testigo ocular, 
el que agrega (Biog. del general A. Diaz^ por E. Acevedo 
Diaz): 

Parece que Lavalleja se excedió neciamente y hubo un 
momento en que Alvear avanzó dos ó tres pasos sobre él, 
V con alterada voz le dijo : 

— « Cállese Vd. la boca, sino lo fusilo en el momento!» 

Lavalleja guardó entonces completo silencio y perma- 
neció al lado del general cuando los demás jefes se reti- 
raron. Parece, agrega Diaz, que ambos se dieron luego 
explicaciones, pues nada reveló que subsistiera el enojo 
-consiguiente entre los dos actores. 

La batalla de Ituzaingo es un hermoso triunfo táctico cuya 
importancia sería ceguera pretender desconocer por mas 
<iue no sea una de esas grandes victorias que por sí solas 
resuelven una guerra por el total anonadamiento del ad- 
versario, caso por otra parte nada común en la historia 
de la guerra. No se copan todos los días ejércitos en nui- 
sa, en una sola acción, ni se les aniquila sobre el mismo 
€ampo ó en una persecución que pulverice sus reliquias 
por -el fuego ó el hierro ó la rendición. Para todo esto es 



(\) Era una alusión, pues Alvear, durante la batalla, había hecho uso frecuen- 
te de su anteojo de campaña para observar Ids movimientos del enemigo y de las 
propias tropas, loque le permitió poner en claro algunas dudas graves como aque- 
lla que hemos lelataJo, en que el general Soler impidió á Triarte hiciera fuego con 
«US piezas contra una infantería imperial (Leitáo), que el general creía era el 5** de 
Olazáhal. Pero era una alusión injuriosa, tendiente.á negar al generalísimo el va- 
lor necesario para chocar personalmente con el enemigo, torpe é injusto cargo 
por cierto, pues ese mismo día Alvear había probado lo contrario, acompañando 
en el primer momento, sable en mano, la carga de Brandsen. 



Victoria de Ituzaingo 395 



necesario que concurran un cierto número de factores 
•que no tuvo á la mano el vencedor de Ituzaingo: fuerzas 
frescas, es decir, reservas aptas ; terreno favorable para 
el movimiento rápido y prolongado; el enemigo de tal 
manera deshecho, quebrantado é impotente, que su retro- 
ceso mas que una retirada, sea una fuga; que el posible 
descalabro de la persecución, por una enérgica y deses- 
perada reacción del perseguido, no comprometa la misma 
victoria y la segarid.xl dal grueso, etc. 

« Todo héroe resulta fastidioso. La fuerza ceiitripita 
aumenta la centrífuga. Contraponemos un hombre con su 
opuesto » dice Emerson {Hombres simbólicos) y Alvear, por 
el hecho de vencer en Ituzaingo, despertó, en su época, 
esos encelamientos de que hemos hablado antes y que sub- 
sisten en parte. Haciéndose extorsión á los hechos, que 
son intangibles como tales, se ha querido adjudicar á 
éste ó aquél actor, el triunfo, haciéndolos órganos ma 
ter, en las ideas y en la ejecución, de la victoria ; olvi- 
dando que la suma de los esfuerzos de un campo de ba- 
talla, las combinaciones estratégicas y la hábil organi 
zación logística que la preparan, tienen por exponente un 
^general, que en este caso es Alvear, pues no dejó de serlo 
un instante. Nada mas difícil que juzgar de las cosas de 
la guerra, precisamente porque son fáciles, pero no tanto 
como se piensa. « Solo los que conocen el arte (dice con 
profundo sentido el coronel Iriarte en sus Memorias ci- 
tadas) y lo han practicado en campafía, tienen autoridad 
competente para dar su fallo entre el lujo deslumbrador 
de los uniformes de guíirnición y el harapo del vivac 
impregnado en barro y oliendo á pólvora». De ahí 
tantos errores en la apreciación de los hechos. Natural- 
mente, al buscar la verdad, estamos muy lejos de hacer 
nuestra esta arrogante sentencia de Omar, acerca del 
Koran : quemad las bibliotecas porque la verdad está en este 
.libro. Por otra parte, es justo suponer que Alvear pesó 
.^us propias fuerzas y consideró su situación, que nadie 



396 Victoria de Itüzaingo 



mejor que él y él solo responsable, debió conocer, para, 
no continuar la persecución á fondo. 

Sus tropas, desde que inició sus hábiles maniobras- 
para arrancar á Barbacena de las asperezas de Camacuá,- 
habían estado en constantes y penosas marchas y ya. 
sabemos que, desde la tarde del 19 hasta la noche del 
20, se hablan movido y combatido constantemente sin. 
tomar alimento ni beber una sola gota de agua, bajo un 
sol abrasador. Su caballada de marcha y la poca de tiro* 
que aún conservaba, estaban casi exhaustas ; la agitación, 
y las cargas en la batalla, las agotaron por completo ó,, 
por lo menos, eran inhábiles como instrumento de perse- 
cución. El ganado de tiro de la artillería, tampoco es- 
taba en condiciones de seguir ese movimiento, sobre todo 
á campo traviesa, en aquel suelo tan difícil, lleno de 
zanjas profundas, hormigueros, lodazales y alturas. Por 
otra parte, el peso del material hacía penosa y lenta su 
tracción, aún con buenos tiros, en aquellos guadales. 

El enemigo no estaba en su retirada, en mejores con- 
diciones. Iba sin duda desmoralizado y roto, con lo pues- 
to, pero llevaba sus 5 batallones de infantería, casi toda, 
su artillería y unos seiscientos ginetes de sus mejores 
regimientos del arma. En suma, esas reliquias consti- 
tuían una fuerza respetable, de la que podía esperarse 
una reacción .desesperada. Por otra parte, la fuerte di- 
visión de caballería del coronel Bentos Manuel Riveiro^ 
vivaqueaba en las vecindades del campo de batalla y era. 
de temer, ó de proveer su repentina intervención, tanto, 
que el general Alvear creyó prudente destacar en la tar- 
de del 2, una brigada en defensa de su parque, heridos 
y prisioneros, que había dejado el 19, con una débil es- 
colta, en la costa del Santa María. Esta brigada fué cons 
tituída (Diaz, Memorias) por el batallón 2, el regimiento* 
3 y 2 piezas, lo que debilitó naturalmente las fuerzas de- 
que podía disponer el general, bien escasas por cierto,, 
pues ya sabemos que la mayor parte de su caballería de: 



Victoria dk Ituzaingo 397 



la derecha y de la izquierda, enardecida por la persecu- 
•ción parcial, operaba en todas direcciones. 

Se vé, pues, que el general Alvear no estaba en condi- 
ciones de sacar fruto absoluto á su victoria y que obró 
•con cordura, al abstenerse en tentar un esfuerzo aven- 
turado. Este fruto vendría después y lo habría alcanzado 
el general, si hubiera sido reforzado con tropas y re- 
cursos que no le llegaron, porque el estado del país, con 
sus complicaciones internas que trajeron la caída de Ei- 
vadavia, lo impidieron, como veremos. Entre tanto, la 
batalla de Ituzaingo tuvo otras consecuencias morales y 
materiales. El ejército imperial, arrojado al norte, al otro 
lado del Yacuhy, se vio imposibilitado de volver sobro 
San Gabriely donde había dejado, al marchar sobre el Paso 
4el Rosario en pos de Alvear, un gran parque de 20 ca- 
rretas con municiones de guerra y boca, equipo, arma- 
mento de repuesto, uniformes, etc., por valor de 350.000 
pesos, del que se apoderó Alvear el 28 de Febrero, al 
ocupar de nuevo la población, mientras Barbacena, soli- 
•citando angustiosamente refuerzos, municiones, víveres 
y ropas á su gobierno, sintetizaba así su situación : 

« Con un enemigo dispuesto á cercarnos fué preciso 
retirarnos. Estando con una caballería mal montada y 
<^on una infantería cansadísima, ando btiscando un punto 
^menos expuesto, en que pueda recibir con seguridad los 
socorros que me son indispensables. Mi opinión es pasar 
el Yacuhy y situarme en el Paso de San Lorenzo (lo hizo). 
Algunos jefes prefieren á San Sepe, pero San Sepe dista 
seis leguas de San Lorenzo, y puesto que ellos convienen 
en que debemos retirarnos, ?iay evidente contradicción en 
no ir mas lejos ». Y se alejó cuanto le fué posible, aban- 
donando todo el país á su enemigo ! 

Dados estos hechos ¿ qué otros frutos inmediatos podían 
exigirse á Alvear de su triunfo ? 

Sin embargo, sus enemigos no descansarían en hacerle 
todo género de cargos. El mismo gobierno se hizo eco de 
«ellos en el Mensaje del 14 de Septiembre de 1827, que 



398 Victoria de Ituzainco 



Alvear contestó en su vibrante Exposición, tantas veces> 
citada. Se le abrió igualmente mas tarde una causa^ 
para conocer de su conducta en un Consejo de guerra^ 
que no se constituyó. Tenemos á la vista uno do los in- 
terrogatorios dirigido al general Lavalle, firmado por el 
general D. Enrique Martínez, que insertamos en los ane- 
xos. Consta de 31 preguntas, algunas de las cuales bas- 
tan para hacer juicio sobre la intención inamistosa que 
informa el documento, clara revelación de los intereses 
y pasiones políticas que lo inspiran, de las que no esca- 
paron ni el mismo virtuoso general Belgrano en su 
época, á raíz de su hermosa expedición al Paraguay, ni 
el glorioso vencedor de Maipú. Pero, dejemos estos in- 
gratos episodios, que siembran de abrojos la vida de 
todo hombre público, para terminar con la batalla y la 
actuación del general en la misma. 

Se ha dicho de ella que fué una batalla de soldadoa, y 
nada nos parece mas inconsistente en cuanto se pretende 
dejar sentado con esa frase, que faltó el general en la» 
preparación y desarrollo de la acción. 

Por fortuna, los documentos que anteceden, las ver- 
siones de los actores y los libros brasileros que se ocu- 
pan de la guerra, prueban luminosamente lo contrario. 
Estos últimos, singularmente, hacen justicia á la habili- 
dad estratégica de Alvear y á su ojo táctico en la elección 
de posiciones en el campo de batalla, que obligó á los 
imperiales á subordinar sus maniobras y movimientos á 
los de su enemigo. Ituzaingo es asi una batalla caracte^ 
rísticamente ofensiva del lado argentino, desde el primer 
momento de la acción; y en toda ella se deja sentir, en la 
dirección y en la obra, la voluntad activa de Alvear. 

Es él, el que, por intermedio de Soler, ubica á los cuer- 
pos que desembocan en las primeras horas de la mañana 
del 20, al valle, por el desfiladero que lleva al río; es él,, 
el que da órdenes á Laguna y Lavalleja, para que arre- 
metan; es él, el que da órdenes personalmente á las di- 
Aisiones de Brandsen, Paz y Lavalle, para que carguen; 



Victoria de Ituzaingo «jOO 



es él, el que dispone, directamente, que una batería que 
permanece inactiva rompa el fuego; es él, el que ordena 
á Soler cargue con su infantería á la de Barreo y es él, 
por último, quien dispone cese la persecución y la marcha 
de la brigada mixta al río, en protección de su parque, 
heridos y prisioneros. ¿Cómo es posible, entonces, decir 
que fué aquella una batalla sin general? En otros tér- 
minos ¿qué mayor y más directa intervención se supone 
debe tener un general en jefe, en la batalla? ¿Acaso no^ 
se puso al frente de la carga en que pereció Brandsen,. 
cuando creyó que era necesaria su intervención en esta 
forma? ¿Escusó su persona al peligro? 

HuhOj pues, general, al frente del ejército argentino. Ne- 
garlo^ ó ponerlo simplemente en duda con una frase elípti- 
ca, es ir contra la evidencia, los hechos y la palabra de los 
actores. Mas justo sería agregar, que algunos de sus dis- 
posiciones fueron contrariadas por sus jefes, noblemente 
emulados sin duda, y animados por el ardoroso empeño de 
cosechar nuevos laureles, que los llevó hasta operar sin ór- 
denes (Paz, Lavalle y Pacheco especialmente). Si Lavalleja 
y Soler no hubieran contrariado sus disposiciones, acaso 
el resultado inmediato de la batalla hubiera sido más 
completo: La división Callado habría sido arrollada y 
dispersa durante su marcha de flanco al iniciarse la ac- 
ción, y los tres batallones de Leitáo Bandeira batidos ó 
dispersos por los cuatro de Soler. Alvear olvidó generosa- 
mente sus agravios y en sus dos partes, lejos de formu- 
lar cargos, elogia ampliamente. Pide la promoción de La- 
valle y de Paz, especialmente, y con frase cálida y 
sentida pinta el glorioso fin de Brandsen. Solo cuando es 
atacado por el gobierno y sus enemigos, abre su alma 
herida en las páginas de su Exposición. Se defiende, y, 
por apasionado que entonces parezca, dada su impetuo- 
sa naturaleza, es humano : no tiene el estoicismo disci- 
plinado de San Martín, ni la abnegada mansedumbre de 
cristiano de Belgrano. He ahí su delito! Donde faltó 
general en jefe, en el combate, fué en el campo imperial,. 



400 Victoria de Ituzaingo 



y lo confiesa el mismo Barbucena, pues, para este caso, 
tenía órdenes de confiar la dirección á su jefe de Estado 
Mayor^ Brown, el que se concretó á dirigir las opera- 
•<íiones de la derecha de su línea, faltando así la cohesión 
orgánica y la alta directiva de conjunto. 

La noticia de la victoria de Ituzaingo (que ogín|)tetabft 
el triunfo naval del Juncal) fué jubilosamente festejada 
en Buenos Aires y en todo el país. Se hicieron prSnJo-. 
'Ciones generales en el ejército de operaciones y el Con- 
greso General Constituyente votó, á propuesta del dipu- 
tado Gallardo, la ley que 5igue, completada por el si- 
guiente decreto del Presidente de la República. He ^uí 
esos documentos: 

«Buenos Ayree, Marzo 19 de 1827. 

« El congreso general constituyente de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata, en sesión de hoy ha decre- 
tado lo siguiente : 

Art^. 1^ El congreso general constituyente en premio 
-al distinguido mérito que han contraído los valientes del 
ejército de la república, en el memorable triunfo del 20 
de Febrero en los campos de Ituzaingo, sobre el del ím- 
j)erio del Brasil, ha venido en acordarles, sin perjuicio de 
los demás premios que el gobierno pueda concederles, un 
escudo de honor, que deberán llevar en el brazo iz- 
quierdo. 

2. Se gravará en su circunferencia la siguiente ins- 

*<3ripción : La República á los vencedores en Ituzaingo. En la 
parte inferior^ 20 de Febrero de 182'Ly en el centro al- 
gunos trofeos militares. ' .^ i' * * ' 

3. El general en gefe, brigadier Dl Carlos Alvear, y de- 
más oficiales generales, usarán dicho escudo de oro 

-(debiendo el primero ser orlado con una palma j^ un laii^ 
reí); los gefes y oficiales lo iisíirán de platá^t y desde 4a 
-clase de sargento inclusive abajo, de latón. <* 

4. Se autoriza al poder ejecutivo para los gastos y do- 
rnas efectos consiguientes»al lleno de este decretó- 



.* 







Coronel D. Federico de Brandsen 



Victoria de Itüzaingo 401 



Y de orden del mismo se comunica á V. E. para su 
conocimiento y cumplimiento. Sala del Congreso en Bue 
nos Aires, Marzo 16 de 1827. — José María Rojas, Presi- 
dente, Alejo Villegas, Secretario. 

Buens. Ays. 19 de Marzo de 1827. 

Las marchas y maniobras del Exercito del mando del 
Brigadier general D. Carlos Alvear en el territorio del 
Brasil, hacen un honor distinguido á los fastos militares 
de la República argentina: los brillantes combates de 
Bacacay y del Ombú, y la memorable batalla y victoria, 
de Ituzaingó, elevan á un grado eminente la gloria y es- 
plendor, y se colocan sobre los grandes hechos que las 
ilustran : el gob"^. reconoce el aprecio y gratitud que se 
debe á los vencedores del Exercito Imperial, y deseando 
acordarles un premio proporcionado á su mérito, reserva 
para la terminación de la guerra aquella parte de él que 
en la época presente sería inconciliable con la dignidad 
de la Nación y con los apuros de su erario, sobre estos, 
principios, 

El Presidente de la República 

Ha acordado y decreta: 

1^ Todos los individuos pertenecientes al Exercito de 
operac*- en el territorio del Brasil que se hallaron en la 
batalla de Ituzaingó^ usarán el distintivo de un cordón de 
honor que penderá del hombro izquierdo y se enlazará, 
en el ojal de la casaca del costado derecho, con las dis- 
tinciones siguientes: 

El General en gefe de oro encadenado, con borlas y 
cavetes del mismo metal. 

Los generales el mismo cordón y cávete sin bbr*- 

Los gefes cordón de plata con borlas y cavetes de la 

mismo. 

La oficialid'*- el mismo cordón y cavetes sin borlas. 

Los sargentos y cabos cordón de seda blanco, y la tro- 
pa cordón de lana celeste. 



/ 



402 Victoria dk Ituzaingo 



2° A todos los individuos de tropa á quienes corres- 
ponde la gracia anterior, se les abonará además un afio 
■del tiempo de su empeño. 

3^ Los individuos que por la gracia anterior se les hu- 
biese cumplido el tiempo de su empeño, serán precisa- 
mente licenciados á la terminación de la guerra, y se les 
:abonará por el exceso de tiempo que hubieren servido 
el sobresueldo mensual que designa la ley de 10 de 
Sept^- de 1824. 

4° El coronel del Regim^°- 1^ de Linea D. Federico 
Brandsen y el comandante de escuadrón del 2^ D. Manuel 
Besares, que murieron gloriosamente en el campo de ba- 
¡talla, pasarán siempre revista de presente en dhos. 
•cuerpos, respondiendo por el prim^ el coronel y p"^- el 
«egundo el ten*®- cor^* y perpetuando de este modo su dig- 
ma memoria. 

5^ El Mtro. Sec^. de guerra y marina queda encargado 
•de la execucion de este decreto que se comunicará á 
^juienes corresponde y dará al registro.— Rivadavia. — 
JFran^^^ de la Ott2— Está conforme— Z)om^- Suarez. 

La musa nacional, como en los grandes días de la re- 
solución emancipadora de Mayo, se asoció á los feste- 
jos oficiales y populares en celebración del triunfo. Juan 
•Cruz Várela cantó en vibrantes y cálidas estrofas, la 
;gloriade Ituzaingo. El empuje de su lírica, hacejusti- 
-cia á la bravura del enemigo, con lo que se magnífica 
^1 esfuerzo del vencedor. El canto épico de Várela con- 
Ttribuyó sin duda á levantar el alma generosa de la mul- 
i;itud, borrando por un momento al menos, las ásperas 
fronteras que dividían hondamente á unitarios y federa- 
les. El pueblo volvió cariñosamente sus ojos á los solda- 
«dos vencedores que ofrecían con el sacrificio de su san- 
jgre y de sus vidas, tregua á las enconadas rivalidades de 
los hombres y los partidos argentinos. Del campo trágico 
*de Ituzaingo, evocado por la fantasía patriótica del poe- 
ta, venía una oleada refrigerante que el alborozo cívico 
«reyó permanente: Las almas sedientas se agolparon á 



Victoria de Ituzaingo 403 



este raudal y todos los corazones y todas las pupilas se 
llenaron de esta luz, anuncio glorioso de la independen- 
cia uruguaya, y también ¡ ay ! precursor de nuevos dolo- 
res para la tierra redentora del occidente del Plata. 

El general, por su parte^ ofreció á su ejército la si- 
guiente proclama, al dia siguiente de la victoria : 

Soldados : 

El dia de ayer, en Ituzaingo, habéis dado un nuevo dia 
de gloria á la Patria. Cuando la noticia de este triunfo 
llegue á la República Argentina, todos nuestros conciuda- 
danos cantarán loores á vuestro valor. Soldados: Vosotros 
sois bien dignos del aprecio de la República. En 55 días 
de marcha no habéis tenido uno solo de descanso ; las 
privaciones q®. habéis sufrido son de todo genero. Vues- 
tro General está contento de vuestra conformidad y de la 
frente serena con que habéis soportado todas las fatigas, 
entre los rayos de un sol abrasador. 

Soldados : vuestra gloria es inmensa, puesto q®. habéis 
hecho triunfar al Pabellón Argentino en Bacacay como 
en el Ombú, aquí como en Ituzaingo. Las Águilas Im- 
periales no han podido mirar de frente los rostros Repu- 
blicanos. Los resultados de vuestra campaña son inmen- 
sos : habéis tomado los depósitos de armamentos, muni- 
ciones y vestuario q®. el enemigo habia acopiado p*"* el 
espacio de un afío. Esa gran columna formada con el 
temerario intento de profanar algún día el suelo sagrado 
de la Patria, vio en un solo instante, deshacerse las preten- 
siones orguUosas del Emperador del Brasil. En los Cam- 
pos de Ituzaingo queda la memoria eterna de las vícti- 
mas sacrificadas á su ambición. 

La guerra q^. sostenéis es la mas justa de todas las 
guerras, y el soberano del Universo se complace en pre- 
miar con el laurel de la Victoria á todos los bravos que 
marchan p*"- el camino del honor. Soldados : seguid vues- 
tro destino : la República premiará á manos llenas vues- 
tros esfuerzos; y algún dia, después de concluida esta 



404 Victoria de Ituzaingo 



guerra sagrada, cuando volváis al seno de vuestras farai- 
lias, llevareis en vuestro corazón el noble orgullo de poder 
decir q®. habéis sido soldados del Ejercito Republicano de 
la campaña del Brasil.— Cuartel Gral. en marcha, á las 
inmediaciones de Casiquey grande. Febrero 21 de 1827. — 
Carlos de Alvear. (^^ 



(1) Sin que ningruna resolución ofícial dejara sin efecto la referente á la re- 
vista del coronel Brandsen y del comandante Besares, quedó en desuso. Ha pasado 
lo mismo con el sargento Juan Bautista Cabral. En los regimientos 1° y 2® de ca- 
ballería y en Granaderos á Caballo, no se escuchan en las revistas esos nom- 
bres gloriosos. Se borra así la tradición ó se la debilita matando una fuente viva 
de educación moral y militar, cuya alta influencia sobre el alma del soldado pare- 
ce desdeñarse. 



Capítulo X 

Operaciones militares- Dimisión de Rívadavlay Alvear 



SuMMtio: Situación délos ejércitos contendientes — Abandono de 
los pueblos y las haciendas, en cumplimiento de las 
órdenes imperiales — Medidas de Alvear para evitar la 
emigración — Kequiza de caballadas — Abandono ó in- 
cendio de los depósitos imperiales de Santa Ana — 
Planes de Alvear — Nombra á Soler gobernador militar 
de la provincia Oriental — La situación pintada por 
Alvear — Consideraciones sobre el empleo de la caba- 
llería en América — Penurias del ejército argentino — 
Amargas quejas de Alvear contra Lavalleja — Vistas y 
planes del generalísimo — Singulares ideas del ministro 
de la guerra — La paz por la guerra — Efectivos repu- 
blicanos en campaña — Deserción de milicias — Saqueos 
que cometen — Paz y Lavalle, generales — Proclama 
do Alvear — Reapertura de las operaciones desde los 
Corrales — Noticias del enemigo — Tiroteos — Ocupación 
de Bagé — Expedición sobre Barreto y las divisiones 
de los Bentos — Hábil y difícil marcha por las sierras — 
Sorpresa, derrota y dispersión de los imperiales en 
Camacud — Movimientos sobre Rio Grande — Vergon- 
zoza conducta de Oribe — Es den*otado y tomado pri- 
sionero — Alvear y la emigración de las poblaciones — 
Acción defensiva del enemigo — El 25 de Mayo en el 
ejército — La marcha de Ituzaingo — Alvear pide reclu- 
tas á Corrientes — Quejas contra Soler y las autorida- 
des urugTiayas — Difícultades políticas y económicas de 
líivadavia — Los caudillos y la guerra — Necesidad de 
negociar la paz — Junta de notables — Actitud enérgica 
de Pueyrredón — DesgTaciada misión de García al Ja- 
neiro — Agüero y Ponsomby — Ideas radicales de Gar- 
cía — Tratado que suscribe — Indignación universal que 



406 Operaciones militares 



provoca — Acción de Dorreg'o - Rivadavia rechaza el 
tratado — El CongTeso aprueba su conducta — El trata- 
do en el ejército — Manifestación de jefes — La defensa 
de García — Reconoce haber ultrapasado sus instruc- 
ciones escritas — Operaciones militares — Acción de 
Pacheco y Lavalle — Combate del Yerbal — El ejército 
se establece en Cerro Largo — Fin de la primera cam- 
paña ~ Trabajos de Alvear para proveer á la remonta 
en hombres y caballadas — Abnegación del ejército — 
Planes de Alvear para la próxima campaña — Alvear 
pide el relevo del mando — Calda de Rivadavia — Elec- 
ción del doctor López — Errores que comete — Dorreg'o, 
gobernador de Buenos Aires — Horas de bonanza. 



Puesto algún orden en los cuerpos del ejército republi- 
cano, sensiblemente disminuidos en sus efectivos y con 
las caballadas indispensables para moverse con lentitud 
y trabajo; curados de la mejor manera posible los pro- 
pios y ajenos heridos de la reciente batalla; enterrados 
piadosamente los muertos y restauradas un tanto las 
fuerzas de los jefes, oficiales y soldados, el general Al- 
vear abandonó su vivac del Santa María y se puso en 
marcha sobre San Gabriel^ en pos del derrotado ejército 
imperial, cuyo afán radicaba en poner la mayor distan- 
cia posible entre él y su vencedor, trocados ahora los 
papeles. Así, los imperiales (según el parte de Ituzaingo, 
firmado por Barbacena el 25 de Febrero en las márge- 
nes del Dacacay) habian pensado en campar en San 
Sepe, centro de recursos y con regulares pastos para las 
caballadas, pero, no considerándose aquí seguros, y em- 
pujados por el avance de los contrarios, de los que dis- 
taban unas cuatro ó cinco jornadas de marcha, continua- 
ron su retirada al norte, buscando el amparo de los 
grandes bosques de la región montañosa de los ríos Ja- 
cuhy y BirdOy áspera y difícil. Barbacena se estableció, 
pues, sobre la ribera norte del primero de esos ríos, en el 
paso San Lorenzo, barrera fuerte por sí sola; cuyo vado to- 
maría á los republicanos un par de días, aún sin serle 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 407 



disputado con las armas, lo que por otra parte no- 
parecía formar parte de los planes de los imperia- 
les, ya que no hicieron sobre el paso la menor 
obra fortificatoria indicada por la situación. En este 
campamento se incorporó al mariscal de Barbacena el 
coronel Bentos Manuel Riveiro^ con su división ligera 
de ginetes (mil y pico de hombres) y buen gi^lpede gana- 
do caballar y vacuno, precioso contingente sin duda, que 
le permitiría, ante todo, ver, vigilar y molestar al ene- 
migo. Además, Barbacena se apoyaba de inmediato en 
el centro poblado y rico de Rio Pardo, dueño así de sus 
comunicaciones con los puertos marítimos de la región 
y con la capital del imperio por consecuencia, pero sin el 
ánimo ni los elementos necesarios para abrir operacio- 
nes ofensivas, como veremos. 

La batalla de Ituzaingo y la subsiguiente retirada del 
ejército imperial al norte, habían producido otros frutos 
que los conocidos. 

Las poblaciones y haciendas de la región, circuns- 
criptas en el teatro inmediato de la guerra, habían sido 
abandonadas por sus pobladores á la aproximación de 
las tropas republicanas, obedeciendo á instrucciones del 
gobierno de Río y alas órdenes consiguientes de Barba- 
cena, que, por tales medios extremos é ineficaces, bus- 
caban producir el desierto y el aislamiento en torno del 
enemigo, privándolo de recursos y de contacto inme- 
diato con los habitantes, lo que sólo se logró en parte, 
pues tuvo hasta adhesiones personales de vecinos de 
consideración^ que fueron de alguna utilidad al general 
Alvear, no obstante el cumplimienío de aquellas órdenes. 

Los bosques y las serranías se habían llenado en con- 
secuencia de familias (y de ganados), que llevaron consi- 
go lo mas indispensable. Pero aquella vida de monte, 
nómade, semi-civilizada, agotó sus recursos y agrió sus 
ánimos contra un gobierno que al imponerles tamaños 
sacrificios y penurias, no les ofrecía las garantías con- 
dignas á las personas y los mismos bienes9[abandonados. 



408 Opf.racioxes militares 



Por otra parte, se desarrolló en los breñales y espesuras el 
bandidaje local, aportando nuevos peligros y angustias 
al seno de aquellas poblaciones errantes, mas temibles, 
sin duda alguna, por ser positivos y reales, que los que 
pudieron temerse en los primeros momentos del inva- 
sor, cuya conducta fué constantemente humana y respetuo- 
sa y que se tradujo en confianza á su respecto. En con- 
secuencia, las estancias y pueblos desde el Caciquey á la 
cuchilla de Santa Aiia, y desde el Ibicuhy da Armada y 
Santa María hasta San Gabriel, Labras y Bagé, se. repobla- 
ron rápidamente, tomando sus propietarios tranquila 
posesión de sus hogares, en realidad al amparo de las 
armas argentinas. Alvear, celoso de acrecentar esta con- 
fianza, que le reportaría beneficios, tomó medidas para 
impedir la repetición de las depredaciones á que nos he- 
mos referido en páginas anteriores. El 28 de Febrero en- 
traba de nuevo en San Gabriel, adueñándose únicamente, 
como legítimo trofeo de guerra^ del valioso parque y de- 
pósito imperial dejado allí por Barbacena ^^^ y que 
perdió á consecuencia de la batalla del 20, como lo he- 
mos relatado en el precedente capítulo. Alvear organi- 
zó la región señoreada por sus armas, en cuatro distritos 
cuya autoridad civil confió á otros tantos vecinos nati- 
vos, de notoria respectabilidad. Después se consagró á 
la tarea de terminar la reorganización de su ejército, 
recomponer su material de guerra, completándolo con 
el tomado al enemigo; mejorar el equipo de sus tropas, 
completar el parque, dar el necesario descanso á su in- 
fantería y atender á sus enfermos y heridos, desplegan- 
do en esta última y noble tarea, admirable y abnegado 
empeño el cirujano mayor doctor Rivero, y el cirujano 
principal doctor Muñiz, secundados patrióticamente por 
el resto del personal de la sanidad del ejército. 



(1) Además de este parque, el comandante D. Manuel Duran se apoderó en esos 
días de otro, situado en el Ibicuhy, el que incendió por no poderlo trasladar A San 
Gabriel. 



Dimisión dk Rivadavia y Alvear 409 

« 

Este, en realidad^ carecía de caballada ^^K Los regi- 
mientos montados estaban casi á pié y faltaban caba- 
llos y bueyes, en buen estado, para el tiro de la artille- 
ría, parque y depósitos. Se imponía la imperiosa necesi- 
dad de remontar el ganado y el descanso al existente, y 
Alvear puso mano en la tarea. Destacó comisiones en 
busca de caballadas, que corrieron la región de Camacuá, 
picada de Sa7i Martin y Casapavas, sin gran resultado, 
pues los propietarios las mantenían ocultas en los bos- 
ques y valles apartados, de acceso difícil. Además, sa- 
biendo que en el antiguo campamento de Barbacena, en 
Santa Ana do Livrameiito, existían depósitos imperiales, 
custodiados por un destacamento de un centenar de 
hombres, hizo marchar sobre el punto al comandante 
de milicias de Paysandú, Melilla, con la tropa necesa- 
ria; pero el enemigo, á su aproximación, se retiró preci- 
pitadamente al norte, entregando á las llamas el equi- 
po, material y vestuarios que custodiaba. De esta ma- 
nera el ejército imperial, en dos meses de campaña, 
Ihabía perdido todos los depósitos acumulados en el teatro 
de la guerra, y que le habrían bastado para proveer du- 
rante dos años á un ejército triple al que mantenía en 
operaciones '^2)^ 

El pensamiento inmediato del general Alvear era acan- 
tonarse durante el tiempo indispensable en Saii Gabriel, 
para ponerse en condiciones de reanudar las operaciones, 
►con la remonta en hombres y en ganados. Convencido aca- 
so deque el gobierno general no acudiría con la presteza 
y amplitud necesaria á estas necesidades vitales, tomó de 
;por sí las medidas que estaban en sus facultades. El 24 de 
Febrero dio cuenta en oficio al Ministro de la Guerra del 
•envío á la Provincia Oriental del General Soler, investi- 
do de la autoridad de gobernador militar déla misma ^^^ 



(1) Uno de los jefes que se distinguió en el cuidado de la caballada de su regi 
iniento, durante toda la campafía (número 3; fué el coronel D. Ángel Pacheco 
imanteniéndofa siempre en estado de operar. 

(2) General Mansilla.— Boletín N" 6 del ejército republicano. 

(3) El gobierno aprobó esta resolución de Alvear, el 14 de Marzo de ese añ^ 



410 Operaciones militares 

En esa nota, después de exponer la necesidad de- 
continuar con doble empeño la campaña, y ser éste el 
deseo de las tropas, decía : « El ejército necesita recur- 
sos y elementos para engrosar sus filas, conservarse,, 
moverse y vencer. Esperar sacarlo todo del enemigo, ni 
es prudente, ni lo hacen probable los conocimientos ad- 
quiridos por el general en jefe». Y terminaba pidiendo 
se « prestase entera fé y crédito á cuanto expusiera el 
general Soler, referente al estado del ejército y sus ne- 
cesidades, remitiéndose á este, á la mayor brevedad,, 
cuanto aquel pidiese». 

Pero llegado Alvear á San Gabriel, como sabemos, se 
dio cuenta de que no le sería posible estacionarse en ese- 
punto, como lo había pensado. 

San Gabriel y sus alrededores, comprendido el valle 
medio del río Bacacay, carecía de pastos. Una sequía ex- 
traordinaria y prolongada y los ardientes soles de la es - 
tación, habían secado las gramíneas y demás plantas, 
forrageras regionales. Le fué pues necesario al caudillo 
republicano, abandonar esos lugares, bajar al sud y si- 
tuarse en el Arroyo de los Corrales^ á donde llegó el 19- 
de Marzo. En este punto prosiguió, en lo más esencial, la. 
tarea de reconstruir el organismo de su ejército; recibió- 
de la provincia Oriental algunas caballadas ( « que no 
llegaban á la sexta parte de las que se necesitaban»,. 
dice), que había pedido con anticipación, y despa^ 
chó al mismo destino á sus heridos y enfermos más 
graves, que embarazaban sus movimientos. Pero antes 
de reabrir las nuevas operaciones, expuso al Ministro de 
la Guerra, en una larga é interesante nota reservada que 
lleva la fecha de 25 de Marzo, sus ideas y planes, y la 
situación real del ejército. 

Recapitulando los hechos, manifiesta que apesar de to- 
dos sus esfuerzos no consiguió moverse del campamento 
del Arroyo Grande sino con tres caballos por hombre, los. 
que se agotaron en los preliminares de la campaña, lle- 
gando á Bagé con un solo caballo de repuesto, flaco jr 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 411 

extenuado. Formula al repecto atinadas observaciones 
sobre el empleo de la caballería en América, que deben 
meditarse con ánimo desapasionado por los jefes y oficia- 
les del arma, pues no han perdido nada de su actuali 
dad. Desarrollando el tema en sus consecuencias, dice 
textualmente el general: «Si en Europa se ha considera- 
do la infantería sobre las demás armas con preferencia, . 
en América la caballería debe ser considerada como una • 
fuerza capaz de anular los resultados de la victoria mas 
completa. Esto es mas cierto si se observa que aún 
cuando las caballadas estén en buen estado, las dispara- 
das de ellas no puede evitarlas el mas cuidadoso esmero, . 
y la simple variación de pastos las estenúa y aniquila 
brevemente, de modo que esta arma es absolutamente nula 
para toda expedición cuyo objeto sólo pueda conseguirse 
por marchas largas, ó continuadas, ó en un clima ardiente. 
Tal es el que ha atravesado el ejército, mas terrible este 
año por la seca horrorosa que ha acabado los pastos y ha • 
hecho faltasen aguadas muchos días^ lo que hará siem- 
pre que en pocas marchas se destruyan las mejores ca- 
balladas y su mayor parte se pierda. 

«No ha sido este el único obstáculo que ha quitado 
al ejército rápidos y gloriosos sucesos: el general en gefe, . 
luego que entró en Bailes, conoció el gran defecto que se 
había cometido en la organización del ejército, haciéndo- 
se consistir su fuerza en un corto número de infantes - 
y una gran mayoría de caballeros, y vio por esta razón 
escapársele el fruto de la brillante maniobra que se ha- 
bia hecho. Si el ejército republicano hubiera tenido mil 
infantes mas de los que traía, aunque hubiese venido 
con dos mil caballos menos, habría terminado la campa- 
ña á los quince dias de su llegada á Bailes y el enemigo 
habría sido derrotado y disperso; porque interpuesto 
entre la división del general Brown y el marqués de Bar- 
bacena, no tenía más que seguir con esta ventaja mar- 
chando hasta el Yacuy, y la reunión de estas dos fuerzas- 



412 Operaciones militares 



no se habría verificado, y en detalle habrían sido batidas 
-ventajosamente. 

«Pero en vez de esta posición feliz, el infrascripto se 
halló en el interior del continente, con un terreno don- 
de la caballería no podía obrar absolutamente, y en la 
imposibilidad de seguir con su infantería porque era su- 
perior en esta arma cualquiera de las dos divisiones 
tdel imperio. Entonces el enemigo ganó la sierra, á su 
abrigo verificó la reunión de sus cue^'pos, y fué imposi- 
ble evitársela, siendo sumamente áspero el país en toda 
aquella circunferencia. Así es que el general en jefe, 
luego que lo vio entre las breñas, hizo la única manio- 
bra que podía y fué el movimiento que trajo conside- 
rable daño al enemigo por la destrucción de sus pertre- 
chos y útiles de guerra, que proporcionó doce mil caba- 
llos de las estancias de donde no los habían retirado, cre- 
yendo que el ejército republicano no maniobraría á re- 
taguardia del del imperio, y que preparó la batalla del 
.20 de Febrero.— Todas estas ventajas, sin embargo, no 
equivalen á las que se hubiesen conseguido si el ejército 
►con mil ó 1200 hombres mas de infantería, hubiese per- 
manecido interpuesto entre las fuerzas brasileras. 

«Aquí se ofrece una prueba de lo que es la caballería 
^en América, que el general en jefe cree oportuno expo- 
ner al señor ministro de la guerra. En cinco y seis 
días se tomaron doce mil caballos gordos y buenos; se 
•puso un esmero en cuidarlos llevado al extremo de lo 
ridículo y lo cruel, por las penas que se impusieron. Sin 
' embargo, el día de Ituzaingo mas de mil hombres esta- 
ban montados, en vez de caballos, en esqueletos; todo el 
ejército quedó sin reserva, á pesar que el general en 
jefe dio todos los caballos de su silla á la tropa; su 
ejemplo fué seguido de los generales, jefes y oficiales 
del ejército^ y que no había transcursado ocho días des- 
de que los doce mil caballos se consiguieron. 

«Después de la victoria de Ituzaingo, el deseo de al- 
•canzar las ventajas que ofrecía, hizo que por un esfuer- 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 4 13 

zo, el enemigo fuese perseguido, hasta quince ó diez y 
seis leguas, no sólo por el coronel Paz sino por todo ck 
ejército. Varias de sus partidas penetraron hasta Casa 
pava, mientras el enemigo en dispersión y reunidos só- 
lo algunos cuerpos^ tomó primero la dirección de la picada 
de San Martín, volvió después sobre su derecha dirigién- 
dose á las inmediaciones de Río Pardo, país todo cubierto 
de bosque y de sierra. El ejército republicano quedó 
tan destituido de cabalgaduras, que ha hecho gran parte 
de sus marchas á pié, tirando los caballos y perdiendo 
así, cada día, de cuatrocientos á quinientos. Era imposi- 
ble, en estas circunstancias internarse, lo mismo que 
permanecer en San Gabriel: no había allí pastos absolu- 
tamente, ni esperanzas de adquirir caballos, pues en to- 
dos los contornos los dos ejércitos los habían destruido 
alternativamente; por ello el general en jefe resolvió 
marchar á este punto, único que se ha encontrado para 
reponerlos caballos que habían quedado al ejército^ y en 
cuya marcha se ha proporcionado también considerable 
número de ellos, délas estancias de los alrededores, que 
están sin duda, en los mejores campos del continente». 

Pinta luego al Ministro el estado de desolación y aban- 
dono de la comarca teatro de la guerra, no sólo en te- 
rritorio enemigo hasta mas al norte de San Gabriel, si- 
no en la misma región del Tacuarembó. Expone Con sin- 
ceridad que los efectivos del ejército se han reducido 
considerablemente, y, hablando de sus penurias y pobre- 
zas dice: 

«Lo que sufre el ejército es inaudito — no hay mas que 
carne. Sin sal, sin tabaco, sin yerba; todas las privacio- 
nes se experimentan, y no hay como suplirlas absoluta- 
mente. El vestuario de la tropa se ha destruido; porque 
era imposible pudiera resistir á tres meses de una cam- 
paña continuada y fuerte. Es preciso, señor Ministro, ver 
este ejército para conocer su mérito». ^^^ 



(1) Estas penurias del ejército parecen no tener explicación en presencia de 
los grandes depósitos tomados por Alvear al enemigo en Bagé', San Gabriel, Itu- 



414 Operaciones militarks 



Pero está igualmente quejoso de la conducta de muchos 
. jefes y oficiales de milicias, incluso el mismo Lavalleja, 
y de los habitantes de la Provincia Oriental. Oigamos 
sus amargos y dolorosos cargos, expuestos con varonil 
franqueza, que la historia está en el deber de recoger, 
y que no serán tampoco los últimos: 

«Cuando el ejército Republicano se internó en el terri- 
torio enemigo, todos aquellos habitantes de la Provincia 

• Oriental que demasiado egoístas no habían seguido á sus 
conciudadanos que formaban el primer cuerpo del ejér- 
cito, han inundado el continente por retaguardia de él: 
no solo han hecho grandes robos de ganado, sino saquea- 
ndo las casas y cometido atrocidades inmensas: no hay 
»á quien castigar, porque el excesivo número de delin- 
cuentes los pone á cubierto de toda pena. El General 

• calcula que se han introducido ya, robadas, á la Pro- 
vincia Oriental, sobre doscientas mil cabezas de ganado 
é inmensas crías de yeguas. Esta conducta ha traído 

, grandes males, no sólo por lo que ha podido desesperar 
á los habitantes del continente, sincr porque haciendo de 
mejor condición, cuanto al interés á los que no habían 
venido á pelear que á los que han seguido la suerte del 

-ejército; la deserción del primer cuerpo ha sido horro- 
rosa, tanto que formándolo dos mil quinientos hombres 
cuando se abrió la campaña, mil es lo masque tiene 

. al presente. Es verdad que á esto ha contribuido sobre 
manera la conducta observada por el General Lavalle- 

_ ja, conducta que le hace poco honor, y de que el Gene- 
ral en Gefe ha sabido aprovecharse para ponerlo en la 
nulidad de que jamás debió haber salido.— Una justicia 



: zaingo y otros pantos. ¿Qaé se hicieron esas grandes cantidades de artículos de 
toda especie? El general, en su Exposición y en el documento que veolmos glo- 
. sando, lo explica con claridad: 

«El General en Gefe siente que no haya sido posible aprovecharse de todo» 
. ellos, pero ni debía sobrecargar á su ejército, ni pudo hallar medios de transpor- 
^tes, siendo preciso sobre mil carretas para solo los pertrechos de guerra; así es 
« que ha apartado aquello que hacía falta y ha podido conservarse, arrojando el 
^ resto al agua, 6 haciéndole coositmir por el fuego». 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 415 

«es preciso hacer con este motivo á los individuos del pri- 
mer cuerpo — la conducta de su general ha sido reproba- 
da por todos ellos y su opinión ha quedado concluida pa- 
ra siempre.» 

Después de condenar con patriótica indignación estos 
hechos, y la negativa de algunas provincias argentinas 
a continuar auxiliando con hombres y armas al ejército, 
anuncia que va á abrir las operaciones de la segunda cam- 
paña. Con noble palabra pinta el entusiasmo ardoroso 
•del ejército para ir sobre el enemigo, y sus mismas espe- 
ranzas de triunfo completo, «siempre que la lucha no se 
j)rolongue mas allá de cierto término». 

Con fogozo arranque, sincero y propio de su naturale- 
.za moral, afirma por su honor «que en un mes estaría en 
Puerto Alegre, Río Grande y Río Pardo», si contara con 
mil infantes mas; pero volviendo á las dificultades de 
.la movilidad^ vital sin duda, agrega «que se siente presa 
-de la mas profunda indignación al ver que sus opera- 
ciones deban estar sujetas al estado de los caballos, y 
que de estos animales penda, mas que de otra cosa, la 
.gloria y la suerte del gran pueblo». 

Bajo estos auspicios iba á continuar la guerra, para 
•conquistar la paz, lo que desvirtúa substancialmente otro 
•de los cargos que se han acumulado contra el general, 
•de quien se ha dicho que no destruyó totalmente á Bar- 
bacena en Ituzaingo, para tener oportunidad de reñir 
•otras batallas, en beneficio de su renombre y gloria per- 
:sonal! 

El plan de la nueva campaña lo condensa así el gene- 
Tal Alvear en la nota citada: 

«El está reducido á ponerse en movimiento sobre el 
Río Grande, y para ello hace todos los esfuerzos que 
están en la esfera de su poder á fin de conseguir el ma- 
jor número posible de caballos, hasta el extremo de dar 
•cinco vacas por cada uno que se le presente. Ha manda- 
do al Coronel Olivera con el resto de su división á Mal- 
^OFnado, para que allí, revestido de toda la autoridad 



416 Operaciones militares 



que él mismo tiene, emplee toáoslos medios que su ta- 
lento le dicten para juntar seiscientos hombres y pene- 
trar con ellos por el camino que hay entre la Laguna 
Miníy el Mar, hasta ponerse en contacto con el Ejército 
que marcha por este lado El General en Gefe cree quc- 
este movimiento aterrará al continente, que está persua- 
dido que por lo avanzado de la estación, tendrá el ejérci- 
to imperial todo el invierno para reponer sus pérdidas. 
El Sor. Min^. puede asegurar á S. E. el Exmo. Sor. Pre- 
sidente, que el Ejército entrará al Río Grande; que pe- 
recerá ó destruirá cuanto se opusiese á su marcha y que 
sólo dejará de conseguirlo si todos sus caballos quedan 
muertos sobre la marcha, loque tal vez no sea extraño 
que suceda. Si el Gobierno déla República aprovecha 
estas circunstancias, se podrá conseguir una paz honro- 
sa del Emperador; el General en Gefe así lo cree, y si 
su opinión pudiese influir en los destinos de la Repú- 
blica, él aconsejaría que se hiciese la paz lo más pronto 
posible, atendidas las circunstancias en que ella se en- 
cuentra». 

El Ministro de la Guerra, con fecha 18 de Abril con- 
testó á Alvear la nota que acabamos de extractar, cuando 
ya el ejército estaba en contacto inmediato con los im- 
periales délas divisiones de J3arreto. 

El ministro, general Cruz, manifiesta su conformidad 
á lo que expone Alvear; Conviene con él en que fué un 
error dar preponderancia numérica á la caballería del 
ejército, pero no encuentra otro remedio á la situación 
presente, que transformar parte de su caballería en in- 
fantería ó dragones^ y se lo aconseja y ordena, como me- 
dida salvadora, sin meditar que esta resolución antes que 
benéfica sería dañosa por todas maneras. Cada arma 
tiene espíritu, misión y peculiaridades propias. Un cuer- 
po de caballería con tradición, se destempla transfor- 
mándolo en infantería. Reclama mucho tiempo para ino- 
cularle él nuevo temperamento táctico, resistido á veces, 
tenazmente por el mismo soldado sacado de su amblen- 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 417 

te é hibridizado. Por otra parte, el ejército republicano- 
no tenía exceso de caballería; lo que necesitaba era in- 
fantería. La solución buscada por Cruz no era tal, sino* 
un doble debilitamiento. Sin embargo, prometía á Al- 
vear el inmediato envío de un cuerpo de infantes^ con¡ 
500 plazas bien armadas, y á ello se atubo éste. 

En cuanto á las quejas sobre las milicias uruguayas y 
sobre Lavalleja, el Ministro, lamentándose de tales su- 
cesos, se limitaba á manifestar la confianza del gobierno 
en «la previsión y actividad del general», para evitar- 
mayores males y su repetición, y concluía con estas 
palabras sugestivas, que revelan las aspiraciones y las 
mismas angustias del gobierno en este momento militar 
y político, sobrellevadas con altiva firmeza patriótica: 

«P*". conclusión, elq®. subscribe debe instruir al Sor. G* . 
en Gefe q®. sin embargo de q®. los pasos dados p"". eL 
Gov'^®. p*. obtener una paz honorable y digna no han sa- 
tisfecho hta. ahora el obj^. deseado y que es tan necesario- 
como conveniente, como lo manifiesta el mismo S. 
GraL, el Gov'*^. aún no ha desesperado de lograrlo y al 
efecto ha puesto en acc°". todos los medios q®. pueden alla- 
nar q'°®. inconvenientes se presenten, y consultando siem- 
pre el honor, la dignidad y los intereses de la nac^. sin 
lo cual mej*". seria desapareciese la República. Mas para 
que esto pueda obtenerse mas facilm**; es preciso, es ur- 
gentísimo q®. p*^. la parte d^ Sor. Gral. no se pierda 
mom*°. ni sedexe cosa p**. hacer p*. conseguir todas q^"* 
ventajas sean posibles sobre el enemigo, destruyéndolo 
y aterrándolo en q^^*. partes se presente, y haciéndole 
sentir todos los males de la grra. en su propio territo- 
rio, q®. sin duda há estado en el calculo d^ . Sor Gral. al 
emprender de nuevo sus movim'°*. dirijiendose á Río 
Grande y prometiéndose ocupar no solo aq^ plaza, sinó^ 
tamb"- toda la camp*. q®. le pertenece, privando p*". con- 
secuenc*. al enemigo de los grandes recursos con q®. 
contaría poseyéndola». 

En consecuencia, Alvear, por el momento, no podía 



418 



OPERACIOXES MILITARES 



contar con otros elementos y tropas que las que tenía 
concentradas en los Corrales, conforme al siguiente Esta- 
do, el que arroja un total general para el ejército argen- 
tino propiamente dicho, ó de línea, de 4342 plazas, al que 
hay que agregar un millar de tropa uruguaya miliciana, 
del primer cuerpo (Lavalleja): 

Ex*° Republicano — Estado Mor. Gral. 

Estado de la fuei^za presente qtie tienen los Cpos. que lo componen 





Ge fes 


Oficiales 


00 



c 

U 

C/3 


Clarines 


Tambores 


Pitos 


Cabos 1 


Soldados 


TOTAL 


Reg'to de Arta Ligera. . . 


3 


24 


■ 16 


1 

13 


» 


» 


22 


342 


393 


i No. 1'» . . . 
B*'"- Uo. 2.... 

^® j N" 3 
Infantería ( ^o] ^\\\\ 


2 


16 


16 


» 


12 


» 


27 


321 


376 


2 
3 
3 


28 
23 
24 


18 
H 
27 


9 
» 

3 


14 

7 


» 

5 


49 
39 

47 


334 401 
274¡ 341 
318 407 


, K^ P... 


4 


25 


17 


12 


> 


» 


40 


304 373 


« No. 2.... 


3 


27 


19 


11 


» 


» 


33 


311 374 


IlcgtOSyEsCS^ JJ; ^•••■ 


4 
3 


22 
21 


18 
17 


7 
9 


» 
» 


» 
» 


27 
23 


214 266 

260 309 


de ' N«. 8.... 


4 


22 


19 


9 


» 


> 


33 


267 328 


•Caballa- / No. 16.... 


3 


21 


16 


5 


» 


» 


40 


268 329 


f Colorados 


3 


18 


20 





> 


> 


32 


317 369 


Coraceros 


2 


8 


5 


2 


9 


> 


11 


58 76 




'39 


279 1 


222 


71 


33 


5 


423 


35S8' 4342 



O. Gi. en Corrales Abi. 12 de 1827. 
V. B. - ALVEAR. 



Lucio Mansilla. 



Pero antes de moverse de los Corrales^ el general Al- 
-vear recibió otras notas amargas é ingratas. De la una, 
Í3asta para retratarla en toda su desnudez histórica la 
rsiguiente comunicación al general, del comandante Ig- 
nacio Oribe, destacado con su cuerpo miliciano en Tu- 
pabay ó Tupambaé. Es de fecha Abril 10 y dice así: 

«He recibido la comunicación de V. E. datada á 5 del 
<jue rige en la que me ordena pase con el Rej. á incor- 
j)orarme al ejército, haciéndome responsable de la me- 



Dimisión de Rivadavia y Ai.vear 419 

iior demora al cumplimiento; lo que ejecuté con doscien- 
tos hombres que tenia reunidos; en la primera noche se 
han ido sobre 150— -este motivo me obligó á hacer una 
junta de capitanes y se resolvió dar parte á V. E. por 
cuanto se hacía imposible poner un soldado al otro lado 
del rio Negro por la notable deserción; dentro de ocho 
días veré si puedo reunirlos y convencerlos de la necesi- 
dad que hay de concluir con los enemigos; esta determi- 
nación la he creído en beneficio del país por empezarse 
á sentir en el vecindario los males de los desertores. Yo 
espero que V. E, se dignará aceptar esta determinación 
<5n beneficio de la paz y mucho mas cuando me hallo 
enteramente á pié». 

Estos desertores cometieron todo género de delitos con- 
tra las personas y los bienes, en el Yagüaróii especial- 
mente. Pocos días depués, recibió parte de haberse de- 
sertado de la «vanguardia», el teniente Julián Berdun y 
alférez Jacinto Martínez, con sesenta hombres, todos de 
las milicias uruguayas del primer cuerpo, los que se diri- 
,gieron sobre el pueblo de Santa Ana do Líbramento, que 
entraron á saco, cometiendo todo género de atrocidades 
y delitos. Al llevar el general estos sucesos al conocimien- 
;to del Ministro de la Guerra, el 12 de Abril, terminaba su 
narración con este amargo pero exacto comentario: 

«Al poner este hecho en conocim^^. del Exmo. Sor. Mi- 
t^., el infrascripto cree darle una prueba del estado de 
anarquía de que aún se resienten los Orientales, y del 
modo en que se podrá contar con ellos p*. una guerra 
•cuya base es el orden y el respeto á los individuos y á 
las propiedades». 

Pero llegó por fin el día 13 del citado mes, fijado por 
Alvear para ir sobre el enemigo. En esta ocasión, el cau- 
dillo dirigió á su disminuido ejército la siguiente ardo- 
rosa proclama que las tropas acogieron con entusiasmo. 
El 11, Alvear había entregado los despachos de Coroneles 
Mayores á los coroneles Lnvalle y Paz, siendo el último 
lecho reconocer como jefe del 3^\ cuerpo: 



420 Operaciones militares 



«Soldados!! Entre los rayos de un clima ardiente ha- 
béis hecho una Campaña digna de la Repúb*. y de vues-^ 
tro valor; ahora es preciso abrir una nueva entre los ri- 
gores del Invierno. La patria lo exige de vosotros, y vues- 
tro Gral. con bravos tales, se promete no dejar un mo- 
mento de sosiego á los enemigos, p**. que es preciso que 
ellos conozcan que los Argentinos son tan infatigables 
como terribles el día del combate. Soldados! es preciso 
conseguir una paz honrosa. El Emperador del Brasil exi- 
ge aun nuevas víctimas p*. calmar su ambición: bien; 
las habrá, y sobre él caerá la sa)igre q®. debe vertirse de 
nuevo en los combates, pues que vuestras armas no tie- 
nen otro objeto q®. el defender la integridad de la Repú- 
blica. 

«Soldados: Vuestra gloria es inmensa, y grandes son 
también los sacrificios q®. la patria exige de vosotros; pe- 
ro sois argentinos y el amor de la Repub^^ es vuestro 
primer deber: premios de honor os han sido dados por el 
Congreso y el Presid'^. de la Repub^* y esto os hace co- 
nocer q®. las primeras autoridades de la nación saben 
apreciar vuestro valor. — Soldados: marchemos pues á 
llenar nuestros destinos, llevando sobre las puntas de 
nuestras bayonetas ese pabellón celestial signo de la li- 
bertad y de la justicia.— Cuartel gral en el Arroyo de los 
Corrales, 13 de AW . de 1827. Carlos de Alvear,^ 

A las 10 de la mañana del citado día, rompió la mar- 
cha el 1^\ cuerpo (Lavalleja), siguiendo el movimiento- 
el 2^ y 3^ á las 5 de la tarde. El primero campó en las- 
puntas del arroyo Yagüari (afluente del Santa Maria} 
y los dos restantes á 15 kilómetros del punto de partida. 
El 14, los tres cuerpos estaban reconcentrados en el 
Yagüari, de donde partió al dia siguiente el 1^, situándo- 
se en la serranía de Cacarás^ mientras el 2^ y 3^ lo hacían 
en las isletas montuosas del Güaviyú. 

Las fuerzas imperiales, á su turno, habían dejado en 
gran parte sus acantonamientos del Paso de San Lore^izOy. 
donde las hemos dejado, y movídose, aunque con cautela,. 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 421 

hacia el sud, pertrechadas de nuevo y reforzadas con 
fuertes contingentes de tropas llegados de Santa Catali- 
7ui y San Pablo. Las noticias que de ellas tenia Alvear, 
les daban esta situación que en parte se modificó de ahí 
á poco: En San Lorenzo, Barbacena, con el parque, la ar- 
tillería, alguna caballería é infantes; en San Sepe, con 
Barreto, el resto de la infantería y caballería de línea; 
»en San Gabriel, la brigada de caballería ligera del coro- 
nel Bentos Manuel Riveiro; en las vecindades de Bagé, 
al norte, la segunda brigada de caballería ligera del co- 
ronel Bentos Gongalvez (^^ y algunos otros pequeños nú- 
cleos en otros puntos de la región. Se le decía igualmen- 
te por esos informes, que el mariscal Brown había par- 
tido para San Francisco de Paula y que el general Lecor ^-^ 
iba á reemplazar en el mando superior del ejército al 
Marqués de Barbacena, caído en desgracia. Además, se 
habían reiterado las órdenes para que los vecinos aban- 
donasen con sus efectos y ganados las poblaciones ame- 
nazadas por los republicanos, con tal rigor, que se penaba 
con la vida y confiscación de bienes toda omisión al 
respecto. 

Una lluvia copiosa retuvo en el vivac del Yagüari al 
ejército argentino desde el 14 al 15 de Abril. El 16, ter- 
minado el mal tiempo, reanudaron la marcha los tres 
•cuerpos, campando ese día, después de una jornada de 
35 kilómetros, el 2° y 3° sobre la margen derecha del 



(1) Al moverse Alvear de los Corrales, estas divisiones de caballería lig^era, 
llamada continental , bajaron al sud, ocupando las serranías de Santa Tecla y 
-Camacud, operando entontes á las órdenes superiores de Barreto. 

El general, al romper la marcha el día 13, como lo dejamos relatado, lo co- 
municó al ministro de la Guerra en los siguientes términos: 

«El General en Gefe del Ejército Repub®, comunica al Exmo Sor. Min*. de la 
Guerra que se pone en marcha á abrir de nuevo la campaña, á pesar de los gra- 
ves inconvenientes q*. por todas partes le rodean y q*. ha expuesto en notas prece- 
dentes. El espera, q*. este último esfuerzo será secundado por la fortuna, que á 
•él deba la República la Paz con el imperio.» 

(2) El 1" de Mayo de 1827, el general Lecor tomó el mando en jefe del ejército 
en campaña, que, según el Estado de ese día, autorizado con el V*. B*. del nuevo 
general, consta de 7064 hombres de toda arma, de los cuales 5068 reconcentrados 3' 
•el resto diseminados en distintos puntos. 



422 Operaciones militares 



Pirahy grande, y en la confluencia del Pirahy chico coa 
aquel, el 1^ 

Desde este punto y en el día citado fué destacada 
sobre Bagé, con 100 hombres bien montados de su regi- 
miento, el coronel Manuel Oribe, el que cayó por sorpre- 
sa sobre el pueblo guarnecido por un pequeño destaca- 
mento de caballería de la brigada ligera de Bentos Gon- 
9alvez, el que se retiró con presteza al norte, sin tentar 
resistencia, pero en la tarde del mismo día 16, Oribe fué 
tiroteado, sin otra consecuencia que dejar en poder de 
éste un soldado brasilero prisionero. La noche puso tér- 
mino á la escaramuza, retirándose los imperiales y re- 
plegándose Oribe al ejército, llenada su misión, que era 
de simple reconocimiento de la posición y para ponerse 
al habla con algunos vecinos, á fin de que no emigrara la 
población de la villa, lo que le fué prometido. 

El 17, el ejército atravezó el PímAy grande, continuan- 
do después su avance por la margen izquierda del Pi- 
ráhy chico. El 18 amaneció lluvioso, sin que fuera obs- 
táculo para detener la marcha sobre Bagé. 

Durante ella, la linea de alturas sobre el flanco iz- 
quierdo de la directriz republicana fué coronada por 
hombres y grupos aislados de tiradores imperiales, los 
que fueron obligados sobre la marcha á retirarse por 
algunas guerrillas que echó sobre ellos Alvear. Bagé fué 
ocupado incontinenti sin combate, por la infantería del 
S^*' cuerpo, situándose el 2° con la artillería y el parque,, 
en los alrededores, mientras el 1^ lo hacía á una media 
legua, al norte, dando frente al enemigo, en dirección 
á la antigua fortaleza de Santa Tecla, en ruinas, como 
sabemos, asentada en la cresta del cordón de ásperas se- 
rranías que corre de N. N. O. á S. S. E. de Bagé, con el 
nombre de cuchilla de Santa Tecla ó Camacuá, que se le 
dá indistintamente. 

El vecindario de Bagé, á despecho de las órdenes terro- 
ríflcas de Barbacena, se mantuvo quieto en el pueblo^ 
que se llenó de inusitada animación. Alvear obtuvo aquí 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 423 

nuevos informes sobre el enemigo, proporcionados por 
su vanguardia y por los mismos vecinos. Según estas 
noticias, en las cerranías de Camacuáj á unos doce kiló- 
metros de Bagé, acampa el grueso de las tropas del gene- 
ral Barreto, con las caballerías de los coroneles Bentos 
y los Dragones de Río Pardo. Las demás tropas de Bar- 
bacena están diseminadas en los puntos que ya antes se 
han indicado. En Río Grande se encuentran unos 400 in- 
fantes alemanes del batallón N° 27 que se batió en Itu- 
zaingo^ en los cuales se tiene poca confianza. Todos los 
informes, dice el general Soler, están concordes en com- 
probar que no se esperaba el avance de los republi- 
canos, como lo demuestra la misma dislocación de las 
tropas imperiales. Por desgracia para los primeros, el 
mal tiempo persistía. Del 18 al 21 llovió copiosamente^ 
sin impedir que las avanzadas y partidas exploradoras 
enemigas de Lavalleja y Barreto se tiroteasen diaria- 
mente en las serranías de Camacuá. Algunos pasados del 
enemigo impusieron al general Alvear de que Barreto, 
con el grueso de su división, campaba sobre el arroyo 
Camacuá chico, con dos avanzadas, situada la una á las 
órdenes de Batista, en las ruinas de Santa Tecla (150 
plazas), y la otra, á las de Calderón, en otro cordón ve- 
cino, á la derecha, con 200 hombres. 

Bien comprobados estos hechos, Alvear se dispuso á 
llevar una sorpresa en persona, al enemigo, acompañado 
de los generales Paz, Mansilla y Lavalleja, dejando en 
Bagé, á cargo del ejército, al coronel Garzón. 

En consecuencia, con las divisiones de caballería de La- 
valle, Pacheco, Zufriátegui y 300 ginetes del cuerpo de 
Lavalleja, á sus órdenes, constituyó una ágil columna, á 
cuyo frente se puso Alvear al anochecer del 22, marchan- 
do sobre su objetivo, con las mas rigurosas precauciones. 
Cada soldado llevaba un caballo de tiro y se dio orden 
al comandante Raña, que cubría las avanzadas del l^'^- 
cuerpo, de no hacerse sentir ni operar hasta la entrada del. 
día 23. 



42-i Operaciones militares 



J 



La columna, conducida con habilidad y fortuna, por 
entre una quebrada estrecha y difícil, que llevaba al Cí/- 
macuá ChicOj pasó en la noche del 22 por entre los pues- 
tos avanzados imperiales, que dejó atrás sin ser sentida. 
Al clarear el 23, Alvear hizo un pequeño alto. Se mudaron 
los caballos y se continuó la marcha, enmascarada aho- 
ra por una densa neblina. Alvear marchaba con la van- 
guardia, llevando al frente servicio de exploración y á 
los flancos, partidas de seguridad. 

Una de éstas, la de la izquierda, se adelantó á causa 
de la niebla, á la vanguardia de la columna y cayó á 
las 8 y 30 a. m. sobre un pequeño puesto enemigo, ma- 
tándole tres hombres y dándose á la fuga el resto, lle- 
vando la alarma á Barreto. 

Noticioso Alvear de este desgraciado incidente que ame- 
nazaba malograr su brillante plan en el preciso momento 
de su desenlace, puso la columna al trote, la que de pron- 
to se encontró encajonada en un áspero desfiladero que no 
permitía sino el paso á dos ginetes de frente, circuns- 
tancia que alargaba la columna y retardaba su avance, 
precisamente en el momento en que Lavalleja daba 
cuenta de estar vecina y á la vista la tropa enemiga, con- 
tra la cual He iba. 

Alvear, bien secundado por Mansilla, dio mayor impulso 
alavanco. Los 300 ginetes de Lavalleja y los coraceroa 
de Medina, salvaron los primeros el desfiladero y se 
lanzaron al frente sobre los imperiales, á los que arre- 
bataron en el ímpetu de la carga sobre 400 caballos, ma- 
tando 25 hombres é hiriendo á otros. El resto, no salido 
aún de la sorpresa, se replegó en fuga al grueso, ampa- 
rado á espalda de un cerro que no ofrecía sino dos an- 
gostas gargantas para franquearlo. Alvear ordenó so- 
bre la marcha el ataque, apesar de que aún tenía parte 
de su columna comprometida en el pasaje del desfilade- 
ro. Su objeto era ganar tiempo con la fulmínea rapidez 
de sus movimientos, evitando que el enemigo reacciona- 
se. Puso al frente de la división del coronel Pacheco, al 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 425 

general Mansilla, y á la del coronel Zufriátegui al general 
Paz. Se inició entonces un violento fuego contra el grueso 
imperial amparado del cerro, y cuando Alvear juzgó opor- 
tuno el esfuerzo decisivo, ordenó á Lavalleja que forza- 
se el paso ó garganta de la derecha y á Mansilla el de 
la izquierda, lo que iniciaron briosamente, sin que el 
enemigo osase hacer pié ni sacar ala posición, el fuerte 
apoyo natural que ofrecía, antes bien se puso en reti- 
rada al trote, ganando así un buen espacio de terreno^ fa- 
vorecido por la estrechez y dificultades de las dos gar- 
gantas que cruzaban en esos momentos los ginetes de 
Mansilla y Lavalleja. 

Salvados los obstáculos, los dos núcleos republicanos se 
arrojaron sobre el enemigo, el que, no teniendo otro re 
medio^ hizo un breve alto, abriendo un nutrido fuego de 
mosquetón que al punto recibió enérgica respuesta. 

Pero los imperiales, viendo desembocar de los dos pa- 
sos del cerro nuevas fuerzas, vacilaban. Alvear llega en- 
tonces á gran galope hasta la caballería de Lavalleja, ha- 
ce cesar el fuego, se pone á su frente y ordena la car- 
ga, impetuosamente llevada á los imperiales que hu- 
yen entonces, perseguidos una y media legua por 
los vencedores, que hubieron de detenerse porque sus 
caballos no daban ya mas, en el momento en que llegó la 
división Pacheco, mandada por Mansilla, la que, junto 
•con los ginetes de Lavalleja, continuó briosamente la 
persecución, mientras fué ella posible. Los imperiales 
fueron así totalmente dispersos, salvándose merced á la 
bondad de sus caballos y á las asperezas de los lugares, 
familiares á los ginetes. De casi mil y seiscientos hombres 
de su parte, que entraron en pelea, sólo se salvó unido, 
un grupo de 400, dejando sobre el campo cincuenta y 
tantos cadáveres y heridos. Las bajas republicanas fue- 
ron en realidad mínimas; entre ellas el ayudante Juan 
.Susbiela, del regimiento 3°, y unos 15 mas entre clases 
y soldados. Tal fué el combate de Camacuá, preparado 
•con verdadera astucia y pericia suma, y que á no me- 



•i-6 Operaciones militares 



diar el incidente relatado al principio de esta narracióiir 
y á las dificultades de la travesía del primer desfiladero^ 
habría sido un triunfo aplastador y formidable. Diez le- 
guas de marcha nocturna en terreno de montaña, no 
conocido, con los resultados que la coronan, hacen cum- 
plido honor al jefe y á los subordinados de todo grado 
que lo acompañaron en la hermosa y brillante jornada,, 
que tuvo su complemento en otro pequeño triunfo obte- 
nido por el comandante Raña sobre las descubiertas im- 
periales, en la misma mañana del 23 de Abril ^^^. 

La escursión por las sierras se prolongó hasta el 26, en 
procura de caballadas que no se encontraron. Durante 
todo ese tiempo continuaron las lluvias hasta el 28, con 
tal abundancia «que las quebradas mas humildes se pu- 
sieron á nado», dice el general Mansilla. 

Por desgracia, los sucesos felices que nos han ocupado,, 
cálidos y auspiciosos, eran como carcomidos por la he- 
rrumbre de otros factores materiales y morales, que mi- 
naban la vitalidad del ejército de operaciones. 

Ya no sólo le faltaban en la medida necesaria medios 
de movilidad para operar con eficacia, sin esperanzas 
positivas de remonta de personal— infanteríia especial- 
mente,— sino que la deserción en los cuerpos de milicias, 
singularmente, comenzaba á tomar caracteres graves, con 
otras circunstancias no menos delicadas que afectaban 
el espíritu y la disciplina de parte délos cuerpos, lo que 
preocupaba hondamente al general Alvear, tanto mas 
cuanto que el enemigo, apesar desús repetidos desastres, 
continuaba, aunque sin gran energía, la tarea de llenar 



(1) El historiador López da una versión Incompleta y no exacta del combate 
de Camacudt y otro tanto sucede con otras narraciones. Nuestra ver8i<)n se basa 
en documentos oficiales (el Boletín Ñ*^ 9 del ejército firmado por el general Mansi- 
lla que lleva la fecha del 28 de Abril de 1837) del Archivo general de la nación 
(Partes y doc. ofs.) 

En el mismo Boletín X** 9, se recomienda especialmente el comportamiento del 
general Lavalleja y coroneles Pacheco, Oribe, Medina, López y Vega; tenientes-, 
coroneles Alvin y Lenguas, mayor Elias 3'teraenite Vlsillac, en el combate de Ca- 
macuá. 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 427 

SUS claros, robusteciendo las unidades en campaña y 
preparando el envío de nuevos regimientos al teatro de 
la guerra. Las dificultades del momento tomarán den- 
tro de poco tal cuerpo y será tal la desnudez y miseria 
del glorioso y abnegado ejército argentino, que arranca- 
rán á Alvear gritos elocuentes, sin desmayar empero y 
sin dejar de tentar por su parte cuantos arbitrios le su- 
giera la situación, su deber militar, su celo y patriotis- - 
mo, como veremos. Entre tanto, la falta de caballadas 
en la región de Bagé y la necesidad de la remonta de sus 
cuerpos, decidieron al general á inclinarse al sud^ por 
la derecha, amenazando á Rio Grande, cuyo camino tomó, . 
buscando también la incorporación de las fuerzas del 
coronel Olivera destacado con su división á fines de Mar- 
zo sobre Maldonado, con el doble objeto de reclutar nue- 
vas tropas en ese y otros departamentos, allegar caba- 
lladas é incorporarse al ejército por la laguna Merim, . 
para emprender después en masa operaciones á fondo 
sobre Eio Grande, conforme al plan del general, que con- 
taba además con los 500 infantes prometidos reciente- 
mente por el Ministro de la guerra general Cruz, y con 
las altas y ganados que le remitiera el general Soler, . 
nombrado á esos objetos gobernador militar de la provin- 
cia Oriental, como sabemos. Iguales elementos esperaba - 
del comandante Ignacio Oribe, comisionado á ese fin y 
para aprehender desertores. 

En consecuencia, el general Lavalle se movió de Bagé 
por el camino que conduce á Río Grande, con el 2^ cuer- 
po, rumbo al arroyo Quebracho, donde campó el 29 de 
Abril y donde se le incorporaron los otros dos cuerpos, 
el 7 de Mayo. 

El 10 vadeó esta arteria todo el ejército en dirección 
á las nacientes del Rio Negro, que se pasaron ese mismo 
día, campando en unas alturas de la margen izquierda,.. 
donde fué forzoso detenerse, pues las lluvias ijicesantes • 
que duraron hasta el 13, pusieron á nado los arroyos y 



428 Operaciones militares 



cafíadas, é impracticables los campos y caminos, quede 
tales solo tenían el nombre^ en esa época. 

Careciendo el general de toda noticia del comandante 

•Oribe, le mandó órdenes terminantes y reiteradas para que 
por el paso Valiente, se incorporase al ejército^ á las que 
no dio cumplimiento. 

La culpable conducta de este jefe, comandante del 
cuerpo de Dragones Libertadores^ de milicias uruguayas, 
dio lugar aun desastre, que aunque pequeño^ fué parte á 
afectar al ejército, por ser ese el primer contraste de 

. sus armas. 

Oribe, en vez de ocuparse de su honrosa comisión, lo 
hizo en divertirse, con olvido de su deber y de su honor 
militar. Se estacionó durante once días en la villa de Ce- 
rro Largo^ que consagró á sus placeres, de los que lo arran- 

-lóuna audaz partida de imperiales que al mando del co- 
maudante Calderón, lo atacó por sorpresa en su cuartel, 
y lo estrechó de tal suerte que lo obligó á rendirse, des- 
pués de una breve resistencia, con su segundo, el Sargen- 
to Mayor Fermín Lavalleja, doce oficiales y treinta y 

• cuatro de tropa. 

El 15, compuesto el tiempo, el ejército continuó sus 
marchas. La división Pacheco (regimientos 1° y 3^ de 
caballería) campó ese día en Contrato (inmediaciones del 
.arroyo Candioti ó «Candiota»). Lavalle, con el 4 y 16 
de la misma arma, se movió en dirección al arroyo del 
Yerbal. El coronel Videla, con su cuerpo, sobre Betaiicourt, 
margen derecha del Yagüarón y . el grueso del ejército 
sobre las puntas ó vertientes de este río, camino^ de Rio 
Grande, Las tropas republicanas atravesaban zonas de- 
siertas, sin habitantes y con escasos ganados, como re- 
sultado de las ordenes trasmitidas desde San Francisco 
de Paula por el mariscal Brown, que imponían la emi- 
gración en masa ante el enemigo, con pena de confisca- 

• cióU; prisión y aun de muerte. Asíalas numerosas estan- 
cias de la rejión, donde se empleabanordinariamente mi- 

Jlares de negros esclavos, en las charqueadas y zalazón 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 429 

de carne, estaban desiertas. Los esclavos se habían ó in- 
ternado en los bosques ó sido llevados en grandes arreos al 
norte de la Capitaniu de Rio Grande do Sud, con el ganado 
y caballadas. En muchas de las posesiones se encontra- 
ban grandes pilas de charqui, listo para la exportación, . 
que el ejército utilizó naturalmente. «Estas ordenes bár- 
baras (dice el Boletín del ejército N° 10) han convertido 
en enemigos vecinos pacíficos, y han obligado al GeneraL 
del Exercito Republicano á imponer la misma pena de con- 
fiscación al vecino q®. emigre de su casa, y se convier- 
ta p^, este acto en enemigo; respetando, y haciendo 
respetar á los pocos que han permanecido en sus casas, 
cuyos ganados y propiedades se han protegido.» 

Fuera del golpe de mano contra Oribe, el enemigo no 
se hizo sentir por el momento. Alrededor de los cuer- 
pos del ejército republicano y en un radio de8 á 9 leguas 
solo existian pequeñas partidas volantes, simples órganos 
de observación pasiva, pero es indudable que los impe- 
riales, inquietos por la ofensiva de Alvear, que no la. 
esperaban á la entrada del invierno, sospechaban que 
su objetiA^o inmediato era la ciudad de Eio Grande, para 
donde acababa de marchar el resto de la infantería que 
había quedado en el Paso de San Lorenzo, mientras el 
resto del ejército se movía sobre el Paso Armada {Cama- 
cuá), en dirección de la ciudad de San Francisco de Paula, 
que dista 50 kilómetros de la de Río Grande, donde se eje- 
cutaban obras defensivas en previsión de un próximo 
ataque. En suma, los grandes núcleos de tropas belige- 
rantes se mueven separados, aparte de otros obstáculos 
secundarios, por las fuertes líneas de los rios Camactiá 
Grande y Piratini, á nado ambos, sin que exista por el mo- 
mento la perspectiva de un choque decisivo ó serio, pues 
la actitud de los imperiales es de defensiva pasiva, man- 
dados ahora por el nuevo comandante en jefe, general 
Lecor, que ha reemplazado en esas altas funciones á Bar- 
bacena, como lo hemos dicho en una nota precedente. 

El aniversario glorioso del 25 de Mayo fué festejado* 



1 



430 Operaciones militares 



en el ejército con la pobreza propia do la situación pero con 
el alto vibrante entusiasmo de aquellos tiempos, que tenía 
su fuente viva en los corazones. Desde la diana, relata el Bo - 
letin del ejército, el campamento se llenó con el estampido 
de ]as salvas, en honor del día. Los instrumentos guerre- 
ros llenaron los campos con las estrofas triunfales del 
Himno Patrio^^), y estas voces augustas y sagradas de la 
liturgia nacional, cantadas en toda la amplitud magnífica 
y soberbia de su gloria en el espíritu, en la música y en 
líi letra, sin cobardes mutilaciones que rompieran la tra- 
dición de Mayo, proclamaban la libertad en aquellos bos- 
ques y en aquellas breñas, que la esclavitud del hombre 
negro llenaba con sus dolores y su sangre, bajo el látigo 
del imperio! 

A medio día se reunieron en la tienda del benemérito 
general Paz, jefe interino á la sazón del Estado Mayor, 
los demás generales, jefes y.oficiales, y en corporación se 
dirijieron al alojamiento del general Alvear, para feli- 
citarlo. 

Debió ser imponente y solemne el acto producido por 
aquellos gloriosos obreros de las campañas continentales 
por la emancipación americana, en tales circunstancias. 

El general Paz expresó al general en Gefe «los senti- 
mientos de q®. se hallaban poseídos los Gefes, y oficia- 



(1) El Boletín citado dice que las bandas, después de tocar la Canción Nacio- 
nal^ ejecutaron la Marcha de Ituzaingo^ «composición tomada entre otras Cdicc 
una nota de la pag. 324 del t. IV délos /'ar/^s Oficiales publicados por el Arch. 
Gl. de la Nación) en el campo de batalla del 20 de Febrero, y destinada á recibir el 
nombre de la primer batalla que se diese y que ganara el ejército imperial.» 

Esta versión sobre el origen de la marcha de Jtuzaingo, es la corriente y la 
verdadera, según todos los informes que hemos recogido al respecto. Se agrega 
que fué compuesta por el mismo Emperador Don Pedro Primero del Brasil. Sa- 
biendo que el meritorio coronel Don Dalmiro Hernández, que sirvió con el general 
Pnz en las guerras civiles por la libertad y organización política de la República, 
tenía algunos datos sobre la interesante cuestión, acudimos á esa fuente. El res- 
pectable veterano, de privilegiada memoria retrospectiva, crónica viva de tiempos 
y cosas pasadas, nos contestó por carta el cuestionario, afirmando ser exacta la 
versión, según sus recuerdos y lo que 05-0 de labios de muchos actores de la gue- 
rra del Brasil, lo que corrobora la versión, resultando, además, que la primera vez 
que se tocó tal marcha fué el 25 de Mayo de 1827, en la circunstancia que relata- 
mos en estas páginas. Singular episodio y que parece una ironía del destino! 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 431 

les del Exercito á Iti presencia de un dia, que era el día 
•de la República, y los votos q®. él y sus compañeros de 
armas hacían p^. la prosperidad de la Nación, p''. el es- 
tablecimiento del orden, y la consecución de una paz glo- 
riosa p**. termino de la presente guerra, y la heroica 
resolución en q®. estaban de sacrificarse p^. tan gran- 
des é importantes objetos. S. E. el General en Gefe agra- 
deció al Gral. Paz esta felicitación, «^q®. le era doblemente 
lisongera p^. el motivo q®. la causaba y los sentimientos 
que se hablan expresado. »^^^ 

Ese mismo día Alvear despachó en misión ante el 
gobernador de Corrientes, Don Pedro Ferré, al teniente 
coronel Arrióla. El general, en una larga nota, expone á 
Ferré el estado del ejército y la urgente necesidad de 
su remonta. Interesa su celo y patriotismo á fin de 
•que Arrióla regrese al ejército con unos 300 reclutas de 
la Provincia, y toma sobre sí la responsabilidad del reem- 
bolso de los fondos que el reclutamiento ocasione al 
gobernador^ hasta la suma de 4000 pesos. Dos días des- 
pués, insiste nuevamente ante el Ministro de la guerra 
sobre la necesidad de reclutas, numerario, armas y 
equipos, cuya relación, que pide se provea, consta de: 
200.000 pesos; 6000 vestuarios completos de tropa; 1000 
sables; 6000 cartucheras con sus correajes; 1500 frenos, 
1500 pares de espuelas y 6 lomilleros. 

Estos trabajos y pedidos del general obedecían á las difi- 
cultades que rodeaban á sus gestiones directas sobre el 
particular, en las que no era secundado ni por las autori- 
dades civiles de la provincia Oriental, causa directa de 
la presente guerra, ni por el propio general Soler, gober- 
nador militar delegado de la misma. La acción de Soler 
le fué tan negativa y tan obstruccionista, que en oficios 
al Ministerio de la Guerra, de fecha 13 v 29 de Abril ^-^ 



(1) Boletín clt. del ejército. 

(2) Legajes de la corresp. militar de Alvear (1827), en el Archivo general de la 
-Nación. 



432 Operaciones militares 



Alvear dice: « no solo no ha dado un paso (Soler) que 
acredite el menor celo ni actividad en haber cumplido mis 
órdenes, sino que ha llegado al término de no haber man« 
dado un solo caballo, y que en sus comunicaciones toda 
se refiere á los encargos que tiene que llenar del gobier- 
no .. . Aquí aparece ya una autoridad independiente del 
general en jefe, y esto en la única provincia que puede 
servir de base á las operaciones militares, por lo que el 
general en jefe espera que el gobierno declare si el gene- 
ral debe ó no obedecer las órdenes del general en jefe, ó 
si esta obediencia ha de escluir los encargos particulares 
que el general en jefe ignora cuales sean. Sea ésto lo que 
sea, el señor Ministro debe conocer lo imposible de que 
puedan subsistir dos autoridades en la Banda Oriental, y 
espera que este mal se corte radicalmente». 

Ya, en la nota del 13, Alvear había dicho al Ministro: 
« Pido que se ordene al general Soler quede enteramente 
sugeto á los órdenes del general en jefe, sin lo cual «no 
puedo responder de los resultados de la campaña». El gobier- 
no prometió tomar las medidas condignas que, en reali- 
dad, no pasaron de promesas. Lo preocupaban á su vez 
otros apremiantes asuntos: de orden interno y graves los 
unos, y externos los otros: la negociación de la paz con el 
Brasil, como una imposición fatal de aquéllos, que para- 
lizando la acción de la presidencia Rivadavia, la ahogarían 
con dolorosas consecuencias para la República. 

La autoridad nacional de la Presidencia era una som- 
bra, combatida por las facciones del interior, en armas, 
riñendo entre sí batallas sangrientas. No entra en nues- 
tro plan ocuparnos del detalle de esos dolorosísimos días^ 
rugientes de pasiones — como las olas de bramidos en las 
tempestades del océano, — que anunciaban la rota de La 
Madrid en el Rincón (6 de Julio de 1827) y el predomi- 
nio y señorío de las armas de Quiroga, su vencedor, en 
todo el norte de la República, y una nueva tentativa de 
concordia, organización y paz interna^ realizada por el 
Congreso Constituyente (otra sombra), por el órgano de 




Coronel D. Manuel Dorrego 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 433 

otra Comtitución Nacional que presentada y explicada á 
los caudillos del interior, fué rechazada de plano, adivi- 
nando mas que otra cosa, quo esa Carta ni les aseguraba 
su predominio regional y patriarcal, ni era prenda de paz^ 
ni instrumento de salvación para los males de todos. En 
«urna, la impotencia presidencial era completa para im- 
poner la paz por las armas al Imperio, apesar de sus 
victorias terrestres y marítimas, ni para sosegar al país 
-convulsionado. 

Se buscó, entonces^ negociar la paz exterior, aún á 
costa de la separación y pérdida de la provincia oriental, 
y tentar luo'^'o un acuerdo con los caudillos en armas, 
ó su sometiixJ.ento por ellas, arrojando sobre estos al ejér- 
cito de operaciones, y embarcando al país, por consecuen- 
cia, en una conflagración general, de acuerdo con aquella 
desesperante y errónea síntesis de Díaz de la Peña, comi- 
sionado nacional en el norte: « el plomo sólo puede re- 
mover de nuestra República estos males que desgracia- 
damente se han hecho crónicos ». 

Fué entonces que el presidente Rivadavia, trabajado 
^su ánimo por su ministro de gobierno, el doctor Agüero 
V sus amigos^ que lo inclinaban á la paz con el Imperio, 
promovió, antes de decidirse, una reunión privada de no- 
tables, á los que expuso la situación, explorando sus 
opiniones al respecto y la resolución condigna. 

La opinión general se inclinó á la paz inmediata con 
el Emperador, «siempre que no se comprometiera el deco- 
ro del país». 

Hubo discrepancias en los medios. El general Pueyrre- 
dón se opuso enérgicamente al envío de un comisionado á 
Río, arguyendo que sabedor el Emperador del estado afli 
gente de la República y herido en sus sentimientos patrió- 
ticos y en su orgullo por la derrota de Ituzaingo y los rudos 
contrastes de su escuadra en el Plata, exigiría condiciones 
humillantes, como el reconocimiento definitivo de sus dere- 
•chos sobre la provincia Oriental. Sostuvo que lo más acer- 
tado sería arribar á un acuerdo cualquiera con los caudillos 



434 Operaciones militares 



del interior y proseguir la guerra exterior con toda energíar 
Con ánimo altivo y quizas con clara y honda visión de las 
cosas, Pueyrredón^ como lleno del espíritu todo acción y 
positivo de San Martín, buscaba la paz por la guerra. Y á 
la verdad, el Imperio, apesar de su población y sus recur- 
sos, había demostrado y seguiría demostrándolo que ca- 
recía de nervio y de potencia militar para imponerse con 
las bayonetas á la República. Su impotencia al respecto 
era visible. 

La reunión se disolvió reservándose el Presidente re- 
solver el caso con sus ministros Agüero, Cruz y CarriL 
El gobierno acordó negociar la paz, directamente, nom- 
brando su comisionado al efecto, al doctor D. Manuel 
José García, el 19 de Abril de 1827, de acuerdo con el pen- 
samiento de Agüero que fué el alma de esta misión y 
que, según el historiador López, buscaba la paz á todo- 
trance, aún á costa del sacrificio de los derechos argentinos á 
In provincia de Montevideo, con la desperanzas de que el Em- 
perador se contentare con dejarla independiente, lo que había 
insinuado también el ministro inglés en Buenos Aires, 
Lord Ponsomby, que intervenía indirectamente en estos 
asuntos y que luego tuvo una actuación más amplia, como- 
veremos, no por amor á la República por cierto, sino en 
servicio de los intereses y planes de su gobierno, de ca- 
rácter comercial sobre todo. En síntesis, las instruccio- 
nes de García se reducían, á no poder más, á negociar una 
Convención preliminar de paz bajo la base de la indepen- 
dencia de la provincia disputada. 

El comisionado — lo hemos dicho en otro capítulo — haí- 
bia sido contrario á la guerra. Tampoco, á causa de la 
tradición artiguista, sentía simpatías por los hombres y 
las cosas orientales. No era, por otra parte, amigo políti- 
co de Rivadavia, pero alma fría y espíritu razonador y 
positivo el suyo, adhirió al gobierno presidencial por con- 
vencimiento de que solo en él encontraría el país la sus- 
pirada bonanza, la paz, el orden, la organización en suma. 
Le era indiferente la conservación de la provincia uru- 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 435 

guaya: más aún, era una convicción profunda de su es- 
píritu apasionado aunque sincero y noble, con sectarismo 
concreto de patriota netamente argentino^ que, pesado- 
fríamente el pro y el contra, á la República no le convenía, 
esa conservación. Tampoco veía ningún peligro para la. 
República, en que la provincia continuara formando parte 
integrante del Imperio. 

Lo importante para él era la organización y la paz. 
de todo el territorio al occidente del Uruguay. Estos an- 
tecedentes sobre el personaje y sus opiniones darán la- 
clave del espíritu de su desgraciada negociación, que 
tampoco es obra enteramente suya, justicia que le debe 
la historia diplomática y política del país. 

Al embarcarse el señor García, le repitió sus consejos, 
el ministro doctor Julián Agüero, que le acompañaba con 
otros ciudadanos. El historiador López, que relata este 
episodio invocando el mismo testimonio de García y otros 
actores, como los doctores López, Manuel A. Castro y 
Francisco Acosta, pone en boca de Agüero y García, 
estas palabras: « En fin. García, ya Vd. sabe lo que nos 
va en ésto á todos los hombres de 1823: sáquenos Vd. á^ 
todo trance de este pantano. — ¿A todo trance, señor don 
Julián? — De otro modo caemos en la demagogia y en la. 
barbarie; salvar el país es lo primero. — Vd. sabe que esta 
es mi opinión». 

Es de suponer, lógicamente, que esta recomendación an- 
gustiosa en tal momento, dejó profunda huella en el ánimo- 
del negociador. La tomó acaso como una instrucción ex- 
trema y de último momento del gobierno, ampliatoria de 
las escritas y formales que debían reglar su conducta; pe- 
ro le dio al hecho inusitada extensión. 

El 6 de Mayo, García desembarcó en Rio. El 3, en la 
apertura del parlamento, el Emperador había hecho, en el 
discurso de la Corona, declaraciones ampulosas y compro- 
metedoras que serían otras tantas trabas para el Soberano 
y el plenipotenciario argentino: para aquél, porque lo obli- 
gaban á mantener sus palabras ante la nación y para ésfcei 



436 Operaciones militares 



porque encontraría en ellas un muro que limitaría dentro 
de un perímetro de hierro su misión, iniciada en con- 
diciones de inferioridad^ desde que iba á pedir la paz. 
El Emperador, al tratar del conflicto del Plata^ había 
dicho al Parlamento «que la guerra debía continuarse has- 
ta que la provincia Cisplatina fuese desocupada por los 
invasores^ y reconociese Buenos Aires la independencia bra- 
silera y la integridad de su territorio con la incorporación de 
la Cisplatina, que libre y expontáneaniente habia querido 
ser parte del Imperio ». 

Bajo estos auspicios desfavorables entró nuestro envia- 
do á negociar, y desde el primer momento debió darse 
-cuenta de que el gobierno brasilero buscaría en el campo 
diplomático la revancha de las derrotas de sus armas te- 
rrestres y marítimas, continuando así, por un fatal enca- 
denamiento de sucesos^ la tradición de la política metropo- 
litana hispano-portuguesa, que hemos estudiado en el ca- 
pítulo primero. 

Ahorrando detalles innecesarios y penosos, diremos sim- 
plemente que el Ministro García agotó la dialéctica diplo- 
mática, firmando con el gobierno del Emperador el 24 de 
Mfiyo, la Convención preliminar de paz, que el gobierno ar- 
gentino debía ratificar. 

Por este doloroso instrumento, arrancado á la ceguera 
de una horade doloroso desfallecimiento, se reconocía al 
Imperio la posesión y soberanía de la noble provincia 
uruguaya y el desarme de la isla de Martin Garda, que 
resultaba así neutralizada y bajo la inspección indirecta 
de un poder extraño, en statu quo ante héllum. 

Llegado á Buenos Aires el negociador y conocidos los 
términos del tratado, se levantó un grito universal de 
protesta y de indignación, clasificándose de ignominiosa 
la negociación. La prensa periódica la fulminó. El coronel 
Borrego y sus amigos, desde las columnas de El Tribuno 
abrieron contra ella una campaña fogosa y llena de since- 
ridad patriótica; la conciencia nacional sentíase humillada^ 
herida en sus fibras más íntimas y sagradas. Se pedía la 



Dimisión de Rivadavia y Alvbar 437 

guerra á todo extremo antes de asentir á las cláusulas 
del tratado, y todos los sacrificios parecían pocos. Ante 
todo el honor y la dignidad de la Nación, se decía. 

Apresuremos á agregar que el Presidente Rivadavia no 
fué de los últimos en manifestar su repudiación á la Con- 
vención. Sabía perfectamente que la paz con el Brasil pro- 
longaría su estadía en el poder, pero él había buscado una 
paz decorosa, no aquella que se le ofrecía, y á este precio 
su conciencia y su patriotismo no quería ni buscaba el 
mando lleno para él de sinsabores, frutos también de sus 
desaciertos gubernativos y políticos, complicados con los 
económicos y financieros por el régimen de las emisiones 
de billetes inconvertibles de curso forzoso y fuerza cance- 
latoria del Banco Nacional, que generaron tantos abusos 
y escándalos, desvirtuando la especulación deshonesta^ que 
nació á la sombra del sistema, una ley que pudo dar frutos 
salvadores y maduros. Por otra parte, el desgraciado tra- 
tado había sido subscrito en un momento en que las cues- 
tiones domésticas de orden local y nacional, habían to- 
mado un sesgo favorable en Tucumán, Salta, Jujuy y 
otras provincias. 

En consecuencia, el 25 de Junio, Rivadavia y su gabi- 
nete desaprobaron y rechazaron oficialmente el Tratado 
Preliminar de Paz, declarando que el comisionado había, 
traspasado la letra y el mismo espíritu de sus instruccio- 
nes, y que lo estipulado por él destruía el honor nacional 
atacando Ja independencia de la República. Esta repu- 
diación solemne de las estipulaciones, por el P. E. merecid 
del Congreso la más completa aprobación. 

En el ejército de operaciones, el tratado, por sus tér- 
minos, levantó una tempestad, no precisamente por amor 
á la guerra sino porque las condiciones aceptadas por 
García herían su patriotismo. Nada valían pues, los sa- 
crificios realizados, las hondas penurias, los altos triunfos, 
la noble sangre próbida y heroica, derramada en bata- 
llas y combates^ y el haber reducido á la impotencia al 
ejército enemigo ; nada las privaciones, el hambre y la. 



4^38 Operaciones militares 



desnudez presente de los vencedores de Ituzaingo, Sarandi, 
Rincón^ Bagé, San Gabriel, Bacacay, Ombú, Camacuá, Yerbal, 
etc; nada su constante abnegación ni su decisión para sa- 
crificarse por el honor, la salud y los intereses de la Pa* 
tria; nada los mismos ruidosos triunfos de la marina 
argentina, ni los sacrificios de los pueblos. Todo eso pa- 
recía haberlo olvidado el negociador. El alma herida del 
ejército^ al unísono con la de la nación, sin banderías ni 
prevenciones federalistas ó unitarias, se levantó por en- 
cima del desmayo de un hombre. El 12 de Julio, en el 
campamento de Cerro Largo, los generales y jefes presen- 
taron al general Alvear la siguiente nota, que el genera- 
lísimo elevó original al gobierno « porque — decía — sus 
sentimientos están perfectamente de acuerdo con los de 
sus compañeros de armas » : 

« Los generales y jefes abajo subscritos han resuelto 
manifestar por sí y á nombre del Ejército de operaciones 
los sentimientos de que han sido animados al ver la magná- 
nima resolución del gobierno, de 25 de Junio anterior, por 
la que se repele la Convención preliminar celebrada por 
el Enviado de la República, señor D. José Manuel García 
y la Corte del Brasil ». 

« Aunque la paz haya sido el voto mas sagrado de su 
corazón, de ningún modo la habría deseado el ejército 
no siendo honorable para la República. Por esto es que al 
ver la ya citada repulsa se han congratulado y felicitan 
al gobierno y á la Nación entera por una resolución tan 
digna de un pueblo libre». 

«El ejército se prepara á nuevos sacrificios en la con- 
vicción de la justicia de la causa que defiende y con la 
mas decidida confianza de conseguir nuevas victorias ». 

« Los infrascriptos desean que estos sus sentimientos 
sean elevados al conocimiento del Gobierno de la Repú- 
blica, á cuyo fin se dirigen á S. E. el señor comandante en 
jefe, ofreciéndole las seguridades de su respeto » 

« Juan Lavalle — José María Paz — José M. Aguirre 
— J. Videla — Ramón A. Dehesa — Javier López — José M- 



Dimisión de Rivadavia y Alvbar 489 

Tilela — Aütonio Diaz — M. Pestaña — P. Rivero — José 
'G. de la Oyuela — Niceto Vega — Juan Pedro Luna — Pe- 
dro P. Diaz — Sixto Quesada — F. Olmos — Agustín Rá- 
celo — Luis Argerich — Juan A. Vasquez — B. Ramos — 
Isidoro Larray a — Hilarión Plaza — P. Javier Mufiiz — 
-Segundo Roca — Anastasio Encina — Ignacio Correa — 
Benito Nazar — Juan P. Martínez — Melchor Alvarez — 
Cipriano Miró — Ramón Saavedra — Francisco Borj a Mo- 
yano — Domingo Eduardo Trole ». 

Entre tanto, el doctor García, abrumando por aquella 
protesta unánime del gobierno, del pueblo, del ejército y 
la prensa del pais, contra su negociación, se vio obligado 
á explicar, á defender su conducta, dando á la estampa 
una Exposición. 

Creía él (de buena fé sin duda y conforme á los antece- 
dentes que hemos espuesto al principio) que el tratado, 
bueno ó malo, era lo único que había podido obtener del 
Emperador. «La pluma, dice, rehuye de trazar el cuadro de 
la República en aquellos dias en que se me dio ese en- 
cargo (la negociación). El gobierno la creía amenazada de 
una disolución próxima si no se hacía luego la paz, y yo 
ful á tratar sobre una base (1) que acababa de ser re- 
chazada por el Emperador del Brasil » y agrega : 

« El Presidente de la República y sus ministros me di- 
jeron á mi partida: la paz es el único punto de partida para 
todo — si la guerra sigue, la anarquía es inecitable — si no 
puede obtenerse la paz será preciso resignarnos al bandalage, 
— Despties que la República ha convenido en qvs la Banda 
Oriental se separe y forme un estado independiente^ la guerra 
no tiene objeto ». 

Todo esto era sin duda angustioso para el patriotismo 
de García, pero sus razones y descargos no bastan para 
absolverlo. Su espíritu sereno y frío perdió el equilibrio 
moral en Río y la fó, la fé profunda y salvadora del 



(1) La constituciÓD independiente de la pro\'incia Oriental. 



440 Operaciones militares 



hombre de estado, en las fuerzas conservadoras y en las. 
virtudes nativas de su pueblo, que habían dado tan alto 
ejemplo por el instrumento del inmortal Congreso de 1816- 
en Tucuraán, en una situación mas desesperada que la 
presente. La base de todo su razonamiento radica en que 
él creía que la paz, negociada al precio convenido, por 
oneroso que fuera, salvaba la existencia de la nación, lo 
que constituía un falso punto de vista y un exceso de pe- 
simismo. Era verdad que casi todo el peso de la guerra lo 
sostenía la provincia de Buenos Aires, pero también lo era 
que las tropas militares y navales del imperio no habían 
conseguido sino derrotas. En la fecha de la negociación 
del tratado, el ejército brasilero en campaña, con la moral 
quebrantada por sus continuos contrastes, no tenia gran su- 
perioridad numérica abrumadora sobre el republicano, de 
modo que la situación militar argentina no era de banca- 
rrota, como para sacrificar aturdidamente en el campo 
diplomático, las ventajas del campo estratégico y táctico. 
En suma y esto es lo fundamental, el negociador de la 
paz, declaraba en confianza á sus amigos (López, Hist, 
Argent. t. X) que : « después de haber meditado mucho^ 
se había resuelto á forzar un tanto la letra de sus instrucciones 
creyendo que interpretaba bien los intereses de su país y 
los del gobierno que lo había acreditado ». Pero las esti- 
pulaciones que firmó no eran un tratado : eran la impo- 
sición de la voluntad del Emperador con caracteres de 
vencedor! 

Hemos dejado al ejército de Alvear entregado á las 
nobles espansiones de la solemnidad del 25 de Mayo y es 
hora que volvamos á seguir sus operaciones. 

El 26 de Mayo, el ejército se puso en marcha por la 
orilla derecha del Yagüarón, pero era tal el estado de los 
campos que en toda la etapa de ese día las tropas no pu- 
dieron avanzar más de legua y media. El 27 se pasó á. 
la margen izquierda, en dirección al Candióte grande^ en- 
cargándose del comando de la vanguardia (Batallón 5 y 
rejimientos 1^ y 3^ de caballería de línea) al coronel Pa- 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 441 

checo, el que se encontraba con esta escojida tropa so- 
bre el Candióte chico, hacienda de Martínez, de donde 
avanzó sobre las sierras hasta la hacienda de Védela, 
mientras sus puntan extremas reconocían y exploraban 
al frente, hasta las costas del Piratini. Las instrucciones 
de Pacheco eran de no comprometer combate sino en el 
caso de tener seguridad en el triunfo. Para el caso de 
ser atacado por fuerzas superiores, se le prevenía se re- 
plegase al ejército. El 1° de junio, el jefe de E. M. le or- 
denaba se incorporase al ejército, dándole al mismo 
tiempo noticias del enemigo. 

El activo c oronel Pacheco había sostenido algunos pe- 
queños encuentros felices con los imperiales y adquirido- 
las siguientes noticias del enemigo: Barbacena en San Lo- 
renzo (no era exacto); Bentos Manuel en el cerro Tabulero 
(a 10 leguas de Bagé); Bentos Gongalvez en las puntas 
del Piratimini grande; Calderón y Yucas Teodoro, en 
marcha á San Francisco, llamados por Brown. Los pasos 
del Piratimini ocupados. No tiene datos sobre la situa- 
ción de las tropas de Río grande. 

El general Lavalle, con los rejimientos 4 y 16 de caballe- 
ría, operaba sobre el pueblito del Yerbal, que el 21 de Ma- 
yo ocupó, abandonándolo luego en prosecución de sus 
operaciones. El 22, el teniente Allende, del N° 4, batió- 
una partida de Yucas Teodoro y el 25, bajando el gene- 
ral con su división la sierra del Yerbal, fué hostilizada, 
vivamente su retaguardia por dos escuadrones (200 hom- 
bres) de las fuerzas de Yucas Teodoro y Calderón. Lava- 
Ue, que marchaba á la cabeza del grueso retrogradó á 
su retaguardia, sostenida por 50 lanceros del 16, manda- 
dos por el comandante Olmos y otros 50 del 4, por el ca- 
pitán Maciel. Lavalle, con esta tropa, se lanzó sobre los 
dos escuadrones enemigos, que se parapetaron en un 
cerro, tras de grandes bloques de piedra, desde los que 
rompieron el fuego sobre los republicanos que, sin ser- 
detenidos ni por los proyectiles ni por lo áspero del terre- 
no, arrojaron al enemigo de su posición, lo acuchillaron. 



442 Operaciones militares 



y persiguieron. En la temeraria carga, Lavalle fué herido 
de bala en una rodilla, aunque no seriamente, corriendo 
igual suerte el capitán Maciel, teniente Anzuátegui, 
iun sargento y 4 soldados. En la noche del 26, se produjo 
otra ligera escaramuza y el 27, el enemigo escopeteó nue- 
vamente la retaguardia republicana. Olavarría lo hizo 
cargar por el comandante Montero^ derrotándolo. El 29, 
la división Lavalle campó tranquilamente sobre la mar- 
,gen derecha del Yagüarón, replegándose así al grueso 
del ejército, en obediencia á las ordenes de Alvear, in- 
quieto por la posición avanzada y peligrosa que había 
ocupado en el Yei'bal, á 70 kilómetros del cuartel general. 

En este estado las cosas, con el ejército á pié puede de- 
cirse, los caminos intransitables, lo crudo de la estación 
en extremo lluviosa y fría, con muchos enfermos y los 
efectivos disminuidos y faltas las tropas de lo más nece- 
sario para la vida, no era posible, juiciosamente, llevar 
adelante las operaciones. Se imponía tomar cuarteles de 
invierno, y fué lo que hizo el general Alvear, dirigiéndo- 
se al Cerro Largo donde se acantonó, esperando poder 
remontarse en ese punto en hombres y caballadas, á cuya 
.falta, más que á ninguna otra causa se debió el que la 
invasión al Eio grande (como lo había previsto el general) 
no diera frutos mas decisivos. 

En oficio del 1^ de junio al Ministro de la guerra (va 
en los anexos), recapitula lo dicho en la comunicación del 
13 de Mayo anterior, ya tratada, y explica y fúndalas 
razones que lo determinan á establecerse en la villa de 
MelOj en el Cerro LargOj clausurando así la campaña 
•de invierno del ejército. 

Llegado á este punto se consagró á salvar, con admi- 
rable entereza de ánimo, las dificultades de todo género 
-que rodeaban al ejército, de tal naturaleza algunas, que 
no parece sino que las gentes y las autoridades de la 
provincia le eran hostiles, sin escluir al mismo general 
►Soler. La deserción de las milicias singularmente, había 
.recrudecido. Propuso al gobierno, con elogiosa frase para 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 443 



•el candidato, el nombramiento de jefe titular del estado 
mayor á favor del general Paz (se hizo así) porque du- 
rante toda la campaña, dice Alvear (nota del 15 de 
junio), ese servicio «se ha resentido de la falta de 
un jefe que lo desempeñase como corresponde» y 
destacó, con fecha 24 del citado mes, comisiones de jefes 
á todos los departamentos de la provincia oriental para 
aprehender desertores, buscar altas y caballadas, «por 
más que no espere de ello resultado de consideración». 
Las instrucciones de estos comisionados, á los que pon- 
drán trabas las autoridades locales, incluso el gobernador 
*Suárez,les prevenían:— 

1°, aprehender á todos los desertores que encuentren 
—2^, apoderarse de todos los negros que hayan sido in- 
troducidos del Brasil «sin consideración á personas ni 
■circunstancias» — 3^, apoderarse igualmente de todos los 
^hombres sueltos, sin propiedad ni arraigo», con destino 
á la infantería (lo mismo que los negros) — 4^, tomar ca- 
ballos dando certificados para su pago por la tesore- 
ría del ejército, «á razón de dos vacunos por cada caballo» 
— 5^, promover en cada departamento alistamiento volun- 
tario de milicias — 6°, «llevar al ánimo de los habitantes 
la persuasión de que vale más hacer una vez por todas 
los esfuerzos para conquistar la paz, que prolongar la gue- 
rra con entorpecimientos que no dejan gozar tranqui- 
lamente del fruto de tantos sacrificios». Los comisionados, 
por último, debían de estar de regreso á fines de julio. 

Al .mismo tiempo que Alvear pedía al gobierno noticias 
sobre los armamentos, preparativos y planes del enemigo 
que «él no puede obtenerlos con seguridad», explicaba una 
irez más al Ministro de la guerra las causas de la deserción, 
y hacía esta pintura patética del ejército ^^^ tan admirable 

(1) Nota 24 de junio, original en el legajo de la corresp. milit. del ejérc. Arch. 
gl. de la Nación, 1827. 

Los enemigos de Alvear le han inculpado como un delito el que diera desde el 
Cerro Largo licencia temporal á varios jefes y oficiales. Esta nota explica las cau- 
•sas. Estaban totalmente desnudos, impagos y miserables! Además, el ejército en- 
traba á un período de momentánea inactividad, por la clausura de la campaña de 
•invierno. 



444 Operaciones militares 



en SUS virtudes como digno de consideración magnáni- 
ma en sus faltas: 

« El Gl. en jefe que suscribe cree que la deserción que 
hoy se siente en el Ex. nace entre otras causas de la mi- 
seria en que se halla. Faltan enteramente los artículos 
con que el soldado suele engañar el tiempo; una vara de 
tabaco, cuando se encuentra, cuesta 70 á 80 pesos ; yerba 
no la hay y todo el sueldo de los oficiales no alcanzaría 
á procurarse lo más necesario : S. E. el señor Ministro 
puede inferir de esto cual será el estado del soldado á quien 
no puede socorrerse por falta de dinero, y cuanto pudiera 
dársele no bastaría . El Ex. nada encuentra en el Cerro 
Largo, todo su alimento es como en la campaña más activa- 
La carne ni aun puede sazonarla con sal y apenas tiene 
andrajos para cubrir su desnudez : es tan general y extre- 
mada, que muchos oficiales están enteramente descalsos 
y con el uniforme sobre las carnes». 

Alvear explica la gran deserción del ejército por esaa 
causas y porque el servicio militar es resistido siempre. 
No obstante, dice que esta deserción es menor que la que 
sufrieron los ejércitos de los Andes y del Perú, que sin 
los sucesivos reemplazos que recibieron hubieran quedada 
muchas veces en cuadros y en la imposibilidad de obrar » • 

Agrega luego que los desertores son amparados des- 
caradamente en Entre Ríos y la Banda Oriental y termina- 
con estas palabras que, como los párrafos trascritos, no re- 
claman comentarios: «Si el ejército no es socorrido y 
sobre todo si no recibe reemplazos, acabará por desapa- 
recer ». 

Por este tiempo, el coronel Servando Gómez remitió 
á Alvear la carta siguiente, del coronel Bentos Gon^álvez, 
que aquel jefe recibió en las avanzadas enemigas. Alvear 
mandó copia de ella al gobierno, por más que creyera,, 
como lo dice comentando el caso, (^) que no se trata sino- 



(1). Legajos de la corresp. milit. citados. 1827. 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 445 

4e intrigas de los imperiales para introducir la desconfian- 
za y la anarquía en el ejército patriota: 

^Ex. Sr. D. Joao Antonio Lábálhega, 
Con satisfa^ao recibí á sua de 1.^ do corr., em resposta á 

minha de 18 do próximo pasado, em que Ihe propur ó 

Plano de concluir com ó pérfido Albiar, e seos argentinos, 

anuendo á sua propozigao de sus dom.™° fazendolhe ás 

refiegoens, que V.^ E.^ nesta aprova. 

Nao' nos resta mais, que darma principio á obra, e 
V» . E* . fique serto que eu fico garante p^ toudo quanto 
Ihe prometí, em nome de meu amabelisimo Imperador, 
huma vez q.* V.^ E.* em nada falte, como he de esperar. 

Aprobeita esta ocasiao p* saludarlo quem he 

D. E. y E. E*. 

Am.° e Seguro S. 
Bentos G.lz de Silba 

Campo Volante en Río Negro, 17 Junho de 1827>. 

El general, por último, en nota de fecha 28 de Junio, 
indica al gobierno cuales son sus vistas y planes militares 
sobre la próxima campaña, y los medios materiales que 
la empresa reclama, que resume así: 

« Una fuerza de marina con oficiales y botes armados 
•cuyo número no detalla: que armados éstos con artillería, 
armamento y gente del Exto. p.* apoderarse de los buques 
que se hallen en las Lagunas, los que también armados 
formasen una fiotilla que protexida por las Costas por 
el mismo Exto. se hiciese dueña de todas las Lagunas; lo 
•que conseguido, el continente quedaría p/ sus actuales 
poseedores perdido para siempre. 

« Opina que no pudiendo sacarse 800 hombres de las 
otras Provincias para el sitio de Montevideo, se po- 
dían poner 200 milicianos que se mantuviesen en obser- 
vación de la Plaza. 

«Que cree preciso 200 reclutas para reponerlas vaj as 
«que ha tenido el Reg.*° de Artillería ligera. 

« Que debe ponerse la infantería vajo el pie de tres mil 



446 Operaciones militares 



hombres, porque solo con esta arma puede operarse en ef 
Rio Grande y Puerto Alegre, asegurando con esta fuer- 
za un resultado tan feliz, que seria luego seguido por la. 
paz. 

« Que el Exto. debe componerse de tres mil infantes; dos 
mil caballos de Linea y trescientos Artilleros, que son 
5300 hombres, y á más 1500 Orientales, que forman el 
total de 6800 hombres, cuyo número quedará reducido en 
un campo de batalla á 5800 hombres por las vajas que- 
ocasionan los enfermos y empleados. 

« Que deben tenerse depósito de vestuarios, reducido éste 
á gorras de quartel, chaquetas, pantalones de brin 6 crea, 
y camisas, y que estas prendas sean sobre grandes. 

« Que la Artillería del Exto. es como se usaba ahora 20- 
afios: que las cartucheras, cananas, correajes, y cinturones 
son de mala construcción, de las que deben darse modelos 
para mejorarlas, y antes de recibirlas hacerlas reconocer 
con oficiales inteligentes. 

«Que las monturas de nueva invención son buenas,, 
siempre que las cabezadas sean mas cerradas y de fierro 
mas templado para que no se abran con el peso del gine- 
te, pero que siempre la mejor montura es el recado portu- 
gués, cuya construcción y cabezadas lo hacen mas venta- 
joso: que puede encontrarse quien los haga en esa Ca- 
pital, entre los lomilleros que han trabajado en Monte- 
video» . 

La )iota tiene este párrafo final que revela el cansan- 
cio moral y físico del vencedor de Ituzaingo, en medio 
de tantas contrariedades, que parecen haber colmado la 
medida de.su resistencia. Sospecha quizá que gran par- 
te de las dificultades que le rodean, obedecen al oculto 
deseo de imponerle su eliminación del mando y se an- 
ticipa á resignarlo, para no ser obstáculo al triunfo de- 
finitivo por la guerra ó por la paz, de la patria, que es 
el grande y noble anhelo de su alma: 
-• «Ultimam*^. manifiesta al Gob"^. la necesid<í. en qe. se 
halla de hacer la dimisión del mando del Exército, pues- 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 447 

SU responsabilidad como Geni, en Gefe es muy grande,. 
y no podrá en las circunstancias satisfacer á ella dig- 
nam*^. y con utilidad de la Repub*^^. sino se le remiten 
todos los elementos q^. ha pedido y q^. son necesarios p*^. 
poner el Eg^°. en eatado de obrar decisivam^®. Que esta 
su resolución es invariable, y espera q®. el Gob"^^. le ad- 
mitirá la separación del mando del Ejército, nombrando 
quien le subrogue en él.» 

La dimisión de Alvear, que le sería aceptada el 13 de 
julio de 1827 se ligaría, en el lógico encadenamiento de la 
evolución política que se preparaba, á la caida del Presi- 
dente Rivadavia y de su sistema. Era el derrumbe de la ten- 
dencia unitaria, no por la influencia y la voluntad de los 
pueblos seguramente. El 27 de junio— un día antes que 
Alvear— Rivadavia había renunciado su alta investidu- 
ra, porque creía, decía noblemente, que su^s servicios no- 
eran ya de utilidad pública. Tres días después, el leader 
del federalismo porteño^ coronel D. Manuel Borrego, 
presentaba al Congreso, de que era miembro, la fórmu- 
la de aceptación. La mayoría de los votos se inclinaban 
á investirlo á él con la suprema magistratura del Estado, 
pero escusó el honor, por lo mismo que lo sabía lleno 
de peligros para la organización del país, que deseaba con 
fervorosa pasión. Ni los medios ni las personas extremas, 
parecía ser su lema de ahora. El nuevo Presidente debía 
de encontrarse, según esas ideas, equidistante entre las- 
dos tendencias políticas encarnadas en Rivadavia y en 
Dorrego, y este punto de equilibrio se pensó encentrarlo 
en la personalidad tranquila y honesta del doctor D. Vi- 
cente López, uno de los pro-hombres de la revolución del 
25 de Mayo, y en la de su homólogo, el doctor D. Tomás 
Manuel de Anchorena. 

El Congreso, para la elección presidencial, se constitu- 
yó el 5 de julio con 50 diputados, délos que cuarenta y' 
cinco sufragaron por el doctor López. La presidencia era 
provisoria y el electo, conocedor del difícil estado 
de las cosas, escusó aceptar el honor del mando, pero el 



448 Operaciones militares 



Congreso no le aceptó la dimisión, por lo que se recibió 
del poder el día 7. 

El nuevo magistrado ofreció los ministerios al coronel 
Borrego, al doctor Agüero y al benemérito general D. 
Tomás Guido, pero los tres declinaron el ofrecimiento, 
constituyendo entonces su gabinete con el coronel D. 
Marcos Balcarce en guerra y marina; el doctor D. Tomás 
Anchorena en hacienda, y el señor Ignacio Nufiez en go- 
bierno y relaciones exteriores. El 12 de Agosto siguien- 
te, el coronel Dorrego era gobernador de la Provincia 
de Buenos Aires, afirmándose asi la evolución y retro- 
trayendo las cosas de Buenos Aires, al estado anterior 
á la ley del 4 de Marzo de 1826. 

La presidencia de López fué efímera y lánguida, mal- 
grado sus virtudes patricias y talentos. Se señaló con 
dos altos nombramientos, impolíticos ambos y fatal uno 
de ellos. Aceptó la dimisión de Alvear y le nombró de 
reemplazante al general Don Juan Antonio Lavalleja, 
hombre bueno y honesto sin duda, pero sin títulos, auto- 
ridad ni competencia para rejir al ejército de operacio- 
nes. El otro nombramiento fué el de D. Juan Manuel 
de Rozas, para comandante general de campaña de Bue- 
nos Aires, fatal designación que disgustó sobremanera 
á Dorrego! Lavalleja, que se encontraba á la sazón en 
Buenos Airea, con licencia, lleno de vanidad por su nom- 
bramiento, á que no fué personalmente ajeno, marchó á 
ponerse al frente del ejército, donde su acción no se se- 
ñalarla por ninguna iniciativa ni acontecimiento saliente, 
pues toda la obra de su organización y disciplina se de- 
bió á los esfuerzos de su jefe de estado mayor, el gene- 
ral Paz. 

El 27 de Agosto del 27, una Ley del Congreso depositó 
en manos del gobernador Dorrego la dirección de los 
asuntos nacionales de guerra, marina y relaciones exte- 
riores. Su ministerio, bien elejido, lo constituían el Dr. 
Manuel Moreno, en gobierno; el general D. Juan Ramón 
Balcarce en guerra y marina, y el Dr. José María 



Dimisión de Rivadavia y Alvear 449 

Rojas. Su primer medida fué dirijir una circular 
Á las provincias^ afectas á su causa y persona, para 
constituir el país y provocar una Convención nacional 
■que debería reunirse en la ciudad de Santa Fé. Todas 
ellas, con excepció.n de Salta, foco entonces del partido 
-caido, respondieron favorablemente al llamado de Borre- 
go. Era la bonanza que alboreaba en los horizontes 
hasta entonces tormentosos de la patria, aunque pasajera. 
La tempestad vivía agazapada en su seno! 



Capítulo XI 

La paz con el Brasil— Independencia del Uruguay 



Sumario : La palabra de Rivada\'ia — El general Paz y el ejérci- 
to — Carácter de la guerra en este periodo — El ejército 
imperial de Lecor - Causas preparatorias de un nuevo 
tratado de paz — Dorreg'o y el tratado con las tropas 
alemanas — El tratado — Su fracaso definitivo — Notas 
trágicas — Heroica entereza del mayor Steinhausen — 
Aparición de Rivera en el teatro de la guerra — Alar- 
mas de Lavalleja ~ Rivera y Oribe — Rivera y Dorrego 
— Operaciones felices de las columnas de Rivera — 
Ocupan las Misiones orientales — Inactividad subsi- 
gruiente del ejército del norte — Saqueos — Desobedien- 
cia de Rivera — Sinopsis de la situación militar y 
política — El Emperador y el Ministro Ponsomby — 
Angnistiosa situación económica del Brasil — Obertura 
de paz bajo los auspicios de Inglaterra — Diplomacia 
argentina — El ministro Gil y sus vistas sobre la paz — 
Misión de Guido 7 Balcarce en el Brasil — Se firma la. 
Convencían preliminar de paz — Su aprobación por 
Dorrego y por la Asamblea Nacional reunida en Santa. 
Fe — Cang'e de las ratificaciones de la Convención — 
Norton levanta el bloqueo del Plata — Llega á Buenos 
Aires la primera división del ejército de operaciones — 
Fin de la gnierra — Su obra - Filosofía general de loa 
acontecimientos. 



El Presidente Rívadavia se había despedido del ejerci- 
cio del mando con una copiosa profusión de cartas, do- 
cumentos y proclamas llenas de melancolía en que ex- 
plica su actitud, sus ideales en el gobierno que deja y 
sus esperanzas en la unión de los pueblos para poner 



452 La paz cox el Brasil 



fin á los males que aflijían ala patria. Al ejército de 
operaciones le dice: 

«He vuelto al Congreso Nacional Constituyente la su- 
prema magistratura con que se dignó honrarme. Este era 
el único sacrificio que estaba á mis alcances, y el que 
exige de mí la crisis actual de la Patria. 

«Soldados: vuestro heroísmo á coronado los esfuerzos 
que he hecho en defensa del honor nacional. Vosotros 
habéis fijado la victoria en los estandartes de la Repú- 
blica. Los que conts^ban con nuestra humillación habían 
olvidado que aun marchabais por la senda de la gloria. 

«Continuad en ella, á despecho de los que procuren di- 
vidiros. A vosotros toca, solo á vosotros, apartar de la 
nación el azote que la amenaza. Así responderéis á los 
deseos de quien se gloria en testificaros su gratitud — 

ElVADAVIA.» 

De la marina se despedía en estos términos, igualmente 
calurosos, aunque menos profundos y sugestivos: 

«A vosotros, á vuestro invicto almirante, se debe el te- 
rror que inspira el pabellón argentino á los que osaron 
llamarse dominadores del Río de la Plata. 

Avergonzad con nuevas hazañas á los que quisieron 
poner por término á todas las que ilustran vuestro nom- 
bre, el vilipendio y la humillación. En lugar de la paz 
vergonzosa que nos ofrecían, aspirad á darnos la que de- 
manda el honor de la República y los intereses de los 
•dos países beligerantes.» 

A los habitantes de la provincia Oriental, dirigió la 
siguiente proclama, en que palpitan sus sentimientos na- 
cionalistas: 

«La defensa de vuestro territorio, de vuestra independen- 
-cia, de vuestra seguridad; la conservación de los derechos 
preciosos que poseéis, como miembros de un pueblo li- 
bre, han formado una de mis más importantes tareas 
durante el tiempo de mi magistratura. El territorio de 
vuestra provincia ha sido el teatro de las hazañas que 
=sellarán vuestra existencia política, y el oprobio de vues- 



Independencia del Uruguay 453 



t 

tros invasores. He tenido la dulce satisfacción de unir 
vuestras armas con las de vuestros hermanos, los habi- 
tantes de las otras provincias, y de ver apoyada la victo- 
' ria sobre esta base, formada por la fraternidad y por el 
patriotismo. 

^Orientales! No es sola vuestra causa la que vá á ju- 
garse en los límites de vuestra hermosa provincia: es la 
causa de América amenazada por todos los males que 
han afligido al mundo antiguo^ si se toleran en su recinto 
los extravíos de la ambición, y los crímenes de la con- 
quista. 

«Mis votos os acompañarán, como os han acompañado 
mis esfuerzos, en el retiro de la vida privada. Siempre 
ocuparéis mis recuerdos, y el día en que vuestras proe- 
zas arranquen al usurpador una paz digna de vuestro 
nombre, será el más venturoso de mi vida. — Bernak- 

DINO RiVADAVIA.» 

En cuanto al ejército (que el 16 de Julio había dejado 
el general Alvear dirigiéndose á Buenos Aires^ que- 
dando encargado del mando interino del mismo el gene- 
ral Paz), continuaba falto de elementos y recursos. Paz 
hacía de él la siguiente pintura en nota al Ministro de 
la Guerra (Julio 30): 

«Cuanto pudiera decir el General q®. firma sobre el 
extremo a q ® . ha llegado la desnudez de la tropa, y ofi- 
ciales no seria bastante á mandar una idea de lo que en 
el Exercito pasa. La tropa no tiene p * . cubrirse sino an- 
drajos, y muchos oficiales se ven reducidos á no salir 
de sus alojamientos p "" . no poderse presentar sin escán- 
dalo: La estación rigurosa del invierno hace mas sen- 
sible la desnudez, y la imposibilidad de socorrer al sol- 
dado con los articules que le son de primera necesidad 
como el tabaco y la yerba, pone su constancia á una prue- 
ba a q® . apenas puede resistir con la idea de pronto so- 
corro. 

«Desde q ^ . el Exercito salió del Arroyo Grande en Di- 
ciembre pp. los varios socorros que ha recibido, no exe- 



454 La paz con el Brasil 



den de un mes de prest, y cuando se han retirado, á cuar- 
teles de invierno, cuando han empezado á concurrir al- 
gunos vivanderos q^ . podrían serle de auxilio, no hay un 
peso q ^ . darle, p « . la caja del Exercito está tan apurada 
q®. no tiene p^. los gastos mas menudos. 

«S. E. S^^. Ministro, conoce q ^ en tal estado todo zelo 
y esmero p> . conservar la disciplina, y la moral del sol- 
dado apenas son suficientes. Ni aun se le puede ocupar 
en los exercicios doctrinales sin presentar un espectáculo 
vergonzoso: sin embargo, el General que firma ha contraí- 
do todos sus cuidados á restablecer la disciplina, y man- 
tener la moral del soldado. A todo esto se agrega q ^ . 
la falta de caballos hace débil la posición del Exercito, 
p * . no puede mantener despejado, y descubierto el 
campo q « . media hasta el Yaguarón p '' . falta de este 
articulo.» ^^^ 

En Agosto, su efectivo era de 23 jefes, 199 oficiales y 
3571 de tropa de línea, presentes en el campamento de 
Cerro Largo y Ift jefes ausentes con licencia y en desti- 
nos del servicio, 79 .oficiales en iguales condiciones y 
465 de tropa, lo que dá un total general de 42 jefes, 278 
oficiales y 4036 de tropa. 

El estado de que tomamos estos datos trae esta nota: 
« La infantería tiene el armamento completo y en buen 
estado, el correaje en muy malo, y munición sólo para una 
batalla. La caballería muy mal montada, sin el ganado 
necesario; las monturas en el último estado de servicio y 
en reparación; falta el completo de lanzas y sables. La ar- 
tillería tiene 17 piezas, con 150 tiros cada una, pero care- 
ce de ganado para mover el material. La desnudez de la 



(1) A pesar de esto fué tan enérgica la acción meticulosa y severa dei genera 
Paz, tan exigente en los detalles del servicio, tan justo en premiar y en castigar, 
que el ejército mejoró rápidamente en su moral y disciplina. La deserción se re- 
dujo considerablemente. En esta época se dictó para el ejército un reglamento 
penal, impreso por su imprenta, y que se reproduce en los anexos. Es un do- 
cumento curioso, lleno de penas imponentes, destinadas á obrar sobre la imagi- 
nación de la tropa, alejándola de las faltas j delitos que se especifican. 



Independencia del Uruguay 455 



tropa es lamentable. Ha mejorado la moral y disminuido 
la deserción». 

En Marzo del 28, la fuerza efectiva de línea y milicias 
sería de 61 jefes, 456 oficiales y 6304 sargentos, cabos, 
músicos y soldados. A fines de Octubre de este mismo afio, 
el ejército de línea, comprendido el batallón N.^ 4 de mi- 
licia activa de Buenos Aires, y el regimiento 17 de ca- 
ballería argentina, cuenta con la siguiente fuerza efectiva: 
jefes 57, oficiales 438; sargentos, cabos^ músicos y solda- 
dos, 4241, de los que solo están disponibles, para operar, 
3593 de tropa. ^^^ Estos datos numéricos, comparados en- 
tre sí, y con los anteriores, dan clara idea de la situa- 
ción. En cuanto al enemigo, los datos aproximados que el 
general Paz consigna en un estado de fecha 1.^ de Enero 
del 28, da á los imperiales un total de tropa de 5046 hom- 
bre9, divididos en 20 unidades de toda arma, con 16 pie- 
zas. ^2) Estas tropas ocupan la guardia del Cennto, Chico 
bonito, Porciungula, Luiz Manuel, Pirahy, Tactiarembó, y 
fuerte de Santa Teresa. 

ha situación general de los ejércitos enemigos, igual- 
mente impotentes para operar á fondo, es la siguiente: el 
grueso del ejército argentino, reconcentrado en la villa 
de Meló (Cerro Largo), con puntas avanzadas y destaca- 
mentos volantes al Norte, sobre el Yagüarón y Bío Negro, 
y el imperial, cubriendo un,a extensa línea cuya izquier- 
da se apoya en la fortaleza de Santa Teresa, sobre el 
Atlántico, y la derecha en el arroyo Pirahy, confluencia del 
Eio Negro. El Yagüarón es la barrera común que separa á 
unos y otros. El asedio de las plazas de Montevideo y la Co- 
lonia es expectante, lánguido, de mera observación. En 



(1) En esta fecha las milicias orientales en el ejército constan de 8 jefe»^ 105 
•oficiales y 945 de tropa. Además , un cuerpo de milicia Misionera con 6 jefes, 21 
-oficiales y 179 de tropa. {Estado general del ejército^ en Octubre). 

(2) En Diciembre del 27, la masa de la Infantería imperial, constituida por los 
3>atallone8 3, 4, 18, 14, 17. 18 y 27, se encontraba acantonada en la guardia del Ce- 
rrito y sus inmediaciones. En San Francisco de Paula y otros puntos existían 
otros batallones, cuyos efectivos disminuían constiintemente por la deserción. 



456 La paz con el Brasil 



27 de Agosto, Lavalleja comunica al gobierno que el sitio 
de la primera, mantenido por el coronel Manuel Oribe, 
está en estado de abandono y que el de la segunda, á 
cargo del comandante Juan Arenas, no existe. Sobre Mal- 
donado opera el coronel Leonardo Olivera^ y en la lagu- 
na Merim una escuadrilla, que no dará fruto alguno y que 
al fin será destruida por el enemigo. 

En realidad, la guerra activa ha terminado con la sepa- 
ración del general Alvear, es decir, la guerra con empuje 
ofensivo y sistemático, con objetivo decisivo. Se producen^ 
no obstante, operaciones y acciones aisladas, mientras las 
masas de los dos ejércitos se aproximan al Yagüarán, donde 
de nuevo se inmovilizan después de una fuerte tentati- 
va de los imperiales con 2000 infantes y 1000 caballos^ 
contra la vanguardia republicana en Las Cañas, el 15 de 
Abril de 1828, que fracaza y determina el retroceso im- 
perial hacia la linea del Hratinim. 

Los encuentros, golpes de mano y pequeños combates 
que se producen, son, en su casi totalidad, favorables á 
los republicanos. Los enemigos, apesar de su superioridad 
numérica, abandonan posiciones importantes, como las 
fortalezas de Santa Teresa y San Miguel. El cerco de Mon- 
tevideo se regulariza por el coronel Manuel Oribe é igual 
cosa sucede en la Colonia, bajo la acción del bizarro co- 
ronel Isidoro Suárez, con su regimiento y milicias l(»cales, 
hasta que de nuevo se debilitan uno y otro, por el retiro 
de gran parte de las tropas sitiadoras. 

Durante este periodo de la guerra, hasta que se pacta 
la paz, prestan servicios distinguidos, de alta importancia, 
el coronel Pacheco, especialmente, con su división, en la 
vanguardia, con audaces y felices encuentros y correrías 
al norte,^^^ y los coroneles Leonardo Olivera, Manuel Ori- 
be y Servando Gómez. 

El general Lecor, como desalentado, no osa utilizar 



(1) Dispersó también un cuerpo de tropas misioneras que venía á incorporarse 
á Lecor, y se encontró en las acciones de Zas Cañas y Potreros del Padre 
Filiberto. 



Independencia del Uruguay 457 



SUS fuertes masas, muy superiores, en infantería sobre to- 
do, á las de su adversario. Rehuye el combate y se mal- 
quista con sus generales. La moral de su ejército está 
también decaída. Las tropas alemanas se les desgranan en 
pelotones y desertan, en grupos, al campo republicano ó- 
ganan los bosques, y es tal la desconfianza que inspiran 
á los jefes brasileños, que las mantienen vigiladas y tra- 
tadas como prisioneras^ pasándoles hasta cuatro listas dia- 
rias, lo que ahonda el malestar. Algunos de estos deserto- 
res son incorporados al ejército por su voluntad, pero el 
gobierno, que recomienda á Lavalleja provoque en cuanto 
pueda la deserción en el enemigo, dispone al mismo tiem • 
po se facilite á los alemanes su internación en la provin- 
cia oriental ó su pasaje á Buenos Aires, donde se establece 
gran número de ellos. En los mismos cuerpos nativos bra- 
sileros, la deserción ralea sus filas. 

Tal es, á grandes rasgos, la situación militar, que pone 
una vez más en evidencia, el precario poderío militar del 
Imperio para imponerse por las armas á la República^, 
que lo ha reducido además á la impotencia naval en las 
aguas del Uruguay y del Plata; en las costas de Río Grande- 
y Santa Catalina, y en el litoral atlántico argentino, como 
lo hemos visto en el capítulo VIIL Esta situación impon- 
drá la paz, esta vez buscada por el Emperador, impresio- 
nado por los sucesos y por la actitud resuelta, más apa- 
ratosa que real, del gobierno argentino, que se mueve y 
maniobra con habilidad, anunciando elevar á un pie for- 
midable los efectivos de tropa en campaña, al mismo tiem- 
po que se preparan nuevas adquisiciones de barcos para^ 
la remonta de la escuadra, y un nuevo crucero de Brown 
á las costas brasileras. Por otra parte, bajo la acción 
activa del gobierno progresista de Dorrego, la situación 
económica mejoraba sensiblemente, despejándose y dejan- 
do de ser angustiosa. 

Pero antes de exponer el desarrollo de la negociación so- 
bre la paz, queremos considerar dos episodios, que, en sa 
esfera, fueron parte á cooperar á ella: la invasión y con- 



458 La paz con el Brasil 



quista de los pueblos de Misiones por el brigadier Rivera, 
aliado al general D. Estanislao López, y la negociación 
Jhyn-Bawer, con el señor Joaquín de Mora como inter- 
mediario, de la que hemos hablado en el capítulo octavo, 
cuyos antecedentes obran en el legajo de los documentos 
históricos del Archivo general de la Nación. 

Ya sabemos cual era el objeto de esta negociación que 
tenía por base la sublevación délas tropas alemanas exis- 
tentes en el Janeiro y en campaña, y su transj'orte á la isla 
de Santa Catalina,de 600 kilómetros de superficie' y que se 
independisarla del Imperio, creando un nuevo estado re- 
publicano bajo los auspicios argentinos, que haría de 
ella una temible base de operaciones navales contra el 
Brasil, quebrado ya en las aguas por Brown. 

La propuesta Bawer-Jhyn había sido rechazada de pla- 
no por razones de decoro nacional por el Presidente Ri- 
vadavia y su ministro Agüero, y exaltado á la presiden- 
cia provisoria el doctor López, fué de nuevo presentada 
al gobierno, bajo el patrocinio, esta vez, del canónigo 
D. Pedro Pablo Vidal, personaje influyente en la nueva 
situación política del país. Pero á la delicadeza del doc- 
tor López, como á Rivadavia, repugnó el dar oídos á la 
propuesta, por considerarla un medio ilícito ó indecoro- 
so de guerra, que contrariaba la tradición caballeresca 
y principista de la política internacional argentina^ y 
fué de nuevo desechada. 

El gobernador Dorrego, que consideraba acaso esas 
razones como un sentimentalismo contrario á los intere- 
ses positivos del país, acogió las gestiones de Bawery su 
socio. Buscaba el nuevo gobernante la paz con el impe- 
rio, ó por tratados decorosos ó por victorias militares que 
la impusieran, y en la difícil situación del momento, 
el plan en cuestión era para él un instrumento de éxito. 
Directamente trató con los dos personajes, pero tropezó 
luego con la oposición de sus ministros Moreno y Rojas, 
•al mismo tiempo que trascendía al público lo que se tra- 
taba. 



Indepexdendencia del Uruguay 459 

Dorrego (Pelliza, Hist. Arg. t. 3°), «deseando guardar 
todo sigilo en aquel asunto hizo correr la voz por sus 
amigos, que se trataba de combinar un plan para la cap- 
tura del Emperador, en su próximo viaje al Rio Grande, á 
fin «de darle el gusto de que entrara en Buenos Aires, 
sino como vencedor, como prisionero, pues que todo era 
entrar.» 

Dorrego, fogoso, entusiasmado y firmemente dispuesto 
á llevar adelante el negociado, trató de convencer á sus 
ministros. Rojas transigió al fin con reservas mentales, 
que no hacen honor á la rectitud de un carácter, pero 
el doctor D. Manuel Moreno manifestó al gobernador que 
estaba dispuesto á presentar su dimisión (lo hizo y le fué 
aceptada), antes de suscribir un pacto «que justificaba 
la política portuguesa en la Banda Oriental, y además 
contrario al derecho público moderno, por envolver una 
tendencia conquistadora depresiva de las ideas y princi- 
pios que la República propagaba» (Pelliza, «Dorrego»). 
En resumen, el día 3 de Noviembre de 1827, se firmó 
'^ Tratado secreto entre Dorrego y los representantes de las 
tropas alemanas. Las principales estipulaciones están 
contenidas en los capítulos siguientes: 

lo — Las tropas alemanas abandonarán el servicio del 
Brasil para tomar el de la República Argentina, en clase 
de auxiliares enteramente independientes y libres, con ju- 
risdicción militar aparte y un jefe de su elección que las 
comandaría y organizaría en la forma que lo entendiera 
mejor. 

2:o — Previa orden del gobierno encargado de la direc- 
ción de la guerra, las tropas alemanas se apoderarán y 
ocuparán la isla y provincia de Santa Catalina, aboliendo 
-el régimen imperial y substituyéndolo por el de República 
independiente, cuyo reconocimiento debía gestionar el go- 
bierno argentino. 

3.<^ — En el caso de que la insurrección no tuviese eco 
«en el Brasil, el gobierno argentino se comprometía á in - 
ídemnizar á los alemanes á razón de 300,000 pesos meta- 



460 La paz con el Brasil 



lieos por cada mil individuos que llegasen á la Repúbli- 
ca, y proporcionalmente; ó bien 150000 pesos, y media 
legua de campo á cada individuo, en las mismas 
condiciones que obtenían la tierra pública los hijos del 
país; debiendo corresponder, en cualquiera de los dos ca- 
sos, cuatro tantos de la parte de un soldado á los alférez, 
ocho á los tenientes, diez y seis álos capitanes, veinte á 
los sargentos mayores, veinte y cuatro á los tenientes co- 
roneles y veinte y ocho á los coroneles. 

4o. — El gobierno argentino se responsabilizaba de to- 
dos los gastos que la empresa demandase, de los sueldos 
de las tropas, provisiones, pertrechos, municiones y de 
las sumas necesarias para las operaciones militares. 

o^.— Se reconocía al señor Antonio Martin Jhym como 
Encargado de Negocios del cuerpo de alemanes ante el 
gobierno argentino, en todo lo relativo al objeto de la ex- 
pedición, y al señor Bawer como director inmediato de 
ella, y á la vez agente diplomático para ofrecer la paz á 
los habitantes de /S'aí^to Catalina. 

Tal era el tratado^ en lo fundamental. Un simple y lu- 
crativo negocio para Jhyn y Bawer^ y un triste y profundo 
error para Dorrego, que lesionaba profundamente la dig- 
nidad del país, dando personería pública é internacional 
al amparo de la República, á un cuerpo de mercenarios. 
Con sobrada razón^ á nuestro juicio, condena el hecho- 
el distinguido publicista doctor Mantilla, en una intere- 
sante monografía histórica publicada en la Revista Na- 
cional de Buenos Aires, que tenemos á la vista. 

Con todo, el goberuador trató de llevar adelante en dos 
ocasiones, la ejecución del plan, que al fin fracasó comple- 
tamente por una serie de accidentes fortuitos los unos y 
preparados los otros, á los que no fueron ágenos en ma- 
nera alguna el almirante Brown, Moreno, el general Gui- 
do, el ex-ministro D. José M. Rojas (ó Roxas) y el mismo 
Ministro inglés Lord Ponsomby, que mediaba á la sazón 
en las negociaciones de paz, el que hizo saber formal- 
mente al gobierno argentino, que si no impedía la con- 



Indepexdexcia del Urugcay 461 



sumacióü del plan, solicitaría inmediatamente su retiro. 
Justo es agregar que el mismo Dorrego desistió al fin del 
proyecto. Ponsomby^ sin estar al cabo de los detalles y 
alcances del plan de Bawer, delató el proyecto de una re- 
volución al Emperador, á raiz de un motin en Río, que fué 
sofocado y que no tenía relación con el plan: El gobierno 
imperial procedió con toda energía, apoyado en el pue- 
blo y con el concurso material y moral del cuerpo diplo- 
mático de Rio, pero nada se descubrió. Bawer, que consi- 
;guió escapar, dice en la Exposición que hizo después de 
esos acontecimientos, en que fueron condenados á muerte, 
á la deportación y á presidio muchos oficiales alemanes, 
que «ni una sola délas victimas reveló el secreto. El ba- 
rón de Steinhausen, del 2^ batallón de cazadores, recibió la 
propuesta de perdonarle la vida si descubría la verdad, 
pero el joven la rechazó, pidiendo únicamente la gracia 
de ser fusilado por los suyos. El mismo dio la voz de fue- 
go, después de haber pronunciado estas palabras: Apren- 
ded á morir antes que traicionar á nuestros compatrio- 
4;a9». Palabras y actitud heroicas, dignas de un caballe- 
ro y de un soldado, que chispean como un relámpago en 
la noche de esa tragedia! 

En cuanto á la aparición del brigadier Rivera en las 
Misiones, he aquí lo que había ocurrido. 

Caido Rivadavia del poder, y dado el nuevo estado de 
•cosas, Rivera juzgó que el momento era oportuno para su 
reaparición en escena. 

Se dirijió en consecuencia al Presidente López y le 
ofreció, con insinuante verba, sus servicios militares. El 
plan del caudillo era expedicionar al norte, sobre Misio- 
nes, apoderarse de sus pueblos como base de operacio- 
nes, hostilizar á los imperiales sobre el YagUarán y ma- 
niobrar sobre Río Pardo, á retaguardia del enemigo, que 
sería entonces acosado á fondo por el ejército en masa, 
al mando de Lavalleja. 

En el fondo, el plan era acertado, aun como simple 
-diversión sobre el fianco derecho imperial, privado del 



^ 



*^"2 La paz con el Brasil 



apoyo de Misiones y obligado á debilitarse con el desta- 
camento de nuevas y fuertes partidas, pero reclamaba 
otro jefe que Rivera para sacar el fruto prometido por 
la operación. 

El doctor López acojió bien la gestión de Rivera, pero 
antes de comprometerse formalmente á darle los recur- 
sos en hombres, armas y dinero que solicitaba para su 
empresa, consultó el caso con Lavalleja el que, dando 
oidos á sus antiguos resentimientos y alarmado con esta, 
aparición de su émulo,-— á quien temía sin duda y con el 
que estaba destinado á chocar sangrientamente más tar- 
de^ disputándose el poder público, — aconsejó al Presiden- 
te que rechazase la propuesta, temperamento que adoptó 
el doctor López. 

Rivera, disgustado y sin abandonar su proyecto, antes 
bien buscando otra fórmula á sus planes, regresó á Santa 
Fé. Habló de ellos á su amigo el Gobernador de la pro- 
vincia, Estanislao López, y se puso de acuerdo con él 
para llevar adelante la empresa. En los primeros días de 
Marzo, pasó de Entre Ríos al Uruguay, reuniendo mili- 
cias de Soriano, Mercedes, San Salvador, Santo Domingo 
y otros puntos. Se le agregaron muchos de sus antiguos 
oficiales, soldados y desertores. En poco tiempo logró reu- 
nir un millar (^^ de hombres con los que se lanzó sobre 
las misiones brasileñas de la orilla derecha del Uruguay. 

Lavalleja, alarmado con esta aparición que le hacía el 
efecto de la cabeza de la Gorgona de la leyenda, puso en 
campaña contra Rivera al coronel Manuel Oribe, con 
orden de batirlo y arrojarlo de Misiones, el que no sin- 
tiéndose bastante fuerte para ello por el momento, se 
acantonó en el punto de Belén^ desde donde pidió al go- 
bernador de Corrientes lo auxiliase con 500 milicianos 
armados, que le llegaron al mando de un caudillo conoci- 
do con el nombre de Coronel López Chico. Oribe se mo- 



(1) Llegó á tener bajo su mando unos 2500 hombres, santafecinos, correntinos»" 
misioneros, uruipruáyos y tapes. 



Independencia del Uruguay 463 



vio entonces ofensivamente, marchando sobre el pueblo 
de Santa Rosa, de donde pasó al norte del río Ibicuhy, en 
cuyas vecindades vivaqueaba Rivera^ que el día 21 de 
Abril había forzado el paso del río, batiendo al destaca- 
mento imperial que lo defendía. 

Al iniciar Rivera su campaña se había dirigido á La- 
valleja poniendo el hecho en su conocimiento, protestan- 
do «su obediencia á las autoridades, deseos de contribuir 
á la lucha contra el Brasil y sus intenciones de no 
atentar contra el orden público, ni demostrarse como 
un caudillo de la anarquía.» Le pedía igualmente se 
dieran al olvido antiguos resentimientos. Lavalleja, con 
fecha 6 de Marzo (1828) le decía en respuesta: 

«Cotejando el general en jefe las protestas del Sr. ge- 
neral á quien se dirige con su conducta actual, tiene el 
sentimiento de encontrar una contradicción tan notoria 
que no le es posible dejar de reprobar. El general Rive- 
ra se ha introducido en el territorio de la provincia con 
gente armada^ sin previo permiso, ni aviso; ha permitido- 
se le reúnan oficiales y gente de la que pertenece al ejér- 
cito, como el capitán D. Juan Fernandez^ y otros vecinos - 
á quienes ha hecho tomar un aparato militar; última- 
mente el general Rivera ha despreciado las órdenes del 
gobierno en quien las provincias todas han depositado la 
autoridad necesaria para la dirección de la guerra. Difí- 
cil es conciliar con estos hechos sus protestas; y en taL 
caso e4 general en gefe está en el deber de decir al Sr. 
general: que para acreditar su buena fé, la rectitud de 
sus intenciones y la nobleza de sus miras, no tiene sino 
dos partidos que tomar; ó retirarse con la gente que le 
acompaña á la margen derecha del Uruguay, poniéndose 
en marcha y repasando el expresado Río, á los 4 días si- 
guientes después de 12 horas de recibida esta comunica- 
ción, y desde allí hacer las proposiciones que juzgue ne- 
cesarias, ó venirse dentro del mismo término con el ayu- 
dante conductor de esta comunicación, confiado en la 
probidad y honor del general en gefe. El Sr. general pue-- 



461: La paz con el Brasil 



de escoger cualesquiera de los dos partidos que se le pro- 
ponen, en la seguridad y creencia, que el general en gefe 
no está distante de escuchar y acoger las reclamaciones 
que se le dirijan, con la dignidad que corresponde, y en 
el modo que la razón, las leyes, y el orden público lo 
exigen, sin acordarse de nada que sea personal, pues todo 
ello es subalterno, y de ninguna consi